Literatura y política cultural

Rafael Pérez Gay. Escritor. Su más reciente libro es Llamadas nocturnas.

VIOLENCIA Y POLÍTICA

Nunca estará de más insistir sobre este asunto de la vida política y cultural: sobran opiniones improvisadas y faltan reflexiones en torno a la interminable zona de turbulencia por la que atraviesa la vida política mexicana. A excepción de algunas firmas probadas a lo largo de los años en el toma y daca del comentario político, el escenario es lo más parecido a una obra enloquecida donde todos los personajes repiten parlamentos de obras distintas. Si se tratara de literatura tendríamos al Hamlet de Shakespeare hablándole del padre muerto al avaro Harpagón de Moliere, que a su vez le habla de riqueza a los Ham y Clov de Beckett, que a su vez reflexionan sobre el fin de partida frente al Astrov de Chejov que, como muchos analistas políticos, está convencido de que le está haciendo un tremendo servicio a la humanidad.

Uno de los resultados de esta proliferación de parlamentos que están fuera de la obra a la que alguna vez pertenecieron es la ausencia de un canon político cultural, la pérdida del centro ordenador que la vida mexicana simplemente extravió en los últimos años. He leído Violencia y política (Cal y Arena, 1995) como un esfuerzo por acercarse a ese centro perdido, como una aventura reflexiva y, muchas veces, como una invitación al debate de la realidad política mexicana. Por lo mismo, el libro no puede ser leído como una serie de codazos para abrirse paso y quedar en primera fila, frente a la Verdad.

José Woldenberg (1952) realiza su trabajo de observador y analista fuera de, precisamente, los centros que dominan la reflexión política actual; es decir, se aleja- y se opone- al análisis sostenido en la fascinación por el escándalo, en la sobreadjetivación, en el comentario de suposiciones, en la descalificación moral de quienes no opinan como él. Se acerca, en cambio, a otro centro, mucho menos frecuentado en nuestros días; se deja atraer por un análisis político sostenido en la claridad expositiva, en el esfuerzo de profundidad, en la voluntad comprensiva y en la conversación con los muchos lectores que ha ganado a lo largo de los años como periodista político. Este conjunto de intenciones analíticas, al que nadie debería renunciar a la hora de meditar la política mexicana, es en estos tiempos, por desgracia, una excentricidad.

Violencia y política es un libro construido alrededor de, al menos, cuatro ejes de tensión en el año de 1994: primero el conflicto armado en Chiapas y otras irrupciones de violencia como el asesinato de Luis Donaldo Colosio: la energía conceptual de este apartado está puesta, según creo, en estas líneas argumentales: no acostumbrarse a la guerra, rechazar la violencia, darle salida política al conflicto en Chiapas y no permitir que el crimen irrumpa en mitad de nuestras vidas. El segundo eje ordenador es el clima preelectoral y, más precisamente, las propuestas de los partidos, los acuerdos, la incertidumbre, la desconfianza y hasta los cierres de campaña. El tercero desarrolla un hecho optimista bajo la tempestad mexicana: la realización de unas elecciones pacíficas, limpias, vigiladas y con una alta participación. El cuarto tiene que ver con las condiciones de la competencia electoral y el camino a seguir; en él, Woldenberg aporta los datos de un análisis que muy pocos pueden dar en México a la llora de proponer la ruta electoral o las formas para avanzar hacia un acuerdo político.

Pero hay algo extra en el trabajo periodístico que Woldenberg ha escrito en La Jornada, el semanario etcétera y la revista Nexos y con el cual armó este libro. Violencia y política es una prueba de que el periodismo puede durar, ser leído con el tiempo como una novedad cuando se ha escrito legítimamente- estemos o no de acuerdo con él- y sin responder a ningún otro interés que a la convicción personal. No es poco para un solo libro, suficiente para hacerlo uno de los libros más recomendables de la temporada.

MEMORIAS SEGADAS DE UN HOMBRE EN EL FONDO BUENO

La vida cultural mexicana perdió también, como la política, el canon, el centro. El óxido de las rutinas de la política cultural comete a menudo errores, mínimas miserias, omisiones que nublan eso que llamamos clima literario. Acaso la característica principal de esta ausencia de canon sea la confusión entre lo que encierra un claro empeño intelectual y creativo y aquello que no lo tiene. Al mismo tiempo, cada vez es más común, por ejemplo, que a un autor novel se le dé la estatura de un escritor con una obra que empezó hace muchos libros o, peor aún, que se le haga el triste favor de compararlo con una obra de años en la literatura mexicana; o al revés, que a ese mismo autor novel se le trate con tanta severidad como con complacencia al escritor consagrado. Sin embargo y con todo, estoy seguro de que la cultura política mexicana no tiene ni la intensidad, ni la calidad ni el talento de una literatura que reúne a varias generaciones activas como la mexicana.

Precisamente hace varios libros empezó la obra de un escritor original, extraño y disfrutable como pocos en mi generación: Francisco Hinojosa (1954). Su más reciente libro, Memorias segadas de un hombre en el fondo bueno y otros cuentos hueros (Ediciones Heliópolis, 1995) reúne siete relatos de imaginación cómica, de crítica a las mitologías mexicanas, de guerra contra la cursilería y de un empaque narrativo enloquecido en su magnitud de comedia y humor negro. Dos de estos cuentos son acaso perfectos en su capacidad de esfera loca, sin fisuras (las esferas locas, se sabe, no tienen fisuras, por eso son rarísimas y perfectas). Los dos cuentos a los que me refiero son el que da título al libro, «Memorias segadas de un hombre en el fondo bueno» y «Explicación»; éste último empieza así:

Soy a Tolstoi lo que mi esposa es a Madame Curie. Y no quiero decir con esto que ella es mejor o yo peor. O que los dos somos unos genios, o que ella es una científica prominente y yo un escritor de valía. Sinceramente no sé qué quise expresar cuando las comparaciones pasaron por mi mente aunque confieso que padezco de megalomanía. Sería, en todo caso, más justo decir que yo soy a Chopin lo que Teresita mi esposa es a Evita Perón. Pero ni así sabría explicar el porqué de tan disparatados parangones. La mente es así de compleja en sus pensamientos.

Los cuentos de Hinojosa están sostenidos en el cruce de tres zonas literarias dificilísimas a la hora de escribir: la tensión sorpresiva, el obsesivo cuidado formal y la inteligencia a prueba de lugares comunes. De ahí vienen estos «Siete Magníficos» de Francisco Hinojosa. En «Memorias de un hombre en el fondo bueno» también hay un lector de gustos refinados, un conocedor del relato norteamericano, de la narrativa inclasificable y extraordinaria de Donald Barthelme, y en especial de los libros Vuelve Dr. Caligari (Anagrama, 1971) y Prácticas indecibles, actos antinaturales (Anagrama, 1972). Este lector, supongo, ama a Calvino, al Calvino del Señor Palomar y al de los apólogos y cuentos de juventud. Hablando de Calvino: es perfectamente posible aplicar a Hinojosa lo que Calvino observó en Tomaso Landolfi, por cierto otro autor afín, cercano a Hinojosa. La cita es ésta:

La primera regla que se establece entre autor y lector (Calvino se refiere a Landolfi) es que más pronto que tarde, hay que esperarse una sorpresa, y que esta sorpresa nunca será agradable o consoladora, sino que tendrá el efecto, en el mejor de los casos, de una uña que chirría contra un cristal o de una caricia a contrapelo o de una asociación de ideas que inmediatamente se querría arrancar de la mente.

Así pasa con los siete relatos de este libro. Hay todavía una última sorpresa en la propuesta narrativa de Hinojosa: su futuro creativo es un misterio. Mucho mejor. No hay nada peor que un escritor con el porvenir asegurado.

SOY MR. WOLF, SOLUCIONO PROBLEMAS

¿ La realidad mexicana se parece a una película de Quentin Tarantino? Quien quiera averiguar sobre esta desmesurada pregunta puede leer Pulp Fiction. Tres historias sobre una misma historia (Mondadori, 1995), pero en realidad se encontrará con una buena pieza dramática. En lo personal, me fui de inmediato a los dos episodios que, creo, valen toda la película de Tarantino. El primero es la historia de un reloj que trae mala suerte y que ha pasado por tres generaciones de hombres que lo esconden en el único lugar donde puede esconderse algo cuando se está en un campo de concentración vietnamita: en el culo. En la película, esta historia corre a cargo del capitán Koons, actuado por un Cristopher Walken formidable.

El segundo episodio es el de uno de los grandes personajes de Pulp Fiction Mr. Wolf, actuado por un magnífico Harvey Keitel. Los asesinazos Vincent Vega y Jules (John Travolta en el mejor papel de su vida y Samuel Jackson) están en aprietos y deben deshacerse de un cuerpo que está en el asiento trasero de su coche y al que han asesinado por error cuando a Vega se le escapa un tiro de su pistola. Llegan con un coche ensangrentado a casa de su amigo Jimmie, actuado por el propio Tarantino. Le dice Jimmie a Jules (pese a la traducción): ¿No entiendes que si Bonnie (su esposa) regresa a la casa y encuentra un muerto voy a tener que divorciarme? Nada de consejeros matrimoniales nada de separación a prueba. Directa y jodidamente al divorcio. Y no quiero ser un divorciado. La última vez que Bonnie y yo hablemos de esta mierda será la última vez que ella y yo hablemos de esta mierda. Quiero ayudarlos, Jules de veras que lo deseo pero no estoy dispuesto a perder a mi mujer por eso. Entonces llaman a Mr. Wolf, un hombre bien vestido y lleno de dinero en los bolsillos que se presenta así: Soy Mr. Wolf soluciono problemas. Wolf es el gran Maestro de la Obviedad que ofrece esta solución: «Muy bien. Primero ustedes dos (se refiere a Vega y a Jules): Saquen el cuerpo del coche y métanlo a la cajuela. Y ahora Jimmie ésta parece ser una casa bastante limpia y ordenada. Eso me induce a pensar que en el garaje o debajo del fregadero tienes un montón de productos de limpieza y mierdas como ésas. ¿Tengo razón? Jimmie le contesta, asombrado por la capacidad deductiva de Mr. Wolf: «Sí. Exactamente. Debajo del fregadero».

Por cierto, la política mexicana está llena de señores Wolf, maestros de la obviedad que se presentan diciendo: Soy Mr. Wolf, soluciono problemas.

DIATRIBAS DE AMOR

Circulará pronto en México la más reciente incursión de García Márquez en el teatro, Diatriba de amor contra un hombre sentado (Grijalbo-Mondadori, 1995). Se trata del monólogo de una mujer que le habla a su marido, que está sentado en su sillón leyendo el periódico; es un maniquí. El drama ocurre, como indican las instrucciones de escena, en una ciudad del Caribe con treinta y cinco grados a la sombra y noventa por ciento de humedad relativa, después de que Graciela y su marido regresan de una cena informal, poco antes del amanecer del 3 de agosto de 1978. La pieza es un concentrado, por decir así, del mejor García Márquez. Ofrezco preventivamente un menú de tres citas, o mejor, tres terribles y hermosas diatribas para que las mujeres mexicanas las usen a discreción, dependiendo, por supuesto, del marido, del periódico y de la mujer. Aquí van:

* Nada se parece tanto al infierno como un matrimonio feliz.

* Lograste hacerme feliz sin serlo: feliz sin amor. Difícil de entenderlo, pero no importa: yo me entiendo.

* Te encantan los misterios, siempre que sean inventados por ti, claro. Pero si son reales no sabes dónde poner el cuerpo. Entonces entras a la casa como un fugitivo y vas derecho al baño a echarte tu loción personal para que no se te note la que traes de la calle, no tienes un minuto de paz, comes en las nubes, tiemblas cada vez que suena el teléfono. Y no sólo tú: todos los hombres.

Esta obra de García Máquez, me atrevo a suponerlo, se venderá muchísimo y ocasionará no pocas tempestades en la intimidad de las alcobas. Por mi parte reservaré mi sillón y guardaré un periódico de hace ocho días para capear el temporal.

Brecht: La tentación mexicana (apuntes para un diario imaginario)

Rodrigo Johnson. Director de teatro. Entre sus puestas en escena, Sujetos de Eugene O’Neil, Came de Cañón de Bertold Brecht y Zapatos y alpargatas de Carlos Cuarón.

En sus diarios Brecht manifestó su deseo de viajar a México. La travesía se frustró. A partir de este hecho Johnson elabora una cadena de supuestos e imaginarios.

Para JGG y FGM

El 29 de julio de 1940, Brecht se encontraba en Finlandia haciendo planes para emigrar nuevamente hacia un lugar seguro. Las tempestades de acero se sucedían y tronaban como nunca antes en la historia. La relativa y frágil paz de la región fueron un paréntesis estimulante en la vida de Brecht. Sin embargo, eran los Estados Unidos, tierra de gangsters, del gran capital y también del gran cine, el único lugar seguro, lejos de la blitzkrieg que lo había orillado a regiones casi árticas.

El 21 de abril de 1941 da el pretexto perfecto para escribir este artículo cuando dice: «el hecho de que estas notas contengan tan pocos datos de índole privada no sólo se debe a mi escaso interés por los asuntos privados (para los cuales no he dado con una forma de expresión que me satisfaga), sino, fundamentalmente a que siempre pensé hacerles superar límites imprevisibles en cuanto a cantidad y calidad. Esta última idea me impide también escoger temas que no sean literarios». Y efectivamente, es difícil encontrar referencias o datos que nos hablen del mundo íntimo de Brecht. En medio de la guerra, sufriendo el exilio, Brecht reflexiona en sus diarios, analiza las noticias y describe sus planes literarios. Sin embargo, leyendo con atención aparecen fragmentos que aquí y allá nos permiten reconstruir o al menos esbozar una personalidad y suponer algunos hechos. Y una vez instalados en las libertades que ofrece este terreno podemos empezar a jugar con algunas ideas.

El 29 de junio de 1940, Brecht menciona por primera vez su intención de ir a los Estados Unidos. Después de reflexionar sobre la última versión de El olma buena de Se-Chuan (obra iniciada en Berlín, continuada en Dinamarca y Suecia, y por último en Finlandia), dice: «Comienzan los calores y todavía no hay respuesta del consulado norteamericano respecto a las visas. Tampoco sé por qué ruta debo viajar y cuánto me pueda costar».

La salida (huida) de Finlandia no vuelve a mencionarse sino hasta seis meses después, el 4 de diciembre: «Grete tiene fiebre muy alta; (se refiere a Margarete Steffina, una de sus colaboradoras más cercanas junto a Ruth Berlau). Estamos preocupados porque ha adelgazado mucho en las últimas semanas (…), además, han llegado visas de México para nosotros, que no la incluyen».

El 18 de abril de 1941 y más adelante, el 12 de mayo, día en que atraparon a Rudolph Hess en Escocia, Brecht hace referencia a su próxima estancia en los Estados Unidos. El 13 de julio escribe: «En diciembre del 40 se nos comunicó desde Estocolmo que había visas mexicanas de inmigración para Helli, para los niños y para mí. Para Grete no llegó nada. Fueron inútiles los cables y las cartas. A nosotros se nos comunicó desde los EU que debíamos partir inmediatamente, porque el nuevo gobierno mexicano podía anular las visas en cualquier momento».

Es evidente que Brecht había decidido llegar a los Estados Unidos vía México, aunque por otra parte se habla de un visado como inmigrantes, que habían conseguido él y su familia, y que permite inferir un deseo de permanencia o por lo menos de una estadía mayor a la de un mero tránsito.

Seguramente la solicitud y los trámites se iniciaron todavía bajo el gobierno de Cárdenas. El Sináia había realizado su primer viaje a México en 1939, llevando a buena parte de lo que sería el exilio español. Los fusiles de la madre Carrar le garantizaban una pronta aceptación; y si bien el gobierno de Avila Camacho no simpatizaba del todo con las ideas de izquierda, la sombra del Tata seguiría protegiendo por muchos años a todos los exiliados invitados por su régimen.

Pero la enfermedad de Grete (que finalmente la llevaría a su muerte en un hospital de Leningrado) y su falta de visa mexicana, hacen que Brecht se decida por llegar a los Estados Unidos de manera directa por el Pacífico. En el transiberiano llega a Vladivostok y el 13 de junio se embarca en el «Annie Johnson». Rodeando Japón, el 21 de julio llega a San Pedro, puerto de Los Angeles, un mes antes de Pearl Harbor.

Regresamos al campo de los supuestos. ¿Qué habría pasado si Brecht hubiera decidido venir a México? Es bien conocida su abominación / fascinación por los Estados Unidos, donde nunca se sintió completamente aceptado y del cual finalmente también tuvo que huir por sus ideas políticas. Dudo que haya tenido mucha idea de lo que era México, pero me atrevería a asegurar que lo hubiera preferido a la artificiosa California. En dado caso lo imagino escribiendo para Hollywood desde la Condesa.

De haber llegado Brecht en 1941, es curioso pensar que habría sido testigo y probablemente partícipe de la época de oro de casi todo; la radio, el cine, la música, la literatura y, en cierto sentido, el teatro, pasaban por su mejor momento. Epoca dorada que se extendería hasta mediados y finales de la década de los cincuenta, periodo en el que también muere Brecht (14 de agosto de 1956).

Algunos pasajes de ese posible diario serían los siguientes:

21.7.41

Por la madrugada llegamos a Veracruz. De lejos veíamos el faro y la elegante mole del fuerte de San Juan de Ulúa. El calor y los mosquitos son desesperantes. La sensación de ser parte de una novela de Kipling no deja de asombrarme. De continuar la guerra por el rumbo que lleva, no me extrañaría que la miseria en Europa llegara a los niveles que se ven por las sucias callejuelas de este puerto. El contraste es definitivamente épico. Una pequeña delegación de artistas y campesinos revolucionarios estuvieron para recibirnos. Un mulato borrachín que se pretendía loco sería un espléndido bufón de Lear. En unos días tomaremos el tren hacia la ciudad de México. Espero que no haga tanto calor. Helli y yo tenemos diarrea.

14.3.43

Poco a poco hemos ido instalándonos en una vieja casona del pueblo de Coyoacán. La gente es demasiado amable, aunque escandalosa. Son tantas las visitas que he tenido poco tiempo para trabajar. Estuve en casa del pintor Diego Rivera, un gordo simpático que insiste en hablar ruso conmigo. Ha prometido llevarme a la carpa, una especie de teatro popular a lo Piscator al que la censura empieza a afectar. Dice que hay un actor, un tal Palillo que sería un espléndido soldado Shweick. Salvador Novo insiste en insultarme acusándome de panfletario. Su ironía es bastante torpe. Frida insiste en retratarme con un mono en el hombro. Dudo de su filiación troskysta.

2.10.48

Estoy harto de Hollywood. Conocí a un joven director mexicano que está interesado en mi Herr Puntila; quiere hacerlo en una hacienda del sureste con Fernando Soler como Puntila y un joven actor español, un tal Benedicco, como Matti. He de confesar que el señor Fernández, alias el Indio, me da un poco de miedo. Tengo interés por conocer a Sano, un japonés que estudió con Stanislavski, aunque no sé por qué creo que no nos llevaremos bien. Estoy trabajando en una versión de Chucho el Roto y un Julio César con generales revolucionarios. El nuevo gobierno ofrece un cadillac para cada mexicano. ¿Qué será de este país en veinte años?

UN MAESTRO DEL LIED

Mahler: Des Knaben Wunderhorn; Lieder eines Fahrenden Gesellen. Eva Andor, István Gati, Sándor Solyom-Nagy; György Lehel, director. Hungaroton

El fenómeno Mahler continúa impresionando y ocupando los presupuestos de los más insólitos sellos discográficos. Ahora son los húngaros quienes ofrecen al mercado «capitalista» su versión de dos de los más atrayentes ciclos de lieder del músico bohemio, pertenecientes ambos a la primera etapa de su vida en la creación. Des Knaben Wunderhorn (1892-9), diez canciones con DES Knaben Wunderhorn acompañamiento orquestal, se basa en la lírica popular; tesoro fabuloso recopilado por los «anticuarios» (ancestros de los actuales folclorólogos) Ludwig Joachim Achim von Armin y Clemens Brentano en el siglo XIX, a través de un peregrinaje intenso por el territorio alemán.

Entre los temas escogidos por Mahler se cuentan canciones de soldados, lamentos de despedida, cantos callejeros, canciones báquicas y otras de connotación religiosa. Algunos de los motivos musicales que aparecen en el ciclo, al que se agregan «Revelge» y «Der Tambourg’sell», fueron empleados en la segunda y tercera sinfonías, como el del sermón de los peces de San Antonio de Padua.

Sobre cuatro poemas propios en un estilo seudo-folclórico, Mahler escribió Las canciones de un caminante que datan, aproximadamente, del periodo 1883-93. La obra encuentra un eco romántico en el Winterreise (1827) de Schubert; viaje invernal solitario que emprende el amante desengañado. Se trata de una de las primeras partituras de madurez y gran rigor formal, donde el compositor instaura con pleno dominio los recursos de la gran orquesta aplicados a las características sui generis del lied.

Clara Meierovich

SONIDOS VISUALES

Kronos Quartet: Kronos Quartet perfoms Phillip Glass. Nonesuch / Warner Music

Dada la cercanía de intereses artísticos y la cooperación que el Kronos Quartet ha mantenido con Phillip Glass durante los últimos diez años, se hace natural que todo ello se cristalice en un disco en el que uno de los cuartetos de cuerdas más comprometido con corrientes innovadoras de la música, interprete las composiciones de uno de los creadores contemporáneos más trascendentes.

Desde sus inicios, la música de Glass ha estado caracterizada por su relación con lo visual: ópera, cine, danza y teatro, y con los esfuerzos por desarrollar un discurso sonoro basado en elementos minimalistas: la repetición, la austeridad, la sutileza. Tal vez por ello su música esté tan ligada a la creación de atmósferas, al movimiento y al drama. Y de ahí que dos de las obras del CD tengan un carácter marcadamente visual: el String Quartet No. 2 (1983), escrito como música incidental para la dramatización de Company, un poema en prosa de Samuel Beckett, y el String Quartet No. 3 (1985), compuesto para la banda de sonido de la cinta Mishima de Paul Schrader. Es tal vez en esta última donde esa intención dramática alcance su expresión más notoria, al complementar sonoramente la descripción cinematográfica de la vida de Yukio Mishima, el atormentado escritor japonés. Por su parte, el String Quartet No. 4 (1990), dedicado a Brian Buczak, un artista que murió de SIDA, evidencia desde el principio su carácter de memorial mediante su tono sombrío y su desarrollo de remembranzas espirituales en tres movimientos. El String Quartet No. 5 (1991) funciona como un vehículo de reflexión donde Glass, mediante el esfuerzo de crear una composición de sencillez extrema, asume los elementos y mecánicas fundamentales de su música original e innovadora.

César G. Romero

TV del DF: Oferta y demanda: Detrás del rating

Fátima Fernández Christlieb y

Beatriz Solís Leree

Ligia María Fadul y Beatriz Solís Leree. Coautoras de La Televisión en Amerique Latine.

Fátima Fernández Christlieb. Autora de La Radio Mexicana: Centro y Regiones. 

Crece y crecerá más la oferta televisiva en México. A los canales de siempre (2 al 13 banda VHF) se les han sumado el 22 y recientemente el 40 (banda UHF). En mayor proporción ha aumentado la oferta de televisión de paga, sea vía cable o vía aire.

¿Qué ofrece hoy la televisión a los habitantes del Valle de México y a los que captan canales de cobertura nacional? Dicho de otro modo: qué contenidos son los que con más empeño ponen a disposición del público las televisoras que transmiten desde el DF?

Las siguientes gráficas muestran la oferta por géneros, que hace tanto la televisión abierta (canales de banda VHF más el 22 y EL 40 de la UHF) como la televisión de paga (Cablevisión y Multivisión).

¿Cómo responden los televidentes a esta oferta? ¿Qué géneros son los preferidos por el público? En México no existe un indicador único ni varias empresas que compitan entre sí dando resultados de medición de audiencia de manera permanente. Agencias, anunciantes y medios recurren a diversas fuentes para conocer el comportamiento de los televidentes ante la programación; una de esas fuentes es la división IBOPE / Gamma del Grupo Delphi, la cual publica mensualmente en la revista Adecebra un resumen de ratings hogar provenientes de una muestra de 500 telehogares. Con base en esa información se elaboró una gráfica referida únicamente a la demanda de la televisión abierta entre diciembre de 1994 y mayo de 1994.

La oferta televisiva crecerá aún más al entrar en operación los sistemas de recepción directa desde el satélite (DTH: direct to home), cuyas concesiones han sido ya otorgados a varias empresas, entre ellas a Medcom de Clemente Serna Alvear. La pregunta obligada es: ¿habrá cambios en la oferta televisiva?

No confíes

Bernardo Ruiz. Escritor. Su más reciente libro es Historias extraordinarias. Breve antología (UNAM).

Cuando nos explican que somos seres únicos e irrepetibles sobre la faz de la tierra, podemos sentirnos satisfechos y gloriosos. O también muy solos. En particular, esa sensación de aislamiento y abandono invade a quien intenta buscar en un manual de cómputo la solución a sus problemas.

Pero ocurre. Se aprende entonces: quien redactó un instructivo sabía a fondo los arcanos de un autoexec.bat, por ejemplo; y de seguro -como un experto afinador de pianos- intuía cuál cuerda de un BIOS(1), en qué corredor de aquel chip era posible encontrar la armonía y el preciso funcionamiento de la máquina. Una, aquélla: lejana y misteriosa como un modelo platónico. Aquélla, precisamente, no tiene nada que ver con la nuestra ni con la original duda. 

(1)BIOS. Programa imborrable (ROM) que inicia a una computadora. Está escrito en un chip. Permite la lectura de los archivos que amplían el reconocimiento de utensilios en una máquina (unidades de disco, puertos, rams, etc.). En el BIOS radica la compatibilidad o incompatibilidad de una marca con una serie de periféricos y/o programas comerciales.

En esos casos, por lo general, uno aprende a preguntar. Luego, a consolarse en el borde de la sabiduría, cuando se comparte la ignorancia con la comunidad automatizada de los alrededores. Los usuarios de Mac, aprovechan tales momentos para crear envidia y desconcierto entre las filas de quienes tienen una PC.

Lo que nadie explica, es que ni las máquinas ni los usuarios tienen la culpa. Más allá del BIOS, y del procesador, está el sistema operativo, el entorno, la plataforma: el lugar donde pueden funcionar los paquetes. Estos, por lo general, se preocupan por ser más males en las PC que el DOS.

Y, en efecto, el infierno de las PC está empedrado de buenas intenciones y grandes promesas, como de político mexicano: entre el «ya merito», y el «van a ver que ahora sí funciona». A la postre, lo que se infiere, es la verdad: en efecto, los sistemas sí se caen.

A su vez, el efecto de demostración es convincente. Hace

poco, M. A. Merino denunciaban que un programa con cable para pequeña empresa no sabía sumar ni restar. Problema como para

un cuento de pesadilla ficción si se ponen como personajes a

la Secretaría de Hacienda y al microempresario.

Por supuesto, la anécdota precedente es inofensiva cuando se compara con la noticia de una serie de procesadores Pentium que no sabía dividir. Un programa se borra; un procesador se tira a la basura. Asunto grave.

En el fondo, éste es motivo suficiente para advertir a quienes sueñan con tener su propia oficina en casa que no caigan en el ostracismo. Así podrán recurrir a grupos de terapia emocional que -sospecho- algún renegado integrará como Cibernéticos Anónimos o cosa por el estilo.

No asombre que tales apoyos se lleguen a ofrecer por vía telefónica o por medio de boletines -correspondencia pública – en tableros electrónicos, donde asimismo conviven en computacional armonía nerds y hackers, los expertos en estas cuestiones.

Ellos advierten, en sus diálogos y murmuraciones, contra una decisión apresurada respecto a la nueva plataforma, Windows 95, el nuevo paraíso que ofrece Microsoft.

Quien reflexione acerca de la naturaleza del MS-DOS y su evolución, caerá con facilidad en la cuenta que dicho sistema es una amplia colección de parches: las sucesivas versiones que corregían los defectos de las previas, con la particularidad de que, en retrospectiva, ha sido mayor la suma de los errores que la de los aciertos.

Recuérdense con cariño la 2.10, la 3.3, la 5.0 y la 6.2; las restantes han sido aproximaciones a estos sistemas. Muchas de ellas se probaron con versiones beta, es decir, las que se aplican y corrigen de modo empírico, tras su diseño y prueba en laboratorios como versión alfa.

Bastaba, hasta hace poco, solicitar alguno de estos proyectos y uno se convertía en un betatester, con el gusto de poner a prueba un material perfeccionable. Encontrar una falla o una inestabilidad en el programa era parte del experimento, y más motivo de orgullo que de lamentaciones. El comercio estaba excluido del proceso.

Por ello asombra lo que ocurre hoy: Microsoft vende la versión beta de Windows 95, su prometido e inacabado producto, y no faltará quien crea que con ello sus problemas terminaron. Quien no se dé cuenta de que compra boleto para la siguiente pieza con el diablo. podrá sufrir largamente.

Este es el cuento de nunca acabar. Entre las opciones novedosas, en contraste, los enterados comentan que el OS/2 Warp de IBM -de visualización semejante a la de Windows- ha resultado una alternativa eficiente para quienes desean una más cómoda y segura plataforma. Como en todas estas cosas del diablo, el comentario es el de siempre: todavía se sufre en la instalación.

EL MEXICANO ANTE EL PENALTY

En tanda de penalties, el equipo mexicano quedó eliminado de la Copa América 1995 ante Estados Unidos. Algunos creímos que, por esta vez, no tanto por eficacia futbolística sino por mera ley de probabilidades, no tanto por contundencia realizadora desde los once metros sino por mero concurso del Caos, a México le tocaría ganar en penalties. No fue así.

Esto ya no puede ser. Esto amerita ya literatura. A El laberinto de la soledad le falta un último capítulo: «La máscara y la red: El mexicano ante el penalty». Ramón López Velarde debió referirse en La suave patria a «…toda mi briosa / raza de falladores de penales». Y Jaime Sabines: «¿Qué putas puedo hacer yo frente al arco, Tarumba?». Y estaría el, cuento de Juan Rulfo: «íDíles que no lo fallen!». Al respecto, dos novelas de José Revueltas son, efectivamente. Los errores y, sobre todo, Los días de penales. O bien, si Borges escribió: » Y somos desganados y argentinos ante el espejo», nosotros escribiremos: «Y somos desganados y mexicanos ante el penalty.»

Johannes Burgos

UN ALIENTO IMPERIAL

Elgar: Symphony no. 2; Sea Pictures. Della Jones, mezo- soprano; Royal Philarmonic Orchestra, Sir Charles Mackerras. Sello Argo.

Sir Edward Elgar (1857-1934) amó Inglaterra, su pasado y sus idílicos paisajes, convirtiéndose en el músico laureado de las eras victoriana y eduardiana. Por ello, su obra retiene el hálito de las consignas imperiales, traducidas, sobre todo, en el conjunto de marchas Pompa y circunstancia. Congruente con su regio apostolado dedicó la segunda sinfonía «A la memoria de su majestad, el Rey Eduardo VII» (muerto en mayo de 1910), con la aclaración de que había sido » proyectada a comienzos de 1910, con la intención de ser un leal tributo». Elgar comenzó a esbozarla un año antes, durante un viaje que emprendiera a Venecia, y en su estancia en Tintangel, en la costa de Cornwall, donde residía su amiga Alice Stuart-Wortley, con quien se casaría después, destinataria secreta del Concierto para Violín (1909-10)

La Sinfonía no. 2, estructurada en cuatro movimientos tradicionales, así como los Cuadros marinos op. 37, factura basada en cinco episodios líricos sobre textos de diferentes autores (uno de los cuales, «In haven», se acredita a C. Alice Elgar) brillan con todos los matices de una orquestación postromántica.

Música que a veces escucha otras músicas es la de Elgar, pero que guarda una impronta que la distingue por lo que es susceptible de llamarse «ardiente circunspección». Logro interpretativo magistral a cargo de Sir Charles Mackerras, una de las batutas más sabias y emotivas de los podios británicos que, junto a Della Jones, rinde un fervoroso tributo al artista que puso en música su apasionada esencia y su nacionalidad.

Clara Meierovich

MINIMALISMO HELADO

Chris Isaak: Forever Blue. Reprise

Lluvia, sombras, lugares desolados, espejos, nostalgia, componen el desordenado conjunto de sensaciones, cosas e imágenes que habitan Forever Blue, el quinto disco en la carrera del californiano Chris Isaak. Un lacónico sonido de guitarra acústica, junto a algún sax y una opaca hatería, acompañan los relatos que Isaak construye en torno a los fantasmas que alimentan su imaginación y sus experiencias, sus registros vitales y sus preocupaciones.

Como la literatura, la música admite admite múltiples percepciones, y el disco bien puede escucharse como la continuación de Silvertone (1985), Chris Isaak (1987), Heart Shaped World (1989) y San Francisco Days (1993), las obras precedentes de Isaak; cuyo eje común es la combinación exitosa de una sobria composición musical con la referencia minimalista a los temas del afecto, la distancia y el desvanecimiento de las certezas vitales. Mucho más cercano a nuestro Alvaro Carrillo o a Roy Orbison que a Bob Dylan o Lou Reed, Isaak toma prestadas indistintamente las herencias del rock, el blues y el folck norteamericano para plasmar en rolas como «Somebody Crying», «Shadows In a Mirror», «Things Go Wrong», o «The End of Everything», esa pesada e intermitente sensación de soledad que a veces nos tragamos solos o en compañía de una buena, helada cerveza.

Adrían Acosta Silva

Un jugador eficaz

Eduardo Vázquez Martín. Poeta. Su más reciente libro es Comer sirenas.

«César Benítez pone a prueba herramientas y define su lugar poético, su campo de operaciones».

César Benítez

Juego de dados

UNAM, Col. El ala del tigre

México, 1994

100 pp.

¿Se pueden volver a correr los riesgos de Mallarmé y convocar a Gutiérrez Nájera? ¿Se puede compartir con Gerardo Deniz el gusto por el mensaje cifrado en los vericuetos de la sintaxis, pero al mismo tiempo azotarse con la elegante discreción sentimental de Rubén Bonifaz Nuño? ¿Pueden convivir en un mismo cuerpo el hambre de calle, la pata de perro, con las certidumbres de Efraín Huerta y la sinceridad ritual de César Vallejo? No, definitivamente tal mejunje es imposible. Si es necesario acudir a tantas sustancias, paradigmas literarios, dibujar fronteras tan caprichosas, se debe a que el territorio que establece la poesía de César Benítez (Morelos, 1958), no es el resultado de la alquimia o la intersección, sino una aventura particular, reconocible – como los buenos vinos- también por el gusto residual de otros frutos, pero con personalidad propia.

A César Benítez lo conocemos por sus crónicas urbanas en Unomásuno y Sábado, en las revistas Milenio y la Viceversa de antes. Sus prosas parten de la mirada curiosa de quien atisba por los callejones de la ciudad para entrevistar a sus gatos furtivos, golfas trotamundos, meseros venerables, luchadores con alma de Lord Byron, boxeadores trágicos y/o cómicos. Hace una década, sin embargo, apareció en la revista La Orquesta un poema que pronto se hizo referencia obligada entre quienes lo leyeron: «El Santo». Pocos poemas han hecho coincidir el gusto diverso de críticos y lectores: es un consenso justo. En «El Santo», César Benítez convocó a un personaje célebre entre aquellos cuya niñez sucedió hace más de veinte años; desmenuzó las metáforas públicas y privadas, evidentes y probables, del héroe de la cultura popular. En el luchador vio el poeta las desgracias simuladas y sometió al mito a la mordedura crítica del verso:

Dónde pues tu capa se atora, flamígero,

tus botas desgastadas,

tus pantalones de lentejuelas,

tu escafandra de plata y tu reloj,

chingao,

largo alcance, pantalla ingrada,

alarma y despertador,

pura tecnología mexicana de los sueños,

En Juego de dados, César Benítez pone a prueba herramientas y define su lugar poético, su campo de operaciones. Las primeras son sus instrumentos verbales, la libertad sintáctica al servicio de una expresión original y contenida; dicha experiencia, Benítez la comparte con mucha de la mejor poesía latinoamericana: de Néstor Perlongher a José Kozer, de Antonio Cisneros a Eduardo Milán, y más entre nosotros, David Huerta, Josué Ramírez o el Ricardo Castillo de El pobrecito señor X. Por eso la definición de Roberto Echavarren -crítico uruguayo- de la poesía trasplatina le queda como anillo al dedo a los poemas de este libro:

…cierta poesía de hoy recupera el humor fetichista, la batalla entre el estilo y la moda, que abordaron los poetas del modernismo (… ). La nueva poesía, además, a través de José Lezama Lima, se asoma a la poesía barroca (…). No apuesta, como era el caso de las vanguardias, a un método único o coherente de experimentación. Ni se reduce a los referentes macropolíticos de la toma del poder o el combate al imperialismo. Es impura: ora coloquial, ora opaca, ora metapoética. Trabaja tanto la sintaxis como el sustrato fónico, las nociones como los localismos. Y pasa del humor al gozo.

Si bien César Benítez participa de estas definiciones de poética contemporánea, el lugar desde donde habla y sobre el que habla es decimonónico: la ciudad. Y de la ciudad el poeta prefiere los rincones donde se alimentan las conspiraciones y vive el marginado, «cuyas únicas paradas fijas -explica el Carlos Marx que cita Walter Benjamin -son las tabernas de los vinateros, [y cuyos] inevitables tratos con toda ralea de gentes equívocas les colocan en ese círculo vital que en París se llama bohemia». Lo mismo recita a Rimbaud y se alcoholiza entre los balbuceos de la rima que baila mambo y recuerda las medallas de los que callaron y de los que cayeron en 1968. En los poemas de Juego de dados, las musas reclaman a veces al cisne modernista, otras son maltratadas por la seca reseña del barrio, o reaparecen en el diagrama del nieto -heredero de los herederos- de la vanguardia. Poeta mexicano, Benítez no podía renunciar al sincretismo pagano y religioso, al mestizaje de la plebe, a las voces del vago, al sentimentalismo del bolero o al espíritu hierático de quien conserva con dignidad la memoria del maestro de danzón. En sus versos sucede una suerte de multiplicidad, operan distintos niveles comunicativos de manera sincrónica. El resultado es una polifonía compleja pero en todo momento legible. Acompasada y efectiva.

¿Es Juego de dados un libro redondo, perfecto en su estructura, como su nombre en homenaje a Mallarmé haría suponer? Otra vez, no. Hay que reprocharle algunos momentos donde el uso de la métrica y la rima son artificiales, donde la escatología es innecesaria, o donde el dibujo tipográfico sobre la página no es significativo o es inocente. Igual que le sucede a un buen futbolista cuando deja pasar el balón, en la gradería no puede dejarse de oír un rumor que se lamenta. Es triste pero no fatal. Al siguiente poema, a los más con mucho, la pelota en los pies del gambetero hace temblar las redes del contrario. Cesár Benítez es un jugador eficaz e inspirado. En sus botines las palabras son siempre peligrosas.

SUBRAYADOS

Acaba de aparecer en España Emitaño en París, unas páginas autobiográficas e inéditas de Italo Calvino. Estos son los subrayados de la lectura que hizo Roberto Pliego.

* En estos países terrestres donde viven los escritores norteamericanos yo no viviría ni aunque me mataran. No hay otra cosa que hacer más que emborracharse.

* Primero vivir, luego filosofar y escribir. Que ante todo los escritores vivan con una actitud hacia el mundo que corresponda a una mayor adquisición de verdad. Ese algo que se reflejará en la página, esa cualquier cosa, será la literatura de nuestro tiempo y no otra.

* Pero acaso yo no esté dotado para establecer relaciones personales con los lugares; me quedo siempre como flotando, estoy en las ciudades sólo con un pie.

* En mis relaciones con el mundo he pasado de la exploración a la consulta; es decir, el mundo es un conjunto de datos que está ahí, independientemente de mí, datos que puedo comprobar, combinar, transmitir, tal vez de cuando en cuando, moderadamente y disfrutar de ellos pero siempre un poco desde fuera.

* La ciudad que he sentido como mi ciudad más que cualquier otra es Nueva York. Incluso una vez, imitando a Stendhal, escribí que quería que en mi tumba se escribiera «neoyorquino».

* Gran parte de las historias de hechos sucedidos en los históricos edificios de Nueva Orleans que cuentan los guías, se las inventó Faulkner, porque Faulkner, de joven, vivió aquí unos años como guía turístico y todas las historias que contaba se las había inventado, pero tenían tanto éxito que los otros guías se pusieron a contarlas y ahora son parte de la historia de Luisiana.

Al cierre

CUADERNO NEXOS

José Woldenberg K.

1. LA CRISIS Y LOS SIGNOS

Todos los pronósticos nos advierten de un segundo semestre doloroso, tanto en lo que toca al empleo como a la producción y la empresa, aunque casi todos coincidan en que lo peor en materia de inflación ya pasó y que, en efecto, como declaró recientemente el presidente Zedillo, pudo conjurarse un descalabro financiero de enormes proporciones. Vivimos y viviremos en el claroscuro, pero lo más claro es que la oscuridad seguirá tiñendo el horizonte de millones de familias mexicanas, enfrentadas por primera vez al desempleo o la quiebra y, lo más grave, a una casi total falta de expectativas alentadoras.

«El desánimo es generalizado y lo más lamentable es que la energía empresarial se está perdiendo cada día». Así resumía ea días pasados un empresario grande la situación que en su mundo priva. Y si ello ocurre en los territorios menos afectados o con mayor capacidad para defenderse de la crisis, se puede imaginar, Sin acudir al tremendismo, qué es lo que pasa por la mente de las mayorías, trátese de los sectores proletarios o refugiados en la informalidad, sea que se piense en los grupos medios que todavía disfrutan de un empleo más o menos regular.

Poco puede hacerse en lo inmediato, pero algo debería intentarse ya no sólo con propósitos de alivio, sino con la mirada en plazos más largos. De lo que se haga hoy, no sólo para hoy sino para mañana, dependerá en gran medida el clima político y social del futuro, cuando la sociedad y el Estado puedan dedicarse a definir las prioridades y objetivos de cuyo logro depende el perfil del país el próximo siglo. Con todo y el Plan Nacional de Desarrollo, cuya discusión en el Congreso aún está por llevarse a cabo, es claro que desde el punto de vista político nacional, determinado por el involucramiento efectivo y reconocible de sus grandes fuerzas y grupos de interés, ese ejercicio definidor de propósitos y énfasis todavía está en lo esencial por hacerse, pese a que en pocas ocasiones el país ha requerido tanto de ello.

Las calamidades tormentosas de los ochentas, cuando la crisis se desplegó inclemente y México encaró luego de un largo proceso de crecimiento las crueles realidades del desempleo, la recesión y la inflación, jinetes apocalípticos de la posmodernidad capitalista, pudieron capearse gracias a una suerte de «consenso negativo», cuya fuerza principal radicaba en la convicción masiva de que lo anterior, modelo y estrategia de desarrollo, no daba más y que era preferible empezar el cambio y no tratar de volver atrás, para ahora así «hacer bien las cosas». Pero han pasado más de diez años, y ese consenso se ha más que gastado, habida cuenta del escaso crecimiento obtenido y, desde luego, de las catástrofes financieras de fines de 1994, que pusieron al país en la senda de un nuevo y drástico ajuste.

Más allá de la emergencia, y de la habilidad con que pueda lidiarse con ella desde el gobierno y las cúpulas políticas y económico-sociales, lo que urge es entrar en un momento constructivo de consensos mayores, más difíciles, pero decisivos a la vez que promisorios: los que tienen que ver con el futuro y con la visón que de él se tenga desde el Estado, la empresa, los partidos y las agrupaciones populares y laborales. Sin este convenio, sin esta visión, será muy costoso e incierto articular tantas voluntades heridas y tan disparada variedad de mentalidades, como las que han producido, sin mayor coherencia, la modernización, los ajustes y la crisis que no nos dejan.

Estas tareas no pueden dejarse para la posteridad por más que el presente nos abrume. Por ello, los signos y los dichos, las propuestas y los silencios que provienen de la constelación del poder y la política, tienen que aspirar a un mínimo concierto, a una coherencia no sólo con el hoy ominoso, sino con el mañana decisivo. Celebrar triunfos, por ejemplo en el frente financiero, no debe dar lugar a triunfalismos, cuando parece inevitable que lo peor en el flanco de la producción y el empleo está por venir. Más grave aún, sugerir pronósticos en materia cambiaria, como lo hizo el Presidente el pasado lunes 17 de julio, que pueden interpretarse como un cambio de estrategia rumbo otra vez a la idea-mito de un «peso estable», puede no sólo dar lugar a un mayor desconcierto en el mundo empresarial exportador, sino a nuevas oleadas de especulación contra la moneda, a través de las cuales los «mercados» cobren la retórica en asuntos que, como la cuestión cambiaria, se han vuelto letales para los inversionistas domésticos y foráneos, así como para la definición de horizonte trascendentes. Forjar los grandes acuerdos, que sostengan la emergencia y apuntalen los esfuerzos del desarrollo futuro, supone un aprendizaje y un rigor que por desgracia se han vuelto bienes muy escasos en nuestros núcleos dirigentes. Lo malo es que el desarrollo no es otra cosa que capacidad para aprender y destreza para aplicar lo aprendido. Y no hay (muchos) libros de texto para hacerlo… mucho menos para hacerlo bien.

2. LOS SIGNOS Y LA POLÍTICA

Mientras tanto, la política parece entrampada y sin capacidad de generar los horizontes que eventualmente podrían ayudarnos a despejar los vientos turbios.

Los partidos no vuelven a la mesa de las negociaciones y lo que pareció, en su momento, un acuerdo y una ruta promisorios, se encuentran congelados. Parecería que lo «menos» impide atender a lo «más» o que lo circunstancial se interpone para abordar proyectos de mayor alcance, estratégicos. Porque incluso en el denso y tenso terreno de lo electoral, si uno no se deja ganar por la pasión, los pasos en positivo han sido mucho mayores que los conflictos. En lo que va de la presente administración el único diferendo post-electoral de relevancia ha sido la secuela en Yucatán, mientras en San Luis Potosí, Guanajuato, Jalisco, Chihuahua, Durango y las elecciones extraordinarias en los distritos de Atlixco, Puebla, y de San Andrés Tuxtla, Veracruz, los comicios se han desarrollado sin sobresaltos mayores.

No obstante, la evaluación de los partidos no se orienta por ese rumbo. Por el contrario, por diversos motivos se mantienen en un impasse que a la larga puede resultar altamente erosionador. Cabe recordar, como lo marca Perogrullo, que en la política el tiempo no es un recurso renovable, y que lo que hoy es posible -un acuerdo nacional entre los partidos para pavimentar el piso para su convivencia democrática-, mañana puede no serlo.

Los desencuentros rutinarios pueden acabar por desgastar la posibilidad del mencionado acuerdo, pero lo que resulta igualmente preocupante es que los elementos de conflicto -que serían precisamente los temas a resolver en un acuerdo político- se aduzcan como obstáculos para sentarse a la mesa de negociación, generando un círculo vicioso digno de la mejor antología.

A pesar de todo, la rueda de la fortuna electoral sigue girando, y los actores políticos están obligados a hacerle frente. Baja California y Michoacán son dos de los eslabones que marcarán intensamente a los partidos contendientes. Al cierre, en Baja California se esperaba una elección sumamente reñida entre los candidatos del PRI y el PAN, mientras en Michoacán la dura pugna entre las corrientes del PRD multiplicaba las especulaciones sobre el flaco favor que el partido del sol azteca le hace a sus propios candidatos.

Como quiera que sea la competitividad a la alta refuerza la dinámica de la contienda entre los partidos, y los procesos diferenciadores del voto siguen poniendo en pie ofertas políticas (en plural) con posibilidades de triunfo. Ese fenómeno que parece imparable es el que reclama de una operación política concertada capaz de convertir a las elecciones en fórmula de competencia civilizada y en mecanismo legítimo e indiscutible para el acceso a los puestos de gobierno y legislativos.

Pero la política no se reduce a los partidos y a las elecciones. En los tiempos que vivimos su contaminación por la violencia y el delito no parece -por desgracia- ser un dato menor. Por el contrario, la expansión de las actividades del narcotráfico genera una estela de actos delictivos que inyectan zozobra e incertidumbre en amplias zonas de la convivencia política y social. Se trata de un fenómeno que no es exclusivo de nuestro país -lo cual no se enuncia como consuelo de tontos-, sino para subrayar su dimensión y significado de carácter internacional.

Se trata, sin duda, de una de las fuerzas más disruptivas del entramado social, cuyos recursos son capaces de comprar todo tipo de complicidades y de poner en acto cualquier fórmula de venganza.

Y si el narco y su secuela de delitos corrompen y erosionan la vida social, la violencia ligada a la política multiplica esos efectos. En particular, la serie de asesinatos en el estado de Guerrero volvieron a poner sobre el escenario las luces de alarma en torno a lo que la violencia sin más puede destruir.

Primero el asesinato de 17 campesinos a manos de la Policía Judicial del Estado, luego el de 12 integrantes de una familia perpetrado por presuntos «gavilleros», y después el de cinco policías victimados por manos aún no identificadas, arrojaron una suma increíble de muertos que sacudieron, y con razón, a la opinión pública nacional. Y si la violencia delincuencial tiene que ser combatida mediante la ley, los excesos mortíferos de las autoridades simple y llanamente no pueden pasarse por alto, so pena de inducir desde el poder espirales de violencia que no benefician a nadie.

Así, las nubes sobre el escenario político no son pocas, pero algunas de ellas podrán ser disueltas si se asume que la política es precisamente el arte de trascender coyunturas ominosas con construcciones e iniciativas pertinentes.

19 de julio de 1995

Ciudad Gótica: Tercera llamada

Mauricio Montiel Figueiras. Escritor. Insomnios del otro lado es su libro más reciente.

De admitir al pie de la letra lo que afirma Jeannette Kahn, el motor creativo de DC Comics -ese emporio de la fantasía cuya aportación a la nostalgia secular es equiparable a la de Hollywood-, habría que tomar inmediato partido por una de las dos categorías en que se divide el mundo: los admiradores del Hombre de Acero o los del Hombre Murciélago. Es decir, habría que aceptar que desde finales de la década de los treinta norte y sur se han transformado en hemisferio Supermán, en hemisferio Batman; es decir, habría que inclinarse forzosamente por la ya proverbial cabina telefónica ubicada en cualquier esquina de Metrópolis o por la no menos mítica Baticueva construida en las entrañas de una lujosa mansión de las afueras de Ciudad Gótica, suerte de collage de arquetipos urbanos, eficaz emblema del caos y el detritus de una civilización que ha hallado en el progreso un callejón sin salida. Clark Kent o Bruce Wayne (Bruno Díaz, reza en español el pasaporte del personaje creado por Bob Kane en 1939), la capa de un rojo luminoso o la capa tejida al parecer por las manos pacientes de la tiniebla: el comic ha conseguido poner al mundo en esta difícil postura dicotómica.

Sin embargo, predilecciones y obsesiones aparte, resulta indudable que la siempre sombría figura de Batman, clara metáfora de ese otro oscuro que anida en los meandros de la psique, despierta un mayor interés que la de Supermán, eminentemente solar, amablemente diurna. Por varios motivos: mientras éste es una especie de enviado angélico -prófugo, diríase, de Kriptón, su planeta natal arrasado por la catástrofe- cuya misión terrenal se apoya en todo momento en una amplia gama de atributos sobrenaturales, aquél es un outcast autoerigido en vigilante que en su deseo de vengar la muerte de sus padres debe descender al subsuelo -¿a la antesala del infierno? -para convocar los poderes de una noche tecnológica que él mismo ha diseñado; en tanto el talón de Aquiles de Clark Kent se reduce a la kriptonita y a Lois Lane, Bruce Wayne vive inmerso en una perpetua tortura por su doble existencia, y es el mejor representante de la esquizofrenia inherente al ingrato oficio de superhéroe. El primero rara vez ha derramado una gota de su sangre cuasi seráfica; el segundo se ha visto obligado a desechar incontables trajes donde los demonios callejeros han estampado su huella indeleble.

(Un rápido paréntesis: en un número de colección de Batman, propiedad de un amigo de quien esto escribe, se recuenta con lujo de detalles el feroz enfrentamiento entre éste y el supuesto reportero de El Planeta. Uno no puede evitar pensar en la última pelea de Jake LaMotta, espléndidamente recreada por Martin Scorsese en su clásico Toro salvaje.

Por los cielos del celuloide, el Hombre Murciélago ha transitado con mayor brío que su colega de acero; ventaja también palpable en lo que respecta a la pantalla chica, donde el primero debutó en 1943 mientras que el segundo no lo hizo sino hasta 1948, un año antes que Spencer Gordon Bennet lanzara Batman y Robin con un elenco encabezado por Robert Lowery, John Duncan, Lyle Talbot y Ralph Graves. ¿Quién no recuerda los fabulosos recuadros onomatopéyicos -íPum!, íCrash!, íSwish!-, herencia de la más delirante estética comic, intercalados en las secuencias de lucha de la serie televisiva protagonizada a mediados de los sesentas por Adam West y Burt Ward (quien encarnaba al exacróbata Dick Grayson, rebautizado como Ricardo Tapia, el Joven Maravilla que en su ilimitado asombro no dejaba de expresar cierta inclinación hagiográfica)? ¿Podría el Dúo Dinámico, en efecto, vencer la mortífera carcajada del Guasón (César Romero), el paraguas ponzoñoso del Pingüino (Burgess Meredith), las garras siempre eróticas de Gatúbela (Lee Meriwether), las preguntas sin solución del Acertijo (Frank Gorshin)? La respuesta tardó más de dos décadas en llegar y fue contundente: en 1989 el inventor de los freaks melancólicos, Tim Burton (cuyo genio quedó ratificado gracias a esas dos obras maestras que son El joven manos de tijera, Edward Scissorhands, 1990 y en especial Ed Wood 1994), se decidió a rodar Batman, una superproducción de la Warner que entre sus múltiples aciertos cuenta con una Ciudad Gótica a la Blade Runner, un taciturno Bruce Wayne (Michael Keaton, el memorable psicópata de El inquilino, Pacific Heights, 1990, de John Schlesinger) y un excesivo aunque estupendo Guasón (Jack Nicholson). En 1992, el mismo Burton retomó las riendas del proyecto para filmar Batman regresa (Batman Returns), donde un desaforado Danny DeVito demuestra que el Mal también puede caminar como Pingüino; esta película, que se antoja inferior a su predecesora, tiene no obstante una secuencia antológica: la metamorfosis de Selena Kyle (Michelle Pfeiffer), una torpe secretaria que luego de sufrir una caída de varios pisos y de ser resucitada por una horda de felinos callejeros deviene Gatúbela. Este año, Burton renunció a dirigir Batman eternamente (Batman Forever); optó por el puesto de productor y dejó el terreno libre a Joel Schumacher (responsable de la magnífica Un día de furia, Falling Down, 1993): garantía de que, al menos por un tiempo, las alas lustrosas ideadas por Bob Kane seguirán sobrevolando los lúgubres tejados de Gotham City.

Los nuevos villanos de Hollywood

Leo Zuckermann Behar

Javier Tello Díaz y Leo Zuckermann Behar son candidatos al doctorado en ciencia política de la Universidad de Columbia en Nueva York.

El cine estadunidense no deja de corregirse a sí mismo: ahora resulta que el Mal es más atractivo que el Bien.

En el principio, Hollywood creyó en el malvado unidimensional. Su función era la de contraparte del bueno para que este último pudiera lucirse frente a los espectadores. El papel del malo estaba completamente determinado por lo que el bueno quisiera hacer de él; inevitablemente era golpeado, vencido y eliminado.

Pero el mundo de Hollywood se fue equilibrando. Los malos empezaron a devolver los golpes y a ganar unas cuantas batallas. En la medida en que los personajes de bien se sofisticaban, así también los del mal sufrían una metamorfosis. El epítome de esta etapa son las realizaciones del agente 007. Nadie duda que Bond, James Bond, es el bueno, el guapo y el vencedor inevitable; sus contrincantes son incuestionablemente derrotados. Pero durante esta etapa buenos y malos son igualmente sofisticados; el espectador festeja el bien y suspira ante la derrota del mal.

La tercera etapa de la evolución del malo hollywoodense es la que lo lleva al estrellato, a ser el personaje central -a ratos heroico- de las historias. Quizás el comienzo de esta etapa lo represente Bonnie and Clyde. Sin lugar a dudas ambos personajes son elementos «nocivos» de la sociedad (siempre se presentan diciendo que se dedican a robar bancos como si fueran vendedores de enciclopedias) pero Clyde (Warren Beatty) es guapo y Bonnie tiene mucho carácter (Fay Dunaway). Sus perseguidores son sudorosos alguaciles sureños, algo tontos, que mascan tabaco y que contrastan patéticamente con la bella e interesante pareja de ladrones.

Pero todavía en Bonnie and Clyde el bien acaba imponiéndose al mal. En la última y contemporánea etapa del desarrollo de los personajes malévolos de Hollywood los malos empiezan a ganar y, para desconsuelo de muchos espectadores de corte romántico, la clara y contundente línea divisoria entre el bien y el mal empieza a desvanecerse. Quizá los ejemplos más claros sean los personajes centrales de Pulp Fiction y Natural Born Killers. Allí buenos y malos son igualmente virtuosos o perversos, tontos e inteligentes y, al final, nadie gana nada porque no hay nada que ganar. A pesar de este desarrollo de los personajes del mal, para suerte de aquellos que prefieren las películas donde todo queda claro desde que se observa el póster promocional, Hollywood aún produce películas en las que se presentan malos con paradigmas de maldad de otras épocas. Las viejas fórmulas de los malos siguen vendiendo, y muy bien. Para muestra ahí están las películas de acción de Harrison Ford, ideales para un domingo por la tarde con palomitas y refresco.

El desarrollo de los malos en Hollywood se refleja claramente en dos aspectos: en su vestimenta y en la manera en que mueren. En cuanto a la indumentaria, al principio los malos eran desaliñados o vestían uniforme rigurosamente negro. Después vino un periodo de bonanza en el que los malos no sólo compartían con los buenos su sastre inglés de Sayílle Road sino que adquirían los mejores habanos del mismo proveedor. Luego los buenos empezaron a empobrecer en cuanto a vestimenta, mientras que los malos dejaron lo inglés para gozar su «fase italiana», de lindos trajes y lentes Armani. Ahora, ya no hay reglas de etiqueta; todos visten como se les pega la gana, de etiqueta a las ocho de la mañana o en pantalón corto y playera al visitar al jefe.

Por lo que toca al difícil negocio de la muerte, también han ocurrido cambios sustanciales. Mientras que hoy los malos no mueren -más bien matan despiadadamente-, ayer los malos morían en el punto climático de la película de una manera espectacular, con frecuencia al compás de magnas explosiones, recitando frases memorables, en escenas de cámara lenta y con un trasfondo musical de Carmina Burana. Incluso hay directores que han buscado fincar su éxito en este tipo de ejercicios bucólicos como Brian de Palma. Todavía más atrás en el tiempo, los malos morían abundante y aburridamente. El bueno sólo disparaba al horizonte y los malos caían uno a uno casi por efecto de la ley de gravedad. En estas muertes no había explosión, ni sangre, ni discursos, ni Carmina Burana, ni interés alguno del camarógrafo por consagrarse con un premio de la Academia.

La evolución de los malos es particularmente evidente en dos géneros de películas: las de vaqueros y las de mafiosos. Mucho cambió el western desde los tiempos del buen John Wayne, al del confundido Gary Cooper en High Noon, al del errático Clint Eastwood en Unforgiven, donde buenos y malos se dan de balazos por la espalda o en el retrete. En cuanto a los mafiosos, estos personajes eran perseguidos tenaz y eficazmente por el FBI. Luego vino la «etapa Puzo», en que la familia Corleone escribió una de las páginas de oro del cine de Hollywood. Aquí los gangsters se codean con estrellas de cine, tienen tratos con congresistas y hasta son recibidos por el Papa. Son historias épicas del muchacho miserable venido de Sicilia que se encumbra como sólo lo pueden hacer los self-made men en los Estados Unidos. Hoy, en la misma tesitura de los malos contemporáneos, los gangsters ya no son elegantes ni épicos, sino parte intrínseca de la sociedad moderna. Así se ve en Good Fellows, de Scorsese, en la que se explora la cotidianeidad del crimen organizado.

Como resultado de la evolución cinematográfica de los malos hollywoodenses surgen tres tipos ideales. En primer lugar están los malos que lo hacen por profesión, hombres y mujeres que roban, matan, extorsionan e intimidan para ganarse la vida. Quizás el ejemplo más claro de este tipo ideal de malo es Vito Corleone (íMarlon Brando y Robert DeNiro!) en The Godfather. Don Corleone es un hombre de estrictos principios, que opta por dedicarse al mundo del hampa para así proveer a su familia de un futuro mejor al que él tuvo en su natal Sicilia. En segundo término están los malos psicópatas o poseídos, que simple y sencillamente están enfermos o locos.

Este tipo ideal generalmente persigue a sus víctimas con instrumentos caseros (cuchillos de cocina, sierras eléctricas o hachas de mano) o con un arsenal que envidiaría la guardia de Sadam Hussein (M16, bazucas, o explosivos plásticos). Aquí hay dos ejemplos paradigmáticos: el personaje interpretado por Jack Nicholson en The Shinning y el famoso Jason de Friday the 13th. Finalmente, están los malos que son malos por el puritito placer de ser malos; para ellos es más divertido ser malo que bueno en la vida mundana de Occidente. En ciertos casos, como lo demuestra el vizconde de Valmont (John Malkovich) y la marquesa de Merteuil (Glenn Close) en Dangerous Liasons, esta especie de maldad, sofisticada e inteligente, asciende a un nivel sublime, casi artístico. Las malas también se han sofisticado. En el principio la mujer surge como pareja del malvado. Su villanía es sólo por asociación. Posteriormente llega la femme fatale que no es realmente mala sino que despierta bajas y peligrosas pasiones en otros. Luego las mujeres empiezan a delinquir y, muy pronto, son malas por sí mismas. A la fecha, su punto culminante lo representa Bridget Gregory (Linda Fiorentino) en la excelente película The Last Seduction. Bridget es una atractiva hembra neoyorquina que siempre viste de negro, usa tacones altos y exhibe sus hermosas piernas con medias de liguero. Sus víctimas son a veces buenos y a veces malos; algunos son tontos y otros son casi tan inteligentes como ella, pero todos son hombres y eso es precisamente lo que explota Bridget. En otras palabras, los hombres tienen una desventaja estructural (su sexo) ante esta viuda negra. Bridget exuda maldad; todo lo que hace -hablar por teléfono, pedir un trago en un bar, solicitar un trabajo- lo hace con malicia. Su maldad no opera sólo en horas hábiles sino las veinticuatro horas al día, los siete días de la semana, incluyendo la Navidad.

En la búsqueda del mal, los escritores hollywoodenses no se circunscriben a una personificación humana. Nada ni nadie se salva de la esencia que significa la maldad. Como en el juego de la lotería, El Estado, Los Medios de Comunicación, Los Extraterrestres, Las Grandes Corporaciones, Los Abogados, El Dinero, Los Indios, La Revolución, El Diablo, Los Colombianos, y otros más son barajas que eventualmente se utilizan para encarnar al mal. Vaya, ni Hollywood mismo se ha salvado de ser el sujeto malévolo y para eso están Sunset Boulevard y The Player. Incluso los espectadores, esos personajes que con su dinero hacen posible que siga existiendo el cine, han sido caracterizados como malos, bien por no apreciar el «verdadero» arte cinematográfico, como en la realización de Woody Allen, The Purple Rose of Cairo, o por no descubrir el arte oculto como en Ed Wood.

Los malos han ido conquistando el mundo de Hollywood. Lo que empezó como una pequeña tribu aburrida, hoy es un imperio intergaláctico aunque con serios problemas de acción colectiva para su unificación total. Sin embargo, en el umbral del siglo XXI parece que el mal está a punto de establecer su hegemonía en la gran pantalla. Esto lo vienen anunciando cada verano las películas de Batman, cuya principal atracción es siempre el malo en turno. El hombre murciélago se impone al mal no por una cuestión ontológica, sino por ser la condición necesaria y suficiente para repetir un nuevo enfrentamiento con interesantes sujetos malévolos.

Cabe preguntarse qué pasaría si el imperio del mal acaba imponiéndose en Hollywood. Es previsible, por ejemplo, que se reescribiera la historia oficial, por lo que Cary Grant, James Stuart y Mel Gibson se considerarían personajes conservadores y reaccionarios con ideas anacrónicas de cómo debe comportarse la gente. También se descubrina que el nieto de Vito e hijo de Michael Corleone es el presidente de los Estados Unidos cuya primera orden fue el arresto por parte del FBI del pequeño y fastidioso grupo de «malos» conformado, entre otros, por Superman, Rambo y el doctor Jack Ryan. Por supuesto, en este nuevo mundo el inmortal Agente 007 cambiaría de bando para defender ahora a las poderosas fuerzas otrora del mal.

Como un proyectil al final

Sobre la lectura

Cuando no tengo nada que leer, leo anuncios de periódicos o algo por el estilo, pues leer es para mí un acto de culto. También estoy rodeado de libros, y esos libros pueden reducirse a 24 letras, y esas 24 letras crean un cierto ambiente.

Sobre la vejez

Hacia el final de la vejez, se tiene la impresión de que uno se dirige al final como un proyectil que ha alcanzado su punto culminante, pero aceleradamente. Uno también se asombra y piensa, eso pasó hace mucho, y he perdido el tiempo.

Sobre los recuerdos bélicos

Ambos cascos tienen su historia. En la batalla del Somme, cuando me asomé en la trinchera y me volteé, me alcanzó una bala certera, desviada apenas por el casco, de manera que sólo me rozó la cabeza. Entonces supe que el cuero cabelludo es más grueso de lo que se piensa. La bala entró y salió.

Sobre la guerra

Hace dos o tres años, se erigió en Péronne un monumento en memoria de la Primera Guerra mundial. Yo estuve invitado, y los periodistas me preguntaron cuál había sido mi experiencia más terrible en la Primera Guerra mundial. Entonces les dije: «Que la perdimos», lo que desconcertó muchísimo a la gente. Sin embargo, es una respuesta más que obvia para un soldado.

Sobre Hitler

Hubo intentos de acercamiento, sobre todo de parte de Hitler. Ya incluso cuando era un hombre insignificante. Yo estudiaba zoología en Leipzig, y me anunció su visita. Sin embargo, Hess me telegrafió para decirme que el itinerario había cambiado; es decir, no pasó por Leipzig. Si hubiera venido y hubiera puesto su mano sobre mi hombro, pienso que hubiera sido muy difícil de sobrellevar. En ese entonces, Hitler era un hombre completamente insignificante, el guía de una secta como muchas. Los cascos de acero tenían más que decir que él con su partidito de siete personas. Me ofreció un escaño en el parlamento, que rechacé. Hoy también lo rechazaría. Nunca he pertenecido a un partido. La política nunca me ha interesado especialmente.

Sobre la resistencia

¿Se puede hablar de una decisión o, por lo menos, de una iniciativa, de una inspiración repentina, que se lleva a cabo fuera de tiempo? Si recuerdo bien, fue precedida de una visita de von Trott zu Solz. En ese entonces, vivía con mi mujer Gretha y con mi hermano Friedrich Georg en Uberlingen, en la casa llamada Weinberghaus (La Casa del Viñedo). Ya era tarde, cuando oímos un auto, que se detuvo delante de nuestra casa. Las visitas inesperadas no eran para nosotros nada fuera de lo común. Sin embargo, yo le dije a mi hermano: «yo me voy a dormir, ve a ver qué pasa». Mi cuarto y el de mi hermano estaban pared con pared y esa pared era muy delgada. Yo no entendía de qué se trataba, pero oía el tenor de la conversación, y me pareció importante. Me puse mi bata y fui al otro lado. Debo decir que ya no recuerdo en absoluto el tema de conversación. Sólo recuerdo que, cuando ya se había ido la visita, mi hermano me dijo: «quieren matar a Hitler».

Poco después, fui a visitar al compositor Gerstberger, al que le tenía mucho afecto. Esto era en el Lago Constanza, al otro lado del lago, cerca de Konstanz. Habíamos bebido, y cuando me acosté me vino la idea fulminante de una narración en la que quería dejar constancia de todo.

Sobre los tiempos venideros

La pregunta simplemente es: ¿qué puede hacer el individuo en el nuevo siglo? ¿Cuál es realmente nuestro papel como hombres? Hay distintos caminos. Individualmente, yo derivo de la postura personal a través del anarca. El emboscado y el anarca. Son dos tipos distintos. El anarca no se preocupa en absoluto. Para mí, por ejemplo, el anarca es un simple oficinista que, cuando ha cumplido su deber, llega a casa y hace lo que quiere. Sea meramente espiritual, sea con drogas o cualquier otra cosa. El emboscado, por el contrario, se repliega y persiste en lo apolítico. Tácitamente o quizá se burla del asunto.

Sobre el suicidio

Yo ya había escrito anteriormente que la posibilidad del suicidio formaba parte de nuestro capital desde que nacíamos. Con lo que tuve también una experiencia peculiar. Primero, Rosenberg observó que era una pena… que el autor no hiciera uso de esa posibilidad. Y luego mi amigo Montherlant, que se suicidó, y oí que tenía una nota sobre la mesa: «Le suicide est le capital» y mi nombre arriba de ella y una mancha de sangre, porque se había disparado en la cabeza. Es una anécdota muy peculiar. Por mi parte, nunca he pensado en el suicidio. Después de la guerra perdida rondaba como una epidemia. Mi hermano Friedrich me dijo: «es imposible en ti y en mí». Tenía razón. Cuando mi hijo se dio un tiro, fue también algo muy raro. Debo considerar a Alexander como una víctima de la medicina moderna. Tenía dolores de cabeza muy fuertes. Por eso cayó en manos de un equipo de médicos… De todos modos, sufrió la parálisis de un lado del cuerpo. Era un buen internista y lo atacó una profunda melancolía. Por supuesto, también para mí fue muy difícil -nunca pensé que pudiera ocurrir en la familia.

Sobre religión

Con Dürrenmatt, al que lamentablemente conocí demasiado tarde, tuve algunas conversaciones acerca de la muerte. Varias veces estuvimos juntos, y comimos en alguna parte de Suiza, y me sorprendió su manera de comer. Creo que era diabético, y pidió dos postres, después de haber vaciado una botella de un Borgoña muy bueno, por cierto. También estaba enfermo del corazón. Entonces pensé, quiere vivir bien un cuarto de año, en lugar de ir tres años lentamente hacia allá; y lo logró. Tenía cierta relación con la trascendencia, no tan influida por el culto como por la filosofía; sobre todo por Schopenhauer, y en ello veo también cierta similitud.

Ciertamente soy todavía protestante, pero sólo porque aún pago el impuesto. Como decía, le debo más a los filósofos que al Nuevo Testamento. Y si escogiera alguna religión, posiblemente adoptaría aquella que estuviera más cerca de la consideración filosófica; la budista, por ejemplo. Pero también está bien así.

Sobre los diarios

Obviamente vivimos en un tiempo que, como lo hizo notar acertadamente Hölderlin, posee un carácter disipado; es decir, el poeta duerme. Existen excepciones, por supuesto. Para eso se requiere el diario. El diario es importante para cualquiera. Desde luego que hay una diferencia cualitativa entre el diario de una cocinera y el de Leonardo, pero todo diario se vuelve importante después de 100 años.

Traducción de Javier García-Galiano

Estas declaraciones aparecieron en Der Spiegel, no. 13, marzo 27, 1995

Palabras como parábola

Noé Cárdenas. Escritor. Secretario de redacción del suplemento cultural El Semanario del diario Novedades.

«Más que explicarnos lo que pasa, el cronista nos pone en medio de la escena». Quizá por eso, más que un instructivo, el nuevo libro de Monsiváis es un homenaje a la mirada dubitativa.

Carlos Monsiváis

Los rituales del caos

Procuraduría Federal del Consumidor/ Ediciones Era

México, 1995

251 pp.

Como la alimentación o los lapsos dedicados al trabajo y al sueño figuran entre nuestras costumbres siguiendo más o menos un horario determinado, así los rituales a los que alude Carlos Monsiváis en su libro más reciente exigen una hora precisa; es como si la voz narradora -o las voces, porque en ocasiones los personajes mismos toman el micrófono para «balconear» su propia idiosincrasia- que nos guía por el caos presupuesto en el título nos señalara, con su gesto, la conveniencia de adoptar cierto orden para mejor discernir los vínculos entre la «imposición autocrática» y la diversión genuina, espectáculo tecnologizado mediante; si hace tres décadas cundió la leyenda «Todo es cultura», ahora podría sustituirse espectáculo por cultura. También la secuencia de horas emula el inevitable conteo para que nos llegue la hora definitiva que todos intentamos evadir con ironía, con humor, echando relajo en el mejor de los casos (y no me refiero a la hora de pagar impuestos, sino a la hora señalada, la de colgar los tenis). De manera que los rituales del caos consignados por el autor en este libro guardan un horario en el que tienen lugar los habituales excesos y las correspondientes contriciones y actos propiciatorios en el centro de fenómenos de multitudes; estos son algunos de los pasos: «La hora del consumo de orgullos», «…del consumo de emociones», «…de la tradición», «…de las convicciones alternativas», «…de las máscaras protagónicas», «…la del paso tan chévere», «…la de las adquisiciones espirituales». Dos apartados bien definidos complementan el horario: las «Parábolas» y los «Protagonistas»: por qué Gloria Trevi es a toda madre; testimoniaunos los boleros asentimentales en la voz de Luis Mi copulando mímicamente en escena, y cuyo cuero, al no deberle nada a la raza de bronce a pesar de ser mexicano, tiene que broncearse en cada videoclip; imaginamos al Niño Fidencio, cuyo don curativo muestra que los milagros también se dan al margen de la fe; ¿ha ido usted a un congreso de brujos en Catemaco?

En este mosaico de crónicas acerca de la actualidad mexicana resulta difícil sustraerse a la enumeración de los asuntos que estudia el escritor, siempre como testigo directo, ubicuo contemplador de los eventos multitudinarios tras de los cuales entre los asistentes caben los fáciles alardes de haber participado en algo trascendental, o su contraparte: el «desafortunado» que lamenta de ahí en adelante no haber ido al concierto de su ídolo. El dibujo de la portada, a cargo del Fisgón, indica bien el don de Monsiváis: estar en el lugar y en el momento oportunos, que es el modo como se hace el mejor periodismo y, bajo la pluma de este escritor, el modo como se escriben lúcidos ensayos acerca de cultura popular, signifique lo que esto signifique.

Palabras como parábola, ritual, trascendental o ídolo sugieren alguna relación con cuestiones de creencias, del orden que sean: religiosas, políticas, populares, nacionalistas, tradicionalistas, etc. Monsiváis las estudia desde adentro y en presente; su libro, imantado por el oleaje de las multitudes, ofrece varias facetas en constante movimiento: es un recuento de «escenas» que pueden ocurrir en la Ciudad de México, en la «Super-Calcuta» cuyos dudosos orgullos se emparejan con el no hay otro lugar a donde ir, megalópolis en donde las azoteas van absorbiendo a cada uno de los habitantes de un pueblo lejano hasta dejarlo vacío, y en la que la urbanidad, digamos entre peatones y automovilistas, a menudo se resuelve con piruetas a la Jackie Chan (me consta); el autor también examina los gustos (buenos, malos, peores, ridículos, aceptables, temibles) que dominan esta época -menuda tarea-, reguladores de nuestra consumición en todos los ámbitos, así como los parteaguas- ídolos de moda, comportamientos inéditos- de nuestra manera de ser al ingresar al siguiente milenio.

Un rasgo del estilo literario de Monsiváis consiste en señalar las particularidades que él observa en su objeto de estudio sin afán de convencer o amonestar, muestra los dobleces, las superficies y las alteraciones abruptas de los fenómenos. Mostrar, señalar implica echar mano de las enumeraciones, de los catálogos -necesarios para sugerir la enorme diversidad-, así procede la escritura de Monsiváis hasta que el escritor da con la frase brillante englobadora y confirmadora de sus asertos. Más que explicarnos lo que pasa, el cronista nos pone en medio de la escena. De manera que su libro no es una guía o un instructivo -como tampoco lo son otros volúmenes anteriores hermanos-, ni una propuesta de canon teórico para comprender fenómenos como intentan comprenderlos los académicos. En este libro se duda de las palabras, de las teorías, de las ideologías y de los términos especializados, si se los usa o cita se hace con distancia, con ironía, con los mismos distancia, ironía y humor conformadores del fervor con el que Carlos Monsiváis participa en los rituales del caos.

¿Nostalgia del Terce Reich?

Jamás en la historia de la música había tenido tanto éxito una mezcla tan acusada de autocompasión, paranoia y megalomanía como al que Michael Jackson han cultivado en los últimos años. El más reciente álbum del cantante, arreglista y ahora guitarrista y tecladista, incluye dos CD’s: el primero contiene sus mayores éxitos remasterizados como «Billie Jean», «Bad», «Thriller», «Beat it», etcétera, y el segundo agrupa quince canciones- doce de las cuales fueron compuestas por Jackson- que mantienen un estilo caracterizado por el uso intensivo de sintetizadoes y samples, con un ritmo pop algunas veces ligeramente marcado por el funky, y unas letras basadas en el peculiar filosofía de Jackson, una mezcla de ecología light («What about crying hales, We’re ravaging the seas»), literatura de tarjete de enamorados (la larga lista de I love you’s para todos los amigos, incluidos la Taylor, Spielberg, su productor, McCartney, etc.), y una paranoia casi proverbial («They wanna get my ass, dead or alive…»).

Aun así y pese al espectacular despliegue de tecnología y promoción, es muy difícil dejar de considerar que el disco significa el retorno de showman a la escena después de su nada convincente boda y del escándalo de alcance internacionales en el que se vio envuelto, y que se resolvió mediante un acuerdo que no lo dejó muy bien parado ante la opinión pública. Por otra parte, el mismo disco ha sido ya generador de polémicas al presentar letras que algunos medios han considerado racistas. Por si fuera poco, el video promocional hace gala de una megalomanía pocas veces vista en un artista pop (y eso que el escenario musical está plagado de protagonistas verdaderamente mesiánicos) u de una estética francamente inspirada en la del Tercer Reich: grandes masas expectantes por un líder casi divino, ejércitos inexpresivos y ultradisciplinados, y una estatua grandilocuente que retrata a Jackson en un uniforme que bien podría usar los ejércitos nacionalsocialistas si hubieran ganado la guerra y anduvieran en naves espaciales. No sin razón se ha comparado el video con algunas de las cintas de Leni Riefenstahl, una de las cineastas más connatadas del régimen nazi.

Con todo, la máquina ya está andando a toda su capacidad y seguramente History se convertirá pronto en otro disco de algún metal preciso.

Lo que traza la vigilia

Juan José Reyes. Escritor. Es jefe de redacción del suplemento cultural El Semanario del diario Novedades.

El libro más reciente de Hugo Hiriart -dice el autor de esta nota- no sólo es intuitivo e inteligente sino que, por encima de todo artificio, suscita un verdadero diálogo con el lector.

Hugo Hiriart

Sobre la naturaleza de los sueños

Ediciones Era

México, 1995

211 pp.

Cedo gustosamente a la buena provocación que lanza Hugo Hiriart en su libro: los sueños sueños son, a la vez que son significativa, poderosamente, lo que somos nosotros. Si los vivimos con tanta intensidad es porque los vivimos dormidos, es decir sin defensas, o sin que medie el umbral de la vigilia entre lo que ellos nos entregan o nos devuelven. Al tiempo, me apresuro a subrayar lo que cualquier lector del libro de Hugo Hiriart puede percibir de cabo a rabo en su lectura el explícito afán dialógico del autor no se orienta hacia una lección, digamos, menos aún hacia una moraleja. Intuitivo, inteligente, Hugo Hiriart hace un libro para conversar con los otros, y para suscitar reacciones que, acaso, puedan ser valiosas.

Cuando alguien me dijo que sus sueños siempre transcurrían en blancoinegro quise recordar el color de los míos. No llegué a ninguna precisión, y decidí que era inútil ocuparse en dar con esos tonos, en mi caso al menos: recuerdo imágenes y temas -pocos en ambos en casos. Me inquietan sin falta. No tengo la costumbre de aburrir a mi mujer con muchos posibles relatos oníricos- entre otras cosas porque el comienzo se me escapa y el final… no puedo entenderlo. Pero sí vuelvo, recurro a las reiteradas imágenes, y ritmos, inquietantes. No he leído el libro de Hugo Hiriart en blancoinegro ni a colores: no tengo remedio. Mi lectura sin duda me ha remitido tanto a mis sueños como a mis provisorias interpretaciones de ellos. Hasta donde he podido ver no son muy originales. Sueño, por ejemplo, que voy en el Metro y que alguien se me queda viendo fijamente / Se me acerca / Me amenaza: debo Matemáticas de tercero de secundaria / No puedo seguir adelante / Discuto, trato de explicar / No pasa nada o no recuerdo nada después. Este es un sueño recurrente mío, y un día que hablábamos de esto mi amigo Jorge López Páez y yo se lo conté, con buen ánimo indefenso. Lo raro fue la reacción de Jorge: «A mí me pasa lo mismo, desde muchacho». «¿También en Matemáticas?» «También». Debo decir, a estas alturas, que, efectivamente, yo no sufrí con aquella asignatura. ¿De dónde la fijación? La respuesta primera no habla bien de mis firmezas, y es bastante clara: tengo mis dudas, mis deudas, mis oscuras asignaturas pendientes. Mi amigo atribuye su recurrencia, más larga que la mía, a la presión familiar.

Abro un punto y aparte. ¿Una reseña en la que se registren sueños que a quién pueden importar? Adelanto el final de esta línea: el lector del libro de Hugo Hiriart muy posiblemente se la pasará diciendo si, pero no, a ver cómo está eso, a mi me sucede, nunca lo había pensado, ahora que lo dice siempre lo había pensado, ah, claro, será cierto, no tiene razón pero a lo mejor coincide conmigo. Nadie sabe nada de cierto acerca de la movediza materia de los sueños, después de Freud y otros profesores. Y lo cierto es que esta materia en su diversidad, es de las más comunes de veras. He leído con entusiasmo y cuidado el libro de Hugo Hiriart. Como lector es muy claro, en este caso, que soy un interlocutor inmediato. No se trata tanto de estar de acuerdo sino de buscar, de explorar, ir dando con ciertas pistas, para brincar desde ellas. Brincar a los sueños, a dónde, desde dónde.

Pero no, no se llega a los sueños. Los sueños no se inventan: se viven. Esto es, ciertamente, maravilloso, o puede serlo. La sola expresión: «Soñé que llegaban a mi oficina, me sacaban y me decían que no había pasado Matemáticas» dice a las claras una realidad que no es la mía, pero que muy claramente podría serlo. Hugo Hiriart va explicando, en el tono didáctico que domina todo el libro, el poder conjetural que hace posible los sueños. Puedo ser el que aparece en mi imaginería. En mi sueño se ha suprimido una barrera. Hiriart va descubriendo los resortes de este mecanismo. Dice: «La maravilla, el poder y la enorme inventiva de los sueños viene entera de esta supresión de lo anómalo». Es claro que lo que me fascina del sueño, o lo que me aterroriza, es lo que está fuera del control usual de la vigilia, algo que es anómalo, dentro de la cotidianeidad, dentro del espejo al que acudo para reconocer mis pasos, mis miradas, mis deseos, mis asentimientos, mis contradicciones, digamos, controladas. Lo que ha sucedido aquí es que lo anómalo ha dejado de tener esta condición para instalarse en ese tiempo sin fin que es el del sueño con una naturaleza que lo contradice, que lo suprime. No me fascinaría ni me aterrorizaría si fuera algo propio de esa realidad. En el sueño, lo explica con claridad bastante Hugo Hiriart, deja de haber la mirada significativa, interpretadora, sinóptica que está en el recuerdo o en el relato imaginario que traza la vigilia.

La realidad es superior a los sueños, han dicho varios (para no ir lejos, de Dostoievski a Sabines), pero no es del todo cierto. La puesta en escena que se logra en los sueños, el orondo transcurso de lo que queda en la lateralidad oculta de la vigilia, la revelación de lo que no tendrá sentido cabal o sinóptico, todo esto, pues, enriquece nuestra realidad, en un sentido indudable: la descentra, le da ese tono de verdad meramente provisoria, y promisoria, del que bien pueden partir indagaciones buenas, obtenidas fecundamente al sentido común alerta, como la de Hugo Hiriart. Los sueños enriquecen la realidad, aunque no siempre lo sepamos; en la predisión del cómo está la gracia de este libro.

Arbol de Diana

Adolfo Gilly. Historiador y ensayista.

Alejandra Pizarnik escribía cuando empezaban los años sesenta y apenas veinticinco de su edad tenía ella misma:

ella se desnuda en el paraíso

de su memoria

ella desconoce el feroz destino

de sus visiones ella tiene miedo de no saber

nombrar lo que no existe. (6)

Estos versos son de Arbol de Diana, treinta y ocho poemas publicados en 1962 en Buenos Aires. Varios copiaré en las líneas que siguen. Cada uno llevará al final el número que tiene en ese libro.

Una poeta sin límites visibles, son pequeños estanques transparentes sus poemas donde nada, ni ella misma, toca fondo. El amor y la muerte, pero la muerte propia, se asoman en cada una de sus líneas. No hay sonido ni espejo parecidos en lo que resta de a argentina.

Carolina Pullisaar llega el 30 de mayo de 1995 a la plaza Francia, verde y nítido parque de la Recoleta, en los barrios bonitos de Buenos Aires. Va con una amiga, artesanas y pintoras ambas. Carolina, niña de veintitrés años, deja su mochila sobre el pasto y empieza a trepar a un frondoso y añejo árbol de la plaza. La amiga prepara los instrumentos de dibujo.

Alejandra, en Arbol de Diana:

por un minuto de vida breve

única de ojos abiertos

por un minuto de ver

en el cerebro flores pequeñas

danzando como palabras

en la boca de un mudo (5)

Ese martes de otoño la niña sigue trepando al árbol. Lleva unos jeans, una chamarra y un pañuelo anudado al cuello. Llega a una altura de quince metros. Su amiga apresta el block y el lápiz para dibujarla allá donde el aire mueve las hojas del árbol y los cabellos de la niña.

Alejandra, muchos años antes:

Salta con la camisa en llamas

de estrella a estrella,

de sombra en sombra.

Muere de muerte lejana

la que ama al viento. (7)

En lo alto del árbol del viento en plaza Francia, la niña se empieza a desnudar. Serán como las cuatro de la tarde. Tira al césped su chamarra, sus pantalones, su ropa interior. Tira su pañuelo estampado, que el aire deja caer flotando.

Alejandra, allá lejos:

no más dulces metamorfosis

de una niña de seda

sonámbula ahora en la cornisa

de la niebla

su despertar de mano respirando

de flor que se abre al viento (12)

La niña, en la luz del viento del puerto de la tarde, posa desde allá arriba para su amiga que la dibuja, febril la mano y el lápiz que la arrastra. Algunos pasantes miran, pero no saben nada de la muerte y de la vida. La niña está sola y desnuda en la rama más alta. Se deja dibujar, tal vez se ríe. Alejandra escribía por aquellos años lo que nadie veía, alucinada, silenciosa y sola como nadie:

Días en que una palabra lejana se apodera de mí. Voy por esos días sonámbula y transparente. La hermosa autómata se canta, se encanta, se cuenta casos y cosas: nido de hilos rígido donde me danzo y me lloro en mis numerosos funerales. (Ella es su espejo incendiado, su espera en hogueras frías, su elemento místico, su fornicación de nombres creciendo solos en la noche pálida.) (17)

La niña mira a su amiga, mira a los pasantes y se pone a bailar en la rama del árbol,

La voz de Alejandra:

dice que no sabe del miedo

de la muerte del amor

dice que tiene miedo

de la muerte del amor

dice que el amor es muerte es miedo

dice la muerte es miedo es amor

dice que no sabe. (20)

(¿Habrá leído Alejandra al Robert Desnos de Les ténebres: «Mais Isabelle la vague, vous m’entendez, n’est qu’une image du reve a travers les feuilles vernies de l’arbre de la mort et de l’amour»?.)

En el árbol de la muerte danza la niña. De repente se detiene y mira hacia abajo. Parece considerar la distancia y la vida, el viento del río y sus misterios, el verde intenso del césped allá abajo. Estira los brazos sobre su cabeza, junta las manos y se zambulle. Su amiga atónita la mira volar hacia el pasto y las flores. (Horacio, veinte años, ve todo desde un banco de la plaza. Veinte minutos después, inmóvil todavía en su banco, cuenta a un periodista del diario Clarín: «Después de desnudarse arriba del árbol, la chica se paró en un pie y empezó a hacer piruetas. Tenía bastante equilibrio. Al final, se puso en posición de tirarse a una piscina de cabeza y se clavó contra el pasto».)

Alejandra, en su Arbol de Diana:

Vida, mi vida, déjate caer; déjate doler, mi vida, déjate enlazar de fuego, de silencio ingenuo, de piedras verdes en la casa de la noche, déjate caer y doler, mi vida. (35)

Como había sido soñado tantos años antes en la misma ciudad, el cuerpo de la niña se queda inmóvil y ausente contra el césped:

un golpe de alba en las flores

me abandona ebria de nada

y de luz lila

ebria de inmovilidad y de certeza. (27)

Son las cuatro y cuarto de la tarde. La amiga no dice nada. Alguien, por puro caso, ha registrado en su video baile y vuelo de la niña.

Alejandra, en cuatro líneas:

la pequeña viajera

moría explicando su muerte

sabios animales nostálgicos

visitaban su cuerpo caliente. (34)

Al día siguiente, 31 de mayo, el diario Clarín publica esta

nota en su sección de Policía:

«Entre las pertenencias de Carolina, la artesana que murió ayer en Recoleta, la Policía habría encontrado varios cigarrillos de marihuana, según confirmaron a Clarín fuentes de la investigación.

«Ella y su amiga, que la estaba retratando desde abajo en el momento del suicidio, al parecer habían fumado marihuana antes de ir al parque, dijeron fuentes policiales.

«Además de la ropa que la joven tiró al piso antes de caer (una campera y unos jeans, un pañuelo estampado y su ropa interior), la chica llevaba consigo una mochila de cuero marrón con el ejemplar de un best seller de la Nueva Era titulado La novena revelación.

«Además, llevaba una quena, un anotador universitario y un cepillo para el pelo, de plástico y plegable. No tenía otros elementos de belleza personal y, al momento de morir, no estaba maquillada. Según relatan los que la vieron posando para su amiga, Carolina era bellísima».

Alejandra:

He dado el salto de mí al alba.

He dejado mi cuerpo junto a la luz

y he cantado la tristeza de lo que nace. (1)

Cuando alguien decide terminar su vida, la pregunta inevitable es la más inútil: ¿por qué? Los hombres de razón, entre los cuales figuran en buen lugar los policías, siempre tratan de dar una respuesta; que el dinero, que el amor, que la mariguana, que los desengaños. Pero innumerables personas de todas las edades pasan por amor, desengaño y mariguana y no se suicidan. No es renunciar a la razón, sino encenderla en donde libre su llama pueda arder, el negarse a explicar lo inexplicable. Lo que no tiene causa, no la tiene. La niña quiso morir en otoño en plaza Francia. Y no pudo

explicar con palabras de este mundo

que partió de mí

un barco llevándome. (13)

Alejandra Pizarnik es una de las poetas mayores de Buenos Aires. Nació en 1936. Se suicidó el 25 de septiembre de 1972. En Arbol de Diana (1962) dedicó este poema a Aurora y Julio Cortázar:

Ahora bien:

Quién dejará de hundir su mano en busca del tributo para la pequeña olvidada. El frío pagará. Pagará el viento. La lluvia pagará. Pagará el trueno. (4)

Y esta advertencia:

cuidate de mí amor mío

cuídate de la silenciosa

en el desierto

de la viajera con el vaso vacío

y de la sombra de su sombra. (3)

Tiempo después, en Los combates y las noches (1965), dijo por fin este ruego desolado:

Del combate con las palabras ocúltame y apaga el furor de mi cuerpo elemental.

«Orula regresó a su casa…»

Carlos Castillo Peraza. Presidente del Partido Acción Nacional.

CUBA EN LA MEMORIA

Haber sido niño en Mérida; recordar a beibolistas como Orestes Miñoso, Adolfo Luque, Andrés Fleitas y Sandalio Consuegra; conservar la huella de las crónicas deportivas y eruditas de Eladio Secades; poder cantar hasta hoy las canciones de Eusebio Delfín; haber tenido un abuelo que pasó por La Habana a su regreso -flamante ingeniero- de Cornell; saber que en un hospital de esa ciudad le extirparon un tumor gastrointestinal a otro abuelo y que de la capital cubana llegaban las fajas ortopédicas para mantenerlo en forma, evocar el olor maderoso de las cajas de puros que los médicos cubanos enviaban a su expaciente, guardar en algún recoveco de la memoria las páginas sepia de la revista Bohemia con fotos de guerrilleros y aviones batistianos derribados, no haber archivado los manuales de terrorismo que la Tricontinental hacia llegar por correo normal y mexicano -en los tardos sesentas- a las oficinas de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana en las metropolitanas calles de Jalapa (casi con Puebla)…

Haber conocido a Reinol González, católico y revolucionario, preso durante catorce años y pico por el régimen castrista, liberado por obra y gracia de Gabriel García Márquez a insistencia infatigable y heroica de Teresita, la esposa exiliada en Miami; ser amigo de José Jesús Planas, sindicalista católico que ganó las primeras elecciones de la Confederación de Trabajadores Cubanos después de la revolución y tuvo que salir del salón y del país tan rápido como le fue posible; haber sido huésped en Caracas de Eduardo García Moure, en el exilio después de haber arriesgado todo en la lucha contra Batista; disfrutar de la confianza de José Ignacio Rasco, compañero de Fidel Castro en el Colegio de Belén que los jesuitas tenían en La Habana, cuya generación festejará este año el cincuentenario de su graduación de bachillerato…

Haber leído al «Ché»; haber visto a los guevaristas mexicanos del 68 transformarse en burócratas y hasta en escritores de discursos y ditirambos para el dinosaurismo priísta más cavernícola; verlos peregrinar a Chiapas en busca del arca perdida; haber hablado una y otra vez con Andrés Openheimer, autor de La hora final de Castro, antes y después de leer su libro. Saber que Jorge Valls, después de 20 años de cárcel, no perdió la fe, ni la esperanza, ni la caridad…

Todo esto y más llevaba en las alforjas cuando emprendí viaje a Cuba, invitado por el presidente de esa República, y se me fue agolpando en la mente durante las seis horas de espera en el aeropuerto de San José de Costa Rica, víctima del retardo con que nos obsequió la línea aérea tica. El avión iba lleno. Llegamos a La Habana cerca de las dos de la madrugada. Nos ofrecieron el «mojito» profetizado por mi amigo y compañero de gira Gabriel Jiménez Remus, mientras manos invisibles agilizaban trámites migratorios, aduaneros y de equipaje. Vimos el fondo de los vasos. Salimos hacia la residencia 52 del protocolo. José Antonio y Rebeca, del Partido Comunista Cubano, fueron nuestros anfitriones. Gregorio -antiguo marino que conoce Veracruz-, nuestro chofer. Juanita -piel negra, aros de gafas blancos- nuestra ama de casa.

LA HABANA, LAS REGLAS

Un letrero luminoso y políglota -todavía hay frases en ruso- nos dio la bienvenida. Calles oscuras, avenidas en penumbra pobladas de solitarias «guaguas» noctívagas nos condujeron al hospedaje. Calor agobiante. Austeridad espartana en los cuartos. Amabilidad exuberante en los rostros, las palabras, los gestos y las atenciones. El sol hizo su horneante tarea desde la mañana recién nacida. Roberto Robaina nos esperaba – desenfadado y franco- a la puerta misma del Ministerio de Relaciones Exteriores. Afrontamos a los periodistas en el jardín. Le entregué a quien luego supe que para todos es «Robertico», una bandera cubana. Pasamos a la reunión privada en que se pondrían las cartas sobre la mesa y quedarían establecidas las reglas de un juego inédito tanto para el panista como para el cachorro de una revolución no mexicana. Dúo sin partitura. Mounier habría podido repetir que «sólo las cifras incomprensibles de nuestro destino constituyen el verdadero libro legible».

Respeto, cordialidad, franqueza. No al embargo, asunto común. Si al pluralismo político, tema de las diferencias. Cito a Martí y su siglo, sus revoluciones de «alas rotas» para señalar que la integridad del vuelo de cualquier transformación social profunda se mide en la vida cotidiana de las personas concretas. México y Cuba, a mi juicio, llevan demasiados años hablando de cambio y cuentan con demasiados pobres. El hostigamiento norteamericano es insuficiente para explicar las cosas. Roberto, como Osmany Cienfuegos, Armando Hart y Abel Prieto más tarde, reconocerían que los errores propios también cuentan.

No les permitirían afirmar algo distinto los miles de cubanos que, después de haber comprado el boleto de la igualdad, asisten al espectáculo de las diferencias, de la economía doble (la del peso y la del dólar), del estímulo en «moneda convertible». Alguien diría en privado, entre triste y desafiado, que en 1990 los cubanos descubrieron que en el mundo del llamado «socialismo real» los cambios sólo se produjeron «por derrumbe» y que fue necesario tocar fondo para rectificar el rumbo. «Tuvimos que llegar a la congelación para poder empezar a calentarnos», se nos dijo. Pero -y de nuevo se me hace presente Mounier- «las explicaciones no disminuyen el escándalo del sufrimiento».

LOS ERRORES

Para llegar a alguna conclusión sobre los puntos que atraen la atención de la autocrítica cubana, se debe tener algo parecido al espíritu del arqueólogo. Levantar un vestigio aquí, otro allá, comparar, cotejar, inducir. Y sobre todo, asumir que las conclusiones son propias y no endosarlas a las trazas recogidas. Recordar, para no caer en trampas de la fe ni de la fe perdida, ni mucho menos de la fe supuesta, que-se lo escuché a una mexicana inteligente- «historiar no es regañar a los muertos». Lo que también vale para esta experiencia.

¿Qué parecen aceptar como errores los dirigentes cubanos? Me atrevo a enumerar, bajo mi propia responsabilidad, los siguientes:

1) Haber aceptado como válida la interpretación marxista oficial de la historia del siglo XX, así como la decisión (no cubana) de dividir al mundo en dos bloques a partir del fin de la Segunda Guerra mundial. Haberse entregado a uno de éstos con la confiada ingenuidad de todos los que -Carlos Fuentes dixit- comenzaron creyendo que sabían y acabaron sabiendo que creyeron.

2) Haber rechazado, junto con el capitalismo, las ciencias y técnicas de la administración, la existencia del mercado, la necesidad de premiar el esfuerzo eficiente, la posibilidad de productivizar el interés material de las personas, la influencia decisiva de lo religioso («cometimos la locura de formar y lanzar a trabajar a misioneros del ateísmo»), la aportación nacional de quienes no compartían la doctrina oficial.

Sospecho -sólo pude comprobarlo muy tenuemente- que estos y otros temas son en la actualidad materia de discusiones muy amplias en Cuba. Bien harían los cubanos en difundir, en hacer público el contenido de tales debates, así como de los mecanismos que -según ellos- han puesto a operar para la construcción de consensos en diversas materias, en especial las económicas. Difícilmente podrán, si el debate es real, afrontar el futuro sin que los puntos de vista culturales diferentes se coagulen en expresiones políticas plurales. Es más, estimo que impedir que esto suceda les complicará gravemente el camino hacia las soluciones económicas mismas. El desastre del PRI, en México, es hijo de la pretensión de monopolizar políticamente, partidistamente, las ideas de nación, de patria, de Revolución, de Estado, de historia. Es cierto que las circunstancias no son idénticas, pero la experiencia mexicana -en lo que tiene de «alas rotas»- bien podría ser útil a los hermanos isleños.

E PUR SI MUOVE…

Espacio y tiempo limitan estas imágenes e impresiones. Queda una anécdota para cerrar esta parabólica. Se la escuché a Eusebio, el entusiasta restaurador del centro histórico de La Habana: remozada y reconstruida la añosa iglesia de San Francisco; reconvertida en sala de conciertos presidida por su viejo crucifijo (no la expropió la Revolución, sino el liberalismo jacobino), recibió la imagen del pobre de Asís en ceremonia pública. Una negra de edad avanzada acudió, junto con cientos de compatriotas, a la reinstalación de aquélla. Y le dijo a Eusebio: «Orula regresó a su casa».

Más de cien años de liberalismo y marxismo no pudieron con San Francisco ni con su versión africana, de santería. Allí están en el pueblo que no pudo saciar su hambre de pan ni su sed de justicia bajo las banderas de las racionalidades erigidas en dogmas y generadoras de muerte. Hay que pensar todo de nuevo, tal vez muy cerca, otra vez, de Mounier: «Se necesita sufrir para que la verdad no se cristalice en doctrinas, sino que nazca de la carne». Lástima. Lástima del tiempo perdido. Lástima de las alas, tantas alas, rotas.

Y algo esperanzador. En 1988, Héctor Aguilar Camín dijo haber estado en Cuba y haber podido sólo oír a Castro. Yo sé que, en 1995, Fidel escuchó atentamente. Es más, se dejo interrumpir todas las veces que lo intentó mi impertinencia.

Morir de a pocos en Bihac

Alvaro Vargas Llosa. Periodista.

En nexos 211 (julio, 1995) publicamos una crónica estremecedora de Ryszard Kapuscinski sobre la barbarie política en Ruanda. No menos estremecedora es la crónica que ahora presentamos. En la guerra que ocupa gran parte del territorio de la antigua Yugoslavia se reproducen algunos de los extremos más ominosos que la historia ha producido con cruel generosidad.

Bihac es un lugar paradigmático de esa nueva forma de guerra pretendidamente étnica y nacionalista y sus habitantes son algo más que sobrevivientes, son héroes cansados que enfrentan a la muerte y al exterminio.

Mi memoria privada del viaje que acabo de realizar a Bihac, en Bosnia, es una galería de personajes y de caras con nombre propio. Lo que imanta el recuerdo con más intensidad no es la sucesión de arquitecturas bombardeadas, la lluvia de balas que hubo que atravesar a lo largo de las cuatro millas de tierra de nadie que separan a Kladusa, el territorio de Abdic, el musulmán traidor, del de las tropas bosnias del enclave de Bihac, o el inmenso almacén vacío de las Naciones Unidas en Cazin, ya en suelo bosnio. Más bien, un puñado de hombres y mujeres que, unos por elección, otros por desgracia, son parte constitutiva de la rutina de la guerra, de esa normalidad engañosa que incluso bajo el asedio de los cohetes da al forastero la impresión de una superioridad metafísica. Gentes que sólo son imaginables en la asediada y hambrienta circunstancia de Bihac y que le pertenecen a esa circunstancia casi tanto como las aguas llenas de memoria del río Una que serpentea entre los musulmanes, las tierras exhaustas y los caseríos de este rincón perdido de un lugar que llaman, todavía, Europa.

Nada hace tan necesaria la actividad colectiva como una guerra. En ella todos, militares y civiles, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, son piezas de un engranaje que los vincula fatalmente, y todo lo que ocurre parece tener inevitablemente sentido comunitario, justificarse sólo en la medida en que apunta a preservar el todo, como si no hubiera ya individualidad ni derecho a ella, como si un destino común hubiera devuelto a los habitantes a un estadio de la humanidad anterior a la aparición de la persona singular.

Por eso es fascinante descubrir en Bihac que no sólo hay individuos sino que la historia de la supervivencia de este enclave en el noroeste de Bosnia, desconectado del gobierno central de Sarajevo y librado a su propia defensa, sólo se podrá contar en la medida en que se le ponga nombre propio -y cara, y extremidades y sexo- a cada una de las pequeñas hazañas que constituyen la hazaña común. Habrá que colgar un apellido sobre el hombro de cada una de las victorias humanas que suman el milagro de estar vivos, allí al fondo, atenazados por el cerco de la triple alianza de los apóstatas dirigidos por Abdic y armados por los serbios croatas que controlan el norte del enclave, los serbios de la Krajina que colindan con la frontera occidental y los serbios bosnios que asedian desde el sur y desde el este.

Habrá que contar, por ejemplo, cómo el general Dudakovic, de mediana estatura, gruesa contextura, pelo rubio, cuarenta y un años y, al parecer, un par de cojones bien puestos, con poco menos de veinte mil hombres mal alimentados a sus órdenes y prácticamente sin armas propias cuando hace tres años empezó el asedio, ha conseguido que en los mapas que dan la vuelta por el mundo esta parcela de territorio musulmán desentone en la inmensa mancha serbia que la rodea por todas partes. Bihac no es Termópilas ni Numancia, porque aquí los héroes no han caído como los espartanos de Leónidas o los numantinos ante los romanos. Aquí la resistencia es más que heroica: es, hasta ahora, exitosa. Algo tiene que haber en esta bestia marcial que no salió de los manuales de historia militar. Se lo pregunto, en su modesto despacho del cuartel general del Quinto Cuerpo bosnio, oscuro, polvoriento y gastado edificio cuyo frontispicio guardan celosamente decenas de sacos de arena. «La clave es no dejar nada a la suerte. Creer en mí mismo, hacer un seguimiento minucioso e ininterrumpido de la situación militar del enclave y de todo el contexto de la guerra, y organizar, repartiéndonos las tareas con el gobierno civil, toda la vida de las gentes desde el nacimiento hasta la muerte». Me inquieta- qué estupidez, en este infierno- que semejante régimen cree una dictadura militar asfixiante. «Toda la movilización la coordina el gobierno regional de Bihac, es decir el gobierno civil. Yo sólo me ocupo de entrenar a las unidades y dirigirlas en combate. Además, no hemos movilizado a todo el zando a todos desde los 18 hasta los 66 años de edad, pero en la práctica faltan muchos por movilizar, como usted habrá podido ver. Dictadura es la que ha establecido Abdic en el norte del enclave, en Kladusa. Por eso lo derrotaré hasta recuperar la totalidad del territorio de Bihac: porque tiene una dictadura totalitaria almada por los serbios y por lo menos cuarenta por ciento de los que viven allí bajo su gobierno están en verdad con nosotros. El lucha por la dictadura, yo lucho por la identidad y la soberanía de Bihac».

El territorio de Bihac es un enclave de ciento ochenta mil habitantes con cuatro municipalidades, entre ellas la propia ciudad de Bihac, que en verdad es un pueblo. Desde 1992 resiste el asedio de los serbios, pero el año pasado el potentado Fikret Abdic, próspero agroindustrial dueño de medio enclave, se rebeló contra el Quinto Cuerpo en el norte del enclave, atrincherándose en Kladusa, territorio inmediatamente colindante con la Krajina, es decir con los serbios de Croacia que desde entonces son su soporte militar y político, y que en buena cuenta lo controlan. Aunque él ha decretado una república soberana en su territorio, se trata de un gobierno títere de los serbios. En agosto del año pasado, el Quinto Cuerpo, en una operación sorpresiva dirigida por Dudakovic, logró capturar Kladusa. En noviembre, los serbios croatas desataron una ofensiva masiva con treinta mil hombres y permitieron a Abdic recapturar el territorio. Desde allí lanzaron un bombardeo con morteros, lanzacohetes y helicópteros sobre el pueblo de Bihac, el más violento desde que estalló la guerra en esta zona, dejando los alrededores, como Zaliver, en las montañas que yerguen su majestuosidad sobre estos caseríos, totalmente inhabitables, fantasmas de la guerra que estremecen a quien pasa por allí por la huella violenta que ha quedado impresa para siempre. Desde entonces, la alianza de Abdic, los serbios bosnios y los serbios croatas, asedia la ciudad. Aunque el bloqueo es hermético desde por lo menos mayo del año pasado, entre noviembre y nuestros días, además de endurecerse el bloqueo, los bombardeos han hecho asco al simbólico cese al fuego negociado por Carter entre las facciones que se entrematan en Bosnia. El grueso de las armas del Quinto Cuerpo han sido arrebatadas al enemigo. La famosa Operación Tigre ordenada por Dudakovic, por ejemplo, logró convencer a Abdic de que el batallón que fingió pasarse a su bando se había rebelado de verdad contra el comandante del Quinto Cuerpo, consiguiendo que el jefe de Kladusa entregara desprevenidamente más de mil armas al enemigo.

El territorio de Abdic se diferencia a primera vista del resto del enclave de Bihac en que allí se respira un ambiente denso, rígido, vertical. Un funcionario del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), establecido en la base de los cascos azules afincados en Kladusa -los famosos bengalíes que el año pasado casi mueren de hambre y que hoy está al mando de un danés de aspecto británico-, comenta que nadie puede aventurarse más allá de la calle que recorre unos metros de distancia entre la base y el centro, y que en el noventa y cinco por ciento de las ocasiones no está permitido a los funcionarios, de Naciones Unidas verificar la distribución de alimentos, medicinas y semillas entre la población. Ya se ha atrevido Abdic a atacar la base de las Naciones Unidas y tiene armas apuntando en esa dirección desde un monte cercano. Según este mismo funcionario, la dictadura de Abdic no es apoyada sino temida, y su dependencia con respecto a los serbios de la Krajina es total. «Es un títere», comenta.

Al pasar por allí, a la ida y al regreso del pueblo de Bihac, no he sido maltratado por los soldados de Abdic a los que he preguntado cómo dirigirme en una u otra dirección, y durante la media hora que he tenido que esperar en pleno campo de batalla para ser escoltado a través de la línea de confrontación que separa al resto del enclave de Bihac del territorio de Abdic, Kladusa, los soldados han sido amables, mientras disparaban a todas partes en busca del enemigo emboscado entre los árboles o al otro lado de los inmensos cerros que flanquean la trocha.

Allí me he dado cuenta de que la guerra es también soledad y espera, antesala interminable, lo mismo para estos soldados que para los serbios de la Krajina en el puesto de vigilancia de Vojnic donde empieza -o termina -su territorio, o para los croatas en el puesto de vigilancia de Moscenica, que separa su territorio del de los serbios croatas. En todos estos puestos que hay que atravesar camuflado bajo la bandera de Naciones Unidas- ningún periodista ha viajado a Bihac en varios meses- hay un respeto distante, frío, ligeramente hostil hacia las siglas NU que protegen -o delatan, según el cristal con que se mire- el coche en que voy atravesando las fronteras de la guerra. Más frontales son los niños, que nos han caído a pedradas al pasar por Kladusa. Sólo entre Kladusa y la frontera musulmana del enclave de Bihac, en la tierra de nadie, he sentido miedo, al desatarse un estruendo de proyectiles sobre nuestras cabezas y ver, a la ida, los rostros desencajados de los bengalíes que nos han acompañado en el cruce y, al regreso, el del trabajador social que ha sido nuestro único acompañante. A la ida hemos olvidado nuestros chalecos antibalas y nuestros cascos, lo que casi ha impedido que crucemos, tal es el riesgo de esas cuatro millas de la muerte que sólo es posible atravesar dos veces por semana con permiso expreso de las panes a uno y otro extremo, y únicamente si se va con un convoy de las Naciones Unidas. El permiso no es, por supuesto, un blindaje perfecto: el camino está moteado de francotiradores que disparan en el segundo mismo en que ven al convoy asomar la nariz por sus dominios. Por lo demás, los puestos de vigilancia a ambos extremos de este territorio de nadie avanzan o retroceden todos los días según la fortuna bélica de cada bando y es probable que al llegar uno al otro lado la frontera que existía al empezar la travesía ya se haya deslizado unos metros.

Mientras sigo haciendo preguntas a Dudakovic, el general se ha levantado de su asiento y ha encendido el televisor y el video. Inmediatamente después veo unas imágenes de un coche carbonizado, rodeado de cadáveres. «Allí debajo, aplastado por el coche, estoy yo», me dice el general, con orgullo. Efectivamente, días atrás una mina serbia -en la guerra las minas tienen nacionalidad- ha estallado debajo del coche del general, aquí en Bihac. Han muerto sus guardaespaldas pero él, bajo por los fierros en llamas, ha salvado de milagro. Esta ha sido su respuesta a mi ingenua pregunta: ¿se atreve usted a entrar al frente de batalla? «No se puede dirigir una defensa contra tantos enemigos desde esta oficina. Tengo que estar allí, al mando de mis hombres, para que se sientan comandados y respaldados. Si me dan un poco de tiempo, recuperaré Kladusa, donde tengo una quinta columna». Respira hondo, seguro de haberme impresionado con esta referencia con olor a guerra civil española y añade, en broma: «con los hombres que tengo puedo llegar hasta el Drina…».

Me interesa saber si este general recibe órdenes, como la jerarquía militar lo sugiere, de Sarajevo, donde está el mando del ejército bosnio. «Tenemos comunicación y coordinamos algunas cosas», me responde lacónicamente. La pregunta es inútil: es evidente que el general no recibe ninguna orden ni instrucción desde Sarajevo. A lo sumo, comunica sus acciones después de ejecutadas. Entre ellas, la más reciente: la voladura de la torre de transmisión de los serbios de la Krajina en un monte cercano. Aunque Dudakovic no se queja de esto, todos en Bihac dicen lo mismo: que Sarajevo se ha olvidado de ellos, que los líderes bosnios han dado la espalda a este enclave solitario y que no tienen esperanza de recibir ninguna ayuda de parte de ellos. No sé si seguirá resistiendo el asedio con éxito, pero está claro que la espada de honor de esta guerra, en toda la ex Yugoslavia, se llama Dudakovic. «¿Si usted ganara la guerra, instalaría una dictadura militar?», le pregunto. Añado: «Los generales que ganan guerras quieren casi siempre quedarse con el poder». Su respuesta es inmediata: «Si no hemos instalado una dictadura ahora que estamos defendiéndonos contra un asedio salvaje y estamos en plena guerra, mucho menos lo haremos el día de mañana. Los militares regresaremos a los cuarteles y el Quinto Cuerpo habrá que reducirlo a un tamaño más pequeño». Mientras me despido, pienso en la frase que me ha dicho, antes de esta reunión, Nurvet Dervicevic, oficial de enlace del Quinto Cuerpo: «Los serbios están admirados de que sigamos todavía en pie».

Pero Dudakovic no es el único individuo que puebla la galería de mi memoria de Bihac. Hay muchos más: Azmira, por ejemplo. Delgada, menuda y transparente, de cabellos rojizos y labios por los que han pasado todos los cigarrillos que caben en 18 horas de jornada diaria. Ella es la asistenta bosnia de Monique, la jefa del ACNUR en Bihac. Sus funciones incluyen desde servir de intérprete hasta enlazar a su jefa con todas las fuerzas vivas de esta comunidad y, por supuesto, con el fondo sufriente del enclave, ese mundo de víctimas del hambre o la violencia, el miedo o la resignación, que constituyen todos los seres humanos cuya existencia de alguna u otra forma Monique aspira a aliviar. Azmira lo ha visto todo. Se nota en su mirada. En noviembre pasado, mientras las fuerzas combinadas de Abdic y los serbios de la Krajina bombardeaban Bihac, su casa fue perforada por enésima vez, sólo que en esa ocasión su padre y su hermano fueron alcanzados por los proyectiles. Al primero le destrozaron la pierna, al segundo una mano. No ha dejado de dormir una noche en su casa desde entonces, a pesar de que está a tiro de jarro de las fuerzas enemigas. Cursaba su penúltimo año de universidad en Sarajevo cuando empezó la guerra y tuvo que interrumpir- tal vez para siempre- sus estudios de inglés para volver aquí. Desde entonces ha vivido el asedio serbio junto con los treinta mil habitantes del pueblo de Bihac y sus alrededores: cascada rutinaria de bombas, bloqueo cerril de la ayuda humanitaria a partir de mayo del año pasado, absoluta ausencia de electricidad, desaparición del combustible.

Azmira sabe que en cualquier momento los serbios podrían arrasar el lugar y ella, con su familia, sufrir uno de dos destinos: la muerte o el exilio (aunque exilio es una palabra demasiado romántica para la suerte que corren los desplazados por la «limpieza étnica», como pude comprobarlo, por ejemplo, en el campo de refugiados croatas de Zagreb, donde los antiguos habitantes de Vukovar comparten penosas condiciones de existencia, confinados en habitáculos de dos metros cuadrados para familias de cuatro personas y con acceso a un baño por cada ochenta refugiados). Nada de esto es suficiente para hundirla en la desmoralización. Se ha acostumbrado a la guerra. Ha perdido el miedo a morir. «Estamos resignados», dice, pero yo creo que es mucho más que eso: el acceso del alma a un estado superior en el que, habiendo explorado los confines más hondos del mal, se tiene una sabiduría que inmuniza al cuerpo y la mente contra el sufrimiento. Decir que no sufre sería inexacto. Lo que ocurre es que se ha vuelto sufrimiento mismo, esencia de guerra, y por tanto está capacitada para sobrevivir anímicamente hasta que un día vuele en pedazos- o la guerra, por magia, termine. No es una naturaleza sobrehumana es un alma que ha explorado y conocido dimensiones de lo humano que jamás serán accesibles para el común de los mortales, no sometidos a una experiencia de esta índole.

«Fumas mucho», le comento, mientras me traduce lo que dice Dudakovic; o lo que me explica el ministro de Economía del enclave, Ibrahim Sarajlija; o lo que me dice la vendedora en el mercado; o los lamentos de la vieja Lakic, otra desplazada de la guerra que ha venido a parar nada menos que a Bihac para encontrar asilo; o las palabras tiernas de Bajadzic para con sus tres hijos en el zaquizamí donde ha recluido su existencia indigente esta mujer cuyo marido ha ido al frente de batalla y cuya alimentación depende de una cocina pública que, por obra del bloqueo, va quedando cada vez más desnuda. «Sí, todo el mundo fuma mucho. Lo que más consumimos es cigarrillos», me asegura Azmira. Le creo: desde que la he conocido no la he visto un segundo sin un cigarrillo columpiándose en sus labios. En esta guerra, el humo es un amuleto contra la muerte. Todos, militares y civiles, ancianos y párvulos, fuman como chinos.

Se nota que es también un buen negocio. Por ejemplo, en el mercado de Bihac -si se puede llamar mercado a ese pequeño conjunto de mesas dispuestas en forma de herradura en plena plaza central del pueblo, donde algunos artículos de consumo se anuncian a precios de escándalo en, por supuesto, marcos alemanes: diez marcos por una pasta dentífrica, ocho marcos por un paquete de cigarrillos, cien marcos por unos zapatos gastados con suela de goma. Ya en el mercado de Cazin, a pocos kilómetros del pueblo de Bihac, siempre dentro del enclave musulmán, he visto el día anterior algo parecido: artículos de «lujo» a precio estratosférico. No hay casi alimentos en el mercado, pero sí muchas otras cosas. En principio, es un contrasentido que un enclave cercado tenga mercados donde se venden productos que no se producen allí. Todo el mundo sabe el porqué de esto. Me lo explica Azmira: «Son los productos que nos vende el agresor, los serbios de la Krajina, en comercio con musulmanes que los distribuyen en el mercado negro. Nuestro dinero termina en manos del agresor. Lo peor es que necesitamos el mercado negro. Sin él, no podríamos sobrevivir. Lo que permite que no nos extingamos es precisamente ese comercio, pues desde hace varias semanas no están dejando pasar a ningún convoy humanitario de las Naciones Unidas, sólo a las fuerzas de protección».

Aquí está una de las claves de esta guerra: el mercado negro. No es posible entender lo que pasa en Bihac si no se entiende el negocio de la guerra. Los serbios de la Krajina que impiden el paso de los convoyes humanitarios de las Naciones Unidas han organizado un lucrosísimo contrabando hacia el enclave a través de la complicidad del enemigo musulmán al otro lado de la frontera, de tal modo que se ha creado una dependencia de los habitantes de Bihac con respecto a estos productos para la simple supervivencia. Ya que no los han podido matar con balas o por inanición, han decidido sacarles a los bosnios musulmanes todo el dinero que puedan, creando en ellos una suerte de síndrome de Estocolmo por el que la víctima se aferra a la vida confiando su suerte al raptor. En este caso, los habitantes de Bihac pagan, a través del mercado negro, una suerte de rescate a los serbios de la Krajina por seguir a duras penas con vida. La pregunta es obvia: ¿de dónde sacan los habitantes de Bosnia dinero para pagar las fortunas que cuestan los productos del mercado negro? La respuesta- en boca de todo el mundo- es sencilla de las remesas de los familiares que están en Austria, Alemania o Italia. En principio tiene un relente extraterrestre la noción de una transacción bancaria en esta provincia remota del olvido. Pero muchos miles de habitantes de Bihac tienen parientes que les envían dinero desde el exterior. El circuito infernal hace que los serbios logren consumir las reservas no sólo de los habitantes del enclave sino de quienes, más afortunados, han logrado instalarse en la civilización. Así, los bosnios de Austria o Alemania alimentan hoy la empresa guerrera de los serbios de la Krajina contra sus compatriotas atrapados en Bihac, todo ello con el beneplácito- qué remedio les queda- de los propios musulmanes, que dependen para sobrevivir de este contrabando entre enemigos. Las transferencias se hacen por el único banco en funcionamiento, con el permiso de las autoridades militares y, antes, de los croatas, aliados de los musulmanes a través de la Federación creada no hace mucho, que hacen de intermediarios financieros entre la civilización y este rincón del din del mundo. Una vez a la semana algún helicóptero croata aterriza semi-secretamente en Bihac para entregar algún armamento al Quinto Cuerpo y entonces, me aseguran a media voz los bosnios de Bihac, también entregan a los musulmanes dinero a cuenta de las transferencias hechas a Croacia desde Austria o Alemania y destinadas en última instancia para ellos.

El ministro de Economía, después de despotricar contra el mercado negro y de asegurarme que nadie en el Quinto Cuerpo participa de ese negocio, me admite que él también compra en ese mercado y que las autoridades no pueden dedicarse a meter presos a las tres mil o cuatro mil personas que, según sus cálculos, mueven el negocio, pues surgirían otras y, en todo caso, a nadie le conviene que desaparezcan los productos. Un observador de La Unión Europea que me impresiona por sus conocimientos militares y que perdió un brazo en la guerra del Golfo Pérsico (el garfio que ahora lo reemplaza no parece incomodarlo mayormente), me indica que los serbios de la Krajina necesitan para sostener su guerra unos 24 millones de marcos alemanes. El mercado negro se ha convertido en la gran fuente de ingresos para mantener la empresa bélica. Esta es la razón por la que desde hace un año no dejan pasar regularmente a los convoyes de las Naciones Unidas. Los precios bajarían en el mercado con todo ese ingreso de alimentos y medicinas y su negocio se echaría a perder. «Las perspectivas de que desbloqueen el camino, por tanto, son mínimas y Bihac puede vivir muy pronto una tragedia humanitaria multitudinaria».

Tanto como la imagen de Azmira con el cigarrillo entre los dedos, me admira Monique, la francesa del ACNUR que abandonó la comodidad de Ginebra hace año y medio para ir a «trabajar al campo», según la expresión burocrática apropiada para describir un destino de guerra, instalándose en Bihac desde entonces y convirtiéndose en uno de los personajes emblemáticos del enclave. No abandonó Bihac ni siquiera durante la ofensiva de noviembre, cuando el pueblo estuvo a punto de caer en manos serbias y cuando todo el personal de Naciones Unidas y de las organizaciones humanitarias había evacuado el lugar. Viéndola desenvolverse entre los musulmanes, con un inglés de marcado acento francés que nadie entiende en este pueblo, es imposible no fascinarse con la entrega total de su persona a esta circunstancia que tiene tan poco que ver con su propio pasado. Organizando la escasa ayuda humanitaria que ha podido penetrar el cerco en este último año; dirigiendo a su pequeño equipo de asistentes entre Cazin y Bihac, durmiendo un día aquí, otro día allá; coordinando sin temor con los forzudos oficiales de las fuerzas de protección que, se supone, deberían estar protegiendo sus afanes asistenciales; auscultando momento a momento las penurias del pueblo a través de visitas a todas las instancias en las que alguien sea capaz de decir a quién le hace falta qué, esta forastera es ya para siempre una de las caras de Bihac. Cuando me llevó al hospital -que también fue bombardeado, hace algún tiempo, por el fuego enemigo y en el que murieron muchos heridos por los efectos del ataque-, me conmovió que se detuviera en la puerta de la sección de los heridos de guerra y confesara: «Sigue tú, yo no puedo ver a los heridos. No tengo fuerzas». En boca de quien se juega el pellejo por elección desde hace un año y medio uniendo su destino al de los habitantes del enclave, de quien me ha llevado una tarde más allá de uno de los puestos de vigilancia del pueblo de Bihac, tras el cual no está permitido acceder por ser tierra de combate, y de quien se negó a abandonar el lugar cuando todos los pronósticos apuntaban a la caída del enclave, semejante dimensión de debilidad recuerda que estos héroes todavía se parecen algo a nosotros. Un efecto similar me hizo, cuando viajábamos hacia el enclave y llegamos al territorio de Kladusa controlado por Abdic, el rostro de Candra, una trabajadora social de Care Canada, al comprobar que no llevaba chaleco antibalas ni casco protector. Pálida, voz entrecortada, rostro surcado por el sudor, me explicó que el cruce de la línea de confrontación era muy peligroso y que siempre disparaban al convoy militar de las Naciones Unidas. Su temor me contagió. Entonces no sabia que esta canadiense venida de una experiencia humanitaria de cuatro años en la Argentina, también se mueve por Bihac como pez en el agua y que su tarea, asistir a cinco categorías de víctimas de la guerra, desde heridos hasta niños huérfanos, es un careo constante, diario, tenaz, con el peligro y con el sufrimiento ajeno. También ella, como Monique, tuvo un instante redentor de humanidad. Humanidad que se despliega generosamente, todos los días, a la cabeza de un ejército de mujeres bosnias con las que se comunica a través de intérpretes y a las que ella ha organizado en su batalla contra el infortunio, hecha de atención psicológica, de caridad, de compañía y de asistencia médica. Todas sus ayudantas vienen de alguna tragedia familiar, todas ellas podrían ser también beneficiarias de sus servicios, estar del lado receptor de esta dialéctica de la filantropía. Todas fuman sin cesar, todas me cuentan lo que ven u oyen en sus recorridos asistenciales, para que el mundo oiga su letanía de heroísmo silencioso. ¿Quién dice que en Bihac las mujeres no hacen la guerra?

Lo del hambre en Bihac no es exageración. Las cuatro mil personas que dependen de las cocinas públicas corren el peligro de la inanición si los convoyes no pueden pasar pronto. Los bosnios que intercambian las puertas de sus casas y sus muebles por comida se verán muy pronto desprovistos de moneda de cambio para conseguir alimentos y lo poco comestible que llega al mercado de Bihac acabará tarde o temprano con las reservas de los familiares de los habitantes.

Este enclave nunca fue un emporio de riqueza, pero antes de la guerra había aquí una industria textil, química, maderera y metálica, y el agrocomercio (controlado en buena parte por Abdic) era próspero. Se producían unos 700 millones de dólares al año, de los cuales se exportaban 120. La producción de alimentos no era suficiente para abastecer a toda la población, por lo que parte de esos ingresos por exportaciones se destinaba a adquirir alimentos. Las setenta mil hectáreas de tierra disponibles producían maíz, papas, habas, trigo. Desde 1991, esta economía empezó su declive hasta las condiciones de supervivencia de hoy en día. El primer año se consumieron las reservas. El segundo empezó el via crucis. En 1994, cuando el bloqueo se consolidó, el hambre se volvió un enemigo más en la múltiple alianza contra Bihac. Veinte mil hectáreas de tierra se han echado a perder del todo y las que quedan están tan exhaustas que son incapaces de producir lo de antes. La cosecha es hoy la quinta parte de la que era. También el ganado se ha reducido a la quinta parte. Los musulmanes de Bihac comen una vez al día, muchas veces una vez cada dos días, desde hace ya más de un año. Se calcula que desde hace meses sólo ingresan al enclave un diez por ciento de los alimentos y medicinas que hacen falta. La imagen del almacén vacío en Cazin (apenas unos cuantos sacos de semillas para enfatizar más la desnudez del depósito) se me antoja como otro emblema de la guerra.

Nadie, por supuesto, trabaja por un salario. Todos trabajan para si mismos: para sobrevivir. La energía, apenas unos 6 megavatios (se necesitan unos 120 para que esta ciudad funcione con alguna normalidad), sólo son suficientes para sostener al hospital y abastecer de agua a la población. Le pregunto a Bajadzic, madre de Edina, Emina y Ermin, cuyo marido pierde años en el frente de batalla y que vive en un espacio de dos metros cuadrados con todos sus hijos, qué come y cuántas veces al día. A veces una vez al día, a veces cada dos días, lo que la cocina pública de Bihac le da, que es una ración infantil. Mientras me cuenta esto ambos pensamos en que su recién nacido, colgado de la teta de la madre con ahinco, tiene su alimentación por ahora más o menos resuelta. Como casi todo el mundo en Bihac, no tiene esperanzas de que la guerra se acabe y vive resignada a que su marido esté en alguna parte del enclave, a las órdenes de Dudakovic, desafiando a la muerte para defender Bihac contra el asedio de los serbios. A Kakic, mujer de 60 años que parece de cien, que viene huyendo de un pueblo arrasado por la guerra y es otro símbolo de los desplazamientos de población que son uno de los estandartes de este conflicto, le pregunto qué hace para sobrevivir, en el cuchitril donde nos ofrece hospitalidad. Tocada por un pañuelo de los que no he visto muchos por aquí, me cuenta que se acaba de casar con un marido que tiene lesionado el corazón para poder comer y que, bajo el embrujo de la solidaridad alimenticia, ha surgido el amor. Ha vivido dos guerras (su madre, que aún respira, ha vivido tres) y me asegura que todavía no pierde del todo la esperanza de que Bihac tenga paz («íMir! íMir!»). Le pregunto si cree en Dios, si es posible -todavía- creer en Dios. Hace una mueca, se encoge de hombros, y me dice: «Algo hay allí…».

He tratado de adivinar si para los musulmanes de Bihac la religión es un arma de lucha, ya sea como esperanza o simplemente como refugio. Nadie parece otorgar a este tema una prioridad. Nada más alejado de la imagen fanática que, desde Kladusa, Abdic ha tratado de atribuirles a los musulmanes que están al sur de sus dominios. Dudakovic me dice que no sabe si Dios existe. Su oficial de enlace explica que él, pecador pertinaz, es el más «mujahidin» de todos, cuando le pregunto si es verdad que los del Quinto Cuerpo son cruzados religiosos. Todos me aseguran que en Bihac hay serbios a los que no se hostiliza y Dudakovic asegura que también en el Quinto Cuerpo hay serbios, «pues no luchamos por una religión o una etnia sino por Bihac». Si es verdad que no alienta en los bosnios un fervor de venganza religiosa, es notable: los serbios han destruido centenares de mezquitas desde que se oyeron por aquí los primeros disparos (en total unas ochocientas mezquitas e iglesias tanto ortodoxas como católicas han sido reducidas a polvo). Tampoco tendría, históricamente, por qué haber demasiado espacio para el odio religioso. En este lugar de Bosnia habitaban pacíficamente los distintos grupos hace 1,200 años, antes de que el Islam o la iglesia ordodoxa hicieran su ingreso y de que los imperios y las ideologías y la geopolítica sembraran para siempre la discordia. Se puede reprochar a los musulmanes muchos horrores -qué bando no los ha cometido en esta guerra- pero a los de Bihac no creo que sea justo imputarles fanatismo religioso.

Mientras me alejo de Bihac, de vuelta a Zagreb, la víspera de la interrupción del cese al fuego, de que, en otros escenarios de la guerra, Tudjman ordene el ataque al enclave de Eslavonia occidental y de que los serbios de la Krajina respondan con el bombardeo sobre la capital croata, pienso en lo ridículo que suena, en este contexto, el concepto de «comunidad internacional». Nadie en Bosnia guarda ya ningún respeto por ella, y aunque los políticos aseguran que la OTAN tendría que intervenir masivamente para detener la guerra, el grueso de las gentes prefiere ignorar que hay mundo más allá del perímetro infernal de esta interminable muerte lenta. Ellas han aprendido a morir de a pocos con naturalidad, como se viste uno por la mañana o se desplaza al mercado, asumiendo cada una de las balas de esta guerra como sustancia misma de la vida, como esencia de lo que es pasar por este mundo. Lejos de los reflectores que apuntan sobre Sarajevo y otras áreas de este conflicto laberíntico y que parecen haberse olvidado de que aquí,,más al norte, también está la morada del diablo, los bosnios de Bihac han eliminado de su vocabulario las palabras paz y esperanza.

Los sospechosos de costumbre

Jaime Ramírez Garrido. Editor de cultura del semanario etcétera.

El plan de seguridad propuesto por el regente del Distrito Federal, las peticiones para aplicar la pena de muerte y, en general, los llamados a la mano dura para enfrentar la inseguridad pública, recuerdan al capitán Renault de Casablanca, quien cada vez que se comete un crimen ordena detener a los sospechosos de costumbre.

Las propuestas se explican, que no se justifican, sin embargo, por las circunstancias que padecemos. El horror ante la violencia y la desesperación por evitar nuevos actos de terror producen reacciones quizá bien intencionadas pero que pueden resultar peligrosas. En tiempos de crisis los apetitos persecutorios afloran en la exigencia de cacerías de brujas, que pretenden a un culpable no tanto de un magnicidio o del incremento de los Indices de criminalidad, sino culpable de la conjugación de todos los males en una misma circunstancia. 

Desde enero de 1994, junto con la rebelión zapatista, surgieron voces de todos los sectores y tendencias denunciando conspiraciones de todos tipos. Estas voces regresaron con los asesinatos de Colosio, de Ruiz Massieu, de Polo Uscanga, y han puesto de moda, junto con los llamados a la mano dura, la evocación a un enemigo fantasmal, evasivo pero omnipresente, oculto pero obvio, un fantasma que recorre México, el perpetrador de nuestras desgracias que cada quien ve donde quiere, pues son sus sospechosos de costumbre.

Apelar a entidades como «las fuerzas oscuras que buscan desestabilizar a la nación», a «los malosos» o a «intereses egoístas que sacrifican la paz social en aras de cualquier cosa» es evadir el problema creando chivos expiatorios. Sin embargo, esta evasión no siempre ha resultado inocua. Esas fuerzas o intereses oscuros u ocultos, los sospechosos, los malosos, o como se les quiera llamar, históricamente han servido de porteros a la mano dura cuando no, de plano, al totalitarismo.

No olvidemos que en la Europa de entreguerras la evocación a un ambiguo enemigo de la nación, el orden o la «raza», resultó en invocaciones a acciones protonazis de las que sólo basta citar como ejemplo el asesinato del ministro alemán de Relaciones Exteriores, Walter Rathenau, en 1922. Sus asesinos no hicieron sino identificar a ciertos sospechosos de costumbre, como lo han sido los judíos, con aquellas fuerzas oscuras, y decidieron dar cuenta del factor desestabilizador. 

La violencia que vivimos se remite a rezagos económicos, jurídicos y políticos; las respuestas inmediatas que no atiendan los vacíos o las tergiversaciones, los errores o las desgracias, las carencias y corruptelas en estos ámbitos no hacen sino alimentar el circulo vicioso de la violencia y el crimen. Nuestras policías y nuestro sistema judicial, antes que ser parte de la solución, son parte del problema. La solución inmediata, fácil y falsa es recurrir a la mano dura, al arresto de los sospechosos de costumbre. La efectiva y democrática es atender los problemas de origen.

Chester Himes tituló a una de sus novelas, Un ciego con una pistola, metáfora precisa para evocar la espiral de violencia desquiciada, desenfrenada. Esta tiene que toparse con controles y acotamientos que la cerquen hasta terminarla.

Corremos el riesgo de caer en la novatada de confundir el buen gobierno con el gobierno endurecido, y terminemos dejándonos llevar por la eterna tendencia mexicana al melodrama Por más que identifiquemos a los causantes de nuestras desgracias con las eternas fuerzas del mal, carecemos, al menos por el momento, de un enmascarado de plata que las enfrente.

Compuerta

Héctor Aguilar Camín. Escritor. Su último libro es El error de la luna (Alfaguara).

FAMAS AL PIE DEL CADALSO, II

Me he referido ya en esta columna a la preocupante tendencia de la prensa y las autoridades, en particular de la Procuraduría General de la República, a construir culpables en la opinión pública mediante la filtración de versiones, hipótesis e investigaciones en curso, que no alcanzan nunca el carácter de prueba judicial pero son suficientes para sembrar la certidumbre del delito cometido en una sociedad irritada y agraviada, que de por sí tiende a tener su juicio previo en esos casos. («Famas al pie del cadalso», compuerta, nexos, junio 1995.)

La presión de una opinión pública alimentada con esos materiales tóxicos termina volviéndose contra las autoridades y las obliga, en busca de credibilidad, a incluir a todo mundo en sus investigaciones, porque basta que alguien sea mencionado por alguien en uno de esos procesos, para que se vuelva sospechoso del delito con que se le asocia. Fue el caso del exsecretario de Hacienda, Pedro Aspe, que tuvo que declarar en la investigación del asesinato del juez Abraham Polo Uscanga porque, según versiones, habría tenido un diferendo con el juez muerto a propósito de un juicio fiscal. 

LA CREDIBILIDAD DE LOS CÓMPLICES

Un aspecto lamentable, y políticamente peligroso de esos «procesos informativos», es que han otorgado credibilidad a delincuentes confesos o prófugos, regalándoles así un instrumento de autoprotección, difamación y escándalo que atenta contra los más elementales derechos de todo mundo, en primerísimo lugar, el derecho a no ser acusado, y menos aún públicamente, por la mera ocurrencia de un prófugo o un delincuente confeso. Es decir, el derecho a ser considerado inocente, ante los tribunales y ante el público, mientras no se demuestre lo contrario.

Las autoridades parecen descansar excesivamente en versiones de gente implicada en los delitos que se persiguen. A la distancia, la mayor parte de la información inculpadora en que se basaron las órdenes de aprehensión contra los presuntos miembros del EZLN detenidos el 8 de febrero, fue la declaración de un antiguo miembro del EZLN, Salvador Morales Garibay, cuyo paradero se ignora y que no ha vuelto a presentarse como testigo. La prueba acusatoria mayor, y casi única, contra Raúl Salinas de Gortari como presunto autor intelectual del homicidio de José Francisco Ruiz Massieu, procede de las múltiples y contradictorias declaraciones de Fernando Rodríguez González, homicida confeso de Ruiz Massieu.

CIVISMO DE LOS SÓTANOS 

La opinión pública, por su parte, parece dispuesta a creerle al mismo diablo y a poner la iglesia de su credulidad en manos de Lutero, si Lutero y el diablo confirman sus juicios previos. En este sentido, el último prospecto de héroe cívico venido de los sótanos de la justicia mexicana es el comandante Guillermo González Calderoni, uno de los fascinantes y siniestros personajes de la era del narco mexicano, perseguidor y protector simultáneo de grandes capos, que llegó a tener en su nómina personal a varias decenas de policías judiciales de la PGR, antes de salir prófugo y acogerse al programa de protección de testigos de la DEA y el FBI estadunidenses.

Patrióticamente preocupado por el principal problema de México que, según él, es «la credibilidad», González Calderoni reapareció, primero, en la primera plana del diario capitalino El Financiero, diciendo al FBI que Raúl Salinas de Gortari le había mandado eliminar a los asesores de Cuauhtémoc Cárdenas, Javier Ovando y Ramón Gil Heraldez, asesinados días antes de la elección presidencial de julio de 1988 (El Financiero, 2 de julio de 1995). Confirmó su regreso a la crítica independiente y el compromiso con la justicia, en la primera plana de Excélsior, para desmentir la versión del homicidio dada por El Financiero, a cambio de una inculpación de más amplio rango, no del homicidio, pero de otras incontables fechorías, al ex presidente Salinas, por quien González Calderoni estuvo dispuesto íhasta a violar la ley! (Excélsior, 15, 16 y 17 de julio, 1995.)

REVESES Y PERSISTENCIAS

En ninguno de los casos mayores que investiga hoy la PGR han faltado las denuncias de viejos procedimientos de tortura física y mental, empezando por el propio Rodríguez González, y siguiendo por Othón Cortés Vásquez, presunto segundo tirador del caso Colosio, las secretarias de Raúl Salinas de Gortari y los presuntos miembros del EZLN detenidos, tanto en Veracruz como en el DF. Por otra parte, en casi todos los casos, las pruebas formales presentadas por la PGR, han recibido veredictos judiciales adversos. El juez del distrito de Newark, que negó la extradición de Mario Ruiz Massieu, hizo un juicio demoledor contra el valor probatorio de las declaraciones de Fernando Rodríguez González. A mediados del mes, alcanzó su libertad bajo fianza María Gloria Benavides Guevara -la subcomandante Elisa del EZLN, consignada el 8 de febrero- ya que el juez consideró insustanciadas las acusaciones de terrorismo y asociación delictuosa, dejándole abiertos sólo las de rebelión y posesión de armas. Por las mismas fechas, fueron liberados por falta de pruebas Vicente y Rodolfo Mayoral, acusados de formar parte del complot para matar a Colosio.

Sin embargo, pese a la evidencia creciente de los muchos agujeros que hay en sus tareas, las filtraciones de la PGR siguen fluyendo. Al muy respetado e influyente columnista Sergio Sarmiento, un «alto funcionario» de esa dependencia le dijo que estaban cerca de probar que Muñoz Rocha había acudido a una cita con Raúl Salinas de Gortari, de la que salió drogado, y después de la cual no se le volvió a ver. (Reforma, 13 de julio de 1995.) Otra fuente de la PGR, dijo al periodista Raymundo Riva Palacio que estaba ya levantada la orden de aprehensión contra el expresidente Carlos Salinas de Gortari y que si no se procedía a darle curso era por una decisión de Estado. (Reforma, 17 de julio de 1995.)

Palos de ciego

Uno se pregunta si no sería hora de establecer en la ley algún tipo de indemnización pública y pecuniaria para quienes han sido objeto de una injusta privación de su libertad, y de una alevosa lesión a su fama pública por los «procesos informativos» que siguen fluyendo de medios informativos y autoridades responsables de la procuración de la justicia. Se pregunta también si no sería la hora de que las autoridades pusieran algo de la eficacia conque construyen procesos de culpabilidad ante la opinión pública, en la aportación de pruebas que efectivamente probaran sus acusaciones.

En el epígrafe de un viejo relato de Carlos Fuentes, «Un alma pura», leo dos líneas de Raymond Radiguet: «Las maniobras inconscientes de un alma pura, son aún más singulares que las combinaciones del vicio» (Cantar de ciegos. Mortiz, 1964). Pienso si los palos de ciego en materia de procuración de justicia no están generando impunidades más singulares que las que intentan erradicar.

México, D. F., junio 20, 1995.

Disparos y disparates

Mario Guillermo Huacuja. Escritor. Su más reciente novela es El viaje más largo (FCE).

Cuando el pasado 9 de mayo el regente Oscar Espinosa Villarreal declaró que la ciudadanía del Distrito Federal vive con miedo, tocó sin pensarlo una de las fibras más sensibles del corazón de las madres capitalinas, al recordarles en la víspera de su onomástico que sus hijos tienen que sortear a diario el acecho de un cúmulo abigarrado de carteristas, pandilleros, policías, raptores, violadores, asesinos y asaltantes de diverso calibre. Según las encuestas más recientes, las tres cuartas partes de los habitantes de la Ciudad de México percibe una amenaza constante a su integridad física, familiar y patrimonial, y la seguridad pública se ha convertido en la cuarta preocupación nacional más angustiante para los mexicanos, sólo precedida por los azotes y las penurias de la crisis económica.

Las últimas ventajas del tercermundismo. De acuerdo a los estudios de las Naciones Unidas, el planeta experimenta una marejada de delitos en ascenso, donde confluyen las cataratas demográficas, los abismos que separan a la riqueza de la pobreza y el poder globalizador del narcotráfico. Y si bien en el último lustro el derrumbe de la cortina de hierro en Europa y la pulverización de la URSS provocaron un resurgimiento feroz de la delincuencia en los antiguos países socialistas, las viejas naciones del capitalismo desarrollado continúan a la vanguardia en materia de crímenes y reputaciones bochornosas: los ingleses siguen siendo el ejemplo de los sentimientos reprimidos y los asesinatos célebres; los italianos son todavía el paradigma de las organizaciones mafiosas, y los alemanes viven un renacimiento de las hecatombes racistas. Por su parte, los Estados Unidos siguen obsesionados con estar a la cabeza en casi todos los rubros que se mencionan en las estadísticas: con un promedio de 25,000 homicidios anuales, nuestros vecinos no tienen competidores en la violenta costumbre de derramar sangre.

Aunque México se encuentra aún a la distancia de tales cifras luctuosas, la delincuencia es un fenómeno que se ha abierto paso rápidamente en los últimos años y, por efectos de un centralismo ancestral, la capital de la República ha concentrado sus más perniciosos efectos. En 1993 hubo en la capital un promedio de 366 delitos al día; el año pasado, este número se elevó a 380; en los primeros meses de 1995, hemos llegado a los 543. En esa maraña de atropellos de diversa índole, destacan los 130 automóviles robados al día, los 50 atracos a comercios y negocios, los 18 asaltos a casas, las 5 violaciones en promedio, la cifra caprichosa de asesinatos y la sucesión de robos cotidianos a los peatones cuyo número es imposible de definir, pero cuya denuncia entre familiares, amigos y conocidos ha obligado a muchos a abandonar la ciudad en busca de una atmósfera más tranquila. Curiosa inversión de flujos: si en las últimas décadas la migración del campo a la ciudad tuvo como fin la seguridad de un empleo, ahora hay familias que huyen de la ciudad buscando la seguridad a secas.

Pero aunque se piensa que la capital mexicana se ha vuelto la sede universal de la delincuencia y la inseguridad pública, un repaso por la violencia callejera de las principales ciudades del mundo desarrollado nos ubica muy atrás de los crímenes que se llevan a cabo en los centros neurálgicos del progreso: en Miami, el índice delictivo es de 49 atentados diarios por cada 100,000 habitantes; en Hamburgo, de 46; le siguen Washington con 31, Roma con 27, Los Angeles con 26, Nueva York con 23, y Madrid, que se encuentra en el vestíbulo del mundo desarrollado, con 7. La Ciudad de México tiene 5, y aunque no se compara con la seguridad impecable que existe en Tokio, tampoco ha incubado a las sectas fanáticas y criminales que anhelan fervorosamente el apocalipsis antes de que culmine el milenio. En ese sentido, por fortuna, seguirnos siendo tercermundistas.

Póngase a mano, joven. Para el ciudadano común, que vive alejado de la política y de las decisiones que afectan a la nación entera, la encarnación más tangible de la autoridad del Estado no es el presidente, ni el Congreso, ni los tribunales, ni las empresas estatales, ni las escuelas públicas, ni las cajas recaudadoras de Hacienda, sino la policía. Son esos uniformados trashumantes, que brindan a la vez tranquilidad y desasosiego, rondan con sus patrullas entre el sigilo y el escándalo, indagan y persiguen, protegen y atemorizan, llegan cuando nadie los llama y desaparecen cuando se les requiere. En la aritmética de la seguridad pública, resulta que en el DF hay un policía para cada 548 habitantes, pero nadie sabe a ciencia cierta si esa proporción es un beneficio o una desgracia.

Como todos nuestros males, el de la corrupción y la incapacidad de la policía es un fruto indeseable de nuestra historia. Y ello obedece a que la prioridad de cualquier Estado -la protección de los ciudadanos- no ha sido una prioridad en el nuestro. En la primera mitad del siglo, cuando los crímenes eran contados y los ladrones pertenecían más a la picaresca literaria que a la vida cotidiana de las ciudades, el Estado inició una cruzada histórica para llevar a los mexicanos hacia niveles mínimos de alimentación, salud, educación y vivienda, en un esquema en el que la seguridad social nunca fue vista como una necesidad apremiante. Así, el Estado promovió la creación de un cuerpo sólido, numeroso y favorecido de médicos y maestros, pero nunca contempló a los policías como a los dignos guardianes de la antigua polis. Más bien, los cuerpos policiacos se fueron nutriendo de grupos de desempleados con temperamentos violentos, cuya paga era vista como una propina para el vigilante, y cuyas insuficiencias se compensaban con la lealtad a los jefes. De esa forma se fueron tejiendo las mallas de la corrupción y la prepotencia, y se generó esa espiral del cohecho que va desde el soborno miserable en las esquinas hasta las ofertas suculentas y escalofriantes del narcotráfico.

Por eso, y después de tantos disparos de los delincuentes y disparates de las autoridades -que pusieron en los policías actuales la capacidad de juzgar a los ciudadanos como sospechosos o no de los delitos-, el tema capital de la agenda de la seguridad pública sigue siendo la tan postergada profesionalización de la policía. Esa meta aparece borrosa entre sueños urbanos y proyectos sexenales, pero cristalizará en la medida que implique criterios bien definidos para la selección de los policías, sueldos atractivos, estímulos al esfuerzo, y una política que atienda los alarmantes rezagos que existen en nuestra seguridad pública, identificándola con las tareas nacionales que hoy se nos presentan tan urgentes. Tal vez así, creando una policía cuyo prestigio entre los ciudadanos sea equiparable al del médico o el maestro, estemos sentando las bases no sólo del combate al delito sino también las de su prevención. No es poca cosa. Quizá por ese camino lleguemos, en un par de décadas, a vislumbrar un prodigio impensable para los habitantes actuales de esta flagelada ciudad: el surgimiento de la primera generación de mexicanos que tienen confianza en su policía.

El nuevo laberinto

Fernando Escalante Gonzalbo. Investigador del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México. Este verano aparecerá su libro El Principito o el político del porvenir.

Cualquiera sabe que cuando se habla de seguridad pública, la cosa va de policías y ladrones. Se oyen, en ocasiones semejantes, las opiniones y sugerencias más peregrinas, es verdad, pero es poco lo que puede decirse de nuevo: no hay otro remedio sino tener una policía competente, capacitada, animosa en su trabajo y respetuosa de las exigencias legales. Y procurar después que tenga la gente empleo y que en él gane lo suficiente.

De un asunto tan simple resulta, entre nosotros, un embrollo político porque nadie puede decir, en público, cuál es el problema. Porque no tenemos esa policía que haría falta, pero tenemos otra, con otras características, que ha servido para otros propósitos. Y es cierto que nuestros uniformados no tienen mayores escrúpulos cuando se trata de sortear cualquier obstáculo legal, pero es cierto también que casi nadie más los tiene tampoco. De modo que cuesta trabajo pensar que fuese posible arreglar la policía sin desarreglar todo lo demás.

Pare decirlo del modo más simple, entre nosotros un asunto de policías y ladrones nunca es sólo cosa de policías y ladrones. De modo que el problema de la seguridad, en ese plano elemental, tiende a ser escurridizo, confuso, inmanejable.

En el camino, unos y otros aprovechan el guirigay para lucirse como aguerridos defensores de lo que se tercie: el derecho, la democracia, la modernización o la tranquilidad de la ciudadanía. Con lo cual, las más de las veces, no hacen sino atizar la desconfianza.

En eso, si se miran las cosas con calma, hay bastantes riesgos. Porque la gente, cuando se siente desprotegida, busca protección, como es natural; y no quiere entonces que le vengan con cuentos de derechos y libertades, ni tolera de buen grado los pleitos de políticos. Es asunto tan viejo ya, tan conocido, que casi sobra recordarlo. Lo único que resulta extraño es que los políticos, sabedores como cualquiera de las posibles consecuencias, se empeñen en agitar el espantajo.

Los políticos pueden hoy, como los periodistas, aprovechar el tema, pueden usar el miedo para llevar agua a su molino porque domina en el ambiente una imprecisa sensación de inseguridad. Que tiene que ver con los asuntos, sabidos, de policías y ladrones, pero no sólo con eso; es un estado de alarma que traduce, seguramente, temores inconcretos, de difícil formulación, y que convendría localizar.

Ortega asociaba, y con razón, Civilización y Seguridad, por cuanto civilizar, cultivar, domesticar es siempre poner un orden en el mundo, hacerlo previsible. Del mismo modo, y de acuerdo con el mismo argumento, cabe asociar de semejante modo Seguridad y Artificio; y ello en un doble sentido: porque hay en todo artificio una radical seguridad -la del artífice, nada menos-, y en toda seguridad el sello característico de lo artificial. Que consiste en rehusarnos a ver, a padecer la incertidumbre, el impulso caótico e incontrolable de la Naturaleza.

Un argumento muy abstracto, ya lo sé, y acaso innecesariamente oscuro, pero que me interesa para poner el tema en el plano más general, donde es más evidente la condición precaria de cualquier seguridad. A fin de cuentas, el orden que queremos ver en el mundo, que nos lo hace cierto y previsible, es poco más que una fantasía, una fabulación colectiva.

Un poco más cerca, un razonamiento en todo similar al anterior permite a Hobbes fraguar la mejor, acaso la única justificación inescapable del Estado. Renunciamos, según reza la fórmula clásica, renunciamos a la posibilidad de matar a cambio de la seguridad de no ser muertos; renunciamos a la libertad indeterminada de lo natural para acogernos a la protección artificial del Estado. Otra fantasía, es cierto, tan precaria como la otra, pero una que sostenemos entre todos mientras imaginamos que existen los límites, que no todo es posible.

Si razonamos en esos términos, una situación de inseguridad revela, de modo manifiesto, la quiebra del Estado. Es obvio, sin embargo, que no es tal la situación que vivimos; no nos parece que todo pueda ocurrir. De hecho, mientras podamos todavía pensar que el problema es uno, sobre todo, de delincuencia, seguimos siendo civilizados, seguimos creyendo en el Estado. Porque no hay reducción más ordenada, más civilizada, ingenua incluso, del conflicto que aquella que lo entiende como cosa de policías y ladrones.

Hay que insistir, pues, en la pregunta. Si no ahí, la inseguridad ambiente, que es cosa cierta, debe tener su raíz en otra parte. Es verosímil, supongo que para casi cualquiera, el razonamiento anterior. No es difícil aceptar que la seguridad tiene que ver con el Estado y, en un plano más general, con la Civilización. En cuanto se piensa la cosa dos veces, sin embargo, en cuanto se piensa, sobre todo, en el Estado mexicano y en el orden de la Civilización mexicana, el asunto empieza a tener mal aspecto, y la idea ya no resulta tan convincente.

Los límites que, teóricamente, impone el Estado por medio de la ley son, entre nosotros, algo flexible, incierto, negociable. El sustrato de confianza, por otra parte, que parece ser condición obvia de la convivencia civilizada, es también dudoso. Los negocios, las fortunas, la credibilidad, todo resulta frágil y volandero, sujeto apenas por arreglos siempre problemáticos, arriesgados.

Ese desbarato, sin embargo, tiene un orden lo bastante sólido para ofrecemos seguridad. Extraña seguridad, es cierto, pero no por eso menos real. Nadie se alarma, por ejemplo, si el gobierno decide negociar con los alzados de Chiapas en lugar de empeñarse en que se cumpla con la ley. Abundan los rumores, en cambio, las conjeturas más o menos aungustiosas, cuando es castigado un personaje por una infracción en la aduana. Hay algo en ello que resulta perturbador.

Y creo que es ahí, en el resbaladizo terreno del orden político, de la moral pública, donde hay que buscar las razones de la presente sensación de inseguridad.

No supongo, que conste, que estemos viviendo la intranquilidad de una «transición a la democracia», porque no supongo que lo que vemos sean los prolegómenos de un Estado de Derecho. Desconcierta a cualquiera, y con razón, ver que en ciertas ocasiones se cumple con la ley; desconcierta que el Presidente no quite, sin mayores contemplaciones, a un gobernador estorboso en Tabasco o Yucatán. Tanto que los partidos de oposición son los primeros que se lo reclaman, porque nadie cree que se trate de respetar la Constitución. Desconcierta ver que se publican en los periódicos noticias a cuál más escandalosa, porque nadie imagina que sea una consecuencia de la libertad de expresión.

Ocurre que hay límites, límites de ésos inconmovibles, que fundan nuestro sentido común, que de pronto parecen haberse movido. Y nadie las tiene todas consigo en el nuevo laberinto; nadie puede saber, de hecho, qué tan nuevo es o de qué modo pueda hacerse habitable. De eso se trata, creo, la inseguridad.

A la vista de lo que sucede, a nadie pueden parecer ya confiables los viejos arreglos, porque da la impresión de que no hay, que no puede haber garantías. Es del todo lógico, pues, que todos se vuelvan hacia quien era, en nuestro laberinto habitual, el responsable de garantizar el orden. Y todas las quejas, las protestas, los chistes incluso, se enderezan hacia lo mismo, y forman un extraño coro repitiendo, de mil formas, que al Señor Presidente le falta autoridad. íQuién lo hubiera dicho!

¿Dónde quedó nuestro orden público?

Uno de los ideales más deseables para toda colectividad se cifra en el esfuerzo por reducir el caos a lo ordenado y simétrico. Los ciudadanos racionales no pueden encontrar sosiego sino hasta cuando la vida política se rige por este principio.

El sosiego, sin embargo, no está con nosotros. En estos últimos años, México parece haber perdido la noción de orden público.

¿Dónde quedó?

Los tres autores que se leen a continuación, hacen explícita la necesidad de fundamentar la vida pública en la idea de que no todo está permitido, aunque todo tienda naturalmente hacia la incertidumbre.

El legado político de los pueblos mesoamericanos

Enrique Florescano. Historiador. Sus libros más recientes son: Nuevo pasado mexicano. Editorial Cal y Arena, 1991: El mito de Quetzalcóatl, Fondo de Cultura Económica, 1993; Memoria mexicana, Fondo Cultura Económica, 1994. Este ensayo forma parte de una investigación más amplia sobre Etnia, Estado y Nación, de próxima publicación.

La mayoría de los estudios que se refieren al legado de los pueblos mesoamericanos reducen éste a sus aspectos culturales y artísticos. En este ensayo el énfasis se ha puesto en la construcción de las instituciones políticas. Si concentráramos la atención en el esfuerzo y el tiempo que los diversos pueblos y culturas de Mesoamérica dedicaron a la construcción de sus aldeas, cacicazgos y confederaciones multiétnicas, se vería que esa tarea fue la que absorbió su imaginación y sus mayores esfuerzos. Sólo después que se construyeron esos complejos edificios vino el desarrollo artístico y cultural. Los pueblos que habitaron Mesoamérica eran muy conscientes de esas conquistas, y por eso rodearon la fundación del reino de un halo mágico. Lo consideraron el acontecimiento que dio origen a la vida civilizada.

La unidad territorial y social que sirvió de base para construir diversos tipos de organizaciones políticas en Mesoamérica fue la denominada por los nahuas altépetl. El altépetl tenía una forma de organización que James Lockhart ha llamado celular o modular, porque en lugar de formarse siguiendo un orden jerárquico, lo hacía por agregación. Según Lockhart, en la tradición nahua, entre los requisitos mínimos para la formación de un altépetl estaban la disposición de un territorio. Este era ocupado por tantos calpollis como familias se reunían en ese espacio. Cada calpolli se dividía en cuatro, seis, ocho o diez barrios simétricos, orientados hacia los puntos cardinales. Asimismo, cada una de estas partes tenía su propio jefe, que era al mismo tiempo la cabeza de un linaje, quien tenía una porción del territorio del altépetl en propiedad privada. La suma de los distintos calpolli formaba un altépetl, que se gobernaba mediante la elección de un tlatoani. Como se advierte, el calpolli era un microcosmos del altépetl.

«El mito, el ritual, la ideología religiosa, la pintura y los discursos pictográficos y orales explicaban el mundo, mostraban cómo había sido creado y destacaban la participación de los dioses en su creación y en el esfuerzo de mantenerlo estable. Y a partir de esa explicación se definían las cargas y compromisos humanos, que debían cumplirse como obligaciones ineludibles.

El jefe del calpolli tema bajo su responsabilidad el reparto de la tierra y de las cargas tributarias entre las familias, el reclutamiento de la gente para los ejércitos, y la participación de los miembros del calpolli en las numerosas festividades religiosas. La fuerza de esta institución salta a la vista cuando se percibe que cada una deseas actividades era organizada por el jefe del calpolli. Es decir, el calpolli participaba en todas las tareas comunitarias que demandaba el altépetl, pero lo hacía bajo su propia organización y con sus propios jefes. Otro rasgo distintivo del calpolli era la rotación de los cargos y las cargas, y el orden de precedencia que se seguía. Así, las diversas tareas que deberían cumplir cada jefe de familia, barrio y calpolli se repartían en forma alternativa, siguiendo una rotación que iba de izquierda a derecha (como el movimiento del sol), y del primero al último lugar.(1)

(1) James Lockhart, The Nahuas after the Conquest. A Social and Cultural History of the Indians of Central Mexico, Sixteenth Through Eighteenth Centuries. Stanford, Stanford University Press, 1992, pp. 15-20; sobre la organización social mexica véase Pedro Carrasco, «La sociedad mexicana antes de la conquista», en Historia general de México. México, El Colegio de México, 1981. T. I, pp. 186-204. El estudio que primero mostró la importancia del calpolli fue el de Arturo Monzón Estrada, El calpulli en la organización social de los tenochca. México, Instituto Nacional Indigenista, 1983. (Primera edición, 1949).

La búsqueda incesante de armazones políticos capaces de contener y organizar la diversidad social, y resistir al mismo tiempo los embates del cambio histórico y las presiones externas, puede verse en la variedad de construcciones políticas imaginadas por los pueblos mesoamericanos. Las más diversas formas de organización política que conocemos tuvieron su propia versión mesoamericana, desde el gobierno tribal al complejo Estado multiétnico, pasando por el cacicazgo, la ciudad-estado y los reinos confederados. Sin embargo, en esa dilatada tradición dos construcciones políticas son las más mencionadas en los registros históricos. Una está centrada en el ahau, el jefe que acumulaba en sus manos el poder político, militar y religioso, ejercía el gobierno de manera centralizada y jerárquica e imponía a su sucesor a través de un orden dinástico. La manifestación más temprana de esta forma de organización política se observa en los cacicazgos olmecas y en los reinos zapotecos y mayas. En La Venta y San Lorenzo los principales monumentos celebraban al gobernante como cabeza del reino, exaltaban su función de jefe de la guerra y encomiaban sus cualidades de ejecutor de las ceremonias dedicadas a propiciar la fertilidad y la protección de los ancestros.(2)

(2) David C. Grove y Susan D. Gillespie, «Ideology and Evolution at the Pre-State Level: Formative Period Mesoamerica», Arthur A. Demarest y Geoffrey W. Conrad, Ideology and Precolumbian Civalizations. Santa Fe, School of American Research Press, 1992, pp. 26-29.

Entre los mayas de la época Clásica esos atributos del gobernante son los más difundidos por los monumentos y la escritura jeroglífica. El ahau o supremo gobernante de un reino ejercía la autoridad política, militar y religiosa de manera indisputada. En el período Posclásico esta forma de gobierno sufrió un cambio radical. En Chichén Itzá y Mayapán la figura del gobernante supremo fue sustituida por una suerte de consejo integrado por varios individuos, posiblemente del mismo linaje, que presidían un gobierno conjunto (Mul tepal).(3) Una tradición política que no he hallado registrada en testimonios fidedignos, aun cuando ha sido abundantemente citada por varios autores, es la del estado teocrático, la organización política gobernada por el sacerdocio. Desde los orígenes del Estado se observa que el poder político marcha unido con el religioso. Pero éste siempre aparece al servicio del primero, como se advierte con toda claridad en los mayas y zapotecos de la época clásica, o entre los mexicas del Posclásico. En todos estos casos la religión y sus funcionarios son una parte del aparato de legitimización y gobierno, pero nunca un poder autónomo.(4)

(3) Véase Nancy Farriss, Maya Society under Colonial Rule. Princeton, Princeton University Press, 1984, p. 148; un análisis muy detallado de la persona real y de los ritos de acceso al poder de un ahau maya puede verse en Linda Schele y Mary A. Miller, The Blood of Rings. Dinasty and Ritual in Maya Art. Forth Worth, Kimbell Art Museum, 1986, pp. 63-132; véase también una breve discusión acerca de los tipos de Estado maya en Diane Z. Chase y Arlen F. Chase, «An Archaeological Assessment of Mesoamerican Elites», en la obra compilada por los mismos autores, Mesoamerican Elites. Norman University of Oklahoma Press, 1992, pp. 307-310; sobre la organización política de Chichén Itzá y Mayapán, véase Linda Schele y David Freidel, A Forest of Kings. The Untold Story of the Ancient Maya. New York, William Morrow and Company, 1990, pp. 346-376.

(4) Un ejemplo entre muchos de la aplicación del término teocrático a las organizaciones políticas mesoamericanas puede verse en el libro de Eduardo Matos Moctezuma et al., Los pueblos y señoríos teocráticos. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1975; y también Román Piña Chan, Una visión del México prehispánico. México, UNAM, 1967.

Frente a la tradición de gobiernos centralizados en un individuo al que se le confieren atributos divinos o semidivinos, está la tradición política del centro de México, que muestra rasgos diferentes. Por un lado debe decirse que así como en el área maya ahau es un término que confunde el rango social con el oficio, también entre los nahuas tlatoani o teuctli son términos que denotan ambas condiciones. Entre los mexicas un tlatoani era al mismo tiempo un señor (teuctli) y un noble (pilli). Esto confirma la tesis de que en la tradición mesoamericana los estratos nobles se identificaban con el grupo dirigente.(5) Sin embargo, la información disponible muestra que en el Altiplano Central se desarrollaron organizaciones sociales que limitaron el poder de los gobernantes.

(5) Pedro Carrasco, «Social Organization of Ancient Mexico»; Robert Wauchope (comp.). Handbook of Middle American Indians. Austin, University of Texas Press, 1971. Vol. 10, p. 359.

El ejemplo más señalado es el de Teotihuacán, donde el arte público oculta al gobernante en lugar de exaltarlo. Esther Pasztory, al observar la intención deliberada de evitar la representación del gobernante y el propósito de exaltar los símbolos colectivos en las formas de residencia urbana, los cultos religiosos y las manifestaciones artísticas, sugiere que el Estado teotihuacano estaría asentado en fuertes grupos corporativos (calpolli, barrios, gremios), que alentaron la existencia de valores colectivos en el orden social, político y cultural. Según esta interpretación, la congregación forzada de los campesinos y artesanos en el interior de la ciudad, y el uso de los templos, plazas y edificios como lugares de peregrinación y culto colectivo, serían prueba de que los dirigentes ejercieron un control fuera de lo común sobre la mayoría de la población. A su vez, esta compulsión política habría generado una tensión provocada por el peso de las demandas colectivas y la capacidad de los gobernantes para atenderlas. Como resultado de esta tensión, los gobernantes le dieron una respuesta privilegiada a las demandas sociales y un énfasis especial a la expresión de los valores colectivos. Quizá por eso, como sugiere Pasztory, Teotihuacán es la ciudad mesoamericana donde menos se ven los personajes individuales y más descuellan los grupos y valores colectivos.(6)

(6) Esther Pasztory. Teotihuacan: An Experiment in Living. (En prensa).

Las numerosas ciudades-estado que los españoles encontraron disputándose los recursos de la cuenca de México, heredaron parte de esa tradición teotihuacana. Antes de que los tepanecas y mexicas desplegaran sus ambiciones imperiales, la mayoría de esas ciudades medianas parecía descansar en ideales corporativos y valores colectivos. Su forma de organización era el altépetl, la unidad política que ejercía su dominio sobre un área territorial habitada por numerosos calpolli que tenían autonomía para elegir su gobierno, el uso de la tierra, las formas de trabajo de sus pobladores y sus cultos religiosos. Esta había sido la organización política prevaleciente desde el siglo XII hasta principios del XIV en Xochimilco, Colhuacán, Coyohuacán, Tenochtitlán, Azcapotzalco, Tetzcoco, Cohuatichan, Tlalmanalco, Amaquemecan y otras ciudades del Valle. Probablemente era una tradición que se remontaba a los principios de la época Clásica, o más atrás. En muchas de estas ciudades en lugar de un solo tlatoani había varios tlatoque gobernando, y algunos historiadores observan que la última era la forma de gobierno más extendida. Antes de la llegada de los españoles el gobierno colectivo estaba en uso en Tlaxcala, Xochimilco, Huexotzingo, Tepeyacac, Chalco, México-Tenochtitlán y otras ciudades.(7)

(7) Edward E. Calnek. «Patterns of Empire Formation in the Valley of Mexico. Late Postclassic Period, 1200-1521», en George A. Collier. Renato I. Rosaldo y John D. Wirth (comps.). The Inca and Aztec States. New York, Academy Press. 1982: Frederic Hicks, «Prehispanic Background of Colonial Political and Economic Organization in Central Mexico», en Ronald Spores (comp.). Supplement to the Hanbook of Middle American Indias. Etnohistory. Austin, University of Texas Press, 1986. pp. 35-54.

Frederic Hicks advierte que el gobierno ejercido por varios tlatoques representa una suerte de equilibrio del poder, pues en ausencia de un jefe supremo no era posible imponer formas absolutas o centralizadas de gobierno. En cambio, en el caso de los estados con gobierno centralizado, una vez adoptada una decisión por el tlatoani, ésta se imponía a los señoríos sujetos y a los diferentes calpollis.(8)

(8) Véase el ensayo citado de Hicks, pp. 44-45.

La existencia de múltiples ciudades-estado semejantes en fuerza política y militar sufrió un cambio drástico desde el triunfo de los mexicas sobre los tepanecas y la formación de la Triple Alianza. Desde esos años, la continua expansión mexica sobre los territorios vecinos produjo una sucesión de acontecimientos encadenados que modificaron la realidad política y social. El sojuzgamiento de los reinos del Altiplano y de provincias lejanas canalizó hacia Tenochtitlán un gran flujo de tributos, tierras y alianzas que convirtieron al Estado mexica en la mayor potencia política de Mesoamérica. A su vez, el crecimiento de Tenochtitlán produjo la parálisis, el empobrecimiento o la decadencia de los estados vecinos, la pérdida de autonomía de reinos y cacicazgos otrora autónomos, y la sujeción de los macehualtin al poder político de los pillis o nobles. En otras palabras, se creo una tensión muy pronunciada entre las antiguas unidades corporativas (altépetl, calpolli, barrio), dotadas de autonomía, y el poderoso Estado mexica y sus aliados de la Triple Alianza. Asimismo, se acentuaron las diferencias entre los nobles y los macehualtin.(9)

(9) Véase por ejemplo Nigel Davies, El imperio azteca, pp. 191-286; Jesús Monjarás-Ruiz, La nobleza mexica: surgimiento y consolidación. México, Edicol, 1981; Mary G. Hodge, «Land and Lordship in the Valley of Mexico: The Politics of Aztec Provincial Administration», H.R. Harvey (comp.), Land and Politics in the Valley of Mexico. Albuquerque, University of New Mexico Press, 1991, p. 136.

Este breve recorrido por la historia de Mesoamérica muestra que el origen del poder político se basó en los siguientes elementos. En primer lugar, en la aparición de poblados estables sustentados en la agricultura (cultivos de maíz, frijol, chile y calabaza). La producción continua de maíz impulsó dos fenómenos nuevos: la disposición anual de alimentos suficientes para sostener a grupos de población relativamente grandes, y un tiempo libre exento de las tareas agrícolas. Los procesos del cultivo del maíz exigían en promedio cuatro meses de trabajo al año, de modo que la población disponía de un lapso grande de tiempo libre. La autoridad política se dedicó en sus orígenes a organizar el trabajo colectivo de la aldea sedentaria en beneficio propio y a reglamentar el uso y la dirección del tiempo libre de los pobladores. Monopolizar, o adquirir el máximo de recursos, fue un requisito que se impuso al gobernante apremiado por ejecutar las acciones políticas de manera constante y segura. (10)

(10) S. N. Eisenstadt, en su obra Los sistemas políticos de los imperios, Madrid, Revista de Occidente, 1966, pp. 171- 173, dice: «El primer objetivo general era establecer y mantener un sistema político unificado y centralizado y la soberanía del gobernante sobre el mismo». El objetivo del gobernante «era adquirir la seguridad de obtener un reclutamiento continuo o independiente de recursos procedentes de los distintos estratos de la sociedad».

El segundo sustento de la autoridad política fue la presencia de un linaje real. Los grupos dirigentes afianzaron su poder a través de la sacralización del linaje y la familia gobernante, cuyo origen se hizo descender de los dioses creadores del cosmos y su poder de la posesión de fuerzas sobrenaturales. El culto a los ancestros y al fundador de la dinastía fue una de las tradiciones conspicuas de estas sociedades. Uno de sus cultos representativos era el dedicado al templo del dios ancestral (la Primera Verdadera Montaña). Otra de sus expresiones más vigorosas fue la divinización de la persona del gobernante y sus atributos. En los retratos del soberano era usual que cada una de sus partes (la cabeza, el pecho, las extremidades), estuvieran presididas por un dios que encarnaba y protegía esas porciones de la persona real. Asimismo, el trono, la diadema o la banda, el cetro, el palacio y la tumba reales adquirieron características sagradas y autónomas, y tenían sus dioses, símbolos y ceremonias particulares. (11)

(11) Véase Michael Mose y T. Stocker, «The Cult of the Cross: Interpretatións in Olmec Iconography». Journal of the Steward Antrhropological Society. Vol. 5, No. 2, Spring 1974, pp. 67-98; F. Kent Reilly III, «Cosmos and Rulership: The function of Olmec Style Symbols in Formative Period Mesoamerica», Visible Language. Vol. XXIV, No. 1, Winter 1990, pp. 12-35; Virginia Fields, The Origins of Divine Kingship Among the Lowland Classic Maya. Tesis de doctorado, The University of Texas at Austin, 1989, Brian Stross, «Maize and Fish: the Iconography of Power in Late Formative Mesoamerica», en RES 25, Spring 1994, pp. 36-50.

De este modo las ceremonias y cultos que rodearon a la persona real convirtieron a los ocupantes del trono en seres protegidos por los dioses, o en encarnaciones de los mismos dioses. El origen divino y el aura sagrada que rodeaban al supremo gobernante ampararon también a sus descendientes directos y a los parientes más lejanos del tronco real. Entre los mayas, los familiares cercanos del ahau tenían a su cargo los altos oficios administrativos, religiosos y militares del reino. El linaje real ocupaba los puestos más altos del sistema político tanto con el fin de estorbar y limitar el crecimiento de otros grupos como para otorgarle el máximo control a las decisiones del gobernante.

Sin embargo, en la medida en que el linaje real se volvió numeroso y los reinos más complejos y multiétnicos, en esa misma proporción aparecieron otros requisitos para legitimar al grupo gobernante. El más extendido es el que añadió el mérito al halo divino: la aptitud y la capacidad de gobernar. No fue bastante haber nacido en la familia destinada a gobernar. Había que ganar ese derecho mediante méritos que denotaran la habilidad para gobernar. Estos nuevos requisitos se pueden apreciar en las dinastías de los reinos mayas de la época Clásica. Los elegidos a los altos oficios eran expertos en la escritura jeroglífica, el calendario, los cómputos cronológicos, la adivinación, el ceremonial religioso, las artes marciales y las tareas administrativas. Los escribas y administradores más diestros pertenecían a la familia real, pues habían dedicado gran parte de su juventud a aprender el oficio de gobernar.

Entre los mexicas esta práctica se volvió regla de gobierno desde los tiempos de Itzcóatl. Para acceder a los altos cargos del consejo supremo, además de ser miembro de la familia gobernante era indispensable haber destacado en las tareas políticas, administrativas, militares y sacerdotales. De esta élite seleccionada por el mérito se escogía al Huey Tlatoani o supremo gobernante.

En los Estados más desarrollados y complejos, como la Triple Alianza encabezada por los mexicas, las funciones de gobierno progresivamente se fueron separando de la familia real y se asignaron a quienes satisfacían los requisitos del cargo. Se creó así una burocracia administrativa, un personal militar especializado y un grupo selecto de sacerdotes y escribas encargados de las diversas tareas de conducción del Estado.

Por último, uno de los soportes claves del poder real fueron los mitos y la manipulación de la memoria histórica. Ambos funcionaron como poderosos instrumentos de legitimización del poder establecido. Como se recordará, el mito cosmogónico más difundido en Mesoamérica celebraba la aparición de la Primera Verdadera Montaña el día de la creación del cosmos, junto con la aparición de los seres humanos, los alimentos esenciales y la vida civilizada. En la mitología y la simbología nahua el nombre de la Primera Verdadera Montaña es altépetl, que quiere decir cerro lleno de agua. Altépetl quiere decir también ciudad, reino o Estado, pues era sinónimo de organización política, de vida urbana civilizada. El mito de la creación de la Primera Verdadera Montaña fue un elemento central en la construcción de los símbolos del poder mexica, como el Templo Mayor.

Del mismo modo que los templos edificados desde los tiempos antiguos, el Templo Mayor mexica fue concebido como una réplica de la Primera Verdadera Montaña que se levantó el día de la creación del cosmos. La diferencia con la Primera Verdadera Montaña de la época primordial es que en lugar de estar consagrado a una sola deidad, el Templo Mayor tenía dos santuarios: uno dedicado a Tláloc, el dios de la lluvia y de la fertilidad de los pueblos antiguos de la cuenca de México, y otro a Huitzilopóchtli, el dios nacional mexica.

Johanna Broda ha mostrado que ambas capillas celebraban el culto a la montaña primordial: el santuario de Tláloc representaba el Tonacatéptl, la montaña prístina de los mantenimientos; mientras que el santuario de Huitzilopóchtli simbolizaba el Coatepec, el cerro de la serpiente, el milagroso lugar donde por primera vez encarnó Huitzilopóchtli totalmente armado y acabó con los enemigos del pueblo mexica. El primer santuario era una reproducción del espacio sagrado más antiguo de los pueblos mesoamericanos. El segundo, una inserción del culto mexica adaptado al simbolismo tradicional. (12)

(12) Véase Broda, «Las fiestas aztecas de la lluvia». Revista española de Antropología americana, Vol. 6, 1971, p. 246; «Tribute and Cosmovision», pp. 236-248; «Templo Mayor as a Ritual Space», en Johanna Broda, David Carrasco y Eduardo Matos Moctezuma (comps.), The Great Temple of Tenochtitlan. Berkeley, University of California Press, 1987, pp. 93-94, 98 y 105-107. Un estudio reciente de Leonardo López Luján, Las ofrendas del Templo Mayor, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1993, confirma esa tesis.

La progresiva estatificación del reino mexica no sólo se expresa en la organización política de la Triple Alianza. Se manifiesta también en la aparición de una forma de memoria histórica que podríamos calificar de «estatal», en el sentido de que recoge hechos vinculados a la formación histórica del reino con independencia de la persona del soberano. Ejemplo de este tipo de registro histórico serían los libros donde se pintaban «los términos, límites y mojoneras de las ciudades, provincias, pueblos y lugares»; los libros donde se asentaban los acuerdos establecidos con las provincias conquistadas; los libros donde se registraba el monto del tributo que debían pagar los pueblos sometidos; y los libros donde se recogían los datos relativos a los diversos dioses, artes, ciencias y leyes.(13)

(13) Florescano, Memoria mexicana. México, Fondo de Cultura Económica. 1994, pp. 149-151.

Otra forma de relato histórico muy extendido en el periodo Posclásico funde la historia del grupo étnico con la organización política, como es el caso de los textos nahuas conocidos bajo el nombre de Anales de Cuauhtitlan, Historia de los mexicanos por sus pinturas o el famoso Popol Vuh de los quichés de Guatemala. Estos textos fueron elaborados antes de la invasión española o traducidos al español después de la conquista, y se caracterizan por fundir el relato del origen del cosmos con la historia de la etnia y la nación que surgieron de esa génesis fundamental.

Narran primero el origen y ordenamiento del cosmos, el brote maravilloso de la tierra de las aguas primordiales y la aparición de los primeros seres humanos. Más adelante informan que a partir de la aparición del sol las relaciones entre el orden cósmico y la humanidad se verifican a través de emisarios especiales: los dioses del maíz o del viento, Hun Nal Ye, Ehécatl o Quetzalcóatl. Ehécatl en la tradición mixteca, y Quetzalcóatl en la tradición tolteca y nahua, aparecen en los relatos cosmogónicos desempeñando el papel de transmisores de los bienes esenciales y de héroes culturales. Son seres sobrenaturales que, como lo muestran los códices o las representaciones pictóricas y escultóricas, transitan desde el inframundo a la tierra para comunicar a los seres humanos los misterios de la vida. Así, según la mitología maya, mixteca, tolteca y mexica, desde el inframundo, por medio de emisarios divinos, llegan al ámbito terrestre los bienes y conocimientos necesarios para el desarrollo de la vida, y se define el pacto fundamental entre los dioses y la nueva humanidad: la creación es un acto de los dioses, y la misión de los seres humanos en la tierra es conservar los principios básicos de esa creación divina y honrar con el sacrificio a los dioses fundadores.

Concluido este segundo acto del ordenamiento del mundo, los textos cosmogónicos cambian de tema y de personajes. El tema que ahora se impone en los relatos de creación es la aparición de los distintos grupos étnicos, la descripción de sus orígenes, lenguas y tradiciones propias, y la narración de sus migraciones, bajo la guía de líderes tutelares, quienes mantienen contacto estrecho con los dioses, y al mismo tiempo son los conductores de la migración de su pueblo hacia la tierra prometida. Algunos textos narran la desaparición de estos lideres dotados de poderes sobrenaturales, quienes al morir dejan a sus descendientes sus restos en forma de envoltorios sagrados, y son sustituidos por dirigentes de rasgos plenamente humanos, quienes crean las dinastías, emprenden guerras y conquistas, llegan a la tierra que les anunciaron sus ancestros e instauran ahí reinos poderosos. En algunos relatos esta parte se convierte en una narración de las dinastías que gobernaron a esos pueblos, como es el caso del texto maya inscrito en los templos de Palenque, o del reverso del Códice de Viena; pero en la mayoría, como se observa en los textos quichés, cakchiqueles y nahuas, el relato se transforma en una narración cronológica de acontecimientos, donde al lado de la sucesión de los gobernantes se enumeran los principales hechos del grupo étnico. En cualquier caso, lo que subrayan estos textos es la continuidad entre los orígenes de la creación y la historia terrestre de los grupos y reinos surgidos de esa génesis fundamental. El vinculo entre el origen sagrado y la descendencia terrestre es el tema que destacan los relatos de creación.(14)

(14) Florescano, El mito de Quetzalcóatl. México, Fondo de Cultura Económica, 1993.

En contraposición a los relatos dinásticos que grabó Chan Bahlum en Palenque, o al mito fundador del Códice de Viena, donde la historia del reino está cifrada en la historia de las dinastías, en los anales históricos que los quichés, cakchiqueles y nahuas agregaron a sus textos cosmogónicos la narración está concentrada en las migraciones, conquistas y avatares protagonizados por el grupo étnico. Lo que ahí se narra no es una historia dinástica, sino la memoria histórica del grupo o la nación étnica, junto a la historia de sus gobernantes. El relato de las hazañas del soberano, que antes resumía la historia del reino y de su pueblo, se ha convertido, por el surgimiento de nuevas realidades sociales y políticas, en relato de los orígenes, identidades y hazañas de la nación étnica.

El mensaje transmitido por ese registro de los hechos históricos resultó ser muy efectivo. El mito, el ritual, la ideología religiosa, la pintura y los discursos pictográficos y orales explicaban el mundo, mostraban cómo había sido creado y destacaban la participación de los dioses en su creación y en el esfuerzo de mantenerlo estable. Y a partir de esa «explicación» se definían las cargas y compromisos humanos, que debían cumplirse como obligaciones ineludibles. Con una coherencia que envidiarían los mensajes publicitarios actuales, el discurso histórico transmitió con insistencia unas cuantas imágenes por todos los medios disponibles, a todos los miembros del conglomerado social, desde el nacimiento hasta la muerte. La clase dirigente no sólo utilizó el pasado como un instrumento para sancionar el poder establecido, también hizo de la memoria histórica un poderoso proyector de conductas y prácticas sociales que la tradición oral y el ritual se encargaban de difundir, con el auxilio de la danza, la música, la pintura, la escultura y la escenificación ceremonial. (15)

(15) Florescano, Memoria mexicana, pp. 111-112.

Universos paralelos

Rafael Pérez Gay. Escritor. Su último libro es Llamadas nocturnas.

Pertenece a Bioy Casares la intuición literaria de que hay otros mundos, muy parecidos a éste, donde las cosas ocurren de otro modo. La vida, la historia, los personajes y hasta los lugares son muy semejantes a los que conocemos en este mundo, pero la vida política, los encuentros amorosos y las desgracias personales son diferentes a las que hemos gozado, vivido o padecido en éste. No cuesta nada imaginar ahora algunos de esos universos paralelos en la vida de México que ocurren en algún lugar del tiempo y del espacio.

1

En un mundo como éste, pero diferente, fui restaurantero. Un día decidí reunir todos los ahorros de mi vida y quemé las naves. Quizá ya lo adivinaron: decidí poner un restaurante en la colonia Condesa. Tuve serias dudas a la hora de echar adelante el proyecto culinario. ¿Una crepería?, ¿antojitos mexicanos?, ¿llana cantina?, ¿comida egipcia?, ¿especialidad en arroces? ¿Cómo saber el camino a seguir? Decidí lo que me pareció más original, pero también lo más rentable, porque en ese mundo del que hablo tengo un claro sentido de los negocios y las finanzas. Me decidí por la comida argentina. Me informan que el negocio fue un fracaso rotundo. No se pararon ni las moscas. Un día estaba en el colmo de la desesperación, invité a mis amigos -en ese universo paralelo tengo muchos amigos-, nos comimos toda la comida, nos bebimos hasta el vinagre, bajamos la cortina y nos largamos. Según me dicen, en ese universo paralelo perdí una cantidad fuerte de dinero que ya nunca recuperaré. En ese mundo estoy endeudado hasta el cuello y estoy rematando una máquina para hacer capuchinos, mesas, sillas, estufa de doce hornillas y otros muchos utensilios que sería prolijo enumerar aquí. Si hay interesados comuníquense conmigo, en ese universo paralelo soy una persona muy tratable, ofrezco precios inmejorables.

2

En un universo paralelo, las mujeres no les recriminan a sus maridos haber bebido una copa de más. No los increpan con frases hirientes e insinuaciones lacerantes que tienen que ver con el hígado, la madrugada, el ridículo y otras formas de violencia psíquica. En ese tiempo y en ese espacio -que no es éste que vivimos- no hay tempestades conyugales desprendidas de algún pequeño exceso etílico; por el contrario, las mujeres apoyan los esfuerzos de relajación de sus maridos con frases cariñosas y originales.

-¿Dónde es ahora tu reunión, Drinky Fellow? Por cierto, despreocúpate por llegar temprano a casa, dejaré la cena lista en el microondas. Si te sientes un poco indispuesto no dudes en despertarme, no importa la hora.

Los hombres salen así de sus casas sin remordimientos inútiles que a nadie benefician y pasan veladas alegres en compañía de otros amigos que, como ellos, valoran en lo que vale la actitud de sus mujeres. En ese mundo los días transcurren sin demasiadas contrariedades.

3

En un país paralelo al México de hoy, las personas dicen siempre lo primero que piensan a sus semejantes y muchas veces, también, hacen lo que desean sin reparar en las consecuencias. A primera vista, los habitantes de ese México parecen un montón de cabezas duras, cortos de entendederas y entregados a la molicie, pero esto obedece a una profunda razón: en ese mundo nunca existió Sigmund Freud, ni sus seguidores, ni sus escuelas, ni sus estudios del alma. En consecuencia, el Super -yo es inexistente. En este mundo la realidad es un ejercicio de sinceridad trepidante: al margen de toda negociación, la política constituye un escenario de condenas, amonestaciones y sermoneos en donde todos saben lo que el otro opina, por lo general agrios conceptos de sus vidas, de sus trayectorias profesionales. Todo esto logra que la franqueza se confunda con la libertad y nadie pueda diferenciar entre sentir lo que se dice y decir lo que se siente. En este mundo paralelo, una Historia de la vida privada dedicó un extenso capítulo al fenómeno del divorcio masivo. Víctimas de la sinceridad, los matrimonios acostumbran hacerse los más dolorosos reproches con tal frecuencia e intensidad que sólo les queda la separación definitiva. En las calles las gentes se dicen cosas escandalosas dictadas por instintos ancestrales. Los mexicanos de ese universo están convencidos de que habitan un mundo muy cercano a la perfección democrática y a la libertad.

4

En un mundo extraordinariamente parecido a éste yo he sido un gran golfista. Largos años de práctica apoyados en una vocación contra viento y marea me llevaron, según sé, a pelearle a Lee Treviño el Abierto de Golf. Fue un duelo de titanes en el que yo perdí y Treviño abonó su fama de invencible con los bastones. Tal vez por este descalabro, según se me informa, volqué toda mi habilidad y disciplina en el billar. En una época feliz que el tiempo no desteñirá, derroté consecutivamente a los más notables billaristas. El día que enfrenté a Joe Chamaco será recordado como uno de los juegos más perfectos de que tenga memoria la hospitalaria historia del billar. Mi vida en aquel entonces y en ese mundo, me dicen, era sumamente interesante.

5

En un universo paralelo yo escribí Apuntes y decires de Juan de Mairena. La razón es sencilla. En ese mundo nunca nació Antonio Machado y, como es lógico, sus libros tampoco vieron la luz. Pero como las grandes obras siempre se abren paso, a mí me tocó Mairena. En ese universo no me siento demasiado envanecido por ello, alguien tenía que hacerlo y la responsabilidad cayó sobre mí, eso es todo. Otros conocidos se hicieron cargo de la obra poética.

6

En un México paralelo a éste en el que vivimos, todo mundo sabe que Benito Juárez murió después de haberse reelegido tres veces en la presidencia de la República. El odio popular y el desprestigio, sin embargo, no fueron obra póstuma de Juárez; en vida, la gente lo odiaba. Incluso sus actos políticos más sonados -haber expulsado a los franceses de nuestro territorio, desamortizar los bienes eclesiásticos y el Código Civil- fueron olvidados por su autoritarismo. En el año de 1872, su médico de cabecera lo salvó de la muerte atendiéndolo oportunamente de una vieja afección cardiaca. Años después, como si su corazón enfermo tuviera prisa por arreglar viejas cuentas, se le imputaron las muertes de tres de sus más antiguos amigos y correligionarios, dos de ellos literatos, otro militar; los tres, políticos. Los trágicos asesinatos de Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano y de Porfirio Díaz le fueron imputados, aunque sin pruebas suficientes, a Juárez. En el universo paralelo del que hablo, el México de Juárez es sinónimo de desorden político, caos económico, pronunciamientos armados, venganzas políticas. En esa época de protestas desmesuradas y espesos días políticos, en ese universo paralelo, las manifestaciones populares siempre llegan al Hemiciclo a Porfirio Díaz, emblema del héroe popular cuya vida segada por el crimen cortó de tajo uno de los futuros políticos más sólidos y prometedores del siglo XIX mexicano. En ese México todos se preguntan lo que sería del país si Juárez hubiera muerto años antes.

7

Hay un mundo en el que los hombres no cimbran sus casas con estornudos a las dos de las mañana. Un mundo en el que los hombres suelen ver y encontrar todos los objetos que están frente a sus narices antes de preguntar por ellos como si buscaran el Santo Grial. Un mundo en el que los hombres no cambian los canales de televisión cada seis segundos, control en ristre. Un mundo en el que los hombres no tropiezan con un zapato olvidado en un rincón del cuarto sólo para declarar voz en cuello:

-Es que me tropecé.

Un mundo en el que los hombres no despiertan en la soledad de la madrugada con ahogos, infartos, embolias y otros padecimientos provocados por la ingestión de tres tortas cubanas.

En consecuencia, hablamos de un mundo de mujeres más tranquilas y menos ojerosas. Según me dicen, en este mundo la vidaconyugal es un contrato perdurable y la noche un remanso de paz y reposo, no un carnaval de insomnes desprestigiados.

8

En un mundo muy parecido a éste, México ingresó al Primer Mundo el año de 1978, durante la presidencia del licenciado Mario Moya Palencia. Los problemas del país no se acabaron, es cierto, pero se luchó a brazo partido contra el desempleo y la desigualdad; el salario real creció en un alto porcentaje, el país creció cinco por ciento sostenido durante el sexenio de Moya y se pusieron las bases de lo que hoy el mundo conoce como el sistema educativo más dinámico de América Latina. Fueron también los años conocidos como los de la Transición Mexicana a un régimen de partidos cuya alternancia en el poder fue el sustento del nuevo sistema político mexicano. Pero como se sabe en ese mundo paralelo, estos claros avances desembocaron en la crisis ocurrida durante el sexenio de Luis H. Alvarez. El año de 1984 quedó marcado por la fuga de capitales, la especulación, la devaluación del peso y la crisis financiera. Los analistas han coincidido en que esa crisis sumada al escándalo conocido como el Pangate- el desvío de dineros del Estado para apoyar al movimiento que derrocó a Castro en 1987-, le costó al Partido Acción Nacional las elecciones de 1988, año en que asumió la presidencia Cuauhtémoc Cárdenas y el país entró de lleno en lo que se conoce como Desarrollo Estabilizador.

9

Sé de un universo paralelo donde el biólogo, poeta y amigo Jorge Hernández no existe por razones que no viene al caso contar. Las conversaciones en ese mundo fluyen como el río Nilo, sin nada que las perturbe; los partidos de fútbol pueden ser vistos casi en su totalidad sin interrupciones. En ese universo, me informan, siempre que llego a las fiestas me da por gritar apenas estoy en el umbral de la puerta de mis anfitriones:

-íííReaccionarios!!! ííArriba el Atlante!!

Inmediatamente después me presento como el conocido cineasta Paul Leduc.

10

También se tienen noticias de un universo en el que la selección mexicana de futbol empata los partidos en el tiempo reglamentario. Otras veces ocurre que los futbolistas mexicanos juegan tiempos extras y también empatan con grandes esfuerzos -los marcadores son en este caso irrelevantes-. Entonces viene las tandas de penaltis. El balón se coloca en el manchón: viene un mexicano y falla en el primer intento mientras un rival dispara y anida en las redes. Viene otro mexicano, coloca la pelota en el manchón, se persigna -en este universo los futbolistas se persignan muy a menudo- y falla en su segundo intento; entonces, llega otro rival, toma distancia, se encarrera y sacude las redes con un tiro bien colocado. Viene otro mexicano, coloca la pelota en el manchón, de forma extraña este jugador no toma vuelo, dispara de pronto y el balón llega a las gradas después de un tremendo zapatazo.

Entiendo la extrañeza del lector, pero hay cosas que no cambian en ningún tiempo, en ningún espacio, cosas que siempre serán iguales, hasta la consumación de los tiempos.

El libelo político

Robert Darnton. Historiador. Es autor del clásico La gran matanza de gatos(FCE).

El historiador cultural de la Enciclopedia y la literatura de los bajos fondos en la Francia pre y revolucionaria acaba de publicar dos nuevos títulos sobre la literatura difamatoria de la época, los libelos. Este es un fragmento de The Forbidden Best-Sellers of Pre-Revolutionary France (Norton), su libro más reciente, en traducción de Antonio Saborit.

El tema de la deslegitimación concierne al subgénero de libros prohibidos llamados libelles -ataques calumniosos a las figuras públicas a las que se conoce colectivamente como les grands. ¿Por qué darles tanta importancia a estas obras?, cabe preguntar. La literatura del escándalo se congregó alrededor de reyes y cortesanos desde el Renacimiento, cuando Aretino hizo una profesión del baratilleo de indecencias: pero nadie las consideraba una amenaza para el Estado. Tal vez los libelles de las décadas de los setenta y ochenta del siglo XVIII pertenezcan a una vieja variedad del enlodamiento, que debería dejarse en la alcantarillada, a donde pertenece.

Esto nos enfrenta a lo siguiente: el tráfico de escándalos es tan desagradable y tan trivial que nadie ha investigado cabalmente su pasado. Necesitamos una historia de los libelos políticos. Hasta que no se escriba esa historia no podremos arribar sino a conclusiones tentativas, y yo sólo puedo dar algunos argumentos preliminares para tomar en serio las indecencias. Estos se pueden sintetizar así. Primero, aunque es posible desenterrar numerosas observaciones difamatorias sobre les grands en los siglos XVI y XVII, no se halla nada comparable a los libelles en forma de libros que fueron bestsellers en el siglo XVIII. Segundo, aun si los libelles circularon ampliamente en Francia dos siglos antes de la Revolución, su encanto bajo Enrique III y Luis XIII no prueba que carecieran de interés durante los reinados de Luis XV y Luis XVI; al revés, tal vez ganaran poder gracias al efecto acumulativo en un público lector siempre en aumento. Tercero. Una comparación de los primeros y de los últimos libelles no revela un inmutable patrón de repetición sino más bien un desplazamiento de la difamación de individuos al desacato de todo un régimen.

El término empleado para identificar a esta literatura cubría un amplio frente. A finales de la Edad Media, libelle (del latín libellus, diminutivo de libre, «libro») quería decir: librito. Aunque el término se siguió aplicando a todo tipo de panfletos, se le empezó a asociar sobre todo a breves ataques calumniosos contra personas prominentes. Para 1762, el diccionario que publicaba la Academia Francesa definía libelle tan sólo como un écrit injurieux u «obra ofensiva». La ofensa tal vez se refiera a una persona, como en el moderno concepto del libelo; pero con mayor frecuencia se trataba de un asunto de Estado, pues los libelles podían ser sediciosos. Eso fue claro dos siglos antes, cuando una ordenanza real de 1560 proclamó que «todos los productores de carteles y de libelles difamatorios… que tiendan a inflamar al pueblo y provocarlo hacia la sedición» serían condenados como «enemigos de la paz pública y criminales culpables de lèsemajesté».

Esta curiosa mezcla de calumnia y sedición parece caracterizar la historia de los libelles políticos desde el siglo XVI hasta el XVII. Cada vez que las crisis golpeaban al Estado, los libelles completaban el daño. En 1589, en el momento culminante de la insurrección de la Liga Católica en París, Pierre de l’Estoile se maravilló ante la proliferación de los panfletos escandalosos: «Todos los días hasta el impresor más pequeño se las arregla para que sus prensas saquen algún estúpido libelle difamatorio contra Su Majestad». Durante la revuelta de la princesa contra Marie de Médicis en 1615, un polémico tratado, Avertissement à la France touchant les libelles advertía que los «libelles difamatorios» eran el arma principal que usaban quienes trataban de fomentar el descontento público. En 1649, cuando la Fronda redujo al reino casi a la anarquía, los parisinos se impactaron ante «esta aterradora cantidad de libelles». Para entonces, el peligro de los libelles lo deploraban todos los bandos, hasta los libellistes, quienes difamaban a sus oponentes acusándolos de difamación. «Nada es más pernicioso para un Estado que los libelles», decía un panfleto, a la vez que otro sostenía la suspensión de los escándalos como la preocupación central del programa anunciado en su título, Censure générale de tous les libelles diffamatoires.

Es difícil decir si tales pronunciamientos eran alarmas genuinas o poses retóricas pero las autoridades sí se tomaron en serio la difamación. El 28 de mayo de 1649, el parlamento de París trató de restaurar el orden en la capital amenazando con la horca a quien sacara libelles. En junio, esto estuvo a punto de ahorcar a un abogado, Bernard de Bautru, por alterar la paz con un grosero panfleto. Y en julio, condenó a un impresor, Claude Morlot, a quien se pescó al imprimir los pliegos de La custode du lit de la reine, el cual empezaba con una aseveración sobre Mazarin y la reina madre, Ana de Austria; una aseveración tan cruda como las cosas que se decían en los años setenta del siglo XVIII: «Paisanos, ni lo duden; la verdad es que Mazarin se la está cogiendo». Morlot salvó la vida gracias a un tumulto de impresores itinerantes, quienes se lo arrebataron al verdugo; pero ahí quedó el punto: los libelles conducían hacia la sedición, y la primera etapa de la Fronda culminó con un golpe a la prensa. En posteriores etapas de la Fronda, las facciones en disputa lucharon con libelles y con espadas. Así que cuando Luis XIV empezó a reconstruir la monarquía en 1661, tomó medidas severas para controlar a la prensa y someter todos los aspectos de la vida cultural a su autoridad. La reorganización del comercio del libro, la censura y la policía colaboraron en una nueva variedad del absolutismo, la cual llevó a la clandestinidad o al extranjero a los libellistes. Muchos de ellos huyeron a Holanda, en donde se sumaron a las filas de los refugiados protestantes tras la Revocación del Edicto de Nantes en 1685. El conflicto religioso y la guerra exterior añadieron intensidad a las calumnias políticas que produjeron los exiliados en la década de los noventa del siglo XVII. Pero la más antigua variedad siguió dándose de vez en vez en el reino. En noviembre de 1694, mientras Luis reinaba sobre el culto a la realeza en Versalles, un impresor y un librero fueron llevados a la horca en París por sacar un relato irreverente de la vida sexual del rey. Así, al comienzo del siglo XVIII, se estableció un género; el Estado le etiquetó como sedicioso y quedó libre el camino para los libros que fueron éxitos de venta clandestinos durante la época prerrevolucionaria.

Pero esta historia, en tanto que es posible reconstruirla a partir de unas cuantas monografías aisladas, ¿demuestra una semejanza esencial en la vasta literatura del libelo que abarca de la Reforma a la Revolución? En el género mismo había gran variedad. Los libelles podían ser carteles, pliegos sueltos, canciones, impresos, panfletos o libros. Pierre de l’Estoile incluyó un poco de todo en la colección que reunió en 1589: más de 300 hojas empastadas en cuatro volúmenes en folio. Pero no obstante sus diferencias formales, todos ellos tenían una cosa en común: eran intensamente personales. En este sentido, le debían bastante al estilo político del Renacimiento. La política en la corte renacentista era un asunto de personalidades, de patronazgo y clientelas, de los que estaban adentro y los que estaban afuera, intrigas y combinazione (tramas). Para jugar el juego había que saber cómo defender el propio prestigio; pues la reputación era una forma del poder, sobre todo en el nivel de los principes, como lo explicó Maquiavelo:

El príncipe ha de procurar, tal como en parte se ha dicho más arriba, evitar todo aquello que le haga odioso o digno de menosprecio; si así lo hace habrá cumplido con su papel de príncipe, y sus otros defectos no representarán peligro alguno para él… Lo hace despreciable él ser considerado voluble, frívolo, afeminado, pusilánime, irresoluto: de todo eso ha de guardarse el príncipe como de un escollo e ingeniárselas para que en sus acciones se reconozca grandeza de ánimo, valor, gravedad, fortaleza… El príncipe que da de sí esta imagen adquiere gran reputación, y contra alguien que tiene tan buena reputación difícilmente se conjura; difícilmente se ataca a alguien que se sabe tenido por excelente y reverenciado por los suyos.

La defensa de la reputación se convirtió en estrategia básica de gobierno en el Renacimiento, no tan sólo en la Toscana de Maquiavelo sino también en la Francia de Luis XIII. Richelieu la situó en el centro de su idea del poder: «El príncipe debe ser fuerte a través de su reputación… La reputación es tan necesaria que un príncipe que cuenta con el beneficio de una buena opinión puede hacer más con su solo nombre que aquellos que tienen ejércitos pero no estima».

En las primeras épocas de la Europa moderna, el poder no se expresaba generalmente por la boca de un cañón. Los ejércitos consistían en apenas unas cuantas compañías de mercenarios y guardias, las fuerzas policiacas eran puñados de agentes. Para imponer su autoridad sobre la gente, los soberanos la actuaban en público, a través de coronaciones, funerales, entradas reales, procesiones, festivales, fuegos artificiales, ejecuciones públicas y tocando a los enfermos- es decir, curando scrofula o «el mal del rey». Pero la forma dramatúrgica del poder era vulnerable al insulto. Una afrenta bien dirigida podía lesionar una reputación y destruir un desempeño completo. Para sobrevivir en la corte renacentista había que saber cómo rechazar los insultos verbales y cómo embestir con ellos. Aunque esta variedad de la política estuvo restringida a príncipes y patricios, se representaba ante todo el pueblo. De suerte que cuando la obra terminaba, los actores podían interpelar al público; las plebes podían intervenir; y el hombre de mayor reputación en las calles podía escalar a lo más alto.

En París, como en Florencia, la política con frecuencia degeneraba en pleitos callejeros; pero buena parte de la violencia era verbal. «Días de Barricadas», el 12 de mayo de 1588, y entre el 26 y el 28 de agosto de 1648, liberaron ríos de libelles; tantos, de hecho, que no se podría decir que se dirigieran sólo a los círculos de los cortesanos. Se dirigían al público heterogéneo que se juntaba en el Pont-Neuf, el Palais de Justice, el Palais-Royal, el Quai des Agustines, y otros centros nerviosos en los sistemas de comunicación impresos u orales. El blanco de los libelles plebeyos iba implícito en su estilo. Eran vulgares, obscenos, brutales y simples. Se apoyaban en géneros populares como el diálogo cómico, el chiste de cantina, la balada en pliegos sueltos, la arenga vituperante y las narraciones estilizadas de sueños y fantasmas y asquerosos faits divers. Ciertos libelles atraparon el tono de sediciosas charlas callejeras. Unos usaron la retórica del insulto ritual y las pasquinadas populares -poemas escandalosos dispuestos en lugares públicos como la estatua de Pasquino en Roma. Muchos iban cosidos en pastas azules como los almanaques y los chapbooks de la bibliothèque bleue (literatura popular). Muchos se leían como pliegos sueltos: los occasionnels, canards y feuilles volantes que daban noticias para todo tipo de lectores un siglo antes de 1631, cuando se empezó a publicar La Gazette de France, el primer periódico de Francia, y ella continuó informando o desinformando a los más humildes durante otros dos siglos. Esta extraordinaria explosión de impresos demuestra que la política no sólo ocurría en la corte sino en la calle, entre la plebe.

Sin embargo, esto no quiere decir que uno pueda distinguir con claridad entre la cultura de los plebeyos y de los patricios. Se existía alguna diferencia así, pero se la obviaba continuamente. Los panfletos más vulgares a veces estaban martajados en latín, y la mayor parte de la pesca era una especie de vida literaria en los bajos fondos, hecha para entretener a los sofisticados. Mientras más estudian los académicos los géneros «populares» como la bibliothèque bleue, menos confianza tienen en la noción misma de «cultura popular». ¿Quién representa mejor la fusión de lo popular y de la élite que Rabelais, genio supremo de la literatura del siglo XVI? Arrabalero y recóndito, vulgar y recherché, Rabelais sacó a su personaje principal, Gargantua, de un librito de romances y lo presentó en el lenguaje de un merolico en feria callejera. La literatura del libelo latía con energía rabelesiana, pero no se la puede asignar a un público específico. Esa prosa pertenecía a un mundo en el que la lucha por el poder había trascendido los confines de la corte extendiéndose a las calles, barriendo todo a su paso.

La violencia de las explosiones se derivó de un ingrediente final que a duras penas existía en los cálculos de Maquiavelo: la religión. Por un siglo, desde la muerte de Enrique II en 1559 hasta la derrota de la Fronda y el comienzo del gobierno personal de Luis XIV en 1661, Francia pasó por un periodo de guerra civil intermitente alimentado en lo principal por la lucha entre protestantes y católicos. Aunque los protestantes no participaron en la Fronda, Luis los expulsó del reino en los años ochenta del siglo XVII. De suerte que los libelles más violentos contra él al final de su reinado vinieron de Holanda, en donde los refugiados se mezclaron con los opositores del absolutismo en Inglaterra es decir, con hombres como John Locke. La lucha entre jansenistas y jesuitas añadió otra dimensión a los conflictos ideológicos. Y todos los conflictos estuvieron compuestos en una escala internacional por las rivalidades de las dinastías y de los estados: los valois, borbones, habsburgos, tudores, estuardos, organistas, hohenzollerns y hannoverianos conducían ejércitos capaces de infligir un daño enorme, aun antes de abandonar ballestas y armaduras.

¿Qué lugar ocupó la violencia verbal en este largo periodo de conflicto multidimensional? No podemos medir la incidencia de los mauvais propos y de los rumores, pero sí identificar las más fuertes explosiones de los libelles desde finales del siglo XVI hasta el comienzo del siglo XVIII. Cuatro periodos destacan: 1588-94, 1614-17, 1648-52 y 1688-97.

La primera explosión ocurrió durante el caótico periodo de la guerra religiosa, cuando los acontecimientos se espesaron y aceleraron tanto que las prensas a duras penas los podían seguir. En 1589, los occasionnels salieron al ritmo de uno diario en Paris, producción excepcional si se la compara con el producto anual de una docena que hubo en 1585 y 1594. La crisis suministró un material vasto: asesinatos, golpes, héroes y villanos. Y las autoridades de París dieron rienda suelta a los panfleteros, con tal de que concentraran su fuego sobre el enemigo: Enrique de Valois (Enrique III) y su aliado eventual, Enrique de Navarra (el futuro Enrique IV).

El rey era en efecto buen blanco. Su reputación era todo lo que no tenía que ser, según la fórmula de Maquiavelo: «voluble, frívolo, afeminado, pusilánime, irresoluto». Los libellistes le dieron con todos los insultos que tenían en su arsenal, llamándolo cobarde, hipócrita, prevaricador, tirano y lo peor de todo: protestante. Los libellistes no explotaron la conducta que ha fascinado a muchos de los biógrafos del rey, las supuestas orgías con sus «validos» masculinos, pues su mayor preocupación era religiosa. La religión suministró el idioma básico de la política en la década de los ochenta del siglo XVI; así que al calumniar a Enrique III, los libellistes lo hicieron parecer criptohugonote, brujo, amigo del diablo. Del otro lado de las barricadas, los protestantes respondían en el mismo tono, acusando a la Santa Alianza de traicionar a Francia a las fuerzas satánicas de la contrarreforma, España y el Papa. Ambos lados sazonaron sus argumentos con detalles sensacionales sobre signos en el cielo y milagros en la tierra. Informaron de los acontecimientos bajo el mismo espíritu sensacionalista, tal y como los canards lo hicieron durante cien años. De hecho, los libelles a menudo parecían canards. Eran por lo general pliegos toscos o panfletos en medio o en un pliego -ocho ó 16 paginas en octavo, el formato más común. En forma, estilo y contenido, tenían más cosas en común con los viejos occasionnels que con los best-sellers del siglo XVIII.

La siguiente gran ola de libelles fue similar y anegó el reino durante la revuelta de los principes en 1614-17. La lucha por el poder entre les grands, los más fuertes nobles y protégés reales, otra vez rebasó la esfera del palacio y los cortesanos interpelaron al público en busca de apoyo, cerrando filas y calumniándose entre sí en letras de imprenta. Sin embargo, en esta ocasión los temas religiosos permanecieron relativamente mudos y nadie desafió la autoridad del rey -en parte porque era muy poca. Luis XIII apenas tenía 12 años al estallar la crisis. En lugar de atacarlo, las facciones en pugna intentaron hacerse del poder controlando los concejos del rey y gobernando en su nombre. La reina madre, Marie de Médicis, dominó los concejos como regente y por medio de favoritos como Concino Concini, el maréchal d’Ancre. El principal oponente de la reina madre, el principe de Condé, trató de suplantarla, primero manipulando los Estados Generales de 1614, luego por medio de intrigas y finalmente a través de la rebelión abierta. En 1617, la crisis alcanzó un clímax y la actividad panfletaria llegó a su cúspide -unos 450 nuevos títulos, casi cien más que la producción de 1589-, cuando Concini fue asesinado y Marie de Médicis conducida al exilio. Las rebeliones esporádicas y las intrigas barrocas continuaron por dos décadas más, pero para 1630 Richelieu restauró el orden. Bajo su firme conducción y la de su sucesor, el cardenal Mazarin, el poder se consolidó de tal modo que sentó las bases para el absolutismo de Luis XIV. Pero al subir al trono en 1643, Luis era un muchacho de 14 años. De suerte que Francia conoció otra regencia y otra rebelión, la Fronda, antes que el absolutismo emergiera finalmente como la forma de gobierno para contener las fuerzas que desgarraron al reino durante cien años.

Como la crisis de 1614-17 fue sobre todo lucha entre los de «adentro» contra los de «afuera». los panfletos que generó intentaron movilizar el apoyo entre «el público políticamente importante» de los nobles, los ministros reales y los miembros destacados de los gobiernos municipales y cabildos. Fueron aparentemente panfletos menos violentos que los de la década de los ochenta del siglo XVI. Tal vez tuvieran menos resonancia entre la gente común. Pero ellos también se amoldaron a los acontecimientos y ayudaron a darles forma al suministrar una retórica de acción. Ellos informaban, interpretaban, exhortaban y denunciaban en embestidas y reparos estratégicos que incidían sobre el curso de la acción, respaldando a los simpatizantes y exponiendo enemigos en todos los momentos cruciales. Aunque esos panfletos ocasionalmente hacían referencia a los asuntos constitucionales, siguieron siendo notablemente respetuosos al principio de la absoluta soberanía real. Y su fuego lo concentraron en las personas. Condé era traidor, impulsivo, conspirador inescrupuloso; Concini, libertino, demonio, usurpador disoluto; Marie de Médicis, tirana, entremetida, protectora de aventureros corruptos y extranjeros. Como siempre, los libelos tomaron la forma de ataques ad hominem, pero sin ir más allá de réglements de comptes (ajustes de cuentas).

Durante la Fronda, la enorme masa de 5 mil panfletos publicados entre 1648 y 1653 repitieron el mismo tipo de vituperio personal. La situación también fue similar: un rey niño; una reina madre, Ana de Austria, tratando de gobernar a través de un favorito, Mazarin; y grandes nobles dirigidos por otro Condé (Luis II, el hijo de Enrique II de Borbón, oponente de Marie de Médicis), ansiosos por su parte de poder. Pero esta vez la crisis fue más profunda. Tras expulsar de Paris en enero de 1649 a Mazarin, la reina madre y Luis XIV, los rebeldes se apoderaron de la ciudad. Resistieron el bloqueo hasta finales de marzo, a la vez que permitían una virtual libertad de prensa: libertad, cabe decir, para calumniar a Mazarin y a quienes estuvieran asociados con él. Durante los tres primeros meses de 1649, los panfletos salieron a razón de diez al día. Al igual que los pliegos de la Santa Alianza, ellos tocaron una vena popular y permanecieron cerca de los acontecimientos, haciendo comentarios y caricaturas sin inhibiciones.

El tono de la actividad panfletaria comenzó a cambiar cuando el regreso del rey a París en agosto señaló el final de la primera Fronda. Hasta 1653, las conspiraciones y los golpes dieron material abundante para las polémicas. Pero los panfletos se hicieron más extensos y más reflexivos. Expresaban programas ideados en los concejos de les grands más que reacciones callejeras. Sin embargo, muchos de ellos siguieron calumniando a individuos con tal fuerza y violencia que todo el cuerpo de la actividad panfletaria de la Fronda se llegó a conocer a través del libelle epitome del género, La Mazarinade, de Paul Scarron, de 1651.

La vulgaridad del nombre disfrazaba gran variedad de temas y formas. Como la polémica literatura de las décadas de los ochenta y noventa del siglo XVI, las mazarinades incluían todo, desde canciones y bandos hasta extensos tratados políticos. Algunas sólo eran para divertir, sin ofrecer ningún tipo de mensaje político. Unas cuantas inclusive apoyaban a Mazarin junto con la Fronda. La principal novedad que les distinguió de los occasionnels previos fue el subgénero de los versos burlescos popularizados por Scarron. Este asunto se respaldó en la tradición del insulto ritual y en la pasquinada, y de hecho pegó debajo del cinturón.

Todos los participantes en la Fronda tuvieron su libelo, pero la gran mayoría, una avalancha de vituperios sin precedente, cayó sobre Mazarin. Los libellistes se burlaron del supuesto origen bajo del cardenal. (La verdad es que Mazarin surgió de la nobleza italiana menor y creció en la órbita de la dinastía Colonna en Roma, pero alguien le inventó que era hijo natural de un cura y una sierva, la misma parentela que se le dio a Madame du Barry 120 años después.) Le reclamaron haber enviado la riqueza francesa a los bolsillos italianos o a las arcas de España y de la Iglesia Ultramontana. Escarnecieron su amor al lujo, a la buena comida, a la ópera y a sus sobrinas, cuyas vidas privadas también salieron raspadas. Abundaron en su vida sexual, en especial en su relación con Ana de Austria. Y llegaron a la conclusión de que habla que correrlo del cargo, darle caza como animal, matarlo, desmembrarlo o descoyuntarlo en el potro. Estos ataques superaron los insultos prodigados en textos anteriores: convirtieron al libelo en un género de la minibiografía, aunque parecieran raquíticos -La Mazarinade era sólo un panfleto de 14 páginas-, comparados con los ataques a Luis XIV y las elaboradas vies privées que proliferaron con Luis XV.

¿Constituyó una amenaza revolucionaria al Antiguo Régimen la calumnia a tal escala? Los expertos no se ponen de acuerdo. Hubert Carrier, autor del estudio más reciente y amplio sobre las mazarinades, encuentra todo tipo de mensajes radicales en los textos -no sólo protestas contra los impuestos y la tiranía, sino algunos ataques a la monarquía misma. En algunos panfletos posteriores, Carrier destaca reclamos «revolucionarios auténticos» en favor de un cambio de régimen, aun por una «democracia popular», por medio de un levantamiento general. Pero según Christian Jouhaud, otra autoridad, no se puede tomar literalmente la retórica violenta. Para los autores de las mazarinades y para el público que las leía, su significado era inherente al complejo jaloneo por un lugar durante la fase final de la guerra civil. Los panfletos no querían suscitar una insurrección popular en contra del rey. Tan sólo pasearon ese fantasma para demostrar lo preferible de una estrategia alternativa el gobierno de un ayo con Gaston d’Orléans. Al constituir un «tercer partido», los orleanistas tenían la esperanza de montarse entre los príncipes y la corte y obtener el apoyo de los partidarios de la «antigua» Fronda parlamentaria. La retórica legalista de los panfletos -sus letradas citas en latín, su invocación a la ley natural y su énfasis en la historia constitucional- estaba hecha para promover esa interpelación. Lejos de querer derrocar a la monarquía, querían hacerse de ella. Su tratado más radical, Le guide au chemin de la liberté, terminaba débilmente: «Amamos la realeza y detestamos la tiranía», proposición que si no ofendía a nadie, menos a los magistrados y abogados en el Palais de Justice.

En un punto así, en el que coinciden distintas interpretaciones, el análisis del discurso tiene mucho que ofrecer. A pesar del rigor de su investigación, Carrier dejó que un elemento anacrónico se metiera a su lectura de las mazarinades de 1652. Para él, el lenguaje es fuente en si mismo: un ataque al rey sabe a revolución y hasta a democracia. Jouhaud trata a los textos como movimientos en un concurso de estrategias. Ellos pertenecen al incesante fuego cruzado de retórica que acompañó todos los ataques y contrataques en la ajedrezada «Fronda de los principes». Para 1652, la rebelión perdió su espontaneidad. Los profesionales eran los amos de la situación: les grands como Orléans, Condé, el cardenal de Retz y el propio Mazarin. Compartían los mismos supuestos y competían dentro del mismo sistema, luchaban por dominarlo, no por destruirlo. En puntos críticos, pidieron apoyo al «público» e incluso contemplaron la intervención popular, como en los Días de las Barricadas. Pero eran movimientos tácticos en el juego de alguien que estaba adentro -movimientos realmente maquiavélicos, no del republicanismo clásico sino de combinazione.

Al darse la siguiente explosión de panfletos, en 1685, el juego tenía otra cara. Luis XIV había domesticado a la nobleza, intimidado a los parlamentos y controlaba a la prensa. Hasta la prensa empezó a asumir la forma moderna de periódicos. Cierto, nada que pudiera hacer ver mal al régimen pasaba la censura, y nada comparable a las noticias políticas que conocemos hoy aparecían en los periódicos más importantes, La Gazette de France, el Mercure y el Journal des savants. Pero en los Países Bajos y en el Rhin se había desarrollado una vital prensa en francés y los nouvellistes suministraban chismes en París que circulaban de boca en boca y en gazettes manuscritas. Las imprentas clandestinas sacaban literatura panfletaria, a pesar de la severidad de la reorganizada policía parisina bajo la mano firme de G. N. de La Reynie, mientras que los anticuados occasionnels y canards divertían a todo tipo de lectores. El mismo público lector había crecido, más que nada en las ciudades. Aunque la corte se retiró a Versalles, Paris estaba lleno de personas ordinarias, artesanos y tenderos así como de sólidos burgueses que querían estar informados de la política, aun cuando supieran que eso era incumbencia del rey. El rey de hecho se encargaba de lo propio, pero entendían la necesidad de satisfacer al público y de manipularlo. Las entradas reales, los festivales, el teatro, el arte, la arquitectura y hasta la ciencia que se estudiaba en las academias reales mantenían a la vista el culto al rey. Richelieu acababa de inaugurar el control estatal de la cultura; Luis lo convirtió en soporte de la versión final del absolutismo.

En un clima así con dificultad florecían los libelles. La producción total de panfletos durante el reinado personal de Luis, de 1661 a 1715, fue de unos 1,500 títulos -menor que las mazarinades que aparecieron tan sólo en 1649. Es difícil medir su incidencia; pero a juzgar por las colecciones en Holanda y Suiza, salían a razón de 20 a 30 al año, y proliferaron especialmente durante los críticos años finales del siglo, de 1688 a 1697. La producción de libelles dentro de la literatura panfletaria no se puede calcular: mucha incertidumbre rodea a las estadísticas y mucha pelusa oscurece las nociones de lo que es panfleto y de lo que es libelle. Pero la calumnia de Luis XIV y de sus ministros parece trivial comparada con la guerra de lodo con Mazarin, Ana de Austria, Marie de Médicis, Concini y Enrique III. De todos los libros ilegales detenidos en las aduanas de Paris de 1678 a 1701, sólo el 2% trataban sobre la vida privada del rey.

La relativa escasez de los libelles contra Luis XIV se derivó en parte del control estatal de la letra impresa en Francia. Las previas explosiones de calumnias ocurrieron entre guerras civiles durante periodos de virtual libertad de prensa. A finales del siglo XVIII la mayor parte de ellos provenían de fuera del reino, sobre todo de Holanda -trabada desde 1672 en una lucha a muerte contra Francia y refugio de hugonotes desde antes de la Revocación del Edicto de Nantes en 1685. Los libelles, como es natural, hacían énfasis en cuestiones del exterior y en temas religiosos. También contenían el ingrediente agregado de los argumentos teóricos, salidos en parte de la literatura política que se produjo durante los levantamientos en Inglaterra y salidos en parte de la vieja literatura calvinista como Franco-Gallia (1573) y Vindiciae contra tyrannos (1579) de François Hotman. Pero la mayoría de las veces se apoyaron en los insultos anticuados que se enviaban en la forma de boletines noticiosos de escándalo (lardons) y panfletos breves, incluyendo pasquinadas dialogadas con personajes de cajón como Pasquín y Morforio.

El nuevo ingrediente que distinguió a ésta de las mazarinades y los primeros panfletos salió de inesperada fuente: el mismo Versalles y el agudo ingenio de uno de sus cortesanos libertinos, Roger de Rabutin, conde de Bussy. Bussy-Rabutin transformó el chisme de la corte en novellas, las cuales circulaban en forma manuscrita y decían las aventuras sexuales de las damas más importantes del reino -pero siempre en el francés más puro, sin obscenidades, sin ningún comentario político o de hecho sin ninguna referencia al mundo exterior de la corte. Por desgracia para Bussy-Rabutin, el éxito de sus relatos no-ficticios fue inspiración de imitadores, los cuales fueron a sacar su material en la vida sexual del rey. Los enemigos de Bussy-Rabutin le atribuyeron las secuelas. Luego las secuelas de las secuelas, impresas en Holanda, convirtieron los cuentos sexuales en un cargo contra el absolutismo político y moral de Luis XIV. Del chisme al manuscrito, del manuscrito a la imprenta, y del sexo a la política, el tráfico de escándalos se transformó en toda una nueva rama de la literatura.

Al final, Bussy-Rabutin fue a la Bastilla, luego al exilio; y su esbelta y breve Histoire amoureuse des Gaules creció hasta ser una épica político-sexual en cinco tomos La France galante, ou histoires amoureuses de la cour de Louis XIV. Su novella más repugnante, Les Amours de Mme. de Maintenon presentó la biografía de la amante del rey como un relato picaresco de aventuras. Pero al revés de lo que esperaría un lector moderno, el relato muestra mucho menos interés en la política que en las revelaciones voyeuristas de la vida sexual en la corte. Pocos ataques a Luis XIV llegaron tan lejos como las más radicales mazarinades en su protesta contra el abuso de poder. El significado de estos ataques está menos en sus comentarios a los asuntos de actualidad que en la creación de un género nuevo. Esos ataques llevaron al libelle más allá de las palizas de los anticuados panfletos y bandos, y al rango de un arma mucho más destructiva, la biografía política amplia. Al comenzar el siglo XVIII, ya estaba despejado el camino para los best-sellers que tanto dañaron la legitimidad de Luis XV y de la propia monarquía.

Este repaso apenas le hace justicia a una innoble, ignorada y muy influyente veta de la literatura; pero ofrece suficiente información para ayudar a responder una pregunta central: ¿qué distinguió a los libelles de las décadas de los setenta y ochenta del siglo XVIII de sus variedades previas?

La primera característica que viene a la mente es su escala. A diferencia de sus predecesores, los libelles del siglo XVIII eran largos y complejos relatos de un tomo (Anecdotes sur Mme. la comtesse du Barry), de cuatro (Vie privée, de Louis XV), de diez (L’Espion anglais) o hasta de treintaiséis (Mémoires secrets pour servir a l’histoire de la republique des lettres de France), si incluimos en el género las croniques scandaleuses. Casi toda la literatura anterior circuló en panfletos, hasta las novellas sobre Luis XIV, las cuales no se reunieron en ediciones en varios tomos sino hasta los años treinta del siglo XVIII. Es probable que los panfletos impactaran con fuerza a la opinión pública, al menos en crisis como la de la Fronda. Pero tendían a ser efímeros. Los libelles en forma de libro incorporaron material panfletario a un género literario que por años siguió siendo accesible y suministró un recuento elaborado del pasado reciente.

En segundo lugar, los libelles librescos tuvieron mayor circulación que la literatura panfletaria previa. Aunque algunas mazarinades llegaron a librerías en ciudades distantes como Grenoble, la mayor parte de la primera literatura parece haber circulado localmente en pequeñas ediciones que imprentas clandestinas paraban en uno o en varios días. Los libelles posteriores pertenecían a una industria amplia, la cual abasteció a todo el reino a través de una extensa red de distribución. Se trataba de best- sellers, producidos simultáneamente en ediciones de mil o más ejemplares por varios editores, quienes competían para satisfacer un mercado muy crecido.

En tercer lugar, los ataques a Luis XV superaron los dirigidos a Luis XIV, al ubicar la vida sexual del rey dentro de un relato general de la historia contemporánea. La France galante reduce el reinado de Luis XIV a una serie de intrigas amorosas. La Vie privée de Louis XV cubre 60 años de política. Hasta las Anecdotes sur Mme. la comtesse du Barry hace continua referencia a las luchas de poder en el gobierno, la oposición de los parlamentos y la cruel suerte de la gente común. En este sentido, esto continuó los fuertes comentarios políticos de las mazarinades; pero les incorporó a una versión ampliada de la narración novelística que se desarrolló en el reinado de Luis XIV.

En cuarto lugar, hasta como relatos sexuales los libelles posteriores difirieron enormemente de los del reinado anterior. En La France galante, el rey es galante. Combina galantería con poder, sacándoles gran tajada a las mujeres de su corte igual que Francisco I y Enrique IV. Excepto por algunos panfletos, casi todos de finales del reino, el rey es una figura imponente, amo viril de poderoso reino, a quien se le suele llamar con respeto le Grand Alcandre. Así, pese a su ocasional irreverencia, a menudo el escándalo colocó a Luis XIV bajo una luz favorable; en algunos casos el escándalo debió fortalecer el culto al Rey Sol. Los libelles contra Luis XV presentan una imagen muy distinta del monarca. Para 1770, el rey ha perdido dos guerras mundiales y el interés en los asuntos del Estado. Sólo le importan las mujeres. Pero a duras penas tiene una erección, de suerte que cae en manos de una prostituta cualquiera, que lo domina a él y a todo el reino con los trucos que aprendió en el burdel. La ordinariez de Du Barry, su bajo origen y su vulgaridad, la hacen una heroína muy distinta a la noble amante de Luis XIV. Al arrastrar al rey al nivel de ella le quita su carisma y vacía a la monarquía de su poder simbólico. Como insisten varios libellistes, el cetro que lleva en la mano es tan fláccido como el pene real.

En quinto lugar, los primeros libelles protestaron frecuentemente contra la tiranía, noción que se remonta a la antigüedad y que tuvo su revival durante el Renacimiento. Pero los siguientes libelles acusaron a la monarquía de haber degenerado en despotismo, concepto que empezó a adquirir un nuevo significado de gran alcance al final del siglo XVII. Ambos términos comportaban la idea del abuso de poder, sólo que la tiranía la conecto con el mando arbitrario de una persona -cuya remoción eliminaría el problema-, mientras que el despotismo indicaba que cubría a todo un sistema de gobierno. El cambio de una persona a una idea sistemática del abuso de poder comenzó en los años finales del reinado de Luis XIV, época de desastres en los asuntos interiores y exteriores de 1685 a 1715 que Paul Hazard caracteriza como «la crisis de la conciencia europea». Luis XIV no sólo emprendió guerras desastrosas en el exterior a la vez que eliminaba a la oposición en casa y secaba a sus súbditos con los impuestos; Luis XIV impuso también una burocracia opresiva sobre el reino, retomando la labor de centralización administrativa en donde la dejaron Richelieu y Mazarin. Para los intelectuales aristócratas que presenciaron las catástrofes, el problema estaba en el aparato estatal y en el propio rey. Y para Montesquieu, quien continuó el mismo tren de ideas de esos intelectuales en el reinado de Luis XV, el problema señalaba a un tipo de Estado peculiar: un despotismo, distinto a la monarquía y a la república.

Las clasificaciones previas por lo general siguieron el método aristotélico: distinguir Estados según el locus de su poder: gobierno de uno (monarquía), de muchos (aristocracia) o de todos (democracia). Pero Montesquieu se concentró en el desarrollo histórico de los sistemas políticos, y la Francia de Luis XIV, como apareció en las Lettres persanes y en De l’Esprit des Lois, parecía una monarquía en el proceso degenerativo hacia el despotismo. Esta idea la reforzaron los pleitos entre jansenistas y las batallas entre los parlamentos y la corona. Así que cuando la gran crisis de 1771-74 sacudió al reino -el intento del canciller Maupeou por destruir los parlamentos como un modo de poner en jaque al poder del rey-, los libellistes pudieron respaldarse en una explicación teórica e histórica de los acontecimientos. Desde luego que no escribían teoría política, pero tampoco producían nada más propaganda para los parlamentos. El caso es que tuvieron una visión de las cosas más amplia que la de sus predecesores en el siglo XVII. La experiencia del absolutismo de Luis XIV y el pensamiento político de la Ilustración dieron a los libellistes lo que les faltaba para conferir un sentido a la crisis de Maupeou: la vieron como la etapa final en el desarrollo del despotismo. De 1771 a 1789, el despotismo fue el tema principal de la literatura de libelle, el tema más adecuado a los escabrosos detalles de costumbre sobre las orgías reales y las lettres de cachet.

¿Era revolucionaria esta literatura? La respuesta rápida es no: ninguno de los libelles incitó al levantamiento francés contra la monarquía o a la transformación del orden social. Muchos libelles repetían motivos que se remontaban al siglo XVI y que seguirían hasta el siglo XIX: en Le Roi s’amuse de Victor Hugo, por ejemplo, y en el aria de Rigoletto, «Cortigiani, vil razza dannata» («Vil, maldita raza de cortesanos»). Esos temas compusieron un folklore político, que tuvo una larga vida y probablemente un efecto prolongado en las actitudes generales: como la gota tenaz en la piedra, la denuncia de reyes disolutos y de ministros ruines gastó el estamento de sacralidad que legitimaba a la monarquía ante sus súbditos. Aunque los episodios aislados se borraron de la memoria colectiva, sí permanecieron los patrones generales. Ellos formaron un marco narrativo, que se podía imponer a las situaciones según cambiaran las circunstancias. A la vez que el significado de los textos aislados se ajustaba al tono de los acontecimientos presentes, el significado asimismo se derivaba de un metatexto elaborado a lo largo de tres siglos. Así que los libelles contra Luis XV pertenecían al forcejeo entre Maupeou y los parlamentos, y al mismo tiempo expresaban una actitud desafiante hacia la autoridad real que se remontaba a la Liga Católica y a la Fronda. Los libellistes trajeron a cuento imágenes de Enrique III y Mazarin, y al hacerlo le dieron a Luis XV la apariencia de Luis Capeto.

La prolongada continuidad en la historia de los libelles no significa que deba entenderse como una repetición sin fin de lo mismo. Los libelles adquirieron motivos y formas nuevos en su desarrollo. De la hábil calumnia del Renacimiento al panfleto de la Fronda, la erótica biografía política y la protesta airada contra el despotismo, la literatura del libelo reunió fuerza y se transformó en una acusación amplia del régimen, aun cuando no incitara a la revolución. De hecho, nadie previó la revolución o la incitó entre los franceses antes de 1787. Hay que entender los orígenes ideológicos de la Revolución como un proceso de deslegitimación del Antiguo Régimen más que como la profecía de un régimen nuevo. Y nada minó con mayor eficacia la legitimidad que la literatura del libelo.

Esa, al menos, es la conclusión que hay que extraer de una revisión preliminar de la literatura. Sin embargo, hay que ponerla en términos tentativos no sólo porque el tema requiera mayor estudio sino también porque se abre a otro tipo de problemas: ¿cómo respondieron los lectores a la literatura ilegal y cómo fue que los libros prohibidos contribuyeron a

Los ojos de Pedro Infante

La familia de mi amiga se reúne los domingos a comer y contarse los afanes de la semana. Para ella —no diré su nombre porque goza practicando el arte de la clandestinidad—, tales encuentros tienen algo de sustento sagrado.

Una de estas semanas, en las que no sólo su familia sino nuestra sociedad toda, ha dado en manifestar su incredulidad frente a lo que nos pasa, habilitándose para creerlo todo, la tía Marta, que come en casa de su hermana menor para ahorrarse la lectura semanal de los periódicos, correspondió a la precisa información sobre la larga hilera de desfalcos provocado entre los amigos de una de las hijas de la familia por el Programa de Seguridad Pública para el Distrito Federal, con la noticia más sorprendente que haya cruzado la mesa de la familia Baita: Pedro Infante sigue vivo.

Una sonrisa de indulgencia recorrió el gesto de los sobrinos acostumbrados a creer cuanta historia la tía Marta y su imaginación hagan venir del pasado, ese lugar sobre el cual posee todos los derechos, pero poco dispuestos a aceptar que sus casi ochenta años tengan algo que opinar sobre el presente.

—Comadre, no diga usted esas cosas— dijo el señor Baita. Un hombre de escasas palabras, gran corazón y aficiones intensas por la fotografía los boleros y los libros antiguos.

Sin arredrarse, la tía Marta insistió en que cerca de su casa en Satélite, Pedro Infante canta y toca el piano en un bar. Porque su familia estará muy ocupada enterándose y padeciendo los problemas de la patria, pero ella que sabe donde está lo sustancial, puede probarles que lo que dice es una verdad clara como el agua en que su hermano estuvo a punto de morir ahogado.

—Cuéntanos cómo fue eso— pidió una de las sobrinas, a quien siempre deleita la narración de tan dramático acontecimiento.

—Eso ya se los conté. Yo estaba lavando cuando vi la camisa de mi hermano menor flotar en el estanque. Era azul, la camisa. Vi una manga y la otra y después bajo la pechera y los botones, vi salir el cuerpo de mi hermano. Lo sacaron muerto del agua. Eso dijo el doctor cuando lo revisó, que estaba muerto y que mi mamá tenía que ser fuerte. Entonces Sixtoguego, el mozo, la vio enloquecer y corrió a llamar a mi papá que entró al cuarto afligidísimo. ¡Qué guapo era mi papá! Eso también ya se los dije, pero no me voy a cansar de decirlo. Era guapísimo su abuelo. Mientras él abrazaba a mi madre, Sixtoguego fue por una comadrona que envolvió a mi hermano en sábanas mojadas y le estuvo planchando el pecho hasta que su corazón volvió a latir y revivió. Hay una pintura de eso en Catedral. Mamá la mandó hacer con el esposo de la curandera que era un experto pintor de milagros. Mamá hizo eso, y se echó hincada toda la antigua Villa de Guadalupe.

—¿Qué hizo tu papá?

—Papá era muy guapo. Pero no estaba yo en eso.

—Cuéntanos pues de Pedro Infante— aceptó la señora Baita, la mujer más comprensiva, cobijadora y apta para buscarle dichas a la vida que ha dado la colonia Santa María.

Apoyada por su hermana menor, la tía Marta empezó la historia que le había estado ardiendo en la lengua mientras escuchaba, paciente, a una de sus sobrinas contar cómo a su amigo Charlie lo habían detenido en el Metro, por su pura apariencia deslavada y fachosa, y cómo a su amiga Trini y a su galán “el torturado”, los habían apresado a media calle, justo después de que oyeron un balazo a sus espaldas. Los detuvieron, los interrogaron, les buscaron las armas, los volvieron a interrogar y una hora después los dejaron salir temblando tras un breve: “Ustedes perdonen”.

—A uno lo detienen por su facha y ya nadie recuerda la facha de otros— dijo la tía Marta para empezar—. El Pedro Infante que está cantando por mi casa, ya no se parece mucho al Pedro Infante que fue. Hasta que se quita los anteojos negros. Entonces uno le ve los ojos, idénticos, enamoradores, como dos chispas, como el par de luceros que fueron siempre.

—Comadre, no digas esas cosas— volvió a decir el señor Baita.

—Digo más. Este del bar es Pedro Infante, el que no se murió en el avionazo.

—Marta, el cadáver que encontraron era el de Pedro. Tenía su esclava en la mano. ¿No te acuerdas?— le preguntó su hermana.

—Ahí fue donde estuvo todo. Miren ustedes. Pedro estaba liado con la esposa del presidente Ruiz Cortínez, por eso le mandaron poner una bomba en su avión. Pero los encargados de ponerla eran fanáticos de Pedro, como todo el mundo. Al mismo Ruiz Cortínez le tiene que haber gustado cómo cantaba, pero cuando supo que iba y venía con su señora, se disgustó.

—¿Su señora la que regenteaba burdeles?— preguntó una de las sobrinas.

—Eso no sé yo —dijo la tía Marta—. Sé que andaba con una esposa y que cuando supo que le habían puesto una bomba, decidió irse a Yucatán por carretera. Le prestó su avión a un conocido. Al mismo que le dio su esclava temiendo que se la robaran.

—O sea que está vivo y además debe una vida —dijo un sobrino.

—No fue su culpa. Pensó que no pondrían la bomba si él no iba en el avión.

—¿Eso quién te lo dijo?— preguntó algo impaciente la sobrina de los amigos presos.

—Yo lo sé. Pedro llegó sin accidentes a donde iba y de ahí buscó refugio con Frank Sinatra, para que lo protegiera la mafia que siempre protegió a Sinatra. Ahí con él se estuvo un tiempo. Hasta que los esbirros de Ruiz Cortínez lo encontraron otra vez. Entonces tuvo que pasar a la clandestinidad que padece hasta la fecha. Sólo unos cuantos sabemos quién es. Yo porque me di cuenta con sólo verle los ojos, el dueño del bar porque tiene muy buen oído. Pero de que está vivo, está vivo. Como que me llamo Marta y vi ahogarse y revivir a mi hermano.

Habiendo hablado la tía Marta, la comida se dividió entre los dispuestos a ir al bar esa misma semana, los incrédulos enfurecidos y los simples escépticos. Se dividió en las mismas tres partes en que se divide esta sociedad dispuesta a creerlo todo de tanto no poder creer en nada. Pedro Infante está vivo o muerto, del mismo modo en que cualquiera puede ser un asesino, un ladrón o un santo, según quien cuente la historia y quien quiera o pueda creerla.

 

Angeles Mastretta
Escritora. Su último libro es Puerto libre (Cal y arena).

La reforma electoral de Michoacán

CUADERNO NEXOS

Jaime Rivera Velázquez. Politólogo.

El 12 de noviembre de este año se efectuarán en Michoacán elecciones de gobernador, diputados locales y ayuntamientos. La convocatoria a tales comicios fue producto de un controvertido proceso de reforma de la Constitución del Estado, iniciado en octubre de 1994 y concluido en marzo del presente, que limitó el período del gobernador interino y sustituto, y estableció nuevas bases legales para la competencia electoral.

La reciente reforma electoral michoacana es significativa para el resto del país por varias razones, la primera de las cuales es que Michoacán ha sido escenario, desde 1989, de contiendas electorales reñidas y muy proclives al conflicto. Las otras razones tienen que ver con el propio contenido de la reforma, con el mecanismo mediante el cual se acordó y ejecutó la misma y, por último, con las fuerzas que se opusieron a ese proceso.

Antes de abordar esos aspectos, es necesario mencionar algunos antecedentes. En 1992 hubo en Michoacán elección de gobernador, de la cual resultó triunfador el candidato priísta Eduardo Villaseñor Peña. Pero el proceso electoral adoleció de diversas irregularidades y fue impugnado tan ferozmente por el PRD, que al nuevo gobernador le fue imposible ejercer el poder y se retiró del cargo apenas 21 días después de haberlo asumido. La figura jurídica adoptada para el retiro de Villaseñor fue una licencia por un año, en virtud de la cual Ausencio Chávez Hernández fue electo por el Congreso gobernador interino por el mismo período. Al cumplirse ese plazo, Villaseñor solicitó una nueva licencia anual y la mayoría priísta del Congreso, reunida sorpresivamente, reeligió a Chávez para un nuevo interinato.

Al aproximarse el vencimiento de la segunda licencia del gobernador (en octubre de 1994), se consideraban las siguientes opciones: el retorno de Villaseñor, la convocatoria a elección extraordinaria o el nombramiento de un gobernador sustituto por los cuatro años restantes del sexenio. La primera alternativa, si bien perfectamente legal, era políticamente inviable. La elección extraordinaria era demandada por el PRD (y luego también por el PAN), pero era tenazmente rechazada por el priísmo local. La tercera opción, en la cual se empeñaron el gobernador interino y sus aliados locales, habría producido un sexenio prácticamente completo sin un gobernador elegido popularmente. La situación habría sido aún más singular si -tal como lo demandaban el PRI michoacano y las corporaciones oficialistas- el gobernador sustituto resultaba ser el propio Ausencio Chávez.

El 5 de octubre, unas horas antes de vencerse el plazo de la licencia del gobernador, las fracciones parlamentarias locales del PRI, el PRD y el PAN arribaron, por unanimidad, a un acuerdo extraordinario (extraordinario por su forma como por su contenido): aceptar una tercera licencia de Villaseñor (esta vez por tiempo indefinido), nombrar por tercera vez a Chávez gobernador interino, emprender una reforma constitucional para convocar a una nueva elección de gobernador por un sexenio completo, y reformar la legislación en materia electoral.

El acuerdo parlamentario tenía algunas debilidades desde el punto de vista jurídico, pero éstas se subsanaban por sus virtudes políticas: contaba con el consenso de los tres partidos con mayor representatividad, se evitaba un probable conflicto con el PRD y abría el camino para restablecer la normalidad institucional con un Ejecutivo estatal elegido por voto popular. Cuarenta y cinco días más tarde, Eduardo Villaseñor murió en un accidente automovilístico, y el suceso dio pábulo para que el gobernador interino y la diputación priísta intentaran modificar el acuerdo con el nombramiento de Ausencio Chávez como gobernador sustituto, en cuyo caso, conforme a la Constitución vigente, podría permanecer en el cargo los cuatro años restantes del período. Tras varias horas de arduas discusiones entre los líderes parlamentarios de los tres partidos, y con la oficiosa pero decisiva intervención del gobierno federal, el Congreso emitió, otra vez por unanimidad, un decreto que confirmaba el acuerdo del 5 de octubre y precisaba la fecha de terminación del período de gobierno de Chávez (febrero de 1996).

Con la mayor certidumbre que dio el decreto legislativo, los diputados priístas, panistas y perredistas emprendieron la elaboración y negociación de las reformas acordadas a la Constitución y la ley electoral. No sin dificultades, llegaron a consensos que permitieron la aprobación de las modificaciones constitucionales por unanimidad.

Lo más relevante de la reforma constitucional fue establecer un nuevo período del Ejecutivo del Estado a partir de febrero de 1996; fijar una nueva fecha de elecciones, coincidiendo por primera vez las de diputados locales, gobernador y ayuntamientos; crear nuevas bases de integración de las autoridades electorales, y suprimir la autocalificación de las elecciones de diputados y ediles.

Aclaración

En nuestro número anterior (nexos 211) cometimos una omisión en el artículo «El PND y la crisis de las instituciones».

Faltó decir que su autor, Ignacio Marván Laborde, es miembro de la asociación Democracia y Desarrollo.

A su vez, tal marco constitucional definió las orientaciones para una nueva ley electoral, denominada ahora Código Electoral Estatal (CEE). En términos generales, este nuevo ordenamiento se aproxima a los términos actuales del Cofipe. Establece la creación del Instituto Electoral de Michoacán (IEM), con personalidad jurídica y presupuesto propios, presidido por un Consejo General integrado como sigue: un presidente, elegido por dos tercios de la Cámara de una terna propuesta por el Ejecutivo; un diputado de la mayoría y otro de la primera minoría; seis consejeros ciudadanos elegidos por dos tercios de la Cámara a propuesta de las fracciones parlamentarias, y un representante de cada partido, estos últimos sin derecho a voto. Los consejos distritales y municipales se integran en forma análoga, designados por mayoría calificada del Consejo General. El nuevo Código prevé también la creación de un Tribunal Electoral del Estado, integrado por cuatro magistrados nombrados por dos tercios de la Cámara, a propuesta del Ejecutivo y del Supremo Tribunal de Justicia.

En cuanto a los procedimientos de preparación de las elecciones, la jornada electoral, los cómputos, los mecanismos de vigilancia partidaria y los recursos de impugnación, el CEE representa un avance notable respecto a la legislación estatal anterior. Además, reglamenta el financiamiento público a los partidos, señala criterios para fijar topes a los gastos de campaña, propicia el acceso equitativo de los partidos a los medios de comunicación y norma la participación de observadores electorales.

En el proceso de negociación de la ley, el criterio que prevaleció por parte del PRI y el gobierno del Estado, fue no ir más allá de los alcances de la legislación federal, no obstante que existe el compromiso del presidente de la República y los partidos de impulsar pronto una reforma electoral definitiva. Inclusive, los negociadores oficialistas se negaron a eliminar la llamada cláusula de mayoría en la integración de la Cámara, dejando a Michoacán en ese aspecto a la zaga del marco federal. Aunque la nueva legislación michoacana significa un avance notable si se le compara con la anterior y es de esperar que sea capaz de evitar fraudes y conflictos postelectorales, el espíritu conservador del grupo gobernante local impuso a la reforma algunos frenos que se antojan inoportunos para los tiempos de transición que vive el país.

Junto al contenido mismo de la legislación electoral, el hecho más importante de este proceso de reforma fue el papel político del Congreso del Estado. Hubo, por parte de las diputaciones del PRI, el PRD y el PAN (el solitario diputado del PFCRN estuvo prácticamente al margen de la reforma, como del resto de las tareas legislativas), una encomiable voluntad de trabajar colegiadamente, negociar y fincar consensos. Esa actitud de los líderes parlamentarios ha hecho más eficiente y digna la actividad del Congreso, ha distendido las relaciones entre las fuerzas políticas, ha evitado diversos conflictos potenciales y le ha permitido ganar mayor autonomía frente al Ejecutivo. La reforma electoral habría sido imposible sin la política negociadora de los partidos y sin la autonomía frente al Ejecutivo que el Congreso ganó gracias, precisamente, a los consensos interpartidarios.

Pero no todo fue armonioso en este proceso de reforma. Ya he mencionado los intentos del gobernador interino Ausencio Chávez de evitar una nueva elección. En las semanas anteriores al vencimiento de la segunda licencia de Villaseñor, hubo una verdadera campaña pública en pro de la permanencia de Chávez hasta 1998, a cargo de sindicatos. empresarios, dirigentes priístas y hasta recolectores de basura. Pero aun después del decreto legislativo que comprometía al Congreso a convocar a una nueva elección, el gobierno del Estado auspició hasta el último momento una campaña de prensa para denunciar la presunta inconstitucionalidad de la reforma. El gobierno federal tuvo que intervenir discretamente para evitar que la reforma electoral se aplazara indefinidamente. Y la dureza del Ejecutivo estatal en la negociación de la ley y en la designación de las autoridades electorales, fue un signo adicional de que la reforma tenía tenaces adversarios dentro del propio gobierno.

Los otros oponentes de la reforma electoral michoacana provinieron de los grupos intransigentes del PRD. Cuauhtémoc Cárdenas nunca aprobó las gestiones del grupo de Cristóbal. Arias para obtener del gobierno federal el apoyo necesario para abreviar el interinato y convocar a una nueva elección. Tampoco estuvo de acuerdo en que los diputados perredistas votaran de consumo con los priístas por la reforma, y cuando se sometió a votación el nuevo código electoral, los cuatro diputados perredistas más adictos al excandidato presidencial, (de un total de nueve) votaron en contra. Poco después, Cárdenas censuró públicamente al coordinador de la fracción perredista por haber aprobado la nueva ley. En ese mismo contexto, fue inocultable su preferencia por los precandidatos a gobernador que, en nombre de la ortodoxia perredista, se propusieron «cerrarle el paso» al dialoguista Cristóbal Arias. No sería extraño, por lo tanto, si Cárdenas descalificase de antemano las próximas elecciones michoacanas.

Como quiera que sea, la reforma electoral de Michoacán ya es ley. Aparte de ofrecer a los michoacanos la oportunidad de elegir a un nuevo gobernador, promete lograr, para el próximo 12 de noviembre, un acontecimiento insólito en esta otrora convulsionada entidad: unos comicios transparentes, cuyos resultados sean respetados por ganadores y perdedores. Veremos.

Gobierno del estado de Colima

CUADERNO NEXOS

Colima hoy

(*) Carlos R. Vargas Morales tiene una licenciatura en Antropología lingüística por la ENAH. Es candidato para obtener el grado definitivo de Maestro en Comunicación por la Universidad Iberoamericana; ha sido profesor de tiempo completo en la Universidad Autónoma de Chiapas, así como articulista del periódico Diario de Colima, entre otros.

EL EJE COLIMA TECOMÁN MANZANILLO

La terminación de la línea ferrocarrilera de Colima a Manzanillo en 1889 y de Colima a Guadalajara en 1908, fortaleció el papel de Colima como capital política, ligada a la esfera de intereses del capital mercantil de Guadalajara.

El valle de Tecomán a su vez se iba convirtiendo en uno de los más productivos de la república, mientras que Manzanillo se consolidaba como puerto comercial, cuya área de influencia nacional en la actualidad implica a los estados de Jalisco, Aguascalientes, Guanajuato, Querétaro, San Luis Potosí, Estado de México y Distrito Federal.

Manzanillo es, pues, la salida natural hacia la Cuenca del Pacífico del centro occidental del país.

A través del puerto de Manzanillo diferentes estados del país realizan intercambios mercantiles con naciones tan diversas como Estados Unidos, Canadá, Antillas Holandesas, Costa Rica, Chile, Colombia, Argentina, Japón, Corea, Hong Kong, Taiwán, Singapur, Australia, España, Bélgica, Marruecos, entre otros. 

Si bien en términos comerciales el puerto muestra mucho dinamismo a nivel industrial, para fines de 1993, apenas 29 empresas entre nacionales y extranjeras, estaban asentadas en el parque industrial portuario; por lo que, en este rubro, Manzanillo y Colima tienen mucho que ofrecer.

Además del puerto, del aeropuerto internacional Playa de Oro, de un impresionante desarrollo turístico, el municipio de Manzanillo cuenta con la termoeléctrica más importante de la república, lo cual es un soporte fundamental para asegurar la viabilidad económica de la entidad en su conjunto. Por el momento, más del 90% de la energía generada se envía hacia otros estados circunvecinos.

En las ciudades de Colima, Manzanillo y Tecomán, están concentradas las más relevantes actividades económicas, políticas y sociales del estado.

A manera de ejemplo, el sector manufacturero se concentra en un 53% en Colima, un 21% en Manzanillo y un 16% en Tecomán.

Las ramas de actividad manufacturera más promisorias, económicamente hablando, son las de cemento, yeso, cal, confección de ropa, sector automotriz, maquinaria y equipo, industria refresquera, envases, productos metálicos estructurados, industria de dulce, productos lácteos e industria de la carne.

El fértil valle tecomense forma parte de la planicie costera, que junto con la intermedia o cerril y la zona volcánica de alta montaña, conforman las tres áreas geofísicas del estado. 

En la década de los ochentas el valle de Tecomán producía el 36% del limón agrio de todo el país.

Junto con el limón, Tecomán es también un importante productor de coco, plátano en variedades diversas, mango, melón, y hortalizas. Un buen número de agroindustrias procesan aceite de limón, coco y derivados, inclusive empresas sobresalientes en el mundo como Danisco Ingredients, que elabora la pectina tan esencial a la industria farmacéutica nacional e internacional, mientras que Atesa y Benefrut producen derivados de coco y limón.

Recientemente la prestigiada cementera Apasco se instaló en el pueblo de Caleras, a un costado de la ciudad de Tecomán. A decir de especialistas como P. Muench, Joe Slaats, o Silvia Bahri, Tecomán es el municipio de mayor desarrollo capitalista en el estado en términos agroganaderos.

Hay que tener en cuenta que el régimen de propiedad privada de la tierra asciende al 80% en este municipio.

La agroindustria ligada a los productos agrícolas antes mencionados y otros, es el segmento más dinámico del rubro manufacturero colimense. Cuenta con 132 unidades económicas en el estado, que dan empleo a 4000 trabajadores.

Ya que me estoy refiriendo al sector agropecuario, vale la pena mencionar que Colima es una región priviligiada en infraestructura hidráulica, pues el 62% de las tierras orientadas hacia ese sector son de riego.

Un somero análisis de la infraestructura hidráulica del sector agrícola colimense, revela elementos muy interesantes acerca de la composición económica y la orientación estructural del estado de Colima.

Es importante señalar al respecto que tres cuartas partes del territorio colimense son cerros y montañas, por lo que el aprovechamiento del agua en estas condiciones ha sido realizado de manera adecuada. Un ejemplo de ello es la recién terminada presa Trojes que beneficiará a 16 mil has. en el valle de Tecomán y 8 mil más en Coahuayana, Michoacán, con una capacidad de almacenamiento de 220 millones de metros cúbicos de agua.

En Colima se dispone de agua suficiente como para regar más de 80 mil hectáreas, tomando en cuenta la entrada en operación de la presa Trojes.

El sistema hidráulico colimense es definido por la Comisión Nacional del Agua como el distrito 053, compuesto por los módulos de Peñitas, Tecomán y Cihuatlán. Dicho distrito incluye las presas Basilio Vadillo (con capacidad de almacenamiento de 145 millones de metros cúbicos y alcance para 16,748 has.), más la de Trojes.

Colima es la capital política del eje Colima Tecomán- Manzanillo prácticamente desde el siglo XVI.

Las oscilaciones estratégicas del PAN

CUADERNO NEXOS

José Antonio Crespo. Politólogo.

Los partidos políticos asumen roles y estrategias a partir de las condiciones políticas que los rodean, y también dependiendo de cuáles son las respuestas y posturas de sus interlocutores. Durante los procesos de transición, el dinamismo propio de la política provoca que los partidos cambien en poco tiempo de estrategias y posiciones, para tratar de sacar el mejor provecho de las circunstancias inmediatas, pero además tienen que ver por sus intereses inmediatos y por el desenlace final del proceso de cambio, metas que no rara vez entran en conflicto.

Además, todos los partidos albergan en su seno al menos tres corrientes (no dos, como suele decirse para simplificar el análisis) que se enfrentan para sacar adelante sus respectivas estrategias, con la complicación de que en más de una ocasión los mismos grupos y personajes navegan de una corriente a otra, de nuevo a partir del entorno exterior. Estas posiciones básicas son a) los extremistas, que no quieren ceder nada en las demandas partidarias y que tienden a buscar la eliminación del adversario en lugar de la convivencia con él; b) los moderados, que ven en el acuerdo una vía más segura -e inevitable- para alcanzar una parte sustancial de sus demandas por la vía pacífica, y c) los oportunistas, que pueden caer en la tentación de ceder en lo esencial para obtener algún bien inmediato (para el partido o para ellos mismos como personas, o ambas), dejando de lado o bien los intereses generales del partido, o las metas globales que dice perseguir (democracia, socialismo, etcétera).

La frontera que separa estas posturas en la práctica es imposible de fijar con precisión y objetividad, y la cuestión se vuelve subjetiva: los moderados son atacados por ambos frentes: unos los ven como oportunistas, otros como maximalistas, y de ahí la dificultad de mantener el equilibrio que supone la moderación estratégica, y de consolidar el liderazgo interno. La reacción de los adversarios, dependiendo cuál sea, favorece el fortalecimiento de unas u otras corrientes al interior de los partidos: la cerrazón fortalece a los radicales, la apertura los debilita. Es imposible para los moderados controlar esa variable ubicada en sus interlocutores externos; por ello en ocasiones, pese a su esfuerzo, pierden el liderazgo de su partido, y entonces éste claudica virtualmente, si cae en manos de los oportunistas, o se radicaliza haciendo imposible cualquier acuerdo que conduzca a una transición democrática pacífica, si los extremistas se hacen con la dirigencia del partido. Los partidos tienen desde luego ideologías y gulas programáticas, que en ocasiones cambian un poco (o un mucho) también para adecuarse a circunstancias cambientes: pero son las condiciones específicas las que más pesan sobre el comportamiento político y estratégico de los partidos y de sus corrientes al interior.

En el caso del PAN, podemos observar este fenómeno desde que empezó a cobrar fuerza electoral y política durante el sexenio de Miguel de la Madrid, siendo la oposición más fuerte y favorecida por el creciente descontento ciudadano derivado de la crisis económica. La cerrazón del gobierno, sobre todo en los comicios de Chihuahua y Durango en 1986, provocó la radicalización del partido, y el ascenso a su dirigencia de Luis H. Alvarez, el ayunante que tuvo que ser convencido por varios hombres para desistir en su protesta, y con un candidato firme, enérgico y de «armas tomar»: Manuel Clouthier. La sorpresiva emergencia electoral de la izquierda reunida en torno a Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 dio paradójicamente al PAN una fuerza táctica que nunca había conocido: se volvió «fulcro de la balanza». De haber sumado fuerzas con el naciente PRD para presionar al régimen para conseguir una democratización decisiva, hubiera puesto en graves problemas al gobierno de Carlos Salinas, como se vislumbró durante la reforma electoral de 1989. Sin el apoyo del PAN y/o el PRD, ésta hubiera sido un fracaso.

Había sin embargo una corriente dentro del PAN -que mantenía viva la afrenta de Chihuahua- encabezada por Clouthier y Vicente Fox y que apoyaba como estrategia priorizar la democratización política, para una vez conseguida ésta, luchar por su programa económico frente a la izquierda en reglas suficientemente competitivas. Otra parte del PAN, viendo con gran desconfianza cualquier trato o alianza con el PRD (formado por sus dos grandes enemigos históricos: el PRI nacionalista y la izquierda comunista), optó por favorecer la consolidación del programa económico liberal, abanderado ahora por el PRI tecnocrático, y al mismo tiempo ampliar su terreno político, a cambio de retrasar un poco la creación de nuevas reglas democráticas eficaces. El PAN apoyó dos reformas que beneficiaron claramente al PRI en sus posibilidades de sobrerrepresentación en la Cámara de Diputados: la de 1990 y la de 1993.

La milimétricamente oportuna muerte de Clouthier y el aislamiento político de Fox -aceptado por la corriente dialoguista del PAN-, permitieron el triunfo dentro del PAN de los dialoguistas, al costo de retrasar una reforma electoral significativa y eficaz, y acorralar políticamente al PRD, con los riesgos para la estabilidad que ello conllevaba. Por ello es que esta corriente no fue vista por muchos actores como simplemente «moderada», sino como una que rayaba en el «oportunismo» (y para muchos, francamente entrada en él).

Sin embargo, el PAN dialoguista no abandonó jamás la poderosa amenaza de aliarse tácticamente al PRD cuando el gobierno se cerrara en comicios locales: así lo hizo en las elecciones del Estado de México en 1989, y en los federales de 1991, lo que le permitió conseguir la alcaldía de Mérida y la gubernatura de Guanajuato respectivamente. La amenaza que hizo la dirigencia del PAN en cada caso era romper el dialogo del gobierno, sabedor de lo importante que ello significaba para el expresidente Salinas en su intento por borrar del mapa político a su odiado PRD.

Las cosas han cambiado un tanto con la llegada de Zedillo. Por un lado, el nuevo presidente ha reconocido el error táctico y los costos políticos de haber marginado al PRD, y está en sus planes incorporarlo plenamente, aunque los hilos para ello se le hayan ido de las manos por los pataleos del priísmo tradicional. Eso ha hecho perder al PAN parte de su capacidad de «chantaje» con la que contaba frente a Salinas. Sin embargo, ante el nuevo alejamiento del PRD,y el furibundo embate de la «dinosauriada» priísta, el PAN se volvió uno de los soportes básicos del gobierno zedillista, y su dirigencia, un importante defensor de los intentos del presidente para lograr un pacto democrático inclusivo (en mucho mayor medida que la dirigencia priísta, que parece boicotear intencionalmente a Zedillo). Pero los hilos que permitían mantener esa alianza con el PAN dialoguista también le fueron movidos por el caciquismo priísta, en este caso de Yucatán, que provocó una nueva radicalización panista, parecida a la ocurrida después de Chihuahua en 1986. Hoy, el radicalismo panista, encabezado ahora por Fox, tras haber sido reivindicado en Guanajuato, se ha mostrado dispuesto a moderarse un tanto y servir de «puente» entre el gobierno y los «nuevos radicales» del PAN para allanar el terreno a la reforma electoral mal Llamada «definitiva».

Los vaivenes estratégicos de los partidos y las corrientes internas no deben ser vistos con sorpresa; son naturales, y ello porque, repetimos, los partidos y quienes lo forman, buscan espacios de poder dentro y fuera de su partido, y para ello establecen medios y diseñan tácticas que les permitan conseguir sus metas: la ideología, sin dejar de jugar un papel importante en la definición del partido como tal, y como guía básica de su acción, no explica enteramente (y a veces sólo muy poco) el comportamiento en la realidad de partidos, grupos y personajes que los conforman. El PAN no es en ese sentido, y como muchos lo han querido ver por décadas, la excepción.

La era de la antipolítica (Carta desde Italia)

CUADERNO NEXOS

Luis Salazar C. Filósofo. Profesor e investigador de la UAM.

1. Si el miedo a la masificación y la crítica de la democracia fueron los signos dominantes del final del siglo XIX, los últimos años del siglo XX, en cambio, se caracterizan por la crisis de las ideologías y el desprestigio de las élites políticas. En una época de globalización económica y cultural vertiginosa, donde los flujos financieros y el poder de los modernos medios de comunicación parece implicar una reducción importante de la vieja idea de soberanía nacional y una limitación considerable del poder de los estados, las instituciones políticas -gobiernos y partidos- parecen vivir una situación de extrema debilidad y confusión. El final de la guerra fría, la desaparición del imperio soviético y el triunfo -al menos formal- de los principios de la democracia liberal en la mayor parte del mundo, han abierto el camino para un predominio prácticamente ilimitado de una economía mundial sujeta a las imprevisibles decisiones de un mercado de capitales financieros que goza de una impresionante autonomía. La lucha por atraer y arraigar inversiones, o más simplemente, por evitar la amenaza de la fuga de capitales, obliga a los gobiernos más diferentes a asumir medidas de ajuste de alto costo social y político. Los equilibrios macroeconómicos se convierten así en un imperativo forzoso de las políticas públicas, sin que ello sea garantía de un crecimiento sostenido, ni mucho menos de un desarrollo con equidad.

De este modo, enfrentados a la necesidad de evitar el naufragio en una situación que impone restricciones presupuestales, desempleo, deterioros sociales y aplazamiento de urgentes medidas de justicia social, los gobiernos y los partidos sufren un rápido descrédito ante sus bases electorales, que se ve radicalizado por unos medios de comunicación igualmente globalizados y con frecuencia irresponsables. Este descrédito, a su vez, en la mejor tradición de las profecías autocumplidas, genera desconfianza en los inversionistas, temor por los estallidos de descontento social, que desemboca en crisis, fuga de capitales, presiones inflacionarias y devaluaciones. Surgen entonces, inevitablemente, reacciones fundamentalistas y carismáticas que en nombre de una identidad regresiva -étnica, religiosa, nacionalista o regionalista- intentan salir al paso de esta dialéctica, instaurando gobiernos autoritarios capaces de tomar medidas de disciplinamiento draconianas.

Ciertamente, en muchos casos los niveles de corrupción, ineficiencia e impunidad de las élites políticas avalan justificadamente su enorme desprestigio social. Y la izquierda tendría que reconocer que el crecimiento del Estado social ha generado enormes despilfarros, burocracias rapaces, clientelismo corruptor y desprestigio generalizado de las instituciones públicas, so pena de seguir defendiendo causas perdidas, cuando no solapando conductas criminales. Pero en ningún caso tendría que aceptar lo que aparentemente se está convirtiendo en un lugar común de la opinión pública internacional, es decir, que la culpa la tienen la política y los políticos, y que por ello ha sonado la hora de la sociedad civil, del mercado libre y de la libertad empresarial, contra el Estado.

2. La ideología de la nueva derecha italiana, encarnada en la figura «carismática» de un condottiero empresarial, Silvio Berlusconi, es una perfecta ilustración de ese lugar común. La debacle de los viejos partidos gobernantes en Italia -la Democracia Cristiana de Andreotti y el Partido Socialista de Craxi-, provocada en parte por escándalos de corrupción y colusión criminal -la célebre Tangentopolis (algo así como «mordidópolis») puesta en evidencia por la operación Mani pulite (Manos limpias) de un grupo de jueces de Milán- pero también en parte por su crisis de identidad ideológica, posibilitó la irrupción del partido / empresa berlusconiano, Forza Italia, así como la resurrección del viejo fascismo, organizado ahora como Alleanza Nazionale, baluartes de esta nueva derecha dispuesta a todo con tal de hacerse del poder. Bajo la doble bandera de seguir combatiendo al comunismo y de poner fin a la corrupción burocrática del viejo sistema consociativo y partidocrático, Berlusconi logró convertirse en presidente del consejo de ministros durante 1994, aunque pronto se vio obligado a renunciar por la defección de la Lega Nord -partido regionalista de derecha.

No obstante este fracaso y no obstante presentarse como un dirigente autoritario y prepotente, el caudillo del llamado Polo della Libertá sigue conservando buenas posibilidades de hacerse del poder en los próximos comicios parlamentarios. Su fuerza deriva básicamente, de su emporio televisivo -la Fininvest- que es la base real del supuesto partido, y de su calidad de no político, o quizá más bien de antipolítico. Durante la campaña electoral del año pasado utilizó con éxito sus redes nacionales de televisión para difundir un mensaje donde el anticomunismo más primitivo se mezclaba con una maniquea visión que hacia responsable de todos los problemas de Italia al Estado corrupto y corruptor, que con sus reglas y prácticas habría impedido un mayor crecimiento económico y sobre todo una verdadera libertad para los italianos.

Se trata, pues, de un caso más de la serie «héroes de la sociedad civil» a la que nos tiene acostumbrados la época actual. Esto es, de personajes más o menos ajenos a las clases políticas tradicionales, que a partir de su supuesto éxito en otras esferas de la vida social -empresariales o mediáticas- se convierten en líderes de amplias coaliciones de todos aquellos que, por una razón o por otra, se sienten insatisfechos o descontentos con el sistema político existente. Poco importa, al parecer, que en realidad ese éxito previo haya estado ligado al sistema que ahora critican -por ejemplo, que Berlusconi haya sido un protegido de Craxi-, poco importa que su oferta política sea irracional e irresponsable -menos impuestos, mejores servicios, más empleos, ninguna inflación, todos felices-, lo único relevante es que parezcan encarnar el antiestado, la antipolítica, es decir, los agravios y resentimientos inmediatos de una sociedad donde la política y los partidos han perdido todo sentido positivo y socialmente productivo.

Ahora bien, este vaciamiento del sentido de las actividades y organizaciones políticas, este surgimiento constante de figuras cuya mayor carta de presentación consiste en no ser políticos, pone de relieve una cuestión que muchos analistas parecen haber liquidado alegremente: la de la necesidad de identidades políticas razonables. La schumpeteriana teoría de que la democracia puede entenderse como un mercado, donde los partidos son una especie de empresas que buscan simplemente ganar votos, parece encontrar su realización extrema en el partido / empresa de Berlusconi. La también socorrida idea de que todas las organizaciones políticas en la democracia han de convertirse en catch-all parties (partidos atrapatodo), y de que las ideologías son cosas del pasado, también parece conducir inevitablemente al predominio de un pragmatismo cínicamente puro, para el que sólo cuenta la eficacia, la oportunidad y la cantidad de recursos materiales invertidos. Si a ello agregamos la influencia enorme y sobre todo irresponsable de unos medios de comunicación sustentados en el poder de las imágenes instantáneas, la política democrática parecería tener que reducirse a un degradante y hueco espectáculo carente de toda capacidad para articular y procesar racionalmente los problemas, intereses y preocupaciones de sociedades carentes de todo marco general de orientación. Y sólo nos quedaría esperar que alguna providencial mano invisible (o si se quiere, visible) se encargue de evitar las peores catástrofes.

Pero si todo lo anterior se ve, más bien, como una crisis de la política a la que es necesario enfrentar; si reconocemos que sólo la reivindicación de la política como actividad socialmente necesaria y productiva pasa por la reformulación de identidades colectivas razonables y sensibles de los problemas sociales; y si asumimos, en fin, que sólo el fortalecimiento democrático de las instituciones y las leyes puede ponernos en la vía de superar la amenaza de una verdadera guerra de todos contra todos, entonces tendremos que aceptar que la democracia exige más que reglas y procedimientos, exige también proyectos y propuestas que le den sentido público, propiamente político, a la convivencia social.

Compuerta

CUADERNO NEXOS

MANUAL DE POLITICA EN DESUSO

Héctor Aguilar Camín. Escritor. Su último libro es El error de la luna (Alfaguara).

A principios de los remotos años ochenta, emprendí en el diario unomásuno de la Ciudad de México la publicación de una serie de aforismos sobre los lugares comunes no escritos de la política mexicana. Ya entonces, aquellas sabidurías sumarias tenían no sé qué optimistas destellos de reliquia: astucias de un mundo que parecía agonizante. Bauticé por eso aquellos aforismos Manual de política en desuso, tal como los rebautizo hoy, con la misma impresión de estar aludiendo a un mundo en retirada aunque con la evidencia histórica de que es una retirada lenta, ya que el mundo que se retira, bien a bien, hoy como ayer, no termina de irse.

En realidad, es un mundo que persiste tercamente en quedarse, acaso porque en su obvio arcaísmo hay sin embargo algo esencial de la vida política. Al paso de los años he ido añadiendo nuevas piezas a la colección original, que quise desenterrar en la ocasión memorable de una charla pública sobre un libro de Fernando Escalante Gonzalbo: El principito o Al político por venir, de próxima aparición bajo el sello de Cal y Arena. No pude leerlos entonces como era mi propósito. Con ánimo menos politológico que melancólico, reproductivo ahora los aforismos viejos y los nuevos, para redocumentar el optimismo de quienes creen en la mortalidad de los dinosaurios.

I. Escribió indeleblemente Martín Luis Guzmán. «La política mexicana sólo conjuga un verbo: madrugar». La realidad histórica ha demostrado, sin embargo, que la política mexicana en realidad sólo aspiraba a conjugar tres verbos: Sumar, Sumarse y Sumirse.

II. En política, dice la experiencia mexicana, todos los amigos son falsos, todos los enemigos verdaderos. Dicho esto, la misma experiencia señala que en política no hay amigo pequeño.

III. De la esencia del federalismo. Preguntáronle al cacique Gonzalo N. Santos cómo había hecho para mantenerse en el poder de San Luis Potosí tanto tiempo y respondió: «Muy fácil. Haciéndoles creer a los del centro que soy muy fuerte aquí y a los de aquí que tengo total apoyo allá. Ahora usted inténtelo».

IV. Un viejo político mexicano a sus alumnos de sociología: «Ustedes ven lucha de clases donde yo sólo veo pleitos de personas».

V. Antes de iniciar ninguna negociación con grupos o personas, un político mexicano que se respete debe saber cuatro cosas:

1. Cuántos son -a diferencia de Cuántos vienen.

2. Qué quieren -en tanto lo que verdaderamente está detrás de Qué plantean.

3. Quién los patrocina.

VI. De la esencia patrimonial de los sexenios:

1. Amistad que no se refleja en la nómina, es pura demagogia. 

2. No pidas que te den, sino que te pongan donde hay.

3. Entiéndase el enriquecimiento inexplicable de cada seis años como el único seguro a mano contra el desempleo inevitable de cada seis.

4. Entrantes o salientes, entre políticos como entre gitanos, no se leen las buenas fortunas.

5. Político pobre, pobre político.

6. Con dinero baila el perro, si está amaestrado.

7. No le cambies las convicciones, cámbiale los ingresos.

8. En política, ni un paso ni un peso propios.

9. Obviamente: Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error.

VII. Abecedario de las cosas políticas: a) Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

b) Las cosas son como son no como quieres que sean.

c) Las cosas duran hasta que se acaban.

d) La cosa es dura pero es la cosa.

e) Hay cosas que ni qué.

VIII. De la esencia de la democracia:

1. Democracia que no es dirigida, no es democracia.

2. La democracia es un proceso esencialmente perfectible, como lo demuestran siempre las últimas elecciones.

3. Llorarás en las urnas lo que no hayas sabido ganar en las transas.

IX. De la infalible falibilidad sucesoria.

Meses después de iniciado el sexenio de su sucesor, todas las mañanas el ya expresidente Díaz Ordaz se reprochaba la decisión de haberlo elegido. Metódicamente, conforme pasaba el rastrillo por sus mejillas se imprecaba con rabioso humor frente al espejo: «Pendejo. Pendejo. Pendejo». Seis años más tarde, en la ceremonia de la toma de posesión como presidente de José López Portillo, el propio Díaz Ordaz cerró un perfecto circuito de espejos al comentar del presidente saliente Luis Echeverría, su elegido: «Fue más inteligente que yo, supo escoger a su sucesor».

X. El poder es de quien lo trabaja. Lo que equivale a decir: El que no grilla, no mama.

XI. El poder ofusca a los inteligentes pero a los pendejos los vuelve locos.

XII. Proposición:

Nadie que llegue a ser Presidente de México puede ser un pendejo.

Demostración:

Primero. Ningún pendejo podría cruzar sin destruirse tantas trampas y dificultades como implica el tránsito exitoso hacia la silla presidencial.

Segundo. Es posible y aún necesario navegar en ese tránsito con bandera de pendejo, lo cual es en sí mismo probatorio de que no se es.

Argumento por nacionalismo: Noventa millones de mexicanos no pueden estar gobernados por un pendejo.

Argumento por precedencia. La evidencia histórica prueba que los pendejos en todo caso son siempre los colaboradores del Presidente.

Argumento por sucesión: «Ninguno de los colaboradores pendejos del Presidente puede llegar a ser Presidente ya que el Presidente, por definición, no es ningún pendejo. Nada de lo cual aparta la experiencia histórica de que ha habido presidentes más pendejos que otros».

XIII. De la esencia del reformismo revolucionario: «Lo que resiste, apoya».

XIV. Metodología elemental para abordar al enemigo:

1. Nunca empieces un pleito que no quieras ganar.

2. Si no puedes cortarle los güevos al tigre, no se los arañes.

XV. El político novel confunde a sus enemigos con sus adversarios, a sus adversarios con quienes le muestran indiferencia, y a sus enemigos con quienes simplemente le caen gordos.

XVI. De la esencia del presidencialismo.

1. Alvaro Obregón: «No se puede ser Presidente de México sin estar un poco loco».

2. Lázaro Cárdenas: «Cuando no se le puede dar al pueblo nada, hay que darle tiempo».

3. «Siempre te irá mal por algo que digas, nunca por algo que no digas», advertía el Presidente Adolfo Ruiz Cortines.

4. Solía decir el presidente Gustavo Díaz Ordaz: «Como amigo tengo muchos defectos, pero como enemigo soy perfecto».

5. Luis Echeverría Alvarez: «Un Presidente recoge banderas, toma lo que le sale al paso y gobierna con eso, porque esas son las fuerzas que le toca gobernar».

6. José López Portillo: «No hay como ser Presidente para que lo traten bien a uno».

7. Miguel de la Madrid a Carlos Salinas de Gortari: «La Presidencia de México es un regalo maldito».

8. Un asesor escarmentado a un aspirante presidencial: «La Presidencia no se gana, te la dan».

XVII. Dialéctica fundamental del conocimiento político: «Entre más conozco los detalles, más amo las generalizaciones».

XVIII. El Gobernador a su secretario de Gobierno:

– Me quita a fulano y a sutano.

– Por qué, señor? Es gente inteligente buena.

– Por eso.

XIX. Decía Gonzalo N. Santos: «En política, a moral es un árbol que da moras o no sirve para nada».

XX. Arcanos del Estado de derecho:

1. La ley es clara cuando debe serlo y cara cuando debe ser oscura.

2. Para sacar a alguien del bote, hay que meterlo primero.

3. Sigue diciendo Benito Juárez: «A los amigos, justicia y gracia, a los enemigos, la ley a secas».

XXI. Recursos para lidiar con la prensa:

1. Un secretario agraviado por las calumnias que según él le publicaban los periódicos le pidió al presidente Cárdenas su consejo sobre qué hacer al respecto.

-¿Le molestan mucho esos ataques? -preguntó Cárdenas.

-Sí, general -respondió el secretario.

-Pues entonces le aconsejo que no los lea -dijo el Presidente…

2. El director de un diario pidió autorización al Presidente Ruiz Cortines para publicar algo que éste le había dicho en una conversación privada. Ruiz Cortines reflexionó un momento y finalmente accedió: -Publíquelo. Pero no se lo cuente a nadie.

3. Explicó el presidente López Mateos: «La prensa no se vende, se alquila».

4. El columnismo, fase superior del periodismo. El embutismo, fase superior del columnismo.

5. El gobernador de Querétaro, Rafael El Negro Camacho, en su recepción triunfal luego de su protesta al cargo, fue abordado por los muchachos de la prensa local. Ordenó que les dieran un sobre con dinero y que no lo molestaran. Protestaron los muchachos de la prensa: -Señor Gobernador, nosotros somos los representantes de la opinión pública. No nos trate así.

-No se la jalen -replicó el Gobernador-. Si hubiera opinión pública en este estado, yo no serla Gobernador.

XXII. Si quieres saber quién es alguien de verdad pónle en una mano una macana de policía y en la otra una tarjeta de crédito.

XXIII. En La cartuja de Parma, el Conde Mosca ilustra a Fabrizio del Dongo: «Un hombre medio estúpido, pero que se muestra atento y prudente todos los días, gusta muy a menudo del placer de triunfar sobre los hombres de imaginación». De lo cual no se deriva sino que en política logra más un pequeño propósito cultivado todos los días que un gran designio sin oficina diaria.

XXIV. El terreno de la política está varios kilómetros antes de lo heroico, muchos arreglos antes de la revolución y varias expulsiones después del paraíso.

XXV. Bajóse a orinar de noche en un recodo de la carretera el general posrevolucionario y mientras ejercía lo escuchó un perro que ladró, desatando con ello la imitación telepática de una jauría. Sacudióse y abotonóse el general, con ánimo reflexivo, y dijo a su acompañante: «Esto es como la política mexicana: sólo el primer cabrón supo por qué ladró».

México, D. F., junio 20, 1995.

La nueva oleada:

CUADERNO NEXOS

¿Cuál reforma laboral?

Arturo Alcalde Justiniani. Abogado. Asesor Jurídico del Frente Auténtico del Trabajo.

Vivimos nuevamente una oleada en favor de reformar la Ley Federal del Trabajo, pretextando su rigidez y la necesidad de adecuarla a los nuevos tiempos de apertura y competitividad. En este escenario aparecen, por un lado, los reformadores, representados por el Consejo Coordinador Empresarial y en especial por la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex). Por el otro lado, como opuestos a todo cambio, los integrantes del Congreso del Trabajo, encabezados por la Confederación de Trabajadores de México y su ya legendario lider don Fidel Velázquez. Ambos actores tienen propósitos propios: los primeros buscan reducir formalmente las garantías sociales básica contenidas en la ley, dándole carta de naturalización a un proceso de reconversión ya avanzado; los segundos buscan defender el status para seguir usufructuando los beneficios del control corporativo sindical.

La sociedad en general se encuentra al margen de esta controversia, que en efecto exige reformas y cambios hacia un modelo laboral más racional, que permita preservar la planta productiva y los niveles de vida, conciliar la productividad con la distribución justa de beneficios, la libertad gremial con la responsabilidad, y la flexibilidad o uso adecuado de los recursos humanos con la participación de los trabajadores y el respeto a su integridad física y mental.

Sin embargo, las reformas orientadas al logro de estos fines no se satisfacen en el reducido ámbito de la ley, sino en el amplio espectro del modelo de relaciones laborales, especialmente de sus prácticas. En efecto, la Ley Federal del Trabajo es en el mundo de las relaciones de trabajo sólo un marco que fija pisos o garantías mínimas, principios generales de relación y procedimientos para dirimir controversias, siendo las prácticas laborales y el contenido específico de los acuerdos contractuales los que ocupan la parte esencial. Si tuviéramos que hablar de porcentajes tendríamos que reconocer que la ley no abarca más del 20% del escenario laboral, frente al 80% restante repartido según el tamaño de las empresas en costumbres o, en los escasos lugares donde llega a ser legítima, en las normas de la contratación colectiva.

Si bien la composición empresarial es heterogénea y los reclamos de la Coparmex no coinciden con otros organismos empresariales que ponen énfasis en el comercio o en la transformación, podríamos sintetizar en siete puntos básicos sus reclamos de reforma: a) Reducir el ámbito de estabilidad en el empleo facilitando al patrón la contratación o separación de personal temporal; b) facultar al empresario para que lleve a cabo contrataciones que en jornada y salario se expresen por horas; c) sustituir el escalafón fundado en la antigüedad por otro apoyado en la capacidad; d) mejorar la productividad del trabajador ajustando sus funciones a las necesidades cambiantes del proceso productivo de acuerdo con las necesidades de la demanda; e) modificar la regulación de la figura jurídica de la huelga, suprimiendo la «huelga por solidaridad» y exigiendo que el requisito de voluntad mayoritaria se acredite antes de proceder a la misma; f) agilizar el procedimiento laboral para evitar el pago de salarios caldos; g) reducir la carga impositiva en factores adicionales al salario incluyendo seguridad social e impuestos.

Si analizamos los siete puntos descubriremos que no están necesariamente vinculados a una reforma a la Ley Federal del Trabajo. Basta observar la experiencia de múltiples empresas, incluyendo las transnacionales de la industria automotriz, establecidas en el norte y el Bajío, para observar que han fijado condiciones de alta flexibilidad con base en la legislación laboral vigente.

Así, al confrontar las peticiones empresariales con la realidad, caen por su propio peso diversos puntos planteados, con buena dosis de artificialidad. Es obvio que cualquier persona razonable admitiría que un simple escalafón ciego no es conveniente para una fuente de trabajo, pero no se dice que prácticamente ninguna empresa tiene ese escalafón. También puede resultar impresionante el hecho de lanzarse en contra de la huelga por solidaridad alegando que la empresa amenazada por la misma no es responsable de las faltas de otros, pero se omite señalar que no se conoce el caso de una sola huelga por solidaridad en nuestro país declarada legalmente existente. Los reclamos de flexibilidad funcional de los puestos de trabajo para habilitar al trabajador a actividades cambiantes; de la productividad de su tiempo e intensidad de trabajo, o de la necesidad de su capacitación, tampoco son imputables a la ley, sino a la imposibilidad de concertaciones efectivas en el ámbito de la contratación colectiva, que ha sido pervertida por la falta de representatividad de las organizaciones gremiales, por razones de control político o de cultura empresarial de manejo unilateral, al grado de que la mayor parte de los contratos colectivos de nuestro país son suscritos y revisados al margen de la opinión y voluntad obrera. La flexibilidad en jornadas y salario por horas es esgrimida como un argumento central contra la ley, omitiendo que el texto de la misma la admite explícitamente. La lentitud de los juicios laborales no es imputable a la ley, sino a otras variables vinculadas al funcionamiento de los tribunales.

Existen, en efecto, aspectos mejorables de la ley, como la propuesta de ampliar vacaciones en sustitución de días festivos, o de revisar el costo-beneficio de la integración tripartita de las Juntas de Conciliación y Arbitraje. Si bien pueden hacerse mejoras a la ley, en ellas no estriba la solución a los grandes problemas de nuestro mundo productivo. 

Se trata pues de llevar a cabo una reforma integral al modelo de relaciones laborales; debe plantearse como objetivo central la defensa de la planta productiva y del empleo, la defensa del salario y del nivel de vida, y el fortalecimiento de la legitimidad del movimiento sindical. Por eso consideramos que existen tres elementos esenciales que se deben tomar en cuenta en esta reforma: primero, suprimir las limitantes que hoy ahogan a las formas legítimas de representación de los trabajadores arribando a un esquema de libertad sindical; el segundo, e íntimamente ligado con el anterior, facilitar formas de participación de los trabajadores en la contratación colectiva, convirtiendo ésta en un auténtico pacto de productividad, participación y bienestar; tercero, incidir básicamente en la responsabilidad estatal a través de una política que dé prioridad al empleo, que facilite la inversión productiva y que incentive la formación profesional y la mejora salarial, como condiciones necesarias para una productividad socialmente entendida.

Para lograr ubicar el dilema de la reforma laboral en sus justas proporciones se requerirá lograr consensos que permitan generar una propuesta alternativa de amplia reforma a las relaciones laborales. En este consenso es fundamental que participen no sólo el movimiento obrero oficial y los representantes formales del sector empresarial, sino las diversas corrientes autónomas de pensamiento y acción laboral. De no lograr este consenso, abrir las puertas a una reforma a la ley laboral significará un riesgoso atraso en las mermadas condiciones de los hombres y mujeres que viven de su trabajo.

¿Quién gana en Yucatán?

CUADERNO NEXOS

María Amparo Casar. Socióloga. Investigadora del CIDE.

Las elecciones del 28 de mayo en Yucatán no pueden ser calificadas como un ejemplo de democracia. Prácticas que muchos creíamos superadas han vuelto a aparecer y Acción Nacional se apresta a documentarlas. Estamos en espera de las resoluciones del Tribunal Electoral pero, habida cuenta de la falta de autonomía de la autoridad electoral, no parece haber mayores esperanzas de que el resultado de la elección para gobernador se revierta ya sea por la vía de la anulación general o por la modificación del resultado mismo.

Tal situación preocupa porque demuestra que aún no se es capaz de organizar elecciones limpias y creíbles, que la era de los conflictos postelectorales no ha terminado y por las consecuencias políticas que este conflicto traerá aparejadas. Dos de ellas, cada una de distinto orden, parecen particularmente importantes.

La primera atañe a la complicada alianza o coalición -que no maridaje, ni tampoco amasiato- que fue forjándose entre el gobierno y la principal fuerza de oposición. Las alianzas y construcción de coaliciones entre partidos que en México fueron un fenómeno desconocido e innecesario por décadas, hicieron su aparición después de las controvertidas elecciones del 88. Entonces los partidos y el gobierno se vieron obligados, cada uno por diferentes razones, a buscar aliados para transformar demandas e intereses en resultados políticos deseados. Desde luego no hay nada de perverso en construir alianzas. Son consustanciales no sólo a los sistemas de partido en los que la representación proporcional o mixta opera, sino a la democracia misma. Pero construir coaliciones conlleva riesgos y requiere pericia y astucia pues en toda negociación, por naturaleza, se sacrifica la solución preferida (el first best) por una solución aceptable y posible. La idea entonces es lograr el mayor beneficio posible o incurrir en el menor costo posible en la obtención de un resultado deseado.

En la estrategia que algunos gustan de calificar como gradualista pero que más valdría llamar de cooperación limitada, Acción Nacional logró avances importantes en la democratización electoral así como en su capacidad de obtener mayores cuotas de poder.

Las condiciones que llevaron y posibilitaron al gobierno y al PAN construir una coalición que rebasó el ámbito del Congreso fueron variando a lo largo del sexenio anterior, pero persistió una constante: ambos necesitaban el uno del otro y percibieron que la cooperación rendiría mejores frutos que la confrontación. El gobierno necesitaba del PAN no sólo para legislar sino para evitar que se formara una coalición antisistema después de las elecciones de 1988. El PAN quería ampliar su presencia electoral y requería la cooperación del gobierno para avanzar en una reforma que incrementara sus posibilidades de ganar espacios de poder.

Hoy la situación es otra. La condición inicial que motivó la alianza ha desaparecido. En el camino se fueron creando nuevas condiciones que aunque alteraban las posiciones relativas de las fuerzas que entraron en coalición siguieron posibilitando, haciendo factible y aun recomendable persistir en un curso de acción que llevara a la cooperación.

A las elecciones del 28 de mayo no se llega en condiciones similares al conjunto de elecciones locales que tuvieron lugar a lo largo del sexenio salinista. Entre estas últimas y las de mayo pasado median tres reformas electorales a nivel nacional, varias a nivel estatal y, también, procesos electorales muy controvertidos en los estados de Yucatán (1993) y Guanajuato (1991). Adicionalmente media -del lado gubernamental- la inauguración de un nuevo gobierno que llegó al poder con la mayoría absoluta de los votos pero que enfrenta serias dificultades para lograr acuerdos relativamente permanentes para hacer realidad su compromiso de construir una reforma electoral «definitiva», y -del lado partidario- la consolidación de Acción Nacional como la segunda fuerza electoral a nivel de los órganos de representación federal, estatal y local.

Lo anterior no significa que las condiciones para la construcción de coaliciones hayan desaparecido, pero sus términos han variado. Cuando las fuerzas relativas de las partes coaligantes cambian, también cambian sus estrategias y, sobre todo, lo que están dispuestas a negociar. Si a esto agregamos que una de las partes percibe que su «socio ocasional» ha faltado a los compromisos acordados, el riesgo de que la estrategia de cooperación se rompa aumenta vertiginosamente.

Los peligros de pasar de una relación de cooperación a una de confrontación son por todos conocidos. A nadie conviene una estrategia confrontacionista, pero el proceso electoral yucateco bien puede traerla aparejada.

La segunda consecuencia -tan grave como la primera- atañe a la relación PRI-gobierno. Irónicamente es el presidente del PAN quien pone el dedo en la llaga cuando señala que lo que sucede en Yucatán es más un conflicto entre el presidente Zedillo y el priísmo más arcaico que entre el PAN y el tricolor. En particular, afirma Castillo Peraza que «es una nueva embestida del priísmo más arcaico contra quienes desde la presidencia han demostrado en elecciones de este sexenio, excepto Yucatán, una voluntad democrática nueva» (Reforma, miércoles 7 de junio, p. 2).

Restar responsabilidad al presidente en los sucesos de Yucatán puede ser una buena estrategia panista pero es, cuando menos, controvertible.

El sexenio anterior, además de rico en conflictos postelectorales, fue rico también en enfrentamientos entre corrientes del PRI, entre algunos comités estatales y el nacional, y entre el PRI y el gobierno. Estos fueron suscitados por innumerables eventos entre los que destacan las «concertacesiones», la arbitraria remoción de autoridades locales y diversos pronunciamientos presidenciales. Lejos de haber desaparecido los conflictos intrapartidarios han seguido ahondándose en la presente administración. ¿Es el caso de Yucatán un intento por atenuar estos conflictos?

El reiterado planteamiento zedillista respecto a poner distancia entre el presidente y el partido que lo llevó al poder no ha logrado los efectos deseados. Además de haber causado un legítimo malestar entre los priístas no parece haber ido mas allá de una intención.

La relación entre el presidente y el partido se ha venido tensando y los conflictos en el partido son insoslayables. Sin embargo, es dudoso que el Comité Ejecutivo Nacional y el presidente de la República hayan perdido todo control sobre los comités estatales, la selección de sus candidatos y los procesos electorales locales. Es altamente probable que el señor Cervera haya contado con el apoyo de buena parte del priísmo local, pero es seguro que contó con la bendición del CEN y del presidente Zedillo.

Las declaraciones de la presidencia del partido y de la república indican que ambas instituciones enfilarán sus baterías al servicio de hacer valer el triunfo del PRI en Yucatán. ¿Con qué implicaciones? El costo de este comportamiento ha sido ya el que el PAN retire la credibilidad que había prestado a los compromisos con el gobierno y, como se comentó en la primera parte de esta nota, pase a una estrategia no cooperativa o, incluso, confrontacionista. Por otra parte, no es seguro que el apoyo al priísmo yucateco se traduzca en menores conflictos al interior del partido o entre éste y el presidente. Desde luego no hace creíble la intención presidencial -más allá de que el planteamiento sea el correcto- de mantener la distancia con su partido. ¿Quién gana entonces con Yucatán?

Michoacán: Hacia las elecciones

CUADERNO NEXOS

Teresa Gurza. Reportera. Corresponsal en Michoacán de La Jornada.

Luego de ocho años de procesos electorales impugnados por la oposición, con sus secuelas de enfrentamientos entre priístas y perredistas, «tomas» y plantones que se encadenaban a los siguientes comicios, Michoacán llegará a las elecciones del próximo 12 de noviembre con una nueva legislación electoral, que entre otras cosas «empata» los procesos para la elección de los 30 diputados locales, los 113 presidentes municipales y el gobernador del estado.

Lograr la reforma política estatal en la que fueron adicionados o derogados todos los artículos de la Constitución del estado relativos a las elecciones, no fue fácil y para ello fue indispensable la voluntad de los partidos Revolucionario Institucional, de la Revolución Democrática y Acción Nacional y del gobernador Ausencio Chávez.

La negociación en busca del consenso corrió a cargo de los coordinadores de las fracciones legislativas del PRI, PRD y PAN, Germán Ireta, Jaime Hernández y José González Morfín, respectivamente; requirió de muchas horas de pláticas y cesiones y partió del Acuerdo Parlamentario del 6 de octubre del año pasado, fecha de la tercera solicitud de licencia de Eduardo Villaseñor.

Este pacto legislativo permitió ese octubre la ratificación de Chávez como gobernador interino y estableció el compromiso expreso de convocar elecciones para un periodo completo de gobierno antes del término de 1995, faltando aún dos años para el fin del sexenio de Villaseñor.

En noviembre, apenas un mes y días después de que el Congreso le concedió la licencia, Villaseñor murió en un accidente automovilístico, y Chávez fue designado gobernador sustituto. La ley vigente le daba la posibilidad de seguir como tal los alrededor de tres años que faltaban para terminar el sexenio. Sin embargo, y pese a las presiones de sectores del PRI, el Acuerdo Parlamentario fue respetado y continuaron las conversaciones entre los partidos, culminando cuando el 14 de marzo el Congreso michoacano aprobó por unanimidad las reformas constitucionales en materia electoral y los tres partidos protagonistas declararon que las mismas permitirán elecciones equitativas y transparentes con lo que se evitarán las movilizaciones y concertaciones postelectorales.

Una vez aprobadas por el congreso, las reformas constitucionales fueron enviadas a los ayuntamientos para, por primera vez en la historia de la entidad, ser aprobadas por los cabildos. En mayo y también por unanimidad surgida del consenso, las fracciones del PRI, PRD y PAN y el diputado del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional designaron a los 6 integrantes del Instituto Estatal Electoral y a los 4 magistrados del Tribunal Estatal Electoral.

A contrasentido de la civilidad y el consenso, la división entre los diferentes grupos de perredistas michoacanos llegó a su actuación en el congreso; cinco de los nueve diputados perredistas locales apoyan la precandidatura del senador Cristóbal Arias para gobernador del estado y las reformas electorales; los otros cuatro estaban a favor del diputado federal Roberto Robles Garnica y olvidando en mayo su voto de marzo a favor de las reformas, votaron en contra del nuevo Código Electoral, acusando en la tribuna al coordinador de su fracción legislativa de no haber logrado una ley democrática y a Cristóbal de venderse al gobierno.

Días después, de la fracción roblista de cuatro diputados quedaba sólo uno, dos se pasaron a apoyar la precandidatura de Leonel Godoy y otro más se autodeclaró «independiente, pero contra Arias». Se unieron para abstenerse en la votación para las designaciones de los consejeros y los magistrados, resultando que en menos de un mes votaron a favor, en contra y con abstención advirtiendo «que la nueva ley no garantiza elecciones limpias».

Casi la misma frase empleó unos días antes Lázaro Cárdenas Batel cuando, en carta dirigida a los medios locales de comunicación, rechazó la propuesta del Frente Estatal Perredista a precandidato a la gubernatura y advirtió que la legislación electoral michoacana no es garantía de procesos limpios.

Muy diferente opinión tiene al respecto el diputado priísta Germán Ireta, presidente de la Comisión Permanente del congreso michoacano que dice estar «totalmente satisfecho por lo logrado entre las tres principales fuerzas políticas del estado» y subraya, entre lo más importante, «la integración del Instituto con destacados hombres de empresa y universitarios sin partido que garantizan imparcialidad con una ley que impide que algún partido tenga ventajas». Ireta dice que todo lo que el PRI quiso ver reflejado en la ley electoral del estado, «lo está».

Agrega que políticamente Michoacán, primer estado en donde se reconoció una alcaldía y una diputación al PAN, sigue siendo pionero «porque por primera vez en el país una iniciativa de reforma política partió de nosotros, del Poder Legislativo y no del Ejecutivo como es la costumbre, lo que habla muy bien del actual gobernador».

Por su parte, el diputado Hernández, del PRD, dice que los principales avances legales están en la eliminación de la autocalificación para diputados y ayuntamientos, en la integración imparcial de los organismos electorales y en la profundización de la ciudadanización de los mismos, así como en el acceso que tendrán los partidos a los medios de comunicación.

En referencia a lo que se quería y no se obtuvo, Hernández menciona que no pudo lograrse la eliminación de la calificación del congreso para la elección a gobernador y la cláusula de gobernabilidad y que el PRI se negó a aceptar la incorporación de figuras como la del plebiscito.

Para Hernández, lo fundamental es que la reforma permite realizar elecciones para gobernador el 12 de noviembre, acabando con ello con los interinatos que han caracterizado la vida de Michoacán de los últimos años, así como el empate de los comicios para gobernador, alcaldes y diputados locales, lo que evitará elecciones constantes por procesos separados.

González Morfín, coordinador de la fracción legislativa panista que consta de dos diputados, y quien junto con Ireta y Hernández fue artífice de las reformas y los acuerdos, dice que una semana antes de la sesión en la que el pleno aprobó el Código «yo todavía dudaba que realmente hubiéramos logrado restituir a los michoacanos algo que parecía imposible como es su derecho a elegir gobernante, luego de diez años de interinatos».

El Código le parece «bueno a secas», aunque bastante mejor que el anterior. Entre lo positivo menciona la ciudadanización de los órganos electorales, la autonomía e independencia del Instituto Estatal Electoral que contará hasta con patrimonio propio y sobre todo «el sistema de medios de impugnación y contencioso electoral, que es de lo mejor que hay en el país».

Entre lo que quedó pendiente coincide con Hernández respecto de la necesidad de acabar con la cláusula de gobernabilidad, la calificación para gobernador y el que no se haya podido legislar sobre referéndum, iniciativa popular y plebiscito. «Quienes vengan después, dice,» tendrán que seguir con las reformas».

Además del empate de los comicios para el segundo domingo de noviembre, que este año será el día 12, y de lo dicho por los tres diputados, las enmiendas constitucionales prevén cambios en la integración del congreso que impiden que un partido tenga más de diecinueve de los treinta diputados; modifica fechas pasando del 15 de septiembre al 15 de diciembre la instalación del congreso, con lo que se amplia el periodo de la actual legislatura, y del 15 de septiembre al 15 de febrero la toma de posesión del gobernador.

Por su lado, el Código Electoral de Michoacán eleva de 35 a 37% el porcentaje de votación necesario para tener mayoría en el Congreso y permite partidos estatales y coaliciones.

De Yucatán a Tabasco

CUADERNO NEXOS

Los costos de las inercias

Jorge Javier Romero. Politólogo. Investigador de la UAM.

Cuando se ha ganado el banderín de la liga durante más de sesenta temporadas seguidas, resulta lógico que los jugadores se resistan a cambiar de estrategia, a pesar de las indicaciones del manejador; si, además, el manejador da la señal de bateo libre, el resultado esperable es el de la repetición de la estrategia ganadora. Algo parecido le está sucediendo al PRI de los últimos tiempos: desconfía completamente de su capacidad para jugar de una manera distinta a la que hasta hace muy poco le había funcionado tan bien.

El cambio en las rutinas de comportamiento político no es fácil; las inercias que se generan entre determinado conjunto de reglas del juego y los actores que se desempeñan en ese marco provoca que, incluso cuando parece obvio que las cosas podrían marchar mejor con otras reglas, los jugadores se empecinen en intentar una y otra vez ganar con las estrategias que hasta entonces habían resultado dominantes. Muchas veces se hacen necesarios varios fracasos reiterados para que los empresarios políticos se decidan a ampliar sus repertorios de recursos e intenten adaptarse a reglas nuevas. 

A la vista de las últimas elecciones locales y de lo que se ha sabido de otras no tan recientes, parecería que el PRI está empeñado en utilizar sus repertorios estratégicos tradicionales hasta la derrota final, si no es que antes el público enfadado se baja a la cancha y decide participar directamente en la contienda sin regla alguna. Los antiguos campeones de siempre parecen no hacerse cargo de que los contrincantes han crecido y les han tomado la medida.

En la batalla por Yucatán, por ejemplo, desde la designación del candidato resultó evidente que el viejo partido había renunciado a la lucha por los votos urbanos de Mérida y centraba sus únicas posibilidades de triunfo en el funcionamiento de los mecanismos clientelares y caciquiles de siempre, que aún posee casi completos en el mundo rural. De esta manera sacó por los pelos la elección, pero salió una vez más bastante raspado y no sólo con la oposición, sino con el encono de los sectores más dinámicos de la población yucateca. Independientemente de que el resultado haya sido legal (según las instancias jurisdiccionales lo fue) y sin entrar en consideraciones morales, que en política cuentan sólo como un recurso político más, el hecho es que el costo del triunfo de Cerveta parece demasiado alto para ser eficiente. El PRI ganó en Yucatán pero demostró ser incapaz de hacer aceptable su triunfo para los sectores más ciudadanos del estado.

No me quiero referir aquí a la estrategia del PAN en esa elección. Baste decir que si las reglas del juego que se quieren instaurar son las que comúnmente se conocen como democráticas, entonces las instancias jurisdiccionales y no las movilizaciones deben tener la última palabra. Desde este punto de vista, el PRI ya ganó y cualquier reversión perjudicaría muchísimo al papel que los tribunales deben tener en la legitimación de las nuevas reglas. Sin embargo, el desempeño del partido del antiguo régimen en esa contienda demostró más sus debilidades que su fortaleza; así de paradójico. Hace ya más de veinte años que un antiguo presidente del PRI decía que cuando el partido ganaba una elección por un margen estrecho, en realidad habla perdido de calle. Pura sabiduría política.

El problema es que la única estrategia ganadora conocida por el PRI se basa en echar mano de grandes cantidades de recursos -muchas veces estatales, pero también privados, pues los candidatos han visto siempre el dinero propio o prestado destinado a sus campañas como inversiones a recuperar con creces una vez que se ocupe la parcela de patrimonio que el cargo representa-, que en las condiciones actuales resultan cada vez más escasos o están demasiado vigilados; en condiciones de competencia política intensa y con reglas del juego cada vez más hostiles al monopolio, la tasa de retorno de la inversión se reduce sustancialmente y deja de ser eficiente. Aceitar la maquinaria de las reciprocidades acaba por resultar demasiado caro para ser racional.

Las revelaciones de la comedia de errores tabasqueña no hace más que confirmar lo oneroso que en las condiciones actuales resulta para el PRI ganar elecciones. El asunto tiene tela, más allá de las responsabilidades políticas y jurídicas que pueda implicar. Una inversión de esa magnitud para conquistar menos de trescientos mil votos es absurda, sobre todo si se recuerda que en Tabasco ni el PRI ni el PRD lograron movilizar a los electores y que la abstención fue la auténtica ganadora. Claro que si de lo que se trata es de conquistar una parcela fértil de patrimonio, la inversión puede parecer aceptable, sobre todo si los recursos invertidos no son propios, sino que se han sacado del presupuesto público. El problema es que cuando la cadena de complicidades se ha roto por la pérdida de las ventajas monopólicas, difícilmente se puede mantener la discreción suficiente para ocultar la cola y es más que probable que acaben por pisársela a uno.

El PRI, ese sistema de alianzas entre élites locales y grupos representativos, ese gran aparato de gestión de demandas sociales y de control de las organizaciones de masas, la eficiente maquinaria de control político -articuladora de lealtades-, lubricada con la distribución de rentas estatales, que institucionalizó la actividad de los intermediarios, ha perdido su condición de existencia: la conservación monopólica de los resortes del poder.

Hoy no le queda más remedio que cambiar; tiene que desaparecer como partido del régimen para que sus miembros encuentren otras formas de actuar en política. Su existencia como organización quedó demasiado atada a las reglas viejas y su estructura creció en simbiosis con ellas; en el momento de cambio que estamos viviendo las ventajas de antes se le convierten en lastres: ahora ya pierde con frecuencia y hasta cuando gana pierde. Ha dejado de ser eficaz y son sus propios miembros los que resultan perjudicados. Pero, por desgracia, las inercias son las inercias.

El PND y la crisis de las instituciones

CUADERNO NEXOS

Ignacio Marván Laborde. Profesor de Política Mexicana Contemporánea en el ITAM e investigador invitado del CIDE.

Independientemente de la discusión sobre si el contenido del Plan Nacional de Desarrollo 1995-2000 responde o no a la realidad del país y a la magnitud de los retos que hoy tenemos, es necesario analizar tanto los procesos de elaboración y presentación del PND, como el examen y la «opinión» que el Congreso tiene que realizar al respecto. Ambos revelan aspectos importantes de la crisis política e institucional que estamos viviendo.

El problema no es, desde luego, discutir si la planeación funciona o no, sino analizar la ruptura y los vacíos que hoy tiene el sistema político mexicano en el ámbito del procesamiento de demandas e intereses socioeconómicos. El marco jurídico de la «planeación» y las prácticas tradicionales de control de demandas y legitimación de objetivos son cada vez más ineficientes en la realidad política.

¿Cuál es el marco jurídico vigente para la elaboración y aprobación del PND? El artículo 26 de la Constitución da facultad al Ejecutivo para establecer los procedimientos de consulta y participación de la sociedad en la planeación y para formular, instrumentar y tener el control y los mecanismos de evaluación del plan. Establece, al mismo tiempo, que el Congreso tendrá la intervención que determine la ley respectiva.

La ley de planeación determina que, al ejercer estas facultades, el Ejecutivo tiene obligación de garantizar la participación de los grupos sociales a través de sus organizaciones representativas. Al respecto se establece que participarán las organizaciones «representativas» de obreros, campesinos, grupos populares y empresarios, así como instituciones académicas, de consulta permanente». Se establece también que el plan, con respecto a los fines económicos y sociales establecidos en la Constitución y al equilibrio de los factores de la producción, debe buscar la protección y la promoción del empleo. Y contempla la existencia del «sistema nacional de planeación democrática» en donde se «fijarán objetivos, metas, estrategias y prioridades; se asignarán recursos, responsabilidades y tiempos de ejecución, se coordinarán acciones y se evaluarán resultados».

La conducción de la planeación nacional es responsabilidad del Ejecutivo, por conducto principalmente de la ya desaparecida Secretaría de Programación y Presupuesto -funciones que en rigor hoy deberían corresponder a la SHCP-. Una vez elaborado el plan, debe enviarse al Congreso para su «opinión», y el plan es obligatorio para la administración pública federal.

En realidad, la intervención del Congreso que la ley prescribe se establece por vía de obligaciones que se marcan al Ejecutivo en la propia ley de planeación o derivadas de otras facultades propias del Legislativo, no por facultades específicas con respecto al plan o a la planeación. Así, en sus informes anuales ante el Congreso, el Ejecutivo tiene obligación de hacer mención expresa de las decisiones relativas al plan, presentar las cuentas anuales de acuerdo a la información del plan y fundamentar la iniciativa de Ley de ingresos y el presupuesto de egresos con relación a los programas anuales previstos en el plan.

Este es, en síntesis, el marco jurídico del Plan Nacional de Desarrollo. Ahora, ¿cuáles son los problemas que plantea el marco institucional vigente? ¿En qué consiste su ineficiencia?

Tanto la Constitución como la legislación secundaria partieron de supuestos políticos que simplemente ya no existen. Las reformas a los artículos 25 y 26 de la Constitución y la Ley de Planeación fueron concebidas en el punto de inflexión de la participación del Estado en la economía. Sin embargo, políticamente se fundamentaron en el supuesto de que existía un proyecto económico hegemónico conducido por el Estado, y en que tanto las organizaciones obreras y empresariales seguirían siendo igualmente «representativas» y funcionales a la orientación económica del Estado. También se partía de que las fuerzas políticas de oposición jugaban un papel marginal y, finalmente, que el ejecutivo contaría siempre con estos recursos políticos para elaborar y aplicar el Plan.

Aplicar hoy el marco jurídico vigente para la consulta y elaboración era riesgoso para el gobierno. Su diagnóstico de la crisis no da márgenes para elaborar un programa económico producto de una negociación real. Al mismo tiempo, la vaguedad con que la ley y la Constitución establecen la participación del Congreso puede llevar a situaciones constitucionalmente no previstas y difíciles de resolver.

En las condiciones actuales, si en vez de la consulta individualizada y por dependencias del Ejecutivo, con participación personal de legisladores de diferentes partidos y miembros de algunas organizaciones sociales que se llevó a cabo, se hubiese realizado una consulta en el sentido horizontal que marca la ley, habría significado seguramente un proceso de reestructuración de las organizaciones sectoriales, con el consecuente incremento de autonomía y representatividad en estas instituciones, propios de una economía de mercado. Y, desde luego, hubiera significado también riesgo efectivo de perder el control gubernamental sobre los resultados de la consulta.

Por otra parte, la vaguedad con la que se establece la cuestión de la «opinión» del Congreso implica ya problemas políticos, reales y potenciales, que debemos analizar. Es claro que el plan no es una norma, sino un programa temporal de gobierno; en este sentido, aunque por analogía la opinión que el Ejecutivo debe recabar del Congreso con respecto al plan, suponía un proceso similar al de la discusión, aprobación y promulgación de una ley, en realidad es una opinión general, semejante al procedimiento seguido en los informes presidenciales.

Mientras hubo mayoría hegemónica y la oposición no tenía la fuerza suficiente para legitimar o deslegitimar las políticas del gobierno, esta «opinión» era un acto de respaldo al Ejecutivo y una legitimación formal con la que se armonizaba lo acordado en las negociaciones económicas sectoriales con la representación política popular que se recoge formalmente en el Congreso.

La intervención que la Constitución y la Ley dieron al Congreso en lo que se refiere al PND fueron a lo sumo una graciosa concesión que un Ejecutivo «absoluto», crecientemente cuestionado, dio al «parlamento», sin que se pensara en establecer procedimientos o posibles consecuencias. Por ello ni la ley, ni la Constitución prevén el posible rechazo -que en rigor equivaldría a algo tan ajeno al régimen presidencial como un voto de censura- o siquiera dan las garantías de corrección en caso de cuestionamiento mayor.

Así las cosas, seguramente el PND se discutirá en ambas cámaras y obtendrá, después de ríspidos debates y mutuos ataques, la «opinión» favorable de la mayoría. Pero el problema de fondo consiste en que lo que en otra realidad política funcionó como un proceso de legitimación del proyecto rector de gobierno, hoy en día, por confusión y ausencia de planteamientos de largo plazo para salir de la crisis política, contribuye aún más al debilitamiento conjunto de las instituciones políticas: el Ejecutivo, el Congreso, la función política de la mayoría, los propios partidos de oposición y las organizaciones representativas de los intereses socioeconómicos.

Justicia y estado de derecho:

CUADERNO NEXOS

Más allá de la nota roja

Alberto Begné Guerra. Es presidente del Consejo Directivo de Trazos, Centro de Investigación, A.C.

A lo largo de los últimos meses los temas relativos a la administración y la procuración de justicia han sido objeto de una atención extraordinaria en México, en contraste con una tradición que reducía el interés y el debate sobre los mismos a pequeños círculos de especialistas, la más de las veces aislados en espacios académicos, lejos del ruiderlo y de los conflictos propios de la política y la realidad cotidiana de las personas comunes y corrientes. Este proceso de divulgación ha sido producto de distintos factores, entre los que destacan: la relevancia de estos temas en el discurso y la actuación del presidente Zedillo; la creciente imbricación entre los asuntos políticos y los asuntos de orden criminal y la concentración de los medios de comunicación en los escándalos correspondientes; y la convicción cada día más extendida respecto a la exigencia de construir un genuino estado de derecho, como condición indispensable para impulsar el cambio político y el desarrollo económico del país, así como para garantizar efectivamente los derechos y las libertades de las personas, presupuestos indispensables para vivir en paz y armonía.

Este proceso de divulgación, a todas luces positivo, ha sufrido, sin embargo distorsiones que es necesario corregir. En particular, el debate iniciado a raíz de las reformas impulsadas por el presidente Zedillo ha sido contaminado por posiciones y actitudes que parten de la ignorancia, de la incapacidad para trascender la crítica estéril y arribar a la crítica constructiva, con propuestas alternativas o complementarias, y del amarillismo y la ligereza que guían el quehacer periodístico en muchos medios de comunicación, paradójicamente animados por la actuación del propio gobierno zedillista, desinformando a la sociedad y reduciendo asuntos de enorme relevancia, a escandalosas notas rojas que desvían la atención del público lejos de los problemas y las cuestiones de fondo que es necesario plantear y resolver para construir el camino del cambio político. Estas posiciones y actitudes han dificultado no sólo la crítica seria y la valoración objetiva de las reformas, sino también la comprensión de su significado y de las expectativas que ofrecen. De manera breve, intentaré precisar el contenido de las principales reformas y de las críticas que en torno a ellas se han formulado, para lo cual las ordenaré en cuatro grandes grupos.

1. Reformas en materia de administración de justicia -noción que alude tanto a la función jurisdiccional (impartición de justicia) como al gobierno y a la administración de los tribunales -respecto al Poder Judicial de la Federación y al Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal. Por razones de espacio y por la similitud de los contenidos de estas reformas en ambos casos, me referiré únicamente a las del Poder Judicial Federal:

a) Consejo de la Judicatura Federal. Los objetivos principales de la creación de dicho órgano son: separar las funciones administrativas de las funciones jurisdiccionales, a fin de que los jueces, en particular los ministros de la Suprema Corte, se concentren en el ejercicio de las segundas y el Consejo se encargue de las primeras, incluidas las relativas a la determinación del número, división en circuitos, jurisdicción territorial y especialización por materia de los tribunales y juzgados; garantizar que la carrera judicial-ingreso, ascenso, supervisión del desempeño, medidas disciplinarias, sanciones, etc.- responda efectivamente a criterios racionales y objetivos, mediante la atribución de las facultades correspondientes a un órgano que, por su composición, en principio debe romper con la corrupción y las prácticas clientelares que derivaban de la facultad de la Corte para nombrar magistrados de circuito y jueces de distrito; y, como efecto de lo anterior, fortalecer la independencia de magistrados y jueces frente a los ministros de la Corte -cabe anotar: tan importante como la independencia de éstos frente a los miembros de los otros poderes. Respecto al Consejo, la crítica más relevante se refiere a la intromisión de los poderes Ejecutivo y Legislativo en la vida interna del Poder Judicial, pues dicho órgano se integra con cuatro miembros de este último y por tres más que no lo son: uno designado por el Ejecutivo y dos por el Senado.

b) Reducción del número de ministros. El objetivo de esta reforma, que deriva de la creación del Consejo y, por lo tanto, de la descarga en este órgano de una serie de funciones antes atribuidas a la Corte, es hacer más eficiente el funcionamiento de este cuerpo -al facilitar la deliberación colectiva- y elevar la calidad de sus miembros. Ha sido criticada básicamente por considerar que generará una sobrecarga de trabajo y, como consecuencia, rezago y mala atención de los asuntos.

c) Duración del cargo de ministro: de vitalicio a 15 años. El objetivo es evitar el anquilosamiento de la Corte y erradicar los vicios que derivan del carácter vitalicio de cualquier cargo, a través de su renovación periódica y escalonada. La mayoría de las críticas a esta reforma han partido de la confusión entre el principio de inamovilidad de los jueces -una de las garantías para su independencia que sigue vigente- con el carácter vitalicio del cargo.

d) Limitaciones para el desempeño de cargos políticos antes y después del desempeño de un cargo en la judicatura. El objetivo es obvio: fortalecer la carrera judicial y la independencia que se requiere para el ejercicio de la función jurisdiccional, evitando que el Poder Judicial sirva como refugio de políticos en receso o retirada o como trampolín para ocupar cargos políticos. En este punto no se han formulado críticas relevantes.

Entre las críticas generales a las reformas en materia de administración de justicia, una merece particular atención. Se refiere a la marginación de los problemas relativos al acceso a la justicia, que comprende tanto aspectos específicos de carácter procesal que afectan en general a los justiciables, como aspectos de diversa índole asociados al reflejo de la desigualdad social en el curso y desenlace de conflictos jurídicos sometidos o no a la autoridad jurisdiccional. Como parte de la crítica señalada, se ha insistido en la necesidad de plantear y encontrar soluciones a los problemas de la impartición de justicia con los que cotidianamente se topan quienes se ven involucrados en un proceso jurisdiccional, por lo general en materia del fuero común y, por lo tanto, competencia de los tribunales locales, cuyas reformas, en todo caso, se inscribirían en el ámbito de los legislativos locales.

2. Las reformas relativas a la competencia de la Corte en materia de controversias constitucionales y control de constitucionalidad. Estas reformas, por una parte, ampliaron la competencia de la Corte para conocer de controversias constitucionales entre poderes tanto federales como estatales, entre municipios y entre éstos y la Federación o algún estado, así como entre los órganos de gobierno del DF o entre éste y un municipio, un estado o la Federación, hasta cubrir todos los supuestos posibles de conflicto entre los mismos; por otra parte, introdujeron la acción de inconstitucionalidad respecto a las leyes expedidas por el Congreso de la Unión, como un nuevo instrumento de control de constitucionalidad con efectos federales, al que pueden recurrir un 33% como mínimo de los miembros de cualquier cámara, federal o local, y de la Asamblea legislativa del DF, o bien el procurador general de la República, sin afectar al juicio de amparo, concebido para el control de constitucionalidad de leyes y actos de autoridad en casos particulares.

El objetivo de estas reformas es fortalecer la observancia del orden constitucional tanto en las relaciones entre poderes y órganos de gobierno que entraña el régimen federal -destacando la inclusión de controversias en las que se vean involucrados municipios, órganos de gobierno del DF y, en particular, de las que se susciten entre el Ejecutivo Federal y el Congreso de la Unión- como en el ejercicio de la función legislativa en el ámbito federal, a través de la acción de inconstitucionalidad. Se trata de reformas de la mayor trascendencia y, en esa medida, frente a ellas se han formulado críticas agudas tanto de fondo como de técnica legislativa que resulta imposible exponer en este espacio. Sin embargo, en líneas generales, sintetizo tres: la ampliación de la competencia de la Corte para conocer de controversias, al incluir las que se susciten entre municipios o entre éstos y un estado, implicará la intromisión de un poder federal en asuntos locales; la atribución al procurador general de la República de la facultad de iniciar acciones de inconstitucionalidad en contra de leyes expedidas por el Congreso de la Unión, implica la intromisión del Ejecutivo en la esfera de competencia del Legislativo o, en otros términos, la limitación de la potestad de éste; la exigencia de un mínimo del 33% de los miembros de una cámara legislativa para poder iniciar la acción de inconstitucionalidad, constituye un candado que neutraliza las bondades de este nuevo instrumento de control de constitucionalidad.

3. Las reformas relativas a las relaciones del Poder Judicial con los otros poderes y, en particular, a su independencia frente a éstos. De estas reformas la más relevante es la que modificó el mecanismo para la designación de los ministros de la Corte, pasando de la designación a cargo del Ejecutivo con aprobación del Senado por mayoría simple, a la designación a cargo del Senado por mayoría calificada de dos tercios, previa comparecencia pública de los aspirantes que en terna someta a su consideración el Ejecutivo. Críticas: se debía haber suprimido la Facultad del Ejecutivo para intervenir en la designación de los ministros, a fin de que el Senado por su cuenta o con la concurrencia de la Cámara de Diputados o del Consejo de la Judicatura o de ambos, designara a los ministros, pues la participación del Ejecutivo, aunque menor, sigue afectando de origen la independencia de los miembros de la Corte; la forma en que se renovó la Corte, jubilando de golpe a todos los ministros en funciones y proponiendo a la totalidad de los nuevos ministros, fue considerada una expresión del más puro presidencialismo mexicano, contrario al principio de división y equilibrio entre los poderes.

4. Las reformas relativas a la procuración de justicia. Estas reformas se refieren a tres cosas muy concretas: la forma de designación del procurador general de la República, para lo cual ahora el Ejecutivo requiere la ratificación del Senado; la atribución al procurador -ya mencionada líneas arriba- de la facultad para iniciar acciones de inconstitucionalidad contra leyes expedidas por el Congreso de la Unión; y el establecimiento, a nivel constitucional, de la posibilidad de impugnar por la vía jurisdiccional las resoluciones del Ministerio Público sobre el no ejercicio y el desistimiento de la acción penal, frente a lo cual, antes de la adición al artículo 21 de la Constitución que produjo la reforma, las personas no contaban con recurso alguno. En general, estas tres reformas han sido bien acogidas.

Para concluir, un breve comentario: las reformas realizadas en materia de administración y procuración de justicia no son por supuesto perfectas ni comprenden de manera exhaustiva los problemas en esos ámbitos. En lo personal, comparto varias de las críticas que se han formulado en torno a ellas. Sin embargo, es indudable que han marcado un primer paso dentro de un proceso de largo aliento que, para alcanzar sus objetivos, debe tocar las fibras más duras de una nación que no ha sido aún capaz, a un lustro del final del siglo XX, de construir un estado de derecho sólido. Dicho proceso, en efecto, enfrenta resistencias e inercias profundamente arraigadas y todavía muy poderosas, lo que exige impulsar y valorar su evolución desde una perspectiva que permita apreciar su enorme complejidad y actuar en consecuencia. De allí que sea necesario, con la misma energía, rechazar por un lado las críticas fáciles y estériles, así como el amarillismo y la ligereza en la información y, por el otro, impulsar en forma decidida y permanente ese proceso que deberá conducir al país a un orden efectivo de derechos y libertades, en el que se destierren los privilegios, la discriminación y la impunidad que marcaron a un régimen hoy en franca descomposición.

Los Beatles con botas

Varios

Come Together,

America Salutes The Beatles

EMI Music

Como parte de un programa destinado a volver aún más mitológicos a los Beatlest EMI lanzó un compacto en el que, como ya ha sucedido en una infinidad de veces, algunos músicos rinden tributo a uno de los muchos ventrículos que hacen palpitar ese inmenso corazón llamado rock and roll. Sólo que esta vez quienes los homenajean poseen la singular característica de provenir de una escuela distinta y, contra lo que pudiera pensarse, le deben mucho más a la música de los de Liverpool que a la propia, estadunidense y campirana Come Together… es una grabación constituida al 100% por versiones a las letras de Lennon y McCartney (más una de Harrison) producidas por músicos de la corriente country & western. En ella desfilan desde Kris Kristofferson hasta Stew Wariner, pasando por Willie Nelson y Huey Lewis (sin The News). Todos ellos asumiendo que han crecido influidos por la música Beatle, nacida tan lejos de sus fronteras y adoptada tan cerca de sus radios y su vida.

Diecisiete cortes recreando viejas canciones, que de tan escuchadas siguen siendo nuevas, integran este disco, con todo y booklet de dibujos hechos por John Lennon. En manos de vaqueros, «Paper back writer», «Get back», «In my life» y otras, conservan el toque original que las ha convertido en clásicas y agrega además la frescura y armonía que los instrumentos propios del género aportan de por sí a la música hecha con creatividad, pero por sobre todas las cosas con espíritu.

Eduardo Limón

MI NOMBRE ES JOSEPH ROTH

En 1930, Stefan Zweig le habló a su traductor italiano, Enrico Rocca, de un cierto escritor austríaco llamado Joseph Roth con la perentoria intención de que fuese traducido y conocido en Italia. Así se estableció un contacto epistolar al que Roth respondería, desde Sakburgo, hasta el 6 de mayo de ese año. En esta carta, Roth intenta trazar un rápido perfil autobiográfico que se convierte en una reflexión escéptica y amarga de la Europa de su tiempo. 

Egregio Señor Rocca:

Durante mucho tiempo, durante muchísimo tiempo no resto a su carta. Tenía que entregar a finales de abril un libro, una novela (…) y ya que el asunto podría interesarle: su título es Job, la historia de un judío ruso de nuestro tiempo, quien corre el mismo destino que el Job bíblico. Mientras tanto ya habrá recibido por medio mi editor Kiepenheuer todos mis libros, en la medida de lo posible seguiré tratando dé encontrarlos. ¿Le interesan también anotaciones autobiográficas? Nací en Volinia, en la ex Rusia, en una aldea de colonos alemanes. Esta desapareció durante la guerra, fue destruida intencionalmente y ya no fue reconstruida por los actuales polacos.

Mi madre era una judía rusa. Nunca conocí a mi padre, quien, aun antes de mi nacimiento, se enfermó de melancolía y su vida terminó en la locura. Era un austríaco, proven por lo que yo sé, de Baden, cerca de Viena. Incluso yo viví allí de niño, con unos parientes de mi padre. Ellos me volvieron a mandar con mi madre; pasé la mitad de mi juventud sin estudiar, en los bosques, en los pueblos, en los campos. Luego conseguí un poco de dinero de unos hermanos de mi madre. Volví a regresar a Viena, comencé a estudiar, me hice estudiante de germanística, me enrolé en el ejército austríaco, me fui a la guerra, me mandaron al frente oriental y me convertí en oficial, regresé después de la revolución y comencé a escribir. Ya son doce los años que llevo escribiendo libros, crónicas de viaje y artículos. Tengo poco éxito, no me he hecho de un nombre, no tengo un domicilio, no pertenezco a ninguna corriente literaria, no tengo ninguna convicción política tengo pocos amigos y en absoluto hago vida social.

Soy un solitario, evito dificultades, odio a los partidos y a la mayor parte de los escritores vivos. Soy pobre y ambicioso, espero el éxito. Pienso que mi generación (tengo treinta y cinco años) es la última en generar escritores en Alemania.

Los más jóvenes escriben por casualidad y por comodidad. En realidad ellos son aviadores y automovilistas. Yo me reconozco en la comunidad mundial de todos los participantes en la guerra, en la generación de los diezmados, de los repatriados impotentes y los muertos. Creo en una transformación de Europa, que casi significará su declinación no sin orgullo tengo la sensación de pertenecer a una raza que está desapareciendo, que está siendo exterminada por los plebeyos americanos. Amo el Mediterráneo, el mundo novelesco, el catolicismo. Odio el Norte, el protestantismo, el deporte. 

Amo la claridad de la Ilustración, al mismo tiempo amo la clara definición como la ha creado Francia, los confines de la humanidad. Odio lo confuso, lo mítico que no vale de centavos y todo lo que es difícil de comprenda. En suma, todo lo que es venerado en Alemania. Amo el este europeo, la llanura, la naturaleza. Veo que el bolchevismo es el americanismo del este; Alemania, la América de Europa. No creo en el mañana, quizás en el pasado mañana. Quizás estas confesiones le son suficientes, egregio señor Rocca, me sentir contento, me sentiría orgulloso, si pudiese ser nombrado en su hermosa lengua. Espero tener pronto noticias suyas.

Hablamos con frecuencia y bien de usted con el señor Stefan Zweig.

Agradeciéndole de corazón.

Suyo, Joseph Roth.

Traducción de María Teresa Meneses

HEIDEGGER Y BECKENBAUER

Siete meses antes de morir, en octubre de 1975, Martin Heidegger y el director del teatro de Friburgo coincidieron por azar en el mismo compartimiento de un tren. El director del teatro, ansioso por entablar conversación con el gran metafísico de este siglo, le dijo que había leído su presentación de la poesía de Hölderlin y que le interesaría saber si la manifestación del ser en cuanto ser podría también darse en el vasto dominio del arte. El filósofo hizo una pauta larga y después, volteando a la ventana, le respondió:

-Mire usted la única manifestación del ser que yo conozco ahora, se llama Franz Beckenbauer, un estratega invencible del medio campo e invencible también en el combate cuerpo a cuerpo.

Del libro de Rüdiger Sagranski, Un maestro de Alemania. Heidegger y su época.

SUBRAYADOS

Hace poco apareció Derecha e izquierda, el libro de ensayos más reciente de Norberto Bobbio. Ofrecemos aquí los subrayados de la lectura que hizo Mauricio Merino en estos días.

La contraposición de derecha e izquierda representa una típica forma de pensar por díadas, de las que se han ofrecido las más distintas explicaciones psicológicas, sociológicas, históricas e, incluso, biológicas. No existe disciplina que no esté dominada por alguna díada omnicomprensiva: en sociología, sociedad-comunidad; en economía, de mercado-planificada; en derecho, público-privado; en estética, clásico-romántico; en filosofía, trascendencia-inmanencia.

Una alianza entre comunistas y fascistas tiene algo de monstruoso. En la contraposición entre extremismo y moderación se plantea sobre todo la cuestión del método; en la antítesis entre derecha e izquierda se plantea sobre todo la cuestión de los fines.

En la confusión, mental antes incluso que política, de la Rusia de hoy, es posible encontrarse con un personaje como Alexander Dughin, quien predica la revolución conservadora, alardea de haber traducido al ruso a Evola y Guénon y se presenta como teórico del nacionalbolchevismo.

El criterio más frecuentemente adoptado para distinguir la derecha de la izquierda es el de la diferente actitud que asumen los hombres que viven en sociedad frente al ideal de la igualdad que es, junto al de la libertad y la paz, uno de los fines últimos que se proponen alcanzar y por los cuales están dispuestos a luchar.

Teniendo en cuenta que, a pesar de las posibles divisiones dentro del espacio de centro, queda siempre un centro indiviso que podría llamarse centro-centro, la triada en realidad se convierte en una pentíada.

En la guerra, ya sea exterior como interior, no hay sitio para el Tercero. La guerra, como duelo, no conoce más que dos partners.

Poniendo a prueba su posible combinación, se llega a la conclusión de que son de derechas dos ideologías románticas, el tradicionalismo y el fascismo, y una clásica, el conservadurismo; son de izquierdas una romántica, el anarco-libertarismo, una clásica, el socialismo científico; mientras que la restante clásica, el liberalismo, es de derechas y de izquierdas según los contextos.

Los dos conceptos «derecha» e «izquierda» no son conceptos absolutos. Son conceptos relativos. No son conceptos sustantivos y ontológicos. No son calidades intrínsecas del universo político. Son lugares del «espacio político». Representan una determinada topología política, que no tiene nada que ver con la ontología política.

La regla de oro de la justicia: «tratar a los iguales de una manera igual y a los desiguales de una manera desigual» requiere, para no ser una mera fórmula vacía, que se responda a la pregunta: «¿quiénes son los iguales, quiénes son los desiguales?».

Mientras que el célebre dicho onwelliano: «Todos son iguales, pero algunos son más iguales que otros», tiene un efecto irresistiblemente cómico, en cambio no suscita ninguna hilaridad, más bien es perfectamente comprensible, la afirmación de que todos son libres, pero algunos son más libres que otros.

¿FUTBOL TRANSACCIONAL?

por Roberto Pliego

El 15 de junio pasado, el periódico El Nacional publicó una entrevista con Octavio Rivas, psicólogo de los Pumas y de nuestras últimas selecciones nacionales, analista transaccional, hipnotizador y exorcista. Lo que ahí se expresa es más serio de lo que pudiera parecer en un primer momento. Y es que más por negligencia que por convencimiento, el doctor Rivas acaba de erigirse en el gran teórico de nuestra desorientación futbolística. Su mensaje es claro: entre los tres meses de gestación y los primeros siete años de vida, los futbolistas mexicanos adquieren la manía de fallar goles. Rivas diserta sobre un juego en el que es más fácil escapar de las drogas que Meter-Un Penalty, en el que el jugador es presa de un miedo terrible cada vez que enfrenta a rivales de 1.90 de altura, en el que las fuerzas básicas se ocupan de ir acumulando una nerviosa desazón, en el que los entrenadores dan cursos a sus pupilos de superación personal, en el que hay elementos tan negativos que impiden el avance del equipo (como Garrincha, dice el doctor Rivas, que terminó sus días jugando «partidos de beneficio para pagar sus hospitales psiquiátricos». íClaro!, como Garrincha, que fue dos veces campeón del mundo e impedía el avance del equipo nada más porque éste se le quedaba viendo embelesado; como Garrincha, por supuesto, cuyo problema, «no sé si sea cierto», «radicaba en que era producto del incesto de un padre con la hija»).

Uno descubre de inmediato que muchos de los conceptos del doctor Rivas son un batidillo de apreciaciones científicas y muestras de populismo sacramental cargadas de más acá. Se ofrecen como si hubieran sido impresas en papel satinado, tan elocuentemente ataviadas como un «producto de belleza». Desde luego, se trata del mejoramiento del futbol mexicano. ¿Para qué entonces «esa necesidad de conocer la realidad del ser humano», si no es para proporcionarles a nuestros futbolistas un poco de confianza en sí mismos? Pero Rivas llega más lejos: como «viajó 20 años a Brasil», le ha tocado profundizar en la magia, el misticismo y la brujería. Uno echa en falta que la entrevistadora no le haya preguntado por su currículum de milagros. Hubiera sido de los más interesante. Sin embargo, brinda nociones insuperables de la psicología-del-futbolista. Por ejemplo, una fobia estalla en el terreno de juego en 20 décimas de segundo; algunos de nuestros muchachos comparan el momento anterior al cobro de un penal con la sensación de una pistola apuntándoles a la cabeza; la famosa lucha de clases se aprende en el Torneo de los Barrios. ¿No es estremecedor? Es entonces cuando uno se pregunta: quién les enseñó a controlar, conducir, pasar y patear el balón. Rivas no pierde el tiempo con asuntos mundanos; tiene que soltar su rollo telúrico, tiene que advertirle a los lectores que la causa profunda de toda jugada está en el alma y no en los pies.

La línea del doctor Rivas personifica la lógica del analista transaccional, articulada con la parafernalia del «hoy serás mejor que ayer y mañana lo serás mas». Reflexionando con chabacanería y descubriendo siempre una sonrisa, Rivas explica que lo suyo es un producto, disponible para todo el público. Esto, ya se sabe, significa que la patente pertenece al doctor Rivas.

En cuanto al futbol, sólo un comentario le rinde verdadero tributo: «mi tarea es venderles» a los jugadores «lo que ellos son». E imagino el problema de, digamos, Luis García (el problema del futbol en manos de intérpretes como el doctor Rivas: que intentan convertirlo en lo que no es, en metáfora o metafísica), lo mismo con Jozic que con Mejía Barón: «pero si yo soy un centro delantero».

CANCIONES SIN RESPUESTA

Elástica: Elástica

Geffen Records

La última camada musical inglesa ofrece al pop una nueva oportunidad frente a la cultura rave. Toda corriente es una crítica y puntual planta que florece quince años después de sembradas las simientes.

Gene recuerda a Morrissey; Hooligan, de Theses animal man, ostenta con irreverencia su filiación mod.

Elástica asume una estentórea filiación nuevaolera, y en conjunto busca fortalecer justamente donde los punks y nuevaoleros crecieron: los clubes. Bajo el liderazgo de Justine Frichmann, cuya ironía recuerda a una Patti Smith no atormentada y de frivolidad a una Debbie Harry menos sensual, Elástica no oculta su entusiasmo por Wire o Stranglers, tampoco su impropia juvenil. Es un sello: una gran energía, un impecable trabajo rítmico, contrapunto en los bajos y cierto fraseo, ciertas líneas melódicas que sugieren que el maquillaje ska aún funciona. Sin embargo, las dos mejores canciones del álbum son baladas que expresan elegantemente la crisis de pareja entre jóvenes entre jóvenes intelectuales («Never here») y la ausencia de expectativas («2.11). Por ahora prefieren jugar a los depositarios tanto de la energía de Who y el punk con la de inocencia del surf y el plop; todo ello con unas letras maliciosamente ingenuas si no irónicas o plenamente pesimista, con un distanciamiento que disuelve todo signo trágico en un estruendo de riffs, percusiones y coros, justo antes de que una nueva canción, otro problema, otras preguntas sin respuesta, comience, Un gran debut.

Mariano Hernández

EL ÍMPETU ROMÁNTICO

Robert Schumann: Las cuatro sinfonías. Oberturas Genoveva y Manfred

Orquesta Filarmónica de Belín. Rafael Kubelik, director. Deutsche Grammophon

Este álbum, excepcional por reunir casi la totalidad de la producción de Schumann destinada a la orquesta, incluye las cuatro sinfonías (cuyas fechas de composición disienten con la secuencia conocida). La Primavera fue bosquejada a comienzos de 1841 en sólo cuatro días, y orquestada durante el siguiente mes. Antes del estreno, Schumann escribió al director: «¿Puede infundir en ella la esencia de la naturaleza; un verdadero anhelo por la primavera? Quisiera que la entrada de las trompetas se escuchara como desde lo alto, igual que el llamado al despertar».

La composición de la Carta sinfonía, de hecho la segunda, se produjo asimismo en septiembre de 1841, y su principal esbozo también fue escrito en cuatro días. Aunque completada en diciembre, el autor modificó la orquestación que fue conocida doce años más tarde en Dusseldorf y catalogada como la Cuarta.

Diez años antes de su muerte, y cuando comienza a padecer los primeros síntomas de su locura galopante, compone la Segunda sinfonía, cronológicamente tercera, finalizada en 1846, que presenta acentuados rasgos beethovianos y de Bach, cuya música reverenció y contribuyó a propagar. La tercera, Sinfonía Renana (1850), cierra el ciclo de música sinfónica de largo aliento, que señala el apogeo de la madurez estilística del artista. Obra de impetuosidad portentosa, y única de sus sinfonías escrita en cinco movimientos, trasunta la exaltación del alma romántica frente a los fenómenos de la naturaleza: Schumann la tituló inicialmente «Episodios de una vida en las riberas del río Rhin».

Completan la grabación las literarias oberturas Genoveva op. 81 y Manfred op. 115, todas bajo la sabia conducción de Kubelik, quien se acredita, asimismo, el honroso mérito de plasmar una de las primeras versiones de la obra íntegra de Gustav Mahler.

Clara Meierovich

YA SON 32

Stevie Wonder: Conversation Peace. MotowrL/Polygram

Lo lógico es que este álbum hubiera surgido fácilmente, pero no fue así: el proyecto comenzó a gestarse hace ya 7 años en Ghana, donde Stevie escribiera 40 canciones (de ese grupo sólo 7 quedaron en el disco); lo resultante fue filtrado por una maraña tecnológica y ya en las calles deberá de pelear por un lugar en este mundo dominado por Satl’n’Pepa, Green Day y Ice Cube. ¿Con qué se armas cuenta el álbum? Inicia con «Rain your love down», tema habitual de Wonder, y continúa con «Edge of Eternity», jazzeada y con una buena sección de metales. «Take the time out» retoma propuestas de amor y caridad hacia los desamparados y sugiere soluciones sin furia, a diferencia de los intérpretes de rap; «I’m New» está llena de esperanzas y cuenta con la participación de Denise Williams y Take six. «For your love» es el primer single y se promociona con un video bastante aceptable. Algunos personajes que participaron en la grabación: Prince, Brandford Marsalis, Anita Baker y Terence Blanchard. Chéquenlo.

Raúl Baruch

Lo que no está en el Manual

Bernardo Ruíz. Escritor. Su más reciente libro es Memorial de la erinia (poesía).

Cuando se trata de computadoras, la memoria nunca da para tanto. No la desbordes, no juegues al héroe, no confíes todo a un solo archivo.

Hace unas horas me sorprendió una llamada. Un caso como para Batman, si anduviera de computólogo: a la hora de salvar las últimas páginas de su biografía, mi amigo David se quedó sin historia: el archivo no se dejó salvar.

Como quien dice, perdiste todo el día de trabajo.

-Más bien como un año…

-No me digas que tenías toda tu biografía en un solo archivo. 

El que calla otorga. David tenía un archivo de más de 350 kb con su texto. Me dio pena.

-Ni modo, viejo, perdiste todo el día. Apaga la máquina. No toques nada. Voy para allá.

En verdad, David no había perdido más que un día de trabajo. Estaba el respaldo en el disco duro, por lo que no hubo más que renombrar la extensión david.bak a david.doc. Ya podía comenzar de nuevo. Aunque hubiera sido una maldad dejarlo ahí, sin explicación alguna.

-Ya no debes seguir con el mismo archivo, David. Te recomendaría dejarlo nada más de respaldo.

La operación es sencilla. Copiamos a un disquete con formato el trabajo (mi cuate es de los que creen que los discos duros son eternos y a prueba de fallas); y luego, con la orden xcopy hice una copia idéntica en el disco duro, sólo cambié el nombre: xcopy david.doc bio-g.d doc y tan fácil como eso.

Como el café estaba bueno, no pensaba dejarlo ahí, de modo que para conseguir una taza adicional decidí encarrilarlo lejos de los caminos del infierno.

-¿Por qué no dejamos la biografía ya lista? ¿Quieres probar un nuevo método de trabajo?- asintió, de modo que agarré el micrófono:

– Hay dos formas de trabajar, depende de la edad de tu procesador, primero, y de cómo quieras imprimir tu texto; pero vale la pena que pienses sobre todo en la seguridad de tu trabajo, de modo que no crezca con elementos adicionales (tipografía de ésa, como fantástica, e imágenes, por citar algunas), que únicamente ocupan espacio.

De hecho, con los procesadores modernos uno se siente entre Balzac y Gutenberg: además de escribir el libro, uno se hace la ilusión de sentirlo editado, que es al fin lo mismo que si una solterona comprara el vestido de novia y pusiera fecha e invitados para la boda. Falta lo esencial.

Antes que desear verlo en letras de imprenta, hay que hacer el texto. Para ello, lo mejor es evitar la tentación de formatos o fuentes tipográficas apantalladores. Se recomienda, entonces, iniciar la máquina y correr el programa de procesamiento de texto especificando el nombre del archivo por utilizar.

Si se va a escribir un texto voluminoso, esto es en particular útil. Este archivo se nombra, digamos, OOOdavid.doc y lo salvas. O bien OOOtmp.doc; con él vas a trabajar siempre.

Si tu procesador de texto es de los noventas, este es el texto que se define como «documento maestro»: todos los demás, a los que llamaremos subdocumentos dependen de él, y cambian con él.

En el caso de que tuviéramos un texto de 1,500 cuartillas, sería imposible para muchas PC soportar el texto en memoria porque se rebasa la capacidad de la máquina

Igualmente, un libro de ese tamaño no podrías respaldarlo todo en un disquete de 360 kb., a menos que se recurra a un programa de compresión. Además, cada vez que tiene uno un archivo muy grande, el programa opera muy despacio, como si la máquina estuviera lenta.

Cuando no se cuenta con la posibilidad de trabajar con un documento maestro y subdocumentos, conviene revisar el trabajo en una impresión; posteriormente, hay que abrir cada archivo, corregirlo y, tras salvarlo, recordar hacer un nuevo respaldo.

En suma, en el documento maestro sólo se incluye el formato inicial del texto y sus características: las necesarias, para todo el cuerpo del libro. Este archivo, de hecho, es una plantilla, un modelo; template le llaman en inglés; eso quiere decir que se ahorra tiempo definiendo todo un formato y algunas partes del texto por una sola vez.

En los procesadores actuales, para discos duros de mediano tamaño, tienes la facilidad adicional de que puedes ver y revisar realmente el trabajo en toda su extensión -cuando estás trabajando un texto amplísimo -porque crea una «imagen» del texto en el disco duro.

-De modo que en adelante tienes que cuidar nada más lo que trabajes en un periodo: una parte, un capítulo o dos. Cuida el orden. Si terminaste ayer con el archivo 045david.doc, y acabaste esa sección, continúa hoy con el 046david.doc.

Finalmente, para salvar la biografía de David, le mostré cómo debía marcar el texto, cortarlo, abrir un nuevo archivo, pegar ahí el fragmento marcado y salvarlo con una seriación progresiva: 001, 002… 018. Le hice ver a su ego que, así analizado, el trabajo tenía una interesante estructura que casi todos los capítulos tenían alrededor de 5 cuartillas.

Hubiera podido proceder, también, con un recurso alterno: abrir david.doc, marcar el texto, copiarlo, abrir un archivo nuevo, incluir el texto marcado con la orden pegar, y salvarlo. Pero considerando que la memoria se había desbordado con las páginas finales de la obra de mi amigo, era complicarse la vida. Porque una cosa es cierta: en cuestiones de computadoras, el más sabio consejo que he escuchado es: no le hagas al héroe.

Lo que acaba mucho antes de acabar

José Woldenberg. Politólogo. Su último libro es Violencia y política.

La vida de las parejas de una cierta generación pero también sus esperanzas y ambiciones son el material de la dura novela de Paloma Villegas. Dura porque «intenta u logra recuperar y descifrar muchas de las claves en las que se desarrolló la primera vida adulta de los que hoy traspasan los cuarenta años.

Paloma Villegas

La luz oblicua

Ediciones Era

México, 1995

253 pp.

Ella no quería ninguna forma de olvido.

Las biografías se encuentran, entrelazan, conforman una densa enredadera, donde se distinguen parejas, amigos, rupturas, reencuentros, mutaciones. Toda vida se resuelve en compañía y las vidas acaban tejiendo un mundo con códigos propios, claves de entendimiento e implícitos difíciles de traducir, que pueden llegar a configurar una generación.

De hombres y mujeres, de parejas y de truenes, de anhelos y derrotas, de los cambios materiales y anímicos de una generación trata la dura novela de Paloma Villegas. Dura, porque llama al pan pan y al vino vino, porque de manera descarnada -sin maquillajes edulcorantes- intenta y logra recrear y descifrar muchas de las claves en las que se desarrolló la primera vida adulta de los que hoy traspasan los cuarenta años.

Dura, porque su tono corrosivo pone en tela de juicio la fragilidad de muchas de las construcciones ideológicas y vitales que modelaron los ensueños de un mar de gente joven, que sin embargo apostó a poner en duda todo (y todo es desde la política hasta la vida Intima, desde la familia hasta la militancia) con un afán de transformación sólo un poco menos agudo que aquello que se llamó un compromiso ético.

Pero la dureza se entrelaza con un ejercicio de reflexión, de indagación, que hace del texto algo más que un relato. Se trata de un ejercicio de introspección que se pregunta en serio ¿qué pasó?, y ¿por qué? Sabe de antemano que no existen respuestas fáciles; sin embargo, la renuncia a siquiera plantear las preguntas puede ser una traición mayor que la de quedar a la mitad de camino en las respuestas.

La novela y la novelista saben que la densidad de las respuestas sólo es equiparable a la dimensión de las utopías que se edificaron entonces y a la tortuosa e inasible «condición humana». Es decir, que cualquier acercamiento superficial, narrativo sin más, está condenado al fracaso. La luz oblicua es (creo) el resultado de una larga maduración, de una paciente y apasionada capacidad para ver y juzgar, para darle la vuelta a las cosas una y otra vez basta que se resuelve en una escritura con vocación antimaniquea. Una literatura «espejo» (amargo) cuyas imágenes revelan el rostro y las pulsiones de lo que por comodidad se conocen como las generaciones del 68 y sus compañeros(as) inmediatos(as).

La historia bien puede empezar en una especie de arcadia conformada por dos parejas en principio bien avenidas que deciden vivir en la misma casa. Nada fuera de la normalidad de entonces. Pero el transcurso del tiempo irá remodelando y fracturando las relaciones originales, hasta convertirlas en otra cosa.

Y la novela explota varias claves. La experiencia personal que no puede transferirse. Por más que se hable y discuta, se analice y explore en conjunto, lo singular de cada biografía impide la comprensión cabal y el establecimiento de reglas categóricas. Así, cuando Anna -quizá la protagonista central junto con Julio- inicia su periplo de autotortura, su encanto y poda de atracción se diluyen. Pero, además, la capacidad de entenderla se deteriora rápidamente. «Cansados de razonar con ella, los amigos la contemplábamos en silencio, Un desagrado profundo iba colmándonos. Optimistas como éramos, la presencia en casa de la desesperación con su hondura incesante y sus preguntas ilimitadas, no podía mortificarnos hasta la impaciencia». Porque en efecto, la vida vivida y la vida observada tienen escasos puntos de contacto. La primera puede ser un infierno y la segunda aparecer como un sainete menor.

Otra clave. El balance del pasado que siempre será ambiguo, contradictorio, quizá inaprehensible, Cuando Anna y Helga ven hacia atrás y evalúan su presente, estamos ante dos metros y dos medidas marcadas cada una por su propia experiencia, de tal suerte que luego de «discutir todos los días todos los temas, todos los actos», las rutas nuevas no podrán sino bifurcarse. Si una subraya los olvidos, las traiciones, los cambios para mal, mientras la otra pondera los avances, las aperturas, los cambios para bien, no parece simple tomar partido sin aquilatar que, en efecto, más allá de la neurosis o la placidez no hay pasado unívoco posible como no hay presente ni habrá futuro sin ambigüedad.

Esas claves introducen un tono narrativo en el que las historias de celos, responsabilidades, manipulaciones, relaciones triples, rencores y amistades difícilmente pueden encontrar una balanza para ser juzgadas. No hay juicio definitivo porque no existe un código definitivo. No obstante, la pulsión de la novela se encuentra a años luz del cinismo cómodo, y es quizás esa la «vuelta de tuerca» fundamental del texto. Porque si bien no hay veredicto absoluto sobre las historias personales, sí contiene el aliento que aún busca los asideros valorativos que ofrezcan sentido a los acontecimientos y las causas.

El desencanto que sufre Adela en relación a Julio no proviene de sus cambios / búsqueda de pareja, sino del momento en que ante un peligro real (el acoso de un maniaco armado) decide abandonar a su suerte a Adela, su marido y sus hijos. Esa ausencia de solidaridad elemental y fundamental es lo que rompe el lazo afectivo. Lo que Adela no puede soportar es ese «cada quien para su santo», ese «cada quien lo suyo, su pareja, su familia, sus cosas». La añoranza por la solidaridad se convierte así en uno de esos valores nunca perdidos del todo.

Y junto con la solidaridad, un mínimo de coherencia. Coherencia entre lo que se dice y hace, entre lo que se es y se representa, entre los compromisos y los hechos. Aunque esa coherencia sin más pueda tener múltiples desembocaduras no deseadas. Con lo cual Paloma Villegas da una nueva vuelta de tuerca. Una de las paradojas más comunes: Adela informa públicamente de la infidelidad de Julio pensando que hace un bien o impregnada de ese sentimiento de «no puedo más» sólo para reconocer al final que presumiendo un fin se puede llegar a un puerto distinto, buscando el bien se hace mal.

Nada es definitivo en este libro hipnótico plagado de fracaso y dolor, de ironía chirriante, de horror y ternura conyugal. El tiempo pasa y lo nuevo se convierte en viejo con una velocidad sorprendente. Al inicio lo viejo es «la pareja tradicional, la educación autoritaria de los hijos, las maneras de mesa y los convencionalismos del lenguaje», y pasados unos cuantos años lo viejo puede ser el experimento de vivir con otros más allá de la pareja, la educación desenfadada, la música o las artesanías.

Esa conciencia de la fugacidad de las relaciones y de no pocas convicciones, es generadora de un malestar que acarrea rencor, preocupación o crítica ante lo «nuevo» más joven, aquello que se encuentra fuera del circulo original y que irrumpe con otro lenguaje y actitud. Clara, la nueva mujer de Julio, no sólo es más joven sino que encarna otra sensibilidad y otra forma de asumir la existencia. Esa presencia con otros códigos es perturbadora porque anuncia la caducidad de un buen número de apuestas vitales.

Sobra decir quizá que el marco donde transcurren las historias no es otro que el mundo de la izquierda intelectual de los setentas / ochentas. Años de sindicatos, procesos unitarios que desembocan en partidos, de discusiones entre «electoralistas» y «obreristas», de Nicaragua y son, de rock y un cierto bucolismo, de feminismo y marginalidad. En ese sentido, y como recuperando el aliento de la época, la novela es al mismo tiempo una historia de relaciones personales y de política (en el sentido más abarcador y por ello menos preciso).

Pero en una perspectiva más general, La luz oblicua es quizá la historia de las cosas que terminan, que se apagan de manera pausada. De ese «vernos continuar en lo mismo, en las cosas terminadas que prolongamos y prolongamos interminablemente, cobardemente, para ganar tiempo, perdiendo la poca vida que tenemos, ganando en lentitud lo que perdemos en deseo y en verdad. Es así. Y la cosa no se refiere sólo al amor. No sólo es cosa de parejas y amantes. Sino de todo cuanto vivimos, todo cuanto alimenta y adorna nuestras vidas. Es igual para la ideología y las convicciones, igual para los gustos, para lo que nos obsesiona o nos entretiene o nos interesa. Todo acaba mucho antes de acabar, y todo tiene su maldita inercia». Y en ese acabar que nunca acaba, en esa disolvencia lenta, lentísima, la inercia gobierna a las causas que ayer cargaron pasión y sentido. Así, La luz oblicua es una novela triste, melancólica, da cuenta de que nada es para siempre y que lo que creemos profundo e invariable puede, luego de una vuelta a la hoja, ser frágil y volátil.

Detrás del rating: Medios

La radio

Fátima Fernández Christlieb. Comunicóloga. Su último libro es la radio mexicana: Centro y regiones.

Su Majestad, la audiencia ¿O no? Probemos a sintonizar los noticieros radiofónicos.

El pasado 2 de junio el presidente Zedillo acudió a los estudios de Radio Red para ser entrevistado en Monitor de la mañana, por Gutiérrez Vivó. Tres días después fue a Stereorey e hizo lo mismo con Pedro Ferriz de Con, en la primera emisión de Para Empezar. El día 7, luego de la entrega de los premios nacionales de periodismo, aceptó preguntas directas de los reporteros que cubren la fuente de Presidencia y en los siguientes días no visitó ya ninguna otra emisora.

¿Por qué únicamente fue a esas dos estaciones? Por algo llamado rating. Ese algo nos dice supuestamente cómo se reparte la audiencia. Es una medición cuyos métodos y presentación de resultados siempre han generado polémicas como la siguiente: el mismo día en que Zedillo estuvo en Stereorey, la estación contrató una plana completa en el periódico Reforma anunciando a su noticiero Para Empezar como el más escuchado en la República Mexicana, según datos de la empresa A. C. Nielsen.

Un año atrás, también en junio, Radio Red publicó una plana, en el mismo periódico, para informar que en Monitor se encontraba el 54% del auditorio y sólo un 5% escuchaba Para Empezar, de acuerdo a cifras obtenidas por INRA. Una semana después, Stereorey respondió (en La Jornada, 8 de junio de 1994, pág. 33) que los porcentajes anteriores no habían tomado en cuenta a las 48 plazas del país a las que llega la señal de Para Empezar e hizo varios cuestionamientos a la publicidad de Radio Red, entre ellos uno que textualmente decía: «Dos terceras partes de las cadenas radiofónicas ahora trabajan con Nielsen. Por algo será…». El 24 de octubre de 1994, Radio Fórmula contrató un espacio en Reforma y con datos de INRA afirmó que el 40.38% del auditorio de noticiarios matutinos escucha alguno de los programas informativos de ese grupo radiofónico.

Las emisoras realmente seguidas por un porcentaje relevante de la audiencia tienen, casi siempre, manera de destacar en su provecho algún ángulo de la información que les entregan las empresas que elaboran los ratings. Pueden sumarse los puntos obtenidos en las diferentes plazas a donde llega la señal o publicar resultados del mes en que les fue mejor, o puede ser que subrayen información acerca de un segmento de la audiencia, o que hagan referencia a un género radiofónico o tipo de programa en el que obtuvieron mayor puntaje. Si, por ejemplo, combináramos la información disponible acerca de la radio en el DF de acuerdo a la posición que en abril pasado guardaron las empresas (independientemente del número de emisoras que posean) respecto a la audiencia global (no únicamente en cuanto a noticiarios), tendríamos una gráfica en la que el Grupo Radio Centro (GRC) obtendría el mayor porcentaje de la audiencia debido a que se está sumando el rating de sus diez emisoras; en segundo lugar estaría Radiópolis con sus seis emisoras y en tercero el Grupo Red que posee únicamente tres estaciones de radio en el DF.

En ninguna de las gráficas el grupo Frecuencia Modulada Mexicana (al que pertenece Stereorey) está a la cabeza, puesto que la medición no toma en cuenta a las plazas de los estados que reciben el noticiario Para Empezar. Sin embargo, atendiendo a la audiencia que éste tiene en el DF, el Grupo FMM pasa del octavo lugar que ocupa en la primera gráfica, al quinto en la segunda.

La elección de Zedillo, en su primer acercamiento in situ a la radio, se basó en dos tipos de razones, una de carácter cuantitativo como cobertura, penetración y nivel socioeconómico, y otra de carácter cualitativo como la credibilidad que han logrado Monitor y Para Empezar entre los radioescuchas.

En el mes anterior a las entrevistas, Monitor había alcanzado, en el DF, un total de 3.43 puntos de rating de 7 a 8 de la mañana, mientras que a esa misma hora (la de mayor auditorio en noticiarios matutinos) Para Empezar obtuvo 1.10. Mientras el primero llega especialmente al nivel socioeconómico denominado «C» y a más mujeres que hombres, en su frecuencia de AM, el noticiario de Stereorey alcanza a más hombres jóvenes, del llamado nivel «A/B», asiduos radioescuchas de la banda de FM.

En cualquier caso, se trata de dos estaciones que dictan reglas para el juego del mercado publicitario y para el contacto con la opinión pública mexicana. Si los mismos datos son presentados atendiendo no al rating global, sino al promedio relativo del puntaje que captan los grupos radiofónicos en cada una de sus emisoras, tenemos que el Grupo Red, debido a la penetración de Monitor, ocuparía el prima lugar en el cuadrante del DF y el Grupo Radio Centro sería desplazado al tercer lugar, porque su rating global fue dividido entre diez.

En el país con olor a lápiz

Juan Villoro. Escritor. Dirige La jornada semanal.

José Donoso, el maestro de las claves paródicas, está de vuelta. Su última novela proyecta «la obstinada fuerza del idioma que huele a lápiz y el oficio de quien no ha dejado de sacarle punta»

Donde van a morir los elefantes, la nueva novela de José Donoso, se ubica en un poblado del medio este norteamericano donde en apariencia no ocurre nada más trascendente que el maíz. Pero además de los plantíos que la justifican en el mapa, San José cuenta con una universidad que exhala el fino éter de la ciencia pura, una especie de Maracaná de los matemáticos. Allí, Jeremy Butler ha descubierto las soluciones más elegantes a los problemas relacionados con números primos y prepara a dos discípulos para trabajar en el Pentágono (los aventajados Duo y Er son herméticamente chinos, lo cual los convierte en candidatos ideales para solucionar teoremas sin comprender sus alcances militares).

En el campus de Donoso se cumple el axioma de Harold Bloom sobre la academia norteamericana: las aulas inodoras sirven para «saber cada vez más de cada vez menos». En este Elíseo de la especialización incluso hay presupuesto para que alguien investigue «la influencia de Julia Kristeva en los movimientos feministas del sureste de Asia». Donoso llega a su décima novela de espléndido humor satírico. La academia norteamericana es vista como la última reserva del saber, no sólo porque se trata del depósito donde las computadoras tienen la memoria más extensa, sino porque lo que se estudia casi nunca regresa al mundo común y corriente; la academia es una zona autocontenida, un cementerio para elefantes con doctorado.

En esta burbuja separada de la realidad no podían faltar cubículos para las especies menores de la literatura latinoamericana, como Marcelo Chiriboga, único miembro ecuatoriano del boom, que ya habla aparecido en El jardín de al lado El chileno Gustavo Zuleta, chiriboguista cum laude, recibe una invitación como profesor visitante a la Universidad de San José. El matrimonio Zuleta no es propiamente cosmopolita (sólo ella ha salido al extranjero, a Buenos Aires, en compañía de unas monjas carmelas con las que compró un chaleco). El viaje a Estados Unidos se presenta como una aventura radical, sobre todo porque Nina está embarazada y Gustavo debe viajar solo (con frecuencia Donoso ve a los niños como una horda destructora; en Casa de campo, uno de los primeros síntomas de que algo va a ocurrir es que los niños se mantienen alejados y no molestan como de costumbre; en Donde van a morir los elefantes, el ochomesino Nat es una seria amenaza olfativa y un elemento de separación de la pareja).

Aunque Estados Unidos no parece muy ávido de chiriboguistas, el Departamento de Español de San José reclama la presencia de Gustavo. A fin de cuentas, el prestigio de una universidad depende de estudiar rarezas de altísimo nivel. El campus ofrece lo que el país no cumple; las diversas culturas reciben un trato igualitario, no por un sentido de justicia real, sino por un refinado culto a las apariencias, la ideología de lo «políticamente correcto». En el fondo, nadie entiende a nadie y no es casual que una escena decisiva de la novela ocurra durante un baile de disfraces.

José Saramago ha advertido una cualidad expresionista en la literatura de Donoso, cuyos ejes son el vértigo y la trascendencia. El novelista portugués se cuida de añadir que no se refiere al caos ni al pensamiento metafísico, sino a formas más sosegadas de la renovación narrativa. En primera instancia, la literatura de Donoso parecería inscribirse en el realismo. Hace ya muchos años. Neruda afirmó con voz tronante que Donoso haría, a la manera de Balzac, la gran novela social de Chile. Sin embargo, si algo caracteriza la vasta obra de Donoso es la minuciosa distorsión de lo real. Sin recurrir a ningún recurso fantástico, el novelista e extrema el asedio a los objetos, los trapos, los olores, hasta enrarecerlos y conferirles la segunda realidad de la parodia. Maestro de la caricatura ha combinado sin sosiego los extremos del feísmo y el preciosismo, y en Donde van a morir los elefantes pasa sin trabas de la farsa al melodrama, de una exbailarina de ochenta años que recupera sus calzoncillos rojos a las intrigas para heredar la fortuna de Jeremy Butler y la historia de un aborto que podrían figurar en un folletín rosa. Una frase resume su estética: «toda imagen es valida si genera un vocabulario de deformaciones». Como Valle-Inclán ante el famoso espejo de la calle del Gato, el novelista chileno se interesa en las figuras capaces de ser dobladas, en los cuerpos como posibilidad de sombras. De ahí su pasión por las ropas, las mascaradas, las confusiones, los dobleces de la gente condenada a no entenderse. El recurso esencial de El lugar sin límites es la voz narrativa femenina que, según sabemos avanzada la trama pertenece a un hombre. La transfiguración de personajes llega al extremo en Casa de campo; en la página 395 el lector se entera de que los Ventura de la novela no son como los de la realidad; se trata de «caricaturas, claro». Incluso como guionista de cine Donoso es ante todo un manipulador de reflejos: La luna en el espejo trata de un tiránico oficial de la marina que no sale de la cama y domina su universo gracias a un complejo sistema de espejos.

El intercambio de identidades hace de Donoso un peculiar retratista de grupos. Hugo Achugar ha observado que sus personajes tienden a fundirse en un solo esperpento: «el nudo de niños y perros pulguientos forma un solo animal monstruoso en el suelo» (El obsceno pájaro de la noche), «los cuerpos pesados, rígidos, los tres una sola masa viscosa retorciéndose como un animal fantástico» (El lugar sin límites), «sus cuerpos harapientos mezclados en el suelo con los cuerpos de sus perros sarnosos forman un solo animal extraño» (Este domingo). En Donde van a morir los elefantes, el animal «monstruoso», «fantástico» o «extraño» es el cuerpo docente de la universidad; sólo que en esta ocasión Donoso trabaja en clave fársica y las deformaciones son las de una comedia de enredos.

Si en la Historia personal del boom registró las peripecias de una generación deescritores latinoamericanos con animo de cronista, de gossip wrinter en la mejor vena de Evelyn Waugh, en Donde van a morir los elefantes Donoso desmitifica a las glorias del idioma. Nadie recuerda las hazañas narrativas de Marcelo Chiriboga, sus conferencias son una involuntaria puesta en escena del capítulo de Rayuela donde Berthe Trépat toca el piano para disfrute de un solo espectador. Harto de la indiferencia norteamericana, el fénix de Ecuador viaja a la universidad en la que al menos tiene un fan: Gustavo Zuleta.

Qué sucede cuando un erudito se enfrenta con su objeto de estudio? Los expertos en la edad clásica no conocen los desvelos de Zuleta; su venerado tema de tesis se enamora de la misma mujer que él, la rubicunda Ruby MacNámara, de 23 años y aficionada a la realidad virtual. En una entrevista con Carlos Cerda, Dowso afirmó que la novela se le ocurrió en la Galería Nacional de Washington al ver a las gordas que contemplaban extasiadas a las mujeres flacas de Cranach; todas esas mujeres se convirtieron en una especie de gorda esencial, que llevaba en el escote una candorosa prueba de nacionalismo: una banderita se alzaba entre unos pechos que parecían melones de Botero. Esta fue la imagen primaria para la saga de las muchas mujeres que podría encarnar Ruby, tan ajena a los snobismos de la academia que recorre 300 páginas sin citar a nadie, capitanea el movimiento Gordura es Hermosura y exuda una sensualidad ingenua, casi infantil. Ante todo, Ruby es una mujer posible; como la realidad virtual que tanto le gusta, se desdobla en pasados y destinos múltiples; ninguno de ellos incluye la consumación del sexo; Ruby es un horizonte inalcanzable, órbita la novela como un planeta aplazado.

Pero Gustavo no sólo compite con Chiriboga por la mano que destaca en los claroscuros universitarios como un homenaje a Rubens, sino que muda de piel, revierte su currículum y se transforma en narrador. El patólogo que en Chile hundía su bisturí en los cuerpos narrativos como si analizara mariscos de un mar frío, reacciona ante la asepsia norteamericana y ante la palabrería de Chiriboga nada menos que con una novela. En el epílogo sabemos que hemos leído la obra de Gustavo Zuleta, quien ya sólo confía en la intuición y el rotundo placer de la lectura: «No creo que ninguna obra de arte pueda reducirse a otro discurso que su propio texto. No es una llave mágica decir: `La literatura debe ser…’; o bien: `Este párrafo debe leerse como…’. El deber no existe en literatura. Ella no es sino un fin en sí misma, y su objetivo es sólo deleitar y, de paso (¿quién Lo dijo?), `alejar un poco el muro donde comienza la oscuridad’. Se trata, pues, de ampliar, de estimular, de ventilar el departamento estanco de la información y la opinión, para leer el discurso implícito en que se encarna, consciente o inconscientemente, la aventura de la imaginación».

Esta defensa de la libertad narrativa es, por supuesto, el harakiri del crítico. En su afectuosa rivalidad con Chiriboga y en las mujeres latentes que encierra Ruby, Zuleta encuentra la fuerza múltiple, siempre virtual, de la ficción, y escribe una novela que crece como el opulento y atractivo cuerpo de Ruby MacNámara.

Donde van a morir los elefantes también señala los límites de la cultura de la imagen. Una escena violenta sirve de apertura y desenlace de la trama: los matemáticos chinos matan al profesor Butler y a su hermana y mueren entre los fragantes arbustos del campus. Un infaltable aficionado al video captura la imagen y la Aldea Global puede contemplar «los cuatro minutos de San José». ¿Qué hay detrás de esta ración de muerte al minuto? ¿Una demostración de las teorías de Pier Paolo Vitello, el artista en residencia de la universidad que preconiza el «concreto hechizado»? Donoso registra una de las condiciones centrales de la vida urbana norteamericana: la ciudad sin geografía La gente no se reúne en espacios físicos sino en las redes del teléfono, la computadora o la televisión. En esta villa sin topografía lo relevante ocurre en la t.v. La furia de los matemáticos chinos representa cuatro minutos en la autopista de la información. Sin embargo, como revela Zuleta en su apasionado epílogo, las imágenes de la pantalla carecen de profundidad subjetiva; entrar a ellas es un ejercicio de imaginación literaria; sólo la novela puede dotarlas de vida interna. De manera oblicua, Zuleta también se opone al artista plástico Vitello, quien monta una instalación en plena biblioteca universitaria como un alarde de que las cosas dicen más que los libros. El protagonista-narrador demuestra que el auténtico «objeto hechizado» es la novela.

Aunque tiene un desenlace poco heroico, de una hiperrealidad que sólo puede lograr Donoso, la gorda Ruby es el gran personaje de la novela. Su percepción sensual no le pide nada a la estatua de Condillac, capaz de reproducir el mundo por los aromas. Al olfatear a los latinoamericanos dice que huelen a lápiz. Como todas las grandes intuiciones, ésta es certera e indemostrable. Hay que decir que un lápiz despide su olor cuando se le saca punta; de modo que se trata de un aroma afilado, que evoca maderas, tiempos lejanos, un oficio algo precario. Si Joyce Carol Oates logró con Unholy Loves un retrato del campus norteamericano como la más refinada forma del arte funerario (el célebre poeta inglés Alben St. Dennis le regala a sus estudiosos lo que más desean: su muerte en las aulas), José Donoso logra en Donde van a morir los elefantes un sorprendente cementerio de culturas que se desconocen. En el mundo de la realidad virtual y las praderas donde se alzan las arcadas de neón de McDonalds, Donoso encuentra una patria alterna. Donde van a morir los elefantes revela la obstinada fuerza del idioma que huele a lápiz y el oficio de quien no ha dejado de sacarle punta.

Confieso que he escribido

Carlos Castillo Peraza. Presidente del Partido Acción Nacional.

Entre necesitado, curioso, azorado, temeroso y extasiado, llegué a la mesa de trabajo del director del Diario de Yucatán. Era un mueble austero, más largo y más ancho que un escritorio normal. El recio tablón no remataba en líneas rectas, sino curvas; lo sostenía, si mal no recuerdo, un par de columnas cilíndricas de madera dura. A prueba de comején.

Iba yo a la mitad del camino que lleva de la adolescencia a la juventud. Don Abel Menéndez Romero, dobladas las mangas largas de la guayabera de lino, corregía originales innumerables con un bolígrafo bic. Frente a él, los escritorios de la redacción se alineaban en dos filas de modo que con sólo levantar la vista supiera el jefe quién estaba, quién faltaba y si los presentes trabajaban o no lo hacían. Encima, colgado del techo altísimo, un abanico eléctrico de centro y aspas negros intentaba utópicamente refrescar el ambiente. Al fondo de la extensa nave un hombre enjuto y prognato revisaba tomos de periódicos viejos. Pronto supe que era don Lorenzo González Reyes, liador de cigarrillos medicinales, habitante del humo aromático, dueño de una tos estentórea, quien se ocupaba de elaborar, con el auxilio intermitente de una escupidera metálica, «La Semana hace 50 Años». Este infaltable suplemento aportó y aporta los datos duros que permiten a los meridanos calcular con más o menos precisión la edad de parientes, amigos y conocidos: cuando alguien empieza a aparecer allí, es que al menos ya hizo el medio siglo.

A través de los cristales de las gafas -aro plateado- me llegó la mirada azul claro del director del Diario, enmarcada por algunos tics de cejas y párpados. Casi sin alzar la pluma inició el diálogo después de mis tímidos «buenos días», especie de password nervioso a lo que ya a temprana edad cualquier yucateco reconoce como sacro -misterio y poder- recinto del periodismo y, por muchas razones, sucedidos, audacias, hombrías y agravios, una de las más sabrosas y pedagógicas leyendas del diarismo nacional.

– Siéntese, joven. Qué quiere.

– Quiero aprender a ser periodista -respondí abrumado y con ganas de convencer, sin dejar de pensar que necesitaba obtener cuanto antes algún ingreso en pesos y centavos, para no tener que molestar a padres y abuelos con peticiones que, a esa edad, suelen equivaler a insufribles actos de humildad y dependencia y que, en mi caso, bien sabía que tendrían poco probable eco, dada la situación económica de la familia.

Esperé atento y esperanzado -la silla era recta, dura, ascética y el asiento de petatillo- durante un lapso que me pareció todo el tiempo. Pedro Sahuí Abraham, que era un poco mayor que yo y murió sobre su escritorio de redactor hace cuatro o cinco años, compañero de lides en la Asociación Católica de la Juventud Mexicana y simultáneamente implacable y bilioso corrector de pruebas del Diario, me había instruido: «Ten paciencia; cuida lo que dices y cómo lo dices; no vayas a usar la palabra equivocada o el verbo impreciso; no vayas a cometer un error de gramática cuando hables, porque estás frito. Los Menéndez son duros y exigentes, pero con ellos se aprende y se gana. No demuestres miedo. No hables de más.»

-¿Sabe usted, joven, que por enseñar se cobra y por aprender se paga?- dijo amable y secamente don Abel.

-Sí señor- dije yo, consciente de los problemas domésticos a la hora del pago de las mensualidades al Colegio Montejo, en el que un hermano marista español (don Laurentino Pastrana) nos había hecho el don de la ortografía a punta de horas de escritura: decenas de veces las mismas palabras, centenas si había yerros; ninguna referencia a reglas y menos aún -laus Deo Virginique matri- memorización de normas.

-Pues siéntese en esa silla y empiece a aprender. Le vamos a enseñar gratis- ordenó y explicó el director apuntando a un puesto vacío contiguo al suyo. Luego hizo la última precisión: «Aquí sólo hay dos cargos: el de director y todos los demás. Usted no es el director».

Así ingresé al ámbito del periodismo, del que nunca he querido ni habría podido salir totalmente. El oficio que trataron de enseñarme en aquel y otros maderosos escritorios del Diario, me ha dado de conocer, estudiar y comer. Es al que, después del tramo político partidista de mi vida, tengo el deseo de retornar. Al que seguramente he de volver, si Dios me presta vida y algún otro director comprensivo, oportunidad.

Me tocó ser reportero de casi todo, redactor, cabeceador, responsable de plana, corrector de pruebas y de estilo, encargado de página editorial, de suplemento cultural y de edición completa, fotógrafo improvisado. Lo hice en horarios diurno y nocturno. También sin horario. Perseguí políticos, deportistas, religiosos, intelectuales y artistas para obtener de ellos alguna declaración; fui al cine, al teatro, al ballet, al estadio, al aeropuerto, al cuartel, al villorrio, a la catedral, al cruce de calles, al rastro, al auditorio y a los libros en busca de hechos, palabras, gestos y detalles para alguna crónica, reportaje o crítica. Me vi obligado a ser gambusino de titulares y orfebre de pies de foto. Tuve que rectificar muchos errores propios y dar la cara por algunos ajenos. Escribí bajo mi nombre y bajo pseudónimo o sin firma, notas y editoriales. Renuncié a las labores y regresé a éstas. Inventé, inicié, liquidé y abandoné secciones por agotamiento del tema, por pretextos, motivos o razones diversas y hasta contradictorias. Acerté y me equivoqué. Vamos, confieso que he vivido como periodista.

De todo lo escrito, sólo recuerdo con gozo pleno un par de entrevistas. La primera en el tiempo al gran escultor, ebanista, miniaturista y tallador yucateco Enrique Gottdiener Soto; segunda: la que le hice a Octavio Paz y que él privilegió al incluirla en su libro Pequeña crónica de grandes días, editado por el Fondo de Cultura Económica. En ambos casos, lo memorable es lo que ellos dijeron y la forma en que lo dijeron.

También suelo evocar, agradecido, mi primer reportaje, pero por una razón diferente. Fue sobre un concierto, en Mérida, del conjunto musical «Los 4» -del Tecnológico de Monterrey- con el que cantaba (íy cómo!) Nido Zamudio. Carlos Menéndez Navarrete -hijo de don Abel y ahora director del Diario, entonces algo así como jefe de redacción- me hizo reescribirlo diez veces. Creo que fue en 1967. Escuela es escuela. A Carlos le debo al menos cuatro quintas partes de lo que como periodista he podido llegar a ser. Maestro, jefe, consejero, crítico, amigo, él no podría decir de mí con plenitud de justificación, lo que se dice que dijo alguna vez don Jacinto Benavente: «Bienaventurados mis imitadores, porque a ellos les criticarán mis defectos». Mis fallas como periodista no pueden atribuirse a él. Son propiedad plena mía.

La otra quinta parte del periodista que trato de ser siguió y sigue en titubeante gestación. Vicente Leñero, Alejandro Avilés, Manuel García Galindo, José Antonio Arce Caballero, Gerardo Medina, el García Márquez de «Relato de un náufrago», Indro Montanelli (no recuerdo dónde, en italiano siempre), Jean Daniel y Jacques Julliard (donde sea, pero en Le Nouvel Observateur), Jean François Revel (entre L’Express y Le Point), Jaime Ortega (colombiano, mi jefe en la Radio Suiu Internacional), Julio Scherer (amistad tan sincera como fructífera y tensa a partir de hace dos años) están allí, sí; pero como descubrió Freud, infancia ¿o nacimiento? es destino, y yo vi la primera luz periodística en el Diario de Yucatán. El de fines de la segunda mitad de los sesentas porque a pesar de que en 1968 fui a dar a la Ciudad de México, y en 1971 a Europa, seguí enviando o transmitiendo artículos a Mérida. Lo sigo haciendo hasta la fecha, por cierto. Y me han sido pagados puntual y generosamente como -a contrapelo de lo que don Abel me recetó a guisa de bienvenida al Diario- se me pagó semana a semana, desde la primera, mis trabajos. Yo no hago trato con periódico alguno sin poner como condición que lo que escribo vaya también al Diario. Porque me honra ser publicado allí. Porque me conserva unido a mis raíces. Porque las deudas de gratitud se pagan.

Del periódico diario se puede decir, parafraseando la definición antigua de universo, que es un hipercrucigrama en expansión cuya solución tiene que encontrarse, por medio de un trabajo colectivo diversísimo y complejo, en un tiempo no mayor de 24 horas. Un diario es un microcosmos de labores -manuales, técnicas, mecánicas, eléctricas, electrónicas, intelectuales, investigativas, artísticas, artesanales, culturales y espirituales- que han de diseñarse, coordinarse, ejecutarse y consumarse en un lapso brevísimo.

Trabajar así produce la satisfacción cotidiana y única de ver, oler, tocar, sentir de inmediato el resultado final. Ni el maestro, ni el industrial, mucho menos el agricultor gozan de prerrogativa semejante. Al periodista le basta esperar a que la rotativa vomite el primer ejemplar. Es algo que sólo podría equipararse a engendrar un hijo a las ocho de la mañana de un día, y disfrutar de la gracia de verlo adulto a las cuatro de la del siguiente. Todo diario es vida de un día. También muerte indolora y desafío cotidianos a la fecundidad más apremiante: habrá que hacer otra criatura en cuanto la anterior, al florecer, fenezca. No hay nada más viejo que el diario de ayer.

Un diario, en los años sesenta, cuando la decencia de la mala memoria no había sido sustituida por la infidelidad de la buena grabadora, era también una urdimbre de aromas: el de las máquinas de escribir, el de las bobinas de papel, el de la tinta, el de la fragua de los linotipos, el del café, el de los refrigerios, el de los cigarrillos que se consumían en los ceniceros, el del plomo de las galeras y el de las aleaciones metálicas de la Ludlow -la tituladora que sustituyó al cajista, sus plecas y sus placas-. Cada departamento tenía también sus ruidos propios: repiqueteo irrefrenable de los teletipos, campanilleo de las viejas «Remington» a cada llegada al margen, irregulares pero precisables rumores de los «Mergenthaler», ensordecedor bramido de la rotativa, secos frenos de los montacargas, soporífera letanía circular de los ventiladores, taconeo de las compañeras, rechinar de resortes en los respaldos de las sillas giratorias, acompasado rodar de las mesas de prueba cargadas con centenares, grises y densas líneas ágata…

Sé cuánto más limpia y más veloz es hoy una redacción. Pero las computadoras la han hecho también insonora e inodora. El periodismo diario es tal vez más sensacional ahora que antes. Pero es sin duda infinitamente menos sensual. Extraña mutación para un trabajo que seria impensable sin los sentidos.

Este es el primer capítulo de un libro que he empezado a escribir. No sé si lograré terminarlo. Ni siquiera sé cómo será el segundo. Pero tal el hecho de publicarlo me obligue a seguir construyéndolo. Lo imagino como un texto acerca de las relaciones entre el periodismo y la política, o quizás entre los periodistas y los políticos. Al tiempo.

La escritura, el box y Nietzsche

UNA ENTREVISTA CON BEN OKRI

UN FABULADOR QUE MUERDE

Silvia Lemus. Periodista. Esta entrevista es parte de un trabajo que ha realizado desde hace años conversando con diversas figuras de la cultura y la política internacional. 

Lo primero que uno ve cuando ve a Ben Okri son sus ojos, penetrantes y muy vivos; después, cuando habla, uno continúa viendo sus ojos, los de adentro, los que nos hablan de historias locales, pero universales. A los treinta y ocho años de edad, Ben Okri ya forma parte de la trilogía de los grandes escritores contemporáneos de su patria, Nigeria, junto con Wole Soyinka y Chinua Acheebe. Ganador del principal galardón literario británico, el Booker Prize, en 1991, Okri escribe, según un crítico inglés, «historias bellas, pero que muerden». The Famished Road, seguida de Songs of Enchantment, relatan la historia de Azaro, el espíritu-niño que tiene derecho de nacer y volver al mundo espiritual antes de hacerse adulto. Azaro, en cambio, decide permanecer en la tierra. ¿Por qué? Acaso -aunque el autor no nos lo dice- porque adivina algo que los hombres no alcanzan a ver: la infinita posibilidad del mundo.

Ben, uno de los libros más hermosos de la literatura contemporánea es The Famished Road, donde los niños son solamente espíritus que pasan por el mundo. ¿De dónde surgió una idea tan extraordinaria?

La historia del génesis de una novela suele ser muy larga y muy complicada. Creo que fue Thomas Mann quien se tardó dieciséis años en escribir su novela sobre José, y después escribió un libro sobre eso, de cuatrocientas páginas, solamente intentando investigar las raíces de la idea. Las raíces de The Famished Road son muy profundas, y algunas de ellas llegan hasta mi niñez, pero lo más importante lo podría dividir en tres partes. La primera es la leyenda viva de los niños «abiku», en Nigeria. En muchas partes de Africa occidental existen estos niños a quienes se les considera niños-espíritu, de hecho tienen diferentes nombres según la gente que los nombra. Son niños que, en cuanto nacen, mueren, porque no se quieren quedar, porque no les gusta del todo la realidad humana, porque ven el lío que han hecho los seres humanos y los adultos -sobre todo los adultos- con la sociedad, con las relaciones, con la historia. Ellos ya han estado aquí antes, y han visto guerras, desamor, desdicha crueldad, oportunidades desperdiciadas, fallidos sueños políticos. Y ellos realmente no son parte de eso, así que nacen y se regresan, y vuelven a nacer y se regresan, y se da un ciclo. Después de cierto tiempo, según la tradición -y porque estos niños suelen regresar con las mismas madres y con las mismas familias, como un destino que tiene que ser desenredado y vivido- la gente comienza a comprender este fenómeno, ellos ven al recién nacido y se dice: «ese niño parece conocido», e inventan métodos para reconocerlo si el niño regresa otra vez. Así que es una tradición muy profunda, pero lo extraño es que es tan penetrante en Nigeria y en gran parte de Africa occidental, que lo damos por sentado, casi cada familia tiene un niño abiku. Lo damos por sentado, es como vivir en una región montañosa y dejar de ver las montañas, o vivir en el desierto y dejar de ver el desierto. Fue Borges quien dijo que la mejor prueba de que el Corán fue escrito por árabes es que ahí no se menciona a ningún camello, son cosas que se dejan de ver. Así que es una tradición latente, y no sólo latente, también es poderosa, porque tenemos poetas como John Pepper Clark, Wole Soyinka e incluso Christopher (Keyber) que han escrito poemas sobre los niños abiku. El propio Christopher (Keyber) es un niño abiku; en su autobiografía, Wole Soyinka reconoce que es un niño abiku. El concepto de «niño-espíritu» yo lo inventé, no es «abiku», pero tenía que encontrar una transliteración poética para esa palabra, y al hacer eso, la noción de «abiku» se transformó de lo que era en algo distinto, ya que el niño abiku, en la mitología y en la vida de Africa occidental es un fenómeno bastante aterrador, como podrás imaginarlo si eres una madre y has dado a luz al mismo niño cuatro o cinco veces. Es una pesadilla. El niño aparece y dices «Dios mío, es el mismo niño…».

Y ese niño va a morir.

El niño suele rendirse. Es bastante complicado, ya que hay ciertas razones por las cuales el niño decide morir y ciertos factores por los cuales decide quedarse. Frecuentemente estos niños tienen a sus compañeros en el otro mundo, y suelen hacer pactos con estos compañeros, así que en cuanto nazcan van a regresar con sus amigos, sus colegas, sus cuates, allá, al otro mundo; así que tienen que cumplir su promesa, incluso si quisieran quedarse sus compañeros no los dejarían, los atraerían y seducirían lejos de la realidad. Lo segundo es que también hay cosas fuertes que ciertas familias pueden hacer para romper los lazos que estos niños tienen con el mundo espiritual, hay algunas cosas que se pueden hacer, y ocasionalmente el propio niño decide quedarse. Las cosas que se pueden hacer para romper los lazos son muy, muy complicadas. Sólo te doy los antecedentes de una parte de la historia porque son irrelevantes, todo esto es irrelevante en el sentido siguiente: cuando estaba escribiendo la novela nunca pretendía que fuera sobre los niños abiku como tales, porque no me interesa nada el material antropológico de este fenómeno; no quería escribir una novela que la gente leyera y dijera «qué lindo, ah, ¿así que esto practican en Africa occidental?, y esos niños, íqué extraño!». Eso no es muy interesante, porque después de haberlo oído una o dos veces la gente se duerme y se aburre, y acude a la lectura de otras prácticas en otras partes del mundo. Eso no es interesante. Lo que a mi me interesó fue la manera en que la mera existencia de ese hecho en la vida africana sugiere ya algo del marco mental y espiritual de la gente, que elimina la frontera entre la vida y la muerte. Significa, de inmediato, que la gente tiene una percepción del tiempo que es casi como un río, así que vida-muerte, los nonatos y los nacidos, los ancestros, todos son reinos de la existencia, co-simultáneos, en un mismo plano. No hay un reino allá arriba; así que cuando los padres mueren no van a ningún lugar, están aquí. Yo insisto en que desde el punto de vista africano los ancestros son universales, en el sentido de que si una familia africana se traslada a Canadá o a Groenlandia puede aun invocar a sus ancestros, incluso lejos de casa. En otras palabras, existe un reino universal, un reino elástico donde conviven los muertos, al igual que los nonatos, con nosotros. 

¿Así que las relaciones permanecen con los ancestros, sin importar a dónde se hayan ido?

No importa, se pueden haber ido a la luna o a Gales…

Los vínculos…

No sólo los vínculos, sino la presencia. Me he tardado mucho tiempo en darme cuenta de algo que siempre había sentido instintivamente y que está profundamente arraigado en mi gente, y que es la manera de percibir la realidad como algo mucho más vasto que el modelo occidental. Por ejemplo las divisiones entre vida y muerte: al momento de tumbar o disolver ese muro cambia totalmente tu manera de pensar, tu forma de vida es diferente, tu serenidad es diferente, tu actitud frente a la vida y la muerte son diferentes, muchas cosas son diferentes. Así que The Famished Road se convierte necesariamente en una novela en la cual los reinos, todos estos reinos de los muertos, los nonatos, los ancestros, el futuro, el pasado, el presente, lo visible y lo invisible, todo eso coexiste en este plano. Tenía que ser una novela que se paseara por todos estos reinos sin esfuerzo, no como resultado de un programa o una filosofía o algo que aportó alguna lectura, sino porque ésa es la manera instintiva y natural de ver al mundo que tengo en la sangre. Si eso lo observas desde el semiexilio, habiendo estado lejos de casa durante mucho tiempo, una gran parte de ti se habrá impregnado de esta estrecha tradición occidental que divide a la realidad, o a las cosas en general, y en la creencia de que lo que ves -paredes, mesa, silla, cámara, flores- son cosas reales. Cuando te has impregnado de esa tradición y empiezas a descubrir algo adentro de ti que se resiste a eso, que te incomoda y no te deja respirar, como una corbata muy apretada alrededor de tu cuello, asfixiante, entonces pueden suceder dos cosas: o la mente se apaga y te rindes ante esta manera de ver el mundo, y tu espíritu se reduce y queda encerrado en una jaula; o haces un viaje de liberación, de regreso a tus orígenes, y eso me sucedió a mí, y cuando hice ese viaje, una nueva vida, una nueva manera de ver la vida y una nueva manera de escribir brotaron de entre mis manos.

¿Qué edad tenías cuando llegaste a Inglaterra?

Vine por primera vez cuando tenía un año y medio. Mi papá me trajo porque vino a estudiar leyes (me trajeron, nunca pidieron mi opinión al respecto); estuve aquí durante cinco o seis años, luego mi padre terminó sus estudios, y como un verdadero patriarca, un verdadero africano viejo, quiso regresar. Para él la vida era Africa, así que regresó e insistió en que lo siguiéramos; lo triste fue que no escogió el momento oportuno, pues poco tiempo después de su regreso estalló la guerra civil, así que mi conciencia en parte lo culpa por esa guerra.

¿Y cuando regresaste?

Entonces sufrimos la guerra, que fue también una cuestión familiar. Tuvimos que desplazarnos mucho, yo perdí muchas relaciones y amistades. Casi pierdo la vida, mi mamá casi pierde la vida. Fue un periodo que tuvo un impacto muy fuerte en mí y al cual traté de olvidar durante diecisiete años porque era aterrador que se sufriera tanto. Y pasó el tiempo, y uno olvida, y porque uno olvida supongo que las heridas parecen cicatrizar. Estudié física y química, quería ser ingeniero, científico (las matemáticas eran mi fuerte en la escuela), pasó el tiempo, descubrí a Platón, discutía con mi padre cuestiones de filosofía y de leyes, y un día comencé a escribir. Fue uno de los días más inolvidables de mi vida.

¿Qué te hace escribir?

Es muy misterioso, porque vivíamos en una gran casa llena de relaciones, todos. En la vida africana casi se elimina el espacio privado, todo es muy social, siempre hay gente, casi no hay soledad. Yo quería ser ingeniero, tenía catorce años cuando terminé la escuela, fui a una entrevista y, al verme, los profesores me echaron, porque yo era muy pequeño. Así que tuve dos años de mi vida en los que leí filosofía y luego poesía y luego a los rusos, y luego a Gibbon, y de pronto tomé una pluma. Pero el día preciso en que comencé a escribir se yergue con mucha fuerza en mi mente, es uno de los parteaguas de mi vida -aparte de la guerra civil-, porque es el primer día que recuerdo en que la casa se vació por completo.

¿Por qué?

No sé, papá había ido a trabajar, las esposas habían salido, todos estaban fuera, y luego llovió. Creo que alguien allá arriba dijo «hagamos algo extraordinario».

¿Necesitabas la lluvia?

Necesitaba la lluvia, y llovió un increíble aguacero. Supongo que todos se quedaron atrapados afuera, y yo estaba adentro. Miles Davis había estado en la radio (con Kind of Blue), después pusieron a Mozart (Eine kleine nacht music), lo recuerdo exactamente. Yo estaba de un humor muy peculiar, sentado en una silla y mis pies apenas tocando el suelo, tenía un pedazo de papel frente a mí y dibujé lo que estaba en una repisa, después escribí un poema; espere un poco, luego vi el dibujo: deprimente; leí el poema y estaba bien, y desde ese día se me hizo muy claro que tenía que ser escritor. Después de eso escribí cien poemas y destruí noventa y cinco porque me parecían terribles, luego escribí cuentos y no mucho después escribí mi primera novela, que fue la prolongación de un cuento. Después de eso, de terminar mi primera novela, con los manuscritos en mi maleta, un par de pantalones y un pésimo par de zapatos, con una máquina de escribir que conseguí cuando me despidieron del trabajo, y una cámara que conseguí de igual manera, me fui, como todo joven soñador, a Londres.

El sueño y la realidad son inseparables en tus novelas, ¿llamarías a eso «realismo mágico», o simplemente imaginación?

Mi primera novela surgió de la inocencia de intentar escribir sobre la corrupción y el bien que coexistían en Nigeria. Crecí en una época, después de la guerra civil, en la que había mucha esperanza y mucha corrupción en la sociedad, corrupción política y cosas así. Así que mi primera novela fue, como muchas primeras novelas, un tipo de meditación sobre esos asuntos a través de la relación padre-hijo. Era naturalista, porque mis modelos habían sido Turguenev, Maupassant, Sommerset Maugham hasta cierto punto, los grandes poetas románticos y un poquito de la tradición africana. Como yo estudié ingeniería, no estudié ni leí mi literatura sino hasta mucho después. Así que mis dos primeras novelas están bastante insertas en la tradición naturalista. La segunda estaba más permeada por el deseo de ensanchar una realidad asequible -estoy citando a un buen amigo: ensanchar una realidad asequible: abrir el lente hacia la conciencia. Yo tenía veinte años cuando la segunda novela y luego sucedió algo extraño, supongo que la segunda novela agotó ese acercamiento, que había escrito hasta agotar mis posibilidades en cuanto a naturalismo se refiere. Hubo cuatro años de silencio, durante los cuales fui a la universidad, leí y pensé (pensé mucho). La mayoría de mis lecturas me llevaron a una extraña conclusión: estaba completamente insatisfecho con la realidad tal y como yo la percibía en la mayoría de las novelas occidentales: mientras la escritura era muy buena la realidad no me decía nada, porque era demasiado estrecha, y entonces comenzó ese viaje de regreso a los orígenes del cual te platiqué. Tuve que regresar, regresar todo el camino, no solamente a mi niñez, sino a la niñez de mis abuelos, que se filtraba dentro de mi a través de sueños y de los pequeños recuerdos que tengo de las historias que contaba mi padre sobre su padre y su madre, y de lo que mi madre contaba sobre sus padres. En esta investigación retrospectiva tuve que releer toda la literatura africana, toda la literatura, y en este regreso pasó algo muy extraño, me di cuenta de que nuestra realidad es completamente diferente a la de todos los demás, y no porque la mesa y la silla sean diferentes, o porque el sol sea diferente, o porque el bosque respira sino por dos razones particulares, que ahora puedo aislar y decir de la mejor manera posible. Una: me di cuenta de que en Africa todo habla todo sugiere la esencia de una historia, todo está contando una historia en Africa, desde una lagartija que pasa a tu lado, hasta un árbol silencioso, hasta un pájaro que te observa desde una rama. Todo habla, todo es una historia, un arte, todo está empapado de muchas más cosas de las que aparenta. Eso fue lo que más me golpeó cuando regresé a Nigeria después de haber estado lejos un tiempo, regresé al pueblo y noté que los arroyos eran más pequeños, que al propio bosque (al de mi niñez) nunca antes le había escuchado esas historias y esas melodías por la perspectiva desde la cual había aprendido a verlo, una perspectiva occidental y racionalista, según la cual al observar un bosque se ven árboles.

¿Qué viste cuando regresaste?

Cuando regresé, después de reaclimatarme y de haberme sumergido nuevamente en ciertas tradiciones y rituales, súbitamente vi que el bosque estaba poblado de seres, que era un lugar rico en seres, historias, reinos, dimensiones, fuerzas, poderes, ideas, filosofías. No eran nada más árboles, había estados de ánimo, cada árbol tenía su personalidad y su carácter, las aves no eran solamente aves, también eran otras cosas, otras personas, a veces personas que uno conoce, a veces personas que uno recuerda de su niñez. No era inocente, era lo que siempre ha sido, en la tradición. Lo segundo que me golpeó fue que, debido a esta apertura del lente (esta trompeta abierta) que ve a la realidad sin divisiones entre la muerte y la vida, todo el tiempo la vida misma toma el aspecto de la muerte, y por tanto el aspecto del sueño, y más allá del sueño, porque el sueño siempre conlleva un soñador, pero yo hablo del sueño sin soñador. Así que todas estas cosas se mezclan para formar un marco, y mi marco estético, de todas maneras, siempre ha sido espiritual, un marco espiritual poético. Todas esas cosas, más la tremenda fisicalidad del universo africano y la perpetua narración de historias: dos aspectos de la realidad africana que he aislado en un ensayo titulado «El placer de contar historias». Casi todo en Africa dice una historia, y cuando no dice nada es porque, en cierto sentido, ha muerto dentro de esta nueva conciencia, esta nueva era surgida del colonialismo, en donde algunos espíritus han sido totalmente conquistados, y ya no hablan.

Lleno de melodías…

Todo está lleno de melodías. Y para contestar a tu pregunta sobre si es realismo mágico, yo ni siquiera lo llamaría «realismo africano», porque creo que frases como esa limitan. Siempre he estado en contra de nociones como esa porque limitan a la cosa misma, prefiero que una manifestación no tenga nombre, para que así te golpee como tal. Diría que he sido afortunado al poder abrirme a la naturaleza misteriosa de la vida misma.

Has hablado de tus raíces nigeriano -africanas en tu literatura. Sin embargo pareces pertenecer a una manera universal de vivir el mito y la épica.

Sí. Yo siempre he dicho que el concepto del niño-espíritu en Africa, que hemos reconocido y le hemos dado un nombre -y no sólo un nombre, sino muchos rituales que lo rodean-, no es exclusivo de Africa. He recibido cartas de todo el mundo diciendo que también existe ese fenómeno ahí; cartas de gente irlandesa que dice que también ahí hay niños-espíritu, cartas de gente de Grecia que dice que también ahí hay niños-espíritu, cartas de gente de Alemania que dice lo mismo. En mi investigación de la literatura descubrí que esto era cierto. Un personaje de Goethe es en cierto sentido espiritual, es un niño que va en el lomo del caballo de su padre y ve al espíritu de la muerte, ve espíritus, ve seres que su padre no ve. Está en todas las tradiciones, lo que pasa es que la mayoría lo ha olvidado, han eliminado esta manera de ver por la excesiva victoria de la ciencia sobre la realidad -más que una victoria es una derrota, la derrota de la manera de mirar lo que es. Esas son las raíces, pero, como con los árboles viejos, uno no sólo se alimenta de raíces, sino de las ramas y las hojas, y en mi caso yo también me he enriquecido al leer, bueno, a casi todos. Todas las tradiciones.

Me pregunto si las madres de los niños abiku se entristecen cuando se van; o se alegran porque regresan a su mundo espiritual.

Es devastador, ninguna madre quiere perder a su hijo -aunque cosas extrañas suceden en estos días-, en circunstancias normales ninguna madre desea eso, es algo trágico. Por eso dije que la cuestión de los niños-espíritu, el fenómeno abiku, es un fenómeno trágico, no sólo es deprimente o aterrador, es la gran condena que los nonatos nos lanzan a nosotros, los vivos, por lo que hacemos con la sociedad, con nuestras posibilidades, con la vida humana, por nuestro fracaso al amar, por no poder superar nuestras amarguras, nuestras estupideces, por no poder ser mejores que nosotros mismos. Para mí, ese es el fundamento emocional: el hecho de la tremenda condena de estos niños, que nacen, ven la realidad humana y dicen «ustedes han fracasado». La vida humana puede ser mucho más hermosa. No estamos hablando del paraíso, eso es pedir demasiado, pero podría ser mucho más armoniosa; nosotros los seres humanos somos ricos en posibilidades, hay muchas cosas que podríamos hacer con nuestras vidas y unos con otros en la organización de la sociedad. Así que es esa condena al fracaso de la realidad humana y a sus posibilidades; eso por un lado, por otro lado está el recordatorio de que los sueños más antiguos de la gente siempre quedan insatisfechos, por eso los niños abiku son una especie de recordatorio. Pero en Nigeria, en términos del Africa occidental, el fenómeno abiku es trágico y aterrador. Esta realidad al mismo tiempo es un mito: es tan real y tan penetrante que ya nadie lo nota. Es extraordinario. Si yo no hubiera estado lejos de casa no lo hubiera notado (me han preguntado muchas veces si yo soy un niño-espíritu, pero eso es completamente irrelevante, el hecho es que no lo hubiera notado si hubiera estado en casa). Pero es un fenómeno aterrador. Los niños abiku son vistos, no como malos…

¿Cómo ángeles?

No son ángeles como tales. Algunos de ellos son muy negativos, inclinados hacia la muerte. Algunos son muy hermosos, con rostros rodeados por cierta melodía de muerte. Al crecer, estos niños crean un aura a su alrededor, es la manera en que la gente los trata, la manera en que la gente reacciona con ellos.

¿Así que pueden vivir?

Dadas ciertas circunstancias sí, pueden escoger la vida. Así que dos cosas pasaron con The Famished Road. Una, tomo este mito oscuro, negativo, trágico y aterrador y le doy la vuelta y lo hago un mito luminoso, porque de sus dos lados la sociedad siempre se concentra en el negativo, y lo que yo noto es que la sociedad se concentra en lo que tiende a su creación, en sí misma. Así que si te concentras en el lado negativo de un mito, ese lado negativo permea a la sociedad. Yo quería -debido a mi sueño eterno, a mi deseo de regeneración de las sociedades, de regeneración del estado humano- tomar ese mito y observar su lado luminoso, porque lo tiene: es un lado hermoso que es la serenidad ante la muerte, y serenidad ante la muerte significa que la vida se expande mucho más y se vuelve mucho más hermosa, de ahí ese «lado mágico» del cual habla la gente, pues en el momento en que adquieres esa familiaridad con la muerte ya no tienes, realmente, terrores que te rodeen, y con el niño-espíritu, con Azaro, lo más importante es que él era para mí un héroe fundamental, porque mientras la mayoría de ellos decide morir, él escoge la vida, y lo hace por el rostro de su madre. Escogió vivir en condiciones de sufrimiento y de muchas dificultades, donde no se garantizan lujos o ninguna de las cosas que los niños espíritu desean normalmente. Quería estar en los dolores y sufrimientos de la Tierra para hacer feliz el rostro de su madre.

¿Quién fue el modelo de Azaro? ¿Tenías un modelo?

No, no tenía modelo, Azaro apareció por sí solo.

Vino con la escritura…

Apareció en un tono de voz. Con The Famished Road, lo más importante y difícil para mí fue encontrar un tono de voz. Tenía que ser un tono de voz que lo viera todo con igual serenidad: la tragedia, la comedia, la gran alegría, la gran desdicha, el amor, el odio, la guerra, la amargura, el perdón, la piedra, la estrella, el agua, todo con una misma gracia y un sereno tono de voz, debido a esa familiaridad con la muerte. Una vez que se remueve el oscuro reinado de la muerte y este niño decide vivir por primera vez, entonces la vida se convierte en la primera gran aventura, y todo en ella brilla, todo está ungido por el milagro, porque ha decidido vivir por primera vez. Todo es nuevo, así que un pedazo de madera tiene luz estelar, incluso la propia infelicidad tiene un cierto brillo interno, y ése es el tono que quería conseguir. Ese tono que a veces da la trompeta de Miles Davis, ese tono que es un regreso a los orígenes de mi escritura. Ese tono, esa serenidad, aceptación, falta de miedo, tristeza, gozo, todo mezclado.

Continuaste hablando de Azaro en tu nuevo libro Songs of Enchantment.

Escribí The Famished Road bajo circunstancias extremas, y en parte para salvar mi propia vida. No sé los demás escritores, pero para mí escribir tiene que ver siempre con tres cosas, tal vez cuatro. La primera, y el fundamento más importante para mí, es el sufrimiento. No puedo alejarme de ese hecho. El sufrimiento humano, lo que se hace la gente entre sí, las sociedades, el dolor, la angustia, la miseria, ese sufrimiento innecesario y estúpido causado por gobiernos, por personas, por la ceguera individual, por no poder ser mejores que nosotros mismos, todo eso, la pobreza, todo, es fundamental para mí y no puedo evitarlo. La segunda cosa supongo que es la injusticia, la injusticia continental de Africa y de la gente negra en este mundo, la injusticia sufrida que continúa, una especie de música de fondo que tampoco puedo evitar. La tercera cuestión, en ascendencia, probablemente la más importante, es el deseo perpetuo de regeneración, el regreso a la semilla, volver a conectarnos a lo mejor de nuestros sueños primeros, así sean de razas o de personas, el sueño primero, la mejor parte de nuestros sueños, la mejor parte de nuestro marco humano, un deseo de regeneración, de regresar al principio; supongo que la cuarta cuestión es el reino espiritual, y por lo tanto el gozo. Escribí The Famished Road bajo un tremendo sufrimiento y bajo tremendas dificultades; para transformar mi vida, en parte, porque en algún momento descubrí que llevas a cuestas los fracasos de tu nación y de muchas otras cosas, muchas otras cargas, y entonces tienes que redimir esas cargas dentro de ti para agregarle algo al mundo, un poco de luz antes de morir. No puedo hablar por otros escritores, pero para mí es importante, lo tengo que hacer. Entonces el sueño se terminó con The Famished Road, y descubrí, cuando pasó algún tiempo, como lo dijo un francés, que las épicas tienden a soñar su sucesión, y me di cuenta de que la historia de Azaro estaba incompleta, porque sólo había hablado de lo luminoso y de la parte temprana de su aventura en la realidad, y no había hablado lo suficiente -y por tanto con más verdad- del lado oscuro que uno encuentra en la realidad. Porque la realidad es dos lados, como noche y día, y la maravilla temprana, la magia temprana, el gozo temprano tenían que ser enfrentados como una especie de Edén, pero está la vida humana y sus miserias, y sus vilezas y sus estupideces. Yo tenía que enfrentarme a eso porque parte de la condición del niño-espíritu es una perpetua atracción y seducción de la muerte, de regresar al otro mundo. Mientras más vive, mientras más se aventura en la vida, más fuerte es el imán de la muerte. Es inevitable, y por tanto las fuerzas oscuras contra las que tiene que pelear para seguir viviendo son el origen de su historia heroica, que se hace más heroica cuando se enfrenta a fuerzas más poderosas que lo atraen hacia la muerte. Yo me tuve que enfrentar a eso, y Songs of Enchantment se me impuso.

Es un esfuerzo más fuerte entre la literatura y tú. Quisiera pasar a otro tema que te concierne y que está completamente en otro nivel. Eres un gran admirador del box, has entrevistado a Cassius Clay, o Muhammad Ali, y a otros famosos boxeadores. ¿Por qué ese interés?

Primero quiero aclarar que no soy un hombre violento, eso se nota en mis nudillos.

¿Lo has intentado?

Cuando era mucho más joven, en la escuela -cuando dejé Inglaterra y regresé a Nigeria-, ingresé a la escuela demasiado temprano, y entonces, en secundaria, me descubrí estudiando con gente que a veces doblaba mi edad, y a veces mi tamaño, personas que tenían hijos, que ya eran padres. Lo que quiero decir es que me molestaban en la escuela. se peleaban conmigo, y eso me molestaba.

Así es la sociedad inglesa, ¿no?

No, esto ocurrió cuando regresé a Nigeria No, aquí me molestaban mis amigos, pero eran de mi tamaño y yo podía responder, eso está bien. El problema es cuando te molestan los más grandes. Supongo que al principio me salvaba de las peleas hablando, contando historias, pero después de un poco dejó de funcionar, y tuve que buscar medidas más extremas, y me interesaron las artes marciales. Unos amigos me enseñaron kung fu, era el tiempo en que el gran Bruce Lee llamaba la atención del mundo y de nosotros los niños (el cine era nuevo, Bruce Lee era nuevo). Una cosa llevó a la otra y me interesaron las artes marciales, y debo confesar que eso impactó un poco mi manera de ver las cosas. Uno de los grandes preceptos de las artes marciales, al estudiarlas, especialmente desde pequeño, es que uno debe estar absolutamente alerta todo el tiempo, incluso cuando estás frente a un contrincante y haces la reverencia tradicional no le quitas los ojos de encima; cosas básicas como ésa y los reflejos. En lo que respecta a la escritura lo más importante que eso me dio fue una manera muy tranquila y firme de leer lo que sucede en cualquier momento dado, porque si malinterpretas un momento te pueden romper la quijada, básicamente.

Hubo otro escritor, un argentino, Julio Cortázar, que también gustaba mucho del box, ¿sabias eso?

No, no sabía. ¿Era buen boxeador?

No creo que fuera buen boxeador, pero también tenía un gran interés por el box y por el jazz.

Es una buena combinación. El jazz es el jazz, si te quedas dormido o tu mente se distrae por un segundo, adiós, ya no estás ahí se requiere de una alerta casi eléctrica.

¿Eres musical?

No creo tener ningún talento musical, cuando toco la trompeta se mueren las moscas.

Ben, tú también has estudiado la filosofía de Nietzsche. ¿Cómo se mezcla todo, la escritura, el box y Nietzsche?

Me interesa la filosofía como un todo, no es sólo Nietzsche. Como dije antes, yo di con la literatura a través de Platón. De hecho, si quiero ser sincero, mi primer acceso a la literatura fueron las historias que me contaba mi madre, y no sólo ella, mi tradición es una tradición de contadores de historias. Si tus padres querían ilustrar algún punto, te contaban una historia. Podría contarte miles de historias con moraleja, pero no se trataba de descubrir sólo la moraleja principal de la historia, sino cuatro o cinco más escondidas en ella. Así que la tradicion de contar historias fue muy importante en mi formación. Esa división platónica del mundo real y el mundo ideal y esas formas ideales, creo que hasta cierto punto se pueden ver sublimadas en The Famished Road. Creo que la gran imagen o metáfora que ha tenido un gran impacto en mi imaginación es la historia de Platón sobre la caverna, que es muy famosa, pero para mí descubrir eso a los catorce o quince años significó un impacto enorme. Quiero decir que después de eso no pude creer enteramente, ni confiar en lo que se describe como «realidad ortodoxa»; después de ese encuentro con Platón no podías aceptar que lo que los demás decían que era real era todo lo que la realidad era. Se instalaba esa duda en tu cabeza: que la realidad es mucho más de lo que percibimos, de lo que de hecho vemos. Eso se refuerza con la tradición africana, y se refuerza con mi amor por Shakespeare y con mi propia experiencia. Así que Nietzsche llegó mucho después. Nietzsche es un amigo reciente.

¿Te consideras un escritor provocativo?

¿Qué quieres decir con provocativo?

En el sentido de que consigas que la gente reaccione de manera extrema.

No, no creo. Creo que luchar y pelear con el misterio de la vida inquieta lo suficiente, sólo por el hecho de hacer eso. En mi experiencia -y debo decir que, frente al universo y a los millones de personas de este planeta, mi experiencia es muy limitada he descubierto que moldeamos a la realidad según un molde tolerable, así que estamos limitando a la realidad- no únicamente la realidad de lo que percibimos, también la realidad de nuestra propia conciencia, la verdad de nuestras vidas. Así que con sólo tratar, en una novela, de alcanzar más la realidad: eso sólo provoca inquietud, uno no necesita intentar inquietar o intentar ser provocativo. El solo intento de ver las cosas como son, de ver un poco más de lo que uno es capaz de ver, inquietará a la gente, por la resistencia natural que todos tenemos frente a la realidad, frente a la «verdad». No me considero un escritor provocativo, sino que tal vez, en una o dos áreas, uno es un escritor no tanto provocativo, sino uno que insiste en el golpe. Y esas áreas tienen que ver con la justicia y el individuo en la sociedad.

Alguien escribió que leer a Okri era como hablar con alguien que tiene un secreto. ¿Tienes un secreto?

Deberías preguntarle a esa persona.

Pero él habla de alguien que él cree que tiene un secreto.

No sé, no estoy tan seguro de que haya secretos, y si los hay no pueden guardarse, pero tampoco expresarse. Creo que si hay secretos en ese sentido, están en la sonrisa escondida de algo que no se puede expresar, porque sólo tiene que ser, y que está en contacto con algo que fluye, una especie de eternidad. Estoy pensando en uno de mis secretos favoritos, que es la sonrisa de David, esculpida por Miguel Angel. Si la ves desde abajo es una sonrisa, si la ves desde arriba es ansiedad.

Te conocimos viendo cuadros en el Museo Fitzwilliams de Cambridge. Dos preguntas, ¿cómo te relacionas con la cultura occidental? Y ¿qué pinturas ves con el ojo de la mente?

Haces preguntas muy difíciles. Para empezar, creo que siempre ha existido una relación complicada entre la cultura occidental y, digamos, la africana o la hindú, donde sea que haya habido interacción colonial, porque ésta trae consigo la imposición de otra manera de ver el mundo, y uso la palabra imposición porque trae consigo la insistencia de que sólo su manera de ver el mundo es válida, y que las demás no lo son. Lo primero que hicieron los europeos cuando llegaron a Africa fue destruir el trabajo artístico, quemaron -tengo un poema sobre esto- esculturas fantásticas, y quemaron las primeras pinturas, los grabados y el trabajo en bronce. Ese fuego es simbólico, porque lo que está diciendo es «queremos destruir tu manera de ver el mundo e imponer la nuestra; tu manera no es válida». Así que por supuesto que hubo, y en muchos lugares todavía hay, esta concepción antagonista de la cultura occidental. Yo creo que eso está mal. Coincido con Montaigne en que cualquier cosa que el ser humano haya pensado me interesa, porque me dice algo del marco humano y de la elasticidad humana. Así que a mí me interesa todo, considero a toda la cultura humana como mi dominio, porque estoy aquí, en este planeta. Es una obvia cuestión de coexistencia, nací, estoy aquí en el planeta, así que el planeta también es mío, y lo acepto todo como mi herencia, al igual que las estrellas y las constelaciones lejanas, y las eras no escritas. Lo recibo todo, pacíficamente. Una vez dicho esto, si Llevó bastante tiempo, porque en la tradición africana, en los últimos cincuenta años, ha habido una batalla contra la tradición occidental. Se ha intentado sacarla debido a ese antagonismo, y la gente exageró. Creo que eso afectó y dañó a ciertos artistas, porque si te alimentas de lo mismo después de un tiempo ya no creces tan bien. Es ridículo. Es como un árbol que dijera que no se va a alimentar de cierta brisa porque viene de Finlandia o de Estados Unidos, o que no va a tomar agua del subsuelo porque esa agua quizá viene de Europa. Es absurdo. Mejor déjate alimentar de lo que te alimenta. Sobre la pintura: me encantan las pinturas, porque las pinturas no son sobre la realidad sino sobre las posibilidades de la realidad. Creo que es lo primero que uno debe comprender sobre las pinturas, que nunca son sobre la realidad y que por eso la pueden cuestionar. Eso me ayuda mucho como escritor. Uno debe cuestionar siempre a la realidad, uno nunca debe ceder a una paz fácil, uno no debe hacer contratos con la realidad, ni acuerdos en donde ambos cedan un poquito. Con la realidad no se tiene un Campo David, ni se tiene un cese al fuego: debe haber un perpetuo cuestionamiento y una perpetua lucha y un perpetuo soñar, porque la vida es como un río. La pintura es la única forma que conozco que cuestiona a la realidad de una manera tan directa y tan poderosa, y en ese sentido es una filosofía silenciosa.

Muerte en el paraíso

¿Qué pasa en Ruanda? ¿Qué significan las matanzas a gran escala, las luchas por el poder y la acción de la buena conciencia occidental? La realidad africana -dice Kapuscinski- está fuertemente imbricada con la historia reciente de Europa y sus expolios políticos.

Esta es la versión editada del texto que apareció en Letra Internacional (No. 35) y que es a su vez un extracto de una conversación entre el editor alemán Frank Berberich y el autor de El emperador y de numerosas crónicas africanas.

Hace más de treinta años que se inició una guerra civil en esta región de los grandes lagos del Africa negra. Desde 1959, Ruanda y Burundi han sufrido ya cinco o seis masacres. Ya en 1965 se produjo una terrible masacre, otra en 1973, y otra, más tarde, en 1990. Las proporciones de la matanza de 1994 son extraordinarias. Pero no es sorprendente. Sin embargo, la prensa internacional trató la masacre de 1994 como una gran sensación, como un trauma, como si fuera la primer noticia que se tiene de la existencia de este conflicto y de que provoca muertes.

Ruanda es un pequeño país de 26 mil kilómetros cuadrados de extensión y aproximadamente 7 millones y medio de habitantes: menos del 1% de la población total africana. Pero la prensa transmite la impresión de que todo Africa estuviera presidida por la masacre, el asesinato y los refugiados. En Ruanda se ha producido una matanza espantosa: pero eso ocurrió en un lugar muy concreto del continente. La impresión de «íasí es Africa, así son los africanos!» es totalmente errónea.

Por lo demás, se presenta un conflicto enteramente político como un conflicto de carácter étnico, lo que revela una actitud poco menos que racista. Como si nos trasladaran a lo que fue la etnografía y las ciencias sociales de fines del siglo XIX, como si se pudieran borrar cien años de evolución científica. Uno tiene la impresión de que los estúpidos y necios africanos fueran incapaces de solucionar un conflicto político: como si en esta parte del mundo sólo fuera posible asistir a enfrentamientos tribales. Aquí opera de un modo inconsciente la idea de que Africa es incapaz de crear ideas o de solventar los modernos conflictos políticos que se derivan de la dicotomía opresión-democracia. Sólo quedan desnudos miembros de tribus llenos de odio que se matan entre sí, íy nadie habla de las causas!

La guerra de Ruanda no es una guerra tribal. Se trata, fundamentalmente, de un conflicto político con ciertos matices étnicos. Se trata de un conflicto característico del mundo moderno, de la lucha entre dictadura y democracia.

RUANDA: TRASFONDO COLONIAL

El régimen que detentaba el poder en Ruanda era esencialmente resultado de la época colonial. Es preciso tener en cuenta la situación geoestratégica de Ruanda para entenderlo. Ruanda linda con Zaire, el antiguo Congo belga, el país más extenso del Africa tropical, y Zaire es extremadamente rico en materias primas y recursos propios.

La situación histórica es la siguiente: en el año 1960 se independizaron 17 estados africanos, 13 de habla francesa y 3 de habla inglesa La mitad de Africa se descolonizó, y el año 1960 entró en la historia como el «año de Africa». Fue la época del giro histórico decisivo en Africa, un tiempo lleno de agitación.

El poderoso movimiento independentista africano sorprendió por completo a la cúpula colonial del Congo. Los ingleses y los franceses llevaban mucho tiempo preparando el traspaso de sus colonias a los africanos, bien por vía constitucional, como en el caso de las colonias británicas, o bien mediante referendos, en las antiguas colonias francesas (con la excepción de Argelia). Los belgas se sentían muy seguros, y su primera reacción fue una especie de ofensa emocional. Pero tuvieron que ceder a la presión de la evolución internacional. Se rigieron por la decisión del presidente francés, De Gaulle, y concedieron la independencia a las colonias.

En el último momento, sin preparativos ni consultas, decidieron entregar el poder a los africanos y convocar a elecciones. Todo ello ocurrió en un lapso de seis meses. En ese tiempo se fundaron más de cien partidos africanos, que participaron, en su totalidad, en las elecciones. Se trataba de una comedia. Al principio, los belgas estaban convencidos de que los africanos acabarían reconociendo que eran incapaces de gobernarse y esperaban que se les invitase a regresar.

Patrice Lumumba, un joven y entusiasta luchador por la independencia y líder del principal partido, el Movimiento Nacional Congoleño, fue elegido Primer Ministro con toda legalidad. Lumumba desplegó toda la retórica antiimperialista y anticolonialista de la época, y sus primeros discursos ante el Parlamento aterrorizaron al mundo occidental. Tras la declaración de independencia del Congo, el 30 de junio de 1960, las unidades especiales, Forces Publiques, se alzaron contra él. Lumumba solicitó ayuda internacional, los rusos reaccionaron de inmediato y enviaron a varios centenares de supuestos asesores -no tropas- a la capital, Leopoldville (la actual Kinshasa). Occidente pensó que los rusos pensaban invadir Africa. Simultáneamente se produjo la intervención de las Naciones Unidas, también a instancias de Lumumba. El presidente de las Naciones Unidas, Dag Hammerskjöld, fue asesinado, y las circunstancias de su muerte aún no han sido aclaradas.

Lumumba no llegó a ejercer el poder. No tardó en ser apresado por tropas de Tchombe, el Parlamento fue arrasado: nadie podía escucharle. No había gobierno ni autoridad. Le torturaron y poco después le mataron por indicación de los belgas. Los supervivientes del gobierno de Lumumba pudieron huir, encabezados por Gizenga, partidario de Lumumba, a Stanleyville (la actual Kizangani), en el Congo ecuatorial -la mayor provincia oriental-, y se declararon único gobierno legítimo. Los rusos, también los egipcios y otros representantes de la izquierda del Tercer Mundo, trataron de establecerse en Stanleyville. A éstos se opuso el gobierno nombrado por Kasawubu, cabecilla de la tribu tradicionalmente dominante de los bakongo, que se proclama presidente. En medio de esta gran confusión comenzó la guerra civil.

En el transcurso del verano y el otoño, la población civil belga abandonó en masa el país. Huyeron en camiones y coches en todas direcciones, presa del pavor y en medio de la más completa confusión. Era un pánico injustificado, pues los civiles belgas no estaban amenazados; se trataba únicamente de una psicosis derivada de la mala conciencia del colono que se imagina torturado, violado y asesinado por los negros.

De esta forma se derrumbaron las estructuras básicas de la colonia belga.

BELGAS, TUTSIS, HUTUS

Una parte de los belgas pensó en ese momento en retirarse a los territorios bajo mandato belga, a Ruanda y Burundi, administrados por los belgas desde hacía 50 años, eran territorios relativamente tranquilos. Allí esperarían a que se normalizara la situación en Zaire, para luego regresar.

Los belgas aplicaron políticas diversas en cada caso. En Burundi, los cabecillas tutsis siguieron controlando la situación, pues contaban con un ejército fuerte, hasta 1993, cuando por primera vez se eligió, en las primeras elecciones libres de la historia de Burundi a un hutu como presidente. En Ruanda la evolución fue otra. Los tutsis, gobernados por su rey Charles Mutara Rudahigwa, eran muy poderosos. Muchos de ellos eran personas muy preparadas, algunos habían estudiado en París, y aspiraban a la independencia. Los belgas creyeron que no lograrían gobernar Ruanda mucho tiempo. De forma que apoyaron a los hutus en su intento por ocupar puestos relevantes en el poder. Los tutsis se opusieron. Estalló la primera guerra civil. Los hutus se rebelaron contra los tutsis, asesinaron al rey y tomaron el poder, dirigidos por Grégoire Kayimento; los hutus gobernaron el país, pero entre los propios hutus había terribles enfrentamientos.

Ruanda es un país montañoso. En cada valle, en cada colina, vive un clan distinto. Los hutus del noroeste eran más ricos, los hutus del sureste procedían de la región más pobre de Ruanda. Al igual que ocurre hoy en Somalia, varios clanes luchaban por el poder. Kayibanda pertenecía a los hutus del sur. En 1973 se produjo un golpe de Estado contra Kayibanda encabezado por su ministro de defensa Juvénal Habyarimana. Este y su clan tomaron el poder que, con ello, pasaba a manos de un hutu del norte.

A finales de los años sesenta, comienzos de los setenta, se produjeron en Africa de cinco a siete golpes de Estado. Esta generación de políticos -casi todos intelectuales formados en Europa que tomaban posesión de sus cargos tras abandonarlos las potencias coloniales- entró en crisis. Entre tanto, se fue creando una clase de dirigentes más jóvenes, locales, con formación militar. En la clase política africana se había extendido ya la corrupción y, bajo la bandera de la lucha contra la corrupción, los militares accedieron al poder en prácticamente todo el continente -Zambia, Tanzania y Costa de Marfil constituyen las escasas excepciones-. En este proceso de militarización de la vida política se encontraba también Ruanda. Cuando Habyarimana fue elegido presidente en 1973 era muy joven, tenía sólo treintaicinco años. Instauró un régimen dictatorial, un dominio de clan. Se mantuvo en el poder durante veinte años, convirtiéndose así en el presidente africano que detentó el cargo durante más años.

AMIN, BOKASSA, HABYARIMANA

Ruanda es una provincia remota. Sólo pocos foráneos suelen llegar hasta ella. Nadie se interesaba entonces realmente por países tan alejados. Los dictadores de esta región aprovechaban el aislamiento como escudo, aplicando así en sus países el típico dominio caciquil. Como Milton Obote o Idi Amin en Uganda, como Bokassa en Africa Central. Habyarimana era más inteligente que éstos. Amin y Bokassa eran una especie de sanguinarios personajes de comic que sirven de entretenimiento. Habyarimana era distinto, tranquilo y reposado; se presentaba como un militar serio y no hacía declaraciones escandalosas. Por eso a nadie se le ocurrió pensar que encarcelaba a gente, que la torturaba y la mandaba asesinar, y él evitaba cuidadosamente que se supiera. Nadie sabía realmente lo que ocurría en Ruanda, excepto un par de extranjeros en viajes de negocios que aparecían regularmente por ahí, algunos propietarios extranjeros de plantaciones, y los misioneros.

Ruanda representa el gran fracaso del proyecto misionero cristiano en Africa Ruanda era el país con mayor presencia misionera de todo el mundo, prácticamente no había un pueblo sin iglesia, en todas partes se encontraba uno a misioneros, supongo que tendrá algo que ver con el magnífico clima de Ruanda… Y en este país estalló esta orgía de odio salvaje, brutal.

También había en Ruanda un par de particulares blancos que vivían allí como en el edén. Venían para disfrutar del país hasta el final de sus días. Una mañana me desperté en una de esas plantaciones -había dormido en un chalet requisado de uno de los propietarios afectos al gobierno, y trabajaba en el frente-, me acerqué al porche, contemplé esa Ruanda increiblemente bella y pensé: íEsto es el paraíso! Este maravilloso clima, esta verde Ruanda, repleta de árboles, flores, riachuelos, lagos, pequeñas cascadas, cómodas carreteras. Un ensueño…

EL CLAN PRESIDENCIAL

En Africa, el poder, aunque sea a una escala reducida, significa por definición riqueza material. Cuando un africano decide ser ministro, su móvil es enriquecerse. Esto resulta allí completamente natural. El clan de Habyarimana estaba hambriento de poder, era cruel y totalmente corrupto.

El presidente era su emblema, el showman. Pero quien gobernaba era su esposa Agata. Es la organizadora de esta matanza masiva.

Agata Habyarimana no detentaba oficialmente ningún cargo político, pero era el líder visible y reconocido del clan. Era una excelente política y controlaba también las conexiones internacionales del país. Agata urdía las intrigas y organizaba la corrupción. Sus hermanos, hermanas y primos utilizaban su situación como esposa del presidente para acceder a importantes cargos desde el punto de vista económico. En Kigali había un solo hotel… que pertenecía a su hermano. El clan era increiblemente rico. Poseía plantaciones, fábricas, bancos, fincas enormes, dominaba la industria del oro. Todo estaba bajo su control. Y llevaban una vida fantástica.

Esta corrupción no es nada comparada con las sumas que se manejan en los países occidentales, pero en el entorno de las sociedades pobres africanas se trata de fortunas nada despreciables.

Aprovecharon las extensas ramificaciones del clan para conceder a los parientes toda clase de cargos y poderes: el mando militar, la policía, la propaganda, la administración. Así pudieron gobernar el país entero. Sobre todo durante los últimos años de gobierno de Habyarimana, esta estructura de clan familiar medieval equivalía prácticamente a la de una dinastía bizantina, y constituía la base gubernamental.

Gracias a sus métodos dictatoriales, el clan Habyarimana logró mantenerse en el poder durante veinte años. Sin embargo, desde hacía algún tiempo había un problema muy importante. Al ascender Kayibanda al poder, se produjeron masacres de las clases dirigentes tutsis. A algunos los mataron, otros huyeron. De cuando en cuando surgía un movimiento de resistencia, a continuación se organizaba una nueva matanza de los miembros de la oposición, y otro nuevo grupo se veía obligado a emigrar. De este modo fue formándose lentamente en los estados vecinos -Zaire, Burun M, Uganda y Tanzania un cerco de importantes colonias de emigrantes. Estos fugitivos apelaban una y otra vez a la comunidad internacional y a las Naciones Unidas para que les ayudasen a regresar. Sus llamadas no tuvieron el menor efecto. Así vivieron durante diez, veinte años en campos de refugiados.

En 1981, Museveni organizó en la vecina Uganda su movimiento guerrillero democrático contra el régimen corrupto y represivo del segundo mandato de Milton Obote. Algunos miembros de las generaciones más jóvenes de refugiados ruandeses se incorporaron a esa guerrilla. Lograron derrocar a Obote. Okello sustituyó a Obote, pero la corrupción no fue menor. Los enfrentamientos duraron cinco años, y los refugiados se convirtieron en soldados profesionales, oficiales del ejército. Ocuparon cargos dirigentes y desempeñaron un papel decisivo en la lucha por la liberación de la capital, Kampah. Museveni se convirtió en presidente de Uganda. Pero muchos de esos refugiados seguían pensando en regresar a Ruanda.

La lucha por la liberación comenzó así fuera de Ruanda, pues en el propio país, con su policía y su red de espías, hubiera sido imposible. En el mismo seno de la organización de Museveni se creó una organización política y militar, el Frente Patriótico Ruandés (FPR). Paul Kagame, comandante militar del FPR, dirigía el servicio secreto militar del ejército de Museveni tras prepararse en una academia militar americana. En ningún documento del anterior gobierno ruandés hay la menor referencia a la ingerencia de Museveni, o de Uganda, en la política del país. Museveni actuó con gran cautela, no quería verse involucrado en este conflicto, al menos oficialmente. La guerrilla procedía de Uganda, ¿de dónde si no? Habyarimana ejercía un control absoluto sobre más de 40 mil personas. Para derrocarle era necesario crear un gran ejército, de otro modo no habría la menor posibilidad.

En octubre de 1990, en la pacífica frontera norte, comenzó la lucha armada. El régimen ruandés no se lo esperaba, y el ejército liberador logró abrirse paso rápidamente por las excelentes carreteras hacia Kigali, que sólo se encuentra a 160 kilómetros de la frontera. Habyarimana fue presa del pánico, pues estaba claro que le derrocarían. Llamó en su ayuda a los franceses, que llevaban ya tiempo esperando que lo hiciera. Tenían bases militares en Zaire, junto a la frontera ruandesa, y necesitaban una llamada de auxilio oficial para inmiscuirse, pues de otro modo se les podría acusar de intervención.

LOS PREPARATIVOS DE LA MASACRE

Al acudir entonces los franceses en ayuda de Habyarimana, el FPR se detuvo a las puertas de Kigali, pues no se sentía a la altura de las tropas francesas. Se replegó y definió una línea de compromiso, una «zona gris», la que separa los territorios liberados y los controlados por el gobierno ruandés. Aquí se fraguó la tragedia a la que ahora asistimos. 

Los procesos políticos o históricos inconclusos resultan extremadamente peligrosos. Las situaciones más terribles se crean a raíz de las revoluciones detenidas, las guerras civiles inconclusas, o los bloqueos históricos. Pues las fuerzas en el poder se sienten amenazadas y se ven obligadas a reaccionar. Están amenazadas, pero no han sido vencidas. Esa es la peor situación que pueda imaginarse, una ley histórica general que la historia de Ruanda no ha hecho sino corroborar innumerables veces. El clan dominante se sintió amenazado, pero aún detentaba el poder. Y, en el seno de este mismo grupo había -como ocurre tantas veces en la política- dos ramas distintas. Una vez que el FPR se hizo con el 30% del país, surgió un grupo muy reducido que decidió colaborar con el ejército de liberación. Los miembros más radicales del gobierno rechazaron de plano las negociaciones.

Pero, tras treinta meses de guerra, y presionados por la comunidad internacional, ambas facciones se reunieron en Arusha, un pequeño pueblo junto al lago Victoria, en Tanzania, y llegaron a un acuerdo: debía formarse un nuevo gobierno de transición en favor de la unidad nacional en el que participarían ambas facciones, adjudicándose cuatro carteras ministeriales al FPR. En un plazo de dos años convocarían a elecciones, de las que surgiría un gobierno democrático -el presidente Habyarimana no había sido elegido-. Se llegó a este acuerdo y, basándose en este compromiso, el nuevo gobierno se puso manos a la obra.

En ese momento se empezó a organizar, con criterios poco menos que científicos, la gran masacre.

En primer lugar se amplió el ejército. En dos años creció de 5 mil hombres a 30 mil es decir, un 600%. ¿Cómo lo hicieron? Los soldados eran adiestrados por formadores franceses. Estos no sólo prepararon al ejército, sino a dos unidades más, de características pavorosas: la «guardia presidencial», un grupo especial reclutado entre el clan de Habyarimana en el norte de Ruanda; y otro con visos aún más evidentes de intenciones terroristas, el llamado «Red-Cero», una especie de escuadrón de la muerte. Había dos facciones políticas que apoyaban al presidente y defendían posturas racistas. El partido que hizo más hincapié en el racismo era el CDR, el Centro para la Defensa de la Revolución. La única fuente de información de la gran mayoría de la población es la radio: por eso se creó una emisora de radio de amplio alcance, la Radio des Mille Collines -a Ruanda le llamaban el «país de las mil colinas»-. Esta nueva emisora fue la que más tarde dio la orden de masacrar a niños y a mujeres, a familias enteras.

Los preparativos de la masacre se realizaron en secreto. Ampliaron el ejército y habla razones que lo legitimaban, ya que tenían a un ejército extranjero en el territorio. En tiempos de paz, la radio jamás hizo todo lo posible por mantener en pie este régimen, a excepción de un par de medidas. Y eso de forma oficial. Pasar en unos pocos años de 5 mil hombres a 30 mil constituye, ya sólo en sus aspectos técnicos, un problema muy complejo; hace falta un montón de dinero, hay que organizar el envío de aviones, tanques, medios de transporte. Para cualquiera que conozca el país, el papel que desempeñó Francia resulta evidente.

En la cuestión colonial siempre nos enfrentamos a las dos caras del poder colonial: democracia hacia dentro y dictadura hacia fuera. Y siempre se encuentran dos tipos de política, e incluso dos tipos divididos de burocracia. La Oficina de Política Colonial de París está dirigida hoy en gran medida por especialistas de la época colonial que siguen defendiendo sus viejos intereses.

MUJERES, FAMILIAS, CLANES, TRIBUS

Las mujeres desempeñan tradicionalmente un papel muy importante en Africa. La fuerza de las mujeres se deriva de varias fuentes. La mujer africana trabaja el campo, cultiva el grano y los frutales, produce alimentos. Y trae niños al mundo. Los niños son importantes porque trabajan. Los niños acarrean el agua, cuidan del ganado, llevan los productos al mercado; a partir del tercer o cuarto año de vida participan en las tareas domésticas, y, cuantos más hijos se tengan, más fácil resulta dividir el trabajo. Y en las sociedades tradicionales africanas el terreno que reciben las familias de la tribu se corresponde con el número de hijos. Cuantos más hijos se tengan, más tierra se puede cultivar. Todo este entramado depende fundamentalmente de la mujer africana.

Pero más importante aún es que la mujer africana domina el mercado, el punto de encuentro más importante de la vida rural. La mujer de mercado africana, la llamada mama, es el factor más influyente de la sociedad. Sin su aquiescencia es imposible imponerse políticamente. Cuando las mujeres del mercado de Ghana se pronunciaron contra Nkruma, éste fue derrocado al día siguiente.

Son las mujeres las que mantienen la economía de subsistencia de estos países. Los hombres salen a cazar, beben cerveza, sirven al ejército, aprenden a matar, o son políticos corruptos y, cuando su mujer les atiza, incluso trabajan algo. Naturalmente que se explota a las mujeres, pero este reparto de papeles también garantiza cierto equilibrio. Cuando una mujer tiene una personalidad fuerte y es ambiciosa, y si encima está casada con un presidente, ministro o funcionario, como Agata Habyarimana, puede llegar a tener un poder enorme.

Hay que distinguir cuatro niveles en la sociedad africana. El primero es el de la familia extensa, a la que pertenecen hasta los parientes más lejanos, una cadena interminable; una familia africana tradicional abarca varios cientos de miembros. En Africa hay personas que son capaces de recorrer medio continente para visitar a un primo de su primo, y para ellos esto constituye un acontecimiento crucial en sus vidas. 

El segundo nivel es el del clan, un grupo de familias unidas por el vínculo de sangre.

El tercer nivel es el de la tribu, que se compone de un grupo de clanes. Su unidad se basa fundamentalmente en el culto a unos antepasados comunes. Cada tribu posee su propia religión con sus dioses, santos, sistemas de creencias. Además, las tribus se diferencían por una cultura común, una lengua común, un territorio común, y ocupaciones tradicionales compartidas: pastoreo, agricultura, oficios artesanos, etc. Históricamente, la tribu constituía el nivel común más alto. De la unión federal de semejantes tribus surgieron los reinos tradicionales africanos, como el de Zimbabue, Songai, en el Sahara, o Pemba, en Zanzíbar. A estos estratos tradicionales se añade hoy el del Estado moderno, la nación poscolonial, como ocurre en Nigeria, Ruanda o Tanzania.

La sociedad africana es enormemente compleja, lo que conlleva ventajas y desventajas. La complejidad ha garantizado la supervivencia de la sociedad africana, pues le confiere una gran flexibilidad. La desventaja radica en su carácter estático, que no permite grandes avances sociológicos.

Estas complejas estructuras permiten al africano adaptarse fácilmente, aceptar nuevas funciones y sobrevivir en este mundo tremendamente duro. Si se aniquila a una de las numerosas familias o clanes, quedan otras con vida; si uno emigra, quedan otros. Esta sociedad es como arcilla, susceptible de adoptar las formas más diversas: siempre sobrevivirá. Se trata de una sociedad estática y al tiempo flexible, que, desde luego, no está capacitada para realizar grandes progresos. En Ruanda existe la misma ordenación de castas desde hace más de 500 años sin cambio alguno.

LOS CLANES Y EL DERRUMBE DE LOS ESTADOS NACIONALES

En Africa destacan hoy dos tendencias. Por una parte constatamos la desintegración de los estados nacionales. Ya hoy encontramos toda una serie de Estados sin gobierno: Liberia, Somalia, Chad, Zaire, entre otros. La idea de un Estado nacional pierde peso, y aún no se sabe qué sustituirá a estas estructuras políticas en decadencia.

Africa es inmensa, y en ella ocurren simultáneamente procesos muy diversos. Una consecuencia del derrumbe de los Estados nacionales es la restauración de centros de intercambio tradicionales locales o bien regionales en tomo a los viejos mercados y centros comerciales, y eso al margen de las fronteras establecidas por los Estados nacionales. Los campesinos que no se vean obligados a caminar más de un día para llevar sus productos a estos mercados se ven incluidos en esta red comercial y se benefician de ello. Pero los que viven apartados quedarán excluidos y estarán abocados a la pobreza. Se trata de un intento muy elemental de encontrar una salida económica y social a la crisis de Africa.

La segunda tendencia es el protagonismo de los clanes en el gobierno. Gobernar en Africa significa casi siempre una especie de compromiso entre las diversas tribus, clanes y grupos sociales. Hoy en día, en muchos estados, son los clanes los que acceden al poder, no las tribus. El dominio del clan señala una importante transformación del sistema político en algunos países africanos y, en general, del espectro político global del continente africano. Todo esto recuerda al Reino Otomano poco antes de la Primera Guerra mundial, donde algunos clanes gobernaron determinados territorios con ayuda de soldados. No había tribus, ni coalición de tribus, y tampoco un Estado nacional. Lo mismo ha ocurrido en Ruanda.

ENEMIGOS

No es difícil crear allí imágenes del enemigo. La propaganda trató de presentar a la población campesina pobre tutsi como enemiga. Y, naturalmente, la población analfabeta aceptó estos estereotipos de la diferencia tribal, ya que llevan oyendo hablar de ellos treinta años. Pero no hace falta irse al trópico para constatar este fenómeno. Basta recordar a la exYugoslavia. Pero el corresponsal tiene que entender que se trata de un conflicto político entre un clan político corrupto y un frente nacional demócrata que se esfuerza por crear algo así como una sociedad democrática. En Ruanda lo que hay es una lucha social. El comunismo ha muerto, el marxismo ha muerto y, curiosamente, de pronto ya no se enfrentan ricos y pobres, ya no hay lucha de clases, y por todas partes oímos hablar de conflictos étnicos, ya se trate de Yugoslavia Ruanda o Camboya. La dimensión de la lucha social ha desaparecido de pronto de la configuración estereotipada de los medios de comunicación. Esto supone una terrible crisis del pensamiento político en general, de pronto se olvida todo lo que aprendimos.

Existen además otras confusiones notables. La prensa internacional, y también las Naciones Unidas, llaman a los que emigraron a Goma «fugitivos», pero en realidad no son fugitivos, sino evacuados. Fueron evacuados a la fuerza por las unidades militares hutus. Su slogan era «íTienen que marcharse de Ruanda, si no lo hacen, los mataremos porque son unos traidores!». Y, así, la gente se marchó a Goma. El asunto de los refugiados constituye un problema terrible. Con ellos se trasladó todo un ejército de matones profesionales, y es que es imposible asesinar a medio millón de personas con cuchillos y palos, aunque en muchos casos la mitad del pueblo matase a la otra.

LA VIDA Y LA MUERTE

A los europeos nos cuesta entender la relación que se establece en Africa entre la vida y la muerte. La vida no vale allí nada. No significa gran cosa matar a alguien. No es infrecuente matar. He estado muchas veces en frentes africanos, con soldados que sabían que les iban a matar, pero a nadie se le ocurría pensar en ello. «¿Dónde está? Ah, le acaban de pegar un tiro», y ya está, olvidado. «íSi muero no pasa nada».

La vida allí es durísima, constantemente mueren personas. La mitad de los niños muere en los primeros años de vida, muere de malaria, tuberculosis, sida, enfermedades intestinales. La muerte y la vida conviven en una amalgama inextricable; todos están familiarizados con la muerte, y no constituye un problema cultural importante. Si le preguntamos a una madre africana de cuarenta años cuántos hijos ha tenido, nos responderá tranquilamente: «He tenido quince hijos, siete murieron siendo niños, a dos seguramente los han matado, y el resto no sé dónde está».

En el transcurso de la guerra civil angoleña, caravanas enteras de refugiados cruzaban las calles y muchos de ellos caían muertos allí mismo. Los echaban a un lado y seguían caminando. Con las temperaturas tropicales y bajo ese sol, los cadáveres se hinchan rápidamente. Pero durante las lluvias, a los pocos días se aplanan de tal forma que parecen esterillas, de forma que al final sólo se distinguen sus contornos. Casi se funden con el suelo, y vemos que nadie se ha preocupado de enterrarles. Una vez muertos, los dejan ahí, nadie les presta la menor atención. No debemos aplicar a la mentalidad africana los valores que se atribuyen en Europa a la vida y la muerte; cuando uno se limita a interpretar los fenómenos de una cultura con los valores de otra, todo resulta demasiado superficial, y éste es un error que los europeos cometemos constantemente.

ANCIANOS Y CABECILLAS

En esta masacre hubo otro factor decisivo. En las sociedades africanas existe un sentido mucho más acusado de la autoridad que en Europa. El cabecilla de un pueblo lo es realmente, es un gobernante. El anciano es realmente el mayor, y se le trata con enorme respeto. La edad constituye una categoría que en Europa ya se ha olvidado, pero en las sociedades africanas el más anciano es un rey, un dios. Un día llegué en avión a Somalia, a una región donde las personas llevaban mucho tiempo pasando hambre. Habíamos cargado maíz para los hambrientos. Aterrizamos en un pueblito, y de pronto una masa incontrolada surgió de todas partes avanzando hacia el avión para apoderarse del maíz. Hubo un tumulto, pensé que asaltarían el avión. En ese instante aparecieron unos ancianos. Llevaban largos bastones, pero no hacían nada con ellos, sencillamente caminaban. La masa desatada de hambrientos salió corriendo. Esto es la disciplina africana en su vertiente más elemental.

En la sociedad tradicional ruandesa de la época colonial había tres tipos de cabecillas. En primer lugar, el cabecilla de los rebaños de una determinada región; luego, el cabecilla de una colina -cada clan vivía en una colina-, y el cabecilla de la administración. A partir de la rivalidad de los diversos jefes se creó, mediante un acuerdo, una administración estable para todas las regiones, que a su vez coincidía con los espacios vitales propios de los diversos clanes.

La elección de los cabecillas de pueblos y regiones en este Estado unipartidista se produjo a través del presidente y los canales propios del partido, mediante la distinción de los ancianos, el nombramiento, la cooptación. Por lo general, la sociedad africana es muy obediente, y estos nombramientos fueron aceptados sin objeción alguna.

Imaginemos un pueblo cuyo cabecilla hubiera sido nombrado por el gobierno. Este líder se convertía así en cierto modo en rey, lo era todo para el pueblo. Al mismo tiempo era miembro del clan de Habyarimana. Cuando comenzó la masacre, recibió la orden de matar, y la transmitió: «íMátenlos!». La gente le siguió sin pestañear, sin dudarlo un instante. Y empezaron a matar. Este rasgo es particularmente acusado en la sociedad africana los cabecillas son jefes absolutos, y las personas que asesinan a otros les transfieren a ellos la responsabilidad moral del acto. Si alguien les preguntara: «¿Por qué has matado a esta persona?», responderían: «El jefe lo ha ordenado». El mismo está exento de toda responsabilidad, no hace sino cumplir órdenes.

LA ESTRATEGIA DEL RETORNO

La estrategia seguida por las tropas afectas al último gobierno ruandés era adentrarse de nuevo en Ruanda desde Zaire. Permanecieron cerca de la frontera, y empezaron a reorganizarse. El ejército entero, 30 mil hombres, aparte de las milicias, ha estado preparándose. Su plan es escudarse en los refugiados. Quieren poner a caminar a los niños y a las mujeres en columnas y marchar detrás de ellos. Cuando el enemigo empiece a disparar, morirán niños y mujeres, y entonces los dirigentes del antiguo clan dominante apelarán a la comunidad internacional diciendo: «íMiren cómo matan los tutsis a los niños y a las mujeres!». Esta táctica es algo evidente, de hecho ya la han puesto en práctica. El ejército se entrena en campamentos, y en los campos de refugiados están reorganizando el viejo sistema que imperaba en los pueblos y entre cabecillas. La masa de gente que reside en estos campos está muy bien organizada y dividida según su lugar de origen, y esto por orden del antiguo gobierno de Habyarimana. Todos están allí: los ministros, los jefes de policía, los funcionarios.

Estas personas, concentradas en campamentos en Goma, y que han matado a otros, no tienen la menor capacidad de reflexión; para ellos, matar es un hecho, no tienen nada que decir al respecto.

Cuando uno habla con ellos nota que no tienen la menor cultura. Comen mijo diariamente, y matan. Son útiles. Cuando uno observa a todas estas personas que han matado a otras, no es difícil deprimirse pensando en la condición humana.

ORGANIZACIONES DE AYUDA A LOS REFUGIADOS

Los refugiados de Ruanda sólo tienen este país. Algunos podrían, desde luego, quedarse en otro lugar, si hubieran disfrutado de un mínimo de formación, pero la mayoría de estas personas carecen de ella. Sencillamente se quedan donde están, mantenidos por las organizaciones internacionales de ayuda. ¿Qué es lo que han hecho realmente estas organizaciones? Han levantado campamentos por todo Africa, campamentos llenos de desarraigados. Los refugiados lo han abandonado todo, sus pueblos han sido destruidos, viven sin campos, sin animales, sin rebaños. Los campamentos suelen erigirse, por razones técnicas, en los alrededores de alguna ciudad, pero casi siempre se instalan en suelos devastados, en desiertos o territorios baldíos. Los refugiados viven allí exclusivamente de la ración que reciben de las organizaciones, por lo general medio kilo de grano y tres litros de agua al día. Un horror, pero eso es todo lo que tienen. Si no se les alimenta, mueren. No tienen a dónde ir. Y, aunque sean nómadas, no tienen cabras, ni vacas, ni camellos; si abandonan el campamento, mueren al día siguiente. No trabajan, no tienen campos que cultivar, no hay talleres, no hay escuelas, es una situación de supervivencia puramente biológica. Y, así, se crea en todo el continente una clase social que carece de cualquier perspectiva para disfrutar de un futuro humano, y que deberá ser alimentada por las agencias internacionales hasta el fin de sus días.

En términos humanos, no hay ninguna respuesta a este problema. Todos se quedan traumatizados, nadie conoce los verdaderos entresijos, nadie sabe qué hacer pues carecemos de precedente histórico. Mañana estallará allí otra guerra, y pasado mañana en otro lugar, y los sociólogos saben que la mayoría de la población no combate, sino que trata de huir, de forma que se crearán nuevos campos de refugiados, y volverán a aterrizar aviones con más comida. Pero estos campamentos no son la solución. Sería posible crear proyectos de trabajo, porque a veces los refugiados huyen de la sequía, y a menudo la guerra que les ha ahuyentado ya ha concluido. Pero se quedan en los campamentos porque no saben a dónde ir. Y se quedan con su medio kilo de maíz y tres litros diarios de agua, desarraigados, desclasados, sin esperanza. Entre tanto, las agencias internacionales se preparan para la próxima oleada de refugiados en cualquier parte del mundo.

LA RESPONSABILIDAD DE LOS AFRICANOS

Mucho de lo que ocurre en Africa es condenable. También el escandaloso comportamiento de los intelectuales africanos, que destacan por su actitud marcada por una evidente falta de sentido patriótico y conciencia ciudadana. He dedicado cuarenta años de mi vida a Africa, y he muerto varias veces en este continente, y creo que tengo derecho a decirlo. Un amigo mío me envió hace poco desde Londres la revista de los intelectuales somalíes. De los diecisiete autores somalíes que escribían en esta revista quince viven en el extranjero. Su país, su nación atraviesa una de las crisis más agudas de la historia, y los intelectuales más destacados viven casi todos en el extranjero, en Harvard, Londres, Estocolmo, París, donde naturalmente llevan una vida más agradable que en Addis Abeba o Mogadiscio. En Africa no se les encuentra, las universidades están vacías. Me parece una actitud muy egoísta. ¿Cómo van a funcionar estas naciones si los intelectuales viven fuera?

Otro ejemplo es el Congreso de Intelectuales celebrado en Conakry en julio de 1994, convocado por el presidente guineano, Lasana Conté. También me invitaron a mí. Pero en el último momento anularon el congreso, porque ciertos intelectuales se negaban a aprobar varios puntos del orden del día; y eso mientras se perpetraban en Ruanda las matanzas más atroces.

Cuando un intelectual es perseguido en su país, no se marcha a otro país africano democrático, sino que se exila en París. A menudo son las mismas personas que se dedican a acusar a todo el mundo de racista, imperialista y colonialista, lo que debe resultarles fácil. Africa tiene cientos de escritores, poetas, dramaturgos, científicos y sociólogos. Nadie ha alzado la voz en el caso de Ruanda.

La comunidad internacional debe admitir, desde luego, su responsabilidad por lo que ocurre en Africa, pero sin exagerar sus proporciones. Se trata ante todo también de la responsabilidad de los propios africanos. Hay mucho que condenar en Africa. Por ejemplo, la Organización para la Unidad Africana (OAU), una poderosa organización dotada de fuerzas militares, dinero y estructuras administrativas. Las tropas de la OAU estuvieron estacionadas en Ruanda durante tres meses, y en estos meses ocurrieron las matanzas más espantosas. ¿Dónde estaba la OAU? También es responsable. Ante este trasfondo, no deberíamos sentirnos demasiado responsables. Mientras los africanos no desarrollen una conciencia cultural y continental, la situación no cambiará.

La crisis ruandesa no es una crisis que afecte únicamente a Ruanda. Es una crisis de la conciencia africana en general, es una crisis de los Estados africanos y de la cultura africana. No debemos considerar el caso ruandés aisladamente, ni pensar que se circunscribe a mil, o a doscientos locos que van de casa en casa asesinando. Eso sería demasiado fácil. Se trata de la cultura de 700 millones de africanos.

Conozco a un hombre que vive en Etiopía. Tiene un palacio inmenso allí, y otro en Roma y un apartamento en Manhattan -no le gusta vivir en hoteles-, conduce coches lujosísimos con aire acondicionado; cada día ve morir de hambre a la gente en las calles, y pasa de largo. Sus hermanos y hermanas murieron en Ruanda.

También él encarna a Africa.

Al cierre

CUADERNO NEXOS

POLÍTICA, DELITO, JUSTICIA

En la mañana del 20 de junio fue encontrado muerto el licenciado Abraham Antonio Polo Uscanga, Magistrado del Tribunal Superior de Justicia del D.F. Horas antes, su esposa había dado a conocer a los medios de comunicación que el Magistrado había dejado su casa al mediodía del día 19 de junio, rumbo a una cita, y que desde entonces nada se sabía de él. En el curso del día, la Procuraduría anunció que se trataba de un asesinato, pero la especulación en torno a esta nueva tragedia se desató de inmediato y en el momento de nuestro cierre nos es muy difícil abrimos paso a través de la turbiedad generada unas cuantas horas después de que se encontró a Polo Uscanga muerto en su despacho. Pero es imposible separar este grave acontecimiento de sus antecedentes específicos y del contexto de contaminación acelerada y ominosa de la política y la justicia por el delito.

Valga mencionar, sin querer establecer relación causal alguna, que también horas antes de la desaparición de Polo Uscanga los medios habían dado cuenta del artero asesinato del fiscal del caso Ruta 100, sin que a la fecha podamos contar con indicios claros de los motivos o la finalidad del crimen. Si sabemos, por los reportes de la prensa, que el abogado Jesús Humberto Priego Chávez fue agredido en la puerta de su casa y muerto con un balazo «prácticamente a quemarropa en la sien» (El Nacional, 20 de junio de 1995, página 19).

Unos días antes, por su parte, el apoderado legal de SUTAUR 100 había denunciado un allanamiento de las oficinas del Sindicato, denuncia que fue rechazada por el Procurador de Justicia del Distrito Federal, quien dijo que no se practicó ningún cateo sino que había sido un robo ya denunciado en la Delegación Cuauhtémoc.

Como bien lo dijo el Procurador, no se puede establecer a priori ningún vínculo entre este crimen y el conflicto de SUTAUR. Tampoco debería de hacerse automáticamente en el caso del Magistrado Polo Uscanga.

No obstante lo anterior, es indispensable recordar algunos acontecimientos recientes que afectaron la vida cotidiana de la familia Polo Uscanga y de manera muy señalada la imagen del Poder Judicial mexicano, en especial el del Distrito Federal.

Abraham Polo Uscanga, reconocido por una larga trayectoria como funcionario del Poder Judicial, publicó en la prensa el pasado 6 de junio un desplegado titulado «Estos Son los Hechos», en el que informaba que en marzo pasado solicitó «licencia prejubilatoria con la finalidad de tramitar su jubilación», debido «a las presiones y amenazas recibidas por mi persona de parte del Presidente de este H. Tribunal Superior, Licenciado Saturnino Agüero Aguirre, a efecto de emitir resoluciones que en mi opinión no se encontraban apegadas a derecho». El Magistrado denunciaba además que desde marzo venía recibiendo amenazas anónimas y que a partir de abril dichas amenazas se habían vuelto realidad. De especial gravedad fue el relato que hizo el licenciado Polo Uscanga del secuestro, intimidación y agresión física de que fue objeto el 27 de abril pasado, luego de haber estado en la Delegación política Benito Juárez para realizar trámites de interés personal.

El Magistrado Polo Uscanga exigió al recientemente formado H. Consejo de la Judicatura del Distrito Federal, que examinara sus denuncias, cosa que ese Consejo hizo y sobre las que se manifestó apenas un día antes de que se conociera de la muerte del Magistrado. De acuerdo con la información del diario La Jornada del lunes 19 de junio, por 4 votos a 2 el mencionado Consejo decidió no llevar a cabo la investigación que demandaba Polo Uscanga. Por su parte, el Presidente del Tribunal Superior de Justicia del D. F., licenciado Saturnino Agüero, rechazó insistentemente los cargos que le había hecho Polo Uscanga de presionarlo recurriendo a una supuesta «razón de estado».

De nuevo, en un clima político nacional dominado por fuerzas centrifugas, el crimen con posibles implicaciones y orígenes políticos se apodera de una opinión pública acosada por el temor y la incertidumbre. Nada puede ser más corrosivo para las metas de normalización democrática que ha hecho suyas la comunidad nacional.

Mientras se avanza en las tareas judiciales, tal vez no sobre adelantar algo sobre lo que se requiere. Lo ideal sería que la opinión pública y los partidos manifestaran con claridad su disposición a apoyar racionalmente, pero también comprometidamente, una investigación judicial libre, en lo posible, de presiones sin fundamento y de especulaciones que no esclarecen sino opacan todavía más el triste panorama de la justicia mexicana. Por desgracia, a unas cuantas horas de conocida la tragedia, el juicio instantáneo parece haberse apoderado ya de muchos medios de información y representantes políticos. Por esa vía, la política y La justicia difícilmente podrán crear el círculo virtuoso que hoy requiere la democratización plena del país en que todos decimos estar empeñados. Vulnerar la procuración de la justicia con suspicacias y dudas no metódicas, pero sí muchas veces mal intencionadas, es seguir horadando el piso de la política por donde se introduce el delito como forma destructiva de ejercer o conseguir poder y beneficio.

LA RUTA DE LA REFORMA CONGELADA

El Consejo Nacional del PAN decidió el 18 de junio que el «PRI-gobierno» había roto los «Compromisos para un Acuerdo Político Nacional» y por ello instruyó a su Comité Ejecutivo Nacional «a suspender su participación en la Mesa del Acuerdo Político Nacional hasta que el gobierno acredite con hechos fehacientes que es capaz de cumplir sus compromisos y demostrar que su palabra tiene valor».

Ese retiro de la mesa está acompañado de otras medidas: se instruye a los legisladores del PAN para que resistan las acciones e iniciativas que provengan del PRI-gobierno, exige el nombramiento «inmediato de un director general del IFE de probada vocación democrática» y decidió una serie de actos en solidaridad con el PAN yucateco.

La resolución del PAN de hecho congela los esfuerzos para alcanzar no sólo una reforma electoral de carácter «definitivo» sino también la discusión de la reforma política del Estado. Ya que el PRD se encontraba fuera de la mesa ahora los dos principales partidos opositores rompen (¿momentáneamente?) lo que parecía una ruta promisoria.

Los sucesos de Yucatán son el acicate principal que explica la actitud del PAN, mientras que los de Tabasco fueron y son el dique que el PRD encontró para concurrir a la discusión de las reformas. Se trata, en efecto, de situaciones que erosionan la convivencia política y que trastocan los códigos democráticos, y ante los cuales los partidos que resienten las afrentas no pueden dejar de reaccionar. No obstante, desde otro ángulo, esos conflictos son la mejor prueba de que los esfuerzos reformistas son necesarios y tienen una enorme pertinencia De hecho se trata del recurso con el que cuentan todos (gobierno y partidos) para trascender el círculo perverso y antiproductivo de los conflictos circulares.

Todo parece indicar que lo que se inició ante aplausos y esperanzas puede desembocar en un pantano sin futuro. Porque los compromisos firmados el 17 de enero en Los Pinos por los dirigentes de los cuatro partidos que tienen presencia en el Congreso y que deberían desembocar en un Acuerdo Político Nacional, por angas o mangas, puede naufragar, y con ellos la ruta de reforma concertada al poder público.

Recordemos que fue el conflicto de Tabasco el primero que sacó de ruta a los partidos; no obstante, las negociaciones en la Secretaría de Gobernación lograron forjar una amplia y ambiciosa agenda que ya no sólo se ocupaba de lo electoral sino de un haz de asuntos que genéricamente se engloban bajo el rubro de la reforma política del Estado (reforma de los poderes públicos, federalismo, comunicación social y participación ciudadana) y que fueron recogidos en el Plan Nacional de Desarrollo. No obstante, hoy de nuevo estamos petrificados e imposibilitados para que la reforma pactada se haga realidad.

Mucho se ha especulado sobre las causas «verdaderas» que explican el retiro del PAN del proceso de reforma acordada. No somos afectos a medir intenciones no proclamadas, y habrá que dar por buenas las razones dadas por el blanquiazul. No obstante, significan un cambio notorio en la ruta que por años explotó eficientemente el PAN, y ojalá por el bien de todos, puedan rehacerse los conductos de comunicación entre las fuerzas políticas relevantes del país, porque hoy como nunca parece necesario trascender el día a día para abrirle al país un horizonte donde su pluralidad pueda expresarse, recrearse y contender de manera civilizada, es decir, democrática.

De hecho, en materia política, la ruta de las reformas sucesivas incluyentes (es decir, con la concurrencia de las principales fuerzas políticas del país, PRI, PAN, PRD), es la única que parece capaz de cerrarle el paso a tres escenarios que despuntan como ominosos: a) el empantanamiento circular que paulatinamente desgasta a las instituciones y a los propios actores de la política, b) la degradación acelerada de las relaciones políticas que construye un escenario donde sólo pueden reproducirse los intereses más particulares (normalmente los de los más poderosos) y c) la del franco retroceso autoritario fruto de la incapacidad de los actores para diseñar un marco ordenado y productivo para el desarrollo de sus diferencias y conflictos.

Estamos ante un momento «plástico» que lo mismo puede conducirnos a la normalización de las relaciones políticas en términos democráticos que a una situación de malestar y confusión que no encuentra cauce civilizado para resolverse. Y por ello, porque las posibilidades de hoy pueden dejar de ser eso mañana, parece necesario que las dirigencias de los principales partidos y el propio gobierno alcen la mira, sean capaces de ponderar lo más y no lo menos, y se arriesguen a construir conjuntamente un escenario para el futuro.

La tarea no será sencilla y requiere de tiempo y voluntad política. No obstante, llama la atención cómo se desperdicia la oportunidad a partir de círculos viciosos que precisamente reclaman de operaciones mayores para poder ser trascendidos. Esas operaciones mayores son las que deben ser el fruto de los acuerdos.

Por lo pronto, el IFE llevará a cabo una serie de Foros para debatir la reforma electoral -punto nodal aunque no exclusivo de la agenda-. Se trata de un esfuerzo para recoger y crear insumos que eventualmente puedan servirles a los partidos y a sus respectivos grupos parlamentarios que sin duda son los encargados de realizar la reforma en esta materia. Los Foros iniciarán en un ambiente cargado de incertidumbre y desencuentros, pero eventualmente pueden ser uno de los eslabones que contribuyan a desatar las «cosas». Esperemos.

Rolando Cordera Campos

José Woldenberg K.

22 de junio de 1995

Imágenes de un tiempo líquido

LOS LÍMITES DE LA LIBERALIZACIÓN POLÍTICA EN MÉXICO

Presentamos el ensayo ganador del Certamen Carlos Pereyra 1994, un ejercicio de reflexión sobre las relaciones entre la sociedad y el Estado mexicanos en los últimos años. ¿Qué ha ocurrido entre ambos en el periodo 1968-1994?

Alteraciones tan profundas -dice el autor- que obligan a redefinir nuestro desordenado y multifactorial imaginario político.

Let go into the mystery Let yourself go

Van Morrison

El sistema político mexicano se encuentra desde hace varios años atrapado por una espesa red tejida por numerosas y complejas tensiones. Las imágenes que de esta situación se desprenden son contrastantes y sus lecturas múltiples. Ellas han sido vistas como la expresión, de un lado, de viejos conflictos que se han acumulado históricamente por el carácter autoritario que ha asumido el ejercicio del poder en México. Pero, de otro lado, éstas son tensiones que también se han mirado como resultado de la erosión de un modo o estilo de desarrollo económico y de una forma de articulación de las relaciones políticas que posibilitaron la estructuración y legitimación de un conjunto básico de arreglos institucionales para el sistema político que funcionó sin alteraciones sustantivas durante casi cuatro décadas. Desde esas perspectivas, ambos factores, el ocaso del autoritarismo y la fatiga de un patrón de desarrollo económico y de articulación política, explican el surgimiento de nuevos actores y mentalidades que desafían no sólo las formas tradicionales del quehacer político en el país sino también la hasta hace poco tiempo incuestionable elasticidad y capacidad reformadora del poder público en México.

En efecto. Todo indica que los diversos acontecimientos sociales, económicos y políticos ocurridos durante los últimos años han puesto a prueba los límites de la prestigiada capacidad reformadora que caracterizaron al régimen político mexicano postrevolucionario. De manera veloz y atropellada, los «hechos» políticos y sociales que se han sucedido durante los últimos lustros revelan una suerte de aceleración del tiempo histórico que ha tomado desprevenidos a los actores políticos que operan tanto desde la cúspide como en los márgenes del sistema político mexicano. En tales circunstancias, las tendencias hacia el reforzamiento de los rasgos autoritarios del sistema, las que apuntan hacia su liberalización, o las que perfilan su democratización, coexisten de manera caótica y conflictiva en una transición cuya aspereza y opacidad vuelve difícil la construcción de certidumbres respecto a su futuro mediato e inmediato.

Explorar dentro y alrededor de estos fenómenos es el propósito de este ensayo. Es, esencialmente, un ejercicio de reflexión que intenta identificar claves para una interpretación global de lo ocurrido durante los últimos lustros en las relaciones entre la sociedad y el Estado en México. En particular, el trabajo contiene un revisión general de las características sociohistóricas esenciales y algunos de los acontecimientos que han impactado al sistema político mexicano en el periodo comprendido entre 1968 y 1994, por considerar que es durante este periodo donde ocurren alteraciones significativas en los circuitos socioeconómicos, políticos y culturales que han caracterizado el desempeño del Estado y de los actores políticos y sociales del México postdesarrollista. El propósito es ofrecer reflexiones, conjeturas e imágenes que permitan visualizar algunos de los cabos sueltos que hacen de este periodo una etapa relevante en la construcción del perfil de la sociedad y el sistema político mexicano de fin de siglo.

La idea central que servirá de hilo conductor a lo largo del ensayo es la de que en el último cuarto de siglo el sistema político mexicano ha experimentado un conjunto de cambios cuyo sentido general incorpora desordenadamente elementos tanto liberalizadores como democratizadores. Desde esta perspectiva, se intentará mostrar cómo la estructura política formal -legal y los procesos informales de legitimación del poder político se han conjugado con la mutación de las mentalidades y la aparición de cambios significativos en el imaginario político de la ciudadanía, produciendo nuevos mitos y realidades que afectan de manera decisiva el desempeño político de los actores de la transición mexicana de las últimas décadas.

Para explorar estas ideas, el trabajo se divide en tres partes. En la primera se presenta un intento por identificar factores claves que permitan construir una base explicativa a los cambios políticos que se han sucedido en el periodo 1968-1994; asimismo, se aborda el significado de los conceptos de liberalización y democratización, y sus relaciones. En la segunda, se describe y analiza de manera sucinta la estructura formal e informal en la que se sustenta el funcionamiento del régimen político mexicano, incluyendo un breve repaso de las formas en que ha sido caracterizado dicho régimen desde diversas perspectivas teóricas de la ciencia política.

En la tercera parte se analiza la trayectoria del sistema político en el último cuarto de siglo, trayectoria que es analizada a partir de algunos de los acontecimientos políticos y sociales más significativos que han ocurrido en el periodo señalado. En este último apartado se incluyen también algunas reflexiones finales a manera de conclusiones. 

I. VENDAVAL CON RUMBOS: ¿LIBERALIZACIÓN O DEMOCRATIZACIÓN?

Desde finales de la década de los sesenta las relaciones entre la sociedad y el Estado en México han entrado en una fase acelerada de cambios políticos que se han asociado a la conformación de una creciente pluralidad social e ideológica y al desvanecimiento de las identidades políticas «únicas». La imagen (o el mito) de un país donde un partido político -el PRI- asemejaba un gigantesco espejo que reflejaba de manera nítida y homogénea las preferencias y las aspiraciones de los mexicanos, se ha hecho trizas. Dos factores parecen explicar estos fenómenos. Uno, el impacto social y político del proceso de modernización económica. Dos, el desmantelamiento de los controles corporativistas asociados al perfil autoritario del sistema político mexicano. La explicación del primero de ellos tiene soporte teórico en los trabajos de autores como Huntington, quien sostiene que la modernización, es decir, ese proceso multifacético que implica una serie de cambios en todas las zonas de pensamiento y actividad humanas, trae consigo una mayor movilidad social y una acelerada diversificación de las preferencias políticas que van ligadas muchas veces a una creciente institucionalización de la vida política de las comunidades. Cambios económicos y sociales están, así, asociados al perfil del orden -o desorden- político de una sociedad.

El segundo factor tiene que ver con la creciente capacidad de representación y con el aumento del grado de liberalización del sistema político mexicano, proceso que parece estar en relación inversa a los controles corporativos ligados al partido del Estado. Los indicadores de tal proceso son no sólo el lento aunque errático aumento del número de partidos políticos que, desde la reforma política de 1977, han transitado por presidencias municipales, congresos locales, gobiernos de los estados, las cámaras de diputados y, más recientemente, de senadores. También tiene que ver con el desplazamiento (y en algunos casos la franca exclusión) de las cúpulas dirigentes de las tradicionales organizaciones afiliadas al PRI, de los núcleos de decisiones económicas y políticas que se han ido conformando en el último cuarto de siglo, y de la aparición de nuevos centros decisorios en múltiples sectores de la sociedad civil.

Como lo ha señalado Luis F. Aguilar, estos impactos y desplazamientos han alterado de manera sustantiva dos dimensiones de las relaciones tradicionales entre sociedad y Estado. Por un lado, se ha modificado la dimensión de lo público y lo privado, y, por otro, ha cambiado la dimensión de la independencia / dependencia de la sociedad respecto del Estado tanto en el tratamiento de sus asuntos particulares como en el de los asuntos políticos generales. Estos cambios constituyen los registros de la creciente complejización de la sociedad y de los nuevos desafíos que ello plantea al Estado mexicano en un contexto social marcado por enormes rezagos y desigualdades.

El análisis de esos cambios ha orientado la producción de una muy considerable bibliografía en las diversas disciplinas de las ciencias sociales en México. Desde diversas perspectivas teóricas y metodológicas, el examen sobre el sentido general o sobre aspectos específicos del periodo ha contribuido a ordenar no pocas reflexiones y discusiones sobre la lógica y el desenvolvimiento de lo que se ha dado en llamar convencionalmente como el proceso mexicano de transición política. Sin embargo, parece haber un punto de partida común, no siempre explícito, que consiste en la caracterización del sistema político mexicano contemporáneo como un sistema político autoritario (Molinar, 1993).

Esta caracterización explica, en parte, el éxito de los estudios sobre la transición. Pocos analistas se cuestionan la imagen de que lo que ha venido sucediendo en términos políticos durante los últimos años en el país es un movimiento de transición entre un régimen político y otro, tal y como es definido el concepto por autores como O’Donell y Schmitter (1986). Sin embargo, las perspectivas teóricas difieren en torno al sentido de la transición, es decir, en lo que concierne a la direccionalidad y profundidad de los cambios políticos que han ocurrido durante los últimos años.

En términos de la ciencia política contemporánea, liberalizar» y «democratizar» son conceptos utilizados para designar algunas de las formas que aparecen en el intervalo de la transición de un régimen político a otro. El primero se refiere al proceso de redefinición de los derechos individuales y sociales en un proceso de cambio. El segundo tiene como principio rector de los cambios a la ciudadanía, y está referido a aquellos procesos en que las normas y procedimientos de la misma son aplicados a instituciones políticas antes regidas por otros principios, son ampliadas y extendidas a otros individuos que estaban excluidos de tales derechos y obligaciones, o para abarcar problemas e instituciones que antes no participaban de la vida ciudadana. 

Aunque los conceptos pueden ser vistos como procesos que podrían sucederse lógicamente en el tiempo -el paso de un régimen autoritario a uno democrático pasa por el camino intermedio de su liberalización antes de la plena democratización-, en el caso mexicano estos procesos han seguido trayectorias llenas de incertidumbres y contradicciones. Para algunos autores, la liberalización se ha mantenido (y utilizado) como una fórmula de estabilización política y de control de los conflictos y cambios políticos del sistema, y la democratización es una fórmula que no ha sido contemplada entre las rutas de transición. En tales circunstancias, la liberalización del sistema ha sido vista muchas veces como un «mecanismo autoritario» que se activa en coyunturas de movilización social o política (Loaeza, 1993).

II. CLAROSCUROS DEL SISTEMA POLÍTICO MEXICANO

El régimen político surgido de la Revolución Mexicana se estructuró desde sus primeros años en torno a dos procesos fundamentales: el legal-formal que se encuentra contenido en las instituciones políticas y los procedimientos de elección contemplados en la Constitución de 1917 y en el conjunto de disposiciones reglamentarias que se derivan de la misma, y el informal-legitimador que ha corrido paralelo a la estructuración de un sistema de partido casi único desde fines de la década de los veinte hasta bien entrada la década de los ochenta.

Ambos procesos (el «legal-formal» y el «informal-legitimador») no han sido -como a veces se sugiere- expresiones irreconciliables que explican una versión macropolítica del síndrome del Dr. Jeckill y Mr. Hyde, es decir, dos caras o dimensiones radicalmente diferentes de un mismo sistema político. Por el contrario, dichos procesos han corrido de manera paralela y en muchos casos complementaria a lo largo de casi todo el siglo XX mexicano, y sus puntos de confluencia han alimentado el desarrollo de un sistema político cuyos anclajes legales e institucionales se complementan con múltiples dispositivos simbólicos construidos a lo largo de varios años (González Casanova, 1965; Córdova, 1988). Para decirlo brevemente, éstas son dos dimensiones del «arreglo institucional» que permitió al sistema político mexicano su relativa estabilidad durante casi sesenta años.

Este arreglo se construyó sobre la base de dos influencias ideológicas y sociopolíticas de corte histórico. De un lado, la lucha de los liberales decimonónicos mexicanos y de la corriente liberal que confluyó en el movimiento revolucionario de principios de siglo en México, que tuvo como uno de sus propósitos esenciales el de instaurar un gobierno de leyes y un estado de derecho para el país, donde la ciudadanización de la sociedad aparece como la finalidad primaria de la estructuración política del país. Pero, de otro lado, por el pragmatismo político de los grupos y caudillos revolucionarios, que se orientó a la construcción de un poder institucionalizado donde el presidente y un partido político -el PNR / PRM / PRI- serían las instancias, espacios y mecanismos diseñados para dirimir y encauzar los conflictos políticos. Aunque aparentemente lo escrito (constitucionalmente) y lo hecho (la realpolitik) han sido vistos como dos aspectos divorciados y hasta contradictorios, el segundo fue siempre un proceso que se ajustó formalmente a las disposiciones jurídicas y normativas nacionales, en la perspectiva de la edificación de un orden político-social estable y duradero. En estas condiciones, el sistema de partidos resultante de dicha forma de operar ha sido dominado históricamente por la presencia de uno dominante -el PRI- y un conjunto de partidos pequeños con poco peso relativo en la dinámica política. Sólo es a partir de 1977 cuando los partidos políticos son considerados como «entidades de interés público», y cuando comienzan a aparecer las señales de tránsito de un sistema de partido prácticamente único a un sistema de partidos más abierto y competitivo.

Visto desde esta perspectiva, se puede explicar el hecho de que las características esenciales del régimen político mexicano permanecieran prácticamente inalteradas hasta mediados de la década de los setentas, cuando la reforma política emprendida por el presidente López Portillo (1976-1982) amplió los márgenes formales de la representación política, e inició lo que bien podría denominarse como la etapa más reciente de liberalización del sistema político mexicano. Sin embargo, es a partir de la conflictiva elección presidencial de 1988 cuando se ha comenzado a hablar en México de la transición de un régimen político autoritario a un régimen más abierto y competitivo. Es una transición que, a la luz de las señales observadas en los últimos años, aparece no tanto como una transición a la democracia sino como un proceso de apertura del sistema con amplias zonas de incertidumbre respecto a su futuro.

El sistema y sus alrededores

El régimen político mexicano ha sido hasta ahora, esencialmente, un régimen presidencialista que opera en el marco de un sistema político autoritario. Este rasgo se constata no sólo por las enormes facultades que aún hoy la Constitución le otorga legalmente a la figura presidencial, o por el cumplimiento de los procedimientos y poderes que diversos autores de política comparada asignan como esenciales para caracterizar a un régimen como presidencialista (Shugartt y Carey, 1992; Duverger, 1978), sino también, y quizá esencialmente, por los orígenes y el papel que la figura presidencial ha jugado en la consolidación del Estado postrevolucionario (el paso del poder del caudillo militar al del poder institucionalizado del presidente de la República) y en la estructuración de las relaciones en las cuales se basa el régimen político mexicano (árbitro supremo de los conflictos entre los grupos y clases fundamentales de la sociedad, impulsor de la organización corporativa, jefe indiscutible del partido hegemónico) (Córdova, 1978).

Desde el análisis del esquema propuesto por autores como Lijphart (1987), el caso mexicano incorpora, desde el punto de vista legal-formal, elementos tanto de modelos de democracia mayoritaria como de los de democracia consensual. Del primer modelo, el caso mexicano toma los que se refieren a la concentración del Poder ejecutivo en manos de un solo partido, y donde el presidente tiene la libertad de nombrar, sin la intervención del parlamento (salvo para aprobarlos), a los miembros de su gabinete; por otro lado, del modelo mayoritario, el régimen político de México toma su sistema electoral cuyo eje esencial es el principio de mayoría relativa, aunque desde 1977 ha incorporado el principio de representación proporcional en dicho sistema.

Los elementos que coinciden con el modelo consensual son: la separación de poderes, la existencia del bicameralismo, la presencia de un sistema multipartidista moderado (existen actualmente cuatro partidos políticos que tienen representación en el congreso, aunque es muy clara la tendencia a la concentración del voto en tres de ellos), que se asocian a cierta multidimensionalidad en el espectro ideológico que cubren dichos partidos (PRI, centro, PAN, derecha, PRD, izquierda), así como la existencia del federalismo y una constitución escrita que regula y sanciona la vida política del país.

Sin embargo, estos elementos estrictamente formales son opacados por un examen empírico del funcionamiento del sistema, examen que ha nutrido de argumentos democratizadores a las oposiciones políticas partidarias tanto de izquierda como de derecha en los últimos años. Un inventario rápido de ellas sería: la tradicional subordinación del Legislativo frente al Ejecutivo; la duplicidad de funciones de las dos cámaras e irrelevancia de muchas de ellas en el caso de la Cámara de Senadores; la predominancia de un partido por sobre los otros, en virtud de la fusión entre el gobierno y el PRI; la débil vigencia del pacto federal en virtud de un centralismo político-administrativo de facto; la lejana relación entre las normas constitucionales y las prácticas político-institucionales cotidianas.

El resultado histórico -y vigente, en términos generales, hasta la década pasada- de la articulación de estos elementos fue la presencia de un gobierno fuerte apoyado en un régimen político poco competitivo basado en un sistema electoral cuyas condiciones elementales de competitividad (recursos financieros, acceso a medios de comunicación, infraestructura partidaria) han resultado inequitativas para los partidos de oposición, no obstante que en los últimos años se han realizado importantes reformas a la legislación electoral por reducir y eliminar los efectos de dicha inequidad.

Partidos, sistema de partidos, sistema electoral

Actualmente, del total de los partidos políticos nacionales registrados legalmente ante el Instituto Federal Electoral, sólo tres de ellos constituyen alternativas partidarias consistentes y atractivas para los electores. La representatividad político-electoral de los partidos políticos en México -medida, por ejemplo, y tal y como lo sugiere Sartori (1976), a través de los escaños que tienen en el parlamento federal o en los estatales, o de su presencia en puestos de elección municipal-, gira alrededor de cuatro o cinco de ellos, existiendo una diferencia abismal entre el PRI y el resto de los partidos políticos nacionales, en términos de su peso en el conjunto de las instituciones de representación política federal, estatal y municipal.

Ello ha dado como resultado la conformación de un régimen político de partido casi único, cuyo mecanismo histórico de influencia político-electoral está basado esencialmente en el control corporativo de las masas. Sin embargo, desde hace algunos pocos años, esta situación ha comenzado a transformarse de manera vertiginosa, transformación cuyo sentido general ha sido caracterizado por algunos autores como el paso de un sistema político prácticamente monopartidista a uno pluripartidista (Woldenberg, 1992).

Por otro lado, el sistema electoral mexicano reproduce uno de los rasgos esenciales de su sistema político: la fusión del gobierno con el partido dominante y el carácter no competitivo del sistema electoral mexicano. A pesar de las reformas a la legislación electoral mexicana que se han sucedido en 1977, 1986, 1990 y 1993, el sistema electoral mexicano ha estado diseñado para consolidar este rasgo. La intervención del gobierno en la organización y sanción de los resultados electorales, la normas y procedimientos de integración de la representación proporcional en las Cámaras, o la inequidad en la aplicación de la legislación electoral a los partidos, se combina con el uso (selectivo o extenso, según el caso) del fraude electoral o la movilización clientelar a favor del PRI (Molinar, 1988; Woldenberg, 1991). 

A diferencia de otros sistemas políticos de América Latina (Nohlen y Thibaut, 1992), en México la representación política en el parlamento se configura esencialmente a través del principio de mayoría, y sólo a partir de 1977 se introduce de manera complementaria el principio de representación proporcional en el nivel municipal, estatal y federal (aunque en el caso de la elección de senadores se introduce hasta 1994 el principio de primera minoría). Ello ha dado como resultado una habitual sobrerrepresentación en el parlamento del PRI y una consiguiente subrepresentación de los partidos de oposición (históricamente del PAN y, más recientemente, del PRD).

Hasta 1993, los resultados de este funcionamiento electoral resultaron esencialmente congruentes con un diseño institucional orientado no a democratizar sino a liberalizar paulatinamente el sistema político mexicano. Es decir, se trataba de un sistema electoral concebido para ampliar los márgenes de la representación política de la oposición partidaria al PRI, pero sin que ello significara poner en riesgo la hegemonía de este partido en el sistema. El saldo de esta lógica de operación del sistema fue y ha sido la observancia de un alto grado de gobernabilidad asociado a una baja institucionalización de las prácticas democráticas en el gobierno y en la sociedad.

Con todo, la lógica autoritaria de operación del sistema político mexicano entró desde los primeros años de la década de los ochentas en un proceso de deterioro que alcanzaría su punto más alto y visible durante las elecciones presidenciales de 1988. Las reformas político-electorales que se habían implementado con el propósito de regular los conflictos del sistema sin que éste perdiera sus rasgos históricos esenciales, comenzaron a mostrar sus límites frente a una sociedad más compleja, plural, heterogénea y demandante. En estas condiciones, el sistema político ha enfrentado continuamente el dilema de continuar por el camino de la liberalización o de avanzar decididamente por el de la democratización. La historia de los últimos años ilustra las múltiples dificultades y riesgos de ese dilema.

III. DE TLATELOLCO A OCOSINGO: RUTAS Y ENCRUCIJADAS

Analizado desde una perspectiva sociológica, durante los últimos veinticinco años el sistema político mexicano ha sido sacudido por movimientos de alguna manera inesperados, en cierta medida incontrolables y, vistos desde la dominante lógica autoritaria con que opera el propio sistema, atípicos y amenazadores. De la lluviosa y trágica tarde del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco, en pleno corazón político y cultural del país, a la sorprendente madrugada nebulosa y fría del 1 de enero de 1994, en algunos municipios de la selva chiapaneca -el sur profundo del México moderno y ancestral-, el Estado y la sociedad mexicana han ido recomponiendo relaciones, pautas de dominación / subordinación, códigos de comportamiento y señas de identidad.

Para efectos de ordenar un análisis más específico sobre los impactos que sobre el sistema político han tenido los cambios ocurridos en el transcurso de este período, tal vez resulte útil caracterizar a este periodo en los términos que Norbert Elias denomina como un periodo de cambios en la estructura social o de sus aspectos parciales, pero cuya direccionalidad no implica una diferenciación e integración social creciente o decreciente.

Bajo esta perspectiva, puede conjeturarse que el periodo mencionado ha sido un proceso de cambios sociales y políticos parciales que han afectado de manera diversa distintas zonas del sistema político y de la estructura de poder a él asociado, pero que también han influido en la activación de transformaciones profundas en la cultura política de franjas sociales importantes, así como en la recomposición de las relaciones entre el Estado y sociedad civil. A la lógica de inclusión autoritaria que funcionó eficazmente durante cerca de cincuenta años en el régimen político mexicano, se ha opuesto en los últimos veinticinco una lógica -o la combinación de varias de ellas- que expresan un silencioso pero firme impulso liberalizador de la vida pública y del sistema político.

Estos cambios han sido a la vez reales e imaginarios. Reales en el sentido en que se han materializado en reformas parciales del sistema político (que incluyen sucesivas reformas político-electorales que datan desde 1977 hasta nuestros días), el surgimiento de nuevas organizaciones y actores políticos y sociales en no pocos sectores urbanos y rurales, el fortalecimiento de una ciudadanía atenta a los excesos -y las debilidades- del poder público, y la construcción de espacios de crítica y debate en los medios masivos. Imaginarios porque en el mundo de las representaciones y las mentalidades de extensas zonas de la sociedad mexicana contemporánea, referentes tradicionales como el Estado, la Revolución del 17, el PRI, el presidente, los partidos políticos, el nacionalismo revolucionario, parecen constituir hoy frágiles asideros simbólicos de un proceso acelerado de desvanecimiento y reinvención de las creencias y los mitos en una sociedad cada vez más compleja. La impresión que resume el impacto de este proceso es que la cultura política de los mexicanos es hoy un conjunto abigarrado de culturas políticas singulares y fragmentarias, habitadas por fantasías, deseos, creencias y mitos de muy diversa índole, que opera en un sistema político cuyas principales certidumbres se han desvanecido aceleradamente en los últimos años.

Estaciones de un itinerario inconcluso

Visto en su conjunto, el periodo que corre desde 1968 hasta nuestros días es un tiempo opaco iluminado por destellos dispersos localizados en diferentes espacios y coyunturas. De Tlatelolco al jueves de corpus, de la guerrilla urbana, la exclusión político electoral de la izquierda y la ebullición del sindicalismo universitario a la reforma política de 1976-1977, de los terremotos de 1985 a la áspera y conflictiva elección presidencial de 1988, y de ahí a la violenta y sorpresiva irrupción del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en el escenario político mexicano, el asesinato del candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio, y las elecciones federales del 21 de agosto pasado, es posible encontrar algunos de los cabos sueltos que pueden atarse para comprender la extensión, alcances, y posibles direccionalidades del proceso iniciado hace un cuarto de siglo.

Mitos y realidades se confunden en la imaginería política y social mexicana. Actores y observadores, protagonistas y espectadores de este periodo de la historia nacional comparten algunos de esos mitos, creencias y preferencias explicativas, pero también han construido desavenencias, interpretaciones alternativas y cursos diversos de acción política y social. Que la permanencia de la mitología mexicana opaque las nuevas realidades, o que sobre de éstas se construyan nuevos mitos es, para algunos observadores de las relaciones entre el Estado y la sociedad mexicana finisecular, una operación esencialmente ideológica impulsada por el sistema de dominación con el propósito de reforzar las bases de su legitimidad. Para otros, los mitos y las realidades cobijadas en el gran arco del tiempo comprendido entre 1968 y 1994 son el producto de un conjunto de tensiones no resueltas entre Estado y sociedad que tienen efectos contradictorios y confusos en términos de la legitimidad política del régimen. Pero en uno y otro caso, se reconoce el valor de los mitos como sistemas de creencias e imaginarios de grupos específicos de la sociedad mexicana que integran, junto con la historia, las invenciones oficiales y las invenciones colectivas, lo que se ha dado en llamar la «identidad nacional».

Así, 1968 es un año que evoca, al mismo tiempo y en diferentes territorios del imaginario político-social, represión y rebelión, democracia utópica e inflexibilidad estatal, despertar popular y endurecimiento político. La tragedia, madre protectora de los mitos, tendió su oscuro manto simbólico para facilitar el florecimiento de explicaciones parciales, tesis sin fundamentos empíricos suficientes, interpretaciones maniqueas que, desde el gobierno o desde la oposición a él, se han generalizado. Pero en términos políticos, el movimiento del 68 cuestionó por vez primera el mito de la unidad nacional, el sueño mexicano afianzado en el nacionalismo y el monopartidismo, y la apacible y tersa imagen de un sistema político funcionando de manera aceitada sobre los resortes y mecanismos corporativos. En estos términos, el 68 constituye uno de los primeros fenómenos modernos y modernizadores de la vida política mexicana.

La década de los setentas es pródiga en acontecimientos que sacuden las buenas conciencias gubernamentales y el sentido común que homogeneiza la normalidad mexicana. El «síndrome de Jezabel» aparece en zonas relevantes de la sociedad mexicana, poblando de terroristas, guerrilleros, sindicalistas democratizadores, activistas de izquierda, el hasta entonces aparentemente pacífico escenario político mexicano. Estos son los marginales, los losers de luchas opacas en torno a la democracia, la justicia o la libertad, que enarbolan reivindicaciones justicieras, sueños mesiánicos, o aspiraciones reformadoras, democratizadoras y nacionalistas. Los efectos de estas apariciones son, en términos de las relaciones entre la sociedad y el poder, muy parecidos: primero, exclusión, represión, guerra sucia y, en algunos casos, exterminio; después, inclusión, normalización, reformas parciales de las fronteras del sistema político.

En los ochentas, tres momentos aparecen como relevantes en la perspectiva de este recuento: el inicio de la crisis económica en 1981-1982, los terremotos de 1985, y las elecciones presidenciales de 1988. Estos acontecimientos expresan tres procesos que, por sus efectos, se encadenan para producir transformaciones sensibles en las relaciones entre el Estado y la sociedad civil mexicana. El primero anunció el principio del fin del modelo desarrollista mexicano iniciado desde la década de los años cuarenta, en donde el pacto corporativo entre el Estado y el capital, entre el Estado y los enclaves organizados hegemónicos de las clases dominadas, se tradujo en una creciente expansión de la intervención estatal en la economía, en la sociedad y en la política. La crisis de la deuda fue no sólo el detonante de la crisis económica más dura y larga del México postrevolucionario, sino también la evidencia empírica de la «fatiga histórica» del Estado interventor (Aguilar Camín, 1988), y el inicio de una erosión irreversible de las bases de apoyo del autoritarismo mexicano. A partir de ahí, puede apreciarse, más de una década después, el sentido de la profunda reforma estatal y económica que caracteriza el nuevo modelo de crecimiento adoptado tras dos sexenios de administración gubernamental.

Los terremotos ocurridos en la Ciudad de México y otras regiones del país en septiembre de 1985 constituyen otro momento importante entre las modificaciones del sistema político y la sociedad mexicanas contemporáneas. Al desconcierto y la desmovilización propias de este tipo de tragedias, se sumó la débil capacidad de respuesta del sistema político y la errática intervención gubernamental para enfrentar las consecuencias sociales del desastre. En el contexto de una sociedad resentida por los efectos de la crisis económica, el terremoto se convirtió no sólo en un acontecimiento catalizador de nuevas identidades políticas -que expresan el surgimiento de organizaciones sociales de damnificados y nuevos movimientos urbano-populares-, sino también en la fuente de numerosos mitos políticos y sociales que contribuyeron a alimentar esa identidades y a conformar una cultura política antigubernamental y antipartidista en sectores importantes de la población urbana.

Estos cambios contribuyeron, por lo menos en parte, al proceso de erosión del gran pacto corporativo mexicano y la crisis de legitimidad del sistema político a él asociado, cuyo punto más conflictivo y espectacular lo constituyeron las elecciones presidenciales de julio de 1988, cuando los severos programas gubernamentales de ajuste encaminados a superar la larga crisis económica de los ochenta, la antidemocracia, la rigidez y el autoritarismo del sistema político mexicano, y la emergencia de una ciudadanía que reflejó su pluralidad en votos electorales, fueron factores cuyos efectos combinados materializaron el descontento y la irritación cívica por las formas y los contenidos no sólo del sistema político mexicano, sino también por el rumbo que por las medidas anticrisis había tomado el gobierno delamadridista. El impacto de esta rebelión cívica mostró el rostro del México que no cabe ya en el PRI, aquel que ya no cree tan firmemente en las promesas del Estado de la Revolución, ni en la generosidad y omnipresencia del presidente de la República. Es el México urbanizado y alfabetizado, habitado por los sectores clasemedieros que vieron pasar a varias de sus generaciones por las aulas de las universidades públicas y que crecieron escuchando rock, leyeron los artículos y libros que hablaban sobre los grandes mitos nacionales, que se integraron silenciosamente al anonimato que proporciona ser espectador de las medios masivos de comunicación, y se sintieron herederos de los mártires reales e inventados de los movimientos populares surgidos por fuera de las rígidas estructuras del poder político en México.

En estas condiciones, la estrategia liberalizadora que había sido utilizada con relativo éxito por el sistema político mexicano durante casi cuatro décadas mostró, por primera vez, sus límites. Lo que 1988 puso en la mesa de la discusión nacional fue la necesidad de democratizar al sistema, es decir, de transitar pacíficamente de un régimen autoritario a uno democrático, sin estaciones intermedias de apertura del mismo, viejo sistema político autoritario.

Marcas del presente, ¿rostro del futuro?

El salinismo se enfrentó al dilema de desmontar el autoritarismo y sentar las bases del tránsito pacífico para la construcción de un sistema político democrático, arriesgando con ello la hegemonía del PRI y la relevancia de la figura presidencial, o de estirar al máximo los límites del sistema autoritario a fin de mantener la estabilidad política y la gobernabilidad. En un contexto de marcada irritación social y política, el salinismo optó por la segunda alternativa.

Pero, al lado de ello, emprendió una profunda reestructuración económica combinada con una reorientación y disminución de la intervención estatal en la misma. Privatización de empresas públicas, apertura hacia el exterior, fortalecimiento de las relaciones con el sector empresarial, fueron cursos de acción gubernamental de una política económica cuyo antecedente más importante fue esa especie de «obra negra» que en el ámbito económico el delamadridismo había construido durante los años anteriores.

En términos del sistema político, durante los primeros años del salinismo la estrategia consistió en reconocer el fin de la era del partido único y el principio de un nuevo y verdadero sistema de partidos que reflejaran la pluralidad ideológica y política existente en la sociedad mexicana. Por otro lado, hacia el interior del propio PRI se iniciaron acciones destinadas a dar mayor autonomía real a la figura presidencial, liberando a ésta de los lastres (y las presiones) del viejo sindicalismo y de las figuras corporativas. El resultado fue el de la reestructuración de los términos tradicionales del autoritarismo mexicano y de una limitada pero efectiva ampliación de la representatividad e importancia política de un sector estratégico de las fuerzas políticas mexicanas: la que representa el PAN.

En el transcurso del sexenio salinista, la liberalización del sistema político mexicano apareció como una suerte de liberalización asimétrica, es decir, orientada a integrar, reconocer y estimular fundamentalmente a una parte de las fuerzas que operan en el sistema político -la representada por el PAN- mientras que excluyó, simultáneamente, a otras de las fuerzas que también operan en él (principalmente, la representada por el PRD). Durante el salinismo, el perfil de los conflictos regionales, el reconocimiento de los triunfos del PAN en dos estados de la República -Baja California Norte y Chihuahua- y la designación de un miembro de este partido como gobernador interino en otro -Guanajuato-, parecen mostrar la validez de una hipótesis como la anterior.

En alguna medida, esta liberalización asimétrica quedó plasmada en las reformas (y resultados) electorales ocurridos en la elección presidencial del pasado 21 de agosto, aunque a ello contribuyó decisivamente el desempeño de los propios partidos políticos en la promoción de sus candidatos y sus programas. Pero esas reformas y resultados no hubieran sido posibles sin el relativo éxito de las transformaciones económicas que habían redituado un genuino prestigio y legitimidad al régimen político durante el sexenio. La reestructuración de la deuda externa, la privatización de una parte enorme del sector público, el aumento del gasto social vía programas como Solidaridad, las reformas a las relaciones en el campo y con las iglesias, la firma del TLC, se constituyeron como los soportes «duros» y simbólicos de un proceso de liberalización política cuyos aspectos más álgidos y conflictivos se pensaban dejar, aparentemente y por lo menos, hasta el siguiente sexenio.

Pero en este clima de optimismo económico y de relativa certidumbre política aparece, sorpresivamente, la rebelión de Ocosingo, en Chiapas. En un escenario donde la modernización económica parecía haber devuelto buena parte de la legitimidad perdida al régimen político, cuando la mayoría de las élites empresariales y gubernamentales y la sociedad urbanizada concentraba su mirada -y sus expectativas- hacia el norte, cuando los partidos políticos (sobre todo el continente izquierdo) aparentemente habían logrado consensos mínimos en torno a la necesidad de fortalecer los procedimientos democráticos que implican los procesos electorales en el país, en el extremo sur del país irrumpe en un puñado de municipios de la selva chiapaneca un contingente armado pidiendo el derrocamiento del presidente de la República, declarando la guerra al ejército y exigiendo democracia, justicia, libertad.

Si el impacto psicológico de la noticia de lo que ocurrió en Tlatelolco en 1968 para muchos sectores de la sociedad mexicana había sido, según escribió Poniatowska en La noche de Tlatelolco, como un «mazazo en la cabeza», la declaración de guerra del Ejército Zapatista de Liberación Nacional constituyó para la sociedad mexicana lo que Octavio Paz ha denominado como una sensación de «regreso al pasado». En un primer momento, la rebelión chiapaneca activó los resortes más profundos y enmohecidos del autoritarismo del sistema político mexicano, y cuestionó no sólo los alcances de la modernización económica salinista, sino también la vocación democrática que aparentemente se había extendido por todos los sectores del sistema político mexicano. Sin embargo, poco después, el gobierno salinista echó mano de los recursos de la negociación y el diálogo, viejas cartas de la tradición estatal postrevolucionaria, con el objeto de enfrentar con política y no con las armas la violenta acción de un grupo de perfil típicamente antisistema.

Pero la aparición del EZLN y su reivindicación de la violencia como un medio legítimo de lucha social y política, dio lugar al (re)surgimiento de mitos que se creían extinguidos. De un lado, en el izquierdo, los mitos de la revolución, de la violencia como la continuación de la política por otros medios, de la figura del héroe guerrillero, del «foquismo»; del otro lado, el derecho, la amenaza extranjera, la teoría de la conjura postcomunista; y en el centro, en el espacio simbólico y real ocupado por el Estado y el PRI, reaparecieron, por lo menos fugazmente, los mitos de la democracia y el nacionalismo, esas grandes ficciones y verdaderos mitos fundadores de la identidad mexicana.

Pero lo más grave estaba por venir. En marzo, el asesinato del candidato presidencial del PRI se constituyó como una de las más poderosas señales de que nuevas fuerzas e individuos se movían entre los sótanos y las sombras de la política y la sociedad exigiendo su cuota de sangre a un sistema al que descalificaban por muy diversos argumentos. En septiembre, el asesinato del secretario general del mismo partido confirmó la sensación de incertidumbre respecto a la capacidad reformadora ya no sólo del sistema sino del mismo PRI. No obstante, las nutridas y pacíficas elecciones de agosto proporcionaron certezas básicas a la necesidad de transitar por una institucionalización paulatina de formas y contenidos democráticos para cohesionar civilizadamente a una sociedad y un Estado en continuo y acelerado movimiento.

Ante ello, las relaciones entre el sistema político y las varias sociedades mexicanas vuelven a poblarse hoy como en otros momentos de múltiples incertidumbres y polaridades. Las creencias en la viabilidad de la democracia y el aparente consenso en la necesidad de modernizar al país, se enfrentan a los reclamos del México profundo, a los excluidos y marginados por la antidemocracia y la desigualdad, la injusticia y la corrupción. Más allá de las formas en que se resuelvan las recientes polarizaciones, las secuelas del enfrentamiento se convertirán en las cicatrices que, junto con las que se han formado en los últimos veinticinco años, marcarán el rostro del sistema político mexicano en el tramo final del siglo XX. Pero también señalarán, con alguna precisión, los límites infranqueables de la liberalización política y las nuevas rutas que hay que abrir o consolidar para la construcción de la democracia mexicana.

En este contexto, el inicio de un nuevo gobierno enfrenta una complejidad social y política cargada de nuevos y viejos desafíos. Reforma del Estado, separación entre partido y gobierno, desarrollo económico, derechos humanos, combate a la desigualdad y a la pobreza extrema, reforma del sistema de justicia, políticas públicas inclusivas y eficaces son sólo algunos de los puntos de una agenda que implica cuotas enormes de voluntad política y de imaginación institucional frente y con el nuevo gobierno para su abordaje productivo y efectivo. La accidentada, difícil historia de los últimos años, con su mezcla desordenada de haberes y saldos, de desvanecimientos y re-construcciones inconclusas, se constituirá, sin duda, en su ineludible referente.

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Julián Ríos: Amores que atan

Carlos Fuentes. Escritor. Entre sus libros más recientes, Diana, La cazadora solitaria y Nuevo Tiempo Mexicano.

Con esta entrega, que reflexiona sobre la obra reciente de uno de los escritores hispanoamericanos más importantes de nuestros días, Carlos Fuentes inaugura una nueva columna, que los lectores de nexos podrán disfrutar mensualmente.

Cuando Gregor Samsa despertó, una brumosa mañana de Praga, y se descubrió convertido en insecto, la historia de la novela cambió para siempre. El primer héroe de la novela moderna, don Quijote, sólo puede concebirse a si mismo como un héroe de caballerías. Los rufianes que lo atacan, las maritornes que lo engañan, los molinos de viento que lo paran de cabeza, no logran vencer su ilusión: él es el igual de Amadis de Gaula.

Entre Quijote y Samsa, la novela le otorgó plenitud de ser al personaje y su psicología (Emma Bovary), al personaje y su singularidad (Picwick). De ellos, nos recuerda Milan Kundera, era posible saberlo todo. Mientras más información, mejor la novela, más completo el héroe o la heroína. Pero cuando el héroe despierta y se sabe convertido en cucaracha, cuando el héroe es acusado y perseguido sin saberse jamás la causa que se le instruye, cuando el héroe no puede nunca llegar al Castillo que don Quijote descubría en cada venta del camino, ha ocurrido algo muy grave y algo muy significativo. Lo grave es que el personaje, su psicología, su valor individual, han dejado de tener sentido, se han desintegrado; Kafka lo anuncia. Auschwitz y el Gulag lo cumplen.

¿Con qué sustituir al héroe convertido en insecto? ¿Hemos de cortarle su horrible cabeza? ¿Hemos de convenir, con Beckett, en que lo único indiscutible en este mundo es nuestra propia inexistencia?

Prolongar lo que ya hicieron para siempre Dickens y Balzac, Flaubert y Proust, es inútil, a menos que el guiño de la parodia o el índice del lenguaje nos den un margen de relectura. Ni prolongación servil ni relectura crítica, hay autores que, al despertar Samsa de su pesadilla, se inclinan sobre su cabecera y con infinita compasión, con dolor pero sobre todo con imaginación, buscan en ese héroe vencido, no una imposible resurrección, sino una nueva figuración. Thomas Bernhard y Amo Schmidt, John Hawkes y Julio Cortázar, son ejemplos de escritores que, con enorme coraje, se han lanzado a la búsqueda de la figura que sustituya al personaje vencido pero no se resigne al escarabajo de la muerte.

Julián Ríos pertenece a ese grupo angustiado, alegre y audaz que, en vez de reconstruir personajes únicos o inimitables, inventa figuras que sean lugares de encuentro, espacios de continuidad entre el pasado de la humanidad y su posible futuro. Muertos los héroes, Ríos, en Amores que atan, hace lo inesperado por lógico. De la A (de Albertina) a la Z (de Zazie) restituye a las heroínas del siglo XX, a las compañeras posibles de Samsa, las novias latentes del Frankenstein que caminó de noche por las calles de Sarajevo, a la sombra de la Gestapo, la KGB y la CIA, en las fronteras del terror, la fuga, la migración… Ahora, por un instante, Ríos nos las devuelve a su momento de gloria, es decir, a su momento constitutivo, no tal y como nos las pudieron presentar Henry James o Scott Fitzgerald, D. H. Lawrence o Virginia Woolf, sino como las heroínas comenzaron a ser al ser imaginadas por primera vez, más que como pudieron ser olvidadas, disecadas, abandonadas a la preceptiva y a la academia.

Figuras y no personajes; lo que Ríos hace en Amores que atan es sorprender a sus veintiséis heroínas en el instante en que ellas aparecen -apariciones- y luchan por constituirse como heroínas literarias. Ríos las ayuda a constituirse de nuevo, pero sólo si ellas -Molly o Iku-Ko, Sally o Tristana- se le entregan al autor y al lector perfectamente desnudas, sorprendidas en el momento de su máxima inseguridad, antes de ser «personajes». Que no muera nuestro siglo, parece indicarnos Ríos, sin que nos acompañen a su acabamiento estas veintiséis heroínas inacabadas, estas dos docenas más dos de mujeres que le dieron razón de ser a nuestro tiempo, que lo salvaron del horror, el crimen, la crueldad del siglo más negro de la historia, el menos perdonable por haber logrado, con los triunfos del bien, acercarnos tanto a las derrotas del mal.

Julián Ríos, en Amores que atan, nos ofrece veintiséis misterios perfectos que nos conducen a la perfecta claridad. El misterio nace de la ruptura del personaje y sus signos habituales. La claridad, de la propia génesis o transformación de las veintiséis heroínas de nuestro tiempo.

Balada de las damas de nuestro tiempo, Ríos no las remite, como Villon, al pasado y sus nostalgias. Sus reinas Margot, sus Juanas de Lorena y sus sabias Eloisas, son presente, están presentes, gracias a tres aciertos estilísticos del autor. Uno de ellos, el más evidente pero no por ello menos estremecedor es la puntuación de la violencia contemporánea que acompaña a cada una de estas historias. Sucedan dónde y cuándo sucedan, las historias de Ríos tienen por compañeras a la violencia; nueve bombas en Birmingham, cincuenta muertos en un bombardeo aéreo, veintitrés mil muertos (casi a mil por heroína) de viruela en la India, veinticuatro muertos quemados vivos al chocar dos autobuses al sur de Lahore. A esta universalidad de la violencia, Ríos le añade una unidad de lugar. Los espacios evocados van de Japón a Nueva Orleáns. El lugar desde donde se evoca es uno solo, Londres, sus pubs, sus parques, sus calles de ladrillo y carbón. El autor convoca a sus heroínas al lugar desde donde las recuerda y las recrea. Ellas acuden con la premura ansiosa de la carne, el sexo, la intimidad maravillosamente evocadas por Julián Ríos en esta novela erótica en el sentido que Bataille le da al término: victoria sobre la muerte. Ríos las aguarda con el pene, la pena, la pluma de la escritura.

Pero por último, y sobre todo, la presencia de Amores que atan se debe al vigor del lenguaje. En esto sí que se parecen Julián Ríos y François Villon. La energía del lenguaje le da vuelo insólito a cada página del libro. Sólo que Ríos no escribe en francés, sino en español. Y, como lo sabemos bien los escritores hispanoamericanos, darle vitalidad al castellano es, para quienes lo hablamos, escribimos o soñamos, cuestión de vida o muerte. Heredero de Quevedo y Valle, Ríos lo sabe también: si el idioma se nos muere, la muerte suplanta a la vida hispánica. Si dejamos vacío el espacio del lenguaje, un barroquismo perverso lo llenará enseguida de intolerancia, estupidez, miedo. Contra este peligro latente en toda sociedad moderna, pero también en las nuestras, Julián Ríos opone unos amores que atan, que nos atan, a la vida, al sexo, a las palabras, a la imaginación, al sueño, al amor.

II. Arqueología del narcotráfico

Luis Astorga. Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

En el número 210 de nexos (junio, 1994), iniciamos la serie «Viaje al país de las drogas». Este artículo cubre una estación más de la ruta: la de la historia del narcotráfico en Sinaloa.

En México, entre 1888 y 1911, las cantidades de opio importado oscilaron entre casi 800 kilos y cerca de 12 toneladas. El consumo de opio en forma de láudano -mezcla de opio de alta calidad, alcohol de 30°, azafrán y esencias de canela y clavo- y otros compuestos opiados, era legítimo y usual. En Sinaloa, datos estadísticos de 1886 consignan ya desde entonces la existencia de la adormidera blanca, rica en morfina, entre la flora de la región. Sin embargo, el opio se importaba de los Estados Unidos, Europa y Asia.(1)

(1) Cfr. Comercio Exterior de México 1877-1911. Estadísticas Económicas del Porfiriato, México, El Colegio de México, 1960, p. 214; Alfonso Luis Velasco, «Geografía y Estadística del Estado de Sinaloa», en Geografía y Estadística de la República Mexicana, t. II, México, Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento, 1889, pp. 12-13, 20-46, reproducido en Sergio Ortega y Edgardo López Mañón (compiladores), Sinaloa: textos de su historia, México, vol. 2, Instituto de Investigaciones José Ma. Luis Mora, 1987, p. 143; La Farmacia, D.F., 15/XI/1890.

Los vinos o «cordiales» con coca (Mariani, San Germán, Désiles, etc.) recomendados para niños y adultos contra el raquitismo, la senilidad, la anemia, la neurastenia, etc.; y los cigarrillos de mariguana (de una compañía francesa) para combatir el asma, la tos nerviosa, los catarros y el insomnio, formaban parte de los productos que se ofrecían normalmente en las farmacias.(2)

(2) Cfr. El Correo de la Tarde, Mazatlán, Sin., 16/VIII/1899; 20/XI/1900; 10,22/I, 25/III, 1/IX/1913; La Farmacia, 15/VI/1904; La Semana Ilustrada, D.F., 15/V/1912; El Demócrata Sinaloense, Mazatlán, Sinaloa, 10/II/1922.

En 1920, las autoridades sanitarias mexicanas consignaron sus preocupaciones eugenésicas e hicieron eco al espíritu criminalizador de las reuniones internacionales promovidas por los Estados Unidos para controlar principalmente la producción de opio y sus derivados -Shanghai, 1909; La Haya, 1912- al establecer unas «Disposiciones sobre el cultivo y comercio de productos que degeneran la raza». Estas medidas prohiben el cultivo y la comercialización de la mariguana, cuya venta se pretendía controlar por lo menos desde 1883 por considerarla venenosa o nociva en otras manos que no fueran las de los médicos o farmacéuticos. El de la adormidera se permite, al igual que la extracción de sus productos, siempre y cuando se solicite el permiso correspondiente. Seis años después, la prohibición abarcará a las dos plantas, sin excepción.(3) Los comerciantes y consumidores de antes se convierten en «traficantes» y «viciosos», en «criminales».

(3) Diario Oficial, 15/III/1920; La Farmacia, VI/1926.

A principios de 1937, el doctor y general José Siurob, titular del Departamento de Salubridad Pública, convoca a una junta a la que asisten los principales representantes de las dependencias federales relacionadas con la justicia. Allí señala entre otras cosas, problemas con algunos gobernadores, uno de los cuales avisó que había enviado opio decomisado a las autoridades sanitarias y cuando se abrieron las latas… se encontró chapopote. Y agrega: «antes, a los agentes se les pagaba con la propia droga. íYa se imaginarán ustedes, que esos agentes, eran también vendedores!». Por su parte, Salvador Martínez, de El Universal Gráfico, afirma que Enrique Fernández Puerta el «Al Capone de Juárez», «llegó a controlar el Ayuntamiento y sirvió de escalón para enriquecer a muchos individuos que han vivido de la cosa pública de Chihuahua entre ellos tres gobernadores».(4)

(4) Cfr. El Universal, 23/11/1937; El Universal Gráfico (vespertino), 16/XII/1937.

En las primeras horas del 21 de febrero de 1944, durante las fiestas del carnaval mazatleco, el gobernador sinaloense, coronel Rodolfo T. Loaiza, es asesinado a quemarropa en el Patio Andaluz del Hotel Belmar por Rodolfo Valdés, o Valdez, (a) «El Gitano», pistolero de los terratenientes del sur de Sinaloa. Luego de su captura, casi un año más tarde, el homicida fue trasladado al D.F. Dos días después tuvo una reunión a solas de más de una hora con el Secretario de la Defensa Nacional, general Lázaro Cárdenas. No negó haber sido el autor material del asesinato, pero acusó al general Pablo Macías Valenzuela, gobernador de Sinaloa (1945-1950) y ex-secretario de Guerra y Marina (1940-1942), de haber sido el autor intelectual. El gobernador sinaloense no fue el único mencionado en la prensa. También se hablaba del general Maximino Avila Camacho, de los terratenientes del sur de Sinaloa, de la familia de Alfonso Tirado -rival político de Loaiza y expresidente municipal de Mazatlán, asesinado en Culiacán en 1938 por el jefe de la policía judicial, Alfonso Leyzaola Salazar, (a) «La Onza»-, e incluso de traficantes de opio de Badiraguato, según Luis Spota periodista de Excélsior; tesis basada en las pláticas de pasillo escuchadas en la Cámara de Diputados del D.F.(5) La autoría intelectual del homicidio nunca fue esclarecida completamente.

(5) Cfr. El Correo de la Tarde, 23/II/1944; 5, 20/III, 11, 13, 18/IV/1945; Excélsior, 13/VI/1944; José María Figueroa Díaz, Sinaloa, Poder y Ocaso de sus Gobernadores: 1831-1986, Culiacán, Imprenta Minerva, 2a. edición, 1986, pp. 114-115.

A principios de noviembre de 1947 se anuncia un viaje de trabajo de altas autoridades judiciales, militares y de salud, con el fin de poner en marcha un plan presidencial para combatir a los traficantes de drogas en el noroeste. En La prensa del D.F se publican rumores escuchados en la PGR según los cuales dos gobernadores norteños estarían «mezclados en el tráfico de enervantes». El 14 de noviembre de 1947, el periodista Armando Rivas Torres de Excélsior, quien había acompañado a los funcionarios en la gira califica a la capital sinaloense de «base de operaciones de los contrabandistas de opio», y anota que el gobernador Pablo Macías Valenzuela «es señalado por mucha gente como uno de los cabecillas de la banda de traficantes en drogas, cosa que está por probarse».(6)

(6) Cfr. La Voz de Sinaloa, Culiacán, 8, 10/IX/1947; Excélsior, 8-12, 14/IX/1947.

Ultimas Noticias publicaba «Acumulan datos contra el gobernador cabecilla»; «Intimos colaboradores de Macías vendían el opio»; «Ahora no escapará el gobernador traficante». Por su parte, el enviado especial Eduardo Téllez V., de El Universal, escribe que en Sinaloa se dice que «políticos de altura, influyentes y hasta aparentes comerciantes e industriales están mezclados en el condenable tráfico». Y ya desde la capital del país señala, acerca de Macías, que «extraoficialmente se sabe que es dueño de 4 avionetas en que se ha contrabandeado opio (…), hasta se dice que él personalmente se encarga de entregar la droga enlatada en un lugar de la Baja California».(7)

(7) Cfr. Ultimas Noticias, 12-15, 17-19/XI, 2, 6, 26/XII/1947; El Universal, 10-18/XI/1947.

El 20 de noviembre de 1947, el presidente Miguel Alemán llega a Mazatlán en viaje de trabajo. Dos días después, Macías emite un comunicado oficial en el que rechaza las imputaciones de la prensa. Califica las notas como «gravemente ofensivas (…), calumniosas alusiones que hieren la dignidad y el decoro del pueblo de Sinaloa (…), fantasías elaboradas por la desarrollada imaginación que, sin duda alguna, fue previamente estimulada antes de su partida de la ciudad de México».(8) La duda quedó sembrada.

(8) Cfr. El Tiempo, Culiacán, sin., 25/XI/1947.

Según los recuerdos de Lazcano, procurador de Sinaloa en los gobiernos de Macías, Sánchez Celis y Labastida, el asunto del tráfico de drogas en Sinaloa «ya impactaba» desde los años treinta: «Políticos, comerciantes, empresarios, policías, campesinos, todo el mundo sabía que se sembraba amapola (…); se sabía quiénes eran los que se dedicaban a la siembra (…). Vecinos conocidos, campesinos y pequeños propietarios (…); la Policía Judicial sabía quiénes eran los productores (…); el Jefe de la Policía en el que iba y controlaba el `por ciento’ que les tocaba, a cambio del disimulo, el apoyo o lo que se quiera. De tal suerte que el Jefe de la Judicial era un personaje con poder, porque tenía importantes ingresos de dinero. Además, el cargo entrañaba y significaba mucha relación con el Gobernador (…). Yo conocía a varias personas que sembraban. Muchos eran amigos míos que cultivaban amapola y luego de la cosecha se iban a Nogales con cuatro o cinco bolas en un veliz o en unos morrales. Se iban vestidos como campesinos. Y lo curioso es que en la frontera pasaban en la aduana sin ningún problema (…). Era evidente que los dejaban pasar». Contrariamente a una tesis muy difundida, asegura que antes de los cuarentas eran sinaloenses y no chinos los que estaban involucrados en el negocio de la adormidera y el opio: «Sabíamos los nombres de quiénes sembraban y quiénes traficaban». Algunos agricultores también cayeron en la tentación. Señala que ciertas familias, algunas conocidas, bien relacionadas y con posibilidades económicas de Badiraguato, Culiacán, Guamúchil y Mocorito decidieron explotar esa veta. Asegura: «Cuando la industria estaba por rendir sus primeros frutos en términos de capitales (…), cuando el fenómeno se ramificaba y crecía, cuando la gente involucrada empezaba a armarse», el propio presidente Alemán pronunció una frase que no se le ha olvidado: «Pues es que produce divisas. Que produce divisas…».(9)

(9) Véase: Manuel Lazcano Ochoa, Una vida en la vida sinaloense, Los Mochis, Sin., Talleres Gráficos de la Universidad de Occidente, 1992, pp. 198-208.

Con base en informes de Harry J. Anslinger, comisionado de narcóticos del gobierno estadunidense de 1930 a 1962, se ha llegado a decir también que cuando los Estados Unidos entraron a la Segunda Guerra mundial, los mafiosos estadunidenses ligados al grupo de Luciano, especialmente Benjamín «Bugsy» Siegel, propusieron impulsar el cultivo de adormidera en México para suplir la escasez de heroína y morfina en el mercado del país vecino. Una vez aprobado el proyecto, Siegel hizo su aparición en el D.F acompañado de Virginia Hill. Organizaron «las fiestas más fastuosas de que se tiene memoria con el fin de `convencer’ a los políticos de entonces que a ellas asistían. Siegel regó dinero a montones y obtuvo el `visto bueno’ que buscaba. A continuación se le vio por Nayarit, Sinaloa, Sonora y Baja California. Estaba en pleno proceso de organización». A raíz de esto, México se habría convertido en el principal proveedor de los Estados Unidos.(10)

(10) Cfr. Felipe Bustamante, «Un sindicato internacional controla el tráfico de drogas hacia Estados Unidos», en Novedades, 14/V/1962.

Sinaloa es descrito en los años cincuenta como «un Estado muy rico, muy agricultor y con pena hay que expresarlo, tierra donde el pistolero y su dama, la `goma’, es la pareja que anda del brazo y por la calle». Se dice que la colonia Tierra Blanca «es el centro de operaciones de coyotes y gomeros». Se califica a Culiacán como «un nuevo Chicago con gangsters de huarache». Se afirma que los traficantes de peso encubren sus actividades delictuosas con otras de carácter legal: son «conocidas personas» que aparecen como «honestos y laboriosos comerciantes», «profesionistas», «síndicos municipales y hasta autoridades de mayor categoría». Tal escenario no parece haber impresionado a turistas como Clark Gable y el hotelero Nick Hilton quienes, en 1958, estuvieron cuatro días en Culiacán cazando patos en sus alrededores y disfrutando los efectos del tequila con sangrita.(11)

(11) Cfr. La Voz de Sinaloa, 16/I/1950, 16, 18/VIII, 5/IX, 25/X/1951; 13/VIII/1952; 21/I, 10/III, 11/XI/1953; 8/I/1958; El Diario de Culiacán, 31/I/1950.

Las percepciones acerca de las razones oficiales de las «campañas» contra las drogas no eran compartidas por todos. En 1950, el último año de gobierno de Macías Valenzuela, en un periódico de Culiacán cuyo director general era Roman R. Millán-quien posteriormente ocuparía el cargo de procurador general de justicia de Sinaloa (1951-1952) en el gobierno de Pérez Arce (1951-1953) fue publicado lo siguiente: «Si México lograra del organismo internacional que controla los estupefacientes la autorización para producir opio y venderlo en toda la América, tendría una fuente más, dentro de la ley, de riqueza y de trabajo, y Sinaloa, que es el principal Estado productor de este artículo ganaría mucho, porque sería otro renglón más para robustecer su economía. Lo demás son lirismos … que están en desacuerdo con la realidad y con la práctica».(12)

(12) Cfr. El Diario de Culiacán, 12/VII/1950.

En 1953, el Departamento de Aeronáutica Civil, dependiente de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, ordena la suspensión de vuelos de aviones comerciales en campos aéreos de Sinaloa, Sonora, Chihuahua y Durango. Efraín González, fundador de la Escuela de Aviación de Culiacán e instructor de vuelos con quien se formaron una gran cantidad de pilotos, recuerda esa época y señala que lo primero que hicieron las autoridades fue pararle los aviones porque dijeron que en ellos se habían transportado muchos kilos de goma: «Fui a reclamarles y les dije que no había transportado kilos de goma, sino toneladas (…), además les dije que por qué no paraban Aeronaves de México y al FFCC; que ellos habían transportado más goma que mis aviones. A los pocos días me dejaron volar».(13)

(13) Cfr. La Voz de Sinaloa, 27/III, 2/IV/1953; Efraín González, Crónicas de la aviación en Sinaloa. Culiacán, Difocur, 1994,pp. 102, 109-110.

En su gira por Badiraguato como candidato del PRI a gobernador de Sinaloa (1962), Sánchez Celis promete acciones contra abigeos y «sembradores de adormidera». Según el exprocurador Lazcano, Sánchez Celis, «el político más completo que haya dado Sinaloa», el personaje que según la anécdota habría dicho a los «gomeros»: «Váyanse de Sinaloa. Mátense fuera. Aquí nomás trabajen», ese mismo gobernador «los conocía y ellos lo conocían». Y aunque no le consta que así fue, señala que ese pacto o convenio entre él y los traficantes «sí podría haber ocurrido».(14)

(14) Cfr. La Voz de Sinaloa, 24/IX/1962; M. Lazcano O., op. cit., pp. 149, 226.

La noche del viernes 6 de junio de 1969, en el crucero de las calles A. Obregón y G. Leyva Solano de Culiacán, cae acribillado con ráfagas de M-1 el mayor Ramón Virrueta Cruz, jefe de la policía judicial de Sinaloa en el gobierno de Valdés Montoya. La jerarquía de los caídos es aparentemente el inicio de un nuevo capítulo en las relaciones entre traficantes y autoridades. Después del asesinato, la policía detiene a varios individuos por estar «complicados en el narcotráfico». Entre ellos figuran Eduardo «Lalo» Fernández y otros más, liberados posteriormente. Como presuntos responsables del asesinato de Virrueta fueron detenidos Eduardo Hernández Muñoz (o Núñez), de Arizona, Antonio González Castañeda, de Guasave, Gilberto y Abelardo Fernández y Alejandro Tamayo, (a) «El Remache».(15)

(15) Cfr. La Voz de Sinaloa, 11, 12, 18/VI, 8/VII/1969.

A mediados de enero de 1977, el gobierno federal lanza en el noroeste la «Operación Cóndor»: «la más gigantesca batida contra el tráfico de drogas que se haya realizado en México, con la participación de 10,000 soldados». Al mando de ella se encontraban el general José Hernández Toledo, por parte del ejército, y Carlos Aguilar Garza por la PGR. El militar, veterano de la masacre de estudiantes en Tlatelolco en 1968 y de la toma de universidades como la UNAM, la Nicolaíta en Morelia y la de Sonora en Hermosillo, pronosticó el «fin al narcotráfico» para el mes de mayo de ese año y señaló que en la sierra había suficiente armamento para «una revolución chiquita».(16)

(16) Cfr. Noroeste, Culiacán, Sin., 8, 10/II/1977.

Como resultado del operativo militar hubo desplazamientos de bandas de traficantes hacia Jalisco y un éxodo de campesinos serranos hacia las ciudades. El presidente municipal de Badiraguato, Ignacio Landell Esquerra, declaró que aproximadamente el 30% de los habitantes del municipio dependía del «narcotráfico». La policía empezaba también a resentir los primeros efectos: a principios de marzo de 1977, Alfredo Reyes Curiel, subjefe de la policía judicial de Sinaloa desde hacia siete meses, muere acribillado con veinte impactos de R-15, AK-47 y escopeta calibre 12 de doble cero, en pleno día en las calles de una colonia residencial de Culiacán. A finales del mismo mes, es asesinado con R-15 y «cuernos de chivo», a pocos metros de donde cayó Virrueta en 1969, el mayor Gustavo Sámano, asesor militar de la «Operación Cóndor» y ex-inspector de policía de Los Mochis, Mazatlán y Guaymas.(17)

(17) Cfr. Noroeste, 25/II, 3, 11, 26/III/1977.

El Colegio de Abogados Eustaquio Buelna de Culiacán señaló como responsables de violación flagrante y permanente de los derechos humanos en Sinaloa al coordinador regional de la «campaña contra el narcotráfico» en el noroeste, Carlos Aguilar Garza -detenido con seis kilos de heroína y cocaína en Tamaulipas en 1984; atrapado en Texas en 1989 acusado de «narcotraficante» y entregado a judiciales federales mexicanos; asesinado en 1993-, al agente del ministerio público federal Pablo Hernández Garza y al comandante de la PJF Jaime Alcalá García. Los dos primeros fueron removidos en mayo de 1978 y enviados a Tijuana.(18) El costo social dejó huellas imborrables.

(18) Cfr. Noroeste, 7/IX/1978; Excélsior. 17/VI/1978, 4/VI/1979; Proceso, números 101, 419, 716, 865, 867.

En los años ochenta y noventa, un fenómeno relativamente antiguo, hasta cierto punto «normal» y bien localizado, y enraizado en algunas entidades y municipios del país, desbordó los límites anteriores. Surgieron y se reprodujeron fortunas descomunales cuyo origen sospechoso no fue, ni había sido, un obstáculo para el acelerado proceso de transmutación del estigma en emblema. Más visible allí donde históricamente se crearon por primera vez en el país las condiciones sociales, económicas, políticas y culturales que hicieron posible el despegue del negocio más rentable del siglo. No resultó sorprendente que los agentes sociales señalados como cabezas de dicho negocio fueran, en su mayoría, originarios de la misma región. Lo curioso fue que las autoridades y los medios de comunicación no hubiesen descubierto ese dato sino hasta que el gobierno estadunidense lo hizo público y presionó para que los indiciados fueran aprehendidos y enjuiciados. Los que para muchos eran personajes surgidos por generación espontánea y símbolo del mal por excelencia, para los habitantes de las regiones donde operaban eran viejos conocidos, tanto sujetos temibles y reprochables como empresarios exitosos y hasta filántropos. La estigmatización pública no los privó por completo de los juicios positivos, pues para muchos aquélla sólo hizo más evidente la hipocresía y corrupción de sectores oficiales y de ciertos medios de la sociedad civil que antes los trataban como sus iguales.

En México hay razones para sospechar que el negocio no ha escapado completamente al control del Estado, ejercido más inmediatamente, pero no únicamente, a través de las instituciones formalmente encargadas de combatir el tráfico de drogas ilícitas y a los traficantes. Esto significaría que en esas mismas instituciones, la consolidación de intereses a través del tiempo ha dado lugar a una estructura de poder al interior mismo del Estado, que sólo en determinadas circunstancias -sobre todo cuando hay presiones políticas de los Estados Unidos- ha sido obligada a sacrificar peones, fácilmente reemplazables, pero no debilitada al punto de poner su existencia en peligro, puesto que no se han tenido que eliminar las razones, relaciones y posiciones clave de poder sin las cuales no es posible organizar y modificar con una libertad y autonomía relativas, y con cierto éxito, las reglas del juego.

El campo del tráfico de drogas prohibidas es un mundo inestable por excelencia, abierto para todos aunque con probabilidades de éxito, distribuidas diferencialmente según los agentes sociales y su ubicación en el espacio social, como lo saben los mammasantissima que han jugado y juegan a la vez y de manera permanente en los terrenos legales e ilegales, lo que les permite disfrutar tranquilamente de sus fortunas y su impunidad.

USA-MEX:

¿Y ahora qué?

Rafael Fernández de Castro. Director del Programa para el análisis de las relaciones entre México, Estados Unidos y Canadá (Parmec) del ITAM. El autor agradece a Eugenio Clariond la sugerencia del tema de este artículo.

«La cuña que debiera sostener con fuerza la pareció contra la que está acorralada la administración Clinton, es la actuación del gobierno mexicano. Pero ésta no sólo ha sido incierta en el terreno nacional, sino en el internacional. No podemos esperar que la administración Clinton haga frente a los problemas, si nuestro propio gobierno no ha convencido a propios ni a extraños de que será capaz de remontar la crisis»

Se comenta que en la capital de los Estados Unidos circula la siguiente anécdota, en relación con la crisis mexicana: Cuando Bernard Aronson, quien fue subsecretario para Asuntos Latinoamericanos del presidente Bush, regresó del viaje que había soñado toda su vida -se internó en la zona del Amazonas con unos antropólogos franceses desde mediados de diciembre pasado a finales de febrero de éste- ya ni siquiera existía el despacho que lujosamente había montado la correduría neoyorkina Goldman and Sacks, para que Aronson realizara análisis de riesgo sobre América Latina, y en especial sobre México.

El pobre Aronson, quien por cierto había sido invitado antes que Jones por el presidente Clinton a desempeñarse como embajador en México, pero que declinó ante el cañonazo de dólares que le ofició la firma neoyorkina, no podía dar crédito de lo que había acontecido a México en unos cuantas semanas en que él se apartó del mundo cubierto por la CNN. México pasó de ser el país ejemplo para Washington de lo que podía y debería hacer con su economía una nación latinoamericana, para convertirse en un vecino de alto riesgo y en un lastre político para la administración del presidente Clinton. Asimismo, durante esas semanas de la visita amazónica, México dejó de ser la nación más aplicada de la clase de países con mercados emergentes en el periodo 1990 a 1994, para convertirse en el país que muestra los costos de la cruda realidad desencadenada por no haber limitado las inversiones de cartera a corto plazo. También, cuando Aronson regresó de la selva, descubrió que la nueva realidad política mexicana desmintió con crudeza el mito que él y otros mexicanólogos estadunidenses habían logrado edificar: que el sistema político mexicano, a diferencia del soviético, sí era capaz de liberalizar estrepitosamente su economía, conservando estabilidad; o dicho en términos más al estilo de Washington: que México era un ejemplo en el mundo de país que podía realizar una acelerada «perestroika», pero que dosificaba el «glasnost» para mantener la estabilidad. O la neta en términos priístas, más fregón que Mijail Gorbachov.

Por último, y ya en el colmo de su depresión, para su fortuna Aronson calculó que la nueva paridad cambiaria haría a las exportaciones mexicanas altamente competitivas en el mercado de los Estados Unidos. Se acordó, también, que México y los Estados Unidos. Se acordo también que México y los Estados Unidos cuenta con un instrumento muy preciado para manejar su relación comercial: el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Entonces, ni tardo ni perezoso, se puso a montar un nuevo despacho de abogados especialistas en prácticas desleales al comercio, pues está convencido de que el número de demandas entra los exportadores mexicanos por dumping y subsidios crecerá abrumadoramente. Se especula que ya contrató a algunos de los más famosos abogados que participaron en la negociación del TLC.

Bueno, la verdad es que la historia anterior es una simple fabulación. Lo que no es mentira es que Aronson existe, que es el sujeto que se describe y que sin duda a cualquiera de nosotros que se hubiese ido al Amazonas sin celular, lo imaginado lo hubiera acontecido. Pero valga el cuento para ejemplificar ciertas características de la crisis por la que atraviesa México.

La crisis tomó por sorpresa tanto a los a los mexicanos como a nuestros nuevos socios, los estadunidenses. Es importante referirse a la sorpresa que causó la crisis por tres razones. Primero, nos ayuda a entender las dimensiones de la frustración nacional; es decir, que desaparecieron súbitamente las expectativas de la clase media, la que comenzaba a gozar de una supuesta entrada al Primer Mundo. Segundo, es evidente que la crisis tomó desprevenido al nuevo equipo de gobierno quien apenas empezaba a acomodarse en sus lugares. El diagnóstico inicial de la crisis del gobierno zedillista fue equivocado y se empeoraron las cosas. Mal diagnóstico, medicina equivocada, y el enfermo se nos puso grave… Tercero, a nuestros socios económicos del norte -pues esa relación hemos formalizado con la forma del TLC- también los tomó por sorpresa la devaluación de diciembre y el subsecuente deterioro de nuestro país. Al sentirse amenazado por la crisis, Washington nos tuvo que ayudar.

El periódico The Washington Post dio cuenta de que el 15 de diciembre de 1994, el Departamento de Estado de los Estados Unidos realizó una conferencia para evaluar el futuro económico de México. A este evento asistió la plana mayor de mexicanólogos de aquel país, así como varios de los analistas de Wall Street. La conclusión fue unánime: México atravesaba por dificultades económicas pero se recuperará durante 1995. ¿Por qué fallaron los servicios de inteligencia de EU? En primer lugar, por el hecho de que México se había convertido en el modelo económico que Washington impulsaba para el resto de América Latina; segundo, la extraordinaria capacidad de mercadotecnia del presidente Salinas y de su equipo de colaboradores para vender su proyecto, en especial ante autoridades del vecino país del norte, y tercero, la elección de agosto de 1994 y la convulsión política en que estuvo sumido México en ese año distrajeron a los analistas económicos, quienes no fueron capaces de detectar lo que se venía.

La otra gran sorpresa fue el «efecto tequila». El hecho de que la crisis mexicana afectara a los mercados emergentes mundiales, desde Buenos Aires hasta Praga, y peor aún, que representaba el que estuviera amenazando la estabilidad entera del sistema financiero internacional, precipitó, contra viento y marea, la ayuda financiera de la Casa Blanca. 

UNA SOLUCIÓN EN EL NORTE

La alternativa real para salir de la crisis económica en que estamos sumidos es incrementar nuestra base exportadora para crear las divisas necesarias que requiere el desarrollo del país. ¿Dónde vamos a exportar? Evidentemente que a nuestro mercado natural, los Estados Unidos. Y para esto será necesario utilizar cabalmente el TLC, un instrumento, hoy más que nunca, de gran valía para asegurar el acceso de nuestras exportaciones a los Estados Unidos.

A nadie escapa que el desequilibrio que se había venido acumulando en el sector externo de nuestra economía por el abultado déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos, tuvo un peso enorme en el estallido de la crisis. No sólo se sabe bien ahora, sino que se comprende con todo el malestar que está causando, la fallida apuesta del gobierno anterior en financiar ese déficit con base en inversiones extranjeras de portafolio. Y esto nos remite a una de las lecciones esenciales de las crisis mexicanas de 1976, 1982, 1987 y 1994: no incurrir en desequilibrios muy pronunciados en el sector externo cuando el desarrollo nacional depende, en gran medida, de ese sector.

Ante las nuevas circunstancias del país, con estrechos límites en las posibilidades de conseguir divisas extranjeras, vía inversiones de cartera o bien, vía créditos, las exportaciones recobran una importancia formidable. Estas constituyen el camino más seguro y eficaz para reconstruir una economía sana. En este sentido, las tendencias de la balanza comercial durante los dos primeros meses del año son muy alentadoras: incurrimos en un déficit comercial 40 veces menor que en el mismo periodo del año anterior. Esto se debió principalmente al dinamismo que mostraron las exportaciones y a la devaluación del peso, lo cual prácticamente detuvo el crecimiento de las importaciones. En relación al mercado más importante para las exportaciones, los Estados Unidos, se tienen noticias también alentadoras. En el mes de febrero de 1995, México alcanzó un superávit comercial de 1,251 millones de dólares, el saldo comercial bilateral más alto en la historia de las relaciones comerciales entre las dos naciones.

Estas cifras son alentadoras sobre todo en el contexto del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. De no existir el TLC, el dramático cambio en la balanza comercial bilateral haría que se incrementara casi automáticamente el proteccionismo comercial estadunidense hacia nuestras exportaciones. Ahora bien, ya existen indicios de que se incrementarán exponencialmente las acusaciones de prácticas desleales a los exportadores mexicanos dumping y subsidios. Sin embargo, el TLC puede establecer la diferencia. Es el marco institucional del que tendremos que asirnos para que no se incremente el proteccionismo. Por la importancia del TLC, es incomprensible que el presidente Ernesto Zedillo en su discurso de toma de posesión no haya hecho referencia alguna sobre el Tratado.

También las cifras deben verse con optimismo por el hecho de que muestran la gran elasticidad de nuestras exportaciones como efecto de los cambios en la paridad cambiaria. Es decir, que la reacción exportadora fue casi inmediata y altamente positiva a una paridad cambiaria que las favorece. De continuarse con la política cambiaria, realista y sensible a nuestras exportaciones, que ha anunciado el presidente Zedillo, la tendencia a la activación del sector exportador tenderá a consolidarse. En la medida en que comience a afirmarse el sector exportador, y también las industrias de sustitución de importaciones, en especial de bienes intermedios, tendremos motivos para ser optimistas en que la inversión extranjera directa hará su reaparición confiada en nuestro país.

UNA AMENAZA EN EL NORTE

La situación de la política interna en Estados Unidos representa una amenaza para la colaboración que se ha desarrollado entre los gobiernos de México y EU desde 1989. La crisis mexicana y el hecho de que contra la franca oposición del Capitolio el presidente Clinton haya otorgado una sustantiva ayuda financiera a México, ha desatado una gran embestida contra nuestro país. De alguna manera, los problemas económicos de México están brindando condiciones ideales para estimular ciertas voces tradicionalmente adversas a una buena relación con México, como son los ultraconservadores del Congreso, senadores Jesse Helms y Alfonse D’Amato (republicanos de Carolina del Norte y Nueva York), y la diputada Mary Kaptur. También los sindicatos y Ross Perot han vuelto a proveer de parque a los opositores tradicionales del TLC.

Pero lo que puede complicar más las cosas, es que desde muy temprano han comenzado a soplar los vientos electorales en los Estados Unidos, y varios de los contendientes a la candidatura republicana, como Pat Buchanan, Phil Gramm y Pete Wilson, podrían aprovechar el descontento que priva entre el público norteamericano por el hecho de que Clinton haya brindado una fuerte ayuda financiera a México y hacer de sus críticas a México temas de sus campañas.

La revolución política que significó la llegada de los republicanos como mayoría a ambas cámaras del Congreso estadunidense por primera vez en 40 años, podría representar un fuerte obstáculo para que la buena relación entre los gobiernos federales de México y Estados Unidos continúe. Los nuevos republicanos en el Congreso, sobre todo el liderazgo de la Cámara de Diputados, representan el acceso al poder de una nueva clase política. Esta constituye una extraña mezcla de ideologías conservadoras y neopopulistas. Encabezados por el diputado Gingrich, los republicanos están montando una gran embestida por disminuir los poderes del gobierno, pero sin tocar los gastos destinados al Pentágono; son aislacionistas, quieren revertir los programas de aliento a la participación de las minorías en los lugares de trabajo, pugnan por una mayor autonomía de los estados frente a la federación, y buscan una vuelta al fundamentalismo religioso. Llegaron al poder y se mantienen populares en éste, por haber acaparado la frustración popular contra Washington y el poder central que esta capital representa.

Clinton está pagando caro haber evitado al Congreso para dar la ayuda financiera a México. Está recibiendo innumerables presiones legislativas que le dificultan su relación con nuestro país. Por ejemplo, ya fue aprobada en el comité de Relaciones Internacionales del Senado la resolución 384 emitida por el senador Hank Brown (republicano de Colorado), medida que obligaría a la administración a preparar un reporte sobre las comunicaciones entre ambos gobiernos para saber por qué no se detectó la crisis económica mexicana. Asimismo, la medida prevee que la administración informe al Congreso del desarrollo de la economía mexicana y de cómo se están utilizando los fondos estadunidenses. Y ya en el colmo del hostigamiento legislativo a México, resulta que durante la discusión de la medida en el Comité de Relaciones Internacionales, el presidente del Comité, el senador Helms, enmendó el proyecto solicitando que la administración también le informe periódicamente sobre la cooperación de las autoridades mexicanas respecto al narcotráfico, en especial, sobre el posible involucramiento de funcionarios o exfuncionarios mexicanos en el narcotráfico, asunto que todavía se discute. No cabe duda que el caso Mario Ruiz Massieu despertó nuevamente el interés de Helms por el tema.

Para decirlo en breve, el Congreso de EU tiene a la administración Clinton contra la pared debido a la ayuda que esta última suministró a México. Se incrementa el reclamo del Congreso a la administración: para qué le prestas, «irresponsable»; «farol de la calle, oscuridad de tu casa». Críticas éstas altamente populares entre la población.

La cuña que debiera sostener con fuerza la pared contra la que está acorralada la administración Clinton, es la actuación del gobierno mexicano. Pero ésta no sólo ha sido incierta en el terreno nacional, sino en el internacional. No podemos esperar que la administración Clinton haga frente a los problemas, si nuestro propio gobierno no ha convencido a propios ni a extraños de que será capaz de remontar la crisis.

Periodismo: La ética elástica

Raúl Trejo Delarbre. Periodista. Director del seminario etcétera.

Muchos periodistas, dice Raúl Trejo es estas páginas, sólo parecen responder a un principio: cada quien su ética. El debate sobre los valores en el periodismos suscita demasiadas e ¿injustificada? incomodidades. Sobre esto versa el ensayo que el lector tiene en sus manos -una versión editada de un proyecto más extenso- y que e; autor presentó en e; coloquio Los valores humanos en México, celebrado en la Facultado de Filosofía y Letras de la UNAM en octubre de 1994.

EL CUARTO PODER

Los valores se encuentran en crisis en los órdenes más diversos: lo mismo en los grandes modelos y utopías políticas que en las pautas para la conducta cotidiana de los individuos.

El campo del periodismo, quizá podemos reconocer que la crisis de valores que se advierte en otras áreas de la actividad social y política, no es necesariamente explícita en el de la comunicación.(1) Ante un mundo de disciplinas, profesiones y actividades en donde la autocrítica es frecuente (e incluso, podría decirse, masoquista cuando se trata de señalar defectos y, en nuestro caso, ausencia o extravío de valores), en el caso de la presa por lo general existe más bien una autodefensiva pero eficaz complacencia.

(1) En estas páginas nos referimos al periodismo, o a la prensa, como sinónimos de comunicación colectiva o a través de medios de expresión masiva. Nuestras opiniones abordan especialmente el caso de la prensa escrita (diarios y revistas), pero en buena medida también acuden a experiencias de la comunicación electrónica (televisión y radio) a la que igualmente se puede aplicar.

La autoconservación de sus propios códigos y prácticas, es desde luego consustancial a todos los gremios. Con los periodistas ocurre, sin embargo, que sus autodefensas, o la autorreivindicación de sus valores, tiene el extraordinario foro, propagador u de esa manera legitimador, que son los mismos medios de comunicación. Por lo general, son los propios periodistas quienes se evalúan, se extienden credenciales recíprocas, se legitiman a sí mismo. Y sin embargo, el alcance de lo que hacen y dejan de hacer, lo que informan y opinan, lo que ocultan o soslayan, llegan a tener consecuencias que alcanzan amplios sectores de la sociedad.

Más aún: en vista de su contundente presencia social, los valores reproducidos por los periodistas alcanzan una renovada legitimidad. Puede considerarse, con algo de exageración pero de manera muy descriptiva, según el sacerdote y experto en medios francés Henri Madelin, que «por sus actos y por sus palabras, los periodistas revelan una moral social». Ese mismo autor, después de tal reconocimiento (en el que se encuentra en los periodistas la representación de una moral social) considera que debido a tal influencia conviene, precisamente, que los informadores no tengan privilegios: «Frente a ciertos `trucajes’ (entrevista falsa. etc.) los periodistas, en especial los de la televisión, no deben de ser protegidos más allá de su status (o su estatuto) toda vez que, en la actualidad, predomina una cuasi impunidad».(2)

(2) Henri Madelin, «Periodismo y moral», en semanario de política y cultura etcétera, No. 60, 24 de marzo de 1994.

No hay otro gremio que, en una mezcla de soberbia y prepotencia, pero también tratando de tomar distancias e impunidades, haya llegado a designarse a si mismo como El Cuarto Poder. Esa sola frase, que todavía hay quienes repiten con ilusión o con altanería, da cuenta de la autoestima que tienen los periodistas (o, para no generalizar injustamente, muchos periodistas). Pero, además, dicho emblema es representativo de la enorme influencia que los periodistas le reconocen a su desempeño profesional, que entienden incluso como competitivo, o en todo caso paralelo, a los poderes del Estado. Hay una marcada, reiterada jactancia, respecto de la cual numerosos informadores dejan de tener distancia crítica. Por eso llega a ser tan poco frecuente, igual que difícil, hablar de los valores en el periodismo.

¿QUIÉN DEFINE QUÉ VALORES?

El mundo de la prensa es muy flexible, además de inevitablemente intenso. La inestabilidad laboral es uno solo de los males que afectan a los periodistas. Trabajadores casi siempre atenidos a intereses o caprichos de los dueños de los medios, o de quienes pretenden utilizarlos en su beneficio, suelen estar supeditados a una pirámide obligadamente jerárquica: no hay nada, o casi nada, más antidemocrático que un medio de comunicación; las instrucciones del dueño, o del director, fluyen de manera vertical al editor, el jefe de redacción, el de información, y así a los reporteros, a los fotógrafos, los redactores o los escritores. En este flujo autoritario, por añadidura dependiente de la cambiante actualidad informativa, es casi natural que no haya tiempo para la reflexión sobre valores éticos o profesionales.

¿Quién, quiénes, definen a los valores en el periodismo? ¿Los dueños de los medios? ¿Los profesionistas a cargo de la prensa? ¿Los interlocutores que son a la vez fuente de información pero también fuente de presión para los medios? ¿El poder político? ¿Los otros poderes que hay en toda sociedad y sobre todo en una sociedad que tiende a ser, por desarrollada, diversificada? ¿Influyen los públicos de los medios en la conformación de tales valores? ¿Hay un mercado tal que sea capaz de imponer pautas de conducta para enfatizar la competitividad o declarar el aislamiento de un medio de comunicación?

Hay valores intrínsecos al oficios periodístico: la oportunidad, la exclusividad, la originalidad y desde luego el carácter noticioso, novedoso, de un material son siempre reivindicables en la prensa. Un texto periodístico es atractivo, en tanto que gana lectores, en la medida en que dice algo nuevo y, después, en la medida en que despierta el interés de otros.

Lo trivial, lo reiterativo, lo ya sabido o lo muy poco significativo, son valores antiperiodísticos. Un acontecimiento capaz de recibir ese calificativo, es noticia en cualquier circunstancia. El atractivo de un material periodístico, entonces, radica en su capacidad para hacerlo competitivo primero dentro del mismo medio en el que se da a conocer, y luego delante de otros medios.

Curiosamente, el auge de las nuevas tecnologías para la transmisión e impresión de datos ha llegado a convertirse en un obstáculo para el cumplimiento de las viejas normas del periodismo. La exclusividad en la prensa es difícil cuando un acontecimiento ha sido presenciado por millones de personas a través de la televisión. Además, la televisión impone pautas (mensajes más breves, repeticiones frecuentes, imagen por encima de ideas) debido a las cuales el discurso político tradicional, articulado en un esquema de exposición lógica, tiende a ser desplazado por una confrontación de pequeñas frases, siempre imitando la lógica simplificadora de la televisión. El modelo retórico de exposición, que tiende a llevar a una conclusión mediante premisas lógicas, desaparece en la lluvia de chispazos verbales y sobre todo icónicos que inunda a los medios contemporáneos.

El mismo empleo de nuevas tecnologías que intensifican la velocidad y el volumen en la transmisión de señales, obliga a considerar con toda seriedad la pertinencia de reconstruir un contexto de exigencias éticas en los medios.

CAFEÍNA Y VERACIDAD

La batalla por las ocho columnas, o por la primera plana, es el empeño cotidiano de los periodistas que se precian de serlo. La competitividad, incluso en condiciones de escasa competencia real, es uno de los valores fundamentales en el oficio periodístico. Se necesita interés pero también dedicación, tenacidad, asiduidad, para formar parte de esa competencia que se produce todos los días, con la dificultad adicional, tratándose del periodismo cotidiano, de que es un esfuerzo que debe reeditarse todos los días.

La «objetividad» es otro valor habitualmente entendido como indispensable en la prensa. Pero hasta el ayudante de redacción más modesto («hueso», les dicen en las redacciones aunque nunca hemos sabido por qué) conoce que no hay nota periodística químicamente pura, o que la química del periodismo es tan maleable que se encuentra, por así decirlo, tan contaminada por tantas fuentes de influencia e interés que no hay informaciones sin matices, sin claroscuros, sin definiciones, inflexiones, preferencias o ausencias. La sola forma de redactar una noticia, más allá de los adjetivos, o la manera de presentarla en el conjunto de una página o una edición, implica decisiones permeadas por alguna dosis de subjetividad. La objetividad, entonces, puede ser entendida como la búsqueda no de falsos equilibrios sino de claridad informativa. Objetividad es, en la medida de lo posible, la presentación de una noticia atendiendo al señalamiento de todos los ángulos o todos los actores que existen a propósito de ella Es un método, pero también una aspiración a cumplir.

Objetividad, de esta manera es un camino para acercarse a la búsqueda de la verdad en una noticia. La veracidad viene a ser, por necesidad profesional pero fundamentalmente de la sociedad, quizá el valor más importante cuando se proporciona una información. Es posible que, en circunstancias variadas, el periodista tenga que prescindir de la exclusividad o la oportunidad. Pero cuando deja de decir la verdad, sobre todo cuando esto ocurre sin que se procure reparar tal defecto, el periodismo experimenta su distorsión más grave; simplemente, se desnaturaliza. En opinión de María Teresa Herrán y Javier Darío Restrepo, dos periodistas colombianos que se han preocupado por la ética en el gremio, la veracidad es el valor que más se echa de menos cuando está ausente en la práctica informativa:

Si una comunidad humana se siente insegura porque las mentiras o las medias verdades le impiden conocer lo que está sucediendo, se apreciará como un valor que alguien convierta en profesión la práctica de buscar sólo la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Es una actitud que genera confianza y que, por tanto, se estima como un valor. Valor es, entonces, lo que correspondiente a una necesidad.(3)

(3) María Teresa Herrán y Javier Darío Restrepo, Etica para periodistas, Tercer Mundo Editores, Santafé de Bogotá, Colombia, 1992, pp. 15-16. Subrayado de los autores.

Y si el valor corresponde a la necesidad, resulta claro que en circunstancias de cambio y nuevas definiciones políticas una sociedad necesita más que en otras circunstancias de la verdad como valor en el periodismo. El oficio periodístico tiene a la veracidad como punto de referencia o, al revés, también puede considerarse que es a partir del compromiso o no con la verdad, como se puede reconocer (y así identificarse con él o desdeñarlo) a un medio informativo. Pero en momentos de tensión social, cuando proliferan mensajes equívocos y cuando las actividades públicas se encuentran (en virtud del desempeño de los mismos medios) ante un más intenso escrutinio de la sociedad, la veracidad puede convertirse en un valor buscado, apreciado y, ante su escasez, codiciado. Eso ocurre ahora en México.

CADA QUIEN SU ÉTICA

La ética no siempre forma parte explícita del conjunto de pautas y valores en el periodismo. O, dicho de otra manera, los principios que pudieran considerarse como éticos no son traducidos de las mismas formas, con los mismos códigos, por todos los que practican el oficio periodístico.

A menudo el periodismo, sin que con esto tengamos el propósito de generalizar injustamente, se ejerce lo mismo con oficio que -para decirlo directa y drásticamente- con alguna dosis de cinismo. La ética queda disimulada en medio de principios de aplicación general que no necesariamente se cumplen o, más aún, cuyo cumplimiento no siempre se exige lo mismo dentro de las empresas periodísticas que entre los auditorios o lectores de cada medio. Cada quien su ética, llega a pensarse, en esa mezcla de condescendencia y desfachatez con las que, más a menudo de lo deseable, se ejerce el periodismo.

Cada quien su ética, según la experiencia, las aspiraciones, los intereses, la subordinación o la ubicación sociales, profesionales, laborales y personales de cada periodista. El cumplimiento de valores éticos depende finalmente del compromiso que en tal sentido tenga o pueda tener cada informador; pero llama la atención el hecho de que en nuestro país el debate sobre la ética en los medios sea tan nuevo y todavía suscite tantas incomodidades. En México, solamente dos entre los aproximadamente treinta y cinco diarios de la capital (y quizás entre los varios centenares que existen en todo el país) tienen un Código de Etica, práctica que en cambio es frecuente en la prensa de otras partes del mundo.(4)

(4) Se trata de los periódicos El Economista, pionero en este campo y que desde 1993 cuenta con un código denominado «Derechos de los Lectores» cuya observancia es sancionada por un Defensor del Lector y de El Nacional, que en 1994 publicó un decálogo más general aunque sin mecanismos para hacerlo cumplir. Otro diario, Unomásuno, designó en noviembre de 1993 a un Defensor del Lector que, sin embargo, no contaba con un cuerpo de principios explícitos que respaldaran su actuación; ese Defensor renunció tres meses más tarde, sin que al menos casi un año después hubiera sido sustituido. Sobre este tema puede verse nuestro ensayo «Medios y Sociedad. De la crítica a la ética», de próxima publicación en las ediciones del Centro de Estudios de la Comunicación y la Información de la Universidad de Guadalajara. Un adelanto de ese texto apareció en el número 53, del 3 de febrero de 1994, del semanario de política y cultura etcétera.

INTERLOCUTORES PRIVILEGIADOS

La ética soy yo sugieren, a veces con claridosa certeza, periodistas de muy diversas filiaciones y famas públicas. Ese vacío, que no alcanza a ser llenado con declaraciones de pureza crítica o de oficio cínico, según sea el caso, no deja de estar estrechamente relacionado con el tipo de trato, no siempre claro, entre la prensa y la sociedad y entre la prensa y el poder. El periodismo se encuentra a la mitad entre ambos, pero a menudo goza de los privilegios de esa ubicación ambigua. Es, desde luego, parte de la sociedad más activa. Pero la prensa también, por vocación o por necesidad, encuentra en el poder a su interlocutor más atento y decisivo.

No es un secreto el hecho de que numerosos diarios y revistas, aunque esta tendencia quizá comienza a menguar, se editan para ser leídos en el poder, sobre todo en el poder político. Tales publicaciones y medios, entonces, tienen un interés menor por las audiencias que logren tener en la sociedad. Sus editores y operadores pueden permanecer muy tranquilos aunque no tengan lectores o audiencias. Pero no pueden estar sin patrocinadores.

Esto no es de por si perverso, ni ilegítimo. El problema está en el hecho de que los responsables de numerosos medios piensan principal, y a veces exclusivamente, en los que patrocinan y no en quienes reciben sus mensajes.

Con muy pocas excepciones, en México las empresas periodísticas no tienen una solidez financiera ni una vocación de independencia tales que puedan funcionar (salvo, insistimos, pocos casos) con auténtica distancia crítica respecto de las esferas en donde se toman las decisiones relevantes, sobre todo de orden político. La prensa, entonces, no es interlocutora sino subordinada; no actúa como contrapeso sino como espejo, o como coro laudatorio del poder.

Todo eso comienza a cambiar. Hoy tenemos un periodismo más activo, que con lentitud pero en un desarrollo que no parece tener retorno, empieza a reconocer la necesidad de competir para ganar lectores y ya no sólo para conseguir anuencias o apoyos financieros gubernamentales. Hay un periodismo que empieza a renovarse en sus prácticas empresariales y profesionales. Sin embargo, la preocupación por los parámetros éticos aún no es relevante, incluso en esa prensa que intenta ser nueva en México.

PRÁCTICAS Y OMISIONES

La abundancia de publicaciones impresas no tiene relación alguna con su capacidad para llegar a sus auditorios potenciales. Tirajes pequeños y sobre todo cifras de devolución muy altas,(5) suelen ser realidades financieramente muy costosas pero, sobre todo, profesionalmente muy desgastantes. Al advertir el alcance real de las publicaciones para las que trabajan, no son pocos los periodistas que transigen en el esfuerzo para ganar nuevos lectores porque ya tienen los pocos destinatarios que los dueños de los medios, o ellos mismos, se conforman con buscar: los funcionarios de los cuales escriben, o los jefes de prensa que premiarán las informaciones o los comentarios que pueden engrosar el expediente periodístico del funcionario para el que trabajan.

(5) Las publicaciones mexicanas suelen tener tirajes en realidad bajos, aunque a menudo sus editores declaran cifras mucho mayores. Sin embargo, entre el número de ejemplares que se imprimen y se ponen a la venta y la cantidad que, de ellos, son adquiridos por los lectores, llega a existir una diferencia también significativa. En una estimación aproximada, puede considerarse que del tiraje de un diario o revista, la venta real es apenas del 50%, en términos generales.

De esta manera, hay publicaciones cuyo principal interés es la facturación publicitaria que les permitirá tener éxito como empresas, aunque no como órganos de difusión de hechos o de ideas.

Esa prensa que existe únicamente para vender planas de publicidad, es negocio pero no servicio. Nada hay de irregular en el hecho de que los medios de comunicación busquen ser financieramente estables (al contrario, ese es uno de los requisitos para una plena independencia). Sólo que la estabilidad que busca una gran cantidad de empresas periodísticas es muy relativa porque se encuentra hipotecada de manera fundamental a los ingresos monetarios que resultan de la publicidad gubernamental. Y, al mismo tiempo, al tener como prioritario el criterio financiero, llega a ocurrir que en muchas publicaciones la publicidad se confunde con la información o, peor aún, al lector se le brindan anuncios disfrazados de noticias. Las «gacetillas» han seguido constituyendo una práctica que evitan poquísimas publicaciones mexicanas: merced a ella aparecen, como notas elaboradas por el personal de redacción del medio, lo que en realidad son anuncios confundidos con el formato que el diario o la revista utilizan para presentar informaciones propias.

Otra fuente de equívocos es la confusión entre el oficio periodístico y el de agente de publicidad (trabajo, este último, altamente fundamental). Obligado a buscar anuncios tanto como noticias, o estimulado por la derrama de ingresos que resultan de la publicidad proveniente de la fuente informativa a su cargo, el reportero llega a servir al interés de la secretaría de Estado o de la institución política cuyas actividades cubre, más que al interés de su periódico o de los lectores. Además, no es un secreto la permanencia de igualas, «embutes» o distintas formas de compraventa de fidelidades y compromisos con las cuales, desde el poder pero con la interesada aquiescencia de algunos informadores, entre el periodista y la «fuente» a la que es asignado se establece una relación llena de perversidades, sustentada en el negocio no siempre legítimo y casi para nada en la información entendida como servicio. La disputa, que llega a ser encarnizada, por ser responsabilizados de atender una fuente y no a otra, llega a dividir a los periodistas dentro de una misma redacción y es testimonio de la preponderancia del interés mercantil sobre el estrictamente profesional.

DECLARACIONES Y SENSACIONALISMO

Si la base de sustentación de diversos medios no se encuentra en el compromiso con una causa o simple y ambiciosamente con la sociedad, sino en el negocio y la chequera entonces tampoco hay demasiadas condiciones para un contexto de exigencias y desempeños orientados por la ética.

Aunque no sobra seguir insistiendo en que este panorama ha comenzado a cambiar, en México tenemos un periodismo pobre en recursos (profesionales, no financieros) y pobre en búsqueda, en creatividad, en imaginación.

Previsible y en muchos sentidos inocua, durante largo tiempo la prensa mexicana se alimentó, en términos informativos, de y para las declaraciones.

En ese contexto de más dichos que hechos, de más repetición que investigación, ¿cómo logra la prensa de hoy en día interesar a sus lectores -cuando quiere hacerlo-? La vía difícil consiste en buscar, averiguar, investigar, reportear, trabajar, en fin, para encontrar sucesos nuevos o ángulos originales de lo que en otros medios se repite sin imaginación. La vía sencilla, en ocasiones, se encuentra en el sensacionalismo.

El sensacionalismo es un virus que, existiendo desde hace varios siglos, se ha extendido por la prensa de todo el mundo con una compulsión que se traduce, entre otros resultados, en simplificación de los hechos, en pérdida del contexto, en abatimiento de los criterios para jerarquizar a las noticias y diferenciarlas unas de otras y en sustitución de la información por la interjección. Un viejo apotegma del oficio recuerda que el hecho de que un perro muerda a un hombre no es noticia. Pero si un hombre muerde a un perro, se convierte en un acontecimiento digno de ser impreso. Y, en efecto, lo descomunal, lo insólito, lo nuevo, suelen ser elementos que definen el atractivo de una noticia. Sin embargo, cuando con tal de lograr un titular más vistoso se explota artificialmente la vertiente más extravagante o alarmista de un asunto, hay algo o mucho de trampa en el manejo informativo. La ética, entonces, vuelve a subordinarse al interés mercantil, confundido así con lo que se entiende por oficio periodístico.

Una vertiente de ese sensacionalismo es el entrometimiento en la vida privada de los personajes públicos. También aquí nos encontramos ante una tendencia universal que en otras latitudes ya ha suscitado debates intensos y medidas legislativas aunque, en México, seguimos a la zaga. Este es uno de los aspectos en el que la sociedad se encuentra más inerme ante los medios. Los personajes públicos cuyas actividades privadas, fuera de su consentimiento, son motivo de difamaciones y habladurías en los medios, son los más vistosos pero no los únicos que llegan a ser agraviados con manejos poco escrupulosos. Incluso, por ejemplo, ciudadanos sin especial notoriedad, cuando son mencionados como responsables de delitos que no se les han comprobado, padecen daños en su reputación que los medios pocas veces reparan. Las leyes mexicanas establecen reglas para el derecho de réplica en la prensa escrita pero no en el caso de los medios electrónicos.

OPINIÓN, CONFUSIÓN E INFORMACIÓN

Una más de las distorsiones en el manejo de la prensa es la confusión entre opinión e información. En cierto periodismo, con la coartada de la novedad técnica en la presentación de las notas o con la del compromiso político del reportero, hay tal amalgama entre noticias y comentarios que a veces no se distingue con claridad hasta dónde llega la narración pura del acontecimiento y en dónde comienza la interpretación subjetiva del reportero.(6)

(6) Al inicio del conflicto que comenzó en enero de 1994 en Chiapas, la confusión ante esa singular guerra, junto con el voluntarismo de muchos reporteros, propició un panorama de distorsiones periodísticas, definido sobre todo por la ambigüedad entre información y opinión tanto en medios incondicionales del gobierno como en aquellos que decidieron simpatizar con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Ese es el tema de nuestro libro Chiapas: La comunicación enmascarada Los medios y el pasamontañas, que Editorial Diana publicó en 1994.

Otra modalidad de esa actitud, atribuible no a quienes encuentran y escriben las noticias sino a los redactores que en cada diario deciden cómo han de ser presentadas, es la editorialización en los encabezados (cuando no aparece la noticia, sino la opinión de la casa periodística sobre el asunto del cual se informa). También se ha vuelto costumbre en algunos medios que la posición editorial nos relevante, o al menos la más vistosa, sea la que deciden asumir los caricaturistas cuyo trabajo, habiendo sido tradicionalmente de ilustración simpática o cáustica, pero finalmente simplificadora (caricaturizadora, pues) de las noticias, llega a tener entre los lectores más influencia que el de los autores de artículos de opinión. Cuando en un medio de comunicación hay la tendencia a que la caricatura sustituya a la reflexión, nos encontramos ante uno más de estos vacíos éticos, pero también profesionales, que estamos señalando.

Las columnas políticas son uno de los géneros más proclives a desbaratar cualquier colección de principios éticos en la prensa. Habiendo sido concebidas como un espacio para que el lector, merced al oficio inquisitivo de un periodista enterado y privilegiado, pudiera asomarse a los entretelones del poder, las columnas en ocasiones se desvirtuaron hasta alcanzar, en algunos casos, una influencia que sólo corre paralela a la irresponsabilidad de algunos de sus autores. Hay columnas de ese género que son utilizadas para que grupos de la clase política se envíen mensajes, de tal suerte que para ser entendidas tendrían que ir acompañadas de un mapa de las fuentes de interés y presión de donde surgen las insinuaciones o sugerencias que el columnista, convertido entonces en intermediario, presenta como si fueran suyas.

En otros casos, nuestra prensa tiene columnas que llegan a ser tomadas como oráculos. Como divertimiento, pueden ser entretenidas. El problema con ese tipo de columnismo se encuentra, por un lado, en el tono pontificador que llegan a asumir sus autores, erigidos en patriarcas y profetas, pero con frecuencia actuando en totalidad como correveidiles de intereses e interesados que nunca hacen explícitos. Por otro

lado, ese tipo de columnismo a menudo hace las afirmaciones más atrevidas, acusa y señala, intriga y asegura, muchas veces sin pruebas. No es inusual que esa vertiente columnística incurra en terribles equivocaciones que, por lo general, no aclara. Incisivos para la insidia, sorprendentemente memoriosos para documentar inconsecuencias y tropiezos de otros, varios de esos columnistas son notablemente olvidadizos con sus propias equivocaciones. Son pocos los que, de entre quienes practican esa vertiente del género, reconocen y enmiendan sus dichos cuando han publicado afirmaciones falsas.

Ese tipo de columnismo político, en el que nos hemos detenido por el éxito reciente que ha podido alcanzar y por las cotidianas transgresiones éticas en las que incurre, es muy leído al menos por dos motivos. Por una parte, se beneficia del atraso de una cultura política poco desarrollada, cuyos depositarios encuentran emoción y hasta regocijo en el morbo, que suele sustituir a la información y a la reflexión. Por otra, la lectura apresurada que propician (incluso en la forma, escritas a partir de frases y párrafos breves, resaltando en negritas vocablos tajantes o nombres propios) permite que los lectores recuerden cuando alguna de ellas acierta en sus pronósticos, de la misma manera que olvidan las muchas veces que se equivocan. Podríamos decir que esos lectores, poco o nada exigentes, que no les piden cuentas a los columnistas que yerran con frecuencia, se merecen esas columnas. Pero aunque encuentren campo propicio en nuestra incultura cívica, beneficiándose de ella y retroalimentándola, tales columnas de especulación (a las que no queremos confundir con otros espacios de análisis y de información) son una de las realidades del periodismo antiético y de valores a veces mensurables, pero en nuevos pesos.

LOS PERROS Y LOS CÓDIGOS

No queremos dejar de insistir en la profunda, cotidiana y muy respetable dificultad que reviste el ejercicio del periodismo. Se trata de un oficio noble, que muchos practican con dignidad y profesionalismo. Precisamente porque -ídesde luego!- hay reporteros honestos que buscan el hecho y no el soborno, redactores que apuestan a la noticia y no al escándalo, comentaristas que juegan a la confrontación de ideas y no a la guerra de dicterios, es pertinente destacar estos claroscuros de la prensa mexicana, tan olvidadiza de su ética posible y de los valores reivindicables por una sociedad que encuentre en ella instrumento de cambio y no de estancamiento.

La prensa, lejos de la autocrítica, llega a ser oficio en las tinieblas, en lo que a pautas de conducta se refiere. Gremio de verdades a medias, de complicidades, de valores entendidos, el del periodismo llega a ser terriblemente despreciativo consigo mismo y con su imagen pública. No conocemos otro gremio en donde, con tanta resignación o desfachatez se diga, como indica uno de los refranes más desdichados pero más conocido de los periodistas mexicanos, que «perro no come carne de perro», para indicar que entre colegas de la prensa no se valen los cuestionamientos. Aparte de la triste comparación canofílica pero degradante (incluso injusta con los pobres perros) ese lema tan repetido en el medio periodístico da cuenta de la muy escasa aptitud para la reflexión de los asuntos inherentes a la ética y los valores en este oficio. Lo que nadie niega, es que la prensa ha adquirido una importancia creciente en la conformación de la cultura ciudadana (con todos sus logros y defectos) así como en la lucha entre las fuerzas que disputan por la hegemonía política.

La importancia social y en todos los órdenes que alcanzan hoy los medios de comunicación, ha propiciado intensas discusiones en varios sitios del mundo. En los principales diarios de los Estados Unidos, hace tiempo existen instrumentos para una búsqueda de valores éticos como los códigos de la redacción, o los ombudsmen. En la Comunidad Europea hay una comisión sobre Políticas de Información y Comunicación, que tiene a la ética periodística entre sus temas de evaluación permanente. En América del Sur, en ocasiones con el apoyo de comunidades periodísticas muy activas y que pelean por ganarse y mantener su respetabilidad en la sociedad, comienzan a proliferar instrumentos legales para que, sin demérito de la libertad de expresión, los ciudadanos tengan recursos ante los medios.

En México la simple mención del tema causa urticarias e incomodidades entre los periodistas y, en significativa pero preocupante coincidencia, entre los dueños de los medios.

Recordemos un ejemplo reciente. A fines de 1994, el secretario de Gobernación, Jorge Carpizo, propuso que los medios de comunicación electrónica contaran con un Código Etico y con un ombudsman, designado por ellos, que atienda quejas de sus públicos.(7) En un seminario sobre la autoridad moral de la prensa, le escuchamos decir a un periodista que ha sido dirigente en su gremio y reputado como defensor de principios democráticos, la siguiente petición relacionada con las propuestas del secretario de Gobernación: «señor Jorge Carpizo, mejor déjenos solos a los periodistas, en este que es nuestro asunto».

(7) Jorge Carpizo se refirió a las debilidades éticas en los medios en un discurso el último día de septiembre de 1994 en Chihuahua y, cuatro días más tarde, en una alocución en la Ciudad de México ante la Cámara Nacional de la Industria de la Radio y la Televisión. Véase Jorge Carpizo McGregor, «Medios, ética y política», en El Nacional, sábado primero de octubre de 1994.

Pero la prensa es demasiado importante para dejarla en manos sólo de los periodistas. Hace falta una reforma legal para los medios, que podría complementarse con la adopción de parámetros éticos explícitos y cuyo cumplimiento pueda ser sancionado por los lectores de cada diario, o los consumidores de cada medio. Es urgente. Los medios, o algunos de ellos, autodesignados de pronto en conciencia crítica de la sociedad, no son necesariamente los espacios mejor calificados para dictaminar sobre los asuntos públicos. Hay medios que se han erigido en sustitutos del fiscal, del juez, del investigador policiaco e incluso del público mismo. Nuestros tiempos son de confusión. Por eso, podríamos volver a algunas de las viejas pero eficaces certezas: la práctica y la defensa irrestrictas de la verdad, de la libertad, de la claridad, pudieran ser orientadoras para un rumbo deseable y después del todo no imposible. Podríamos, ante las confusiones, apostar a la claridad informativa; frente a la especulación, apostar a la razón.

Podemos decir, repitiendo al joven ensayista mexicano Alejandro Colina: «La nueva apuesta racional se antoja inflexible: buscar una nueva ética acorde con la inexistencia de verdades eternas. `Si nada es cierto, dice Metzsche, entonces todo está permitido’. Nosotros debemos aceptar que nada es absolutamente cierto, pero que no por ello todo está permitido».(8)

(8) Alejandro Colina, «Razón de incertidumbre». En semanario de política y cultura etcétera, No. 41, 11 de noviembre de 1993.

Tentaciones para ir a E. M. Cioran

El fracaso.
Buena parte de la obra del gran escritor rumano-francés Emile M. Cioran (1911-1995) está construida alrededor de un tema que se volvió con el tiempo una pasión: el fracaso, personal, de los pueblos, del comunismo, de la filosofía, de la historia. Los dos libros donde esa pasión se expande con inmensa sabiduría y asombrosa fuerza estilística son Los silogismos de la amargura (Gallimard, 1952) y La tentación de existir (Gallimard, 1972). En este último escribió: “Fracasar en la vida, esto se olvida a veces demasiado pronto, no es tan fácil: se precisa una larga tradición, un largo entrenamiento, el trabajo de varias generaciones. Una vez realizado este trabajo, todo va de maravilla”. Por lo demás y como es notable que en estos tiempos ya nadie fracasa —sólo hay sucesiones de circunstancias adversas y éxitos mal entendidos—, Cioran es una rara especie de actualidad mexicana.

Pascal.
El más grande artista de la prosa francesa, Pascal, es una presencia sutil pero al mismo tiempo capital en la evolución literaria de E. M. Cioran. Es posible que Cioran haya amado en Pascal la disputa entre la ciencia y las letras, la controversia religiosa, el modelo de su sátira demoledora y, sobre todo, el hecho de que bien a bien Pascal nunca escribió un libro: publicó varios folletos que llegaron hasta nosotros como Les lettres provinciales y Les pensées, conjunto aforístico salido de una gran cantidad de notas recuperadas del enorme desorden que Pascal dejó cuando murió. Ese destino fragmentario y esa vocación por lo inacabado quedaron puestos en este aforismo: “Las obras mueren: los fragmentos no pueden morir, porque nunca han existido”. Se puede llegar a Pascal por el camino de Cioran.

El escepticismo.
Es un lugar común, pero es correcto: el escepticismo es el gran centro nervioso de la obra de Cioran, en La tentación de existir, seguramente la mejor prosa ensayística francesa de los últimos cuarenta o cincuenta años, así como en toda su producción posterior a 1956, Historia y utopía (Gallimard, 1960), La caída en el tiempo (Gallimard, 1964), El aciago demiurgo (Gallimard, 1969), e incluso los aforismos de El inconveniente de haber nacido (Gallimard, 1973), el escepticismo, un escepticismo trepidante, no sólo es el tema común sino, además, un método de trabajo, un conjunto de actitudes, como él mismo llamó a la obra de Nietszche, para explicarse las tres grandes zonas de su obra: la literatura, la filosofía y la historia. “La historia es indefendible. Hay que reaccionar respecto a ella con la inflexible abulia del cínico; o si no, ponerse del lado de todo el mundo, marchar con la turba de los rebeldes, de los asesinos y de los creyentes”. “La ingenuidad, el optimismo, la generosidad -suelen encontrarse en los botánicos, los especialistas de ciencias puras o los exploradores, nunca en los políticos, los historiadores o los curas.

Montaigne.
Entre los muchos homenajes que le rindió, en El aciago demiurgo le hizo éste: “El drama de Alemania es no haber tenido un Montaigne. ¡Qué suerte tiene Francia de haber comenzado con un escéptico!”.

La soledad.
De los escritores rumanos que se establecieron en París y adoptaron la lengua francesa, Emile Cioran, Mircea Eliade, Eugene Ionesco, Cioran fue el que obtuvo más tardíamente el reconocimiento de su obra. La tardanza tiene que ver sobre todo con la voluntad radical de un escritor dispuesto a la soledad, a la defensa de la vida privada, al rechazo de las modas, a la crítica de las ideologías. De esa postura que se niega a aceptar al escritor como el bufón de la vida pública puede desprenderse su similitud con Samuel Beckett. En su obituario “Un refugiado en casa”, publicado en el periódico El País, Félix de Azúa —uno de los introductores de Cioran al español junto con Fernando Savater; entre nosotros fueron Octavio Paz y, desde luego, Esther Seligson— cuenta que cuando en 1970 se produjo la huelga de barrenderos en París, la ciudad estaba cubierta de basura. Las ratas cruzaban por las calles y un humo excrementicio manaba de las montañas de materia descompuesta. Mientras duró la huelga, Samuel Beckett le llamó todos los días por teléfono a Cioran para que pasearan juntos por las calles: “París nunca ha estado más hermoso”, dice Félix de Azúa que comentaba Beckett con exaltación juvenil.

La incitación.
En Aveux et anthèmes, (Gallimard, 1987) traducido al español por la editorial Tusquets como Ese maldito yo, Cioran llegó a ser el maestro indiscutido de la moderna prosa ensayística francesa. Esta colección de aforismos constituye un momento superior donde se reúnen el paso exacto de la ideas, la desmesurada precisión con que fue pensada esta colección aforística y una ejecución tan profunda como transparente. Si no lo era ya antes, cosa muy probable, en Ese maldito yo Cioran llegó a ser un producto refinado y acabadísimo de la tradición aforística francesa, un moralista sublevado y acaso por eso perfecto, algo decantado o desprendido del siglo diecisiete francés, y puesto en el fin del milenio: Pascal, Vauvenargues, La Rochefoucauld, Chamfort, La Bruyere respiran detrás de las piezas de Ese maldito yo. Pero hay algo más: es el libro en el que está propuesta con mayor limpieza la incitación al lector: moverlo, impulsarlo, jamás serenarlo. El aforismo que cierra el libro es éste: “Después de todo, yo tampoco he perdido el tiempo, yo también me he sangoloteado como todo hijo de vecino en este universo descabellado”.

La malicia.
No se puede ser escritor sin malicia. Cioran aplicó a su literatura, como pocos escritores, los dones de la astucia, de la sagacidad, de la picardía. En Ese maldito yo, Cioran decidió no incluir este aforismo que apareció en la edición original de Gallimard: “No creo que en toda la obra de Marx haya una reflexión desinteresada sobre la muerte … esto es lo que me decía a mi mismo frente a su tumba de Highgate”. En el mismo libro, al final, puede leerse este aforismo: “’¿Por qué fragmentos?’, me reprochaba un joven filósofo. —’Por pereza, por frivolidad, por asco, pero también por otras razones…’. -Y como no encontraba ninguna, me puse a darle explicaciones prolijas que le parecieron serias y acabaron convenciéndolo”.

La ironía.
En el prólogo a la edición española del Breviario de podredumbre (Gallimard, 1949), Fernando Savater lo expresó así: “’Por mí, los problemas del cosmos y las teorías técnicas podían resolverse solos o como quisieran, o como acordaran resolverlos, en aquel momento, las autoridades en la materia. Mi gozo se hallaba más bien en la expresión, en la reflexión, en la ironía’ (Santayana). Expresión, reflexión, ironía: aquí está la obra de E. M. Cioran”.

El amor.
A excepción de un capítulo de Los silogismos de la amargura, “Vitalité de l’amour”, Cioran no escribió extensamente del asunto. Su verdadero libro de amor es Ejercicios de admiración. Ensayos y retratos, textos escritos entre 1956 y 1983 y finalmente reunidos el año de 86 en la editorial Gallimard. En el interior de esa máquina de conocimiento ensayístico y reconocimiento a otros escritores que impulsan Ejercicios de admiración, hay al menos cuatro textos notables por su poder de comprensión y esfuerzo sintético: “Joseph de Maistre. Ensayo sobre el pensamiento reaccionario”, “Valery frente a sus ídolos”, “Beckett” y “Fitzgerald. La experiencia pascaliana de un novelista norteamericano”. Uno podría deducir sin gran margen de error que entre estos cuatro puntos cardinales se desarrolla una aventura amorosa, a veces desdichada; otras, feliz y plena.

El pesimismo.
Tres líneas de estudio se han tendido sobre la obra de Cioran y su personaje: el silencio, la amargura y el pesimismo como conclusión envolvente de las dos anteriores. Efectivamente las tres están sustentadas en la vasta y contradictoria evolución de la obra de Emil Cioran, pero no estoy muy convencido de que definan la fibra última de sus libros; en cambio hay otros temas menos tratados y más sedimentados en el fondo de su obra: el proceso civilizatorio, la tradición mística, la maldición de la literatura, la escuela del tirano en el centro de la historia, la imposibilidad de la filosofía, el destino de los pueblos. En Breviario de podredumbre (Gallimard, 1949) —la prosa meridiana con la que Cioran debutó en la arena cultural francesa- escribió a propósito de los moralistas franceses: “Toda amargura esconde una venganza y se traduce en un sistema: el pesimismo, esa crueldad de los vencidos que no pueden perdonar al mundo el haber traicionado su espera”.

 

Rafael Pérez Gay

Escritor. Su último libro es Llamadas nocturnas.

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Buenos, malos y feos

Cinna Lomnitz. Geofísico. Investigador de la UNAM. Su último libro es Fundamentals Earthquake Predictions.

Equívocos telefónicos y dilemas burocráticos, orígenes de la política científica norteamericana y un acertijo para futuro de la ciencia en México.

Hace una veintena de años, el presidente de la República solía invitar a lo científicos mexicanos a sus reuniones. Recuerdo que una vez me atiborré de camarones y agua de chía en Palacio Nacional en la noche del Grito. Para no ser menos, los funcionarios federales se habían vuelto muy sociables y accesibles a nuestros requerimientos. Así, por ejemplo, los científicos acostumbrábamos molestar telefónicamente a Gerardo Bueno Zirión, director del CONACYT, cada vez que teníamos algún problema, con la plena seguridad de encontrar la más amplia comprensión de su parte.

Un día, nuestro colega y amigo Salvador Malo Alvarez, actual secretario administrativo de la UNAM, intentó comunicarse con el director del CONACYT para algún asunto profesional pero se encontró con una dificultad inesperada, como se verá por el siguiente mini-drama de la vida real:

(El telón se abre sobre una oficina moderna y alfombrada típica del CONACYT en la época de Echeverría Luz suave, escritorio elegante, música de fondo, aire de discreta prosperidad. Al fondo, gran cuadro abstracto de pintor japonés, amigo de Octavio Paz. A la izquierda del escenario, una ventana abierta a Insurgentes Sur, apacible avenida con escaso tránsito y sin smog. De hecho, no existe el smog en México.

Suena el teléfono. Entra Secretaria, en proceso de pintarse las uñas. Es una morena cultivada, bonita, egresada de prestigioso colegio particular incorporado a la UNAM).

Socretaria (levanta el receptor). ¿Bueno?

Voz del científico. Buenos días, señorita.

Secretaria (coqueta). Buenos días, señor. ¿En qué le podemos servir?

Voz del científico. ¿Podría comunicarme con el doctor Bueno?

Secretaria. Con mucho gusto. ¿Quién lo busca?

Voz del científico. El doctor Malo.

Secretaria cuelga violentamente el teléfono y continúa pintándose las uñas. Cae lentamente el telón.

VANNEVAR BUSH

Hace cincuenta años, un distinguido académico del Massachusetts Institute of Technology recibió el encargo del presidente de Estados Unidos de diseñar una política científica para su país. El ingeniero Vannevar Bush inmediatamente produjo un librito llamado La ciencia, una frontera interminable, obra que ha tenido la virtud de sobrevivir a su autor como la guía de política científica más exitosa de todos los tiempos.

La idea básica es muy simple. Desde hacía cien años, el proyecto nacional de Estados Unidos giraba en torno de la conquista del Oeste, aquellos inmensos territorios deshabitados que fueran anexados gracias a la generosidad de Santa Anna. Bush decía: ya la frontera del Oeste ha sido conquistada. La guerra mundial ha sido ganada. Ahora, que venga otro desafío. Nuestra nueva frontera será la Ciencia, que no se acaba en ningún océano. Es interminable. La conquista de la ciencia ha de permitirnos desarrollar nuestra industria a niveles nunca vistos.

¿Cómo lograrlo? Nuestro error (decía Bush) ha sido apoyar instituciones, no a científicos. De hoy en adelante, no demos dinero a las instituciones de educación superior para que hagan ciencia. En cambio, otorguemos los fondos directamente a los científicos, en base a sus méritos y sin importar a qué institución están adscritos. Esto permitirá a las buenas universidades pelearse por los mejores científicos, quienes serán su principal fuente de ingresos y de prestigio. Los sueldos de los académicos subirán. No cometamos el error de prohibir el multichambismo. Trabajar no es un crimen, siempre que se rinda cuenta detallada y transparente del empleo del tiempo. Ser consultor para la industria es un honor: exijamos a las universidades que otorguen todas las facilidades a sus investigadores para que puedan proporcionar estos servicios tan necesarios al progreso de la nación. Así crecerá el prestigio de las universidades.

Los científicos eran y son contratados en calidad de profesores, o sea para enseñar. Esa es la razón de ser de las universidades. Pero los contratos para los maestros suelen ser de nueve u once meses, no doce meses. Los profesores trabajan como consultores durante sus vacaciones puesto que la universidad no los requiere, no se responsabiliza ni tiene fondos para subvencionar su investigación. Así, cada maestro tiene que esforzarse en ganar periódicamente concursos de investigación con el gobierno federal, si desea obtener los recursos necesarios para investigar. Cuando no lo hace, pierde sus alumnos y no consigue promoción. Al cabo de tres años tiene que abandonar la universidad y buscar trabajo en otra parte.

El sistema funciona perfectamente. Cuando yo trabajaba en Berkeley, disponía de un doceavo de mi tiempo para vender al fisco. Se lo vendía a un precio más alto que el que me ofrecía la universidad pero eso estaba bien, si el Estado valoraba mis esfuerzos en esa cantidad. Cuando conseguía una consultoría industrial simplemente llamaba a la National Science Foundation para avisar que ya no iba a cobrar mi mes de sueldo. Las empresas me pagaban a razón de mil dólares al día. Nunca hubo problemas morales ni administrativos.

Gracias al Informe Bush, la industria americana ha progresado rápidamente. Aprendió a utilizar el talento de la comunidad científica para modernizarse y para ganar nuevos mercados. A los científicos les gusta el sistema porque es simple, transparente y nos mantiene vivos como investigadores de frontera. Las aplicaciones a la vida real son las que suelen generar los progresos teóricos. A los estudiantes les encanta porque sus maestros traen experiencias vivas del mundo a las aulas y las clases no se repiten. Eventualmente aprovechan estos conocimientos para obtener un puesto en la industria. Es necesario decir que la universidad conocía y apreciaba mis actividades de consultor, y me permitía el uso de sus laboratorios y equipos para este fin. Salen sobrando los complicados convenios interinstitucionales, como los que prevé Fidetec en México, ya que el investigador es libre de aprovechar su tiempo vacacional como quiera.

El Plan Bush tuvo éxito porque fue elaborado por un investigador científico activo, quien además se movía en el ambiente industrial. Las universidades jamás tuvieron que renunciar a un ápice de su autonomía ni asumir responsabilidad por lo que hacían sus investigadores fuera del tiempo académico convenido. Ahorraban dinero pues no necesitaban pagar vacaciones a los maestros. El gobierno federal estaba contento ya que se ahorraba pleitos con los rectores y podía manejar sus políticas de investigación con mayor independencia.

¿Hubo abusos? Por supuesto que hubo algunos. Nunca falta algún colega ávido de dinero que realiza consultorías sin reportarlas en sus convenios de investigación. Generalmente es descubierto por Hacienda y se le obliga a dimitir de su cargo universitario, con el escándalo correspondiente. Es que no se vale ser estúpido. En Estados Unidos, a los académicos no se les contrata por hora como si fueran jornaleros. Cuando el contrato estipula «nueve meses u once meses», la universidad entiende días corridos con todo y sus noches para pensar y preparar clases. Allá se mira con lástima a los académicos mexicanos contratados por «cuarenta horas semanales», como si fueran carpinteros checando tarjeta.

ACLARACION

En nexos 210 (junio, 1994), ofrecimos unas breves entradas de cada uno de los nuevos miembros de nuestro Consejo Editorial.

Por un descuido, olvidamos señalar que Héctor Manuel Falcón («Falcón») es caricaturista del periódico Siglo XXI.

FIDETEC

El otro día, en Los Pinos, el presidente pronunció un discurso notable ante la comunidad científica mexicana. La tradición, acatada por presidentes anteriores, era de aprovechar esta ocasión para halagar o regañar a los científicos y para pedirles su apoyo político. Pero Zedillo no se dirigió a los científicos: su discurso estuvo dirigido al CONACYT.

El mensaje del presidente, libremente traducido del lenguaje florentino, era el siguiente. Primero, vamos a intentar que el gasto nacional en ciencia y tecnología llegue al uno por ciento del producto nacional para el año 2000. Esta meta es reconocidamente irreal. No es que no haya dinero ni que los científicos seamos buenos, malos o feos. No se trata de eso. Es que somos muy pocos. Ningún grupo nuclear de mil a mil quinientos científicos puede gastar inteligentemente tres mil millones de dólares al año. Gastar dinero en forma provechosa es la primera tecnología que necesitamos aprender del Primer Mundo.

El Fidetec es el proyecto medular de la política nacional mexicana de ciencia y tecnología. Es el fondo para la modernización tecnológica: un instrumento del CONACYT para promover la introducción de nuevas tecnologías a la producción industrial. Los recursos de este fideicomiso son administrados por CONACYT conjuntamente con Nacional Financiera. Son otorgados a empresas consultoras que realicen adaptación, transferencia y asimilación de tecnologías; demostración y mejora tecnológica, diseño o mejoramiento de componentes, maquinaria, equipos y sistemas; fabricación de prototipos; desarrollo piloto y sistemas para producción semindustrial.

Si este importante proyecto está condenado al fracaso no es precisamente por falta de fondos. Sucede que el núcleo de la comunidad científica mexicana pertenece mayoritariamente al Sistema Nacional de Investigadores, institución que expresamente prohibe la realización de cualquier actividad remunerada que no sea la académica Las consultorías industriales son motivo de expulsión inmediata del Sistema con pérdida de la mitad del ingreso neto del científico. En tales condiciones, los especialistas mexicanos que pueden colaborar con el Fidetec son necesariamente aquellos que, por uno u otro motivo, no han logrado ingresar al Sistema Nacional de Investigadores. Si usted fuera un industrial mexicano, ¿confiaría usted la modernización de su empresa a especialistas que han sido desechados por la comunidad científica y por el propio gobierno de la República?

Por lógica irrebatible, sólo le queda al industrial contratar con empresas consultorías extranjeras. Pero aquí interviene la segunda instrucción presidencial, que estipula que ya no se vale apelar a los modelos desarrollistas o neoliberales. Ni salinistas ni dinosaurios, dijo el presidente. Debemos crecer hacia dentro y cesar de depender de recetas extranjeras o de los consabidos expertos de la OCDE. Pero ¿qué vamos a hacer con un Fidetec que depende fundamentalmente de la asesoría técnica y científica del exterior? A ver cómo hace el CONACYT para resolver este acertijo.

¿Qué tan borracho es Yeltsin?

Masha Gessen escribe para Sevodnia (Hoy), un diario de Moscú.

Lo único que a los rusos les gusta más que beber o hablar de la bebida es hacer ambas cosas a la vez. En un restaurante en Cheliabinsk, ciudad en los Urales, un encuestador local y un político visitante hablan sobre el hombre más famoso de la región, el presidente Boris Yeltsin. «Solía maldecir mucho», dice el encuestador que conoció a Yeltsin cuando era jefe regional de partido. «Pero ¿sabes qué? Nunca bebía».

«Esto era hace treinta años», responde el político, un antiguo miembro del gabinete de Yeltsin.

«Bueno, bebía, por supuesto», aclara el encuestador. «Pero bebía con todos los demás. Cuando los vasos estaban llenos, bebía. Pero nunca se emborrachaba».

«Sigue bebiendo con todos los demás. Pero ahora a la primera de cambio está ebrio».

Ellos vacían sus vasos. Yo, la periodista hago lo mismo porque en este país todos beben. No se trata sólo de un asunto de identidad cultural rusa o del estereotipo occidental de Rusia. Cuánto, qué y cómo bebe la nación son claves para el humor de la gente. Aunque la clave para el carácter individual no es cuánto sino cómo se bebe.

Beber con todos los demás es beber a menudo y mucho. O sea que no deja de ser acertado que el primer presidente elegido democráticamente, un populista patológico, simplemente lo hiciera, sobre todo teniendo en cuenta que el hombre al que sustituya, quien siempre fue mucho más popular en Occidente que en su país, había librado una batalla brutal contra el alcohol, creando una escasez artificial del mismo y precipitando una drástica caída en su consumo (al menos del tipo de alcohol que se vendía legalmente para consumo humano). Cuándo la cantidad que bebe el presidente se vuelve excesiva es un asunto de opinión pública.

Circularon rumores sobre el gusto de Yeltsin por la bebida durante todo el tiempo que fue un político importante. El primer intento a nivel federal de desacreditarlo haciendo público su hábito a la bebida data de 1990, cuando fue depuesto de su cargo como jefe de la organización del Partido Comunista de Moscú. Uno de los documentos que salió a la luz cuando los archivos del PCUS se abrieron en 1991 se dirigía a los funcionarios para que se ocuparan del tema. Ejemplos de intemperancia indiscreta eran: el discurso incoherente de Yeltsin durante una visita a los Estados Unidos en 1989; sus ausencias crónicas de las sesiones del Soviet Supremo a principios de 1991; su aspecto en Moscú la víspera del golpe de 1991 y su supuesto letargo a lo largo de toda la lucha armada por el poder en octubre de 1993; faltar a la reunión con varios ministros del exterior y con el presidente del Comité Olímpico Internacional en Moscú en 1992; su aparente dificultad para caminar durante la cumbre del CIS en Tashkent en 1992; su intento de suplantar a un director de orquesta en Alemania; no haber podido bajar del avión en Shannon para reunirse con el primer ministro irlandés; y una supuesta parranda de copas durante las primeras semanas de la crisis de Chechenia.

Los alegatos de que Yeltsin bebe han sido mucho más firmes que las propias acciones del presidente. Lo que ha cambiado es la actitud de los medios de comunicación nacionales, que ha variado de acuerdo con las lealtades políticas del presidente. En 1992, cuando después de la debacle de Tashkent un representante de la oposición planteó en el Parlamento la cuestión de que el presidente eta un «gran bebedor», los medios de comunicación nacionales formaron un frente unido en defensa del ídolo entonces democrático. Hasta el periódico de la oposición Pravda opinó: «El rumor es el rumor, puede mancillar el nombre de cualquiera y debe ser ignorado».

El dirigente ideal de Rusia debe ser capaz de bajarse media botella de vodka y aun así dirigir el país. Su capacidad de beber puede incluso estar en correlación con su capacidad de gobernar firme y decisivamente, piensen lo que piensen los reprimidos occidentales. Esta fue la actitud de la prensa liberal en el primer año de la independencia de Rusia.

Pero los dos últimos años han sido demasiado rígidos con la autoimagen de Rusia como para permitir que continuara el descuido por las apariencias. Al observar la contracción de su mundo bajo los escombros de una infraestructura desmoronada, los rusos se entregaron a un complejo de inferioridad de siglos de antigüedad. En muchos periódicos se compara desfavorablemente a Rusia con los míticos países civilizados. Y con su comportamiento en Alemania e Irlanda, Yeltsin dio pie a un creciente sentimiento de vergüenza y desencadenó una oleada de moralina en la prensa liberal.

La guerra en Chechenia amplió la brecha entre Yeltsin y la prensa liberal. En marzo, Novoye Vriemia (Nuevos Tiempos), la principal revista semanal de análisis político que ha sido ferozmente leal al presidente, anunciaba la nueva era de oposición prodemocrática con una portada atormentada que reproducía en primer plano a un presidente aparentemente muy borracho y debajo el titular, ¿Qué le está pasando?.

El resto de la revista estaba ilustrada con fotografías de archivo de Yeltsin en varios estados de ebriedad. Más que el propio texto, esas imágenes confirmaban los temores de millones de personas que habían depositado sus mejores esperanzas en Yeltsin. No les está dirigiendo un hombre que bebe y que después pueda conducirlos al futuro, decían las fotografías. La verdad, escandalizadora y enervante, es que el presidente no tiene buen vino.

The New Republic

22 de mayo, 1995

Boca cerrada

Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Puerto libre (Cal y arena).

Seguro que este país, tantas veces cruzado por desacuerdos, ha vivido épocas de más discordia que la nuestra. Pero como uno la que padece es la suya, es ahora cuando las diferencias nos agravian y lastiman. Tanto pesar y tanta ofensa nos tienen tomados de tan distintas maneras, que es difícil no encontrar en cada reunión al menos una disputa y en cada encuentro amistoso mil diferencias. Entiendo ahora por qué nuestros abuelos tenían como lema no discutir sobre política y clero, por qué tantos de nosotros crecimos en sociedades que imaginamos acalladas por el miedo y que tal vez sólo habían aprendido a callar por prudencia.

Todos los días un montón de noticias contrarias nos tocan los oídos y nos llenan de dudas. Y a cada rato descubrimos a alguien que ha convertido nuestra duda en la certeza de algo espantoso. Por eso, ¿quién me lo hubiera dicho?, quiero educarme en la costumbre de callar cuando la política, ese remolino de discordias, irrumpe en la conversación. Con esto no quiero decir que el destino del país me tenga sin cuidado, ni que me haya hecho al ánimo de no tener opiniones y certidumbres en torno a lo que sucede. Lo que quiero decir es que no estoy dispuesta a defender mis convicciones dejando en ellas el hígado, ya no digamos las amistades o los cariños entrañables, cada vez que me invitan a una cena, concilio o desayuno. Es así como antes de salir, me hago una serie de recomendaciones tras las cuales me entrego sin más a la ignominia de no dar batallas inútiles en torno a todos los asuntos cruciales que nos cruzan. Me propongo, pensando en la política: no hablar sobre lo que no sé, no hablar sobre lo que creo que sé, no hablar sobre lo que imagino, no afirmar lo que otros me dijeron que imaginan o creen, no hablar sobre lo que dijo un editorialista, no citar a un columnista, no decir que le creo a ningún político, no decir que no le creo a ningún político, no preguntar cuánto gana la voz más radical de la reunión, no poner gesto justiciero cuando alguien vierte opiniones que comparto, no contradecir a quien esgrime a gritos una contundencia que me parece descabellada, no maldecir por lo bajo preguntándome qué hago en tal reunión, no contrariar a quien pregunta desafiante tras dos argumentos increíbles: ¿O no?

Dirán ustedes que tales actos de paciencia colindan con la estupidez y son deshonestos, mermadores de la personalidad o imposibles. Yo quiero dedicar el breve espacio de hoy a proponer tal práctica a los escasos lectores que quieran correr el grave riesgo de parecer inhabilitados para el compromiso con las grandes causas nacionales y, a cambio, ambicionen encontrar cierta paz de ánimo en mitad de la tormenta.

Como todo, es cosa de disciplina, fervor y maña. Y como en todo, la maña es lo imprescindible. Aunque la disciplina se necesita para no sacarle los ojos al prójimo que nos insulta con su mirada de no tienes valor ni convicciones; y el fervor se precisa para conservar nuestra convicción y nuestros afanes sin pregonarlos ni escupirles a quienes no los comparten. Las mañas pueden ir desde las salidas fáciles como morderse una uña, repetir postre, acomodarse el nudo del chal, sumir el estómago, enderezar la espalda, pasar al primer plano auditivo la música de fondo, repetir una oración aprendida a los cuatro años o recorrer la mesa respondiéndose a cuál de los invitados oyó preocupado por Chiapas antes del primero de enero de 1994, hasta las que se proponen imaginar desnudos a los comensales. Vale la pena proponerse cualquier cosa con tal de no caer en la tentación de hacer una propuesta, negarse a cumplir la de alguien o emitir juicios inútiles en torno a cualquiera de los asuntos irresolubles que nos consternan y enfrentan. Tengo la esperanza de que el paso voraz y generoso de los años, aunque no borre los duelos, nos devolverá el afán de concordia; entonces, habrá valido la pena haber cerrado la boca algunas veces.

Samuel Beckett: De pasteles a piedras

La primera novela francesa del autor de Esperando a Godot le sirve de entrada a Paul Auster para recorrer el largo camino del despojamiento radical del lenguaje beckettiano y la creación de una de las formas de la poesía contemporánea más lúcida e intransigente, cuya máxima dice: “menos equivale a mas”.

Mercier y Camier fue la primera novela de Samuel Beckett escrita en francés. Terminada en 1946 y retenida para su publicación hasta 1970, es asimismo la última de sus obras traducida al inglés. Tanto retraso parecería indicar que Beckett no le tiene demasiado afecto al libro. Si no se le hubiera concedido el premio Nobel en 1969, de hecho, es probable que Mercier y Camier jamás se hubiera editado. Esta reticencia por parte de Beckett es de algún modo incomprensible ya que aunque Mercier y Camier es a todas luces un trabajo de transición, que a la vez que se remonta a Murphy y Watt, mira hacia adelante a las obras maestras de los primeros años cincuenta, se trata sin duda de un libro brillante, con sus poderes y encantos particulares, no reproducidos en ninguna de las otras seis novelas de Beckett. Pese a que no está en su mejor forma, Beckett sigue siendo Beckett, y leerlo es leer a alguien sin parangón.

Mercier y Camier son dos hombres de indeterminada edad madura que deciden dejar todo tras ellos y emprender un viaje. Como los Bouvard y Pécuchet de Flaubert, como Laurel y Hardy, como las otras pseudoparejas en la obra de Beckett, no son tanto personajes separados sino dos elementos de una doble realidad, y ninguno puede existir sin el otro. Jamás se establece el propósito de su viaje ni se específica su destino.

Se habían consultado entre sí exhaustivamente, antes de embarcarse en este viaje, sopesando con toda la calma a su disposición los beneficios que podrían esperar de él, qué infortunios cabría temer, turnándose respecto al lado oscuro y al Prometedor. La única certidumbre que obtenían de estos debates era la de no ponerse en marcha a la ligera, rumbo a lo desconocido.

Becken, maestro de la coma, logra con estas pocas frases cancelar cualquier posibilidad de meta. Con la mayor sencillez Mercier y Camier acuerdan encontrarse, se encuentran (al cabo de una dolorosa confusión) y parten. Que nunca lleguen realmente a ninguna parte y que sólo en dos ocasiones, de hecho, crucen los límites del pueblo, no impide en forma alguna el desarrollo del libro. Ya que éste no trata de lo que hacen Mercier y Camier; trata de lo que son.

Nada sucede. O, más bien, lo que sucede es lo que no sucede. Armados con utilería de vodevil: paraguas, saco e impermeable, los dos héroes vagan por el pueblo y la campiña circundante, topándose con diversos objetos y personajes: se demoran con frecuencia y detenimiento en todo un surtido de bares y sitios públicos; se asocian con una bondadosa prostituta llamada Helen; matan a un policía; pierden gradualmente sus pocas pertenencias y se separan. Estos son los acontecimientos externos, narrados con precisión, ingenio, elegancia y pathos, y entremezclados con hermosos pasajes descriptivos (“El mar no queda lejos, se alcanza a ver más allá de los valles que desaparecen hacia el este, pálido ladrillo tan pálido como el pálido muro del cielo”). Pero la verdadera sustancia del libro yace en las conversaciones entre Mercier y Camier:

Si no tenemos nada que decir, dijo Camier, no digamos nada

Tenemos cosas que decir, dijo Mercier.

¿Entonces por qué no podemos decirlas?, dijo Camier.

No podemos, dijo Mercier.

Entonces callemos, dijo Camier.

Pero lo intentamos, dijo Mercier.

En un célebre pasaje de Conversaciones sobre Dante, Mandelshtam escribió: “El Infierno y especialmente el Purgatorio glorifican el paso humano, la medida y el ritmo del caminar, el pie y su forma… En Dante filosofía y poesía están siempre en movimiento, siempre de pie. Aun el alto es una variante del movimiento acumulado; crear un lugar para que la gente se pare y hable entraña tanta dificultad como escalar un Alpe.” Beckett, uno de los mejores lectores de Dante, ha aprendido estas lecciones con cabal minuciosidad. Casi misteriosamente, la prosa de Mercier y Camier avanza a un paso caminante, y al cabo de un rato se empieza a tener la clara impresión de que en algún punto, profundamente enterrado en las palabras, un silencioso metrónomo lleva el compás de los deambuleos de Mercier y Camier. Las pausas, los hiatos, los súbitos cambios de conversación y descripción no alteran este ritmo sino, más bien, ocurren bajo su influencia (que ha sido ya firmemente establecida), de tal modo que su efecto no es de interrupción sino de contrapunto y de cumplimiento. Una extraña quietud parece envolver cada frase del libro, una suerte de gravedad o calma, de tal manera que entre cada oración el lector siente el transcurso del tiempo, los pasos que continúan avanzando aun cuando no se dice nada.

Sentados en la barra discurrían sobre esto y aquello, fracturadamente, como era su costumbre. Hablaban, callaban, se escuchaban el uno al otro, dejaban de escuchar, cada uno según su antojo lo que le dictara su fuero interno.

Esta noción del tiempo, por supuesto, se relaciona directamente con la noción de compás, y no parece accidental que Mercier y Camier sea el inmediato predecesor de Esperando a Godot en la obra de Beckett. De alguna forma puede tomarse como un calentamiento para la pieza teatral. La burla de teatro de variedades, perfeccionada luego en los textos dramáticos, está ya presente en la novela:

¿Qué van a tomar?, dijo el cantinero.

Cuando lo necesitemos se lo haremos saber, dijo Camier.

¿Qué van a tomar?, dijo el cantinero.

Lo mismo de antes, dijo Mercier.

No le han servido, dijo el cantinero.

Lo mismo que el caballero, dijo Mercier.

El cantinero miró el vaso vacío de Camier.

No recuerdo qué era, dijo.

Yo tampoco, dijo Camier.

Yo nunca lo supe, dijo Mercier.

Pero mientras que Esperando a Godot está sustentada en el drama implícito de la ausencia de Godot —una ausencia que gobierna el escenario con el mismo poder que cualquier presencia—, Mercier y Camier evoluciona en un vado. De un momento a otro, es imposible prever lo que sucederá. La acción, que no es animada por tensión o intriga alguna, parece tener lugar contra un fondo de silencio casi absoluto, y todo lo dicho es dicho en el preciso instante en que ya no hay nada que decir. La lluvia predomina en el libro, del primer párrafo a la última frase (“Y en la oscuridad él también podía oír mejor, podía escuchar los sonidos de los que el largo día lo había abstenido, murmullos humanos por ejemplo, y la lluvia sobre el agua”) —una eterna lluvia irlandesa a la que se le confiere el status de idea metafísica, y que crea una atmósfera que oscila entre el tedio y la angustia, entre lo amargo y lo jocoso. Al igual que en la obra de teatro, se derraman lágrimas, pero más por el conocimiento de la futilidad de éstas que por la necesidad de purgar una pena. Asimismo, la risa es meramente lo que pasa cuando las lágrimas se han agotado. Todo prosigue, decayendo despacio en la quietud del tiempo, y a diferencia de Vladimir y Estragón, Mercier y Camier deben resistir sin ninguna esperanza de redención.

La palabra clave en todo esto, creo, es desahucio. Beckett, que comienza con poco, termina aún con menos. El movimiento en cada una de sus obras es hacia una especie de alivio, por el que nos conduce a los límites de la experiencia —a un lugar donde los juicios estéticos y morales se vuelven inseparables. Este es el itinerario de los personajes en sus libros, y también ha sido su propio progreso como escritor. De la prosa exuberante, intrincada y distinguida de More Pricks than Kicks (1934) a la desolada austeridad de The Lost Ones (1970), ha ido reduciéndose gradualmente a lo medular. Su decisión treinta años atrás de escribir en francés fue sin duda el punto nodal de este progreso. Se trató de un acto casi inconcebible. Pero de nuevo, Beckett no es como otros escritores. Antes de ser realmente reconocido, tuvo que prescindir de lo que le resultaba más fácil, luchar contra su propia habilidad como estilista. Después de Dickens y Joyce, quizá no hay un escritor inglés de los pasados cien años que haya igualado la prosa temprana de Beckett en cuanto a vigor e inteligencia; el lenguaje de Murphy, por ejemplo, es tan compacto que la novela posee la densidad de un breve poema lírico. Al cambiar al francés (un idioma, como Beckett ha señalado, que “carece de estilo”), voluntariamente empezó de nuevo. Mercier y Camier se ubica en la génesis misma de esta otra vida, y es interesante observar que en la traducción al inglés Beckett ha eliminado casi una quinta parte del texto original. Frases, párrafos, pasajes enteros han sido descartados, y lo que en verdad hemos recibido es tanto un trabajo de edición como una traducción. Esta manipulación, sin embargo, no es difícil de comprender. Demasiados ecos, demasiada retórica diestra y ornamental del pasado permanecen, y pese a que una considerable cantidad de material espléndido se ha perdido, al parecer Beckett no lo juzgó lo suficientemente bueno como para conservarlo.

A pesar de, o quizá debido a esto, Mercier y Camier está cerca de ser una obra perfecta. Como todas las autotraducciones de Beckett, esta versión no es tanto una traducción del original sino una recreación, una “repatriación” del libro en inglés. Por más desnudo que sea su estilo en francés, siempre hay un pequeño extra agregado a la presentación inglesa, un sutil giro en la dicción o un matiz, una palabra inesperada cayendo en el momento justo que nos recuerda que el inglés es no obstante el hogar de Beckett.

George, dijo Camier, cinco emparedados, cuatro envueltos y uno listo. Verá usted, dijo, volteando amablemente hacia Mr. Conaire, pienso en todo. Porque el que me coma aquí me dará la fuerza para regresar con los otros cuatro.

Sofistería, dijo Mr. Conaire. Usted parte con sus cinco, envueltos, se siente débil, desenvuelve, saca uno, come, se recupera, prosigue con los otros.

Por toda respuesta Camier empezó a comer.

Lo va a malcriar, dijo Mr. Conaire. Ayer pasteles, hoy emparedados, mañana mendrugos y el jueves piedras.

Mostaza, dijo Camier.

Hay una precisión en esto que supera al francés. “Sofistería” en lugar de “razonamiento erudito”, “mendrugos” en lugar de “pan seco”, y la asonancia con “mostaza” en la siguiente frase concede una nitidez y una economía al intercambio que resultan más satisfactorias que en el original. Todo se ha reducido a lo mínimo; ni una sola sílaba está fuera de lugar.

Transitamos de pasteles a piedras, y página a página Beckett arige un mundo casi de la nada. Mercier y Camier emprenden un viaje y no van a ningún lado. Pero a cada paso del camino queremos estar exactamente donde ellos están. Cómo logra esto Beckett es una suerte de misterio. Pero al igual que en toda su obra, menos equivale a más.

 

Paul Auster.
Escritor. Autor, entre otros libros, de Leviatán. Este texto pertenece al libro El arte del hambre (The Art of Hunger), publicado por Penguin Books.

Traducción de Mauricio Montiel Flgueiras

La segunda reforma del Estado

CUADERNO NEXOS

El federalismo y los dineros

Mauricio Merino. Politólogo. Premio Carlos Pereyra 1992. Autor de La democracia pendiente (ECE).

I

Desde una perspectiva apremiante, podría afirmarse que el verdadero núcleo del federalismo -o de cualquier tipo de relaciones entre distintos niveles de gobierno- está sin duda en la distribución del dinero. Todo lo demás puede ser muy importante, pero no es lo fundamental. Así opinan, al menos, algunos de los principales expertos de la llamada teoría de relaciones intergubernamentales, comenzando por mi predilecto Deil S. Wright. La «obsesión fiscal», como la llama este autor, domina desde luego cualquier discusión acerca de las múltiples redes políticas, económicas y administrativas que suelen establecerse entre los gobiernos locales, regionales y nacionales. Todos los demás puntos descansan en el dato crucial acerca del dominio efectivo de los dineros. Y en nuestro país no hay ninguna duda sobre ese tema: desde la década de los años cincuenta hasta nuestros días, el gobierno federal ha manejado directamente más del 80% de los ingresos públicos nacionales, mientras que los recursos realmente propios de todos los estados no han significado más que el 5.7% de los dineros públicos del país. De modo que somos, desde esa perspectiva implacable, uno de los países de mayor centralismo en el mundo. Y desde luego, el más centralista de todos cuantos pertenecen al hipotético club de la OCDE.

Frente a esos datos, no resulta tan extraño que muchos de los gobiernos estatales y locales hayan recurrido a la deuda pública para financiar sus actividades. El problema es que lo hicieron sin tomar demasiado en cuenta que las cosas no iban a cambiar tan rápidamente como para poder solventar los pagos de capital e intereses sin demérito de sus futuras capacidades de acción. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo ahora mismo: las deudas que acumularon con la banca comercial se les vinieron encima ante el desproporcionado y repentino incremento de las tasas de interés, hasta niveles prácticamente impagables, pues los estados y los municipios les deben a los bancos privados nada menos que 17 mil 370 millones de nuevos pesos, que sumados a los 9 mil 600 millones más que adeudan a Banobras, nos llevan a la muy considerable cifra de 26 mil 970 millones de nuevos pesos: el equivalente al 48% de las participaciones totales que recibirán durante 1995.

II

De aquí la trascendencia del programa de apoyo crediticio a los estados y municipios que se puso en marcha durante la primera semana de mayo. Fue un acuerdo suscrito entre el gobierno federal y la banca comercial mexicana, para convertir esa deuda en Unidades de Inversión (las famosas UDIS), y establecer dos mecanismos paralelos de emergencia: de un lado, el uso de participaciones adicionales -derivadas de los incrementos al precio de la gasolina y del aumento del IVA- para amortizar entre el 10 y el 30% de esos adeudos privados; y de otro, el establecimiento de nuevos plazos y de tasas fijas de entre 7.5 y 9.5% para poder planear con mayor certidumbre las finanzas locales. Un acuerdo que elimina así el riesgo de las moratorias internas y que le ofrece a la banca comercial la certeza de un cobro seguro, aunque disminuido. Pero que coloca a los gobiernos de los estados ante la tesitura de reducir muy considerablemente sus posibilidades de acción, pues sus ingresos adicionales tendrán que usarse para pagar las deudas, mientras el resto de sus finanzas tendrán que sufrir no solamente la carga de la inflación sino que tendrán que pasar, además, por un programa de saneamiento celosamente evaluado por la Secretaría de Hacienda y por la banca comercial.

Se trata, en otras palabras, de un mecanismo muy similar al que suelen emplear los grandes organismos financieros internacionales antes de otorgar nuevas condiciones de pago a los países deudores. De modo que si los gobiernos estatales se habían salvado hasta ahora de la llamada reforma del Estado, que entre otras cosas consiste en el recorte de personal, en la privatización de las propiedades gubernamentales y en el control riguroso de todos los gastos como criterio prioritario de toda la planeación estatal, sus deudas los han arrastrado -como al gobierno federal en su momento- al dominio de las estadísticas macroeconómicas. Se trata, pues, de una especie de segunda reforma del Estado que ahora llegará directamente a las entidades federativas, con todas sus consecuencias políticas y sociales.

El acuerdo logrado, ciertamente, se presenta como una de las mejores opciones financieras posibles: la banca podrá recuperar al menos parcialmente su cartera vencida, y los estados podrán organizar y planear sus finanzas con mucha mayor certidumbre, a salvo de los vaivenes en las tasas de interés. Es un éxito de la tecnocracia. Pero lo que no está claro en absoluto -como siempre en este tipo de arreglos- es la parte política del negocio: no sólo en términos de las tensiones que los programas estatales de saneamiento habrán de traer entre los gobernadores y el presidente -pues también en el PRI hace aire-, sino sobre todo en relación con las capacidades de respuesta de los gobiernos locales en un año en que las demandas sociales se acumulan y se desbordan todos los días. ¿Cómo van a hacerle frente las administraciones públicas estatales a todos los desafíos políticos que se les vienen encima?

III

No dudo que buena parte de esos adeudos se haya perdido por el camino. Es evidente que no todo se gastó con inteligencia, y que muchos de esos dineros están en las calles de las ciudades convertidos en inversiones absurdas e inútiles, además de los porcentajes que seguramente reposan en las cuentas privadas de funcionarios corruptos. Pero de ahí a suponer que los gobiernos estatales y locales no sirven para nada hay un abismo. Esos gobiernos han sido, a pesar de todas sus precariedades y de sus desviaciones, el filtro político más importante para la conducción del Estado. Y además han sido un filtro barato: no más del 17% de los ingresos públicos del país. Dineros muy bien empleados si se mira correctamente con criterios políticos más amplios en busca de la gobernabilidad democrática, y no sólo desde la perspectiva de las cuentas cerradas.

Nadie debería llevar este argumento hasta el extremo de justificar los actos de corrupción o de ineficacia que han cometido los gobiernos locales. Esos actos deben prevenirse y castigarse con todo rigor. Pero el castigo no puede consistir en la tabla rasa, ni mucho menos en cortarles las manos para evitar tentaciones. Está muy bien que se corrijan las finanzas mal llevadas de los gobiernos locales, pero está muy mal que se haga a costa de sus posibilidades de gobernar.

Si el gobierno de la República decide llevar esta segunda reforma del Estado hasta sus últimas consecuencias financieras, sin poner en marcha mecanismos paralelos capaces de contrarrestar los efectos negativos que traerá para los gobiernos de los estados, seguramente habrá facturas políticas posteriores, multiplicadas por 31. El problema de la obsesión fiscal, como la llama Wright, es que puede convertirse con demasiada facilidad en una obsesión política cuando los agobios de la demanda pública desbordan la capacidad de gobierno. Y mucho me temo que tampoco el gobierno de la República está en su mejor momento, como para absorber sin más todos los reclamos políticos que los gobernadores dejen pasar tranquilamente hasta la plaza de la Constitución.

El programa, en suma, resulta muy útil para ofrecer mayores elementos de tranquilidad a la economía general del país, pero representa un desafío adicional para encontrar de prisa los caminos de ese nuevo federalismo que todavía no significa mucho más que una promesa pendiente. Hay que encontrarlos, sin embargo, para que los apremios de la economía no vuelvan a complicar los trayectos de la política. Nunca estará de más escuchar la gigantesca lección del sexenio pasado: ningún ajuste económico se resuelve sin pagar las consecuencias políticas. Y el que se está diseñando para los estados y los municipios de México no tiene por qué ser la excepción.

¿Cómo se mide la economía?

Robert Heilbroner. Es economista y autor de Visions of the Future, publicado por Oxford University Press.

¿Cuál es la responsabilidad moral de la economía? O mejor, ¿cabe hablar de valores cuando se trata de elegir una estrategia adecuada para combatir la inflación?, pregunta el autor en este texto que es un fragmento del ensayo «Taking the Measure of economics», publicado por Harper’s.

¿Es la economía una disciplina humanista? La respuesta es sí, pero por una razón creo que muchos economistas la rechazarían. La razón es que la economía, en su base, está inextricablemente conectada con el ejercicio del poder social, y el poder en todas sus formas y usos está inextricablemente conectado con valores sociales y juicios morales. No veo cómo una disciplina cuyo interés autoproclamado ha sido siempre la exploración de la riqueza puede evitar el distintivo que otras disciplinas humanistas -sociología, psicología y filosofía, por ejemplo- llevan con orgullo.

Pero sospecho que si la cuestión se les planteara a los miembros de mi profesión, la turbación haría que se aclararan la garganta. Sí, por supuesto que la economía está dedicada al tema de la riqueza. Pero uno de los sellos de la economía es que no persigue su materia desde un punto de vista «moralista». Más bien estudia el problema de la riqueza objetiva y desapasionadamente, del mismo modo que un físico estudia la interacción de las partículas en una nube de gas, aplicando los mismos métodos independientemente de si el gas se expande porque el sol ha salido o porque es parte de una explosión nuclear. Del mismo modo, los economistas estudian los procesos mediante los cuales la riqueza se genera y distribuye, independientemente de si el resultado final es una sociedad pobre o una rica, una sociedad con una distribución desequilibrada del ingreso o igualitaria.

Pero el mito de los economistas como nada más que observadores desinteresados se tambalea. La economía, en especial la variedad de los tiempos modernos, es directamente responsable de aspectos importantes de los fenómenos que estudia.

Por ejemplo, la política del Consejo de la Reserva Federal de combatir la inflación con tasas de interés crecientes. Todos los economistas dirán que las tasas se aumentan para desalentar a hombres de negocios y propietarios de viviendas en perspectiva que pidan préstamos. Explicarán que este desaliento detiene el crecimiento en el gasto y es la única manera de impedir el peligroso proceso de la inflación.

Esto es sin duda una franca muestra de análisis económico, bastante desprovisto de cualquier cuestión de responsabilidad moral.

Los economistas tal vez no coincidan respecto a de qué magnitud se requiere que sea un aumento en las tasas de interés para lograr la meta antinflacionaria, y puede que incluso discutan si en determinado momento la inflación es una amenaza real o imaginaria. Si aceptamos que los cálculos de la Reserva Federal se hicieron de buena fe y con el cuidado debido, entonces ¿cuál es la responsabilidad moral de la profesión de los economistas?

La respuesta implica un aspecto de la política antinflacionaria que aún no hemos considerado: que la política de la Reserva Federal produce el descenso deseado en el gasto porque las tasas superiores de interés provocan que las empresas reduzcan sus planes de expansión y que las familias desistan de hipotecas. Ambos efectos tienen por resultado menos empleos, comúnmente causa de desaliento, pero en este caso se acepta con un pequeño suspiro de pesar como el precio que uno ha de pagar para mantener a raya la inflación. Lo que también se mantiene a raya son nuestros valores morales. Porque hay otro medio, menos injusto, de controlar la inflación: elevar los impuestos federales, tanto personales como corporativos, para reducir el nivel de gasto doméstico y empresarial al grado que sea necesario.

¿Por qué hay un tema moral en juego al escoger entre tasas de interés e impuestos para combatir la inflación? La respuesta es que un incremento en las tasas de interés reduce el gasto cortando drásticamente los ingresos de los desafortunados que están «sueltos», mientras que un aumento fiscal de base amplia disminuye el gasto porque a muchos individuos se les reducen sus cheques de pago. Aun así, habrá desempleo generado por un impuesto antinflacionario cuyo propósito es, como la elevación de las tasas de interés, disminuir el gasto, pero en cierta medida todas las unidades domésticas compartirán el costo, y éste no es el caso cuando las tasas de interés suben. Según todos los estándares morales, ¿no es preferible que éste sea el curso a seguir por una democracia? 

Entonces, ¿por qué los economistas no recomiendan con entusiasmo un impuesto antinflacionario? ¿Por qué en realidad nunca se oye que sería una alternativa para la política de la Reserva Federal? La respuesta es que crearía demasiado fuego antiaéreo político. Esta actitud tal vez no sea noble, pero es comprensible: los economistas no pueden esperar que los individuos o los empresarios acepten sumisamente impuestos superiores sólo porque la profesión explica que es un modo más justo de atajar la inflación que los aumentos en las tasas de interés. Pero una vez más se inmiscuye un tema moral, a saber, que los economistas pueden esperar sin duda protestas vehementes contra una política fiscal si ellos mismos nunca han ofrecido ninguna explicación en favor de esa política.

Claro que la economía es humanista en el sentido de que las categorías que establece y las posiciones políticas que abraza están inconfundiblemente impregnadas de valor. El problema es que los valores encarnados en muchas de las principales políticas económicas no concuerdan fácilmente con los de una sociedad democrática. ¿Por qué se encuentra la economía en esa situación?

Una respuesta tiene que ver con la evolución de la doctrina. Los primeros economistas, de Smith a Marx, eran agudamente conscientes del carácter social -es decir, cargado de valores- del terreno. La economía contemporánea ha perdido ese punto de vista penetrante y perturbador, aunque sigue habiendo herejes.

La segunda razón de la miopía moral de mi profesión es el atractivo seductor del análisis por el análisis. A diferencia de la política, la sociología o la psicología, la economía ofrece la perspectiva de darnos una explicación «científica» del movimiento social. Este atractivo no se puede sobrevalorar. Se podría perdonar a un neófito si, tomando al azar uno de los principales periódicos de economía por primera vez, imagina que trata de física. No es casual que el término que es menos probable encontrar al hojear esas publicaciones de economía sea «capitalismo». Los economistas se sienten más cómodos comparando el objeto de su estudio con un sistema «natural» -el libre mercado- que con un sistema social, como el capitalismo.

Sólo cuando los economistas reconocen y lamentan, su aislamiento respecto a los aspectos políticos de la sociedad económica puede la economía convertirse de nuevo en lo que alguna vez fue: un medio autoconsciente por el que un orden social capitalista se explica a sí mismo.

Las elecciones presidenciales en Francia

CUADERNO NEXOS

Ricardo Espinoza Toledo. Politólogo. Profesor titular de Ciencia Política en la UAM-Iztapalapa.

Las elecciones presidenciales de 1995 en Francia marcan, a la vez, la coronación de la carrera política del representante de la, ahora, derecha social, Jacques Chirac, la marginación (para todo fin práctico) de posturas radicales o percibidas como tales y la recuperación del Partido Socialista (PS). Si tomamos en cuenta la estrepitosa caída de los socialistas en las elecciones legislativas de 1993, los resultados de la presidencial de 1995 dan cuenta de un principio de recomposición del paisaje político francés.

El triunfo de Jacques Chirac está ligado, al menos, a dos factores: por un lado, al hecho de que la elección presidencial aparece como la selección de una personalidad por encima de la de un programa o partido; por otro, a los saldos negativos atribuidos a la presidencia socialista de François Mitterrand. La configuración del régimen de la V República, combinado con un sistema electoral mayoritario a dos vueltas, ha conducido a la instauración de un esquema bipolar de la vida política francesa y convertido la elección presidencial en el proceso más atractivo para los ciudadanos. El fenómeno presidencial se estableció como el motor de la personalización de la contienda electoral, al grado que desde 1988 la disputa por la presidencia de la República se ha ido desentendiendo de los grandes programas y promesas para centrarse sobre todo en las cualidades personales de los candidatos. Los partidos o coaliciones de partidos, a su vez, son indispensables para proponer candidaturas y promoverlas, pero tienen muy poco que ver en la definición de la plataforma electoral o en la estrategia de campaña.

La carrera presidencial de Chirac se desplegó desde la fundación de su partido Reunión por la República (RPR), se nutrió al frente de la alcaldía de París y conoció un momento de inflexión cuando luego de ocupar el cargo de Primer Ministro en el primer gobierno de cohabitación (1986-1988) volvió a ser derrotado en las elecciones presidenciales de 1988, ganadas una vez más por François Mitterrand. Pero hasta ahí llegó el éxito electoral de los socialistas (ya interrumpido en las legislativas de 1986). En lo sucesivo, los candidatos socialistas fueron sancionados sistemáticamente por el electorado a raíz del desencuentro entre grupo gobernante y demanda social, en particular por el aumento incontenible del índice de desempleo y la inseguridad, aunque no fue lo único. Los escándalos político-financieros y los conflictos internos al PS fueron igualmente decisivos. Los socialistas perdieron las elecciones regionales de 1992, lo cual era previsible. Sin embargo, nadie pudo prever el éxito contundente de la coalición de la derecha moderada (Unidad por la Democracia Francesa (UDF-RPR) en las legislativas del año siguiente: en 1993 el Partido Socialista recibió un castigo muy severo. La derecha moderada dispuso desde entonces de la mayoría parlamentaria más fuerte de la historia de la V República mientras el PS se hundía en una derrota histórica.

En esas condiciones, y a partir de entonces, dio inicio la lucha por la sucesión presidencial. El Primer Ministro de la segunda cohabitación, Edouard Balladur, surgió del RPR y durante su gestión se mantuvo como el gran favorito, si nos atenemos a su gran popularidad; por tercera ocasión desde 1981, Jacques Chirac vela sus posibilidades presidenciales reducidas, por los conflictos con la UDF de Valery Giscard D’Estaing y por la inevitable división de RPR (Balladur pertenece al mismo partido), y los socialistas, divididos, parecían haber firmado su carta de defunción con la marginación de Michel Rocard, primero, y la negativa de Jacques Delors para abanderar al partido, después. Balladur -el más popular de los primeros ministros de la V República- y Jacques Chirac -el hombre de la experiencia- aparecían en las preferencias de los electores con todas las posibilidades de acceder a la segunda ronda de elecciones. La historia fue un tanto diferente.

Balladur fue eliminado por su ultraliberalismo desde la primera vuelta, las fuerzas antisistema (ecologistas, comunistas y Frente Nacional de J. M. Le Pen) no prosperaron con respecto a las presidenciales de 1988 y Jospin -candidato de la esperanza- fue premiado con un inesperado primer lugar. Con este resultado, los franceses reafirmaban su inclinación por la social democracia, pero era sólo la primera parte o en todo caso una parte del asunto. La otra vino con la segunda ronda. El rescate del Partido Socialista de los pantanos en que lo habían sumido tanto la realidad del gobierno como el desgaste del poder, refleja también la inteligencia del electorado francés, según el cual es preciso mantener la bipolaridad del sistema político como un mecanismo eficaz para introducir correctivos y contrapesos políticos en las formas de gobernar. Contra lo que muchos analistas temían, el PS y lo que representa mantiene su vigencia social y política, pero ahora reavivado gracias a la campaña propositiva y autocrítica desarrollada por Jospin. A pesar de la recomposición del RPR y, en general, de las alianzas de la derecha centrista en la segunda ronda electoral, la distancia de cinco puntos porcentuales que separan al exitoso Chirac de Jospin es una prueba contundente. A final de cuentas, el candidato triunfante se benefició tanto del déficit moral de la presidencia socialista como de la inclinación ultraliberal de Balladur, con una variante: Chirac, el liberal de siempre, descubrió lo social como elemento decisivo de la lucha política.

Las elecciones presidenciales de 1995 revelaron cambios importantes en la vida política francesa fin de la era Mitterrand, práctico estancamiento de los partidos antisistema, resurrección del Partido Socialista y coronación de la carrera presidencial de Jacques Chirac. El éxito de la derecha moderada no puede leerse como la simple derrota de los socialistas. A decir verdad, el candidato presidencial socialista condujo al PS por el camino de la recuperación, lo que, a su vez, anuncia el probable reequilibrio de fuerzas en la Asamblea Nacional luego de las no muy lejanas elecciones legislativas.

Elecciones en Argentina

CUADERNO NEXOS

Las razones de un voto anunciado

Antonio Camou. Programa de Doctorado en Ciencias Sociales, FLACSO-México.

Si Carlos Saúl Menem hubiera vivido cuarenta años, su biografía habría ocupado un breve capítulo en la pequeña historia de su provincia natal, La Rioja, donde llegó a ser el gobernador más joven del país, allá por el año setenta y pico. De haber vivido cincuenta, la historia nacional lo recordaría como un político pintoresco y marginal, heredero de las tradiciones caudillistas del siglo pasado, con su anacrónico poncho federal, su melena aleonada y sus pobladas patillas devorándole la cara. De haber llegado al filo de los sesenta, al tiempo de su campaña presidencial de 1989, el espejo trizado de la historia nos habría devuelto la imagen común de un candidato populista más, un defensor retrasado, pero legítimo, de las viejas banderas del partido de Perón: promesas de aumentos salariales con base en el barril sin fondo del gasto público, no pago de la deuda externa, política exterior antimperialista, etc. Pero Menem llegó a la presidencia cruzando los sesenta años, en medio de una crisis económica inédita que había puesto a la sociedad argentina al borde del colapso, e hizo dos o tres cosas impensadas, sorpresivas, fundamentales. No más. Pero le dio el golpe justo al país para cambiarlo por las próximas décadas. Con unas pocas ideas comunes pero con habilidades extraordinarias, como hubiera dicho Sir Walter Bagehot, improvisó una política que le permitió echar a andar una sociedad largamente postrada. Eso le alcanzó para ganar con comodidad las cuatro elecciones generales realizadas desde entonces, incluyendo la que el último 14 de mayo lo consagró nuevamente presidente para el periodo 1995-1999 por una diferencia abrumadora.(1) Pero las recientes elecciones, más allá de su resultado circunstancial, poseen una importancia histórica digna de atención. Desde 1928, cuando el candidato radical don Hipólito Yrigoyen sucedió en el cargo a su correligionario Marcelo T. de Alvear, no se producía en Argentina una tercera elección democrática consecutiva para la renovación de un presidente constitucional. En las casi siete décadas transcurridas desde entonces el país se convirtió en el laboratorio perfecto para estudiar la inestabilidad política aunada a un comportamiento económico irregular, y desde los últimos veinte años, francamente errático. En esta historia contada por un loco, en la que debemos incluir una guerra perdida contra una potencia de la OTAN, miles de muertos y desaparecidos durante los sesentas y un episodio hiperinflacionario que llevó el índice de precios en el último año del gobierno alfonsinista a 4923.3%, hay que buscar algunas de las raíces más profundas de este nuevo triunfo del inefable caudillo riojano.

(1) Los datos finales le otorgan la victoria a Menem por el 49.8% contra el 29.2% de Bordón y el 17% del candidato radical Horacio Masaccessi.

A mi juicio, tres argumentos contribuyen a explicar un resultado anunciado. En primer lugar, una mayoría consistente del país sigue apostando por la estabilidad (aun de su pobreza) y por la certidumbre económica de lo bueno conquistado (control de la inflación y crecimiento económico), aunque haya tenido que guardar para mejores tiempos el castigo a lo malo conocido (rezagos sociales de larga data, escándalos de corrupción, la presencia de ciertos personajes en la corte presidencial que más vale perderlos que encontrarlos, etcétera).(2)

(2) Después de que la economía argentina sufriera un retroceso del PIB per capita de -21.2% entre 1981 y 1990, la dupla Menem-Cavallo hizo repuntar el PIB por habitante, en apenas cuatro años, en un porcentaje de 26.4, transformando a Argentina en una de las economías más dinámicas del continente. La inflación del último año, después de décadas de alta inflación, fue del 3.6%.

En segundo término, el electorado sigue restando el apoyo a las fuerzas de oposición que no han sabido descifrar un dilema perturbador: cómo constituirse en una «alternativa» de poder frente a un programa de gobierno que, en lo esencial, no tiene alternativas. Claro que decir que no tiene «alternativas» no significa que no tenga «correctivos», pero ¿corregido cómo? Después del éxito del Plan Cavallo la oposición se ha visto en el brete de navegar por aguas difíciles: no puede alterar los trazos gruesos del actual modelo, a riesgo de recaer en desequilibrios macroeconómicos inmanejables, pero tampoco puede agregar adherentes sin cuestionar las consecuencias sociales del Plan ofreciendo un programa creíble de reformas progresistas. Si a esto le sumamos que el Frente liderado por Bordón, principal fuerza electoral de oposición, es una agrupación aluvional cuya capacidad para generar razonables condiciones de gobernabilidad estaban seriamente en duda, tendremos un cuadro más completo de las razones que impulsaron el voto en favor del candidato peronista.

Finalmente, hay otro factor que contribuye a explicar la continuidad del menemismo en el poder y que se enlaza con las raíces históricas de la inestabilidad argentina: por primera vez en muchos años, en varias décadas, la Argentina tiene un rumbo, una sensación de orden político y económico con una dirección indiscutida. Estos elementos de orden económico y rumbo político constituyen valores especialmente estimados para una sociedad que parecía condenada a vivir cien años de inestabilidad y de desasosiego. Ninguna de las otras fuerzas garantizaba, ni de lejos, estas valiosas condiciones.

Pero ahora Menem deberá seguir gobernando, con un nuevo respaldo y con graves problemas. Junto con la marcha estable de la economía, el principal desafío del gobierno tiene el rostro triste del desempleo y la pobreza. Ahí se jugará buena parte del destino del flamante presidente de los argentinos.

La política social en México

CUADERNO NEXOS

Rodrigo Morales M. Periodista. Subdirector de Voz y Voto.

Los juicios ligeros sobre la política social en México dan cuenta de las dificultades existentes para asumir colectivamente la tarea de mitigar las múltiples y dramáticas exclusiones que como sociedad producimos. Ocasión para refrendar la liviandad ha sido el «debate» en torno a la sobrevivencia o no del PRONASOL. En el escarceo entre analistas, instituciones políticas y funcionarios de diversos niveles -grave porque denota descoordinación-, lo complicado ha sido tomar partido, pues los alegatos se han fundado sobre las endebles bases de las consignas y juicios lapidarios que hoy se han concentrado en el paradigmático PRONASOL (debe desaparecer, debe continuar). Lo que se extraña, en todo caso, es una discusión documentada que sin renunciar a posiciones partidistas, consiga poner la desigualdad en el centro de la agenda. Ciertamente hay literatura abundante sobre algunas formas de operación del PRONASOL, es por supuesto una iniciativa perfectible, incluso refundable, lo que parece por lo menos prematuro es plantear su continuidad o desaparición, sin más evaluación que los desplantes de funcionarios o líderes.

Si en las maneras de evaluar se tiene en contra una pesada tradición de suspicacias que persistentemente nubla la objetividad, conjugada con una información anémica que nunca ha conseguido ofrecerse confiable y creíble para todos, esa adversidad ha impedido también abrir paso a una reflexión que alerte convincentemente sobre la materia de evaluación, valga, sobre la esencia: la marginación que producimos. Así, el considerar la desigualdad un problema estructural parece sustraerle a la sociedad y a la opinión pública sensibilidad respecto a la gravedad del punto, como si declararlo un problema irresoluble en el corto plazo le quitara atributos problemáticos y contingentes a la marginación. Lo que tenemos en abundancia, sin embargo, son las recetas simples, grotescas o mágicas (según el gusto del consumidor) que quitadas de la pena ofertan paraísos instantáneos. No creo por cierto que la complejidad del problema sea sólo apreciable desde el gobierno y que las oposiciones, por esa sola condición, estén condenadas al candor; el realismo no es un atributo que se adquiera en exclusiva desde el ejercicio de gobierno.

El punto aquí es cómo hacer para que la justicia social se tome una verdadera política de Estado, no sólo de gobierno; que en lo básico pueda involucrar al mayor número de fuerzas políticas, y los programas no se vuelvan rehenes de las críticas ligeras. De esa manera, en los duelos de recetas que refundan el combate a la pobreza, lo que se extraña es un consenso social lo suficientemente profundo como para cimentar con certidumbre la urgencia de corregir desigualdades, y a partir de ese cimiento, poder evaluar críticamente lo hecho y plantearse el porvenir.

La gravedad de que hoy el debate en torno al futuro de la política social del Estado, además de ligero, pase desapercibido, parece deberse a una suerte de complicidades, que por una serie de circunstancias han colocado el tema de la democracia en el centro de todo. Así, parece congruente plantear ahora el tema de la gobernabilidad, las maneras de darle viabilidad a las instituciones que nos hemos creado, como el núcleo de las preocupaciones básicas. Ciertamente, la crisis, al cancelar u obstruir las vías tradicionales de inclusión, ha minado las bases de sustentación del sistema político. Lo trágico es que la pretensión de igualdad social se haya visto desplazada por las preocupaciones de una reordenación institucional que no tiene a la marginación entre sus preocupaciones centrales. Lo cual nos llevaría a pensar que hasta el momento el tema de la gobernabilidad se ha planteado de manera restrictiva o excesivamente pragmática, pensando sólo en el futuro de los núcleos organizados de la sociedad.

Sin embargo, si lo planteáramos de manera más exhaustiva, tendríamos que ensanchar los alcances de la gobernabilidad e incorporar necesariamente el tema de la desigualdad, la pobreza extrema, por cierto también la precariedad organizativa de amplios sectores de la población. Dicho de otra forma, si durante muchos años el discurso de la justicia social fue conjugable con la gobernabilidad pero alérgico a la democracia, la introducción del tema de la democracia parece haber alterado sensiblemente y de manera equivocada la ecuación. Ni la democracia por si sola va a producir igualdad sin hacerse cargo de la gobernabilidad, ni tampoco el mero perfeccionamiento del entrado institucional va a mitigar los problemas de la marginación. Si no se conjuntan la democracia como forma de vida, el apuntalamiento de la gobernabilidad como estilo y el combate a la pobreza como meta, sospecho que seguiremos dando tumbos.

Por último, no sólo de democracia vive la estabilidad, sin duda hay que enriquecerla, pero si no empezamos a resolver la marginación (pretensión alejada del realismo en el corto plazo), si no enriquecemos el debate de la democracia con una sensibilidad a flor de piel sobre la desigualdad social, acaso habremos encontrado mecanismos novedosos y consistentes que aparentemente le den eficacia al ejercicio del poder público, pero lo que no habremos hecho es resolver si quiera los términos en que se debiera dar el dramático debate de la marginación, y seguiremos expuestos a que el destino nos alcance, a que los términos para replantear la gobernabilidad sean crecientemente más complicados, y a que las nuevas y lustrosas instituciones (si eso es posible), un buen día se topen de bruces con la desigualdad social. Obviedades todas ellas, pero que algún sentido tiene recordar hoy.

El Congreso irresponsable

CUADERNO NEXOS

Francisco Meré Palafox. Maestro en Asuntos Internacionales y en Políticas Públicas por la Universidad de Columbia, Nueva York.

El desarrollo de un Acuerdo Político Nacional entre las distintas fuerzas políticas del país, para avanzar hacia una transición a la democracia y su consolidación, será un esfuerzo incompleto si se enfoca principalmente a la atención de las demandas tradicionales de respeto al voto, competencia electoral justa y gestión gubernamental con estricto apego al Derecho. Es también necesario para la reforma democrática lograr que las instituciones plasmadas en nuestra Constitución Política sean verdaderos órganos de representación republicana.(1) Hay que rediseñar muchas de esas instituciones de manera que los representantes realicen una lectura adecuada de la voluntad popular y, sobre todo, que sean responsables ante la sociedad.

(1) No son pocos los ejemplos de falta de representatividad popular de nuestras instituciones. Considérense la aprobación por parle de los legisladores priístas del aumento al IVA el pasado mes de marzo. Según encuesta publicada por el periódico Reforma el 19 de marzo del presente año, el 92% de los encuestados se oponían al aumento.

La democracia es, en opinión de muchos, la forma más avanzada de gobierno que las sociedades han diseñado e incluso se sostiene que el desarrollo social y político del hombre ha llegado a su fin. Sin embargo, la democracia representativa occidental tiene defectos que las sociedades no han podido superar y, más aún, características que la población en general no ha podido asimilar. El modelo de democracia representativa que tenemos en nuestro país implica una tiranía de la mayoría relativa -que en algunos casos representa tan sólo la minoría más grande- sobre el resto de la población. Sumado a la insuficiencia de los mecanismos para que los representantes interpreten la voluntad de los representados, no hay incentivos para que lo hagan. En el caso del Poder Legislativo, si bien es cierto que en términos de nuestra Carta Magna los diputados son los representantes de la Nación, el diseño de la institución no contiene los incentivos para que los diputados sean responsables ante los ciudadanos que los eligieron. El problema radica más en la institución que en los individuos que ocupan los cargos, quienes actúan conforme a los incentivos que reciben. La posibilidad de que los miembros del Congreso de la Unión sean reelectos para el periodo inmediato siguiente al de su gestión y de manera ilimitada, no sólo ayudaría al fortalecimiento del Poder Legislativo, sino que modificaría los incentivos de los legisladores, haciendo que sus lealtades se enfoquen más hacia sus electores que hacia el partido al que pertenecen o al Ejecutivo.

La reelección en el sistema político mexicano ha sido rechazada por razones que obedecen más a la experiencia histórica de fines del siglo pasado, que por conveniencia en el diseño del sistema político. La única reelección permitida constitucionalmente es la de los miembros del Congreso de la Unión, siempre que no sea para la legislatura inmediata siguiente.(2) Las ventajas que presenta un esquema de reelección ilimitada para los miembros del Poder Legislativo Federal pueden resumirse en la existencia de incentivos para realizar una carrera legislativa; independencia del poder Ejecutivo; lealtad hacia sus electores; incentivos correctos para una buena gestión; mejor selección de candidatos por parte de los partidos, y responsabilidad ante sus electores en función de la posibilidad de premio o castigo directo (accountability).

(2) Una iniciativa de reforma constitucional que permitía la reelección de legisladores federales para el periodo inmediato siguiente fue presentada en 1964; sin embargo, no fue votada por el Congreso de la Unión.

La independencia del Poder Legislativo respecto del Ejecutivo es una condición necesaria para el establecimiento de una democracia representativa. Es común argumentar, desafortunadamente en muchas ocasiones de manera justificada, que los diputados y senadores son simples instrumentos del Presidente de la República para llevar a cabo la implantación formal de sus políticas. Es cierto que la situación descrita ha prevalecido durante la historia postrevolucionaria de México debido a que no han existido los llamados gobiernos divididos, en los cuales los Poderes Ejecutivo y Legislativo son controlados por partidos distintos. Sin embargo, su existencia bajo el supuesto de imposibilidad de reelección inmediata del Poder Legislativo, no garantiza resultados diferentes.

Aun cuando formalmente (constitucionalmente) existe una bien definida independencia del Poder Legislativo con respecto al ejecutivo, los legisladores tienen incentivos para facilitar la gestión del Ejecutivo y ser totalmente leales al Presidente de la República y a su partido o bien, en el caso de legisladores de la oposición, para que su lealtad se oriente hacia el partido que los postuló, pero en ningún caso hacia sus electores. Lo anterior es fácil de mostrar si analizamos la racionalidad de un miembro del Congreso de la Unión, la misma que la de cualquier político: consiste en maximizar su estancia en el puesto o posición que desempeña. Así, las acciones de un político van siempre encaminadas a mantenerse en su puesto o ascender. El político o burócrata filantrópico no existe en la realidad, o existe de manera sumamente limitada. Lo anterior no es necesariamente perverso, dado que las acciones emprendidas por el político pueden ser buenas o incluso las mejores para la sociedad, situación que naturalmente los llevaría a mantenerse en su puesto o ascender. La diferencia entre la situación de un legislador y la de otro político radica en las acciones que aquél debe emprender para maximizar su beneficio. En un escenario como el que existe en México y frente a la imposibilidad de ser reelecto para el periodo inmediato siguiente, un miembro del Congreso puede maximizar su utilidad de las formas siguientes:(3)

a) Ser electo para la Cámara de Senadores, en el caso de diputados y viceversa;

b) Ser electo gobernador de su Estado;

c) Ser designado en una posición en el Poder Judicial Federal o estatal, y

d) Buscar un puesto en la burocracia federal o estatal.

(3) La estructura de preferencias que se presenta corresponde a la de un político en carrera ascendente. En el caso de una carrera descendente, el árbol de posibilidades para maximizar se multiplica.

Las opciones a) y b) implican una mayor lealtad partidista, mientras que las dos restantes conducirían a una mayor lealtad hacia el Ejecutivo Federal o estatal. La opción que representa la maximización del beneficio es la búsqueda de un puesto de alto nivel en la burocracia federal (nivel gabinete). Si se acepta lo anterior como válido, existe un incentivo claro para que un miembro del Congreso apoye las decisiones del Ejecutivo, buscando tener un papel protagónico que le permita lograr una posición en el gobierno. Dicha premisa implica que su lealtad será en mayor grado con el Ejecutivo y no con sus electores. Ese argumento no significa necesariamente que las medidas apoyadas por el legislador sean contrarias al interés de la colectividad y, particularmente, de quien lo eligió, dado que puede existir coincidencia entre la agenda del Ejecutivo y la del elector.

La reelección de los miembros del Poder Legislativo permitiría que una nueva opción maximizadora de su beneficio se incluyera en la agenda del legislador, fomentando el desarrollo de carreras congresionales que conllevarían una mayor especialización y profesionalización de la función legislativa. La nueva opción crearía el incentivo para que la lealtad del legislador se dirigiera en mayor medida hacia sus electores y no al Ejecutivo o a su partido. En ese sentido, el congresista tendría el incentivo para realizar acciones que beneficien a sus electores, dado que del resultado de su gestión se derivará si conserva su puesto o es castigado por sus electores al no ser reelecto. Esto necesariamente implicará un mayor acercamiento del congresista a su distrito, aumentando su grado de responsabilidad frente al elector, mediante el redimensionamiento del voto de una manera madisoniana como método de control de los representantes.

Por otra parte, la reelección reforzaría el principio que sustenta las elecciones directas en México, en las cuales los electores votan por candidato y no por partido.(4) Hay que considerar que actualmente cuando un congresista realiza una mala gestión no puede ser «castigado» por sus electores, por lo que el voto de castigo es otorgado en contra del partido que postuló al congresista ineficiente (lo que implica una pena trascendental para la organización política). El hecho de que a través de una posible reelección la gestión del congresista pueda ser objeto de escrutinio directo por los electores, hará que estos funden en mayor medida su voto en las cualidades y calificación del congresista que en el partido que lo postula. Los resultados de la encuesta de salida de las casillas levantada durante la jornada electoral del 21 de agosto del año pasado por la Cámara Nacional de la Industria del Radio y la Televisión, acerca del perfil del votante, reafirman que un porcentaje importante del voto puede explicarse en función de la lealtad partidista, es decir, votaron más por el partido que por el candidato.(5)

(4) Aun cuando existen legisladores de representación proporcional, su elección se construye a partir del voto directo por candidatos de un partido, a diferencia de las elecciones en sindicatos franceses en las cuales el voto es por partido (planilla).

(5) Alrededor del 70% de los encuestados votó por el candidato a la Presidencia del mismo partido por el cual votó en las elecciones de 1988.

Por último, los partidos políticos buscarían designar como sus candidatos al Congreso a personas cuyas cualidades y calificación garanticen una larga estancia en el cargo. De esa manera, la presencia política de un partido en el Congreso dependería en mayor medida de sus legisladores y no de la gestión del Poder Ejecutivo.(6)

(6) Es probable que el PRI sufra en las elecciones federales de 1997 un voto de castigo por la actual crisis económica.

Una reforma constitucional que permita la reelección en el Poder Legislativo, sin embargo, debe tener cuidado de limitar la existencia de incentivos perversos que desvíen las lealtades de los legisladores hacia aquellas constituencies que financien sus carreras y campañas (a fin de evitar el grado de corrupción que existe en los Estados Unidos). Asimismo, debe cuidarse que los legisladores de representación proporcional no puedan ser reelectos para la legislatura inmediata siguiente bajo la misma fórmula, con el objeto de evitar la creación de legisladores que se mantengan en el Congreso sin que su gestión sea objeto de escrutinio por los electores.

Ires y venires del diálogo en Chiapas

CUADERNO NEXOS

La democracia y su sombra

Jorge Javier Romero. Politólogo. Investigador de la UAM.

Las asambleas universitarias no son una buena escuela de democracia. Cualquiera que haya pasado por nuestras universidades públicas en los años posteriores al mítico 68 habrá podido comprobar que ni el asambleísmo ni la pretendida consulta directa a las bases resultan en formas eficaces de tomas de decisiones colectivas; por el contrario, suelen servir para garantizar el éxito de los activistas que, más por cansancio del personal que por capacidad de convencimiento, acaban por imponer sus tesis en maratónicas sesiones aptas sólo para aquellos aguerridos militantes plenamente convencidos de que sus tesis deben imperar. El recurso a la asamblea ha demostrado ser un método efectivo para intervenir, con medios hábiles y muchas veces arteros, en la política: eso que en buen español se llama manipular.

Por desgracia, en los últimos días se ha demostrado que ésa es la escuela política de los dirigentes del EZLN. Formados en los fragores de las asambleas universitarias, donde el rollo mata a la paciencia, han trasladado a las cañadas chiapanecas su peculiar concepción de lo democrático y han estructurado una organización en la cual el modelo seguido es el del Consejo Nacional de Huelga del viejo movimiento estudiantil. Lo peor del caso es que nos la han querido vender como ejemplo de la democracia directa latente en nuestras olvidadas comunidades indígenas.

En las negociaciones de los últimos días, hemos visto cómo los representantes del EZLN -delegados que se deben a sus bases y que no pueden tomar decisiones sin consultar con ellas, como en el mejor de los sueños de Rousseau- han funcionado sólo como voceros de la supuesta voluntad general de las comunidades, expresada, cómo no, en asambleas donde pueden lucir plenamente los repertorios entrenados en las largas sesiones universitarias.

Por si fuera poco, la estrategia diseñada por la dirección del EZLN para enfrentar las pláticas con los enviados gubernamentales ha echado mano de todos los recursos sentimentales que tanta utilidad tuvieron en los primeros días del levantamiento y que agitan todos nuestros sentimientos de culpa colectivos: el comandante David a la cabeza de la delegación exponiendo de nuevo los agravios seculares en un español deficiente, la comandante Trini presentada como «hábil negociadora» (La Jornada dixit), los comunicados y cartas del «mejor escritor de América Latina» (Regis Debray dixit) escritos con una sintaxis que caricaturiza el castellano de los indios; todo apunta a un planteamiento donde lo más importante es subrayar los elementos de legitimidad del movimiento y donde las propuestas de solución dejan su lugar a las proclamas reiteradas sobre la injusticia y la miseria que viven los pueblos.

La lentitud en la toma de decisiones se justifica con base en «el reloj indígena», cuando lo que encubre es el tiempo cansino de la asamblea, pues, al igual que en los movimientos estudiantiles, se echa mano del procedimiento de la consulta a las bases para prolongar la negociación y mantener el protagonismo. Al final, como ocurrió con el CEU, un movimiento puede acabar en agua de borrajas, asfixiado por la falta de decisiones ejecutivas. No importa; al fin y al cabo los dirigentes -que supuestamente no existen- siempre se salvan.

La retórica de la intransigencia es otra característica heredada. La rectificación se considera afrenta y se parte de la base de que sólo hay una razón: la del agravio. «Pase lo que pase, nosotros seguiremos hablando con la verdad», dice David desde la universalidad incuestionable. Por su parte, desde el delirio, el gobernador de transición en rebeldía nos sitúa en el terreno de los hechos: si el gobierno quisiera, «atendería de inmediato los problemas agrarios, de alimentación, de vivienda y salud; y promoverla una nueva ley electoral, donde participen todas las fuerzas políticas y no se encuentre supeditada al partido oficial». La varita mágica de la voluntad presidencial invocada una vez más desde la trinchera del antigobiernismo ramplón.

Mientras tanto, el sub reserva su aparición para el clímax de la representación; nos dosifica su presencia y encubre su protagonismo: él no tiene responsabilidad alguna, no es más que una expresión más de la voluntad general manifiesta. Otro recurso de la política estudiantil en la que se quedó anclado, pero que tan buenos resultados le ha dado para construirse una imagen del dirigente que todos en la aturrullada izquierda hubieran querido ser.

La estrategia ha funcionado. Lo importante no es encontrar soluciones a las inequidades que nadie en su sano juicio puede dejar de reconocer como ingentes, sino mantener la iniciativa, acorralar a un enemigo atrapado en sus propias debilidades y culpable por haber retrasado hasta el borde de la catástrofe un conjunto de reformas políticas que el país reclamaba desde hace años; un régimen invernal que ahora no tiene más remedio que estar a la defensiva, aceptar los ritmos que le imponen unos interlocutores que proclaman, en voz de una de sus activistas externas más comprometidas, que el diálogo es un derecho y un placer.

Todo ello en nombre de la Democracia. El problema es que de tanto invocar el término éste se ha quedado sin contenido. Por mi parte, tengo la impresión de que de tanto buscarla nos hemos encontrado sólo con su sombra, con su forma impura, corrompida, que los clásicos llamaban simple y llanamente demagogia.

Al cierre

CUADERNO NEXOS

José Woldenberg K.

1. PARTIDOS, CAMPAÑAS Y REGIONES

Mientras los partidos políticos nacionales y el gobierno se las arreglan para consumar la reforma electoral, planteada de nuevo ahora dentro de la «agenda para la reforma del Estado», aunque retrasada una y otra vez por motivos cada vez menos atendibles, la reforma política avanza en los estados, a través de la competencia y las elecciones, así como por la vía de reformas legales y la conformación de nuevos contextos discursivos, conductas y actores. No por nada, el tema y la exigencia federalistas, extremosos como ahora suelen presentarse, se han instalado en el centro de los discursos políticos nacionales.

En Guanajuato y Yucatán, ciudadanías entusiastas pero con la memoria viva de años de irregularidad política e institucional, se aprestan a renovar gobernadores y a abrir nuevas brechas hacia una normalidad que su desarrollo reclama ya con urgencia. En ambos estados priva la modalidad bipartidista PRI-PAN, a pesar de esfuerzos notables del PRD por incorporarse a la disputa de un modo menos testimonial.

En la primera entidad, lo más probable a decir de las encuestas es que el PAN, pero sobre todo Vicente Fox, obtengan la gubernatura, a pesar de la recuperación electoral priísta de agosto pasado. Pesarán más los recuerdos del abuso de autoridad y el descuido administrativo a que se sometió a ese estado por lustros, que las irritaciones provocadas por el gobierno provisional de Medina Plascencia. Contarán más los mil y un desarreglos internos del PRI local, todavía resentido por los acontecimientos de 1991 que llevaron a la renuncia de Ramón Aguirre antes de tomar posesión, que el hecho de que esta vez los priístas guanajuatenses cuenten con una candidatura labrada en años esforzados por Ignacio Vázquez Torres. Por encima de los desplantes y bravatas localistas de un Vicente Fox crecido que a veces parece estar más en una campaña nacional presidencial que en una puja por el gobierno del estado, estará un declive priísta que hoy en Guanajuato, como ayer en Jalisco, se muestra como una tendencia abrumadora que trasciende muchas peculiaridades regionales.

Leyes y órganos electorales nuevos y hasta novedosos, han podido alejar de la perspectiva guanajuatense el fraude y el abuso contra las elecciones. Este tema no está, por lo menos, en la corriente principal de los discursos de candidatos y partidos. Lo que no ha desaparecido, y más bien ha irrumpido con una eficacia ominosa, es la «guerra sucia» a través de los medios y los rumores, involucrando vidas privadas, introduciendo elementos delictivos y buscando erosionar imágenes y prestigios de los contendientes, sin caer en cuenta que el principal afectado es el proceso político mismo.

En Yucatán, la ventaja en preferencias de voto con que arrancó Víctor Cervera Pacheco se ha vuelto, según encuestas de los últimos días, una diferencia mínima, hasta un empate, que podría favorecer en la hora de la verdad del domingo 28, al candidato panista, Luis Correa. Empero, la fuerza de Cervera como movilizador de viejas cristalizaciones populares y burocráticas no parece, a primera vista, lo suficientemente erosionada como para adelantar hoy un desenlace contrario a este político emblemático de un priísmo que acorralado y gastado, desde dentro y desde fuera, por el PAN pero también por corrientes importantes de los grupos gobernantes, mantiene signos vitales y disposición para renovar alianzas y clientelas que cruzan toda la estructura de clases local.

En Yucatán, la politización de los medios, en especial de la prensa, llega al paroxismo y el lenguaje que se ha impuesto habla de polarizaciones que rebasan la pasión que es propia de la competencia electoral. Por ese camino, las convocatorias de rearticulación de los yucatecos para emprender tareas de fondo en lo económico y lo social, a partir de una efectiva diversificación productiva y una creíble revisión de sus dependencias respecto de la federación, que es común a los principales partidos, difícilmente podrá concretarse con fluidez y oportunidad. «Yucatán gana con cualquiera, si las elecciones son limpias», afirman muchos yucatecos alertas a perspectivas de más alcance que la elección de este 28 de mayo. Probablemente así sea; pero la labor restañadora y restauradora de lazos y entendimientos sociales y políticos, no será sencilla, con un PRI desvencijado a la vez que irritado, un PAN que puede derivar en un triunfalismo mal sustentado localmente, y un esquema de comunicación social desbordado y convertido en vehículo desnudo de la lucha por el poder político.

Competencia abierta y hasta silvestre, pero competencia al fin. La variable principal para arribar a un nuevo escenario sigue siendo, sobre todo en Yucatán, la capacidad del PRI para controlar inercias y prácticas arraigadas que, incluso sin llegar a ser decisivas para el resultado electoral, abran la puerta para otra destructiva ronda de conflicto postelectoral y arreglo eventual por encima de la ciudadanía y la legalidad del estado en cuestión. No se trataría, estamos seguros, de una simple reimpresión de historias pasadas, sino de una edición nueva y casi catastrófica. La reforma política nacional y el reclamo federalista se pondrían, sin más, en entredicho.

Previstas para noviembre, las elecciones en Michoacán han tenido ya un arranque con notables claroscuros. De un lado, el Congreso local pudo arribar a una reforma electoral de consenso que se coronó con la conformación de un consejo electoral aprobado por todos los partidos, que coincidieron incluso en la designación de su presidente. De otro, el PRD vuelve a vivir momentos agudos de lucha interna que parecen siempre al borde del enfrentamiento, debido a la práctica de movilización sin mayor trámite y a una retórica cuya agresividad y falta de matices no se queda para el consumo externo. Por lo pronto, este partido tiene tres aspirantes a ser sus candidatos a gobernador en plena campaña, con un despliegue de propaganda en bardas, periódicos y volantes que no parece corresponderse con los tiempos ni con los recursos de que hoy disponen los partidos. Por su parte, el PRI espera soluciones de «unidad» y el PAN parece decidido a recibir sin demasiado esfuerzo lo que provenga de la ya inercial caída priísta y de la generosa, para los otros, disputa interior del perredismo, en su estado-fortaleza.

Mientras tanto, en la Baja California que inició en 1989 la concreción legítima de la alternancia, los grandes partidos velan sus armas. Con candidatos nombrados, tanto el PRI como el PAN ahorran esfuerzos y recursos, mientras que el PRD sigue sin encontrar el hilo que lo lleve a reencontrar su lugar como opción de masas que en 1988 descubrió la candidatura del ingeniero Cárdenas.

Más allá de las elecciones, un sentimiento que se ha vuelto reclamo, atraviesa campañas, partidos y candidatos. Se le nombra federalismo y algunos lo califican de nuevo, pero se concreta en una abigarrada agenda de resentimientos, mitologías, abusos centralistas y carencias reales de localidades y regiones, que bien podría empezar a entenderse como una complejidad política y cultural mayor, que requiere más, mucho más, que traslados de recursos presupuestales o responsabilidades administrativas del gobierno federal a los de los estados. Nuevas fuerzas, rostros y conductas en movimiento: panorama alentador para la democracia y un mejor gobierno, pero a la vez lleno de tentaciones aislacionistas y segmentadoras, a las que no es ajeno el mecanismo que Calles y Cárdenas inventaron para dar cohesión y sentido al país que emergía de la Revolución. Con el federalismo y la crisis estamos ya, todos, frente a la necesidad y el reto de otra ronda histórica de gran escala. De eso trata también la reforma del Estado.

2. LA AGENDA Y EL PRD

Como suelen decir los malos cronistas, en relación a la agenda para «la reforma política del Estado», tenemos dos noticias, una buena y la otra mala. La buena es que al darse a conocer la agenda pudo apreciarse que se trata de un listado de temas centrales para la reforma de la vida política nacional, y la mala es que el PRD, por lo pronto, se ha retirado del proceso negociador.

La agenda consta de cuatro grandes capítulos: I. Reforma electoral, II. Reforma de los poderes públicos, III. Federalismo y IV. Comunicación social y participación ciudadana. Y los temas que cada uno de ellos cobija parecen lo suficientemente amplios como para de partida no dejar asunto significativo fuera del debate.

Así, la reforma electoral abarca: 1. Derechos políticos (garantías constitucionales y mecanismos jurídicos para su protección, referéndum, plebiscito, iniciativa popular, voto de los mexicanos en el extranjero), 2. Organos y autoridades electorales (autonomía de la autoridad, dimensión, financiamiento y patrimonio del órgano electoral, calificación electoral, Tribunal Electoral, Fiscalía, Servicio Profesional Electoral), 3. Organización del proceso electoral (Cédula de Identidad / Credencial de Elector, Padrón y Listas Nominales, distritación y circunscripciones, funcionarios electorales y capacitación, centros de votación, jornada electoral, observadores), 4. Competencia electoral (acceso a medios de comunicación, financiamiento, topes, duración de las campañas, identidad partidista y uso de emblemas y símbolos patrios, encuestas y conteos rápidos, programas públicos e impacto electoral), 5. Régimen de partidos (partidos, asociaciones, coaliciones, candidaturas comunes e independientes, formas de afiliación de los ciudadanos), 6. Legalidad y representación (diferenciación entre las leyes de la autoridad electoral, de organización y procedimientos electorales y de partidos políticos o mantener su unificación, principios comunes de las legislaciones electorales federal y estatales, sistema mixto de representación).

La reforma de los poderes públicos tratará de: 1. Las funciones constitucionales del Estado mexicano, 2. La división y relación entre los poderes, 3. Poder Ejecutivo, 4. Poder Legislativo (que incluye sus atribuciones y sus formas de integración), 5. Justicia (derechos humanos, seguridad pública, procuración de justicia, impartición de justicia, readaptación social).

La agenda para el federalismo incluye: 1. Relación entre el gobierno federal, las entidades federativas y los municipios, 2. Distrito Federal (reforma política), 3. Federalismo fiscal, 4. Renovación municipal (su diversidad, ámbitos de competencia, representación política, etc.).

Y la agenda para la comunicación social y la participación ciudadana tocará temas como los siguientes: 1. Legislación sobre comunicación (incluye régimen de concesiones), 2. Libertad de expresión y sociedad (derecho a la libertad de expresión, derecho de información, derecho de réplica o aclaración, sistemas públicos de información, código de conducta de los comunicadores, límites a los derechos -privacidad y responsabilidad por daños a terceros-, 3. Régimen jurídico de las organizaciones gremiales y sociales. 4. Régimen jurídico y promoción de las organizaciones civiles, 5. Participación ciudadana.

Hemos querido transcribir en extenso el temario de la agenda

porque resulta elocuente en relación a los posibles alcances

que la reforma puede tener. Cada uno de los temas enunciados

por sí mismo es portador de enormes posibilidades y entraña

problemas singulares, pero en principio parece claro que no

se han puesto vetos a ninguno de los temas.

Quizá falta integrar la columna vertebral de los mismos, la que eventualmente permitiría abordarlos no como eslabones aislados sino como partes de una idea general de reforma del Estado cuyo horizonte (creemos) no debe ser otro que el de un régimen cabalmente democrático sustentable, es decir, generador de gobernabilidad.

Si en materia electoral los partidos y el gobierno son capaces de integrar una propuesta de reforma que fortalezca la autonomía e imparcialidad de los órganos y procedimientos electorales, si se crean condiciones equitativas para la competencia, si las normas tienden a reforzar un sistema fuerte y representativo de partidos al tiempo que se abre un espacio para agrupaciones de menor envergadura como las antiguas asociaciones políticas, habremos dado un paso importante en el asentamiento de las elecciones como el método privilegiado para recrear la convivencia y la competencia por los puestos de gobierno y legislativos.

Si la reforma a los poderes públicos tiende a equilibrarlos y acotarlos, si las Cámaras logran asumir de mejor manera la pluralidad política que cruza al país, si en el sistema judicial se dan pasos tendientes a garantizar los derechos humanos y reforzar la seguridad pública, si la procuración e impartición de justicia se convierte en tal y la readaptación social funciona, entonces el régimen republicano con división de poderes podrá avanzar. Se requiere, quizá, además, pensar y elaborar en torno a las reformas al propio sistema de gobierno impactado hoy por los notorios cambios en los sistemas de partidos y electoral.

En materia de federalismo la brújula tiene que ser, y al parecer es, la de un mejor equilibrio entre los poderes federales, estatales y municipales. Si somos capaces de que el federalismo fiscal se exprese no en un endeudamiento de cada entidad o cada municipio, sino en un sistema que sepa conjugar autonomía y atención a las notorias asimetrías que cruzan a la nación, al tiempo de que se restituyan los derechos políticos a los habitantes del D.F y se refuercen los conductos de participación y representación en los municipios, el federalismo podrá transitar de aspiración a realidad.

De la misma manera la reforma a la comunicación social debe servir para que los medios coadyuven a aclimatar entre nosotros los valores, principios y mecánicas propios de la democracia. Y si ello se alcanza el proceso democratizador en curso vivirá un notable fortalecimiento.

Ante una agenda como la anterior resulta lamentable y preocupante que el PRD se aleje de la mesa de la negociación. Lamentable, porque sin duda el PRD es una de las tres fuerzas políticas con mayor arraigo y representatividad en el país, porque buena parte de sus preocupaciones son recogidas por la agenda, y porque en algunos temas su contribución resulta central, como en el caso de las reformas electorales. Porque si el PRD va a seguir siendo uno de los partidos competidores se requiere de su aval para que la reforma tenga el impacto deseado.

Por ello también su retiro -que esperamos temporal- es también preocupante. Si el horizonte de las reformas es el de la normalización de las relaciones políticas en términos democráticos, la exclusión o autoexclusión de una de las fuerzas políticas fundamentales no puede presagiar nada bueno.

El propio PRD parece estar cruzado por dos lógicas encontradas. Aquellos que saben y quieren que el PRD se inscriba en el proceso reformador como una fuerza responsable y eficiente, y para ello debe reconocer la existencia de los otros, y aquellos que al parecer apuestan al desgaste de la institucionalidad estatal a partir de la cual piensan al PRD como una fuerza de relevo en términos absolutos. Para lo primero las condiciones parecen estar dadas, y todos los actores, desde el gobierno hasta los partidos (incluyendo, claro está, al PRD), podrían beneficiarse; lo segundo requeriría de una espiral de desencuentros mayores y quizá pondría al propio país en una situación crítica, en la típica tesitura donde todos (o casi todos) pierden.

Así, los esfuerzos que se hagan, desde dentro y desde fuera del PRD, para que el mismo vuelva a la mesa deberían ser bienvenidos.

3. POLÍTICA, DELITO Y JUSTICIA

Sigue la mata dando. Muchos obispos y hasta el cardenal Sandoval se nos aparecen ahora como destacados criminalistas, pero hasta la fecha con escasa capacidad para aportar contrapruebas y argumentos a los que, en el caso del cardenal Posadas, presentó en su momento la PGR y recientemente el doctor Carpizo. Hemos insistido en la necesidad de asumir, para disolver de un modo sano, el peligroso vínculo que ha salido a la superficie entre la política y el delito. Insistamos ahora en que más corrosivo puede ser usar el delito, real o supuesto, para hacer política con él. De volverse práctica consagrada, no habrá reforma jurídica que pueda ofrecernos, realistamente, un Estado de derecho verdadero y creíble, aceptado por todos como el marco principal para el intercambio económico y político. Y sin ello, difícilmente habrá desarrollo, mucho menos estabilidad. Así están ya las cosas, pero el tobogán de la especulación con el delito sigue registrando una afluencia abrumadora.

Las memorias de los trabajos y los días de Luis Donaldo Colosio, a poco más de un año de su artero asesinato, sirven poco para la reflexión de fondo sobre la construcción difícil de la democracia mexicana y mucho, cada vez más, para la emisión a sotto voce o a través de columnas y dichos, cuando no de infames ocho columnas, de las más descabelladas e infundadas acusaciones. Tanto, que la figura y trayectoria del desaparecido candidato presidencial están en peligro no de entrar al territorio del mito esperanzador, sino de volverse parte del archipiélago deformador de imágenes donde, precisamente, política y delito se confunden para acabar con la primera.

Política y delito: ahora, a través de incalificables filtraciones delictuosas, para enfilar nuevas baterías contra José Córdoba, antiguo asesor presidencial y destacado participante en decisiones estatales referidas a la seguridad nacional. El delito, en este caso, hay que ubicarlo con claridad en, primero, los órganos o personas que grabaron conversaciones telefónicas sin que mediara orden judicial alguna; segundo, en quienes decidieron transcribirlas, editarlas y filtrarlas a un medio impreso y, tercero, en quienes ahora, en el nuevo gobierno, mantienen prácticas similares. La calidad periodística y el respeto a la profesión, corre por cuenta de quienes al parecer sin mayor consideración ulterior, decidieron abrir la puerta a la legitimación de unos métodos que no sólo son ilegales, sino sobre todo atentatorios de las libertades y derechos que le dan sustento precisamente al ejercicio de la prensa libre.

Las grabaciones y su uso posterior, pero también las relaciones de que dan cuenta, de no tratarse de arteros montajes, nos llaman la atención sobre un tema central, pero siempre peligroso y ambiguo, propio de todo Estado moderno: el de la seguridad interior del Estado, de sus formas y mecanismos, así como de los órganos encargados de vigilar y asegurar que esta seguridad no se vuelva inseguridad y abuso en contra de la ciudadanía.

Un Estado sin inteligencia e información es un Estado incapaz de prever y evitar a tiempo sucesos disruptivos y destructivos. Pero un Estado dispuesto a usar todos los medios a su alcance para arreglar sus propios diferendos y conflictos internos, o para simplemente tratar de controlar a la población, se vuelve pronto la fuente principal, de disrupción política y destrucción del orden estatal. Estamos en tiempo. Esto es también reforma del Estado.

22 de mayo de 1995

LA DETENCIÓN

A fines del año pasado se hicieron públicos los Archivos literarios de la KGB. De ellos entresacamos el relato de la detención de Isaak Bábel, el autor de Caballería roja, y cuya muerte fue reconstruida en un nexos anterior.

16 de mayo de 1939. Al amanecer: Moscú duerme todavía, acunada por el apacible canto de los pájaros. Una corneja grazna de vez en cuando. Un portero rasca el asfalto con su escoba. Después vuelve el silencio.

A las cinco las puertas de hierro de la Lubianka dan salida a un coche de servicio: el camino no es largo hasta los estanques claros y el callejón Nikolo-Vorobinski. Los militares descienden del coche frente al número cuatro. Sin apresurarse, buscan el piso indicado. Llaman.

Una adormilada joven abre la puerta

– ¿Está el dueño?

– No, está en su dacha. ¿Qué desean?

– Tenemos que registrar el desván. Buscamos a alguien.

Dos tipos suben, los otros marcan el paso.

– Vístase. Vamos a ver a su marido. El sabe dónde está el que buscamos…

El coche se lanza por la carretera de Minsk, tuerce hacia Perediélkino, la aldea de los escritores. Se detiene frente a la dacha. Entran. Quien la habita duerme todavía en su habitación. Su mujer llama a la puerta. En cuanto aparece en el umbral los hombres se lanzan sobre él:

– íArriba las manos!

Le registran en busca de un arma.

– íQueda usted detenido!

El ocupante de la dacha habría podido describir una escena parecida en su libro sobre los chekistas si le hubieran dejado acabarlo. Pero esa mañana de mayo, él, maestro de la literatura rusa universalmente conocido, acababa de convertirse en un preso sin derechos. El escritor se había encarnado en la piel de sus héroes. Tenía que recorrer su mismo itinerario, pero no en el papel, sino en la vida real. Y sin posibilidad de reescribir, corregir ni recomenzar, pues la vida como es sabido, se escribe de una vez para siempre. Los borradores están prohibidos.

Los nombres de los personajes y los acontecimientos descritos aquí no son ficticios, sino reales. Tal y como la vida los ha establecido.

El escritor se llamaba Isaak Bábel. La orden de detención estaba firmada por Lavrenti Beria, Comisario del Pueblo para el Interior, y sus fieles subordinados, encabezados por el subteniente Nazarov, llevaban a cabo la operación.

Bábel y su mujer permanecieron durante el registro sentados en silencio, con las manos cogidas. Vieron cómo apilaban y ataban los papeles: nueve carpetas de manuscritos, blocs de notas, cartas. El trabajo del escritor detenido entraba también en prisión.

– Se me impide acabar mi trabajo -dijo Bábel.

Y susurró a su mujer:

– Informa a André.

Se refería a su amigo André Mairaux.

De camino, Bábel, intentando bromear, dijo a sus acompañantes:

– Ustedes, por lo visto, no deben dormir mucho.

Y, otra vez en voz baja, se dirigió a su mujer:

– Por favor, procura que nuestra hija no sea desdichada.

Las puertas de la Lubianka se tragaron el coche, y durante quince años -hasta 1954- no se supo nada del escritor.

SUBRAYADOS

Las editoriales Anaya y Mario Muchnik publicaron a fines del año pasado George Steiner en diálogo con Ramin Jahanbegloo dentro de su colección «Europeos sin fronteras». El libro aún no llega a las librerías mexicanas.

Ofrecemos aquí los subrayados de la lectura que hizo en estos días Rafael Pérez Cay.

Aun a mi pesar soy hegeliano, pues siempre pienso que el adversario tiene razón.

                            * * *

Leer no es soportar, hablando con propiedad, sino estar dispuesto a recibir un invitado en casa cuando cae la noche. La imagen que reflejan los grandes poetas, ya sea para Heidegger o para los presocráticos, es la de una recepción del pensamiento, del amor y el deseo de los demás, practicando la lectura, escuchando música y conociendo el arte.

                            * * *

Saber de memoria una página de prosa no es un ejercicio, pues ese logos penetra en nosotros, demasiado difícil o violento tal vez, inaceptable, pero significa que le invitamos a acomodarse en la casa de nuestro ser y que aceptamos vivir juntos. Es arriesgarse a que cierta noche un texto, un cuadro, una sonata llamen a nuestra puerta -Reales presencias gira por completo en torno a esa imagen- y es posible que el invitado destruya e incendie por completo la casa.

                            * * *

Mi más ferviente deseo sería haber pasado la vida leyendo, leyendo en el sentido más amplio del término, como se dice en inglés. I read apainting, I read a symphony, es decir, haber incluido en esa práctica las bellas artes y la música. Toda mi obra se funda en la aprehensión de las voces que se acercan a mi. Por eso escribo en la primera línea de Tolstoi o Dostoievski que toda crítica verdadera es un acto de amor. Eso me coloca a contrapelo de las disciplinas modernas, ya sean críticas, académicas, deconstruccionistas o semióticas. A mi entender cualquier buena lectura paga una deuda de amor. 

                            * * *

Para mi hay una mancilla moral y un narcisismo infantil en la teoría deconstruccionista derridiana que afirma que «este texto es sólo un pre-texto que tiene la suerte de que yo vaya a deconstruirlo y leerlo». El texto no es un pretexto. Puede prescindir perfectamente de mi. Naturalmente, es posible que yo le sea útil traduciéndolo y transmitiéndolo. Ciertamente es posible también que el texto sea olvidado, pero soy discípulo de Benjamín y recuerdo que afirmó que ningún gran texto se pierde pues puede esperar aunque sean mil años.

                            * * *

Debo confesar que, a veces, me he equivocado, pero es un mal

necesario. Sólo puedo aconsejar, a quienes se muestran temerosos ante esa posibilidad, que se busquen otro oficio pues el miedo al ridículo no da derecho de ciudadanía en la pasión y el amor por las letras. Hay que cometer errores. Así muchos escritores cuyo primer libro me había entusiasmado me decepcionaron luego. Mejor es equivocarse que intentar amordazar y alejar la posibilidad de revelación porque se es un señorito para quien la escritura es sólo un «pre-texto».

                            * * *

[Un clásico] Es ser leído constantemente, seguir siendo inagotable y provocar profundas disensiones. Pero también que te lean mal. Para dar un ejemplo, la crítica que Simone Weil hace de La Ilíada es errónea de cabo a rabo, pero sólo Homero puede provocar semejante interpretación.

                            * * *

No acepto la total libertad de palabra y de opinión aunque haya en ello algo maravilloso. No, decididamente, no. Rechazo que se distribuyan octavillas incitando a la tortura de los niños, o que las mujeres sean humilladas por la difusión de videos pornográficos, o que se publique un panfleto cuyo tenor sea un acto de violencia racista y racial contra los negros. La deshonestidad de quienes defienden una actitud permisiva y liberal es muy profunda.

                            * * *

El olor del dinero infesta todos los países, Francia, Alemania Occidental, Inglaterra. El grito del dinero y sus exigencias dominan la universidades, el arte, la producción teatral y literaria. Todo está en la palabra «rentabilidad»: ¿Es rentable?, se pregunta en todas las esquinas. La respuesta es negativa. Ningún pensamiento, ninguna poesía digno de ese nombre han sido rentables, aunque sólo sea una vez. Muy al contrario, siempre se ha inclinado hacia un déficit.

                            * * *

Los Antiguos son todavía novedades. Los Antiguos son gente del mañana.

                            * * *

Entiendo por izquierdas la esperanza de progreso, el mejoramiento del hombre, su perfectibilidad. El discurso de la izquierda consiste, por ejemplo, en hacer desaparecer al Rey Lear, con el pretexto de que se descubrirán en el campo de la psiquiatría, cuidados para cuidar la senilidad o la enfermedad de Alzheimer. Se construirán albergues, donde se cuidará a las personas de edad, que no pasearán ya durante las noches tempestuosas perseguidas por el odio de su descendencia. Para la izquierda los conflictos trágicos existen, pero siempre está dispuesta a organizar coloquios para mejorar, gracias a las reformas, las condiciones de vida que hemos recibido al nacer. Se une así a la Madre Coraje de Brecht, sobre la que es inútil llorar a menos que nos mostremos tan idiotas como los pequeñoburgueses, pues queda dicho que ella tiene toda la culpa. Todos los hijos han muerto a causa de una economía de guerra y hay que poner en marcha instituciones marxistas donde no haya ya tráfico de armas. Es lo contrario de cualquier visión trágica. Es lo contrario, incluso, de la visión de Joseph de Maistre, según la cual el pecado original no puede ser reparado por las instituciones sociales ni por la terapéutica.

CARPENTER SOMOS TODOS

Varios

If Were a Carpenter

AM Records

Lo curioso de este disco es el singular planteamiento lúdico que queda establecido por premisa ante la frase «si yo fuera un Carpenter». Se da a suponer, en primer lugar, que el limpiecito y extenso trabajo musical del famosísimo dueto de hermanos estadunidenses no da para más que jugar, y en segundo, que con todo y la anoréxica muerte de Karen Carpenter, el mito sigue vivo y, por lo tanto, siempre existe la posibilidad de imaginar lo que pasaría si uno perteneciese a esta prestigiada agrupación. Sonic Youth, The Cranberries, Sheryl Crow y Babes In Toyland asumen, entre varios más, su parte en este juego con regulares fortunas, entre las cuales destaca la versión a «Calling Occupants of Interplanetary Craft» ejecutada por juguetilandia de forma bastante más disonante que la original. No le va igual a la interpretación que Cranberries hace de «(The Long to Be) Close to You», que peca de una falta de creatividad abrumadora. Se hecha de menos una versión de la famosa «Sing a Song» que se antoja hubiera resultado muy interesante en las destructivas manos de algún grungero (¿nadie pensó en Soundgarden para tararear el conocido lalalaralá?), y en general se percibe en todos los cortes un notorio aire de falta de destrampe. Queda ka sensación de que estos músicos no supieron aprovechar la oportunidad que se les dio para jugar a ser Caperters.

Eduardo Limón

COPA AMÉRICA: AUGURIOS Y REMEDIO

por Johannes Burgos

A principios de julio la selección mexicana de futbol disputará la Copa América en Uruguay. Es la segunda vez que México, país norteamericano o de la CONCACAF, asiste a esta copa, que hasta antes de 1993 -se disputa cada dos años- sólo invitaba a países sudamericanos.

En su primera participación, México fue una especie de sorpresa y llegó a la final, donde perdió con Argentina 2-1. Ahora bien: ese segundo lugar de México no le ha atraído ningún respeto. A la hora de formar los grupos la COMEBOL -el organismo que rige el futbol sudamericano de selecciones- decidió considerar a México un flan, junto con Venezuela, y ponérselos al anfitrión Uruguay para que, en caso de que se las vea difíciles con Paraguay (el otro integrante de este grupo A), pase fácilmente sobre los otros dos equipos.

Los futbolati no le conceden a México ninguna posibilidad de acercarse mínimamente al papel que hizo dos años atrás en Ecuador. Dicen que ahora los equipos están más duros y que México no tendrá las facilidades que tuvo en 1993, aunque Brasil, por ejemplo, no incluirá a sus monstruos Bebeto y Romario, y quizá ni siquiera a su monstruito Ronaldo, el delantero de 18 años de edad que es ya la estrella del PSV Eindhoven de Holanda.

Es casi seguro que el entrenador de la selección Miguel Mejía Barón llevará a Uruguay el equipo mexicano que jugó el Mundial Estados Unidos 94, con menos inclusiones que exclusiones. Para muchos, otra vez, este equipo cumplió ya su ciclo y en Uruguay tendrá su amarga debacle. Así las cosas, sólo nos quedaría una carta contra el destino: que Mejía Barón llevará a Uruguay, a la refriega sudamericana, al novato de los Pumas Braulio Luna, sustrayéndolo a la Selección Sub 23. ¿Por qué? Simplemente porque Luna es el primer futbolista sudamericano nacido en México.

UNA MALA PASADA

Badfinger

The Best of…

Capitol

En la historia del rock hay infinidad de grupos y cantantes que se consumen rápidamente y desaparecen. Se quedan varados a la orilla del camino y se pierden en el montón de personajes que jamás llegaron a ser ricos o famosos. También hay casos a los que la desgracia o la mala suerte les juega una mala pasada como el de los ingleses integrantes de Badfinger.

Descubierto por Paul McCartney y John Lennon en 1969, el grupo fue promovido a través de Apple, la compañía formada por los Beatles. Durante cuatro años (1969-1973), Badfinger grabó otros tantos discos, cuyos mayores éxitos fueron dos piezas memorables («Day After Day» y «No Matter What»), al lado de otras no tan conocidas pero igualmente buenas como «Dear Angie», «Midnight Caller», «Take it All» o «Without You».

Cuando el año pasado la cantante Mariah Carey revivió en una empalagosa versión esta última rola, muy pocos sabían que ésta había sido creada por Tom Evans y Pete Ham en 1970, en los inicios de Badfinger. Y menos aún se sabía que estos dos personajes se habían suicidado en 1970 y en 1983, como producto de la mezcla de miseria, frustración y desesperación con la que habían vivido después de la desaparición de Badfinger. A manera de póstumo homenaje a un buen y honesto grupo de rock, es que se edita esta compilación exactamente 20 años después de que el grupo se desvaneciera entre las sombras.

Adrián Acosta Silva

SONETO

El editor Francisco Arellano, disfrazado de Humphrey Bogart, tranquiliza al Poeta en un momento de ansiedad, recordándole un pasaje de Píndaro, Píticas VIII 96

Sin mujer, sin amigos, sin dinero, loco por una loca bailarina, me encontraba yo anoche en esa esquina que se dobla y conduce al matadero.

Se reflejó una luz en el letrero de la calle, testigo de mi ruina, y de un coche surgió una gabardina y los ojos de un tipo con sombrero.

Se acercaba, venia a hablar conmigo. Mi aburrido dolor le interesaba. Con tal de que no fuese un policía…

«Somos el sueño de una sombra, amigo», me dijo. Y era Bogart, y me amaba; y era Paco Arellano, y me quería.

Luis Alberto de Cuenca

Del libro Los Gigantes de Hielo, Ediciones El Tucán de Virginia, México, 1994.

NOTICIAS 

de Alfonso Cuarón

El director de Sólo con tu pareja esta por estrenar su primera película bajo los cánones de Hollywood y el sello de la Warner Brothers.

Se trata de A Little Princess, la historia de una joven que abandona la India para ingresar a un internado en los Estados Unidos. Están los maltratos de una maestra y los cuidados de una criada misteriosa y ligera. ¿Habrá dado con el tono justo de los cuentos de hadas?

LA MAGIA DEL AYER

Hombre de asimetrías: apariencia física de inusual fealdad, casi gnomo y desdentado, contrapuesto a una inteligencia profética y un talento exuberante, Alexander Zemlinsky (1871-1942) fue maestro (de entre otros no menos eximios discípulos) de Arnold Schoenberg y Alma Mahler. El fundador de la Nueva Escuela Vienesa consideraba que su maestro de contrapunto había sido el preceptor de la música del siglo XX, y el primero en reconocer los profundos conflictos que Wagner había provocado con el cambio radical de la cromática. Lyrische Symphonie para soprano y barítono data de 1922. Se apoya en siete poemas de Rabindranath Tagore en cuyo sincretismo se combinan, con lograda fortuna, elementos de la tradición india con los de la poesía occidental. El propio compositor decía de su obra que ésta pertenecía, en ese sentido, a la tradición de La canción de la tierra (1908-9); la Gesamtkunst de Mahler. Quizá Zemlinsky entendía el paralelismo con el Lied-Symphonie en la elección del exótico texto que acompañarla la música de Mahler recuérdese el volumen de los antiguos poemas de La flauta china de Tai-Po, Tchang-Tsi, y otros, traducidos por su amigo Hans Bethge.

Pero a diferencia de la obra de Mahler, donde cada una de las «canciones» se suceden sin interrupción, la partitura de Zemlinsky enlaza los lider con interludios orquestales, para lograr así la fusión en un solo movimiento sinfónico. Zemlinsky fue un músico encadenado a lo convencional, que no pudo desprenderse del siglo que lo engendró. Como dijo un crítico de él: «fue frenado por su excesiva inteligencia y por la magia del ayer, de ahí proviene su fracaso histórico». 

Clara Meierovich

PEDRO NO HA MUERTO

Pedro Infante

Razones de ser…

Peerles

Como sucede cada año desde su muerte, ese mito popular llamado Pedro Infante es reeditado a través de sus canciones. Pero como todo mito popular, Infante es a la vez real e imaginario, cristalizador de sueños y deseos, pero también símbolo de certezas y creencias populares. Fans, clubes de admiradores, negociantes y mercaderes del medio, se encargan de recordarnos cada año, y cada quien a su manera, la muerte de quien sin duda es ya un referente imprescindible de la cultura popular del país.

En este CD -comentado por Carlos Monsiváis- se incluyen quince canciones que van desde «Luna de octubre» a «La negra noche», de historia de un amor» a «Cuando el destino», de «Yo soy quien soy» a «El mil amores». A través de tan conspicuo intérprete, José Alfredo Jiménez, Consuelo Velázquez, Chucho Monge o Manuel Esperón se siguen comunicando con una multitud anónima y expectante, que aún se emociona con la voz única, irrepetible, de un Pedro Infante que se ganó hace 38 años, con su muerte, la posteridad.

Adrián Acosta Silva

LA DIVA ESTÁ SOLA

Annie Lennox

Medusa

RCA

Mientras Dave Stewart lanzaba en compañía de Laurie Anderson, Lou Reed, Carly Simon y Mick Jagger, su album Greetings from the Gutter, Annie Lennox se asoció con el productor Stephen Lipson para crear Medusa, una colección de 11 covers en donde la diva está a cargo de los teclados, la flauta y los vocales.

El trabajo da inicio con el single «No More I Love You’s», de Freeman y Hughes, que entre coros dulces y teclados es reconstruida una vez más por esta voz ya legendaria. «Take Me to the River» es, con sus puentes de verdadero suspenso, bastante más agresiva que «A Whiter Shade of Pale», la balada perfecta del bosque con imágenes medievales.

El recorrido por este envase blanco continúa por estaciones tecnológicas como «Train in Vain» y la setentera «I Can’t Get Next to You» con pasajes hipnóticos de guitarra clásica «Downtown Lights» es un paseo nocturno habitado por bohemias progresivas y vivencias al margen del día que se mezclan con sueños de eternidad.

Quedan dos tracks bastante recomendables: «Waiting in Vain»

de Bob Marley, en la que retornan las apetecibles guitarras clásicas de tarde lluviosa y «Something so Right» de Paul Simon. Un tributo de la señora Lennox a los espíritus que la influyeron.

Raúl Baruch

Piezas de a ocho

Adrián Curiel Rivera. Escritor. Colaborador del suplemento Sábado del periódico unomásuno.

Cinco escritores españoles, no todos los que dominan la escena literaria en estos momentos pero si buena parte de ellos, se dieron a la tarea de reactualizar ese gran mito stevensoniano en cuyo centro hay un pirata, un mapa y un tonel de vino.

Varios

Cuentos de la Isla del Tesoro

Alfaguara

Madrid, 1994

261 pp.

En 1994, para conmemorar el prime centenario de la muerte de Robert Louis Stevenson, el diario El País lanzó un desafío cinco narradores españoles: ¿serían capaces de escribir relatos que tuvieran que ver con La isla del tesoro?

La historia de Julio Llamazares es la de un italiano -el tío Mario- hijo de los años veinte, que en su juventud se alista en el ejercicio y colabora más tarde con las fuerzas alemanas en la isla de Santorini. Allí conoce a una griega hermosísima -Marcia-, de quien se enamora. Por causa no explicadas, los alemanes lo detienen y lo confinan en un campo de prisioneros en la frontera con Yugoslavia. Tras innumerables peripecias, una vez que los aliados han desembarcado en Sicilia, logra volver a Nápoles y colocarse en una oficina de correos. Matio y Marcia, durante todo este tiempo, y a pesar de las circunstancias adversas, han mantenido una correspondencia amorosa. Tan pronto y él reúna el dinero suficiente, irá por ella y se casarán. Pero un día, sin alguna razón, como si se la hubiese engullido el Mediterráneo, Marcia deja de contestar las cartas. Alguien se ha encargado de pulverizarlas. Contra cualquier pronóstico, a su edad y canceroso, el tío Mario decide recuperar el tiempo perdido, reconquistar su isla y su tesoro. Una narración bien calibrada, espontánea y nostálgica: el testimonio de un amor que no por tardío (y achacoso) deja de ser justiciero.

Con su «Mecánica Popular» Juan José Millás nos deposita en una inhóspita sala de espera Sentado en una de las butacas, Francisco Ureña aguarda su turno. Entonces, otro paciente abre la puerta. El está seguro de que la mujer que acaba de entrar lleva escrito su destino -el de Francisco- en la frente. «Reconozco en seguida a esa clase de mujeres». A partir de esta certeza, se desencadena una serie de diálogos equívocos que sumergen al lector y a los propios personajes en una atmósfera de angustia insoportable. Ella, que cree llamarse Beatriz, asegura que está en Buenos Aires, en una peluquería, y que hace mucho frío porque es agosto. Francisco está convencido de encontrarse en Madrid, en un consultorio dental. Opina que hace mucho calor. Porta ropa ligera. Las ambigüedades y contrasentidos se agudizan hasta llegar a un punto en el cual ya nadie sabe lo que es ni lo que hace. Luego de un gratuito y desaforado manoseo, se opera una sutil pero desconcertante transposición de sexos, a la que sigue un intercambio de vestimentas. Los polos no de sólo se invierten a nivel descriptivo. Francisco abandona el timón de la narración. Desde allí, Beatriz narra.

Millán replantea el tema de laberinto sin salida, sazonándolo con la incursión, en el clima general de incongruencia, de un repartidor de pizzas motorizado y de una versátil gata doctora peluquera que, cuando todo parece volver a la situación inicial (Francisco otra vez es Francisco, tiene calor, etc.) nos agasaja con un final sorpresivo.

Irónico, desgarrador, Juan Marsé profundiza en las investigaciones del doctor Jekyll y descubre un agente audiovisual verdaderamente perverso, capaz de sacudir y arrancarle la vestidura carnal al más pintado. Su cuento, en realidad, constituye una no por refinada menos furibunda crítica contra la bazofia cultural y televisiva que los españoles se tragan sin rechistar.

Antonio Muñoz Molina nos lleva al aeropuerto de Pittsburgh. Dos hombres departen mientras esperan que se aplaque una espectacular tormenta de nieve que ha ocasionado la suspensión de sus vuelos. Es la primera vez que se ven. Se conocen minutos antes, en un puesto de prensa. La nevada concluye y se reanudan los vuelos. Entonces Claudio despliega el mapa de la historia de Abengoa, un itinerario sentimental que conduce a las preciosidades perdidas que encierran las arcas de la memoria.

Vertiginoso, divertido y emocionante es Un asunto de honor, el relato que nos ofrece Arturo Pérez-Reverte. Una auténtica road movie como apunta uno de los personajes: un Mad Max de pobres diablos que, por nada, se juegan todo.

¿Qué diría Stevenson? ¿Que sus autores ingirieron la poción del doctor Jekyll antes de escribir estos cinco relatos? A lo mejor. Y también, quizá, les habría propuesto que entre todos formaran una gavilla exploradora que, en busca de nuevos dijes e Insulas y a bordo de una nave más adecuada a la época, surcara el espacio sideral.

REVISTA NEXOS

{8}AÑO    : 1995{8}

{2}MES    : JUNIO{2}

VOL     : XVIII

NUMERO  : 210

{1}089{1}

{6}SECCION: MINIMALIA{6}

PAGINA  : 83

Con Melón o con Sandía

por Bernardo Ruiz

Bernardo Ruiz. Escritor. Su más reciente libro es Historias extraordinarias. Breve antología (UNAM).

Cuando uno ve en los diarios a los antiguos próceres comportarse como chavos banda, puede comenzar a formular que el mundo necesita, entre sus ajustes, urgentes cambios.

Nunca he visto el anuncio de ningún político mexicano recomendando tal o cual paquete de cómputo o tal o cual PC o MAC, lo cual me induce a pensar que al menos en México aún quedan ciertos valores, aunque provengan de la frontera con Cybernia.

Sin embargo, un acontecimiento reciente me obliga a prever que algún día ciertos foros del lado del chip podrían tener el agridulce sabor de las discusiones que favorecen las revistas de escándalo. Y no debe despreciarse que una frivolidad de tal naturaleza invada algunos espacios de nuestra sociedad.

Ya entrados en la especulación cibernética y la publicidad, tratemos de pensar qué argumentos pudiera tener la ilustre Tigresa para defender el Pc-Writer sobre el Ami Pro. O, bien, ¿ha pensado el fantasioso lector cuál sería el gesto del líder priísta al conseguir una votación mayoritaria a favor de la imposición en las escuelas primarias del Word Perfect 6.0?

Por vez primera en su vida nuestros políticos podrían alcanzar la gloria de una portada de una revista de cómputo en inédita campaña.

La historia viene a cuento porque hace unos días me encontré con mi maestro Federico Campbell quien me dijo en tono preocupado:

– ¿Ya sabes lo que pasó? -y me dio miedo-. Roger Bartra dejó el Word para Windows y se regresó al 5.1

Campbell decía esto como tratando de entender qué se hace en estos casos. Si interpreto con certeza el hecho, equivale a decir que la SHCP dejará las computadoras para sacar de la bodega las viejas calculadoras manuales.

Noticia en verdad de escándalo. Ya más sereno traté de encontrar las razones para cambiar de partido tan radicalmente y volver a un pasado que se remonta un lustro atrás.

No sólo eso -reflexioné con mayor calma-; el 5.1 es la versión más exitosa de Word Perfect; tanto que, tras liberar las versiones para Windows, debieron regresar a ésta, mejorada con ciertos atributos (versión 5.1+) a mediados del año pasado, ya que los usuarios de este procesador de texto se negaron a dejar la plataforma del DOS, que carece de las supuestas ventajas gráficas de Windows; razones que comprendo y comparto en gran medida con los fieles de WP 5.1.

Intentemos una objetividad mayor. Word Perfect fue, en verdad, el procesador de fines de los ochentas. Desde la versión 5.0 se impuso sobre muchas otras marcas. Había que aprender, si una serie de combinaciones del teclado, o consultar su regleta, que se incluía en la ayuda. Tenía dos ventanas ajustables para el trabajo, y comparaba dos diferentes versiones del mismo texto, entre otras cualidades no menores.

Cuando el 5.1 mejoró la versión anterior, la 5.0, de hecho lo que hizo fue agregar un menú que incluía las órdenes en combinación y un regular apoyo del ratón (además de permitir un muy sencillo cambio de las opciones como unidades de medida, colores, subdirectorios, etc.).

Agréguese a ello un más fácil uso de «macros»,(1) plantillas y esquemas, y el cambio de características y/o tamaño de las letras y espacios. Igualmente, sus listados de correos; la elaboración de etiquetas y de tablas y cuadros con operaciones aritméticas, ya aprendido el sistema tras el manejo del módulo de aprendizaje interactivo, se hizo muy sencillo.

(1) Frases u órdenes que se graban una sola vez para llamarlas desde cualquier documento con una combinación de teclas.

La adaptabilidad del teclado y la amplitud de símbolos que incluía -unos dos mil- lo convirtieron en un paquete que ni su propia competencia ha podido desplazar.

Paralelamente, en estos años crecieron la velocidad de los chips de procesamiento (386, 486 y Pentium) y la capacidad de almacenaje de los discos duros junto con la potencia de los «manejadores»(2) de memoria; y evolucionaron los ambientes gráficos, que tanto asemejan el uso de las computadoras MAC con las PC.

(2) Paquetes que facilitan el uso de la memoria alta, la que está por encima de los 640 Kb usuales. Esto permite que Windows, por ejemplo, use hasta 16,000 kb (16Mb) de memoria para su funcionamiento con varios paquetes simultáneos. Este último procedimiento se describe como multitareas, y hace uso de la mayor parte de los recursos de la máquina. El DOS no tiene esta versatilidad.

Así, actualmente, el manual de WinWord 6.0 es el mismo para uno y otro tipo de máquina. La lectura y conversión de archivos de otro origen es automático; así como la opción de «guardado» -salvar y cerrar- en un formato ajeno; con ello no tiene por qué copiarse el paquete para otro usuario.

Del mismo modo, el archivo se puede salvar con el tipo de fuente que uno usa, lo que evita deformaciones en la conversión de tipografías. En adición, Word incluye los archivos de hojas de cálculo o las bases de datos; archivos de sonido -voz o música- además del manejo de numerosas imágenes y objetos.

Los menús de este nuevo procesador se adaptan a las necesidades del usuario y permite se agreguen formatos adicionales para trabajar armónicamente con las páginas de la Red de Internet (WWW), por ejemplo. En la actualidad, muchos de los instructivos de utilerías para Windows usan este procesador como estandard.

No termina ahí el interés de los diseñadores y repogramadores de Word (Microsoft) por desplazar a Perfect; por el contrario, la ayuda y las demostraciones del paquete están pensadas para quienes migran de un procesador hacia otro; para evitar el estrés y el shock de la capacitación. Y, en verdad, agregan una gran capacidad al manejo del texto.

Otras virtudes enlazan a Word con la facilidad de trabajo: la inserción de texto tras su versión por reconocimiento óptico (OCR); es decir tras convertir una imagen de fax o de escáner en palabras; o la conversión y transmisión por fax de un documento, en vez de su impresión.

De hecho, Win Word 6.0 fue pensado no como un procesador o una máquina de escribir: es un nuevo instrumento múltiple para aprovechar los crecientes recursos que se incorporan de origen en la actualidad a las computadoras, junto con un excelente método de enseñanza y una ayuda tanto impresa como en línea completísima.

Y considero: tal vez Bartra desea únicamente escribir libro y artículos sin mayor digresión computacional. Y no tener que readaptar pacientemente su colección de macros a WW 6.0, la que pudiera ser una de las utilerías que acabaría por convencer a quien tiene una máquina poderosa para cambiar de costumbres. Con el tiempo, esto sucederá.

El teatro del otro

David Olguín. Dramaturgo. Ha escrito y dirigido, entre otras obras, Bajo tierra y la Puerta del fondo.

A fines de abril, el foro de la Ribera organizó el II encuentro de Teatro Contemporáneo. Joven Dramaturgia y Dirección en México. Ofrecemos aquí la intervención de uno de los representantes más atractivos de esa nueva y sin duda múltiple dramaturgia mexicana.

UNO: MI DECORADO

Vivo cerca del Viaducto. A veces, cuando cruzo temprano alguno de sus puentes, imagino que un sol negro ilumina esta ciudad. A veces me detengo a la mitad de un puente y recuerdo que mientras ya pienso, en otro sitio matan a un cristiano en un departamento dos se aman con locura y en el auto que cruza debajo viaja un hombre que jamás volveré a ver en mi vida… Me fascina y me pone de un humor sombrío la simultaneidad de los destinos humanos.

Creo que la ciudad encierra ciudades. Como en el tiempo de las esferas isabelina y los círculos concéntricos, como en los cuadros barrocos con espejos que, a su vez, reflejan otros cuadros, el decorado me parece una apariencia. En esta ciudad hay de todo. La multiplicidad es abrumadora: hablas diversas, pensamientos simultáneos, visiones contrarias, polifonía, voces y gritos, economías y proyectos de país en contrapunto. Arriba y abajo, historia y mito, política y metafísica. Si la ciudad puede ser el mundo, un decorado puede ser todos los decorados. La isla de Filoctetes, siguiendo esta antigua creencia, es el mundo y su herida.

DOS: MI PERSONAJE

A veces pienso que yo soy otros. ¿Cuántos? Muchos. Me cuesta trabajo no sentir, en cualquier momento de mi vida, por lo menos a dos personas que dialogan en mi interior. Atribuyo a esta especie de esquizofrenia espiritual mi pasión por el teatro. Ser otro, vivir otras vidas, soñar en el tablado. Me irrita y me inconforma tanto la realidad que siempre me ha atraído el arte que la cuestiona. En especial me subyugan las dudas sobre ese principio de la lógica que dice «A es igual a A». De ninguna manera. Habría que preguntarle a un hombre de 80 años si no siente que la identidad es una ilusión, que el tiempo es un sueño, que la realidad -desde la perspectiva del recuerdo- es una fantasmagoría.

Ser otros (la esencia de la teatralidad) es disfrazarse, desdoblarse, multiplicarse, perderse en una galería de imposturas. La conciencia es atemporal y nos esforzamos inútilmente por fijar en el tiempo los cambios de identidad. Todo esto me hace creer que el escenario y sus disfraces son como una cama, un espacio abierto al sueño, al viaje interior. Esta frase del poeta inglés John Dryden me parece especialmente adecuada para describir esa lógica del sueño y el escenario: «De noche, cuando soñamos, somos el actor, el espectador y el teatro. Somos todo».

TRES: MI TEXTO DRAMÁTICO

Desconfío de las visiones cerradas de la realidad. Predicar, postular programas, demostrar, denunciar llana y crasamente, me parecen verbos más adecuados para una encíclica que para un texto dramático. Así que con riesgo de incurrir en lo mismo que me provoca desconfianza, planteo algunos preceptos del tipo de dramaturgia que le vienen a mi decorado y a mi personaje. Otorgo -por supuesto- todo el derecho a desconfiar de mi prédica.

a) Pienso que la estructura abierta en un texto dramático no necesariamente implica un entramado que renuncie al suspenso, la tensión o a la anécdota con cabos atados. Se trata, más bien, de un medio para explorar la divasidad del mundo en la mezcla de tonos, ideas y situaciones.

b) El tiempo es el aire que respiramos. Está hecho de eternidad y de presente. La inmediatez del teatro, el hoy y el ahora, no bastan para describir la condición humana. Estamos hechos de tiempo y el tiempo de la acción dramática es el presente, pero la conciencia es atemporal. El texto debe hundirse en la actualidad, pero también nos debe recordar lo eterno.

c) Creo que el tono tragicómico es el ideal para reflejar nuestro tiempo. Expongo mi caso: soy medio rígido -jamás frígido- en la vida real. Sin embargo, desde niño me he carcajeado en sueños. A veces me pasa que me llego a reír hasta en la plenitud de una pesadilla. Este hecho me ha llevado a pensar que yo sueño en clave de tragicomedia.

Comparto la opinión de aquellos que piensan en la farsa trágica y la monstruosa tragicomedia -como la llama Juan Tovar- como el mejor medio para reflejar la totalidad, la mezcla de tonos que caracteriza a nuestro tiempo. Ahí la risa se ríe de la risa y, como escribe Beckett, se ríe de lo desdichado.

d) El diálogo, para retratar mi decorado ideal, tiene que surgir de la mezcla de una selección de habla coloquial y poética.

e) Por último, creo que la realidad más auténtica en escena, la más «realista» por así llamarla, es la realidad múltiple. Apostar por un verdadero teatro «realista» hoy en día es apostarle a un teatro de contrapunto y de poesía -entendiendo por poesía la capacidad del texto dramático para crear, a través de los personajes, las situaciones y el diálogo, un discurso connotativo que refleje las contradicciones del mundo y del comportamiento humano.

CUATRO: LA PUESTA

Pertenezco a una generación que ha superado, para bien de nuestro teatro, la antigua pugna del dramaturgo y el director. Somos un género variopinto pero la tendencia general parece apuntar en dos direcciones: por una parte, la unión del dramaturgo y el director en una persona que, como el Dr. Jekyll y Mr. Hyde, batalla consigo mismo y, por otra, el director que trabaja con un dramaturgo in situ por así llamarlo, cerca del espectáculo, concibiendo su texto -ha dicho Tovar- como un esqueleto que necesita la musculatura los nervios, el alma del hecho escénico.

CINCO: LA REALIDAD

No creo que el realismo tradicional de nuestro teatro pueda hablarle a un espectador con la intensidad que lo hace el realismo cinematográfico o la violencia cotidiana y brutal que ahora podemos observar en los noticieros de televisión. Los asesinatos políticos en nuestro país, por ejemplo, han saturado nuestra percepción de lo dramático. Son «reales» con toda la brutalidad de la sangre fría.

Competir con el cine o la televisión es hacerle flaco favor al teatro. Lo nuestro, creo, es y va a ser, inevitablemente dado el signo de los tiempos, la exploración radical de la metáfora. No se malentienda. Hacer poesía teatral no es dar la espalda al mundo. Ningún viaje de exploración interior, ninguna poesía escénica puede crecer sin la atroz realidad que a todos nos sustenta. Nuestro empobrecido país, nuestra imperfecta democracia, nuestra vida política tan aurora y amafiada requiere más que nunca de vastas metáforas para ayudarnos a comprender y transformar la realidad.

La poesía está en el mundo, en el rincón más insospechado pero también en la imagen más cotidiana. Todo depende de los ojos que transfiguran. Una de esas visiones cotidianas es, por ejemplo, la imagen de un perro corriendo por la banqueta del camellón central del periférico. El animal jadea, corre, aprieta el paso. Si lo observáramos en la lógica cervantina del Coloquio de los perros, habría que imaginar al animalito hasta esperanzado de llegar a buen recaudo, hasta elaborando un interesante monólogo interior. Y ahí va. Se le ve a menudo, corre y corre con entusiasmo, empecinado en su absurda acción sin saber que su caminata tiene un fin inexorable. A veces pienso que uno que otro perro cervantino sueña con un viaje circular y ladra con toda la esperanza del caso: «íOjalá hayan terminado el periférico!». Y se imagina que, en lugar de morir atropellado, puede seguir corriendo y tragar polvo y smog en el camellón central.

La caminata de esos perros es toda una lección de absurdo cotidiano. Hay que estar convencido, la realidad no perdona. La poesía escénica tampoco.

Una oscura cabaña para David Mamet

Mauricio Montiel Figueiras. Escritor. Es jefe de redacción de la revista Biblioteca de México. Acaba de aparecer su libro de cuentos Insomnios del otro lado.

Un renacentista de finales del siglo XX: así podríamos definir a David Mamet, el guionista de cine, el dramaturgo, sobre todo, pero también el ensayista, el novelista y hasta el compositor.

No pocos de nosotros -como demuestra Mauricio Montiel-, hemos sido marcados por más de una de sus invenciones visuales.

Una lluvia tenaz asola la implacable noche veraniega de la urbe. En un bar hundido en una penumbra espectral dos hombres, luego de abandonar sendas cabinas telefónicas, coinciden en el baño; resulta que trabajan juntos desde hace algún tiempo, y mientras el más viejo descarga su vejiga, el otro maldice la pésima racha de negocios que no ha querido ceder, la estulticia feroz de la empresa que se niega a entregarles las guías con los nombres de los mejores clientes que dentro de un rato serán guardadas en la caja fuerte de la gris oficina donde laboran. Ambos son vendedores que se saben losers irredentos, la más fétida bazofia del sótano de los bienes raíces, y por ello deciden abogar su amargura en un trago de whisky antes de acudir a la junta a la que fueron convocados. Se instalan en la barra del local casi vacío. Entra entonces un tercer hombre que, deshaciéndose de un paraguas empapado, se aproxima a ellos; se queja de la tempestad, pide un Cutty Sark en las rocas y narra la anécdota de alguien que ese mediodía en el downtown rogó a unos policías que le pegaran un tiro debido al calor insoportable. Es Ricky Roma (un estupendo Al Pacino), el vendedor estrella, digno representante de la bonanza y la autosuficiencia con que el ambiente carnicero del real estáte premia a sus caníbales predilectos. Sus fracasados colegas (interpretados por Jack Lemmon y Ed Harris) terminan sus bebidas y salen al diluvio; ignoran que al otro lado de la calle, en la oficina donde se efectuará la junta, los aguarda un moderno Mefistófeles (Alec Baldwin en una actuación antológica) que después de someterlos a una violenta humillación verbal ofrecerá un Cadillac El Dorado en recompensa al primer lugar en ventas, al segundo un lustroso -e irónico- juego de cuchillos.

Con esta secuencia arranca Exito a cualquier precio (Glengarry Glen Ross, 1992), de lames Foley, magnífica adaptación de la obra teatral por la que David Mamet (1948) obtuvo el Premio Pulitzer. Dramaturgo ante todo aunque incansable explorador de las diversas formas en que encarna el espíritu inquieto de la escritura, Mamet ha venido a convertirse en uno de los más prolíficos protagonistas de la cultura norteamericana finisecular; el contar con una decena de notables obras de teatro en su haber (entre las que vale la pena registrar American Buffalo, Sexual Perversity in Chicago -llevada a la pantalla por Edward Zwick con el título de ¿Te acuerdas de anoche? [About Last Night, 1986]-, la ya mencionada Glengarry… y Oleanna -estrenada recientemente en nuestros escenarios y bajo la dirección de Iona Weissberg-) no le ha impedido aventurarse, con igual fortuna, por otros caminos que la mayoría de sus contemporáneo no suele transitar.

Como guionista ha entregado algunos de los instantes más memorables del celuloide de los ochentas: Jack Nicnolson y Jessica Lange transformando la cocina de un desahuciado café de paso en sudoroso ring erótico (El cartero llama dos veces [The Postman Always Rings Twice, 1981], de Bob Rafelson), Paul Newman noqueando a Charlotte Rampling luego de enterarse que ella sólo cumple un papel de espía en el decadente medio jurídico (El veredicto [The Veredict, 1982], de Sidney Lumet), Eliot Ness (Kevin Costner) participando en una brillante puesta al día de «Las gradas de Odessa» -la ya clásica secuencia de El acorazado Potemkin (1925), de Eisenstein- en una estación de trenes después del home run que un neurótico Al Capone (Robert de Niro) anotó en el cráneo de uno de sus empleados (Los intocables [The Untouchables, 1987], de Brian de Palma). De la mano fértil de Mamet han brotado también libros de ensayo (Writing in Restaurants, Some Freaks, On Directing Film), una novela (The Village, 1994, publicada por la editorial española Debate bajo el fallido título de Esa gente tranquila) y letras para la ópera prima de la cantante Rebecca Pidgeon (The Raven, 1994).

Pero sin duda, el campo aparte del teatro en el que ha conseguido un mayor reconocimiento es el del cine: su desempeño como realizador y guionista -crédito este último que por lo común comparte con Shel Silverstein-, que incluye Juego de emociones (House of Games, 1987), Las cosas cambian (Things Change, 1988), Departamento de homicidios (Homicide, 1991) y Oleanna (1994), ha ido demostrando que su concepción de la pantalla no es tanto la de adecuado vehículo de trasposición de aquellas ideas que se levantan como un polvo inquietante al caer el telón, sino, más allá, la de ese espejo otro donde sus obsesiones se ven reflejadas, apoyadas por las interpretaciones del espléndido Joe Mantegna -especie de alter ego convertido ya en fetiche-, envueltas en el mismo halo fantasmagórico con el que ese gran esteta de la fotografía que es Juan Ruiz Anchia acostumbra rodear al Chicago de las sombras inclementes. Porque, sí, es en su ciudad natal donde Mamet formula su mordaz cuestionamiento -su duda casi gnóstica- de las apariencias cotidianas, callejones cuya siempre falsa salida sólo podrá franquearse al despuntar los arbotantes. Al otro lado de la noche, de esa noche interior en que se asfixian los sedentarios mametianos, acecha una amenazante pistola de la que en cualquier momento empezará a gotear agua, la zapatería que se ha abandonado para representar por un tiempo el papel de capo de la mafia, el cadáver de una anciana en el que pueden leerse los signos de una conjura ancestral contra el judaísmo. O quizá un retiro invernal en los bosques de Vermont donde alguien concibe todas estas imágenes.

«El limpio aroma del invierno debe ser como una muerte hermosa -como caer desde una gran altura: alborozo total». Esta frase pertenece al texto que da nombre a The Cabin. Reminiscence and Diversions, el volumen de prosas y reflexiones autobiográficas que Mamet publicó en Vintage Books en 1993. Escrito con la elegancia y la transparencia que ya caracterizan el estilo de su autor, se trata de un anecdotario recorrido por una callada nostalgia, una suerte de «retrato del artista maduro» donde se libra una batalla no exenta de cierto desencanto contra el lento, inexorable avance del olvido. La variedad de temas que se abordan, sin embargo, está permeada por la íntima sensación de bienestar que brindan las conversaciones en voz baja, entre amigos que sostienen copas donde estalla el fulgor de una chimenea discreta, el humo de cigarros encendidos en el más confortable de los silencios. Así parece discurrir The Cabin: como si se le hablara al oído al lector, como si Mamet confrontara el archivo de su memoria en el espejo de la página a la que alguien se asomará para escuchar ese lenguaje que corre sin obstáculos, dejando zonas de penumbra que posteriormente serán alumbradas por otros recuerdos. Hay, sí, un dolor profundo en varios de los cajones que van abriéndose -la tortuosa relación entre la hermana y el padrastro de Mamet en el magnífico texto inaugural, «The Rake»-, pero asimismo una mirada sabia y melancólica que reconstruye el encanto de ciertas andanzas neoyorquinas («Memories of Chelsea»), el placer de la lectura en cafés durante un deambuleo londinense («Cold Toast»), el extrañamiento de una solitaria noche transcurrida entre fantasmas («In Vermont»), los primeros pasos literarios en un cuarto de hotel con vista a un luminoso parque («The Hotel Lincoln»), los protocolos del jet set cinematográfico («Cannes»), la fascinación por los botones de propaganda que atiborran un tablero («The Buttons on the Board», donde se lee: «Los botones no son meros recordatorios sino sobrevivientes, los artefactos arqueológicos del reino de sueños donde, si y cuando cumplo mi labor con eficacia, paso lo que supongo deben llamarse mis horas de trabajo».) La de Mamet, pues, es una escritura fascinada: con los destellos de la memoria con seres en situaciones límite, con esos instantes que perviven, olorosos a leña y a querosén, en la oscura cabaña de la creación.

Elogio de la relectura

Roberto Pliego. Escritor. Editor de nexos. Acaba de aparecer el libro La X en la frente, donde ha sido antologado.

Según parece, 1995 será el año en que los lectores mexicanos sufran una de sus más bruscas metamorfosis. Ante la escasez y el alto costo de las novedades editoriales, los lectores, augura y desea Roberto Pliego en este artículo, dejarán de serlo para convertirse, por fin, en relectores, en cultivadores de su propio jardín que es su biblioteca personal.

Cuando pensamos en los lectores mexicanos anteriores al 19 de diciembre de 1994, imaginamos legiones de obsesos de la actualidad, hiperespecialistas del presente, grandes consumidores, velocistas y glotones. Digamos que permitieron que el éxito se les subiera a la cabeza, de esa manera suya tan candorosamente sincera. El éxito llegó en 1989, con un catálogo de novedades internacionales, se aposentó y casi logró convencerlos de que por fin podían sentirse contemporáneos de los demás hombres. Puede que así hubiera sido, pero también es probable que la experiencia del éxito haya afectado su confianza en la lectura dilatada y en la reactualización del pasado. Había tantas cosas que leer que el tiempo no era suficiente para regresar a lo ya leído, mucho menos para sitiar un libro por más de siete días. Pero eso ya no importa, no en estos momentos. El caso es que pocos saben qué hacer ahora con su glotonería. Son los mismos que tuvieron tiempo de leer todo Julian Barnes, todo Martin Amis, todo Roberto Calasso, todo Antonio Tabucchi, pero nunca lo encontraron para Cervantes, Rabelais, Gogol o Balzac. Nada de lo que leyeron careció de interés, o de una buena dosis de negligente ambición, pero un observador podría sospechar que sus hábitos de consumo y lectura eran un desafío a la concentración y al acto moroso de penetrar, habitar y permanecer en un libro. El mismo observador los describiría como «lectores afirmativos», una especie convencida de que «el placer del texto» contribuye al «desarrollo personar». El representante de este contagioso entusiasmo sería en este sentido el devorador de libros que engulle otro y otro y otro, más para olvidar el anterior que para satisfacerse con él, hasta conseguir que su barriga llena de actualidades sea la prueba orgullosa de un estilo de vida opulento y desmemoriado, una vida sin voluntad ni estilo.

Pero no es tanto la pasión por la novedad como la monomanía lo que se objeta en ese lector cuya devoción no otorgó sino el prestigio de la contemporaneidad con el presente, y jamás con el pasado. Dígase lo que se diga, se trataba de un devoto de la librería, y nada más. Lo olvidó y quizá nunca lo supo: la relación amorosa con los libros ocurre en el ámbito íntimo, reposado y silencioso de la biblioteca personal: cosa de lanzar una réplica a los defensores de la lectura como ejercicio público.

Aunque quizá ya no haga falta. Carecemos de indicios de mejoría. No tenemos siquiera un informe confiable del estado del tiempo. Las únicas señales esperanzadoras se ven a través de un binocular: sombras de libros siendo detenidos por un agente aduanal, o fregando los pisos de una bodega o condenados a galeras, o abiertamente interesados en el dinero. Todo esto es desolador, no cabe duda y provoca un cierto letargo en el ambiente. No es que no haya libros, es que, como atestigua el binocular, están muy lejos. El dinero se ha encargado de aumentar las distancias. En diciembre anterior yo compré La canción del verdugo en 46 pesos. Ahora cuesta 107 pesos. ¿Es que acaso por esta diferencia se advierte que ya no hay lectores en México? Unos cuantos. Sólo unos cuantos para los cuales entre 46 y 107 pesos apenas hay diferencia.

Quiero decir que, según los informes, y contra la realidad misma, algunos lectores mexicanos no están dispuestos a cambiar de hábitos. Yo digo que debían agradecer el nuevo estado de cosas. Aunque no parezca, el mundo se ha ensanchado en la medida en que se ha hecho cada vez más estrecho. ¿Qué ha ocurrido? Que la librería, insisto, ha perdido mucho de su antiguo poder de atracción.

El reloj vital de los otros lectores mexicanos necesitará de casi nada para adaptarse de nuevo al confinamiento, a la incertidumbre editorial, a la insatisfacción y a la angustia producidas por la escasez y los precios altos de las actualidades literarias. No les hará falta valor. Es posible que durante los primeros cinco meses de 1995 hayan tenido la sensación de que de pronto empezaban a perder sus facultades a causa de estar tan poco actualizados. «¿…Pero que me está pasando?». «No estás al día. Vas con demasiada calma». En realidad, lo cierto es que apenas comienzan a descubrir las ventajas de su nueva condición. No están muy seguros de lo que deben de hacer. Deambulan por su propia biblioteca, como antes deambulaban por las librerías del sur de la ciudad de México, en busca de ese ejemplar al que la distracción o el olvido aconsejó postergar. Y cuando dan con él -no es tan seguro pues siempre andaban armados de impaciencia-, se tumban pesadamente en un sillón, y a media lectura su ojos se entornan de tristeza porque guardan la sospecha de que ése puede ser el último libro virgen en muchos años. Hay, por lo tanto, que imaginarse dichosos a los lectores mexicanos.

En vez del ayuno, el lector mexicano preferirá recogerse en su biblioteca personal, que encerrará de seguro un ejemplar de La Cartuja de Parma, acomodada según un criterio geográfico, y luego diacrónico, la postura erguida, con el canto del lomo pelado como el mango de un cuchillo. Una vez hecho a la idea de permanecer con lo que tiene, se pondrá a reconstruir su memoria libresca, intentando conservar la atmósfera entre primigenia y febril, a un tiempo de taller de iniciación a la lectura, de manicomio y de centro de exclusión social que debió experimentar en las primeras veces. No estará obligado a repetir sus pasos, porque es probable que será impelido por sus amores más firmes y duraderos, cuya imagen actual, sin embargo, a estas alturas ya se habrá distanciado del modelo original.

La suerte, pues, está echada: al arte de leer hay que agregar desde ahora el de releer. ¿De qué otra manera los libros seguirán ejerciendo su fascinación? Podría asegurarse que el vasto mundo de lo escrito no da para la repetición, incluso que el ímpetu, la velocidad, el entusiasmo, forman parte de una historia de los hábitos de lectura. Pero también puede sugerirse que la historia de la literatura es la de la lectura laboriosa, llena de tropiezos y rectificaciones, recogida detalle por detalle, en un movimiento pendular y de algún modo vacilante. Como acto solitario parecería animado de un sólo ideal: aunque siempre es el mismo, un libro es capaz de hacernos creer que es exactamente igual cada uno de nosotros.

La idea populachera del lector que se mete de todo y no vuelve sobre sus gustos es un mito indolente y servicial. Con un amplio número de excepciones, y toda suerte de escalas y variedades, La Cosa nunca es así. La lectura sin la gloria de la repetición no es más que un poco de tiempo y otro poco de afición a las modas. Al acto amoroso de la lectura le urge revivir sus proezas y fomentar la poligamia incluso con el mismo libro, en distintos lugares y momentos.

Así que nada es igual. Ser un relector: no hay una mala razón para no querer serlo. Ahora estamos juntos en esto. Eres un hombre o una mujer, quizá de treinta o cuarenta años, ¿tienes la entrada prohibida a toda novedad? En tu biblioteca hay más de un novedad de tu pasado interesada en hacerlo otra vez.

compuerta

CUADERNO NEXOS

FAMAS AL PIE DEL CADALSO

Héctor Aguilar Camín. Escritor. Su último libro es Subversiones silenciosas. (Aguilar).

LOS NUEVOS «PROCESOS INFORMATIVOS»

En la Italia del siglo XVIII, podía someterse a cárcel y tortura a quien resultara culpable de un «proceso informativo», es decir, «un proceso sumarial que permitía condenar a un individuo sin prueba alguna, basándose en simples indicios». Alejandro Manzoni, el gran novelista y escritor italiano, señaló el hecho en su Historia de la columna infame (1840) del siguiente modo: «Los estatutos de Milán no prescribían otras normas, ni condiciones para la facultad de someter a un hombre a la tortura… sino que la acusación estuviera confirmada por la fama, y que el delito comportase pena de sangre, y que hubiera indicios; pero sin decir cuáles».(*)

(*) Alejandro Manzoni: Los novios. Ediciones Cátedra, Letras Universales, 1985, pp. 80-81.

Si cambiamos la noción de tortura física por la de tortura mental y moral, podría decirse que los últimos meses han traído hasta las propicias playas de la irritación pública de México, una verdadera oleada de «procesos informativos».

Se han erigido cadalsos difamatorios, en más de un sentido inapelables, para una lista ya alarmante de personajes públicos.

LA LISTA GORDA

Piezas frecuentes en la construcción de estos cadalsos han sido las filtraciones de la Procuraduría General de la República, o atribuidas a ella, sobre los «avances» en la investigación de los homicidios de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu. El otro cabo de la soga ha sido sostenido por una batería de medios y periodistas dispuestos a servir los reclamos de justicia e información de su público, aún si es al precio de no revelar la fuente de sus difamaciones ni responder ante nadie por la veracidad de sus noticias. En estos meses, sin aportar otra prueba que indicios y versiones de fuentes nunca bien identificadas, distintos «procesos informativos» han vuelto sospechosos y declarado culpables de algo en los homicidios de Colosio y Ruiz Massieu, a por lo menos las siguientes personas:

· Jaime de la Mora, ex director de Banrural.

· Hugo Andrés Araujo, ex dirigente de la Confederación Nacional Campesina.

· María de los Angeles Moreno, dirigente nacional del PRI.

· Ignacio Pichardo, secretario de Energía.

· Raúl Salinas Lozano, padre del ex presidente de la república.

· Sergio, Adriana y Carlos Salinas de Gortari.

· Justo Ceja, secretario particular del ex presidente Salinas.

· José Córdoba Montoya, ex coordinador de la oficina de la presidencia.

· Manlio Fabio Beltrones, gobernador de Sonora.

· Alcide Beltrones, administrador del aeropuerto federal de Tijuana, y hermano de Manlio.

· Domiro García Reyes, ex jefe del Estado Mayor de Luis Donaldo Colosio.

· Ignacio Ovalle, diputado federal priísta.

Han quedado también bajo sospecha de negligencia o connivencia los ex procuradores Diego Valadés y Humberto Benítez, los ex fiscales especiales del caso Colosio, Miguel Montes y Olga Islas, Emilio Gamboa, actual director de la Lotería Nacional y, en algún momento previo a su candidatura presidencial, hasta el propio presidente Ernesto Zedillo.

LAS PRUEBAS FLACAS

La prensa airada y las filtraciones de la PGR, o atribuidas a ella, han dictado úcases de culpabilidad y lesionado la fama pública de todas estas gentes teniendo en la mano pruebas suficientes sólo para haber ordenado, hasta ahora, la detención de dos personas: Raúl Salinas de Gortari, como presunto coautor intelectual del asesinato de Ruiz Massieu, y Othón Cortés, como presunto segundo tirador en el asesinato de Colosio.

Con relación a estos acusados legales, pueden externarse también preocupantes reservas: el juez concedió la detención de Othón Cortés admitiendo en su escrito que las pruebas son poco sólidas, y la ofensiva jurídica de la PGR sobre Raúl Salinas parece concentrarse en probar que era amigo de Manuel Muñoz Rocha, lo cual, nuevamente, es un indicio, no una prueba, de su presunta culpabilidad en la planeación del homicidio de Ruiz Massieu.

Así, la instancia procuradora de justicia, que debería tener como premisa de su acción presumir la inocencia de los ciudadanos, y garantizar que nadie sea condenado sin pruebas, se ha vuelto fuente constructora de presuntos culpables y la principal alimentadora de sentencias públicas sin pruebas. El procurador de la república ha señalado en varias ocasiones la falsedad de esas noticias y su improcedencia como versiones autorizadas de la PGR. Pero más tarda el procurador en desautorizar que los diarios en publicar nuevas filtraciones atribuidas a la PGR, sin que cada día la PGR desmienta lo que no es su información autorizada.

Los medios, por su parte, que deberían garantizar para la sociedad la transparencia informativa sobre los ocultamientos, defectos y complicidades de la vida pública, se han vuelto surtidores de turbiedades y calumnias mediante pactos de obtención y distribución de información que son todo menos transparentes.

La justa lucha contra la impunidad política o criminal desemboca así en la injusticia legal y moral de los «procesos informativos» que hoy se desatan alegre y ominosamente en México como una forma de limpiar la casa o, al menos, como una muestra de la voluntad de limpiarla. Pero no es ese el mejor procedimiento de limpieza para un gobierno y una sociedad que quieren terminar con la impunidad y ceñirse a la ley.

La investigación de los crímenes pendientes de México no debe detenerse ante los fueros y los privilegios de nadie. Deben ser investigados todos los hilos y consignados quienes resulten responsables, con las pruebas irrefutables, jurídicamente suficientes, en la mano. No debe haber crimen sin castigo, desde luego, pero tampoco acusaciones públicas sin pruebas ni información inculpatoria sin fuente responsable. La vieja impunidad no puede combatirse con impunidades de nuevo cuño, porque las impunidades, como los vicios, no se contrarrestan: simplemente se acumulan.

México, D.F, 21 mayo de 1995

Lo micro, lo macro y el marco

Carlos Castillo Peraza. Presidente del Partido Acción Nacional.

PEQUEÑOS ESCLAVOS

El 16 de abril, víctima de la bala que emergió del cañón de un fusil de cacería, murió Iqbal Masih en Maridke, Paquistán. Tenía sólo doce años de edad. Había sido vendido a los cuatro por sus padres, paupérrimos, a un empresario del tejido, exportador de tapetes. Durante seis, a razón de una rupia diaria -es decir, veinticinco nuevos centavos mexicanos-, sus infantiles dedos hicieron millares de nudos, doce horas por día. Llevaba dos luchando por sí mismo y por seis millones de niños como él, esclavos de alfombreros, curtidores, fundidores y otras bestias como los patrones de barcos petroleros que emplean las pequeñas manos para limpiar los residuos de aceite que quedan en el vientre de los buques-tanque. Iqbal, miembro de la minoría católica paquistaní, viajó a Estocolmo y a Bostón donde denunció la barbarie de que él y sus coetáneos son víctimas. Iqbal, titula L’Express, «esclavo y mártir».

MEJOR SUERTE

En el Occidente rico, especialmente escandinavo, los menores parecen tener mejor suerte. Para empezar son menos. Para continuar, pueden contar con un profesor de filosofía nacido en 1952 que se preocupa por hacerles llegar, bien digerida, toda la tradición filosófica, de los griegos a la astrofísica contemporánea. No engañarse. El joven maestro, Jostein Gaardner, recuerda al dibujante de Mafalda: bajo las especies de una tira cómica para niños, Quino ilustra a los adultos. El libro del nórdico, que lleva como título El mundo de Sofia, es el best seller de la temporada. Ya ha sido traducido a casi todos los idiomas que babelizan a la Unión Europea. Es una novela cuyo personaje central es una niña a la que una voz o un interlocutor epistolar le plantea las preguntas: ¿Quién eres? ¿De dónde viene el mundo?…

Ochocientos mil ejemplares vendidos en Alemania, 110 mil en Dinamarca, cien mil en los Estados Unidos, setenta mil en Italia… La versión española (Editorial Siruela) ya circula en México. Gaardner aniquila todas las marcas de venta para un libro sobre filosofía. Podrá criticarse la obra por más de una razón válida, pero la voracidad despertada por aquélla muestra un hambre cultural quizá tan trágica como la estomacal que padecen los niños esclavos del Asia. ¿Filosofía «chatarra»? Tal vez, pero ¿qué niño hambriento de Paquistán, de la India, de Brasil o de México rechazaría una bolsa de papas fritas o de frituras de maíz? Lo relevante, lo que debe preocuparnos y ocuparnos es el hambre.

GIGANTE DE LA MINIATURA

Con apenas cuarenta abriles, Bill Gates -asegura Le Point- es el hombre más rico de los Estados Unidos y el más influyente del mundo. La empresa creada por él -Microsoft- controla el 35% del mercado mundial de los programas para computadora y el 84% del de los sistemas de explotación. Los números de Microsoft son astronómicos, sorprendentes: 4,600 millones de dólares de inversión en 1994 (24% más que en 1993), 1,100 millones de utilidades en 1994 (20% más que en 1993), 16 mil empleados, 60 millones de sistemas Microsoft-Windows instalados, 100 millones de dólares anuales en publicidad, 610 millones por año para investigación y 150 millones para exploraciones «de punta», cero deudas. Uno de cada cinco empleados de Gates es millonario, en virtud del plan de adquisición de acciones para trabajadores de la empresa. El colmo: Microsoft anuncia productos que aún no tiene, con la certeza de que los tendrá en la fecha prometida, y así desquicia a sus competidores.

ANGEL DE MI GUARDA

Hace unos dos años, la fiebre fue norteamericana: decenas de libros acerca de los ángeles vieron la luz de las vitrinas y fueron vistos por millones de ávidos ojos. En The Cloisters, la sección deslumbrante dedicada a la Edad Media por el Museo Metropolitano de Nueva York, se apilaban y desapilaban volúmenes y volúmenes acerca del tema, ya tratado por Mortimer Adler -el coordinador del programa de autoeducación de la Enciclopedia Británica, The Great Books- en un libro tan pequeño como fascinante: The Angels and Us.

Ahora la pasión angelófila ha llegado a Italia. Lo consigna Epoca, que no duda en calificar al hecho de «boom editorial sin precedentes». Diez obras diferentes, adquiridas con singular entusiasmo, tienen como protagonistas a esos seres que nuestras abuelas nos definieron como «mensajeros de Dios». Títulos (traducción al español del que firma esta parabólica): Nuestro ángel de la guarda existe, Investigación acerca de la existencia de los ángeles de la guarda, Donde caminan los ángeles, El poder de los arcángeles, El libro de los ángeles, Los ángeles junto a nosotros, La larga espera del ángel, La trama del ángel, El ángel necesario…

Entre las muchísimas obras que abordan el asunto de esas «mentes sin cuerpo» (Adler scripsit), hay una especialmente fascinante: A Dictionary of Angels, Including the Fallen Angels, que incluye, como el título anuncia, los nombres de los «ángeles caídos», de Gustav Davidson, editado por The Free Press. Una selva de nombres y descripciones en la que vale la pena extraviarse un rato largo.

Liquidado el mundo bipolar y su equilibrio del terror, los seres humanos parecemos haber pasado de una realidad en la que había una amenaza (la guerra nuclear final) pero ningún riesgo, a otra en la que no hay ninguna amenaza pero estamos a la merced de todos los peligros: purificaciones étnicas, terrorismos sin control, clandestinidades armadas y agresivas, fanatismos religiosos dinamiteros, locuras orientalistas que asesinan con gas… De Oklahoma a Tokio, de Madrid a Sarajevo, de Buenos Aires a las cañadas chiapanecas, ¿no se está requiriendo que algún o algunos espíritus benévolos y protectores trabajen horas extra, sin salario, por pura buena voluntad y «dulce compañía», y que «no nos desamparen ni de noche ni de día»?

¿CÓMO LE HACEN?

Cuando Helmut Kohl tomó la decisión de encabezar la reunificación de Alemania, los analistas se rascaron la cabeza y calcularon. Sumar a 17 millones de habitantes; aceptarles sus marcos de puro papel por marcos realmente existentes, a la par; pagar a los rusos la retirada de sus soldados y a éstos casas nuevas en la antigua URSS; iniciar un proceso de privatización y desarrollo industrial y comercial, costaría miles de millones de marcos por año y sería no sólo la ruina económica germana, sino la derrota electoral del canciller democristiano.

No sucedió ni lo uno ni lo otro. ¿Cómo logra un país que invierte así, que se lanza así a hacer todo aquello, reducir su déficit 40% en 12 meses, privatizar 30 mil empresas, rehacer virtualmente la economía entera de otro país (su parte oriental) y atraer capitales extranjeros? Se lo pregunta Alvaro Ranzoni en Panorama.

El periodista italiano responde: con una banca central independiente del gobierno que se ocupa de que no ingrese en el flujo monetario un solo marco más de los necesarios. La fuerza de la moneda alemana que se vigoriza continuamente, añade Ranzoni, se debe a la mano templada y libre con que Hans Tietmayer y diez colaboradores más vigilan la masa monetaria teutona. El presidente de la Bundesbank y sus compañeros de equipo promueven además agrega, «la organización, la inversión el eficiencia, la cuidadosa planeación, 1. ejecución rigurosa, la previsión adecuada, exactamente al contrario de los italianos». ¿Sólo «de los italianos»? …preguntamos nosotros.

MÁS QUE UN GATO

Los conocedores le atribuyen a los gatos siete vidas. L’Express asegura que François Mitterrand tiene cuando menos nueve: una para la Historia, así con mayúscula; otra como socialista; un más como admirador de Venecia; una cuarta como enemigo del general De Gaulle; la quinta en tanto que hombre de la imagen televisada; la sexta, de seductor en relación con las mujeres; una adicional, de europeo convencido; la penúltima de africano y la novena de francés.

En el ocaso político y cronológico del líder galo, el semanario parisiense encargó a nueve intelectuales de marca abordar esas vidas: el historiado François Furet, el veterano socialista Gilles Martinet, el académico Jea d’Ormesson, el gaullista Alain Peyre fitte, el publicista Jacques Seguela, la escritora Francoise Giroud, el novelista Jorge Semprún, el africanólogo Guy Georgy y el periodista Theodore Zeldin Una antología fascinante. Y un editorial de Christine Ockrent que, a guisa de adiós al hombre que durante catorce años encabezó a los franceses, asegura:

Con su reino, una época se acaba. Lo hayamos amado mucho o largamente detestado admirado o despreciado, aplaudido o escarnecido, o confusamente nos hayamos agitado con todo esto a la vez, cuando se aleje solitario por su camino, pensemos lo que pensemos, nos sentiremos un poco solos… y cambiaremos de siglo.

El enano

Un accidente de tránsito, un encuentro fortuito pero crucial, dos mujeres imborrables, el lujo tropical de los cuerpos hambrientos y el estallido criminal en la vida monótona de un empleado bancario desempleado, ese es el material del siguiente cuento inédito de Rubem Fonseca, parte de sus Cuentos reunidos (Sâo Paulo, 1994), una nueva entrega del autor de Agosto.

No importa decir cómo fue que un empleado bancario como yo conoció a una mujer como Paula, pero se los voy a contar. Ella me atropelló con su carrazo y me llevó al Miguel Couto y me dijo en el camino que la culpa era suya yo estaba hablando en el teléfono celular y me distraje mi esposo odia que maneje. Llegando al hospital le dije a toda la gente que la culpa era mía. Ella dio un suspiro de alivio y dijo quedamente, muchas gracias. Me operaron la pierna, le pusieron un montón de tornillos y me dejaron en una camilla en el pasillo porque el hospital estaba lleno y no había lugar en los cuartos comunes.

Al día siguiente por la mañana ella vino a verme. Me preguntó si había pasado la noche en el pasillo, aquello era un absurdo, y dijo que me iba a llevar a un hospital privado. Le expliqué que estaba bien, no necesitaba preocuparse. Quería que ella se fuera pronto, me habían puesto una bata que si me volteaba en la cama, digo, en la camilla, me quedaba de fuera el trasero. Ella dejó una caja de chocolates que le di a la muchacha que me cuidaba, Sabrina, creo que era sirvienta pero le gustaba fingir que era enfermera.

Unos días después, la mujer regresó con otra caja de chocolates. Ni siquiera pudo decir nada porque Sabrina apareció y le preguntó, cómo fue que usted llegó aquí y ella le contestó que tenía permiso del director y que se sentía quería que se fuera y le contesté que sí y ella se fue y Sabrina me agarró la pierna y siempre que Sabrina me agarraba la pierna se me paraba, porque ya me dolía menos. La caja de chocolates de esa ociosa fútil tú la tiras en el basurero, ¿eh?

Ese mismo día por la tarde Sabrina vino y me dijo que yo era un tipo con suerte o que era amigo del alcalde porque iba a ser transferido a un cuarto común. Cuando Sabrina aparecía mi corazón latía aceleradamente y cada día la veía más atractiva y se me paraba cuando ella me tocaba, pero todas las noches soñaba con la mujer que me había atropellado, los cabellos negros largos finos el cuerpo blanco como una hoja de papel. Y ese mismo día Sabrina me dio un recorte de periódico con el retrato de la mujer, mira aquí está tu ricachona asesina. Fue entonces que supe que su nombre era Paula. Seguro, idiota, que no sabías su nombre, a poco te lo iba a dar para que pidieras una indemnización, la cosa que más les gusta a los ricos es el dinero, entonces ella te regala chocolatitos que cuestan una miseria para que no hagas nada en su contra, ya rompe esa foto.

Escondí la foto y continué soñando con Paula y quedándome con la verga parada cada vez que Sabrina me agarraba la pierna y mirando la foto cuando Sabrina no estaba cerca. Cuando me dieron de alta Sabrina preguntó si no quería que me llevara a la casa y le contesté que no era necesario, yo me iba solo. Ella insistió y fui duro, no es necesario, y ella se quedó desilusionada y me puse triste, Sabrina me había cuidado, me había enseñado a caminar con muletas y yo la trataba de esa manera.

Subir las escaleras de mi casa en Catumbi me costó mucho trabajo, sufrí como perro. En la tarde tocaron y una mujer de blanco entró y me dijo que era fisioterapeuta del Miguel Couto y que había sido enviada para cuidarme. ¿Quien le mandó? ¿Sabrina? Sí, sí y la mujer jaló mi pierna para allá y para acá y me dijo cómo eran los ejercicios que tendría que hacer y que mañana regresaba.

Después de quince días de fisioterapia Sabrina apareció en mi casa con una cinta de Tim Maia(1) de regalo. Le conté que una fisioterapeuta del hospital venía cada tercer día a darme masaje en la pierna. Ella se quedó callada un rato y luego dijo ¿fisioterapeuta? El hospital no mandó a ninguna fisioterapeuta no tenemos dinero para comprar gasa ¿a poco íbamos a tener para mandar una fisioterapeuta a domicilio?, está lleno de charlatanes en ese medio deja que yo misma te haga la fisioterapia y empezó a tocarme la pierna y vio mi verga y preguntó ¿qué es eso?, agárrala y verás contesté, ella la agarró, siempre se te paraba cuando te agarraba la pierna ¿crees que no me daba cuenta? no te muevas que me voy a subir encima de ti, estáte quietecito, y se subió encima de mí y se la metió dentro y nos quedamos cogiendo, una cosa muy buena.

(1) Tim Maia es un cantante y compositor brasileño ligado a la corriente funk.

Sabrina regresó al día siguiente un poco antes de que llegara la fisioterapeuta. Cuando la mujer apareció Sabrina le preguntó ¿usted vino por orden del hospital? Sí, señora, el hospital me envió. Sabrina apretó los dientes y se quedó mirando a la mujer que hacía los ejercicios conmigo y después ya no se aguantó y dijo tú serás fisioterapeuta pero no eres del Miguel Couto YO SOY del Miguel Couto y conozco a todos los fisioterapeutas del hospital, ¿quién te mandó? No puedo decirle. Mira, es mejor que me digas. Un alma caritativa, contestó la mujer bajando la mirada. Nadie hace caridades a un cajero desempleado, carajo, gritó Sabrina, fue aquella riquita asquerosa que cree que el dinero lo compra todo, ve y dile que Zé no acepta limosnas, ¿no es así mi amor? La mujer de blanco se defendió, me pagaron por adelantado tengo que terminar mi trabajo todavía faltan… Se acabo, se acabó y aquí ya no entras, ¿no es así mi amor? Haz lo que quieras con el dinero que aquella puta te dio pero aquí ya no entras, anda Zé dile que aquí ya no entra. Intenté suavizar las cosas, dije mira Sabrina… Ya no entra, carajo, si ella entra yo ya no vuelvo a poner mis pies en esta casa. La fisioterapeuta agarró su maleta y salió enojada y un poco asustada y Sabrina se subió encima de mí y cogimos.

No fue porque Sabrina tenía los cabellos oxigenados que empezó a gustarme menos, es decir, me gustaba coger con ella, nosotros los empleados bancarios somos muy cachondos, vivimos con el pito parado, debe ser porque agarramos dinero todo el día, por lo menos era eso lo que ocurría conmigo, me daban ganas de cogerme a cualquier mujer que aparecía en la caja, es decir, las bonitas, pero no necesitaba ser muy bonita a veces hasta las feas me quería comer, me quedaba perturbado y me equivocaba en el cambio y al fin de mes me lo descontaban, el banco no perdonaba e hice tantas que me corrieron y hasta fue mejor porque creí que si no agarraba tanto dinero aquella calentura loca se me iba a quitar y podría vivir en paz. Pero me atropellaron al mero día siguiente de que me corrieron y entonces empezaron a pasar todas estas cosas, Sabrina, Paula, el enano.

Cuando Sabrina se iba yo me acostaba y soñaba con Paula. Para que no se me olvidara cómo era miraba su retrato todo el tiempo. Mi pierna fue mejorando y ya me podía subir encima de Sabrina y podía rodar en la cama y salir a la calle y la primera cosa que hice fue enmicar el retrato de Paula porque el papel del periódico se estaba deshaciendo. Cuando doña Alzira, mi casera, que vive en la planta baja, me dijo que la renta ya estaba pagada pensé que había sido Sabrina y fue entonces que me fregué. Habíamos acabado de coger y estaba todavía encima de ella cuando le dije gracias por la renta pero te voy a pagar todo no me gusta deberle nada a nadie y mucho menos a la mujer que es mi novia. Sabrina me empujó con fuerza, se quitó de abajo de mí, me golpeó en la pierna que tenía los clavos de metal, gritó, fue aquella puta, tú estabas con aquella puta el viernes cuando vine para acá y no estabas en ningún lado, estabas cogiendo con aquella puta, si la vuelves a ver te voy a cortar la verga cuando estés durmiendo, como hizo aquella americana con su marido, y la voy a poner en el molino de carne, no va a haber médico en este mundo que te haga el reimplante. Le juré que no había visto a Pa… a aquella mujer. Hijo de puta, ya ibas a decir su nombre, no se te olvidó su nombre, y Sabrina me dio algunos puñetazos más en la pierna con clavos de metal. Intenté bromear, si pones mi verga en el molino de carne ¿te la vas a comer como si fuera una hamburguesa? Más puñetazos en la pierna con clavos.

No se puede vivir con una mujer así. Siempre que cogíamos, las veces que cogíamos todo el día y me aventaba dos o tres sin sacar, no estoy presumiendo fue el maldito tiempo que me pasé contando dinero en el banco, en esas ocasiones, cuando acabábamos de coger, Sabrina me preguntaba, ¿con las otras fue así? ¿esta locura? Y yo que no soy tonto para nada le decía, no, no, sólo contigo. ¿Me lo juras? Te lo juro, que se muera mi madre si alguna vez cogí así con otra mujer. Tu madre ya se murió, hijo de puta. Te lo juro que reviva mi madre si no es verdad que sólo cojo así contigo. Eso era para reírnos, dar unas carcajadas, es bueno reírse entre una cogida y otra, pero Sabrina no se reía nunca, a ella sólo le gustaba coger. Si ella hubiera agarrado tanto dinero nuevo y viejo durante tanto tiempo no sé como le hubiera ido. Sabrina era terca, te acuerdas de todo su nombre desgraciado, anda, confiesa, un día de estos voy a buscar a esa Paula y acabar con este asunto. Más juramentos míos, más puñetazos en la pierna con clavos.

A quien Sabrina realmente buscó fue a doña Alzira. Mi casera le dijo que el dinero vino por correo, una hoja a máquina en que estaba escrito para pago de la renta. Letra de computadora, dijo Sabrina, la desgraciada tiene una computadora.

Sabrina no salía de mi casa. Trajo una maleta con cosas, ropas, discos de Tim Maia. Me empecé a enojar con ella y con Tim Maia, pero aun así cogíamos cogíamos cogíamos, maldito banco, malditos billetes nuevecitos salidos fresquecitos de la Casa de Moneda. Yo sabía a qué hora llegaba Sabrina y antes de que llegara agarraba el retrato de Paula y me hacía dos puñetas para que no se me parara en la cama y para que ella se decepcionara conmigo y no continuara molestándome. Pero Sabrina sabía cómo hacer que se me parara y allá íbamos, aquella locura. Y tenía que tomar vitaminas que Sabrina me empujaba por el gaznate, papilla de avena, polvo de guaraná y otro brebaje de yerbas que preparaba en la cocina.

Si Sabrina supiera que algunas veces, cuando yo salía de casa, el coche que me atropelló estaba estacionado en la esquina y mi corazón latía tan fuerte que hacía tintinear las medallitas que cargo en un cordón y que me regaló mi mamá poco antes de morir, m’hijo no te apartes jamás de tu pecho esas medallitas de Nuestra Señora, y yo miraba al coche de vidrios oscuros sabiendo, ísí, lo sabía!, que Paula estaba ahí adentro con aquellos modales finos, y las medallitas hacían tin tin y yo no quitaba los ojos del coche tin tin tin y el coche se iba y me sentaba en la orilla de la banqueta con ganas de llorar, extrañando a Paula. Si Sabrina se enterara mi verga iría a parar directamente al molino de carne.

Un día tenía que suceder. Tocaron la puerta. Abrí, era Paula. Nos quedamos mirando uno al otro ella estaba todavía más blanca, a pesar de la peluca rubia, y yo debía tener su color, y sus maneras eran finas pero la voz era firme, ¿hay algo aquí por lo que sientas especial afecto?

Puse una silla encima de la mesa y saqué su retrato del agujero del techo, Sabrina nunca iba a pensar en aquel escondrijo. Especialmente después de que le dije que había visto un ratón entrar en aquel agujero. Vámonos de aquí, dijo Paula. Cuando abrimos la puerta para salir Sabrina estaba llegando y al verme con Paula parecía que se iba a desmayar. Paula la miró como quien mira a la muchacha que ayuda con los paquetes en el supermercado y caminó rumbo a la escalera llevándome por el brazo. Sabrina salió de su estupor y vino tras nosotros. ¿Te vas? Sí, me voy, que seas feliz. Ella se tiró al suelo y me agarró de la pierna con clavos, por favor, perdóname, no me abandones, te amo. A cada paso que daba arrastraba a Sabrina por el suelo y ella aullaba como un animal y en medio de los aullidos y gemidos suplicaba, déjelo conmigo, usted es rica puede conseguirse al hombre que quiera, él es el único que tengo el mundo, por amor de Dios haré lo que usted quiera, seré su esclava por el resto de mis días, déjelo conmigo, y cuando llegamos a la escalera, le di un empujón para quitármela y Sabrina rodó escalera abajo, quedó despatarrada junto a la puerta de la calle. Intenté reanimar a Sabrina pero ya no respiraba. Paula le tomó el pulso, dijo la pobrecita ya está muerta es mejor que nos vayamos no hay nada que podamos hacer.

Tomamos el coche y seguimos en silencio por las calles, en silencio entramos al túnel, hubo un momento en que deseé la muerte de Sabrina y de Tim Maia, pero no era en serio y ahora me moría de pesar. También lo lamento, dijo Paula, pero no fue tu culpa, no fue mi culpa, no fue culpa de nadie.

Quiero regresar, le dije, no voy a dejarla allá muerta. Paula asintió, está bien tal vez así sea mejor. El coche se detuvo en la esquina, mañana en la tarde vengo a verte, espérame, y Paula se fue. Había una aglomeración en la puerta, curiosos, un policía que informó que ya venía la ambulancia. Doña Alzira me recibió con una lluvia de palabras, íah! llegaste, tu amiga cayó de la escalera, estaba viendo la televisión cuando oí un ruido y corrí, digo, primero me puse la bata con este calor nadie se queda vestido en la casa y la puerta de la calle estaba abierta y la señorita estaba tirada y de inmediato me di cuenta de que estaba muerta, sé cuando una persona está muerta, mi hermana muerta tenía la misma cara de esta señorita y el hombre de la policía quiere hablar contigo. El policía sólo dijo que yo tenía que ir a la delegación para rendir mi declaración. Los curiosos se fueron, doña Alzira se fue a ver su telenovela y nos quedamos el policía y yo y la pobre Sabrina cuyos cabellos parecían todavía más oxigenados, esperando a los peritos y a la ambulancia.

En la delegación dije una bola de mentiras, había salido a comprar el periódico deportivo y a medio camino noté que no traía dinero y regresé y encontré a mi novia tirada al pie de las escaleras y doña Alzira dijo que oyó el ruido y vino inmediatamente después. No fue eso exactamente lo que dijo doña Alzira, dijo el detective, ella dijo que se fue a vestir y se tardó un tiempo, y otra cosa, ¿por qué la hoy occisa no cerró la puerta? La de arriba, ¿tenía prisa? ¿Salió corriendo? ¿A dónde iba? Expliqué, al ver que probablemente yo no traía la llave Sabrina bajó a abrirme la puerta de la calle y se resbaló. ¿Y quién abrió la puerta de abajo? Puede que ya estuviera abierta. ¿Ustedes tenían problemas? ¿Nosotros? Nunca, ella era una santa, puede preguntarle a doña Alzira si alguna vez nos peleamos, me iba a casar con ella, ella era una santa me cuidó cuando me rompí esta pierna llena de clavos de metal, me hizo fisioterapia todos los días durante no sé cuántos días, ella era una santa. Mientras no se casan con uno todas son unas santas, dijo el detective, y dijo que un día iba a querer oírme otra vez pero que por ahora podía irme.

Al día siguiente, Paula apareció con una peluca rubia y lentes oscuros, dijo mira, te vas a hacer estos exámenes no tengo confianza en los hospitales del gobierno y me dio una bola de solicitudes de exámenes, había exámenes de excremento, de orina, de sangre, examen eléctrico del corazón y de la cabeza, y dijo que el laboratorio ya había recibido instrucciones para hacer los exámenes, que no me preocupara por el dinero y que regresaría en quince días.

Quince días después regresó aún con peluca y lentes pero pronto se quitó la peluca y me dijo que los exámenes habían salido muy bien y se quitó los lentes y me agarró la pierna y me preguntó si me estaba doliendo y se me paró el pito, aquellos billetes nuevecitos de la Casa de Moneda. Le contesté que lo que me dolía era el corazón, que soñaba todas las noches con ella. Nos quitamos la ropa, su cuerpo era todavía más blanco de lo que me podía imaginar y sus cabellos más negros y cogimos cogimos cogimos.

Y cogimos cogimos cogimos al día siguiente toda la tarde y todos los días de la semana, toda la tarde, y el viernes ella me dijo que sólo me iba a ver el lunes y me preguntó si yo era igual con las otras mujeres. Yo no era tonto y le di mi palabra de honor de que no que jamás me había pasado eso, que ella era la que hacía que eso pasara, que yo la quería, la amaba y estaba enamorado de ella y que por eso me la cogí como un tigre se coge a una pantera. Y nos reíamos en los intervalos y nos comíamos unas tortas de queso y tomábamos coca-cola y yo no estaba mintiendo, con las otras mujeres era como un simple rebote de los billetes de la Casa de Moneda, pero con Paula era pasión, dolía elevaba inspiraba sangraba. No le podemos contar a nadie, me decía, y eso era lo último que haría en el mundo, sabía que ella estaba casada con el dueño del banco donde había trabajado y ella sabía que yo lo sabía porque su nombre estaba escrito al pie de la foto del periódico y antes me veía muerto que contando todo esto.

Pero yo necesitaba desahogarme y le conté al enano. Salí un día el fin de semana pensando en ella, extrañándola mucho porque los sábados y los domingos no nos veíamos, y entonces vi al enano escarbando en el basurero de una cantina y él se disculpó por estar «buitreando» en el basurero, a veces me encuentro una torta casi entera y la vida no está fácil. Le contesté es cierto y le enseñé el recorte del periódico enmicado con el retrato de Paula. íQué mamazota!, dijo. Más respeto, enano de mierda. Lo tomé del brazo lo sacudí y lo tiré contra un coche que estaba estacionado y él hizo una cara tan triste que me dio lástima y le invité un café. Le enseñé el retrato otra vez, estoy muy enamorado, pienso en ella noche y día, ella es blanca como un lirio, y el enano oyó muy atento dando pequeños gruñidos como a los enanos les gusta dar, por lo menos a aquel enano.

Paula inventaba cosas, trajo una enorme lona que puse encima del colchón y cada día traía una cosa, aceite de olivo, puré tomate de ese que se pone a la pasta, miel, leche y me ordenaba untar nuestros cuerpos desnudos y cogíamos revolcándonos en la cama completamente untados. Y nos reíamos en el intervalo y cogíamos un poquito más en la regadera y encima de la mesa, ella sentada en la orilla y yo de pie. Un día trajo una máquina polaroid para sacar fotos a mi pito y yo le sacaba fotos a su panocha y a sus nalgas y a sus pechos y a su rostro que era la parte de ella que más me excitaba y después rompíamos todas las fotografías. Todas excepto una, la de ella desnuda sonriendo para mí, que no tuve valor de romper.

Todos los sábados me encontraba con el enano y le pagaba la comida con el dinero de mi indemnización y el enano gruñía mientras me oía contar que estaba muy enamorado, que Paula era la mujer más bonita del mundo, que un día me eché nueve viniéndome y ella también, y que ella se iba con las piernas adoloridas. Las mujeres tienen piernas fuertes, dijo el enano, pero pienso que él no me creyó. Ese sábado fregué al enano todo el día y de noche fuimos a cenar y nos pusimos una borrachera y lo llevé hasta donde vivía, no muy lejos de mi casa, en una barraca por el rumbo de la ciudad nueva, cerca del Piranhao, que es la sede del ayuntamiento, llamada así porque ahí estaba la colonia de las putas.(2) Cuando desperté los retratos de Paula habían desaparecido, el del periódico y el de la polaroid y me entró la desesperación y me fui al lugar a donde nos habíamos puesto la borrachera pero nadie había encontrado las fotos y me fui a la barraca del enano y él no estaba y me pasé el resto del domingo desesperado la noche entera sin dormir dándome de topes contra la pared.

(2) En Brasil, se acostumbra llamar piranhas a las prostitutas por la voracidad con que explotan a los hombres. Piranhao es el aumentativo.

El lunes Paula llegó y no se quitó la peluca ni los lentes oscuros ni soltó la bolsa ni me dio un beso y dijo un tipo llamado Haroldo llamó a mi casa hoy por la mañana diciendo que era tu amigo y que tenía una foto mía desnuda y que quería dinero para devolverme la foto, ¿tú conservaste alguna de aquellas fotos? Me puse de rodillas a sus pies y le pedí perdón y le besé los zapatos y le dije que había sido aquel enano de mierda y le conté todo y le pedí perdón una vez más y me acordé de Sabrina arrastrándose agarrada a mi pierna con clavos. ¿Y ahora? ¿qué vamos a hacer?, dijo Paula. Déjamelo a mí, le dije, y Paula se fue y cuando salió sin haberse quitado la peluca sin haber soltado la bolsa sin haberse quitado los lentes y sin haberme dado un beso me revolqué por el suelo como un perro rabioso insultando al hijo de puta del enano.

Fui a buscar al enano en su lugar y cuando me vio intentó huir y le dije cálmate hijo, vine para decirte que el negocio está hecho la doña te va a dar el dinero que pediste, o mejor te va a dar el doble y la mitad es para mí, ¿trato hecho? ¿No estás enojado conmigo? ¿Seguro? Tú eres mi hermano, mi amigo, lleva las fotos a mi casa hoy en la noche que la doña te va a dar el dinero. Nos dimos un apretón de manos solemnemente como dos comerciantes y me fui y di una vuelta por la calle de la Constitución y me compré una maleta vieja de cuero y llegué a la casa y me revolque un poco más en el suelo echando espuma por la boca como epiléptico.

El enano llegó a las ocho de la noche y al verme solo en la sala preguntó ¿y la mujer? Le enseñé la puerta cerrada del cuarto y le dije ella está allá adentro y no quiere hablar contigo, dame las fotos para cambiarlas por el dinero, y él me dio las fotos, la del periódico y la de ella desnuda linda riéndose para mí. Agarré al enano por el pescuezo y lo alcé en el aire y el se sacudió y me hizo tambalear por la sala chocando contra los muebles hasta que caímos al suelo y le puse las rodillas en el pecho y lo aprete hasta que me dolieron las manos y hasta que vi que estaba muerto. Y después le apreté el pescuezo otra vez y puse mi oreja en su pecho para ver si su corazón latía y lo apreté otra vez y otra vez y otra vez y me pasé el resto de la noche apretándole el pescuezo. Cuando amaneció lo puse en la maleta y la cerré y abrí la ventana y aspire el aire de la mañana con la avidez con la que sorbía el aire que salía de la boca de Paula cuando cogíamos.

Al día siguiente Paula llegó y le di las fotos, la del periódico también, y dije el descubrió quién eras por la foto del periódico, ya todo está arreglado, no te preocupes y ella rompió las dos fotos en pedacitos y puso todo dentro de la bolsa y se quedó con la bolsa en la mano y los lentes en el rostro y la peluca en la cabeza y no me dio ni un beso y dijo estoy embarazada de mi esposo, de mi esposo, de mi esposo, mejor ya no nos vemos y vio la maleta y me miró y salió corriendo.

Me quedé solo, sin la mujer que amaba locamente, sin Sabrina que estaba enterrada en el Caju y sin el único amigo que tenía en el mundo que era el enano muerto dentro de la maleta y la noche cayó y como ya no tenía el retrato de ella para verlo me quedé contemplando la maleta hasta que amaneció y entonces tomé la maleta y me quedé dando vueltas en la sala de un lado a otro.

Traducción: Regina Aída Crespo

Sondeo

I. Drogas: ¿Legalizar o no legalizar?

Néstor L. Ojeda. Periodista. Reportero del Canal 40 de televisión.

Uno de los enemigos más organizados y poderosos de la sociedad mexicana es el narcotráfico. Quizá no se trata tan sólo de una empresa, puede que sea una presencia inevitable de la que ya no podremos librarnos. El narcotráfico, es terrible decirlo, está imponiendo o ya impuso una cultura: la de la violencia en calles, instituciones y dormitorios, la de la pistolización y el vidrio polarizado, la del rápido ascenso social, la de la corrupción, la impunidad y la bravuconería, la de los números negros a costa de saldos rojos. Es efectivo y parece estar en todas, si, en todas partes, hasta volverse, junto con la desigualdad y la justicia, uno de los tres grandes problemas nacionales. A lo largo de los últimos treinta años, México se ha convertido en un enclave estratégico del narcotráfico internacional. Por eso Nexos ha emprendido un viaje al México de las drogas. La serie «Viaje al país de las drogas» inicia en este número y promete, en números sucesivos, hacer escala en todas las estaciones. Hemos querido abrir la serie con este sondeo para ofrecer a nuestros lectores la opinión de diversos personajes de la vida pública mexicana sobre la legalización, o no, de las drogas en México.

Si bien el uso de drogas no está penalizado por nuestra legislación, su consumo y tráfico genera múltiples delitos que a últimas fechas han provocado un clima de inseguridad e incertidumbre en México. La legalización en este escenario se plantea como una alternativa de solución; sin embargo, por sí misma genera posturas encontradas en la sociedad. Este recuento presenta las reflexiones de personalidades de los más diversos sectores de la política, la cultura y el espectáculo. En él están ausentes las opiniones de los presidentes de los tres principales partidos políticos del país que, en una rara concordancia, no pudieron o no quisieron abordar el tema. María de los Angeles Moreno del PRI porque prefiere «hablar de política»; Porfirio Muñoz Ledo del PRD se excusó pues decidió, según sus propias palabras, «adoptar por norma no hablar de temas en los que no soy experto»; y Carlos Castillo Peraza se encontraba absorbido por los preparativos de la Asamblea Nacional del PAN.

Con todo y estas lamentables ausencias, esta encuesta al parecer cumplió el objetivo de ser un espejo que refleja las posiciones de quienes, desde distintos campos, forman y generan opinión en México, ante una pregunta simple pero trascendental: ¿legalizar la droga, sí o no?

JOSÉ AGUSTÍN (ESCRITOR)

Por supuesto que sí, yo creo que se tiene que empezar por despenalizar y finalmente legalizar y reglamentar todo el consumo de drogas. Hay que discernirlas muy bien para ver el campo de acción de cada una de ellas, los efectos que producen y su reacción ante determinados grupos de la sociedad. Pero de entrada sería una medida muy positiva, especialmente porque representaría una lucha muy fuerte contra el narco, pues sacaría de la ilegalidad al tráfico de drogas. Tendería a desmantelarse toda la red de narcotráfico con las implicaciones profundas y monstruosas que tiene en los gobiernos de muchos países.

La legalización se debe someter a una consulta y a un análisis, eliminando toda la satanización y la manipulación política que ha traído consigo el fenómeno de las drogas. A los sectores duros que se opondrían, cuya capacidad es la fuerza y no la argumentación, se les puede neutralizar mediante una lucha frontal con argumentación profunda, persistente y tenaz, que haría posible dejar romas sus armas. 

GLORIA TREVI (CANTANTE Y ACTRIZ)

No. Si me preguntaras si estoy de acuerdo con la legalización del aborto, te diría que sí, pero en el caso de las drogas estoy completamente en contra porque son terriblemente adictivas. Si quieres fumar cigarros, pues bueno, ya sabes que luego de muchos años te vas a morir de cáncer pulmonar, pero no es lo mismo con las drogas. A la gente le basta probar la droga unas dos que tres veces para volverse adicto. 

La legalización le daría muchas facilidades a los narcos, y no se vale, porque abusan y obtienen sus ganancias vendiendo a niños y chavos que tienen alrededor una realidad horrible y triste, y que con las drogas buscan escaparse a un mundo mejor y distinto aunque sea falso o sólo una ilusión.

Lo que se debe hacer es luchar contra las drogas, pero de verdad, y condenar a todos los que las trafican, aunque estén en el gobierno. Ayudar también a todos los que se han vuelto adictos. He visto cómo sufren los adictos. Tengo un amigo, un chavo banda, y las drogas lo han afectado terriblemente. Si se legalizan las drogas, al rato tendríamos comerciales que dirían «prueba esta porque viajas mejor».

La verdad es que me indigno sólo de pensar que se legalizaran. En el caso del aborto o de la prostitución estoy de acuerdo con su legalización; cada quien es dueño de su cuerpo y es mejor ir al hospital que ver a jovencitas que mueren desangradas en el baño. O, si vemos dónde se ponen las muchachas en la ciudad para trabajar en el sexo, y cómo la policía las persigue y hasta les pide favores para que puedan trabajar, entonces la prostitución también debe legalizarse. Pero legalizar las drogas no, porque con ellas se muere la gente. Hay que estar por la vida. Por eso voten por mí cuando me lance de candidata a la presidencia, ¿no?

JACQUELINE PESCHARD (POLITÓLOGA Y PROFESORA-INVESTIGADORA DE EL COLEGIO DE MÉXICO)

Sí, estoy a favor, pero con condiciones precisas, no puede ser algo que haga sólo un país individualmente, sino que tiene que hacerse a través de un ordenamiento legal preciso, acordado por el conjunto de los países, en este caso, por lo menos de los países de América. Pero lo que me queda claro es que no se puede hacer una legalización unilateral o aislada, ya que no operaría si así fuera. Eso representaría necesariamente un acuerdo entre Estados Unidos y los países productores latinos.

Uno de los beneficios que se obtendrían de la legalización sería disminuir el tráfico. Lo que ha hecho la prohibición es abrir márgenes de complicidad y de espacios dentro de los gobiernos que han sido ocupados por los grupos de narcotraficantes. Esto liberaría, abriría, ventilaría la posibilidad de que se rompiera con eso que siempre es secreto, que no se sabe, pero que a pesar de todo sí sabemos y es que con el narco están involucrados en alguna medida buena parte de los gobiernos del mundo. Si no se hace la legalización se corre el peligro de la generación de Estados dentro de Estados.

TERESA JARDÍ (DIRECTORA DEL DEPARTAMENTO DE DERECHOS HUMANOS DE LA ARQUIDIÓCESIS DE MÉXICO)

La lucha contra el narcotráfico está perdida, porque los intereses son grandísimos por la derrama de dinero que significan y porque los gobiernos nunca tuvieron interés en controlar el problema en virtud del dinero que reciben. La guerra contra el narco es una farsa. La única solución es despenalizar el producto, convertirlo en una mercancía sujeta a aranceles y dedicar los recursos a la atención de la adicción, mandando dinero a salud y educación para atender a los adictos adecuadamente y prevenir la adicción. Que la mercancía se sujete a aranceles y se caiga la cantidad de dinero que produce como un producto clandestino. La droga sería un producto que los adictos encontrarían en las farmacias, en lugares sujetos a la reglamentación adecuada para obtenerlo en condiciones de sanidad. Así se acabaría además con la generación de una enorme cantidad de delitos que se dan porque se necesita el dinero para obtener el producto.

Por ejemplo, dicen que el narco y la adicción es la misma cosa, y los engloban, cuando lo cierto es que son distintos por completo. La adicción es un problema de salud y el narco es un problema de bandas criminales que en este momento son de narcopolíticos, están involucrados políticos de todo el mundo. El narcotráfico es un problema de bandas criminales transnacionales vinculadas a la política de los países.

El problema del narco es que deteriora y contamina todo, y estamos viviendo los riesgos de estar en manos del narcotráfico. México es el mejor de los ejemplos posibles.

SASHA (ACTRIZ, MODELO Y CANTANTE)

Bueno, de entrada es un tema bien difícil. Igual, no porque se legalizó el alcohol dejaron de haber alcohólicos y aunque se legalice la droga seguiremos habiendo adictos. Pero creo que si se legalizara tendría que ser una cuestión global, porque si no, México sería el antro más grande del mundo. Y no sé si México como país este preparado en el terreno de la educación, en el terreno cultural, para la legalización de las drogas.

Ahora, el hecho de que no se legalicen tampoco evita las drogas, tampoco hace que no existan. Probablemente legalizándolas a nivel mundial se evitarían el narcotráfico y el lavado de dinero. El narco no nada más afecta la salud, afecta la economía de los países. Mi respuesta es «no sé». No sé qué sería mejor. Siento que por una parte sí sería mejor legalizarla, aunque de alguna manera al principio habría un boom: «Bueno, se legalizó, vamos todos a probar la droga». Esto sería un problema.

Pero, por otra parte, se evitaría tratar con gente nefasta como la que tratas cuando usas. Y también se evitaría el lavado de dinero que es muy fuerte y afecta la economía de los países. Te metas o no te metas droga, finalmente te ves afectado por ella aunque no la uses. Tengo pensamientos encontrados ante la idea de legalizar las drogas.

ANTONIO LOZANO GRACIA (PROCURADOR GENERAL DE LA REPÚBLICA Y DIPUTADO DEL PAN CON LICENCIA)

Con la legalización de las drogas no estoy de acuerdo, pero no tendría que ser, o no es, un no rotundo. Me explico. La legalización de las drogas traería consigo el alto riesgo de degenerar, contaminar y dejar de proteger valores fundamentales para una sociedad, porque una legalización ahora, sin razón, sin medida o proyecto, atacaría a las clases más vulnerables de la sociedad, que en este momento en México son muchas, pero que además en los países productores o consumidores, cada día lo vemos por la estadística, son crecientes.

Podemos ver experiencias de estos países que han seguido los caminos de la legalización, y no han tenido una solución definitiva, si no que esto les ha acarreado problemas colaterales. Por ejemplo, Holanda legalizó y no hubo reducción ni de consumo ni de precio. Nos tienen que servir esas experiencias, pero tampoco podemos seguir indefinidamente en una carrera en donde cada vez invertimos más recursos y más esfuerzo humano y no se tiene el resultado deseado o esperado a mayor inversión. Por tanto el problema, como México lo ha sostenido siempre, debe de verse integralmente y debe de atacarse en todos sus ángulos. ¿A qué me refiero? Bueno, primero a programas en inmediato, mediano y largo plazo, que refuercen los valores, la educación, la fortaleza de la familia, pues me parece que en México ha quedado muy claro que la principal defensa contra el consumo de las drogas es la integración familiar. La clase media, donde es más sólida, es la clase social que más resiste; la clase baja, que por su propia naturaleza se desintegra, o la alta, que por efectos de grandes recursos se desintegra, son las más vulnerables, por desesperación, desamor y desunión.

Entonces, antes de pensar en una legalización, tenemos que pensar en otras muchas cosas como, primero, fortalecer los valores y la unidad familiar mediante la educación. Segundo, fortalecer el combate frontal a las drogas, pues hay que hacerlo efectivo: mientras hagamos «como que» las combatimos, pues no sabemos realmente qué puede pasar. Cuando las combatamos en serio, podremos tener un parámetro diferente. Tercero, tratar de combatir realmente sus efectos, es decir con planes médicos, clínicos, de orientación, psicológicos, de rehabilitación, en donde tenemos que involucrar a la sociedad como lo han hecho otros países. Debe lograrse que los agricultores pobres tengan otras alternativas. Una vez que hagamos todo esto, y que estemos obteniendo mejores resultados, entonces sí tendríamos que sentarnos todos los países a analizar cómo ha evolucionado el problema y a ver cómo le podemos quitar lo atractivo como negocio, que es lo que le da tanto auge y tanto poder al narcotráfico.

ALEJANDRO ENCINAS (SECRETARIO DE ORGANIZACIÓN DEL PRD)

Estoy en favor de que se legalicen las drogas blandas, no las duras. Es decir, aquellas drogas que no tienen procesamiento químico. Eso ayudaría sin lugar a dudas a evitar el desarrollo de mafias vinculadas con el narcotráfico y a regular -a través de una política de salud pública- su uso.

Sobre ese tema el PRD no tiene una posición formal, en su interior existen las dos corrientes. Los que están en contra consideran que se fomentaría su uso, y quienes estamos a favor creemos que la legalización ayudaría a regular mejor ese mercado y, con una buena campaña de orientación, las drogas causarían menos daño que el propio alcohol.

Uno de los mayores obstáculos para enfrentar cabalmente la producción y distribución de estupefacientes, es que los grupos de narcotraficantes se han venido coludiendo con sectores de la esfera gubernamental. Si realmente se intentara detener a los zares de la droga sería relativamente sencillo: todos saben quiénes son y dónde viven, pero es una falta de voluntad y decisión política el hecho de que estos tipos continúen con sus actividades ilícitas.

EDUARDO VALLE (PERIODISTA, EX-ASESOR DE LOS PROCURADORES JORGE CARPIZO Y DIEGO VALADÉS)

Bueno, en primer lugar sí, por supuesto que estoy de acuerdo en que se legalice la droga. El porqué es muy sencillo. Porque no hay otra manera de, primero, bajar las ganancias de las organizaciones criminales multinacionales. Y segundo, porque es la única forma de que tú como Estado, o como el conjunto de la comunidad internacional, puedas establecer verdaderas políticas de salud preventivas. Si no tienes esto, definitivamente no puedes resolver ese gravísimo asunto en donde se vinculan delincuencia, consumo absolutamente irracional de drogas y, evidentemente, todo el conjunto de problemas que van desde corrupción en el Estado hasta fenómenos financieros internacionales: todo lo que implica el manejo de este inmenso negocio que es el narcotráfico, que puede llegar sin mayor problema a 500 mil millones de dólares anuales de ganancias.

El problema no es el sí ni el porqué solamente. Lo que importa es bajo qué condiciones, que son necesariamente las de golpear a las cabezas del narcotráfico internacional. Es decir, golpear en Burma al señor de la droga y del opio, en Paquistán al jefe del servicio de inteligencia, en México a las cabezas de las empresas criminales multinacionales como García Abrego y los hermanos Félix, y en Estados Unidos, en Canadá, en Francia, en Alemania, a los señores Cohen, Schmidt, Wilson o quienes sean. Necesitamos una visión global del fenómeno que es en sí mismo multinacional y que implica producción en países como Colombia, México, Burma, Paquistán y el antiguo triángulo de oro en el sureste asiático, y el consumo en países como Canadá, Francia, Estados Unidos, España, el tránsito por el Caribe y, evidentemente, un inmenso y gigantesco tráfico de droga en México.

Otra condición implica limpiar el sistema financiero internacional del dinero del narco. Lo que acaba de suceder en Inglaterra con la quiebra del banco de la reina es un indicio, un foco rojo más, de que las cosas han llegado en esa esfera y ese nivel a una situación en que cualquier ruptura o bancarrota importante, ya sea de un banco o un país, puede colocar al sistema financiero internacional en una situación terriblemente difícil. Eso implica empleos, productividad, crimen organizado.

GIROLAMO PRIGIONE (EMBAJADOR DE EL VATICANO EN MÉXICO)

La droga no se debe legalizar. La droga es un mal y al mal no se le debe combatir con el mal, como lo consigna el Apocalipsis.

La legalización es parcial. A más de ser contraria al espíritu superior que inspira la ley, no alcanza los efectos que pretende y la experiencia común lo confirma.

Por lo tanto, prevención, represión, rehabilitación, he aquí los puntos focales de un programa concebido y actuado a la luz de la dignidad del hombre, que sustentado por la seriedad de los gobiernos de las naciones y sus pueblos reciben la confianza y el apoyo de la Iglesia. Son palabras del Papa Juan Pablo II y es mi opinión.

PONCHO FIGUEROA (MÚSICO, BAJISTA DEL GRUPO SANTA SABINA)

Estoy de acuerdo con que se legalicen las drogas. Porque la penalización hoy en día es el pretexto para que la autoridad se yerga sobre la sociedad y trate a los ciudadanos como menores de edad. Por la desinformación que existe, se comete el error de generalizar las drogas. Sabemos que hay drogas duras y blandas. La penalización no ha logrado que se acaben las drogas, ni los drogadictos, ni la producción ni el comercio de las drogas, por lo contrario, ha justificado que por ejemplo se siga produciendo armamento con base en la guerra contra el narco, la poca seguridad ciudadana. Los consumidores de droga son la última parte de la cadena y son los que realmente padecen esta falta de conciencia sobre el problema las drogas. El gobierno mexicano y los gobiernos del mundo no le han dado la importancia real al problema, para ellos lo importante se combate con armas, así no existe la premisa de dialogar o meditar hasta dónde está llegando este problema, pero a lo mejor lo tienen más claro de lo que nosotros creemos y nada más le están tapando el ojo al macho.

Estoy a favor de la legalización porque al igual que el tabaco y el alcohol, todo depende de la información previa que tengas de las circunstancias, los adultos protegen por ejemplo a los niños para que no fumen porque hace daño a los pulmones, eso sirve para que ellos mismos con toda esa información hagan conciencia y decidan. Con las drogas podría pasar exactamente lo mismo.

RAÚL TREJO DELARBRE (DIRECTOR DE LA REVISTA ETCÉTERA)

No sé, no estoy seguro. Una posición liberal, flexible, libertaria, me sugiere casi de una manera espontánea que la legalización sería el mecanismo no sólo para admitir el derecho de los individuos a consumir lo que les dé la gana, sino para de esa manera combatir el negocio de los estupefacientes. De inmediato, vienen a la memoria, y a la imaginación, las escenas del prohibicionismo estadunidense al consumo del alcohol, que dio lugar al surgimiento de poderosas y alcaponescas mafias que medraban fabricando y vendiendo el indispensable producto que, encarecido, se volvía más codiciable. La desprohibición no terminó con las mafias pero las obligó a cambiar de giro. Tampoco aumentó el alcoholismo, pero lo hizo menos punible y, ya sin el halo perverso de la clandestinidad, menos extravagante.

Otras experiencias indican que el problema no es tan sencillo. En Holanda, la despenalización al consumo de drogas creó un aparentemente paradisiaco territorio liberado que poco a poco fue confrontándose con la realidad hasta que la posibilidad del consumo sin prohibiciones dejó de ser tan atractiva. Sin embargo, ese intento recordó que de nada sirve la liberalización en un país, cuando en el entorno existen otras reglas. Es decir, en nuestro caso puede resultar ociosa la discusión sobre despenalización y legalización sólo en México. El problema no es únicamente nuestro. La solución, tampoco.

¿Cuál es el problema? No el consumo, sino las poderosas redes de interés que se tejen en torno a la producción y el comercio de un producto que, por ilícito resulta más costoso. Sin embargo, pensar que los carteles y los capos desaparecerían si creamos una disneylandia del consumo abierto en donde ellos no son necesarios, equivaldría a suponer que ellos y sus intereses existen por la prohibición, y no por el afán de ganancia ilícita y enorme que es lo que realmente los mueve.

Por otro lado, una cosa sería legalizar el consumo, y otra muy distinta, el comercio de estupefacientes. También hay de drogas a drogas, es preciso esclarecer a cuáles se refiere la pregunta. No es lo mismo (ni en precio, ni en disponibilidad, ni en efectos químicos, ni en capacidad relajante o perturbadora) la mariguana que la cocaína, por ejemplo.

El asunto es muchísimo más grande y espinoso que preguntar ¿legalizar, sí o no?, pero si encuestas como éstas sirven para destacar las complejidades del tema, estaremos avanzando hacia una discusión enterada y completa. En fin, ¿legalizar sí o no? Yo diría, después de todas las premisas anteriores: depende.

La desconfianza en la posteridad

Notas, aforismos y lecturas

En días pasados, José María Pérez Gay recibió en Weimer la Medalla Goethe 1995. De ese viaje nos trajo el primero de los volúmenes póstumos del escritor Elias Canetti que acaba de ser publicado: Desde Hampstead. El libro tiene notas y aforismos con la lucidez explosiva, la curiosidad incansable y «el don del estilo» que distinguen al resto de su obra. La selección, la presentación y la traducción corrieron por cuenta del propio José María Pérez Gay, el introductor de Canetti en México.

Seis meses antes de su muerte, en agosto de 1994, Elias Canetti dejó listo para su publicación Desde Hampstead, el sexto volumen de notas y aforismos. En Hampstead, el barrio de Londres, Canetti escribió durante veinte años Masa y poder y, como una certidumbre literaria protectora, comenzó sus diarios y notas: Notas (1942-1948), Toda esta admiración dilapidada (1949-1960), La provincia del hombre (1942-1972), El corazón secreto del reloj (1973-1985) y El suplicio de las moscas (1986-1992). Las notas y aforismos se convirtieron, al paso del tiempo, en sus páginas más íntimas y generosas; su sabiduría es la de los grandes moralistas, una especie de fuerza unánime de vida en la cual saber, pensar y escribir no son sino las armas infalibles contra el odio y la muerte. Desde otra perspectiva, estas notas son también una conversación incesante con autores cercanos y lejanos: Aristófanes, Platón y Plutarco; Dante, Cervantes, Quevedo y Stendhal; Hamann, Lichtenberg y Hebbel; Tolstoi, Gogol, Kafka, Pavese y el Dr. Sonne, más tarde conocido como el escritor Abraham Ben Isaac, protagonista central de El juego de los ojos, el tercer volumen de su autobiografía.

Desde Hampstead reúne una prosa de apasionante libertad, antidiscursiva, múltiple, llena de audacia, coraje y confesiones íntimas. Canetti quiere ver y pensar de nuevo, estar siempre al principio, en el primer momento de todo: revela, investiga, imagina, sueña otras aventuras que le devuelven a la vida y la literatura su original riqueza enigmática. Después de publicar Masa y poder, en julio de 1960, Canetti se permite leer otra vez novelas, biografías y ensayos, resucita muchos personajes y situaciones que dormían en él un sueño injusto. De hecho, no encuentra mejor oportunidad de amar la vida, de combatir la muerte, de enfrentarse al poder y sus espectros, de encontrar el corazón perdido de las cosas, que cuando escribe estas iluminaciones. Con una claridad intelectual y una sencillez expresiva sin paralelos en la literatura alemana contemporánea, la de Elías Canetti se hunde en la vida privada de los sueños y las pasiones de nuestros días, las secretas aventuras del poder y del deseo. El lector no puede sino agradecerle encendidamente que, a diferencia de otros escritores, que en esos años se refugiaron en el oscuro poder de las ideologías, Canetti haya criticado el odio esencial hacia uno mismo, y en seguida denunciado la furia contra los demás.

Desde Hampstead nos revela lo que ya sabían los mejores lectores de toda su obra anterior: Canetti es uno de los escasos escritores del mundo (en lengua alemana, quizá sólo Hermann Broch se le equipare en este sentido) que ha luchado contra la muerte. Mientras Canetti escribía sobre las masas y el poder, el mundo se incendiaba en una guerra que sólo comprendían los paranoicos de cada bando. Hacia 1947, en su ensayo La utopía de los derechos humanos y las responsabilidades, Hermann Broch enunció el principio de no matarás como el derecho humano por excelencia, el único que debería respetarse sin distinción de clases o ideologías. Aún más, como escritor, y como escritor austriaco que entendía profundamente el sentido de la historia contemporánea, Broch estaba convencido de que, como Gyorgy Konrad lo escribió muchos años después, matar es siempre asesinar.

Al concluir la Segunda Guerra mundial, durante las celebraciones tumultuosas de la victoria sobre Alemania, Elias Canetti vio que la certidumbre del triunfo invadía a las multitudes. Los aliados debían demoler esa certidumbre -pensaba Canetti- como si fuese la tarea más importante de la postguerra, porque nada sería más aterrador que un mundo de sobrevivientes. Un propósito imposible. Y sin duda encontró que, de acuerdo con Broch, el triunfo ocultaba el asesinato de millones de hombres. Para un escritor como él, el sentido de la literatura era encarnar la vida del mundo en una reflexión profunda, sincera y meticulosamente personal. «Lo único que no puedo ni debo ser es un triunfador -escribe Canetti-. Pero todos somos triunfadores desde el momento en que sobrevivimos a cualquier persona. En este sentido, triunfar es sobrevivir. ¿Cómo solucionar el problema? ¿Debemos seguir viviendo y no ser triunfadores? Este es el verdadero círculo cuadrado de la moral».

En Canetti siempre hubo un apasionado debate contra la muerte, del mismo modo que la admiración, el humor y el pensamiento espontáneo no dejaron de existir en sus notas y aforismos. Uno debe recordar el capítulo de su infancia cuando inventaba historias sobre la guerra, más exactamente sobre la superación de la guerra. Historias extrañas para un niño. En esas batallas, los muertos siempre volvían a la vida. Pero no era nada fácil. Narraba luchas interminables, amargas, duras y cada vez nuevos inventos técnicos y astucias inauditas. Sus dos hermanos, Georges y Nassim, se quedaban boquiabiertos cuando los cadáveres resucitaban en el campo de batalla.

«Las historias giraban alrededor de ese final», recuerda Canetti, «y más allá de las prolongadas semanas llenas de aventuras y batallas, el triunfo y la gloria, la auténtica gratificación del narrador, era el momento en que todos los muertos, sin excepción, se levantaban y retomaban sus vidas». La historia de sus batallas no era sino una superación de la muerte.

Aunque, como probablemente ningún otro escritor alemán de este siglo y acaso con mayor fortuna que Schopenhauer en el anterior, Canetti encarna los riesgos exigentes y verdaderos de la crítica del asesinato y la muerte, generalmente ausentes en la literatura alemana, bien se podría hablar de él en relación con sus temas más inmediatos, que en otros escritores resultan incluso triviales: el poder, la sobrevivencia, la memoria y la metamorfosis.

Si una nueva moral suprimiera el orgullo de sobrevivir a los otros, la vida sería entonces una especie de santidad desesperada, porque nadie nos puede decir nada sobre el más allá, ni mucho menos sobre la inmortalidad. Del mismo modo que, por ejemplo, Hermann Broch logró conquistar para su novela La muerte de Virgilio una claridad inquietante de la derrota y la caída final, menos proveniente del saber libresco que de la iluminación poética, Canetti logra de esta certidumbre una voz magníficamente adecuada para narrar el mundo contemporáneo, el contraste de las pulsiones destructivas y los sueños eternos del poder, y narrarlo con la perspectiva crítica y un tanto estoica de quien sabe muy bien que nuestra sed de venganza es una cadena infinita de humillados que buscan humillar a los demás y librarse de las humillaciones anteriores con otras todavía más atroces. No exalta a los vencidos y humillados por el mundo y la naturaleza, pero sí a los vencidos y humillados por el poder paranoico de los sobrevivientes. No le interesa la vida como necesidad insaciable de reconocimiento, pero sí la vida como transformación permanente sin más botín que ella misma. De lo que trata el hombre en la prosa de Canetti, y también desde luego en sus notas y aforismos, es de escapar al poder de la muerte. No le resulta difícil imaginar que las víctimas se levanten un día de sus fosas comunes, acusen al Dios único en todas las lenguas y le retiren su papel de árbitro de la condición humana pero Dios es un ser tan poderoso que no necesitó existir para dominar a los hombres.

Dios es un error que oculta su creación imperfecta. Su creación es imperfecta porque no nos impide asesinar y nuestras pulsiones asesinas son, quizás, inseparables de nuestra condición. Nuestra historia es la historia de los asesinos. Por esa razón Canetti odiaba a la historia, aunque nunca dejó de estudiarla. «Esta historia, que consiste sobre todo en crueldades diabólicas, ¿por qué la estudio yo? Nada tengo que ver con sus crueldades. Torturar y matar, matar y torturar, siempre leo lo mismo de mil maneras. Sin los números de los años, que se clavan como alfileres, las crueldades serían las mismas».

La prohibición de matar lleva implícito el deseo de infringir el tabú. Moisés trajo del Sinaí el mandamiento de no matar, pero cuando vio que el pueblo adoraba al becerro de oro, ordenó asesinar a los idólatras. Todos llevamos a un asesino escondido, afirma Canetti, unas veces lleva la máscara del soldado de la libertad, otras las del rey filósofo. A la muerte le fascinan las máscaras. La moral social siempre tiene argumentos válidos para obligar a los demás a matar o morir. «Los fundadores de imperios fueron los que asesinaron a más individuos», afirma Gyorgy Konrad, «después, los conservadores del Estado, a continuación, los guerreros de las luchas de liberación; los asesinos de derecho común ocupan el último lugar de la lista». Las víctimas son los auténticos protagonistas de las luchas sociales. Cuando sucumben y mueren, dejan de ser entes colectivos. Sólo las víctimas padecen el poder de los gobernantes paranoicos, los demás se embrutecen y se hunden en la locura. Por su odio a la muerte, muchos escritores de nuestro tiempo llegaron a ser, sin darse cuenta, sus defensores más contumaces. Es la última herencia del cristianismo, que los sigue dominando. Albert Camus creía que el problema filosófico culminante era el suicidio. Hermann Broch y Elias Canetti creen que es el asesinato.

Hay en Canetti una devoción por la sencillez brutal de los hechos: un don del estilo, de la inteligencia, de la moral. Su prosa posee una belleza lapidaria y una sobria claridad. Su riqueza no es erudición, sino magia y libertad moral. Acaso el texto más obsesivo de Canetti con la muerte sea su interpretación del Gilgamesh, la leyenda más antigua y bella de que se tenga registro. Este relato mesopotámico, de cuando menos dos mil años antes de nuestra era, es el primer lamento de un hombre ante la muerte de otro. «Si pudiésemos recobrar la rabia de Gilgamesh ante la muerte de su amigo Enkidú», anota Canetti, «si nos fuera dado combatirla con el mismo asombro que hace cuatro mil años».

Elias Canetti nos ha enseñado a aceptar nuestras más increíbles fantasías, a reconocer nuestro orgullo ilegítimo de sobrevivientes, a evitar que el poco porvenir quede entregado a los núcleos inertes de autofagia y gusto de sangre, de humillación y ladinismo que nos gobiernan.

                            1956

La mayor parte de los hombres -dijo él- no son sino esclavos de una antigua desdicha que desconocen.

Mi biblioteca -miles de volúmenes que me propongo leer- crece diez veces más rápido de lo que puedo leer. He intentado hacerla crecer para que sea como un universo en el cual encuentre todo. Pero este universo crece de manera caótica y vertiginosa. Se encuentra en una expansión constante, siento su crecimiento en mi propio cuerpo. Todo libro nuevo que coloco en sus estantes, provoca una pequeña catástrofe universal. Sólo cuando los libros nuevos parecen ordenarse entre los otros, y por un momento desaparecen, vuelve la quietud.

Hoy leí bien a Maquiavelo. Por primera vez me atrapó realmente. Leo sus libros con frialdad y sin amargura. Me llama la atención que Maquiavelo estudie el poder del mismo modo como yo estudio a las multitudes: consideramos el objeto de nuestro estudio sin prejuicios. Las ideas de Maquiavelo nacen de su trato personal con los poderosos y de sus lecturas. Lo mismo puede decirse, mutatis mutandis, de mi proyecto. Como todo individuo de nuestro tiempo, conozco toda la variedad de las multitudes. En una lectura sin fin, intento obtener una idea de las multitudes lejanas y cercanas. Debo leer mucho más que Maquiavelo: su pasado es la antigüedad, Roma sobre todo. Mi pasado abarca todo lo que implica un conocimiento. Pero creo que lo leemos de la misma manera: dispersos y concentrados al mismo tiempo. Las manifestaciones semejantes las descubrimos por todas partes. Por lo que se refiere a las multitudes, no tengo los prejuicios de antes: no son buenas ni malas, sencillamente están ahí, eso es todo. Me resulta insoportable la ceguera conque hemos vivido frente a ellas. Si no estuviese interesado en el estudio del poder, tendría una relación más limpia con Maquiavelo. Aquí se cruzan nuestros caminos de una manera más íntima y complicada. Para mí, el poder es todavía el mal absoluto. Y sólo desde esa perspectiva puedo estudiarlo. Si leo a Maquiavelo, mi enemistad con el poder se adormece. Pero se trata de un sueño ligero, del cual siempre despierto a gusto.

Yo no he descubierto a mis poderosos en la ancha avenida de los ejércitos. Cuanto más se menciona a un hombre poderoso, tanto más difícil me resulta acercarme a él. Desconfío de la posteridad que se funda en acciones pretéritas, pero sobre todo desconfío del éxito. Las obras de los grandes personajes -sus textos- las puedo examinar como las obras de cualquier persona. ¿Pero cómo examinar acciones pasadas? Sólo existe la prueba de las opiniones en torno a los hechos. No les rehuyo. Pero no les creo, ni los admiro.

A los vivos que conocemos bien siempre tenemos algo que reprocharles; a los muertos siempre les agradecemos que no nos prohiban el recuerdo.

Julio César me inquieta: lo increíble de sus acciones. Presuponen siempre que no tenemos nada contra el hecho de asesinar.

Ahora, ¿vivo menos ese pasado porque sólo lo contemplo a distancia? ¿Vivo todo esto de un modo diferente? Nunca me he cuidado de los otros hombres ni los he evitado. Me dejo llevar muy lejos por los otros, pero siempre bajo una condición: que no deba matarlos. Puede parecer una actitud religiosa, yo la encuentro humana. Pero es un autoengaño si esperamos encontrar esa actitud en los otros. Uno debe tener la fuerza de verlos tal como son. Mi cobardía comienza cuando aparto la vista. Por eso me acabo los ojos leyendo, por eso me acabo los oídos escuchando.

¿La persona que no asesina puede conseguir algo? Hay sólo un poder más poderoso que matar: resucitar a los muertos. Me consumo por ese poder. Por el daría todo, hasta mi propia vida. Pero no lo tengo, por eso no tengo nada.

Julio César, que indultó a muchos, sabía también de ese poder. Así se explica su furia cuando le informan del suicidio de Catón.

Por la tarde, leyendo el Julio César de Plutarco, sentí un verdadero placer por el asesinato. Cuando los conjurados se le van encima, cuando uno tras otro hunden los puñales en su cuerpo, cuando él intenta escapar a sus cuchillos como un «animal salvaje», sentí una suerte de excitación jubilosa. No le tuve la menor lástima. La ignorancia de este animal monstruoso e inteligente no me ablandó. Por su ceguera irremediable, Julio César pagó un poco de su culpa a todos aquellos que atrapó deslumbrándolos.

Los sistemas conceptuales me interesan tan poco que a los cincuenta y cuatro años, no he leído seriamente ni a Aristóteles ni a Hegel. No sólo me son indiferentes: desconfío de ellos. No puedo aceptar que, antes de haberlo conocido, el mundo les haya parecido descifrable. Cuanto más riguroso y consecuente su pensamiento, tanto más grande la deformación del mundo que construyeron. En realidad, quiero ver y pensar de nuevo. No hay en esta actitud tanta soberbia como pudiera creerse, sino una pasión indestructible por el hombre, una fe creciente en su riqueza.

¿Qué pienso del libro que he terminado? Se lee bien, quizá cada vez mejor. No estoy insatisfecho. Me espanta y me conmueve el tiempo que invertí en él. Si fuese un libro entre cinco o seis más, íqué orgulloso me sentiría! Para la mitad de una vida es muy poco.

Pienso en la extraordinaria Cartuja de Parma. Dentro de cien años, ¿seré capaz de hacer feliz a un solo individuo?

Creo que a nadie admiro tanto como a Stendhal, es el único a quien envidio. Si yo no fuese yo, sería idéntico a él. Por primera vez he imaginado otro nacimiento y, si lo veo bien, todo por amor a Stendhal.

¿Qué quiere decir esto realmente? Quiere decir que deseo salir de la piel de mi obra, que he llevado mis ideas demasiado tiempo conmigo y que ahora se han convertido en mis huesos. Soy un chamán o una roca en el paisaje australiano. Sin embargo, estoy vivo y mi deseo más ardiente es transformarme.

Cesare Pavese es mi estricto contemporáneo. Pero él comenzó a trabajar antes y, hace diez años, se suicidó. Su diario es una suerte de hermano gemelo del mío. Pavese se dedicó a la literatura. Yo, en cambio, le di poco tiempo. Pero llegué antes que él a los mitos y a la etnología. El 3 de diciembre de 1949, ocho meses antes de su muerte, Pavese anota en su diario:

Tengo que encontrar:

W. H. I. Bleek y L. C. Lloyd

Specimens of Bushman Folk-lore

Londres, 1911.

Contiene las historias de las madres y de la luna -el mundo mágico de los cazadores, cosas y animales verdaderos- de época auriñaciense.

Desde 1944, hace dieciséis años, este libro se encuentra en mi poder. A veces he pensado que se trata del libro más importante que conozco. Aunque si se tratara de encontrar el libro que reúna las cosas más desconocidas, sería sin duda el libro más importante. Sigo aprendiendo en él, todavía no lo acabo. Este libro, que Pavese buscaba poco antes de su muerte, es nuestro territorio común y me gustaría dárselo.

El 14 de marzo de 1947, Pavese escribe: «Hemingway es el Stendhal de nuestro tiempo».

La frase me aterró y me indignó. Acaso haya algo de cierto en ella, pero estoy bastante irritado para juzgarla. Me indigna que alguien sea capaz de formularla, como si el misterio de Stendhal, la fuente de su grandeza, se diluyera en un manifiesto americanismo. Pavese quedó a merced de los Estados Unidos de América, yo no. Pavese se define como un escritor moderno, yo no. Yo soy un español, un antiguo español contemporáneo.

Es extraño: me siento muy semejante a Pavese. No conozco nada más que sus diarios. Me siento tan semejante a él que una afirmación inesperada como ésta puede molestarme profundamente.

Tengo la impresión de que Pavese sucumbió por una mujer estadunidense:

26 de abril. Miércoles.

Es verdad que en ella no está sólo ella, sino también toda mi vida pasada, inadvertida preparación -América, la contención ascética, la intolerancia de las pequeñeces, mi oficio. Ella es la poesía, en el más literal de los sentidos. ¿Es posible que no se haya dado cuenta?

Si veo bien las cosas, hasta ahora me escondí de los Estados Unidos de América. La única influencia americana real ha sido Edgar Allan Poe, a quien leí desde temprano, acaso cuando tenía veinte años. En esto no soy diferente a muchos escritores del siglo XIX – Hemingway se me resbaló como agua. 

Los diarios de Pavese corren, de 1942 a 1950, paralelos a los míos. Ningún paralelismo ha despertado tanto mi asombro. Ahora debo reunir mis apuntes antiguos y escasos y darles un cierto orden. Antes de 1942, yo tampoco estaba: mudo, sólo menos decidido.

Debes leer también a tus contemporáneos. Uno no puede alimentarse sólo de raíces.

A todos les hablaste mucho y largo tiempo de lo mismo. Por ese entonces nadie podía ver nada, porque nada existía. Por ese entonces todos te creyeron. Ahora todos tienen en la mano un libro. ¿Deben ahora creer en algo?

¿Cómo olvidarse de una obra así? ¿Cómo borrar sus huellas? Es como si fuera un acto terrible. No se lo quita uno de la cabeza. Tú puedes ocultar largo tiempo todo lo que tiene que ver con esa obra, pero es como si estuvieras cubierto de insectos por todas partes. Dentro, afuera, es una y la misma plaga.

Quizá deberías inventar una nueva historia de tu vida. Tú mismo, pero todo diferente de lo que fue. Otros lugares, otro origen. Inventa la más increíble historia de tu vida, busca todo lo que no existió. De este modo puedes eludir los cien caminos que te han llevado y te llevan a esa obra. ¿Acaso has nacido también en otro tiempo? ¿Acaso es suficiente con otro lugar?

Necesito chamanes nuevos. Antepasados nuevos. Destinos nuevos. Recuerdos nuevos.

Me encuentro satisfecho con mi nuevo hermano, con Pavese. Aunque esta satisfacción no debería presentarse muy a menudo. Uno aprende sólo de esas personas que son diferentes a nosotros mismos. En cambio, nos calmamos con nuestros semejantes.

Necesitas un ejército de termitas que carcoman por dentro todos tus compromisos y tus obligaciones.

Los diarios de Pavese: todas las cosas que me ocupan cristalizan en esas páginas de otro modo. íQué dicha! íQué liberación!

La preparación de su muerte: nunca abusó de ella, nunca la magnificó. Su muerte parece como un acto natural, pero ninguna muerte es natural. Pavese mantiene su muerte como un acto privado, nunca es ejemplar. Nadie quiere matarse, porque Pavese se mató.

Y sin embargo ayer por la noche, cuando quise morir en mi más profunda humillación, volví a las páginas de sus diarios y él murió por mí. Es difícil creerlo: por su muerte yo nací hoy de nuevo. Podría seguir la pista de este acontecimiento misterioso. Pero no quiero hacerlo. No quiero tocarlo. Quiero ocultarlo.

Pascua, 1960. Un día cálido como de verano. Un día de sur. Un domingo lleno de individuos indolentes en el calor. Leo aquí y allá, en éste y en aquel idioma: anteayer Demócrito, ayer Juvenal, hoy Montaigne, hace unos días poemas de Tasso. No tengo ni rabia ni ansiedad. Hablo con personas que encuentro por accidente. Desde que el libro se publicó, reina el silencio total. Primero estaba sorprendido, acaso un poco intranquilo, ahora me habita el silencio y soy feliz. No voy a ninguna parte, no sé dónde comenzar. Aguardo el rayo y la voz poderosa. No me he liberado de todo lo que escribí hasta ahora. Ningún recuerdo me seduce, ninguna meta me llama. A veces lamento que mi alma no se haya vestido con el idioma inglés. Aquí he vivido veintidós años. Escuché a muchas personas que me hablaban en el idioma del país, pero nunca los escuché como si fueran escritores, sólo las entendí. Mi propia desesperación, mi asombro y mi delirio nunca se sirvieron de palabras inglesas. Lo que sentí, lo que pensé y dije, lo escribí en palabras alemanas. Cuando me preguntaron por qué era así, siempre tuve razones convincentes. El orgullo fue la más importante, el orgullo en el que creía.

Hoy me seduce la idea de comenzar una vida en un nuevo idioma. Amo el lugar donde vivo más que cualquier otro. Me resulta tan familiar como si hubiese nacido aquí. A fuerza de ser un eterno extranjero, soy el más auténtico de sus habitantes. El divorcio entre esta patria y mi soliloquio es perfecto.

Stendhal ha llegado a ser tan importante, que cada cinco o seis meses regreso a sus páginas. No me refiero a una obra en especial, sino a frases que conservan su respiración. A veces leo veinte o treinta páginas y creo que viviré eternamente. Tengo frente a mí todas sus obras y, con un terror increíble, me digo que Stendhal murió a los cincuenta y nueve años.

Stendhal tenía la cabeza llena con cosas de la «cultura»: pinturas, libros, música. Muchas han llegado a ser tan importantes para mí como lo eran para él. Más todavía: me resultan indiferentes o repugnantes y dulces, pero lo importante es sólo la manera en que Stendhal se llenaba de esos temas. De cualquier cosa obtiene algo que se parece a él. Quizá sólo así puedo consolarme de estar habitado por bárbaros y religiones, pues sólo así sería posible que ellos llegaran a ser una parte de mí mismo. Canova o Fritz Wotruba -el azar del nacimiento juega un papel secundario. La pasión con la que nos adueñamos de las cosas, y la pasión con la que nos distanciamos de ellas, es todo lo que importa.

La desventaja de las religiones: siempre hablan de las mismas cosas. Acaso ésta sea una de las razones por las que espíritus tan vivos como Stendhal nunca quisieron escuchar nada de religión.

                            1962

íCuántas personas has visto en esta semana! Los cinco historiadores de Berlín. La actriz italiana de Australia. El joven judío de Nueva York, que adoraba a Isaak Babel. El editor con la voz más potente de Inglaterra. La madre del fallecido Otter. El peluquero secreto de Abruzen. El caballero de Veza, que lloraba. El pianista chino y su esposa, hija del gran violinista. Kafka, que pudo detenerse en Frankfurt para encontrar a una prima. Fueron muchas personas, muchísimas. Y sin embargo, cuando estás solo contigo mismo, sientes que te ahogas.

Los nombres son las palabras más enigmáticas. Una intuición que desde hace mucho tiempo me persigue, y que todos los años me provoca un enorme desasosiego, me dice que descifrar la esencia de los nombres equivaldría la descubrir clave de los acontecimientos históricos.

Así como la traducción de los antiguos escritos de culturas desaparecidas significó traerlas de nuevo a la vida, la explicación de los nombres equivaldría a encontrar la auténtica ley de lo que los hombres hicieron y padecieron.

El doloroso agotamiento de los números, que comenzó con el mismo Pitágoras, no sería nada si lo comparamos con la explicación de los nombres. El agotamiento de los números sería pobre y limitado en sus efectos.

Está claro que todos los mitos dependen de sus nombres. El nombre está todavía fresco en el mito. El nombre se agota por su constante multiplicación en las religiones. Las religiones universales no son sino el más grande agotamiento de los nombres; pero aun en su depuración más radical, los nombres siguen dependiendo de ellas. El pensamiento matemático, que se transformó poco a poco en el poder científico de los hombres, consiste en la renuncia de los nombres; se les elimina del pensamiento, se piensa sin ellos.

El nombre, que logra en los mitos un aumento de su fuerza, sirve más tarde de catalizador de uniones.

El nombre como raíz, el nombre como recipiente.

Los nombres que tienen poco peso específico; globos que ascienden rápidamente en las alturas. Los nombres pesados que retienen en el suelo a su falso dueño.

Los nombres pares que forman sus masas dobles.

Los nombres de las criaturas son tan increíbles con importantes. La idea de que, al principio de la creación, las cosas fueron nombradas es el primer deslinde, un camino que lleva a la verdadera naturaleza de los nombres. El nombre de una persona que murió temprano, que sólo llevó el nombre por un momento, es en esencia diferente al nombre de un viejo que se llamó así por muchos años. Nombres hambrientos y satisfechos. La fama repentina de nombres hambrientos. La fama de nombres satisfechos decae muy pronto.

Aprender otra vez a hablar. A los cincuenta y siete años aprender no un idioma nuevo, sino aprender de nuevo a hablar. Tirar por la borda los prejuicios, aunque al final no nos quede nada. Leer otra vez los grandes libros, no importa los leímos o nunca los leímos. Escuchar a la gente sin dar consejos, sobre todo a la que nada tiene que enseñarnos. No reconocer jamás a la angustia como un medio para la realización. Combatir a la muerte sin proclamar el combate. En una palabra: valor y justicia.

Sin darse cuenta, la persona que estudia el poder se contagia. A no ser que pueda olvidarse a sí mismo, nadie puede olvidar el poder.

Anteayer, por la noche: Sonia. Su historia como una historia de Grimmelshausen. El padre, un terrateniente húngaro de Eslovaquia. La madre, una mujer judía, tuvo tres hijas (de las cuales sólo conozco a Enid y a Sonia). El padre estaba siempre en su biblioteca. Las conversaciones con Sonia -la hija más fuerte- durante la última parte de la guerra. Su certidumbre de la catástrofe. El padre envió a dos hijas a la ciudad de Budapest. Sonia estudió economía agrícola en la Universidad de Altenburg. La última visita a la casa de sus padres. Poco después le prohibieron regresar. La última tarjeta postal de sus padres: «Viajaremos en camión rumbo a Komorn». Sonia supo entonces que estaba en peligro. Se lo dijo un estudiante judío y con pasaporte falso. Ella reclamó entonces a las autoridades su documentación y la obtuvo. En los documentos se mencionaba a sus abuelos judíos. El estudiante judío, atento y cordial, la acompañó. Primero llegaron a Komorn, donde buscó a sus padres. El fotógrafo del lugar era -le dijeron- el único que sabía su destino. Sonia buscó al fotógrafo en su negocio y lo encontró vestido con el uniforme militar. Le preguntó por su padre:

– ¿El barón Weiss? -respondió el fotógrafo-. Sí, me acuerdo muy bien de el, partió hace cuatro días.

Mucho tiempo después, Sonia llegaría a saber lo que sucedió. El fotógrafo era el responsable de la selección de las personas durante las deportaciones. Antes de partir, separaron a los «intelectuales» de los trabajadores manuales. Sus padres pertenecían al grupo de los «intelectuales». En realidad, a ellos se les quería regresar a casa, pero no contaban con un camión ni, mucho menos, un vagón de ferrocarril. Dentro del grupo de los «intelectuales» separaron después a los judíos. Su madre era judía. El padre le dijo a su esposa:

– No tengas miedo, viajaremos juntos.

– Si quiere usted viajar con su esposa, íadelante! -dijo el fotógrafo.

El fotógrafo recordaba al barón Weiss porque no era judío y, a pesar de todo, estaba dispuesto a viajar con los judíos. Unos días más tarde, separaron a los hombres de las mujeres -el padre llegó a Flossenburg, donde trabajó día y noche. En diciembre de 1944, los guardias lo mataron a golpes. La madre, demasiado débil para trabajar, llegó al campo de Ravensbruck. El 12 de enero de 1945, la señora murió en una barraca.

Sonia y el estudiante abandonaron al fotógrafo y viajaron rumbo a Budapest. Al llegar al pueblo más cercano, ella escuchó gritos y lamentos en la calle. Sin saber por qué, se sintió muy mal, sufrió vómitos y mareos. Le dijeron que los gritos eran de los judíos que estaban deportando. Quiso buscar entre ellos a sus padres. El estudiante la apartó del grupo:

– No tiene sentido. Tus padres partieron hace cuatro días -le dijo.

Ella lo sabía. Pero no podía soportar la idea de que sus padres pasaran frente a ella rumbo a la deportación. El estudiante la acompañó hasta Budapest, la dejó en casa de su hermana.

Unos meses más tarde, alguien le dijo que necesitaban una camarera en el castillo de la archiduquesa Stephanie, la viuda de Rudolf, el príncipe heredero. La archiduquesa, una dama de ochenta años de edad, se había casado con un miembro de la familia Lonyai. Desde hacía unos años, la anciana habitaba en el castillo de Orosvar. Su «Alteza real» quería emigrar a Suiza: necesitaba una camarera que hablara idiomas y que, además, pudiera establecerse en el extranjero. Sonia se presentó ante Stephanie. La anciana no entendió por qué deseaba el trabajo. Sonia le confió su historia y la archiduquesa la protegió.

– No soy antisemita -le dijo.

Una semana después Sonia comenzó a trabajar, se convirtió en la recamarera de la anciana. Pero los ejércitos alemanes habían ocupado la mayor parte del castillo de Orosvar. Sonia debía pasar por la guardia todos los días.

– íEsa mujer no es una recamarera! -gritó el oficial de guardia.

Sonia, simulando no entender el idioma alemán, pasó las revisiones diarias. Con entrega y paciencia, la archiduquesa le enseñó a comportarse como una camarera, pero sólo a los cinco días, cuando Sonia se despojó de la peluca que traía, se volvió imprescindible en su trabajo. Las dos mujeres prepararon el viaje a Suiza con todo detalle. Una mañana, la anciana sufrió un ataque cardiaco y el proyecto de emigrar se hizo polvo. Un médico militar alemán atendió a su alteza durante la convalecencia. El médico le preguntó a Sonia:

– Usted no es una recamarera. ¿Quién es usted? íQuiero ayudarle!

Sonia le contó su historia. El médico afirmó que los oficiales alemanes del castillo hablaban de ella y decían que era una judía prófuga.

– Sólo puedo ayudarte si aparentas ser mi amante -le dijo.

Sonia aceptó. El se portó como un caballero. Unas semanas más tarde, le confesó su amor. El médico, de cincuenta años de edad, estaba casado y tenía hijos, pero no se entendía con su esposa. Cuando las tropas rusas se acercaron, los alemanes abandonaron el castillo. El médico le dijo a Sonia que si aceptaba casarse con él más tarde, permanecería a su lado. Los dos hablaron mucho, amorosamente, sobre este punto y llegaron a una conclusión: él no debía permanecer en Hungría. Sonia, en medio de una gran confusión, se quedó sola en el castillo.

Cuando los ejércitos rusos llegaron, un sacerdote católico, un benedictino que vivía en el castillo, llamó a todas las mujeres para encerrarlas entre las cuatro paredes de su capilla y, de ese modo, protegerlas de los soldados rusos. Pero Sonia debía quedarse al lado de su Alteza. Los rusos escucharon que en el castillo vivía una archiduquesa y quisieron verla. Aguardaban su llegada en cualquier momento, y al sacerdote se le ocurrió que Sonia podía esconderse entre los edredones. Sonia se metió en la cama y apretó su cuerpo contra la pared. Los oficiales rusos desfilaron ante su alteza, uno tras otro saludaron respetuosos a la anciana, la miraban con pasmo y curiosidad. Mientras los rusos saqueaban el castillo de Orosvar, no tocaron nada en la recámara de la archiduquesa. El sacerdote los recibió y les hizo los honores. Los rusos no vieron en él a un enemigo. No perseguían ni a los aristócratas ni a los sacerdotes húngaros, buscaban sólo soldados alemanes y, si se embriagaban, mujeres.

Cuando los soldados abandonaron la recámara de la enferma, Sonia creyó que había salvado la vida. Sin embargo, al caer la noche un soldado ruso, borracho, gritó desde el patio del castillo:

– íLa recamarera está escondida en la cama de la archiduquesa!

El soldado subió a la alcoba. Sonia se hundió en la cama y se apretó más contra la pared, escuchó que el soldado se acercaba y, de pronto, sintió que le quitaban los edredones de la cama. Una ametralladora le apuntó en la cara. Bajo los efectos de la conmoción, Sonia olvidó todo lo que había sucedido, olvidó también el nombre del médico militar alemán y, en los diecisiete años que han transcurrido desde entonces, -se ha roto la cabeza intentando recordar ese nombre, pero no lo ha logrado.

Sonia se incorporó y siguió al soldado ruso que le apuntaba con la ametralladora. Tenía sólo una alternativa: entregarse o morir. Sonia comenzó a luchar con el soldado. De pronto se oyó el toque de llamada desde el patio del castillo. El soldado la dejó y salió corriendo por el corredor. Los rusos podían saquear y maltratar a las mujeres, pero cuando oían el toque de llamada obedecían al instante, porque de lo contrario los fusilaban. Así, Sonia salvó su vida. «Un milagro» -dijo el sacerdote. Y era cierto.

Sonia permaneció todavía unas semanas en el castillo. La salud de la archiduquesa Stephanie se deterioraba rápidamente. El sacerdote le compró entonces un caballo. Sonia se puso en camino y cabalgó cuatro días hasta Budapest. Durante esos cuatro días, el precio del caballo se multiplicó. Al llegar a la ciudad vendió el caballo. Tuvo mucha suerte, porque dos horas después no lo hubiera vendido. La venta les permitió vivir seis meses a sus dos hermanas y a ella.

Hasta aquí escuché su historia. Me hubiera gustado saber más, pero ya era muy tarde. Yo tenía que retirarme y Sonia irse a dormir. Aunque los colores desaparecieron de la historia, aquí resumí lo más importante. Si encuentro a Sonia en París, espero escuchar más.

Las historias verdaderas que nos cuentan son falsas. Por el contrario, las historias falsas tienen por lo menos la oportunidad de llegar a ser verdaderas.

                            1964

A un hombre se le muere su esposa. Ahora no tiene a nadie. Conoce a una mujer joven que vive lejos, a casi un continente de distancia. Todas las noches le llama por teléfono. Hablan, conversan largamente. No quiere hablar con nadie más, no le interesa hablar con los que están a su lado. Cada vez que en la distancia habla con la joven, renace la esperanza en la muerta. No puede hacer nada de día y sólo espera la noche. Cuando un error dificulta el enlace telefónico, o cuando llama y ella no ha llegado a casa, él se hunde en la desesperación más profunda. Sólo ella puede calmarlo, pero desde la distancia. Cuando la ve, no sabe quién es. Le dice todo y habla horas con ella. Tiene las cenizas, las fotografías y las cartas de la muerta, y sabe que la mujer joven no es su esposa. La voz en el teléfono es más joven, de otro país. Nunca las confunde. La conoce tanto como ella se conoce a sí misma. Sus estados de ánimo le son tan familiares como los propios. La escucha, le contesta, la espía, le cuenta. Cuando ella duda o no tiene nada que decir, se enoja y la amenaza. No es fácil decir cómo la amenaza. Porque cuando le dice que no le hablará en los próximos días, ambos imaginan la amenaza.

No quiero caer en el descrédito de los adjetivos. Los adjetivos son el lado oriental de Proust, el placer por las piedras preciosas. No me interesan, pues admiro todas las piedras. Las piedras más hermosas representan «la nobleza» de Proust, sus personajes. Mi «nobleza» la constituyen los desconocidos del origen, los hombres de la jungla, Aranda, las tierras del fuego, Ainu. Mi «nobleza» la constituyen todos aquellos que viven en y por los mitos, sin los cuales estarían perdidos (ahora casi todos están perdidos). La sociedad en la que Proust encontró su camino, su snobismo, era la manera de vivir y conocer el mundo. A mí no me interesa. Ese mundo sólo me interesa por él o Saint-Simon.

Ayer, el relato de la joven alemana que buscaba los restos de su padre. Su madre, su hermano y un amigo se trasladaron del norte de Alemania hacia Roussillon, rumbo a Collioure, en la frontera española. En febrero de 1945, su padre combatió en esas tierras, cayó en manos del enemigo y, al final del año, murió. El padre no tuvo noticias de su familia, ni su familia de él. A finales de 1946, la madre recibió una tarjeta con una sola palabra: «fallecido». Unos cuatro años después, desde París les enviaron su cartera con unas tarjetas -donde algunas veces escribió algo- y un pedazo de metal. El padre había mandado grabar el nombre y la fecha de nacimiento de su hija en ese pedazo de metal. Ella tenía entonces nueve años. A principios de 1957, los cuatro se trasladaron a Collioure y encontraron a uno de los guardianes de la prisión. Más adelante, al norte de Perpignan, encontraron el cementerio donde están sepultados quinientos prisioneros de guerra alemanes. Ahí estaban su tumba y su nombre. El padre no había salido jamás de Alemania. Lo que más lejos llegó fue a Baviera. Un día caminó con su esposa hasta la montaña Zugspitze. Su cautiverio fue el único viaje que hizo al extranjero, al sur.

La joven alemana tiene ahora un niño de once meses. Ha escondido en su casa el pedazo de metal donde el padre grabó su nombre. Apenas se atreve a ver la pieza, la esconde tan bien que, de pronto, olvida el lugar donde la puso y esa incertidumbre la hunde en una angustia mortal. Luego busca la pieza por toda su casa, la encuentra y la vuelve a esconder.

                            1965

La inspiración platónica en cervantes es interesante sólo cuando, sin proponérselo, se transforma en una fuerza negativa. Si las ideas se transforman en un delirio, entonces se despojan de la costra, del tufo rancio y de su falsedad -que una larga tradición literaria les imprimió. La grandeza de Don Quijote no es sino su naturalidad: la idea y el ideal como un delirio que se siente y se palpa con todas sus consecuencias. Si bajo esas circunstancias parece una obra ridícula o no, poco importa: eso no es lo decisivo. A mí me parece profundamente serio.

La moral en Cervantes no es sino su desesperado intento de entenderse con las circunstancias mortificantes de su vida -adaptarse a las convenciones oficiales de los poderosos de su tiempo. Cervantes procura siempre el triunfo de la virtud, su conducta es la conducta de un cristiano. Por fortuna, la sustancia, la angustia de su vida verdadera es tan grande que ninguna actitud conformista pudo ahogarla.

Siento una gran ternura por Cervantes: él sabe más que la opinión común y corriente de su época cuya hipocresía quizá no entiende, pero nos la deja entender sin dificultad. Le admiro su extensión en el espacio: el destino que en tantas ocasiones le mostró su rostro adverso, le dio espacios en lugar de disminuírselos. Me gusta que se le haya reconocido tarde y que, a pesar de este retraso o por él mismo, él no haya perdido la esperanza. A pesar de todas las falsificaciones de la vida que Cervantes se permite en sus historias «ejemplares», ama la vida tal como es.

Aquí radica, creo yo, el único criterio de la creación épica: conocer el aspecto más aterrador de la vida y, a pesar de todos los pesares, amarla apasionadamente; amarla sin desesperarse, porque ese amor es inviolable en la desesperación. No está encadenado a una fe, pues nace de la pluralidad de la vida, de sus cambios insospechados, sorpresivos, milagrosos e imprevisibles. Para quien acosa a la vida y no puede dejarla, la vida se le convierte más tarde en cientos de criaturas nuevas, extrañas y asombrosas. Y para quien sigue acosando incansable a esas cien criaturas, la vida se las convierte en otras mil nuevas e irrepetibles.

La gente importante y superior en las novelas de Cervantes no es menos importante que la gente de Shakespeare. Sin embargo, es delicioso disfrutar en Cervantes a los jóvenes de las «altas esferas» cuando se escapan, por lo menos un par de años, a los «bajos fondos». El joven noble que por amor se transforma en un gitano (sólo que su amada no es, por desgracia, gitana); o el joven que elige la libertad y, después de tres años, regresa sin que sus padres sospechen siquiera dónde estuvo realmente. Si ellos lo llegaran a saber, íqué mentiras no les contaría para irse otra vez! El amor de Cervantes por la vida de la gente «baja»: conoce a esa gente tan bien sólo porque desea ser reconocido. A la gente «alta» la describe tan insoportablemente alta, sólo porque debe adular a quienes pueden ser sus mecenas. Pero hay algo más que adulación: a Cervantes le gustaría ser uno más de esa gente. ¿Debe uno considerar como una fortuna que le haya ido tan mal en la vida?

En realidad, nadie puede saberlo. La influencia de la calamidad en la imaginación es diferente en cada persona. Sin conocer bien a una persona, nadie puede saber si existieron muchas o pocas calamidades en su vida, si aumentaron o disminuyeron su imaginación.

La riqueza de Stendhal en sus libros de viajes. Sus afirmaciones apodícticas y sus juicios. Su pasión por características nacionales ficticias y por la gente famosa. Su gran pasión por las víctimas y las mujeres. Su ingenuidad: nunca se avergüenza de sus sentimientos. Su placer por los disfraces, por lo menos el del nombre. A uno le gusta porque lo dice todo. Nunca logra conciliar las cosas con su vanidad. Está lleno de recuerdos, pero no sucumbe frente a ellos. Sus recuerdos tienen la extraña capacidad de no cerrarse. Admira tantas cosas que siempre encuentra algo nuevo. Muchas veces se encuentra dichoso. Sin importar su naturaleza, no se siente culpable de la felicidad. No se gasta en las conversaciones, pues odia los conceptos. Su pensamiento está alerta, pero se mantiene dentro de sus sentimientos. No vive sin dioses, éstos provienen de las esferas más distintas, pero no se le ocurre reunirlos o emparentarlos. Las ciudades sólo le interesan si hay personas en ellas. Una buena historia no puede evadirse. Escribe mucho, pero nunca es superior a lo que escribe. La falta de religión le confiere su levedad.

Stendhal nunca fue mi biblia, pero fue mi redentor entre los escritores. Nunca leí sus obras completas, ni se me transformó en una obsesión. Pero no leí nada de el sin sentirme claro y ligero. Nunca fue mi ley, pero fue mi libertad. Cuando estaba a punto de ahogarme, encontré en él mi libertad. Le debo más que a todos los que me influyeron. Sin Cervantes, sin Gogol, sin Dostoievsky, sin Buchner yo no sería nada: un espíritu sin fuego ni contornos. Pero he podido vivir porque existe Stendhal. El es mi justificación y mi amor a la vida.

Presentación, selección y traducción

de José María Pérez Gay

Anticredo

Rafael Pérez Gay. Escritor. Su último libro es Llamadas nocturnas.

1. No creo que bajo los efectos del alcohol, las personas digan la verdad. Así lo demuestran históricamente los discursos de los borrachos.

2. No creo que el peinado de Sergio, El Ratón, Zárate, poderoso interior del Necaxa, hombre de imán en el botín, agregue nada a la historia del peinado en el mundo. Tampoco creo que se parezca de lejos, allá en la soledad de la pradera izquierda, a Lupita D’Alessio cuando ésta cantaba Mundo de Juguete. El peinado de Zárate no es una elección del talentoso jugador, es un castigo severo por no haber leído Sobre el proceso de la civilización de Norbert Elias.

3. No creo en los próceres nacionales. De haber existido, El Pípila habría dado una muestra vergonzosa de sumisión y falta de carácter. De haber ocurrido como nos lo contaron, los Niños Héroes habrían sido un puñado de jóvenes enfermos de militarismo cuyo axioma sería: «Cumplo órdenes». Los héroes mexicanos al uso son todos perdedores; como si hubiera una extraña felicidad en la derrota y un aire corrupto en la victoria. Esta conclusión es, por supuesto, correcta, pero también lamentable y amarga.

4. No creo que Ernesto Alonso, Mr. Telenovela, haya sido un gran actor, ni que sus cuellos, al estilo Mao, trasluzcan cierta elegancia.

5. No creo en los plomeros, su actitud deja mucho que desear. Desée que uno de ellos, el más reputado de la colonia, destapara la taza del baño y, después de penetrarla con distintos artefactos puntiagudos, declaró que la taza no tenía remedio: «Hay que comprar otro W.C.», dijo echando por tierra todo su prestigio. Recurrirnos a otros plomeros menos prestigiados, pero todo fue inútil. Los baños del Estadio Azteca durante la Gran Final del Campeonato de Liga 94-95 habrían (sic) estado más limpios y con olores menos penetrantes que los que despide la taza del baño de la casa de usted.

6. No creo en la excesiva confianza en uno mismo. Así lo decidí una noche en que varias personas hablaban de sí mismas con tanta seguridad que su autoestima se desprendió de sus cuerpos y sobrevoló la ciudad mientras terminaba la cena. Yo lo vi, nadie me lo contó.

7. No creo en el Partido Acción Nacional como opción de gobierno.

8. No creo en el matrimonio. Que dos personas que no se conocen tengan que vivir juntas es un hecho antinatural, inhumano, monstruoso.

9. No creo en la ilimitada capacidad orgásmica del género humano. Todo tiene un límite, lo demás es vanidad.

10. No creo en lo que bombásticamente llaman Vida Literaria: sus fulgores logran escritores de temporada, funcionarios culturales, amasiatos desdichados, envidias perennes, amistades falsas y liaisons dangereuses. En consecuencia:

11. No creo en los cocteles y todos sus derivados, sean estos convivios donde se ofrecen exquisitos ambigús, dudosos vinos de honor, tertulias o tamaladas donde se rescate la identidad nacional.

12. No creo en las canciones de Arjona, pese a su desmedido éxito.

13. No creo en las mujeres que hablan abiertamente y en público de hazañas sexuales. A la larga resultan vocaciones llamadas al convento. Tampoco creo en los hombres que hacen lo mismo.

14. No creo en el Punto G. Se trata, lo sé, de una estratagema de la mercadotecnia norteamericana. Lo busqué eso sí, con gran esperanza durante un tiempo, pero sin grandes ni ostensibles resultados. La pared anterior izquierda de la vagina es sólo eso, la pared anterior izquierda de la vagina, y eso es suficiente.

15. No creo en la fórmula secreta del Coronel Sanders. Nunca los vientos militares han insuflado belleza al arte culinario. El pollo Kentucky es, lo aseguro, un peligroso derivado del plutonio enriquecido, materia prima de las fusiones nucleares, que en el aparato digestivo suelen ser de consecuencias fatales.

16. No creo en el nacionalismo. Cuando ocurre masivamente produce intolerancia, guerras y pésima literatura.

17. No creo que Joaquín del Olmo y François Omam Biyik – brutalmente separados por Mirko Josic- hayan ensayado La Macarena durante mañanas enteras en la casa de Kalusha. Estoy convencido de que se trata de algo meramente espontáneo para festejar los goles del camerunés.

18. No creo en la maldad inteligente. Lo dijo Bioy Casares: «Cuando oigo hablar de malos inteligentes, pienso que no son inteligentes y que padecen de una estupidez llamada maldad. Tampoco creo que haya buenos tontos. La bondad, que está hecha de sacrificios, de postergaciones, de elegir lo mejor aunque sea perjudicial para uno mismo, requiere inteligencia».

19. No creo en la homeopatía. Un día a los niños les dio gripa, una más de una serie virulenta de catarros y calenturas. Mi mujer se decidió por la carta homeopática -nux vómica y otros tratamientos del siglo XIX-. Me sentí un hombre del año de 1893. En la noche ardían en calentura, como si hubiera una ciudad en llamas dentro de sus cuerpos. Llegaron los antibióticos y el incendio cesó de golpe en esas ciudades interiores.

20. No creo que Pepe Arévalo y sus Mulatos hayan sido geniales.

21. No creo en los poderes curativos del psicoanálisis. En el fondo este «método» quiere curarlo todo para que todos seamos iguales unos a otros, sin rasgos distintivos, sin peculiaridades. Ser diferente a los demás es, para el psicoanálisis, una enfermedad.

22. No creo en los Ecocinemas. Son salas a donde se entra chapoteando en miel rancia de Cocacola y desechos de palomitas. Por lo general, son lugares atendidos por personajes salidos de Masacre en cadena de Tobe Hooper. A las vendedoras de gomitas sólo les falta el hacha asesina en la mano derecha -con la otra entregan el producto de su preferencia-. Definitivamente, un suplicio, sobre todo si la película que exhiben es Street-Fighter con el karateca Van Damme.

23. No creo en el vodka, por más prestigiada que sea la marca que ostente su etiqueta. Después de unos cuantos tragos se sufre una confusión mental muy parecida a la que debió sentir el Hombre de Neanderthal en sus esfuerzos pioneros de civilización. El presidente ruso Boris Yeltsin sabe por qué digo esto.

24. No creo en Internet. No me da la gana comunicarme con un desconocido que vive en Tailandia; no quiero entrar, todavía, a la Biblioteca del Congreso; la verdad no me interesa pararme a las cuatro de la mañana para «bajar» The Guardian y The Daily Mirror mientras cabeceo frente a la pantalla de la computadora; me daría una vergüenza indecible comunicarme vía Internet con un amigo que vive en la Del Valle para decirle una banalidad, o para invitarlo a cenar, en vez de marcar el teléfono o tocar a la puerta de su casa. El colmo sería complicarse la vida para que aparecieran la páginas de El Quijote en pantalla teniendo a la mano la muy útil y decorosa edición de Espasa Calpe. Internet será, más temprano que tarde, el medio de los mensajes obvios, insignificantes e inútiles.

25. No creo en los «escándalos sexuales», vía la filtración del propio gobierno. Cuando me enteré de que David Mellor, ministro de Estado del Reino Unido, había cometido adulterio con la española Bienvenida Pérez, el político inglés me simpatizó. Pero cuando supe que el adulterio ocurría con disfraces deportivos, según confesó la seductora, me volví fan del señor Mellor. Ahora bien, cuando supe que para hacer el amor, Mellor se ponía los arreos completos del Chelsea Football Club, el defenestrado me pareció simplemente un hombre genial.

26. No creo en las respuestas categóricas y temperamentales. Cuando le preguntaron a Javier García Paniagua que si era un Dinosaurio, éste contestó: «Sí, ha de ser por los güevotes», según escribió en el semanario etcétera Jaime Ramírez Garrido.

27. No creo en el 04. Nunca obtuve de este número ninguna información útil o verídica, ni a tiempo, ni de buena gana; sólo recibí falsedades, malos modos, morosidad y otras ofensas.

28. No creo en Jacques Lacan. Heidegger tuvo razón cuando después de recibir sus libros, intentar leerlos y darle vueltas al «nudo borromeo» declaró: «El psiquiatra necesita un psiquiatra».

29. No creo en la pasta dental Crest. Ofrece prevenir las caries, dar frescura y suavidad al aliento cuando en realidad deja en la boca un tremendo ardor de chile habanero.

30. No creo en la Vía Armada como método político.

31. No creo en el PRI, ni en sus senadores, ni en sus diputados, ni en sus gobernadores, ni en sus presidentes municipales.

32. No creo en la Generación del 68 como colectivo santificable.

33. No creo, de hecho, en ningún «colectivo» que no sean las peseras, me refiero a los temibles microbuses. Juan de Mairena acertó cuando dijo que por más esfuerzos que hacía no podía sumar individuos.

34. No creo en el café que se bebe en las oficinas. Es un líquido impostor y peligroso que Umberto Eco definió como café bazofia compuesto de cebada rancia, huesos de muerto y granos verdaderos de café recuperados entre los desechos de un dispensario Celta.

35. No creo en Dios. Pero si tuviera que haber Uno en nuestras plegarias, respondería al nombre de Anton Chejov.

Abrir una ventana

Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Puerto libre (Cal y arena).

Una amiga de mi madre, monja desde hace cincuenta años, la visita un tiempo durante las primaveras, con la sonrisa infantil y el espíritu audaz de quienes todos los días le descubren un prodigio a su destino. Hace unos años, tuvo un accidente que la hubiera dejado paralítica de por vida si su empeño no la pone a luchar con toda clase de aparatos y terapias hasta conseguir moverse despacio, apoyada en un bastón y en el deseo ingobernable de bastarse a sí misma. El mes pasado llamó desde el convento en que vive y yo, que no pude resistirme a escucharla por el otro teléfono, la oí responder a la pregunta de mi madre interesada en saber de su salud y su estado de ánimo: ¿Cómo he de estar? La vida es una fiesta.

Con semejante axioma como tesoro, dejé de oír la conversación y me senté en el suelo Libio y las plantas de un patio que mi madre metió a su casa como quien mete un pedazo de convento sevillano. Estuve ahí un rato, sintiendo a los niños jugar con el perro, mirándome los pies y contándome las venitas lilas que a las mujeres de mi familia les proliferan en las piernas después de cierta edad. -Así se empieza -me dejé pensar-. Un pedazo de sol entraba por el hoyo en el cielo que ilumina el patio y todo, hasta el aire ardiendo del mayo sin lluvias, me resultó sosegado y hospitalario como debe ser siempre la vida.

Cuando quiere elogiarme, la antropóloga Guzmán, antes mi madre, elogia la sabiduría con que elijo a mis amigas. Ese día me tocó devolverle el piropo. Al terminar su conversación con Aura Zafra me sorprendió divagando en su patio, y antes de oír su mirada de ¿qué haces ahí perdiendo el tiempo?, le dije:

– Cualquiera pensaría que su respuesta es la de una corista en mitad de un espectáculo.

– Así es Aura -contestó ella.

– Es una maravilla.

Medio coja, medio vieja, medio pobre, medio encerrada y nada tonta, esa mujer considera que la vida es una fiesta, quiere decir lo obvio, que tiene la fiesta dentro y que se busca las razones para tenerla.

¿Qué cantidad de trabajo y talento habrá que dedicarle a este empeño? Llegar a los setenta y un años dispuesta a hacer la misma declaración. Vivir en los cuarenta y cinco o en los sesenta, sin cederle terreno al tedio y la desesperanza.

– ¿Cómo le hace? -le pregunté a la antropóloga.

– Dice que abriendo ventanas -contestó mi madre.

– Y eso ¿qué quiere decir?

– Cuando se lo pregunté me contestó que lo pensara yo -dijo la antropóloga.

Nos fuimos a caminar. Para los poblanos, tras la leyenda en torno a que los ángeles trazaron las calles de la ciudad, late siempre la certeza de que tal leyenda es una verdad irrebatible. Así que a pesar de lo mucho que padecemos a nuestros gobernantes y de lo poco que éstos hacen por mantener limpia la ciudad, acostumbramos recorrer las calles del centro, las calles de los ángeles, con una devoción siempre nueva.

Mi hermana es implacable y vehemente, por eso alegra caminar junto a ella. Se va enojando contra su cabeza llena de ideas y contra el mundo que las contradice implacable. La encuentro siempre llena de novedades, pródiga y aromada.

Visitamos la casa en que nació nuestro abuelo. Se está viniendo abajo poco a poco, sobre las cabezas de los actuales dueños y el imaginario colectivo de quienes heredamos el apellido y la destreza fantasiosa de los anteriores. Nos dan permiso de pasar a verla. Dos fresnos centenarios y el mismo par de pinos que escalaban las historias de mi abuelo y sus hermanos, reinan sobre un jardín intocado por años. La escalera de hierro y granito podría caerse con un ventarrón y todo parece suspendido en un tiempo inaudito y lejano. Desde ahí caminamos hasta lo que fue el mercado «La Victoria». Al llegar, nos detenemos en la puerta que da a un costado de la iglesia de Santo Domingo. Con los ojos cerrados, uno cree percibir los ruidos mágicos y el aire misterioso que emanaban de aquel gran mercado. Todo el que lo haya caminado cuando la vida y los sueños de cientos de personas lo poblaban febriles un domingo cualquiera, teme cruzar la puerta que ahora se abre a un falso y ascéptico silencio. Un contrato con los locatarios que llenaban el aire de gritos y vendían desde cazuelas hasta alhajas, desde pescado hasta flores, desde telas importadas hasta manta de cielo, desde muñecas de cartón hasta pan de huevo, hizo posible que el lugar se limpiara de ratas y horrores para recuperar su belleza decimonónica, sus hermosos espacios, su kiosco de cristal. Se trataba, según el proyecto original, de convertir el lugar que ya le quedaba chico a la necesidad citadina de una central de abastos, en un sitio que regalara el lujo de su espacio a las artesanías, la comida, el arte, las flores, la música de Puebla. Los dueños de ese mercado aceptaron dejarlo libre un tiempo para su remodelación, bajo el acuerdo de que podrían volver a trabajar en los sitios que les pertenecían adaptándose al nuevo uso que se les diera.

Tal acuerdo se firmó durante un gobierno, se confundió y trastocó bajo el siguiente y vino a terminar de tergiversarse durante los primeros años del actual. No sé como sucedió tal cosa. En Puebla, los ciudadanos comunes y corrientes, entre los que me cuento, reciben los hechos consumados. Así que abrí los ojos, cruzamos la reja y encontré el antiguo mercado regido por el aire de un Suburbia y un Vips.

¿Qué cosa quiere uno tener contra tales tiendas? Ninguna. En cualquier otro lugar de la ciudad y del país las vemos con simpatía. Yo compro ahí las mezclillas de mis hijos y mi hermana los libros con soluciones fáciles para asuntos difíciles, con los cuales lo mismo sobrelleva las dificultades de un viaje, que aconseja el corazón de una amiga lastimada por el mal de amores. Sin embargo, no nos explicamos qué vinieron a hacer en mitad de un mercado con el que nada tenían que ver: Misterios de la fiesta que es la vida.

En la tarde volvemos con la antropóloga y su hermana, con dos primas y todos nuestros hijos.

– ¿Este es el famoso Mercado de La Victoria? -pregunta mi hija-. Es como un centro comercial, pero medio vacío.

– Este era -le contesta mi madre que camina cerca de mí.

– Lástima. Me hubiera gustado verlo como en tus tiempos -dice sabiendo que eso quiere escuchar y luego canta mientras bailotea-: «La salsa del destino te ha cruzado en mi camino, baby. Come on, come on».

– ¿Vamos a las nieves? -dice la hermana de la antropóloga, que es una mujer entusiasta y elegante como la luna.

Volvemos a los portales. Una de las primas encuentra recuerdos en todas partes. Se va quedando prendida a un puesto de periódicos, a la mesa en que inició los desfalcos de un gran amor, a la fuente en que el Arcángel Miguel batalla contra el cielo oscureciendo.

Por fin nos sentamos en las nieves.

– Todo tiene remedio -digo.

– ¿Cuándo? -pregunta mi madre que desde que salió de la universidad tiene más prisa que un miembro de los comités de lucha de los setentas.

– Eso sí no sé -le digo.

Estamos sentados en unos bancos giratorios y los niños dan de vueltas mientras llegan sus nieves. El perro mete su lengua en mi horchata y el tiempo, ese enemigo de los buenos ratos, se deja perder sin más.

– La salsa del destino te ha cruzado en mi camino -canta mi hermana contagiada por la música que rige las vueltas de los bancos que bailan con los niños.

– Eso es exacto lo que a mi me pasó -dice la prima de los mil recuerdos.

– A todas -le contesta la otra prima.

– Verás que se compondrá el mercado -le digo a mi madre que continúa evocando las glorias de «La Victoria», cada vez más indispuesta contra el gobierno y sus aliados.

– Lo dudo. Desde los Avila Camacho que estamos en las mismas. Ni quien nos oiga, ni quienes hagamos el ruido necesario para ser oídos.

Una mezcla de nostalgia y futuro incierto corre por los portales.

Al día siguiente, presa de la vorágine y el yugo inevitable de los lunes, busco la fiesta que es la vida, y abro una ventana la domingo anterior.

Otro puñado de polvo

La industria T.S. Eliot sigue dando de qué hablar. Publicamos a continuación un breve texto que plantea otra “fuente” para algunos de los versos más famosos de Eliot. Recordemos su frase: “El buen poeta no plagia: roba”.


Pero este sitio es gris.
Y demasiado silencioso. No hay nadie aquí.
Esto es horrendo. Esto es el miedo.
No, no estoy tan muerta: esto grita aún dentro de mí,
Pero estoy cerca, muy pronto seré
Un puñado de polvo en el olvido…
“Madeleine en la Iglesia”, La esposa del granjero, 1916

Te mostraré el miedo en un puñado
de polvo.
“El entierro de los muertos”, La tierra baldía, 1922

Aunque no conozco ninguna referencia de T. S. Eliot a la poesía de Charlotte Mew, es muy improbable que Eliot no conociera su primer libro de poemas. En The Egoist, H. D. había hecho un elogio de La esposa del granjero, con una mención especial a “Madeleine en la iglesia”, en un número de esa revista que incluía también escritos de Ezra Pound y Wyndham Lewis. En junio de 1917, menos de un año después, el mismo Eliot fue asistente de edición de esa revista, y The Egoist publicaba lo que sería su primer libro de poemas, Prufrock y otras observaciones. “La Fête”, el otro de los dos poemas más impactantes en el libro de Mew, apareció primero en The Egoist en 1914, y lo publicó el mismo Pound —junto con un fragmento de El retrato del artista adolescente—. Es seguro que todo empujaba a Eliot a asomarse a la obra de esta nueva poeta.

Siempre di por hecho que “un puñado de polvo” era una referencia bíblica, pero no está en la Concordancia bíblica de Cruden. Hay “puñados de ceniza” que se vuelven “polvo” para formar una de las plagas de Egipto (Exodo 9:8); y el rey de Siria amenaza a Achab diciéndole que todo el “polvo de Samaria” no lograría hacer tantos “puñados” como seguidores tiene él (1 Reyes 21:10). Pero las menciones bíblicas al polvo que posiblemente se relacionan con “El entierro de los muertos” no hablan de ningún puñado: “polvo eres, y al polvo serás tornado” en el Génesis, y lo de Isaías: “Métete en la piedra, escóndete en el polvo, de la presencia espantosa de Jehová”. Más aún, mientras que para esta parte de esta sección de La tierra baldía Eliot adaptó los versos iniciales de un poema suyo anterior, “La muerte de San Narciso”, a veces siguiéndolos muy de cerca, en ese poema no hay huellas de “un puñado de polvo” ni de algún “miedo”. Estas son las palabras correspondientes:

Te mostraré sus miembros y ropas sangrantes
Y la sombra gris sobre sus labios.

Fue casi un hecho que Eliot adaptó estos versos en años inmediatamente posteriores a la aparición de La esposa del granjero.

El parecido entre el “Tengo miedo, me quedo contigo esta noche” en “El Cementerio de Nunhead” de Mew, y lo de Eliot: “Mis nervios están mal esta noche. Sí, mal. Quédate conmigo” en “Una partida de ajedrez”, es aún mayor si los versos se leen en el contexto. En ambos casos, el tiempo presente es un cambio súbito del tiempo pasado de los versos previos, y hay simultáneamente una ruptura abrupta e impactante en sus ritmos. (Sus ritmos originales y desconcertantes fueron al parecer la razón principal por la que Mew no está incluida en la antología Georgian Poetry de 1917.) También, si en los versos siguientes en los que ella habla el personaje de Eliot suena como alguien próximo al colapso nervioso, el hombre que habla en el poema de Mew sufre realmente de una “caída gradual en la demencia” —para usar las palabras que la misma poeta usó para describir lo que el poema representa. En “Una partida de ajedrez”, Eliot de nuevo trabajaba a partir de un poema inédito anterior, esta vez “La muerte de la duquesa” (ver La tierra baldía: Un facsímil y transcripción de los borradores originales, 1971, pp. 104-107). De nuevo, en el poema previo no hay señales de las palabras que se asemejan a las de Mew —o, para el caso, a las de la mujer próxima al colapso.

Otro poema en La esposa del granjero, “La casa en silencio”, contiene esto:

Rojo es el dolor más extraño a soportar;
En primavera las hojas sobre los árboles en flor;
En verano las rosas son algo peor que todos ellos;
Más terribles son que dulces:
Una rosa puede apuñalarte al cruzar la calle
Más hondo que cualquier cuchillo…

En el comienzo de La tierra baldía, las palabras que siguen a “Abril es el mes más cruel, engendra / Lilas de la tierra muerta” describen lo que al personaje que habla en estos versos de Mew le están haciendo en realidad esas hojas y flores: “mezclando / Memoria y deseo”. En las estrofas que siguen inmediatamente a estos versos, ella empieza a decir cómo la ha afectado su breve encuentro con un hombre un año más joven, encuentro que ha irrumpido en el tranquilo aislamiento de ella y su padre. Nada indica que, al dar forma a esos primeros versos de La tierra baldía, Eliot trabajaba sobre algunos poemas o fragmentos escritos por él mismo antes de 1916. Es posible que en su mente los versos de Mew se combinaran con los de Tennyson: “Sería entonces un lamento por el tiempo enterrado / que en abril despierta con mayor viveza” (In Memoriam CXVI; esta posible deuda fue señalada por David Tobin en La presencia del pasado: La herencia victoriana de T. S. Eliot, 1982).

La poesía de Mew fue admirada por Thomas Hardy y Virginia Woolf, y también por Pound. El hecho de que otro gran escritor pudiera utilizar esa poesía no necesariamente dice mucho, por supuesto, sobre sus méritos. No obstante, al ser posible que Mew haya contribuido a la forma del fraseo, la cadencia y el pensamiento de las cinco palabras más famosas de Eliot, y a dos más de sus versos memorables, ¿no podría estimular en algo la renovación del interés en su propia poesía? Este interés lo inició la reedición de Val Warner en 1981 de los Collected Poems and Prose, pero no obtuvo el calor suficiente. Y las ediciones de Carcanet en pasta dura, y de Virago en rústica, no se han vuelto a imprimir. La primera vez que Alida Klemantaski leyó un poema de Mew, “La esposa del granjero”, en Nation, quedó “electrizada” y de inmediato se lo aprendió de memoria. (Luego le repitió el poema al hombre con el que se casó, el editor Harold Monro, que poco después publicó el libro.) Mi opinión es que el poema aún electriza. También estoy seguro de que si a uno lo desafiaran a nombrar aquellos poemas escritos por un poeta inglés inglés desde la muerte de Tennyson que pudieran incluirse en una pequeña antología internacional de este periodo, “Madeleine en la iglesia” y otros poemas de Charlotte Mew serían de los primeros en la lista.

 

John Newton
Ensayista y poeta. Este texto apareció en The Times Literary Supplement.

Traducción de Luis Miguel Aguilar

Cristo se detuvo en Ebola

Richard Preston. Escritor. Autor de First Light, sobre astronomía, que ganó el Premio del Instituto Americano de Física.

A principios de mayo, el diario El País publicó un pequeño artículo que describía los efectos del Ebola. Se quedó corto. El Ebola ya está entre nosotros y supera cualquier interpretación cinematográfica, cualquier abismo de la imaginación. Hot Zone, la crónica ya clásica hecha terror, y de que ofrecemos dos fragmentos narra la historia de este virus, otro de nuestros más poderosos enemigos.

El dolor de cabeza comenzó, como es característico, el séptimo día después de haber quedado expuesto al agente. El séptimo día después de la visita a la Cueva de Kitum -es decir, el 8 de enero de 1980, Monet sintió un dolor palpitante detrás de los globos oculares. Decidió quedarse en casa, en lugar de ir al trabajo, y se acostó en la cabaña. El dolor de cabeza empeoró. Le dolían los ojos y más tarde comenzaron a dolerle las sienes, dándole la sensación de que el dolor giraba dentro de su cabeza. No se lo quitaría una aspirina y más tarde tuvo un fuerte dolor de espalda. La mujer que le hacía el trabajo doméstico, Johnnie, seguía de vacaciones y Monet había contratado provisionalmente a otra. Esta procuró cuidarlo, pero la verdad es que no sabía qué hacer. Luego, al tercer día de haberse iniciado el dolor de cabeza, tuvo náuseas, se le declaró una intensa fiebre y se puso a vomitar. Los vómitos fueron copiosos al principio, pero luego fueron arcadas secas. Al mismo tiempo, se volvió extrañamente pasivo. El rostro perdió toda apariencia de vida y adoptó una inexpresividad total. Tenía los ojos saltones, la mirada fija y los párpados algo caídos, lo que le daba un aspecto extraño. Los globos oculares casi parecían estar congelados en las cuencas y se pusieron de color rojo intenso. La piel del rostro se le fue poniendo amarilla y comenzaron a salirle manchas rojas y brillantes. Comenzaba a tener aspecto de zombie. Su aspecto asustó a la asistenta provisional. La mujer no comprendía la transformación de aquel hombre. Monet cambió de personalidad. Se volvió hosco, resentido, colérico, parecía haber perdido la memoria. No deliraba. Respondía a las preguntas, aunque no parecía saber dónde estaba exactamente. Se comportaba como si hubiera tenido un ataque de apoplejía benigno.

                             ***

Monet está rígido, como si cualquier movimiento fuese a romper algo en su interior. La sangre se le está coagulando: la circulación sanguínea va arrastrando coágulos y los coágulos se van alojando en todas partes. El hígado, los riñones, los pulmones, las manos, los pies y la cabeza comienzan a saturarse de coágulos de sangre. De hecho, está sufriendo una apoplejía múltiple. Los coágulos se acumulan en los músculos intestinales, cortando el abastecimiento de sangre a los intestinos. Los músculos intestinales se mueren, los intestinos se relajan y se sueltan. Monet no parece ya darse cuenta del dolor porque los coágulos alojados en el cerebro le bloquean la circulación, provocando pequeños ataques apopléjicos. Las lesiones cerebrales borran su personalidad. La viveza y los detalles de su carácter desaparecen y el individuo se convierte en un autómata. Pequeñas parcelas del cerebro se están disolviendo. Las funciones superiores de la conciencia son las primeras en sucumbir, quedando vivas y en funcionamiento las partes más profundas del cerebro (el primitivo cerebro de rata, el cerebro de reptil). Podría decirse que quien era Charles Monet ha muerto, mientras que lo que fue sigue vivo.

En el hospital de Nairobi, Monet guarda silencio y espera a que se le llame. De pronto entra en la última fase. La bomba viral explota. Los especialistas militares en biopeligros tienen fórmulas para describir este acontecimiento. Dicen que la víctima «revienta y se deshace en sangre», o bien, más educadamente, dicen que la víctima «se desmorona».

Monet se marea y se siente muy débil, la columna se le dobla y pierde por completo el sentido del equilibrio. La habitación le da vueltas y más vueltas. Está entrando en estado de shock. Está reventando. No puede impedirlo. Cae hacia delante, con la cabeza entre las rodillas, vomita una increíble cantidad de sangre y la desparrama por el suelo con un gemido jadeante. Pierde la conciencia y cae al suelo. El único ruido que se oye es el atasco de su garganta mientras sigue vomitando, ya inconsciente. Luego se oye un sonido como de una sábana que se rasgara, que es el que producen los intestinos al abrirse el esfínter y expulsar sangre por el ano. La sangre va mezclada con revestimiento intestinal. Se ha desprendido de las tripas.

Monet ha reventado y se deshace en sangre.

Los demás pacientes de la sala se ponen en pie y se alejan del hombre tirado en el suelo. Los charcos de sangre se extienden alrededor de Monet. Una vez que ha destruido el organismo anfitrión, el agente sale por todos los orificios, en busca de otro organismo.

HOT LINERS

Un cable de EFE informa:

El obispado de la diócesis de Kerry, en el suroeste de Irlanda, intenta descubrir al responsable de que en el recibo telefónico de la parroquia de Castle Island aparezca un cargo de 850 libras (unos 1,300 dólares) por llamadas a una línea erótica (hot line).

Según el párroco Cannon Denis O’Mahoney, ninguno de los cinco sacerdotes que presta sus servicios en la iglesia es autor de esas llamadas.

En la factura pormenorizada, recibida el mes pasado en la parroquia, figuran varias llamadas a líneas eróticas efectuadas desde el teléfono móvil de esa iglesia.

«Aparentemente, una persona ajena a la iglesia puede interferir la línea de un teléfono portátil», explicó O’Mahoney a sus superiores.

Ah, pillines. Confesadlo ya. ¿No? Entonces fue el que tenga las orejas calientes.

Robo a Nexos

En días pasados fueron robadas las oficinas de Nexos.

Para dar cuenta del hecho, y con el fin de lanzar una llamada de alerta sobre el aumento de la inseguridad en la Ciudad de México, enviamos un documento a diversas autoridades y distintos medios de comunicación; deseamos externar nuestro agradecimiento a unas y a otros, así como a los amigos de esta revista, por el apoyo que nos han concedido. De la misma manera, pedimos comprensión a los lectores y suscriptores por el pequeño retraso en la publicación de Nexos, debido al robo. Este es el documento:

En la madrugada del sábado 20 de mayo fueron robadas las oficinas de la empresa Nexos, Sociedad, Ciencia y Literatura S. A. de C. V. Es la segunda vez que esto ocurre. La primera fue hace siete años.

En ambos casos se trató, al parecer, de robos llanos, sin más implicaciones. Pero esta segunda vez el robo se da en el contexto de una creciente inseguridad e impunidades delictivas en la zona.

Las oficinas de Nexos están en la calle de Mazatlán, en la colonia Condesa, una colonia que se ha llenado de oficinas y servicios. Sobre la calle de Mazatlán hay oficinas que, como Nexos, han sido robadas más de una vez. De la calle Mazatlán han sido robados tres automóviles completos del personal que trabaja en Nexos y una innumerable cantidad de espejos, parrillas, rines, escudos, radios y estéreos. Según testigos oculares del último robo, los asaltantes salieron de las oficinas de Nexos a las 8:30 hrs. (a las ocho y media de la mañana) del sábado 20 de mayo; estacionaron una pick-up azul frente a la puerta y estibaron tranquilamente su botín. Al terminar, tres de ellos se fueron en la camioneta y otros dos cruzaron el camellón de la avenida para tomar un taxi. La tarde anterior sufrió un asalto a mano armada, a las 18:30 hrs. (seis y media de la tarde), la cocina económica que está en la esquina de Mazatlán y Vicente Suárez, a unos pasos de nuestras oficinas. No alcanzaría el espacio para enumerar la cantidad de robos en la Condesa en los últimos días. Suponemos que no hay nada especial en todo esto y que en la Condesa no vivimos sino uno más de los procesos de aumento de la inseguridad y los delitos que la Ciudad de México registra en todos sus barrios. Pero esta es la zona que nos toca y nos consta, y por la experiencia directa en ella nos dirigimos a ustedes para exigir algún resultado tangible en la contención y el castigo de los delitos patrimoniales que tienden a volverse rutina en nuestra colonia.

Hemos recibido el más amistoso y eficiente de los tratos por parte de la Procuraduría del D.F., su titular y sus colaboradores, en la consignación del robo y sus primeros peritajes. Queremos sin embargo llamar la atención del resto de las autoridades competentes sobre la conveniencia de hacer sentir su presencia con mayor claridad y eficacia en una zona que tiende a mejorar en todos los aspectos salvo en el de la seguridad.

Sexo y política

Cinna Lomnitz. Geofísico. Investigador de la UNAM. Su último libro es Fundamentals Earthquake Predictions.

Del comportamiento heterodoxo de algunos genes, del fundamento animal de cierta etología humana, de los chimpancés y del balance presupuestal de la orientación científica en Estados Unidos.

Orígenes de la política sexual

Ni duda cabe. Estamos entrando a una época de desarrollo científico inédito e inaudito. La revolución científica que algunos pensaban que se estaba acabando, apenas comienza.

Hasta hace pocos meses se creía que la evolución favorecía siempre a los genes útiles y tendía a desaparecer a los genes perniciosos. Se conocían excepciones aparentes pero que al fin resultaban no serlo. Por ejemplo, el tipo de anemia congénita que produce células blancas en forma de hoz, y que es común entre personas de ascendencia negra en nuestro país, se produce en bebés que tienen dos genes mutantes. Si el individuo tiene un solo gen mutante no solamente no contrae la enfermedad sino que se beneficia por ser inmune al paludismo, lo que representa una ventaja cuando se vive en el trópico. Aquellos hijos que contraen la enfermedad suelen no llegar a la edad de reproducirse.

El doctor Neil Risch de la Universidad de Stanford acaba de descubrir lo que parece una verdadera excepción al principio de la evolución. La distonía torsional idiopática es una enfermedad genética rara que afecta la coordinación al caminar y que ataca sobre todo a judíos originarios de la zona que abarca desde Lituania hasta Crimea. Esta anomalía genética se originó a partir de un solo mutante que vivió en el siglo XVII. Desde entonces, al cabo de 12 generaciones la enfermedad se ha extendido de tal manera que casi una de mil personas de este grupo humano la padece. ¿Cómo fue posible que una mutación tan perniciosa se extendiera tan rápidamente?

La explicación que propone el doctor Risch es de tipo social. Según él, las difíciles condiciones de vida que prevalecían en esta población favorecieron la supervivencia de los judíos ricos en perjuicio de los pobres. Suponiendo que el mutante original fuera rico y dada la endogamia que prevalecía en dicha población, sería perfectamente posible que la descendencia de un solo individuo pudiera haberse incrementado en forma exponencial pese a las leyes de la evolución. Los científicos americanos suponen que los judíos sobrevivientes de origen europeo oriental descienden apenas de unas mil familias del siglo XVII; las demás familias se extinguieron.

Hablando de genética, ¿sabía usted que el gusto por comer carne es un rasgo genético, que tiene que ver con el machismo y la política? Esto se acaba de descubrir gracias a un estudio detallado del comportamiento de los chimpancés. Antes se creía que estos monos eran exclusivamente herbívoros; pero la célebre Jane Goodall, quien vivió muchos años entre chimpancés, descubrió que se juntaban para cazar animales y que se los comían. Ningún otro mono antropoide hace eso: solamente el hombre, el chimpancé y presumiblemente su extinto Ancestro Común, el llamado «eslabón perdido».

¿Cómo es la cacería de los chimpancés? Bueno, se organizan bandas de 10 a 35 machos, acompañados o seguidos por varias hembras y monos adolescentes. La presa favorita de los chimpancés de Tanzania es el mono colorado del tipo colobus. No es fácil agarrar uno de estos ágiles animalitos: un chimpancé solitario suele fallar en hasta un 70% de sus intentos. Pero cuando salen a cazar en manada invariablemente tienen éxito. Lo sorprendente, según el doctor Craig B. Stanford de la Universidad del Sur de California, no es tanto el apetito de los changos por la carne. No es precisamente para comer más carne que se juntan a cazar. En realidad es por razones políticas y reproductivas. Las hembras no son muy hábiles para cazar ya que en realidad más del 90% de la carne es obtenida por machos. Cada vez que un macho mata a una presa no falta alguna hembra interesada en compartir un trozo de carne, pero el macho accede solamente a condición de que la hembra le permita copular con ella. El macho copula sin soltar presa: le da su parte hasta después del acto de amor. Al parecer, este comportamiento abusivo y contrario a los derechos humanos ha sido transmitido genéticamente hasta nuestros días.

Si hemos de creerle al voyeurísimo doctor Stanford, la presencia de una o más hembras en celo es motivo suficiente para que los machos se decidan a organizar una cacería. En ella participan los amigos y parientes masculinos del cazador, quienes suelen recibir su parte del botín a cambio de servicios políticos futuros. Las hembras, desde luego, siempre deben someterse sexualmente al cazador antes de recibir su bocado. De este modo, el macho más exitoso, vale decir, el mejor cazador, tiene más oportunidades de reproducirse y eventualmente se convierte en el jefe de toda la manada. Los demás, en cierto modo, tienen que llevarle su café y su periódico… Se observó que un chimpancé macho, mientras competía por la jefatura de su grupo, solía ser buena onda y compartía carne con sus cuates y protegidos, pero le daba puro Capsicum a sus rivales. Una vez que se convertía en jefe su comportamiento cambiaba notablemente. Cosas de la etología animal.

Por una coincidencia, se acaba de descubrir en Etiopía al antepasado más antiguo del hombre, Australopithecus ramidus, un bípedo que vivía hace 4.4 millones de años. El descubrimiento fue producto de una expedición internacional dirigida por el americano Tim White, el japonés Gen Suwa y el etíope Berhane Asfaw. Estos científicos descubrieron que los antiguos homínidos habitaban un ambiente semiselvático, en el que abundaban los monos colorados además de pequeños antílopes y otros vertebrados deliciosos, muy apropiados para ser cazados y comidos al natural. Para el hombre primitivo, al igual que para el chimpancé, estas cacerías seguían un ritmo anual de manera que durante la estación seca (julio a septiembre), se organizaban hasta cinco veces más cacerías de las que se efectuaban en el resto del año. No se sabe si estamos viendo un ciclo reproductivo o un efecto de la mayor escasez de frutas, o ambas cosas a la vez.

En conclusión, parece que el consumo de carne definitivamente es parte de nuestra herencia animal y tiene mucho que ver con el poder político y con el machismo. Según referencias de personas que han asistido, las comidas y taquizas organizadas por el PRI raras veces son vegetarianas.

Notas y noticias

El CONACYT es el órgano de gobierno que corresponde a la National Science Foundation de Estados Unidos (NSF). Cada convenio otorgado por CONACYT es producto de una propuesta de uno o más científicos, que ha sido previamente aprobada por un comité de científicos mexicanos de alto prestigio.

Sin embargo, el elemento de política científica que ejerce el CONACYT no radica en el otorgamiento de los convenios en sí, sino en la cantidad total de dinero que se dedica a la ciencia mexicana y en la distribución de ese total entre las diversas disciplinas científicas. En ello se transparentan las ideas de un gobierno para promover el desarrollo del país.

Como las cifras respectivas para 1995 no han sido dadas a conocer, me permito resumir, en el cuadro de arriba, las que corresponden al sector de ciencias exactas de la National Science Foundation para 1995.

CIENCIAS EXACTAS

Rubro

Millones de dólares

Proporción

del total en % 

Física

130.3

5.9

Materiales

175.4

8.0

Química

123.0

5.6

Matemáticas

83.6

3.8

Astronomía

102.2

4.7

Programas

multidisciplinarios

30.0

1.4

Infraestructuras

mayores

138.0

6.3

Geociencias

419.5

19.1

Cómputo e

informática

258.3

11.8

Infraestructura

académica

118.1

5.4

Educación y

recursos humanos

614.0

28.0

2,192.4

100.0

Las proporciones reflejan lo que debe ser una comunidad científica madura. Nótese que los grandes proyectos de infraestructura (tales como el Observatorio de Ondas Gravitacionales por Interferometría de Láser, los telescopios Gémini de 8 metros y el Laboratorio Nacional de Campo Magnético Fuerte) corresponden apenas al 6.3% del presupuesto. En cambio, las ciencias de la tierra reciben un 19.1%, más del triple del presupuesto para física. En México la proporción debería ser hasta mayor, debido al atraso acumulado en estas ciencias vitales para el porvenir del país. En efecto, el petróleo y la minería han representado históricamente los recursos fundamentales para promover el desarrollo económico, y los problemas ambientales constituyen uno de los más graves limitantes para un progreso futuro. El ítem más fuerte del presupuesto de la NSF se destina desde luego a la docencia y la formación de recursos humanos. Todos los ítem sufrieron recortes con respecto al año pasado -menos el de la formación de recursos humanos.

El director de la NSF, Neil Lane, explicó que a partir de este año la institución regresa a la política original que presidió a la creación de la Fundación en el año 1950. Durante tres años, la NSF había intentado hacer caso a ciertos políticos poderosos que exigían que la investigación científica se ciñera a las «áreas estratégicas» que reportaran beneficios directos a la economía y a las necesidades nacionales. A partir de ahora, dijo Lane, se volvería a apoyar a los investigadores individuales y a los grupos pequeños de investigación. «Si se trata de resolver un problema básico, la solución provendrá siempre de la comunidad», dijo Lane, «y no de algún político de Washington».

Dos frentes encontrados

CUADERNO NEXOS

Luis Rubio. Economista. Director del CIDAC.

El gobierno se encuentra entrampado entre dos procesos incontenibles, ambos sujetos de su acción, pero sin que a la fecha haya logrado incidir con determinación en la construcción de una transición política efectiva o de una recuperación económica acelerada. Por un lado se encuentra la visionaria y ambiciosa redefinición del sistema político y de la función del gobierno y de la presidencia en el proceso de reinstitucionalización política. Por el otro está la crisis económica que es inseparable del reino de lo político. Una incide sobre la otra, hasta tornarse indistinguibles. El país tiene frente a sí dos procesos cruciales que habrán de determinar su futuro. En las contradicciones y convergencias entre ambos se definirá lo que seremos y lo que no hayamos sido capaces de materializar.

Dados los hechos ocurridos en 1994, el gobierno tenía dos opciones muy claras al iniciar el sexenio. Podía, por una parte, facilitar el proceso de cambio político que ya había venido cobrando forma a lo largo de las últimas dos décadas, pero que se había acelerado en los últimos años. En efecto, contrario a lo que había venido argumentándose respecto a la política y la supuesta parálisis en este ámbito, sobre todo en comparación con el proceso económico, la realidad es que el país se ha transformado de una manera radical en el ámbito político. Una manera de resumir ese cambio es afirmando que el viejo sistema político simplemente murió con el fin del sexenio pasado. Con ese entierro se acabó mucho -bueno y malo- de lo que caracterizó al México postrevolucionario: los acuerdos institucionales, los consensos y la capacidad del gobierno de imponer su voluntad. Lo que no se hizo en los últimos años fue construir los andamios y estructuras que pudiesen permitir la construcción de un nuevo sistema político y, con ello, de nuevas reglas del juego y de nuevas instituciones compatibles con la naturaleza del país en el día de hoy.

De entrada, el gobierno actual tuvo así que optar entre una política de «dejar hacer» -con todos los riesgos de violencia que eso entrañaba- y una política de construcción institucional. Nuestra fortuna es que escogió la segunda fórmula. La dificultad de esa fórmula es, sin embargo, que requiere de un enorme activismo gubernamental en la conformación de alianzas y pactos y en la contención de aquellas personas, grupos o intereses que se rehusan a sumarse a un proceso institucional. Se trata de una dificultad por tres razones: primero porque el nuevo gobierno se ha autodefinido expresamente como no activista; segundo porque la construcción de estos andamiajes entraña enormes riesgos: una vez que se acepta destruir lo que existe y mientras todavía no hay nada nuevo que lo sustituya, todo está en el aire y las viejas lealtades y consensos se esfuman en el proceso. Tercero, y quizá más importante, la reconstrucción de un sistema político es chamba de tiempo completo y ahorita estamos inmersos en una crisis económica de enormes magnitudes, que amenaza con profundizarse cada día.

A pesar de los enormes retos que enfrenta el gobierno en el ámbito político, existe ahí un claro sentido de dirección y de sucesión de pasos que tienen que darse para alcanzar el objetivo. Muchos critican la viabilidad de la política gubernamental en el reino de lo político y, sobre todo, el instrumental que se diseñó para emprender una tarea de las dimensiones de ésta, pero no hay duda de lo que el gobierno se propone realizar, aunque nadie debería hacerse ilusiones sobre la facilidad con que se lograrán los objetivos, dada la enorme complejidad y los ingentes riesgos de lo que este programa implica.

Si en lo político al menos hay rumbo, en lo económico hemos venido fluctuando entre el precipicio -del colapso económico por insolvencia o por inanición de la planta productiva- y la hiperinflación -por la devaluación o por falta de un programa de restructuración económica profunda-, aunque a veces no sea fácil distinguir uno de la otra. La crisis económica sorprendió a todos no sólo por su severidad, sino sobre todo por la incompetencia con que se manejó. Después de casi una década de gobiernos distinguidos por el profesionalismo del equipo económico que encabezaba el gobierno, los mexicanos -y los inversionistas extranjeros- se habían acostumbrado a todo menos a esperar una hecatombe como ésta. A muchos les gustaba la política económica, en tanto que otros la aborrecían; muchos criticaban acciones económicas específicas, en tanto que otros proponían tal o cual alternativa; algunos objetaban las políticas por razones económicas, otros por razones ideológicas; muchos las criticaban porque, a pesar de los impresionantes avances en materia de inflación, la recuperación simplemente no se lograba. Nadie, virtualmente nadie, sin embargo, dudó jamás de la competencia y calificaciones del grupo que administraba la economía.

No es éste el lugar para discutir el origen de la crisis económica o las circunstancias particulares de la misma. Baste decir que la devaluación fue, en retrospectiva, tardía, que su administración fue desastrosa y que las consecuencias han sido y serán terribles para una enorme porción de la población. No hay duda que las nuevas características de los mercados financieros globalmente integrados hacen tanto más compleja la administración económica de un país y que, como hemos visto, son capaces de socavar a los mercados más sólidos y prestigiados. Esa nueva realidad, sin embargo, no explica ni justifica la crisis, sobre todo su profundidad. El manejo de la devaluación y las etapas subsecuentes ha sido extraordinario por la incapacidad del gobierno de reconocer la gravedad del momento y de actuar en consecuencia. Lo más grave de todo, sin embargo, ha sido la incapacidad de reconocer los riesgos que la crisis económica representa para el delicado proceso político por el que atraviesa el país.

La administración de la economía perdió el aura de limpieza y excepcionalidad que se había logrado construir a lo largo de una larga década. Si bien no a muchos les gustó, el hecho es que la política económica era uno de los pilares que sostenían al país en curso. Cualquier país puede experimentar una crisis: lo que importa no es eso, sino la destreza y profesionalismo con que se sale de ella, sea ésta de origen natural (como pudiese ser un terremoto), o producto de las fuerzas humanas (como en el caso de una devaluación). La manera de devaluar y, sobre todo, la falta de acción gubernamental para mitigar la crisis y evitar que ésta llegase a los niveles que llegó -y a las consecuencias sociales que podría tener-, sin embargo, constituyen un rompimiento de implicaciones potencialmente incalculables. El ancla que evitó que el país se hundiera con la violencia de 1994 quedó en entredicho.

No hay la menor duda que la existencia de un marco de estabilidad política es una precondición para el buen desenvolvimiento de la economía. En este sentido, el rompimiento institucional que caracteriza al país y las acciones que el gobierno ha venido articulando en términos de crear un marco de legalidad, en las relaciones entre el ejecutivo y el legislativo y entre el primero y el PRI, y así sucesivamente, son centrales para el futuro del país. Para el 99% de los mexicanos, sin embargo, nada de eso es relevante si no hay empleo, si sus ingresos se desvanecen en el aire o si no hay qué poner en la mesa cada noche.

La pregunta es si hay algo que se pueda hacer ya llegado el momento actual. Lo fácil, desde luego, sería abandonar partes o el total de algunos programas, sobre lodo en el ámbito político, con la noción de que un gobierno supuestamente más fuerte puede vencer la crisis económica con mayor facilidad. Mi impresión es que el gobierno ha avanzado en el terreno político tanto por convicción, como por un reconocimiento de que no hay alternativa: cualquier otro esquema sería peor. Si no hace lo mismo en el ámbito económico, sin embargo, los riesgos políticos se exacerbarán. Quizá más importante, ambos procesos se refuerzan mutuamente: la recuperación económica sólo será posible en el contexto de un Estado de derecho y la transformación política se podrá consolidar sólo en la medida en que se recupere la economía.

Desde esta perspectiva, el gobierno tiene una sola salida en esta coyuntura, y ésa es la de hacer todo lo necesario para que la economía se recupere con gran celeridad. Esto implica redefinir, de una manera radical, la naturaleza del gobierno y de su función en la economía. Implica, ante todo, decisiones excepcionales porque la situación es excepcional. Es decir, implica actuar en frentes que hasta ahora han sido considerados -con frecuencia sin mayor