La fuerza, no el hombre, ocupa el centro de la historia humana. Lo advierte Simone Weil leyendo la Ilíada. Su argumento es que la energía que se impone en nuestras relaciones nos deshumaniza. Sometidos a un imperio físico, somos carne inanimada, cosa. “La fuerza es lo que hace de quienquiera que le esté sometido, una cosa. Cuando se ejerce hasta el extremo, hace del hombre una cosa en el sentido más literal, pues hace de él un cadáver. Había alguien y, un instante después, no hay nadie”.

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Ilustración: Adrián Pérez

Ese es el tema del hombre, sostiene la mística excéntrica en su admirable ensayo titulado “La Ilíada o el poema de la fuerza”. Escrito en 1939, el ensayito de apenas una veintena de páginas fue uno de los pocos textos de Weil que vio publicados. Para Weil sólo los Evangelios pueden compararse en penetración al poema homérico. Y es ahí donde mejor se presenta el estremecedor espectáculo de la fuerza. El soldado, el esclavo, el prisionero, el vengador, el poderoso incluso, son títeres de la fuerza. La fuerza nos contrapone pero también nos hermana en la desgracia. Triturados los resortes de su libertad, el ser humano pierde ánimo, alma. Es una masa de carne, de músculos y de nervios. ¿Vive? No lo sabe bien Weil.

La fuerza no oprime porque sea la imposición de una voluntad sobre otra. No explota porque sustraiga el sustento de los débiles. La fuerza no es un instrumento de la política, es el desafío del espíritu. Los esclavos no forman cuerpo de una clase definida por su sitio en el proceso productivo, como habría pensado Marx. Integran, en realidad, otra especie humana. “Hay seres humanos […] que, sin morir, se convierten en cosas para el resto de su vida. No hay en sus jornadas ninguna alternativa, ningún vacío, ningún campo libre para nada que venga de ellos mismos. No son hombres que vivan más duramente que los otros, socialmente colocados más abajo que los otros: es otra especie humana, un compromiso entre el hombre y el cadáver”. Bajo el dictado de la fuerza somos muertos vivientes. Ser hombres pero ser cosas, ahí nuestra tragedia. La vida petrificada antes de ser suprimida. La muerte extendiéndose desde el nacimiento hasta la defunción.

La paradoja es que, aun permitiendo la humillación, la fuerza hermana. Su embrujo es tal que somete aun a los que beneficia, enlazando de manera terrible a los explotadores con los explotados. A los débiles aplasta pero a los poderosos envenena. Si Weil dice que “nadie la posee realmente” es porque quien empuña la espada y quien siente su filo son sus juguetes. La espada no es la fuente del poder, es lo contrario; instrumento de una doble tiranía: tritura por una punta, enloquece por la otra. Los soldados y sus presas se arrodillan ante la majestad de la fuerza. También el guerrero vencedor se ha convertido en cosa. Una hoja girando al capricho de un huracán. Instrumento de la guerra, el capitán es incapaz de escapar de los ultrajes de la fuerza. La razón le es extraña. No puede escuchar palabras. El soldado vencedor y el esclavo se asemejan: ninguno ve, ninguno escucha, ninguno siente al otro. “Ambos, al contacto de la fuerza, sufren su infalible efecto, que es transformar a quienes toca en mudos o sordos”.

En la Ilíada se aprecia esta geometría moral de la equivalencia que hemos olvidado: quien es capaz de aplastar se ha intoxicado ya con el veneno de la fuerza. Simone Weil no confía en una salida a la tragedia humana, más allá del relámpago de la compasión. Hay, eso sí, bellísimos instantes de gracia, momentos divinos en los que el débil alcanza dignidad para no petrificarse y el fuerte se reconoce débil. La humanidad es un milagro fugaz. El primer poema nos regala lecciones que valdría recuperar: no admirar el poder, no odiar al enemigo, no despreciar al débil. Weil no era optimista: es dudoso que aprendamos.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

 

Un comentario en “Un ensayo sobre la fuerza

  1. La fuerza no es un desafío para el espíritu, pues la fuerza es un don del espíritu. La fuerza en un sentido divino, nunca deshumaniza, por el contrario nos hace sentir más humanos; debido a que la fuerza nos impulsa a realizar las cosas que el espíritu nos manda y como el espíritu es inmaterial, sólo percibe la naturaleza del hombre, sin poder, sin dinero, sin cosas superfluas -la escencia del ser- no puede someter al mismo hombre porque son lo mismo.