desde-la-oficina

Las narraciones de Robert Walser (1878-1956) sobre el universo de la oficina son categóricas y entretenidas, motivo que incluyó en su obra desde el comienzo de su escritura, en 1900. Fue aprendiz en un banco y consideró que la oficina era irritante, carente de sentido. Estas viñetas constituyen la primera narración incluida en Desde la oficina. Sobre la vida de los empleados del escritor suizo (Siruela, selección y epílogo de Reto Sorg y Lucas Marco Gisi).


Un boceto

La luna nos mira desde fuera
y me ve languidecer como un pobre oficinista…

Pese a ser un personaje muy conocido en la vida, al oficinista nunca le han dedicado un comentario escrito. Al menos, que yo sepa. Acaso sea demasiado cotidiano, demasiado inocen­te, muy poco pálido y depravado, de escaso interés, ese joven hombre tímido, con la pluma y la tabla de cálculo en la mano, como para convertirse en tema de los señores literatos. Sin embargo, a mí me viene que ni pintado. Fue una satisfacción para mí observar su mundo reducido y fresco, poco trillado, y hallar en él rincones tan vaga y misteriosamente iluminados por el sol suave. En esta hermosa excursión sin duda he abier­to muy poco mis ojos, he pasado de largo por muchos parajes encantadores, como suele acontecer en los viajes. Pero haber bosquejado apenas una pizca de tanta abundancia, aunque todavía no sea precisa la lectura de tal minucia, debería de resultar refrescante y no muy fatigoso. Disculpa, lector, este preámbulo, pero es que los preámbulos son una manía de es­critores alegres. De modo que, ¿por qué hacer una excepción? Adiós y disculpa.

Carnaval

Un oficinista es una persona entre los dieciocho y los vein­ticuatro años. Los hay mayores, aunque no los tomamos en cuenta aquí. Un oficinista es formal, tanto en su indumenta­ria como en su estilo de vida. Los informales los soslayamos. De esta última clase, dicho sea de paso, hay poquísimos. Por lo general el oficinista no manifiesta el menor gracejo; si lo hiciera, sería un oficinista mediocre. Un oficinista se permite muy pocos excesos; por lo general no es de temperamento fogoso; por el contrario, posee laboriosidad, tacto, capacidad de adaptación y un sinfín de cualidades tan excelsas que un hombre tan humilde como yo no osa mencionarlas, o apenas se atreve. Un oficinista puede ser una persona muy cordial e intrépida. Conozco a uno que en un incendio desempeñó un papel destacado en las tareas de salvamento. En un abrir y ce­rrar de ojos, un oficinista deviene en un salvador, por no decir en un héroe novelesco. ¿Por qué los oficinistas se convierten tan raramente en héroes en las novelas? Es un craso error, que hemos de reprochar seriamente a la literatura patria. Tanto en la política como en los asuntos públicos la formidable voz de tenor del oficinista resuena menos que nada. ¡Sí, que nada! Hemos de subrayar algo por encima de todo: ¡los oficinistas son de temperamento rico, espléndido, original, magnífico! Rico en todos los sentidos, espléndido en muchos, original en todo y por descontado magnífico. Su talento para la escritura convierte fácilmente a un oficinista en escritor. Conozco a dos o tres cuyo sueño de convertirse en escritores ya se ha cumpli­do o está en vías de cumplirse. Un oficinista es más un amante fiel que un bebedor de cerveza fiel, de lo contrario, lapidadme. Posee una especial inclinación para el amor, y es un maestro en toda suerte de galanterías. En cierta ocasión oí decir a una señorita que preferiría casarse con cualquiera antes que con un oficinista, porque eso solo significaba un acopio de miseria. Yo digo, sin embargo, que esa chica debe haber tenido mal gusto y peor corazón todavía. Un oficinista es recomendable desde todos los puntos de vista. Apenas hay criatura de cora­zón tan puro bajo el sol. ¿Acaso un oficinista asiste complacido a reuniones subversivas? ¿Es por ventura tan desordenado y altanero como un artista, tan avaricioso como un campesino, tan arrogante como un director? Director y oficinista son dos cosas diferentes, unos mundos tan distantes entre sí como la Tierra y el Sol. No, el espíritu de un oficinista de comercio es tan blanco y pulcro como el cuello alto que lleva, y ¿quién ha visto a un oficinista con otro atuendo que no sea un impecable cuello alto? ¿Quién?, me gustaría saber.

Todavía disfraz

El poeta que, despreciado por el mundo en su buhardilla solita­ria, ha abandonado los modales que rigen en sociedad puede ser tímido, pero un oficinista es mucho más tímido todavía. Cuando comparece ante su jefe, una furiosa reclamación en la boca, es­puma blanca en los labios temblorosos, ¿no es acaso la imagen de la mansedumbre misma? Una paloma no defendería su de­recho con mayor benevolencia y mansedumbre. Un oficinista medita cien veces, incluso mil, los pasos a dar, y solo cuando se ve abocado a tomar una decisión, tiembla de afán de actividad. Entonces ¡ay de todo aquel que sea su enemigo, aunque se trate del mismísimo señor director! Pero de ordinario un oficinista jamás está descontento con su suerte. Sobrelleva complacido su tranquila existencia de escritorio, olvidado del mundo y de las querellas, es prudente y sabio, y parece resignado a su suerte. En su ocupación monótona y monocroma siente a menudo lo que significa ser filósofo. Él, gracias a su natural sereno, tiene el don de enlazar pensamientos con pensamientos, ocurrencia con ocurrencia, idea relámpago con idea relámpago, y con una habilidad digna de admiración acopla sus colosos mentales como un tren de mercancías de longitud interminable, vapor delan­te, vapor detrás, ¿cómo no iba a avanzar así? El oficinista, por tanto, es capaz de hablar durante horas con abundante tacto y circunspección sobre arte, literatura, teatro y otros temas no precisamente muy serios. Concretamente en la oficina, cuando cree poder consagrarse un poco a la generalidad. Si entonces el jefe, hecho un basilisco, pregunta qué demonios se discute con tanta vehemencia, ¡zas!, se acaba la inteligente conversación de muchas páginas y el oficinista vuelve a su ser. Es seguro: un ofi­cinista posee una extraordinaria capacidad para transformarse. Puede rebelarse y obedecer, maldecir y rezar, recurrir a evasivas y porfiar, mentir y decir la verdad, lisonjear y fanfarronear. En su alma hallan acomodo las más variadas sensaciones, igual que en las almas de otras personas. Obedece con gusto y se opone con facilidad. Esto último nunca puede evitarlo. No me gusta repe­tirme, pero ¿acaso existe en el mundo algo más dulce, solícito, justo, que él? El oficinista se preocupa, ¡y de qué manera!, por su formación. Dedica una gran parte de su vida a las ciencias, a las exigentes ciencias, y se sentiría ofendido si se quisiera negar que también en este ámbito brilla tanto como en su propia profesión. A pesar de ser un maestro en su oficio, le avergüenza manifestarlo. A veces esta hermosa costumbre le hace incluso preferir parecer tonto a los ojos de un superior, lo que suele acarrearle reprimendas inmerecidas, precipitadas. Mas ¡qué importa esto a un alma orgullosa!

Banquete

El mundo y el ámbito de actuación de un oficinista es la limi­tada, insignificante, miserable, árida oficina. Las herramientas con las que cincela y crea son pluma, lápiz, lápiz rojo, lápiz azul, regla y todo tipo de tablas de intereses, que preferirían sustraerse a una descripción más pormenorizada. La pluma de un probo oficinista es casi siempre muy puntiaguda, acerada y cruel. La escritura suele ser pulcra, no exenta de agilidad, a veces incluso en demasía. Al colocar la pluma, un oficinista eficiente vacila unos momentos, como si deseara concentrarse como es debido o apuntar, igual que un cazador experto. Luego dispara, y las letras, palabras, frases vuelan sobre una especie de campo paradisíaco, y cada frase tiene la amena cualidad de ser casi siempre muy expresiva. En las tareas de correspondencia, el oficinista es un verdadero pícaro. Inventa a vuela pluma frases que despertarían el asombro de muchos catedráticos eruditos. Mas ¿dónde están estos dulces tesoros de genuino talento lingüístico popular? ¡Sencillamente desaparecidos! Literatos y sa­bios inmodestos bien pueden tomar ejemplo de los oficinistas. Son sobre todo los literatos los que confían en alcanzar fama y ser recompensados por cada frasecilla que componen. Cuánto más noble y rica es la manera de proceder y la conducta del oficinista, que, por muy pobres que parezcan por fuera, poseen una riqueza que en verdad merece ser considerada opulenta. Ser rico no significa ni mucho menos parecerlo a los ojos del mundo superficial. Y ser verdaderamente pobre significa tener que parecer rico cuando uno lleva en su seno todos los síntomas de una miserable y espantosa pobreza. Esto se dice evidente­mente a favor de nuestro favorito de este año, el oficinista de co­mercio, pero ¿acaso no lo merece? No existe la menor duda de que el oficinista es ducho en cálculo y un buen administrador. Vosotras, mujeres, ¿por qué no entabláis relaciones con hom­bres así? Un experto en cálculo suele ser una buena persona, y así lo demuestra un oficinista diez veces al día. Bribones y vaga­bundos en su vida consiguen hacer una suma como es debido. Hacer cuentas con exactitud es lisa y llanamente imposible para una persona desordenada. Así se observa casi siempre en los ar­tistas, a casi todos los cuales tengo por desordenados. Si me fijo en los oficinistas: ¿quién podría salir airoso en eso? Un oficinista entiende por lo general muy bien de siete a ocho idiomas. Ha­bla español como un español y alemán como él mismo. ¿Cabe hacer alguna objeción sarcástica a eso? En la tarea de anotar sus ingresos y gastos, sus sentimientos y observaciones, sus pensa­mientos y ocurrencias, el oficinista es único. Puede llevar esas cosas hasta el ridículo. Pero, por lo demás, cualquier bieninten­cionado sólo halla en él cosas bellas y ejemplares. El mundo en el que trabaja el oficinista es limitado, sus herramientas nimias, su actividad desaparece sensiblemente ante otras actividades. Ahora decidme: ¿no es acaso el suyo un duro destino?

Un nuevo compañero

Con su permiso, estimado lector, voy a presentar un ejemplo de mi colección comercial. Se trata de un oficinista de unos veinte años, uno de los más prometedores. Su celo y laboriosidad no han sufrido todavía menoscabo alguno por la perfidia del tiempo. Sus esfuerzos en todas las cuestiones útiles florecen como una rosa, y en lo tocante a los colores de su mentalidad genuinamente comercial, no desmerecen nada a los encendi­dos de un tulipán. Cada mañana, mediodía y noche lo observo mientras come, y de su comportamiento en la mesa se dedu­cen muchas cosas. Se comporta casi con excesiva corrección. Bien podría de vez en cuando dejar traslucir como un dulce sol amarillo un atisbo de malos modales, pero ni se le pasa por la cabeza. ¿Sucede esto adrede, para dificultarme una cómoda semblanza de su persona? ¿Se da cuenta el mozo de adónde va? ¡Ah, los oficinistas son listos! Todo el mundo reconocerá que para mí es mucho más difícil matizar su naturaleza impe­cable que si se presentasen con defectos. Los fallos y debilida­des de una persona ofrecen a un autor amante de la pluma la mejor ocasión de demostrar rápidamente ingenio, es decir, de hacerse enseguida famoso, o, lo que es lo mismo, de hacer for­tuna con rapidez. Aquí, mi comparsa parece regatearme una carrera, pero espera, muchacho, ya nos encargaremos de ti. La verdad no será deformada ni un pelo por ello. La sólida verdad es y seguirá siendo determinante. Nuestro hombre come poco, toda la gente juiciosa lo hace. En la conversación participa con prudencia, otra señal de aventajada inteligencia. Sus palabras no salen, se deslizan fuera de su boca; ¿y qué culpa tiene él? Quizá sea un defecto en la conformación de sus labios. Come con delicadeza, conoce de sobra el manejo de cuchara, cuchi­llo y tenedor. ¡Se sonroja cuando se habla de procacidades, un buen ejercicio! Nunca osa ser el primero en abandonar la mesa de un salto, aunque permite, con mucho tacto, que lo hagan los mayores. Escudriña sin cesar a su alrededor mientras come, con el amable deseo de anticiparse en ayudar a alguien. ¿Qué persona de rango tan elevado se comportaría así? Si un hombre con experiencia cuenta a la mesa un chiste a medias, él ríe cortés; por el contrario, si un aprendiz lo cuenta entero, calla. Sin duda piensa: ¿qué harían los chistes a medias si con una risa obsequiosa no se los ayudase a salir por la puerta y abandonar el ambiente? Los enteros pueden perdurar sin ne­cesidad de risas. Además, ¿no sería terrible estar ahí sentado y ver sonrojarse a personas de edad provecta porque su dicho no ha tenido buena acogida? ¡Lector, has de reconocer que ese pobre oficinista solitario es de pensamientos muy nobles! Sí, durante la comida me gusta estudiar a mi gente. Otra cosa más: el aspecto de nuestro hombre responde a sus acciones; y, como estas, según vemos, no son indignas, él tampoco puede ser feo.

Minutos mudos

Es frecuente que un oficinista se quede sin empleo. Bien porque lo han despedido o, lo que acontece con mucha más frecuen­cia, porque se ha despedido él. Esto lo hacen las naturalezas inquietas de este colectivo, y casi siempre se trata de personas desgraciadas. Ni de lejos se desprecia tanto a un obrero para­do como a un oficinista desempleado, y esto obedece a ciertas razones. Un oficinista, mientras está colocado, es un caballero a medias; sin colocación desciende hasta convertirse en una na­dería torpe, inútil, fastidiosa. Se lo considera una persona dege­nerada, a la que ya no se puede emplear, lo cual es muy triste e injusto. Aunque debe haber un cierto, indiscutible desarreglo, algo malo, defectuoso, en su carácter, ¿acaso por eso no vale ya para nada la persona entera? A Dios gracias no abundan esas gentes consagradas al comercio, o el orden y la tranquilidad públicos estarían en peligro. El oficinista hambriento es uno de los personajes más espantosos. Los obreros hambrientos no son ni de lejos tan horribles. Los obreros forasteros siempre pueden encontrar ocupación, los oficinistas jamás, al menos en nuestro país. Sí, querido lector, en este artículo en el que te informo de los pobres y despreciados desempleados no puedo adoptar el tono chistoso de los anteriores pasajes, pues sería demasiado cruel. ¿Qué hacen casi siempre los oficinistas desempleados? ¡Esperar! Esperar una nueva colocación, y mientras esperan los martiriza el remordimiento, que les hace los más gélidos repro­ches. Habitualmente nadie los ayuda, porque ¿quién quiere te­ner algo que ver con tan sucia chusma? Es triste, conozco a uno que estuvo seis meses desempleado. Aguardaba con miedo fe­bril. El cartero era para él ángel y diablo; ángel cuando sus pasos se aproximaban a la puerta de su casa; diablo, cuando pasaba de largo con despreocupación. Ese oficinista, por un aburrimiento destructivo, comenzó a escribir poesías, y consiguió algunas be­llas. Era un alma refinada, sensible. ¿Tiene ahora empleo? No, hace poco ha vuelto a abandonar el nuevo empleo, tan estúpido y poco inteligente es. Debe padecer una especie de enfermedad que le impide resistir en cualquier sitio, y algunos entendidos en ese tipo de cuestiones le auguran un terrible final. Sucumbirá, no hay duda. De esto se deduce que entre los oficinistas insigni­ficantes, que cosechan muchas risas, existen también destinos muy trágicos. ¡Así de prodigiosa es la naturaleza! Para ciertos fines, ni siquiera un oficinista es demasiado poco para ella. Si no te repugna llorar, lector, o si tú, tierna lectora, lloras alguna vez por pena, no olvides guardar una lágrima de tus dulces ojos para el oficinista que padece la enfermedad incurable que aca­bo de describirte.

Una carta para referir lo mejor

¡Querida madre! Me preguntas cómo me va en mi empleo. Pues hasta la fecha muy bien. El trabajo es fácil, la gente edu­cada y el jefe severo, pero no injusto, ¡qué más se puede pedir! No he tardado en ponerme al corriente en mi ámbito; el con­table me lo dijo hace poco, no pude evitar reírme. Hay mo­mentos malos y amargos, cierto, pero no hay que tomárselos demasiado a la tremenda. ¡Para qué existe el olvido! Yo prefie­ro recordar momentos buenos y agradables, rostros amables y amistosos, de modo que me alegro siempre por partida doble y decuplicada. La alegría me parece lo más importante, deli­cioso y valioso para conservar la memoria. ¿Qué me impide, pues, olvidar las tristezas lo más deprisa posible? Me gusta ver actividad a mi alrededor. En cuanto me vuelvo perezoso, me pongo triste y malhumorado. Entonces pienso, y el pensar sin ton ni son entristece. Lástima que no tenga más quehacer, me encantaría estar totalmente absorbido por el trabajo. En general debo estar siempre muy atareado, pues de lo contra­rio empiezo a sublevarme. Tú me entiendes, ¿verdad? Ayer estrené mi traje negro nuevo. Me sienta de maravilla, dice todo el mundo. Yo también me sentía orgulloso con él y casi dejé de comportarme como un oficinista. Pero esto viene a ser lo mismo. Porque hoy por hoy soy oficinista y seguro que seguiré siéndolo mucho tiempo todavía. Pero ¡qué cosas digo! ¿Acaso deseo ser otra cosa? No aspiro a llegar lejos en la vida, no tengo el perfil necesario para algo elevado. Qué tímido soy, querida madre, qué deprisa me desanimo, sólo el trabajo me hace olvidar. A veces siento tanta nostalgia, ¿cómo lo llamaría? Entonces nada me complace, ni hago nada a derechas. Pero, queridísima madre, esto sólo sucede cuando me obligan a la ociosidad. Me dan demasiado poco trabajo. Oh, cuán bien sé que en la ociosidad acecha el pecado. ¿Estás bien de salud, madre querida? Tienes que estar sana, tienes que mantenerte sana. Ya verás cuántas alegrías te daré todavía. ¡Ojalá pueda colmarte de alegrías, de miles y miles de alegrías! Qué hermo­so mundo ha creado Dios. Cuando me alegro, también te ale­gro a ti. El trabajo es mi única alegría verdadera, en el trabajo progreso de lo lindo, y mi progreso constituye otra alegría para ti. Adiós. Si supiera algo distinto que estas palabras para convencerte de mi sincero empeño, a buen seguro las emplea­ría. Pero sé que tú me tienes en muy alta estima, mi buena madre. ¡Adiós, adiós!

Tu obediente hijo.

Cuadro viviente

¡Un escenario! Una oficina desnuda, escrupulosamente lim­pia. Pupitres, mesas, sillas, butacas. Al fondo una ventana grande por la que, más que vislumbrarse, penetra un trozo de paisaje. Al fondo a la derecha, la puerta. A izquierda y derecha paredes sencillas junto a las que están emplazados los pupitres. Varios oficinistas se afanan como la gente se afana en la vida real: abriendo y cerrando libros, probando plumas, tosiendo, cuchicheando, sonriendo, maldiciendo en voz baja, furiosos por dentro. Un joven y pálido oficinista de llamativa belleza y ademanes exageradamente encantadores y tranquilos actúa silencioso en primer plano. Es delgado, de negros cabellos ri­zados que juguetean como si estuvieran vivos alrededor de su frente, y manos finas y delicadas: un oficinista de novela. Pero ni él mismo parece tener idea de su belleza. Sus movimientos son modestos y tímidos, imperceptible y medrosa su mirada. Tiene ojos negros como el azabache. A veces asoma a sus labios suaves una sonrisa amable, doliente. En esos momentos, el ob­servador se percata del todo, es de una arrebatadora belleza. Uno se pregunta qué hace allí, en la oficina, ese joven y guapo artista. Es curioso, hay que considerarlo por fuerza un artista, o si no un hijo de aristócratas venidos a menos. Ambas cosas son casi lo mismo. Ahora entra disparado el jefe ancho de hombros, bien alimentado; los oficinistas están absortos en sus momentáneas posturas ridículas que incluso los comprometen en parte, tan dominadoramente actúa sobre esas personas la entrada de su superior. El guapo es el único que se muestra como siempre: ¡tranquilo, candoroso, inocente! Pero el jefe se dirige precisamente a él y, según se observa claramente, con enorme grosería. El guapo se sonroja ante el rudo, ante el poderoso. Este vuelve a salir disparado, los oficinistas respiran aliviados, pero el guapo está a punto de llorar. No puede so­portar los reproches, tan delicada es su alma. No llores, guapo, un extraño sentimiento recorre los corazones de los presentes: no llores, guapo. Así lo vivencian las mujeres. Pero de sus hermosos ojos le brotan lagrimones que ruedan por sus delicadas mejillas. Reclina la cabeza y se enfrasca en sus cavilaciones. En­tretanto ha terminado la jornada; el paisaje enmarcado por la ventana se torna cada vez más oscuro. Lo indica, por tanto. Los oficinistas abandonan con alegre rumor sus asientos, colocan sus útiles y se alejan de un salto. Esto sucede muy deprisa, y así suele ocurrir también en la realidad. Solo el guapo se queda, sumido en sus pensamientos. ¡Pobre guapo solitario! ¿Por qué eres oficinista? ¿No guarda el mundo ningún lugar para ti más que la angosta, agobiante oficina? Ahora tienes que cavilar, cavilar, ay, y mientras cae muerto el telón cruel, que todo lo mata.

 

Robert Walser
Escritor. Autor de: Ante la pintura, Vida de poeta, El bandido, La habitación del poeta, Los hermanos Tanner, Jakob von Gunten y El paseo, entre otros libros.

Traducción del alemán de Rosa Pilar Blanco.

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Un comentario en “El oficinista

  1. Robert Walser pinta con palabras. Pinta cuadros de una modernidad extraña, en la que algo irreal sostiene esas escenas tan vívidas. Su escritura-pincel parece animada por un ánimo exultante y, sin embargo, una melancolía gris se cuela en cada rincón. Las estampas son como esos girones de sueño que no logramos recordar del todo pero que la sensación dejada cala hasta los huesos. Algo hay muy evidente en esos cuadros que no se deja explicar.