Rusia es una tierra de historias. Historias del zar y su pueblo, de Lenin y la revolución, de la Gran Guerra Patriótica; de la transformación de una tierra atrasada en un poderoso y moderno Estado industrial; del Sputnik, de Laika, de Gagarin. Luego vinieron las historias del régimen de terror de Stalin, la de un país que se anquilosó y se estancó y que eventualmente colapsó, la historia de Vladimir Putin, el oficial de la KGB que ascendió al poder en medio del caos y restableció el orden. ¿Y cómo lo logró? Con historias del pasado, recontadas de tal manera que todo en ellas conduce y justifica a la Rusia que existe hoy.

Durante casi toda mi vida estas historias han ejercido una poderosa atracción sobre mí. Cuando era joven Rusia no sólo estaba aislada, por lo que resultaba misteriosa, sino que se nos presentaba como nuestra antítesis: nosotros éramos libres, los rusos vivían oprimidos; nosotros éramos buenos, los rusos eran malvados. Cuando crecí y comencé a leer la situación se volvió más complicada, porque era de Rusia de donde venía la mejor y más potente literatura: Crimen y castigo de Dostoievski, Guerra y paz de Tolstói, Diario de un loco, de Gógol. ¿Qué clase de país era este donde las almas eran tan profundas y el espíritu tan salvaje? ¿Y por qué había sido ahí donde la idea de la profunda e inherente injusticia de la sociedad de clases se transformó en acción, primero en la revolución de 1917, y luego en la dictadura de 70 años del proletariado? ¿Y por qué una hermosa historia sobre la igualdad entre los seres humanos terminó en horror, brutalidad y miseria?

Rusia continúa siendo un país enigmático para mí. Todos los días hay noticias sobre Rusia —escuchamos cosas sobre Putin, sobre los disidentes que mete a la cárcel, sobre cómo interfiere en las elecciones de sus rivales— y todas ellas abonan a la idea de que “Rusia” es una entidad única, comprensible y bien definida. Pero ¿qué es lo que piensa la gente que vive dentro de esa entidad? ¿Qué significa “Rusia” para ellos? ¿Cuáles son las historias que se cuentan ellos mismos 100 años después de la revolución, 25 años después de la caída del comunismo?


Ilustraciones: Izak Peón

Durante años había querido ver Rusia con mis propios ojos, conocer a algunas de las personas que viven dentro de esa entidad, saber qué creen ellos que significa ser ruso. Esa fue la razón por la cual, una mañana de octubre, me encontré manejando de Moscú hacia la finca de Iván Turguénev acompañado por un fotógrafo y un traductor. Si quería saber cómo era la vida en Rusia sin el filtro de las noticias, no podía pensar en otro sitio mejor para empezar que el mundo de Turguénev, la campiña que sirvió para ambientar su primer libro, Memorias de un cazador.

Publicado en 1852, Memorias de un cazador es una colección de historias sencillas acerca de los encuentros de un cazador que deambula por el bosque. Aquí no hay nada de la ferocidad y la profundidad emocional y psicológica de Dostoievski, tampoco de la complejidad épica de Tolstói, ni de su habilidad para encapsular a toda la sociedad en unos cuantos trazos; estas son historias modestas en todos los sentidos, incluso sin propósito. Un hombre pasea por el bosque con una escopeta al hombro, intercambia algunas palabras con alguien que se encuentra por ahí, posiblemente le dispara a uno o dos pájaros, posiblemente pasa la noche en un establo antes de regresar a casa, y eso es todo, esa es toda la historia. Y sin embargo el libro se cuenta entre las grandes obras de la literatura universal, en gran medida porque Turguénev logra acercarse tanto al mundo que describe, la sociedad rusa de los 1840. Sus personajes y descripciones no van más allá de sí mismos, no son parte de una secuencia de eventos más grandes, se encuentran al margen de todo —excepto de un tiempo y un espacio específicos. Y desde ahí es donde experimentamos el mundo.

El paisaje que atravesábamos era plano y monótono, el cielo de un gris pálido. A veces pasábamos junto a una estación de servicio, a veces se nos aparecía un pequeño pueblo, a veces el bosque se abría en claros. De pronto, entre los árboles, apareció un pequeño parque a nuestra derecha. Vi una pared negra y una llama ardiendo. 

“¿Qué es eso?”, pregunté.

“Nada, un memorial de la guerra”, dijo la intérprete. Su nombre era Oksana Brown; era una joven productora de noticias que en ocasiones trabajaba como enlace.

 “Ah, no, esto es perfecto. Quiero verlo”, dije.

“Hay monumentos como este prácticamente en cada pueblo de Rusia”, me contestó, sin entender bien a bien por qué quería detenerme ahí de entre todos los lugares.

El fotógrafo, Lynsey Addario, caminaba por el parque tomando fotos por su lado mientras Brown y yo estábamos parados frente al muro de mármol negro observando la llama agitándose con el aire. A nuestra derecha había otro muro, grabado con retratos de soldados, junto a un cañón pintado de verde que apuntaba al cielo gris.

“¿Qué dice la inscripción?”, pregunté.

“Tu nombre es desconocido, pero tus hazañas son inmortales”, dijo Brown. “Honor eterno a los héroes que perdieron la vida luchando por la libertad y la independencia de nuestra patria durante la Gran Guerra Patriótica”.

Sólo los occidentales, explicó, se refieren a ella como Segunda Guerra Mundial.

Mientras retomábamos nuestro camino, pensé en lo emotiva que había sido la sencilla llama del memorial. Representaba al bosque antiguo y le confería a los soldados una suerte de inmortalidad, depositándolos en las eternas filas de los caídos. En el mundo real la muerte era algo pequeño y sucio, nada a lo que aspirar, nada por lo que celebrar. Pero con la ayuda de este memorial, la muerte se elevaba del mundo real al ideal. La flama era el agente de este encumbramiento; estaba atada a una sombría materialidad pero alcanzaba lo etéreo; aunque estaba muerta, se movía como si estuviese viva.

 

Lentamente, el campo se tornó más ondulado y luego, de pronto, mientras alcanzábamos la cima de una colina, cambió por completo: el bosque, que durante horas había formado una especie de barda a ambos lados del camino, se abrió en una amplia y hermosa planicie, al final de la cual paredes de árboles de todos los tonos del otoño se extendían hacia el horizonte, y el cielo parecía abrirse, inundando la escena de luz.

Así que Turguénev no había exagerado las bellezas del mundo de su infancia, pensé. Porque definitivamente habíamos entrado en su mundo, este era el campo por el que había cabalgado de joven y que luego describió en Memorias de un cazador; y tan sólo media hora después salimos de la autopista y nos metimos por un camino de terracería que nos llevó primero a una aldea, luego a una finca con un estacionamiento y varios edificios pequeños de oficinas.

No había nadie alrededor y todo estaba muy tranquilo. Las nubes colgaban bajas en el cielo; el aire estaba cargado de humedad y como si amortiguara cualquier sonido. En uno de los rincones había una capilla de piedra cuyos muros estaban repletos de moho en la base, y a unos 100 metros estaba lo que debía ser la casa principal. Yo esperaba encontrarme algo grandioso y monumental, algo así como una de esas fincas inglesas, porque los Turguénev habían sido una familia noble, pero esta era una casa de madera, bajita, pintada de violeta y cubierta de grabados complejos.

No despertaba mayores emociones, no despedía ningún aliento histórico.

Traté de imaginarme a Turguénev atravesando la puerta y caminando a zancadas hasta donde estábamos, pero era imposible asociarlo a nosotros, a aquel tiempo con el presente.

Seguimos a un guía joven, barbado y anteojudo, que nos explicó que la mayoría de los edificios originales habían sido destruidos: estas eran réplicas exactas. Sin embargo, algunos de los objetos de la casa del escritor estaban exhibidos en las habitaciones de la casa adyacente al edificio principal. Había mesas y sillas, retratos y cachivaches, estantes con libros alineados. Pero aunque todas estas cosas eran auténticas, no hablaban; simplemente estaban ahí, mudas, mostrando el pasado.

Los únicos artículos que tenían un interés real eran el arma, la cartuchera para la pólvora y la mochila que Turguénev utilizaba en sus viajes de caza. Esos artículos me hicieron pensar en Ernest Hemingway, que se inspiró en los relatos de Turguénev para escribir Las historias de Nick Adams; en cómo se esforzó por lograr la misma intensidad espontánea, y que quizá lo hubiera conseguido, aunque nunca logró alcanzar del todo la percepción del mundo de Turguénev porque él mismo se interpuso en el camino. Había también un sofá donde Tolstói se había sentado; ellos no sólo fueron dos grandes escritores contemporáneos, sino que vivieron a pocas horas el uno del otro. Al principio fueron grandes amigos pero gradualmente Tolstói empezó a odiar a Turguénev al grado de retarlo a duelo. Turguénev observó a los campesinos pero no se involucró con ellos tanto como Tolstói, quien escarbó más y más en su búsqueda de la esencia del alma rusa, no sólo practicando los principios de la simplicidad y la pobreza, sino también enarbolándolos como ideales comunes para todos.

Nos adentramos en el gran parque, donde hileras de árboles corrían en una larga línea recta hasta toparse con un bosque desordenado. No había nadie más que nosotros. El aire húmedo y frío flotaba inmóvil entre los troncos.

“¿Siempre hay tan poca gente?”, le pregunté al guía.

Agitó su cabeza vigorosamente.

“No, para nada. Por lo general está plagado de niños, vienen con sus escuelas de toda Rusia. Y el próximo año es el bicentenario del nacimiento de Turguénev. Por eso estamos remodelando el lugar. Tendremos muchos visitantes en esas fechas. Pero hoy es lunes, y estamos en octubre…”.

Se detuvo junto a un árbol alto rodeado por una pequeña cerca.

“Este roble fue plantado por el mismísimo Turguénev”, dijo.

A la derecha del árbol parecía haber unas lápidas.

“¿De quién son?”, le pregunté, señalándolas.

“Son tumbas de soldados”, me dijo el guía.

“¿Aquí?”.

“Sí. Pelearon contra los alemanes durante la guerra, y aquí es donde cayeron”.

Cuando manejamos de regreso poco después, fue la imagen de esas tumbas la que se me quedó impresa, quizá porque la violencia que representaban parecía tan improbable en un lugar como ese, el universo aislado de un museo. Eso y los dos caballos que vimos tumbados en el pasto, una yegua y un potro, negros y brillantes en el aire húmedo.

 

Antes de la revolución Rusia era una sociedad mayoritariamente agraria; a principios del siglo XX cuatro de cada cinco rusos eran campesinos. Eran gente pobre, sin educación, supersticiosa y analfabeta. En muchos lugares la forma de vida apenas había cambiado desde la Edad Media. León Trotsky empieza su Historia de la revolución rusa anotando que “el rasgo fundamental y más estable de la historia rusa es el ritmo lento de su desarrollo, con los rezagos económicos, las primitivas formas sociales y los bajos niveles de cultura resultantes”. En La revolución rusa (1891-1924). La tragedia de un pueblo, el historiador inglés Orlando Figes describe un mundo primitivo en el cual cada aspecto de la vida estaba gobernado por un conformismo implacable: todos usaban la misma ropa, todos traían el mismo corte de pelo, todos comían del mismo plato, todos dormían en el mismo cuarto. “El pudor ocupaba un lugar pequeño en el mundo campesino”, escribe Figes. “Los escusados estaban al aire libre” y “los doctores de la ciudad se escandalizaban ante la costumbre de los campesinos de escupir en el ojo de alguien para quitarle las perrillas, de alimentar a los bebés boca a boca o de calmar a los niños pequeños chupándoles el pene”.

Estas descripciones de la Rusia agrícola del siglo XIX como una sociedad atrasada y primitiva no son falsas, pero están elaboradas desde una gran distancia y generalizan al extremo. La distancia, por supuesto, es necesaria; ayuda al historiador a entender y explicar el desarrollo social, así como ayuda al político a enfrentar los problemas sociales. Pero una distancia similar fue la que permitió a los bolcheviques destruir la estructura de su sociedad sin pensar en los cientos de miles y, eventualmente, en los millones que murieron en el proceso, porque esta no era gente real sino sólo “campesinos”, vistos desde tan arriba que cualquier individualidad era borrada. Y si las estadísticas generales mejoraban, pues entonces todo había valido la pena.

Diario de un cazador muestra la cultura descrita por Trotsky y Figes pero desde adentro, sin distancia. Una de las mejores historias del libro es sobre un hombre que regresa de cacería y que se pierde y luego, en la oscuridad, atisba dos fogatas que brillan en un campo lejano abajo de él. Resulta que un grupo de chicos está acampando y cuidando sus caballos. Están acostados alrededor del fuego contando viejas historias, la mayoría relatos de sucesos sobrenaturales. Turguénev hace que estos chicos parezcan vivos, cada uno con su propia apariencia y personalidad, y hay algo profundamente conmovedor acerca de la forma en que los retrata; los toma en cuenta de manera tan seria, otorgándoles dignidad, y las historias que se cuentan uno a otro, ahí, en la noche, son en sí mismas incandescentes. Estos no son los agricultores reaccionarios y supersticiosos de los revolucionarios y los historiadores; estos son cinco chicos, cada uno con su propia vida, entrelazados por los hilos de su lengua, su cultura y la camaradería de la fogata.

Por supuesto, Diario de un cazador no pretendía ser una declaración política, y sin embargo causó un gran impacto en la Rusia de los 1850, posible y precisamente porque, al carecer de agenda política o literaria, mostraba la vida por lo que era y no por lo que simbolizaba.

En aquel tiempo la servidumbre aún existía en Rusia, lo que es decir que la nobleza no sólo era dueña de los pueblos que estaban dentro de sus tierras, sino también de la gente que vivía en ellos. Era, en otras palabras, una forma de esclavitud. El libro de Turguénev ayudó a atizar la creciente crítica a la servidumbre, que fue abolida nueve años después, en 1861, por el zar progresista Alejandro II. El zar fue asesinado 20 años más tarde y su muerte fue presenciada por su hijo y su nieto, que se convertirían en los próximos dos zares, Alejandro III y Nicolás II. No parece irrazonable pensar que su asesinato sirvió como instrumento para convertirlos a ambos en autócratas reaccionarios y antiliberales, tan opuestos a cualquier tipo de reforma y tan decididos a amordazar cualquier tipo de oposición, que eventualmente la revolución se volvió algo inevitable.

 

Ya estaba oscuro cuando encontramos el punto exacto donde había ocurrido la historia de Turguénev sobre los chicos. Se llamaba el prado de Bezhin y fue una mujer vieja quien nos lo enseñó. Traía una falda y un pañuelo en la cabeza, y estaba trabajando sola en medio del campo, pizcando maíz del rastrojo, con una carretilla a su lado.

“¿Quieres hablar con ella?”, me preguntó Addario desde el asiento trasero.

“No, creo que no”, contesté.

“Bueno, de todas formas quisiera tomarle unas fotos”, dijo.

Brown y Addario se bajaron del coche y brincaron la barda. Brown dijo algo en ruso; la mujer respondió. De pronto me di cuenta que tenía que hablar con ella, que el museo, los árboles y los libros viejos, las cosas sobre las que me había estado concentrando hasta ahora, no representaban nada más que mis propias ideas sobre el país que estaba visitando.

¿En qué demonios me estaba metiendo?

Mi idea de Rusia estaba basada en mitos e ideas románticas. ¿Qué tipo de arrogancia me hacía creer que sería capaz de decir algo sobre la verdadera Rusia tras un viaje de nueve días por un pequeño rincón de su vasto territorio?

Era como describir una cubeta de agua para decir algo sobre el océano.

Salí del coche y me reuní con ellos junto a la cerca.

“Dice que no quiere que le tomen fotos”, aclaró Brown.

“¿Por qué no?”.

“Dice que sólo está juntando un poco de maíz para sus gallinas”, contestó. “Pero que este no es su terreno”.

“Ya veo”, dije.

No era ningún delito grave —el maíz ya había sido cosechado— y después de un poco de estira y afloja la mujer accedió a contarnos su vida.

 “Pregúntale dónde vive”, dijo Addario, mientras disparaba. “Pregúntale a qué se dedica. Pregúntale si tiene familia”.

Al parecer la mujer había nacido en un pequeño pueblo un poco más abajo. Se había mudado a Moscú a los 15 años y había vivido ahí hasta hace unos cuantos años, cuando regresó a cuidar a su madre tras la muerte de su padre.

“Cuando era niña había mucha gente aquí”, dijo. “Era una comunidad floreciente, animada, debía haber al menos 15 o 20 familias”, dijo señalando las casitas sin pintar al fondo del camino. “Ahora todos se han ido”.

“¿Ha leído a Turguénev?”, le pregunté.

“He leído Memorias de un cazador. Está ambientado en esta zona”.

“¿Le gustó?”.

Sonrió por primera vez.

“Ahora se lo leo a mis nietos”.

“¿Es muy diferente ahora de cuando Turguénev lo describió?”.

“La zona es igual. Pero la vida es diferente. Muy diferente”.

Señaló en dirección de la pradera y empezamos a caminar. Los árboles alineados en la colina lejana parecían absorber la penumbra. Estaban ahí con su silueta oscura contra el pálido y resplandeciente cielo inmóvil. El silencio era absoluto, sólo se escuchaban nuestras pisadas.

Luego el graznido de un ave en la distancia.

Los chicos de la historia de Turguénev podrían estar aquí en este momento, pensé. Y sus nietos se podrían haber alzado contra el zar, y los nietos de sus nietos podrían haber sido aplastados por la revolución. Me quedé ahí, observando y escuchando, esperando algún tipo de conexión. Todo lo que me rodeaba era igual a como había sido en 1840. Los árboles, la pradera, el valle, las colinas, el crepúsculo, todo.  Y sin embargo todo era diferente.

El pasado está en nosotros, pensé, no en el mundo.

 

El tren a Kazán se extendía por lo que parecían kilómetros a lo largo de la plataforma de la estación de Moscú. La locomotora pintada de verde y la larga fila de vagones grises parecían salidos de la época de la guerra. Teníamos un compartimento de segunda clase con cuatro literas, y mientras el tren abandonaba lentamente la estación saqué mi libro sobre Lenin, deslicé mi maleta bajo la cama y me instalé junto a la ventana.

El libro Lenin the Dictator. An Intimate Portrait de Victor Sebestyen era fascinante. El escritor favorito de Lenin siempre fue Turguénev. Eso me parecía extraño, ya que Lenin fue uno de los hombres de mayor carácter que jamás haya existido; era ardientemente unilateral y emocionalmente evasivo; sin embargo, durante su exilio, sin importar dónde estuviera, Zurich, Londres o París, siempre llevaba consigo las obras completas de Turguénev.

Estaba leyendo sobre Lenin porque en parte los lugares que íbamos a visitar durante los próximos siete días habían sido escogidos teniéndolo en mente: en unas semanas iban a cumplirse 100 años exactos de la Revolución de Octubre, cuando Lenin se hizo del poder prácticamente sin ayuda de nadie. Nos dirigíamos a Kazán, donde Lenin estudió derecho y donde se había radicalizado, y luego íbamos a ir a Ekaterimburgo, donde el zar Nicolás II y su familia habían sido ejecutados en un sótano por órdenes de Lenin en 1918. Aquel acto, en su despiadada brutalidad, marcó el final de la vieja Rusia y el comienzo de la nueva. Todo lo que formaba parte del viejo mundo sería erradicado para abrirle paso al nuevo; ningún precio era demasiado alto y no habría marcha atrás.

Necesitaba como loco un cigarro. Brown dijo que estaba prohibido fumar en el tren, pero que si le comprábamos algo a la tripulación, un dulce o un poco de té, estaba segura de que podrían sugerirnos algo.

Cuando terminamos nuestro té, seguí a Brown por el vagón. Justo en ese momento la conductora emergió de su pequeño cubículo. Su cara era ordinaria y solemne, casi sombría. Abrió una puerta que llevaba a un estrecho pasaje entre los vagones.

“Fumen aquí”, dijo.

Salí hacia la movediza y vacilante plataforma de metal; uno de sus lados estaba completamente abierto y daba a las vías que estaban bajo nosotros, así que el estruendo de las ruedas colmaba el pequeño espacio. La conductora cerró la puerta y yo me doblé para encender un cigarro.

Cuando regresé caminamos por el vagón contiguo. Era de tercera clase: completamente abierto, con literas a ambos lados y atestado de gente. La cabeza y los pies de los que dormían en las literas superiores quedaban apenas a unos centímetros de mi cara, y el hecho de que permanecieran completamente destapados me hacía sentir como si me estuviera entrometiendo en algo privado. Pero al parecer ninguno de los pasajeros pensaba algo parecido; actuaban como si estuviesen en las salas de sus casas.

Desde el siglo XIX ningún tren escandinavo ha estado tan lleno, pensé.

Nos detuvimos frente a tres mujeres como de cincuenta y tantos que platicaban junto a la ventana. Le pedí a Brown que nos presentara. Lo hizo y las tres mujeres me miraron atentas y expectantes.

“¿A dónde se dirigen?”, les pregunté.

“A Izhevsk”, dijo una de ellas. “Donde fabrican los Kalashnikov”.

“¿Y vienen de Moscú?”.

Asintieron.

“¿Qué hicieron ahí?”.

Intercambiaron miradas.

“Es secreto”, dijo, sonriendo. Las otras dos se rieron.

Detrás de mí alguien dijo algo, y cuando volteé vi que un hombre mayor, probablemente en sus setenta y largos, le agarraba la mano a Addario y se la besaba.

Todo el mundo se reía, incluyendo a Addario.

La mujer le dijo algo a Brown, que sonrió.

“¿Qué te dijo?”.

“Dijo que eres muy apuesto.”

“Oh, no”, contesté.

“¿Vas a anotar eso?”.

“Por supuesto que no”, respondí. “Pero pregúntales si luego podemos regresar para platicar más”.

 

Cuando regresamos, afuera ya había oscurecido por completo. Las tres mujeres estaban sentadas alrededor de una pequeña mesa con un tazón de nueces en medio. El ambiente era más tranquilo, había más pasajeros dormidos y los que aún permanecían despiertos conversaban en voz baja.

La mujer que habló casi todo el tiempo debió de haber pensado lo que iba a decir, porque empezó a contarnos su historia antes de que yo le preguntara nada. Su nombre era Natalya. Sus dos amigas se llamaban Olga y Zinaida. Nos contó que había crecido en un orfanato, que no recordaba a sus padres, pero que tenía una hermana de la que fue separada y a la que nunca volvió a ver. Se había pasado la vida buscándola pero aún no sabía dónde estaba.

“En aquella época era común separar a los hermanos cuando los llevaban a un orfanato”, dijo. “Ahora ya no lo hacen, pero antes así era el sistema. A ella la mandaron a otro hogar. Cuando crecí, regresé al orfanato y conseguí trabajo ahí, pensando que quizá podría robar el expediente de mi hermana para averiguar dónde estaba. Pero no encontré nada. Así que ahora le escribí a los productores de un programa de televisión estatal que ayuda a reunir a la gente con su familia perdida, y estoy esperando que me contesten. ¡Soy optimista!”.

“¿Cuándo les escribió?”.

“Hace dos años”.

Mientras me decía esto, debió pensar que no sonaba tan optimista, porque luego me miró y agregó: “Puede ser difícil encontrar a la gente, incluso para sus reporteros. A veces pueden tardar hasta cinco años”.

El murmullo constante y rítmico de las ruedas del tren reverberaba en el vagón. De vez en cuando las paredes se zarandeaban por un cambio en la presión exterior del aire, y cada vez que alguien abría la puerta junto a nosotros, todo el ruido se metía de pronto, creando una cacofonía infernal de traqueteos, golpeteos y siseos, mientras el aire de entre los vagones se colaba.

Natalya empezó a contarnos sobre su fe cristiana. El año pasado había viajado a Israel para visitar el lugar donde Cristo fue crucificado.

“Una vez recé para que otra mujer pudiera tener un bebé”, dijo. “Y lo tuvo. Recé para encontrar marido, ¡y me encontré a este hombre maravilloso!”.

Las otras se rieron.

Mientras el ruso fluía suavemente, casi como en un ensueño, a lo largo del vagón amodorrado, alcancé a escuchar la palabra “Putin”.

“¿Dijo algo de Putin?”, le pegunté a Brown.

“Sí, sí. Dice que su madre es una gran admiradora de Putin. Todos ellos son admiradores de Putin”.

“Amamos nuestra patria”, dijo Natalya. “Y por primera vez tenemos un presidente cristiano, un presidente ortodoxo”.

Volteó una revista que estaba en la mesita para enseñarnos la portada. Todas la fotos eran de Putin. En una de ellas aparecía con el torso desnudo.

“¿Lo ve? ¿Cree que Trump podría mostrar así su cuerpo? Está viejo. ¡Su cuerpo es tan sólo una bola de manteca!”.

Las tres se rieron fuertemente.

“La revolución está a punto de cumplir 100 años. ¿Qué significa eso para ustedes?”.

“No nos importa”, dijo Natalya. “Han sido 100 años sin Dios. Ellos tiraron todas las iglesias. Ahora las están reconstruyendo y podemos ir a misa sin tener miedo. En esta ciudad hay un icono de la virgen María. Es muy, muy antiguo. Cuando lo encontraron estaba totalmente negro. Ahora se está volviendo más claro cada vez. Con cada año que pasa se vuelve más y más claro”.

Al terminar la entrevista me dirigí por el corredor al espacio diminuto entre los vagones para fumar. Cuando abrí la puerta sentí una mano sobre mi hombro. Volteé. Era la joven conductora de cara sombría.

“No, no”, dijo, agitando el dedo en mi dirección. “Ya no se puede fumar”.

¿Qué demonios?

Regresé a nuestro compartimento y me senté junto a la ventana. En las literas de enfrente Addario y Brown habían dado por terminado el día. El tren se detuvo como una hora después, y me asomé por la ventana. Todo estaba negro como la boca de un lobo, no se veía ninguna estación. Me levanté y fui a investigar. Abrí la puerta que daba al espacio entre los vagones y ahí estaba la conductora, dándole un toque a su cigarro.

Me dieron ganas de decirle: “¡Ajá! ¡Te caché!”.

En lugar de eso le sostuve la mirada por un segundo, lo suficiente como para hacerle saber que yo sabía, y luego cerré la puerta y regresé a mi compartimento.

 

Hay un placer especial en llegar a una ciudad de noche, sin tener idea de cómo luce hasta que amaneces al día siguiente y sales a la calle a la que —sin contar con la gradual aclimatación de la llegada— te sientes arrojado de pronto.

¿Qué tipo de ciudad es Kazán?

El barrio en el que me encontraba era moderno y estaba en buenas condiciones. La magnífica mezquita, que había visto desde la ventana de mi hotel cuando desperté, era nueva. Cuando salí a caminar, incluso los viejos kioscos de madera de forma octagonal con un domo verde metálico y un pequeño capitel en la punta, parecían recién remodelados, más como una reconstrucción del pasado que como un símbolo del mismo.

Kazán, la capital de Tartaristán, es también la ciudad donde Lenin estudió leyes y donde fue expulsado de la universidad. Su padre era un oficial del Servicio Civil zarista, y la vida del joven Lenin giraba en torno a la escuela, la literatura y el ajedrez, que jugaba a un alto nivel. Luego sucedieron dos cosas que lo cambiaron todo. Primero, su padre, con tan sólo 54 años, murió repentinamente de un derrame cerebral. Y segundo, su hermano Alexander, a quien idolatraba, fue ejecutado por conspirar contra la vida del zar.

Alexander estudiaba ciencias naturales en la Universidad de San Petersburgo cuando se involucró con una célula revolucionaria estudiantil. Para financiar la conspiración vendió una medalla de oro que había ganado por su desempeño académico. Lenin no sabía nada acerca de las actividades revolucionarias de su hermano, y hasta ese momento la política no le interesaba en lo más mínimo. La ejecución de Alexander lo cambió todo. No sólo se unió de inmediato a una célula revolucionaria en la universidad en Kazán sino que, como describe Sebestyen en su biografía de Lenin, su personalidad se transformó por completo. La felicidad y el entusiasmo de su adolescencia se esfumó, dejando en su lugar a un joven resuelto, retraído, altamente disciplinado y decidido. Como si, desde el momento en que fue expulsado, Lenin nunca mirara atrás de nuevo: pasaría el resto de su vida trabajando para la revolución, una revolución de cuya llegada no tenía certidumbre.

Y cuando finalmente llegó, la forzó a seguir su camino. Los bolcheviques eran ateos y la religión fue suprimida del todo en el nuevo Estado ruso. Durante las siguientes tres generaciones la religión se reprimió hasta la caída de la Unión Soviética en 1991, cuando regresó para vengarse. Eso era muy visible en Kazán. Existen en Rusia cerca de 200 minorías nacionales y étnicas. La más grande de éstas es la tártara, que constituye aproximadamente el cuatro por ciento de la población. La mayoría de ellos practican el islam, y por lo tanto Kazán tiene una de las más grandes comunidades islámicas urbanas de Rusia.

Aquella tarde estacioné nuestro coche en el bordillo del camino que va al Museo Nacional de la República Tártara. Eran las seis de la tarde y habíamos quedado de recoger a una joven llamada Dina Jabibullina, una tártara musulmana. La habíamos conocido más temprano ese día y hablamos sobre lo que significaba pertenecer a una minoría religiosa y cultural en Rusia, y ella nos invitó a cenar a su departamento.

Dina tenía 29 años y un postdoctorado en la Academia de Ciencias de la República de Tartaristán. También trabajaba en el museo y organizaba paseos a las atracciones tártaras de la zona. Tenía seis meses de embarazo.

Fue criada como no musulmana en un hogar donde la cultura tártara era apenas perceptible y donde principalmente se hablaba ruso. A los 19 años tuvo un súbito despertar. Se convirtió al islam y aprendió tártaro por su cuenta. Lo mismo sucedió con muchos de sus amigos.

¿Habría estado la religión siempre ahí, enterrada en lo profundo de la sociedad, tan sólo esperando su momento? ¿Satisfacía una necesidad tan poderosa para la gente que la volvía simplemente indestructible?

“¿Qué te hizo abrazar la fe?”, le pregunté.

“Tenía 19 y mi padre había muerto”, me dijo. “Surgió la duda de si debía ser enterrado según la práctica musulmana. En ese momento yo creía que existe una explicación para todo. Me pregunté qué podía hacer por él tras su muerte. Y en las enseñanzas del islam está claramente escrito: debes darle dádivas al pobre, hacer el hach y sacrificar un macho cabrío”.

El complejo de departamentos donde vivía Dina parecía de la década de los cincuenta. Los edificios de ladrillo, edificados junto a caminos estrechos y rodeados por grandes árboles, eran viejos y estaban erosionados, sin embargo eran hermosos, como suelen serlo los edificios de épocas pasadas.

Nos condujo por las escaleras hasta el tercer piso, donde su hijo Gizzat, de siete años, nos esperaba junto a su esposo y su madre. Eventualmente comprendí que el padre del niño, su primer marido, estaba muerto.

El departamento era pequeño, consistía de una habitación en la que dormían los adultos y el niño, un baño pequeño y una cocina estrecha. Pero era acogedor y Dina ya no se mostraba recelosa como antes; estaba animada y relajada. Tras despedirse de su madre, que no se iba a quedar a cenar, fue a la cocina a preparar la comida mientras su marido, Damir Dolotkazin, desenrollaba un tapete para rezar en el piso de la sala y el niño se sentaba en el sofá cama y lo miraba.

Damir parecía estar en su veintitantos; era delgado, de cabello negro corto y mirada intensa pero amable. Se paró en la esquina de la sala, descalzo, y comenzó a cantar. La música, desconocida para mí, llenó la habitación, y me impresionó la manera en que cambió todo el departamento. De pronto el ambiente se tornó solemne, pero la rutina diaria —Dina cocinando, su hijo en el sofá con los pies colgando, el helicóptero de juguete en la cima del librero— estaba aún presente y viva.

Damir se arrodilló e hizo una reverencia. Mientras se ponía de pie susurraba una plegaria casi muda. Luego enrolló el tapete y el aire de solemnidad se disipó tan abruptamente como había llegado.

Dina nos llamó desde la cocina. Con una cuchara nos sirvió una sopa clara con perlas de grasa, vegetales y trozos de carne oscura.

La intensidad que inicialmente había percibido en los ojos de Damir resultó ser entusiasmo. Comió con ganas y contestó de buena voluntad todas mis preguntas.

“¿Siempre has sido musulmán?”, le pregunté.

“No, no”, dijo. “Yo estaba en el ejército aquí en Kazán, en la división de seguridad que escoltaba a las tropas de abastecimiento. Por entonces tenía 18 años y era cristiano”. Uno de sus amigos del ejército era musulmán, explicó Damir, y él “me enseñó de qué se trataba. Pensé que era una religión muy poderosa. Todo está explicado en sus enseñanzas, incluyendo qué hacer, cómo comportarse”.

Silencio.

“Esto está muy rico”, dije. “¿Qué tipo de carne es?”.

“Es carne de caballo”, contestó Damir.

Oh, no.

Oh, no, oh no.

No había de otra más que seguir comiendo; éramos sus invitados y hubiera sido muy descortés dejar lo que nos habían servido.

Damir debió notar el aire de duda que de pronto emanó de sus invitados, porque dijo:

“¡Pero era un buen caballo!”.

Nos reímos.

“¿Qué piensan los occidentales de los rusos?”, me preguntó. “¿Puros estereotipos?”.

“Sí, hay algunos estereotipos”, dije mientras masticaba un gran pedazo de carne y evitaba respirar por la nariz, un truco que me había permitido sobrellevar muchas comidas de infancia que me parecían difíciles de tragar, como la merluza y el bacalao ahumados.

“La gente piensa que somos bárbaros. Es muy triste. Lo que los políticos dicen y hacen no tiene que ver necesariamente con los que vivimos aquí. Aquí hay mucha gente buena, almas bondadosas, y gente mala, por supuesto. Cuando se trata de política, nada ha cambiado realmente. Las elecciones son una broma”.

Después de la cena pusieron en la mesa una bandeja grande con pasteles tártaros. Damir nos contó que solía ser un gran aficionado al futbol, pero que luego se compuso.

“Bueno, en realidad no me gustaba el futbol. Me gustaba pelear”.

“¿Eras hooligan?”.

“Sí. Me pasé tres años yendo a partidos de futbol para pelear. Tuve algunos problemas con la ley por aquel entonces. Pero ya no tengo ningún contacto con ese mundo. En lugar de eso ahora leo. Trato de leer 20 libros al año”.

Después de cenar, cuando sentimos que ya les habíamos quitado suficiente tiempo, nos despedimos y nos pusimos nuestros abrigos en el pequeño vestíbulo. Damir se me acercó.

“Mi hermana murió en un accidente aéreo en 2013”, dijo.

“Qué pena”, contesté, sin saber qué hacer con la información.

Simplemente asintió y nos estrechamos la mano. Sentí una gran calidez hacia él; me había contado su vida y esto, uno de los eventos más importantes, no podía quedar fuera, incluso aunque no encajara con el resto de la conversación. Lo último que vi antes de que la puerta se cerrara tras nosotros fue la silla de la sala sobre la que colgaba el traje de un niño, una camisa blanca y una corbata.

 

El paisaje que se abría a nuestro paso mientras nos alejábamos de Kazán era plano y amplio. Los tonos amarillentos y verdosos de la vegetación resplandecían con intensidad exuberante bajo los rayos del sol, y el río Kazanka siempre estaba ahí, a veces a la derecha junto al camino, a veces más lejos, a veces tan ancho como un gran lago, a veces estrechándose, pero siempre brillando y titilando bajo la luz en todos los tonos posibles de azul.

Era hermoso y también salvaje, aunque muchas de las tierras estuvieran cultivadas. Quizá ese aire salvaje era producto de la escala, pensé, de la sensación misma de grandeza terrenal que se desplegaba mientras pasábamos por ahí en nuestro pequeño auto.

Después de un rato nos detuvimos en un dinner que descansaba en medio de la estepa. Todos pedimos sopa en el mostrador y luego nos sentamos en una de las mesas. Las cuatro mujeres que trabajaban ahí, vestidas de blanco, de mejillas coloradas, iban y venían de un lado a otro, del mostrador a la cocina, que estaba más allá.

Después de comer le preguntamos a una de las meseras si podíamos hablar con ella. Asintió dudosa y se secó las manos en el delantal. Era joven, de veintitantos, y nos dijo que este era sólo un trabajo temporal; el restaurante era parte de una cadena, y ella cubría turnos cuando alguien se enfermaba. Había algo reservado y cauteloso en ella, y cuando comencé a preguntarle sobre Rusia, echó una mirada a los otros antes de contestar.

“Las cosas están mejor en Rusia”, dijo. “La economía está mejorando, nuestras vidas son cada vez mejores”.

“¿Qué estás diciendo?”, intervino un hombre que nos miraba desde la caja la registradora. “¡Las cosas están peor en Rusia! Todo va cuesta abajo. Peor y peor”.

Era un tipo grande de complexión fuerte, cabello al rape y cara chata y pálida.

Pero estaba sonriendo mientras decía eso.

“No hay progreso”, estalló, y luego se sentó en una mesa en el centro del local. Le di las gracias a la joven reservada, que se fue volando a la cocina, en claro alivio, y caminé hacia el trailero con cierto reparo.

Levantó su mirada hacia mí, con la cuchara en su mano.

“¿Por qué están escribiendo sobre Rusia?”, preguntó.

“La imagen de Rusia en América tiene demasiado que ver con Putin y la política, así que hemos venido a ver cómo es la vida más allá de eso”.

“¡Encantado de conocerlos!”, dijo. “¡Siéntense!”.

Se llamaba Sergei. Tenía 44 años y manejaba un remolque que transportaba autos desde una fábrica de Lada hasta las concesionarias en Kazán.

“Yo tengo que trabajar 16 horas diarias para llegar a fin de mes”, dijo. “Si quieres vivir, tienes que trabajar. En 2004 dormía cuatro horas y trabajaba el resto del día. Por entonces tenía un jefe al que responderle. Ahora trabajo como autónomo, así que al menos puedo escoger mis rutas”.

Me miraba directamente mientras hablaba, siempre con un destello en sus ojos y siempre con una broma a la mano.

“Conocer a alguien como ustedes es una oportunidad única en la vida”, dijo con una carcajada. “Una vez me asaltaron. ¿Quieren que les cuente la historia?”.

Una tarde, hace 15 años, había estacionado su camión a las afueras de Moscú y estaba preparando té en la cabina. Las puertas estaban cerradas. De pronto la ventanilla del pasajero estalló y dos hombres se metieron por la fuerza.

“Afortunadamente sólo uno de ellos traía cuchillo”, dijo Sergei. “El primero abrió la puerta, el otro trepó y me puso una soga al cuello. Lo aguanté con un brazo, encendí el camión y lo manejé hasta un camino para bloquearlo y conseguir ayuda. El tipo que trataba de estrangularme le estorbaba al sujeto del cuchillo. Eso fue lo que me salvó. Me las arreglé para abrir la otra puerta y saltar. Luego el tipo del cuchillo me apuñaló en la espalda. Aún tengo la cicatriz”.

“¿Y se llevaron el camión?”.

“Sí, sí. Yo sólo quería salvarme. Caminé por la carretera, pero nadie se detuvo a ayudarme. No era de extrañarse, iba medio desnudo y cubierto de sangre. En la estación de policía no había nadie. Eventualmente llegué a una casa donde había una fiesta, me metí, agarré algo de ropa y salí corriendo de nuevo. Encontraron el camión después, abandonado y averiado, sin la carga. ¡Y a mí me arrestaron por robarme la ropa!”.

Se rió. Su rostro se movía constantemente, su expresión cambiaba con cada giro de la trama. Era un truco que yo conocía. Era un contador de historias.

Dijo que su abuelo afirmaba que era un Romanov.

“¿Un Romanov? ¿Como los de la familia imperial?”.

“Sí, sí. Le pregunté a mi madre al respecto, pero no he podido averiguar nada con certeza”.

Eso era tener muy buena suerte, pensé. Toparme con un posible descendiente de los zares en un dinner en mitad de Rusia.

Empezó a hablarme de su abuelo.

“Era muy fuerte”, dijo, colocando su puño entre nosotros sobre la mesa. Era enorme.

“Su puño era el doble de grande que el mío. Una vez le iba a dar de beber a un becerro. Era un día caluroso y el aire estaba quieto. Una mosca estaba molestando al becerro, que trataba de sacudírsela”. Levantó la cabeza, agitándola como lo había hecho el animal. “Le dio un cabezazo al abuelo. Él se enojó y lo golpeó; cayó muerto. Un golpe. Muerto”.

Hizo una breve pausa para dejar que su historia se asentara, luego se echó a reír.

“Yo creo que los sueños son reales”, dijo.

“Yo también”, contesté.

“¿De verdad?”.

“Sí”.

“En ese caso te voy a contar un sueño que tuve. Le agregué un año entero a la vida de mi abuelo en ese sueño. Había dejado a mi padre y estaba viviendo con mi abuelo. Lo quería mucho. Una noche soñé que tres hombre vestidos de negro y con sombreros negros —muy misteriosos, parecían pequeños georgianos— entraban a la casa. Pasaban frente a mí y se dirigían a mi abuelo. Lo sujetaban y él no se resistía, simplemente los acompañaba. Yo me colgaba de él hasta que también me arrastraban hacia la oscuridad. Aunque era fuerte no lo podía salvar. No había esperanza. Empecé a gritar. Uno de los hombres de negro preguntó: ‘¿Cuánto tiempo le queda?’. ‘Un año’, dijo otro, ‘gracias a sus buenos actos’. Y luego desaparecieron”.

El chofer me miró.

“Una semana después mi abuelo fue ingresado a cuidados intensivos en estado de coma. Yo dije que no necesitábamos gastar en doctores porque se iba a recuperar. Cinco días después se despertó. Vivió exactamente un año más”.

Después de la conversación salimos del dinner y observamos a Sergei atravesar el patio bajo el sol en dirección a su enorme camión. Volteó hacia nosotros y agitó la mano, se subió, arrancó la  traqueteada máquina, metió primera y se fue manejando.

 

Una de las cosas que más asocio con Rusia, algo que siempre he querido ver en la vida real, es el arquetípico pueblo del que hablan las novelas del siglo XIX y que aparece en las fotografías de época. Un puñado de cabañas de madera, por lo general sin pintar, algunas cercas también de madera, algunas parcelas con verduras, quizás una arbolada sombreada cerca, un río perezoso rodeado de campos sin fin. Durante este viaje vi pueblos así a la distancia en varias ocasiones, primero de camino a la finca de Turguénev y luego junto a la línea del ferrocarril a Kazán. Así que, en este día en particular, cuando un racimo de casas apareció de pronto tras pasar la cresta de una pequeña colina, justo al lado de la carretera, giré en dirección del camino secundario, paré el coche y me bajé.

El pueblo parecía desierto salvo por una viejita solitaria que trabajaba hincada en un huerto. Brown habló con ella; al parecer había en el pueblo una mujer de 102 años.

“¿Podemos hablar con ella?”, pregunté.

Brown le preguntó a la mujer, quien asintió y nos indicó el camino.

Caminamos hacia una casa brillante y azul donde estaba una mujer con pañuelo en la cabeza. En sus brazos sostenía una gallina que luchaba por liberarse.

Mientras Brown hablaba con ella, dos gallos jóvenes se correteaban. La carrera terminó un poco más allá en una bola de plumas.

“Nos invitaron a pasar”, dijo Brown.

Atravesé el alto umbral hasta la sala. Adentro olía ligeramente agrio y húmedo, pero el lugar era agradable y cálido. Había tapetes por todas partes, tanto en el piso como en las paredes. Daba la sensación de adentrarse en una cueva.

En medio de la sala estaba una mujer muy vieja. Cuando entramos, giró su cabeza lentamente y nos miró.

La mujer que nos había acompañado pasó emocionada y condujo a la anciana a una cama que fue empujada contra la pared, la sentó, le quitó el pañuelo de la cabeza para ponerle uno fresco y luego le deslizó un par de pantuflas de piel en los pies.

Era casi como si estuviera vistiendo a una muñeca, pero a la anciana no parecía molestarle. Estaba sentada completamente quieta con sus manos sobre el regazo, mirándonos.

Llevaba un vestido negro con rosas estampadas. El pañuelo blanco de la cabeza era grande; no sólo le cubría la cabeza sino que bajaba por su espalda. Su nombre era Minizaitunya Ibyatullina.

Caminé hacia ella y estreché su mano con delicadeza. Estaba seca y tibia. Dijo algo mientras me miraba.

“Está hablando en tártaro”, dijo Brown. “No sé qué está diciendo”.

Lentamente, Minizaitunya giró su cabeza hacia la cámara mientras Addario empezó a tomarle fotos. Su hijo, Kasym, se detuvo en la puerta, sonriendo y mirándonos. Su esposa, cuyo nombre era Alfiya, sacó una gran foto enmicada de un cajón y se la dio a la anciana. Era la imagen de un soldado, y ella la colocó frente a sí.

Era una fotografía del esposo de Minizaitunya, que había muerto en Ucrania en 1943, durante la guerra. Era un hombre guapo. Qué debe sentir ella, pensé, al mirar aquella foto, 70 años después, con él tan joven y apuesto y ella ahora con 102 años.

Como que ella no pensaba en nada de eso. Lucía orgullosa ahí sentada, sosteniendo la fotografía. También debió ser extraño para su hijo. Tenía 80, más del doble que su padre cuando éste murió.

Kasym había vivido toda su vida en el pueblo, que funcionó como granja comunal en tiempos de la Unión Soviética. Nos contó que trabajó como carpintero. Su madre también había trabajado toda su vida.

Dijo algo con voz suave, y su hijo se agachó hacia ella.

“Dice que ahora está muy vieja para trabajar. Ya no tiene fuerzas”.

“¿En qué trabajaba?”.

“En la granja comunitaria. Ordeñando las vacas y en otras labores”.

Alfiya entró a la sala y nos invitó a sentarnos en la mesa. Había estado cocinando mientras estábamos ahí. En la mesa había un platón con una barra de pan plano caliente y diferentes tipos de mermelada. Sólo había dos sillas y no pudimos convencerlos de que las usaran ellos. La esposa sirvió té, el marido nos ofreció una gran bolsa de caramelos y, cuando no hice amago de servirme, sacó tres piezas y las puso junto a mi plato.

Desde la sala se escucharon unas suaves pisadas.

“¡Ahí viene babushka!”, dijo Alfiya. Segundos después Minizaitunya apareció en la puerta. Su hijo la escoltó hacia otra cama, donde se sentó y nos observó mientras comíamos.

Había nacido en 1915. Rusia era aún una monarquía, con Nicolás II en el trono. Así que ella había visto el viejo zarismo, la revolución, el auge y caída de la Unión Soviética, y ahora la nueva Rusia.

Alfiya puso un poco de pan fresco en una bolsa para nosotros, Kasym nos dio unas bolsas de caramelos, y a cada uno nos dieron unas pequeñas telas bordadas. Incluso Minizaitunya tenía regalos: una barra de jabón para Brown, bufandas para Addario y para mí.

“Toda la gente con la que crecí está muerta”, dijo desde su lugar en la cama cuando nos estábamos levantando para marcharnos. “Ya no queda nadie”.

Nunca miro a la gente directamente a los ojos por más de unos segundos. No quiero parecer entrometido, y quizá no quiero que nadie se entrometa conmigo. Pero después de estrechar la mano de todos a modo de despedida aquella tarde, y mientras la veía a ella y ella me miraba a mí, pensé que debía sostenerle la mirada. Aquellos ojos habían visto el mundo en tiempo de los zares y habían visto el mundo durante 100 años después de eso.

Nos miramos por un buen rato. Al principio pareció sorprendida, como si estuviera pensando qué me traía entre manos, pero luego, lentamente, empezó a sonreír, y aquella sonrisa fue tan maravillosa que cuando salimos de la habitación había lágrimas en mis ojos.

 

El último día de nuestro viaje hacia Ekaterimburgo manejamos 15 horas. Cerca del final, en medio de un profundo bosque que estaba a una hora de la ciudad, paré el coche en el acotamiento y me bajé junto al río para fumar un cigarro bajo el cielo estrellado, al lado de lo que asumí era un molino de papel. Addario y Brown estaban dormidos, y yo pensaba en lo que nos esperaba la mañana siguiente. El asesinato del zar en aquel sótano de Ekaterimburgo era un evento cataclísmico, la repetición de la revolución francesa, pero para Lenin también había sido un asunto personal. Aquel adolescente de 17 años que deambulaba en Ekaterimburgo debió haber estado lleno de odio, odio hacia el zar que había ejecutado a su hermano, y no resulta difícil imaginar que ese odio personal lo convirtió en una persona más dura e intransigente. Tras la revolución de 1917, cuando asumió la responsabilidad del zar, que por entonces se encontraba preso, debió pensar en su hermano, en cómo podía vengarlo. Y en hacer lo que su hermano alguna vez intentó: matar al zar.

Unas luces parpadearon más allá de los árboles. Las seguí con la mirada mientras se acercaban. Cuando alumbraron el coche en el que estaba recargado, avanzaron más despacio. Una leve incomodidad se acumuló dentro de mí. Había escuchado historias de asaltos violentos en los pueblos cercanos. Pero luego, quienquiera que haya sido aceleró y pasó de largo. Pisé mi cigarro, me subí al coche y manejé de regreso al camino principal. Probablemente eran un grupo adolescentes que habían salido a pasear, pensé. Y podías entender por qué: aquí no había más que árboles y agua.

 

Al día siguiente en Ekaterimburgo pasamos en coche junto a un gran grupo de gente que estaba reunida en una plaza; varios cientos de personas enarbolando banderas y gritando. Todos volteamos a ver mientras pasábamos.

“¿Por qué están protestando?”, preguntó Addario.

“Hay manifestaciones por todo el país”, dijo Brown. “Son en apoyo a Aleksei Navalny, el líder de la oposición encarcelado. Hoy es cumpleaños de Putin”.

“¿De verdad?”, dije, pero un momento después ya me había olvidado de las protestas, porque estábamos llegando a la Iglesia sobre la Sangre, que se erguía en el lugar exacto donde la legendaria historia de los zares había terminado. También albergaba algo que, para mí, estaba hecho de lo que están hechas las leyendas —un auténtico servicio ortodoxo, que, gracias a todas las novelas rusas que había leído, en particular la obra de Dostoievski, estaba bañado por una luz especial. Era la abnegada luz de la misericordia, asociada no sólo con los más altos y más ricos, sino también con los más bajos y pobres. En los libros de Dostoievski hay algo mórbido acerca de esta luz, una cualidad enajenada y extenuante, que siempre he considerado típicamente rusa. Ciertamente no la he visto en ningún otro lado.

Nos bajamos del coche y nos quedamos parados bajo la lluvia, mirando la iglesia.

De inmediato me di cuenta de que no iba a tener ninguna visión dostoievskiana. La iglesia había sido construida siguiendo el estilo tradicional, con múltiples domos brillantes, pero claramente era nueva. Al mirarla tuve la misma sensación extraña que en el centro histórico de Varsovia, donde los edificios destruidos durante la Segunda Guerra Mundial, muchos de los cuales eran centenarios, habían sido reemplazados con prístinas réplicas. Era como parpadear y reconocer una falla en el tiempo. Lo viejo no era viejo, lo nuevo no era nuevo. Así que, ¿dónde estábamos?

En la noche del 16 de julio de 1918, según cuenta la historia, la familia del zar fue despertada con el pretexto de que los iban a llevar a una ubicación más segura. Salieron de sus cuartos y les pidieron esperar en el sótano. No tenían idea de lo que estaba a punto de pasar hasta que vieron que les apuntaban con armas. Los revolucionarios que conformaron el pelotón de fusilamiento eran aficionados; algunos estaban borrachos. Los disparos alcanzaron a la familia de forma aleatoria, el piso se llenó de sangre, el aire se espesó con el humo, debió haber gritos y disparos y confusión, muchos miembros de la familia tirados, sangrando pero vivos, hasta que finalmente fueron asesinados con disparos en la cabeza. Luego sacaron los cuerpos del pueblo e intentaron desfigurar sus rostros con ácido antes de arrojarlos al pozo de una mina. Algunos días después los sacaron de ahí, los llevaron a un bosque cercano y los enterraron.

La casa ya no existe, el sótano ya no existe, la sangre y los cuerpos tampoco. Pero los Romanov siguen ahí. Han regresado, como símbolos, en la Iglesia sobre la Sangre. Aquellos minutos sangrientos y enloquecidos, y todo lo que representaban, se habían sintetizado en relicarios que prometían lo contrario: presagio, estructura, armonía, balance.

En la entrada de la iglesia había una escultura de la familia Romanov, hecha en el mismo estilo heroico realista empleado por los artistas soviéticos para representar a los obreros en los veinte y treinta. Adentro había iconos en los que Nicolás II estaba retratado a la manera medieval. Casi todo dentro de la iglesia involucraba una distorsión del tiempo. El ritual y la repetición de las misas abolían por completo el tiempo, uniendo el tiempo de ese lugar con el tiempo divino, que era eterno, inafectado por la vida o la muerte, que siempre estaba ahí, que duraba para siempre. El zar y su familia eran encumbrados en este espacio, y la historia con la que estaban asociados desaparecía sin dejar huella. Y también Lenin existía en un espacio similar. Embalsamado en su mausoleo de la Plaza Roja, su cuerpo era real y estaba anclado al momento, pero no había nada acerca de éste que lo conectara con el tiempo en el que tuvo tanto poder; él también se encontraba simultáneamente dentro y fuera del tiempo.

La historia es una pesadilla de la que estoy tratando de despertar, escribió Joyce. En ningún lugar eso es más cierto que en Rusia.

 

A la mañana siguiente en el aeropuerto de Ekaterimburgo, mientras esperaba mi vuelo de regreso a Moscú, revisé los periódicos en mi teléfono. El día anterior hubo protestas contra Putin y su gobierno en todas las ciudades importantes. La protesta de Ekaterimburgo, la que vimos de camino a la iglesia, recibió una mención especial, porque la policía había detenido a 24 manifestantes.

Mi primera impresión fue que yo debí haber estado ahí, que ese era el lugar donde todo estaba sucediendo, que eso es lo que debía haber atendido para presentar el mejor retrato posible de la Rusia moderna.

Luego pensé: no.

Las historias siempre han mantenido unida a Rusia, y lo que las hace diferentes a las historias nacionales de otros países es, quizá, su naturaleza autoritaria: una historia ha sido primordial mientras que todas las que se desvían de ella han sido prohibidas. Así fue durante la época de los zares, que censuraron los libros y los periódicos; así fue con Lenin. Y así es hoy: los periodistas en Rusia son encarcelados cada tanto y en ocasiones simplemente son asesinados.

Y sin embargo las historias alternativas, ésas que las autoridades no quieren que se afiancen, las que hablan del abuso de poder y la opresión, de vivir en una dictadura donde la esperanza del futuro ha desaparecido, ésas también se han estandarizado.

Lo que reportaron los periódicos internacionales sobre Rusia el día anterior habían sido las manifestaciones, y sus historias confirman y refuerzan la historia mayor sobre los ciudadanos oprimidos que viven en un régimen autoritario. Pero detrás de esta realidad hay otra. Las tres alegres mujeres del tren; Dina y Damir, la joven pareja de Kazán con un bebé en camino; Sergei el camionero; la mujer anciana del pueblo y la pareja de viejos que la cuida —¿qué historia sobre Rusia podía contener todas éstas sin, al mismo tiempo, reducir drásticamente lo que las hacía únicas?

Las historias de Turguénev logran eso. Los personajes que las habitan no conducen a nada más allá de ellos mismos. Pero el mundo como lo conocemos no puede existir sin su parte gemela: el mundo como queremos que sea. Lenin, el opresor, leyó a Turguénev toda su vida, y Vladimir Putin reveló su amor por Memorias de un cazador en una entrevista de 2011, cuando dijo: “De una manera simple pero pintoresca y muy compasiva, el personaje principal cuenta historias sobre personas que conoce mientras caza. Son una suerte de bosquejos sobre el corazón de Rusia a mediados del siglo XIX que nos hacen pensar y nos permiten ver nuestro país, sus tradiciones y la psicología nacional, bajo una nueva luz”.

 

Más tarde ese día, en el bar de un hotel de Moscú, conocí a Sergei Lebedev, un novelista de 36 años que recientemente había emergido como activista civil. Tenía tanta curiosidad del hombre en sí como de su escritura, de la historia de su familia y de su conocimiento de la historia rusa. Sabía que había nacido en 1981, así que era lo suficientemente grande como para haber vivido parte de su infancia en la Unión Soviética y su juventud en los años caóticos que siguieron a su desaparición. También sabía que antes había sido geólogo.

“Nací dentro de una clásica familia soviética”, me dijo después de sentarnos en una mesa que estaba junto a una ventana con vista a la calle. “Mis dos padres eran geólogos; eran miembros de la intelligentsia”.

Era bajito y fornido, de barba incipiente, y había algo indomable en él que me hacía pensar en un animal que no deja ir algo una vez que lo tiene entre los dientes. Los libros de Lededev lidian con la historia —que se cierne como una sombra sobre todo lo que escribe— y el hecho de que su presencia sea tan poderosa sugiere que los conflictos y las tensiones inherentes en ella aún están sin resolverse, aún tienen una carga en la sociedad rusa de una forma oscura pero a la vez palpable.

Lebedev me dijo que su niñez fue diseñada para ocultarle partes del pasado. Su tatarabuelo, por ejemplo, había sido oficial del ejército zarista antes de cambiar de bando y unirse al Ejército Rojo. Pero, en la versión familiar, siempre había portado la capa de la Armada Roja, con su estrella roja, como si hubiese nacido en 1917 y no existiera nada antes de eso.

“Para mí era normal”, dijo. “Vivir en un mundo incompleto. Vivir en un mundo lleno de huecos. Con todas esas preguntas que nunca podías hacer”.

La calle estaba iluminada por el bajo sol de octubre y la gente paseaba por la ciudad en esa tarde de domingo. Muchos de ellos debían tener historias similares a las de Lebedev, pensé. Hay un mecanismo en la gente que nos impide hablar de las malas experiencias y nos vuelve reacios a remover el pasado. Pero los secretos alimentan una versión específica de la realidad en la cual las piezas individuales deben ser dispuestas de un modo especial para que encajen tan cuidadosamente entre ellas que, sin tan sólo una cambia de posición, todo el cuadro se caiga. Nuestra identidad está moldeada por historias sobre nuestra propia historia, sobre nuestra historia familiar, sobre la historia de nuestra gente o de nuestro país. ¿Qué pasa cuando una de estas historias creadoras de identidad no encaja? De pronto resulta que no eres quien creías que eras. Entonces, ¿quién eres?

Le pregunté cómo se contaba la historia en Rusia en aquellos días.

“Es muy extraño”, me contestó. “Primero que nada, es importante entender que la autoridades no poseen una ideología única, coherente. Utilizan elementos de todo tipo de áreas diferentes: si funcionan, lo toman. Necesitan una cortina de humo para encubrir el hecho de que no son nada más que una banda de cleptócratas. Piensa por ejemplo en el partido Rusia Unida. Esas palabras, ‘Rusia unida’, fueron un eslogan de los contrarrevolucionarios, acuñado en reacción a Lenin y los bolcheviques, que deseaban establecer nuevas repúblicas autogobernadas. La actual administración está construyendo un Estado fundado en la nostalgia por el soviet, pero no tienen escrúpulos en apropiarse un eslogan de la oposición. ¡Y eso no es ni tantito controversial!”.

Prosiguió: “Cada año que pasa tratan de reducir el significado de 1917. Hacen esto porque en su versión ideal de los hechos ¡no hubo revolución! Están tratando de establecer una conexión sin rupturas entre la época de los zares y la Rusia de Stalin. De acuerdo con la narrativa actual, fueron los espías extranjeros y los traidores los que hicieron que nos matáramos entre nosotros hace 100 años. Eso no debe volver a suceder. Por lo tanto debemos mantenernos unidos, por lo tanto debemos seguir el estandarte de Putin, por lo tanto debemos de prohibir la oposición, por lo tanto debemos sacrificar nuestros derechos civiles, porque eso no puede volver a suceder. Así es como están las cosas a grandes rasgos”.

 

Después atravesamos la ciudad con dirección al Kremlin. Las calles estaban abarrotadas, el cielo estaba despejado y los rayos del sol caían libremente sobre la ciudad, brillantes al reflejarse en las ventanas y los cofres de los coches, más suaves cuando caían en los escaparates de las tiendas y las paredes y el pavimento, y siempre con un matiz ardiente.

Lebedev me llevó hacia el Teatro Bolshoi, señalando y explicando mientras caminábamos. La plaza que daba al frente de la magnífica fachada neoclásica del teatro estaba dominada por varios autobuses de la policía, y los oficiales con sus perros estaban parados ahí cerca.

“La policía antimotines”, dijo Lebedev. “Ayer hubo protestas aquí, así que están preocupados y quieren asegurarse de que no vaya a pasar nada”.

Densos grupos de gente se arremolinaban junto a los puestos llenos de comida y bebida. El ambiente era relajado, la gente reía, los niños corrían a los pies de los adultos, el sol brillaba en sus caras y, detrás de nosotros, severas contra el cielo azul, estaban las torres del Kremlin.

“Es la celebración de la cosecha”, dijo Lebedev. “Es típico de Putin y su gobierno. Invierten en eventos no políticos en espacios públicos como este. ¡Hoy todo se trata de las calabazas! Están tratando de inventar nuevas tradiciones, y esto está hecho para mostrar las riquezas de Rusia”.

Seguimos caminando hacia la plaza de la Revolución, que en tiempo de los zares se llamó la plaza de la Resurrección. “Como puedes ver aquí no hay rastro de la revolución”, dijo Lebedev. “El centenario apenas y se ha celebrado; ciertamente no se ha discutido la violencia, las atrocidades. Pero si quieres entender qué sucedió en este país durante los veinte y treinta, no puedes ignorar la violencia y los horrores de los cinco años que van de 1917 a 1921. No puedes entender por qué la gente estaba tan dispuesta a masacrarse entre ella. Se ha venido dando una suerte de guerra por la memoria en Rusia, sobre lo que debe ser recordado y lo que debe ser olvidado. Hoy la historia es sobre símbolos, no sobre nociones de perdón mutuo y reconciliación”.

“Pero espera a que veas esto”, me dijo, señalando la entrada a la estación del Metro. La escalera a la que nos subimos era larga y empinada, y el tiempo parecía haberse detenido en el inframundo al que nos llevó.

Ubicadas en una serie de plataformas a lo largo de las paredes había estatuas de bronce, grandes y heroicas, de figuras humanas. Las primeras portaban rifles y cartucheras; esos eran los revolucionarios. Pero luego venía la gente ordinaria, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, campesinos, pescadores, obreros —la hipnótica serie culminaba con un niño cargado hacia lo alto, un símbolo del futuro.

Ah, estaba tan lleno de esperanza y fe, que el hecho de saber que se trataba de propaganda ya no importaba, porque esta era la visión de una vida, de una tierra, de un futuro, y no era falsa, sólo hermosa.

La revolución también era esto, el sueño de una mejor vida para todos. Todo el arte de esa época comparte esta energía, un optimismo casi salvaje, una sensación de que aquí es donde empieza todo. Las mujeres están a la vanguardia igual que los hombres, no sexualizadas ni objetivizadas, sino ahí por derecho propio. Los artistas están experimentando. Es la época de Maiakovski, Eisenstein, Kandinsky. También de los asesinatos, la violencia, la crueldad, el hambre, la necesidad, la miseria y, en su momento, de un sistema que se endureció, cerrado del mundo, atrapado en sus propias verdades. La estación subterránea fue el lugar más hermoso de todos los que visité en mi viaje a Rusia, pero su belleza no podía utilizarse para nada, uncida como estaba a nociones de la realidad en las que nadie creía ya y que, por lo tanto, jamás podrían realizarse.

Y sin embargo, ni siquiera eso lo convertía en mentira. La estatua del zar afuera de la Iglesia sobre la Sangre era una mentira porque había cambiado el pasado. Estas estatuas estaban destinadas a cambiar el futuro. El hecho de que este futuro nunca se logró, que nunca sucedió, no volvía falsa esta visión subterránea; sólo la volvía vana y hermosa. Pocas cosas son tan hermosas como la vana esperanza.

 

Karl Ove Knausgård (Oslo, 1968)
Su proyecto autobiográfico Mi lucha está compuesto por seis novelas; las cinco primeras —La muerte del padre, Un hombre enamorado, La isla de la infancia, Bailando en la oscuridad y Tiene que llover— han sido traducidas al español por Anagrama.

Copyright © 2018 Karl Ove Knausgård. All rights reserved

Traducción de César Blanco.

 

Un comentario en “Un viaje literario al corazón de Rusia

  1. Interesante narrativa sobre los adentros de Rusia. Empero, espere leer texto sobre el como figuraron fortaleciendo figuras públicas Lenin y Putín.
    En mis investigaciones obra una historia acerca de México libre e independiente y los mexicanos. Mucho me gustaría compartir con ustedes lo que denomino “el credo nuevo mexicano el discurso semiótico de la cara obscura de las democracias. En la que mediante un arquetipo construyo la “génesis” de la mexicanidad. Hago la exposición desde la filosofía de la práctica y para los escépticos lo explico en un modelo de lógica matemática. Pregunto, ¿Cómo hacerles llegar un archivo?