Descubrí este poema de Bertolt Brecht casi recién llegado a Alemania, en 1963, citado íntegro dentro de una biografía del autor de Terror y miseria del Tercer Reich. Recuerdo con claridad mi sensación de impotencia, teniendo que recurrir una y otra vez al diccionario para poderlo leer y entender. Me juré solemnemente que un día domaría ese poema, lo domaría en español.

No fue tarea fácil, sobre todo porque me había propuesto traducirlo con rima y métrica, quería que “sonase” como el original inalcanzable, pero al menos intuible. Mas hubo algo que me sirvió de ayuda en la tarea y es que fui conociendo las versiones que ya existían de ese mismo poema, y ninguna de ellas valía la pena: es más, en algunas casi podía palparse un irrespeto, una desvergüenza, que eran seguramente fruto de la seguridad de que en nuestras latitudes son pocos quienes dominan el idioma de Goethe y podrían comparar la traducción con el original.

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Ilustración: Alberto Caudillo

Especial mención merecen al respecto varias tra[i]ducciones de poemas de Bertolt Brecht hechas en Cuba cuando aún existía la RDA, y su poeta máximo era vertido al castellano de una manera a veces poemicida. En una de ellas, por ignorancia de que Gottseibeiuns —escrito como una sola palabra— es uno de los nombres exorcizadores del Demonio, se lo tradujo literalmente, por separado —Gott sei bei uns— y además en un tiempo verbal más falso que Judas: “Dios que está con nosotros” en vez del subjuntivo “Dios sea con nosotros”.

Este poema emblemático, y que me deslumbró hace ya más de cincuenta años, es un texto clave, también desde el punto de vista autobiográfico, en la obra de Bertolt Brecht. No en vano se vio obligado a emigrar, escapando de la barbarie y la vesania de los nazis, y no en vano fue dejando testimonio de su sabiduría en las diversas estaciones de su exilio. Y en todas ellas, recordémoslo, el único adorno de las paredes de los cuartos donde se encerraba para trabajar, era un viejo grabado chino que mostraba a Lao-Tse entregando su obra, el Tao Te King, al aduanero.

La aproximación que ofrezco acá trata de rescatar la dicción brechtiana, el discanto que es uno de sus mayores encantos y de sus más acusadas características. Leyéndola en voz alta, a mí me suena a Brecht. De lo contrario, nunca la publicaría en un semejante tour de force como éste que le propongo a nexos: enfrentándola cara a cara con el original. Sea como fuere, sus lectores pueden tener la completa seguridad de que aquí Brecht no ha sido traicionucido sino tan sólo aproximado. Y como dijo Pedro Crespo refiriéndose al modo de aplicar el garrote vil al capitán don Álvaro de Atayde: “con muchísimo respeto”. Pero sin intenciones poemicidas.

Legende von der Entstehung des Buches Taoteking
auf dem Weg des Laotse in die Emigration

Als er siebzig war und sehr gebrechlich,
Drängte es den Lehrer doch nach Ruh.
Denn die Güte war im Lande wieder einmal schwächlich,
Und die Bosheit nahm an Kräften wieder einmal zu.
Und er gürtete den Schuh.

Und er packte ein, was er so brauchte:
Wenig. Doch es wurde dies und das.
So die Pfeife, die er immer abends rauchte
Und das Büchlein, das er immer las.
Weißbrot nach dem Augenmaß.

Freute sich des Tals noch einmal und vergaß es,
Als er ins Gebirg den Weg einschlug.
Und sein Ochse freute sich des frischen Grases,
Kauend, während er den Alten trug.
Denn dem ging es schnell genug.

Doch am vierten Tag im Felsgesteine
Hat ein Zöllner ihm den Weg verwehrt:
“Kostbarkeiten zu verzollen?” —“Keine”.
Und der Knabe, der den Ochsen führte, sprach: “Er hat gelehrt!”
Und so war auch das geklärt.

Doch der Mann in einer heitren Regung
Fragte noch; “Hat er was rausgekriegt?”
Sprach der Knabe: “Daß das weiche Wasser in Bewegung
Mit der Zeit den mächtigen Stein besiegt.
Du verstehst, das Harte unterliegt”.

Daß es nicht das letzte Tageslicht verlöre,
Trieb der Knabe nun den Ochsen an.
Und die drei verschwanden schon um eine schwarze Föhre,
Da kam plötzlich Fahrt in unsern Mann
Und er schrie: “He du! Halt an!”

Was ist das mit diesem Wasser, Alter?”
Hielt der Alte: “Interessiert es dich?”
Sprach der Mann: “Ich bin nur Zollverwalter
Doch wer wen besiegt, das interessiert auch mich.
Wenn du’s weißt, dann sprich!

Schreib mir’s auf! Diktier es diesem Kinde!
So was nimmt man doch nicht mit sich fort.
Da gibt’s doch Papier bei uns und Tinte.
Und ein Nachtmahl gibt es auch: ich wohne dort.
Nun, ist das ein Wort?”

Über seine Schulter sah der Alte
Auf den Mann: Flickjoppe. Keine Schuh.
Und die Stirne eine einzige Falte.
Ach, kein Sieger trat da auf ihn zu.
Und er murmelte: “Auch du?”

Eine höfliche Bitte abzuschlagen,
War der Alte, wie es schien, zu alt.
Denn er sagte laut: “Die etwas fragen
Die verdienen Antwort”. Sprach der Knabe: “Es wird auch schon kalt”.
“Gut, ein kleiner Aufenthalt”.

Und von seinem Ochsen stieg der Weise.
Sieben Tage schrieben sie zu zweit.
Und der Zöllner brachte Essen (und er fluchte nur noch leise
Mit den Schmugglern in der ganzen Zeit).
Und dann war’s so weit.

Und dem Zöllner händigte der Knabe
Eines Morgens einundachtzig Sprüche ein.
Und mit Dank für eine kleine Reisegabe
Bogen sie um jene Föhre ins Gestein.
Sagt jetzt: kann man höflicher sein?

Aber rühmen wir nicht nur den Weisen,
Dessen Name auf dem Buche prangt!
Denn man muß dem Weisen seine Weisheit erst entreißen.
Darum sei der Zöllner auch bedankt:
Er hat sie ihm abverlangt.

 

Leyenda del origen del libro Tao Te King
cuando Lao Tse iba camino de la emigración

A la edad de setenta y harto feble,
urgíale al maestro descansar.
La bondad en redor volvía a ser endeble
y a la maldad de nuevo veíase medrar.
Calzose de montar

y luego empaquetó lo necesario.
Poco. Mas no tan poco como digo.
La pipa, por ejemplo: fumábala a diario.
Y aquel librillo que él llevó siempre consigo.
Y a ojo, pan de trigo.

Gozó otra vez del valle y olvidose
del valle cuando el monte remontaba;
y el buey que lo cargaba de yerba fresca hartose
y era por el estilo del ritmo a que rumiaba
la prisa que se daba.

Al cuarto día, encima de un picacho,
un aduanero el alto le ordenó:
“—¿Declaran cosa alguna?” “—Ninguna”, y el muchacho
que llevaba el cabestro: “—Fue maestro”, le explicó.
Y eso nomás bastó.

El hombre, empero, así, súbitamente,
le preguntó: “—¿Y no tuvo recompensa?”
Dijo el muchacho: “—Supo que el agua de la fuente
triunfa con el tiempo sobre la piedra inmensa.
Pues nada hay que la venza”.

Por no perder la luz postrer del día
hizo el muchacho al buey que trotara:
mas cuando ya se entraban por la pineda umbría
llegó corriendo el hombre y fue y les plantó cara
gritando: “–¡Para, para!…

¿cómo es eso del agua, caballero?”
“—¿Te gusta saber cosas de ese estilo?”
El hombre dijo entonces: “—Soy sólo un aduanero,
mas quién vencerá a quién es cosa que cavilo.
Si tú lo sabes, dilo,

o escríbelo, o díctalo al muchacho…,
no se retienen bien cosas así.
Tendréis en mi casa papel, tinta y un cacho
de pan para la cena, también. Yo vivo allí.
¿Estamos?  Bien, pues di”.

Por cima de sus hombros el buen viejo
viole descalzo y con remiendos cien,
y porque el pobre estaba mucho más que perplejo,
la frente toda un solo pliegue de sien a sien.
Y dijo: “—¿Tú también?”

Para negarse a ruego tan hidalgo
el viejo era muy viejo, así parece.
Y se expresó en voz alta: “—Los que preguntan algo
se ganan la respuesta”. Y el chico: “—El frío crece”.
“—Para, pues, me apetece”.

Y el sabio descendió del que aún rumiaba
y escribieron bastante codo a codo,
y el aduanero trajo comida (y renegaba
de los contrabandistas —pian piano— el tiempo todo).
Se hizo de este modo

y el muchacho entregole al aduanero,
una mañana, un largo pergamino.
Después de agradecerle, porque les dio un dinero,
perdiéronse de vista, del bosque en el camino.
¿Se puede ser más fino?

Mas no glorifiquemos la sapiencia
de sabios cuyo nombre es oropel.
Tendremos que arrancarles, para empezar, su ciencia.
Y agradezcamos esto también al hombre aquel:
jugó bien su papel.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.