A la memoria de Juan Pérez Quijada

Estoy por primer vez en Lisboa y pienso que nunca he estado en un lugar tan ambiguo —tan bellamente ambiguo— en cuanto a su situación en la geografía universal. ¿Portugal es Europa? ¿Es África, Asia o América? ¿Es una metrópoli o una colonia? Su más famoso “sentimiento nacional” —aquella forma de nostalgia y añoranza llamada saudade— ¿es una nostalgia de la partida o del regreso? ¿Es la añoranza de los portugueses que querrían imitar a sus ancestros y partir por la mar abierta, o un reconocimiento doloroso del arraigo a sus paisajes, sus ciudades y sus barrios?

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Ilustración: Patricio Betteo

Anteayer, paseando con Norma por escalinatas de la Baixa, en un pequeñísimo barrio conocido como “La Bica”, vimos una placa conmemorativa en una casita. Había vivido ahí un doctor. Ya olvidé su nombre, pero sí noté que había nacido el mismo año que yo, 1957, y que murió en 1999. Abajo de sus fechas de nacimiento y muerte la placa explicaba la importancia del personaje de la siguiente forma: “Nació en Lisboa; La Bica fue su patria”. Es un epitafio que hubiera podido ser compuesto por Jorge Amado, con su amor sin límites por la gente de la Bahía de Todos los Santos. Admirando la placa —el reconocimiento de los vecinos de un héroe local— imaginé al personaje viviendo sus amores y pasiones en las escalinatas y los bares de La Bica, en un mundo encantado de noches de luna, y de vinos blancos en las mañanas frías.

Ayer el antropólogo Antonio Medeiros nos llevó a la ciudad de Evora, que ha recibido un regalo envenenado: ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad. Es una ciudad hermosa y sobria de cal y canto, con un lírico templo romano al centro. Tenía ya años de querer conocer Evora, por su famosa “Capilla de los Huesos”, ideada por frailes franciscanos y adornada obsesivamente con los huesos de cinco mil cristianos. En el dintel de entrada a la capilla se lee una invitación que es a la vez una advertencia: “Nosotros, los huesos que aquí estamos, a los vuestros esperamos” (“Nos ossos que aqui estamos pelos vossos esperamos”). Es una versión macabra de la saudade, creo, o quizá podríamos decir que es su obverso terrorífico: carpe diem, vive la vida, porque el regreso final es éste. Viaja si quieres; huye si puedes. Tus huesos sólo encontrarán reposo en la tierra.

La ciudad está llena de conventos que alguna vez enclaustraron a cientos de hijas de familias nobles. Las pobres no tenían adonde ir. Y así es también hoy, un poco. Los estudiantes pululan en las universidades porque afuera no hay trabajo. Por eso estudian lo que quieren; así también las monjas se cultivaban. Portugal es pequeño. Eso lo repiten varios. Eso se repite mucho.

De hecho, el mundo entero apenas fue suficientemente ancho para hacer contrapeso al claustro de los portugueses, y sus hazañas marítimas sobrepasaron a las de toda la antigüedad entera, como ellos mismos lo sabían, y como lo entendió y cantó en su momento Luís de Camões:

Callen del sabio griego, y del troyano,
Los grandes viajes, con que el mar corrieron;
No diga de Alejandro y de Trajano
La fama, las victorias que obtuvieron;
Y, pues yo canto el pecho Lusitano,
A quien Neptuno y Marte obedecieron,
Ceda cuanto la Musa antigua canta,
A valor que más alto se levanta.

El reino de donde provino el primer imperio mundial tenía que ser pequeño. Muy pequeño. Si no hubiera sido pequeño, ¿para qué irse? Y tenía que ser bello, muy bello. ¿Si no, cómo arrancarse de las caricias saladas del aire de La Bica?

Estando en Portugal me parece entender la nostalgia y la añoranza de las saudades de otra forma. En Lisboa la belleza cala como cala el frío en Perote. Entra hasta los huesos. Duele en los huesos. “Nos ossos que aqui estamos pelos vossos esperamos”. Es un dolor por belleza que en algún momento aparecerá y se compartirá. Una añoranza que en algún momento se realizará en el encuentro. Pero que parte de una parquedad que necesita del más allá.

Entiendo ahora que Los Lusiadas de Luís de Camões imita a Homero por más de una razón. Camões imitó a Homero no sólo porque quería una historia que estuviera a la altura de los hechos de los aqueos en Troya —el lusitano sabía que los descubrimientos de Vasco de Gama eran no sólo el par, sino superiores, en cuanto a trascendencia histórica, que los de Alejandro Magno, Trajano o Agamenón— sino que imitaba a Homero también por una identificación con la conciencia isleña de Odiseo, que venía de una Ítaca tan bella que lo obligaba siempre a volver, y tan pequeña que lo llamaba siempre a partir.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.