Nuestra familiaridad con Beethoven nos ha conducido menos al menosprecio que a la ignorancia. Oímos las famosas melodías de la Tercera, Quinta y Novena sinfonías —o de los conciertos y sonatas para piano, o de la música de cámara— en películas, comerciales y conciertos, pero el abuso de su música ha mermado el filo de las composiciones.
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