El conflicto en Siria bajo el reflector de medios, de conferencias en Ginebra, de encuentros en París, Nueva York o Moscú, de algunas discusiones académicas a la distancia, suelen centrar, como es requerido, la reflexión en elementos de geopolítica que explican las condiciones que llevaron al fortalecimiento de la dinastía Asad desde los años setenta. Aclaran por qué el poder de Bashar al-Asad se encumbra y no cede ni a la rebelión ni mucho menos a las críticas. Señalan por qué unos países sugieren intervenir, pero no lo hacen (aunque lo hubieran hecho en Libia recientemente), y por qué otros, como Rusia, que expresando un discurso opuesto al desorden generalizado, atacan en unos frentes, esperando atizar otros para su conveniencia, nutren otros (las armas, la compra de combustibles) e ignoran otros más. A la vez, nos hemos tratado de explicar cómo persiste la violencia, la discusión, la llovizna mediática tediosa y cruda; y, sobre todo, cómo, debajo de tantas variantes de la desgracia y el desastre, sobrevive la urgencia que dio origen al conflicto: la demanda de una vida más justa, más plena y más libre, sin un régimen autoritario, con derecho al trabajo, a la movilidad, la educación y la salud. Si sorprende que el régimen, con su fuerza, crueldad y sesgado apoyo o desidia de otras naciones, resista, resulta asombroso que la población siria se mantenga en pie, ideando formas furtivas, secretas y rudimentarias de experimentar esos derechos.

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La movilización social se observa en la organización de grupos diversos y en la urgencia de huir para quienes pueden. Lo hemos atestiguado en nuestro trabajo académico, en 2002 y 2004, luego entre 2005 y 2006, y a principios de 2011, cuando la tensión venía creciendo pero se podía recorrer el país. Después, lo hemos verificado en el encuentro con refugiados y activistas en Europa, en Francia, en Líbano y más recientemente en Turquía.

Las diversas formas de participación y compromiso de la “sociedad civil” como primer actor humanitario en Siria muestran lógicas complejas en un contexto de represión extrema. Esto confirma que en una situación revolucionaria, cuyo final por definición es incierto, las acciones de protesta se ven sometidas a diversas lógicas en tensión, a la vez que quienes imaginan y llevan a la práctica esas acciones muestran gran creatividad y solidaridad. Al ser la única capaz de alcanzar los objetivos originales de la sublevación que inició en marzo de 2011, esa sociedad representa una alternativa viable al gobierno de Asad hacia la cual las miradas de medios y cancillerías deberían de una vez por todas girar su atención y recursos.

 

De acuerdo con los reportes de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, y de la Organización Mundial de la Salud, 9.8 millones de sirios viven una situación de inseguridad alimenticia, de los cuales siete millones necesitan una ayuda alimenticia consecuente. Desde enero de 2015 más de medio millón de personas desplazadas adentro de Siria se unieron a los otros cinco millones, sin contar los más de cuatro millones de refugiados fuera de las fronteras del país que huyen hacia los vecinos inmediatos Iraq, Jordania, Líbano y Turquía. A cinco años ya, el balance de muertes es igualmente escalofriante: más de 210 mil muertos —de los cuales aproximadamente 80 mil son civiles—, 130 mil “desaparecidos” —por la brutalidad de las fuerzas de seguridad del régimen. En 2011 la población siria se estimaba en alrededor de 23 millones de personas. Más aún, el régimen sirio también ha perdido el control de los pozos petrolíferos que antes de la guerra producían 380 mil barriles de crudo al día y reportaban 25% de las exportaciones. El desempleo se disparó hasta 70% entre 2010 y 2014. En ese mismo periodo el PIB pasó de los 60 mil millones de dólares a los 23 mil. La desaceleración de la actividad económica y el creciente desempleo se aceleró desde principios de 2015 a causa de la caída del tipo de cambio entre la libra siria y el dólar. La reducción de recursos y las penurias luego de casi cinco años de conflicto anuncian un invierno aún más destructivo.

Las infraestructuras económicas del país han sido destruidas y sus sistemas de salud y educación están devastados. La agricultura a duras penas sobrevive. Las sequías sucesivas, los desplazamientos de población de los campos agrícolas hacia las ciudades debido a la explosión demográfica y la pobreza se cuentan entre las primeras causas del conflicto que inició con una sublevación popular, masiva y pacífica a mediados de marzo de 2011 contra la opresión, el neoliberalismo salvaje y la corrupción rampante del régimen sirio.

Donde sea que se encuentren y cualquiera que sea su comunidad, orientación política o situación socioeconómica, todos los sirios han visto sus vidas destrozadas por el conflicto, aunque en el infortunio existen grados y jerarquía. La calidad de vida de quienes no han querido o podido escapar de Siria difiere, según quien controla el territorio en el que viven. Los habitantes en áreas controladas por el régimen están más seguros, si bien la preocupación del bombardeo matiza gravemente esa estabilidad. Las dificultades económicas de la vida diaria son su mayor preocupación debido a los cortes de electricidad y agua, y especialmente la falta de combustible para la calefacción y el transporte. Además, siguen viviendo con miedo bajo la presión y estrecha vigilancia de los servicios de inteligencia.

Las poblaciones en áreas controladas por la oposición siria son las más golpeadas por la guerra y la violencia. Estas zonas son regularmente bombardeadas por la aviación del régimen. La vida diaria la organizan consejos civiles en coordinación con los combatientes que controlan cada zona. Los servicios de salud, educación o justicia, por mencionar algunos, se garantizan más o menos efectivamente según la localidad. Los residentes más pobres reciben ayuda humanitaria para comida, mientras otros viven de actividades comerciales, de servicios o del mercado negro.

En cambio, en las áreas que controla, el Estado Islámico (Daesh, por su acrónimo en árabe) subyuga a los habitantes a su orden riguroso y aterrador; controla todos los aspectos de la vida diaria de hombres, mujeres y niños por medio de un terror despiadado; los servicios y la policía, constituidos principalmente por yihadistas extranjeros, “administran” escuelas, hospitales y cortes. Cualquiera que transgreda su gobierno autoritario es sujeto a persecución y tortura. Las ejecuciones sumarias son habituales.

En los campos de refugiados de Jordania, Turquía, Líbano y las fronteras internas de Siria las familias viven usualmente en tiendas y ocasionalmente en estructuras prefabricadas. Las apoyan organismos internacionales y locales que distribuyen productos básicos y proveen cuidado médico.

Existen millones de expatriados sirios y refugiados alrededor del mundo, pertenecientes a muchas comunidades y categorías sociales diferentes. Se concentran en países vecinos, pero crecientemente buscan asilo en Europa, América, países escandinavos y Australia. Dependiendo de sus recursos, entrenamiento o vínculos familiares, viven y trabajan en estos países en un exilio que se alarga con el paso del tiempo.

Todas las partes en el conflicto imponen, en sus zonas de influencia respectivas, una presión enorme sobre la sociedad civil y los militantes que luchan por la democracia en Siria. Los desafíos varían considerablemente de una región a otra, pero el peligro más grande para la administración civil proviene del gobierno de Asad y de las facciones islamistas, quienes sin tregua buscan frustrar toda iniciativa de crear un sistema democrático a pequeña escala. Un ejemplo de experimento creativo fue Alepo, la zona urbana, comercial e industrial más grande e importante de Siria. Ahí, la perspectiva de una sociedad civil fuerte era muy prometedora al inicio y hacia finales de 2012, con las labores de un Consejo regional eficaz y democráticamente electo. La administración civil en Alepo pudo cumplir con varias funciones del Estado y evitar que grupos armados cometieran violaciones contra las poblaciones civiles que seguían apoyando a Asad en la región, algo que les ganó el prestigio y la confianza de todos. Entonces el régimen de Bashar al-Asad pasó al acto, incapaz de tolerarlos, e impuso un sitio permanente a la ciudad. Las fuerzas del gobierno comenzaron a atacar indiscriminadamente a la población alepina, bombardeando la ciudad con explosivos y artillería pesada. También la aviación del régimen atacó directamente la sede del Consejo de Alepo, lo que disminuyó seriamente la capacidad de acción de éste. En resaca apremiante, desplazados y refugiados abandonaron progresivamente Alepo, para tornarse luego en la oleada de refugiados a lo largo de la región y allende el Mediterráneo.1 Una experiencia similar se vivió en la zona de Idlib, a finales de 2012 e inicios de 2013, aunque la aventura democrática encontró más pronto sus límites.2

La represión no distingue entre hombres y mujeres, adultos o niños. Desde luego, para niños y mujeres suelen ser particular objeto de la saña de las milicias del régimen. Testimonios de quienes lograron escapar cuentan episodios de una brutalidad inaudita, especialmente perpetrada contra mujeres, por las temibles fuerzas paramilitares del régimen o matones a sueldo. Con todo, y a pesar de los riesgos, las mujeres se organizan para apoyar a las víctimas. Desde luego, no sólo ellas. La catástrofe obliga a todos los sirios a inventar nuevas formas de resistencia y a abrir caminos hacia una sociedad más plural. Que el régimen y Daesh, así como diferentes grupos armados, ataquen con tanta violencia a esta sociedad civil es una prueba de su importancia.

 

El agotamiento y la desmoralización han ido ganando terreno gradualmente entre los activistas. Frente a la militarización de la revuelta y la degradación de las condiciones de vida, reconocen que su acción ha perdido una parte de su sentido inicial. Y con todo, los sirios muestran gran capacidad de movilizarse y organizarse. Mientras que para las grandes ONG humanitarias el acceso al territorio suele ser difícil, porque para comenzar es arduo obtener autorizaciones, o porque el asedio continuo de muchas zonas representa un literal muro de fuego, el papel de la sociedad civil siria es esencial para ayudar a la población a sobrevivir, resistir y administrar la vida cotidiana.

Estudiantes organizan la acogida de familias desplazadas, encuentran refugios, ofrecen comidas; médicos, comerciantes, obreros excavan en los escombros de los inmuebles para encontrar sobrevivientes y rescatar a los heridos. Las panaderías se esconden en los subsuelos para evitar los barriles de TNT de la aviación de Asad. Los médicos han desempeñado un papel destacado en curar a heridos en hospitales clandestinos, arriesgándose en todo momento a ser arrestados y torturados por su auxilio a los “terroristas”. El flujo de niños desplazados ha planteado problemas de escolarización y se han organizado clases en las casas con maestros voluntarios. Las redes y estructuras de ayuda asociadas a la diáspora y animadas desde el extranjero también han tenido una labor fundamental. Los actores sirios de esta solidaridad también acuden a sus amigos en el extranjero, los cuales a su vez movilizan diversos medios para recolectar fondos y donaciones, y para hacerlos llegar a territorio sirio.

Que esta sociedad civil se movilice de manera notable inventando formas originales de ayuda no niega el hecho de que enfrenta numerosos y graves desafíos. La dependencia creciente de donantes tiende a reducir su autonomía. La ausencia de una estructura de coordinación unificada impide tener una visión de conjunto de las necesidades de la población, además de que puede provocar la dispersión de los esfuerzos, la redundancia de proyectos y una competencia poco constructiva entre grupos y regiones. Estas circunstancias urden el ambiente para que surjan prácticas de corrupción por parte de intermediarios.3

 

El movimiento de insurgencia en Siria tradujo el agotamiento de un modelo autoritario y sus distintas recomposiciones y ajustes, así como la extenuación de las formas tradicionales de oposición. Las dimensiones militar, estratégica, geopolítica de la guerra en Siria son ineluctables en todo análisis y para el diseño de una resolución del conflicto. El tema de la lucha contra el Estado Islámico se ha vuelto sumamente compleja y confusa por el hecho de que ciertos actores de la región no tienen realmente interés en que desaparezca, pues no es su enemigo principal, sino secundario. Por su parte, las líneas de frente entre las diferentes zonas evolucionan en cada combate, con ofensivas y conquistas por una u otra de las fuerzas. Dado que muchos de los grupos de la insurgencia dependen mayormente de apoyos externos, hemos sido testigos de la aparición de grupos laicos e islamistas que sucesivamente se fortalecen o debilitan, sin que ninguno logre obtener una ventaja decisiva en el terreno.

Pero la sociedad siria sigue en pie y si la historia de esta crisis no ha terminado de escribirse es también en buena medida porque hay miles de personas ahí que siguen luchando por una transición que traiga justicia social y dignidad a todos los sirios. Su labor no debe entenderse solamente como un despliegue de fuerzas políticas preexistentes o como la puesta en práctica de preferencias antaño reprimidas, sino ante todo como el origen y la evolución acelerada de nuevas realidades políticas (prácticas, percepciones, alianzas) que nadie había planeado seriamente.

Los vestigios de las primeras civilizaciones, nacidas en estas tierras, pares de una abundancia ahora recóndita, se deslucen, si no caen, ante los combates implacables de la guerra. Y sin embargo las situaciones límite a que lleva la desgracia permiten aflorar lo más profundo, añejo, ancestral, del espíritu de esa nación: el valor, la generosidad, el sentido del humor y de la solidaridad. Hace unos días he tenido oportunidad de conversar con un colega sirio, ahora en Turquía. Desde la ventana discreta de la conversación en línea mencionaba su última estancia en Siria. “El tránsito es peligroso, sin duda; aunque aprendes, con ellos, a perder el miedo; y con ellos, al cabo, terminas por reconocer el sentido de la vida social”. Conscientes del significado histórico de su acción, los sirios son incapaces de explicarla, pues las lógicas de la situación superan sus cálculos y expectativas individuales. Lo que es un hecho es que la suya es una forma de resistencia pacífica en la que podemos ver las premisas de lo que deberá ser el fundamento de una reconstrucción del tejido social sirio cuando la violencia cese o, por lo menos, cuando deje de ser la orden del día.

 

Marta Tawil
Profesora-investigadora en el Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.


1 Matthieu Rey, “Pourquoi les réfugiés syriens arrivent-ils seulement maintenant en Europe?”, Orient XXI, 7 de octubre de 2015.

2 La CNS es una autoridad política de transición creada en noviembre de 2012 en Doha, Qatar. Actualmente su sede se encuentra en El Cairo. Sus objetivos son coordinar a los opositores al régimen de Bashar al-Asad por medio de operaciones en Siria y terceros países.

3 Elisabeth Longuenesse, “La société civile syrienne face à la crise humanitaire”, Grotius. Géopolitique de l’humanitaire, 2 de junio de 2015.