A fines de los ochenta leí el libro de Albert O. Hirschman Interés privado y acción pública (FCE). Un interesante ensayo que intentaba desentrañar las causas de las oscilaciones en eso que llamamos participación política (o pública) y su contrario, el repliegue hacia la vida y el interés privado. Él detectaba épocas de un mayor involucramiento en las presuntas cuestiones de todos y perIodos de un mayor “enconchamiento” hacia lo propio, lo cercano, lo asible. Encontraba que el desencanto, la frustración, eran resortes eficientes para que una persona se volcara de lo privado a lo público o a la inversa. La actividad pública era lo suficientemente difícil, obligaba en ocasiones a caminar del brazo de personas indeseables y desataba expectativas que difícilmente se podían cumplir en su totalidad, que no eran pocos los que luego de una experiencia militante se refugiaban en la vida y los placeres privados.

Lo cierto es que de cara a la política (en su sentido más amplio) no sólo existen los que le dan la espalda, los que no quieren saber nada de ella, sino fórmulas muy distintas de acercarse y vivirla.

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Ilustración: Jonathan Rosas

Nunca han faltado los experimentos por crear “sociedades” apartadas de la sociedad en las cuales los individuos que se agrupan intentan construir una armonía y una calidez que no encuentran en su entorno. Desde los falansterios de Charles Fourier hasta las comunas hippies, desencantados por los valores, las jerarquías, los usos y costumbres hegemónicos, intentaron forjar comunidades capaces de trascender los “horrores” de sus respectivas sociedades y alumbrar opciones alternativas ordenadas por la solidaridad o el amor, el trabajo en común y relaciones de fraternidad. Esos laboratorios, pensaron algunos, paulatinamente contagiarían al resto y por la vía del ejemplo lograrían una transformación del conjunto. Pero si ello no sucedía, la comunidad segregada de la gran sociedad de todas formas daría sus frutos. Era una forma de construir un mundo propio con escasos puentes hacia lo público.

Organizarse a partir de la condición de vida y/o trabajo ha sido y es una fórmula importante para tener presencia e influencia en la vida pública. Sindicatos, agrupaciones agrarias y empresariales surgieron para defender los intereses comunes de sus afiliados. Salarios, prestaciones, condiciones de trabajo, jornada laboral, etcétera, fueron grandes palancas para la organización y movilización de los trabajadores asalariados; reparto agrario, crédito, insumos, pusieron en pie a las primeras asociaciones del campo; y política laboral, fiscal, comercial, etcétera, hicieron algo similar con los empresarios. La vida contemporánea sería impensable sin esa red de agrupaciones que hacen gravitar intereses distintos y en ocasiones enfrentados y que de alguna u otra manera crean un contexto de exigencia a las propias instituciones estatales. (Entre nosotros, los sindicatos cada vez pesan menos mientras las agrupaciones patronales son cada vez más influyentes.)

Esas asociaciones, sin embargo, carecen del charme de lo novedoso. Son vistas (sin serlo), por algunos, como rémoras del pasado, como vestigios de tiempos idos. Lo llamativo hoy son las asociaciones civiles, no gubernamentales, con preocupaciones y proyectos específicos. Forman una red importante que en buena medida modula el espacio público y ha puesto a circular agendas más que pertinentes y en algunos casos las han hecho avanzar en forma espectacular. Sin ellas el debate público sería otro: más pobre, menos intenso, menos informado, más encapsulado en los laberintos estatales. Las agrupaciones defensoras de los derechos humanos, del medio ambiente, las feministas, los gays, las que impulsan la transparencia y el acceso a la información pública, las que denuncian la corrupción y proponen medidas para combatirla, etcétera, forman un abigarrado mosaico de causas y reivindicaciones, parciales, sin las cuales nuestra vida política sería no sólo más desabrida sino que causas relevantes no tendrían visibilidad pública.

Hay, por supuesto, también los que irrumpen en el escenario con proyectos de refundación total. Se trata de destacamentos para los cuales es necesario transformarlo todo desde los cimientos porque todo lo demás no son más que reformas insípidas y poco significativas. Esas apuestas revolucionarias, por ejemplo, fueron hegemónicas en la izquierda de los años setenta, y aunque paulatinamente tienden a transformarse a sí mismas remodelando muchas de sus aspiraciones, no dejan de estar presentes en el discurso y la práctica de quienes piensan edificar “desde las cenizas” de la actual, una sociedad recién parida sin los vicios ni las taras de la actual.

No pretendo equiparar a las fórmulas de participación. Pero luego del recuento incompleto surge la añoranza por unos partidos políticos que quizá nunca existieron. Capaces de combinar agendas y preocupaciones que no siempre son armónicas, de rebasar el gremialismo, incapacitados para darle la espalda a la sociedad o para intentar forjar sólo islas a su imagen y semejanza, orientados a transformar “las cosas” por vías pacíficas y participativas.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo)