La historia de los países tiende a dejarlos con dudas que creían resueltas. Hablar de las certezas de México es hacerlo de un sinfín de vacíos. En nuestra incorporación a la democracia se han perdido conceptos que al repetirlos al cansancio o, peor, al no entenderlos, son mencionados sin siquiera detenerse a pensar en ellos. En sus significados, en su necesidad. Quizás uno de los más difusos es la legitimidad.

06-legitimidad

Ilustración: Víctor Solís

Su origen se encuentra en la creación de las sociedades, cuando nos enfrentamos a tener que vivir en grupos más extensos que el primer círculo que devino en las tribus y, después, en los clanes. La legitimidad fue necesaria para darle cauce a las relaciones donde ya no se contaba con la sangre para saber quién encabezaba la manada. Cuando dejamos de ser manada.

Lo legítimo es lo verdadero, también lo que entra en el marco de la ley. Es lo aceptado, lo que cuenta con el respaldo de quien ya buscó y construyó la condición de legitimidad. Es la base objetiva de la reputación positiva, su ausencia es la base subjetiva de la negativa. Así, la legitimidad es la virtud política más pervertida en los diálogos de la mexicanidad.

¿Puede enseñar física un maestro que apenas terminó la educación básica? Le faltarán los recursos que lo harán saber de física. Si lo hace, lo hará mal. Tendrá que recurrir a los encantos de la retórica para convencer a sus alumnos de no sé qué fórmula o teoría. O bien, podrá recurrir a la fuerza para que sus palabras se impongan sobre la formación de los estudiantes. A punta de gisazos —artefactos con los que descubro mi edad, he notado que cada vez se usan menos—, contará con la ilusión del respeto, pero le faltará legitimidad.

¿Se puede gobernar sin legitimidad? Tampoco, a menos que se esté dispuesto a correr la suerte y depender de las mañas del docente líneas arriba. La legitimidad brinda el ideario del espejo en el que las sociedades se quieren reflejar.

Sus ejecuciones legales parten de lo que un día se llamó virtudes políticas. No estoy tan seguro que abandonarlas haya sido de gran provecho. Meterme con tales acepciones sería relativamente ocioso, sé poco de aquellas materias. Sin embargo, pensar en el origen de la legitimidad y su condición en México, tal vez me permita entender algo del lugar en que está parado el país dentro de la peor crisis política que mi generación puede recordar. No sólo se duda de los poderes naturales del Estado, que han dado razones inmejorables para hacerlo; el periodismo, la academia y el ejercicio político se encuentran en una crisis que me preocupa.

En nuestra obsesión por definir la democracia sólo dentro del terreno de las urnas, rebasamos la primera década del tercer milenio convencidos de que la legitimidad provenía de la aceptación popular, de los votos. Por supuesto es parte fundamental. Aquí no hay mucho que discutir, pero se ha olvidado la necesidad de permanecer en la legitimidad. Como la confianza, ésta se pierde más fácil de lo que se gana.

¿Qué se necesita para tener legitimidad?

En lo académico la formación es imprescindible. Puede venir de distintas maneras, desde el aula a la investigación, el trabajo o la experiencia. Para el periodista su único camino es la reputación, ya me detendré a escribir sobre esto en otro texto. Por lo pronto, me ocuparé de lo político, porque la legitimidad cuando se quiere hacer política de verdad, es su materia prima.

Mencioné la evolución de las sociedades, de sus primeras conformaciones familiares hasta las que reunieron desconocidos. La legitimidad es natural dentro del orden jerárquico sanguíneo. Un niño le obedece a su padre, porque es su padre. Dentro de las tribus las relaciones de familia llevan a esta misma estructura, pero nada de esto es política. La obediencia, si bien es una forma de legitimidad, es la más primitiva. Depende del miedo o de cierta verticalidad que sólo funciona ante la ausencia de política, necesaria en el momento en que se juntan anónimos sin nada que los una entre sí, más que su espacio. La ciudad, el país, la comunidad.

Son interminables los ejemplos de una supuesta legitimidad impuesta con la fuerza; el autoritarismo de cualquier parte del mundo se hizo de la violencia, del temor a ésta o a través del miedo religioso. Es decir, de la anulación de la esperanza. El desarrollo de una sociedad política atrajo la importancia de las virtudes. Primero, rescatando los elementos religiosos con las virtudes de los héroes, después con las de la retórica —me pongo griego y hablo de la retórica de verdad, no de su prima la charlatanería— y más tarde con las de la demagogia. La política se convirtió en el asidero de esperanzas. No existe una sola campaña electoral que no juegue con ellas para conseguir legitimarse ante los otros, buscando hacerlo a partir de lo que es y se quiere ser, pero también desde lo que no es. De la distancia a quien no considera digno de legitimidad.

La dependencia de la legitimidad mexicana de las figuras e instituciones heroicas hizo tanto daño como le ocurre a las sociedades que no abandonaron las estructuras religiosas para regular su vida civil. Son parecidas, parten de no ser cuestionadas. Después de la legitimidad de la sangre, ésta es la forma menos desarrollada. No se requiere más acuerdo que el de la convención literaria sobre la memoria. De la creación de pasados para satisfacer nuestra historia en el presente. Todo héroe cuenta con atributos inimaginables para un ser terrenal y con esas características formamos instituciones. En México, la Presidencia del país es sin necesidad de probar ni convencer. El Congreso es honorable porque así se dicta y las fuerzas armadas se mantienen heroicas por definición. Bienvenidos los problemas. ¿Qué pasa cuando se deposita toda la legitimidad en el instante en que se establecen las instituciones y se deja de lado la necesidad de permanecer legítimas? ¿Qué legitimidad se le da a una sociedad ante los héroes? ¿Qué institución respeta al no institucionalizado? Puede que aquí descanse tanto nuestra vocación a los caudillos como la insistencia del político nacional en convertirse en dador soluciones, y de grandes sectores de la población a exigir solucionólogos —disculpa por la palabreja—. No encuentro muchos miembros de las estructuras tradicionales exentos de esta tradición y sí, uno de los mayores conflictos a los que se enfrentan la protesta, las organizaciones civiles y en el escenario electoral, las figuras de candidatos sin partido.

Tal vez los textos que más me han ayudado a pensar esta preocupación son del alemán Max Weber. Tanto en Economía y sociedad como en El político y el científico, un lector menos francófilo que yo se podrá sentir algo cómodo. En ambos, cierta idea atrae un dilema que caerá mal pese a ser certera —cosa natural en las buenas ideas—: no hay legitimidad sin subordinación. Weber murió en la primera parte del siglo XX, se entiende el uso de un concepto que hoy pondrá los pelos de punta a varios. Cambiémoslo por aceptación. Sirve para tender el acuerdo con el que se reconocerá algo por quién lo dice. Una clase en la escuela, una multa de tránsito, la investigación de un periodista, la demanda de una población. La legitimidad contradice la más amplia horizontalidad y si ésta es vertical, ¿qué hacemos con una sociedad horizontal? Encontramos los espacios de una y de otra.

¿Qué se necesita hoy para tener legitimidad?

Para alguien que escribe es complicado no caer en la tentación burlona de contar alguna anécdota acerca de los esfuerzos que he visto por hacer valer un libro. Cintillos, fajillas y presentadores. Todo lo que se encuentre al alcance para legitimar un texto que nadie ha leído. Mejor vuelvo a lo político, que llega a compartir algún elemento de la industria editorial: la necesidad de respaldo.

¿A quién estaría dispuesta la gente a respaldar? ¿Qué virtudes le dan a alguien legitimidad?

Las propuestas o personas estarán siempre a función del contexto de las sociedades. Las virtudes cambian. Por ejemplo, en tiempos de paz un buen general sería más inútil que un plátano. México, con todo y sus múltiples problemas, cuenta con camino suficientemente pavimentado que nos podría llevar a un destino medianamente decente. ¿Qué tamaño de tarado se hará la idea que es legítimo pedir que se le nieguen los derechos a otro? Ese que renuncia a la universalidad de los derechos.  Asumo, o sólo lo espero, que nadie con un dedo de frente quiera eso. Mismo destino en vía inversa. ¿Cuál es el futuro de un gobierno que ignora la molestia general? Ya sea de inmediato o a cuenta gotas, perderá la legitimidad que pudo llevarlo al lugar donde está. Lo estamos viviendo. ¿Qué sucede cuando un tribunal popular —sea chico o de una enormidad metafórica— decide condenar a un inocente? Incluso, de hacerlo en medio de una demanda justa, verá esfumarse toda legitimidad.

Hace no tanto, los partidos políticos mostraron su función dentro del desarrollo democrático de México. Sus excesos solaparon corrupción y violencia, se mantuvieron dentro de su subjetividad para coquetear con el peor enemigo de la legitimidad, los intereses inmediatos. Terminaron por destruir la unidad que pedían las condiciones más ínfimas de subsistencia en la vida política del país.

Hoy tal vez se tenga que recurrir a los pares, ahí está la encrucijada entre verticalidad y horizontalidad. Nadie será tan ciudadano para entender las responsabilidades del poder, y no habrá cercano a la política suficientemente ciudadano. Al menos no sin el respaldo de otros en la línea intermedia. Entonces aparecerá un nuevo ingrediente contra la legitimidad: la mezquindad. Ese par que por intereses inmediatos no brinda el respaldo que impulsaría al horizonte a confiar.

La universalidad de las virtudes aleja la subjetividad de la legitimidad, se decía en mi casa. Tal vez sea bueno volver a pensar en ellas.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado: Casa DamascoLa carta del verdugoReserva del vacíoClandestino y Pensar Medio Oriente.

@_Maruan