Las disrupciones, la sobreexplotación, las epidemias y la precariedad son la realidad cotidiana de los pueblos colonizados, racializados y criminalizados. Es importante reconocer su continuidad hasta la necropolítica del siglo XXI y nuestra actual pandemia. No se trata de juzgar el pasado, sino de confrontar ese presente de violencia y enfermedad que lleva quinientos años aquí.
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