Cosecha narrativa

A principios de la década de los setentas, Margo Glantz se refería a una bifurcación evidente en la narrativa mexicana de aquel momento: la Onda, apegada a una narración realista y al habla de los jóvenes de la época, salpicada de términos “secretos”; y lo que Salvador Elizondo (1932) llamó escritura, esto es, un trabajo textual que se nutre del funcionamiento cotidiano de la mente. Este segundo camino se vinculaba al nouveau roman, y, en el caso muy específico de Elizondo, a Mallarmé y a Valery.

Ciertas novelas cabalgaron entre las dos rutas con espléndidos resultados: Obsesivos días circulares (1969) de Gustavo Sáinz (1940) o Cadáver lleno de mundo (1971) de Jorge Aguilar Mora (1946). En estos libros, la mezcla del habla callejera y de una laboriosidad verbal fue un acierto. Hay en ellos, además, un nivel de la trama que está muy lejos de “retratar” únicamente el universo de las clases medias y que se asienta en la más pura ficción: una realidad imaginada en la novela de Sáinz; la transformación de lo cotidiano en aventuras caballerescas, en la de Aguilar Mora.

Muchos de los escritores mexicanos se subieron al carro de la exploración literaria del lenguaje: Carlos Fuentes, Sergio Fernández, Fernando del Paso, y otros. Los “onderos”, representados por José Agustín (1944) y por Parménides García Saldaña (1944), parecían haber optado legítimamente por el otro rumbo, el de un realismo cuya carta de naturalización era incluir, “tal cual”, el habla popular. Sin duda, los personajes de Pasto Verde (1968) de Parménides y de Se está haciendo tarde (1973) de Agustín no recreaban un habla sino que la creaban. Su “realismo” desenfadado es una ilusión. Pero ¿existe en estas novelas algo más que la ironía con respecto al entorno social de los caracteres? Por otro lado, ¿no llegaría a la exageración el afán de hacer de la literatura un laboratorio del discurso en aquello que Elizondo bautizó como escritura?

Hoy, a más de veinte años de distancia, podemos responder a semejantes preguntas. Farebeuf (1965) de Salvador Elizondo y Morirás lejos (1967) de José Emilio Pachecho, (1939), dos novelas estructuradas por una ingeniería literaria, continúan produciendo riquísimas lecturas. Sin embargo, otros textos han perdido el interés que despertaron en su momento. El mismo José Trigo (1966) de Fernando del Paso resulta actualmente un libro excesivo: genial en muchos aspectos y en otros moroso. De la novela de la onda muchos de sus textos conservan la frescura y el grado de mordacidad con los que fueron escritos, de ahí que sigan ejerciendo una relevante influencia.

Los narradores mexicanos nacidos entre 1945 y 1960 surgieron a la vida literaria en el acto pleno en que se dividieron los caminos: uno hacia la onda y otro hacia la escritura. Pero la separación no resultaba tan tajante y, finalmente, hubo un acuerdo tácito.

La onda relajó el discurso literario. Lo volvió desparpajado

y divertido para criticar a sus anchas a la sociedad clasemediera que gozó todavía del “milagro” económico mexicano que había arrancado con el alemanismo. Los de las clases medias viajaban entonces a Europa y a los Estados Unidos; los jóvenes aprendían inglés y algunos también le daban “el golpe” a la cultura francesa, impregnada de Robbe Grillet, de Butor, de Nathalie Serrault. Pero estos últimos, quizá, prefirieron las formas del nouveau roman, como Alberto Ruy Sánchez (1951), por ejemplo, con Los nombres del aire (1987). En general, creo que este grupo generacional le debe más a Tom Wolfe que a Marguerite Duras, a los Doors que a Paul Elouard, a García Márquez que al surrealismo. Dicho grupo creció viendo las noticias por TV, viviendo, de refilón, la guerra de Vietnam; presenció el auge de las drogas; escuchó con fervor a los Stones y a los Beatles; observó en la pantalla cinematográfica, por primera vez en México, vellos púbicos (The Last Picture Show de Bodganovich, exhibida al inicio de los años setenta). Una generación que arranca con José Agustín (1944), continúa con Juan Villoro (1956) y alcanza a Daniel González Dueñas (1958) y un poco a Gerardo Kleinburg (1964), operístico y posmoderno.

La tarea consiste en trazar un mapa de la narrativa concebida por los escritores mexicanos posteriores, según su fecha de nacimiento, a José Agustín, y que han publicado en la editorial Joaquín Mortiz. Es una suerte de catálogo comentado, que incluye a autores de dos libros en adelante.

Agustín inicia realmente la “onda”. En 1966 editorial Novaro publicó La tumba, de la que Juan Rulfo dijo: “…es una de las obras que liquidarán el pasado…” y Ramón Xirau describió como: “Adolescencia, amoríos, ‘bovarismos’, algo de Op, algo de Pop, algo de Beat se estructuran en una narración rápida, aguda, un ritmo de Sorpasso”.

La tumba fue un acontecimiento en nuestro mundito literario. Los seis relatos escritos por un joven de veinte años de edad pusieron en movimiento una narrativa novedosa, cargada de cinismo, de musicalidad, de frescura.

En 1965 Mortiz publicó Cazapo, de Gustavo Sáinz, una novela que ha sido no pocas veces referida al Rabbit, run (1960) del estadunidense John Updike, pero que posee un sello original. La novela trata de la vida adolescente de un grupo de defeños. El montaje verbal es muy joyceano, aunque su autor juraba no haber leído todavía el Ulises. De ahí que Obsesivos días circulares comience con la figura de Buck Mulligan, de Dublineses. Para entonces, Sáinz ya había leído, y muy bien, al escritor irlandés.

La sexualidad, el “ligue”, el “importamadrismo”, el constante atentar contra el statu quo describen a la narrativa de la onda. Parménides García Saldaña, como José Agustín, incluye en estos textos el desaforado mundo de las drogas. Inventando que sueno (1968) y De perfil (1966) introducen al lector al mundo de la marihuana y la psicodelia. Se trata de poner en jaque al establishment. Ahora Juan Villoro nos dice de pasadita, agregando tan sólo un distintivo más a la relación de un personaje, que el fulano en cuestión “le entra” a la cocaína (Albercas, 1985).

Los nuevos narradores no poseen una apetencia por el descuadramiento de su sociedad. Se comparte un desencanto político. Emiliano González (1955) transita por la literatura fantástica con sus libros Los sueños de la bella durmiente (1978) y Casa de horror y mafia (1989). Sus preferencias estéticas se remontan al simbolismo y al gusto por lo insólito. El mundo, así, no se resquebraja más que por motivos ocultos.

Alain Derbez (1956) pasea por el camino de la música: del rock y del jazz (Los usos de la radio, 1988), con una actitud más de conocedor, de intelectual, que de rockero apasionado. Sin embargo, en el trabajo narrativo de Derbez (Cuentos de la Región del Polvo y de la Región del Moho, 1990) aparece el propósito de contar, en medio de la fantasía, las horas crudas de la subsistencia diaria

Juan Villoro (1956) va de lo nimio, del petit fait vrai, a lo fantástico con una precisión meridiana. Villoro es un narrador astuto, cinematográfico, que presenta cada una de las situaciones de sus relatos con una ligereza maliciosa. En 1980 publica La noche navegable y en 1985 Albercas, dos libros de cuentos que lo vuelven un narrador de primera línea.

Daniel González Dueñas (1958 narra en su Semejaza del juego (1989) una historia de amor en la que el dios mesoamericano Xólotl, el de Salvador de Madariaga (escritor que de nuevo está de moda entre los jóvenes), ilumina a la extraña o a las extrañas parejas que se  forman.

No he querido implicar que la novela de la “onda” fuera una narrativa militante y corrosiva en su crítica social, hasta el punto de la politización. Lo que hizo fue burlarse de la rigidez y la moralina de las clases medias mexicanas, e impuso la nueva cultura que se gestaba en occidente: la recurrencia a las drogas, una sexualidad desestigmatizada, situó el conflicto generacional en un escaparate y mantuvo, eso sí, una actitud antibélica.

Pero a fines del siglo las cosas han cambiado. Los escritores encandilados con la posmodernidad se abocan a una literatura menos “comprometida”. Hoy por hoy se lee a Nietzsche y no a Marx y una nueva avalancha astrológica llena las librerías. ¿Se optará otra ve escritura, una experiencia interior que evita el exterior para pasar al papel? ¿Era esto la escritura?

De acuerdo con Salvador Elizondo, la novela ideal es la que revela “un prodigioso y arduo juego del espíritu y la escritura”. Como sea, Elizondo trajo a la literatura mexicana eso que Víctor Hugo calificó acerca de la poesía de Baudelaire como de nouveau frisson (nuevo estremecimiento). Frente al hombre sometido a un atroz suplicio en Farabeuf, imagen continua en el libro, el lector se “estremece” como sucede también con Elsinore (1987), que después de haber sido editado por El Equilibrista, Mortiz está a punto de sacar. Elsinore construye una espléndida trama sobre una historia de los años cuarenta. Todo ocurre en una escuela militar norteamericana en la que estudia el narrador-protagonista. En medio de los sucesos que viven los adolescentes se comete un asesinato: un mexicano a manos de otro mexicano, ambos empleados del colegio. El hecho resulta terrible: un crimen entre amigos en una noche de borrachera dentro de unas inmundas barracas. Como aquel retrato que Elizondo tomó de Bataille para Farabeuf, el asunto adquiere una imagen atroz.

Charras (1990) de Hernán Lara Zavala (1946) es un libro notable. El texto teje la versión literaria de un crimen de orden político, cometido en Yucatán, cuando el gobierno de Loret de Mola. A su manera Lara Zavala apela a la novela testimonial que inició con Truman Capote y continuó con el “nuevo periodismo” propuesto en los setentas por Thomas Wolfe: una mezcla de “literaturización” de los hechos y de la recopilación de los sucesos obtenida a través de un amplio reportaje. Al tiempo que se cierra el libro con la muerte “accidental”, años después, del que gobernara la península del sureste de México, se abre la historia a un nuevo nudo de complicaciones. El secuestro de un joven líder sindical, contado esencialmente por el narrador que utiliza aquí la segunda persona (se refiere al asesino), su tortura y muerte, resultan un logro, entre otras cosas porque a pesar de la intromisión de otros puntos de vista (el de Loret de Mola, el de los periódicos, el del jefe de la policía) predomina el del criminal y así se disminuye el dramatismo pero aumenta la sordidez de los hechos. En definitiva, son “razones de Estado” las que convergen en la vida criminal de un tipejo cuyo modus vivendi reside en el quehacer gangsteril, apoyado por la policía.

El mismo cielo (1987), del mismo Lara Zavala, ofrece una serie de cuentos en los que se muestra a un autor de múltiples caras. Es decir, cada relato posee un tono y una estructura original. No hay uno que se repita en algo a otro. Sólo un escritor que ha leído mucho y ha percibido diferentes matices y posibilidades literarias (Elizondo, Pacheco, el propio José Agustín) puede fatigar textos tan sofisticados como “Correspondencia secreta”, “Crucifixión”: tan de buena factura como “Lejos, en invierno y de madrugada” o “Cogollito”.

Ignacio Solares (1945) había publicado ya algunas novelas antes de Matero, el otro (1989), un libro histórico-literario en el que se nos muestra a uno le los grandes caudillos del México revolucionario desde una perspectiva aparentemente imposible: la del héroe vinculado con el espiritismo. Solares no sólo vuelve factible el asunto sino que consigue la escritura de un libro apasionante.

Alberto Huerta (1945) resulta un ejercitado narrador. Ojalá estuvieras aquí (1977), que ganó el Premio Nacional de Cuento, y Block de notas (1989) los publicó en Mortiz. Huerta es un vívido ejemplo de las dos corrientes que imperaron en los sesentas y setentas. Onda y escritura convergen en sus textos con imaginación y buen estilo.

Luis González de Alba (1944) fue de los primeros en referir literariamente la experiencia vivida como líder estudiantil en 1968: Los días y los años (ERA, 1971), una novela testimonial escrita durante su estancia en la cárcel como preso político. En Mortiz ha publicado dos libros: Y sigo siendo sola (1979), que narra las divertidas historias de una irreal y estrafalaria mujer llamada la Seca y/o Delfina Borato; y Jacob, el suplantador, que parte de caracteres bíblicos para contar la historia de un personaje y de su lugar en la familia, en un pueblo minero del norte. El protagonista es un auténtico transgresor, cuyo conflicto simbólico reside en el significado de su primogenitura. Junto con sus otros libros, El vino de los bravos y Malas compañías (editados por Katún), González de Alba consigue un registro brutal de la moral clasemediera, de su contraparte y de situaciones impensables que él transforma en agua de todos los días, de todos los años.

Bruno Estañol (1944) ha incursionado en la narrativa con el pie derecho. En 1988 ganó el Premio de Cuento San Luis Potosí, que otorga el INBA, y en 1989 publicó una novela en Mortiz: Fata Morgana, cuya composición tiende al realismo mágico, pero que impone diferentes dimensiones: la física y la geográfica y, desde luego, la que recibe las brumas del inconsciente.

Ya estamos en los narradores nacidos entre 1949 y 1952.

Daniel Leyva (1949) tiene dos libros en Mortiz: Abecedario o Abecedario (1980) y Una piñata llena de memoria (1984), ambas muy a la manera de Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante y que recuerda los juegos de lectura propuestos por Butor y por Cortázar. En la obra de Leyva se percibe agilidad y una forma personal de abordar los experimentos literarios tan gustados hace algunos años.

Roberto Bravo (1947) publica en 1980 No es como Ud. dice tras haber ganado el Premio Nacional de Cuento. Es autor de otros libros y en 1989 volvió a publicar en Mortiz. Se trató de Vida del orate, un libro entre prosa poética y aforismos, narraciones breves y teatro, que contienen el encanto de la brevedad.

Marco Antonio Campos (1949), autor de los cuentos La desaparición de Fabricio Montesco (1977), No pasará el invierno (1985) y de la novela Que la carne es hierba (1985), publica en 1987 hemos perdido el reino, novela-testimonio que presenta los siniestros ocurridos en México el 19 y el 20 de septiembre de 1985. Sin melodrama, Marco Antonio Campos, o más bien M., se sitúa en medio de tres historias que ocurren en la ciudad y en su zona devastada como contrapunto. La desaparición de Fabricio Montesco reúne una serie de relatos, poemas en prosa y ensayos vinculados casi todos con Europa, en distintas épocas. Este resulta un libro sagaz que, junto con No pasará el invierno rescata el gusto por lo sorpresivo, lo extraño, lo agradablemente anecdótico.

Humberto Guzmán (1948) es un autor prolífico que ha incursionado en la narrativa y en el teatro. En Mortiz ha publicado Manuscrito anónimo (1975) y Los buscadores de la dicha (1990). Guzmán es un narrador preciso, con una sosegada economía del lenguaje. Los buscadores de la dicha relata la historia de un hombre solitario, que se enamora de una extraña a la que conoce en un cine y luego la persigue, con verdadero delirio, por la ciudad de Praga, que se transforma en un cuerpo sensual.

Sealliel Alatriste (1949) publicó en Mortiz dos novelas que formarán una trilogía intitulada Cineteca Nacional. El primer libro, Por vivir en quinto patio, salió en 1985; el otro, Quien sepa de amores, en 1990. Las dos novelas se crean a la luz de la cultura del melodrama del cine mexicano. De hecho, el protagonista, Enrique Guerra, quisiera fungir como galán a la Emilio Tuero. El mundo de sus fantasías reside en las películas de Dolores del Río, de Andrea Palma, de Antonio Badú, mientras su existencia clasemediera lo enfrenta al patetismo (divertidísimo por como se narran los hechos) de su clase social y a fatigar situaciones delirantes, que lo mismo pueden ocurrir en un hotel en Hermosillo con una gordita fofa y con rulos en la cabeza, que en un “condominio de tiempo compartido” que ha adquirido su mamá, doña Adalgisa P. de Guerra, “cerca de la playa”. Los tíos, los hermanos, los cuates, los reventones, el divorcio y la aparente búsqueda de su identidad, amén de la jetatura que pesa sobre la familia no bien cualquiera de sus miembros pisa el puerto de Acapulco, hacen de Enrique Guerra un antihéroe inolvidable.

En la segunda pieza, Quien sepa de amores, narrada por un amigo de Enrique Guerra, nos enteramos de las otras facetas (posibles o imposibles) de las historias del protagonista, quien termina por diluirse en relación a Marina Campollo de Anchondo, la mujer que habrá de arrebatarlo y que, después de muchos encuentros sexuales en los que no se repiten más que escarceos eróticos desenfrenados que Marina siempre interrumpe, llega finalmente el clímax erótico, la destrucción del matrimonio convencional de Marina y el reconocimiento por parte de Enrique de que Marina es un sujeto inclasificable, de una originalidad imprevisible. Alatriste urde entonces ese otro “imprevisible” que es el género de la tragicomedia y, después de la boda de un amigo, a la que Marina se presenta vestida como Andrea Palma en La mujer del puerto, los amantes mueren (no diré ni dónde ni cómo), como sucede con las parejas famosas del amor cortés: Tristán e Isolda, Abelardo y Heloisa, Romeo y Julieta. Historias de amor y muerte, Sealtiel Alatriste recoge la tradición del amor occidental en las letras de los boleros, dentro de una novela deliciosa, regocijante y triste.

Alberto Ruy Sánchez (1951) publicó bajo el sello Mortiz Los nombres del aire, que le valió el Premio Villaurrutia 1987. Este texto nos remonta de nueva cuenta a la écriture, al prosopoema, dentro de una geografía árabe y quizás española, en la que el deseo labra sus fantasías. Ruy Sánchez nos demuestra que todavía resulta factible volver a la playa desierta del lenguaje, a sus litorales, que si bien diseñados, son luminosos. Pero prefiero la malignidad de Los demonios de la lengua (1987) que se publicó en otra editorial.

Leonardo Da Jandra (1951) y su Entrecruzamientos III (1990) ofrece una suerte de autobiografía novelada, en la que, en efecto, se entrecruzan múltiples planos: el de la ficción, el de las lecturas y su crítica, el de personajes “reales” y personajes tomados de la literatura o del mundo editorial, el de la contaminación y el del abrupto confín de la naturaleza casi pura y con serpientes venenosas, el de la relación amorosa con Raga. Así, todo se entremezcla, mientras el protagonista busca afanosamente su mexicanidad.

De David Martín del Campo (1952) aparece bajo la firma Mortiz, en 1987, Isla de lobos, que mereció el Premio Novela José Rubén Romero. El libro se aventura en un universo supuestamente utópico, en Mazatlán, donde un hombre oscuro decide experimentar el “síndrome Gaugin” y termina por vivir experiencias de todo tipo: alcohólicas, de índole policiaca, mientras observa la dura existencia de los hombres de mar.

Martín del Campo había publicado en 1976, también en Mortiz, Las rojas son las carreteras y en 1990 sale su Dama de noche que incurre en la educación sentimental finisecular de los integrantes de una generación desfasada, que creció durante la época agitada de los sesenta y que ahora se encuentra un tanto a la deriva.

Del Campo ha creado una serie de personajes de corte balzaciano. Pero en sentido inverso a la novela realista del escritor francés, sus protagonistas abandonan la ciudad y se instalan, casi siempre, en pequeños sitios junto al mar. El autor posee una visión sociológica de los camaroneros, de los gobiernos socialistas del Golfo (Alas de ángel, premio Diana 1989) durante la década de los veinte, de los campesinos y otros caracteres simples que contrastan con el cinismo de sus personas dramáticas centrales. Se percibe así en la obra de este narrador, una desesperanza que al mismo tiempo lo conduce a exhibir a su generación, una generación de ideas que leyó a Marx y escuchó a Lennon y que ahora asume una realidad desencantada. Quemar los pozos traza una narración histórica durante el tiempo de la expropiación petrolera y hace desembocar al novelista en uno de los géneros que el nouveau roman hubiera despreciado y que en la última década se ha trabajado con especial denuedo (y con grandes aciertos): la novela histórica. Como sea, David Martín del Campo es uno de los narradores mexicanos más consistentes de los últimos años y que ha desarrollado aquella narrativa de los sesenta, que nació en medio del boom del lenguaje, de la voracidad crítica, del generation gap y que apadrinó a los mejores escritores del México actual.

cinco y sus ojos

Héctor Aguilar Camín: Morir en el Golfo. Cal y Arena, México, 1989 

Guadalupe Loaeza: Primero las Damas. Cal y Arena, México, 1989

Angeles Mastretta: Arráncame la vida. Cal y Arena, México 1988.

Rafael Pérez Gay: Me perderé contigo. Cal y Arena, México, 1988

Luis Zapata: La Hermana Secreta de Angélica María. Cal y Arena, México, 1988.

Es de suponer, e incluso de aceptar, que las editoriales tengan un hilo conductor, una pauta de preferencias. Por irnos a un caso extremo, está la desaparecida Olympia Press, donde Lolita (1955) halló su primer acomodo. O la colección puesta en marcha por Juan José Arreola, punto de arranque para varios de nuestros hoy escritores famosos. La lectura de los títulos acumulados por Cal y Arena señala una buena disposición hacia la narrativa de corte realista, muy relacionada con una descripción concreta y reconocible de nuestra cotidianidad citadina y, quizás el aspecto más compartido por los libros, bastante crítica de esa cotidianidad. Abunda, asimismo, una sana utilización de la ironía.

Cada uno de los títulos se mueve en obediencia a las leyes internas de su propio universo. Examinemos algunos de los libros más destacados -por la crítica recibida, por el número de ediciones logrado-, y veamos cuál es su propósito narrativo.

Morir en el Golfo, que Héctor Aguilar Camín dio a conocer en 1986, es una severa novela de denuncia aunque ninguno de los personajes centrales sea real, en el sentido en que lo son aquellos de Asesinato (1985), de Leñero. Sin embargo, la situación política descrita refleja una realidad por todos reconocible y confirma algunas de nuestras sospechas. Lo impresionante del libro es el grado de verosimilitud logrado. En el retrato de un sistema cuyo interés principal es la acumulación de poder, y que sujeta a él cualquier otra consideración, el autor ha conseguido un texto incisivo, que hurga a fondo en muchas de nuestras corrupciones. Cuando el “contacto en Bucareli” asegura que su obligación “es la tranquilidad pública”, que “todo es negociable, paisano” o va dejando ver cuánto sabe de la gente involucrada en el caso, no queda al lector sino aceptar la precisión del cuadro descrito: lo que menos interesa es la justicia o la verdad.

De hecho, la novela asegura que la verdad de los hechos políticos es inalcanzable, excepto para unos cuantos privilegiados de la cumbre gubernamental. La trama se mueve con base en una serie de vueltas de tuerca que, lejos de aclarar los sucesos, terminan ocultándolos bajo un amontonamiento de datos contradictorios. Con buena maña de narrador Aguilar Camín recurre a las técnicas de la novela negra: en el arranque está la propuesta de que se investiguen unas muertes sospechosas. Los primeros husmeos del narrador-protagonista llevan a la sospecha de crímenes políticos, pero también al descubrimiento de una serie de maniobras hacia el poder que en todos dejan su mancilla. La acumulación de datos permite confirmar la amplitud y la hondura de la corrupción existente. El empleo de recursos pertenecientes, género detectivesco crea una trama apoyada en el suspenso y en la revelación gradual de circunstancias comprometedoras.

A esto ayuda la creación de personajes nítidamente trazados con unos cuantos rasgos destacables. Tanto el contacto de Bucareli como Lázaro Pizarro se clavan en la memoria del lector porque, siendo ellos mismos, representan a cualquier persona de su tipo. Y en cuanto a Anabela, recordemos las palabras del contacto: “Una notable mujer, paisano… No quisiera nunca ser su enemigo”. Excepto por cierto desfase entre la espoa hogareña del primer capítulo y aquella presente en el resto de la narración, se trata de un personaje muy redondo, arraigado en la tradición de las hembras sensuales de la novela negra, capaces de hablarle al tú por tú a los varones recios con quienes comparten el mundo. Otro personaje femenino la acompaña en su atractivo: doña Lila. La malicia y la Sabiduría populares encuentran aquí adecuada expresión. Sin duda, en doña Lila hay un sentido de la lealtad ausente en el resto de los protagonistas, ya que ellos sólo cumplen con los tratos que han hecho. Agreguemos que en doña Lila tenemos el cinismo claridoso de un personaje a quien no asusta ya ninguna conducta humana. Ese cinismo adquiere tonalidades oscuras en el resto de los personajes.

Estamos, pues, ante una novela contundente en su examen de la corrupción política: el mundo del sindicalismo petrolero. Su sistema narrativo busca ante todo la eficacia de la intriga, y es claro el aprovechamiento de recursos pertenecientes a la novela negra. Es un buen ejemplo de literatura crítica.

Otro lo es Arráncame la vida (1985), de Angeles Mastretta (1949), que mereció el Premio Mazatlán el mismo año de su publicación. Desde luego, el enfoque y los terrenos explorados son distintos, aunque la corrupción política sigue estando en el centro de la mira. La voz narrativa cambia, pues si bien autodiegética, en este caso es la de una mujer: Catalina, la protagonista. Desde un presente de sabiduría adquirida a través de una serie de choques contra la vida, examina el ayer y medita en torno de las experiencias ganadas. Parte de la adolescente ingenua que fue, seducida por un macho lleno de marrullerías, y termina en la mujer liberada y encallecida que, tan sólo al llegar a la viudez, se dispone a gozar abiertamente de todo lo adquirido.

Como en la novela de Aguilar Camín, en ésta hay una cuota elevada de cinismo, producto del desencanto acumulado por la heroína a lo largo del matrimonio. Es un cinismo aprendido del entorno y puesto en práctica con toda soltura. Mediante él se establece el tono de la narración: la ironía constante. Con mucho acierto, Mastretta utilizó mecanismos novelísticos procedentes de la picaresca. A saber narración en primera persona; maduración de la protagonista con base en los golpes recibidos; estructura por episodios, cada uno de los cuales suma algo a la imagen total; sucesos burlones o divertidos que provocan la sonrisa -y basta recordar a las loquitas vueltas secretarias o la escena del burdel-; una crítica acerva a la condición del mundo y, finalmente, un sabor amargo por debajo de la diversión.

La novela entreteje a su trama episodios de la historia de México, y examina con atención especial la política poblana de los cuarentas. Varias máscaras transparentes dejan adivinar al personaje real tras el imaginario. En algunos casos, los personajes retratan modos de ser o conductas lamentables. Vuelve a establecerse la lucha por el poder y todo ideal de justicia queda fuera de juego. Pero ocurre que el cinismo y la cara dura de Andrés Ascensio -el marido de Catalina- son tan abiertos, están asumidos con tanta franqueza, que el personaje termina poseyendo cierto encanto pese a las críticas acumuladas sobre él. Aunque la protagonista vaya descubriendo las negruras del esposo, éste las vence finalmente e impone a contrapelo su fascinación.

La novela trata, desde luego, de Catalina. La vamos siguiendo en su tardado despertar a las realidades cotidianas, en su lenta maduración como ser cuestionador, en su creciente espíritu de protesta y en su aceptación final del cinismo como guía de conducta. Dueña de un lenguaje coloquial lleno de aciertos, hace que la lectura esté plena de buen sabor. Una prosa que busca su mejor apoyo en la expresión cotidiana. Con ella describe su mundo: comidas, modales, adornos, modas en el vestir. Recrea un tipo de existencia provinciana por medio del detalle significativo, y consigue una novela fácil de gozar.

En su libro Me perderé contigo, donde cuentos y crónicas comparten el espacio, Rafael Pérez Gay también sigue la ruta de una concepción no aristocrática de la literatura. Una salvedad: no hay en Pérez Gay una intención directa de comentario político, pues en primera instancia se dedica al examen humorístico de la pareja humana y sus contratiempos, ampliando luego dicho examen a la conducta clasemediera en general.

El autor sabe que sus personajes no tienen capacidad trágica, y los describe como víctimas del melodrama. Los hace recipientes de las minucias cotidianas: la falta de agua, una descompostura del teléfono, un coqueteo fracasado. Retrata con buen humor la descomposición del optimismo en seres que padecen una triste medianía. Unicamente dos textos escapan de esta modalidad y buscan una dimensión extra: lo insólito. Tanto “El sonido de Mozart” como “Para llorar” insertan en su trama el sacudimiento del misterio, y sobresalen en el conjunto.

Pérez Gay observa con simpatía a sus personajes, y en las burlas que les aplica no hay ninguna intención destructora. Les crea un ambiente dominado por los objetos cotidianos, y mucha de la ironía surge de la relación que tienen con ellos. De modo que su prosa se encuentra muy cargada con la mención de marcas comerciales. A corto plazo, crea en el lector una sensación de inmediatez y familiaridad; a largo plazo, esa familiaridad se irá perdiendo, y con ella el filo de los comentarios. Otro mecanismo de ironía tiene como base los símiles: “…el instructivo era tan incomprensible como un seminario de Heidegger” o “los invitados deambulaban como si estuvieran encerrados en el Código civil”. Se los emplea al exceso. Está claro, entonces, que Pérez Gay ha buscado conscientemente un tipo de relato ligero, amable en su ironía, bastante atenido al buen desempeño de la anécdota y capaz de poner en boca del lector una sonrisa de tranquila complicidad.

Al igual que Angeles Mastretta y que Pérez Gay, Guadalupe Loaeza trabaja a partir de la ironía. Si en un principio cronista, luego dio a conocer un libro de cuentos. En ambos géneros hizo tema de su producción a una capa específica de la sociedad mexicana: la gente bien, las chicas popis. Con mirada en ocasiones cargada de sorna, ha descrito ese mundo en casi todos sus aspectos: el desprecio que siente por lo naco, la pasión por todo lo extranjero, el afán de acumulación, la estrechez de miras en cuestiones morales y éticas, su reaccionarismo político y, a fin de cuentas, la inutilidad de su existencia. Tanto en cuento como en crónica, la prosa de Guadalupe Loaeza es eminentemente de corte periodístico. Es decir, busca la eficacia de la descripción directa, los ritmos de la expresión coloquial y un apoyo considerable en la presencia destacada de objetos y marcas comerciales. Así se da una coincidencia notable con los textos de Rafael Pérez Gay, y también comparte el mismo peligro: que la anécdota viva demasiado en el presente de dichos objetos.

Primero las damas (1989) es una serie de cuentos sobre vidas frustradas: puede ser a causa de un desengaño amoroso, de una crianza equivocada, de un desliz. Pero la marca del fracaso queda clavada en esas vidas, y si en ocasiones provoca la muerte, en otras lleva a la amargura o a la desesperanza. A excepción de dos casos, se trata de seres comunes y corrientes, apagados en vidas sin estímulo, que de pronto reciben el choque de ver su condición real. Loaeza da diversidad a la estructura de sus cuentos y, en el caso de “Mina”, consigue un retrato convincente de la protagonista. Es en esto donde logra sus mejores resultados, aunque la calidad del lenguaje quede en un segundo plano. En resumen, cuentos de lectura sin esfuerzo, hacen la descripción de un modo de vida adocenado y vacío.

Todos estos libros comparten ciertas características. Agreguemos otro: La hermana secreta de Angélica Maria (1989), la novela más reciente de Luis Zapata (1951). Desde sus inicios en la narrativa -El vampiro de la colonia Roma (1979)- Luis Zapata ha explorado la vida media con mirada en que la ironía no se distancia de la comprensión. Con base en los mecanismos del melodrama, pone en marcha tramas donde los personajes encuentran un ámbito propicio para las conductas inclinadas al sentimiento fácil. Justo esa propensión es la que Luis aprovecha para introducir la ironía, viéndose en esto compañero de Sealtiel Alatriste. Ambos nos hacen ver que el mexicano gusta de reflejar en la vida propia pautas de vida tomadas del cine y de la música populares, y con ello se adentran en uno de los aspectos sintomáticos de nuestra realidad. El cine, la música y los personajes crean en estas novelas una red de comunicación que se alimenta de sí misma.

Luis Zapata ha sabido captar bien este aspecto de la existencia clasemediera, y aprovecha la circunstancia para dejar al descubierto los sustratos ocultos. Así, la presencia de la homosexualidad es, ante todo, una manera de precisar que la conducta pública es máscara de una serie de oscuridades que habitan el centro vital de los personajes descritos. Pensemos, a modo de ejemplo, en la transformación ocurrida en el detective Axel Romero en Melodrama (1983). En esa línea queda La hermana secreta de Angélica Maria. Mediante un adecuado montaje de planos temporales, poco a paco Luis Zapata va descubriéndonos la realidad de Alvaro-Alba Maria-Alexina. Las situaciones de ambigüedad sexual tienen justamente ese carácter revulsivo antes mencionado. El lento arribo del cuerpo a la normalidad, junto con el fracaso en las ambiciones artísticas de la protagonista, son los puntos de crítica que dan a la novela un tono de sátira.

Desde luego, en Luis Zapata hay un oficio ya seguro de sus herramientas y un campo temático muy bien definido. Comparte con sus colegas de sello editorial ciertos rasgos, pertenecientes a una de las vías por las que va encaminándose la literatura mexicana. Simplificando en extremo la situación escribámosla así: se da un modo de narrativa cuyo interés central es el hombre sin atributos, el individuo gris de la clase media y de la baja, a quien la vida marca con una serie de dramas menores y quien vive sus descalabros sin meditar demasiado en ellos. Los escritores interesados en esa zona de vivencias suelen optar por la expresión realista e incluso hiperrealista, que consiste en examinar dicho mundo desde la conciencia de los personajes y mediante su lenguaje propio.

Esto da en buena medida una literatura que calificaremos de descriptiva. En esa descripción se encuentra mucha de la crítica aplicada por los autores, quienes hacen causa común con esos seres disminuidos, aunque los observen con ojos de irónica comprensión. bien, según los personajes adquieren conciencia activa de su entorno y se lanzan al análisis y al cuestionamiento del medio que los incluye, las novelas se adensan en su tejido conceptual y ganan en hondura. Es el caso digamos, de Aguilar Camín y Angeles Mastretta. Lo indudable es que se trata de una literatura de buen ritmo en la anécdota, de diálogos sencillos y de lectura amena y sin complicaciones.

Lecturas del vasto mundo

Carlos Chimal: Cinco del águila. Era, México, 1990, 143 pp.

Jaime del Palacio: Mitad de la vida. Grijalbo, México, 1985, 299 pp.

Bárbara Jacobs: Las hojas muertas. Era, México, 1987, 103 pp.

Héctor Manjarrez: Pasaban en silencio nuestros dioses. Era, México, 1987, 146 pp.

Luis Arturo Ramos: Este era un gato. Grijalbo, México, 1987, 301 pp.

Gustavo Sáinz: Muchacho en llamas. Grijalbo, México, 1987, 223 pp.

En los últimos años se ha dado en la cultura mexicana un crecimiento de propuestas narrativas. Cuentistas y novelistas han multiplicado sus empeños y posibilidades de contar relatos, de fundir lo real y lo imaginario para levantar los mapas de su tiempo o de otros tiempos. En parte esta proliferación deriva de que los saberes y gustos individuales y colectivos se han refinado, de que es mayor día tras día el vínculo con otras culturas del mundo, con sus modelos y productos. Esto se refleja en la salud del momento que ahora se vive: nuestros narradores consagrados se encuentran activos y publican en muchos idiomas y países, y a veces encuentran en el exterior los lectores numerosos y fieles que en México hace escasear el desastre económico. Mientras, los nuevos trabajan sin cesar.

Pero hay una razón adicional que explica semejante crecimiento: han cambiado también los modelos literarios. Hasta mediados de siglo, se mantuvo en las tareas literarias un esquema exclusivo y dual que dividía la literatura en modos poéticos, alto horizonte de aspiraciones por encima de lo inmediato, y en modos prosaicos, que aceptaban la faena sucia de dialogar con las realidades. Este esquema de consistencia tradicional se vio retado por las alteraciones e inconformidades modernas, el deseo experimental y el desdén ante lo que resistiera las renovaciones. Para completar la caída se vio el auge de disciplinas que acudían al rigor analítico e indagativo, y a ellas recurrió la literatura en busca de referentes históricos, políticos, económicos. Los efectos han sido, al final, una coexistencia de intereses de orden tradicional con los de cariz moderno, lo diverso y la inquietud, la incertidumbre o el conflicto, y un afán productivo de calidad que incluye la pasión crítica.

Un recurso para dar cuenta del crecimiento de la oferta narrativa, intuir perfiles, situar particularidades en ese aparente pandemonium literario, solicita hacer ficheros que asignen apuntes críticos, recolecten señales o remarquen aciertos, y puedan servir a ulteriores diagnósticos. Este es el propósito de leer aquí el libro reciente de seis narradores decididos, pero cuya obra también augura lo mejor: Gustavo Sáinz, Héctor Manjarrez, Carlos Chimal, Luis Arturo Ramos, Bárbara Jacobs y Jaime Del Palacio.

En la víspera de cumplir cincuenta años, Gustavo Sáinz recuperó y completó una novela de corte autobiográfico y experimental que había iniciado en 1961: Muchacho en llamas. Las llamas a las que se refiere el relato son las del furor de la adolescencia, las ganas de comerse el mundo, amar a todas las mujeres que hay ante los ojos, leer libros y libros y ensoñar la escritura de uno más: la propia novela que el lector disfrutará ahora. Como en otras de sus novelas, Sáinz toma en serio uno de los procedimientos recurrentes en la literatura del siglo XX: plantearse un programa estético de tipo experimental, casi una campaña, y reiterarlo en cada libro que trama. En su caso se trata de armar novelas con el acto de sumar y restar fragmentos. En efecto, lo que le interesa es montar materiales que convoca la memoria (citas, datos raros sobre autocombustión humana, notas de prensa, señas personales, impresiones citadinas), pero enseguida introduce párrafos que buscan desmontar desde el presente las huellas y los testimonios.

Muchacho en llamas habla de una ciudad extinta, gozosa por la mirada de un escritor joven, o retrata celebridades entonces incipientes del medio literario, y de las historias que se entrecruzan surge la amplitud de los deseos frescos, inéditos aún, ajenos a la fatiga y a las decepciones. A lo largo de la novela, el personaje-narrador va y viene por los cuartos de casas familiares, ama a alguna sirvienta y a muchachas hermosas, recorre barrios a bordo de viejas líneas de autobuses, encara los desarreglos matrimoniales de su padre y, sobre todo, dibuja en las páginas de la novela el proyecto de vida que retomará un cuarto de siglo después.

Por fortuna, Sáinz rehúye aferrarse al habla de principios de los sesentas y hace muy legible su novela: esto quiere decir que no se excede en modismos ni estereotipos que persigan la obsesión de una podredumbre adolescente. Muchacho en llamas sabe traslucir en los hechos que relata un aire fijo de cosas imposibles y ligeras, el fervor de contar historias se extiende así desprovisto, debido a la rapidez apasionada del trabajo narrativo, del obeso narcicismo de otros libros de memoria o testimonio. Sáinz deja crecer las ficciones o el ámbito imaginario de su novela para que su personaje se convierta en un paseante solitario del país de nunca jamás.

En tres vistazos que condensan momentos significativos entre la segunda mitad de los años sesenta y 1974, de la comuna contracultural al entierro del escritor José Revueltas, Héctor Manjarrez pintó un conjunto de cuadros ásperos e intensos de la pasión generacional que tituló Pasaban en silencio nuestros dioses. Suerte de epitafio y recuerdo colérico, la novela de Manjarrez consigna los afectos y la intimidad desgarrada de aquellos que quisieron hacer la Revolución por un gesto de voluntad y llevaron la rebeldía de las calles a la intimidad, hasta que ahí se empantanó en sus lechos y sus vísceras en un acto menos político que estético. 

Pasaban en silencio nuestros dioses presenta en un primer vistazo el punto climático de un nudo múltiple y promiscuo de relaciones amorosas, el contacto con los bajos fondos en el límite de la violencia y el hastío del protagonista ante los insatisfactorios dones comunitarios. Pero las tensiones episódicas provienen de una pugna de mayor profundidad en el protagonista, a través de la que vemos todos los relatos: la pugna entre el arte y el desdén al arte, el trapecio y el vacío. En un segundo vistazo, la novela muestra al protagonista desde cierta distancia frente a sí y a los que fueron sus compañeros: un trance de soledad y confrontación, de pulimiento de lo vivido, de experiencias propiciatorias a la ruptura total. El tercer y último vistazo se da ya como franco adiós-a-todo-eso y es un recuento del día que murió Revueltas, la descomposición casi obscena de un mundo utópico, como el cambio fisionómico de un hombre que fue esbelto y en pocos años se transforma en un obeso irreconocible.

Manjarrez elige la frase abrupta y visceral, las posturas y los diálogos resonantes, agresivos, indagatorios que buscan transmitir entre líneas la certidumbre de los instantes; revela una urgencia que no aguardaría el ritmo lento de la mera descripción. Hay en el narrador un temperamento discursivo que permea toda la novela: una lucha de palabras contra los demás y contra sí mismo que hace que cada cuadro de la novela tenga un tono escénico y solemne, la tesitura romántica de las predicaciones en el fracaso, en el espanto y la tristeza. Como un cuadro nunca logrado que esbozara los rasgos más disímbolos de la historia del arte: Velázquez y Bacon, Hockney y Rojo, la fotografía y el naturalismo: la búsqueda de la belleza que terminó con el monstruo ante el espejo.

El signo de las obsesiones de Carlos Chimal es el vitalismo: sus relatos buscan situaciones y personajes que actúan, corren, atracan, huyen de lo doméstico, aman, vagabundean, manejan motocicletas, se drogan, golpean, van a Estados Unidos o a la Unión Soviética a ganarse o mal ganarse la vida. Y, como todo vitalismo, su proyecto lleva consigo el riesgo de las dispersiones, de lo irregular, de lo inconcluso, de lo que se abandona así como así, de lo condicional, de lo provisorio. En Cinco del águila Chimal expone las dificultades literarias de vérselas con tal materia: al apostar por darle un orden al libro (“La raza”, “El machín”, “La madre”, “La chava”, “El vago”) a partir de relatos desiguales en tema y factura, evidencia e incluso subraya las paradojas de unir extremos tan irreconciliables sin renunciar a la inmediatez y la sinceridad, es decir, a la apuesta vitalista.

Los relatos de Cinco de águila se dan en un escenario temporal cercano, entre los años sesenta y setenta y el presente, y sus personajes se desplazan por todas partes: nunca están quietos, es su mejor cualidad y el peor problema para el narrador que siempre está encima de ellos, pisándoles los talones, sufriendo y capturando instantáneas e impresiones de su habla, de sus gestos, de lo que cuentan en una noche veloz de cervezas. Parece que Chimal estuviera condenado a perseguirlos sin fin y sólo obtuviera de ellos un chispazo, un encuadre de perfil, un plano en penumbra, una imagen borrosa.

Como lo demostró en Escaramuza, Chimal es capaz de contar una buena historia cuando toma un asunto y lo sostiene de principio a fin, se centra en éste y deja que poco a poco se construya y reconstruya con diversos aspectos narrativos. Sus viñetas de hombres y mujeres marginales se sostienen bien si el narrador las deja transcurrir a su propio ritmo y naturalidad sin auxilio del comentario ingenioso, la ironía o los recursos forzados que quieren la originalidad.

Los mejores relatos de cinco del águila, “Nassau blues”, “La fuente” y “Shabasniki” indican la destreza narrativa que Chimal sabe emplear: el resultado ahí es un equilibrio fértil, un aplomo que ignora y burla al demonio desapacible que cerca su escritorio.

Luis Arturo Ramos decidió escribir una novela que reuniera la historia y la ficción, y fuera al mismo tiempo un ensayo sobre la circularidad del pasado, un ejercicio complejo que entrelazara muchos hilos y un juego de rememoraciones familiares. Lo que consiguió fue Este era un gato, una novela sólida que cuenta el regreso al puerto de Veracruz de un soldado norteamericano que participó en la invasión de 1914, y las virtudes de lo conjetural ante ese regreso que sale como de un viejo baúl de historias veracruzanas.

El núcleo de la novela consiste en las configuraciones del pasado en una danza de círculos que da su aliento al misterio, a la duda, a lo que, contra la costumbre, niega lo definitivo y cancelado. El segmento temporal que abarca la novela de Ramos cubre sesenta años, tres generaciones de personas que de un modo u otro serán tocadas por el regreso de aquel hombre y su final; el ex soldado Roger Copeland muere asesinado en un hotelucho del puerto.

Ramos convoca muchos personajes aparte del norteamericano: la prostituta que éste amó en 1914, un grupo de muchachos veracruzanos y sus familias, hombres y mujeres secundarios e incidentales que colman un andamiaje abigarrado y denso, y que permite al narrador imaginar matices y facetas minuciosas, rincones del pensamiento de los personajes, el lento transcurso de los años, o bien resumir de golpe una claridad que permite retomar la fluidez del relato. Este era un gato es una novela de vaivenes, apasionada, refleja una entrega del narrador al espectro amplísimo de la reconstrucción del tiempo, donde los datos particulares, aquellos que destacan por su rostro anómalo o lateral valen tanto como las versiones oficiales, como si el pasado invitara a que se le reescribiera una y otra vez como única vía de salvar el presente.

Afectos que duran tantas décadas como los rencores, condenas del encierro pueblerino y costumbres provincianas, luchas entre el bien y el mal que se trasmiten de padres a hijos, la estupidez juvenil o el crimen como elección vital y nihilista, expresan las principales intensidades que Ramos se propuso abordar y profundiza en su novela. Este era un gato alumbra con distintas luces y sesgos el viejo dicterio: un crimen lleva el germen de otro crimen.

Resumir el relato de una vida es tarea un tanto fácil para cualquier narrador diestro, le basta tomar uno o dos momentos luminosos, situar algunos lugares, recrear atmósferas precisas y urdir el velo de algunos deseos incumplidos: amores, manías, hazañas o nimiedades trágicas. Pero la tarea se complica cuando además de lo anterior se elije recurrir a una voz personal, cercana y elusiva a la vez porque rehace aquella vida a la luz de la propia un diálogo con una persona entrañable que se convierte en un ser distante, un diálogo con otro que es, por un código fino, la entrada a un encuentro consigo mismo. En las hojas muertas Bárbara Jacobs cuenta menos una historia familiar, la del padre y su pasado de pronto claro, de pronto nebuloso, que la de una escritora ante sus temas valiosos: la intimidad, el amor, la infancia, la práctica de la literatura como acto de fe que podría redimir a aquel los que se ama.

Las hojas muertas, tras su apariencia sencilla, tras de su voz breve que evoca la infancia, esconde un pulso firme y una vocación cada vez más sensible a los trazos esenciales de lo cotidiano. Jacobs registra así el equipaje sentimental de un hombre y su familia que une su vida las piezas esperanzadas y los resabios de sueños perdidos del siglo XX: América, la juventud bohemia y artística de los veintes y treintas, la confianza comunista y el “paraíso” soviético, la guerra civil española…Y la derrota republicana, el desgaste de los años posteriores que jamás igualarán la vieja grandeza: ni el matrimonio ni la familia; ni los negocios ni la amistad. Sin embargo, el esplendor de la fuerza juvenil, su recuerdo, será suficiente para mantenerse hasta el final. Como sugiere el protagonista, todo vagabundo de un sueño extraviado acaba por reencontrar su residencia debajo de un puente humilde.

El personaje de Jacobs no habla se ensimisma: cede a otros explicar sus razones; su encierro, su aislamiento, su silencio levantaron un muro invisible que no logró impedir los afectos. Hay una épica menor en las páginas de Las hojas muertas que se ofrece por la entereza redentora de la literatura, por el empeño limpio de Jacobs en ese tejido verbal sobre los anhelos que desgasta el tiempo.

En Mitad de la vida Jaime del Palacio persiste en las desolaciones de la pareja. A lo largo de cinco partes, que corresponden a cada uno de los personajes implicados en una trama afectiva, Del Palacio anuncia el final descarnado de su coda que cierra la novela. Un escritor viejo, un amigo profesoral que hereda a la amante de éste, una esposa y la amante con el respectivo trajín de sus vidas son los protagonistas de la escenificación acerba que dirige Del Palacio. Ante su novela es inevitable pensar en una puesta teatral que recurre a gritos y susurros en un clima crepuscular, de límites en los que escasea la esperanza o las promesas: sus personajes están de vuelta de todo y enfrentados, unos más otros menos, a sombríos callejones sin salida.

Presos del síndrome del medio siglo de edad, en el que la fuerza del deseo comienza a cobrar las cuentas sucias que lleva cada quien, los personajes de Mitad de la vida rezuman el histrionismo tieso que nutren los que pecaron de pretensiosos, aquellos que vieron en su vida mucho más de lo que era, aquellos que estaban convocados a las grandes cosas siempre pospuestas, aquellos que pusieron en el nicho de los saberes librescos, de las sensibilidades refinadas un secreto que debía resguardarse de lo prosaico. ¿Y qué era lo prosaico? No tomarse tan en serio la vida.

Del Palacio presenta a sus personajes en el instante de la reminiscencia o la lucidez que traduce realidades y fracasos, los engaños y las expectativas a punto de extinguirse. La novela transcurre así mediante una estrategia claustrofóbica que imita el cerco de los pensamientos o las angustias, donde el mundo exterior tiene el peso de un telón de fondo, como las montañas vistas desde una ventana. Y en ese panorama se encuentra sólo la asfixia multiplicada. Pero en Mitad de la vida hay un filo de luz en medio de tanto asedio nocturno: la posibilidad de que alguien venza los determinismos y encuentre una salida.

Del Palacio es un escritor maduro que tiene un repertorio rico de argucias narrativas, por eso sería deseable que confrontara otros temas, otros ámbitos y, por supuesto, otras voces y fantasmas menos ávidos de extraerle su aliento literario y aherrojarlo en dramas-de-la-vida-real. En fin, temas menos terapéuticos.

La lectura de los seis narradores permite algunas impresiones generales. La búsqueda común de varias formas del pasado cercano o profundo, íntimo o colectivo, es un asunto bastante más sutil de lo que establecen las recetas ineptas. Si los narradores acechan el pasado no lo hacen para fugarse de la crudeza de los tiempos actuales, ni porque crean que todo tiempo pasado fue mejor; tampoco por una entrega irracional a un temperamento suspirante en todos los mexicanos. Aceptar estos supuestos significa cederle a la política o a la ideología la explicación unánime de los fenómenos literarios. Las razones auténticas son otras, y pertenecen al territorio de la cultura: los escritores y artistas persiguen el pasado porque en el presente éste encarna el arte. Significa pues una estrategia de índole creativa, estética. Suscitar los sueños, sondear en los recuerdos, evocar a los muertos o los afectos terrenales muestra una voluntad de restaurar valores, de conservar fundamentos, pero abre también la puerta a las renovaciones y a la permanente rebeldía, a la tenacidad de reescribir la historia y las historias.

Dicho trabajo, al que se entregan los creadores a la vuelta de los tiempos o las generaciones, representa algo cruento y complejo, sus predestinaciones son el desgarramiento y la sensación de inermidad. Este conflicto se puede leer en cada una de las obras ejemplificadas: cuando no se habla del deseo de estar en otra parte, se habla de recomponer los hechos o aspirar a conseguirlo: algunos merodean en el coraje y otros en la ironía o las resignaciones. Queda por encima de los seis libros el aroma del desencanto.

La estrategia de construir y reconstruir la cultura a través de relatos, de tomar fragmentos y darles un sentido unitario no sólo pertenece a la narrativa mexicana de los últimos años; otras ramas culturales lo registran. Este es el caso de la pintura, cuyas analogías con lo que sucede en la literatura son mayores de lo que se pudiera creer, y donde hay una riqueza como no se había atestiguado desde los muralistas o los pintores de los cincuentas. ¿Pero en qué consiste al final aquella estrategia? En la aventura y la soledad del individuo ante el vasto mundo, como decía Italo Calvino, en su marcha hacia una iniciación y una reconstrucción interior que lo desbordan.

Nacidos el 2 de octubre

La generación quebrada

La crónica que aquí publicamos rastrea el destino de los que nacieron a la hora de la función de moda, el 2 de octubre de 1968. Los hijos del optimismo revolucionario, de la militancia y las consignas a toda prueba no se reconocen como herederos de la sangre de los mártires de Tlatelolco. El regreso al hogar, la desaparición de la banda, las hazañas cotidianas de los totems de una juventud que anda entre dos aguas -las esperanzas de sus antepasados y la nada del presente-, las incursiones por hoyos y calles sin ruta, las palabras del desamparo o la compañía fugaz son algunas de las senas de identidad que esta generación va dejando, en cualquier y en ninguna parte. Para los nacidos el 2 de octubre, la mejor elección es la que no se ha tomado. Invitamos al lector a seguirle los pasos a esta edad ya nada intensa.

Los que tenemos veinte años, los que en el 68 éramos sólo proyecto, constituimos hoy un nuevo tipo de mayoría silenciosa: los que no tienen nada que decir y los que no quieren decirlo. Atravesados por todos los discursos, las modas y las ideologías, gracias al efecto de una sociedad en la que los flujos de información y el deseo de que todos se comuniquen es asfixiante y abrumador, del 68 sólo retuvimos una imagen de mártires y una fecha difusa y ambigua. La resistencia opaca en la que hemos experimentado la crisis, nos ha llevado a eliminar las ilusiones de grandes transformaciones en el país. Los héroes están cansados, las pequeñas conquistas para hoy, ceden frente a un malestar impreciso que invade lo cotidiano. La otra veta del 68, la llamada “liberación sexual”, significó el desapego afectivo. La inestabilidad de las relaciones personales dejó la vía libre al elogio de la soledad, atravesado por entusiasmos efímeros: la soledad como fórmula contra la vulnerabilidad emotiva. El miedo es a las relaciones estables. Ese distanciamiento podría explicar la proliferación del grafitti, los grupos de apoyo emocional, las redes radiofónicas de media noche, los anuncios en periódicos y revistas para conseguir pareja y los clubes de encuentros.

El silencio se ha intentado llenar con sondeos, encuestas, música por todas partes. Sesenta años en busca de la igualdad moderna ha desembocado en que nuestras relaciones selectivas se hagan con base en lo que es idéntico a nosotros mismos y a lo que rimbombantemente se le llama la “organización de la sociedad civil”. El ensimismamiento también explica y es explicado por el boom de los cuidados del cuerpo y la mente: recetas naturistas, deportes, vegetarianismo, nuevas religiones, magia ancestral. Al fin del Milenio, desaparecen las edades bajo el imperativo de una juventud generalizada y permanente que exorcise el terror por la putrefacción. Entusiasmos efímeros: sexo, deporte y religión. Nada tiene que ver con la utopía sino con el placer inmediato.

En una sociedad en la que el catolicismo quedó reducido a las imágenes de los santos y a los milagros de la virgen, no era muy extraño lo que Inés me acababa de decir con la tranquilidad de una confesión desvergonzada: “Luego, me metí a los `energistas’ y ahorita estoy sirviendo desayunos”. El “luego” tenía su explicación en que Inés acababa de comprobar que su “relación desinteresada, equitativa y (hasta donde se pudiera) recíproca y sin dependencias” había valido madres. “Luego” de descubrir que Luis frecuentaba “El Embarrón” con un amigo, decidió que la bisexualidad era demasiado aliviane para un noviazgo que no había cumplido con los supuestos acordados y que la había dejado “decepcionada de todo lo que no sea yo misma, mis cosas, mis intereses”. Pero lo de las horas de servicio en el restorán de los energistas requería, sin duda, un nivel de comprensión más allá de lo común. Los “energistas” deben su nombre a la creencia de que los alimentos “apresan” cierta cantidad de energía, equivalente al tiempo que han estado expuestos al sol antes de ser ingeridos. Una adecuada combinación de estas “energías” en el desayuno (que sirven mujeres en minifalda y sin salario) te da la posibilidad de tener un buen día, asumir lo que venga con despreocupación (reminiscencia desencantada de la buena “vibra” de los sesentas). Al menos eso fue lo que capté de su atropellada exposición sobre las teorías de un gurú promotor de la granola con frijoles germinados que reside en (para variar) Nueva York. A esto le siguió una contundente argumentación sobre lo peligroso de las relaciones estables: “Todos te dicen que si te avientas de un octavo piso te cacharán. Pero siempre acabas jodida en el lodo, sin nada más que esperar a que se acaben las risas de los que te advirtieron que no lo hicieras”. Su rollo depresivo y sólidamente narcisista fue demasiado para mí esa tarde, pero también me había salvado la teoría del gurú de nombre exótico: Inés se había colgado del yogurt y la jalea real para no entrar en una melancolía suicida, propia de los amores ambiguos de este fin de siglo. Eso me había evitado el tenerle que quitar la gillete a la fuerza, cachetearla para calmar su histeria y todo este tipo de cosas que me imaginé en cuanto crucé la puerta de su casa. Pero nada de eso se parecía al olor dulzón del pastel de avena con el que me había recibido casi alegremente. Inés y sus incisos:

a) Es absolutamente necesario que venga el brujo a sacarnos de nuestras incertidumbres, pero nada sirve contra el vacío de los tiempos: hoy creo en el hinduismo, mañana en “Fuerza para vivir”, luego en los “Reginos”, en la democracia, en que el PRI ganó las elecciones, luego en la terapia gestalt…

b) Dénme algo que se preste para un acto de fe y dejaré de creer en él, media hora después.

c) Pienso en mí, luego existen los otros. (Ojalá no existieran).

d) Mi cuerpo es lo más importante, no lo toques; yo lo cuido, lo encero, lo pongo en forma y así no me aburro.

e) Ahora quisiera empezar a salir con mi psicoanalista para que me diga cosas placenteras para mi ego, pero no me voy a acostar con él. Lo mejor es dormir sola.

f) Mujer culta, interesante, agradable a la vista, busca relación amistosa con hombres entre 25 y 30 años, guapos, cultos y de buen carácter, para compartir lecturas, cenas y películas. Gordos abstenerse. (Lo mejor es leer mis cualidades en el anuncio, porque me hace sentir bien. El sacrificio viene cuando hay que contestar las cartas y verles los ojos estúpidamente ilusionados en una foto).

Fotografías de Marco Antonio Cruz

El 68 se empezó a derrumbar cuando sus hijos conocieron las respuestas en las escuelas activas, en los manuales de sexualidad, pedagógicamente impecables, y se aventuraron desde temprano en busca de las relaciones sexuales. La “sexualidad total” (resultado parecido al del ciudadano total de la militancia izquierdista heredada) los llevó a la apatía, a las relaciones incidentales (hoy casi a regañadientes) y al elogia de la soledad. Se aventuraron en la bisexualidad, en la homosexualidad, pero nunca dejó de haber un anhelo de estabilidad que se iba vaciando de sentido en todas las formas del desapego amoroso: la pornografía, la racionalización de la convivencia mediante supuestos ideales preestablecidos, la experimentación acelerada que construyó la vida alrededor del sexo. Hoy la explosión de hedonismo se evade de la angustia del sinsentido; como en el 68, la liberación sexual trataba de dominar a la culpa. El SIDA ha sido el mejor pretexto para dejar de perderse en los abismos de la noche, pero el problema no es moral, sino social: la crisis nos ha hecho individualistas, casi narcisos y cualquier evento que afecte la estabilidad personal (como el sexo cómplice y comprometido con el otro) es rechazado por hastiante, conflictivo, difícil de manejar en la lógica del yo. Sin embargo, el desapego de los hijos del 68 no ha logrado desprenderse de la necesidad cultural de afecto. La fuente del afecto se ha encontrado en los que son idénticos a ellos mismos: “los pequeños anuncios” obligan a autodefinirse y, en esa medida, a captar a los que cumplen con requisitos impuestos de antemano; se busca encontrar incidentalmente al amante en grupos de apoyo mutuo, en equipos de terapia colectiva. Me amo a mí mismo, parécete a mí lo más posible y entonces te amaré. Si no hay “yos” en el mercado, no importa; incluso así es mejor. El impacto del discurso de la “igualdad de los sexos” ha tenido consecuencias morales, pero el machismo modernizado que todavía practican los hijos del 68 es una más de las causas del desapego. La ansiedad por buscar y la angustia de encontrar, se resuelve en la profundización de la soledad: el otro es un animal extraño y curioso, pero me puede lastimar; llévenselo de aquí.

Tiempo después, encontré a Inés en las escaleras de un billar. Sorprendido por reconocerla aunque parecía que un par de tijeras de jardinero le habían pasado por el lado derecho de la cabeza, me explicó que en el piso de arriba daba cursos de aerobics de acuerdo a biorritmos zodiacales. Había dejado la comida especial y ahora sus creencias eran “más por el lado de la ciencia”. Su cara delgada me mira fijamente, mientras reafirma su voluntad por quedarse sola (incluso ha comenzado a dudar de sus amigas). Ya no la oigo, se va hundiendo en las escaleras, cada vez más oscuras, está muerta en sus pants morados: la vitalidad para saltar ha sustituido a la risa. Al salir tengo la sensación de haber conversado con un personaje de la televisión. Camino aceleradamente, intento pensar en los rayos del sol, pero me mojan los primeros relámpagos de un chubasco.

Nadie llega temprano a la clase de Juárez Juárez porque ya se sabía que dedicaba la primera hora a hablar contra el revisionismo “siempre apuntando contra el marxismo para sustituirlo por la ideología burguesa, negando la inevitabilidad del hundimiento del imperialismo y pregonando por el cretinismo parlamentario y el pacifismo”. La otra hora y media (llegaba media hora tarde porque “vivo en una zona popular donde el transporte hacia el CCH es malo, ya que al Estado le resulta peligroso que yo llegue a dar mi clase”) daba lecciones de Física Aun así era un martirio escuchar cómo las leyes de Newton “comprueban la ciencia proletaria porque operan en las contradicciones”. En el primer examen había que resolver cuatro problemas: uno de caída libre, otro de fuerza necesaria para mover un bloque que presenta una fuerza de roce de 5kgf, uno de un bloque en un plano inclinado, y el último: ¿cuál es la obligación de todo universitario consciente frente a un revisionista? A esta última pregunta, Rodrigo contestó: “Esperar a los OVNIS”. A la siguientes clase, Juárez Juárez trajo los resultados y, para nuestra sorpresa, Rodrigo había tenido mal los primeros tres problemas pero bien el cuarto. Cuando el profesor le pidió una explicación de su respuesta acertada, Rodrigo respondió que en los seis años de Prepa Popular un profe le había enseñado que la historia era una sucesión de etapas desde el comunismo primitivo hasta el comunismo científico. Si esto era así -prosiguió Rodrigo- y llegaba un OVNI a la Tierra, “compañeros, necesariamente tendría que venir de una civilización más avanzada, es decir, ya habría llegado al comunismo y, por lo tanto, exterminaría a los revisionistas”. Juárez Juárez lo miró fijamente y dijo muy serio: “un camarada posadista siempre tendrá MB en mi curso”.

En los cinco años que Rodrigo estuvo en CCH esa fue la única materia que aprobó. Hoy está en la ENEP Zaragoza gracias a que asistió a una marcha en 87 para exigir el pase automático para las Prepas Populares. Ya lleva tres años ahí, pero no ha acreditado una sola materia más. Anda sucio y desgarrado (la limpieza es burguesa); come de lo que le regalan y duerme en un salón. Dicen que se la pasa mirando al cielo. Unos dicen que en busca de un milagro que le ayude a titularse. Otros dicen que en busca de la inspiración para presentarse a clase, pero yo les creo más a los que afirman que es lo único que sabe hacer mientras espera la larga marcha de la muerte.

XóchitI sufrió tanto esa noche que me arrepentí de haberla acompañado a la farmacia. Cuando llegamos hizo, incluso, un par de bromas al dependiente, quien sólo le preguntó qué deseaba. Ella señaló de inmediato: “Una caja de Quals”. El vendedor frunció el ceño, miró en dirección al estante lleno de cajas blancas con nombres impronunciables y contestó: “Ya no hay”. “¿Por qué?”, estalló Xóchitl. “Ya te las acabaste”, respondió el joven de blanco. Tomé del brazo a Xóchitl y salimos de la farmacia. Noté que entraba aceleradamente en un berrinche por la falta de su depresivo predilecto y le propuse que comprara unas “ritas”, unos “pomolines”, “aquinetones” o que visitáramos otra farmacia. “Pero es que en ésta es la única en que venden sin receta y además a mí no me hacen nada los aquinetones”, suspiró abatida. Mientras yo encendía un cigarro, Xóchitl cruzó súbitamente Insurgentes y abordó un pesero, antes de que pudiera alcanzarla.

Como habíamos quedado en ir a ver a Jaime López, supuse que la encontraría ahí. El antro estaba oscuro y en ese momento sólo pude advertir que Xóchitl estaba en una silla de la barra con una extraña cinta fosforescente en la cabeza. Entre lo nebuloso de las tres luces que iluminaban un árbol en el centro de la pista y las bocanadas de humo sobre el ambiente, lo único que resaltaba era el verde lumínico en el rostro de Xóchitl. Un grupo desconocido armaba un escándalo insufrible, ruido al que ellos mismos denominaban “acid hard”, distinto, según nos explicaron, del “hard acid”, aclaración que les valió la rechifla de la concurrencia.

Dudando entre aproximarme o no a la barra, porque hacerlo significaba acercarme a una de las estruendosas bocinas, alcancé a ver al vivo retrato de un dibujo de José Luis Cuevas, hablando consigo mismo: reía, se contestaba, polemizaba y hacía cuentas con sus deformes deditos mientras, de vez en cuando, se acomodaba una mantilla de encajes negros sobre los hombros. No comprendí nada de lo que decía, entre otras razones, porque el tipo estaba ostenciblemente ebrio. Sin mayor preámbulo, el “acid hard” subió de intensidad. Una mujer vestida con una túnica transparente salió a escena con una bolsa de menudencias de pollo y atendió al público. Mientras arrojaba las vísceras a la cara de la audiencia, el grupo de “rock” cesó, aliviando nuestros tímpanos, no así el batidillo del que éramos objeto. Sólo los suculentos senos de la mujer hacían soportable las mucosidades hepáticas, los corazones y la sangre fétida. La asistencia se levantó de sus sillas buscando refugio en el fondo del bar, pero era demasiado tarde: un compás de armónica repetido hasta el cansancio, anunciaba a otra mujer que salió del lado izquierdo con cuatro cubetas de sangre de res que vació con violencia sobre los espectadores. La mujer, vestida de naranja, gritaba excretando el menstruo monstruoso, bramaba evacuando los coágulos con saña, como en una imparable hemorragia; chillaba con su boca negra y sus ojos horadados. Cortes de pelo extravagantes, chamarras de cuero, labios negros, gabardinas, series de aretes de cruz, manos manicuradas, relojes de pila, tenis de colores, chalecos adornados con milagros de oro, sombreros de los cuarentas; bocas asombradas, manos tendidas al vacío, paladares latiendo: todo quedó invadido por la sangre.

Acto seguido se anunció la poca madre: Jaime López no iba a tocar. El lugar del amontonadero de cuerpos, del descaro de no tener nada que hacer en sábado, el conjuro de esa desmedida del tiempo que es el santiamén del reventón, el desrrocadero de lo exitoso, el lugar donde el descubrimiento sabe a tedio, a desamparo, quedó vacío, no sin algunos chiflidos y sillas tiradas.

Mojado en sangre, el auditorio se marcha casi en silencio, ¿Una parodia burlona de Tlatelolco? Ahí viene Xóchitl. “¿Y esa cinta, maestra?” “Es que cuando no ando en Qualos me da por arrancarme las cejas y con esto me quito la tentación”. Xóchitl se adentra en Luz Saviñón. Yo, agarro por Cuauhtémoc. 

El día que Ili cumplió 25 años, su madre lo corrió de la casa arguyendo que ella “había hecho su vida” a los 21 al conseguir un buen trabajo en una fábrica de aerosoles y casarse a los 23. Ili le rogó que no lo echara, pero fue inútil: su mamá necesitaba desahogarse del problema económico que significaba mantener a Ili y, de paso, de las dificultades de espacio en el departamento de 60 metros cuadrados en Portales. Cuando Ili se fue por fin, lo que no pudo llevar con él se puso de remate en una “venta de garage”, aunque ni estacionamiento tenían.

Parte del acuerdo era que se dividirían las ganancias. Fue por eso que, cuando se enteró de que Ili ya vivía solo, le fue a pedir dinero. Pero se encontró con un Ili más desnutrido y con menos esperanzas.

-Ando en la paria, el alquiler me dejó en la quiebra -le dijo antes siquiera de saludarle.

-Chale -le contestó-. Te pareces a mi cuate el Botines, aquel que empezó a autodepreciarse cuando, un domingo en la madrugada, un hombre que empujaba un bote de basura lo siguió por una calle solitaria sin parar de reir.

La broma no le causó gracia y sólo lo miró asombrado. Mientras observa su boca sorprendida, piensa en su casa invadida por el cartón, las cajas marcadas, las alfombras enrolladas en un oscuro rincón de su cuarto de azotea en Villa Coapa, y mira la única silla en toda la habitación. La tarde es sombría y lluviosa. Ili le dice entonces que ha decidido huir a Cancún, “a cualquier parten. El visitante le contesta que no piensa ir a despedirle porque está exagerando.

-Si te doy un abrazo de despedida te daré la oportunidad de hacerme sentir como si todo fuera nada más que un inmenso lodazal, como si te rodearan 400 parejas de ancianos besándose obscenamente en una orgía perpetua y tú no tuvieras a dónde volver tu asco.

Pero eso tampoco lo confortó. Al final, ningún pretexto sirvió para pedirle el dinero durante esta conversación en la que Ili pasó de la desconfianza a la incertidumbre, luego al abatimiento y, por último, a la indiferencia: los cuatro estados de la materia.

Tiempo después me enteré de la soledad que invadía la azotea de Ili. Estaba tan mal que hacía llamadas telefónicas al azar para platicar lo que le había sucedido en el día (puras desgracias, por lo visto). Me lo imaginé con su pesada soledad a cuestas, en una ridícula pijama amarilla, un vaso de cerveza y sus versos en la mano, marcando cualesquiera 7 números con la esperanza de que no le colgaran la bocina. Ignoro por qué lo imagino, después, cruzando la calle de la casa de su madre, tapándose el rostro un día soleado, tratando de pensar en todas las cosas que creía haber deseado cuando se independizara”.

En mi mente Ili sigue corriendo por la calle. La gente camina y grita como dentro de una caja de cartón. Dicen que la fe es como gritar dentro de una caja vacía y escuchar tu propia voz en el eco diminuto. Ili ni siquiera tenía voz para gritar: la caja estaba repleta de gente que trataba de oír su propia voz en aquel griterío. Pero lo cierto es que cuando a Ili lo corrieron de su casa, se fue por no quedar mal con su novia a la que le llevaba como 10 años. El le regalaba poemas y besitos en la mejilla. Era una chavita que, según él, debía ser iniciada poco a poco en el sexo. Había evidencias para creer esto: un membrete florido en la puerta de su recámara con su nombre (“Mary”), colección de muñecas en la cama, cortinas de tul rosa quinceañero, carteles de Alf y de Tom Cruise. Pero un día descubrió que en una caja que anunciaba su contenido original: “Desfile de Modas Barbie”, se ocultaban espumas, óvulos, pastillas, condones y toda la gama de anticonceptivos conocidos por el adulto Ili. Se sonrojó y jamás la volvió a buscar.

Pensando en que ahora sí se había quedado completamente solo, le llamé, pero nadie contestó el teléfono. Lo busqué entonces en Portales a ver si conocían su dirección en Cancún, pero fue él quien alzó el receptor y me explicó que había logrado convencer a su jefa de que las cosas no estaban como para irse a construir una comuna hippie en Oaxaca. A través del teléfono imaginé su mirada vacía como mirándome al espejo después de una derrota, con una pistola en la boca. “No quiero irme de la casa, sé que no puedo, al menos aquí tengo frijoles en la mañana” (…) “Estoy tratando de que el pastelito de arena no se desmorone” (…) “Todo el tiempo alego frente al juez que no me saque de la cárcel. Sé que esto suena absurdo, pero así es”. Cuando colgué no sentí ningún alivio. Ultimamente había escuchado de varios casos, sobre todo chavas, que regresaban a sus casas aceptando cualquier condición, después de haber fracasado contra la Ciudad.

De la familia se huía, hoy es el refugio. Ili había descubierto ciertamente los límites de la crisis, pero había hallado algo más: que el cielo y el infierno son la misma cosa: una mañana frente a un plato de frijoles helado, quemados seis días antes.

Seguimos respetando al Macizo aunque lo hayan matado. Nos heredó esta colección de discos de Ramones, Pistols y Zeppelin, que la hemos ido vendiendo para mantenernos. Pero lo respetábamos más que nada porque jamás se quitó el negro. Ahora todo mundo se viste de negro, hasta las pelurris, pero entonces era como decir que no había futuro, era andar de luto, vale madre todo, no se me acerquen porque les doy sus patadas. Andar de negro era retar a la tira, porque los de negro ya se sabía que eran banda y te apañaban seguro. Pero el Macizo jamás se cambió: era machín, aunque nunca fue jefe. Se perdió en el F-Z, pero siempre estuvo con nosotros. Estuvo cuando nos putearon en la ex-hacienda de Temixco en un concierto quesque de Johnny Winter. Pero nos lanzamos a Pachuca, le tiramos unos cascos al Winter por manchado, por no haber avisado que se cambiaba de lugar. El ruco se emputó, pero nos valió madres que ya no tocara y nos fuimos a atracar tiendas, vinatas, dostres tlapalerías.

También fue al concierto de Queen en Puebla y se robó el casco de uno de los granaderos que hacían valla para que no nos acercáramos, pero ni madres: que la banda se madrea a los granaderos, les brincamos encima y creo hasta los matamos. El Macizo se trajo el casco y nunca le lavó la sangre, así como trofeo. Yo me robé unas “chemise” y unos palos de golf. El Macizo, nel, no era un paria. Ninguno de nosotros. Esas son mentiras: casi todos teníamos chamba o íbamos a la escuela. Hasta había varios que trabajaban en bancos, acá de traje, pero bien chemos en la noche. Otros eran peseros de la ruta 24 (Observatorio, Las Palmas, Santa Fe, El Cuernito, El Paraíso, Virreyes) que se vestían de negro y oían a los Pistols en el coche y las ñoras no se subían porque les daba miedo. Pensaban que éramos satánicos, pero éramos punks, ay sí. Había mucha más lana, estaba López Portillo y siempre salía pal pomo, el resistol 5000, los discos, dostres viajes a Tijuana, a Culiacán. La crisis fue el final de la fiesta; se pusieron perros. Antes, mientras a Durazo no le cayeras gordo, no había pedo: una vez cuando íbamos a secuestrar un camión para una tocada, nos mandó unas patrullas que bajaron a la gente del camión y nos escoltaron hasta una vinata que atracamos y los tiras nomás nos pidieron un pomo y luego se fueron. Pero fueron cada vez peores, empezó a escasear la lana y al mismo tiempo empezaron a consignar gente a lo cabrón.

Atracábamos para el reventón, pero eso no nos mantenía, eso es mentira. Cuando ya no nos alcanzaba la lana, se le ocurrió al Macizo meterse a robar una vecindad, después del desmadre del km 13 en el que los chavos mataron a tres militares y luego estos fueron y mataron a 12 chavos de Santa Fe. Ya todo mundo estaba sobres y cuando se metieron a la vecindad, los plomearon y mataron a dos chavos. Le ayudamos al Macizo a llevarlos a una barranca. La cosa fue que el De la Madrid hizo una gira por Tacubaya y anexas días después. Los comerciantes y las señoras fueron a decirle que había mucha delincuencia de la banda y se armó la madriza. No les faltaba razón a estas ñoras porque había gente como El Torto, que todavía anda huyendo de la ley, que se ponía hasta el culo y mataba chavos y luego al día siguiente ni se acordaba. Eso ya había hecho que todo mundo estuviera en contra de los chavos, los banda y los que no. Zabludowsky le hizo propaganda al asunto de Los Panchitos, que ni eran de los más manchados, y a los pocos meses ya teníamos eso lleno de patrullas, tanques, granaderos y helicópteros durante la noche.

Fue desde un helicóptero que encontraron los cuerpos de los dos cuates del Macizo y, al día siguiente, nos enteramos de que eran hijos de una de las ñoras que se había quejado con el Presidente. Era hasta que aparecían en 24 horas o hasta que los granaderos los sacaban de las greñas, que los jefes checaban que sus hijos eran banda, iban a tocadas, atracaban, se chemeaban. Luego circularon unas listas de chavos que habían cometido delitos y no los habían agarrado. Todos tuvimos que salirnos de Santa Fe a las afueras, a otras partes.

Con el Abreu, empezó la oferta de que si delatabas a 100, te recomendaban para una chamba en la Judicial. Dicen que el Macizo era madrina, pero no lo creo. Esos eran miedosos que te traicionaban por una pistolita y una charola. Fue en ese tiempo que, para demostrar que no les teníamos miedo, el día de San Pancho, se organizó una tocada en La Fanal. Ya se sabía que iba a ver un chingo de ley, pero todo mundo fue, hasta unas chavas de Las Crazzies que, cuando sus jefas supieron del desmadre que se traían, las vistieron de nazarenas como manda. Se veían bien locochonas con sus “frutsis” en la nariz, poniéndole con algún chavo detrás de un arbolito pero vestidas de monjas. Ese día nos apañaron a todos. Pero el fin de la banda era un hecho, nos estaban poniendo en la madre y si no te querías morir, como el Macizo, mejor te retirabas. Los Monkeys se separaron de Los Panchos y las clásicas madrizas entre El Chuchote y el Hacha se terminaron. Al Palomino lo asesinaron en el Panteón de Santa Dolores, al Gallo de allá de Naucalpan y El Molinito lo agarraron pedo y lo mató la tira. Había que conseguir más chamba, ferear horas extras, esconderse, irse del barrio. Sólo se pudieron quedar los del Consejo porque los compró el PRI con dostres canchas y talleres. El otro día dice el Pájaro que se topó al Ruti, un machín de la colonia, subido en una patrulla, pero vestido de policía. No, si seguro el Macizo nunca nos traicionó. Debe haber muerto como los grandes: de una sobredosis.

Con el final de la banda, como fenómeno generalizado, se hizo presente lo que las tocadas y los enfrentamientos con la policía no dejaban ver: al chavo separado, frío, aislado, despegado. Nadie los nota, pero estos fantasmas diurnos pasean por las banquetas en busca de un empleo, una chica, un amigo y terminan derrotados (de antemano), recargados contra una pared, viendo pasar los autos. El último derrumbe de las expectativas de la urbanización mexicana, el boom petrolero, se cristaliza en una pierna apoyada en una barda y las manos en las bolsas.

Es la primera generación que, cuando creyó en las promesas del “despegue” (educación, empleo, seguridad, diversión, velocidad, comunicación), y pretendió ingresar a disfrutarlas, todo se disolvió en la crisis. El chavo separado no quiere regresar al rancho por medio del barrio; su familia fue expulsada del purgatorio ejidal sin posibilidades de retorno. Recién llegados en los sesentas, la Ciudad empezó a hablar el lenguaje del desempleo, de la miseria generalizada, de la violencia impune, de la masificación, del abatimiento no sólo de los recursos y de las oportunidades sino, incluso, de la baja de las energías utópicas. Sólo la tele siguió hablando de promesas de urbanización, pero se calló en el terremoto de 1985: ahí no hubo la alegría de la solidaridad y la autoorganización sino la desesperación por regresar todo a la normalidad, salvar vidas, salvar las expectativas. Incapaces de agruparse, a no ser por los trasbordos del metro, los chavos separados no tienen identidad de barrio. Si la banda se identificaba, calle por calle con totems unificadores (lo “sex”, lo “metal”, lo “punk”, los gallos, los pañales, los pitufos, las locas), los chavos fríos carecen de expresión unificante, no tienen rostro, no tienen nada qué decir, no reflejan nada, en ellos se pierden todas nuestras referencias culturales.

Como los vampiros, los chavos fríos no salen en la foto, pero el espacio en blanco demuestra su existencia. Los conocemos por sus contornos, porque su centro es el reino del silencio. Urgidos a hablar, a participar, a dialogar, los chavos fríos se niegan con una impavidez criminal. Sus ausencias, su inercia no aprendida y, quizá, sin retorno, tiene que ser llenada con tests, aproximaciones cuantificables, porque su silencio hiere la legitimidad, el sentido, la Verdad. Aquella manifestación silenciosa del 68 parece prolongarse al fin del milenio mexicano, pero despojada de su carácter denunciatorio, mezclada con la impermeabilidad a discursos, informaciones, recetas, teorías, relatos. “No me chorees”. El choro: parodización instantánea de cualquier intento tuyo por convencerme. “Mejor te doy el avión”: te respondo lo que quieres, oír, pero déjame en paz: refracto tus palabras en mi vacío y, sin discrepar, neutralizo tus opiniones, te compro boleto a la incertidumbre, me río del sin sentido de saber que no te estoy diciendo lo que estás oyendo (arquitectura en el vacío muy parecida al albur). Como en la portada de “Music for the masses”, los discursos de los otros son sólo bocinas en un inmenso desierto. El chavo frío no pela a nadie.

Gloria no sabía nada de las “pistas” hasta que Federico le enseñó cómo jugarlas. El juego consistía en vagar por s calles y adivinar en un bote de cerveza, una rama de árbol, garabatos en la pared, el detenerse de un camión frente a ti, las manecillas de un reloj o el nombre de una calle, el destino para seguir vagando. El juego terminaba por cansancio o cuando se llegaba a un punto límite y había que regresar,

como aquella vez en la que Federico acabó frente a una residencia, llevado por un Cristo en lo alto de una iglesia que apuntaba exactamente en esa dirección.

Dos hombres armados salieron a su encuentro y Federico suspendió el juego, convencido de que podía ser peligroso. A veces terminaba uno en las afueras de la Ciudad, perdido entre Cristo Rey y Benito Juárez en la colonia Casa Blanca y había que tomar Calzada San Lorenzo y regresar a la Unidad Independencia. La primera vez que Gloria jugó pistas (que tenía que hacerse en absoluta soledad para que fuera deductivamente personal y auténticamente riesgoso) fue a parar, por culpa de un listón morado sobre una banqueta, hasta Ampliación Evolución y se volvió loca con la cantidad de pistas que las calles le inspiraban: Monedita de Oro, Granito de Sal, Farolito, Feria de las Flores, Siete Leguas.

Fue así que terminó en la esquina de Amanecer Ranchero, paralela a Cielito Lindo por Calzada Sor Juana. Un perro cojo la llevo de vuelta a la colonia Aurora y vagó por La Guerrillera, La Rielera, La Chaparrita hasta llegar a Rayito de Sol en las inmediaciones cochambrosas del Estadio López Portillo. Le divirtió tanto que, durante los siguientes 5 fines de semana, no hizo otra cosa que las “pistas”.

En la última ocasión tomó por Universidad llegó a Metro División, tomó Matías Romero hasta llegar a la Comercial de Pilares, en la que encontró una máquina para autofotografiarse. Ahí, halló olvidadas las imágenes de un muchacho moreno con un sombrero verde. La pista era clara: tenía que buscar al muchacho y regresar las fotos. Subió a su auto y llegó hasta Gabriel Mancera, pero el chavo había desaparecido. Tomó por División hasta parar, por Miguel Alemán, en la Central Camionera de Occidente. Lo buscó por Cóndor, Ganso y Pavorreal en la colonia Sears Roebuck hasta acabar en el Panteón Dolores.

Nadie sabe qué pasó esa noche cuando Gloria recorrió Reforma y llegó a Hegel, su casa, cerca de Plaza Uruguay. Tampoco se supo, hasta días después, que Gloria estaba encerrada en su cuarto, sin comer ni hablar, con las fotos de un muchacho borroso entre las manos. Federico, entonces, decidió, llamar a “Neuróticos Anónimos” y lo citaron en la Postal para que dialogara con los del grupo de apoyo mutuo contra la melancolía.

Explicó: Gloria era una chica de 18 años que vivía casi abandonada por su padre, quien permitía que su hermano la golpeara cada vez que “se portaba mal”. Siempre había sido un fantasma, nunca nadie notaba si estaba presente o no. Sí, sí era fea, pero no tanto como para tener miramiento o reserva alguna. Los “melancólicos anónimos” le suplicaron que la llevara a terapia grupal, pero antes debía hacerla hablar. Ese sábado, Federico fue a ver a Gloria. El hermano lo dejó pasar sin preguntas, pero Federico pudo adivinar que Gloria había sido golpeada recientemente por los moretones y cortadas que presentaba. Imaginó, no sin cierto remordimiento, que hasta podían haberla violado en esos días de encierro.

Las fotos estaban arrugadas y casi irreconocibles. Federico hizo algunas preguntas, pero Gloria no abandonó ni su mutismo ni su posición fetal. No opuso resistencia a que le quitara las fotos. ¿Quien es?, preguntó Federico. No hubo respuesta alguna. El siguiente sábado, Federico volvió. Yerta, Gloria permitió que Federico tomara las fotos y las quemara. El humo hizo toser a Gloria, abrió los ojos: “Era mi novio. Lo conocí en Oxford y Dresde. Es el Príncipe de Dinamarca y se baña en agua de sandía. Su madre se llama Isabel La Católica y canta como una sirena en alta mar”. Gloria siguió y siguió hablando toda la noche. Por supuesto, estaba mintiendo. Pero quizá también estaba diciendo la verdad.

Cyntia y Azucena prepararon todo. Sus padres habían salido de vacaciones, y ellas invitaron de inmediato a sus respectivos novios a pasar unas noches en su casa. Tenían 14 y 16 años e iba a ser su primera vez. Alex, el galán de Azucena, había tenido un par de experiencias con putas y Rogelio, el de Cyntia, no sabía ni de que se trataba. De hecho, ninguno de los dos sabían de las vacaciones de sus suegros, pero algo los inquietó cuando recibieron el telefonazo de urgencia a las 10 de la noche de un martes.

Llegaron casi al mismo tiempo. Nerviosos, se dejaron desnudar y encerrar en cuartos separados. No advirtieron las luces bajas, el “New Age” de fondo, y los vestidos vaporosos de las hermanitas Velarde. Se dejaron hacer y, una vez que consideraron que se había terminado el asunto, dieron las buenas noches y salieron temblorosos, Rogelio con la camiseta al revés. Las hermanas salieron al balcón a comentar. A Azucena le pareció que no tenía nada que ver con el placer y Cyntia sentía haber cumplido sólo un requisito. Se trataban de convencer mutuamente de que los pobres resultados se debían a la poca experiencia de sus amantes y soñaron, a la luz de la luna, con mejores y más excitantes galanes.

De pronto, Cyntia avisó exaltada que había una estrella fugaz en el cielo y, aunque Azucena sabía que sólo era el resplandor del alumbrado sobre un cable de alta tensión, pidió un deseo.

El Purgatorio. Las ordalías. Regresas de un reventón que no llegó a convencerte a las 8 de la mañana en un afán expiatorio y autoflagelante. El horror: los ruta 100, las señoras de tubos acabadas de bañar, los niños en patineta y un sol resplandeciente objeto de tu maledicencia.

Luis se sirve su último trago a las 9 y 10, después de deambular inútilmente en busca de algún cadáver de conversación Algo menciona sobre el nacimiento de su primer nieto: una sandez que disculpas por el desvelón. Estás harto y aburrido. Luis no tiene intenciones de desayunar y enciende un Delicado. El martirio voluntario se sobrepone a la náusea y aceptas uno. De pronto vas en el asiento trasero de un auto. No conoces al conductor, ¿o es conductora? Cierras los ojos e imaginas que en el asiento delantero hay un magnífico ejemplar del sexo opuesto, ¿opuesto al sexo? Ya llegamos. Te bajas sin despedirte. Abres la puerta: todo huele a tocino. Hay hot cakes de desayuno. Es el fin del camino. Vuelves a cerrar los ojos. Te quieres morir, pero resucitarás, resucitarás.

Mudarse de la Del Valle a la Portales le había parecido a Ricardo una aventura para fanfarronear de su supuesto origen proletario frente a sus antiguos y únicos amigos. Digo únicos porque en los años que tenía viviendo en Odea y Víctor Hugo, jamás platicó con alguien más que no fuera él mismo, durante aquellas largas caminatas de los veranos de 83, 84 y 85.

En aquellos años, si su madre se atrevía a insinuar la posibilidad de que aminorara la crisis y regresar a la Del Valle, Ricardo la contradecía, con una especie de perverso orgullo al comprobar que ser pesimista en estos tiempos es ser realista. Torturaba a su madre con la inevitabilidad de vivir en Azcapo, Cuautitlán Izcalli junto a burócratas desempleados, payasitos de esquina y lavanderas.

Saboreando las torturas, Ricardo hablaba mientras ingeríamos unas caguamas en una cuneta del Camino al Desierto. Salimos a orinar en un lote y, como caída desde un helicóptero, llegó una julia. Antes de que lograra acabar de desbeber, ya se habían subido a Ricardo con rumbo a la Delegación. En la gas de Periférico lo soltaron por 30,000 pesos pero, al salir, Ricardo estaba raro: “Ahí adentro se quedaron dos chavos de Tetelpan con quienes compartí la cerveza, pero ellos no traían dinero y se quedaron. Los abandoné. Debí de haberme aguantado. Ese dinero que yo traía también les pertenecía. Tengo frío. Vámonos”. En el trayecto hacia Eje Central, permaneció callado. Dicen que a partir de esa noche, empezó a atrincherarse en su depa: alarmas nuevas, chapas múltiples, barrotes en las ventanas. Vivió con el temor de que aquellos chavos llegaran un día a reclamarle que se disculpara. De nada le sirvió.

En 85, cuando se empezó a derrumbar el edificio de Odesa, no pudo encontrar las llaves de las 3 chapas de la puerta. Murió aplastado, abrazado a su madre, pidiendo perdón a la Ciudad entera.

Enero de 1990. Concierto de rock en “el espejo de agua” de la UNAM. La Maldita Vecindad. Santa Sabina. Los Caifanes. La primera oradora del CEU habla en contra de la separación del bachillerato de la UNAM. Chiflidos. Ya bájate. Queremos música. Deja que La Santa toque. Gritos. La oradora se va temblorosa. Al cabo de una hora de rock, cerveza y mota, otro orador del CEU intenta revivir los días de 1987 y agota el discurso de 3 años en minutos: empieza por hablar sobre las reformas de Carpizo. Los chavos lo abuchean. Dame una “C” …chiflidos… dame una “E”…ya siéntate, guey…dame una “U”…(se oye que un casco de caguama truena muy cerca del micrófono)…¿Qué dice?…íMúsica, música, música! El orador comienza a gritar desesperado: íHuelga, huelga! Un conato de madriza a los pies de la tarima lo hace desistir. Ya no se sube otro orador, sigue el rock, los chavos bailan, se emborrachan y a las 3:00 se empiezan a ir. El concierto se llamaba “Las señales son nuestras”.

(Anotado al margen) En algo tiene razón Iván: nos engañaron. Hay una sensación generalizada entre los hijos de los empleados, los ceceacheros, los universitarios de que las cosas no son como dijeron que iban a ser. El 68 se nos presentó como algo sobre lo que debíamos llorar, un inmenso funeral, indignación impuesta. Fue memoria, mito, transmisión de Ejemplo y promesa de retorno: el paradigma de la lucha estudiantil democrática.

Nosotros no podíamos hacer historia si no había mártires, la fuente inagotable de la heroicidad. Pero tanto querer que lloráramos en una fecha que remitía más a las Olimpiadas que a un mitin, evidenció lo innecesario de nuevos heroísmos, los límites hasta donde se podía llegar la próxima vez. Pero la pregunta siguió en pie, desfundando la memoria sesentayochera: ¿En pos de qué Fin Supremo murieron tantos? El 68 fue “necesario” si pensamos que el pasado determina esquizofrénicamente al presente, pero para nosotros su causa es indefinible. Se suponía que la Revolución Sandinista debía ser para nosotros lo que la Cubana fue para los del 68, pero ya ves qué poco nos duró inmaculada y mítica.

Nos engañaron. El extinto movimiento de la UNAM tuvo más que ver con la explosión de las reivindicaciones que vive el país al fin del siglo. Todos exigimos que se respete lo que teníamos antes de la crisis, pero por eso, nadie está dispuesto a colaborar en una nueva utopía de país: necesariamente las cosas cambiarían. Lo que llaman la pluralidad y el respeto a las diferencias no es más que la confluencia separada de los que se agrupan porque son idénticos (feministas, ecologistas, despedidos, preparatorianos, homosexuales, fanáticos de la moralidad cristiana). La igualdad prostituyó las utopías: nadie pretendía cambiar su universidad ni su escuela; sólo existía la reacción frente al cambio y la lucha no sólo por la igualdad de oportunidades sino de resultados. Eso fue la defensa del pase automático: conquistas útiles en tiempos de crisis. No está bien ni está mal, solamente es que no tiene nada que ver con la democracia, como nos dijeron. Las marchas y mítines de los ochentas tuvieron más de espectacular que de político. Hoy, por lo menos los estudiantes, no están dispuestos a adherirse a una causa si no hay garantía de show, posibilidad de afición. La misma actitud hay en ser chiva o cardenista, en ser priísta o devoto de Maradona.

El amor cuando es sincero

se encuentra lo mismo

en las torres de un castillo

que en humilde vecindad

Recuperar el valor de la caridad es el único propósito de Gente Nueva. No le busques, no hay nada más”. ITAM, Anáhuac, Panamericana, Ibero, preparatorias particulares (Colegio Americano, Alexander Bein, Green Hills) no están comprometidas como instituciones en el proyecto, pero sí sus alumnos y algunos maestros y “misses”. También apoyan el “joven” Murrieta, Emannuel y los “Valores Bacardí”. Aquí están, hablando como si trajeran una papa en la boca, no veo morenitos, no porque en Gente Nueva no los admitan, sino porque la burguesía mexicana es, ante todo, una casta étnica. En un gran campamento al estilo del Partido Popular español y casi con la misma ideología de “Nuevas Generaciones”: bien común, caridad, anticomunismo buena onda (“con toda razón después de la caída del Muro de Berlín”), libertad (y no “libertinaje”), y castidad (“aunque yo la verdad vine a ver niñas y íqué bárbaras!”).

Los conferencistas, en su mayoría curas vestidos de civil (camisas cerradas, labios apretados) y la presencia intelectualmente avasalladora de Monárrez (el de “Creatividad Bancomer”), hablan sobre la moralidad cristiana. Intentan, sin lograrlo, darle coherencia a un discurso de buenas costumbres y caridad para los pobres en la crisis. Pero la reunión de Gente Nueva es algo más sencillo: es el espacio en el que los hijos de los 300 y de los 3000 que sobran, se reconocen en sus seguridades económicas (las cuentas en el extranjero), familiares (lodos se juntan en el Altillo y luego a comer), herencias revolucionarias (el puesto de mi papi y la foto de un hacendado que era mi bisabuelo) y prepotencia modernizada (“Hay que dejar que todo mundo hable”). No hay metas ni táctica, sólo la presencia como ejemplo de que los jóvenes deben ser limpiecitos, vestirse con camisetas holgadas y faldas de colores, predispuestos a la euforia, entusiastas, espontáneos (pero no tanto como para dejarse de poner wet-look todas las mañanas), receptivos y cristianos.

Historia de cómo se hizo coincidir el hippismo con la devoción al espíritu santo: “Sí, está bien padre, todo bien buena onda. Aquí es cuando uno dice: ¿cuál crisis? Si todos aquí ya estuvimos de acuerdo en que hay que fomentar el amor y la caridad para los que menos tienen, espiritual y materialmente, claro. ¿Cuál es entonces el problema?

El Carlitos no tiene amigos, ni amantes, ni familiares. Todo su afecto está hecho de ausencias. Es por eso que jamás ha escrito una carta, estrechado una mano o intimado en una plática cualquiera. Es también por eso que tiene una obsesión por lo que se fue y no regresará más que como ficción. Algo de esa pasión por el “pasado” empezó un día en que se fue a alfabetizar a la Huasteca veracruzana. No logró enseñar una sola sílaba pero aprendió en cambio un par de sermones mortuorios que resultaron ser cancioncitas repletas de albures que hicieron saltar las lágrimas de risa a unos antropólogos a quienes se los cantó, convencido de la solemnidad del asunto.

En su week-end revolucionario, la preocupación por lo antiguo llegó a tal grado que obligó a uno de sus “alumnos” a enseñarle a sembrar con coa. No pudo mover una sola piedra, pero sí consiguió vomitar después de la fiebre por la insolación. “El maistro está enfermo”, decía una mujer mientras le daba un brebaje que le hizo alucinar que la palapa en la que estaba era más grande que la Torre Latino.

Ese fue su primer contacto con drogas místicas. A partir de ahí, lo que sé del Carlitos es que en Oaxaca se sumergió en un lago durante dos días, sacando de vez en cuando la nariz, pero manteniendo los ojos afuera: se creía cocodrilo.

En otra ocasión, aseguró que había estado bebiendo mezcal con la luna, pero lo único que había de cierto es que quien le vendió los hongos se llamaba Norberto Luna. La Cala, una chava que se topó con el Carlitos en Oaxaca, regresó de su viaje étnico diciendo que estaba embarazada de la Luna y efectivamente “Norbertito” ya tenía 4 meses de concebido cuando lo llevaron a morir a un consultorio en Narvarte.

Pero Carlitos no regresó y puso una cría de pollos en Guerrero con tan poco dinero que tuvo que pasar un año durmiendo en el corral con un par de gallos gays y un bonche de gallinitas infértiles. Vendió todo y desapareció. Volví a saber de él cuando presentó en Xochimilco a la mujer con la que se iba a casar y de la que fue despojado a machetazos por un campesino borracho, unos días después.

Hoy me vuelvo a encontrar con el Carlitos en la Plaza Hidalgo. Trae un penacho de plumas color Sherwin Williams, el pelo largo y ceboso, unos cascabeles en las pantorrillas. Se dirige a los transeúntes que se paran a ver a los areteros, los mascareros (los que les pagan a los indios de Nayarit con cuentas de vidrio y revenden sus máscaras ), los pintores de aerosol que hacen escenas ecologistas, los de las “cascadas de agua”, cuyo sonido podrá tranquilizar hasta a un ruletero embotellado en Francisco Sosa. El Carlitos habla voz en cuello sobre la religión “mexica”, sobre el fin del Milenio y el Quinto Sol, confunde nombres (Chalchicuitle con Chalchihuite) y culturas (el Yin y el Yan en la Piedra del Sol). Su mirada busca el cielo, alza los brazos y se pierde entre el smog.

Fue el primero que me avisó después de la marcha de Parque Hundido en 1987, que los entonces impolutos líderes andaban negociando con la Rectoría y que él, por eso, se retiraba del movimiento. Dos años antes, se había lamentado de la rapiña de los soldados que se avalanzaban sobre lo escombros sin pudor ni vergüenza, y en el 86 había criticado con la amargura que lo caracterizaba, la violencia en el Angel de la Independencia cuando Hugo falló aquel penalty. Era un ser a toda prueba, con una rara característica en estos tiempos: una sólida moralidad.

Pero un día me sorprendió: cuando tratábamos de entrar al cine y se acercó un revendedor, le compró todos los boletos y, luego, él mismo los vendió más caros. Cuando le reclamé sobre su extraño comportamiento me contestó: “Si no fuera por eso no te estaría disparando un café y, además, ¿de que sirve ser bueno cuando los malos son más? “La frase me dio vueltas en la cabeza mientras caminaba hasta aquí. Fue por eso que pedí una botella y creo que también ha sido por eso que, desde este momento, escribo borracho.

Pacheco: La poesía abierta

Para la crítica literaria la poesía de José Emilio Pacheco (México, 1939) ha supuesto siempre una tentación hermenéutica. Acicate más bien curioso, si se tiene en cuenta que el poeta mexicano ha usado siempre un lenguaje diáfano, de fácil captación, sin léxico rebuscado ni entrelíneas esotéricas. ¿Por qué entonces su poesía deja tanto espacio para la interpretación? Si empezamos por reconocer que la de Pacheco es una poesía abierta, debemos admitir que la apertura no sólo incluye al lector sino también al crítico.

Daniel Torres ha señalado que hay en Pacheco “una apertura del código de la poesía a lo no considerado como tal”. Evidentemente, esa apertura es una incitación a que el lector interprete, pero es obvio que la apertura no sólo abarca los códigos retóricos o estéticos; en la poesía de Pacheco se hacen presentes, o simplemente transcurren, dudas, alusiones, sueños heterodoxos (siempre más cercanos a la pesadilla que al ensueño), textos ajenos, experiencias propias. Por otra parte se trata esta vez de un poeta sin soberbia, que no padece inhibiciones a la hora de confesar que no siempre alcanza a decir lo que quiere (“Y no es esto / lo que quise decir. Es otra cosa.”) o que la confusión es de algún modo su coherencia (“Por el momento nada me ampara sino la lealtad a mi confusión”) o que toda poesía, y por ende la suya, sufre la erosión del tiempo (“Todo poema es un ser vivo: / envejece”).

Hay asimismo en Pacheco un recurrente cuestionamiento de su función como poeta y aun de la condición básica, insustituible de la poesía. Y todo ello expresado con tal sinceridad, que no despierta en el lector ni siquiera la mínima sospecha de que acaso se trata de una hábil máscara autocrítica. Al fin y al cabo, el poeta se cuestiona a sí mismo, entre otras cosas porque lo cuestiona todo: el mundo, la vida, el poder, la muerte. Precisamente, el gran atractivo de esta obra poética es su constante bucear, con palabras conocidas, en lo desconocido, en la falsa eternidad, en “el silencioso estruendo del olvido”. Su poder de comunicación con el lector obedece sobre todo a su sorprendente capacidad para encarar, con un lenguaje asequible y cercano, los más intrincados problemas de la existencia y aun para dejar constancia de su no resignación al inevitable aniquilamiento, al chantaje de la nada.

De ahí que resulte difícil estar de acuerdo con la asimilación, algo mecánica, que hace Octavio Paz de la poesía de Pacheco con la imagen de un lago, y en cambio sea mucho más compartible la opinión de Thomas Hoeksema, que considera que el libro No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969) “no es tanto un lago que refleja como una tormenta de compromiso, protesta y experimentación”. Es cierto que, cuando Paz hace público su diagnóstico (en Poesía en movimiento, México, 1966), Pacheco sólo había publicado Los elementos de la noche (1963) y El reposo del fuego (1966), pero aun en esos libros iniciales Pacheco fue dejando claros signos de lo que en obras posteriores habría de convertirse en su incendiario enfrentamiento con el tiempo y la muerte.

En su primer libro dice, por ejemplo: “Mientras avanza el día se devora”; “Son los años / que anudan y rompen”; “¿Cómo atajar la sombra que nos hiere y nos cava / si nada permanece / si todo nos fue dado / como tributo o dualidad del polvo?”. Y en el segundo: “Es hoguera el poema / y no perdura”, “¿Sólo perder ganamos existiendo?” Es obvio que unos y otros versos no transmiten precisamente la quietud o serenidad del lago, sino más bien la tumultuosa búsqueda de una identidad y la torrencial discordancia frente a un destino inapelable. Leal, como siempre, a su sabia confusión, José Emilio Pacheco lleva a cabo una poesía dramática, generadora de tensiones entre el poeta/hablante y su destinatario/interlocutor. Los seguros, los consolidados, los infalibles, esos que jamás dudan ni se confunden, podrán hacer leyes, estafas o burlas, pero nunca poesía.

No obstante, es a partir de No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969), y sobre todo de Irás y no volverás (1973) y Desde entonces (1980), que el poeta afina y a la vez fortalece su capacidad de cuestionamiento e incluso la expande a zonas de preocupación y compromiso sociales. Sin abandonar su desgarradora militancia contra la muerte, sino más bien consolidándola, Pacheco denuncia además la otra flagrante injusticia la que puede ejercerse desde el poder, cruento o incruento, mudable o inmanente. Vietnam y la destrucción sistemática de los resguardos ecológicos, a tal punto lo sacuden y laceran, que esos temas llegan a infiltrarse en sus aproximaciones a los clásicos, en cuyas traducciones y versiones libres asoman hechos y desechos de hoy. Después de todo, la guerra de Vietnam y las agresiones a la ecología son meras variantes de la muerte, ese incalculable y permanente enemigo. La eventual perfección del verso no puede competir con la “perfección terrible de estar muerto”, a la que se había referido en El reposo del fuego. La muerte es tan inasible que ni siquiera puede ser fijada o retenida como tal: “Ni siquiera la muerte permanece. / Todo vuelve a ser polvo”. El poder de la muerte es tan omnímodo, que es capaz de aniquilar a la misma muerte. De ahí estos versos impecables y estremecedores, que significativamente están entre paréntesis: “(Quizá ‘vacío’ / es el nombre profundo de la muerte)”.

¿Qué defensas le quedan al poeta contra ese vacío? No muchas, por cierto; pero entre esas pocas, está la apelación a los objetos, esas cosas que no pueden morir, porque nunca nacieron. Vargas Llosa vio con sagacidad que en Pacheco, las cosas, al compararlas con el hombre, “se defienden mejor contra la muerte, son menos perecederas que él”, y por eso “el poeta escudriña la realidad inanimada, la captura por medio de la palabra”. Así como, para José Emilio Pacheco (¿y para quién no?), el gran rival es la muerte, las cosas pueden erigirse en sus únicos, incorruptibles aliados. Al menos puede aferrarse a ellas, o dejar ( y así lo dice) que ellas se aferren a la hora que se cumple en el interior del poeta, a su silencio.

Cuando se preguntaba, en Los elementos de la noche: “¿Para qué hendir esta remota soledad de las cosas?”, poco después atinaba a responderse (aunque estas líneas fueron eliminadas en la expurgada versión que se incluye en Tarde o temprano, recopilación publicada en 1980): “Porque es un modo de redescubrir el espacio, el origen; de iluminar mediante el pobre conjuro, la ávida sombra que se cierne sobre el instante”. Esa voluntad, tantas veces frustrada, de asirse a algo, a alguien, es tal vez lo más fascinante, y a la vez lo más conmovedor, en la obra de Pacheco.

“Miro sin comprender”, admite, y sólo entonces percibimos que su mirada es también la nuestra. Tampoco nosotros comprendemos ese prólogo de ruina que es el mundo, ese azar planificado que es la vida. Si el poeta no puede ayudarnos a comprender, al menos nos ayuda a indagar por qué no comprendemos. De esa manera, nos distancia y nos acerca, alternativamente, las razones o sinrazones de la existencia. Julio Ortega se ha referido al escepticismo agónico del poeta mexicano, pero diríase que se trata de un escepticismo encarnizado, y en todo caso, si es agónico, lo será en la acepción unamuniana. Aunque se sabe irremisiblemente derrotado, el poeta no se da por vencido. Lucha (y escribe) como una forma de postergar la muerte. “Desde antes de Sherezada las ficciones son un medio de postergar la sentencia de muerte”. Así lo puntualiza. Pero ¿sólo las ficciones? Por las dudas, también escribe cuentos y relatos (la notable novela Morirás lejos es, entre otras cosas, una alegoría de la postergación), pero en el fondo quizá mantenga la esperanza de que los poemas, o al menos sus poemas, consigan una demora más extensa, más francamente convocada.

“El tiempo nace / de alguna eternidad que se deshiela”. La misión del poeta es, en consecuencia, darle calor, al menos mientras le quede aliento, antes de que la muerte vuelva a congelarlo. Nadie podría decirlo más certeramente que José Emilio Pacheco:

Llegaremos al otro mar a que nos cubra la muerte. Entretanto
el camino es la meta y nadie avanza solo
y el agua se comparte o revientas. No hay
minuto que no transcurra. Adelante.

No obstante, cuando llegue la meta ignominiosa con su minuto letal, ese único que no transcurre, ya no habrá reloj o corazón capaz de detectar el silencio infinito. En Pacheco el tiempo depende en última instancia de la muerte, ese “intenso garabato”, y de ahí su desolación. La imagen del polvo ha sido sabiamente elegida como atributo de la desintegración. Todo vuelve a ser polvo: “el polvo, ese lenguaje / que hablan todas las cosas”. Sin embargo, el polvo no sólo afecta y subordina al hombre y su destino; también carcome las cosas, esa realidad inanimada que en algún momento pudo el poeta suponer que lo defendería contra el vacío. “…el polvo / devora el interior de los objetos”, dirá en El reposo del fuego. Sólo un año después, en la novela Morirás lejos, uno de los personajes convendrá en que “las palabras son alusiones, ilusiones”. Entre la alusión y la ilusión vive el poema su tránsito especular, durante el cual todo se refleja en todo, y entonces, la ilusión del reflejo en el reflejo, y el reflejo de la ilusión en la ilusión, van configurando ese imaginario distanciamiento de la muerte, que, de pronto, ante la repentina ausencia de una ilusión/espejo, se convierte en agobiante cercanía. Sin duda, “vivir es ir muriendo”, y, por si eso fuera poco: “Regresar ¿a dónde? / A todas partes vamos a no volver. Puesto a elegir entre Buda, Quevedo, Baudelaire y Heráclito, legados todos que conscientemente asume, el poeta se inclina dolorosamente por Heráclito, para quien, a pesar del pánta rhêi, todo volverá al fuego y se consumirá en una hoguera universal.

Embarcado en el rumbo heraclitano, Pacheco va alternando su conflicto vida/muerte con la contradicción agua/fuego, pero es el fuego el que le brinda los adecuados elementos para convertir en alegoría la dimensión de su angustia. Además del tiempo y la muerte, esas constantes, hay otros referentes en la obra poética de Pacheco: la noche, el fuego, el mar, el polvo. No obstante, esos temas se encadenan con naturalidad, quizá porque todos forman parte de lo mismo, son distintas variantes de lo mismo.

El primer libro trata, como es sabido, de los elementos de la noche; el segundo, del reposo del fuego. O sea, que el fuego recoge el testigo de las manos oscuras de la noche. Aquí y allá hay versos que documentan ese tránsito. “La noche arde en su fuego”, dice en el primer libro; “Toda la noche vi crecer el fuego”, retoma en el segundo. Noche y fuego; fuego y noche. El fuego se condena a sí mismo: destruye y se destruye. Aniquila para renacer. “Toma la antorcha / prende fuego al desastre. / Y otra hoguera florezca”. Es claro que el imprevisible mundo, renacido del fuego, trae consigo otra angustia:

Pero, ¿es acaso el mundo un don del fuego
o su propia materia ya cansada
de nunca terminar le dio existencia?

Y otra vez el testigo, tan perecedero como el fuego:

Arden las llamas,
                     mundo y fuego, mira
la hoja al viento, tan triste
de la hoguera.

Es curioso que, en más de un poema, José Emilio Pacheco identifique la hoguera con la tristeza, cuando normalmente el fuego suele usarse como símbolo de la pasión, del combate, del entusiasmo, de la alegría, o sea de constantes vitales. Quizás el poeta no pueda desprenderse de un pronóstico, que en él es convicción. El vertiginoso, agorero futuro del fuego: su reposo. “El reposo del fuego es tomar forma / con su pleno poder de transformarse”. La pregunta es casi de cajón: ¿transformarse en qué? El reposo del fuego ¿no será acaso la ceniza? Si bien el poeta no lo dice con todas sus letras, algo sugiere cuando escribe: “La ceniza siente nostalgia del incendio”, forma velada de anhelar (aquí también la esperanza es lo último que se pierde) que la muerte sienta nostalgia de la vida. Nostalgia que, por otra parte, la muerte condenará de antemano al vacío: “Humo y ceniza no serán perdonados / pues no pudieron contra la oscuridad”. Por su parte la poesía intenta lograr ese perdón (“Cada poema / epitafio del fuego”), simplemente narrando el tránsito del fuego a la ceniza. Aun así, “es hoguera el fuego / y no perdura / Hoja al viento / también / también tristísima”.

Entre el condenado nacimiento del poema y su triste extinción, queda todo un proceso que merece la permanente vela de Pacheco. Por lo pronto enuncia, parafraseando y ampliando a dos poetas cubanos (José Z. Tallet y Fernández Retamar): “Todos somos poetas / de transición / La poesía jamás se queda inmóvil”. Transición y además transacción. Para Pacheco el poema es, como sugiere José Miguel Oviedo, una “transacción verbal”. ¿Transacción, aun aquí, entre la noche y el fuego? Thomas Hoeksema ha visto con sagacidad que Pacheco “la fuerza generada por su propia consunción y el calor generado por las llamas desde dentro son dos características del poema como fuego”. El poema consumido por el fuego. Es decir que, si bien el poema puede ser epitafio del fuego, éste a su vez puede ser epitafio del poema. Las alegorías de ida-y-vuelta son indudablemente una de las tentaciones que lleva implícitas la poesía de José Emilio Pacheco. Y no por azar son válidas: se trata de una poesía dialéctica (más vestigios de Heráclito), que tras proponer una imagen deja espacio a su vez a la propuesta de una contraimagen definitiva, una nueva señal de la apertura de los códigos retóricos y hasta filosóficos.

Tal vez por eso, y según se le hace sentenciar a Julián Hernández, poeta heterónimo, “la poesía no es de nadie / se hace entre todos”, y según dice el propio Pacheco, refiriéndose a Flaubert, cada autor “sólo dice / lo que cada hombre y cada mujer que lo lea, pueda escuchar entre el rumor de sus páginas” (Los trabajos del mar). Probablemente no pueda hallarse, en toda la narrativa contemporánea, donde es moneda corriente la opera aperta, una posibilidad tan clara de lectura participativa como la convocada por la poesía de mexicano, frugal en sus formas y profunda en su reflexión.

Cabe asimismo conjeturar que, en este caso preciso, que no es necesariamente el de Pessoa ni el de Gelman ni el de Monterroso ni el de otros premeditados bifurcadores, Pacheco inventa heterónimos, tal vez con el designio metafórico de desorientar a la muerte. A semejanza de muchos objetos, Julián Hernández y Fernando Tejada son productores artesanales, son cosas. Fueron moldeados, tal como el ceramista da forma a una vasija, pero no tienen vida propia sino la que el creador decide prestarles. Tampoco ellos nacieron (su nacimiento fue sólo un simulacro) y en consecuencia no habrán de morir.

José Emilio es un formidable trujamán, no sólo de poemas ajenos sino de los seres, las cosas, el mundo. Y así como tiene su elenco de heterónimos, también ha fundado, mucho antes que Peter Weir, su propio club de poetas muertos. Los traduce, claro; pero además dialoga, convive con ellos. Al alcanzarles cabos desde el presente, los transforma en poetas de transición. Cuando advierte, en Ciudad de la memoria, “sólo nosotros somos el pasado”, es probable que incluya en el nosotros a Arquíloco, Anacreonte, Simónides, Calímaco, Horacio, John Donne, Mallarmé, Rimbaud, Baudelaire, Nerval y tantos más a los que ha convertido deliberadamente en sus contemporáneos. Los poetas muertos se infiltran en su poesía, así como la de Pacheco se introduce en la de sus admirados antecesores. El mexicano salta sobre las eventuales acusaciones de plagio (que por cierto nadie ha osado formular) y es el primero en ejecutar su proyecto (o el de Julián Hernández) de una poesía hecha entre todos.

Es así que los textos retoman la prioridad. Ellos, mucho más que los poetas, son la poesía y “el desdoblamiento apostrófico del hablante escindido” (la compleja pero exacta denominación pertenece a Lilvia Soto) es una nueva y decisiva apertura de los códigos: los poemas son de todos, y el poeta es tan sólo alguien que aporta, un mero aunque calificado contribuyente, no un singular sino un pedazo de plural. En “Una defensa del anonimato” (suerte de velada arte poética) José Emilio Pacheco busca el apoyo tutelar de Pessoa, su colega y predecesor en la fundación de heterónimos, para reflexionar:

Me parece un milagro
que alguien que desconozco pueda verse en mi espejo.
Si hay un mérito en esto —dijo Pessoa—
corresponde a los versos. no al autor de los versos.

Para el título del tercer libro de Pacheco, No me preguntes cómo pasa el tiempo, ya había anticipos de explicaciones en el primer libro: “Todo nos interroga y recrimina, / pero nada responde”. Algo que en términos descaradamente prosaicos vendría a significar: no me preguntes porque no hay respuestas. Hay fragmentación de significados, otra maniobra, como la invención de los heterónimos, destinada a que el tiempo, ese aliado infecundo de la muerte, se vea obligado a dividir sus fuerzas, a atender varios frentes.

Es claro que las innumerables interpretaciones y elucubraciones sobre la poesía de Pacheco son posibles sólo porque su nivel literario es excelente. El autor maneja el lenguaje con una claridad y una soltura que en cierta manera oculta, o disimula su innegable pericia. José Emilio Pacheco posee una intuición fuera de serie para estrenar vecindades de palabras. Todos sus términos son corrientes, comprensibles, casi diríamos vulgares (un afortunado equivalente poético del arte povera de Pistoletto y Merz), pero es posible que su primordial originalidad, en lo estrictamente literario, resida en el descubrimiento de una relación inédita entre esos mismos términos. Es justamente esa sorprendente vecindad entre dos lugares comunes la que en definitiva los convierte en un solo lugar extraordinario. La ecuación nueva sirve para despejar una incógnita nueva. El sosiego y la conflagración, que vienen a ser el núcleo axial del mundo poético de José Emilio Pacheco, se extienden a lo largo y a lo ancho de toda su obra y le otorgan un impulso de vida que constituye su imprescindible clave. Octavio Paz acierta cuando dictamina que “para José Emilio el tiempo es el agente de la destrucción universal y la historia es un paisaje en ruinas”, pero lo cierto es que Pacheco posee un aliento formidable para describir y juzgar estas ruinas y aquella destrucción. Consciente de su desolación y de sus temores el poeta los trasmuta en empuje y beligerancia. Una señal hay al menos en dos de sus poemas (uno de Jardín de niños y otro de Islas a la deriva) que concluyen con la palabra adelante. Como bien ha señalado José María Guelbenzu, uno de los pocos españoles que se ha ocupado de José Emilio Pacheco: “No deja de ser curiosa la capacidad que este poeta torturado por el paso del tiempo tiene de expresar los gestos de la vida y de fijar el instante fugaz tan admirablemente” (Prólogo a Alta traición, 1985).

Con la destrucción y con las ruinas, Pacheco arma su voluntad de brega. Golpea contra la adversidad como si fuese a vencerla, aunque sabe a ciencia cierta que será derrotado y nos enseña que sin ese tesón mereceríamos la muerte. La muerte ha de llegar, en efecto, pero inmerecida.

La poesía de José Emilio Pacheco arropa la vida con el aliento de un héroe filosófico. Héroe, por supuesto, a pesar de sí mismo. Su poesía es coloquial, quién puede dudarlo, pero lo cierto es que dialoga con la porción más veraz, más cuestionadora y por fortuna más humana de nosotros mismos. “Irás y no volverás”, nos dice y se dice a sí mismo con escepticismo y determinación. Por supuesto, no volveremos, pero mientras vamos, sigamos su consejo: empuñemos la antorcha del fuego y prendamos fuego al desastre. Sólo así, mortales como somos, dejaremos constancia de nuestra expresa voluntad de no morir.

 

José Emilio Pacheco, Los elementos de la noche. UNAM. México, 1963.

El reposo del fuego. Fondo de Cultura Económica. México. 1966.

No me preguntes cómo pasa el tiempo. Joaquín Mortiz. México, 1969.

Irás y no volverás. Fondo de Cultura Económica. México, 1973.

Islas a la deriva. Siglo XXI. México, 1976.

Desde entonces. Era. México, 1980.

Los trabajos del mar. Era. México, 1983.

Miro la tierra. Era. México, 1986.

PRI: Después de la Asamblea

La pregunta central que dejó planteada la XIV Asamblea del PRI es precisa: ¿cómo fue posible que el Partido se reconstruyera, hasta alcanzar el grado de vigor y de participación que se observó? La respuesta no es simple, pues requiere atender a varios procesos; distingo cuatro principales:

1) Un cambio, no en la composición social, pero sí en la formación política de la militancia del partido. 2) Una crisis de los mecanismos internos de control y de las formas tradicionales de participación, fundamentalmente en el ámbito de los sectores. 3) El agotamiento de la inercia de los democratizadores de opinión y de su intelectualidad protagónica. 4) La voluntad presidencial de asumir la ruta del cambio y la seriedad del proyecto de Reforma del Estado, a la que ha secundado, en adecuada sincronía, la decisión y destreza del presidente del PRI.

1. La militancia del PRI ha cambiado en formación política tanto como la propia sociedad mexicana. Y lo que probó la XIV Asamblea es que esta transformación, para bien de la vida democrática del país, es homogénea y generalizada en todos los estados.

La gran cantidad de ponencias y planteamientos recibidos por las comisiones que tuvieron a su cargo la revisión de los ocumentos básicos (solamente en la de Estatutos se recibieron más de 5,000), y luego los debates en las diferentes sedes, probaron la homogeneidad de puntos de vista y de alternativas de solución, en un grado muy significativo.

El viejo PRI resultó de la gran diversidad y heterogeneidad de fuerzas políticas y sociales de la nación. El aislamiento, la falta de comunicación, dieron lugar al despliegue de mecanismos de control regional y local que ahogaron la participación y favorecieron el dominio de las oligarquías regionales y locales, de los cacicazgos.

Todo eso propició que los más inquietos, los más politizados, migraran a las grandes ciudades; pero apenas empezaban a tener éxito, establecían nexos con los grupos dominantes locales, reforzando las formas de control. La consecuencia fue que durante largos años imperó una clase política centralizada en el D.F., cuyos mecanismos de reclutamiento e incorporación estaban igualmente concentrados.

Esta capa monopolizaba información, experiencias políticas y privilegios en la relación con sus estados. A partir de los años setenta se observa un cambio importante: los que se quedaban eran tan informados, aptos para la participación y experimentados, como los que migraban, por lo menos en lo que correspondía a los políticamente activos. Y en consecuencia, se inicia la rebelión contra esa clase concentrada y centralizada. Los reformadores locales entendieron que pueden hacer política sin intermediarios bien ubicados en el poder central.

Esto contribuye a explicar que tres de las demandas más generalizadas en la XIV Asamblea hayan sido: la desaparición de los delegados generales, la descentralización de decisiones y el fortalecimiento de mecanismos que garanticen arraigo de candidatos y dirigentes.

Lo verdaderamente importante de todo esto es que se trata de una rebelión contra los mecanismos del México tradicional y provinciano. Este México se sostuvo con un doble soporte: el de las oligarquías locales y el de los que migraron y se asociaron al poder central, pero siempre dispuestos a pactar con las primeras.

Los priístas de los estados ya empezaron a librar la batalla contra unos y otros. Se dieron cuenta de que ambos dominan gracias al apoyo mutuo. Y, por lo pronto, ya lograron fracturar el soporte centralista. La paradoja de esta situación es que el centralismo ha favorecido más a las oligarquías locales y a sus asociados que migraron y viven en el centro, que al gobierno federal.

Pero eso no es todo, a este cambio le acompaña otro, la cultura partidaria de los reformadores locales. Estos, la gran mayoría de los asistentes a la Asamblea, establecieron desde el inicio un deslinde categórico: unos son los democratizadores centralistas, muchos de ellos migrantes que hicieron carrera en el centro, fueron gobernadores o dirigentes locales y luego volvieron al centro en calidad de radicales. Estos hablan y actúan para el público y los dirigentes del centro, pero no dan batalla junto a sus paisanos, sólo los utilizan para crear presiones contra el centro que esperan les reditúen en el mismo centro.

Para los reformadores auténticos hay un criterio fundamental, se puede disentir, se pueden defender posiciones y se puede luchar por la democracia interna, pero bajo un principio: cuidar y preservar la unidad del Partido. El grito unánime, espontáneo, de UNIDAD, UNIDAD, que prologó el inicio de la lectura de los dictámenes en Puebla, no pudo ser más elocuente.

En suma, la militancia ha cambiado, es ahora más clara y decidida en la defensa de sus intereses y propósitos locales, y sin embargo es más nacional en su unidad partidaria y en su voluntad democrática. Lucha, busca reformar, pero sin fracturar. Y como consecuencia, el país, no sólo el PRI, empieza a liberarse de una clase política centralista, aunque formada en su gran mayoría por políticos venidos de provincia; y empieza a tener una clase política nacional, en tanto vaya estando, más auténtica, leal y responsablemente arraigada a sus lugares de origen.

Esta es la clase política que advirtió el Presidente Salinas de Gortari, seguramente, desde antes de ser candidato a la presidencia; es la nueva clase que Donaldo Colosio ha querido reconocer.

2. Hacer el recuento de los diversos mecanismos de control y de los muy limitados de participación, es tarea que rebasa las posibilidades de este texto. Por eso sólo me referiré a los fundamentales, entre los de participación están las cúpulas dirigentes de las organizaciones, los grupos ligados al CEN del PRI y a los gobernadores próximos al Gobierno Federal.

Sin embargo, los más importantes medios de reclutamiento y participación han sido los paralelos, los de los grupos en el Gobierno Federal, aunque a éstos sólo parcialmente se les puede considerar como mecanismos del partido.

Por lo que toca a los medios de control, destacan las organizaciones y los sectores. De ahí el origen de las cuotas de representación, que constituían una suerte de recompensa para los miembros de las cúpulas, por su eficacia en el control de la movilización y las demandas. Esto cuenta por igual para el movimiento obrero, como para el campesino y los sindicatos de la burocracia.

Esta configuración partidaria funcionó en un país de reducida demanda urbana y en proceso de homogenización social y cultural. Pero resultó ineficaz para una sociedad abierta a la competencia. De ahí que tuvieran que establecerse canales alternativos de Participación a través de medios de gobierno que, mediante los programas de vivienda, educación, etcétera abrieron espacios, por lo menos, a una más ágil y fluida relación sociedad-gobierno. Y hay que decirlo, también este fenómeno de falta de canales partidarios y sobrepeso de los gubernamentales, contribuye a explicar el crecimiento de la oposición.

El principal problema consiste en que no sólo se produjo un desplazamiento del centro de la actividad política hacia el aparato burocrático y hacia otros partidos, sino que se acentuó el distanciamiento entre las cúpulas de las organizaciones y las nuevas élites del Sector Público.

Mientras que las primeras permanecieron aferradas a las formas más primitivas de control político y a las concepciones más rezagadas, las segundas adquirieron un nivel de modernización tecnológica que terminó por dar lugar a una doble oligarquización, la organizacional y la burocrática. Las que, conviene decirlo de paso, coincidieron y se reforzaron con la de los empresarios. La corrupción, en efecto, corrió entre los espacios adyacentes y lubricó sus relaciones.

La consecuencia más grave fue que las demandas se encontraron con un sólido piso superior que las rechazaba. De esta forma, la presión se concentraba abajo y sólo una parte lograba escapar a través de las instituciones de gobierno. Pues, como ya se dijo, muchas de éstas ampliaron sus nexos de relación con los agrupamientos sociales.

En general, los más reacios a la demanda social y más próximos a las oligarquías de los grupos privilegiados, fueron los gobernadores. Se puede decir que mucha de la animadversión hacia los delegados generales se explica por el papel que éstos cumplieron imponiendo a los candidatos de los gobernadores.

Cierto que a los delegados les benefició económica y hasta políticamente hacer la parte ruda de la tarea y cargar con la responsabilidad. Después de todo, una vez concluida ésta, se iban del estado y le dejaban al gobernador una situación más

o menos desahogada de reclamos. Pero lo que interesa subrayar es que con mucha frecuencia la Federación tuvo que hacerse cargo de las grandes presiones sociales, dada la ineficacia gubernamental y política de los gobernadores.

El llamado del Presidente de la República para que trabajen junto al pueblo, no fue un recurso retórico, es la exigencia concomitante a la generalización de la clase política a lo largo del país. Los gobernadores ya no contarán con el partido para que les haga el trabajo rudo, con el que se corregían descuidos y desaciertos políticos al llegar las elecciones; y los que aún no lo han hecho, tendrán que olvidarse del ya viejo estilo de hacer política: cuidar su imagen en la prensa nacional, visitar secretarios de Estado y pavimentarle el camino a los negocios de las oligarquías locales, en vez de atender la organización y participación del electorado.

Cualquiera que, de buena fe, analice lo que ocurre en el PRI, aceptará que en esta zona del sistema político se está alentando otro cambio fundamental. Para consolidarlo se requiere, precisamente, territorializar la política. Es decir, anclarla en el municipio y liberar ahí los procesos políticos.

Este planteamiento central en el proyecto que el PRI ha echado a andar, no se gestó en ningún gabinete de los politólogos que han pasado por el PRI, recetando lecturas de filosofía política, ni tampoco en ninguna oficina del Ejecutivo. Salió de un intenso trabajo de consulta y discusión con dirigentes del partido, locales y regionales. No es fácil encontrar ejemplos de dirigentes que tan constante e intensamente viajen por el país, como lo ha hecho Colosio en los últimos meses.

El Presidente de la República, por su parte, demostró tener clara idea del problema de la presión social concentrada hacia abajo desde su campaña en 1988. A sus críticos les conviene iniciar su análisis de este gobierno a partir del día en que se desatan los procesos y no a partir del día en que escriben o declaran, como si no hubiera antecedente.

Un análisis serio del sentido de los planteamientos del gobierno, debe tomar en cuenta el discurso de Chalco, para citar sólo el antecedente más representativo. Ahí está expresada con claridad la urgencia de rediseñar la política social del régimen; abandonar todo vestigio de populismo, y la de trazar una nueva política social con participación activa y creciente de la sociedad.

Para muchos, el Programa de Solidaridad significaba una amenaza para el PRI, ya que veían en él un proceso de organización política alternativa. Es una idea simplista, como lo es que en algún momento el gobierno forzará las cosas para que Solidaridad se convierta en un caudal que derive plenamente en el PRI.

Una y otra idea simplifican los procesos políticos. El Presidente de la República ya clarificó su compromiso con el PRI, pero también con el conjunto de la sociedad. Lo que hay de común entre un programa de gobierno y su partido, es algo más serio y complejo que la intención de encauzar clientelarmente a la población, vía Solidaridad, al PRI.

Lo verdaderamente importante es el principio de la participación organizada de la sociedad civil. Resulta ridículo que los críticos de la política social del gobierno sostengan, por una parte, que la sociedad civil está cada vez más madura y, por la otra, supongan que se le va a manipular para encauzarla al PRI. Como también es ridículo sostener que el gobierno va a dejarse llevar por tan ingenua ilusión.

El gobierno tiene un compromiso social y se abre a la participación organizada; si el PRI también se abre, se crearán las condiciones de coincidencia, y la población, experimentada y preparada, juzgará entonces. Lo que se espera es que el PRI, por su propia apertura y reforma, esté mejor capacitado que los otros partidos para responder a las expectativas de esa población. Pero éstos también tienen oportunidad de prepararse. Lo que no es posible es que el gobierno se cruce de brazos ante la realidad de la pobreza extrema y la marginalidad.

No menos importante es que con el Programa Nacional de Solidaridad se contribuye a la democratización. Atacar la pobreza y atender a las amplias franjas de población que la padecen, es estimular su incorporación a la ciudadanía, es hacerlas más organizadas y participativas: así, gana la democracia en el país; y como consecuencia, ganan los partidos, entre ellos también el PRI.

Por lo pronto, el PRI actúa mientras que otros critican, y niegan lo que ven con fe de mahometanos, repitiendo que no es cierto, que sigue igual y que no cambiará.

Hay concomitancia de acción entre partido y gobierno, no ingenuidad de elucubraciones democratizantes. Se quiere conservar democráticamente el poder, no manipular a la opinión pública. Les convendría a los críticos, sobre todo a la oposición de izquierda, convencerse de que hay voluntad y capacidad democráticas en el proyecto salinista; así estarán mejor preparados para la contienda.

El PRI ya se abrió y en la XIV Asamblea no hubo delegados escogidos a través del viejo sistema de cuotas. Por ello avanzó el proyecto de reforma interna, que dio lugar a la aprobación de la propuesta, nacida del mensaje presidencial del 4 de marzo, de integrar un órgano plural y colegiado, que será el Consejo Político Nacional. Ahora se propone ser el medio de relación con las grandes fuerzas sociales, organizándolas, así como dando cabida a sus representaciones en el gobierno interno del partido; y también busca ser el foro donde se concierten los grandes acuerdos nacionales, que favorezcan el diseño de las políticas públicas, que las hagan más viables y garanticen su cumplimiento.

Aquí es donde radica el centro de la democratización impulsada por el Presidente Salinas de Gortari, y que lo distingue de la democratización verbalista y del radicalismo de primera plana, pone a la organización por delante de la movilización y no al revés; ya que, de esta última manera, lo único que se pone por delante es la provocación y la violencia.

3. El extremismo protagónico -de los que valdría llamar “demosaurios” y que los lleva a concentrar su energía en la proclama y el desahogo semanal- empieza, en efecto, a saturar a los lectores y no consigue acrecentar el número real de seguidores del PRD.

Cuando el Presidente de la República denunció este hecho ante la Asamblea, no se estaba refiriendo a ninguna conjura específica fraguada en los sótanos de la CIA o del Pentágono, de la que tuviera que dar santo y seña; lugares donde, como sabemos, no es extraño que se fraguen presiones contra los gobiernos latinoamericano. Se refería, seguramente, cuando menos a dos fenómenos: de una parte, el que tiene que ver con estados de opinión pública que se deben a una imagen distorsionada de México. A nadie le conviene que se digan o simplemente se tengan imágenes sobre nuestro país como las que vino a sostener Vargas Llosa. El esfuerzo político de los mexicanos no merece ser simplificado de tan burda manera. No se trata sólo de combatir conjuras, sino simplificaciones injustas que a todos nos dañan. No se vale ganar posiciones en el extranjero y ganar influencia en la opinión pública extranjera haciendo concesiones a sus mitos y simplificaciones.

Pero si no hay conjura, sí hay intereses. La crítica contra el gobierno mexicano, contra el proyecto de democratización del régimen, el deseo de imponer una lógica democrática para la que no se tienen recursos en un país como México, en vez de usar a fondo los propios, favorece la oposición de algunos intereses norteamericanos. Estos ven incrementada su capacidad de presión con las acciones y opiniones de los democratizadores protagónicos. Se puede estar en desacuerdo con el proyecto-democrático del gobierno, pero no se le puede negar dogmáticamente, para suscribir de manera implícita el de los norteamericanos más conservadores.

Por todo esto, en el interior del país pierden fuerza, y más todavía al interior del PRI, los protagonismos democratizantes. En este sentido, el priísmo dio una doble lección. En primer lugar, que la militancia del PRI no es una gran masa, anacrónica, inmune a los cambios sociales, que se deja acarrear dócilmente, manipular y llevar a una asamblea para hacer el papel de comparsa de sus dirigentes.

Esta imagen, que se desprende de las opiniones de quienes abandonaron el PRI o están por abandonarlo, es burda y majadera. No hay evidencia ni razón lógica para no aceptar que las actitudes, modos de conducta y participación política de los priístas hayan cambiado tanto o más que las del conjunto de la sociedad. ¿O se pretende hacer creer que sólo cambian los militantes del PAN y el PRD?

4. A lo largo de este texto se han manejado argumentos y reflexiones que ya sustentan la interpretación de que hay una real voluntad presidencial para llevar adelante la democratización.

Y en el caso del PRI, simplemente se manifestó en la negativa de usar los últimos recursos del control. Lo que se hizo fue dar oportunidad a la participación y establecer las bases para que ésta se diera programada y organizadamente.

Apenas se abrieron los cauces de la opinión y la participación, y el instinto y la educación política de los priístas se manifestaron. Lo prueba el hecho de que la tribuna más atendida y la que más propuestas recibió, fue la de estatutos.

Este no es un dato aislado, es una referencia esencial. Los priístas tomaron el camino más riguroso y seguro, el que reforma sin fracturar. Por la vía de las reglas internas se fueron diseñando mecanismos reales para desmontar el control y dar cauce a la participación. Fue un trabajo sistemático, que alcanzó consensos en relación a los principales problemas y su orden y, luego, en relación a las soluciones y su jerarquía.

Encontró eco la exhortación presidencial y se supo poner en movimiento el proceso de consulta y formación de consensos, por parte del presidente del partido. La militancia hizo suyo el proyecto y sus propósitos. Se desdeñó el democratismo verbalista y se tomó el camino de la práctica de la reforma, diseñado precisamente por la experiencia que da la práctica de la lucha contra el control y el sometimiento.

No sólo hubo diseño para la reforma del PRI, lo hay para la democratización integral. Por eso, en contra de lo que también se repite con desesperación de condenado, no hay razón que permita pensar que hay divorcio entre proyecto de cambio económico y proyecto de democratización.

Esta falacia descansa en la idea de que, de no retomarse el crecimiento a tasas altas, no podrá avanzar la democratización. Y más aún, se sostiene que fracasará el programa económico y vendrá el autoritarismo.

Es cierto que la democracia es un régimen especialmente costoso. Pero los críticos del proyecto salinista tienen un problema en su argumento: su seguridad de que fracasará el proyecto económico. Que resulte o fracase es una cuestión que depende de muchos factores y no está fatalmente establecido. Su otra gran falacia es que la democracia está unilinealmente sometida al proceso económico.

Si la relación se contempla a la luz de la experiencia de los países desarrollados del capitalismo, el régimen electoral sólo se sostiene con crecimiento e inversión de los grupos privilegiados. Esta lógica es la única que alcanzan a ver y de la que desprenden sus concepciones muchos críticos del salinismo.

Pero como enseña la lógica histórica de México, la democracia también puede sustentarse en un sistema de alianzas que acreciente organización y participación social desde abajo. Y en ese proceso se puede llegar a acuerdos y arreglos institucionales que, en vez de depender del crecimiento económico, lo estimulen.

Lo real hasta ahora, en el proyecto salinista, no es que el programa de democratización dependa del éxito del programa económico, sino lo inverso: que de la organización democrática dependen el estímulo y los incentivos a la actividad económica.

Un país más democrático tendrá gobiernos aún más legítimos, con mayor credibilidad, despertará más confianza y logrará concertaciones más amplias y sólidas, para favorecer la inversión y el crecimiento. Ese es el país que está en la perspectiva de muchos que, tanto en la sociedad como en el Estado, confían en el esfuerzo nacional y no creen en la fatalidad de la desgracia nacional.

México y el nuevo choque petrolero

*. Vladimiro Brailovsky y Natán Warman son directores de Economía Aplicada, S.C., una empresa de consultoría dedicada al análisis de la economía mexicana a través de métodos cuantitativos. El artículo fue preparado originalmente para los suscriptores de dicha institución en septiembre de 1990, como número 14 de la serie Perspectivas de la política económica, y contiene información disponible a esa fecha.

La economía internacional se encuentra hoy en el umbral de un nuevo choque petrolero. (1) En estos momentos existe un alto grado de incertidumbre en torno al nuevo choque. Es difícil predecir su duración y su profundidad, así como los efectos que ejerza sobre la economía internacional. Primeramente, ocurre cuando el precio del petróleo estaba a su nivel real más bajo desde 1974. En segundo lugar, se presenta al tiempo que la economía norteamericana estaba bordeando la recesión, con precarios equilibrios cambiarios y financieros. Por último, está acompañado de una movilización militar que no tuvo lugar en las crisis anteriores. Todo ello conforma una situación muy inestable.

MERCADO PETROLERO INTERNACIONAL

La mayoría de los analistas se inclina por la opción de una permanencia prolongada de las fuerzas militares internacionales en el Medio Oriente. Sin embargo, otorgan escasa posibilidad a una solución rápida del conflicto. De darse estas circunstancias, el mercado petrolero internacional mantendrá precios elevados en lo que resta de 1990 y durante 1991. Esto incluso si otros países productores de hidrocarburos -México incluido- logran sustituir, como es probable, la exportación conjunta de Iraq y de Kuwait, de unos 4 millones de barriles diarios. Los altos precios serían resultado de una acumulación extraordinaria de inventarios, ante la amenaza de que el conflicto se extienda por todo el Medio Oriente. Por sus características, la crisis actual puede llegar a ser de magnitud similar a la acontecida a raíz de la caída del Sha de Irán o de la guerra del Yom Kipur en 1973. Conviene recordar que el precio internacional del petróleo subió casi 50 por ciento entre 1978 y 1979 y más de 60 por ciento entre 1979 y 1980, lo que resultó en un aumento de 140 por ciento en dos años. Durante 1973-74 el incremento fue de casi cuatro veces.

Las proyecciones que se presentan en esta nota suponen que el petróleo Brent -que a mediados de septiembre de 1990 ya alcanzó más de 35 dólares por barril- promediará unos 30 dólares durante 1991. Esto significa un incremento de 60 por ciento frente a la media registrada en 1989. Para la mezcla mexicana implica un precio de casi 24 dólares en 1991. (Véase gráfica 1).

Brent

Mezcla

(equivalente)

mexicana

El supuesto adoptado no significa que el precio se mantenga constante durante el año. Por el contrario, lo más probable es que esté sujeto a una extrema variabilidad. Esto dificulta enormemente el diseño de la política económica, en particular si el promedio se obtiene con alzas considerables durante la primera mitad de 1991 y con caídas en la segunda

Estas cifras se sitúan cerca del límite inferior del intervalo que marcan los pronósticos de los especialistas en la materia. En caso de un enfrentamiento bélico abierto, algunos lo colocan por encima de los 60 dólares. Así, el supuesto adoptado parece conservador, sobre todo si se compara con el precio real del petróleo en los dos picos anteriores. A 30 dólares, ni siquiera llegaría, a precios constantes, al valor registrado en 1985, antes del colapso del mercado en febrero de 1986. (Véase gráfica 2).

199

Brent

Mezcla

(equivalente)

mexicana

UN NUEVO MARCO MACROECONÓMICO

Una situación como la descrita cambiaría sustantivamente el marco macroeconómico actual, tanto en el país como en el resto del mundo.

Además del mayor precio, México se vería obligado a contribuir con más volumen de exportación. Se estima que los 100 mil barriles diarios adicionales que a corto plazo, prometió México vender al extranjero, continuarían durante todo 1991. En ese año el volumen alcanzaría en promedio, casi 1.3 millones de barriles diarios.

Así, frente a la situación previa conflicto, se esperan unos 2 millones de dólares más por concepto exportación de petróleo crudo en 1990 y 4.5 miles de millones en 1991. El próximo año se obtendrían ingresos petroleros de 11.2 millones de dólares -equivalentes al 4.5 por ciento del producto interno bruto-, 70 por ciento por arriba de lo que antes se preveía. (Véase cuadro 1).

Estos beneficios, sin embargo, se verían contrarrestados, al menos en parte, por el curso que probablemente tome la economía internacional. En las dos crisis petroleras anteriores, el precio del crudo y la inflación en los países desarrollados mostraron una estrecha correlación. (Véase gráfica 3). Al mi tiempo, la política económica en dichos países adoptó una postura fuertemente restrictiva, que llevó a caídas de su producto interno bruto. (Véase gráfica 4). Estudios recientes(2) muestran que, durante el primer año de un choque petrolero, por cada 3 dólares adicionales se genera para el conjunto de las economías de la OCDE:

{254

inflación OCDE

Precio Brent (equivalente)

Inflación: +0.5 por ciento

PIB real: -0.4 por ciento

Estos porcentajes tendrían que multiplicarse por 4 para un aumento de 12 dólares como el que se supone.

México

OCDE

CICLOS ECONÓMICOS CONTRAPUESTOS

Para México, en cambio, el choque petrolero de 1978 se tradujo en una bonanza. Así, el ciclo económico de México y de los países industriales ha tendido a contraponerse. (Véase de nuevo gráfica 4). A pesar de los ingresos petroleros adicionales, durante 1977-82 el mayor crecimiento generó, entre otras causas, fuertes presiones sobre la balanza de pagos.

La actividad económica en México venía desacelerándose durante la primera mitad de 1990. Antes del conflicto se preveía un ritmo lento del producto real en lo que resta de este año y durante el siguiente, con aumentos de alrededor de 2 por ciento anual. La limitante principal a la expansión económica era el creciente desequilibrio externo.

A partir de los mayores ingresos de divisas, ahora se espera una reanimación que comenzaría a manifestarse en el último trimestre de 1990 y que permitiría al producto elevarse en casi 4 por ciento anual en 1991. (Véase cuadro 2).

Cuadro 2

Actividad económica en México y en el exterior, 1989-91

Tasas de crecimiento anual con respecto a igual

periodo del año anterior, en por cientos

1989

1990

1991p

T

I

II

IIIp

IV

   México

Antes del conflicto

PIB* 

2.9

2.3

1.7

2.3

2.5

2.5

2.1

Producción

manufacturera**

6.6

3.0

4.8

2.5

2.2

2.3

2.3

PIB externo+

Estados Unidos

3.0

2.3

2.0

2.2

2.4

2.6

2.5

OCDE

3.6

2.9

2.8

2.9

3.0

2.9

2.9

Después del conflicto

México

PIB*

2.9

2.4

1.7

2.3

2.5

3.0

3.8

producción

manufacturera**

6.6

3.3

4.8

2.5

2.3

3.5

5.7

PIB externo+

Estados Unidos

3.0

2.2

2.0

2.2

2.3

2.3

1.3

OCDE

3.6

2.8

2.8

2.9

2.9

2.5

1.2

p: proyección

* A partir de cifras del INEGI al segundo semestre de 1990

** Con base en datos del Banco de México hasta junio de 1990

+ Véase OCDE, Economic Outlook, junio de 1990, para las proyecciones antes del conflicto.

CRECIMIENTO ECONÓMICO E INVERSIÓN PETROLERA

El crecimiento interno más alto estaría asociado, en primer instancia, a una mayor inversión en el propio sector petrolero. Tan sólo para mantener la actual plataforma de exportación, es necesario aumentar considerablemente el gasto de capital en explotación primaria. De lo contrario, la fuerte expansión de la demanda interna de productos petrolíferos -para 1990 se prevee un incremento más de 6 por ciento- erosionaría con rapidez la capacidad de exportación.

En 1989 la inversión del sector petrolero en términos reales fue una quinta parte de lo que se ejerció en 1981 y representó tan sólo 1 punto porcentual del producto nominal. Situar la inversión Pemex en 1991 a los niveles de 1977-78 implicaría más que duplicar dicha proporción. (Véase gráfica 5).

Despúes

Antes

Aunque en otras circunstancias quizás hubiera prevalecido la visión, compartida por varios miembros del gabinete económico, de que debe dejarse caer la plataforma de exportación, hoy por hoy tal postura difícilmente podrá sostenerse. Hay dos razones principales para ello.

En primer lugar, para Estados Unidos el país vuelve a cobrar la importancia estratégica como proveedor de petróleo que tuvo durante 1977-82. Seguramente el tema entrará en la agenda de discusiones sobre el acuerdo de libre comercio que el gobierno mexicano tiene interés en concluir apresuradamente.

En segundo término, las autoridades requieren, con algún grado de urgencia, mayor ingreso de divisas, como condición necesaria para continuar su política antiinflacionaria, en particular su decisión de disminuir el desliz del tipo de cambio. Así, no están en posición de desaprovechar recursos externos adicionales con los cuales financiar una balanza de pagos en rápido deterioro.

POLÍTICA ECONÓMICA DE CONTENCIÓN

Pero dada la incertidumbre respecto a la duración del fenómeno, el efecto expansivo de la mayor inversión en el sector petrolero buscaría contrarrestarse. En parte, esto se lograría a través de aumentos en los precios internos de los hidrocarburos. Estos seguramente seguirían, al menos en alguna medida, a los internacionales, con lo que se elevarían en términos reales. Eso tendría repercusiones negativas sobre la inflación aunque contribuiría a contener la demanda.

Ambos mecanismos se aplicarían en el intento por “esterilizar” los ingresos petroleros adicionales. Sin embargo, parece improbable que la compensación sea total.

A la inyección de demanda efectiva proveniente del sector petrolero en 1991 -su inversión sería superior a 2 por ciento del producto- habría que añadir la reactivación de la inversión privada que por lo común la acompaña. El efecto multiplicador del gasto de capital se traduciría en mayor consumo privado y, desde luego, en importaciones más altas. De ahí que las autoridades, buscando no perder el control de la situación, tiendan a adoptar una postura restrictiva en otras áreas de la política económica, en particular la salarial y la monetaria.

Lo anterior se refuerza al considerar que, al cierre de 1990, es probable que la inflación en México, medida por el índice nacional de precios al consumidor, alcance 27.5 por ciento anual. Esto implica un marcado retroceso frente a 1989, en que fue de tan sólo 19.7 por ciento. (Véase cuadro 3).

Cuadro 3

Inflación y tasas de interés, México y Estados Unidos, 1989-91

En por cientos

1989

1990

1991p

T

I

II

IIIp

IVp

México

Antes del conflicto

Inflación*

19.7

27.5

24.4

26.1

28.5

27.5

17.0

Tasas de interés**

45.0

36.9

44.4

37.9

30.8

34.7

29.2

Estados Unidos

Inflación+

4.4

4.8

5.4

5.0

4.4

4.4

4.6

Tasas de interés++

8.5

7.7

7.8

8.0

7.9

7.5

7.6

México

Después del conflicto

Inflación*

19.7

27.3

24.4

26.1

28.6

 27.3

17.5

Tasas de interés**  

45.0

36.0

44.4

37.9

30.2  

31.7

27.9

Estados Unidos

Inflación+

4.4

5.0

5.4

5.0

4.6

4.9

6.4

Tasas de interés++ 

8.5

8.0

7.8

5.0

5.0

8.3

8.6

p: proyección

* Indice nacional de precios al consumidor, fin de periodo respecto a igual fecha del año anterior

** Tasa anual del CETE a 28 días, promedio simple del periodo que se indica

+ Deflactor del consumo privado, fin de periodo respecto a igual fecha del año anterior

++ Certificados de depósito a 30 días, tasa anual, promedio simple del periodo que se indica

POLÍTICA CAMBIARIA

El nuevo marco macroeconómico permite a las autoridades aplicar con mayor rigor su actual política antiinflacionaria. El meollo de ésta es la reducción del desliz nominal del tipo de cambio, acción que se facilita con mayores ingresos del exterior. (3)

Siguiendo la lógica gubernamental, es posible que el desliz diario del peso vaya de los 80 centavos actuales a 40 centavos el próximo año, es decir, una devaluación nominal de 5 por ciento al año. Esto se justificaría, en la versión oficial, tanto porque la inflación norteamericana tenderá a aumentar como debido a que el dólar ha caído fuertemente frente a las europeas y al yen, arrastrando consigo al peso.

Sin embargo, ante el dólar norteamericano, continuaría la tendencia a la apreciación real del peso que se inició a finales de 1987. Así, entre diciembre de ese año y diciembre de 1990 la revaluación del tipo libre alcanzará 52 por ciento. En 1991 será 6 por ciento. (Véase gráfica 6). (4)

Libre

Controlado

La revaluación, en sí misma, reduce la demanda efectiva, al dificultar la exportación no petrolera y alentar la importación, por lo que puede considerarse como parte de la política de contención planteada.

TASAS INTERNAS Y EXTERNAS DE INTERÉS

En consecuencia, se espera poca laxitud en materia de tasas de interés. Primero, porque con altas tasas se pretendería amainar el gasto del sector privado. (5) En segundo término, las tasas reales de interés han bajado mucho en fechas recientes. En tercer lugar, los rendimientos en el exterior tenderán a elevarse. (Véase de nuevo cuadro 3).

Con relación a este último punto, si se toma la experiencia de la economía norteamericana en 1979-80, la inflación y las tasas pasivas de interés a corto plazo alcanzaron casi 12 por ciento anual en promedio, duplicando su nivel de 1976-77. En 1981-82 la inflación descendió a un promedio de 8 por ciento pero las tasas registraron 16 por ciento. Mientras tanto, la economía norteamericana cayó en una severa recesión. (Véase gráfica 7).

Hacia finales de 1990 es probable que las tasas internas de interés se eleven como consecuencia de la renovación del pacto -la fecha formal es el 31 de enero de 1991, pero se espera antes-, que siempre genera temor a un viraje en la política cambiaria. (Véase gráfica 8).

Nominal

Real, media 12 meses

PRECIOS PÚBLICOS Y CONTROLADOS

La mayor disponibilidad de recursos externos, equivalente a más de 2 por ciento del producto en 1991, aminorará las presiones, dentro del propio gabinete económico, por reducir el déficit a través de alzas en los precios públicos. A ello contribuirá el hecho de que, con más crecimiento económico, aumenta el volumen de ventas de las empresas públicas y se eleva la recaudación fiscal.

Actuará en sentido opuesto el incremento de los precios externos de los productos petrolíferos, así como la necesidad de comprimir la gran expansión de su demanda interna. El resultado de estas tendencias contrapuestas será que, en promedio, los precios públicos se incrementen unos 5 puntos por encima de la inflación. (Véase gráfica 9).

Controlado

Públicos

Desde la puesta en marcha de la política antiinflacionaria actual -en diciembre de 1987- hasta fines de 1990, los precios públicos habrán perdido 20 por ciento en términos reales. En 1991 recobrarán algo del terreno perdido.

Los bienes producidos por el sector privado, sujetos a control de precios, tan sólo se reducirán en términos reales 10 por ciento en el lapso 1987-90. Durante 1991 se supone que mostrarán cierta tendencia al alza en comparación con el índice general.

SALARIOS

En 1990 el poder adquisitivo del salario mínimo caerá en 10.6 por ciento. Aun así, se prevee que su revisión tendrá lugar hasta enero de 1991 -la última ocurrió en diciembre de 1989-, a una tasa de sólo 15 por ciento. Además, éste sería el único incremento durante el año. (Véase gráfica 10).

Mínimos

Medios

En su lucha contra la inflación, las autoridades difícilmente concederían un incremento anual al salario mínimo muy superior al registrado en 1989 y 1990. Con ello buscarían influir sobre las negociaciones contractuales a fin de contener la tendencia natural a que las demandas salariales se vinculen con los nuevos ingresos petroleros.

El salario mínimo sigue siendo un índice de referencia, aunque continúe abriéndose la brecha entre éste y las percepciones industriales medias. Tal fenómeno quizá se magnifique al crecer más la economía y al elevarse, concomitantemente, la productividad de la mano de obra. Los trabajadores reclamarán su parte de este aumento. Pero incluso sin presionar al alza los costos unitarios de la mano de obra, habrá mayor ingreso real. Por los medios a su alcance, las autoridades buscarán poner un freno a esta fuente de expansión de la demanda. (6)

PERSPECTIVAS DE LA INFLACIÓN

El nuevo marco macroeconómico no implica cambios mayores en las perspectivas de la inflación. En todo caso, la política antiinflacionaria será ahora más factible.

En resumen, ambos escenarios arrojan aproximadamente la misma inflación en 1991. Sin embargo, en la proyección “después del conflicto” los precios públicos crecen en mayor medida – fundamentalmente por los hidrocarburos-, y lo opuesto ocurre con el tipo de cambio y con la tasa de interés. (Véanse cuadros 4 y 5).

Cuadro 4

Indicadores de inflación, en términos nominales, 1989-91

Tasas de crecimiento con respecto a igual periodo del año 

anterior, en por cientos

1989 1990 1991p

T I II IIIp IVp

Cuadro 5

Indicadores de inflación, en términos reales, 1989-91

Tasas de crecimiento con respecto a igual periodo del año anterior, en por cientos

1989   1990   l991p

T  I II IIIp IVp

FINANZAS PÚBLICAS

Dado el conjunto de medidas planteado, el déficit financiero del sector público será inferior ahora de lo que hubiera ocurrido en la situación alternativa.

Sin embargo, el superávit primario, excluyendo el ingreso por exportación de Pemex -el indicador más importante para medir el efecto de la política fiscal sobre la economía interna-, tenderá a disminuir, con lo que se dará algún ímpetu a la demanda efectiva. (Véase cuadro 6).

Cuadro 6

Finanzas del sector público federal, 1989-91

En por cientos del producto interno bruto nominal

Así, al comparar los dos escenarios, el aumento del ingreso interno derivado de los precios más altos de la energía no alcanzaba a cubrir el gasto público adicional, tanto en el sector petrolero mismo como en otras áreas. Eso ocurre incluso si se considera que, bajo las nuevas condiciones, habrá menor erogación por concepto de pagos internos de interés.

Los egresos por el rendimiento de la deuda pública en moneda nacional serán inferiores por dos razones: las tasas correspondientes bajarán en alguna medida y, debido al menor déficit financiero, la deuda interna se reduce como proporción del producto.

CUENTA CORRIENTE DE LA BALANZA DE PAGOS

Antes del conflicto en el Medio Oriente, la cuenta corriente de la balanza de pagos mostraba una fuerte tendencia negativa Para 1990 se proyectaba un déficit de 6 mil millones de dólares y de 8.5 miles de millones en 1991. Esta última cifra es equivalente al 4 por ciento del producto interno bruto. Lo más preocupante de esta situación es que ocurrirá con una expansión interna muy pequeña (Véase cuadro 7).

El nuevo escenario hace posible reducir estos déficits a 4.8 miles de millones y a 7.2 miles de millones en 1990 y 1991, respectivamente. Aunque para el próximo año la diferencia entre las dos proyecciones del déficit no es muy marcada, ahora se espera más crecimiento del producto. Como se indicó, éste sería superior en dos puntos porcentuales en 1991 y llegaría a casi 4 por ciento anual.

Los ingresos adicionales del petróleo -de 2 mil millones de dólares en 1990 y de 4.7 miles de millones en 1991- no se reflejan mayormente en la cuenta corriente debido a tres factores fundamentales. Primero, el aumento de las importaciones. En el escenario “después del conflicto” éstas serían 7 por ciento mayores en dólares corrientes que en la proyección alternativa. Esto se explica por las diferencias en la inflación internacional y en la actividad interna.

En segundo lugar, en el nuevo escenario se preveen exportaciones no petroleras menores que “antes del conflicto”. Los mayores precios de exportación, derivados de una inflación más alta en el resto del mundo, se compensarían más por el volumen. Este disminuiría tanto por la recesión prevista en los principales mercados externos como por el efecto de la aceleración interna, que tiende a disminuir excedentes exportables.

Por último, una proporción sustancial de los ingresos petroleros adicionales -alrededor de 0.8 miles de millones de dólares- se destinaría a cubrir intereses más altos de la deuda externa. La renegociación reciente con la banca acreedora privada permitió fijar la tasa de interés en 6.25 por ciento anual sobre unos 25 mil millones de dólares. Una proporción sustancial de los restantes 80 mil millones está sujeta a tasas variables. (Véase de nuevo cuadro 3).

FINANCIAMIENTO DE LA CUENTA CORRIENTE

A pesar de que no hay gran variación en la cuenta corriente, “antes” y “después” del conflicto, es posible que ahora sea más fácil financiarla. Como ha ocurrido en el pasado, a mayor precio del petróleo, mayor disponibilidad de crédito, y viceversa.

Aun así, cubrir el déficit corriente dista de ser un problema trivial. En 1990 la economía tendrá que endeudarse en alrededor de 11 mil millones de dólares, buena parte de lo cual ya se destinó a constituir las garantías acordadas en la última renegociación de la deuda. El grueso de este endeudamiento proviene de fuentes oficiales y multilaterales y su destino es el sector público. En 1991 se prevee obtener unos 4 mil millones de dólares. (Véase cuadro 8). (7)

Cuadro 8

Cuenta de capital de la balanza de pagos, 1989-91

Miles de millones de dólares

1989

1990

1991P

P : Proyección

T

I

III

IIIP

IVP

Antes del conflicto

Cuenta corriente

-5.4

-6.0

-1.9

-1. 3

-1.5

-1.3

-8.5

Endeudamiento

0.6

10.8

7.8

2.1

0.5

0.4

3.5

Activos en garantía

7.6

-7.2

-0.1

-0.2

-0.1

-0.3

Otros movimientos

3.0

0.4

-1.2

0.8

0.5

-0.5

0.5

Menos: variación de reservas

0.4

 -0.1

 -2.0

 2.1

 0.5

 -0.7

-1.2

Después del conflicto

Cuenta corriente

-5 .4

 -4.8

 -1.9

 -1.3

 -0.7

 -0.9

-7.2

Endeudamiento

0.6

11.1

7.8

2.1

0.6

0.6

4.1

Inversión extranjera directa

2.2

3.3

0.5

0.6

1.3

0.9

3.9

Activos en garantía

-7.6

-7.2

-0.1

-0.2

-0.1

0.3

Otros movimientos

3.0

0.3

-1.2

0.8

0.7

0.0

1.0

Menos variación de reservas

0.4

2.3

-2.0

2.1

1.7

0.5

1.5

Aprovechando los nuevos programas gubernamentales de sustitución de deuda por capital (swaps), quizás en 1990 la inversión extranjera directa alcance 3.3 miles de millones de dólares. (8) Esto es 50 por ciento más que lo registrado en 1989. El próximo año se obtendrían sobre la misma base, casi 4 mil millones.

El optimismo generado por los altos precios internacionales del petróleo, junto con atractivas tasas internas de interés a corto plazo en términos del dólar -más del doble que en el extranjero, al considerar el menor desliz cambiario- permitirá retener capitales en México en lo que resta de 1990 y en 1991. (Véanse de nuevo cuadros 3 y 4).

Aun así se observarán presiones en este rubro, particularmente en el cuarto trimestre de este año, en previsión de lo que pudiera decidirse a la renovación del “pacto”. Los poseedores de capital privado en el exterior estarán pendientes de los acontecimientos, ya que se parte de una situación de sobrevaluación relativa del peso. Bajas en el precio internacional del petróleo pudieran dar lugar, de manera más que proporcional, a salidas de capital. (9) En esencia, éste es un campo sujeto a extrema volatilidad. (10)

No obstante, de desarrollarse los acontecimientos como se prevee en esta nota, habrá un fortalecimiento de las reservas internacionales. Llegarían a 8.5 miles de millones al cierre de 1990 y a 10 mil millones al término de 1991.

El marco macroeconómico surgido del presente choque petrolero permitirá al gobierno, al menos durante 1991, cumplir en términos generales con las metas económicas de su plan de desarrollo. Eso parecía cada vez más improbable antes del conflicto.

Hay cierto paralelismo entre la situación actual y la que se presentó en 1977. En aquel entonces la economía se encontraba en estancamiento relativo con alta inflación; enfrentaba también problemas de balanza de pagos. El petróleo representó la única salida para los tres problemas.

Por presiones internas y externas, las autoridades tendrán ahora que hacer uso, inevitablemente, del mismo expediente. La diferencia debiera radicar, dada la experiencia adquirida durante la bonanza anterior, en la manera y en el grado en que se apliquen los ingresos petroleros. Pero difícilmente se podrá optar por no aprovechar estos recursos y dejar que tan sólo engrosen las reservas del Banco Central.

Refuerza la conclusión anterior la importancia de 1991 en el terreno político -las elecciones parlamentarias de septiembre- así como en el económico -las negociaciones comerciales con Estados Unidos.

La perspectiva de los hidrocarburos a más largo plazo es muy incierta. Esto seguramente se tomará en cuenta al planear las inversiones en el sector petrolero y, en un sentido más global, al fijar la política macroeconómica. Las autoridades harán bien en ser cautelosas con este beneficio inesperado. Pero en 1991 no podrán evitar -ni desearán hacerlo- una nueva expansión sustentada en el petróleo.

(1). Véanse Economía Aplicada, S.C., “El resurgimiento del desequilibro externo”, Perspectivas de la política económica, número 12, enero de 1990; y “La concertación económica de mayo de 1990”, Perspectivas de la política económica, número 13, mayo de 1990. Asimismo, para una visión de más largo plazo, véase V. Brailovsky, R. Clark y N. Warman, La política económica del desperdicio, México en el periodo 1982-1988, Economía de los 80, Facultad de Economía UNAM. 1989.

(2). Véase OCDE, Economic Outlook, diciembre de 1986. Supone un gasto del gobierno fijo términos nominales. La inflación se mide con el deflactor de la demanda interna. 

(3). Sin embargo, no puede descartarse la posibilidad de que, desde la posición de fuerza que da al gobierno un alto precio del petróleo, se decida aplicar una corrección cambiaria súbita, para luego estabilizar el tipo. Antes del conflicto, esta medida hubiera tenido un efecto “psicológico” negativo, al poner en evidencia la vulnerabilidad de la política emprendida.

(4). Los cálculos están basados en los índices de precios al consumidor de ambos países. Conclusiones similares, aunque menos drásticas, se obtienen al emplear los índices de precios al productor. En este caso, la apreciación real durante 1987-90 sería de casi 30 por ciento.

(5). El efecto sobre la demanda efectiva de una mayor tasa real de interés es incierto. Por una parte, se pospone la compra de bienes y tienden a disminuir inventarios. Por la otra se eleva una porción sustancial del ingreso real del sector privado -el principal acreedor del gobierno-, junto con el déficit público, con lo que hay expansión.

(6). Un elemento de negociación frente al sector obrero que podría utilizar el gobierno en esta coyuntura, a fin de detener el alza de salarios, es la reducción en la tasa del impuesto al valor agregado. Menores salarios, menor desliz cambiario y menor IVA seguramente harían una contribución significativa a la política antiinflacionaria, presionando ahora por el probable aumento de los precios internos de la energía.

(7). En el cuadro, el rubro de activos en garantía muestra movimientos después del primer trimestre de 1990. Estos representan el rendimiento implícito de los bonos “cupón cero” en que se constituyeron las garantías, que se acumulan permanentemente hasta su vencimiento.

(8). Durante el primer semestre del año tan sólo ingresaron por este concepto 1.1 mil millones de dólares.

(9). No puede descartarse la posibilidad de que precios muy altos del petróleo durante el primer semestre de 1991 se compensen con caídas considerables en el segundo, en momentos poco propicios del calendario mexicano.

(10). Nótese, por ejemplo, que durante el primer trimestre de 1990 el rubro de “otros movimientos” mostró una salida de capitales de 1.2 miles de millones de dólares. (Véase cuadro 8).

PRD: La hora del Congreso

Jorge Alcocer V. es integrante de la Dirección Nacional del Partido de la Revolución Democrática.

Desde su fundación en mayo de 1989, el Partido de la Revolución Democrática (PRD) se ha venido configurando bajo la influencia de dos importantes fenómenos: por un lado, su origen, plural y en ocasiones contradictorio; y por el otro, la presión constante a que se ha visto sometido por la abierta soterrada presión, por la inquina, y en no pocas ocasiones el acoso abierto del gobierno y el partido oficial. Esos fenómenos han mantenido al nuevo partido en constante tensión, han dificultado y retrasado los pasos de su construcción y han llevado sus definiciones políticas más importantes a una constante proclividad hacia el fundamentalismo en los principios y el radicalismo en su actuación y sus declaraciones, que cada vez más se han teñido de un elemental antigobiernismo. Esto ha terminado por convertirse en una camisa de fuerza cuyos costos ya están a la vista.

Sin embargo, a pesar de sus errores y gracias a su profundo enraizamiento en un movimiento ciudadano de nuevo cuño, el PRD ha mantenido su unidad interna y ha conservado un lugar preponderante en la vida política de México. La asamblea fundacional acordó realizar en el plazo de un año el primer Congreso Nacional. Por distintas razones ese plazo no pudo ser cumplido, pero finalmente el Consejo Nacional ha lanzado la convocatoria para la realización del máximo evento partidista que tendrá lugar del 16 al 20 de noviembre de 1990. Con tal motivo el debate interno y público sobre lo que es y debe ser el PRD se ha intensificado. El asunto no es menor ni afecta tan sólo a quienes estamos inscritos en ese partido; las definiciones y acuerdos a que llegue ese Congreso marcarán en el corto plazo tanto al PRD como al sistema de partidos y por ende a las relaciones políticas entre estos y con el gobierno.

El Congreso perredista deberá pronunciarse sobre tres grandes temas: en cada uno de ellos existen posiciones distintas y hasta contrapuestas al interior del partido. Hacer el análisis exhaustivo de cada posición sería excesivo; en la mayoría de los casos intentaré agrupar esas posiciones, más allá de sus matices, para ubicar el núcleo de las diferencias y de su posible solución.

LOS PRINCIPIOS Y EL PROGRAMA

Durante los pocos meses de su existencia y como resultado de las circunstancias que condujeron a su nacimiento (cisma del PRI, fraude electoral de 1988, movimiento ciudadano, confluencia de corrientes para crear al nuevo partido), en el PRD, en particular en su Dirección Nacional, ha cobrado fuerza una progresiva ideologización de lo que genéricamente se identifica o reconoce como los principios del partido. Esa ideologización considera que los principios que sustentan la existencia del PRD deben ubicarse en el pasado, remoto o reciente. Esto ha dado lugar a una reinterpretación de la historia de México, en particular de este siglo y singularmente del periodo 1934-1940. Se ha elevado a la categoría de “principio fundacional” la valoración y juicio que el PRD y una parte de los ciudadanos tenemos acerca de la elección presidencial de 1988. En concreto, se postula que la ilegitimidad del presidente de la República es el principio fundador del PRD y de ahí se desprenden los objetivos centrales del nuevo partido, expresos en consignas como la “restauración de la República” o la creación de un “gobierno republicano”, que se asimila o identifica con la “democracia republicana”. Tomo estos términos del artículo publicado en el número 152 de la revista nexos por Adolfo Gilly, por ser quien de una forma coherente y sistematizada ha expuesto una de las posiciones influyentes en debate. Los otros dos principios, o “pilares”, como les llama Gilly, que a su juicio dan razón de ser al PRD, forman parte de una plataforma democratizadora previa al surgimiento del nuevo partido y compartida, en los hechos o en las declaraciones, por otros partidos, grupos y ciudadanos.

Para un sector del PRD el origen y razón de ser de dicho partido está en la ilegitimidad de Carlos Salinas. En esa posición se identifica también una raíz histórica: la Revolución Mexicana y, en particular, el Cardenismo. Tal identificación no tendría de hecho ningún problema, e incluso podría ser compartida, de no ser porque se convierte en una disputa por la “herencia histórica” de esa Revolución y de ese periodo. Como ya lo sabemos, la disputa por apropiarse de la historia y de sus prohombres termina conduciendo a debates sin sentido o, en el peor de los casos, a intolerancias y mitologías. En ese sentido hablo de “fundamentalismo”, porque tal posición erige uno o varios hechos históricos, debidamente retocados, en piezas fundadoras de una postura o de un partido. El PRD tendría que renunciar a la pretensión totalizadora, a la mítica representación de “todo el pueblo” para aspirar a la simple mayoría ciudadana.

Pero, además, el PRD no puede asumir como principio fundador el de la ilegitimidad de Salinas de Gortari por un asunto elemental de visión hacia adelante. Si aceptáramos que ese es el principio fundador y la razón de ser del nuevo partido, deberemos aceptar las consecuencias prácticas de ese principio: asumir al PRD como un partido sexenal, con plazo fijo de llegada a sus objetivos.

Si a los términos constitucionales nos ceñimos, la siguiente oportunidad para reparar el agravio de 1988 se presentará en 1994. Hay dos escenarios posibles; uno de ellos es catastrófico para la nación: se repite el fraude electoral y el PRI conserva, por esa vía, la presidencia de la República. Es un escenario catastrófico porque sus consecuencias previsibles son la ruptura de la paz social provocada por el rompimiento del orden constitucional, y su cauda de consecuencias imaginables. Es colocar al país, sin metáforas, al borde de la guerra civil o del golpe de Estado.

Un segundo escenario, deseable, es que la elección de 1994 sea un proceso ajustado a la ley en el cual se respete la decisión ciudadana, “que los votos cuenten y se cuenten”. En cualquiera de los resultados posibles, la ilegitimidad del actual gobierno quedará reparada. Concentrémonos en los posibles resultados del PRD. Si pierde la elección, el motivo de su existencia habrá desaparecido, y para subsistir como partido deberá buscar y encontrar nuevos principios. Pero si ganara la elección, de cualquier forma y con mayor razón habrá desaparecido el principio de su existencia: el agravio estará reparado y con él la necesidad de un partido cuyo objetivo es “restaurar la República”. También deberá desaparecer para dar lugar; otro partido, ahora en el gobierno.

El principio fundador propuesto por Gilly y otros compañeros conduce al PRD a la condición de partido de circunstancia, de organización efímera. Esto es posible e incluso legítimo, pero debe ser explicitado para que los perredista puedan decidir sobre el partido que estamos construyendo.

Una alternativa a la propuesta de partido efímero es fundar la existencia del PRD en principios de orden histórico social y ético, en los que el tema de la ilegitimidad del actual gobierno es uno de los puntos a resolver, pero no el punto de partida y de llegada. Esos principios y su traducción al programa pueden agruparse en las tres grandes dimensiones que han articulado distintos momentos de la historia del país: democrático, lo popular y lo nacional.

En lo democrático, los principios y el programa están definidos por el respeto irrestricto al voto como única fuente de legitimidad y vigencia del orden constitucional. La reivindicación y defensa de la democracia representativa exige, en la condiciones de México, ser complementada con otros principios: el de la igualdad de los partidos ante la ley y ante el Estado, lo que supone de entrada la desaparición del sistema de partido oficial, de un partido del gobierno. Se requiere también la abolición del corporativismo que en México se expresa en la incorporación de sindicatos, organizaciones campesinas y populares al partido oficial y su sujeción por esa otras vías a los dictados del gobierno.

Otro de los principios democráticos del PRD debiera ser el funcionamiento real e integral del sistema republicano consagrado en la Constitución General de la República: la división del “Supremo Poder de la Federación” en tres ramas y el ejercicio pleno de las competencias de cada uno de ellos; la soberanía de los estados en lo que hace a su régimen interior, en los marcos del pacto federal y la división de poderes y, finalmente, la existencia del Municipio Libre. El PRD debe ir más lejos y postular las necesarias transformaciones para construir un sistema republicano en el cual la institución presidencial, como eje vertebrador del Gobierno, vaya reduciéndose en favor del parlamento. No es esta una propuesta de sistema parlamentario, sino de un sistema de división de poderes en que el legislativo es un contrapeso real y eficiente al Ejecutivo, y el judicial se transforma en un poder sujeto a elección popular.

Contraponer la democracia representativa a la democracia directa, la formación del poder público a la libre organización de los sectores y grupos que coexisten en una sociedad de más de 80 millones de seres humanos, resulta ya no utópico sino simplemente inviable. Una sociedad libre es una comunidad que se organiza, que participa y que dispone del recurso del voto para refrendar o cambiar su gobierno y su sistema de gobierno.

En lo popular, los principios y el programa del PRD deberían asociarse a la aspiración de una sociedad fincada en la igualdad de oportunidades, lo cual tiene como requisito previo la igualdad de posibilidades. Esto significa que cada mexicano cuente con la alimentación, la salud, la vivienda, los servicios, la educación básica y la posibilidad de educación media y superior. Una sociedad no igualitarista, sino igualitaria en lo básico.

Coincido con Gilly cuando afirma que “en política económica, los partidos de oposición pueden hacer propuestas, pero difícilmente pueden definirse por sus hechos mientras no estén en el gobierno”. Justo por esa coincidencia, un partido como el PRD debe basar su programa no en la política económica, sino en los destinatarios de la misma. Debemos colocar a la economía sobre sus pies, revertir la práctica perversa que ve en las ecuaciones y los equilibrios macroeconómicos el fin de las políticas económicas.

El objetivo del PRD es articular un programa viable para la superación de la miseria y la postración productiva a que nos han conducido las políticas neoliberales. El crecimiento económico, la generación de empleos, la redistribución del ingreso y de la riqueza, la rectoría económica del Estado, son los medios para alcanzar la igualdad de posibilidades. Volver a colocar la técnica al servicio de la política, de la satisfacción del interés público mayoritario, debiera ser el eje articulador del programa del PRD.

La crisis nacional y los cambios internacionales nos han demostrado que era falso el viejo postulado de que lo estatal es igual al interés público. La ideología y prácticas del neoliberalismo pretenden hoy un ajuste de cuentas interesado con el intervencionismo estatal. Detrás de esa ideología y esas prácticas está el interés de una minoría privilegiada que busca trasladar a la mayoría de la sociedad el costo del ajuste, para conservar y acrecentar sus privilegios. No es admisible que junto con el agua sucia se tire al niño. En México, aquí y ahora, no existe alternativa a la vista, como no sea la acción estatal, para atender las tareas vinculadas a la alimentación, la salud, la educación, la vivienda y los servicios que reclaman con urgencia millones de mexicanos. Como tampoco hay a la vista un contrapeso objetivo al poder real de oligopolios y fuerzas monopólicas realmente existentes en el mercado.

Lo nacional: somos, como le oí decir a Rolando Cordera en 1982, un país frontera, entre el norte y el sur; entre la potencia principal de este siglo y América Latina, entre dos culturas y dos formas de vivir. El rompimiento del mundo bipolar nos ha afectado. Críticas necesarias de por medio, el bloque soviético también nos daba un margen de autonomía de cara a nuestro vecino imperial. El mundo unipolar que Bush pretende construir es la peor opción para entrar al siglo XXI: alinearnos a ese proyecto, ser parte integrante de la zona de influencia e interés del imperialismo norteamericano, es un verdadero atentado a nuestra historia y a nuestra tradición, pero sobre todo a nuestros intereses como nación independiente. Contra esa tendencia el PRD puede fincar sus principios nacionales. No se requiere originalidad, sino consecuencia. Reivindicar nuestros añejos y vigentes principios de política exterior: soberanía, independencia, igualdad de los Estados en materia internacional; no intervención y no injerencia en los asuntos internos; solución pacífica de los conflictos, vigencia del derecho internacional y funcionamiento de sus organismos principales. 

En materia económica, social y cultural nuestra defensa es la multipolaridad. El planeta de fin de siglo se recompone en sus fronteras geográficas y económicas, el mercomún europeo, la cuenca del Pacífico, los esfuerzos africanos o asiáticos, el surgimiento de una visión moderna del regionalismo latinoamericanista, exigen de México, de su gobierno, una posición y unas políticas nuevas, congruentes con la defensa de la soberanía, e inscritas en las nuevas realidades del mundo. El rechazo a la autarquía, a la visión aldeana como futuro de México no implica la renuncia a valores y principios nacionales. La nación existe, hacia dentro como comunidad democrática fundada en la soberanía del pueblo, de los ciudadanos; hacia afuera, como Estado soberano libre, autónomo, multirrelacionado y abierto al intercambio de ideas, mercancías, capitales y tecnologías, siempre bajo el principio de su existencia como entidad propia, singular, diferenciada. Somos ante nosotros porque somos ante el mundo. 

La vecindad geográfica con los Estados Unidos es una realidad, el PRD puede ser el constructor de una visión y unas políticas que asuman, como reto y como ventaja, esa vecindad. Se requiere trascender el inmediatismo que marca la política del actual gobierno, su pragmatismo chato que ve en la integración a toda costa el remedio para nuestros problemas económicos La integración creciente de las dos economías es un proceso difícilmente reversible, pero ello no lo hace inmodificable Antes que búsquedas ansiosas de tratados de libre comercio, deberíamos dilucidar cuál es el ritmo y orientación que conviene dar a los procesos integradores en beneficio de México, de su desarrollo industrial y agrícola, de su inserción en la economía internacional y sobre todo en beneficio de los mexicanos.

Junto a lo anterior hay que construir las soluciones acordes a la realidad de América Latina; proyectos viables y realizables de integración subregional, de aprovechamiento de ventajas comparativas, de recursos humanos y materiales, de compensaciones y superación compartida de carencias por la vía de la complementareidad.

CONSTRUYENDO EL PARTIDO

La existencia del PRD ha estado marcada por la permanente discusión sobre las reglas del juego que hagan posible construir la “casa de todos” los que en ella quieran estar Algunos puntos son cruciales

La relación entre un dirigente carismático, con peso propio, y el conjunto de la dirigencia partidista.

Las relaciones entre los grupos o corrientes que han confluido en el PRD.

El vínculo entre el partido y el “movimiento”

Las normas internas para la elección de los dirigentes y de los candidatos a cargos de elección popular.

Entre las ventajas “naturales” del PRD, ninguna tan importante como la figura y presencia de su principal dirigente, Cuauhtémoc Cárdenas Hacía décadas que en la vida política de México no surgía un dirigente que reuniera en su persona tal cantidad asombrosa de evocaciones históricas, y que pudiese conjugar en su acción y en sus planteamientos voluntades populares y ciudadanas tan vastas y complejas Sin la presencia de Cuauhtémoc Cárdenas el PRD difícilmente tendría futuro, al menos por unos años más; pero es obvio que la influencia política del Ingeniero bien podría conservarse sin el PRD.

Cárdenas tiene dentro del PRD un peso específico enorme; cuando ese peso se inclina en favor de un grupo o una corriente, el barco se ladea Así, el principal dirigente se ve obligado a guardar un permanente equilibrio en sus posiciones; ser el fiel de la balanza puede ser un ejercicio desgastante, pero ineludible en esta etapa de la construcción del partido Lo anterior no significa condenar a Cárdenas a ser un simple espectador de las disputas internas, a actuar como árbitro de conflictos que le son ajenos, sino de asumir que en las definiciones principales del partido, las distintas corrientes tienen la obligación de considerar su opinión, y él, la responsabilidad de buscar siempre los consensos básicos para la adopción de las políticas que mejor expresen los objetivos del partido.

Junto a lo anterior es necesario adoptar medidas concretas que atajen la tentación de hacer del PRD un partido de un solo dirigente rodeado de un “funcionariado” sin peso ni autoridad políticas propias Aquí es urgente la descentralización efectiva de las decisiones y los medios para llevarlas a la práctica.

Desde sus primeros pasos, el PRD se ha reconocido como producto del movimiento ciudadano de 1988 “El partido que nació el 6 de julio” ha sido la identificación que da cuenta de ese origen A ese hecho histórico se suma otro de igual importancia El PRD es la confluencia de una parte de los grupos y sectores que participaran en ese movimiento Si bien es posible identificar tres grandes afluentes o corrientes fundadoras (la Corriente Democrática y más ampliamente los desprendimientos del PRI producto del cisma de 1987; la izquierda partidaria y protopartidaria PMS, ACNR, MAS, OIR, LM, Punto Crítico; y un conjunto de ciudadanos sin identificación partidista previa), muy pronto quedó claro que la conformación del nuevo partido generó identidades y coincidencias que hacen imposible seguir buscando las referencias y ubicaciones de las corrientes del PRD en los anteriores grupos o partidos.

Es cierto que a nivel municipal o estatal existen conflictos que tienen como protagonistas centrales y agrupados a integrantes de los anteriores partidos o corrientes, pero es una simplificación ajena a la dinámica del PRD el caracterizar sus conflictos internos bajo la fórmula PMS vs CD, o incluso izquierda vs exPRI. La “licuadora” ha funcionado y es posible observar cómo gentes que estuvieron durante años en el mismo partido hoy se encuentran en posiciones distintas. Los orígenes se van diluyendo, las identidades se generan, refuerzan o desaparecen al calor de los problemas nuevos. La pluralidad en el PRD no es, ni puede ser, una característica transitoria de su existencia. Será una definición permanente del partido y por ello mismo es imprescindible avanzar en su normatividad interna. No basta reconocer el derecho a integrar corrientes, o establecer el derecho a la crítica dentro y fuera del partido si al mismo tiempo seguiremos en la indefinición respecto a la forma de hacer que las corrientes se expresen en forma transparente en la integración de los órganos de dirección, esa indefinición amenaza con perpetuar la operación de normas escritas; de discrecionalidades que amparan abusos y terminan por provocar exclusiones.

La pluralidad exige tolerancia, voluntad para sumar y buscar, con respeto a los matices, los puntos básicos que permitan el acuerdo. Por ello resulta contrario a esos principios de coexistencia interna el colocar asuntos que corresponden a la táctica del partido como elementos fundadores de la vida y razón de ser del PRD. Para construir la democracia interna y para actuar en la sociedad no requerimos historias “oficiales”, ni aceptaciones casi religiosas a interpretaciones de la realidad que deben ser motivo del debate y no pretexto para estigmatizar a quienes discrepan.

Como partido real, como fuerza organizada de una parte de la sociedad, el PRD deberá encontrar las definiciones y formas que le permitan un vínculo y una presencia con los movimientos que por la defensa de derechos o por la conquista de otros se presentan en el país. Un buen punto de partida para tener éxito en esa búsqueda es abandonar el terreno de la ideologización de algo tan inasible como “el movimiento”. Lo que hay en la sociedad son movimientos diferenciados, a veces contrapuestos en sus reivindicaciones e intereses, que se suceden o confluyen. Hay un movimiento integrado por acciones diversas en la defensa de los derechos laborales o agrarios; movimientos territoriales a nivel de colonias y barrios, de municipios, por la defensa de los derechos de los pobladores, por la exigencia de servicios públicos; hay nuevas expresiones ciudadanas, ecologistas, feministas, de defensa de tradiciones culturales y étnicas. Lo que caracteriza al movimiento social es su diversidad. Movimientos ciudadanos como el que hubo en México en 1988 por la defensa del voto se producen en coyunturas específicas. Por su propia naturaleza no pueden ser permanentes, pero dejan huella y generan continuidad. Baja California, Michoacán, Guerrero, Oaxaca son impensables sin las lecciones y los avances de aquel verano de 1988. Las exigencias de respeto al sufragio, capaces de unir a millones de mexicanos, surgirán en cada nueva elección nacional o local hasta conquistar la realización de elecciones limpias con resultados fidedignos y oportunos.

Frente a los movimientos y sus organizaciones, la política del PRD deberá fincarse en la autonomía de esos movimientos, en la libertad de las organizaciones frente al Estado, el gobierno y los partidos. Pero también en la independencia del partido y su política frente a esas organizaciones y esos movimientos. Tener una política para ellos supone abandonar el seguidismo, la adecuación pasiva a cualquier tipo de demanda por el solo hecho de provenir de un grupo organizado de ciudadanos.

Respecto de la elección del Consejo Nacional creo que la fórmula contenida en el proyecto de Estatutos surgido del Foro ya mencionado, es una solución acorde a la etapa actual del partido y al propósito de descentralización y amplitud de los órganos dirigentes. La fórmula consiste en un número fijo de (3 a 5) representantes por cada entidad federativa y un número adicional electo por el propio Congreso, paritario al número de consejeros surgidos de las entidades. Sin llegar a lo inmanejable creo que el Consejo Nacional que será electo en el próximo congreso, debe tener la amplitud suficiente como para lograr la presencia de la diversidad que integra al PRD. Dirigentes sociales y gremiales, cuadros partidistas con experiencia, pero también con potencialidad para desempeñar tareas específicas; personalidades del mundo de la ciencia y la cultura, en suma, una composición en la que se reflejen las corrientes reales, los grupos y las ideas, el trabajo social y la tarea partidista, en la que el conjunto del partido se sienta representado y encuentre la confianza y la seguridad que una dirección partidista debe brindar y conquistar.

La selección de candidatos a los puestos de elección popular en las zonas de mayor afluencia del PRD, amenaza convertirse en motivo de pugnas y querellas internas. Aquí, como en toda la vida interna, hacen falta reglas claras y compromisos precisos. El partido no es ni debe ser una agencia de colocaciones, de satisfacción de intereses transitorios y centrados tan sólo en la búsqueda de un puesto. El derecho legítimo de todo afiliado al partido es aspirar a ser postulado a un cargo de elección, pero ello no puede generar esa especie novedosa de políticos que son los “candidatos profesionales” en búsqueda de unas siglas para arribar a la competencia por el voto. Al derecho de los afiliados corresponde el derecho del colectivo que integra al PRD para establecer reglas y requisitos, para perfilar su representación en los Ayuntamientos y en las Cámaras.

DEL MITO A LA POLÍTICA

Pocos elementos o factores aparecen tan amenazantes para el futuro del PRD como su propia táctica. En la fidelidad al origen, el PRD ha debido sacrificar múltiples posibilidades: transitar en este año y medio te su existencia entre el estrepitoso fracaso de Baja California y la mediocridad de múltiples elecciones locales, sacrificadas en el altar del antigobiernismo más estéril, los conflictos internos y la incapacidad de formular programas a la altura y dimensión de cada circunstancia. Incluso en el éxito, así sea relativo, en Michoacán en diciembre de 1989, Guerrero o Oaxaca, la dirección perredista ha preferido ocultar sus éxitos para colocar por delante al reclamo del fraude y la legitimidad.

Nadie propone, dentro del PRD, callar ante el fraude o la sistemática violación a las leyes que entraña la continuada acción del PRI; lo que algunos hemos propuesto es colocar esos elementos en su justa dimensión. Cuando ante las victorias en Michoacán, arrancadas a fuerza de votos, pero también del tesón y la paciencia negociadora de Gilberto Rincón Gallardo, propusimos y casi logramos colocar en la evaluación del PRD esas victorias por delante, rápidamente fuimos desplazados bajo la acusación de “triunfalistas” cuando no de “hacerle el juego al fraude”. Así hemos actuado y así nos ha ido.

No se puede articular una táctica con posibilidades mínimas de éxito sobre la base de derrotas electorales acumuladas una tras otra. El menor ejercicio autocrítico sugiere a los dirigentes del PRD la revisión a fondo de esa táctica y de sus resultados. Del influjo concéntrico generado por la candidatura de Cárdenas en 1988 hemos pasado, en dos años, al relativo aislamiento; lo más grave no ha sido la ruptura y liquidación del FDN, proceso previsible y en buena medida inevitable si se toma en cuenta lo que son el PARM, PFCRN y el PPS, sino la ruptura del enlace entre Cárdenas y los ciudadanos que conforman la mayoría del electorado. Esa ruptura se ha profundizado y amenaza con volverse irreversible.

Adolfo Gilly expresa y sintetiza bien la posición dominante hasta hoy en la dirección del PRD, cuando afirma: “una primera disyuntiva es si el PRD lucha por una ruptura o por una reforma del régimen de partido de Estado (…) La idea de reforma supone que el régimen, minoritario en el voto popular, puede asumir su propia superación y estar dispuesto a entregar el gobierno en un proceso de transición gradual. Por el contrario, la idea de ruptura supone que el régimen (…) deberá ser acorralado y removido por las movilizaciones democráticas, como sucedió en 1989 con los partidos de Estado de varios países de Europa”. La disyuntiva planteada por Gilly ha conducido al nuevo partido a la indefinición y a la impotencia. Refugiarse en, y hasta aplaudir, las ocurrencias de Vargas Llosa sobre la “dictadura perfecta” puede consolarnos de nuestros fracasos, pero no puede eximirnos de la tarea de desentrañar los verdaderos y profundos resortes y pilares que hacen funcionar y sostienen el sistema político mexicano, “terreno de caza favorito -decía G. Sartori en 1976- de los estudiosos que rastrean una democracia surgida espontáneamente de un antepasado autoritario”.

La disyuntiva del PRD no está, como lo cree Gilly, entre reforma o ruptura (antes se decía revolución) sino entre ser una fuerza inscrita en el compromiso de respetar, para transformar, el marco constitucional, o seguir presentándose como fuerza antisistémica, en el preciso sentido que el propio Sartori le dio en su texto clásico: como partido fundado en el permanente cuestionamiento de la legitimidad del sistema e su conjunto, o del régimen al que se opone.

Apostando a la “ruptura”, esa táctica aisló al partido cuando más necesaria era su presencia e influencia. Tanto en octubre de 1989 como en agosto de 1990, la reforma electoral podría haber tenido otro curso si el nuevo partido hubiera dejado de lado sus propios espejos y hubiese visto al país y sus necesidades. Si las reformas no fueron más lejos, fue en parte por la conducta del PRD que al titubear, dejó el campo libre a los negociadores del PAN, más preocupados por su papel de bisagra que por la democracia, defecto aprovechado íntegramente por los mercaderes del PRI.

Reconstruir la influencia del cardenismo puede hacerse desde dos vías. Una es liquidar al PRD, verlo como partido efímero, de circunstancia y sexenio: la “licencia de conducir de Cuauhtémoc” como dicen que dice uno de sus “asesores”. Esa apuesta es al pasado, a la reconstrucción de una forma caudillista de hacer política, justo cuando el país tiene abierta la posibilidad de construir un sistema estable de verdaderos partidos políticos.

Hay otra fórmula. Con esperanza veo que por ahí transita mi partido en estos momentos de confusión y búsqueda: es el apostar a los ciudadanos, que es decir sí a las reformas y a los cambios aceptados por la mayoría; es creer y seguir creyendo en el voto como fuente originaria del poder. No será un mitin lo que habrá de cambiarnos, sino la voluntad de la mayoría que haga del voto su arma y su defensa.

Esa posibilidad se ha abierto con la convocatoria de Cuauhtémoc Cárdenas y del PRD a un acuerdo nacional por la democracia. Por vez primera desde 1988, con esa iniciativa el nuevo partido reasume parte de su tarea: ser generador de ideas de reforma. Falta pulir la iniciativa, quitarle el egocentrismo del mito, transitar con ella a la política.

HONORABLE CONGRESO DE LA UNION.

MEXICANOS:

Cumplo con la responsabilidad constitucional de presentarme a la apertura del primer periodo ordinario de sesiones del Congreso de la Unión. En este momento entrego el Informe escrito sobre el estado que guarda la administración pública federal. Acudo, además, motivado por la convicción de que, con ello, afirmamos una saludable práctica republicana de nuestro sistema político y reconocemos la razón de ser de nuestra función pública: servir a la nación.

A. LAS TESIS DEL CAMBIO

Durante el periodo que cubre este Informe el país ha confirmado su decisión de cambiar y de modernizarse para fortalecerse ante el mundo y de mejorar la convivencia entre los mexicanos. Se moderniza para hacer viable la economía en un entorno internacional de fuerte competencia y, así, generar empleo y oportunidades para todos. Se moderniza para canalizar las diferencias políticas ordenadamente, con paz social y, así, fortalecer la unidad que requiere acometer los retos internos y externos. Se moderniza para ser una sociedad más justa, más generosa, más valiosa para cada uno y más respetada en el mundo. Todo esto lo hacemos para permanecer soberanamente como mexicanos. Estas han sido las tesis del cambio en el que todos estamos involucrados y que dan cuenta del robusto carácter nacional.

El compromiso con el cambio es irrenunciable. Tiene condiciones precisas y objetivos definidos: la soberanía y la integridad territorial; la preservación de las instituciones de derecho y de las libertades; la consolidación de las condiciones del desarrollo económico y social. El cambio debe proteger también las tradiciones más arraigadas en la sociedad, la unidad familiar, la cultura que nos hace diferentes en el mundo, el lenguaje y los símbolos que nos unen. Debe respetar las creencias más profundas de los mexicanos. Es un cambio que fortalece la estabilidad general de la República y que anima el orgullo de pertenecer a nuestra gran nación.

1. LOS NUEVOS ARREGLOS DEL MUNDO CONTEMPORÁNEO

El mundo vive transformaciones profundas en todos los órdenes. En lo político, terminó la guerra fría y la bipolaridad. El encuentro espléndido con la libertad ha desmoronado rituales y muros, rutinas y viejas jerarquías. Se abren nuevos espacios para el diálogo y se despierta la conciencia de opciones más amplias.

En lo económico, atestiguamos la globalización de los mercados, la interdependencia financiera, el recrudecimiento de la competencia. En lo científico y tecnológico, accedemos a una verdadera revolución en los procesos productivos y en la vida cotidiana.

Son cambios que avivan la esperanza. Las dificultades que enfrenta la nueva configuración serían más graves sin las transformaciones que la han hecho posible. No obstante, el mundo que dejamos era relativamente previsible. Ya no lo es. La incertidumbre es la nota distintiva del momento; la interrelación global, su rostro futuro. El cambio es tan rápido que el escenario actual es ya diferente al del inicio del año. Los acontecimientos del Golfo Pérsico nos recuerdan bruscamente lo ilusorio del optimismo sin la superación de los desequilibrios profundos y sin la voluntad de acatar el derecho vigente. Mucho de lo que está sucediendo era imprevisible, pero nada es simple y todo nos afecta.

Nadie puede escapar a estos impactos decisivos. La tarea del cambio alcanza a todos, no sólo a los países en desarrollo. Hoy vemos a viejos enemigos, herederos de una historia de confrontaciones, proponerse metas comunes, articular sus economías, acudir al encuentro libre de sus culturas. Las naciones que no sepan adaptarse creativamente no podrán conservar su integridad. Quien no lo haga a tiempo dejará pasar las posibilidades que la nueva situación ofrece, pero se verá obligado a pagar, una a una, todas las desventajas: estancamiento, atraso tecnológico, tensión social y, al final, debilidad nacional, es decir, pérdida efectiva de soberanía.

Hemos decidido salir al paso de esos cambios aprovechando sus oportunidades para hacer menores sus riesgos. Queremos encauzar los nuevos vientos que soplan fuera para evitar que se conviertan, en el interior, en tormentas inesperadas.

La quiebra general de los modelos de crecimiento sobreprotegido, de economías fuertemente estatizadas y regímenes políticos autoritarios ratifican el rumbo que hemos elegido: el de la apertura a las corrientes comerciales, financieras y tecnológicas; el de la reforma del Estado clientelar y propietario hacia un Estado solidario y promotor, y el del diálogo y el acuerdo en el marco de una nueva cultura política.

La fortaleza y la soberanía de México no se agotan hoy en sus fronteras. Deben hacerse valer también fuera de nuestro territorio, en el tablero de la interdependencia y de la globalización. Si algo ha sido constante en nuestra vocación nacional es la voluntad de cambiar por nosotros mismos al momento de las grandes transformaciones mundiales. Nuestra historia nos enseña también que podemos salir a conquistar nuestro lugar entre las naciones con sana confianza en la fuerza y en la permanencia de nuestra cultura. A lo largo de los siglos hemos conservado las tradiciones más antiguas y hemos absorbido las corrientes más modernas. Los rasgos de identidad y pertenencia acumulados dentro de esa cultura viven con vitalidad única en lo profundo de cada mexicano. Ellos nos dan hoy seguridad y entereza para cruzar fronteras y salir al mundo.

Se habla mucho del fin de la bipolaridad y del amanecer de una configuración multipolar. Pero no se reconoce suficientemente que vivimos un momento mundial de primacía militar al tiempo que se consolidan nuevos polos económicos, financieros y culturales. Las democracias que emergen en Europa Central nacen rechazando la ineficiencia productiva, la opresión cultural y el autoritarismo burocrático. Experimentan ahora con las instituciones políticas y ensayan audaces estrategias económicas porque prácticamente ha desaparecido el ejercicio hegemónico de su gran vecino. Pueden aceptar riesgos internos porque ya no tienen en sus fronteras ningún desafío inmediato a su soberanía. No es el caso de América Latina. Nuestras condiciones externas imponen otras formas a nuestras audacias. En el continente renace el aliento democrático; surge un nuevo ánimo por alejarse del estancamiento y de la dictadura. Pero más allá de las intenciones, nuestra circunstancia geopolítica se mantiene, y por ello permanece como propósito fundamental, la defensa de la soberanía. Este es el valor más importante para México y el objetivo político decisivo al conducir sus nuevas relaciones con el mundo.

La multipolaridad económica también ofrece retos inéditos para los mexicanos. Se perfilan cada día ante nuestros ojos tres grandes centros rectores de la dinámica mundial- Europa, el Pacífico asiático y Norteamérica- que concentran la capacidad de transformación financiera, comercial, científica y tecnológica. En los nuevos bloques no existe siempre voluntad de dar la bienvenida y de ofrecer vínculos productivos y respetuosos a naciones como las nuestras. Ellos exhiben muchas diferencias en su interior y se integran de modo distinto. Hay que luchar con tenacidad, con imaginación, para afrontar la competencia y para negociar la participación nacional en la nueva configuración del mundo. No es una tarea fácil. ¿Cómo dirigir el cambio interno y promover la vinculación a los nuevos polos de desarrollo mundial? ¿Cómo fortalecer la soberanía en un mundo de creciente interrelación? ¿Cómo lograr que la globalización reconozca la autodeterminación? La respuesta que México ha adoptado, acorde con nuestra historia y con nuestra circunstancia, tiene dos vertientes: la primera hacia el exterior y la segunda hacia el interior.

2. SOBERANÍA Y JUSTICIA

Hacia el exterior la estrategia se basa en la diversificación de nuestras relaciones. Con Europa, ante las perspectivas de unificación que se darán a finales de 1992, negociamos un acuerdo que nos asegure, en los hechos, el acceso de México a ese enorme mercado. Japón y los países asiáticos están formando un bloque extraordinario de finanzas, comercio e innovación. Estamos actuando para aprovechar su vertiginoso crecimiento y para participar en los acuerdos de la Cuenca del Pacifico. Con los Estados Unidos nos hemos propuesto alcanzar un área de libre comercio. Existe ya, de hecho, una intensa relación económica que, en ausencia de un marco rector, tiende a crecer desordenada e inequitativamente. La extensión al Canadá daría mayor amplitud al acuerdo que buscamos y forjaría, en esta parte del continente americano, la zona de libre comercio más grande del mundo.

El punto es claro: debemos reconocer las nuevas reglas de la competencia global, acelerar internamente las transformaciones económicas, incrementar nuestra participación en los mercados mundiales. No es firme la soberanía fundada en el estancamiento, en la automarginación de los centros internacionales de tecnologías y recursos, bajo el argumento ingenuo de que allí sólo se inventan reglas de intercambio desventajosas para los países en desarrollo. Soberanía nunca significó autosuficiencia o autarquía, falta de influencias o de relaciones. La interdependencia no se opone por necesidad a la soberanía; la supone cuando está fundada en el control de la dirección del cambio interno, ya que sólo entre Estados soberanos puede darse la interdependencia. Lo contrario sería subordinación, que para nosotros, es inaceptable. Por eso luchamos palmo a palmo, como el mejor, por el lugar que nuestro país puede y debe ocupar en el mundo. Queremos que México sea parte del Primer Mundo y no del Tercero.

Hacia el interior, fortalecemos la soberanía promoviendo la justicia y elevando el bienestar del pueblo. La tarea es extender la solidaridad y moderar las desigualdades. Compartimos esa pasión pública con las generaciones que edificaron nuestro Estado nacional y definieron su identidad precisa. Apelar a Los sentimientos de la nación es algo más que una referencia retórica al compromiso fundador de nuestra historia. Es reconocernos en nuestra mexicanidad porque la justicia promueve la cohesión social de la nación, que es el cimiento de su soberanía.

Por eso cabe la pregunta: al defender a la nación en el mundo, ¿a quién estamos defendiendo dentro de nuestras fronteras? Para defender la soberanía de México hay que integrar a todos, con justicia, a la vida nacional, acortar diferencias sociales y ampliar la participación del mayor número en los asuntos y en los beneficios del esfuerzo colectivo. Los modos de incorporación son fáciles de enunciar, pero difícil es la labor de realizarlos: elevar el bienestar; multiplicar las oportunidades efectivas de empleo, educación, salud, alimentación, vivienda, seguridad, ambiente sano, autoestima y superación personal. Se trata de tener crecimiento económico e instituciones justas; de asegurar la participación de los más en las decisiones que los afectan. En breve, se trata de democracia, ahí, en la vida cotidiana, donde es menos pensada pero, sin duda, igualmente importante. 

La soberanía entraña justicia. Demanda más oportunidades y acceso a ellas para todos. Supone, especialmente, la erradicación de la miseria. Esta es la tarea mayor de una sociedad como la nuestra. La desigualdad extrema pone en peligro nuestra identidad, nuestra determinación autónoma y aun el poder vernos a nosotros mismos con orgullo. Por eso, avanzar hacia formas de equidad más concretas es una manifestación de la nacionalidad; solidarizarse con quienes más lo necesitan es su expresión más elevada.

La soberanía nacional debe invocar tanto la soberanía popular- la democracia- como la solidaridad y la unidad en torno a los retos de la nación.

Requerimos para ello un Estado, concentrado en lo básico, promotor de la infraestructura social y con respuesta a las demandas más sentidas de la población. Este, y no otro, es el sentido de la reforma del Estado: la justicia. Así es para tener la fortaleza que demanda su fin superior: la soberanía. No hay otra manera de reformar al Estado que perfeccionar sus instituciones y sujetar su acción a la ley, apoyarse en la sociedad y abandonar su carácter excesivamente propietario y excluyente. Era inaceptable un Estado con tantas propiedades frente a un pueblo con tantas necesidades. El Estado excesivamente propietario debilitaba la salud de la economía, la atención política, el ánimo de la gente, la defensa efectiva del país en el exterior. Por eso, el Estado solidario, cuyo objetivo es el de la justicia, no ampara proteccionismos ni privilegios oligopólicos, pero regula mejor; no posee, sino conduce, no sustituye, sino orienta. El Estado justo no renuncia a sus obligaciones constitucionales- particularmente las de propiedad estratégica- sino las consolida y cumple. Usa el gasto público para abrir oportunidades y para mitigar los efectos que dejó la crisis y los que ocasiona el tránsito hacia el nuevo modelo de desarrollo.

La justicia que procura el Estado solidario es defender la soberanía desde dentro. La defensa moderna de la soberanía requiere de un Estado que, simultáneamente, se vincule a los centros de desarrollo en el mundo y extienda la justicia entre sus ciudadanos. Para lograrlo, debe ser un Estado promotor del crecimiento y que exprese mejor a la sociedad, lo que implica, a su vez, una reforma política y una reforma económica de igual magnitud e intensidad.

El destino soberano de México reside en la democracia y en la prosperidad compartida. En materia política, su plena realización requiere de nuevas posibilidades de expresión y de asociación; de decir y pensar lo que más convenga a los intereses propios, pero también de instituciones y prácticas que fortalezcan las responsabilidades democráticas en el ejercicio de la libertad, y de organizaciones políticas con capacidad para gobernar y defender los intereses de la soberana República. En materia económica se requieren reglas claras y permanentes, condiciones de desarrollo sostenido para que todo mexicano pueda dedicarse a la profesión o industria que más convenga al bienestar propio y al de su familia, promoviendo siempre el interés general que hace posible el de cada uno.

3. LA REFORMA ECONÓMICA: ESTABILIDAD CON CAMBIO ESTRUCTURAL 

El crecimiento económico sólo tiene sentido en la medida en que sirva al objetivo final; elevar el nivel de vida de todos los mexicanos. Este objetivo obliga a mantener la estabilidad, a incrementar la producción y a repartir mejor sus beneficios. Por eso, quedan descartadas las propuestas que dan preferencia a unos cuantos en detrimento del bienestar de la mayoría. Es el caso de la protección excesiva frente a la competencia externa, de la regulación exagerada que crea monopolios y fomenta el abuso, de subsidios indiscriminados en condiciones de escasez. Tales prácticas anacrónicas dividen en dos grupos a la ciudadanía: los pocos que se benefician y los muchos que deben pagar. Inhiben el esfuerzo productivo, favorecen relaciones de privilegio, paralizan la iniciativa de los mexicanos. Por ello, la modernización económica de México está eliminando estas viejas actitudes.

Una economía que funciona es, ante todo, una economía con estabilidad. La inflación lastima más a quienes menos tienen, obstaculiza la inversión, desalienta a la sociedad. Estabilidad quiere decir finanzas públicas sanas y competencia abierta; exige que el gobierno no gaste lo que no tiene y que gaste bien. Los países que han tenido déficit mayor y que han cerrado sus economías no han propiciado el progreso de sus sociedades sino su estancamiento. Ciertamente, hay quienes pretenden vincular la orientación social de un gobierno al descontrol fiscal. Otros suponen que la mera disciplina Presupuestal y la sola y libre competencia bastan para que se beneficie a toda la población. Pero nuestra experiencia histórica y la de otros países nos dicen que los primeros engañan y los segundos no cumplen.

El Estado debe actuar siempre con responsabilidad fiscal, promover el crecimiento, armonizar intereses encontrados y moderar diferencias sin inhibir a la sociedad. Una intervención estatal excesiva o, en el otro extremo, una inexistente, son igualmente perjudiciales. En la ausencia se radicalizan las diferencias, se fomentan los abusos, se protegen las injusticias y la desigualdad termina por perjudicar a todos, aun a los que creen tener las mejores posiciones. En el exceso de intervención, ya lo hemos visto, surgen fuentes de ineficiencia y privilegios, desatención, subordinación y debilidad. Quienes nos dieron Constitución e instituciones buscaron un Estado justo que participara en la vida social y productiva y que defendiera a la nación. Sobre todo, ambicionaron un Estado comprometido con el bienestar del pueblo. La reforma del Estado es hacer realidad cotidiana esa voluntad histórica, que es todavía nuestra.

4. LA REFORMA POLÍTICA: CAMBIO INSTITUCIONAL CON UNIDAD SOCIAL

Necesitamos sumar voluntades y esfuerzos para avanzar a paso seguro y sin afectar la estabilidad general del país. Para ello no hay otro método que el diálogo constante, la multiplicación de los acuerdos y su cumplimiento puntual. La democracia es compromiso y sustento del Estado mexicano. Al abrir canales de expresión y de participación popular, la democracia libera la creatividad potencial de nuestra sociedad. Los nuevos consensos sociales, al superar a la vez uniformidad de criterios y dispersión de voluntades, promueven la unidad interna indispensable para subsistir en el concierto de las naciones modernas.

Nuestra democracia es soberana. Ciertamente, hace suyo el ideal universal de autogobierno mediante la representación fundada en el voto universal y secreto. Pero no compra imitaciones ni se subordina a la calificación externa. La discusión sobre nuestra democracia no tiene fronteras, sólo tiene un juez decisivo: el pueblo mexicano. Aprendemos del mundo lo que pueda enriquecer nuestra vida política, pero valoramos lo bueno que tenemos, lo que- tal vez por evidente- con frecuencia se oculta. El nuestro no es un sistema inventado de partidos, sino el que se formó en nuestra historia reciente y el que debe aprender a convivir con pleno respeto a la ley, con la mayor responsabilidad ante la nación.

La iniciativa política para la democracia es consustancial a la modernización económica del país. Queremos una democracia a la altura de las mejores del mundo, capaz de conducir a nuestra patria con elevados grados de consenso y con mecanismos eficientes para dirimir el debate. En las instituciones políticas del país, los ejes del cambio son la aplicación de la ley y el servicio público que sirve y no se sirve del poder. No se trata de meras adecuaciones administrativas, sino de efectiva protección de derechos y de rápida respuesta a las demandas. El Estado está modernizando su relación con la sociedad civil, promoviendo la nueva cultura política que anima ya a ciudadanos y a grupos sociales. Ni la soberanía, ni la justicia, ni la cultura democrática pueden prosperar en el ejercicio arbitrario del poder, como tampoco sin las virtudes cívicas del ciudadano y sin la responsabilidad política de los partidos ante la nación. Finalmente, educarnos en la ley y aplicarla es la respuesta llana y simple que todos debemos procurar.

El cambio político no es para destruir nuestra base institucional ni para quebrantar la paz social, condiciones necesarias- aquí y en todas partes- para realizar los objetivos nacionales. Los mexicanos no quieren aventuras, cambios bruscos, riesgos innecesarios. Quieren que el diálogo, el respeto y la responsabilidad sean la manera de mejorar la vida política de la nación. La democracia electoral no se alcanza con prácticas que pongan en riesgo la estabilidad del país o la continuidad de las instituciones. Debemos congratularnos por los nuevos instrumentos legales aprobados por la mayoría pluripartidista en el Congreso. El electorado y los partidos deben ejercer los nuevos marcos jurídicos y adoptar las nuevas actitudes que ello suponen.

En su dimensión participativa y cotidiana, la democracia ha tenido su prueba en el acercamiento del gobierno a todos los grupos sociales y en la participación de éstos en las soluciones que les atañen. Visito constantemente toda la República. Escucho las demandas, me comprometo y cumplo. En los programas gubernamentales han tenido preeminencia la tolerancia y el diálogo político. Los valores de la democracia están en la nueva participación de la gente, en la autonomía fortalecida de individuos y de grupos, en el acuerdo y en la negociación, en reglas claras y en responsabilidades precisas.

La soberanía de México está fundada en una virtud comunitaria y colectiva que se ha traducido en la búsqueda incansable de la justicia social, en la erradicación de la miseria y en la construcción de los medios institucionales que garanticen el bienestar compartido. Pero, también, la soberanía sustentada en la solidaridad se nutre y fortalece mediante el consenso y la participación. En este sentido, soberanía es también democracia: democracia participativa, tolerancia y diálogo, acuerdo y acción concertada.

B. LOS HECHOS

DIPUTADOS Y SENADORES DE LA REPUBLICA:

Dar cuenta de lo que sociedad y gobierno han realizado en este año, verlo a la luz de la gran transformación mundial y trazar las tareas nacionales que nos ocuparán ahora es el contenido de este mensaje.

1. DEFENSA DE LA SOBERANÍA Y PROMOCIÓN DE LOS INTERESES NACIONALES

La política exterior es un instrumento fundamental de relación soberana con el resto de las naciones. Norman nuestra acción internacional, el respeto a la autodeterminación de los pueblos y la no intervención en sus asuntos internos. Nos pronunciamos invariablemente por la solución pacífica de las controversias y por la igualdad jurídica de los Estados. Sabemos que el desarrollo sólo es posible con la cooperación internacional, libre de la amenaza y del uso de la fuerza.

Por eso, la respuesta a la transformación global ha sido la voluntad decidida de diversificar nuestras relaciones y de emprender un progresivo acercamiento con los nuevos bloques regionales. Recibimos la visita de 12 jefes de Estado y de Gobierno y, además, sostuve encuentros con 34 mandatarios. Nos hemos abierto al mundo, a los centros de mayor dinamismo y también a los que para nosotros son más naturales, donde nuestros empeños tienen significado histórico y cultural.

Con los Estados Unidos de América buscamos una interacción que reconozca la importancia de la relación bilateral para ambos países, destacando el diálogo, el respeto y la reciprocidad. Se ha insistido en el equilibrio de las relaciones comerciales y financieras, en una cooperación mejor en la lucha contra la delincuencia y el narcotráfico, escrupulosa de la soberanía, del derecho nacional, de la buena fe. Hemos demandado un trato justo y humano para los indocumentados, y se creó el Programa para las Comunidades Mexicanas en el Extranjero. Durante el mes de junio realicé una visita a Washington. En esa ocasión traté con el presidente Bush los temas de la agenda bilateral y, en particular, los aspectos más alentadores del comercio entre nuestras naciones.

Iniciamos conversaciones para encontrar mecanismos que permitan el desarrollo vigoroso de nuestras relaciones económicas en beneficio de ambas naciones. El Foro Nacional de Consulta que organizó el Senado de la República sobre las relaciones comerciales de México, concluyó en la convivencia de un acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos. Demandó la reciprocidad a nuestra apertura comercial unilateral, la eliminación de barreras arancelarias y no arancelarias, el reconocimiento a los distintos grados de desarrollo, la eliminación de medidas unilaterales e interpretaciones subjetivas y mecanismos objetivos para dirimir diferencias. Sobre estas bases conducimos ahora el diálogo.

Estamos en la etapa de los análisis y de las consultas. Como anticipamos, las negociaciones formales empezarán el primer semestre del año próximo. México ofrecerá un solo frente, tomando en cuenta los intereses de los empresarios y de los grupos medios, los derechos de los obreros, las preocupaciones de los campesinos y las opiniones de los expertos. Procederemos con seriedad, con la fortaleza que nos da lo que estamos realizando internamente, con intensidad pero sin premura y con el tiempo requerido para obtener los mayores beneficios para el país.

Cuidaremos de que el plazo de la transición sea lo suficientemente. Largo para que los cambios sean graduales; de que los sectores más expuestos cuenten con mecanismos adecuados de ajuste; de que las empresas medianas y pequeñas tengan acceso a los apoyos necesarios para integrarse con ventaja a cadenas productivas.

La negociación de un acuerdo como el que pretendemos alcanzar con los Estados Unidos no incluirá tema alguno fuera del ámbito estrictamente comercial. Esta es la diferencia entre un acuerdo de libre comercio y un tratado de mercado común. Conservamos intacta nuestra autonomía frente a terceros países. Quiero ratificar que la nación mantendrá la propiedad y el dominio pleno sobre los hidrocarburos, y que el Estado seguirá ejerciendo íntegramente las facultades que le otorga el Artículo 28 de la Constitución para desarrollar, de manera exclusiva, las áreas estratégicas.

Recibí en el mes de marzo la visita del Primer Mandatario de Canadá. En esa ocasión se firmaron acuerdos en materia de agricultura, de turismo, de comercio y de inversión. El encuentro resultó particularmente benéfico. Canadá es participante potencial en un acuerdo de libre comercio. Mantenemos una estrecha comunicación y preparamos condiciones propicias para avanzar en esa dirección.

De especial importancia son las relaciones con los países de nuestra frontera sur. Los vínculos establecidos con Guatemala y con Belice han alcanzado la más elevada fluidez política de los últimos años. Recibimos la visita del presidente Cerezo; mediante los trabajos de la Comisión Binacional hemos avanzado en la solución de los problemas financieros, comerciales, migratorios y de coinversiones en la frontera. Son relevantes los convenios con Belice para combatir el narcotráfico, así como el de suministro de energía eléctrica a ese país, establecidos durante la visita del primer ministro Price. De la misma manera, el Caribe, nuestra tercera frontera, amerita mayor presencia de México. El gobierno ha actuado en consecuencia. Avanzamos en proyectos concretos con el primer ministro Manley y, durante mi visita a Jamaica, se formalizó la participación de México como observador en la Comunidad del Caribe.

México apoya los esfuerzos para superar la grave situación económica y social de los países de Centroamérica porque es congruente con nuestros principios y es de nuestro interés. La paz necesita sustento en el desarrollo de la región. Por eso formamos parte ya del Banco Centroamericano de Integración Económica, alentamos un renovado Pacto de San José y, en concertación con Colombia y con Venezuela, estamos diseñando fórmulas de cooperación para con los países centroamericanos. Hemos encontrado nuevos mecanismos para negociar las deudas pasadas y para promover el comercio con México. Con las visitas de los presidentes electos de Honduras y de Costa Rica, y de los presidentes de El Salvador y de Nicaragua, y con mi visita a Honduras hace unos días, adelantamos una nueva iniciativa, directa e intensa, con esta área vital para nuestra nación. La propuesta apunta a elevar la oferta exportadora de la región, el abasto seguro de energéticos, la asistencia técnica y el financiamiento tanto a importaciones centroamericanas como a proyectos conjuntos de inversión. Hemos elevado el aprecio por nuestro país en Centroamérica.

Una solidaridad del mismo temple nos enlaza con la región latinoamericana a la que pertenecemos y con la que guardamos vínculos históricos y afinidad cultural. Las condiciones favorecen hoy un mayor realismo, un auténtico intercambio, una renovada conciencia colectiva. América Latina tiene en la conformación de gobiernos democráticos y en la apertura de sus economías el potencial para una integración efectiva. Debemos hacer de ésta un proceso paulatino, lúcido y ordenado, avanzando hacia un comercio más libre para no colocarnos en desventaja frente a otras regiones. Debemos eludir propuestas inalcanzables que nos llevarían nuevamente al desencanto y a la frustración.

El retorno de la democracia en Chile permitió el reencuentro anhelado con un país querido y cercano. Mediante visitas de Estado recíprocas hemos recuperado vínculos y ahora preparamos las bases para un acuerdo de libre comercio con ese país. Acudí a Ecuador a refrendar una vieja amistad, y formalizamos acuerdos específicos vinculados a los sectores comercial, pesquero y energético. Asimismo, visité las repúblicas de Bolivia, Argentina, Uruguay y Brasil. En estos encuentros precisamos medios prácticos para lograr una relación mejor entre nuestras naciones. Se firmaron 25 acuerdos de cooperación. México participó en la IV Reunión de Presidentes del Grupo de Río celebrada en Caracas, Venezuela, que admitió a nuevos miembros y que se proyecta como ámbito de concertación política para la integración y el diálogo con los nuevos bloques económicos. En este contexto, México propuso lineamientos para pasar a los hechos en los acuerdos comerciales de la región. Los 10 puntos que presenté ante la ALADI, y que también derivaron de la consulta nacional del Senado, han sido asumidos por el Grupo de Río. Con Colombia, tras la visita del presidente Gaviria, se avanzaron los acuerdos para la explotación de las minas de carbón colombiano. Nuestro país ingresó como miembro de la Corporación Andina de Fomento. Probamos así, en los hechos y con iniciativas eficaces, la clara vinculación de México con América Latina. Mantendremos nuestro propósito de integración y seguiremos siendo sus más decididos promotores.

Por su pertenencia a la Cuenca del Pacífico, México busca participar de la dinámica tecnológica y de la capacidad financiera de su región asiática. Con ese propósito visité Japón, Australia y Singapur, y se establecieron nuevas representaciones en este último país y en Tailandia. Promovimos el ingreso de México a los esquemas de concertación de la zona, como la Conferencia para la Cooperación Económica Asia-Pacífico. En septiembre México pasó a ser miembro de pleno derecho en su Comité Permanente. De la visita del primer ministro Kaifu y de mi viaje al Japón tenemos resultados concretos. Se precisaron apoyos financieros para el combate a la contaminación, la reconstrucción de locomotoras, el equipamiento de termoeléctricas y la promoción de nuestras exportaciones a ese país. Avanzamos así en un mayor acercamiento entre dos culturas celosas de sus tradiciones milenarias. La visita del Presidente de la República Popular de China permitió mejorar el entendimiento y la colaboración mediante un mecanismo de consulta bilateral.

En mi gira de trabajo por Europa visité Portugal, el Reino Unido, la República Federal de Alemania, Suiza y Bélgica, a fin de incrementar el comercio y atraer inversiones. Existe un creciente apoyo de esta comunidad a los esfuerzos de transformación de México. Participamos como miembros fundadores en el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo; lograremos así mayor presencia y vinculación con las economías de los países de Europa Central. Ante el GATT fijé nuestra posición en las negociaciones de la Ronda Uruguay: el fin de las interpretaciones unilaterales, el desmantelamiento de las barreras no arancelarias, el reconocimiento a las diferencias de desarrollo y, en particular, la reciprocidad a la apertura de México. El éxito de la Ronda Uruguay es fundamental para promover un sistema comercial abierto a nivel global, evitar fricciones crecientes entre bloques y ofrecer beneficios compartidos. Por ello, México apoya y espera una conclusión positiva de las negociaciones de este año. Hasta ahora ha sido más fácil conciliar los puntos de vista entre países desarrollados y en vías de desarrollo que resolver las diferencias en materia agrícola entre los Estados Unidos y la Comunidad Europea. Esta es una situación paradójica y riesgosa que debe superarse.

Destacan las visitas a México de los reyes de España y del presidente del Consejo de Ministros de Italia, Andreotti. Con estos países se firmaron acuerdos bilaterales de Cooperación y Amistad y de Cooperación Económica, respectivamente. La presencia en México del presidente Havel, de la República Federativa Checa y Eslovaca, permitió un acercamiento importante a los procesos de apertura y de cambio en las naciones de Europa Central. Ampliamos, también, nuestra presencia en Africa abriendo embajadas en Marruecos y Zimbabwe con el fin de aprovechar las oportunidades de intercambio que ofrecen estos países.

Con la asistencia de más de 70 jefes de Estado y de Gobierno en la Cumbre Mundial en Favor de la Infancia, que México auspició, destacamos no sólo la prioridad que deben tener los niños para el mundo, sino la promoción de una conciencia más aguda sobre los graves abusos que sufren los menores que migran con sus familias, los que se refugian, los muchos que viven en la pobreza. Sólo una iniciativa global para el desarrollo puede comenzar a dar verdaderas esperanzas al mundo del siglo XXI. El pueblo de México recibió con cariño y respeto al papa Juan Pablo II. El “Peregrino de la paz” encontró a su paso fe y alegría entre los mexicanos en esta visita que dejó un recuerdo permanente de aliento. Los mexicanos guardaremos siempre afecto hacia él.

En la Asamblea General de las Naciones Unidas, nuestro país señaló su deseo de reforzar la diplomacia y la primacía del derecho internacional en esta oportunidad histórica que nos ofrece el fin de la guerra fría. Ahí, afirmé que soberanía y democracia son indispensables en un mundo de interdependencia. Sólo así, autogobernarse permite comprometerse, ligarse, abrirse hacia la comunidad de las naciones. Por eso, el futuro debe fincarse en más y no en menor respeto a los Estados; en un apego más estricto y eficaz al derecho internacional.

La soberanía y la seguridad de la nación tienen en las fuerzas armadas uno de sus más firmes baluartes. Identificados plenamente con los intereses de la sociedad a la que sirven, el Ejército, la Fuerza Aérea y la Armada de México han cumplido con sus responsabilidades, y han desplegado, también, una solidaridad ejemplar con las comunidades cuando más lo han necesitado. Así sucedió con los damnificados por el huracán Diana, al ejecutarse el Plan DN-III-E y el Plan SM-AM-90. La modernización de los institutos armados ha tenido efectos que ya es posible apreciar en su actuar cotidiano. Su capacidad de respuesta se ha incrementado con el ajuste de los dispositivos, el desarrollo de su entrenamiento y la mejoría de instalaciones, armamento y equipo. Destaca la adquisición de helicópteros de avanzada, de equipo electrónico y de telecomunicaciones, de refacciones y accesorios actualizados. Se construyeron y rehabilitaron centros militares y navales. Hoy, las fuerzas armadas están mejor equipadas para sus altas funciones.

Reconocemos la trascendencia que para la seguridad de la nación y para nuestra vida institucional tienen sus operaciones contra el narcotráfico. El Ejército en especial, la Fuerza Aérea y la Armada destruyeron plantíos, decomisaron enervantes y estupefacientes, clausuraron pistas clandestinas eficazmente. Se inició la fase ll del Sistema de Detección y Control en la que los nuevos radares mexicanos permitirán detectar las aeronaves que pretendan internarse con drogas en el país. En el cumplimiento de su elevada misión aportan toda su experiencia, su capacidad y, cuando la circunstancia lo demanda, también su vida. Transmito con orgullo a los soldados y marinos de México el reconocimiento y el aprecio que el pueblo les tiene. Su valor y su lealtad son ejemplares.

2. AMPLIACIÓN DE NUESTRA VIDA DEMOCRÁTICA

México vive un ambiente de libertades ampliadas. Estamos adecuando las instituciones y las prácticas políticas para conducir ordenadamente nuestras propias transformaciones internas. Se trata de la construcción de una democracia que nace de nuestra experiencia y que se fortalece con los cambios mismos de la sociedad. Por eso valora la unidad y la estabilidad. Las naciones que se han desarrollado han requerido largos periodos de continuidad institucional. Promovemos el cambio para generalizar el respeto de todos a la ley, alentar una participación ciudadana más amplia y el ejercicio moderno de la acción gubernamental y, además, para estimular la competencia civil entre partidos en el marco del derecho, producto de un acuerdo responsable entre ellos.

Por obligación y por convicción buscamos la mayor protección a los derechos fundamentales del hombre, garantías individuales que consigna nuestra Constitución. Combatimos la delincuencia y erradicamos la impunidad. Por eso, también, protegiendo sus derechos se preliberaron más de 12 mil reos en estricto apego a la ley.

Se creó la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Con la participación social y con una firme voluntad política, sus labores ampliarán la defensa de los derechos de quienes viven en México. La respuesta no se ha hecho esperar. Se han atendido 297 denuncias presentadas por presuntos atropellos a las libertades. Aspiramos a tener una Policía Judicial Federal profesional, ética y ejemplar. El respeto a las personas, aun a quienes delinquen, es el propósito que deben atender. Por eso se fortalecen los sistemas de evaluación y estímulo pero, sobre todo, los de control y sanción. En el transcurso de este periodo ordinario enviaré iniciativas de ley para garantizar los derechos durante la investigación y las averiguaciones previas y durante el procedimiento. Que no exista la menor duda: estamos firmemente comprometidos con la protección de los derechos humanos y actuaremos en consecuencia.

México reafirma sus principios humanitarios y ratifica la observancia de su tradicional política de ayuda a refugiados y de derecho de asilo. Envié al Congreso de la Unión la iniciativa que entró en vigor el pasado 18 de julio, mediante la cual se adiciona el artículo 42 de la Ley General de Población y se crea la figura migratoria de refugiado. Con este paso adecuamos una larga tradición política de nuestro país a las condiciones modernas de la vida internacional. Mención especial merece el Programa Paisano, establecido para garantizar un trato digno al regreso de los trabajadores migratorios mexicanos. Nuestros consulados han proporcionado 350 mil tarjetas que identifican y protegen a los mexicanos fuera del país y cuando éstos reingresan al territorio nacional. En México no podemos permitir que los propios ciudadanos teman regresar y desconfíen por abusos de autoridades menores.

Las relaciones entre los Poderes de la Unión han sido respetuosas y de colaboración. Esto ha permitido un cumplimiento más adecuado de las funciones a cada uno encomendadas. Se atendieron con oportunidad y se pusieron a disposición de los legisladores los elementos necesarios para el ejercicio de sus atribuciones. En un marco de respeto hemos cumplido con las resoluciones de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y de los tribunales competentes, y al mismo tiempo hemos procurado poner a su disposición los elementos necesarios para el fiel cumplimiento de su delicada y trascendente función. De igual manera se fortalece la coordinación interinstitucional del Poder Ejecutivo Federal con los gobiernos de los estados.

Nuestra lucha contra el narcotráfico no ha cejado. Hemos llevado adelante la destrucción de plantíos en más de seis mil hectáreas, la aprehensión de más de 18 mil presuntos responsables de delitos contra la salud, y el aseguramiento de armas, naves y vehículos utilizados para estos actos ilícitos. Se han decomisado en 1990 más de 45 toneladas de heroína y cocaína base, equivalentes a 800 millones de dosis. El valor del mercado sería del orden de 120 mil millones de dólares. Nuestro compromiso de acabar con el narcotráfico es tan irrenunciable como firme es la convicción de que, en nuestro territorio, sólo los mexicanos combatimos este grave mal. Hemos hecho valer los compromisos jurídicos que dan seguridad a los procedimientos internacionales de ejecución de sentencias, de cooperación jurídica y de recuperación de bienes. En el combate al narcotráfico el gobierno continuará actuando decididamente; pero no basta su acción; se requiere de la participación de toda la sociedad para su eficaz combate.

Nos empeñamos en reforzar los sistemas de vigilancia y de control del gasto público y el comportamiento legal, honesto, eficiente, de la gestión gubernamental. Que los recursos fluyan, que las tareas se realicen, que las obras se terminen y sirvan a la población. Debemos reconocer el enorme daño que ocasiona la promesa incumplida, el servicio interrumpido, la edificación inconclusa. El apoyo de la población es insustituible para que esto no ocurra.

En materia electoral, el Congreso de la Unión ha aprobado un nuevo marco jurídico renovado integralmente. El acuerdo democrático que hizo posible la reforma de la Constitución y la aprobación del Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales constituye una innovación madura, un ejercicio político de altura. Por primera vez en la historia moderna del país, legisladores de partidos pertenecientes a todo el espectro político aprobaron las nuevas reglas electorales. Fue la iniciativa de los partidos políticos y el diálogo intenso, a veces apasionado, lo que hoy permite tener un instrumento perfeccionado para conducir la contienda electoral. Tanto en este Congreso como en la vida académica y en los medios de opinión pública, muchas ideas y propuestas se expusieron. Días, incluso noches enteras, fueron testigos de la fuerza del debate y, al culminar, de la fuerza de la razón. El 85% de los diputados federales votó por el Código. Cinco de las seis fuerzas políticas aquí representadas lo consideró, en su conjunto, superior al que nos regía.

La nueva legislación electoral es hoy derecho positivo y, por ello, a todos obliga. Crea nuevas autoridades en las que ningún partido, ni el conjunto de ellos, tiene primacía. Los nombramientos se sujetan a procedimientos y a requisitos objetivos, no arbitrarios. En el órgano superior, los consejeros representan a más de una fracción parlamentaria. Todos los partidos tienen representantes; se crea una nueva figura de consejeros magistrados que duran en su encargo ocho años para dar continuidad e imparcialidad a las decisiones. El nuevo Tribunal Federal Electoral tiene plena jurisdicción y sus resoluciones no podrán modificarse si no es por decisión de las dos terceras partes del Colegio Electoral, es decir, sólo mediante un amplio acuerdo entre las distintas fuerzas políticas. Los partidos tienen mayores prerrogativas y, también, más obligaciones. Se abre el capítulo de los delitos electorales. Se profesionaliza el servicio electoral. Se elabora un padrón totalmente nuevo, confiable, con cuya base se otorgarán nuevas credenciales para votar.

He cumplido con la obligación de enviar las propuestas para consejeros magistrados del nuevo organismo electoral y, en periodo extraordinario de la Cámara de Diputados, se aprobaron los nombramientos por mayoría calificada como lo establece la ley, es decir, los funcionarios electoral y los miembros del Tribunal Electoral fueron aprobados por legisladores de partidos políticos de la más diversa orientación. Se han realizado las acciones necesarias para crear y poner en funcionamiento las instituciones previstas en el Código. El gobierno ha destinado importantes recursos presupuestales para ello. Toca ahora a las organizaciones políticas, a las nuevas instituciones y a todas las autoridades federales, llevar a cabo la más estricta observancia de la nueva ley y promover la más amplia participación del ciudadano. El compromiso de todos debe ser con la transparencia del proceso electoral. Los resultados dependerán de la capacidad de cada organización política para convencer y para ganarse el voto de los mexicanos.

Durante el periodo que se informa se realizaron comicios constitucionales en 11 estados de la República, en los cuales se renovaron 517 ayuntamientos y 9 congresos locales. Los procesos electorales pusieron de manifiesto la vitalidad del régimen de partidos existente en el país. La democracia entraña el reconocimiento a la pluralidad y la competencia pacífica. La violencia es un recurso irracional que atenta contra la fortaleza de la nación.

El desbordamiento ocasional de las pasiones partidistas ante controversias electorales ha sido superado por la disposición de las fuerzas políticas al diálogo y a la conciliación.

3. RECUPERACIÓN ECONÓMICA CON ESTABILIDAD DE PRECIOS

Hace ya casi dos años nos propusimos consolidar la estabilidad económica y promover la recuperación de la actividad productiva. El Pacto ha sido instrumento fundamental para evitar el desbordamiento de la inflación y permitir su reducción. En 1989 el Producto Interno Bruto (PIB) aumentó poco más de 3%. A pesar de cierta pausa en el dinamismo económico durante la primera parte del año, en 1990 el crecimiento del PIB será, por segundo año consecutivo, mayor al crecimiento de la población. Si bien la inflación se mantiene en la zona porcentual de 20, significativamente por debajo de los niveles registrados en años anteriores, en 1990 será mayor que la proyectada. A principios de año se corrigieron los rezagos de precios que perjudicaban el desempeño fiscal y ponían en peligro el abasto de bienes indispensables. Pudimos haber ignorado esos rezagos y evitar el relativo repunte inflacionario que se observó en la primera parte del año. Pero preferimos ir a la raíz de los problemas para ampliar la viabilidad del programa económico en el futuro. Otra respuesta hubiera sido contraproducente.

En 1989, redujimos en términos reales el déficit fiscal a la mitad. En el primer semestre de 1990, aun sin considerar la reducción negociada del saldo de la deuda pública externa, el déficit fue nuevamente inferior en términos reales al del mismo semestre del año pasado. Al considerar la renegociación registramos un superávit financiero. De este modo, para 1990 se alcanzará la meta de reducir el déficit fiscal a cerca del 1% del PIB y lograremos el déficit más bajo en un cuarto de siglo. La disciplina fiscal constituye el ancla fundamental de la estabilidad económica.

La política tributaria ha buscado distribuir más equitativamente la carga fiscal al mismo tiempo que se establecen tasas más bajas, competitivas en el ámbito internacional. Se eliminaron los tratamientos privilegiados y las exenciones de que gozaban ciertos grupos de contribuyentes, ampliando la base en el Impuesto Sobre la Renta, al Activo y al Valor Agregado. Se simplificaron disposiciones fiscales y se agilizó el despacho de las mercancías en las aduanas. Los resultados han sido alentadores. En lo que va del año los ingresos tributarios, y en particular 91 Impuesto al Valor Agregado, han crecido significativamente. Los ingresos adicionales por exportación de petróleo favorecen aún más este resultado. Se amplían, así, los márgenes de la economía nacional aun cuando el programa de nuestro país no se basa en hechos fortuitos ni depende de ellos sino del quehacer decidido de todos.

Tal como se previó, la reducción de las tasas de interés, junto con la selectividad en la asignación del gasto público, permitió que fuera posible reducir, simultáneamente, el déficit y aumentar el gasto público en lo estratégico y socialmente prioritario. Continuamos reestructurando los subsidios para que sean selectivos y transparentes y para que beneficien a la población que más los necesita. La reducción de las tasas de interés es reflejo de las perspectivas favorables de la economía mexicana. La tasa de los Cetes a 28 días disminuyó de más de 47 puntos en marzo a menos de 27 a la fecha. En la actualidad, el ahorro de la población en las instituciones financieras alcanza casi el 40% como proporción del ingreso nacional, el más elevado que se ha registrado en la historia. Ello es el resultado de la confianza y no de una expansión excesiva del crédito del banco central.

Ha mejorado la eficiencia en la canalización de crédito para la inversión productiva. Sin embargo, México necesita un sistema financiero más moderno. Con ese propósito envié a este Congreso de la Unión las iniciativas de reforma al sistema financiero en diciembre pasado, y en mayo las propuestas para reformar los artículos 28 y 123 constitucionales. Sin demérito de su función rectora, el Estado deja así de desempeñar el papel de propietario mayoritario en las instituciones de banca comercial, al modificarse de raíz las circunstancias que explicaron, en su momento, la estatización de la banca.

Mi iniciativa se sustentó en la defensa de los compromisos profundos de nuestra Constitución: fortalecer las áreas estratégicas, parte viva de las convicciones populares, y cambiar para cumplir mejor con las responsabilidades de justicia que tiene el Estado. Por eso, sirve al interés nacional el restablecimiento del régimen mixto de la banca como lo estableció el Constituyente por más de 65 años. Un Estado excesivamente propietario, con tantos recursos inmovilizados en la banca, es inadmisible cuando existen tantas necesidades que atender. Ahora, esos recursos y los que ya no tendrán qué gastarse para modernizar los bancos, servirán a la estabilidad y darán respuesta a las demandas más sentidas de la población. Al mismo tiempo, el Estado refuerza la vigilancia de las nuevas instituciones financieras, y su capacidad para orientar el crédito.

Aumentó la certidumbre y la estabilidad en el mercado de divisas; por eso, se redujo el margen entre los tipos de cambio libre y controlado y bajó el precio de las coberturas cambiarias. La favorable evolución del mercado y la renegociación de la deuda externa permitieron reducir el deslizamiento del peso a 80 centavos diarios en promedio. Paralelamente, el índice del tipo de cambio real, según precios del productor, el más relevante para esta comparación, se ha mantenido sin mayor variación durante el año pasado y lo que va del presente. Nuestra competitividad se ha conservado. La importante depreciación del dólar norteamericano respecto a Europa y a Japón ha aumentado incluso los márgenes de ventaja de nuestras exportaciones.

En mi primer Informe indiqué que la negociación de la deuda pública externa era ya un hecho. Faltaba precisar la opción que elegirían los más de 500 bancos acreedores: reducción del saldo, baja de intereses o aportación de recursos frescos. Con la firma del acuerdo de reestructuración de nuestra deuda externa, el 4 de febrero pasado, el 43% de deuda elegible se orientó a la opción de quita del principal, el 47% a la disminución de intereses, y del resto derivarán aportaciones de dinero nuevo. La negociación cumplió con los requisitos que fijamos. Se han abatido las transferencias netas al exterior. El valor económico de la deuda histórica acumulada se ha reducido en más de 20 mil millones de dólares, y con ello ha disminuido lo que debemos en relación con lo que producimos. Su saldo en términos del impacto económico neto equivale a pasar del 60% del Producto a fines de 1988, a cerca de 40% en marzo de 1990. El carácter multianual de la renegociación de la deuda elimina la incertidumbre propiciada por las negociaciones periódicas.

La evolución de la balanza de pagos, en su conjunto, ha sido favorable: al ahorro en el servicio de la deuda y al incremento de los ingresos de exportación, favorecidos en el último trimestre por el alza de precios y del volumen exportado de petróleo, se sumaron la mayor inversión extranjera, el crédito externo y la repatriación de capitales. Ello determinó que no obstante el uso de 1 374 millones de dólares para la constitución de garantías en la renegociación de la deuda, y el pago de 1 336 millones de dólares de apoyos de autoridades financieras de países extranjeros, llamados créditos-puente, las reservas internacionales del país alcanzaron 8 415 millones de dólares al día de ayer. Todo ello está aconteciendo en un marco macroeconómico con fundamentos de una creciente solidez.

Este año se puso de manifiesto la inestabilidad de los precios del petróleo. A pesar de un buen inicio, las cotizaciones descendieron en mayo a niveles preocupantes. Por la crisis del Golfo Pérsico, los precios han mostrado un repunte sustancial. Reconocemos que los actuales son resultado de la incertidumbre en dicho Golfo y su futuro es indeterminado. Precios muy bajos propician el desperdicio entre los consumidores y desalientan a los productores; precios demasiado altos crean presiones inflacionarias y tendencias recesivas en los países más industrializados, lo que perjudica a todos y afecta nuestra capacidad de exportación. Por eso, promovemos la estabilidad del mercado petrolero y el nivel razonable de los precios. Mientras tanto, consideramos que los importantes ingresos adicionales que recibimos son de carácter transitorio y, como tales, no pueden destinarse a gastos permanentes. Los canalizaremos fundamentalmente a la consolidación fiscal y financiera. Los excedentes fortalecerán el programa de inversiones de Pemex para perforación y desarrollo, ya que conviene al país contar con márgenes para atender mejor las necesidades internas y abrir nuevas opciones de exportación.

La Comisión Federal de Electricidad ha mantenido sus programas de expansión, los cuales han permitido que la generación de electricidad aumentara más de 6% este año. La ampliación de la capacidad instalada permitirá que el número de usuarios crezca más de 6%. En materia de infraestructura se están construyendo más de dos mil kilómetros de autopistas concesionadas de cuota, cuidando siempre de que exista una vía libre alterna. Estas obras equivalen al doble de las carreteras de cuatro carriles construidas en los últimos 20 años. Al término de la concesión a los particulares, las carreteras serán propiedad de la nación. La participación privada ha permitido reorientar diversos recursos fiscales al mantenimiento y construcción de carreteras y, en este año, de más de 3 700 kilómetros de caminos alimentadores y rurales. En los ferrocarriles se ha impulsado la carga en los contenedores y redoblaremos las acciones para elevar su eficiencia. Se intensificaron los trabajos de modernización portuaria en los dos litorales. La iniciativa privada comprometió cuantiosas inversiones en terminales especializadas de carga, en muelles para cruceros en marinas y puertos turísticos.

La desregulación responde al espíritu que anima la reforma del Estado. Con el transcurso del tiempo se acumularon leyes, reglamentos y disposiciones que llegaron a constituir verdaderas barreras al desarrollo de la actividad económica, ya que algunas normas se habían vuelto obsoletas y otras eran abiertamente contradictorias. Así se eliminaron la exclusividad de rutas y otras reglamentaciones innecesarias en el autotransporte y, con ello, las tarifas descendieron, en promedio, un 25% y, en algunos casos, hasta el 50%. Se eliminaron las restricciones a las aerolíneas, se actualizaron convenios bilaterales y se negociaron nuevos acuerdos. Se fortaleció el marco regulatorio de Teléfonos de México antes de proceder a su desincorporación. Destacan, el crecimiento de 11% de la red telefónica, la nueva operación de la telefonía celular móvil, el avance de la red digital y el proyecto de fibra óptica que multiplicará significativamente la capacidad de las comunicaciones. El satélite Morelos I y prácticamente el Morelos II se emplean a toda su capacidad. Por ello, se diseñó una nueva generación de satélites.

Se modificó la ley aduanera para que los importadores y exportadores realicen más ágilmente sus operaciones. Se abrogaron los decretos que sobrerregulan las actividades industriales y comerciales de la masa y de la tortilla, de las industrias salinera, cerillera y henequenera. El primero para elevar la oferta, y los últimos para eliminar oligopolios. Se suprimieron los permisos de siembra y de exportación de hortalizas y frutas, así como los referentes a la comercialización del cacao, el azúcar y el café. Gracias a estas medidas los ingresos por exportación de café crecieron en un 70% y somos, en la actualidad, el segundo proveedor del mercado norteamericano.

Nuevas disposiciones promueven la especialización y mayores escalas de producción en la industria automotriz. En la industria de equipo de cómputo se facilita a los productores la incorporación de insumos nacionales y la especialización de su producción; así, los usuarios pueden ahora disponer de tecnologías modernas. Concertamos el programa de modernización de la industria farmacéutica, así como las medidas para eliminar gradualmente los permisos de importación. Promovemos la diversificación sectorial y geográfica de la industria maquiladora y su integración mayor a la economía nacional. Se estima que, en este año, el número de establecimientos de dicha industria aumentará 15%, y el personal ocupado 10%. Para elevar la competitividad en las franjas fronterizas y en las zonas libres, nuevas disposiciones impulsan el abasto de productos nacionales y sustituyen el sistema de cuotas por el de libre importación. La Comisión Mixta para la Promoción de las Exportaciones ha actuado eficazmente en la devolución del IVA en los primeros cinco días hábiles, en la eliminación de restricciones a la exportación ganadera, y al proporcionar información para localizar mercados en el exterior. Quiero destacar que el gobierno federal dará especial apoyo a los micro y pequeños empresarios, mediante un fondo revolvente libre de trámites que les permitirá acceder al financiamiento institucional.

La promoción de la inversión extranjera se apoya en las adecuaciones reglamentarias aprobadas durante el año pasado. El nivel alcanzado en proyectos aprobados y en los inscritos desde la publicación del reglamento en mayo del año anterior, asciende a cinco mil milones de dólares, cifra sin precedente. Además de atender a las perspectivas positivas del mercado interno, las empresas extranjeras encuentran en México una ubicación adecuada para exportar a los Estados Unidos y también a Japón. Por otra parte, para obtener más divisas, empleo y equilibrio regional, podemos y queremos ser una potencia turística mayor. Por eso hemos autorizado la sustitución de la deuda pública por inversiones en infraestructura destinadas a siete nuevos proyectos turísticos. Al vender propiedades, el FONATUR aumentó en 91% el financiamiento otorgado para la promoción turística. Se estima que, a la fecha, el número de paseantes extranjeros se ha incrementado en más de 7%, en tanto que el turismo nacional lo hizo en 4%.

Mi gobierno está empeñado en promover el progreso científico y tecnológico. Se busca retener en el país a nuestros técnicos y científicos; modernizar el aparato productivo y vincularlo con las instituciones de investigación. Se incrementó el presupuesto en un 20% en términos reales, y en 24% el total de los miembros del Sistema Nacional de Investigadores, quienes, a partir de marzo, vieron aumentadas sus percepciones de acuerdo con la evaluación de méritos que realiza el propio Sistema. En los institutos de educación superior se instituyeron becas para el desempeño académico. Con todo, no es aún suficiente. Necesitamos dedicar más recursos y contar con mayor participación y responsabilidad de la comunidad. Avanzar en la ciencia y en la tecnología es imprescindible para el bienestar de los mexicanos.

Superar los rezagos que afectan al campo es una de las más altas prioridades de la nación. Uno de los postulados fundamentales de la Revolución fue el de Llevar justicia social a los campesinos. Sin embargo, la situación en el agro mexicano es altamente preocupante. Existe una acelerada descapitalización, creciente minifundismo y una pobreza lacerante. Creo que es imprescindible que la nación encuentre soluciones dignas para la vida de los campesinos, formas de integración a la sociedad que respeten sus orígenes y sus tradiciones. Reconozcamos las realidades actuales. Hablemos del rentismo y de sus causas, de la parcela de tamaño insuficiente para sostener a una familia, del desempleo, para encontrar fórmulas organizativas para su superación, con pleno respeto a las formas constitucionales de propiedad. No podemos aceptar que la actual sea la condición que podamos brindar a nuestros campesinos. Del aumento de la producción y de la productividad depende no sólo la soberanía alimentaria del país, sino también el bienestar de los productores y de sus familias.

Avanzamos en la seguridad de la tenencia de la tierra y la atención a los campesinos. En el periodo del Informe se ejecutaron 583 resoluciones presidenciales que amparan un millón 250 mil hectáreas que se incorporan a la producción. Se firmaron 112 resoluciones presidenciales que dotan de 137 mil hectáreas a grupos solicitantes. Se expidieron 123 mil certificados de inafectabilidad agrícola y ganadera. Estamos distribuyendo cerca de 250 mil hectáreas de superficie, decomisadas a quienes las utilizaban en cultivos ilegales.

Empresas como Tabamex, Inmecafé, Pronase y Azúcar se encuentran en proceso de ser reestructuradas, liquidadas o transferidas a las organizaciones de productores. La participación de los sectores social y privado en estas actividades elevará el rendimiento del sector; también favorecerá la capitalización del campo y liberará recursos públicos para ayudar a los que menos tienen. Adicionalmente, estamos reformando el sistema de crédito al campo. Aquellos que pertenecen a zonas marginadas o corren altos riesgos de perder su producción por siniestros, serán atendidos, mediante el mecanismo de crédito a la palabra, por el Programa Nacional de Solidaridad. A los de bajos ingresos pero con potencial productivo se les dará financiamiento por medio de Banrural y del Ficart; a quienes se dedican a la agricultura, a la ganadería y a la silvicultura comercial se les apoyará por medio de FIRA y de las sociedades nacionales de crédito. Sabemos que en ocasiones resultaba más rentable provocar siniestros y cobrar el seguro que aprovechar al máximo el potencial productivo de la tierra. Agroasemex inicia sus operaciones y habrá de corregir los vicios de la anterior Aseguradora. Se han abierto espacios para que los aseguradores privados ofrezcan sus servicios en esta área.

El maíz y el frijol han permanecido en el esquema de precios de garantía y su comercialización se apoya por medio de la Conasupo. Los precios de garantía a los campesinos se han incrementado significativamente en términos reales y se han introducido diferenciales por calidad. Para los demás productos se llevaron a cabo concertaciones entre productores, industriales y comerciantes para adecuar sus precios al contexto de una economía más abierta. Asimismo, se desgravó la importación de insumos agropecuarios, y se amplió la participación del sector privado y social en la producción y en la comercialización de semillas mejoradas. Se ha avanzado en la rehabilitación de los distritos de riego con mayor participación de los agricultores: esta línea de acción, por sus grandes beneficios potenciales, es de la mayor prioridad.

Este año se cosecharán más de 25 millones de toneladas de los 10 principales cultivos, 14% más, en volumen, que el año pasado. Ello demuestra la fuerte capacidad de recuperación del sector cuando mejoran las condiciones de su entorno. Los resultados obtenidos nos alientan a redoblar el esfuerzo. Se garantizó el abasto de frijol por el éxito del programa emergente. Deseo destacar la notable respuesta de los campesinos y de los pequeños propietarios. Levantaremos la cosecha de maíz más alta de la historia. En maíz y frijol- alimentos básicos para la dieta del mexicano- nos acercamos prácticamente a la autosuficiencia, hecho sin precedente en los últimos 20 años. Este esfuerzo merece el reconocimiento de todos los mexicanos.

En materia pecuaria se ha fortalecido la producción de huevo y de carne, y se inició la recuperación de la industria lechera, cuyas importaciones disminuirán en 10% este año. Para incrementar nuestra superficie arbolada y contribuir al rescate de nuestras selvas tropicales, pusimos en marcha el Programa Nacional de Reforestación.

La pesca sigue presentando un crecimiento positivo. La acuacultura será más dinámica con la modificación de la Ley Federal de Pesca, que permite la participación de los campesinos y de la inversión privada en el cultivo de especies de elevado valor económico. Podemos recuperar nuestro liderazgo en esta rama. Canalizamos el crédito con mayor agilidad y oportunidad. Se unificó el gremio de los cooperativistas, dando una muestra de amplia madurez y de conciencia nacional. En el caso del atún redoblamos nuestro compromiso ecológico a la vez que defenderemos, con la razón, nuestras exportaciones.

4. MEJORAMIENTO PRODUCTIVO DEL NIVEL DE VIDA

4.1. LAS POLÍTICAS SOCIALES

El Estado se reforma para desencadenar la transformación social de México, ardua tarea en la que el tiempo nos impone la doble obligación del esfuerzo sostenido y la esperanza perseverante. No hay otro camino más que el del trabajo, el de todos, en todas partes, en todo momento. Cuando la economía se fortalece, cuando se multiplican las oportunidades y se reducen las diferencias, la nación se hace más soberana. Ello no acontece sólo por la mayor generación de riqueza; ni siquiera por una mejor distribución de ella. Reclama eso y más: una convicción y una emoción socialmente compartidas de que pertenecer a la nación significa hacer del destino general parte del propio. Ese es un compromiso ético y una responsabilidad política que el Estado en ningún momento puede soslayar.

La población del país se duplicó en los últimos 25 años. En marzo constatamos que somos más de 81 millones de mexicanos, el undécimo país más poblado del mundo, de acuerdo con los resultados del Censo General de Población y Vivienda. El levantamiento se realizó con la tecnología más avanzada para asegurar la máxima cobertura y calidad. Es, sin duda, el ejercicio censal más preciso en la historia de nuestro país. Es alentador observar que la tasa de crecimiento de la población ha disminuido al 2.1% anual, de acuerdo con estimaciones recientes. No obstante, la dinámica poblacional continúa siendo elevada. Sólo durante mi administración se sumarán 10 millones más de mexicanos, que agregarán sus demandas a las ya acumuladas. El reto es formidable y requiere de soluciones al crecimiento demográfico más efectivas y permanentes.

La respuesta social está en el empleo. Hoy podemos decir que se están consolidando las condiciones generales para un crecimiento perdurable. Mayor inversión significa oferta más abundante de empleos que, aunque todavía no son suficientes, es, a su vez, aliento a la productividad y mejoramiento de las percepciones salariales. En este contexto se inscribe la puesta en marcha del Programa Nacional de Capacitación y Productividad. También e! Servicio Nacional de Empleo se ha convertido en un enlace efectivo entre oferta y demanda, y en vínculo para la capacitación y para la incorporación productiva.

En los últimos dos años los salarios medios han crecido en términos reales, si bien no recuperan aún los niveles prevalecientes antes de la crisis. Los salarios contractuales, los más extendidos entre la población de la economía formal, se han venido renegociando de acuerdo con la situación propia de las distintas ramas y empresas. Los salarios mínimos, por su parte, han tenido una evolución menos favorable. Para elevar el salario mínimo real debemos, en particular, asegurar que no repunte la inflación. Hemos comprobado que los salarios han sido más favorables cuando la inflación ha sido baja que cuando los incrementos nominales han sido elevados. Por ello, el control de la inflación es no sólo un objetivo económico sino una obligación social.

La Junta Federal de Conciliación y Arbitraje fortaleció su función mediante la capacitación de personal y la unificación y difusión de criterios de resolución de demandas y emplazamientos a huelga. Cabe destacar que de los 5 600 emplazamientos que recibió la Junta entre noviembre de 1989 y agosto de 1990, sólo estalló el 2.4%, con un descenso de 47% en el número de trabajadores implicados.

El gobierno federal ha respondido a las demandas de sus trabajadores dentro de los márgenes disponibles. Se ha atendido en particular al magisterio, a los médicos y a las enfermeras. Dado que los maestros habían sufrido en años anteriores el mayor deterioro salarial, en lo que va de mi administración han recibido un aumento acumulado de 89%. Seguiremos buscando, mediante el diálogo, una mejoría en sus condiciones de vida para que puedan, a su vez, elevar la calidad de su alta tarea educativa.

Para un Estado justo las prioridades son las del bienestar social. La educación es uno de sus componentes y parte central de la modernización del país. Bajo los mandatos constitucionales buscamos sumar la dimensión productiva al espíritu que ha regido la educación mexicana. Requerimos estrechar los vínculos de los ciclos entre sí y entre la comunidad y la escuela. La educación será un elemento primordial que nos capacitará para salir al mundo fortalecidos y seguros de nosotros mismos.

Como resultado de la participación de maestros, de padres de familia, de profesionales, de intelectuales y de los diversos sectores de la sociedad, el Programa para la Modernización Educativa dispone ya de sus primeros resultados. Se formularon los programas de todas las entidades federativas, adecuados a las características plurales de nuestro país. Los servicios del Sistema Educativo Nacional se han extendido y diversificado en todo nuestro territorio. Sobresale el incremento anual de 8% en la matrícula de educación preescolar, en especial en el medio indígena.

En la política cultural se ha procurado la realización descentralizada y corresponsable de las tareas de preservación, estímulo y difusión del arte y de la cultura. Se han otorgado estímulos económicos a creadores reconocidos en diversas áreas artísticas, a jóvenes talentos, a intérpretes y ejecutantes. A la vez, se han apoyado 360 proyectos de cultura popular, pensados y realizados por las propias comunidades. Se canalizan recursos de particulares en las labores de conservación del patrimonio cultural. Para ampliar nuestros intercambios culturales promovimos festivales de calidad en el país, y en el exterior exposiciones de gran impacto, como la del Museo Metropolitano de Nueva York. Seguiremos revisando las estructuras administrativas excesivas y las rigideces de las instituciones oficiales de cultura. Esta es el área por excelencia de expresión libre, en donde ninguna burocracia debe frenar la creatividad.

México ha recibido una gran alegría y ha sentido valorado su lenguaje, su imaginación y su sensibilidad por medio de un excepcional poeta. El Premio Nobel hace justicia a su talento y derrama sus beneficios en nuestra literatura, en la estima compartida por lo que aquí nace, se nutre y se realiza. Sea este acontecimiento, además de un reconocimiento a Octavio Paz, un estímulo para todos en nuestro camino futuro.

Sigue siendo primordial para el Estado mexicano la elevación de la calidad de nuestros servicios de salud y de seguridad social. Se amplió la cobertura con la inauguración de hospitales y centros de primer nivel de la Secretaría de Salud, del Instituto Mexicano del Seguro Social y del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado. Se apoyó igualmente la acción de los procuradores de salud, parteras tradicionales y brigadas móviles y cirugía extramuros. Se han abatido las enfermedades infecciosas, y el brote epidémico del sarampión se controló desde mayo. Se propició la participación del magisterio y de la sociedad en el autocuidado de la salud. Con programas y campañas nacionales de inmunización avanzamos en la prevención de enfermedades. Este año se administraron 69 millones de vacunas.

La Comisión Nacional del Deporte ha extendido sus actividades con el fin de seguir ofreciendo opciones al desarrollo individual y social, en particular para la juventud. Se han creado ligas, construido y reconstruido canchas e instalaciones. Esta es una demanda sentida en los poblados y un ámbito privilegiado de participación de la comunidad.

Tenemos que reforzar las políticas de descentralización de la población, de los servicios y de las actividades productivas. La sola voluntad del gobierno no basta; se requiere de la efectiva incorporación de los sectores sociales y productivos. De ahí el impulso que se está dando a la creación y al fortalecimiento de corredores industriales, comerciales, turísticos y agropecuarios, y a la promoción de sistemas urbano-regionales que desahoguen a las zonas que registran actualmente alto grado de concentración. Se trata de propiciar una renovación de la vida urbana y una articulación mayor de los núcleos rurales dispersos que aún subsisten. Hemos elevado las coberturas de agua potable y de alcantarillado; nuevas reservas territoriales apoyan un crecimiento urbano más ordenado. Asimismo, se puso en marcha un programa especial para regularizar asentamientos en predios federales.

En la ciudad de México los compromisos que hemos asumido se vienen cumpliendo. Está ya en operación el Programa de Lucha contra la Contaminación Atmosférica que se complementará con nuevas decisiones respecto al agua y al control de desechos. Se reiniciaron las obras del Metro y se están cambiando todas las unidades de la Ruta 100. Se realizan nuevas inversiones cuantiosas para introducir drenaje y servicios en las colonias populares. Se han resuelto problemas graves en la regularización de la tenencia de la tierra. Se trabaja en programas de gran alcance social, orientados a proteger a la niñez. En procuración de justicia y seguridad, hay avances y se seguirá redoblando el esfuerzo. El nuevo impulso a la inversión pública y el mantenimiento de los servicios de la ciudad han sido posibles por la efectiva contribución de los capitalinos para mejorar las finanzas públicas del Distrito Federal. Sus habitantes han demostrado una gran solidaridad con las causas de la ciudad y un respeto a las normas mucho mayor al que algunos suponían.

La conducción pública respetuosa de la pluralidad, la responsabilidad de todas las fuerzas sociales y políticas y el importante papel que ha desempeñado la Asamblea de Representantes del Distrito Federal, han contribuido a crear un clima de respeto a los derechos humanos y al ejercicio pleno de las libertades. Es una razón de aliento saber que los capitalinos están encontrando respuestas a los más graves problemas de su ciudad.

La construcción de vivienda en nuestro país sigue estando rezagada. Una morada digna y decorosa es una de las demandas más sentidas de la población y es el sustento indispensable para mejorar su bienestar. Importantes esfuerzos ha realizado el Infonativ al entregar este año 70 mil viviendas y 15 mil créditos, el número más alto desde su fundación. El Fovissste ha redoblado su esfuerzo en beneficio de los trabajadores. Fonhapo y Fovi intensificaron su actividad. Apoyamos la autoconstrucción de vivienda con programas de abaratamiento de insumos, parques de materiales y centros de abasto. Continuamos simplificando el otorgamiento de licencias y permisos.

Nuestro desarrollo se desenvuelve en un proceso creciente de respeto al medio ambiente. Seguimos trabajando sobre prioridades, al tiempo que se funda una nueva relación de la sociedad con el entorno natural. De ahí el énfasis en el combate a la contaminación en zonas críticas, como la franja fronteriza norte, los principales puertos industriales del país y la zona metropolitana de la ciudad de México, donde está en marcha una acción integral. Este año se concluyó la primera etapa del programa de saneamiento de la cuenca Lerma-Chapala, y se continúa trabajando con intensidad lo mismo en el Lago de Pátzcuaro que en los ríos Blanco, Balsas y Coatzacoalcos. En todas estas tareas, además de nuestro propio esfuerzo, hemos contado con la cooperación técnica y financiera de Japón, de los Estados Unidos, de Francia, de Alemania y de otras naciones. Agradecemos su apoyo a todas ellas.

Mi gobierno ha sostenido acciones firmes para proteger los recursos naturales. En la selva lacandona avanzamos en la protección de sus núcleos vitales al tiempo que se consolidan esquemas de propiedad y de producción de quienes la habitan. Entramos también en un combate frontal contra el tráfico de especies y promovimos nuestra incorporación a la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Flora y Fauna. El compromiso ecológico de nuestro país se reafirmó al constituirse, el pasado 5 de junio, en sede del Día Mundial del Medio Ambiente.

4.2 EL PROGRAMA NACIONAL DE SOLIDARIDAD

La pobreza no es una fatalidad. Canalizamos más recursos y tenemos mayores oportunidades para enfrentarla. Está el mandato de nuestras leyes para erradicarla y existe el reclamo de la sociedad para hacer de la lucha contra la pobreza una prioridad nacional. Contamos para ello con una enorme capacidad productiva de imaginación e iniciativa en todos los mexicanos y está viva su tradición solidaria. Hay una voluntad nacional y una clara decisión del gobierno de la República para enfrentar la desigualdad, para combatirla con decisión y energía. Ese es el sustento del Programa Nacional de Solidaridad.

En México, la solidaridad es una realidad profunda entre las familias, en la vida de todas las comunidades. Es signo del carácter del mexicano. El gobierno de la República promueve, apoya y articula las corrientes solidarias de la sociedad y las instituciones que las practican. Se suma a ellas para enfrentar nuevas y más amplias tareas.

Solidaridad es ponerle un piso distinto al país: es la oportunidad de una nueva sociedad. Está surgiendo una manera diferente de hacer las cosas. La erradicación de la pobreza, desde luego, no puede confinarse a un programa de gobierno; es una tarea de la nación. Por eso el Programa recoge las propuestas de trabajo de los grupos participantes: los pueblos indígenas, los campesinos y los colonos populares; alienta y promueve su participación organizada. He realizado más de 46 giras de trabajo en los estados de la República y he visitado más de 300 comunidades y colonias populares. He establecido un diálogo permanente con los que menos tienen. Eso ha permitido que a los planteamientos que dieron origen al programa se haya agregado la experiencia en su ejecución. El paso de las palabras a los hechos se ha fundamentado en cuatro principios generales que rigen todas las acciones de Solidaridad:

El primero es el respeto a las iniciativas de las comunidades. Recoge demandas que se convierten en proyectos que- por modestos que parezcan- elevan su bienestar.

El segundo es su plena y efectiva participación y organización en todas las acciones del Programa. Las comunidades aportan recursos e influyen en las decisiones, en la ejecución y en la evaluación de las obras, creando una verdadera Contraloría social. Los intereses populares se reconocen y no se imponen soluciones desde arriba. La solidaridad suma sin sustituir a los participantes. El fortalecimiento de sus organizaciones con libertad y autonomía no se concede, se busca explícitamente.

El tercero es la corresponsabilidad. El Programa no ofrece nada en forma gratuita. Quienes participan en él no piden ni aceptan regalos; nuestro pueblo tiene mucha dignidad y sólo reclama apoyos para sus legítimas iniciativas. Nunca se ha exigido afiliación ni subordinación, y la población se ha beneficiado sin distingos. Estos son los hechos.

El cuarto es la transparencia, la honestidad y la eficiencia en el manejo de los recursos. El Programa opera con recursos presupuestales en el marco del combate estricto a la inflación, la cual es el mayor enemigo de los intereses de la mayoría. El Programa no otorga subsidios unilateralmente ni por tiempo indefinido. No genera relaciones de dependencia. La concertación es herramienta de trabajo permanente e irrenunciable. Con ella se combate la discrecionalidad, el autoritarismo y la burocratización. Normas rigurosas evitan aparatos administrativos excesivos, sin menoscabo del control. Los recursos se invierten en su totalidad, sin desviarse hacia otros propósitos. Así lo exigen las aspiraciones populares, que no aceptan que en su nombre se edifiquen instituciones rígidas, ajenas o distantes. No hay olvidados para el Programa. La aplicación rigurosa de estos cuatro principios nos resguarda del populismo y de su mal gemelo, el paternalismo.

Las acciones del Programa Nacional de Solidaridad se conciben como una inversión en la infraestructura física y social que por sus característica propicia la justicia y la democracia. Un lugar especial lo ocupa la impartición de justicia, que se traduce en seguridad y por ello incide sensiblemente en el bienestar. Todos estos planteamientos tienen ya clara expresión en hechos que pueden constatarse. Que algunos de esos hechos sirvan para ilustrar la dimensión y el sentido de la solidaridad.

En materia de salud, en 1990 se inició la construcción de 490 nuevas unidades médicas, la de cuatro hospitales generales y seis hospitales rurales; se concluirá la construcción de 16 hospitales regionales. Con ello, más de dos millones de mexicanos recibirán atención a la salud. En materia de alimentación y abasto, se establecieron en el campo y en zonas urbanas más de 1 700 nuevas tiendas. Se pusieron en operación 348 cocinas populares.

En materia de equipamiento urbano, más de 1 600 colonias populares del país y más de mil sistemas en zonas rurales contarán con el servicio de agua potable y drenaje, con lo cual este año tres millones de compatriotas dejarán de padecer el agobio de acarrearla desde lugares distantes, muchas veces en hombros y sin potabilizar. En todos los casos los participantes aportaron su iniciativa y su fuerza de trabajo, sin regateos, para hacerlo posible. Desde el inicio del Programa se han electrificado más de 3 500 colonias populares y comunidades rurales, dotando de este servicio a cinco millones de mexicanos. El esfuerzo adicional desplegado por los trabajadores electricistas permitió que en menos de 12 meses se introdujera el servicio eléctrico en Chalco y en Chimalhuacán, con una población equivalente a la de dos estados de la República.

En cuanto a teléfonos y correos, con el decidido concurso de sus trabajadores, en este año se está dotando de servicios telefónicos a más de 1300 poblaciones rurales de más de 500 habitantes, y con 31 mil casetas telefónicas tipo Ladatel y 33 mil aparatos convencionales a zonas urbano-populares, beneficiando a dos y medio millones de mexicanos. También, se instalan más de cinco mil expendios postales en colonias populares y más de 2 500 en comunidades rurales.

En este año se han entregado 450 mil escrituras en colonias populares por parte de la Comisión para la Regularización de la Tenencia de la Tierra y de los gobiernos estatales, lo cual, sumado a lo que se entregó el año anterior, resuelve el 45% de la superficie irregular que existía al inicio de mi administración. Con este soporte de seguridad se invierte en obras de infraestructura urbana como pavimentación, banquetas, plazas y espacios deportivos que responden al reclamo por ciudades más dignas, más humanas.

Regularizar la tenencia de la tierra urbana es un compromiso social del gobierno de la República. Queremos reconocer, así, los derechos legítimos e inaplazables del mundo urbano que nuestro desarrollo creó, y queremos poner una base de elemental justicia, seguridad y estabilidad para ese México nuevo que está ya entre nosotros. Ven os en estos millones de compatriotas que viven en nuestras colonias populares a los herederos genuinos de aquellos que por la posesión de la tierra hicieron la Revolución Mexicana. Les respondemos hoy como la reforma agraria les respondió a sus abuelos campesinos. Como señal de solidaridad y compromiso político, regularizamos en el marco del derecho la tierra urbana que habitan desde hace muchos años, la tierra en la que sueñan y en la que se empeñan. Queremos para el México que vendrá una estabilidad social de largo plazo equivalente a la que el reparto agrario sembró en su momento para todos.

En materia educativa, en menos de un año se han rehabilitado 16 mil 860 escuelas con una alta participación de profesores, padres de familia, agrupaciones de ingenieros y arquitectos, que sumaron sus esfuerzos para emprender esta urgente tarea nacional. Los ayuntamientos se hicieron cargo de la administración del Programa, en tanto que su ejecución quedó integramente en manos de los Comités de Solidaridad de cada escuela. Adicionalmente, se construyeron 12 mil nuevos espacios educativos para responder a demandas nuevas o insatisfechas.

La atención a la niñez encuentra un capítulo especial en el Programa. Hemos iniciado el apoyo a niños de familias de pocos recursos para asegurar que terminen su educación primaria, otorgando becas y despensas a un cuarto de millón de ellos. Hemos establecido, además, 450 nuevas lecherías, con lo que se incrementan en 50% las que existían al inicio de la administración, abasteciendo con leche subsidiada a casi un millón de niños. El DIF también ha reforzado su acción; atendió integralmente a más de un millón 250 mil personas en sus asilos, casas de cuna, casas hogar y campamentos recreativos. Asimismo, hago un reconocimiento a la labor, muchas veces callada, de miles de mujeres que son auténticas promotoras voluntarias del bienestar.

El Programa atiende, con la participación de los agricultores, a los jornaleros agrícolas que tienen severas deficiencias en sus condiciones de vida y de trabajo. También, mediante el Programa Mujeres en Solidaridad, impulsa tres mil proyectos que benefician a sus participantes como productoras, trabajadoras y administradoras del hogar. Se han incorporado a las tareas de solidaridad, con el apoyo de becas, 115 mil jóvenes egresados de instituciones de educación superior. Dichas becas les permiten cumplir con el servicio social en su sentido más profundo.

Capítulo especial lo constituye la atención a los pueblos indígenas. En 1990 se crearon dos fondos: el primero destinado al apoyo de su actividad productiva y el segundo a la protección y fomento de su patrimonio cultural. Ambos quedan totalmente bajo su administración mediante representantes electos, sin injerencias de autoridades ajenas, beneficiando a 50 grupos étnicos. Así se expresan el respeto y la corresponsabilidad, que son también muestra de confianza entre nosotros y en nuestro futuro.

Más de 400 mil campesinos que en 1 350 municipios del país cultivan tierras con baja productividad y en zonas de alto riesgo, han recibido apoyo del Fondo de Solidaridad para la Producción. Estos recursos se administran por los ayuntamientos y se entregan directa e individualmente a los productores. Se respetan sus decisiones. No se imponen patrones de cultivo ni paquetes técnicos; por el contrario, se impulsa la incursión en nuevas actividades que recogen la experiencia de los campesinos mexicanos. Al reintegrarse los recursos recibidos, éstos se quedan para la realización de obras productivas o de beneficio colectivo decididas por las propias comunidades. Este Fondo nos permite romper el pernicioso círculo que vinculaba al crédito agrícola con el siniestro y la cartera vencida, y hacía prosperar la corrupción, el ocultamiento y el paternalismo. De esta manera el Estado reasume con transparencia su apoyo a las zonas de alto riesgo y de extrema pobreza. Lo hacemos confiando en la palabra de los productores rurales.

En apoyo directo a los presidentes municipales, el Programa ha dotado de fondos a 1 426 municipios de 13 estados de la República para fortalecer su capacidad de respuesta a las necesidades urgentes de sus habitantes. Estos recursos se dedican por completo a inversiones avaladas por la comunidad y con su participación directa. Estas obras, casi siempre pequeñas, resuelven grandes necesidades de la vida cotidiana y atienden lo más entrañable de la convivencia diaria.

El Programa de Solidaridad se ejerce a lo largo de todo el año, pero buscamos estimular la participación de los diversos sectores al realizar la Primera Semana Nacional de Solidaridad. Durante ella hicimos efectivo el compromiso de “palabra ofrecida, palabra cumplida”. Fue una jornada que movilizó amplios grupos y sectores de la sociedad, mostrando que la solidaridad es una manera de ser de los mexicanos y no sólo un programa de gobierno. También fue una ocasión importante para evaluar los avances y los retos que tenemos que enfrentar. En total, se realizaron más de 50 mil actividades en las que participaron 10 millones de mexicanos. 

Solidaridad seguirá trabajando más para quienes menos tienen; lo hará con ánimo y carácter plural. El Programa está abierto a todos, sin necesidad de que cambien de bandera o de ideología. Los hechos lo demuestran. Sobre esa base hoy lo reitero. Respeto las críticas al Programa y las analizo con cuidado. Pido, sin embargo, que antes de rechazarlo visiten cuando menos una de las colonias populares o de las comunidades rurales o indígenas en las que se está aplicando. Convivan con los participantes; escúchenlos. Permitan a un grupo de mujeres relatar con orgullo cómo participaron en la electrificación ayudando a cargar un poste de luz por la ladera en que está ubicada su vivienda, o a los hombres describir cómo se organizaron para abrir la cepa por la que iría la tubería del agua potable; escuchen a una maestra relatar la forma como se organizaron para volver a dignificar su escuela, o a un joven colono señalar con claridad que el programa es suyo, no del gobierno.

Contemplen el brillo en los ojos de un niño que ya no necesitará de una vela para alumbrar el libro en el que estudia, o a un campesino mostrar orgulloso cómo cumplió la palabra empeñada al reintegrar los fondos que le fueron prestados. Acudan a la modesta vivienda en donde sesiona el Comité de Solidaridad, donde supervisan el ejercicio de los recursos y se ponen de acuerdo en las obras a ejecutar; compartan la sencilla pero emotiva celebración de una calle por ellos pavimentada, o la tranquilidad que da a una familia tener la escritura anhelada durante largos y angustiosos años. Participen en la movilización para elegir desde la base a los representantes de la comunidad; compartan la nueva cultura del respeto y la autoestima, de la dignidad y el orgullo de ser sujetos y no sólo objetos del cambio. Aspectos de la vida cotidiana que son comunes para la mayoría de los mexicanos y eran aspiración para muchos, hoy se vuelven realidad.

Hay mucho que aprender del pueblo mexicano. Hay que convivir con él, sentirlo más allá de la esfera propia de cada uno. Se sorprenderían del significado que para los mexicanos tienen las pequeñas acciones que son grandes realizaciones capaces de convertir el acto local en epopeya comunitaria. Es un orgullo servir como Presidente del pueblo de México.

C. MENSAJE A LA NACIÓN

HONORABLE CONGRESO DE LA UNION,

COMPATRIOTAS:

México ha tenido avances significativos. La economía se recupera y preserva su estabilidad. El sistema político, a pesar de todas las presiones a las que ha estado sujeto, ha mantenido el orden interno y logrado importantes realizaciones. La posición de México en el mundo es más respetada y de mayor prestigio. El problema social tan delicado que vive el país empieza a encontrar respuestas que evitan que se exacerbe. Se han tomado las medidas correctivas para proteger los derechos humanos, y el narcotráfico no ha puesto en entredicho a las instituciones. Sirva esta reflexión para confirmar la confianza en la capacidad del pueblo mexicano para salir adelante.

En México, podemos resolver nuestros problemas y contar dignamente entre las naciones. La circunstancia actual es muy diferente a la de hace tan sólo un par de años. Los términos de la competencia política cuentan ya con un nuevo marco legislativo, producto del acuerdo entre partidos. El diálogo domina la vida pública. Hay nuevas condiciones, arreglos y prácticas democráticas. Hoy, hemos dejado atrás los temas más graves de la crisis, como el de la deuda externa, y concentramos nuestra atención en los del crecimiento y la justicia. La solidaridad está llegando a las comunidades rurales e indígenas y a las colonias populares, despertando esperanza, participación y ánimo.

Se han profundizado las medidas de cambio estructural. El Estado confirma su reforma; con la desestatización de la banca, puede cumplir mejor sus obligaciones de justicia, concentrar sus recursos y atención en lo fundamental, abrir espacios a la iniciativa social. Entramos en conversaciones con los Estados Unidos y Chile para buscar un acuerdo de libre comercio que garantice la reciprocidad, y el acceso de nuestros productos, y que aliente la creación de empleo en nuestro país. Diversificamos nuestras relaciones en el exterior, subrayando la cercanía con América Latina, y estrechamos los vínculos entre todos los grupos sociales en el interior. México se está modernizando. Son cambios necesarios; son cambios bienvenidos.

La imagen que proyectamos al mundo es la de un país entregado a la modernización de sus estructuras. La de una civilización con raíces milenarias, que ha forjado una identidad orgullosa, decantada en el surgimiento de nuestra nacionalidad en los albores del siglo XIX, y reafirmada por la Revolución Mexicana y por un sistema consistente de vida social y política. Revolución e identidad son movimientos permanentes que acreditan nuestra capacidad de cambio.

Comprender lo que hemos realizado nos exige levantar la vista más allá de nuestras circunstancias personales y de grupo, para observar a la Nación en su conjunto. Ella es ahora más saludable y tiene más esperanzas que en el pasado inmediato. Hay conciencia de lo que falta por hacer, de los anhelos de muchos que aún queremos ver realizados. No hay triunfalismo pero tampoco angustia. Existe un razonable optimismo que cuenta con bases ciertas.

He escuchado en otras naciones- en Europa, en la región del Pacífico, en nuestro continente americano- que el nombre de México evoca no sólo las culturas grandiosas que nos precedieron, la elaborada historia de nuestro pasado, o la consecuente posición internacional del país. Hoy ven en México, además, una muestra del cambio viable y prometedor, un dinámico proceso de modernización que debe ser observado, un interlocutor serio para tratar los asuntos regionales y del futuro global. La razón está en que hemos logrado hacer realidad lo que nos hemos propuesto, pasar de las palabras a los hechos, cumplir lo que hemos comprometido. Es la nueva actitud abierta y segura del país que trabaja en su interior y busca oportunidades en la nueva configuración mundial.

El escenario internacional seguirá teniendo, en los próximos meses, elementos inciertos para todos. Permanece la inestabilidad en los mercados del petróleo, a la vez que se confirma el menor dinamismo de la economía norteamericana. Cuidaremos los recursos adicionales del alza del petróleo para protegernos de sus fluctuaciones futuras. Aseguremos el espacio convenido de intercambio con todos los bloques, para que el comercio internacional siga siendo benéfico para nosotros. Consolidar estos objetivos será una de nuestras prioridades externas.

Para construir una mejor democracia es vital el respeto a la ley y a los derechos humanos y la seguridad de poder decir y actuar en el marco de lo permitido legalmente. Está en manos de cada uno de los partidos políticos y de las autoridades el hecho de que la competencia electoral represente un verdadero avance para el país. En estos procesos, como en todos los campos, seguiré gobernando para todos los mexicanos. A través de los distintos niveles y canales, seguiré buscando un diálogo cada vez más maduro con todas las corrientes políticas. El proceso en sí ha sido ya útil para evitar que se debilite el esfuerzo común; lo mantendré como fórmula para reducir confrontaciones y construir entendimientos; para consolidar el clima de respeto y de ética política. Para todos es necesario tener claro el rumbo. Nada más riesgoso que  la confusión.

Tenemos que redoblar la disciplina y fortalecer los acuerdos que nos han permitido abatir la inflación. Mantendremos, por eso, un estricto control de las finanzas y del gasto público. Para lograr una inflación más baja el próximo año es necesario que las adecuaciones de precios se moderen y contribuyan a la estabilización permanente. Redoblaremos el escrupuloso cumplimiento del Pacto por todas las partes involucradas. Hay una exigencia de que dicho Pacto permanezca y de que funcione mejor. No podemos exagerar la importancia de disminuir el crecimiento excesivo de los precios. Es la condición necesaria para elevar el bienestar de los mexicanos y sostener la recuperación económica. Menos inflación en 1991 concentrará nuestra acción. Exigiremos el esfuerzo especial de productividad de las empresas públicas, en particular de las más grandes, por su impacto en la eficiencia general de la economía. Seguiremos desregulando las áreas en donde la mayor competencia signifique menores costos. Pondremos todo el empeño en estimular las exportaciones y en evitar la competencia desleal de las importaciones con la producción nacional.

Muchas acciones que se han iniciado para atender las necesidades de agua potable, de caminos, de electricidad, de escrituración y vivienda, de abasto y escuelas, deben culminar; otras más deben iniciarse a la brevedad. En particular, los centros de salud deben funcionar mejor y contar siempre con los medicamentos y el instrumental apropiado; brindar una atención de calidad, con calidez. Nuestros compatriotas, los que menos tienen, demandan legítimamente más y mejor, con mayor celeridad. Trabajaremos en especial por los niños, por su entorno, por su realidad y por su futuro, que es el nuestro. Vamos a hacer que el gasto público se dedique aún más al beneficio social, y que el Programa Nacional de Solidaridad cuente con más recursos para responder al ritmo que marcan los mexicanos. El compromiso es con el bienestar del pueblo. Así decidiremos el futuro por nuestra capacidad para enfrentar la pobreza y contrarrestar las tendencias a la concentración excesiva de la riqueza.

Pondremos todo el empeño en garantizar el más estricto respeto a los derechos humanos. En materia de justicia esta es la tarea más sensible y más importante. Con el instrumento de la ley, atacaremos la impunidad y la inseguridad. Tenemos que corregir las insuficiencias en la impartición de la justicia. Los mexicanos han expresado, de diversas maneras, su decisión irrevocable de vivir en una sociedad respetuosa de los derechos, trabajadora, responsable, decidida a ofrecer mayores oportunidades. Vamos a cumplirles.

MEXICANOS:

El nuestro no es el perfil de un país agotado. México es una nación joven, en movimiento. México es también una nación con densidad histórica, formada por civilizaciones que midieron su vida en siglos. El nuestro no es, por eso, un país improvisado. Articula el momento presente y la pujanza de una joven nación de 200 años con una población mayoritaria de niños y adolescentes, pero también con la memoria de muchas herencias en nuestra conciencia colectiva. Debemos sacar provecho del equilibrio que asume el vigor del cambio y la sabiduría que nos ha precedido. Este es el sustento para ver con claridad lo que exige de nosotros- de todos y cada uno- la defensa de la nación en el mundo del siglo XXI que está por abrir sus puertas.

El anhelo de constituir un pueblo libre, moderado en sus diferencias y en el que la ley esté por encima de todo hombre, ha significado para nosotros una lucha dolorosa. El destino de México es tan grande como su epopeya histórica. Vivimos tiempos distintos con el mismo orgullo. El bienestar de cada uno de nosotros no se logrará al margen de la fortaleza de la patria. La mejor defensa de la nación transita hoy, necesariamente, por el fortalecimiento cultural y productivo de todas y cada una de las regiones; de todos los estados de la República. Las acciones que he mencionado para el futuro inmediato son solamente muestras de lo que tenemos que hacer. No hay tiempo qué perder ni esfuerzo qué ignorar. En los hechos, esta es la convocatoria en la cual el trabajo rinde bienestar porque lo hacemos juntos y el beneficio es para todos. La nación pervive gracias a nuestro esfuerzo y a nuestro entusiasmo.

El nacionalismo mexicano tiene hoy nuevas vías. La soberanía ya no es algo rígido: tiene que asumirse como decisión. Su esencia, la justicia social, requiere de la dinámica económica. Esta no se logrará por sí sola; dada la creciente globalización de las relaciones comerciales del mundo, es indispensable una vinculación a los grandes centros económicos. Sin la interrelación el riesgo es mayor: la desintegración.

Estaremos, sin duda, sujetos a nuevas influencias y actitudes pero, ante ello, tenemos la fuerza de nuestra cultura y de nuestra identidad, probada ante los intensos procesos de comunicación que ya vivimos. Sólo saliendo al mundo aceleraremos internacionalmente la justicia y fortaleceremos a México. Una más decidida solidaridad entre nosotros será la que nos dé la energía para hacer valer nuestra soberanía. Soberanía y justicia no son producto fortuito. Responden a un plan y a un proyecto nacional. Los vientos del cambio solamente nos serán favorables si mantenemos el rumbo, nuestro rumbo.

Lo sabemos internamente; que se conozca bien en el exterior. En esta tierra ha existido y existe una nación de enorme resistencia y de grandes y probadas capacidades. El mexicano es un pueblo con carácter, con muchísima vitalidad. Por eso no hay reto que lo amedrente ni circunstancia que lo derrote. La nuestra es una auténtica nación; en ella está la base histórica y actual de la soberanía. Por eso tenemos confianza en nuestro destino y fe en que sabremos superar los problemas, por grandes o profundos que puedan ser.

Hemos dejado atrás el temor y el cansancio. Tenemos que mantener el esfuerzo, redoblar el trabajo, seguir actuando decididamente, sin renunciar jamás a nuestra identidad, manteniéndonos orgullosamente como país independiente en sus decisiones, soberano en sus leyes, con orden interno y con instituciones propias para la justicia. Hay una fe legítima en los mexicanos basada históricamente en la realidad de la nación. En lo que somos, fundamentemos ánimo y esperanza.

Demos la batalla por la justicia, razón profunda de nuestra historia, para que nuestra presencia en el mundo sea más eficaz y rinda frutos para los mexicanos. Vivamos nuestra democracia, y produzcamos más y mejor. Que lo que hacemos exprese nuestra libertad y que la libertad tenga un mejor sustento material. De libertades- no olvidemos- se trata esta gran nación. Como Presidente de la República mi única lealtad está con México y nada distraerá mi atención del objetivo de fortalecer a la nación y de hacerla más justa. Gobernaré para todos y seguiré trabajando más para los que menos tienen. Mi compromiso es indeclinable, y a mi voluntad la animan millones de voces en todo el país y el reconocimiento que en el mundo se les da hoy a todos los mexicanos. Esta es la modernización de México para construir su futuro. Con la solidaridad de cada uno de nosotros, lograremos que sea mejor que todo su pasado. Este es el tiempo de México. Juntos lo haremos realidad.

í Viva México !

Las verdaderas ideas

De pocos eventos se ha hablado tanto como del Encuentro de intelectuales convocado por la revista Vuelta con el título: “El siglo XX: la experiencia de la libertad”. Se ha aplaudido y criticado el modo de llevarlo a cabo y de dirigirlo, los invitados, los temas tratados y las conclusiones obtenidas. La nota que a continuación se presenta, elige las principales ideas que salieron a la luz en las once mesas redondas del encuentro. La selección y el orden no corresponden a dichas mesas y por supuesto que no están todos los temas tocados ni todos los involucrados, sino únicamente las ideas que reiteradamente aparecieron en el debate y los intelectuales que aportaron opiniones significativas al mismo. La información fue tomada de mis propias notas durante el evento así como de las respuestas que dieron varios de los participantes en las conferencias de prensa organizada de manera paralela al mismo. El material tan amplio y diverso que aquí se incluye así como la forma de organizarlo es sin duda una interpretación de quien lo armó, pero deja también espacio para que el lector pueda por sí mismo juzgar y encontrar la pertinencia de ciertos problemas y de ciertas líneas de pensamiento para lo que hoy día nos preocupa en nuestro país.

1. DE LA LIBERTAD

Paz: La libertad es una experiencia cuyo origen está en el acto de poder pronunciar un sí o un no, un yo quiero esto o un yo no lo quiero.

Bell: La libertad no es sólo decir sí o no. Ella se da en un contexto más amplio, de miedo o de confianza, de recursos y presiones internas y externas que sufre un país.

Manea: Para lograr la libertad debemos restaurar ante todo la confianza en las ideas y en las palabras.

Geremek: Cada época tiene su propio concepto de libertad. Hoy día se la define en función de lo que sucedió en Europa del Este. Polonia abrió hace diez años, en Dansk, el camino de los movimientos libertarios anticomunistas, cuando obreros de verdad se levantaron contra el partido del proletariado y su dictadura. Eso no significó la crisis del comunismo sino su muerte, significó abrir el camino de la libertad.

2. DEL FRACASO DEL SOCIALISMO Y LA MUERTE DEL MARXISMO

Revel: El socialismo fue la utopía de la sociedad perfecta que sin embargo terminó en la peor situación de la historia humana.

Bell: La derrota del comunismo según el experimento soviético se debió a que se quiso abolir la economía cuando aún no se había resuelto el problema del capital, es decir, que se aplicó el marxismo antes de pasar por una sociedad capitalista avanzada como el propio Marx afirmó que debería ser.

Kolakowski: La revolución bolchevique no surgió de las ideas de Marx sino de las anarquías del siglo XIX en Rusia y de las consecuencias de la primera guerra mundial. Después Lenin y Trotsky coincidieron con el marxismo y lo usaron, adaptándolo a su modo de ver las cosas.

Michnik: De una vez se debe dar por muerta la idea de que la clase obrera tiene la misión de crear una sociedad sin clases.

Paz: El marxismo fracasó totalmente como filosofía y, como en el caso de otras filosofías, hoy vemos su descrédito.

Castoriadis: El colapso se debió, más que a las ideas, a setenta años de no producir y a que no fue una economía planificada sino una burocracia restrictiva.

Córdova: Y además, no se puede olvidar que los autoritarismos ruso y cubano tuvieron que ver con el sitio internacional a que han sido sometidos esos países.

Colleti: No tiene caso discutir las razones, sino ver las consecuencias. Lo que importa es que el comunismo produjo un retraso económico que fue muy grave. La economía se dedicó a convertir a la URSS en una potencia mundial y no a resolver las necesidades de la gente.

Schmeliev: Las cosas se hicieron más para presumir que para producir.

Sánchez Vásquez: Lo que ha muerto es el socialismo real, pero no el marxismo. No podemos negar el carácter emancipatorio del pensamiento de Marx ni cancelar el proyecto socialista, porque no se puede cancelar el deseo de que terminen la explotación y la opresión.

Monsiváis: Seguimos creyendo en la necesidad de justicia social y en la necesidad del pensamiento utópico.

Bell: Todavía me gusta la palabra socialismo como conjunto de aspiraciones humanas de igualdad, dignidad y justicia.

Howe: Una cosa es el socialismo real y otra el socialismo como utopía emancipatoria. Este sigue siendo mi modelo, porque sigue vigente como opción democrática.

Rossi: Se quiere salvar la parte ética y moral del socialismo como si ellas pudieran separarse del fracaso de lo demás. Esto es un refugio nostálgico.

Alponte: Ahora es Weber quien se realiza y no Marx.

3. DEL CAPITALISMO COMO MODELO

Kolakowski: La naturaleza humana tiende hacia el capitalismo, ese es su camino normal, mientras que el socialismo y la planificación son inventos y no pueden por eso funcionar.

Castoriadis: Ni socialismo ni capitalismo son inventos, pues fueron instituidos socialmente, fueron aplicados.

Howe: Yo no acepto la idea de que el capitalismo sea el único camino ni de que éste sea resultado de la propia naturaleza humana. El mercado existía desde mucho antes que el capitalismo y este no tiene rostro humano, es cruel y competitivo, provoca pavorosas desigualdades y tiene problemas muy serios provocados por su forma de asignar los recursos, por el poder de las corporaciones multinacionales, y por otras muchas causas.

Castoriadis: Hacer la crítica a las economías estatizadas no nos libra de hacer también una crítica a la economía de mercado. El capitalismo no es la solución para llegar al progreso, es una sociedad sin valores que ha condenado a la humanidad y al planeta al suicidio y a la destrucción, nos están convirtiendo en seres que sólo viven para consumir y para ver televisión. Hay un vacío en la forma de vida en el capitalismo. Este no es la forma última de la sociedad. La democracia representativa y el libre mercado son fantasías, pues mientras la economía esté marcada por la política como hasta ahora, lejos estamos de lograr una sociedad verdaderamente democrática. Lo que necesitamos es una sociedad autónoma, es decir, con leyes hechas de manera responsable por los individuos y sin la dirección de ningún partido, de modo que haya democracia directa y que se pueda vivir en comunidad.

Bell: El capitalismo puede aplastar aspiraciones como la igualdad, la dignidad y la justicia, pues su lógica es la codicia y la inequidad.

Revel: Yo no veo el fracaso del modelo económico político liberal capitalista, pues así como la tierra es nuestro único planeta así el capitalismo con todo y sus deficiencias es el único camino.

Vargas Llosa: No es posible poner en simetría a los dos sistemas. Sin duda el capitalismo es criticable pero da más bienes, más libertad, más justicia social y más cultura, además de que permite criticar y disentir, mientras que el comunismo ha cerrado todas las salidas y ha destruido la riqueza, el pensamiento y los derechos humanos.

Monsiváis: Pero en América Latina el capitalismo fracasó en lo económico y en lo ético tanto como sucedió con el socialismo en Europa del Este.

Córdova: El tercer mundo es creación del capitalismo de los países industrializados.

Sánchez Vásquez: El embellecimiento del capitalismo que aquí se ha intentado hacer ignora la cruel realidad del capitalismo transnacional.

4. DE QUÉ ES MÁS IMPORTANTE, SI LO ECONÓMICO O LO IDEOLÓGICO

Kolakowski: El origen de los errores del socialismo está en la ideología socialista y lo económico fue el efecto de esto. Al pueblo se le presentó el sistema como inevitable y como si no hubiera lucha posible contra él. Ello condujo a la parálisis de la sociedad y a la imposibilidad de la disidencia. Y fue el descrédito de la ideología lo que llevó al derrumbe porque los cambios mentales son primero. Si durante el comunismo la gente no tuvo respuestas políticas esto se debió a que faltaban esos cambios mentales.

Geremek: Aunque nada funcionaba bien en Polonia, no sólo fueron las cosas materiales las que llevaron al derrumbe del socialismo sino una gran crisis de conciencia en la sociedad. Sánchez Vásquez: Claro que el cambio ideológico conduce a los otros cambios pero no es todo. Los intentos anteriores en Hungría y Checoslovaquia fracasaron no porque no existiera el deseo de libertad sino por el carácter mismo de la URSS como potencia y de esos países como sus vasallos. No se pueden desconocer entonces en el proceso actual, factores como la renuncia soviética a la política intervencionista y expansionista. Las revoluciones del Este son inconcebibles sin la perestroika.

Bell: No se puede analizar al socialismo solamente con base a la ideología. Es necesario ver históricamente cuáles limitaciones hubo en cuanto a los recursos: capital, tecnología, especialización y capacitación obrera, etc. Lo primero es resolver el problema de la economía, satisfacer las necesidades.

Sloterdijk: Hoy la economía está por encima de la política.

Heller: Somos un ser total y no sólo la economía nos rige. No podemos descuidar los valores sociales y los derechos humanos.

Villoro: Aquí se confunden dos niveles de la discusión porque buscar una sociedad eficiente y al mismo tiempo menos cruel es una contradicción. En lo primero no entran los valores y en lo segundo sí.

Vargas Llosa: Lo primero es la democracia. Ella es precondición al desarrollo económico, éste es resultado de aquella.

Geremek: No tenemos una cultura democrática. La libertad de mercado, la democracia y un poco de fraternidad son, como diría Braudel, el camino de la felicidad.

Alponte: Democracia no es sólo votar. Es algo más profundo. Las verdaderas democracias no permitieron el totalitarismo ni el fascismo.

Paz: La democracia es una cultura.

5. DE LA IMPORTANCIA DE LAS LLAMADAS “REVOLUCIONES GLORIOSAS” DE 1989 EN EUROPA DEL ESTE

Heller: Hemos visto el fin de la soberanía del partido y su sucesión por la soberanía popular, el fin de la guerra fría y el cambio del mapa de Europa y de la historia en general. Y ahora nos preguntamos si valió la pena el sacrificio, los veinte millones de muertos. Lo importante es sacar lecciones. Y la primera es reconocer que el totalitarismo es un asunto moderno y el anticomunismo es posmoderno, porque si antes se creía que era posible subirse al tren del progreso y sobrepasar todos los límites humanos, sociales y naturales con tal de lograrlo, ahora se sabe que ni es posible transformar ciertas cosas ni hay prisa ni ganas de sacrificarse para llegar al mañana. Ahora se quiere una vida cómoda y vivible. Es hora de abandonar los transcendentalismos, las ideas que quieran dar respuestas totales y totalizadoras, las que quieran modificar las formas sociales humanas y las que quieran imponer sistemas y nociones.

6. DE LOS PRINCIPALES PROBLEMAS ACTUALES

Paz: En el horizonte histórico han surgido dos nuevas constelaciones: la Comunidad Europea que seguramente va a ampliarse con las naciones centroeuropeas y las nuevas naciones del Pacífico cuyo centro es Japón. ¿Qué significa esto?

Bell: Lo más importante ahora es considerar algunos aspectos: el demográfico (Europa, Estados Unidos y Japón no tienen crecimiento demográfico y su población es cada vez más vieja mientras que América Latina, Asía y Africa tienen una población que crece mucho y demasiada gente joven a la que hay que dar alimentos, trabajo, servicios); los cambios estructurales en la tecnología y en el conocimiento (cuyo impacto en la economía mundial es definitivo de forma que el retraso de ciertos países amenaza su futuro pues la dependencia de los recursos naturales es cada vez menor. Por ejemplo, ya nadie necesita lo que Africa tiene para ofrecer) y la situación de desigualdad regional que es cada vez mayor en un mundo que tiende a la integración y que está dominado cada vez más por la economía (el capital, con todo lo que implica de productividad, eficiencia, innovación) y con Estados cuyo papel es cada vez menor. Estas cuestiones están produciendo importantes cambios en el mundo.

Sloterdijk: A mí me parece que el problema central es, en este momento y como ha dicho Gorbachov, construir la casa común para Europa. Y sin embargo, esto es complicado porque todo mundo está nervioso por lo que sucede con Alemania Antes Europa podía descansar mientras Alemania dormía pero hoy ya no.

Revel: Occidente tiene que colaborar con Europa del Este porque Europa es una sola y el futuro consiste en la interdependencia, en abolir fronteras económicas.

Schmeliev: Lo que necesitamos es que las cosas funcionen y con eficiencia, lo que queremos es una economía sana, gente sin hambre, respeto a los derechos humanos, evitar la violencia, resolver la pobreza.

Milosz: Las fronteras de ahora fueron resultado de una decisión arbitraria de Hitler y Stalin que se repartieron los territorios y obligaron a deportaciones masivas. Eso causó mucho sufrimiento, de modo que lo importante ahora es no volver a hacer ningún movimiento que signifique otra vez sufrimiento para la gente. Debemos vivir en Europa tal y como hasta ahora, no volver a modificar las fronteras.

Kornai: Hay mucha desconfianza respecto a las medidas gubernamentales y hay tensiones sociales, ¿cómo hacer así la unificación?

Castoriadis: La unificación es imposible. No es realista pensar en leyes comunes y en sistemas de defensa común; es sólo un deseo. Habría que saber cuáles fuerzas realmente tienden a la unidad y cuáles no, en lugar de contestar ideológicamente a una crisis ideológica.

Trevor-Roper: Estamos deseando una utopía pero las predicciones en la historia nunca se cumplen.

Paz: La historia es siempre irracional.

Korotchik: La unificación de Alemania, la unidad de Europa, son problemas pero, ¿y la posible fragmentación de la URSS?

Geremek: Se equivocan los que dicen que la URSS ya no existe. Sí existe y sigue siendo una superpotencia.

Ignatieff: Parece que el regreso a la Europa antigua es motivo de pesimismo. Todos preveen conflictos y al mismo tiempo se proponen construir una casa común. Europa ya era una unidad antes del bolchevismo que se extendía desde Vladivostok hasta Liverpool, y ya tenía los conflictos nacionales étnicos y religiosos a los que ahora tanto se teme. El verdadero problema es que se tiene desconfianza de la Unión Soviética a pesar de sus reformas.

7. DEL RENACIMIENTO DE LOS NACIONALISMOS Y LAS RELIGIONES

Wieseltier: En efecto, allí están otra vez los nacionalismos y las religiones. El imperio universalista ha sido derrotado y los nacionalismos sobreviven. Hay que dar gracias a Dios porque se terminó la secularización. Pero nacionalismo y religión son fenómenos muy distintos y entre más cerca estén uno del otro es más peligroso, porque entonces sacan lo peor de sí mismos. Los dos son caminos que niegan la heterogeneidad y la pluralidad, que privilegian al grupo y no al individuo, al pasado y no al presente, que no son tolerantes de las minorías y que siempre creen que tienen la verdad. Por eso su relación con la democracia es muy difícil. 

Paz: Vemos que se recuperan los temas morales y que aparecen el nacionalismo y la religión enlazados, como algo que junto con la lengua pertenece al mundo secreto y subterráneo de los humanos, que nada tiene que ver con las actitudes racionales. 

Trevor-Roper: La historia no ha pasado del cosmopolitismo a los nacionalismos. Hoy día hay que proteger a las nacionalidades como lo hicieron en su momento los imperios pues las pasiones que se liberaron ahora son las mismas que han estado presentes a lo largo de la historia.

Geremek: El nacionalismo y la religión han servido porque nos defendieron contra el afán asimilatorio y ateo del Estado que quiso aplastar toda cultura y lengua propias y que quiso creer que la patria sólo la conformaban quienes participaban en el comunismo. El nacionalismo nos ha servido para reencontrar la soberanía nacional, la historia propia, el sentimiento de comunidad que nos quisieron quitar. Y la iglesia, por su parte, fue un espacio de libertad pues se colocó del lado de la sociedad y ayudó no sólo a luchar sino también a construir algo.

Kolakowski: Lo que hoy renace son los odios y las tensiones nacionales porque se quiere la desintegración del imperio soviético.

Meyer: El problema es que la combinación de nacionalismo y religión conduce siempre a la guerra santa.

Heller: Es imposible negar el creciente chovinismo, las ofensas y arrogancias, el problema de la raza. Yo veo que quienes salieron del totalitarismo pueden ahora caer en los fundamentalismos.

Milosz: La religión es una gran fuerza. Lo nacional y lo religioso son los ejes de una búsqueda importante y de una recuperación de las tradiciones, pero se les debe separar de las tendencias derechistas.

Venclova: Pero ¿cómo lograr que esto no conduzca al derramamiento de sangre?

8. DE LA SITUACIÓN EN AMÉRICA LATINA

Merquior: Los años ochenta vieron la democratización del continente latinoamericano diez años antes que en el este de Europa y sin embargo, aún no podemos salir del subdesarrollo. La nuestra es una sociedad abrumada por la deuda y por la droga, incapaz de implantar un orden, con un Estado burocrático obeso y productor en lugar de un Estado promotor y proveedor de servicios sociales en formas modernas y eficaces. La integración ya no es un sueño bolivariano sino una necesidad histórica.

Vargas Llosa: Los países de América Latina pudieron elegir entre la riqueza y la pobreza y eligieron la pobreza, porque en su mundo de globalización y de disolusión de fronteras se fueron por el camino del nacionalismo económico y del Estado fuerte. Este es el momento del fin de los nacionalismos, económicos y de otros, que son los factores gravitantes en el subdesarrollo. No se saldrá del subdesarrollo si no se le añade libertad económica a la libertad política que ya ha echado raíces. Pero la democracia es aún endeble, los sistemas democráticos son imperfectos e ineficaces. Es necesario disminuir al Estado pero no hacerlo débil sino fortalecerlo para que pueda garantizar el cumplimiento de la ley, el funcionamiento y el equilibrio, así como evitar la corrupción. Y es que atrás de la pobreza hay un problema cultural. El progreso requiere hoy un cambio de mentalidad hacia el mercado, hacia la apertura, hacia la competencia y la iniciativa privada.

Aguilar Camín: Es cierto que la de los ochenta es la década de la democratización pero también es la de la pérdida de la prosperidad. Y ello se debe a que hemos permanecido aferrados al modelo de sustitución de importaciones que exige una economía cerrada y un Estado interventor, y que durante muchos años tuvo éxito y trajo progreso. Pero esto ya no funciona, ahora es necesario el crecimiento hacia afuera y la competitividad. América Latina no podrá incorporarse al mundo global si no cuenta con algunas libertades complementarias -yo las llamaría “civilizatorias”- para llegar a la modernidad: más acceso a los mercados protegidos de las naciones poderosas, más acceso a los capitales extranjeros y más acceso a la tecnología que está muy limitada para nosotros por fuertes intereses comerciales. Sin estos apoyos será imposible salir adelante, más aún, siendo que nuestra posición es cada vez más vulnerable por varias razones: la situación de Europa, la fuerza del Japón, la distensión militar mundial y el cese del terrorismo en el continente. Todo ello nos deja cada vez más solos con los Estados Unidos a los que les vamos importando menos, pues ellos son una democracia sólo para adentro y un imperio para afuera.

Paz: Los Estados Unidos nos necesitan a nosotros tanto como nosotros a ellos. Por eso deben hacer la autocrítica de su pasado e insistir en la modernización de América Latina. La lógica de la historia es ésta: modernización e integración en la economía mundial y en la cultura universal. Para ello se requiere de democracia. No seguir esta lógica nos haría otra vez víctimas de la historia.

9. DEL CASO DE MÉXICO

En México no hemos tenido dictaduras como en el resto del continente, sino la hegemonía de un partido. Si bien aún estamos lejos de la democracia y a pesar de que se violan las leyes y el Estado ocupa lugares en la economía que no le competen, aquí no se ha suprimido la libertad aunque se le haya manipulado y controlado. Hay sociedad civil y hay cultura, se ha reivindicado nuestro pasado y hoy día hasta tenemos oposición política.

Vargas Llosa: No creo que se pueda exonerar a México de la tradición dictatorial que ha asolado al continente. Al contrario, México es el caso de una dictadura perfecta porque está camuflada. El partido suprime la crítica, recluta y soborna a los intelectuales y no ha podido promover la justicia social. El nacionalismo se ha perpetuado y los símbolos prehispánicos y la retórica de izquierda han sido utilizados para sus fines.

10. DE LA SOCIEDAD DEL FUTURO PAZ

Kornai: A la libertad política debe corresponder la libertad económica. ¿Cómo lograr una transición con rostro humano? El problema ahora es cómo echar a andar el desarrollo económico y cuáles serán los costos sociales de los cambios. No hay recetas universales pero creo que lo primero es llegar a una sociedad de mercado. Pero ¿cómo lograr esto? La base es sin duda la propiedad privada y la libre empresa, pero para ordenar nuestra casa las reformas deben ser simultáneas.

Korotchik: El problema es lograr una sociedad abierta cuando se está acostumbrado a callar y se tiene miedo y desconfianza. Pero la apertura debe ser en todo, en lo económico, en lo religioso, en los medios de comunicación.

Colleti: El futuro no es problema sólo del Este sino de todos los países de la sociedad moderna La perestroika debe convertirse en el paso a la economía de mercado. No hay otro camino. Obviamente que el capitalismo no es la sociedad perfecta pero no existe una sociedad así y además él mismo contiene los elementos para autocorregirse.

Schmeliev: No hay otra opción que el mercado con todo y sus contradicciones, porque es sin duda el modelo más eficiente. Hay que financiar ahora la transición al mercado apoyando la propiedad privada, comprando el exceso de dinero con tasas de interés atractivas, reformando impuestos y liberando precios, dando estímulos e incentivos y consiguiendo capitales de afuera. Es fundamental hacer una reforma monetaria adecuada y tener una moneda convertible. Todo esto por supuesto que va a significar problemas para la gente, alzas en los precios y desempleo, pero es la única manera de salir adelante.

Kolakowski: Las reformas deben ir en el sentido de restaurar el capitalismo, lo destruido por el comunismo.

Komarek: El mecanismo de la civilización es el mercado, ir contra él dio lugar al sistema monstruoso contra los derechos del hombre y contra las fuerzas creadoras.

Semprún: La economía de mercado es la base para construir todo pues aunque cree desigualdades y desequilibrios tiene los mecanismos para corregirlos.

Paz: La economía de mercado es una forma de democracia social.

Castoriadis: El mercado no es la panacea, no es la solución a la existencia.

Heller: Lo que se busca en una economía de mercado no es darle sentido a la existencia (eso se busca en la religión y en la filosofía) sino una mejora en las condiciones de vida.

Vargas Llosa: La economía de mercado se basa en la ley y en la garantía que da el Estado de vigilar la competencia, y el equilibrio de evitar la corrupción y velar por la eficiencia. 

Komarek: De acuerdo que la vía debe ser la economía de mercado, pero ¿cómo se pasa a eso? ¿Por una reforma gradual? ¿Por una radical terapia de choque? Esta discusión no es sólo un problema técnico sino político y social, porque cada elemento que se introduce abre la puerta a fuerzas poderosas y a intereses materiales. Lo importante es crear simultáneamente los cambios en varios frentes: reprivatizar, liberalizar, soltar precios, descentralizar, colaborar con el capital extranjero, fomentar la competencia al interior e internacional, cooperar activamente en la administración y los servicios financieros, tener energía y al mismo tiempo flexibilidad.

Geremek: No se trata de una elección entre comunismo y capitalismo sino de encontrar un camino propio. La meta es construir una sociedad abierta en la que sin duda se implantará una economía de mercado, pero no queremos otra vez un camino decidido por otros aunque nos prometan que es el más seguro. No tendremos la democracia de la noche a la mañana, a pesar de las elecciones y el parlamento, aún tendremos que pasar por muchos conflictos en nuestra búsqueda por no vivir más en una sociedad cerrada y por buscar mecanismos y alternativas para resolver los problemas, pero así es y tenemos mucho que aprender. Esta es una transición llena de esperanzas y también de peligros.

Michnik: Se han terminado los estereotipos que niegan cualquier posibilidad de reformas o cambios al comunismo. Este se puede sin duda reformar, pero a un ritmo y a una velocidad propios, pues pretender acelerar el proceso es volver a pensar al modo bolchevique.

Colleti: Y entonces existe el peligro de ver otra vez, aunque invertida, la película de la colectivización forzada.

Córdova: Después de 1929 y con Keynes, se dijo que la economía libre llevaba al desastre y que se requería la intervención del Estado y a partir de los setenta se afirma que el intervencionismo estatal es culpable de los desastres. De la misma manera se ve el fracaso de la planificación en Europa del Este pero no se quiere ver el fracaso del mercado y la libre empresa en América Latina y todo el tercer mundo. Y en los dos casos, ambos tipos de economía están destruyendo el medio ambiente.

Cordera: El mercado es un instrumento, no un fetiche. Y de la misma manera, tampoco basta con la propiedad privada. Es necesario crear una clase empresarial capaz de organizar los factores de la producción, capaz de salirle al paso a la competencia y de saber enfrentarse a las crisis.

11. DEL PAPEL DE LOS INTELECTUALES

Paz: ¿Son necesarios los intelectuales en el jardín zoológico de Dios?

Feher: Sí, porque son aquellos que pueden dar puntos de vista sobre cualquier asunto social. El siglo XX ha sido el de los intelectuales, desde Heidegger, Sartre y Lukacs hasta los de Solidaridad y Foro Cívico.

Heller: Los intelectuales inventaron el socialismo y el capitalismo y Lenin inventó el totalitarismo y la exclusión del pluralismo. Pero eso ya pasó. Hoy día los intelectuales tienen que participar en la vida de sus países dando ideas a los actores del proceso que ellos tomaran o no según sus necesidades y posibilidades.

Semprún: Sin embargo la equivocación de los intelectuales y de las izquierdas en general de la primera mitad del siglo, y su papel lamentable tanto después del XX Congreso del PCUS como en Hungría 1956 y Checoslovaquia 1968, como por haber hecho siempre análisis falsos y no haber apoyado a las disidencias de Europa central y la URSS, es algo que tiene un costo político que aún hoy pagamos. Lo bueno es que ya ha desaparecido el intelectual orgánico y en su lugar ha aparecido el desorganizador.

Paz: Eso no lo quiere entender la izquierda latinoamericana. El marxismo en América Latina ha tenido gran influencia, en sus relaciones con el poder, en su silencio frente a ciertos acontecimientos, en su persecusión de los pensadores independientes, en su culto al caudillo y en su populismo.

Krauze: En América Latina los intelectuales han tenido una actitud religiosa e irracional.

Vargas Llosa: Los intelectuales europeos participaron activamente en la lucha por sociedades abiertas, por la libertad y contra el totalitarismo, mientras que en el medio intelectual latinoamericano todavía están dogmáticamente arraigadas las ideas viejas.

Monsiváis: En América Latina el daño mayor no lo hicieron los intelectuales de izquierda sino aquellos que estuvieron con el poder y que influyeron en la educación.

Revel: Si quitamos a los intelectuales que han apoyado a totalitarismos de derecha y de izquierda no queda mucho, pero esta discusión me parece escolástica porque lo que importa es qué deberían hacer ahora los intelectuales. Creo que deberían analizar el presente y no pensar en lo que va a ocurrir.

Castoriadis: El intelectual es también un ciudadano y tiene la responsabilidad de decir abiertamente lo que ve mal. Debe siempre mantenerse a distancia, ser crítico, atreverse a decirles a todos que están equivocados.

Héctor Aguilar Camín: México

Juan Ma. Alponte: México

Daniel Bell: EUA

Cornelius Castoriadis: Francia

Lucio Colleti: Italia

Rolando Cordera: México

Arnaldo Córdova: México

Ferenc Feher. Hungría

Bronnislaw Geremek: Polonia

Agnes Heller: Hungría

Irving Howe: EUA

Michael Ignatieff: Canadá

Leszek Kolakowski: Polonia

Waltra Komarek: Checoslovaquia

Janos Kornai: Hungría

Vitaly Korotchik: URSS

Enrique Krauze: México

Manea: Rumania

José Guilherme Merquior: Brasil

Jean Meyer: México

Adam Michnik: Polonia

Czeslaw Milosz: Lituania

Carlos Monsiváis: México

Octavio Paz: México

Jean Francois Revel: Francia

Alejandro Rossi: México

Adolfo Sánchez Vásquez: México

Nikolai Schmeliev: URSS

Jorge Semprún: España

Peter Sloterdijk: Alemania

Hugh Trevor-Roper: Inglaterra

Mario Vargas Llosa: Perú

Tomás Venclova: Lituania

Luis Villoro: México

León Wieseltier: EUA

Paisanos

El domingo 7 de octubre en la función nocturna de cine del canal 7, la presentadora nos dijo:

La película que veremos esta noche es Las dos vidas de Matías Pascal, basada en una obra de Pindarello…

Claro: es paisano de Cesare Paseve, Alberto Movaria, Gesualdo Bulaffino, Dino Buttazi e Italo Calnivo.

Escritura antigua

En su libro Ancient Literacy (Harvard University Press, 1989), William V. Harris hace una especie de lista, aunque dice que no exhaustiva, sobre los fines para los que se usaba la escritura en la antigua Grecia:

para indicar propiedad sobre una cosa

para llevar cuentas

para hacer ofertas de venlas mediante signos

para dar recibos

para etiquetar bienes o productos

para indicar pesos o medidas

para hacer contratos

para escribir cartas

para dar instrucciones a un subordinado

para hacer notas de información útil

para uno mismo

para hacer testamentos

para registrar convenios

para establecer estatutos legales

para lanzar un edicto

para difundir slogans políticos

para poner leyendas en las monedas

para emitir un voto

para registrar los procedimientos de un juicio

para registrar procedimientos oficiales

para compilar registros militares

para compilar listas de terratenientes, ciudadanos, etc.

para registrar una obtención de ciudadanía

para registrar manumisiones

para declarar un nacimiento o una defunción

para registrar nombres de magistrados

para ejercer o solicitar a la autoridad

para responder a peticiones

para anunciar entretenimientos

para honrar a una persona distinguida

para conmemorar la presencia de alguien

para conmemorar a los muertos

para dedicarle algo a un dios

para hacer público un calendario religioso

para anotar plegarias

para circular profecías

para apuntar una fórmula mágica

para maldecir a alguien

para transmitir una historia sagrada

para transmitir obras literarias

para transmitir compendios de información (libros de texto y similares)

para llevar a cabo ejercicios escolares.

La sociedad post-disidente

Milan Simecka es uno de los más destacados disidentes checoslovacos. Después de la invasión de las tropas del Pacto de Varsovia en agosto de 1968, Simecka perdió su trabajo como profesor universitario y le asignaron una serie de trabajos manuales hasta su jubilación. Desde entonces ha sido un asiduo y mordaz crítico del régimen totalitario en Checoslovaquia. Al cierre de la edición, recibimos la noticia de su muerte. Según el re porte del médico, en los últimos tiempos Simecka padeció un sentimiento de desazón del que aquí habla. Este texto fue una conferencia en mayo de 1990 en Bard College de Nueva York, bajo el título “La recuperación de la memoria”. La  conferencia se publicó en Lidové Noviny (Periódico Popular), Praga,  el 21 de junio de 1990.

En los últimos veinte años he escrito cinco libros y más de doscientos artículos y estudios de la más variada índole. Los escribía consciente de que mis trabajos nunca saldrán en mi propio país, o que yo no llegaría a vivir para verlos, que moriría antes de que cambiara nuestro mundo en Europa del Este. A muchos les sucedió. A pesar de eso, nunca había escrito con tantas ganas y con tanta despreocupación. Mis trabajos se iban a los talleres de ediciones y revistas de samizdat y a las editoriales en el exilio. De algunos de los libros yo mismo hice la primera edición con la primitiva técnica de copiado; copié treinta veces algunos artículos en la máquina de escribir.

En los años sesenta, cuando escribía para los periódicos y revistas y entregaba los manuscritos a los editores, no cabía en mi imaginación el que un escritor pudiera existir fuera del pintoresco mundo editorial, las máquinas tipográficas y la censura. Y sin embargo, fue precisamente en la segunda existencia cuando tuve las experiencias más genuinas como escritor, cuando encontré mis libros producidos de la manera mas inesperada en lugares que nunca hubiera sospechado, cuando recibía recados y reacciones y en el buzón encontraba cartas anónimas. Vivía una vida plena como escritor, a pesar de que mi nombre impreso aparecía solamente en conexión con algún libelo: con una mente clarísima escribía en una pequeña mesa de la cárcel, mientras que mis compinches de la celda, un ladrón de coches y un estafador de la propiedad estatal, jugaban dados. Conocía a mis lectores, no me apenaban, no les imponía ninguna mercancía. La mayoría era gente que pensaba como yo.

Hace dos meses, después de veintitrés años, salió un libro mío en una edición de 80,000 ejemplares. En unas semanas saldrá otro libro en una edición, para mi increíble, de 150,000 ejemplares. En eso no estoy solo: somos decenas en Checoslovaquia y cientos en toda Europa del Este. Tal pareciera que se nos cumplió un sueño que nadie imaginaria, que de pronto salimos de la oscuridad a plena luz; que los náufragos hemos llegado a un puerto feliz. Fui a la librería y me compré mi libro. Me senté en mi casa con el libro entre las manos, esperando que llegara la vertiginosa alegría del milagro, alegría de la satisfacción histórica y personal. Lo que llegó fue tan sólo una suave melancolía. Al parecer mis alegrías de escritor ya pasaron. Sentí la alegría, casi la euforia más grande, hace doce años al hojear una obra mía producida en forma de samizdat que sacó mi amigo, el escritor Ludvik Vaculík. En la primera página había una foto mía en un jardín. Mi mano izquierda va desapareciendo en el libro y reaparece de nuevo hasta la última página en donde descansa sobre el hombro de Vaculík. Vaculík envía señales a los lectores de las oficinas del servicio secreto: si por este libro querían encerrar a Simecka tendrían que encerrarlo a él también.

Utilicé este ejemplo sólo para explicar que la transición de la disidencia a la ciudadanía normal no carece de trampas y no es tan emocional y unilateral como lo parece en las pantallas de la televisión. Veinte, treinta, o cuarenta años de exclusión de condiciones que aparentan normales, en las que la gente se casa, tiene hijos, muere, y la suerte de la cultura y del pensamiento independiente los hace encogerse de hombros, es un tiempo demasiado largo para una vida humana. Muchos de nosotros nos pusimos otro ropaje moral y ahora nos es difícil quitarlo. Es que el golpe, sobre todo en Checoslovaquia, llegó tan repentinamente, que quizá mucha gente no es capaz de percibir el alcance histórico de todo el derrumbe en Europa del Este. En Hungría, en Polonia y hasta en la Unión Soviética han tenido un periodo preparativo más largo; en Polonia, por ejemplo, casi se borró el antagonismo entre la cultura oficial y la disidente. En Checoslovaquia el abismo estuvo abierto hasta el último momento.

Se dice que hasta hace poco había tres culturas en Checoslovaquia: la oficial, la disidente y la del exilio. Yo no propagué esa división; creo que había solamente dos culturas: la libre y la cautiva. La cultura disidente era libre, aunque el régimen, el estancamiento histórico y la decadencia en general fijaban su temática. Todo lo permitido era considerado no libre: por ejemplo, de la literatura desapareció la historia de nuestro país, su trauma más grande en el año 1968, etc. Los personajes de las novelas se movían en un mundo ahistórico, exclusivamente personal, como si vivieran en los Estados Unidos después de la guerra de Vietnam pero sobre la que era prohibido escribir.

Cuando digo que la cultura de los disidentes era libre, parto de mi propia experiencia. Las limitaciones que respetaba provenían de las convenciones culturales comunes; por ejemplo, no utilizaba palabras vulgares. No puedo juzgar la carga de la falta de libertad que tuvo que soportar aquel que decidió a toda costa participar en la cultura permitida. De nuevo, hoy puedo juzgar solamente cuánto ha disminuido el espacio de la libertad, cuando desapareció la vieja división y hay libertad para todos. Me siento a escribir y me dan calambres en las manos cuando me doy cuenta que la impresora multiplicará todo lo que escribo para un millón de lectores. Tardo tres veces más en escribir una página, pienso en no perjudicar la revolución, en no afectar a los amigos que ocupan altos puestos y en no provocar una reacción imprevista en los lectores. Eso se lo digo a ustedes en América, pero si en la página del periódico plasmara toda mi ira por las reacciones degeneradas de mis conciudadanos frente al degenerado sistema, si diera salida a mi desesperación por la pequeñez que veo florecer a mi alrededor después de que cada tonto obtiene la palabra, causaría indignación.

Naturalmente entiendo que todo eso ya fue parte de los cambios que tanto esperábamos y a los que contribuimos con todas nuestras fuerzas. Hablo de la nostalgia disidente para demostrar que la nueva era de la cultura post-disidente no dejará de ser problemática. Sé que no hay otro camino; todas las corrientes de cultura viva tienen que unirse en un solo cauce de cultura plural, tal como ocurre en cualquier sociedad libre del mundo. Cuando en los próximos años se gaste toda la inversión lujosa de la cultura disidente, acumulada en los últimos veinte años, vendrá el equilibrio. La cultura disidente tuvo un carácter exclusivo, se limitó al más importante espacio moral y no tuvo que dedicarse al contorno amplio de la música pop, la televisión, el entretenimiento, la cultura comercial. El exclusivismo de esta cultura bajará al terreno común, donde todos tendrán la misma oportunidad de trabajar la historia de los últimos cuarenta años, rica en tragedias y cosas grotescas. Quizá los que trabajarán esa historia será gente que no tuvo ningún compromiso moral. Eso nadie lo sabe.

Está terminando la era de respuestas claras a preguntas claras, la era en que la verdad estaba en la calle y bastaba tener el coraje para recogerla. Ahora todo es más complejo de lo que nos pudo parecer. Hasta ahora nuestra cultura está intocada por la comercialización, pero eso también cambiará y tengo curiosidad de saber cómo se reconciliará esa cultura con la conciencia cultivada durante cuarenta años de ser únicamente la conciencia de la nación. El ornamento pulido por el régimen comunista tendrá que ganarse su nicho.

Después de la primera euforia, la revolución en Checoslovaquia se está acercando cautelosamente a los riesgos de la libertad. La cultura disidente, que surgió de la invocación de la libertad como el supremo valor humano, está aceptando los riesgos. Es que todo es mejor que la pesada inmovilidad en la que permanecían Checoslovaquia y sus naciones. Es tal vez lo único indisputable en la sociedad post-disidente.

Traducción de Daniela Grollová

Un pájaro

En el mismo ejemplar de la revista esotérica Destino se publicó la siguiente carta de un lector puertorriqueño, con una nota de la Redacción:

PAJARRACO EN PUERTO RICO

Quisiera que escribieran algo acerca del pajarraco que encontraron en Puerto Rico, con cabeza de cobra y que por la noche cambiaba las plumas por escamas. Fue encontrado en el pueblo de Gurabo y acudieron a observarlo biólogos de todas las universidades de Puerto Rico.

Nota de la Redacción: No hemos tenido noticias al respecto. Agradeceríamos cualquier información que nos permitiera investigar adecuadamente el asunto.

Nota de Plinio El Viejo: Nadie es imposible.

Nota de J. L. Borges. Inquirir en las extrañas cualidades del Pájaro de Gurabo, fatigar su escabrosa anatomía y el enigma de sus mutaciones nocturnas es, nadie lo ignora, un lugar común de la biología puertorriqueña. Viajeros fidedignos afirman…

La Argentina de Borges y Perón

Memorias del fin del mundo

Tomás Eloy Martínez. Escritor. Autor de La novela de Perón. Este artículo apareció en el número 3 de la revista Claves de razón práctica, junio de 1990.

…alguna vez tuvimos una patria -¿recuerdas?- y los dos la perdimos.

Jorge Luis Borges

Oigo decir que Borges es el principal responsable de las desdichas argentinas. ¿Jorge Luis Borges?, pregunto sorprendido. “Sí, Borges”, responde un viejo profesor de literatura. “Toda su obra es una letanía sobre la inexistencia de la realidad. Durante años, Borges repitió que nada existe y que los hombres somos un sueño. Tanto lo hemos oído, que ya no sabemos mirar la realidad de frente”.

La historia del último medio siglo en la Argentina es, en el fondo, la historia del duelo a muerte entre Borges y Juan Perón. No sólo fue un duelo abierto, casi físico, entre el escritor que se negaba a nombrar a su enemigo y el dictador que desdeñaba a Borges llamándolo “ese pobre viejito ciego”. Era también un duelo más hondo, más secreto, por prevalecer en la imaginación argentina. La frase favorita de Perón era un pleonasmo: “La única verdad es la realidad”. Borges, que descreía de la realidad y de las verdades únicas, debió sentir aquella afirmación como un insulto. “El peronismo es una cuestión que ya debía estar desterrada”, le dijo a V.S. Naipaul una tarde de 1972. “Si los periódicos guardaran silencio y se olvidaran del monstruo, hoy no habría peronismo”.

En la Argentina siempre hay un culpable para los males infinitos que aquejan a la nación: el culpable, para Borges, era Perón. Para Perón, en cambio, los culpables fueron muchos, e iban mudando de rostro según el humor del momento. En 1945 el culpable era Spruille Braden, embajador de los Estados Unidos en Buenos Aires. Con el lema Perón o Braden, Perón conquistó la presidencia en 1946. Después, la culpa de las catástrofes se atribuyó a “los oligarcas”, a los disidentes, a los universitarios, y también a Borges, cuya madre y hermana fueron encerradas por la policía del régimen en una cárcel para prostitutas. Más tarde, en 1955, cuando lo derrocaron, Perón declaró que la culpa era de “los militares vendepatria”. Luego añadió otros nombres, castas, siglas, ciudades, familias. En un momento dado, sólo unos pocos Leales no figuraban en las listas negras de Perón. Borges, en cambio, se mantuvo siempre fiel a lo que había dicho: el único responsable era “el dictador que no podía ser nombrado”.

Hasta Gabriel García Márquez tuvo una teoría sobre las calamidades argentinas. En 1967, cuando viajó a Buenos Aires para el lanzamiento de su novela Cien años de soledad, solía despertarse ahogado en medio de la noche. “No puedo más”, decía. “En este confín del mundo el atlas me pesa demasiado sobre las espaldas”. La fama de García Márquez crecía entonces en Buenos Aires de manera visible, sensorial: se la podía tocar, oler, estaba en el aire. Pero él no parecía feliz. Vagaba por la ciudad con los hombros hundidos por la melancolía: “Esta ciudad está demasiado lejos. Llegas y es como si ya no tuvieras mundo adonde escapar”. No volvió jamás. En marzo de 1990 viajó a Santiago de Chile para celebrar el regreso de la democracia. Un amigo lo invitó a cruzar la cordillera de los Andes y pasar un par de días en Buenos Aires, donde había nacido su celebridad. “No gracias”, dijo. “Tolero muy bien México, a pesar de la polución y de la altura. Pero en Buenos Aires, donde el aire es limpio, me asfixio”.

La decadencia argentina es uno de los más extravagantes enigmas de este siglo. Nadie entiende qué pudo pasarle a un país que en 1928 era la sexta potencia económica del mundo y que de pronto, en seis décadas, quedó sepultado cerca del quincuagésimo lugar. El enigma es tentador para los sociólogos, y las respuestas abarcan ya varias bibliotecas. Pero nadie parece dar en el blanco, acaso porque la respuesta no es una sola y porque lo que se busca es un culpable, o muchos, en vez de averiguar primero si hay una culpa.

¿Hay una culpa? El presidente Carlos Menem, discípulo de Perón cree que hay una Gran Culpa: la memoria, el rencor, la resistencia a olvidar. “Ya el pasado nos ha enseñado todo lo que podía enseñar”, dice. “Ahora debemos mirar hacia adelante con los ojos fijos. Si no aprendemos a olvidar, nos convertiremos en una estatua de sal. Sin embargo hace ya tiempo que la Argentina ha olvidado. Aparte de las tenaces Madres de la Plaza de Mayo y de las diezmadas organizaciones de derechos humanos, casi nadie habla de los asesinatos alevosos de la última dictadura militar, que se prolongó hasta 1983. Las torturas, los secuestros de años, la usurpación de bienes de los prisioneros, todos son recuerdos que han pasado de moda. La televisión han regresado los periodistas que glorificaron el terrorismo del Estado militar y la guerra de las Malvinas. El triunfador de todas las elecciones de Tucumán -la más pequeña y extraña de las provincias argentinas, situada a ochocientas millas al noroeste de Buenos Aires- es el general Antonio Bussi, que hace trece años fundó los campos le concentración más letales de la dictadura. Los taxistas y los camioneros añoran los “buenos tiempos de la mano fuerte”. Dureza, sí, pero por la derecha -se oye decir en los corrillos callejeros-: dureza por la vía ilegal, sin clarines de guerra ni proclamas militares. Los autoritarios de antaño han vuelto,bañados por el agua lustral de la democracia.

La Argentina ha olvidado todo, salvo grandeza que alguna vez tuvo. El recuerdo de esa grandeza la atormenta, la ciega. Hasta los que se rebelan contra toda forma de nostalgia piensan que la perdida grandeza volverá, tarde o temprano. Si alguna vez fuimos “eso” -dicen-, ¿por qué no podemos ser “eso” otra vez?

La Argentina tardó veinte años en caer, y lleva ya cuarenta sin poder levantarse. En 1946, cuando Perón llegó al poder, pasó una mañana entera caminando entre lingotes de oro, en los pasillos de la Casa de la Moneda, sin que le alcanzara la mirada para abarcarlos a todos, porque los lingotes seguían entrando infatigablemente por una boca de mármol que copiaba la cabeza de una vaca. En 1948, el país aún tenía más teléfonos que lapón e Italia y más automóviles que Francia. Casi en seguida comenzó el declive. “Perón dilapidó aquellas riquezas”, dice el ex presidente Raúl Alfonsín. “Las distribuyó con demagogia y ordenó mal las prioridades de inversión. Así desaprovechó la mayor oportunidad que tuvimos de lanzarnos a un proceso definitivo de desarrollo”.

Embriagado por la sospecha de que las riquezas nunca terminarían, Perón embarcó al país en un fastuoso programa atómico. Contrató a un ignoto físico alemán, Karl Richter, y le encomendó la construcción de una central nuclear en la Patagonia, entre los lagos de los Andes. En febrero de 1951, Perón anunció al mundo que ya poseía la técnica necesaria para lograr reacciones termonucleares controladas, y que como sus objetivos eran pacíficos, pronto se vendería “la energía líquida en botellas de litro y de medio litro”. Estalló una carcajada universal. Borges y los antiperonistas -cuyo número crecía velozmente- se sonrojaron por aquel paso en falso, que pasó a la historia como El Gran Papelón Argentino. Perón soñaba con la grandeza, pero la pequeñez ya estaba paseándose por las calles. El número de automóviles, que una década atrás había sido de 27.8 por cada mil habitantes, se redujo aquel año a 18.1. No había trigo en los silos y se comía un pan gris, de ceniza. El salario real de los obreros industriales cayó un 20 por ciento en menos de tres años. Evita, la esposa de Perón, murió en ese momento inoportuno de un cáncer de útero. Sin nadie que se ocupara de las dádivas a los pobres, la imagen de Perón se disolvió como una mariposa de verano. Se hubiera desvanecido para siempre si un golpe militar, al que Borges siempre llamó Revolución Libertadora, no lo hubiera apartado providencialmente del poder.

Condenado al exilio, a la resistencia, a la muerte civil, Perón se convirtió en un mártir. El nuevo gobierno militar hizo lo que Borges predicaba: prohibió el nombre de Perón en los diarios, en las radios, en los libros de historia, como si jamás hubiera existido. La realidad desapareció, el pasado se volvió sueño. Desde la distancia -Caracas, Santo Domingo, Madrid-, Perón se apoderó del tiempo que nadie reclamaba y lo colmó de ilusiones. Como estaba fuera del poder, nada le parecía irrealizable. Hasta los que habían sido sus enemigos pensaron que podría volver y convertirse, una vez más, en el salvador de la patria.

Tiempo atrás, Borges había escrito que la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas. Son también unas cuantas metáforas las que podrían explicar el aciago destino de la Argentina. Una de ellas es el eterno duelo entre Borges y Perón. Las otras, que se remontan al origen mismo del país, se alimentan de necrofilia, intolerancia, espíritu faccioso, desdén por la naturaleza y de la tenaz pasión por expulsar a los que se ama.

¿Quién en la Argentina no se ha sentido expulsado alguna vez: por la soledad, por la miseria, por las amenazas de muerte, por la perturbación de despertar cada mañana en el confín del mundo? Hacia 1951, el escritor Julio Cortázar sintió que lo expulsaba el peronismo y emigró a París, de donde jamás regresó. En 1955 fue Perón el que partió, expulsado por sus antiguos camaradas de armas. Veinte años después, José López Rega, el adivino delirante que servía como secretario de Perón y de su esposa Isabelita, dictaba órdenes cotidianas de expulsión a diputados, actores, periodistas y cantantes sospechosos de profesar el “judeo-marxismo”. El que no marchaba, desaparecía. Los militares que lo sucedieron convirtieron la manía de expulsar en un frenesí y desparramaron a más de trescientos mil argentinos por el mundo.

Borges, que había sobrevivido a todos esos desaires de la suerte, se dejó vencer por un incomprensible movimiento del alma, y meses antes de morir, también el partió. En incontables poemas y cartas había deslizado la misma letanía: “Me enterrarán en Buenos Aires, donde he nacido”. Pero cuando sintió en su cuerpo el aguijón de un cáncer irremediable, se fue a Ginebra sin despedirse de nadie.

Partir es contagioso en la Argentina. Todos los años, desde que comenzó la decadencia, veinte mil a treinta mil jóvenes universitarios abandonan las llanuras enfermas de vacío. ¿Por qué, por qué?, preguntan los desconcertados sociólogos. ¿Es qué se ha extinguido la fe o, más bien, es el país lo que se está extinguiendo? Antes del amanecer, los jóvenes montan guardia ante los consulados de Italia, España, Canadá, Australia y Estados Unidos, a la espera de visas cada vez más esquivas. “Yo me voy por asfixia”, dice una investigadora de biología molecular. “Aquí no hay nada que hacer”. Su marido, un ingeniero de proteínas, repite, cabizbajo: “Aquí ya no hay lugar para nosotros”. La frase estalla como un oxímoron sin sentido: en el desierto interminable y sin ilusiones no hay lugar; la nada está repleta.

Algunos se van porque les falta lugar; otros, porque temen que para ellos no habrá tiempo. “El futuro ha muerto hace ya mucho aquí: se ha desvanecido”, se oye decir junto a la puerta de los consulados. Para encontrar el futuro, la mayoría emprende la caza de su pasado. Los nietos de italianos y los hijos de españoles redescubren sus orígenes. Si obtienen una visa, será gracias a los antepasados albañiles y campesinos que llegaron a principios de siglo para “hacer la América”. No regresan triunfales a 1as aldeas del pasado, como en los films de Elia Kazan o en las novelas de Mario Puzo. Parten en estado de fracaso, para cerrar el círculo de la miseria: los abuelos se marcharon con las manos vacías, los nietos regresan también así, yermos.

Se sienten incomodos con el país, y suponen que esa sensación es nueva, una secuela natural de las dictaduras militares y de la deuda externa. Pero no es nueva José de San Martín, el guerrero que hace ciento ochenta años acabó con el yugo español y se convirtió en el paradigma de la nacionalidad argentina, también vivió hostigado por las terribles furias del adentro. Murió viejo, a los 72 años, sin haber permanecido más de once o doce en el país natal. Las veces que el libertador intentó volver, lo alejaron con uno u otro pretexto del puerto de Buenos Aires. “No baje usted de su nave”, le escribían. “No gaste usted su tiempo en esta tierra de discordia”.

La discordia es perpetua. Brotó ya en los tiempos de la Colonia y no ha cesado. Siempre hubo tanta tierra para repartir que nadie se saciaba. Los que se habían apoderado de alguna tierra querían siempre más. Hubo un momento, entre 1977 y 1979, en que un pie cuadrado de tierra valía más en Buenos Aires que en el corazón de Manhattan. Se pagaban fortunas por un lote vacío en el cementerio de la Recoleta. Ahora no. La hoguera de las vanidades está apagándose. Cuando alguien quiere aparentar linaje o bienestar, no compra nada. Alquila los panteones de las familias en decadencia. En la fachada del panteón se coloca un letrero de utilería con el apellido del muerto ajeno, y no bien el cortejo funeral se retira, vuelven a su lugar las leyendas originales.

Nunca, sin embargo, el espíritu de la discordia ha sido más poderoso que ahora. El presidente Carlos Menem, que asumió a mediados de 1989, ha dividido el país en dos: los que están con él y los que prefieren “caminar por la vereda de enfrente”. Los periodistas adictos al gobierno martillean día y noche una Letanía atroz; los disidentes, los de “la vereda de enfrente”, no son argentinos.

En un poema que narra la fundación de Buenos Aires, Borges ha tratado de explicar que en la mitología original de la ciudad no hubo una “vereda de enfrente”. El país nació como una playa bucólica en la que se podía compartir todo, hasta la memoria:

Una cigarrería sahumó como una rosa el desierto.

La tarde se había ahondado en ayeres,

los hombres compartieron un pasado ilusorio.

Sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente.

Esa Argentina ya no existe. Ahora, ni siquiera es posible dividirla en dos, porque las facciones son muchas, casi tantas como los individuos. Hasta en la iglesia y el Ejército, que desde comienzos de siglo se mantuvieron como las únicas corporaciones homogéneas -ambas ciegamente conservadoras, cerradas al más ligero soplo de campo-, hay bandos de sumisos al gobierno enfrentados a levantiscos que no están conformes con sus privilegios. También los sindicatos, que profesaban una devoción monolítica por el peronismo, se han desgarrado. Que el presidente conquistara el poder con un programa populista y que al día siguiente de asumir el gobierno se convirtiera en un devoto de la libertad absoluta de los mercados es lo que siembra el desconcierto aun entre los jefes de su propio partido.

El drama de la Argentina -como el de Peni, Brasil o Venezuela- es que los pueblos delegan el poder en sus mandatarios y, una vez que lo delegan, los elegidos pueden hacer con el poder cualquier cosa. Guillermo O’Donnell, un argentino que preside la Asociación Internacional de Ciencias Sociales, está trabajando desde hace un par de años en esa teoría de las democracias frágiles cuyos gobiernos actúan por delegación, no por representación. “Después de votar, los electores se desentienden”, dice O’Donnell, “como si transfirieran al presidente el derecho pleno a imponer su voluntad. Votan al hombre, al albedrío del hombre, y el hombre siente que puede hacer con el poder lo que quiere. Las instituciones republicanas lo estorban, y trata entonces de doblegarlas o acomodarlas a sus designios. Eso convierte al presidente en un monarca absoluto”.

El poder es absoluto, ¿pero hasta dónde? Menem tropezó con una Corte Suprema de Justicia en la que no podía confiar. Decidió modificar su composición: aumentó el número de los miembros, de cinco a nueve, después de tejer una laboriosa tela de araña en el Parlamento para conseguir el acuerdo. Las reglas de juego de la democracia imponen límites, hay que ofrecer aunque sea la ilusión del disenso, y en esa batalla entre las ilusiones y la realidad, entre lo que se puede y lo que se debe, los países desangran el escuálido tiempo que les queda.

Y luego está el feroz enemigo: el desierto, la tierra infinita, los espacios de oscura nada. Uno de los grandes clásicos de la literatura argentina, Facundo, escrito por Domingo F. Sarmiento en 1845, ya planteaba el problema en las primeras líneas: “El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión: el desierto la rodea por todas partes y se le insinúa en las entrañas”. Habría que invertir la descripción: la Argentina es el desierto: los glaciares, la selva, las montañas, el océano, las cataratas turbulentas, todo eso está en los horizontes. Pero nadie lo ve. Los hombres viven de espaldas a la naturaleza, en el hervor de las ciudades. Nada los distrae del espectáculo de sus rencillas. Condenados a no ver el mundo, los hombres se observan eternamente a sí mismos. Como en A puerta cerrada (Huisclos, drama de Jean Paul Sartre), “el infierno son los otros”.

A la gente ya nada le importa fuera de su propia suerte. Los diarios anuncian en titulares más bien modestos la matanza de Tienanmen, la caída del muro de Berlín, el alzamiento popular contra Ceaucescu, y nadie se sobresalta. Los mismos hombres que no se despegan del televisor cuando los diputados discuten el alza de las tarifas telefónicas o cuando estalla una reyerta entre dos funcionarios menores del gobierno, miran con indiferencia las hogueras de Beijing y el estremecedor fusilamiento del dictador rumano. Es una sensación extraña: como si un velo cubriera la historia del mundo y la luz cayera sólo sobre la Argentina, donde todo es noche.

El letargo atraviesa hasta los cuerpos más alertas. Durante los meses de enero y febrero estuve en París y Madrid, discutiendo febrilmente con mis amigos los movimientos de ajedrez de Gorbachov ante las mudanzas políticas del Este. Cuando volví a Buenos Aires descubrí con estupor que el mundo había quedado demasiado atrás, demasiado lejos, y que el destino de las dos Alemanias había dejado de apasionarme. Yo también era una víctima de la distancia, del implacable peso del mapamundi. ¿La realidad existe, acaso, en la Argentina? Si existe, lo hace entre vahos de sueño, como en los relatos de Borges.

Hace veinte años, todos los grandes diarios y semanarios disponían de al menos cuatro corresponsales en los Estados Unidos y en las grandes capitales de Europa. El mayor de todos, Clarín, cuyas ediciones dominicales venden un millón de ejemplares, acaba de clausurar la última de sus oficinas extranjeras -en París- y de resignarse a compaginar los cables de las agencias de noticias. Si no hay mundo afuera, ¿para qué leer el mundo?

En el ombligo del país desierto está la ciudad de Tucumán, donde los argentinos declararon en 1816 su independencia del poder español. Hace poco más de un siglo, algunas refinadas familias francesas se afincaron allí, se aliaron con la aristocracia provincial y erigieron un imperio de azúcar. A la vera de los ingenios brotaron mansiones que copiaban la geometría de Versalles, con techos de pizarra en pronunciado declive para facilitar la caída de la nieve. Las mansiones eran sofocantes y no servían para vivir, porque la temperatura media de Tucumán, de septiembre a marzo, es de 100 grados Farenheit. Los sábados por la noche las grandes familias daban allí sus fiestas, pero durante la semana sólo los sirvientes iban y venían por los cuartos inútiles, donde los muebles dormían bajo pesados lienzos. En torno de los palacios, los cortadores de la caña de azúcar se morían de hambre. Llegaban a Tucumán en carros desvencijados, desde aldeas prehistóricas que agonizaban en las selvas de Paraguay y de Bolivia, y luego de limpiar la maleza de las varas de caña regresaban a sus muladares con algunos pesos de más y algunos hijos de menos. Por desdén o por compasión se les llamaba “los golondrinas”.

En 1966, la artificial riqueza de los ingenios se volvió astillas, y el dictador militar de la época ordenó a casi todos que cerraran sus puertas. Los “golondrinas” llegaron como siempre, pero la caña se pudría en los campos y los caminos estaban silenciosos y vacíos como en el primer día del mundo. Cierta mañana, en agosto, la temperatura subió a 110°F, y al sur de la ciudad cayó una lluvia de pájaros insolados. Los “golondrinas”, que habían atravesado más de cien leguas para tropezar con aquel desierto sin trabajo, condujeron sus carros de mulas hasta la plaza principal de Tucumán, faenaron las mulas y encendieron fogatas para asarlas. En torno de la plaza se alzaban las mansiones urbanas de las grandes familias. Incómodas tanto por el humo de las fogatas como por la exhibición de miseria de los forasteros, las matronas de la aristocracia suplicaron al gobernador militar que pusiera orden. Una brigada especial de la policía y veinte carros de bomberos limpiaron la plaza con frenéticos chorros de agua y mandobles a la cabeza. Quedó un tendal de “golondrinas” heridos; dos chiquillos que aún no caminaban murieron pisoteados. El jefe de la brigada era un oficial apodado El Malevo.

Los lujos de antaño se han esfumado hace tiempo de Tucumán. Los jardines laberínticos y las mansiones versallescas sucumbieron a la humedad y a las ebulliciones tropicales de la naturaleza. El último de los palacios fue comprado por una madama de burdel, que administra a medio centenar de pupilas indias, todas teñidas de rubio. La madama se ufana de conocer mejor que nadie los secretos de la provincia. “Yo desde aquí arreglo matrimonios, quito y pongo diputados, consigo préstamos de los bancos y decido el nombre de los recién nacidos. La gente confía en mí porque mi discreción es legendaria”, dice la madama, acariciando los brazos de un trono estilo Luis XV que sobrevivió a los tiempos dorados. “Este sillón ha sido siempre un confesionario”.

El Malevo se deja caer todas las noches por el burdel. Echa unos párrafos con la madama, recibe las caricias oxigenadas de las pupilas y se pierde en la oscuridad. Con el tiempo se ha convertido en el personaje más popular de Tucumán después del general Bussi, a quien El Malevo obedece sin el menor traspié de la conciencia.

A comienzos de 1990, la policía de Tucumán se sublevó en demanda de mejores sueldos y en apoyo de veinte agentes que habían sido excluidos por corrupción. Los rebeldes capturaron un arsenal y se parapetaron en la Brigada de Investigaciones. Tropas del ejército y gendarmes de élite, enviados desde Buenos Aires, los sitiaron y les bloquearon la entrada de víveres. El Malevo llamó por teléfono al gobernador -un agrónomo casi octogenario- y le dijo: “Si usted me autoriza, voy a entrar en la Brigada y a convencer a los muchachos de que se rindan”. El gobernador se declaró conmovido por esa ostentación de coraje.

La rebelión llevaba casi setenta horas cuando El Malevo fue a disiparla. Los amotinados no disponían de luz eléctrica ni de agua. Era el amanecer. Como siempre, el aire estaba calcinado. Afuera, en la penumbra, cientos de periodistas aguardaban con sus micrófonos en ristre. No bien El Malevo entró en la fortaleza, partió desde las ventanas una ráfaga de trompetas y un redoble de bombos. Casi en seguida, El Malevo se dirigió a los sitiadores con un megáfono: “íRetírense de aquí! He decidido sumarme a la rebelión. Ahora soy el jefe. íVictoria o muerte!”.

Incomprensiblemente, conquistó la victoria. Los quinientos soldados de Buenos Aires, que descontaban ya la rendición de los cien sediciosos, fueron obligados a retirarse. El Malevo salió de su guarida, desfiló por la ciudad bajo una lluvia de flores y anunció en una conferencia de prensa que el gobierno había cedido a todas sus peticiones.

Quien inclinó la suerte en su favor fue -así dicen-, el presidente Menem. “Más vale equivocarse a favor de un caudillo amado por el pueblo que a favor de leyes vetustas en las que el pueblo ya no confía”, sentenció el presidente. Lo mismo hizo Perón en 1974, tres meses antes de morir. Un jefe de policía se alzó contra el gobernador de la provincia, le puso una pistola en el pecho y lo obligó a renunciar. El gobernador pidió urgente auxilio a Buenos Aires. Perón -que entonces era presidente- despidió al gobernador y mantuvo al jefe de policía en su puesto. Lo irracional, lo inesperado, suele ser el lenguaje del peronismo. Allí reside su fuerza, pero su fuerza es también la debilidad de la Argentina.

Nadie sabe qué es el peronismo. Y porque nadie sabe qué es, el peronismo expresa el país a la perfección. Cuando un peronismo cae, por corrupción, por fracaso o por mero desgaste, otro peronismo se levanta y dice: “Aquello era una impostura. Este que viene ahora es el peronismo verdadero”. La esperanza del peronismo verdadero que vendrá se mantiene viva en la Argentina desde hace décadas. Es como un imposible Mesías o, para decirlo en el lenguaje popular, como un burro que corre eternamente tras la inalcanzable zanahoria.

Mientras Perón vivía, esas proezas camaleónicas parecían imposibles porque cada palabra de Perón era la doctrina peronista. Sin embargo, algunas proezas ocurrieron. En 1974, José López Rega, el adivino y alter ego de Perón, se tomó impopular. De un día para otro ascendió quince grados en la jerarquía popular. De un día para otro ascendió quince grados en la jerarquía policial -era cabo y se hizo nombrar comisario en jefe-, y fundó una organización de terror, la Triple A, que exterminó con rapidez a cientos de enemigos. Nunca se supo si Perón aprobaba o no esas hazañas, aunque sin duda las consentía. Los otros peronistas, muchos de los cuales eran víctimas del adivino o estaban a punto de serlo, no podían aceptar que Perón tuviera la más leve culpa. Si la tenía, el edificio entero de sus creencias podía derrumbarse. Convirtieron entonces a Perón en un personaje de Borges. El adivino – dijeron- había tejido un cerco maligno que le impedía al caudillo conocer la realidad. Los crímenes sucedían, pero el cerco no dejaba que Perón viera la sangre ni oyera el llanto de los moribundos.

El presidente Menem fue también impopular durante algunos meses de 1990, cuando triplicó el precio de los servicios públicos y subió a dos dólares el galón de gasolina mientras el salario mensual promedio de los obreros industriales y de los maestros se estancaba en ochenta. Ocho jóvenes diputados peronistas se alzaron contra él y declararon que Menem había traicionado la doctrina. “Ahora, el peronismo somos nosotros”, dijeron. Durante algunas semanas cundió la duda. ¿En qué orilla de la realidad estaba la verdad? El presidente admitió entonces que sólo muy pocas veces la realidad había coincidido con la verdad. Ni siquiera Perón -debilitado por la muerte de Evita en 1952- había mostrado las cosas tal como eran. “Nadie se atrevió a tomar el toro por las astas”, dijo Menem. “Nosotros lo haremos. El peronismo es ahora un socialismo liberal”.

Mudar la piel a tiempo es lo que ha salvado al peronismo de la extinción. La doctrina consistió primero en tres simples apotegmas -a Perón le encantaba la palabra “apotegma”-: justicia social, soberanía política e independencia económica. En los sesentas, defendió la insurreción armada y se confundió -o casi- con los credos de la revolución cubana. En los setentas se inclinó por la justicia distributiva: la mitad de las riquezas para el patrón, la mitad para los obreros.

Luego, la doctrina se tomó conservadora, pero sin desvestirse de cierto estrépito populista. Menem ha logrado el milagro de que ese magma de sentencias y máximas contradictorias, que hasta 1990 era patrimonio de idealistas y los menesterosos de la sociedad, se haya convertido ahora en el estandarte de la clase alta y en el arcoiris donde se abrazan los divos de la televisión, los terratenientes y los malabaristas financieros; es decir, todos los que no están en “la vereda de enfrente”.

Quien mejor ha definido el punto de confluencia entre el peronismo sudoroso de antaño y el casi aristocrático peronismo de hoy es el sociólogo Guido di Tella, embajador de la Argentina en Washington. “La naturaleza del peronismo es pragmática”, dice Di Tella. “Somos lo que los tiempos exigen que seamos”.

Tal vez no sólo el peronismo, sino toda la sociedad argentina se ha vuelto pragmática. En los primeros años de la nueva democracia, la frívola clase alta de Buenos Aires hubiera expresado escándalo o vergüenza ante un presidente de origen musulmán, que pierde horas discutiendo con qué jugadores se presentará la Argentina a la Copa Mundial de fútbol, usa trajes refulgentes y lleva una vida conyugal estrepitosa, por decir lo menos. Ahora no: Menem está de moda.

Las caudalosas patillas del presidente solían suscitar el desdén y hasta la burla de los políticos respetables. Su tardía conversión al catolicismo lo tornaba sospechoso para la jerarquía de la iglesia; su populismo irritaba a los militares que lo torturaron y lo confinaron en diversas prisiones desde 1976 hasta 1981. La realidad se ha dado vuelta: todos ellos consideran a Menem ahora como un hijo de sus propias legiones.

Es una historia extraña, sudamericana. Lo sudamericano es siempre extraño en la Argentina, donde la gente es -o cree ser- europea. Al restituirle su realidad geográfica, Menem ha permitido que el país se encuentre al fin con su naturaleza profunda. El presidente alcanzó el poder sin revelar programa alguno de gobierno y sin que tuviera casi necesidad de hablar. Uno de los jefes de su campaña electoral le aconsejó: “No te calentés por los contenidos de los discursos. Vos ponete el poncho, besá a los chicos y tocá los ojos de los ciegos. Después saludá y andate”. Y el candidato, vestido de blanco y bendiciendo a diestra y siniestra, paseaba por las grandes ciudades con una sonrisa de beatitud siempre puesta, ofreciendo el mero milagro de su presencia. Ganó en el primer turno de votaciones por un margen amplio.

Menem llevaba casi dos décadas preparándose para conseguir lo que ahora tiene. Desde que Raúl Alfonsín sustituyó a los dictadores militares de Argentina, en diciembre de 1983, el aspirante a sucesor se mantuvo a su lado e inició un paciente trabajo de aprendizaje. Aunque pertenecía al partido adversario del presidente, Menem secundó en todo al presidente, sin dejar de subrayar que él era un “sapo de otro pozo”. Cuando Alfonsín afrontó su primer motín militar, en abril de 1987, Menem lo apoyó con firmeza. Ante la enorme concentración popular que se reunió en la Plaza de Mayo de Buenos Aires para repudiar el putsch, exigió que se aplicará la ley: “Estos sediciosos y traidores a la patria”, dijo, “tienen que ser juzgados con severidad para terminar con una situación que mantiene a la comunidad nacional en vilo”.

Al día siguiente, desde La Rioja -su provincia natal-, evocó los horrores de la década anterior: “Si olvidamos ese pasado y no defendemos este presente”, dijo, “es muy posible que nuestro futuro no sea nada halagador. No podemos olvidar. Los pueblos que olvidan su historia repiten la historia”.

Conquistar el poder lo hizo cambiar de idea. Al cumplir cuatro meses de gobierno indultó a los responsables de todos los crímenes aberrantes de la dictadura y de los golpes militares de la democracia, con exclusión de los seis cabecillas. En 1990, el perdón alcanzará a todos. “No puedo ver entre rejas ni aun a los pajaritos”, ha declarado el presidente con fingida ingenuidad.

La actitud argentina consiste siempre en suprimir e ignorar la realidad. Ese es uno de los pocos hábitos que aún se mantienen en pie. Borges jamás pronunció las palabras Perón o Evita. Los llamaba el dictador y esa mujer. Cierta vez le dije que conocer a Evita hubiera sido para mí una experiencia histórica invalorable: alguna oscura esencia de la Argentina debía respirar en ella. Borges se ofendió y dejó de saludarme por muchos meses.

Los fraudes electorales, la magia, los crímenes del Estado, la desaparición de las personas: todo lo que el Poder no admitía como verdadero era ocultado. Si no podía existir la verdad, tampoco existía la realidad. Ahora que la clase media está evaporándose velozmente y que los mendigos cantan a coro con los millonarios en la Plaza de Mayo, el presidente Menem ha encontrado una frase que concilia verdad y realidad a la perfección: “Estamos mal pero vamos bien”. Eso quiere decir tantas cosas que no quiere decir ninguna.

A comienzos de su carrera literaria, Borges definió el carácter argentino como una exageración del pudor. No le satisfacía el proverbio popular según el cual un argentino es alguien que se comporta y se alimenta como un italiano, habla como un español, está educado a la francesa y copia los modales de un inglés. Ahora el pudor ha desaparecido y sólo queda la exageración. Los extremos son ya tantos que han encontrado formas -también extremas- de convivir en armonía. 

Buenos Aires está en ruinas, pero los viajeros se sorprenden de no ver las ruinas por ninguna parte. Es fácil de comprender para los argentinos, Buenos Aires no es la decaída urbe de hoy, sino la capital dorada que no quiere desvanecerse de la memoria. Los viajeros, en cambio, la ven como lo que es: una enorme ciudad latinoamericana. En los aledaños de la Recoleta, junto al cementerio donde yacen los próceres, las casas de alta costura siguen exhibiendo vestidos para princesas. El aire huele a visones y a perfume francés. En los escaparates, sin embargo, aparecen tímidos letreros que ofrecen pagar las compras en tres o cinco cuotas. Muchos paseantes de aire altivo llevan raídos abrigos de lana tejidos en casa. Aún están en pie los mármoles y los bronces de los años dorados, pero junto a las entradas fastuosas abundan los quioscos de baratijas.

A mediados de 1989, durante las últimas semanas de la administración de Raúl Alfonsín, las reservas argentinas de divisas oscilaban entre 300 y 400 millones de dólares, apenas para pagar los gastos del día. Con Menem se quintuplicaron. En cambio, los índices de desocupación plena o encubierta siguen subiendo. Hay ahora más de cuatro millones de personas sin trabajo (14% de la población total) y otros cinco millones viven en condiciones de miseria. Los teléfonos no funcionan, a la espera de que el Estado los privatice. Casi nadie paga impuestos a la riqueza, o los paga en ínfima medida, para disimular. La corrupción de los funcionarios es un secreto público. Quienes más predican contra la corrupción suelen ser los que más se han indigestado practicándola.

En un país donde hacia 1940 no había casi analfabetos y la población universitaria relativa era una de las más altas del mundo, la cultura es un lujo que pocos se permiten ya y que a pocos interesa. Las rumorosas librerías de la calle Corrientes, que solían permanecer abiertas hasta el amanecer, ahora cierran a las nueve de la noche. En los primeros cien días de 1990 -los más prósperos de la democracia, según el gobierno- vendieron diez veces menos libros que en igual periodo de 1989, el peor de la administración Alfonsín. En 1988, el cine argentino produjo treinta películas y obtuvo otros tantos premios en festivales internacionales. En 1990 el número de títulos descendió a cuatro, y el Instituto Nacional de Cine, del que depende la economía de los productores, se ha declarado en estado de extinción.

Kive Staiff, uno de los más famosos empresarios de teatro en América Latina -gracias a quien sobrevivieron los elencos estatales de la Argentina durante los tenebrosos años de la “guerra sucia”-, fue desplazado por el gobierno de Menem de la dirección del teatro Martín, donde había resistido durante más de quince años. Ahora, en vísperas de marcharse a España, Staiff teme que brote de nuevo la infatigable persecución ideológica. “El plan económico que ha elaborado el gobierno exige que se reprima todo asomo de disidencia”, dice. “Estamos otra vez en los umbrales de la Argentina oscura”.

La cultura es lo de menos”, me dice un académico. “Lo terrible es el hambre”. ¿Hay hambre?, se asombran los turistas. Los mendigos zumban como una letanía de moscas, pero son casi folclóricos. Buenos Aires aún finge que es una ciudad próspera.

Tardé algunos meses en ver el hambre. A comienzos del otoño manejaba yo mi automóvil por la autopista del acceso oeste, a unos treinta kilómetros de la capital. El mediodía era calmo, bucólico. A orillas de la carretera se desperezaban los vastos campos de ganado cuyas alambradas hienden el infinito. Las vacas se movían de un confín a otro en busca de sombra, como si fueran sentimientos perdidos. A lo lejos divisé un tumulto: cien o acaso ciento cincuenta personas que obstruían el camino, aglomeradas junto a un bulto oscuro. Había muy pocos vehículos. El tránsito, con lentitud, seguía fluyendo. Me acerqué. Algunos niños y mujeres se apartaban del enjambre con la cadencia de las mareas. Tenían las ropas manchadas de sangre. Pensé: acaba de suceder un accidente atroz. Y me detuve a ofrecer auxilio. Olí la sangre, vi moscas navegando en el aire transparente, me sorprendió la lumbre de algunos cuchillos. Los hombres habían atrapado una vaca y la estaban desollando a la intemperie, en pleno día.

Aunque uno haya oído hablar del hambre muchas veces, el escándalo de ver al fin su cuerpo -el vasto, intolerable cuerpo del hambre humana- pesa sobre la conciencia como un agujero negro. Uno cierra los ojos y allí esta él, con su gran dedo incandescente. Lo he visto al amanecer, junto a la puerta de los mercados y de los restaurantes, en el McDonald’s de la calle Florida y en el Jumbo que está junto al camino hacia el aeropuerto de Ezeiza. El hambre llega con su recua de niños y de ancianos, armado de palos y de cucharas, destripa las bolsas de residuos, y en ese mismo punto de la calle crepuscular aspira las migas y las briznas de ketchup, selecciona las cáscaras grises de los tubérculos y las entrañas aplastadas de los tomates para las sopas de otro día, esconde en sus harapos las pieles de las salchichas y costra carbonizada de las hamburguesas para apaciguar el hambre de los que no pudieron venir, el hambre de los inválidos y de las parturientas.

¿La Argentina, el granero del mundo? Eso fue hace medio siglo. Ahora el país danza un tango patético en el confín del globo terráqueo: avanza un paso, retrocede dos y luego gira sin ton ni son. Está en perpetuo movimiento, los hechos van y vienen como rayos -las crisis, las rencillas, las reconciliaciones-, pero al fin todo queda como estaba. Y el tango vuelve a comenzar.

En la plaza mayor de Tucumán, frente a la Casa de Gobierno, un monolito recuerda el martirio de Marco Avellaneda, asesinado en 1841 por el dictador Juan Manuel de Rosas. En el sitio donde está ahora el monolito, la cabeza de Avellaneda fue clavada en una lanza y allí permaneció tres días, hasta que una dama patricia sedujo al comandante de la guarnición y, con su complicidad, escondió la cabeza en su dormitorio y durmió con ella por el resto de la vida.

Estas variaciones sobre el tema de A Rose for Emily -el relato de William Faulkner- abrazan el completo delta de la historia argentina Hubo un episodio de necrofilia delirante cuando la ciudad de Buenos Aires fue poblada por primera vez, en 1536. El fundador yacía en una carabela a media milla de la costa, ardiendo de sífilis. En el horizonte no había sino pajonales yermos, sin aves ni bestias que saciaran el hambre de los expedicionarios. Uno de los hombres, desesperado, devoró el caballo del fundador. Lo mandaron ahorcar y expusieron su cadáver en la plaza de la ciudad. Por la noche, tres soldados descolgaron al ahorcado y lo asaron, campo adentro. El fundador ordenó que lo culpables fueran encerrados en su nave y que los desangraran lentamente. Todas las tardes le llevaban cataplasmas de sangre fresca y se las untaban sobre las llagas de la sífilis.

El primer nombre que se impuso a un río argentino fue “La Matanza”; el título de la primera narración nacional -un espléndido texto romántico, escrito por Esteban Echeverría- es “El Matadero”. Los escolares aprenden el alfabeto deletreando las últimas palabras de los héroes. Las grandes figuras de la historia patria son conmemoradas en el aniversario de sus muertes, no de sus nacimientos. Hay una pequeña aldea al norte de Tucumán donde las calles llevan el nombre de las batallas perdidas por la Argentina en las guerras del siglo XIX. El polen de la necrofilia tiñe de melancolía el aire, pero no lo fecunda. “Necrofilia significa autodestrucción”, sentencian los psicoanalistas de Buenos Aires. “En esas pulsiones de muerte que van y vienen por la historia argentina como un estribillo puede leerse la voluntad de no ser: no ser persona, no ser país, no abandonarse a la felicidad. Mucha gente ha sucumbido a la apatía. Quiere que la dejen en paz, como si se sintiera fuera del tiempo, en los prados de la muerte”.

Durante más de dos años Perón conservó el cadáver momificado de Evita en el altillo de su casa española. Una o dos veces por semana, la tercera esposa de Perón -Isabel- entraba en el altillo, peinaba la cabellera yerta y frotaba el cuerpo de Evita con un pañuelo impregnado en agua de toilette. López Rega, el adivino de Perón, intentó transferir el alma de Evita al cuerpo de Isabel a través de algunos artificios mágicos del candomblé brasileño. Fracasó estruendosamente, y la Argentina pagó las consecuencias cuando Perón murió e Isabel lo sucedió en el poder.

Parte de esa fascinación por el más allá atrapó también al presidente Menem, hacia octubre de 1989. Así como el adivino de Perón había soñado quince años antes con reconciliar a los muertos enemigos en un faraónico “Altar de la Patria”, Menem decidió que los espíritus nacionales sólo quedarían pacificados cuando volvieran los cadáveres que yacían lejos. La primera fase del plan preveía la repatriación de Rosas, del ex presidente Cámpora y de Jorge Luis Borges.

Empezó con Rosas. Durante cuatro generaciones, los escolares argentinos habían aprendido que el gobierno de Rosas (1829-1852) fue el más sangriento de la historia nacional. Los manuales enseñaban que en un solo mes, octubre de 1840, Rosas mandó degollar a más de quinientos ciudadanos ilustrados de Buenos Aires y que casi todos los hombres lúcidos vivían fugitivos de su poder, en Uruguay o en Chile. Menem ordenó que los despojos de Rosas fueran sustraídos de su largo exilio en Southampton, Inglaterra, y los expuso al homenaje del Ejército y de las escuelas primarias.

La pasión necrofílica volvió a florecer entonces en la Argentina como una fuerza de la naturaleza. En menos de una semana, el Parlamento estuvo inundado de proyectos para trasladar las tumbas de los próceres de una ciudad a otra. El Malevo encabezó en Tucumán una cruzada patriótica para encontrar la perdida cabeza de Marco Avellaneda y exponerla otra vez en la plaza de Tucumán, ya no sobre una lanza sino en una urna de cristal coronada por rayos de oro. Sólo la repatriación de Rosas pudo consumarse. Los demás cadáveres continúan en sus tumbas inciertas, a la espera de sosiego.

Si algún mérito concederá la historia a Menem es el haber devuelto a la Argentina su noción de realidad. El aguijón de los desiertos que nadie puebla, la cotidiana derrota de la cultura en manos del aislamiento, la resignada evaporación de la clase media, el carro de la modernidad que se aleja son signos de un destino sudamericano que la Argentina, hasta ahora, se había negado a ver. El sueño de ser Euorpa todavía sigue en pie, pero cada vez se parece más a un espejismo.

A través de Menem -el discípulo-, Perón está derrotando a Borges en el duelo que ya lleva medio siglo. La Argentina real se impone a la Argentina ideal. Sin embargo, la ilusión de que el país es todavía grande y áureo destella en todas partes. A la entrada de Buenos Aires, una milla más allá del aeropuerto de Ezeiza, se yergue un enorme letrero que afirma, desatinado: “Las Malvinas son argentinas”. Hay cientos de letreros como ése regados en las ciudades y a la vera del desierto. Fueron clavados en 1982, semanas después de la victoria británica en el Atlántico sur, y todavía siguen allí, como una prueba de que la realidad no es la única verdad.

Tiranos

Entre 1965 y 1968, el poeta inglés W.H. Auden escribió Marginalia, varios poemas breves, entre el Haikú y el aforismo. Les dedicó varios a los tiranos. Siguen algunos de ellos.

La divisa del tirano:

Todo lo que es posible 

Es necesario.

Los pequeños tiranos,

amenazados por los grandes tiranos,

creen sinceramente que aman la libertad.

Ningún tirano tiene miedo

de sus geológos o ingenieros.

En estados incapaces

de aliviar el Malestar,

se cuelga el Descontento.

Los tiranos pueden ser asesinados;

pero sus verdugos, por lo general,

mueren en sus camas.

Cuando los Jefes de Estado

prefieren trabajar de noche,

que se cuiden los ciudadanos.

Caminaba como alguien

que nunca hubiera necesitado

abrir una puerta por sí mismo.

Defensa de Eugenio Montale

El descubrimiento de que el poeta italiano Eugenio Montale empleaba a un “negro” para que lo suplantara en sus faenas periodísticas, llevó a Moravia a escribir esta apasionada justificación. Como un modesto homenaje a este novelista del desencanto, publicamos esta defensa del verdadero acto creador que apareció en el número 245 del suplemento “Culturas” de El País, el 24 de febrero de 1990.

¿Cómo se escribe un poema? Es sumamente difícil, por no decir imposible, darle a esta pregunta una respuesta satisfactoria. Quizá resulte más fácil decir quién lo escribe. Diremos: el poeta. Pero no, no es el poeta, sino su demonio, que está cuando está y, cuando no está, el poeta deja de ser poeta. De cualquier forma, aunque no sepamos cómo se escribe un poema, sí que sabemos con suficiente precisión cómo no se escribe un poema. Un poeta de los más importantes nos dejó un testimonio sobre la dificultad de retener a su lado al demonio, una vez que, disgustado o asustado, se ha diluido para luego volver quizás en otra ocasión, pero no para aquella que lo vio huir. 

Ese poeta que nos contó cómo “no” se escribía o, mejor dicho, cómo “no” se acababa de escribir un poema, es Samuel Taylor Coleridge; y el poema que quedó incompleto a causa de la fuga del demonio es el famoso “Kubla Khan”.

Dicho sea como inciso, ese poema lo vi en el lugar más impensable, estampado en grandes letras de oro sobre paños negros adosados a las paredes del comedor del financiero Morgan, en la villa de estilo español que tenia en Cuba. Esa villa es actualmente un museo y la gente acude allí a ver cómo vivían los millonarios americanos de principios de siglo. Vivían bien y, sobre lodo, al menos a juzgar por el poema de Coleridge colgado en el comedor, les gustaba la poesía.

En todo caso, Coleridge nos dijo exactamente a qué se debió el hecho de que “Kubla Khan” quedara incompleto. “Debido a una ligera indisposición, le fue recetada al Autor una pócima calmante, que le hizo quedarse dormido en su asiento en el preciso instante en que estaba leyendo en un libro suyo la siguiente frase: “Aquí Kubla Kahn dio orden de construir un palacio y un magnífico jardín. Y, por ese motivo, se cercaron diez millas de tierra cultivable”. El autor estuvo dormido al menos tres horas, durante las cuales tuvo la vívida sensación de haber escrito un poema de no menos de doscientos o trescientos versos; si es que puede decirse que la hubiera “escrito” de una composición en la que todas las imágenes le parecían objetos” visibles, con un simultáneo fluir de expresiones correspondientes, sin la más mínima sensación de esfuerzo ni el menor conocimiento.

Al despertar, se apresuró a conservar un recuerdo exacto de lo ocurrido y, tomando pluma, papel y tinta, comenzó, al punto, a escribir febrilmente. Pero, por desgracia, precisamente en este momento, llegó alguien a visitarlo y estuvo con él una hora. Al marcharse el visitante, el Autor regresó a su habitación y descubrió, decepcionado, que aunque todavía conservaba un vago recuerdo de la visión, sin embargo, a excepción de algunos versos, todo lo demás se había desvanecido como se desvanecen las imágenes de la superficie de un río al que se ha lanzado una piedra”.

La historia del poema inacabado de Coleridge me ha venido a la mente con motivo de la polémica suscitada por los artículos de crítica para el Corriere della Sera que Eugenio Montale se hacía escribir por su amigo Henry Furst. En este caso, el demonio que, irritado, abandonó a Coleridge, huyendo de él y negándose luego a dejarle acabar “Kubla Khan”, se impuso sin embargo a la conciencia de Montale. A pesar de tenerlo a su lado, el poeta de Gli ossi di seppia no consiguió engañar a sus propios lectores y al periódico. En una palabra, Montale se limitaba a firmar los artículos: quien leía los libros y escribía por él era el “negro” Henry Furst. Resulta difícil justificar a Montale, fueran cuales fueren las circunstancias en que se encontrara. De hecho, hace falta realizar, por así decirlo, un cierto esfuerzo de disociación para ser al mismo tiempo el poeta de La casa dei doganieri y el crítico literario que se hace escribir los artículos por el “negro” de turno. Pero ese esfuerzo seguramente Montale no lo hizo. Porque, como todos los verdaderos poetas, vivía en un mundo distinto y separado del mundo en que vivimos los mortales que no tenemos demonio; vivía en el mundo, precisamente, de la vocación poética. Y decimos vocación en el sentido literal de la palabra, tal y como se dice, por ejemplo, vocación religiosa. Díganle ustedes a quien posee esa vocación religiosa que tiene otros deberes, aparte de los que le vienen impuestos por esa propia vocación. Les responderá que, sencillamente, no los conoce.

El visitante que viene a ver a Coleridge cuando está escribiendo “Kubla Khan” es el equivalente al redactor del periódico que telefonea a Montale para recordarle que tal día, a tal hora, esperan que les envíe el artículo de crítica. Puede que Montale esté escribiendo un poema o quizás esté haciendo algo todavía más importante en poesía: “soñando” un poema, como Coleridge. Su demonio en seguida le advierte brutalmente que tiene que elegir: o él o el periódico. Y Montale toma la pluma y escribe a Furst. ¿Y eso es justo? No, no lo es, pero ¿cuándo han sido justas las cosas de este mundo?

En realidad, la idea de que Montale, por el hecho de ser poeta, fuera “también” un justo es fruto de una ilusión muy común. Montale era un gran poeta, pero era un hombre como cualquier otro, aunque con esa salvedad, la de ser, “además”, un gran poeta. Así ocurrió precisamente lo contrario de lo que normalmente se piensa que debe ocurrir: que el gran poeta, para defender a su propio demonio, se ve obligado a no ser un hombre ejemplar. Precisamente, el hecho de tener un demonio conlleva en este caso la aparente contradicción de no tener una conciencia intransigente.

Y, por lo demás, ¿quién no querría que no se hubiese molestado a Coleridge y hubiera podido terminar “Kubla Khan”? ¿Quién no advierte en el “truco” de Montale la justificada ansiedad por la volubilidad del demonio? Coleridge abrió la puerta al visitante y no terminó el poema que estaba escribiendo; Montale, sin embargo, no abrió la puerta. ¿Quién se atreve a darle la razón a Coleridge y a considerar equivocado a Montale? O bien, ¿quién hace lo mismo considerando equivocado a Coleridge y dándole la razón a Montale? La vida es ambigua y también lo es la poesía.

Aseguradoras

En la revista esotérica Destino (Año 1, No. 5), viene esta tranquilizadora nota:

La actriz Shirley MacLaine es una más, entre las numerosas figuras de nombradía mundial, en asegurarse contra la posibilidad de secuestro por seres extraterrestres. Las pólizas las acepta una nueva compañía de Altamonte Springs, Florida, cuyo nombre es “UFO Abduction Insurance Company”. Entre sus clientes hay una buena cantidad de pilotos internacionales, principalmente de esos que tienen que volar sobre zonas críticas, como el Triángulo de las Bermudas, y muchas personas que forman parte de las clases más ricas y famosas del país. La compañía incluye seguros para reclamaciones derivadas de la posibilidad de ser violada por un extraterrestre.

Los flechazos de Abel

Hay un bolero que dice: “Nuestra vida comenzó en el instante en que nos conocimos. El bolero es una canción de amor, romántica, tropical y triste. Es también una noticia sobre lo que en Italia se llama “colpo di fulmine” y en México, el flechazo.

Dos seres se encuentran y se enamoran para siempre. No pueden resistirse el uno al otro. No importan la reglas morales o los obstáculos físicos. No importan las distancias en el tiempo o en el espacio, porque “nuestras vidas empezaron en el instante en que nos conocimos”.

Cazador de Musas se llama este libro que reúne las pinturas de mi amigo Abel Quezada, y es un libro de amor en el que Abel sale a cazar todas las cosas que él ama con la loca pasión del flechazo.

Quezada Cazador, flechador de amores, ama a las damas primero -ladies first- y luego le da tanta pena verlas tan solas, que a cada una le da su pareja, como un Noé a punto de embarcarse en el arca de una eterna luna de miel.

Pero éste no es Noé, sino Abel, y en el camino está expuesto al acecho criminal de Caín. En el mundo hay gente armada, militares pero también civiles, que no quieren demasiado a las parejas enamoradas.

Entonces Abel proclama su amor por el juego y se lo entrega a los amantes para que le ofrezcan al poder retrato lúdico en el que la autoridad, como los vampiros, deja de reflejarse.

Y declara su pasión por los trenes, los barcos, los aviones, los taxis y los dirigibles, para que los aman siempre cuenten con su arca para huir juntos, encontrarse cuando se han separado y despistar al villano Caín.

Cazador y guía de este safari amoroso, Abel Quezada es dueño de un disfraz perfecto: él caza desnudo, para no hacer ruido con su ropa, no despertar a los venados y mucho menos, a las musas.

Quezada Cazador se ha disfrazado con el traje del padre Adán. Y desnudos todos somos iguales.

Pero si identificamos a Abel, es porque, aunque esté desnudo, sueña. Un desfile pasa, a toda hora, de día y de noche, por su mirada. Hasta cuando cierra los ojos, está viendo e invitándonos a ver con él las cosas que ama, empezando de nuevo, por las mujeres.

Mezclas inquietantes de odalisca y madona, de veleidad y piedad, sentadas en sus sofás como invitándonos a acercanos a ellas; recostadas en sus divanes, como diciéndonos: ya no hay lugar para ti; monopolizando sillas de leopardo y bañeras rusas, en ambas advirtiéndonos a los hombres: sólo te hago un hueco si naces de mí o mueres por mí.

¿Cómo nazco de ti, cómo muero de ti?, le pregunta Abel a sus mujeres.

Y éstas, que a veces se llaman Eva la madre, y a veces Venus la amante, y a veces Scherezada la fabuladora, le dicen: Muy sencillo. Empieza conmigo y termina conmigo, siempre. Lo que hagas en medio, es cosa tuya.

Esa “cosa tuya” es el mundo, y Abel Quezada lo recorre una y otra vez, lo mira, lo hace suyo, y juega con él, bajo la mirada de las mujeres, que lo aguardan siempre al final del periplo para preguntarle:

¿Qué me trajiste, Abel, hijo pródigo, qué lograste salvar del gran viaje que hiciste, qué pudiste rescatarle a la codicia y a la envidia, a la ambición y a la desidia, al olvido y a la indiferencia, a la cólera de Caín?

La respuesta del hijo pródigo depende de la mujer a la que retorna.

Pues si es Venus la amante, sus palabras son “Nuestra vida comenzó en el instante en que nos conocimos”, y entonces Abel regresa de su cacería con pocas cosas, para evitar la incomodidad y no pagar exceso de equipaje, apresurando el encuentro anhelado: unas cajas de puros con temas taurinos; un par de huevos imperiales y mágicos; y un biombo para poderse desnudar a gusto antes de salir a cazar musas en el centro de un Africa imaginaria y con color de Congo.

Pero en los ojos de Venus, en su mirada larga y bífica como las lenguas de algunas serpientes, angosta y malvada a veces, luminosamente aclarada por las lágrimas; otras, hay una melancolía que le dice al artista:

El mundo nos precede; lo sabemos con alegría. Pero el mundo nos sobrevivirá: lo sabemos con tristeza.

Y el pobre artista sólo puede contestarle a su musa cruel que cuanto nos precede es una memoria y cuanto nos sigue será un deseo, pero sólo desde este presente podemos recordar el pasado o imaginar el futuro; y el presente significa hacerse presente.

Quezada el cazador cazado sabe muy bien que el conducto de esa presencia es la mujer y son sus caricias, sus mimos, sus besos, sus crueldades a veces, sus olvidos en el peor de los casos, los que nos dicen:

Acabas de nacer, primero. Y acabas de morir, al fin.

De allí que el hijo pródigo se refugie en los brazos de la segunda mujer, Eva la madre, que, ella, le dice: “Nuestra vida ya existía antes de que naciéramos”.

Y el artista también lo entiende. Claro que sí, hay una tradición, una historia… y todo viene de algo, nada viene de nada.

De allí la sensación de conexión con todas las cosas que el artista comunica con una sonrisa a veces, con un suspiro otras, pero siempre con un espíritu de selección que lo convierte, precisamente, en un artista.

Abel el hijo de Adán recoge los frutos del mundo y se los lleva a su madre, Eva.

Estas ofrendas pueden parecer tan absurdas como un huevo de río pintado con la cara de un profeta; tan incómodas como un toro negro; tan melancólicas como un estadio vacío; tan sinceras como una vaca independiente; y tan peligrosas como una carrera solitaria por Central Park.

Pero a Eva las cosas le interesan poco. Ella es dueña de una manzana mordida, y no quiere otra posesión. Eva evita la propiedad. Pero Eva evoca la experiencia. Da las gracias por las magníficas rosas, pero no quiere ningún obsequio.

-No me des nada, hijo Abel. Cuéntamelo todo, mejor. Dime, ¿en qué tiempo viviste?

El hijo pródigo, el Flechador de Musas, Abel Cupido entiende esta pregunta y reinicia su viaje, pero esta vez en la memoria, contándole a la mujer que primero se llamó Eva:

Viví cuando todos usaban sombrero; cuando todos tenían fe en los dirigibles; cuando las plazas de Chirico estaban repletas de gente; cuando las odaliscas de Matisse movían el ombligo; cuando Hungría tenía una flota de guerra pero Yucatán seguía careciendo de submarinos; cuando los trenes llegaban tarde porque se detenían a recoger a cada uno de mis amigos; cuando Juan Soriano y el Papa Juan XXIII eran la misma persona; cuando Shadow el luchador enmascarado era amado por su mujer, que lo abandonó apenas lo vio sin disfraz; cuando yo mismo era otro:

Mírame cómo me pinto solo, madre, no un mexicano del Norte, alto, antes rubio, ahora cano y un poco calvo, sonriente y con una mirada de lince, sino este otro hijo tuyo y de mi imaginación, miope, bigotón y con pelos de puercoespín.

¿Me sigues queriendo, madre; me abrazas siempre, odalisca; me cierras los ojos el día de mi muerte, Venus de los círculos intelectuales; me traes flores a mi tumba, joven yucateca con leve defecto físico; me amas de todas maneras, por mucho que haya cambiado?, le dice Abel a Eva dándose cuenta de que los dos han cambiado.

Pues la mujer que arrulla las musas es muchas mozas.

La inevitable Eva del origen empieza a parecerse a la Venus venidera de la muerte.

Pero entre las dos hay una reina más de la baraja: la fabuladora de la fantasía, Scherezada, la que imagina la cuentista sin cuenta, y sus palabras dicen: “La verdad, es que sólo empezamos a vivir en el momento en que empezamos a imaginar”.

Es ella, Scherezada, entre Eva y Venus, la que da a la actualidad de Quezada su aire más atractivo, s perfume de antigüedad moderna, su decorado un tanto pasado de moda, su nostalgia de trenes y zepelines sus orejas de estrella del cine mudo, pero también su ardiente deseo de no morir, de acabar de amar a las mujeres reclinadas en los divanes, de vitorear al campeón en el ring, de tomar el siguiente vapor rumbo al faro, el siguiente tren rumbo a la montaña mágica, el viejo fotingo desorientado en el jardín de senderos que se bifurcan, el lento dirigible que salió en busca del tiempo perdido…

Retrato de un tiempo, de su abundancia a veces, de su ausencia otras, la pintura de Abel Quezada es, al cabo, una evocación, pero también un exorcismo, de los espacios vacíos, sin mujeres, sin parejas, sin aire, donde la muerte se adelanta a la vida, llegando antes de tiempo. Es la lucha de Abel contra Caín.

La sonrisa se nos congela en los labios cuando vemos, en la pintura más triste de todas, al Fílder del destino, el último miembro del equipo de beisbol de Comales, solitario en un campo verde donde siempre está a punto de atardecer pero la noche nunca acaba de llegar, tan desolada y huérfana es la mirada del Fílder, que ya ni siquiera levanta los brazos para recibir en el guante la pelota que acaso nunca llegará.

En el centro mismo de la pintura de Abel, este cuadro es como una moneda del destino. Pero el volado, la cara o cruz, ¿no nos remite a todas las posibilidades que su maravillosa obra contiene?

La memoria y el deseo a partir de la presencia en el mundo.

El humor del accidente, la fortuna del azar, el batacazo que desmorona con risa a la solemnidad y expulsa a la acedia, para poner en su lugar al amor y a la amistad, a las divinas y a los divinos.

La aventura y el viaje, el riesgo del cuerpo y el de la mente.

La caja de puros, la mesa puesta, el caballo ensillado; el barco de Fellini listo para zarpar; el bar de Edward Hopper a punto de cerrar; la plaza de Chirico esperando el carnaval; la aduana de Rousseau abolida por el Mercado Común.

Las mil maneras que tenemos de decirle no a la indiferencia y a la muerte.

La risa y la canción y el sueño que le dicen al poder: Me necesitas, pues no hay poder sobre la nada; me necesitas a mí más que yo a ti, y debes admitir mi libertad…

El flechazo de la pasión que le dice al ser amado: nada me detendrá, llegaré hasta ti…

Mientras tanto, el Fílder del destino, el cazador de musas está allí, en medio del gran estado africano, de color congolés, esperando que le caiga, no una pelota en la mano, sino una palabra en la boca.

Abel Quezada nos asegura que no abandonará a su hermano menor, que le dará su palabra, quizás en la forma de una nubecilla que se acercará a los labios del pequeño hombre solitario, igual que en los fumetos de antaño y en los glifos, aun más antiguos, de los códices aztecas, para que la figura de la soledad en el gran vacío que nos empeñamos en crear en la tierra, reciba esa palabra y reconociendo al generoso artista que se la da, le diga con su cara levantada: 

“Mr. Quezada, I presume?”

San Jerónimo, diciembre de 1989. Milán, enero de 1990.

Lo que dice la letra

Dos escritoras, tres escritores. Tienen en común la nacionalidad la vocación, son más o menos de la misma edad (nacieron entre 1944 y 1952). Ninguno de ellos es ya un aprendiz; llevan publicados entre dos y diez libros. Sus temas son variados, sus técnicas también.

Maria Luisa Puga (1944) tuvo un deslumbrante debut con Las posibilidades del odio (1978). En los seis relatos ubicados en Nairobi -que para Puga constituyen una novela- se presenta la ciudad africana desde la complicidad y extrañeza de otros ojos tercermundistas.

En la segunda novela, Cuando el aire es azul (1980), tal vez estimulada por el considerable éxito de su primer libro, Puga se embarcó en la ambiciosa construcción de una utopía. La amplitud del problema y tal vez una cierta ingenuidad frustraron el intento, pero avanzó en el interés y la capacidad de ahondar en las relaciones humanas.

Probablemente una constante de las obras de ficción de Puga sea la presencia de una conciencia de sí misma y del otro, compartida por el narrador y por los personajes. Desde un punto de vista intuitivo, a la autora le ha preocupado deshebrar las sensaciones, hurgar en las emociones, en busca de una mejor y mayor comprensión de sí misma y de los demás, del mundo en que vive. Las imágenes resultantes son fundamentalmente eso, imágenes, no razones. Al final, la escritora nos da una aproximación a una realidad, una de muchas entre las posibles; ella parece creer que una aproximación es lo mejor que se puede alcanzar. Es el caso de Pánico o peligro (1984) -premio Villaurrutia-, La forma del silencio (1987) y Antonia (1989).

A un ritmo de una novela casi cada dos años, Puga ha publicado también las colecciones de cuentos Inmóvil sol secreto (1979), Accidentes (1981) e Intentos (1987).

En otros géneros ha publicado, con Mónica Mansour, Itinerario de palabras (1987), ensayos sobre viajes y meditaciones. Una larga conversación con el ceramista Hugo Velázquez dio como resultado La cerámica de Hugo Velázquez. Cuando rinde el horno (1983). Final mente, en la colección de la Dirección de Literatura de la UNAM “De cuerpo entero”, Puga acaba de publicar un relato autobiográfico sobre su infancia y adolescencia.

La mañana debe seguir gris (1977) -premio Villaurrutia- fue la primera novela de Silvia Molina (1945). De corte testimonial y autobiográfico, con una narración lineal, esta obra contenía el exitoso elemento del amor interrumpido. Además, el objeto/sujeto del amo era un conocido y talentoso poeta, muerto prematuramente. La narradora, una niña bien, sufre el conflicto de rompe con un mundo cómodo ante la fuerte atracción de una relación con un artista Su lucha se ve frustrada por el deceso de poeta, personaje de la novela y de la realidad real.

Entre la primera y la segunda novela Molina publicó Leyendo en la tortuga (1981), un ejercicio “para entretenerse” según palabras de la autora, después de la angustia que le ocasiono La mañana En Ascensión Tun (1981), la segunda novela, Molina intenta incursionar en el campo histórico -línea que continuar; en La familia vino del norte (1987)- pero tomando como centro a un personaje. Una constante de estas tres novelas, como la propia Molina ha dicho, en la búsqueda de la identidad.

Ascensión Tun se ubica en el marco de la Guerra de castas en la península yucateca. Aquí hay una estructura paralela con dos visiones del conflicto: la maya y la blanca. La primera se centra en un niño maya huérfano y abandonado, y vale por la sencillez del lenguaje al referirse al mundo infantil; en la segunda se nota una abundancia de datos, hasta cierto punto desvinculados, de las vivencias más personales del hombre blanco.

La familia vino del norte está narrada desde un punto de vista más íntimo. Comparte con las obras anteriores un deseo de remover el pasado -nacional, regional y/o familiar- con el fin de comprender la individualidad y su presente. En este caso la Revolución es la referencia histórica, y en particular, la rebelión serranista.

Molina ha publicado también cuentos para niños (El papel, 1985) y para grandes: Lides de estaño (1984) y, su publicación más reciente, Dicen que me case yo (1989). En estas narraciones cortas hay una búsqueda de una voz propia, individual, femenina, aunque no necesariamente feminista.

Severino Salazar (Zacatecas, 1947) recibió el premio Juan Rulfo de primera novela por Donde deben estar las catedrales (1984). Dos años después publicó la colección de cuentos Las aguas derramadas (1986) y, en 1989, El mundo es un lugar extraño.

Salazar se ubica en un mundo de rumores, de nostalgias, de conversaciones de provincia. Su lenguaje se nutre de sugerentes giros provincianos de riqueza metafórica. La tristeza, la desesperanza, la añoranza de algo que tal vez nunca ha pasado, marcan sus escritos.

Donde deben estar las catedrales es el intento del narrador de volver a vivir una historia que sucedió en Zacatecas cuando tenía diez años. El destino de los tres protagonistas está dado desde el inicio, a partir de una imagen de la ciudad: las autoridades se han preocupado de cuidar las fachadas, sin tener en cuenta el derrumbe del interior.

Mario Huacuja (1950) ha publicado hasta la fecha la novela Temblores (1985) y La resurrección de la Santa María (1989) en la que hay dos narraciones paralelas: la de la Santa María, escrita desde la voz del barco, en el siglo XV, y la del proyecto, creación y viajes de la Marigalante, su reproducción; ambas se unen finalmente en tiempo y espacio.

La formación sociológica de Huacuja es clara en Temblores, que podría ubicarse en la larga línea de novelas sobre las dictaduras y los dictadores en Hispanoamérica. Siguiendo la impersonalidad del dictador instaurada por Martín Luis Guzmán y establecida firmemente por Miguel Angel Asturias, el dictador de Huacuja puede ser cualquiera de los tiranos latinoamericanos. En sus dos obras, el narrador omnisciente observa desde lejos a los personajes y sus acciones y los traduce a un lenguaje de riqueza léxica, inspirado probablemente en Carpentier.

El más joven y uno de los más prolíficos de los cinco es David Martín del Campo (1952), quien se inició con un ejercicio literario público más bien desafortunado: Las rojas son las carreteras (1977). A partir de ahí ha escrito a un ritmo acelerado, con saltos cualitativos muy patentes, Esta tierra del amor (1984), Isla de lobos (1987) -premio José Rubén Romero-, Todos los árboles (1987), Dama de noche (1990) y, la más reciente, Quemar los pozos (1990). Ha publicado los cuentos reunidos bajo el título El cerro del ruido (1982), y Los mares de México (1987). Mil millas/Delfines y tiburones (1988) son dos novelas cortas.

Isla de lobos y Dama de noche ofrecen panoramas caleidoscópicos, vertiginosos, de distintas acciones. Predomina eso, la acción, el diálogo rápido, con lugar para el humor. Los hechos se suceden, hay poco tiempo para reflexionar. Lo que importa es la experiencia vital, el movimiento. Como Hemingway parece trabajar de pie. Según el autor, al escribir, su propósito principal “es divertirme y divertir al lector”, y lo cumple: la agilidad y velocidad de las acciones atrapan al lector en su impaciencia vital, lo intrigan y divierten. La visión del mundo es apasionada y dinámica.

La narrativa nacional es amplia y variada. Las preocupaciones son diversas, también los caminos para explorarlas y comunicarlas, así como los resultados. Una de esas rutas va desde la visión íntima y reflexiva de María Luisa Puga hasta la distancia omnisciente de Mario Huacuja. Otra va desde la quietud de Silvia Molina hasta el dinamismo vital de David Martín del Campo. Otra más parte del lenguaje nostálgico y evocativo de Severino Salazar, pasa por el lenguaje llano, con brochazos coloquiales, de Silvia Molina y llega a la elaboración de Mario Huacuja.

Sin embargo, no hay grandes novelas.

Abel Quezada

Durante los meses de abril, mayo y junio de 1990 la Gallerie D’Nesle de París montó una exposición con los cuadros de Abel Quezada. Esto corroboró definitivamente un hecho que con el tiempo fue pasando del secreto a voces de unos cuantos a la conclusión lógica y universal: Abel Quezada es uno de los grandes pintores mexicanos de este siglo. Como un pequeño homenaje a este pintor, publicamos aquí el texto que Carlos Fuentes leyó en la ciudad de Milán para presentar el libro Cazador de musas de Abel Quezada, en enero de 1989.

crucero

El Man

. Luis Miguel Aguilar

Recordé al Man por una convergencia de azares. Yo daba por liquidado al cantante jamaiquino Harry Belafonte hasta que en una disquería me encontré con su cara en la portada de un disco. Era una cara todavía asociable con la del juvenil Belafonte, pero tenía el pelo perfectamente encanecido. Pensé en un autochiste de nuestro Belafonte nacional, Johnny Laboriel: “Cuando yo sea viejo, voy a parecer puro apagado”. El disco de Belafonte se llamaba Paradise in Gazankulu, una grabación hecha en Sudáfrica, y en efecto un homenaje a Sudáfrica. Compré el disco: ritmos vivos, letras directas, bodas extrañas del calypso y las percusiones africanas, y sobre todo: mujeres negras que hacen del coro algo angelical y rotundo.

Busqué entonces en mi casa los discos viejos de Harry Belafonte, pero sin la convicción de encontrarlos: sospechaba que un arranque revolucionario de los años setenta los había proscrito de mi discotería. Tuve que conformarme con las dos canciones que trae la banda de sonido de la película Beetlejuice, que a su modo es también un homenaje al calypso. Una de ellas es Day-O, la más universal de las canciones populares jamaiquinas, referida al vendedor de plátanos que se pasó toda la noche juntando brillantes pencas y quiere irse a su casa porque ya llegó la luz del día:

Daaay-O,is de Da-a-ay-O,

Day lite come an’me wan’go home,

que Johnny Laboriel cubrió así en español:

Eeeo, ite-teé-éóoo,

Ricos plátanos vendo yo…

El hecho es que mi hijo de dos años y medio de edad oyó a Belafonte y durante varios meses se quedó prendado de la canción. Un día, a las cinco y media de la mañana, a mi mujer y a mí nos despertó una voz infantil que entonaba en el cuarto de junto:

Déeeeeyúu, Déeeyúuuu,

Miran jom.

Fui a su cama y le dije que se durmiera otra vez, o que cantara algo más idiosincrático, Crí Crí o Doña Blanca. El me dijo que quería oir Deyú en ese mismo momento, pero le contesté que era imposible: el tocadiscos y el cantante estaban dormidos y, además, habría sido la treceava vez en el día. Así persuadido, siguió cantando deyú hasta que amaneció. 

Noches más tarde, quise aprovechar que todo mundo dormía y que mi mujer acababa de regalarme unos audífonos para oír discos a buen volumen cuando todo mundo durmiera. Por fin, sería feliz y secreto. Se me antojó oír “Lola”, el clásico de los Kinks, y puse la grabación de un concierto en vivo que un amigo me había obsequiado. Y yo era feliz y secreto cuando en eso, en uno de los tiempos muertos del concierto, a Ray Davies, el líder y cantante de Los Kinks, se le ocurrió prenda al público con el grito: “Daaaay-OOO, Da-aay-OOO” y, lo que es peor, el público hizo coro. Me quité los audífonos y me prometí apartar esa grabación del oído de mi hijo para que no corroborara la pertinencia de sus afectos musicales.

Por último y por si fuera poco, el mundial de Italia 90 se acercaba y los hoolligans ingleses se pusieron de moda. En la televisión pasaron un documental alusivo y un fragmento del mismo registró un partido de la segunda división inglesa de fútbol. Como se sabe, la presencia de jugadores negros es muy reciente en el fútbol inglés, pero los negros ya son imprescindibles en ese fútbol. Son hijos de los primeros inmigrantes de las excolonias británicas. El hecho es que habían fauleado a un negro que se retorcía en el piso, y para escarnecerlo a los hooligans del equipo contrario no se les ocurrió mejor cosa que cantarle desde las tribunas: “Daaay-OOO”, como un modo de recordarle su origen colonial e ironizarlo con la cosa de que lo mejor para él era regresarse a su casa y, por extensión, a la Jamaica o la excolonia paterna. Entonces el recuerdo del Man se hizo ineludible.

En 1967, cuando yo tenía once años de edad, fui por primera vez a Belice, entonces Honduras Británicas, en la frontera con el estado -entonces territorio- de Quintana Roo. Llegué a casa de la querida familia Cepeda y encontré ese mundo tan parecido al quintanarroense, y al mismo tiempo tan radicalmente distinto. Los queridos doña David y don Tayde se sabían orgullosamente “latinos”. No hablaban inglés, pero hablarlo no les habría bastado: los beliceños hablaban un inglés creolle que sólo mi hijo de dos años y medio habría inferido. O yo mismo a los once años, ya que mi inglés consistía en inventarlo a partir de las canciones que oía en Radio Exitos de la ciudad de México o en la RCN, la única estación de radio de Chetumal Quintana Roo. Por ejemplo, yo cantaba así Yesterday de Los Beatles:

Yesterday, hora trober sin tú faro güey,

pero era más fácil entender esto que entender creolle.

El Man era tres años mayor que yo. Aún era Gabriel Cepeda pero ya se sospechaba que sería El Man. Para pelear con sus hermanas a la hora del juego del Turista, alternaba su latino y su inglés, pero remataba sin variar:

-Trampa, man. Foc ya, pendeja Trampa man.

Las hermanas, que tenían un mejor creolle y un latino que sonaba como a mala traducción del inglés, decían:

-Idiot, foc ya. Te acusaré, estúpido. No eres más. Mis abuelos lo verán. Además, stop talkin’ creolle, wil ya?

La amenaza era concerniente a que doña David y don Tayde -sus abuelos y también sus padres, porque luego de un trágico choque en carretera El Man y sus hermanas se habían quedado sin padres- les tenían prohibido hablar inglés, hablar creolle, en su casa; evidentemente porque no entendían, pero evidentemente porque conservaban la idea de regresar alguna vez a Quintana Roo, al mundo latino, al reino del español sin intermitencias anglófonas.

Pero el Man viene a cuento porque a la primera queja de sus hermanas frente a una de sus trampas, como irse a la gasolinera cuando los dados habían decidido que debía irse a la cárcel del Turista, El Man se levantaba del tablero y gritaba:

-Daaaay-O, is de daaaay-OOO.

Como un canto de guerra, un modo estridente de abatir cualquier expectativa de rectificación y juego limpio. En Belice no había más que jugar Turista y estar lo más cerca posible de Lucila Cepeda, dos años mayor que El Man y cinco mayor que yo. De modo que, para mi, Lucila habría sido una versión sureste de la lópezvelardiana Prima Agueda. Con tanto Turista, el grito de El Man se repetía varias veces a la semana. Una tarde El Man se robó dos hoteles porque sí, y cuando la Banca regulada por otra de las hermanas le reclamó acremente y además le dijo, en creolle, que no hablara creolle porque los abuelitos -en español- se enterarían, El Man comenzó de nuevo:

-Daaaaaay OOOOO,

pero esta vez dejó tanto tiempo las vocales en lo alto, que yo no pude aguantarme y pensé además que quedaría bien con Lucila, como un conocedor de canciones, si completaba el asunto con la versión de Johnny Laboriel: finalmente, a juzgar por los gritos de El Man, todo consistía en manejar la onomatopeya. Si la música era la misma, Johnny Laboriel no podía equivocarse. Por eso, me levanté y canté, de algún modo interrumpiendo al Man o encadenándome con él:

-Ite-te-é-é-óoo.

Los demás se sorprendieron, empezando por El Man, que guardó silencio, pero yo no podía detenerme ahí. Entonces traduje al inglés la versión de Johnny Laboriel: “Ricos plátanos vendo yo”, que más o menos me quedó así:

– The rich plátanos have for all.

El Man y sus hermanas se me quedaron viendo con la mirada más desconcertada que yo hubiera visto en mi vida. Luego se carcajearon tremendamente. Se revolcaban por el piso. Yo hice lo peor que puede hacer un cómico involuntario en esas circunstancias: meterse con el público. Les dije que qué tenía de malo, que mi canción en inglés no estaba peor que su “foca” -yo creí que así era el insulto que ellos reiteraban- latino-creolle. Cuando oyeron “foca” El Man y sus hermanas se convulsionaron todavía más y tuvieron que agarrar los cojines de los sillones para detenerse la risa en la barriga. Se burlaron tanto que yo hice la segunda cosa peor que puede hacer un cómico involuntario en esas circunstancias: sentirse solo y desgraciado, en cancha ajena y tierra extraña, y permitir que el lacrimal se activara furtivamente. Frente al escándalo llegó doña David. De una vistazo identificó la situación y les dijo a sus nietos:

-Ya lo hicieron llorar. El está solo aquí. -Y añadió, con una espléndida visión del futuro-: Ya quiero ver si ustedes estuvieran allá -no precisó dónde: Chetumal o la ciudad de México, las zonas alternas de mi familia, y remató-: Y no hablen más foc ya creolle. Ustedes son mexicanos, aunque ahora sean de Belice.

Me sentí un cobarde: no había sido como para llorar. Pero no encontré mejor refugio para esconder el ridículo. Nada, por lo demás, que no curaran las horas. Un día la confianza adquirida me dio a tomar el camino correcto. Le piqué el hombro a la diosa por atrás, y cuando se volvió a verme, le dije:

-Enséñame a bailar calypso.

Lucila Cepeda lo tomó a las divertidas y puso un disco de Harry Belafonte, sobre todo una canción cuyo verso central -reconstruido años después- se refería a un hombre que bajaba del monte y veía amanecer a su pueblo, con un perfecto juego de aliteraciones:

-Ma town is dawnin’down dere.

En el calypso siempre había alguien que comenzaba el día y bajaba por una calle. Los mismos pasos del baile son los de alguien que avanza pausada y rítmicamente, de izquierda a derecha, y todas las letras, en efecto, tenían las huellas del pregón, del vendedor itinerante.

Ese verso tuvo secuela. Años después, cuando Lucila y sus hermanas fueron la avanzada hacia la casa de huéspedes de la familia Gálvez en la ciudad de México; cuando Lucila tendría ya inaccesibles 21 años y yo impotenciales 16, le repetía que aquella canción de Harry Belafonte con la que ella me había enseñado a bailar calypso decía, en realidad y a la letra, que había que matar al burro, al “donkey”, del siguiente modo:

-Matanga donkey, ¿dondé?

Y le decía que me la hiciera buena: ¿dónde íbamos a matar al burro pendiente? ¿Dónde y cómo íbamos a completar la lección de calypso que ella me había enseñado en Belice siglos atrás? 

-Hasta que aprendas creolle, baby- me decía en creolle: o sea que en lugar de baby a secas decía mi nombre, o mi apodo, y añadía baby.

No supe por mi madre que El Man se agregaría a sus hermanas como huéspedes de nuestra casa. Me lo encontré en Chetumal meses antes. Fuimos al Xel-Há y me dejó sentir que tenía males de amores, pero que no transigiría a la confidencia. En algún descanso del conjunto, El Man se acercó a la cantante del bar y le tarareó algo. Ella asintió y en la siguiente ronda de canciones incluyó “Adiós a Jamaica”, según la versión en español de Los Locos del Ritmo, y dedicada a los jóvenes de aquella mesa:

Por el camino donde sale el sol

Y las aves lucen de bello color,

Voy caminando para encontrar

La felicidad de mi corazón. Por eso

A Jamaica dijo adiós…

El Man no dejó de tararearla después, y me pedía que le completara la letra en español, y si yo no me acordaba, él recurría de inmediato al inglés. Nunca vi al Man tan cerca de mí pero tampoco tan lejos: tan cerca de sí mismo. Me dijo que nos veríamos en México. Ya Harry Belafonte y Los Locos del Ritmo había explicado que tenían que dejar a una pequeña muchacha en Kingston Town para ir a México, pero El Man no habló de ninguna muchacha.

Tardó seis meses en llegar a México. Los mismos que yo tardé -1972- en alternar las lecturas del boom latinoamericano con los Conceptos elementales del materialismo histórico de Martha Harnecker. O sea que entré al CCH. Y tuve un tocadiscos of my own. Quiero decir que acaparé el tocadiscos portátil que años atrás mi madre había traído a México de un viaje casual a Belice, por la cantidad regalada de treinta dólares beliceños, cuando el peso estaba a 12.50 frente al dólar norteamericano, y el dólar beliceño, parapetado por la libra inglesa, estaba a 8.50 pesos mexicanos. Se volvió el tocadiscos de la familia porque la consola previa no había correspondido a las múltiples esperanzas que los pagos mensuales pusieron en ella y se había echado a perder para siempre.

Junto con el tesoro del tocadiscos beliceño, mi madre trajo un bien extra para mí:

-Lucila te manda estos discos. Que te dijera que el calypso ya pasó, que ahora bailes ragatime o yo no sé qué coños de música de ésas.

Por primera vez oí hablar del reggae, siglos antes de que Bob Marley & Co. lo universalizaran.

El Man me pedía prestado ese mismo tocadiscos para oír su música, una vez que se instaló en mi cuarto. El Man conseguía discos extrañísimos, y como yo había dejado de oír Radio Exitos para concentrarme en el folklore latinoamericano, no había punto de encuentro con él. Ya era El Man: el apodo se lo habían puesto mis hermanas porque El Man remataba así cada uno de sus parlamentos:

-Voy a ir a American Chambers, man.

Y mis hermanas:

-Muy bien, man.

Y mi madre, a mí:

-Tienes que acompañar al nieto de los Cepeda a American Chambers, porque no sabe -ni yo coños qué sé- dónde queda eso.

Y entonces, posponiendo mi presente latinoamericano y revolucionario, acompañé al Man a American Chambers. Dejó ahí su currículum y le dijeron que lo llamarían en cuanto hubiera algo.

El currículum del Man, para mí, consistía en que llegaba todas las noches con una cantidad inmensa de tarjetas amarillas, que ni siquiera servían para fichar lecturas revolucionarias porque estaban todas perforadas. Unicamente, lo reconozco, usé algunas de ellas como separadores de libros. Pero yo guardaba un discreto silencio frente a sus cursos de computación, mientras me adormecía con canciones de Atahualpa Yupanqui. Y El Man guardaba un silencio mayor, interrumpido sólo por cosas como:

-¿Dónde queda el Sanborn’s, man?

Y yo, sin mayor escándalo, puesto que ahí solía hacer a veces la revolución con mis amigos del CCH mediante dos jarritas metálicas de café, le informaba:

-El de más cerca está en Insurgentes.

El Man llegaba a la otra noche con unas revistas en inglés que daban cuenta de crímenes infectos, detectives y atentados a la vida pública, sueños amarillos con gotas rojas. Yo recordaba aquellos cortos de películas en inglés cuando El Man me invitaba al único cine de Belice, El Palace, y la voz cavernosa del locutor anunciaba que próximamente en ese salón los espectadores verían cosas draculescas y nefandas, mientras las letras se deformaban hasta volverse sangre que escurría por la pared de la pantalla.

Paradójicamente, El Man y yo tuvimos algo en común alrededor del tocadiscos beliceño. Al menos, El Man era proclive a lo mismo que yo: no ponía un disco completo sino una sola canción hasta la saciedad. Yo le decía:

-No mames, man. No oigas esa mierda, man.

-¿Cuál mierda, man?

-Esa que oyes. Hay que oír a Violeta Parra, man. El canto latinoamericano. Las raíces, man. Y a Paco Ibáñez, man. La poesía de ayer, de hoy y de siempre.

Y él:

-No jodas, man. ¿Qué es eso, man? No me gusto eso, man. Entonces yo me sinceraba y le daba al Man unas rotundas lecciones: la computación era una porquería, esas tarjetas perforadas no servían ni como separadores de libros (mentía), American Chambers era un apéndice más de las abyecciones del imperialismo norteamericano, y la mezclilla -y no sus trajes brillosos comprados en Chetumal- era el modo de no ser más un pequeño burgués; y, si todo eso fallaba, en todo caso la poesía era un arma cargada de futuro.

El Man se acomodaba la almohada, hacía como que iba a leer el libro de editorial Siglo XXI sobre Camilo Torres que yo le había dado para rematar mi discurso, y me decía:

-Okay, man. Pero esto me aburre, man. Y yo, ofendido, apagaba mi lámpara para dormirme; o mejor dicho, intuía que el Man dejaba el libro sobre Camilo Torres para volver a sus cruentas revistas amarillas.

Un día El Man inscribió, en dimo, esta leyenda: “I’M THE BOSS, O.K.?”, y lo pegó sobre la puerta de nuestro cuarto. Yo le dije que quitara eso porque nos iban a confundir. Que lo pusiera en otra parte, en su carpeta o en sus tarjetas amarillas, porque yo no me iba a prestar a esa ofensa para las masas. O sea que le dije:

-No mames, man.

O sea que me dijo:

-Ya me llegó, man. American Chambers, man. Ya tengo un job, man. I’m the boss, O.K.? -Y repitió esto último frente al espejo y en diferentes tonos, hasta extender las manos y concluir con toda naturalidad, como aceptando que no había remedio-: I’m the boss, O.K.? -Y el último O.K. me lo preguntó a mí como diciendo que me rindiera a la evidencia.

En ese momento me pidió prestado el tocadiscos, en la que luego supe que sería la última vez, y puso la canción que durante semanas había competido en nuestro repetitivo hit-parede con mi gallo del momento: “Andaluces de Jaén”, con Paco Ibáñez. El gallo del Man era “I Can See Clearly”, una canción de Johnny Nash cuyos primeros versos decían (en inglés):

Ahora veo claro. La lluvia se fue.

Ahora veo todos los obstáculos a mi paso.

Se fueron las nubes negras que me cegaban.

Viene un día brillante, brillante y soleado.

Cada vez que El Man ponía esta canción en mi tocadiscos, yo no podía evitar el impulso de disfrutarla, sobre todo porque tiempo antes Radio Exitos había difundido un pegajoso hit del mismo Johnny Nash: “Hold me Tight”; pero la conciencia revolucionaria me indicaba que algo estaba mal en materia de condiciones objetivas.

Y lo que estaba mal era esto: la querida familia Cepeda había enviado al Man a México, en segundo lugar, para que estudiara; en tercer lugar, para que consiguiera un trabajo; pero en primerísimo lugar: para apartarlo de una mujer, la “I have to little girl in Kingston Town” que ya sospechaban Belafonte y Los Locos del Ritmo. Y ahora, el proceso histórico se revertía: El Man estaba en la posibilidad, al fin, de poner un departamento en México y traer a su amor de Belice.

Pero El Man, en tránsito, se fue a vivir con sus hermanas, que también habían conseguido trabajo y dejaron la casa de huéspedes de la querida familia Gálvez. Lucila fue a buscarme un día a la casa y me invitó a la inauguración formal del departamento. Cepeda en la colonia de los Doctores. Me pidió prestado, también, el tocadiscos beliceño. Así que a la noche del viernes siguiente empaqué las bocinas y añadí al maletín los discos del reggae que Lucila me había enviado años atrás y que milagrosamente escaparon a mi furor revolucionario.

El Man estaba en la fiesta, pero sin pareja. Nunca más volví a verlo. Mientras tanto, animado por la tercera cuba, puse el disco de reggae de Byron Lee and his Dragonaires y fui hasta Lucila que estaba con sus nuevos amigos de oficina. La saqué de la rueda y le dije:

-Tengo pendientes mis lecciones de reggae.

Y procedimos. De pronto todo el departamento se volvió una escuela de reggae con las Cepeda y El Man de guías. Si en el calypso yo veía las huellas de vendedores ambulantes, al reggae lo pensé como surgido en las piletas de las lavanderas jamaiquinas por ese movimiento rítmico de alguien que, en efecto, está fregando la ropa.

Cuando terminó la fiesta, mientras Lucila me ayudaba a enrollar los cables de las bocinas, le dije:

-Matanga donkey, ¿dondé?

-Not tonite, baby- me contestó y sonrió ampliamente. Y luego la vida me distrajo.

Así distraído, años después entré a la Sala Chopin y vi que había una barata inclemente de discos LP porque estábamos ya en la Era del Disco Compacto. Y vi un disco que decía “Viejitas pero Buenísimas”, que era el nativo modo de traducir “Oldies but Goodiesn. Compré el disco y lo puse enseguida. O acepté, mejor dicho, que la música es la quiebra del orgullo, porque su efecto es siempre anterior a la vanidad. A mi persona narrativa le habría gustado presumir que la devolución musical de su pasado le venía de Mozart o, por lo menos, de algo similar al proustiano Vinteuil -ah de la frase recurrente de Vinteuil-. O al menos, de los prestigiosos himnos contraculturales de mi generación: “Wish You Were Here” de Pink Floyd o “I’m Gonna Leave You” con Led Zeppelin.

En cambio, mi vanidad debía conformarse con este índice que respondía a la zona más blanda de la música pop. Empezaba con “Easy Come, Easy Go” de Bobby Shermann, la canción que cuando estuvo de moda ni a mí mismo me atrevía a tararear, pero sí a la parte más desprevenida de mi cabeza; de modo que ahora regresaba del tapanco vergonzante, con una insospechada autoridad emocional. El disco seguía con “The Air That I Breathe”, la anodina canción de los Hollies que alguna vez puso en el tocadiscos beliceño, para convidarme a nuestro primer clinch bailado, la mujer que me acababa de regalar los audífonos. Audífonos que ahora me preparaban para la siguiente canción: “I Can See Clearly” con Johnny Nash. Y los audífonos me dieron a oír claro al Johnny Nash que sólo El Man oyó. Una negra del coro me hablaba por un audífono, y otra negra del coro me hablaba por el otro audífono. Así que cuando Johnny Nash dice:

It’s gonna be a bright,

una de ellas, con voz grave, corea al oído: “Bright”, y la otra, con voz aguda, corea al otro oído: “Brigth”, y las dos juntas: “Bright”, y las dos de nuevo, apoyando para siempre a Johnny Nash: “Sun shiny day”. Tal era el Vinteuil que estaba para mí.

Falta la revelación del secreto. Estábamos en la sobrecama del Hotel Milán, de la avenida Alvaro Obregón, y Lucila me dijo:

-Ahora tenemos un secreto peor que el de mi hermano Gabriel, baby.

-Entre hermanos no hay secretos- le dije.

-Pero sí incestos, baby. Lo de Gabriel no es nada. Además, tú eres un nené- usó la forma peninsular yucateca, nene con acento en la última é.

-¿Cuál es el secreto del Man?- insistí.

-Ya lo sabes.

-La mujer que se trajo de contrabando.

-Dirás su negrita, baby- dijo Lucila y sonrió, amplia y consabidamente.

-Así que eso era -dije-. íLa Dark Lady del Man! íLa Mujer Misteriosa del Man! -Y comencé a cantar-: I can see clearly now, the rain has gone…

-Avanzaste tu creolle, baby. Pero esto no es el principio sino el fin de cursos.

Preferí que la vida me distrajera de nuevo, dejar esa tarde como estaba o dejar que se hiciera sola y que volviera, única, con los años. Quizá lo preferí para no echar a perder el relato; quizá, porque el incesto entre los hermanos es una cosa que no existe.

Lágrimas de burro

· Hermann Bellinghausen

A la sombra de unos tragos en la Flor Azteca, por Legaria, Asúnsulo recordó la noche que pasó guardado en la cárcel del Torito ahí a la vuelta por una historia de trago, tira y viejas, para variar por culpa de los primos de Antonio, unos cábulas, como se sabe, sobre todo cuando caen en bola y no hay quien los detenga.

-Pero una noche el tiro les salió por la culata -rememoró Asúnsulo y ellos son los últimos en pagar el pato. Asúnsulo dice que siempre andan de suerte.

-Lo suyo es chiripa, pero que yo sepa, una vez ya tuvieron que salir aullando. Y yo con ellos, carajo.

Cierta noche de viernes se juntaron en la casa de Perú, y uno de ellos, Armando, anunció que traía carro. Asúnsulo les tiene mucho respeto, aunque no tanto como a Antonio, que es serio y picudo y nunca anda loco por las calles, es hombre de su casa, y además ora anda por Tijuana y allá piensa quedarse el resto del año. Por un puñado de dólares.

No les da mucho por ahí, a sus primos, pero esa noche traían ganas de putear, y habiendo coche, la búsqueda se facilitaba. 

-Y ahí nos tienes trepados en el Chévrolet de Armando, tres adelante y cinco atrás. Un bandón. Y por lo menos tres pomos. 

Dio un sorbo a su cuba.

-La cosa era echar desmadre, ya ves cómo son. Entrando en calor dirigieron el bólido a Rayón, pero con lo castigadas que tienen a las muchachas por ahí, eran pocas, de bastante mal ver; y su taxista al lado. En fin, nada que se pudiera antojar. Armando propuso “vamos a Teléfonos” y todos bueno, pues cuánto tráis, las de Sullivan cobran con tarjeta o en dólares. Yo cerré la boca. Lo mismo daba, la cosa era pasar la noche sin aburriciones. Llegamos al tiro del puente y nos colocamos en un embotellamiento como de mediodía, puro reventado haciendo cola para revisar el material.

Y es que ahí, como bien sabe Asúnsulo, al otro lado de la Compañía de Luz se instala el supermercado de mujeres más festivo de la capital. A la sombra de la eterna propaganda electoral del SME, que cubre los esqueletos del puente, gordas y flacas, jóvenes y cueros, se alinean a ver quién las levanta.

-La primera vuelta agarramos tercera fila y no pudimos ni acercarnos. Yo de plano me bajé, no tanto para conectar dama sino porque se me antojaron unos tacos de canasta. Una morena en minifalda, agarrada a su vasote de atole de arroz me dijo “vente chato, yo te cuido”, pero ni caso le hice. Conste que era la más chula de todas. Eran ellos, los primos de Antonio, los que traían el arma caliente. Me concentré en los tacos mientras ellos daban la vuelta completa para formarse otra vez. Allí la onda es pegarte a la banqueta, sacar la cabeza y negociar con las niñas, que así como la ves son bien duras. La clientela es de puros adolescentes pirrurrones que ignoran todo de la vida y hay que ver cómo las chavas se los cotorrean. Ellos les dicen prostis, bien babeados, tú crees.

Asúnsulo vio cómo la más llamativa del montón, y primera de la fila, subía a la cleta de un galancito de chamarra y zum, se perdía hecha la bala sobre el falo prolongado de una Suzuki a prueba de patrullas.

-La pobre puso cara de miedo, pero ni máis, ya había aceptado. La verdad, los presentes se apantallaron, “se la lleva, se la lleva” dijo el taquero, y los policías, junto a su camioneta blanca, nomás se rieron. Yo no le encontré la gracia.

Bueno, Asúnsulo no putañea, prefiere ligar a la derecha, cree en el amor y esas cosas. Pero como de costumbre se dejó llevar por la primiza y esa noche le tocó morder el polvo con ellos. Armando enfiló su Chevrolet y como pollos enjaulados los primos sacaron las cabezas delante de una güera natural piernas marca Olimpiadas de Seúl, medias metálicas. Se le podía sentir la temperatura veraniega.

Y bolas, que la güera le suelta su cachetada a uno, a dos, a tres de los primos de Toño. En filita. “Por qué te enojas rubia”, protestó Armando al volante. A él le daba risa y a los otros rabia. Pero cuándo iban a arreglarse, bola de muertos de hambre, si hasta en la Candelaria regatean. Ganas de hacerle al cuento; allí las putas son para gente con centavos, y se reservan el derecho de admisión, si hasta dicen que las trae pasteurizadas, no vaya a desatarse en Polanco una epidemia de catarro inglés.

Asúnsulo sintió una súbita simpatía por las mujeres y un repentino odio a los primos de Antonio y a toda la multitud de machos y machitos pirujeando en esa Disneylandia de la carne. Pagó sus tacos, caminó al carro y subió mientras los otros, humillados, se deshacían en mentadas.

-Vámonos, les dije, ya estuvo bueno de hacerle al pendejo. Nomás falta que armen un pancho. Los primos de Toño son tontos, pero no tanto, así que bastó un acelerón a Armando para llegar a Río Rhin y poner la nave en polvorosa. Se les estaba haciendo bolita y ya venían los patrulleros. Pero haz de cuenta que traían el chamuco y decidieron que cualquier mujer estaba en oferta. Cerca de Reforma una muchacha esperaba el alto para cruzar y que Armando le deja ir la nave. Venían frenéticos, calentados. Se baja Armando y dice ven mi reina, te llevamos. Bastó que le rozara el brazo. La mujer sacó un espray de esos lacrimógenos, y que rocía al Armando en un segundo. Y ya encarrerada, que se arrima al carro y sácale, que nos rocía a todos y sigue luego tan tranquila a la otra banqueta.

Asúnsulo dio un último sorbo a su desvaneciente cuba.

-Ahí nos tienes a todos, llore y llore, ardidos, peor que castrados, moqueando. Y luego yo, que ni quería. A leguas se veía que la chamaca iba a su casa o algo así, no andaba en el jale. Y en esa se nos emparejó una patrulla.

Prefijo ausente:

En el crucero de septiembre titulado “20 años con Jack” se lee que el bajo de Jack Bruce está “lejos del monótono bajo continuo bachiano”. Debió decir “pre-bachiano”. Juan Sebastián hizo en el XVII con los bajos fondos de Vivaldi lo que Bruce y McCartney en el XX con los de Elvis y Berry: quitarles lo aburrido.

El negocio de los libros

Un solo tema parece dominar las pláticas y reuniones entre editores durante los últimos meses: caída de las ventas en el primer semestre de 1990; esto lleva a casi todos a preguntarse sobre el éxito o fracaso de la actual temporada de ventas del libro de texto para primaria y secundaria. La primera preocupación da cuenta de la realidad de la industria editorial, y la otra del miedo con que las editoriales enfrentan el futuro inmediato: si la temporada no las saca adelante, entonces, como diría mi tío Federico, se embarcan en chinampa.

En una encuesta bastante informal que realicé entre varios editores, pude sacar en claro lo siguiente: en general, todos están de acuerdo en que entre las ventas de 1988 y las de 1989 hubo un repunte significativo: entre un año y el siguiente, no solamente valuadas en dinero, sino también en ejemplares, las ventas se incrementaron. Que por primera vez en la década se hayan vendido más ejemplares fue un hecho significativo y, dada la magnitud de la crisis anterior, el principio del triunfo. El optimismo que este hecho produjo, hizo que los editores enfrentaran el año de 1990 con, casi diría, un exceso de confianza.

Pero aun sobresalió la estrategia de aumentar sus tirajes. Hoy, nueve meses después, esa confianza brilla por su ausencia: las ventas no han sido las esperadas. Precisamente en la frase “no han sido las esperadas” se encuentra el nudo del sentimiento de su fracaso: en una buena parte de los casos las ventas de 1990 van por debajo del presupuesto esperado, pero comparativamente por encima de las ventas realizadas en el primer semestre de 1989.

Aunque hay casos en que sí ha habido una reducción de ventas (entre un 5% y un 10%), para el conjunto de la industria el problema no es el de vender menos que el año anterior, sino el de vender menos que lo planeado. Para precisar el problema: si no se toma el primer semestre como referencia, sino los dos trimestres que lo componen, mes a mes el análisis adquiere matices significativos en las ventas; mientras que en 1990 el primer trimestre significó un muy buen periodo, incluso superior al del año anterior, con respecto al segundo no solamente fue menor al del año precedente, sino inclusive al primero. Hay que decir que este segundo trimestre fue abiertamente recesivo: las ventas cayeron como plomada. Un dato que no se puede dejar de lado: entre los primeros y los segundos tres meses de 1990 se verificó la caída comercial más pronunciada en los últimos cinco años. Quiero recalcar que no hablo de ventas reales, sino de ventas comparativas, y así, comparativamente, la caída fue alarmante.

Que no se haya cumplido el presupuesto de ventas denuncia que existe un problema financiero que produce uno menor: la congestión del almacén. Pongamos un ejemplo: si editor vendió 1000 ejemplares de un título “x” en el prime semestre de 1989, y esperaba vender en ese periodo, pero 1990, 1500 ejemplares, lo primero que tuvo que hacer fue aumentar la producción; pero si sólo vendió 1150 ejemplares, eso quiere decir que vendió un 15% por arriba del periodo anterior, pero 350 ejemplares menos de lo esperado. ¿Produjo más que los que vendió, o vendió menos de lo que esperaba? En cualquier caso, su situación financiera empeoró: no importan los 150 ejemplares vendidos de más, sino los 350 vendidos de menos.

Este muy somero y elemental análisis nos muestra que el mercado interno mexicano todavía es muy débil, y que si seguimos tratando con tirajes tan pequeños, los errores en los planes editoriales echarán por tierra cualquier logro. Para corregir sus desviaciones presupuestales, los editores tendrán que ajustar sus planes de producción. Este ajuste evidencia la debilidad financiera de la industria, pues no tiene mecanismos de “escape” o “apoyo”: no hay financiamientos reales a la producción (ni los proveedores otorgan márgenes crediticios, ni la banca ofrece préstamos a tasas adecuadas a la industria), ni existen compras regulares del sistema privado y público de bibliotecas. Aventuro que una de las posibles causas recesivas de la industria, una entre muchas, es que el sistema nacional de bibliotecas disminuyó dramáticamente sus compras en el primer semestre de 1990, con lo que cerró una de las válvulas de apoyo financiero a los editores, y también a los lectores.

Me parece que esta caída de las ventas ha producido dos consecuencias de índole diversa. Por un lado, hay un problema financiero: sé y me consta que varios editores han tenido que recurrir de emergencia a los bancos para financiar sus excesos de almacén y sus déficits de caja, con la consecuente carga financiera, y al mismo tiempo han tenido que hacer ajustes de última hora a sus programas de producción y de gastos. Que no hayan cumplido con sus expectativas de ventas ha traído consigo una suerte de desencanto. En realidad, no hubo una recuperación ilusoria, pero sí hubo una ilusión de recuperación.

Hablando en términos económicos, no olvidemos que el desencanto es un fuerte y sostenido resorte inflacionario.

Los crímenes de la novela

Hernán Lara Zavala: Charras, Joaquín Mortiz. México, 1990, 215 pp.

Esta es la primera novela de Hernán Lara Zavala. Sus dos libros de relatos anteriores -De Zitilchén (1981) y El mismo cielo (1987), quedan atrás, ampliamente superados por esta primera y exitosa incursión en la novelística.

En cierto sentido, la novela es una suerte de “crónica de una muerte anunciada”. Al igual que con el libro de García Márquez, en Charras este conocimiento previo le da a Hernán Lara plena libertad para experimentar con el cómo y no tanto con el qué.

Hernán Lara llevó a cabo una investigación in situ, de primera mano, acudiendo a las fuentes, conversando con la familia y con algunos de los participantes, y al testimonio directo del propio Efraín Calderón. La indignación implícita del autor, y la captura de información, se materializaron de manera comprensible en la forma de una novela testimonial. La novela, pues, está fielmente basada en los sucesos acontecidos en Yucatán en febrero de 1974, conservando nombres y fechas.

En un nivel fundamental, el tema de la novela es el abuso y la impunidad del poder. El gobierno de Yucatán se enfrenta a un líder independiente e incorruptible: el joven pasante de leyes Efraín Calderón, “Charras”, a quien eliminan bajo la presión de los empresarios locales. Se trata de una reacción desesperada frente a la imposibilidad del control y la manipulación. “Charras” ya ha mostrado su efectividad, fuerza y capacidad de organización creando varios sindicatos que pugnan por mejorar las condiciones laborales de los trabajadores. Es evidente que además de la fortaleza del líder, la “solución” que eligen las autoridades apunta a la incapacidad del poder oficial para solucionar o enfrentarse a sus problemas de manera civil y racional.

Sobria y económicamente, sin caer en comentarios y tramas premasticados que le faciliten la digestión al lector, Lara aborda el tema con herramientas distintas para cada fin. Inserta recortes periodísticos con noticias en tomo a la desaparición de “Charras” que consignan la reacción provocada en Yucatán por el crimen mismo y por la evidente manipulación del proceso posterior, más el clásico ocultamiento de información, y declaraciones falsas y demagógicas.

Además de estas inserciones periodísticas se incluyen los testimonios directos -entrevistas, cartas e informes de algunos políticos importantes de aquella época- que dan cuenta de los sucesos de febrero de 1974. Cuando salen de su ambiente de auto-expiación, de auto-panegírico, pierden su sentido original, el de la realidad real, y pasan a ser parte de la realidad literaria.

Dentro de esta misma línea de transposición de la realidad real a la literaria, aparece incluso el presidente Luis Echeverría, como una especie de sombra. En una distanciada tercera persona se narra una entrevista entre José Calderón, hermano de “Charras” y el entonces presidente. La exposición corre a cargo de Calderón, mientras que el presidente no emite ni una sola palabra. El silencio del primer mandatario resulta más elocuente que un rechazo abierto.

Otra herramienta de Lara Zavala es el uso del llamado “flujo de la conciencia”. En el último capítulo dedicado al asesino Carlos Francisco Pérez Valdéz, se suceden rápida e ininterrumpidamente los hechos posteriores a la detención del policía y sus cómplices: los interrogatorios, los golpes, los traslados de un separo a otro, de una ciudad a otra, las promesas de apoyo, los mínimos premios de consolación en efectivo, el trato especial y, finalmente, la decisión de escapar y la permuta consiguiente de la condena dentro de la prisión a la condena a huir. La ausencia del punto final sugiere la continuidad de la fuga.

La primera persona está reservada al propio Charras, a partir del momento del secuestro. Antes, la tercera persona se había ocupado de él, predominando en el texto en su conjunto. “Charras” queda pintado, tal vez por razones obvias, con las tintas un poco cargadas hacia el lado blanco, sin demasiados matices.

En términos literarios sobresale su verdugo Carlos Francisco Pérez Váldez, miembro de la policía. Las partes relativas al homicida están escritas en segunda persona. En los pasajes dedicados al matón, Hernán Lara logra, simultánea y hábilmente, una distancia y un acercamiento que plantean dos aspectos decisivos pero contradictorios de la función de este personaje. Valdéz ha aprendido a vivir y a aceptar su infame situación (económica, cultural, social) y a sacar el “mejor” partido de ella. Se ha asimilado a su medio adverso y duro, de la peor manera posible, sostenido por el mero afan de sobrevivir. Es un ser despreciable; pero también acaba siendo una víctima, el principal chivo expiatorio de las autoridades, apresado junto con sus compañeros de “trabajo” y el jefe de la policía.

La subtrama del doble carácter del autor material -de asesino y de víctima- tiene un paralelo, literario y real, en el destino del periodista metido a política, Loret de Mola. En un rápido diálogo, en el epílogo del texto, nos enteramos de la misteriosa muerte del ex-asistente, en una carretera guerrerense, en compañía de su secretaria. Dejando de lado si la muerte de Loret de Mola fue accidental o deliberada, y en el segundo caso, de cuáles hayan sido las razones, en la novela su muerte funciona como un señalamiento del peligro que esgrime la hoja de la navaja del poder. Sirve, también, como una suerte de “moraleja”, de “justicia poética”, en las palabras del propio Lara, para apaciguar, aun cuando sea de manera mínima, la ira e impotencia frente a crímenes semejantes, al aplicando la máxima de “quien a hierro mata, a hierro muere”.

Sin sentimentalismos, Lara incluye cuadros breves de la infancia de Efraín, de su relación con su novia y de la familia Calderón. Después de la muerte “Charras”, estos cuadros tienen un comentario posterior, donde también preserva la asepsia y la ecuanimidad. El hermano realiza estudios de posgrado, novia se casa y es “razonablemente feliz”. La vida sigue y, para bien y para mal, el mundo no se desmorona.

¿Quién es ése que anda ahí?

Tad Szulc: Fidel: un retrato crítico. Ediciones Grijalbo, Barcelona, 1987.

A comienzos de 1989 Fidel Castro cumplió treinta años en el poder, tres décadas que han transformado a Cuba y a su papel en el mundo. Mirando a 1959 desde la perspectiva de hoy es difícil pensar que esa isla rumbera llegaría a tener un papel central en las decisiones sobre el futuro del Africa meridional, o que un país virtualmente de espaldas hacia América Latina sería un interlocutor importante en las discusiones sobre las perspectivas políticas de América Central.

Desde la Cuba de ayer es difícil imaginarse a Cuba hoy como un país marcial. Desde 1975, Cuba retendría tropas en Angola que, en relación con su población, han representado mayor esfuerzo para el país, y por mucho más largo tiempo, de lo que representó para Estados Unidos mantener sus tropas en Vietnam a lo largo de esa guerra. Cuba tiene hoy unos 50,000 soldados en el exterior (principalmente en Angola), tiene misiones de asistencia militar en una docena de países, y tiene programas de asistencia civil en tres docenas de países desde Indochina hasta Nicaragua y desde Argelia hasta Yemen del Sur.

Esos cambios no los logró sólo un hombre, pero sin él es difícil que se hayan logrado. La historia de Cuba contemporánea no se puede escribir sin Fidel Castro aunque es un error más común querer escribirla sólo en términos de su persona. Tad Szulc, veterano periodista y escritor, viejo conocedor de Cuba y de Fidel Castro, ha intentado escribir una biografía política de Fidel que lo sitúa en la historia de Cuba sin caer en el error de pensar que no hay más que decir sobre esa historia.

Es un libro largo como la isla de Cuba, o quizá tan gordo como ya su sujeto central ha llegado a ser en sus 62 años, compitiendo con el mismo Fidel en el número de palabras emitidas. Y, como los discursos de Fidel, es un libro a veces apasionante y elocuente, y a veces excesivamente repetitivo, machacando el mismo punto una y otra vez. Virtud de un líder militante, pero no de un escritor.

A pesar de su dimensión, más de 90 por ciento del libro trata temas que sólo llegan hasta 1962. Es realmente una biografía del hombre en uno de sus tiempos: la década que va desde el golpe de Estado de Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952 hasta la resolución de la crisis de los cohetes de octubre de 1962. Por lo tanto, el libro de Szulc no intenta explicar la mayor parte de las transformaciones en Cuba y desde Cuba a que hice referencia al comienzo. Sin embargo, Szulc sí trata muy en serio varios temas, y muchos detalles, con relación a esa década revolucionaria tan importante. Haremos referencia sólo a dos aspectos del libro para hacer resaltar sus características.

El argumento central del capítulo de Szulc sobre el gobierno revolucionario que llega al poder en 1959 es que hubo un gobierno informal paralelo al formal, un equipo de toma de decisiones secreto que tenía más peso que el equipo del gobierno, y que desde ese gobierno paralelo y secreto Fidel gobernó al país y transformó la rebelión en revolución. Szulc alega, además, que él ha sido el primero en descifrar estos jeroglíficos de la historia de Cuba en 1959. Lamento recordarle que ni lo primero ni lo segundo es cierto.

No hubo gobierno paralelo, aunque sí hubo ministros con poder y sin poder. No hubo gobierno secreto, aunque sí hubo una participación informal pero de gran peso de personalidades que no eran parte del gobierno en el diseño de las leyes. Y no hubo desconocimiento público de estos hechos. Al contrario: renunció el Ministro de Agricultura Humberto Sorí Marín en junio de 1959 precisamente porque él sabía, y se sabía, que la ley de reforma agraria proclamada semanas anteriores no salió de su pluma. Y a Manuel Urrutia, Presidente de la República, se le conocía como “cuchara” porque “no pincha ni corta”. El proceso revolucionario en el poder en 1959 fue, indiscutiblemente, fluido, informal, desorganizado a veces, y complejo siempre, con aspectos confidenciales en aquel momento, pero en su esencia no secreto -y ha sido tratado de esa forma desde el comienzo de la historiografía de la revolución cubana.

El valor del libro de Szulc, sin embargo, no debe juzgarse por alguna interpretación exagerada sino por su tema central: el intento de dar respuesta a la pregunta ¿quién es Fidel Castro? No se puede resumir en unos párrafos lo que el autor desarrolló en miles de ellos, pero sí señalaremos sus aspectos principales.

La audacia. Fidel Castro siempre se ha caracterizado por su audacia. Limitándonos a su vida política, comenzó así en el asalto al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953; fue esa la esencia de la lucha desigual, primero contra Batista, después contra Estados Unidos. Es esa la raíz de la casi increíble decisión de enviar decenas de miles de tropas a luchar primero en Angola, después en Etiopía.

El anti-yanquismo. Desde la correspondencia privada con Celia Sánchez, antes de la toma del poder, hasta los discursos públicos a través de los años, ya es evidente que la relación entre Fidel Castro y los Estados Unidos no es meramente política sino personal. La dificultad no está ni en el gobierno de Estados Unidos, ni simplemente en sus presidentes, sino en Estados Unidos como país, como sistema de vida, como influencia cultural, como sistema económico que intrínsecamente se dedica a crecer nacional e internacionalmente, como poder internacional. Es Estados Unidos, según Fidel ante el Segundo Congreso del Partido Comunista en 1980, el enemigo histórico de la nación cubana. Es más que eso, sin embargo. Para Fidel Castro, Estados Unidos no es un simple enemigo de Cuba, -es un enemigo de él. 

El narcisismo político. A través de su biografía Fidel Castro ha insistido, y ha logrado, estar en el centro de la fiesta, y no acepta fácilmente que otros le hagan sombra. A nivel político esto ha hecho difícil la colaboración de muchos con él tanto en Cuba como internacionalmente, pero también ha sido fuente de liderazgo. Es una de las bases de su lucha por su independencia, que ha tenido la consecuencia también de ampliar los márgenes de autonomía internacional de Cuba. Es también una de las bases de un estilo autoritario de gobernar que no está dispuesto a aceptar una oposición real.

La omnisciencia. Fidel es un todólogo, o por lo menos habla de todo. El habla de arroz, de pangola, de cromosomas, de pediatría, de caña de azúcar, de biotecnología, de guerra de guerrillas, de guerras convencionales, de armamentos tecnológicos, de vacas superproductoras de leche, de la caballerosidad proletaria, de la Biblia, de José Martí. Sabe menos de lo que habla, y a veces no conoce la diferencia entre lo que sabe y lo que no sabe.

La oratoria. Habla mucho, a veces repite y repite, pero es un campeón de la palabra. Tiene el talento de saber hablarle eficazmente a distintas audiencias. Le habla bien a los niños, a los ingenieros, a los académicos, a los miembros del Congreso de los Estados Unidos y a los del Buró Político del Partido Comunista soviético. Y sobre todo le habla bien a los cubanos. Son 30 años de escucharle, y todavía no se aburren.

La simpatía. Tiene un trato exquisito con los embajadores, informal y rústico con los campesinos, amistoso y paternal con los niños, interesante y divertido con las mujeres. Sus cualidades de simpatía son muy humanas, y también le han servido de instrumento político. La furia. Fidel pierde la tabla.

La furia es a veces algo teatral para movilizar a otros para que lo respalden. Pero la furia le ha llevado también a tomar decisiones por lo menos controvertidas (y a mi juicio condenables) como empujar al mundo en 1962 más cerca de la guerra nuclear de lo necesario, o a abrir las cárceles a criminales comunes en 1980 para que emigraran a Estados Unidos, agrediendo así al pueblo, no sólo al gobierno, de Estados Unidos.

El patriotismo. Es un cubano. En su manera de pensar. En su manera de ser. En su manera de imaginar. Es el autor de la historia vivida por la gran mayoría de los cubanos que hoy viven en ese país. Es un patriotismo que no incluye, sin embargo, la tolerancia. Es el patriotismo para sus cubanos. Es un patriotismo que, triste y paradójicamente, crea un régimen autoritario del que huye la décima parte de la población en un país sin tradición de emigración masiva. Pero es, al fin y al cabo, un líder que ha construido un país a su propia imagen. Un país presente en otros -audaz, antiyanqui, narcisista, todólogo, hablador, simpático, rabioso, nacionalista.

Epistolario polémico

Perry Anderson abordó el tema de la vida y obra de Norberto Bobbio en un texto para una conferencia que dictó tanto en España como en Argentina. Ese ensayo fue publicado en nexos (no. 122, febrero de 1988) bajo el título “Norberto Bobbio y la democracia moderna”. Posteriormente Anderson corrigió y aumentó el texto y lo presentó como versión definitiva en la New Left Review (no. 170, julio-agosto de 1988), intitulado “The Affinities of Norberto Bobbio”. Existe una traducción al español de este ensayo en Cuadernos Políticos (No. 56, enero-abril de 1989) a la que se le denominó “Liberalismo y socialismo en Norberto Bobbio”. Luego de conocer las dos versiones el filósofo turinés le escribió a Anderson para comunicarle sus impresiones. Así inició un intercambio epistolar que luego fue publicado en la revista italiana Teoría Política (no. 2-3,1989) que aquí reproducimos.

3 de noviembre de 1988

Estimado profesor Anderson:

Leyendo las páginas que usted me dedicó en el último número de la New Left Review me sorprendió verdaderamente el conocimiento excepcional que usted muestra de mi vida y obra. Considero que nadie de los que hasta ahora se han ocupado de mí, sobre todo si se trata de extranjeros, haya realizado un esfuerzo de comprensión semejante al suyo. Veo que incluso conoce mis libros más reciente como Italia fiel y el Perfil ideológico del siglo XX. También conoce obras menores, como Las ideologías y el poder en crisis, que en Italia pasó casi completamente desapercibida. Hasta en una nota hay una referencia pertinente a mis obras jurídicas. La atención con que usted leyó mis escritos también se manifiesta en la capacidad con la que supo, casi siempre, extraer del contexto, y de cientos y cientos de páginas, algunas frases sobresalientes y particularmente incisivas. Raro, en un extranjero y especialmente en un lector de lengua inglesa, es el conocimiento que usted tiene del contexto histórico en el que se mueven mis ideas: me refiero, para dar algún ejemplo, a lo que escribe sobre el Partido de Acción que no fue solamente un partido de orientación liberalsocialista, o al juicio implacable sobre el actual dirigente del Partido Socialista Italiano.

Por lo que hace a sus observaciones críticas (ya había leído su artículo en nexos que los amigos mexicanos me habían enviado, pero el de la New Left Review es mucho más amplio y preciso), quizás es demasiado pronto para una respuesta adecuada, incluso porque desde hace meses no estoy bien, he debido renunciar a un trabajo metódico y preocuparme más por mi salud. Además, a mi edad (hace pocos días cumplí setenta y nueve años) es prueba de sabiduría tener siempre listas las maletas para el gran viaje.

Me limito por ahora a hacer un breve comentario. Uno de los puntos más interesantes (e ilustrativos también para mi de su análisis es el que se refiere a la relevancia dada a mi “realismo” que chocaría, hasta hacer incoherente el conjunto de mi pensamiento, con los ideales liberales y socialistas. Pero para usted “realismo” es sinónimo de “conservadurismo”. He tenido oportunidad de decir en repetidas ocasiones que Marx tuvo el gran mérito de ser al mismo tiempo un revolucionario y un realista, tanto así que es llamado el Maquiavelo del proletariado. Y Lenin ¿no era un realista?, ¿y Trotsky? Además una posición realista es indispensable para quien quiera hacer un análisis sin prejuicios, sin velos ideológicos deformantes, de la sociedad. Lo que yo escribí sobre las paradojas de la democracia “real” en ¿Qué socialismo? y sobre las promesas incumplidas en el Futuro de la democracia, pretende ser, ni más ni menos, una descripción realista de lo que sucedió en el proceso de democratización en el último siglo, una ilustración desapasionada, desencantada, amarga si se quiere, pero obligatoria (obligatoria para quien desea permanecer fiel a la ética de la ciencia, es decir, a la investigación desinteresada), de las dificultades en que se mueve la democracia en el paso de lo que fue concebido como “noble y alto” a la “cruda realidad”. Puede ser que mis análisis sean erróneos; pero deberían ser juzgados por lo que son, o sea, bajo el único criterio con el que debe ser evaluado un análisis científico o que de cualquier manera pretenda serlo, que es el de verdadero y falso. Lo mismo vale, y lo he repetido muchas veces, para la teoría de las élites. Antes de juzgarla como lógicamente conservadora ¿no sería oportuno preguntarse si es verdadera o falsa? ¿Acaso la teoría revolucionaria más acreditada en Occidente no solamente ha sostenido sino también practicado la idea de las “minorías organizadas”?

Ahora bien, me parece que frente a mis análisis realistas, usted jamás se plantea la pregunta de si son correctos o erróneos, sino solamente de si son o no compatibles con mi proyecto ideal de liberal socialista. Su acusación de incoherencia casi permite pensar (lo digo un poco como una paradoja) que usted hubiera preferido que yo afirmara que en Italia (¿pero lo que sucede en Italia no sucede si bien de manera menos teatral un poco en todas partes?) vivimos en el mejor de los mundos democráticos posibles. No, no vivimos en el mejor de los mundos posibles, pero ¿esto nos debe bloquear la comprensión de hacia dónde va el mundo?, ¿o de indicar hacia dónde sería mejor que se moviera? El realismo del científico (que usted identifica sin duda con la ideología de los conservadores) y el idealismo del ideólogo están en dos planos diferentes. Me parece que es lícito hablar de contradicción entre análisis científico que diga “blanco” y otro que diga “negro”, o entre una ideología que aprecie la igualdad y otra que exalte la desigualdad; me parece menos lícito denunciar una contradicción entre un análisis científico (la democracia se ha detenido hasta ahora en las rejas de las fábricas) y una propuesta política e ideológica (sería bueno que la democracia también conquistara la fábrica). Que los dos planos no deban ser confundidos se puede demostrar constatando que del mismo análisis realista: “La democracia no ha cumplido todas sus promesas”, se pueden derivar dos posiciones ideológicas, o si se quiere positivas, programáticas, opuestas: “está bien que las promesas no hayan sido cumplidas, al diablo la democracia” o “es necesario hacer cualquier esfuerzo para que se cumplan las promesas”. Usted me puede contestar que al lado de las promesas incumplidas yo puse los obstáculos no previstos; pero también en este caso las soluciones posibles en el plano del deber ser son por lo menos dos: de resignación (los obstáculos no son superables), de confianza (los obstáculos pueden ser superados).

Admito que mi diagnóstico de los males de la democracia italiana frecuentemente ha sido tan severo (pero desafortunadamente la mayor parte de mis artículos políticos están sugeridos por las circunstancias y resienten la polémica contingente) que se presta más para sugerir una línea de resignación que una de confianza, y en esto reconozco que sus recriminaciones dan en el blanco; pero cuando en términos prácticos me he comprometido en una batalla política (y eso ha acontecido pocas veces en mi vida, contrariamente a lo que usted cree atribuyéndome méritos que no tengo), creo haberlo hecho siempre para defender los dos ideales de la justicia y la libertad contra las degeneraciones, realmente analizadas, de nuestra vida democrática. Que luego estos ideales de la libertad (provenientes de la doctrina liberal) y los de la justicia (provenientes de la doctrina socialista), y para mí convergentes en el proyecto de una democracia social como ideal para alcanzar, sean para usted signos de un proyecto político moderado, puedo entenderlo y no tengo absolutamente nada que objetar; pero una cosa es la crítica ideológica perfectamente legítima, y con base en la cual no tengo nada en contra de reconocer que estamos en dos campos diferentes, y otra cosa es la acusación de incoherencia entre lo que he escrito como estudioso de la política y aquello a lo que aspiro como militante político, sin que jamás se haya planteado en sus páginas la veracidad o falsedad de mi diagnóstico sobre la democracia actual y que no solamente vale para Italia.

Desde el punto de vista ideológico creo que la principal razón de discrepancia entre nosotros es mi inicial y jamás abandonado liberalismo, entendido, como lo entiendo, lo digo de una vez por todas, como la teoría que sostiene que los derechos de libertad son la condición necesaria (aunque no suficiente) de toda posible democracia, incluso de la socialista (si alguna vez será posible). Puede ser que esta idea fija dependa del hecho de que pertenezco a una generación que llegó a política combatiendo a una dictadura y que continúa viviendo en una sociedad en la que las tentaciones autoritarias jamás han cesado. Usted me puede objetar que manteniéndonos en democracia liberal jamás llegaremos al socialismo; yo replico, como siempre he replicado a los comunistas en esta años, que transitando la senda del socialismo jamás hemos regresado a los derechos de libertad.

Permítame decir que este es hoy “realmente” el problema de la izquierda. Un problema que la izquierda tradicionalmente marxista no ha resuelto, y que partiendo sólo de los análisis marxistas no está en posibilidad de resolver. El liberalsocialismo solamente es una fórmula, soy el primero en reconocerlo, pero indica una dirección. Me ha dado mucho gusto que usted le descubra ilustres antecedentes en la tradición del pensamiento anglosajón. Entre estos antecedentes Guido Calogero solía citar el liberalismo de L. T. Hobhouse retomando una cita de Croce que lo había definido como un “socialista liberal” (Etica e politica, p. 320). En estos días leí, apreciándola, la obra de S. Bowles y H. Gintis, Democracy and Capitalism, que usted cita, porque en ella observé un intento original de ir más allá de las dos tradiciones de pensamiento siempre en contraste, el marxismo y el liberalismo. Por lo demás, usted mismo al final no rechaza del todo las “energías” que el liberalsocialismo ha captado, aunque considera que deban ir en otra dirección. ¿Qué dirección? Su última respuesta: “It is too soon to say” (es muy pronto para decirlo) es un poco sibilina. Acepto sus repetidas observaciones sobre mis “incertezas” y “oscilaciones”. Estoy perfectamente consciente de haber planteado preguntas más que respuestas. Sin embargo su frase final tampoco me parece muy ilustrativa. Estoy convencido de que es necesario tener el coraje de redefinir el socialismo, porque permaneciendo en su definición histórica -la eliminación de la propiedad privada y la sustitución de la propiedad privada por la propiedad colectiva-, una reforma integralmente socialista no sólo aparece como democráticamente impracticable sino también, considerando “realmente” los resultados en los países en los que el socialismo ha sido realizado, indeseable. Pero tampoco deseo ir más allá. Sería presuntuoso: “It is too soon to say”. Así y todo, entre usted y yo hay una diferencia: si para usted es “demasiado pronto”, para mí es ídemasiado tarde! La parte superior de mi reloj de arena está casi vacía y no se me concederá (y tampoco lo deseo) ponerlo al revés.

Antes de terminar esta carta, demasiado larga, quisiera que me aclarara cuáles son, según usted, mis errores de interpretación de Gramsci. En su libro sobre Las aporías de Antonio Gramsci, en la p. 22 de la traducción italiana, dice que yo habría atribuido a Gramsci la originalidad del uso de hegemonía. Por encima del hecho de que la palabra “hegemonía” se usa comúnmente en el lenguaje político italiano (en cualquier texto del Risorgimento se habla comúnmente de “hegemonía piamontesa”), en el ensayo gramsciano hay una nota (en la p. 37 de la edición Feltrinelli) sobre el uso de hegemonía en Lenin y Stalin que me llegó del conocido eslavista Vittorio Strada. Pero la razón de su crítica es otra.

En cambio, donde usted ciertamente exageró en sentido opuesto, es en el de considerar que yo haya tenido mucha influencia en la política italiana. Aunque esta afirmación me pueda regocijar, le aseguro que no corresponde a la verdad. Siempre me he considerado, especialmente en estos años, un patético al que no escuchan, aunque es benévolamente tolerado, predicador en el desierto. Le agradezco el generoso reconocimiento pero me veo obligado a no tomarlo demasiado en serio.

Le mando, aparte, mi bibliografía completa, publicada en Turín en 1984 por iniciativa de la Universidad, y un libro que me dedicaron en ocasión de mi jubilación. La introducción de la primera y la conclusión de la segunda son páginas autobiográficas, a manera de “confesiones”, al mismo tiempo bromistas y melancólicas.

Tome esta carta como signo de interés por lo que ha escrito sobre mí y por mí. Su propósito de interpretar mi obra, hecho con tanta seriedad, no podía quedar en el silencio.

Cordialmente,

Norberto Bobbio.

12 de diciembre de 1988

Estimado profesor Bobbio:

Le agradezco su larga carta del 3 de noviembre. Su respuesta a mi ensayo me ha conmovido. Ciertamente usted es muy generoso conmigo, pero sin lugar a dudas una afirmación suya es verdad: que he buscado escribir no simplemente sobre usted sino por usted. Pienso haber sentido este deseo de manera particularmente intensa, y estoy feliz de que esto aparezca en los resultados, precisamente porque es diferente mi background nacional, generacional y político. Al mismo tiempo creo que las divergencias entre nosotros efectivamente son menores de lo que podrían aparecer en mi artículo, o por lo menos de su interpretación de algunas partes de él.

En su respuesta, usted observa ante todo que me limito a identificar la tradición realista con el conservadurismo y, después, que descuido el preguntarme si su realismo encuentra o no una correspondencia adecuada con la experiencia democrática actual. La primera de estas objeciones me sorprendió de entrada, pero revisando con atención mi escrito, me di cuenta de que en efecto yo habría podido dar esta impresión, no teniendo ciertamente, y de cualquier manera, ese propósito. Aunque afirmando (p. 19) que para usted la tradición realista fue “casi siempre” (pero quizás hubiera sido más correcto decir “preponderantemente”) conservadora, lo que lógicamente presuponía la existencia de un realismo no conservador, y continuando con la cita de la comparación trazada por usted entre Hobbes por un lado y Marx y Lenin por otro, yo no agregaba explícitamente -como sin duda debería de haberlo hecho- que para usted también estos últimos deben enumerarse entre los grandes realistas. Pensaba que todo eso podía deducirse del contexto, pero quizá no era por necesidad tan evidente. Cuando más adelante afrontaba de nueva cuenta el argumento (pp. 26, 27), hablaba de “un” -no “del”- realismo sociológico de descendencia paretiana y weberiana, pero también en este caso sin ubicar alguna tradición realista alternativa. Por ello considero, en este caso, merecer de alguna manera su crítica. De otra parte, también es verdad que de mis repetidos elogios (pp. 28, 31) en referencia a su “realismo histórico”, los lectores habrían debido derivar la impresión de que no nutro alguna hostilidad de principio en relación a la perspectiva realista en cuanto tal. Por lo demás, ¿cómo podría? Sobre todo en vista de que, como usted recuerda nuevamente y con razón, Marx, Lenin y Trotsky deben ser enlistados entre los pensadores realistas de primer nivel.

Por lo que hace a su segunda objeción, la respuesta se presenta más compleja. Ciertamente usted tiene razón cuando revela que en mi artículo no afronto el problema de la real veracidad o falsedad de sus diagnósticos sobre la democracia contemporánea. Touché. Esto constituye sin duda un punto débil del trabajo. De otra parte creo que usted subestima hasta qué punto la “incoherencia” que percibí en sus juicios sobre aquella democracia es de carácter estrictamente científico y no por tanto referente a la compatibilidad entre análisis científico y desideratum político, como usted sugiere. Porque a fin de cuentas usted sostiene o bien que “asistimos a la ampliación del proceso de democratización” en “espacios nuevos, ocupados hasta hoy por organizaciones jerárquicas y burocráticas”, lo que quizá representa “un auténtico cambio en la evolución de las instituciones democráticas”, o que “la ampliación de las instancias democráticas dentro de la sociedad civil ahora parece ser más una ilusión que una solución”. Tal vez esta contradicción puede explicarse en términos cronológicos, o sea, usted cambió posteriormente de parecer sobre este aspecto particular. Pero creo que puede ser más fiel a su pensamiento considerarla una auténtica oscilación o incerteza de juicio. Usted podría replicar a buena ley: ímejor mis incertezas que su silencio! Permítame entonces que le confiese mis opiniones sobre el particular hasta ahora apenas esbozadas.

La descripción general, que usted sugiere, del funcionamiento de lo que yo continuaría llamando “la democracia real” en Occidente (íen honor a las hipocresías bien consolidadas del Este!) me parece en verdad bien fundada. Mi principal reserva es de naturaleza comparativa: yo creo que usted subestima en qué medida la democracia en los Estados Unidos ha sido vaciada de significado a partir de fines del siglo XIX, hasta hacer de ella -con la colosal monetarización y la mínima participación en el proceso electoral- una cosa diferente de los modelos de Europa Occidental. El auto científico político americano, Walter Dean Burnhan, se ha manifestado de manera elocuente y detallada sobre este argumento. Yo sería también, irónicamente, menos severo que usted sobre la variante italiana, si considera que la Constitución de ustedes protege los derechos de las minorías de modo mucho más eficaz que la nuestra, en Gran Bretaña, donde el sistema electoral favorece la discriminación y el ejecutivo resulta arrogantemente desprendido de vínculos.

Dicho esto, ¿cómo deberíamos evaluar la posibilidad de un progreso que supere los límites del orden liberal capitalista? Es sobre este punto que pienso que usted ha abandonado muy apresuradamente por lo menos una parte de su crítica originaria, sustituyendo a las “promesas incumplidas” democracia por las “promesas inatendibles”, y sugiriendo de esta manera que ha sido alcanzada una especie de frontera institucional última de la libertad -aunque todo pudiera resultar desilusionante-. Es verdad que ninguna de las democracias que en este siglo se propuso ir más allá del criterio de la representación demostró poseer un ordenamiento durable y vital (la Cataluña republicana es quizá la que más se acercó a este caso). Y también es verdad que por el momento es difícil imaginar de qué manera las sociedades occidentales podrán salir finalmente -moviéndose en una dirección positiva- de las vías exclusivamente parlamentarias en las cuales se encaminaron; pero tampoco creo -y de esto estoy profundamente convencido- que las semi-libertades de hoy, desganadas y manipulables, constituyan la última palabra de humanidad. ¿Realmente, quién puede imaginar que el ordenamiento de hoy simplemente será reproducido, hasta el fin de los tiempos? Las cosas podrán empeorar o mejorar mucho. Todo lo que se puede preveer con alguna certeza es que no permanecerán como están. Naturalmente estamos hablando de mucho más que una década -definitivamente “demasiado tarde” para ambos-; pero con base en la vía transitada ahora, pienso que es racionalmente admisible un cauto optimismo sobre las perspectivas de este lejano futuro, por lo menos hasta que la guerra nuclear no intervenga para negar cualquier futuro a cada uno de nosotros.

Usted concluye subrayando que nuestra discrepancia de naturaleza ideológica está determinada por su originario y perdurante liberalismo, cuyo verdadero punto nodal está representado por el valor que le atribuye a los derechos políticos individuales. No estoy seguro de que las cosas estén exactamente en estos términos, aunque pueda comprender por qué usted piensa así. En realidad, en referencia al ideal del liberalsocialismo nutro más simpatías de las que usted se imagina. El hecho de que hasta ahora no se haya demostrado políticamente realizable en Occidente, no significa, como subrayé en la conclusión, su condena definitiva. Además, en mi análisis de este problema hay una evidente laguna en referencia a las perspectivas de un socialismo liberal en el Este. Porque ¿qué otra cosa es, concretamente, el espíritu más positivo que anima el proceso de la perestroika en la Unión Soviética? El Estado de derecho, la garantía de los derechos individuales, la separación de poderes, todo eso forma parte de los objetivos declarados de Gorbachov. Precisamente usted había previsto, hace treinta y cinco años, que un día el gobierno soviético se dirigiría hacia la institucionalización de las libertades que los liberales reivindicaban contra el absolutismo, y que los libros de texto soviéticos descubrirían el Rechtsstaat (Estado de derecho). Los hechos le han dado razón: aquel día finalmente llegó. Usted es demasiado modesto para citarse, pero tiene todo el derecho de sentirse profundamente satisfecho de este gran cambio. Naturalmente cualquier juicio sobre el proceso en curso no puede ser más que prudente y provisional; su resultado no podría ser más incierto. A la perestroika le podría faltar el objetivo de un liberalsocialismo por ambos extremos, por decirlo así, y recaer en algo semejante a la anterior dictadura burocrática, o escapar hacia un replanteamiento de facto del capitalismo; o tal vez combinar ambos males. Pero entre estos dos peligros, cada uno demasiado evidente, se entreve la posibilidad de que se realice a largo plazo lo que podríamos legítimamente definir como un socialismo liberal. Y no veo cómo cualquier marxista contemporáneo podría dejar de saludarla con beneplácito por cuanto concuerde con lo inadecuado de la herencia jurídica del propio marxismo.

Pero si así estuvieran las cosas, la distancia entre nuestras posiciones se reduciría mucho. Si usted está de acuerdo podría concederle que el liberalsocialismo constituye nuestro fin común, a condición de que usted me conceda alcanzarlo mediante un proceso histórico de rasgos liberales. Le hago notar que usted admite la existencia de esta paradoja en el advenimiento del capitalismo liberal. ¿Por qué entonces debería ser impensable para el socialismo? Entre sus mismos maestros y compañeros de Giustizia e liberta había algunos que imaginaban algo muy semejante. ¿Si les diéramos razón (inveramento), Monti y Trenti no aparecerían quizá como visionarios? Pregunta a la cual tal vez usted respondería: puede ser; pero yo me refería a las democracias ya existentes en Occidente y no a las hipotéticas del Este, y en el Occidente semejante paradoja por el momento es imposible, además de indeseable. Pienso que éste es probablemente el real y limitado punto de desacuerdo. Un amigo mío, Norman Geras, terminó recientemente un ensayo, que le envío por separado y que se refiere precisamente a este problema. El tema central del trabajo hace alusión a la tradición del pensamiento sobre la “guerra justa” que usted mismo ha discutido en más de una ocasión; pienso que constituye la más aguda reflexión general sobre el tema de la ética revolucionaria a nuestra disposición. Pero también aborda, de manera lúcida y moderada, nuestro problema “residual”, vale decir, si la búsqueda de una sociedad justa en el ámbito del ordenamiento parlamentario debe respetar siempre las reglas constitucionales vigentes. Sus reflexiones sobre este trabajo ciertamente serían interesantes.

Gracias infinitas por los tres textos que me envió. Hubiera deseado conocerlos mientras estaba escribiendo mi ensayo, en particular lo que usted dice de los que le son más cercanos y de su relación con los clásicos; y también -un argumento completamente diferente- sobre democracia y mercado. Entre otras cosas, no habría sostenido lo que puse en la página treinta de mi ensayo si hubiera tenido esta última y vigorosa exposición frente a los ojos. Por añadidura, mi observación sobre Gramsci era demasiado incidental. Usted se pregunta qué cosa quise decir de hecho sólo esto, que si bien el término “hegemonía” es más bien de uso común en las diferentes acepciones italianas, en Gramsci este término adquiere connotaciones específicas derivadas directamente de una cierta literatura rusa, cosa que su ensayo de Cagliari parece ignorar, y en particular por dos términos opuestos en el significado que les atribuyen Axelrod, Plejanov, Trotsky y también Lenin: de una parte, “corporativismo” y de otra “dictadura”. Gramsci desarrolla estas contraposiciones de manera original, pero él no las creó.

No corrijo una afirmación mía, aunque usted la niegue, o sea, la influencia que usted ha ejercido sobre la vida política italiana, tal vez percibida con retraso, pero jamás pasada inadvertida. Espero que algún eco de esa influencia pueda alcanzar la cultura de un país tradicionalmente refractario como el mío. Ha sido un honor recibir su carta.

Con mis más cordiales saludos,

Perry Anderson.

15 de marzo de 1989

Estimado profesor Anderson:

Ante todo me disculpo por el gran retraso con el que respondo a su carta de diciembre pasado. La verdad es que no tengo mucho que agregar a sus observaciones, aclaraciones y precisiones.

Aunque yo considero que no haya contradicción entre una posición realista en el análisis de lo que acontece o aconteció, y una posición idealista proyectada hacia el futuro con el propósito de delinear lo que debería acontecer, soy el primero en reconocer que en mis escritos políticos que se sucedieron en un arco de tiempo de cerca de medio siglo existiera una acentuación de una u otra posición según el cambio de las circunstancias. Como le dije, la mayor parte de estos escritos, a diferencia de los de teoría del derecho, fueron ocasionales y por tanto resintieron las situaciones que los provocaron, algunas más favorables que otras para inspirar confianza en el “futuro de la democracia”. Si tuviera que decirle, por ejemplo, cuál es mi estado de ánimo en estos últimos tiempos, quisiera confesarle que el idealista, que a pesar de todo jamás se hizo muchas ilusiones, ha debido ceder el terreno al realista desilusionado, a juzgar por la manera en que se desenvuelve la lucha política en Italia, y no sólo en Italia, en todas las democracias consolidadas, no sólo sin ideales sino también sin proyectos a largo plazo que vayan más allá de las elecciones más cercanas (proyectos que aunque modestos no son normalmente realizados).

A pesar de estas oscilaciones y de un pesimismo de fondo, del cual quienes pertenecen a mi generación quedaron marcados para siempre, jamás me resigné del todo a la derrota de los grandes ideales de la justicia y de la libertad, que habían animado el movimiento liberalsocialista en los años de la lucha antifascista, a pesar del revés histórico, sobre el que creo que ya no tiene caso extender velos piadosos, de la revolución comunista, y para nuestra mayor mortificación, a la marcha triunfal del capitalismo, de ese capitalismo del que la izquierda europea había previsto, ya a finales del siglo pasado, su inevitable caída. No sólo jamás me resigné sino que incluso recientemente me tocó mostrar mi enfado ante la manera demasiado apresurada en la que hombres y partidos de la izquierda italiana se inclinaron reverentes ante la realidad del mercado.

Al reseñar el libro de Giovanni Sartori, The Theory of Democracy Revisited, allí donde el autor escribe que la crisis actual de la democracia “is very much a crisis of ethical foundations” (es mucho más una crisis de los fundamentos éticos), antepuse la duda de que “la razón de la crisis moral de la democracia podría buscarse en el hecho de que hasta ahora la democracia política ha convivido, o ha estado obligada a convivir, con el sistema económico capitalista”, un sistema que no conoce otra ley más que la del mercado, que reduce cualquier cosa a mercancía, sea la dignidad, la conciencia o el propio cuerpo, ¿y por qué no?, también el voto. Más recientemente, en una entrevista sobre la actualidad de la Revolución francesa, en respuesta a dos entrevistas previas sobre el mismo argumento, de Achille Occhetto y de Bettino Craxi, secretarios respectivamente del Partido Comunista y del Partido Socialista italianos, que reivindicaban para sus partidos el derecho de reclamarse a los principios del 89, dije: “Sé que ahora me arriesgo a parecer más comunista que los comunistas […] ¿Pero están verdaderamente seguros el PSI y el PCI que el gran fracaso histórico del socialismo y el hecho de que hoy vivamos en sociedades donde el capitalismo ha triunfado, signifique efectivamente que es necesario renunciar a la idea de superar el individualismo de la sociedad liberal?” Y agregué: “¿el fracaso de la idea colectivista es un descalabro histórica irreversible o es un fracaso momentáneo? Es verdad que el hombre nuevo jamás apareció, pero también es verdad que el capitalismo agresivo de hoy pone en crisis la misma idea de hombre”.

Como ve, también a mí me ha tocado plantear la misma pregunta que usted me hace en su carta: “Who can really imagine the present order will be produced more or less intact, till the end of time?” (¿Realmente, quién puede imaginar que el ordenamiento de hoy simplemente será reproducido, hasta el fin de los tiempos?). Con respecto a usted, en todo caso, tengo mucho más dudas sobre la posibilidad de una transformación radical a través de la revolución. Aunque esté “realmente” convencido de que en los países económicamente desarrollados -en los cuales usted y yo nos ubicamos, aunque Italia llegó en último lugar dejando sobrevivir enormes injusticias-, la vía democrática no permite el advenimiento de una sociedad socialista como la imaginaba a partir del movimiento obrero del siglo pasado, tengo muchas dudas de que la vía alternativa sea transitable. A juzgar por la invitación que me hace para leer el ensayo de Norman Geras, Our Morals, debo pensar que usted considera no sólo posible sino también justificable (y también, supongo, eficaz) el recurso a la violencia, si bien en determinadas circunstancias, en una condición de grave y persistente injusticia, y en los límites de reglas prestablecidas.

La tesis principal de Norman Geras es que, por analogía, como diría un jurista, los principios del ius ad bellum y las reglas del ius in bello se pueden ampliar a la revolución. Dicho de otro modo: que del derecho internacional referente a la guerra se puedan recabar buenos argumentos para elaborar una teoría, ya sea de la legitimidad o de la legalidad de la revolución, en suma, para dar vida a la teoría jurídica de la revolución construida a imagen y semejanza de la tradicional teoría jurídica de la guerra.

Aun prescindiendo de la consideración, por lo demás obvia, de que la teoría de la guerra justa (o del ius ad bellum) o el llamado derecho de guerra (ius in bello) desde hace tiempo están atravesando una crisis gravísima, luego del desmesurado aumento de la potencia destructiva de las armas que hace cada vez más incierto el límite entre guerra justa y guerra injusta, y cada vez más inaplicables algunas reglas tradicionales del derecho de guerra, como aquella en la cual el autor insiste de manera particular y que se refiere a la distinción entre combatientes y no combatientes, no estoy muy convencido de lo correcto de la analogía entre guerra y revolución, y por tanto de las consecuencias que el autor deriva de ella en cuanto a la legalidad de la revolución. En el derecho internacional, que todavía se basa en última instancia en el principio de la autotutela, la guerra siempre ha sido considerada como un acto lícito, en cuanto es equiparada a la sanción en el derecho interno. En contraste, ningún Estado admite en su interior el derecho a la revolución, y no puede admitirlo porque al interior del Estado, en cuanto único detentador de la fuerza legítima, rige el principio opuesto de la heterotutela. Cuando dentro de un Estado sobreviene una revuelta, y ésta se transforma en un verdadero y propio evento revolucionario, tal evento es, en referencia al ordenamiento interno del Estado, un hecho, un mero hecho cuya transformación en derecho depende únicamente del éxito, con base en el principio fundamental en el derecho internacional, de la efectividad. Los revolucionarios vencedores serán quienes impongan el derecho de mañana; los revolucionarios perdedores serán solamente bandidos (en un tiempo se llamaban “latrones”). En todo caso, al perdurar la situación de ruptura violenta del orden interno, el evento revolucionario puede dar lugar a un estado de guerra civil, al que es lícito aplicar reglas del derecho de guerra, pero en cuanto es una guerra, independientemente del hecho de que sea revolucionaria o contrarrevolucionaria.

Estas dudas valen con mayor razón en el caso de la otra tesis sostenida por el autor, que señala que con respecto al derecho a la revolución, no habría diferencia entre un gobierno despótico y un gobierno democrático representativo en el cual la situación de injusticia no fuera incidental sino grave y permanente debido al condicionamiento ejercido por el sistema económico capitalista sobre el sistema político, un condicionamiento que impediría a las reglas del juego democrático ser libre y eficazmente observadas. Con mayor razón, porque lo que distingue un gobierno democrático de un gobierno despótico es la constitucionalización y la neutralización del derecho de resistencia mediante el reconocimiento de la libertad de oposición. Lo que agrega un argumento ulterior para sostener la transformación de la ruptura violenta del orden constituido a un mero hecho. Además, la experiencia muestra que los cambios violentos que han sufrido los gobiernos democráticos casi siempre han venido de movimientos de derecha, y que la violencia que derroca a la democracia no es revolucionaria sino generalmente contrarrevolucionaria. Lo que debería hacer reflexionar a quienes creen justificar en abstracto, sin tener en cuenta las lecciones de la historia, el cambio violento de un sistema democrático-parlamentario en nombre de los ideales revolucionarios.

En realidad la cuestión de si la revolución es moral y jurídicamente justificable y de si el comportamiento del revolucionario debe obedecer a reglas morales, me parece una cuestión puramente doctrinaria que poco incide en la práctica. Una revolución no se vuelve ni más factible ni más probable por el hecho de que se haya demostrado su legitimidad, ni se vuelve menos despiadada cuando se han dictado las reglas de conducta del buen revolucionario. Un análisis desprejuiciado de la realidad, un análisis una vez más “realista”, muestra que en los países económica y políticamente desarrollados actualmente no hay movimientos revolucionarios tan fuertes que puedan hacer preveer una explosión de movimientos revolucionarios capaces de cambiar las relaciones de poder existentes. Gracias a la libertad de reunión y de asociación, en estas sociedades son posibles vastas movilizaciones del descontento, pero se trata de manifestaciones que se ubican en el ámbito de la desobediencia civil o de la resistencia pasiva no violenta, y no en el ámbito de la resistencia activa violenta y de la revolución. En todo caso, se trata de una eficacia parcial y limitada, que puede tener como efecto la modificación de una disposición injusta, no el cambio de todo el sistema. Estaría tentado a decir que también hoy los movimientos populares son reformistas y no revolucionarios, tanto en los países capitalistas -piénsese en las manifestaciones en favor de los derechos civiles en los Estados Unidos- como en los países socialistas- piénsese en el típico ejemplo de Solidaridad en Polonia.

Entiéndase bien, es diferente el discurso que se debe hacer para los países del Tercer Mundo, donde el estado de cosas es objetivamente revolucionario, vale decir, es tal que deja pocas esperanzas de que pueda ser modificado democráticamente. En muchos de estos países efectivamente hay situaciones de violencia endémica, que por lo demás deben ser consideradas más como pequeñas guerras (“guerrillas”) que como revoluciones. De cualquier manera son situaciones que no se pueden comparar con las de nuestros países donde, si hubo manifestaciones de violencia, como en Italia, permanecieron en los límites restringidos del terrorismo individual o de pequeños grupos, siempre destinados a un fracaso seguro. Pero también es un discurso diferente el de las relaciones entre el Tercer Mundo y los países desarrollados: es el discurso que se refiere al problema de la justicia internacional. Con todo, también en este caso me parece que la izquierda europea tiene algo mejor que hacer que predicar y justificar la revolución, una revolución que para tener alguna posibilidad de éxito no podría ser más que planetaria. La ética de la responsabilidad nos debería llevar a actuar en la única dirección que puede producir algún resultado, aunque lento y parcial: la del reforzamiento de las organizaciones democráticas internacionales, y en el ámbito de éstas, promover políticas de justicia distributiva, las mismas políticas que desde hace más de un siglo los partidos socialdemócratas han promovido con éxito dentro de sus propios Estados. Con frecuencia se ha sostenido que es necesario transitar la vía de las reformas para hacer imposible la revolución. Por el contrario, hoy es preciso seguir la vía de las reformas también en el plano internacional, porque la revolución, una revolución que debería ser universal, se ha vuelto imposible.

En este punto me doy cuenta que nuestro desacuerdo toca valores últimos y que difícilmente es superable. Contra un desacuerdo de esta naturaleza chocan los buenos argumentos, y creáme cuando le digo que soy el primero en no estar siempre seguro de la bondad de los míos.

Sin embargo, deseo asegurarle que este encuentro entre nosotros ha sido, al menos para mí, estimulante y útil.

Cordiales saludos,

Norberto Bobbio.

17 de mayo de 1989

Estimado profesor Bobbio:

Le agradezco su carta del 28 de marzo. Aprecio mucho el hecho de que usted se haya tomado la molestia de responderme y darme a conocer su reacción al ensayo de mi amigo Norman Geras. Si hoy le escribo es porque me siento molesto por la manera en que introduje la cuestión en nuestro intercambio de opiniones. Mi referencia a este trabajo era demasiado breve para indicar de manera satisfactoria el significado que pretendía atribuirle con respecto a nuestra discusión; quizás esto provocó alguna incomprensión del modo en el que el argumento fue consecuentemente tratado por aquella persona. Permítame que le explique.

No creo que la intención de Geras fuera absolutamente la de proporcionar una justificación doctrinaria de la violencia revolucionaria sino, por el contrario, la de hacer una crítica -y muy dura- a la tradicional posición revolucionaria con respecto a la violencia. Tampoco creo que desde el punto de vista histórico se pueda afirmar que la reflexión moral e intelectual sobre este problema sea simplemente irrelevante, como la interpretación de sus observaciones aparecidas en su última carta (“que poco incide en la práctica”, “ni se vuelve menos despiadada”, etc.) podría sugerir; aunque no puedo creer que usted entienda precisamente esto. Si razonamientos como el de Geras hubieran sido comunes en los debates del periodo de la guerra civil rusa, por ejemplo, sería difícil imaginar la dirección que de hecho tomó aquel entre Kautsky y Trotsky. ¿Y quién podría afirmar que debates de este tipo no tuvieron alguna influencia en las acciones de los participantes? Y tampoco se puede sostener que ahora éste sea un discurso puramente académico, cualquiera que haya sido su relevancia pasada. El ensayo de Geras evidencia de manera inequívoca la centralidad que esta temática reviste todavía hoy en una sociedad industrial moderna como Sudáfrica. Es evidente que la temática ético-política de la violencia revolucionaria todavía no está superada. Sus propias observaciones posteriores sobre el Tercer Mundo (p. 9) -una zona cuyas fronteras hoy están menos claramente delineadas que lo que estuvieron hace tiempo- efectivamente se mueven en esta misma dirección. La importancia de limitar comportamientos crueles e inhumanos, donde quiera que la violencia se muestre socialmente inevitable, en verdad está fuera de discusión. Pero la izquierda ha reflexionado muy poco sobre cuáles son los principios en juego. Este es sobre todo el objetivo que Geras se ha planteado en su ensayo.

Al hacerlo, él toma de la tradición del derecho internacional, que distinguió y posteriormente desarrolló, las doctrinas del ius ad bellum y del ius in bello. Usted critica los resultados con base en la constatación de que guerra y revolución son realidades inconmensurables, desde el momento en que los Estados, en cuanto entes soberanos, siempre están legitimados para hacer la guerra, mientras que ningún Estado autoriza a sus propios súbditos a cambiarlo. Pienso que esta objeción está demasiado estrechamente ligada a la esfera jurídica, una esfera que sería apropiada si Geras propusiera una verdadera y propia analogía, mientras me parece que su argumentación se ubica en el nivel, más simbólico, de un equivalente moral más que en el de un equivalente jurídico. De cualquier modo esto no significa que el paralelismo esté exento de dificultades. En realidad existe una simetría particularmente significativa entre guerra y revolución que no debe pasar desapercibida. En la época moderna los conflictos militares entre Estados raramente han puesto en peligro la existencia de los adversarios; la consecuencia normal de una derrota en el campo de batalla efectivamente ha estado constituida más bien por la redimensión que por el aniquilamiento del enemigo. En cambio, en los conflictos revolucionarios, la victoria de las clases subalternas ha coincidido, por su misma naturaleza, con la abolición de las clases dominantes, borradas en cuanto clases (y no como individuos) del nuevo orden posrevolucionario. En otros términos, la estructura de los dos tipos de conflicto se ha ido diferenciando de manera sustancial; la primera implicando una lógica de rendimensionamiento, la segunda una lógica de transformación. Probablemente ha sido esta diferencia, junto con otros factores, lo que ha impedido cualquier asimilación entre sus respectivas reglas por obra de los clásicos del socialismo revolucionario. De esto es una prueba la ausencia de cualquier referencia en ella a Rosa Luxemburgo, que entre los pensadores de origen marxista es la más sensible al discurso ético. El sentido de repugnancia frente a la guerra misma puede haber tenido un papel significativo; pero es probable que el otro obstáculo se haya constituido precisamente por lo que de hecho ha permitido la codificación de la conducta entre los Estados en tiempo de guerra, es decir, la presuposición de la sobrevivencia común al terminar las hostilidades. En todo caso, esta consideración de carácter histórico no invalida las conclusiones políticas a las que llega Geras; a lo más, contribuye a explicar por qué el canon al cual ha hecho referencia ha sido -como él mismo sostiene- descuidado entre los socialistas.

Me parece que al negar cualquier validez a una reflexión comparativa entre estas dos formas principales de violencia moderna, usted deja vía libre a la conclusión, totalmente inaceptable, de que obligaciones de naturaleza ética pueden ejercer un papel en las guerras -a las que le disminuiría su carácter feroz, aunque hoy hayan caído en desuso- pero no en las revoluciones, donde lo que cuenta es sobre todo una despiadada factualidad ¿Es posible que esta sea su verdadera convicción? Más bien mi impresión es que usted tampoco desea detenerse en el problema por miedo a ser arrastrado a alguna interminable, irresponsable casuística de las formas de coerción. La historia reciente de su país, marcada por el terrorismo, haría todo esto comprensible. Sin embargo pienso que esto lo haya inducido a mal entender a Geras, quien no sostiene que condiciones de grave injusticia social legitimen de por sí el recurso a la revolución, independientemente del carácter despótico o representativo del gobierno en funciones; en todo caso él afirma lo contrario. Y tampoco identifica revolución con violencia (una huelga general prolongada no implica el uso de la fuerza armada pero sí puede cambiar un régimen). Su ensayo no termina con una invitación al derrocamiento indiscriminado de las instituciones parlamentarias, sino con una mesurada reseña de las diferencias que determinan la plausibilidad histórica de las diferentes y posibles transiciones de un gobierno constitucional al socialismo.

Me parece que esta es la última nota dolorosa entre nosotros. Usted prefiere excluir cualquier posibilidad de que, en las democracias capitalistas contemporáneas, los mayores movimientos políticos y sociales de la izquierda infrinjan el orden constitucional vigente. En efecto, usted sostiene que cualquier perspectiva de este tipo es al mismo tiempo inimaginable e indeseable en la situación actual, y que el término revolución puede ser eliminado, sin más dramas, del léxico del cambio. Un juicio de este tipo refleja ciertamente el consenso intuitivo del momento. ¿Pero cuándo se demostrará históricamente plausible en una perspectiva de largo plazo? ¿Los regímenes constitucionales actuales pueden ser considerados como la expresión última de la soberanía popular; estructuras permanentes y definitivamente determinadas que sólo puedan preveer modificaciones en su interior, o sea, introducidas mediante procedimientos previstos por sus mismas reglas electorales? Si así fuera nos encontraríamos frente a la versión liberal del Sprung in der Freiheit (el salto en la libertad). Precisamente el realismo que usted evoca declina en desventaja de una ruptura muy claramente utopista en referencia al pasado.

Pero este pasado no es tan distante como se podría imaginar. Sólo han transcurrido treinta años desde que el país que se encuentra entre el mío y el suyo adquirió su constitución actual. ¿En qué circunstancias? La Cuarta república cedió ante la Quinta, bajo las puntas de las bayonetas de su ejército. Nacido de un golpe militar, el nuevo orden institucional fue denunciado como “un golpe de Estado permanente” por un ilustre adversario político quien, diez años después, no dudó en pedir un gobierno irregular para cambiar el régimen en crisis. Así y todo, se trata de aquel que hoy preside imperturbable la misma estructura como forma acabada de la democracia francesa. ¿Francia constituye tal excepción? En Japón la constitución fue dictada por un conquistador extranjero. En Alemania occidental fue subordinada, por las autoridades de ocupación, a las necesidades de división del país. ¿En Italia su constitución hubiera sido la misma sin la lección impartida a su vecino del otro lado del Adriático? En España la monarquía es la herencia de una dictadura militar. En Inglaterra jamás se ha fijado por escrito alguna constitución. Y hasta en los Estados Unidos la constitución federal no estuvo exenta de fraudes y de intimidaciones durante el proceso de ratificación. Nadie duda de la realidad de la democracia capitalista en cada uno de estos países; pero en cada uno de ellos el ordenamiento jurídico representa el resultado de una relación entre fuerzas sociales que ha implicado diferentes combinaciones de fuerzas mayores y de un consenso electoral concomitante o sucesivo. ¿Es posible que esta combinación haya sido ahora definitivamente proscrita de la escena política? Me parece una previsión demasiado optimista.

Ninguna de estas experiencias ha determinado un cambio económico radical, a pesar de disponer de un potencial mucho mayor para alterar reglas consuetudinarias y expectativas. Las observaciones concluyentes de Geras se orientan simplemente a mostrar qué tan incauto es en una situación de este tipo, dar por supuesta de antemano la continuidad constitucional.

Por el momento, las preocupaciones de la izquierda europea permanecen encerradas en un horizonte mucho más modesto. Aunque de maneras diferentes, tanto su tradición revolucionaria como la reformista -movimientos comunistas y socialdemócratas- se encuentran profundamente desorientados, como usted mismo cáusticamente ha tenido oportunidad de observar. Encontrar refugio en Adam Smith y en el Abate Sieyes no le ayudará a salir de este impasse común. Más bien el problema que tenemos enfrente es el de intentar trazar – desde el punto de vista intelectual o desde el punto de vista práctico- los fundamentos de una democracia socialista, más allá de los límites de ambos, en las dos direcciones que usted mismo indicó hace poco; es decir, la capacidad de impugnar de manera creíble la autocracia del capital en la esfera de la producción, y la de impugnar el control absolutista del Estado nacional sobre los medios de destrucción. La inmensidad de la tarea, considerando que apenas comenzamos, pone en la sombra cualquier otro elemento. Es difícil concebir una fuerte divergencia de valores frente a esa tarea.

Con mis más cordiales saludos,

Perry Anderson

Traducción: José F. Fernández Santillán

Los aguafuertes del conquistador

José Luis Martínez: Hernán Cortés. FCE. México, 1990. 548

pp.

Es inconcebible una visita a los orígenes de la nación mexicana sin toparse con la presencia pavorosa de Hernán Cortés. Fue un papá hiperactivo que estuvo presente y actuante en todas las tareas que concurren a la concepción y el nacimiento de cualquier criatura. Como si fuera un “norte” de los que se meten por Veracruz, descabezó dos imperios y varios señoríos a fuerza de golpear a unos contra otros y de astucias, crueldades y mimos. En la amplia región demolida, introdujo nuevos negocios agrícolas y ganaderos, de extracción de oro y plata y de hechura de viviendas, de vestidos y de comidas, inspirados en los de su patria española. Amplió la economía prehispánica conforme a tres modelos que acá se llamaron: rancho, mina y obraje. En el orden social, fue introductor de la encomienda, el municipio y el régimen monárquico. En el orden de la cultura, deshizo ídolos y expidió sermones y puso el ejemplo de una moral cristiana que hizo compatible con el harem islámico, el orgullo, la gula, la avaricia y el ocio sazonado con juegos de azar.

El chisme callejero le atribuye la paternidad de la rezandería ostentosa, el divorcio por ahogo del cónyuge, la charrería, las corridas de toros, el espíritu de prepotencia, el machismo que permite mandar en la casa y tener una colección de concubinas, el séquito imponente de lambiscones, el soborno, la siesta, la cuatezonería, la dignidad que no perdona y otras reales o supuestas características del mexicano. Los académicos coinciden en que era un tipo de muchas caras; de origen pobretón y pueblerino, pero amante de riquezas y resonancia universal; con pocas letras y con talento de escritor; de cutis ceniciento y pegue con las damas; amable simulador, frío, iracundo, alegre, triste, impávido en las tormentas, demoledor de una cultura fascinante e inhumana y artífice de otra de rostro menos temible.

Pese a lo recio de la personalidad cortesiana y a su función de padre, o por lo menos de primer albañil de México, ha tenido poca suerte con los contemporáneos y con los pósteros. Tuvo poca fortuna con los poetas épicos de antes y con los novelistas de ahora. Tampoco da lugar a piezas sobresalientes de teatro y ópera o a filmes que quiera uno volver a ver. Con todo, ha merecido la atención de más de cien historiadores de fama. Como César, Cortés puso los cimientos para la obra de sus biógrafos con esa especie de autobiografía, que en el caso del capitán español, la forman cinco cartas. A partir de los partes militares de Cortés, se escribieron, ya como ampliación y apoyo, ya para refutarlos, las obras magistrales de Francisco López de Gómara, Bartolomé de las Casas, Bernal Díaz del Castillo, Alonso de Zorita, Francisco Cervantes de Salazar, fray Jerónimo de Mendieta, fray Juan de Torquemada, Antonio de Solís y de otros historiadores de oriundez española. A las célebres Cartas de relación de Cortés se sumaron abundantes testimonios de los vencidos que recogen los Anales de Tlatelolco, el Libro de la conquista, La Relación de Michoacán y otras obras similares que no es este el momento de presumir.

Lo escrito sobre Cortés en la colonia proporcionó suficiente combustible a dos versiones opuestas e iracundas del personaje que produjo al por mayor una república independiente e infantil. Cortés fue maldecido por muchos liberales y sus aliados anglosajones mientras le echaban incienso Alamán, los conservadores y sus aliados de la península ibérica. Durante una centuria fue escupido y ensalzado.

A partir de la llegada de la historia científica a México con los transterrados españoles del último medio siglo, la figura de Cortés, quitados los desahogos de doña Eulalia Guzmán, ha sido objeto de las semblanzas fidedignas de Manuel Alcalá, Fernando Benítez, Carlos Bosch García, José Fuentes Mares, Bernardo García Martínez, Ramón Iglesia, Ida Rodríguez Prampolini, Silvio Zavala y el centenar de historiadores profesionales que contribuyó al Primer Congreso Internacional sobre Hernán Cortés celebrado en Salamanca en ocasión del quinto centenario de su nacimiento o que puso por escrito su imagen cortesiana en alguna publicación periódica. A este desfile, llamado académico por algunos y científico por otros, acaba de alinearse un historiador de la literatura del que no cabía sospechar su afición al primer general de este país.

En los años cuarenta, en los institutos de cultura superior de la ciudad de México, en Colmex, la ENAH y la UNAM, circulaba el chisme de que el joven jaliscience José Luis Martínez estudiaba para Alfonso Reyes. De hecho, se convirtió en un humanista consumidor de toda especie de humanidades. Como el regiomontano ilustre, se puso a estudiar a los escritores desde el tiempo más remoto hasta nuestros días. Como él, hizo muchos viajes y se rodeó de miles de libros, pero además fue lo que siempre detestó don Alfonso: político, diputado, aunque a la manera de Gutiérrez Nájera. Al revés de su maestro que siempre anduvo de investigador saltarín y más universal que mexicano, el discípulo goza de la buena fama de ser un curioso que puede concentrarse en algunos temas, en su gran mayoría patrióticos. El investigador sistemático que es José Luis Martínez ya tiene en su haber una docena de libros sobre literatura mexicana, sin contar la biografía del poeta y rey Nezahualcóyotl. Ahora, brinca a la mitad del foro con la que quizá resulta su obra máxima, con un libro de gran aliento sobre el soldado e historiador Cortéz.

Martínez se propuso un campo de estudio amplísimo: Hernán Cortés, su contorno y su resonancia. Abre boca con “los dos mundos que se encontraron”, con una breve síntesis del México antiguo y un sumario no menos preciso de aquella España Medieval que se volvía renacentista. También antes de entrar en su historia de vida ofrece un panorama de los indios durante los treinta primeros años de la dominación española. Enseguida acomete el estudio de todo lo que se sabe con seguridad de la familia italoespañola del conquistador, de la infancia de éste y de los latines aprendidos en la universidad de Salamanca, del aprendizaje de aventurero en Cuba, la expedición a México, los incidentes de la travesía de Cozumel a Ulúa; el conflicto con Velázquez, la fundación de Veracruz y el desmantelamiento de las naves; el recorrido triunfal de Veracruz a México, la flor lacustre que dominaba muchos reinos y señoríos. El autor analiza a fondo, en cinco capítulos, los episodios mayores de la demolición del imperio de los mexicas y de la hechura del reino bautizado por Cortés con el nombre de la Nueva España.

Otros biógrafos han preferido regodearse con la carrera ascendente de Cortés, pero José Luis Martínez se ocupa sobre todo del despeñadero de desgracias que empezaron con el viaje a las Hibueras, los negocios corruptos de los lugartenientes del viajero y la trágica expedición a las Molucas; continuaron con el juicio de residencia, el regreso a España, las frías conversaciones con el emperador Carlos V, la obtención de algunos títulos, la pérdida del poder, que era lo que más amaba el ilustre capitán, y terminaron con el inacabable juicio contra él, los miles de pleitos y los malos negocios, la pobreza y la muerte. A la declinación y el fin de Cortés, Martínez le concede diez sádicos capítulos.

Los otros temas que llaman la atención del hasta ahora más incisivo estudioso de Cortés, son doña Marina, la primera amante india y eficiente secretaria trilingüe de don Hernán; su populoso serrallo; los once hijos que hubo con media docena de españolas e indias; el probable síndrome de Barba Azul que le atribuyen algunos malquerientes; la peregrinación de su osamenta; los retratos de pluma, pincel, buril y brocha que se le han hecho al través de los siglos; su mala suerte con la epopeya, y sobre todo, el carácter, la cultura, las ideas directrices y los escritos de índole autobiográfico, histórico y jurídico.

Si la figura de Hernán Cortés no fuera tan controvertida, José Luis Martínez podría haberse evitado una cimentación documental tan ancha y honda como la que le puso a su biografía. Creo que nadie ha juntado y leído tal cantidad de testimonios impresos y de puño sobre Hernán Cortés y su hueste como el autor de este volumen. La investigación ha sido exhaustiva. El metodólogo más exigente puede testimoniar el buen desempeño de las operaciones heurísticas o de junta de testimonios y críticas o de examen de las pruebas. Martínez se ha comportado como un erudito de la mejor época de la exactitud histórica, pero le ha vuelto la espalda a una manía de su siglo y de su generación.

Este esbozo de crítica hubiera resultado menos trivial de haber podido exponer las filosofías de la historia y de la conducta humana usadas para esclarecer la vida y el comportamiento del sin duda neurótico y del sin duda ariete de una clase social explotadora. Pero el autor ha echado a perder esta parte cumbre del análisis de su biografía pues no acude ni a Freud ni a Marx ni a Comte ni a ningún gran visionario del hombre para entender al hacedor de la Nueva España. Martínez comprende y explica el ideario y la conducta de su complejo personaje al modo del vulgo, con las entendederas del sentido común. Aquí se dibujan la parte visible de un señor y del escenario donde hizo su vida que no las impersonales que le dieron personalidad. Para bien de los lectores esta no es una interpretación que sí una exhumación de Cortés.

Todos los que se han metido a investigar al coloso acaban arrojándole insultos o elogios o las dos cosas. El retrato tan objetivo de José Luis Martínez no es la excepción. Agrega a la imagen cortesiana un buen lote de juicios de valor: “resistencia física”, “calculada audacia y valentía”, “comprensión y utilización de los resortes psicológicos y los móviles del enemigo”, “ausencia de escrúpulos morales” y de sentimientos, “avidez erótica puramente animal”, “codicia por el oro y los bienes patrimoniales”, “gusto por la pulcritud personal”, “acertada elección de sus capitales”, “dominio de los hombres”, “interés y amor por la tierra conquistada y su pueblo”, “intensa religiosidad y fidelidad a su rey, nunca ofuscadoras”, “ambición de poder y de fama más fuertes que el afán de riqueza” y otros juicios semejantes que le dan sabor al espeso caldo que es este libro.

Como es costumbre en las biografías, en ésta se acata el orden cronológico pero sin fanatismo. Como lo reconoce el autor, “cada vez que se llega a episodios destacados y controvertidos, se recogen todas las versiones conocidas, españolas e indias”, antiguas y modernas. En el caso del juicio de residencia, “por haberse extendido con interrupciones durante largos años”, se consideró preferible exponerlo en conjunto “en un par de capítulos, uno de acusaciones y el otro de defensas”.

El nuevo y hasta ahora más acucioso historiador de Cortés ha hecho, con la vida y la obra de su personaje, una extensa narración entrecortada por muchos títulos y subtítulos, epígrafes, digresiones, notas, cronologías parciales y otros topes. Como quiera, pese a las trabas, es un discurso narrativo, una serie de episodios bien contados que muchas veces pepenan con fuerza la atención e impiden cambiar esta lectura por otras. Se trata de una novela de caballería verídica.

Como resumen de las impresiones dejadas por una lectura de cuarenta horas, por una descomunal semana inglesa, cabe decir que el Hernán Cortés de José Luis Martínez es un libro muy voluminoso que por su mismo volumen atemoriza a los lectores. Como quiera, la estatura del personaje Cortés y el prestigio del autor Martínez empuja a empezar a leerlo, y quien lo empieza fácilmente lo acaba. Para los que gustan las golosinas de la erudición, las abundantes notas de pie de página, los bien escogidos epígrafes y citas, los cuadros cronológicos, la gruesa de ilustraciones, las bibliografías y el índice onomástico constituyen sabrosas guarniciones de una obra esencialmente sabia. Los reacios a la erudición con poco esfuerzo pueden apartar la vista del voluminoso aparato erudito y aún saltarse a la torera las cien primeras páginas y salirse de la lectura al concluir el capítulo XXV. Por la mayor parte de la obra se puede recorrer con la facilidad a que nos han acostumbrado las grandes biografías del siglo XX. Aunque sea en primer término un libro para especialistas, atrae a todo buen lector, y quizá sólo excluya a los niños. Se cometería un abuso si se pusiera como texto obligatorio en las escuelas primarias del país, pero sí cabe recomendar su lectura a todo mexicano adulto. Los especialistas en el padre fundador de México encontrarán datos y enfoques novedosos, y el resto de los compatriotas, la suma objetiva de lo que conviene que sepan del primer diseñador y albañil de su patria.

El agua y el capital

En Guerrero más del 90 por ciento de la superficie cultivada es de temporal. Una gran parte de sus habitantes son campesinos que se dedican a la producción de maíz, ajonjolí, café y copra. El 79.5 por ciento de las tierras son ejidales y comunales, el resto propiedad privada. En 1980, en una situación que no ha cambiado mucho diez años después, la tierra de temporal representaba el 4.5 por ciento del total nacional, y la de riego tan sólo el 0.8 por ciento. Eso en un territorio cruzado por un río y sus afluentes que desde los satélites semejan un esqueleto de pescado.

Del total de tierras susceptibles de irrigarse (210 mil hectáreas), sólo 40 mil cuentan con riego. Quince mil de ellas están en el Distrito 057 en la Tierra Caliente. Abiertas las primeras 500 hectáreas en 1952 por iniciativa del General Cárdenas, para 1990 debería contar la región con más de 30 mil hectáreas de riego para 11,900 usuarios, pero sólo se beneficia la mitad. Ubicado en la cuenca media del Balsas, el distrito se forma por los municipios de Arcelia, Ajuchitlán, Totolapan, Zirándaro, Tlalchapa, Tlapehuala, Cutzamala, Coyuca de Catalán y Pungarabato (Altamirano) en Guerrero; San Lucas en Michoacán y Tlataya en el estado de México. Existen tres presas de almacenamiento, cuatro de derivación, dos plantas de bombeo, 840 kilómetros de distribución y 91 de drenaje, una red de 1,071 kilómetros de caminos, 5,706 estructuras y 11 edificios. Uno de los grandes sueños del general Cárdenas para 9,700 ejidatarios y 2,165 campesinos.

Y un sueño que en el papel deja dinero. Por ejemplo, para el plan de riego Otoño-Invierno 88/89 se sembraron 13,857 hectáreas, 5,538 de ellas maíz, 3,420 melón, 2,728 frutales y el resto en sorgo, sandía, hortalizas, cítricos y pastos. El valor de la cosecha fue de 66,700 millones de pesos, con un costo de 17,000 millones, dejando una utilidad de 39,757 millones. En estas cifras no se tiene cuantificada la participación de las compañías agrícolas que funcionan en Ciudad Altamirano como prestanombres de capitales norteamericanos que controlan la producción de cultivos para la exportación al mercado norteamericano, pero es muy probable que toda la producción melonera de la región, que alcanzó las 37,000 toneladas en ese año, esté en manos de empresarios como Salvador Sánchez, al que se le reconoce como prestanombre de una compañía agrícola norteña. El caso del Valle del Escondido lo ilustra.

Según informes de la oficina de la SARH correspondiente, la superficie regada debería alcanzar las 30 mil hectáreas. No es así por factores como el abandono total en los trabajos de conservación. Esto ha dejado la infraestructura “en muy malas condiciones” por la falta de rehabilitación de los recursos, la mayoría con más de 25 años de construcción; y por la carencia de asistencia técnica y programas de producción de cultivos rentables, que permite que la mitad de la superficie se dedique al maíz, que por su precio bajo provoca que mucha tierra cultivable quede ociosa.

El distrito de riego 086, en la región de Apatzingán, está todavía más vinculado a los mercado de consumo nacional y al norteamericano. Al igual que en Altamirano, la producción está controlada por empresas que se dice son prestanombres de compañías alimenticias trasnacionales. El empresario Willie Wallace es el personaje principal en este escenario, y financia buena parte de la producción de melón y pepino; pero no es el único, ni la renta de tierras es el mecanismo absoluto.

Siete son los municipios que abarca el distrito, con 150 mil hectáreas cultivables, 70 mil de ellas de riego en el papel, porque en la práctica no se riegan más de 55 mil hectáreas que, también en la teoría, benefician a un poco más de 12,300 productores. En la región se trabaja con 1,473 tractores, 42 trilladoras, 1,029 sembradoras y 229 máquinas combinadas. Todo, al igual que la tierra, es rentado por las compañías.

Según los responsables de la SARH, la región enfrenta problemas fuertes. Los productos básicos sostienen su superficie cultivada con excepción del maíz, que va a la baja por incosteable y se sustituye por el sorgo. En los productos perennes, el mango, el limón, el plátano y la papaya van en alza, pero decae la sandía por las plagas y los precios bajos. En general, los cultivos son cada vez más incosteables por la carencia de créditos, dada la nueva política de Banrural de no prestar a los morosos. Las plagas se incrementan por la costumbre campesina de dejar los residuos de las cosechas meloneras, por ejemplo, como pastura para el ganado, vital para la economía campesina de la región.

Pero el uso de los agroquímicos agrava mucho las cosas: el algodón, por ejemplo, dejó de sembrarse en 1981 por ese motivo. Y ese camino lleva el melón: en Múgica, por ejemplo, la productividad bajó de 12.5 a 7 tn/ha entre 1981 y 1988, por lo que la superficie sembrada cayó de 1,722 hectáreas en el 81, a 39 hectáreas en el 90. En Parácuaro no le fue mejor: el rendimiento bajó de 14 a 9.2. De hecho, el melón se desplaza con el tiempo: ahora es Tepalcatepec, el municipio más alejado al poniente, el que aumentó su producción y rendimiento (de 219 a 1,187 hectáreas sembradas, de 1,752 a 15,649 toneladas, y de 8 a 13.2 ton/ha). Igual se han ido las meloneras a Guerrero. Y más lejos -a Oaxaca, dicen- a partir de los conflictos políticos desde 1988. De hecho, se calcula que en el 89-90 se redujo la superficie cultivada de melón de 8 mil a 4 mil hectáreas, según ANAGSA. Y la caída en la producción de cultivos de exportación ha sido del 50 por ciento.

En conjunto, la zona agrícola de Apatzingán va a la baja. De sorgo, por ejemplo, en el Bajío se tiene una productividad promedio de 7 a 10 toneladas por hectárea, cuando en Apatzingán no pasan de 2 a 3 toneladas.

No se llega a saber qué cantidad de tierra queda en manos de las compañías. No todo se renta. Humberto Sánchez Gallegos, conocido como el “Azabache”, es diputado local por el PRI, además de agricultor y refaccionador. Llega a controlar más de 8 mil hectáreas con el siguiente mecanismo: habilita al productor para el barbecho y los insumos, pero se cobra la inversión con el 50 por ciento de la utilidad. Eso sí, lleva el riesgo de la pérdida. Y en cuestión de precios, los sube y baja hacen fortunas y liquidan sueños: una caja de mango que hoy vale seis, en tres semanas puede estar en dos. Y ahí las empacadoras nunca pierden: en el melón llevan libre 1.50 dólares por caja; y si en la temporada que terminó en mayo el fruto llegó a estar a 8 y 9 dólares, tuvo una caída libre hasta el dólar y medio. En la confusión, la SARH no mete mano, los gallos se enriquecen y los productores que se animan a trabajar son presa de los sistemas de acaparamiento y se ven obligados a sacar su producción a través de las empacadoras que les imponen precios. Se desvaneció el sueño cardenista para la agricultura ejidal. (Sergio Mastretta)

Tierra caliente

La cuenca cardenista

Sergio Mastretta. Periodista. Publicó, en coautoría con Emma Yanes, Con el sudor de tu crisis

El reportaje que publicamos aquí se ocupa de una de las zonas más vivas e inquietantes de México, con una increíble densidad histórica y una incomparable homogeneidad social y cultural. Hoy, una zona cruzada por la violencia política y policiaca, el rezago agrario, el narcotráfico. La zona en que conviven las camionetas Cheyenne y la tienda de raya, la nota roja y los corridos y las leyendas, las “pangas miserables” por el Balsas y los “puentes formidables en autopistas”. La Tierra Caliente es hoy lo mismo un nudo nacional que, más que una continua expectación, un nuevo comienzo de esperanza, una apuesta de que ahí acabarán dirimiéndose, para bien, varios de los asuntos más urgentes de la agenda del país. Por eso nexos le encargó a Sergio Mastretta que con amplitud y profundidad nos diera el pulso de este México intenso. Este es el resultado. Invitamos al lector a entrar en él.

Verano de 1990, media noche en la carretera Ajuchitlán Ciudad Altamirano, en el corazón de la tierra caliente de Guerrero y Michoacán. Venimos de una tarde de cervezas con campesinos de uno de los once municipios que el PRD ganó en la tierra de Figueroa. El llano oscuro se recupera del día, deja de ser el horno infernal que todo lo consume. Ahora el tiempo sólo existe en los faros del automóvil: una línea estrecha cortada por arroyos que derivan al Balsas solitario, a la derecha del camino. Imaginario, el río pobre del territorio nacional, suspendido en sus afluentes como el esqueleto tieso de un pescado, es la arteria campesina.

Se condensan los hechos y las preguntas que motivan el viaje: entre diciembre y marzo un PRI alicaído en el sur, el cardenismo en auge, más de treinta municipios de la cuenca del Balsas gobernados por la oposición, decenas de pueblos cercanos a la guerra civil, la presencia indeleble del narcotráfico, el desborde de la violencia política, policiaca y criminal. En la línea recta de la carretera, como los vapores desprendidos de los canales de riego, pasan las imágenes de una ruta periodística que sigue el rastro de la insurgencia municipal antipriísta, desde el sur mixteco y bracero de Puebla y Guerrero, hasta el oeste cristero y bracero de Michoacán.

En la tierra caliente Michoacana. Foto de Rafael Bonilla.

Horas antes, a las dos de la tarde, una de tantas imágenes: un mitin de campesinos perredistas encabezados por Zenón Santibáñez, diputado local mal visto por la dirección estatal de su partido por sus planteamientos de diálogo con el gobernador Ruiz Massieu. Dos mil ejidatarios demandan ante el Banrural de Altamirano créditos suficientes y a tiempo. Zenón, un hombre prieto de 37 años, economista por la UNAM y ex-pemesista, nacido en un ranchito de Tlapehuala cuyos jornaleros ganaron por el reparto cardenista las tierras resecas de las haciendas, afirma que están ahí porque los funcionarios no entienden de otra forma. En el hervor del asfalto es imposible imaginar espacio para la política. Pero ahí están los campesinos con su reguero de sombreros, mantas y demandas. Ni siquiera sudan cuando explican su presencia ante la Federación: “Es sencillo, amigo -dice un viejo de Patamho-, a la hectárea de maíz uno le mete 800 mil pesos, y aquí los licenciados nos prestan 50 mil, ónde pues. Y uno le hace fiestas al inspector, le mata el becerro a los ingenieros, hace el tonto cuando echan el piropo a la mujer, todo pa que al final salga el Banco con que le debemos, tenemos la cuenta recargada y no hay dinero”.

Por eso el campesino José Santana, un ajuchitleco que pide la palabra en la mesa bajo el mango, que demanda silencio a sus compañeros para encararme, se levanta sobre el conjunto de imágenes de un mes que ha repetido personajes y monólogos similares al enfrentar al reportero. La voz se condensa en los vapores de la noche, se pliega al camino: “¿Usté preguntó por qué no más PRI, señor? Porque no nos sentimos mexicanos iguales a todos, aunque la Constitución diga que tenemos los mismos derechos. Pero hay un dicho, no hay mal que dure cien años y éste ya tiene sesenta. Ya nos cansamos, ya entendimos que no es posible seguir así. Cuando alguien protesta es porque tiene un porqué, pero eso el gobierno jamás lo entenderá. Aquí muchos lucharon con la revolución, muchos que no podían ni escribir por qué pelearon. Ellos vieron que no sirvió de nada, pronto volvió a quedar el mismo caciquismo, el poder de nuevo quedó en manos de gente altamente rica. Así es señor, si usté tuviera la oportunidad de sufrir todos los atropellos, todas las marginaciones y arbitrariedades entendería a lo derecho por qué no más PRI”.

Jolalpan, Pue. Judiciales interrogan a la mujer del comandante de la policía municipal muerto en el intento por recuperar la presidencia de manos priísta. El enfrentamiento ocurrió a las 2 de la tarde del jueves 16 de agosto de 1990. Cada banco recogió sus cadáveres. La fuerza pública estatal pudo entrar al pueblo hasta la madrugada de el viernes. Foto de Jesús Olguín (cortesía del periódico Cambio).

Pasamos los vados sin problemas, no ha llovido. La línea recta del camino no cede, tampoco las cavilaciones: hemos encontrado Santanas desde el sur poblano hasta la frontera de Colima. ¿Es posible una visión global? ¿Es válido hablar de la cuenca cardenista tan sólo porque el viejo general tomó como territorio de la revolución hecha gobierno este espacio tallado por el sol, este montón de ejidos que brotaron como alacranes debajo de las piedras de las haciendas? ¿Qué explica la palabra cardenismo en los conflictos de estos pueblos? ¿Cómo se matarían o con qué pretexto si no tuvieran por siglas nuestros PRI versus PRD de la modernidad?

Cualquier monólogo se estrella contra una linterna a media noche en la carretera desierta de Ajuchitlán, la que baja de la sierra de Lucio, de la sierra del narco y la guerra. Es una luz que exige el alto. Es una luciérnaga que manda en el reflejo de cuatro fusiles Cuerno de Chivo que exhiben figuras fantasmales. Alto en la carretera: cuatro fusiles apuntan al auto de un periodista que sigue la huella de la insurgencia campesina. Un periodista que por fin es consciente de que está en otro país.

Navegar el Balsas en los trazos disparejos de las carreteras que lo cruzan -igual pangas miserables en brechas solitarias que puentes formidables en autopistas que lo ignoran- es perderse en una nación campesina de insurgencia y arraigo tradicionales, más allá de la frontera del calor y de la milpa. De uno a otro extremo de la cuenca la realidad es la de un sur agrario que envuelve en la parsimonia rural las intromisiones de la modernidad: al extremo poniente, en el rancho el Ahuaje, municipio de Aguililla, Michoacán, cincuenta casas rudimentarias, la mayoría de madera y tejamanil, conviven con 45 antenas parabólicas, escudos legendarios del narcotráfico. Al extremo oriente, en Acatlán de Osorio, Puebla, una fila de mujeres espera tranquila, como si estuviera en la cola del molino de nixtamal y no frente a la oficina de correos, por sus giros postales, los dólares y las esperanzas de sus maridos mixtecos en el norte. En medio, el río padre y sus afluentes, con centenares de pueblos que se asoman a la vida: en Zirándaro, en la frontera caliente de Guerrero y Michoacán, cuatro hombres remolcan en el lanchón un camión torton cargado de melones producidos con el financiamiento de una compañía norteamericana Es la revolución del capital en la nación del temporal.

Navegar a otro país, un país invisible que está a la vuelta de la ciudad de Puebla, a una cuadra del Distrito Federal, a un semáforo de Morelia, a dos de Guadalajara. Un país como una ciudad perdida que el altiplano no quiere ver. Porque si se viaja a la aridez poblana, a los fósiles de Tepexi o a Tecomatlán, la tierra prometida de Antorcha Campesina (con sus viviendas del Infonavit y su parque recreativo), y se va y se viene en un día, uno descubre en un chispazo la existencia de la región diferente: el calor, la cañada reseca, el rezago campesino. Pero la dinámica urbana deshace el trago amargo como se desvanece un espejismo en cualquiera de esas carreteras sureñas de sol implacable. La visión de lo distinto, del país ajeno, no adquiere el cuerpo brutal que en la realidad se sumerge en esa depresión geográfica del sur agrario. Una gran cañada que se extiende quebradiza desde la sierra del Tentzo, que con el Atoyac corta la salida del crecimiento infernal de la capital poblana, y se desparrama a un mundo abajo de los mil metros, un paisaje de órganos y ónix, alacranes y frutales, aldeas y milpas, sometido a la sombra granítica del laurel de la India y la figura mítica del nevero contra la sed. Desde la Mixteca que comparte el ámbito de miseria de Puebla, Oaxaca y La Montaña guerrerense, hasta las inmediaciones de la Sierra del Tigre, en Jalisco, llevándose de un golpe la mitad de Morelos y Guerrero y cortando de tajo a Michoacán. La cuenca del Balsas tiene más de 600 kilómetros de largo y alrededor de 116 mil kilómetros cuadrados. Es una sola y múltiple arteria campesina en el espacio insondable de lo rural. Dos ciudades, Iguala y Apatzingán, son verdaderas ínsulas agrocapitalistas. Fuera de ellas, más de cien municipios de Oaxaca, Puebla, Morelos, Guerrero, México y Michoacán y Jalisco escurren por sus cañadas al territorio del sol, la tierra caliente.

LA VIOLENCIA

De un día para otro el Estado y la sociedad descubren que la ruta del Balsas forma parte del corredor vital de la droga: el triángulo montañoso de Oaxaca, Guerrero y Puebla y las sierras de Guerrero y Michoacán siguen paso a paso la huella de Sinaloa. Apatzingán se convierte en un centro narco, de la mano de Uruapan. La ruptura es sinónimo de violencia: en 1989 hubo 340 asesinatos en el distrito de Apatzingán, 80 por ciento de ellos en la cabecera. En los últimos tiempos han sido detenidas 300 personas por homicidio. La cultura del narco adquiere el camuflaje de las películas de Mario Almada las camionetas Cheyenne rojas y negras queman las llantas en avenidas nocturnas al son de me fui pa California; los crímenes se amplifican en la nota roja de los diarios locales; jóvenes desconocidos apuestan 500 millones de pesos en una jugada de gallos; los movimientos en el negocio de bienes raíces se disparan a las nubes, los viejos ricos venden al triple sus residencias a campesinos que convierten en chiqueros los jardines. Y sobre todo, la presencia de la policía: a cualquier hora, igual en Tlapa que en Huetamo o Tepalcatepec, convoyes de camionetas polarizadas y sirenas abiertas recuerdan a los pueblerinos que los antinarcóticos están en guerra.

A Coalcomán, un pueblo fronterizo con Colima, a ocho horas de Morelia, bajan de cuando en cuando los muertos de la guerra en turno. Ahí se cuentan leyendas, como la del bandido Valentín Zamorano. Nunca lo agarró el gobierno de don Porfirio. Sólo podía ofrecer un pago en plata por su cabeza. A Valentín lo traicionó su lugarteniente, quien lo asesinó y le cortó la cabeza. Bajó con ella al pueblo. Al traidor no lo colgaron; en recompensa murió fusilado.

Después, en la cristera, el mismo gobierno bajaba sus muertos. Al enemigo lo dejaba colgado en la sierra La gente en los pueblos hilaba leyendas. Como la de los muertos que han bajado últimamente. “Cayeron unos marihuaneros”, “le pegaron duro al ejército”, se comenta para empezar la historia. Y se raya en la epopeya en una tierra acostumbrada a guerrear con el gobierno.

La historia de esta mujer la contaron al reportero en versiones similares lo mismo en Aguililla que en Coalcomán. Un destacamento de soldados llegó hace unos cuatro años a una ranchería de San José de la Montaña. Eran seis o siete soldados que perseguían a un marihuanero. En el patio del ranchito estaban una mujer y un niño. Los soldados no averiguaron que en la casa estaba la madre del marihuanero perseguido. Los militares torturaron a la mujer, la violaron y con las bayonetas le cortaron los pechos. También mataron al niño. En eso estaban cuando la madre apareció con un Cuerno de Chivo. Dicen que ella sola dio muerte a los siete soldados.

Jolalpan, Pue. Viernes 17 de agosto de 1990 a las 7 de la mañana. Deudos de un priísta muerto en el enfrentamiento con campesinos del PRT que intentaron desalojar la presidencia ocupada por simpatizantes del PRI. Nueve campesinos murieron. Cuatro eran del PRT y cinco del PRI. El conflicto se originó el 15 de febrero pasado, cuando el grupo priísta no aceptó el dictamen del Congreso del Estado que corroboraba la victoria de los perretistas, que ganaron la elección del 26 de noviembre bajo las siglas del PRD. Los priístas acusaron a su partido de haber “negociado en la mesa” su derrota.

Días después el ejército volvió al lugar. Entonces ya no encontró a la mujer con el Cuerno de Chivo: topó con diez hombres con mayor potencia de tiro que los soldados. De Coalcomán bajaron los cadáveres de veinte hombres de tropa. “Es que allá en la sierra son tigres, y sí los cucan”, reflexionan.

La segunda ruptura es política. Cinco municipios en la Mixteca poblana, cuatro de la Montaña, seis de la Tierra Caliente de Guerrero y doce de la misma región de Michoacán son gobernados por el Partido de la Revolución Democrática. Apatzingán, cuya presidencia estuvo tomada tres meses por un cabecilla campesino que rompió con sectores menos radicales o “priístas” dentro de su partido, está totalmente rodeada por municipios cardenistas. Igual sucede con Uruapan. Prácticamente en todas las alcaldías de la región hubo conflictos y tomas de las presidencias por perredistas descontentos por el fraude electoral, situación que derivó en su desalojo por el ejército el 6 de abril de 1990. La palabra violencia estuvo en la boca de las dos fuerzas políticas que se disputan el poder municipal. Tan sólo en Guerrero el PRD denunció la muerte de 12 personas entre enero y marzo de este año, “producto de la violencia gubernamental”.

En este verano las cosas han vuelto al nivel de las pugnas soterradas, al reacomodo de fuerzas, a la meditación de lo sucedido. Es un pleito que no ha terminado: ahí está la alcaldía de Jolalpan, en el sur de Puebla, tomada por los priístas descontentos por el reconocimiento oficial al triunfo PRD-PRT aliados para las elecciones del 3 de diciembre del 89. Nueve muertos y una veintena de heridos en un intento de los perredistas por recuperar la presidencia el jueves 16 de agosto.

Son conflictos y muertes derivados de la lucha electoral. Cada uno de los municipios tiene su propia historia de crímenes y revanchas que se escudan en los membretes de la política nacional. El propio Jolalpan es un pueblo dividido en dos por el zocalito a causa de una antigua disputa por la tierra. Habría que verle así, caso por caso, para entender las muertes de esta ruptura.

Aurelio Peñaloza es presidente municipal de Zirándaro, un pueblo en la rivera del Balsas. El municipio dispersa 25 mil habitantes en 225 comunidades que en los años treinta y cuarenta vivieron el reparto agrario cardenista. Desde entonces vienen los hechos de sangre. Aún subsisten terratenientes como los Romero, en Huayameo, a quienes los campesinos les disputan cinco mil hectáreas. Es la primera vez que Aurelio, un abogado de 25 años, participa en política, pero ha encontrado el hilo del conflicto. Hijo de un expresidente municipal priísta, piensa que no es coyuntural que haya ganado el cardenismo: simplemente antes no había alternativas de cambio.

“El conflicto ha estado en la lucha por la tierra -dice-. Contra las resoluciones presidenciales los caciques oponen los asesinos a sueldo”, que les han dado muerte a líderes agraristas en la zona como Marcial Peñaloza hace apenas unos años, igual que Alberto C. Reyes, Enrique Cid, Francisco Tuco y José González, todos campesinos del municipio de Zirándaro. Aurelio confiesa un capítulo de su historia familiar. Dos de sus hermanos se metieron a la guerrilla a principios de los setentas, pelearon en el grupo llamado MAR que prendió en la universidad michoacana. Uno de ellos fue encarcelado en 1972 en Lecumberri. Amnistiado por López Portillo en 1978, regresó a Zirándaro. Acababa de llegar, eran las tres de la tarde, cuando lo balacearon en la calle principal del pueblo, a la vista de todos. Los matones a sueldo echaron el cadáver en una camioneta y se lo llevaron. El nombre de Brigada Blanca se meció por primera vez en el aire.

En el filo del requiebre económico y la ruptura política que vive México, la cuenca del Balsas es un espacio geográfico metido de cuajo en la historia insurgente: corredor vital de los caudillos Morelos, Guerrero, Alvarez, Zapata y Cárdenas. Siempre, en la imaginación “civilizada” del altiplano, la conciencia de un sur agreste e incomprensible, encañonado en la visión de un Atila terrorífico que de cuando en cuando se remonta a las ciudades.

Por esa arteria campesina, por ese recorrido que inicia en el sur poblano del cacicazgo árido y en la Montaña de peones indígenas itinerantes, y termina en las estribaciones cristeras de Jalisco, sobrevive la noción de un país temporalero, de ejidatarios que son peones en sus tierras, proletarios en el norte y campesinos truene o llueva. En la trayectoria histórica, la visión de un territorio convertido en frente de colonización del altiplano al sur. La instauración de una economía campesina que bajó del norte y que a finales del siglo XVIII tenía sus avanzadas en los pueblos rancheros de Jalisco. A la vuelta del tiempo, sobre los orgullos de casta criollos, con los indígenas atrincherados en la meseta purépecha y en las montañas perdidas de Guerrero, se logró la consolidación de un mestizaje, una fusión de razas -indios, criollos y negros-, sobre el basamento del campesino vaquero. Es una corriente que se encuentra en la memoria familiar de la Tierra Caliente y la Costa Grande. Petatlán, por ejemplo, tiene sus antecedentes en Cotija, y en Aguililla los viejos se acuerdan de que sus abuelos vivían de niños en las inmediaciones de Chapala. “Es la misma gente, siguen el mismo patrón campesino”, dice el historiador Jean Meyer. Y dice más la historia: por ejemplo que el abuelo del general Cárdenas era un mulato bien plantado, cuestión que la familia nunca quiso que saliera del ropero.

En la cuenca del Balsas se hallan más de 120 municipios, sin contar los innumerables de la zona de Tlaxiaco en Oaxaca 55 del sur poblano, 16 de la Montaña de Guerrero, 16 de la región del Mezcala, 9 en la Tierra Caliente guerrerense y 29 en la de Michoacán. A la cuenca bajan dos líneas de ferrocarril, una termina en el río y otra apenas llegó al mar (FC Apatzingán-Lázaro Cárdenas). Sólo tres carreteras brincan la Sierra Madre del Sur Para ver el Pacífico y no es posible recorrer por camino pavimentado toda la ruta del río. En los 37 ríos afluentes y en el río mayor existen 25 grandes presas, dos de ellas (Infiernillo y Caracol) construidas por la CFE. En toda la región no se riegan más de 150 mil hectáreas. Fuera del centro industrial de Lázaro Cárdenas, la zona minera de Taxco y la marmolera de Guerrero y Puebla, la cuenca no basa su economía en el subsuelo y la industria manufacturera Mira al país desde los islotes agrocapitalistas de Iguala, Altamirano y Apatzingán y desde la soledad de la parcela de temporal.

Teloloapan, Gro. Presidencia municipal perredista. Los campesinos de la región, maiceros de temporal en su mayoría, participaron activamente en las mivilizaciones contra el Gobernador Francisco Ruiz Massieu en los meses que se surgieron a las elecciones del 3 de diciembre de 1989.

Foto de Antonio Ortuño.

EL REZAGO CAMPESINO

Para documentar el rezago del sur campesino, hay que dar un vistazo a Guerrero y Michoacán. En el primer estado, con 75 municipios, para 1987 el 65 por ciento de ellos tenía menos de 30 mil habitantes, mientras Acapulco sostenía una tasa de crecimiento del 14.09 por ciento entre 1980 y 1987. Y cuando el puerto se llevaba el 42.1 de los ingresos corrientes estatales, y junto con Zihuatanejo, Chilpancingo e Iguala acaparaba el 64.5, 55 municipios no pasaban de cien millones de pesos al año para cada uno. Todos ellos son fundamentalmente rurales. En ese mismo 1987, 46 municipios tenían un déficit mayor del 50 por ciento en agua y 63 sufrían una carencia superior al 90 por ciento en drenaje. Algo mejor le iba en energía eléctrica, pues sólo 19 municipios tenían un déficit mayor al 50 por ciento. Dieciocho de esos municipios mayormente marginados ven correr sus aguas de temporal hacia el Balsas. El llamado Sistema Nacional de Planeación, imaginado en los ochentas, le daba a Guerrero un número de 12 municipios prioritarios para el desarrollo: ninguno de la Montaña, ni de las orillas del Mezcala; dos de la Tierra Caliente, pero tomados en cuenta tan sólo como centros de acopio.

En una situación un poco mejor, Michoacán tiene sin embargo sus municipios más rezagados al este de su parte de Tierra Caliente, en el límite con Guerrero. Mientras en ocho municipios se concentra el 33 por ciento de la población del estado, 88 municipios de los 113 tienen una población menor al 1 por ciento del total. De los 19 municipios que se ubican en la región calentana sólo Apatzingán tiene un porcentaje superior al 2 por ciento, y entre todos no superan el 17.3 por ciento de los michoacanos. Tampoco les va muy bien en cuestión de ingresos municipales: mientras Morelia, Uruapan, Zamora y Lázaro Cárdenas se llevan el 45 por ciento, los 99 más pobres no alcanzan ni el 1 por ciento cada uno. En nivel de vida, los índices de marginación para los años ochenta fueron mayores en municipios calentanos como Tiquicheo, Tuzantla, Carácuaro y Nocupétaro, con grados de analfabetismo superiores al 45 por ciento y viviendas sin agua en índices superiores al 87 por ciento. Once de los municipios de la región están considerados con un nivel de vida bajo.

A las once de la noche salen tres o cuatro despistados del Cinema Elba en Tlapa, Guerrero. De reojo comparan el King Kong II en el cartel a la entrada con el que alucinaron en la película. Refresca la noche: a lo largo del portal duermen los mercaderes nahuatls, mixtecos y tlapanecos. En la plaza hay ronquidos estrepitosos, dientes como erizos marfilados, lacias nucas apoyadas en los costales de la merca. Alguna mujer, varios niños, uno que otro viejo, tejen la palma con la irreverencia de los sonámbulos. Un muchacho me ofrece un sombrero para niño en 500 pesos. Y espanta su sueño: “Soy de pacá de Tlalixtlaquilla, dos sombreros me hago de ái pal pueblo. Tá triste, tres mil pesos pagan al pión el jornal. Mejor el Morelos, el corte de ejotes siñor, pai agarramos cuando no cai agua. Un hombre sano corta 120, 150 kilos diarios. Pagan el tarea, si yo trabajo más es bien para mí, y si no, pus me corto yo solo. Aquí sólo tlacolole, tumbar el monte y quemarlo. Por eso uno se va como el agua, al Morelos, al Tijuana, al norte, todo bien enlujado ahí. Pero siempre se acuerda uno de las piedras y los árboles del pueblo”.

Tlapa está en el extremo sudoriental de la cuenca, muy lejos de la producción agrícola capitalista. Es el municipio más desarrollado de la Montaña de Guerrero, con 421 hectáreas de riego. Según los estudios que un día hizo Coplamar, ocho de sus municipios tienen nivel de marginación muy alta. Por eso no se miran muchos hombres en las secas. Con excepción de Tlapa, todos los municipios son expulsores de población hacia el norte florido del dólar. Hay tres pueblos mestizos: Tlapa, Huamuxtitlán y Olinalá; el resto, indígenas. De las 901 mil hectáreas en la región, 571 mil son comunales, 203 mil ejidales y el resto propiedad privada. En general, fuera de los planos que han formado los ríos, la mayoría de los cultivos se realizan en agotadas pendientes de entre 10 y 45 grados. Aunque el rendimiento por hectárea no es bajo, la producción de subsistencia nunca alcanza para más de seis meses, cuando viene bien. Además de la migración temporal y definitiva, las opciones están en el trabajo de la palma, el tejido de sombreros, cintas, petates, bolsas, asientos. Aquí las distancias se miden por el tiempo en que caminando se manufactura un sombrero.

Apatzingán, Mich. Julio de 1990. Lectura y meditación en el portón de la presidencia municipal. Según los propios perredistas, sus pleitos internos provocaron la victoria del PRI, partido que escogió como candidato al empresario agrícola y transportista más fuerte de la región. Foto de Rafael Bonilla.

Prevalece la porfiriana costumbre de la tienda de raya. Celso Villavicencio, a quien el rumor popular vincula con el narcotráfico, controla el comercio de la cerveza y la pepsicola. Todo lo que se consume entra por sus trailers y se cobra en su calculadora. Priísta distinguido, no se lleva muy bien con Jorge García León, otro comerciante del tricolor, con quien se pelea y negocia los así llamados puestos de representación popular. García León tiene la concesión de la Purina, los zapatos Canadá y el abasto de azúcar. En su tienda él mismo apunta en una libretita lo que los indios se llevan. “Debes tanto”, dice, y anota una rayita más en la medida en que los campesinos indígenas le deben la vida.

Con excepción de unos cuantos municipios, la región poblana de la cuenca se parece mucho a lo que ocurre en la Montaña. Y si estos municipios son extremosos en su marginación, no están lejos los vecinos que tienen por linea de enlace el cañón caluroso del Mezcala, habitados por los campesinos temporaleros sobrevivientes.

A media tarde, en el lomerío de Los Cuatlis, municipio de Teloloapan, Gro., Cidronio Pineda, envuelto en jorongo y sombrero, afirma con certeza que se viene un aguacero, pero no hace nada por atajar los goterones que chupa la tierra negra como copos de espuma marina en la arena. Lo acompaña otro hombre de cabello y mirada ceniza y sin sombrero.

-Esto de antiguo era agostadero -dice el hombre-. Era del gachupín y estaba libre de aquí hasta Ixcapaneca. Aquí en los Cuatlis ordeñaban los vaqueros. Con la revolución los gachupines se fueron, ya no quisieron seguir poseando los terrenos acá. Entonces le dejaron a un hombre grande que tenía un santito, San José, y por una limosna que diera el campesino empezó a repartir. Yo ya no me acuerdo, y tengo 58 años, pero mi padre que era un chamaco ya se había casado. Le dieron a él doce yuntas, aparte el agostadero. Por eso se quedó la gente engrida aquí.

-Se ingre el que tiene suerte -dice Cidronio, un hombre habitado por la calma.

-Va pues, el hombre- ataja su compañero.

-A mi me ofrecieron por aquí -sigue el del jorongo-, allá en mi tierra pa’cá pa bajo en Tierra Caliente a un tiempo que se jue la’güita y poco da la milpa. Ai’taban solas unas casitas y nos venimos a radicar arrendado, al tercio le trabajamos al patrón. Los dueños de las casitas tán en Chicago, tienen algo de terrenos, unas seis yuntas que por mitá sembramos porque no semos hartos, quere harta gente…

-Y luego el abono -dice el otro.

-Sí, luego el abono-, asienta Cidronio. Y hacen cuentas: en 1989 compraron a siete mil el que llaman “azúcar”, pero en agosto y septiembre ya había subido a 15 mil pesos el bulto. Y el de clase UREA que se compra a 13,500 al inicio de la temporada, después lo encuentran a 24 mil. Un bulto de harina de trigo para el pan les cuesta 48 mil pesos, casi lo que una carga de maíz (50 mil). Y un familia consume por lo menos 30 cargas, el producto de una yunta de cinco hectáreas.

-Nos dan en la vil torre -dice la lógica de don Cidronio.- Todo el temporal escurriendo, trabajando… Ni modo, pal pobre se hizo la horca.

-Por eso el campesino lo que tiene es sólo familia, -dice el otro.

-Tamos enojaos con el gobierno.

-Como pa agarrar las armas.

-El gobierno no entiende, yo no sé qué palabras entenderá.

Aprieta el aguacero. Cidronio escurre como un árbol. Igual resiste. Se cala el sombrero.

En las cervecerías los hombres se sirven sus pasiones, brindan con ellas, escupen, orinan, piden otras. Diálogos así ocurrieron tres o cuatro veces en el viaje. Esta vez un sábado por la tarde bajo una palapa al pie del camino Coalcomán-Tepalcatepec: tres o cuatro sillas metálicas, un refrigerador como un oasis, una mesera de brazos desnudos, hamacas que cuelgan para el sudor de los cuerpos en la noche, cecina enchilada en el aire, canciones imaginarias en la rocola descompuesta. Y una docena de labriegos y vaqueros, los tragos largos y una plática que a esta hora todavía no es la plática sorda, amarga y solitaria de la borrachera.

Campesino I: No tenemos apoyo para nada… Yo soy campesino agricultor, traigo mis cositas para vender aquí y no valen. ¿Por qué no ponemos las cosas a nivel? Que valga lo que trayemos y que valga lo que llevamos.

Salomón (no escucha, se dirige a mí y se refiere al albañil): Aquí estamos en un lugar priyista cien por ciento. Yo le garantizo que él se arrepiente de ser priyista.

Albañil: Yo soy campesino… No soy priyista.

Salomón: Yo le estoy hablando en plata pura, je, je…

Albañil: Yo soy campesino…

Salomón: Si lo eres… dále una cerveza al señor.

Albañil: Sí se la doy. ¿Y quién es el señor? Yo soy campesino, mucho gusto. Muy bien. Después de mi cosecha yo mantengo cien almas, y eso es lo que vale. Siembro maíz, marihuana pura chingada. Para mí hay que evitar que al pueblo se meta maíz de otros lados pa que se consuma lo de los alrededores.

Salomón: Sí señor, aquí llega octubre y empieza a salir la becerrada. Y el maíz es algo de lo bueno, llega a Escocia para el güisqui. Y aquí nos traen maíz pa los puercos, cuando aquí pura cosa buena, por una anega le dan tres de la otra.

Campesino I: Oye cómo están haciendo negocio con nosotros. No me dejaste hablar, ¿no es lo mismo que digo yo?

Campesino II (interrumpe): Que se consuma lo de acá. Por ejemplo, si usté fuera negociante, compra usté tres toneladas, me las paga a cuatrocientos y las vende a 900, un millón, ¿cuánto gana por el transporte? Y nosotros trabajamos todo el año.

Albañil: Ahí está la causa del enojo. Ya se acabó el frijol de por aquí, traen de fuera a cuatro mil pesos, ¿por qué el nuestro tan barato?

Campesino I (se dirige a mí): Eso que está diciendo del frijol no es así. Si yo tengo dos toneladas de frijol y lo vendo y no guardo para mi gasto, si después ando renegando es por pendejo, por pendejo.

Albañil (no se ofende): Exactamente es lo que digo yo.

Campesino II: Antes sobraban marchantes, por los puercos iban al rancho. Ahorita usté viene con ellos al pueblo y devuelve con ellos, nadie los quere, las gallinas mejor las mata pa comérselas.

Campesino I: Es que no está unido el pueblo.

Albañil: Exactamente.

Campesino II: Si le conviene, ofrece una bachicha, si no, devuélvete con ellas. Yo tuve unos puercos…

Albañil (interrumpe): Es lo que iba a decir. Si dos puercos me pesan cien kilos cada uno, me los pagan a tres mil pesos el kilo. Pero la costilla la dan a doce mil pesos, y las chuletas bien caras. Pa qué vendo el puerco, mejor lo mato en mi casa y lo vendo por kilo y me sale más.

Campesino II: Pero que lo agarren a usté así vendiendo.

Albañil: No me agarran.

Campesino II: Le dicen que no está pagando derechos y al bote… Los matadores se encargan de que agarren al que venda por fuera.

Campesino I (se dirige a mí): Mire usté señor representante de Educación Pública…

Salomón (interrumpe): El señor es periodista.

Campesino I: Ah, mucho gusto. Mire, lo que aquí necesitamos es apoyar al gobierno.

Albañil: ¿Y cuándo te va a hacer caso el PRI?

Campesino II: Nunca. El PRI no trabaja, mejor vamos cambiando con el otro.

Albañil: Yo creo en eso.

Campesino II: Tamos en esa creencia. Y si somos muertos por esa línea, ya nos tocará.

Zirándaro, Gro. Jornada laboral.

Foto de Antonio Ortuño.

Albañil: No nomás nosotros íbamos a morir.

Campesino II: …Bien muertos, ya sería mala suerte, pero pensamos que es bueno cambiar.

Albañil: Hay mucha gente que murió por un cambio de gobierno. 

Campesino I: Mire, yo lo que vengo diciendo es para un futuro: seleccionar para continuar. Yo soy nada más un campesino, mantengo mucha gente y no tengo ninguna ayuda. Siembro diez hectáreas de maíz, diez, doce toneladas, las pagan a como les da la gana. Aquí no hay mercado, sólo los acaparadores.

Los campesinos temporaleros dejan ir un sábado más en sus vidas. Sobreviven en el maíz. Se guardan mucho su posición política. Y miran de lado la tentación de los marihuaneros.

EL NARCO EN EL ZURCO

A la sombra de un mango, en Aguililla, un hombre rasga la guitarra y entona un corrido:

Me dicen el asesino por ai

y dicen me anda buscando la ley

porque maté de manera legal

la que burló mi querer.

Va la sentencia buscándome a mí,

más no me entrego sin ver la ocasión

de hallar al hombre que me hizo infeliz

y abrirle su corazón.

Es en el ejido El Limón, poco antes de llegar a Aguililla. Arriba, en la sierra, abierto en un claro del bosque, está Baraloso, un ejido forestal. Más allá, a seis horas de camino desde Aguililla, está Barranca Seca, del municipio de Coalcomán, ejido también: en la región se le señala como un territorio ganado por el narco. El hombre de la guitarra comenta los últimos acontecimientos en el municipio: el enfrentamiento entre narcos y judiciales, y el encarcelamiento de Salomón Mendoza, presidente municipal perredista:

“Al gobierno se le hace fácil venir y maltratar a la gente. Allá él, pero no es la solución, no es el modo agarrar gente pacífica. Aquí somos personas de trabajo, lo fueron nuestros abuelos, cuando esta región era como decir Quintana Roo, cerros enteros que nadie trabajaba. Mi tata grande vino de Jalisco antes de la revolución porque un individuo cayó a llevarle una hermana por la juerza y ahí se tatemaron a balazos y tal vez mi tata se la ganó. Esto lo digo pa que me entienda que aquí semos de trabajo y buen entendimiento si el gobierno, al contrario de armas, trae maquinaria pa trabajar. 

La gente no controla bien la cabeza. Los del rancho, los traficantes, insisten en una guerra. Su gusto es traer buenas armas y sembrar la yerba. Más antes el gobierno topaba con buenas armas a los cristeros con carabinillas, mejor hacían su parque con cerillos. Ora no, ya el pueblo trae buena arma, y las armas pa qué sirven, le pregunto, si no es pa matar al vecino, al gobierno, a la judicial, a todo. Y aunque el gobierno quite las armas, siempre hay quien auxilie. En el último agarre con el ejército fueron 37 muertos. Nosotros fuimos con Villicaña, cuando era gobernador y le dijimos: `Están agitando más la sierra con eso, señor, por perseguir al bandido maltratan a las mujeres, a los niños, y los hombres responden quemándole al ejército’.

“Y es cierto. Aquí estaba muy duro el tráfico, el sembradío. Y está muy aguerrido el pueblo que necesita dinero”.

Aguililla es un pueblo en la salida de la Tierra Caliente hacia la sierra. En 1910 tenía más habitantes que Coalcomán y Apatzingán. Hoy no pasan de 30 mil en todo el municipio. Tierra de rancheros migrantes, creció en los últimos treinta años del siglo pasado como promesa para campesinos y arrieros desplazados por haciendas y ferrocarriles porfiristas en el altiplano. Reprodujo en sus serranías la economía ganadera de ranchos familiares conviviendo con algunas haciendas dedicadas al cultivo de la caña de azúcar, el añil y el cacao. Los aguileños de entonces desarrollaron en la región lo que sus antepasados criollos en las sociedades rancheras de Los Altos de Jalisco. Todavía hoy, la tienda principal del pueblo es un museo de charrería, con sillas, chaparreras, lazos, aparejos, carcases y todo lo que quiera aquel que todos los días se las ve entre corrales y agostaderos.

Aguililla es uno de los siete principales municipios ganaderos, al lado de Apatzingán, Tepalcatepec, Huetamo, Arteaga y La Huacana. Según los índices de nivel de vida, Aguililla está entre los 25 más bajos en el estado michoacano. Cifras de mediados de los ochentas establecían que más de la tercera parte de su población no tenía ingresos, uno de cada tres habitantes era analfabeto, una de cada dos casas tenía piso de tierra, el 42 por ciento carecía de agua entubada, el 71 por ciento no tenía drenaje, la mitad no tenía energía eléctrica y cuatro de cada diez eran viviendas de un solo cuarto.

Jueves 19 de abril de 1990. Salomón Mendoza no está en el pueblo. Como presidente municipal fue con un grupo de cincuenta personas a Morelia a denunciar los excesos de la Policía Judicial Federal en su lucha contra el narcotráfico. Un mes antes, la policía detiene a Ricardo Galván, y delante de su esposa amenazan con volarle la cabeza de un plomazo. La mujer muere días después de un mal cardiaco provocado por el impacto emocional que le causó la acción de los judiciales, según denuncia el alcalde perredista.

El 5 de mayo siguiente, como narraría el periódico Excélsior en su sección policiaca, agentes federales llegan al rancho Ayácatas “a culminar una investigación, pero tuvieron enfrentamiento a tiros con unos mafiosos. Debido a lo abrupto del lugar, y al percatarse de lo bien armados que estaban sus enemigos, optaron por retirarse. A las 20 horas, cuando pasaban por un lugar denominado Las Huertitas, encontraron el camino bloqueado con grandes piedras y troncos. En ese sitio fueron emboscados y perdieron la vida tres agentes y otros cuatro resultaron heridos. Murió en el enfrentamiento uno de los narcotraficantes de nombre Félix Contreras”. En la misma nota, Excélsior informa que elementos de la PJF Antinarcóticos y elementos del ejército “iniciaron la persecución de los agresores, lográndose detener hasta el momento a 20 individuos así como diversos testigos”. En ese operativo, según el PRD, se detuvo en Aguililla a 55 personas, de las cuales, hasta principios de julio, permanecían detenidas once, pero sólo tres de ellas, según la propia Procuraduría General de la República, fueron consignadas por delitos relacionado con el “objetivo oficial”. La consignación de Salomón Mendoza Barajas, según la solicitud de acción penal del PRD contra ocho agentes de la PGR, se realizó “sin aportar elemento probatorio alguno que no estuviese fedatado por personas privadas ilegalmente de su libertad, incomunicadas y sujetas tortura por agentes de esa corporación” (La Jornada, jueves 5 de julio de 1990). La misma solicitud del PRD afirma que Félix Contreras murió por “tortura mortal” y no en el enfrentamiento.

Nada de esto ha ocurrido el jueves 19 de abril. Este día Aguililla lo pasa sin pena ni gloria. En la carretera el mismo paisaje desolado: lomas recién quemadas que esperan la siembra de maíz; codornices que no se inmutan al paso de los vehículos en la terracería; camiones de carga que bajan la madera en rollo o en raja de la sierra; ganado que no halla una sombra para cobijarse del sol que lo calcina. Aquí, allá, órganos que recuerdan la resequedad mixteca. Y en la plaza del pueblo, algunas anécdotas.

La del reloj de la iglesia: dicen que lo regaló un gran marihuanero. Antes de instalarlo hizo otro obsequio, la segunda torre del templo. A las cinco de la tarde suena bien el carrillón contra la soledad del valle. “Le costó más de 70 millones de pesos ganarse el cielo -cuentan-. A los pocos días lo mató en plena calle otro marihuanero”.

La de la casona de las tres antenas parabólicas: es de dos aguas, y tiene además dos antenas de radio. Tampoco terminó bien el dueño: le cayó la judicial, no estaba, pero encontraron siete toneladas de marihuana y 300 millones de pesos. Al hombre lo mató su patrón tiempo después en Uruapan. 

La historia de amor: érase la mujer de Gonzalo el marihuanero asociado al capitán del ejército en turno. El negocio estaba hecho: el marido mercaba la yerba con los campesinos, el militar la sacaba en su propio transporte. Pero viajaba mucho el marihuanero y la muchacha se la pasaba sola días enteros. Un capitán de partida tiene muchos ratos libres: pronto los dos se amaron y se entendieron. La mancornadora dijo un día a su amante: “Yo ya no quiero vivir con Gonzalo. Pa qué lo quiero, tengo muchas propiedades a mi nombre, tú ya estás hecho en dinero, deshazte de él y vámonos a vivir sin riesgo”. Y se fueron: al cornudo lo agarraron rumbo a Apatzingán y pasa sus días a la sombra en el CERESO de Morelia. A los amantes nadie volvió a verlos.

Naranjo de Chila es un poblado del municipio de Aguililla que se hizo famoso hace poco más de un año. Según se dice, ahí dos familias que ya traen pleito de antaño ahondaron sus diferencias por el control del narco. Un día de marzo de 1989, unos asaltantes detuvieron un carro de Transportes Galeana que cubre la ruta de Aguililla. Bajaron a los pasajeros, separaron a ocho de ellos y ahí, contra el paredón del cerro, los ametrallaron. Eso ya nadie lo detiene, piensan en Aguililla; terminará cuando se aniquilen totalmente. Ya se cuentan en más de veinte los muertos. Y no se matan nada más en su rancho, se rastrean en la venganza, se persiguen en California, en Oregon, allá se encuentran y se matan.

La Cheyenne es al narco lo que el caballo al abigeo. Por eso en Aguililla se quejan de que los judiciales la agarran contra todo aquel campesino trabajador que se hace de una camioneta. Al anciano Jesús Pulido, de 80 años de edad, lo secuestraron, se lo llevaron a Uruapan, le quitaron tres camionetas de su propiedad y lo acusaron de narcotráfico. Lo dejaron libre mediante el pago de cien millones de pesos, pero no le devolvieron las camionetas.

Como quiera que sea, ya los crímenes no se cometen a caballo. El 13 de abril, en otro hecho ligado a la matanza de Naranjo de Chila, Antonio Mendoza Oceguera fue asesinado de dos balazos de 38 súper. El hombre viajaba por la terracería a Aguililla en su Cheyenne 89 color rojo cuando fue alcanzado por dos individuos en una camioneta amarilla con placas de California. No le dieron tiempo de nada: desde el vehículo en marcha lo acribillaron.

Tlapa, Gro. Mayo de 1990. Congreso del PRD en la Montaña. Los cardenistas del sur, como dice el viejo comunista Othón Salazar, ganaron 4 alcaldías en la región: Alcozauca, Xochihuehuetlán, Metlaltonoc y Malinaltepec.

Foto de Antonio Ortuño

Las Cheyenne se consiguen fácilmente. Los marihuaneros de Uruapan van un día a la agencia de automóviles, compran en efectivo diez, quince camionetas nuevas, derechas en papeles. Luego bajan al valle y suben a la sierra, hacen la ronda en los ranchos, le hablan bonito al campesino, que mira de reojo el vehículo reluciente.

-¿Te gusta la Cheyenne? ¿Cómo para cuánto te gusta?

-Pa cuarenta matas, patrón

-Yo digo cincuenta.

Y se ponen de acuerdo en el mercadeo. Según estimaciones de la gente, diez matas dan unos nueve kilos. Y el precio en el cerro ha oscilado de entre los 500 mil pesos el kilo, cuando lo llegaron a pagar más caro, a los 300 mil que se pagan a la fecha. Ya en el altiplano un kilo no lo dan a menos de 2.5 millones de pesos. Pero en el altiplano no lo vende el campesino. Eso sí, hace sus cuentas: una camioneta buena, equipada de lujo, con 30 kilos de yerba la mercan del otro lado de la frontera.

Este es el testimonio de un campesino cualquiera:

“Hace falta por el gobierno imponer trabajos, señor. O Aguililla va a seguir siendo el rey en narco. Han golpeado mucho a la gente, le han quitado el arma, ya cambian más seguido la partida pa que no se compre al militar. Pero por otro lado ya los aviones no fumigan, están comprados. Eso no se acaba. De estar jodido a tener camioneta y casa el otro año, ¿usté qué haría? A uno qué le importa que se enyerbe el gringo, amigo. A uno le encorajina que el gobierno nos haya apaleado tanto”.

No es posible saber el monto de la producción de marihuana en la región. De cuando en cuando las partes judiciales y militares hablan de seis, de diez, de treinta toneladas recuperadas. Pero lo que sale y ha salido en la última década en que la región se volvió un bastión del narcotráfico tal vez lo sepan en los tugurios policiacos. El hecho es que entre Aguililla, Coalcomán, Aquila, Arteaga, Tumbiscatío y Villa Victoria, el área de la Sierra Madre del Sur michoacana, se lleva una quinta parte del territorio estatal. Descarada o clandestina, según la época, la actividad ha llegado a ser parte fundamental de la economía regional. Dicho de otra forma: 30 hectáreas de frijol de temporal le suponen al agricultor una inversión en trabajo e insumos de 38 millones de pesos. Si el año no es bueno, la utilidad no pasará de los diez millones. Cincuenta kilos de marihuana, que se siembran en cualquier joya, les dejarán 15 sonantes millones.

De regreso de Aguililla a Apatzingán aparecen algunas cruces en el camino. Las alumbran flores marchitas. Nombres y fechas de muertes escritos a pincel. Venganzas, pleitos entre bandas, nada de eso se especifica. En la reyerta partidaria, por el caso de Aguililla, el narcotráfico ha dado pie a mutuas acusaciones. La prensa oficialista dio vuelo a la ligazón narcotráfico-PRD. Los voceros de ese partido afirman por el contrario que los conflictos políticos afectan el ciclo de producción de enervantes hábilmente cuidado por la ligazón entre narcos, autoridades municipales priístas y sótanos de la justicia mexicana. Aquí en los pueblos sólo priva una certeza simple: el cultivo del narco, con riesgos mortales para los campesinos que lo practican, es una alternativa real dentro de una estructura económica que ha arrasado la economía campesina. Por eso la yerba la siembran igual campesinos priístas que perredistas. Los panistas en estas tierras pierden por omisión. diría cualquiera.

LA REVOLUCIÓN DEL CAPITAL

“Lázaro Cárdenas es la tierra y el agua, no le busque más”, resumió un ejidatario productor de mango en Buenavista, Michoacán. Era un niño cuando llegó el general a repartir la tierra de la hacienda de Pinzándaro, un día de las secas de 1931. Con el general, los sobrevivientes de la guerra vieron convertirse a la revolución en Partido, en Estado, en el todopoderoso señor que se acordó de los campesinos. Cuando murió Cárdenas, en 1970, el Balsas estaba sometido por 18 grandes presas de riego con canales para irrigar más de 130 mil hectáreas de los campesinos: el territorio liberado al temporal. La tierra de conquista para el capital.

Foto de Antonio Urtuño.

Carretera Tlapa-Xochihuehuetlán, en la Montaña de Guerrero. La región tiene los índices de marginación más altos en el estado. Indígenas nahuatls, mixtecos y tlapanecos emigran para sobrevivir a los campos agrícolas de Morelos, Costa Grande, Altamirano, Apatzingán y Sinaloa. Muchos, también, se van al otro lado.

En el municipio de Arcelia, en Valle del Escondido, la brecha corre paralela al canal de riego al término de la temporada melonera. Aquí han acabado el corte; los restos del plantío se pudren al sol como brasas en la tierra. En un recodo un grupo de peones se oculta del horno bajo un almendro. A sus espaldas se extienden los terrenos ejidales rentados por la Sociedad de Producción Rural, la compañía melonera más fuerte de la región, que representa el empresario Salvador Sánchez con sede en Ciudad Altamirano. Son 400 hectáreas en este Valle del Escondido, una parte apenas de las más de 4 mil que las compañías norteamericanas sembraron en noviembre de 1989, en lo que antes fueron ejidos dotados por Cárdenas.

Es un negocio completo mientras la tierra rinde: en 1988-89 se sembraron 3,420 hectáreas que, según informes del Distrito de Riego 057 de la SARH, produjeron un total de 37,620 toneladas, con un valor de 45,144 millones de pesos. Si se toma en cuenta que los costos de producción no alcanzaron los 14 mil millones, las utilidades fueron de 31 mil. Por eso el maíz es el hermano pobre: 5,500 hectáreas produjeron 15 mil toneladas, pero los costos de producción rebasaron los 5,200 millones de pesos, con una reducida utilidad de 1,694 millones.

Por eso no se ven muy alegres los hombres bajo el almendro.

Tienen razón: cada ejidatario rentó su tierra en noviembre a 325 mil pesos la hectárea; luego fueron contratados como peones con un salario de 17,500 pesos diarios: y se ocuparon en desyerbar, desenramar, chaponear los canales unos días, hasta que entran los tractores de la compañía a barbechar, a hacer las regaderas. Después ellos se ocuparán de regadores y piscadores cuando los requieran los mayordomos de las compañías. Al final, como en esta semana de mayo, irán a las oficinas de Salvador Sánchez, encontrarán a decenas de ejidatarios, peones como ellos, haciendo cola ante policías armados con escopetas recortadas para cobrar “la propina” de 200 mil pesos que otorgan las generosas compañías.

-Ayer fuimos unos 70 de por aquí -dice uno-, 200 pesos nos dieron, propina por el trabajo que hicimos en seis meses, ¿pero dónde queda la utilidad del melón?

Son siete ejidatarios a la sombra del almendro. Como el primero, poco a poco, los demás entran a la plática, revelan el sentir campesino ante lo que se ha convertido el ejido productivo de la Tierra Caliente.

-¿Quién va a estar contento con una situación así? -pregunta el más viejo de ellos.

-Queremos sembrar por nuestra cuenta -apunta el más joven.

-Si el gobierno nos refaccionara… -adelanta otro con un cigarro Delicado en la boca.

-¿Cuánto cuesta sembrar melón, por qué no lo siembran ustedes por su cuenta?

-Sabe, la compañía paga todo -arranca de nuevo el más viejo.

-Pues no sabemos, pa qué le decimos -se entremete el del cigarro-. No tenemos un cálculo, no tenemos calado el mercado, dónde va a vender uno.

-Es que uno así no se da cuenta, a lo mejor los mayordomo -anota el joven dubitativo. Luego explica que los mayordomos son ejidatarios como ellos a los que contrata la compañía y que al final se llevan propinas que le pegan a los cinco millones de pesos.

-¿Y como cuánta gente contratan las compañías? -otra pregunta.

-Por decir unos veinte peones por hectárea -dice el viejo-, o sea que ocupan mucha gente, pero nomás unos días, después se baja, ya se hace la primer limpia y se deja unos días de trabajar… Después entran los regadores.

No tiene mucho, cinco o seis años, que entraron las compañías al Valle del Escondido. En Altamirano operan desde 1975, más o menos, cuando los rendimientos en la región de Apatzingán empezaron a bajar.

-Es de lo más melonero aquí, señor -dice el del cigarrito, que ya es una bachita en la boca: habla con los labios apretados, con palabras atrabancadas de humo-. Porque el melón deja mucho dinero, pues, pero no es de uno. Por eso ya no queremos a esta compañía de Salvador Sánchez.

-Sí, otros ricos -añade el joven-, pero que sean de aquí, no del otro lado.

-¿Y eso qué cambiaría?

-Ah, pos nada -dice el viejo-, ricos de aquí o de allá, de todos modos se llevan la tajada.

-Tamos enojaos, amigo -dice el del cigarro, que por fin ha escupido-, nomás es negocio de ellos… Pa los 200 mil pesos que dan de propina.

-Pagando 15 mil pesos -de nuevo el joven-, y nos dan a destajo el riego, día y noche, con el lodo hasta la cintura, bien desvelaos.

-Y pa no ganar nada…

-Y en las tierras de uno.

-Como acasillaos, pues -remata el viejo.

-¿Y no han buscado organizarse? ¿Y la CNC? ¿Y los partidos?

-Ajá, ta bueno

-¿Y el PRI?: “…..”

– ¿Y el PRD?: “…..”

Por fin responde el viejo:

-Pa mí que eso sería entrar a otro partido, que nos organizáramos. Porque cómo va a estar bien que en las tierras de uno si no le parece al patrón nos manden a la chingada.

-¿El general Cárdenas se dio cuenta de esto?

-Claro que no, señor -dice el viejo-. El movió todo esto de los canales, pero no se dio cuenta de las compañías.

-Pero si en Apatzingán se renta el ejido desde antes de que el general muriera.

-Será en Michoacán. Si él viviera dejaba madres a las compañías gringas, hablando groseramente dejaba madres que vinieran a hacer bolsa.

-¿Entonces qué, no hay salida?

-Por eso en Secretaría nos han dicho que no ándemos tonteando -ataja el del cigarro con uno nuevo en la boca-, que mejor le siémbremos mango, que nomás se agrupe uno y que ellos dan el crédito.

-¿Y lo piensan hacer?

-Yo de mi parte les he platicao que está bueno.

-Pa qué, tamos olvidaos, enojaos -de nuevo el viejo.

-¿Por eso votó la gente contra el PRI?

-Sí, pues -dice el hombre.

-Queremos todos PRD, el PRI apoya al extranjero -se suelta el viejo.

-Un cambio, sí -cede el otro-, pero hay chanchullo. El partido del PRI está bien plantao, en todas las rancherías hay uno que representa todo un ranchito.

-Al que vota PRD le ponen el dedo -dice derechito el joven.

-Y los comisarios son los mismos, todos priístas.

Los hombres quedan bajo el almendro. El reflejo amarillo de la melonera que se pudre figura la contradicción que carga la tierra negra: el sueño ejidal del General Cárdenas se deshace también en la región de Altamirano, como ha desaparecido también en Apatzingán. Cuarenta años de esfuerzo de don Lázaro por ganar el río para la civilización, con pueblos ejidales modelo, el paraíso prometido por la Revolución Mexicana, la respuesta para tantos muertos. Algo, en toda esa trama de la utopía cardenista, no funcionó. Aún vivía el general cuando los ejidatarios empezaron a rentar sus tierras a los capitales. Varias eran las plagas que afectaron la utopía: el abandono del proyecto agrícola cardenista a partir del gobierno de Miguel Alemán, la falta de maquinaria e insumos para los productores, la pesadez y corrupción de la burocracia gubernamental, la tendencia natural de muchos campesinos hacia la pequeña propiedad.

Pero en la memoria pesa más la figura del general. Tierra y agua se le deben, aunque hoy están ganadas por el capital. A unos kilómetros de Arcelia, tallado en una inmensa piedra al borde del camino, Cárdenas domina el sur campesino en la realidad de un conflicto político que estalló en 1990 con la fuerza del Balsas. Sin cuello, el monolito brota de la tierra como las cabezas de los peones en el martirio porfirista.

LA RUPTURA POLÍTICA

Los agravios ahí están, el sur agrario los echa en cara al altiplano. No son nuevos ni exclusivos de la región. Pero se manifestaron, y con gran fuerza, en los procesos electorales de noviembre y diciembre de 1989 en Puebla, Guerrero y Michoacán. Un año después es el turno del Estado de México. De hecho, la violencia política entre enero y abril de 1990 provocó el viaje del reportero: seguir la huella de la disputa municipal. Y llevar en la maleta las dos versiones de los partidos en pugna: el PRI que se tambalea y moviliza todo el aparato estatal para resistir y recuperar su consenso, y el PRD que quiere ser la garra del sorpresivo zarpazo cardenista de 1988, pero que por sus propias contradicciones no acaba de tomar forma.

La versión priísta es orgullosa: el descontento popular es por los errores del partido, por la mala selección de candidatos, trampas electorales, desconocimiento de liderazgos naturales y bases olvidadas. Pero dicen que ya revirtieron el proceso: consulta a las bases, renovación de comités municipales, atraer al priísmo abstencionista, etcétera. Por eso, del 6 por ciento que obtuvo en 88, el PRI subió en julio de 89 al 42 por ciento y en diciembre al 56. El cardenismo cayó en un 30 por ciento por estar “infiltrado por líderes con fines aviezos, que utilizan la violencia sistemática y aprovechan la crisis económica del país”. La toma de alcaldías fue fruto de “la acción de minorías y profesionales de la desestabilización”. Todo esto no impide que en el verano del 90 el PRD gobierne en 52 municipios, con el 45 por ciento del territorio y el 58.4 por ciento de los habitantes de Michoacán.

La versión del PRD es optimista pero ignora sus contradicciones internas: todo lo ocurrido es el resultado de la vinculación de un movimiento social con ese partido mediante el traslado (en Michoacán) de la estructura corporativa priísta al cardenismo. Sus militantes, muchos de ellos ex-priístas, conocen los conflictos y las fuerzas sociales en el estado. Esto explica también la carencia de estructura orgánica del partido y su suplencia por grupos sociales; por ejemplo, los comités municipales corresponden a la organización ejidal. En Guerrero fue distinto: la estructura corporativa permaneció bajo el aparato priísta; el cardenismo se manifestó en el voto, pero no hubo capacidad para defenderlo. Treinta y cinco de los 75 municipios vivieron el conflicto político y once son gobernados por el PRD. Sin embargo el PRI está desmantelado, es incapaz de organizar mítines que no fracasen pues ya sólo cuenta con sus siglas.

Las dos versiones están ahí, y algo tienen que ver una y otra cosa con la realidad. El PRI quisiera tapar el sol con el dedo de los resultados electorales. El PRD quisiera extender el paisaje insurgente sobre el páramo de sus pleitos internos como los que se han manifestado en Apatzingán entre ex-priístas y campesinos o en Guerrero entre la dirección estatal y el diputado local Zenón Santibáñez, quien para sacar adelante las demandas agrarias tiene que negociar con los funcionarios gubernamentales.

Lo que es cierto es que los ritmos locales no van de la mano de la dinámica nacional. En Jolalpan, 140 kilómetros al sur de Puebla, los dos bandos que en el pueblo han asumido las siglas de los partidos, recogen sus cadáveres en silencio. El jueves 16 de agosto, alrededor de las dos de la tarde, quedan muertos en una refriega por la alcaldía nueve campesinos. A las cinco, cuando el aire seco se ha llevado la pólvora, sus padres y mujeres los levantan para llevarlos al petate de la velación en sus casas.

Testimonios como los que siguen (Apatzingán, Arcelia y Teloloapan), los recogimos igual en Tlapa o Metlaltonoc, que en la Montaña o Coalcomán.

En el conflicto PRI-PRD en Michoacán, Apatzingán es caso aparte no sólo por el operativo militar, cuando el desalojo de las presidencias a principios de abril (a esta ciudad se dirigió el mayor desplazamiento de tanquetas del ejército), sino por las características peculiares que tomó el movimiento cardenista y el fraccionamiento de esa fuerza. Por eso Apatzingán es el único municipio que no quedó en manos del PRD después de las elecciones del 3 de diciembre. Tres voces dan su versión.

Un corresponsal de un matutino de Morelia, que no niega su filiación priísta, pero me pide que no aparezca su nombre, dice:

“El actual diputado federal Raúl Reyes Ramírez le ganó al PRI 19 mil contra cinco mil votos. Pero las cosas cambiaron, con el tiempo los de esa corriente se dividieron. En la elección interna que hicieron para la presidencia, los expriístas como el químico Reyes Ramírez y Jesús Vallejo, expresidente municipal y uno de los más fuertes acaparadores de fruta de la región -además de que se enriqueció con la compra de terrenos para urbanización-, utilizaron los métodos de siempre, golpes bajos, cochupos, acarreos. Eligieron a Enrique Hernández Barragán, un exempleado de Rentas en el gobierno municipal. Para esto el PRD ya se había resquebrajado en dos: unos, la gente de Jesús Vallejo, con Robles Garnica el senador; otros, la mayoría, con Cristóbal Arias. Surge un nuevo dirigente, Benjamín Buenrostro, un tornero con un taller particular, joven, que nunca había participado en política. El dio la cara, participó en tomas de carreteras, mítines, la gente lo siguió: desconocieron a Hernández Barragán y nombraron a Buenrostro, pero indebidamente, fuera de asamblea. Total, hacen otro plebiscito y aparece otro candidato, un campesino, ejidatario del ejido de Holanda. Les gana a los otros dos por poquito.

“Del lado del PRI no se quedaron dormidos. Escogieron a Jaime Calleja, un transportista propietario de más de 150 trailers, uno de los hombres más ricos de Michoacán y como aquí dicen, `el dueño del pueblo’. Es el principal surtidor de abarrotes en el estado y tiene por lo menos dos mil gentes en su nómina. Es productor de aguacate y tilapia. Un empresario, pues, que nunca se había metido en política. Con él vuelve a unirse el grupo que maneja el dinero de Apatzingán. “Las elecciones las ganó el PRI por 153 votos, creo. Y la diferencia tan escasa fue porque por un lado se dividió el PRD y por otro los del PRI escogieron para la sindicatura y una regiduría a gente muy mal vista: Rodolfo Ceja Abarca, líder de la CTM en la región por más de 15 años y que purgó una sentencia en Islas Marías por homicidio, y Joaquín Zamora Pérez, un gallero invasor de terrenos. La gente no los quiere y por eso se le cae la votación a Calleja.

“Así las cosas, Dionisio Plancarte, Nicho, como se le conoce, tomó la presidencia el 27 de diciembre del año pasado, desconociendo a Benjamín Buenrostro y sin el apoyo del grupo de Vallejo. Con Nicho están los campesinos, los peones agrícolas, es cierto, y uno que otro narco, como Albino Cuevas Naranjo, un cacique del otro lado del río, ganadero, ejidatario latifundista, prácticamente dueño del ejido Tepetate en San José de Chila, más de 300 hectáreas al borde del río Tepalcatepec, con riego de bombeo. Nicho es un hombre rudo. El es una expresión de que, aquí, al gobierno se le echa la culpa de todo”.

Por su parte, dice Jesús Vallejo:

“Aquí hubo una división que se da en cualquier institución política normal donde dos fuerzas no logran la mayoría. En lo personal creo que han infiltrado gente al partido que se ha dedicado a desprestigiar ante las bases a quienes tienen mayor preparación y capacidad. En mi caso me acusan de haber hecho negocios con terrenos, cuando todo mundo sabe que la ciudad ha crecido para todos lados. Pero ellos aplican la frase de `divide y vencerás’.

“Nicho Plancarte ganó porque el pueblo ya está cansado. El se proyectó como una gente valiente, como auténtico campesino que es. Ganó con 482 votos, contra 460 de Hernández Barragán y 400 de Buenrostro. No fue una votación abundante, en otras ocasiones ha habido una participación arriba de las 10 mil gentes. Yo creo que Nicho es gente buena. Brava. Siempre dijo que sólo muerto saldría del palacio si había fraude, por eso la gente lo siguió. Pero la gente que lo asesoró estaba equivocada: utilizó posiciones de agresión verbal y física contra gentes del partido, eso es lo extraño. Se dedicaron a agredir a la gente pensante. Esa gente infiltrada es la que promovió la imagen de que somos priístas.

Apatzingán, Mich. A las 6 de la mañana un jornalero espera la contratación para la pisca del mango. Del melón, al mango, al pepino, a la papaya, los hombres sin tierra cosechan para el

capital norteamericano que controla la producción agrícola de la Tierra Caliente.

Foto de Rafael Bonilla.

“Nicho Plancarte representó la opción de evitar el fraude electoral por la vía del movimiento armado. El decía que se daría de balazos con todo el mundo. Pero desechó la opción legal de la defensa del voto. Ellos nos hicieron a un lado, no nos dejaron participar en la vigilancia de los comicios. El resultado fue el de las actas anuladas por la falta de cultura electoral de quienes estuvieron en las casillas por el PRD. En esas condiciones no hay defensa”.

Por último, dice Benjamín Buenrostro:

“Soy nacido aquí, de familia con más de cuatro generaciones enraizada en la región, desde el siglo pasado. Por eso nació en mí la intención de que en México se dé un cambio sustancial a favor de las clases marginadas. Ya no sólo los campesinos marginados, también los obreros y los burócratas. Y aquí esa marginación quiere decir violencia alarmante, se ha desarrollado el delito por la mala situación económica.

“Por tesón, por luchadores, mis hermanos y yo hemos salido adelante. Y vemos que lo que hemos logrado en quince años no lo van a lograr las nuevas generaciones. Los salarios en las empresas están muy bajos. Y en el campo, los jornaleros ganan de 15 a 20 mil pesos, según el patrón. Y lo malo no es el sueldo sino el poco trabajo. Un ejemplo: en el limón puedes trabajar dos tres días y luego paras. Va según el precio de la fruta.

“Aquí nos llegó por fin la crisis, no la conocíamos. Bajó la producción, llegó la escasez de trabajo. Y la anarquía, la violencia, el hacer lo que quieras sin que las autoridades intervengan. Es lo que la gente pacífica lamenta. Una crisis que el gobierno no resuelve, porque eso debería hacer el gobierno. “Yo fui presidente del PRD, entré ahí por convicción propia. De seguir como está la situación, todos vamos a peligrar, porque el que tiene mucho dinero tiene lo suficiente para hacerse de un equipo de seguridad; pero los que no, vamos a ser fácil presa de los delincuentes que provocan la marginación. Ahora en cualquier momento te despojan.

Apatzingán, Mich. Los pasos de la democracia Ejidatarios de la región apoyaron al campesino Nicho Plancarte, un hombre recio, con fama de maldito, que tomó la presidencia contra la opinión de los grupos urbanos del PRD.

“Me metí en la política cuando Cuauhtémoc se manifestó en contra de las ideas y las prácticas del PRI, cuando pensó en cambiar la forma de gobernar en México. Nosotros vimos una esperanza en salir con él adelante. Con el PRI ya no hay salida.

“Aquí en Apatzingán, cuando nació el PRD nunca se pensó que se iba a colar gente de otros partidos ya muy viciada. De momento así sería, viciada la cosa. Aquí se tiene que depurar el partido, y nos va a costar mucho sacrificio. Es cierto que la gente que vino del PRI trajo una mentalidad negra, no vino a cooperar. Venía en son de revancha, en busca de una escalera, no a cooperar, a construir el partido. Y esa gente es la más peligrosa.

“Nicho Plancarte no sé bien de dónde vino. Yo me opuse a la toma de la presidencia porque sabía bien que iba a suceder lo que sucedió, que si no había gente preparada el gobierno no nos iba a respetar el triunfo. Eso se los dije, que necesitábamos gente nueva. Yo siento que sí salimos derrotados aquí, pero fue por falta de organización y por las divisiones que hubo, no porque el PRI se recuperara. Ellos recurrieron como siempre al fraude. Cárdenas nos lo dijo claro: que si queríamos ganar en Apatzingán por lo menos deberíamos tener mil votos de diferencia, que si no sacábamos ni siquiera 500 nos olvidáramos del triunfo. Nosotros tuvimos supuestamente una diferencia de 79 votos, eso fue una derrota para nosotros, porque con una casilla que nos robaran y ya estábamos derrotados. Este Nicho nunca supo entender el mensaje de Cuauhtémoc. El quiso aferrarse a ese triunfo.

“Nicho es un campesino, no entendió que con todo y sus ganas no la iba a hacer. Yo le pedí que no se distanciara de la gente antes de las elecciones, que no le cerrara las puertas a nadie porque nos iba a hacer falta después; gente a la que se le tuvo desconfianza y que nos pudo haber ayudado a apuntalar la elección. Les tenía desconfianza porque no eran de su misma condición, porque no eran campesinos. A mí se me tuvo mucha desconfianza. Yo gasté mucho dinero, mucho tiempo, y no se me agradeció.

“La mayor parte de la gente de Nicho eran campesinos, gente jodida. En la ciudad no tuvimos el éxito esperado, pero la gente de los ejidos, la gente del campo estaba con Nicho. Por eso yo les decía que trabajáramos también en la ciudad, en las colonias populares; ahí le hubiéramos robado al enemigo sin necesidad de llegar a la victoria dudosa que se llegó, a las pugnas.

“Aquí el PRD está dividido en clases sociales. Los expriístas están más cercanos a los cacicazgos tradicionales. Por eso la desconfianza de la gente de Nicho. Vallejo y el químico Reyes Ramírez siempre le cerraron el triunfo a Nicho en el plebiscito. Ahí participé yo como precandidato, yo fui el único que aceptó la derrota y que lo reconocí a él, que nos ganó aunque fuera campesino, y le ofrecí ayuda. La gente que comandaba el diputado federal quería que saliera uno de los de ellos; por decir: Hernández Barragán. Y cuando no salió se vio la frustración. Y a Nicho no sólo no le ayudaron sino que lo obstruyeron. Nicho no tenía gente para llevar una elección. Ni yo la tenía, pero yo estudié preparatoria, soy profesional, no se me hizo difícil improvisar un equipo y demostrarles a ellos que podíamos caminar así, y lo logramos. El problema fue cuando tuvimos el triunfo. A este señor Nicho se le subieron los humos y empezó a despedir a mi gente. Yo vi luego que el barco se venía abajo.

ARCELIA

Es el municipio de mayor productividad agrícola en la Tierra Caliente. Es de los pocos que presentan un equilibrio en su calidad migratoria. Buena parte de sus hectáreas de riego las abastece la presa Vicente Guerrero, sobre el río Poliutla. Es una de las regiones de mayor presencia de los capitales que maneja Salvador Sánchez desde Ciudad Altamirano. Gobernado por el PRI a pesar de los reclamos del PRD, el municipio ejemplifica como ninguno los problemas derivados por la elección interna priísta. Aquí siguen las versiones del perredista perdedor, un priísta perdedor y un priísta ganador.

· Antonio Bravo, comerciante tlapalero, candidato por el PRD en las elecciones del 3 de diciembre: “El PRI ha perdido por la prepotencia de sus funcionarios. Ya se vio en Europa: un solo partido se corrompe. El pueblo explotó porque el gobierno aparenta la democracia. Ya son muchos años de dedazo, y peor, ya ni siquiera son los caciques locales los que mandan, son los funcionarios en turno en Chilpancingo. El PRI hizo escrutación, todos vimos que fue un intercambio de guasas. Compitieron cinco gentes: un diputado local, profesor del SNTE, un presidente de la Cámara de Comercio, un licenciado, un matancero y un doctor. Y limpiamente ganó el carnicero, Francisco Salgado, pero hubo maniobra y se la dieron al doctor Fernando Lagunes. Y pasó que muchos priístas, ante la trampa, votaron por el PRD. Yo era apolítico, pero en el 88 me di cuenta de que Cárdenas era una buena alternativa para manifestar la inconformidad: el gobierno aplica con los campesinos la ley de Jonás: al jodido, joderlo más. No se diga al pequeño comercio ora con los impuestos y la contabilidad. Y lo mismo para el desarrollo municipal: la presa está diseñada para 18 mil hectáreas, pero no riega ni la mitad porque nunca se acabaron de hacer los trabajos hidráulicos.

Arcelia, Gro. En el bar también se decide mucho de la política. Aquí, como en ningún otro sitio, las divisiones tiernas entre los priístas provocaron los enfrentamientos.

Foto de antonio Ortuño.

“Ellos, 48 horas antes de la votación, metieron siete casillas más, cuando tradicionalmente en Arcelia se instalaban cinco, y se dieron padrones generales, no fraccionados. A pesar de eso, les ganamos”.

· Francisco Salgado, carnicero de 30 años de edad, priísta: “Esto empezó cuando vino el señor gobernador Ruiz Massieu a invitar a todos los que quisieran participar en la selección interna. Yo me animé. Hace poco era presidente del comité municipal del PRI en Arcelia. Hubo precampaña, ahí fue claro que Hugo Arce Norato, diputado local y asesor del gobernador en materia agropecuaria, apoyó abiertamente al doctor Lagunes, metió dinero y negoció en Chilpancingo la presidencia por Coayuca de Catalán y Cutzamala, que se las dieron al PRD. El gobernador había dicho que sería un proceso honesto lo de la renovación del PRI, pero eso es una farsa, un dedazo disfrazado. Me di cuenta de lo que es la política, primera y última vez que participo. Fíjese, Arce Norato era de la oposición y el doctor Lagunes del PST y hace unos años organizó un plantón de 90 días frente a la presidencia, según esto por anomalías electorales.

“Arce Norato amenazó a las comunidades de que les suspenderían el servicio eléctrico si no ganaba Lagunes. Prometió reparar caminos, hizo que la CNOP se declarara descaradamente a favor de Lagunes, logró que el propio gobernador Ruiz Massieu visitara con Lagunes una comunidad, vino en helicóptero y no pasó a Arcelia. ¿Qué cree que nos chupamos el dedo? Así y todo, a pesar de que hicieron trampa -por ejemplo, en comunidades donde en el padrón priísta hay siete personas, votaron 58-, les ganamos: 685 contra 325. De cinco urnas gané cuatro en Arcelia. Pero se la dieron al doctor. El propio gobernador habló por teléfono el día de la votación y dijo que la línea era apoyar a Lagunes. Allá ellos. Por eso el 3 de diciembre ganó el PRD, porque la gente se acordaba de lo que había dicho Ruiz Massieu. Todo se lo hicimos saber a Colosio, pero no tuvimos ninguna contestación”.

· El doctor Fernando Lagunes Arroyo, presidente municipal de Arcelia, recibe acompañado de su síndico. La gente en el pueblo dice algunas cosas: que el que mangonea es el síndico; que Lagunes tiene nexos con el narcotráfico y que con la presidencia sólo busca consolidar sus intereses. El da su versión: “Aquí no estaban preparados para este tipo de elección interna. Por eso los resentidos votaron por el PRD, los del propio PRI se voltearon. Tenía que haber un ganador. Ese Francisco Salgado se creía seguro, ahora dice que hubo trampa, pero no había posibilidad de chanchullo. Pero “ya está más tranquila la gente. Ven las obras que se hacen. No hay problema. Aquí no hay cardenismo, el PRD trae gente de fuera, de Teloloapan, del estado de México, pero el campesino de aquí es priísta.

-O sea que aquí no hay necesidad de modernización -pregunto.

-No, no se necesita nada de eso.

Teloloapan es uno de los 16 municipios de la región norte de Guerrero, que comprende la tierra de los Figueroa (Huitzuco), el lugar donde doña Eulalia Guzmán alucinó con los huesos de Cuauhtémoc (Ixcateopan), el pueblo turístico y platero (Taxco), el islote desarrollado de Guerrero (Iguala) y la recién inaugurada presa El Caracol (Apaxtla), que le arranca al Balsas 585 mil KW de electricidad. Cinco presas, sin contar la construida por la CFE, riegan un poco más de diez mil hectáreas. El resto de las 77 mil hectáreas que se cultivan es temporalero y produce maíz, frijol, ajonjolí, cacahuate, arroz y hortalizas. Territorio ganadero, cuenta con 69 baños garrapaticidas para bovinos que acaban, vía intermediarios, en los mataderos de Acapulco, Chilpancingo y el Distrito Federal. Vía de acceso a la Tierra Caliente por la carretera Iguala-Altamirano, Teloloapan es un municipio plenamente campesino, gobernado hoy por un Consejo Municipal presidido por un militante del PRD, partido que denunció la desaparición de dos campesinos del lugar en la represión policiaca a la marcha perredista en Acapulco en marzo pasado. Lo que sigue son dos testimonios del conflicto.

“Aquí pasaron el día 10 de diciembre más de 500 policías -narra una mujer propietaria de la fonda Los Globos, en la calle principal de Teloloapan-. Agarraron al pueblo desprevenido. Se robaron las urnas a la vista de todos, ahí salieron con ellas en una camioneta. Se les gritaba en la calle: `rateros, sinvergüenzas’. Vinieron los golpes. Luego se fueron. Quedó la gente ahí en el zócalo. Muchos campesinos de los pueblos, todos armados. Y entonces se vieron armas que no se habían visto nunca, porque aquí hay muchos que se han ido al norte y han traído buenos fierros. Es que el pueblo ya se cansó del gobierno y del PRI. Los que lo apoyan son los ricos, los comerciantes. A últimas, hasta esos ricos se hicieron a un lado. Pero no todos, como ese señor José Mógica, el de la farmacia, ese ya se agarraba a golpes con los perredistas.

“A Pedro Urióstegui la gente lo sigue, aunque está enojada con él porque aceptó que los priístas entraran en el gobierno municipal. Ya estamos curados de espanto, el PRI siempre hace trucos. Y si los campesinos le quitan el apoyo a Pedro, entonces se cae el PRD. Porque la verdad, lo que está mal es que al campesino se le haga menos socialmente; de ellos comemos, y su maíz no vale. Ese hombre rico, Alejandro Cuevas, el del comercio de productos agrícolas, de ellos hizo su dinero: compra muy barato el maíz de los campesinos. Y eso que él es un hombre noble. Cómo estarán las cosas para el PRI que ese Alejandro no aceptó que lo pusieran de presidente”.

A una cuadra, frente al zócalo, está la farmacia de José Mógica, un criollo que atiende desde temprano en el antiguo mostrador de botica. Una pregunta basta para que suelte su enojo. Saca del cajón una ametralladora calibre 22, la deja unos momentos en el mostrador. El periodista finge no verla:

“Aquí no perdió el PRI, señor -dice-. Pero aquí es un desmadre, el PRI ha abandonado a sus partidarios ante un partido de oposición que ha engañado a los campesinos ignorantes, que les prometió las tierras y las casas de los ricos. Los campesinos, sí, es cierto, están molestos, cansados de tanta promesa falsa del PRI-gobierno, que no cumplía, que los engañaba, que sólo se acordaba de ellos para pedir el voto. Yo soy priísta, y lo digo: el PRI se ha equivocado con los clásicos dedazos de Fidel Velázquez. Desde que el día 10 de diciembre el PRI-gobierno se llevó las ánforas, según por las anomalías en las elecciones. El PRI-gobierno, y me duele como priísta, dejó en abandono durante tres meses y días a la ciudad de Teloloapan, a la merced de personas ignorantes. Yo, José Mógica Bustamante, tuve momentos difíciles porque no estuve de acuerdo con una oposición rodeada de personas ignorantes y líderes inverosímiles que hicieron sufrir a los que somos priístas. Los campesinos venían a chingarme: `Mógica, manda a hacer tu caja’, `Mógica, te va a llevar la chingada’. Yo ya no estoy dispuesto a soportar eso. Las autoridades deben aplicar todo el rigor de la ley. O que nos den armas para defendernos.

“El error más grande del gobernador Ruiz Massieu es haber llevado a cabo unas elecciones internas con nuestra misma gente del PRI. La persona política chaquetera, sin moral de ciudadano, vino a dar por resultado todos los desmadres que se presentaron. Los que perdieron las elecciones internas voltearon todo. Pa’cabar pronto, el PRI ha dejado solo a Teloloapan. No ha trabajado, no ha puesto a personas capaces. Le falta comunicación, escuela, enseñanza. El campesino ya no se engaña. El campesino está jodido, sabe que no le pagan el trabajo que le mete a la tierra. Ahí está precisamente el error que ometió el gobierno. Y lo seguirá siendo mientras no ponga el ojo en que el país vive de los campesinos. Mientras no haya buen precio, nadie va a sembrar. Por eso el descontento, por eso se va la gente del otro lado”.

Del otro lado de la política, del otro lado de la frontera.

                            * * *

Las cuatro luciérnagas chispean en el camino. Apuntan a los faros del automóvil a cien kilómetros por hora. En el péndulo del miedo se valen los extremos: dos días antes, en San Lucas, Michoacán, braceros agradecidos colgaban la fotografía familiar frente a la troca y el yard de algún suburbio de Stockton a la cadena de milagros de la Inmaculada Concepción, la virgen de la Tierra Caliente. Su imagen aparece fugaz, como una broma entre los cuatro fusiles. Un mes de imágenes se le sobreponen: el viejo Othón Salazar en el Congreso Cardenista de la Montaña, la mujer tlapaneca en el Ministerio Público de Tlapa que denuncia la golpiza a la que la sometió su hermano priísta que le disputa la parcela, los ancianos de Metlaltonoc que le hacen la vida imposible al joven presidente municipal perredista, los indígenas detenidos por la siembra de mota en Chiautla, Puebla, los camiones que se llevan en paquete a los braceros mixtecos a Sinaloa…

Pero ahora la amenaza contiene todas las imágenes. Parar o seguir. Maleantes o policías, cualquiera que sea significa lo mismo. Es la realidad de otro país. Finalmente nada lo resume: ni la certeza del fracaso del cardenismo ejidal, ni la miseria de los temporaleros y sus alternativas (jornaleros de las trasnacionales, braceros en el norte, narcotraficantes). Tampoco sirve otra constatación: la violencia es cotidiana, haya o no elecciones. La muerte se cuenta en la página roja, como arrojar melones en una troca. Los partidos son un simple hilo de la madeja: el PRI, el PRD, la política ganancia o pérdida de votos, divisiones internas, toman forma, nombre y apellido en los hombres e intereses de los pueblos. La tierra, el agua, los montes, el buen o mal uso de los recursos. Finalmente los pueblos contra el Supremo Gobierno en la figura que un buen día, paternal, adquirió en el peregrinaje del Tata Cárdenas. Y que un mal día se perdió. 

Nada se explica. Sólo el pie que acelera para perdernos en la noche del Balsas.

Aislamiento o libre comercio

CUADERNO NEXOS

Las sombras del brillo japonés

Una exagerada admiración por la economía japonesa y la gran popularidad de Japón han impedido al mundo reconocer los valores posfeudales que prevalecen en el sistema económico japonés y que estaban ya hace casi un siglo en muchas empresas estadunidenses y europeas. Hasta la preguerra, la aldea, más que la empresa, se encargó de preservar los valores culturales de Japón. Con la guerra esta situación cambió y la sola asesoría “reformadora” estadunidense fue suficiente para ver transformados los valores grupales de la aldea en una fábrica. Estos valores, admirables desde muchos puntos de vista, no resultan de gran ayuda cuando se trata de competir con Japón, sobre todo en el terreno de la productividad industrial.

La competitividad de Japón se basa en industrias orientadas a la exportación -preponderantemente aparatos eléctricos, instrumentos de precisión y productos químicos- cuya demanda es cada vez mayor. La alta tecnología japonesa le ha ayudado a rebasar su margen de competitividad; los bajos costos de la mano de obra y las políticas económicas del gobierno -tales como el mantenimiento de tasas de interés relativamente bajas- han contribuido al aumento de la productividad. Si examinamos los sucesos recientes en la democratización desde la perspectiva de la tecnología, se podría concluir que la tecnología japonesa para la informática ha jugado un importante papel tras bambalinas.

Ejemplo de esto son el papel que jugaron las grabadoras japonesas en la revolución iraní, en cuyos emisores la voz de Khomeini, equivalente a la voz de Dios, pudo ser escuchada directamente por el pueblo, sin bloqueo por parte del gobierno del Sha. El de las videocaseteras japonesas en “poder del pueblo” en Filipinas, donde a pesar de la supresión de la administración Marcos, cintas de video filmadas en el exterior pudieron ser distribuidas en todo el país, y hasta las transmisiones en vivo, en las que el mundo entero prácticamente presenció la caída de Marcos, permanecen aún en la memoria de todos nosotros. El de los facsímiles en el reciente movimiento democrático chino, que terminara en la violenta intervención militar de la Plaza de Tienanmen (una revolución basada en los aparatos de transmisión de faxes).

El colapso de los regímenes comunistas ha marcado un importante capítulo en la historia del mundo con la drástica modificación del viejo orden europeo. Y en el orden cambiante internacional, cada vez son más las miradas que se dirigen a Japón, que enfrenta el urgente objetivo de reconsiderar asuntos hasta ahora prohibidos sobre seguridad e investigación y que en los años venideros deberán tomar un nuevo curso.

La expansiva política monetaria de Japón ha logrado absorber mucha de la presión que, de otra manera, hubiera resultado en tasas de interés reales para todo el mundo, que podran llegar a ser aún más altas de lo que actualmente son. La fuerte expansión monetaria ha sido también fundamental en la absorción de un efecto potencialmente deflacionario para la economía doméstica de descenso en los precios japoneses de equidad. Sin embargo, y aunque las tendencias apuntan a que el crecimiento de Japón se mantendrá en un nivel del 5% -con lo que la presente expansión económica, que rebasó los cuarenta y tres meses consecutivos en el junio pasado, se convirtió en la más larga de la postguerra -es cierto también que la administración Kaifu enfrenta una serie de asuntos difíciles, tanto nacionales como de carácter diplomático, entre los que se incluyen la reforma electoral, una revisión al controvertido impuesto al consumo, las conversaciones sobre los Impedimentos Estructurales Japón-Estados Unidos y la liberalización de las importaciones de arroz.

De acuerdo con las declaraciones de Japón en la Reunión Cumbre de los Siete (G-7), el espectáculo político más grande del mundo, cuyos asuntos centrales fueron el reclamo de las islas ocupadas por los soviéticos, la esperanza de reanudar la ayuda a China y la seguridad alimentaria, es claro que Japón carece de la capacidad y de la ideología necesarias para dirigir al mundo en su nueva ola política.

Japón necesita de una ideología y una lógica que guíen su comportamiento en la escena mundial. Japón debe autorreformarse y convertirse en un estado de libre intercambio internacional. Vista desde el exterior como una fortaleza infranqueable, la estructura económica de Japón, controlada en buena medida por el gobierno -reglamentaciones, autorizaciones y guías administrativas-, hace que la participación de las corporaciones extranjeras en el mercado japonés resulte sumamente difícil. Lo exorbitante de sus precios permite a los japoneses invertir en ultramar, pero hace prácticamente imposible la inversión extranjera en Japón- un buen ejemplo de ello es el costo de la tierra.

Debido a las crecientes tasas de interés, los bancos extranjeros perdieron 30,800 millones de yenes en el año fiscal que terminara en marzo pasado, el mayor déficit sufrido desde que accedieron al mercado japonés. En tanto el “eficientísimo” sistema de producción japonés no se abra a las corporaciones extranjeras no logrará su aceptación en la comunidad internacional.

Como una evidencia más de la impenetrabilidad de Japón, tenemos el fracaso de la política japonesa para el logro de una globalización económica, lo que refleja un sistema político empeñado en hacer convenir una serie de intereses incapaces de llevar a cabo reformas internas que abrirían las puertas a los extranjeros. Los esfuerzos de Japón para ensanchar su participación en las instituciones financieras mundiales, para utilizar eficientemente su ayuda para el desarrollo y para reciclar su superávit comercial, son vitales para la estabilidad nacional e internacional.

Por razones internas, lo mismo que por razones externas, Japón debe mantener la estabilidad en los precios a la vez que el crecimiento de su economía. La verdadera internacionalización comercial japonesa ayudaría al establecimiento de operaciones locales -producción, mercado, patentes y tecnología- en diversas empresas extranjeras operando en Japón. Aunque no representa una tarea fácil y mucho menos tranquila. La adopción de nuevos patrones comerciales parece ser inminente para Japón.

En todo caso, el libre intercambio internacional es un albur que, en última instancia, merecería más la pena que el aislamiento internacional dentro de una infranqueable fortaleza.

Silvia Novelo U. Es profesora invitada en la Universidad de Estudios Extranjeros de Tokio y la primera mexicana que labora como profesora invitada en la Universidad de Tokio.

Carta abierta a Fidel Castro

CUADERNO NEXOS

México a 14 de septiembre de 1930

Nexos

Sr. Héctor Aguilar Camín.

Director Presente.

Por medio de la presente, nos dirigimos a Usted para solicita la publicación, en la revista que tan dignamente dirige, de la siguiente carta abierta.

En estos momentos de grandes cambios políticos y sociales en el mundo, la situación de Cuba nos preocupa y entristece. Los firmantes, escritores y artistas de México, sentimos como un deber declarar públicamente nuestra solidaridad con la valerosa y pacífica lucha de los patriotas cubanos que buscan instaurar en su país una democracia moderna, independiente y respetuosa de los derechos humanos. Creemos también que nuestro Gobierno, sin mengua de su tradicional política inspirada en los principios de autodeterminación y de no intervención, debería hacer lo posible por proteger a los disidentes y demócratas perseguidos por la policía del régimen cubano.

En dos ocasiones, un grupo numeroso de intelectuales, artistas y escritores de diversos países e ideologías, ha pedido a Fidel Castro la celebración de un plebiscito. En ambas ocasiones, la respuesta del régimen cubano fue una airada negativa. Pensamos que es urgente que Castro, si desea evitar mayores males a su patria, reconsidere su negativa y acepte esta petición. O que adopte cualquier otra medida -por ejemplo: elecciones libres y abiertas a observadores internacionales- que asegure el tránsito pacífico de Cuba hacia un sistema democrático y pluralista, tal como ha ocurrido en otros países de América Latina (Chile y Nicaragua) así como en la Unión Soviética y en la Europa del Centro:

Antonio Alatorre, Paloma Altolagoirre, Nedda Anhalt, Aurelio Asiaín, Bamby, Bassia Batorska, Georgina y Fernando Benítez, Hilda Bautista, Carmen Boullosa, José de la Colina, Jacobo Contente, Horacio Costa, Bertha y José Luis Cuevas, Salvador Elizondo, José María Espinasa, Guillermo Fernández, Stasia de Garza, Madas Goeritz, Juliana González, Ulalume González de León, Olbeth Hansberg, Albeno Huberman, Enrique Krauze, Paulina Lavista, Eduardo Lizalde, Tosia Malamud, Ludwig Margules, Víctor Manuel Mendiola, Eduardo Milán, Carlos Monsiváis, Angelina Muñiz, Sergio Nudelstejer, Lilia Osono, María José y Octavio Paz, Mercedes de la Garza, Carlos Pereda, Sergio Pitol, Alejandro Prieto, Juan José Reyes, Anuro Rivera, Alejandro Rossi, Albeno Ruy Sánchez, Josué Sáenz, Guillermo Samperio, Shirley Shemitsky, Francisco Semno, Elizabeth Siefer, Juan Soriano, Rufino y Olga Tamayo, Ignacio Trejo, Carlos Eduardo Rutón, Manuel Ulacia, Patricia Van Rhijn, James Velender, Maruxa Villalta, Ramón Xirau, Gabriel Zaid, Alicia Zendejas, Raúl Zendejas.

Carta de Washington

CUADERNO NEXOS

En las corrientes del Golfo Pérsico

Septiembre es el mes en que la ciudad de Washington recupera su ritmo vertiginoso después de la parsimonia agosto. En septiembre el Congreso vuelve a sesionar y se minan las vacaciones escolares, aunque la crisis del Golfo Pérsico movió esas tranquilas aguas vacacionales.

Desde que comenzó el conflicto del Golfo Pérsico las pociones se dividen entre quienes consideran altamente proba una solución militar y quienes la consideran muy poco probable. Entre los primeros se encuentran los politólogos y algunos de los especialistas en Medio Oriente. Curiosamente, militares consideran que es poco probable y a éstos se les suman los economistas, para quienes siempre hay margen para la renegociación y evitar así “soluciones de esquina” (a pesar de economista, en esta ocasión tiendo a coincidir más con apreciación de los politólogos).

En el terreno de los deseos, pareciera que la proporción de la población interesada en “darle una lección” a Sadam Husein es alta. Sin embargo, los expertos en asuntos militares preocupan por el costo en vidas (de soldados americanos) de una guerra implicaría. En general hay consenso de que Estados Unidos saldría triunfante y que lo había con cierta rapidez (he escuchado que llevaría de dos a tres meses expulsar a los iraquíes de Kuwait). No obstante, el costo en vidas de soldados americanos puede ser de muchos miles. Esto haría que conflicto bélico perdiera popularidad rápidamente y producir costos políticos al gobierno. De ahí que algunos piensen que la probabilidad de una “solución militar” al conflicto es más bien baja.

En cuanto a las reacciones sobre lo que ocurre en el Golfo, hay dos cosas que me han resultado particularmente curiosas. Por un lado, la derecha más conservadora parece esta totalmente opuesta a que Estados Unidos se involucre en e Golfo. Esta es la posición de, por ejemplo, Jean Kirkpatrick la representante ante las Naciones Unidas durante el gobierno de Reagan. Al desaparecer el “espectro del comunismo, en opinión de la derecha, Estados Unidos no tiene por qué meterse en conflictos, sobre todo por razones tan prosaicas como el precio de la gasolina (que a juicio de Pat Buchanan, comentarista televisivo de la derecha “ácida”, es la razón principal para explicar la escalada norteamericana en Arabia Saudita; también hubo una demostración “anti-war” en Berkeley, utilizando este mismo argumento.

La otra cuestión que me ha sorprendido es que, por lo menos en todas las discusiones en las que he estado, nadie se pregunta si la gente de Iraq está de acuerdo en anexar Kuwait y en caso afirmativo por qué lo está. Al parecer los iraquíes están de acuerdo. Desde su independencia se ha argumentado, y se les ha enseñado, que por lo menos parte de Kuwait pertenece a Iraq. Independientemente de si hay razón jurídica o no detrás de esto, que al parecer -según las versiones que he escuchado- no la hay y que, aun cuando la hubiera, no se justifica el uso de la fuerza militar para imponerla, me parece que es elemental preguntarse cómo piensa, cuál es la motivación, de la población que está del otro lado en el conflicto.

Una preocupación recurrente derivada de la crisis en el Golfo es cuál será el efecto del aumento en el precio del petróleo sobre la economía global. En un documento de la división internacional del Banco Mundial se analizan varios escenarios posibles. Se consideran cuatro escenarios para los precios del petróleo: 1) un rápido regreso a 1a normalidad, el precio del petróleo comienza a aflojar desde finales de este año y en 1992 regresa a su trayectoria pre-crisis (o sea, un aumento gradual en el precio nominal del petróleo, alcanzando cerca de los U$30 por barril en el 2,000); 2) incertidumbre de corto plazo, la crisis se resuelve entre doce y dieciocho meses, el precio sube hasta U$33 al final de 1990 y luego baja a U$29 por barril durante 1a primera mitad de 1991, para ubicarse en el rango de U$25-26 por barril durante otros dieciocho meses, al cabo de los cuales el mercado regresa a la trayectoria precrisis; 3) incertidumbre prolongada, la crisis dura mucho más tiempo, el precio se mantiene en cerca de los U$29 por barril durante los próximos cinco años; 4) hay conflicto militar, con serias disrupciones de los campos petrolíferos, el precio sube a más de U$60 en lo inmediato y se mantiene en el rango de U$30-40 por barril durante los próximos cinco años, pero si hay una respuesta fuerte en términos de conservación sustitución, y producción de energía, el precio del crudo podra estar por debajo de las proyecciones pre-crisis hacia finales de la década.

Este documento sólo considera 1as implicaciones de los dos primeros escenarios. Bajo el escenario 2, la tasa de crecimiento del PIB de los “siete grandes” pronosticada para 1990 y 1991 baja de 2,9% y 2.8% a 2.6% y 2.4% respectivamente; la tasa de inflación pronosticada para 1991 sube de 3.8% a 4.6%. La tasa de interés LIBOR (a seis meses) pronosticada para 1991 sube de 8.4% anual a 10.0%. La tasa de crecimiento del comercio mundial pronosticada para 1990 disminuye en 1 punto porcentual. El mundo industrializado, no se vería muy afectado por una trayectoria del precio del petróleo como la descrita en el escenario 2. Es posible que en su conjunto la economía norteamericana esté en condiciones más vulnerables que algunos de los otros “seis grandes” (Japón en particular) debido a que parte de una situación complicada.

Los países de ingresos bajos y medios en su conjunto son exportadores netos de petróleo. Sin embargo, en este grupo hay muchos países que son importadores netos de crudo y algunos, además, están altamente endeudados (o sea, la subida de la tasa de interés se añade al efecto negativo de los precios del crudo). Entre los países con pérdidas importantes se encuentra un gran número de los países africanos, Filipinas, Polonia, Turquía, Bangladesh, Brasil, Jamaica, India, Jordania y Tailandia. Para el grupo de exportadores de petróleo la mejora en 1990 podría ser equivalente a 5% del producto de 1989. El beneficio de los exportadores depende de la proporción de los contratos realizados a precios previos a la crisis. ¿Cuál es la situación de México a este respecto?

Comentando los impactos del alza en el precio del crudo recordé que en la carta anterior prometí contar algo más sobre cómo Malasia logró disminuir el índice de pobreza de 49.3% en 1970 a 11.9% en 1989 (y el índice de mortalidad infantil de 45/1000 a 13/1000 durante el mismo lapso (!)). Al parecer en Malasia se instrumentaron una serie de programas dirigidos a reducir la pobreza en ciertos grupos de la población (programas focalizados o selectivos). Sin embargo, según un estudio del Banco Mundial, casi el 97% de la caída en la incidencia de la pobreza se explica porque una parte importante de la población pobre que no pertenecía a los grupos seleccionados cruzó la línea de pobreza a raíz del simple crecimiento del ingreso per cápita y porque una parte importante de la población de los grupos de ocupación seleccionados se cambió a ocupaciones mejor remuneradas. De hecho, en los grupos de ocupación que se habían seleccionado (arroceros, pescadores, pequeños productores de hule y coco, etc.) la incidencia de la pobreza continúa alta, sólo que estos grupos representan ahora una proporción pequeña de la población total. Es decir, no fue la focalización lo que produjo una reducción admirable de la pobreza, sino un modelo de crecimiento que priorizó fuertemente la equidad (que en el caso de Malasia fue una consecuencia del acuerdo político vigente desde finales de los setentas, que se propuso eliminar las desigualdades interraciales entre malayos, chinos e indios, donde los primeros eran los más pobres). ¿Qué permitió que el crecimiento en Malasia fuera relativamente equitativo? Al parecer un componente esencial para lograr esto fue disminuir la desigualdad en los niveles de educación de los distintos grupos de la población y extender la educación de la manera más amplia posible. El gasto público en educación se encuentra entre los más altos del mundo en desarrollo (5.7% del producto interno); el enrolamiento en escuela primaria es universal y en escuela secundaria se encuentra entre los más altos del mundo en desarrollo (72%). Sin duda, la política educativa debe haber jugado un papel importante para brindar una mayor “igualdad de oportunidades” a toda la población en una economía en crecimiento. Pero ¿será esto suficiente para producir un resultado tan notable?

Nora Lustig es Visiting Fellow de la Brookings Institution en licencia de El Colegio de México.

El péndulo de la izquierda

CUADERNO NEXOS

Del desencanto a la esperanza

Al contemplar hoy el panorama político de muchos países todo haría suponer que los principios enarbolados por las corrientes conservadoras finalmente triunfaron sobre los principios esgrimidos por los movimientos progresistas. Los acontecimientos más recientes corroborarían tal aseveración: el conservadurismo siempre criticó la construcción del Estado benefactor en Occidente por considerar que era un proyecto donde la búsqueda de la justicia social propiciaba el paternalismo y el burocratismo, combinación que afectaba la iniciativa individual y la libertad de mercado; el tiempo le dio la razón, el experimento asistencial terminó en un estrepitoso fracaso en medio de deudas externas e internas abultadas, altos índices inflacionarios, servicios de mala calidad y una multitud de instituciones públicas tan inoperantes como. A esto habría que agregar que ese conservadurismo también desaprobó sistemáticamente la versión más ampliada del intervencionismo estatal, llevada a cabo en los países que hasta hace poco formaron el bloque socialista, por estimar que se trataba de un diseño donde la persecusión de la igualdad material daba lugar al totalitarismo que iba en contra de la libertad de los sujetos y la competencia económica; el tiempo también le dio la razón, el socialismo real finalizó en un fracaso todavía más estruendoso al lado de economías bloqueadas, escasez de productos básicos, planes económicos incumplidos, grandes masas sociales cansadas de la prepotencia burocrática.

Así pues, las dos versiones del socialismo, una atenuada, como lo es la socialdemócrata, y otra dilatada, como lo es el socialismo burocrático -según el conservadurismo- perdieron su oportunidad histórica. De allí que lo mejor sea el restablecimiento de lo que nunca debió de ser obstaculizado o cancelado, es decir, el mercado libre, sin restricciones. No es casual que en diversos círculos neoliberales y neoconservadores hoy se hable de una verdadera y propia restauración -concepto que, por lo demás, fue acuñado para señalar el fin del movimiento revolucionario de 1789 y la reinstalación en el poder de las antiguas castas junto con sus privilegios y condiciones de vida-. En este ambiente están floreciendo de nueva cuenta las antiguas ideas conservadoras y reaccionarias que giran en torno a la creencia de que el mercado tiene la capacidad de ordenar cualquier cosa.

Todo retorno victorioso propicia la celebración y este caso no se aparta de la regla. En muchos círculos políticos e intelectuales el festejo ha alcanzado verdaderos niveles de apoteosis: ahí se conjugaron por igual los recuerdos de que desde un principio se habían lanzado advertencias de que las iniciativas socialistas no tenían posibilidades de éxito; las recriminaciones contra la izquierda (moderada o radical) de que de no haber sido por ella las largas décadas que duraron sus experimentos pudieron haber sido utilizadas para un mejor desarrollo del “sistema económico”; las censuras contra los esquemas institucionales que se utilizaron en esos experimentos y la debilidad de los principios doctrinarios que los animaron, para terminar con la profesión de fe en el “Estado mínimo”.

Ante la algarabía conservadora todo haría pensar que en efecto la izquierda perdió su oportunidad histórica. De hecho el Estado benefactor construido por los gobiernos socialdemócratas y laboristas acumuló una serie de vicios que hoy pocos estarían dispuestos a defender. Asimismo, el Estado totalitario edificado por los partidos comunistas en el centro y oriente de Europa es aun menos defendible que el Welfare State. Es cierto, ambos proyectos, por cuanto diferentes y distanciados, fueron llevados a cabo por las dos únicas versiones concretas que hasta hoy se conocen del socialismo. Y ambas terminaron sin alcanzar las metas que se habían fijado.

No obstante, y aquí la discrepancia fundamental con el conservadurismo, continúan existiendo los problemas de los cuales nacieron esos proyectos: las desigualdades sociales y económicas, la persistencia de grupos privilegiados que acaparan el poder, la riqueza y el conocimiento, la falta de perspectivas halagüeña para una enorme cantidad de mujeres y hombres, la imposibilidad para muchos de alcanzar una de las libertades fundamentales que es la libertad frente a la necesidad.

Ni duda cabe, esos problemas subsisten y, a decir verdad, tienden a agravarse ante las políticas aplicadas por el neoliberalismo y el neoconservadurismo. De allí que, a pesar de todo, los principios que tradicionalmente han inspirado a la izquierda sigan vigentes, sobre todo la búsqueda de una sociedad justa. Ciertamente esos principios, a la luz de la experiencia acumulada en estos años y de la necesaria autocrítica, deben ser enriquecidos con la incorporación de otros ideales que ya no pueden quedar fuera de un proyecto de renovación de las fuerzas progresistas: la defensa de las libertades civiles, es decir, la libertad personal, la libertad de prensa, la libertad de reunión y la libertad de asociación, la vigencia del Estado de derecho, el reconocimiento del pluralismo ideológico y político, la limitación, pero no la abolición del mercado. El ideario izquierdista se vería fortalecido si ante el embate de la nueva derecha se diera una voz de alerta sobre la ilusión de que el mercado resuelve todo; pero también si se mantuviera un punto que ha sido esencial en las contiendas llevadas a cabo en favor de la igualdad: la preservación y, por qué no, ampliación de los derechos sociales. Mientras subsistan los problemas y los principios que le dieron vida al socialismo éste no dejará de ser una alternativa frente al conservadurismo. Tal vez es hora de que el búho de Minerva, cargado de experiencias e ideales, comience su vuelo hasta encontrar otro cielo.

. José F. Fernández Santillán. Ha colaborado en nexos anteriores.

Carta de San Diego

CUADERNO NEXOS

La rebelión de los votantes

Hace un par de semanas fueron proporcionados los datos: el estado de California cuenta ya con 29.3 millones de habitantes y es con mucho el más poblado de las cincuenta y dos entidades de la Unión Americana. Las que le siguen cuentan apenas con un poco más de 17 millones (Nueva York), 16 millones (Texas), y 13 millones (Florida). De acuerdo con las reglas de representación política del país, y salvo ajustes de último momento, esto significa que California contará con 52 de un total de 435 escaños en el Congreso que se constituirá luego de las próximas elecciones federales.

Nunca en la historia ha tenido un solo estado tanto peso en la Casa de Representantes como lo tendrá California. Recordemos que el electorado, muchas veces a pesar de sus propios Líderes, ha logrado articular políticas que fueron adoptadas eventualmente por el resto del país. El caso más famoso fue el de “la rebelión contra los impuestos” -la famosa Proposition 13-. Ahora los californianos buscan jugar un papel decisivo en la selección de candidatos presidenciales de los dos partidos políticos durante las elecciones primarias de cada cuatro años. Estas tienen lugar normalmente durante el mes de junio, lo que significa que para entonces generalmente ya no tienen un efecto apreciable sobre la selección de candidatos. Estados pequeños como Iowa y New Hampshire, quienes comienzan el proceso electoral antes de finalizar el invierno y cuentan con sólo 5 y 2 representantes en el Congreso respectivamente, tienen una influencia desmedida sobre la selección mencionada.

Los votantes de California ahora quieren celebrar elecciones el primer martes del mes de marzo, tan sólo luego de las primarias en New Hampshire. Pero como en otras ocasiones, tendrán que rebelarse para conseguir su objetivo pues el Congreso del estado terminó sus sesiones y rechazó aprobar el anhelado cambio de calendario electoral. Así funciona la democracia en esta región crítica que colinda con México.

En este país donde existe una fascinación por las estadísticas, y no sólo las del beisbol, saltan a relucir algunas muy curiosas; de acuerdo a los datos preliminares del censo de 1990, California tiene ya una mayor población que la de muchos países anglosajones como Canadá o Australia; el aumento de habitantes en este estado durante la última década (casi de 6 millones más) equivale prácticamente a la población total actual en el estado de Massachussetts; el área geográfica de California es casi igual a la de Japón y, con tan sólo una cuarta parte de la población de ese país, íla economía de California es la sexta más grande del mundo!

No es de sorprender que el electorado busque convertir estos números en un mayor peso político y en un poder de decisión que no ha tenido. Tampoco están solos los californianos en esto. A partir de 1988, todos los estados de la región sur del país celebran las elecciones primarias el mismo día, un martes, llamado ahora Super Tuesday en el léxico político del país, con el fin de lograr que ambos partidos elijan candidatos conservadores afines con la ideología de esa región. No les salió bien a los demócratas en esa primera ocasión pues Michael Dukakis, el liberal del noroeste, fue el ganador; pero volverán a intentar elegir a un sureño o a un demócrata moderado del medio-oeste en 1992.

Otros que se han pronunciado en favor de la idea aducen que California ayudaría a racionalizar el proceso electoral, forzando a los candidatos realmente serios a una prueba temprana respecto al tipo de apoyo que pueden esperar en las urnas a nivel nacional. La población californiana tiene características muy variadas que reflejar de manera fidedigna las del resto del país, por lo que los resultados de la elección en esa región darían una buena pauta. Por otro lado, en los últimos años lideres demócratas locales poco conocidos como James Carter lograron capturar la atención del país precisamente por no existir una prueba como la que se sugiere. EL campo estaba abierto para todos, y no sólo para los candidatos con prestigio y recursos financieros, para una amplia y costosa campaña como sería necesario montar en el estado de la costa del Pacífico.

¿Por qué se opuso la legislatura estatal al cambio en el calendario electoral? El argumento presentado es que “se quiere preservar la esencia del proceso democrático”. El problema es que de acuerdo con las leyes californianas los votantes pueden, cumpliendo un mínimo de requisitos, incluir iniciativas propias y reglamentaciones que son sujetas a un referéndum durante las elecciones generales estatales. Si el candidato de uno de los partidos, digamos Reagan en 1984 o Bush en 1992, tiene “asegurada” su elección, pocos republicanos irán a las urnas dejando en manos de los ciudadanos de un partido, en este caso el demócrata, las decisiones sobre temas que son muchas veces de gran trascendencia. Por eso el establishment político se opuso al cambio, lo que ha generado descontento y eventualmente llevará al electorado del estado a “volver al redil” a sus líderes. Los californianos están muy conscientes de su nueva posición y no tardarán en asegurar que el resto del país siga su liderazgo en la selección de los contendientes a la presidencia. Es factible que se impongan sobre sus legisladores como lo han hecho en otras ocasiones.

Gabriel Zsékely. Director asociado del Centro de Estudios México-EU de la Universidad de California en San Diego.

La Asamblea Nacional priísta

CUADERNO NEXOS

El camino de la reforma

Dibujar escenarios sobre el futuro inmediato del PRI es arriesgado, en virtud de que la instrumentación de los acuerdos políticos que aprobaron los Delegados a la XIV Asamblea Nacional es todavía incierta, por dos razones: la primera es saber si existen las condiciones políticas mínimas para poner los acuerdos en práctica con la misma intensidad y velocidad en todo el país; y la otra, quiénes van a instrumentarlos y en qué políticos -de viejo y nuevo cuño- se va a apoyar la dirección priísta para actuar eficazmente.

Lo que no es incierto, es que desde los trabajos preparatorios existió una marcada voluntad y anhelo de cambio por parte de los priístas. La XIV Asamblea Nacional terminó con “el estigma de ser priísta”, la elección democrática de los delegados (re)valoró el cargo y hubo muchos priístas que portaron su credencial de delegado electo con profundo orgullo. Los delegados actuaron abiertamente, con responsabilidad y respeto a sus representados.

El número y heterogeneidad social y política de los delegados permiten ver con optimismo el futuro del partido. El impulso de “las bases” fue decisivo para que los documentos presentados en las cuatro Tribunas Nacionales fueran intensamente debatidos, y modificados en su mayor parte.

El cambio propiciado por la dirigencia priísta es ya irreversible. Será guiado y custodiado por los miles de priístas que asistieron a la asamblea, por el priísmo en general y por una opinión pública que observó con curiosidad y hasta con morbo el desarrollo de los trabajos en Querétaro, Tlaxcala, Oaxtepec y Puebla.

El rechazo a la imposición de las mesas directivas de las Tribunas propuestas por el CEN del PRI; la discusión aguda, pero respetuosa de los principios básicos de democracia, justicia social y nacionalismo; la insistencia en separar al partido del gobierno, recalcando que el primero no es reflejo del segundo, son tres aspectos que nos permiten afirmar que durante los tres primeros días de septiembre se inició, sobre los hechos, el principio del fin de la cultura de la línea.

El PRI se resistió a abandonar sus banderas históricas- democracia, nacionalismo y justicia social-; exigió una nueva política social; optó por ir a la cabeza en los reclamos de respeto a los derechos humanos y a las libertades individuales. También, se pronunció por un partido de organizaciones y ciudadanos. En general, el PRI (re)asumió su compromiso y responsabilidad del lado de la sociedad.

La afiliación individual aprobada por la Asamblea, obligará a las organizaciones a dar un rostro a la cifra de afiliados que manejan, y atraerá al ciudadano cuyos intereses no se identifican con los tres grandes movimientos del priísmo- obrero, agrario y popular-, lo que permitirá que muchos integrantes de las clases medias participen libremente a título individual en los trabajos políticos del partido.

Contar con un foro de debate y conciliación permanentes en el seno del partido permitirá el indispensable equilibrio político que se necesita para instrumentar la reforma y para hacer efectiva la participación y expresión de las corrientes internas.

Uno de los reclamos más sentidos del priísmo y de la sociedad en general, también fue atendido: la transparencia en los procesos de (s)elección de candidatos a los cargos de dirigencia partidista y de elección popular, estará garantizada por la consulta directa a la base o a través del Consejo Político Nacional, según sea el caso.

Hacer transparente las fuentes de recursos y el destino de éstos a través de fórmulas claras y diversificadas de financiamiento, es otro de los acuerdos fundamentales que se tomaron.

Se dio un paso adelante cuando el PRI reconoció que tiene dos pilares de sustentación -sectores y territorio- y en tal virtud ambos deben tener representación paritaria. Avanzó, también, cuando aseguró que unidad no es uniformidad, por lo que garantizaba la presencia y desarrollo de distintas corrientes de opinión política en su interior.

Se puso de manifiesto el respeto a la carrera de partido. Los requisitos para ser candidato, además de clarificar el procedimiento, hacen que la política vuelva al PRI. Aquel que quiera ser candidato debe trabajar donde vive y no buscar el apoyo en las oficinas de gobierno estatales y/o nacionales. Tener presencia en el Consejo Político Nacional y presentar candidatos a los cargos de dirigencia y elección popular, obligará a las organizaciones y a los individuos a mantener actualizado el registro priísta, llamado incorrectamente “padrón priísta”, ya que las candidaturas dependerán del apoyo real de una parte de los inscritos en la lista de cada circunscripción.

Por último, la convocatoria para la XIV Asamblea Nacional introdujo a un nuevo actor a la escena priísta: “la sociedad civil”. El PRI entendió, muy a tiempo, que no puede seguir representando sin distinciones a todos los intereses de la sociedad; que existen “nuevos poderes y nuevas voces” desarrollados por los ciudadanos, autónomos e independientes de los partidos políticos.

Actualmente separadas, sin un canal de comunicación orgánico y compartiendo el mismo terreno, las fuerzas sociales y las políticas esperan pacientemente fundirse en crisol de la democracia. Para que las expresiones de estas nuevas fuerzas sociales se traduzcan en propuestas globales capaces de generar consensos, es necesaria su participación en los partidos. Por tal motivo, la dirigencia nacional del PRI invitó abiertamente a individuos y grupos representativos de estas nuevas y diversificadas fuerzas a participar en los trabajos de la Asamblea Nacional, no sin los reclamos de los militantes que se oponían, con razón, a un trato igual entre desiguales.

Sin vencer totalmente las resistencias priístas, la sociedad civil participó, habló y llevó aire fresco a las discusiones del partido. Los ya nuevos estatutos contemplan la figura del “simpatizante” como aquel individuo no afiliado, pero interesado en alguna forma de vinculación y participación con el partido.

Con su asamblea, el PRI mostró que es el primer partido mexicano que da la cara a los cambios del presente y se prepara para el futuro; fue el primero, también, en realizar su autocrítica en un proceso abierto de revisión de su estructura partidaria.

El PRI quiere ser un partido moderno. La XIV Asamblea fue el primer paso. La (com)unión de la “base” con la dirigencia fue el ejercicio colectivo de una nueva actitud de apertura y participación y no, como algunos insisten, un mero ejercicio de “gatopardismo”.

Maria Emilia Farías. Politóloga. Secretaria adjunta a la presidencia del CEN del PRI.

El precio de los cambios profundos

CUADERNO NEXOS

¿Es reformable el PRI?

A nadie le debe quedar la menor duda de que el país está experimentando un profundo proceso de cambio inducido fundamentalmente por la reforma económica. Se están transformando estructuras, patrones de desarrollo, formas de producir y las relaciones entre los factores de la producción. Tarde o temprano, este proceso de cambio va a modificar sustancialmente las relaciones entre los diversos componentes del sistema político, y entre éstos y el gobierno. La escisión en el PRI que llevó a la formación del Frente Cardenista y eventualmente del PRD fue tan sólo un anuncio de los cambios que la reforma económica va a acabar provocando. Hasta el momento en que se anunció la reforma del PRI parecía como que ese partido había decidido aceptar lo inevitable. Ahora que ha optado por avanzar por el camino de la reforma, la gran duda no es si la reforma va a ser “desde arriba” o “desde abajo”, sino si ésta es del todo posible.

La primera linea de análisis consistiría en evaluar qué es lo que ha cambiado en el país que entraña una alteración del sistema político tan fundamental. La segunda iría encaminada a identificar cuál es el problema del PRI en este contexto. Luego se discutiría lo que el PRI pretende alcanzar con su reforma. Finalmente se discute la posibilidad de lograr el cambio que está contenido en los planteamientos del liderazgo del PRI.

El deterioro del PRI no es ninguna novedad. Tampoco lo es el hecho de que el sistema político en su conjunto enfrenta serias dificultades de representación, problemática que antecede con mucho a las elecciones de 1988. Ese proceso electoral trajo consigo sólo una -aunque fundamental- modificación en el proceso político del país: hizo públicos los problemas de un sistema político que se había anquilosado y de un partido que vivía de la inercia y para servir a los intereses de la burocracia que se había incrustado en sus estructuras sectoriales. La aparición del Frente Cardenista creó nuevas circunstancias para el sistema político, aunque no modificó la esencia del problema que ya existía. Tampoco lo resolvió ni creó las condiciones para que esto ocurriera, aunque evidentemente si cambió la naturaleza de cualquier posible “solución”.

La situación política del país antecede a la reforma económica, pero se ha visto profundamente afectada por ella.

La reforma económica causó ya un gran cisma en el partido en 1987-1988 y es evidente la posibilidad permanente de que otros grupos del PRI que se han beneficiado de una economía cerrada, protegida y discrecionalmente dirigida, acaben por escindirse. Muchas de las posturas adoptadas por las mesas de trabajo dentro de la asamblea del PRI, por ejemplo, muestran qué tan distantes están las bases del PRI de los objetivos reformadores del gobierno. Pero este problema es sólo evidente por la competencia electoral que el PRD ha logrado instalar en algunas localidades del país. El problema más grande del sistema político y que afecta a prácticamente todos los partidos por igual es el de la representación. El sistema político ha dejado de constituir un mecanismo de representación y participación de la sociedad para convertirse en una interminable burocracia de intereses sectarios. Evidentemente no todo el sistema es así ni todos los partidos están igualmente sumidos en el problema burocrático, pero el problema general es claramente de participación y de representación.

Los nudos partidistas

Por su naturaleza, el problema del PRI es distinto al de los partidos de oposición. El PRI nunca ha sido un partido; más bien, ha sido un sistema sumamente desarrollado de control político aunado a una poderosa maquinaria electoral. El PRI nació en 1929 para institucionalizar el conflicto político entre los líderes, jefes militares y políticos que habían triunfado en la Revolución. El PNR fue un partido de políticos creado para dirimir disputas sin llegar a la violencia que había caracterizado a la primera década postrevolucionaria. Años más tarde se crearon los sectores con el objetivo de controlar a las masas obreras y campesinas. El PRM, creado en 1938, incorporó al PNR y le adicionó a los sectores, pero ambos procesos -la institucionalización del conflicto y el control político- se mantuvieron como los objetivos centrales del partido de Estado. El objetivo no era el de ganar elecciones (porque no había competencia alguna), sino el de hacer posible el crecimiento económico. Así, el PRI no nació como un partido sino como una estructura política dentro de la cual se habrían de dirimir los conflictos. Las elecciones eran un vehículo para reafirmar su liderazgo y conferirle legitimidad al sistema monopólico. Aún ahí el PRI fue innovador: identificaba al líder natural de las diversas localidades, lo cooptaba y ganaba las elecciones limpia y legítimamente.

Al momento de su creación, el PRI sin duda era representativo de la gran mayoría de la población políticamente activa. Sesenta años después, el PRI sigue representando a una población relativamente importante, pero está lejos de ser la única organización política relevante del país. Si antes se dirimían muchos de los conflictos nacionales dentro del PRI, por la simple razón de que ahí se concentraban la mayoría de los grupos e intereses del país, hoy en día el conflicto rebasa con mucho a ese partido. Hoy en día el PRI sigue siendo sin duda un aparato político trascendental en el sistema político, particularmente en su espectro de control, pero ya no tiene la capacidad de institucionalización y resolución de conflictos que fueron la causa de su creación. Hoy en día los conflictos se debaten fuera del PRI. Al no haber mecanismos para dirimir conflictos fuera de ese partido, el resultado es la fiesta electoral que hemos venido observando desde 1988. Además, en el tiempo, el PRI dejó de seleccionar candidatos que fueran lideres naturales; cada vez más, los candidatos representaban menos a la población y más a la burocracia del partido. Veinte o treinta años de representatividad inexistente explican con creces el descalabro de 1988; lo extraño es que no hubiera sido peor.

En este contexto, el problema del PRI es que ha perdido una de sus dos funciones medulares, la de institucionalización del conflicto, y con ello ha perdido su sentido de orientación en la realidad. Más aún, como además de perder esa función ahora enfrenta una aguda competencia electoral, para lo cual nunca fue creado ni organizado, su estructura de control enfrenta problemas de legitimidad cada vez más severos. En su calidad de maquinaria electoral, el PRI sabe ser aplanadora, pero no partido político; al enfrentarse a un juego más o menos abierto de partidos, el PRI no sabe transformar su fortaleza política en fortaleza electoral. Lo que acaba haciendo es imponer, independientemente de que tenga que hacerlo o no.

Preguntas y respuestas

La asamblea pretendía coronar un esfuerzo de cambio interno que se había iniciado desde que en marzo se definieron los lineamientos básicos de la reforma. Se pretendía hacer del PRI un partido independiente del gobierno, capaz de competir abierta -y exitosamente- en los procesos electorales y de recobrar la legitimidad perdida. Entre marzo y septiembre se llevaron a cabo planes y se inició la redefinición de las funciones y objetivos del partido. Toda tentativa de reforma, como la definición de la representación seccional en Guanajuato, causó explosiones. Los viejos intereses se oponían a todo. De esta forma, se llegó a la asamblea no con un esquema ya cocinado sino con un proyecto de cambio que empezaría a partir de ese momento. El presidente del partido identificó los problemas y planteó los lineamientos, aunque no precisó cómo se llevarían a cabo. Nunca hubo un discurso de crítica interna tan severo como el que articuló su propio lider: vicios, imposiciones, falta de representatividad, centralismo, etcétera. Lo que el PRI persigue, según las palabras de su presidente, es “recuperar su posición política”, recobrar la capacidad de dar cabida a los intereses nuevos y diferentes de la sociedad mexicana y terminar con el burocratismo y el centralismo que ha caracterizado al PRI en las últimas décadas. El planteamiento es muy claro y los objetivos no dejan lugar a dudas. La pregunta es si el PRI está dispuesto a erradicar las causas del estancamiento burocrático, lo cual implicaría afectar intereses sumamente arraigados que, además, son los baluartes del sistema en su conjunto.

Un análisis cuidadoso del discurso del líder del PRI así como el del Presidente en la clausura de la asamblea hace imposible dudar de sus objetivos de reforma y de su decisión de llevarla a cabo. Cuando sus líderes se manifiestan tan clara y decididamente, es imposible ignorar la determinación de cambiar. Pero la determinación no garantiza el cambio, más aún cuando éste se refiere a intereses tan intrincados como los que ahí existen. Dos interrogantes parecen justificadas. La primera es si es posible reformar ese conglomerado de intereses burocráticos y corporativos que se fortalecen mutuamente. La otra es si se hará todo lo posible por llevar a cabo la reforma. Encima de todo yace un problema obvio: si para llevar a cabo una verdadera reforma del PRI habría que eliminar a todo lo que centraliza, burocratiza, vicia e impone, entonces ¿cómo va a integrarse la nueva base de apoyo político del régimen?

En el fondo, estas interrogantes terminan en el mismo lugar. Reformar implica cambiar al partido de raíz, construir un partido que reemplace a una burocracia incapaz de adecuarse a los nuevos tiempos. Quizás el problema central de la reforma se reduzca a una interrogante muy simple: ¿es posible transformar al partido sin eliminar de su seno a la burocracia que ya no funciona? Según la respuesta es la viabilidad de la reforma. Hasta el momento, el liderazgo del PRI parece haber intentado quedarse con la tía y la bicicleta: mantener a los sectores, pero reducidos, y a la vez reconstruir al partido como entidad electoral competitiva. La razón de esta estrategia es evidente: al menos en el corto plazo, lo que se busca es construir una nueva base de apoyo ciudadana, pero mientras eso ocurre, el PRI no se quiere arriesgar a perder la base de apoyo tradicional con que cuenta. La composición de los delegados refleja esta esquizofrenia: la mitad representaba a ciudadanos y la otra mitad a los sectores. En otras épocas, los sectores habrían tenido el cien por ciento. El problema es que la construcción de un partido de ciudadanos se contrapone, en buena medida, a la existencia de sectores corporativos. Sin duda, la dificultad mayor que enfrenta el PRI en su deseo de reforma es la de conciliar esta contraposición.

Pero, ¿es posible que el PRI se reforme sin pagar el precio de la pérdida de los sectores? Evidentemente los priístas piensan que sí. La lógica, sin embargo, sugiere que reforma y sectores son mutuamente excluyentes. Unas cuantas preguntas simples evidencian las contradicciones de una mezcla como la que se está intentando: ¿cuando se organice un determinado evento o se lance una campaña, el partido va a recurrir a Juan Pérez, delegado distinguido del municipio de Zumpango, para organizar las elecciones internas del partido, o va a recurrir al líder de la CNC de la localidad, que le garantiza quórum y manejo certero del proceso? Quizás es exagerado el ejemplo, pero planteado a la inversa la ilustración es todo menos exagerada: ¿cómo va a actuar un líder obrero o campesino cuando se aproxime la selección de candidatos para una elección: va a manipular a sus afiliados o va a convocar a un proceso democrático donde por lo menos la mitad de los delegados van a ser ciudadanos sin representación corporativa (y a los que él no controla)? Uno puede llegar tan lejos como desee, el problema es el mismo: no se puede ser un partido de corporaciones y de individuos a una misma vez. En apariencia el PRI siempre ha sido las dos cosas; la historia demuestra que, en realidad, sólo ha sido una. Se trata, en realidad, de dos estructuras mutuamente excluyentes. Lo más probable es que, mientras coexistan, la parte ciudadana no va a tener peso alguno en tanto que el componente corporativo va a intentar derrotar los objetivos reformistas. No se puede lograr una reforma si no se está dispuesto a pagar el precio de la misma. Por lo tanto, en la medida en que el objetivo sea no optar, el problema de legitimidad electoral permanecerá intacto.

La asamblea arrojó un sin número de propuestas que pueden ser interpretadas de muchas maneras. Destacan cuatro ideas centrales: descentralización y fin de la interferencia del partido nacional sobre las organizaciones locales; programa económico que persiga el bienestar popular; fin a la afiliación obligatoria y libre afiliación sin pertenecer a sectores; y limpieza en la selección de candidatos. Uno puede interpretar estos planteamientos como novedades o puede tratar de identificar los viejos vicios escondidos tras cada una de estas afirmaciones. Basta un ejemplo: en una de las mesas de trabajo más controvertidas se decidió eliminar la influencia del centro en las decisiones locales. La postura reflejaba el rechazo a las imposiciones, al dedazo, etcétera; el problema es que nada garantiza que, en donde todavía prevalecen las viejas estructuras económicas y sociales, no se fortalezca el cacique local y regional, sustituyendo la influencia que antes ejercía el PRI nacional. En cambio, en los estados más dinámicos y activos, el caciquismo hace mucho que dejó de tener la posibilidad de ser; es lógico que sea en esos lugares donde surgen las mayores demandas de cambio. Lo mismo podría especularse sobre los demás planteamientos.

Las asambleas no son lugares para generar nuevas ideas o para llevar a cabo ejercicios democráticos profundos. Desde Robert Michels es evidente que las asambleas tienen propósitos muy distintos: son ocasiones para anunciar cambios que ya fueron cocinados de antemano o son oportunidades para crear el ambiente propicio para iniciar cambios que se gestarán a partir de ese momento. No hay la menor duda de que, independientemente de cuál haya sido el objetivo inicial, si el PRI va a cambiar será a partir de la asamblea. Cualquier cosa que haya sido cocinada de antemano, fue evidentemente pequeña en comparación con lo que la asamblea logró. Pero deja sobre dudas lo que quiere hacer. ¿Podrá lograrlo?

Los resultados oficiales de la asamblea son confusos y contradictorios, algo lógico cuando uno observa la conformación de intereses del partido. Pero no por ser explicable el resultado, es menos difícil la tarea de reforma. Las confusiones y contradicciones son producto de los intereses que se oponen a la reforma, lo que no va a variar hasta que se eliminen esos intereses. Las conclusiones de las mesas no dejan lugar a dudas sobre la problemática del PRI: la ideología profunda de Los delegados es la del viejo sistema político y todavía le falta mucho para asimilar los objetivos que persigue el régimen en la reforma económica. Igual que en el ámbito económico, donde el gobierno ha tenido que lidiar de frente con los intereses que se oponen a la reforma, dentro del PRI el problema consiste en definir el camino y obligar a los intereses a someterse o quedar fuera. Si eso ocurre, ¿qué pasará con la base política del régimen?

Hasta este momento, el gobierno se ha apuntalado en las bases tradicionales para llevar a cabo los cambios políticos y económicos que constituyen la esencia de su gobierno. Si son las bases tradicionales (los sectores) quienes se oponen a la reforma del PRI, entonces ¿cuál va a ser la nueva base política del gobierno? Esta interrogante es todo menos irrelevante. Detrás de la reforma del PRI se esconde la esencia del sistema político mexicano: el control sobre las bases políticas es lo que le ha conferido al sistema presidencialista su base de apoyo y legitimación. Hoy en día esa base sirve de control efectivo pero ha perdido su capacidad de legitimación.

Es evidente que el Presidente ha estado trabajando muy activamente para construir una nueva base de apoyo político desde que accedió a la presidencia. Apoyado en las bases tradicionales, llevó a cabo los cambios que consideró necesarios para poder iniciar la reforma económica. En el camino, se ha dedicado a crear una nueva base-política, particularmente a través del programa de Solidaridad. La naturaleza de estas bases es radicalmente distinta a las tradicionales del PRI en un sentido fundamental: las bases priístas son resultado del control vertical en tanto que las bases de Solidaridad están concebidas para estructurarse como vehículos modernos de organización social (lo que no necesariamente es equivalente a que así estén funcionando en general o en todas partes). El planteamiento político detrás de Solidaridad parece ser el de crear núcleos organizacionales que se fundamenten no en la coerción y el control sino en la responsabilidad.

El esquema de crear núcleos y organizaciones responsables sin recurso al control vertical es, por definición, el mecanismo natural de estabilidad política en las sociedades desarrolladas: el poder descentralizado requiere de organizaciones, personas, empresas, sindicatos e instituciones responsables en cada uno de sus ámbitos. Un país descentralizado no puede mantenerse estable si no cuenta con este tipo de factores de estabilidad a lo largo y ancho de la sociedad. Otra manera de ver este mismo esquema es preguntándose qué es lo que podría reemplazar la función de los sectores priístas en una sociedad moderna. Le guste o no al PRI, la sociedad mexicana es cada vez más diversa y descentralizada, lo cual anuncia la muerte, tarde o temprano, de los sectores corporativos. La única opción para mantener la función que esos sectores lograban -mantener la estabilidad política- es la de reorganizar a toda la sociedad, sea cual fuere el partido en el poder.

Para el PRI el dilema es muy simple de conceptualizar, pero muy difícil de aceptar. Su función de control político sigue siendo muy efectiva e importante en el proceso político nacional. Mucho de la reforma económica habría sido inmanejable sin la estructura de control con que cuenta el PRI. Por otra parte, la función electoral es un desastre que no sólo no trae legitimidad, sino que le acrecienta los problemas de credibilidad al gobierno en forma constante. Por otra parte, la reforma económica está minando la estructura sindical y, con ello, la función de control del partido. Todo es cuestión de tiempo, pero puede ser mucho, años o lustros. El dilema se toma evidente: ¿cómo abandonar a los sectores que todavía mantienen el control (y por consiguiente la estabilidad) en aras de una legitimidad electoral que puede truncarse o ser pasajera? El control político funciona en tanto que la legitimidad electoral está lejos de ser convincente -independientemente del partido de que se trate-. 

El problema es que la conclusión fácil de este dilema es que se prefiere el control: más vale pájaro en mano que cientos volando. Tarde o temprano, el control va a ser insostenible porque la sociedad está avanzando hacia una creciente diversificación de fuentes de poder. Las grandes pirámides corporativas respondían a la realidad mexicana de hace sesenta años; hoy en día la sociedad es diversa y está diversificada. El poder político tendrá que responder a esa simple y llana realidad.

La estructura original del PRI respondió a las realidades y necesidades del país en el periodo postrevolucionario. Hoy en día esas realidades han quedado atrás. El PRI subsiste porque la estructura económica permanecía intacta y porque no había tenido competencia política efectiva. Una vez que la realidad social, económica y política cambió, el PRI enfrenta una crisis severa que le obliga a transformarse para sobrevivir. Las dificultades de esa transformación son avasalladoras, lo que hace atractivo adoptar cursos intermedios, aunque no lleven a ninguna parte. Solidaridad, por su parte, todavía no muestra signos claros que permitan suponer que va a convertirse en una base de poder efectiva para el futuro. Tarde o temprano los limites de la estructura tradicional serán imponentes. Si el PRI no los desechó para entonces y consolidó la nueva base social, su muerte será inevitable. No hay ninguna razón para afirmar que así tiene que ser y nadie puede saber lo que va a ocurrir. Pero es evidente que a menos que el PRI sustituya las viejas estructuras burocráticas por mecanismos como los implícitos (y teóricos) en Solidaridad, ese partido habrá tenido un gran pasado pero no un futuro. Cuando eso ocurra, si es que ocurre, la cuestión crucial será si las nuevas estructuras extra-PRI serán lo suficientemente sólidas como para sustentar la estabilidad política. ¿Quedarse a velar un cadáver o jugársela con un esquema descentralizador y antiburocrático? De una o de otra manera, tendrá que decidirse a dar el salto mortal.

Luis Rubio. Director del Ibafin. Ha colaborado en nexos anteriores.

Hacia 1991: Conflicto y legalidad electoral

El texto que sigue es la transcripción editada de dos programas de nexos TV: el primero fue sobre las pasadas elecciones locales de Uruapan, Michoacán, como un caso típico de conflicto en una zona particularmente conflictiva -ver, en este mismo número, el reportaje de Sergio Mastretta sobre La cuenca cardenista-, y el otro sobre el nuevo Código Federal Electoral que acaba de entrar en vigencia. Pero todo apunta hacia 1991: la apuesta a la capacidad de los partidos, del gobierno y de los ciudadanos para dirimir los conflictos y las diferencias en un marco acordado. Uruapan aún está presente pero el futuro, también, es hoy.

Juan Miguel Alcántara es diputado federal del Partido Acción Nacional y coordinador de la diputación panista en los trabajos sobre la nueva legislación electoral. Jorge Alcocer es miembro del Consejo Nacional del Partido de la Revolución Democrática, y comisionado por ese partido ante la Comisión Federal Electoral. Rolando Cordera, economista, miembro del consejo editorial de nexos y conductor de su programa televisivo. Gerardo Medina, periodista; es de nuevo diputado federal por el Partido Acción Nacional. Santiago Oñate, miembro de la Asamblea de Representantes del Distrito Federal, miembro del Comité Ejecutivo Nacional del PRI. José Woldenberg, periodista, profesor de la UNAM, miembro del Consejo Editorial de nexos.

I

Rolando Cordera

Le preguntaríamos a Jorge Alcocer: ¿vamos a seguir de conflicto en conflicto en la Cámara, en las localidades y quizás en las elecciones federales? ¿Uruapan puede ser ubicado como una de las últimas anécdotas de procesos electorales que nadie quiere, o sigue formando parte de una regla indeseable?

Jorge Alcocer

Decimos lo de siempre: lo importante era que los votos cuenten y se cuenten y que haya respeto a la voluntad ciudadana, como única forma constitucional de establecer el gobierno de la república en sus distintos niveles. Yo en lo personal, y mi partido, el PRD, vemos con mucha preocupación la ausencia de acuerdo entre las fuerzas políticas, en particular con el Partido Revolucionario Institucional, sobre las reglas que den certidumbre y confiabilidad para arribar a ese objetivo.

¿Cómo hacer para que la normatividad electoral sea un punto de partida que genere nuevas prácticas, nuevos compromisos, nueva confianza en la sociedad? Eso es lo que no hemos logrado hasta el momento. Estamos en un riesgo: que la reiteración del conflicto electoral termine, por un lado, alejando a la ciudadanía porque los procesos electorales no sean confiables, y porque la ciudadanía no crea que su voto será respetado y porque los partidos políticos estamos metidos una y otra vez en el mismo conflicto: ¿quién dice verdad, quién hace propaganda? Lo que el caso de Uruapan, a mi juicio, enseña, es que requerimos una legislación electoral que permita tener a todos certidumbre en los resultados.

Gerardo Medina

El problema electoral en México no es un problema de leyes, es básicamente un problema de voluntad política. Una elección puede ser formalmente legal y resultar profundamente sucia cuando no hay una ley que sea, en la letra y en la aplicación, lo suficientemente sencilla y que a la vez permita dar a las elecciones la transparencia que todos desearían. Pero por otro lado, hemos llegado a pensar que se puede tener una buena elección con una ley no muy buena, cuando hay una suficiente voluntad para hacerla limpia. Dicho de otra manera: la legalidad es la forma, y la veracidad, o autenticidad de la elección, es el fondo. La legalidad puede ser, dicho de otra manera, el celofán de brillantes colores o la caja muy hermosa que guarde una inmundicia.

Santiago Oñate

El problema electoral está en el centro del diagnóstico, aunque no es el único de los problemas que enfrenta la mayor democratización del país. Las elecciones deben contar y ser la base legítima, única para constituir los poderes públicos. Ningún partido político pone esto en tela de juicio; las dificultades empiezan en la manera de concretar esos elementos. Y en este conflicto, como dice Jorge Alcocer, el punto es distinguir entre verdad y propaganda, contar con mecanismos de certeza para establecer la regularidad de un proceso electoral y para establecer también, y sancionar, las anomalías, vicios o triquiñuelas que, como en toda práctica social, pueden registrarse. Y en el caso mexicano, se registran. Esto supone una nueva actitud de los participantes.

Hay una interdependencia entre las prácticas y las normas, pero ahí los partidos tenemos una cuenta pendiente con la sociedad, en la manera en que hemos discutido las elecciones, en la manera en que las hemos planteado. Un punto de avance significa aclarar cómo vamos a resolver, como partido, un conflicto electoral.

Rolando Cordera

Los actores políticos, supuestamente los responsables de tejer esta nueva red de relaciones políticas que llamamos democracia con certidumbre o transparencia, van de conflicto en conflicto. El caso de Uruapan, en Michoacán, es un caso típico. En Uruapan hubo una elección que fue anulada Se convocó a nuevas elecciones, se revisó el padrón electoral con participación de los partidos. Los partidos participaron en las casillas, las vigilaron, firmaron un alto porcentaje de las actas, y luego se dijo que había fraude y que esa elección era fraudulenta. Lo dijeron dos de los partidos que participaron en la revisión del padrón. ¿Qué podemos decir de eso?

Santiago Oñate

En México cualquier elección es un buen ejemplo para ver cómo se genera un litigio y cómo se discute. La elección de Uruapan fue anulada. Se convoca a una nueva. El PAN detecta, inicialmente, que es necesario revisar el padrón electoral. Se diseña un mecanismo específico al respecto y los partidos intervienen con un gran número de representantes. Particularmente el PRD tiene una gran presencia en estos cuerpos; el PAN y el PRI también participan con menor número. Se va levantando un conjunto de actas para verificar si quienes aparecen en el padrón electoral viven o no en un sitio determinado o no viven ahí. Se descubre que muchos no viven ahí, y que son evidentes deficiencias de un padrón electoral. Se procede, entonces, a cancelar esas inscripciones pero no se recoge la credencial del ciudadano.

Esa credencial queda en poder de alguna persona, que después puede venir y decir: yo estoy empadronado y quiero votar. El no se ha enterado que lo tacharon del padrón electoral; o se enteró, lo objetó y no fue subsanada su gestión. Pero el secreto del padrón electoral es éste: que el que deba votar, vote. En Uruapan se hizo un esfuerzo, hubo algunas deficiencias. No creo que esas deficiencias sean significativas para todo el proceso. Hay acusaciones, desde luego, en contrario, pero tales acusaciones se manejaron con posterioridad a la realización de una elección que fue vigilada: se tienen actas y documentos con participación de los partidos políticos. Creo que el problema está en el método y en el momento de discutir las cuestiones. Hace falta claridad en la discusión de los conflictos.

Jorge Alcocer

El problema de Uruapan es muy ilustrativo. La primera condición para que haya elecciones limpias en México es un padrón limpio, confiable, en donde nadie quite ni ponga gente con objetivos no legales. Nosotros tenemos pruebas, las hemos entregado a la Comisión Federal Electoral, de que en este caso por lo menos cuatro mil trescientos ciudadanos fueron dados de baja de manera indebida.

Rolando Cordera

Pero el PRD aprobó ese padrón.

Jorge Alcocer

Tanto como aprobarlo, no. Los partidos participamos en la inspección del trabajo físico, casa por casa; pero eso se modificó en el momento de capturarlo en las computadoras. El problema fundamental es que en sesenta y ocho de cien casillas instaladas en el municipio de Uruapan, presidentes de comités seccionales del PRI fueron nombrados funcionarios de las mesas directivas, y cincuenta de ellos fueron nombrados presidentes de las casillas. ¿Quién los nombró? El presidente del Comité Municipal Electoral, a manera individual. Ese no es un procedimiento sujeto a la decisión colegiada colectiva. El Comité Municipal nombra a sesenta y ocho priístas y, casualmente, en cuarenta de esas sesenta y ocho casillas el PRI duplica, triplica o cuadruplica su votación respecto de las elecciones en diciembre.

Se podrá decir: eso no está prohibido en la ley. Pero entonces aceptemos que hay un problema en la ley, porque la elección no puede ser confiable cuando la mesa directiva de casilla la preside un ciudadano tan comprometido con un partido político como es su presidente del comité territorial respectivo.

Gerardo Medina

Todos coincidiremos en que una elección tiene tres momentos. Uno de preparación, otro de votación y otro de calificación. Cada uno de ellos forma parte de un proceso. Cuando se falla en cualquiera de las tres etapas, no puede hablarse de elecciones limpias.

Rolando Cordera

¿Cada etapa define el conjunto del proceso?

Gerardo Medina

Absolutamente. Es lo que explica por qué, en las mesas electorales de Uruapan, hay firmas de los representantes de los partidos. Eso de ninguna manera avala, justifica, explica toda la etapa de la preparación. En la preparación el padrón es definitivo. No es posible pensar que de un padrón supuestamente revisado, en el que se dieron treinta y cuatro mil movimientos, entre altas y bajas, pudiera esperarse lo que sucedió: que casi seis mil gentes, teniendo credenciales, se quedaron sin poder votar. Hay actas notariales con el padrón cuyas listas definitivas no se entregaron a los partidos, sino solamente se manejaron en las casillas.

En la preparación se involucra otro elemento vital: la interación de los órganos electorales. Si la preparación es deficiente todo el proceso se vicia y deja de ser confiable. Por eso, la composición de los órganos electorales debe guardar un mínimo de equidad. Si no la hay, el clásico mayoriteo es el que define los resultados electorales. Por ejemplo, en Uruapan se puso a votación si se daba o no la palabra al comisionado del PAN y se puso a votación si se aceptaba un escrito del PRD, y la mayoría, casualmente priísta, dispuso que no. Que si querían hablar lo hicieran al final. ¿Cómo confiar en un proceso electoral que desde el principio se forja de esa manera?

Rolando Cordera

Podríamos ahora pasar de Uruapan a la perspectiva de lo que se va a dirimir en el país entero.

Santiago Oñate

El padrón es fundamental, lo mismo que la cuestión de los órganos electorales. Por eso el PRI, en la legislación federal, propone una mayor neutralidad, una capacitación y una integración que asegure la imparcialidad de estos funcionarios.

Rolando Cordera

¿Cuál sería la base de esta neutralidad?

Santiago Oñate

Introducir criterios que capaciten a un conjunto determinado de ciudadanos; de ahí, a una selección de los mismos hecha por el órgano que deba de escogerlos por cualquier método, sea este aleatorio, como puede ser su insaculación, o sea mediante un sistema en el que se objete a algunos y se deje a los que no se objeta. Hay que discutirlo para evitar las cuentas anticipadas: de que si le tocaron veintiséis casillas a este partido, doce a este otro y cuatro a aquel, pues va a ganar el que tiene veintiséis. Esto entraña una seria desconfianza de los partidos hacia los ciudadanos y es algo que me parece muy riesgoso.

Ahora: como señala Gerardo Medina, tenemos tres etapas. Hay que discutirlas una por una, y definir en su momento si han quedado bien o mal realizadas, y no esperar hasta el final para invocar algo que ocurrió hace meses y que fue parte de la preparación. Porque entonces esto afecta un acto público en el que la ciudadanía puso su confianza. Si no aprendemos a discutir con una gran seriedad sólo contribuiremos al clima de incertidumbres que no beneficia, precisamente, a la democracia.

Jorge Alcocer

Hay necesidad de calificar un asunto. La propuesta que hizo el Partido Revolucionario Institucional en la Cámara de Diputados sólo cambia las formas de control, pero no resuelve el problema de la confiabilidad. Por eso no hay acuerdo político. Se requiere una norma que nos dé seguridad a todos, pero sobre todo a los ciudadanos. Que ese sea el punto de partida. El problema de la propuesta priísta es que sólo transfiere el control que hoy tiene el PRI sobre todos los organismos electorales y se la pasa al Presidente de la República, para que el presidente de la República nombre un conjunto de funcionarios que ahora tendrán el control. En México tenemos otro problema a resolver: la vinculación del partido mayoritario con los órganos de gobierno. Requerimos órganos imparciales, también casillas en donde sean los ciudadanos, como lo dice la Constitución, quienes integran la mesa directiva. Pero si esos ciudadanos son escogidos de entre las filas priístas de manera dolosa, no hay confiabilidad. Y si, además, hay un tribunal electoral en el que no hay magistrados confiables por su imparcialidad y porque la ley les dé los mecanismos para aplicar la justicia electoral, vamos a seguir trabados en el conflicto y en ese conflicto quienes pierden son los ciudadanos.

Rolando Cordera

Y también los partidos.

Jorge Alcocer

También los partidos. Pero entonces el compromiso de los partidos políticos debe ser con la democracia y con los ciudadanos, en beneficio de un sistema de partidos que le permita al país transitar hacia el futuro con seguridad en los mecanismos constitucionales.

Gerardo Medina

Desde antes de las elecciones debe establecerse una clarísima equidad en la disponibilidad de los recursos, tanto de los que provienen legalmente de fondos públicos, como de otros. El país avanzaría enormemente y se restablecería un poco de confianza en los procesos electorales si los partidos de oposición no tuviéramos que enfrentarnos, cada vez, no a un partido sino a todo el bloque del gobierno con siglas de partido político. El gobierno dispensa equipos, gente, fuerzas públicas en favor de un partido. Contra eso tenemos que luchar.

Santiago Oñate

Para nosotros, en el PRI, es vital la redefinición de nuestra relación con el gobierno, nuestra ubicación junto a los restantes partidos políticos, nuestra condición de partido entre partidos. Y son las demandas de quienes militan con nosotros. Eso tiene que instrumentarse y debe haber equidad en el acceso a una serie de bienes que no son de un partido político, que son de los mexicanos.

Rolando Cordera

¿El principio de equidad normaría también el proceso de constitución de la autoridad electoral para el PRI?

Santiago Oñate

Para nosotros, dar una nueva cualidad a los procesos electorales para que adquieran auténtica imparcialidad, supone su despartidización. El fenómeno electoral debe entenderse, sobre todo en su organización y preparación, como una tarea irrenunciable del Estado. Ahí deben de participar el gobierno, los ciudadanos y los partidos, con distintas cualidades. No creemos que un sistema pueda adquirir neutralidad si se deja todo el fenómeno electoral en manos de los partidos políticos.

II

Rolando Cordera

El 15 de agosto de 1990 se publicó en el Diario Oficial de la Federación el nuevo Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales. ¿En qué momento estamos de esa larga, complicada, a veces desesperante fase de reforma política, iniciada a fines de los años setenta en nuestro país? ¿Cuál es la visión de esta nueva normatividad?

José Woldenberg

Antes de adjetivar la nueva normatividad electoral tendríamos que ver cuáles son los puntos de avance que contiene y los puntos de retroceso; y los puntos, incluso, en donde no se ha llegado a ninguna resolución. La nueva normatividad sigue teniendo una serie de asignaturas pendientes que tendrán que reabrise en el corto plazo: por ejemplo, lo que se refiere a la integración del Senado de la República, al gobierno del Distrito Federal, y a los medios masivos de comunicación. Son asignaturas congeladas y reclaman una revisión.

Hay otra serie de temas en los que se han desechado fórmulas que podrían seguir jugando propositivamente en términos democráticos. Por ejemplo, las candidaturas comunes, que hoy se han suprimido, o la figura de las asociaciones políticas que igualmente quedan fuera de la legislación.

Sin embargo, si se respeta esta legislación tendremos una forma de organizar las elecciones y de computar los votos de mejor modo, con mayores grados de certeza que en el pasado. Las elecciones serán organizadas por colectivos mejor equilibrados; antes, desde el principio, una sola de las fuerzas, el PRI, tenía más votos que el resto de los partidos juntos y que incluso los representantes estatales en la Comisión Federal Electoral. Hoy existe un sistema de pesos y contrapesos mucho mejor. El hecho de que en la misma noche vaya a haber un recuento preliminar de los resultados de las casillas en el Comité Distrital, podrá dar mejores oportunidades para contar los votos desde un inicio. El padrón y la credencial de elector también son avances; el tribunal para desahogar lo contencioso electoral está mejor diseñado: con salas regionales, con jueces instructores y, sobre todo, con la capacidad de que sus resoluciones deban aceptarse.

Santiago Oñate

El Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales responde a muy claras demandas que habían venido formulando los partidos políticos, y los estudiosos del fenómeno. Se logró una organización imparcial que, en su estructura, tendencialmente permitirá organizar bien las elecciones. Esto va desde los niveles superiores hasta los niveles de casilla. También se consolidó la función ciudadana en las casillas, la presencia de los partidos, la facilidad para llegar a un resultado y, como señalaba José Woldenberg, el hecho de dar a conocer los resultados la misma noche del día en que se hayan realizado. Finalmente, se encomienda la contienda electoral a un órgano también imparcial, con carácter netamente jurisdiccional, que puede decidir por encima de las partes, con decisiones apegadas a derecho y no decisiones de presión política. Creemos que al Código habrá de sumarse una nueva actitud, de la cual depende ahora el que estas normas tengan plena eficacia en la transformación democrática.

Jorge Alcocer

Esta es la tercera vez, en diez años, que en México se hace una ley electoral: 1979, 1986, 1990. Y en los tres casos, hay que reconocerlo, hubo avances. La ley de 1979 abrió participación de partidos. La de 1986 amplió el número de diputados y la participación de las minorías en el Congreso. En la ley de 1990 hay avances también. Pero en los tres casos quedan cosas pendientes.

Después de diez años, hay temas que no acaban de ajustarse y cuando, después de la norma, viene la práctica, aquello que no ajustamos se nos revierte y deja mal sabor de boca a la hora de ir a la verdad en las elecciones. En el nuevo código hay cambios positivos, pero no sólo quedaron grandes asignaturas pendientes, como las que señalaba José Woldenberg, sino problemas que atentan contra la seguridad del sufragio y contra el respeto al voto. Por ejemplo, la casilla electoral. Quiero hacer notar que estuvimos muy cerca de un gran acuerdo nacional. El PRD estuvo a un paso de dar su voto aprobatorio y estampar su firma en el acuerdo. ¿Por qué no fuimos al acuerdo? Por dos problemas centrales: en ese código se vulnera el sistema de seguridad al voto con la manera de integrar las casillas electorales. Hay una posibilidad de manipulación contenida en el código, en la integración de la mesa. Y, por otro lado, el gran tema de la imparcialidad de los organismos electorales sigue siendo un tema a debate.

Juan Miguel Alcántara

Las nuevas reglas de los procesos electorales garantizan los dos objetivos importantes en los procesos electorales. Primero, imparcialidad y trato equitativo entre los partidos políticos: que el partido del Estado deje de serlo, que ya no se nutra ni de los recursos públicos ni del trabajo de funcionarios públicos. Segundo, que el día de la elección el ciudadano tenga la garantía de que su voto va a ser respetado.

¿Qué avances podrá reconocer la ciudadanía en esta nueva ley electoral? En primer lugar, habrá una nueva credencial de elector y un nuevo padrón electoral con elementos que garantizan la seguridad de que en este padrón están realmente los que son y no están los que no deben estar. A partir de ahora, el padrón electoral tendrá un documento en el que el ciudadano estampará su huella, su firma y, en su caso, la fotografía.

Por otro lado, se han eliminado circunstancias que afectaban al voto. Ahora es posible que el ciudadano forme parte de las mesas directivas de casilla. Se va a hacer un sorteo de todos los ciudadanos, y se va a escoger al veinte por ciento de casa sección electoral. Se eliminarán las condiciones de que sean los seccionales del PRI los que integren las mesas directivas de casilla. Hay otros elementos de seguridad: las boletas que van a usarse se van a sellar en la casilla electoral antes de iniciar la elección para evitar el taqueo y los carruseles de votos.

Y hay otras cuestiones fundamentales. El pueblo de México sabe que las elecciones, efectivamente, las organizaba la Secretaría de Gobernación con un órgano, la Comisión Federal Electoral, en la que estaban todos los partidos; pero quien realmente realizaba los procesos electorales era la Secretaría de Gobernación con apoyo de las secretarías de gobierno de los estados.

Santiago Oñate

Hay otro cambio sustancial en el aspecto de los órganos imparciales. Al respecto, el desarrollo de la ley en nuestro país había consistido en considerar que los organismos adquirían tendencialmente su imparcialidad en la medida en que su integración se iba volviendo, prevalentemente, de los partidos políticos. En el nuevo código se reconoce a la función electoral como una función estatal, no del gobierno. Se crea un organismo dotado de autonomía, con patrimonio propio, integrado por funcionarios que van a estar revestidos de profesionalidad: representantes de partidos políticos y ciudadanos. Sobre la integración de la casilla, la ley prevee efectivamente la posibilidad de que se haga una insaculación de los ciudadanos que son electores de ese lugar. Quienes resulten en este proceso de selección serán capacitados y evaluados objetivamente.

Rolando Cordera

¿Quién los va a evaluar?

Santiago Oñate

La junta que los capacite. La junta es un organismo creado por funcionarios electorales, funcionarios profesionales dotados de estabilidad, fuera de vaivenes sexenales. Y los partidos actúan como un órgano de vigilancia, si así lo desean, de todo el proceso de formación e insaculación y de todo lo ordenado por el Artículo 193, segundo inciso, que contiene. Ahora, sobre la presencia del Ejecutivo en esta organización, quienes objetan el procedimiento dicen que, en última instancia, el Presidente de la República no sólo es un priísta sino que es el líder de ese partido. Nosotros estamos ciertos de que funciones de esta trascendencia se ejercen como Jefe de Estado, con las responsabilidades que esto conlleva.

José Woldenberg

Ahora habría que ver cada uno de los eslabones del proceso electoral: cómo se elabora el padrón, como se expiden las credenciales, de qué manera se organizan las elecciones, desde la casilla hasta el Consejo General. Ver de qué manera se hace el cómputo de los votos, de qué manera se hace la emisión misma del voto, y de qué manera se califican las elecciones. Pero trataré de hacer una comparación muy sintética de cómo era antes y de cómo ahora hay un mejor sistema de pesos y contrapesos. Antes, en la Comisión Federal Electoral estaba el secretario de Gobernación. Hoy, en el Consejo General volverá a estar el secretario de Gobernación. Antes había una representación del Poder Legislativo, que eran un diputado y un senador, y siempre fueron del PRI. Ahora, los representantes estatales pueden venir de varias fuerzas políticas: por ley, en la Cámara de Diputados la mayoría elegirá uno y la minoría mayor otro, es decir: los diputados serán del PRI y del PAN, y los senadores del PRI y del PRD. Antes había una representación proporcional de los partidos, que en 1988 nos llevó a la siguiente situación: el PRI tenía dieciséis representantes y todos los demás partidos doce en total, de tal suerte que si los funcionarios estatales se hubieran sumado a esta eventualidad, (muy poco probable), de todas maneras el PRI era mayoría. Ahora el PRI tendrá, por la nueva fórmula, cuatro representantes, el PAN dos y uno los otros partidos.

¿Como se nombrará a los seis magistrados? En efecto, a proposición del Presidente de la República, pero con el voto de las dos terceras partes de la Cámara de Diputados. Y el Presidente de la República está obligado a mandar no una lista de seis sino, cuando menos, de doce magistrados: ahí se vuelve a abrir un espacio para que las fuerzas políticas nombren a un magistrado por consenso; si las fuerzas políticas distintas al PRI no concurren a esa votación, los candidatos del Presidente tendrán que ir a la insaculación, y en ese sentido, todo este sistema de pesos y contrapesos, si se quiere con un cierto grado de barroquismo, se vendría abajo. Pero creo que, políticamente, está diseñado para que esas propuestas puedan ser acordadas por los partidos y para que el arranque sea bueno.

Juan Miguel Alcántar

Me llama la atención que Santiago Oñate pondere como avances de la ley lo que fueron propuestas del PAN. Nos costó mucho trabajo que los diputados del PRI las aceptaran. Para el PAN es satisfactoria, hasta cierto punto, la ley. De las tres etapas que tenía esta reforma política acabamos de cruzar la penúltima (muy ligada con la que va a ser la definitiva) en el punto de garantizar la efectividad del voto. Me quiero imaginar una vía del tren. En un lado tenemos una vía, que es la ley. La otra vía será la voluntad del gobierno y del PRI de someterse a esa legalidad. En tanto haya voluntad para ir al parejo de lo que marca la ley, existen condiciones para que este país transite pacíficamente a la democracia. Pero, en el momento en que el gobierno o el PRI se alejen de la legalidad, de lo que está expresamente señalado en el nuevo Código Electoral, en ese momento se descarrila toda posibilidad de transición democrática. No hay que crear expectativas exageradas con esta nueva ley.

Ahora: al hacerse a un lado a la Secretaría de Gobernación en la ejecución de los procesos electorales, se logró crear el embrión de un cuarto poder. Junto con los tres poderes federales, ya existe en México, en la ley reglamentaria, un cuarto poder: si la ley se interpreta y se aplica a la letra, el Instituto Federal Electoral y el Tribunal Federal Electoral no dependen ni del Poder Ejecutivo ni de ninguno de los otros poderes. Hay, evidentemente, los equilibrios y las necesarias cooperaciones entre poderes, como lo hay en cualquier Estado de Derecho, para designar a los integrantes de estos dos órganos. Tiene que haber una colaboración en punto de designar quiénes forman los órganos decisivos de este nuevo poder electoral, y creo que esto no se ha resaltado con la suficiente claridad. Para mi, este es el aspecto estructural de esta reforma política: ¿dónde están todos los demás mecanismos de seguridad para designar quiénes formarán los órganos electorales?

Jorge Alcocer

Soy más escéptico. Si hacemos el análisis, como lo hace Woldenberg, y comparamos esos contrapesos con lo que teníamos antes, coincidimos. Pero la realidad se nos atraviesa con la teoría la separación del PRI y del Estado. No lo digo yo: los priístas señalan al Presidente de la República como el líder nato del PRI.

Entonces, los otros partidos tenemos un problema de confiabilidad. No es un problema de contrapesos sino de cómo vamos a transitar para deshacer ese nudo gordiano de nuestro sistema político.

Ahora no sólo soy escéptico, sino que creo que cometieron una absoluta arbitrariedad en la integración de los consejos locales y de los consejos distritales. En esos órganos, que reproducen el organismo de dirección electoral a nivel de cada entidad federativa y de cada distrito, se les ha otorgado voz y voto a los funcionarios ejecutivos. Se ha creado un organismo híbrido en el cual un funcionario que técnicamente está al servicio del organismo, ahora forma parte del organismo, y tiene voz y voto. El director de esa burocracia que es el IFE no vota en el organismo superior, pero sus subordinados tienen voz y voto en los organismos inferiores. Es una barbaridad que sólo se explica por el interés del PRI y del gobierno en mantener una correlación de fuerzas dentro de los organismos. Nunca se nos pudo explicar la razón lógica por la cual se vulneró de alguna manera la integración de los organismos, como no fuera que se necesitaban once votos de un lado y diez del otro. Todos los partidos diez, incluido el PRI, y once del otro. Eso se llama vulnerar la seguridad y poner en riesgo la imparcialidad. Por eso el PRD propuso que esos dos puntos se cambiaran, que se hiciera la segunda insaculación en casillas para garantizar la imparcialidad completa.

No pretendemos que se insacule todo, sino que haya un sistema que dé seguridades. ¿Qué examen se les va a hacer a los ciudadanos de las mesas? Si es el veinte por ciento, estamos hablando de diez millones de ciudadanos. ¿Quién va a aplicar diez millones de exámenes en este país? Una observación sobre lo que dice Juan Miguel Alcántara: se ha hecho a un lado a la Secretaría de Gobernación. Yo digo que se le ha hecho tan de lado que el secretario de Gobernación preside todo.

Juan Miguel Alcántara

Las elecciones pasadas, hasta la de 1988, las ejecutaba todo el personal de la Secretaría de Gobernación con auxilio de los secretarios de Gobierno de los estados e incluso con el auxilio de las presidencias municipales de ciertos lugares. ¿Qué es lo que queda de esa presencia de la Secretaría de Gobernación? Lo único que queda es que de veintiún miembros que tendrá el Consejo General, uno de ellos representará al Poder Ejecutivo, y será el secretario de Gobernación quien presidirá el órgano. Pero ningún otro personal de la Secretaría de Gobernación, cuando menos desde el punto de vista de la ley, podrá tener ingerencia en los procesos electorales.

Rolando Cordera

¿Y la constitución de la autoridad en el plano local y de los estados?

Santiago Oñate

En eso tuvimos distintas discusiones y distintas posiciones. Para nosotros, la idea de los nuevos organismos electorales está regida por el principio de profesionalidad, por el principio de que se integre con funcionarios de un servicio profesional, dotado de estabilidad, capacidad, e instrumentos para llevar adelante sus tareas. Aquí, la discusión permanente con el PRD ha sido el rechazo de ellos a este tipo de funcionarios; tan es así que Jorge Alcocer hablaba aquí de burocracia, con el tono despectivo que se da a la palabra burócrata. No se concibe un servicio profesional, no se quiere. Se prefiere la negociación directa, la presión entre los partidos. No es eso lo que buscamos; estamos por una institucionalización.

Las juntas locales ejecutivas van a sesionar y van a elaborar todo un proyecto que se lleva al Consejo. Ahí el proyecto se discute con los consejeros ciudadanos y con los representantes de los partidos, y se vota cuando hay que anotar decisiones. Sí van a votar los miembros de la Junta Local Ejecutiva. Yo no encuentro en este modelo un motivo de objeción tan grande como para haber evitado que este país tuviese una ley electoral avalada por todos los partidos políticos.

José Woldenberg

En relación al sistema profesional electoral, el asunto va más allá del voto. Se está tratando de innovar en un sentido, de forjar una nueva forma de reclutamiento, de capacitación y de funcionamiento de funcionarios electorales ahora que serán del Instituto Federal Electoral y no directamente de la Secretaría de Gobernación. Para resumirlo en una frase: si este cuerpo profesional es realmente un cuerpo de Estado, podrá ser imparcial; si es un cuerpo gubernamental, evidentemente no lo será. Yo veo que ahí está el centro del asunto, más que en el sentido del voto, así lo veo yo.

Por desgracia, no hemos arribado a una legislación electoral que deje satisfechos a todos, y creo que este es uno de los puntos fundamentales para el litigo democrático: un marco regulador que dé garantías a todos los participantes, que lo compartan y que a partir de ahí arranque la contienda.

Otras cosas pendientes son el asunto de la autocalificación y la fórmula para la asignación de los diputados plurinominales a partir de esta llamada primera proporcionalidad, que tiende a beneficiar a los partidos más pequeños. Pero yo pondría esto último en otro rango.

Jorge Alcocer

No es un asunto menor, ni de mera interpretación, si los funcionarios deben rotar o no. José Woldenberg dice: si actúan como funcionarios de Estado, actuarán imparcialmente. Yo digo: si actuaron como funcionarios de Estado no deberían votar, porque los organismos electorales en los que participan no solamente preparan el proceso sino que ahora, también, van a tener una fase de calificación, puesto que ahí se va a decidir a quién se le entrega la constancia de que ganó. El PRD propuso una fórmula distinta que mantenía once votos, que no eran de partido, contra diez votos de partido. Pero la respuesta que nos dieron es: ¿y quién representa al gobierno? Fue la respuesta del comisionado del PRI cuando propusimos quitarle el voto a los funcionarios: Woldenberg aspira a que sean de Estado y el PRI nos dice que representan al gobierno.

Rolando Cordera

En la prensa apareció algo que tenía que ver con la idea de que será penalizada cualquier información, cualquier especulación que se dé sobre los resultados electorales. Esto surgió también en las sesiones de la Cámara de Senadores.

Santiago Oñate

Es sumamente importante tratar este tema porque, como otros de la discusión electoral, parecen traer más atención cuando son asuntos menores que cuando son claras distorsiones de lo que está dicho en la norma. No es una norma para los perredistas o los estudiosos de la materia electoral. Aprobada por el Congreso, esta norma tiene como sujeto activo al funcionario partidista que de manera dolosa desvirtúa y propala hechos falsos en tomo a las elecciones, hechos falsos en tomo a las cifras electorales. ¿Qué quiere decir esto? Estar diciendo que ya se robaron dieciséis urnas correspondientes casillas, cuando esas urnas están instaladas y funcionando. Habrá sanción penal cuando este tipo de noticias se propale para crear un movimiento de inconformidad o generar algún tipo de disturbio, cuando no haya elementos de base.

En segundo lugar habrá sanción penal cuando el funcionario partidista propale dolosamente noticias falsas sobre los resultados oficiales contenidos en las actas de escrutinio y cómputo. Este valor es el valor de certeza que deben tener los ciudadanos. Esto no quiere decir que los resultados electorales no puedan ser impugnados; ni quiere eso decir que no se pueda ir al Tribunal de lo Contencioso Electoral a confrontar un acta. Lo que se está obstaculizando es la transmisión dolosa, la falsedad.

Rolando Cordera

¿Cuáles son las perspectivas, o incluso las conclusiones, del nuevo Código Electoral?

José Woldenberg

Toda normatividad puede ser juzgada en sí misma y puede ser juzgada por los efectos. A la letra, la nueva normatividad tiene avances importantes que no hay que minusvaluar en lo que se refiere a la organización y al cómputo electoral. El servicio profesional electoral, en buena medida, trata de salirle al paso a unas elecciones que siempre han sido diseñadas y organizadas desde la Secretaría de Gobernación. Como las elecciones no pueden tampoco ser organizadas por los partidos, se requiere de un servicio profesional electoral. Con esto no quiero decir que se haya solucionado el problema: habrá que evaluarlo y ver de qué manera se desarrolla. Pero creo que esa es la apuesta para las próximas elecciones.

Y el gran momento de prueba de esta legislación será 1991. No hay legislación que aguante si no existe la voluntad política de respetar y hacer respetar el voto, y si no hay un compromiso verdadero con la democracia, que en el terreno electoral quiere decir: respeto a la voluntad depositada en las urnas. 1991, al mismo tiempo, será el momento clave para hacer el balance, los ajustes y las reformas necesarias a esta normatividad que regirá los comicios.

Jorge Alcocer

Efectivamente, la ley está ahí; pero ahora pasamos al terreno de la práctica y si en la práctica no hay voluntad política de quienes, yo sostengo y mi partido sostiene, conservan el control del proceso electoral, entonces la norma no nos habrá permitido avanzar más que en el papel. Requerimos elecciones limpias, creíbles. Ahí hay una ley. Si con esta ley partidos y ciudadanos logramos garantizar presencia en las casillas y en los organismos, vigilancia ciudadana y vigilancia de partidos, habremos avanzado. En ese sentido, mi expectativa es más bien optimista.

Juan Miguel Alcántara

La democracia es una cosa muy seria como para dejarla en manos del gobierno solamente. Y los votos son algo muy serio como para dejarlo en manos de los partidos solamente, como quería el PRD. La tesis panista es que la responsabilidad de preparar las elecciones es tripartita: deben concurrir el gobierno, los partidos políticos y los ciudadanos. En este orden de ideas, hay que cumplir la parte de responsabilidad que tenemos, todos, en empujar la realidad de nuestro país hacia esa transición democrática.

Santiago Oñate

Nosotros vemos con gran optimismo esta nueva ley electoral, entre otras cosas porque es el resultado de compromisos serios entre fuerzas partidarias comprometidas con la democracia. Sabemos las dificultades para llevar ese acuerdo a cada uno de los partidos políticos, pero el acuerdo en el Congreso es mucho muy importante. Este nuevo ejercicio de discusión y elaboración puede ser base para una nueva práctica, también, de estas fuerzas comprometidas y de todos los partidos que intervienen en el proceso. Base de una mayor responsabilidad, de una mayor limpieza, pero también de una mayor seriedad frente al electorado. En el electorado es necesario dejar con claridad qué es una elección, cómo se gana, cómo se pierde, y no recurrir invariablemente a descalificaciones, a adjetivos que no pueden encontrar un sustento en la realidad y que no contribuyen al avance de la participación política. Confiamos en que esa nueva actitud se presente ya en 1991.

PRD: Para mirar el Congreso

CUADERNO NEXOS

EL Partido de la Revolución Democrática pasa ahora por momentos decisivos. En la víspera de su congreso debe precisar las grandes líneas de su perfil panidario, no sólo no tanto a nivel declarativo, sino en los trazos profundos de sus definiciones políticas centrales y en las del carácter de sus relaciones internas. La importancia del primer Congreso se deriva de que ahí tendrán un momento de resolución algunas de sus principales disyuntivas y contradicciones, lo que seguramente repercutirá en la imagen y plataforma del partido con vistas a las elecciones federales de 1991.

Más allá de las versiones catastrofistas de sus detractores, y del triunfalismo de sus apologistas, el PRD debe ser ahora objeto de un análisis más detallado de su naturaleza interna y de sus contradicciones, es decir, de aquello que actúa como el motor de su movimiento y define el territorio de sus límites y posibilidades. Esto es necesario porque, al margen del juicio que hagamos sobre su conducta política, es un hecho que conforma una de las principales fuerzas políticas del país.

El “partido que nació el 6 de julio” se ha venido constituyendo como partido en un proceso muy tenso y complicado, sometido al permanente asedio de sus enemigos (en el gobierno y fuera de él) y luchando por superar el lastre de sus propias herencias negativas, angustiado por no dilapidar el capital político que le entregó el resultado electoral de 1988, de algún modo consciente de que en el mercado político la ganancia de una de las partes se carga como pérdida en el registro de la otra (u otras), y viceversa.

Como la mayoría de las organizaciones políticas, el nuevo partido se constituye también de acuerdo a ciertos patrones ideológicos, ideas fuerza y, en el extremo, sobre ciertos mitos característicos. En este caso, la mitología se levanta sobre los siguientes “pilares”: a) Cuauhtémoc Cárdenas ganó la elección presidencial de 1988, pero el gobierno efectuó un “Golpe de Estado Técnico” para burlar el veredicto de las urnas. b) El 9 de julio de 1988, Cuauhtémoc Cárdenas “anunció la ilegitimidad insanable del gobierno surgido de ese golpe” (A. Gilly, “Perfil del PRD”, nexos 152). c) Desde ese momento, prosigue Gilly, “las ideas complementarias (sic) de golpe de Estado técnico, defensa del voto, legitimidad e ilegitimidad, legalidad republicana y restauración de la República son uno de los pilares fundadores del PRD, de su programa y de su política”.

No sólo: estas ideas complementarias “no pueden ser abandonadas, oscurecidas, diluidas, negadas o negociadas sin negar una de las razones de ser de este partido”. Es como el dogma de la divina trinidad: lo tomas o lo dejas, pero no intentes pensarlo.

El mito es necesario, entre otras razones, porque no basta con armar una posición política radicalmente oposicionista, incluso contestataria; se requiere un proceso de elaboración ideológica-intelectual que le confiera dignidad histórica, teórica y hasta fideísta a la posición política del grupo hegemónico partidario. Los codificadores de la ideología neocardenista saben (o intuyen) que la ideología se convierte en fuerza material cuando penetra en la conciencia de “las amplias masas”, con mayor razón cuando se parte de un hecho histórico reciente: la movilización social que está en la base de la existencia y fundación del partido. Este es un aspecto de su apuesta.

Pero el mito cubre otra función, no menos importante: preservar de la crítica a los sacerdotes del nuevo ritual. ¿Quién se atreve a críticar a quienes hablan, a un tiempo, en nombre de la historia y a nombre del líder? Porque el mito, a la vez que cubre de un halo de infalibilidad a sus portadores, alimenta otro elemento perverso que anida en el nuevo partido: el culto a la personalidad del líder principal.

Tengo respeto y admiración por la figura de Cuauhtémoc Cárdenas pero cuando uno se entera, por la prensa, de las oleadas de exaltada indignación que despertó, en un reciente pleno del Consejo Nacional del PRD, la crítica a ciertos planteamientos de CCS, no puede menos que asustarse. Debe de- cirse que, en este punto, Cárdenas ha sido muy cuidadoso. En algún momento él mismo ha tenido que intervenir para defender la validez de la crítica incluso a su persona, y calmar así las ansias persecutorias de sus fieles. Esto no ha impedido, sin embargo, que alrededor del líder se configure un cuerpo más o menos cerrado y excluyente de ideólogos, voceros autorizados, interpretadores, generales, comandantes y soldados rasos; es decir, un grupo que, más allá de las instancias formales del partido, se asume como estado mayor y heraldo del cuauhtemismo.

Este estado mayor se asienta firmemente sobre la mitología fundacional del partido y del movimiento, y comparte definiciones políticas centrales. Gilly lo expresa así: “Una primera disyuntiva es si el PRD lucha por una ruptura o por una reforma del régimen de partido de Estado”. Lo curioso aquí es que nadie en el PRD se plantea la “disyuntiva” en esos términos; nadie dice que lucha por reformar tal régimen, sino por abolirlo, en el marco de una “reforma democrática del Estado”. Pero los “rupturistas” necesitan plantearse así las cosas para deslindar los campos “revolucionario” y “reformista” dentro del partido y para arribar, de manera más nítida y económica, a sus conclusiones previas: que el actual gobierno es “orgánicamente incapaz de cambiar por un acuerdo o un pacto político y deberá ser acorralado y removido por las movilizaciones democráticas, como sucedió en 1989 con los partidos de Estado de varios países de Europa”.

La analogía alude, sin decirlo abiertamente, a que de lo que se trata es, de tomar otra vez el cielo por asalto pero ahora ya no en la desechada -por la historia- visión de la dictadura proletaria, sino en la flamante y casi inocente versión de la restauración nacionalista. Gilly olvida (?) que en la Europa del Este se derrumbaron no solamente los régimenes de partido de Estado, sino también las últimas ilusiones en el poder taumatúrgico de las cosmovisiones totalitariamente perfectas.

Lo anterior no debe hacer olvidar el hecho de que en el PRD existe una gran y fundamental coincidencia acerca de los objetivos y principios que le dan vida al partido. El problema, se puede decir, es de matices; pero de esos que determinan el sentido del desarrollo por lustros. Así, la corriente de opinión que no comparte -al menos totalmente- los mitos fundacionales, no descarta, por ejemplo, la eventual necesidad de la “ruptura”, pero prefiere plantear las cosas en términos positivos: construcción de un sistema competitivo de partidos, reforma democrática del Estado, acuerdo nacional por la democracia.

Cabe decir, sin embargo, que la verdadera disputa en el partido cardenista no se sitúa, hoy, en los términos, sino en las visiones y estrategias profundas que subyacen bajo las palabras y hasta detrás de los gestos. La visión digamos hegemónica parte de una intuición: las cosas van a ir de mal en peor, se va a agudizar la crisis económica y se tornarán cada vez más perversos sus efectos políticos; habrá mayor descontento, nuevas y mayores movilizaciones sociales y, ante su incapacidad para dar respuestas políticas, el gobierno acudirá a la represión, lo que aumentará la ingobernabilidad, etc. En este cuadro, mantener impecable la imagen opositora tendrá la mayor importancia estratégica. La actitud oposicionista recogerá sus dividendos no en el 91, sino en el momento histórico de coagulación de expectativas, demandas, esperanzas resentimientos, en las elecciones presidenciales de 1994.

Esta corriente admite, en lo formal, la necesidad de contar con un partido nacional, pero en el fondo siente que el partido le estorba: es demasiado complicado, con sus conflictos internos, sus estructuras burocráticas, sus demandas de democracia interna y de pluralidad. Si tenemos líder nacional, y un vasto movimiento de electores, que si bien en las elecciones locales no ha estado muy activo (“reaparecerá cuando los tiempos I demanden”, dice Gilly), sí mantiene la fidelidad al dirigente esto es lo esencial para el 94.

No hace falta insistir en la correlación que se establece entre esta perspectiva y una cultura política de clara raigambre priísta que parte de que el gobierno, la posesión de “los mandos”, lo es todo; cultura que desprecia -o no en tiende -las sutilezas ideológicas y políticas de la tradición de izquierda, que no reconoce ningún valor más allá de la búsqueda desinhibida del poder, que confunde permanentemente los límites entre el gobierno y el partido, que admite como único rasero de los dirigentes el de si pasaron o no “¿ prueba de las urnas”. Para no hablar del desprecio hacia los “profesionales de partido” por parte de aquellos que, por venir de donde vienen, han resuelto ya su problema económico

no necesitan, por tanto, sangrar al partido con un sueldo.

La otra corriente (muy heterogénea en su conformación aprecia en todo lo que vale la presencia de un líder de la estatura de Cuauhtémoc Cárdenas, y en ningún momento cuestiona su liderazgo al seno del partido o en el movimiento popular. Pero insiste en que el complemento necesario de este liderazgo es un verdadero partido, una organización que existe en todo el territorio nacional y en los centros neurálgicos de la política, la producción y la cultura. Esta corriente se opone el partido al líder, pero se esfuerza porque los principales dirigentes y los cuadros asuman la necesidad orgánica del partido. Se niega a ver al PRD como el instrumento formal para que, por medio de un golpe de fuerza (aunque sea electoral) se “tome el poder”, y el partido sea eventualmente hecho a un lado para dar paso a visiones y grupos de poder no cribados previamente en y por la lucha política partidaria.

Para ella, el PRD no representa automáticamente el todo de la representación nacional o popular. El partido es sólo una parte, quizá mayoritaria, de la representación nacional, y para saberlo exige precisamente elecciones limpias y, más allá, un sistema competitivo de partidos, que sea a su vez pilar de un Estado democráticamente reformado, de una nueva institucionalidad republicana y democrática. Pone el acento no en la “ruptura” revolucionaria, sino en la vocación profundamente democrática, cívica, que está en la base de la constitución del movimiento y del partido, lo que implica, como “ideas complementarias”, el respeto a la defensa de la legalidad, la adhesión esencial y no coyuntural a las formas pacíficas y políticas para resolver los conflictos, el compromiso a fondo con el pluralismo y no su proclamación hipócrita, la negativa a adoptar visiones reduccionistas del tipo de “hay sólo dos visiones sobre el Estado, las que lo aceptan y las que no”.

A pesar de las elaboraciones de los ideólogos, de la sociedad parece venir un reclamo no de pureza principista, ni de advocaciones inmamentistas, sino de coherencia democrática, de energía, inteligencia política, audacia e iniciativa, no para “destruir al enemigo”, sino para posibilitar la transición a la democracia. El PRD va a ser juzgado, valorado, votado, no por la intransigencia legitimista de su discurso, sino por la manera como ayude a que la sociedad mexicana deje atrás, con los menores costos posibles, los rasgos más nefastos de la antidemocracia: el partido de Estado y el presidencialismo, pero también los elementos de una cultura política donde el oportunismo, la improvisación, la violencia y el providencialismo han dejado su impronta.

En el PRD coexisten no sólo estas grandes corrientes, sino también culturas políticas de variado origen y cuya relación con las tendencias políticas actuales no es lineal. Cabe reconocer, sin embargo, la presencia de dos grandes vertientes: la de origen priísta y la de raigambre socialista, cada una con sus virtudes y sus defectos. Un rasgo positivo es que la dirección del partido ha asumido el carácter permanente, no aleatorio, de la presencia en su seno tanto de corrientes de opinión como de culturas políticas diferenciadas. Alli se ha asumido el valor de la unidad interna del PRD. En los estados, sin embargo, aún se manifiestan con fuerza tendencias excluyentes (ya han ocurrido expulsiones), sobre todo por parte de quienes se sienten propietarios del logo cardenista.

¿Qué se puede esperar, en este contexto, del congreso perredista? En primer término, es muy importante que el evento se prepare y se realice bajo el lema del “acuerdo nacional por la democracia”, pues eso contribuye a que los debates congresistas se centren en lo político, en la linea política que el partido debe precisar y no en las querellas o en los mitos partidarios. Lo anterior no garantiza, naturalmente, que el congreso no pueda ser transformado en un “tribunal de alzada” contra los reformistas, tanto en lo referente a linea, como en el momento de elegir a la nueva dirección; pero eso atentaría directamente contra las posibilidades y las esperanzas del partido “que nació el 6 de julio” y, más allá, contra la necesidad nacional de contar con verdaderos partidos políticos, en el poder y en la oposición.

Gustavo Hirales. Militante del PRD. Ha colaborado en nexos anteriores.

Agujeros en la política exterior

Antes del diluvio

Pocas, muy pocas veces, la política exterior de México ha sido fuente de consenso interno. Su potencial divisivo estuvo mucho tiempo acallado por un modelo de crecimiento hacia adentro que, además, se sustentaba en la tozuda convicción de que el modelo mexicano de “crecimiento con estabilidad” nos hacía políticamente autosuficientes. Uno de los efectos es que las decisiones de política exterior revelen y provoquen fracturas y desgarramientos internos que se agregarían a un cuadro de equilibrios frágiles. En particular, la política hacia Estados Unidos puede convenirse en un obstáculo infranqueable para restaurar el consenso político mínimo que requiere el éxito de la transición.

La calma en la que durante años México se desenvolvió en el exterior, hizo creer a algunos que las decisiones de política exterior despertaban el apoyo unánime entre la población, ya que nadie puede oponerse a la soberanía, la autodeterminación y la independencia nacional. Sin embargo, es muy probable que la ausencia de desacuerdos a este respecto fuera resultado más de la ausencia de decisiones y de políticas específicas en el ámbito internacional, que de un supuesto consenso. Cuando las autoridades responsables abandonaban las generalidades de los principios para enfrentar problemas específicos, desataban feroces tormentas en la opinión pública.

El gobierno del presidente Echeverría ofrece los ejemplos más obvios. El compromiso con las posturas del Tercer Mundo fue rechazado por numerosos grupos que no compartían esa solidaridad —pensaban que los países industriales podrían cobrárnosla cara y les resultaba difícil aceptar la asimilación de México al conglomerado del subdesarrollo—. En los dos últimos sexenios la política hacia Centroamérica fue una fuente continua de irritación para muchos que simplemente no entendían qué se le había perdido a México por allá, o que censuraban al sandinismo por razones ideológicas. En gobiernos anteriores hay también ejemplos. Pensemos en las acusaciones de la oposición anticallista que denunciaba el entreguismo a Estados Unidos de los revolucionarios en el poder. Recordemos las violentas críticas a la política del presidente Cárdenas respecto a la República española y la hostilidad en contra de los refugiados. En 1954 Isidro Fabela denunció en un opúsculo publicado por Cuadernos Americanos la “posición anticomunista” del gobierno mexicano ante la intervención norteamericana en Guatemala, desacuerdo que reflejaba la desazón que a muchos había provocado el gobierno de Ruiz Cortines cuando se abstuvo de votar contra la iniciativa de condena al comunismo, presentada por Estados Unidos ante la OEA. La política del presidente López Mateos hacia la Revolución cubana dio origen a un frente de oposiciones integrado por empresarios, panistas y católicos que obligó al gobierno a moderar sus devaneos con el tercerismo y el antinorteamericanismo. En todos estos casos la política exterior agravó las divisiones internas, porque cuando se trata de traducir los principios en la práctica cotidiana, aparecen desacuerdos abismales, diferencias irresolubles entre las diversas maneras de entender el interés nacional.

Un acucioso investigador de la política exterior mexicana —Humberto Garza— sostiene que durante años no hubo una política hacia Estados Unidos. Como si hubiéramos querido dar la espalda a un destino geográfico inalterable y oneroso, nos contentamos con tratar temas específicos y de conyuntura, o en insertar esta inescapable relación en los organismos internacionales: así defendíamos nuestros principios generales por interpósita persona, esquivando, en la medida de lo posible, el contacto directo que podía provocar un enfrentamiento.

No obstante la falta de diseño de una política de largo plazo, las relaciones bilaterales entre ambos gobiernos, pero sobre todo entre ambas sociedades, transcurrían, multiformes y espontáneas, de manera ininterrumpida. Tan intensamente, que no deja de ser sorprendente que sólo hasta ahora se haya emprendido la labor de imaginar un esquema de relación de largo plazo, como puede ser el Acuerdo de Libre Comercio.

Las ventajas del Acuerdo no eliminan los indudables riesgos que entraña para México adquirir un socio como Estados Unidos. Aun antes de que el tratado se discutiera, diferentes grupos de opinión en E.U. insistían en condicionar toda iniciativa mexicana de ordenamiento de la relación bilateral. Hay más de un indicio de que habrá muchas presiones de ese tipo en el futuro cercano. Las condiciones no son sólo económicas. Habrá muchas de carácter político cuyo objetivo será eliminar todo lo que el gobierno de Washington considere un obstáculo para el pleno desenvolvimiento de los intereses estadunidenses en México. Si esas presiones prosperan, pagaríamos los muy elevados costos de mirar cara a cara al vecino, mucho antes de cosechar los beneficios que puedan derivarse del Acuerdo de Libre Comercio.

La situación es complicada, porque la autarquía económica o comercial tampoco es una alternativa. Cerrar los ojos a lo que tenemos enfrente y hacer como que no existen Estados Unidos ni los intrincados vínculos que unen a los dos países, además de absurdo, sería suicida. No obstante, asumir la vecindad como una asociación supone un cambio de actitud nacional que no puede ocurrir de la noche a la mañana, sobre todo cuando nada —o muy poco— indica que Estados Unidos haya modificado su propia actitud hacia México y, en general, hacia América Latina.

Uno de los problemas más serios que se desprenden de estos cambios necesarios, es la fragmentación interna que puede provocar la política de acercamiento a Estados Unidos. Para empezar, esa política no logra todavía la unanimidad ni siquiera dentro de la administración pública. Todavía no tenemos muy claro qué nos conviene más: si mantenernos a prudente distancia, o acercarnos para aprovechar las ventajas que supone tener un vecino rico. A este riesgo habrá que añadir los efectos devastadores de las críticas que hacen los de allá y que se vuelven oposición acá, como ocurrió entre 1983 y 1986.

Por lo demás, muchos de los riesgos actuales de la soberanía habrán de plantearse con o sin tratado de libre comercio. En consecuencia quizá vale la pena concentrarse en pensar cuál es la mejor salvaguarda de nuestra relativa autonomía de decisión. Parece urgente una discusión nacional franca de todos estos temas, de modo que el gobierno pueda diseñar una política de Estado respecto a Estados Unidos; y luego, acelerar los cambios políticos internos, de tal suene que su perfil esté definido antes de que lleguen las sugerencias del exterior.

¿Cuántos pluralistas caben en un perfil?

 

Soledad Loaeza
Directora del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.

Cazador

Silvia Tomasa Rivera. Poeta. Ha publicado Poemas al desconocido a la desconocida. Duelo de espadas, Apuntes de abril, El tiempo tiene miedo. Este poema es parte de La rebelión de los solitarios.

Allá, muy cerca de las altas fronteras

(en el noreste)

un hombre solo caza venados.

No ha encontrado ni uno, pero él sabe

que por ahí rondan en las noches

y se bañan en los rayos de luna.

Se lo dijeron su abuelo y su padre

y un viejo alucinado que bajaba de la montaña

a contar historias: decía que había matado una venada

y cuando se acercó tenía la piel y la boca de mujer,

todo en ella era suave y le dio miedo,

y no quiso arrastrarla. La acarició completa

y la enterró en el monte, pero sus ojos no pudo cerrarlos. Por eso venía algunas noches a tomar café

(cuando el miedo lo ponía lunático),

huyendo de la muerte y de los ojos ardientes del venado.

Corría 1964 y el hombre -entonces niño-

miraba las estrellas por sobre las altas palmeras

en la boca de la selva negra.

Eso era en La Huasteca, aquellos años.

La palabra ecología no estaba en el diccionario,

o él nunca la vio. La escuela estaba lejos y los caballos

no eran un transporte, sólo bestias de carga y de trabajo.

No hubo cien, ni doscientos ni trescientos hombres, que se plantaran

frente a los taladores de bosques.

No era que no les importaran sus tierras y su monte.

Era que estaban preocupados por el despliegue

del ejército a lo largo de las carreteras;

causa del abigeato: medio de subsistencia natural

en aquel tiempo, allá en La Huasteca.

No extrañaba a su madre, tampoco fue al entierro

porque la tosferina quemaba sus pulmones.

Una epidemia entre tantas; se salvó de morir.

Así creció, sin ella, apenas con su padre

y un rifle colgado de la viga. Solo,

a merced del aullido a veces del coyote

a veces de hombre perdido-en-la-noche buscando venado.

Claro que en aquel entonces los venados

corrían en manadas a los ojos del hombre

y encandilados con lámparas de aceite

danzaban sobre huizaches;

ofrendándose libres a la hoguera.

Era fácil morir (tal como ahora): arriba el ciervo entre árboles y ríos

abajo el hombre entre la identidad y las carreteras,

teniendo que aguantar el descampado petrolero.

Pero ellos: los otros. no pudieron acabar con el bosque.

(Ni los soldados con el abigeate). Cuestión de desengrapar los lienzos de alambre, martillar las púas

y el ganado sale -uno por uno- burlando las garitas.

Otra más, recuerda el hombre, sitiado

por los cuatro costados de la historia.

“Tú eres mi esperanza, tendrás que irte de aquí”

-dijo su padre- mientras lo subían a golpes de conciencia en una camioneta del ejército.

Pero en 1964, él tenía 10 años

y los niños escuchan lo que quieren.

De modo que no fue a ninguna parte; ni buscó sus raíces.

por eso estaba allí, al pie de su tierra: alucinado.

En la planicie los hombres traficaban con reses

con aves, con mujeres…

Pero él vivía solo, en la montaña

muy cerca de las altas fronteras. Venteando venados.

Democracia que exige, democracia que concede

CUADERNO NEXOS

Las encrucijadas del PRI

La XIV Asamblea del partido oficial reveló claramente las dificultades que enfrenta nuestra transición a la democracia. Pieza esencial del autoritarismo mexicano, el PRI fue por mucho tiempo un factor clave para la estabilidad y eficacia del sistema político en la medida en que sirvió no sólo para disciplinar y conciliar las contradicciones en el seno de las fuerzas políticas fundamentales, sino también para constitucionalizar y hasta darle una fachada democrática a la legitimidad “revolucionaria” del Estado. De ahí la curiosidad e incluso admiración que despertara en muchos analistas políticos que lo consideraban como un milagro de maquiavelismo político, capaz de articular algunas características de los partidos de Estado de los regímenes comunistas, con un pragmatismo nacionalista que le permitía asumir sin dificultad las reglas electorales de una competencia multipartidista ciertamente desigual pero efectiva. Construido y reformado desde los gobiernos de acuerdo a las necesidades políticas del momento, su ideología fue siempre lo suficientemente flexible como para abarcar posiciones muy diversas e incluso antagónicas: desde cardenistas hasta alemanistas, desde líderes obreros hasta magnates empresariales, todos pudieron cobijarse en la herencia de la Revolución mexicana.

Pero eso exigió la formación y generalización de una específica cultura política, de una forma de entender y hacer política, caracterizada por el predominio de las reglas no escritas sobre las escritas, por la disciplina vertical incondicional y por una buena dosis de cinismo. De este modo, más que la ideología, más que los principios, lo que unificó por mucho tiempo a las huestes priístas fue el monopolio de los cargos públicos relevantes, vale decir, la certidumbre de que la única forma de hacer carrera política en México pasaba por la lealtad incondicional hacia el gobierno en turno. Pero como todo pragmatismo político, el del PRI generó sus propios mitos justificadores y entre ellos el de que los únicos capaces de gobernar en México, desde el último municipio hasta la presidencia de la República, son los priístas. Mito que sin duda encuentra sus raíces en los orígenes revolucionarios del Estado mexicano, es decir, en la profunda desconfianza de los caudillos y dirigentes revolucionarios hacia una sociedad supuestamente inmadura y rebelde. El partido oficial podía haber asumido la tesis de Rousseau según la cual “el pueblo siempre quiere el bien, pero no siempre lo ve; se necesita hacerle ver los objetos como son, a veces tal como deben parecerle”. Tesis que podría avalar la naturaleza demofílica del PRI pero también su carácter esencialmente antidemocrático.

2. La crisis económica de los ochentas pero sobre todo la emergencia de reclamos democráticos generalizados pondrán en jaque a la maquinaria del partido oficial. Golpeados los sectores, fundamentalmente el obrero, por las políticas de ajuste y modernización de los gobiernos de De la Madrid y de Salinas de Gortari, puestas en entredicho las tradiciones estatizantes que requiere el priísmo tradicional, asistimos a un progresivo alejamiento si no divorcio entre el poder Ejecutivo y sus supuestas bases políticas y sociales. Después de decenios de un discurso populista, clientelar, estatista, no es sorprendente el desconcierto de dichas bases ante una política que supone abiertamente un giro radical del proyecto político gubernamental. Sólo el pragmatismo y la debilidad política extremos de los líderes sindicales puede explicar que a pesar de todo no se haya dado una verdadera ruptura. El realismo de los últimos gobiernos pondría a descubierto la miseria política de los sectores, pero también conduciría a poner en crisis la identidad “ideológica” del partido oficial.

Y así se añade a lo anterior el efecto de la insurrección ciudadana del 6 de julio de 1988 y sus secuelas en Baja California y Michoacán, se entiende que también se haya puesto en crisis la identidad “política” priísta, su certidumbre autoritaria de ganar de todas. El fin de la era de partido prácticamente único, por utilizar el eufemismo salinista, pone en cuestión el mito fundamental pero también el interés que pese a todo ha mantenido la disciplina y la cohesión del partido oficial.

Todo esto explica el interés y las expetativas suscitadas por la XIV Asamblea Nacional del PRI, en cuya convocatoria se había involucrado el propio Salinas con sus seis puntos para la transformación del partido. A diferencia de otras ocasiones, en efecto, la reforma del PRI no resultaba de las intenciones más o menos loables de ciertos políticos connotados, sino de una exigencia social generalizada que se expresa claramente en las urnas. La demanda tantas veces expresada por los analistas y observadores políticos de pasar de un partido del gobierno a un partido en el gobierno es ahora asumida por el propio titular del Ejecutivo. Pero dentro de las filas priístas mismas se hizo evidente una preocupación insólita por el futuro de esa organización política, por los cambios a proponer en el nivel ideológico y por las nuevas reglas internas del juego.

Como podía preverse, sin embargo, los cambios aprobados en la Asamblea no fueron tan espectaculares como algunos esperaban ni tan secundarios como habían pronosticado los oficialmente escépticos voceros de la oposición. Aunque todavía es pronto para evaluar sus consecuencias, es indiscutible que la territorialización del PRI propuesta por Colosio supone un acotamiento considerable de la influencia de los sectores en la designación de candidatos y en la dirección de ese partido. Los pactos previos realizados con el Congreso del Trabajo y con las organizaciones campesinas, que obligan aparentemente a la afiliación individual de los militantes, también implican menor discrecionalidad de las burocracias corporativas, lo mismo que la constitución de órganos colegiados de dirección. Y acaso todo eso sirva para incrementar la participación de las bases y para elegir candidatos menos desprestigiados y por lo tanto más competitivos. A fin de cuentas parece clara la intención gubernamental de hacer mas eficaz su maquinaria electoral en condiciones mucho más competitivas. Resta por saber hasta dónde tales reformas podrán implementarse frente a la resistencia multiforme y opaca de los diversos intereses creados, verdaderos poderes invisibles dentro del partido oficial.

En cambio, en el nivel ideológico pareció prevalecer el más vale malo por conocido que bueno por conocer. Los celebrados- y a estas alturas vacuos- principios de la Revolución Mexicana fueron ratificados como si nada hubiera ocurrido entre 1940 y 1990. Fueron reafirmadas, igualmente, orientaciones que pese a su vaguedad extrema se dan de bofetadas con no pocas de las “acciones y las obras” del gobierno en turno, y se reiteró un lenguaje oficialista oscuro y críptico que sólo puede servir para mantener la indefinición propiamente política de un partido que pese a todo sigue apareciendo claramente como el partido del poder. Y por cierto de un poder que, por su parte, sí parece tener un proyecto preciso y una identidad claramente innovadora aun si estamos radicalmente en contra de ellos.

En ese sentido no sólo se conserva la dependencia del PRI respecto del gobierno (lo que, por lo demás, ocurre aunque con matices diferentes con todos los partidos en el gobierno), sino el divorcio entre ambos. Se preserva una dependencia malsana, vergonzante y hasta vergonzosa, entre una ideología francamente obsoleta (“revolucionaria”, eso sí) y un gobierno “modernizador” que sólo parecen avenirse a la sombra de una profunda desconfianza por los principios y valores de la democracia efectiva. De una democracia que exigiría, ella sí, a los partidos capaces llevar sus proyectos a gobierno.

Luis Salazar C. Investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM.

La noche oculta

Debo relatar una lejana incidencia, anterior a los hechos más trágicos, que presiento necesaria.

Mi madre había muerto meses antes: lo sé porque en las mangas de mi camisa de segundo grado escolar quedaba la huella desteñida del listón de luto. El jardín y la azotea de la casa eran mi paraíso, y la tarde de aquel viernes exacto se convertía ya en crepúsculo.

Todos habían salido y en la puerta sonaron unos golpes. “Soy yo”, contestó alguien a mi pregunta de rutina; desconocí la voz y volvieron a sonar más golpes. Pensé en los alcatraces que se alineaban a un lado del jardín, vanguardia de una enredadera calva, pasto de las plagas. Eran bellísimos e intocables: su tallo estaba prohibido a las promiscuas lenguas infantiles: la savia quemaba como un ácido y el único contraveneno era el azúcar. ¿Quién descubrió aquello? Me extraña aún el origen de esa señal transgresiva hacia el abismo en el ámbito apacible del hogar.

Se pierde en mis recuerdos si fue antes de aquella tarde que probé el jugo inclemente de los tallos de alcatraz. Pero bajo el peso de lo que sucedió un día después, imagino que entonces ignoraba la saña de esa flor.

Los golpes continuaron hasta que me acerqué: un Jesús veinteañero sonreía y un moretón en su boca alteraba la fidelidad de los rasgos. Le pregunté qué le había sucedido, no me contestó. “Soy un tapir”, dijo ante mi horror compasivo. “Un tapir”, y hacía movimientos chuscos de toro de lidia. No podía pronunciar bien la palabra “tapir”, que se caía en la última silaba, derrota cómica y dolorida que terminó por provocarme risas. Jesús acostumbraba las sorpresas; sus visitas eran esporádicas y nerviosas. A mis hermanas les desagradaba su placer de hacerles cosquillas en las axilas hasta el borde del enojo, pero les divertía su ingenio en los juegos de salón, que yo detestaba, excepto los trucos de magia.

Aquella tarde, Jesús vestía pantalones de lana oscura y chaqueta de piel de gamuza, bajo la que se extrañaba una camisa; llevaba sólo camiseta. Se subía y bajaba el cierre de la chaqueta en ademán enfático que concluía sus frases. Le abrí la puerta y pasó de frente por el recibidor, la antesala, la sala y se sentó en un banco de la cocina. Me pidió un vaso de agua.

-Voy a tomar clases de violín -dijo, y hacía la pantomima de tocar ese instrumento.

Me di la vuelta sin responderle.

Me acerqué a la jarra del agua, tomé un vaso y me serví. Devoré el agua y no le convidé.

Jesús siempre hacía lo mismo y a mí me parecía intolerable: me exasperaba su ansia de mentir, de prometer y fantasear cosas quizá mínimas que yo juzgaba hazañas distantes. Su plática estaba llena de proyectos análogos: viajes, negocios, sus maestros en San Ildefonso o conquistas amorosas -que evitaba contar en la presencia de adultos y reservaba a los niños-. Habladurías pródigas que eran el monólogo de sus pensamientos en voz alta.

Le gustaba contar cómo un día, en la escuela preprimaria, la maestra integró una pequeña orquesta de niños y niñas con campanas, triángulos musicales, cascabeles, panderos y otros aparatos percusivos que debían acompañarla, bostezantes, mientras ella tocaba al piano una melodía juguetona. En el anaquel quedó sólo el estuche de un violín viejo, y la maestra preguntó si alguno de los presentes sabía, y quería, precisó, tocar el violín. Jesús levantó la mano, ante el azoro de la maestra y su inmediata desconfianza. Los niños callaron, en unánime curiosidad. Jesús se acercó al estuche, lo abrió, tomó el violín y el arco, las manos equívocas, y éste cayó al piso. Algunos de sus compañeros comenzaron a reír. La maestra movió la cabeza de un lado a otro en muestra de desconsuelo. Jesús estalló en carcajadas: se burlaba de sí mismo, de los compañeros, de la maestra no sabía tocar el violín pero había rozado la sensación volátil de poder hacerlo, de ilusionarse por el impulso de tener en la mano un mazo de barajas marcadas.

Cada vez que contaba esa anécdota, yo enrojecía de enojo y de vergüenza. ¿Qué gracia podría haber en eso? Cuando dijo lo de aprender a tocar el violín, me pareció que fastidiaba un rincón de mi intimidad, algo exiguo que yo debía proteger. Era el colmo, caminé tres pasos, el último ya de prisa, a punto de correr, pero su largo brazo me atrapó por la muñeca derecha. Retuvo mi torpe dramatismo, la solemne intrepidez que hay en cualquier niño.

-No te vayas, no te enojes -su voz tenía una cualidad anfibia: cuando reía era clarísima, y cuando hablaba una ronquera prematura daba timbres solares al filo optimista que venía desde muy dentro de sus palabras-. Mira lo que brilla aquí -añadió; su mano izquierda sostenía un racimo de llaves entre las que se agitaba una cadenita y un rectángulo mínimo de metal plateado.

Me acerqué a ver lo que colgaba de la cadena: era una armónica en miniatura. En cuanto la vi, olvidé mis incomodidades. La armónica oscilaba en el aire, péndulo de instantes y efecto promisorio.

El ánimo de un niño vibra bajo el capricho de los objetos: construyen los balcones de luna larga que frecuentan los fetichistas, un biombo multicolor que señala el libertinaje de la imaginación, y la primer enseñanza en los adioses: los amores mediados o a distancia.

-¿Quieres tener una armónica como ésta?

-No sé tocarla.

-Pero puedes aprender.

-No, no creo.

-Mira, de cualquier modo tocarla no es lo importante.

-¿Qué es lo importante?

Jesús hizo un gesto de inquietud fingida. Se burlaba de mí, y un enojo efervescente subió a mi boca desde el estómago. Yo sabía que, como otras veces, nuestros diálogos se romperían en un descuido suyo, cuando lograra zafarme de su mano y corriera a mi cuarto. El me perseguía por la escalera hacia el segundo nivel de la casa y simulaba que yo lo dejaba atrás. Todo concluía con el portazo en sus narices y mi angustia, nada falsa, en busca del reposo en la cama.

Casi sucedió así esa vez porque, en cuanto su mano aflojó mi muñeca, corrí unos metros, derrapé en el dintel del acceso al comedor y alcancé los escalones. Supe que no me perseguía; me detuve, subí unos tramos más y fue el momento en que escuché el mensaje. Era un jadeo musical, parecía el idioma de un ser prehistórico que silbara, una criatura de un mundo grotesco pero conmovedor. en el límite de una frase repetida recobraba unas notas bellas. Volví tras mis pasos, mi curiosidad era ya parte del juego. Pisaba como gato y los muebles, las macetas de plantas crespas y las figurillas de porcelana, eran la selva negra y las montañas; los rincones me parecían las cuevas de los cátaros, y los tapetes luidos las planicies de las cruzadas.

Jesús me oyó volver: detuvo su mensaje. Dejé de arrastrarme en el piso de mosaicos romboides. Una cancioncilla comenzó a sonar, errante y ebria. La armónica crecía y enredaba melodías populares, inventaba variaciones extravagantes, recuperaba tonos altos e inaudibles -para espantar a los gatos, decía- y, aquí y allá, súbitos, surgían los acordes del mensaje inicial. ¿Cómo podía tocar la armónica si tenía la boca hinchada por un golpe? Al oír la armónica, me transformaba en un vigía de puesto fronterizo en pie de guerra, atentísimo incluso al vuelo de los insectos y a la línea vibrátil del horizonte en la lejanía. Los ojos cautivos en el enfoque de los catalejos, y el oído, amante de un mar espiral.

En algunos anocheceres de mi vida adulta ha vuelto aquel estado alerta de caza, un escozor en la nuca cuando trabajo a solas en mi escritorio. En esa hiperestesia intuía una música remota, encubierta por el sonido de la armónica.

De pronto, aquella música calló y en el aire quedó un ejército de humo, momias que se desvanecían en polvo por la profanación de sus tumbas y tesoros, mientras se elevaba en silencio una condena entre el destello de las alhajas, los copones y las armas de oro y hierro.

Jesús salió de la cocina y me miró, el labio patético; de él se desprendía una aura de reproches afectivos.

-No sabía que tocaras la armónica -dije, compungido y feliz de dominar un aspecto de arrepentimiento entrenado en tardes y tardes de confesionarios hipócritas.

-Ya ves que sí -respondió Jesús; su tono subrayaba las sílabas y me devolvía a mi sitio con el sambenito de los tontos-. ¿Quieres una armónica como ésta? -su labio se había inflamado más.

-No sé tocarla.

-Yo te puedo  enseñar;  te  prometo que te enseño a tocarla

-Jesús se llevaba una mano a la boca, quería mitigar el dolor.

-Estás mintiendo: no me vas a enseñar -yo decía esto a punto del enfado, había vuelto al énfasis de opereta infantil.

-Yo te enseñaré. Lo juro, aunque eso no es lo importante -agregó él, categórico.

-¿Qué es lo importante? Ya basta. -No empecemos de nuevo. ¿Quieres la armónica, si o no? -antes de que él pudiera reaccionar, ya la tenía yo en la mano; me detuvo y la solté-. No me refiero a ésta, sino a otra que te compraré mañana.

     

Lo que sucedió luego resume mis encuentros en la vida con Jesús: las historias dispersas entre la ilusión y el deseo nonato. Me compró la armónica y nunca me enseñó a tocarla. Quién sabe en qué préstamo amistoso o mudanza la malbaraté. Pero no olvidaré el día en que la compramos.

Dibujos de Gabriela

Hace poco leí que una vez el poeta surrealista André Breton se maravilló ante un puñado de frijoles saltarines, esos guijarros sanguíneos, auténticas piedras rodantes, tizones festivos que venden en los mercados y bazares mexicanos. Discutió con su amigo Roger Caillois cuál debía ser la actitud conveniente ante lo maravilloso. Su amigo opinaba que se imponía abrir una de aquellas semillas y averiguar el truco de una larva o insecto móvil. Breton se opuso, decía que antes debían agotarse todas las posibilidades de suscitar el ensueño.

Los juguetes de cuerda, las cajas de música, los relojes y otras simulaciones del orden universal despiertan en algunos niños el mismo deseo que expresaba el amigo de Breton. Incontinentes frente a la ley de las causalidades, fieles de rendirse ante ella, estos niños se convierten en cuchilleros, enanos patibularios, destripadores, médicos asesinos y perversos prematuros que ensayan transgresiones y fraguan conjuras develadoras. A otros niños les bastan los prodigios entrañables, sus preguntas desestiman la verdad, y sus desvaríos elijen el exilio de las ficciones. En esa época yo profesaba la primera fe. Mi sueño inquieto me sumergía y elevaba cada noche de la duermevela a las pesadillas, que disolvían los cantos de un gallo intempestivo.

La mañana de aquel sábado, mi padre demoró el permiso para que yo saliera con su primo Jesús. Hubo preguntas, cavilaciones y silencios. Advertí la mayor reticencia, pero al fin salimos. En la calle, el sol vencía los marasmos de una helada ventolera. Jesús caminaba de prisa, el tranco largo, y en lugar de dirigirnos al mercado del barrio y sus tiendas cercanas, abordamos un taxi providencial hacia el Centro, a lo que fue el convento de la Merced. La sorpresa me alegró: supuse que iríamos a un repertorio de música a comprar la armónica, o a una de esas boneterías de la calle de Correo Mayor que vendían géneros de tela, listones, encajes, o navajas, brújulas y juguetes. Caminamos hacia el convento y entendí que Jesús tenía un asunto que arreglar en el vecindario. Hervía en el aire un espesor de vegetales de cosecha fresca y huertos; papel moneda, cloaca y podredumbre: el vientre de los negocios. Mi abrigo, estrecho y felpudo, me ahogaba.

Mi enfado revivió, sentí que me usaba. La seriedad automática me delató; Jesús quiso aliviarla: me invitó a tomar un jugo de naranja en un puesto que unía la espuma de las frutas y la mugre. El tomó un jugo de alfalfa, que a mí me daba asco. El sol me hacía entrecerrar los párpados y arrugar el entrecejo; Jesús bromeaba. Nunca me comprará la armónica, pensaba yo, y me habría echado a correr si no me hubiera tomado de la mano. El jugo laceraba mis entrañas y la cabeza me punzaba.

Nos detuvimos en el portón del convento. Sin decir palabra, Jesús me dejó en la acera y entró. Entreví el patio y sus arcadas dobles, mudéjares; olía a orines y a cagarrutas de murciélago. Después he recorrido las salas capitulares, los refectorios y las celdas de esas ruinas del esplendor colonial, y nada recordé de mi visita infantil, excepto la insidia de aquel olor, que perduraba más en mi memoria que en los muros limpios por el saqueo continuo y las remodelaciones.

Aun lado del portón vivía la familia del portero: se adivinaba así por los llantos de niños, los consuelos maternales y el carbón encendido de un anafre. Jesús pasó de largo y al fondo encontró a un anciano altivo, elegante a la usanza de otras décadas. De su chaleco colgaba una cadena de oro; llevaba en la corbata un fistol de perla y en la mano derecha un bastón con pomo de marfil. Algo dijo Jesús, que irritó al anciano. Mientras éste le reñía, Jesús bajó la mirada, contrito, descompuesto. Me volteó a ver; era compadecible: un tapir en un matadero. Me dio lástima y desvié la cabeza; yo quería que sintiera mi desdén. Un segundo después volví a mirar: ni Jesús ni el anciano estaban allí. Pasé del enfado al miedo. Un mendigo se acercó a mí y quiso tocarme el hombro; retrocedí y él balbuceó unos insultos, soltó una mueca de desprecio y se fue. Mezclaba jaculatorias y maldiciones alcohólicas.

Transcurrieron diez o quince minutos; me replegué junto al portón: desde ahí podía ver a los transeúntes sin que ellos repararan en mí. Me amodorré: veía manchitas iridiscentes ante mis pupilas. Estaba ensimismado en dominar un mareo cuando escuché que Jesús mordió las palabras de una orden: “vámonos”; la angustia se leía en sus mejillas.

Doblamos la esquina, Jesús me tomó de la mano y empezó a correr; en la encrucijada de las calles de Uruguay y Tres Cruces nos deslizamos en la dulcería La Cubana Jesús se calmó y quiso que yo eligiera unos dulces. Me negué. Se acercó al mostrador que dominaba el emblema de una odalisca de fin de siglo y compró unos cigarrillos de chocolate. Vi que sudaba, pero el suyo era un sudor distinto al de la fatiga, era un sudor eruptivo, que he visto brotar de mis poros bajo las peores experiencias. Los chocolates lo reanimaron y recobró el habla, antes disminuida a los gruñidos.

-¿Quieres que compremos tu armónica? -dijo, terso de nuevo. No respondí ni él esperó la respuesta.

Me tomó de la nuca y me condujo a una esquina donde abordamos un autobús lleno de pasajeros. A la esquina siguiente, se desocupó un asiento cercano a la ventanilla y me senté. Preferí alejarme de Jesús que preguntarle adónde pensaba comprarme la armónica. Ibamos rumbo a casa. Cuando pasamos frente al mercado del barrio, mi enfado era ya un franco desánimo: en siete minutos estaríamos en casa. En la esquina siguiente, Jesús me tocó la cabeza: nos costó un gran esfuerzo alcanzar la puerta y descender, las personas asediaban su acceso, avispas furiosas.

Atravesamos la calle. En la esquina de Bolívar y boulevard Xola, se decía entonces, había una tienda que era, en realidad, un pasillo estrecho. Adentro, un mostrador rústico servía de reclinatorio a una mujer marmórea que era la personificación de una Gorgona: ojos furiosos, cabellera revuelta de víboras, boca estreñida hasta que la abría y asomaban dos abanicos de dientes agudos, informes, amarillentos. Vestía una bata gris de botones cardenalicios al frente. Era un auténtico horror de museo de cera. A mi madre y a mis hermanas les desagradaba comprar en esa tienda miscelánea sólo admisible en las urgencias. La tienda de la griega, una hija de emigraciones y despojos de guerra que sobrevivía con su familia en aquel magro negocio.

Contra mi recelo, Jesús entró en la tienda, me jaló hacia adentro y señaló la vitrina colgada a un lado: entre bisutería y juegos de aguja, hilos y dedales ingleses envueltos en celofán quebradizo, refulgía una colección de armónicas de varios tamaños. Juntas, alineadas de la pequeña a la grande, parecían los tubos de un órgano de cuento.

-Escoje la que más te guste -ordenó Jesús.

Pero antes de que pudiera decidirme, me jaló a la acera, se hincó frente a mí y me miró a los ojos.

-Te compraré la armónica si me prometes que no vas a mentir en caso de que te pregunten.

-¿Que me pregunten…?

-Sí, sobre lo que hicimos hoy.

-No entiendo.

-Sí, mira, fíjate: ¿qué hicimos hoy?, respóndeme.

-Fuimos al convento…no: tomamos un taxi, me invitaste un jugo, fuimos al convento, hablaste con un viejito…

-Don Gerardo.

-Hablaste con Don Gerardo, compraste chocolates, tomamos un autobús y estamos aquí.

-Perfecto, todo perfecto: si te preguntan, responde eso. Ni más ni menos, y que no te separaste de mí.

Me miró en silencio algunos segundos. Me dio un beso en la boca y me acarició la cabeza. Sentí el sabor de una flema acre, jugo de alcatraces. Jesús me dio un cigarrillo de chocolate y entramos de nuevo a la tienda.

La Gorgona imprecó en su lengua nativa, agitó sus manos huesudas y se negó a sacar de la vitrina las armónicas antes de recibir el pago. Fue un triunfo entender sus intenciones. Al oír el precio, Jesús inició un alegato: le parecía excesiva la cantidad. La mujer se ofendió pero entró en el vaivén del regateo: renacía e incluso sonrió entre sornas y caravanas fenicias. Yo estaba harto y me recargué en la pared del pasillo que unía el mostrador con la casa donde habitaba aquella familia. Olía a especies ácidas y coles hediondas.

Entrecerré los ojos, deseaba borrar la esgrima verbal de ese par de adultos tercos. Preferí meterme en el limbo en busca de mis hermanos que murieron inocentes, uno de difteria y el otro de tosferina, antes de que yo naciera; seguí sus huellas y escarbé en la arena cenicienta tras sus huesos brillantes y afilados; me guiaba la sombra clara de mi madre. En eso estaba cuando escuché un susurro en mi oído izquierdo, levanté la vista, el cuello oblicuo, y sólo vi una vidriera emplomada de la que nacía el pasillo. Los rayos de luz descomponían en perspectiva varios colores, y proyectaban en el piso el paisaje marino que imitaban los cristales. Cerré los ojos y proseguí mis tareas filiales. Volví a oír el susurro. Decidí aparentar inadvertencia y voltée de improviso para sorprender al intruso que me llamaba y luego se escondía: era una adolescente, sonreía, placentera y frugal.

Me invitó a acercarme y sus manos ondeaban como si estuviera en el agua. Tenía húmedo el cabello rubio, y la luz del emplomado hendía el cuerpo desnudo debajo de su túnica blanca, simulaba un afluente de colores; iba descalza, las uñas de un pie con barniz rojo. Me intrigó tanto que me acerqué; recuerdo de su rostro liso y primordial, los ojos verdes. Caminé por el pasillo y me golpeó la pestilencia desde la puerta de una cocina sombría. Tres pasos adelante, en la puerta siguiente, miré de soslayo a dos hombres que jugaban a los dados en silencio. Me pareció leer un cuadro de taberna portuaria de mala muerte. Ni siquiera me vieron. La pequeña griega me aguardaba al final del pasillo.

Me tomó la mano derecha y la acercó a su estómago, a la altura del ombligo y puso mi dedo pulgar ahí, caracol cálido bajo la tela dúctil. Río, y creció un aire gutural. Luego tomó mi dedo tieso y lo puso en su boca, la abrió y sacó su lengua para tocar mi dedo. Yo retrocedí, asustado. Algo quería decirme y no podía: el susurro salía de sus labios, comenzaba a crecer en una melodía que se desplomaba, arena gruesa de un mar hosco, y enseguida acordeón descompuesto. Quizá la torpeza de querer hablar su lengua, atávica, y otra extraña -español- gestaban tal tartamudez de divinidad caída: un sarcasmo innoble, de un canto que hubiera perdido memoria del origen. Guardé mis manos en los bolsillos del pantalón y me di la media vuelta. Oí sus ruegos adultos pero el miedo me fortaleció. Al pasar ante los hombres, uno de ellos, flaco y de bigote, debía ser el padre de ella, hizo hacia mí un gesto procaz que deseaba subrayar el bajovientre y el trastorno del cerebro en la pequeña griega. El cuartucho retumbó por las carcajadas.

Jesús y la Gorgona terminaban su regateo, y apenas me atendieron. La vieja recibió el pago y entregó una armónica. Jesús puso ésta en mis manos; la tomé, trofeo leve, y salimos de la tienda. En un cobro simbólico a los misterios de Jesús, callé mi encuentro con la pequeña griega.

Llegamos a casa y hubo reproches por nuestra tardanza. Comimos y Jesús pasó la tarde enfrascado con mis hermanas en un juego de damas chinas. Yo preferí pegar estampas en un álbum. Antes de la hora de la merienda, llegó mi padre: llevaba el diario vespertino en la mano. Serio, le pidió a Jesús hablar a solas con él y salió sin responder a una broma de mi hermano. Jesús imitó un rostro de candor, que el moretón remarcaba, y lo siguió. Se encerraron en el despacho. 

Corrí al patio. Quería ver si lograba atisbar desde una ventana que ahí colindaba, pero la persiana estaba cerrada. Desde un resquicio vi la única zona posible: mi padre golpeaba con el índice una noticia del periódico y pedía explicaciones a Jesús. La voz baja traicionaba su disgusto. Me cansé de ver y no entender, tenía hambre y preferí esperar; quizá Jesús nos contaría mañana. Merendé y esperé en vano; me fui a dormir.

Al día siguiente, me desperté un poco tarde y descubrí que no había adultos en la casa. Si no hubiera sucedido lo de la noche anterior, me habría alegrado: mis hermanas sólo encontraron un recado paterno que se limitaba a saludos y recomendaciones domésticas. Busqué el periódico aquel y, al hojearlo, noté que le faltaba una página, sin duda rasgada. Después las explicaciones fueron nulas; mi padre dejó de llevar a casa el periódico, como acostumbraba. A partir de esas fechas, Jesús interrumpió sus visitas regulares. Cuando preguntábamos por él, eran evidentes las evasivas de mi padre -le he preguntado ahora y dice no recordar aquello-. De tarde en tarde aparecía, estaba una brevedad y se retiraba. Argüía que llevaba el tiempo escaso, pero insinuaba que evadía a su primo. “Pasé a saludarlos, adiós”, era lo más que alcanzábamos a recordar de sus visitas, y prometía que la próxima vez me enseñaría, ahora sí, a tocar la armónica. Nunca lo hizo y yo tampoco me esmeré en aprender a tocarla por mí mismo.

Esto es una verdad a medias: sí la toqué pero de otro modo: soplaba en las celdillas de las notas altas y espantaba perros y gatos. O tomaba la armónica con una mano y empezaba a girar y girar en una danza demencial; así emitía unos acordes dispares hasta que una grieta rasgaba mi cabeza y me derrumbaba, mientras aguzaba el oído, entre el ritmo percusivo de mis sienes, para rastrear los ruegos de la pequeña griega.

Nadie me interrogó sobre aquel sábado ni descifré sus pliegues, que he resumido: los cuento porque preceden la muerte de Talía, sugieren un filo tenaz en la vida de Jesús; ¿será que hay personas con designios siniestros hacia el dolor y las anomalías? No lo sé, pero el sentimiento de la sospecha acude desde entonces a mí, ante cualquier hecho que lo suscite, como una música del miedo.

Este es un capítulo de la novela Noche oculta, que Ediciones Cal y arena publicará próximamente.

AHORA SE EXPLICA TODO

El martes 24 de julio de 1990, apareció en el diario unomásuno un artículo del psicólogo Octavio Rivas, “expreparador mental” de la selección mexicana de futbol y de otros equipos, en el que cuenta lo que hizo con una selección juvenil “en la que ya no creían ni sus propios familiares”. Dice Rivas:

Del Castillo (entonces presidente de la Federación Mexicana de Futbol) me preguntó que si realmente yo creía que algo se podía hacer. Independientemente de que yo me había separado por desacuerdos en lo económico, acepté el reto diciéndole que no cobraría nada en caso de que no hubiera resultados. Tuvimos casi tres días para laborar en dinámicas de grupo que aclararon malos entendidos y resentimientos entre los jugadores; hicimos trabajos con técnicas orientales al aire libre, después de su ejercicio físico en el Ajusco; y finalmente tuvimos una larga sesión trascendental, con una técnica llamada bioenergética, en la que hicimos una catarsis grupal, incluyéndome a mí, y después de eso les dije que la lógica racional a veces es un engaño. Logré exponerles con claridad aspectos que hoy los físicos nucleares, explicando la conducta humana, atribuyen a ondas quánticas, que trascienden la realidad tridimensional y producen fenómenos que son explicables en la cuarta dimensión.

En efecto, esos futbolistas entraron a la cuarta dimensión: lo verdaderamente increíble es que ganaron, pese a todo.

La poesía de Víctor Serge

La gente discute interminablemente sobre la intención de Auden cuando, conmemorando a Yeats, escribió que “la poesía no hace que ocurra nada”. Tienden a olvidar que lo dijo de este modo:

Pues la poesía no hace que ocurra nada; sobrevive

En el valle de su hacer donde los ejecutivos

Jamás querrían meterse…

“Sobrevive”. No es una gran pretensión. Pero marca la idea implícita de que sobrevive tanto activa como pasivamente, que llega a vivir más que sus prosaicos y triviales enemigos. Este pensamiento retorna cuando uno lee Resistance, la poesía de Víctor Serge, ahora traducida del francés al inglés por James Brook y publicada por City Lights Books (261 Columbus Avenue, San Francisco, CA 94133), en tiempo justo para el cementerio del nacimiento de Serge en 1990. Con el único término de “ejecutivos” Auden obviamente quería decir los burocráticos, los mercantiles, los literales y los reprimidos. Toda la vida de Víctor Serge fue una confrontación, en las palabras y en la acción, con esas fuerzas. Sus Memorias de un revolucionario (Ediciones El Caballito, México, 1973) forman parte de los registros nodales del drama del fascismo y el stalinismo entre las dos guerras mundiales, y sus novelas -El caso Tulaev, El nacimiento de nuestra fuerza- aventajan a las ficciones de Arthur Koestler sobre revolución y traición por su pureza y su intensidad superiores. Aún así, qué emoción es hallar un estremecedor anticipo de Oscuridad o mediodía en su poema “Confesiones”, de 1938, sobre los procesos de Moscú:

Si alzamos a los pueblos e hicimos temblar los continentes, fusilamos a los poderosos, destruimos los viejos ejércitos, las viejas ciudades, las viejas ideas, comenzamos a hacer todo de nuevo con estas sucias y viejas piedras, estas manos cansadas y las magras almas que nos dejaron, no era para regatear contigo ahora, triste revolución, madre nuestra, nuestra niña, nuestra carne, nuestra decapitada aurora, nuestra noche con estrellas oblicuas, con su inexplicable Vía Láctea destrozada.

Aunque buena parte de la poesía de Serge lleva la huella del lugar y el tiempo en que fue escrita -un lejano rincón del Gulag durante el exterminio de la vieja guardia bolchevique- no es, en modo alguno, didáctica o política. En “Verdad”, por ejemplo, es casi lírica (“Vi a la estepa vadear y al niño crecer”) cuando alude a la sinfonía natural y humana. Y en “Bote en el río Ural”, uno no tiene por qué saber que sus compañeros de viaje eran deportados como él, pues el poema es sobre la amistad y las penurias:

Besa a la muchacha con que sueñas…

Jacques frunce levemente sus delgados labios

como un prudente judío que llegará a ser viejo.

Boris, el del perfil de lobo hambriento, bebe en la tristeza de una noche sin bebida.

Serge ocupaba ese frágil y fascinante arco que se extendía entre el Manifiesto del Surrealismo y la Plataforma de la Oposición de Izquierda; entre André Breton y la traición a Barcelona. Su internacionalismo le era tan connatural como su aliento. Odiaba al atraso y al servilismo, fuese político o artístico, y lo odiaba sobre todo cuando se manifestaba entre supuestos revolucionarios. Vio a Yesenin, Mayakovski, Mandelstam, destruidos o desmoralizados por la aplastante presión de un brutal seudorrealismo, y también vio la cobardía de muchos escritores e intelectuales frente a esta presión. Su desafío al conformismo y al servilismo aparece muy claro en su poema sobre la muerte de Panait Istrati:

Yaces sobre tus recortes de periódicos como Job sobre sus

cenizas,

escupiendo con calma el pedazo final de tus pulmones a la cara de esos escribidores,

alabanciosos de matanzas con provecho y vividores de revoluciones desgarradas…

Yeats acostumbraba hablar de “un libro del pueblo”: un registro de la tradición, los preceptos y las intuiciones que era transmitido en forma invisible e independiente de los hechos de la alta cultura y la alta política. Es obvia la importancia que para este “libro” metafórico tienen los poemas y las canciones. Pueden ser aprendidos y atesorados incluso por los pobres y los iletrados. En otros términos, la poesía está moralmente a prueba de la censura. La obra de Serge es un buen ejemplo de esta cualidad. Cuando finalmente lo deportaron de la Unión Soviética en 1936, los guardias fronterizos confiscaron su manuscrito. Pero, una vez en París, pudo recomponer los poemas de memoria, prueba de oro de la fuerza de la poesía contra los ejecutivos. Como lo escribió en su fragmento “Se recio”:

Con el tiempo la carne gastará nuestras cadenas

Con el tiempo la mente las hará saltar

Cuando Serge murió, un exiliado pobre y olvidado en México, había probado toda clase de desilusiones y de derrotas. Pero nunca degeneró en el cinismo ni se permitió coquetear con ninguna variedad de reacción. Eso habría sido desesperanza, y fue a la desesperanza la que sus poemas, con tanta belleza y dignidad y humor, mantuvieron a raya.

En sus últimos años diría a su hijo que se conservara a distancia del culto antisoviético que con tan prostituida facilidad se estaba extendiendo entre la intelectualidad occidental. Era importante, decía, mantener las grandes esperanzas. Ahora se anuncia que la revista literaria URAL publicará El caso Tulaev, llevando así al lector soviético una novela sobre la realidad de las purgas stalinistas que se anticipó en varias décadas a Solyenitsin. Además, la Fundación para la Cultura Soviética ha resuelto llevar a cabo una investigación para encontrar el manuscrito original de los poemas confiscados de Serge.

Pero todo esto es secundario y anticuado. La poesía de Serge ha sido fiel al mandato de Auden. En realidad, hasta puede haber ido más lejos. Y al sobrevivir, como parte de lo que nos queda de una trágica pero incompleta lucha, ha contribuido a hacer que algo ocurra:

Vamos a trabajar para que algún día,

tal vez, un viajero contemple en las líneas que ahora maduran,

como hoy lo puedo jalar en mi red en la charca de inútiles días,

algún trazo de un cielo tranquilo que de aquí no distingo.

-“En el río Ural” (Orenburg, verano 1935).

Tomado de The Nation, N. Y. 23 octubre, 1989.

Traducción de Adolfo Gilly

Mujeres

Dice Carmen Maura, la actriz que protagonizó Mujeres al borde de un ataque de nervios (dirigida por Pedro Almodóvar), en el número de agosto de 1990 de la revista española Cambio 16:

Vivo sola y me gusta y lo paso bien. Llevar bien una relación sentimental es lo más difícil que hay. Hay que aplicarte mucho y prestar mucha atención. Yo, por ejemplo, creo que lo que no hay que hacer es ningún sacrificio, no hacer cosas que no te apetecen, en eso soy muy poco generosa. Creo que luego vienen los líos, cuando te encuentras a ti misma diciendo: “Pues el jueves fui a tal sitio y no me apetecía nada, pero lo hice por ti”. Y el otro dice: “Pues te acuerdas en Navidad que yo…”, y todo esto se va montando como la nata y se vuelve pegajoso. De todas maneras habíamos quedado (ella y la entrevistadora) en que no íbamos a hablar de estas cosas.

Ay, mi amor.

La sociedad civil amenazada

. UNA ENTREVISTA CON RALPH DAHRENDORF

Esta entrevista apareció en la revista Harper’s de julio de 1990. Ralph Dahrendorf es rector del St. Anthony’s College en Oxford. Pronto aparecerá su último libro: Reflections on the Revolution in Europe. La entrevista fue realizada por Nathan Gardels, editor de la publicación trimestral New Pros- Dectives Quarterly.

Después de las revoluciones democráticas en la Europa del Este el año pasado, y de la reciente renuncia del partido Comunista Soviético a su derecho constitucional al monopolio de gobierno, ¿diría usted que el Este y el Oeste, luego de una prolongada división ideológica, tienen ahora una sociedad civil común? ¿Diría que, de hecho, el Este se ha unido al Oeste?

No. El enfoque englobador, que ejemplifica el artículo de Francis Fukuyama sobre “El fin de la historia”, el enfoque que da a entender que los países de Europa Oriental están dejando un sistema y adoptando otro, malinterpreta totalmente lo que está sucediendo.

Estos países han dejado un sistema y han adoptado la sociedad abierta. La sociedad abierta no es un sistema, es una oportunidad. En realidad el mayor problema en el Este es encontrar caminos que sustenten la sociedad abierta para la construcción de una sociedad civil, lo cual es algo que no puede hacerse reformando artículos de una constitución.

Por un lado, por sociedad civil entiendo el establecimiento de un Estado de derecho, y por el otro, el amplio desarrollo de instituciones autónomas, es decir, instituciones que no surgen del Estado sino que actúan como agentes de la voluntad del pueblo. Tales instituciones incluirían partidos políticos, sindicatos obreros, empresas independientes, movimientos sociales como grupos ecologistas de cada región, libertad de cultos, libertad en la decisión profesional, universidades autónomas.

En una sociedad abierta, estas instituciones se crean bajo el supuesto de que ningún grupo posee la verdad sobre cómo debería desarrollarse la sociedad. En cambio, hay una multitud de grupos activos con proyectos y propuestas competitivas donde nadie está en la actitud de usurpar el poder. Ese caos creativo es la única garantía de una sociedad abierta.

De tal manera que el hecho de redactar una bonita constitución no será suficiente para sostener una sociedad abierta. Como afirmó James Madison en los Federalist Paper’s, uno debe crear la realidad social general en la que pueda vivir la constitución.

Y ese mundo intermedio de la sociedad civil, ese espacio entre el individuo y el Estado, es precisamente lo que los regímenes comunistas) han destruido.

Sí. Ese es el motivo por el que no será tarea fácil recrearlo en Europa del Este. Sin duda Rumania es el ejemplo extremo de lo que estoy hablando. Se ha perdido demasiado. El simple hecho de destituir a las instituciones estatales de los poderes que tenían, no garantiza una sociedad libre.

Polonia, por supuesto, está al otro lado del espectro en Europa del Este. Incluso bajo el régimen comunista, Solidaridad y la Iglesia Católica fueron instituciones activas, fuertes y autónomas ampliamente respetadas por el pueblo. Pero incluso ahí queda mucho por construir en términos de una sociedad civil fuerte.

En Polonia y en algunas otras partes de Europa del Este, ¿acaso la sociedad civil no le dio un golpe al Estado? ¿No se debilitaron los gobiernos comunistas ante la presencia de una oposición unificada con un esquema mental común, sostenido en Polonia por Solidaridad y por la Iglesia, y en Checoslovaquia por las piezas teatrales de Havel y por el jazz clandestino?

No creo que hubiera en absoluto una óptica compartida. Había una clara oposición, pero un esquema mental común, como usted lo llama, era simplemente un acuerdo de que la situación era totalmente negativa.

En el momento en que la oposición entró a gobernar, tal esquema se vino abajo. En términos de un proyecto constructivo, no tienen nada en común los miembros del Frente Nacional de Salvación de Rumania y de la llamada Mesa Redonda de Alemania Oriental.

Lo que observamos en estos países fue una oposición latente, llevada a cabo principalmente por los intelectuales, y no por una sociedad alterna en formación.

Con la reunificación de los dos estados alemanes y los creciente nexos entre las dos Europas, ¿ve usted prospectos positivos para construir a la sociedad civil en el Este?

El problema es este: se lleva seis meses crear nuevas instituciones políticas que redacten una nueva constitución y leyes electorales. Se puede llevar seis años crear una economía parcialmente viable. Y la creación de una sociedad civil probablemente se llevará sesenta años. Las instituciones autónomas son el renglón más difícil de llevar a cabo.

No quiero sonar como Jean Kirkpatrick, pero cuando ella dice que sólo Gran Bretaña y Estados Unidos han desarrollado sociedades civiles, no le falta razón, solamente exagera. Así que aunque los proyectos de crear una sociedad civil en el Este son más fuertes que nunca, aún son precarios.

La sociedad civil está amenazada también en Occidente pero de manera distinta. En Occidente el mercado libre crea el espacio para la actividad autónoma por medio de la descentralización en la toma de decisiones, pero corrompe a la sociedad civil al convertirlo todo en bienes de consumo.

En mi opinión, el mercado, como lo definen los economistas, es bastante incivil: da por hecho que los actores no son más que individuos aislados. Cuando yo digo mercado me refiero a un mundo de grupos autónomos y activos, y a instituciones en competencia unas con otras, a sindicatos obreros, empresas y demás.

Hay dos modos de atacar a la sociedad civil: está el ataque totalitario, que ve a las instituciones civiles como obstáculos para el ejercicio del poder total. Pero también está el ataque a la Margaret Thatcher, quien dice: “No existe eso que llaman sociedad, sólo hay individuos y gobierno”. Ese ataque a la sociedad civil viene de una teoría económica de democracia.

Si permitimos que impere una óptica económica de la sociedad, las instituciones que funcionan como amortiguadores entre el Estado y el individuo quedarán desprotegidas, irán rumbo a su resquebrajamiento. Al final, las universidades no serán sitios para la enseñanza y la investigación sino apéndices del crecimiento económico. Las artes no serán medios del deleite y la expresión humanas sino del comercio, del entretenimiento o de la publicidad.

En el Este los prospectos para una sociedad civil se incrementan con la retirada de un Estado abarcador, totalitario. ¿No está en peligro, en Occidente, la fuerza de la sociedad civil por aquellos que podrían excluir a una minoría significativa de la economía de mercado?

El problema no es el mercado como tal si no la obsesión por el desarrollo que hay en Occidente en los últimos tiempos. Cuando el deseo de crecimiento prevalece sobre la preocupación de redistribuir, acabamos con una minoría significativa, incluso con una subclase, que queda excluida de una completa participación social. Cualquier sociedad que siga este camino terminará siendo una sociedad injusta.

O sea que lo que a usted le preocupa es la protección de las instituciones autónomas de la sociedad civil tanto del Estado en el Este, como de la obsesión de desarrollo económico en Occidente.

En este contexto, la autonomía de los medios de comunicación que sustenta la sociedad civil, es una cuestión central. ¿Están los medios de comunicación occidentales tan amenazados por el mercado -ya que sobreviven gracias a la publicidad y alimentan la obsesión de desarrollo- como lo están en el Este por el Estado?

Lo mismo que en el campo económico, me parece que la concentración y el monopolio son un peligro para los medios de comunicación porque amenazan la autonomía que sólo la competencia puede garantizar.

Las posturas contra los carteles y contra los consorcios han sido muy importantes en Occidente, no tanto por razones económicas como políticas. La sociedad civil es necesariamente desordenada. Cuando alguien dice: “Debo tener por lo menos el 40% del mercado para ser viable”, está muy cerca de esa clase de rigidez que destruye a la sociedad civil y con ella a la libertad.

Después de tal erosión en la autonomía de nuestros medios de comunicación en los últimos años, no estamos tan bien parados como para poder aconsejar a nuestros vecinos del Este sobre cómo alcanzar la libertad de prensa.

A fin de cuentas usted no parece muy confiado en la salud de la sociedad civil ni en el Oeste ni en el Este.

El riesgo contra la autonomía, en el Este como en el Oeste, es el mismo. Viene de los usurpadores políticos por una parte, y por la otra viene de los usurpadores del mercado, los monopolios.

En el Este el punto importante es la construcción de la sociedad civil, en el Oeste la meta es defender a la sociedad civil de la destrucción. En ambos casos, las minorías activas, aunque no son la panacea, sí son los mejores protectores. Tenemos que alentar a cada revista o periódico nuevos, y a cada nuevo grupo ecologista; necesitamos aplaudir cada vez que una universidad o un instituto de investigación obtienen independencia.

En el Occidente, sin embargo, ¿no es el principal objetivo defender a la sociedad civil ante el capitalismo triunfante. El Estado apenas se vería como amenaza.

No olvide que vivo en Gran Bretaña. La señora Thatcher ha ayudado a destruir a la sociedad civil con los instrumentos del Estado. Ella destruyó la autonomía de nuestras universidades, arguyendo que debían rendir cuentas al gobierno. Ha destruido la autonomía de la BBC, llamándola nicho privilegiado. Ha atacado la autonomía de la profesión médica diciendo que era un dispendio del gasto público.

De manera que la sociedad civil y la libertad son vulnerables no sólo en un Estado en manos de un monopolio comunista, sino también en un Estado en manos de los conservadores del mercado libre.

10 TIPS PARA UN ESCRITORIO ORDENADO

También en la revista Writer’s Digest de abril de 1990, aparecen estos tips firmados por un diligente Donald Cart:

Un espacio de trabajo atiborrado y desorganizado puede robarle hasta una octava parte de su tiempo productivo. Uno puede aumentar su productividad limpiando el escritorio y la oficina de cuantas distracciones sea posible. Siga usted estos tips para organizar sus materiales y evitar que lo distraigan del proyecto que tiene a la mano en ese momento.

· Mantenga cerrados los cajones del archivero.

· Tenga en un cuaderno los recados o recordatorios para usted mismo. Mantenga ese cuaderno cerrado y fuera del escritorio mientras trabaja.

· Tenga sobre su escritorio únicamente el proyecto en el que está trabajando. Mantenga sus otros proyectos archivados y lejos de la vista.

· Tenga sus fichas de asuntos y negocios en un fichero, y mantenga al fichero fuera de su escritorio mientras trabaja.

· Destine cada día algún tiempo para leer. Cuando no esté leyendo, mantenga al material de lectura fuera de su escritorio.

· Lea su correspondencia y actúe enseguida. Los expertos en negocios han encontrado que puede ahorrarse una gran cantidad de tiempo si el material del correo pasa por sus manos una sola vez.

· Mantenga los libros de referencia en orden y al alcance de la mano. Pero manténgalos fuera de su escritorio cuando no los esté usando.

· No use ficheros múltiples cuando uno es suficiente. Para eso están los separadores. Y manténgalo fuera de su escritorio.

· Tenga sobre su escritorio artículos de oficina como ligas y clips.

· No tenga múltiples agendas. Las citas y los compromisos son más fáciles de rastrear en una sola agenda. Al contrario de la creencia popular, un escritorio revuelto no es el sello de una persona exitosa. No sólo es posible trabajar en un escritorio despejado; también es más productivo.

Traducción de Aurora Tejeda

Usamex: El cambio en la migración

. UNA ENTREVISTA CON WAYNE CORNELIUS, POR RAFAEL LAVEAGA R. 

Durante más de 15 años, la migración de mexicanos hacia Estados Unidos y la política norteamericana en materia migratoria, han sido los temas centrales en las investigaciones de Wayne A. Cornelius. Doctorado en Ciencias Políticas por la Universidad de Stanford y ex-catedrático del lnstituto Tecnológico de Massachussetts, Cornelius durige actualmente el Centro de Estudios México-Estados Unidos de la Universidad de California-San Diego.

En esta entrevista, Wayne Cornelius habla de los cambios más importantes que ha experimentado el fenómeno de la migración a Estados Unidos; se refiere a las condiciones de vida de hombres y mujeres mexicanos que viven en el vecino país y hace un balance de los efectos que hasta ahora ha tenido la Ley de Reforma y Control a la Inmigración de 1986, comúnmente conocida como IRCA o Ley Simpson-Rodino.

El título de su más reciente trabajo sobre el tema de la migración es “De la Temporalidad a la Permanencia: el Perfil Cambiante de la Migración Mexicana a los Estados Unidos”. ¿En qué consiste este cambio y desde cuándo se ha dado?

Una de las creencias más difundidas con respecto a los indocumentados mexicanos, es que se trata de trabajadores agrícolas que vienen temporalmente a los Estados Unidos y que después regresan a reunirse con sus familias. Esta concepción ya dejó de ser adecuada.

Desde finales de los sesentas, la migración mexicana comenzó a ser más heterogénea. Muy rápidamente -sobre todo en los últimos diez años- ciertos factores han ido diversificándose: lugar de origen en México, status legal, capacitación, género, intenciones de residir en los Estados Unidos. etcétera.

Es importante decir que el número de trabajadores agrícolas temporales durante la década pasada no descendió. Sin embargo, en términos absolutos creció muy poco y, en términos relativos, fue ampliamente superado por el número de mexicanos que -en muchos casos acompañados de sus familias- permanecieron en los Estados Unidos por periodos prolongados, trabajando en sectores no agrícolas.

Entre los factores que se han diversificado menciona usted el género. ¿Cuál ha sido el papel de la mujer mexicana en este modelo migratorio cambiante?

El aumento del flujo migratorio de mujeres mexicanas en años recientes es una muestra de su creciente importancia dentro del mercado de trabajo estadunidense. Sin duda, los cambios en la economía de Estados Unidos han afectado la naturaleza y magnitud de la demanda de mano de obra mexicana.

Hoy en día, en muchos empleos se prefiere a las mujeres. En las áreas urbanas más importantes de California, por ejemplo, hay muchas oportunidades de trabajo para las mujeres mexicanas indocumentadas que puedan cuidar niños, hacer el aseo de casas u oficinas o planchar ropa. También la industria del vestido, las empacadoras y las empresas manufactureras de productos electrónicos prefieren a la mujer como fuerza de trabajo.

Por otro lado, la presencia de la mujer mexicana implica en muchos casos la presencia de familias completas; eso es un estímulo para que el trabajador indocumentado ya no piense en regresar, cine en establecerse.

¿Usted cree que el trabajador norteamericano considera denigrantes ciertas actividades que hoy están prácticamente reservadas para los inmigrantes? ¿Es real el contenido de la expresión “Mexican work”?

Algunos economistas argumentan que un trabajador no inmigrante aceptaría cualquiera de los trabajos que desempeñan los inmigrantes, siempre y cuando los salarios fueran razonables. Yo no coincido con esta apreciación y creo que sí hay un rechazo muy claro hacia el “Mexican work .

En general, el norteamericano promedio tiene la oportunidad de escoger y entre sus preferencias no se encuentra el “Mexican work”. Esta expresión, en las zonas con alta concentración de inmigrantes mexicanos, tiene, sin duda, un contenido muy real. Las tareas más pesadas y peligrosas son las que se asocian más con inmigrantes. El trabajo que ellos hacen no puede identificarse por sectores de producción porque son sumamente variados. Lo que hace asociable a un trabajo con inmigrantes, es el nivel y sus características.

Junto con otros distinguidos académicos, usted se ha mostrado convencido de la poca influencia de la IRCA en el flujo de indocumentados. ¿Cuáles han sido entonces los principales logros de esta ley?

El principal logro ha sido en el campo de la legalización. Los dos programas de amnistía puestos en marcha por la Ley han legalizado a más de 3.1 millones de personas. Por lo que hace a las sanciones contra patrones, los datos disponibles indican que esa provisión de la Ley ha tenido muy poca influencia, por lo menos en el flujo de indocumentados que cruzan la frontera por primera vez. Las estadísticas del Servicio de Inmigración y Naturalización de los Estados Unidos indican que -desde mayo del año pasado- se ha incrementado el flujo migratorio. Esta tendencia no parece disminuir y, por lo tanto, el efecto de disuasión de la Ley es cada vez menor.

¿Han mejorado las condiciones de vida de los inmigrantes mexicanos?

El panorama en cuanto a condiciones de vida es muy diverso. La situación de algunos trabajadores ha mejorado y la de otros ha empeorado. Los inmigrantes mexicanos que lograron legalizarse en el marco de la Ley de 1986 (IRCA), tienen ahora más posibilidades de trabajo y, sobre todo, mayor tranquilidad. Su nivel de vida no ha aumentado significativamente, pero lo más importante para ellos es que ya no tienen que vivir con el temor constante de ser aprehendidos. Este grupo de trabajadores legalizados -conocidos como “rodinos”- constituye una minoría.

Por otro lado, un grupo de inmigrantes que se ha visto particularmente afectado es el de los trabajadores ilegales recién llegados, provenientes de zonas que tradicionalmente no son centros de emigración. Llegan a los Estados Unidos sin ningún nexo familiar ni social y sus problemas se multiplican. Además, las sanciones a empleadores previstas por la IRCA han desalentado su contratación en empleos relativamente fijos.

Lo que estos trabajadores han tenido que hacer es lanzarse a las calles, concentrarse en ciertas esquinas, avenidas o centros comerciales y esperar a ser contratados por un día. En algunas localidades -como Encinitas, aquí en California- esta situación ha generado actitudes de abierta hostilidad y en contra de los inmigrantes.

¿A qué cree usted que se deba esta actitud hostil de ciertos grupos de ciudadanos norteamericanos? ¿No es contradictorio que dichos grupos acepten la mano de obra de los trabajadores mexicanos y, al mismo tiempo, rechacen su presencia?

Sí, sí es contradictorio y, peor aún, es una actitud muy hipócrita. Es curioso ver que entre las cosas que más se venden hoy en las colonias de altos ingresos en San Diego, se encuentran libros de bolsillo y videos con títulos como La limpieza del hogar: cómo instruir a su sirvienta de habla hispana.

Los patrones norteamericanos quieren contratar a los inmigrantes como sirvientas, albañiles, meseros o mozos, pero quieren también que se desaparezcan de la comunidad en cuanto terminan su trabajo; no toleran su presencia en forma muy visible, dentro de las áreas urbanas.

Los prejuicios raciales promueven algunas de estas actitudes; no obstante, el racismo no es el único motivo de rechazo. Las encuestas más recientes muestran que el norteamericano promedio no desea mayor inmigración porque esto significa un aumento de la población, lo cual a su vez pone en riesgo su nivel de vida. Este temor se incrementa porque existe la creencia de que la tasa de fertilidad de los latinoamericanos es enorme.

A otros norteamericanos, lo que más les molesta es la “amenaza cultural”, representada por el crecimiento de la población de origen latinoamericano. Tienen miedo de convertirse en una minoría cultural-lingüística dentro de su propia comunidad, dentro de su propio país.

En el infierno de los postergadores

por William John Watkins

En el infierno de los postergadores, los Hemingways desconocidos llegan a leer reseñas favorables de los libros que no escribieron, y los Neo-Baudelaires, cuyas perversiones no acabaron en poesía porque no terminaron de escribirlo, sufren sus crudas a la espera de la aspirina que vendrá con el Milenio. Aquí los dramaturgos que nunca llegaron al tercer acto reciben los gritos del público pidiendo que salgan del telón: “íAnónimo! íAnónimo!”. Y los guionistas esperan a agentes llamados Codot cerca de teléfonos inalámbricos con claves que aún no se han designado.

No obstante, aquí no hay sentencias; después de ser convictos, todos obtendremos el perdón y la libertad -cuando Dios tenga tiempo de hacerlo.

Tomado de Writer’s Digest, septiembre, 1990.

Las sorpresas del censo

Jerôme Monnet. Investigador del Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos.

México no es, no ha sido nunca y no será (probablemente) la ciudad más grande del mundo: esto es lo que nos enseñan los Resultados preliminares del XI Censo general de población y vivienda de marzo 1990, entregados en julio pasado por el INEGI (Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática). La rapidez de la publicación, apenas unos cuatro meses después de levantado el censo, constituye un récord nacional y un muy buen desempeño a nivel internacional, del que se congratulan todos los que utilizan estadísticas. A pesar de eso, la presentación de las cifras ha provocado una tormenta de críticas y preguntas.

La sorpresa ha sido mayúscula: en lugar de los 85 millones de mexicanos previstos por el INEGI, oficina encargada del censo, y de los 90 o hasta 100 millones anticipados por ciertos demógrafos, la República Mexicana contaría en la actualidad con poco más de 81 millones de habitantes. La población de la capital arrojó otros resultados no menos inesperados. En 1980, el área conurbada de la Ciudad de México, integrada por las 16 delegaciones del Distrito Federal y los 20 municipios “conurbados” del vecino Estado de México, habría tenido 14 millones de habitantes. Para 1990, las proyecciones más serias anticipaban una población de 18 a 20 millones de habitantes, que hacían de la Ciudad de México, desde 1988, la ciudad más grande del mundo, por delante de Tokio y Nueva York (18-17 millones), de S?o Paulo y Shanghai (15-13 millones).

Resulta lógico pensar que cierto sensacionalismo quedó decepcionado ante el anuncio de que en 1990 la Ciudad de México sólo tenía 15 millones de habitantes. Por su parte, los investigadores se desconcertaron ante este fenómeno que negaba todas sus previsiones. Si se miran con detalle, los resultados son todavía más sorprendentes: las cuatro delegaciones centrales perdieron 700 mil habitantes, en tanto los suburbios de Nezahualcóyotl, Tlalnepantla y Naucalpan, cuya población había aumentado al doble entre 1970 y 1980, asistieron a una disminución neta durante la última década, al lado de periferias que se multiplicaron por tres o cuatro durante el mismo intervalo (Chalco y Chimalhuacán). Mientras se dispone de los porcentajes urbanos de crecimiento natural, el crecimiento del país (21.4% entre 1980 y 1990) puede servir de patrón para medir las enormes diferencias de evolución demográfica entre los 36 municipios y delegaciones de México. Dos municipios tuvieron un fuerte crecimiento de 260 a 290% en diez años; trece municipios y una delegación periféricos, un crecimiento de 40 a 110%; cinco delegaciones y dos municipios, una ligera alza de 18 a 35%; tres delegaciones y tres municipios, cierto estancamiento de entre -10 y +12%; finalmente las siete delegaciones centrales tuvieron una fuerte pérdida de 16 a 27% de su población (cf. mapa). En consecuencia hay que llegar a comprender cómo la misma ciudad pudo tener evoluciones tan contrastadas en el lapso de una década.

Ante estas cifras las reacciones periodísticas y científicas han sido muy violentas. Las más moderadas declararon que el censo resultaba dudoso; las más extremas, que se trataba de una manipulación del gobierno que maquillaba las estadísticas con fines políticos. Nadie podía permanecer indiferente, porque de todos modos había que explicarse las incoherencias y las rarezas que reveló la comparación de los censos de 1980 y 1990.

¿Sobre qué se fundan las dudas acerca de la validez de las cifras de 1990? En lo esencial yo distingo dos razones: por una parte, la credibilidad del gobierno está tan deteriorada que todo dato que proporciona resulta automáticamente sospechoso; por otra parte, los resultados no son los que esperaban. El primer motivo de duda tiene que ver con la confianza que una sociedad deposita en sus autoridades: que el censo de 1990 sea bueno no impedirá, entonces, que la gente no crea en su validez. Y esto prueba que la eficacia tecnocrática no es una garantía de eficacia política; es más bien esta última la que da su valor a aquélla. La segunda razón (la separación entre lo que se esperaba y lo que ha sido anunciado) ilustra por su parte la dificultad que hay en tomar en cuenta a una realidad nueva que no sólo contradice las proyecciones sino también, tal vez, ideas hechas.

Dos actitudes son posibles frente al censo de 1990: negar su validez y exonerarse de cualquier pregunta acerca de los cambios que pudo haber sufrido México en diez años, o bien, partir del postulado de que el censo es válido y tratar de explicar de otra manera eso que nos sorprende e incomoda. Esto último es posible si se consideran varios factores: la calidad del censo de 1980, la eventualidad de una “revolución demográfica”, los efectos acumulados de la crisis, los sismos y la desconcentración de la Ciudad de México, sin olvidar los “obstáculos epistemológicos” que pudieron distorsionar la percepción de los cambios.

Resulta evidente que hoy en día el INEGI no puede poner en duda los resultados del censo de 1980 porque se haría sospechoso de confesión interesada. Pero eso no impide que tal censo se preste a varias críticas. La más grave es haber tardado entre cuatro y nueve años en dar otros resultados que no fueran los preliminares, a causa de una centralización excesiva del tratamiento de la información, motivo por el que también en la actualidad no se pueden verificar los datos brutos. Porque parece que una serie de negligencias y de desgracias provocó la pérdida de una buena parte de los cuestionarios, de las actas y de las cintas magnéticas, lo que le quita a lo que queda todo valor cuantitativo; de tal forma, el terremoto de 1985 destruyó los datos económicos de 1980, de los que no había copia y antes aun de que fueran publicados.

Que no se pueda probar la validez de las cifras de 1980 abre la puerta a las dudas y a las insinuaciones de algunos que ven en las fantásticas tasas de crecimiento de la Ciudad de México entre 1970 y 1980, una sobrevaluación hecha por las autoridades locales con el fin de obtener presupuestos más elevados del gobierno federal. En apariencia esta práctica no ha muerto, ya que después de los recientes dramas provocados por la temporada de lluvias en varias zonas, los responsables han creído oportuno presentar cifras de, población dos veces superiores a las del censo. De tal forma, para ilustrar las virtudes mágicas de las cifras, Alvaro Obregón albergaría 500 mil habitantes espantosamente ricos, 500 mil extremadamente pobres y 200 mil personas de clase media (El Financiero, Ciudad de México, agosto 6, 1990, p. 63). No obstante, según el censo la delegación Alvaro Obregón no contaría sino con 643,500 habitantes (639,200 en 1980, 456,700 en 1970). Claro que hay que dudar; pero ¿cuál es la cifra más sospechosa?

Algunos elementos permiten pensar que el censo de 1990 puede ser de mejor calidad que el de la década anterior. Por ejemplo, la rapidez de publicación es un buen síntoma, en este terreno tanto como en el de las elecciones. En segundo lugar, este fue el primer censo organizado por el INEGI, lo que ofrece una posible garantía de independencia. En efecto, este organismo “desconcentrado”, que se creó en 1983, tiene una cierta autonomía jurídica y presupuestaria que no tenía la vieja Dirección de Estadística de la Secretaría de Programación. El INEGI se aplicó desde 1984 a la preparación del futuro censo que constituía su “prueba de fuego”, y con este fin realizó estadísticas previas que encontraron anomalías en el patrón de 1980. Los cuestionarios de las encuestas y las categorías utilizadas para el tratamiento fueron mejor concebidos; por ejemplo, la clasificación de las actividades y de los productos es más pertinente.

VARIACIONES DE POBLACION DE LA CIUDAD DE MEXICO, 1980-1990 (porcentajes decenales)

Fuentes: Anuario estadístico del Distrito Federal 1984, México, INEGI/DDF, 1984; Anuario estadístico del Estado de México 1986, Toluca, INEGI/Gobierno del Estado de México, 1986, Resultados Preliminares, XI censo general de población y vivienda 1990, México, INEGI, 1990; Atlas de la ciudad de México, México, El Colegio de México/DDF, 1987.

Cuando se publiquen los resultados definitivos y detallados, los especialistas podrán comparar estos datos con el resultado de sus propias investigaciones, para determinar la fiabilidad de unos y otros. Cada uno deberá cruzar varios indicadores sobre un largo periodo (por lo menos 1970, 1980 y 1990) con el objeto de establecer las convergencias y las coherencias que tal vez permitirán detectar los datos sospechosos (cf. Tabla). Pero también habrá que echar mano de los factores que explican los cambios reales en la Ciudad de México.

Se presentía, se fomentaba, se deseaba, pero evidentemente no se le esperaba tan pronto. Entre 1960 y 1980 la República Mexicana tenía una tasa de crecimiento que rozaba el 4% anual. Entre 1980 y 1990 no habría sido sino de un poco más de 2% por año: tratándose de una revolución, resulta en verdad una revolución. Pero ésta no lo sería tanto si se sospecha que el censo de 1980 está sobrevaluado, porque entonces habría que revaluar a la alza el crecimiento de la última década. En cualquier caso, ya sea que el cambio haya sido más suave y negociado desde antes de 1980 o realmente brutal en los últimos años, ¿es inconcebible que México haya entrado en su revolución demográfica?

La urbanización continua de la población con sus modificaciones de los modelos de comportamiento, pero también la emigración de las fuerzas vivas hacia el “norte”, los efectos de la crisis y del terremoto pudieron intervenir con mayor fuerza que la prevista. Digámoslo claramente: en todo el mundo las explicaciones de los fenómenos demográficos no intervienen sino a posteriori; la previsión de las evoluciones en este terreno aún es muy arriesgada. Pero no porque uno esté sorprendido por un acontecimiento se debe negar a priori que haya tenido lugar.

Los datos todavía no son publicados pero desde ahora se puede adelantar la hipótesis de que la crisis que comenzó en 1982 redujo fuertemente la atracción de la Ciudad de México. Si el éxodo rural parece persistir (lo que no sería sorprendente, en vista de la difícil situación del campo mexicano) se dirigiría de ahora en adelante a las ciudades medias, según los resultados preliminares. Estas ciudades, tradicionalmente estaciones de paso y origen de la migración hacia las grandes zonas metropolitanas (México, Guadalajara, Monterrey, Puebla) tal vez han captado el flujo en su propio provecho. Quedaría por explicar por qué las grandes ciudades han dejado de ser atractivas: ¿la válvula del sector terciario informal habrá sido incapaz de absorber a los nuevos inmigrantes?

Estudios posteriores tal vez nos den la respuesta, de la misma manera que nos dirán en qué momento la Ciudad de México dejó de importar población para comenzar a exportarla si se confía en los resultados preliminares, con +6.4% entre 1980 y 1990, el área conurbada de la Ciudad de México está muy por debajo del crecimiento natural del país (y también de su propio crecimiento natural, que debe ser inferior a la media nacional). Los 21 municipios y delegaciones de la capital que tienen un crecimiento superior lo deben sin duda, esencialmente, a la transferencia de las poblaciones provenientes de las 15 circunscripciones que exportan a sus habitantes. Queda por saber quién se ha ido, por qué y hacia dónde: sólo una respuesta satisfactoria a estas preguntas hará posible no dudar de las cifras que se nos proporcionan.

Mientras tanto se puede suponer que los sismos de 1985 llegaron a reforzar la tímida política de descentralización que los problemas de gestión de la ciudad y la crisis habían provocado. Parecía que todos estos efectos conjugados habían sido muy modestos: pocas administraciones y empresas habían seguido el ejemplo dado por el INEGI, cuya sede se trasladó a una ciudad de provincia y sus actividades se repartieron en diez direcciones regionales, luego del terremoto que destruyó algunas de sus oficinas y de sus censos. Tal vez la catástrofe tuvo un efecto más importante del previsto, tanto para volver más masivas las redistribuciones internas de población en la ciudad, como para detener las migraciones a la Ciudad de México, e incluso para favorecer la aparición de un movimiento inverso.

Sí, todo el centro de la Ciudad de México se va quedando sin gente. Pero esto no asombra a los que conocen la evolución de la ciudad: desde 1950 la delegación Cuauhtémoc, que incluye el centro histórico, nunca ha dejado de perder población. Desde 1970 las cuatro delegaciones centrales habrían perdido una tercera parte de sus habitantes. Tan sólo la aceleración y la extensión de este éxodo resultan notables en la última década de aquí en adelante la evolución afecta a las 7 delegaciones más antiguamente urbanizadas, que en diez años pierden entre 16 y 27% de su población.

Disponemos de varias suposiciones para explicar esto: una eventual sobrevaluación de 1980 acentúa la evolución ulterior; ahí es donde los sismos golpearon más fuerte con el mayor número de decesos y de desalojos; ahí la población tiene mayor edad, más estudios y está globalmente más acomodada que en otras partes, lo que no puede sino acelerar la revolución demográfica. Y para terminar, la crisis ha colaborado en la evolución funcional del centro que se hace en detrimento del hábitat, progresivamente empujado hacia la periferia por las políticas urbanísticas, la especulación inmobiliaria, el aumento de las molestias y de la contaminación, etc. Esta evolución es común a la Ciudad de México y a otras grandes metrópolis como París, Londres o Nueva York, en las cuales el despoblamiento en beneficio de las actividades terciarias, en un principio limitado a los barrios más céntricos, se extiende enseguida más ampliamente. 

Para comprender las reacciones ante la publicación de los resultados preliminares del censo de 1990, hay que tomar en cuenta las anteojeras psicológicas que pudieron contribuir a la sorpresa general. En efecto, bien enraizada en la manera de pensar estaba la costumbre de considerar a México como la ciudad más grande del mundo, o a la República Mexicana como un país del Tercer Mundo. Se podía obtener provecho de estas situaciones: la política exterior del gobierno hace de México un “líder” del Sur; nosotros mismos, los investigadores, geógrafos, sociólogos y urbanistas podíamos enorgullecernos de estudiar “el” fenómeno urbano del siglo XX y de vez en cuando ceder a la tentación de exponer ideas hechas en lugar de seguir cuidadosamente las evoluciones que las cuestionan.

De aquí en adelante el crecimiento demográfico del país (2.1% anual) se aproximaría al de Argentina (1.6%), Corea del Sur (1.4%) o incluso al de Portugal (1%), en lugar de acercarse al de Nicaragua (3.6%) o Kenya (4.0%). Esto obliga más que nunca a revisar el concepto unitario de “Tercer Mundo”. Y habría que admitir que estudiarnos una ciudad cuyo tamaño no es único, a pesar de ser imponente: es posible que S?o Paulo y Shanghai ya estén más pobladas que México, y resulta probable que pronto se disputen el título de la más grande metrópoli mundial. Habrá que determinar en qué medida el cliché de “la ciudad más grande del mundo” no fue una especie de fantasma que deformó la percepción de la Ciudad de México durante los últimos diez años y que impidió dar su justo valor a los elementos que indicaban que el crecimiento de la capital ya no era el que había sido.

¿Lo anterior permite pensar que quedan menos cosas por hacer en la Ciudad de México? Los problemas, la contaminación, el tránsito, ¿serán menos difíciles porque de un solo golpe somos menos numerosos de lo que creíamos ser? Evidentemente no. Y si en verdad todas estas cifras no fueran sino una gigantesca mentira destinada a preparar otra, electoral, no veo de ninguna manera qué problemas reales se ahorrarían las autoridades al declararlos simplemente inexistentes. En el peor de los casos la manipulación del censo retrasaría la percepción de una realidad dramática que por su parte se encargaría de hacer pagar esta negligencia. En el mejor de los casos, hoy nos encontramos con los mismos problemas que ayer (¿por qué habrían disminuido?). Al tener los medios para medirlos, también tenemos los medios (limitados, no soñemos) para resolverlos mejor.

No se trata aquí de “defender” el censo de 1990: él sólo se defenderá y todos los análisis e investigaciones por venir se encargarán de invalidarlo o de confirmarlo. Los resultados preliminares nos han dejado a todos incrédulos: para explicárselos, parece que al lado de una legítima desconfianza ante las cifras y de una posible ceguera frente a las evoluciones, deben tomar su lugar poderosos factores de cambio demográficos que tal vez conduzcan a la sociedad mexicana al umbral de un nuevo periodo de su historia.

Variaciones de la población del área conurbada de la Ciudad de México (porcentajes)

Fuentes: Anuario estadístico del Distrito Federal, 1984, México, INEGI/DDF, 1984; Anuario estadístico del Estado de México, 1986, Toluca, INEGI/Gobierno del Estado de México, 1986; Resultados preliminares, XI censo general de población y vivienda, 1990, México, INEGI, 1990.

Mirada

Este relato, que apareció en El paseante (7,8), es de una exquisitez prácticamente inusual en la narrativa de Rubem Fonseca y podría incluirse como perla perfecta de un imaginario bestiario moderno. Un hombre mira y es mirado por una trucha, que luego le servirá de manjar iniciático.  

¿Una mirada puede cambiar la vida de un hombre? No hablo de la mirada del poeta, que después de contemplar una urna griega tuvo que cambiar de vida. Me refiero a transformaciones mucho más terribles.

A mí no me gustaba comer, hasta que ocurrieron los episodios que relataré dentro de poco. Tenía dinero para alimentarme con los más finos manjares, pero los placeres de la mesa no me atraían. Por varias razones, nunca había entrado en un restaurante. Era vegetariano y me gustaba decir que sólo echaba en falta los alimentos del espíritu -música, libros, teatro-. Lo que era una estupidez, como el Dr. Goldblum me demostró después.

Mi profesión es escribir, como todos saben. No necesito decir el tipo de literatura que hago. Soy un escritor al que los profesores de letras, en una de esas convenciones arbitrarias que hacen creer a los alumnos, llaman clásico. Y eso nunca me molestó. Una obra es considerada clásica, a través de los tiempos, por haber captado la atención ininterrumpida de los lectores. ¿Qué más puede querer una autor? Que me llamen pues, clásico, o incluso académico. Ya antes de comenzar a escribir, yo prefería a los clásicos. Felizmente, el acceso a los clásicos de la literatura y de la música no presenta las dificultades que existen, por ejemplo, en relación con el teatro. Las tiendas de música y las librerías, por más populacheras que sean, siempre ofrecen, junto con la basura abominable que suelen poner en venta, las obras de algún que otro gran maestro. No hace mucho tiempo descubrí, en una librería donde pululaban Sheldons y Robins, una hermosa edición del Orlando fusioso de Ariosto, en italiano, una perla en medio de la pocilga. En cuanto al teatro, la situación es desalentadora. Raramente se puede asistir a una representación de Sófocles, Shakespeare, Racine, Ibsen, Strindberg. Lo que se ofrece comúnmente al espectador son las mierdas del provinciano teatro norteamericano o las mediocridades del decadente teatro europeo, por no hablar del teatro brasileño, aprisionado en el suburbio sórdido de Nélson Rodrigues. El cine es un arte menor, si es que se puede calificar de arte a una manifestación cultural incapaz de producir una obra verdaderamente clásica. En cuanto a la ópera, la juzgo un entretenimiento de burgueses en ascenso que suponen refinada esa mezcla primaria de drama y canto, cuando en verdad, aún en un pasado reciente, satisfacía sólo los anhelos culturales de la chusma.

Era así como yo pensaba, en los tiempos en que gastaba los días en casa escribiendo y, cuando no estaba escribiendo, oyendo a Mozart y releyendo a Petrarca, o a Bach y Dante, o a Brahms y Santo Tomás de Aquino, o a Chopin y Cam?es: la vida era corta para leer y oír todo lo que se encontraba a disposición del espíritu y de la mente de un hombre como yo. Hay una interesante sinergia entre música y literatura, que me propiciaba una fruición que no vacilo en llamar sublime.

Debo también reconocer que, antes del episodio que voy a relatar, era casi un misántropo. Me gustaba quedarme solo y hasta la presencia de la criada, Talita, me ponía incómodo. Por eso le había dado instrucciones de trabajar a lo sumo dos horas por día, y después retirarse. Yo la despedí transcurrido ese plazo, aun cuando el soufflé de espinacas, que hacía diariamente, no hubiese quedado listo, para, de esta forma, poder escribir y leer y oír mi música, sin que nadie me molestara.

Un paréntesis: cuando voy a escribir preparo primero la mesa. Y una cosa muy sencilla una pila de hojas de papel artesanal de lino puro especial fabricado “en los talleres de Segundo Santos en Cuenca”, que recibo regularmente de España (sólo sé escribir en esos papeles, “que contienen mezclas de lanas teñidas a mano, esparto, hierbas, helechos y otros elementos naturales”), y una pluma antigua, de aquellas que tienen un depósito transparente de tinta. Nada más. Me hace gracia cuando oigo hablar a idiotas que escriben en microordenadores.

Pero volvamos a la historia. Una tarde, cuando estaba oyendo a Mahler mientras leía a Propercio, me sentí mal y me desvanecí. Cuando me repuse, me di cuenta de que había anochecido. Un repulsivo sudor frío cubría mi cuerpo, que temblaba con espasmódicas convulsiones cortadas por escalofríos que me hacían entrechocar los dientes como si fuesen castañuelas. En seguida comencé a tener visiones, a oír voces.

Tambaleante, fui hasta la mesa del escritorio, empuñé la pluma y escribí un poema. Después me desvanecí nuevamente.

El médico, el Dr. Goldblum, a quien consulté al día siguiente, dijo que mi problema era inanición.

-Eso explica por qué las visiones se dieron después de tomar un vaso de leche tibia con azúcar -dije.

-Los santos tenían visiones porque ayunaban, y ayunaban porque tenían visiones, un interesante círculo vicioso. Voy a confesarle una cosa: incluso a mí me gustaría tener ese tipo de visión, por lo menos una vez -dijo Goldblum-. Ahora voy a leer su poema.

Yo le había entregado el poema al médico, suponiendo que se trataba de una abyecta evidencia que ayudaría a diagnosticar el brote de morbidez que había sufrido. Ahora que sabía que todo no era más que una sencilla y pasajera crisis de inanidad, ya no quería que el Dr. Goldblum leyera lo que había escrito en mi delirio. Había en él palabras groseras que los clásicos, con algunas excepciones (pensé en Gil Vicente, en Rabelais), jamás usarían. Intenté quitarle al galeno el papel que tenía en la mano, pero él fue más rápido y, protegiéndose detrás de la mesa, leyó el poema:

LOS TRABAJADORES DE LA MUERTE (PARA MÈGNIN Y H. GOMES)

Joyce, James se emocionaba con la marca marrón de caca en la pantaletita (no tan pantaletita, en aquel tiempo) de la mujer amada.

Ahora la mujer ha muerto (la de él, la suya y la mía) y aquella mancha marrón de bacterias comienza a ocupar el cuerpo entero. Atacan por turnos: musca, muscina y califora, bellos nombres, dan inicio al trabajo de destrucción; lucilia, sarcófaga y onesia fabrican los olores de la putrefacción; dermestes (al fin un nombre masculino) crea la acidez de la prefermentación; fiofila, antomia y necrobia hacen la transformación caseica de los albuminoides; tiréofora, lonchea, ofira necróforo y saprino son la quinta invasión, dedicada a la fermentación; uropoda, tiroglifos, glicífagos, tracinos y serratos se consagran a la desecación; anglosa, tineola, tirea, atágeno, antreno roen el ligamento y el tendón, al fin tenebrio y tino acaban con lo que quedó de hombre, de gato y de ratón.

No hay quién resista a ese ejército contenido en un mojón.

-Muy interesante, se trata de una visión poética delirante de un ayunador -dijo Goldblum, que confesó haber compuesto, en las horas libres, ripios de domingo-. Parece algo de Augusto de Anjos -recitó, solemnemente-: “Verme es su nombre oscuro de bautismo, jamás emplea el acérrimo exorcismo en su diaria ocupación funérea, y vive en contubernio con la bacteria, libre de las ropas del antropomorfismo”. ¿Lo recuerda?

Avergonzado por haber compuesto una pieza literaria tan mediocre y poco fiable, no supe qué decir.

Goldblum quiso saber cómo había llegado al conocimiento del nombre de todas esas bacterias, pero yo no sabía cómo había ocurrido. Nosotros, los escritores, tenemos muchas cosas dentro de la cabeza, algunas olvidadas y abandonadas como trastos en el sótano de una casa. Cuando se las recupera, uno se pregunta: ¿cómo ha venido a parar esto aquí? ¿Es mío? Médico y paciente, en el consultorio refrigerado, nos quedamos conversando en calma sobre música, literatura, pintura, hasta que la enfermera, preocupada con el número creciente de pacientes que esperaban atención, entreabrió la puerta, asomó la cabeza y dijo:

-Ya ha llegado el Sr. JJ. Monteiro Filho.

-Dígale que espere.

-Y también doña Evangelina Abiabade. Y el ingeniero Bertoldo Pingler.

-Que esperen, que esperen -dijo Goldblum irritado.

La enfermera desapareció, cerrando la puerta.

-A usted le hace falta comer -dijo Goldblum-. Lo más creativo que el hombre puede hacer es comer. Tengo un gran respeto por la gula. Comer es vital, una necesidad a veces olvidada. Arte es hambre.

Arte es hambre. En aquel instante no comprendí la profundidad de la frase de Goldblum.

-Vamos a cenar juntos -dijo. Goldblum acababa de separarse de su mujer y cenaba todas las noches fuera de casa, siempre en un restaurante distinto-. Paso por su casa a las 8.

No supe decir no. Al fin y al cabo, Goldblum había sido muy amable y atento conmigo; era una falta de delicadeza no aceptar la invitación.

Ya en casa, aquella noche, estaba oyendo a Schumann cuando Goldblum llegó. Goldblum -he olvidado decirlo-, era un hombre gordo, con una tripa grande, calvo, de ojos redondos y húmedos.

-Voy a llevarlo al restaurante que tiene el mejor pescado de la ciudad dijo.

El restaurante poseía un enorme acuario lleno de truchas azuladas. Goldblum me llevó hasta el acuario.

-Elija la trucha que usted quiera comer -dijo, mientras mirábamos los peces nadando de un lado a otro-. La carne de trucha es ligera, no le hará mal.

No tenía ganas de comer trucha ni ninguna otra cosa.

-¿Qué criterio debo adoptar en mi elección? -pregunté, por ser amable.

-El criterio es siempre el del sabor -respondió Goldblum.

-¿Cuál es la más sabrosa?

-A unos les gustan las grandes. A otros, las pequeñas.

Ante esta respuesta, que consideré idiota y evasiva, decidí que no comería la trucha. Seguramente sabrían hacer allí un soufflé de espinacas.

De repente percibí que una de las truchas me miraba. Ella nadaba de manera más elegante que las otras y poseía una mirada afable e inteligente. La mirada de la trucha me dejó encantado.

-Bonita mirada la de esa trucha -dije señalando al pez.

Un camarero se acercó, atendiendo al chasquido de dedos de Goldblum.

-Esta y esta otra- dijo Goldblum. El camarero metió una red en el acuario.

-íNo, no! -grité, pero ya era tarde. Los dos peces había sido pescados y el camarero se retiraba con ellos a la cocina.

-No tengo hambre.

-El comer, el rascar y el hablar… usted conoce el dicho… -respondió Goldblum.

Las truchas fueron servidas aux amandes, junto con un trocken alemán (Goldblum me permitió sólo una copa). Yo no quería comer. Fue preciso que Goldblum insistiese repetidamente.

-Usted necesita los nutrimientos de este hermoso salmonídeo – me convenció por fin.

Me coloqué, pues, el primer trozo en la boca. En seguida otro bocado, y otro, y la trucha fue enteramente devorada.

Comer aquella trucha -debo admitirlo-, fue una experiencia más que agradable. Yo no esperaba sentir un placer y una alegría tan grandes, sólo por ingerir un mísero trozo de carne de pescado. Sin embargo, cuando Goldblum quiso quedar para otra cena al día siguiente me disculpé con un falso pretexto.

-Lo llamaré un día de estos -dije, íntimamente decidido a no telefonear nunca más al médico.

Durante algunos días comí -en verdad, dejé de comer- el soufflé de Talita. Entonces comencé a pensar en la trucha, de una manera sumamente compleja: pensaba en el gusto de la carne; en los elegantes movimientos del pez nadando en el acuario; en la extraña sensación que había tenido al abrir la trucha con el cuchillo, como un cirujano, siguiendo las instrucciones de Goldblum; y pensaba, principalmente, en la mirada de la trucha respondiendo a la mía.

Mientras así pensaba, me sumergía en elucubraciones etológicas y literarias. Me acordaba del cuento de Cortázar en que el narrador se transforma en un axólotl, y en el cuento de Guimarâes Rosa, en que se convierte en una onza. Pero yo no quería convertirme en trucha: yo quería COMER una trucha de mirada inteligente. Decidí volver a un restaurante. 

Yo no conocía restaurantes y no me acordaba del nombre de aquel en que había comido la trucha con Goldblum. Entré en un restaurante, que se decía especializado en pescado, me senté y, cuando el camarero se acercó, le pregunté por el acuario, pues quería elegir mi trucha. El camarero llamó al maître, quien explicó que ellos no tenían acuario, pero que las truchas estaban frescas, habían llegado de la sierra de Bocaina ese día. Contrariado, pedí trucha aux amandes, como antes.

Mi decepción fue inmensa. El pez, frente a mí, no era igual al otro. No tenía cabeza ni ojos. Le dediqué la misma atención meticulosa, separando la carne de las espinas y de la piel, pero, a la hora de comer, el sabor no era parecido al de la carne que había degustado anteriormente. Era una carne insípida, sin carácter ni espíritu, insulsa, sin frescura, enfadosa, sin élan, con un sabor de cosa diluida -un escalofrío crispó mi cuerpo-: de cosa muerta.

Al día siguiente, con la guía telefónica enfrente de mi, llamé a todos los restaurantes de la ciudad, para saber en cuál de ellos había acuarios para que los clientes pudiesen elegir los peces que comerían. Anoté los nombres de todos y, ese mismo día, fui a cenar a uno de ellos.

Elegí, entre las que nadaban nerviosamente en el acuario, una trucha parecida a la primera: en el color, en la elegancia de los movimientos y, sobre todo, en el brillo significativo de la mirada. Al comerla, después, tuve la alegría de poder confirmar que su gusto era deliciosamente igual al de la primera.

Ese episodio cambió mi vida Eximí a Talita de hacer el soufflé. Salía todas las noches a cenar en uno de los restaurantes con acuarios.

Algunos tenían también langostas y langostinos, que me dispuse a comer, con gran placer, aunque esos animales tuviesen ojos menudos y opacos. Pero la fuerza vital que se desprendía de su carne sólida compensaba la falta de una mirada sensible e inteligente. Me sentía atraído por las robustas formas arcaicas, por la monstruosa estructura prehistórica de esos crustáceos.

A partir de entonces, mientras oía música, durante el día, mi mente ya no vagaba en nebulosas divagaciones poéticas: pensaba en lo que comería por la noche.

Los camareros ya me conocían. Sabían que yo sólo comía truchas, langostas y langostinos sacados vivos del acuario. Pero un día, un camarero nuevo me preguntó qué quería comer.

-¿Existe alguna otra cosa?-pregunté.

-Tenemos conejo a la cazadora, cabrito, carnero.

-¿Dónde están? -pregunté, mirando el acuario.

-¿Dónde están? -preguntó a su vez, perplejo, el camarero.

-Si -dije yo-, quiero verlos.

-Están en la cocina -dijo el camarero-. Un momento.

El camarero volvió con el maître, que me reconoció.

-¿No quiere usted hoy comer una trucha? ¿Una langosta?

-El camarero ha sugerido un conejo -dije-. Nunca he comido conejo. ¿Está bueno?

-Nuestro conejo es excelente -dijo el maître.

-Yo quería verlos

-¿Verlos?

-Sí. Para elegir.

-Para elegir -repitió el maître.

-Sí. Como hago con las truchas y las langostas.

-Ah, sí, sí, entiendo. Pero ocurre que los conejos ya están -iba a decir muertos, sentí que él iba a decir muertos, pero se dio cuenta de que eso tal vez chocase a un cliente tan delicado como yo, y prefirió decir-: adobados.

-¿Adobados?

-Sí, adobados -el maître sonrió, satisfecho por haber conseguido inventar una metáfora tan eficiente-. Los conejos, al contrario de las truchas, tienen que ser adobados un tiempo antes de ser comidos.

-Entonces muéstreme los cabritos -le dije. Tal vez influido por el camarero, yo había decidido comer ese día un animal diferente, de la tierra y no del agua.

-Con los cabritos pasa lo mismo. También están ya… adobados.

-¿Dónde se encuentran?

-¿Dónde? -el maître sintió que sudaba; discretamente, con mucha rapidez, se limpió la frente con un pañuelo que sacó del bolsillo-. ¿Dónde? En las bandejas.

-¿Puedo verlos?

-Sí, pero… no están enteros. Los cabritos son animales grandes, no sé si usted los ha visto alguna vez.

-No, nunca he visto ninguno.

¿Tienen cuernos?

-Sí, tienen cuernos. Pero son pequeños, los cuernos. Los puede comer sin miedo. Asados, con brócoli, son una delicia (No me lo dijo, pero supe después que los cabritos se comen descuartizados).

-¿Y los conejos? Tampoco he visto nunca un conejo.

-Esos no tienen cuernos.

-Ya lo sé. Los animales que tienen cuernos son el buey, el cabrito, el rinoceronte.

-La jirafa…

-¿Tienen ustedes jirafa?

-No, no, no tenemos. Lo que quería decir es que ellas también tienen cuernos. Un cuernito pequeño.

-¿Mayor o menor que el del cabrito?

-Digo pequeño en comparación con su tamaño, las jirafas son altas -dijo el maître sonriendo nerviosamente. (La definición del Bluteau es que la jirafa “es un animal mayor que el elefante”)-. Puede comer el conejo sin miedo. Abilio -dijo el maître al camarero que seguía el diálogo-, traiga un conejo a la cazadora para el caballero.

Entonces comí esa comida extraña. Era un gusto inesperado, diferente de todo lo que había conocido hasta entonces.

Comí consciente, todo el tiempo, de la peculiaridad de ese sabor, una dulzura que no era la de la miel, mucho menos la del azúcar, un paladar que me daba una sensación de gozo singular e inesperado.

Cuando llegué a casa, puse a Satie en el equipo de música y me quedé imaginando cómo sería aquel manjar si yo pudiese elegirlo inmediatamente antes de ser preparado, como hacía con las truchas y langostas; si yo pudiese verle los ojos. Me acordé de las diferencias de sabor entre la trucha que habían puesto en mi plato, sin que la hubiese visto antes (y ella me hubiese visto a mí), y aquellas que elegía, después de una demorada contemplación mutua. Truchas que yo seleccionaba después de mirar y percibir todo lo que significaban, objetiva y subjetivamente: color, movimiento y, sobre todo, la furtiva y sutil mirada de respuesta. Sí, la trucha miraba de vuelta, subrepticiamente, una cosa tímida y al mismo tiempo ladina, astuta, que procuraba establecer conmigo una comunión disimulada, secreta, seductora.

Al día siguiente, volví al restaurante y dije que quería ver el conejo “adobado”.

El maître, recalcitrante, me llevó a la cocina y me mostró el conejo echado en una bandeja de aluminio, que sacó de la nevera. El conejo estaba entero, sin cabeza y con un agujero donde debían haber estado las vísceras. Yo sabía que, antes de comerlos, los animales se destripaban. Las truchas también tenían tripas, tal como ocurría con las langostas.

El conejo decapitado me pareció una cosa fea, algo indefinido entre gato y perro, ya que la cabeza es lo que distingue a esos animales uno de otro, cuando están muertos y desolados. A un bicho sin cabeza le falta todo, principalmente los ojos. 

Comí el conejo que me habían exhibido, habiendo pedido antes al cocinero que me explicase cómo ese plato -conejo a la cazadora- debía prepararse. El cocinero me enseñó más cosas…

Al día siguiente, fui a una casa en la ciudad que vendía animales de raza. Quería ver un conejo vivo. Había varios en la tienda, grises y blancos, y su mirada evasiva, dentro de órbitas pequeñas, era difícil de captar.

“Ah, qué animal mañoso”, pensé. Uno de ellos era tan bonito que lo compré, aún siendo más caro que los otros. Era un hermoso conejo angora, de largos y sedosos pelos blancos.

En el camino a casa, cargando el conejo dentro de una caja de cartón, paré en un mercado para comprar zanahorias y papas.

El conejo no se interesó por las papas, pero, instalado en la alfombra persa de la sala, comió las zanahorias con gran avidez. Mientras oía a Berg, me quedé contemplando la masticación silenciosa del conejo.

“De qué manera tan delicada se alimentan los animales…”, pensé. (Evidentemente nunca he visto comiendo a un cerdo, pero supongo que ellos también, al comer, aunque puedan parecer más voraces que los otros animales, según consta en la literatura, demostrarán en ese acto, como todos nosotros, la debilidad y belleza esenciales de nuestra condición. Arte es hambre).

La mirada esquiva del conejo me molestó un poco, le faltaba el candor, la franqueza de la mirada de la trucha. Pero tal vez fuese una cuestión de sensibilidad y perspicacia, aunque ¿quién, cuál, sería más sensible y/o inteligente que el otro? Sabía que en el agua habitaban algunos de los animales más inteligentes de la naturaleza, pero la trucha no solía ser incluida entre éstos, era conocida más por la energía física, por el vigor peripatético.

Yo no sabía nada sobre conejos. Eran un misterio para mí. Pero ahora sabía matarlos y cocinarlos, según el cocinero del restaurante me había enseñado.

Sujeté al conejo por las orejas con la mano izquierda. Las piernas del animal se aflojaron, pero en seguida las encogió y me lanzó una mirada. íUna mirada significativa y directa, por fin!

-Gracias, gracias por esa mirada franca y cándida -dije siempre sujetando el conejo por las orejas. Coloqué las caras, la mía y la del animal, frente a frente, muy próximas. Leí la mirada que tenía delante: era una mirada de oscura curiosidad, de leve interés, como si lo que fuese a ocurrir no le importase a él, conejo. No era, pues, una mirada inquisitiva, de reconocimiento. “Están sujetándome por las orejas, es todo lo que debe de estar pensando”, pensé.

Con el canto de la mano derecha, extendidos y juntos los dedos, di un golpe a la nuca del conejo. El cocinero me había asegurado que sólo un golpe sería suficiente para matar al animal.

Pero todos aquellos años que pasé comiendo irregularmente soufflés de espinacas, y sentado escribiendo y acostado, oyendo y leyendo a los grandes clásicos, habían contribuido muy poco al desarrollo de mi fuerza muscular. El conejo, al recibir el golpe, tembló y continuó con los ojos abiertos, ahora expresando un vago miedo. No era, sin embargo, un sentimiento irracional, el conejo sabía lo que estaba ocurriendo, que estaba a merced de un ente poderoso, que no podría huir y que sólo le quedaba resignarse.

Los dos nos miramos: el conejo temblando sin ningún pudor, con sus estoicos ojos desorbitados.

Fueron precisos tres o cuatro golpes. Finalmente el conejo dejó de debatirse.

Yo estaba exhausto. “Debe de ser eso lo que siente alguien que gana un maratón”, pensé al notar que, junto con la fatiga, sentía una encendida euforia.

Puse la 9a. Sinfonía de Beethoven en el aparato y, enteramente desnudo, fui hacia la bañera con el conejo y además un cuchillo y dos calderas. Aquel primer día, aún inexperto, tenía miedo de ensuciar la cocina de sangre al destripar y desollar el conejo, de acuerdo con las instrucciones del cocinero.

El cuchillo estaba afilado y no tuve muchas dificultades. Acabado el trabajo, coloqué las sobras -tripas asquerosas, pieles, ganglios- en una caldera, y el conejo, listo para ser adobado, en otra.

En seguida, me di un largo baño tibio.

Del cuarto de baño, que había quedado inmaculadamente limpio, fui a la cocina, donde preparé el conejo, guisado con zanahorias y papas, mientras sonaban los Nocturnos de Chopin. 

Al fin el conejo estaba listo, frente a mí.

Comencé a degustarlo delicadamente, en pequeñas porciones. íAh, qué placer excelso! Fue un pausado almuerzo que duró la Júpiter, de Mozart, entera.

Después fui a cepillarme los dientes. Contemplé, a través del espejo, pensativo, la bañera. ¿Quién era el que había dicho que los cabritos tenían una mirada al mismo tiempo afable y perversa, una mezcla de pureza y depravación? Hum.. Aquella bañera era pequeña. Me hacía falta comprar una mayor. Tal vez un jacuzzi, de los grandes, con chorros estimulantes.

Me quedé viendo mi cara en el espejo. Miré mis ojos. Mirando y siendo mirado: una cosa al fin irreflexiva, un eje de acero, lava de un volcán que es arrojada, nube inacabable. La mirada. Ia mirada.

Traducción de Mario Merlino

Alemanes

El 14 de octubre de 1914, en la boca de la Primera Guerra Mundial, desde el Merton College de Oxford, T.S. Eliot le envió una carta a su amiga Eleanor Hinkley en la que incluye una curiosa opinión de Bertrand Russell sobre los alemanes: 

¿Te acuerdas de Bertie Russell, al que admirabas? Me lo encontré en la calle y me enteré de que vivía muy cerca de donde yo, y fui a tomar té con él. Como lo esperaba, es un pacifista, pero dijo cosas muy interesantes sobre la situación europea. Dijo que en su modo de hacer la guerra los alemanes cometían los mismos errores que él había encontrado siempre en su vida cultural: en ella, dijo, un escritor alemán había leído siempre todos los libros disponibles bajo el sol, menos el libro que importaba; del mismo modo, en la guerra tenían el cuidado de darles pinzas a sus soldados para cortar alambres de púas, pero manejaban sus relaciones diplomáticas de un modo tal que acababan por unir a todos en contra de ellos.

The Letters of T.S. Eliof. Volume I, 1899-1922. Editadas por alery Eliot. Harcourt, Brace, Jovanovich, 1988. 

Desigualdad: Un punto de vista incómodo

Lorenzo servitje. Empresario. Presidente de la compañía Bimbo.

Antes de 1980 Zhao Llanguo era un pobre campesino en la atrasada y remota provincia china de Shanxi, al suroeste de Beijing. Cuando las reformas económicas del primer ministro chino Deng Xiaoping se iniciaron, aprovechó su oportunidad: aceptó préstamos subsidiados del gobierno y se estableció por su cuenta. Ahora emplea a 40 personas y hace camisas y pantalones en cuartos abandonados o de traspatio y es el hombre más rico de su pueblo. Tiene una televisión a colores, una motocicleta japonesa, una pick up y una gran casa.

Hace años un joven rumano llegó a Estados Unidos en una misión deportiva y se quedó en el país. Como no conocía a nadie y casi no hablaba el idioma se empleó de taxista de inmediato. Rentó un taxi para dos turnos de doce horas diarias. Hizo amistad con el portero de un lujoso hotel enfrente del cual dormía dentro de su taxi. Su amigo lo despertaba cuando había un viaje al aeropuerto y además le permitía pasar al baño de los empleados donde se bañaba y rasuraba. Así, trabajando todo el día y sin pagar renta, fue acumulando e invirtiendo. Ahora es dueño de diez taxis, 0trabaja dieciséis horas diarias, tiene una buena casa en el barrio de Queens y una cabaña en las montañas de Vermont y una vez al año se va de vacaciones a Hawai o Florida.

Chau Hon era un panadero con éxito en Cholón, la sección China de Saigón.

Había comenzado inoportunamente su negocio durante la ofensiva comunista del Tet en 1968. Cuando los comunistas entraron en Saigón siete años más tarde, fue arrestado, sentenciado sin juicio a un campo de reeducación por diez meses para que se arrepintiera de su conducta capitalista, y luego enviado, por un año más o menos, a hacer trabajos forzados, incluyendo una permanencia en arrozales. El Comité del Pueblo de Saigón, ahora la ciudad de Ho Chi Minh, necesitaba pan para alimentar a la población y le invitó a reabrir su panadería. Hoy, después de varios años difíciles durante los que trató de salir adelante, es de nuevo un panadero con éxito. Tiene cinco panaderías en propiedad privada con accionistas miembros de la familia que se reparten las utilidades y anticipa con entusiasmo la expansión de su imperio de pan, galletas y “noodles”.

En todas las sociedades hay una parte peculiar de ellas que son los ahorradores, los inversionistas y los emprendedores.

Estas personas se distinguen de las otras porque tienen una capacidad poco común de acrecentar los bienes disponibles y/o de consumir menos de lo que producen. Esto, económicamente, hace posible la acumulación de recursos, es decir hace posible que la sociedad cuente con medios de producción o financieros que de otra manera no existirían.

Lo anterior da lugar a que, así sea relativamente, muchas de estas personas lleguen a enriquecerse. Y en un momento dado, más tarde, hasta que puedan dejar de trabajar, por lo que les rindan sus inversiones o ahorros.

La capacidad de dichas personas de crear y acumular riqueza genera una desigualdad social y económica que es resentida por las demás. Hay una sensación de injusticia y con frecuencia los gobiernos tratan de corregirla quitándoles a los que tienen para darlo a los que no tienen.

En el corto plazo este intento de redistribución funciona. Sin embargo, transcurrido poco tiempo los grupos productivos, que hicieron posible el que existieran recursos excedentes, reducen o suspenden su aportación productiva. La sociedad en su conjunto sufre.

Desde un punto de vista cristiano o humanitario sería bueno y noble que estos grupos productivos, y aun ricos, dedicaran los frutos de su ahorro a ayudar a los demás o que vivieran modestamente. Esto en la vida real no es probable que ocurra. La restricción radical en la acumulación o en el consumo de quienes son productivos o ahorradores no puede establecerse por un acto de autoridad. Se les pueden limitar o moderar sus ingresos, pero no excesivamente. Dejarían de producir o de ahorrar. La generosidad, la austeridad o el servicio hay que pedirlos a la conciencia moral de la gente: no pueden legislarse.

Quienes producen y acumulan recursos hacen posible que otros puedan tener lugares donde trabajar, viviendas que alquilar o créditos que recibir. Los ahorradores, inversionistas y emprendedores cumplen una función económica poco comprendida pero indispensable y la sociedad no debe menospreciarlos y hostilizarlos porque se perjudica a sí misma.

Al contrario, lo que deberíamos desear es que hubiera más hombres y mujeres que ahorren, inviertan y emprendan en lugar de desanimar a los que sobresalen por hacerlo. La alternativa de que las burocracias gubernamentales sean las que produzcan y ahorren no ha funcionado. Es mejor dejar esta tarea al ingenio, a la laboriosidad y a la frugalidad de esos grupos o personas que tienen la vocación y la habilidad para hacerlo. La experiencia histórica comprueba que la desigualdad económica resultante es un mal menor con el que tenemos que vivir y que por lo tanto hay que aceptar.

encuestalia

En el número 151 (julio 1990) de nexos publicamos una encu