Las razones de Diego Fernández de Cevallos

 

Por primera vez en la historia política de México, el 12 de mayo de 1994 hubo un debate entre los principales candidatos a la presidencia de la República. Esa misma noche hubo también, por primera vez, un aspirante priista derrotado. El candidato del PAN, Diego Fernández de Cevallos, abandonó el set de televisión dejando entre los analistas políticos —y en una audiencia estimada en 30 millones de espectadores— la impresión de que había despedazado por completo a sus oponentes, el priista Ernesto Zedillo y el perredista  Cuauhtémoc Cárdenas. Al terminar el debate, los medios se congregaron alrededor de Fernández de Cevallos; reprodujeron sus frases más certeras, sus golpes más logrados:

A Ernesto Zedillo: “Yo estoy aquí porque miles de hombres y mujeres libres de Acción Nacional votaron con libertad por esta candidatura. Y usted está aquí como consecuencia de dos tragedias: por una parte, la muerte de Colosio, y por otra la designación presidencial. La primera lo rebasa. No tiene usted ninguna culpa. Pero la segunda lo descalifica”.

A Cuauhtémoc Cárdenas: “Nosotros no queremos cambiar, señor Cárdenas, para volver a un pasado que no debe de regresar… Nosotros estamos con buena disposición para contribuir con los que quieran luchar por la democracia, pero en serio, no sólo cuando sea conveniente, no sólo cuando sea circunstancialmente favorable”.

“Nocaut de Diego”, “Arrebata Diego la noche”, fueron algunos de los titulares publicados al día siguiente.

Sin embargo, tras los 98 minutos que duró el debate, cuando todo parecía anunciar que el panista tenía la presidencia al alcance de la mano, su campaña se eclipsó. Durante las semanas siguientes Diego Fernández de Cevallos desapareció de los medios e incluso suspendió sus giras proselitistas. Pareció que ni el PAN ni su candidato estuvieran en campaña. A Fernández de Cevallos se le acusó de detener su actividad proselitista a cambio de dinero y propiedades otorgados por el gobierno de Carlos Salinas de Gortari. Uno de sus compañeros de partido, el propio ex presidente Vicente Fox, lo culpó tiempo después de “echarse para atrás” para favorecer el triunfo de Ernesto Zedillo, lo que consideró “una traición al PAN”. “Pudo ser presidente, pero no quiso. Como resultado de una más de sus concertacesiones con Salinas dejó de hacer campaña mes y medio”, escribió uno de sus críticos.

El supuesto abandono de Fernández de Cevallos de una campaña presidencial que Ernesto Zedillo ganó con el porcentaje de votos más bajo en los 65 años de vida que el PRI tenía entonces (49.69%), ha constituido uno de los grandes enigmas de 1994, “el año en que vivimos en peligro”. A 20 años de los sucesos, el ex candidato panista accede a relatar su versión de lo ocurrido. Lo hace, según dice, “para proporcionar un testimonio que alguna vez nos ayude a alcanzar la verdad histórica”.

—Para acreditar mis dichos cuento con notas y crónicas periodísticas, con documentos y testimonios fidedignos, e incluso con una cicatriz que tengo en el pecho —dice.

La conversación transcurre durante dos largas sesiones, una en el comedor de la casa de Fernández de Cevallos, y otra en la sala de juntas de la revista nexos.

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—Usted afirmó alguna vez: “no quise ser candidato, pero me eligió una convención de panistas y resulté algo taquillero”. ¿Qué circunstancias lo llevaron a contender en la elección presidencial  de 1994?

—Fui diputado federal en 1992 por insistencia de don Luis H. Álvarez y del Comité Ejecutivo Nacional, y a fines de 1993 algunas diputadas del PAN mencionaron mi nombre para la candidatura presidencial. Me negué públicamente, pero el nuevo presidente de mi partido, Carlos Castillo Peraza, quien consideraba que yo sería un mal candidato, me pidió que de momento no rechazara la postulación para darle tiempo de preparar la suya. Le fallaron los cálculos y a pocos días resulté candidato.

—Al inicio de su campaña usted hacía afirmaciones como estas: “El neoliberalismo ha hundido al país en la miseria”, “El PRI ha dejado millones de pobres en el país”, “El Pronasol solamente se usa con fines electorales”. Al paso del tiempo admitió, por ejemplo, que el sexenio de Salinas no merecía el final que el alzamiento zapatista le marcaba. Había en usted una oposición crítica pero al mismo tiempo no demasiado adversaria.

—Lo que dije entonces lo reitero ahora y lo de “no demasiado adversario” tal vez se explique porque no he sido fanático y jamás se me ha dificultado reconocer abiertamente aciertos de mis adversarios. Además, me resultaría absurdo haber cuestionado innumerables cambios y decisiones de aquel tiempo que apoyó el PAN, que están acordes con su doctrina y en las que personalmente participé. Es de elemental honestidad decir lo que realmente se piensa de quien sea. Ninguna de las grandes reformas del tiempo de Salinas —la educativa, la agraria, la religiosa y muchas más, así como el TLC— han tenido revocaciones en el tiempo y ni siquiera solicitudes para modificarlas, de tal suerte que no deben haber sido tan negativas para los críticos del ahora ex presidente Salinas las más trascendentes reformas que se materializaron en su sexenio. Sus detractores han tenido muchos años para revertir lo que hizo y que aún queda intacto.

—En tiempos de su campaña presidencial había, sin embargo, innumerables señalamientos no sólo de su cercanía, sino de complicidad entre Salinas y usted. La quema de las boletas electorales de 1988… estaba de moda, incluso, el término concertacesiones. ¿Había o no motivos para suponer una cercanía entre Salinas y usted?

—No solamente había motivos para suponer esa cercanía, sino para asegurar que la había, puesto que era pública, pero jamás implicó complicidad. En lo que me parecía bien iba para delante, con el conocimiento, consentimiento y autorización de los dirigentes de mi partido; y con la misma franqueza, decisión y claridad, rechacé todo aquello en lo que no estuve de acuerdo. Por lo que toca a la quema de las boletas electorales la respuesta es muy sencilla: se trata de una acusación tan falsa como torpe y perversa, toda vez que se me imputa que a la llegada de Salinas traté de esconder el “fraude electoral” votando a favor de la destrucción de la documentación electoral y lo cierto, que puede comprobarse plenamente, es que la destrucción de la documentación de aquella elección se llevó a cabo hasta el cuarto año del mandato de Salinas y después de que su gobierno mantuvo bajo su poder todos los paquetes que  la contenían, sin olvidar que previamente logramos que se microfilmaran una a una las actas electorales de aquellos comicios. Esos documentos se hallan a la vista de cualquier ciudadano en el Archivo General de la Nación, y en cada acta se aprecian las firmas de los funcionarios de las casillas, así como de los representantes de los partidos, trátese de los “buenos” o de los “malos”, de los “democráticos” o de los “mafiosos”.

No debe escapar al análisis de estos hechos que después de tanto tiempo nadie con inteligencia elemental podría suponer que en aquella documentación se hallaba la verdad histórica. Si el propio gobierno había tenido bajo su custodia aquella papelería, ninguna certeza podría existir al respecto. Si la historia registra que en unas cuantas horas de la noche se modificaban a lo ancho y a lo largo de la República los resultados electorales, el resguardo que durante años tuvo el gobierno de aquella documentación pudo cambiar incluso el rumbo de los astros. Si yo quise legitimar la llegada de Salinas no debí promover que se microfilmaran millones de actas, ni debí esperarme hasta el cuarto año de su gobierno.

—Al comenzar su campaña usted se quejó de la cobertura de los medios, de “la cargada de búfalos en favor del candidato oficial”…

—Eso hasta Ernesto Zedillo terminó reconociéndolo; se trató de un atropello total.

—¿Cómo logró avanzar desde el triste y lejano tercer lugar en que se encontraba al inicio de su campaña?

—No fue fácil. Inicié solamente con la compañía de tres mosqueteros que conmigo recorrieron el país: José Luis Durán, Lilia Madero y Javier Camarena. Tal vez mi estilo personal, ciertamente atípico, favoreció mi ascenso a buena velocidad. Considero que haberme retirado de lo “políticamente correcto” y haber hablado con franqueza me resultó favorable. Jamás acepté participar en la búsqueda del voto asumiendo comportamientos que implicaran oportunismo o desvergüenza. Por eso la candidatura produjo credibilidad en millones de mexicanos.

—¿Hizo su campaña sin dinero? La prensa de la época afirma que usted se movía en un camión de lujo.

—La campaña toda costó entre 16 o 17 millones de pesos, más cinco millones que usó el Comité Nacional para improvisar la oficina central en la ciudad de México. El camión, llamado “El Jefe”, era normal, con ciertas comodidades y tal vez todavía ande rodando por ahí, por si hay alguien que quiera verificar su “lujo”. En todo caso, que se revisen los expedientes de las campañas de cada candidato y se podrá comprobar la diferencia de una campaña sin recursos económicos suficientes frente al derroche criminal del candidato oficial.

—En esa campaña hay un momento crucial en la vida política del país: el primer debate entre candidatos a la presidencia. ¿Cómo se logró?

—Tan pronto fui electo candidato de Acción Nacional recibí una carta de Luis Donaldo Colosio en la que me invitó a debatir. Tengo entendido que otra igual la envió al ingeniero Cárdenas. Le hice saber de mi disposición para la confrontación que proponía. Vino su asesinato. Cuando apareció Zedillo, él, el ingeniero Cárdenas y yo, acordamos que habría tres debates: uno en materia política, otro sobre economía, el último trataría la cuestión social. Para la preparación del primero, el PRI nombró para negociar el formato a Esteban Moctezuma, el PRD a Adolfo Aguilar Zínser, y el presidente del PAN, Carlos Castillo Peraza, me hizo saber que para tal efecto había designado a Felipe Calderón Hinojosa. Mi reacción fue inmediata: le pregunté a Carlos si era Calderón el que iba a debatir o era yo. Me contestó: “Vas a debatir tú y él va a negociar los términos y condiciones del encuentro”. Me negué frontalmente, argumentando que el encargado de debatir sería yo y, por tanto, la negociación debía quedar a mi cargo. Lo aceptó Carlos y así fue, no sin la sorpresa de Moctezuma y Aguilar Zínser.

—¿Qué reglas propuso?

—La primera, que no hubiera ventaja para nadie y, como consecuencia, que solamente quedara a la suerte el orden de las intervenciones de los participantes. Propuse, y se aceptó, que ningún candidato quedara al centro o a los extremos del recinto, respecto de los demás, lo que se logró ubicándonos en forma de triángulo, con una cámara dirigida de frente a cada candidato y con la periodista moderadora, Mayté Noriega, al centro, a la cual se le entregó por escrito el texto exacto de lo que habría de decir en cada una de sus intervenciones para dar la palabra. Sé que puede parecer rígido ese formato y tal vez lo sea, pero era la única forma de evitar trampas por la ubicación, el encuadre y la luz de las cámaras, así como por cualquier otra cuestión. Nada se dejó sin precisar, quedando solamente a la libertad de los candidatos decir lo que quisieran dentro de los tiempos que nos correspondían.

—¿Cuáles eran los números en ese momento?¿Qué porcentaje de intención de voto tenía usted?

—Nunca presté atención a las encuestas. Hasta donde recuerdo los medios de comunicación manejaban popularidades. Según éstas, mi candidatura resultaba en tercer lugar, sin llegar a más de 10% en la intención de voto.

—Ese tercer lugar en el que se encontraba ¿cómo lo ponía dentro de su partido? ¿Cómo lo veía Carlos Castillo?

—Era incuestionable que la contienda se circunscribía a las dos expresiones del PRI: el PRI de Colosio, con rasgos tecnocráticos y de supuesta modernización, y el PRI de Cuauhtémoc Cárdenas, reivindicador del nacionalismo revolucionario, que daba muestras de agotamiento. La estrategia que inicialmente proyectaron esos dos candidatos era la de evitar a toda costa que entrara a la competencia el candidato del PAN: “no le demos a éste importancia alguna, porque no sabemos lo que pueda suceder”, se escuchaba entre sus correligionarios. Hubo una caricatura en la que están Colosio y Cárdenas tratando de cerrar desde dentro una puerta, y yo tratándola de abrir desde fuera, en la que aparecía la leyenda: “esta contienda es de dos”. Así comenzó para mí la campaña.

—Y entonces llega el debate. ¿Cuál fue su estrategia?

—Me quedaba claro que Zedillo tenía una trayectoria simplemente burocrática, de economista y representante del PRI, con todo lo que de poder y desprestigio ello conllevaba. Por su parte, Cárdenas, nacido en Los Pinos, hijo del famoso general, encarnaba toda la cultura política “a la mexicana”. Esto me favorecía en el debate, pues me daba la oportunidad de presentar una imagen diferente, sin venir de cargos públicos —como no fuera el haber sido por dos años diputado— y comprometido en llevar una campaña sin mentiras, con absoluta honestidad intelectual y buscando lo que consideraba bueno para el país, independientemente de que llegara o no a la presidencia. Quise llegar a ese cargo, pero nunca me resultó fascinante.

—¿Qué recuerda de aquellas horas?

—Lo primero es que tuve una decisión que pudo ser contraria a mis intereses, pero que finalmente resultó irrelevante, pues nunca se comentó, que yo recuerde, algo al respecto. Decidí rechazar polvos y maquillajes en la cara, mientras mis contendientes fueron impresionantemente “arreglados”; y lo fueron a tal grado que pensé hacerlo valer en un momento durante la confrontación, diciéndoles que lo que les habían puesto en la cara me hacía muy difícil reconocerlos, y que si así comenzaban la campaña quién sabe cómo la terminarían y que nada confiable resultaría la eventual llegada de alguno de ellos a la presidencia. Sin embargo, pensé, momentos antes de iniciarse el debate, que era mi obligación ir a lo sustantivo y no perderme en cuestiones que pudieran proyectarme simplemente como rijoso. Preferí comenzar hablando de un país grande, con inmensa riqueza  y bendecido por “el eterno abrazo de los mares”, para pasar a cuestionar el porqué de la pobreza, de la ignorancia y del olvido en que se hallan millones de mexicanos. Lo demás está registrado en los archivos de los medios de comunicación. Ciertamente, me pareció imprescindible apretar con moderación a cada uno de mis contendientes: no me fui a su yugular, ni manifesté desprecio o descalificación a ellos como personas, pues sentí la responsabilidad de proyectar la imagen seria y honesta de quien merecía llegar a la presidencia. Sabía que no necesariamente me resultaría favorable que se dijera que les había propinado una golpiza, pues quedaría de alguna manera descalificado para el cargo que buscaba. Pasado el tiempo y superada la pasión del momento, he de decir que quien revise cuidadosamente el comportamiento de los tres sin duda hallará algo valioso en cada uno.

—Una nota decía: “Fue Diego concreto e hiriente”. ¿Compartía la sensación de haber ganado de manera contundente?

—Sí. En cualquier intervención pública, si procuras hasta donde es posible juzgar con objetividad, te das cuenta qué control tuviste sobre la audiencia, qué aceptación o rechazo provocaste en el auditorio y, finalmente, percibes si te fue bien, mal o regular. En ese debate sentí haber resultado ganador y ello me permitió tener un ánimo levantado en el posdebate. Como toda mi vida he andado en esto, advertí a la salida que Cárdenas y Zedillo parecían haber estado en un funeral, mientras la euforia que no pude ni quise ocultar me llevó a subir en el cofre de un automóvil y desde él mandar un mensaje frente a los medios de comunicación que se “cargaron” totalmente a mi favor.

—Extraño, por aquello de la cargada de búfalos en favor del candidato oficial.

—A partir del debate para el gobierno y el PRI la cargada de búfalos resultó cuestión de vida o muerte. Aquella noche resultó de gran sorpresa para Televisa, los demás medios de comunicación y, por supuesto, para el mundo oficial. En materia de medios, en lo electoral, el debate representa históricamente un antes y un después. Mientras que los otros dos candidatos se fueron explicablemente cabizbajos, el candidato del PAN se quedó un rato largo, muy largo, en las pantallas de televisión.

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—¿Cómo se instrumentó esa “cargada”?

—El gobierno le indicó a Televisa y a muy diversos medios de comunicación que regresaran al apoyo incondicional de su candidato, y se regresaron. Pasado el tiempo, varios que ocuparon lugares importantes en el gobierno me han comentado que esa noche mucho dinero contrarrestó, en alguna medida, lo que pude ganar en la confrontación. Pero lo peor vendría después. Por supuesto, estoy lejos de calificar a todos los periodistas como reducidos al mandato del gobierno, pero que Televisa, TV Azteca, El Universal y algún otro hicieron la tarea que se les encomendó, resulta incuestionable. Decir que todos hicieron lo mismo sería tan falso como injusto, pero no se pudo ocultar que los medios más influyentes acataron la orden.

—Pero había medios que no simpatizaban con usted y que no necesitaban ser directamente controlados…

—Sí, por supuesto, con sólo pensar en La Jornada está dicho todo. Se trata de una empresa a la que nada le importa inventar, mentir, difamar o calumniar impunemente, con tal de seguir su línea de pensamiento. Recuerdo que durante esa campaña no me referí a ellos como La Jornada sino como “La Cornada”. Ese periódico se vio obligado a sustituir al reportero que inicialmente asignó para que siguiera en mi campaña al advertir que, al narrar lo que sucedía, no solamente no me agredía, sino que enviaba notas favorables.

—¿Podría dar pormenores de la “cargada” posterior al debate?

—Con sólo hacer una revisión periodística se podrá comprobar lo sucedido y no solamente hombres de poder de aquel tiempo, sino algunos representantes de medios me lo han confiado. Uno de ellos con una expresión muy gráfica: “Esa noche corrió mucho dinero para empezar a cambiar la percepción”. Valdría la pena que quien esté deseoso de conocer lo que pasó se acercara a periodistas y políticos de aquel tiempo; estoy seguro que algo dirán si se deciden a responder con verdad. El clásico “tienes que decir que ganó Zedillo”; y luego: “si no es posible, por lo menos bájale, por lo menos emparéjalos”. Me queda claro que aun los puntos que me dieron los medios como ganador fueron a la baja y subiendo a Zedillo. Después vino lo que solamente pudo hacer aquel gobierno encabezado por un hombre particularmente inteligente, con habilidad política, que se llama Carlos Salinas y con el que mantengo una relación cordial que nunca he negado. Antes y después de la campaña nuestro trato ha sido el mismo y cada quien asume lo que le corresponde por lo bueno o por lo malo, por lo acertado o por lo equivocado que haya hecho en su vida. Por lo que a mí toca ciertamente he cometido muchos errores, pero no tengo nada de qué arrepentirme por algún comportamiento público. Lo que he hecho como hombre público jamás ha traicionado mi conciencia.

—¿En qué casos concretos se dio esa manipulación para ponerlo a la baja y subir a Zedillo?

—Mientras los medios narraban que Cárdenas reunía a miles de personas en algún lugar y Zedillo a muchos miles más en otra parte de la República, en mi caso nada valían actos masivos de importancia para una campaña que empezaba a despuntar; solamente publicaban que las multitudes me repudiaban y agredían. Pongo dos ejemplos: en una universidad del Estado de México que se ubica por el rumbo de las Torres de Satélite, en la que se reunieron ocho o nueve mil personas —a pocos días del debate—, en donde difícilmente se podía entrar por la aglomeración, y donde una viejecita me espetó: “Señor candidato aquí no cabe ni un mal pensamiento”, fui recibido con el mayor entusiasmo y con aplausos. Por cualquier comentario que hiciera el candidato, hubo un entusiasmo increíble y se festejó todo lo que dije. Al final de preguntas cuya respuestas fueron multitudinariamente aplaudidas, un joven me preguntó que si al llegar a la presidencia de la República gobernaría a base de concertacesiones, lo cual provocó una gritería en su contra: “¡Sáquenlo!”, “¿Quién te pagó hijo de tal?”. Mi respuesta fue pedir a los jóvenes que no agredieran a su compañero y a éste le respondí que me parecía muy joven para tener una actitud comprometida con lo viejo y corrupto de la política mexicana, por lo que sobrevino otro aplauso generalizado. La nota de la televisión y de diversos diarios fue: “Repudio al candidato del PAN”, “El candidato presidencial del PAN sale precipitadamente de una reunión con universitarios entre insultos y agresiones”. Éste no fue un hecho aislado, fue la constante después del debate. Recuerdo un extraordinario mitin en San Cristóbal de las Casas y que al terminar unos estudiantes me pidieron que fuera a su universidad. Ya era de noche y los acompañé, sin la asistencia de mis compañeros a quienes les pedí que se fueran a gozar de la extraordinaria belleza de esa ciudad. Fui recibido por cientos que se agruparon sin previa cita y ahí recibí de ellos papeletas con sus nombres y números telefónicos ofreciéndome su apoyo. La nota de esa misma noche fue: el candidato del PAN en la tribuna de la universidad gesticulando y sin que se escuchara su voz, al tiempo que solamente se hallaban una estudiante y su novio besuqueándose en una de las bancas del salón totalmente vacío. El silencio del candidato y la sobreposición de imágenes fueron suficientes. Así no hay candidato que gane.

—Es importante que aclare esto: ¿no suspendió usted sus giras? ¿No desapareció ni dejó de hacer campaña? Porque hasta Vicente Fox lo acusó de echarse para atrás.

—Fueron varias circunstancias las que decidieron el rumbo de la campaña. En primer término, estuve en contra de la estrategia que me sugirió la dirigencia de mi partido: usando las palabras del Peje, me proponían que hiciera la campaña “puebleando” por todas las rancherías y comunidades chicas y grandes del país, a lo cual me negué y preferí confrontarme directamente contra los medios y en especial contra Televisa. Debo destacar algo que es poco conocido, aunque existen personas que pueden dar fe de ello: al principio de la campaña sufrí una lesión en el hiato, por el abrazo mal dado que recibí de Luis Correa Mena, dirigente de Acción Nacional en Yucatán. A partir de ese momento y con el estómago presionando sobre la lesión resentí lo sucedido con un dolor que según los médicos se equipara y se confunde con el dolor producido por un infarto. No exagero si muchas veces al finalizar la jornada del día me daban ganas de aullar de dolor. Lo comenté con Carlos Castillo, con mis tres mosqueteros y con otros dirigentes, sosteniendo: “se me está acabando la vida y ustedes con la ocurrencia, ante la cerrazón perversa de los medios, de mandarme a pueblear como si así se pueda ganar una campaña en estos tiempos”. Insistí en que el partido reclamara ante Gobernación; así lo hizo, pero de nada valió, la orden fue cumplida.

—¿Cómo se dio la lesión?

—A finales de 1993, cuando se iniciaba la campaña federal por la presidencia de la República, el PAN ganó Mérida. Hubo un acto multitudinario en la plaza pública de esa ciudad y Luis Correa, de manera muy efusiva, me dio un abrazo lo suficientemente fuerte como para escuchar lo que parecía haber sido el rompimiento de una de mis costillas. No fue así, con su famoso “abrazo del oso” lo que logró fue romperme el hiato, que según tengo entendido se encuentra en la unión del esófago con el estómago, lo que produjo una hernia hiatal que me acompañó toda la campaña.

Recuerdo que los médicos comentaron que una parte del estómago quedaba incrustada en el hiato y que “no cedía a la bipedestación”, todo lo cual me producía intenso dolor —según los propios médicos parecido al del infarto— y deficiencia en mi respiración. Tuve que hacer la campaña en esas condiciones habida cuenta de que era imposible someterme a una operación por las consecuencias que ello implicaría. Cuando me dijeron que iba a recorrer todas las terracerías y visitar cuanto pueblo me encontrara, por supuesto que me negué a aceptar tal sugerencia. Primero, me quedaba claro que así no se gana la presidencia y, segundo, no había salud que lo permitiera.

—¿Cuál fue la estrategia que propuso?

—Reclamar al PRI que cumpliera con el compromiso de los dos siguientes debates y pelear con el gobierno la apertura de los medios. El PRI se echó para atrás y el gobierno no dio contraorden. Como en el segundo debate se trataría el tema económico, en el mundo oficial aseguraban que Zedillo iba a “arrasar”. Tuvieron miedo de que con sus propios libros y en la materia que decía dominar terminara masacrado. El comentario del gobierno fue muy claro: Una segunda repasada ya no la aguanta, por lo que menos aún estuvieron dispuestos a la tercera, que también estaba convenida.

—¿Cómo fue la pelea para que se abrieran los medios?

—Carlos Castillo me ayudó mucho ante Jorge Carpizo, secretario de Gobernación. Sin embargo, la presidencia de la República rebasó a Carpizo y todo continuó igual. La información falsificada, en contra, y en el mejor de los casos, minimizando lo que fuera relevante en mi favor. Si ponían a un gritón en un mitin, la noticia era el gritón. Ningún medio veía plazas saturadas ni calles convertidas en ríos humanos. Cuando no me quedó duda de que esa realidad sería irreversible le mandé un mensaje a Emilio Azcárraga Milmo. Está muerto pero debo decir la verdad, aclarando que no guardo para él ni para nadie rencor o resentimiento alguno, simplemente distingo lo que debe ser superar un agravio y lo que corresponde simplemente a la memoria que registra lo que a millones de mexicanos les consta: que el gobierno operó con dinero del erario y los medios de comunicación el triunfo de Zedillo. Estoy seguro que si alguien lo niega le sangraría la boca. Finalmente no debemos olvidar que el daño no se le hizo sustancialmente a un candidato o a un partido, eso es de poca monta, lo importante fue el daño que en esa ocasión y en muchas otras se le hizo a México, el daño fue a la democracia, a un país que tenía derecho de avanzar, con opciones reales y que no se siguiera simulando la vida pública. Después de muchas agresiones y de que Jorge Carpizo había resultado incapaz de modificar el comportamiento mediático, se me acercó al amanecer, cuando salía de un hotel en Durango, una reportera de Televisa con el propósito de entrevistarme y le contesté: “Señorita, no voy a faltarle al respeto pero  sí le digo que me gustaría tener enfrente a su patrón para mentarle la madre”, dicho lo cual me retiré. Lo que ella grabó lo hizo llegar a su empresa, la cual de inmediato reclamó mi conducta al secretario de Gobernación; Carpizo llamó a Carlos Castillo y ambos me pidieron que “rectificara”; el Tigre estaba muy disgustado; yo respondí que no le había mentado la madre, que solamente había expresado el deseo de hacerlo y que, por supuesto, bajo ninguna circunstancia habría de ofrecer disculpas, que jamás me verían arrodillado. A los pocos días me llamó por teléfono el periodista Fernando Alcalá Zamora, también de Televisa y para los mismos efectos. Le respondí: “Mira Fernando, a la señorita reportera no le pude contestar como hubiera querido pero a ti sí te digo que me gustaría tener enfrente a tu patrón para mandarlo a chingar a su madre y con él a todos los que se formen en el camino”. Fue un incidente muy fuerte porque nuevamente Carpizo y Castillo me pidieron que rectificara por el bien de la campaña, me dijeron que era necesario ofrecer disculpas y suavizar el trato. Les contesté que de manera alguna ofrecería disculpas, que jamás haría lo que me pedían, así estuviera de por medio la presidencia de la República, que jamás habría de suavizar mi reacción ante el atropello del gobierno y de un sistema que arrollaba los derechos de un candidato, de un partido, de un pueblo. Ante la insistencia de Carlos Castillo, quien me dijo que no lo obligara a dármelo como orden, mi respuesta fue tajante: “ni se te ocurra porque no lo haré y te quedas sin candidato”. Así quedó el incidente y todo siguió igual.

—¿Cómo reaccionó Azcárraga?

—Supe de él a través de Gastón Melo, su secretario particular, la noche misma de la elección. Estaba con mi familia y con un grupo pequeño de panistas, cuando me hizo saber Gastón que Azcárraga me invitaba a cenar el día siguiente. Le respondí que solamente cenaba con mis amigos y que no era el caso. Me respondió que de todas maneras él estaba interesado en hablar conmigo. Quedamos de vernos al día siguiente a las ocho de la noche en su casa de la Zona Rosa, a la que llegué en un Mercedes semideportivo para no darle lástima y para que no me hiciera menos. Tan pronto nos saludamos me dijo que estaba agradecido por mi visita y sin más trámite le contesté que el agradecido era yo porque desde hacía mucho tiempo venía acariciando ese momento para mandarlo a chingar a su madre. Me sorprendió que sin modificar su mirada hacia mí y sin aspaviento alguno, con serenidad, me dijo: “Te entiendo, pero quiero que sepas que esta empresa surgió en el año tal y que desde sus orígenes tuvo como propósito el entretenimiento”. Me dijo que no había existido dolo durante la campaña, pero que Televisa no había sabido conducirse de acuerdo con los nuevos tiempos. Lo interrumpí: “Ustedes solamente se saben conducir en función del dinero”. Tampoco se inmutó. Me llamó la atención el dominio personal de un hombre muy poderoso y nada dejado, que sin embargo cerebralmente estaba dominando a su interlocutor agraviado. Me dijo que estaban las cámaras de Televisa a mis órdenes para comunicarme con la gente. Le respondí: “¿Ahora, cuando ya terminó la campaña? ¿No pudo ser antes?”. Me dijo: “Mira Diego, esto es lo que te puedo ofrecer”. Acordamos una entrevista con Ricardo Rocha, sin límite de tiempo, sin cortes, sin comerciales, en horario triple A y transmitido en dos ocasiones, lo cual me cumplió. Más aún, supe que después de la primera transmisión la gente de Zedillo le pidió a Televisa que no repitiera la transmisión y Azcárraga, desde Europa, ordenó que se cumpliera su palabra y así fue.

—Sus detractores, López Obrador por ejemplo, dicen que el día de la elección usted no esperó siquiera la llegada de los resultados para declarar ganador a Zedillo.

—De López Obrador solamente un elogio me puede ofender, lo cual no me quita el sueño porque él sólo tiene elogios hacia su persona. Por lo que a tu pregunta se refiere, consta en publicaciones que el primero que mencionó los resultados de la elección fue Carlos Castillo en mi presencia, lo cual naturalmente no me incomodó, porque era evidente lo que arrojaban los números, favorables al candidato del PRI. Nunca he sido ni seré un Peje azul, soy demócrata, no fanático, ni loco, ni sinvergüenza. México no está obligado a soportar caprichos o berrinches de candidatos, como sucede con los números fantasiosos y encuestas a contentillo de este sinvergüenza.

—Después de aquella elección usted pudo convertirse en un líder de oposición muy serio. A los ojos de la opinión pública se convirtió, sin embargo, en cómplice de Salinas, un cómplice que a cambio de perder la elección recibió Punta Diamante y miles de millones de pesos.

—No fui alguien que pudo convertirse en líder de oposición serio, sino que en ello me convertí. No debemos olvidar que en el 88 el gran líder que fue Maquío alcanzó aproximadamente tres millones de votos y seis años después llegamos a casi 10, atenidos a los números oficiales siempre a la baja y no a la verdad. Habíamos roto el “techo histórico” y habíamos pasado de tercero a segundo lugar, a pesar de despilfarros y trampas de toda naturaleza del equipo “ganador”. ¿Qué sucedió después? Quedó una relación respetuosa y sin agravio con Zedillo y su gente; tan fue así que fue público el ofrecimiento que me hizo Zedillo para ser procurador general de la República, a lo cual naturalmente me negué, para que no se generara la percepción de contubernio alguno. Sin embargo, vino el “error de diciembre” y la economía se desbarató en las manos del nuevo presidente. En ese momento creció la imagen de quien había ganado el debate y había obtenido el segundo lugar en la competencia. Fue entonces cuando el PRI —a través de su presidente Santiago Oñate y de su jefe en el Distrito Federal, Roberto Campa Cifrián— desató en mi contra una campaña de linchamiento y difamación, hablando de “concertacesiones” y de “Punta Diamante”. De esta manera daban dos golpes: uno al ex candidato presidencial del PAN y otro al ex presidente Salinas. Al primero lo reducían ante la opinión pública y a ésta se le hacía creer que todo lo que sucedía en el desastre económico era culpa del anterior presidente y no resultado de la incompetencia del recién llegado.

Precisamente, al finalizar uno de los años de mayor agresión priista en mi contra, el entonces presidente Zedillo y quien era secretario de Gobernación, Emilio Chuayfett, me enviaron sendos presentes navideños; ello me llevó a devolverlos con sus respectivas cartas, cuyas copias selladas conservo. A Zedillo le dije: “un año de difamaciones oficialistas no debe concluir con un obsequio presidencial”; a Chuayfett le regresé su porquería diciéndole: “no es absolutamente indispensable que me recuerdes la vergüenza de haber sido tu amigo”.

—¿A qué concertacesiones se referían?

—Esa expresión fue acuñada por los propios priistas, que imputaban a su presidente y al PAN el hecho de haber negociado resultados electorales que, habiendo sido “ganados” por el PRI, se “regalaban” al PAN. Querían que después de sus atracos electorales todo quedara en la impunidad. No se contaba con las leyes y tribunales de hoy en día, y el jefe político del país, gustara o no, era el presidente, última instancia real en materia electoral. Cuando vinieron los ataques reclamé reiteradamente al secretario de Gobernación, Emilio Chuayfett, el comportamiento del PRI. Me consideraba arbitrariamente injuriado por aquellos que sólo habían recibido de su adversario un trato honesto y maduro. Ni siquiera por elemental gratitud hacia ese adversario, que dejaba atrás los atropellos, detenían sus ataques.

—¿Qué le respondió Chuayfett?

—Me dijo en reiterados encuentros que Zedillo era ajeno a esos ataques, a lo cual, también reiteradamente, le respondí que nada se movía en el PRI sin la orden o tolerancia del presidente en turno. Todo terminó con un rompimiento público y definitivo con ambos sujetos. Cuando me acusaron de haber recibido como regalo de Salinas una propiedad en Punta Diamante, exhibí ante todos los medios de comunicación la documentación que me acredita como propietario, anterior a la llegada de Salinas a la presidencia, de dos predios en Playa Diamante. Y exhibí también a Zedillo.

—¿Cómo exhibió a Zedillo?

—En primer lugar, acreditando la legítima propiedad de los predios, y en segundo lugar, exhibiendo los títulos de un inmueble en la misma zona que aparecía a nombre de Zedillo, con un adeudo del impuesto predial por los últimos tres años y sin que su titular pudiera acreditar legítima procedencia. De inmediato apareció en la televisión Chuayfett para decir que yo mentía y que “el señor presidente” no adeudaba prediales puesto que no tenía ahí propiedad alguna. Cuando acredité con documentos oficiales que el secretario de Gobernación mentía, apareció en la televisión el presidente de la República, diciendo que sí tenía ahí una propiedad pero que no adeudaba prediales, puesto que los había pagado a través de una empresa. Acto seguido, le exigí que públicamente acreditara el porqué una empresa pagaba los impuestos del presidente. Ya no hubo respuesta.

—¿En qué año exactamente se hizo usted de esa propiedad?

—En 1985. Está a tu disposición toda la documentación que lo acredita. Documentos públicos correspondientes a litigios y operaciones que demuestran jurídicamente y de manera indiscutible e impecable mi derecho.

—Han pasado 20 años y parece un tiempo suficiente para reconstruir su imagen, para revertir esas acusaciones. ¿Por qué no ha sido posible?

—Sinceramente no considero que tenga que reconstruir imagen alguna; primero, porque me sé honesto y para mí eso es suficiente; en segundo lugar, todas las acusaciones que se me han hecho las he respondido con argumentos y pruebas, jamás he guardado silencio que permita a cualquier hombre de buena fe tener por acreditadas las infamias propaladas en mi contra. Es bien sabido que en este país cualquiera puede imputar a otro lo que le viene en gana sin necesidad de aportar pruebas; por eso he reiterado a lo largo de mi vida pública que el lodo se cae solo, únicamente hay que esperar  a que se seque.

—¿Cuál es su lectura general del año de 1994? ¿Cómo definiría su saldo en términos democráticos y políticos?

—1994 fue un año violento, de grandes convulsiones, que en el ámbito político demostró la fatiga del sistema, y fue un peldaño más para alcanzar la alternancia.

 

Héctor de Mauleón

Escritor y periodista. Autor de La perfecta espiral, El derrumbe de los ídolos y El secreto de la Noche Triste, entre otros libros.

 

Un comentario en ““El gobierno operó con los medios el triunfo de Zedillo”

  1. SIN DUDA, LA SEGUNDA MEJOR CAMPAÑA A LA PRESIDENCIA DE LA REPUBLICA POR EL PAN, YA QUE LA PRIMERA FUE CON MAQUIO, RECUERDO QUE DIEGO FUE MI INPIRACION PARA MI INICIO EN LA POLITICA, YA QUE EN 1997, CONTENDI POR LA DIUTACION FEDERAL EN MISANTLA, VERACRUZ, Y QUEDA EN ARCHIVOS SU APOYO EN TELEVISORA, DONDE A MANERA DE RECONOCIMIENTO ENGRANCEDIO MI PARTICIPACION, SIN DUDA EL 97 FUE EL PRESAGIO DE LO QUE EN EL 2000 SUCEDERIA, GANAR LA PRESIDENCIA DE LA REPUBLICA.