En la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, dedicada este año a la ciudad de México, será presentado el libro de dos de los más destacados cronistas de esta urbe: Rafael Pérez Gay y Héctor de Mauleón. Ofrecemos una selección de crónicas incluidas en Ciudad, sueño y memoria (Gobierno del Distrito Federal—ediciones cal y arena), acompañadas con imágenes del archivo fotográfico de Carlos Villasana Suverza.
Sé de personas que han logrado comunicación con seres de otros tiempos, no sólo a través de sesiones espíritas, vía de comunicación más o menos común con espíritus perdidos, sino de los mensajes que nos envían desde el más allá, en el caso de que sean ellos y no nosotros los que habiten otro mundo. No todos saben que en la esquina de Tacuba y Eje Central está la casa donde vivió Ignacio Manuel Altamirano, el gran escritor del siglo XIX que le puso casa a la cultura mexicana en la revista Renacimiento. Hay pruebas contundentes de que se ha visto a don Ignacio entrar y salir del edificio, perderse en las sombras. Altamirano revive en esas calles algunos de sus muchos fracasos amorosos con grandes actrices que lo despreciaron. El cronista vuelve a pagar la cuenta de su amor propio destrozado por la vanidad de actrices como Angelina Patti.

Vista panorámica de la calle de Tacuba a finales del siglo XIX, donde convergen las calles de Escalerilla, hoy República de Guatemala; Empedradillo, hoy Monte de Piedad y Primera de Santo Domingo, hoy República de Brasil. Destaca en la imagen la publicidad del establecimiento comercial La Explosión, anunciando la venta de “ropa hecha”. En la zona arbolada se ubicaba el antiguo Mercado de las Flores.
El dinero siempre es atractivo, incluso para quienes afirman que les importa un cacahuate. Y don Ignacio andaba en las últimas, sin un quinto partido por la mitad, vivía de prestado. Tampoco era guapo, es decir, no tenía nada con qué negociar para besar el largo cuello de la Patti. Porfirio Díaz le había retrasado el pago de sus haberes de guerra inmerecidamente para alguien que participó en el sitio de Querétaro, cuando las fuerzas juaristas derrotaron a Maximiliano. La señal que Altamirano envía al futuro es simple y dolorosa: prostitutas que entran y salen del edificio.
En la calle Ayuntamiento 133 hay un edificio frente a cuya fachada vieja y astrosa pasé innumerables veces acompañado de mi padre, un viejo que se acercaba a la ceniza ardiente de los noventa años. Una y otra vez, con mi papá colgado del brazo, vi en la ventana del primer piso una cortina que se descorría a nuestro paso. En la ventana asomaba un hombre de otros tiempos, vestido de traje y corbata, el pelo hacia atrás con vaselina y el bigote relamido. Se trataba de una operación sencilla, no del todo perturbadora: nosotros pasábamos, él asomaba unos segundos la cabeza, nos miraba, desaparecía detrás de la gruesa cortina y la vida seguía su camino. Tiempo después supe que en los años veinte, en ese edificio, vivió Artemio de Valle Arizpe, el cronista oficial de la Ciudad de México. Todos los que hemos aprendido algo de la ciudad y de su historia tenemos una deuda con Valle Arizpe. A mí, me la cobró invitando a mi padre a esa casa de la que ya nunca regresó. Después de la muerte de mi papá, he vuelto a la calle de Ayuntamiento y he esperado de pie frente a esa casa. Nadie asoma la nariz; el fantasma ya había mandado su señal al porvenir.
En Palma 330 y Donceles se mantiene en pie un edificio. En la parte alta de las madrugadas de días inesperados se oyen los gritos y alegatos de un grupo de amigos excesivos, imperiosos, intemperantes. En uno de los pisos de ese edificio estuvo el despacho de Manuel Maples Arce, Germán Lizt Arzubide y Arqueles Vela, los escritores estridentistas. En ese espacio redactaban los manifiestos, revistas y periódicos murales con los que quisieron reventar al mundo de la academia y otros mundos contiguos. Nada reventó, salvo ellos. Se sentían los príncipes del amanecer, pero se perdieron en la longevidad llevando en la maleta sueños incumplidos: los tres vivieron más de ochenta y tantos años. Cuentan que una noche, después de dosis masivas de alcohol, uno de ellos, Germán, abrió la puerta y encontró a un hombre envuelto en un paletó que le dijo: “Soy Ignacio Manuel Altamirano y necesito ayuda”. Afuera del edifico se reúnen con frecuencia dos o tres vagabundos nocturnos, les aseguro que no son indigentes.

El Hotel Montecarlo, vecino de la iglesia de San Agustín.
En República de Uruguay 69 está el Hotel Montecarlo. Los huéspedes insisten en que de noche se oyen pasos en las viejas escaleras y un lamento apenas audible. Sé que se trata del escritor D.H. Lawrence que se hospedó en una de esas habitaciones a principios de los años veinte. En esa habitación esbozó el entramado de La serpiente emplumada. No entiendo por qué regresa Lawrence, quizá busca las huellas de los deseos que lo torturaron en vida; como se sabe, las obsesiones son inextinguibles.
Quien siga las huellas de este breve mapa del Centro, se encontrará, tarde o temprano, con fantasmas. Lo verdaderamente inquietante será que esos fantasmas se preguntarán quiénes somos, de qué mundo extraño venimos, por qué vagamos en su ciudad sin un rumbo fijo.
Rafael Pérez Gay