La revolución rusa fue uno de los acontecimientos cruciales del siglo XX. Si la humillante derrota en la guerra ruso-japonesa precipitó la revolución de 1905, el desastre de la Primera Guerra Mundial obsequió la oportunidad revolucionaria de 1917. El 12 de marzo de este año —febrero en el calendario juliano— una insurrección popular derribó a la dinastía de los Romanov que gobernó por tres siglos. Y los días 6 y 7 de noviembre, el Comité Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado (San Petersburgo) depuso a Alexander Fiódorovich Kerenski. Ambas insurrecciones fueron incruentas. La de noviembre —octubre en el calendario juliano— no pasó de que el crucero Aurora lanzara desde el Neva tres proyectiles que se estrellaron en el Palacio de Invierno, refugio del gobierno provisional. La violencia escaló posteriormente, cuando los bolcheviques suprimieron la Duma, en donde la oposición de los social-revolucionarios contaba con la representación mayoritaria, precipitando la guerra civil entre Rojos y Blancos. La coalición de las tropas ex zaristas, la iglesia ortodoxa y los terratenientes, contó con el apoyo económico y militar de Francia, Inglaterra, Japón, Canadá y Estados Unidos. No era ya la Alemania de Weimar, sino la Rusia soviética el enemigo aliado. También la naturaleza de febrero y octubre fue distinta: mientras aquél puso fin al absolutismo, éste despojó a la aristocracia, proclamó la autodeterminación de los pueblos, decretó la ocupación inmediata de la tierra por parte de los campesinos y separó la Iglesia del Estado.


Ilustraciones: Estelí Meza

La prensa mexicana informó con regularidad acerca de los acontecimientos en Rusia. La cobertura de Excélsior se apoyó completamente en los despachos europeos y estadunidenses. A escasas dos semanas de la abdicación de Nicolás II (2 de marzo) y de la instauración del gobierno provisional encabezado por el príncipe Lvov, el diario advirtió la existencia de dos tendencias que se disputaban el poder en el viejo imperio: la monárquica, que pretendía que el duque Miguel Alexandrovich Romanov —hermano menor del zar— ocupara el trono vacante; y la republicana, que buscaba “aprovecharse de los presentes momentos para implantar reformas radicales” (19 de marzo). También el periódico se condolió de la desgracia que perseguía a la familia real, “pues los niños hijos del ex emperador Nicolás se encuentran todos atacados de sarampión, con excepción de la gran duquesa María” (20 de marzo). Dos días después “El periódico de la vida nacional” informó que “una gran manifestación en la que tomaron parte las mujeres” demandó se incorporara en la nueva constitución “un precepto que conceda el derecho de sufragio a las mujeres que hayan alcanzado la mayoría de edad”, en tanto que una numerosa manifestación “de afiliados al Partido Socialista” en Petrogrado, “con grandes banderas rojas y profiriendo gritos de venganza”, exigió a las autoridades le fueran entregados “los ministros del zar para ejecutarlos”. Contrastando con ello, el impreso destacó la actitud “del político demócrata Kerenski”, quien, con “frases elocuentes”, disuadió a los socialistas de realizar sus siniestros propósitos (22 de marzo). Además, el diario comentó que “el pueblo se encuentra en condiciones muy precarias por la falta de alimentos” (24 de marzo). Una semana adelante, el noticioso daba cuenta de una concentración de trabajadores, “que estuvo animadísima” y convino “dirigir una proclama a los obreros de todos los países del mundo, invitándolos a derribar a los gobiernos imperialistas, para que puedan reconquistar sus perdidas libertades” (30 de marzo).

Desde un principio Excélsior expresó hostilidad hacia el movimiento revolucionario, llamando más la atención sobre el desorden y la “anarquía” —ilustrados con caricaturas tomadas de la prensa estadunidense— que con respecto de los reclamos populares. De la huelga de los ferrocarrileros de Petrogrado y Moscú, el diario enfatizó el costo económico representado para la administración de Kerenski y el malestar que produjo entre los demás trabajadores del sector “contra el movimiento iniciado por sus compañeros en condiciones tan difíciles para el país” (8 de octubre). Ni una palabra acerca del papel de ferroviarios y telegrafistas para abortar el golpe de Estado del general Kornilov recién en septiembre, al tiempo que el periódico se congratuló por el gobierno de coalición que logró formar Kerenski en el que “estarán representados burgueses y demócratas” (9 de octubre).

A diferencia de los bolcheviques, que se opusieron a la Primera Guerra Mundial y desde febrero reclamaban un armisticio con Alemania, el nuevo gobierno dispuso que éste se realizaría de consuno con los aliados y entretanto pugnó por “llevar al ejército a su más alto grado de eficiencia y de poder combativo”, sin escatimar pérdidas humanas en el campo de batalla. Otra de las prioridades del gobierno de coalición “consiste en restablecer a toda costa la paz interior en Rusia” (11 de octubre). Para el ministro del interior Alekséi Nikitin no era la guerra insensata, emprendida por el zarismo senil, sino “la anarquía que se está apoderando del pueblo” la mayor amenaza de “llevar al país a la ruina más completa” en beneficio exclusivamente de los alemanes, que “se aprovecharían del desorden que existe para imponer su yugo a un pueblo que hoy lucha por obtener la libertad que por tanto tiempo se vio privado”. Contagiado del patriotismo de Kerenski, que exhortaba a las tropas rusas a permanecer en el frente, Excélsior cabeceó: “en un discurso lleno de patriotismo, [Kerenski] les pide que vuelvan por el honor nacional”, “sin combatir entregaron al enemigo los cañones que tenían para defender a la patria” (25 de octubre). El 7 de noviembre el primer ministro haría lo propio abandonando Petrogrado en un auto con bandera estadunidense.

“Kerenski depuesto por el grupo radical”, tituló Excélsior una de las notas de la edición del 9 de noviembre. Ésta consignaba las declaraciones de Trotsky —comisionado por los bolcheviques el 29 de octubre para dirigir el capítulo militar de la insurrección— según las cuales “el gobierno provisional que dirigía Kerenski ha dejado de existir, añadiendo que algunos de los ministros que formaban el gabinete encargado de regir los destinos del país habían sido aprehendidos”. Otro despacho advertía “la posibilidad de que los japoneses vengan a sostenerlo en contra de los maximalistas”, además de que muy probablemente el antiguo primer ministro contaría con el apoyo del ejército para batir a los insurrectos, más aún que podía hacerse del respaldo popular dado que “Petrogrado no constituye la totalidad de la nación rusa, ni nunca ha reflejado las verdaderas tendencias de ésta” (9 de noviembre). Era tal el optimismo en el diario mexicano que el número del lunes 19 cabeceó “Los ‘maximalistas’ están llamados a caer del poder”. Sustentaba la afirmación la noticia de que “las tropas leales se han posesionado de la estación inalámbrica” de Petrogrado y, en “su avance sobre la capital de Rusia”, se registran combates (19 de noviembre). Una semana antes el editorial del matutino exponía las consecuencias de la descontrolada ira popular:

Contra las fuerzas destructoras que agitan a este Estado, las energías de Kerenski debían embotarse. Su buena voluntad y su temple de espíritu luchaban vanamente contra un pueblo enloquecido al que la cólera y el pavor daban aspectos de fiera. La idea del deber, de la dignidad, del honor caía hecha pedazos a impulso del “maelstroon” [sic] que empujaba a este “rebaño de almas”, que de improviso se encontraba con una responsabilidad y una conciencia (11 de noviembre de 1917).

Pastoreaban este “rebaño de almas” los “bolshevikis [sic]” o “maximalistas, “extremistas”, “zimerwaldianistas” e “internacionalistas”, “enemigos de la guerra ofensiva, [que] abogan por una paz general inmediata y tratan de establecer también inmediatamente el gobierno del proletariado, la división de la tierra y el despojo de las clases acomodadas” (17 de noviembre de 1917). “Lenine” [sic], y los suyos, “han predicado año tras año la guerra social, y entre la guerra social y la guerra de las trincheras sólo existe mentalmente una separación infinitesimal”. Por si no bastara, el matutino deslizó la imputación de que el comunista de Simbirsk era un agente enemigo, ya que de otra manera resultaba inexplicable “que la Whilhelmstrasse le haya consentido cruzar el territorio alemán desde Suiza para que llegara a Rusia, únicamente por admiración a sus proezas de revolucionario” (29 de noviembre).

El Universal también insistió en la tesis de la colusión de los revolucionarios rusos con el imperialismo alemán: “Golpe de Estado ruso fue hecho con dinero de los alemanes”, sentenció el encabezado del 10 de noviembre. Y, en cuanto a la política de los bolcheviques, el diario capitalino la consideraba una verdadera involución dado que “los personajes de esta revolución son más despóticos que el zar, y no respetan ni leyes, ni instituciones, ni personas” (11 de diciembre). Prueba de ello fue la clausura de un punto de la frontera ruso-sueca, donde “no se permite a nadie pasar sin una autorización especial del Comité Militar Revolucionario”. Además, el periódico hizo notar la debilidad de la resistencia al golpe de mano bolchevique, pues “los cosacos que aún apoyan a Kerenski sólo suman 300 hombres”, mientras los “maximalistas” contaban con “el control de las tropas en los distritos de Petrogrado y Moscú, y el armamento sistemático de los trabajadores en todo el territorio ruso” (19 de noviembre). Entretanto, El Universal denunciaba que “León Trotsky impone el reinado del terror”, porque había encarcelado a los firmantes de un manifiesto contrarrevolucionario que “recomendaba al pueblo ruso que no reconociera al gobierno bolsheviki [sic]” (6 de diciembre). Tan preocupante como eso era que las autoridades revolucionarias de Moscú se apoderaron “por la fuerza de todos los bancos” (30 de diciembre).

Desencantado con la deriva burguesa de la revolución mexicana, a su juicio una revolución política más y no la revolución social anhelada, Ricardo Flores Magón escribió desde el exilio forzado en Estados Unidos varios artículos para Regeneración analizando la revolución rusa. Para el anarquista oaxaqueño, ésta significaba “el comienzo de la gran revolución mundial precipitada por la guerra europea”. El detonador había sido “la escasez de pan” —de allí la consigna leninista “paz, pan y tierra”— que sacó a la gente a las calles y el ejército se negó a reprimirla. Conforme “transcurre el tiempo —registra Flores Magón— van disipándose los vapores de la embriaguez patriótica y los pueblos comienzan a reflexionar con seriedad”. De esta manera, las masas antes embrutecidas por la ideología van cobrando conciencia “que las guerras eran hijas de la codicia y de la ambición de los ricos y de los gobernantes”, “que el patriotismo ha sido inventado por los ricos y los políticos para que los pueblos estén dispuestos a despedazarse unos a los otros cuando así convenga a los intereses de sus amos”. Alentado por el desarrollo de los acontecimientos, el autor de Verdugos y víctimas vaticinó: “Un nuevo orden social se aproxima. Parece que al fin el rebaño humano se decide a echar a andar en dos pies” (24 de marzo de 1917).

Pasaban los días y crecía el entusiasmo de Flores Magón. La revolución política prometía transformarse en revolución social en la medida en que “la democracia no satisface al pueblo ruso”, cuya aspiración consistía en “una nueva forma de convivencia social que garantice a todos el pan y la libertad”. Con el advenimiento de la revolución social, “el gobierno democrático de la Duma está llamado a desaparecer, como desaparecerán todos los gobiernos de la tierra durante este espléndido siglo que bien puede llevar el nombre de Despertar Humano”. “El sistema burgués está condenado a darse a sí mismo muerte” (24 de marzo). “La revolución está en marcha” (21 de abril). Sin embargo, el camino de ésta no era una línea recta: “todo indica que la próxima etapa de esta revolución será la implantación de un régimen socialista autoritario; pero pronto se dará cuenta el pueblo de que todo gobierno es malo, y terminará por adoptar el sistema socialista anarquista” (23 de junio). La revolución, alumbrada por “la luz de la ciencia”, sepultará “en la misma fosa al capital, al gobierno y a la religión, los tres verdugos del ser humano” (1 de septiembre). “Todo indica que la revolución se aproxima en todos los países del mundo” (6 de octubre). No obstante la victoria temporal del “socialismo autoritario”, el revolucionario de San Antonio Eloxochitlán se congratulaba “de los inmensos progresos que han marcado la evolución de los pueblos” (9 de febrero de 1918). Faltaba nada más que un paso para “la emancipación proletaria”. “El viejo sistema se derrumba, hermanos de cadenas. ¡Ánimo!” (16 de marzo).

Estas instantáneas iniciales de la prensa muestran preocupación por el curso de la revolución rusa. Y ésta no carecía de fundamento. En México existía desde el siglo xix una tradición socialista autóctona que se mestizó con el comunismo soviético y otras corrientes dando lugar a uno de los primeros partidos comunistas que se formaron en el mundo —el PCM se fundó oficialmente el 28 de noviembre de 1919— de acuerdo con la iniciativa de la Komintern, apenas constituida en marzo de ese año. El influjo comunista, junto con el anarcosindicalismo, también alimentó la radicalización de los movimientos sociales mexicanos de la década de los veinte. Asimismo, las poderosas imágenes del Octubre Rojo se traslaparon con las de la revolución mexicana en los edificios públicos, conformando un imaginario político y cultural en el que ambas corrían en el mismo sentido, situando a la revolución rusa como el horizonte histórico de la mexicana, lo que entonces, para muchos, era un futuro ineludible.

 

Carlos Illades
Historiador. Profesor titular del Departamento de Humanidades de la UAM-Cuajimalpa. Este texto forma parte de El futuro es nuestro. Historia de la izquierda en México (Océano, en prensa).

Debo a Diego Bautista la recopilación de las notas periodísticas.

 

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