El siglo XXI despunta pero el largo transcurrir de la humanidad no nos hace diferentes en prácticas a aquellos que hemos condenado en la historia como seres brutales. La tortura, esa técnica de dominación por excelencia, nos remite a la crueldad e irracionalidad. Sin embargo, esa capacidad de intervención violenta para lograr la anulación de otro ser humano es tolerada por un silencio cómplice de nuestras sociedades.

Recientemente, el relator especial de las Naciones Unidas sobre la tortura, Juan Méndez, afirmó —en un informe detallado sobre la cuestión— que en México la tortura es un ejercicio común en todos los niveles de gobierno y en prácticamente todas las fuerzas de seguridad del Estado. El discurso oficial y la condena gubernamental contrastan con el panorama terrorífico de miles de personas: en México la tortura se practica desde el Estado y se alienta por el ciclo de impunidad que es común a ella.

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Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

El uso generalizado de la tortura nos coloca en condiciones similares a las que prevalecieron en las dictaduras militares en América Latina hace varias décadas. Por ejemplo, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos estimó que entre los años 1979 y 1984 habrían existido al menos 851 casos de tortura durante el régimen de Augusto Pinochet.1 Dicha cifra dista de lo acontecido en nuestro país en los últimos años: un informe de Amnistía Internacional refiere que entre 2010 y 2013 la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) recibió la preocupante cantidad de siete mil 164 quejas vinculadas a actos de tortura u otros tratos crueles, inhumanos y degradantes, cifra referida únicamente a autoridades federales, sin contabilizar a autoridades estatales o municipales.2 Según el informe, el número de quejas relacionadas con tortura ante la CNDH aumentó 600% entre 2003 y 2013.

La falta de investigación adecuada y la impunidad agravan la problemática. Datos de la Procuraduría General de la República (PGR) revelan que en el sexenio de 2006 a 2012 se iniciaron 87 averiguaciones previas a nivel federal por casos de tortura y únicamente seis fueron consignadas ante un juzgado penal durante ese periodo.3 La PGR también refirió que en un lapso de 18 años, entre 1994 y 2012, sólo había conseguido dos sentencias condenatorias.4 Por su parte, el Consejo de la Judicatura Federal indicó que entre 2005 y 2013 sólo existían dos sentencias firmes por el delito de tortura.5

Esta práctica “endémica” y “generalizada” como la definió el relator, ha sido denunciada durante varios años por organizaciones de la sociedad civil. La investigación de casos ha permitido documentar su práctica, la brutalidad de sus métodos y los propósitos que persigue. Los siguientes testimonios son muestras concretas de esta realidad. Andrés, Victoria y Moisés son tres personas cuya vida se entrelaza por la experiencia de haber sufrido tortura en México.

 

No había sueño americano para el hondureño Andrés. Tan sólo la imperiosa necesidad de cruzar Centroamérica y llegar a Estados Unidos. El éxodo no era opción sino el único medio para pagar el tratamiento médico del mayor de sus hijos, diagnosticado de cáncer. No importaron las horas, el hacinamiento ni el hambre, durante el trayecto sólo tenía en la mente el rostro de su hijo. En Tijuana quedó prácticamente secuestrado en una casa de seguridad, vigilado y amenazado con no preguntar nada, sólo le permitían salir de una habitación para comer. Se percató que en la casa había otras actividades ilegales además del tráfico de personas, pero no podía huir, no podía cuestionar, sólo esperar el momento en que el pollero lo llevara al cruce de la frontera.

La pesadilla inició con el allanamiento de la casa por las autoridades: gritos, disparos y confusión hicieron que el instinto lo llevara a salir huyendo. No llegaría muy lejos, una vez detenido en los alrededores de la casa la policía estatal comenzó a molerlo a patadas y puñetazos. Después fue conducido a instalaciones de la Policía Federal. Fue sentado por la fuerza en un baño en el que había sangre en el piso. El suplicio comenzó: recibió golpes y fue asfixiado con una bolsa en su rostro mientras era interrogado: “¿dónde están las drogas?”, “¿para quién trabajas?”, “pinche colombiano”, cuestiones que desconocía por completo. Luego vino la chicharra eléctrica y las descargas en los testículos. Las súplicas, la explicación de su origen, su destino hacia Estados Unidos, todo fue inútil. Su condición afrodescendiente y color de piel eran el elemento que necesitaron las autoridades para señalarlo como un traficante.

No imaginaba lo que seguía. Fue trasladado a un cuartel militar y nuevamente sometido a asfixia y a golpes en el cuerpo. Cubrieron su boca con una toalla mientras arrojaban grandes cantidades de agua provocándole ahogamiento. El instinto vital lo impulsaba a buscar aire con desesperación. Todo era inútil, recibía más golpes y los militares caían violentamente sobre su cuerpo, aumentando la sensación de ahogo. Escuchaba gritos y llantos. Comprendió que estaba en un ambiente en el que otras personas eran torturadas. Al no poder obtener ninguna confesión los militares comenzaron la tortura psicológica: querían obligarlo a tener relaciones sexuales o a pelear con otros detenidos. El miedo devino en pavor. Después fue obligado a limpiar calzado con su saliva, a hacer alegorías y ademanes militares con un pasamontañas, a bailar mientras le tocaban el cuerpo, “me convirtieron en su payaso”, diría años más tarde al evocar esos momentos. Así pasó un día y una noche. Era el año 2009.

Transcurrirían 18 meses para que a Andrés le fuera concedida una llamada a su embajada. Tras cinco años de encierro en un penal federal de máxima seguridad, en condiciones infrahumanas, sin contacto, sin llamadas, con comida putrefacta, vigilado por custodios que golpean y amenazan con perros feroces hasta quebrar la voluntad y obtener una condición de sumisión. Su vida cambió abruptamente: la PGR presentó conclusiones no acusatorias, es decir: no había delito. Recobraría su libertad, pero tendría que lidiar con la ausencia de su hijo y otros familiares cercanos que murieron mientras estaba en reclusión. Los gritos de “pinche negro” y las imágenes de tortura habitan en su cabeza y son cosas con las que hoy, en libertad, dice “está aprendiendo a vivir”.

 

Victoria recuerda constantemente esa noche de 2012. Un grupo de personas allanó su casa, algunos vestían de civil y otros portaban uniforme de la Marina Armada de México. Apuntaron sus armas hacia ella, estaban encapuchados, revisaron —saquearon— la casa y la sacaron junto con su esposo en medio de golpes y amenazas que le impedían comprender qué sucedía. La Marina buscaba a otra persona, pero la pareja ya estaba detenida y su suerte estaba echada. Atada de pies y manos y vendada de los ojos, fue conducida a una instalación naval en el puerto de Veracruz, “ahí se escuchaban los aviones”, recuerda.

Con los ojos aún vendados comenzó el interrogatorio mientras se oía música que opacaba gritos y lamentos de dolor en el entorno. Era un diálogo sordo: “tú vendes droga”, “tú eres la buena, confiesa”, ella respondía la verdad: se dedicaba a la venta de productos naturistas. Comenzó la invasión a su cuerpo, aunque trataba de resistir el hombre que la interrogaba comenzó a tocarle los senos. Luego fue llevaba a otra habitación, sentada en una cama, vendada y atada de manos. Primero vinieron las amenazas, posteriormente la asfixia con plástico sobre su rostro. No sabía qué hacer, no podía huir, estaba invadida por el pánico. Ahora sus torturadores la interrogaban para que delatara a su esposo: “él es el bueno, responde”, “te va a ir peor”, “habla, hija de tu reputa madre”.

Fue conducida a otra habitación en la que sintió el piso mojado, ahí fue sentada y atada a una silla. Le colocaron cables en los dedos de los pies y luego arrojaron un balde de agua sobre ella. “No te hagas, eres de un cártel”, apenas podía procesar lo que decían, las voces se escuchaban distantes mientras sentía la electricidad sobre su cuerpo, “¿vas a hablar?”, dijo uno de ellos, la música acompañaba el compás de las descargas eléctricas. Nuevamente agua fría sobre su cuerpo que la reanimaba con violencia, tan sólo para recrudecer la intensidad de las descargas. Sus gritos ahora eran silenciados con un trapo sobre su boca, luego arrojaron irritante sobre su nariz. La sensación de asfixia invadía su cuerpo, lloraba, se sacudía violentamente mientras las descargas continuaban.

El tiempo pasaba, escuchaba a su esposo implorar y decir que diría lo que ellos quisieran pero que la dejaran en paz. Todo era inútil, las torturas ya no buscaban una declaración autoinculpatoria, ahora se trataba de castigarles, por resistir, por no cooperar. “Vas a conocer a un hombre”, le dijo uno de sus captores, era la antesala de la tortura sexual: rompió su blusa, comenzó a tocarla, a violentar su cuerpo, a introducir sus dedos en la vagina. Ella lloraba, se sentía ultrajada y constantemente era amenazada con violarla. La tortura siguió: más descargas, más golpes, más asfixia. Ahora el objetivo era claro: debía decir que pertenecía al Cártel Jalisco Nueva Generación.

La tortura —como es común— se diversificó y fue obligada a lavar ropa de sus captores. Luego la obligaron a vestir una ropa distinta a la suya que contenía una sustancia irritante. Posteriormente, fue sentada por horas a la intemperie. Su cuerpo sentía el efecto de la insolación provocada por el sol tropical. Después fue llevada a la sede de la PGR en Veracruz y presentada ante los medios de comunicación como parte de una célula criminal, había drogas y armas a su alrededor. Tras más de 30 horas de incomunicación y tortura era presentada como culpable, incluso antes de que el ministerio público la recibiera formalmente como detenida.

Tres años después un Tribunal Federal resolvió un incidente de desvanecimiento de datos a su favor porque las acusaciones en su contra se basaron en su declaración y en el parte informativo de los marinos. Ya en libertad intenta recuperar su vida. La experiencia está presente, cada vez que mira pasar camionetas de policía o militares el miedo y el recuerdo de la tortura regresan: “me hace mucho daño recordar”, expresa.

 

Moisés enfiló hacia su trabajo en una pequeña plaza comercial en la fronteriza Ciudad Juárez donde vendía discos de música. Era una tarde habitual y el fin de su jornada cuando una camioneta se acercó y sus tripulantes le preguntaron si era una persona llamada Carlos. Él respondió negando, pero inmediatamente bajaron dos personas más —vestidas como soldados— y lo subieron a la fuerza, “sí, este güey es Carlos”, dijeron. Fue vendado, levantado y trasladado a un lugar desconocido, tiempo después sabría que estaba en la guarnición militar en Ciudad Juárez, “bienvenido al infierno”, dijeron sus captores.

En ese lugar fue desnudado y despojado de sus pertenencias. Los militares insistían “tú eres Carlos”. Lo enrollaron en una colchoneta, atado de pies y manos comenzaron a darle descargas eléctricas al tiempo que le colocaban una bolsa de plástico en el rostro. El interrogatorio continuó, le preguntaban por personas que identificaban por números: “el 10”, “el 51” y “el 7”. La asfixia era insoportable, tras varias repeticiones cayó desmayado. Al despertar creyó que era una pesadilla, “dale más toques para que despierte”, escuchó, y nuevamente sintió la electricidad sacudiendo su cuerpo. “Te cagaste, pinche marrano”, se percató que el esfuerzo había hecho que defecara y orinara sin control. Lo condujeron a otro lugar y lo obligaron a bañarse. Tras recibir chorros de agua nuevamente era electrocutado. “¿Quieres ir al doctor?” cuestionaban los militares. Después entendería que “el doctor” o “la terapia” eran las palabras para aludir a la tortura y “el infierno” era el cuarto en que se practicaban.

“Mejor ya di lo que quieren estos batos y vete sin que te peguemos”, le decía uno de ellos mientras lo pateaban sin cesar. Sabía que estaba en problemas, “si quiero te mato, al cabo que nadie vio cuando te trajimos”, sentenció uno de sus captores. Su silencio generó malestar en los militares, fue envuelto y electrocutado en la espalda, los pies y los genitales, sólo alcanzó a pensar “ay Dios, ayúdame” y cayó desmayado. Despertó, no sabía si era de día o de noche. Fue llevado a otra habitación. Ahí un militar le mostraba fotografías preguntando a quiénes reconocía. En ese momento comprendió la magnitud de la situación: “no te hagas güey, son con los que andabas el día aquel que mataron a los jóvenes de Villas de Salvárcar”, “yo no maté a esos muchachos” alcanzó a balbucear.

Nuevamente lo llevaban a “terapia” y ofrecían terminar la tortura, “tienes que decir que andaba este y este”, le señalaban rostros y números. Moisés lo rechazaba, estaba decidido a no culparse de algo que no había cometido. Una nueva amenaza terminó por quebrar su voluntad: los militares le dijeron que tenían a su esposa detenida en otra habitación, dijeron que la matarían a ella y a su hijo y los tirarían en un lote baldío. Cedió y dijo que cooperaría y firmaría lo que fuera necesario para salvarlos. Firmó hojas en blanco y declaró ante una cámara de video. Cada vez que se equivocaba era golpeado y amenazado con la “terapia”. Concluyó la grabación y fue trasladado a otro sitio. Lo amenazaron nuevamente: debía memorizar respuestas y no hablar nada más; minutos después era presentado ante los medios de comunicación como uno de los responsables de la matanza de Villas de Salvárcar, “vas a salir en la tele, te vamos a hacer famoso”, le dijeron con sarcasmo. Había salido del “infierno” pero ahora era culpable ante la opinión pública.

Cuando tuvo oportunidad narró la tortura en una audiencia. Nadie, ni la juzgadora ni el defensor público hicieron algo al respecto. Estando en prisión preventiva fue entregado ilegalmente a los militares. Ellos buscaban que Moisés señalara a otras personas. Armado de valor lo rechazó. Dijo que no arruinaría la vida de otras personas, como ahora estaba arruinada la suya. Retó a los militares: no podían hacerle más daño, tarde o temprano tendrían que devolverlo a la prisión, había derrotado a sus captores.

En 2013, cuatro años después, la Suprema Corte de Justicia de la Nación le concedió dos amparos y ordenó su liberación. Estaba en libertad, aunque muchas personas lo siguen considerando culpable: “yo lo llamo asesino”, sentenció un columnista. Recobró la libertad pero perdió a su esposa y a su hijo en el proceso. Cuando recuerda esos días reflexiona: es una mejor persona, ganó fortaleza y considera parte de su familia a personas que lo apoyaron. Perdió su vida, pero todos los días intenta construir una nueva historia. Aún conserva la sonrisa.

 

Las historias nos muestran una realidad desgarradora: en nuestro país la tortura es un acto cotidiano, normalizado y generalizado. Sobrevivir a la tortura es una de las situaciones más difíciles que pueda enfrentar un ser humano. El miedo a narrar la experiencia, el estigma, el rencor, el estrés postraumático y la indolencia de las autoridades son nuevos calvarios que deben enfrentar las víctimas. En estos momentos en alguna parte de nuestro país una persona podría estar siendo torturada. Como sociedad debemos actuar y ser sensibles ante el dolor de los otros. El poeta Juan Gelman dijo que “moría muchas veces” con cada noticia recibida sobre una persona asesinada, desaparecida o torturada. Nuestro deber es entonces vivir muchas veces, las que sean necesarias, hasta que la tortura sea en nuestra historia tan sólo un mal recuerdo del pasado.

 

Simón Hernández León
Defensor de derechos humanos.


1 Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Informe sobre la situación de los derechos humanos en Chile-1985, “Capítulo cuarto. Derecho a la integridad personal”, http://bit.ly/1KYIgzR

2 Amnistía Internacional, Fuera de control. Tortura y otros malos tratos en México, 2014, p. 12.

3 Procuraduría General de la República, oficio SJAI/DGAJ/3139/2012, 28 de marzo de 2012, p. 2.

4 Procuraduría General de la República, oficio SJAI/DGAJ/05383/2010, 8 de septiembre, de 2010, p. 2.

5 Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez (Centro Prodh), comunicado de prensa: “Estado mexicano falsifica datos
de tortura ante ONU”, 6 de julio de 2014, http://ymlp.com/z6KFko

 

2 comentarios en “Retratos de tortura

  1. No hay voluntad de nuestros gobiernos por cambiar las cosas. Sin distingos, todos practican la tortura, a nivel federal y estatal. Y las autoridades no solo lo saben y toleran, sino la alientan, la ordenan. Nunca como ciudadanos podemos creer que cuando se comete un delito de alto impacto, y al otro día hay detenidos esto pueda ser verdad. Son detenidos ciudadanos inocentes, y detras todo un aparato de gobierno simulando. Lo que nos queda y resta es llegar a tener un poder judicial verdaderamente independiente, como en este artículo queda demostrado, las víctimas fueron liberadas gracias a jueces que hicieron bien su trabajo.

  2. Cruda enumeración de actos de tortura, que para la o el lector son estraordinarios, pero, ya lo dijo el autor, nada extraordinario para muchos mexicanos, todos los días en este momento alguien está siendo torturado por militares o policías; esa es la realidad que no se investiga, los noticieros de televisa y azteca tradicionalmente evaden, los líderes de opinión se ocupan de temas politiqueros y la gente común, cree que “a ellos no les va a pasar”, preferimos creer que sólo les pasa a los que están “metidos en algo”; ojalá fuera así. Pero no. Como lo refiere el bien sustentado articulo, las cifras en México han sobrepasado las estadísticas de países que estaban bajo dictadura militar, eso significa que a cualquiera le puede pasar, mi hermano, mi hermana, mi padre, mi marido..tan solo por eso debemos denunciar la corrupción policíaca, castrense y de los ministerios públicos cualquiera que esta sea, para ir estableciendo que ejercemos ciudadanía y no somos súbditos callados y tolerantes ante estas prácticas.