En este ensayo el autor hace un recorrido por los pasos que han seguido las izquierdas emergentes en Latinoamérica frente a la narrativa política que presenta Andrés Manuel López Obrador rumbo al 2018

Las nuevas izquierdas occidentales surgieron en respuesta a la gestión de la Gran Recesión realizada por el binomio centro derecha-centro izquierda que se alterna en el poder en la globalización, aunque comparte los postulados económicos neoliberales. Este manejo de la crisis implicó inequívocamente la austeridad, el decremento del gasto social y la pérdida de conquistas laborales en materia de jubilación, estabilidad en el empleo y salario. Con el trasfondo de los movimientos sociales detonados en 2011 las izquierdas emergentes han desplazado a las antiguas formaciones socialistas que surgieron en los siglos XIX y XX al amparo de la socialdemocracia, pero que en la ruta de la globalización adquirieron un perfil socioliberal —más lo segundo que lo primero— ofreciendo la denominada “tercera vía” en el cambio de milenio. Los líderes de las nuevas izquierdas son carismáticos, partidarios de ampliar la inversión pública, tienen reservas en cuanto al libre comercio y son europeístas. Sus adversarios de centro derecha y centro izquierda tildan a las izquierdas emergentes de populistas, la expresión más fácil para adjetivar a cualquier oposición incómoda al statu quo. Una caracterización más ponderada las denomina “nueva socialdemocracia”, en la medida en que pretenden mejorar la condición de las clases populares dentro del capitalismo.1

Las izquierdas emergentes latinoamericanas surgieron también de los movimientos sociales en regímenes dominados por los partidos tradicionales y gobiernos altamente corruptos. Las protestas sociales conocidas como el Caracazo (1989), el gobierno venal de Carlos Andrés Pérez —destituido por el Congreso en 1993— y la crisis financiera de 1994 abrieron la puerta del Palacio de Miraflores a Hugo Chávez Frías como candidato del Movimiento Quinta República en 1998. El Partido dos Trabalhadores se formó en 1980 como resultado de las huelgas metalúrgicas en São Paulo que dieron la puntilla a la dictadura brasileña. Luiz Inácio Lula da Silva, líder de la huelga en el complejo metalúrgico de Volta Redonda alcanzó la presidencia en 2003, relegando al segundo sitio al aspirante del socioliberal Partido da Social Democracia Brasileira (PSDB) del sociólogo Fernando Henrique Cardoso, quien había dejado al gigante sudamericano en el caos económico. José Evo Morales Ayma compitió por la presidencia de la república en 2002, pero fue derrotado por Gonzalo Sánchez de Lozada del viejo Movimiento Nacionalista Revolucionario. En 2003 el empresario cochabambino instrumentó la exportación de gas boliviano por puertos chilenos lo que desencadenó amplias movilizaciones de la población de El Alto en la llamada Guerra del Gas, a lo que Sánchez de Lozada respondió con una fuerte represión. Esto, aunado a la resistencia popular, acabó forzando la renuncia del empresario. Morales Ayma ocupó la presidencia en 2006 catapultado por el sufragio en su favor de los habitantes de El Alto. La nueva izquierda mexicana también fue impulsada por los movimientos sociales, si bien surgió por la escisión de fuerzas políticas preexistentes. El movimiento urbano popular potenciado por el terremoto de 1985, y el movimiento estudiantil del año siguiente, coadyuvaron a la formación del PRD en 1989. Los movimientos sociales en rechazo a las reformas estructurales empujaron a Morena en 2014. Ambos partidos surgieron en un entorno de crisis y en su momento confrontaron al establishment político. El PRD del siglo pasado se las vio con la alianza de facto del PRI con el PAN. Morena contra el Pacto por México, al que se sumó el PRD tras la defección obradorista.

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Ilustraciones: Patricio Betteo

Las propuestas

Podemos ilustra bien la perspectiva ideológica y política de estas izquierdas emergentes. De acuerdo con Pablo Iglesias (1978), su secretario general, la transición democrática signada con los Pactos de la Moncloa (1977) generó un sistema político en que la izquierda comunista quedó subrepresentada y los intereses de los trabajadores subordinados al capital. El Partido Popular y el Partido Socialista, beneficiarios del acuerdo, gestionaron la inserción española en la globalización, lo que se tradujo en un incremento de la desigualdad, el repliegue de la intervención estatal en la economía, el decrecimiento del gasto social, el aumento del paro y la pérdida de soberanía nacional dentro de una Europa unificada bajo la batuta alemana. Convertidas en administradoras de un Estado disminuido, el turno entre ambas fuerzas políticas propició el vaciamiento de la política y la crisis de la representación liberal. Todo esto, cebado a lo largo de la transición, estalló con la Gran Recesión que desnudó los pactos espurios entre la clase política y los dueños del dinero, la corrupción en las altas esferas del gobierno y la empresa privada, además de la desaparición de la línea entre el interés privado y el servicio público (las llamadas “puertas giratorias”). Los costos de la crisis fueron endosados por los partidos gobernantes a las mayorías mientras un puñado de ricos vieron crecer sus capitales. En respuesta surgió un movimiento social que se planteó modificar este orden injusto y del que derivó Podemos. De acuerdo con el nuevo partido, España se encuentra inmersa en una crisis de régimen de la cual únicamente podrá salir si se radicaliza la democracia, si ésta recupera su contenido sustantivo, esto es, que no baste con “un reparto de papeletas para votar o de turnos para hablar, sino [que haya] un reparto del poder”.2 Éste sería empleado para construir una “sociedad decente”, es decir, un entramado comunitario en el cual todos tengan asegurada una renta básica de manera tal que a nadie se le corte la calefacción, se quede sin techo o pase hambre por carecer de dinero.

Del lado de las nuevas izquierdas latinoamericanas encontramos planteamientos semejantes, si bien con matices. La socióloga chilena Marta Harnecker (1937), intelectual del chavismo, plantea una democracia radical que articule la organización política con la fuerza social en acciones específicas que empoderen a las clases populares. La autora de Los conceptos elementales del materialismo histórico (1969) sostiene que las transiciones democráticas sudamericanas dieron lugar a democracias restringidas en las cuales el ciudadano tiene un poder de decisión bastante limitado sobre lo público, el cual ha sido confiscado en el capitalismo avanzado por organismos impersonales sustraídos de cualquier control de los electores. La izquierda, arrasada con el ascenso neoliberal y el colapso socialista, debe reconstruirse revisando críticamente su historia —lo que llevaría a abandonar el vanguardismo bolchevique en favor de formaciones partidarias articuladas con los movimientos sociales— y ofreciendo una teorización del capitalismo contemporáneo que hasta el momento no ha podido elaborar. En la actualidad, piensa la alumna de Louis Althusser, esta izquierda anquilosada se comporta como los partidos tradicionales, meros instrumentos de una democracia vacua. La izquierda reconstruida, por el contrario, deberá descentrar al Estado como objeto de la política y entrar a la disputa de otros espacios de decisión, preservar la democracia formal como salvaguarda de los derechos fundamentales, pero practicar y profundizar la democracia directa como mecanismo de participación y gestión de las clases populares. Una democracia sustantiva, considera Harnecker, se hace cargo de la representatividad y los derechos ciudadanos, asume el problema de la igualdad social y resuelve el problema del protagonismo popular en la resolución de los problemas que le atañen. Por tanto, la lucha de la izquierda habrá de centrarse en alcanzar “un tipo de democracia, construida desde abajo, para los de abajo, a través de gobiernos locales, las comunidades rurales, los frentes de trabajadores y de ciudadanos”.3

La propuesta más completa es la que ofrece Roberto Mangabeira Unger (1947). El ministro de Asuntos Estratégicos en el segundo mandato de Lula postula una tercera izquierda, alejada tanto del obrerismo comunista como de la obsecuente aceptación del neoliberalismo por parte de la socialdemocracia. Esta tercera izquierda, apunta el teórico social brasileño, estará comprometida con la democratización de la economía de mercado como con la profundización de la democracia. Esto pasa por la práctica de la solidaridad social basada “en la responsabilidad social de ocuparse de los demás”. Con el objetivo estratégico de “engrandecer lo común”, el profesor de Harvard recomienda fortalecer el ahorro interno incluso con impuestos regresivos como el IVA, en el entendido que el Estado redistribuirá la riqueza. Dentro de esta lógica, los salarios no deberán quedar atados a la productividad, pues de lo que se trata es de incentivar el consumo masivo. El trabajador tendrá resguardados sus derechos elementales y el trabajo infantil será prohibido, a la vez que la globalización deberá incluir la libre circulación de la mano de obra. La palanca de la igualdad es la educación de calidad dirigida a “formar una contraelite republicana equipada para derrotar y desposeer a una elite de herederos” —uno de los planteamientos cardinales del economista francés Thomas Piketty—, esto es, colocar al mérito por encima de la cuna. Y, al mismo tiempo, situar la herencia social —un fondo de reserva acumulado por el Estado para proveer educación, iniciar algún proyecto, etcétera— en mejor posición que la herencia privada. En cuanto a la esfera pública y el sistema político, Mangabeira Unger considera indispensable abrir los medios masivos de comunicación a los partidos y movimientos sociales, no permitir a los privados comprar espacios publicitarios para intervenir en las campañas políticas; de hecho, prefiere el financiamiento público de éstas. Y la democracia representativa habrá de complementarse con una práctica regular de la democracia directa.4

Por último, el vicepresidente boliviano Álvaro García Linera (1962) señala que la lucha por la hegemonía de las clases populares ocurre dentro del Estado. No obstante la naturaleza de clase de éste, así como por tratarse del centro de la dominación e incluso una comunidad ilusoria que se asume más allá del conflicto social, la institución estatal es para el sociólogo cochabambino —que sigue en esto al politólogo griego Nicos Poulantzas— la condensación material de la lucha de clases, expresa las relaciones sociales en un momento histórico determinado, constituye la representación del común y es el lugar de universalización del ciudadano/productor. Dada la centralidad del Estado, el ex militante del Ejército Guerrillero Túpac Katari considera que “la dominación se quiebra desde el interior mismo del proceso de dominación”, por lo que la lucha de los subalternos deberá dirigirse a modificar la correlación de fuerzas dentro del Estado, a extender tanto el pluralismo político de la democracia representativa como a ensanchar los canales de participación mediante la práctica de la democracia directa. En síntesis, el socialismo es para el sociólogo de la Universidad Mayor de San Andrés “la ampliación irrestricta de los espacios deliberativos y ejecutivos de la sociedad en la gestación de los asuntos públicos y, a la larga, en la producción y gestión de la riqueza social”.5

2018. La salida

El libro de Andrés Manuel López Obrador (1953) tiene el tono y la estructura del ensayo político decimonónico, incluso del socialismo romántico. Presenta primero un diagnóstico del país, posteriormente ofrece algunas soluciones a los problemas más graves, para concluir dibujando un horizonte utópico en el que los males de la nación han sanado. Tomando en consideración la intención que lo anima, el público al que va dirigido, las herramientas analíticas del autor y la coyuntura particular de su elaboración, considero que el volumen puede leerse mejor en la clave de un documento político que como un tratado acerca de la globalización. Esto es, hay que preguntarnos más por el sentido que por el rigor expositivo.

Esta retórica antigua diferencia la narrativa obradorista de la de sus pares de las otras izquierdas. De hecho, la obsesiva presentación de pasajes históricos en los que el tabasqueño encuentra analogías con el presente signan un relato en que la historia se concibe como maestra de la vida, es decir, queda inscrito en el régimen de historicidad antiguo, en el que la historia se concebía como experiencia vivida que permitía aprender de ella para evitar repetir en el presente y el futuro los errores del pasado. Otra diferencia de forma a considerar son las referencias a autores que se consideran importantes. Mientras los intelectuales de las izquierdas emergentes remiten a los clásicos del marxismo o a teóricos contemporáneos de diversas corrientes, las fuentes de autoridad, sobre todo de la parte final de 2018. La salida, son de lo más disímiles: del Antiguo Testamento a la Cartilla moral de Alfonso Reyes, de Confucio a Silvio Rodríguez. Esto se debe tanto a que los intelectuales de las izquierdas emergentes tienen credenciales académicas sólidas que no posee el tabasqueño, como al propósito del discurso obradorista: mostrar en un plano meramente retórico que, más allá de cualquier credo o incluso desde el agnosticismo, todas las posturas enunciadas coinciden en la fraternidad entendida como amor al prójimo.

El diagnóstico obradorista tiene muchos puntos en común con los demás intelectuales y las experiencias de las izquierdas emergentes, más que nada en lo que tiene que ver con el tráfico de influencias, la formación de una casta parasitaria, la preservación de la soberanía sobre los recursos energéticos y la conformación de un Estado de bienestar. En su exposición López Obrador no elabora un alegato contra la propiedad privada en general, sino acerca de un proceso particular de la privatización de los bienes nacionales que considera espurio. Desde su óptica, la transferencia de los monopolios estatales a privados (comunicaciones, minería), y la más reciente apertura del sector energético (electricidad, hidrocarburos), conformaron una nueva elite económica ligada incestuosamente con el poder político. Y, en el caso de la reforma energética, el tabasqueño destaca el vínculo de ex funcionarios públicos con la empresa privada nacional e internacional (algo así como las “puertas giratorias” denunciadas por Podemos) detrás del tráfico de influencias que la clase política, juez y parte del lucrativo negocio, ha evadido legislar. Como señala el tabasqueño: “el modelo está diseñado con el propósito de favorecer a una minoría de políticos corruptos y delincuentes de cuello blanco que se hacen llamar hombres de negocios”.6 Ambos constituyen lo que llama “mafia en el poder”.

La propiedad pública sobre los energéticos es fundamental en la propuesta obradorista cuando menos por dos razones: de una parte, porque al tratarse de un recurso estratégico fortalece la soberanía en un sistema mundial en que los Estados nacionales han perdido poder; por la otra, en función del planteamiento económico del tabasqueño, quien considera la producción energética palanca del desarrollo del país. La producción energética, la refinación y la petroquímica constituyen para López Obrador las industrias estratégicas que impulsarán el desarrollo económico nacional. Éstas, apoyadas por una reingeniería de las finanzas públicas, dotarán al Estado de los recursos suficientes para activar un programa de empleo masivo y bien pagado que dinamice el mercado interno de manera tal que constituya un círculo virtuoso. El programa de empleo, pero sobre todo la educación pública a todos los niveles con una cobertura universal —cabe decir que ni Finlandia, el país con la mejor educación del planeta, tiene esta capacidad— tendrán como prioridad ocuparse de los jóvenes para evitar que sean la reserva de brazos de la economía criminal y la principal víctima de la violación de los derechos humanos por parte de la fuerza pública. Esto, aunado al fortalecimiento de los servicios públicos, permitirán crear un Estado de bienestar “donde todos podamos vivir sin angustias ni temores”.7

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La caracterización de los estratos sociales, la atención a sus demandas y la concepción del Estado nacional muestran la propuesta obradorista bastante a la saga de la de las izquierdas emergentes. El pueblo de López Obrador es homogéneo y está identificado con el interés nacional; no podría ser de otra manera porque la única propiedad de la que participa es la pública. Concebido así, cada privatización socava sus recursos, lo empobrece todavía más. Las clases medias no tienen acomodo en el antagonismo social propuesto por el político de Macuspana por lo que no se hace cargo de las reivindicaciones que provienen del flanco progresista de éstas (drogas, matrimonio igualitario, aborto, etcétera), siendo por lo demás reivindicaciones de la izquierda socialista mexicana del siglo XX. López Obrador habla de reconocer la autonomía de los pueblos originarios, así como de convertir en ley los Acuerdos de San Andrés Larráinzar, pero no avanza en la discusión sobre la pertinencia o no de caracterizar a México como un Estado plurinacional (como hicieron en Bolivia), ya que no cuestiona, sino comparte, la mestizofilia que acompañó la conformación de México como Estado nacional.

La propuesta política de López Obrador esbozada en 2018. La salida constituye una utopía conservadora, si bien su autor reniega del conservadurismo que considera hipócrita. Y lo es, no únicamente por su convencionalismo en materia de derechos de mujeres y minorías, sino por la manera en que concibe el conflicto y la dinámica del cambio social, muy alejada de la perspectiva de las izquierdas emergentes. Para el tabasqueño la fuente del conflicto no surge en la sociedad misma —el antagonismo entre las clases— sino entre el pueblo y un Estado secuestrado por una minoría corrupta. De esta forma, cuando se corrige la relación entre gobernantes y gobernados a través de un pacto sustentado en los valores republicanos, el conflicto se resuelve. Asimismo, la desigualdad no es consecuencia de la explotación, la dominación o la propiedad privada de los medios de producción, antes bien es resultado de la corrupción de acuerdo con López Obrador. Sólo la riqueza mal habida abona a la cuenta de la desigualdad. El pueblo obradorista es un actor pasivo, simple recipiendario de un Estado honesto. Por tanto, es incapaz de emanciparse de la dominación de los poderosos por sus propios medios. Y, al mismo tiempo, queda relevado de transformarse a sí mismo, basta que sea como es. Vista así, como empoderamiento, la consigna “sólo el pueblo puede salvar al pueblo” carece de sustento. Rota la dinámica histórica al superarse el conflicto entre el Estado privatizado por los poderosos y el pueblo despojado, los mejores sentimientos aflorarán, la inclinación hacia el bien cuajará en una República fraterna de hombres y mujeres felices en la que cada uno viva en armonía con su conciencia, consigo mismo y con el prójimo.

 

Carlos Illades
Historiador. Profesor-investigador del Departamento de Humanidades de la UAM-Cuajimalpa.

Este texto forma parte de El futuro es nuestro. Historia de la izquierda en México (Océano, en prensa).


1 Susan Watkins, “Oposiciones”, New Left Review, 98, 2016 (edición en español), p. 33.

2 Pablo Iglesias, Disputar la democracia. Política para tiempos de crisis, prólogo de Alexis Tsipras, Madrid, Akal, 2014, p. 42.

3 Marta Harnecker, Reconstruyendo la izquierda, México, Siglo XXI, 2008, p. 123.

4 Roberto Mangabeira Unger, La alternativa de la izquierda, Buenos Aires, FCE, 2010, pp. 42, 76.

5 Álvaro García Liniera, Forma valor y forma comunidad, Madrid, Traficantes de Sueños, 2015, pp. 22, 32.

6 Andrés Manuel López Obrador, 2018. La salida, México, Planeta, 2017, p. 19.

7 Ibíd., p. 246.

 

7 comentarios en “AMLO y las nuevas izquierdas

  1. ¿ que paso con el frente cardenista de reconstrucción nacional ? ¿ ese movimiento no fue importante?

  2. Excelente análisis. Estoy anonadado. Es una lástima que AMLO no se haya nutrido de los pensadores latinoamericanos.

  3. En efecto, no recoge la experiencia de los gobiernos progresistas. Empero en su “Salida”, tiene una identificado el problema principal. Falta profundizar el debate y en la alternativa, bienvenidas todas las propuestas. En hora buena maestro Illades.

    • Porque no es progresista. Es conservardor y paternalista. Si sólo el pueblo puede salvar al pueblo, resulta indispensable que el pueblo “bueno” vaya cogido de la mano de AMLO, el padre bueno.

  4. Buen comentario maestro, sólo espero que Andres Manuel no sea tan soberbio sepa tomar en cuenta comentarios valiosos como este, MORENA como partido ha centralizado todo, tomo muy en cuenta a todos los Estado y los municipios por igual, no los supervisa y no los evalúa. tal parece que el partido nada más es electorero.

  5. Interesante análisis del maestro Illades, sólo mencionar que el libro al que hace referencia de López Obrador dista mucho de ser un compendio o tratado sobre la visión de izquierda que muchos quisiéramos ver plasmada en el ejercicio de la función pública; sin embargo también debemos reconocer un sentimiento genuino que nos une respecto de la triste y cruda realidad del sistema utilizado para beneficio de los menos ; quizá sólo resulte esperanzador en cuánto a que tácitamente consideremos que en el ejercicio de poder estén contemplados aspectos tan ciertos y fundamentales como describe Illades.