George Steiner presenta su nuevo libro como una serie de fragmentos “un poco carbonizados”. Líneas rescatadas de un viejo incendio, cuyo sentido pretende descifrar. Un breve cuento aparece como epígrafe. Habla el crítico de una vieja biblioteca privada que fue desenterrada hace poco en una villa italiana. Poco queda legible de ese archivo en ruinas. Apenas unos trozos de pergamino que adquieren, gracias al tiempo y al fuego, gravedad de aforismo. “La evidencia lingüística y su tenor de discusión indican que proviene del siglo II d.C. Algunos académicos sugieren que el autor es Epicarno de Agra. Sin embargo, casi nada sabemos de este moralista y elocuente orador (si es que eso fue). Por otro lado, la condición del papiro y su tono de disertación hacen que, en varias partes, la tarea de descifrarlo se apoye en conjeturas”.

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Ilustración: Adrián Pérez

El lector que, ante todo, es Steiner, se siente llamado a inventar escombros de bibliotecas y a leer libros que no existen para ponerse a pensar. El crítico fantasea con las ruinas de un pensamiento primigenio para darse a la tarea de encontrarles sentido. Dos palabras de un personaje imaginario pueden ser suficientes para desenrollar la inteligencia: “Amiga muerte”. ¿A dónde apunta, de dónde viene esta inscripción? ¿Cuál es la exigencia de este misterio? A partir de esa decena de letras, el erudito reflexiona sobre la vejez y la última libertad, la que supone decidir el fin. El imperio de nuestros científicos ha sido capaz de prolongar la vida pero apenas ha conseguido simular las “repugnantes” miserias de la vejez. “La vista y el oído se debilitan. La orina chorrea. Las extremidades se vuelven rígidas y duelen. Las dentaduras se tambalean en bocas malolientes y salivantes. Incluso con la lamentable seguridad de un bastón o de un andador, las escaleras se convierten en el enemigo. Las noches se vuelven huecas por la incontinencia y por las vejigas estériles. Pero las debilidades del cuerpo no son nada comparadas con la devastación de la mente”. ¿Cómo puede pensarse que ante este cuadro la muerte sea amenaza? Entregarse a ella parece la única esperanza sensata. ¿Qué le sugiere aquella pareja de palabras sobre la amistosa muerte? Que en la elección de la muerta se juega más que nuestra dignidad. Ser persona es ser libre de vivir y de morir. Amiga muerte: aquel par de palabras es el manantial del pensamiento.

El crítico literario sabe que el libro siempre está antes. Que el pensamiento se descubre en la lectura. No es cita porque no se queda en el pensamiento ajeno pero es siempre, de un modo u otro, comentario, diálogo. Acotación. Hay una biblioteca dentro de cada biblioteca del mundo, escribió en Pasión intacta: la mina de anotaciones marginales que las muchas generaciones de lectores han sembrado en las páginas de los libros. Nuestra cultura bebe en esas dos fuentes, el párrafo impreso y la nota. Dos textos, el del autor y el del lector. Steiner habla, desde luego, de la lectura como responsabilidad. Examinando el cuadro de Chardin que retrata a un filósofo leyendo, llega a la conclusión de que leer bien es contestarle al texto, es permitirse ser leídos por lo que leemos: “ser equivalentes al libro”.

Por eso Steiner, en estos fragmentos que siguen la línea testamentaria que inició hace ya veinte años con su autobiografía, apuesta a que en alguna vieja inscripción estará la clave para entender el amor, el mal, las lágrimas. Yo no escribo, yo sólo entrego las cartas de los otros, ha dicho Steiner en varias ocasiones: soy un cartero. El ensayo es entendido como el servicio postal de la cultura: depositar el mensaje en el buzón correcto, llevar informes de la belleza y del saber a quien los necesite, poner en contacto texto y lector. El traductor, citaba a Pushkin, es el “correo del espíritu humano.”

Ese lazo entre la creación y la crítica es central en toda su obra, en toda su vida. No es casualidad que su autobiografía lleve por título Errata. No cualquier error ha de decirse: el traspié que se cuela al impreso, es decir, a la vida. Y el libro de los temores que lo vencieron, el libro sobre las vidas que no se atrevió a vivir lleva por título Mis libros no escritos. Imposible ubicar en nuestra cultura esa reverencia a la página, esa vitalidad entregada a la lectura.

Fragmentos, el libro que Siruela ha puesto en circulación recientemente en la impecable traducción de Laura Emilia Pacheco, insinúa una enciclopedia vital. Quedarán apenas pedazos de aquella biblioteca imaginaria de la que habla en las primeras páginas del libro pero es claro que sus estantes lo contenían todo. Ahí está la chispa que enciende la vida y la decisión de detener la bomba de sangre. La base de la reflexión moral y de la lógica del dinero. Están la fe, la amistad, el poder y, por supuesto, la música. ¿Cómo debemos leer estos fragmentos?, pregunta Steiner en uno de sus ensayitos. La pregunta es la pregunta del filósofo: ¿cómo debemos vivir?

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

 

Un comentario en “El ensayista como cartero

  1. No deja de sorprenderme Don Jesús. Gracias y lo culpo de no vivir en paz. Pero si quiero lograrlo. Y saber y leerlo es vivir un poco mas.