Son pocas las emociones que evocan formas físicas tan claras y, a la vez, cuentan con definiciones tan dispersas. La felicidad es en simultáneo el estado máximo entre todos los estados, y el lugar común de la ausencia de los mismos. Terreno de sensiblería y palabras cursis. Sujeto de finales por su triunfo o fracaso. La felicidad es, junto al miedo, la emoción más pura en las especies más afables. La más pervertida en las que somos de naturaleza complicada. 

Corriendo el riesgo de hacer un recuento inútil que busque explicar el origen de una pasión, casi por norma inexplicable, me acerco con dudas a lo que se ha pensado de una noción tergiversada hasta quedarse vacía, y que parece haberse transformado en objeto de caminos sinuosos. A su razón biológica no le resto importancia, pero ya la habíamos pensado unos miles de años antes de poder nombrar y catalogar a las moléculas. Habiendo tantas maneras, ¿qué ganas tendré yo de arruinar una sonrisa con el microscopio? Sin el conocimiento de neurotransmisores o sustancias, la felicidad ha sido ingrediente de la filosofía, de la religión y, a consecuencia de esta última, de la política en su versión más ingenua. 

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Ilustración: Oldemar González

Las intenciones primarias en la vida siempre caen en los mismos objetivos. Hacemos cosas por supervivencia, hacemos cosas en pos del bien o de lo que nos hace bien, hacemos algunas por mero placer. Aunque las tres pueden provocar felicidad, su propia condición y jerarquías contienen el primer dilema. La felicidad es una utopía absoluta que depende de provocaciones subjetivas. Para algunos nos llegará a través de la soledad, los libros y la comida, como para otros de la tranquilidad, los hijos o a unos más del dinero. El trabajo hace felices cuando a muchos lo hace el ocio. El villano sacará sonrisa con el pesar de los demás y el mezquino, desde la defensa de su pequeñez. Bichos raros son los generosos que se alegran por los otros. En todos, la felicidad es siempre un estado de satisfacción momentáneo que vive en el deseo de permanencia. 

Hace no mucho, en el transcurso de una conferencia en una universidad religiosa, uno de los asistentes, contrariado por mi negativa a aceptar la posibilidad de una felicidad terrenal —cosa implícita en una revisión más profunda de los mismos discursos religiosos, pero cada quién sus lecturas—, afirmaba su felicidad y recriminaba mi incapacidad para compartir su estado. Pregunté si después de haberle recetado los números y escenarios de la guerra civil siria su felicidad había mermado. En su respuesta terminamos compartiendo las precariedades de la insatisfacción. Esto no quiere decir que la felicidad sea una condición que exija la falta de conciencia, como dicta algún dicho popular recargado de complacencia, sino que pide elegir sobre lo que uno asume como parte de una realidad en la que se refugia, a pesar de no estar de acuerdo con el costo de sus elementos. 

Frente a la imposibilidad cambiar ciertos eventos como es el caso de las víctimas de un conflicto bélico, la felicidad se establece como un noabsoluto que le permite a cada quien obtener instantes de una alegría que se confunde con la felicidad. ¿Por qué?  Porque son pocos los conceptos que impiden los matices. ¿Se puede estar un poco feliz? Entonces, ¿se está a la vez un tanto triste, o no feliz? 

Esta complicación de lo absoluto no contradice la posibilidad de su existencia. Es probable que, a partir de estas condiciones, sólo los niños puedan ser realmente felices y de ahí surja la nostalgia que varios tienen por esos años de poca pericia y experiencia. Todo lo que vendrá después serán espacios de placer que darán alegrías o pequeñas felicidades que se sitúan en el tiempo. No será sencillo ser feliz, pero sí algo más tener instantes de felicidad. Con la felicidad no se es, se está. Y hay cosas en las que la subjetividad hará juego de intensidades. A aquel asistente a mi conferencia le debo la disculpa del aguafiestas. Si la felicidad es tan frágil que una declaración es capaz de arruinarla, su condición absoluta no es real y puede que a quien le interese mantenerla, deba hacer esfuerzos por no perder esos instantes de alegría. 

Entender la felicidad ha sido objeto de todas las grandes corrientes del pensamiento. De los griegos a la Ilustración. Epicuro, Descartes, Hegel, Nietzsche, Spinoza. Los franceses creen ahora ocuparse de ella en menor medida. Su pesimismo es más pragmático y se inclina hacia asuntos de otro calibre, pero incluso con eso, la Declaración de los Derechos de Hombre estableció el derecho a la felicidad. 

El amor, la muerte y la felicidad han sido las mayores obsesiones de la humanidad.  Desde las religiones primitivas se relacionó una con otra. No hay dogma que no considere en el amor una vía a ese máximo estado y ante las barreras que impiden su alcance en la vida, ya sea por un aguafiestas como lo fui yo, o por un accidente, drama fortuito y personal, o una salud que haga de las suyas, las creencias permitieron que en sus espacios posteriores a la muerte, la tranquilidad esté garantizada. La ocurrencia más duradera dicta a la tranquilidad como piso de felicidad. Pero como sólo podemos saber lo que viven los vivos, ¿qué felicidad se encuentra en ese paraíso que nadie puede narrar? La felicidad se hace entonces, como las otras obsesiones de la especie, en las trampas literarias que son las únicas capaces de describir lo que ninguno ha visto. 

Algo más pragmáticas han sido algunas corrientes orientales que, para evitar el problema, mejor trascienden del deseo. La felicidad aparece entonces en la ausencia de necesidades de satisfacción y, por ende, de sufrimiento. Sólo que para el asceta, al pasar de los regocijos de esta tierra, quizá sus atenciones caigan en las vías de felicidad antes que en la felicidad. Estaremos acercándonos a las ideas temporales de la moral. Todas las religiones pecaron de lo mismo, pero al menos en Occidente el cristianismo afianzó el sacrificio de la felicidad a través de los límites del bien moral. Subjetividades de por medio y promesas de más allás. Decía, será la carne, la vanidad, el poder o la seguridad. Se rechazan de este lado para, del otro, representarse en lo permisible de la vacuidad o la vulgaridad. No habrá cosa que me haga feliz que no pueda afectar al otro de manera negativa. Segundo dilema, la felicidad será todo salvo un bien común. Quitando la hipocresía, su condición es individual. Saber sus vías nos acercará a ella, pero también a conocer los límites de cada uno y abrir las puertas a la falta de escrúpulos para llegar ahí. Felicidad y bien, no son conceptos comprometidos entre sí. 

Hasta el Renacimiento, la felicidad navegó por esos caminos de abstracción. Los avances científicos o técnicos permitieron pensar en la satisfacción por excelencia: salud y, otra vez, tranquilidad. Las posibilidades fueron infinitas, si con un remedio la enfermedad ya no me quitaba el sueño, los antibióticos modernos iban a hacerle frente al enemigo fatal. No hay verdadera felicidad con miedo. Las emociones más puras habitan en todas las especies, sea mi perra o sea yo, y se contrapondrán permanentemente.

A partir del siglo XVIII, como nunca y a costa de ellas, intelectualizamos las emociones. Mi francofilia aplaude la responsabilidad francesa, aunque ingleses y alemanes no se quedaron atrás. A la felicidad se le dieron connotaciones de mediocridad. Objetivo mezquino de hombres débiles, afirmaba Nietzsche. La fantástica y en ocasiones falsa pretensión de la época quiso establecer que la felicidad llegaba con el conocimiento. En la universidad de líneas arriba, habrían corrido a Hegel a patadas. 

Los valores de la Ilustración llevaron la felicidad a lo que se asemeja a un consenso contemporáneo. Infelicidad para el que disiente. Mayor posibilidad de ese estado, para la mayor cantidad de personas. El Estado como garante de las necesidades mínimas. La perversión de nueva cuenta, las fallas cíclicas de los modelos sociales. Prácticamente ninguna sociedad ha sido inmune a darle más peso a las vías de la felicidad que al objetivo. Analogías sobran, en política hablamos de procesos democráticos antes que de democracia.

La ejecución de un experimento teorizado repitió esquemas. La búsqueda de felicidad que trajo el socialismo del siglo XX resultó ser un espejismo envuelto en la intención de cambiar el orden del mundo. La inverosimilitud de su ejercicio y representación cargó con el cuarto y último dilema de la felicidad. La connotación perfecta de un asunto sólo verosímil en su imperfección, describió Orwell al rescatar la Navidad de Dickens para el Tribune, “¿Pueden ser felices los socialistas?”. 

No fue gratuito que mi discusión sobre la felicidad la haya tenido en las paredes de una institución religiosa. Las utopías no se refieren a lugares de condiciones mejores o benévolas, lo hacen de los espacios que no existen. Insiste el inglés en el mismo texto, daría la impresión que no pero nunca sobra hacerlo. Del paraíso proverbial a los tiempos modernos, a la felicidad le hemos dado el peso del alivio y la seguridad. Terreno totalmente opuesto a las virtudes del dudar.

A más saber, más distancia se tendrá de la felicidad, pero con qué cara se juzga una pasión en cantidades. Quizá haya una mejor felicidad, no más grande, evitando que la reclusión —el no saber, el ser indiferente, etcétera— se convierta en la guarida de quien la busca.

Frente a la imposibilidad del lugar perfecto, descanso en la importancia de las pequeñas cosas. Si no todo es conocimiento, arriesgarse en él puede alegrar cuando se rompen las certezas. 

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado: Casa DamascoLa carta del verdugoReserva del vacíoClandestinoPensar Medio Oriente y El jardín del honor.

Twitter: @_Maruan

 

3 comentarios en “Historia de la felicidad

  1. La felicidad como ausencia de miedo, temor u obsesión a que?,a la muerte, a vivir, envejecer. Cambiante e impermanente como circunstancia de la propia naturaleza humana cualquiera que esta sea.

  2. Dificil definir la felicidad. Tal vez, como el amor, quedarnos con un concepto sin definición y abierto a la poesía.
    Yo me quedo con la idea de que la felicidad se ve sobre el hombro, porque nunca nos damos cuenta de que somos felices porque simplemente somos o no felices, sin explicaciones, sin razonamientos, sin análisis, sin razonamientos, porque simplemente somos felices.

  3. Por que detenernos en buscar definiciones, lo relevante es vivir el día a día disfrutando tanto el camino como la posible existencia de la meta.