Quién no es quién

Había un suplemento de sociales en la mesa de centro. Uno de esos cuadernillos que regalan los diarios con cientos de nombres, retratos y anuncios de productos de lujo. Un hombre joven y elegante, de visita en México, lo abrió por primera vez. No tardó mucho en notar que ahí no había morenos. Sin meterse a honduras filosóficas, sin querer elaborar una tesis sobre el malestar de la cultura, optó por la línea recta y se puso a contar el color de piel en las caras de los que ahí aparecían. Llamémosle a esa actividad el conteo de blancura editorial (CBE). Ese conteo, improvisado y sencillo, confrontó a los presentes de tal manera que atizó la conversación y una conclusión saltó a la mente: la cultura que nos rodea triunfa por completo sobre los individuos cuando se acumulan comportamientos tan generalizados que terminan por resultarnos invisibles. Históricamente, la aceptación social del uso de criterios raciales ha sido una de esas cosas que la generalidad del hábito invisibiliza. Por lo general toma una mirada externa para hacerlas notar. Una mirada que, frente a los comensales de aquel día, desdoró la elegancia de las páginas de sociales y las marcó con una espantosa R.

Círculo social
Ella se sienta con mucho control de sí misma. “Yo no tengo ningún problema en contártelo; a mí hasta me daría gusto, porque yo, en el momento en que esto pasó, me sentí mal de no haber hecho más”, dice.1 Es una historiadora del arte que se asoció con una diseñadora con nombre, apellidos y rasgos indígenas para producir unas bolsas de mano que terminaron por venderse en la tienda del MOMA en Nueva York. Uno de sus primeros reportajes fue para uno de los suplementos de sociales de un diario de circulación nacional. Les hicieron una entrevista y enviaron a un fotógrafo para tomar imágenes de las bolsas y retratar a las creadoras. Dos o tres días después la publicación se comunicó con ella para decirle “que a la editora de la publicación, las fotos donde salían las dos socias, no le parecían las adecuadas […] que no era el target que se estaba buscando”. Le ofrecieron sólo ponerla a ella. La historiadora del arte dice haber pedido que no publicaran su imagen si no aparecía la de la socia, mejor sólo las bolsas. Aun así la publicaron a ella. No respetaron lo que habían acordado. Hoy le pesa no haber protestado lo suficiente. La socia indígena es quien en realidad había diseñado esas bolsas. La otra empujaba el lado comercial de la compañía. La madre de la socia confrontó a la historiadora del arte por querer tomar el crédito para ella sola. Ambas lloraron de frustración. La socia, discreta, no quiso abundar ni dramatizar sobre el tema, al contrario. La historiadora, glamorosa y apenadísima, explica sin darle vueltas ni suavizar el asunto que “fue un momento muy feo de sentimientos encontrados […y lo cuento] porque me gustaría hacer algo al respecto”. Por último dice: “mi socia es una mujer que a mí me parece la más interesante, una mujer que no tiene ninguna mezcla de españoles en sí […] es una mujer morena con rasgos nahuas, sí, pero preciosa, que deberías decir te quiero hacer una entrevista [sólo] por eso”.

Otra escena a retratar es una soirée al aire libre. En un patio colonial se celebra la inauguración de un festival de cine documental. Ahí están la crema y nata de las juventudes asociadas a las artes, la prensa y la socialité de los barrios más hip. Un par de fotógrafos corren en medio del glamour eléctrico pero relajado que sólo los hijos desobedientes de las clases altas liberales saben producir. Si el fotógrafo de la prensa de sociales escoge retratar a un grupo particular, casi nadie se niega, pero tampoco dice alguien “tomémonos una foto”, eso no sería muy glamoroso. Entre algunas personas el fotógrafo produce algo de incomodidad, pero son muy pocos, y la alegre presión de grupo suele imponerse. “Posa que todavía estás guapo”, dice uno. “No importa en cuál revista sales, lo que importa es en qué evento estás”, dice alguien más. Todos reímos ligeramente como si Oscar Wilde se hubiera apersonado en el lugar para entretenernos. Cuando el fotógrafo se ha ido continúa la conversación. Nadie defiende ya el argumento conservador por excelencia, el de antaño, el previo a Twitter y al Bling: que exhibirse es de mal gusto. Si alguna voz solitaria se atreve a oponerse es por una de dos razones aún aceptables en esta sociedad: o porque está mal visto andar flasheando el dinero o —sobre todo— porque la estética y la retórica cursi y anticuada de la prensa de sociales es antitética al estilo cuidado e irónico de los más progre. Nada queda muy claro y al calor de la fiesta todo mundo termina dejándose retratar. Nadie pregunta de cuál publicación se trata. Nadie lo considera extraño ni cuestionable. Quizá ni siquiera el ex jefe de gobierno Marcelo Ebrard, ni el actual jefe de gobierno Miguel Ángel Mancera, ni el presidente Peña Nieto, ni el ex candidato presidencial López Obrador, se lo preguntaron mucho cuando fueron la portada en alguna de estas publicaciones. No es un tema entre nosotros los progres.

La prensa de sociales, como el consumo de deportes televisados y de películas de estreno, parece estar pasando por un boom en México. ¿Será el triunfo de los estándares de la nueva clase media o más bien el triunfo de los gustos de la vieja clase alta? Quién, por ejemplo, se ha convertido en una de las tres publicaciones más vendidas del Grupo Expansión (propiedad de Time Inc/Time Warner). Expansión reporta que la revista tiene 25 mil suscriptores y un tiraje catorcenal de 125 mil ejemplares, número que alcanza una audiencia de casi medio millón de personas. El Media Kit de la revista explica que está “dedicada a mostrar con todo lujo de detalle a personajes inspiradores de la elite mexicana e internacional, así como también temas relacionados con lo último de la moda, estilo y buen vivir”. Su audiencia general “es una mujer que gusta de marcar pautas y ser líder de opinión en su círculo social […]”.2

El diario Reforma entrega a sus suscriptores tres suplementos de sociales: Club, Club joven, y otro de moda, celebridades y sociales: Red Carpet. Club es el suplemento más grande del diario y paulatinamente ha crecido hasta tener alrededor de 146 páginas a todo color donde se retratan bodas que “derrochan amor”, eventos de polo, regatas, salto a caballo, corridas de toros; colegios de niñas que salen de la escuela para ir a la feria, a un cumpleaños o de misiones; recién casadas que se reúnen para intercambiar tips de belleza, vida nocturna o roscas de reyes rellenas de muñequitos de talavera. Lo mismo ocurre en los suplementos gratuitos de otros periódicos como los toscamente denominados R.S.V.P. del diario Excélsior o Clase.in de El Universal. También existe un género algo distinto: el de las publicaciones que se venden por separado y que no sólo retratan eventos “privados” con glamorosos conocidos y desconocidos de la elite local, sino que los mezclan con celebridades del showbiz internacional, fotos tipo paparazzi y testas coronadas. Además de la revista Quién, Hola, Caras y Central son las otras revistas de sociales y espectáculos más prominentes. Al parecer su distribución y alcance empiezan a competir con las de los pasquines y los tabloides de bajo costo que comercializan estrellas de televisión.

La prensa de sociales, a diferencia  de la prensa del showbiz, no glamoriza de  más a sus personajes, ni estira la liga  de lo excéntrico o lo escandaloso, quizá de ahí que en el showbiz quepan un poco más las diferencias que en el mundo de sociales. La prensa de sociales le apuesta a una estrategia más elegante: retratar personajes y situaciones más cercanos al lector que las lejanas existencias de las estrellas de Hollywood. Si retrata a las testas coronadas debe hacerlo de forma íntima, y retrata a las elites locales como, probablemente, quisieran verse a sí mismas: deseables bajo sus propios términos de elegancia. Una acomodada regata de veleros en Valle de Bravo, una inocua despedida de soltera en Vail o en las Lomas de Chapultepec y un evento más de Marie-Therese Arango en apoyo de las artes populares. Un tipo de seducción asociada a “contrarrestar la negatividad” de la vida común y corriente con una imagen deseable de placidez con visiones de una vida amable y relajada. Una vida donde todos siempre están bien y se ven bien. Por eso, si de algo peca la prensa de sociales, es de cursi, no  de escandalosa.

Pero como todas las prensas del reflector, inevitablemente, a algunos les toca estar en las luces, y a muchos otros en las sombras. No todo mundo puede ser elegante y pertenecer al círculo retratado. A quién le toca el reflector y a quién no, es parte del hechizo social con que se mantiene el monopolio del gusto, de lo socialmente aceptable y, mejor, de lo socialmente deseable. Es una prensa de personajes y prestigios que se construyen y destruyen según un criterio editorial. En este caso hay un prestigio dañado en particular, el de la piel morena.

Buscar la elegancia
Luis Ortiz Vargas es fotógrafo de sociales de la agencia Clasos, antes trabajó para la versión en línea de la revista Quién y comenzó su carrera en la “sección comercial” de sociales del periódico Reforma. Él es uno de los que cargan una bolsa pesadísima y además llevan la libreta en la mano para apuntar cada acento, cada diéresis, cada detalle de los nombres y sobre todo de los apellidos. Cuenta anécdotas trágicas de desprecio y discriminación contra los fotógrafos. El trato a los de su gremio en estos ambientes es pésimo, asegura, mal trato en los eventos y en la redacción. “Reproduce lo peor de la división social”, explica.

Luis, ¿cuál es el perfil? ¿Qué es lo elegante?

“Pues tiene que ser las niñas bonitas […] nosotros seguimos una estética, cero gorditos ¿no? Bonitas de la cara, bien peinaditas, los chavos en saquito, bien vestiditos o que sean estéticos  a la imagen, de cara bonita. Entonces, como ves, nosotros nos acercamos a la esfera donde todos nacen bonitos y tienen BMW […]”.

¿Entonces no hay muchos gorditos en las secciones de sociales, pero tampoco muchos morenos? Luis hace un mea culpa:

“Nosotros mismos, los fotógrafos, promovemos esa división, ese clasismo… Si llegamos a ser seleccionadores de gente, obviamente es porque tenemos que llevar el material competente”.

“A mí me dan mi agenda. Luis: a inauguración de [Zona] MACO. Que MACO es EL evento cultural donde se concentran socialités y artistas, autores y todo lo demás […]. Entonces, te voy a ser honesto, yo como fotógrafo también selecciono a la persona, es decir, si yo veo alguien gordito, chaparrito, morenito, quizá es el director del centro Banamex pero yo no sé, y si estética y visualmente no persigue el perfil que nosotros estamos trabajando, pues lo desprecias, lo quito […]”.

Pero en descargo Luis explica:

“Lo que tú ves publicado no es ni el 10% de lo que mandamos los fotógrafos. Mando 100 fotos y [los editores] escogen 15, 10. Y te puedo decir que hasta en exclusivas llegan los familiares de los artistas de la película y posan con él y esa foto no sale porque sus papás están feítos”.

Caras y cuentas
Mientras van pasando las páginas, más y más personas blancas se van acumulando en el conteo de blancura editorial (CBE) y los morenos siguen sin aparecer. Si la piel morena está acompañada de apellidos o rasgos mediterráneos salen sin problemas, pero si son rasgos mesoamericanos, no. En un momento, ante la incomodidad de hacer la pregunta racial, se echa mano de la escala de tonos de piel que utiliza la Encuesta Nacional de Discriminación (ENADI) para establecer más precisamente quién es moreno y quién no. Aún así, nada o muy poco. Y dejando a los simples morenos de un lado, los morenos con rasgos asociables a los varios grupos étnicos que pueblan el país no aparecen en una página, ni en la otra, ni en la otra. Sin embargo, buscando con cuidado, sí hay contadísimas excepciones. Del primer suplemento a mano, Club de Reforma (15 de febrero de 2013), el conteo arroja 300 blancos y dos morenos: uno de ellos es Jorge Campos, el otro está atrapado entre una modelo y Rebeca de Alba. Hasta los charros, la gente que va al Estadio Azteca y a los toros parecen ser todos blancos.

Por supuesto, a todo esto, no sólo los vestidos, la belleza, los apellidos o lo abultado de la cartera juegan parte en la cuidadosa selección de personas y actividades que construye nuestra idea de elegancia. Hay otras cosas que la costumbre no deja ver. Por ejemplo, en esas pocas veces que aparece un moreno ¿cómo aparece representado?

Tomemos, por ejemplo, el suplemento R.S.V.P del Excélsior del día viernes 22 de febrero de 2013. Si volvemos a utilizar el CBE, en ese número aparecen reproducidas 676 imágenes de personas (más o menos repeticiones individuales y anuncios). Del total de retratos, el equipo de los blancos suma 666 (mera casualidad). El total de los morenos  —no libaneses o de otro tipo de origen mediterráneo y con clara filiación a la mayoría étnica mexicana— suma el gran total de 10. Pero no sólo la proporción de 1/66 es sobresaliente. La manera de representar también lo es.

Quién no es quién

De esos 10 morenos sólo tres tienen nombre. Uno de ellos es el político Rafael Macedo de la Concha y otros dos “no conocidos”: un individuo de nombre Manuel Camacho y, otro, Felipe Cazares retratado en una reunión de los amigos del Museo de Arte Popular, donde —aclara la nota— la champagne Taittinger fue una de las bebidas “más solicitadas”. A los otros siete morenos, a los que bien podemos clasificar bajo la categoría de los morenos-sin-nombre, cuatro son los ayudantes del torero Pablo Hermoso de Mendoza, que marchan detrás de él y enmarcan su triunfo. Uno más en un caddie en un campo de golf que también sirve de fondo a la golfista desconocida Alicia Nachón. Los dos últimos aparecen en la cobertura de la “segunda carrera Kardias” donde hasta los niños tienen nombre en el pie de foto. Los dos hombres aparecen ejercitándose delante y detrás del jefe de gobierno del DF, Miguel Ángel Mancera, pero nadie les ha de haber preguntado su nombre. Incluso en un publirreportaje del suplemento Clase.in de El Universal (15 de noviembre de 2012) hecho para Movistar en el Festival de Cine de Morelia, se incluyen los nombres de Irene Azuela y otras tres celebridades, pero —a pesar de tener los nombres registrados en el apretado texto que acompaña las fotos— se omitió el nombre de dos muchachas morenas en el pie de foto, descritas sólo como “ganadoras del club Movistar”. Qué buena suerte haber ganado.

Estas maneras de representar se repiten en otros lados. Hay algunos morenos “institucionales” que tienen la suerte de ser incluidos en las ediciones finales con nombre y apellido. Generalmente, son muy pocos personajes, pero muy sociables y que derivan su fama pública de otros ambientes. Como el cardenal Norberto Rivera o el ya mencionado futbolista Jorge Campos (a cuyo tono de piel lo acompañan sendos ojos verdes). Sin embargo, el otro grupo de rostros asociados a la mayoría étnica fueron un accidente o claramente hubieran sido prescindibles en el efecto general de las fotos. O de plano están ahí para —literalmente— enmarcar o añadir un toque de glamour a los elegantes que ahí se retratan añadiendo un toque de servicio doméstico. Existe una célebre serie de fotos publicadas por la revista Hola (diciembre de 2011) donde a la familia de Sonia Zarzur, las “mujeres más poderosas del Valle del Cauca”, las fotografiaron en una composición en la que dos mujeres afrocolombianas posaron a manera de decoración en la casa de las señoras retratadas. Vestidas de blanco, las dos negras anónimas cargando bandejas plateadas o desempolvando los muebles añadían glamour al estilo de vida, tal como lo hacían la alberca o las mascadas. Las fotos desataron un escándalo en el que las retratadas se tuvieron que disculpar por haber permitido que el fotógrafo hiciera composiciones de esa naturaleza.

Pero no siempre es así. Por ejemplo, en el suplemento Clase.in de El Universal (21 de febrero de 2013) se cubrió la premiación del “festival internacional de chefs de Sanborns” en el hotel Geneve de la Zona Rosa. Ahí, junto a Carlos Slim Domit, el dueño de los restaurantes, aparece un caballero moreno de nombre Juan Bueno Monjaraz y la primera mujer indígena registrada en las decenas de suplementos revisados. Ella es Benedicta Alejo, chef de Sanborns. El único problema es que va vestida con huipil bordado y peinada con dos trenzas. No hay nada de malo en ello, excepto que, en el contexto particular de los restaurantes Sanborns, reproduce los patrones estereotípicos de los indígenas decorativos. Pero donde de plano se mezclan el triple patrón semiótico del moreno-sin-nombre, el servicio doméstico como parte del ambiente retratado y el estereotipo del indígena decorativo es en la cobertura de una boda en el templo de Santo Domingo en Oaxaca (Central, febrero de 2013). Ahí, en un tipo de prensa donde los nombres son todo, aparece una mujer joven y guapa, con rasgos indígenas y vestida de istmeña, mirando de frente, en primer plano, junto a un carrito de postres. El pie de foto dice: “Se ofreció una gran variedad de dulces oaxaqueños”.

Pero dejando las representaciones por un momento y volviendo a las caras y a las cuentas, los patrones numéricos parecen repetirse sistemáticamente. Al revisar el conjunto transversal de las revistas a mano, los resultados no son muy distintos. En el suplemento Club del 17 de mayo de 2013, el conteo CBE resulta en 529 blancos y 11 morenos. En la revista Central de febrero de 2013, el CBE en la sección que cubre eventos de sociales (excluyendo showbiz y celebridades) es de 168 blancos y tres morenos (dos de ellos sin nombre). El mismo conteo en la revista Caras de marzo de 2013 resultó en 340 blancos y cuatro morenos (dos políticos del PRI y el padre de uno de ellos). En la revista Quién del 15 de marzo de 2013, hay un fantástico reportaje especial de Eufrosina, “la indígena que podría gobernar Oaxaca”, en el que incluso aparece Ricardo Bucio, el presidente del CONAPRED, en el cual parece no haber consideraciones raciales. Sin embargo, el CBE en las secciones que cubren eventos de sociales arrojan un resultado muy parecido al de las otras publicaciones: 348 blancos y cuatro morenos. Este conjunto aleatorio de números recientes parece confirmar la tendencia, pero también anunciar la llegada de algunos esfuerzos de apertura editorial como el de la revista Quién. Ninguna de las dos cosas parece ser casualidad.

Quién no es quién

Detrás de la imagen
Beto Tavira es un célebre cronista de sociales y trabajó en la revista Quién durante siete años (cinco como editor de política y dos como editor adjunto). Él explica que es mejor mirar estas publicaciones como un producto particular con un nicho de mercado muy ubicado: “Pequeños cuentos de hadas hechos para entretener”, dice. “Entretener con glamour. Estas revistas son elitistas pero no hay que perder de vista que su prioridad es comercial”, explica Tavira. Y usa un ejemplo interesante para ilustrar el argumento: “Las familias de abolengo […] las familias bien: estas revistas lo que pretendían, lo que hubieran querido es retratar a esas familias, bien portadas, con mucho mundo, estudiaron en países extranjeros, hablan cuatro idiomas, se visten elegantes como príncipes ingleses […] bueno, esas son las familias que no quieren salir en las revistas del corazón porque se les hace de mal gusto, se les hace un poco naco, de new rich […] Por eso los que se paran en ese reflector son los que lo necesitan para fines políticos o comerciales […] o porque acaban de amasar una nueva fortuna y quieren pertenecer […] Ahí hay algo muy interesante… no podrían subsistir las revistas del corazón sólo con esas personas [de abolengo] porque además, insisto, no son del interés de un público masivo, y justamente lo que tienen que hacer es vender con sus portadas”.

La explicación de Beto Tavira sobre la ausencia de morenos representativos de la mayoría étnica en las portadas de sociales no es muy distinta a la de ausencia de abolengo, también tiene una lógica comercial: aún no hay personajes así que capturen la imaginación y el interés del público de revistas como Quién. La pregunta ahí es la del huevo y la gallina. Aún no existen esos personajes porque no los retratan o no los retratan porque no existen. En este caso la circularidad del argumento podría quedar rota haciendo uso estratégico de la política editorial. Tal y como se hizo cuando se colocó en la portada a Macario Jiménez y Fernando Raphael como una de las parejas más atractivas del año (Quién, febrero de 2011).  “La importancia comercial del pink market y la apertura de la prensa de sociales a las minorías sexuales lleva ya muchos años”, insiste Tavira. Sin embargo, últimamente también se ha reconocido que las decisiones editoriales de Laura Manzo, la actual editora de la revista, han buscado normalizar la representación de las minorías sexuales. En cosas como éstas se cifra el poder de la decisión de apertura editorial.

Por otro lado, el tema de la representación de la diversidad racial parece no haber avanzado tanto. Además de la pequeña cantidad de morenos fotografiados en la prensa de sociales y de los retratos estereotipados o sin nombre, hay otro tipo de dilemas en las mesas de redacción. Hay un caso conocido que sirve de ejemplo: el cantante de ascendencia cubana, Kalimba, tuvo una hija con una fan, nadie sabía quién era la hija. La madre dio unas fotos exclusivas de la niña a la revista Quién. En ese momento Kalimba estaba en el candelero de la prensa y las fotos podían constituirse en una portada con valor comercial, pero el reportaje salió en las páginas interiores. Al respecto, Tavira dice: “en ese caso yo estuve ahí, yo tomé decisiones. Bajo ninguna circunstancia fue un asunto racial”. Más bien, explica, se consideraron otros argumentos como si la nota y los personajes tenían el perfil de ventas de la revista Quién. Si los lectores de la revista la iban a encontrar atractiva o no. Una decisión puramente comercial para el producto y su nicho de mercado. 

Sin embargo, aceptando sin conceder que Kalimba tiene una imagen pública de celebridad escandalosa “tipo TvNotas y TvNovelas”, queda una pregunta en el aire: ¿cuál es la diferencia sustancial entre una portada sobre la hija de Kalimba y la de la actriz de telenovelas Silvia Navarro, quien apareció en la portada de ese mismo número? ¿O qué diferencia tendría una portada de Kalimba o su hija con otras anteriores de la misma revista como las dedicadas a Myrka Dellanos, a “la boda secreta de Fey” o aquella titulada “La ex del potrillo cuenta su versión”?

Otras de las aristas de la importancia del debate racial (o falta de ella) las ha abordado bien el historiador de la cultura Mauricio Tenorio. Él se ha manifestado con gracia en contra de que los mexicanos sigamos insistiendo en la versión Frida Kahlo de nosotros mismos, en la glamorización de “lo indígena” y en la ideologización de  lo mestizo. De ahí que profiere categórico: “este mundo apuesta a la tolerancia de las razas. El que venga ha de apostar a tolerar que la raza no sea el centro de la discusión”. Sin embargo, el célebre historiador piensa en ideologías de Estado y en la imagen que México presenta en el mundo, por lo que se permite hacer una cuidadísima excepción: “Esto es desvergüenza naca, claro, pero la catrinura nacional hace tiempo que anda desatada, llora que llora porque México no es ni Dinamarca ni Miami. Por décadas no fue bien visto alardear de catrín —aunque se fuera—, pero hoy la catrinura se vale y recio ’ora en los suplementos de gente chic de los más importantes periódicos, ’ora en  los editoriales de nuestros opinadores que, como quien le juye a la barbarie, deducen paraísos liberales y democráticos de Wikipedia, Slate o The Economist.  No obstante, la naquiza manda y mandará en este país, mas no es de exportación. Una nueva imagen de México en el mundo será naca o no será”.3

El profesor hace un diagnóstico interesante. Pero antes de discutir la debilidad mexicana por la catrinura tipo Dinamarca o tipo Miami, antes de dilucidar si es producto del desencanto social de las elites o de su ánimo de huir torpemente de la barbarie, aún quedan cosas más prácticas que considerar. Cosas donde la raza no es asunto de imagen internacional o de ideología estatal, sino de asuntos domésticos, de formas de expresión y de norma social. Así como se puede considerar  —con Tenorio— que se puede combatir la desigualdad y elevar el autoestima nacional anacando estratégicamente la imagen de México en el mundo, también se puede considerar que hay maneras alternas de hacer de México Dinamarca, y de hacerlo en privado, sin The Economist y sin reflector social.

Sociales y sociedad
El argumento de que las ventas están asociadas a cierto estereotipo “occidental” de belleza es un argumento viejo y sustanciado. Sin embargo, aunque sea cierto, que lo blanco venda no quiere decir que sólo lo blanco vende. Quiere decir que estas publicaciones venden un producto específico, uno que está pintado de color blanco. Pero hay otro argumento interesante que busca explicar la blancura de este tipo de prensa: al tener un sesgo económico o inclinación por cierto “estilo de vida”, en la selección de sus personajes, las publicaciones de sociales tienen un sesgo racial involuntario que lo único que hace es reflejar la distribución racial dentro de los estratos más altos en México. Hay dos cosas que pueden cuestionar esto. Lo primero es que seguramente hay una proporción más alta de morenos, aun en los estratos de ingresos altos, que los que aparecen en las revistas de sociales. Y lo segundo, mucho más interesante para este caso, es la distribución del sentimiento de discriminación por motivos raciales en la sociedad.

Según los resultados de la Encuesta Nacional sobre Discriminación (ENADI 2010), en México, mientras 2.1% se describe como güero y otro 10.9% como blanco, 64.6% se describe como moreno. Frente a una tabla de gradientes de tono, las mujeres tienden a asociarse con los tonos morenos claros y los hombres con los morenos más oscuros. Del total de la población, una cuarta parte (24%) dice que sí ha sentido que sus derechos no fueron respetados por su tono de piel. Aún más interesante es que este problema parece tener dimensiones parecidas en todos los estratos socioeconómicos. Mientras 20% de las personas de los niveles más bajos se han sentido discriminadas o “discriminadas en parte”, en los niveles medio altos y altos la cifra no cambia mucho. En la parte superior de la pirámide socioeconómica, 16.3% del total también se ha sentido discriminado o “discriminado en parte” por su color de piel. Los de arriba se sienten apenas un poco menos discriminados que los de abajo. Los que se sienten discriminados ¿serán blancos, morenos o ambos?

Los indicadores apuntan a que el problema de discriminación existe a lo largo de la pirámide de ingreso (quitando los casos de las minorías indígenas que la padecen en proporciones mucho mayores). Voluntaria o involuntariamente, las publicaciones de sociales parecen dar un ejemplo de esa distribución, pues el sesgo no sólo ocurre en los ambientes blancos de las fiestas de banqueros y empresarios, también ocurre en los reportajes de sociales hechos desde el Estadio Azteca, la Plaza de Toros o la Feria de Chapultepec, ambientes que difícilmente podrían describirse como homogéneos.

El Estado protege la libertad de expresión. La autoridad reconoce el derecho de estas revistas o de los diarios que publican los suplementos a publicar estos contenidos y lo que el público quiera ver. Cualquier intento de prohibición iría —sin lugar a dudas— en detrimento serio de nuestro derecho colectivo a la libertad de expresión. Sin embargo, no todo lo expresado debe ser “respetado” o “patrocinado” por el Estado.

El racismo es un prejuicio y una actividad. Es un prejuicio porque está constituido por ideas que asocian la raza con características personales o sociales que deben ser promovidas (o censuradas), pero también es una actividad hecha de mecanismos de discriminación basados en este tipo de nociones raciales. Cuando ciertos mecanismos de discriminación racial se establecen y se vuelven prácticas sociales, institucionales o gubernamentales, esas nociones quedan asociadas no sólo a una manera de ver el mundo, sino a una manera de hacer en el mundo. Una idea se vuelve práctica con consecuencias sociales amplias. Por eso desmontar el racismo implica dos cosas. No sólo es un ejercicio de cuestionamiento a las nociones raciales que sostienen los prejuicios, también se trata de combatir las prácticas que las reproducen. Por eso, en casos como éstos, la neutralidad liberal frente a temas culturales suele terminar por proteger la reproducción libre de los prejuicios que ya existen.4

La discriminación, así en general, es una actividad común y corriente en todas las sociedades y es necesaria. Es parte fundamental del ejercicio de nuestras libertades individuales. Pocos se opondrían a la idea de discriminar bailarines para los puestos en el departamento legal de una compañía telefónica. Pocos se opondrían a que antes de casarse más vale que discriminemos puntillosamente entre los posibles candidatos. Sin embargo, hay tipos de discriminación que tienen una justificación más flaca que otras y que causan suficiente daño social para que las sociedades, los Estados, se pongan de acuerdo en tratar de combatirlas o, al menos, de limitarlas. La discriminación racial (o étnica como prefieren llamarle algunas legislaciones) es una de ellas. Y justo por eso los Estados, incluido el mexicano, a contrapelo de las nociones ultraliberales de neutralidad cultural estatal, se han dado ciertas herramientas para intervenir sin tener que prohibir, sin tener que atentar contra el derecho a la liberad de expresión.

En el caso del uso de criterios raciales por parte de actores privados como los diarios y revistas, pareciera que la discriminación no tiene el efecto, al menos directamente, de “impedir o anular el reconocimiento o el ejercicio de los derechos y la igualdad real de oportunidades de las personas”.5 Sin embargo, hay al menos dos herramientas estatales potencialmente aplicables al caso. La primera son medidas administrativas no dirigidas a prohibir o castigar la discriminación formal, sino para “prevenir y eliminar la discriminación”, asignadas al CONAPRED: la impartición de cursos sobre no discriminación a las instituciones que elija en propio Consejo y la colocación de carteles en los establecimientos, con “los que se promueva la modificación de conductas discriminatorias”.6 La otra legislación al respecto es un poco más dura. La Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial (ONU 1965) compromete a los Estados firmantes (México es uno de ellos) a utilizar la educación, la cultura y sus actividades informativas para “combatir los prejuicios que conduzcan a la discriminación racial”. Y el artículo 2, apartado b, obliga a los Estados a no fomentar (patrocinar en su traducción literal del inglés), defender o apoyar la discriminación racial practicada por cualquier persona u organización. ¿Acaso no es una forma de patrocinio estatal la compra de publicidad oficial a aquellos diarios que reparten suplementos que incorporan criterios raciales en su política editorial? Y esa pregunta no sólo es pertinente para el Estado mexicano, sino también para el canadiense y otros más que a veces promueven a su país en estas publicaciones.

Las publicaciones de sociales son una ventana a los elegantes mundos privados de las clases altas, a su estilo de vida. Publicaciones donde, uno supondría, se presentan como se quieren ver. Si acaso los criterios editoriales de estas publicaciones incluyen un sesgo racial, como parece ser el caso, aun cuando sea involuntario, entonces hay que preguntarse ¿será que refleja un prejuicio general? ¿Será que refleja un prejuicio particular de la población que sale en esas revistas y así les gusta aparecer? ¿O será que sólo refleja un prejuicio que la edición le impone a la gente elegante, contra su voluntad, por motivos exclusivamente comerciales? Sea lo uno o lo otro, existe un argumento ético para negarse a salir en publicaciones donde prevalezcan los criterios raciales.

El color de piel es una cualidad de nacimiento, los individuos no pueden hacer mucho al respecto, no así sobre ser gordo o fachoso. Discriminar por raza no deja ningún espacio posible para una enorme cantidad de personas, causa daño social y pocas veces está bien justificado. Estamos acostumbrados a pensarnos como una nación de mestizos, pero a presentarnos como una nación de blancos. Cuando no somos ni lo uno ni lo otro. También nos repetimos con frecuencia que nuestro problema es el clasismo, no el racismo, cuando las ideas que componen nuestras definiciones de clase están llenas de consideraciones de raza. En el caso de la prensa de sociales, la principal pregunta cultural de interés público es: ¿será realmente cierto que otra forma de elegancia no es posible? Por ahora parecemos inevitablemente atrapados en esta idea de elegancia, en ese odioso conjuro que parecen advertir que si clase.in entonces raza.out. n

Mario Arriagada Cuadriello. Internacionalista por El Colegio de México y politólogo por la London School of Economics.

 

1 Entrevista llevada a cabo en marzo de 2013. La protagonista y la alertante de esta historia están asociadas aún con los suplementos de sociales y solicitaron el anonimato para evitar represalias laborales.
2http://grupoexpansion.mx/quien.html (29 de mayo de 2013).
3 Mauricio Tenorio, “Contra la idea de México”, nexos, junio de 2010.
4 Barbara J. Flagg, “Was Blind, but Now I See: White Race Consciousness and the Requirement of Discriminatory Intent”, Michigan Law Review, vol. 91, núm. 5 (marzo, 1993), pp. 953-1017.
5 Definición de discriminación establecida por la Ley Federal contra la Discriminación, art. 4.
6 Ley Federal Contra la Discriminación, art. 83.