Malcolm Lowry murió en su cabaña del pueblo de Ripe, en Sussex, entrada la noche del 26 de junio de 1957, o temprano durante la mañana siguiente. Tenía 47 años. Su esposa, Margerie, encontró el cuerpo en el piso de arriba, tendido en el suelo de la recámara. La autopsia reveló que Lowry, un alcohólico, se había embriagado, y el doctor que examinó el cuerpo descubrió que había ingerido gran cantidad de barbitúricos y se había atragantado con algo de comida a medio digerir de su propio estómago. Una investigación se llevó a cabo y declararon el oficial de policía, la casera de los Lowry y Margerie. El juez dictaminó la fatalidad como una “desgracia”, es decir, un accidente. Lowry se había ahogado hasta morir en su vómito.

 

Lowry es conocido por su novela de 1947, Bajo el volcán, que relata las últimas horas de Geoffrey Firmin, un inglés alcohólico radicado en México, a la sombra de los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl. El primero de noviembre, Día de Muertos, Firmin, antes cónsul británico, descubre que la esposa de quien se separó, Yvonne, ha regresado a la ciudad. Paralizado por su alcoholismo, él va de una cantina a otra mientras considera cómo reclamarle, pero nunca se decide. Al caer la noche, Firmin está muerto en una barranca, balaceado por paramilitares mexicanos. El Volcán fusiona la sensibilidad modernista y la romántica: la historia es contada desde puntos de vista cambiantes y la odisea que dura un día completo para Firmin es un préstamo de Ulises; al mismo tiempo, hay fervor en la prosa de Lowry, dispuesta en frases irregulares y sinuosas. Poco antes de morir, el cónsul ve en una casa una inscripción que dice: “No se puede vivir sin amar” (en español en el original). En una carta de 1946, dirigida a la familia de Margerie, Lowry afirmó: “El tema del Volcán: ‘sólo contra la muerte el hombre llora en vano’ ”. Dawn Powell escribió poco después de la publicación del libro: “Uno ama al autor de Bajo el volcán por el dolor de su percepción abrumadora”.

Lowry comenzó a escribir el Volcán al final de sus años veinte. La escritura requirió cuatro borradores y casi una década. En sus intentos iniciales él se interesaba en ver cuántas imágenes y símbolos podía incorporar al texto más que en crear personajes semejantes a la vida. Fue hasta 1939, cuando Lowry conoció a Margerie —a su vez una aspirante a escritora—, que la novela comenzó a adoptar una forma coherente. Margerie sugirió personajes y giros en la trama, añadió frases y contuvo la verbosidad de Lowry. Era una buena editora y la única persona capaz de lidiar con el temperamento temerario de su esposo.

Al publicarse el Volcán, la aclamación fue generalizada. El crítico Mark Schorer reseñó el libro para el Herald Tribune de Nueva York y afirmó que pocas novelas “transmiten con tal emotividad la agonía de la alienación, el sufrimiento infernal de la desintegración”. Lowry fue celebrado como un sucesor de Joyce, quien había muerto seis años antes. El Volcán fue además un éxito popular: esta vez, Lowry pudo jactarse de que su libro superó las ventas de Por siempre ámbar.

Pronto se derrumbó. “El éxito —escribió Lowry a la madre de Margerie— debe ser la peor cosa que le puede ocurrir a cualquier autor serio”. De acuerdo con los biógrafos de Lowry —han sido seis—, su ingesta de alcohol, siempre fenomenal, comenzó a incapacitarlo. Padeció alucinaciones persecutorias. A veces, su delirium tremens llegaba a ser tan severo que no podía sostener un lápiz. Lowry trabajó en muchos libros durante estos años —tenía en mente una novela en varios tomos titulada El viaje que nunca termina (The Voyage That Never Ends), donde establecería un paralelo con la Divina comedia, y el Volcán estaría en la posición del Infierno; aunque el manuscrito que más le importaba era Ferry de octubre a Gabriola (October Ferry to Gabriola), una novela sobre la etapa más feliz de su matrimonio, en la década de 1940, cuando Margerie y él compartieron una cabaña —ocupada de manera ilegal— en una bahía al norte de Vancouver. Lowry no lograba conjuntar la novela; Margerie editaba y sugería, Malcolm reescribía y reescribía, pero el libro se salía de cauce. Comenzaron a pelear, debido en parte a su fracaso para contar la historia de su felicidad. Compensaron sus frustraciones con dosis masivas de alcohol, sedantes, tranquilizantes y estimulantes controlados bajo prescripción médica —pentotal, fenobarbital, benzedrina, allonal, nembutal, soneryl. (Lowry bromeaba que su esposa y él deberían ser conocidos como los “Alcohólicos Sinónimos”.) Sin embargo, no lograban acostumbrarse al dolor de su fracaso creativo. Dos veces, durante un viaje a Europa, Lowry intentó estrangular a Margerie; y aunque su talla sólo era una fracción de la de Lowry, ella también lo atacó. Poco antes de morir, Lowry le dijo a su psiquiatra que si Margerie no lo mataba, él iba a matarla.

A Margerie, que murió a los 83 años en una casa de reposo en Los Ángeles, en 1988, no le gustaba hablar sobre los detalles de la muerte de Lowry, pero cuando lo hizo dijo que él se suicidó. Para la mayoría de sus amigos esa explicación resultaba más creíble que la oficial: según ésta, él tomó demasiadas pastillas de modo accidental. Muchas cosas sucedían por entonces en la vida de Lowry. Estaba la agonía de Ferry de octubre que en sus diversos borradores acumuló más de cuatro mil páginas. En los meses previos a su muerte, Lowry había dejado de beber en gran medida, bajo el cuidado de su psiquiatra, quien lo animaba a ser más independiente de Margerie; durante años, ella le había encendido los cigarrillos e incluso ataba las agujetas de sus zapatos. Él comenzó a hacer cosas que no había hecho durante mucho tiempo, desde tomar el autobús por su cuenta o llevar su propio dinero. Estos cambios pudieron —o no— desequilibrarlo: no es fácil hacer conjeturas sobre un hombre con una disfuncionalidad tan avanzada como la de Lowry. Fue enterrado el 3 de julio de 1957 en una esquina del cementerio de la iglesia de Ripe —del siglo XIII—, con vista a South Downs. Un grupo en duelo, alrededor de 12, acompañó a la esposa. Margerie esperaba ser enterrada junto a él, pero cuando falleció ese lugar ya tenía mucho tiempo ocupado; el cuerpo de Margerie se inhumó a 40 yardas de distancia, en el extremo opuesto del cementerio.

En junio de 1939, Clarence Malcolm Lowry conoció en el Hollywood Boulevard de Los Ángeles, según su propia descripción, a “una gran chica llamada Margerie”. Un amigo de él los convocó. Lowry llegó en autobús; ella manejó. Lowry tenía 29 años y reproducestaba separado de su primera esposa, Jan Gabrial, quien fue la inspiración de Yvonne en el Volcán. Gabrial y él vivieron un año en México, en el intento de conservar unido su volátil matrimonio. Lowry, un inglés graduado en Cambridge y con una renta generosa —su padre era un acaudalado comerciante de algodón en Liverpool—, creía que su destino sería el de un gran escritor. Pero sólo había publicado un libro, seis años antes: Ultramarina, una novela menor cuyo estilo muy exaltado mostraba una deuda enorme con otros escritores, en especial Conrad Aiken, su mentor. Muchos de sus amigos veían a Lowry como un tipo divertido más que como un artista serio —lo disfrutaban al máximo cuando él les llevaba serenata con su ukelele—. Había trabajado durante casi tres años en el Volcán, basado en sus problemas con Gabrial en México. Era notorio que el proyecto rebasaba sus talentos, o por lo menos la limitación de su enfoque. Lowry era un bebedor tan excesivo que, en una carta a Aiken, se describió a sí mismo como un “Lear de las Sierras, agónico junto a la copa en el [restaurant] Brown Derby”.

Margerie Bonner había probado su mano con intrigas criminales, pero no había publicado ninguna obra. Mientras tanto, obtuvo pequeños papeles en algunas películas mudas del oeste y trabajó como asistente personal de Penny Singleton, quien hizo para el cine el papel de Blondie, inspirado en la tira cómica. La afinidad entre Margerie y Lowry fue inmediata. Mayor por varios años, ella poseía una determinación que a él le faltaba; usaba pieles, tacones altos y emanaba glamour. (Según Gordon Bowker, autor de Perseguido por los demonios, una incisiva biografía de Lowry fechada en 1993 y recién publicada en español por el FCE, ella tuvo un matrimonio anterior, aunque por lo visto no se lo dijo a Lowry.) Margerie consideraba a Lowry como un aristócrata exótico. Era inseguro en su sexualidad —su pene tan pequeño era inusitado—, pero ella le brindó confianza. Él comenzó a llamarse a sí mismo El León (en español en el original) y a ella le puso el apodo cariñoso de Miss Hartebeeste (ñu, antílope africano). A menos de dos meses de haberse conocido, él le declaró su amor por escrito: “La sensación de sangrar en secreto, desgarrarse desde las raíces como un árbol bajo un viento poderoso… ¿no sientes eso? ¡Dios, yo sí!”.

Lowry carecía de sentido práctico en la mayoría de sus asuntos, pero nunca se encontró con una mujer sin evaluarla como mecanógrafa y editora. En Margerie encontró ambas aptitudes. Seis semanas después de conocerse, Lowry se mudó a Canadá —su visa para Estados Unidos había caducado— y le pidió a ella que lo acompañara. Margerie aceptó. Deseaba, casi tanto como él, que Lowry fuera un gran escritor, y aun en lo que él describió como “una buhardilla helada con olor a búfalo en Vancouver”, lo puso a trabajar. Las costumbres sórdidas de Lowry no la intimidaban; ella era capaz de beber casi tanta ginebra como él. Margerie le contó a otro biógrafo de Lowry, Douglas Day, que una vez lo halló en un burdel de Vancouver, inconsciente, luego de vender todas sus prendas —excepto la ropa interior— a cambio de licor. Ella solicitó al dueño que le diera algo que ponerse; una vez que Lowry se vistió, ella se mantuvo a su lado mientras él pedía limosna en la calle para comprar cerveza.

Lowry y Margerie se casaron en 1940 y ella adoptó su apellido. Él comenzó a trabajar con más intensidad en el Volcán. Su manuscrito original, un breve borrador, surgió de un incidente que Lowry y Jan Gabrial presenciaron en México. Durante un viaje en autobús, encontraron a un campesino indígena tendido junto al camino, en evidente agonía; el chofer del autobús se detuvo, uno de los pasajeros bajó y robó al indígena. Lowry comenzó a desarrollar la historia bajo la guía de Margerie y le escribió a Conrad Aiken: “La trabajamos juntos, día y noche”. Una vez que Lowry escribía a mano material nuevo, Margerie lo mecanografiaba y planteaba su crítica, un documento que llama ban la “versión Margerie”; después él revisaba y el ciclo empezaba de nuevo. En seis meses Lowry produjo un segundo borrador.

Hasta ese entonces, la nueva versión de la novela era su ficción más imaginativa y sostenida. En su retrato del desmoronamiento de un borracho había una intimidad perturbadora. El ritmo del manuscrito mejoró gracias a Margerie, y tuvo un extenso acabado simbólico gracias a Lowry, que fue un admirador de Baudelaire. “Siento que es el primer libro de verdad que he escrito”, confió entonces a Aiken. Le dio crédito a su relación con Margerie por esa diferencia: “Estoy más que satisfecho, sin ella jamás hubiera tenido la oportunidad de terminarlo”.

Las grietas en el manuscrito persistían. Gran parte del diálogo resultaba acartonado —“ten para que oigas esto”, se reprochó el propio Lowry al margen— y a menudo la trama se hacía pesada. “Me pregunto qué sucedió con aquel peón que tuvimos que dejar a un lado del camino”, comenta un personaje en el primer capítulo. “¡Dios! Ese fue un asunto desagradable”. Cuando Harold Matson, el agente de Lowry, presentó la nueva versión del Volcán a las editoriales, 12 en total, ninguna lo aceptó. Lowry se desplomó, pero con Margerie a su lado siguió adelante. Juntos le escribieron a Matson y aceptaron que el manuscrito necesitaba más trabajo. “Juventud más tragos más identificaciones histéricas más vanidad más autoengaño” fue la explicación de Lowry para lo que había fallado.

En agosto de 1940 supieron de un pueblo en la costa al norte de Vancouver, en la bahía Burrard, llamado Dollarton, donde rentaron una cabaña ruinosa. (Lowry era rico en el papel, según los términos de un fideicomiso familiar establecido en 1938, pero la familia sólo le daba acceso a los intereses.) Construida en terrenos municipales, la casa no tenía calefacción, electricidad ni agua corriente. Ocho meses más tarde compraron una cabaña cercana. Luego de construir un muelle con sus propias manos, reanudaron su trabajo en el Volcán. Dejaron de beber de modo sustancial y cada mañana, mientras Margerie mecanografiaba los últimos añadidos de Lowry, él nadaba en la bahía, rodeado por gaviotas y mergos. Iban por agua potable a un arroyo cercano y los pescadores de la localidad les dejaban cubetas con cangrejos en su muelle. Margerie también escribía; le contó a Douglas Day que había comenzado su primera novela de suspenso, Las formas que se mueven sigilosas (The Shapes That Creep), para ofrecer a Lowry algo literario en que ocuparse luego del rechazo del Volcán.

Según Douglas Day, Margerie terminó su novela en unos cuantos meses y muy pronto escribió otra, una historia negra titulada El último giro del cuchillo (The Last Twist of the Knife). Hay un pasaje donde una ingenua de nombre Dora, acusada sin razón de asesinato, declara: “Si tú y tus amigos de la alta sociedad piensan que me pueden inculpar con eso porque soy pobre y ustedes son ricos e importantes, sólo les queda pensarlo otra vez”. Otro personaje, Delight Dryden, desafía una investigación de asesinato al responder a “la benevolente mirada del juez con una combinación artística de miedo e inocencia”. La editorial Scribners aceptó publicar los dos libros de Margerie.

Tras la muerte de Lowry, Margerie vendió sus archivos a la Universidad de Columbia Británica, en Vancouver. Los manuscritos del Volcán revelan el proceso de depuración efectuado en Dollarton. Los dos reescribieron muchas frases una y otra vez, en tanto que Margerie vigilaba los tics de Lowry. En una página ella escribe: “ ‘Terrorífico’: ¡revisa esta palabra, Malc!”, y la tacha en los dos lugares donde aparece. En otra página, Yvonne afirma: “Esta noche no tendremos a la luna”. Margerie apunta: “Revisa esta luna: ya tienes otra en el capítulo XII”. Al margen de una versión del monólogo final del cónsul, Lowry pregunta: “¿Hay alguna confusión en todo esto?”. No hay registro de la respuesta de Margerie, pero el siguiente borrador es más ceñido. “Un buen recorte, minucioso y atroz”, escribe Lowry luego de que Margerie elimina un episodio malogrado, donde un personaje imagina que escucha al cónsul lamentar el fracaso de la reconciliación con su esposa: “Si tan sólo no hubiera estado tan seguro de que yo era el más fuerte”. En una carta de 1950 a un admirador, Lowry se refirió al proceso de revisión: “Después de un tiempo comenzó a hacer un ruido parecido a la música”.

Un beneficio formidable para la novela fue que Margerie ayudó a Lowry a reconsiderar el retrato desdeñoso de su primera esposa. En principio, Yvonne era la hija del cónsul, una presencia frívola sujeta a las necesidades de su novio, tan superficial como ella. “Se miraba ante el espejo —escribe Lowry poco después de que Yvonne aparece en México para visitar a su padre—. Ella era una bata de noche en satín blanco. Era una túnica, ¿pero dónde estaba la persona?”. En los siguientes manuscritos puede verse la letra de Margerie que transforma a Yvonne de ser la hija a ser la esposa; Margerie también colabora para conformar al personaje, afina los sentimientos de Yvonne con respecto a un antiguo amante y amplifica su formación, que se asemeja a la de la propia Margerie —Yvonne es una actriz que ha aparecido en “películas del oeste”—. En la versión publicada, Yvonne se acerca a la manera en que Margerie se concebía a sí misma: más una mujer que una muchacha, más dispuesta a dar y perdonar. También es capaz de pensar con independencia —algunas partes de la novela están escritas desde su punto de vista. De modo significativo, ella es quizá el único personaje de Lowry que no bebe en exceso.

El archivo indica también que Margerie y Lowry tomaban préstamos de su respectivo trabajo con toda libertad. Cuando acordaron que Yvonne debía morir, según Margerie recordó a los biógrafos más tarde, ella sugirió que Yvonne podría ser arrollada por un caballo desbocado. Margerie trabajaba en su tercera novela, Caballo en el cielo (Horse in the Sky), que incluía una muerte similar: “De pronto, el caballo… dio un alarido de terror. Se levantó, volvió a levantarse, luego se desplomó en forma salvaje, bajo un pánico incontrolable”. A Lowry le gustó la idea; hacia el final del Volcán, entonces, Yvonne “vio, con la luz brillante de un relámpago, al caballo sin jinete… escuchó su propio grito cuando el animal enfiló contra ella y le pasó por encima”. En una carta a su amigo, el novelista David Markson, Lowry explicó: “Los dos intercambiamos caballos y arquetipos todo el tiempo”.

Lowry terminó la novela al final de 1944. En febrero de 1946, mientras él y Margerie estaban en México para revisitar algunos escenarios del libro, Lowry recibió el mismo día las cartas de aceptación de Jonathan Cape, editor de Inglaterra, y de Reynal & Hitchcock, de Estados Unidos. A Jonathan Cape le escribió: “Nos regodeamos en el éxito, de hecho nos sentimos como hombres hambrientos a quienes les rellenan los ojos de papas”.

En febrero de 1947, mientras el Volcán empezaba a obtener reseñas entusiastas, Lowry y Margerie hicieron una visita de celebración a Nueva York. (“Tu nombre resuena en la ciudad”, le escribió un amigo). Sin embargo, para Lowry el viaje fue un horror. Había comenzado a beber de nueva cuenta y cuando las celebridades literarias se arremolinaban para felicitarlo durante una fiesta en su honor, él estaba demasiado ebrio para responder. Dawn Powell lo presenció y tomó nota del tormento en su diario. “Él es el cónsul original del libro —escribió ella—, una rara especie de persona —elegante, vigoroso, borracho— con un aura de genio a su alrededor y una energía personal casi peligrosa, un aire de posesión diabólica”. En otro pasaje, Dawn Powell apunta que “su esposa Marjorie [sic] ha tomado el control”.

Muchos amigos literarios de Lowry conocieron a Margerie en las etapas previas a la publicación, y aunque aplaudieron el efecto que ella produjo en él, les parecía pretenciosa y demasiado involucrada en su alianza con un genio inglés. David Markson, uno de los últimos amigos sobrevivientes de Lowry, me dijo: “Ella tenía una forma extraña de expresarse. Siempre decía cosas como: ‘¿Podría tener un poco más de leche en mi escocés, querido?’. Aiken estuvo una tarde y luego me escribió: ‘Por favor, no me inviten cuando ella esté ahí’ ”.

Para entonces a Lowry ya le preocupaba que tal vez no pudiera escribir otro libro tan bueno como el Volcán. Después del viaje a Nueva York, él y Margerie regresaron brevemente a Dollarton, donde trabajaron un relato sobre una pareja en busca de casa nueva, a partir de su visita de 1946 a una isla de Columbia Británica llamada Gabriola. Enviaron a su agente la historia, Ferry de octubre a Gabriola, firmada por los dos; pero no se vendió. En noviembre de 1947 iniciaron un gran viaje por Europa que duraría un año. Margerie quería ese viaje: ansiaba un escenario más amplio del que Dollarton ofrecía. Lowry sabía que abandonar su vida austera no era bueno para él. “Los franceses tienen una vitalidad enorme —le escribió a la hermana de Margerie luego de visitar París—. Pero es una cualidad que no siempre admiro. Más bien prefiero las cosas soñolientas”.

Un amigo que lo encontró borracho en Londres le preguntó qué seguía y Lowry bromeó que estaba escribiendo Bajo bajo el volcán. Margerie y él comenzaron a pelear. Por turnos, Lowry se mostraba amenazante o depresivo: una noche, durante una pelea en el sur de Francia, él la sujetó del cuello; más tarde, ella lo internó en un sanatorio en las afueras de Roma y se instaló en la habitación contigua. Lowry se escabulló al pasar un guardia y trató de estrangularla otra vez. En una ocasión hizo alarde, en una carta para su traductor al francés, de haberse despachado nueve whiskies —seis de ellos dobles— con el sedante soneryl. Durante el viaje a Europa, Margerie le escribió una carta a Albert Erskine, el editor de Lowry en Estados Unidos, para denunciar que Lowry se volvía “decididamente peligroso: primero con él mismo y conmigo, pero ahora más brutal contra quien se le cruce de cualquier modo”. Para tranquilizarlo, ella adquirió el hábito de suministrarle fenobarbital por la noche.

Las notas del diario de Margerie, que también están en la Universidad de Columbia Británica, revelan su disgusto. En una nota de diciembre de 1947 escribe: “Aunque él finge que trabaja mucho… y hace ejercicio y trata de engañarme, es por demás evidente que se la pasa bebiendo toda la tarde… Cuando lo adoraba, yo había creído que él era un dios, que el amor podría sobrevivir a cualquier cosa, pero comienzo a pensar que hay ciertas ofensas a la dignidad humana a las que uno no debería sobrevivir”. También había comenzado a preguntarse sobre el efecto de esa folie à deux en su propia creatividad: “He dejado de pensar en mí como artista debido a que en los últimos años toda mi conciencia se absorbió por completo en Malc y sus deseos y tormentas inminentes”. Más o menos en aquel entonces, ella se preguntó en su diario: “¿Es concebible que la debilidad de un hombre pueda ser tan fuerte que semejante maldad me pueda avasallar y extenuar hasta el punto de volverme también maligna?”.

Regresaron a Dollarton en enero de 1949 y Lowry recuperó la sobriedad. Abordó varios proyectos, incluido el recuento, desde la ficción, de su viaje a México en 1946, acompañado por Margerie.

Por un tiempo la colaboración entre ambos se hizo más armoniosa. Escribieron un guión de Suave es la noche, de Fitzgerald, en el que MGM mostró interés. Nunca se produjo, pero Christopher Isherwood le escribió a Lowry para elogiarlo: “Debería publicarse tanto como llevarse a la escena”, le dijo.

En 1950, Lowry retomó el manuscrito de Ferry de octubre que había escrito con Margerie. Por la misma época, el gobierno de la ciudad de Vancouver intensificó el esfuerzo por desalojar a los ocupantes ilegales de Dollarton, y el ánimo de Lowry se ensombreció. Extendió el boceto de Ferry de octubre hasta lograr una novela corta y dentro de ella dobló una exhortación al desalojo. Escribió con rapidez, sin los comienzos en falso que fueron característicos de su escritura. Pensaba que tenía una visión clara de la novela. “Yo mismo la he reescrito por completo y al final me siento de lo más satisfecho con ella”, le escribió a Matson.

Esa fue la última cosa positiva que anotaría sobre el libro en siete años. En abril de 1952, Erskine, quien se había cambiado a Random House, le dio un anticipo; no obstante, para el mes de agosto Lowry se encontraba, según le escribió a Erskine, “medio muerto de postración”. En una carta a Erskine durante el verano de 1953, afirmó que el desafío de escribir el libro era “una cuestión de vida o muerte, o de renacimiento, digamos, para su autor, por no mencionar la cordura y otras cosas”. El relato fluctuaba todavía de un lado a otro; el viaje a Gabriola evolucionó de lo real a lo metafórico y luego de regreso. “Siempre oigo a mi espalda el carruaje alado del tiempo que cambia la velocidad”, bromeó Lowry con Erskine.

Lowry y Margerie continuaron su rutina de nadar, comer cangrejos y trabajar en el libro. Intercambiaban comentarios, primero por escrito y luego en la conversación. Pero Lowry no podía parar de beber y el enfoque del libro cambiaba día tras día; cada nuevo acontecimiento en sus vidas recalaba en las páginas. Luego de que Margerie le dio la edición de las obras reunidas de un escritor llamado Charles Fort, cuya obra perfilaba coincidencias inexplicables, Lowry añadió a su libro un capítulo titulado “Los elementos lo persiguen, señor”, donde su álter ego se topa con el libro de Fort en una biblioteca. Después de mudarse a un hotel de Vancouver durante un invierno frío, el hotel aparece en el borrador. Entre los borradores tres y siete surgieron dos proyecciones del tiempo, y Lowry tuvo problemas para mantenerlas en orden. La fecha de nacimiento de Tommy, el hijo de la pareja, varía cuatro años. Lowry garabateó en el margen: “¿Qué edad tiene Tommy? Checar”.

La colaboración se hizo desesperante. “El trabajo ha padecido —le escribió Lowry a Erskine— y también ella. Y así, por Dios, es que a mí… Esta cosa maldita… me ha costado más penas que todo el Volcán reunido”. Como descubre el archivo de Lowry, su producción se había convertido en un torrente de palabras que fluían sin rumbo. Los recortes se hicieron más frecuentes. Para entonces, él reescribía frases de un modo casi convulsivo. Vik Doyen, un académico belga que hizo un estudio definitivo de los borradores de Ferry de octubre, me dijo: “El despilfarro de posibilidades y talento te hace sentir tristeza”.

En un pasaje del texto de Ferry de octubre, el marido ve a una prostituta en un puesto de periódicos. Lowry intenta captarla: “Una mujer que parecía surgir en forma inesperada… con piernas hermosas, lo miró y balanceó sus caderas con una lascivia a la deriva”. Lowry tacha esto y sustituye: “Una mujer joven muy pintada, sin duda noctámbula precoz, con ropa y zapatos tan nuevos que al parecer apenas los acababan de robar, lo miró, cantando a medias”. Esto también lo tacha. En la parte superior de esas páginas, Lowry suele escribir invocaciones, en letra pequeña, al santo patrón de las causas perdidas: “San Judas S. O. S.”; “San Judas, ayúdame a resolver esta imposibilidad”. En otras ocasiones invoca a Turgueniev, Dios y “E. A. Poe”.

Margerie no podía ser tan útil para Lowry como lo fue con el Volcán. El retrato de Jacqueline, la esposa de Ferry de octubre, era bidimensional, tal como había sido la concepción inicial de Yvonne en el Volcán, pero esta vez Margerie no podía ofrecer un punto de vista ajeno: Jacqueline se basaba en ella misma. En la medida que Lowry se enojaba más consigo mismo, el protagonista se enojaba más con su esposa. En un borrador, la esposa se queja de la “maldita cabaña” que obsesiona a su marido y señala con mezquindad que, “para una mujer”, su vieja estufa era terriblemente incómoda. En las notas añadidas de un lado a otro del pasaje, Margerie recuerda a Lowry que su respuesta inicial en Dollarton fue más compleja. Y le propone a Lowry agregar este matiz: “Él recordó la suciedad y el desorden derruidos en la ‘Maldita cabaña’ cuando la vieron por primera vez, y cómo bajo la mano de ella se volvió… hermosa; él recordó la visión, el entusiasmo, el amor con el que ella había trabajado”. Lowry la ignoró; encima de esta sugerencia escribe: “falso, sentimental, burgués”.

Hacia la misma época, Lowry y Margerie trabajaban otra novela autobiográfica, La Mordida (título original en español). Su tensión conyugal se hace patente en un intercambio editorial. “Me niego por completo a ser ridiculizada de esa forma”, escribe Margerie en un comentario. “Esto no es cierto. ¿Por qué no decir la verdad?”. En una agria discusión sobre Ferry de octubre, Lowry le replica: “Intenta imaginarte a ti misma leyendo la historia en cama, etc., etc., de vez en cuando, al menos, como lectora más que como escritora”. A lo cual Margerie contesta, con subrayado: “ve mis notas”. Lowry empieza a responder sus críticas con petulancia. A propósito de una escena de Ferry de octubre, en la que un personaje sueña que se aventura dentro de una cueva sombría, él anota: “Con un poco de disciplina, uno de los momentos culminantes de la literatura inglesa”.

Estas disputas no encontraron solución en la imprenta ni en la vida. Inclusive en la relativa calma de Dollarton, Margerie estaba exhausta. Le escribió a David Markson, amigo de Lowry, que Ferry de octubre se había convertido en un “monstruo chupa-sangre”. (Estas palabras, que constan en el archivo, aparecen en una carta iniciada por Lowry que describe su lucha con Ferry de octubre, pero es obvio que estaba demasiado borracho para terminarla y Margerie lo hizo.) Pronto, Dollarton también iba a desaparecer. Los buldozers derribaron la mayoría de las cabañas. Albert Erskine había cancelado el contrato de Lowry con Random House, pues como relató al biógrafo Gordon Bowker, el borrador de Ferry de octubre que Lowry le envió era “casi tan tedioso como cualquier cosa que haya leído”. Margerie estaba fastidiada por vivir a dos mil quinientas millas de Nueva York; tenía tres novelas publicadas, sentía que llevar una vida más normal con Lowry podría ayudarla en su carrera. (Sus libros no habían tenido buenas ventas.) Margerie sintió que su salud también padecía la humedad y el frío de Dollarton. Y el alcoholismo de Lowry lo hacía depender de ella por completo.

En 1954, Margerie lo convenció de que debían salir de Dollarton. Decidieron mudarse a Taormina, en Sicilia, a la sombra del Monte Etna, una idea placentera para Lowry. Pasaron por Nueva York en su camino a Europa y se alojaron con David Markson. Margerie y Markson dejaron por un tiempo a Lowry en el departamento del anfitrión, en Morningside Heights, con sólo un paquete de seis cervezas. A su regreso, Lowry los recibió con lo que Markson recuerda como un aspecto “aborregado”: se había bebido la loción para después de rasurar de Markson. Éste advirtió que Margerie, en un intento por mitigar las crudas de Lowry, lo atragantaba de vitaminas antes de enviarlo a dormir.

Margerie y Lowry se embarcaron rumbo a Sicilia. A Lowry no le gustó Taormina y extrañó Dollarton. En Italia no escribió ni una palabra de ficción: apenas una carta. Margerie recorría los sitios de interés, Lowry bebía y la amenazaba. Por la noche, Margerie guardaba el licor en su habitación, bajo llave, mientras que Lowry salía a mendigar una copa. Algunas veces, para dormirlo, ella le daba cognac con pastillas de fenobarbital. Además, cuando se emborrachaba, ella seguía con el suministro de píldoras de vitaminas. Sus amigos pensaban que la pareja debería separarse: nadie podía entender por qué Margerie soportaba esa relación. Al final, Italia resultó demasiado, inclusive para ella. Se quejaba de problemas en la vesícula biliar. Luego de ocho meses partieron rumbo a Londres. Margerie, enferma de agotamiento nervioso, se internó en un hospital.

Lowry, a su vez, fue convencido por sus amigos para consultar a un doctor sobre su alcoholismo. En noviembre de 1955, conoció en un hospital de Wimbledon a un psiquiatra llamado Michael Raymond, en quien llegó a confiar. Raymond le prescribió un tratamiento de “terapia de rechazo” que consistía en una inyección de apomorfina seguida de una dosis fuerte de bebida. Para el paciente, el objetivo era asociar el alcohol con la náusea provocada por el medicamento. Raymond quería que Lowry estuviera cerca después de ser dado de alta, y en 1956 Margerie rentó una casa, conocida como la Cabaña Blanca, en el pueblo de Ripe. Ese verano, luego de una recaída —ocasionada en parte por Margerie, quien continuó bebiendo enfrente de su esposo— y un nuevo tratamiento de terapia de rechazo, más severo, Lowry regresó a la cabaña, decidido a dejar el alcohol para siempre.

En Ripe, Lowry se mantuvo con Cydrax, una sidra sin alcohol que Raymond le había recomendado. Estaba en condiciones de trabajar en serio con Ferry de octubre, por primera vez en tres años, y pronto se jactó ante Markson de estar de nuevo en “Vena Sagrada o Floreciente”. Con ánimo ingenioso, describe su renacimiento al doctor Raymond mediante algún verso burlesco:

Cuando llegué a tu burdel-monasterio
No me podía vestir ni abrir mi correspondencia…
Cuando sugeriste que yo debía vivir en Ripe
Me pareció muy divertido y me atrajo
Al recordar las iniciales R. I. P.
Requiescat in pace si lo prefieres
O levántate si puedes fue tu desafío.

Y bien, me he levantado, estoy en lo alto y seco.
Alto en realización, y como lo ensayamos
La hermanita sidra seca sacia mi sed.
Su aire de familia la conserva cerca
Mas libre de todas las amenazas malditas…

Me levanto muy temprano y como tú lo aconsejaste

Trabajo con horario y para mi sosiego
Descubro que las Frases seguirán llegando a tumbos por mi mente

Aunque los dilemas del hombre comprometan mis pensamientos.

Para sorpresa de Lowry, su mejoría no entusiasmó a Margerie. Ella empezó a beber con mayor intensidad y pasaba casi todos los días sentada en la casa, temblorosa y llorando; en octubre de 1956 se internó de regreso en el hospital para un largo tratamiento de sedación abundante destinada a calmar sus nervios. Lowry llamó a la terapia de Margerie “su sueño a la Rip Van Winkle”.

Antes de ingresar al hospital, Margerie le confió a su amiga Dorothy Templeton que estaba harta: ahorraba todo el dinero que le era posible para el día en que iba a abandonar a Lowry. “Su crueldad contra ML es absoluta”, le escribió Templeton a su compañero Harvey Burt en julio de 1956. “Su idea del amor no es mía ni la de una mujer promedio”.

Durante la estancia de Margerie en el hospital, Lowry le envió cartas acerca de la felicidad que sentía entonces en Ripe; por volver a trabajar de manera constante; por ser objeto de una competencia entre su casera y la ama de llaves del vicario que le daba sus alimentos. Lowry sabía que sus palabras no hacían sonreír a Margerie. En su poema a Raymond escribe: “Tal como en el columpio de la rima infantil / Hoy que yo viajo en lo alto la pobre Margerie está en lo bajo”. Lowry especuló con Markson que Margerie se consideraba, “en cierto sentido, despojada del objeto potencial de sus cuidados”. Él no sabía qué hacer respecto a ese cambio, y como novelista, una parte de él quería simplemente observarlo. Según le escribió a Markson, “el problema es que forma parte de la trama del libro”.

El pueblo de Ripe ha cambiado poco en 50 años. Una docena de casas, una glorieta y un pub llamado Lamb Inn permanecen como su centro. Los estrechos caminos vecinales en las afueras del pueblo conducen todavía a los terrenos de cultivo de Sussex. En la tumba de Lowry, una inscripción en terracota con las últimas líneas del Volcán se encuentra hoy ante su lápida erosionada. A la Cabaña Blanca, donde Lowry murió, se llega desde el pub por un corto camino vecinal de guijarros; en 1956, pocos meses después de que llegó la pareja, el dueño del pub los echó debido al mal comportamiento de Lowry.

En 2004, el Times Literary Supplement difundió un artículo provocador de Gordon Bowker, el biógrafo más competente de Lowry, quien exhumó varias preguntas carentes de respuesta durante mucho tiempo sobre la muerte de Lowry en Ripe. ¿Qué confianza merece el veredicto del juez —una “desgracia”—, o la insistencia de Margerie en que su esposo se suicidó? ¿Por qué Lowry, de buen ánimo y por fin de vuelta en la escritura, se habría de suicidar? El Volcán estaba por reeditarse como libro de bolsillo en Vintage Classics. Los directores de Hollywood se percataban del potencial cinematográfico del libro: José Quintero había expresado un interés singular. Poco antes de morir en 2001, Jan Gabrial, la primera esposa de Lowry, le confió a un entrevistador: “Para mí, la muerte de Lowry no se ha aclarado por completo”.

En Inglaterra es habitual mantener reservados los dictámenes del juez durante 75 años. Sin embargo, Bowker convenció al juez de Sussex para que le facilitara el expediente. Contenía varias novedades: tras la muerte de Lowry, Margerie no podía hallar en un principio el frasco de las pastillas que él había ingerido, y sólo varias horas más tarde lo entregó a la policía. El frasco estaba oculto en un cajón de Lowry. El reporte del juez consigna también la afirmación de Margerie de que encontró el frasco con la tapa cerrada: una conducta minuciosa para un hombre tan descuidado como Lowry. Incluso en el momento de su muerte, sus amigos se preguntaban sobre el desafío que le hubiera planteado abrir esa tapa. Harvey Burt, en una carta escrita cuatro meses después de que Lowry murió, expresaba la duda de que pudiera hacerlo: “No lo puedo comprender… Su capacidad de coordinación era muy baja en esos casos”.

En su artículo, Bowker registró el hábito de Margerie de medicar a Lowry con píldoras de vitaminas. Después arriesgó una conjetura: Lowry no habría sabido si esa noche, en vez de vitaminas, Margerie le administró pentotal, el barbitúrico que ayudó a matarlo. Bowker sugirió que Margerie se había enamorado de un amigo escritor, Peter Churchill, un vizconde recién enviudado. En consecuencia, Bowker formuló una acusación de asesinato: “Margerie tenía el motivo (su deseo de Churchill), los medios (el rito de la ingestión de píldoras) y la oportunidad (la cabaña luego del anochecer)”.

Bowker también reportó que Margerie y Winnie Mason, la casera, declararon ante la policía que habían pasado la tarde platicando en la cabaña de Mason, en la puerta de al lado. Sin embargo, más tarde ambas afirmaron que Margerie estuvo en casa con Lowry. (Margerie lo confirmó en una carta al traductor de Lowry al francés, Mason, en una entrevista para la BBC de 1966.) Según Bowker, estas declaraciones sugerían complicidad.

Los especialistas en Lowry no se dieron por ofendidos ante la teoría del asesinato cuando fue publicada en el Times Literary Supplement. Muchos de ellos se interesaron en Lowry tanto por el drama de su vida como por su escritura. El día del cumpleaños de Lowry se congregan en Dollarton y beben ginebra. La posibilidad de un juego sucio sólo incentiva su trabajo. Pero la noción de Bowker respecto a un motivo romántico no les pareció tan convincente. En la noche fatal, Margerie se hallaba tan exhausta que apenas lograba levantarse de la cama: no estaba en condiciones de adoptar un amante. Para algunos especialistas en Lowry, este sería el asunto central: la idea de que asesinarlo no sólo era concebible, sino que casi podía justificarse. Lowry no sólo aprovechó el talento de Margerie: se adueñó de su vida. Así, luego de abusar de ella y explotarla durante 18 años, estaba hastiada. En fecha reciente le pregunté a Sherrill Grace, especialista primordial en Lowry, profesora en la Universidad de Columbia Británica y editora de la publicación en dos tomos de las cartas reunidas de Lowry, si Margerie lo asesinó. “Gordon tiene razón —me respondió, y enseguida dijo de Margerie—: ¡ella se tardó!”.

Hoy en día la Cabaña Blanca pertenece a un granjero y su esposa. Cuando toqué a su puerta este verano, me invitaron a recorrer la casa. La cabaña es oscura y su estrechez opresiva, aun cuando un propietario anterior instaló un tragaluz en la cocina. Los dueños no habían leído Bajo el volcán, pero sabían de Lowry. Pasamos por una habitación con vigas de madera expuestas y una chimenea. “Este era el estudio de Lowry”, me contó el marido al mostrarme la habitación en la que Lowry había luchado con Ferry de octubre. El rumor del asesinato les había llegado poco antes: algunos visitantes —académicos japoneses— lo mencionaron.

Tal vez, cuando la policía llegó a la Cabaña Blanca, la mañana del 27 de junio, Lowry había pasado algunas horas muerto. Se hallaba tendido de espaldas en el suelo, junto a la cama de Margerie, con el tapete revuelto bajo su cuerpo. Según el reporte del juez, cuya transcripción Bowker compartió conmigo, junto al brazo de Lowry había una “porción de carne rebanada, cocinada y fría”. Al otro lado de la cama estaban una botella de naranjada y una botella de ginebra rotas. Esquirlas de vidrio en el pecho, sangre en la palma izquierda. Dos sillas arrojadas: un sillón sobre su costado, junto a la ventana, y una silla de cocina hecha pedazos.

Una vez que Margerie encontró el cuerpo de Lowry, un policía llamado William Lord, del pueblo cercano de Selmeston, tomó su declaración y la de Mason, la casera. Margerie refirió también lo sucedido aquella noche a Douglas Day. Dijo que Lowry había caído una vez más afuera del vagón. Como eran rechazados del Lamb Inn, debieron caminar al pub Yew Tree de Chalvington, a una milla de distancia, donde tomaron cerveza. (El cantinero recuerda a Margerie llorando.) Después Lowry compró una botella de ginebra, pese a las objeciones de Margerie; dijo que la alegraría —al cantinero le contó que ella estaba triste porque habían perdido la casa de Dollarton— y emprendieron el regreso a Ripe por el camino vecinal. Planearon escuchar el radio. Lowry empezó a beber de la botella, cada vez más fuera de sí. Margerie dijo que después de oír el concierto de la BBC —Leopold Stokowski dirigiendo a Stravinsky— Lowry se puso a “delirar”. Subió el volumen del radio. Margerie, quien preparaba la cena en la planta baja, llegó para bajarle, con la intención de no perturbar a Winnie Mason en la puerta de al lado.

Según el reporte policiaco, Lowry golpeó a Margerie. Ella tomó la botella de ginebra y la rompió para que él dejara de beber. Entonces, Lowry esgrimió la botella rota y persiguió a Margerie hacia la planta baja; ella le dijo a Douglas Day que su esposo mostraba “un aspecto diabólico en su rostro”. Margerie se refugió en la casa de Mason. Le dijo a Douglas Day que entonces tomó un somnífero —sin explicar por qué lo portaba— y se fue a dormir. (Tanto ella como Lowry eran consumidores intensivos de somníferos; Lowry los llamaba sus “cosas rosas”. Los dos tenían recetas de pentotal. En octubre de 1956, Lowry le escribió a Margerie sobre la aparición, en la puerta de su casa en Ripe, del doctor Raymond que “llevaba en la mano, como una pala de malta, media docena de pentotal para sacarme del apuro”.)

La muerte de Lowry fue titular en el periódico regional de Brighton, Argus, con esta frase: “Ella rompió la botella de ginebra; encontró al esposo muerto”. En todo caso, la policía de Sussex no forzó la investigación. Lowry no tenía conocidos en la zona. Nadie sabía quién era. (El Argus lo llamó “Clarence Lowry”, ningún otro periódico británico registró su deceso.) A los vecinos no les agradaba; Roy Medhurst, el último residente vivo en Ripe que lo conoció, me dijo que Lowry era “un vándalo borracho” y que su muerte “fue un alivio para algunas personas”.

La investigación fue de rutina. El policía Lord narró al juez lo que vio. En su declaración, Winnie Mason recordó que Margerie apareció en su puerta, alterada, y sostuvo que Margerie no salió después de cobijarse en un catre que Winnie le preparó. De lo contrario, insistió Mason, “con toda seguridad yo la hubiera escuchado, pues tengo el sueño ligero, y también mi perro habría ladrado”.

En principio, Margerie dijo a los amigos que había una nota de suicidio, pero luego lo negó. La ausencia de esa nota los sorprendió. Resulta difícil que el alcohol hubiera detenido su pluma: escribía todo el tiempo mientras estaba borracho. Era una persona a quien las palabras escritas lo acompañaron casi en cada momento de su vida; garabateaba sus apuntes incluso cuando estaba sentado y ebrio en los bares. Hay unas 400 notas dirigidas a Margerie en el archivo de Columbia Británica —mensajes de El León para Miss Hartebeeste. “Lowry siempre decía: ‘toma notas’ ”, me dijo Markson. El desaliento de Lowry siempre fue, en parte, una puesta en escena; y para una persona como él, la autodestrucción casi reclamaba ser documentada.

El juez no citó al psiquiatra de Lowry, el doctor Raymond, quien lejos de considerar a Lowry “incurable”, como Margerie dijo a la policía, pensó que mejoraba. Enojado porque Margerie siguió bebiendo en presencia de Lowry, más tarde rechazó tratarla por su postración emocional; además, el doctor Raymond pensaba que las creencias espirituales de Lowry descartaban el suicidio. El juez omitió citar a familiares de Lowry. Tenía tres hermanos mayores. Si los hubiera citado, tal vez le hubieran dicho que sospechaban de Margerie; en una memoria inédita, uno de los hermanos la llamó “la muy material Margerie”; añadió que los Lowry consideraban que ella usaba demasiada joyería y se refirió a ella como Bangles (Brazaletes). El juez tampoco llamó a Dorothy Templeton ni a Harvey Burt, la pareja que mejor conocía a los Lowry. Durante años pasaron los veranos con ellos, en Dollarton; en fecha reciente, Dorothy los había visitado en Sicilia, donde Lowry le confió que Margerie insistió hasta lograr que él la nombrara su beneficiaria única. (El padre de Lowry murió en 1945 y dejó una fortuna equivalente a 10 millones de dólares.) En una carta, Dorothy escribió acerca de la pareja: “Estoy segura de que si supiera que él nunca más iba a escribir, ella esperaría enviudar”. En otra carta recuerda verlos en una discusión, una noche en Taormina, cuando “del modo más intempestivo Marg se convirtió en una maniática feroz” y golpeó al enorme, acurrucado, disminuido Lowry. En otra ocasión, durante una pelea —escribió—, Margerie le rompió la nariz en “el corso, ante la mirada de cientos de personas”. (Pero Margerie le contó a Douglas Day que este incidente nunca sucedió.)

“Creen que yo lo asesiné”, les dijo Margerie a Burt y Dorothy cuando fueron a Ripe para ayudarla, poco después de la muerte de Lowry. Con o sin justificación, Burt y Dorothy comenzaron a sospechar también de Margerie. En público, ella aparecía devastada, pero en privado le descubrieron una extraña energía. Según Bowker, con quien ellos hablaron ampliamente, pensaron que Margerie actuaba el papel de la viuda desquiciada.

En Ripe, observé que la cabaña de Winnie Mason estaba tan próxima a la de los Lowry que casi formaban una misma construcción. A Margerie le habría resultado fácil escapar de Lowry en su furor alcohólico y regresar más tarde a casa por una pastilla. Tal vez, mientras buscaba el pentotal, una década de frustración la alcanzó. Tal vez fue con Lowry y le dijo que más le valía comenzar a prepararse para su cruda con unas vitaminas. El tono conciliatorio de Margerie no lo sorprendería; a menudo sus batallas eran seguidas por nuevos intercambios de ternura. Sedada por el barbitúrico, a su vez, Margerie pudo regresar a dormir en la cabaña de Mason algunos minutos antes de que las píldoras derribaran a Lowry sobre el piso. Al día siguiente, Margerie habría descubierto el cuerpo, tal como lo declaró.

La muerte de Lowry permanecerá siempre como un misterio. Aun si su cuerpo fuera exhumado, no ofrecería elementos respecto a cómo los barbitúricos entraron a su organismo. Quizá Margerie sólo buscaba mandarlo a dormir, como lo hizo muchas veces; ella también había bebido y pudo darle demasiadas píldoras por error. David Markson afirmó sobre la teoría del asesinato: “¿Qué es lo que pienso? Lo que pienso es que él era un borracho y por eso se murió”.

New York Review Books acaba de publicar una compilación de la obra de Lowry que incluye pasajes de los libros póstumos, inéditos durante mucho tiempo. El viaje que nunca termina, como se titula el volumen, muestra la extraordinaria imaginación y capacidad de Lowry al proyectar el idioma inglés en cualquier dirección que deseara. Un aforismo típico: “El relámpago, un buen escritor, no se repitió a sí mismo”. Y esta descripción de una tormenta en el mar: “Uno podía ver, mientras el barco se bamboleaba… gran ráfaga de velas divinas —enrolladas a sotavento—, la espuma como lana de cordero”. Pero la antología no modifica la impresión de que Lowry fue un escritor que consiguió realizar sólo un libro trascendente.

Bajo el volcán —su ultima Thule del espíritu, como le llamó— contiene la escena notable de una muerte y algo en el lenguaje evoca al del propio Lowry. Los paramilitares mexicanos se cierran en torno al cónsul. Uno saca una pistola y le dispara, luego le dispara dos veces más y el mundo se transforma en un símbolo gigantesco de la desolación: “De pronto, gritó y fue como si este grito se proyectara de árbol en árbol, mientras el eco regresaba y, luego, como si los propios árboles se acercaran y abalanzaran, arremolinados, para cerrarse sobre su cuerpo en un lamento”. Esto es Baudelaire puro. Pero justo cuando el cónsul ve disparar el arma, Lowry observa las cosas con más sencillez: “Al principio el cónsul sintió un extraño alivio. Luego se percató de que le habían disparado a él. Cayó sobre una rodilla y luego, con un gemido, boca abajo, sobre la hierba. —Dios —observó, sorprendido—, ¡qué modo infame de morir!”.

Tras la muerte de Lowry, Margerie nunca volvió a casarse ni a publicar un libro suyo. Regresó a Taormina, en tanto que la familia de Lowry se demoraba con la herencia que le correspondía. Cuando Margerie amenazó con mudarse a la casa de los Lowry, éstos convinieron en liberarle una suma pequeña. “Si de ellos dependiera, puedo morirme de hambre en Sicilia”, le escribió a Dorothy Templeton cuatro meses después de la muerte de Lowry. “Estoy muerta o desearía estarlo”, escribió en otra tarjeta postal. Ya había empezado a buscar obra publicable en el baúl de manuscritos que Lowry había dejado.

La mayoría de familiares y amigos de Lowry la abandonaron pronto. “Desde mi partida, no he escuchado ni una maldita palabra de nadie en Inglaterra”, le escribió a Templeton y Burt en 1959. (Este verano, cuando conocí en Inglaterra al sobrino nieto de Lowry, Jeremy Lowry, y le pregunté sobre la opinión de la familia respecto a Margerie, me dijo: “Nunca se le mencionó”.) Margerie se estableció en Los Ángeles y se consagró al legado de su marido. El agente de Margerie, Peter Matson —hijo de Harold Matson—, la recuerda como una mujer pequeña, intensa, bebedora en serio que “parecía vivir mucho en el pasado”. Ella le escribió a Burt, en 1971: “En París, Malc está más caliente que nunca y Le Monde le dedicó dos páginas completas el otoño pasado”; pero unos meses más tarde anotó que mitigaba su dolor y sus problemas “con vodka, mezclada con agua simple y hielo”.

La reputación de Bajo el volcán se mantuvo en ascenso con los años. Los críticos la elogian como la última gran novela modernista y los especialistas han trabajado para desentrañar su maraña de símbolos. “En Estados Unidos y Canadá, los doctorados se amontonan por todas partes”, escribió Margerie a Burt y Templeton en 1965. En 1998, el consejo de la Modern Library clasificó esta novela en el onceavo lugar entre los 100 mejores libros del siglo XX. Gabriel García Márquez ha dicho que es, probablemente, la novela que él ha leído con mayor frecuencia en su vida.

Cada cuatro o cinco años, hasta su muerte, Margerie publicó una novela o colección de cuentos que recuperaba de las partes inéditas del “bolo”, como Lowry llamaba a sus escritos. En su mayoría, los especialistas pensaron que estas obras no se acercaban de ninguna manera al nivel del Volcán y se preguntaron si en verdad Margerie cumplía con los deseos de Lowry al ofrecerlas al público. “Le dije a Margerie que no las publicara”, recuerda David Markson. Margerie le contó a Douglas Day que tales críticas le parecían ridículas. En una carta dijo: “En efecto, yo escribí muchas líneas y escenas al editar El sendero del bosque [The Forest Path] y Por el canal de Panamá —relatos que Lowry terminó—, los cuales han recibido una vasta aclamación y la gente me escribe sobre ellos todo el tiempo”. Margerie mantenía vigente el papel de su trabajo en colaboración —seleccionar y dar forma—, aun cuando el hombre que algunas veces rechazaba o mejoraba sus ideas había callado.

En 1970 Margerie publicó por fin Ferry de octubre a Gabriola. Un breve post-scriptum, titulado “Acerca del autor”, afirma que Margerie basó su edición en “una revisión casi completa” que Lowry trabajó poco antes de morir. Esto era hacerse ilusiones: no hubo tal revisión, sino miles de páginas de media docena de versiones, ninguna cerca de estar completa. Margerie tomó partes de distintos borradores y puso al libro el final feliz en el que ella había insistido. La suplente de Lowry descubre que su nostalgia por la cabaña invadida lastima su matrimonio. Él rompe lazos con el pasado y la pareja se muda a Gabriola para comenzar a vivir de nueva cuenta. Margerie no incluyó nada del material surgido del último rapto de inspiración de Lowry: las páginas escritas en Ripe, en su gran mayoría sin ella, que pudieron marcar una renovación creadora para él.

En ese tiempo, Lowry produjo acotaciones fascinantes para Ferry de octubre —casi 100 páginas, escritas en letra pequeña, en las que comenzaba a examinar lo que llamó el “alcoholocausto” de su vida y la forma en que el alcohol había afectado su arte—. Escribió acerca de su tratamiento de rechazo y se propuso con toda claridad integrar esta experiencia en el relato de Ethan Llewelyn, el protagonista de Ferry de octubre. El talento para crear imágenes se manifiesta cuando combina lo náutico y lo médico, al describir “un pabellón psiquiátrico al mediodía, en espera de que los doctores pasen, con dos enfermeras altas al ancla”. En el boceto también había incluido al por mayor cartas diversas que le escribió a Margerie para disculparse a lo largo de los años. Nada de este ambicioso trabajo fue terminado, pero apuntaba hacia una novela muy diferente de las que Lowry había escrito, una novela que lo pudo llevar no bajo Bajo el volcán, sino más allá de él.

Cuando Margerie entregó estos manuscritos a la Universidad de Columbia Británica, añadió notas con su letra curva: “Divagaciones”, decía una de ellas. “Parece una tesis sobre el alcohol”. Otra decía: “Nada es útil aquí”. n

 

D. T. Max

Traducción de Roberto Diego Ortega
©The New Yorker.