Maruan Soto Antaki recuerda: “En el siglo XII, el emperador Alejo Comneno le otorgó a uno de sus siervos el título de la ciudad de Antioquía, junto al anillo destinado a cerrar las cartas de una de las ciudades más importantes de Bizancio. Ese anillo viajó a México en 1975 en el equipaje de la última descendiente de la familia, expulsada de Antioquía, cuando el último gobernador de la ciudad se opuso al genocidio armenio realizado por el Imperio Otomano. Meses después de su llegada a México, el anillo fue robado”.

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Esa es la premisa de El jardín del honor (Alfaguara), novela en la que Soto Antaki narra los avatares de Simón Ferré, ladrón que cuarenta años después de apropiarse de la joya, convertido en coleccionista de arte, descubre en un museo el anillo del que perdió la estela. “¿Qué reconocemos de lo malo?, ¿qué tanto exageramos de lo bueno?” De ambas preguntas parte el thriller. La próxima publicación de El jardín del honor sirve de base para que el autor converse con Alejandro García Abreu sobre los conceptos de verdad, mentira y honorabilidad y reflexione sobre los mecanismos de la imaginación y la memoria.


Relajémonos y sigamos bebiendo la ginebra que ya no chista en pasar por su garganta y puede que hasta disfrute para tragar las penas y más tarde las alegrías.
—MSA

Alejandro García Abreu: Tu segundo apellido es Antaki y tu familia es de Antioquía. En El jardín del honor recurres a una historia familiar sumergida en la ficción.

Maruan Soto Antaki: Es de esas bancarrotas que se le depositan a uno en la cabeza y te piden intentar hacer un poco de justicia. La ficción sirve para eso, es uno de los placeres de escribir novela. El apellido viene de la ciudad, claro. La historia de la familia nació con ese acto del emperador Comneno, nos quedamos ahí durante ocho siglos y sólo se ejerció gobierno al principio y al final. ¿Te imaginas? Todo ese tiempo el título que daba propiedad sobre Antioquía estuvo guardado en un cajón. Después de 1917, cuando el genocidio, no quedó duda de que había acabado todo, era momento de hablar del pasado para construir la memoria a partir de lo que había sobrevivido. Entre eso, el anillo. A pesar del robo, nunca se aceptó su desaparición. Algo parecido a la negación a la muerte que todos experimentamos y de lo que hablamos tú y yo cuando publiqué Reserva del vacío. Soy la segunda generación que visita anticuarios esperando que aparezca, siempre con una duda: si lo encuentro, ¿qué pasó con él mientras tanto? El jardín del honor es esa historia en voz del ladrón que quiere recuperar lo que un día se robó.

AGA: “La historia del objeto, no de ése, cualquiera de ellos, está llena de pasados, de cortejos entre lo inerte y lo más íntimo. Sin pasado que recordar e intenciones para perdurar, no tendríamos arte ni fin”. ¿De qué manera te relacionas con los objetos?

MSA: Hace unos años, cuando empecé a escribir esta novela, pensé en un título: El gabinete de curiosidades. Esas colecciones que reunían ciertos ricos europeos para hacerse de un catálogo del mundo en los años de las colonias. ¿Las recuerdas? Somos una especie que se ha encargado de dos cosas buenas: pensar y construir. También de barbaridad y salvajada y media, que no entran en la respuesta. Ya sé que estamos fascinados con los aparatos —que también son objetos—, sólo que no quiero imaginar un museo lleno de pantallas que me eviten la presencia de un gran cuadro o una escultura. No son sólo las cualidades del objeto, sino de lo que trae cada uno encima. ¿Qué suertes pasó un libro del XVIII antes de llegar a una buena biblioteca? ¿Quién revisó los tipos antes de imprimirlo? ¿Quién lo leyó? Parte de nuestra historia está en las ideas y simbolismos que dejamos en las cosas. Los relojes que antes heredaban los abuelos son vehículos para meternos en las intimidades de una familia, de las personas y los personajes. Para intentar hacer literatura. En la novela busqué que mi relación con el anillo fuera la que casi todo el mundo puede encontrar entre los objetos perdidos de su propia memoria. Nuestra obsesión con ella permitió algunos de los lugares que más disfruto: los museos.

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Ilustración: Gonzalo Tassier

AGA: Te refieres a los museos: “las ilusiones de un pasado con el que se pretende entender un porvenir idéntico al presente. La ironía en un espacio que contiene los estandartes de un tiempo, cuando los objetos daban las respuestas. Para eso los creamos, porque atrás de ellos hay algo más de lo que se observa a simple vista.”. ¿Cómo percibes los museos en el transcurso del tiempo?

MSA: Desde el museo de El jardín del honor se cuenta la épica de un objeto que lleva a Bizancio, al cisma de la Iglesia que dividió occidente y oriente entre una Santa Sede y los patriarcados, el de Constantinopla, el de Antioquía, el de Moscú. En el anillo deposité la posibilidad de una reunificación que habría cambiado al mundo, que todavía se sorprende del encuentro entre el Papa y un Patriarca Ortodoxo. Siglo XXI y aún discutimos tales temas. Esa vigencia se rastrea en nuestros gabinetes de curiosidades. Pensar en ellos, en los museos modernos, obliga a hacerlo en las nociones de arte e historia. ¿En verdad creemos que ahí no hay política? Hay maniobras financieras que involucran Estados y particulares, fuertes empresas. El arte siempre estuvo ligado a ellos. Es perverso y fascinante lo que hay atrás de las grandes exposiciones. Quise hacer un retrato de aquello, y desarrollar la novela en medio de ese escenario.

AGA: Reflexionas sobre el recuerdo: “La memoria se conjuga en presente. Todos los recuerdos suceden en este tiempo, no importa cuántas veces se repitan”. Después se lee: “Cuando los recuerdos se mezclan ya no importa cuál imagen perteneció a cada uno, y entre tiempos se conjugan las imaginaciones y los hubiera”. ¿Cómo lidias con los mecanismos de la identidad, la memoria y la imaginación?

MSA: Cuando evocas cualquier momento de tu pasado, querido Alejandro, lo haces en presente. Estás de vuelta ahí, bebiendo con los amigos, coqueteando con la chica o separándote de ella. En México llegamos a los absurdos que terminan en exceso. Aquí se conjuga como monografía: “Fulano, que nace en…”. No, nació. Cómo nos cuesta trabajar el pasado. Hay una trampa en el lenguaje que nos permite evitar el tiempo. Una novela, por más que parta de un asunto real siempre será una ficción en la que se mezclan las verdades y la construcción de nuevas otras que podrían ser mentiras. Eso es la imaginación. En El jardín del honor Simón juega con esas herramientas literarias: identidad, memoria y ficción, para construir su historia dentro de la historia que se enfrenta al lector. Para engañar a los otros personajes a vista de quien lee.

AGA: Verdad, mentira, honorabilidad. Son tres conceptos desarrollados en la novela. Escribiste: “Amigos que olvidan el honor que se merecen y viven esperando el día en que podrán resarcirse”.

MSA: En la novela hay varios ejes que espero permitan diferentes lecturas. Está la historia del anillo, la del robo a manos de una pandilla, la de un amorío entre dos de los ladrones, la de las relaciones entre los miembros de ésta: amigos, cómplices y jefes. La crítica o retrato de las minucias de la alta cultura, sobre todo en México. En todas hay miedos y esperanzas, ambiciones, traiciones y defectos. El jardín del honor es una novela que ocurre en la cabeza de Simón mientras te cuenta cómo serán sus acciones para luego ejecutarlas. Es una primera persona falsa porque se habla a sí mismo y cuando lo hace es como si tú te dijeras: “Alejandro, que Maruan deje de responder sandeces”. Te hablas a ti mismo como si fueras otro. Así pensamos todo el tiempo y de esa forma construimos los mitos que van desde la anécdota familiar a la épica histórica de un país, combinando en nuestra cabeza los elementos literarios necesarios para construir una convención y una verdad. Esto es un nivel superior a la mentira, por eso nos creemos algunas cosas. Simón no puede ser impoluto, ninguno lo somos y él construye a lo largo del libro, lo que se pide para convertirse en un ladrón honorable. Y aparece la redención. Ante sí mismo, ante su pasado, al pasado que no tuvo y del que se convenció. A la amistad y la lealtad. Sabes, es una de las virtudes más pervertidas y Simón juega con ella como el mentiroso que coquetea con la paradoja de la verdad: ¿qué dice el mentiroso que promete no estar mintiendo?

AGA: ¿De qué manera relacionas la literatura con la cinematografía como vehículos narrativos?

MSA: Creo que llevamos unas décadas dándole a la imagen otro peso del que tiene. Me sucedió con Casa Damasco y con algunas de las pocas lecturas que ha tenido El jardín del honor, cuando me dicen que es una novela cinematográfica. ¿Qué es una novela cinematográfica? La tercera imagen no es un invento del cine. Me refiero a lo que anticipas al ver dos secuencias y asumes qué vendrá en la tercera. Los mecanismos de la imaginación están en la literatura desde Homero. Es el manejo del suspenso, no como el género de los viejos anaqueles en videoclubes. Se trata de la dosificación de información, para mantener la atención del lector, espectador, escucha, etcétera. Esos mecanismos funcionan de la misma manera en cualquier herramienta narrativa. La imaginación siempre ha sido lo que hoy entendemos como cinematográfica, porque antes fue literaria. Nos permite construir la secuencia de eventos conforme se da la información. Lo que sí puede cambiar es la mirada, el punto de vista desde el que se cuenta una historia. Hay novelas que miran desde fuera, en planos abiertos que dibujan escenarios de las épocas. Otras son de cerrados. Antes de escribir vine del cine, no hay nada como el poder narrativo de un cuadro cerrado. Ver de cerca es ver adentro. Intenté que El jardín del honor fuera una novela de esas. ¿Por qué? Para tratar de aproximarme a la ingenuidad, a la maldad, a las contradicciones y a la esperanza. Espero hablar de eso con Guillermo Arriaga, quien me acompañará en la presentación de la novela en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

AGA: Cada uno de los títulos de los diez capítulos es una pregunta en busca de una respuesta. ¿Cómo desarrollaste la estructura?

MSA: Simón Ferré, a lo largo de la novela, intenta convencer a su contrincante de una historia para que en algún punto éste se convierta en cómplice. Eso hace cualquier autor que tenga más de una aspiración con sus lectores. Él se pregunta cómo hacerlo y mantenerse a lo largo de la historia, como yo con el lector. Cada pregunta es lo que creo pedimos al tomar un nuevo libro y permitir que nos engañen. Ahora, para entrar a esos territorios tenemos que navegar en los del lenguaje, en las construcciones posibles que le vienen y la capacidad de edificar cielos e infiernos con él. Cada cosa que vivimos no es sin el lenguaje. Y Simón, construido a sí mismo desde la miseria hasta transformarse en miserable, busca usar todas las trampas de la palabra. Desde esas preguntas.

AGA: La novela comienza con un epígrafe de Rimbaud, estrofa proveniente del poema “Roman” (“Novela”), escrito en 1870. El poema completo se refiere a la aventura de la juventud. “Le coeur fou Robinsonne à travers les romans” (“El corazón loco Robinsonea a través de las novelas”) es uno de los versos.

MSA: Me gusta pensar que los epígrafes son un pequeño juego en el que estableces parte del código que le seguirá al libro. El poema de Rimbaud es la novela. Es la nostalgia por los años en que se creía tenerlo todo aunque no fuera cierto. Es la posibilidad de jugar con el futuro porque no se sabe qué es el futuro y, al mismo tiempo, la cruda con el pasado y el reconocimiento de la conciencia. Simón fue malo sin saber que lo era, como nos pudo pasar a cualquiera cuando fuimos jóvenes, pero también es aceptar nuestra capacidad de hacer el mal a plena conciencia y dejar a un lado la disculpa peligrosa. El mal no siempre es banal.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.