Me pidió que lo mirara a los ojos y me advirtió que no me moviera hasta recibir la señal. A mí me llenaba de vergüenza que me viera llorar y, al parpadear a toda prisa, creía que le tendía una trampa a las lágrimas, que me anticipaba a ellas y las interrumpía.
De hecho, más que parpadeos, eran instantáneas que me permitían registrar, cuadro por cuadro, la transición de una calma incierta y sospechosa a un estallido quizá irremediable. Confiaba, como lo había hecho antes, en que me ayudarían a retener esos últimos momentos y repetírmelos en un futuro. Sin importar si el silencio y la oscuridad terminaban por imponerse, sabía que volvería a vivir todo ello aun con los ojos vendados.
Gracias a los parpadeos conservaba, a la fecha, la imagen del muelle de luna: ese trazo de luz sobre el mar que tantas veces habíamos contemplado desde la ventana de su estudio, bajo promesa de que, en la peor de las circunstancias, sería nuestra ruta de escape.
Era difícil creer que, hacía apenas unas semanas, habíamos descendido la misma pendiente una vez que los comercios del barrio cristiano estaban por cerrar sus puertas. Amigos y desconocidos conformábamos una suerte de éxodo —programado para interrumpir el esparcimiento— y desalojar la zona durante las primeras horas de la madrugada.
Esta vez, aunque temíamos ser descubiertos, denunciados o detenidos, la estampida nos tomó por sorpresa. Ni siquiera eran las seis de la tarde cuando empezó a correr la voz de que las fuerzas del orden estaban en busca de los conspiradores y habría detenciones.
Entonces dejé de parpadear. Ya no pude ni quise controlar mi llanto. Deslicé mi mano por su cara y le pregunté qué sería de nosotros, si más tarde lo encontraría en el estudio, cómo habría de reconocer al mensajero, si todo iría a estar bien…
—No te preocupes —me dijo—. Estarás a salvo.
Pero eso no me reconfortaba porque lo que yo quería era que los dos estuviéramos no sólo a salvo sino juntos. Y así se lo dije: con lágrimas y pujidos, con voz aniñada. Él me miraba compasivamente, con ese gesto que, a la vez que cobija, igual invita a prepararse para seguir adelante por pie propio.
Nada de caminos alternos ni renunciaciones: yo esperaba garantías de coincidencia y reencuentro. Que él mencionara otros planes, me hacía recordar cuando mis padres nos hablaban a mis hermanos y a mí de lo que heredaríamos apenas ellos faltaran. No tenía oídos para eso, así que dejé de escucharle, tal y como solía hacer con ellos cada vez que tocaban ese tema.
La implosión de dudas en mí: tantos temores, todos extremos, y mis ocurrencias, absurdas. Él, en cambio, parecía poseer la última y más pesada certeza que, quizá por no empeorar mi estado de ansiedad, evitaba que me cayera encima. En él, la espera. En mí, la esperanza. Y, no obstante, los dos compartíamos la incertidumbre.
Seguramente él se dio cuenta porque sus manos tomaron las mías con mayor fuerza, mientras me repetía, con más angustia que firmeza, que estuviera atenta a recibir la señal.
Los pasos se escuchaban presurosos y trepidantes. Soltó mis manos y, entre la fuerza y la nada, sentí un roce último
—fugaz e hirviente— que se quedó grabado en mi piel: todo anunciación y despedida, a la manera del trazo de la luna sobre el agua.
Lo perdí entonces de mis manos y de mi vista. Fue su voz la que tardó un poco más en ahogarse entre órdenes, lamentaciones y gritos: “Exigimos libertad y democracia”, “¿De qué somos culpables?”, “Dijeron que no abrirían fuego contra nosotros”.
Mi teléfono celular permanecía mudo y sin novedades.
¿Hacia dónde mirar? ¿A quién seguir? Un mensaje, un murmullo, un ademán… Procuraba tranquilizarme: más pronto que tarde recibiría alguna indicación. Tal vez una mirada. El palpitar de unos labios. Los pasos de alguien que pareciera saber a dónde iba.
Trémulamente, asomé uno de mis pies a la calle principal. Apenas palpé el vértigo, me dejé llevar. Ahí iba, como tantos otros, empujada por la muchedumbre, casi levitando, y, al mismo tiempo, a la merced de una masa acéfala y despavorida que sólo veía por sí misma y pasaba por encima de sus integrantes sin volverse a ocupar de ellos y dejándoles ahí, doloridos, moribundos, exánimes.
Después de unos minutos de haberme sumado a una marcha ciega, me abrí paso para refugiarme al pie de un zaguán, donde una mujer sostenía a un niño en un brazo y llevaba a otro de la mano. Le pregunté si necesitaba ayuda. No me respondió. Luego busqué sus ojos. Tampoco me miró. Prestaba tal atención al fluir de la desbandada que parecía aguardar el momento para incorporarse. Al fin dio un salto suicida y, con todo y niños, se perdió entre la multitud en fuga.
Mi brinco, en cambio, fue cuesta arriba y a contracorriente: de zaguán en zaguán y casi adhiriéndome a los muros hasta encontrar una callejuela y virar a la derecha para tomar un atajo y topar con pared y reincorporarme en sentido contrario al flujo. Una y otra vez.
Qué diferente me parecía ahora. Ese ímpetu por abrirme paso, como si serpenteara, en contraste con aquellas noches en que, apenas terminaba la diversión, nos desprendíamos del resto de amigos para refugiarnos al pie de un portón o en alguna de las pequeñas calles perpendiculares y, una vez que los veíamos pasar sin que se percataran de nosotros, el tiempo se detenía y sólo nos mirábamos y nos acariciábamos las manos.
—Un mensaje, un murmullo, un ademán… —me repetía durante la búsqueda empinada y frenética.
Tantas veces andado, tantas veces anhelado y disfrutado… En cambio, ahora parecía haber olvidado el camino. Hombros, codos, manos. Bultos, jorobas y cuerpos chocaban contra mí como si fueran aves y revolotearan: así sonaba el barullo.
Me encontraba casi con los mismos ojos y los mismos gestos. No había signos de ayuda. Si acaso me dirigían advertencias, yo no las alcanzaba a escuchar. Bajaban con tal velocidad y tal enjundia que semejaban lava: no importaba si destruían lo que hubiera a su paso, de todos modos estaban destinados a petrificarse.
Anticipaba su caída. Me parecían una partida de necios que se dirigían hacia su propia perdición. Eran ellos quienes estaban equivocados. Había que desoírles y enfilar a la cima. Quizá en eso consistía la señal.
Ya distinguía la retaguardia. A esas alturas, la cauda del gentío se desplazaba lenta, torpemente, como si hubieran perdido la pista, deslumbrados por el ocaso de Sol y ensordecidos por las sirenas y los motores. Gritos, lamentos, voces agitadas, todo ello se filtraba en mis oídos a pesar del bloque de silencio al adentrarme en la montaña.
Los últimos individuos aparecían de manera esporádica y, en su mayoría, estaban atentos. Casi todos eran hombres de ojos negros rígidos. La única mujer a la vista se frotaba la frente con una tela que humedecía continuamente.
Quizá en otras circunstancias no me habría encontrado con ellos ni me habría detenido a mirarles. Aun cuando todos ahí éramos extraños, mi percepción era que el clima de hostilidad nos hermanaba, que, al igual que yo, sufrían y temían.
Tal vez estábamos por atestiguar la verdadera desgracia y tan sordos como para no oírles ni oírnos gritar. Y, callados y sentados, los veríamos morir de igual forma que habíamos visto perecer a tantos miles. No serían más que hojas de papel. Así caerían: de cabeza, con los zapatos puestos y la corbata cubriéndoles el rostro. Y, en caso de que todos fuéramos víctimas, más valía que nos hiciéramos amigos antes de ser arrasados. De nada serviría la altivez.
Ya eran menos los sonidos que penetraban el hermetismo alto y arbolado: llantos y risas, especialmente de niños, rotura de loza, desagüe, hasta que no se escuchó más.
Era como haber alcanzado el principio del mundo, tan familiar como desconocido: una pincelada de terracería sobre el cerro, rasgadura que se abría paso entre los cedros y encontraba su límite en el azul afondado.
La puerta se abrió apenas la golpeé.
—Llegaste —dijo una voz que no era la suya y que provenía de alguna de las piezas. Yo no alcanzaba a ver a quién la emitía.
—Nadie podrá escucharnos —agregó.
Con todo, era una voz amable: sin gritos ni amenazas. “Así es cómo suelen operar”, solía advertirme él, aunque era de esperarse que esta vez se hubieran molestado.
No me volví hacia atrás. Permanecí absorta frente a las enormes ventanas, mientras me embebía de lo que ante mis ojos se ofrendaba. La intensa y abierta gradación de azules, que iba del mar al cielo, lo ocupaba casi todo, al punto de que los techos y las cúpulas, las fábricas y el mismo camposanto, desaparecían. El principio y el final del mundo eran idénticos.
Unas manos me sujetaron de las muñecas, sin titubeos, aunque con una fuerza que no era la suya. Tampoco tenían su temperatura. A la fuerza siguió la brusquedad.
—Tómalo como ejemplo —me dijo al oído.
Los azules se oscurecieron. La Luna brillaba en el horizonte y, sobre el agua, el muelle de luz empezaba a dibujarse. Volví la vista hacia una de las esquinas inferiores del estudio y descubrí los parpadeos de la pantalla de un teléfono celular: tal vez la señal que ya no recibí. Imaginé que había sido despojado abruptamente de sus pertenencias y se había escapado por la ventana y arrojado al mar y el incipiente muelle de luz había sido su salvación.
El agua estaba quieta. Hacia la orilla izquierda se alcanzaba a distinguir un bulto que parecía atrapado en una suerte de zanja. Estaba cubierto de hojas y tenía la forma de un cuerpo humano.