En febrero de 1933, Genrij Yagoda, jefe de la OGPU, presentó a Stalin un ambicioso plan de colonización de las tierras vírgenes de la Unión Soviética. Se trataba de deportar a tres millones de personas, individuos desclasados y socialmente nocivos, y ubicarlos en asentamientos especiales en la periferia de Rusia, en Kazajstán y el norte de Siberia: mil localidades, un millón de hectáreas. La operación serviría además para desahogar las cárceles, saturadas por las consecuencias de la hambruna de Ucrania, la nueva campaña contra los kulaks, la limpieza de Moscú y San Petersburgo. Y para hacer productivos a los presos. Las colonias podrían ser autosuficientes en dos años, y su producción permitiría recuperar el dinero invertido en los traslados. Era el diseño de un visionario.

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Ilustración: Estelí Meza

Entre los deportados, un pequeño grupo de 6,000 fueron enviados a la región de Nazino, una zona pantanosa en la cuenca del río Obi, accesible sólo una parte del año, y sólo en barco. Llegaron en mayo. De camino, tuvieron que ser evacuados a toda prisa del campo de tránsito de Tomsk, porque allí no había dónde encerrarlos —y cada día llegaban nuevos deportados. Pero no había tampoco ningún alojamiento en Nazino, de modo que se decidió desembarcarlos en una isla en medio del Obi: 332 mujeres, 4,556 hombres, y 27 cadáveres. Llegaban hambrientos, debilitados hasta el extremo, enfermos. Se había enviado harina para alimentarlos, pero no había hornos para hacer pan, no había tampoco sacos ni otra cosa en que guardarla, de modo que las 20 toneladas fueron depositadas en la orilla. Se entregaba a los deportados su ración diaria, una libra, que recibían con las manos desnudas, para comer con agua. Los cadáveres se multiplicaban, hasta 70 en un solo día. Y se dieron los primeros casos de canibalismo: comenzaron a aparecer cuerpos sin el hígado, el corazón o los pulmones.

Una investigación, meses después, descubrió que no había nada que justificase la deportación de la mayoría de los presos de Nazino. Hasta un 20 por ciento eran totalmente incapaces de trabajar, y la mitad habían sido arrestados sin ningún motivo: por ejemplo, Mark Perevalov, de 103 años; Elena Kotelnikova, de 85 años, sin familia, incapaz de levantarse; Elizabeta Zolotareva, de 81 años, incapacitada para moverse por sí misma; Grigorii Tchikov, de 53 años, ciego que vivía de la mendicidad… Por lo visto, alguien había decidido hacer una redada en el asilo local, y aprovechar la deportación para ayudar a desocuparlo. La inmensa mayoría habían sido arrestados el 27, 28 y 29 de abril, muchos en las estaciones de tren, como parte de las operaciones de limpieza de Leningrado y Moscú en vísperas del primero de mayo. Estaba previsto que se diesen algunas hachas a los deportados, para que pudieran hacer fuego, pero nadie se atrevió a entregar armas a los caníbales —de modo que tampoco hubo leña, ni fuego. La mitad de los desterrados de Nazino desapareció en el primer mes. Para mediados de agosto no quedaban con vida más de 2,200 personas de las 6,000 o 6,800 que habían llegado a Tomsk.

Sólo se procesó por canibalismo a unas cuantas decenas. Pero el caso llegó a Moscú, al Politburó, a Stalin. El problema era que el canibalismo era una crítica muda, con graves resonancias sediciosas: era muestra de una regresión civilizatoria monstruosa. Alguien vería también una representación delirante de la máquina burocrática, que se traga a los hombres. Y un reflejo distorsionado de la revolución devorando a sus hijos.

Leo un libro de Nicolas Werth (L’île aux cannibales, Perrin, París, 2008). La historia habla del horror del estalinismo, también de otras cosas. Da para pensar que la más perfecta, la más mecánica organización burocrática depende al final de decisiones concretas de personas concretas, que actúan sensatamente, o no (aparte de la ferocidad de Yagoda, alguien ordenó la redada en el asilo, alguien decidió el traslado desde Tomsk, alguien escogió la isla…). O para evocar la frondosa, exuberante vegetación utópica que florece en la más sobria de las oficinas, en cualquiera y en todas.

Me vienen a la memoria los planes de colonización de Las Landas, alrededores de Burdeos, en el siglo XVIII. Eran miles de hectáreas de un territorio casi vacío, de tierras pobres, prácticamente abandonadas, con una población escasa, dispersa, miserable: visto desde París, era un trozo de África en el centro de Francia. Es decir, la materia ideal para el vuelo de la imaginación ilustrada. Se propusieron soluciones, muchas. Entre las más inspiradas, el proyecto de dedicar la tierra al cultivo de cacahuates, y a la cría de búfalos y camellos (después de todo, era África). Y establecer un sistema de colonias para ser pobladas por presidiarios, desertores, huérfanos y prostitutas. Algo hay perturbador, y profundo, en la imaginación de los burócratas —algo que limita con el canibalismo.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

 

2 comentarios en “Caníbales

  1. En el estado de Guerrero se hablaba antes, no hace mucho de canibalismo. Será? Esta documentado feacientemente?

  2. Antes de ser deportado, Trotsky se lo dijo a Stalin: Stalin no sólo se había convertido en un dictador totalitario, sino en el sepulturero de la Revolución. ¿Pero esto descalifica y anula las causas y la existencia misma de las revoluciones? Sólo nos indica que la realidad no siempre, o casi nunca, se acomoda a los deseos y las ideas de quienes se proponen convertirla en un lugar habitable.