No es la primera vez que se vaticina. Desde la revolución industrial, en los albores del siglo XIX, surgió en Inglaterra el movimiento de los llamados ludistas, cuyo propósito era destruir las novedosas máquinas que amenazaban con arrebatarles sus puestos de trabajo. Ya en el siglo XX, en 1930, John Maynard Keynes, en su ensayo Economic possibilities for our grandchildren, acuñó la expresión “desempleo tecnológico” para esbozar el reto del futuro: pérdidas masivas de trabajos debido a la evolución de las máquinas. Cinco años después el presidente Roosevelt afirmó que la economía difícilmente podría reabsorber a todas las personas que perdiesen su trabajo por la creciente eficiencia tecnológica. Luego, en las administraciones de los presidentes Kennedy y Johnson, la preocupación volvió a saltar al centro de la discusión pública. El primero impulsó la ley Manpower development and trainning act, que tenía como objetivo reorientar la fuerza laboral cuya habilidad había sido sustituida por una máquina; el segundo, por su parte, organizó la National commission on technology, automation and economic progress para proponer políticas públicas que contrarrestasen los efectos económicos del cambio tecnológico y de la automatización industrial.1

Hoy, una vez más, la distopía se anuncia. En diversos medios de comunicación y textos académicos se augura que el vertiginoso avance de la inteligencia artificial resultará en una devastadora e irreparable pérdida de empleos alrededor del mundo. Algunos, por ejemplo, calculan que 47% de los trabajos en Estados Unidos son vulnerables ante esta nueva automatización; en el caso de la India la proporción aumenta a un 69%; mientras que en China la cifra llega hasta 77%.2 Otro signo de preocupación es que, después de la Segunda Guerra Mundial, durante varias décadas la productividad de las empresas estadunidenses creció —más o menos— de la mano del empleo. Sin embargo, desde hace varios lustros se ha presentado un desfase que no ha hecho más que ampliarse. La tecnología, ciertamente, está impulsando mejoras en la productividad de ciertos sectores industriales, que a su vez catapultan el crecimiento económico. No obstante, lo cierto es que si bien la economía estadunidense sigue creando trabajos, éstos no están siendo suficientes o, al menos, no crecen al mismo ritmo que la economía y la productividad empresarial. Este escenario se vuelve más preocupante si se considera que la mayor parte de la fuerza laboral no ha logrado reinventarse en los nuevos nichos de trabajo. Un botón de muestra: para el año 2010 sólo 0.5% de los trabajadores de Estados Unidos fueron empleados por industrias que no existían en el 2000.3

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Ilustraciones: Oldemar González

Pero, con independencia de la precisión de estos u otros datos, por qué ahora sí habría que tomar en serio esta sospecha del desastre. No hay que olvidar que el resto de los escenarios catastróficos, apuntados líneas arriba, al final no se cumplieron. Es decir, efectivamente, la ciencia aplicada no ha dejado de desarrollarse desde finales del siglo XIX, pero de una u otra manera la economía ha logrado sortear su impacto en el mercado laboral. ¿Qué caracteriza, entonces, al contexto actual que permite asegurar que esta crisis ahora sí está a la vuelta de la esquina? La respuesta que ofrecen algunos expertos se divide en cuatro aspectos: la enorme capacidad de las actuales computadoras para procesar gigantescas bases de datos; la vertiginosa velocidad de los cambios tecnológicos;4 el significativo abaratamiento de los fierros indispensables para masificar estas nuevas máquinas y, por último, que este viraje no sólo amenaza a los trabajos manuales, de ensamble o de maquila, sino también aquellos que son propios del segmento de la fuerza laboral con mayor nivel de escolaridad. En efecto, lo que se prevé es que la inteligencia artificial permitirá desde sustituir a los choferes de camiones de carga, autobuses y taxis, mediante vehículos conducidos de manera autómata, hasta prescindir de profesionistas de las finanzas, medicina y de la abogacía.

Veamos el caso de los abogados. ¿De qué manera una labor como la jurídica, que raya en lo artesanal y depende tanto de la experiencia y habilidades personales, puede ser relevada por esta generación de máquinas? ¿Cómo la pericia de un juez puede ser sustituida por un algoritmo? Más allá de la caricaturesca autocomplacencia que suelen tener los abogados respecto su trabajo intelectual, hay que considerar que en principio toda tarea reducible a un proceso, como son varias de las que implica la profesión jurídica, pueden realizarse eventualmente a través de una computadora. Por supuesto, se trata de computadoras que pueden procesar gigantescos trozos de información a gran velocidad y, además, tienen la capacidad de autocorregirse, depurar errores cometidos y, de esta manera, con cada ejercicio de trabajo mejorar su desempeño. De ahí que la inteligencia artificial sí pueda ser decisiva para revolucionar el mundo jurídico. 

Un ejemplo: hace apenas algunas semanas un grupo de académicos dio a conocer los resultados de un experimento para evaluar si el aprendizaje automático de un algoritmo podía aprovecharse para mejorar decisiones humanas en políticas públicas.5 Se enfocaron en un quehacer muy puntual: cada año la policía de Estados Unidos arresta a más de 10 millones de personas por algún delito. En este sentido, la primera responsabilidad de los jueces consiste en decidir si estos acusados deben permanecer o no en la cárcel mientras se resuelve su juicio. Se trata de una medida no menor, si consideramos que los juicios pueden prolongarse por varios meses —con los costos que esto acarrea para el Estado si mantiene a una persona en la cárcel—. Los jueces, entonces, siguiendo una serie de datos que constan en el expediente del acusado, básicamente lo que tienen que hacer es una predicción: si se permite que el acusado siga el juicio en libertad, ¿huirá?, ¿no se presentará en el juicio?, ¿cometerá crímenes?, ¿éstos serán más graves inclusive por el cual es acusado?

Los resultados del experimento son contundentes. A partir de una base de datos integrada por el universo de acusados de 1990 a 2009 en 40 de las ciudades más grandes de Estados Unidos, el estudio concluyó que el algoritmo fue capaz de reducir los crímenes cometidos por acusados en libertad en un 18%, manteniendo una tasa de libertad constante o, en su caso, si se fijaba un rasero de crímenes invariable, el algoritmo fue capaz de reducir 24.5% de acusados dentro de la cárcel. Es decir, las predicciones del algoritmo fueron sustancialmente más precisas que las apuestas de los jueces, teniendo en la mira dos objetivos clave: menos acusados en las cárceles y menos crímenes en la sociedad cometidos por acusados. Pero si incluían otras variables, que no se exigen en diversas legislaciones locales, como si el acusado es jefe de familia, los pronósticos del algoritmo lograron equilibrios todavía más óptimos respecto a los costos sociales en juego en este tipo de decisiones judiciales. 

Pero el potencial de la inteligencia artificial en el ámbito jurídico no se agota con cálculos de predicción. Procesar lenguaje, sortear argumentos lógicos, detectar patrones en abultados documentos y armar el clausulado de contractos, son apenas algunas de las otras labores que pueden realizar las computadoras modernas. En este sentido, a finales de 2015, con el apoyo de IBM, Jimoh Ovbiagele, junto con un equipo multidisciplinario en leyes, computación y neurociencias, desarrollaron la aplicación ROSS Intelligence,6 que provee asistencia legal a sus usuarios. La dinámica, siguiendo el peloteo tradicional entre cliente y abogado, consiste en que el usuario formula preguntas en inglés coloquial de manera oral y ROSS es capaz de proveer respuestas puntuales y analíticas. De tal manera que, aprovechando el aprendizaje automático de los algoritmos y la internet como vehículo de acceso masivo para la población, por medio de sus tabletas y teléfonos inteligentes, esta aplicación ofrece asesoría cada vez más precisa para determinar el problema legal de los usuarios y la vía para resolverlo. Por el momento su alcance es limitado a tan sólo un puñado de materias legales, como bancarrota e insolvencia, pero si más despachos legales la siguen adoptando en su rutina de trabajo podrá ofrecer un menú legal mucho más amplio. Otro proyecto, impulsado por abogados y científicos de la Universidad de Stanford, es Lex Machina.7 Una colección digital de miles de sentencias de tribunales estadunidenses sobre patentes y marcas. A partir de tal información Lex Machina procesa millones de datos para determinar, por ejemplo, qué jueces son más proclives a fallar a favor del demandante, detectar la estrategia legal más probable del abogado contrincante de acuerdo a su historial de casos, así como identificar los argumentos más convincentes para cada juzgador.

El propósito de ROSS y Lex Machina es ser herramientas de apoyo —condicionada a un pago— en el trabajo de las firmas legales, que les permita eventualmente reducir personal y horas de trabajo que dedican a ciertas tareas en cada consulta legal. Pero también empiezan a surgir robots que, por lo menos en ciertas áreas jurídicas, sí buscan sustituir a los abogados. Este es el caso del robot-abogado llamado DoNotPay,8 creado por el adolescente británico Joshua Browder, y cuyo propósito es facilitarles a sus usuarios de manera gratuita las herramientas legales para combatir multas de tránsito. Así, a partir de una serie de preguntas —como si la señal de tránsito era visible o clara, o si se había estacionado en un lugar prohibido por una emergencia médica— DoNotPay genera un documento con el sustento legal adecuado para combatir la infracción en cuestión. Ante el abrumador éxito este robot-abogado se ha expandido a más ciudades de Estados Unidos y Reino Unido, además de diversificar sus servicios a compensaciones por vuelos de avión retrasados o cancelados; aplicaciones para que los indigentes puedan solicitar apoyo gubernamental para vivienda y, de manera muy reciente, sumaron a sus servicios una guía legal para aquellas personas refugiadas que buscan solicitar asilo en Canadá, Estados Unidos o Reino Unido. Estos robots, por supuesto, no eliminan la necesidad de los abogados pero sí reducen su participación a lo mínimo: hasta que sean realmente indispensables. Y, de esta manera, reduce el costo de los servicios legales pues, como bien apunta el mismo Browder: “Muchos abogados están cobrando cientos de libras por copiar y pegar documentos”.9

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¿Estamos, entonces, ante una inminente crisis de desempleo para los abogados? Esta fue precisamente la pregunta que guió el estudio de un par de académicos, cuyos resultados apenas publicaron a finales del año pasado.10 Lo que hicieron, para resolver esta interrogante, fue desglosar las diversas tareas que implican los principales servicios legales, que se imparten al menos en Estados Unidos: litigar un caso, diseñar una estrategia, redactar contratos, juzgar un asunto, etcétera. Una vez armado este menú de quehaceres, lo siguiente fue analizar cuáles sí podían realizarse mediante inteligencia artificial y, en su caso, qué tantas horas representa dicha labor del total de trabajo de un abogado o firma legal. El resultado, a pesar del entusiasmo de algunos por un mundo sin abogados, no es apocalíptico. Un buen racimo de tareas legales, al menos con el nivel de tecnología de hoy en día, tendrán que realizarse aún por los abogados. Por el momento no va a desaparecer esta profesión, pero también es cierto que muchas de las tareas que realizan sí serán reemplazadas por algún robot o algoritmo. Esto significa que es casi seguro que el mercado de abogados se contraiga.

¿Cuándo sucederá esto? Es justo la pregunta medular que gira en torno a esta revolución tecnológica. Algunos aseguran que ya estamos en pleno proceso de transición; otros que todavía es temprano para augurar tal inicio. Lo seguro, además de que se necesitarán menos abogados, es que este cambio representará un verdadero reto para la profesión: aprender a utilizar herramientas sofisticadas en computación e inteligencia artificial para desempeñar mejor su trabajo.11 Así, la siguiente generación de abogados deberá, por lo menos, entender en qué consiste esta creatividad tecnológica y cuál es su potencial en el mundo jurídico. Algo nada sencillo para una profesión que tanto se regodea con sus arcaísmos.

 

Saúl López Noriega
Profesor asociado de la División de Estudios Jurídicos del CIDE.


1 Carr, Nicholas, The glass cage: how our computers are changing us, USA, Norton, 2015, y Halpern, Sue, “How robots & algorithms are taking over”, en The New York Review of Books, 2 de abril de 2015. Disponible en: http://bit.ly/2ckBlGT.

2 Welsh Sean, “Are we ready for robotopia, when robots replace the human workforce?”, en The Conversation, 31 de agosto de 2016. Disponible en: http://bit.ly/2bDvIwU.

3 Brynjolfsson, Erik y McAfee, Andrew, The second machine age: work, progress and prosperity in a time of brilliant technologies, USA, W. W. Norton & Company, 2016, y Vardi, Moshe Y., “Are robots taking our jobs? Probably”, en The Guardian, 7 de abril de 2016. Disponible: http://bit.ly/2o8aKAy.

4 Por ello Bill Gates recién apuntó la necesidad de fijar un impuesto para aquellas empresas que sustituyesen sus trabajadores por robots, en buena medida para que con ese mecanismo los Estados sean capaces de controlar la velocidad de este cambio tecnológico y modular su impacto social. La entrevista, del 17 de febrero de 2017, fue realizada por la revista Quartz Media. Disponible en: http://bit.ly/2lr9eYJ

5 Kleinberg, Jon, et. al., “Human decisions and machine predictions”, NBER Working Paper núm. 23180, febrero de 2017. Disponible en: http://bit.ly/2mUiaaR.

6 http://www.rossintelligence.com

7 https://lexmachina.com

8 http://www.donotpay.co.uk

9 “Will robolawyers price humans out of the game?”, en The Guardian, 27 de marzo de 2017. Disponible en: http://bit.ly/2nInXyU

10 Remus, Dana y Levy, Frank S., Can robots be lawyers? Computers, lawyers and the practice of law, 27 de noviembre de 2016. Disponible en: http://bit.ly/2nIi9FH

11 Otro reto es regular este cambio tecnológico. ¿Cuál es la definición legal de inteligencia artificial? ¿Los algoritmos jurídicamente deben ser entendidos como un objeto o un sujeto? Al respecto, sugiero este interesante documento: Balkin, Jack M., “The path of robotics law” (2015). The Circuit. Paper 72. Disponible en: http://bit.ly/2nTtenH