Rastros biográficos

Entre la publicación de Pedro Páramo (1955) y la muerte de Rulfo (1986) transcurrieron más de tres décadas. En esos años su obra se tradujo a 60 lenguas, y los tirajes en español alcanzaron millones.

La historia empieza cuando a los 17 años Rulfo abraza la libertad e inicia su trabajo de escritor. Ha asimilado los conflictos de la fe y una espinosa disciplina formativa que incluye el confinamiento del orfanatorio y del seminario (1927-1934). Uno de los gérmenes de su vocación es el asesinato de su padre cuando el futuro escritor tiene sólo seis años de edad. La pérdida crece cuatro años después, con la muerte de su madre. El niño sumerge su duelo entre los libros de la casa materna de San Gabriel donde está la biblioteca de su abuelo; y donde se aloja la del curato cuando las iglesias se cierran durante la guerra cristera (1926-1928).

La transfiguración del duelo en trabajo creador es rotunda. Entre la publicación de su primer texto —“La vida no es muy seria en sus cosas”— y la aparición de Pedro Páramo pasa sólo un decenio. Es un periodo fructífero en la escritura y también en el trabajo fotográfico —arquitectura, paisajes, mujeres y hombres anónimos, retratos— que comparte entre sus caminatas en la ciudad y la práctica del alpinismo: “Subí al Popo y al Izta, [al Ajusco], al Pico de Orizaba, al Nevado de Toluca, al Tanzítaro, ese volcán entre Guatemala y México. Escalé el Iztaccíhuatl por la cabeza, las peinetas que les llaman; pocos han trepado por esas aristas porque son muy peligrosas; se puede intentar una vez pero no quedan ganas de volver”. Rulfo abandona la práctica del montañismo a los 35 años, coincidiendo con su ingreso como becario al Centro Méxicano de Escritores.

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Ilustraciones: Izak Peón

Además de los cientos de textos introductorios y cuartas de forros que escribió siendo editor en el Instituto Indigenista, se conocen unos 60 textos entre prólogos, presentaciones, ponencias, monografías; existen unos 400 más sobre arquitectura, casi todos inéditos. También fue un creador excepcional de imágenes. Dejó unos siete mil negativos, aunque sólo se conocen unas 500 fotografías. El ejercicio de la escritura y la fotografía fueron en palabras del escritor, una afición: “Para mí el único oficio es el de vivir”. Su obra fotográfíca se integra a la de los fotógrafos mexicanos más relevantes; sus influencias más evidentes fueron Manuel Álvarez Bravo, Gabriel Figueroa y Cartier Bresson, quien reconoció el trabajo del fotógrafo jalisciense.

Rulfo provenía de familias adineradas del occidente de México en el estado de Jalisco: el abuelo materno, Carlos Vizcaíno, había sido un millonario filántropo benefactor de los huérfanos de la región; la abuela materna, Tiburcia Arias, quería que su nieto fuera sacerdote y la paterna, María Rulfo Navarro, que siguiera la abogacía como profesión; uno de los motivos que lo llevaron al seminario fue la ilusión de viajar a estudiar a Europa donde resplandecían los sueños y proyectos de todo aspirante a escritor.

Al final del verano de 1935 Juan Pérez Vizcaíno llega a la Ciudad de México y el coronel David Pérez Rulfo, su tío benefactor, lo motiva para ingresar al colegio militar; semanas más tarde desertó. La literatura se convierte en su proyecto de vida. Sus estudios no son reconocidos y acude como oyente a la carrera de derecho, en San Ildefonso, y al edificio de Mascarones, en San Cosme, donde estaba la Facultad de Filosofía y Letras. Entonces, propuesto por el general Manuel Ávila Camacho, subsecretario de Guerra y Marina, ingresa a la Secretaría de Gobernación, al departamento de Migración, como oficial quinto en un horario matutino y vespertino que ocupa sus días. El joven burócrata pronto adquirió habilidad para eludir los horarios tan restringidos. Como burócrata recibió sueldos modestos y muchas horas vacías que le permitieron escribir sus primeros textos literarios. Se mantuvo en la burocracia conflictuado anímicamente; en ocasiones se impuso la rebeldía, en otras la mansedumbre aciaga. El debilitamiento físico sobrevino y sus manifestaciones se hicieron frecuentes. Los médicos dieron diagnósticos inexplicables: “conmoción y choque nervioso”. Eran las prematuras arrugas de un temperamento melancólico. Antes de terminar el año de 1939, Rulfo pidió permiso para ausentarse de la oficina. A los cuatro meses regresó del aislamiento. Al parecer había avanzado en la escritura de “El hijo del desaliento”.

La situación económica de Rulfo no fue holgada, sus salarios como burócrata fueron precarios. Una de las constantes en las cartas que le enviaba a su novia Clara Aparicio, en los años cuarenta, eran las quejas porque el dinero no le alcanzaba, aunque también comentaba sus excesos en las compras de libros. Conoció las mañas y los ritmos de la burocracia, y se sirvió de sus canonjías: horarios flexibles, traslados de oficina, por ejemplo, a Guadalajara, donde centró sus actividades. Ahí vivían familiares cercanos y la joven Clara Aparicio de quien se arrobó desde el primer momento en que la vio: no sabía que ella era 11 años menor que él. El padre era dueño de una fábrica y una tienda: “Muebles Aparicio”. El joven burócrata tenía 21 años de edad. En 1942 trabaja en Guadalajara en una oficina dependiente de la Secretaría de Gobernación. Pasaba las noches escuchando música, mientras escribía en hojas sueltas que luego vaciaba en el cesto de la basura. Sobre los borradores, años despues, llegó a decir: “Si tiene uno que hacer una cosa varias veces, quiere decir que aquello no funciona. Tiene uno que buscar otra cosa […] por más vueltas que se le dé no funcionará nunca. Simplemente lo que hay que hacer es romperlo”. De manera eventual viajaba a San Gabriel o a Apulco porque quería platicar con los rancheros; escuchar, que le contaran historias que pudieran catalizar su imaginación, incluso tener un repertorio anecdótico de hechos reales, que él transpusiera y transformara, como en “Diles que no me maten” (1951), trasunto del asesinato de su padre.

Hacia 1944 conoció a sus coterráneos Juan José Arreola y Antonio Alatorre; a ellos les da cuentos que publican en Pan (1945-1946); el primero fue “Nos han dado la tierra”. A principios de 1947 se establece en la Ciudad de México. Sin haber renunciado a la Secretaría de Gobernación, ingresó a la Goodrich Euzkadi, gracias a su tío Edmundo Phelan, director de la empresa. Sólo resistió unas semanas en su primer puesto como “fiscal de obreros”. Después le encomendaron diligencias de agente viajero: vendedor de llantas y neumáticos de automóviles. Así recorrió las carreteras del país y conoció sitios recónditos que además enriquecieron su gusto por la historia regional de México que se interesó por preservar. “Nunca dejemos que mueran nuestros muertos”, decía. En abril de 1948 contrae matrimonio con Clara Aparicio y vive en la colonia Juárez, en el número 4 de la calle Dresde. El matrimonio Pérez Rulfo-Aparicio procrea una hija y tres hijos: Claudia-Berenice, Juan Francisco, Juan Pablo y Juan Carlos.

La ilusión de una novela —llegó a recordar Antonio Alatorre— le había estado “dando vueltas en la cabeza” en los últimos años, mientras devoraba novelas gringas. Intuición y fantasía alcanzaron la comunión, 10 años más tarde. La burocracia le ofrece una modesta seguridad y ciertas restricciones, no siempre advertibles; en las fotografías que de él se conocen se puede observar el atildamiento, y su vestimenta denotaba más refinamiento que privaciones. Acude a los conciertos de la Sinfónica Nacional y acrecienta su biblioteca con libros de literatura, historia y fotografía. Conservó muchos recuerdos de los años de camaradería que vivió en la Secretaría de Gobernación, pero el trabajo en el Palacio de Cobián nunca lo estimuló. La lectura dio sentido a su existencia y asentó su proyecto escritural, que a pesar de sus declaracaciones fue profesional, aunque no haya pensado, de antemano, que pudiera vivir de la venta de sus libros. Con sus fotografías tuvo más expectativas económicas; las primeras 11 las publicó en América (1949), y 11 años más tarde expone por vez primera 23 imágenes en Guadalajara. Es habitué en las reuniones de la revista América en un café de chinos, situado en la calle de Dolores, adonde también llegaban Margarita Michelena, Jaime Sabines, Marco Antonio Millán y Efrén Hernández. Sus cuentos lo convierten en escritor destacado. En esta revista se publica la primera nota elogiosa sobre sus cuentos (1950); su director, Efrén Hernández, descubrió a Rulfo como escritor; fue su único guía literario y lo consideró su “padre intelectual”.

Aunque el escritor recordaba con afecto sus años en Gobernación —donde precisamente conoció a Hernández—, nunca le estimularon sus labores en el Palacio de Cobián. Los libros mitigaron rutinas rodeadas de ansiedad contenida. Rulfo era más adaptable de cuanto se empeñó en negar con mutismo, quietud y esa sensación de fátiga que transmitió, por lo menos, desde los 40 años. Ciertas labores de la vida cotidiana y domésticas podían convertirse en faenas procelosas porque carecía de la suficiente convicción y destreza para enfrentarlas o culminarlas.

La vorágine juvenil acentuó su fervor por la lectura y la definición de una vocación que, en perspectiva, también puede verse como un destino manifiesto. Realiza prolongadas caminatas. Instala en su imaginario la atmósfera y los ambientes de su obra y se esmera escribiendo cartas a su novia (Aire de las colinas, 2000): es la revelación de un artista que idealiza el amor y deambula entre ráfagas emotivas y un pesimismo proclive a la melancolización y una autocrítica que propicia la esterilidad creadora. Intentó conciliar el trabajo creador con la sobrevivencia económica; los resultados son poco fructíferos. Después de la publicación de Pedro Páramo colaboró en la industria del cine, con directores como Roberto Gavaldón, Emilio Indio Fernández, Antonio Reynoso y Rubén Gámez.

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Los años de mayor incertidumbre para el escritor ocurrieron entre 1955 y 1963; se desempeñó en diversas labores y empleos temporales: en El Colegio de México fue becario (1956-1958); profesor de estilo en la UNAM, dictaminador de guiones, inspector de filmaciones extranjeras, guionista; fotógrafo y colaborador con sus imágenes y textos en revistas como Ferronales, Sucesos, México en la cultura y Revista mexicana de literatura. Compendia ilustraciones históricas para la televisión en Guadalajara. La beca del Centro Mexicano de Escritores (1952-1954) le permitió decantar sus cuentos y conformar El llano en llamas; asimismo, pudo escribir 300 páginas de las cuales salió la novela arduamente gestada que lo llevaría a las cumbres que ni en los momentos de mayor optimismo habría imaginado. Después sería asesor del Centro cerca de dos décadas (1962-1980). Rulfo recuerda que el trabajo que más le gustó fue en la Comisión del Papaloapan (1955-1956), establecida en Ciudad Alemán: “Fue la construcción de una planta eléctrica para hacer llegar el agua a las tierras áridas cerca de Veracruz”.

La insolvencia económica del escritor convive con el ascendente prestigio de su obra que a partir de 1959 sería definitivo; su proyección internacional —ha señalado Gerald Martin—, se debe a textos de Carlos Fuentes y Carlos Blanco Aguinaga (bíblico en la crítica rulfiana por más de tres lustros); habrá que añadir la importancia de la traducción de Pedro Páramo, la primera de todas, que Mariana Frenk-Westheim llevó a Alemania (1958).

Esos años, entre mediados de los cincuenta y principios de los sesenta, fueron paradójicamente los más sórdidos en la vida anímica del escritor. La ansiedad catalizó su alcoholismo y quebrantó su vitalidad anímica. La celebridad se enrareció ante el infortunio de un hombre que no quiso y no pudo retribuir al establishment el costo de su celebridad: representar el papel de figura pública. La verdad es que sobrellevó la notoriedad con una autocrítica lacerante y también con un desdén inescrutable: de la inseguridad social a la protección de su intimidad, pasando por la extravagancia que le permitía preservar su libertad con un dejo de rebeldía. Su apariencia, en suma, fue la de un hombre incólume ante su propia fragilidad.

La cordillera le exigio años de escritura y no pocas dubitaciones. La novela no lo convenció plenamente; un día, cuando el texto ya estaba en el proceso editorial (se deduce que fueron las primeras pruebas), ante Arnaldo Orfila Reynal, director del Fondo de Cultura en ese momento, Rulfo recogió el texto y se le llevó porque tenía “mucha sangre”. Tampoco se publicó el libro de cuentos Días sin floresta acordados con la editorial Grijalbo, a principios de los ochenta, porque su autor no terminó las correcciones.

Después de someterse en el Sanatorio Floresta a un tratamiento para dejar de beber, la vida del escritor jalisciense encontró tierra firme cuando ingresa al Instituto Nacional Indigenista (INI), en el otoño de 1963; durante 22 años tuvo diversos puestos como redactor y corrector de textos de antropología social. Llegó a ser jefe del Departamento de Publicaciones.1 Sobre su trabajo como corrector y editor Rulfo, sarcástico, manifestó: “A ver si cuando hagan mis obras completas incluyen solapas de libros del INI que he escrito”. A su paso por el INI el escritor participó en la edición de 70 volúmenes.

Con los años la celebridad fue tan pletórica como inmanejable para él mismo, quien fuera del ámbito de las amistades íntimas era visto como un escritor icónico, un hombre taciturno de un carácter indómito. Cuanto se relacionaba con él parecía oscilar entre la extrañeza y lo insólito; la polémica y el milagro. Las invitaciones al extranjero se multiplicaron y las ediciones de sus libros alcanzaron tirajes de hasta 50 mil ejemplares. Su obra fue estudiada en las universidades como los autores clásicos. Recibió homenajes de Estado que agradeció con una mezcla de satisfacción, incomodidad y rechazo que acentuaban su retraimiento.

El silencio editorial le procuró el asedio de los periodistas y las especulaciones sobre el siguiente libro —después de Pedro Páramo— fue uno de los tópicos, como observó Jorge Ruffinelli, que intensificaron la leyenda del escritor: “cómo se construye el escritor desde el momento que deja de serlo”. Él adujo su silencio editorial a las obligaciones como jefe de familia. Lo cierto es que el tema del alcoholismo también rondó su silencio editorial. En alguna ocasión reveló: “Después de la salida de Pedro Páramo vinieron muchas fiestas, muchos cocteles, muchas desveladas; ese ritmo se me fue convirtiendo en un problema y, más tarde, después de una cura antialcohólica, dejé de escribir”. Rulfo se sobrepuso a las maledicencias; emprendería varios proyectos escriturales para vindicar su profesión ante sí mismo. Así disipa la angustia latente ante la hoja en blanco. No deja de escribir aunque muy poco se publica después de su novela: El gallo de oro y otros textos para cine —“El despojo” y “La fórmula secreta”.

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¿La ansiedad y la depresión le impiden concebir una obra que iguale cuanto publicó hasta 1955? ¿La autocrítica anula su aspiración, que se transforma en aflicción sin consuelo? ¿La esperanza —para él era tan preciada como la fe— se desvanece y no puede alcanzar la atmósfera y el habla de los personajes y culminar La cordillera?

Juan Rulfo es el primer escritor que recibe el Premio Xavier Villaurrutia (1956) por Pedro Páramo; sigue el Premio Nacional de Literatura (1970), y en 1980 se convierte en miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, ocupando el lugar que deja vacante José Gorostiza. En su discurso, entre otras reflexiones, dice: “Como ser elemental, siempre he rechazado el análisis y la crítica. Esto debe tener algunas ventajas, pues lo incapacita a uno para saberlo todo acerca de todo, creencia común que se tiene de cualquier intelectual”. Ese mismo año el gobierno mexicano le tributa el Homenaje Nacional que se extiende durante tres meses. Si se exceptúa la exposición realizada en la Casa de Cultura de Guadalajara con 23 imágenes del escritor (1960), su obra fotográfica se conoce cuatro decadas después de haberla iniciado. En el Palacio de Bellas Artes se exponen imágenes que abarcan arquitectura colonial, construcciones en ruinas, personajes y paisajes rurales, retratos de personajes de la cultura mexicana, algunas fotografías que tomó en el rodaje de La escondida (1955), músicos y danzantes mixes, así como bailarinas de la compañía de Magda Montoya. La consagración, expresada en condecoraciones continúa el otoño de 1983: el 8 de octubre los reyes de España le entregan el Premio Príncipe de Asturias por “el mérito de haber recuperado el mito y la fantasía antiguos como valores importantes en literatura”. Es postulado para el Premio Cervantes (1985) y no haberlo obtenido lo desalienta. Su salud se mermó aún más. Juan Carlos Onetti señala: “A Juan Rulfo debió habérsele otorgado el Premio Cervantes, y darle las gracias por aceptarlo”.

El 19 de septiembre de 1985, el mismo día del terremoto que provocó la mayor tragedia que ha sufrido la capital de México, Juan Carlos Rulfo recoge el resultado de los análisis realizados a su padre que confirman la enfermedad que padece: enfisema pulmonar. Celebra la Navidad de ese año en su casa de Chimalhuacán, al pie de volcán, cerca de Ozumba; recibe el año nuevo, también con su familia, al sur de la Ciudad de México, en la colonia Guadalupe Insurgentes. La enfermedad lo abate, a pesar del tratamiento contra el cáncer iniciado dos meses antes.

Horas después de las celebraciones de la Epifanía, día de los Reyes, Juan Nepomuceno Pérez Rulfo Vizcaíno deja de respirar mientras duerme en su departamento de Felipe Villanueva 98, entre las siete y ocho de la tarde. Sobreviene un infarto al miocardio. El cineasta Juan Carlos Rulfo recuerda: “Todos mis hermanos y yo estábamos fuera de la casa. La muerte le llegó repentinamente. No sé si en el momento habrá sentido algo fuerte, un dolor, una punzada, pero parecía muy tranquilo, creo que murió en paz”.

Las exequias fueron las de un personaje notable y apreciado por sus colegas y por la población. Las autoridades más importantes de la cultura y el gobierno, encabezadas por el presidente de la República, lo despidieron. Su amigo Fernando Benítez solicita a Miguel de la Madrid que ordene que el escritor sea sepultado en la Rotonda de los Hombres Ilustres. La familia decide que las cenizas se conserven en su granja en Chimalhuacán, Estado de México. Su muerte conmocionó a todos los estratos de la sociedad; el investigador Evodio Escalante escribió que “no debiera afectarnos tanto, por una razón muy sencilla y todavía más entendible: Rulfo, en tanto escritor, murió hace 30 años. Desde entonces se convirtió en un fantasma reticente…”.

La cordillera

Una de las preocupaciones de Juan Rulfo fue el frágil y áspero vínculo entre el campo y la ciudad, ausente en El llano en llamas y en Pedro Páramo, si se exceptúan algunas líneas del cuento “Paso del Norte”, que encierra un misterio: su exclusión de la novena reimpresión (1970)2 y la reaparición en 1980 aunque con la supresión de 16 líneas. Entre los renglones que desaparecieron se mencionan los patios ferroviarios de Nonoalco Tlatelolco. Una alusión directa a la Ciudad de México la encontramos en “Un pedazo de noche”;3 al iniciar la historia la protagonista se sitúa en “el callejón de Valerio Trujano”, localizado a unos pasos del Palacio de Bellas Artes, a un costado del edificio que en el siglo XVI fuera el Hospital de los Desamparados y un siglo después lo adquiriera la Orden de San Juan de Dios; ya en el siglo XX fue el Hospital de la Mujer y desde 1986 alberga el Museo Franz Mayer.

No hay más alusiones sobre la ciudad en los textos de Juan Rulfo. Luego de una obra que tuvo como escenario geográfico el mundo rural, al plantearse un proyecto editorial después de 1955, Rulfo muy probablemente se preguntó ¿cómo seguir escribiendo sobre el alma y la vida rural de los mestizos del Bajío?4

La convergencia del mundo sincrético mestizo con el mundo rural presente en la Ciudad de México (expresado en una enorme variedad de registros lingüísticos) fue uno de los objetivos escriturales de Rulfo a partir de 1955. El habla de indígenas y mestizos se mezclan, incluso pueden fundirse. Aunque como se sabe, esa manera de hablar de los personajes rulfianos no fue la reproducción de un cronista sino una recreación a través de un estilo literario de un escritor con un fino oído que, lejos de la imitación, captó y transformó al habla de los pobladores de la región en que nació; tenía que inventar un lenguaje tan refinado estilísticamente —como sucedió en Pedro Páramo— que su autor traspuso y creó; sólo trató “de recuperarlo, pero esto no es original, es nada más que lo hacen ellos. Sucede —el escritor agregó— que es difícil entrar en esos mundos suyos de la palabra, porque son pueblos herméticos. Uno habla con la gente y la gente no le responde”.5

Después de Pedro Páramo se propuso fundir los distintos rasgos lingüísticos de los emigrantes rurales, que llegan a vivir la Ciudad de México, agobiados por contradicciones, pobreza y expectativas.6 En ese probable mundo rulfiano —habrá que añadir— hay descendientes de españoles; hacendados venidos a menos. Así se vislumbra en La cordillera, novela mítica que nunca se publicó y de la cual ya no existen rastros. La cordillera llegó a anunciarse en el Fondo de Cultura e incluso apareció en 1964 una reseña en la Gaceta de la misma editorial. Los bocetos sobre la familia (Arias) Pinzón se encuentran en Los cuadernos de Juan Rulfo (1994). La atmósfera va de una provincia colonial de México a reminiscencias de la capital a mediados del siglo XX, ya sobrepoblada. Uno de los personajes, es significativo, se llama Dionisio Arias Pinzón; es homónimo parcial del protagonista de “El gallo de oro”, Dionisio Pinzón, que en la película de Roberto Gavaldón (1964) interpreta Ignacio López Tarso y en la versión de Arturo Ripstein (1985) personifica Ernesto Gómez Cruz.

Las comunidades agrícolas, los eriales y la naturaleza, fueron un leitmotiv en el escritor.7 Pero la capital del país no fue menos importante. Juan José Arreola llegó a decir que su amigo le confió: “Ya estoy cansado de escribir estos cuentos de la tierra, de personajes rancheros [...] Yo voy a hacer una novela ciudadana”. Arreola aseguró que Rulfo inició una novela que se iba a escenificar en Santa María la Ribera, “hasta me leyó algunas cosas del principio de la novela”.8 Nadie sabrá si la falta de tiempo y tranquilidad o si la autoexigencia, el desencanto o la depresión le impidieron culminar satisfactoriamente y publicar aquella novela y los cuentos de Días sin floresta que inició cuando la escritura de La cordillera “se alargaba demasiado, se me iba de las manos, entonces pensé volver al cuento, a la pequeña historia, para narrar hechos… digamos, más pequeños. Ya no con la actitud que requería un trabajo más extenso”.9

A los célebres libros de Juan Rulfo hay que añadir El gallo de oro y otros guiones para cine —“El despojo” y “La fórmula secreta”— (1980). Escrito entre 1962 y 1964 para el productor Manuel Barbachano el argumento de El gallo de oro fue alterado y la adaptación para la película de Roberto Gavaldón la realizaron Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez.

Su origen fue una novela corta,10 que el propio escritor mencionó en una entrevista a José Emilio Pacheco (1959).11 Y Luis Leal preguntó a Rulfo por qué no publicó esa novela cuando la escribió, entre finales de los cincuenta y principios de los sesenta: “Esa novela —El gallero, no El gallo de oro— la terminé, pero no la publiqué porque me pidieron un script cinematográfico y como la obra tenía muchos elementos folklóricos creí que se prestaría para hacerla película. Yo mismo hice el script. Sin embargo cuando lo presenté me dijeron que tenía mucho material que no podía usarse… El material artístico de la obra lo destruí. Ahora me es casi imposible rehacerla”.12

El gallero, entonces, es un libro más de Rulfo que no fructificó. Lo mismo sucedió con la novela que comenzó a escribir sobre la historia de su tío Rodolfo Paz Vizcaíno, poderoso cacique en la costa sur de Jalisco; entretanto en una ocasión Agustín Yáñez le preguntó qué estaba haciendo, y le contó la historia de su pariente. Yáñez, que había sido gobernador de Jalisco y quien conocía bien al terrateniente, era más rápido que Rulfo y escribió La tierra pródiga (1960). “Pero yo tuve la culpa. Un escritor con poca experiencia no debe andar contando sus cosas”.

“Un pedazo de noche”

“El hijo del desaliento” (“El hijo del desconsuelo”) fue el texto iniciático de Juan Rulfo, tenía 19 años y tan pronto como se asentó en la capital del país empezó a escribirlo. Vivía “…en el Molino del Rey; escenario que fue de una batalla durante la invasión norteamericana de 1847 y hoy es cuartel de guardias presidenciales de Los Pinos. Mi jardín —agregó— era todo el bosque de Chapultepec. En él podía caminar a solas y leer”.13 Fue una novela larga e impostada; casi al final de su vida la evocó: tenía la ilusión de utilizar una vez más la tercera persona en cuentos relacionados con la ciudad. De esa novela que desechó, entre otras razones, por considerarla “retórica” y “rimbombante” sólo quedó “Un pedazo de noche (fragmento)”, que publicó casi dos décadas después en la Revista Mexicana de Literatura (septiembre de 1959) que dirigían Antonio Alatorre y Tomás Segovia. Y se volvió a publicar hasta 1977, cuando Jorge Ruffinelli lo incluyó como parte del volumen Juan Rulfo. Obra completa, dentro de la Biblioteca Ayacucho (Venezuela, vol. XIII): la anotación al final del texto, enero de 1940, permite saber que en rigor este es el primer texto conocido de Rulfo, publicado casi 20 años después de su escritura.14

Antonio Alatorre anotó que no supo cuánto escribió Rulfo de la novela y —en su opinión— antes de entregar ese fragmento fue corregido a conciencia por su autor.15 Rulfo, por su parte, comentó que batalló mucho para que Tomás Segovia y Alatorre —lectores y posibles editores de su texto— se la devolvieran; “le quité algunas páginas que andan por ahí con el título ‘Un pedazo de noche’. Recuperé la novela y la rompí en mil pedazos”.16 Se puede afirmar ahora que si bien el texto fue pulido en su forma, Rulfo conservó el contexto y la anécdota iniciales: los personajes ya anuncian la ironía contenida en los cuentos de El llano en llamas y en Pedro Páramo, pero poseen una transparencia que los vuelve entrañables en su candidez aciaga; emanan ingenuidad a pesar de la agitación y tortuosidad que les rodea, incluso manifiestan un inveterado idealismo que se diluye por la talante pesimista, el abandono de los personajes y su conciencia de las raíces perdidas, “…. sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta”, como dice el hijo de Guadalupe Terreros en “¡Diles que no me maten!”. Se conserva el rasgo de “fragmento”, definible como un relato cuya descripción es realista, aunque ya se anuncia la convivencia doméstica entre vivos y muertos.

Para Rulfo el vínculo entre el campo y la ciudad siempre fue conflictivo. “Un pedazo de noche” narra el encuentro de dos seres desarraigados que navegan en la marginalidad; la manera de ganarse la vida no puede ser más opresiva: él es sepulturero y ella prostituta. Viven en la precariedad. Representan parte de la migración de provincianos que llegaron a la Ciudad de México intentando mejorar sus vidas. Es notorio cómo el léxico en esta narración es simple, directo, apenas si aparecen coloquialismos, no hay una particular habla de los personajes quienes adquieren identidad más por su fragilidad social y su pesimismo que por la caracterización de su habla, a diferencia de la atmósfera de El llano en llamas.

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Es el ambiente, los sitios, sus rutinas y su inmersión en la ciudad lo que hace notable “Un pedazo de noche”. La delimitación geográfica es la Alameda Central y la colonia Guerrero. La calle de Valerio Trujano es próxima a la calle Dos de Abril y a la Plaza de la Santa Veracruz, donde se vendían ataúdes y coronas fúnebres: ahí también las prostitutas ofrecían sus servicios. Estamos en una zona proletaria de la ciudad cercana a las columnas marmóreas del Palacio de Bellas Artes, inaugurado en 1934 y concebido originalmente como una construcción conmemorativa del centenario de la Independencia; a unos metros se erige la Torre Latinoamericana —construida entre 1956 y 1958—, el edificio más alto de México e Hispanoamérica hasta 1972.18 Los protagonistas respiran la sordidez, apesadumbrados por sus oficios, socialmente relegados y estigmatizados. La humanidad para Rulfo está condenada; esta percepción permea de principio a fin Pedro Páramo y contiene subyacente una pregunta formulada por el escritor: “… saber qué es lo que hace tan miserable nuestra vida [...]; ¿dónde está la fuerza que causa nuestra miseria […] y hablo de miseria en todas sus implicaciones?”.19

La vida de esta pareja está quebrantada por la desolación en medio de una urbe que se transforma, entre los espejismos de la modernidad, y cuyas zonas de marginación contrastan más en una ciudad que quiera ocultar su provincianismo, aunque en la capital del país convive una multitud de islas (colonias, barrios, manzanas, delegaciones, suburbios) con grupos poblacionales provenientes de diversas geografías y gremios de las zonas rurales que mantienen costumbres y tradiciones con variantes sincréticas.

Alguien me avisó que en el callejón de Valerio Trujano había un campo libre, pero que antes de conseguirlo tenía que dejarme “tronar la nuez” […] Cuando uno es sepulturero hay que enterrar la lástima con cada muerto que uno entierra.20

El aislamiento crea una sofocante comunicación entre los protagonistas. El “fragmento” de Rulfo describe las caminatas de Claudio Marcos en las inmediaciones del callejón de Valerio Trujano que lo llevan a encontrar a Olga o Pilar, “da lo mismo un nombre que otro”.21 En perspectiva ella evoca cómo conoció al hombre que después se convirtió en su marido; cómo llegó él con un niño en brazos que más tarde les impidió entrar a un hotel; de todos los lugares los corrían, entonces fueron rumbo a las calles de Ogazón, en la colonia Guerrero. El bebé no era de Claudio sino de unos compadres que celebraban el vacío de su existencia en una cantina. El sepulturero acaricia fugazmente la paternidad —cuyos progenitores poseen por accidente— y quiere compartirla con la mujer con quien comparte la oscuridad de la ciudad, cargando al pequeño, mientras la madre y el padre se emborrachan.

Fiesta y abandono, goce y resignación, deseo y abstinencia se truecan en la Ciudad de México, cuya geografía testimonia un vigoroso pasado en la grandeza de su arquitectura, manchada por la pátina de los años, entre gobernantes impuestos por un partido-Estado y símbolos de un país en metamorfosis. La Ciudad de México, urbe naciente, expresión de la soledad del hombre. La atmósfera del relato de Rulfo recuerda al Efraín Huerta que deplora, por lo menos un lustro después que Rulfo, en “Declaración de odio” (1944): “Esta ciudad de ceniza y tezontle cada día menos puro,/ de acero, sangre y apagado sudor. […] Te declaramos nuestro odio, magnífica ciudad/ [...] Te declaramos nuestro odio perfeccionado a fuerza de sentirte/ cada día más inmensa…22

El relato ocurre en un túnel donde la realidad histórica se obstina por dejar un testimonio, asistido por la imaginación. Una percepción cercana al ensueño enfrentó el joven Rulfo al llegar a la Ciudad de México con toda la cartografía rural que leyeron sus ojos con la mirada de la infancia; la vívida naturaleza que lo estremecía entre ilusiones y recuerdos: familiares que murieron intempestiva y violentamente, además de alguna pasión juvenil malograda.

Claudio Marcos deseaba que su mujer volviera a la vigilia matinal, antes debía reconocer que el cuerpo de Olga se había extraviado en el deseo estéril de otros hombres. Y la vida continúa entre dormitares y súbitas pesadillas, como la presencia del “quiebranueces” que nunca perdonaba la falta de retribuciones; el sueño hila imágenes que alcanzan diálogos y monólogos en la voz del dolor. Cada uno se encuentra a sí mismo en el otro, mientras duermen.

Si los motivos sociohistóricos de “Un pedazo de noche” se encuentran en la inmigración y la incomunicación, su elementalidad es la vida y la muerte con una lejana aspiración a compartir la desazón. El sepulturero lucha por sacudirse las sombras de tantos muertos que ha enterrado y aspira a refugiarse en una mujer que parece distinta a todas sus compañeras; vive la rutina esperando cada noche —al borde del lecho y de la vida—, y observa cómo su mujer se pierde en un descanso sin treguas.

El choque entre la vida urbana y la rural es violento y aleccionador. La vigilia, el sueño y el firmamento crepuscular se anuncian junto a una luz que ilumina su duermevela; cuanto ha sucedido se funde en la narración con lo que aún no se ha vivido, creándose deliberadamente una ambigüedad. Si Rulfo, siempre autocrítico, publicó “Un pedazo de noche” después de El llano en llamas y de Pedro Páramo se debe a la extraordinaria importancia que tuvo para él ese texto iniciático. Contiene un sesgo biográfico anímico que transfigura el pasado en un continuo, como perenne resonancia existencial.

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Rulfo mantuvo a la Ciudad de México como escenario de un proyecto literario que fue interrumpido por la obcecación de su silencio. Y si este texto no se integró a El llano en llamas, más allá de su valoración escritural, muestra una factura y temática alejada del libro de cuentos. El escritor consideraba que los problemas del campo y los de la ciudad no están separados, ya que los emigrantes del campo a las ciudades sólo trasladan sus problemas de lugar.

México no es una ciudad que tenga características propias, es una ciudad mistificada totalmente, son muchas ciudades… entonces, cuando se dice la ciudad, bueno… ¿cuál ciudad? [...] me interesa la ciudad de México en el aspecto más bien de inmigración. No el aspecto económico, sino, tal vez, el impacto psíquico. El shock que reciben al querer adaptarse a un medio hostil, que a veces los rechaza y a veces los absorbe.23

La Ciudad de México es un tema doblemente suspendido en la obra de Juan Rulfo: interrumpido y pendular a la vez. La novela y los cuentos que no llegaron a publicarse denotaban un concentrado proyecto que no fructificó por una autocrítica estéril, además de rutinas que lo mantuvieron absorto: los horarios de la burocracia en el Instituto Indigenista y los viajes, dentro y fuera del país, que realizaba invitado como un clásico vivo e icono de la cultura mexicana. En Rulfo siempre hubo una lejana esperanza de regresar a sus proyectos escriturales. En 1980 llegó a comentar que quería alejarse de la muerte; ya había hablado y escrito demasiado sobre ese tema: “Quiero ver una vida tranquila, una vida calmada, un lugar donde se oiga el canto de los pájaros, donde se vean las tunas, se vea el cielo azul, donde se oiga el sonido de las abejas, donde se oiga el viento rozando las espigas en la tierra. Pero no la muerte. Ya no quiero hablar más de la muerte”.24 Y todavía dos años antes del final, luego de una intervención quirúrgica en los ojos, declaró en diversas ocasiones que cuando mejorara su vista volvería a escribir.

Estas declaraciones semejan la atmósfera de fertilidad y de plenitud, recuperadas por la evocación y ráfagas de recuerdo. “Ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas […] El color de la tierra, el olor de la alfalfa y del pan. Un pueblo que huele a miel derramada…”.25 Quería alejarse de los eriales anímicos que habían manchado su existencia, lo había sofocado —como a Juan Preciado— la falta de aire liberador y los murmullos: el miedo. Ahí, donde sobraban las voces y resonaban como ecos asordinados. Y recordaba, entonces, entre el sueño casi al romperse en los despertares, las palabras de su madre Doloritas: “Allá me oirás mejor. Estaré más cerca de ti. Encontrarás más cercana la voz de mis recuerdos que la de mi muerte, si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz”.26

Uno de los más grandes retos de Rulfo, después de la escritura de Pedro Páramo, fue conciliar el vínculo campo-ciudad en su mundo creativo.27 En algunos borradores del escritor, como ya se ha visto, se manifiesta esta conjunción, aunque en ese encuentro de mundos hay un trasfondo más: el sincretismo que dejó la mezcla del mundo indígena prehispánico con el español, muy significativo en los siglos XVII y XVIII. Si Rulfo se hubiese decidido publicar textos de ficción, después de 1955, sus mundos se habrían conformado de vestigios de un pasado histórico entre geografías inventadas y la presencia en contrapunto de la Ciudad de México contemporánea, que le procuró tantas ilusiones en la juventud y que luego deploraría, cuando la celebridad lo sorprendió, lo abrumó y acabó por superarlo, aunque es innegable que en muchos momentos, aunque lo ocultara, le entusiasmó saberse reconocido por sus contemporáneos.28

Juan Rulfo deploró en diversas ocasiones la vida en la Ciudad de México —una de sus ilusiones fue establecerse en Oaxaca—, pero lo cierto es que por más de 35 años lo deslumbró, alimentó su ánimo, lo sorprendía, con mirada de historiador, antropólogo, el choque que representa para cientos de miles de migrantes cada día el abandono de sus poblaciones y la pérdida de su entorno, su religiosidad, sus rituales: sus tradiciones; pérdida de identidad que se respiran en su literatura. Rulfo, es cierto, se volvió cosmopolita por su cultura, su búsqueda incesante de múltiples saberes en las humanidades y en las artes: el cine, la música, la literatura, la geografía, el indigenismo, la bibliofilia; recorrió museos y era experto en la arquitectura colonial de la capital del país, dejó un legado como fotógrafo que refleja, también, las contradicciones de su modernidad y sus escollos insalvables. Fue un integrante privilegiado de la cultura mexicana, cuyas elites se concentran en la Ciudad de México. Y a pesar de que en ocasiones sintió que se le escamoteó su lugar en nuestras letras, él fue un privilegiado de la vida cosmopolita, aunque no significa que haya sido, en verdad, un escritor citadino, más allá de que habitó la Ciudad de México más de la mitad de su vida. Él siempre tuvo presente sus orígenes y, precisamente, su ambición literaria sin fructificar habría sido la convivencia del mundo rural y el citadino y su consumación en una obra literaria. Rulfo es hijo de una sociedad ranchera y nunca abjuró de ella; Juan Rulfo siempre llevó consigo, para decirlo en palabras de Luis González y González, al típico niño ranchero de clase acomodada del occidente de México.

 

Roberto García Bonilla
Escritor. Es autor de Visiones sonoras, Un tiempo suspendido. Cronología sobre la vida y la obra de Juan Rulfo y compilador de Arte entre dos continentes, de Mariana Frenk Westheim y Recuerdos y retratos de Mariana Frenk Westheim.


1 Rulfo se jubiló en 1982 aunque siguió asistiendo al INI de cuya biblioteca fue director.

2 En 1970 se suprimió, en la novena reimpresión, en rigor segunda edición, de El llano en llamas “Paso del Norte” y se incluyeron “La herencia del Matilde Arcángel” y “El día del derrumbe” publicados originalmente en 1955 —en Cuadernos médicos y en México en la cultura, respectivamente—; en 1977 la Biblioteca Ayacucho (Caracas) publicó de nuevo “Paso del Norte” (obra completa) con prólogo y cronología de Jorge Ruffinelli. Esta reaparición del cuento incluyó la supresión de 39 líneas respecto de la primera edición. No deja de ser curioso que en la primera edición de Cátedra de 1985 y luego en 2000, la edición revisada, la duodécima no las supresiones son inexistentes.

3 “La vida no es muy seria en sus cosas” se publicó por primera vez en la revista América —núm. 40— el 30 de junio de 1945, y el fragmento “Un pedazo de noche” en La revista Mexicana de Literatura, Nueva Época, núm. 3, México, septiembre de 1959, con la fecha al pie: enero, 1940.

4 “Yo no tengo ningún personaje indígena, ni he escrito sobre los indios jamás [...] su mentalidad es muy difícil de penetrar [...] Es muy difícil escribir con personajes indígenas puesto que uno no sabe qué piensan, cómo piensan ni por qué actúan de determinada manera”. “Juan Rulfo examina su narrativa”, transcripción de María Helena Ascanio, La Semana de Bellas Artes, 28 de junio de 1978, pp. 2-7.

5 Juan E. González, “Con Rulfo, desde Madrid” (entrevista con Juan Rulfo), en Revista de Occidente, núm. 9, Madrid, octubre-diciembre de 1981, pp. 105-114.

6 “El hombre de la ciudad —señala Rulfo— ve sus problemas como problemas del campo. Pero ese es el problema de todo el país. Es el problema mismo de la ciudad. Porque el hombre de allá viene aquí, emigra a la ciudad, y aquí se produce un cambio. Pero él no deja, hasta cierto punto, de ser lo que fue. Él trae el problema. Reina Roffé, Juan Rulfo, autobiografía armada, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1973, p. 73.

7 “Yo tendría como cuatro o cinco años —evoca Claudia, hija del escritor—, siempre íbamos al campo. Iba él delante de nosotros y nosotros íbamos siempre atrás. Él iba buscando un lugar bonito para pasar el día. Después empezaba a tomar fotografías, de nosotros, de los árboles, del paisaje”. Véase, Arturo García Hernández, “‘El Rulfo que conocí era un ser dulce; hablaba con los ojos’: Clara Aparicio”, en La Jornada, 4 de diciembre, de 1994, p. 25.

8 Véase, A. Ponce, A. Alatorre, y J. J. Arreola, “¿Te acuerdas de Rufo, Juan José Arreola?”, en Homenaje a Juan Rulfo (recop. rev. de textos y notas de Dante Medina), Universidad de Guadalajara, 1989. pp. 206-207.

9 Reina Roffé, op. cit., pp. 70-71. El escritor señaló a la televisión española, en 1977, que su proyecto escritural consistía en libro que reuniera una novela breve y algunos cuentos. Se deduce que habría sido una recuperación de La cordillera y de los cuentos planeados desde 1964 que se integrarían al título Días sin Floresta, que habría iniciado, después de la complicación que le representó La cordillera que “se alargaba demasiado, se me iba de las manos, entonces pensé volver al cuento, a la pequeña historia, para narrar hechos… digamos, más pequeños. Ya no con la actitud que requería un trabajo más extenso”. (Ibid., pp. 31-32).

10 Véase, Luis Leal, “El gallo de oro y otros textos de Juan Rulfo”, p. 107, en INTI, Revista de Literatura Hispánica, “Los Mundos de Juan Rulfo“, núm. 13-14, Rhode Island, USA, 1981, p. 153.

11 Se trata de la entrevista “Imagen de Juan Rulfo”, México en la Cultura de Novedades, 20 de julio de 1959.

12 Luis Leal, “El gallo de oro de Juan Rulfo: ¿guión o novela?”, pp. 32-36, en revista Foro Literario, Montevideo, año IV, vol. IV, núm. 7- 8, 1980.

13 Juan Rulfo, “Pedro Páramo, treinta años después”, véase “Los murmullos. Antología Periodística en torno a la muerte de Juan Rulfo”, Alejandro Sandoval, Delegación Cuauthémoc, DDF, 1986, p. 69-71.

14 “La vida no es muy seria en sus cosas” (1945), como ya se ha visto, es el primer texto que de Rulfo se publicó, en el núm. 40 de la revista América, el 30 de junio de 1945.

15 Antonio Alatorre, “Cuitas del joven Rulfo burócrata”, Umbral, Jalisco, núm. 2, 1992, p. 63 [pp. 58-71].

16 Sylvia Fuentes, “Juan Rulfo: Infra-mundo”, Espejo de escritores, notas y prólogo de Reina Roffé, Hanover, New Hampshire, Ediciones del Norte, p. 70 [pp. 64-77].

17 Vicente Quirarte anota que en ese espacio Octavio Paz ubicó, durante la misma época en que Rulfo escribe su texto, el segundo de los poemas de “Crepúsculo de la ciudad”, en el que se lee: “[…] lepra de livideces en la piedra/ trémula llaga torna a cada muro;/ frente a los ataúdes donde en rasos medra/ la doméstica muerte cotidiana,/ surgen petrificadas en lo obscuro,/ putas: pilares de la noche vana”. Vicente Quirarte, “Un amor casi imposible: Juan Rulfo y la Ciudad de México”, en Pedro Páramo. Diálogos en contrapunto (1955-2005), Yvette Jiménez de Báez, Luzelena Gutiérrez de Velasco (eds.), Colegio de México, México, 2008, pp. 407-408.

18 La Torre Latinoamericana —de 188 metros, incluida la antena, y 44 pisos— fue el edificio más alto de la Ciudad de México e Hispanoamérica hasta 1972, año en que se construyó el Hotel de México, ahora el World Trade Center (191 metros, 50 pisos). Desde 1984 el edificio más alto fue la Torre Ejecutiva Pemex (211 metros, 54 pisos), y a partir de 2003 la Torre Mayor es el edificio más alto de la ciudad de México (225 metros, 55 pisos).

19 Juan Rulfo, “Pedro Páramo, cacique”, en Letras Libres, núm. 24, México, diciembre, p. 68.

20 Juan Rulfo, “Un pedazo de noche”, en Obras, FCE, México, 1987, pp. 259 y 264.

21 Véase, “Un pedazo de noche (fragmento)”, pp. 259-266, en Juan Rulfo. Obras, FCE (col. Letras Mexicanas), 1987, 340 pp.

22 Efraín Huerta, “Declaración de odio”, Los hombres del alba [1944] en Poesía completa, FCE, México, 2014 (tercera edición corregida y ampliada), pp. 130-131.

23 Reina Roffé, op. cit., pp. 73, 74 y 77.

24 José Antonio Burciaga, “Pedro Páramo era tan canalla que él mismo hizo su revolución”, conversaciones con Juan Rulfo, Sábado de Unomásuno, núm. 678, México, 29 de septiembre de 1990, pp. 3-4.

25 Juan Rulfo, Pedro Páramo, en Obras, México, FCE (Letras Mexicanas), 1987, p. 162.

26 Ibíd., pp. 153-154.

27 En el fragmento “Por principio de cuentas” se observa este vínculo y traslado entre la provincia y la capital del país. Y en el fragmento “Hace cinco años recuerdo”, el narrador asocia la desesperación implícita de la frase de un partido político expuesta en la entrada de Guadalajara con los motivos que lanzaron a la gente a las calles durante el movimiento estudiantil en la Ciudad de México, en 1968. Véase Los cuadernos de Juan Rulfo, Ediciones Era, México, 1994, pp. 115-118 y 121-122.

28 Su esposa, Clara Aparicio, recuerda: “le daba mucha alegría cuando escribían de él. Siempre leía el periódico y le gustaba lo que decían. Y pues yo creo que le alegraba todo lo que le salía bien”. Véase, Arturo García Hernández, “Juan Rufo me hablaba con la mirada, rememora Claudia”, La Jornada, 5 de diciembre de 1994, p. 28.

 

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