Cada año el mismo fenómeno llama mi atención durante un par de meses. Entre mayo y junio, antes de que las lluvias se transformen en tema de exclamaciones y sorpresas recurrentes para los habitantes de la Ciudad de México, los derredores de mi casa, en la zona boscosa que se aleja de ella, son tomados por unos animales que con su simpatía me han devuelto algo que cada vez da la impresión de importar menos al esgrimir una idea sobre política, sociedad, cultura, etcétera. A esos animales les debo, agradecido, horas de observación.

Lo que podría suponerse como un ejercicio de ocio e inútil no siempre lo es. La relación con las pequeñas cosas recuerda que, en medio de lo agitado de la disfuncionalidad nacional, o de los insolutos en que se sitúan los conflictos y tragedias del mundo, hay otra realidad, más permanente, que ayuda a entender nuestras angustias diarias.

Supongo que a los cacomixtles les sucede lo que a otras especies. Aunque su existencia es conocida, es frecuente que la gente en las ciudades nunca los haya visto y su imagen se pierda en la inmensidad de animales que conviven entre camellones, parques y jardines. O bien, que sean confundidos con otros animales con los que poco tienen que ver.

Su cuerpo es parecido al de un hurón, largo y de patas cortas. De la cabeza, similar a la de un mapache, sobresalen los ojos grandes y redondos. La cola se extiende horizontalmente cuando corren. Tan o más grande en comparación a su cuerpo, tiene un pelaje de anillos de color gris claro o amarillentos, intercalados con otros negros. Mientras se alimentan, caminan o curiosean, adoptan una forma curva parecida a la de las ardillas. Nunca he logrado ver en qué posición están al descansar.

De origen náhuatl, su nombre se usa para llamar a las dos variantes del mamífero, el cacomixtle norteño y el que carece de apellido cardinal. Tras investigar un poco, sé que he estado en contacto con el norteño, mucho más elegante y estético que el cacomixtle simple, que habita en regiones cercanas al ecuador.

Si bien son una especie emblemática de la región y orgullo identitario para algunos, su presencia se extiende hasta el sur de Estados Unidos. Es decir, a pesar de sólo verlos un par de meses, se encuentran ahí todo el tiempo. Al principio creí que la corta frecuencia de las visitas obedecía a un fenómeno migratorio relacionado con su reproducción, pero según he averiguado, al concluir ésta, justo en esos meses, y tras el desarrollo de las crías, el cacomixtle desintegra su familia y sus miembros viven en solitario hasta repetir el ciclo primaveral. ¿Qué harán el resto del año? ¿Los que pasean por mi techo serán las crías que nacieron el año anterior?

Soy consciente de que en las reuniones que tengo en esta época, el cacomixtle es uno de mis sujetos de conversación. La gente normalmente me pregunta si se trata de tlacuaches, una especie de marsupial gigante con pinta de rata que afortunadamente nunca he visto. Quienes no identifican al cacomixtle, ¿saben hacerlo con un tlacuache? ¿No será que en ocasiones nos construimos una realidad de la que desconocemos mucho, pero nos convencemos de ella hasta hacerla real?

Es aceptable decirlo, en términos endémicos yo soy el invasor de su territorio. Quizá por eso no se sienten atemorizados por mi presencia. De cualquier forma, para estas alturas ya es ocioso el reclamo de propiedad sobre el territorio. Cuando se convive mucho tiempo en el mismo suelo, sólo queda aprender a aceptarse sin hacerse daño. La relación con lo cacomixtles es mi mayor triunfo hacia los temas de coexistencia de los que hablo en mi día a día sobre Medio Oriente.

La primera vez que descubrí uno de estos animales, fue gracias a un aventurado que no obedeció sus usos nocturnos y, a media tarde, decidió comer una de las peras que, más tarde entendí, bajan de un árbol. Las arrancan de las ramas, tiran al suelo y luego sostienen con ambas patas delanteras para acercarlas a la boca. Esta temporada han encontrado, ocasionalmente, una nueva fuente de alimento de la que soy responsable y tendré que revisar si afecta sus hábitos regulares. Cada tanto, en la puerta de la casa, deposito una pequeña cantidad de alimento para los gatos ferales que vistan durante el día. Por lo menos en una ocasión, he sorprendido a una hembra cacomixtle, evidente por la diferencia de tamaño y abundancia de pelaje —menores que en los machos, como ocurre a menudo en otras especies de mamíferos—, robar discretamente, antes del amanecer, las sobras de los felinos. Si el consumo de peras o ciruelas disminuye, quizá deba ajustar algunas cosas. Es de suponer que medir la cantidad de frutas que se comen resulta complicado, o de una atención imposible de dar. Por casualidad, en una excursión al techo descubrí que su orden permite el inventario. Acumulan las semillas de las ciruelas en pequeños montones abajo de cantos y alféizares. Por la cantidad de semillas, no creo que se trate de una sola sesión de alimento, lo que lleva a pensar que han escogido lugares para alimentarse, asumo, por brindar cierta seguridad.

Una serie de ruidos muy característicos anuncian los días en que, uno por uno, comienzan a dejarse ver. Las hembras son las primeras en agruparse. Como si buscaran llamar la atención, emiten una especie de trino agudo e intermitente que conforme pasan las noches se escucha más cerca hasta complementarse con carreras de persecución sobre los techos, encima de algún vehículo estacionado, o en las escaleras exteriores. En estas semanas, una hembra se asomó por una de las ventanas y al no ver nada que le interesara —mis actividades le debieron resultar aburridas— se retiró dando pequeños saltos impulsados por las patas traseras.

Recientemente les ha dado por acosar a mi perra, que los espera desde el atardecer al pie de una barda. Permanecen viéndola y sólo cuando su instinto la lleva a darles caza, los cacomixtles huyen para quedar fuera de su alcance y repetir un desafío de miradas lúdicas en el que siempre resultan vencedores. Cuando la constancia de trinos no deja espacios de silencio, es señal del inicio en los rituales de apareamiento. Actividad que realizan sin el menor pudor, ni necesidad de esconderse o preocupación de algún riesgo. Entre el pasto, el macho se monta sobre la espalda de la hembra y los ruidos se transforman en causa de insomnio que alebresta no sólo a mi perra, que corre sin dirección hasta que me veo obligado a tranquilizarla mientras los otros terminan. Esta semana una llovizna fue lo único que logró interrumpirlos. Asumo que no les gusta el contacto con el agua. Eso explicaría que las hembras, mucho más cautas que sus compañeros, corrieron en todas direcciones apenas cayeron las primeras gotas. Más tarde las ubiqué bajo un techo grande que daba protección suficiente para un grupo. El macho, atónito e imagino decepcionado, subió a un árbol y emitió un sonido que jamás había escuchado en todos los años que llevó observándolos. Al enfrentarlo con una linterna, continuó su especie de ladrido cargado de molestia o desesperación, dejando a la vista los colmillos que exhibió adelantando la cabeza.

Por su reacción ante la lluvia pensé en construirles un refugio. Si bien la especie no se encuentra en peligro de extinción, al parecer está dentro del listado de animales protegidos. Para variar, la destrucción del hábitat es su mayor amenaza. Sin embargo, siempre han sabido protegerse de las condiciones climáticas. ¿En qué instante cursi se me ocurrió que necesitan mi ayuda? Qué soberbia tenemos los humanos para, en nuestras nociones de buena conciencia, creernos una responsabilidad de ser supremo y benefactor. Sin duda nuestras acciones han afectado el entorno de éste y miles de otros animales, pero en esta ocasión mi intento caía en lo ridículo. Quizá sea mera culpa. En un inicio sus ruidos nocturnos provocaron que los detestara y busqué los medios para convertirlos en tapete. Para tranquilidad de un lector preocupado por asuntos de conservación, fracasé sin intentarlo.

El cambio en mi interacción con ellos ha sido producto del tiempo que les he dedicado.

En el sur de la ciudad no son pocos los reportes de avistamiento a estos animales. Casi por norma, personas ataviadas de rescatadores de fauna salvaje dan aviso ocasional de lémures. ¿En México? Sería fácil adjudicar el error al cine animado o a la falta de conocimiento, pero también puede ser algo más grave. Hemos tildado de frívola la observación, ¿quién tiene el tiempo de detenerse a pensar lo que parece intrascendente? Ya no se exige que una postura parta de la observación. Aquí se observa desde la postura. La realidad en México es lo que cada quien decidió ver. Violencia, tragedia y virtudes: la subjetividad desde la certeza que desprecia el tiempo. Tampoco lo necesitamos para pensar. Esa modernidad que nos iba a dar el espacio para hacerlo banalizó la observación al considerarla fútil y lenta. Se olvidó del saber. Cuando la defensa de la realidad ya no pide comprenderla, ¿qué realidad estamos defendiendo? ¿Qué queda de lo real si decidimos ya no observar lo que aseguramos tenemos claro? Sigamos pensando que no tenemos tiempo. Sin él no hay pensamiento. Estaremos viendo su derrota. Frivolizaremos la democracia, la política y el discurso. Una cola anillada será del mismo animal en una isla de África y en una montaña americana. La versión generalizada de una idea sin sustento.

Ahí, en la prisa, está la entrada al país del lugar común.

 

Nota del autor: Tomo el título de un texto que publicó George Orwell en Tribune el 12 de abril de 1946: “Algunas reflexiones en torno al sapo común”.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.
Twitter: @_Maruan.

 

2 comentarios en “Reflexiones en torno al cacomixtle del norte

  1. Siempre es un estímulo descubrir a uno de estos animalitos en la madrugada. La primera vez que ví uno, creí que estaba frente a una criatura mítica, una quimera nocturna mitad mapache mitad gato, mitad lemur. Sostuvimos la mirada por los que a mí me parecieron minutos, inmóviles los dos. Sus enormes ojos morados me hipnotizaron. Desde entonces me obsesioné con ellos. Aún encuentro increíble que estas criaturas existan en medio de la ciudad y que pasen desapercibidas para la gran mayoría de sus habitantes. Me gusta pensar que hay algo mágico en descubrir uno, que te escoge para mostrarte que tu entorno es más complejo y diverso de lo que pensabas.

  2. Desde hace un par de años los descubrimos corriendo por el jardín y techo de mi casa y nos ha maravillado que a pesar de invadir su hábitat hace 20 años con la construcción del condominio, hayan regresado a su lugar de origen y sigan reproduciéndose. Lo maravillos es la convivencia con estos animalito que nos permiten acércarnos a la naturaleza en esta urbe que pareciera que hubiera eliminado a las especies endémicas.