Suena el despertador: 6:30 a.m., apenas se asoma un rosa tenue en el cielo. Marta bosteza, se levanta de la cama y se dirige a la cocina. Prende la olla para calentar agua para su café y pone pan a tostar en el comal. Se asoma al cuarto de sus hijas, como todas las mañanas —suspira—. Se pone sus tenis, su camiseta blanca y toma una gorra. Una embarrada de bloqueador en la cara, una imagen en su bolsillo. El tenue rosa se convierte en naranja, los pájaros comienzan ya a cantar. ¿Amaneció?

Marta no es una sino miles de mujeres que todos los días salen a buscar a sus desaparecidas en el campo, mi-nisterios públicos, panteones y calles. Representa a las mujeres que, por la estructura de roles en las que nos han colocado, son las principales víctimas indirectas de la violencia en el país. Representa también la historia de cómo, en esa búsqueda, las mujeres han construido un camino de lucha y resiliencia para encontrar a sus familiares pero también para encontrar justicia, memoria y verdad.

Ilustraciones: Estelí Meza

 

Es impensable el dolor de una madre que pierde a su hija. ¿Pierde? ¿Qué significa “perder”? ¿Cuándo desaparece una mujer realmente de la faz de la tierra? ¿Cómo es que dejas de estar, así nomás? Esas preguntas, y cientos más, pasan por la cabeza de Marta todos los días.

Las personas tenemos un poder extraño para transformar el profundo dolor y encontrar todavía espacio para amar, espacio para reír, para luchar, buscar, caminar por días enteros bajo el sol escarbando la tierra del campo y del desierto con la esperanza de encontrar.

Tenemos que decirlo. Así, fuerte y claro: el movimiento de personas desaparecidas en México, América Latina y, posiblemente, en el mundo, se encuentra sostenido por mujeres, en su mayoría madres. Es con esa misma contundencia que debemos reconocer que las mujeres son las principales víctimas indirectas de la violencia en el país —y muchas veces víctimas directas también.

A las mujeres nos enseñan que nuestro valor está en cuidar a las demás personas: a nuestras hijas e hijos, a nuestros esposos, a nuestros padres. Nuestro mandato es asegurarnos que todas las demás personas estén bien para que puedan hacer su vida.

Es por esta estructura de roles en las que nos han colocado que las mujeres hemos asumido ese papel y aun con las disparidades sociales con las que participamos en la vida pública, cientos de miles de mujeres salen a buscar justicia con los medios que pueden.

Ante el panorama de violencia generalizada en el que estamos inmersas, las mujeres hemos aprendido a cuidar desde nuevos espacios, acompañando a víctimas, construyendo procesos de paz y emprendiendo batallas y luchas incansables, tomando las armas si es necesario para proteger nuestras casas para que podamos vivir en paz.

En ese sentido, las mujeres a quienes les desaparecen a sus hijas y esposos no sólo viven la tragedia que de por sí es no saber dónde y cómo están tus seres amados sino que, simbólicamente, dado que hemos sido socializadas para cuidar de nuestras familias, es un golpe recibido dos veces, ante el cual, de forma increíble, las mujeres responden emprendiendo luchas y acompañando procesos de búsqueda.

En más de una década el Estado no ha sido capaz de incorporar a las mujeres como víctimas y mucho menos como expertas en búsqueda, rastreo, acompañamiento. A pesar de eso, los vacíos del Estado se llenan de mujeres.

El año pasado, gracias al impulso de las familias y de mujeres como Marta fue aprobada la Ley General de Desaparición Forzada.1 Son las madres y las familias de las personas desaparecidas quienes han buscado justicia y verdad no sólo en el campo sino también en los auditorios y pasillos del Congreso, en las calles —solas o acompañadas—, en las puertas de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV). Son ellas también quienes tras largos talleres buscan reuniones con secretarías federales, gobiernos locales y procuradurías para que éstas incorporen medidas que nos acerquen un poquito a procesos de justicia.

En el mejor de los casos el Estado ha optado por acompañar a las madres de víctimas desde un lugar de asistencialismo y abuso, exigiendo que sean ellas quienes, una vez más, impulsen procesos de búsqueda de justicia. Pero la realidad es que esto sucede en muy pocas ocasiones. El común es que en muchos casos ni siquiera se levantan las denuncias. Mucho menos se entregan apoyos y rara vez hay líneas de investigación que apunten de verdad al hallazgo de las personas desaparecidas.

Este año electoral el mensaje desde las candidaturas federales sigue siendo el mismo: es trabajo de nosotras, las mujeres, cuidar de nuestras familias, buscar a nuestras hijas desaparecidas, abrazar el duelo de comunidades enteras.

Las precampañas han terminado y, a la fecha, no ha habido un solo pronunciamiento de las candidaturas federales que nos haga pensar que será la última vez que las madres tengan que hacer una huelga de hambre afuera de la Secretaría de Gobernación o deban impulsar la implementación de una ley para asegurar que sus voces sean realmente escuchadas.

Consultando las plataformas de los partidos que contenderán en las elecciones para la presidencia, no existe una sola propuesta puntual sobre el tema. Todos son lugares comunes, propuestas propagandísticas que pareciera se quedarán en las campañas. Si acaso existen menciones en las plataformas de la Coalición por México al Frente2 (Ricardo Anaya y el PRD) y Morena.3 Ninguna de ellas, sin embargo, apunta a que las voces de las familias serán realmente incorporadas a una plataforma de búsqueda de justicia, memoria y verdad.

Por otro lado, la lógica priista de cuotas y patronazgos se propaga hasta las fiscalías especializadas de personas desaparecidas y a los ministerios públicos. Esto termina diluyendo esfuerzos que se han logrado desde la sociedad civil y los colectivos organizados de familiares en búsqueda. En ese sentido, entender el problema exclusivamente desde estos organismos es inservible.

 

Estamos acostumbradas ya a que en el año electoral todo pasa, pero en realidad nada pasa. La dificultad de generar nuevos presupuestos que existe en años no electorales de repente ya no es un impedimento para el derroche de dinero. Los procesos de implementación de leyes se frenan y todos los ojos del país están en las campañas.

Ante este escenario y después de un corto pero intenso proceso conociendo la lucha de mujeres desde diferentes movimientos por la búsqueda de personas desaparecidas, mujeres que acompañan procesos de violencia y resistencia desde abajo, creo que nos queda mucho que aprenderles.

Este proceso comienza con una escucha genuina desde las candidaturas federales a los colectivos de familiares en búsqueda con el fin de generar un plan de trabajo conjunto para la implementación cabal de la nueva Ley de Desaparición.

Cada vez se hace más difícil cerrar los ojos y oídos a tanta violencia. Es momento entonces de que las exigencias dejen de venir desde las mujeres, desde las madres y familiares. Debemos entender que no son sus desaparecidos, son de todas y todos. Entonces, construyamos esa narrativa desde la colectividad, acompañemos así como ellas acompañan y exijamos justicia así como lo hacen ellas.

No soy madre. Tengo 27 años y escribo este texto desde mi escritorio en la Ciudad de México mientras imagino realidades. Eso: Imagino porque nunca he vivido algo cercano a estos relatos. La primera vez que le platiqué a mi mamá la historia de la hija de Marta vi una expresión desconocida en su rostro. Un rostro de angustia y dolor, dice ella, que sólo pueden conocer las madres. Yo no sé si esto sea verdad. Lo que sé es que un país que produce esos rostros, un país que no empatiza con esos rostros, un país que abandona a las madres a su suerte para buscar a sus hijas pero que al mismo tiempo exige de ellas el cuidado de sus familias, no merece su digna y amorosa lucha.

 

Mónica Meltis
Directora de Data Cívica.


1 La Ley General en Materia de Desaparición Forzada de Personas, Desaparición Cometida por Particulares y del Sistema Nacional de Búsqueda de Personas se aprobó el 17 de noviembre de 2017 y entró en vigor el 16 de enero de 2018.

2 La plataforma menciona que es su intención: “Combatir los abusos y violaciones a derechos humanos tales como: la trata de personas, la desaparición forzada, la desaparición, la afectación de derechos en contextos de movilidad humana, las ejecuciones extrajudiciales y todas aquellas privaciones de la libertad contrarias a la ley”. Se puede consultar aquí: http://ricardoanaya.com.mx/wp-content/uploads/2017/12/Plataforma8DIC-FINAL.pdf

3 En su documento “Programa Morena: Por qué luchamos” se hace mención a que trabajarán por la “presentación de los desaparecidos”. Se puede revisar acá: https://lopezobrador.org.mx/programa-del-movimiento-regenarcion-nacional/