En la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, dedicada este año a la ciudad de México, será presentado el libro de dos de los más destacados cronistas de esta urbe: Rafael Pérez Gay y Héctor de Mauleón. Ofrecemos una selección de crónicas incluidas en Ciudad, sueño y memoria (Gobierno del Distrito Federal—ediciones cal y arena), acompañadas con imágenes del archivo fotográfico de Carlos Villasana Suverza.
Las ciudades guardan en los mapas de su pasado secretos y misterios nunca revelados. Uno de ellos, incomprensible, la demolición del Gran Teatro Nacional en el año de 1901. La historia es conocida: el gobierno federal compró el teatro para restaurarlo, pero luego de un tiempo decidió demolerlo para prolongar la avenida Cinco de Mayo hacia la calle Mariscala. Entre los derribos del Teatro Nacional, los urbanistas porfirianos decidieron sustituirlo por un nuevo teatro: el Palacio de Bellas Artes.

Vista aérea del Palacio de Bellas Artes alrededor de 1935.
El hechizo de París derribó cientos de edificios. Porfirio Díaz y sus socios no sólo vieron en los terrenos de la ciudad un gran negocio sino un emblema del futuro. Según el sueño porfiriano, el destino de nuestras calles era París, y la muy pequeña Ciudad de México, repleta de callejones laberínticos y palacios coloniales.
Todo gran proyecto urbano oculta fortunas inmensas. Esta puede ser una de las razones que esgrimieron los arquitectos porfirianos para derribar el Teatro Nacional: no existen ciudades modernas sin grandes avenidas. Los franceses le llamaron “embellecimiento estratégico”, llevado a cabo por el Barón Haussmann en el París del siglo XIX, el hombre a quien Napoleón encargó las grandes reformas de la ciudad de París.
La idea de una nueva ciudad se abrió camino en la calle de Vergara, Betlemitas y el Callejón de la Condesa, a la altura de Bolívar. Una mañana de aquel año, quienes caminaban por Cinco de Mayo no volvieron a ver el Teatro Nacional sino el cielo abierto y bajo los terrenos del convento de Santa Isabel, delante del Mirador de la Alameda, se construyó el nuevo Teatro Nacional, Bellas Artes.
Haussmann se llamaba a sí mismo “Artista Demoledor”: destruyó el París viejo y construyó el nuevo. La demolición del viejo Teatro Nacional construido en 1842 marca en la Ciudad de México el fin de la vieja ciudad colonial que Díaz llevaba años derribando calle a calle y piedra sobre piedra para darle lugar al sueño inacabado de la nueva Ciudad de México que aún no ha desaparecido del todo.
“El ideal urbanístico de Haussmann”, escribió Walter Benjamin, “eran las vistas en perspectiva a través de largas series de calles. La verdadera finalidad de los trabajos haussmannianos era asegurar la ciudad contra la guerra civil. Quería imposibilitar cualquier levantamiento de barricadas en París […] El ancho de las calles volvería imposible ese instrumento de la rebelión”. Por estas razones, los contemporáneos de Haussmann bautizaron la empresa como “l’embellissement strategique”.

El Gran Teatro Santa Anna, luego llamado Teatro de Vergara y posteriormente Gran Teatro Nacional, que cerraba Cinco de Mayo a la altura de Vergara, hoy Bolívar. Fue construido por Lorenzo de la Hidalga en 1844, a iniciativa del empresario Francisco Arbeu, cuya intención era “hacerlo digno de México o sucumbir en la miseria”. Ahí se estrenó el Himno Nacional el 15 de septiembre de 1854. Fue demolido en 1901 para ampliar Cinco de Mayo hasta el actual Eje Central.
En el año de 1903, el arquitecto Adamo Boari, encargado de la construcción del Palacio Postal, presentó a la Secretaría de Comunicación y Obras Públicas un proyecto para la construcción del nuevo teatro nacional. El diario La Patria del 31 de marzo de 1903 publicó esta noticia sobre la ampliación de la calle Cinco de Mayo: “Es hermosa la perspectiva que las calles de Cinco de Mayo presentan vistas desde sus extremos; la utilidad de esta amplia vía se estimará debidamente cuando se abra a la circulación. Ya está casi terminada la ampliación en la calle de que nos ocupamos pues sólo falta demoler una saliente que corresponde a una de las casas de la 2a calle de San Francisco. La construcción de tres casas nuevas en esa vía está por concluir”.

El Palacio de Bellas Artes desde Avenida Juárez, hacia 1940. A la izquierda se aprecia la pérgola de la Alameda, que originalmente formaría parte de un gran jardín diseñado por Adamo Boari. Uno de los kioscos se destinó a exposiciones de pintura y escultura, y el kiosco sur, a partir de 1939, albergó a la llamada Librería de Cristal, nombrada así por su primer director Rafael Giménez Siles, que para acondicionarla se inspiró en el Palacio de Cristal del Parque del Retiro en Madrid. Finalmente la pérgola fue destruida en 1973.
El calvario del nuevo teatro nacional que se inauguró hasta el año de 1934 empezó con un presupuesto mal hecho. Boari firmó un documento en el cual explicaba que con 4 millones 200 mil pesos construiría Bellas Artes en cuatro años. Nueve años después se había gastado el triple del presupuesto. Durante los primeros treinta años del siglo XX, el Palacio de Bellas Artes fue un símbolo de la Ciudad de México: un sueño inacabado interrumpido por una guerra civil. En ese tiempo, una ciudad creció alrededor de ese monumento puesto en el altar del Porfiriato.
Rafael Pérez Gay