Al revisar unos cuantos siglos de historia, de literatura y de política es posible notar que, al menos en lo público, algo en el discurso y el debate ha ido desechando eso que se llegó a considerar un oficio en los tiempos la filosofía clásica y sobre lo que, en el XIX, Schopenhauer escribió en distintos textos alrededor de la capacidad de argumentar. Recurro a esos textos para mucho de lo que vendrá a continuación.

A riesgo de exagerar, me da la impresión de que olvidamos para qué y cómo discutir, cómo exponer una idea, cómo argumentar contra lo que nos oponemos, cómo convencer. Hemos perdido las nociones que permitieron hacer de la discusión el espacio de rectificación de los pensamientos, de la creación de nuevas reflexiones o de la descalificación a partir de la lógica y la razón.

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No es privativo de México. Es aquí, en lo político y con la abundancia de opiniones que ha formado la arena pública. Es en Europa, con Inglaterra, Francia y España dando pasos por las tierras de la palabrería que dan la bienvenida al nativismo, la extrema derecha y la complacencia. Es en Estados Unidos, con los peligros demenciales de un manicomio ejecutivo.

Sin otra intención más que aclarar mis ideas a la hora de leer y escuchar, espero encontrar en estas líneas las bases mínimas para volver a discutir fuera de los sinsentidos. Quizá esté equivocado, pero creo que nos hace falta.

¿Para qué discutir?

—En sus niveles más altos se encuentra la posibilidad de formar una nueva opinión que interese a los involucrados, incluso de generar nuevas preguntas. Esos involucrados pueden ser gobiernos y ciudadanos, grupos sociales o individuos enfrentados por razones ideológicas o de otro tipo. Las posibilidades son tan grandes como nuestra convivencia.

—Desde Aristóteles, que junto a sus coetáneos Córtex y Antífono escribieron sobre el tema, hasta nosotros, el objeto principal de una discusión implica tener razón, aunque esa razón no sea verdadera. La búsqueda de la verdad y la vanidad son su principal impulso y en ellas las motivaciones son infinitas. Hay expresiones de vanidad positivas como querer hacer el bien a otros, cosa que casi siempre cae en la satisfacción propia. Ese equilibrio es una rareza.

—Anular al oponente. Esto no es forzosamente negativo y dependerá de las intenciones del oponente. Imponerse a un déspota, a un tirano o a un pelafustán, tiende a ser más ventajoso que someterse a él o mostrarse indiferente.

¿Qué se necesita para discutir?

—A reserva de querer entablar monólogos disfrazados de diálogo, es recomendable tener una postura y acompañarla de lo que la resuelva: los argumentos. Un concepto que se relaciona con otro y contiene una característica única para hacerle frente en un entorno o condición. Si alguno de ellos falla, la postura se sostendrá con dificultad.

—Es común creer que la postura inicial no tiene que defenderse como se le obliga a una posición contraria. Quienes se encuentran en posición de mayor jerarquía a la de sus contrapartes son los que cometen este error más a menudo. El discurso político que se haya ataviado de pobreza, lugares comunes o maniqueísmo, tiende a flaquear en argumentos al considerarse de suficiente legitimidad como para contar con la autoridad moral que, en ocasiones, sirve de sustento. Ante la duda de autoridad moral, es imprescindible ser certero en cada uno de los conceptos que mencioné atrás, así como en el retrato del entorno que, además, contiene su temporalidad. No es lo mismo argumentar lo correcto de invitar a un país a un déspota que te ha insultado, cuando tu condición es de la más inhóspita debilidad, que hacerlo en un momento de mayor fortaleza.

—La autoridad moral no se adjudica, se otorga por los demás.

—Lo último pide que cualquier argumento juegue con las reglas de la discusión, aunque ésta aún no suceda. Recomiendo pensarlo, como método, para las decisiones de gobierno. Hacerlo ahorraría una infinidad de tropiezos.

—Con la dificultad que presenta tener buenos argumentos, creo que se ha buscado en exceso el apoyo en la condición de legitimidad. Mismo en gobierno, como acabo de explicar, que en el otro gran espacio que pide argumentación: el periodismo.

—Si nos adentramos a una discusión, ésta debe ser lógica. Es decir, tener clara la relación de causas y consecuencias. Si un gobernante dice que el hostigamiento de una guerra comercial contra su país no lo va a afectar y todos los eventos que construyen su entorno marcan lo contrario, este gobernante pasará de la lógica evidente. Al hacerlo, su declaración —que inevitablemente se transformará en la postura inicial de una discusión— no tendrá el menor sentido. Formará parte de los absurdos que eliminan cualquier diálogo y sólo cobrarán gracia, si es que lo hacen, desde la tragedia más cruel o la desfachatez.

¿Cómo defender y refutar en una discusión?

—Esto se cobija con los abrigos del espíritu deportivo. Requiere una condición mínima: estar de acuerdo en la base de la discusión y dispuesto a discutir. Por ejemplo, si se presenta al congreso de un país una iniciativa que regule la actividad marítima de esa nación, carente de costas, no habrá base común para ser debatida —su entorno es inexistente—. Si al presentarla se niega la posibilidad de mostrar un mapa que señale la ausencia de un mar en su territorio, lo único seguro es la estupidez. Es decir, lo primero es que exista una condición a debatir o sobre la que proponer.

—Al presentar o refutar una idea se plantea una tesis. Ésta tiene que argumentarse con la verdad o contradecirse con la misma. Se defiende o se refuta a través de sus principios o sus consecuencias. Si los principios son falsos, la idea no se sostiene. Igual si los principios son correctos, verdaderos y lógicos, pero sus conclusiones son dispares a los principios o fuera de la lógica que ellos mismos establecieron. Cualquiera de las dos vías indica que la tesis es falsa.

—Es recomendable al exponer una idea mostrarla de la manera menos extensa. Mientras más reducido sea un planteamiento, menos probabilidades de contradecirse. Para rebatirla es adecuado extender esa idea a sus mayores amplitudes y demostrar que la reducción original no contempló todas las posibilidades.

—El propósito común de la discusión es el de convencer. El análisis de cualquier evento, así como el ejercicio político o de gobierno, descubren aquí su mayor complicación. La impostura no sirve como argumento y es la contraparte quien tiene que decidir si lo que se le ha dicho es convincente. Se tienen que proporcionar las herramientas para aceptar lo que se le está exponiendo y esas herramientas le deben funcionar al escucha o lector antes que a quien planteó la idea original. Lo más efectivo para lograrlo es presentar el opuesto, con fundamentos negativos, siguiendo las nociones anteriores.

—Al discutir sugiero cuidar que las razones o pruebas no caigan en contradicción. En caso de detectar esas contradicciones, es ocioso no usarlas para dar por terminado el debate.

—Incluso teniendo razón y esta razón sea vista a todas luces, sus pruebas o argumentos deben ser convincentes. De tener una mala prueba, la razón y la verdad no bastarán.

—Si se contara con una autoridad moral alta, cosa hoy día poco frecuente, es eficaz apelar a una herramienta distante de la razón: la voluntad. Desgraciadamente, esto es utilizado por individuos de moral baja y sus opiniones, dignas de una alcantarilla, encontrarán eco en la incertidumbre de la razón: la desesperanza.

—No son extrañas las ideas que se plantean a partir de falsedades. De ser el caso, se pueden usar esas falsedades para contradecir. Una estrategia similar es útil cuando al plantear verdades, el entorno o la conclusión son inadecuados: el gobierno de un país manifiesta su interés en la defensa de los derechos humanos, pero su administración enfrenta una gran crisis en la materia. Los discursos de ese gobierno, por más que estén realmente comprometidos con su exposición y todos estén de acuerdo con ellos, no cuentan con una conclusión que sostenga su interés o, en todo caso, su capacidad.

—Otro error común es considerar que la popularidad de una opinión es prueba suficiente para ganar una posición en el debate. Ayuda recordar que por más extendida que se encuentre una idea o ésta sea de fácil aplicación, no es posible, por su misma condición subjetiva, que aporte a la verosimilitud: una persona busca denostar a otra con quien no coincide. El discurso de la primera es popular al acusar al segundo de lo que cierto grupo considera un defecto. Su argumentación dependerá entonces de las coincidencias con sus pares, no de la razón.

¿Anulación?

—Sirve reconocer que no todas las discusiones comparten el interés en el desarrollo de ideas. ¿Cómo se le enfrenta a un pendenciero?

—Casi por norma, el pendenciero no sabe discutir. Se exalta y enfurece. La reacción abrupta es su punto débil. A más cólera, más contradicciones y menos razonamiento. Caerá por sí solo si se le lleva a un punto de acoso suficiente.

—Entrados, seguramente sin pedirlo, en este nivel de discusión, nos podremos dar cuenta de que los adversarios de este tipo suelen personalizar sus ataques. Descansan en la grosería y en la ofensa. El pendenciero es de una vanidad malsana. Personalizar de vuelta para romper su vanidad lleva a la cólera del punto anterior.

La recomendación más útil obliga a insistir en que es ingenuo creer en la posibilidad de discutir con todo el mundo. Sin embargo, la discusión es hasta ahora, en nuestro paso por el mundo, la mejor herramienta para evitar el conflicto y construir sociedades. Ante la imposibilidad de escoger siempre con quién se debatirá, se aplaude la prudencia para encontrar cuáles discusiones valen la pena. En el ejercicio político toda discusión es imperativa. Algo de responsabilidad debe contener esto.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado: Casa DamascoLa carta del verdugoReserva del vacíoClandestinoPensar Medio Oriente y El jardín del honor.

Twitter: @_Maruan

 

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