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El presidente López Obrador no cree en las instituciones. Ninguna institución que sea autónoma o que no lleve su imagen es digna de ser considerada benéfica para la sociedad mexicana. Algunas de las instituciones atacadas están profundamente relacionadas con el sistema económico del país, con la promoción de la competencia y con la búsqueda del desarrollo sostenido.

Ilustración: David Peón

El primer año de gobierno pasó de largo y dejó una economía estancada. En aquel momento, antes de que supiéramos lo que nos depararía el covid, se atribuía el estancamiento a la falta de pericia en la ejecución del gasto público y a los recortes presupuestales. Difiero de esa apreciación. Son el consumo y la inversión los motores del crecimiento, no el gasto público. La inversión es quizás el indicador más relevante porque nos muestra la verdadera confianza que se tiene en el futuro del país. Nos muestra los hechos, no los dichos.

La inversión empezó a caer en octubre de 2018, antes del inicio formal de la presidencia, al mismo tiempo que fue cancelada la mayor obra de infraestructura que México tenía. Se envió una señal de incertidumbre y de que las decisiones se tomarían por capricho con poco apego al Estado de derecho. La inversión fija bruta —la que se convierte en fábricas, en empleos, en crecimiento— lleva más de dos años cayendo en su comparación anual.

El covid le dio el empujón a la economía mexicana, pero el deterioro ya estaba a la vista. Este año y el próximo creceremos impulsados por el rebote de la propia caída y la expansión de Estados Unidos. Mientras el mundo se recupera, México pierde la oportunidad de expandir su potencial de crecimiento y de mejorar las condiciones para los mexicanos que hoy son niños. Hay tiempo de reconsiderar, lo que no sé si exista es voluntad.

 

Valeria Moy
Economista. Directora general del IMCO