Si existe algo a lo que le podemos llamar el espíritu de los hombres, lejos de cualquier espectro religioso, que me produce el más profundo rechazo, es quizá sólo en las condiciones más adversas o en sus alegres opuestos, donde podemos encontrar lo que permite definirlo e intentar entenderlo. Ese espíritu que aparenta los rasgos de carácter, la fuerza o fragilidad. La decepción y el orgullo. Esos absolutos que se modifican y serán distintos de un niño a un adulto y puede que se resuman en la gratitud. Una virtud de dos vías.

Hace unos meses escribí en estas páginas acerca de una idea que me preocupa. Cuando la violencia llega a los límites más despiadados, hemos anunciado la ausencia de conciencia sobre el otro y ahí es fácil hacerse daño. Hay factores que provocan la violencia, sin duda: la inequidad, la corrupción, etcétera. Pero fuera del grupo, cuando el individuo deja de ver en otro su espejo, aparece la capacidad de hacerle lo inefable.

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Ya decía que esa falta de nociones de otredad, tal vez, podía ser reducida desde la literatura. Así, reuní a un grupo de autores, editoriales y periodistas para llevar las novelas de los primeros a las cárceles de la ciudad de México. Presentaríamos las obras a la comunidad penitenciaria para invitar a los internos a leerlas. En sus bibliotecas, cincuenta a cien ejemplares de cada título, adquiridos bajo una sola condición: ni un solo recurso público. La decencia se enfrenta a malentendidos cuando hay una decisión subjetiva, como lo es el gusto por una novela. Varios levantaron la mano para ayudar a comprar los libros, otros dijeron que lo harían y no lo hicieron. Las editoriales redujeron los costos de forma extraordinaria y como le sucede al chico que sin darse cuenta ya tiene un apodo, surgió Leer en prisión. Con la confrontación de los prejuicios.

Voces a favor y en contra: “¿Por qué no llevan libros a las comunidades alejadas?”, “¿Por qué no a los niños de no sé dónde?” “Si ellos ya fueron malos, ¿qué necesidad hay de darles un premio?”

Porque bien o mal, ya hay quien se encargue de eso y como terminé comprobando en las visitas que fui haciendo a los centros penitenciarios, no creo que haya sector que le importe menos a la gente y ahí, tras los muros, está el ejemplo de nosotros mismos. Las cárceles son reflejo de nuestra sociedad.

Auditorios, bibliotecas o explanadas llenas. Los asistentes a cada presentación van por cuenta propia. Casi siempre son los internos que también asisten a clases, desde lenguas a biología y leyes. Nadie esperaba que el matón famoso por hacer bestialidad y media nos prestara atención. Conocimos a algunos poco célebres. A veces hay culpa y otras, arrepentimiento, el denominador común es la resignación.

De los malos sin remedio. Los debe haber pero al parecer lo nuestro les importa poco y son los demás quienes nos interesan. Hemos coincidido con las autoridades de estos lugares: en México falta trabajar en el papel reformador del sistema penitenciario. La mayoría de los empleos piden antecedentes no penales y no sé de alguien dispuesto a darle trabajo a quien reconozca que pisó un reclusorio.

Visitamos seis centros. Lo que yo conocía por las noticias como Santa Martha Acatitla es eso, una cárcel de mujeres, pero también es un complejo de cuatro penales. La Penitenciaría —lo reiterativo del nombre me da gracia—, ahí sólo hay hombres sentenciados, penas largas. La mayoría se presentaron reconociendo sus crímenes, que son graves. Uno se hizo experto en Sam Beckett. Tiene sentido, lo apresaron hace más de veinte años.

La Penitenciaría fue la primera de estas experiencias. ¿Cómo acercarlos? ¿Por qué nos escucharían?

Nada de lo que dijera, ni siquiera desde la ficción, me haría entender por qué están ahí dentro, menos lo que viven día con día. Rechacé buscar esa empatía. Sería hipócrita. Confesé que si queríamos intentar tener algo en común, si les interesaba, eso podría ser un libro. Un diálogo a partir de lo que coincidiéramos, la misma lectura. Que la literatura permite más cosas de las evidentes.

Se propuso un orden que ya es recurrente. Uno dice qué hacemos ahí, el otro cuenta por qué lee, intentando contagiar sus razones. Y vinieron los primeros signos de camaradería. Poco a poco las caras asintieron con mueca de: “yo también quiero eso”. Para salir del encierro y de los errores, aunque sea por unas horas. El tercero habló del libro que nos reunió.

Siguiente visita, ahora a un reclusorio con mucha más gente. Quinientas personas vestidas en color de carne. Sólo cinco custodios. Jorge F. Hernández, Mariana H. y yo. Nos aventuramos a que una mujer nos acompañara a una prisión de varones. Los nervios eran evidentes y partían de lo que se asegura sin tener la menor idea. El respeto fue absoluto. Los de afuera transitamos con algún tipo de demonio que no siempre juega. El auditorio rodeado de pinturas, varias mejores que las que he visto en galerías. Un preso se encontró en la plástica, expone cada que produce suficiente obra, primero para sus compañeros, luego su marchante vende los cuadros. Cuando estaba en libertad, el pintor fue el encargado de los aviones de un capo importante. Drogas, claro.

Las tres cárceles más grandes tienen un pasillo por el que se recorre del edificio de gobierno a las zonas deportivas, que son vastas y pobladas, luego al área de escuela. La violencia tiene muchas caras y se respira. Es natural, aquí y en cualquier país, que son cárceles y no parques. Al pasillo lo flanquean árboles, no recuerdo si tenían hojas. Las cobijas y telas que los envuelven, evitan prestar atención a la copa. Un interno por lado, con las manos cubiertas al igual que los troncos. Golpe izquierdo, gancho derecho. Dentro de la biblioteca los rostros mostraron la rudeza del púgil pero a los minutos, la severidad se transformó en la fascinación que traen las novelas de aventuras. El diálogo de los libros, de la historias. Del mundo que no llegó porque simplemente no pudo y se abre con las páginas y entre ellas, la posibilidad de lo bueno y lo malo. La literatura no puede ser moral, que eso se quede en la vida para hacerla más sencilla. Y los que buscan volver a ser libres parecen estar de acuerdo.

Cada centro penitenciario es una pequeña ciudad y las ciudades tienen personalidad. Por eso unas se detestan más que otras. Para el cuarto penal nos dimos cuenta de que lo que hacíamos podría tener sentido. Otro auditorio con quinientas personas. Seis grupos de lectura gestionados por los internos. Un diálogo de más de dos horas que se encimó al rancho, la comida del medio día. En cada presentación algunas preguntas se empezaron a hacer norma. Los internos quieren contar sus historias. Una mano levantada.

—¿Cómo cuento lo que me pasó sin ser yo?

Otra palma al aire.

—Llevo un año trabajando un texto, ¿cuándo sé que terminé?

Hay autores que le dedican menos tiempo a lo que publican.

Y las preguntas siguieron.

—¿Cuántos de ustedes están escribiendo algo o tienen dudas sobre sus textos?

Una centena de manos alzadas.

Emiliano Monge, Jorge Alberto Gudiño y yo nos comprometimos a regresar para trabajar con ellos lo que escribieran.

De las cuatro cárceles del complejo de Santa Martha sólo me falta por conocer una. La de mujeres ha sido la única que me cerró la garganta. Algo que no me pasó con la orfandad, las separaciones, ni con la muerte de mis perros, que son lo que más me importa. Para mi sorpresa, tampoco con los cinco años de guerra civil siria y la destrucción de mi casa en Damasco.

De todas, Santa Martha es la única que guarda colores vivos, regalo de los murales que pintan las madres e hijos que ahí se encuentran. Ciento veintitantas maternidades con fecha de caducidad. Le he dado vueltas hasta el cansancio, es un problema sin solución. Los niños que crecen en Santa Martha están ahí porque no tienen dónde. El mejor lugar para un crío es cerca de su madre, sin importar que ése sea una celda. Los parámetros de felicidad para un menor de seis años son inexistentes. ¿Con qué se pueden comparar? Será tan feliz uno de ellos, como el que juega en una casona o el que pasa la tarde con el perro de la calle en un barrio olvidado. Los niños de Santa Martha tienen varias madres, que comparten cuidados. Los de su edad proporcionan recreo pero, no hay ninguna razón para que cuando crezcan, se mantengan en prisión así que, a los seis años los llevan a una casa hogar o cosa del estilo. El chico podrá tener las bondades de la falta de memoria, que se harán en él tras el trago amargo, que supongo dura unos años. Las madres, en cambio, son conscientes desde que nace su hijo que si su pena es larga, tendrán que aprender a soportar la pérdida de la libertad, del asidero que da la vida. Sólo puedo imaginar la locura, como la del preso que lleva tanto tiempo metido que asegura ser un guardia. Vigila desde un pretil alto. Recuerdo del analista analizado de Félix Guattari.

Un libro y dos horas hablando de literatura. Algo mejoró después de eso.

Todavía faltan autores, faltan libros. Que más gente se siga sumando.

“Entre todo lo que he perdido, la familia, las parejas y los perros, lo único que no estoy dispuesto a perder son mis libros”, les repito en cada cárcel. Y ellos dan las gracias. De nuevo, no todos, eso está claro, pero algunos esperan que leyendo, cuando salgan, tengan los elementos para hacer menos barbaridades. Esos otros, de los libros, puede que también estén en la calle.

 

Maruan Soto Antaki
Ha publicado: Casa Damasco, La carta del verdugo y Reserva del vacío. Su más reciente novela es Clandestino.
@_Maruan

 

5 comentarios en “Leer en prisión II

  1. Gracias por publicar tan tremenda lectura, nunca nos imaginamos lo que viven los demás hasts quevtenemos contacto con un otro.

  2. Gracias por publicar tan tremenda lectura, nunca nos imaginamos lo que viven los demás hasta que tenemos contacto con un otro.
    Lo compartiré en mi pagina espero no haya problema.
    Saludos.

  3. Soy familiar de una interna de sta martha desde hace 10 años y aun nos falta un poco solicito nuevamente hagan grupos de lectura gracias

  4. Por favor haced grupos de lectura subsecuentes soy familiar de una interna en sta martha desde hace 10 años y aun nos falta un poco eso ha sido fundamental gracias