El populismo está de vuelta. Ha regresado a la discusión pública como una amenaza a la democracia y al Estado de derecho. Es momento de revisar, señala el autor de este ensayo, la taxonomía de los gobernantes populistas que en las últimas décadas hundieron a América Latina

En el verano de 2006 la economía mexicana crecía a una tasa de 4.8%, el dólar se cotizaba a 11 pesos y el barril de petróleo rascaba los 70 dólares. Ese mismo año Felipe Calderón convencía a una mayoría de mexicanos de que el país estaba al borde de una crisis económica; de un “peligro para México” encarnado en el rostro adusto y la voz estridente de Andrés Manuel López Obrador. Calderón no necesitaba de una crisis real para espantar con la amenaza populista.

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Ilustración: Adrián Pérez

Hoy vivimos en tiempos de gran incertidumbre económica. En tiempos donde la economía crece a 2.3%, el dólar se cotiza a 17 pesos y el barril de petróleo se vende a 40 dólares, donde 45% de los mexicanos considera que la situación económica del país empeoró en los últimos 12 meses y donde 37% vaticina que seguirá empeorando en el próximo año.1 En tiempos, creen algunos, propicios para el encumbramiento de un líder populista.

El argumento parece irrefutable cuando a la incertidumbre económica agregamos la desconfianza creciente en las instituciones. De abril de 2013 a agosto de 2015 la confianza en los partidos políticos cayó de 25% a 16%. Durante el mismo periodo la confianza en instituciones como el Ejército, con niveles históricamente altos de confiabilidad, cayó de 69% a 52%, y la confianza en el Instituto Nacional Electoral (INE) continuó la trayectoria descendente que sigue desde 2006.2

Ante este escenario lo más evidente es que el clima no es favorable para candidatos de aparador. Manuel Velasco nada contra corriente. Rafael Moreno Valle podría ser competitivo, pero carece del carisma necesario para entusiasmar a la mayoría. Inclusive personajes establecidos como Margarita Zavala y Miguel Ángel Mancera generan dudas en círculos de opinión.

Los tiempos parecen perfectos para Andrés Manuel López Obrador. Al son de “se los dije” y sobre el cascajo de un sexenio decepcionante, se posiciona como un candidato independiente del sistema tradicional de partidos, atractivo para los millones de mexicanos decepcionados con la democracia y hartos del “saqueo a la Nación”.

Pero el viento también sopla del norte. De la mano de Facebook y haciendo uso de un repertorio inacabable de dichos y refranes populares, Jaime Rodríguez Calderón, El Bronco, arrasó en la elección de gobernador del segundo estado más rico de México. Ahora se placea como candidato natural a la presidencia.

Mientras tanto, con la mirada fija en los nubarrones, el presidente Enrique Peña Nieto aprovechó su tercer informe de gobierno para alertarnos, para advertir que “la insatisfacción social nubla la mente, desplaza a la razón y a la propia ciudadanía; permitiendo el ascenso de gobiernos que ofrecen supuestas soluciones mágicas”.3 Y remató, quizá con dedicatoria: “donde se impone la intolerancia, la demagogia o el populismo, las naciones, lejos de alcanzar el cambio anhelado, encuentran división o retroceso”.4 Demagogia, populismo, amenaza, división, intolerancia, retroceso: piezas clave del rompecabezas que debemos armar para imaginar y decidir sobre el futuro de nuestra democracia en el siglo XXI.

 

El populismo suele entenderse como un “estilo” de hacer política caracterizado por la demagogia y la polarización.5 En algunos casos también se asocia con el gasto fiscalmente irresponsable, el desbordamiento de los servicios públicos, la expropiación de la propiedad privada y la quiebra de las finanzas públicas.6 Sin embargo, para sistematizar el concepto y dimensionar la amenaza populista que enfrenta México, propongo entenderlo como una estrategia política relacionada con los métodos y los instrumentos para acceder al poder, ejercerlo y retenerlo a través del tiempo.7

En concreto, propongo entenderlo como: 1) una estrategia política, 2) caracterizada por el posicionamiento de un liderazgo personal en una masa heterogénea de seguidores 3) a través de vínculos directos o cuasidirectos que suelen desplazar a los partidos políticos, y que, en el plano simbólico, 4) suelen estrecharse a través de a) mítines masivos, b) discursos inacabables en radio y televisión y, en años recientes, c) interacción directa en las redes sociales.

Desde esta perspectiva, el populismo se coloca en la esfera del dominio, no de la distribución. La relevancia de este matiz radica en que el populismo no es una forma de distribuir riqueza o hacer justicia, sino de ejercer el poder trascendiendo la “rigidez” del Estado democrático de derecho, el “descrédito” de los partidos políticos y la “ineficacia” de las instituciones diseñadas para vigilar la certeza, la legalidad, la equidad y la imparcialidad de los procesos electorales.

En este sentido, la amenaza más grande del populismo no es ni a la economía ni a las finanzas públicas, sino a la democracia y al Estado democrático de derecho. Convencidos de la importancia de su liderazgo personal, los líderes populistas trabajan arduamente para establecer su hegemonía política. Las acciones que suelen realizar para alcanzar esta meta son el fortalecimiento del Poder Ejecutivo a través de decretos y ataques a la oposición; el debilitamiento del Poder Legislativo a través de mayorías impuestas o artificiales; el sometimiento del Poder Judicial a través de la nominación de jueces a modo y la construcción de mayorías artificiales en las cortes constitucionales; la promoción de la reelección indefinida y de plebiscitos sobre decisiones de Estado; la erosión de las protecciones institucionales contra los abusos de poder; y la construcción de una narrativa donde la democracia liberal es uno de varios instrumentos de control de las elites corruptas, enquistadas y rapaces que el líder populista prometió desplazar.

Los daños de este blitzkrieg contra el Estado democrático de derecho suelen depender de la destreza del líder populista para navegar en el entramado institucional, de los recursos económicos con los que cuente para corromper a sus opositores potenciales, de la disposición que tenga para recurrir a la violencia para eliminar a sus adversarios incorruptibles, de su habilidad como comunicador para estrechar el vínculo con la masa heterogénea de seguidores a quienes dice representar y, sobre todo, de la fortaleza del Estado democrático de derecho para resistir la embestida.

 

Al entender el populismo como una estrategia política, resulta más sencillo explicar el surgimiento de populistas de izquierda y de derecha, socialistas y neoliberales, ateos y cristianos, célebres y desconocidos, egocéntricos y acomplejados, tuiteros y desconectados. La taxonomía es infinita siempre y cuando hayan accedido al poder, lo ejerzan e intenten retenerlo mediante una estrategia de posicionamiento en una masa heterogénea de seguidores a través de vínculos directos que desplazan al sistema tradicional de partidos.

El encumbramiento de Hugo Chávez en Venezuela es un ejemplo reciente de cómo implementar exitosamente la estrategia populista desde la izquierda.8 Si bien el deterioro económico, la osificación política y la corrupción rampante que Venezuela padeció durante décadas allanaron el camino para que un demagogo radical, ex oficial del ejército y ex golpista arrasara en las elecciones de diciembre de 1998, el éxito de la estrategia populista de Chávez no radica en su éxito electoral inicial, sino en su destreza para reconfigurar el entramado institucional y desmantelar el Estado democrático de derecho en Venezuela.

Su primera táctica fue convocar a una asamblea constituyente en 1999. Inmediatamente después, para aislar a la clase política que acusaba de corrupción y egoísmo, clausuró el Congreso Bicameral de Venezuela, donde sus seguidores sólo ocupaban un tercio de los asientos. Su segunda táctica fue cambiar las reglas electorales para imponer su hegemonía en la asamblea constituyente, misma que le otorgaría más y mayores poderes, eliminaría el límite a la reelección presidencial y crearía un Congreso unicameral mucho más fácil de controlar desde el Ejecutivo.

Si bien estas tácticas —apuntaladas con la promesa de mejoría económica y aceitadas con un tsunami de petrodólares— garantizaron la victoria de Chávez en las elecciones del 2000, la que selló el éxito de su estrategia fue someter a los tribunales, a la comisión electoral y a otros organismos independientes. De hecho, para 2003 Chávez ya controlaba los tres poderes del gobierno, lo cual le permitió dedicar la década siguiente a consolidar un régimen autoritario competitivo que sus seguidores todavía describen como “democracia participativa”.

La fórmula chavista fue tan exitosa que al poco tiempo inspiró a media docena de copycats latinoamericanos. El boliviano Evo Morales (un indígena nacionalista), los argentinos Néstor Kirchner (un peronista combativo) y Cristina Fernández (una peronista frívola), el ecuatoriano Rafael Correa (un socialista conservador) y el nicaragüense Daniel Ortega (un ex guerrillero convertido al cristianismo) fueron sus mejores imitadores. El hondureño Manuel Zelaya (un ranchero carismático) resultó el peor. La diferencia entre éste y aquéllos fue la destreza para modificar el entramado institucional y desmantelar el Estado democrático de derecho. La estrategia, sin embargo, fue la misma: posicionar un liderazgo personal a través de vínculos directos o cuasidirectos, en una masa heterogénea de seguidores que desplazan a los partidos políticos tradicionales.

No obstante, la estrategia populista también se puede implementar exitosamente desde la derecha. Dos casos emblemáticos que basaron su atractivo en la promesa de implementar reformas económicas son los del argentino Carlos Menem (1989-99) y el brasileño Fernando Collor de Mello (1990-92), y dos casos emblemáticos que basaron su atractivo en la promesa de terminar con la violencia son los del colombiano Álvaro Uribe (2002-10) y el peruano Alberto Fujimori (1990-2000).

En sus primeros siete años de gobierno Menem firmó 398 “decretos de necesidad y urgencia” que le permitieron impulsar sus reformas económicas ignorando la Constitución y sometiendo a la oposición.9 También amplió de cinco a nueve miembros la Corte Suprema de Justicia de Argentina para proteger sus arrogaciones de poder. Collor avasalló al Congreso haciendo uso de sus poderes de decreto para obligar a los legisladores brasileños a aceptar medidas drásticas de estabilización macroeconómica.10 Menem y Uribe impulsaron cambios constitucionales para reelegirse en el cargo. Fujimori encabezó un autogolpe para disolver temporalmente el Congreso y “reorganizar totalmente” el Poder Judicial.11

Aunque el grado de éxito de las estrategias de los populistas de derecha también dependió de su destreza para modificar el entramado institucional y desmantelar el Estado democrático de derecho, enfrentaron una dificultad que rara vez enfrentan los populistas de izquierda. Al impulsar políticas económicas neoliberales y colaborar con otros países para combatir la violencia, los populistas de derecha sembraron las semillas de su debacle: interacción con organismos internacionales, privatización, apertura económica, dependencia del libre comercio, escrutinio de la prensa internacional y recortes al gasto público.

Retener el poder impulsando este tipo de políticas resulta imposible sin una estrategia diplomática que permita crear un frente común contra los embates internacionales. A diferencia de los populistas latinoamericanos de derecha, los de izquierda lo entendieron a la perfección. La creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en 2010 es el pilar de su táctica para contener los embates.

La alternativa a la vía diplomática es la represión. Si bien todos los populistas aquí mencionados han sido señalados como responsables intelectuales de asesinatos o actos de violencia, ninguno ha sido acusado de campañas sistemáticas de exterminio como las que en su momento encabezaron el chileno Augusto Pinochet, el argentino José Rafael Videla y el uruguayo Gregorio Álvarez. La globalización, la internet y las redes sociales han convertido a la represión en una táctica de control poco atractiva para los populistas latinoamericanos, quienes han entendido que a la larga resulta más redituable cabildear a favor de un silencio cómplice en la región.

 

Al grito de Make America Great Again! (¡Hacer grandioso a Estados Unidos de nuevo!), el multimillonario egocéntrico Donald Trump despunta como un usuario eficaz de la estrategia populista. Si bien sus tácticas son similares a las de los populistas latinoamericanos —posicionar su liderazgo personal en una masa heterogénea de seguidores, colocarse por encima de los partidos políticos tradicionales (aunque irónicamente compite en la elección primaria de uno de ellos), enarbolar un discurso demagógico y polarizante, comunicarse con sus seguidores directamente a través de las redes sociales— el simple hecho de que lo haga exitosamente en Estados Unidos ha capturado la imaginación del mundo entero.

El rasgo distintivo de Trump es su capacidad para implementar la estrategia populista de antaño en un contexto mediático hipermoderno: redes sociales, televisión por cable, cobertura 24/7, selfificación generalizada, opiniocracia implacable, noticias blandas, fragmentación ideológica de la oferta de noticias y un largo etcétera. A diferencia de sus rivales, Trump entendió que las campañas electorales en Estados Unidos funcionan como un programa de telerrealidad política donde el ganador es quien recaba más likes del electorado.

Al margen de sus posibilidades reales de convertirse en el abanderado del Partido Republicano y ganar la elección de noviembre de 2016, así como de su capacidad de manipular el entramado institucional y desmantelar el Estado democrático de derecho, el encumbramiento de Trump redefinirá para siempre la manera de hacer campaña en Estados Unidos. De aquí en adelante la estrategia populista será la más redituable para crecer en las encuestas y posicionarse ante el electorado rápidamente. La tendencia marcada hacia medios horizontales, programas de telerrealidad y noticias blandas son condiciones propicias para el surgimiento de líderes populistas. Las parálisis legislativas, las crisis económicas, la corrupción del gobierno y la incompetencia de los gobernantes serán los pretextos.

 

Hace algunos meses un amigo me alertaba que México transitó a la democracia sin tener un Estado para la democracia. La alerta de mi amigo parece cobrar relevancia en un contexto propicio para el surgimiento de liderazgos populistas: mal desempeño económico, desconfianza generalizada, hartazgo con la política, docenas de promesas rotas y decepción con la democracia electoral. Si la amenaza funcionó en 2006 no tendría por qué no funcionar en 2018.

Sin embargo, la disyuntiva que enfrentamos rumbo a 2018 no es entre un liderazgo populista y uno democrático; es entre seguir trabajando para fortalecer nuestro endeble e intermitente Estado democrático de derecho o permitir la restauración de un régimen autoritario competitivo inspirado en el que tuvimos durante 70 años.

Basta recordar que buena parte de las reformas estructurales que presume el gobierno son resultado de un pacto político entre partidos (el llamado “Pacto por México”) que facilitó que reformas diseñadas extramuros fueran procesadas por las Cámaras legislativas sin mayor modificación en comisiones ni discusión en el pleno. El sometimiento del Legislativo al Ejecutivo es una de las tácticas más comunes y eficaces para el encumbramiento de líderes populistas. Hasta hace poco los tres partidos presumían el pacto como un gran logro para México.

Si bien la restauración de un régimen autoritario competitivo se antoja difícil, la incertidumbre y la desconfianza actuales pueden crear un escenario peligroso para la democracia en 2018: tener que decidir entre un populista “bronco” que se comunica con “la raza” a través de Facebook, uno “moreno” que se comunica con “el pueblo” en las plazas pública y uno “tricolor” que se comunica con “los sectores” a través del duopolio televisivo.

¿En qué se parecen todos? En que no verían con malos ojos el desmantelamiento del Estado democrático de derecho siempre y cuando sea en nombre de la causa que enarbolan, llámese “justicia social”, “redistribución de la riqueza”, “domar a la partidocracia” o “mover a México”. Ésa, en mi opinión, es la verdadera amenaza populista que enfrenta México. El partido, el discurso y la ideología son lo de menos.

 

Gustavo Rivera Loret de Mola
Doctor en gobierno por la Universidad de Texas en Austin.


1 Reforma, “Aumenta descon anza en instituciones”, 4 de agosto de 2015. Disponible en http://gruporeforma-blogs.com/encuestas/?p=5837.

2 Ídem.

3 Presidencia, Mensaje del Presidente Enrique Peña Nieto, 2 de septiembre
de 2015. Disponible en http://www.presidencia.gob.mx/mensaje-del-presidente-enrique-pena-nieto/.

4 Ídem.

5 Enrique Krauze, “El mesías tropical”, Letras Libres, 90 (junio 2006), pp. 16-19; Carlos de la Torre, Populist Seduction in Latin America, Athens, Ohio University Press, 2000; Aníbal Viguera, “‘Populismo’ y ‘Neopopulismo’ en America Latina”, Revista Mexicana de Sociología, 55 (julio 1993), pp. 49-66; Michael Conniff, “Toward a Comparative Definition of Populism”, en Michael Conniff, compiladores, Latin American Populism in Comparative Perspective, Albuquerque, University of New Mexico Press, 1982, pp. 21-22; Francisco Weffort, 0 Populismo na Politica Brasileira, Río de Janeiro, Paz e Terra, 1980, pp. 69, 73-74; y Paul Drake, Socialism and Populism in Chile, Urbana, University of Illinois Press, 1978, pp. 2-3, 8.

6 Luis Pazos, “Demagogia en la distribución de la riqueza”, Asuntos capitales, 3 de julio de 2015; Otto Granados Roldán, “AMLO o el populismo irresponsable”, La Crónica de Hoy, 23 de noviembre de 2003; y Carlos Bazdresch y Santiago Levy, “El populismo y la política económica de México, 1970-1982”, en Dornbusch, Rudiger y Sebastián Edwards, compiladores, Macroeconomía del populismo en la América Latina, México, FCE, 1992.

7 Ver Soledad Loaeza, “La desilusión mexicana: populismo y democracia en México en el 2006”, Foro Internacional, 190 (abril 2007); y Kurt Weyland, “Clarifying a Contested Concept: Populism in the Study of Latin American Politics”, Comparative Politics, 1 (octubre 2001).

8 Steven Levitsky y James Loxton, “Populism and Competitive Authoritarianism in the Andes”, Democratization, 20 (enero 2013); y Raul Madrid, The Rise of Ethnic Politics in Latin America, Cambridge, Cambridge University Press, 2012, pp. 178-83.

9 La Nación, “Menem: en siete años, 398 decretos”, 23 de noviembre de 1996. Disponible en http://www.lanacion.com.ar/174172-menem-en-siete-anos-398-decretos.

10 Weyland, op.cit.

11 Ídem.

 

11 comentarios en “Populismo: La estrategia antidemocrática

  1. El articulista es muy ingenuo.

    Según el artículo, todo lo que es de izquierda es populista y es malo. Todo lo que intente una acción social es populista y es muy malo. Kirchner, Maduro, Correa, todo cabe en el concepto-bolsa “populismo”.

    Lo Neoliberal es lo bueno, lo más eficiente y por lo tanto mejor, lo que nos llevará al futuro.

    • Hola, Manuel. Discrepo de tu comentario. Como habrás visto en el ensayo, el verdadero enemigo es el populismo, independientemente de si es de derecha o de izquierda. Las críticas y referencias a líderes populistas van desde neoliberales como Carlos Ménem hasta socialistas como Hugo Chávez. Saludos y gracias por leer el ensayo.

      • El articulista no lo dice explicitamente, pero se deduce que considera al populismo de derechas “bueno” porque sus politicas, según el autor, llevan al desarrollo económico y a la democracia, aun en contra de las intenciones del “populista de derechas”.

        Es decir, defiende una visión neoliberal, economicista, que supone que los mecanismos de libre mercado redistribuyen la riqueza y aumentan las libertades politicas (es interesante como coincide con la tesis marxista de que las superestructuras son influenciadas por los medios de producción).

        El articula esta mal hehco y su definición de populismo es tan amplia, que todos los politicos caben ahi, incluyendo trump, hillary y Obama. No hace un análisis historico y por tanto no se da cuenta de sus contradicciones. Si menem obtuvo buenos resultados con su populismo, ¿por que due sustituido por el populismo de los Kirchner?

        Practicamente prohibe la critica a los sistemas de gobiernos actuales, identificando dicha critica con populismo y no hace inngun análisis de por que hay una crisis generalizada del modelo neoliberal en todo el mundo. Olvida el sufrimiento de la población, y su {única receta es “aguante, que yo se lo que hago”.

      • LA discusión me recuerda una similar durante la guerra fria, de si las dictaduras apoyadas por EEUU eran mejores que las dictaduras apoyadas por la unión sovietica. EEUU apoyó golpes de estado en Grecia, Corea del sur, Iran, argentina, chile, urupuay, paraguay. Apoya al gobierno de arabia saudita, y en la decada pasada enviaba a sus prisioneros a Siria o Libia para que los interrogaran. Apoyó con armas y dinero a saddam hussein enl a guerra contra irak.

        En los trabajos sobre politica hay ,ucho de ideología. Se suele decir que entre las democracias no hay guerras, pero el articulo que originalmente propuso esta idea considera que Mexico es iun páis liberal, en el sentido político y económico, desde 1929. En el siglo XIX se decia que las republicas no eran expansionistas ni imperialistas; aseveración falsa que comprobamos los mexicanos durante la guerra contra EEUU.

      • Dos observaciones al margen. LA CELAC fue impulsada como una ampliación del Grupo Contadora (México, Colombia, Panamá, Venezuela) Felipe Calderón fue el primer orador de la primera reunión del CELAC, no veo por donde esté la conspiración populista.

        Releyendo las caracteristicas de un politico populista, me di cuenta que pueden aplicarse a Franklin D. Roosevelt.

  2. Entonces los paises del norte de Europa serian populistas por que entregan cuentas claras y el dinero del PIB y la recaudación que retribuye en servicios de calidad a la población y no hay tanta desigualdad como en nuestro país y donde existe una riqueza en recursos mineros y naturales que no tienen esas naciones y una población de profesionistas y tecnicos desempleados.

  3. Buen intento de aproximarse a un problema sistémico, la demagogia. La recurrencia al argumento teórico de Max Weber, sin citarlo, me resulta preocupante en este ensayo. En efecto, las deformaciones del Estado nacional son varias y muy preocupantes, pero discrepo radicalmente del autor, el problema fundamental no es el populismo, sino la corrupción,la impunidad,la cleptocracia y un sin fin de actividades cuidadosamente articuladas que caracterizan a esta “democracia” como estado fallido o prototipo de gobierno depredador y estado depredado. Muy ingenua y superficial la revisión, me parece que requiere más, mucho más conocimiento del estado de la cuestión y retomar conmayor precisión su crítica y su teoría, resultando una conclusión por demás irrelevante, de acuerdo al autor no hay más futuro que lo mismo, lo cual es un auténtico juicio de valor y opinión personal. Gracias y saludos.

  4. Hola, Armando. Gracias por leer el ensayo. Efectivamente, el argumento que propongo sobr el populismo como una estrategia política para acceder al poder y retenerlo tiene raíces en los ensayos de Max Weber, pero no en los relacionados con los tipos de liderazgos, sino en los que desarrolla su teoría sobre el desarrollo y la evolución de las instituciones, particularmente el Estado. El ensayo, como tal, no busca identificar LA CAUSA de los problemas de nuestra democracia, sino replantear la manera en que entenddmos y analizamos el populismo. Muchos saludos, y reitero las gracias por leer el ensayo.

  5. Estoy de acuerdo con Armando. Coincido en que el populismo no es patrimonio de la izquierda, y hay populismo de derecha y ultraderecha. Sin embargo, me parece que la definición es superficial, ligada a ciertas propagandas maniqueas y falta de profundidad conceptual. De todos modos se agradece el ensayo, ya que es un tema que hay que analizar para limpiarle el polvo en las próximas campañas sucias que se están avecinando en el país. Gracias

  6. “Estado democrático de derecho”, en que país vive el autor por favor, aquí en este país México, se vive la simulación democrática, estamos en un un país en que se acaba de mayoritear por el PRI; PAN y PRD una “Ley bala” para perfeccionar el autoritarismo que hemos padecido siempre, a los ciudadanos mexicanos no los representa nadie en el Poder Legislativo, estamos viviendo en la simulación, con un poder judicial corrupto que solo bu$$$$$$ca su propio beneficio, un poder legislativo en que los partidos políticos acordaron muy bien un Pacto Contra México, y un poder ejecutivo hundido en la corrupción, reprimiendo al autentico periodismo (Carmen Aristegui) y a los opositores políticos de todo tipo.Un artículo totalmente fallido.Saludos.