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A finales de 2019 no era posible imaginar el alcance y las consecuencias de la pandemia de covid-19. La acelerada dispersión de la enfermedad pronto rebasó las capacidades de atención en la mayoría de los países y obligó al confinamiento de amplios grupos de población y a la suspensión de actividades en varios ámbitos, incluso el educativo. Se estima que hacia abril de 2020 —salvo contadas excepciones— prácticamente la totalidad de los gobiernos nacionales habían decidido evitar la impartición de clases en centros escolares, así como su reemplazo por fórmulas a distancia. En los países del continente americano, el periodo de confinamiento se prolongó hasta el segundo semestre de 2020. En algunos, México incluido, se ha mantenido la suspensión oficial de clases presenciales.

Ilustración: Víctor Solís

La educación superior se inserta en esta dinámica aunque con particularidades. En primer lugar, las universidades cuentan con mejores infraestructuras para adaptar fórmulas de educación a distancia; los estudiantes no requieren condiciones de acompañamiento semejantes a las de otros niveles y las instituciones tienen mayores márgenes de maniobra para determinar las condiciones para la reanudación de actividades.

Ello no significa que, en el caso de la educación superior, los efectos, los riesgos y los retos hayan sido de menor impacto o consecuencias. En materia tecnológica, se hace notar que aunque las instituciones han desarrollado medios adaptables a las condiciones impuestas por la pandemia, la escala en que debían operar sobrepasó las capacidades instaladas y obligaron el uso de plataformas y tecnologías comerciales. Se hizo evidente también que los estudiantes con menos recursos económicos tuvieron dificultades para adaptarse al nuevo entorno; que los docentes —en particular los de mayor antigüedad— encontraron complejo adecuar su enseñanza a los entornos de redes y comunicación mediada por tecnologías digitales; que en varias disciplinas profesionales la educación a distancia sacrificaba la instrucción práctica indispensable; que para las instituciones públicas y privadas con fuerte dependencia de las aportaciones económicas de los estudiantes la supervivencia financiera ha sido un reto de la mayor importancia; que una cantidad indeterminada, pero seguro significativa, de estudiantes universitarios se vieron forzados a suspender sus estudios para contribuir a la economía familiar y a las responsabilidades domésticas; se debieron adaptar los sistemas de control escolar y los procesos relacionados con admisión, certificación y el conjunto de trámites relacionados con las trayectorias escolares y la titulación de estudiantes, entre otros aspectos.

Otros procesos del sistema registraron afectaciones negativas. Los especialistas de la OCDE hacen énfasis en el ángulo de la movilidad internacional al señalar que “la pandemia de covid-19 ha tenido un impacto severo sobre la educación superior cuando las universidades cerraron sus instalaciones y los países, sus fronteras […] Aunque las universidades consiguieron reemplazar las conferencias presenciales con el aprendizaje en línea, los cierres afectaron el aprendizaje y los exámenes, así como la seguridad y situación legal de los estudiantes internacionales”.1

Un ángulo adicional concierne a las funciones de investigación y difusión. Aunque estas tareas no se cancelaron, tuvieron que reorganizarse para mantener continuidad. Como comenta un editorial de la revista The Lancet: “El personal académico dedicado a la investigación enfrenta los desafíos del confinamiento y hay problemas de acceso a laboratorios, adquisición de equipo y reactivos, así como dificultades para reclutar participantes en los estudios […] La formación de la próxima generación de científicos pende de un hilo mientras las universidades luchan con garantizar el distanciamiento físico y cómo ofrecer calidad y accesibilidad en educación en línea. El gasto en educación e investigación está en peligro por las recesiones económicas, lo que pone en peligro puestos de trabajo y fondos de investigación”.2

En este marco: ¿cuál ha sido la respuesta del sector de educación superior de México ante la pandemia?, ¿qué se sabe acerca de sus efectos y consecuencias en la academia?, ¿qué medidas han tomado o prevén desarrollar las instituciones?, ¿cuándo, por fin, se reanudarán las actividades ordinarias?

Las universidades y demás instituciones de educación superior suspendieron tareas docentes en los primeros meses del 2020. El 14 de marzo de 2020, cuando los centros de educación superior habían concluido el ciclo escolar, el Consejo Nacional de Autoridades Educativas (Conaedu) emitió las “Disposiciones del sector educativo ante coronavirus (COVID-19)”, las cuales fueron adaptadas para los distintos niveles del sistema. En el caso de educación superior, el documento se tituló Lineamientos para las Instituciones Públicas de Educación Superior y fue comunicado por la Subsecretaría de Educación Superior en varias reuniones, entre ellas la organizada por la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) el 19 de marzo.

Los lineamientos estimaban el retorno a clases en abril de 2020, proponían la continuidad de educación en línea y recomendaban acciones para garantizar sana distancia y otras medidas de protección. La ANUIES acordó seguir esos lineamientos sin menoscabo de la atribución de las universidades autónomas para definir el retorno a sus actividades. La expectativa de normalización pronto fue diferida y se agregaron elementos que —en esencia— se concretan en sujetar el retorno a clases al semáforo epidemiológico de los estados; preparar las instalaciones para la presencia de estudiantes y docentes, y asegurar la vacunación del personal (otros países también están vacunando a los estudiantes).

Si bien no hay cifras sólidas para identificar con precisión la interrupción de trayectorias en el sistema, algunos datos pueden ser comentados. En particular, los de la Encuesta para la Medición del Impacto COVID-19 en la Educación (ECOVID-ED) 2020, aplicada por el Inegi a fines del 2020. El instituto consultó a una muestra de 5472 viviendas con 11 %080 personas de 3 a 29 años, lo que se estimó representativo de 54.3 millones. De ellas, 7.1 millones que cursan o concluyeron educación superior. Esta cifra es consistente con la incluida en el Censo de Población y Vivienda de 2020, aunque excede considerablemente el volumen total de matrícula del año (4.9 millones de inscritos, según cifras oficiales). La cantidad excedente representa a menores de 29 años que concluyeron estudios, por lo que no son parte de la matrícula efectiva. Además, la aplicación subestima la matrícula de educación superior fuera del rango de edad, es decir, estudiantes de 30 años o más agregados al contingente estudiantil. Por ello, el dato que incluye la encuesta sobre estudiantes inscritos en el ciclo escolar 2019-2020 (3.5 millones de personas) es inconsistente con el registro de matrícula y de su diferencia no es válido inferir el volumen del abandono escolar en ese nivel.

No obstante lo anterior, son relevantes los datos que se refieren a los motivos de interrupción entre quienes declararon haberlo hecho a raíz de la pandemia, así como los indicadores sobre las actividades y los recursos empleados durante el confinamiento. Al respecto la encuesta ofrece los siguientes datos:

De 89 940 estudiantes de educación superior que suspendieron estudios en 2019-2020, el 44.6 % declara como razón principal la pandemia.

De 3.4 millones de estudiantes que declararon participación en clases a distancia, el 65.4 % empleó computadoras fijas o portátiles y el 78.9 % utilizó el teléfono celular además o en lugar del primer medio.

Del total anterior, un 63.5 % indicó que el equipo utilizado es de su propiedad.

De la totalidad de estudiantes que siguen con clases en línea, el 81.4 % declaró que no recibe apoyo de otros miembros de la familia o compañeros para realizar esta actividad.

De la población que suspendió estudios por causa del covid-19, sólo un 34 % afirmó que reanudaría estudios al retornar la normalidad académica.

Los reportes institucionales sobre el impacto de la pandemia respecto a la inscripción escolar estiman casi en 10 % la deserción atribuible a esta situación extraordinaria. El reporte de PNUD sobre los efectos económicos y sociales de la crisis sanitaria en México estima —por su parte— que el abandono escolar atribuible al covid-19 en el sistema nacional de educación superior se aproxima a una proporción de 12 %.3

Estos datos son preliminares por ahora, se basan en información estimada y queda pendiente la sistematización de una estadística sólida. Sería de gran importancia poder identificar, con evidencia objetiva, cuáles han sido los impactos negativos sobre el aprendizaje y adquisición de conocimientos; del otro lado de la moneda, cuáles son los nuevos hábitos de estudio y la adquisición de destrezas técnicas y competencias para el aprendizaje autónomo. También es de interés y utilidad identificar consecuencias de nivel emocional entre los jóvenes sometidos al confinamiento en casa por más de un año. Esperemos que estas interrogantes den lugar a estudios que iluminen las acciones pertinentes a desarrollar en una posible etapa de recuperación. Todo parece indicar, en este momento, que la solución está en el horizonte del mediano y largo plazo.

 

Roberto Rodríguez Gómez
Director del Programa Universitario de Estudios sobre la Educación Superior de la UNAM


1 Schleicher, A. “The impact of COVID-19 on education. Insights from Education at a Glance 2020”, OCDE, París, 2020.

2 “Research and higher education in the time of COVID-19”, The Lancet, vol. 396, núm. 10 251, 2020.

3 PNUD. Desarrollo humano y COVID-19 en México: desafíos para una recuperación sostenible, México, PNUD, 2020.

 

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