Por momentos tengo la impresión de que tanto el fatalismo como el triunfalismo, separados por intenciones retóricas, se han transformado en una constante de vacíos en la mayoría de los discursos políticos alrededor del mundo. No sólo los de especialistas, políticos profesionales o funcionarios; en ocasiones también noto cierta tendencia entre los textos de diversos periodistas, comentócratas y, a riesgo de equivocarme a causa de lo limitado de las lecturas que puedo tener, también en gran parte de la interpretación política de individuos dispares en las distintas sociedades a las que intento acercarme. El entusiasmo exacerbado pronostica un futuro sin contemplar la realidad del presente o el desastre anticipado anula cualquier posibilidad de futuro sin detenerse a revisar los elementos positivos de un presente innegable. Sin matices, la relación con la realidad llega a embriagarse de la euforia optimista o inundarse en la versión fútil de un supuesto y limitado pesimismo. Si tan sólo volviéramos a considerar aproximarnos a la realidad desde la imprescindible condición de la melancolía.

Es tanta su importancia, que la melancolía, quizás el más enigmático de nuestros sentimientos, es también un síntoma, una presencia, una condición y una manifestación de sentires, enfermedades y talentos. Ha sido examinada como pasión y como temperamento, llevada al rango de pecado y analizada desde el psicoanálisis, secuestrando las nociones filosóficas de lo que alguna vez fue una virtud. La melancolía ha sido reducida a demencia por la representación de la historia para evitar la aceptación de lo incontrolable. Quizá tenga algo de provecho alejarse de la idealización del personaje melancólico, ya sea al interior del sanatorio o en la quietud de su plastificación artística, y llevar la condición melancólica a los terrenos del poder.

Ilustración: Kathia Recio

El poder se interpreta de muchas formas, siempre será la capacidad de cambiar algo: la vida propia, la vida de los semejantes, los gobernados, los miembros de un círculo cercano. No es aséptico, en su conformación se incluyen los costos interiores y externos de las acciones. Invariablemente ligados al entorno, es decir, a la realidad. La melancolía es, sobre todo, una relación con la realidad.

Como en otros conceptos: la felicidad, la imaginación, o la soledad, su fecha de inicio está supeditada a su cuestionamiento. A la preocupación anticipada de lo que nos pasa. Pocas acepciones se encuentran tan ligadas a sus orígenes como la melancolía, así como pocas han sido tan tergiversadas al paso de los siglos.

De Sócrates a Platón se discutió la melancolía en los terrenos de una locura ligada a las emociones y distante de la razón, capaz de disminuir las facultades de los individuos, como una enfermedad más. Las nociones que la entrelazan con la depresión, la tristeza o la añoranza no resultan muy modernas. Si bien hubo una época en la que se afirmaba los astros eran causantes de nuestras conductas, hay ciertas herencias que bajo una ligera modificación prevalecen en las conciencias. A Saturno, astro de los atormentados, se le adjudicó el retraso en el cumplimiento de las encomiendas y responsabilizó por el control de los humores humanos: de expresión saturnina es el escritor que por deprimido no cumplió con su trabajo. Dicha disociación entre la manifestación melancólica y el padecimiento físico o emocional contiene la paradoja de la melancolía que, filosofía, medicina y anatomía se esforzaron por comprender. Los humores que controlaba Saturno se establecieron como receta de los comportamientos desde los años 400 antes de la era común. Cuatro fluidos afectaban el comportamiento y cuya presencia y acción se modificaba a partir del cosmos, de las cuatro estaciones, de los cuatro elementos. Sangre para el temperamento sanguíneo: entusiasta, social y sano. Bilis para el colérico, no tan suscrito al carácter que hoy se le da a la palabra, como eficiente, tal vez pragmático. La flema para el flemático, relajado, introvertido, empático e inútil. La bilis negra, el fluido del que se desprende la melancolía.

Para Aristóteles, en su Problema XXX o “monografía sobre la bilis negra”, la afección que se caracterizaba de forma física y mental dependía de la alteración del fluido melancólico y generaba enfermedades de las mismas características: parálisis, depresión, desenfreno y furor. Los humores y el furor, por lejanos que parezcan, son la clave para entender la relación que se fue desarrollando y en gran medida todavía guardamos hacia la melancolía. Durante la Edad Media parece que no hubo gran reinterpretación del Problema XXX. La hegemonía del pensamiento religioso que media a los hombres desde los designios de Dios, depositó en la posesión demoniaca, antigua causante de enfermedades, la causa de esa melancolía con la que los individuos se salían de sus cabales. Con ella llegaban a instantes de desasosiego con furor intermitente, sacándolos de su propia alma y mostrando la huella de lo incontrolable, así esa falta de control pudiera llevar a la introspección, a la decadencia, a la desidia, a la ocupación por lo que no importa, o a la racionalidad extrema de las minucias que el determinismo daba por sentadas.

El fin de la Edad Media y el inicio del Renacimiento no sólo rescataron las figuras planteadas por la humorología. Con todo y su nostalgia por las representaciones saturninas, recuperaron la posibilidad de conectar la melancolía con la genialidad.1 El personaje melancólico, por definición inconforme, busca los indicios de su inconformidad y los caminos, en ocasiones imprecisos, para corregirlos. Se sabe reducido en su cuerpo y fragilidad, reconociéndose finito. Qué mayor afrenta a Dios que saber lo que se supone es sólo de él.

A partir del Renacimiento se encuentra la preocupación por la melancolía a través de sus múltiples manifestaciones artísticas. El sujeto melancólico “busca en su sufrimiento el impulso necesario para la creación artística”2 y se vuelve objeto de la misma creación. ¿Qué creador respondiendo a divinidad mayor que la propia no desatará el juicio de los religiosos?

De Melancolía I de Durero a Hamlet de Shakespeare, el arte da nombre y forma a lo que transporta las llagas de esa ambigüedad, afectada por la melancolía, que se entiende por alma. Aquí trato de pensar desde mi oficio. Si bien la pintura y la escultura han trazado las expresiones exteriores de la melancolía, la literatura se ha ocupado de las interiores. Me he detenido en el porqué de esto y la respuesta ha caído en la melancólica frustración de admitir las carencias de un oficio frente al otro: es un asunto de mero instrumento. Los símbolos de las artes plásticas se transmiten de manera más directa y, supongo, encuentran su nivel más profundo en la evocación detallada de lo retratado contra la memoria de su observador. Por más reflejo interior, son una evocación exterior. En cambio, la literatura, salvo la descripción minuciosa, tenderá a acercarse a las afecciones internas desde el interior. La presencia melancólica en Durero afecta de afuera para dentro, la voz de Hamlet de adentro hacia dentro, por el simple acto de lectura.

Si el Renacimiento imprimió una nueva perspectiva sobre las relaciones de la vida y la vida misma, su visión humanista permitió la revisión minuciosa del individuo y será difícil encontrar una presencia más privada que la melancolía. Esto permitió esclarecer la división entre las melancolías patológicas y normales, propias de absolutamente todos los individuos sin necesidad de transformarlas de manera absoluta en enfermedad o posesiones, como las trató la religión y más tarde el psicoanálisis. Los movimientos sociales del siglo XVIII ayudaron a darle su carácter político, el de la inconformidad ante las materias de la sociedad. El existencialismo del XIX pensó la melancolía con sus componentes filosóficos y morales; la libertad y la responsabilidad, como sujetos de análisis político, social y emotivo, son detonadores de la melancolía más pura y se debaten contra el entusiasmo y extrema insistencia en la provisión de certezas que el discurso político reclama en la demagogia contemporánea.

El cambio global producto del liberalismo y su inclinación por el individuo y sus seguridades, depositó en la melancolía un motor del pensamiento moderno dentro de las reflexiones de Kierkegaard y Tocqueville: la incompleta ruta de los modelos democráticos y liberales. He insistido en otros textos de estas mismas páginas cómo esa incompletitud no es una falla sino un ingrediente elástico de dichos modelos que contradice la proverbial, si acaso, idea de un proyecto social capaz de conseguir el establecimiento de una panacea, cuando en realidad, sistemas como la democracia y las nociones de libertad abogan por el constante perfeccionamiento de sus caminos.

Dos visiones, clínica y política, sitúan la melancolía en la paradoja que ha desvirtuado esta condición. En el pensamiento marxista se llegan a descubrir acepciones donde el temor a la pérdida de las satisfacciones brindadas por el capital producen la sensación melancólica. Sin ahondar por mi propia inexperiencia freudiana, entiendo que en ella las pérdidas llevan a la autodestrucción del individuo en pena. La melancolía, nuevamente, vista sólo desde la enfermedad.

No se trata de encadenarla a una única interpretación. La mutabilidad del lenguaje otorga favores de inmensa amplitud. La dificultad emocional que enfrenta el rechazo a la complacencia, a la seguridad imposible de la esperanza, no deberían limitar la preocupación sobre las inseguridades del pensamiento. La melancolía como modo de existencia, en sus figuras positivas, es el recorrido del pensamiento. La incómoda y dolorosa relación con la realidad no es necesariamente un negativo, es la exploración de todas sus formas.3

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, El jardín del honor y la trilogía compuesta por Pensar Medio Oriente, Pensar México y Pensar Occidente.
Twitter: @_Maruan.


1 Raymond Klibansky, Erwin Panofsky y Fritz Saxl, Saturno y la melancolía. Quizás el mejor ejercicio enciclopédico sobre la melancolía del que tengo rastro.

2 Roger Bartra, La melancolía moderna, FCE, México. 2017. Bartra es seguramente el autor que más ha explorado la melancolía en México. Junto con este libro, me he apoyado también en su La jaula de la melancolía (Grijalbo, México, 1987).

3 Para este texto recurrí, también, a Anatomía de la melancolía de Robert Burton.