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Cerrar de manera inmediata e indefinida los centros educativos e insistir en el aislamiento voluntario colocó a las personas en un escenario extraordinario, cargado de estrés familiar. El efecto directo ha sido una modificación de la dinámica de las familias; una gran cantidad de ellas se ha enfrentado a la falta de acceso a bienes, alimentos, servicios de salud, entre otras necesidades básicas.

Este texto recoge los resultados de un estudio sobre los efectos que ha tenido la pandemia en la conducta sociofamiliar, a partir de una muestra de 414 familias mexicanas con niños de entre 12 meses y 12 años de edad.1 En concreto, las consecuencias del aislamiento social en las interacciones fuera y dentro del hogar, la manera de resolver conflictos entre niños y padres de familia, y los cambios en el juego.

Ilustración: Víctor Solís

 

En neurociencia, la forma de interactuar con las personas se conoce como cognición social. Se trata de una habilidad de la que en gran medida dependemos los seres humanos para adaptar nuestra conducta en función de objetivos compartidos. A lo largo de su evolución, el cerebro humano ha desarrollado una gran cantidad de circuitos neuronales especializados en explorar las expresiones faciales de las otras personas; los mínimos rasgos que expresan sentimientos, deseos, intenciones o pensamientos. Así, las personas somos capaces de hacer deducciones acerca de lo que está pasando por la mente de otras. La cognición social ocurre desde los primeros momentos en que un recién nacido hace contacto visual con el rostro de su madre y continuará su consolidación por muchos años más. Debido al aislamiento social obligado por la pandemia, la infancia se encuentra cursando un cambio trascendente en la cognición social.

La interacción presencial ha disminuido drásticamente y modificó así las fuentes que tenemos para interpretar a los otros. Ahora dependemos de información icónica y visual: videos cortos, videollamadas y frases aisladas. Los niños están aprendiendo a resolver problemas sociales en medio de un contexto de interacción muy distinto al que primaba hasta hace poco más de un año, y para los más pequeños este cambio ocurre de manera natural. El cerebro de los niños presenta un enorme potencial para desarrollar ciertas formas de cognición social y teorizar acerca de la mente de los que le rodean; de anticipar los deseos e intenciones de los demás a partir de indicadores digitales y virtuales; son otras formas de señales para la aceptación o el rechazo social. La reactivación gradual de actividades educativas y recreativas representará para los niños nuevos retos para resolver conflictos de interacción social; pero es muy posible que no dejarán en el pasado aquéllas que han desarrollado en estos meses. Debemos tener presente que la pandemia heredará una generación de niños habituados a crear lazos personales y a tomar decisiones sociales basadas en medios y formas totalmente distintos a los observados antes de ésta. Las consecuencias aún se desconocen.

 

Es sabido que el juego de los niños ha cambiado en los últimos años y que éste, como una de las principales formas de aprender y desarrollarse psicológicamente, es sensible a las características del contexto y la cultura. Para ellos el juego representa una vía fundamental y predominante en el desarrollo y expresión de diferentes habilidades personales y sociales. Situaciones críticas que implican angustia y estrés en la conducta infantil suelen expresarse sobre todo en los cambios en la conducta de juego.

Las formas en que se organiza el juego y, por lo tanto, la convivencia de los niños, hoy tienen una estructura muy diferente a la observada hace apenas un año. Durante el confinamiento, el 22 % de las familias encuestadas en nuestro estudio identificaron en sus hijos un incremento en juegos activos en su casa (lanzar pelotas, correr, bailar o saltar), acompañado de un 12 % más en el uso de videojuegos. Aparentemente, esto trajo un cambio importante en las estructuras del pensamiento de los niños, pues un alto porcentaje de los padres de familia de la muestra (49 %) refirió haber notado la recurrencia de nuevos juegos de fantasía, incluidos algunos de representación de situaciones, de solidaridad y ayuda, pero también otros relacionados con la violencia (11 %).

Esto se debe a que los problemas recurrentes de la vida cotidiana, las actividades educativas y el juego con otros niños se resuelven y se hacen con métodos distintos a los utilizados antes de la pandemia. No sólo los medios, también los objetivos del juego han cambiado: son una actividad de aprendizaje, una simulación de las situaciones experimentadas entre su propia vida y la forma de ver el contexto, así como representaciones de lo que observan en éste. El juego no es una actividad al azar, tiene una razón funcional y adaptativa muy importante: observar la manera en que se expresa, los esquemas autoconstruidos para simular situaciones combinando la realidad con la fantasía y anticipar que las nuevas formas de juego infantil son el medio para resolver y adaptarse a los cambios por los que la sociedad está pasando. Para imaginar las consecuencias de la pandemia en las infancias una vez superada, resultará indispensable estudiar a profundidad estos patrones de juego.

 

No hay que olvidar que junto con el cambio en la actividad social de ahora existe un factor clave que sigue siendo el modelo base para el desarrollo infantil: la familia. En estos meses se ha observado un efecto particular en la conducta sociofamiliar de las madres y los padres. De acuerdo con la opinión valorada en los padres de familia durante el periodo de aislamiento social, se observó que la habilidad para resolver conflictos con los niños se ha visto afectada negativamente, igual que el control que tienen sobre su conducta: en la habilidad para controlar sus emociones de ira, angustia y tristeza, las reacciones ante la sobrecarga de actividades, así como para manejar las preocupaciones de sus niños. Ante el confinamiento, las labores de los padres de familia se incrementaron considerablemente: a sus obligaciones cotidianas se sumaron las actividades escolares de sus hijos. Ante ello, muchas niñas y muchos niños pueden estar viviendo en un ambiente sociofamiliar que resulte en un efecto crónico de las condiciones de estrés y estado de ánimo que la pandemia ha causado.

El aumento de estrés se asocia significativamente con la sensación de pérdida de control sobre las reacciones emocionales y el manejo de situaciones en el hogar. Al analizar el estado civil de las familias evaluadas en la muestra, se identificó que las madres solteras son el sector de la población cuya vulnerabilidad para afrontar estos cambios en la conducta sociofamiliar de los niños y la probabilidad de agudización de problemas psiquiátricos (cuando la presencia de éstos era referida) es significativamente mayor que el de las familias biparentales.

La reactivación gradual de las actividades no dejará a los niños en el mismo contexto social y de condiciones para su desarrollo. El paso del tiempo propicia cambios en los esquemas para el desarrollo de los niños, pero las situaciones críticas agudizan estos cambios sustancialmente y colocan a las generaciones en nuevos ambientes de aprendizaje y de formación de habilidades para la identificación y solución de problemas por venir.

 

Gilberto Manuel Galindo-Aldana
Doctor en Ciencias de la Salud. Es profesor investigador del Cuerpo Académico Salud Mental, Profesión y Sociedad, y subdirector de la Facultad de Ingeniería y Negocios, Guadalupe Victoria, Universidad Autónoma de Baja California.


1 Torres González, C.; Galindo-Aldana, G.; García León, I. A.; Padilla-López, L. A.; Alvarez Núñez, D. N., y Espinoza Gutiérrez, Y. I. “COVID-19 voluntary social isolation and its effects in sociofamily and children’s behavior”, Salud Mental, 43(6), 2020, pp. 263-271, https://doi.org/10.17711/sm.0185-3325.2020.036 

 

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