Aunque cuando se habla de la historia del rock que se hace en México siempre salen a relucir los nombres de bandas y solistas masculinos, la participación de las mujeres mexicanas en el género no sólo es significativa e importante, sino que ha dejado una huella en ocasiones más trascendente y original que la de los varones.

El rock, en su fase rocanrolera, se inició en Estados Unidos a mediados de los años cincuenta y casi de inmediato se vio reflejado en nuestro país, donde no tardaron en surgir las primeras manifestaciones de rocanrol autóctono.
        
A nivel femenino, la pionera fue la exuberante vedette chicana Gloria Ríos, nacida en San Antonio, Texas, en 1928, quien en ese mismo 1955 cambió el estilo de las antiguas rumberas (María Antonieta Pons, Rosa Carmina, Ninón Sevilla, Meche Barba, et al.) y las nuevas mamberas (Tongolele, las Dolly Sisters) por uno más ad hoc para la época (célebre fue su espectáculo “Del charleston al rock and roll” que presentaba en el teatro Lírico). Sin embargo, no se trataba propiamente de una rocanrolera, sino de una más de las muchas figuras del “firmamento artístico” que con descarado oportunismo adoptaron al rock como si se tratara de un mero ritmo y de una moda que terminaría por pasar.

Algo similar puede decirse de las baladistas que a principios de los sesenta comenzaron a interpretar cancioncitas bobaliconas y edulcoradas. María Eugenia Rubio, Mayté Gaos, Leda Moreno, Queta Garay o las inefables Hermanitas Jiménez eran las pares hipercursis de tipos como Óscar Madrigal, Alberto Vázquez, Johnny Laboriel, César Costa o Enrique Guzmán (los tres últimos, tránsfugas de los grupos pioneros del rocanrol) y su relativa contribución al rock nacional fue tan falta de calidad como llena de sentimentalismo y humorismo involuntario.

Los años de la llamada Onda de Avándaro (digamos entre 1968 y 1971) no vieron asomar en el rock a mujer más notoria que la famosa “encuerada” del festival de rock y ruedas celebrado en Valle de Bravo, si bien por ahí andaban muy dignas cantantes blueseras como Mayita Campos y Baby Bátiz. Vino entonces la época de oscurantismo en la cual —por obra del gobierno y de eso que llamamos El Sistema— se sumió el rock nacional, confinado a una periferia casi clandestina y a la marginalidad de los hoyos fonquis (Parménides García Saldaña dixit). ¿Mujeres roqueras destacadas en esa era aciaga que fue la de la década de los setenta y parte de los ochenta? Sólo unas cuantas y más bien dentro de ese curioso subgénero conocido como movimiento rupestre, mezcla de folk gringo con canción sudamericana y una pequeña pizca de blues. Ahí estaban Nina Galindo, Emilia Almazán, Tere Estrada (autora del muy recomendable libro Sirenas al ataque), Maru Enríquez y una muy joven Cecilia Toussaint con su banda Arpía.

Pero a fines de los ochenta llegó la invasión del pop español y argentino, bautizada como Rock en Tu Idioma, y con ella la pasteurización del género que a duras penas sobrevivía en nuestro país. Fue el fin del rock con raíces negras y el inicio del rockcito con acento ibérico y rioplatense. Apoyado por las disqueras y los medios electrónicos, este rockcito vio surgir a muchas bandas masculinas, en algunas de las cuales (básicamente La Lupita, Kenny y los Eléctricos y Santa Sabina) participaban mujeres (sin duda, Rita Guerrero la de mayor profundidad artística).

Los noventa fueron los años de la extirpación total del blues y de cualquier rasgo de música negra estadunidense para entregar un rock pop que en términos generales sonaba igual al que se producía en la península ibérica y el cono sudamericano. No se trataba de alguna reivindicación “latina”, sino de un abierto negocio. Daba lo mismo escuchar a Fobia que a Timbiriche, a Paulina Rubio que a Julieta Venegas.

De entonces para acá y más aún ya en el primer decenio del siglo XXI, el rockcito nacional es un híbrido que acepta cualquier cosa. Se dirá que así ha sido el rock desde siempre: un receptor de influencias. El problema es que hay de influencias a influencias. Por eso hoy nos conformamos y ensalzamos a intérpretes femeninas tan ñoñas como Ximena Sariñana o Natalia Lafourcade.

¿Mujeres actuales que hacen buen rock en México? Le Butcherettes, las Ultrasónicas y algunas otras bandas, entre las que destaca un cuarteto de féminas con un sonido sorprendente por su fuerza hormonal y su calidad musical: Ruido Rosa. En estas cuatro hermosas y vitales jóvenes deposito la esperanza de que en México el rock (masculino o femenino) recupere su fuerza primigenia.

Hugo García Michel.
Músico, escritor y periodista. Director de La Mosca en la Red. Columnista de Milenio Diario. Autor de la novela Matar por Ángela.