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Me hubiera gustado atravesar ese crucero en donde se encuentran la ruta de la costa y la del barrio, pasar frente a la casita con su balcón azul cielo del dentista Morel, ir hacia el hotel y la pensión del Berna, y llegar al punto en que la cita se habría fijado: el Belgrano, irremediablemente. El me esperaría ahí, como después de una demora causada por los tragos con Bob y, por supuesto, Larsen, este hermano del que él, haciéndome un guiño con sus ojos de pescado, me lo habría descrito como una especie de “chulo en decadencia” pero que merece toda la ternura para los que llevan consigo la tragedia. En el gris triste de un triste día de agua del Río de la Plata: así me habría gustado encontrarme con Juan Carlos Onetti, en Santa María.

Del mismo modo en que es imposible pensar en William Faulkner sin pensar en el condado de Yoknapatawpha, el escritor uruguayo parece ligado a la mezquina aldea del cono sur que él ha inventado línea a línea. Encontrarlo en su residencia veraniega de El Escorial, cerca de Madrid, era una traición. Demasiada luz sobre el monasterio de Felipe II, demasiado azul incluso en el horizonte de olivos y alcornoques donde las montañas renuncian a crecer más. Pero de principio me topé con la mirada lenta de este hombre de 76 años, ese modo,en que hace ver que carga todo su mundo sobre los hombros. Una forma tan pesada de ocupar el sillón, la habitación e incluso el paisaje detrás de la terraza. Es cierto que Onetti tiene ojos de pescado, se agazapa y sabe; y ya casi no muerde, justamente porque sabe.

“Hablar de mi obra”, dice, “sería emplear un término un poco exagerado. En mi vida he escrito unos diez libros que nunca releí y de los que ni siquiera revise las pruebas. Escribo lo que se me impone; es un proceso mental, incluso podría decir que es algo instintivo, las palabras se me imponen. Antes de escribir, sin embargo, siempre estoy perdido: sé lo que voy a escribir. Asimismo, no logro escribir a partir de un hecho o una persona de la vida real. Escribir es algo que me viene del interior. Cuando escribo, soy feliz”.

Primera parada. Onetti es de esos conversadores con los que no se sabe si ya acabaron de hablar o si están haciendo una pausa. En momentos así el silencio que sigue a sus palabras se vuelve palpable, inevitable. Continúa: “Desde que empecé a escribir, y después, incluso en textos no publicados, erróneos, siempre he querido separarme de lo que se llama, dentro de la literatura latinoamericana, el indigenismo, y que ustedes designarían más bien como folklore. Nunca me ha atraído eso”. Así, Eladio Linacero, el héroe de su primer libro El pozo, queda estrictamente confinado a las cuatro paredes de un cuarto en una pensión pobre; ahí se entrega al soliloquio. La angustia, la sensación de incomunicabilidad de este hombre deshecho por la vida hasta el grado de no ser de ninguna parte, se citan hoy como punto de partida de la literatura latinoamericana moderna.

“Lo escribí en Buenos Aires, en una época en que la venta de tabaco estaba prohibida los sábados y domingos. Los viernes, todos los fumadores se proveían de una buena cantidad de tabaco. Un viernes que resultó sábado, me encontré sin tabaco y en un estado terrible. Entonces lo escribí todo, de un jalón. Luego lo reescribí en Montevideo a petición de dos amigos: los pobres querían fundar una editorial. Las ediciones Signo publicaron el texto en una edición de quinientos ejemplares. Fue muy mal recibido, la gente se burlaba, lo tomaba por una locura, un absurdo. Pero para mí, Linacero era en el fondo un poeta incapaz de escribir poesías. Como no puede hacer un soneto, se refugia en sus sueños, en sus invenciones. Es una máquina. Usted sabe, antes de empezar a dormir mucha gente se imagina cosas, o se las imagina para dormir. Bueno, para Linacero esta es una de las escasas defensas en su vida. No tiene nada, sólo tabaco. Yo no tenía ni siquiera tabaco cuando escribí su historia. De ahí vienen el malhumor, la depresión y la tristeza de Linacero”.

Onetti es de esos fumadores que vacían su cajetilla sin que uno recuerde que lo vio usar el encendedor. Gestos muy repetidos como para perderse. Sostiene su cigarro entre el pulgar y el índice, retiene el humo, lo suelta en una bocanada. “Evidentemente”, continúa sin recalcar la parte irónica de sus palabras, “yo no había leído La náusea de Sartre ni El extranjero de Camus cuando empecé a escribir. Por desgracia, porque esto me habría ayudado muchísimo. Sin embargo, en los márgenes del Río de la Plata siempre se ha estado muy al corriente de lo que se publica en Francia. Incluso de las traducciones de la Série Noire de Gallimard. Había toda una publicidad muy bien organizada. Recuerdo que en Montevideo vi una exposición de pruebas de Balzac y Proust, corregidas por los autores. Proust no cambiaba una palabra, pero cuando intervenía en algún pasaje, agregaba doscientas. Balzac, en cambio, cambiaba palabras por todos lados. Bueno, Borges dice que es necesario corregirse ocho veces. No sé si lo dijo en son de broma. Anatole France corregía siete veces. Sé que comenzaba por el `queísmo’: suprimir los `ques’ de más. Su secretario cuenta que escribía en pantuflas; luego se ocupaba de los adjetivos. Admiro al viejo France, escribió cosas muy bellas”.

En Buenos Aires, en una ciudad que soñaba con Europa mientras esperaba a Perón, sus padres literarios fueron dos hombres jóvenes decididos a terminar con el polvoriento realismo: Eduardo Mallea, que había captado el desesperante curso de las cosas en La ciudad al lado del río inmóvil (1936), y Roberto Arlt, el autor de Los siete locos y de Lanzallamas, el periodista que envilecía la escritura con “Las aguafuertes porteñas”, que uno supondría hechas con frases de la calle puestas unas tras otras. Onetti siempre ha dado muestras de un apoyo fraternal a este precursor que le permitió ser editado. “Era”, dice “un semianalfabeta literario, capaz de negar un día diciendo que había descubierto a Rocambole, que era la mejor obra nunca antes publicada y que todos los demás autores eran unos maricas. Un día yo escribí un prefacio para recordar cómo a su manera, torpe, genial y convincente, es un autor que entendió mejor que nadie la ciudad en la que le toco nacer. Con mayor profundidad, tal vez, que aquellos que escribieron la música y la letra de los tangos inmortales”.

Como no imaginar nuevamente esos bistrots de fatiga de la capital argentina, en la esquina de las calles Rivadavia y Río de Janeiro, en la esquina de una arteria o en ningún lado, en donde Onetti lo aprendió todo. Luego de romper precozmente con los estudios, desempeñó varios trabajos en las dos márgenes del Río de la Plata: portero, mesero en una cantina, vendedor de boletos en el estadio Centenario, vendedor de calculadoras. Este tipo de recursos lleva naturalmente al periodismo. Para Onetti (¿es realmente O’Nety un nombre irlandés cambiado por un empleado al hacer sus papeles oficiales, como él mismo lo dice?), para Onetti, entonces, fue un periodismo muy consciente de su época. En 1941, como prólogo a su segunda novela, señalaba: “Es un hecho que en el país más importante de América del Sur, de la joven América, se desarrolla el tipo del indiferente moral, del hombre sin fe y sin interés en su destino”. “Los artículos no los escribo sino con esto”, precisa y se pone un dedo en la punta de su cabeza. “Me contento con pensar y divertirme. Deveras me gusta mucho escribir, incluso el acto físico, la mano que dibuja. Se tiene la sensación de estar fabricando algo, sobre todo si se trata de una novela”.

En la historia de la novela latinoamericana, mucho antes de eso que se designo con el término tan desafortunado del boom, en la posguerra seis obras revelaron a todo un continente, que se podía ser a la vez un conocedor de las vanguardias literarias europeas y buscar la innovación. Jorge Luis Borges publicó Ficciones en 1944; Miguel Angel Asturias, El señor presidente en 1946; Alejo Carpentier, El reino de este mundo en 1949; Juan Carlos Onetti, La vida breve en 1950; y Juan Rulfo, Pedro Páramo en 1955. No se le hará justicia alguna a Onetti si se le mantiene en su imagen de narrador superdotado, producto de una gran ciudad un poco marchita. Onetti es uno de los grandes precursores en la forma.

En el fondo este personaje sería el mismo al que le hizo sentir “la necesidad de que un acontecimiento decisivo diera un sentido a los años muertos”. No es seguro que al escribir quisiera que la pequeña desgracia cotidiana se considerara una de las bellas artes. Pero, si se le presiona un poco, se declara capaz de “aburrirse muy cómodamente” y, ya ahí, no estamos muy lejos de Santa María. Con Onetti se esta siempre ahí. Sentado en un sillón que por su confort lograría ser un Voltaire, Onetti tiene una filosofía espontánea sobre este lugar al que, después de todo, el es el único que lo ha visitado. El sol de la vieja España que rebotó contra quien sabe cuantas capillas antes de llegar aquí, pone a la luz las maderas de un departamento descarapelado y a el algo lo habita de pronto y habla de la ciudad en la que Larsen intento en vano la construcción de un “prostíbulo perfecto”. “No solo podría dibujar el mapa de Santa María, ya lo hice hace algunos años. No lo necesito, conozco todo: la farmacia, la vía del ferrocarril, los barrios, las casas, el lugar en donde vive Díaz Grey que es una especie de alterego. En la novela que escribo ahora Díaz Grey aparece nuevamente en el primer plano. Es una especie de homenaje a una mujer que no conocí y que se suicido en circunstancias verdaderamente extrañas. La novela se llamará Cuando entonces, un título que le robe al escritor español Francisco Umbral. Da una sensación de nostalgia, de recuerdo. Cuando entonces: basta decir esto para que la explicación de las circunstancias este implicada. Pero nunca se sabe lo que sera un título”. “¿El libro se desarrolla en Santa María”. “Sí, por supuesto”. No dudo. Luego no oyó cuando le pregunte si Santa María venía del nombre completo de la capital Argentina: Santa María de Buenos Aires. Las ciudades imaginarias quedan como regalos que no es necesario explicar. Yo creo, todos nosotros creemos lo que se cuenta en La vida breve. Juan María Brausen, un héroe que ha dicho no al alcohol, no al tabaco, “un no equivalente a las mujeres”, no pudo rechazar el aburrimiento. Al construir el escenario inventado de una película que nunca será filmada, termina por construir “una pequeña ciudad situada entre un río y una colonia de trabajadores suizos”.

Los lectores de Onetti han buscado apasionadamente la historia de este lugar. Se llega a una decepción habitual cuando se toman sus novelas y sus cuentos y se les aplica el principio de la cronología para descubrir que nada esta bien fuera de la literatura. En efecto, la escena que Brausen observa desde el último piso del Berna es exactamente la misma que se canto desde otro ángulo catorce años más tarde, en Juntacadáveres. ¿Pero como entender que la continuación de este último libro, El Astillero, haya aparecido anteriormente, El juego de la correspondencia ha desesperado a todos los eruditos. Onetti no se sorprende. “Trabajo con toda Impunidad. Puedo resucitar a cualquier persona que me haga falta. Por ejemplo, fíjese en mi pobre amigo Larsen. Lo maté en El Astillero y luego reaparece en el último libro que publiqué. Reaparece con un cierto aroma de cementerio, un olor de tierra húmeda, pero lo necesitaba, lo llame y es un buen amigo, vino a ayudarme. Fíjese bien, incluso los curas de Santa María, conmigo, no tienen una sola vida. Resucité al padre Berner y no me puse a pensar en la opinión de su Dios”. Después de un silencio que uno adivina consagrado a las fechorías de la cronología, dice: “Soy un inmoral, le diré que cuando me cortaron el cordón umbilical me cortaron otra cosa que se llama vanidad. No tengo, sobre todo a nivel literario, vanidad. Invento. La palabra creación me parece siempre exagerada. Hay gente que se bautiza a si misma como creador. Existe también este otro espécimen, el hombre de letras. Yo no entiendo todo eso; al menos no lo practico”.

Onetti no dice: Larsen, mejor que un colega. Confiesa: cualquier cosa en lugar de un congreso de literatura (“si eso les permitiera escribir mejor a los asistentes, lo entendería”). De cualquier forma, tiene palabras muy dulces para este Larsen expulsado de Santa María y que regreso para morir antes de que su autor le diera una segunda oportunidad. “No podría escribir si no tuviera aunque fuera un poco de ternura por mis personajes. Incluso Larsen, hacia el que tengo sentimientos ambivalentes. Conocí en mi ciudad varios Larsen, varios padrotes o candidatos a serlo, que al final tomaron para mi una sola personalidad. Pobre Larsen, es un proxeneta en decadencia que no tiene otro recurso que aceptar a prostitutas que son prácticamente cadáveres. Larsen tiene mujeres demasiado viejas, demasiado gordas, demasiado flacas, pero así es, no puede tener a una reina del cabaret, es demasiado viejo. A Larsen lo quiero. Es un hombre moral. Me fascino saber que hay un Larsen que vive en Buenos Aires y que es un gran maestro de ajedrez. Actualmente le estoy enviando la historia de mi Larsen con una pequeña explicación puesto que uno no puede hacer a un lado a priori, que a la gente no le guste ser confundida con un proxeneta en decadencia”.

En el fondo, usted, yo, Onetti, todos somos Larsen un poco. Negarlo sería ceder nuevamente, como se dice en El pozo, a “este hábito absurdo de dar mayor importancia a las personas que a los sentimientos. No encuentro otras palabras; quiero decir, dar mayor importancia al instrumento que a la música”. Por eso se pierden todos los que han querido tender un puente entre Onetti y el nouveau roman. En Onetti, la parquedad de la construcción e incluso esa manera de rechazar a los héroes a fuerza de hacer compromisos con la desesperanza, no tienen nada de juego con la forma. Onetti ha proclamado “la inutilidad de todo abandono, de toda esperanza de comprensión”. No se trata de que Onetti escriba y de, al mismo tiempo, la teoría de su escritura. “He conocido”, confiesa, “al nouveau roman a medida que se ha ido publicando. El gran padre de ella, ¿cómo se llama?, Alain Robbe-Grillet, lo vi en un congreso, estaba dando una conferencia: aparte de ser un autor inteligente, es un gran actor. Nos decía que el nouveau roman se vendía cada día más. Y luego la otra, la mujer, no la Duras, la otra, la Sarraute, dijo en un reportaje: el nouveau roman se ha terminado, pero al menos nos dimos el gusto de liquidar a Balzac. Yo digo que es un poco difícil plantearse tal meta; parece una locura”.

Gusto maravilloso, sonrisa idónea para designar una hilera de libros amontonados sobre una cómoda. “Son solo novelas policiacas, y algunas de ellas muy malas, casi insoportables. Creo que en toda literatura hay, posiblemente, fragmentos del nouveau roman, fragmentos que el autor no deseo ni buscó. Si es espontáneo, esta bien, Esto le da la razón a Robbe- Grillet. Pero en lo que a mi respecta, creo que exagero. Cuando leo: “un campo tridimensional apareció y empezó…”. Silencio. “Me asombra que en Francia haya tal cantidad de movimientos literarios, filosóficos, de ideas, que se suceden unos a otros. Es terrible. Me duermo con el estructuralismo y me despierto con los nuevos filósofos”. Y aquí un silencio seguido de otro, definitivo sobre este punto.

¿Tal vez habría que alejarse de Juan Carlos Onetti; pero ¿puede uno abandonar al maestro de la hipersinceridad durante una conversación? Es extraño. El, que frecuenta exactamente el género de “les voy a decir todo”, tiene, cuando habla, una especie de desprendimiento que confina a uno al “quédese con lo que le plazca”. Tal vez la parte del sueño es demasiado delgada en las palabras para este hombre que no tiembla, que acomoda su cigarro en un cenicero para servirse un vaso de vino tinto, y que parece a la espera del momento de escribir, en el que se dice feliz. Tal vez no cree en las palabras que pueden extraviarlo, llevarlo muy lejos. “Es algo que se dice con frecuencia”, precisa con una rotación de la nuca de derecha a izquierda que debe ser su único movimiento familiar. “Si la novela avanza bien, el que la escribe se pierde en ella. No es totalmente amo o propietario de ella. Los escritores que se quejan de esto me parecen ridículos. En última instancia, para no correr riesgos, podrían poner en una hoja nombres de ciudades y personajes y decir al lector: aquí está la novela. Pero yo no pienso cuando escribo, yo veo. Veo cuando escribo con felicidad. Hay momentos de sequía, todo mundo los tiene, pero yo escribo para ver a mis personajes. A veces, eso se confunde con la vida real. Es un efecto de la edad ¿no? que empieza a meterse en esto”.

Su existencia apacible junto al Río de la Plata sufrió un atropello un día de 1974 cuando una dictadura uruguaya decidió encarcelarlo junto con Carlos Quijano, director del semanario Marcha. Los dos habían formado parte del jurado que premio a “El guardaespaldas”, una novela corta de Nelson Marra en la que un comisario de policía que agoniza evoca su vida sexual y, particularmente, sus relaciones con un personaje del régimen. Por esta historia en clave, Onetti paso gran parte del año en prisión. Después de reposar en un hospital psiquiátrico, dejo definitivamente América del Sur. “No, no tengo arrebatos de nostalgia. Extraño, quizás, las anécdotas, lo que podría pasarme en la calle, pero no lo creo. Extraño más bien a ciertas personas; a mujeres, desgraciadamente. Perdí mucho tiempo en eso que se llama los amoríos, y yo no sabía que perdía el tiempo. Dejé pasar muchos años sin escribir una sola línea por una fijación sexual con una joven. Me decía: un día me pondré a escribir. Por supuesto, perdía tiempo sin perderlo”.

Los exégetas onettianos dividen todos los personajes de sexo femenino en tres categorías que habrían podido ser un título para Jean Eustache: la joven, la mujer y la prostituta. su esposa Dolly pasa, rubia, tranquilizante, protectora, bella, sin que se perciba en ella ningún dolor por lo dicho; por el contrario, es ostensiblemente cariñosa. Cuida de todo: el ángulo de ese rayo de sol que roza el sillón del escritor, que el vaso esté siempre lleno, que haya algunos bocadillos para acompañar el vino. Onetti confiesa no sin ciertas reservas: “Me sentí atraído sobre todo por las adolescentes. ¿Yo que se de esto? Que Nabokov autor de Lolita, no sabía nada de lolitismo. Si usted practica el lolitismo, nunca podrá hacer el amor con Lolita, por que entonces tendría usted a una mujer. Lolitear es muy hermoso pero, bueno, no puede ser lo único”.

Dudo, no sé si debo interrumpirlo para decirle que en el cielo hay dos cigüeñas. Se calla, luego habla, como tantos escritores latinoamericanos, de Carmen Balcells, que fue su agente literario, su “ángel de la guarda”, promotora de sus traducciones por todo el mundo, supervisora en la revisión de las malas traducciones.

Carmen Balcells, por su parte, en las raras ocasiones en que se arriesga a evocar frente a terceros su posición en la literatura de todo un continente, cita dos ejemplos: “Hay autores que un agente literario tiene la suerte de encontrar, y autores que tienen la suerte de encontrar un agente literario: es el caso de Juan Carlos Onetti”. ¿Cómo habría hecho su carrera él, que se niega a las clasificaciones de cuento, novela corta, novela?

“Un día que estaba en Cuba como jurado de un concurso literario, alguien propuso un premio para las novelas cortas. Bueno. ¿Cuántas páginas debe tener una novela corta? ¿Es necesario entrar en la distinción americana entre short story y long story? Muerte en Venecia, por ejemplo, tiene pocas páginas y es, sin embargo, una novela completa. El eterno marido, de Dostoievsky, cuyo número de páginas es el de una novela, es en realidad un cuento, un cuento largo. Eso que llamamos cuento tiene una riqueza tal que puede contener una narración de trescientas páginas. Un hombre muy viejo del siglo pasado, Menéndez Pelayo, afirmaba que una novela debía tener trescientas páginas para pasar de la dimensión de fascículo a la de volumen. Pero no quisiera hablar mal de un español. España se ha portado magníficamente conmigo al recibirme, al darme la nacionalidad española. Después cometieron el error de darme el premio Cervantes. Los españoles debieron decir que primero me vine a instalar aquí y luego me robé los millones del premio”.

Su nieta, a quien pregunté al llegar la edad de una perra con sentimientos imperialistas, explicaba que “Biche” tiene un año menos que Cervantes. Así lo dijo. Fue delicioso. Onetti no habló de Cervantes pero me dijo que su perra era feliz. Levi-Strauss, con el talento que le caracteriza, tuvo un intercambio de miradas con un gato, es necesario decir que este autor proclive al tropismo de la tristeza, tiene la mejor de las relaciones con una perra. La desgracia en Onetti es puramente literaria. Escribió: “Vivir es ya una falta suficiente como para que aceptemos pagar el precio”. No hay por qué creer que el ha pagado más que otros, que todos los desdichados desprovistos de su inexplicable talento, desde el momento en que él escribe sobre la sombra.

Le cito uno de los raros credos salidos de su pluma: “La desgracia no llega, es”. Titubea, propone otro pequeño credo con un optimismo casi innato, y luego se embarca en una historia como para dar la medida de su extraña propensión a engendrar el spleen. “Ocurrió en la Universidad de Berkeley, en San Francisco. Yo estaba con Vargas Llosa y Martínez Moreno. El responsable del departamento de literatura latinoamericana se había dirigido a ellos dos. A mí me dijo: `Onetti, es necesario que hablemos cara a cara’. Me contó que una de mis novelas era libro de texto para alumnos que tenían hasta dieciséis años. Un día, una de esas jovencitas había pedido una entrevista en privado y ahí, presa de una verdadera crisis de histeria, le confesó que venía en nombre de todas sus compañeras de grupo para que me retiraran del programa. Onetti nos destruye, nos hace llorar, nos pone tristes”, decía. Ahora estudian este libro alumnos que van de los dieciséis años al infinito, pero yo no tengo la culpa de eso. Cuando escribo, ya lo he dicho, soy feliz. Escribo en la cama y no porque sea un libertino; además, nada de lo que produzco sucede deliberadamente. No quisiera posar, jugar a ser Cioran, ni aunque tuviera su talento, pero como decía el viejo Pío Baroja: `Así es la vida’.”

Estas cuatro palabras fueron las únicas en francés durante toda la entrevista. Aquí debería decir que Onetti confiesa que no puede escribir luego de haber releido a Faulkner, tanto lo impresiona el genio del condado de Yoknapatawpha. Para contribuir a la desconfianza hacia la tristeza que, dice él, lo habita, prefiero dar testimonio de que cuando salí de su casa, las dos cigüeñas seguían volando en el cielo, categóricamente.

Tomado de Magazine Litteraire.

Traducción de Arturo Gómez-Lamadrid