A la memoria del entrañable Fito Sánchez Rebolledo

El 7 de junio de 2015, el mismo día que se celebró la jornada electoral para renovar la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión y en que hubo elecciones locales en 16 entidades, el Instituto Nacional Electoral (INE) llevó a cabo la Consulta Infantil y Juvenil en la que participaron dos millones 916 mil 686 niños y jóvenes de entre seis y 17 años de edad. Las opiniones de los niños y adolescentes se articularon sobre los temas de justicia y paz en el país. Los resultados de la consulta son elocuentes, no lejanos de lo que muestran distintas encuestas aplicadas a la población mayor de edad pero aún más inquietantes porque reflejan hasta qué punto la inseguridad, la violencia, la desconfianza y la pobre cultura de la legalidad cruzan las percepciones cotidianas de los menores en México hoy en día.

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Ilustración: Víctor Solís

La Consulta Infantil y Juvenil tiene el propósito de promover que niños y adolescentes ejerzan su derecho a participar y a expresar su opinión sobre asuntos y problemas que les afectan, así como propiciar que sus puntos de vista y propuestas puedan ser conocidos y tomados en cuenta. No es un ejercicio inédito pues el entonces Instituto Federal Electoral realizó seis consultas infantiles y juveniles en años de elecciones federales entre 1997 y 2012, si bien las últimas tres no coincidieron con la jornada electoral.

La participación de los niños y jóvenes en 2015 se dio en 30 de las 32 entidades federativas, pues por la amenaza de boicot electoral que enfrentó el INE en distintos estados se decidió no arriesgar a los menores y cancelar la consulta en Chiapas y Oaxaca donde el riesgo de violencia era mayor.

La consulta se diseñó para tres grupos de edad distintos: de seis a nueve años (que tuvieron una participación de un millón 120 mil 516 niños y niñas); de 10 a 13 años (participaron un millón 49 mil 709) y de 14 a 17 años (acudieron 487 mil 600). Además, asistieron 238 mil 861 niños menores de seis años a quienes se les pidió “dibuja cómo es el lugar donde vives”.

Los resultados de la encuesta deben ser analizados con rigor y cuidado metodológico, pues se trata de opiniones y percepciones de lo que los niños y jóvenes dicen vivir. Además, si bien casi tres millones de opiniones son un número importante por sí mismo, no son una muestra significativa de todos los menores del país pues quienes participaron en la consulta pueden mostrar cierto sesgo —positivo— para involucrarse, por voluntad propia o por un entorno familiar propicio, en los asuntos públicos y desear que su voz se escuche. Es factible, por tanto, que la situación de quienes no participaron en la consulta sea, incluso, más adversa.

A los tres grupos de edad se les preguntó si se sienten seguros en su casa, en la escuela —a los grupos de 10 a 13 y de 14 a 17 años también por los alrededores de la escuela— y en la calle. Además, a los adolescentes se les preguntó su percepción de seguridad en el trabajo. Como se ve en el cuadro, y como es natural, la casa es el lugar donde más seguros se encuentran los niños y jóvenes. Sobresale la percepción de inseguridad en la escuela, que se duplica para el grupo de 14 a 17 años (15.3%) respecto a los niños de seis a nueve años (7.9%), y supera la cuarta parte de las opiniones en el grupo de adolescentes (27.2%). Peor todavía es el sentimiento de inseguridad de los niños y jóvenes en la calle. Tres de cada cuatro niños (75.4%) de seis a nueve años se sienten inseguros en la calle; seis de cada 10 (59.7%) de los que tienen entre 10 y 13 años, y menos de una tercera parte (29%) de los adolescentes se sienten seguros en las calles.

No se trata sólo de la extendida percepción de los adultos de que, comparativamente, la infancia ya no es lo que era para poder jugar en las calles —ese espacio primordial de socialización—, sino la constatación de que los espacios públicos cada vez lo son menos. Estos datos reflejan que en México se vive una infancia de puertas adentro con temor a salir donde están los otros. Habrá que poner atención sobre las implicaciones que para la convivencia y coexistencia social tendrá el crecimiento de generaciones para las que la calle se volvió un espacio ajeno y, peor aún, peligroso (ver cuadro).

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Desde muy temprano la violencia está presente en la vida de los mexicanos, y eso no se explica sólo por la expansión de la espiral disruptiva de la delincuencia organizada en los últimos años. Basta decir que 12% de los niños de seis a nueve años dice que “en mi familia me golpean”, mientras que 35.6% de los niños de 10 a 13 años dice haber “sido testigo de actos de violencia contra otra niña o niño”. Entre los adolescentes de 14 a 17 años, una quinta parte (19.5%) declara sufrir o haber sufrido violencia y 17.4% haber participado en actos violentos.

Del 19.5% de los jóvenes de entre 14 y 17 años que dice sufrir o haber sufrido violencia, 44% señala que ha sido violencia física, 67.3% verbal, 32.8% psicológica y 11.6% sexual (el porcentaje no suma 100% porque pudieron marcar más de una opción). Con todo el cuidado que debe ponerse en no dar como un hecho lo que es una opinión, el que uno de cada 10 adolescentes tenga la percepción y así lo manifieste de haber sido víctima de violencia sexual es un dato sobre el que no puede pasarse la página desde el Estado y la sociedad.

Otros datos en particular inquietantes son que 17% de los niños de entre 10 y 13 años afirme que “en mi escuela o por donde vivo ofrecen drogas a niños y jóvenes” y que 4% de los jóvenes de 14 a 17 años señale que “me obligan a formar parte de un grupo de delincuentes”.

La desconfianza es uno de los símbolos distintivos de la sociedad mexicana, tal como lo demuestra el Informe País sobre la calidad de ciudadanía publicado por el INE en 2014. La desconfianza no es sólo hacia las instituciones y el gobierno, pues en ese estudio 70% de la gente afirma que “no se puede confiar en la mayoría de las personas”.

Una sociedad desconfiada produce niños y jóvenes recelosos de los demás. Si bien entre los niños de seis a nueve años la confianza es mayor (98.4% confía en su familia, 82.6% en sus amigos y 94.4% en sus maestros, 84% en el ejército y 80.9% en la policía), comienza a descender entre los de 10 a 13 años (97.2% confía en su familia, 76.4% en sus amigos, 84.4% en sus maestros) puesto que 19.4% no confía en las autoridades de la escuela, 26.1% tampoco en el ejército, 28.5% no confía en la policía, 49.4% desconfía de sus vecinos y 55.9% del gobierno. Entre los adolescentes la confianza se mantiene alta en la familia (95.9%), es mayoritaria hacia las amistades (70.3%), pero se vuelve negativa hacia los maestros (sólo confía el 44.6%), los médicos (32.7%), el ejército (25.2%), los vecinos (23.0%), la policía (21.7%), y baja en extremo hacia los gobernantes (5.2%) y los partidos políticos (5.2%).

En lo que hace a la cultura de la legalidad, 75.6% de los niños de seis a nueve años dijeron que se comprometían “a cumplir las reglas”. Sin embargo, sólo 32.1% de los niños de entre 10 y 13 años se comprometieron a “respetar la ley” y ese compromiso lo asumió el 53.6% de los jóvenes de entre 14 y 17 años.

En opinión de los niños de 10 a 13 años “lo que ayudaría para que haya justicia y paz en México” es “que no haya corrupción” (59.1%), seguido de “que los gobernantes cumplan lo que prometen” (47.1%). Para los jóvenes de 14 a 17 años lo “que ayudaría a que las personas jóvenes participemos más en la construcción de un México de justicia y paz” (podían seleccionar tres opciones de seis) es “que podamos expresar nuestras ideas con libertad” (69%), “que haya más seguridad” (64.3%) y “que el gobierno nos tome en cuenta en acciones para mejorar el país” (52.7%).

Quizá sea en la exigencia de expresar ideas en libertad y de ser tomados en cuenta por parte de los jóvenes donde pueda encontrarse un dato alentador de las opiniones que recoge la Consulta Infantil y Juvenil 2015.

Los niños y jóvenes que participaron en la consulta son hijos del siglo XXI. Los mayores nacieron hacia 1998, cuando el pluralismo se había instalado en el Congreso y todos iniciaron la escuela y aprendieron a leer después de la primera alternancia en la presidencia. Son también los primeros hijos del México democrático, pero son una generación que vive un presente amenazador y un futuro sombrío en el mejor de los casos.

 

Ciro Murayama
Economista. Consejero Electoral del Instituto Nacional Electoral.