Sobre la crisis que vive Siria no hay respuestas fáciles, como tampoco habrá finales totalmente satisfactorios; esto es un hecho cualquiera que sea la decisión que se tome para aliviar la crisis humanitaria que vive su población. La cuestión crucial del debate actual es el tipo de estrategia que se pretende definir para lidiar con esta crisis, a casi tres años de su inicio, que provoque el mejor resultado posible, o el menos malo. Ante la tragedia siria, las dimensiones ética y política deben ir de la mano; su tensión puede resolverse llevando a cabo una intervención basada en una estrategia con objetivos claros y con determinación. Podrá ser momentáneamente conveniente el que los tomadores de decisiones de las grandes potencias se rijan por un pragmatismo que les permite mantener su propia agenda, pero para hacerlo posible prescinden de una dimensión moral que, a su vez,  y también por ello, deja de ser verdadera política.

Mi propósito, pues, no es discutir si es legal el proyecto de una intervención militar contra el régimen de Asad, porque la respuesta es nítida y unívoca: no, la intervención no sería legal conforme al Derecho Internacional, como magistralmente lo ha explicado Alejandro Rodiles1 . La Carta de Naciones Unidas exige el apego al principio del respeto de la soberanía de los Estados, la resolución pacífica de los conflictos y el papel del Consejo de Seguridad como único órgano facultado para el uso de la fuerza en casos que se consideran una amenaza a la paz y la seguridad internacionales. Siria, como todo Estado, tiene el derecho de tener las alianzas y las relaciones con los países que prefiera. Dentro de sus fronteras, el Estado sirio, como cualquier otro, es igualmente el único poseedor del monopolio de la legítima defensa. Pero recurrir a amenazas verbales o militares directas en los asuntos internos o en la frontera de sus vecinos es inadmisible; el monopolio de la fuerza legítima debe verdaderamente ser legítima, y en ningún momento sustituir al diálogo que los gobiernos deben preservar con su sociedad en el marco estricto de la ley.  En este sentido, la represión que ejercen los gobiernos para consolidar su autoridad y garantizar su seguridad territorial debe distinguirse de las actividades puramente predatorias de ciertos regímenes a quienes no interesa fortalecer las instituciones de su Estado, sino simplemente privatizarlo para enriquecer a sus líderes y partidarios. Por muy provocador que esto suene, no podemos decir que hay equivalencia entre, digamos, las acciones de India en Cachemira o la represión que lleva a cabo el ejército turco contra los kurdos, por un lado, y por el otro las acciones predatorias del régimen de Asad contra su oposición, la crueldad del régimen de Mobutu en Congo contra quienes defienden el medio ambiente, o el uso desproporcionado de la fuerza y de municiones prohibidas por el Derecho Internacional por parte del ejército israelí de ocupación contra población civil palestina. El Estado sirio es débil en términos estructurales, pero tiene una gran capacidad de perjuicio dentro y fuera de sus fronteras. Ha violado la soberanía de países vecinos y la soberanía de su propio pueblo, cuando sus temibles servicios secretos facilitaron la infiltración de grupos paramilitares provenientes de Iraq, Yemen, Irán, con una lógica sectaria, para combatir a los rebeldes. Son los mismos que habían ido a pelear a Iraq contra el ejército estadounidense desde 2003, y que el régimen sirio trajo de vuelta para desacreditar la acción militar del Ejército Libre de Siria y de otros grupos insurgentes.

En los primeros meses de la sublevación popular pacífica contra el régimen de Asad (marzo a septiembre 2011), me pronuncié en numerosas ocasiones contra cualquier intervención militar. No sólo por la escasa autoridad moral de Estados Unidos y las sospechas acerca de las motivaciones que pudiese tener Washington, sino porque Siria no es Libia y tiene zonas urbanas densamente pobladas, lo que haría muy difícil evitar las muertes colaterales. Pero, a fuerza de rehusarse al diálogo y las concesiones, que para él equivalen a renunciar a su poder y su autoridad, Bashar al-Asad ahora “gobierna” sobre un país en ruinas. Provocó directa o indirectamente la muerte de más de 100 000 sirios y sirias. Empujó al exilio a cientos de miles de sus compatriotas. Las infraestructuras económicas de Siria han sido destruidas, sus sistemas de salud y educación están devastadas. Bashar al-Asad tiene una alta tolerancia a la brutalidad y nada sugiere que ha dejado de ser un actor racional. Y la realidad desafortunada es que no ha tenido un incentivo real para detener la masacre de su población, ante la falta de una amenaza de acción militar creíble.

¿Cómo se llegó a este punto?

Desde los años setenta, la dinastía Asad tuvo la suprema habilidad de persuadir que lo que era bueno para el régimen era bueno para el Estado. Esta amalgama nunca logró suscitar la adhesión espontánea de la población siria, de ahí que el régimen buscara siempre ser legitimado por el exterior, en particular por los dirigentes estadounidenses y árabes, y que se obsesionara por controlar las “cartas” libanesa y palestina. Esta observación remite a un hecho que parece olvidarse en las lecturas apresuradas de esta crisis y que Jean-Pierre Filiu, en una obra reciente2 , señala oportunamente: esta crisis se ha prolongado porque las fuerzas revolucionarias no sólo deben enfrentar la barbarie del régimen sino deshacer los nudos de injerencias y alianzas extranjeras del régimen del Baath.

En esos nudos se cuentan las potencias occidentales. Recordemos que en la preparación diplomática de la invasión a Iraq, la administración de George W. Bush nunca amenazó directamente al régimen sirio, a pesar de su represión abrupta de la “Primavera de Damasco”, el fortalecimiento de su dominio sobre Líbano y su oposición mordaz a la aventura militar norteamericana en Iraq. Pero cuando Bush derrocó al régimen de Bagdad, amenazó a Irán y a Siria de ser los próximos blancos de la “guerra global contra el terrorismo”. Este discurso ofensivo desvalorizó las cartas que Damasco había  utilizado en el pasado para obstaculizar los planes estadounidenses e israelíes —como su alianza con Irán en Líbano y el apoyo a grupos palestinos opuestos a la Autoridad Palestina. Dichas presiones se prolongaron en el contexto de las tensiones generadas por la decisión de Asad de extender el mandato presidencial de Emile Lahoud en Líbano, cuando Washington, apoyado por París, obtuvo el 2 de septiembre el voto de la resolución 1559 del Consejo de Seguridad de la ONU (CS).

El carácter confesional que adquirió la dinámica de seguridad en Oriente Medio a partir de la caída de Bagdad en 2003 y la guerra interna que estalló poco después tuvo repercusiones en el sistema político sirio, en particular en la división sunitas/chiitas y religiosos/laicos. Después, las limitadas sanciones económicas de Estados Unidos así como los bombardeos israelíes contra territorio sirio (en 2003 y 2007) hicieron muy difícil a la oposición siria lanzar cualquier crítica contra su gobierno, sin el riesgo de ser considerada como traidora.

La diplomacia siria ha sido, pues, parasitaria de las acciones de otros. No sólo me refiero al conflicto con Israel, sino a la imbricación de dinámicas conflictivas múltiples en la región, así como de las contradicciones y los errores de las políticas de las grandes potencias. Las presiones de países como Estados Unidos y Francia destinadas a debilitar al papel regional de Siria e Irán no lograron su cometido, solamente agudizaron la inestabilidad regional y no lograron que Damasco cambiara de aliados. Esto ofreció un margen de maniobra importante al régimen de Bashar para recurrir a instrumentos múltiples, de tipo económico, militar y simbólico, con el fin de conservar su estatus y papel regional. En el plano estratégico-militar, sobresale la continuidad y profundización de sus relaciones con Irán y con Rusia. Asad decidió estrechar sus lazos con Irán, los cuales desde 1980 han estado determinados por consideraciones geoestratégicas. Esas relaciones se inscriben también en un imaginario simbólico asociado al interés de Damasco de desafiar y criticar a Estados Unidos y se redefinieron en el marco de las interacciones entre Damasco y las petromonarquías del Golfo. El nuevo acercamiento con Rusia permitió a Damasco conservar un poder disuasivo relativo gracias al armamento convencional, del cual Moscú se volvió el principal suministrador. En Iraq, Damasco cultivó múltiples contactos con las fuerzas iraquíes y con grupos de oposición árabes y kurdos, sunitas y chiitas. En el plano de los instrumentos económicos, a partir de 2004 la diplomacia de Asad se acompañó de la necesidad de construir coaliciones políticas para edificar lo que llamó “la economía social de mercado”. El retiro militar de Líbano en abril de 2005 obligó al régimen a ampliar la liberalización económica y bancaria, y la prioridad a la diversificación de las relaciones comerciales hizo de Turquía y los países árabes (Iraq en primera línea) los principales socios de Siria. El régimen de Asad también buscó explotar la ventaja geográfica de Siria como país tránsito de oleoductos y gasoductos, en cooperación con Irán, Iraq y Turquía. Finalmente, las inversiones de Arabia Saudita, los Emiratos y Kuwait aumentaron de manera importante, de la mano con el objetivo del régimen de contentar a una parte del sector privado y compensar la caída de los ingresos petroleros.

En el plano retórico, el presidente sirio introdujo referencias religiosas en sus declaraciones con la esperanza de movilizar apoyos nacionales y transnacionales ante el resurgimiento de fuerzas islamistas sirias, que hacían temer al régimen ser atacado con base en su carácter minoritario alauita. A esta táctica ya había recurrido su padre, Hafez al-Asad, pero debido a que el peso del factor religioso en la escena regional e interna de Siria aumentaron significativamente desde 2003, Damasco hizo un uso masivo de la propaganda islamo-nacionalista y dio mayores concesiones a los ulemas en los planos educativo y de los órganos asociativos, destinados a domesticar al clero y compensar el apoyo del régimen al Hezbola libanés (chiita) y su alianza con Irán. Estos esfuerzos se inscriben también en la rivalidad entre Damasco y Riad, cuando en diversas ocasiones altos funcionarios sirios públicamente cuestionaron la legitimidad del papel regional y religioso del reino wahabita. Los espacios conflictivos en Líbano, Iraq y en los territorios palestinos representaron, pues, para Damasco una fuente relativa de poder, y Francia y Estados Unidos terminaron reconociendo nuevamente sus intereses. En 2008, la presencia de Bashar en los festejos del 14 de julio en París selló el fin del aislamiento extremo de Siria y la recuperación de su estatus regional. En 2009, Washington continuó ajustando sus tácticas en las relaciones con Damasco y, después de seis años de titubeos, decidió finalmente reenviar un embajador a Siria.

Los elementos del desastre

En marzo de 2011, el contagio revolucionario tunecino llegó a Siria. Luego de varios meses de constatar la represión cruenta del régimen de Bashar contra su población, la imagen progresista que Siria y su joven presidente habían recuperado se desmoronó a una velocidad espectacular. Las potencias comenzaron a deplorar la ingratitud de Asad y describían las políticas de Bashar, desde su acceso al poder en julio de 2000, como irracionales y suicidas. Una vez más, volvieron a subestimar, ingenuamente o no, los elementos de continuidad que existían entre el sistema político con Bashar y el instaurado por su padre, Hafez al-Asad.

Aun así, los ataques indiscriminados contra la oposición siria por parte del ejército de Asad con tanques, artillería pesada y bombardeos aéreos, así como las masacres a manos de matones a sueldo del régimen, no recibieron más que titubeos por parte de las diplomacias occidentales, contribuyendo a que el régimen de Bashar se percibiera en una posición de fuerza e interpretara las precauciones de los países occidentales como la señal de que reconocían a Siria como actor indispensable para la estabilidad de la región. Los rumores de un posible ataque israelí contra la infraestructura nuclear de Irán o las presiones sobre el gobierno de Beirut para que continuara financiando el Tribunal Especial para Líbano aumentaron las sospechas de Teherán y del Hezbolá de ser víctimas, con Siria, de un complot destinado a asentar el dominio israelí y estadounidense en el Próximo Oriente. A medida que las presiones iban in crescendo, el régimen optó por una estrategia de propaganda grosera contra la oposición que ya todos conocemos.

Varios países occidentales y también regionales tenían el poder colectivo para retirar al Estado sirio sus beneficios como miembro del sistema internacional. Obama pudo haber hecho más campaña con su Congreso para reunir apoyo a los rebeldes y refugiados sirios, incluido el suministro de antídotos de agentes neurotóxicos. Pudo haber usado su poder retórico para avergonzar a Rusia y a China. No sólo no hizo nada de eso, sino que prestó oídos sordos a los lemas de la insurgencia siria : "Su silencio nos está matando" (eslogan del viernes 29 de julio de 2011) y los gritos de auxilio que los revolucionarios le lanzaron en vano durante meses, solicitando sucesivamente una “protección internacional” (viernes 9 de septiembre 2011), una "zona protegida" (viernes 2 de diciembre 2011) y “un apoyo al Ejército Libre Sirio” (viernes 13 de enero 2012). Si Estados Unidos y otras potencias hubiesen atendido estos reclamos, el régimen sirio habría quizá buscado una salida a la escalada de la violencia, los jihadistas no habrían hecho su aparición, con el apoyo inicial de los servicios de inteligencia sirios, para volverse una amenaza cómoda y un pretexto útil a la inacción de las democracias occidentales.

Negarse a proveer el tipo de apoyo correcto en el momento justo solamente tuvo como consecuencia el permitir que fuentes indeseables se volvieran las principales suministradoras de armas y dinero a los rebeldes. A cada incremento de ayuda ofrecida a cambio de lealtad a una agenda islamista, un número creciente de sirios ha empezado a temer el final del conflicto, mientras que Irán ha extendido su participación del lado del régimen de Asad para contener lo que percibe como un diseño saudita de instalar el dominio sunita de la rama wahabita sobre toda la región.

Si bien Siria vive un conflicto armado interno, ello no impide que el CS determine la existencia de un riesgo para la paz internacional debido a la inestabilidad que el conflicto sirio está provocando en sus vecinos, particularmente Líbano. Ninguna potencia ha ejercido presión para que aumente la ayuda a los países receptores de refugiados, como Jordania, Líbano, Egipto, Iraq y Turquía. Este último país, por ejemplo, ha tenido una de las respuestas más organizadas si se le compara con la de los otros países receptores de refugiados sirios, pero la situación en el terreno está superando las capacidades de Ankara. Ésta no ha podido evitar los costos sociales, políticos y económicos de la llegada masiva de refugiados. Sectores de la población turca en ciudades fronterizas han comenzado a agredir a los refugiados sirios, afectando los delicados equilibrios sectarios y étnicos, particularmente en la provincia de Hatay. La ayuda financiera y logística internacional es vital para que Turquía y otros Estados puedan lidiar con este continuo flujo de sirios que buscan escapar de la violencia en su país. Lamentablemente, hasta ahora el apoyo internacional ha llegado a cuentagotas, como en su momento lo pudieron constatar con grandes aprietos los gobiernos sirio y jordano ante la llegada masiva de refugiados iraquíes a sus territorios, luego de que los neoconservadores montaran el teatro que ya conocemos de sobra y que llevara a la invasión de Iraq y el derrocamiento de Saddam Hussein.

El perverso juego de la doctrina de la credibilidad

Desde el inicio de la “Primavera árabe” Estados Unidos no parece tener un claro sentido de propósito; por un lado se pronuncia a favor de los que protestan contra las dictaduras, pero no está seguro de poder vivir con las consecuencias. Ya Robert Malley y Peter Harling3 atinadamente notaban la tendencia de Washington a que “le coman el mandado”, para luego, cuando ya es tarde, adoptar políticas que se ven superadas por la evolución de la situación en el terreno mediooriental. La incertidumbre e imprevisibilidad son características no sólo de Medio Oriente, sino del sistema internacional en su conjunto. El problema es que, desde su primer mandato, Obama siguió actuando con base en suposiciones erróneas sobre el equilibrio de poder en la zona: viendo a Medio Oriente como un terreno de juego dividido de manera muy clara entre los moderados proamericanos y los radicales proiraníes que deben ser contenidos. Paradójicamente es una imagen réplica de la visión del mundo del gobierno neoconservador.

La “línea roja” (no usar armas de destrucción masiva) pretendía ser disuasiva. Pero la disuasión no funcionó4 ; ahora Estados Unidos busca restablecerla y todo apunta a que la llevará a cabo una intervención con el apoyo apenas de países como Francia5 , Turquía y Australia. Más allá de que esta intervención contradiría los principios y las disposiciones contenidos en la Carta de la ONU, particularmente aquellos relacionados con el derecho del uso de la fuerza, lo más preocupante ahora es que la administración de Barack Obama ha planteado la operación militar como “limitada”, basada en bombardeos puntuales desde bases navales en el Mediterráneo; esto es, se tratará de una acción meramente simbólica destinada contener el desgaste de la credibilidad del presidente Barack Obama, mas no a garantizar la protección de los sirios ante la muy probable venganza que ejercerá el poder militar del régimen Asad contra ellos. Obviamente desconozco los debates en el seno de la administración estadounidense, pero todo apunta a que Washington sólo desea mandar una señal a Bashar al-Asad y a Irán. Nada más queda claro, ni en el plano estratégico ni en el técnico. Si las operaciones son limitadas, Estados Unidos hará una prueba de impotencia, no de poder, con el riesgo de una escalada de violencia. Como bien apunta Farid Kahhat, “si nos atenemos al argumento oficial estadounidense, los objetivos de un ataque serían disuadir al régimen sirio de volver a emplear armas químicas, y degradar su capacidad para usar esas armas en el futuro (en caso de que la disuasión no funcione). Si se tiene en consideración que más del 95% de las muertes entre civiles se produjeron con armas convencionales, las masacres podrían continuar al ritmo actual aún sin recurrir a las armas químicas”.

Por otro lado, sin embargo, los llamados a una solución política responden únicamente a preservar la credibilidad de las amenazas que profiere el gobierno estadounidense, y apoyan la estrategia de tenido Estados Unidos a favor de la duración indefinida de la guerra en Siria en aras de mantener el statu quo y el equilibrio de poder en la zona. Insistir en el diálogo político es loable pero se antoja utópico, pues un conocimiento de la dinámica que ha tomado la crisis en Siria fácilmente permite prever que la solución política no tendrá lugar. Nadie hace nada para que la reunión de Ginebra II tenga lugar, incluido el gobierno de la rebelión, el cual no se presenta unido ante esta opción. Además, ya no es posible reconciliar los intereses de la dinastía Asad con los de la oposición, como tampoco es posible la democracia en Siria preservando los intereses de Rusia. Moscú ya ha dicho que no desea un régimen sirio dominado por sunnitas, aunque los sunnitas representen 80% de la población siria. Todo este tiempo no ha sido posible pactar con una parte de los militares o del corazón del régimen para provocar su derrocamiento. Primero, por las fracturas dentro del ejército; segundo porque quienes llevan a cabo las represiones más cruentas son liderados por la 4ª unidad militar encabezada por un hermano del presidente. Tercero, porque desde mediados de los años noventa Hafez al-Asad fue descartando a elementos sunnitas y alauitas potencialmente hostiles o susceptibles de llevar a cabo un golpe de Estado, mediante nuevos nombramientos, transferencias, dimisiones forzadas en el ejército, la fuerza aérea y las ramas de los servicios secretos. Todo con el fin de proteger al régimen de potenciales conflictos entre generaciones dentro de la comunidad alauita, y entre ésta y los sunitas. Años antes de acceso de Bashar a la presidencia, Hafez y su vástago promovieron una generación joven de alauitas integrada en parte por los hijos y otros familiares jóvenes de generales de su comunidad.

No estoy sugiriendo tomar el relevo de los revolucionarios sirios; de hecho no es lo que están pidiendo. Insisten en ser ellos mismos quienes derroquen al régimen. Se trata solamente de hacer entender a Bashar y su entorno que esta vez será suicida reproducir lo que ya han hecho decenas de veces: la utilización de armas químicas. En efecto, el 24 de agosto, el Ejército Libre Sirio contaba 63 casos de utilización de armas químicas o aparentes, y de continuar violando las reglas internacionales de protección de la población. Por mencionar un ejemplo, el 29 de abril de este año, la localidad de Saraqeb fue blanco de un ataque con armas químicas, y se aportaron pruebas científicas irreprochables al respecto. La respuesta del gobierno estadounidense ante las pruebas que periodistas, políticos y científicos franceses y británicos ofrecieron sobre el uso de esas armas, fue que no eran suficientes. Ante esto, es válido sospechar que la posición actual del presidente Obama a favor de una intervención responde a una lógica política, y no a la famosa y banalizada “línea roja”. Hace un par de días, un diario alemán reportaba, citando fuentes de alto nivel de la seguridad nacional, que el presidente sirio no sólo no había personalmente ordenado el ataque con armas químicas en el suburbio de Ghouta, cerca de Damasco, sino que incluso había bloqueado numerosas peticiones de sus comandantes militares de usarlas6 . Por lo menos cuatro elementos me hacen dar poco crédito a esta hipótesis, como a aquella que sostiene que se trató de una iniciativa aislada y llevada a cabo por la insurgencia: 1) la amplitud del ataque químico en Ghouta; 2) el atentado contra un convoy militar leal al régimen que el 8 de agosto la rebelión llevó a cabo en esa zona; 3) la afirmación del control, por parte de unidades del Ejército Libre Sirio, en zonas cercanas a Damasco con medios militares más sofisticados. Estos primeros tres elementos hacen pensar que el régimen pudo temer una penetración mayor de la oposición en la capital así como una ofensiva general sostenida por grupos opositores provenientes del sur, de la provincia de Deraa e incluso de Jordania, donde combatientes del ELS reciben entrenamiento. Además, 4) está la vinculación directa o indirecta de los diversos centros de poder con la figura presidencial.

Desde luego, persiste la incertidumbre sobre quiénes son las fuerzas insurgentes confiables y cuáles son sus capacidades actuales; cuáles grupos pueden ser parte del plan de reemplazar a Asad para iniciar una transición y cómo pueden ser contenidos los islamistas jihadistas. En un reciente reporte del consorcio Arab Reform Initiative, elaborado por Bassma Kodmani y Félix Legrand7 , se examinan las circunstancias y condiciones que fueron moldeando a la oposición armada siria e investiga a los grupos que permanecen comprometidos con un sistema político democrático y con una sociedad plural en Siria.  Describe la extrema fluidez de la resistencia armada que refleja ante todo la diversidad de sus miembros y de las fuentes de su financiamiento –muchas poco confiables. Como dicen Kodmani y Legrand: “esta dinámica tiene implicaciones mayores para la formulación de una política: si el dinero y las armas están definiendo la dirección del conflicto […] los poderes occidentales y regionales deben seleccionar y empoderar a los líderes de los grupos democráticos para reparar el equilibrio a favor del Ejército Libre Sirio […] Una estrategia efectiva que permita a los grupos prodemocráticos retomar la iniciativa debe combinar apoyo militar y civil […] Sólo en esta condición es posible identificar a los grupos en los que se puede confiar y a los que se les puede suministrar armas sofisticadas. No se puede esperar que el Comando Militar Supremo (CMS) altere por sí mismo el equilibrio de fuerzas en el terreno a favor de los grupos democráticos. Los donadores han seguido escogiendo a sus grupos favoritos incluso después de la creación del CMS”.

Los bombardeos tendrían, pues, que acompañarse de un esfuerzo más amplio y estratégico para garantizar la seguridad de los sirios. Esa campaña extensa tendría que incluir zonas de exclusión aérea, aumentar el suministro y la calidad de las armas a las fuerzas de oposición, con el objetivo de derrotar al régimen. Una intervención que cambie la relación de fuerzas entre los contendientes lo suficiente como para inducirlos a buscar una solución negociada. La acción de los dirigentes de la rebelión militar deberá concentrarse en avanzar y controlar aquellas regiones en las que el régimen se verá debilitado. Un presidente asediado en su capital abre la puerta a que se recrudezca la acción de la rebelión y a que ésta sepa explotar la oportunidad.

El día después

No será fácil, pero ello no impide actuar para salvar a la población siria. En todo caso, es a los sirios a quienes corresponderá decidir el futuro de su país. Llevan dos años y medio debatiendo sobre distintos escenarios y proyectos para una Siria post-Asad, todos aprobados por la Coalición Nacional Siria (el ala política principal de la rebelión), y que prevén la integración del Parlamento, el papel del ejército y de los partidos, y otros temas centrales para el restablecimiento del juego político y la unidad nacional.

Por último, pareciera que las grandes potencias subestiman las aspiraciones de las nuevas generaciones de dirigentes árabes; éstas sin duda serán menos maleables. Así, en el caso sirio, si bien la prioridad de después de la salida de Asad será reconstruir el Estado, la economía y el tejido social para restablecer la unidad nacional sobre bases democráticas, no sería realista suponer que la eventual instauración de un nuevo régimen y la estabilización del país se traducirán en el fin de la identidad de Siria como un Estado nacionalista ni en un giro estratégico radical de  su política exterior. Y es que el “nacionalismo diplomático” defensivo de Siria bajo el reino de los Asad no puede atribuirse al autoritarismo y al Baath exclusivamente, no sólo porque el régimen sirio siempre supo combinar la ideología con un fuerte pragmatismo, sino también porque es un componente de la identidad del Estado asociada a su construcción histórica, a su posición geográfica y a los conflictos irresueltos de su entorno inmediato.

Obama busca la autorización de la Cámara de Representantes; si ésta no lo apoya, el presidente enfrentará un dilema político mayor: ignorar al Congreso y actuar de manera unilateral, sin legitimidad interna ni internacional, o desistir de intervenir. Para rematar, ayer el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, propuso, fuera de tiempo y foco, que Siria sometiera su arsenal químico al control internacional para evitar el bombardeo de Estados Unidos; Rusia no perdió oportunidad y su ministro de Exteriores, Sergei Lavrov, tomándolo en serio, comentó que su país y Damasco daban la bienvenida a esa propuesta, ante lo cual Kerry inmediatamente aclaró que su oferta había sido “meramente retórica” 8 . Como si el juego diplomático no estuviera ya del todo desquiciado…

Haya o no intervención, es un hecho que las reglas del juego en materia del uso de la fuerza y de la comunicación se siguen transformando. La guerra en Siria obliga, pues, a replantear no sólo la legitimidad del veto en el Consejo de Seguridad, sino también la noción de “comunidad internacional” ante la fragmentación creciente de la autoridad en el sistema internacional, visible desde la guerra en Iraq. Reconstruir a la “comunidad internacional” suena una tarea abstracta en el marco de la crisis siria, pero tendrá que atenderse en el futuro, pues cada vez menos países se sienten representados por ella.

El debate en torno a la intervención militar en Siria encierra gran incertidumbre en el plano político y estratégico. Pero se asume, con base en las premisas de la tradición realista, que actuar guiados por consideraciones morales es un acto suicida para los intereses de seguridad de los Estados. Esto es impreciso: el pragmatismo y los cálculos en términos de costos y beneficios para la seguridad y el poder de los Estados no se contradicen o contraponen forzosamente. La ética es un tema clásico de la guerra y la paz, y es ineludible en toda decisión de política exterior, o debería serlo. La política exterior, sin desconocer el pragmatismo, no puede prescindir del bien común.

Como lamentaba Wajd Zimmerman con razón: “Hoy, en Siria, la patria del primer alfabeto, no sólo los seres humanos están en peligro, sino la memoria de toda la humanidad”9 . El aturdimiento de los medios de comunicación —adictos tanto al drama como a las culminaciones pirotécnicas—, la inmovilidad de las instituciones internacionales, los organismos regionales y los gobiernos, así como la intervención simbólica que propone Estados Unidos hacen a los países occidentales cómplices de esta tragedia humana. El no ofrecer ayuda efectiva, escudados en la complaciente vigilancia de la línea de no intervención, así como la noción de que Estados Unidos y Europa están a salvo con la miseria de los sirios, son tan deshumanizadores que superan el nivel de depravación y de corrupción moral. Más aún, no garantizarán la su seguridad ni la de Israel en el largo plazo. Que la dimensión humana de esta crisis no esté presente en el “interés nacional” de las potencias tendrá consecuencias desastrosas para la seguridad colectiva.

 

Marta Tawil

 


2 Jean-Pierre Filiu, Le nouveau Moyen-Orient. Les peuples à l heure de la Révolution syrienne, París, Fayard, 2013, 399 pp.

4 En la noche del martes 20 al miércoles 21 de agosto, el ejército sirio lanzó una amplia ofensiva contra los poblados de Ghouta oriental, la planicie agrícola al este de Damasco donde vive cerca de un millón de personas, y Ghouta occidental, al suroeste de la capital. Estas zonas habían pasado bajo el control de la oposición desde hacía varios meses, enfrentando el asedio y el bombardeo intensivo por parte del régimen. Armas químicas también se usaron en los suburbios de Zamalka y Ain Tarmat, de acuerdo con diversas fuentes, entre ellas el Centro de Documentación de Violaciones en Siria. https://www.vdc-sy.info/index.php/en/

5 El presidente François Hollande enfrenta una presión creciente para obtener un mandato de la ONU para lanzar una acción militar, frente a los sondeos de opinión que muestran que alrededor del 64% de la población francesa se opone a los bombardeos aéreos. Con el fin de lograr el apoyo de países europeos, el fin de semana pasado Hollande declaró que consideraría el reporte de la misión de investigación de la ONU antes de actuar.