JIMMY OLSEN EN RED NACIONAL

Micrófono en mano y cámara enfrente, el reportero Juan Ruiz Healy ya no soporta la situación. No indica otra cosa ese tono de voz entre irritado e incrédulo, el gesto contrariado de quien contra su propio asco y consternación debe seguir adelante con estoicismo, vencer a la mugre, vapulear la ignorancia, soportarlo todo para mayor gloria de -supone uno- – la grandeza moral de Televisa y la hermosura de la provincia mexicana, los cortes comerciales entre un reportaje y otro o la carrera de Ciencias y Técnicas de la Información en la Ibero. Casi tapándose la nariz, Healy exhibe las insuficiencias y torpezas -morales, higiénicas, culturales- del entrevistado; se traba de disgusto y estupefacción, hace patente la dificultad de creer lo que está viendo. Un verdadero combatiente del electrón; alguien orillado a perder la compostura por llegar a la Verdad; teniendo, en ocasiones, que pasar el dedo índice sobre la repisa polvorienta -o- el mostrador cochambroso de algún sitio insalubre que requería el concurso de sus esfuerzos denunciantes; obligado a dejar el traje noticioso propio de los estudios televisivos para usar jeans y chamarra de diario y poder arrostrar de ese modo las inclemencias, ignorancias, pestes y cochinadas de los lugares y gentes que se merecen esa lección inolvidable, propinada por la temeraria Televisa que de modo tan crudo y/o profesional expone a uno de sus temerarios reporteros.

Se trata del programa 60 minutos, “Periodismo de fondo”, retirado durante un tiempo de la programación, y que ahora retorna no sólo con-renovados-bríos sino con nuevo horario: pasaba por canal 2 a las 11 de la noche; ya lo recorrieron a las 10:15 del mismo día: domingo. Lo han favorecido, igualmente, con una publicidad que llega a incluir avisos oportunos en las transmisiones de futbol. O sea que al fin, por medio de este Jimmy Olsen de proyección nacional, Televisa decidió destapar la cloaca del país, denunciar la corrupción y la transa, decepcionar a los relapsos que aún se solazaban con la ausencia de un dedo que conminara moralmente. Hasta el fondo y caiga quien caiga: aunque eximiendo, por supuesto, de la agresión audiovisual, a los altos funcionarios, los dirigentes empresariales y los “especialistas en el tema”. Clases medias y bajas: inclinad, pues, la frente abyecta y corrupta ante el periodismo de fondo.

DE CÓMO JIMMY OLSEN CREYÓSE JEREMÍAS

Y ARREMETIÓ CONTRA LOS NACOS

“A ver niño, muestra por favor tus manos a la cámara/vean estas manos/acerquen la cámara por favor/niño muéstrale tus manos a la cámara/qué barbari/es… es que mira la mugre de estas uñas/¿hace cuánto que no te lavas las manos?/Uff/ y y y ¿así despachas aquí/de quién es este negocio? De tu mamá. ¿Y dónde está tu mamá? Salio. Ajá. ¿Y cómo te deja a tí encargado/qué edad tienes? Pero ¿cómo es posi/qué no sabes que las uñas mugrosas son un foco de infección?/A ver por favor vamos mas adentro metan la cámara/¿Y ésto? ¿Qué es esto? ¿Qué hace aquí? ¿Qué no saben ustedes que está prohibido tener cocina o cosa parecida en el interior de las misceláneas?/Qué barbari/Déjame ver tu permiso para vender por favor”. Luego un corte. La voz de Healy informa sobre la situación ilegal de la mayoría de las misceláneas y tiendas de abarrotes; denuncia a los estanquilleros que de un modo u otro infraccionan los códigos establecidos por las diversas oficinas gubernamentales para la instalación de misceláneas; pone en evidencia, digamos, a un viejo abarrotero por la irresponsabilidad de tener en los estantes latas de conservas con fechas de caducidad ya vencidas (“¿Qué no sabe usted que esto es veneno? A ver, ¿usted se comería una de esas latas?”) Y para ir más a fondo-se entera entre otras cosas, el televidente- Healy y su grupo abrieron una miscelánea, Mi gran ilusión, con el fin de captar responsablemente todo lo que se refiere a licencias, inspectores, multas, etcétera.

Todos los programas -dos reportajes por emisión-tienen la misma cuerda: el valiente Healy y sus valientes secuaces arremeten contra policías y agentes de tránsito -mira a la cámara, Corrupto, y desespera-; empleadillos, burócratas menores, carniceros, voceadores, peatones, choferes estacionados en doble fila (“¿No sabe que está prohibido? ¿Eh? Ah, entonces porque todos se estacionan en doble fila usted también, ¿no? Qué bonito, ¿no? í¿Y qué no piensa moverse?! ¿Sí? A ver, quiero ver. Andele, í¿qué espera?!”); carteristas (“¿Y qué haría usted si su hijo también saliera carterista? ¿Se cree usted con autoridad moral como para regañarlo?”); en resumen, un desfile de flojos y corruptos a fondo: transas, imbéciles, indisciplinados, ignorantes, inconscientes, estorbosos, etc. El micrófono y la cámara como vehículos represivos y apoyados en el amedrentamiento, la burla, el sentimiento de superioridad, el regodeo en las insuficiencias lingüísticas -o de otro tipo- de las víctimas declarantes.

HEALY’S HORROR SHOW

El programa de Healy es una simple copia del norteamericano Sixty minutes (cuya papanatería e impertinencia ya fue debidamente escarnecida por la revista Mad); pero lo importante no es el plagio, sino que una empresa como Televisa se auto-erija en indicador moral, medidor cultural y agente denunciante. Basta añadir un ejemplo a los otros: en un programa sobre la pornografía, el reportero se muestra preocupado por la salud mental de los niños que tienen acceso a las revistas morbosas y de baja calidad cultural (este mismo, culto reportero, en el mismo, culto programa, al revisar la cartelera de cine enumera películas como prueba de la contaminación pornográfica: “Emmanuelle, Las ficheras, La profesora enseñante, Julia “: íJulia!); se preocupa así por el “alimento espiritual” de los niños desde un canal perteneciente a una empresa que ha perpetrado cosas como El chapulín colorado.

En otro reportaje titulado “San Lunes”, la cámara se acerca como en un bombardeo aéreo a un hombre sentado en una banca de La Alameda. Recogijada por captar in fragantti al pecador, esa misma cámara enfoca las manos del hombre leyendo un comic sepia: ya ahí, de entrada, esa es la prueba de su indigencia, imbecilidad, incultura, naquez. Luego lo agrede un micrófono salido del mismo lugar que transmite Los ricos también lloran. El hombre levanta la cabeza como instalado de pronto en una pesadilla. El reportero “¿Qué lee? A ver, enséñelo a la cámara por favor. ¿Qué hace aquí? ¿Por que no está trabajando? ¿Por qué desperdicia el tiempo? ¿Qué no sabe lo que pierde el país por gentes como usted?” Enséñelo todo a la cámara: A cuatro años de que la profecía novelada de George Orwell iguale fechas con su tiempo exacto, el periodismo de fondo lanzado por Televisa y Healy no canta mal como sucedáneo del Big Brother.

TELEVISA SE HORRORIZA

Me habré soplado unas diez emisiones de 60 minutos; al cabo de ellas, la pregunta básica que Televisa parece deslizar apuntaría “¿Para qué sirven todos estos indigentes, estúpidos, sucios, lastres del país, etc.?” En efecto, es como si uno estuviera frente al primer caso explícito de fascismo televisivo; y al último lo menos que puede decirse en favor de todos los agredidos por este programa, de todos los que me tocó ver expuestos a la vergüenza pública, es que el mínimo gesto, la menor palabra de cada uno de ellos era superior, no sólo moralmente sino en cualquier otro sentido, a todo el aparato ideológico de Televisa.

La impunidad de Healy y los suyos, erigidos como voceadores morales de esta empresa, sólo puede recordar esa caricatura de Naranjo donde un ricachón, metido de pie en el excusado, ve a un hombrecito ahogándose en su taza de café y, volviendo la cabeza a otra parte, profiere “íQué asco!”.