El 27 de abril de 2016 el jurado compuesto por Salvador Clotas, Román Gubern, Xavier Rubert de Ventós, Fernando Savater, Vicente Verdú y el editor Jorge Herralde, seleccionó como finalista del 44º Premio Anagrama de Ensayo Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante de Luciano Concheiro. Aquí presentamos un extracto de este libro

Al contrario de lo que podría pensarse, el estilo arquitectónico que mejor condensa el espíritu político del siglo XX no es el modernismo, sino el monumentalismo. Hay que voltear a ver, más que la limpidez de la casa Fallingwater diseñada por Frank Lloyd Wright, el grisáceo hormigón de la Estatua de la Madre Patria en Stalingrado o del Valle de los Caídos en la sierra de Guadarrama. El monumentalismo se distingue por una doble búsqueda: aspira a la grandeza y a la perdurabilidad. Por eso construye siempre moles gigantes de concreto. No es funcional porque piensa, ante todo, en el mañana. Lo que le interesa es engarzar el presente con un futuro lejano, con un mundo por venir. Su combate es contra el olvido.

Así fueron los proyectos políticos del siglo XX: ambiciosas elucubraciones de largo aliento que pretendieron revolucionar la realidad de tajo y para siempre. Se quiso reinventar la historia y al hombre mismo (piénsese en el Nuevo hombre soviético). Durante el siglo XX se pretendió que las transformaciones realizadas fueran profundas y, todavía más importante, duraderas. Mussolini y Hitler pensaban en milenios: uno aspiraba a construir el nuevo imperio romano, el otro el Reich de los mil años. Se imaginaron proyectos generalizantes constituidos por una serie de principios inamovibles desde los cuales se decantaba una cuidadosa planificación. Los proyectos políticos tenían como horizonte la historia de la humanidad. Si bien el presente era importante, lo fundamental era lo venidero. Eso explica la recurrencia de la monumentalidad: fue el mecanismo con el cual la ambición de eternidad fue satisfecha.

En abierta contraposición a esa política de hormigón, la lógica de la aceleración ha impuesto en cada vez más regiones del mundo una política cortoplacista. En ésta, la visión ya no es hacia delante, sino hacia lo inmediato. El futuro ha dejado de importar. El tempo acelerado de la cotidianidad es el que configura esta política: si hoy se quiere algo, mañana se quiere otra cosa. No hay plan generalizante, sólo hay soluciones concretas que se realizan improvisadamente para zanjar los problemas del día a día.

La pauta es dada por los ciclos electorales, los cuales son en verdad cortos (apenas unos cuantos años). Si se quieren ganar las siguientes elecciones, se debe actuar con prontitud. Las soluciones dadas al electorado deben ser rápidamente visibles y explotables. Es absurdo hacer un plan de largo aliento que recorra varios ciclos electorales, porque cuando se concluya el político que lo inició ya no estará en el poder y no podrá extraerle ningún tipo de beneficio. La apuesta se hace por lo que puede convertirse de inmediato en fotografía y nota de prensa. Los objetivos políticos se restringen a lo que asegura el triunfo electoral: dar respuesta a las necesidades inmediatas de los votantes (reparar los baches, robustecer el suministro de agua, mejorar el alumbrado, etcétera).

La política cortoplacista está basada en los bandazos, movimientos bruscos dados de un lado para otro del espectro ideológico. El buen político es aquel que tiene ideales maleables y, además, sabe cómo cambiarlos velozmente para adecuarse a lo que dicte la coyuntura. Los principios rígidos son un lastre. El compromiso político corresponde a otra época, una en la cual se confiaba en el futuro. Para comprometerse, así como para ser fieles, debe superarse el presente y pensar en el mañana. Esto se ha vuelto imposible: la única preocupación son los eventos cotidianos.

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Ilustraciones: Ricardo Figueroa

Más y más la participación política se limita a una sucesión de tormentas de indignación que se esfuman a la misma velocidad con la que surgieron. Byung-Chul Han retoma el término shitstorms para explicar el fenómeno. Las shitstorms suceden en la red, casi nunca llegan a las calles. Su rasgo central es que son inestables y efímeras. Un evento desencadena un torbellino de indignación que unifica momentáneamente a una pluralidad de individuos que de otra forma no lo harían. Pero entre ellos no existe una unidad discursiva. Funcionan como una onda incontrolable. Cada voz grita, tuitea, sube a su muro algo distinto. Nada más lejano al sonido de las consignas gritadas al unísono por las masas del siglo XX que el barullo de voces heterogéneas generado por las shitstorms.

El mayor problema de las shitstorms es que no construyen la continuidad que cualquier proyecto político necesita. Giran alrededor de un problema enraizado en el presente y no lo relacionan con nada más, esto es, no elaboran una narrativa hacia el futuro. Las shitstorms son meras explosiones de afectos, los cuales nunca logran unificarse. Como dice Byung-Chul Han, la indignación digital “no es capaz de acción ni de narración. Más bien, es un estado afectivo que no desarrolla ninguna fuerza poderosa de acción”. Las shitstorms no tienen una dirección clara ni se rigen por una acción común y orquestada. Por ello tampoco logran construir un sujeto político, un “nosotros” que se convierta en actor de una transformación. Son, por definición, fragmentarias y efímeras: desaparecen con prontitud, para darle paso a la siguiente ola de indignación.

 

La política cortoplacista se asemeja a Hollywood: es una especie de star system en donde el éxito depende de la fama y popularidad del actor en cuestión. El poder se concentra no en los partidos o los sindicatos, sino en los individuos. La ideología es algo secundario, lo central es la visibilidad. Cualquier político lo sabe: nada importa más que su imagen pública. Este sistema —que arrancó en los años veinte del siglo XX con la expansión de la radio, se consolidó en los años cuarenta con la televisión y se estableció de manera definitiva con la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética— quebró la estabilidad de la vieja política de hormigón, enraizada en rígidas ideologías e inamovibles estructuras organizativas, y propició una política versátil y veleidosa.

Este nuevo tipo de política, basada no en los principios sino en los individuos y su popularidad, está configurada por el escándalo. La disputa ideológica pasó a un segundo plano como forma de obtener la adhesión del electorado. Lo fundamental se volvió destruir la legitimidad de los contrincantes. El escándalo (sexual, de corrupción, etcétera) es el mecanismo más eficaz porque permite arruinar la reputación del individuo de golpe y así desarticular también su proyecto político —si es que puede llamársele así— en su conjunto.

Los grandilocuentes pilares discursivos que estructuraron la política del siglo XX han sido sustituidos por una variedad interminable de sucesos cotidianos. Los escándalos emergen por el más mínimo detalle. En la crónica que escribió sobre su experiencia como candidato a primer ministro, el intelectual canadiense Michael Ignatieff cuenta: “Una vez que has entrado en política, siempre estás bajo los focos. Nunca te saltas una cola, nunca te muestras impaciente con un conductor o con el personal de la recepción de un hotel. Nunca pierdes los nervios. Nunca te olvidas de sonreír cuando alguien se acerca a hacerse una foto contigo o a pedirte un autógrafo”. Se vive bajo el gobierno de lo contingente. La política se ha vuelto igual a una telenovela mexicana: un abigarrado melodrama marcado por traiciones y oscuros encuentros amorosos. Basta ver la popular serie House of Cards para percatarse: la política se trata de ataques personales entre los actores políticos, jamás entra en juego ningún tipo de antagonismo ideológico. Como dice su protagonista, Frank Underwood, en un discurso tras un escándalo que involucraba a su padre: “Hicieron lo imposible por hacerme quedar mal. Pero la política es así”.

El escándalo, eje rector del ritmo de la política actual, se distingue por su espontaneidad. Aparece sin anunciarse y cobra relevancia con prontitud. Es de una efervescencia inesperada. Las redes sociales han propiciado esta característica. Ahora, en unas cuantas horas, cualquier suceso puede volverse un escándalo: ni siquiera necesita esperar a las primeras planas del día siguiente de los medios de comunicación escrita. Además, el escándalo es siempre un evento efímero. Con la misma velocidad con la que surgió, desaparecerá: terminará por diluirse entre otras noticias o llegará a un punto culminante (una disculpa pública, una renuncia, un juicio).

Las características del escándalo han tornado el ritmo del devenir político en una serie de breves pulsaciones, contrario al largo aliento propio de la política del siglo XX. El tiempo de los políticos ya no es eterno. Viven conscientes de su propia fugacidad y de la fragilidad de su poder. Aspirar a la permanencia es un sinsentido. Una larga carrera política se destruye en un santiamén. Cualquier legitimidad, sin importar cuánto trabajo tenga detrás, puede evaporarse con brusquedad en cuestión de horas. El escándalo impone la volubilidad absoluta sobre la política. Hoy no hay permanencia, todo fluye y se desbarata con facilidad.

 

Estructurada en torno a la imagen de los individuos y animada por las shitstorms y los escándalos, la política cortoplacista depende de los medios de comunicación masiva. En ellos es donde se construyen (o destruyen) la legitimidad y las redes de apoyo. Las campañas no se hacen en la plaza pública y en largos recorridos por la región en disputa, sino en las redes sociales y en la televisión. Los políticos y su imagen son productos mediatizados. Se vuelven una mercancía más que debe ser vendida. Mediante eslóganes cortos e imágenes memorables, se eleva la popularidad y, en automático, los votos. Los mercadólogos son los que mandan: los ideólogos son algo anacrónico o, en su defecto, anecdótico.

 

El buen funcionamiento de los medios de comunicación depende de erosionar la memoria. Sólo puede haber una noticia si las existentes dejan de ser recordadas. Noticia —del latín notitia— significa “dar a conocer algo”. El término está irremediablemente vinculado a la noción de novedad. Las noticias versan sobre lo que acaba de suceder, sobre lo cambiante. El periodista es el encargado de buscar, o mejor dicho, de crear, primicias sin interrupciones. Al hacerlo, desplaza lo antes existente hacia el pasado. Seguir las noticias es como sumergirse en el río Lete, cuyas aguas, según la mitología griega, provocan la desaparición de los recuerdos. Su pretensión incesante de presentar novedades fomenta la amnesia de los sujetos, quienes para aprehenderlas se ven empujados a borrar de su mente las noticias antiguas.

Cuando los medios comienzan a funcionar como negocios, esta amnesia se convierte en una doctrina rigurosa. Si sus ingresos dependen de la publicidad, la cual está determinada por la cantidad de consumidores que las notas tengan, los medios necesitan tener constante material fresco para sobresalir frente a la competencia y capturar una mayor audiencia. La cuestión no es la calidad, sino la novedad. En eso radica el éxito de los medios contemporáneos. Para poner en cifras el tema: The Huffington Post, que casi triplica el número de lectores en línea del New York Times, publica mil seiscientas notas por día. Bajo la amenaza de quedar desplazados frente a la avalancha noticiosa y a sus competidores, todos los medios han tenido que sumarse a esta tendencia de incrementar la producción de notas diarias, en detrimento de la calidad de la información y la profundidad del análisis.

 

La cantidad de información almacenada en internet es tal que resulta difícil cuantificarla: algunos hablan de que ocupa unos quinientos mil millones de gigabytes (si esta cantidad de información se imprimiera y encuadernara, formaría una hilera de libros que cubriría diez veces la distancia entre la Tierra y Plutón). Estas exorbitantes cifras convierten a internet, sin lugar a dudas, en el repositorio más vasto jamás creado por la humanidad (los varios millones de libros que resguarda la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, una de las mayores del mundo, ocuparían apenas diez mil gigabytes).

Más allá de la cantidad de información que almacena, internet fomenta una aguda desmemoria. Hay múltiples investigaciones que lo prueban. Una de ellas, realizada por Betsy Sparrow, Jenny Liu y Daniel M. Wegner, demuestra tres cuestiones fundamentales: que cuando se enuncia una pregunta complicada las personas con acceso a internet tienden a pensar en una computadora en lugar de elaborar su propia respuesta, que se recuerda con mayor frecuencia dónde está alojada la información que la información en sí y que la capacidad de recordar disminuye cuando se asume que luego se podrá acceder a la información en línea. La explicación de lo anterior es que la disponibilidad de sofisticados algoritmos de búsqueda (tipo Google o Yahoo), así como de cuantiosas bases de datos (tipo IMDb o incluso Wikipedia), ha hecho que no sintamos necesidad de recordar internamente. Asumimos que, en el momento de necesitar determinado dato, podremos googlearlo. Este fenómeno de amnesia digital, por razones obvias, se ha bautizado como “efecto Google”.

Nuestro destino es ser sujetos sin memoria, dependientes de una variedad de dispositivos que funcionarán como memoria externa. Los recuerdos no nos pertenecerán, puesto que no los retendremos dentro de nuestras mentes, sino en servidores de empresas como Facebook e Instagram, las cuales los resguardarán y explotarán mercantilmente.

Cuando fueron inventados, los medios de comunicación masiva no lograban seguir la pauta de los eventos cotidianos. Había un inminente retraso entre la realidad y la palabra impresa. El tiempo de producción de la prensa escrita (periódicos y panfletos) limitaba la cantidad de noticias que podían ser desplegadas cada día. Se idearon algunas soluciones prácticas como las versiones vespertinas, que complementaban por las tardes aquello publicado en las mañanas. Aun así, el número de noticias que podían ser generadas tenía un límite preciso. Con la radio y la televisión se dio un avance cualitativo: se comenzó a poder transmitir en vivo. Pero fue con los medios digitales que los límites desaparecieron por completo. En y por ellos se pueden crear un número infinito de notas —incluso a una velocidad mayor que los eventos mismos—. Dan lugar a una especie de periodismo rizomático en el que cada hombre y cada mujer de a pie, con su teléfono celular en mano, se convierten en un productor de noticias. Mientras sucede algo, se generan una multiplicidad irreducible de noticias: cada evento se desdobla en una oleada de imágenes y palabras.

Es natural que, al insertar un número creciente de golpes de información en un mismo lapsus temporal, la velocidad a la que las noticias se suceden unas a otras aumente. El devenir de la realidad se presenta cada vez más velozmente, modificando el cómo percibimos y nos relacionamos con los eventos. La sensación generalizada es que todo sucede más rápido, que nada permanece. Visto desde otra perspectiva: ningún acontecimiento importa demasiado, puesto que todos terminan siendo superados y olvidados.

 

Siendo estrictos, estamos atestiguando el surgimiento de una nueva percepción temporal cuyo primer rasgo distintivo es la erosión de la memoria. La amnesia se vuelve una obligación para soportar la velocidad de la sucesión de información. Si se recordara con firmeza, se sufriría una saturación imposible de manejar. El influjo de noticias desgasta cualquier recuerdo. El segundo rasgo es la falta de narrativa. La velocidad es tal que vuelve imposible estructurar una trama que dé sentido a los hechos y los entreteja en un conjunto coherente. El fluir del tiempo aparece como una sucesión de destellos sin conexión entre sí. Su forma es indeterminable: no hay rumbo claro. Anula el futuro predecible y trae uno brumoso e ilegible.

El impacto es múltiple. El hecho de que se olvide con facilidad hace que los intereses y las afinidades políticas sean efímeras. Las causas se adoptan por un periodo breve. Casi de inmediato se olvidan. No puede construirse un lazo íntimo con ellas. El compromiso también se debilita porque precisa de la memoria para existir. Sin recuerdos ninguna relación puede afianzarse. Tampoco sin la posibilidad de construir un futuro común. Si el futuro es incierto, ¿por qué deberíamos ser solidarios y unirnos con otros en pos de un mejor porvenir? En una sociedad acelerada no hay confianza económica ni política porque éstas se ganan con el tiempo y cuando se tiene certidumbre acerca de lo que vendrá.

Al mermar tanto la potencia de la memoria, única forma de generar una unión con el pasado, como la potencia del futuro, la vía para generar expectativas comunes, los lazos duraderos se desgastan. Al igual que las noticias, que caducan a velocidades asombrosas, las afinidades políticas se esfuman con prontitud: se tornan débiles y fugaces. Nuestra política es una política de la amnesia: los agravios y las luchas se olvidan con rapidez. No hay nada que logre capturar nuestra atención durante un periodo largo. Las relaciones de corte político o ideológico son débiles y frías. Cualquier causa termina por provocar indiferencia, sabemos que mañana será desplazada por una nueva preocupación.

 

El archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero a la corona del imperio austrohúngaro, fue asesinado el 28 de junio de 1914 por un joven nacionalista serbobosnio. Tras el atentado estalló lo que se conoce como la crisis de Sarajevo: una crisis diplomática que, al no poder ser dirimida pacíficamente, desembocó en la Primera Guerra Mundial.

El historiador Stephen Kern ha probado convincentemente que los procedimientos diplomáticos resultaron ineficaces debido a la velocidad de las comunicaciones entre los países en conflicto. El telégrafo y el teléfono resquebrajaron el funcionamiento de la diplomacia, que hasta entonces dependía de los encuentros cara a cara y de la negociación pausada. Gracias a las nuevas tecnologías, los ultimátums y los memos llegaron como ráfagas sin permitir que los ánimos se calmaran. Los diplomáticos no pudieron mitigar o canalizar la agresividad y la tensión.

En una entrada del diario de Kurt Riezler, un importante diplomático alemán del momento, se lee: “Este maldito mundo loco se ha vuelto demasiado confuso para ser comprendido o predicho. Hay demasiados factores a la vez”. Durante la crisis de Sarajevo los eventos se desarrollaron a una celeridad pavorosa. Frente a ese vertiginoso ritmo los mecanismos existentes para la resolución pacífica de los conflictos resultaron obsoletos. Los diplomáticos se quedaron pasmados, rebasados, y una de las guerras más cruentas de la historia terminó por estallar.

 

¿Qué sucede cuando el imperativo de la aceleración golpea de lleno al quehacer político y, particularmente, a los sistemas democráticos? Como William E. Scheuerman ha argumentado, el pensamiento democrático contiene ciertos presupuestos temporales implícitos: sus principios sobre la toma de decisiones y la creación de leyes dependen de que se tenga una cantidad considerable de tiempo y requieren de cierta lentitud. La deliberación y el debate, los dos fundamentos operativos de la democracia desde la Antigüedad, son procesos lentos. Si se ejerce una presión temporal sobre ellos, simplemente estallan. Su lógica les imposibilita ir al ritmo veloz que hoy se les exige.

En un mundo en el que se privilegia la velocidad y la agilidad sobre lo pausado y lo meditativo, ciertos procesos que son clave para el buen funcionamiento de cualquier democracia peligran. El poder que sufre las peores alteraciones al ser acelerado es el poder legislativo. Carl Schmitt, a mediados del siglo XX, se dio cuenta de lo que estaba sucediendo: “Los procedimientos legislativos se vuelven más rápidos y más circunscritos, el camino hacia el cumplimiento de la regulación legal más corto y la porción de jurisprudencia más pequeña”. Las legislaturas transmutan en una fábrica de leyes que busca solucionar problemas inmediatos: se producen leyes a velocidades inauditas, queriendo seguir la pauta de los eventos cotidianos. Para retomar las palabras del propio Schmitt, legislar se motoriza.

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Con la aceleración, la adaptabilidad de las leyes deja de operar. La velocidad de la sucesión de los eventos y de las transformaciones sociales, tecnológicas y económicas hace que las leyes caduquen prontamente. A menudo los legisladores no entienden el mundo sobre el cual tienen que operar. Los cambios los rebasan: pretenden crear normas sobre una realidad que ya es otra, que cambia mientras buscan reglamentarla. Presionados por la realidad misma, no hay tiempo para debatir, estudiar o deliberar. Se crean normas de emergencia, no suturadas, pensadas para responder a la contingencia. Empiezan a  proliferar los vacíos legales puesto que las leyes existentes corresponden a una realidad pasada.

Frente a lo pausado de la deliberación, la lógica de la aceleración privilegia la toma de decisiones de golpe. Cuando se llega al limite de velocidad de los procesos legislativos se recurre a los decretos del poder ejecutivo. No es extraño que exista una tendencia mundial hacia la proliferación de gobiernos que se articulan alrededor de un ejecutivo unitario y enérgico, de individuos carismáticos que prometen eficacia antes que cualquier otra cosa. Algo está claro: si lo que se quiere es ahorrar tiempo en la capacidad de acción, el punto culminante es un poder que recaiga sobre un individuo, el cual puede responder velozmente y sin necesidad de consultar la toma de decisiones, de deliberar o de llegar a un consenso —todo lo cual requiere de tiempo.

Avanza así una forma de gobernar arraigada en el imperio de la discrecionalidad. Las normas y leyes traen una esclerosis al sistema, que precisa una capacidad de respuesta expedita. Debido a la exigencia de velocidad, buena parte de los acuerdos comienzan a tener que hacerse entre las elites debajo de la mesa, como si se estuviera en un estado de excepción permanente (o, en palabras de Giorgio Agamben, “en un umbral de indeterminación entre democracia y absolutismo”). Deliberar o discutir en público una decisión resulta una pérdida de tiempo incosteable.

Es evidente que el mandato de la velocidad es, en efecto, el mandato de la fuerza. Laurence Boisson de Chazourne afirma que “la emergencia no produce leyes porque las leyes emanan de procesos políticos normales”. Al respecto, Paul Virilio escribió: “Pienso que esta idea es esencial. La ley del más rápido es el origen de la ley del más fuerte. En el presente, las leyes están bajo un estado de emergencia permanente”. La velocidad conlleva una acumulación de poder. El más rápido es el más poderoso, y cuanto más poder se tiene, más rápido se puede ser. Es, por tanto, una espiral que inevitablemente propicia la concentración del poder.

 

Luciano Concheiro
Historiador y sociólogo. Es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es coautor del libro de entrevistas El intelectual mexicano: una especie en extinción.

 

2 comentarios en “La prisa de nuestros tiempos

  1. El culto a la velocidad se inició entre finales de XIX y principios del siglo XX con la aparición del maquinismo, de hecho al siglo XX se le denominó la era de la velocidad. Al momento actual esa velocidad es cotidiana para el hombre moderno atraves de las nuevas tecnologías, ya Nietzsche nos advirtió que la relexión y por ende la contemplación estarían excluídas de el mundo moderno. Cierto el Soviet pretendió la inmovilidad a través de su arquitectura a diferencia del capitalismo cuyas fuerzas telúricas, eso es el Mercado, todo lo destruye para construir nuevos mundos efímeros como son las modas.

  2. No hay que olvidar que el homo sapiens devino tal siendo antes que nada homo faber. Pensamiento complejo y herramientas catapultaron a la tecnología, esa parte de la cultura que ha terminado por llevar a los sapiens al sitio donde nos encontramos. Es ella, la tecnología, la que marca el devenir: un futuro ya no humano en estricto sentido, sino de dispositivos bio-tecnológicos, diseño inteligente, ciborgs, etc. (Y. Harari. «De hombres a dioses»). Este es el telón de fondo, me parece, donde hay que situar las reflexiones del ensayo de L. Concheriro. Empero, creo que habría que hacerlo tratando de superar toda suerte de nostalgia de ese estadio-meta al cual el animal humano cree haber llegado, como se desprende, por ejemplo, del ensayo «Aceleración» de H. Rosa. Dicho de otro modo, habría que tomar plena conciencia de la paradoja masa/individuo en la sociedad digital actual, y cómo ésta podría ser superada, pero dejando de lado la ilusión del paradigma que reza que el individuo como lo concebimos —y por tanto el sujeto social— constituye la unidad inapelable de la evolución de nuestra especie. Y por consecuencia, desde esa postura enfrentar, por ejemplo, la concentración ilimitada de poder propia de la complejidad social —digital— a la que nos ha llevado la evolución, específicamente la evolución tecnológica.