The Twitter’s Digest

¿Y para cuándo el proyecto de ley para que las horas en Twitter sirvan para cotizar pensión?
(@juanalajirafa)

Aquel asesino serial, cuando tiene insomnio,
mata ovejitas. (@jromagnoli)

Silvela: “Tened caridad al juzgar el único acto
del que me siento culpable; haber tardado en declarar a mi país que no sirvo para gobernar”.
(@marjorieross)

Fray Luis de León al reanudar sus clases tras cuatro años en las mazmorras de la Inquisición: “Dicebamos hesterna die… [=Decíamos ayer]”.
(@lauritagarcia)

Qué manía tienen las malas personas con querer respirar. (@deotraespecie)

Básicamente mi trabajo como fotógrafo de naturaleza consiste en detectar especies migratorias escasísimas que se van cuando armo la cámara. (@e_duperly)

Libertad es lograr cancelar una tarjeta de crédito. ¡Yuuuuupi!!!! (@Mariaaaura)

Utiliza siempre palabras de buen gusto.
Algún día puede ser que tengas que tragártelas.
(@SaraCuarta)

La claustrofobia es el miedo a los espacios cerrados. Ejemplo: ir a un bar y que esté cerrado. (@akredmond)

Encontrar las gafas es una lección de paciencia que nos dan los años. (@francorjorge)

No cuenta como infidelidad si se parecía a ti.
(@hartatedemi)

¿Sin lugar para estacionarse?

En el trabajo

La aglomeración urbana más grande del mundo es Tokio, en la zona de negocios de esta ciudad se encuentra el edificio corporativo de uno de los principales fabricantes de autos a nivel mundial: NISSAN.

El director de la compañía y uno de los más famosos CEOs del mundo, Carlos Ghosn, no cuenta con un cajón de estacionamiento en el edificio; los altos ejecutivos de la empresa y el resto de los empleados tampoco. Muchos podrán llegar a este centro de trabajo en auto particular pero no pueden estacionarlo ahí ni en los alrededores, otros optarán por utilizar la cercana estación del Metro, tomar el autobús, llegar caminando o utilizar su bicicleta.

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No se trata de una cuestión de principios de la compañía, ni mucho menos una tradición milenaria del Japón, sencillamente la normatividad urbana de la ciudad no permite que se construyan cajones de estacionamiento en esa zona de la ciudad.

En la ciudad de México, la segunda aglomeración urbana más grande del mundo, se construye en la zona de negocios uno de los edificios más altos de América Latina, la Torre BBVA Bancomer. Este edifico contará con 235 metros de altura, 50 niveles y 183 mil metros cuadrados de construcción. El reglamento urbano obliga a que el edificio destine cerca del 40% de su área de construcción a espacios de estacionamiento, alrededor 76 mil metros cuadrados que albergarán tres mil 500 automóviles.

Al igual que el edificio de NISSAN, la Torre Bancomer se localiza muy cerca de una estación de Metro y en ella confluyen distintas rutas de transporte público. El edificio se encuentra entre dos de las avenidas más importantes de la ciudad: Reforma y Chapultepec, sobre las cuales circulan dos nuevas líneas de autobuses de primer nivel y en cada una de ellas una ciclopista.

En la Torre Bancomer su CEO Vicente Rodero y los altos ejecutivos que lo acompañan dispondrán de varios cajones de estacionamiento de uso particular, los visitantes especiales también podrán estacionar su vehículo y los cajones restantes serán repartidos entre los ejecutivos medios. El resto de los empleados y visitantes seguramente no contarán con un lugar.

Aquellos que no alcanzaron cajón buscarán un lugar en las calles cercanas al inmueble y procurarán que tenga el menor precio posible. En caso de no encontrarlo gratuitamente en vía pública optarán por uno de los ruinosos estacionamientos públicos de los alrededores. Si son empleados de Bancomer optarán por pagar una pensión mensual de 900 pesos y los visitantes ocasionales pagarán alrededor de 20 pesos por hora en un estacionamiento público o, en su defecto, siete pesos si utilizan la vía pública en una zona con parquímetros.

Al igual que en el corporativo de NISSAN, la mayor parte de los empleados de la Torre Bancomer llegarán y se retirarán del inmueble prácticamente al mismo tiempo; en Tokio saturarán los sistemas de transporte público, en México saturarán las vialidades cercanas al inmueble. A partir de las 21:00 horas, los 76 mil metros cuadrados de estacionamiento quedarán prácticamente vacíos, y por completo cada fin de semana.

En la casa
Muchos de los ejecutivos que laborarán en este edificio han comprado o pretenden comprar un nuevo departamento en alguna de las zonas habitacionales cercanas a su lugar de trabajo. Colonias de clase media y alta acordes al estilo de vida de los ejecutivos de Bancomer.

Los edificios que conforman la oferta habitacional de estas colonias suelen tener seis niveles, cada uno cuenta con cuatro departamentos, por tanto se trata de edificios con 24 departamentos en promedio. Las opciones son diversas en cuanto al número de recámaras, número de baños, la posibilidad de contar con un cuarto de TV o uno de servicio, lo anterior en función de las necesidades, requerimientos y costumbres del comprador.

Lo que sí será una constante es que cada departamento tendrá al menos un cajón de estacionamiento ya que así lo establece la reglamentación urbana, pero lo más probable es que cuente con dos e incluso tres. Cada cajón requiere de al menos 12 metros cuadrados, pero estos cajones requieren de espacio para circulaciones, rampas y accesos, lo que nos arroja un promedio de 21 metros cuadrados de construcción por cada cajón. Como consecuencia, y al igual que en la Torre Bancomer, alrededor del 40% de su construcción se destinará a guardar automóviles.

Cada mañana los habitantes de estos departamentos se trasladarán a sus oficinas en sus preciados autos, dejando sin uso los exclusivos cajones de estacionamiento por al menos nueve horas al día de lunes a viernes.

En la calle
Durante el día algunos de los ejecutivos de Bancomer tendrán que salir del edificio para realizar algún tipo de encomienda, accederán al estacionamiento del edificio, subirán a sus autos y se desplazarán raudos hacia un punto de la ciudad donde se concentran oficinas, comercios o servicios destinados a ejecutivos; zonas que tienen o tendrán instalados parquímetros.

Los parquímetros han generado diversas ventajas en las zonas donde se han colocado, una de las más apreciadas es que hay más disponibilidad de espacios para estacionarse. El ejecutivo en cuestión encontrará fácilmente un espacio en vía pública cercano a su destino, bajará de su auto, tecleará el número de su matrícula en el aparato e insertará monedas como quien introduce sus ahorros en la ranura de una alcancía.

Para este usuario sólo se trata de una máquina a la que hay que poner dinero, para que la autoridad correspondiente no lo castigue en forma económica (multa) o en forma “personal” (inmovilizando su auto). Durante los pocos metros que tendrá que caminar probablemente se pregunte en manos de quién terminará el dinero que colocó en esa extraña alcancía, pero no encontrará respuesta fácil.

En el hipotético caso que decida informarse sabrá que un pequeño porcentaje del dinero recaudado (30%) se destinará a mejorar el espacio público del barrio, pero como él no vive ahí y sólo lo visita ocasionalmente por motivos de trabajo, poco o nada le importará. El destinatario y el uso que tenga el 70% restante del dinero no podrá saberlo.

Si la oferta de espacios de estacionamiento en vía pública se encuentra saturada el ejecutivo tiene la opción de pagar por un lugar en el interior de un estacionamiento público. Este usuario podrá optar por uno de los dos mil 128 estacionamientos públicos con los que cuenta la ciudad, los cuales integran una oferta de 171 mil 316 cajones de estacionamiento.
Si su encomienda es en la delegación Cuauhtémoc, tendrá más opciones ya que ahí se concentra el 45% de los estacionamientos, si su cita es en la delegación Benito Juárez las opciones se reducen ya que ésta concentra el 14%, mientras que la delegación Miguel Hidalgo cuenta únicamente con el 11%. El otro 30% de la oferta se divide en las 13 delegaciones restantes.

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Lo más probable es que el estacionamiento seleccionado por el ejecutivo no cuente con techo y su infraestructura sea muy básica, pues 64% de la oferta de este tipo de servicios se establece en terrenos baldíos, otro 5% de la oferta es en terrenos con algún tipo de estructura metálica que les permite incrementar su capacidad, y únicamente 31% de la oferta forma parte de algún tipo de edificio.

Lo anterior muestra que en algunas colonias de las zonas centrales de la ciudad el apetito por un cajón de estacionamiento es tal, que resulta mejor negocio destinar un predio como estacionamiento que construir departamentos, comercios, oficinas o cualquier otra cosa.

Un estacionamiento extenso
Tan sólo en 2011 la oferta de vivienda nueva en el D.F. fue de aproximadamente 48 mil 500 unidades. En promedio cada vivienda contó con 1.7 cajones de estacionamiento, es decir, se construyeron cerca de 68 mil cajones equivalentes a un millón 450 mil metros cuadrados de construcción, superficie equivalente a ocho edificios como la Torre Bancomer con puros cajones de estacionamiento.

Podríamos multiplicar esta cantidad de metros cuadrados construidos por dos, cuatro o seis años, añadir todos aquellos que se construyeron en supermercados, centros comerciales y comercios varios para obtener cifras exorbitantes sobre el número de metros cuadrados que se construyen en la ciudad destinados exclusivamente a guardar autos. Si además calculamos los recursos invertidos en ello, los números serían de autentico escándalo.

En todo caso, el ejercicio resultaría no sólo ocioso sino asombroso: aproximadamente 60% de estos cajones que se hacen no es por gusto o necesidad, sino porque la normatividad urbana obliga al desarrollador inmobiliario a hacerlo.

La normatividad actual establecida en el Reglamento de Construcciones del Distrito Federal establece que cada inmueble destine un porcentaje del área construida a resguardar los autos de sus usuarios o visitantes. El supuesto para hacerlo —o como dicen los juristas “el espíritu de la norma”— es que estos autos no deben estacionarse en la vía pública para así proteger el derecho de quienes, por devenir histórico, no cuentan con un lugar específico para así hacerlo.

Bajo el supuesto de que la ciudad tenga una oferta “adecuada” de estacionamiento, la normatividad obliga a construir cajones, parece una norma irrebatible de la también irrebatible ley de la oferta y la demanda, sin embargo, pensar esto es igual a pensar que para combatir la obesidad hay que comprarse pantalones más grandes.

Es claro y comprobado que al incrementar la oferta de espacios para estacionamiento aumenta la demanda, es lo que se conoce como demanda inducida. Entre más fácil y más barato sea encontrar un cajón, el número de viajes en automóvil se incrementa, y con ello una serie de externalidades negativas —entre ellas, el popularmente conocido trafico vehicular—, externalidad causada mayoritariamente por el automóvil particular. Situación por demás paradójica ya que en la ciudad de México solamente 30% de los viajes se realiza en automóvil, el 70% restante se efectúa en transporte público.

Circular por el futuro
Las distintas disposiciones que regulan el estacionamiento en la ciudad de México, como lo son el Reglamento de Estacionamientos Públicos, la Ley de Establecimientos Mercantiles y el Reglamento de Construcciones del Distrito Federal deben de ser reformadas e integradas para formar una ley general de estacionamientos para el Distrito Federal.

Reformar estas disposiciones no será la solución final al problema. El estacionamiento es sólo una parte del complejo sistema de movilidad, vialidad y transporte de la ciudad y, como ya vimos, también del desarrollo inmobiliario. Pero sin duda será un factor importante para solucionar el problema de movilidad urbana.

Una nueva ley de estacionamientos debe darse dentro del marco de una política integral de movilidad en la ciudad, misma que debe generarse dentro del marco de una nueva política de desarrollo urbano que permita generar una ciudad compacta, policéntrica, de usos mixtos y corredores urbanos eficientes; factores que, entre otras cosas, permitirán disminuir el número de viajes al interior de la ciudad.

En este sentido, la ley de estacionamientos debe plantearse como un instrumento que permita alcanzar los objetivos de movilidad y ciudad, y no como un fin en sí mismo. Intentar normar para controlar las condiciones de la ciudad sin solucionar las causas que la generan es la fantasía de los soberbios.

Gustavo Gómez Peltier. Diseñador industrial y maestro en urbanismo. Es consultor en desarrollo urbano, turístico e inmobiliario.

 

Los secretos mejor guardados de Natalia Beristain

Amanda, una mujer joven que parece dedicarse a gastar o acumular los días, no puede dormir sola. Llegada la noche busca un amante o amigo que le haga compañía y, sobre todo, que le sirva de somnífero. Su departamento, minimalista, heredado en vida, es tan escueto como sus parlamentos y peticiones. Por su parte, Dolores, actriz retirada y llegada a la vejez, duerme en compañía de sus glorias pasadas, siempre auxiliada por el alcohol. Su casa es un desorden en el que conviven botellas vacías y un sinfín de retratos, muebles y accesorios viejos, además de la gruesa y evidente pátina del tiempo acumulado; o bien, el diorama de un memento mori.

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Una mañana Amanda debe acudir al rescate de Dolores, su abuela, cuyo alcoholismo, mezclado con una declarada demencia senil, ha llegado al límite de la autodestrucción. Abandonadas cada una a su manera por el mismo hombre (el padre de Amanda e hijo de Dolores, luego reproducido en alguno de los amantes-somníferos ocasionales de la protagonista), nieta y abuela entablarán una difícil relación, conflicto que sirve de motor a No quiero dormir sola, de Natalia Beristain (ciudad de México, 1981), que fue acreedora al premio de largometraje de ficción del X Festival Internacional de Cine de Morelia y que, apenas ahora, se estrenará en el circuito de cine comercial.

Película de corte intimista, fruto de una dirección actoral concentrada y de una probada inteligencia emocional (pensemos más en Amour de Haneke que en Somewhere de Sofia Coppola, películas con las que tiene algo en común, parangones aparte), la obra de Beristain consigue un afortunado encontronazo generacional entre Mariana Gajá y Adriana Roel, ambas actrices de primer orden aunque no tan evidentes dentro del medio (secretos mejor guardados, luego les dicen), Amanda y Dolores, respectivamente. Mientras que Gajá hace de su rostro un complejo microescenario emocional que evoluciona a lo largo de la historia, Roel se apropia del rol de la diva caída con notable gracia autocrítica, por así decirlo.

De igual manera, el guión, coescrito por la propia Beristain y Gabriela Vidal, acierta en su apuesta por cierto laconismo: los diálogos apelan a una depurada brevedad y a un lenguaje concreto que rompe con cierto barroquismo costumbrista que luego aqueja al cine nacional, sobre todo después del éxito internacional de obras como Y tu mamá también y Amores perros. Libre de chascarrillos y del habitual folclor que parece anclado en las icónicas Mecánica nacional o, para ser más clementes, en Sólo con tu pareja, No quiero dormir sola es una lección de estilo dramático, indispensable para todos los cineastas mexicanos en ciernes, además de un ejemplo de que hay cine más allá de los episodios históricos de ocasión, las adaptaciones de novelas conocidas y acreedoras de un éxito propio, así como de la sobada coyuntura dialéctica de política y violencia (con sus excepciones en cada uno de los rubros, claro está).

Egresada del Centro de Capacitación Cinematográfica, además de directora, Beristain es productora, guionista y una de las figuras jóvenes más activas dentro de la industria fílmica nacional, dentro de cuyo seno creció: el personaje de Dolores está basado en su propia abuela, igualmente actriz, con la cual tuvo una relación que sirvió de semilla a No quiero dormir sola, primer largometraje de su carrera.

Crítica positiva aparte (y no queda más que decir que hay que ir a verlo apenas se estrene), el film de Beristain nos obliga a entrar en una discusión luego espinosa, pero que no debemos pasar de largo.

Beneficiada por el Estímulo a la Promoción de Cine Mexicano del Imcine-Conaculta, fondo que en su emisión de 2012 apoyó a 60 proyectos con una suma total de 80 millones de pesos, la película de Beristain ha recorrido con fortuna el circuito de festivales fílmicos internacional, si bien en México apenas ha sido exhibida, como suele suceder con el grueso de la producción nacional (tanto de cine de arte como comercial). Su estreno en abril será un evento en cierto modo único como lo es el estreno de cualquier película, aunque no será la excepción a la regla: No quiero dormir sola durará muy poco tiempo en cartelera (si y sólo si funciona en taquilla su primer fin de semana), siempre en competencia con los blockbusters y el acostumbrado relleno que exhiben las cadenas (y que, claro, consumen los espectadores, poco entendidos en el cine mexicano actual).

Si bien el albergue natural de una película como la de Beristain sería, de origen, la Cineteca Nacional, dicho espacio no se da abasto para exhibir la parte de la producción de cine mexicano que le corresponde, aunque tendría que realizar ciclos recurrentes en los que se promovieran dichas obras. O bien: construir espacios alternativos en distintos puntos clave de la ciudad y del país. Y de paso: incitar a una legislación que obligue (y beneficie, por qué no) a las cadenas a promover y exhibir dichos filmes para que los estímulos de promoción no sean meramente simbólicos.

David Miklos
. Escritor. Su libro más reciente es Brama.

 

La sombra de un caudillo sin cuerpo

Se estrenó hace unas semanas, con el modesto resultado que era de esperarse, El ciudadano Buelna, vigésimo sexto largometraje de ficción del veterano Felipe Cazals. Es un fresco de ambiciones inmensas para las condiciones del cine mexicano actual: 20 años de vida revolucionaria de un personaje en cierta medida marginal pero representativo, el sinaloense Rafael Buelna (Sebastián Zurita), quien, alentado por su chamán de cantina y redacción, el novelista Heriberto Frías (Jorge Zárate), se lanzará a una revolución que nunca lo va a terminar de recibir; será una cadena de desavenencias sólo aliviadas por su insólito acuerdo con Emiliano Zapata (un excepcional Tenoch Huerta), habida cuenta de que Buelna era un intelectual rubio del norte, el opuesto exacto del caudillo suriano. La existencia de la película misma resulta pertinente como ejemplo de una urgencia del cine histórico, a la luz del poco impacto de una operación mucho más sofisticada como Morelos (2011, Antonio Serrano) y otra tan atascada en sus presupuestos dramáticos y políticos como Tlatelolco (2011, Carlos Bolado), que ojalá cuando este texto circule ya esté por estrenarse, tras seis meses de cancelaciones. Pero también a la luz de cómo el Lincoln de Steven Spielberg propone una lectura de los próceres y del momento histórico que desmonta todos los mecanismos previos.

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Como ningún otros cineasta mexicano, con la excepción del michoacano Miguel Contreras Torres, Felipe Cazals ha recorrido los peligros del cine histórico con insistencia y temeridad; su ingreso a la industria fue el mastodóntico Emiliano Zapata concebido para gloria del actor latifundista Antonio Aguilar y del agónico sexenio diazordacista; siguieron horrores que definieron al cine gubernamental, como El jardín de la tía Isabel, una generación de hijos de refugiados españoles celebrando su nostalgia de la patria lejana, y Aquellos años, en el Año de Juárez, una superproducción inanimada. A partir del año 2000, y luego de padecer todas las afrentas que el medio impuso a la dignidad de sus cineastas, su cine se afinó como una reflexión del pasado arrojando luz sobre territorios olvidados o ignorados: Su Alteza Serenísima se concentra en la decadencia última de un Antonio López de Santa Anna (Alejandro Parodi) encerrado en una mansión ruinosa, celebrado por una corte de pordioseros contratados por su esposa para mantener una ficción inútil, mientras Las vueltas del citrillo era una inmersión insólita en los códigos verbales perdidos de los desposeídos durante el porfiriato, a partir de una eterna borrachera de pulque de unos soldados rasos. Si algo pesaba en Chico Grande, su relato épico de la incursión punitiva de Pershing contra Villa, era que su guión, guardado durante 25 años (a la entrada de Margarita López Portillo a la Dirección de Radio, Televisión y Cinematografía, en 1976, fue uno de los primeros proyectos que se cancelaron), tenía una carga antiimperialista, de “pinches gringos, nos la pelan” muy fechada en aquellos años de euforia tercermundista.

 

Pero es que ya era otro tipo de cineasta, y eso marca la lucha interna de Chico Grande entre su arcaico maniqueísmo y una mirada más atenta a los detalles idiosincráticos de sus personajes como entidades de una historia concreta. Y eso explica la temeridad de acometer El ciudadano Buelna; en principio, parece un retroceso enorme en lo conseguido en su dramaturgia histórica: a diferencia de los tres ejemplos anteriores, aquí debe hacer desfilar en dos horas a una galería de personajes históricos que saturarían una telenovela del bicentenario, de Madero a Lázaro Cárdenas (a quien Buelna capturó herido y dejó en libertad durante la rebelión delahuertista); Gustavo Sánchez Parra, Bruno Bichir y Raúl Méndez hacen lo que pueden con su muy distante parecido con Álvaro Obregón, Antonio Díaz Soto y Gama y Venustiano Carranza, respectivamente, y el primero consigue una de las mejores escenas, con Zurita y Damián Alcázar como Lucio Blanco, con Obregón enfrentando el pelotón de fusilamiento.

El ciudadano Buelna avanza entre astucias cinematográficas bien administradas, como dejar las acciones bélicas en off, un poco al estilo de las escenas de violencia de Los hermanos Del Hierro (1960, Rodríguez) sin dejar de plantearlas (la carga de caballería para tomar el fuerte tiene una elegancia insólita; la muerte de Buelna se da como un acto del azar) y la percepción general hacia la Revolución está en el polo opuesto del primer cine histórico de Cazals; contra el declamatorio Zapata de 1969, éste que se sincera con Buelna adivina entre murmullos el fracaso de un movimiento secuestrado por los sonorenses. Pero el asunto no se va sin heridas: aunque Sebastián Zurita tiene un parecido físico enorme con Buelna, es aún un actor transparente y sin impacto, sobre todo alternando con otros que se comen a la cámara, y a su personaje le falta vida personal, claridad en sus ideales (más allá de que no hay caudillo que le guste). Un problema grande del guión es lo desconocido del héroe a nivel de historia nacional; no haría falta invocar al intenso Lincoln de Spielberg o al Zapata de Kazan, sino a los Leones de San Pablo de Vámonos con Pancho Villa (1935, De Fuentes) para mostrar que los combatientes y sus ideas se pueden dar en cuatro frases.

Pero el nuevo cine histórico de Cazals intuye ya que el pasado es más maleable, que la historia de bronce ya es inadmisible y se puede hacer una lectura de la Revolución desde el malestar espiritual de sus actores; contra el melodrama Romeo proletario-Julieta niña Ibero de Tlatelolco (Susy, secretos del corazón escrito por Rius), donde los personajes históricos son caricaturas políticamente correctas, El ciudadano Buelna, con sus debilidades, recupera una tradición más bien refugiada en la novela de la Revolución, la del movimiento armado como un caos maquiavélico perpetrado por una generación en cuya juventud dominaba más la voluntad de destruir el pasado y hasta a sus contemporáneos que en planear un país. Entre la abundancia de próceres matones de El ciudadano Buelna y la desolación física de Los últimos cristeros (2012, Meyer) se puede encontrar la cifra de la tragedia histórica nacional.

Gustavo García. Investigador y crítico de cine. Es académico de la UAM-Xochimilco y autor de Al son de la marimba. Chiapas en el cine.

El arte de mirarse los zapatos

Así como entre los seres humanos existen quienes son abiertos, extrovertidos, osados, altivos, desafiantes e incluso exhibicionistas, también los hay tímidos, apocados, inseguros, dubitativos, escuetos, incluso temerosos.

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Lo mismo pasa en la música y muy especialmente en el rock, género en el cual lo normal durante muchos años fue toparse con grupos y solistas que al subir a un escenario se mostraban estruendosos, retadores, hiperquinéticos y plenos de poderío. Salvo algunos cantantes de folk, los roqueros en general mostraban y siguen mostrando una actitud de divas, de estrellas, de seres inalcanzables, aunque en la vida real sean sujetos tanto o más vulnerables que su propio público.

A fines de los años ochenta y principios de los noventa del siglo pasado se produjo un fenómeno dentro del rock que vino a contradecir dicha actitud. Será que ciertos músicos eran o habían sido nerds o víctimas del bullying o cargaban algún sentimiento de vulnerabilidad y hasta de misantropía, pero tanto en Estados Unidos como en Europa y especialmente en Irlanda y Escocia, surgieron músicos que al presentarse en concierto se ensimismaban, se encerraban en sus personas y en una especie de muro sonoro (que nada tiene que ver en sus intenciones con la pared de sonido inventada por el productor Phil Spector a principios de los sesenta) que parecía protegerlos de cualquier eventualidad y de cualquier agresión del entorno. Eran todo lo contrario de los Rolling Stones o The Who, lo opuesto a Queen o a los Sex Pistols. No existía parafernalia alguna que los recubriera de oropeles, no producían espectáculos vistosos, no había en ellos movimientos escénicos delirantes o restallantes fuegos de artificio. Se limitaban a tomar sus instrumentos, pararse en el foro y tocar y cantar como si estuviesen a solas. Algunos adquirieron la costumbre de bajar la vista y daban la impresión de estarse mirando los zapatos todo el tiempo. A este fenómeno empezó a conocérsele como shoegaze (de shoe, zapato, y gaze, mirar algo con fijeza) y terminó por convertirse en un subgénero seguido por miles de personas que se identificaron con esa peculiar actitud y con ese singular sonido.

Dos agrupaciones destacan como las más representativas del shoegaze: los escoceses The Jesus and Mary Chain y los irlandeses My Bloody Valentine. En ambos podemos escuchar los referidos muros sonoros producidos por guitarras que no permiten silencios en su estruendo, un estruendo melódico sin embargo, lo que marca una sutil diferencia con el noise rock de grupos como Sonic Youth.

El shoegaze es algo así (y asumo la responsabilidad de mis palabras) como si The Velvet Undergound se encontrara con Brian Wilson. Porque en su estilo están presentes la estética y las ideas de ambos. Digamos que lo que The Jesus and Mary Chain y My Bloody Valentine hicieron fue, más que noise rock, un noise pop: música ruidosa, omnipresente, ensordecedora, pero con un énfasis muy especial en los aspectos armónicos y melódicos.

El cuarteto, surgido en Dublín en 1984, y cuyo álbum de 1991, Loveless, se convirtió en el clásico de clásicos del shoegaze, acaba de poner en circulación, 22 años más tarde, un nuevo disco, casi tan bueno como su viejo antecesor.

m b v es el título de este sorpresivo larga duración aparecido a principios de febrero pasado. Digo sorpresivo, porque casi nadie esperaba que My Bloody Valentine volviera a grabar después de tanto tiempo. Pero Kevin Shields, Colm O’Cíosóig, Bilinda Butcher, y Debbie Googe, los cuatro miembros originales del grupo, están de regreso, ya como venerables cincuentones, y su música se conserva prácticamente intacta. Quiero decir que se mantiene el sonido de Loveless e incluso de sus dos álbumes iniciales (el This Is Your Bloody Valentine de 1985 y el Isn’t Anything de 1988). Temas nuevos como (así, con minúsculas) “who sees you”, “if i am” y sobre todo “she found now” remiten al Loveless, mientras que “only tomorrow” y la preciosa “in another way” coquetean un poco más con lo melodioso e incluso con lo pop.

Ciertamente, la música de My Bloody Valentine no es para cualquiera. De pronto puede parecer demasiado etérea, demasiado nebulosa, demasiado monótona. Sin embargo, el que agrupaciones actuales tan reconocidas como The Pains of Being Pure at Heart o The Raveonettes guarden un estilo que mucho debe a Kevin Shields y compañía habla de la permanencia del shoegaze en el gusto de las nuevas generaciones.

m b v es un gran trabajo, un digno retorno de My Bloody Valentine, una nueva joya en su brevísima discografía.

Hugo García Michel. Músico, escritor y periodista. Director de La Mosca en la Red. Columnista de Milenio Diario. Autor de la novela Matar por Ángela.

 

Las dos Rayuela

Leí Rayuela al menos tres veces en los años setenta con esa obsesiva devoción en la que los adolescentes dejan arder sus sueños. La primera de ellas en el remoto año de 1975; la última a finales de esa década. Adquirí cinco ejemplares de la decimosexta edición que imprimió la editorial Sudamericana en mayo de 1974 con un tiraje de ocho mil ejemplares que salieron con rumbo desconocido de un almacén de la calle Rafael Calzada, en la ciudad de Buenos Aires.

Tres de esos libros los regalé a amores primerizos y desdichados. El cuarto ejemplar lo desencuaderné para ordenar la novela de acuerdo a la segunda alternativa del Tablero de Dirección. De esa intervención obtuve una baraja embrollada que a mí me pareció entonces el mayor acto de lealtad al juego cortazariano, pero la verdad es que destruí el libro y lo perdí para siempre. El otro lo tengo frente a mí con la vieja portada negra con el juego del avión que en Argentina se llama rayuela. Encuentro en la última página blanca, la que sigue del colofón, un mensaje inquietante del pasado: Ingrid, 5 59 29 30, el lunes a las nueve.

No sé si marqué ese teléfono. Por lo mismo no sé si asistí a esa cita y si era a las nueve de la mañana o de la noche pues he olvidado quién era Ingrid y, debo aceptarlo, muchos de los párrafos subrayados que memoricé en la parte alta de varias noches de asombro en aquel año, cuando el joven que fui descubrió en Rayuela una de las aventuras mayores de la libertad.

No puedo traer aquí al joven que leía Rayuela, de modo que el adulto que escribe estas líneas sólo tiene a la mano ciertas sombras de la memoria. Recuerdo que en esas páginas sentí por primera vez que la literatura podía conectarse directamente a la vida de todos los días y que a través de la lectura podría lograrse el módico prodigio de volvernos más aptos para la vida misma.

Sin saberlo, aunque lo sabía, aprendí en esa novela mis primeros conocimientos de modernismo; me refiero a la ruptura de las formas novelísticas, al privilegio del juego y el azar como propuesta estética, al humor, a los espejismos, los rituales, a la profundidad de la existencia, a la desesperación de que nada dura y, al final, todo se pierde. De eso hablaban la Maga, Horacio Oliveira, Talita, Traveler, esas imágenes en fuga a través de múltiples laberintos parisinos.

Por algún motivo que no sabría explicar en esta nota, hojear Rayuela me produce una rara sensación de pérdida. No me alegra pasar sus páginas, como me pasa con otros libros cuando regreso a ellos; al contrario, una fuerza desconocida me entristece, como si Rayuela estuviera “del lado de allá” y yo “del lado de acá”, condenado por un abismo insalvable. Esta es probablemente una de las razones por las que, después de la última lectura, nunca releí la novela. Con ninguno de los otros libros de Julio Cortázar me pasa esto, sólo con Rayuela. De pronto he recordado unas líneas de un poema de Cortázar: “Los dioses están muertos uno a uno en largas filas/ de papel y cartón”.

Pongámoslo así: tal vez hay alguien (que anda por ahí) llevado por otra mano del destino que sí marcó el número de Ingrid y sí asistió un lunes a las nueve (nunca sabremos si del día o de la noche) y desde ese lugar me reprocha cosas y me impide con suavidad la alegría cuando tengo entre las manos el ejemplar de la portada negra. No encuentro otra explicación más convincente para esa melancolía.

No voy a descubrir el hilo negro y a escribir lo que significó Cortázar en aquellos años para los jóvenes que ponían en los libros todos los misterios de la existencia, pero quiero contar que a principios de los remotos años ochenta, Julio Cortázar había decidido editar sus libros en la editorial Nueva Imagen para cumplir acaso una promesa interior: poner su obra en manos de un editor argentino, Guillermo Schavelzon, en un país que siempre quiso, México.

A los veintitrés años yo hacía mis primeras armas como editor de tiempo completo en esa editorial. Así, de la noche a la mañana, un día tuve en mis manos el original inédito, recién llegado de París o Barcelona, no lo sé, de Queremos tanto a Glenda, el nuevo libro de cuentos de Cortázar.

Era una carpeta roja con ligas para contener unas ciento ochenta cuartillas escritas a máquina y con algunas correcciones de la mano del autor. No supe qué hacer, si escaparme con ese mazo de páginas para siempre, compartirlo con definitivo aire de superioridad entre los amigos o mirarlo como se mira un tesoro detrás de la vitrina.

Si hubiera tenido en el escritorio un sobre impregnado de ántrax me habría sentido más tranquilo. Cortázar ya era, desde luego, un escritor de talla internacional reconocido aquí y allá, un autor de sesenta y seis años que había escrito algunos de los libros de relatos más perfectos. Digo unos cuantos: Bestiario (1951), Final del juego (1956), Todos los fuegos el fuego (1966), Las armas secretas (1964), Octaedro (1974). Rayuela (1963) era, y lo sigue siendo, una aventura de amor desdichado, un estudio sobre el exilio, una parábola de la soledad, un grito rebelde, una larga experimentación, un regreso a la vanguardia, mil formas de decir adiós a la juventud.

Leí Queremos tanto a Glenda en aquel manuscrito de primerísima mano. Entré entonces al misterio y a la atmósfera en penumbras de “Orientación de los gatos”, “Recortes de prensa”, “Historias que me cuento”, “Anillo de Moebius” y al mejor cuento político que haya escrito Cortázar: “Graffiti”. Queremos tanto a Glenda es uno de los libros de relatos más concentrados de Cortázar, maduro y joven como su obra. Leí la tipografía y la corregí con angustia y a una velocidad de vértigo, busqué con el diseñador una portada que aludiera a la ambigüedad del libro, le escribí una breve contraportada no poco almibarada y lo entregué a producción. Se publicó en 1980.

El siguiente libro de relatos de Cortázar que leí con los mismos privilegios y mortificaciones, la admiración excesiva siempre es un problema, fue Deshoras (1983). Recogí las cuartillas en otra carpeta roja con ligas en la oficina de Schavelzon. Leí los relatos y los mandé a producción a las volandas. Corregí dos juegos de galeras y unas páginas finas. Tengo frente a mí el libro, una ilustración de Hermenegildo Sabat ocupa buena parte de la portada. He vuelto a perderme en estos cuentos de Deshoras: “Botella al mar”, “Fin de etapa”, “Segundo viaje”, uno de sus grandes cuentos de box. Pero el relato que me hechizó en aquel tiempo tanto como ahora que he vuelto a leerlo, treinta años después de aquel día feliz en que lo leí por primera vez, se llama “Diario para un cuento”. No supe que estaba leyendo el último libro de relatos de Julio Cortázar, la vida es así, no nos avisa cuál es el debut y cuál la despedida.

Con el mismo procedimiento la editorial Nueva Imagen publicó Los autonautas de la cosmopista (1983), cuando murió su mujer, Carol Dunlop, y póstumamente Salvo el crepúsculo (mayo, 1984), dos libros donde el azar y el juego regían el rumbo de la literatura, un poco como en Último round (1969), La vuelta al día en ochenta mundos (1972) y, una vez más, Rayuela.

No recuerdo en dónde leí que cuando Cortázar salió por última vez de su casa rumbo al hospital, en febrero de 1984, uno de los desafíos era descender las escaleras. Bajaba con grandes dificultades y fatalmente enfermo. Le dijo a un amigo que lo acompañaba: escribiré un cuento sobre las escaleras como dragones a los que no es nada fácil derrotar. No tuvo tiempo de escribir ese cuento, no volvió a subir esa escalera.

La aparición de Salvo el crepúsculo en Nueva Imagen trajo a Cortázar a México y a las oficinas de la editorial. Una mañana Schavelzon abrió la puerta de mi despacho y detrás de él venía Julio Cortázar. Después de las presentaciones del caso, Cortázar me dijo:
—Cuando nace uno de nuestros hijos siempre agradecemos al médico que lo haya traído vivo al mundo. De modo que aquí estoy para darte las gracias. Espero que nos veamos en Cocoyoc.

Antes de que se fuera me apresuré a darle noticia de las erratas que la prisa y mi impericia dejaron pasar en la flamante edición, les recuerdo que no había computadoras, se capturaba en una máquina y luego se pegaban las páginas en unos cartones sobre los cuales se corregía. Cortázar respondió:
—Un recién nacido sin lunares sería inhumano —dijo con aquella voz ronca de erres profundas, como un eco del más allá.

No sabíamos que unos meses después la muerte vendría a recogerlo, pero yo escribí en un cuaderno esas palabras que ahora desempolvo en honor de aquellos años en que éramos invulnerables a nuestros veintisiete.

En ese año la editorial Nueva Imagen y la revista Proceso convocaron a un premio literario, uno de los grandes para ese tiempo sin premios, esa época regida sólo por los libros y el público. El jurado: Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Julio Scherer, Theotonio Dos Santos, Ariel Dorfman, Jean Casimir, Pablo González Casanova y René Zavaleta Mercado. Durante una semana el jurado deliberaría en Cocoyoc, la hacienda colonial en que fincaron viejos terratenientes de Morelos y más tarde se convirtió en un hotel de lujo con pasillos húmedos y fantasmales.

A mí me tocaba el trabajo del mayordomo editorial que consistía en clasificar los originales del premio, meter cinco copias en cajas y cargar con ellas para repartirlas a los miembros del jurado en su momento y llevar un registro detallado de las lecturas. Veinte novelas pasaron el primer cedazo de la editorial.

En un cajón de la cómoda del cuarto del hotel dos jóvenes guardaban sus ejemplares de Rayuela a la espera del momento crucial en el cual le pedirían su firma a Cortázar. Los jóvenes éramos Delia Juárez y yo. Cada mañana tocaban a la puerta los jurados para surtirse de las páginas del día. Una mañana salí temprano a nadar, cuando regresé encontré agitada a Delia:
—Vino un hombre enorme, pelón, con una túnica blanca, sonreía como un asesino y preguntó por Scherer.
—Méndez Arceo —le dije.

En la cúspide de su prestigio rebelde en el reino de este mundo, el obispo llegaba de Cuernavaca a saludar al jurado del premio. Recuerdo que Julio Scherer se los metía a todos en la bolsa en dos patadas, en las comidas y las cenas de Cocoyoc era el centro mexicano de las mesas. El premio lo ganó Carlos Martínez Moreno y su novela con título de Dante: El color que el infierno me escondiera.

Como en un cuento fantástico, o en un sueño absurdo, de pronto Delia y yo caminábamos por algún pasaje de la hacienda junto a Cortázar y Carol Dunlop. Hablamos un rato largo; mejor, hablaban Cortázar y Dunlop. Buscaban la unión del tiempo y el espacio en los laberintos de la hacienda. Quizá no tanto el tiempo como los tiempos. Cuando Cortázar vio las raíces de un ahuehuete enredarse en un muro de doscientos años dijo esto:
—Qué extraña fusión del mundo mineral y vegetal. Como si un cuarto reino nos esperara en alguna parte de la vida.

Una noche, mientras revisábamos las lecturas de los jurados, decidimos guardar nuestras dos Rayuela en la maleta. Tomé la iniciativa:
—Hablamos con él y con ella. Cenamos juntos. Pedirle un autógrafo a Cortázar sería una vulgaridad.

—Nuestra dedicatoria es el recuerdo —así hablábamos, con unas ganas tremendas de ser un personaje de Rayuela.

Los años han pasado y desde luego me arrepiento. Me gustaría acercarme al librero, sacar el libro de tapas negras y leer una dedicatoria de Cortázar. La firma sería una prueba de ese cuarto reino y las dos Rayuela, una prueba de que aquellos días en realidad ocurrieron y no los soñamos una noche de luna llena en Cocoyoc.

Rafael Pérez Gay.
Escritor. Entre sus libros: El corazón es un gitano, Nos acompañan los muertos y No estamos para nadie. Escenas de la ciudad y sus delirios.

El sobrino de Bernhard

Durante las entrevistas que sostuvo con la periodista Krista Fleischmann, Thomas Bernhard no es decepcionante. Su charla resulta una continuación de su biografía, amarga, rabiosa y plena de anatemas contra la sociedad austriaca. Llega a decir que la Cruz Roja ha pensado seriamente en no recibir sangre austriaca debido a la suciedad que ésta contiene. La entrevista es el género literario más ambiguo que existe porque sabemos poco sobre su propósito original. ¿Conocer las ideas de una persona? En el remoto caso de que la persona entrevistada posea al menos un mendrugo de idea, ello no podría saberse por medio de una entrevista. Tampoco se sabe mucho sobre la mecánica que impulsa la creación de este género: ¿es el testimonio de una charla o es una farsa concertada? Nadie nos dice si antes de la conversación el entrevistado ha tomado cierta dosis de medicina o de psicotrópicos, ni tampoco estamos ciertos si todas las veces que se le haga la misma pregunta obtendremos de su parte la misma respuesta siempre. Aún así, creo que en la entrevista a la que aludo, Thomas Bernhard no es decepcionante. El escritor de El sobrino de Wittgenstein dice que vestirse todos los días, cepillarse los dientes y cortarse las uñas es ya un oficio. Yo le creo, pues si no me pongo unos pantalones antes de comenzar a teclear entonces la escritura me parece secundaria, a no ser que una de las manías del escritor para atraer la inspiración sea la de escribir encuerado. ¿Cómo se definen las prioridades de una persona en nuestros días? Hay tal diversidad y tantas clases de personas que la pregunta en sí resulta ingenua. Un historiador y una ama de casa (o amo de casa) ordenan sus actividades de modo diferente. Las jerarquías en el conocimiento de un escritor y las de un ser que se educa mirando televisión son tan distintas entre sí como las costumbres de un calamar y las de un oso.

Después de tomar un baño, cepillarse los dientes y vestirse, determinado hombre optará por poner a funcionar una máquina, mientras otro se inclinará por el suicidio. No existe novedad en advertir y mencionar estas divergencias puesto que justo ellas representan una constante en la condición humana.

Lo que nunca podrá conocerse es el peso que tiene el azar a la hora de establecer una estrategia o una jerarquía en las actividades que supuestamente norman una vida. En Crítica de la razón cínica, Peter Sloterdijk dice que “cuanto más inteligente es un hombre en su profesión tanto más incapaz o tonto será en su casa; cuanto más apreciado por la opinión pública tanto más despreciado aparecerá dentro de sus cuatro paredes”. Cómo es que este hombre ha decidido ser más brillante ante las cámaras de televisión que ante sus hijos no lo sabe ni él mismo. ¿En qué momento sus elecciones lo llevaron a ser más tonto en esto que en aquello?

La elección de noticias que uno considera relevantes se torna en una verdadera profesión ante el enorme cúmulo de atrocidades que ponen en circulación los medios. El propósito de estos medios es colmar el espacio en blanco y cumplir con la tarea de “informar”. ¿Pero informar qué? Lo que hacen por lo general es reunir el todo con la nada para dar lugar así a la santa imbecilidad, a la dialéctica que nos lleva directamente a la confusión: reunir papas con cabellos rizados y ponerlos en un mismo y democrático platón. Y además están las entrevistas que saturan de palabrería el ambiente: hoy se entrevista hasta a los perros para que ladren por sus derechos y nos cuenten su vida. Por ello creo que la entrevista a Thomas Bernhard que he mencionado al principio de este relato no es decepcionante. Bernhard ladra y nos dice que escribe para quitarse el aburrimiento. No lo dice a otros, sino que se lo dice a sí mismo para afianzar su hastío y acaso de esa manera lograr solventarlo. No está enviando alguna clase de oráculo moral a un público que ni siquiera conoce: sólo ladra y se tranquiliza. Y esto es algo que me concierne puesto que me es profundamente conmovedor presenciar cómo un ser indefenso se defiende ante lo inevitable, y ladra, y por un momento se tranquiliza.

El orden de nuestras jerarquías, la importancia de nuestros proyectos, todo eso lo vamos inventando a tumbos, medio a ciegas. Las teorías son construcciones parciales y no existe un punto único y definitivo desde el cual hacer valer dichas teorías universalmente excepto el sentimental. Eso es lo que deja traducirse en la entrevista a Bernhard: el absoluto relativismo de los famosos a priori. Lo que nos habían ya contado a su manera Hume, Jacobi, Berkeley, Hamann, Feyerabend y tantos otros: el mundo no es teorizable de una sola manera y somos nosotros los que le imponemos teorías según nuestra conveniencia. Una mañana dejaré de vestirme y de atravesar las puertas para dirigirme a desempeñar un trabajo y entonces todo habrá cambiado de nuevo para seguir siendo la misma cosa jodida y aburrida de siempre. ¿Es ésta una teoría práctica? No, es sólo una profecía desde un punto de vista amargo, un tranquilizante, un ladrido.

Guillermo Fadanelli. Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

Cómo escribir un poema chino

1. Encontré un texto curioso en el libro 101 cuentos zen (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2012). Se titula “Cómo escribir un poema chino” y dice:

A un conocido poeta japonés le preguntaron cómo se compone un poema chino.
—El poema chino habitual tiene cuatro versos —explicó—. El primero contiene la fase inicial; el segundo verso, la continuación de esa fase; el tercer verso gira sobre ese tema e inicia uno nuevo, y el cuarto une a los tres primeros. Una canción popular japonesa lo ilustra:

Las hijas de un mercader de seda
                                 [viven en Kyoto.
La mayor tiene veinte años, la
                                [menor dieciocho.
Un soldado puede matar con su
                                [espada,
Pero esas muchachas matan a los
                               [hombres con sus ojos.

Fui a buscar poemas que se ajustaran a esa forma en Poesía china: Del siglo XXII a.C. a las canciones de la Revolución Cultural, editado por Marcela de Juan (Alianza Editorial, Madrid, 1973). Encontré algunos poemas de cuatro versos, pero con la construcción específica del cuento zen sólo uno: resulta el mismo poema que José Emilio Pacheco incorporó con brillantez a su obra poética en No me preguntes cómo pasa el tiempo (Joaquín Mortiz, México, 1969). El poema es de Li Kiu Ling (Dinastía Tang, años 618-907). Pacheco sólo escogió los versos segundo y tercero para ponerlos como epígrafe en su poema del mismo título. Dice en versión de la mencionada Marcela de Juan:

En la región de las nubes espesas
                              [levanté mi cabaña,
en el polvo del mundo se pierden ya
          [mis huellas; me alejo sin cesar.
No me preguntes cómo pasa el tiempo.
Ante mi ventana corre el agua del
 [arroyo, en la cabecera del lecho me
                      [acompañan mis libros…

Me sorprendió encontrar en las “explicaciones previas” de Marcela de Juan que una forma común en un poema chino de cuatro versos consistía en que rimaran los versos primero, segundo y cuarto, lo cual empataría perfectamente con el ejemplo de la “receta zen”: el tercer verso, el que “gira sobre [el] tema e inicia uno nuevo”, al no rimar se separaría momentáneamente del poema antes de que el cuarto verso lo reintegrara junto con los otros. Así que “No me preguntes cómo pasa el tiempo” sería el único verso no rimado. Pensé: quien quiera escribir un “poema chino” podrá prescindir, modernamente, de la rima, pero no de atinar en el efecto del tercer verso; bien visto, el tercer verso es el corazón de un poema chino de cuatro versos.

2. Recordé otras maneras de “Cómo escribir un poema chino”; sobre todo aquella que pasaba por el título: un “poema chino” debía empezar por su título, porque a veces un poema chino era su título. Sobre todo los poemas escritos durante la Dinastía Song (años 960-1279). Marcela de Juan no incluyó los títulos antes de los poemas en su antología; los encontré en una antología en lengua inglesa publicada dos años después de la de De Juan: Sunflower Splendor. 3,000 Years of Chinese Poetry (coeditado por Wu-Chi Liu/Irving Yucheng Lo, Doubleday, NY, 1975). Van algunos que me gustan entre aquellos títulos de poemas chinos: “En el día trece del mes once fui al granero por primera vez desde mi enfermedad”; “Al pedirle que me preste algo de arroz a Yu-hui”; “Un monje del Monasterio de la Fortuna Auspiciosa me pide que no le dé nombre a un pabellón”; “Afuera, en la nieve, mientras paso la noche en la nueva estacada, absolutamente deprimido”; “En mi estudio, en el monasterio, al levantarme de la siesta, me vienen dos poemas”; “Mientras subo por una torrecita de noche y recuerdo a viejos amigos en Lo-yang”; “Al pasar toda la noche en el templo del Buitre Sagrado”; “En un bote una tarde de verano, oí el grito de un pájaro. Era muy triste y como si dijera: ‘Mi señora es cruel’. Conmovido, escribí este poema”; “Ha nevado repetidamente pero podemos contar con una buena cosecha de trigo y cebada; de puro alegre hice esta canción”; “Inscrito con mi caligrafía de letras como patas de grillo mientras estaba borracho”; “En un intento por curarme el hábito de la bebida, escribí este poema para reprender a la copa de vino y pedirle que ya no se me acerque”.

A partir de esto y entonces, el problema para escribir un “poema chino” desde el título, sería cómo encontrar equivalentes “modernos”, cuya naturalidad no sonara a parodia o a pastiche. Al cabo se volvería algo al parecer irrealizable y luego ocioso, y luego olvidable. No sé si el lector recuerda las “Leyes de Murphy” (“lo que puede salir mal, saldrá mal”, “todo se lleva más tiempo del que se cree”, etcétera); pues si hubiera “Leyes de Murphy” literarias, una de ellas diría al ras: “Si no lo escribes tú, lo escribe otro”. Años después me encontré con que el poeta estadunidense Billy Collins había escrito su “poema chino”, con todo y título y con la ocurrencia central de haber escogido como asunto a esos mismos poemas chinos. Viene en el libro de Collins Sailing Alone Around the Room (Random House, NY, 2001). Se titula “Al leer una antología de poemas chinos de la Dinastía Song, me detengo a admirar la extensión y claridad de sus títulos”. Traduzco el resto del poema (Collins incluye con alguna variante uno de los títulos mencionados líneas atrás):

Es como si estos poetas no tuvieran
                                                     [nada
dentro de sus amplias mangas
y por eso nos mostraran sus cartas
                                              [tan pronto,
diciéndonos antes del primer verso
si el clima está húmedo o seco,
si es de noche o de día, en qué
       [estación del año anda el autor,
incluso cuánto ha tenido que beber.

Quizá es otoño y él mira un gorrión.
Quizá nieva en un pueblo de nombre
                                             [hermoso.

“Al mirar las peonías en el templo de
                                    [la buena fortuna
en un atardecer nublado” es uno de
                             [los de Sun Tung Po.
“Al sacar agua del río y hervir té”
es otro, o nada más
“Sobre un bote, despierto en la noche”.

Y Lu Yu logra el más sencillo rice cake
                                                            [con
“En un bote, una tarde de invierno
Oí el canto de un pájaro.
Era muy triste y parecía decir
Mi mujer es cruel —Conmovido,
                              [escribí este poema”.

Aquí no habría modo de que pasaran
                                           [el torniquete
títulos como “Vórtice sobre una cuerda”,
“El sonar de la neurosis”, o algo así.
No hay entrada para ningún tapete de
                       [bienvenida que confunda.

En vez de eso, “Camino una mañana
                                              [de verano
al sonido de los pájaros y una
                                              [cascada”,
es una cortina con cuentas que me
                                  [roza los hombros.

Y “Diez días de lluvia primaveral me
                     [tienen dentro de la casa”
es un ujier que me conduce al cuarto
donde un poeta de barba rala
está sentado sobre una alfombra con
                                  [una jarra de vino
y susurra algo sobre nubes y viento
                                                      [frío,
sobre la enfermedad y la pérdida de
[amigos.

Con qué facilidad me dejó entrar aquí,
sentarme en una esquina;
cruzar mis piernas como las suyas, y
                                       [escuchar.

Luis Miguel Aguilar. Poeta y ensayista. Entre sus últimos libros: Las cuentas de la Ilíada y otras cuentas y El minuto difícil.

 

Canta, Fito, canta

Hubo un presidente de México que terminó sus días convertido en maestro de canto. Lo hizo por honradez, pues salió de la presidencia sin nada en el bolsillo, y lo hizo por necesidad, porque durante los años iniciales de su exilio en Estados Unidos su mujer tuvo que coser ropa ajena y sus hijos que vender periódicos en las calles. Pero lo hizo, sobre todo, porque la música era su segunda piel, como afirma el historiador Pedro Castro, aunque bien mirado no podía ser otra cosa más que la primera.

La historia de Adolfo de la Huerta me habita, vagamente, desde la infancia. En 1924 mi abuelo paterno se sumó a la rebelión que quería impedir que Plutarco Elías Calles llegara a la presidencia de la República, de modo que la rebelión delahuertista ocupa un listón tan alto en la épica familiar como la tarde en que, frente a una farmacia que estaba en la esquina de nuestra casa, uno de mis tíos molió a golpes al matón más peligroso que había en el barrio.

En esa épica, pues, hay un muchacho de veinte años que huye en ferrocarril de la Escuela de Ingeniería, que se enreda en la revolución porque la revolución se enreda simplemente en su vida, y que en el cortísimo tramo que duró la insurrección de De la Huerta alcanzó a portar presillas de capitán, y terminó portando, también, un rozón de bala en una de las piernas, recibido durante la emboscada en la que Juan Andrew Almazán aplastó los restos finales de la rebelión delahuertista.

En esa épica figura de modo nebuloso “el único presidente honrado que ha habido un país de sinvergüenzas y ladrones”, “el único hombre de la Revolución que nunca asesinó ni ahogó a sus enemigos en un diluvio de sangre” y “el único general ante el cual Francisco Villa se rindió voluntariamente”.

Sé que hubo algunas frases más, pero no las recuerdo. Sé que hubo la fotografía de un Adolfo de la Huerta con botas muy lustrosas, y no sé dónde quedó. Sé, por último, que hubo una anécdota de Adolfo de la Huerta cantando como nadie la canción “Estrellita”, de Manuel M. Ponce, aunque siempre la creí falsa.

Ese segundo Adolfo de la Huerta, maestro de canto y virtuoso del violín, fue rescatado por el historiador Pedro Castro quien rescató, a su vez, un manuscrito inédito de Roberto Guzmán Esparza, secretario particular del ex presidente entre 1923 y 1933. El documento, titulado Adolfo de la Huerta, el desconocido, contiene un relato fascinante: la manera en que De la Huerta sobrevivió durante su exilio, enseñando canto a los actores que anhelaban triunfar en el alba del cine sonoro hollywoodense.

De la Huerta, jefe de la revolución de Agua Prieta, era el vértice menos sanguinario del clan sonorense, que completaban Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, dos asesinos por naturaleza. Se había iniciado en la juventud en los secretos del bel canto —una tradición que pasaba de boca en boca, de la que él se apropió gracias a un barítono italiano de apellido Grossi—, de modo que al tomar las armas, en las noches del campamento, durante las feroces campañas contra el huertismo y el carrancismo, sus amigos le solicitaban: “Canta, Fito, canta”.

Presidente interino tras el asesinato de Carranza, antes de entregar el poder a su amigo Obregón —y convertirse él mismo en secretario de Hacienda del Caudillo—, el general promovió la música en México, lo que le valió un alud de críticas venenosas por parte de sus enemigos. “No robaba, no mataba, pero… ¡ah! sabía cantar”, apuntó su secretario particular. En un país al que la Revolución había acostumbrado a aplaudir la ferocidad de sus caudillos, sus detractores lo acusaron de perder el tiempo en naderías y le endilgaron motes infamantes: “De la Huerta el tenorcillo” o “el presidente corista”. Se burlaba Álvaro Obregón: “En el destierro, Adolfo podrá al menos dar clases de canto. En cambio yo, con un solo brazo, no podría conseguir trabajo ni de barrendero”.

En 1923, en el contexto de la sucesión presidencial del Caudillo, el ministro De la Huerta fue excluido de las conversaciones sobre la deuda externa que culminaron con los Tratados de Bucareli; al mismo tiempo, se hizo patente el respaldo que Obregón brindaba a la candidatura de Calles. Ése fue el año en que Francisco Villa fue acribillado y en el que De la Huerta, que se había opuesto tanto a los tratados como a la candidatura de su ex amigo Calles, sobrevivió a tres supuestos intentos de asesinato. El rompimiento en el clan sonorense fue inevitable. A fines de 1923, con el apoyo de amplios sectores del ejército, la rebelión delahuertista estalló.

Como se sabe, Calles terminó en la presidencia y De la Huerta en el exilio. Vivió oculto mucho tiempo, con nombres falsos, huyendo de una ciudad a otra. Relata Pedro Castro: “Al llegar a Los Ángeles tuvo que refugiarse en la casa de un amigo, de donde no salía ni de noche ni de día para ocultarse de los agentes enviados por el gobierno de Plutarco Elías Calles”. Dichos agentes no tenían otra encomienda que la de asesinarlo.

Cuando las cosas se enfriaron, la profecía de Obregón se cumplió: éste no halló trabajo ni de barrendero, porque estaba muerto, y De la Huerta abrió en su propia casa una pequeña escuela de canto, en la que trabajaba doce horas diarias. Enrico Caruso lo había escuchado cantar alguna vez y dijo que el general estaba destinado a convertirse en su sucesor. Lo llamó, incluso, “eximio tenor”. La figura curiosa de un ex presidente convertido en profesor de canto llamó la atención de la prensa estadunidense, que le dedicó varios reportajes. Decía De la Huerta: “al que no cante, lo haré cantar, al que ha perdido la voz haré que la recupere, al barítono lo convertiré en bajo y al bajo en tenor”. Pedro Castro lo dibuja ante sus alumnos, marcando con las manos el compás, mientras su esposa desgranaba melodías en el piano. José C. Valadés lo entrevistó en su academia y escribió que “la persona que entraba sin poder ni siquiera tararear una melodía, sale de ahí a los cuantos meses dando ‘dos’ de pecho”.

La llegada del cine sonoro en 1927, la fiebre que desató el filme The Jazz Singer, procuraron al profesor de canto una holgura económica que no había conocido en los años negros: su sala de espera se llenó de actores “mudos” que deseaban aprender a cantar para intentar fortuna en el género de moda, los musicales hollywoodenses. Estos mismos actores lo llamaban “el hombre del milagro”. “La prosperidad del señor De la Huerta se percibe de inmediato”, escribió Valadés.

Era una prosperidad que no tenía que ver con “la corrupta casta militar” que exiliaba a los enriquecidos por la Revolución a todas las ciudades del mundo. En los años de gloria de la academia, entre los discípulos más célebres del ex presidente figuraron el malogrado cantante yucateco Guty Cárdenas, cuya carrera fulgurante fue truncada por una bala en el Salón Bach, y el mismísimo hijo de Enrico Caruso, a quien le llovieron ofertas cinematográficas gracias a las enseñanzas del hombre al que su padre había considerado “eximio tenor”. La Gran Depresión, sin embargo, dejó al ex presidente prácticamente sin empleo, y con nulas posibilidades de volver a México, donde comenzaba la era conocida como el Maximato.

Lázaro Cárdenas lo sacó del atolladero y lo llamó a colaborar en su gobierno. Acabó dándole un puesto en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Al paso del tiempo, De la Huerta fungió como director de Pensiones. Su secretario particular recuerda que en esos años Agustín Lara había entregado a México el gusto por los boleros llorones, alejándolo de la ópera y la música de concierto. No había prosperidad en ello, pero Adolfo de la Huerta siguió dando clases de bel canto, por simple apego a la música.

Pedro Castro cree que la faceta modesta de la vida del militar, que contrastaba con el dispendio de los generales triunfantes, fue ocultada cuidadosamente por los gobiernos de la Revolución.

De la Huerta murió en 1955. El mundo tiene misterios. Puede ser que en mi ADN quede el eco de su voz.

Héctor de Mauleón. Escritor y periodista. Autor de La perfecta espiral, El derrumbe de los ídolos y El secreto de la Noche Triste, entre otros libros.

Materia pensante

Anda por internet un video en el que le preguntan a un gran astrofísico y divulgador, Neil DeGrasse Tyson, qué es lo más asombroso del universo. Responde que es el hecho de que todos y cada uno de nuestros átomos (me costó trabajo entender el inglés de esa palabra porque oía «árams»: algo le quedó de su origen en el Bronx) se hayan cocinado en los núcleos de estrellas de primera generación, la inmensa presión fusionó átomos de hidrógeno, los más sencillos y primigenios, con un solo protón y un solo electrón, la fusión crea helio. Cuando se agota el hidrógeno, las capas superiores aplastan el núcleo de la estrella y se fusionan helios en elementos más pesados.

materia

Así se forma carbono, nitrógeno, oxígeno… los elementos de la vida. La estrella termina por estallar y así lanza al espacio lo que serán nuestros cuerpos y cerebros. La gravitación, dijo Laplace a Napoleón, concentra esas nubes de gases, en el centro la presión enciende una nueva estrella con hidrógeno primitivo, los restos circulan en torno de ella como un disco plano. La gravitación junta esa basura y hace planetas. “¿Y Dios?”, dicen que le preguntó el Emperador. “No necesité de esa hipótesis, Sire…”. Quizá es falso, pero es una anécdota maravillosa.

Y luego, ¿cómo esa materia que hizo células que hicieron seres multicelulares que hicieron plantas, animales, hongos, cobró conciencia de sí misma? Y no es asunto sólo humano. Las plantas tienen percepción de la luz, fototropismo, del tacto (como la plantita llamada sensitiva y otras); los animales distinguen a otro animal y saben que tendrá reacciones esperables y las usan. Es conciencia.
¿Sólo nosotros miramos las estrellas? No. Las aves migratorias las usan para guiarse, es posible que también algunos insectos como la mariposa monarca que viaja de Canadá a México ida y vuelta. Y más aún la luna, que señala ritmos vitales a animales marinos y terrestres. El misterio de la conciencia a partir de los hornos estelares fue visto por nuestro Quevedo (1580-1645) siglos antes del astrofísico Tyson:

Amor constante más allá de la muerte
[…]
Venas que humor a tanto fuego han dado,
Medulas que han gloriosamente ardido:

Su cuerpo dejará no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.

¡Chingao! ¿Por qué siempre me hace llorar? Al rato sigo…
Al respecto hay una postura que podríamos llamar trivial o baratona: el cerebro produce conciencia como el hígado produce bilis. Es verdad que en el cerebro literalmente vemos surgir recuerdos y emociones. Pero, ¿esa conexión de neuronas es mi recuerdo de Pepe Delgado y yo llorando en un baño de vapor ante el obstáculo infranqueable de mi edad, treinta y dos años?

No sé si hayan visto llorar a un hombre muy guapo y muy masculino… Sí, científicos sociales, la masculinidad existe, como también la femineidad, sin putas comillas, a través de clases sociales, razas y épocas. Yo sí lo he visto, y junto a mí. Me vio con inesperada tristeza y dijo:
—Luis… ¿Por qué no tienes trece años? ¿Por qué no tienes trece años? Si te quiero tanto siendo el “viejo” que eres, ya me imagino si tuvieras trece años.

Lo miré con pasmo y encontré que tenía los ojos, tan bonitos ojos, arrasados de lágrimas, las contenía con esfuerzo. Yo no pude y me solté llorando a sollozos:
—¿Qué hago, Pepe? ¿Qué hago?

Y me derrumbé hasta el suelo, abrazado a sus piernas. Me levantó de las axilas. Con el vapor, al abrazarnos de pie no supe qué sentía en sus mejillas, pero digo que lágrimas, pues no pudo contenerlas más.
—Debí conocerte cuando tenías trece —dijo con voz ahogada sobre mi hombro, sobre el hueco entre el hombro y el cuello, sorbiendo el vapor con sudor y sacudiéndome el cabello, como era su costumbre afectuosa siempre al encontrarme.
—Tú habrías tenido casi la misma edad, Pepe, doce años, y no habríamos hecho nada porque los dos fuimos muy tardíos, yo a los veinte años, tú más, hasta aquella estancia en Londres y el joven cantor del coro en la iglesia, o… no sé, quizá lo que nos faltó fue encontrarnos a los trece años y no a los treinta y dos. Nos habríamos decidido de inmediato y ahora estaríamos por festejar nuestros veinte años juntos con una gran fiesta a la que invitaríamos a todos los amigos del Consejo Sindical… O, quizá, nuestra vida, juntos, habría sido otra.

Se miró los pies, levantó la vista, sus bellos ojos oscuros, enrojecidos, tenían gotitas en cejas y pestañas. Dijo con sonrisa triste, irónica, sabiendo bien lo que hacía y en voz muy baja, sin dejar de mirarme:
—Quiero ser un gay… normal —y bajó la vista.
—Eres un hombre encantador, Pepe —y volví a llorar.

Me pasó de nuevo la mano sobre el cabello húmedo, me miró con inmenso amor y sólo dijo:
—Chiquillo…

Con eso, no pude más y volví a llorar, con los brazos en torno a su espalda, recargado en su pecho, a sacudidas, con desesperación. Preguntó el motivo.
—Es que no me pudiste decir nada mejor… Chiquillo… Sé lo que para ti es un chiquillo, y… y…

fMRI y PET
Sin duda hay actividad neuronal, algunos neurocientíficos dirían que es todo. Otros que no. Pero de que se ve con un fMRI o con un PET, la tomografía por emisión de positrones, se ve. Pero ¿es?

Un gran experto en todo tipo de divulgación científica, John Horgan, quien tuvo por muchos años una espléndida sección mensual en Scientific American, es uno de los escépticos.
¿Qué miran los técnicos del PET y del fMRI? ¡Una tormenta! No, no, un huracán, un tornado de neurotransmisores: unos apagan receptores, otros encienden receptores, otros más abren vías neurales bloqueadas, usan axones débiles por falta de uso, los refuerzan, los vuelven a bloquear, en las pantallas áreas rojas, amarillas, verdes, azules, chispas eléctricas viajando por axones, conectando dendritas, sacudiendo neuronas, un tifón sólo posible en la densa atmósfera de Júpiter funde los aparatos para emisión de positrones, la antipartícula del electrón, la antimateria, plaf: se destruyen mutuamente, y los magnetos del fMRI, los cables se derriten. Deberemos pagar una fortuna que no tenemos, sólo damos clases en la UNAM.

Sabemos dónde ocurrió, lo vemos, lo imprimimos, sale la imagen a todo color de la impresora láser, podemos medir intensidades, escalas. Pero dos hombres guapos y jóvenes, uno sollozando sin control, el otro conteniendo el llanto que acaba por derramarse, el vapor que todo lo mezcla en sudores, saliva, semen, lágrimas… ¿Y eso?

En inglés, donde hay tan buenas expresiones breves, se dice use it or lose it. La emplea de título un trabajo publicado este 6 de marzo en Neuron sobre los mecanismos moleculares del cerebro que explican las bases de un bien conocido fenómeno: un ambiente rico en estímulos produce niños más despiertos y evita o retrasa el Alzheimer. Fue conducido por Dennis Selkoe. Y un solo suitch molecular “ayuda a crear las conexiones neuronales que permiten al cerebro puentear la grieta entre la impresionabilidad adolescente y la estabilidad adulta”, según estudio de la Yale School of Medicine, ídem. Y el proceso se puede revertir para rejuvenecer cerebros. ¡Ups!

Pero, pero… algo se nos va. Antonio Damasio, el gran neurocientífico y Premio Príncipe de Asturias, tiene dos obras maravillosas: Descartes’ Error y Looking for Spinoza. Imprescindibles, inolvidables. Allí presenta el caso de Phineas Gage, trabajador en la construcción de vías férreas al que por una explosión, en 1848, una barra de un metro le entró por un pómulo y la salió por la coronilla. Ni siquiera perdió la conciencia y lo encontraron sentado, sabía quién era y parecía tener funciones mentales intactas. Pero en adelante fue otro: el hombre bueno y discreto que había sido antes del accidente fue sustituido por un patán al que no podían dejar solo en compañía de mujeres, míster Hyde.

A este sentimiento de que “algo se me escapa” John Horgan llama “laguna explicativa”. En una entrevista a la neurocientífica Patricia Goldman-Rakic cuando escribía su libro La mente por descubrir (Paidós), tuvo con ella un intercambio ríspido: “El problema que yo encontraba, le dije, era conseguir enlazar estos gráficos que mostraban los índices de disparo de las neuronas por un lado y conceptos de gran calado, como la memoria, la cognición y el libre albedrío, por el otro… Sentía que algo se me escapaba”. Ella se molesta y le dice que la única laguna explicativa es la que tiene el zonzo de Horgan en su cabecita.

Todavía en Scientific American, Horgan se encargó de publicar un artículo de Timothy Beardsley, otro escritor de planta, acerca de los trabajos de Goldman-Rakic sobre memoria: “Beardsley me confesó que nunca había encontrado una obra más difícil de comprender y de presentar de forma coherente y satisfactoria. Tenía la impresión como si se le escapara algo”. Meses después, la revista publicó una carta con una queja: el artículo “nos cuenta dónde ocurre algo en el cerebro, no cuáles son los verdaderos mecanismos que nos permiten reconocer, recordar, etcétera. Y eso es, por supuesto, lo que queremos saber realmente”.

Luis González de Alba. Escritor. Acaba de aparecer en eBook su libro Jacob, el suplantador.

www.luisgonzalezdealba.com

 

Un santo infernal

El santo típico de la Iglesia del siglo XIX es Juan María Vianney, cura de Ars (1786-1859). Su canonización en 1925 corona las cualidades más preciadas del clero de entonces: la austeridad llevada hasta la ascesis, la condena de todos los valores de la sociedad laica, el horror enfermizo hacia la impureza, la autoridad sobre los fieles llevada hasta la tiranía, el miedo al infierno hasta el extremo del terror. El cura de Ars es un familiar del más allá infernal. Toda su vida está relacionada con el demonio, que no cesó de atormentarle durante treinta y cinco años, a partir de 1824, mediante manifestaciones ruidosas. Postrado en el lecho del dolor oyó cierta vez una voz que le decía: “Este es el momento de caer en el infierno”. Las enseñanzas del seminario fomentaron en él un temor enfermizo hacia los tormentos eternos y, enlazándolos con las visiones de antaño, desciende en espíritu a los lugares infernales.

Su predicación está impregnada de estos terrores. Lo mismo que sus hermanos en el sacerdocio, está convencido de la condenación eterna de la mayor parte de la humanidad, comenzando por los casados. ¿Cómo se puede pensar en ir al cielo si se está sometido cada noche a la abominable tentación del pecado de la carne? Uno se condena por la más mínima mirada, por el más mínimo pensamiento impuro, y también por haber estado distraído en misa, por haber dicho “palabras sucias”, por haber blasfemado, por haber trabajado el domingo. Únicamente se puede esperar misericordia si uno se esforzó en ser desventurado toda la vida: “Si habéis basado vuestra dicha en los sufrimientos y en los combates”. Incluso nuestras buenas acciones no servirán de nada, porque ya recibieron su recompensa en esta vida mediante los bienes temporales, mientras que “nuestros pecados viven aún”.

Fuente: George Minois, Historia de los infiernos (trad. Godofredo González), Editorial Paidós, Barcelona, 1994.

50 años después

despues

Garrincha contra México. Mundial de Chile 1962. Resultado: Brasil 2, México 0. Brasil fue campeón del mundo en esa copa.

despues2

50 años después. El Chatón Enríquez de México contra dos jugadores brasileños. Juegos Olímpicos de Londres, 2012. Resultado: México 2, Brasil 1. México ganó la medalla de oro en la final contra Brasil.

 

Las primeras actrices

Las plañideras son el primer proyecto del coro antiguo en las tragedias griegas clásicas. Ellas chillaban en la muerte para formular preceptivamente el dolor desordenado y espontáneo de los allegados al difunto; para “representar”, pues, más que para sentir realmente ese dolor. Del mismo modo en que el coro antiguo defendía la tragedia de la muchedumbre de espectadores, las plañideras defendían el rito mortuorio de la parentela y de todos los participantes en el duelo de forma simultánea.

Cuando no existía el correo, la muerte de alguien se pregonaba a voz en grito de montaña en montaña; era la llegada de los “heraldos del duelo”, cuyos rostros debían mostrar señales de arañazos (en cierto modo las primeras máscaras trágicas). Luego venían las plañideras, mujeres que tenían por oficio llorar acompañándose de un texto preestablecido. Las plañideras fueron, en verdad, las primeras actrices profesionales.

Fuente: Ismaíl Kadaré, Esquilo (trad. del albanés de Ramón Sánchez Lizarralde y María Roces), Ediciones Siruela, Madrid, 2006.

El oro del mundo

El oro extraído en todo el mundo cabría en una alberca olímpica.

Fuente: Raúl Feliz en el programa radial Artículo Sexto, conducido por Leo Zuckermann, enero 17, 2013.

Funeral de un niño

Sobre la blancura de los muros y de la polvareda, andando por estos campos, continuamente nos punza los ojos una forma negra, apoyada en tierra o parada junto a la puerta. Se ve de lejos. La rígida geometría del objeto agudiza la negrura. Se trata de ataúdes. Muchos ataúdes para muchos muertos. Tiene sus buenas razones el olor a ácido fénico.

El último recuerdo que tengo de Xochimilco es el de un cortejo fúnebre formado en total por tres personas, que atravesaba a paso vivo una plaza. Pero esta vez se trataba del funeral de un niño: pintada de blanco la pequeña caja, y plantado en mitad de la tapa un gran penacho de flores blancas. Dos jovencitos, uno a cada extremo, llevaban sobre la cabeza el leve peso. Y entre los dos, con la cabeza justo bajo el féretro, caminaba un niño. Parecía una estampa decorativa, estilizada en el movimiento acompasado de las seis piernas, y con las tres figuras de perfil achatadas contra el paisaje.

Había algo de alegre y gallardo en esa marcha. Y se habría dicho que el propio muertito había bajado a buscar algo que se habían olvidado de incluir en su viático: un dulce, un caballito de juguete, un muñequito. Echaba una última mirada a la plaza donde había jugado tanto. Después se metería de un salto en el ataúd y se iría de veras.

Fuente: Emilio Cecchi, México (trad. Stella Mastrangelo), FCE, México, 1989. (En otro texto, Cecchi —recorrió California, Nuevo México y México en 1930-1931— se refiere a un caso en Durango en el que la gente hacía criaderos de alacranes cuando hubo una plaga de los mismos y el gobierno pagaba por cada alacrán muerto que le llevaran. Todo iba bien, dice Cecchi, hasta que “la autoridad entró en sospechas. En esos casos, en México, se actúa rápidamente: se arresta a cierto número de sospechosos, pues basta con la sospecha de que entre ellos está el verdadero culpable”.)

Puerto libre

Borrado sea tu nombre

Hay de hambres a hambres. La mía fue tonta y revocable. Pero es de ésta que supe por eso de ésta cuento.

Como mis horarios eran impredecibles y aquel sería un fin de semana largo, el día anterior compré un boleto para las cuatro y otro para las seis. Llegué a tiempo al de las cuatro y subí a buscarme un lugar en las filas de en medio. Cada quien sus manías.

Dejé mi bolsa, con el dinero dentro, encargada con quien sería mi vecina de viaje, y corrí a devolver el boleto de las seis.

Es al pensar en la continuación de esta memoria que me digo y les cuento: yo nunca me permito un hambre que pueda saciar. Sé que en nuestro país sólo decir esto causa vergüenza. Más aún si hubo días en los que uno tuvo hambre por puro ser idiota. Mientras había, y hay, quienes no comen porque no tienen qué, había y hay quienes hacen dietas tontas con las que se lastiman y atarantan. Así que empiezo este desvarío con una irrevocable sensación de culpa.

borrado

Eran los tremendos setenta. Como es ahora el dos mil trece y hay quien sigue en lo mismo. Entonces, donde yo tenía la cabeza, como ahora hay quienes aún la tienen, había que ser flaca y de preferencia medir uno setenta. Ninguna, de las dos cosas, fue lo mío. Y tratar de vivir sintiéndose inadecuada era para mí una novedad, porque yo había crecido, apacible, en un cuerpo de niña delgada sin esfuerzo y sin que se adivinara bien que nunca tendría la altura de mi madre. No acabo de entender por qué en mi familia materna se le daba tanta importancia a la altura. “Ninguno de mis yernos está de aparador”, decía mi abuelo que medía más de uno ochenta, que fue guapo hasta la mañana de su muerte e implacable para juzgar a los demás. Era incrédulo como las montañas, pero estaba seguro de que sus hijas eran tres bellezas casadas con hombres de aspecto regular. El menoscabo de mi padre era ser chaparrito. Y, peor aún, heredar su estatura. Yo apenas alcancé el uno cincuenta y ocho. Fatal, porque estaban de moda los Beatles y esa moda quería que todas fuéramos como las novias de los Beatles. Altas. O como Jackie Kennedy. Delgadas. Tanto que hasta la pobre María Callas se tragó una lombriz y adelgazó treinta kilos. Quizás fue de ahí que se puso tan triste. Porque andar queriendo ser plana por delante y plana por detrás era y es un disparate en mujeres con proclividad a los pechos grandes y las caderas anchas. Dos virtudes que se apreciaban sobre cualquiera en la época en que las mujeres tenían que reproducirse pasando por todas la dificultades de una medicina sin antibióticos. Las flacas no sobrevivían. Y la gordura era hermosura. En las novelas del siglo diecinueve la descripción de una mujer fea siempre empezaba con que se le veían los huesos. Twiggy, en la voz de Jane Austen, hubiera sido un esperpento. Pero todo eso cambió de una vez y no sé si hasta siempre. De ahí que ya en los sesenta las viejas fotos de mujeres en paños menores, pródigas y piernudas, se vieran como antigüedades provocando una mezcla de ternura y espanto.

Debió ser 1964 cuando a mi cuerpo le brotaron prominencias con las que me parecía imposible convivir. No se hablaba, como apenas hace muy poco, de la peligrosa anorexia. En cambio la gordura era sinónimo de horror y contra eso ya no había lucha posible. No era tan socorrida la actual obsesión con el ejercicio, las verduras y las proteínas, pero que debía uno vivir en el empeño de no engordar ya estaba ahí, como una condena. Ni se diga a mediados de los setenta. Así que una servidora, me encanta el modismo que ha caído en desuso, se pasaba la vida enflacando y engordando según el devenir de sus emociones. Hay quien adelgaza con las tristezas y quien las acompaña comiendo en pos del refrán. Yo era de estas últimas. Todo episodio desafortunado terminaba en tres meses de panes, azúcar y porquerías tras los cuales había que caer en privaciones de espanto. En esas épocas de insensatez, padecí, sin grandes resultados, todo tipo de hambres y de dietas. Sin duda la de mil calorías, ni qué decir la de cero carbohidratos, pero hasta una que llevaba las cosas al extremo de prohibir las cremas para la cara. Había la dieta de la luna y la de plátanos con leche, la de una cucharada con mantequilla de cacahuate en la mañana, un helado de vainilla al mediodía, y una taza de agua tibia en las noches. Había la de sólo lechugas, la de piña, la de apio y piña, la de apio, perejil, nopales y piña, la de aire. Tonterías. Duelos y quebrantos que sólo llevaban a cometer nuevas estupideces.

Diciendo esto vuelvo a la tarde en que bajé del autobús de las cuatro para cambiar el boleto de las seis por el dinero que había costado. Llevaba dos semanas en la dieta más negra de cuantas se me ocurrieron. Había perdido seis kilos en doce días. Según yo, corrí a la ventanilla de cambios, pero adivinar por qué aún no llegaba cuando el autobús arrancó sin mí. La terminal del ADO estaba a una calle del entonces cochambroso Monumento a la Revolución. Era una sala grande que recuerdo pequeña, porque siempre había multitudes cruzándola, con un piso de granito que alguna vez habrá sido blanco pero que siempre estaba tan gris, con el ir y venir de cien mil pasos diarios, que daba miedo mirarlo. Aún así, cuando vi desaparecer el autobús que se fue con mi equipaje dentro, dejándome en el despoblado de un fin de semana sin más destino que el de seguir en el hambre de una dieta imbécil, me senté en ese suelo a llorar como si hubiera perdido una patria. Comiendo tan poco había conseguido desordenar tanto mi ánimo que ya no sentía hambre. Nada más una desolación propia de la orfandad. Y lloraba como sólo se llora en esta ciudad, sin que a nadie le importara en lo más mínimo. Por fortuna, pienso ahora, porque si alguna alma caritativa hubiera reparado en mí, me habría yo visto en el predicamento de explicar lo tres veces tonta que estaba siendo. Mal enamorada, distraída y hambrienta. Dos equívocos completos y una pésima elección. Que no me quisiera el hombre que creí el de mis sueños: mala fortuna. Que me hubiera dejado el autobús: pésima fortuna. Pero que anduviera medio muerta de hambre pudiendo comer como se debe, sí era para molerme a palos. Así que no dejé de llorar, sino hasta que, poco a poco, dio conmigo la cordura. Aquí te quedas, le dije al mal juicio. Y me levanté.

Entonces la ciudad no era para mí el hogar que es ahora, pero me alcé como si lo fuera. En la bolsa del pantalón llevaba un peso, y entrando a la terminal había un puesto de dulces. Allá, como primera cura, compré un mazapán de harina, azúcar glas y cacahuate. Me lo comí en dos mordidas. Creo que recuperé tres kilos por bocado. Así eran esas dietas, una vez rotas no había manera de zurcirlas. Luego me hice del único boleto que encontré. Saldría hasta las diez de la noche, porque mientras lloraba mi carencia perdí toda oportunidad de viajar antes. Caminé sin un centavo y al rato volví a sentirme en las tripas de un náufrago. Toda la carretera me duró el hueco de insensatez en el ombligo. Cuando llegué a Puebla sonaban las doce en el reloj de catedral. Confié bien: mi vecina de asiento había puesto mi bolsa a buen cuidado. No todo era desastre. En la esquina de la Tres Oriente encontré un comal en el que hacían molotes de tinga. Compré uno y mientras lo comía, prometí no volver a tener hambre de aquel modo. Ni para verme como otros me querían, ni para que me quisiera quien no iba a quererme. La tontería no viene en gotero sino en caudales. Cosa de permitirla un tiempo y cuesta desandarla. Pero lo pude hacer. Y heme aquí, deshilando esta memoria por si alguien quiere oírla. Nunca falta quien se mire en la voz ajena y encuentre en ella su propio equívoco. Si no hubiera perdido el autobús quizás habría perdido la razón. No se llamaba anorexia, pero igual se habría parecido. Bien le dice Borges al hambre: Madre antigua y eterna de la incestuosa guerra. Borrado sea tu nombre de la faz de la tierra.

Quizás de todas las hambres, la intencionada es la más hija de una guerra incestuosa. La de uno mismo contra uno mismo. Borrado sea su nombre de la faz de la tierra.

Ángeles Mastretta. Escritora. Su más reciente libro es La emoción de las cosas.

 

El coctel Cassez

Cassez

La liberación de Florence Cassez, ciudadana francesa condenada a 60 años de cárcel por secuestro, constituyó la culminación de uno de los casos más célebres de la justicia criminal en México, y también de uno de los más explosivos. El coctel incluyó acusaciones de secuestro, brotes de xenofobia, faltas a los derechos humanos, fabricación de escenarios en beneficio de la televisión, un conflicto diplomático entre los presidentes de México y Francia, y un rosario de faltas flagrantes al debido proceso. Sobre todo, puso de manifiesto el papel de los medios, la desconfianza ante las autoridades, y los usos y costumbres de la investigación policiaca en México. Un artículo de nexos reabrió el debate sobre el caso. Convocamos ahora a un conjunto de voces que analizan su cierre controvertido. Ciro Gómez Leyva explica las razones por las que sigue llamando “secuestradora” a Cassez; el abogado Agustín Acosta expone las causas por las que la considera inocente; Saúl López Noriega hace un recuento de los casos en los que la Corte ha otorgado el amparo para una liberación inmediata por violaciones al debido proceso; Miguel Carbonell, las enseñanzas que el caso puede traer de cara al futuro. Javier Cruz Angulo aborda las incapacidades del Estado mexicano para llevar a cabo juicios justos, y evidencia la forma en que la violación del debido proceso lastima a víctimas y procesados. Por último, Darío Ramírez analiza la forma en que los medios realizan en México juicios mediáticos y colaboran en la fabricación de delincuentes. He aquí el coctel Cassez

Yo la llamo secuestradora
Ciro Gómez Leyva

Florence es inocente
Agustín Acosta Azcón

Más allá de Cassez
Saúl López Noriega

¿Algo que aprender?
Miguel Carbonell

La otra cara de la historia
Javier Cruz Angulo Nobara

La culpa de los medios
Darío Ramírez

Yo la llamo secuestradora

¿A título de qué un periodista llama secuestradora a Florence Cassez?, critican algunos con buenos argumentos. Soy, en primera persona del singular y el plural, de los que la llaman así. Mi primera razón es lingüística. Los cinco ministros de la Suprema Corte de Justicia expresaron que no se pronunciaban sobre la inocencia o culpabilidad de Florence. La ministra Olga Sánchez, enredada en una retórica que podría emparentarse con el cinismo, aceptó incluso que nos vamos a quedar para siempre con esa duda.
Entonces, ¿qué es Florence? ¿Debemos llamarla presunta secuestradora? ¿Sentenciada por secuestro, pero no secuestradora? Un juez, un tribunal colegiado y un tribunal unitario la encontraron culpable. La Corte la dejó en prisión en 2012. Un año después, le concedió el amparo por el peso de una recreación para la televisión y el incumplimiento de un par de trámites en las horas inmediatas a la detención. Nada más. Constitucionalmente, no podía seguir en la cárcel. Pero legalmente, hasta donde entiendo, quedó como una secuestradora.

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Comprendo, sin embargo, al menos siete cuestionamientos en la dirección contraria.

1. Si la justicia la liberó y está libre y sin proceso en curso, no puede ser una secuestradora. Sí, se dirá que es el Estado de derecho, punto final. Pero puede decirse también que es la humillación de la sustancia por el procedimiento, como escribió Ramón Cota Meza, en un lúcido y, para mí, muy útil artículo (Milenio, enero 26). Dice que una artimaña policiaca no puede anular el testimonio de las víctimas. Coincido con él, además, en que la Corte se movió más por el ideal de reducir la posibilidad de error, y al hacerlo desvirtuó la causa y produjo una confusión entre medios y fines. Agrego: confusión legal, moral, lingüística.

2. El montaje desvirtuó el proceso. A partir de ese punto inicial todo quedó contaminado: es irresponsable condenar con un sustantivo. Retomo de nuevo a Ramón Cota Meza. Señala que afirmar que la contaminación producida por el montaje hizo imposible la reconstrucción de los hechos, desvirtúa la función judicial misma, cuyos procedimientos se basan, precisamente, en reconstruir hechos para llegar a la verdad más objetiva posible. Y así nos podríamos pasar discutiendo la vida entera. ¿En dónde pondríamos el punto final?

3. Es cosa juzgada. Sin duda. Pero la “cosa juzgada” no dice que no sea secuestradora. La ministra Olga Sánchez ha expresado, también, que otorgaron el amparo liso y llano porque no había manera de reponer el procedimiento. ¿Qué significa eso para un lector, televidente, radioescucha? Busco en el fallo de la Corte la palabra inocente y no la encuentro porque no está. ¿Si no es inocente, qué es? Además, del abogado Javier Quijano aprendí que la cosa juzgada no es ni puede ser la verdad absoluta. En todo caso será simplemente la verdad legal, no la histórica, menos la periodística.

4. Periodísticamente, los trabajos más completos y significativos (Héctor de Mauleón, Yuli García…) muestran que los testimonios de las víctimas son contradictorios, verdades a medias. Excelentes trabajos, de acuerdo. Pero cabe también la posibilidad periodística de asignarles a esas mismas víctimas el valor de fuentes verosímiles, confiables y creíbles. Esta historia va más allá de la recreación de diciembre de 2005 y el estudio del expediente. Es una historia viva, no ha dejado de moverse, las víctimas siguieron y siguen expresándose y señalando a Florence, no sólo como parte de la banda, sino como verdugo. ¿En qué momento los plazos de un proceso judicial o las fojas de un expediente le quitan la voz a una fuente periodística?

5. La defensa de Florence Cassez ha demostrado que los testimonios de las víctimas son inconexos, contradictorios, fantasiosos. Nunca lo demostró. Eso esgrimió la defensa e hizo bien, era lo que tenía que hacer. Lo que no veo es por qué si una de las víctimas, Ezequiel Elizalde, insiste siete años después en que Florence le dio a elegir si le amputaba un dedo o una oreja, los periodistas tengamos que creer que está loco o acusa para obtener una recompensa. Quizá el testimonio no sea aplastante en los detalles, pero le concedo elementos de confiabilidad. A eso hay que sumar lo que se encontró en la casa de seguridad y el conocimiento que tenemos hoy sobre la banda de Los Zodiaco. No sé si sea verdad o no, pero es verosímil, creíble, confiable. Tres instancias de justicia, además, la sentenciaron. Y hay que llamarla de una forma. La llamo secuestradora. Si la Suprema Corte la liberó sin saber si era secuestradora o no, no veo por qué sea periodísticamente incorrecto decir que el fallo de la Corte puso en libertad a una secuestradora.

6. Es retórico, tramposo, aferrarse a los testimonios de las presuntas víctimas. Antes que nada, quitaría el adjetivo. Son víctimas. ¿A título de qué llamaríamos presuntas víctimas a Ezequiel, Cristina Ríos y su hijo Christian? ¿Quién ha determinado, incontrovertiblemente, que no fueron secuestrados entre el 4 y el 19 de octubre de 2005 por una banda que tenía en sus filas a alguien que caminaba, se movía y hablaba como Florence Cassez? Estas personas, en especial Ezequiel, me recuerdan a las víctimas del padre Marcial Maciel en 1997: además del abuso deben soportar la incredulidad. Así navegamos en aquella ocasión, preguntándonos a cada paso si los testimonios seguían siendo verosímiles, confiables, creíbles. Ellos mismos estaban contradiciendo lo que declararon sobre Maciel en un tribunal eclesiástico en los años cincuenta. Y ya se vio lo que ocurrió después. Los vectores del periodismo no son tan distintos entre aquel y este caso. Se trataría de voces derrotadas dos veces: por el abuso, por el descrédito.

Genaro García Luna cometió un error, producto, pienso, de la intemperie de aquellos años de proliferación de secuestros en el DF y marchas silenciosas por la paz. De hecho, veo un antecedente en la liberación de Rubén Omar Romano, entonces técnico del Cruz Azul, un par de meses antes del episodio Cassez. Pero ¿qué hago, qué hacemos con la resolución del Séptimo Tribunal Colegiado, con su afirmación de que era imposible que Florence no estuviera al tanto de los hechos? Es lo mismo que García Luna le dijo a Héctor de Mauleón en julio de 2011: “Todos los testigos, incluido el niño, la reconocieron. El teléfono del rancho en el que rescatamos a las víctimas estaba a su nombre. No puede decir que era ajena a todo eso”.

7. La arrogancia del periodista impide que reconozca el error de llamarla secuestradora. Quienes afirmamos que es una secuestradora podríamos estar cometiendo un error, por supuesto: técnico, ético, lingüístico. Pero como dice Carlos Marín, el periodismo se mueve sobre verosimilitudes, más que sobre verdades. Siete años después, me parece verosímil que Florence haya sido una secuestradora. Por lo demás, y volviendo a la lingüística, aprecio la economía de lenguaje que da el llamarla secuestradora. Imaginemos este inicio de nota: “Florence Cassez, detenida junto a una banda de secuestradores, en la casa de seguridad de unos secuestradores (o en una carretera cerca de la casa de seguridad de los secuestradores), señalada por tres secuestrados, sentenciada por tres instancias de la justicia mexicana a 60 años de prisión por secuestro y puesta en libertad por el voto de tres de cinco ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que consideraron que el proceso para condenarla estuvo viciado de origen, pero que no saben si es secuestradora o no, dijo hoy en París lo siguiente…”

Y, sí, cabe la posibilidad de llamarla, simplemente, Florence Cassez. Yo la llamo secuestradora.


Ciro Gómez Leyva.
Periodista. Es director editorial adjunto de Milenio Diario y titular del programa Radiofórmula de la tarde.

 

Florence es inocente

La mujer que el 23 de enero de 2013 abordó un avión de regreso a Francia, liberada por la Suprema Corte de Justicia de la Nación por violaciones a sus derechos constitucionales, es inocente. Florence Cassez fue amparada por violaciones graves al debido proceso y a los derechos humanos, sobre eso versó el fallo de la Corte. Esa sentencia anuló su condena de 60 años por secuestro.

inocente

La Corte señaló que las violaciones al debido proceso tenían un efecto corruptor sobre las pruebas que habían inculpado a la francesa y señaló que éstas no eran fiables. Esto significa que el ministerio público no pudo probar la culpabilidad, no pudo vencer la presunción de inocencia ni demostrar más allá de toda duda razonable que Cassez fuera responsable de los delitos imputados. A consecuencia del amparo, las cosas regresaron al punto anterior al proceso: a la inocencia que corresponde a toda persona por dignidad de sus derechos.

Cassez nunca tuvo que probar su inocencia. Afirmar lo contrario es incorrecto o perverso. Su defensa se articuló sobre las contradicciones e inconsistencias de la acusación. El postulado de inocencia se sostiene porque ella fue víctima de una incriminación mal intencionada y de una campaña de odio.

La detención: ¿8 o 9 de diciembre?

La mañana del 9 de diciembre de 2005 la televisión mostró un operativo en el que agentes federales, uniformados y con armas largas, liberaban “en vivo” a tres personas secuestradas y sometían a Israel Vallarta, pretendido líder de Los Zodíaco, y a su novia Florence Cassez. Ese operativo espectacular se desmoronó en febrero de 2006, en el programa Punto de Partida,* cuando Cassez confrontó en careo mediático a sus aprehensores y afirmó haber sido detenida un día antes, el 8 de diciembre. Luego del escándalo, en conferencia de prensa, el procurador confirmó que las imágenes no provenían de un operativo real. La rueda se cerró con una pregunta incomoda: ¿Entonces, cuándo fue detenida la francesa? La autoridad balbuceó: “Vamos a empatar cómo sucedió esto… y revisar hojita por hojita la averiguación…”.

El informe policial sostenía que la detención había ocurrido a las 5:30 de la madrugada. Cuando el embuste fue descubierto, los policías dijeron haberse “equivocado”: que la detención había ocurrido en realidad una hora antes, a las 4:30 am, y la liberación entre las 6:30 y 6:45 am. Pero la transmisión televisiva empezó a las 6:47 am. En sus aclaraciones, los agentes revelaron que vestían de civil, que no traían armas largas y que no vieron a la prensa.

Los mismos policías manifestaron que en la cabaña de seguridad no había armas, no había pasamontañas, ni fotos, ni credenciales de elector. Es decir, reconocieron que la supuesta escena del crimen había sido manipulada y que las imágenes televisadas evidenciaban la fabricación de un escenario. Tal incongruencia da al traste con la historia oficial de la captura y liberación.

Vallarta fue torturado. Presentó golpes, lesiones y huellas de quemaduras causadas por corriente eléctrica, según un informe médico de la CNDH. ¿Dónde y cuándo fue vejado? El parte policiaco calló el dato. Sea como fuere, las lesiones indican que el tiempo que medió entre la detención y “la liberación” fue mucho más prolongado que el consignado por los agentes en su reporte. Vallarta declaró que fue detenido el 8 de diciembre y no volvió a ver a Cassez sino hasta el día siguiente. Florence declaró haber permanecido en el interior de una camioneta y, en la madrugada, haber sido trasladada al rancho donde fue amenazada para que se “confesara” ante las cámaras.

Ante la CNDH, la AFI tuvo que reconocer que Florence y Vallarta fueron detenidos “antes”, sin expresar exactamente cuándo y dónde. La precisión de los detalles es inconfesable pues traería aparejada responsabilidad y destruiría la teoría del caso, según la cual todo habría acontecido al calor de los acontecimientos el 9 de diciembre entre las 4:30 y las 6:30 am.

Lo cierto es que el montaje requirió horas de preparación. Para ello se armó un escenario y se preparó un guión. El departamento de Florence en la Zona Rosa fue cateado para llevar sus muebles y fotografías al rancho. En la escena, de manera burda, se regaron fotografías de Florence como si éstas fueran el decorado de la cabaña de seguridad.

La detención ocurrió un día antes del montaje. Entonces: ¿Qué pasó en el espacio de esas 24 horas? Y la pregunta crucial: ¿Dónde estaban las víctimas o testigos?

Las víctimas

Los testigos fueron actores, por no decir cómplices, del montaje. Su participación en la escenificación es incontrovertible. Las primeras escenas son reveladoras: supuestamente, a escasos minutos de haber sido liberados, los testigos, con voz sosegada y ropa limpia, accedieron a dar entrevistas a las televisoras. No obstante, en sus primeras declaraciones ministeriales, ninguno mencionó la presencia de los medios y ninguno admitió lo obvio: haber concedido entrevistas ante las cámaras. Es decir, los testigos se prestaron al montaje y luego encubrieron el hecho. Todos ellos manifestaron haber estado en otra casa de seguridad. Ezequiel y la señora Cristina la identificaron y la ubicaron en Xochimilco. Ahí, durante el cateo, la policía encontró diversas credenciales de identidad de Ezequiel.

Ezequiel dijo reconocer a Florence desde el principio. Fue el único que manifestó en su primera declaración haber escuchado su acento extranjero y haber recibido un piquete de jeringa con el que Florence pretendía anestesiarlo y amputarle un dedo. Sin embargo, su versión presenta zonas oscuras. Existen contradicciones sobre el momento en que habría recibido la inyección. Primero ubicó el hecho tres días antes de su liberación, luego dijo que el evento había ocurrido 24 horas antes (y ante las cámaras llegó a decir que ello ocurrió “justo al final”). En una de sus declaraciones afirmó que su mano permaneció anestesiada hasta el día de la liberación. Además, nunca pudo explicar o describir lo que siguió a la inyección. ¿Por qué no fue amputado? Ezequiel eludió el vacío narrativo con la fórmula procesal de cajón: “No recuerdo”. Al principio dijo estar vendado, no haber visto nada y sólo haber sentido el piquete; luego, aseguró haber visto todo y haberse percatado ¡hasta del largo de la jeringa!

El único elemento que hubiera corroborado su narrativa fue contradicho en juicio. Un médico legista analizó la mancha del meñique que enseñó como prueba del piquete. La conclusión pericial fue que esa mancha no correspondía a una huella de punción. En ese mismo sentido, nunca se practicó una prueba de sangre que hubiese revelado la presencia del anestésico. Esa historia no tuvo más sustento que el dicho contradictorio de Ezequiel.

Ante las cámaras de televisión Ezequiel apareció con una venda blanca y limpia en la cabeza. En su primera entrevista, tranquilo ante las cámaras, afirmó que “sus plagearios (sic) le pegaban”. Empero, en su declaración ministerial, olvidó mencionar ese hecho. Más tarde, en la entrevista que sostuvo con el médico examinador, refirió haber sido confundido y golpeado por los agentes de la AFI, hasta que una mujer policía se percató de que “él era una víctima”. El problema con esa versión es que entre los agentes liberadores no había mujeres.

Ezequiel fue el testigo estrella y el panegirista de la acusación. En sus apariciones públicas nunca dejo de cantar loas a la policía. En una entrevista de televisión llegó a describir a los AFI como ángeles enviados en respuesta a sus rezos.

Los otros dos testigos, la señora Cristina y su hijo menor, originalmente no reconocieron a Florence Cassez ni por el rostro ni por la voz. Ambos cambiaron sus dichos apenas unos días después de que el montaje fuera descubierto. La ruta de estos testigos convoca a sospecha. El 10 de febrero de 2006, el mismo día de la conferencia que intentaba explicar la chapuza, madre e hijo acudieron en diversas ocasiones a la SIEDO. El registro de acceso dio cuenta de sus entradas y salidas, sin embargo, ese día ninguno compareció o declaró. ¿A qué fueron? ¿Negociaron? El último registro de entrada es de la madre y su marido a altas horas de la noche. Días más tarde, todos aparecieron en San Diego, California, en la agregaduría de la PGR.

Las declaraciones del niño presentaron contradicciones flagrantes. Originalmente, no mencionó a una mujer entre sus captores. Entre las voces masculinas ubicó la de uno de sus primos. En su primera declaración dijo que un hombre, “Hilario”, le sacó sangre. Después del escándalo y de una larga entrevista en la SIEDO, el niño modificó su versión y dijo que Florence le extrajo sangre, que reconoció sus manos suaves y blancas. Para corregir o salvar la contradicción entre uno y otro dicho, en otra declaración tuvo que aclarar que “Hilario” dio la orden y Florence la habría ejecutado.

En su primera declaración la madre omitió toda referencia a las televisoras, dijo haber sido rescatada por policías uniformados, que irrumpieron en la cabaña de seguridad.

 

… en esos momentos abrí los ojos y me percaté que efectivamente la persona encapuchada tenía en su uniforme las siglas de AFI; enseguida nos sacaron de la casa y nos subieron a una patrulla de la AFI y nos trasladaron a estas oficinas…

Su dicho quisiera dar sustento a las imágenes televisadas. El problema es que todos los policías que dijeron haber liberado a las víctimas manifestaron entrar con llave e ir vestidos de civil. Ninguno iba encapuchado o uniformado, ninguno llevaba siglas visibles de la AFI. Cristina manifestó ser trasladada tras su liberación. El dato es falso, pues las imágenes dan cuenta que participó en la escenificación dentro de la cabaña y dio entrevistas a las televisoras.

En marzo de 2009, cuando el presidente Sarkozy visitó México, los medios dieron a conocer una carta desgarradora en la que Cristina dijo haber sido violada y tenido que encarar los celos de Florence. Empero, en sus primeras declaraciones, expresamente aclaró nunca haber sufrido abuso sexual. En su primera entrevista afirmó que “incluso estaban pendientes de sus medicinas.”

Al inicio, Cristina dijo no haber visto ni oído a Florence, al final, cuando la guerra mediática lo exigió, afirmó que la voz de Florence “taladraba” sus oídos. La carta fue impactante y el efecto sobre la opinión poderosísimo. El problema es que esa historia no tiene consistencia con el expediente judicial.

La intimidad de la alcoba no conduce a los secretos del alma. Florence vivió en el rancho Las Chinitas de septiembre a diciembre de 2005. Nunca lo negó y sí, la línea telefónica de la casa estaba a su nombre, lo que indicaría que ella nada ocultaba. Para entonces ya no era novia de Vallarta pero aun si lo hubiese seguido siendo, la intimidad no genera por sí una presunción de culpa. Empero, ése ha sido el argumento más machacado por los medios. Lo cierto es que las oscuridades del expediente obligan a cuestionar la presencia misma de las víctimas en el rancho.

Las inconsistencias policiacas y las contradicciones de los testigos torpedearon la acusación hasta hundirla en la oscuridad. El caso está lleno de sombras. Nuestro sistema, que eleva el principio de inocencia como valor fundamental y civilizatorio, no puede sostener una condena frente a una duda más que razonable. A ello hay que agregar el elemento central del caso: las autoridades torcieron su actuación en mentira. El simulacro que, además de ser groseramente ilegal, demostró mala fe y desembocó en un linchamiento mediático sin precedentes, es inaceptable en una sociedad democrática.

Campaña de odio

Florence Cassez fue ofrendada a la opinión pública como la “secuestradora francesa”. Fue objeto de una auténtica campaña de odio. El objetivo fue demonizarla, convertirla en villana cruel del inframundo criminal mexicano.

Justo después de la visita de Sarkozy, mientras una comisión binacional decidía sobre el traslado de la joven a Francia, los medios transmitieron otro golpe que la “hundía”. Un hombre, David Orozco, alías “El Géminis”, relató que la francesa —nunca la nombró— cobraba los secuestros y sembraba la discordia entre la banda. Sin embargo, al comparecer ante el juez, Orozco declaró haber sido retenido y torturado para involucrar a la francesa. También aclaró no conocer a Cassez.

Las pasiones del proceso dejaron pocas certezas. Una de ellas, que Cassez no se movió nunca en la clandestinidad: tenía empleo fijo y avisaba puntual a las autoridades migratorias sus actividades laborales. Nada en sus antecedentes explicaría su supuesta transformación criminal. A diferencia de sus acusadores, sus declaraciones no fueron inconsistentes. Su inocencia sostuvo la convicción y el alegato de sus abogados.

Agustín Acosta Azcón. Penalista. Es abogado de Florence Cassez y socio del despacho Carrancá, Araujo, Acosta & Riquelme.

* La investigación de campo fue de la periodista Yuli García.

Más allá de Cassez

La decisión de la Suprema Corte de liberar de la cárcel de manera inmediata a Florence Cassez desató fuertes y encontradas reacciones en la opinión pública. Como pocos, este caso reunió ingredientes difíciles de digerir social e institucionalmente. El secuestro como uno de los delitos más sensibles para la sociedad, un episodio emblemático de algunos de los errores más graves de la política en contra del crimen organizado del gobierno de Calderón, repercusiones políticas que rebasaron las fronteras para ubicarse en la agenda diplomática entre Francia y México, medios de comunicación señalados como corresponsables de algunas de las actuaciones policiacas sometidas a escrutinio, una fallida labor pedagógica sobre la relevancia del debido proceso, así como una danza de egos al interior de la Corte que dificultó sumar una mayoría que resolviese este asunto.

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Tal vez, por todas estas vicisitudes, varios de los que califican de atinada esta sentencia la han celebrado como un punto de inflexión en el fortalecimiento del debido proceso en el Estado mexicano. Es cierto, se trata de una decisión importante que puede ser decisiva para acabar con la perniciosa práctica gubernamental de exhibir mediáticamente a personas, anulando su derecho a la presunción de inocencia. Pero también es cierto que la decisión Cassez no es un caso excepcional. La Suprema Corte, y en particular los ministros de la Primera Sala, desde hace varios años han resuelto asuntos donde han redefinido las reglas respecto de cómo la autoridad debe juzgar a una persona. Casos como “Acteal”, “Jacinta”, “Alberta y Teresa”, “Hugo Sánchez” y “Cassez”, con sus significativas diferencias técnicas, están unidos por un hilo común: el otorgamiento del amparo para una liberación inmediata de la cárcel por violaciones al debido proceso.

Vale aclarar, no obstante, que el valor del debido proceso no reside en proteger los caprichos de abogados embelesados por las formas jurídicas. Esta perspectiva es errónea y da municiones a la abrumadora mayoría de la población que considera desafortunada la sentencia Cassez por dejar en libertad a una delincuente y ningunear a las víctimas tan sólo por unos requisitos leguleyos. En un contexto democrático, más bien, el debido proceso es relevante por su efecto disuasivo frente a la autoridad. Su objetivo es fijar los incentivos adecuados para que los agentes del Estado en el ejercicio de ese enorme poder que es la fuerza pública no resbalen en la tentación de abusar de ésta al relacionarse con los miembros de su sociedad. Y, en su caso, elevarles el costo de tal manera que la prueba, aprehensión o cateo ejecutado sin respetar tales resortes disuasivos, envueltos en formalidades jurídicas, no sea válido. De eso se trata el debido proceso: fijar los términos en que el Estado debe interactuar con nosotros, sus habitantes, para efectos de evitar la arbitrariedad, cuando existe una enorme asimetría de poder entre sí —al grado de estar en riesgo nuestra integridad física, libertad, propiedad e intimidad.

Un ejemplo: un grupo de policías ingresa a un domicilio en busca de cocaína con una orden de cateo autorizada; no encuentran ninguna droga pero sí un cadáver. ¿Es válido utilizar como prueba ese cuerpo? En Estados Unidos en su momento consideraron que no, pues de lo contrario se creaba el incentivo de que la autoridad “sembrara pruebas” para inculpar a personas inocentes de ciertos delitos. Además de que con este criterio se buscaba evitar una política contra el crimen resultado del azar o de corazonadas, para impulsar más bien una propia de la investigación e inteligencia. Años más tarde se moderó esta regla permitiendo algunas excepciones: el hallazgo podía servir de prueba siempre que fuese obtenido de buena fe por la policía.*

No siempre, por supuesto, es sencillo trazar un equilibrio adecuado. Sin embargo, la solución no es eliminar el debido proceso, sino discutir su diseño a partir de dos puntos clave: ¿Cuáles son las conductas que queremos evitar por parte de las autoridades cuando se relaciona con nosotros?, y ¿qué tipo de resortes institucionales se deben establecer para disuadirlas? Este es el rasero para evaluar los otros precedentes de la Suprema Corte sobre este tema.

Un criterio rector, en este sentido, que fijó la Corte hace algunos años es el de la prueba ilícita. El cual establece que cualquier prueba obtenida de manera irregular —por contravenir el texto constitucional o legal— no puede ser considerada válida para juzgar a una persona. Y no sólo eso: todas aquellas pruebas fruto de esa prueba no válida, aun si éstas sí cumplen con sus correspondientes requisitos, también deben ser consideradas inválidas. Así, si la autoridad busca sentenciar, por ejemplo, a una persona por el delito de violación con la única prueba de un examen genético amañado, tendrá el costo de perder el juicio. A menos que logre reunir otras pruebas que sí cumplan con las exigencias jurídicas y sean suficientemente sólidas para alcanzar su objetivo.

En el tema de las pruebas testimoniales, aprovechadas por las autoridades durante décadas para realizar abusos, la Corte ha señalado que los testimonios no son suficientes para sentenciar a alguien a menos que vengan fortalecidos mediante otras pruebas, y con la condición de que el testigo haya conocido los hechos de manera directa. Es decir, imaginemos que alguien asegura que cometimos el delito de homicidio. Si tal testimonio no se acompaña de otras pruebas, la autoridad no podrá condenarnos. Diluyéndose, de esta manera, el incentivo para que la autoridad busque testigos coaccionados. Pero si, además, resulta que dicha persona sabe que somos responsables de ese delito porque otro individuo se lo contó, entonces el testimonio como prueba es enteramente inocuo. Esto sin olvidar que los testimonios deben rendirse de manera libre y espontánea; de tal forma que se deben evitar prácticas comunes como utilizar álbumes fotográficos para identificar a un acusado cuyo diseño coloque debajo de algunas imágenes la leyenda de “secuestrador” u “homicida”. Ni tampoco se deben mostrar fotografías a aquellos testigos que no hayan manifestado que podían reconocer a los acusados o sin que hubiesen ofrecido la razón por la cual estarían en posibilidad de identificarlos.

Otro filón que ha explotado la Corte es el de los derechos indígenas que, justo por su condición de vulnerabilidad sociocultural, en su caso el debido proceso debe ser reforzado. ¿Es posible, por ejemplo, considerar que un indígena hallado culpable de un delito ha tenido una defensa adecuada, cuando a lo largo del juicio nunca tuvo un asesor o intérprete que le explicara las diversas aristas legales en las que estaba involucrado? En respuesta a esta y otras situaciones, que son harto comunes en los tribunales de nuestro país, los ministros han establecido que en todos los juicios en que un indígena sea parte se tome en cuenta su cultura. Y, por tanto, deba ser asistido por defensores que tengan conocimiento de su lengua. Por otro lado, hay precedentes de la Corte que señalan que los jueces tienen la obligación, al juzgar a un indígena, de allegarse de opiniones respecto si la conducta delictiva que realizó éste tiene otra connotación en sus usos y costumbres que pueda eventualmente exonerarlo o atenuar su pena —tal es el caso de la ingesta de huevos de tortuga que puede ser un delito pero que en ciertas comunidades indígenas es parte de festividades de larga tradición.

Muy recientemente, y de enorme utilidad para ir entendiendo los derechos de las víctimas en el desarrollo de un juicio, la Corte ha apuntado que éstas tienen oportunidad de impugnar cualquier decisión relacionada con la comprobación de la existencia del delito y la responsabilidad penal de la persona acusada, además de contar con el derecho a aportar pruebas durante el juicio. Esto permite que la víctima no se reduzca a un mero espectador y pueda participar durante el proceso si considera que el ministerio público o el juez no están realizando su trabajo de manera adecuada. Lo más relevante es que de esta manera la víctima puede influir, en la medida de sus posibilidades, en que las autoridades se ciñan justamente al debido proceso para satisfacer sus intereses.

La Corte, a su vez, ha empezado a trazar los puntos finos respecto a los supuestos en que la autoridad sí puede registrar nuestro domicilio, a robustecer la protección de nuestras comunicaciones privadas frente a nuevas tecnologías como el correo electrónico, así como a evaluar el serio problema de detenciones de personas que no son entregadas sin demora a la autoridad competente. Son señales positivas, cimientos para una reconstrucción del debido proceso. Y, por ello, hay que tener cuidado de los coletazos que busquen derrumbar estos avances. No hay que olvidar que tres años después de que la Corte considerara inconstitucional el arraigo —ese limbo jurídico que justifica que la autoridad nos prive de la libertad sin ningún indicio, prueba o acusación formal— las tres principales fuerzas políticas aprobaron una reforma en 2008 para ubicar esta figura justo en nuestra Constitución. Lo cual significó constitucionalizar uno de los incentivos más perversos para aguijonear abusos de la autoridad y, de esta manera, quebrar un eslabón medular del debido proceso.


Saúl López Noriega.
Profesor e investigador de tiempo completo del Departamento de Derecho del ITAM. Coordinador del proyecto Monitor Judicial (www.monitorjudicial.itam.mx).

* Para un mapeo de la evolución de esta regla y sus excepciones en la Corte Suprema de los Estados Unidos, ver: Mijangos y Gonzalez, Javier, “La doctrina del exclusionary rule en la Corte Suprema de los Estados Unidos de América”, en Revista del Instituto de la Judicatura Federal, PJF, México, No. 31, 2011. Consulta aquí: http://bit.ly/XwNDXv

 

¿Algo que aprender?

El caso de Florence Cassez estaba destinado desde el principio a causar un enorme impacto en la opinión pública. Por la forma en que fue hecha la detención y transmitido un montaje mediático de grandes proporciones, por la repercusión mediática de la llamada de Cassez al programa de Denise Maerker para exhibir en vivo y en prime time al secretario de Seguridad Pública del gobierno federal, por el encontronazo diplomático entre México y Francia propiciado por dos presidentes testarudos y orgullosos, por el continuo tránsito de visitantes nacionales y extranjeros que pasaron por el penal de Tepepan para ver a Florence, por la debilidad de los elementos probatorios, por la defensa que juristas y las ONG hicieron del debido proceso legal, por la presencia de las víctimas a lo largo de sus procesos, por el trabajo paciente y esforzado del abogado Agustín Acosta, encargado de la defensa de Cassez, por el ruido que aportó Isabel Miranda de Wallace y por cientos de razones más.

aprender

No se trata de un caso común y corriente, sino de una prueba de resistencia para el sistema jurídico mexicano en su conjunto. Una prueba de la cual cabe extraer algunas lecciones, que en el futuro quizá sirvan para ahorrarnos bochornos parecidos.

Lo peor que puede pasar luego de la resolución de la Primera Sala de la Suprema Corte es que todo se quede igual y que una vez más nos quedemos con una memoria corta que produce que un escándalo tape de inmediato al anterior, y así hasta el infinito.

Lo que nos deja el caso Florence Cassez para pensar es, entre otras muchas cosas, lo siguiente:

1) Los juicios se ganan o se pierden ante los tribunales. Parece obvio, pero el affaire Cassez nos recordó que no sirve de nada que el gobierno ofrezca espectaculares detenciones, redadas y montajes de todo tipo si luego no hay pruebas que jurídicamente puedan sostener una acusación. Lo hemos visto en otros casos relevantes a lo largo de los últimos años: hay que ganar ante la justicia, no ante los medios.

2) La realidad es mucho más compleja de lo que parece. Ya Héctor de Mauleón en un magnífico texto (que supuso una poderosa llamada de atención sobre el caso Cassez) explicaba que la verdad estaba secuestrada y que era muy difícil saber lo que realmente había pasado. Yo tuve contacto directo con muchos de los protagonistas de este caso —de los dos lados, incluyendo a la propia detenida— y tengo la misma impresión. Los datos se desvanecen, las certidumbres son vaporosas, las pruebas son endebles, las mentiras abundan, igual que la capacidad de escenificación de unos y otros. Todos actuaron un poco: unos más y otros menos, pero todos jugaron un papel como de ciencia ficción. Eso es algo que no se pudo percibir con claridad por la opinión pública, pero algún día habrá que explicar con detalle. No faltarán las voces informadas que lo hagan.

3) La Suprema Corte no decide sobre la culpabilidad o la inocencia de las personas. La Corte ejerce tareas de control constitucional: verifica si los derechos humanos de una persona han sido o no respetados por las autoridades. Eso es lo que puede hacer según la Constitución y las leyes. No le correspondía a la Corte volver a desahogar un procedimiento, sino verificar que el que se llevó a cabo hubiera estado ajustado a derecho. El que dio como resultado la sentencia de 60 años de prisión contra Cassez no lo estuvo. Fueron tantos y tan clamorosos los errores cometidos, que los ministros no tenían otra opción más que aplicar un fuerte correctivo. Eso fue lo que pensó la mayoría de los miembros de la Primera Sala de la Corte y creo que estuvieron en lo correcto. Quedará para la discusión si lo mejor era decretar la libertad inmediata o anular ciertas pruebas y reponer el procedimiento sin ellas. Ese debate es del todo pertinente y deberá hacerse con detalle por los expertos en el procedimiento penal.

4) Otro elemento de discusión interesante se da a partir del dilema planteado por algunos, según el cual o bien se protegen los derechos de las víctimas o bien se protege el debido proceso legal. En realidad se trata de un falso dilema, tal como lo demostró con claridad el proyecto del ministro Arturo Zaldívar de marzo de 2012. Si no hay debido proceso legal, es imposible acercarnos a la verdad de los hechos y por tanto es imposible dejar a salvo los derechos de las víctimas. En el caso que nos ocupa cabe recordar que la forma en que fue recreada la supuesta liberación de las víctimas a través de un “montaje televisivo” impide conocer distintos elementos que nos habrían permitido acercarnos a la verdad. La escena del supuesto crimen fue contaminada por los “actores” del montaje. No se preservaron las huellas dactilares que pudo haber habido en las puertas o en los utensilios encontrados en la cabaña. Tampoco hay constancia en el expediente de Cassez de que en las dos armas encontradas en la cabaña hubieran huellas dactilares de los supuestos secuestradores. El lugar del delito no fue inmediatamente asegurado, sino que en él entraron docenas de periodistas y gente ajena a las tareas policiacas. El dilema entonces es falso, ya que las víctimas no pueden ser “protegidas” si no hay debido proceso legal; solamente cuando se respetan las reglas del juego podemos tener un grado aceptable de certeza sobre la responsabilidad de una persona. A ninguna víctima le sirve que se meta a un inocente a la cárcel.

Más allá de la coyuntura y de la natural polarización que el caso Cassez ha generado, quizá una de sus consecuencias más benéficas haya sido el propio debate al que dio lugar. Antes y después del veredicto de la Corte pudimos ver a miles de mexicanos que expresaron con vehemencia sus puntos de vista en temas tan poco fáciles como el debido proceso legal, la credibilidad de los testigos, la notificación consular o la forma de actuar de nuestros policías. Ese debate es una muestra saludable de lo mucho que nos preocupa el tema de la justicia y de las venturosas posibilidades de que al abordar casos tan delicados se vaya más allá del tradicional círculo de los especialistas. Si la inseguridad y la mala administración de justicia nos pueden afectar a todos, parece completamente lógico que todos estemos en la posición de opinar sobre tales asuntos.

Y vaya que en el caso Cassez abundaron las opiniones, para todos los gustos y en los más diversos sentidos. Hubo desde rumores terribles hasta acusaciones sin fundamento, desde tomas de postura más políticas que jurídicas hasta argumentos atendibles sobre cuestiones de técnica constitucional. Visto en su conjunto, se puede decir que todo eso fue sano, ya que a diferencia de lo que sucede en otros países, en México no solemos interesarnos en lo que pasa con el funcionamiento de la justicia.

Que tantos y tantos mexicanos hayan volteado a ver lo que se discutía en la Corte y se hayan formado un criterio sobre la situación de Cassez no puede dejar de ser valorado como un avance. Lo deseable sería que en el futuro más personas revisaran los documentos disponibles y no se dejaran guiar simplemente por lo que llevan viendo durante años en las pantallas televisivas.

Ojalá hayamos aprendido las muchas lecciones que nos ofrece el caso de Florence Cassez. O mejor dicho: ojalá que nunca se repita un esperpento jurídico como el que vimos.

Miguel Carbonell. Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Es autor de Cartas a un estudiante de derecho, entre otros libros.

 

La otra cara de la historia

El caso Florence Cassez es similar a muchos asuntos de nuestra justicia penal y la decisión de la Corte no es una excepción, sino un eslabón más en la construcción del juicio justo. El affaire Cassez se volvió paradigmático por ser motivo de disputa entre los abogados, Nicolás Sarkozy y Felipe Calderón, así como por la intensa luz mediática que ha recibido, los sentimientos nacionalistas que ha despertado y por haber cristalizado en una persona todos nuestros miedos por el delito de secuestro. La fuerza del asunto no radica en sí mismo, sino en sus circunstancias.

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Todo tiene derecho y revés. En estos momentos la primera cara del caso Cassez es la crítica pública a la sentencia de la Primera Sala de la Suprema Corte que liberó a la ciudadana francesa. Se dice: hubo ley, pero no justicia. Hay algo escrito también en la otra cara de la historia. Es posible distinguir ahí, derivados del fallo de la Corte, algunos beneficios para todos los mexicanos.

En primer término, la sentencia nos deja claro que el juicio penal no es una cacería de brujas para quemarlas en la hoguera de la opinión pública. Muy por el contrario, el juicio penal se sustenta en una estricta metodología de análisis para que el Estado mexicano tenga la mayor de las certezas sobre la inocencia o culpabilidad de una persona. Cuando el método para llegar a una conclusión se viola, no hay certeza en el resultado (en este caso, sobre la culpabilidad de alguien). Esta metodología, conocida como debido proceso, se asemeja al armado de un rompecabezas: cada pieza tiene que embonar con la otra de manera milimétrica, hasta lograr el total de la imagen; no se vale colocar piezas falsas, tratar de embonar piezas con calzador o dejar espacios vacíos en la imagen. La imagen por supuesto contempla inculpados y víctimas y es en interés de ambos que el Estado sepa ensamblar el recuadro y no fabricarlo ante su incapacidad para unir las piezas. El rompecabezas del juicio justo se arma en los tribunales y no en los medios de comunicación.

En segundo lugar, la decisión de la Corte nos recuerda que lo más allegado a la justicia es el irrestricto respeto de la ley. Uno de los rasgos distintivos del Estado de derecho es, sin duda, el respeto a los derechos fundamentales y a las instituciones. Aunado a esto, hay consecuencias inmediatas en el proceso penal que vale la pena destacar para el funcionamiento del sistema jurídico mexicano. En principio, la Corte señaló: la ley no puede violarse en nombre de la propia la ley.

La primera respuesta del gobierno federal al fallo de la Corte fue la distribución de una “Cartilla de derechos de los acusados” a los elementos de la Policía Federal y de la Procuraduría General de la República quienes a su vez la deberán entregar a todas las personas que detengan. Esta cartilla no es sólo una hoja informativa sobre los derechos de todo procesado (como el derecho a guardar silencio o a la asistencia consular), sino que también incluye un apartado en donde el policía encargado de la detención debe indicar las razones de ésta. Tal acción, por insignificante que suene, puede resultar en un gran cambio de comportamiento para los operadores de la ley.

Imaginemos: dos personas circulan en un auto a las cinco de la mañana al sur de la ciudad. Estas personas son detenidas y los agentes de la ley tienen que llenar el campo del motivo de la detención. Una de las personas ha sido investigada, tiene orden de aprehensión por el delito de secuestro y señala que es el propietario del arma que está en el automóvil. La otra persona no ha sido investigada ni existe orden judicial en su contra; en consecuencia, los agentes de la ley no pueden llenar el campo de la segunda persona y tienen que dejarla libre. Si lo anterior hubiera estado vigente en 2005 hoy no habría caso Florence Cassez. La innovación de la cartilla echa a rodar de forma práctica los derechos constitucionales.

El impacto que puede tener esta sencilla innovación es un poco más claro con dos ejemplos adicionales que recogen un par de frases célebres entre ciertos operadores de la ley. La primera frase es “Di la verdad y se te ayuda”. ¿Qué verdad? Pues la que el policía o el elemento de la Procuraduría quiere construir. Una persona sin conocimiento de leyes, asustada y con la promesa de ciertos beneficios en el juicio penal —o torturada— siempre acaba dando la famosa “verdad”. Incluso, la persona podría testificar en los medios la verdad para que se le ayude. Y la verdad que se construya en el expediente judicial será una verdad a modo, no para ayudar a víctimas o a detenidos. Al informar sobre el derecho a guardar silencio, la cartilla puede contribuir a aminorar esto. Los operadores de la ley penal a veces tienen incentivos perversos, como bonos económicos por cada persona que queda a disposición de un juez penal.

Otra pieza de museo es la frase “Ayúdame a ayudarte”. Algunos elementos de la policía o de la Procuraduría de Justicia utilizan esta expresión para que las personas confiesen, inculpen a otras o fomenten hechos de corrupción. El documento que se entregará a los detenidos contendrá el derecho a llamar a un abogado o a un miembro de su consulado (en caso de ser extranjeros). Esto puede constituir un cambio radical en el modo como comienza el procedimiento criminal. En efecto, la presencia de un abogado que haga valer los derechos de su representado obliga a la autoridad a demostrar la culpabilidad de éste a través de pruebas científicas o pruebas obtenidas de manera lícita y no a través de promesas de ayuda.

En estas letras no se pretende señalar que estos avances son la panacea de la política pública criminal, sólo apuntar que pueden constituirse en un adelanto para toda la sociedad, pues elevar el estándar de investigación de la policía y eliminar malas prácticas es en beneficio de todos. La Corte nos hace avanzar a golpe de jurisprudencia y descontento social hacia un mejor modelo de investigación del delito.

Ahora bien: ¿Y las víctimas?

En algunos programas de televisión, periódicos o en ciertos miembros de la sociedad civil, la ira se ha desatado en contra de la Primera Sala de la Corte y de la ciudadana francesa. La complejidad que entraña el rompecabezas del debido proceso, los problemas de comunicación del Poder Judicial de la Federación y las nítidas razones de las víctimas son una buena explicación de este enojo. Sin embargo, el cauce del enojo debe dirigirse a otra parte. La ira debe señalar la incapacidad del Estado mexicano para armar el rompecabezas del derecho a un juicio justo, a Cassez en este caso, y las tropelías que hizo el propio para tratar de mostrarnos una imagen llena de vacíos y piezas fabricadas.

Semanas antes de la resolución del caso Cassez, el Poder Legislativo abrió una puerta de dimensiones constitucionales al aprobar la Ley General de Víctimas que desvincula la reparación del daño del proceso penal ¿Qué quiere decir esto? Significa que con independencia de la declaratoria de inocencia o culpabilidad de Florence Cassez, las víctimas del delito pueden pedir al Estado mexicano la reparación del daño. La Ley General de Víctimas otorga en este caso, y en cualquier otro, el derecho a las víctimas a solicitar la reparación del daño con independencia de lo que suceda en el proceso criminal. Aquí las víctimas deben solicitar la reparación del daño económico, moral, de proyecto de vida y apoyo ¿Cuánto dinero se necesita para recuperarse de un secuestro? No lo sé. Serán las propias víctimas las que cuantifiquen sus daños y ofrezcan las pruebas necesarias para obtener la reparación.

Por otro lado, ¿quién evitó que se esclareciera el caso Florence Cassez? La respuesta es: la Secretaría de Seguridad Pública Federal y la Procuraduría General de la República. Fueron los funcionarios del Estado mexicano los que abrieron la puerta para que la Primera Sala de la Corte tomara la decisión que nos ocupa. Lo mismo sucedió en el caso del famoso jugador de futbol americano O.J. Simpson. Algunos errores de la fiscalía dieron lugar a la libertad del señor Simpson en el juicio penal. En ese caso, después del fallo penal, los familiares de las víctimas demandaron por la vía civil: la ira y la impotencia se encauzaron por la vía judicial, y ahí obtuvieron la reparación del daño. No toda la ley se imparte en los tribunales penales, es posible buscar y encontrar reparaciones del daño en otras vías. El caso de la ciudadana francesa ha sido la tormenta perfecta para poner en evidencia que la violación al debido proceso lastima a víctimas y procesados.

Por último, el artículo 113 constitucional ordena al Estado mexicano declarar la responsabilidad de sus funcionarios y reparar el daño cuando su actividad sea irregular. Por supuesto que aquí la actividad del Estado fue irregular y, por ende, tiene el deber de sancionar a los responsables y reparar el daño a las víctimas. Ojalá este caso deje de enviar un mensaje de impunidad y confusión, y en su revés encontremos que en materia de respeto a la ley y a las instituciones todavía estamos en un camino de terracería. La Corte se atrevió a poner un poco de asfalto. Ahora le toca al resto de los actores seguir pavimentando el camino.

Javier Cruz Angulo Nobara. Licenciado en derecho. Director de la Clínica de Interés Público del CIDE.

 

La culpa de los medios

Es práctica común ver en los medios de comunicación la exposición pública de presuntos responsables. Las autoridades presentan a los detenidos como prueba irrefutable de que están haciendo su labor de salvaguardar la seguridad pública. Los boletines que se emiten desde las procuradurías sobre las personas detenidas en su gran mayoría son escuetos y carecen de un elemento indispensable: información veraz y oportuna. Lo que queda es un rostro y la sentencia de culpabilidad. El ciclo de impunidad e ineficacia de las autoridades se refuerza cuando el mensaje inexacto y tendencioso de las autoridades es reproducido sin chistar por una larga lista de medios de comunicación.

culpa

El caso más emblemático de esta complicidad es el de la ciudadana francesa Florence Cassez. Los hechos indican que las autoridades policiacas y los medios de comunicación —principalmente las dos televisoras— cooperaron de manera activa en realizar un montaje sobre la detención de Cassez y sus cómplices. De la mano y en plena coordinación los medios de comunicación formaron de facto parte del aparato gubernamental.

Los juicios mediáticos fortalecen la impunidad y debilitan el Estado de derecho de una sociedad democrática. Cuando son entes privados, como los medios de comunicación, quienes fabrican culpables ante la opinión pública y las autoridades son displicentes con la violación de principios rectores del Estado de derecho, la impunidad se anida en lo más profundo de la impartición y procuración de justicia.

Los juicios mediáticos tienen un efecto corruptor en el concepto de justicia que debe guiarnos. Estamos hablando de contenido mediático (dígase la exhibición de personas detenidas), el cual conlleva a la violación de los derechos de quienes aún no cuentan con una sentencia firme.

Los medios nos han hecho creer que todo el que sale en la televisión es culpable. Han reducido nuestro proceso judicial a una aparición mediática sin importar principios legales fundamentales para nuestra democracia. No es una cuestión de moralidad o conveniencia sobre si es válido o no exhibir personas detenidas sin antes ser presentadas a un juez. Es una cuestión legal que indica violación a derechos humanos por parte de las autoridades a través de los medios de comunicación.

El único órgano protector de derechos humanos que ha abordado el tema es la CDHDF. En su recomendación 30/2012 señaló que, durante marzo de 2009 y noviembre de 2011, en 42 casos de 50 en donde se exhibió a los detenidos como “probables responsables”, se pudo comprobar violación a derechos humanos: presunción de inocencia, defensa adecuada, igualdad ante la ley y tribunales, honra, reputación, vida privada e intimidad; así como a la integridad personal, al considerarse como un trato cruel, inhumano y degradante. La CDHDF documentó que de los casos señalados hay 21 personas que fueron liberadas por el Poder Judicial al acreditarse que la exhibición se hizo sin contar con pruebas de la acusación. En otras palabras, más de la mitad de las personas detenidas salieron libres por falta de pruebas, sin embargo, su exhibición ya había alentado un juicio mediático de culpabilidad e indefensión ante la sociedad.

Mecanismos internacionales de protección de los derechos humanos se han pronunciado en el mismo sentido: la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ha señalado en el caso Lori Berenson Mejia vs. Perú que: “se exige que el Estado no condene informalmente a una persona o emita juicio ante la sociedad, contribuyendo así a formar una opinión pública, mientras no se acredite conforme a la ley penal la responsabilidad”. El Comité de Derechos Humanos de la ONU en su Observación General núm. 32, estableció que “los medios de comunicación deberán evitar expresar opiniones perjudiciales a la presunción de inocencia”.

En el caso de Florence Cassez la Suprema Corte de Justicia de la Nación señaló una muy clara posición sobre la exhibición pública de detenidos y los medios de comunicación. Al respecto, la Primera Sala consideró “que claramente se observa un efecto corruptor en el presente caso como consecuencia de la conducta indebida y arbitraria de los miembros de la Agencia Federal de Investigación al exponer a la quejosa ante los medios de comunicación como la responsable de la comisión de tres secuestros”. La SCJN continuó: “resulta claro el efecto corruptor que la escenificación ajena a la realidad tuvo en su testimonio […] esta Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación considera que el efecto corruptor imbuyó en todo el proceso penal, sobre todo en el material probatorio incriminatorio, el cual es la base de todo proceso penal y que en este caso se tradujo, esencialmente, en el testimonio de personas que fueron parte de la escenificación ajena a la realidad y que pudieron verse influenciadas por aquélla”.

A decir de la Corte, el papel que jugaron los medios de comunicación en la fabricación de culpas de los detenidos fue tan grave que todo el proceso judicial, en el caso de la ciudadana francesa, fue invalidado. De ese papel de los medios de comunicación se desprende el “efecto corruptor”. Los efectos que trae consigo la exhibición de personas en los medios aún son incalculables en relación con el Estado de derecho. Parecería que nos hemos acostumbrado al poder paralelo de los medios y aceptamos todo el contenido que se pone en las pantallas sin ningún reparo, todo en detrimento de acceder a la justica.

Sería un falso dilema entender este problema desde el ámbito de dos derechos, el de los medios de informar de manera libre y la protección de derechos de las personas, informar siempre pero jamás a costa de los derechos humanos de nadie. No estamos hablando aquí de buscar censurar contenido protegido, sino el punto central es que dicho contenido crea una falsa realidad en las audiencias a través de violaciones graves a principios básicos legales. Los medios deben de gozar de plena libertad para transmitir su contenido y el Estado debe de abstenerse de intervenir.

El tema de la exhibición ilegal de personas se debe de resolver desde dos ámbitos. El primero sería la autorregulación de los medios, que sean ellos mismos quienes lleguen a la conclusión de parar dicho contenido. En muchos países con medios de comunicación independientes, es la autorregulación entre pares la que encauza las mejores prácticas periodísticas. El segundo sería la intervención del Estado de dos maneras, la primera sería que el mismo Estado cesara la práctica de exhibir a las personas detenidas y que cumpliera con su responsabilidad de garantizar los derechos humanos. Esta acción debería ser inmediata y sin cortapisas. La otra sería la sanción a entes privados (medios de comunicación) cuyas prácticas informativas violen derechos de terceros. Sin duda es la menos recomendable por el activo papel del Estado en la calificación de contenido que puede llevar a ejercer la tentación de censura. Sin embargo, queda claro que el Estado no puede participar activamente en la violación a derechos humanos ni tampoco puede permanecer como espectador mientras los medios violan derechos fundamentales. Por lo tanto, es responsabilidad del Estado regular las malas prácticas de entes, públicos o privados, que violen derechos humanos.

Darío Ramírez. Director ejecutivo de Article XIX para México y Centroamérica.

 

Malcomidos

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En los siguientes dos textos ofrecemos la más rigurosa y extraordinaria paradoja: mientras una parte de la población de México padece de inseguridad alimentaria y sufre los niveles de desnutrición más altos en dos décadas, otra, apabullantemente mayor, enferma y muere a consecuencia de la obesidad. Hay más millones de mexicanos amenazados por el sobrepeso, que los millones asediados por el hambre


I. ¿Hambre? ¿Cuánta?
Gerardo Esquivel


II. Obesidad, la epidemia
Sofía Charvel Orozco, Martín Lajous Loaeza y Mauricio Hernández Ávila

¿Hambre? ¿Cuánta?

“Donde hay hambre no hay esperanza”.
—Luiz Inácio Lula da Silva, ONU, 2006

El hambre es un concepto difícil de definir y, por tanto, de medir y cuantificar. Es, en sentido estricto, las ganas y necesidad de comer. Todo mundo ha sentido hambre después de horas de no probar alimento; sin embargo, no es lo mismo el hambre transitoria —la que es posible resolver con tan sólo abrir el refrigerador, comprar algo en el supermercado o consumir en algún restaurante— que el hambre crónica o semipermanente, es decir, el hambre como estado cotidiano, la cual no puede saciarse ya sea por falta de acceso a alimentos o por la incapacidad para adquirirlos. Como problema socioeconómico, el hambre está crucialmente relacionada con un concepto conocido como seguridad alimentaria. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), la seguridad alimentaria se refiere al acceso en todo momento a comida suficiente para poder tener una vida activa y saludable.

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Para medir el nivel de inseguridad alimentaria1 la FAO utiliza toda una gama de indicadores: a) los que considera determinantes de la inseguridad alimentaria, b) los que son resultado o producto de la inseguridad alimentaria y c) el nivel de vulnerabilidad frente a la misma. Los primeros son indicadores de las condiciones estructurales que la generan o empeoran: la disponibilidad de alimentos, la accesibilidad física (densidad ferroviaria y de carreteras), el acceso económico (precio relativo de los alimentos) y la infraestructura de acceso a agua e instalaciones sanitarias. El segundo tipo de indicadores se refiere al escaso consumo de alimentos y a problemas de tipo antropométrico; los indicadores de este grupo incluyen al porcentaje de la población que padece desnutrición o alimentación inadecuada, y problemas de talla o de peso de acuerdo con su edad. Finalmente, el tercer grupo contiene indicadores relativos a la volatilidad de los precios y la producción de alimentos, a la estabilidad política y la dependencia alimentaria con respecto al exterior.

En sentido estricto, ninguno de estos indicadores mide “el hambre”, sino las condiciones físicas, productivas o económicas que pueden dificultar el acceso a los alimentos, o bien las consecuencias de haber pasado hambre, tales como la desnutrición, la malnutrición o los rezagos en medidas antropométricas. Las políticas públicas que buscan reducir el hambre en realidad deberían incidir eventualmente en los efectos del hambre, la desnutrición o la malnutrición, lo que puede lograrse mediante políticas que influyan tanto en los determinantes de la inseguridad alimentaria como en la vulnerabilidad que se tiene frente a ésta.

La magnitud del hambre

Para medir el problema del hambre en México hay diversos indicadores disponibles. Algunos de ellos provienen de fuentes internacionales como la FAO; otros provienen de las encuestas nacionales de nutrición o de la aplicación de la Escala Mexicana de Seguridad Alimentaria (EMSA), que ha sido utilizada en las recientes Encuestas Nacionales de Ingreso y Gasto de los Hogares (ENIGH).2 Cabe señalar que los resultados que se obtienen con la EMSA son utilizados por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política Social (Coneval) tanto para medir la inseguridad alimentaria en sus distintos grados (leve, moderada y severa), como para identificar los hogares que sufren de carencia de acceso a la alimentación.

Para representar el hambre existen dos indicadores internacionales relacionados con el consumo mínimo de calorías. El primero mide el porcentaje de la población que padece desnutrición o no consume calorías suficientes que le provean los requerimientos mínimos de energía alimentaria. Este indicador es el que se utiliza, por ejemplo, en las Metas del Milenio de Naciones Unidas en lo relativo a la reducción del hambre. El segundo indicador mide el porcentaje de población con alimentación inadecuada o malnutrición. Es similar al anterior, sólo que utiliza un requerimiento de energía alimentaria un poco más elevado. La idea de este ajuste es que puede haber miembros de una población que, aunque no estén desnutridos, pueden estar consumiendo calorías por debajo de las necesarias para realizar una actividad física normal.

Los datos de la FAO muestran que el nivel de desnutrición en México ha estado continuamente por debajo del 5% de la población, al menos desde 1991. Esto implica que México tiene, con Argentina y Costa Rica, uno de los mejores desempeños en América Latina en esta materia.3 En general, México está en mejor situación que el resto de América Latina, ya que el porcentaje de la población con desnutrición en la región fue todavía de 7.7% en el periodo 2010-2012. México también se encuentra muy por debajo del promedio mundial de desnutrición, el cual alcanza 14.5% en el mismo periodo.

A pesar de lo anterior, las cosas cambian drásticamente cuando se utiliza el indicador sobre malnutrición o alimentación inadecuada de la propia FAO. En este caso, la historia es no sólo diferente sino incluso preocupante. De acuerdo con este indicador, el porcentaje de la población en México con alimentación inadecuada está en su punto más alto en dos décadas y ya supera ligeramente al 10% de la población (ver gráfica 1).

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Este fenómeno tuvo un aumento súbito a partir de 2007 y se acentuó bastante en 2008 y 2009.4 Hay dos posibles explicaciones: el incremento en el precio de los alimentos, que se observó en parte de aquel periodo, y la profunda crisis económica por la que pasó México en 2008-2009. Es posible que, en el fondo, la situación haya sido una combinación de ambos factores. Lo curioso, sin embargo, es que dicho incremento no se presentó en el resto de América Latina, la cual presenta, por el contrario, una reducción en este indicador a lo largo del periodo. Lo anterior sugiere que además de los factores externos hubo importantes factores internos (como la magnitud de la crisis económica y/o la vulnerabilidad de la población mexicana ante la inseguridad alimentaria).

Por otra parte, las diferentes encuestas nacionales sobre nutrición que se han levantado en México proporcionan información adicional y relativamente en línea con la de los indicadores de nutrición de la FAO. En particular, la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut) 2012 publica resultados de encuestas nacionales que miden distintos indicadores de desnutrición a nivel nacional para los años de 1988, 1999, 2006 y 2012. La encuesta también proporciona resultados de inseguridad alimentaria que comentaremos más adelante.

La Ensanut 2012 muestra, por ejemplo, que el problema de la desnutrición en menores de 5 años ha disminuido de manera significativa en México entre 1988 y 2012. Así, el porcentaje de población infantil que presenta bajo peso ha disminuido de 10.8% en 1988 a 2.8% en 2012, mientras que el porcentaje de niños menores de 5 años que presentan baja talla ha disminuido de 26.9% a 13.6% en ese mismo periodo. Finalmente, la emaciación o desnutrición aguda ha disminuido para esa misma población de 6.2% a 1.6% entre 1988 y 2012. A pesar de ello, y como lo reconoce la propia encuesta, la emaciación en menores de un año aún se mantiene relativamente alta, ya que se ubica entre 3% y 5% de la población relevante. En contraste con la tendencia favorable descrita al inicio del párrafo, la Ensanut 2012 también revela que un problema creciente entre la población infantil es el relacionado con el sobrepeso y la obesidad, la cual pasó entre 1988 y 2012 de 7.8% a 9.7% para la población menor de 5 años y de 26.9% a 34.4% para la población de entre 5 y 11 años. En cualquier caso, usando esta fuente de información alternativa, los resultados son relativamente favorables para el país, aunque también se identifican algunos factores ligeramente negativos.

Finalmente, en lo que se refiere a las mediciones de inseguridad alimentaria en México, a la fecha sólo se cuenta con datos para 2008 y 2010, provenientes de las ENIGH, y con datos para 2012 (no necesariamente comparables) provenientes de la Ensanut. Como se mencionó antes, los datos sobre inseguridad alimentaria que provienen de las ENIGH también han servido para identificar hogares con carencia de acceso a la alimentación, la cual es una de las variables incluidas en la medición de la pobreza multidimensional.
Antes de presentar y comentar los resultados, describamos brevemente cómo se construyen los indicadores de seguridad alimentaria en México. De entrada, es importante señalar que estos indicadores se diseñan no a partir de datos sólidos o plenamente verificables, sino de información retrospectiva proporcionada directamente por los encuestados. En el caso de 2008, por ejemplo, los encuestados respondieron a un conjunto de 12 preguntas relacionadas con el acceso a la alimentación. En todos los casos las preguntas se referían a los tres meses previos a la encuesta, a miembros del hogar y a la falta de dinero o de recursos como justificación de la respuesta.5 Dependiendo del número de respuestas afirmativas a estas preguntas y dependiendo de si existían o no menores en el hogar, los encuestados fueron clasificados de acuerdo con el criterio que aparece en el cuadro 1.   6

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El cuadro 2 muestra, brevemente, los resultados que se han obtenido en materia de seguridad e inseguridad alimentaria, así como en términos de la carencia de acceso a la alimentación (es decir, la suma de inseguridad alimentaria moderada y severa) en los años en los que se han aplicado estas encuestas.

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Los resultados de 2008 a 2010 parecen mostrar una tendencia dual: por un lado, aumenta el porcentaje de la población con estatus de seguridad alimentaria y disminuye el que tiene inseguridad alimentaria leve (lo cual es positivo) y, por el otro, aumenta el porcentaje de la población con inseguridad alimentaria tanto moderada como severa y, por lo tanto, aumenta la población con carencia de acceso a la alimentación (todos los cuales son resultados negativos).

Los resultados entre 2010 y 2012, si bien no son estrictamente comparables, muestran una tendencia distinta: en este caso, disminuye drásticamente el porcentaje de la población con seguridad alimentaria y aumenta el porcentaje con inseguridad alimentaria leve y moderada, mientras que el porcentaje con inseguridad alimentaria severa se mantiene relativamente estable. En cualquier caso, el porcentaje de la población que presenta carencia de acceso a la alimentación aumentó de manera continua entre 2008 y 2012 y lo hizo en un porcentaje muy significativo (de 21.7% a 28.2% de la población). Esta tendencia está en línea con lo que sugiere el indicador de malnutrición de la FAO descrito anteriormente, aunque difieren en magnitud y tendencia de los relativos a la desnutrición de la propia FAO.


¿Quiénes padecen hambre?

Los resultados de la ENIGH de 2008 y 2010 permiten identificar a los estados y municipios en donde tiende a haber una mayor prevalencia de inseguridad alimentaria o de carencia de acceso a la alimentación.7 La gráfica 2 muestra el porcentaje de la población nacional y de cada una de las entidades federativas que presentó carencia de acceso a la alimentación en 2008 y 2010. Los resultados son interesantes: 1) a diferencia de las cifras de pobreza extrema, la carencia de acceso a la alimentación a nivel estatal fluctúa de manera importante en un periodo relativamente corto;8 2) en general, la carencia de acceso a la alimentación aumentó a lo largo de todo el territorio nacional (aumentó en 25 de 32 entidades); 3) los estados que tuvieron mayores incrementos de este tipo de carencia tanto en términos absolutos como relativos fueron los de Campeche, Baja California Sur, Estado de México, Guerrero y Quintana Roo; 4) Algunos de estos casos pueden explicarse como resultado de la fuerte caída en la actividad turística y económica en general que ocurrió en algunas de esas entidades entre 2008 y 2010; 5) los estados con mayor carencia de acceso a la alimentación en 2010 eran Chiapas, Campeche, Estado de México, Tabasco y Guerrero. Con excepción de Chiapas y Guerrero, los otros estados no son los más pobres del país.

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Los puntos anteriores empiezan a perfilar una conclusión importante: la inseguridad alimentaria, la carencia de acceso a la alimentación o, en última instancia, el hambre, no están asociados única y exclusivamente al tema de la pobreza. Sin duda estos temas están estrechamente relacionados,9 pero hay una multiplicidad de factores que vuelven estos fenómenos mucho más complejos.

Si bien la carencia de acceso a la alimentación se encuentra con mayor intensidad en las zonas rurales (33.6% de la población rural la sufría en 2010), también está presente en las zonas urbanas (22.2%). Una característica importante de este fenómeno está en su dimensión geográfica: tiende a ser más agudo en ciertas zonas. Esto explica por qué 39.6% de la población que habita en las llamadas Zonas de Atención Prioritaria (ZAP) se ve más afectado por el hambre. Finalmente, la carencia alimentaria afecta de manera importante a la población que habla lenguas indígenas, ya que 40.5% de este grupo poblacional presenta este tipo de condición. Es importante señalar que esto no se debe únicamente al hecho de que dicha población viva en zonas rurales, puesto que incluso comparado contra ese grupo su situación es claramente de desventaja. Un dramático ejemplo de esta dimensión se muestra en los resultados de una encuesta que se aplicó hace algunos años en hogares rurales para conocer la existencia de distintos tipos de alimentos. Los resultados, mostrados en la gráfica 3 ilustran la notable situación de desventaja de los hogares indígenas, particularmente en lo que se refiere a la tenencia de verduras, huevo, lácteos, frutas y cárnicos.

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¿Qué hacer?

Por lo que ya hemos adelantado, las causas del hambre son múltiples y están relacionadas con los determinantes de la inseguridad alimentaria y la vulnerabilidad frente a ésta. Dos enfoques tradicionales señalan que el hambre se debe a la escasez o la falta de producción de alimentos, o bien a la pobreza extrema. Ambos enfoques tienen parte de razón, pero subestiman, minimizan y simplifican el problema. Es cierto que en muchos casos existe suficiente producción de alimentos en una comunidad o localidad, pero que éstos simplemente no están al alcance de la población. Por otro lado, también es claro que no siempre el hambre proviene de la falta de recursos para comprar alimentos. Dos ejemplos de ello se pueden observar al analizar los datos disponibles para las entidades federativas mexicanas: Oaxaca, por ejemplo, tiene a 26.6% de su población en situación de pobreza extrema y tiene ese mismo porcentaje de población con carencia de acceso a la alimentación; en contraste, un estado como Baja California Sur tiene un problema de carencia alimentaria muy similar al de Oaxaca (25.9%), a pesar de que sólo tiene a 4.6% de la población en pobreza extrema. Un caso similar ocurre en Chiapas y el Estado de México: Chiapas tiene a 32.8% de su población en pobreza extrema y a 30.3% con carencia alimentaria, mientras que el Estado de México, a pesar de tener apenas a 8.2% de la población en pobreza extrema tiene a 31.6% con carencia alimentaria: un porcentaje incluso superior al observado en Chiapas. Podemos concluir que las causas del hambre son múltiples y complejas, y se relacionan con distintas dimensiones del problema de la inseguridad alimentaria, es decir, con el ingreso, con la producción, con el acceso y con el abastecimiento de alimentos.

En términos del ingreso, es importante señalar que el hambre y la inseguridad alimentaria pueden afectar tanto a habitantes de zonas rurales como urbanas. Aquí es necesario distinguir entre personas con niveles de ingresos crónicamente bajos y personas con ingresos un poco más elevados, aunque vulnerables. En ambos casos es deseable fortalecer y proteger los ingresos de las personas. Sin embargo, el primer grupo puede requerir apoyos adicionales de manera estable mediante transferencias regulares a través de programas sociales. Esto último también puede implicar apoyos en especie o mediante el acceso a productos subsidiados, aunque focalizados. Por su parte, el segundo grupo podría beneficiarse más con mecanismos de protección social que suavicen sus ingresos en épocas de crisis (como programas de seguro de desempleo u otros). En cualquier caso, sería deseable que ambos grupos pudieran enfrentar no sólo contingencias de choque negativo por el lado del ingreso, sino también por el aumento en el precio de los alimentos. Esto se lograría con programas específicamente diseñados, aunque quizá sean más fáciles de implementar entre los grupos de población que ya son beneficiarios de algunos programas sociales.

En cuanto a los pequeños productores, en especial en zonas rurales y que producen fundamentalmente para el autoconsumo, es necesario implementar programas que afecten de manera estructural y permanente lo que producen y cómo lo producen. Esto implica el diseño de programas que ayuden a mejorar la calidad de la tierra, a promover la sustitución de cultivos, a utilizar técnicas accesibles de irrigación y fertilización, y que promuevan el intercambio entre pequeños productores, pero también programas que promuevan la movilidad de las zonas alejadas, aisladas y de bajo rendimiento hacia zonas de mayor densidad, de más fácil acceso y potencialmente más productivas.

Por otro lado, una dimensión que debe ser incorporada en la lucha para combatir el hambre es la reducción de la volatilidad a la que se enfrentan los pequeños productores. Esto implica reducciones en los efectos de la volatilidad de insumos clave para la producción y exige que se restablezcan los mecanismos de aseguramiento de las cosechas que fueron desmantelados en México en años recientes. También es necesario diseñar programas que permitan enfrentar de manera rápida y eficiente los desastres naturales que afectan desproporcionadamente a los pequeños productores, así como los efectos negativos del cambio climático, que han empezado a traducirse en cambios bruscos en la precipitación y la temperatura, con los consiguientes efectos negativos en la producción e ingresos de pequeños productores.

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Por último, es necesario mejorar de manera inmediata los mecanismos de abastecimiento a las comunidades alejadas ubicadas en, por ejemplo, las Zonas de Atención Prioritaria. Por ello, programas que promuevan la creación de caminos rurales y faciliten el acceso a comunidades aisladas serían también de gran utilidad, así como programas que fortalezcan el acceso a productos de alto contenido nutricional y a servicios como agua, drenaje e instalaciones sanitarias.

Se puede decir, y sin duda es cierto, que todo esto ya existe, que ya hay programas para todas y cada una de las cosas que aquí se han mencionado. Sin embargo, el problema fundamental es el diseño y la implementación conjunta e integral de esas estrategias. Hasta ahora lo que se tiene en México son programas desarticulados, sin visión general o de conjunto, con múltiples duplicidades, que atienden varias veces a los mismos beneficiarios, sin objetivos comunes y sin buscar sinergias.


La Cruzada contra el Hambre

Se dirá, seguramente, que todo esto cambiará con la implementación del Sistema Nacional para la Cruzada contra el Hambre que anunció el presidente de la República a mediados de enero. Sin embargo, no es del todo evidente por qué tendría que ser así. Lo que tenemos hasta ahora es el nombre de una estrategia que servirá como paraguas para numerosos programas sociales. Se trata de una simple aglomeración de estrategias que no reduce ineficiencias ni duplicidades. Tampoco tenemos un diagnóstico o libro blanco de la situación actual. ¿Por qué habría de funcionar? ¿Por qué esperaríamos que funcionara el programa promovido por el ex gobernador de un estado que presenta índices tan elevados de carencia alimentaria frente a sus relativamente bajos niveles de pobreza? Es evidente que en su propia experiencia de gobierno los resultados en esta materia no fueron favorables al actual presidente. El Estado de México no sólo tiene elevados niveles de carencia alimentaria: fue uno de los estados en donde ésta aumentó más durante el periodo 2008-2010. Quisiera equivocarme, pero de no ver en los próximos meses un replanteamiento total de la forma de llevar a cabo esta estrategia, es probable que sólo veamos más de lo mismo: programas que no han ayudado a reducir significativamente la inseguridad alimentaria o la malnutrición en amplias capas de la población.

Peor aún, la nueva estrategia empieza con dos problemas adicionales: 1) una población objetivo que es muy grande (siete millones) para un programa piloto y muy pequeña para la magnitud del problema que busca resolver (había casi 25 millones con carencia alimentaria en 2010 y es posible que hoy sean cerca de 28 millones); 2) la selección de los municipios en los que empezará a implementarse la estrategia.

De acuerdo con la versión oficial, la selección de los 400 municipios que forman parte del plan se hizo con base en información del Coneval. Sin embargo, dicha selección también parece haber tenido un importante componente discrecional. Esto puede observarse al analizar la distribución de los municipios en relación al porcentaje de su población con carencia alimentaria y de acuerdo a su estatus de participación en dicha cruzada. La gráfica 4 muestra precisamente esta distribución. En ella se puede observar que dentro de los municipios que sí participan en la cruzada, casi 25% de ellos presentan niveles de carencia alimentaria relativamente bajos (inferiores al 30% de la población municipal). Por otra parte, casi 30% de los municipios que no participan en la cruzada presentan niveles de carencia alimentaria por encima del 30% de su población.10 Es decir, que si se hubiera utilizado como criterio de selección de los municipios a aquellos que presentan mayor prevalencia de esta carencia, algunos municipios que no fueron seleccionados deberían formar parte de la estrategia y algunos otros que sí participarán en ella no deberían hacerlo.

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A manera de conclusión

El objetivo de este trabajo ha sido contribuir a la discusión pública de un tema de suma importancia para el país y de gran relevancia para el bienestar de amplios sectores de la población. Es apenas el inicio de una discusión que nos habíamos tardado en sostener y que hoy, gracias en parte a una propuesta de política pública, podemos analizar, sujetar a escrutinio, criticar y proponer mejoras que la hagan funcionar de manera más eficiente. Considero importante rescatar lo que dijera en 1997 el Premio Nobel de Economía, Amartya Sen, en un trabajo titulado “El hambre en el mundo contemporáneo”:

Para eliminar el hambre en el mundo moderno es crítico entender el problema en un marco adecuadamente amplio, incluyendo no sólo la producción de alimentos y la expansión de la agricultura, sino también el funcionamiento de la economía en su conjunto, y —aún más ampliamente— la operación de los arreglos políticos y sociales que pueden, directa o indirectamente, influir en la habilidad de las personas para adquirir alimentos y para lograr tener salud y nutrición.

Más aún, mientras que mucho puede lograrse a través de una política gubernamental sensata, es importante integrar el papel del gobierno con el funcionamiento eficiente de otras instituciones económicas y sociales —las cuales van desde el comercio e intercambio hasta el funcionamiento activo de partidos políticos, organizaciones no gubernamentales y las instituciones que sostienen y facilitan la discusión pública informada, incluyendo a unos medios informativos efectivos.

Gerardo Esquivel. Economista. Profesor-investigador de El Colegio de México.

Agradezco el apoyo en la investigación de Alejandra Campa, así como la información proporcionada por Irvin Rojas.

1 Ver FAO, Food Security Indicators.
2 La EMSA es a su vez una versión adaptada de la Escala Latinoamericana y Caribeña de Seguridad Alimentaria.
3 Recientemente, otros países como Chile, Uruguay y Venezuela también han alcanzado niveles de desnutrición tan bajos como los que se observan en México desde hace más de dos décadas.
4 Los datos en la gráfica corresponden a un promedio móvil de tres años. Es decir, el dato de 1991 en realidad usa información de 1990 a 1992 y así sucesivamente.
5 Las preguntas eran las siguientes: 1) ¿Tuvo una alimentación basada en muy poca variedad de alimentos? 2) ¿Algún adulto dejó de desayunar, comer o cenar? 3) ¿Algún adulto comió menos de lo que debía comer? 4) ¿Alguna vez se quedaron sin comida? 5) ¿Algún adulto sintió hambre pero no comió? 6) ¿Algún adulto sólo comió una vez al día o dejó de comer todo un día? 7) ¿Algún menor de 18 años tuvo una alimentación basada en muy poca variedad de alimentos? 8) ¿Algún menor de 18 años comió menos de lo que debía? 9) ¿Alguna vez disminuyeron la cantidad servida en las comidas a algún menor? 10) ¿Algún menor de 18 años sintió hambre pero no comió? 11) ¿Algún menor de 18 años se acostó con hambre? 12) ¿Algún menor de 18 años sólo comió una vez al día o dejó de comer todo un día?
6 La encuesta para 2010 se amplió a 16 preguntas. Las nuevas preguntas se referían a la preocupación porque se acabara la comida, a la falta de dinero o recursos para obtener alimentación sana y variada, a si hicieron algo para conseguir comida que hubieran preferido no hacer (como mendigar o mandar a los niños a trabajar) y a si algún menor dejó de tener una alimentación sana y variada. La Ensanut 2012 sólo planteó 15 preguntas, siendo la mayor parte de ellas idénticas a las de la encuesta de 2010, excepto por la referida a si hicieron algo para conseguir comida que hubieran preferido no hacer.
7 Aunque debe señalarse que la identificación es imprecisa porque la encuesta no es representativa a nivel estatal ni municipal.
8 La correlación entre los índices de pobreza extrema entre 2008 y 2010 es de casi 0.99, mientras que la de las carencias de acceso a alimentación en esos mismos años es de apenas 0.78.
9 Para el caso de México, ver Daniel Hernández Franco et al. (2003): Desnutrición infantil y pobreza en México, Cuadernos de Desarrollo Humano 12, Sedesol, octubre.
10 Este resultado fue originalmente reportado por Irvin Rojas en “Con hambre de explicaciones”, disponible en http://www.paradigmas.tk/con-hambre-de-explicaciones/

 

Obesidad, la epidemia

Se estima que hay 500 millones de personas que sufren obesidad en el mundo y que cada año fallecen prematuramente —por esta causa o a consecuencia del sobrepeso— cerca de 2.5 millones de adultos.1 El aumento pronunciado de peso corporal en casi todas las sociedades del mundo ha detonado una creciente preocupación entre los involucrados en la salud pública. La obesidad tiene importantes repercusiones negativas en las personas y en los sistemas de salud. Es también causa de sufrimiento: se asocia a estigma y discriminación, a pérdida de salud y calidad de vida, a enfermedades graves y muerte prematura.

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A pesar de que se le identificó como un problema de salud pública emergente a principios de los años setenta, no se han adoptado las medidas de prevención necesarias. Los individuos con obesidad son percibidos a menudo como personas responsables de su propia condición y con poca fuerza de voluntad. Esta percepción, sin embargo, ha venido cambiando, y cada vez se reconoce con mayor frecuencia que las personas pueden tener un control casi nulo sobre los determinantes sociales que favorecen el desarrollo de la obesidad, y que para lograr el control de ésta es necesario intervenir sobre el medio social y comercial a fin de propiciar que las personas puedan adoptar comportamientos saludables y elegir mejores alimentos.

Como causa más inmediata, la obesidad se atribuye al desbalance que resulta de una ingesta de energía mayor a la que se consume: un exceso de energía que se transforma en grasa. A dicha ecuación la acompaña, por lo general, una solución simplista: que los individuos se controlen a sí mismos y mantengan un balance energético que resulte en un peso saludable. La evidencia actual indica, sin embargo, que la obesidad no es sólo resultado de una responsabilidad individual. Entre las causas de esa epidemia convergen factores sociales, económicos, culturales y de infraestructura, que interactúan entre sí y han provocado cambios sustanciales en el estilo de vida. El precio de los alimentos ha disminuido significativamente y las dietas tradicionales han sido reemplazadas por otras basadas en alimentos industrializados.

En México ha disminuido de manera importante el consumo de frutas y verduras, y se ha incrementado en forma señalada el consumo de refrescos y bebidas azucaradas. El país es el segundo consumidor de refrescos del mundo, con un estimado de 152 litros al año por persona.2 Por lo demás, hemos alejado de nuestras vidas la actividad física regular, con cambios en el tipo de trabajos que realizamos, y diseñado espacios construidos que impiden o dificultan el movimiento físico individual. La presencia de estas causas subyacentes en el aumento dramático de peso entre la población significa que el restablecimiento del equilibrio exige intervenciones en diversos ámbitos. En su expresión poblacional, el control de la obesidad requiere de una respuesta integral, con liderazgo gubernamental del más alto nivel y con acciones colectivas y de políticas públicas que faciliten a los individuos y grupos sociales mantener un peso saludable a lo largo de la vida.

¿Qué es la obesidad?

La obesidad es definida como un aumento por encima de los límites deseables de la cantidad de tejido adiposo en el cuerpo humano. El indicador más utilizado para hacer comparativos poblacionales —y establecer las recomendaciones del caso— es el índice de masa corporal (IMC). El IMC es una medida del peso ajustada por la talla: se calcula dividiendo el peso en kilogramos entre la talla en metros al cuadrado. El rango establecido como ideal es 21 a 22 kg/m2 y se considera como normal de 18.5 a 24.9 kg/m2. La obesidad se define con valores superiores a 30 kg/m2 y el sobrepeso con valores de 25 a 29.99 kg/m2. Estos son los puntos de corte que se han definido con base en la evidencia médica, la cual documenta que los riesgos asociados al peso excesivo son mayores a partir de los 25 kg/m2, y se incrementan aún más a partir de los 30 kg/m2.

Las cifras

En años recientes se ha observado en México un aumento sostenido en el número de personas que padecen sobrepeso y obesidad. Aunque en diferentes magnitudes este aumento se ha registrado en todos los grupos socioeconómicos, en todas las edades, en ambos sexos y en todas las regiones del país. Las cifras de sobrepeso y obesidad para 2012 entre los mexicanos pueden resumirse de la siguiente manera:3 se encuentran en ese rango 71.3% (48.6 millones) de los adultos, 35% (6.3 millones) de los adolescentes y 34.4% (5.7 millones) de menores de entre 5 y 11 años. Para todos estos grupos la tendencia entre 1988 y 2012 ha sido incremental, aunque en el último sexenio la velocidad de crecimiento de la epidemia se aligeró (ver gráfica 1).

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Causas de la obesidad

El peso corporal es producto de un fenómeno dinámico que depende tanto de características individuales (constitución genética, aspectos metabólicos y conductas), como de condiciones ambientales, culturales y socioeconómicas que determinan los patrones de alimentación y actividad física de las personas.

El ser humano puede acumular grandes cantidades de grasa, posiblemente como resultado de una función adaptativa del genoma humano que fue clave para la supervivencia de la especie cuando los alimentos escaseaban y las sociedades primitivas sufrían periodos prolongados de ayuno. Sin embargo, en la actualidad hay mayor acceso a los alimentos y se hace más notoria la falta de un mecanismo autorregulador sobre la acumulación de grasa. Los genes que nos ayudaron a sobrevivir hambrunas prolongadas ahora condicionan la acumulación desmedida de grasa. Desde luego que no toda la población desarrolla obesidad en el contexto de la abundancia y esto habla también de que los factores genéticos pueden tener cierta participación. Sin embargo, no hay marcadores genéticos identificados que expliquen el aumento considerable a nivel global del sobrepeso y la obesidad, y esto resalta la importancia que poseen los factores ambientales y sociales en la génesis del problema.

Dicho aumento se ha acentuado en países que tuvieron una transición demográfica, epidemiológica y nutricional acelerada, como es el caso de México. Esta última, como se ha dicho, se caracteriza por la sustitución en corto tiempo de las dietas tradicionales, con bajos contenidos en grasa y altos en fibra, por dietas basadas en alimentos energéticamente densos, con poca fibra y con alto contenido de grasa e hidratos de carbono, como suelen ser los industrializados.

La mejora en la disponibilidad de alimentos y el aumento en su densidad energética, aparejadas con la industrialización y la urbanización registradas en México, coincidieron con el viraje hacia un mayor sedentarismo en el trabajo y las actividades recreativas. La falta de seguridad y de espacios de recreación en las ciudades son barreras para la actividad física. Esto afecta particularmente a los niños, quienes pasan largos periodos frente al televisor o los videojuegos. Hay estudios que sugieren que el riesgo de obesidad disminuye 10% por cada hora que los niños practican ejercicio moderado o intenso, y aumenta cerca de 12% por cada hora que ellos pasan frente al televisor.4 Lo anterior puede obedecer a una combinación de factores: la televisión no sólo desplaza a otras actividades con mayor gasto calórico, sino que los niños reciben por este medio gran número de mensajes que favorecen el consumo de alimentos con alta densidad energética —además de que, al ver televisión, consumen alimentos que aumentan la ingesta de calorías.

El efecto del entorno adverso puede ilustrarse con datos reportados por investigadores del Instituto Nacional de Salud Pública5 sobre el ambiente escolar en México:
Los alumnos tienen hasta cinco oportunidades de comer en una jornada escolar.
La ingesta durante el horario escolar llega a constituir la mitad del requerimiento diario.
En las cooperativas escolares hay una alta disponibilidad de alimentos densamente energéticos.
Muchos escolares compran los alimentos en la escuela.
Cerca de 50% de las escuelas tiene acceso limitado al agua potable.
En las comidas preparadas en las escuelas hay poca oferta de frutas y verduras.
La mayor parte del recreo es dedicada a comprar y consumir alimentos, y no suele haber organización para promover actividades físicas.
La clase de educación física es sólo una vez a la semana y dura 39 minutos en promedio, aunque los niños hacen sólo nueve minutos de actividad física moderada o intensa.
La educación física tiene poco valor curricular y deja de ser obligatoria a nivel bachillerato.
Existen limitaciones de recursos humanos, espacios y materiales para la práctica de actividad física.

Investigadores del INSP han documentado que en México6 sólo 35% de las personas de entre 10 y 19 años son activas, y que cerca de 50% de los adolescentes pasan 14 horas semanales o más frente a la televisión (una cuarta parte de ellos pasa hasta tres horas diarias en promedio). Se sabe, también, que sólo 40% de la población practica algún tipo de actividad física, y que el sedentarismo es considerablemente más frecuente entre las mujeres.

Es difícil que los individuos puedan elegir dietas adecuadas en ese ambiente de alta disponibilidad y variedad de alimentos. Para eso se requiere de mucha información y los hábitos alimenticios están fuertemente influidos por aspectos culturales, étnicos, de religión y género, que se mantienen a través del control diferencial en el acceso, la distribución y el uso de los alimentos.

En los países de ingreso medio y alto, los individuos con menor nivel socioeconómico son los que más frecuentemente sufren de obesidad. Esta asociación inversa se documenta en multitud de estudios. En México se observa un fenómeno diferente: la obesidad es menor en las poblaciones con menos ingreso, por una diferencia mínima. Todos los niveles de ingreso tienen, al parecer, una alta proporción de obesidad.

La pobreza está ligada fuertemente tanto a la desnutrición como a la obesidad. El aumento en la disponibilidad de calorías baratas ha permitido conseguir los requerimientos calóricos diarios de ciertos sectores de la sociedad, pero ha resultado en un balance calórico positivo, con el consecuente aumento de peso corporal.

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La seguridad alimentaria es una medida de la resistencia a la interrupción o falta de disponibilidad de alimentos básicos y un importante indicador de pobreza. Hay seguridad alimentaria cuando las personas tienen en todo momento acceso suficiente a los alimentos que les permiten satisfacer sus necesidades. En 2012, el 17.7% de los hogares mexicanos refirieron inseguridad alimentaria moderada, y 10.5% inseguridad alimentaria severa, esta última se define cuando un adulto o un niño no comió en todo un día. La inseguridad alimentaria tiene fuertes implicaciones en el bienestar social, en particular en niños menores de 5 años entre los que se asocia con desnutrición crónica.
En los países de ingreso medio y alto, los individuos con menor nivel socioeconómico son los que más frecuentemente sufren de obesidad. En contraste, en países en vías de desarrollo existe una relación directa entre nivel socioeconómico y obesidad, a mayor ingreso mayor obesidad. La gráfica 2 demuestra que en México la obesidad es menor en las poblaciones con menor ingreso, aunque la diferencia con individuos de ingreso mayor es mínima. De igual forma, no existe una diferencia sustancial en los niveles de obesidad en hogares con inseguridad alimentaria y el promedio nacional; es decir, en México la pobreza y la obesidad coexisten (ver gráfica 3).

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Las causas subyacentes de la obesidad han generado un ambiente “obesogénico” en el que hay pocas oportunidades de gastar calorías. Hemos señalado el acceso a alimentos procesados de bajo costo, hemos visto importantes aumentos en la frecuencia con que se consumen alimentos fuera del hogar, en la publicidad de alimentos para niños y en los precios de frutas y verduras. Hemos visto la disminución gradual de la actividad física, tanto en el ambiente laboral como en el recreativo. Este ambiente “obesogénico” es posiblemente mucho más pronunciado en sectores desprotegidos de la población, en los que cualquier ahorro en alimentos se traduce en la compra de abundantes calorías, de menor calidad, que incrementan el riesgo de obesidad.

En diversos estudios se ha observado que factores contextuales, como las características de las zonas donde viven las personas, están asociados con la obesidad. Existe nueva evidencia que apunta a que un mayor acceso a comercios que venden alimentos frescos pudiese alterar las prácticas alimenticias y disminuir los riesgos del sobrepeso. En países desarrollados se ha registrado la existencia de un gradiente socioeconómico en la distribución de estos comercios: a menor afluencia, menor número de comercios de este tipo. De igual forma, aunque aún limitada, existe evidencia de que en zonas urbanas las características del ambiente construido y la seguridad en las colonias afectan la cantidad de actividad física. No está claro que estas observaciones sean de relevancia en nuestro contexto, sin embargo, el nivel de urbanización del país y sus condiciones actuales hacen pensar que los factores contextuales explican en mayor medida el aumento de obesidad en México.

La lucha contra la obesidad debe, necesariamente, contemplar la relación que existe entre pobreza y obesidad. Las consecuencias de la obesidad y su tratamiento afectan de manera directa el bienestar de las familias, y éstas pueden ser mucho mayores en sectores desprotegidos. La pobreza, la desnutrición y la obesidad no son eventos aislados.
Muchos de los problemas de salud pública se han controlado al modificar el medio ambiente, por lo que resulta importante promover un viraje en las acciones para el control de la obesidad, más allá de la intervención médica o el asesoramiento individual. Sin embargo, el abordaje ambiental y social implica la puesta en marcha de políticas públicas de largo plazo, a menudo neutralizadas desde diferentes espacios de la sociedad y del mismo gobierno.

Cómo impacta a la salud

Durante muchos años la obesidad se consideró un problema estético. Sin embargo, a partir de los años setenta, esta percepción empezó a cambiar. La obesidad pasó a ser una preocupación médica: se le consideró una enfermedad emergente en sí misma, un factor de riesgo para el desarrollo de otras enfermedades crónicas, como la diabetes y los males cardiovasculares.

La obesidad disminuye la esperanza de vida. Un estudio reciente 7 documenta los riesgos asociados con ésta. Ahí se analizaron las historias de vida de casi 900 mil personas de diferentes países. Tomando como base a individuos que tenían un índice de masa corporal de entre 22.5 y 25.0 kg/m2, cada incremento de cinco unidades de masa corporal aumentó el riesgo de muerte en 30%. Las causas más frecuentes de deceso fueron la diabetes mellitus tipo dos, la insuficiencia renal y los infartos. El estudio documentó que las personas que aumentan de peso y tienen obesidad moderada (IMC 30-35) disminuyen su esperanza de vida en tres años, mientras que las que tienen obesidad grave (IMC 40-45) la ven acortada en un promedio de 10 años.

En la actualidad, enfermedades crónicas sumamente relacionadas con la obesidad (la enfermedad isquémica del corazón y la diabetes mellitus tipo dos) ocupan los dos primeros lugares como causa de mortalidad general en México. Se estima que la obesidad contribuye con 12.2% del total de muertes. Ésta y el sobrepeso se asocian con un incremento en el riesgo de desarrollar enfermedades del corazón, diabetes y ostreoartrosis. El riesgo de diabetes 8 aumenta de manera exponencial cuando se alcanzan valores superiores a los 25 kg/m2. Comparando con un índice normal (22 kg/m2), el riesgo de diabetes aumenta ocho veces para los sujetos que alcanzan valores superiores a 25 kg/m2, 10 a 40 veces para valores de más de 30 kg/m2 y más de 40 veces para valores superiores a 35 kg/m2.

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La obesidad, igualmente, se asocia con mayor riesgo de padecer cáncer de esófago, páncreas, colon, mama (en la menopausia) y riñón. Además de las consecuencias directas y orgánicas de la obesidad, ésta se asocia con discriminación y pobre imagen corporal. Los niños con obesidad en el ambiente escolar se perciben a sí mismos como estudiantes flojos y poco exitosos, enfermos y desadaptados socialmente. Los estudios vinculan la obesidad con baja autoestima, especialmente entre niños y adolescentes, y con un incremento en la frecuencia de padecimientos como la depresión y la bulimia. El estigma social afecta con mayor frecuencia a las mujeres jóvenes.

El sobrepeso y la obesidad como problema económico

El sobrepeso y la obesidad, y los problemas de salud que ocasionan, tienen consecuencias económicas considerables en los sistemas de salud, lo mismo en costos directos (acciones preventivas, consultas, uso de servicios hospitalarios y medicamentos) que en indirectos (pérdida de productividad y muerte prematura).

Estudios realizados por la Secretaría de Salud indican que en México el costo directo estimado que representa la atención médica de las enfermedades atribuibles al sobrepeso y la obesidad se incrementó en 61% en el periodo comprendido entre 2000 y 2008, al pasar de 26 mil 283 millones de pesos a por lo menos 42 mil 246 millones. Estos estudios indican que en 2017 dicho gasto alcanzará los 77 mil 919 millones (en pesos de 2008). El costo estimado para las enfermedades asociadas con la epidemia de sobrepeso y obesidad representó, en 2008, 33.2% del gasto público federal en servicios de salud. El costo indirecto por la pérdida de productividad por muerte prematura a causa de la misma epidemia aumentó de nueve mil 146 millones de pesos en 2000 a 25 mil 099 millones en 2008 (valor presente). Esto implica un crecimiento promedio anual de 13.51%. El costo total del sobrepeso y la obesidad (suma del costo indirecto y directo) ha aumentado (en pesos de 2008) de 35 mil 429 millones de pesos en 2000 a un estimado de 67 mil 345 millones en 2008. Para 2017 el costo total ascendería a 150 mil 860 millones.

Conclusión

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) ha reconocido el creciente impacto de las enfermedades crónicas, y en específico de la obesidad, en la competitividad y productividad de sus países miembros. Dentro de esos países México tiene el segundo lugar en obesidad y mantiene los últimos lugares en indicadores de desarrollo económico. Según la OCDE, las consecuencias de la obesidad a mediano y largo plazos en la planta productiva, y en particular en el mercado laboral, podrían ser un obstáculo importante en el desarrollo del país. En una publicación titulada “Obesidad y la economía de la prevención”, la OCDE ha analizado la efectividad de distintas estrategias para cambiar estilos de vida y reducir impactos. Es interesante que esta organización, que habitualmente no promueve la intervención gubernamental, recomiende la intervención del Estado a través de medidas fiscales.

Ante la epidemia, la Academia Nacional de Medicina y la UNAM 9 han publicado un documento con recomendaciones para orquestar una política de lucha contra la obesidad. Este esfuerzo convocó a distintos expertos y busca posicionar a esa enfermedad como un problema nacional ineludible y uno de los retos más importantes para el actual gobierno. El documento plantea estrategias para atajar la epidemia desde un punto de vista preventivo, con el Estado como actor principal. Las recomendaciones plantean el uso de herramientas regulatorias, legales y fiscales, e incluyen el establecimiento de una política de salud alimentaria que forme parte del Plan Nacional de Desarrollo y adquiera el nivel prioritario que amerita para lograr presupuesto y acciones multisectoriales. Llaman a considerar, también, la aplicación de impuestos al consumo de bebidas azucaradas y subsidios a alimentos saludables; a implementar un sistema de etiquetado frontal de alimentos, y a controlar la publicidad dirigida a los niños. Las recomendaciones más ambiciosas proponen reformas sustanciales a la Ley General de Salud y la Ley Federal del Trabajo.

La implicación más importante del documento es el reconocimiento de que es necesaria una estrategia integral, con un liderazgo gubernamental fuerte, que debe enfocarse a modificar el entorno en que vivimos. El reto es enorme pues significa cambios en patrones de comportamiento muy establecidos, que incluyen múltiples actores y distintas esferas. Sin embargo, el enfoque sobre el entorno y no sobre el individuo puede ser una estrategia para cambiar el rumbo de la población hacia comportamientos más saludables.

En la pasada administración se llevó a cabo el Acuerdo Nacional de Salud Alimentaria (ANSA) como una política pública basada en la mejor evidencia científica, los determinantes sociales de la obesidad y el establecimiento de metas de cumplimento. El acuerdo incluyó 10 objetivos que debían realizarse en forma intersecretarial e intersectorial. México es uno de los pocos países que cuenta con un acuerdo que engloba todas las acciones en una misma política. El ANSA detonó una importante serie de acciones en el sector salud. Sin embargo, en su expresión transectorial, resultó débil y la mayor parte de los puntos acordados no tuvieron el cumplimento establecido (una excepción importante fue el Programa de Acción en el Contexto Escolar que, entre otros cambios, generó los Lineamientos Generales para el Expendio o Distribución de Alimentos y Bebidas en los Establecimientos de Consumo Escolar de los Planteles de Educación Básica). Aunque lo firmaron diferentes dependencias gubernamentales y la propia industria alimentaria, al tratarse de un acuerdo voluntario, sin compromisos jurídicamente establecidos, su cumplimiento quedó a voluntad de las partes. El ANSA no sólo no formó parte del Plan Nacional de Desarrollo, tampoco contó con un mecanismo de evaluación, rendición de cuentas y verificación de cumplimiento.

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La Cruzada contra el Hambre, emprendida por el actual gobierno, es una política pública, una cuestión de justicia social que unifica actores en una misma causa y provee a la administración importantes rendimientos políticos desde el corto plazo. La epidemia de obesidad infantil, de mayor magnitud en términos poblacionales, y con graves consecuencias económicas, sociales y de salud, no genera beneficios políticos de corto plazo y sí provoca enfrentamientos con grupos poderosos del sector privado y ocasiona fracturas en el interior del propio gobierno. ¿Cómo empatar las metas de control de la epidemia del Sector Salud con los objetivos de crecimiento y generación de empleos de la Secretaría de Economía? Esa es la paradoja nutricional que enfrenta el Estado mexicano.

Es claro que la nueva administración acertó al retomar la problemática del hambre como tema prioritario. Estamos aún a tiempo de preguntarnos si tendrá también la visión necesaria para enfrentar el costo político que implica, desde el corto plazo, el control de la obesidad. Si México enfrenta muertes por desnutrición y por obesidad, entonces el problema nutricional debe atacarse desde ambas trincheras. La pregunta es pertinente: ¿Protegerá el nuevo gobierno la salud de los mexicanos? ¿Le dará al ANSA la oportunidad de vincularse como eje transversal del Plan Nacional de Desarrollo para que pueda operar los programas sectoriales correspondientes?

Sofía Charvel Orozco. Profesora del Departamento Académico de Derecho del Instituto Tecnológico Autónomo de México.
Martín Lajous Loaeza. Investigador del Instituto Nacional de Salud Pública.
Mauricio Hernández Ávila. Investigador del Instituto Nacional de Salud Pública.

1 Organización Mundial de la Salud, 10 datos sobre la obesidad http://www.who.int/features/factfiles/obesity/es/index.html (consultado 28 de enero de 2013).
2 Gómez, A., “Cada año, 152 litros de refresco por mexicano”, La Prensa, junio, 2008 http://www.oem.com.mx/laprensa/notas/n752335.htm (consultado 28 de febrero).
3 Gutiérrez, J.P., J. Rivera Dommarco, T. Shamah Levy, S. Villalpando Hernández, A. Franco, L. Cuevas Nasu, M. Romero Martínez, M. Hernández Ávila, Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2012. Resultados Nacionales, Instituto Nacional de Salud Pública, Cuernavaca, México, 2012.
4 Ebbeling, C.B., D.B. Pawlak, D.S., Ludwig Childhood obesity: public-health crisis, common sense cure, Lancet, 2002, 360, pp. 473–82.
5 González-Castell, D., T. González-Cossío, S. Barquera, J.A. Rivera, “Alimentos industrializados en la dieta de los preescolares mexicanos”, Salud Pública de México 49, 2007, pp. 345-356.
6 Hernández, B., S.L. Gortmaker, G.A. Colditz, K.E. Peterson, N.M. Laird, S. Parra-Cabrera, “Association of obesity with physical activity, television programs and other forms of video viewing among children in Mexico City”, Int J Obes Relat Metab Disord 23, 1999, pp. 845-54.
Jennings-Aburto, N., F. Nava, A. Bonvecchio, M.S. Safdie, I. González-Casanova, T. Gust, J. Rivera Dommarco, Physical activity during the school day in public primary schools in Mexico City (Abstract 2nd International Congress on Physical Activity and Public Health), 2007.
7 Prospective Studies Collaboration, Body-mass index and cause-specifi c mortality in 900 000 adults: collaborative analyses of 57 prospective studies, Lancet 373, 2009, pp. 1083-96.
8 Chan, J.M., M.J. Stampfer, E.B. Ribb, et al., “Obesity, fat distribution and weight gain as risk factors for clinical diabetes in man”, Diabetes Care 17, 1994, pp. 961-9.
Colditz, G.A., W.C. Willett, A. Rotnitzky, J.E. Manson, “Weight gain as a risk factor for clinical diabetes mellitus in women”, Ann Intern Med 122, 1995, pp. 481-6.
Hu, F.B., J.E. Manson, M.J. Stampfer, et al., “Diet, lifestyle, and the risk of type 2 diabetes mellitus in women”, N Engl J Med 345, 2001, pp. 730-37.
Must, A., J. Spandano, E.H. Coakley, et al., “The disease burden associated with overweight and obesity”, JAMA 282, 1999, pp. 153-9.
9 Rivera Dommarco, J.A., A. Velasco Bernal, M. Hernández Ávila, C.A. Aguilar Salinas, F. Badillo Ortega y C. Murayama Rendón, Obesidad en México. Recomendaciones para una política de Estado, primera edición, UNAM, 2012.

 

 

Escribir en Cuba

Hay tres preguntas que me hago con cierta frecuencia, y aunque para otras personas algunas de esas interrogantes puedan no tener demasiado o ningún sentido, tratar de encontrarle una respuesta convincente a cada una de ellas es uno de los desafíos que más me obsesiona. Y suelo ser bastante obsesivo.

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La primera pregunta, y quizás la de más fácil y en apariencia obvia respuesta es ¿por qué soy cubano? La posible facilidad con que podría ser contestada, es decir, soy cubano simplemente porque nací en Cuba y he vivido toda mi vida en Cuba, por lo cual sentimental, cultural y humanamente no tengo otra opción que la de ser cubano, se puede complicar con cierto sentimiento de predestinación cósmica, de fatalidad o gracia geográfica (la maldita circunstancia de Virgilio o la Perla de las Antillas desde tiempos de España), razones todas ajenas a mi voluntad o capacidad de decisión. Pero incluso la respuesta podría enrevesarse más si a esa condición natal o incluso escogida, se le añaden los elementos de lo que implica una pertenencia asumida por encima de lo jurídico, y que caería entonces en un territorio donde sí incide el albedrío personal —de cierta importancia en mi caso, pues disfruto del privilegio de tener un segundo pasaporte y una segunda ciudadanía.

Ahora bien, si como ocurre en tantas ocasiones, a esta simple pregunta se le intercala una recurrida y utilísima interjección muy común en el vocabulario de un cubano, y se ubica en un determinado contexto, puede perder toda su simplicidad aparente y convertirse en un desafío histórico o filosófico. ¿No es eso lo que ocurre cuando en lugar de preguntarse “¿por qué soy cubano?”, alguien se pregunta, “¿por qué coño tendría yo que ser cubano?”…?

Hecha y matizada esa pregunta, su pertinencia en mis obsesiones se hace más evidente, pues sin ella y sus posibles respuestas, que pueden estar condicionadas por factores coyunturales, difícil me resultaría empezar a hacerme las otras dos preguntas recurrentes y evidentemente más complicadas: ¿por qué soy un escritor cubano? Y, sobre todo, una que calca y a la vez amplía y modifica el sentido de la anterior con una subordinada: ¿por qué soy un escritor cubano que escribe y vive en Cuba?

Si confieso que para la primera de estas dos últimas preguntas no tengo una respuesta convincente, tal vez no me creerán. Sobre todo porque mucha gente, empezando por mí mismo, no suele creer en esas predestinaciones cósmicas que antes mencioné. Solamente debo advertir que nací y crecí en una casa donde sólo había nueve libros —ocho volúmenes de las Selecciones del Reader’s Digest y una Biblia—, que soy hijo de un masón y una católica a la cubana de los más corrientes y típicos, que crecí en un barrio llamado Mantilla donde todavía se dice “ir a La Habana” cuando alguien se traslada al centro de la ciudad, y que hasta 1980 el nivel escolar más alto alcanzado por alguien de mi familia era el octavo grado al cual habían llegado, a duras penas, mi madre y una tía paterna. Resulta evidente que, con tales antecedentes, con la agravante de que durante los primeros dieciocho años de mi vida lo que más me atrajo y a lo que más tiempo dediqué fue a practicar, ver o pensar en el juego de pelota, y a que entre todas las obligaciones académicas de los estudios medios mi asignatura favorita era la de matemáticas, no veo en mi pasado remoto razón alguna que pueda indicar una vocación, en la edad en que se forjan las vocaciones más profundas.

Fue en la Escuela de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, en un momento mutilada y condenada a ser sólo Escuela de Letras y, de pronto, transfigurada en Facultad de Filología, donde me topé con el deseo de ser escritor, como si no pudiera dejar de hacerlo. Lo interesante es que llegué a ese sitio y encuentro por pura causalidad socialista, pues mi intención de graduado preuniversitario fue la de estudiar periodismo con el sueño de fungir como cronista deportivo. Pero en aquel preciso curso académico no abría la carrera de periodismo, como tampoco la de Historia del Arte, por la que luego intenté decantarme. Ante tanta reorganización de lo que estaba organizado —era el año 1975, la cúspide de la institucionalización del país—, trastabillando tras mi sueño de escribir sobre pelota y limitadas mis libertades de escoger, terminé estudiando Literatura Hispanoamericana, sin imaginar siquiera que aquellas “actualizaciones” universitarias me pondrían en el camino de lo que ha sido mi vida profesional y sentimental, o sea, toda mi vida, pues mientras estudiaba esa carrera sentí por primera vez la posibilidad de soñar, no ya con la crónica deportiva, sino con la práctica de la literatura, y además encontré a la muchacha que, desde entonces, me acompaña en cada acto de mi existencia (aunque debo admitir que a veces lo hace a regañadientes). Por ello, a diferencia de otros pretendientes a escritores o incipientes escritores que comenzaron a levantar la cabeza en la isla por aquellos años finales de la década de 1970 y que se harían más visibles en el decenio siguiente, cuando yo comienzo a sentir las exigencias de la literatura, no tenía la menor conciencia de en qué universo pretendía entrar y, de hecho, estaba entrando.

Justo por aquellos años una de las profesiones más ingratas a las que se pudiera aspirar en Cuba era precisamente la de practicar la literatura, a la cual, sin embargo, se daban entusiastamente tantos habitantes del país que se podía tener la impresión de que éramos el paraíso de los escritores. Porque en la Cuba de 1980 había, además de poetas, narradores y ensayistas a secas, también muchísimos creadores “colectivos” de teatro nuevo, legiones de escritores policiales, de testimonio y de ciencia-ficción, y miles de talleristas, escritores voluntarios y escritores aficionados, todos con sus concursos, premios y publicaciones. Curiosamente aquella superpoblación de nuestra República de las Letras había cuajado justo cuando varias decenas de los más notables escritores cubanos, por causas, sospechas y hasta simples suspicacias de diverso origen, había vivido, como consecuencia de una ortodoxia socialista llevada a los extremos, toda una década de marginación y silencio, en medio de la cual algunos de ellos se encontraron con la muerte y el silencio eterno, sin poder llevarse al otro mundo siquiera la esperanza de una reparación de su obra y vida. Mi desconocimiento o mal conocimiento de aquella historia oscura, de la que se hablaba poco o en voz baja, no me hizo dejar de notar, sin embargo, algo que me pareció alarmante: ¿tan graves habían sido los pecados o deslices de estos escritores cubanos si en aquellos inicios de la década de 1980 se les rehabilitaba silenciosamente, como si lo pasado nunca hubiera pasado y sin que nadie asumiera culpas ni ofreciera disculpas?

Fue en el ambiente más favorable de esos años cuando me hice —o comencé a hacerme— un escritor cubano que vivía en Cuba, y por vía atmosférica, más que por un proceso de racionalización, fui descubriendo cómo debía enfrentar la literatura alguien que pretendiera ser aquello en lo que yo me estaba convirtiendo: un escritor cubano que vive en Cuba. Para comenzar, alguien con tal condición era un compañero que necesariamente debía tener un trabajo (como periodista, asesor literario, profesor, funcionario) y realizar además sus empeños literarios, que se hacían en horas robadas al descanso o al horario laboral; era alguien cuya aspiración máxima radicaba en el hecho de sacar un turno en la cola para publicar sus obras en alguna editorial de la isla, pues el extranjero resultaba algo difuso, lejano, sólo accesible para figuras ya históricas como Alejo Carpentier y Nicolás Guillén, o para autores tan reconocidos como Manuel Cofiño, el representante por excelencia del realismo socialista cubano (o sea, el escritor ejemplar de aquel tiempo), un hombre que se hacía acompañar por un maletín donde siempre cargaba los sobados contratos de las traducciones al ruso, moldavo, rumano, usbeko de sus exitosas, muy promovidas y reeditadas novelas. Y un escritor cubano debía ser, además, un ser social con suficiente conciencia de clase, del momento histórico —no hace falta precisar cuál, pues siempre hemos vivido en un momento histórico— y de la responsabilidad del intelectual en la sociedad, como para escribir sólo lo que se suponía —o le hacían suponer— que debía escribir. En dos palabras: alguien capaz de manejar con tino el arte castrante de la autocensura para evitar el agravio de la censura.

Para un pretendiente a escritor cubano mis destinos laborales de aquella década de 1980 fueron los mejores que hoy pudiera imaginar y, si me hubiera sido posible, escoger —en una época en la que el acto individual de elegir no era práctica frecuente—. Para mi fortuna, mi primer centro de trabajo fue El Caimán Barbudo cuando “El Caimán” se estaba convirtiendo en el centro más activo de las pequeñas (o no tan pequeñas) preocupaciones de los jóvenes escritores de entonces. Así, en “El Caimán” pude hacer mi conocimiento del mundo y las figuras de la literatura cubana de aquel momento y desarrollé un fuerte sentimiento de pertenencia generacional. Allí, mientras trataba de encontrarme a mí mismo, también aprendí que las reglas de juego establecidas en la década de 1970 para el mundo de la cultura seguían funcionando en una especie de extra inning interminable y que cualquier movimiento en falso podía ser considerado un “balk” por los árbitros de la pureza ideológica. Luego, tras mi salida bastante estrepitosa del mensuario cultural (me cantaron un “balk”), fui a trabajar al vespertino Juventud Rebelde, donde se suponía que debía ser reeducado ideológicamente, pero donde en realidad me eduqué literariamente, gracias al conocimiento más íntimo de la historia de mi país, a las muchas horas que pude dedicar a la lectura y a la práctica de un periodismo que me abriría las puertas de una conciencia de lo que iba a ser mi literatura. Pero, sobre todo, porque en esos años conseguí hacer un reconocimiento más maduro de mis expectativas, de mí mismo y de la sociedad en la que vivía —a lo que mucho me ayudó, de manera dolorosa pero rápida y eficiente, el año que pasé en Angola y a lo largo del cual conocí no sólo el miedo (algo muy personal, pero que muchas personas padecimos), sino también la verdadera pobreza material, y las miserias y bondades de los seres humanos, manifestadas en sus estados más consolidados y patentes.

En aquella época, aunque escribí muy poco —sobre todo en la etapa de Juventud Rebelde, cuando fui cariñosa y peligrosamente absorbido por la labor periodística—, junto a otros escritores de mi generación, fui perfilando unos intereses literarios que mucho tenían que ver con nuestras propias experiencias, pero también con una lógica reacción a lo que se había escrito en Cuba, y cómo se había escrito, en los años anteriores, los del terrible decenio negro. Una incipiente conciencia de que la política y la literatura debían tener existencias independientes, de que el hombre y sus dramas pueden o deben ser el centro de la creación artística, y de que mirar críticamente el entorno era una responsabilidad posible para el escritor, fueron moldeando unos intereses colectivos y haciéndose patentes en las obras que, con mayor o menor fortuna artística, creamos y hasta publicamos en esos tiempos, no sin ciertos sobresaltos, aunque en realidad atenuados respecto al pasado inmediato.

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Pero (por la dichosa conjunción cósmica o por una simple necesidad histórico-concreta) sería la década de 1990 la de mi conversión real y definitiva en un escritor, por supuesto que cubano y que viviría en Cuba, con el colofón de llegar a ser, a partir de 1995, un escritor profesional… Sería aquella época, además, y por cierto, la de la caída del Muro de Berlín, el tambaleo y derrumbe de la hermana Unión Soviética, y la de los tiempos más álgidos del Periodo Especial. Si en medio de aquellas catástrofes, que tuvieron efectos tan directos como la falta —entre otras cosas— de electricidad, comida y transporte, además de la paralización de la industria cultural y editorial del país, si en medio de tantas incertidumbres continué siendo un escritor cubano que vivía en Cuba quizás se deba, sobre todo, a que la primera pregunta de las que me obsesionan —es decir, ¿por qué soy cubano?— colocó en las balanzas posibles todo su peso específico a través de un sentido de pertenencia y porque ya era un escritor cubano (a esas alturas ya difícilmente podía ser otra cosa) y mi intención era ser un escritor cubano que escribiera sobre Cuba, con la mayor libertad y sinceridad posibles, un creador empeñado en reflejar los conflictos (al menos algunos de ellos) de mi sociedad y asumiendo los riesgos inherentes a tal empeño. Y, atado a mis pertenencias y para conseguir ese propósito literario, decidí personal, soberana y conscientemente quedarme en Cuba y, a pesar de las carencias e incertidumbres que nos tocaban las puertas a casi todos, y hasta a pesar de mis propios miedos, escribir en Cuba y sobre Cuba.

Fue la práctica de la literatura la que me salvó entonces de la locura y la desesperación a la que me abocaba el medio ambiente. Entre 1990 y 1995, mientras fungía como jefe de redacción de La Gaceta de Cuba y tres veces a la semana hacía en bicicleta el recorrido de treinta kilómetros Mantilla-Vedado-Mantilla, en invierno y en verano, en seca o en lluvia, la escritura se convirtió en mi refugio y escribí en ese periodo tres novelas (Pasado perfecto, Vientos de cuaresma y Máscaras), un libro de cuentos, mi largo ensayo sobre Carpentier y lo real maravilloso, tres o cuatro guiones de cine y hasta organicé dos libros con mi periodismo de los años anteriores y una antología de cuentistas cubanos, El submarino amarillo. Gracias a la literatura viajé a España, México, Colombia, Argentina, Italia, Estados Unidos. Gracias a la literatura y a esos viajes y al pasaporte uruguayo de Daniel Chavarría pude comprarme una computadora y hasta una lavadora y algunas bandejas de picadillo de res en las tiendas donde se expendían productos en divisas, cerradas entonces para los cubanos, pero con un resquicio abierto para los escritores cubanos que vivíamos en Cuba y obteníamos alguna moneda fuerte de nuestras estancias en el extranjero, cuando esa moneda era convenientemente trocada en unos cheques rojizos que nos permitían acceder a aquel privilegio que, aunque no incluía las computadoras, nos salvaba de la inanición y de la cárcel (cuando allá podías terminar por andar por la calle con unos dólares en el bolsillo).

Es hora ya de advertir que, si para hablar de lo que ha sido y, sobre todo, de lo que es la práctica de la literatura en Cuba a estas alturas del siglo XXI, parto de un recuento de caminos forzados por la realidad, avatares sociales y económicos y, al fin, de decisiones personales, se debe a la percepción de que mi relación con el entorno y mi experiencia individual como escritor cubano que ha vivido y vive en la isla, recibió y ha recibido a lo largo de treinta años el peso y la presión de todas las circunstancias por las que ha ido pasando el ejercicio de este arte en el país. Una influencia que, de muchas maneras, ha condicionado mis expectativas y necesidades de creador y de ciudadano perteneciente a una generación muy específica de cubanos: la que nació en la década de 1950, estudió en las universidades durante el crítico periodo de los setenta y entró en la literatura insular, con una tímida ruptura, en los años de 1980. La generación que, en el momento de su madurez y posible eclosión, vio alterado su desarrollo o evolución con la llegada del eufemísticamente bautizado Periodo Especial que marcó la última década del siglo XX y proyectó su espectro hasta este presente de hoy, de ahora mismo, la generación literaria cubana que tal vez con mayor encono recibió los golpes pero también los beneficios —sí, los beneficios— de esos años que el solo hecho de recordarlos da hambre, calor y hasta riesgos de sufrir una polineuritis cegadora que, como una plaga silenciosa, comenzó a invadir la isla.

Porque en medio de aquel caos, locura, lucha por la supervivencia pura y dura que se instauró en el país, mientras escribía como un loco para no volverme loco, algo comenzó a cambiar en la condición del escritor cubano que vivía en Cuba, movida por la presión de esa especie cultural —los escritores— que, por supuesto, ya no era tan abundante como en los días de 1970 y 1980, por varias razones: 1) porque publicar un libro en una editorial nacional o regional se convirtió en algo excepcional y muchos dejaron de intentarlo; 2) porque muchos “escritores” emergidos en los setenta, en verdad no lo eran tanto y se evaporaron; y 3) porque otros muchos de los escritores cubanos que vivían en Cuba cambiaron su condición por la de escritores cubanos que vivían fuera de Cuba o, como se les ha dado en llamar, escritores de la diáspora o el exilio (una relación, lamentablemente desactualizada, aparece en el epílogo al Informe contra mí mismo, del entrañable y ya desaparecido Lichi Diego, alias Eliseo Alberto).

Lo que se movió en el territorio de la creación y específicamente de la literatura cubana fue una suma de circunstancias materiales y espirituales capaces, en su conjunto, de redefinir la situación del escritor que vivía en Cuba y alterar de modo bastante radical el contenido y las intenciones de su obra. Entre esos elementos estuvo la ya mencionada paralización de la industria editorial del país, lo que obligó a los escritores a buscar por el mundo un premio literario que los salvara de la inopia y, a la vez, una vía para estampar sus obras, sin que, por primera vez en tres décadas, aquellas intenciones editoriales se convirtieran en un pecado, punible como todos los pecados. Por supuesto, esta relación diferente con el presunto o al fin encontrado editor extranjero contribuyó a crear una dinámica a su vez diferente, menos prejuiciada, entre el escritor y su obra, pues esta última ya no estaba destinada, al menos en primera instancia, a un editor cubano que podría leerla como un funcionario del Estado cubano y, desde tal perspectiva comprometida y condicionante, admitirla o rechazarla. Pero habría que sumar a estos dos elementos otros de carácter social y espiritual que marcarían la época: el desencanto, el cansancio histórico, la revisión crítica de la sociedad y sus actores a que nos abocaron la crisis y el conocimiento de nuestra y otras realidades, de algunas verdades ni siquiera sospechadas en toda su dimensión y los propios cambios en una sociedad que estaba sufriendo violentas contracciones y dando origen a actitudes y necesidades antes sumergidas o incluso inexistentes… El resultado de todas esas revulsiones fue una literatura que muy pocos, quizás nadie, podía concebir o imaginar en los años anteriores, una literatura de indagación social, de fuerte vocación crítica, incluso en muchas ocasiones de disenso con el discurso oficial, que con su carácter y búsquedas marca los rumbos que ha seguido desde aquellos años finales del siglo XX hasta estos ya no tan iniciales del siglo XXI lo que puede considerarse el mainstream de la literatura cubana. Y en ese rubro incluyo, por supuesto, la que escriben los que viven en Cuba y los que viven fuera de Cuba, la que se publica y distribuye en Cuba y la que se edita fuera de la isla. Una creación que, justo es decirlo, muchas veces consiguió ser estampada y distribuida en Cuba, gracias a una percepción más realista del entorno y de las necesidades de expresión artística por parte de las autoridades culturales del país.

Esa literatura que se comenzó a escribir y publicar en la década de 1990, y de la cual yo participé, se propuso indagar en rincones oscuros o inexplorados de la realidad nacional, mirar críticamente hacia el pasado, bajar a los fondos de la sociedad en que vivíamos, encontrar respuestas a preguntas existenciales, sociales y hasta políticas a las circunstancias que habíamos atravesado y trastocado muchas estructuras de la sociedad, especialmente en el orden ético. Varios de los escritores de ese momento consiguieron el propósito de encontrar casas editoriales fuera de la isla, entidades que publicaron y promovieron su obra, y les confirieron un nuevo sentido de independencia, tanto literaria como económica. En el terreno de lo artístico tal independencia se manifestó en una creación cada vez menos condicionada a lo establecido, más abiertamente crítica incluso, o sencillamente, más personal. En el plano de lo económico permitió la profesionalización de algunos escritores y la posibilidad o cuando menos el anhelo de conseguirlo de muchos otros, una condición impensable hasta la década de 1980 y que, por supuesto, confería otra dosis de independencia al escritor cubano que vivía y escribía en Cuba.

En medio de esa nueva circunstancia nacional, tal vez el mayor error de esta literatura más desenfadada o desencantada o intencionadamente crítica haya sido su falta (o la incapacidad de algunos de sus creadores) de una perspectiva más universal, es decir, menos localista. La insistencia en determinados mundos sociales, personajes representativos, problemáticas específicas y modos expresivos que se tornaron repetitivos, hizo que una parte notable de esta literatura se encallara en lo inmediato, en las tan peculiares peculiaridades cubanas, y creó una retórica que, al pasar el momento de júbilo internacional por esa nueva literatura creada en la isla, en especial la novelística, cortó o dificultó el acceso a las editoriales foráneas (las cuales viven sus propias crisis) de nuevos escritores cubanos que viven en Cuba y escriben sobre Cuba.
Pero sobre esta creación, desde los años finales del siglo pasado y sobre todo en los que corren del presente han gravitado otras condiciones que, a mi juicio, están afectando su desarrollo.

Ante todo está la certeza de que la escritura en Cuba es un acto o vocación de fe, un ejercicio casi místico. En un país donde la publicación, distribución, comercialización y promoción de la literatura funciona de acuerdo a coyunturas por lo general extraartísticas y no comerciales, búsqueda de equilibrios culturales y hasta códigos aleatorios de imposible sistematización, la situación del escritor y su papel se vuelven inestables y difíciles de sostener. Los escritores que sólo publican en Cuba reciben por sus obras unos derechos retribuidos en la cada vez más devaluada moneda nacional —en función de lo que se puede adquirir con ella—, cantidades pagadas muchas veces con relativa independencia de la calidad de su obra o de la aceptación pública que consiga. Estos derechos de autor, por supuesto, hacen casi imposible la opción por la profesionalización de los escritores (lo cual, justo es recordarlo, resulta bastante común en todo el mundo), lo cual puede incidir en la calidad de la obra emprendida. ¿Con qué recursos cuenta un escritor cubano para dedicar, digamos, tres o cuatro años a la escritura de una novela que requiera de ese tiempo de elaboración? Resulta evidente que no puede depender sólo de sus derechos en pesos cubanos y que debe buscar otras alternativas laborales o profesionales con las cuales ganarse la vida o en las cuales desgastarse la vida mientras dedica el tiempo restante a la creación. El estado calamitoso de la novela cubana de los últimos años puede o no tener una relación directa con esta situación existencial y económica (imposible de revertir o al menos de aliviar mientras no cambie toda la “situación económica” o el “momento histórico”), pero su estado de deterioro puede ser visible, por ejemplo, si contamos cuántas obras de este género, el más leído y publicado en el mundo, obtienen los premios anuales de la Crítica Literaria, un rasero subjetivo pero posible para medir las calidades de lo que se difunde a través de las casas editoras del país, o cuántas logran entrar en los circuitos editoriales foráneos más reconocidos y con mayor presencia comercial.

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Otra cuestión que afecta al escritor cubano desde hace décadas, pero que se ha agudizado en los últimos tiempos, es su lamentable desinformación respecto a la literatura que se está creando en otras latitudes. Todos los lectores cubanos, todos los escritores que vivimos en la isla, padecemos de esta desactualización porque, incluso en el caso de los más enterados, siempre su relación con lo que se lee en el mundo resulta aleatoria, dependiente no de sus necesidades sino de sus posibilidades de comprar o encontrarse con determinados autores y obras que, en ningún caso, se publican o distribuyen normalmente en el país. De esta forma, el escritor cubano del siglo XXI que vive en Cuba —donde tiene un precario acceso a internet, o simplemente no lo tiene—, se mueve a bastonazos de ciego por el universo de la literatura de su tiempo, en la cual debe insertarse y con la cual debe compartir el mercado, si logra llegar a abrir alguna puerta de esa instancia tan satanizada pero a la vez tan necesaria, incluso para la creación y la promoción nacional e internacional de la literatura.

No se puede olvidar tampoco que con mucha frecuencia el escritor cubano que vive en Cuba y escribe en Cuba debe además enfrentar una muy deficiente política promocional, entre otras razones por la propia inexistencia de un mercado del libro dentro del país, pero también, entre otros factores, por el ruinoso estado de la crítica literaria doméstica y por la todavía presente, en estos tiempos de cambio de mentalidad y de muchas otras cosas, sospecha política a la que puede verse sometido si su obra no es complaciente con los preceptos de la ortodoxia fundada en aquellos lejanos pero todavía (para algunas mentes) actuantes límites de lo “correcto” o lo “conveniente” patentados en los años 1970. La suma de estos elementos ha creado, en contra de la propia validación de la literatura que se hace en el país, la sensación de que por dos generaciones la isla apenas ha dado —o simplemente no ha dado— escritores de importancia, provocando una falsa imagen de vacío —que hacia dentro de Cuba se potencia con la marginación editorial, todavía sostenida, de la mayoría de los autores de la diáspora.

Aunque no lo deseaba especialmente, para hacer más evidente esta situación de la promoción del escritor, debo volver ahora a la experiencia personal para ejemplificar cómo puede funcionar la realidad antes descrita… Cuando la Casa de las Américas me invitó a ser el escritor que protagonizara la Semana de Autor del año 2012, más aún, el primer escritor cubano al que se le dedicara una Semana de Autor, mi previsible reacción fue de asombro. Como suelo hacer, comencé a preguntarme cosas y la primera cuestión fue: ¿por qué yo y no otros escritores más reconocidos o institucionalizados, figuras que incluso exhiben premios nacionales en sus currículos? Antes de hacerme más preguntas, dije a la dirección de la Casa que sí, por supuesto que sí aceptaba, con mucho orgullo, el honor y reconocimiento a un trabajo que una acción como la Semana de Autor representa, pero a la vez no pude dejar de recordar que un año atrás, cuando la Maison de América Latina de París, el Pen Club francés y la sociedad de amigos de Roger Caillois me entregó el premio que lleva el nombre de ese importante escritor, ningún medio oficial nacional se acercó a mí o promovió, como se promueven otros acontecimientos o acciones, un suceso que me desbordaba como escritor y entrañaba, como es evidente, un reconocimiento para la literatura cubana, sobre todo la que se hace en Cuba por los escritores que vivimos en Cuba. Porque, en la lista de los anteriores galardonados con el premio —ninguno cubano— aparecían los nombres, entre otros, de Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Álvaro Mutis, Adolfo Bioy Casares… y ahora el de un cubano que sigue escribiendo y viviendo en Cuba.

No se puede olvidar, al recorrer la situación actual del escritor cubano que vive en Cuba y anotar algunas de sus tribulaciones y logros, el más esencial de los elementos que, a mi juicio, definen su carácter y, sobre todo, el de su obra. A diferencia de otros países, donde los escritores más notables o activos suelen tener una presencia social o artística gracias al soporte de los medios de mayor circulación o prestigio, el escritor cubano apenas tiene su obra y alguna que otra entrevista como vía para expresar su relación con el mundo, con su realidad, con sus obsesiones. Muchas veces la obra literaria se ve obligada a asumir entonces roles más ambiciosos y complicados de los que normalmente le competen, y funciona —o se le hace funcionar— como instrumento de indagación social y como medio para testimoniar una realidad que, de otra forma, no tendría un reflejo que la fijara y diseccionara. El escritor cubano que vive en Cuba, y día con día enfrenta la realidad del país, con sus cambios, evoluciones, reacciones sociales y sueños personales realizados o frustrados, se ha convertido en uno de los más importantes recolectores de la memoria del presente que tendrá el futuro. Esta responsabilidad añadida a la propia responsabilidad literaria confiere al escritor un compromiso civil que le da una dimensión más trascendente a su trabajo. Escribir sobre Cuba, sobre lo que ha sido y es Cuba y lo que son los cubanos de ayer y de hoy, con la sinceridad y profundidad que merecen esas entidades sociohistóricas y humanas, es tal vez la tarea más compleja y a la vez satisfactoria que puede enfrentar el escritor cubano que vive en esta Cuba del siglo XXI. Porque es un deber con los cubanos y con la nación, con la verdad, la historia y la memoria, porque es su destino, y porque si alguna vez ese escritor se pregunta ¿por qué soy cubano?, ¿por qué soy un escritor cubano? y ¿por qué soy un escritor cubano que vive en Cuba?, también podría cambiar el “por qué” en un “para qué” y quizás encontrar sus propias respuestas. Unas respuestas que incluso podrían estar más cercanas a las predestinaciones cósmicas, pero también al papel social que ha asumido con esa vocación de fe que es la práctica de la literatura en esta Cuba que se adentra, como el resto del mundo al que pertenece, en un inseguro y caótico siglo XXI.

Mantilla, noviembre de 2012

Leonardo Padura.
Escritor. Entre sus libros: El hombre que amaba a los perros, Adiós, Hemingway y La novela de mi vida.

 

Ernesto Elorduy (1876-1913) Un funeral en tranvía

para Zaira

Una fotografía del semanario El Mundo Ilustrado mostraba la singular reunión masculina que se detuvo un momento para posar ante la cámara la tarde del 7 enero de 1913.

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Descrita como “Acompañantes del cadáver del maestro al salir de su casa en San Ángel”, las caras serias y los trajes negros no alcanzan a ocultar lo que habrá sido el inicio de un singular cortejo fúnebre —ni a caballo ni a pie, sino sobre rieles— encabezado por un curioso carromato, un tranvía para catafalcos que la imagen muestra puntualmente detenido ante la Casona del Risco, vieja mansión de San Ángel —hoy frente a la Plaza de San Jacinto— donde Ernesto Elorduy había tenido su casa durante muchos años.

Otra fotografía, tomada al finalizar el trayecto y publicada en el mismo semanario, muestra cómo, del otro lado de la ciudad, el féretro del maestro Elorduy —ya descendido del tranvía fúnebre— fue remontado en hombros, escaleras arriba, por elegantes y uniformados ayudantes, miembros de alguna compañía de pompas fúnebres que trasladaron el ataúd hasta su lugar postrero en el Panteón del Tepeyac. Necesariamente el tranvía hizo del Zócalo una parada intermedia y obligada entre San Ángel y el guadalupano cerro y quizá más de uno entre los que acompañaron al cortejo habrá recordado que ahí, en la plaza más importante del país, había vivido Elorduy su gran momento de fama histórica cuando dirigió su marcha La Campana de la Independencia con motivo de la colocación del Esquilón de San José en el balcón central del Palacio Nacional en 1876. Pero si aquel día había sido de fiesta y patriotismo, con el cielo surcado por mil palomas ataviadas de lazos tricolores, el paso por el Zócalo del cortejo fúnebre no podía ser más contrastado. Y no era un discreto cortejo, puesto que Elorduy había sido admirado y querido, amén que los periódicos habían esparcido la noticia del cortejo e incluso habían publicado una noticia particular a petición de los deudos:

Por encargo especial de la familia, participamos que por la premura del tiempo no ha sido fácil el reparto de esquelas; pero los amigos del extinto, así como las personas que deseen tributar al distinguido desaparecido sus últimos homenajes, pueden agregarse al cortejo el cual, repetimos, saldrá a las tres y media de la tarde, de la casa mortuoria, sita en la calle del Ferrocarril, número 1, de San Ángel.1

En efecto, la muerte de Ernesto Elorduy fue ampliamente cubierta en diversos diarios de la ciudad de México. Los detalles de su muerte —que si exhaló a las diez y media de la noche, que si había estado enfermo por algunas semanas, que si la mejoría de los últimos días no hacía temer el fatal desenlace— también fueron diseminados entre las páginas de El Imparcial, El Diario, El Mundo Ilustrado, Nueva Era y algunos más. Pero lo verdaderamente notable de estas crónicas no estriba tanto en los detalles del sepelio ni en los intrascendentes y morbosos detalles de las últimas horas del músico, como en la emoción desbordada, y en ocasiones confusa o contradictoria, de sus prosas. Por ejemplo, el anónimo cronista de El Imparcial dio a su prosa el tono fúnebre de rigor, pero no resistió la tentación de ofrecer algunos detalles chuscos a propósito del recién fallecido, apenas acontecidos el día anterior:

Su médico de cabecera, buscando el sitio para administrar algún tónico por la vía hipodérmica decía a Elorduy:
—Maestro; voy a ponerle una inyección… pero no sé en qué región…
La respuesta partió ágil:
—Pues en una región que no esté invadida… ¡por el zapatismo!

El recuerdo de algún momento de hilaridad suele asomarse al diálogo de quienes guardan luto, y en esos casos la narración de tal o cual chiste no es sino el preámbulo de una confesión más amplia, entrañable y no siempre fácil de comunicar:

Así moría, así vivió, siempre jovial e irónico y regocijado, a tal punto que en estos mismos instantes de sincero duelo y de íntima tristeza, no llega uno a imaginarse cómo se habrá podido serenar en la muerte aquel rostro siempre movido por una gesticulación aristofanesca, y cuando con todo lo que tiene de irreparable, se medita en que ha muerto el maestro Elorduy; parece oírse en el silencio de mi pésame, su jacarandosa carcajada.2

Que tales confesiones luctuosas se asomen a las páginas de algún diario ya resulta extraordinario. Pero que quien así se siente sea José Juan Tablada añade lustre al lenguaje de la crónica y a la emoción profunda que denotan esas líneas. Pero en aquel momento de hace cien años, Tablada no fue el único que llevó a la prensa su sentir, contradictorio y apesadumbrado. Al menos otro de sus amigos —¿Rubén M. Campos o Luis G. Urbina?, porque la nota no porta firma— hizo lo mismo que Tablada desde El Imparcial y antes de ceder la voz al repórter del Diario, dio larga e irrefrenable rienda al sentir del triste momento:

Con la noticia van a llorar muchas mujeres y algunos hombres de la república. Es esta: murió el maestro Elorduy…

Como veis no es la nota declamatoria de la desaparición de un prócer, ni una culminante de “Sociales y Personales”; es algo que duele y hace sentir como pena y dolor de una familia común.

Ernesto Elorduy, llamado por buen y merecido nombre “el maestro” fue —hay que usar el tiempo fatal del verbo— una de esas floraciones de fuego cerebral que arden con el aceite del genio en nuestra patria y que por un exceso de oxigenación consumen rápidamente, iluminando una pequeña estancia de mediocridad.

Fue, en una época en que imperaba el gusto por las vulgaridades y los rastacuerismos románticos, un iluminado espíritu de selección, que, aprovechando los elementos vulgares y siempre bellos de nuestro sentimiento, los ennobleció con la magia lujuriosa de su arte original, cálido y sensitivo, que no por ser derivado de un ritmo oriental, deja de ser étnica y cordialmente nuestro; como los ojos de nuestras criollas fogosas y el afinado tipo de las tapatías, exquisitos especímenes de una raza que viene de oriente como los Reyes Magos y el sol.

Fue un selecto en medio de la vulgaridad que siempre lo rodeó, como un divino payaso trágico. La oriental perla de su arte, inconfundible entre tantas bárbaras imitaciones mercantiles, brillaba a pesar de las babas de esos moluscos de nuestro provincionalismo metropolitano que glutinosas se pegan y deslizan para opacar sin lucir.

Dotado de una maravillosa facultad de ensueño musical, con el armazón de la romanza, la zarzuela, el vals, el lied, la danza y todos esos generadores de la emoción vulgar, supo fabricar originales y bellas obras de arte, que perdurarán como cimientos, en la arquitectura regional de nuestro primero y definitivo cielo musical.

Era un niño con rostro de abuelo. Para el fugaz observador, un viejecito de leyenda de esos cuya alma va transparentada en el rostro. Para el círculo perjudicial de sus amigos, un “Ernesto” que decía “chistes”, flores de gracia e ingenio en las que fue obligado a dar el perfume de sus nobilísimas facultades. Para las reuniones de bohemios trasnochados, un obligado ejecutante de Alma y Corazón —esas maravillas de sentimiento y soberbia inspiración que serán en muchos años el símbolo distinto y único de nuestro sentimiento musical—. Para los espíritus cultos el punto de una interrogación y el trozo de una signo admirativo. Para el arte, un digno sacerdote.

Pasó por la vida como una flor de los países tropicales —esas que mueren pronto—. Pasó por el “bar” como una mariposa por una reunión de vulgares beodos —no se fijaron ni en el polvo de oro de sus alas.

No era un adicto al protocolo social. Su temperamento nervioso y demasiado fosforescente lo hizo apartarse de ciertos regímenes puritanos. Un enorme desencanto y una profunda visión de un arte soñado, lo obligó a prodigar las margaritas de su tesoro, entre cantos de ruiseñor, sátiras de trágico y lágrimas de hombre.

Pero si la muerte me obliga a decir lo que fue, preciso es decir ahora lo que es y que perdurará más allá del recuerdo.

Es el único rapsoda de nuestro noble arte popular. Es el antro de Zulema, su joya más valiosa; de Alma y Corazón, Liedchen, Suspiros, Nebulosa, Ensueño, Barcarola, Tropicales, Tardes de otoño, Canción árabe, Toujours… una parvada de aves del paraíso, que cantaban más que un alma enamorada.

Ahora va a decir el repórter la noticia periodística de su muerte.3

Tablada, Campos, Francisco Gándara y varias plumas más dieron cuenta del luto que la muerte de Ernesto Elorduy produjo en el ambiente artístico de México. Cuesta trabajo imaginar que aquel cortejo fúnebre haya podido transitar con pompa y circunstancia en medio de los difíciles días que el país vivía por entonces, pero lo verdaderamente sorprendente salta entre las líneas citadas: la convicción respecto a la valía del músico, la duda inexistente respecto a la trascendencia de su arte, la fuerza con que su música se lee como símbolo e imagen de su época. En estas crónicas —bellamente culminadas por el “Ditirambo fúnebre” de José Juan Tablada— se deja escuchar un clamor único y común que subraya las virtudes del fallecido, pero sobre todo que ensalza el mérito de su música, como si sus respectivos autores quisieran gritar a la posteridad que esa fue la música que los identificó plenamente, que les hizo sentir tantas cosas y que desencadenó sus metáforas como ninguna otra. Si, en efecto, las metáforas constituyen una forma privilegiada de transmisión del conocimiento, las esparcidas a la muerte de Elorduy invitan y apremian a ser descifradas. En ellas sus contemporáneos quisieron dejar el testimonio de su sentir respecto a una música subyugante y cautivadora. “El alma de la música de Elorduy —dijo Campos— es tan nuestra, que no hay un mexicano que no la comprenda, y siendo tan sencilla es tan exquisita, que no hay un artista que no la elogie”.4 La frase parece ser puntualmente exacta pues ese particular sentimiento respecto a la música de Elorduy quedó capturado por diversas plumas de la época y estuvo acompañado por un éxito sin precedentes que hizo de la voz del compositor una de las más conocidas, invocadas y aplaudidas del México porfiriano.

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Ágil, escurridiza, inolvidable por la distracción de su aura jocosa y sus facciones aristofanescas, la figura de Ernesto Elorduy se disuelve inalcanzable entre los delgados hilos que algunos de sus amigos y contemporáneos entretejieron a partir de quién sabe cuáles fuentes o informaciones. No es una paradoja casual que de la vida de Elorduy se guarde registro puntual de sus actividades mientras ejerció de burócrata, en su calidad de canciller del Ministerio de Asuntos Exteriores: como tal vivió en Santander, en Barcelona y, a regañadientes, en Marsella. Pero antes y después de tal interludio, cuando se fraguó su vocación musical y cuando su producción afloró en las pautas, su vida es apenas un boceto que se desdibuja, y aun durante aquellos años de servicio diplomático, cuando la figura de Elorduy abandonó el despacho, fue para perderse inmediatamente tras la bruma de una historia personal difícilmente recuperable. En cambio, muchos de sus ilustres contemporáneos encontraron necesario dejar un testimonio escrito no de la vida, sino de la singular y arrolladora personalidad del músico: de sus andanzas bohemias, de su chispeante conversación, de sus ocurrencias. Sorprende la vehemencia y el calor de tales recuerdos, y es común a todos ellos el afán de plasmar, para las generaciones futuras, la cálida personalidad del músico de estatura de gnomo y cuyas travesuras de duende corrieron de corrillo en corrillo. Si los testimonios de los contemporáneos de Elorduy son ciertos, nuestra vida es desgraciada: no le conocimos.

Pero nos queda lo mejor, su música subyugadora, emotiva, delicada, en la cual el embeleso de sus sonidos se torna desconcertante cuando el escrutinio de sus partituras revela una música sin complicaciones ni alardes técnicos o armónicos; en cambio su escritura se distingue por la aparición repentina de ciertos contrapuntos que en Elorduy fueron una intimación; una revelación de las emociones del fondo intangible que esconde la superficie de sus melodías y ritmos cadenciosos. Ya un verso empleado por Elorduy a guisa de epígrafe para su pieza Soñadora, describe con exactitud lo que esta música nos causa:

Se siente; pero no se puede definir…
Aletarga a la vez que despierta el alma.
Al escucharla, enmudece de felicidad
El corazón más insensible.

Anselmo Alfaro tuvo la fortuna de escuchar a Elorduy interpretar Soñadora en el histórico recital que nuestro homenajeado ofreció en 1896 donde irrumpió con su presencia y obra en el horizonte musical de México. Elorduy, nos cuenta Alfaro,

cierra sus ojos, y al dormir, éntrase su espíritu por puertas que sólo él conoce, a misteriosas salas. Lo conduce un mago de la mano; se acerca a una puerta de cristal, la que cede al impulso de su acompañante, y sin que el dormido sepa dónde se halla, le hace abrir los cerrados ojos, y ante aquel deslumbramiento de arte, de encantos y de amor, ante aquel círculo que lo rodea, formado de mujeres con almas de ángeles, o de ángeles con cuerpos de mujer, siente la vida, el palpitante beso refrescando la pensadora frente, mira el cielo al través de los ojos que más lo contemplan, que más lo quieren, que más lo acarician, siente la dicha de los labios granadinos que más le sonríen, que más le prometen; y cree en la que más virtud derrama como perfume delicado al pasar junto a él. Y enloquecido de amor, hace que brote de su alma Soñadora, el más apasionado de sus cantos, el delicioso acento de su alma.5

La música de Elorduy se multiplicó en varias decenas de piezas para piano. Alma y Corazón fueron el par de danzas de su autoría que se volvieron emblemáticas del ocaso porfiriano y esa música, mejor que cualquier otra, captura la nostalgia y el sentir de aquella época. Zulema, la “zarzuela oriental” con libreto de Rubén M. Campos, es parte nodal de su legado y en ella, como en el resto de su música, los conceptos y categorías de nuestro tiempo parecen caminar al filo de la navaja: la música de Elorduy posee lo mínimo necesario para que la coloquemos al lado de la de otros contemporáneos famosos, como Ricardo Castro, y que incluso podamos tender hilos desde su música hasta las pautas de Chopin o Schumann. Pero en cuanto a su popularidad y al sentir cálido e inmediato de sus danzas, la música de Elorduy pudiera decirse casi popular: vendió todas las partituras que quiso, no hubo señorita porfiriana que no copiase a mano alguna de sus piezas e incluso —singular testimonio de fama y éxito— sus obras fueron reproducidas, ilegalmente, en países como Chile o Argentina. Desde los tiempos londinenses de Händel se da por sentado que no hay gran música sin su dosis de piratería; pero que ello le haya pasado a un porfiriano amante de las tertulias y de beber con sus amigos, cuando no había tanta tecnología de por medio, deviene en un amargo pero elocuente testimonio de éxito, en prueba fehaciente de cómo la música de Ernesto Elorduy fue adoptada por muchos como la expresión sonora y decantada de aquellos tiempos.
Entre las voces que lloraron a Elorduy hace cien años, la de Tablada resulta insuperable y el ditirambo fúnebre que el poeta escribió nos resume el sentir de aquellos, sus amigos y seres queridos, pero también el de nosotros, afortunados portadores del obsequio de su música:

Nunca Elorduy se quejó de una vida que indudablemente fue injusta con él. Aceptó su sino. Hay que tejer en el telar que el destino nos ha puesto en frente, y para el músico lleno de apasionada fantasía, el telar fue su noble y armonioso piano. Allí tejió esos brocados que nos deslumbran, esas opulentas cachemiras, esos chales de oriente en que se ha arrebujado el frío de tantas almas, que para la virgen fueron el púdico manto de Julieta y para la pobre y ojerosa pecadora el coruscante zaimf de Salambó.
Allí, inclinado sobre ese telar, hizo su tarea el armonioso y opulento tejedor.

Ernesto Elorduy comprendió la vida como el divino poeta de los Rubays, Omar Kayam, y el tejedor oriental fue también un “muezín” que subiendo al minarete de su vida, de cara al Sol de la Alegría, lanzó todas las mañanas su plegaria.

Como Omar Kayam, redujo al hombre a la imagen esencial de un frasco de arcilla lleno de vino milagroso.

Tan justa, tan cierta, la lírica imagen, que del tejedor de los brocados musicales, del vigilante “muezín” de las jubilosas madrugadas, rompióse la frágil arcilla corporal y perdura el vino, la esencia cordial y suprema, el alma, su música dispersa que aun seguirá mostrándonos la vida en el éxtasis radioso de una engañadora, pero divina ebriedad.

Ricardo Miranda. Musicólogo, pianista. Entre sus libros: El sonido de lo propio. José Rolón; Manuel M. Ponce. Ensayo sobre su vida y obra; Ecos, alientos y sonidos. Ensayos sobre música mexicana.

1 “Anoche falleció el popular maestro Elorduy”, Nueva Era, 7 de enero de 1913.
2 “Anoche murió el maestro Elorduy”, El Imparcial, 7 de enero de 1913 (nota sin firma), Archivo Ernesto Elorduy.
3 Rubén M. Campos (atrib.), “Murió ayer el Mtro. Elorduy. El arte nacional de duelo”, nota periodística de autor y fuente no identificados, 7 de enero de 1913 (Archivo Ernesto Elorduy). Para atribuir la nota a Campos invoco la alusión a “El bar” —novela homónima del escritor guanajuatense— lo mismo que la frase “no se fijaron ni el polvo de oro de sus alas”, misma que se transmuta en “al tratar de asir su música por las alas deslumbrantes, se queda el polvo de oro entre los dedos” en otra prosa firmada por Campos a propósito de Elorduy (Rubén M. Campos, “Máscaras musicales. Ernesto Elorduy”, en Revista Musical de México, t.1., núm 5, 15 de septiembre de 1919, pp. 13-14).
4 Rubén M. Campos, “Máscaras musicales. Ernesto Elorduy”… p. 14.
5 Anselmo Alfaro, “Un músico. Ernesto Elorduy”, El Nacional, 13 de julio de 1895.

 

Rubén Bonifaz Nuño: Abecedario del poeta

Anguiano, Raúl. Hubo un tiempo en que quise ser pintor. Fui a La Esmeralda, me inscribí a las clases de Anguiano y Benito Messeguer. Cierto día nos dejaron un trabajo y vi a dos muchachos de 18 años que dibujaban mejor que yo. Entonces comprendí que en realidad no tenía ningún talento como pintor y me dediqué al estudio de las letras clásicas.

Bonifaz

Bonifaz Rojas, Rubén. Era mi padre. Fue telegrafista, originario de San Cristóbal de las Casas, Chiapas.
Coatlicue. Es una pieza fundamental para entender a nuestros antepasados. La Coatlicue es la representación de la materia condensada en la infinitud de la masa y la temperatura, a fin de obligarla a explotar y crear el universo. Es una especie de representación de la materia en el momento del Big Bang, de la gran explosión universal. No es una madre ni una diosa: es una fuerza, una energía a punto de desbordarse para crear el universo. Los indios adoraban a la Coatlicue y los españoles la enterraron de nuevo; por eso cualquier manuscrito que la mencione está alterado. La verdad está en las piedras y en los textos que coinciden con ellas.

China. Cuando un amigo o familiar se iba de viaje, siempre les pedía un caleidoscopio. Tengo centenas, son baratos y hay en todo el mundo. Uno de mis favoritos es de China. Colecciono caleidoscopios porque nunca la imagen es igual, siempre observo composiciones diferentes. Y eso enriquece un poco la vida, es semejante a ella; la vida puede mostrar fenómenos que son totalmente desconocidos e inesperados. La vida llega porque sí, un poco como las imágenes variantes de un caleidoscopio.

Díaz, Porfirio. Mi madre, Sara Nuño Scott, fue partidaria de Porfirio Díaz, pero después ya no. Cuando Francisco Villa era enemigo del gobierno constituido, decidió unirse a las fuerzas villistas para combatir a Carranza, tuvo el grado de coronela. Con orgullo se unió a la División del Norte.

Español. He traducido obras de Lucrecio, Catulo, Propercio, Julio César, Píndaro, Horacio, Virgilio y Ovidio, entre otros. Esto se debe a la necesidad de tener versiones propias; el español de México es muy distinto y superior al que se habla en España. En los últimos veinte años han aparecido en España versiones de La Ilíada escritas con modismos y torpezas de sintaxis.

Fe. A veces la pierdo, pero luego la recupero.

Grecia y Roma. Me dieron el sentido del orden y de la importancia del idioma. Puede pensarse que los griegos, que crearon tantas cosas, han sido superados en casi todas ellas, pero no en el dominio y el cultivo de la palabra.

Homero.
Autor de La Ilíada. En el prólogo a la traducción que hice explico la necesidad que hay en todo momento de defender lo que los mexicanos consideramos como patria, tomando en cuenta el modelo de Héctor, personaje troyano.

Ilíada. Una obra deslumbrante. Me llevó varios años su traducción. Existen más de diez versiones de esta obra, yo traté de hacer algo apegado a la escritura, seguí fielmente cada palabra, intenté conservar el orden.

Julio César. Poeta que siempre he admirado. Me hubiera gustado seguir sus pasos y conquistar las Galias.

Kilos. Los que he perdido.

Lucía Méndez. Una musa, una mujer maravillosamente bella, por eso le hice una pulsera de versos.

Muerte. Cada vez la veo más cerca. Si me río de ella y la albureo no quiere decir que no le tema. Aquí está, sentada junto a mí. Es una compañía desagradable, se burla constantemente de mí. Siento como si me dijera: “Ahorita te dejo vivo, te voy a arrancar una oreja, y esa oreja ya va a estar muerta por mucho que te pongas un audífono”. La muerte nos va ganando parte por parte a cada uno de nosotros, aprovecha el tiempo, las enfermedades, los accidentes, cualquier cosa. La muerte siempre está junto a nosotros tratando de acabarnos. Por lo pronto, la muerte ya me quitó los ojos.

Norte. Mi madre nació en el norte, en Mazatlán, Sinaloa.

Oídos. La poesía se escribe principalmente para los oídos. Uno como poeta debe buscar ritmos nuevos, métricas, novedades en nuestra lengua. Por ejemplo, versos acentuados en la quinta sílaba que no son comunes, combinaciones raras como de diez o nueve sílabas.

Padres. De mis padres heredé mi necesidad de defender a México.

Que la criatura más perfecta por dentro y por fuera es la mujer, es cierto. Es el ser que cuenta con valores y virtudes más puros, más defendibles.

Rider Haggard. Me gustan sus libros de aventuras que he disfrutado toda mi vida. Hace tiempo que perdí la vista y una de mis secretarias, Paloma Guardia, lee en voz alta La esposa de Allan, de Rider Haggard. Conozco esas historias desde la infancia y me hace sentir un poco heroico al participar de los hechos, al recordar a los personajes.

Sirenas. Siempre he sentido atracción por el canto de las mujeres, como si fueran sirenas. En la antigüedad, las sirenas tenían la virtud de atraer a los hombres con su canto; y cuando ellos acudían a ellas, se los devoraban. A mí me sucede que, cuando escucho el canto de las sirenas, no las encuentro: en vez de comerme, me huyen, parece que están a dieta.

Traductor. Creo que mis versos son lo menos importante de lo que he escrito, no soy nadie para juzgar mi poesía. Las traducciones y los ensayos son de mayor utilidad. Al traducir a los clásicos y con las investigaciones sobre los antiguos mexicanos, he desquitado el sueldo que me paga la UNAM.

Universidad Nacional Autónoma de México. Mi segunda casa por más de cincuenta años. He sido profesor, investigador, editor y funcionario. Desde 1954 formo parte de la comunidad universitaria.

Violencia. Es un hecho totalmente absurdo. El ser humano se destruye a sí mismo, ése es el origen también del narcotráfico.

Xalapa. Una ciudad que visitaba en mi infancia. Nací en Córdova, Veracruz, en 1923.

Y… la poesía es la única manifestación libre que hay en la vida.

Zapatos. Nunca me ha gustado usar tenis.

Mary Carmen Sánchez Ambriz. Periodista cultural, ensayista y editora freelance.

 

Detlef y Felicitas

Detlaf

Gretel Adorno-Walter Benjamin,
Correspondencia 1930-1940 (traducción, prólogo y notas de Mariana Dimópulos),
Eterna Cadencia Editora,
Buenos Aires, 2011, 464 pp.

En un siglo como el nuestro, condicionado por la inmediatez en las comunicaciones, donde las variantes del chat, el e-mail y los mensajes por celular han desembocado en un nuevo género de lo instantáneo, la lectura de esta intensa correspondencia escrita mientras se disponía tras bambalinas la escenografía del terror nazi, pone al descubierto todo lo que se ha perdido y lo que se ha ganado a raíz de estos cambios. La posibilidad actual de confirmar una respuesta al instante cobra valor proyectada sobre aquel contexto en el que sólo un segundo hubiera podido hacer una diferencia para alcanzar (quizás a tiempo, quizás tampoco a tiempo) a quien no encontró las fuerzas para esperar antes de dar un paso hacia afuera de su vida. Pero esto es sólo una elucubración. Lo que sí resulta evidente es que hoy no quedan rastros de un medio de expresión tan refinado como éste, en el que estuvo depositada la posibilidad de sostener una intimidad a distancia, ya que el género epistolar aun practicado sin pretensiones literarias, difícilmente podría verse sustituido por los modos escuetos que adoptamos en la actualidad a través de los dispositivos que usamos para mantenernos en contacto con nuestros seres queridos.

Leer estas cartas es descubrir con tristeza que todo un mundo se ha hundido llevándose consigo irremediablemente una de sus manifestaciones más ricas, pues gracias a ellas se nos abre la posibilidad de conocer a Walter Benjamin colocado de improviso en un ángulo que puede llegar a resultar incluso intimidante. Sólo el interés que ha despertado su obra justifica quizás esta ventana por la que de pronto podemos observarlo sin su permiso. El valor de este epistolario para un lector acostumbrado a la lectura de otros (como el que Walter Benjamin mantuvo con Gershom Scholem, con quien además de una estrecha amistad sostuvo un minucioso intercambio intelectual) es diferente, porque en esta ocasión se trata no sólo de una mujer, sino de la que será la esposa de su colega y también amigo Theodor W. Adorno: Gretel Karplus, una judía alemana, química de profesión e hija de un fabricante de cueros (que mantenía estrechas relaciones con la empresa de la familia de Adorno). Gretel tendrá a su cargo una fábrica de guantes de cuero y hacia comienzos de 1938, ya casada con Adorno, emigrará a Estados Unidos. Desde allí llegará a jugar un papel relevante como secretaria de Horkheimer en la sede del Instituto para la Investigación Social en Nueva York. Será una de las primeras en transcribir los manuscritos de la Obra de los pasajes.

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El comienzo de la historia de esta amistad, que registran algunas postales de viajes incluidas en esta edición, coincide con la fecha de la correspondencia que el filósofo mantuvo con Adorno. No obstante, la relación epistolar entre Gretel y Benjamin comenzará propiamente en 1933, cuando éste abandone Alemania (tras la ola de violencia desatada por el triunfo de Hitler), una partida que su amiga lo impulsó a realizar, tal como lo dejará saber en una de las cartas. El ciclo culminará en 1940, tras siete años de intercambios ininterrumpidos, cuando Benjamin abandone París buscando ponerse a salvo de la Gestapo. Antes de partir le escribirá: “Debemos procurar poner lo mejor de nosotros en las cartas, ya que nada indica que el momento de nuestro reencuentro esté cerca. / Tu viejo y también envejecido Detlef”. Poco después se interrumpirá el diálogo.

El periodo que abarca este ir y venir de cartas es el más delicado en la vida del filósofo y lo retratará en su progresiva marginación por dentro y por fuera, es decir, a partir de la “simultaneidad casi matemática” que él mismo percibiera en las sucesivas puertas que comenzaron a cerrársele hasta expulsarlo de su país, y a través de la escalada en espiral de obstáculos contra los que tuvo que resistir para poder sobrevivir a la inminente destrucción de su entorno. El hecho de que la corresponsal de Benjamin haya permanecido por varios años más en el interior de Alemania (mientras él gravitaba en el destierro) nos permite perfilar todavía con mayor claridad el escenario del nazismo y enfocar de cerca algunas de las repercusiones que las medidas antisemitas tuvieron en la vida de los judíos alemanes. Y en ese sentido este epistolario difiere de otros, pues deja escapar una visión de contrapunto privilegiada que probablemente ninguna otra correspondencia iguale (pues casi todos los interlocutores de Benjamin estarían en el exilio a la hora de escribirle, y el mismo Adorno viajaba constantemente entrando y saliendo de Alemania para librar la situación que también a él lo acabaría empujando a partir definitivamente al extranjero). La figura de Gretel encarnará, por tanto, la postura de la propia resistencia de los judíos alemanes a dar crédito de su exclusión repentina de la sociedad. Como muchos de ellos —que estaban completamente asimilados—, ella pasará de la sorpresa a la negación y de la alienación al autoengaño. Le pedirá permiso a Benjamin para convertirse al catolicismo, delatando una ignorancia de su propia realidad que era más bien ingenuidad (perfectamente sustentada por otra parte, por el régimen que había calculado cada paso, incluido el de negarle esa salida a quien la pretendiera). Y si no fuera porque Gretel se mantenía al margen porque no se desempeñaba aún como intelectual, probablemente tampoco hubiera podido permanecer para entonces en Berlín. La fuga de cerebros a la que se sumó Benjamin tuvo que ver con políticas de exclusión y persecución que condujeron forzosamente al exilio y que afectó por igual a los opositores del régimen convertidos en enemigos del Estado (Brecht acabará escapándose un día antes de que lo apresaran, le contará Benjamin a Scholem). De tal modo que estas cartas ilustran en su música de fondo la obertura de inicio de un escalonado réquiem. El telón se abrirá para mostrar poco después a Walter Benjamin en su primera estancia larga en la isla de Ibiza, y lo seguirá mientras cambia de domicilio de manera intermitente a lo largo de esos años. El exilio sobrellevado desde la ciudad de París tendrá interrupciones, como las estancias de Benjamin en San Remo con la que fuera su esposa y madre de su hijo, con Brecht en Dinamarca y, en medio de eso, un par de encuentros fugaces a mitad del camino con Gretel (a uno de los cuales se sumará Adorno).

Pero estos intervalos no conseguirán alterar la imagen de esa vida llevada en espacios que no se prestaban —salvo contadas excepciones— a la apropiación necesaria, la mínima indispensable para sentirse en casa: hoteles de paso, habitaciones alquiladas con muchas dificultades o prestadas por un tiempo, casas ajenas en esa y en otras ciudades. Muchos de los estudios más importantes de Walter Benjamin se escribieron en esas circunstancias, rodeado de moscas en Ibiza o sin poder salir de la cama por el frío en París, quejándose de que la Bibliothèque Nationale se cerrara a las seis de la tarde, y que tuviera que enfrentarse a ciertas horas de soledad.

En los comienzos de su exilio, en que todavía parecían unas vacaciones que algún día habrían de terminar, Benjamin incluirá en sus cartas el relato de sus incursiones con el nieto de Gauguin por las islas Baleares, para aprender a pescar langostas; sus experimentos con las drogas acompañado de Jean Selz, y todavía le importará fumar buenos cigarros y tomar una copa de anís para dar asimismo una impresión más relajada que no causara demasiada preocupación en su amiga que advertía con claridad “la psicosis del aislamiento” que lo aquejaba. Pero al cierre de este ciclo, tras siete años de incesantes cambios de lugar, en una atmósfera que daba muestras claras del cotidiano avance del fascismo, el deterioro de su situación se reflejará también en su salud, y la insuficiencia cardíaca que lo afectara, será quizás sólo un reflejo del aire irrespirable de esa Europa que él mismo describirá como “un continente que se derrumba”.

Las cartas entre Gretel y Benjamin ilustrarán la vida cotidiana de cada uno de ellos, o más bien el intento de tener una vida que fuera cotidiana, en medio de una situación anormal. Nos mostrarán a un filósofo sin sus libros pidiéndole a su amiga en cada ocasión el envío de alguno que le fuera fundamental, y a una mujer consagrada al máximo en ayudarle a la conservación de sus archivos. Gretel comenzará extrayendo ejemplares de la biblioteca (aún sin desmantelarse) del domicilio que Benjamin dejara puesto antes de partir,1 para luego resguardarlos en su propia casa hasta que llegara la necesidad de venderlos. Todo esto tomó unos cuantos años de intercambio de opiniones y toma de decisiones respecto al destino de los libros. En todo momento Gretel demostró una extrema receptividad hacia las necesidades más urgentes de Benjamin, aquellas que le permitieran seguir manteniendo viva la llama de su mundo espiritual y hasta físico (olores, comidas, sabores). Pero además tuvo clara conciencia de la situación en la que se hallaba su amigo y lo apoyó en momentos decisivos con puntuales envíos de dinero, que se mencionan en las cartas como “el papelito rosa” o el “envío rosado”, de los que dependía el sustento de Benjamin in extremis.

La naturaleza femenina de la destinataria aportará al diálogo una apertura distinta por parte del escritor, que se traducirá en una complicidad tan intensa que por momentos logrará despertar suspicacias, pues ni la propia lealtad de los dos hacia la persona de Adorno, a la que ambos estaban estrechamente vinculados, parecía hacer peligrar. Este vínculo tan especial se reflejará en la elección que cada uno hiciera de escribirle al otro usando apodos que les permitían mantener en la clandestinidad sus respectivas identidades (una práctica que acabará siendo indispensable para protegerse de la censura y del espionaje y que los llevará a referirse en clave respecto a otros). Esto les dará la oportunidad de explorar una parte de su ser bajo la forma de un nombre nuevo. Mientras que Walter Benjamin firmó sus cartas usando el seudónimo de Detlef (que llegó a emplear también en varios de sus escritos), Gretel Karplus usó el nombre de Felicitas, un personaje femenino que pertenecía a la obra de teatro de Wilhelm Speyer, dramaturgo alemán con quien Benjamin trabajó, y que se titulaba Un abrigo, un sombrero, un guante.2 Como la novia de Adorno tenía a su cargo un negocio de guantes de cuero, surgió esta libre asociación con el nombre del personaje. Lo que comenzó siendo una improvisada ejecución de apelativos fue cobrando con el tiempo su propia autonomía, que demostraría ante ellos mismos tener sentido. Pues Gretel Karplus y Walter Benjamin convertidos ahora en Detlef y Felicitas, verán nacer y desplegarse entre los dos un mundo completo de posibilidades para su amistad, regido por las limitaciones del tipo de papel y por la demora en recibir o en responder a las cartas (que cobrará otra dimensión bajo el peligro inminente del nazismo en ascenso). A medida que se avance en la lectura, se avanzará en la propia intimidad que irá creándose y el lector gozará por momentos de la ilusión de estar leyendo una novela, cuyo comienzo, nudo y desenlace crearán una alta dosis de suspenso a pesar del final conocido. Felicitas irá tomando el lugar de una de las interlocutoras más sensibles de Benjamin, así como la destinataria definitiva de sus revelaciones privadas y también su albacea espiritual. La confianza con la que Benjamin le cuenta en una de sus últimas cartas, escrita durante su internamiento en el campo de Nevers, el sueño que tuvo durmiendo sobre la paja, solamente podrá aquilatarse tras haber transitado de la mano de estos dos amigos por el camino que su propia disposición interior fue construyendo, a pesar de los sucesivos obstáculos que podían alejarlos.

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Justamente por documentar la espontaneidad que tiene lugar en el curso de una vida, este legado nos ofrece valiosa información acerca del mapa vital en que surgían los escritos del filósofo, el flujo del debate mantenido con sus colegas del Instituto de Investigación Social, así como las principales influencias que latían en el origen de algunos de sus ensayos capitales. Por otra parte, nos permite acceder al registro de las lecturas que Benjamin hacía mientras escribía, muchas de las cuales resultaban del intercambio entre estos dos interlocutores que compartían un mismo placer por leer. De su mutua capacidad para jugar con los nombres saltarán a la vista sus predilecciones literarias por la costumbre adquirida de apodar a los conocidos bajo nombres cifrados tomados de personajes de libros (como en el caso de la mención a la señorita “Else”, que remite al título de la novela de Arthur Schnitzler, pero cuya identidad real no queda clara en el epistolario). Esta inclinación estará motivada por las múltiples conveniencias del ocultamiento que se irán revelando en la lectura: Gretel Karplus acabará embrollándose sentimentalmente con un primo de Benjamin del que hablarán en secreto y del que presumiblemente Adorno no sabría, y los llevará también a hablar de ellos mismos usando los dos nombres, el propio y el apodo empleado para reconocerse mutuamente. Por otra parte, no pudiendo evitar en ocasiones asumir el papel de intermediaria entre Benjamin y Adorno, ella facilitará el flujo de la comunicación entre los dos amigos. Y dado que el peso de la crítica sobre el trabajo de Benjamin estaba relegado sobre la persona de Adorno —entre otros—, Gretel disfrazada de Felicitas tomaría su lugar como amiga convertida en una de sus más sensibles lectoras pero sin la obligación de enjuiciarlo, algo que le permitiría a Benjamin más libertad para compartir y dejar al descubierto sus intenciones, sus gustos, e inclusive sus críticas más mordaces. Con ella, Benjamin se desahogará incluso de Scholem, de quien llegará a expresarse con mucho enojo en una de sus cartas. Y ocupada como estaba en su negocio de guantes de cuero, Felicitas también apelará a la intuición de Benjamin como “viejo amante de la moda”. Quizás una de las sorpresas que tiene reservada la lectura de esta correspondencia tenga que ver con el hecho de que Felicitas no resulte menos interesante como personaje que Detlef, que sus opiniones lleguen a ser significativas no sólo para Benjamin, sino también para el lector, pues lo que le da todo su relieve a la figura del pensador será justamente la dimensión que adquiere al mostrarse en la exclusividad del diálogo que mantuvo con su amiga, un diálogo en el que ambos se esforzaron por dar con la expresión exacta que revelara al otro el contenido de su cariño. El silencio que acompaña la página hará posible que oigamos una voz sobrecogedora que nos alcance por detrás de los pensamientos que fueron entregados de parte de Detlef a Felicitas “como un ramo de hierbas susurrantes”. Sorprende descubrir que en medio de un aislamiento que se convertirá en penuria, Walter Benjamin no perderá el recuerdo de su posibilidad de gozar aun rodeado de sombras y casi abandonado por sus amigos.

La traducción de esta correspondencia a cargo de Mariana Dimópulos toma seriamente en cuenta al lector de la obra de Walter Benjamin, pues la edición de las cartas viene acompañada por una serie de notas a pie de página que nos informan ampliamente sobre los temas tratados en el epistolario sin afectar en ningún momento el curso de la lectura y el interés que despierta. Por el contrario, la información de contexto que la traductora nos da permite completar el cuadro y enmarcarlo en el presente de la “pesadilla hitleriana” paso a paso. Gracias a ese esfuerzo por sincronizar el contenido íntimo de las cartas con el marco político del momento sabremos, por ejemplo —cuando Gretel le pide discreción a Benjamin respecto a la situación laboral por la que estaba pasando su prometido—, que nuevas leyes le habrían de permitir a Adorno3 dar clases de música solamente a los no arios.4 Por otra parte, la correlación de referencias que se irán tejiendo como un estudio paralelo e independiente a la lectura del texto principal, no dejará de tomarnos por sorpresa revelándonos datos tan curiosos como el de la identidad de los personajes de la película de François Truffaut, Jules et Jim, basada en la novela de Henri-Pierre Roché que estuvo inspirada en dos amigos de Walter Benjamin: Franz Hessel y Helene Gründ.

El prólogo que nos acompaña para ingresar en la lectura de esta correspondencia nos advierte acerca de su valor documental, un valor que Benjamin, como lector y recopilador de cartas, pudo haber tenido en consideración —en cierto sentido, quizás— a la hora de escribirlas. Para poner al descubierto concomitancias en las constelaciones de hechos aparentemente desvinculados, habría previsto entonces dejar en estos documentos una pista más. Pero contempladas como retratos de una época (sin historicismo), o como una autobiografía (sin afanes biográficos) que nos relata la vida del escritor, estas hojas escritas en papeles amarillos se nos ofrecen calibradas por su valor artesanal que quedará para la posteridad como “un rescate meticuloso y discreto de la intimidad de un siglo”. Junto con eso, son también un retrato en cámara lenta de la destrucción de los judíos europeos enfocados a partir de su mundo privado, registrado a través de los gestos y de las reacciones que conservan su lentitud natural de una carta a la otra. Es justo ese registro fílmico de la lentitud para ponerse a salvo lo que puede constituir un regalo para el lector, visto como la huella de un mundo desaparecido, un instante antes de desaparecer.

Claudia Kerik.
Ensayista, traductora de literatura hebrea moderna y profesora-investigadora del Departamento de Filosofía y Letras de la UAM-I.

1 Scholem evocará, en sus propias memorias, el entusiasmo de Benjamin al describirle su última biblioteca en Berlín, en la que logró reunir dos mil volúmenes.
2 Scholem la recordaría como una obra policial.
3 Como lo pondrá a la vista este epistolario, por ser considerado “medio judío”, Adorno permanecerá más tiempo que los demás en Alemania, hasta comenzar a ser limitado por las mismas leyes que acabarían haciéndolo partir y buscar trabajo fuera de allí. También sus padres, tendrían que abandonar Alemania y lo harán vía Cuba para alcanzarlo en EE.UU. El apellido judío de Adorno era Wiesengrund.
4 Como nos informa Raul Hilberg, la distinción entre ario y no ario que aparecía en los nuevos decretos segregacionistas de 1933 con la finalidad de darle un tono racial a los mismos, habría de modificarse en aras de una distinción todavía más efectiva que definiera lo judío de acuerdo a parámetros que conducirán a la creación de la “Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes”.

 

Un banquete boxístico

banquete

Varios,   
Historias del ring. Antología
(selección de Alejandro Toledo y Mary Carmen Sánchez Ambriz),
Cal y arena,
México, 2012, 441 pp.

Historias del ring. Antología es un título que, de entrada, promete, y cuando se revisa el contenido su lectura se hace obligada. Lo atractivo de los autores y lo sugerente de los temas no hacen más que abrir el apetito literario e invitan a sentarnos a la mesa para disfrutar de un banquete boxístico.

¿Por dónde empezar? Será mejor por el principio, aunque la diversidad y estructura del libro permitan hacerlo como a uno se le antoje: autor, título, género. Terminada la lectura me enfrento a otra disyuntiva: ¿qué es lo que más me gustó?, ¿cuál es la historia más interesante o más atractiva? Voy a verter mis comentarios desordenadamente, aclarando que lo primero no es necesariamente lo más significativo o impactante.

“Los ademanes de la soledad”, de Eduardo Arroyo, llamó mi atención por sus descripciones poéticas en la mayor parte del ensayo, aunque también por la referencia a la juventud y vejez de los boxeadores, porque en cierta forma mi regreso a los cuadriláteros, recientemente, está ligado a una de sus afirmaciones: “Sé perfectamente, considerando las espaldas y los restos de la víctima, que lo que Cronos se traga con tanta gula es un boxeador”. Y sigue: “En la vida del púgil todo está determinado por el segundero”.

También en el cuento lleno de drama de Jack London, “Por un bistec”, se enfrentan vejez y juventud: “King descansaba pero nunca le permitía hacerlo a su rival. Esa era la estrategia de la vejez”. Maravilloso inicio de Historias del ring con este Sir de los cuentos.

En este libro nos acercamos a la esencia no sólo del boxeo sino también del boxeador mismo, con sus miedos, sacrificios, miserias, sueños, jactancias, riquezas, despilfarros, vicios, debilidades, excesos, soledades, dolores… Justamente de estos últimos hace énfasis Eduardo Arroyo cuando traza, con su pincel literario, el ordinario y extraordinario retrato del boxeador, quien “empieza a hojear el sinfín de páginas del repertorio de todos los tipos de dolor”, y remata: “Los objetos comunes del boxeador son el taburete, la esponja y el cubo, verdaderos símbolos de su soledad y de su agonía”.

Amantes de la literatura y aficionados al boxeo disfrutarán sin duda de esta antología en la que se nos describen campeones sin corona, ídolos caídos, promotores audaces, mánagers polémicos, peleas arregladas, tragedias y mafias. Por cierto: el cuento “Árbitro”, de James Carlos Blake, es sumamente trágico, su trama y su drama ponen la piel de gallina, es una historia espeluznante, desgarradora, maravillosa, con pinceladas de poesía en medio de tanta complejidad.

En cuanto a las mafias, están “Un cuchillo negro”, de Dashiell Hammett, o el fragmento de la novela de Arthur Conan Doyle en donde se vive prácticamente la brutalidad de la naturaleza humana, destacando, sin embargo, la faceta espiritual del hombre: “Si el boxeo y el cuadrilátero pueden fomentar grandes virtudes, sólo un fanático negará que pueden igualmente alimentar vicios vergonzosos”.

Hay mucho que decir respecto de Historias del ring. Terminaré haciendo alusión a la dupla de boxeo y literatura, a su relación, afinidad, a su cercanía, su fusión, su diálogo entre guante y pluma, entre boxeo-boxeador y escritor. Blai Bonet, en su poema “All Brown”, destaca que “en la literatura y en el boxeo se emplea el mismo lenguaje: el estilo”. F. X. Toole, en “Socios de la cofradía”, escribe: “El boxeo es la magia de los hombres en combate, la magia de la voluntad, de la habilidad y el dolor, y de arriesgarlo todo para poder respetarte a ti mismo durante el resto de tu vida. Se parece a escribir”; y el mismo autor afirma: “Al igual que el escritor, cuanto más sabe el boxeador de su deporte más grande es la magia para él y para nosotros”.

Empapémonos de magia: los invito a leer los guantes y a boxear con este delicioso libro.

Laura Serrano. Pionera del boxeo femenil en México. Se le conoce en el cuadrilátero como “La poeta del ring”.

Este texto fue leído durante la presentación del libro realizada en el Museo del Estanquillo.

La democracia como compromiso

Francisco I. Madero,La sucesión presidencial en 1910;
Carlos Pereyra, Sobre la democracia, Instituto Electoral y de Participación Ciudadana de Jalisco (Serie Pensamiento democrático en México), 2012.

Es de celebrarse la reedición de dos textos fundamentales publicados al inicio y al final del siglo XX mexicano. Ambos libros representan en buena medida las agendas políticas y los itinerarios intelectuales que permiten entender el proceso mediante el cual las ideas sobre la democracia han encontrado diversas voces interpretativas, que se han expresado en trayectorias político-institucionales diferentes. La primera, de Francisco I. Madero, fue publicada por vez primera en 1908, y la segunda obra, de Carlos Pereyra, en 1990. Como se sabe, el libro de Madero bien puede ser colocado como el mayor esfuerzo político-intelectual de los liberales decimonónicos por ofrecer una salida argumentada y pacífica a la larga dictadura encabezada por Porfirio Díaz. El segundo, de Pereyra, es una obra que reúne varios de los escritos del filósofo mexicano, publicados en la década de los años setenta y ochenta del siglo pasado, para repensar, desde la izquierda, la naturaleza y el carácter del régimen no democrático mexicano, y las opciones políticas que podrían identificarse entre las fuerzas políticas para avanzar en la construcción de un proceso democratizador en nuestro país.

compromiso

Madero, como se sabe, fue fundador del Partido Antirreeleccionista en 1910, cuyo propósito y lema fue el sufragio efectivo y la no reelección. La historia nos muestra a un liberal químicamente puro, capaz de interpretar los males políticos y sociales de su tiempo, como los efectos del poder absoluto y el militarismo, representados con toda claridad en el régimen encabezado por Porfirio Díaz. Como otros liberales de su tiempo, encontraba en el pasado, específicamente en el contexto, el espíritu y la letra de la Constitución de 1857, la fórmula institucional que habría que restaurar para encontrar paz, prosperidad, libertad y democracia en el país. En La sucesión presidencial de 1910 encontramos la narrativa de un liberal ilustrado, formado en escuelas norteamericanas y universidades europeas, y convencido, paradójicamente, que el futuro democrático mexicano debía encontrarse en el pasado decimonónico, predictatorial, rescatando los principios de la Constitución del 57.

Esa idea, en 1910, fue el motor de buena parte de su discurso y prácticas políticas durante el inicio del proceso revolucionario, y hasta su trágica muerte en 1913. La sucesión presidencial es un diagnóstico intelectual y moral sobre el porfiriato y el país de su tiempo, y, a la vez, los principios de un programa de reformas liberales para la política y los políticos de su tiempo. Dividido en siete apartados, un resumen y unas conclusiones puntuales, el diagnóstico sobre la situación del país que elabora Madero parte de la tesis de que desde la guerra de independencia México había sido dominado por el militarismo, mediante el cual una clase militar se había convertido en una clase política, cuyas pugnas y conflictos internos habían llevado al país al absolutismo, desde Santa Anna hasta Porfirio Díaz, y que ello estaba en el origen de los males de la República.
Reconocía en el militarismo una fuente de orden y estabilidad, necesaria para un país que durante todo el siglo XIX había padecido continuas rebeliones y guerra internas, que había perdido la mitad de su territorio, y donde sus habitantes eran reacios a aceptar el imperio de la ley. Sin embargo, para Madero había pasado de un extremo a otro: de la turbulencia al servilismo.

“El pueblo mexicano, que antes era sumamente turbulento, es ahora el más pacífico de todos los pueblos de la tierra, y no solamente respeta con gusto la ley, sino que obedece servilmente a la autoridad”.

Para superar esa situación, Madero propone la creación de un nuevo partido político, como organización capaz de devolver al pueblo sus derechos, sus obligaciones y sus deberes con la República. Para una masa empobrecida y de analfabetas, el coahuilense proponía un partido capaz de dirigirlos hacia una verdadera democracia, con equilibrio de poderes, con participación social, justicia y libertad. Y la vía institucional, pacífica y legítima para esa construcción política eran los procesos electorales, la noción de que en una verdadera competencia electoral, la legitimidad de origen de los gobiernos permitiría dotar de fuerza moral y política a los gobernantes, electos por la mayoría de los habitantes. Esa idea, la vía electoral como mecanismo democratizador, sería una de las propuestas más lúcidas de esos años turbulentos. Lo que sucedería, sin embargo, es que esa idea no se correspondería con el contexto revolucionario mexicano, gobernado por la violencia y la guerra, sino que renacería muchos años después, con las reformas electorales ocurridas desde los años setenta del siglo XX, que transformarían sustancialmente el régimen político posrevolucionario.

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Como ha sido estudiado sistemáticamente, la visión de Madero era una visión normativa, de moral pública, de la vida política mexicana. Era también un llamado a la acción política, desde la perspectiva de quien aprecia la historia de su tiempo como una gesta de héroes y patriotas, de paladines y de traidores, de caudillos y militares. Como señala él mismo en su prólogo, La sucesión presidencial es un texto que se esfuerza “por hablar el lenguaje de la Patria”. En ese profundo sentido patriótico, en tiempos en que la República era un proyecto por construir, descansa la aportación seminal que las ideas y la épica maderista imprimieron muchos años después al proyecto revolucionario mexicano.

80 años después de publicado el libro de Madero, Carlos Pereyra ofrece otra perspectiva de análisis sobre la democracia, propia de un periodo y un contexto muy distintos a los que le tocó vivir al liberal coahuilense. Los años de Pereyra son los años de la crisis económica y política que caracterizó el inicio de la transición bifronte mexicana, una transición económica a la que le siguió una transición política. Publicado en 1990 por la editorial Cal y Arena, dos años después de la prematura muerte de su autor, Sobre la democracia es un recorrido por algunos de los temas centrales de la teoría y la práctica política clásica y contemporánea, miradas desde una visión marxista, y específicamente gramsciana, de los problemas del poder y de la política mexicana.

La obra de Pereyra representó desde su inicio desafíos intelectual y político al “pensamiento único” sobre la Revolución mexicana y el régimen político que se estructuró entre 1920 y 1970. Hay dos interlocutores importantes de ese desafío. Por un lado, el oficialismo político, que siempre trató de defender la “excepcionalidad democrática” del régimen posrevolucionario. Por el otro, y acaso más intensamente, las ideas marxistas formuladas alrededor de la imposibilidad de la democracia bajo el capitalismo, y la adoración de la idea de la Revolución Socialista como el punto cero de la verdadera democracia mexicana.

También fue un crítico severo y lúcido de la derecha mexicana. Como señala Luis Salazar Carrión, en el prólogo del texto, citando un texto de Pereyra escrito hace 30 años, en 1982: “Que no vengan los tardíos descubridores de la sociedad civil a manipular la falsa identidad Estado fuerte=totalitarismo. Lo que hace falta en México es democratizar el Estado, no debilitarlo. Un Estado fuerte no es necesariamente un Estado autoritario; nada impide construir un Estado fuerte y democrático… No es la tonificación de Televisa y del Consejo Coordinador Empresarial… lo que permitirá a la sociedad mexicana salir de la crisis y eliminar las condiciones estructurales que condujeron a ella, como tampoco avanzar en el proceso democratizador”.

Pereyra escribió intensamente a lo largo de su vida para desmontar los mitos posrevolucionarios mexicanos, pero también para criticar los reduccionismos ideológicos y voluntaristas de la izquierda y la derecha mexicanas. En Sobre la democracia se encuentran reunidos los textos escritos a lo largo de 20 años, en un clima dominado por la crisis del “milagro económico”, pero también de la aparición de los problemas de ingobernabilidad de un régimen político incapaz de ofrecer salidas democratizadoras a los conflictos sociales. En este contexto, Pereyra fue un intelectual capaz de ofrecer una nueva interpretación, de izquierda y democrática, sobre los problemas del régimen posrevolucionario, a la vez que un actor importante en la vida política de la izquierda reformista, es decir, aquella convencida de que sería el camino de las reformas democráticas, y no de las revoluciones emancipadoras, el camino adecuado para superar la crisis mexicana.

Crítico del estalinismo imperante entre muchas franjas de la izquierda, y crítico también de los regímenes del socialismo real ligado al mundo bipolar de esos años dicotómicos —socialismo soviético vs. capitalismo norteamericano—, Pereyra argumentaba la importancia de despojar al concepto de democracia de sus connotaciones peyorativas, de maquillaje ideológico, al que le habían condenado el marxismo desde la formulación del propio Manifiesto comunista. La experiencia de la socialdemocracia europea, que fue el motor de los Estados de bienestar en el mundo, había mostrado que un Estado social también podría ser un Estado democrático. El rescate y el reconocimiento de la democracia era, entonces, una tarea de la izquierda, el reconocimiento de los déficits del pensamiento que había desechado a la democracia como una creación burguesa, para sustituirla, para decirlo en la retórica leninista, por la dictadura del proletariado, pero que en términos reales terminó por convertirse en el poder burocrático de un aparato autoritario.

En suma, los textos de Madero y de Pereyra son lecturas obligadas para comprender lo que ha ocurrido en México en los últimos cien años. Ambas son obras ubicadas en contextos específicos, con intencionalidades políticas claras. Una, la de un liberal capaz de interpretar el signo de sus tiempos en clave democrática. Otra, la de un pensador de izquierda, convencido de que el camino de las reformas democráticas era la tarea de las organizaciones progresistas. La idea de la democracia, en ambos autores, fue la ruta intelectual seleccionada, o asumida, para tratar de ofrecer una explicación satisfactoria a los problemas de su tiempo, a la vez que una ruta de cambios que permitiera a la sociedad mexicana la construcción de un nuevo proyecto nacional. A la distancia, sus aportaciones se han vuelto parte del capital intelectual de la aún joven, contradictoria, polémica y frágil democracia mexicana.

Adrián Acosta Silva. Profesor-investigador de la Universidad de Guadalajara.

 

Gabinete de lectura

Ismaíl Kadaré,
Esquilo. El gran perdedor (trad. Ramón Sánchez Lizarralde y María Roces),
Siruela,
Madrid, 2009, 272 pp.

No es copiosa la ensayística del autor albanés pero sobresale esta documentada aproximación a la vida y obra del trágico griego. Cada novela que se traduce al español enriquece nuestra visión del mundo balcánico, fragmentado por contradicciones y acentos étnicos que luchan por abrirse paso. En este ensayo Kadaré confiesa su preferencia por Esquilo y se lanza a la lectura pausada de cada una de las obras que se conservaron, analizando a detalle los paralelismos de la tragedia griega con el devenir político del fin del siglo pasado. Además de ser un viaje guiado por un narrador de excepción, el volumen asimismo funciona como un fresco de la vida y obra del autor griego. La claridad narrativa de Kadaré también brilla en el ensayo. (Luis Bugarini)

Cormac McCarthy,
Todos los hermosos caballos (trad. Pilar Giralt Gorina),
Debate,
Barcelona, 2000, 286 pp.

Las adaptaciones fílmicas de las novelas de Cormac McCarthy han influido de manera positiva para ampliar su base de lectores. Lo mismo que el otorgamiento del Premio Pulitzer (2007) por la novela The road, también llevada al cine. Este volumen forma parte de la “Trilogía de la frontera” al lado de En la frontera (1994) y Ciudades de la llanura (1998). Asimismo, obtuvo el National Book Award (1992), uno de los más prestigiados en Estados Unidos. McCarthy confiesa devoción por la violencia y los interregnos, sean geográficos o de otro tipo. Su estilo innovador y los diálogos cortados, muy próximos al viejo western setentero, dotan su universo novelístico con un sello particular y por tanto insólito. La estética del desierto y la vida solitaria alcanzan nuevas alturas con su narrativa. (L.B.)

Vicente Quirarte,
La Invencible,
Joaquín Mortiz,
México, 2012, 143 pp.

Entre el ensayo biográfico y la remembranza de la ciudad de México, ajuste de cuentas con el pasado inmediato y la crónica de nombres, calles, atmósferas de lo cotidiano que se quedaron en algún rincón de la memoria. Vicente Quirarte, de la mano de los recuerdos familiares, de la reflexión sobre la escritura y la lectura, traza un mapa que le permite al lector ubicar al maestro Martín Quirarte, padre del autor de este lúcido recorrido por espacios que en la dimensión de los años se empequeñecen o se agrandan, pero que en vez de ser borrados por la distancia se configuran y ponen al día un universo que rebasan la añoranza. “No basta el dominio de la técnica, la palabra se va con quien mejor la sirve, con quien mejor la siente. Con quien más resiste”, nos dice. (Margarito Cuéllar)


Charles Simic,
El flautista en el pozo. Ensayos escogidos 1972-2003 (trad. Rafael Vargas),
Cal y arena,
México, 2011, 276 pp.

Hay poetas para quienes la naturaleza muerta se transforma en naturaleza viva gracias a la magia del poema. Charles Simic pone a dialogar en sus textos, frente al lector, a una silla, una mesa, un tenedor y a un libro. Pero Simic es también uno de esos poetas que hacen del ensayo un homenaje a la experiencia. Hablar de poesía no tiene por qué ser aburrido. Estas páginas de corte aforístico transcurren vertiginosas a la vez que develan, más que trazos autobiográficos, momentos determinantes de la escritura, la migración y la guerra. Grandes y pequeños momentos que le han permitido establecer una conversación con el mundo a través de la palabra. “Escribir es siempre una burda traducción en palabras de lo que no tiene palabras”, escribe. (M.C.)

Jonas Jonasson,
El abuelo que saltó por la ventana y se largó,
Salamandra,
Barcelona, 2012, 409 pp.

Jonas Jonasson sirvió como periodista y productor de televisión y ahora con su primera novela se ha convertido en una de las voces más atractivas de la escena literaria en Europa. El abuelo que saltó por la ventana y se largó pertenece a esa tradición que nació con El lazarillo de Tormes, se consolidó con Tristam Shandy y se fortaleció con Las aventuras de Augie March. Su protagonista no es sólo un pícaro de siete suelas sino la encarnación del hombre que no tiene más atributo que el de un agudo olfato para la supervivencia. Con los dones de un demiurgo, a él se deben algunos de los hechos más sonados del siglo XX: la guerra civil en España, la revolución china, la construcción de la bomba atómica, la muerte de Stalin, el 68 francés, el derrumbe de la Unión Soviética. Su conducta puede resumirse en esta máxima: desconfía de aquellos que no beben alcohol. (Roberto Pliego)

Arturo Pérez-Reverte,
El tango de la Guardia Vieja,
Alfaguara,
México, 2012, 495 pp.

El título remite al tango de finales del siglo XIX, el auténtico, no el que se corrompió en los salones franceses y los estudios de Hollywood. Era salvaje, cargado de energía sexual, y cae a modo para describir la relación de Max Costa, una mezcla de gigoló, ladrón y vividor, y Meche Inzunza, una encarnación refinada de la belleza femenina. La novela, que algunos han dado en calificar como la cumbre de Pérez-Reverte, ocurre entre la década de 1920 y la de 1960, en un Buenos Aires de arrabal y una Europa que se apresta a deshacerse del refinamiento sentimental. Contiene altas dosis de suspenso —espías incluidos—, violencia y fuego corporal, y hasta algunos momentos brillantes dedicados a los torneos internacionales de ajedrez. Habrá quien pondere las virtudes del capitán Alatriste pero este Max Costa alcanza una estatura de inolvidable. (R.P.)

 

Ricardo Garibay y la Muralla China

Dice la escritora catalana Nuria Amat en su libro Viajar es muy difícil: “Las ciudades están hechas de personas. Las ciudades literarias están hechas de escritores. Qué mejor recuerdo del viajero para con el lector (viajero también él pero quieto) que el envío de una postal ofreciendo la imagen viva y coloreada de las mejores instantáneas de viaje. Qué mejor regalo para un lector que las vistas de distintos escritores moviéndose por la ciudad fantasma”. Esta columna intenta recuperar las postales que han dejado los escritores de lugares para ellos entrañables.

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[…] No subo. Desde aquí se adivina mejor lo que se ve allá arriba: un hilo apenas, gris y rojo, que curvea por crestas y hondonadas de cerros pelones. En cambio veo esto: la muralla hace arcos en una explanada de cemento, donde se han estacionado los coches y andan choferes, lugareños y gente de la gira. Estamos en un valle minúsculo, ojo de hondura rodeado de montañas, y por una vereda viene bajando una carreta; tira de ella ¿qué? no es caballo, no es buey; perdí mis malditos anteojos en París y Tejeda me prestó los suyos, de los cuales perdí un lente, de modo que no veo parejo, o sea que a distancia todo se me tuerce, es decir, no veo nada. Espero. Es un hombre. Un hombre viejísimo tira de la carreta llena de raíces, grandes tubérculos morados. Allá arriba, dos niños muy pequeños, idénticos entre sí, equilibrándose, los hongos sombreros bien atados al mentón, los cordones les inflan las mejillas. Llegan a la sombra. Con tiento el viejo descansa en el suelo los brazos de la carreta, se zafa el hongo, se enjuga porque viene completamente empapado, trepa por la rueda, baja a los niños, les quita el sombrero, les hace aire y queda luego abierto de piernas mirando tantos automóviles y gentes. Los niños lo ven, y se paran como él, copiándole la postura y miran lo que él, como él. Les dice algo que suena así: “táia laaa óco”, y los niños dicen: “táia laaa óoco”. Visten jergas muy burdas, enredadas a los muslos y al tórax. Son graciosamente iguales los tres. El viejo emite esto (es lo que pescan mis orejas a la velocidad de las sílabas chinas): “¿Chuú? ¿aaaa uuu tzí?”. Dicen los niños: “¿Chuú i aaa uuu tzí?. Y ríen los tres, palmean los niños, palmea el viejo, se agacha. Debajo de la carreta cuelga una olla de peltre azul.
Amarrado a la olla algo como anafre, sí anafre. Tres tazas humeantes de té. Están acuclillados. Sorben. Parecen muy contentos, pues ríen entre trago y trago, y a cada trago cierran los ojos y aspiran profundamente. El viejo indica los coches… y va sentado al volante, manejando por una carretera plagada de curvas, aprisa, más, más aprisa según su garganta se va atiplando, y enfrena de zopetón: “¡iiiiiiiiii!”. Grandes carcajadas: los niños se tumban de espaldas, se derrama el té. Al viejo feliz le bailan entre los labios dos enormes dientes amarillos.

Fuente: Ricardo Garibay, “Albores y decadencias, 1973”, en: Antología (selección y prólogo de Josefina Estrada). De próxima publicación en Ediciones Cal y arena.

Delia Juárez G.
Editora y traductora. Su libro más reciente es Gajes del oficio. La pasión de escribir.

 

Hablándome de tú con Dios

Escribo de madrugada, aunque últimamente mi reloj gira bastante desquiciado. Ahora mismo no sé si son las siete de la tarde o las cinco de la mañana. Me hago un té verde, lo bebo sin azúcar y descubro que son las doce del día. Antes de empezar, me gusta leer poemas, ver fotos y tirarle migajas de pan a los chanekes que habitan en mis bugambilias. Me tomo muy en serio, parto de que debo escribir la línea que nunca se ha escrito y de que soy un privilegiado. Enciendo mi laptop. Ahora que soy un escritor que viaja alrededor de seis meses al año me resulta de gran utilidad. Puedo escribir siempre sin importar dónde me encuentre.

La escritura no me produce angustia; tampoco es algo que disfrute al cien. Es como la vida, generalmente divertida mientras puedo inventar una historia e inventarme a mí mismo. Lo que realmente me estimula son las posibilidades del lenguaje, la provocadora hibridez entre lo callejero y el estándar. Cómo puede cambiar una historia, conseguir que se extienda y provocar choques emocionales en los lectores. Me sorprende cómo expresa nuestro perfil cultural. Me agrada que mis lectores encuentren mis historias pretenciosas, que se sientan exigidos, que reconozcan que no pueden desbocarse fácilmente. Me gusta lo que me cuentan. Me complace que digan que un mexicano no puede escribir sobre algo y que luego sonrían cuando advierten que claro que es posible.

Élmer

Generalmente escribo en tres meses la base anecdótica de mis novelas. Después paso de dos y medio a tres años corrigiendo, eliminando, anticipando, soñando. Hablándome de tú con Dios. Considero que he terminado cuando no puedo meter ni sacar una palabra. Cuando la trama que pensé se manifiesta impecable e imagino al más desgraciado de mis amigos sonriendo con indulgencia. Puedo lograr esto después de seis u once correcciones en que rozo el umbral de la locura. Es cuando Leonor me lleva al desierto de Sonora y me cuenta leyendas de aparecidos y Arturo Pérez-Reverte me llama, lo mismo que Eduardo Antonio Parra y Verónica Flores. Los tres me cuentan historias de alcohólicos, inventores de dijes y futurólogos de gabardina. Cada quien tiene los amigos que se merece, a poco no. Cristina Rivera Garza telefonea mortificada, sólo que conversa con Leonor de modas y perfumes y no hay poder humano que las sustraiga de ese costoso universo. Es cuando me recupero y lo celebramos charlando sobre que debería escribir una historia de sexo donde una señora lee a Harold Bloom, pensando que es Leopold Bloom.

Planeo mis novelas. Proyecto un esquema de capítulos donde anoto lo que pudiera ocurrir. Por lo general lo hago hasta las dos terceras partes, el punto en que una buena novela provoca ansiedad y el lector se siente obligado a adivinar el final; sobre todo cuando la trama es uno de los atractivos. Desde luego, lo que anoto puede ser eliminado en cualquier momento. Ya saben, la primera versión no sirve, pero quien no escribe la primera no desayuna con la segunda. Hago una relación de personajes a quienes busco el nombre cuidadosamente. También organizo listas de palabras que pudiera utilizar. Sin embargo, siempre la imaginación es mi tío Celestino.

Tomo en cuenta la estructura, el lenguaje, el ritmo, el tono, los personajes y la música. Todo lo que me hace sentir novelista. Al principio la música era una vacilada. Con los años y las novelas se ha convertido en un factor acústico para fijar ciertos momentos dentro del discurso. Funciona también para acelerar, para que el lector identifique situaciones a través de sus recuerdos, que podrían, en un momento dado, empatarse con los de algún personaje. No es sencillo musicalizar un beso; inténtenlo y saquen chispas.

Cuando estoy muy cansado o una atmósfera se me sale de control, hago velocidad en bicicleta. Hay en Latebra Joyce un velódromo profesional. Lo construimos para que Lance Armstrong entrenara una vez que nos visitó. Ahora me explico por qué ni desempacó su Madone 6.9. También compro sombreros y acompaño a Leonor a buscar macetas con gerberas y nochebuenas que florecen en abril. Generalmente comemos cerdo, frijoles refritos, asadera oreada, machaca, tortillas de harina y cerveza Pacífico. Luego visitamos el Jardín Botánico de Culiacán. Además de las plantas tropicales y los bambúes, nos entretenemos en el Espacio Escultórico, particularmente en las obras de Gabriel Orozco, Teresa Margolles, Dan Graham y James Turrell. Luego, me dejo atrapar por el hechizo de la escritura y soy idiota y genio al mismo tiempo.

Ser escritor es dominar la ambigüedad sin importar la corbata. Sin embargo, los trucos se reducen a dos: escribir y escribir. Y para los novelistas la primera frase es la clave: “En un lugar de Comala de cuyo nombre María Carlota de Bélgica”. Qué frío, ¿no? Y eso que estoy en Culichi.

Élmer Mendoza. Escritor. Su más reciente libro es Nombre de perro.

 

Panthera: Un poema de Thomas Hardy


Versión en prosa de Luis Miguel Aguilar


Un pasaje de Cyril Connolly en su libro La tumba sin sosiego (traducción de Ricardo Baeza), dice: “Impresión de Jesucristo luego de haber leído los Evangelios: Creía que era el hijo de Dios, detestaba cordialmente a sus parientes, era un pedante, un joven serio y valeroso (¿dónde estuvo, qué hizo entre los doce y los veintinueve?). Sentía un odio de neurótico por los fariseos, la familia, su ciudad natal y el adulterio, y es posible que fuera un bastardo (Ben Pandere)”. Connolly añade esta nota al pie: “La tradición judía es que (Jesucristo) era hijo de un centurión romano, Pantheras, ‘la pantera’. De ahí su desafecto por su ‘padre’ y sus ‘hermanos’ y su actitud ambivalente hacia su madre y el adulterio. (Su definición del adulterio es tajante, y coloca el ‘No cometerás adulterio’ como el único mandamiento junto al ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. La interrogante sobre la mujer adúltera pudo ser una especie de celada que le tendieron los que creían en esta historia.) He oído decir a un amigo mío que el sabio alemán Von Domaszewski pretendía haber encontrado en una muralla romana la lápida de Pantheras, que mostraba que su legión había estado en Judea por el año 4 a. de C. Los cristianos aseguraban que ‘Pantherou’, hijo de la Pantera, era una corrupción de ‘Parthenou’, ‘de la Virgen’. Sobre este tema hay un singular poema de Hardy”.

Ofrecemos una versión en prosa del poema. Thomas Hardy (Dorset, Inglaterra, 1840-1928) es menos conocido por sus poemas que por algunas de las varias novelas que escribió, como Tess of the D’Ubervilles o Jude el Oscuro. Vivía de escribir esas novelas mientras deseaba dedicarse nada más a la poesía. Una paradoja afortunada de esa tensión le hizo decir, sin embargo, al poeta estadunidense Ezra Pound que los poemas de Hardy se beneficiaron con la claridad y agudeza obtenidas de su experiencia al escribir novelas. Panthera es también una prueba de eso. (L.M.A.)

Panthera

Sentado aquí, con muletas, y tortícolis, encorvado, pienso en Panthera, quien al decaer padeció muchos de los dolores insidiosos. Pero sus dolores no fueron radicales como los míos; los de él eran las punzadas de viejas heridas —la sensación de la mano que había perdido, mutilada por el acero de los bárbaros; que regresaba, decía él, al cambiar el clima, con dedos y todo, como si aún estuviera ahí. Mis dolores son de otro tipo: calambres cerrados y tendones rígidos por las humedades de este país, en el que Panthera nunca comandó.

El destino lo envió por rumbos del Levante. Fue alegre en su adolescencia y supo comportarse como centurión en su primera juventud. En Etiopía, en Arabia, en climas agradables y crudos, prestó sus servicios y lo hizo muy bien. En ese entonces nada lo estremecía: era tan sereno como valiente. Más tarde sufrió algunos golpes y se ponía serio al pensar en ellos; golpes menos de tipo corporal que fantasmales, que le enredaban la cabeza. Y era para advertirme (a mí, mucho más joven que él) contra la veleidad, que me los refería. Panthera gustaba de resaltar uno, especialmente y de modo vigoroso.

Tenía que ver con una tragedia de sus días orientales, de toque muy personal —aunque a veces pensé que había ahí un ligero engaño— forjado a partir de una convicción a medias llevada a la fantasía, por su mente acosada al fin por las aflicciones y la edad. Pero después yo comprobaba su buena fe.

Desde tiempo atrás yo le había dicho que tenía el deseo de dejar un hijo tras de mí: algún pequeño árbol que llevara mi savia, si no es que mi nombre también. Un vástago, incluso de manera ilegítima, en cuyos avances yo pudiera secretamente regocijarme. Ahí es donde él me advirtió: “Borra esos deseos, muchacho. Un hijo puede ser un alivio o una maldición. Puede ser un visionario, un hacedor, un cobarde, un tonto; o peor: un criminal. Yo soy testigo de eso”. Le grité incrédulo que Panthera no podía tener un hijo culpable. “Tú no sabes, mi amigo”, dijo él sombríamente; “es cierto que ya no está para mostrarlo como ejemplo porque LA LEY SE ENCARGÓ DE ÉL. En verdad que Júpiter así lo quiso”.

“Esta tarde no es muy distinta”, retomó Panthera, “a la tarde en que se me quedaron impresos estos recuerdos que me punzan. Sí, aquel día el sol tomó un color rojo como el cobre y yo daba mis servicios en Judea. Eran tiempos de tregua para las armas. La Pax Romana gobernaba contra el enojo de los legionarios fronterizos. Palestina ya estaba anexada —aunque muy descontenta, todavía—; yo tenía entonces unos cincuenta años y una guarnición en Jerusalem que estaba en parte bajo mi mando como oficial activo, a mi vez bajo el mando del Gobernador. Se me hacía un tiempo tedioso, rutinario, entre un pueblo inquieto, irascible, al que no había modo de tener contento. Mi trabajo era apagar los alborotos, custodiar la corte y los tribunales, enviar guardias en los días de encuentros públicos para mantener el orden. Esas eran mis tareas ahí.

”Llegó una mañana de primavera. El sol festivo emblanqueció la ciudad y sus colinas alrededor, y cada sendero en la montaña que las trepaba; teñía de calidez la grisura de los olivos y los ásperos cactos a los costados del valle. Era un día en que se llevaban a cabo las penas de muerte, y aquí y allá había dispuesta soldadesca para guardar el orden, como dije, ya que uno de los condenados había encendido los ánimos, y las multitudes se agitaban impetuosas para verlo morir. Yo, montado sobre un caballo capadocio, con medio cuerpo de soldados auxiliándome, había capitaneado la procesión por las calles cuando salió dando gritos de los tribunales luego del veredicto del gobernador. La procesión se movió apretada hacia la gran puerta de la vía del Norte que lleva hacia Damasco, rumbo a un pequeño monte que se alzaba más allá de los muros. Desde ahí podía barrerse con la mirada un ancho horizonte circular desde los techos de las casas hasta las cumbres remotas. Aquí estaba el sitio de las ejecuciones públicas para los crímenes civiles, entonces y todavía, sin duda, llamado el Gólgota, el Kranion o el Calvario.

”Las condenas previstas se iban cumpliendo del modo debido. Algunos tres o cuatro de los reos eran desnudados; se les paralizaba y se les clavaba sin que hubiera alboroto alguno. Era para mí un día de costumbre, hasta ese momento, y todo se habría deslizado hasta su miserable final sin dejar marca en mi memoria de no ser por un incidente. Entre el populacho andrajoso de ambos sexos suspendido alrededor de los infelices que se retorcían; mientras apartábamos a ese populacho con nuestras lanzas, alguien atrajo mi mirada: una mujer en llanto; su cara tensa se recortaba contra una nube lívida surgida a la distancia, escarnecida por los rayos inclementes de la tarde. Era la madre de uno de los que ahí sufrían y a la que mis hombres alineados le habían dirigido palabras bruscas para que no se acercara más. De modo sigiloso se coló dentro de mí la sensación de que yo conocía esa cara, pero el cuándo o el cómo la había conocido se me escapaba en ese instante. Y de pronto me vino de golpe.

”Unos treinta años, o más, antes de aquella tarde, yo era subcapitán de una compañía que formaba parte de la legión de Calabria; avanzábamos por el norte de Judea en nuestro ascenso hacia Tiro. Habíamos atravesado el viejo país plano, la gran Llanura del Esdrelón que era suelo de combate entre los judíos y los cananitas, y nos recibió el faraón Necho, rey de Egipto, mientras cruzábamos por ahí para abatir el orgullo asirio. Dejamos atrás Gilboa; pasamos por el Naín hasta que se alzó ante nosotros el abultado Tabor, repujado hasta su cima de madroños, terebintos y acacias.

”Me preocupaban algunos enfermos que causaron baja por haber bebido de una ciénega en el camino, pero continuamos hasta que, al doblar por unos cerros, nos sumergimos en un mundo de delicia: un valle, el más hermoso que yo hubiera visto, que envolvía a un pueblo en sus más remotas colinas. Se llamaba Nazaret y lo bordeaban las cercanas tierras altas. En medio borboteaba una fuente en la que resecos de haber andado nos detuvimos felices para que descansaran nuestros enfermos y nos refrescáramos todos.
”Al día siguiente, hacia el atardecer, nuestros hombres tocaban una danza de Pirro a la que sus compañeros seguían los pasos cuando unas mujeres jóvenes llegaron a llenar sus cántaros como era su costumbre. Yo ayudé a una de ellas; una muchacha esbelta, tímida, como un cervatillo, así de suave y así de inocente. Su largo camisón azul y el collar de monedas de plata que colgaban bajo su hermoso pelo atado, simbolizaban por completo el pudor sin mancha.

”En fin, yo era joven, y ardiente, y desperté de inmediato al deseo rápido. Era tedioso el tiempo de espera para la convalecencia de los soldados, y distraje esos días lentos y vacíos mediante la bendición de rendirme al encanto de la muchacha, que no tenía artilugios pero que los superaba todos con la gracia tierna y temblorosa de la confianza total. Nos encontramos, y volvimos a encontrarnos, y bajo las estrellas parpadeantes ocurrió aquello que puebla la tierra: la unión verdadera, ante la mirada pura de su sencillez.
”Mientras tanto, los enfermos sanaron y seguimos adelante. No le hice ninguna promesa imprudente de que volvería, como algunos. En eso fui sincero. Dije que nos separaríamos para no vernos nunca más. O eso decía: dije una mentira sin saberlo. El hecho es que sí nos encontramos de nuevo. Ya lo adivinaste: aquella madre llorosa del Calvario era la que yo había conocido, a pesar de que el tiempo y las lágrimas habían desgastado burdamente su figura, alguna vez como una flor, y sus ojos dulces, ahora hinchados por el pesar. Aunque sentí que el remordimiento me delataba, ella no reparó en mí. Y no tuve el ánimo de acogerla y romper el silencio luego de tanto tiempo para decir que mi hijo era ese malhechor (porque supuse que era mi hijo). Una pesquisa trajo el rumor de cómo en Nazaret mucho tiempo atrás un viejo se había casado con ella por lástima, al ver que había quedado embarazada nadie sabía cómo, y cuidó al hijo de ella, y la amó hasta la muerte del mismo viejo.

”Pues bueno. Ahí acabó la cosa. Excepto que entonces supe que él —el hombre que llevaba mi sangre ardiente— había encendido la sedición entre los judíos, y había lanzado palabras insultantes contra su dios, cuyo templo sobresalía en la colina adjunta, jurando que él mismo lo arrasaría, que él mismo era un dios tan grande como el que ellos adoraban, y que por descendencia, más aún, era su rey; con otros varios actos de incitación al desgobierno.

”Una vez hechas las crucifixiones y una vez que los soldados jugaron a las suertes quién se quedaba con las ropas, un legionario, Longino, atravesó al hombre joven con su lanza luego de que yo le di la orden a señas, conmovido por sus agonías, porque se había negado a la droga que le habían ofrecido. Eso trajo el fin. Y cuando dio su último aliento, la mujer fue hacia él. Nunca más volví a verla. ¿Ahora ves por qué me pongo taciturno, mi amigo? Te digo que cuando hablas de modo tan alegre y confiado en tener hijos, cierras los ojos a las contingencias. ¡Fors Fortuna! ¡Aquel que va engendrando por ahí le ofrece aterradores rehenes al acaso!”.

Hasta aquí el relato de Panthera. Rara vez lo contaba, pero esta vez lo hizo. Otras veces desplegaba alguna historia menos lúgubre, aunque no era el suyo un corazón con sitio para bromas. Lamentaba que su conocimiento de la verdad hubiera llegado tan tarde para pedirle que se compadeciera al Procurador que había condenado a su hijo —o a quien él juzgaba su hijo. Porque no había nadie para probar que Panthera no estaba equivocado. Y de hecho, cuando yo alegaba vaguedad en las identidades, Panthera también aceptaba que la historia parecía dudosa, pero se resistía a negarla. No obstante, asumiendo que así fueron los hechos, el que la mujer mencionada no reconoció la cara de su amante es algo que sorprende. Y sin embargo, ahí está la historia de Panthera, sea fantasía o su contrario.

En lo sucesivo ya no hubo hombres tan brillantes como Panthera: a los indolentes líderes en casa ya no les gustaba emprender campañas que dieran realce en sitios lejanos a la estrella de sus valerosos tenientes. El recelo mantenía fastidiado a Panthera en el extranjero, controlado y escatimado por un imperio ya sin audacia. Y aun así participó en algunas acciones en el sur, en Mauritania y Numidia; ahí, con ojo de águila, y espada y corcel y espuela, aplacaba los alzamientos con presteza. Luego, algún pequeño levantamiento en Partia requirió de sus servicios, hasta que terminó lisiado, como he dicho; y el cínico Tiempo proclamó que su noble espíritu estaba roto. Qué desperdicio de un romano así. Alguien, de joven, con un encanto indescriptible, o eso he oído. Un magnetismo imposible de explicar cuando alguien ya lo veía tan vacilante como yo lo vi al conocerlo. Aunque las parcas te hayan exhortado a llevárselo, oh Hijo de Saturno, conserva la porción de fama que adornó su nombre.

Hora tras hora sus propias afecciones minaron el poder de Panthera hasta hacerlo meditar en el destino de aquellos que había conocido, incluso el de aquel al que siempre llamó hijo suyo —ya fuera tal cosa un ensueño mórbido o una verdad de la memoria… Murió a edad no muy avanzada, de modo apacible, una partida no muy común para soldados ardientes como él.

Luis Miguel Aguilar.
Poeta y ensayista. Entre sus últimos libros: Las cuentas de la Ilíada y otras cuentas y El minuto difícil.

 

Supernovas de la galaxia Twitter

Uno
“Estamos ante la máquina de escribir más grande de la historia, cuyo papel no tiene costo y las teclas están al alcance de todos”, escribí alguna vez. Así lo pienso. Así quiero imaginar Twitter. Pirotecnia y chispazo verbal, ajedrez que se juega sin apenas reglas, brújula sin coordenadas: estamos en presencia del nuevo juego colectivo. Una arena de intereses que convergen y que transcurre en tiempo real.

Pero aun con la frecuencia con que se utiliza —cada día, cada segundo, en todos los idiomas—, es un territorio sin fronteras precisas. A la manera de un organismo vivo, experimenta una transformación a cada momento. Pensaría, incluso, que su sobrevivencia depende de su capacidad para reorganizarse y ofrecer mayor sencillez en su operatividad. Es, si se quiere, un retrato que se pinta todos los días. Además le aplica el dictum de Heráclito, aquel clásico sobre las aguas y el tiempo. Y es que, cada que lo abrimos, se reconfigura. Hoy lo perfilamos y a la hora siguiente adopta otra forma, quizá distinta, acaso falsamente idéntica. Sus aristas bailan sobre un filo móvil. Es tan poco probable asir su forma definitiva, como lo es hallar dos timelines idénticos. Todo lo que podemos saber de Twitter deriva de los comentarios de los propios usuarios. De la idea que tienen de esta participación activa que implica la vida misma de la plataforma. Pero aún hace falta una fenomenología del suceso.

Será difícil escribir la microhistoria de Twitter, aunque todos sabremos lo que pasó ahí.

En la era de las redes sociales, los lugares habituales de la consagración cultural y el renombre derivado del espectáculo se desplazan. Se reconfiguran y pierden el centro monopólico que ordenó el camino a seguir durante décadas. Lo que inició con los blogs como lugares alternativos de autopublicación y rastreo de intereses comunes, en Twitter explota en proporciones desorbitadas, en todas las direcciones imaginables. La realidad, al fin, se puede parcelar y darle follow o unfollow. Fluyen tantos datos en tantos sentidos, que anular segmentos de realidad que consideramos inapropiados al humor del momento se vuelve una estrategia de sobrevivencia.

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Twitter, si se quiere, es un ejercicio de presente. Por eso está sujeto a error. A demasiados, quizá. Y nadie está exento.

Proliferan los libros sobre Twitter, es cierto, aunque ninguno entra al análisis de lo que el fenómeno refiere de la sociedad actual. Pienso en volúmenes para iniciarse como Twitter for dummies de Laura Fitton, o The twitter book de Tim O’Reilly. Abundan también soluciones para incrementar ventas, crear grupos de intereses o proyectar el espectro de influencia de una marca, tales como: Twitter Power 2.0: How to Dominate Your Market One Tweet at a Time, de Joel Comm, o Likeable Social Media: How to Delight Your Customers, Create an Irresistible Brand, and Be Generally Amazing on Facebook (And Other Social Networks), de Dave Kerpen.

Verdaderos best-sellers de esta nueva era. Y también, del lado patético, no faltan ejemplares con soluciones para “hacer amigos”, iniciar relaciones de pareja o, sencillamente, para “ser feliz con Twitter”. Ahora bien, lo cierto es que también ofrece estas posibilidades, ya que su rango de manipulación es extenso. Pero los tuiteros saben que la depuración diaria en Twitter es una necesidad. Equivale a bañarse para ahuyentar infecciones, ya que no son pocos los usuarios cuya misión diaria es salir a extender sarampiones de quejas, de información partidaria o de autopromoción directa.
Y es que Twitter, apenas perfilado, se disipa.

Dos
Uno de los fenómenos más notables dentro de la galaxia Twitter es la figura del tuitstar. Una relevancia que califica de tal por los efectos reales que ha logrado fuera de la propia aplicación. Ejemplo: tuitstars que han logrado la publicación de libros impresos, el caso de Kelly Oxford que vendió su guión a la Warner Brothers, o incluso la capacidad de ciertos tuits, articulados en cadena por algunos tuiteros, con el objetivo de generar confusión y pánico social.

Parece no haber una definición inapelable de tuitstar. El concepto mismo se escurre. Las variables para estimar su influencia son relativas. Pensaría, para acotar, que es el usuario de Twitter que tiene una gran cantidad de seguidores y logra un alto impacto con sus tuits, sea a través del ingenio, la constancia o ciertas estrategias de posicionamiento. Porque hay que decirlo: este número termina siendo una aplanadora. Es el volumen de una voz.

El tuitstar se forja desde la falta de renombre en ámbitos reconocidos de la arena pública y muy probablemente sea doctor, taxista o estudiante de preparatoria. Aquí lo que importa es la destreza. Al no haber una tipología específica sobre la naturaleza del tuitero estrella, el asunto parece resolverse, aunque simplificado, de manera numérica. Hay quien pone un mínimo de 10 mil seguidores para ser considerado tuitstar, pero esta cifra es variable y admite todas las excepciones imaginables.

Otra caracterología sugiere que los tuitstars podrían dividirse, por una parte, entre quienes a partir de su actividad profesional logran renombre inmediato, por lo que sus seguidores son cuantiosos, incluso sin apenas enviar tuits. Y, por otra, estarían aquellos que utilizan la aplicación como un medio directo de alcanzar algún renombre. O se ven en ello después de lograr algunos tuits de calidad. La pregunta obligada: ¿quién juzga esta calidad? Los propios integrantes de la comunidad, que si así lo consideran, terminarán siendo seguidores de ese usuario.

El tuitstar logra que su dicho importe más que la noticia del momento. Sus palabras van y vienen, pateadas entre cuentas, amasando más y más seguidores. Su carrera parece no detenerse. Siempre tiene alguna ocurrencia. Sabe darle un giro al lugar común, a la frase armada. Maneja la cursilería y al manipularla la vuelve kitsch. O es un experto de la creación y gestión de trend topics, del uso del hashtag y las menciones reiteradas. Donde hay algo que comentar el tuitstar aparece como por arte de magia. O sabe capitalizar temas que derivados de la idiosincrasia tienen el fervor inmediato: sexo, el partido de futbol que transcurre, palabras altisonantes, las fiestas patrias.

Los tuitstars logran erigirse como líderes de opinión entre el grupo de personas que los siguen. Pero sucede que por más seguidores que tengan, al menos al día de hoy, hay muchas más personas que no tienen cuenta de Twitter y que siguen consultando el diario como fuente primaria de información. O el noticiario de la noche. O escuchan el radio, durante sus horas de trabajo. Por tanto, el tuitstar aún vive confinado.

El tuitstar no tiene que ser un experto del lenguaje. Lo suyo es el ingenio, la chispa, la espontaneidad y el fuego cruzado. En su carácter irresponsable puede vestirse de enfant terrible y repartir laminazos, ante la mirada atónita y divertida de los demás, que no dudan en festejarlo. Twitter es una pasarela chispeante de la actuación pública. Entonces logra el aplauso. Y van en cascada. Seguir a un tuitstar es una garantía de que tendremos, por lo regular, una sonrisa en el día, pues habrá alguno que convenga a nuestros intereses, al modo de pensar, al estilo de vida.

La idea general, no obstante el número de seguidores, es que el tuitstar es una estrella de resplandor plástico, fugaz e irreflexiva. Las personas lo siguen porque sabe el deal. El tuitstar es un experto tuitero. Sabe capitalizar menciones, hallazgos, frases. Es un diseñador del crecimiento. Se maneja como un profesional en el uso del espacio público/virtual. Tiene un doctorado de facto en estrategias de Community Manager. Atestiguamos cómo la irrelevancia y el doblez ingenioso de la frase armada despunta y se transforma en el comentario picante del día.

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Encumbrar usuarios de esta red social para volverlos tuitstars deriva, al parecer, de una necesidad natural de sacralizar parte de la actividad colectiva, erigiendo a ciertas personas como guías del resto. No se ignora que éste es un fenómeno recurrente, pero ahora el canal está abierto a cualquier persona. Y puedes hablar desde el anonimato. Nadie correrá a buscarte en caso de que digas algo inapropiado. La máxima sanción es el unfollow. O que otro usuario te ofenda en un tuit. Cuando se habla desde el anonimato la libertad de expresión toca fondo y los abusos campean en la superficie. Tan felices.

Twitter es un mecanismo sin costo cuyo dinamismo exige que sean los propios usuarios los que se labren su camino al estrellato. El tuitstar, por su parte, es un trabajador esforzado que abre a diario su computadora y rastrea links, frases hechas o noticias que lo tendrán en lo alto del candelero. Se comparte información para celebrar el fortalecimiento de una voz a partir de 140 caracteres.

Los libros sobre cómo usar Twitter —los referidos arriba y otros más— no se detienen a consignar el camino para ser tuitstar. Supongo lo consideran una perversión. Hay testimonios en blogs que detallan algunas estrategias. No es difícil. Salvo en casos excepcionales, quién es y quién no es tuitstar, después de cierto número de seguidores, es un misterio. En ciertos casos las cifras no resuelven la caracterología de su naturaleza. Pudieran ser los tuits mismos los que marcan la diferencia. Y aun cuando se estiman usuarios medianos, incluso perniciosos, las cifras escandalizan y los acercan a la verdadera relevancia social. Pero debemos leer durante tres o cuatro días antes de formarnos una opinión. Escuchar la palabra tuitstar, por principio, no debe tener un efecto negativo de primera mano. Hallar un tuitero interesante no es tarea fácil. Sería miopía considerar que ningún tuitstar tiene algo que ofrecer. Incluso a lectores especializados, de ojo clásico y exigente.

Ser un pocosfollowers es la nueva ofensa en pantalla, y más cuando el número de seguidores es un indicio apenas fiable de peso real en entornos fuera de Twitter. Es mucho más fácil que alguien sea catalogado como tuitstar por usuarios que apenas se integran a la red social y que se inician en el juego colectivo, que alguien que labra sus seguidores a través de la disciplina y el trabajo honrado.

Tres
El tuitstar, por otro lado, hace una interpretación de la realidad inmediata y la adereza con ingenio, alterando el aire solemne de una tragedia nacional, destinada al llanto, en objeto risible. Además, es una visión distópica. El tuitstar vive de carcomer el presente. Al glosarlo, brinda una versión alternativa que jamás llegará al periódico o a la revista de análisis.

Más que ningún otro usuario, el tuitstar consulta las noticias en busca de las señales de su tiempo. La declaración del político, el ridículo de la actriz, los detalles escabrosos de la vida pública. Cual si fuese una simulación perfecta de la propia vida, sólo que en pantalla, los usuarios de Twitter tienen la posibilidad de elegir entre tal o cual manera de ser usuario. El estrellato es una manera más de serlo, no la única ni la más valiosa. Ejemplo: existen comunidades de algunos enterados por donde circulan links a e-books, películas en YouTube de difícil acceso o comentarios puntuales, más depurados, sobre tal o cual suceso. Al final, Twitter es una enorme oferta de lectura y sus usuarios tienen la libertad para desechar, integrarse o incluso colaborar. La sociedad no había tenido acceso a una herramienta que le aportara de manera tan directa esta opción de integrarse en una sola voz compuesta por millones de voces.

Ahora bien, los tuitstars también pueden ser sinónimo de advenedizos y trepadores. Y si existe espacio para lograr un registro literario —Cioran o Lichtenberg serían excelentes tuiteros—, la colectividad elige, por lo común, celebrar la banalidad y la falsa relevancia. Existe una gama de aplicaciones adicionales a Twitter, como aquellas destinadas a mapear la situación geográfica de tus seguidores, o aquellas pensadas para rastrear quién te dejó de seguir, para hacer de esta experiencia algo adictivo. En sus momentos más altos el tuistar tiene el valor de decir lo que todos ignoran o no tienen el valor de señalar.

El tuitstar, al final, también ejerce una labor docente, que es instruir de manera indirecta a los nuevos usuarios. Que al principio, como es natural, caerán en los lugares comunes y luego, si continúan en su empeño, podrán derivar en ser, ellos mismos, tuiteros significativos. ¿Qué destino tiene el libro publicado por un tuitstar? El más pobre, si es que carece de soporte literario y su forma del chiste deviene en un ejercicio continuado del mal gusto. Sin intencionalidad y sin malicia, no será ni naco ni kitsch. Tampoco inocente y menos aún desinteresado. Muchos son majaderos a secas. Al leerlos te lloran los ojos de los albures que cruzan. Imagino que es el aplauso lo que impulsa al tuitstar. Pero las palmas se cansan de aplaudir o les salen ámpulas de tanto hacerlo. Luego, el silencio. Ese verdugo.

Habrá tuitstars, eso sí, mientras exista Twitter. Vendrá otro y después más. Se abren y se cierran cuentas. Queda la opción inédita de que cada usuario sea editor de sus propios contenidos. De que pueda intervenir en la plataforma y armar su timeline para leer aquello que busca. O bloquear usuarios, como medida extrema, ya que muchos seguidores de tuitstars los retuitean sin misericordia, generando auténticas pandemias de ocurrencias. Muchas de ellas abiertas boberías o incluso vulgaridades.

Así, resulta imposible perfilar al tuitstar, ya que pululan y se acomodan alrededor de intereses comunes, aunque predomina el ejercicio de la vaguedad. El tuitstarismo, en su momento más bajo, apenas constituye una extensión de un despacho de relaciones públicas.

Cuatro

Perder la selectividad en Twitter es arriesgarse al naufragio. No todos los tuitstars ofrecen trivialidad, pero hay que andarse con tiento para evitar las trampas de la falsa invención, del plagio descarado y de la cursilería de doble filo. Como en cualquier otro juego, hay reglas. Sólo que aquí las ponen los usuarios. Esta red social es la simulación de una comunidad, que por serlo requiere ser ejercida con distancia y temple. No es difícil caer en el ataque, la ofensa y la descalificación sin apenas argumentos.
Orientarse en la selva de Twitter no es fácil. Hace falta higiene y vocación de exigencia para evitar que nos hagan leer aquello que no nos interesa. No es difícil. Tampoco imposible.

Luis Bugarini.
Crítico literario.

 

The Twitter’s Digest

Cuando me ducho, siempre dejo una nota de suicidio; no sea que me resbale y además de morirme, haga el ridículo. (@ADeTocqueville)

Esto de extrañar no se lo han terminado de inventar. Sigue siendo una mierda. (@juanalajirafa)

Ahora sí estoy dispuesto a acabar con todo el sufrimiento en el mundo, pero primero, unos comerciales. (@Dios_Padre)

La primera matrioska la hizo una piedra al caer al agua. (@MerlinaAcevedo)

Le estoy siendo infiel a Twitter con mi vida real. (@JoAnnetton)

¿Ella es tu novia, o perdiste una apuesta? (@MadreModerna)

Qué pensará un noruego en la oficina, tomando café, mientras lee las noticias sobre Venezuela. (@anacrisrestrepo)

Yo amanezco despeinada y sin maquillaje, fracasé como protagonista de telenovela mexicana. (@galvisardila)

No me importa que tengamos un concepto diferente del romanticismo. O se abrocha la gabardina o llamo a un guardia! (@estefaldina)

Aquí todo se ha hecho dentro del narco de la ley. (@CamiloRpo)

Amalia, 4 años, me acaba de preguntar: “Tía, ¿cómo te gustan los niños?” y yo le dije: “Que lean”, y ella me dice: “A mí me gustan morenos”. (@lauritagarcia)

Los que me llaman insensato porque le echo gaseosa a un Rioja gran reserva, no saben cómo mejora la gaseosa con un Rioja gran reserva. (@nenecaca)

¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? ¿En qué canal era? (@lacamesi)

Más de mil latidos caben en 140 caracteres. (@Guashabita)

Al parecer mi ropa se ve mejor cuando cae al suelo de tu habitación. (@maestraenlacama)

Nom de tuit

Que Twitter sea un poderoso medio de comunicación no es, por sabido y obvio, un asunto que desee traer a cuento. Ni, por tanto, las múltiples estrategias periodísticas y de marketing a las que esta herramienta se presta con éxito evidente. Quiero enfocarme en la índole de juego literario que se da muy bien en este sitio de microblogging, ya sea como entrenamiento para mantener la escritura en buena condición o bien encauzándolo como una plataforma idónea también para hacer —y leer— literatura.

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Me parece que los dedos pulgares raudos que escriben tuits han comenzado a desarrollar ramas neuronales que, a la larga, prohijarán nuevas formas de expresión y de entendimiento, acaso una aún desconocida sensibilidad con su respectiva gramática inédita. Pero, ¿cuándo y cómo comenzó esta alteración que ha comenzado a advertirse?
Hay un momento promedio que sirve para calcular el advenimiento como rabiosa cascada de los cambios en los hábitos y en el modo de pensar —y, a la postre, de ver el mundo— que la tecnología digital trajo a la vida cotidiana: mediados de la década de los noventa del siglo pasado.

Fue entonces que la Olivetti Lettera comenzó a empolvarse cuando los habituados a escribir comenzamos a probar los inquietantemente silenciosos y suaves teclados de las computadoras. “Undo”, “Debug”, “Save” que ofrecía el menú de los primeros procesadores de palabras (¿quién se acuerda hoy de Word Perfect?) parecían fórmulas alquímicas o jaculatorias de una nueva creencia que había que descifrar y adoptar para escribir un texto que ya no admitiría jamás tachones ni manchas blancas de Liquid Paper. El ritual purificador de “pasar en limpio” ya no tenía cabida en esta nueva suerte de protestantismo digital.

Grave y fascinante adopción la del fax —hoy recordado como un James Dean en la teletransmisión de textos en un precibernético estado físico—, a la par que los CD se asentaban como magnificencias en los muebles de las salas de casa que ya destronaban, no sin alguna lágrima fúnebre, a los añosos LP que servirían de ejemplo gráfico del ahora salvaje mundo analógico: imagínate, a estos se les pasaba una aguja encima para que sonaran —explicaría un padre a un niño índigo.

Picas y puntos, fotos a línea, galeras y cera para pegar las tiras finas —recortadas a escuadra y cúter­— sobre las micas durante el día de formación de una publicación eran momentos prematuramente otoñales que veían sus días contados y que se volvían tristemente conspicuos de una era a punto de extinguirse. Un anuncio publicitario de Telmex ponía en situación embarazosa a un chico que fracasaba en un ligue por no tener una cuenta de e-mail.

Sin desearlo, el mundo a la mano estaba cambiando, para bien o para mal, y nadie estaba seguro hacia dónde iría. Entre la fascinación y el escepticismo, algunas cosas empezaron a ser gratuitas: la música, acusadamente, a través de los P2P; algunos diarios principales del mundo ya tenían su portal en la web y se comenzó a hablar de foros y de chats, lugares “sin lugar” donde la gente compartía gustos, vicios y repulsas o ligaba siempre y cuando contara con una computadora y una conexión a internet. Eran los tiempos en que muchas páginas web tocaban una infame musiquita MIDI al abrirlas y uno no sabía cómo diablos salir de ellas.

Y casi de manera súbita, llegaron los teléfonos celulares convertidos en smartphones con características que los dotaba de la capacidad de conectarse a internet a través de la red 3G. Que fuera posible acceder a la red desde un dispositivo portátil habría de revolucionar el modo de resolver asuntos prácticos de la vida cotidiana, pero también el modo de convivencia diaria y aun de alterar el modo de ver el mundo.

De los mensajes de texto o SMS —y el acceso al e-mail que atrajeron las BlackBerry— a las redes sociales sólo había un paso y hoy ya casi nadie recuerda en qué momento comenzó a utilizar los pulgares para escribir. Jack Dorsey, cofundador de Twitter, recuerda que la razón por la que los hoy emblemáticos 140 caracteres que constituyen la cantidad hechizada de esta modalidad de microblogging —y que tornan conspicuo al sitio— se debe a que en un principio los SMS no admitían más allá de ese número de caracteres (hoy soportan 160) de modo que a los fundadores de Twitter les pareció práctico usar esa medida.

Si bien los 140 caracteres se antojan arbitrarios, su utilización ha sido tan frecuente y se halla hoy tan acendrada que ya casi suena como a las 17 sílabas obligadas del haikú. Admito que esta afirmación es exagerada, pero puede funcionar para acercarme al asunto al que aquí quiero referirme: la posibilidad de que Twitter sea una plataforma literaria y cómo esta vocación ­—por cierto no la única, sino una entre tantas emanadas de la utilización de este sitio de microblogging— ha comenzado a cambiar los hábitos de lectura y, por ende, los hábitos de escritura, entre otros alteraciones no menos estimulantes.

Un ejemplo de estas alteraciones, si bien no solamente de índole literaria, se dejó sentir en los debates presidenciales de la pasada contienda electoral. Atentos a lo que sucedía en la pantalla de televisión, los pulgares corrían raudos por los breves teclados de los smartphones. Los comentarios se desgranaban a cada segundo en Twitter y era difícil no participar en los mismos. Era como si el antes pasivo acto de ver la tele hubiera cobrado una tercera dimensión que conseguía cambiar por completo el concepto televisivo. Lo que salía de la pantalla ya no volvería a quedar impune o intocable. Con estas muestras de interactividad a nadie se le escapa que la red social de los 140 caracteres se ha asentado como uno de los mecanismos de comunicación más poderosos del presente.

Naturalmente que muchos de los tuits que quedaron fijados en los respectivos Time Line (o TL) sólo eran insultos y chistes de mal gusto sin el menor mérito sino sólo ruido y furia, como suele ocurrir con otros acontecimientos que llegan a convertirse en trending topic, pero otros tantos, aunque eran los menos, gozaban de semillas de ingenio editorial cifradas en opiniones que ponían en su justa dimensión lo que ocurría en la TV.

No hace falta decir que en los tuits que valen la pena hay una dosis considerable de malicia y de buena escritura. Por esta razón no es extraño que sean los tuits redactados por escritores los más afortunados, aunque cabe decir que tampoco es una situación obligada que un escritor, por serlo, sea necesaria y automáticamente un buen tuitero.

Para ser tuitero no basta con tuitear, hace falta vocación, esmero, tiempo, un olfato especial, un mood, a más de economía del lenguaje y de la malicia mencionada. En Twitter se cultivan muy bien los palindromas (@aasiain, @MerlinaAcevedo o @metaux son notables tuiteros palindromistas en sus ratos inspirados) y las minificciones, así como los poemas sucintos y el aforismo preciso; el editorial fulminante y memorable de índole política o literaria también medra con fortuna en este sitio de microblogging.

No hay reglas definidas, salvo la de los 140 caracteres. Es esta clase de tuits la que me interesa, y no los tuits meramente informativos que ofrecen ligas acaso útiles o encabezados de prensa, pues éstos tienen otra función e intención; mucho menos me interesan los que informan acerca del estado del tiempo o de estar friendo un huevo como en un reality show de gente más corriente que común que cree que una cámara de TV la está filmando permanentemente. Sino esos otros que uno podría recoger en forma de libro —o que constituyen una escritura seminal— merced a su oportunidad literaria o a su calidad escritural.

Añadiré que, además de los estrictos 140 caracteres como máximo, los tuits literarios a los que me refiero deben estar redondeados, unidades si bien con extensiones como sinapsis, deben tener la capacidad de contención en ellas mismas, de autonomía que las identifique como únicas. Que pueda decirse de ellas “Esto es tuit”, y no palabras sueltas al garete.

Es fácil identificar este tipo de mensajes. Una vez acostumbrado, el lector se lanza a la busca de tuits en todo contexto, y pronto llega a la conclusión de que no ha descubierto el hilo negro, sino que está ante una modalidad distinta de presentar estas gotas de ingenio. El célebre jingle de Novo “Mejor mejora Mejoral” sería un tuit excelso, y el cuento de Monterroso “El dinosaurio” y muchos poemínimos de Efraín Huerta —para no ir lejos— cabrían con mucha fortuna en Twitter.

Se me dirá que hablo de una materia sin sustento, en la que sólo importa una brevedad acotada con mucha precisión, y que ¿qué más da si se redacta en una hoja suelta, en una libreta o en un espacio virtual? Pero aquí importa también otro elemento y es la publicación inmediata, la puesta en juego al instante, la celebración permanente del ingenio que propicia, en el mejor de los casos, un destello memorable así sea durante el efímero chispazo que tuvo la suerte de ser retuiteado o marcado como favorito. Y a pesar de ser instantáneo, el afortunado ­—o desafortunado— destello se queda almacenado en el TL, si el usuario no lo borra, y aunque lo borre, si el tuit fue retuiteado, por ahí queda de cualquier manera flotando en otros TL. De ahí que “Tuit dado ni Dios lo quita, y es más fácil que se repita”. Ante todo está el juego: tuitear es una actividad divertida y vital, bálsamo contra la gravedad de los que piensan u opinan duro en otros formatos, cuerda floja dispuesta para el que desee arriesgarse a probar con una sonrisa aligerada.
Hay que añadir que se tuitea a toda hora y en todo lugar, y que se da el caso de las pequeñas células espontáneas que coinciden a la hora de tuitear con mayor intensidad: los tuiteros insomnes tienen sensibilidad más oscura y reflexiva que los vitales mañaneros, pues —como se sabe— el pensamiento es uno de noche y otro de día. También son frecuentes las cadenas colectivas que comienzan con un juego de palabras propuestas por un tuitero que sirve como pie para que quien lo desee complete la oración y le otorgue un sentido profundo o insólito al tuit. Estas cadenas, que recuerdan al cadáver exquisito, se dejan leer con agradecida felicidad.

Cristina Rivera Garza (@criveragarza), escritora de intensa actividad tuitera, reflexiona que no sería correcto hablar de los tuits como literatura pero, a cambio, observa que no se puede negar que se trata de una modalidad de escritura. El matiz me parece oportuno, pues más que algo acabado, la actividad tuiteril equivale a mantenerse en forma, entrenar en el gimnasio de la mente como una disciplina sana y estimulante.

Complemento este punto con dos observaciones: el dicho de Picasso acerca de que la inspiración es algo que debe sobrevenir mientras se está trabajando —no hay de otra—; y la idea que de “escritura” tenía Salvador Elizondo en el sentido de una práctica continua y provisional, acaso de work in progress, de algo presentable aunque no alcanzara una forma definitiva —seguramente tal escritura elizondiana deseaba evadir este estadio definitivo—, de una vocación por el proyecto que deja abierto el final para siempre como parte de una concepción viable y legítima de la literatura.

Que de pronto sobrevenga la pregunta de si los tuits deben o no llevar punto final —al fin y al cabo, el punto es un carácter que le robaría espacio a los 140— es comenzar a pensar en los tuits desde el punto de vista gramatical y sintáctico, sí, pero también implica reflexionar acerca de esta concepción de proyecto de escritura, de idea abierta y fragmentaria. Un tuit bien logrado sin punto final tendría muchas acepciones: íncipit de una obra futura, átomo de una molécula orgánica, respuesta a una pregunta aún no formulada, profecía soterrada, verso blanco de un poema perdido… Escritura seminal.

Con respecto a esta economía del lenguaje, un tuitero —que bien podría haberlo sido avant la lettre­—, Pancho Hinojosa (@panchohinojosah), me dijo en una charla: “Casi todo lo que he escrito tiende a la concreción, tiende a los 140 caracteres. Y esto proviene, en el caso muy personal, del cómic. Yo fui un lector de cómics voraz en mi infancia, el primer libro que leí fue a los 16 años. Entonces, antes de eso era consumidor de cómics. Y en un cómic, en una historieta, aparece una imagen, en la imagen aparece un personaje del que sale un globito y en ese globito salen seis palabras, la séptima no cabe. O sea, esos 140 caracteres son muchos para mí”.

Hinojosa incluso va más allá que Cristina Rivera Garza y aboga porque la Academia deje detrás los cartabones que encajonan los géneros para considerar a los escritores de blogs y de Twitter —al fin y al cabo un microblog— como literatura a secas para, de este modo, analizar este tipo de producción con las armas de la crítica literaria. Acaso esta recomendación sea aplicable a tuiteros como Alberto Chimal (@albertochimal), quien ha extraído directamente de su TL libros enteros (83 novelas, por ejemplo); mientras que otros se han forjado fama de escritores a partir de su actividad tuitera, sin haber publicado en otros formatos más allá del miniblog y del blog, como @tumeromole, @diamandina o @shaktyiluminati.

En el juego de leer y escribir tuits literarios se debe tener en cuenta la colectividad a la que se apela al publicar de inmediato, campo de cultivo donde es posible prender como planta todoterreno y ser adoptado muy rápidamente como vox populi o hasta ser plagiado. Sin embargo, Twitter permite tener un control de cuándo y por quién fue publicado un tuit. En todo caso, lo más subrayable es que cada “avatar” que se precie de serlo, cada tuitero, sabe que en su TL está cifrada una voz, al menos la búsqueda de una voz, pues se trata de una construcción permanente que acaso servirá para otros posibles experimentos creativos, pero que desde ya posee unos cimientos individuales, unas señas de identidad que no se van a extraviar o a ser abducidas por una “nube” que fagocita música, obras literarias o fotos en pos de una libertad abierta en la red. El que crea y alimenta un avatar en Twitter debe ganarse su nom de tuit.

Noé Cárdenas.
Escritor, editor y crítico literario. Dirigió el suplemento Sábado de unomásuno.

 

El amor irrumpido de Michael Haneke

Oscuridad, silencio, créditos sobre un fondo negro y, de pronto, un estallido: la imagen se hace, comienza la acción: se abre la puerta de un departamento, abatida por la policía. Un bombero irrumpe el espacio y descubre otras puertas cerradas, selladas con cinta de ducto; abre las demás y nos muestra, morosamente, el escenario en el que transcurrirá la película. Abre, también, las ventanas, lo ventila: entendemos que huele mal allí adentro. Finalmente, sus colegas retiran los sellos y entran a la recámara principal. “¿Alguien abrió las ventanas?”, pregunta el bombero-guía. “No”, responde otro. Del lado izquierdo de una cama matrimonial yace el cadáver de una anciana, adornado con flores, como una Ofelia ahogada en su placidez. Entonces, oscuridad y silencio de nuevo: el título de la película, Amour, irrumpe en la pantalla y se fija en la mirada del espectador. Así comienza la obra más reciente del austriaco Michael Haneke (Munich, 1942), protagonizada, como se nos informó antes del inicio, por Emmanuelle Riva y Jean-Louis Trintignant, iconos aún vivos del cine francés: Hiroshima, mon amour (1959), de Alain Resnais, ella; Un homme et un femme (1966), de Claude Lelouch, él, para mencionar los títulos emblemáticos.

amor

Traspuesto el umbral del filme y en la única escena que ocurre al exterior del departamento, el tiempo se rebobina y vemos a Georges y Anne sumados a la audiencia, una pequeña masa ajena a las realidades íntimas de sus partes, que escuchará al pianista Alexandre Tharaud. Aquí Haneke nos ofrece un primer guiño: es como si asistiéramos, de nueva cuenta, al final de La pianista (2001), que si bien no es su primera película, sí es la que lo hizo visible dentro de una arena fílmica extendida, festivales aparte. Después de saludar a Tharaud, la pareja regresará a su hogar y a su ya añeja rutina, para descubrir que alguien intentó irrumpir en el departamento, su puerta por primera vez lastimada, el exterior en su primer intento por acceder al interior. Entonces no podemos sino recordar Caché (2005) y la invasión de la intimidad que sufre su pareja protagónica, víctima de la dialéctica interior-exterior que tan bien ha sabido retratar, una y otra vez, nuestro autor.

La rutina de Georges y Anne, sin embargo, se verá para siempre alterada por el inicio de la decadencia corporal de ella, sitiada en una silla de ruedas y en una cama para enfermos instalada en su recámara, tras una operación sencilla que deviene tragedia. Transformado a la vez en demiurgo y en velador, Georges asumirá sin chistar el rol que la vida le ha otorgado y se abandonará al meticuloso y tolerante cuidado de Anne, encargado incluso de sortear del mejor modo posible las visitas-irrupciones de Eva, su hija, y del propio Tharaud, testigos ocasionales del deterioro gradual e inclemente de su madre y maestra, incapaces de ver en ellos más que a una pareja de débiles ancianos, muy lejos de un pasado vital. De todos los que ingresan al departamento, los únicos que no lo invaden y respetan sus reglas son los serviles conserjes, compañeros situados en el espacio exterior inmediato del departamento, sus reales, aunque jóvenes, pares.

Si bien en Amour no hay mutilaciones genitales ni tortura psicópata, ni acoso ni muertes violentas en un apacible villorrio alemán, nos encontramos ante una de las películas que mejor destilan el horror que obsesiona a Haneke: aquel de la condición humana sometida a su propia, ineludible crueldad o vocación. Las serie de irrupciones del exterior que sufren Georges y Anne y, más aún, la que sufre su amor, sólo son superadas por aquellas que manan de su propio interior: la decadencia corporal, luego psíquica, de ella, así como la visita onírico-subconsciente que sufre él, víctima de una pesadilla de terror quintaesencial, es decir, meramente humano. Suma de motivos y de recursos Amour es, como ya se vio, una especie de glosa de algunas de las películas previas de Haneke, para no decir de todas. Lo mismo que en las dos versiones de Funny Games (1997, 2007), la acción ocurre en interiores, aunque en este caso el departamento de Georges y Anne, espacio dúctil y protagonista ulterior del filme, es una suerte de prisión voluntaria, a ratos estrecha y a veces amplísima gracias a la cámara del maestro y su dominio del espacio. Pero nada nos garantiza que la ausencia de crueldad explícita hará de Amour la menos terrible, como ocurre también en la distópica La hora del lobo (2003), y no podemos olvidar, claro está, la alienación social plasmada en Code inconnu (2000), así como la semilla de la historia más terrible de la humanidad vertida en El listón blanco (2009).

La irrupción última será la muerte. Es decir, la cancelación del amor que vincula a Georges y Anne, ese amour de resonancia francesa y que nos hace pensar en el amor en sí, ese monolito efímero, íntimo, contenido en sí mismo, siempre abatido por las irreductibles, violentas fuerzas del exterior. Y es que no puede haber nada más horrible que eso, como Haneke bien sabe, como nosotros mismos sabemos.

David Miklos. Escritor. Su libro más reciente es Brama.

 

Son of a gun

Lo que distingue al Hollywood que aspira a ganar un Oscar del que, honestamente, sólo aspira a inflarse con millones de dólares cada verano, es su escasez de balazos; de las nominadas para este año Django sin cadenas era la excepción, pero era claro que no tenía ninguna posibilidad; Lincoln, pese al entorno de la guerra civil, tenía una violencia física cuidadosamente administrada (el prólogo de los soldados negros ahogando a los confederados blancos) y, de hecho, se construye como un ejercicio de humanismo tan integral que incluso la bala magnicida de Booth queda en off. No es una regla (Bastardos sin gloria triunfó sin problemas hace dos años) sino una tendencia estable hacia un entendimiento norteamericano liberal de que el arte, sobre todo desde los años setenta, debe ejercer una crítica de la violencia y, de ser posible, darle la espalda.

gun

Es un acto contra natura y contra cultura: en realidad, el cine norteamericano es el único que ha elevado el uso de las armas a la categoría de expresión nacional; los detectives y los vaqueros son sólo el anticipo de sus pistolas y los actores de ambos géneros sólo parecen completos empuñándolas (Bogart, Cagney, Wayne, Eastwood, Willis, Schwarzenegger). Es un doble juego de implicaciones muy profundas, que puede ayudar a entender por qué es más viable para Barack Obama presentar una reforma migratoria que pueda pasar ante el Congreso, que una regulación a la posesión de armas entre particulares. Es algo más profundo que la imagen de Estados Unidos como “el policía del mundo”, un papel que podría asumir el gobierno norteamericano sin permear en sus ciudadanos; pero durante más de un siglo, desde que en 1902 el bandido Barnes disparaba directamente al espectador al final de El gran robo al tren, la pantalla norteamericana ha sido el lienzo favorito de un culto a las armas que privilegió al vaquero como el conquistador natural, el aventurero que ensanchaba los horizontes, se enfrentaba a los nativos salvajes o a los matones aún más bárbaros que los aborígenes, que llevaban las luces del progreso (El caballo de hierro, 1924, Ford) o desbrozaban de pistoleros la buena tierra ambicionada por los granjeros (Shane, el desconocido, 1953, Stevens). El arma de fuego es la herramienta civilizadora; una Colt .45 equivale a un silabario escolar (lo propicia si a la muerte de la gavilla le sucede la construcción de una escuela, como insinúa La pasión de los fuertes, 1946, Ford), una Winchester 73 a un alegato jurídico contra los latifundistas; la letra con sangre entra.

Si se tiene la curiosidad de entrar a la página de internet de la National Rifle Association, principal promotora del culto a las armas de fuego en Estados Unidos, se advertirán dos detalles interesantes: la ausencia casi total de figuras de Hollywood apoyándolos (básicamente, Chuck Norris, Tom Selleck, para sorpresa de muchos, y el director y guionista John Millius, quien siempre ha sido un derechista fascinado por los fusiles, lo que no le quita lo talentoso) y que la figura fundacional no es tanto el vaquero como el pionero al estilo Daniel Boone, mucho más rústico. En él encarna ese mito dorado del Walden de Thoreau degradado a ejercicio de fin de semana, a irse de campamento armado hasta los dientes (camuflaje incluido). Ese pionero, cosa rara, ha sido poco explotado por Hollywood (Tambores de guerra, 1939, Ford; Los inconquistables, 1946, De Mille, los más memorables) quizá porque exige demasiada naturaleza y las armas de la época pecaban de rústicas (Schwarzenegger con una escopeta de balines es hombre muerto).

De la intensidad idiosincrática del amor a las armas puede hablar el simple ejercicio de extrapolarlo al ambiente mexicano: las campañas de despistolización que emprendió el gobierno desde finales de los años sesenta del siglo pasado no enfrentaron la menor oposición; fuera del crimen organizado, la sociedad no vive armada y los aficionados a la cacería y al tiro al blanco son excepciones. El pistolero no goza de ningún favor cultural y, de hecho, es más bien materia de parodia, quizá porque su encarnación épica, el charro tapatío, llegó al cine cuando el país ya cambiaba a un cosmopolitismo que lo redujo a cantar temas de Manuel Esperón en cantinas espectaculares concebidas en los foros y en los delirios nacionalistas de los cineastas; terminaron caricaturizados por Adalberto Martínez Resortes en Hora y media de balazos (1956, Galindo), en el Charro Matías y sus sombrero descomunales de Abel Quezada y el Juanón Teporochas de Gabriel Vargas. Así no hay héroe mítico que sobreviva ni arma que evoque una epopeya.

Pero para Hollywood aun la parodia sería una consagración. Lo que cuenta en la información cultural es la cantidad de veces que se han destruido las ciudades más importantes del país por obra de extraterrestres (El día de la independencia, la serie de Transformers, Los vengadores), mutantes (Godzilla) o el calentamiento global (2012) como mero espectáculo sin consecuencias; el apocalipsis como diversión de fin de semana. El mismo día en que Sylvester Stallone estrena El ejecutor (2012, Hill), donde elimina a balazos a varios maleantes que pretende arrestar un ingenuo agente del FBI, se declara a favor de la ley de control de armas (Reforma, “Gente”, p. 9, 2 de febrero de 2012), y en el mismo número de la seria revista Film Comment (enero- febrero de 2013) dedicado a un luminoso ensayo sobre Lincoln, hay otro de Geoffrey O’Brien (“Heart of Dixie”) que compra a Django sin cadenas como película histórica, como western visionario; en su no del todo despistado texto, apunta como un parteaguas narrativo la brutal pelea de negros para diversión del sádico sureño Calvin Candie (Leonardo DiCaprio) a partir de la cual cambia el tono del relato y el tema de la esclavitud se impone por encima del encanto previo de una primera mitad de matices picarescos; ahí, dice O’Brien, “Tarantino encuentra los medios de evocar un sentido del pasado que no había sido evidente en sus películas anteriores”, y aunque “la última media hora es una secuencia tupida de balaceras obligatorias e inevitables actos de venganza”, eso no quita trascendencia ni pertinencia a la película y al cineasta. ¿No podría ser al revés y decir lo mismo sin las fuentes de sangre a lo Kurosawa de cada ejecución? ¿El pasado nacional, esclavitud incluida, sólo puede entenderlo como un baño de sangre espectacular y festivo? Vaya faena que le espera a Obama en el Congreso, ir a la contra del espíritu de la nación.

Gustavo García
. Investigador y crítico de cine. Es académico de la UAM-Xochimilco y autor de Al son de la marimba. Chiapas en el cine.

 

La persistencia de los standards

Reza el lugar común que hay música que resulta eterna. Ello puede aplicarse a todos los géneros, desde la mal llamada música clásica hasta el jazz, el rock, el reggae, el danzón, la canción vernácula, etcétera. La Novena Sinfonía de Beethoven o los conciertos Brandemburgo de Bach permanecen tan vivos como cuando fueron concebidos. Lo mismo puede decirse de composiciones como “A Love Supreme” de John Coltrane, “A Day in the Life” de los Beatles, “One Love” de Bob Marley o “Cielo rojo” de José Alfredo Jiménez. Parecen piezas musicales perennes.

persistencia

Pero existe una clase de canción en particular, prácticamente un género, al que los estadunidenses bautizaron como standard y que en sí misma guarda esa calidad de incesante, de siempre viva, de eterna.

Los standards están muy ligados al jazz y en general han sido escritos por grandes compositores. Nombres como George Geshwin, Cole Porter, Johnny Mercer, Hoagy Carmichael, Irving Berlin o Duke Ellington están en los créditos de esas populares canciones a las cuales se les da un origen incluso geográfico y más o menos legendario, bajo la denominación de Tin Pan Alley.

Digo geográfico, porque el Tin Pan Alley era de hecho un lugar, una serie de inmuebles situada en la West 28th Street, entre la quinta y la sexta avenidas, en Manhattan, Nueva York. Ahí, desde 1885 se instalaron algunos editores de música, quienes contrataban a diversos compositores para escribir canciones que pudieran ser comercializadas. Literalmente, los autores se apiñaban en los apartamentos y habitaciones de los edificios, con sus pianos y otros instrumentos musicales, a fin de elaborar sus piezas. En la práctica, se trataba de verdaderas fábricas de canciones.

Este tipo de casas de música, en cuyos aledaños se aposentaron diversas tiendas de instrumentos y casas grabadoras, se extendieron a otras calles de la urbe y a otras ciudades (Londres llegó a tener su propia zona musical) y en su mayoría adoptaron el nombre de Tin Pan Alley, el cual se convirtió en sinónimo de la producción de standards.
El auge del Tin Pan Alley va de fines del siglo XIX a poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial, si bien su influencia llegó hasta la época en que surgió el rock ‘n’ roll, a mediados de los años cincuenta del siglo XX.

Miles de standards surgieron en dichas factorías, aunque hay que decir que muchos otros fueron compuestos de manera más íntima y tradicional, según el estilo de escribir de cada compositor.

Básicamente, un standard es una canción que alcanza gran popularidad y es interpretada por una enorme cantidad de músicos y cantantes. En ese sentido, hay standards de blues, de jazz, de rock, de música popular. No obstante, el término se ha centrado en las composiciones más famosas del Tin Pan Alley, mismas que se reunieron en lo que se conoce como el Great American Songbook, es decir, el Gran Cancionero Estadunidense.

Algunos ejemplos de standards (sólo algunos, porque se pueden contar por cientos, si no es que por miles) son temas tan entrañables como “Over the Rainbow”, “Stormy Weather”, “Cheek to Cheek”, “Stardust”, “Georgia on My Mind”, “Makin’ Whoopee”, “Summertime”, “My Funny Valentine”, “Bye Bye Blackbird”, “Fly Me to the Moon”, “I Got Rhythm” y “They Can’t Take That Away from Me”.

Entre los grandes intérpretes de standards podemos mencionar a Ella Fitzgerald, Fred Astaire, Nat King Cole, Frank Sinatra, Billie Holiday, Tony Bennett, Bing Crosby, Julie London, Chet Baker, Sarah Vaughan, Ray Charles y un largo etcétera que incluye a roqueros como Rod Stewart, Bryan Ferry y hasta Paul McCartney, quienes han grabado discos con este tipo de melodías. Eso para no hablar de nuevos cantantes del género, como Diana Krall, Harry Connick Jr, Jane Monheit, John Pizzarelli o Rufus Wainwright.

No deja de ser paradójico que, luego de que la llegada a los Estados Unidos de la beatlemanía ocultó de algún modo a los standards durante décadas, muchas de las canciones de los Beatles se hayan convertido a su vez en standards (“Yesterday” o “Something” son una clara muestra de ello).

En México puede decirse que tenemos nuestros propios standards, muchos de ellos contenidos en ese equivalente al Great American Songbook que fue el alguna vez popularísimo Cancionero Picot. Boleros, danzones, canciones rancheras y hasta algunos rocanroles forman parte de dicho cancionero y están firmemente incrustados en eso que llamamos el inconsciente colectivo.

Los standards parecen inmortales y ahí están, soportando el paso de los años y las generaciones. Son los verdaderos clásicos de la música popular.

Hugo García Michel.
Músico, escritor y periodista. Director de La Mosca en la Red. Columnista de Milenio Diario. Autor de la novela Matar por Ángela.

 

Por la niebla del nosotros

Hace no mucho, en un artículo sobre ciertas escrituras aparecidas en los noventa, la poeta norteamericana Juliana Spahr llamaba la atención sobre una serie de libros que se habían alejado a propósito del inglés promedio o estándar para “decir algo”, tanto en términos culturales como políticos, acerca del inglés y su imperio en el mundo actual. Esta toma de distancia con el inglés promedio incluyó, argumentaba Spahr, la utilización estratégica de otras lenguas y/o la producción en lenguas de contacto tales como el pidgin o el creole, resultado ellas mismas de la colonización ejercida por el inglés. Estas escrituras de los noventa, continuaba, tienen mucho que decir acerca de procesos de globalización e inmigración, especialmente en el contexto de los debates que acerca del uso exclusivo del inglés se llevaron a cabo dentro de Estados Unidos al mismo tiempo. A diferencia de otros movimientos literarios que también incorporaron la mezcla de lenguas, tal como lo hizo la literatura chicana en décadas anteriores con el inglés y el español, las escrituras que le interesan a Spahr reflexionan más en y a través del lenguaje que sobre la identidad como un asunto extralingüístico o ya dado. Se trata, pues, de escrituras eminentemente políticas que, con sintaxis nerviosas y estructuras alteradas, cuestionan no sólo el estado de las cosas sino también el estado de las lenguas.

Gran parte de lo que Spahr atribuye en este estudio a poetas como Edwin Torres o Kim Mi Myung, Theresa Cha o Harriet Mullen, podría aplicarse, sin duda, a su propia obra. En efecto, aunque Spahr es una poeta norteamericana nacida en Estados Unidos cuya lengua materna es el inglés, su exploración poética comparte con aquellos eso que ella misma denomina como “la inquietante desorientación lingüística de la migración”. De This Connection of Everyone with Lungs (2005) a The Transformation (2007) y Well There Then Now (2011), tres de sus libros más reconocidos por la crítica y aún sin traducción al español, Spahr ha trabajado insistentemente en la desestabilización de la sintaxis convencional, ya sea a través de la repetición, el uso peculiar de los pronombres en plural y, más recientemente, la incorporación de máquinas de traducción. Estas prácticas, que en tantos otros no pasan de ser meros ejercicios formales, son centrales para una obra que incorpora lo personal, lo social y lo natural en grados pocas veces vistos en las literaturas de hoy. En The Transformation, por ejemplo, Spahr no sólo se da a la peculiar tarea de explorar su traslado a Hawai y su confrontación con un colonialismo que define tanto en términos sociales y lingüísticos como ecológicos, sino que también visita críticamente la relación en trío que en ese entonces estableció bajo el mismo techo con dos hombres.

En “El giro insurreccional, cont.”, el poema incluido en el portafolio de nueva poesía política que curó Joshua Clover, y que apareció en el número de noviembre de 2012 de la revista American Reader, Spahr vuelve a alejarse del yo para virar hacia el nosotros y, una vez más, a base de repeticiones y aliteraciones varias, logra infundir esa “inquietante desorientación lingüística” a sus palabras. Tal vez es eso lo que sienta el lobo que se aproxima a retozar con los coyotes. Tal vez es eso lo que sientan los coyotes cuando caminan “por la niebla del nosotros”.

El giro insurreccional, cont.

Y ahí estábamos.

La luz del otoño era más o menos
dorada.

Los árboles sostenían sus hojas por más tiempo de lo usual y todo era tibio de una manera casi agradable.

Algo como el sereno o la niebla o el humo nos mantenía juntos.

Y caminamos con ese sereno o niebla o humo y, dentro de su entorno, respiramos muy hondo.

Nos envolvía. Desde dentro.

Ese invierno vino el lobo.

Vino hacia nosotros. Se acercó a nosotros. Caminó por la niebla del nosotros.

Tenía dos años y medio y era el primero que regresaba.

Estaba solo. Merodeaba las montañas. Cruzaba carreteras. Atravesaba bosques.

De un lado para otro iba él. Solo.

Buscaba a los otros.

No los encontraba.

Pero le pasaba lo mismo, eso notamos, retozaba con coyotes.

¿Qué otra cosa podía hacer?

Era el único, no en el sentido del elegido, sino como el último de su especie.

Lo llamamos OR7.

Ese invierno, OR7 caminó hasta donde estábamos, aunque sin ningún deseo de estar con nosotros,

y nosotros esperamos a que el sereno, la niebla o el humo se convirtieran en lluvia,

mientras nos decíamos a menudo entre nosotros que las lluvias estaban por llegar, que de seguro iba a empezar a llover de un momento a otro.

Pero las lluvias nunca llegaron.

O llegaron tan tarde que ya casi ni las notamos.

Cuando por fin llegaron sólo levantamos una lona para esperar a que pasaran.

Juntos. Ahí. Bajo la lona. Por algunos minutos. De manera desigual, ahí. Pero ahí. Juntos. Inmóviles.

La lona es una versión de lo que importaba. Juntos.

Ese invierno, éramos principalmente hombres.

No al inicio, sino al final,

Al inicio no nos distinguíamos.

Éramos tantas cosas tan distintas.

Ése era el asunto.

Al final, sin embargo, al final éramos principalmente hombres.

Y los que no éramos hombres dábamos de vueltas unos alrededor de los otros, trastabillando.

Todavía aprendiendo. Inmóviles. Juntos. No teníamos otra alternativa.

Ese invierno, cada que escribíamos la palabra “interés” la reemplazábamos con la palabra “amor”.

Ese invierno no hacíamos más que rimar y rimar. Juntos. Con las palabras. Juntos. Ese invierno

todo escrito de súbito en nuestros pentámetros, nuestros
alejandrinos, nuestros heroicos dísticos, con frecuencia nada más
[una frase
asociativa con base en una línea muy quieta, que le debía a la lírica,
ahí dentro el nosotros estaba en lugar de los amados aunque
[casi nunca hubiera
una descripción de esos amados, ninguna lista de sus
labios rojos, la firmeza de sus senos, la suavidad de la piel, dejándolo
[así
en una atmósfera más bien genérica.

Te podría decir otras cosas también.

Una influencia europea.

Una influencia del Medio Oriente.

Una lista de escaramuzas.

La sensación de que eso no valía nada. Espera, no nada, sino algo. No, mira, nada. Tal vez algo. No.

Nada.

Admitámoslo.

Perdimos todas las escaramuzas, incluso la así llamada guerra RP.

Pero estuvimos ahí ese invierno.

Bajo la lona. Cerca. Juntos.

Nada más lidiando. Juntos. Buscamos y encontramos coyotes.

Cristina Rivera Garza.
Escritora y ensayista. Entre sus libros: Verde Shanghai, La Castañeda y Nadie me verá llorar.

Barrio chino

En la ciudad de México llamamos “barrio chino” a una veintena de restaurantes y comercios que se apeñuscan en el segundo tramo de la calle de Dolores, y al callejón misterioso donde Arturo de Córdova y Leticia Palma filmaron en los años cincuenta la película En la palma de tu mano. Es, sin duda, el barrio chino más pequeño del mundo. En ese sitio funcionaron durante mucho tiempo fumaderos de opio y casinos clandestinos. Por ahí pasó varias veces, con la brasa roja de un Chesterfield encajada en la boca, Filiberto García, el personaje principal de la novela El complot mongol.

Una calle, un callejón, 20 restaurantes. ¿A qué debemos tanta economía? La brevedad esconde un relato horrible de xenofobia. En la década de 1920 el gobierno mexicano prohibió la entrada al país de trabajadores chinos, un senador (Andrés Magallón) propuso que los que ya vivían en México fueran confinados en barrios especiales, y el presidente Álvaro Obregón expidió un decreto que les prohibía vender comestibles, entrar a los restaurantes, casarse con mujeres mexicanas, tener acceso a los puestos públicos y salir de sus barrios luego de las 12 de la noche. El ex presidente y ex gobernador de Sonora, Adolfo de la Huerta, los había acusado de transmitir la sarna, la lepra, el tracoma y la tuberculosis. Una historia que el país ha tratado meticulosamente de olvidar.

En los últimos años del siglo XIX, el gobierno de Porfirio Díaz abrió las puertas a la inmigración china en un intento de reclutar mano de obra barata que trabajara en las minas y el tendido de vías férreas a lo largo del país. “Por tres o cuatro pesos al mes trabaja el chino en la construcción de cualquier camino o edificio”, se leía en la prensa. En 1910 ya vivían en México 30 mil trabajadores chinos que llegaron huyendo de la pobreza, las hambrunas, las rebeliones campesinas y la violencia que asolaba cíclicamente a su país, o del Acta de Exclusión China promulgada años antes en Estados Unidos, donde se les acusaba de ser sucios, tener apariencia desagradable y quitarle el trabajo a los blancos (las novedades no son más que tímidas variaciones, nos recuerda Borges en “El Congreso”).

Aquellas oleadas de inmigrantes estaban formadas por varones solitarios, reservados, austeros, que trabajaban maquinalmente de sol a sol, a cambio de un salario de miseria. En los estados del norte, sin embargo, muchos de ellos lograron prosperar. Primero se alquilaron como lavanderos y cocineros; y luego se transformaron en comerciantes, tenderos, restauranteros, hoteleros y dueños de casinos. En Torreón esa elite emergente logró inaugurar incluso una suntuosa Compañía Bancaria y de Tranvías, que no tardó en herir diversas susceptibilidades.

En 1906, el programa político del Partido Liberal Mexicano —dirigido por Ricardo Flores Magón—, sostuvo que “el chino, dispuesto por lo general a trabajar con el más bajo salario, sumiso, mezquino en aspiraciones, es un gran obstáculo para la prosperidad de otros trabajadores”. Acusó a los inmigrantes de ser “una competencia funesta”. Según un relato de Juan Puig, en mítines maderistas realizados en Durango se repudió su presencia en el país y se les acusó de abatir los salarios. La campaña de hostigamiento derivó en un feroz movimiento antichino, impulsado por grupos de poder económico, que no tardó en envenenar a los sectores más pobres y analfabetas. La investigadora Flora Botton ha recogido notas de prensa en las que se les critica su físico, “su moral, sus hábitos, su monstruosa lengua, verdadera matraca de monosílabos”.

“¡Viva Madero y mueran los chinos!”, se gritó en 1911 en la ciudad de Torreón, cuando la población se alzó en armas contra el porfirismo. En mayo de ese año, Emilio Madero y Benjamín Argumedo lanzaron un ataque contra esa ciudad. El general porfirista Emiliano Lojero había posicionado tiradores en puntos estratégicos, así como en las azoteas de las casas más altas, pero sus hombres fueron aplastados y tuvieron que desalojar la zona. Comenzó un episodio de robo y saqueo que alcanzó su punto culminante con una orden girada por Benjamín Argumedo: “Maten a todos los chinos”. Ese día más de 300 inmigrantes fueron asesinados a mansalva. A algunos los arrastraron, con reatas, desde los caballos. A otros los arrojaron desde las azoteas para que sus cabezas reventaran contra las piedras del pavimento. Muchos fueron cazados a tiros en las habitaciones donde se escondían. Se dice que a los cadáveres los despojaron hasta de los zapatos. La caja fuerte de la Compañía Bancaria y de Tranvías fue dinamitada.
La historia se repetiría en 1913 en Monterrey (600 chinos fueron masacrados) y en 1916 en Chihuahua (200 inmigrantes asesinados). La persecución, alentada por panfletos, caricaturas y notas de prensa, tolerada por autoridades locales y estatales, se replicó a lo largo del país. En Mexicali, donde se exigía a estos inmigrantes el pago de contribuciones para la construcción de escuelas y carreteras, se decidió imponerles un impuesto trimestral “per cápita”, por la sencilla razón de “ser chinos”.

En 1915 se inició en Sonora la construcción de barrios orientales. En diversas regiones proliferaron los clubes antichinos. Al finalizar la década de los veinte, más de la mitad de la población china había huido del país. Tras varios años de ensañamiento, la campaña terminó con la llegada de Lázaro Cárdenas al poder, aunque las manifestaciones de racismo se prolongaron todavía una década. A mediados de los cuarenta comenzó a formarse un pequeño gueto en la calle de Dolores. Estábamos en paz con la Liga de las Naciones: la ciudad de México podía ufanarse de tener, al fin, un barrio chino. El barrio chino más pequeño que hay en el mundo.

Héctor de Mauleón.
Escritor y periodista. Autor de La perfecta espiral, El derrumbe de los ídolos y El secreto de la Noche Triste, entre otros libros.

Cortés y Bernal, la otra historia

Escribo esta nota sin haber leído aún el libro del historiador francés Christian Duverger Crónica de la eternidad. ¿Quién escribió la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España? (Taurus, 2013). Leí con azoro, sin embargo y como muchos, las notas periodísticas de Milenio (Jesús Alejo Santiago, enero 26), Reforma (Silvia Isabel Gámez, febrero 8) y El País (Luis Prados, febrero 9) en las que Duverger habla de su libro y concluye al cabo de diez años de investigación que Bernal Díaz del Castillo no fue Bernal, como abreviamos o compactamos en una sola palabra tanto la Historia… como el nombre de su autor, sino lo que en adelante habríamos de llamar “Bernal”, el falso Bernal entre comillas, en caso de que se reconozca la autoría que Duverger reclama para alguien más: Hernán Cortés.

De las notas periodísticas extraje varios azoros, dentro del azoro general, que informan las conclusiones de Duverger.

• En sus últimos años, cuando Carlos V prohibió sus Cartas de relación, Hernán Cortés quiso asegurar su paso a la posteridad mediante dos crónicas de su Conquista de la Nueva España: una que encargó a Francisco López de Gómara, y otra de su autoría, que concibió como la narración de un testigo anónimo, de un soldado raso.

• Cortés tiene la visión muy novedosa de que hay dos maneras de escribir la historia: a partir de archivos, o a partir de testimonios de testigos.

• Un análisis del estilo de la crónica revela que su autor estaba impregnado de prosa latina y construcciones propias del náhuatl, que sólo alguien como Cortés, según Duverger, fascinado con México e “inmerso en un proceso de mestizaje pudo dejar que penetraran en su manera de escribir en castellano”. Dos características que coinciden con las Cartas de relación.

• Frente a la idea tradicional de un Cortés aislado y perdedor, Duverger se centra en la etapa (1543-1546) que pasó en Valladolid y descubre a un hombre intelectualmente muy activo, que organiza en su casa una academia en la que se dan cita los notables de la ciudad y se discute sobre temas como “el cronista y el príncipe” o “la historia oral y la historia documentada”.

• Cortés contrata a López de Gómara, a quien confía sus archivos para que escriba la historia oficial —en su testamento dejará dicho que se le paguen 500 ducados por el trabajo— al tiempo que él escribe sus memorias, “inventando al personaje del soldado anónimo con la libertad de un novelista”, dice el historiador; subraya que la estructura de las dos obras es idéntica.

• Cortés muere en 1547, la obra de Gómara es prohibida —“su poseedor corría el riesgo de pagar una multa altísima, equivalente al precio de 20 mulas”— y su manuscrito permanece oculto durante dos décadas. Pero la sublevación de los tres hijos de Cortés en México al frente de los herederos de los conquistadores contra las Leyes de Indias que amenazaban con confiscar sus propiedades en 1566 resucita el texto. La crónica escrita por Cortés viaja a América con intención de convertirse en el gran golpe de efecto que legitime la causa de los primeros criollos. La conspiración fracasa y los hijos del conquistador son detenidos y enviados al exilio. Antes, los hermanos envían “el documento a Guatemala, donde vive Bernal, uno de los pocos supervivientes de la Conquista” y cuya existencia está por primera vez documentada en 1544.

• Su hijo, Francisco Díaz del Castillo, afirma Duverger, aprovecharía la oportunidad de mejorar su posición en sus pleitos “convirtiéndose en hijo de héroe”, haciendo modificaciones para incluir el nombre de su padre e incurriendo en flagrantes contradicciones “como criticar algunos párrafos de Gómara que nunca aparecieron en su versión dada a la imprenta” y que sólo pudo conocer Cortés. El manuscrito sufriría algunas manipulaciones más hasta su definitiva impresión en Madrid en 1632 con el título que conocemos y la autoría de Bernal.

• Añade Duverger: Cortés sería “el verdadero fundador, como dijo Carlos Fuentes de Bernal, de la novela latinoamericana”.

Pues sería mucho más al abrirse una gran cantidad de imaginaciones literarias luego del hallazgo. Si Duverger está en lo cierto, y con la colaboración del mistificador hijo de Bernal, Cortés novelista competiría por ejemplo con el mismísimo Cide Hamete Benengeli y las magias autorales del Quijote. O bien, en su prólogo canónico a la Historia verdadera…, el historiador Carlos Pereyra se refirió a Tenochtitlán como a “la arrasada Troya de Cuautémoc”. Cada vez que recordaba esto, me decía: Homero aún está a tiempo para la Tenochtitlada o equivalente, por el hecho de que “Homero”, o la serie de textos y autores que conocemos como Homero, volvió literatura cosas que habían ocurrido cinco siglos atrás, los mismos que nos separan de la Conquista de México. Pues bien: según avances de Duverger hay un autor que ya trabaja en eso y que para los 500 años de la caída de Tenochtitlán en el 2021 puede darnos la sorpresa: la gran novela, que como dice el lugar común es la épica de nuestro tiempo, sobre la Conquista de México. Este autor que viene se llama Hernán Cortés; con ustedes, el Homero de su propia Ilíada.

Ahora: supongo que no fui el único que sintió, ante la noticia, un deseo casi físico de leer el “Bernal”. Pero un libro tan joven, tan recién descubierto ameritaría un perdido (en mi caso) impulso juvenil al momento de emprender la lectura, como si fuera la primera vez. Hay un modo de intentarlo. Le llamo Proyecto Cardoza. Sobre esa primera vez escribe Luis Cardoza y Aragón en El río. Novelas de caballería: “Aún me acuerdo del deslumbramiento de Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, que comencé por la tarde y terminé en las primeras horas del día siguiente”.

Luis Miguel Aguilar. Poeta y ensayista. Entre sus últimos libros: Las cuentas de la Ilíada y otras cuentas y El minuto difícil.

Nos vemos en Marte, cariño

Al principio todo era expectación para los viajeros a Marte. Pero pronto, en cosa de treinta años, ese paraíso soñado se volvió ceniciento. Con las primeras expediciones los marcianos comenzaron a cantar canciones en un idioma desconocido y a imaginar cosas de formas insólitas que aprendían en sueños. Hubo incidentes, como el de la señora K, que se enamoró de un humano de características completamente ridículas: ojos azules, 1.80 metros de estatura y pelo negro. “La nave. Descendía otra vez, se posaba en el suelo y el hombre salía y me hablaba, bromeando, riéndose, y yo estaba contenta”, contó un día su sueño al marido. Él supo entonces que todo estaba perdido y, fingiendo que no le creía, que la tomaba por loca, salió con su arma marciana, desapareció tras “las colinas del tiempo” y mató al astronauta. Las inquietudes y los calores oníricos de la señora K cesaron de pronto, pero la invasión había comenzado y nada detendría el éxodo terrícola. Él, el señor K, lo sabía, pero no podría matarlos a todos para preservar su mundo de “vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena”, como describe Borges al planeta rojo. Llegaron cientos, miles, millones de humanos. Construyeron ciudades enteras, con materiales que traían de la Tierra (“cinco mil metros cúbicos de madera de pino de Oregon…
veinticinco mil metros de abeto de California”), réplicas idénticas de pueblos polvorientos. “Parecía a veces que un enorme terremoto hubiera arrancado de raíz una ciudad de Iowa, y en un abrir y cerrar de ojos un ciclón fabuloso se hubiera llevado a Marte toda la ciudad, sin una sacudida”. Los niños humanos (plaga horrenda) jugaban a meterse en las ciudades marcianas aniquiladas, a aplastar huesos ennegrecidos, a usar las costillas, la caja torácica de los muertos como marimbas, antes de que llegaran los bomberos a quemarlo todo. Los marcianos estaban ahí, enfrente, como espectros translúcidos, habitando un universo paralelo, hasta que poco a poco se fueron extinguiendo. Un día, un hombre llevó a sus hijos de día de campo para mostrarles los marcianos y, ante sus miradas divertidas, les enseñó sus propias imágenes reflejadas en el lago; porque ellos eran ahora dueños del planeta rojo.

Ésa es la historia de la colonización de Marte que contó el escritor norteamericano Ray Bradbury más de medio siglo atrás. Hoy, sin embargo (como ocurre a veces con obras maestras y con ideas de visionarios geniales como Leonardo Da Vinci y Julio Verne), su libro de ficción Crónicas marcianas es real. La empresa MarsOne, que planeó en secreto, desde enero de 2011, la “viabilidad técnica y económica” de colonizar el cuarto planeta del sistema solar, ha concluido que esa aventura será posible a partir del año 2023. Como primer paso del plan a largo plazo de este proyecto basado 100% en la tecnología con que se cuenta actualmente, la empresa MarsOne ha hecho circular una convocatoria para enviar a Marte un cohete tripulado por cuatro personas que jamás volverá a la Tierra. El costo de poner en Marte esta primera fase del plan será de aproximadamente seis mil millones de dólares. Y la razón de que sea un viaje sin retorno es meramente económica, ya que traer de vuelta a los cuatro astronautas incrementaría diez veces ese presupuesto. La vida en el planeta rojo de los cuatro individuos que sean seleccionados de entre las cientos de miles de solicitudes que ya ha recibido MarsOne estará dedicada a construir en Marte una colonia habitable capaz de recibir a las nuevas expediciones.

¡Alucinante! Pero eso no es todo. Como parte del plan de financiamiento se ha planteado que ese primer viaje de cuatro aventureros dispuestos a jamás volver a la Tierra sea videograbado y transmitido por televisión en tiempo real. Me pregunto qué pensaría Borges de todo esto. En el prólogo de las Crónicas marcianas de Bradbury, el mago argentino del adjetivo hizo el parangón entre la descripción de los selenitas del “verídico historiador” Luciano de Samosata (“hilan y cardan los metales y el vidrio, se quitan y se ponen los ojos, beben zumo de aire…”); las figuraciones de Ludovico Ariosto de la Luna como receptáculo de “todo lo que se pierde en la Tierra, las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos…”, y Kepler, que describe “la conformación y los hábitos de las serpientes de la Luna”. “Entre el primero y el segundo de estos viajes imaginarios, dice Borges, hay mil trescientos años y entre el segundo y el tercero unos cien… Para Luciano y para Ariosto, un viaje a la Luna era símbolo o arquetipo de lo imposible; para Kepler, ya era una posibilidad, como para nosotros”. Entre Kepler y la gestación de este “libro de apariencia fantasmagórica” de Bradbury hay doscientos años, y entre la publicación de las Crónicas marcianas y la colonización de Marte en tiempo real, tan sólo setenta. ¡Alucinante!, insisto, pero como dice un personaje de las crónicas de Bradbury cuando se plantea ir en pos de su marido, que ya está en Marte: “Antes cuando una mujer corría trescientos kilómetros detrás de un hombre llamaba la atención. Luego fueron mil kilómetros. Y ahora todo un universo. Pero eso no podrá detenernos, ¿no es verdad?”.

Definitivamente no hay manera de detenerse y, dependiendo del impulso, unos llegaremos más lejos que otros. De existir cintas grabadas de los grandes momentos de los aventureros del mundo, me gustaría ver los varios episodios en que, en mitad del océano infinito y el escorbuto que asolaba a su tripulación, Cristóbal Colón se vio preso de la duda; o la entrada del comando español de Hernán Cortés a Tenochtitlán y su batalla de la Noche Triste; o los muchos encuentros entre Kublai Kan y Marco Polo; o cuando Sir Richard Francis Burton ingresó disfrazado en el siglo XIX a La Meca; o la secuencia en la que el capitán Scott, “fanático de la objetividad, ejemplar puro de la raza inglesa” lo llama Stefan Zweig, decide no matar a sus caballos para usarlos como alimento, ni abandonar a sus compañeros Teddy Evans y Lawrence Oates (quienes al poco murieron en el camino al Polo Sur) cuando comenzaron a retrasar la expedición. Sin embargo, aunque logre ver la silueta de los primeros colonos en Marte frente a un ocaso amarillo, no sé si sabré comprender esas imágenes tampoco.

Juan Manuel Gómez. Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas.

De mapas y cómo manipular opiniones

Pedimos a nuestros geógrafos mediciones y levantamientos topográficos precisos que nos den una cartografía nacional útil al construir una presa o una carretera. Podemos admitir que los mapas sean hermoseados pintando, por convención, los ríos de azul y los valles de verde perenne, aunque luego encontremos que los ríos corren de color chocolate y los valles son terregosos. Los geógrafos mexicanos nos han dado una cartografía más o menos precisa de nuestros ríos, montañas y bahías: ningún río corre en sentido contrario al por ellos señalado y no faltan islas en nuestras costas ni islotes dentro de una bahía.

Pero no admitiríamos que, para consolidar nuestra imagen patriótica de unidad territorial, eliminaran ríos, montañas o barrancas imprudentes.

mapas

Lo mismo que a los geógrafos debemos pedir a nuestros historiadores: unas cartas de navegación creíbles y sin contradicciones internas. La Historia Patria, así con mayúscula, como la dirigida a los niños, debe ser, sin duda, sencilla y heroica, llena de motivos de orgullo. Pero la nuestra no es ni una cosa ni la otra: no es sencilla sino simplona y no es ningún motivo de orgullo aprender, como se nos enseña, que nuestro país no se fundó por un gran triunfo de ciertos héroes, sino por la derrota de otros. Que sus héroes mayores cayeron sin alcanzar sus propósitos: Cuauhtémoc perdió un imperio, la rebelión de Hidalgo en menos de un año no existía y el virreinato siguió su marcha sin contratiempos hasta 1821. Vemos en la derrota de un imperio detestado por todos sus vecinos y vasallos, el azteca, la de quienes ni tenemos mestizaje azteca, quizás yaqui, pima, seri, otomí, maya, mixteco, tarasco, y hablamos español. Así resulta incomprensible la Conquista o peor aún, humillante: trescientos españoles hambreados, con una decena de caballos flacos, unos arcabuces y dos cañones viejos acabaron con un imperio de gloriosos guerreros, indómitos caballeros águila y caballeros tigre.
Trescientos españoles derrotaron a veinte millones de indios y conquistaron un continente. Todavía encontramos que una buena parte de los mexicanos ignora o aun niega que sus apellidos: López, Toledo, Hernández, Sevilla, etcétera, sean apellidos españoles. Sencillamente no lo saben y al saberlo no lo entienden. Por decenios la Secretaría de Educación Pública emergida de la Revolución de 1910 se negó a llamar sencillamente “español” el curso que en la escuela primaria tomaba el barroco eufemismo de “lengua nacional”.

En tiempos más recientes la misma SEP eliminó de los pronombres personales, que aprendíamos como yo, tú, él, nosotros, vosotros, ellos, el vosotros y así dejamos de comprender nuestro Himno Nacional que pide el acero aprestad, y a las cuatro palabras del más popular poema de sor Juana nos topamos con un “…acusáis…” y ya no sabemos qué hacer con eso, ni con los siguientes sois, culpáis…

Terquedades de necios que pagamos al precio de seguir viendo con recelo a los extraños enemigos que buscan hacernos el enorme mal de traer sus capitales e invertirlos aquí.

Radicalismo y moderación
manipulables

A partir de la Independencia, en 1821, y con mayor énfasis después de la Revolución, nuestro lenguaje político divide a los mexicanos en izquierdistas/indigenistas y derechistas/hispanófilos. Así encontramos que la izquierda se ve obligada a defender “usos y costumbres” precapitalistas, a venerar instituciones que nunca fueron indias sino coloniales y sahumar un mundo indígena imaginario. Sorpresa: la izquierda socialista aliada de la iglesia católica, enemiga de la acumulación originaria del capital, defensora de sistemas sociales productores de pobreza. Y alcanza excesos radicales que no parecen encontrar moderación en datos ni argumentos.

Un equipo de investigadores sociales de la Universidad de Illinois, Estados Unidos, ha encontrado que el pensamiento abstracto conduce a la moderación política.

El tema estudiado por el equipo es en particular peliagudo: ¿Debe construirse una mezquita como parte de un futuro conjunto arquitectónico religioso en la zona cero de Nueva York? Donde estuvieron las Torres Gemelas derribadas a nombre del islam…

La investigación exploró actitudes hacia el proyecto de que se destinen dos áreas a un centro comunitario islámico que incluiría una mezquita. La sola propuesta disparó un debate inflamado entre los impulsores de la libertad religiosa y los patriotas que consideran inaceptable ese extremo de la libertad religiosa puesto que la arquitectura dentro de la zona cero debe expresar reverencia a los asesinados el 11 de septiembre por musulmanes extremistas.

“Usamos la mezquita en la zona cero como un tema en particular polarizador”, dice Jesse Preston, supervisora del estudio. Hay pocos temas que dividan más la opinión pública en Estados Unidos y más aún en Nueva York, la ciudad que vivió los atentados. ¿Cómo inducir reflexiones con más amplias y diversas perspectivas? Los investigadores partieron del supuesto de que el pensamiento abstracto podría ofrecer un panorama menos reducido a pocas, elementales e indiscutibles verdades.

“Investigaciones previas han mostrado que el pensamiento abstracto aviva la creatividad y la apertura de pensamiento, pero este es el primer estudio que comprueba ese poder para moderar creencias políticas”, dice Preston. Y una forma de ampliar la perspectiva es preguntar sucesivamente por qué. Así acorralan los niños, sin saberlo ni intentarlo, a los adultos, con dudas repetidas. “Los porqué hacen pensar a la gente más en términos del panorama amplio que en intenciones y metas, mientras los concretos cómo se enfocan en algo muy específico, algo exactamente frente a ti”, dice Preston. Así que las intervenciones fueron sencillas.

En el primer experimento, los investigadores establecieron que, luego de ver una imagen de un avión volando contra las torres del World Trade Center, liberales y conservadores se oponían a la mezquita y el centro islámico en la zona cero.

En un segundo estudio se incluían los anteriores y nuevos participantes. Se hacía un cambio menor pero significativo: antes de dar sus puntos de vista sobe la la mezquita y el centro comunitario islámico, los participantes debían responder tres porqué consecutivos o tres cómo acerca de un tópico no relacionado, en ese caso acerca de salud.

Los porqué acercaron a liberales y conservadores en el asunto del centro islámico: “Observamos que liberales y conservadores se volvieron más moderados en sus actitudes.
Después de que esa tan breve tarea los había dirigido a pensamiento abstracto, tuvieron más voluntad de considerar el punto de vista de la oposición”.

El tercer experimento se efectuó en línea para probar los efectos en una población más diversa. “Se pidió a los participantes que leyeran un ambiguo, y falso, artículo de Noticias Yahoo! que incluía múltiples argumentos a favor y en contra del centro islámico”. Quienes leyeron la nota en un formato de lectura sencilla conservaron sus actitudes polarizadas. Pero quienes leyeron el mismo artículo después de que se había fotocopiado y hecho más difícil de leer dieron respuestas más moderadas.

“Hacer la información más difícil de leer induce pensamiento abstracto”, dice Preston. “Es una manipulación sorprendentemente poderosa porque la gente está pensando de manera diversa y poniendo un esfuerzo más mental cuando lee”, sostiene la investigadora.

“Tendemos a pensar que liberales y conservadores están en lados opuestos del espectro” y que no hay forma de acercar los extremos, pero el estudio sugiere que sí es posible. “Significa que puedes aproximar a la gente en temas en que esto sea importante o quizás cuando el compromiso es necesario”.

Militantes, ¡cuidado! Las actitudes políticas más acendradas pueden ser maleables. Y con una manipulación tan simple como responder a tres porqué, sostiene el equipo en el journal Social Psychological and Personality Science y en nota de Diana Yates publicada por el News Bureau de la Universidad de Illinois.

“Polarized Attitudes Toward the Ground Zero Mosque Are Reduced by High-Level Construal”.

Luis González de Alba. Escritor. Acaba de aparecer en eBook su libro Jacob, el suplantador.

www.luisgonzalezdealba.com

 

Numeralia

números

Cantidad de información que viaja en internet al día: 1 exabyte (1018 bytes, equivalente a llenar 212 millones de DVDs)

Porcentaje de acuerdos de negocio hechos en la internet sin un contrato escrito y sin un traspaso de dinero de mano a mano: 99.5%

Número de veces que se reduce el costo del tránsito de datos al pasar de un medio de voz a un medio en internet: 100 mil veces

Deuda de México como porcentaje de su PIB: 34%

Deuda de Estados Unidos como porcentaje de su PIB: 104%

Reducción anual del déficit esperado de Estados Unidos para 2020: 500 mil millones de dólares

Porcentaje de la reducción del déficit que se dará por la expiración de los recortes fiscales de Bush a ingresos mayores a 250 mil dólares: 22% (110 mil millones de dólares al año)

Porcentaje de la reducción del déficit que se dará por el establecimiento de restricciones a altos ingresos establecidos por los demócratas: 10-20% (50-100 mil millones de dólares al año)

Efecto que tendrá sobre los cárteles de la droga en México la legalización de la marihuana en Colorado: 1,425 millones de dólares en caída

Efecto que tendrá sobre los cárteles de la droga en México la legalización de la marihuana en Washington: 1,372 millones de dólares en caída

Predicción de caída en ingresos de cárteles de la droga en México por la legalización: 20-30%

Predicción de caída en ingresos del Cártel de Sinaloa por la legalización: 50%

Predicción de caída en ingresos de cárteles de la droga en México por la legalización hipotética de la marihuana en el estado de California: 2-4% (comparativo hecho para
cuestionar las estimaciones de una caída tan fuerte por la legalización en Colorado y Washington, estados de menor consumo y tamaño)

Número de ninis en México: 7 millones 820 mil

Razones principales para ser ninis: 56.2% son mantenidos por sus padres; 7.5% carecen de oportunidades laborales; 7% con trabajo eventual; 10% dedicados a la familia.

Porcentaje de ninis que no terminaron la primaria o secundaria: 26.6%

Porcentaje de ninis que tienen educación básica, pero truncaron sus estudios de preparatoria: 43.8%

Porcentaje de ninis que terminaron la preparatoria: 18.6%

Porcentaje de ninis que aprobaron algún grado de educación superior o terminaron su carrera: 11%

Porcentaje de ninis que radica en una ciudad: 60%

FUENTES: 1-3 Internet Traffic Exchange: Market Developments and Policy Challenges, OECD; 4 INEGI; 5 gobierno de EE.UU., Departamento de Estado y FED; 6-8 David Leonhardt, “The Cliff Is a Hard Place to Compromise”, The New York Times; 9-12 IMCO; 13 Reducing Drug Trafficking, Revenues and Violence in Mexico, Would Legalizing Marijuana in California Help?, Rand Corporation, comparativo hecho en The Washington Post por Olga Kazhan; 14-20 Rodolfo Tuirán y José Luis Ávila, Subsecretaría de Educación Superior.

Rodrigo Centeno. Economista, empresario y especialista en mercadotecnia.
Rafael Ch.
Investigador del Centro de Investigación para el Desarrollo (CIDAC).

Oportunidad para el SNTE

La primera lección que debemos extraer del procesamiento judicial de Elba Esther Gordillo por manejos indebidos de los recursos del SNTE es, evidentemente, que el sindicato debe dotarse de una dirección honesta, auténticamente representativa, y con mecanismos que aseguren la transparencia en el uso de las cuotas sindicales. No debe admitirse que los líderes sindicales actúen sin controles ni que su mandato se pueda extender indefinidamente. No más caciques vitalicios.

Asimismo, se debe admitir que los docentes no son obreros o trabajadores manuales, sino trabajadores intelectuales o “profesionales del aprendizaje” como se ha dado en llamarles. El SNTE debe comprometerse con el país en la tarea de mejorar la calidad de la educación. Esto implica que el sindicato debe modernizarse y alejarse del viejo modelo “industrialista” para acercarse a un nuevo modelo que deje atrás el espíritu de antagonismo de épocas añejas en que los sindicalistas auspiciaban la “lucha de clases”.

No propongo, desde luego, que el gremio renuncie a su misión crucial de defender la dignidad de los salarios y la mejora constante de las condiciones de trabajo de sus representados. Pero su actuación debe enmarcarse en un compromiso superior con la nación. La base de las negociaciones entre sindicato y autoridades debe ser la voluntad compartida para elevar la calidad de la profesión magisterial y, por esta vía, elevar el estatuto y el reconocimiento social del magisterio.

Lo que está en juego es nuestro futuro como nación. So pena de suicidarse, México no puede cerrar los ojos ante el desafío de la “sociedad del conocimiento” y de la nueva competencia económica. Tampoco puede rezagarse en la consolidación democrática. ¿Cómo vencer las plagas de México –la inseguridad, la ignorancia, el populismo, la corrupción, el clientelismo, el paternalismo, la miseria y el abandono? ¿Cómo mejorar las condiciones de vida de nuestros hijos? ¿Cómo hacer de nuestra nación una potencia de medio rango que sobresalga entre los países de nuestra región?

La única respuesta razonable es: con educación de calidad. Con un sistema escolar que forme a las nuevas generaciones en valores morales como la autonomía, la justicia, el respeto, la tolerancia, la pluralidad y el patriotismo (sin hostilidades ni exclusivismos), que las capacite científicamente y, al mismo tiempo, que las instruya en el manejos de las nuevas tecnologías.

Un cambio político es siempre una oportunidad para renovar las instituciones.

Elba Esther Gordillo ante la historia

El estilo de liderazgo sindical que representaba  Elba Esther Gordillo —y que, lamentablemente,  todavía se reproduce en varios sindicatos nacionales más—, es un fenómeno anacrónico. Vestigios de una época transcurrida. Mucho tiempo fue perceptible que su figura, su demagogia, su estilo —patrimonialista, tribal, paternalista, manipulador y cínico— de dirigir al SNTE contrastaba escandalosamente con la conciencia y la voluntad de sus propios agremiados (sobre todo los maestros más jóvenes) y con un país de ciudadanos cada vez más escolarizados, cultos e inteligentes que vive, al mismo tiempo, la experiencia de la construcción de una democracia nacional.

Nadie podía dejar de observar la ostentación pública que la líder hacía de sus costosos vestidos, de sus propiedades, de sus joyas, sus cirugías estéticas, etcétera. Un estilo de vida propio del Jet Set, que no podía comprarse con el salario medio de un trabajador de la educación (que equivale, supongamos, a 4 mil pesos mensuales). El hecho que la PGR actúe contra ella por manejos turbios de las cuotas sindicales, es una acción que se explica y se justifica moral, legal y políticamente. Lo que muchos nos preguntamos es: ¿Por qué tardó tanto el Estado mexicano en dar este paso?

Esperemos que este acto judicial sea seguido por cambios políticos en el SNTE. Lo fundamental es que el sindicato se democratice, que se dote de un liderazgo nuevo, construido por consenso real, y que instaure una ética de probidad dentro del gremio. El sindicato debe vincularse a la sociedad y al Estado para dinamizar  —y no obstaculizar— la gran empresa que es la de edificar una educación nacional renovada cuya meta sea construir una sociedad rica (productiva), justa y democrática. 

México tiene que modernizarse y democratizarse y en este doble proceso los sindicatos están destinados a desempeñar un papel crucial. ¿Qué es lo está en juego? Evidentemente nuestro futuro como comunidad. No podemos dejar de observar que hay otras Elba Esther Gordillo que merecen la acción de la justicia y que permanecen impunes. Por otro lado, ¿Acaso el poder judicial no debe intervenir para poner en su lugar a quienes, desde el lado de enfrente, pisotean la ley y se burlan a diario de la voluntad de todos los mexicanos? ¿Porqué se ha de seguir permitiendo que los militantes de la CNTE realicen impunemente suspensiones de clases , atropellos contra la propiedad pública y la propiedad privada, golpeen, secuestren y actúen, una y otra vez, haciendo caso omiso del orden jurídico de la nación?

Una acción justa, pero unilateral, puede acarrear consecuencias indeseables para todos. Que la ley se aplique a unos y a otros, para evitar interpretaciones equívocas y efectos indeseables.

El SNTE sin cabeza

Como me imagino que le pasó a todo mundo, me sorprendí con la noticia de que la Procuraduría General de la República detuvo a Elba Esther Gordillo, justo antes de abordar el avión privado que la llevaría a Guadalajara para presidir el Consejo General Extraordinario del SNTE. En este Consejo participa parte de la crema y nata de su camarilla, la hegemónica del sindicato. La sesión, que comenzaría hoy tal vez ya no se realice o, si lo hace, será para tratar de tomar posición y salvaguardar lo que se pueda proteger de un imperio que quizá comience a derrumbarse.

Escuché la conferencia de prensa que brindó el Procurador General de la República, Jesús Murillo Karam, escuché ciertas opiniones y leí algunas declaraciones temprano en los periódicos. Todo mundo mostró sorpresa, pero más que nadie sus allegados cercanos.

Mi primera impresión es que el presidente Peña Nieto trae plan. Escogió un tema ganador para comenzar con su ola de reformas que tal vez abone más a su legitimación como primer mandatario y ofrecer la imagen de un hombre de Estado. La reforma y adiciones a los artículos 3 y 73 de la Constitución se aprobó con velocidad increíble; su promulgación se celebró con pompa (el control de los símbolos contribuye al ejercicio del poder político) justo el día anterior a la detención de la señora Gordillo. El secretario de Educación Pública, Emilio Chuayffet, respondió con firmeza a los chantajes y amenazas que le profirió la camarilla hegemónica del SNTE, a él y al Presidente.

Hoy se sabe que las baladronadas de la señora Gordillo acicatearon al Presidente, no lo amilanaron. Cuanto más se radicalizaba ella con declaraciones altisonantes, más se alejaba de alguna negociación con el gobierno. Hoy es tarde para dar marcha atrás. A juzgar por las declaraciones del Procurador, la PGR tiene bien fundado el caso; lo que se mostró ayer —para caer en el cliché— fue sólo la punta del iceberg. Se trata nada más de dos cuentas y de un periodo breve, de 2008 a 2012 y la cantidad es exorbitante.

Escribo a vuelapluma, sólo unas horas después de la detención de la señora Gordillo. Nadie puede prever con certeza cuál será el destino de la reforma en marcha y las consecuencias que traerá la detención de la señora Gordillo. Veo tres opciones posibles, no excluyentes una de otra, pero cuyas líneas generales podrán marcar el tono de lo que suceda. La primera es que se desatará la anarquía; los grupos fundamentalistas del SNTE tratarán de hacerse con el poder sindical. La segunda es que el PRI tome el control del sindicato mediante operaciones políticas. Y la tercera es que el gobierno despliegue todo el poder del Estado para conseguir los fines que persigue y, en el trayecto, desmantele al sindicato corporativo.

Anarquía al vuelo

Uno de los muchos factores que explican el éxito que tuvo la señora Gordillo para encumbrase como la cacique mayor del SNTE se debe a la acción política de sus enemigos acérrimos, los maestros disidentes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación y otras camarillas menores. Al ser opositoras por sistema a cualquier medida que proviniera del Estado, por medios ilegales —marchas, plantones y sobretodo paros— le permitía a la señora Gordillo presentarse como la alternativa negociadora (y proveedora de votos, además).

Hoy se corre el riesgo de que la CNTE se envalentone y busque asaltar el poder central del sindicato, su sueño desde finales de los años 70 y comienzos de los 80. Sus métodos no variarán, sus cuadros siempre están preparados para salir a las calles, tomar carreteras, edificios gubernamentales y comercios, y no hay fuerza pública que pueda lidiar con ellos. Son expertos en la manipulación y siempre encuentran la forma de justificar sus desmanes con demandas conservadores o incluso, reaccionarias (que nada cambie), con el fin de fortalecer sus posiciones.

Habrá que ver cómo el gobierno va a contender con estas fuerzas políticas, organizadas, vociferantes y hasta violentas. Pienso que no se aventó a descabezar a la camarilla hegemónica sin tener preparadas algunas tácticas para bregar con la CNTE.

Restauración priista

Desde que el PRI ganó las elecciones el año pasado, los viejos cuadros priistas y algunos de sus seguidores dentro del sindicato comenzaron a levantar la cabeza, que habían mantenido agachada ante el autoritarismo de la señora Gordillo. Bien pudiera pensarse que si el presidente Peña Nieto quiere recuperar la rectoría de la educación pública, el PRI buscaría reconquistar al SNTE. Las noticias de reuniones y reclamos de ciertos dirigentes porque la señora Gordillo encumbró a su parentela y a algunos allegados ajenos al magisterio, se repiten desde agosto del año pasado. El hijo de Jonguitud Barrios, recién anunció que ya afilió a más de 200 mil profesores y está dispuesto seguir en la pelea legal para quitarle la titularidad de las Condiciones de trabajo al corro de la señora Gordillo. Otros grupos priistas buscan apoyo de personalidades del PRI, del gobierno federal y de gobiernos estatales.

Esta opción puede alzar vuelo; todavía hay muchos que sueñan con una restauración del PRI para que sea como lo era durante el régimen de la Revolución mexicana, un partido hegemónico sin contrapesos reales.

Esta opción, si bien aceleraría el desmantelamiento de la camarilla de la señora Gordillo, dejaría intacto el sistema corporativo; sería el encumbramiento de otra camarilla que, dada la experiencia histórica, podría resultar peor que la actual. Lo peor que pudiera pasar, pienso, es que el gobierno se contentara con descabezar al SNTE para buscarle una nueva cabeza. Nada cambiaría en lo esencial.

Opción democratizadora

La tercera opción, que alguien tal vez tilde de utópica, consiste en empujar la democratización del SNTE —y de otros sindicatos— poniendo a la legalidad por encima de cualquier consideración política. Si se diera una sinergia de diferentes de grupos civiles (Mexicanos Primero, Coalición Ciudadana por la Educación y otros más, por ejemplo) y decenas de miles de buenos maestros con la política del gobierno, bien pudieran lograrse ciertos avances democratizadores.

Si es correcta la conjetura de que el presidente Peña Nieto quiere legitimar su acción política, más allá de la legitimación que le dieron las urnas (el gobierno eficaz, que pregona), parece que con la detención de la señora Gordillo construyó la oportunidad de oro para conseguirlo. Un punto en particular me convence de que ésta puede ser la ruta elegida. El secretario Emilio Chuayffet, en su comparecencia ante senadores la semana pasada, externó que el Presidente enviará una iniciativa de ley para reglamentar el Servicio Profesional Docente. En los hechos, esto conduce a la derogación del Reglamento de las condiciones de trabajo de la SEP, el pacto del 46, como le llama el grupo de socialdemócratas que constituyeron la Coalición Ciudadana por la Educación. De esta manera, se liberaría a los maestros de la afiliación forzosa al SNTE y se les quitaría a las camarillas sindicales el control que tiene sobre la designación de directores de escuela, supervisores y otros puestos de la baja burocracia.

Ya se anunció el levantamiento del censo nacional de maestros, alumnos y escuelas, que arrojará auditorías y laborales. Mexicanos Primero colmará una de sus demandas. Estas organizaciones ya son aliadas del gobierno. Muchos buenos maestros están cansados de ser peones de juegos políticos y desean quitarse la tutela de camarillas; pero no están organizados, se la pasan trabajando. Ellos pudieran ser los líderes de la reforma educativa, la que está por venir tras los cambios en las leyes.

Me imagino que se puede caminar por estos y otros senderos. De lo que estoy convencido, es que la detención de la señora Gordillo le facilita el camino al gobierno (y a los partidos que firmaron el Pacto por México) para continuar con las reformas legales. Ya se removió un obstáculo. La reforma a la educación, la trascedente, apenas comenzará.

Al interior del SNTE, pienso, se liberarán los demonios. En cualquiera de los tres escenarios que describí, habrá pugnas políticas. El botín es grandioso y muchos aspiran a él. El grupo de la señora Gordillo se puso a la defensiva. Su líder formal, Juan Díaz de la Torre, le expresó solidaridad y cariño a su jefa, pero otros ya están buscando alguna vía para abandonar el barco que se hunde. Muchos de ellos también tienen cola y pueden ser sujetos a investigaciones; no podrán argüir que no se dieron cuenta de tanto movimiento de dinero.

La CNTE y los priistas se enfrentarán por el control del SNTE, mas la SEP y Gobernación tomarán cartas en el asunto; no descarto otras acciones policiacas de gran envergadura. Por primera vez en décadas, el gobierno tiene la iniciativa política frente a grupos corporativos. Esta vez la amenaza y el chantaje, el arma favorita de las camarillas neocorporativistas, no funcionó.

La caída de Jonguitud

El domingo 23 de abril de 1989, Carlos Jonguitud Barrios amaneció agripado. La noche anterior había recibido una llamada del secretario de Educación Pública, Manuel Bartlett Díaz, para pedirle que lo invitara a desayunar al día siguiente. No había asueto ni enfermedad que contara durante aquellos meses turbulentos de movilización social. En varias ocasiones, los recientes conflictos magisteriales habían reunido a estos dos personajes alrededor de una misma mesa. Tal y como acordaron, a las 9 de la mañana, en una casa ubicada en la colonia Pedregal de San Ángel de la ciudad de México, el líder del magisterio recibió al funcionario.

Jonguitud protegía su cráneo despoblado con un gorro de lana tejida. Traía los párpados caídos y la expresión facial rígida. Los fluidos nasales no dejaban de atormentarlo y la temperatura de su cuerpo andaba lejos de lo normal. Sobrevolando los platos de frutas y unos huevos a la mexicana, la conversación dio inicio y continuó sin encontrar su ancla. Si Jonguitud hubiera estado menos aturdido, con seguridad habría reparado en la vaguedad con la que el funcionario respondía a sus propias observaciones. Bartlett, por su parte, no tenía apetito. Observaba los muebles y objetos, caros y sin gusto, que decoraban aquella mansión.

Aquel encuentro tenía como propósito anunciar la decisión que el presidente de la República había tomado la tarde anterior. Muy probablemente no fue el mal rato que la gripa le estaba haciendo pasar al líder magisterial, ni tampoco la noticia que estaba a punto de anunciar, lo que provocaba la dilación impuesta unilateralmente por el secretario de Educación. El aludido tenía algo más grave de qué preocuparse: el ocaso del liderazgo político de Carlos Jonguitud Barrios estaba acompañado por un mal físico que, en sus peores momentos, le impedía controlar el movimiento de sus músculos.

Los primeros síntomas del padecimiento que arrasarían su salud aparecieron pocos meses antes de que estallara el conflicto magisterial. A finales de 1988 los médicos le habían detectado miastenia gravis: una enfermedad neuromuscular crónica que paraliza el movimiento voluntario de los músculos de sus víctimas. Un mal que se desata en días de intensa actividad y sólo disminuye durante los momentos de descanso. Esta coincidencia representaba en aquel instante un monumento a la ironía. Al mismo tiempo en que se debilitó el músculo político que durante poco más de dieciséis años sirvió para controlar al gremio magisterial, las extremidades, los párpados y hasta la expresión del rostro de este viejo maestro rural comenzaron a rebelarse ante las instrucciones de su cerebro.

La tarde anterior a ese desayuno se había celebrado una reunión en las oficinas del presidente. Con el jefe del Ejecutivo estuvieron, entre otros funcionarios de su gobierno, Fernando Gutiérrez Barrios (secretario de Gobernación), Manuel Camacho Solís (jefe del Departamento del Distrito Federal), José María Córdoba Montoya (principal asesor de la Presidencia) y Manuel Bartlett Díaz (secretario de Educación Pública). La discusión tenía un punto único: hallar una solución definitiva al conflicto magisterial que entre los meses de enero y abril había parado la actividad docente de cerca de medio millón de maestros. La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) encontró su momento de mayor arrastre precisamente en aquellos días de 1989, cuando logró sacar a decenas de miles de profesores a la calle para demandar un incremento de 100 por ciento en el salario y exigir la democratización de la vida política en el sindicato oficial, el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE).

El presidente Salinas de Gortari informó aquella tarde del 22 de abril que el gobierno de la República contaba con recursos para responder, en parte, a la primera de las demandas exigidas por la disidencia magisterial: había condiciones para proceder con el otorgamiento de un incremento modesto en los salarios y las prestaciones de los maestros. Sin embargo, y éste era el asunto más relevante, no valoraba el presidente como oportuno que dicho incremento terminara beneficiando políticamente al líder del magisterio institucional. Aunque Jonguitud hubiera jugado lealmente durante la campaña del año anterior, y también hubiese tenido voluntad para contener las pretensiones políticas de la disidencia magisterial, la ocasión era inmejorable para provocar un relevo en la cabeza del SNTE. Este movimiento político permitiría, por una parte, atemperar los ánimos de los maestros inconformes y, por la otra, colocar en su lugar a un nuevo líder sindical que sí poseyera vitalidad política para acompañar al gobierno entrante en su proyecto modernizador.

No hubo argumentos contrarios a la solución planteada. Días antes al desayuno con Bartlett, el 19 de abril, Carlos Jonguitud ya había ofrecido su renuncia al secretario de Gobernación, Fernando Gutiérrez Barrios, en caso de que esa administración considerara que con ella podría resolverse el conflicto. Era un hombre cuyo carácter político había sido forjado por el régimen priista. Muy bien sabía que no tenía posibilidad alguna de oponerse a una decisión presidencial. Además, el líder magisterial contaba con un disuasivo argumento para alimentar sus reflexiones: la forma como el presidente Salinas había procedido dos meses atrás en contra del líder petrolero Joaquín Hernández Galicia, mejor conocido como la Quina.

El 10 de enero de 1988, un impresionante dispositivo militar y policiaco formado por aproximadamente doscientos efectivos armados con bazukas ocupó la residencia de este sujeto con el objeto de aprehenderle y procesarle por los delitos de posesión ilegal de armas, contrabando y defraudación fiscal. Sin duda, este episodio dejó sembradas las claves para que Jonguitud, o cualquier otro líder de los trabajadores, pudiera intuir lo que le ocurriría en caso de oponerse a los deseos presidenciales. Mejor era rendir la plaza a tiempo que padecer su desgraciada enfermedad en prisión.

Otro asunto que se abordó en la reunión del 22 de abril fue el nombre de quien sucedería a Jonguitud Barrios. No se trataba de una carta desconocida para ninguno de los asistentes. Bastó con que Manuel Camacho Solís destacara los méritos políticos de la maestra Elba Esther Gordillo Morales para que el resto de los ahí reunidos coincidiera con la iniciativa. Quedaba por revisar la estrategia que, hora por hora, el gobierno de la República llevaría a cabo para resolver el asunto. Todo estaba impecablemente planeado. Al presidente Salinas no le gustaban las sorpresas y sabía que este tipo de golpes políticos debían ser contundentes para ser eficaces. Antes de que los asistentes se despidieran para operar las decisiones del presidente, dos últimas instrucciones salieron de la boca de Salinas de Gortari: Manuel Bartlett habría de traer personalmente a Carlos Jonguitud Barrios para que visitara Los Pinos al día siguiente a las 11 de la mañana y Manuel Camacho haría lo propio, esa misma noche, con la profesora Gordillo Morales.

A las 9:45 del día domingo, sentado frente a los restos de aquel desayuno, un Manuel Bartlett distraído aceptó unos minutos más de conversación anodina con el hombre del gorro de lana antes de anunciarle que el presidente quería verlo. La reacción de Jonguitud fue de inmediata incomodidad. En las circunstancias que guardaba su salud, cosa distinta era recibir al secretario de Educación en la intimidad de su casa, que salir a la intemperie para acudir a una reunión en la residencia presidencial.

Quiso negarse argumentando que no se sentía bien, pero Bartlett fue inflexible. Sin encontrar más argumentos, suplicó por una buena hora para asearse y vestirse propiamente. Sin tráfico en la ciudad, llegaron pronto a su destino. Entraron puntualmente tomados del brazo a la casa Lázaro Cárdenas, que se encuentra dentro de Los Pinos. Fue ahí, en la planta baja de esa blanca edificación, donde la curiosidad de Carlos Jonguitud no pudo esperar más: "¿Qué quiere el presidente de mí?" Bartlett le respondió con franqueza que el Estado mexicano necesitaba su renuncia para comenzar a desactivar la crisis magisterial. La misma renuncia que días antes Jonguitud le había ofrecido al secretario de Gobernación.

El aludido se limitó a bajar la mirada pero, en el primer descanso de las escaleras que condujeran a la oficina presidencial, se detuvo para hacer una última pregunta: "¿Quién va a sucederme?" La respuesta fue breve y fue, también, un filoso dardo. Al escuchar el nombre de quien hubiera sido su compañera política en más de una batalla, los ojos del líder magisterial hicieron agua. Sólo él sabrá si fue por rabia o por despecho que sus lagrimales reaccionaron de aquella manera. De todas las noticias que recibiría esa mañana, aquélla fue la única para la que no se había preparado emocionalmente.

Fragmento tomado del libro "Los Socios de Elba Esther" con autorización del autor.

Los hitos del origen

En nuestra siguiente edición publicaremos un texto de Leonardo Padura, Premio Nacional de Literatura de Cuba 2012, sobre lo que significa ser escritor en esta isla. Como adelanto, compartimos con nuestros lectores el discurso de aceptación a su reciente reconocimiento.

 


Esta historia comenzó una mañana de 1976 en la oficina de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana. Estabámos en los meses finales del curso académico con el que yo cumpliría el primer año de mi carrera y, como cada jornada, me disponía a cumplir mi trabajo como mecanógrafo, el destino al cual había llegado por el sistema de inserción laboral con el que se pretendía que los estudiantes nos formáramos en la socialista y revolucionaria combinación de estudio y trabajo. Durante aquel año había empezado a revolverse en mí una necesidad, hasta entonces desconocida, o más bien un deseo competitivo, de probar que yo también podía ser “escritor”, como otros estudiantes de la escuela, y, según mis códigos, lo único que me faltaba era empezar a intentarlo. Para ello escribí un cuento, más o menos fantástico, donde narraba la historia de un hombre que, al despertar de un prolongado sueño, encontraba que a su alrededor todo había cambiado: las formas, los colores, las funciones de las cosas y el pobre hombre necesitaba entender qué había sucedido. Por supuesto, a aquel personaje su situación inesperada le provocaba, sobre todo, asombro. Y se asombraba mucho.

Escrito el cuento, mi mejor opción para encontrar aprobación era precisamente uno de mis compañeros mecanógrafos, un estudiante de tercer año de la carrera que había leído muchos libros, escribía poesía y, algún que otro día, siempre en voz baja, me contaba de unas tertulias cuasi decimonónicas a las que él asistía, las cuales eran animadas por un tal Virgilio Piñera y se celebraban, por cierto, muy cerca de donde yo vivía y vivo, en la que fuera la última morada de Juan Gualberto Gómez, que entonces era ocupada por su hija, nietos y sobrino-nietos, unos mulatos refinados y políglotas que tomaban té en tazas de porcelana de bordes de oro a veces mellados. El compañero mecanógrafo, me imagino que sin mucho entusiasmo, se vio obligado a leer aquel cuento, y al terminar la jornada de trabajo y yo reclamarle un juicio, fue tan amable y elegante que mintió descaradamente al decirme que mi relato le gustaba, pero debía tener cuidado con el uso excesivo de los signos de admiración. Desde entonces, gracias a ese compañero de inserción laboral, que se llamaba, y por fortuna se sigue llamando, Abilio Estévez, he tenido especial cuidado con el uso de esas barritas verticales que solo sirven para enfatizar lo que el escritor es incapaz de expresar por medios más sutiles, más literarios.

Treinta y seis años después de aquella experiencia iniciática, el mismo día en que se hizo pública la noticia de que el jurado del Premio Nacional de Literatura 2012, presidido por el colega Reynaldo González, me había distinguido con ese galardón, recibí un email desde Barcelona, firmado por Abilio, el más hermoso y sincero de los elogios que acaparé en aquellos días y en el que mi ex compañero mecanógrafo me decía:

Querido Leonardo (y, por supuesto, querida Lucía), acabo de leer la noticia de tu premio. No sabes la alegría y la sensación de justicia que he sentido. […]. Desde que diste el primer gran paso de quitar las exclamaciones a tus diálogos, han pasado muchos años y han llegado muchos brillos. Para ser justos, con este premio no te han dado el lugar que mereces, ha sido el premio el que se ha justificado a sí mismo. […] Nadie como tú para poner en evidencia que golpear cada día el yunque saca chispas en el metal más duro. Y esa es la clave de todo. Disfrútalo, disfrútenlo, y cuando bebas ron, pon un vasito a mi espíritu, ahí, con ustedes. Y luego a trabajar más aún, con más fuerza, pero eso a ti no hay que decírtelo. No es difícil adivinar que ahora serás aún más la diana de los ataques de los cainitas cubanos, que se dan como la verdolaga. Pero eso se resuelve con la fórmula de André Gide: "Que digan lo que quieran, mientras tanto yo escribo Paludes". Y a ti eso de encerrarte a escribir se te da maravillosamente. Claro, no se puede negar que ahí está Lucía, también premiada, como no podía ser menos. Mucha más suerte, hermano. Hace casi cuarenta años coincidimos en una oficina de la Escuela de Letras y, contra todos los pronósticos, aquí estamos, dando la lata y gritando lo que tenemos que gritar, nuestra pequeña verdad y nuestra pequeña angustia y también nuestra pequeña alegría. Me siento muy orgulloso de ir a tu lado por este camino largo y complicado, y que nuestras fotos estén juntas en el muestrario de Tusquets. Besos para Lucía y un fuerte abrazo para ti.

Y firmaba abilio, así, con minúscula.

Si hoy los hago escuchar estos dos hitos del origen y destino actual de mi relación personal y literaria con Abilio Estévez, uno de los intelectuales más sólidos y lúcidos de mi generación, tan o más merecedor que yo de este reconocimiento que por ahora le está vedado debido a su residencia geográfica, se debe a que en uno y otro momento las palabras del amigo han tenido para mí y para mi carrera como escritor un valor especial, y porque entre uno y otro momento está tendida la crónica de un aprendizaje, un esfuerzo, un empecinamiento personal al que debo, por completo, lo que haya podido motivar la generosa decisión de un grupo de instituciones y, sobre todo, un grupo de escritores, de concederme el Premio Nacional de Literatura que hoy recibo, con gratitud y alegría.

Si desde la incultura sideral que acompañaba a aquel pelotero frustrado de Mantilla que escribió un cuento lleno de signos de admiración, he podido lograr algo, se debe, esencialmente, a un empecinamiento que llegó a convertirse en una necesidad vital. El proceso de aprendizaje fue arduo, pletórico de escollos, marcado por muchísimos sacrificios, pero siempre acompañado por la certeza de que con un nuevo intento, con más trabajo, con más lecturas, con más sudor las cosas podían ir saliendo mejor. Así lo he hecho durante estos treinta y seis años y espero poder seguir haciéndolo, con el mismo espíritu, durante los próximos treinta y seis que aspiro a vivir.

Muchas personas me han ayudado durante este periplo y a algunas de ellas quiero hoy expresar públicamente mi gratitud. Tuve, por supuesto, el soporte material, afectivo, moral y ejemplar de mis padres, que están en el principio de todo. Tuve la incitación y el desafío de mis compañeros de estudio, sobre todo de los Socarrones de mi grupo en la Escuela de Letras, mis amigos Alex Fleites, Arsenio Cicero, José Luis Ferrer, Jorge Luis Arcos, Magda González, Soledad Álvarez y otros más. Conté con la complicidad generacional de poetas y narradores de mi promoción, que mucho me ayudaron a perfilar mis intereses literarios y a clarificar los riesgos del empeño que compartimos: Arturo, Senel, Sacha, Lichi, Reynaldo, Luis Manuel, Reina, Norberto, Víctor, Ramoncito, Abel, Miguelón y tantos otros. He contado con la fortuna de compartir la amistad y los consejos de maestros como Ambrosio Fornet, Eliseo Diego, Jaime Sarusky…. He gozado del enorme privilegio de poder alcanzar una inesperada presencia internacional gracias a haber contado entre mis editores con Beatriz de Moura, Antonio López Lamadrid y Juan Cerezo, los artífices de Tusquets Editores, quienes me dieron su confianza y prestigio cuando era un escritor cubano sato y sin pedigree; también editores en otras lenguas como mi querida madame Anne Marie Meteilié, el amigo Marco Tropea, Lucien Leitess, los hermanos Von Hurter en Londres, Manolo Valente en Portugal y Ole Sohn en el reino de Dinamarca. He contado, además, con el apoyo incondicional de Ediciones Unión, mi editorial cubana, gracias a la cual, sin poner nunca reparos, todos mis libros han circulado en Cuba… Tras esos editores, otras muchas personas han contribuido a hacer mejores mis libros, ya sea como traductores, pero sobre todo como lectores, y quiero recordar mi deuda de gratitud con Vivian Lechuga, Lourdes Gómez, Elena Zayas, Elena Núñez, entre otros muchos amigos que me han ayudado a escribir un poco mejor de lo que soy capaz… Pero, sobre todo, quiero recordar y reconocer que he sido merecedor del premio gordo de la vida por haber tenido durante 34 de estos 36 años caminados en la literatura y en la vida, a pie, en guagua, o en bicicleta china, a mi mujer, Lucía López Coll, a la que, por merecérselo, por haberlos sufrido tanto como yo, siempre he dedicado mis libros, utilizando la fórmula salingeriana del amor y la escualidez… en su más espiritual sentido.

Muchas satisfacciones me ha dado mi trabajo a lo largo de estos treinta y seis años. Desde el premio en el concurso de cuentos para estudiantes de la Escuela de Letras, allá por 1978, hasta la posibilidad de participar en tres proyectos periodísticos a los que mucho debo como escritor: aquel Caimán Barbudo, renacido de las cenizas del decenio gris, que a principios de la década de 1980, luchando contra adversarios más encarnizados que los molinos de viento, convertimos en evidencia de que una nueva generación de artistas se proponía hacer algo diferente en la cultura cubana, pasando luego por mis seis años en Juventud Rebelde, donde se suponía sería reeducado y, en verdad, lo fui, pero como periodista capaz de participar en un empeño que dejaría una muesca perdurable en la chata prensa cubana de estos últimos decenios, una labor a la que debo mi primer acercamiento eficaz con muchos lectores cubanos, y más tarde, la experiencia de La Gaceta de Cuba, donde junto a Norberto Codina trabajamos para adecuarla a los tiempos que corrían y llegar a convertirla en la publicación cultural de referencia en aquellos años oscuros y sudados del Período Especial. Mi trabajo me ha dado, además, la satisfacción de recibir premios, de visitar medio mundo, de publicar en más de quince idiomas, de que se me hayan abierto las páginas de los más reconocidos periódicos de la lengua, de conocer gentes que me han nutrido, de poder acceder a la literatura que he querido y necesitado leer y, sobre todo, mi trabajo me ha permitido establecer una relación de cercanía con miles de personas que me han conocido a través de mis libros, gentes que acá en Cuba y en otras partes del mundo se han hecho mis cómplices y me han regalado el favor de su atención y, muchas veces, hasta de su cariño y han llegado a decirme que me agradecen que haya escrito lo que he escrito, una afirmación que supera el significado de cualquier premio… Mi trabajo me ha permitido, incluso, ganarme la vida decente y buenamente, una vida que no siempre ha sido fácil pero en la cual he logrado, trabajando, llegar a tener lo que tenía que tener, sin que nadie me lo “otorgara” por complacencias de ninguna clase. Y no puedo dejar de recordar a esta hora que ha sido mi trabajo el que me ha dado la entrañable oportunidad de conocer a un tipo como Mario Conde, tan jodido que, por haber sido, fue hasta policía, cornudo y aprendiz de escritor, un amigo que a lo largo de 23 años ha viajado conmigo ayudándome a entender este país singular y enigmático en el que vivimos, a veces tan generoso y a veces tan mezquino, a darle forma y expresión a mis sentimientos sobre la historia, la vida, la amistad, el amor, el miedo, la frustración, la pobreza humana (material y espiritual) y la condición de ser cubano.

Pero también sinsabores me ha traído este trabajo mío. Soy, ante todo, un escritor cubano y, como tal, no he podido sustraerme del efecto de los beneficios y las calamidades inherentes a tal pertenencia inalienable… Ya un día de 1992 me lo había advertido el maestro Mario Bauzá, en un bar de Nueva York, mientras el padre del latin jazz cumplía sus sesenta años de alejamiento físico de la isla: uno de los componentes más lamentables de la espiritualidad cubana, me dijo con sus palabras de habanero impenitente, está en la incapacidad que acompaña a muchos de nosotros para tolerar el éxito ajeno, más si es un contemporáneo, peor si es otro cubano. Ya por mí mismo he podido comprobar que más duro se les hace a algunos admitir ese éxito si el personaje en cuestión no pertenece a capillas, ni comparte militancias partidistas o grupales, si el éxito es el resultado del trabajo cotidiano y no de los favores compartidos… He tratado a lo largo de todos estos años, y cada vez con más conciencia e insistencia, de ser un hombre todo lo libre e independiente que puede ser una persona en un mundo y en una sociedad como estos en que vivimos. He tratado de decir con sinceridad lo que pienso, dentro de Cuba y fuera de la isla; he mantenido la fidelidad a mis amigos, dentro y fuera del país; he sufrido mis miedos, pero no me he dejado vencer por ellos a través de la simple fórmula de enfrentarlos; he seguido siendo mantillero, incluso industrialista –aunque a veces he dudado, lo confieso- y también he sido Yankee o Angelino cuando alguno de mis ídolos peloteros lo han sido; nunca me he dedicado a atacar a nadie, menos por sus opiniones políticas, pues creo que todas son respetables mientras no agredan o limiten el derecho y la dignidad de los demás; he escrito los libros que he querido, que he creído que podía y debía escribir y, desde la literatura, he dicho en ellos, sobre la realidad, la historia, la cultura, los hombres y hasta sobre las mujeres, lo que mi capacidad y entendimiento me han permitido decir, superando muchas veces mis dudas y temores, que no han sido pocos. Y por todo eso he pagado un precio. Aunque lo he hecho con satisfacción. Como bien los llama mi colega Abilio, los cainitas que nos acompañan en este tiempo vital han hecho lo posible por disminuirme, por callarme, por ignorarme, a veces menospreciando mi trabajo, incluso convirtiendo la política en un arma de doble filo que me lanzaba –y me lanza- estocadas desde un lado, desde el otro, desde arriba, desde abajo… Pero, qué se le va a hacer, es lo que me merezco por ser un cubano de estos tiempos, por escribir, pensar, actuar y vivir como he vivido, golpeando “cada día el yunque para sacar chispas en el metal más duro (…) dando la lata y gritando lo que tenemos que gritar, nuestra pequeña verdad y nuestra pequeña angustia y también nuestra pequeña alegría”, como me dijera mi amigo Abilio.

A todos los que les debo algo para haber llegado a donde quiera que he llegado, les reitero mi gratitud, pues mucho de lo conseguido se debe a ellos. Porque, lo dijo John Done, no Hemingway, ningún hombre es una isla en sí mismo… Y a los que me ataquen o me odien, por la razón que sea (algunos quizás, seguramente, hasta tendrán buenas razones), les reiteraré que pueden decir lo que quieran, incluso pretender convertirme a mí, que no soy el enemigo, en su enemigo. A unos y otros les puedo asegurar que ni premios ni agresiones me van a cambiar en lo esencial, porque seguiré golpeando el yunque, mientras el brazo y la inteligencia me acompañen. Por eso, en mi casa de Mantilla, la que construyeron mis padres con su esfuerzo y su amor, con Lucía y con mis perros, con la sombra tutelar de José María Heredia que siempre me acompaña y el espíritu vivo de tres o cuatro generaciones de Paduras, y con la ayuda interesada de mi amigo Mario Conde, yo lucharé por continuar siendo el mismo, por pensar con mi cabeza, por ser cada día un poco más libre, mientras escribo Herejes, una novela sobre los riesgos de asumir la libertad, en otros tiempos históricos y también en este tiempo presente, el de los días de mi vida.

Muchas gracias.

Todavía en Mantilla, febrero de 2013.

La consumación del crimen

Cien años del asesinato de Madero y Pino Suárez

–Levántense, señores –dijo el coronel Joaquín Chicarro.
Los tres prisioneros se levantaron de los catres de campaña en donde intentaban dormirse. Era el 22 de febrero de 1913. Pasaban de las diez de la noche.
Francisco I. Madero había estado llorando en silencio, con el rostro cubierto con una frazada, porque acababa de enterarse del asesinato de su hermano Gustavo. Se puso en pie con el cabello y la barba revueltos. El general Felipe Ángeles preguntó:
–¿A dónde nos llevan? ¿Qué es esto?
Chicarro contestó:
–Los llevamos a la Penitenciaría, mi general. Allá estarán mejor.
Ángeles comenzó a abotonarse la guerrera, pero Chicarro le dijo:
–A usted no, mi general. Solamente a ellos.
José María Pino Suárez se visitó con rapidez y salió a la habitación contigua. El día anterior le había dicho al embajador cubano Manuel Márquez Sterling: “¿Qué he hecho yo para que quieran matarme? Créame usted que solo he deseado hacer el bien, respetar la vida y el sentir de los ciudadanos, cumplir con las leyes y exaltar la democracia… Mírenos ahora, ¿no le parecemos el presidente Madero y yo como en capilla?”.
Cuando vio que Madero se disponía a salir, Felipe Ángeles se colocó frente al coronel Chicarro y el hombre que lo acompañaba, el mayor de rurales Francisco Cárdenas.
–Qué, ¿no voy yo también? –les dijo.
–No, mi general –contestó Cárdenas–. Usted se queda aquí.
Madero se despidió de Ángeles con un abrazo; Pino Suárez, desde el patio, con un gesto de la mano. Los subieron a dos automóviles que el yerno de Porfirio Díaz, Ignacio de la Torre, y el empresario Cecilio Ocón, habían facilitado. El mayor Cárdenas abordó el Protos cerrado en el que iba Madero; uno de sus hombres de confianza, el cabo de rurales Rafael Pimienta, el Peerles que conducía a Pino Suárez.
El chofer de uno de los autos, Ricardo Hernández, en el que viajaba Pino Suárez, declaró tiempo después que los autos se detuvieron frente a la puerta principal de la Penitenciaría de Lecumberri, que el mayor Cárdenas cruzó unas palabras con un celador, y que luego pidió a los choferes que bordearan los muros del edificio, hacia la parte posterior del penal. Oyó que Cárdenas le dijo al presidente:
–¡Baje usted, carajo!
En los documentos del proceso contra los asesinos de Madero y Pino Suárez, Hernández declaró que “el mayor Cárdenas le dirigió al presidente algunos tiros que le tocaron en el costado izquierdo, cayendo del mismo lado sin decir una sola palabra. Casi al mismo tiempo (el cabo Pimienta) dio orden al vicepresidente Pino Suárez para que bajara, y que al hacerlo, igualmente lo tirotearon; que el señor Pino Suárez quiso decir algo, pero la agresión fue tan rápida, que no pudo más que exhalar un suspiro que el declarante pudo oír perfectamente… Que tan pronto como se desplomaron los señores presidente y vicepresidente, tanto el mayor Cárdenas como los otros se pusieron a esculcarlos y luego, con las carabinas en la mano y en presencia de nosotros les hicieron fuego a los automóviles por detrás”.
El otro chofer, Ricardo Romero, declaró que al ver caer a Pino Suárez, uno de los asesinos dijo: “Todavía se mueve este hijo de la chingada”, e “hizo fuego sobre dicho señor hasta quemar todos los cartuchos que el arma tenía”. Dijo también que cuando el mayor Cárdenas “jaló el cadáver del señor Pino Suárez, cayó de los bolsillos de la ropa de éste, un reloj y una cadena de color blanco y un lapicero de color amarillo. Que tomando Cárdenas dichos objetos con los dedos índice y pulgar, los levantó en alto, y como uno de los que estaban ahí le preguntara “qué cosa es”, Cárdenas respondió: “Nomás un lapicero”.
El cabo Rafael Pimienta había estado bebiendo esa tarde en la cantina El Océano de la calle de Corregidora. A las siete de la noche se presentó un rural del séptimo cuerpo y le dijo:
–El mayor Cárdenas ordena que a la mayor brevedad se presente armado de carabina para una comisión.
Uno de los militares que departía con él, Rafael Sandoval Islas, declaró que Pimienta regresó al cuartel a la una de la mañana y le ordenó por conducto de un soldado que se levantara “pues quería platicar y sentía hambre”. Dijo Sandoval:
“En la orilla de la banqueta, Pimienta contó al que esto expone que los señores Madero y Pino Suárez acababan de ser muertos… Pimienta refirió que Cárdenas personalmente hirió de dos tiros de pistola al señor Madero, mientras él, tal vez sugestionado por el ejemplo de su jefe, pegó al señor Pino Suárez un balazo en la espalda. El vicepresidente, al sentirse herido, volvió la cara a su asesino y éste volvió a herir nuevamente con un balazo al mismo en la cara; después la tropa, por orden de sus jefes, los remató con las carabinas… Que días después, en sus momentos de intemperancia alcohólica Pimienta relataba en mancebías y cantinas cuál fue su papel en aquel asesinato, y como si esto no bastara, exhibía, ufanado, un casquillo vacío calibre .38 Colt, engarzado en oro, diciendo que con aquellos confititos había tenido Pino Suárez…”.
No hubo castigo. Francisco Cárdenas huyó a Guatemala y vivió en aquel país disfrazado de arriero. Se suicidó el 29 de noviembre de 1920, en una plaza de armas, cuando su verdadera identidad se descubrió. El cabo de rurales Rafael Pimienta, que antes de que se cumpliera un año del asesinato había sido ascendido a general, fue sometido a un largo proceso en el que, finalmente, los testigos cambiaron sus versiones o se retractaron. Altos jefes del obregonismo, entre ellos Benjamín Hill, intercedieron para que se le juzgara, no por asesinato, sino por encubrimiento. En 1922, un Consejo de Guerra decidió absolverlo. La impunidad era el signo. Vivimos en ella en los tiempos que siguieron.

Después del bombardeo. Las lunas de febrero de 1913

José Juan Tablada describe "el primer día de calma y paz" después de la destrucción ocasionada en la ciudad por el golpe de Estado de Victoriano Huerta. Texto reproducido por Antonio Saborit en su libro Febrero de Caín y de metralla. La Decena Trágica, ed. Cal y Arena, 2013.


Nadie, después de diez días, creyó en el silencio de los cañones… En la calma que se temió efímera, los oídos aguzados esperaban a cada instante oír de nuevo el tonante fragor de la artillería o el ríspido tableteo de las ametralladoras o el vuelo silbante de las balas… Y muchos espíritus resentían aquella angustia, aquella intensa fobia de que Zola en La Débacle describe poseído al Emperador vencido en Sedán, murmurando pávido, con la angustia de la idea fija:

¿Pero cuándo, cuándo se acallará por fin ese cañón?

Esta vez era cierto. Al fin el cañón dejaba descansar largamente los ecos desgarrados de la ciudad estremecida… Toda una noche transcurrió en silencio, y a la siguiente mañana, un río humano desbordante, bullidor, inundó de golpe los cauces áridos de las avenidas metropolitanas. En todos los semblantes se leía la liberación de una larga angustia opresora. Era una ansia y un frenesí de movimiento, después de larga reclusión llena de angustia, en las casas cuyas vidrieras se estremecían sin cesar, sobre cuyos techos, en lluvia de invisibles balas, pasaba a cada instante el huracán de la muerte… Era el sereno despertar de una pesadilla apocalíptica.

De los graves y trascendentales acontecimientos que en las últimas horas acababan de sucederse, aquel regocijo de la multitud, aquel júbilo gregario, sólo una cosa retenía y celebraba: que la lucha fratricida había terminado, que el advenimiento de la paz anhelosamente implorada barría las tinieblas de aquel cielo nublado de pólvora y que los luminosos rayos del sol matinal, como heraldos vestidos de oro descendían desde las ciudades de plata de los volcanes del valle y se difundían por los ámbitos de la ciudad, para anunciar el sereno y triunfante advenimiento.

Por todas las calles de la urbe, la muchedumbre llena de ávida curiosidad, discurría en innumerables cortejos, en procesiones sin fin. De barrio a barrio, de extremo a extremo, del centro a extramuros, durante los días del bombardeo, falaces y alarmantes noticias que propalaban exterminio y ruina se habían extendido… El Teatro Nacional era una ruina; la Casa de Correos estaba en gran parte reducida a escombros; los más bellos edificios coloniales o modernos, orgullo municipal y ciudadano, habían sido dañados, irreparablemente…

La muchedumbre satisfecha, contemplaba intactos los hermosos edificios y las hermosas fábricas, y con placenteros comentarios seguía discurriendo… En algunas partes, sin embargo, el funesto estrago de la lucha era visible. Cerca del Pabellón Español, la zona de la más cruenta lucha, conservaba aún emocionantes vestigios. Los cables y alambres de los servicios eléctricos caían sobre el asfalto como una maraña de lianas tropicales… En las esquinas, enormes bloques de mampostería desprendidos señalaban el paso de los proyectiles.

Sobre el pavimento, las columnas de hierro de los lampadarios eléctricos, yacían como enormes troncos de árboles, derribados a hachazos por un formidable leñador. En su base, los alambres interiores surgían semejando una raigambre, arrancada de cuajo… Sobre algunos muros, estucados de blanco, una profusa lluvia de metralla semejaba los múltiples agujeros de una criba. Más allá de la torre del templo de San Hipólito, era una filigrana de piedra calada caprichosamente por las balas de los cañones, y en su centro la blanca carátula del reloj, como el blanco de una sociedad de tiro, conservaba las huellas de los proyectiles…

En algunas calles cerradas al tráfico, destacamentos de soldados de línea o de cuerpos rurales, vivaqueaban aún y entre hileras de caballos inmóviles, junto a cureñas de cañones y cajuelas de parque, dormitaban sobre la paja que cubría el asfalto, los juanes abrumados aún por las fatigas de la obstinada lucha.

De súbito hendía los grupos una pobre vieja haraposa y plañidera, implorando la caridad pública, para enterrar a su difunto… Su mano trémula recogía los centavos y se alejaba llorando, lamentable, siniestra, espectro de dolor y de miseria, conmovedora «alma en pena», como la Llorona de nuestra fantástica leyenda…

En algunos grupos se hacían comentarios que el transeúnte sorprendía al pasar:
–En los intervalos del bombardeo –decía uno– el silencio era tan grande, que desde aquí, calle de Rosales, se oía dar las horas del reloj de Catedral…
–Un proyectil de a 18 –decía otro– entró por la ventana de la sala, pasó por el comedor y una recámara, perforó el piso y cayó sin estallar, abajo, en los lavaderos; yo lo conservo intacto…
–¿Márquez? Murió el pobre…
–¿De un balazo?
–No; lo atropelló un caballo sin jinete, desbocado, al voltear la esquina. Lo recogimos con el cráneo fracturado y echando sangre por la boca. El mismo caballo, que iba herido, cayó más adelante… –A Julián, el Maño, unos hombres ebrios le llevaron a la tienda tres Mausers; se los cambiaron por una botella de tequila… Otro grupo sostenía una discusión acalorada. Pero cuando uno dijo: «¡Lo necesario era la paz, el orden; los americanos estaban en la frontera, en Veracruz, en puertos del Pacífico!»… entonces todos echaron a andar cabizbajos y silenciosos.

Así transcurrió el día, el primer día de calma y de paz; así llegó el crepúsculo frío y sereno. En medio del gentío que pululaba por el costado oriental de la Alameda, una bella figura de mujer pálida, con un ademán de sibila extendió el brazo y señalando las torres de San Juan de Dios, dijo a su acompañante sobrecogida, como una sonámbula, en éxtasis:
–¡Mira! ¡Mira! La luna parece de plata y el cielo de heliotropo…

En efecto, aquella luna de febrero, que durante todas las fases de su creciente se había asomado sobre la ciudad, alumbrando espectralmente las noches ensangrentadas y trágicas, se encumbraba ahora en magnífica ascensión de plenilunio, sobre el cielo de violeta sombrío, imponderablemente suave. Al lado opuesto del horizonte, el crepúsculo escarlata y trágico, como el último vestigio de la lucha, se desvanecía ante la serena aparición lunar…

Y aquella luna espléndida y tranquila, parecía en su mística ascensión, ofrecerse al espíritu torvo de los hombres, como la hostia refulgente para la inefable eucaristía, para la comunión ideal de todos los hermanos en el sagrado rito, en la suprema religión humana del trabajo, del orden, de la paz…

Algo más sobre Emilio Rabasa y sus tiempos

Acabo de leer "Emilio Rabasa: Incondicional de Huerta". En él Alberto Saíd critica la ligereza de la argumentación que sustentó la decisión de colocar una estatua de Rabasa en la Suprema Corte de Justicia, y cuestiona la legitimidad de la presencia de esa misma estatua. Esto lo puede hacer cualquiera que comparta semejantes perplejidades, dicho sea con el respeto que merecen la información, el tiempo y el ingenio invertidos en dicho artículo.

En cambio, estudiar y ofrecer una bitácora detallada de la actividad de Rabasa entre 1908 y 1914 es otra cosa, casi historia, mas no necesariamente. Y es un tema abierto, desde luego, como todos los temas de la historiografía. Que el senador Rabasa fue anti maderista primero y luego banqueteó a Victoriano Huerta, vaya novedad. El antimaderismo fue una epidemia. Con relativa facilidad podría integrar otro volumen de 600 páginas con los materiales que dejé fuera de mi antología de escritos anti maderistas, Febrero de Caín y de metralla. La Decena Trágica (Cal y Arena, 2013).

Por otra parte, hay que ver la cantidad de manteles manchados de pólvora y alcohol antes, durante y después de la Decena Trágica para darse una idea de lo que falta por investigar, documentar y narrar de ese fin de época. Recuérdese, por citar un ejemplo, el “grave tropezón” del joven David Alfaro Siqueiros, así bautizado por él, para sugerir la complejidad de esa zona en cuyo centro están la militarización de la vida y el debate públicos, por un lado, y por otro, el levantamiento contra un gobierno legítimo y la privación de la libertad y el asesinato del presidente y del vicepresidente del país en febrero de 1913.

Siqueiros se refiere así, como el “grave tropezón, al banquete que el 5 de septiembre de 1913 ofrecieron en Xochimilco los alumnos los profesores y alumnos de la Academia Nacional de Bellas Artes y del Conservatorio Nacional de Música al pintor Alfredo Ramos Martínez y al músico Julián Carrillo, teniendo como invitado de honor al licenciado José María Lozano en representación del general Victoriano Huerta.

Pero ese grave tropezón no fue sólo de Siqueiros. Cerca de cincuenta profesores asistieron al banquete, entre ellos Federico Mariscal, Nicolás Mariscal, Arnulfo Domínguez Bello, Saturnino Herrán, Leandro Izaguirre, Féliz Parra, Patricio Quintero, Ignacio Rosas, Francisco de la Torre, Emiliano Valadez, Daniel del Valle, Daniel Vergara, Carlos Lazo, Fernando Parcero, Carlos Ituarte y Manuel Ituarte. Y también de alumnos como José Clemente Orozco, José de Jesús Ibarra, Gabriel y Emilio Labrador, José M. del Pozo, Miguel Ángel Fernández, Ramón López, José Peña, Ignacio Asúnsolo, y de todos los miembros de la legendaria huelga de pintores de 1911, a la vez que de los estudiantes más pequeños, como José Escobedo, Juan Olaguíbel, Mateo Bolaños y el mismo Siqueiros.

En el recuento no aparecen los nombres de dos pintores que trabajaron para la mayor gloria de la malograda revolución felicista, Manuel Rodríguez Lozano y Fernando Best. Ni tampoco el de Joaquín Clausell, quien apostó en favor de y conspiró junto con Huerta.

De asomarnos a los actos de las comunidades letradas la trama se complica mucho más, pero el punto se vuelve casi inmanejable al abordar a las diversas minorías dinámicas que convivían en aquella sociedad política, y me parece que estas líneas ya se han extendido más de la cuenta, desviándose de algo que es central y cuya ausencia muy en el fondo delata un artículo como el de Alberto Saíd: la pertinencia de volver la vista con seriedad y rigor históricos sobre el ocaso y ruina del régimen de Porfirio Díaz, no como el indiscutible y trillado antecedente de la Revolución Mexicana, sino como una parte no menos fundamental de la historia moderna de México, tal y como lo sugería el título de la obra de Daniel Cosío Villegas.

Este pacto no es con Dios

Después de más de 200 años llegó al Vaticano un aire de fronda, el de la Revolución francesa y el liberalismo como afirmación de la conciencia individual: matriz, dispositivo y volición de la responsabilidad y la libertad. Nada en lo dicho por Benedicto (el día que lo dijo y después) indica que su renuncia haya sido dictada por Dios –se hace cargo. Es su decisión, urbi et orbi. Es la decisión de un anciano cansado y moralmente escandalizado no tanto de su impotencia como de su entorno humano e institucional. Se trata de un acto radical: la confesión del fracaso y el cálculo sobre la política que viene. Yo renuncio, dijo el hombre; yo me largo, dijo e hizo el teócrata elegido para morir en el cargo.

Las historias que ha publicado la prensa sobre la renuncia de otros papas son estúpidas, anacrónicas y sin sentido (el antecedente como insuficiencia meritoria, decía Borges). No se confundan: ésta es la buena, la que cambia el mundo o, al menos, el mundo católico. Un hombre escindido es un hombre peligroso; pero sobre todo un hombre escindido casi nunca es un hombre de Dios. Ratzinger estaba partido, y decidió por sí y ante sí. Bienvenido el siglo, bienvenido el mundo. Insistimos: Dios es testigo, no actor.

La renuncia de Benedicto XVI (Joseph Ratzinger sin más a partir del 28 de febrero) es un acto insólito por donde se le vea. No se trata sólo de la retirada de un anciano comprensiblemente exhausto. Como muchos analistas se habrán percatado, son varios mensajes implícitos los que se transmiten: el trono de San Pedro ahora es un puesto renunciable no importando que la investidura sea el resultado del influjo del Espíritu Santo en un cónclave; el acto por sí mismo emite un inequívoco “no puedo” al frente de una institución dos veces milenaria, asediada por una crisis sin precedente de autoridad y magisterio. La decisión proviene de un individuo lúcido quien sin duda sopesa un diluvio y una inevitable crisis de sucesión por delante. Es claro que la siguiente unción será de alguien de cara a un largo pontificado en una iglesia sabedora del alto precio que ello tiene, lo que no habrá de facilitar los consensos. Ciertamente crisis, escisiones y escándalos los han habido en otras centurias, pero no en una en la que la institución, con todo y su enorme astucia milenaria, esté viendo erosionada como nunca su influencia, su legitimidad y la certeza de lo que significa; en suma: en un contexto de la pérdida de su papel en Occidente con todo y la otrora inconmovible seguridad en sí misma, más allá del destino de sus nombres, protagonistas y príncipes.

El antecedente de una renuncia seiscientos años atrás sólo puede tranquilizar a los fieles que no se atreven asomarse al abismo o no se han enterado que hay uno. Esta es una renuncia en la era postconcilio Vaticano Segundo, que ya supuso una reforma eclesiológica en donde las decisiones colegiadas cobran más peso y cuya consecuencia acaso inevitable sea que el principio de autoridad, por teológicamente intocado que esté, no podrá reafirmarse igual que siempre después de una fractura como ésta; principio obligado a enfrentar las duras reglas de la caída en el tiempo y su demanda de lograr consensos en un navío cuya tripulación comienza a sospechar de la confiabilidad de su armazón y de los instrumentos a bordo, mientras que los feligreses pierden la confianza en la tripulación misma.

En toda historia uno se pregunta dónde están las continuidades y dónde las rupturas. Porque entonces el papa Wojtyla podría ser un paréntesis y un anacronismo entre dos hombres que dudaron y se desgarraron: Paulo VI y Benedicto XVI (no se desgarren las vestiduras, desagárrense el corazón, dijo Benedicto). Juan Pablo II era seguro de sí, militante, diseñado para la Guerra Fría, un bolchevique del catolicismo. Lo anteceden y lo suceden un par de hombres que dudaron y que, tal vez sin desearlo, se abrieron a la política, a la de la Iglesia. Dos Hamlets escoltan el larguísimo pontificado de Wojtyla, quien aceptaba, en función del fin que justifica todos los medios, compañeros de viaje al estilo del padre Maciel y su secta de los pedófilos. ¿Alguien quiere más? Queremos decir, ¿alguien tiene evidencia de un mayor daño moral y político al catolicismo?

Que no se olvide que el pontificado de Wojtyla fue uno de canonizaciones al mayoreo y de una apuesta por el carisma, que ha debilitado la misión institucional de la Iglesia. No controlar el ego y la sed de dominio de los predicadores fue abrirle paso a la psicopatología religiosa, algo similar al fenómeno de los glosadores bíblicos que operan en Estados Unidos. El renacimiento carismático y místico del papa polaco extiende cheques en blanco a charlatanes depredadores y propicia y alienta un catolicismo cada vez más vulgar y kitsch. Wojtyla sale y busca el mundo para emitir un mensaje en carretera de una sola vía. No sospecha, como Paulo VI, la necesidad de entender algo de afuera ni mucho menos confiesa su frustración; nada dice de su incomprensión del mundo. Su exceso de seguridad en su Iglesia vencedora del comunismo en Europa se tradujo en ignorar sistemáticamente estándares morales e intelectuales que el mundo laico, por sí mismo, ha generado. Wojtyla es como Aquiles: un vencedor vigoroso sin complejidad intelectual o psicológica alguna; uno que sobrevive largamente a su batalla magna: sí, hay héroes que más vale que no sobrevivan. ¿Qué se puede esperar de un pontificado que confunde su misión pastoral con un desfile de la victoria?

La relación de una institución religiosa con el tiempo de los hombres es compleja y fascinante. De entrada no hay religión, ya sea primitiva u organizada, que no deje de afirmar que hay algo esencial que permanece y queda fuera de todo devenir, sea la vinculación con el cosmos o algo en la constelación tejida por las relaciones de los individuos entre sí y que bien puede confundirse con el orden social. Lo sagrado, por definición, es lo que no se toca; y sin duda uno de los grandes debates con la cristiandad en occidente, sobre todo en los últimos cincuenta años, estriba en dónde se traza la frontera de lo que es dable alterar una vez que individuos y sociedades son conscientes de su libertad. Pero más allá del drama de la libertad, sus sorpresas y dilemas, una paradoja que da vida adicional a las iglesias en la modernidad y en las post modernidad es la necesidad de la psique humana de encontrar anclajes frente a un mundo volcado a un cambio acelerado e ingobernable y es que la humanidad nunca antes había contado con tantas herramientas que, al tiempo que la facultan para la acción, hacen más incierto y más difícil adaptarse a las demandas y exigencias de las nuevas reglas autogeneradas. No por nada se tiene una sensación de alienación frente al destino propio. Ciertamente la libertad es, entre otras cosas, una madura aceptación de la incertidumbre pero no la resignación a ser hojas secas a merced del viento.

Es inevitable que las iglesias sean polémicas por el mero hecho de existir y procurar influencia en un entorno así; pero el genio particular de la Iglesia Católica consiste en aportar un cosmos enteramente artificial que invoca a la vez que encarna a lo inmutable: el mundo cuidadosamente construido de la liturgia y la tradición. A veces se nos olvida que la Iglesia Católica es la única conexión que le queda a Occidente con la antigüedad clásica. No es una institución como una universidad o un instituto de humanidades en donde simplemente se enseñen doctrinas o se estudia a Roma: es una en donde se toman en serio estas doctrinas y la misión romana. La Iglesia Católica conscientemente se asume como el imperio espiritual requerido para resolver lo que Roma no pudo, desde su apuesta mundana, política y jurídica: un orden universal incluyente que no se desgaje a sí mismo. El catolicismo no deja de ser una crítica pero sobre todo un tributo a ese experimento colosal en el que culminan todas las contradicciones del mundo clásico.

Hay que entender que el conservadurismo es para la Iglesia Católica su estado natural, su fuerza gravitatoria: es su polo de atracción por más que algunos de sus creyentes procuren alejarse de su influjo. Las categorías de izquierda-derecha que nos resultan tan familiares y que trasladamos de lo político a lo religioso con tanta facilidad, resultan a la larga irrelevantes para entender la verdadera naturaleza de la institución y sus dilemas. La íntima tensión de la Iglesia Católica, quizás desde su origen mismo, estriba en interesarse por el mundo o rechazarlo; comprenderlo o sólo guiarlo porque está perdido. Con su agudeza única Hannah Arendt señalaba que la Fe en Jesús de Nazaret generaba una obsesión por la acción mientras que en San Pablo una por la salvación. La patrística reelabora de algún modo esto y se tiene un Tomás de Aquino que construye una filosofía mirando hacia afuera y un San Agustín que mira hacia dentro: éste, el romano tardío, es el primer filósofo occidental plenamente consciente de la vida interior y su radical diferencia con el mundo exterior. No por nada Charles Taylor lo coloca en el origen mismo de las fuentes de la identidad occidental. La filosofía agustiniana representa sin duda un momento clave en la evolución de la conciencia en dirección al hombre moderno (no es casual que para el protestantismo el Obispo de Hipona sea un teólogo irrenunciable, a diferencia de Aquino cuyas doctrinas son irremediablemente medievales). Al mismo tiempo Agustín le resulta completamente extraño a la modernidad dado su radical platonismo con un giro, además, que entraña una profundísima desconfianza hacia el mundo del hombre y su tiempo histórico. Hay algo de monumental negación en esa doctrina, negación dirigida a la dignidad de la materia toda para construir una antropología sin la realidad corporal y carnal de lo humano, realidades de las que nada bueno espera.

El Concilio Vaticano II (1962-65) resultó fundamental porque evidenció esta tensión en la tradición teológica de la Iglesia. Había la sospecha de que rechazar la modernidad no llevaba a nada; había una fuerza creadora poderosa y compleja allá afuera que requería de actitudes y respuestas distintas. Los neotomistas encabezados por Yves Congar fueron los grandes impulsores y animadores de ese momento mientras que los teólogos de inclinación agustiniana como Joseph Ratzinger perciben en esa necesidad el riesgo de ser seducido por el mundo. La lectura de Ratzinger de los años sesenta es la de un clérigo horrorizado: ve tendencias centrífugas y autodestructivas; las sociedades occidentales quieren extender su radio de acción hasta lo inconcebible y minar todo principio de autoridad sin reparar en las consecuencias. Para Congar el Vaticano II no es un concilio más sino un acontecimiento en la historia de la Iglesia, para Ratzinger es simplemente un Concilio que tuvo su momento como lo tuvo el que le antecedió. Acepta las reformas básicas eclesiológicas y litúrgicas y hasta ahí. Como Prefecto para la Congregación de la Fe, bajo el Papado de Karol Wojtyla, Ratzinger clausura toda reinterpretación posible del Concilio más allá de una pragmática elemental. El punto es que la teología queda intocada y no se admite historicidad alguna en la auto-comprensión de la Iglesia. El hombre y el mundo del hombre no merecen un voto de confianza y ello a su vez da pie al paradójico bolchevismo de Wojtyla: la Iglesia encarna los valores más altos que puede concebir la humanidad y por lo tanto no puede ser otra cosa más que la vanguardia espiritual de un rebaño ansioso de ser guiado.

El laberinto de Ratzinger y de su Iglesia comienza cuando resulta ineludible ver a esa vanguardia infectada y enferma. Hay afirmaciones teológicas sobre la relación entre mundo, cuerpo y espíritu simplemente falsas; la antropología filosófica de Ratzinger carece de una comprensión esencial de la verdad del hombre. La tragedia del rebaño y de la iglesia de los curas pederastas no sólo evidencia estructuras podridas, complicidades, usos y costumbres malévolos, y un empleo monstruoso de la secrecía: revela una tradición teológica trágicamente equivocada. Mientras las afirmaciones de la Fe se ven en apuros frente a la ciencia y sus métodos, la teología y la antropología de Benedicto XVI encuentran su propio infierno dentro de la Iglesia, sin necesidad de competidor externo. En la historia de la filosofía, si bien se han evidenciado afirmaciones que carecen de sentido, no siempre se evidencian postulados falsos. Le sucedió al marxismo en el tramo final del siglo XX, y en el inicial del XXI, a todo lo que le apostó Joseph Ratzinger y definió su perfil y trayectoria.

No es inconcebible que Ratzinger llegara al final de su papado con la sospecha de que el hombre secular, desde su experiencia laica, adquirió, después de todo, alguna sabiduría de la que carecía la Iglesia con todo y su experiencia avalada por la marcha de los siglos; que es posible hacer hallazgos éticos que la doctrina y las iglesias por sí mismas son incapaces de lograr; que el modelo pastoral demostró no ser autosuficiente para dar con formas de autocontención; que se necesitaba del rebaño y de las fórmulas de la vida civil para hacerlo. Nada más desolador que percatarse de una clerecía incapaz de entender cabalmente la malignidad que ha cobijado sino cuando se mira en el espejo de la esfera pública. No es suficiente San Agustín, padre de la Iglesia; no todo se construye desde el interior, desde adentro y hacia afuera. El flujo puede ser, también, de afuera hacia adentro. Quién lo dijera: Ratzinger, el último agustiniano, se ha confesado frente a todos, ha invertido todo. Ha dicho a los católicos: hay otros universos.

El drama final no es percatarse de la pérdida de la influencia de la Iglesia, lo cual no es nuevo, sino la conciencia de cierre de un ciclo de 2 000 años frente al cual la Iglesia Católica, con todo y lo formidable que fue (y de algún modo sigue siendo) sólo puede perdurar –si perdura- como la pálida sombra de ese ciclo. Hay en verdad puntos de no retorno y, si es así, entonces la Iglesia también es hija del tiempo aunque sea un tiempo distinto al de la mayoría de los hombres.

Lo del tal Ratzinger, y el tiempo dirá, es lo del tal Lutero: otro tiempo.

Emilio Rabasa: El incondicional de Huerta

(PRIMER ACTO)

LA DEVELACIÓN DE LA ESTATUA

En 1947 Manuel Herrera y Lasso en su artículo “Los constructores del amparo”1 lanzó este deseo: “A mi maestro sin par [Emilio Rabasa] de Derecho Constitucional Mexicano, que fue el autor de la Constitución vigente [!] y el consumador del amparo [?], la Suprema Corte de Justicia como a Rejón, como a Otero, como a Vallarta, debe erigirle una estatua”.

Por la actuación ilegal de Rabasa como senador en tiempos de la Decena Trágica y por su cercanía con los golpistas Félix Díaz, Manuel Mondragón y con “El chacal”  Huerta, las palabras del devoto discípulo no podían verse sino como un ferviente anhelo para exaltar la memoria de su Maestro. Pero “con el tiempo (casi 60 años después), y un ganchito (excelente lobbying)”, el pensamiento de un alumno se convirtió en una realidad indeseable. Si se consulta el cuadernillo Ceremonia de Develación de la Estatua de Emilio Rabasa Estebanell (SCJN-2006), el lector olerá el incienso que se esparció en el acto realizado el 23 de febrero de 2006.Para ese momento eran ministros: Mariano Azuela Güitrón, presidente;  José Ramón Cossío Díaz; José de Jesús Gudiño Pelayo; Olga Sánchez Cordero de García Villegas; Juan N. Silva Meza; Sergio A. Valls Hernández; Margarita Beatriz Luna Ramos;  Sergio Salvador Aguirre Angiano; Juan Díaz Romero; Genaro David Góngora Pimentel; y Guillermo Ortiz Mayagoitia. De la carta que leyó el ex canciller Emilio O. Rabasa en honor a su abuelo en la ceremonia,  se infiere que estuvieron en ella todos los ministros pero no he podido constatar el hecho.

La primera alocución la hizo el ministro Gudiño Pelayo. La expectativa se centró en conocer los motivos por los que Rabasa tuviera su estatua en el edificio sede de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (Pino Suárez 2).

El mérito más relevante que el ministro encuentra en Rabasa, “que llega a la Corte para quedarse, petrificado artísticamente en la permanencia que le da la escultura que se realizó en su honor” es: “sobre todas las cosas un reconocimiento al gran crítico de la Constitución y de su interpretación, al gran crítico del amparo y de la Suprema Corte de Justicia”.

En la presentación del cuadernillo, el entonces presidente Mariano Azuela señala que Rabasa en una de sus mejores obras jurídicas, El juicio constitucional, se anticipó a su tiempo pues sostuvo que la estabilidad de las instituciones políticas radica en la eficacia del poder judicial. Agrega, también, que su tesis central se basa en que la Suprema Corte de Justicia es el intérprete legítimo de su Constitución; el escudo de los derechos individuales; el órgano de poder que equilibra y limita; el defensor del régimen federal; la institución que garantiza el cumplimiento de la ley suprema. En sus palabras: “Esta es la razón para colocar [a Rabasa] en el pedestal de honor de este recinto, al lado de Rejón, de Otero, y de Vallarta”. Esto es, al lado de los padres del amparo (Rejón y Otero) y del autor de riquísimos votos particulares (Vallarta).

Emilio O. Rabasa nieto, leyó una carta al más allá a su homenajeado abuelo. El comienzo es tronante: “¡Al fin se te hace justicia!”, al colocarse su estatua “en el Templo Mayor de Justicia de nuestro país”. El motivo de la tardanza, según el nieto, es que fue “lamentablemente de los vencidos en la política”.

Rabasa fue parte del grupo de los científicos y gobernador en Chiapas en el porfiriato. Ante esos argumentos me pregunto: ¿fue entonces un mal el  triunfo de la revolución maderista?

Rabasa contribuyó a la caída de Madero y colaboró con Victoriano Huerta. ¿Acaso Huerta no debió haber sido vencido, para que Rabasa no fuera un desafortunado en lo político? Tal vez así pensaba el nieto, quien veía a su abuelo como “un gigante”.

También nombró a algunos constituyentes de 1917 que negaban relación o influencia de Rabasa como “vergonzantes rabasistas”.

Recordó que su abuelo regresó a México del exilio por “ahí de la tercera década del siglo pasado”, y que con el paso del tiempo “ya no hay vergonzantes rabasistas, sino respetables juristas”. Finalizó el acto el bisnieto de Rabasa, Emilio Rabasa Gamboa, donde refutó el título dado a su antepasado por Martín Díaz Díaz: “teórico de la dictadura necesaria”.

Las palabras o expresiones proscritas en el acto fueron: Porfirio Díaz, Francisco I. Madero, Victoriano Huerta, Decena Trágica, Mondragón, Félix Díaz, Rabasa Embajador de Huerta en Washington. Sobre estos temas sólo hubo silencio.

Al terminar de leer el cuadernillo de referencia, me pregunté: ¿Dónde está el Emilio Rabasa que el 12 de diciembre de 1914, junto a muchos más “presuntos autores del cuartelazo” a Madero2 , se le dictó orden de proceder judicialmente en su contra por “infracción a las fracciones II, III, y XII del artículo 3° de la Ley de 25 de enero de 1862” revivida del pasado juarista por Venustiano Carranza?

Esta ley es dura, draconiana, y puso a Rabasa y a más de tres en una situación jurídica difícil. Para rápida referencia y evitar confusiones de interpretación, inmediatamente transcribo3 :

LEY PARA CASTIGAR LOS DELITOS CONTRA LA NACIÓN, EL ORDEN, LA PAZ PÚBLICA, Y LAS GARANTIAS INDIVIDUALES

Artículo 3. Entre los delitos contra la paz pública y el orden se comprenden:

II. La rebelión contra las autoridades legalmente establecidas.

III. Atentar contra la vida del Supremo Gefe (sic) de la Nación o la de los Ministros de Estado.

XII Complicidad en cualquiera de los delitos anteriores, concurriendo a su perpetración de un modo indirecto, facilitando noticias a los enemigos de la Nación o del Gobierno, especialmente si son empleados públicos, los que se revelen; ministrando recursos a los sediciosos o al enemigo extrangero [sic], sean armas, víveres, dinero, bagajes o impidiendo que las autoridades los tengan; sirviendo a los enemigos de espías, correos o agentes de cualquiera clase, cuyo objeto sea favorecer la empresa de ellos o de los invasores, o que realicen sus planes los perturbadores de la tranquilidad pública, esparciendo noticias falsas, alarmantes, o que debiliten el entusiasmo público, suponiendo hechos contrarios al honor de la República, o comentándolos de una manera desfavorable a los intereses de la patria.

El artículo 6 preceptúa que la autoridad competente para sustanciar y decidir sobre esos delitos es la militar, a través de la formación de un Consejo de Guerra. Los delitos imputados a Rabasa se castigaban incluso con la propia pena de muerte. Así, a fines de 1912, se encontró comprometido gravemente con la justicia militar.

Insatisfecho, el que estas líneas escribe, sobre los méritos y servicios que prestó a la nación Emilio Rabasa, para tener su estatua en la Suprema Corte según lo dicho en la ceremonia de develación, decidió conocer los motivos y las razones por otra vía.

(SEGUNDO ACTO)

LAS RAZONES DE LA CORTE

A fines de 2007 llegó a mis manos el libro Emilio Rabasa. Teórico de la Evolución Constitucional, escrito por Miguel Ángel Fernández Salgado, y editado por la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

La presentación fue realizada por el ministro Mariano Azuela Güitron y las ministras Margarita Beatriz Luna Arroyo y Olga Sánchez Cordero de García Villegas.

Allí, no dudan en llamar a Rabasa “mariscal del juicio de amparo”, “estadista y visionario”. El rabasismo continuaba y mis dudas sobre “los méritos y servicios” de Rabasa, también.

Posibilitado por la Ley Federal de Transparencia y Acceso a la Información Pública presenté una solicitud por escrito ante la propia Corte. Los meses pasaban y no obtenía respuesta alguna.  Una voz -¿interior?- me dijo que debía insistir en mi petición, incluso se podía hacer por vía electrónica, pues si no porfiaba se me tendría por desistido.

El 23 de junio de 2009 pedí tener acceso a los siguientes instrumentos:

Documentos mediante los cuales se realizó la propuesta y/o autorización de colocar, en el edificio sede de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, la estatua del Lic. Emilio Rabasa, y al que contenga la justificación para colocar en el edificio de la sede de la Suprema Corte de Justicia de la Nación la estatua del dicho Lic. Rabasa con base a sus méritos y servicios. También pregunté por el costo de la estatua.

El lunes 13 de julio de 2009, a las 17:40 p.m. recibí la contestación del maestro César Armando González Carmona, Coordinador de Enlace para la Transparencia y Acceso a la Información, vía e-mail.

Paso a glosar la documentación recibida:

Lo primero que se me informó es que el costo erogado por la estatua fue de $296,700.00 pesos moneda nacional.

En un documento titulado: Proyecto para la instalación de una estatua en el edificio sede de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, sobresale que en diciembre de 2003 se hizo una investigación sobre Rabasa y su trayectoria con el fin de entregar dicha información a los posibles realizadores de la obra.

De igual forma se me envió una copia de la misiva de Emilio O. Rabasa, nieto, fechada el 12 de marzo del 2004 y dirigida al Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. La carta es de fecha posterior a los inicios del proyecto de instalación de la estatua según se ha visto.

El nieto pide:

A mi juicio y divorciado de toda pasión familiar, he declarado en conferencias, cátedras y libros, que el mayor orgullo mexicano, la institución más trascendente y la exportación jurídica de diseminación mundial, que hemos tenido, ahora por todos reconocida, se debe al genio de los siguientes juristas a quienes califico, sin ambages, los cuatro mariscales del Derecho Constitucional Mexicano. Manuel Crescencio Rejón.- El creador del notable juicio; Mariano Otero.- Quien lo federalizó (Acta de Reformas de 1847); Ignacio L. Vallarta.- El más grande Juez mexicano por su sabia utilización del amparo y; Emilio Rabasa.- Trascendental crítico y exegeta del juicio constitucional y quien más dio a conocer la obra de sus tres antecesores.

Hoy día existen las estatuas de los tres mariscales antes enumerados.

Mtro Mariano Azuela, Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. En ese elevado tribunal, falta el cuarto notable jurista mexicano, Emilio Rabasa. ¿Cuándo se le va a colocar entre sus pares?

Gracias por su atención.

El último documento, denominado “Breve investigación sobre Emilio Rabasa” es donde deberíamos encontrar los datos duros sobre los servicios y méritos que lo llevaron al pedestal. Para mi sorpresa me encuentro que, en realidad, lo que tenemos es un trabajo pequeño de Daniel Moreno, en donde Rabasa reivindica el papel de las compañías deslindadoras de la época porfirista y en donde se le atribuyen frases como la que sigue: “el negro, más abyecto que el indio, y mucho menos capaz, era mucho más individuo que él y pudo por tanto ser hombre de mucho menos tiempo”.

Pero el broche de oro se encuentra en este párrafo en el que supuestamente es el estudio justificatorio de la Suprema Corte de Justicia de la Nación para tener en el pedestal a Emilio Rabasa, al decir: “Tan grave o más que sus ideas, fueron sus actos, su complicidad con la caída de Madero y su incondicionalismo ante la tiranía del pretoriano Huerta”.

Concuerdo con esta idea del estudio justificatorio, en lo que estoy totalmente en desacuerdo es en que por estos motivos petrifiquen artísticamente a Rabasa en la Suprema Corte.

(TERCER ACTO)

EMILIO RABASA EN LA DECENA TRÁGICA Y EN EL GOBIERNO DE HUERTA

Madero aparece en la vida pública cuando publica, a finales de 1908, su famoso texto La sucesión presidencial en 1910. Rabasa calificó a la obra carente de valor literario y de erudición; sin embargo reconoció que tuvo “el valor de decirlo, en letras de molde y de excitar a la nación para que obrara en el recobro de sus derechos, y justamente lo que ganaba a la generalidad de los lectores era encontrar en el libro lo que ellos mismos pensaban y querían sin el valor de proclamarlo o de hacerlo”.4

El primer diferendo con la revolución maderista y Rabasa surgió cuando su hermano el gobernador de Chiapas, Ramón Rabasa, ante los embates del grupo subversivo “la mano negra”, renunció en 1911 a su encargo.5

Pero acerquémonos a los malos tiempos de la Decena Trágica en los que Emilio Rabasa era senador de la República. El 6 de febrero de 1913 Rabasa pidió, junto con otros senadores, al presidente Madero el cambio de su gabinete.6 Desde luego que no era facultad del senador tener injerencias en actos de gobierno, de tal gravedad como la integración de un gabinete. Facultad que era exclusiva del presidente, reconociendo que varias veces se equivocó en sus designaciones.

El senado de la República se dividió en dos grupos: los revolucionarios, llamados entonces maderistas, y los reaccionarios. En estos últimos se formó el Grupo de los nueve, compuesto  -entre otros- por los senadores: Juan C. Fernández, Sebastián Camacho, Guillermo Obregón, Emilio Rabasa, Rafael Pimentel, Carlos Aguirre, Gumersindo Enríquez, y Ricardo R. Guzmán.

El senador Salvador Gómez en su artículo Senadores Asesinos de Madero7 los caracterizó así:

No había oportunidad que no fuese aprovechada para atacar, para zaherir, para denostar injuriosa y calumniosamente al mencionar al señor Madero y a los hombres que lo rodeaban […]

La mayor parte de ellas se han perdido en el olvido; pero aún se recuerdan las malévolas insinuaciones, los vituperios, las burlas hipócritamente lanzadas a la circulación senatorial, de donde se esparcían a la Capital y a toda la República, por medio de la prensa de escándalo, con el objeto de mancillar y de escarnecer el buen nombre de aquel ilustre gobernante.

Durante los días de la Decena Trágica, Rabasa y su grupo parlamentó con Lascuráin, el reaccionario Secretario de Relaciones Exteriores, con Ernesto Madero, con Victoriano Huerta y con el propio Francisco I. Madero, para solicitar su renuncia.

Madero despidió al grupo con “cajas destempladas”, pues no tenía motivo para renunciar dado que no era inminente el desembarco de tropas norteamericanas en suelo patrio, según se lo aseguró el presidente Taft al propio Madero por telegrama.8

El 16 de febrero fue tomada por los agentes de Casasola una foto ignominiosa, en donde se ve que Emilio Rabasa se apersonó a la Ciudadela a conferenciar con los golpistas Félix Díaz y Manuel Mondragón. ¿Qué hacía allí, además de conspirar, un senador sin la autorización presidencial con estos siniestros personajes? La fotografía se puede ver en la Historia Gráfica de la Revolución Mexicana, 1900-1970, Gustavo Casasola, t. 2, Trillas, 1973, p. 530, con este pie de foto: Los senadores conferenciando en el interior de la Ciudadela con los generales Félix Díaz y Mondragón, durante el armisticio del día 16.

El día 18 de febrero acudieron los nueve senadores a hablar con Victoriano Huerta sobre la necesidad de la renuncia de Madero. Es seguro que por ésta –y tal vez otras conferencias-, Huerta sintió el apoyo del Senado para tomar presos al Presidente y Vicepresidente. El propio 18 de febrero de 1913, “El chacal” envió a los Jefes de fuerzas armadas y a los gobernadores de los estados, consumada su alta traición, un telegrama en estos términos9 :

“Autorizado por el Senado. He asumido el Poder Ejecutivo, estando presos el Presidente y Vicepresidente”.

Antes de que fuera tomado preso, el Presidente recibió un manifiesto de los senadores leales. En su artículo Senadores Asesinos de Madero, entre los que se encuentra Rabasa, Salvador Gómez sentenció:

Como Victoriano Huerta manifestó a la República que autorizado por el Senado había asumido el Poder Ejecutivo, teniendo prisioneros al señor Madero y a su gabinete, mintió por cobardía […]

Repito que el Senado no dio tal autorización, tanto porque no llegó a reunirse con tal objeto, como porque aún en el supuesto que se hubiera reunido, la ley no concede facultades a dicho cuerpo para autorizar cuartelazos.

Pero de todas maneras, los Senadores que hipócritamente, ocurrieron a corromper al ejército, pidiéndole su intervención para exigir sus renuncias a los primeros mandatarios de la Nación, llevarán eternamente en la historia, el baldón de asesinos. 10

El 21 de abril los miembros del Jockey Club ofrecieron un banquete a Félix Díaz y a Mondragón. Asistieron muchos elementos de las “fuerzas vivas de la política”, entre ellos se encontraba Emilio Rabasa celebrando el triunfo de los golpistas. “Al descorcharse el champaña el señor Manuel Sierra Méndez ofreció la comida en un elocuente discurso, al que contestó [el sobrino de su tío]: Félix Díaz, agradeciendo el homenaje”.11

Victoriano Huerta fue obteniendo el reconocimiento de su gobierno por diversos países, pero la aceptación de la joya de la corona de la comunidad internacional, Estados Unidos, no llegaba (y nunca llegó). En este importantísimo asunto le asignó un papel preponderante a Emilio Rabasa.

Veamos, en primer lugar, los pocos pero reveladores documentos sobre la designación como Embajador en Washington de Emilio Rabasa, que obran en su expediente personal en el Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Tal vez, por primera ocasión se publican:

Expediente 5-7-31

Año – 1913

Asunto: Emilio Rabasa.- Su expediente personal.

UNO

Telegrama MX – 27 febrero/1913

Embajada de México Washington

Sírvase preguntar Gobierno Mayor brevedad posible si es persona grata como embajador Señor Senador Rabasa.

De la Barra

Tramítese.

El Oficial Mayor

    Peña y Reyes.

DOS

CIA Telegráfica MX                                                                 15/marzo 1913.

Washington DC

SER MX CITY

Con motivo a la pregunta relativa si el Sr. Senador Rabasa sería persona grata como Embajador. Díceme contestación “Tengo el honor de decir que como la Nueva Administración no ha tenido todavía oportunidad suficiente para dar asunto la cuidadosa atención, no está actualmente en posición de contestar a la pregunta asentada en vuestra nota”.

De la Cueva

TRES                                                                                   MX. 10/abril/1913

Sr. Embajador

Teniendo en consideración los delicados asuntos pendientes en nuestras cancillerías, la conveniencia de que no permanezca sin la debida representación nuestra misión en Washington, así como el parecer justamente favorable que vuestra excelencia se ha servido extender en diversas ocasiones acerca del senador y Lic. Don Emilio Rabasa, designado por el Sr. Presidente de la República, para ocupar el puesto de Embajador en Washington, he de merecer de vuestra excelencia que se sirva reiterar a su gobierno el interés que se tiene en México de ver cuanto antes su contestación que sin duda será satisfactoria, para proceder desde luego al cumplimiento de todos los requisitos necesarios.

A fin de que el mencionado senador Rabasa pueda asumir su alta representación cerca del Gobierno de los Estados Unidos.

Anticipo a Vuestra Excelencia mis agradecimientos por lo que se sirva hacer a este respecto […]

F.L. de la Barra.

A su excelencia Henry Lane Wilson

Embajador Extraordinario y

Plenipotenciario de EUA

Presente

De estos tres documentos se colige que Huerta –con la anuencia de Rabasa, pues se cuidó este principalísimo asunto- tuvo prioridad en tener Embajador en Washington desde sus primeros momentos de gobierno pero ni el presidente Taft  ni el nuevo presidente W. Wilson obsequiaron la solicitud, ya que como ha quedado dicho no reconocieron al gobierno de Huerta.

En todos estos pasos, por elemental lógica se coordinaron Huerta, De la Barra y Rabasa.

El 8 de abril el diario El Imparcial. Daba la siguiente noticia: “No va a EE.UU. El Sr. Ministro de Relaciones. El Sr. Lic. Rabasa sólo espera contestación. Nuestras relaciones con la vecina República del Norte son cada día más cordiales, asegura el Sr. Lic. De la Barra”.

No entiendo conforme lo visto, y lo que expondré más adelante, por qué Alfonso Lujambio todavía en 2009, escribía: “… y aunque Rabasa habría rechazado el ofrecimiento del dictador de convertirse en su Embajador en Washington, en México se le tiene por partidario del derrotado Huertismo”.12

Según nos informa Luis Lara Pardo, Huerta envió a Estados Unidos –en mayo de 1913- a su embajador no reconocido para tratar el tema de El Chamizal. Rabasa viajó pero no fue recibido oficialmente por lo que no pudo hacerse cargo del asunto por el que se movilizó.13 Rabasa incluso se ostentó como embajador. Andrés Serra Rojas14 nos ilustra:

También se habló en esos momentos que don Emilio Rabasa había sido nombrado Embajador de México en los Estados Unidos. Véase a este respecto la obra Emilio Rabasa. Cuestiones Constitucionales. El Senado y la Comisión Permanente. Discurso pronunciado por don Emilio Rabasa nombrado Embajador de México en Estados Unidos. Prólogo de Ignacio Torres Adalid. Cía. sd.  Anunciadora, S.A, 1913, p.p. 23.

Ahora bien, la noticia del viaje a Estados Unidos en mayo de 1913 fue pública. La Semana Ilustrada del 29 de abril de 1913 en su sección Notas Recientes en Sociedad publicó una foto de Rabasa, y señala que ha sido “designado como nuestro futuro embajador en Washington”.

En septiembre de 1913 le ofreció Huerta a Rabasa la Rectoría de la Universidad Nacional, éste dudó al principio. Nemesio García Naranjo años después rememoró: “José María Lozano había designado como Rector a don Emilio Rabasa; pero como este ilustre pensador no había dicho claramente si aceptaba el honroso nombramiento, le dije al doctor Pruneda que pasara a visitarlo a su casa, con la súplica que señalara el día en que estuviera listo para asumir sus elevadas funciones”.15

El 20 de septiembre de 1913 en el Senado se da cuenta de una solicitud del senador Rabasa fechada un día anterior. Allí se alude al nombramiento que se le ha conferido como rector de la Universidad Nacional, pero no puede aceptar el encargo sin renunciar a los emolumentos de senador y a su función.16 “En tales condiciones –expresó- y en el concepto de que mi deber y mi deseo son continuar en el ejercicio de mis funciones de Senador, propongo el caso a esta honorable asamblea, para que, si a bien tiene se sirva concederme el permiso necesario para aceptar el cargo a que me refiero”.

El asunto fue turnado a la comisión respectiva y parece que no fue tratado. Lo expresado desmiente a los rabasistas que han señalado que rechazó –lisa y llanamente– de rectoría por venir de Huerta.

Finalmente, Rabasa aceptó la representación del gobierno de Huerta en las negociaciones de Niagara Falls en las postrimerías del nefasto régimen, uno de los más despreciados –en justicia- de la historia de México. Casi todos se han querido deslindar de él a pesar de sus probadas participaciones.

INTERMEDIO

De propósito no me referí en el presente al Rabasa literato, al profesor, o al escritor de temas jurídicos. Reconozco que estoy en deuda con ese Emilio Rabasa. No pretendo que no tuviera méritos y servicios. Mucho menos me siento con el derecho de que en la esfera privada e institucional privada cada quien admire a quien quiera. Comprendo a la sucesión Rabasa, para ellos su genearca es su gigante y han promovido –contra la marea histórica- no el apellido que portan, y han buscado el reconocimiento de Emilio Rabasa.

Mi desacuerdo es con la existencia de una estatua en la sede de la  Suprema Corte de Justicia de la Nación, de quien en su propio documento justificatorio reconocieron:

“Tan grave o más que sus ideas, fueron sus actos, su complicidad con la caída de Madero y su incondicionalismo ante la tiranía del pretoriano Huerta…”.

La sociedad es emblemática, simbólica, por ello ponemos, quitamos, y hasta tiramos estatuas. El mensaje que envió la Corte al poner en un pedestal a un político como Rabasa no abona a la democracia.

Cómo y cuándo no lo sé, pero esta historia en la que mi maderismo me ha metido continuará…

 

Alberto Saíd. Doctor en derecho. Profesor universitario. Ha publicado, entre otros libros, Los alegatos, La auditoría legal, y Teoría general del proceso.

 


1 En la Revista Mexicana del Derecho Público, Vol. 1, número 4, abril-junio, 1947, p. 384.

2 Maldonado, Calixto, Asesinatos de Madero y Pino Suárez, México, 1922, p.p. 44-45.

3 Tomada de Gaceta de los Tribunales para la República Mexicana. Dirigida por el Lic. Luis Méndez,   Tomo 3, Isidoro Devaux, México, 1862.

4 Glass, Elliot, México en las obras de Emilio Rabasa, México, Diana, 1975, p. 50.

5 Fernández Delgado, Miguel Ángel. Emilio Rabasa Teórico de la Evolución Constitucional, México, Suprema Corte de Justicia de la Nación, 2007, p. 94.

6 Taracena, Alfonso, La Verdadera Revolución Mexicana, México, Jus, 1965, p. 286.

7 En: Romero Vargas Yturbide, Ignacio, La Cámara de Senadores de la República Mexicana, 1967, p. 218.

8 Ver: Romero Vargas, op. cit.; De cómo vino Huerta y cómo se fue, México, Librería General, 1914, passim, y la obra ya citada de Alfonso Taracena.

9 Romero Vargas Yturbide, op.cit.; p. 218.

10 Op. cit.; p. 219.

11 Historia Gráfica de la Revolución Mexicana, op.cit.; p. 567.

12 La influencia del constitucionalismo anglosajón en el pensamiento de Emilio Rabasa, ELD-IIJ, 2009, p. 73.

13 Match de dictadores, Wilson con Huerta. Carranza contra Wilson, México, Márquez Editor, Méjico, D.F., 1942, p. 45.

14 Antología de Emilio Rabasa, México, Oasis, 1969, t.II, p.p. 47-48.

15 Memorias de García Naranjo. Mis andanzas con el General Huerta, Monterrey, Talleres de “El Porvenir”, t.VII, s/f, p. 139.

16 Serra Rojas, Andrés, op.cit., p. 418

Un monstruo de las imágenes

Se diría que el escritor francés Marcel Proust era un monstruo de las imágenes. En su novela En busca del tiempo perdido hay cuatro mil 578 imágenes de todo tipo, pero las más abundantes van así: 203 proceden de la pintura y 171 de la música. Con mucho, la mayoría de ellas —944— provienen de la naturaleza; y de éstas, 326 están relacionadas con el mar y el agua.

Fuente: En torno a Marcel Proust (selección de ensayos por Peter Quenell), Alianza Editorial, Madrid, 1974.

Los Cochinitos y el “Judío Feroz”

Poco después del estreno de la película Los tres cochinitos (1933), los líderes de varias organizaciones judías se reunieron con su creador Walt Disney para expresarle su preocupación sobre una escena en la que el Lobo Feroz se disfraza de un vendedor ambulante hebreo para engañar a uno de los cochinitos y conseguir que le abra la puerta.
Aunque Disney estuvo de acuerdo en quitar la escena ofensiva —el vendedor con sotana, barba y lentes se volvió un simple vendedor de cepillos en las siguientes proyecciones de la película—, Disney les insistió a sus amigos que no había intentado más que una broma para Carl Laemmle, su competidor y némesis desde la productora Universal, por sus muchos intentos fracasados de echar abajo la casa del estudio Disney.

Fuente: Marc Eliot, Walt Disney. Hollywood´s Dark Princ, HarperCollins, NY, 1994.

La fiesta de los locos

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Durante la mayor parte del año la cristiandad medieval predicaba lo solemne, el orden, la restricción, la camaradería, la honestidad, el amor a Dios y el decoro sexual, y luego en las vísperas del año nuevo abría los cerrojos en la psique colectiva y daba rienda suelta al festum fatuorum, la fiesta de los locos. Durante cuatro días el mundo se ponía de cabeza: los miembros del clero jugaban dados sobre el altar, rebuznaban como burros en vez de decir “amén”, hacían competencias de bebedores en la nave, se pedorreaban en acompañamiento del Ave María y pronunciaban sermones de burla basados en parodias a los evangelios (el evangelio según el Culo del pollo, el evangelio según la Uña del dedo gordo del pie de Lucas). Luego de beber jarras de cerveza, sostenían sus libros sagrados al revés, dirigían plegarias a las verduras y orinaban en las torres de los campanarios. Se “casaban” con asnos, se amarraban a las túnicas penes gigantes de lana y se afanaban en tener sexo con cualquiera y de cualquier género que los aceptara.

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Pero nada de esto se consideraba sólo una broma. Era algo sagrado, una parodia sacra, diseñada para asegurar que todo el resto del año las cosas se mantuvieran del modo correcto. En 1445, la Facultad de Teología de París les explicó a los obispos de Francia que la fiesta de los locos era un acontecimiento necesario en el calendario cristiano, “para que la locura, que es nuestra segunda naturaleza y algo inherente al hombre, pueda emplearse libremente por lo menos una vez al año. Las barricas de vino estallan si de vez en vez no las abrimos y dejamos que entre algo de aire. Todos los hombres somos barriles puestos juntos infelizmente, y por eso permitimos la locura en ciertos días: para que al final podamos volver con un fervor más grande al servicio de Dios”.

Fuente: Alain de Botton, Religión para ateos. Una guía del no creyente a los usos de la religión, Pantheon Books, NY, 2012.

 

A lo Jovellanos

En 1772 el polígrafo y hombre de leyes español Melchor Gaspar de Jovellanos tuvo en Madrid una vida social intensa. Manuel María de Acevedo y Pola cuenta que “se tenía por desairada toda función brillante a que no era convidado, y llegó al extremo de hacerse de moda un peinado que se llamaba ‘a lo Jovellanos’, con alusión al esmero que ponía en aquella clase de adorno” y que cuidaba hasta el extremo de dormir boca abajo para no despeinarse.

Fuente: José Miguel Caso González, Biografía de Jovellanos, Fundación Foro Jovellanos del Principado de Asturias, Gijón, 2005.

Así no se cuenta

Encho era un famoso cuentista. Sus relatos de amor emocionaban a sus oyentes. Cuando narraba una historia de guerra, era como si los mismos oyentes estuvieran en el campo de batalla.

Un día Encho conoció a Yamaoka Tesshu, un lego que casi había conseguido el camino del zen.
—Tengo entendido —le dijo Yamaoka—, que eres el mejor cuentista de nuestro país y que haces reír y llorar a la gente a voluntad. Cuéntame mi relato favorito, el del Momotaro-san, el Niño Melocotón. Cuando era pequeño dormía al lado de mi madre, y ella a menudo me contaba esa leyenda. En medio de la narración me quedaba dormido.
Cuéntamela tal como lo hacía mi madre.

Encho no se atrevió a hacer tal cosa y solicitó tiempo para estudiar. Al cabo de varios meses se presentó ante Yamaoka y le dijo:
—Por favor, dame la oportunidad de contarte el relato.
—Otro día —respondió Yamaoka.

Encho se sintió muy decepcionado. Estudió más y lo intentó de nuevo. Yamaoka le rechazaba una y otra vez. Cuando Encho empezaba a hablar, Yamaoka le interrumpía, diciendo:
—No eres como mi madre.

Encho tardó varios años en llegar a ser capaz de contarle a Yamaoka la leyenda tal como se la había contado su madre.
De esta manera, Yamaoka impartió el zen a Encho.

Fuente: 101 cuentos zen (al cuidado de Nyogen Senzaki y Paul Reps; trad. Jordi Fibla), Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2012.

Manos sin manos

Un cuento, sin duda verdadero en la vida de este hombre, nos enseña que el pintor japonés Hokusai ha querido pintar sin las manos. Se dice que un día, ante el Shogun, habiendo desplegado en el suelo un rollo de papel, derramó sobre éste un pote de color azul; luego, mojando las patas de un gallo en un pote de color rojo, lo hizo correr sobre su pintura, dejando así el ave sus huellas. Y todos reconocieron las olas del río Tatsuta, arrastrando hojas de arce, rojas por el otoño. Sortilegio encantador donde la naturaleza parece trabajar sola para reproducir la naturaleza. El azul que se derrama corre en hilitos divididos, como una verdadera honda, y la pata del ave, con sus elementos separados y unidos, asemeja la estructura de la hoja. Su paso leve deja vestigios desiguales en fuerza y en pureza, y su marcha respeta, aunque con los matices de la vida, los intervalos que separan frágiles despojos llevados por una corriente rápida. ¿Qué mano podría expresar lo que hay de regular e irregular, de accidental y de lógico, en esta serie de cosas casi sin peso, aunque no sin forma, de un río de montaña? La mano de Hokusai, precisamente, y son los recuerdos de las largas experiencias de sus manos sobre los diversos modos de sugerir la vida, los que han guiado al mago a intentar también ésta; ellas están presentes sin mostrarse, y a pesar de no tocar nada, lo guían todo.

Fuente: Henri Focillon (1881-1943), Elogio de la mano (trad. Inés Rotenberg; presentación de Hernán Bravo Varela), UNAM, 2006.

Como una serpiente

Enero 7 (1914). En cuanto [Victoriano] Huerta oyó que N. [Nelson O’Shaugnessy, embajador de Estados Unidos en México] iba hacia Vera Cruz mandó a uno de sus coroneles a preguntar si queríamos un tren especial, o un vagón privado enganchado al express de la noche. Tomamos sólo el vagón privado, por supuesto; en estos días todos prefieren viajar en grupos. El Presidente es siempre de lo más cortés en todos los aspectos. Si no puede complacer a Washington hace lo que él juzga la siguiente mejor cosa: da muestras de cortesía a su representante. Le dijo a d’Antin, que fue a darle las gracias, a nombre de N., por el vagón: “México es como una serpiente; toda la vida está en la cabeza”. Luego se golpeó la cabeza con su pequeño puño y dijo: “¡Yo soy la cabeza de México! Y hasta que me aplasten”, añadió, “¡ella sobrevivirá!”. Huerta es magnético. Ese es un hecho indisputable.

Fuente: Edith O’Shaughnessy (Mrs. Nelson O’Shaughnessy): A Diplomat’s Wife in Mexico (subtítulo: Cartas desde la embajada de Estados Unidos en la ciudad de México, que cubren el periodo dramático entre octubre 8, 1913, y la ruptura de las relaciones diplomáticas en abril 23, 1914, junto con un recuento de la ocupación de Vera Cruz), Harper & Brothers Publishers, NY, 1916.

Puerto libre

¿Hubieron o hubo?

Crecí entre mujeres ingeniosas e inteligentes, pero no muchas de ellas tenían estudios más allá de la secundaria. Así que las únicas profesionales que tuve muy cerca fueron las maestras. Y eso quería yo ser cuando pensaba en quién ser. No encontraba mejor que la de quienes nos enseñaron gramática, geografía y aritmética. Mujeres no siempre guapas: una o dos de entre las diez que formaban la plantilla de profesoras, pero, siempre autosuficientes. Andaban en autobús o caminaban solas a su casa, cobraban un salario y tenían entre las manos y la cabeza todos los conocimientos que podían imaginar unas niñas fantasiosas.

hubieron

Tuve desde entonces una amiga inquieta que no deja de serlo y con la que compartí el gusto por la gramática como un juego con normas, pero divertido y flexible. Un juego al que ceñirse y desafiar. Nos gustaban las reglas que decidían los acentos y las conjugaciones, la escritura de sonidos ambiguos, los signos de puntuación y sus tiempos. La sintaxis nos divertía porque era tan cercana y omnipresente, como incomprensibles sonaban sus leyes.

Aprendí entonces a oír. No era necesario memorizar las frases con que se formulaba un criterio, sino saber cómo debía sonar.

Veinte años después, las palabras se habían vuelto fonemas y morfemas y algo del juego se perdió en el camino. Quizás también mucha de la lógica que lo rige.

De ahí ha de venir un equívoco que cada día se dice más, cada vez que lo escucho me parece peor y al que ver por escrito me provoca una aflicción que debería yo emplear en mejores causas. Aunque me parece crucial. Porque creo que el alma está en el habla y al cuidar la segunda se enriquece la primera.

No es necesario discernir la gramática. Sería como explicar que los pies deben ponerse en los pedales para andar en bicicleta.

Y es mientras esto digo que revive, prepotente y sin freno, la voz de mi compañera “la maestra liendre”, como le puso de apodo un viejo con gracia cuando la oyó predicando las razones de su vocación magisterial. Teníamos ocho años. Desde entonces andamos cerca. Con el tiempo, ella se ha convertido en una persona de ánimo sereno, que desea nada más que la sencillez de la buena comida, los buenos libros, el cine y las siete horas de sueño que le dan buenas las noches. Le gusta ir al mar y asirse a un rincón cálido cuando se entretiene en la contemplación del horizonte y el vicio de conversar. Sin embargo, todos estos atributos, que podemos considerar virtudes, desaparecen cuando incitada por una necedad como el uso del hubieron, en lugar del hubo, sale de su ánimo la acuciosa maestra liendre.

Los ataques a la sintaxis la afligen tanto que se lanza a citar a Cervantes y repite, con él, que quien no conoce la lengua de sus mayores debería estar mudo. Olvidando que su canción de cuna fue suave y sus películas preferidas las comedias románticas, ella se pone peyorativa y pontifica: “No sé de dónde han sacado que el verbo haber se conjuga cuando se usa como auxiliar y tiene como significado existir, pero es un hecho que semejante aberración se generaliza sin provocar ninguna sorpresa”.

“Cierto”, le digo, forzándome a lucir serena.

“Y ¿cómo es que semejante despropósito se ha vuelto de uso común entre muchos, no sólo animadores de tele y radio, sino periodistas respetables?”, me pregunta como si en mí hubiera un oráculo.

“No tengo idea”, le digo.

“Así que no te preocupa. Te está haciendo daño la clase de yoga. Hay cosas contra las que hay que levantarse”, sermonea como si se tratara de dar la lucha contra la historia universal de la infamia. “Esas vueltas como de derviche que das en las mañanas te están volviendo insensible”.

“¿Qué quieres que haga? La sintaxis está casi tan lastimada como el medio ambiente. Y los equivocados parecen un torbellino. Arrastran aun a los impensables”.

“Eso, hay personas inteligentes que han adoptado el desastre. Igual y lo inventaron. ¿En qué idioma se conjugará así?”.

“No tengo idea, pero no hagas corajes”, le digo respirando en dos tiempos. “Te voy a poner al habla con Luis González de Alba. Y algo consigue. Sin duda acompaña a otros berrinchudos. A mí, por ejemplo”.

Digo esto y la veo quedarse enfurruñada en un rincón.

Al rato truenan a su alrededor los diccionarios y se encierra con ellos a rumiar en silencio lo que querría gritar o poner por escrito en una columna que no tiene. Después de semejantes reflexiones se entristece hasta que logra contagiarme sus furias. Acompañándola en su pena, menor, pero no por eso despreciable, he querido compartir con ella este espacio para que diga sus sentencias obsesionadas en ver si toca el corazón gramatical de alguien. Con un redimido tiene. Así es que vuelve a preguntarse:

“¿Por qué les ha dado por conjugar en pasado lo que no conjugan en presente? Nadie dice no “han” boletos. Sin embargo, la cantidad de gente capaz de decir: no “hubieron” boletos, es cada vez mayor”.

“Ya lo sé, querida, pero alegan que la gramática es caprichosa y que la gente está en perfecto derecho a cambiar los usos del idioma”.

“Hay veces en que la tolerancia es enemiga de la cabalidad. Trastocar la sintaxis es un crimen. Gracias a ella entendemos El Quijote, aunque tenga muchas palabras que desconocemos”.

Dice esto último y no se detiene ni un segundo para tomar aire.

“No es sólo que la gramática diga que no puedo conjugar un verbo cuando se usa como auxiliar. Es que se oye horrible. Concordar el complemento directo con el verbo cuando es impersonal, no es correcto. Pero, sobre todo, rompe los tímpanos”.

“Tienes razón”, le digo tratando de no perder la calma. “Hasta hace muy poco nadie lo hacía”.

“Pero se extiende el mal de la sabiondez redicha”, opinó la maestra liendre como si su léxico fuera transparente. “No es necesario conocer la regla, sólo es cosa de oír y de leer: Habemos muchos a favor de la paz. ¿Qué barbaridad es esa?”.

“Tienes toda la razón”, me uno sin reservas. “¿Qué tal es lo de han habido errores, en lugar de ha habido errores?”.

“Espantoso. Prendes la tele y como si nada te sueltan un: No hubieron personas. Se ve que no escriben lo que leen, porque lo marca hasta el corrector de la computadora. Subraya con rojo el “hubieron” y ni a quién se le ocurra fijarse. Haber es un verbo defectivo”.

“Pero eso sí, mi querida maestra, saberlo no es obligación de todos”, digo para ponerla en la tierra.

Como aprueba con un silencio, me pregunto si quienes han llegado hasta aquí saben o querrán saber lo que es un verbo defectivo. Yo lo digo en voz alta para que la liendre compruebe que lo sé. “Los defectivos son los verbos que no se usan en todos los modos, tiempos o personas”.

“Claro”, se entusiasma. “Como abolir. No se dice ‘yo abolo’. Como concernir y acontecer. No se dice, ‘yo concierno, ni yo acontezco’”.

La veo levantar su dedo, dichosa de haber encontrado un oído para el despliegue de sus conocimientos sobre los defectivos.

“Sí maestra, pero éstos ya son cantares más precisos que, por fortuna, aún no se han prestado a confusiones. ¿Quieres ir a comer?”.

“¿Comer? Terminación en er”, contesta. “¿Qué te parece la otra novedad? Por instinto debería saberse que en las construcciones con los verbos poder, soler, deber, el verbo conjugado debe ir en singular. Sin embargo se ha extendido, el empleo de la conjugación ‘habemos’ en el sentido de ‘somos o estamos’ ”.

“Suena horroroso”, acepto.

“Pero no te importa. Actúas como si lo aceptaras. La primera persona del plural del presente de indicativo del verbo haber es ‘hemos’, y no ‘habemos’ ”.

“Obvio”, dirían los jóvenes.

“No tan obvio. A cada rato escucho cosas como: ‘habemos muchos en contra de la discriminación’, en lugar de ‘somos muchos los que estamos en contra de la discriminación’.
Es que me da tristeza. La construcción haber-que, más el verbo en infinitivo, significa ‘ser necesario o conveniente’. Al ser impersonal, se conjuga sólo en tercera persona del singular; así que, si el verbo que le sigue es pronominal, no es correcto el uso del pronombre de primera persona del plural”.

“Horror al crimen, ya volviste a la RAE y estás echando a correr a mis lectores. Vamos por un pescado, querida maestra”.

“Tienes razón: ‘habemos dos con hambre’, diría la novedad”.

Caminamos por una acera clara, está el cielo de un azul que estremece. Ni lo mira. Se detiene frente a un puesto de periódicos. “Ve nada más”, dice señalando un encabezado: “‘Se detuvieron 30 asaltantes’. ¿Quién los detuvo? ¿Ellos a sí mismos?”.

Ángeles Mastretta. Escritora. Su más reciente libro es La emoción de las cosas.

 

El fetichismo constitucional

Dos mitos se han apoderado del imaginario público: el de la incapacidad de llegar a acuerdos en el Congreso y el de la capacidad transformadora de las reformas constitucionales. Convengamos llamar a uno el mito de la parálisis y al otro el fetichismo constitucional. El primero supone que la ausencia de mayoría para un partido en el Congreso, en particular el del presidente, y las irreconciliables diferencias entre las fracciones parlamentarias llevan a la inmovilidad legislativa. El segundo, que cada cambio en la Constitución lleva aparejado un cambio equivalente, seguro y automático en la realidad.

constitucional

Cuando en 1988 el PRI apenas alcanzó la mayoría en la Cámara de Diputados se auguró que ningún partido de oposición estaría dispuesto a hacerle el juego a ese partido y que el reformismo constitucional llegaría a su fin. El pronóstico volvió a plantearse cuando en 1991 se modificó la Constitución para impedir que un solo partido pudiese contar con los dos tercios de asientos necesarios para reformarla. Para el momento en que apareció el primer gobierno sin mayoría (1997) se vaticinó que las reformas constitucionales quedarían sepultadas.

Ninguna de estas predicciones resultó cierta. El reformismo constitucional no sólo no llegó a su fin sino que aceleró el paso.

La primera reforma a la Constitución ocurrió en 1921. De entonces hasta el momento se han emitido 206 decretos de reforma constitucional que han modificado 555 veces los artículos constitucionales.

Durante la larga época de gobiernos unificados el número de reformas constitucionales por sexenio varió y no se registra relación alguna con la composición de las Cámaras. Encontramos sexenios con sólo una reforma constitucional (Ruiz Cortines) y sexenios con 19 (López Portillo).

Si tomamos como referencia la “era dorada” del dominio del PRI (1946-1982) con mayorías superiores al 85% en la Cámara de Diputados, del 100% en la de Senadores y sin escisiones serias en el partido gobernante, encontramos que en esos seis sexenios se emitieron 59 decretos de reforma constitucional. En contraste, en los siguientes cinco sexenios (1982-2012), caracterizados por una mayor y creciente pluralidad, el número de decretos casi se duplicó: el Congreso aprobó 108 reformas constitucionales.

Lo mismo ocurre si hacemos otro corte y contrastamos los últimos 15 años de gobierno unificado en los que el partido del presidente sí tenía la mayoría en ambas Cámaras, con los últimos 15 de gobierno sin mayoría. El número de decretos de reforma es de 39 contra 69, un aumento de 77%. Finalmente, otro dato importante: durante el sexenio que concluyó el año pasado (2006-2012) ocurrieron más cambios constitucionales que en cualquier otro. Las dos últimas legislaturas fueron responsables de más del 20% de todas las reformas desde 1917 (ver gráfica 1).

gráfica1

A pesar de estas cifras, la tesis que sostiene que el pluralismo y la ausencia de mayoría para el partido del presidente han impedido la formación de acuerdos en el Congreso, ha ganado carta de naturalización y la percepción generalizada es que los partidos ni se entienden entre sí ni con el Ejecutivo. Tan difundida ha sido esta posición que algunos políticos, intelectuales y formadores de opinión han planteado la necesidad de modificar el sistema electoral para que éste incentive, induzca o incluso imponga la mayoría para un partido y así retomar la senda del reformismo.

De dónde sale esta tesis, es un misterio. Una conjetura es que los medios se han dado a la tarea de resaltar los pleitos en el Congreso y no los acuerdos; a destacar las iniciativas que no han prosperado por encima de las que sí han transitado. Otra es que las famosas reformas estructurales (fiscal, telecomunicaciones, energética, educativa) se han quedado congeladas en el Congreso. La otra es la simple falta de estudio y análisis del trabajo legislativo que si algo demuestra es que el pluralismo y el reformismo lejos de reñirse han caminado juntos.

La pluralidad en el Congreso ha traído muchas consecuencias —algunas virtuosas y otras perniciosas— pero entre ellas no se cuenta la de la parálisis.

Desde luego que la tasa de aprobación legislativa ha disminuido pero esto se explica por el crecimiento exponencial —más bien absurdo— del número de iniciativas presentadas. De 1982 a 1997 se presentaron en Cámara de Diputados un total de mil 671 iniciativas, esto es, un promedio de 111 por año.1 En contraste, entre 1997 y 2012 se presentaron 11 mil 388 o un promedio de 759 al año. El crecimiento fue de 581%. En el Senado el número de iniciativas presentadas para este segundo periodo fue de cuatro mil 350.

Las cifras de iniciativas de reforma constitucional para el periodo 1982-1997 no están disponibles, pero puede suponerse que fue un número mucho menor al que se registra para los 15 años de gobiernos sin mayoría: dos mil 470 iniciativas de reforma constitucional en Cámara de Diputados y 933 en el Senado, para dar un gran total de tres mil 403.

El número es ridículo. Ningún Congreso puede procesar 227 iniciativas de reforma constitucional por año o más de cuatro por semana. Sin embargo, el resultado final en estos 15 años de trabajo legislativo no es despreciable o menor. Se expidieron 69 decretos de reforma constitucional que agruparon 294 iniciativas provenientes de todos los partidos. En 15 de ellos aparece al menos una iniciativa del Ejecutivo.

La pluralidad también trajo cambios en lo que respecta al origen de las iniciativas. El número de iniciativas totales (constitucionales y ordinarias) presentadas por el Ejecutivo disminuyó sensiblemente tanto en números absolutos como relativos. Si entre 1982 y 1997 el Ejecutivo presentó 477 iniciativas (un promedio de 95 por legislatura), en los siguientes 15 años presentó 316 (un promedio de 63 por legislatura). En términos porcentuales, esta cifra representa tan sólo 2% de las iniciativas presentadas.

Para este último periodo, del total de iniciativas presentadas, tres mil 403 (21.6%) fueron de reforma constitucional. De éstas, sólo 26 correspondieron al Ejecutivo, apenas el 0.8% del total de iniciativas de reforma constitucional presentadas en ambas Cámaras.

No se dispone del número de iniciativas de reforma constitucional presentadas por el Ejecutivo y su estatus (aprobadas, rechazadas y pendientes) para las legislaturas anteriores,2 pero para presidentes cuyos partidos no han conseguido mayoría en el Congreso y habida cuenta del tope de representación en la Cámara Baja (equivalente al 60% de los asientos), la tasa de aprobación de reformas constitucionales aparece razonable: 46%. De hecho, solamente tres iniciativas le fueron rechazadas en su momento al Poder Ejecutivo.3

El estudio de las coaliciones formadas para la aprobación de los 69 decretos de reforma constitucional también arroja resultados interesantes:

• La coalición más frecuente es la que incluye a los tres partidos grandes (PRI-PAN-PRD). Éstos formaron parte del 83% de las coaliciones.
• El PRI ha participado en todas las coaliciones ganadoras formadas para las reformas constitucionales.
• El PRI y el PAN han sido aliados más frecuentes entre sí que cualquiera de ellos con el PRD.
• El partido que con más frecuencia se excluye de las coaliciones ganadoras es el PRD. En 15.8% de ellas el PRD votó en contra de la aprobación de la iniciativa de reforma constitucional.
• Los partidos pequeños que a lo más han llegado a sumar el 10% de la representación en las Cámaras no han sido en ningún caso determinantes para la aprobación o rechazo de las reformas constitucionales (ver gráfica 2).

gráfica2

Estos son los datos duros que se desprenden del estudio de las reformas constitucionales y en ellos no hay juicio de valor sobre su contenido. Simplemente desmienten la tesis de que la pluralidad y ausencia de mayoría para el partido del presidente tienen como consecuencia la falta de acuerdos y la imposibilidad de construir coaliciones para el cambio.

Pero bien podría decirse que el quid no está en los números sino en la calidad de las reformas y su impacto potencial, ya sea en los derechos ciudadanos, en la forma de gobierno o en las políticas públicas.

Desde esta perspectiva tampoco encontramos grandes diferencias entre los gobiernos con y sin mayoría. En ambos tipos de gobiernos coexisten reformas cosméticas o sin consecuencia y reformas con gran potencial transformador. Por ejemplo, en los gobiernos de mayoría se pasaron reformas tan relevantes como la municipal (1983), la que primero estatizó (1982) y después privatizó la banca (1990), la que dio autonomía al Banco de México (1993) y al IFE (1996), la que otorgó personalidad jurídica a las Iglesias (1992) o la que fortaleció al Poder Judicial (1994).

En los gobiernos sin mayoría se encuentran también reformas transcendentes: la de la Auditoría Superior de la Federación y cuenta pública (1999 y 2008), la de presupuestación (2004), la que dio autonomía al INEGI (2006), la de transparencia (2007), la electoral (2007), la de seguridad y justicia (2008), la de los derechos humanos (2011), la del juicio de amparo (2011) o la que establece las candidaturas independientes, las formas de democracia directa y la iniciativa preferente (2012).

Tenemos entonces que el reformismo constitucional se ha acelerado a medida que ha avanzado la pluralidad y que la calidad, relevancia e impacto potencial de las reformas no ha variado de acuerdo a la existencia de gobiernos con y sin mayoría.

A diferencia de lo que ocurría con anterioridad en que las reformas respondían a los cambios requeridos por un proyecto sexenal de gobierno, a partir de 1982 lo que presenciamos es un cambio de foco de las reformas hacia la ampliación de derechos, el reequilibrio de los poderes (en particular, el fortalecimiento de los poderes Legislativo y Judicial), los mecanismos de acceso al poder, la seguridad y justicia y los instrumentos de transparencia y rendición de cuentas. Resalta también el campo del federalismo, que es uno de los más reformados pero que, sin embargo, cuenta con el mayor número de cambios intrascendentes y de bajo impacto salvo por el caso de la reforma municipal de 1983 (ver gráfica 3).

gráfica 3

Los hallazgos producto de la revisión exhaustiva de los decretos constitucionales lo único que quieren decir es que no ha habido parálisis en el Congreso, que el reformismo constitucional se ha acelerado, que la ausencia de una mayoría para el partido del presidente no ha sido obstáculo para la formación de coaliciones, que las coaliciones suelen ser más amplias que las requeridas por ley y que hay una mayor coincidencia entre el PRI y el PAN. Nada más pero nada menos.

Dicho esto, hay que tener cuidado con el reformismo. Las constituciones van adecuándose —vía las reformas o vía la interpretación— a los cambios que con el tiempo se producen en la sociedad y en la política. Pero, pasado cierto umbral, el reformismo no es bueno o malo en sí. Ese umbral está dado por lo que deben ser los ejes articuladores de una constitución: los derechos fundamentales, la forma de gobierno y los límites a la autoridad gubernamental.

No suele repararse en que el carácter de “constitucional” de una reforma no implica relevancia ni conlleva necesariamente potencial transformador; que una sola reforma puede ser de mayores consecuencias políticas que una decena de ellas y que las reformas a la legislación ordinaria o incluso los actos de gobierno pueden ser de mayor trascendencia que los decretos de reforma constitucional (por ejemplo el Tratado de Libre Comercio o la liquidación de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro).

La pregunta relevante es si la Constitución y sus constantes reformas han sido un instrumento eficaz para transformar la realidad. Las dudas son muchas y, otra vez, no encontramos grandes diferencias entre los gobiernos unificados y los sin mayoría.

¿Mejoró la producción en el campo o se elevó la calidad de vida de los campesinos como efecto de la reforma salinista al ejido? ¿La reforma a la seguridad y justicia ha hecho avanzar el acceso a la justicia o agilizado los juicios? ¿Ha obstaculizado el título IV de la Constitución el tráfico de influencias o la malversación de fondos? ¿La prohibición constitucional de los monopolios, los ha impedido? ¿La reforma constitucional que hace obligatoria la educación media superior la ha garantizado como un derecho o, al menos, ha tenido efecto para ampliar la oferta educativa? ¿Disminuyó el poder de las televisoras como efecto de la prohibición de la venta de espacios a partidos y particulares?

A pesar de las dudas que estas (y muchas otras) interrogantes plantean, uno estaría obligado a concluir que dada la acusada y creciente tendencia a modificar la Constitución, la clase política tiene una fe ciega en el potencial transformador de las reformas.

Aquí es donde entra el fetichismo constitucional. Un fetiche es un objeto de culto al cual se le atribuyen poderes mágicos o sobrenaturales y el fetichismo es la cualidad de un objeto para ostentar un poder que no le pertenece por naturaleza.

A la Constitución y a sus reformas se les ha atribuido este poder mágico aunque, como acertadamente afirma Pedro Salazar, muchas normas son pura retórica constitucional: “hay una realidad material que desafía al marco constitucional vigente y que desautoriza a quienes presumen sus reformas”.

La Constitución está llena de buenas ideas y mejores propósitos, pero su transformación en los objetivos que persigue es muy deficiente. Bien pensado, hay mucho más camino por recorrer en materia de ejecución que en el de reformación.

No parece tampoco repararse en el hecho de que hay muchas maneras de hacer nugatorias las reformas constitucionales, dos de ellas muy socorridas en caso de México. La primera es no emitir las leyes reglamentarias de esas reformas. Los 69 decretos de reforma constitucional emitidos en los últimos 15 años hubiesen requerido más de 40 leyes reglamentarias o adecuaciones a las normas federales o locales cuyos plazos fueron establecidos con precisión en los artículos transitorios. Pues bien, aunque sea difícil de creer, en 50% de los casos no han sido expedidas aunque su plazo ya venció. Dicho de otra manera, los legisladores incumplen con las obligaciones que ellos mismos se imponen, impidiendo así la puesta en marcha de las reformas o disminuyendo su eficacia. Otra vez, esta conducta no es privativa de los gobiernos sin mayoría. Para muestra un botón. En 1990 se modificó el artículo 36 de la Constitución para establecer el Registro Nacional Ciudadano. Un transitorio estipuló que mientras éste se creaba, los ciudadanos debíamos inscribirnos en los padrones electorales. Después de 22 años seguimos rigiéndonos por ese transitorio.

La segunda es matar las reformas por la vía de los hechos pues no se proveen los recursos institucionales, materiales y humanos para hacerlas valer. Es fácil otorgar a las policías facultades de investigación, pero difícil y costoso prepararlas para esa tarea. No tiene dificultad incorporar a los derechos fundamentales el derecho a la alimentación, pero es complicado erradicar la pobreza alimentaria. Es sencillo establecer que la justicia será expedita, pero complejo hacer practicable este principio.

Finalmente, en México se tiende a confundir una “buena” Constitución con un buen gobierno y a pensar que una “buena” Constitución es condición de posibilidad de un gobierno eficaz. No es así. Las buenas normas pueden amparar las acciones de un gobierno pero no mucho más. Hemos tenido mejores o peores gobiernos independientemente de la Constitución reformada bajo la cual han operado. Lo cierto es que la mayoría de los problemas de una sociedad se pueden enfrentar sin modificar sus constituciones.

Si las reformas no han resultado ser mecanismos eficaces para hacer realidad los derechos, para limitar a la autoridad y para impulsar políticas públicas que conduzcan al crecimiento, la justicia y el bienestar, ¿por qué entonces tanto empeño en reformar la Constitución? No hay una respuesta clara. Una de ellas, la más favorecida, es que al dar rango constitucional a una norma se asegura su inamovilidad. El argumento no tiene asidero si pensamos que los artículos de la Constitución han sido modificados 555 veces. La supuesta rigidez de nuestra Constitución —dos tercios de ambas Cámaras y la mayoría de las legislaturas de los estados— no ha sido impedimento para su constante modificación. Por ejemplo, sólo el artículo 73 ha sufrido 61 reformas.

Otra explicación es que a través del reformismo los legisladores justifican su trabajo y se comunica la idea de un Congreso eficaz. Una más es que “la enorme inversión de energía social y de acuerdos políticos para hacer posible reformas se explica por una sentida aspiración social que desea, casi con desesperación, encontrar solución a los problemas que aquejan su cotidianidad y busca un modo de vida mejor” (José Roldán). Por último, habría que considerar seriamente la idea de que las reformas constitucionales son muy abundantes porque el costo de aprobarlas es muy bajo y porque los propios legisladores no se hacen cargo ni de sus implicaciones ni de su viabilidad.
A los legisladores les agrada la idea de venderse como progresistas y abanderados de las mejores causas aunque sepan que buena parte de las reformas serán irrealizables.
Hay una dosis de irresponsabilidad en esta conducta de constituir el mundo normativamente sin hacerse cargo de la realidad.

Las múltiples reformas han terminado por producir un texto constitucional plagado de inconsistencias, sin coherencia interna, falto de articulación y disfuncional.
Por ello habría que discutir, como afirma Héctor Fix Fierro, si a cinco años de que se celebre el centenario de la Constitución de 1917 no valdría la pena cerrar el ciclo de las reformas para dar paso a la elaboración de un texto que recoja lo mejor de nuestro patrimonio constitucional y lo plasme en un documento moderno, sistemático y representativo, que nos permita avanzar a una nueva etapa de nuestra evolución constitucional.

María Amparo Casar. Profesora-investigadora del CIDE. Es editorialista del periódico Reforma. Este artículo está basado en el capítulo introductorio al libro El reformismo constitucional en la era de los gobiernos sin mayoría, de próxima aparición, escrito y coordinado por la autora e Ignacio Marván (CIDE). La investigación fue patrocinada por el PNUD.

1 Para estos años no hay datos disponibles en Cámara de Senadores.
2 Hasta 1988 la dominancia del PRI en el Congreso y la disciplina partidaria eran de tal magnitud que las tasas de aprobación de las iniciativas del presidente y de su partido rebasaban el 95%.
3 La electoral, la del sistema de justicia penal y la de seguridad nacional. Todas del 2004.

 

¿Puede aterrizarse el Pacto por México?

El Pacto por México es un conjunto de 95 propuestas, algunas muy importantes junto con otras de menor relevancia. Hay de todo, desde “implantar en todo el país un Código Penal y un Código de Procedimientos Penales Únicos”, que representa una tarea titánica (compromisos 78 y 79) hasta incrementar “el número de becas para apoyar a todas las artes, y potenciar el talento y la formación de los artistas mexicanos, particularmente de los más jóvenes…”, una mera decisión presupuestal (compromiso 19). Un listado amplio y heterogéneo era inevitable dada la estrategia de querer sentar en la mesa tanto al PRD como al PAN.

pacto

El Pacto tiene cinco grandes ejes que tratan de ordenar lo firmado. El segundo eje es promover el crecimiento económico, el empleo y la competitividad. El Pacto “pretende sentar las bases de un nuevo acuerdo político, económico y social para impulsar el crecimiento económico que genere los empleos de calidad…”. Para ello, “México debe crecer por encima del 5%, para lo cual se debe incrementar la inversión pública y privada hasta alcanzar más del 25% del PIB en inversión e incrementar la productividad de la misma”. ¿Qué tan viable es llevar a cabo los distintos puntos en el Pacto vinculados con este eje? ¿Qué tanto el implementarlo impulsaría realmente un mayor crecimiento económico?
En el Pacto hay por lo menos cuatro grupos de medidas y propuestas que pueden servir para crecer más. Algunas de éstas se encuentran en el capítulo de crecimiento. Otras están dispersas en los otros cuatro capítulos.

Un primer grupo de medidas tiene que ver con mejorar la calidad y ampliar la cobertura del sistema educativo. El gobierno entendió bien que de todas las reformas estructurales pendientes ésta es la que contaría con mayor apoyo de la opinión pública ya que el grupo afectado, simbolizado por la maestra Gordillo, no goza de muchas simpatías en los medios de comunicación. Era difícil para cualquiera de los tres principales partidos oponerse a un cambio de esta magnitud que hace del mérito la piedra angular para la contratación y promoción de los maestros, amén de que promete, entre otras medidas, ampliar la cobertura en educación media y superior (compromiso 14) y extender el horario de las escuelas primarias (compromiso 10).

La reforma trata de profundizar en alcance y en soporte jurídico la Alianza por la Calidad de la Educación (ACE) firmada entre el gobierno del presidente Calderón y el SNTE, encabezado por Elba Ester Gordillo en 2008. Al hacerlo, sin pactarlo con el sindicato y con una reforma constitucional de por medio, le permite a la autoridad tratar de rescatar la rectoría del Estado en materia educativa. Con esta estrategia el sindicato tiene menores posibilidades de diluir la implementación de la reforma, a diferencia de lo que sucedió con la ACE.

La reforma del artículo 4 constitucional se aprobó en ambas Cámaras en tiempo récord semanas después de la firma del Pacto. Al momento de escribir este texto la reforma constitucional avanza con celeridad en los Congresos locales. Es sólo el inicio de un largo camino. Se requieren reformas legales y reglamentarias, así como modificaciones en las prácticas vigentes con las que se ha administrado el sistema educativo por décadas. Enfrentará diversas formas de resistencia, desde las jurídicas hasta las políticas, desde amparos hasta protestas de todo tipo. No se puede iniciar un nuevo sistema desde cero. Hay que cargar con la herencia de décadas de corporativismo donde la paz política importaba más que la calidad del sistema educativo. Los maestros son muchos, están bien organizados y acostumbrados a ser el fiel de la balanza en las decisiones importantes en esta materia. Habrá que ver qué tan capaz es el gobierno de Peña Nieto de impulsar con rigor y altos estándares de calidad los principios de mérito plasmados en la Constitución.

Sin embargo, en términos de crecimiento económico, la mejor y más rápidamente implementada reforma educativa dará frutos hasta dentro de varios años, incluso décadas. El alumno que entró a la primaria en septiembre de 2012 en una escuela pública promedio, es altamente probable que egrese en nueve años (si es que no deserta y si termina la educación básica, que incluye primaria y secundaria) con bajos niveles de aprovechamiento y sin hablar inglés, lo cual impactará negativamente en sus posibilidades de ingreso por toda su vida laboral. En materia educativa todo cambio toma mucho tiempo, aunque su impacto positivo puede ser muy alto al paso de los años.

Pero el mal aprovechamiento de nuestros estudiantes no es sólo un problema de las escuelas públicas. Como lo ha mostrado la prueba PISA-OCDE, los alumnos de las escuelas privadas, descontando que provienen de mejor nivel socioeconómico y cuentan con mejores instalaciones, tienen, en promedio, tan malos resultados como los que provienen de las escuelas públicas. No hemos hecho del mérito el instrumento para premiar laboral y académicamente a los mexicanos. Las universidades privadas y públicas, salvo en notables excepciones (y en general en sólo algunas licenciaturas) son bastante laxas desde el proceso de selección e ingreso, en el extremo la UNAM acepta a un gran porcentaje de los estudiantes con el llamado pase automático. A excepción de pequeñas instituciones como el Colegio de México, en nuestro país no hay, como en Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Corea del Sur, China o India, por citar seis países muy distintos, varias instituciones de educación superior, ya sean privadas o públicas, con decenas de miles de estudiantes de gran calidad admitidos después de rechazar a cientos de miles más.

La razón de esta falta de exigencia en el sistema educativo, y por tanto de calidad en la educación superior pública y privada, debe estar asociada a una economía, que salvo en el sector manufacturero de exportación, suele enfrentar poca competencia. Muchas empresas mexicanas líderes mundiales en su sector suelen no contratar por mérito, sino tienen entre sus cuadros dirigentes fundamentalmente a miembros de la familia de los accionistas de control. La empresa más grande del país y quizás de América Latina, Pemex, tampoco contrata por mérito, mientras que ahí tendrían que estar los mejores ingenieros y técnicos del país. En México suele importar más a quién conoces, no qué conoces.

Por ello, dentro de los puntos del Pacto por México, un segundo grupo de medidas que reviste particular importancia es el compromiso de lograr la autonomía y fortalecer a las agencias regulatorias, incluida la Comisión Federal de Competencia, hasta el punto de que ésta tenga los instrumentos para poder romper monopolios. Puede ser también muy relevante la creación de “tribunales especializados que permitan dar mayor certeza a los agentes económicos al aplicar de manera más eficaz y técnicamente informada los complejos marcos normativos que regulan las actividades de telecomunicaciones y los litigios sobre violaciones a las normas de competencia económica” (compromiso 38). En los primeros párrafos del Pacto es claro qué se pretende con esto:

La creciente influencia de poderes fácticos frecuentemente reta la vida institucional del país y se constituye en un obstáculo para el cumplimiento de las funciones del Estado mexicano. En ocasiones, esos poderes obstruyen en la práctica el desarrollo nacional, como consecuencia de la concentración de riqueza y poder que está en el núcleo de nuestra desigualdad. La tarea del Estado y de sus instituciones en esta circunstancia de la vida nacional debe someter, con los instrumentos de la ley y en un ambiente de libertad, los intereses particulares que obstruyan el interés nacional.

Estas reformas van a enfrentar muchas resistencias y serán una prueba de fuego para el nuevo gobierno de su capacidad de maniobra política. Incluso antes de pensar en fortalecer las instituciones regulatorias existentes, que buena falta les hace, lo primero que se tiene que hacer, si se pretende respetar el espíritu del Pacto, es rechazar la reforma a la ley de competencia que ya fue aprobada en la legislatura pasada por la Cámara de Senadores y que está por ser votada en la Cámara de Diputados. Esta reforma debilita al presidente de la Comisión y al propio Secretariado. Sin que ambos sean fuertes, es muy difícil que puedan enfrentar a las grandes empresas mexicanas propensas a las prácticas monopólicas.

Una Comisión de Competencia con fuerza y credibilidad sí puede en un plazo corto ayudar a crecer más y a cambiar la estructura de la economía mexicana, abriendo nuevos espacios a la inversión privada. También puede llevar a una disminución de precios de muchos productos que se consumen directamente y que hoy sus altos precios comparados con mercados competitivos más muchos otros que son insumos de diversas cadenas productivas.

Por desgracia, en el caso de los monopolios públicos, los puntos acordados en el Pacto son muy limitados, siendo que nuestras grandes empresas energéticas, Pemex y CFE, son dos de nuestros lastres en términos de crecimiento. El Pacto ni siquiera menciona la palabra electricidad en una sola ocasión, cuando la eficiencia de la CFE dista de ser la de una empresa de clase mundial y la política de precios que lleva a cabo, al subsidiar a los consumidores y cobrar altos precios a la industria, desincentiva la inversión manufacturera que es uno de los motores más sanos de la economía mexicana.

En hidrocarburos, en el Pacto sólo se habla de apertura en el sector de refinación, petroquímica y transporte. Se aclara que no se venderán los activos de Pemex en estas materias, por más que en refinación, según datos de la paraestatal, en 2011 tuvo una pérdida neta de 139 mil 491 millones de pesos.1

En exploración y producción se defiende el statu quo. El texto firmado es claro: “Se mantendrá en manos de la Nación, a través del Estado, la propiedad y el control de los hidrocarburos y la propiedad de Pemex como empresa pública. En todos los casos, la Nación recibirá la totalidad de la producción de Hidrocarburos”. Supongo que la afirmación responde a que era la manera de subir al PRD a la mesa de negociación del Pacto, pero el costo que puede pagar el presidente Peña Nieto en materia de lograr una reforma que detone mayor crecimiento es alto. Si se quiere respetar esa redacción, a lo más que se puede aspirar es a contratos de servicios más ambiciosos a los actuales.

Lo fácil es pensar, como lo hace todo nuevo gobierno, que la fórmula es tratar de administrar mejor a Pemex, bajo la premisa de que ellos sí saben cómo hacerlo. Los presidentes entrantes suelen creer que sólo es cuestión de voluntad política. Con eso en mente, seguramente, por ello en el Pacto se afirma: “Se realizarán las reformas necesarias, tanto en el ámbito de la regulación de entidades paraestatales, como en el del sector energético y fiscal para transformar a Pemex en una empresa pública de carácter productivo, que se conserve como propiedad del Estado pero que tenga la capacidad de competir en la industria hasta convertirse en una empresa de clase mundial.
Para ello, será necesario dotarla de las reglas de gobierno corporativo y de transparencia que se exigirían a una empresa productiva de su importancia” (compromiso 55).

A mi juicio no hay forma que Pemex funcione eficientemente como sus pares internacionales si no se le impone competencia en todos los ámbitos y se le obliga a concentrarse en lo más rentable, que es exploración y producción de crudo. Hay muchas formas de hacerlo. China optó por tener varias empresas estatales que cotizan en bolsa y compiten en China y fuera del país. Brasil y Noruega optaron por abrir la inversión en su país para detonar la calidad en sus respectivas empresas petroleras.

América del Norte está en medio de una revolución energética como resultado del desarrollo de nuevas tecnologías para la extracción de crudos y gases no convencionales. El llamado shale gas ha permitido a Estados Unidos llevar a cabo inversiones millonarias en el sector de hasta 90 mil millones de dólares en los últimos dos años. Esta revolución ha creado importantes oportunidades de expansión de la capacidad instalada en industrias intensivas en el uso de energía, como lo es la petroquímica.2 México se está quedando fuera de esta revolución. No hay gas suficiente por falta de ductos que lo traigan de Estados Unidos, donde hay en abundancia. El marco legal no permite explotar las oportunidades de extracción en shale gas que se supone tiene México. Según datos de Estados Unidos, somos el cuarto país con 681 Tcf reservas de shale gas técnicamente recuperables.3 Pemex no puede hacerlo, menos aún por sí misma. El shale gas es una actividad de baja rentabilidad y que distraería a la administración de Pemex de lo más rentable, la extracción de crudo. No es casual que el desarrollo del shale gas no vino de las grandes empresas de hidrocarburos, sino de empresas medianas, administradas con mayor flexibilidad y que no tenían acceso a las grandes inversiones de crudo convencional.

La falta de gas natural en México, tanto como energía para la industria como insumo para la petroquímica, está frenando muchas inversiones. Un caso representativo es Mexichem, empresa mexicana líder en petroquímica en América Latina. Por años estuvo negociando un acuerdo con Pemex para hacer una empresa conjunta que produjera cloruro de vinilo, insumo básico para la fabricación de plásticos y PVC. Al final el sindicato de Pemex frenó el acuerdo en la cancelación de la reunión del Consejo de Administración que la autorizaría.4 Era una inversión por 556 millones de dólares, donde la empresa aportaría la mitad de los recursos necesarios. Como resultado, Mexichem llevará su inversión a Estados Unidos.

Una reforma energética de fondo puede detonar empleo y crecimiento en muchas zonas del país, además de impulsar al sector manufacturero en su conjunto gracias a la disminución de precio del gas que detonaría y a la industria petroquímica, que por todas las restricciones con las que opera tuvo un déficit comercial de más de 15 mil millones de dólares en 2011.5 Sin embargo, previo a implementarla, se requieren entes regulatorios fuertes y una redefinición del juicio de amparo, como se discutirá más adelante, ya que sí sería una sensible pérdida de soberanía el licitar campos y que posteriormente, a través del amparo, las empresas ganadores impusieran sus condiciones.

Un tercer conjunto de medidas que pueden ayudar a crecer más son una serie de puntos del Pacto que casualmente han sido poco comentados. Me refiero a todos aquellos que fortalecen instrumentos del Estado que son comunes en otros países y que dan certidumbre jurídica a todos, pero están mal encauzados en nuestro caso. Son cambios importantes para evitar malas asignaciones de apoyos sociales y para tener una mayor capacidad para enfrentar la delincuencia.

Por un lado el Pacto menciona una reforma a la ley de amparo. Si bien no está especificada hasta dónde y cómo se haría, en el segmento de telecomunicaciones se hace referencia a impedir que sea a través de este instrumento “para evitar que las empresas de este sector eludan las resoluciones del órgano regulador vía amparos u otros mecanismos litigiosos” (compromiso 39). El problema existe también en otros ámbitos y una reforma a la ley de amparo puede permitir al Estado regular a los actores más poderosos en todos ellos. No se trata de dejar sin protección a los empresarios ante la posible discrecionalidad gubernamental, objetivo primordial de la ley de amparo, pero sí darle a la autoridad la posibilidad de imponer decisiones de interés general como se hace en los países OCDE.

Hay otras medidas interesantes, como censar a los maestros (compromiso 7) o crear cédula de identidad ciudadana y un registro nacional de población (compromiso 33), aunque no bastan los pactos ni las reformas constitucionales. Del dicho al hecho hay un largo trecho. Tener una Cédula de Identidad es una obligación que se encuentra en la Ley General de Población en su capítulo VII, ¡desde 1992!

Un cuarto conjunto de medidas son las fiscales, tanto en materia de gasto como de recaudación de impuestos. Pero su impacto en el crecimiento económico depende no sólo de cómo se recauden los recursos adicionales que se requieren para cumplir con 46 de los 95 puntos del documento, que los propios signatarios del Pacto reconocen que no son posibles si no se incrementan los ingresos a través de una reforma fiscal, sino qué tan bien se gasten éstos.

El Pacto dice muy poco sobre cómo se pretende incrementar la recaudación. Se dice que se debe “realizar una reforma hacendaria eficiente y equitativa que sea palanca de desarrollo”. Nadie puede estar en contra de esto, pero sólo se dice que para lograrlo “se mejorará y simplificará el cobro de los impuestos. Asimismo, se incrementará la base de contribuyentes y se combatirá la elusión y la evasión fiscal” (compromiso 69). Se habla de que se fortalecerá el federalismo, pero también, sin muchos detalles (compromiso 70). Finalmente, se afirma que “se eliminarán los privilegios fiscales, en particular, el régimen de consolidación fiscal. Se buscará reducir el sector informal de la economía. Se revisará el diseño y la ejecución de los impuestos directos e indirectos” (compromiso 72).

El gran rezago en México son los impuestos locales. Ahí hay mucho por hacer, pero no se presenta ningún detalle de cómo. En lo que respecta a los ingresos federales, alrededor del 90% de éstos provienen de dos impuestos, el ISR y el IVA. Son también los impuestos más importantes en todos los países. Ambos tienen huecos considerables, pero el ISR, en comparación con otros países de América Latina, tiene una recaudación cercana a la del promedio de los países de la región que es de 5% del PIB. Para 2011, México recauda 5%, Argentina 5%, Brasil 7.4%, Chile 5.7% y Colombia 5.5%.6

El IVA, para que funcione bien, tiene que ser lo más general posible, en nuestro país está lleno de boquetes. En 2009 el IVA en México recaudó mucho menos que en los países de América Latina y la OCDE, cuyo promedio de recaudación fue del 6.8% y 6.7% del PIB, respectivamente, frente al 3.4% en nuestro país.7 Mientras que en Chile cada punto de la tasa del IVA recauda 0.39 puntos del PIB, en Colombia 0.36 y en Brasil 0.25, en México recauda 0.23 puntos. En los países miembros de la OCDE el promedio es de 0.41 puntos, y países como Canadá logran recaudar 0.67 puntos del PIB.8

Cuando se aprobó el IVA en 1979, para entrar en vigor en 1980, la tasa general era de 10% y gravaba el 72% de los bienes y servicios que se consumían. Hoy la tasa es de 16, pero sólo está gravado el 54%, 26% de la base está sujeto a tasa cero y están exentos 20% de los productos que conforman la canasta que se consume.9

El reto para el gobierno recién iniciado va a ser cómo construir un acuerdo que permita eliminar los tratos preferenciales en el IVA, puesto que éste es el mayor espacio disponible para incrementar la recaudación fiscal. Quitar las excepciones en el IVA difícilmente será aceptado por uno de los firmantes del Pacto, el PRD, y dentro del propio PRI seguramente habría serias resistencias a hacerlo. El mismo PAN puede estar en contra para no pagar el costo político de un impuesto tan impopular, aunque no tenga mucho sentido en términos de equidad.

Productos de lujo como son las cápsulas de café y el foie gras importado tienen IVA de tasa cero, todo para que los más pobres tengan IVA cero en su mucho más limitada canasta de alimentos (y en el caso de algunos de los más pobres, la producen ellos mismos, así que no se verían afectados por un cambio en la materia). Por el contrario, los útiles escolares sí pagan IVA. Es como matar mosquitos con bazuca. Sí los mata, pero genera mucho daño colateral. Es curioso que ni los grupos de izquierda crean que el Estado puede usar esos recursos para regresárselos a los más pobres “completitos y copeteados” por recordar la frase del presidente Fox cuando intentó esa reforma. Según las encuestas, incluso los sectores más pobres no creen que sea deseable una reforma como ésta porque no creen que el gasto público realmente los beneficie.

En materia de gasto, amén de todo un capítulo que pretende fortalecer la transparencia y que bien hecho puede tener un impacto positivo, el Pacto propone un conjunto de promesas que llevarían a un sistema de seguridad social universal. Tener una sociedad más saludable y con menos desigualdad es positivo, pero en el corto plazo no genera crecimiento económico. Incluso, como está planteado el gasto, va a reforzar una relación ciudadano-gobierno que parte de exigir más derechos, pero no viene aparejada con obligaciones correspondientes. Incluso algunas de las medidas propuestas pueden incentivar aún más la informalidad, como lo es un seguro de vida para las jefas de familia y bajar la edad de pensión a adultos mayores de 70 a 65 años (compromisos 5 y 3, respectivamente). Además, sin una mejoría notable en los distintos sistemas de seguridad social pública vigente, este gasto puede no llevar a los servicios que la sociedad requiere. Por ello, hoy muchos asegurados del IMSS sencillamente no lo usan.
Hay un punto interesante en el Pacto: “no se entregarán más subsidios a la población de altos ingresos” (compromiso 73). No está bien definido quiénes conforman la población de altos ingresos, pero si fuera el 10% con mayores ingresos, el nuevo gobierno de subir ya el precio de la gasolina y el diesel, estará incumpliendo el Pacto. Según México Evalúa, el decil de la población más rica del país recibe 20 veces más de beneficios por gasolina y diesel que 10% de la población más pobre. Sólo el costo del subsidio de gasolina y diesel para 2011 fue de más de 150 mil millones de pesos.10 El IVA de tasa cero podría ser considerado un subsidio más. En 2010, 33.8% del gasto que realizaba 10% de la población con más ingresos se encontraba exento del pago de IVA, o bien, estaban sujetos a tasa cero.11 También es un subsidio el que la UNAM no le cobre cuota a quienes sí podrían pagarla.

El Pacto por México ha permitido que el sexenio arranque con gran vigor y optimismo. Sin embargo, en términos de uno de sus objetivos, el crecimiento, no va a ser fácil aterrizarlo para lograr detonar ese crecimiento mayor al 5% que se propone.

Carlos Elizondo Mayer-Serra. Profesor del CIDE. Su más reciente libro es: Con dinero y sin dinero… nuestro ineficaz, injusto y precario equilibrio fiscal.

1 Reforma, “Provoca Refinación pérdidas a Pemex”, Empresas, 13 de abril de 2012. Disponible en: http://www.negociosreforma.com/aplicaciones/articulo/default.aspx?id=59232&v=1
2 Financial Times, “$90 billion US investment spurring shale gas revolution”, 17 de diciembre de 2012. Disponible en: http://www.breitbart.com/Big-Government/2012/12/16/90-Billion-U-S-Investment-Spurring-Shale-Gas-Revolution
3 EIA, US Energy Information Administration, Mexico overview. Disponible en: http://www.eia.gov/countries/cab.cfm?fips=MX
4 Reforma, “Detienen alianza de Pemex y Mexichem”, Empresas, 15 de octubre de 2012. Disponible en: http://www.negociosreforma.com/aplicaciones/articulo/default.aspx?id=90483&urlredirect=http%3A%2F%2Fwww.negociosreforma.com%2Faplicaciones%2Farticulo%2Fdefault.aspx%3Fid&v=2
5 Banxico, Balanza de Pagos, Balanza de Productos Petroquímicos y de Origen Petroquímico. Disponible en: http://www.banxico.org.mx/SieInternet/consultarDirectorioInternetAction.do?accion=consultarSerie. Consultado 7 de enero 2012.
6 OCDE/CEPAL/CIAT, Revenue Statistics in Latin America, 2011, Parte II. Tax Levels and Tax Structures 1990-2009, Tabla 4. Taxes on income and profits as percentage of GDP, p. 55 www.cepal.org/ofilac/noticias/noticias (consultado el 27 de abril de 2012).
7 OCDE/CEPAL/CIAT, Revenue Statistics in Latin America, Tabla B. Value added taxes as % of GDP, p. 19, www.cepal.org/ofilac/noticias/noticias/ (consultado el 27 de abril de 2012).
8 El México del 2012: Reformas a la Hacienda Pública y al Sistema de Protección Social, p. 95.
9 El Ingreso Tributario en México, Centro de Estudios de las Finanzas Públicas de la Cámara de Diputados del H. Congreso de la Unión, México, 2005. www.cefp.gob.mx/intr/edocumentos
10 Animal político, “Subsidios energéticos, ¿para que?”, 12 de abril de 2012. Disponible en: http://www.animalpolitico.com/blogueros-el-blog-de-mexico-evalua/2012/04/12/subsidios-energeticos-para-que/
11 Secretaría de Hacienda y Crédito Público, Distribución del pago de impuestos y recepción del gasto público por deciles de hogares y personas. Resultados para el año 2010, tabla 2.7, p. 19, www.shcp.gob.mx/INGRESOS/Ingresos_dist_pagos/distribucion_pago_impuestos_resultados_2010_022021.pdf> (consultado el 16 de abril de 2012).

 

Fetichismo y reformismo

El nuevo gobierno de México arrancó a tambor batiente. Como prueba de su espíritu reformista, hizo ya una enmienda constitucional en materia educativa y firmó un pacto de 95 compromisos con todas las fuerzas políticas, compromisos suficientes para transformar el país de arriba abajo: el ya célebre Pacto por México.

Cuando los políticos mexicanos quieren probar que sus propuestas van en serio, reforman la Constitución. Es una superstición legislativa. Lo demuestra María Amparo Casar en su rigurosa y risueña revisión de las reformas constitucionales de las últimas décadas. Cambiar la Carta Magna para asegurarse de que las cosas sucedan es puro “fetichismo constitucional”.

Más pragmática, pero no menos típica de la cultura de los políticos profesionales mexicanos, es la creencia en los pactos, el acuerdo de todos, el consenso. Es un hábito ajeno, si no contrario, al más simple y funcional principio democrático de la mayoría. Carlos Elizondo Mayer-Serra y Javier Tello Díaz nos ofrecen dos miradas sobre el Pacto por México, su espíritu, sus alcances, sus límites institucionales y financieros.

fetichismo

   
Precisos como son en la exploración de sus temas, los textos de Casar, Elizondo y Tello van más allá, son también retratos de la cultura política profesional que nos rige.


El fetichismo constitucional
María Amparo Casar

¿Puede aterrizarse el Pacto por México?
Carlos Elizondo Mayer-Serra

¿El imperio contraataca o El retorno del Jedi?
Javier Tello

 

¿El imperio contraataca o El retorno del Jedi?

El arranque del nuevo gobierno ha generado un nivel de optimismo por encima del que suele acompañar todo cambio de administración. Este optimismo ha hecho que muchos observadores pidan mantener un “sano escepticismo”, mientras que en otros, el regreso del PRI al poder ha generado un pesimismo intuitivo sobre lo que podemos esperar. A esto hay que agregar el vertiginoso ritmo de actividad de la nueva administración, que parece rebasar la capacidad de los analistas para digerir tantas promesas y propuestas. ¿Cómo leer lo que está ocurriendo? ¿Hay razones para el optimismo? ¿Se trata de El Imperio contraataca o de El retorno del Jedi?

imperio

Escenarios
El triunfo del PRI el 1 de julio abrió cuatro escenarios. Uno, que el nuevo gobierno dé tres pasos para atrás: la restauración autoritaria. Segundo, que dé dos pasos adelante y dos atrás, que cambie lo que tenga que cambiar para que todo siga igual: Gatopardismo. Tercero, que dé dos pasos adelante y uno atrás: reformismo. Cuarto, finalmente, que el nuevo gobiernodé cuatro pasos para adelante:cambio radical.

Es poco probable que se den el primero y el último casos. No son opciones viables ni probablemente deseadas por el grupo dominante dentro del PRI. Quedan dos alternativas: el gatopardismo y el reformismo.

Falta todo y todo puede pasar, pero hay buenas razones para el optimismo. Hay un proyecto reformista que genera propuestas específicas que se empiezan a concretar, como en el caso de la reforma educativa y la de transparencia. Hay una estrategia novedosa, en sí misma reformista, para implantar este proyecto cuya pieza central es el Pacto por México. Parece, además, que hay oficio, un entorno internacional favorable y una oposición que ha sido constructiva.

Vale la pena aclarar qué se entiende por avance y qué por estancamiento para no quedar atrapados en la analogía de “pasos para adelante y para atrás”. Pasos adelante quiere decir no sólo construir más kilómetros de carretera, más casas o una refinería. Tiene que haber un punto de inflexión que se vea reflejado en la construcción y consolidación de instituciones. No basta tener mejores resultados con las instituciones que ya tenemos. Asimismo, no es posible reducir este proceso a un pequeño grupo de “reformas que el país necesita”. Hay más de un proyecto modernizador posible.

Dado el “piso común” establecido en el Pacto, una definición de avance “neutral” podría ser que se den cambios significativos en cada uno de los grandes acuerdos identificados. Asimismo, del contenido del Pacto queda claro que no puede haber avance sin dañar intereses creados. Por ello, paradójicamente, un indicador de estancamiento sería la falta de conflicto.

El escenario reformista supone que habrá “un paso para atrás”. ¿Qué significa esto? Primero, es un reconocimiento de los claroscuros presentes dentro del partido gobernante, sus alianzas dudosas, sus escándalos recientes y el pasado sombrío de personas hoy muy presentes. Segundo, refiere a factores estructurales, usos y costumbres, que no desaparecerán de la noche a la mañana. Tercero, acepta la pluralidad del PRI dentro del cual encontramos posturas conservadoras y gatopardistas. Cuarto, concede que hay una genuina disputa no sólo sobre qué es un paso hacia adelante, sino también qué tan adelante debe ir para representar un avance real. El debate sobre la reforma energética ilustra esta disputa: “qué tan arriba es arriba y qué tan adelante es adelante”.

Así, el escenario reformista reconoce que se darán pasos hacia atrás, accidentales unos, inconscientes otros, pero también habrá algunos que se den de forma voluntaria, así como resbalones de Jedis seducidos por el “lado oscuro”. No obstante, el argumento reformista es que, si el proyecto triunfa, se darán más pasos para adelante que para atrás y la diferencia no será marginal.

Gatopardismo vs. reformismo
Como evidencia del reformismo del nuevo gobierno tenemos lo ya logrado durante sus dos primeros meses. Pero la lectura optimista es sobre todo producto de la sensación de que el buen arranque no es el resultado de la buena suerte, sino de un proyecto claro y una estrategia definida para implantarlo.

Si juntamos el libro de Peña Nieto, México la gran esperanza, con lo propuesto en el Pacto por México, tenemos un ambicioso proyecto modernizador en blanco y negro. Sin duda faltan detalles y prioridades. Ni del libro ni del Pacto se desprende una respuesta única a la importante pregunta de qué país queremos ser. La propuesta es que México sea un país del primer mundo, pero no se sabe si como Suecia o Estados Unidos. Eso es lo que se debatirá en el camino y el Pacto es precisamente un reconocimiento, reformista en sí, de que el camino a seguir debe ser negociado. Ahora bien, para que México se convierta en Suecia o en Estados Unidos las cosas tendrían que cambiar tanto que casi nada puede quedar igual. En ese sentido el proyecto, sea de centro izquierda o centro derecha, es un claro y ambicioso proyecto modernizador.

El nuevo gobierno avanza legislativa y administrativamente. En el ámbito legislativo, el objetivo es crear mayorías y la herramienta novedosa, otra vez, es el Pacto. La idea parece ser cambiar el tono del juego político de la lógica de suma cero —dominante los últimos 15 años—, a la lógica de la cooperación, donde nadie pierde todo y todos ganan algo. El precio de entrada al juego es estar dispuesto a sacrificar, a negociar. La redacción del Pacto claramente refleja ya esta negociación, si bien el documento podría ser rebasado o abandonado en el futuro.

Para arrancar esta nueva lógica de la cooperación se ha escogido un tema perfecto: la reforma educativa, tema sustantivo que nadie podrá tachar de menor; que implica desafiar a un poder fáctico, que cuenta con amplio apoyo entre la población, retoma propuestas generadas desde la sociedad y tiene consenso entre los partidos. Inicia lo que se espera sea un círculo virtuoso de cooperación. Junto a la educativa se empiezan a procesar otras reformas, y empieza una especie de avalancha. Surge un peligro de sobrecarga y de pérdida de foco. Pero la simultaneidad parecería ser parte de la estrategia. Sólo con muchas bolas en el aire es posible mantener a todos interesados y cooperando en una u otra pista del circo. Además, sólo así se genera el momentum necesario para el arranque dada la coyuntura y nivel de ambición.

En el ámbito administrativo se busca asegurar un mínimo de disciplina por parte de los actores involucrados. La alternancia en 2000 resultó en una fragmentación del poder. Es inevitable reconocer el pluralismo como una característica intrínseca del sistema. Ante esta situación, el reto es “concentrar y compartir el poder” de manera simultánea.1 Si la estrategia legislativa busca compartir el poder, la administrativa quiere concentrarlo a través de “homologar reglas e instituciones”.2 La estrategia tiene un “aroma de centralización”, pero existe una diferencia fundamental respecto del centralismo del viejo régimen. Si las reglas son el producto de un genuino debate, como ha sido el caso en el tema de la transparencia, y además son claras, la centralización se dará sin la discrecionalidad del viejo régimen y con una mayor rendición de cuentas.

Más allá de la estrategia en los ámbitos legislativo y administrativo, el corazón del proyecto es económico. No hay reformismo posible sin crecimiento económico, redistribución del ingreso y una mayor recaudación fiscal. El éxito aquí propicia dudas, pues implica reformas que generen mayor competencia en la economía y una reforma fiscal que permita pagar costosos programas sociales. En ambos casos los grupos de interés que se tendrán que enfrentar son significativos. Pero si en el pasado fue el poder centralizado y discrecional de la presidencia lo que permitió doblegar a algunos de estos grupos, hoy es el poder compartido el que lo podría facilitar: a los que se resistan se les echará montón. Al mismo tiempo, al igual que los partidos de oposición dentro de la estrategia legislativa, los grupos de interés involucrados tendrán que percibir que no pierden todo y que algo pueden ganar bajo el proyecto reformista.

Finalmente, además del proyecto y la estrategia del nuevo gobierno, cabe señalar que hay una tradición reformista dentro del PRI que no puede ser negada. A lo largo del siglo XX podemos identificar varias olas reformistas. Se puede argumentar que durante estos episodios también se dieron pasos hacia atrás, no se avanzó en todos los rubros o el progreso logrado no fue suficiente. Pero hubo proyectos modernizadores, unos más de izquierda otros más de derecha, y no todo siguió igual.

Es en este contexto, como parte de esta tradición reformista priista, en el que hay que ubicar al nuevo gobierno. Sin duda se trata de una lectura whig del PRI, pero eso es lo que Peña Nieto representa, el priismo whig, tequila nuevo en botellas viejas.

Sano escepticismo

¿Dónde queda el “sano escepticismo” ante el nuevo gobierno? En poner en tela de juicio dos cosas: su capacidad para enfrentar, convencer o vencer a sus enemigos, y la capacidad de gestión del nuevo equipo para llevar a cabo las reformas prometidas.

La actual administración enfrenta tres retos externos a él. Primero, mantener a los principales actores dispuestos a negociar. El gobierno encara una falta de disciplina interna en los dos principales partidos de oposición que hace difícil la negociación y frágiles los acuerdos. Asimismo, la inevitable pluralidad que marca toda sociedad moderna hace difícil, por un lado, mantener una estrategia de consenso sin transformar ambiciosas reformas en propuestas anodinas, mientras que, por el otro, optar por una estrategia de mayoría estable bien puede provocar una explosiva polarización al excluir, ex ante, a un tercio del electorado.

Un segundo reto tiene que ver con los famosos poderes fácticos. Son muchos y muy poderosos y, en un contexto democrático, cuentan con el legítimo derecho a defender sus intereses. Además, varios de ellos tienen vínculos con el PRI, lo cual puede complicar las cosas, según unos, o facilitarlas, dicen otros. De lo que no hay duda es de que sólo el Estado tiene el tamaño y los recursos necesarios para enfrentarlos.

El tercer reto externo al gobierno, aunque vecino de él, es la resistencia al cambio por parte de grupos dentro del PRI: los “poderes fácticos de casa”, en particular sindicatos y gobernadores. Los primeros buscarán defender sus privilegios y pueden tener genuinas y legítimas diferencias ideológicas con el nuevo gobierno. Estos grupos cuentan con recursos, representación en el Congreso y capacidad de movilización. En cuanto a los gobernadores, llevan 12 años gozando de enorme autonomía y poder dentro de su territorio. Algunos podrán pensar que tienen facturas por cobrar a la nueva administración por movilizar el voto en la pasada elección y, al igual que los sindicatos, están representados en el Congreso.

Por lo que toca a los retos internos del nuevo gobierno, los inherentes a su funcionamiento, también podrían agruparse en tres. El primero se refiere al pragmatismo, la característica que más se destaca al hablar del nuevo gobierno. Es difícil pensar en el éxito de cualquier proyecto sin una buena dosis de pragmatismo, pero el pragmatismo excesivo es un peligro. El pragmatismo puro no tiene dirección, no es necesariamente reformista, ni reaccionario, ni gatopardista, ni radical. Para mantener un rumbo reformista se necesita algo más que mero pragmatismo.

Un segundo reto interno está relacionado con la ambición. Al igual que el pragmatismo, la ambición es un fundamental en todo proyecto exitoso. En el caso del PRI se vuelve particularmente importante, ya que es la ambición del presidente, su equipo y del PRI lo que ayudará a mantener el foco y la unidad. Si quieren ganar las elecciones en 2018 tienen que hacer las cosas bien y punto. Sin embargo, queda claro que la ambición bien puede provocar tensiones dentro del gabinete y entre distintos grupos en el PRI que entorpezcan el proceso de reformas.

El tercer reto interno del gobierno tiene que ver con la probable falta de capacidad burocrática para hacer todo lo que se quiere hacer y hacerlo bien, así como con privilegiar la eficacia por encima de la eficiencia, dar resultados cueste lo que cueste. Ambas cosas bien pueden incrementar la tentación de tomar atajos y los atajos, por lo general, erosionan la institucionalidad.

El libro de Enrique Peña Nieto se titula México la gran esperanza. Un Estado eficaz para una democracia de resultados. A dos meses de iniciado el sexenio, hay esperanza, muestras de eficacia, resultados preliminares y señales de que todo ello se está dando dentro de un entramado democrático. Todo parece indicar que se trata del retorno del Jedi y no del imperio contraataca.

Pero falta todo. En particular, no hay todavía resultados concretos que tengan un impacto directo en la población. Esa es la medida del éxito que el propio presidente nos ofrece y que tenemos que exigirle. Por más optimista que sea la lectura del arranque del sexenio, queda claro que los desafíos que enfrenta el nuevo gobierno son enormes. Por lo pronto, como diría Bette Davis, abróchense los cinturones porque este va a ser un sexenio movidito.

Javier Tello. Analista político.

1 La definición es de Agustín Basave en su editorial “Los retos de EPN”.
2 La frase es de Leo Zuckermann en su editorial “Primeras señales de Peña: V. Limitar los poderes locales”.

 

Internet y privacidad

La memoria universal
Antes de que internet llegara a nuestras vidas, el simple paso del tiempo hacía que fuera relativamente normal que una noticia cayera en el olvido. Un día leíamos en el periódico o veíamos en la TV que fulano o mengano habían sido detenidos por la presunta comisión de un delito, o habían sido condenados por fraude, o habían sido multados por violar el reglamento de tránsito y la notoriedad de esa noticia duraba solamente hasta que llegaba la siguiente.

internet

Hoy en día la enorme capacidad de almacenamiento de datos que permite internet ha hecho que la memoria de nuestra especie se almacene por completo en infinitos archivos digitales. Dichos archivos no solamente contienen la información (como lo hacían en el pasado y lo siguen haciendo en la actualidad las hemerotecas), sino que tienen la particularidad de que permiten buscarla con métodos más o menos sencillos. Los motores de búsqueda en internet se han convertido en una herramienta que utilizan cientos de millones de personas todos los días. Empresas como Google o Yahoo! han obtenido beneficios económicos enormes mediante el tratamiento de la información, facilitando al usuario su búsqueda y su uso.

A esa enorme capacidad de almacenamiento de datos y de búsqueda a través de sofisticados programas de software, hay que añadir que los medios de comunicación han exacerbado de forma increíble su permanente intrusión en la vida privada de las personas. No pasa ni un solo día sin que aparezca una publicación, una entrada en un blog, una nota en Facebook o en Twitter en los que se invada la intimidad de personas conocidas o desconocidas. Nadie está a salvo de ser fotografiado en cualquier sitio (público o privado) o de ser objeto de cualquier comentario en las redes sociales. La intimidad, como dijo hace ya algunos años Mark Zuckerberg, parece estar a punto de desaparecer.

Los nuevos dispositivos móviles conectados a internet (teléfonos celulares, tabletas, etcétera) permiten no solamente captar la intimidad de los demás, sino además compartirla casi en vivo, a través de las redes sociales y otros mecanismos de publicidad que hoy están al alcance de cualquiera.

La combinación de los dos factores apuntados puede suponer el surgimiento de una sociedad “vigilante” que nunca imaginaron ni George Orwell ni Jorge Luis Borges: una sociedad en la que podemos enterarnos de todo y en la que todos los datos quedan almacenados para siempre, conformando una especie de biblioteca de Babel eterna e infinita. Estamos ante una improbable pero ya presente mixtura del “Gran Hermano” orweliano, con la memoria de Funes, ese trágico personaje inventado por Borges para poner en evidencia la tragedia de no poder olvidar: ahora esa tragedia se ha hecho planetaria y permanente.

Todo lo que subas podrá ser usado en tu contra
Muchas personas, millones de ellas, escriben y publican cosas en internet pensando que se trata de una especie de acto de ciencia ficción, que en ningún caso puede tener efectos en el mundo real.

Abundan los adolescentes que, sin mayor reflexión, suben a las redes sociales comentarios subidos de tono, fotos de sus fiestas (muchas veces en estado francamente inconveniente) o información relativa a su más estricta intimidad. Y lo mismo puede decirse de muchos adultos, a los que el simple paso del tiempo no les ha generado ningún tipo de madurez emocional o sentido de la vergüenza. Tal parece que hay personas que usan las redes sociales como una especie de consulta psiquiátrica, en la que se pueden depositar ansiedades, frustraciones y deseos sin que haya ningún tipo de consecuencia.

Lo cierto es que cada vez resulta más evidente que el mundo digital y el mundo real no pueden separarse. Lo que hagamos en nuestros perfiles de redes sociales va a terminar repercutiendo (para bien o para mal) en el mundo real. No hay separación posible entre esos dos ámbitos de la vida.

Desde las páginas del New York Times el prestigioso profesor de derecho constitucional Jeffrey Rosen advertía ya desde 2010 de las funestas consecuencias que pueden tener algunos comentarios subidos a Facebook.1

Una chica estadunidense de 16 años posteó en Facebook que estaba “totalmente aburrida” en su trabajo y la empresa simplemente la despidió; resulta que, de una u otra manera, el comentario llegó hasta el conocimiento de su jefe, quien juzgó que era una pésima publicidad para su empresa y que no podían permitirse ese tipo de “desahogos” por parte de los empleados.

Una profesora de preparatoria, Stacy Snider, subió a MySpace una foto suya disfrazada de pirata y sosteniendo en una mano una taza de plástico, mientras esbozaba una sonrisa equívoca. Tituló a su foto así: “Drunken pirate” (Pirata borracho). Esa foto fue el motivo por el que no le permitieron seguir dando clase en la Conestoga Valley High School, tal como lo reportaba The Washington Post el 3 de diciembre de 2008. Snider recurrió ante los tribunales, los que le negaron la razón con el argumento de que esa foto no estaba amparada por la libertad de expresión que protege la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos. Si quieres darle clase a muchachos de preparatoria (decían los jueces) debes transmitir una conducta ejemplar; si te tomas fotos en las que parece que estás borracho y lo divulgas en las redes sociales, la escuela que te contrata tiene derecho a despedirte. Tan duro, pero tan claro. Lo peor de todo es que de la foto no se infiere con claridad si Snider en efecto estaba borracha, o se trataba simplemente de una broma realizada en el marco de una convivencia con sus amigos. La “descontextualización” informativa es otro efecto perverso de lo que puede suceder con todo aquello que subimos a las redes sociales.

El efecto dañino de la información digital se extiende incluso a las páginas web que ofrecen “motores de búsqueda”. La más conocida es, obviamente, Google. Los tribunales franceses sancionaron a Google en 2009 porque su función de “autocompletar” asociaba permanentemente la palabra “estafa” con la empresa Direct Energie.

Algo parecido sucedía con la esposa de un alto cargo del Estado alemán, quien había sido incorrectamente identificada como una ex prostituta; una publicación la había señalado, ofreciendo supuestos detalles de su etapa como trabajadora sexual (se publicó el alías con el que trabajaba, el nombre y la dirección del prostíbulo, e incluso las tarifas que cobraba por sus servicios profesionales).

La propia interesada había desmentido la información, que al parecer no tenía ningún tipo de sustento, sino que se había originado en rumores dirigidos a influir en la carrera política de su esposo. El problema principal es que al poner en Google el nombre de la señora en cuestión el servicio de “autocompletar búsqueda” ofrece como opción la de “prostituta”, “escort”, “red district” o “call girl”, causando de esa forma un grave daño a su honra, derecho a la vida privada y derecho a la buena reputación.

La afectada demandó a Google para que eliminara esas referencias; en un primer posicionamiento la empresa dijo que el resultado de su servicio de “autocompletar búsquedas” se basaba en un algoritmo cibernético que funcionaba de forma automática, asociando palabras que habían sido previamente puestas por personas usuarias del buscador. El caso ya está ante los tribunales alemanes, los cuales tendrán que ver a quién le asiste la razón.2

¿Tenemos derecho a ser olvidados?

Desde el punto de vista jurídico, se ha comenzado a plantear si frente al enorme poder de internet para recordar todo debería existir una suerte de “derecho al olvido digital”.
Supongamos que una persona es sentenciada por la comisión de un delito que resulta especialmente mal visto para su reputación. Pensemos en un profesor de primaria que fue condenado por abuso sexual a un menor de edad o pensemos en un agente de bolsa que fue sentenciado por fraude o por abuso de confianza. ¿Deberíamos tener derecho a conocer esa información y seguir recordándola muchos años después? ¿Cómo hacemos para permitir que la sociedad esté informada y pueda tomar las mejores decisiones, sin que por ello castiguemos de por vida a una persona y la obliguemos a seguir delinquiendo ante la imposibilidad de encontrar un trabajo? ¿Un error de cálculo que a lo mejor fue cometido a muy corta edad debe suponer una carga permanente en la reputación de una persona? ¿Cómo debe operar el derecho a la vida privada en la época de internet? ¿Qué espacio de intimidad se debe preservar para que las personas se sientan libres para realizar sus propios planes de vida, sin tener que estar sujetos a la mirada permanente de los demás?

Y todavía más: ¿qué tipo de responsabilidad se deriva para quienes invaden la vida privada de los demás o afectan su intimidad a través de publicaciones digitales, realizadas en tiempo real en las redes sociales? ¿Puede sancionarse a usuarios que muchas veces tienen perfiles inventados o “anónimos”? ¿Puede exigirse esa responsabilidad a los portales que alojan a esos perfiles? ¿Puede pedirse a las empresas que manejan los motores de búsqueda que bajen cierta información, cuando los jueces la han declarado violatoria del derecho a la vida privada?

En México la situación empeora debido a que con frecuencia las autoridades “exhiben” ante los medios de comunicación a ciudadanos que acaban de ser detenidos, contra los cuales no existe una averiguación previa, ni una acusación formal ante un juez, ni se les ha permitido ofrecer pruebas, ni han recibido una sentencia, ni han tenido la oportunidad de apelar o promover un amparo, pero que son inmediatamente condenados por el tribunal de la opinión pública. Los periodistas se convierten en magistrados y los estudios de radio o televisión hacen las veces de salas de audiencia, en las que se masacra la reputación o el buen nombre de las personas.3

El afectado tiene la posibilidad de ejercer su derecho de réplica, el cual probablemente sea respetado por el medio de comunicación respectivo. Pero no sabemos si la réplica obtendrá en Google un buen “posicionamiento” respecto a la noticia original de la detención y de la “presunta” responsabilidad de una persona. En el mundo eminentemente digital del siglo XXI, ¿de qué sirve que el ejercicio del derecho de réplica aparezca como la referencia número 800 o mil 200 cuando pones en Google tu nombre frente a la noticia de que fuiste detenido por ser un “presunto” sicario, la cual aparece en primer lugar en la selección de búsquedas realizada por ese u otro servicio de indexación de contenidos informáticos?

Internet como recipiente de toda nuestra vida
Lo cierto es que estamos solamente asomándonos al problema. La primera generación que ha ido compartiendo con intensidad su vida en las redes sociales apenas está alcanzando la mayoría de edad. No sabemos con certeza de qué manera les va a afectar en el futuro a esos jóvenes toda la información de ellos y de sus amigos que compartieron en las redes sociales.

Por lo pronto, lo más aconsejable es pensar dos veces si nos conviene subir cierta información al mundo digital. Porque una de las características de internet es que su memoria es infinita: Google nos va a seguir recordando lo que hicimos aunque ya hayan pasado décadas. Hay que cuidar de nuestro futuro poniendo atención a lo que en el presente compartimos con los demás en internet.

Además, hay que ir trabajando en lo que ya se comienza a llamar por parte de académicos y jueces el “derecho al olvido digital”, para que cuando estemos frente a un verdadero atropello a nuestra vida privada existan vías jurídicas para defendernos.4 El espacio de nuestra vida privada a lo mejor se ha ido achicando, pero eso no significa y puede significar que ya no tengamos ninguna herramienta jurídica para defendernos. Los tribunales de varios países ya están comenzando a perfilar el alcance de ese derecho.

En América Latina es probable que lleguemos tarde a ese debate (como lo hemos hecho en muchos de los de mayor actualidad, a los que solemos sumarnos con años o incluso décadas de retraso), pero sin duda hay que empezar a plantearlo. Está en juego la libertad y la dignidad de las personas, que son las bases sobre las que se construye todo sistema democrático. La información debe servir, siempre y en toda caso, para mejorar nuestras vidas y ayudarnos a tomar las mejores decisiones posibles, no para hacer de nuestra existencia un infierno.

Miguel Carbonell. Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.

1 Rosen, Jeffrey, “The web means the end of forgetting”, consultable en: http://www.nytimes.com/2010/07/25/magazine/25privacy-t2.html
2 Más detalles del caso en: http://www.dailymail.co.uk/news/article-2200840/Wife-German-president-takes-Google-escort-girl-claims.html y en http://www.dw.de/former-german-presidents-wife-sues-google/a-16230823-1
3 Me he referido a este tema con mayor extensión en: Carbonell, Miguel, “Hay que dejar de exhibir a personas detenidas”, Etcétera, número 139, México, junio de 2012, pp. 28-29.
4 Simón Castellano, Pere, El régimen constitucional del derecho al olvido digital, Tirant lo Blanch, Valencia, 2012.

 

La Decena Trágica: El golpe de Estado que marcó a una nación

Pocos días hieren tanto la imaginación mexicana como los vividos en la ciudad de México entre el 9 y el 18 de febrero de 1913, aquel “febrero de Caín y de metralla”, como definió la experiencia Alfonso Reyes, uno de los mayores escritores mexicanos y el mayor deudo filial de aquella fecha pues fue su padre, Bernardo Reyes, el primero en caer en la refriega.

decena


El golpe de Estado de febrero de 1913 culminó con el asesinato del presidente de la transición democrática de la época, Francisco I. Madero, y dio paso al alzamiento múltiple que conocemos como Revolución mexicana. Fue un episodio terrible y enigmático al que la memoria histórica vuelve una y otra vez quizá porque plantea preguntas sobre las pasiones políticas fundamentales del país.

Madero encarna en México el gran mito universal de la democracia, pero de una democracia débil, que consiente su propia destrucción. La democracia será vista por los gobiernos revolucionarios de casi todo el siglo XX como una ingenuidad o como un riesgo. La Decena Trágica de febrero de 1913 sembró a la vez una revolución y una cultura política. Marcó por un siglo al país.

No es casual que historiadores y escritores regresen a mirar ese momento. Regresamos nosotros también, en el aniversario cien del hecho. Lo hacemos sin pretensiones mitológicas ni hermenéuticas, sólo para restituir dos secuencias memorables de aquellos hechos:

Primero, en la crónica vibrante de Héctor de Mauleón, los pormenores del intento de golpe de la madrugada del 9 de febrero, frustrado por la mano astuta y firme de un militar olvidado, Lauro Villar. Segundo, la historia del golpe de Estado del 18 de febrero, el segundo golpe, el golpe que asesinó al presidente Madero y al vicepresidente Pino Suárez, elevó al poder al máximo villano de la historia nacional, Victoriano Huerta, y prolongó por años los tiempos “de Caín y de metralla”.

Con un título alusivo a esta línea de Reyes, “Febrero de Caín y de metralla”, la editorial Cal y Arena ha puesto a circular una antología de textos prohibidos o silenciados sobre aquellos días, compilados y prologados por Antonio Saborit. Héctor de Mauleón trabaja en una novela sobre la atmósfera densa, alucinatoriamente real, de aquel tiempo.

La hora del lobo
Héctor de Mauleón

Los dos cuartelazos
Antonio Saborit

Emilio Rabasa: El incondicional de Huerta
Alberto Saíd

 

La hora del lobo

Hay una versión que indica que el golpe militar del 9 de febrero de 1913 fue planeado en el Hotel Majestic, frente al jardín arbolado que desde tiempos de la emperatriz Carlota poblaba el Zócalo de frondas. Los agentes de la Reservada habían oído el rumor de que uno o varios planes se estaban urdiendo en la sombra, pero nadie imaginó que el enemigo estuviera ya del otro lado de la plaza.   

lobo

Desde el principio de aquel año de horror, el empresario Cecilio Ocón, dueño del Majestic, había anunciado que el hotel iba a ser sometido a intensos trabajos de remozamiento.
Los guayines que paraban frente la puerta-vidriera del edificio, en vez de ladrillos y sacos de cemento, descargaban en realidad cajas repletas de parque y armamento.

Los principales involucrados en la conspiración se hallaban registrados como huéspedes en el libro de entradas del hotel. Cecilio Ocón, a quien el maderismo había confiscado propiedades valuadas en un millón de pesos, los recibía en la puerta y los llevaba del brazo a las profundidades del salón comedor, en cuyas mesas de mármol conversaban en voz baja militares, políticos de oposición, periodistas nostálgicos del viejo régimen, aristócratas de nombre apergaminado que desde la caída de don Porfirio vagaban por las calles con el faldón de la levita entre las piernas, y españoles, muchos españoles: hacendados, empresarios, comerciantes que no habían recibido del gobierno maderista garantía ninguna.               

En febrero de 1913 el Hotel Majestic era ya una mina de pólvora. La “cena” que los conjurados llevaban meses tramando —la “cena” era el nombre en clave del golpe militar— había logrado atraer batallones, compañías, regimientos. Estaban ya del otro lado de la plaza. Ahora sólo debían cruzarla.

La víspera del golpe, el diputado Gustavo Madero —hermano del presidente y líder en la Cámara del Partido Constitucional Progresista—, asistió a un banquete en el restaurante Sylvain, el mentidero de moda entre las personalidades de la época. Sylvain había sido durante un tiempo el cocinero de cabecera de don Porfirio: su carta estaba llena de palabras europeas que pocos sabían pronunciar. En una mesa sembrada de flores, manjares y vinos, Gustavo Madero brindó por el nombramiento del ingeniero Jesús Reynoso como subsecretario de Hacienda, y entrechocó una copa de champán burbujeante con los diputados de la fracción maderista Francisco Escudero, Alfonso Oribe y Pedro Antonio de los Santos.                

El sábado estaba terminando. Había en Sylvain una atmósfera distendida. Los diputados advirtieron, sin embargo, que el hermano del presidente, por lo general fogoso, intenso, exaltado, se mantenía decididamente absorto. El único ojo bueno de Gustavo —el otro era de cristal, por eso el periodista Trinidad Sánchez Santos le había encajado el mote de Ojo Parado— parecía encontrarse en otro mundo, en otro lado. No era para menos: la estrella del maderismo declinaba en el ánimo de las muchedumbres y él, convertido en reo de todas las culpas, había perdido el apoyo de su hermano. Estaba a punto de ser enviado a Japón en una comisión especial. A lo largo de la velada, Gustavo sólo abandonó su mutismo para preguntar al camarero si alguien lo había buscado en el teléfono.

Una breve nota de El Imparcial reseña que a esa misma hora, y muy cerca de ese sitio, en el restaurante Gambrinus de San Francisco y Motolonía, los jóvenes del Ateneo de la Juventud, José Vasconcelos, Enrique González Martínez, Pedro Henríquez Ureña, Carlos González Peña y Martín Luis Guzmán, ofrecían una cena en honor del poeta Rafael López. A la manera de la bohemia de fin de siglo, los ateneístas musitaron versos empapados en ráfagas iridiscentes de coñac. Un reportero tomaba notas, hacía la crónica de aquel encuentro. Pero al día siguiente esa noticia nadie la leyó.

Cayó la noche y cerraron los almacenes de La Monterilla y San Agustín: El Palacio de Hierro, Las Fábricas Universales, Al Puerto de Veracruz. Las pastelerías se llenaron de gente. Algunas personas hicieron cola frente a las taquillas del Venecia, el Teatro Hidalgo y el Salón Rojo —donde triunfaban, misteriosas y perfectas, las divas de los filmes italianos—, y otras se encaminaron a los teatros, para cumplir con la antigua costumbre porfiriana de ponerse rojas hasta la coronilla ante el carnoso espectáculo de las vicetiples. Los vendedores de flores, de queso, de leña, pasaron en rápida dispersión hacia los barrios lejanos.
   
De ese modo llegó, como un hachazo, la madrugada del domingo 9 de febrero, la hora señalada para el comienzo de la “cena”.

En el pueblo de Tlalpan, el capitán Antonio Escoto y el subteniente Alejandro Kurzyn abandonaron la cama y se reunieron en los oscuros patios de la Escuela Militar de Aspirantes. La noche anterior habían narcotizado al director de la escuela: mientras uno lo distraía con un detalle cualquiera, el otro le derramaba abundantes gotas de somnífero en la taza de café.

Ambos oficiales llevaban meses “trabajando” a los alumnos. Salvo algunos enfermos, la escuela entera había adoptado la determinación de secundar el golpe.

Bajo la luz amortecida de una linterna, Escoto y Kurzyn atravesaron el patio, entraron de golpe en los dormitorios. “¡Arriba los hombres de honor!”, gritaron. Eran las tres de la mañana.

Los aspirantes habían recibido la orden de irse a dormir con los uniformes puestos. En cosa de minutos, formaron filas en el patio. La caballada estaba ensillada. Los alumnos recibieron armas y municiones. Tras varios intentos fallidos, después de largos meses de vacilación, se había puesto en marcha el golpe militar contra el gobierno de Francisco I. Madero.

A esa misma hora, desde los cuarteles de Tacubaya, los generales golpistas Manuel Mondragón y Gregorio Ruiz bajaron por las lomas polvorientas que llevaban al centro de México. Mondragón comandaba dos regimientos de artillería. Ruiz iba al frente de uno de caballería.

En la Escuela de Aspirantes de Tlalpan los alumnos salieron del colegio de cuatro en fondo. Cubiertos por la oscuridad, avanzaron —algunos a pie, otros a caballo—, hasta la solitaria estación de tranvías de San Fernando. El camino se pobló con el chocar de los cascos. Ladraban en el horizonte unos perros lejanos.

Una vez en San Fernando, el capitán Escoto dividió al grupo en dos fracciones: los montados marcharon a galope hacia la antigua ermita de San Antonio Abad, a las puertas mismas de la capital. La infantería permaneció en la estación, esperando la llegada del tren que hacía la primera corrida desde el Zócalo.

El eléctrico llegó con retraso. Bastó con que un oficial apuntara al pecho del motorista, para que éste se mostrara más que dispuesto a transportar a la tropa hasta el centro. Atravesaron milpas solitarias, oscuros caseríos que aparecían y desaparecían tras las ventanillas.

La capital estaba iluminada y desierta. El inspector general de Policía, Emiliano López Figueroa, se embriagaba en un cabaret. Las prostitutas que habían terminado de hacer sala en los burdeles del centro se agolpaban en la pista de baile de la Academia Metropolitana, a la que el negro Babuco acababa de importar las cadencias sexuales, los “trámites versallescos” del danzón.

No permanecían abiertas sino las pocas cantinas que prestaban servicio “a perpetuidad”: La América, con su barra atestada de borrachos fanfarrones, y el Bach, en cuyos reservados de caoba buscaban noche a noche el abismo los poetas decadentes.

Tras encontrarse en la ermita de San Antonio, los aspirantes marcharon por Flamencos —nuestra actual Pino Suárez—, una callecilla que conectaba Tlalpan con la plaza principal. De camino desarmaron y ahuyentaron a cintarazos a los gendarmes de a pie que vigilaban las esquinas.

El batallón que aquella noche hacía guardia en el Palacio Nacional había mudado de bando. El simple intercambio de una contraseña dejó franca a los insurrectos la puerta principal. Sin gastar un solo tiro, los aspirantes tomaron el control de la sede del poder. Una parte de la fuerza, compuesta por los tiradores más entendidos, se apostó en las azoteas; otra atravesó el jardín del Zócalo y se posesionó de las torres de la Catedral. Un testigo afirma que los alumnos gritaban con júbilo: “¡Hasta aquí llegó El Chaparro!”.

El viento de la fortuna soplaba a favor de la insurrección: un auto cruzó la Puerta de Honor y los alumnos descubrieron que Gustavo Madero, el número dos del gobierno, había ido a meterse él mismo a la ratonera.

El hermano del presidente venía de una noche inquieta. Al terminar el banquete en Sylvain, de vuelta en su casa, una llamada telefónica le entregó al fin la noticia cuya confirmación aguardaba: tropas al mando de Gregorio Ruiz y Manuel Mandragón efectuaban movimientos extraños en Tacubaya.

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Gustavo era arrebatado. Las explosiones de su temperamento habían iniciado el desprestigio público de su hermano. En 1912, encolerizado ante los ataques de la prensa reaccionaria, autorizó que un grupo virulento, que él financiaba, La Porra, apedreara las oficinas del periódico El País. Trinidad Sánchez Santos, el director del diario, recogió una de esas piedras de entre los vidrios que habían quedado en el piso de su despacho, la depositó en su escritorio, y llamó a los reporteros:

—Esta piedra se va a quedar ahí —les dijo—, sobre mi mesa de trabajo, para que todos tengan presente la guerra que a partir de hoy vamos a emprender.

Nemesio García Naranjo afirma que, en lugar de pluma, Trinidad Sánchez Santos tenía entre las manos un estilete. La acción disolvente de El País comenzó un día después. El periódico achacó al maderismo la pobreza, la inseguridad, los estallidos de violencia que brotaban en Puebla, en Morelos, en Chihuahua. A la guerra de papel de Sánchez Santos se avino la prensa que había perdido la subvención, y aquella pagada por los grupos que deseaban pescar a río revuelto: los católicos, los porfiristas, los vazquistas, los reyistas. Jamás presidente alguno había recibido las burlas, las befas, los dicterios que recibió entonces Francisco I. Madero.

Esa madrugada, un segundo después de telefonear al ministro de la Guerra, Ángel García Peña, para informarle lo que sabía, Gustavo Madero se dejó arrastrar de nuevo por su temperamento indomable: metió dos carabinas Winchester en el asiento trasero de su automóvil y salió dando tumbos hacia las lomas de Tacubaya. Con los fanales del auto apagados, cobijado entre los árboles del camino, comprobó que la hora cero había llegado. Volvió, rechinando llantas, a poner sobre aviso al comandante militar de la plaza, el general Lauro Villar.

Pero los aspirantes se le habían adelantado. Fue aprehendido al bajar del automóvil, y llevado a rastras hacia las oficinas del cuerpo de guardia. El aplomo se le evaporó. Las crónicas dicen que fue presa “de un pánico terrible”.

Un segundo golpe de fortuna hizo que el ministro García Peña se apersonara también en Palacio. En cuanto recibió la llamada de Gustavo, el ministro se había comunicado a la Inspección General de Policía. Allá le dijeron que, salvo un auto “con gente de trueno y mujeres galantes” que había metido ruido a las altas horas de la noche, no había en Tacubaya novedad alguna. García Peña supo entonces que la hora del lobo había llegado: aún guardaba en el bolsillo de la guerrera una nota anónima, depositada en su secretaría particular la mañana anterior, que avisaba al gobierno maderista: “Mañana a las diez va a estallar en San Ángel un movimiento encabezado por un divisionario”.

Aunque esa misma mañana el inspector general de Policía le había asegurado que la Reservada carecía de datos que pudieran confirmar la inminencia de un golpe militar —“y mire que tengo a la mitad de mis hombres comprobando cada uno de los rumores que estallan”—, el ministro se convenció de que los mecanismos tradicionales de control habían dejado de funcionar. A partir de ese momento no podía confiar más que en su revólver.

García Peña se vistió de mala gana y salió a la calle oscura, con la cabeza poblada de funestas presunciones. Tuvo mejor suerte que Gustavo. Su llegada repentina al Palacio tomó por sorpresa a los aspirantes. Quienes hacían guardia en la entrada lo vieron pasar y se quedaron congelados: no era lo mismo prender a Gustavo, un civil, que a la máxima autoridad militar de la Secretaría. La sorpresa duró, sin embargo, un segundo. Un cadete desenfundó su escuadra y le soltó un tiro. La bala hizo astillas los cristales de una puerta; uno de los vidrios hirió al ministro en la barbilla. Según una versión, García Peña contestó el fuego. Otras dicen que se limitó a huir por los corredores oscuros del Palacio y se perdió en el laberinto de oficinas interconectadas. En la oficina de prevención, con el pestillo corrido y la pistola en la mano, se resolvió a esperar que alguien llegara a matarlo.

Los regimientos conducidos desde Tacubaya por los generales Ruiz y Mondragón iban haciendo, en tanto, su propio camino. Las siluetas de los caballos habían traspuesto los lindes de la ciudad, llenando de ecos el contorno de los edificios. La procesión de sombras recorrió Reforma, dio la vuelta en Soto, pasó a trote acelerado a lo largo de Libertad.
Manuel Mondragón había sido, en el porfirismo, jefe del departamento de Artillería; Gregorio Ruiz había tenido a su cargo, durante un tiempo, el de Caballería. La administración de favores entre los oficiales del ejército, la explotación sistemática de sus respectivos radios de influencia, les había traído una fuerte ascendencia en el ejército de línea.

Aunque las crónicas del instante se refieren a ellos como “jefes prestigiados”, en realidad habían solicitado licencia tras la renuncia de Porfirio Díaz. Mondragón —que en la cima de su gloria patentó el primer fusil semiautomático que hubo en el mundo—, asumió la jefatura de quienes buscaban la vuelta del viejo orden llevando a la presidencia a un sobrino de don Porfirio, el brigadier Félix Díaz: era uno de los promotores más activos de la insurrección. Gregorio Ruiz, “un soldado vehemente, de ambición y aventura” que al momento del golpe era diputado por Veracruz, buscaba también aquel retorno, aunque su corazón no era propiamente felicista: latía mejor cuando escuchaba el nombre del viejo general Bernardo Reyes.

El alba los sorprendía ahora vestidos de paisano: Ruiz, tocado con un sombrero charro; Mondragón, bajo un Stetson que pronunciaba su aire de vampiro trasnochado.
Tomar el Palacio era la primera parte del plan. A ellos les había tocado llevar a cabo la segunda: lograr la liberación de los verdaderos jefes del alzamiento, Bernardo Reyes y Félix Díaz, que bajo cargos de rebelión se hallaban encarcelados, uno en la prisión militar de Santiago Tlatelolco, y otro en el Palacio Negro de Lecumberri.

Hoy sabemos que se gestaban conspiraciones de modo simultáneo. Conspiraba el embajador norteamericano Henry Lane Wilson, convencido de que el gobierno de Madero no guardaba los intereses de los estadunidenses que residían en México. Conspiraban los hermanos Emilio y Francisco Vázquez Gómez, miembros del gabinete revolucionario a los que Gustavo había apartado del dinero, los negocios y los cargos. Conspiraban el ex presidente Francisco León de la Barra, al que los católicos le habían metido la idea de regresar al cargo, y también el diputado Jorge Vera Estañol, líder del Partido Popular Evolucionista, de franca tendencia reaccionaria. Conspiraban, en fin, políticos y ciudadanos prominentes: el acaudalado empresario español Íñigo Noriega, el contratista sin contratos Rafael de Zayas Jr., el ex canciller maderista Manuel Calero, y la llamada “caferería política” no tardó en formar parte del huertismo: los futuros ministros Alberto Robles Gil y Alberto García Granados. La lista era infinita, pero Bernardo Reyes y Félix Díaz se adelantaron.

El general Reyes se había alzado en armas una semana después de la llegada de Francisco I. Madero al poder. Su revolución de opereta terminó cuando 600 hombres lo abandonaron y decidió entregarse completamente solo en Linares, Nuevo León, sin haber olido la pólvora de una sola batalla. También el brigadier Félix Díaz, a quien llamaban con desprecio “el sobrino de su tío”, había encabezado su propia revuelta. Una revolución que tuvo dinero, armas y recursos, y logró despertar una expectación inmensa.
—Ya sé que en el Jockey Club se brinda por el triunfo de Félix Díaz —le dijo Madero a su inspector general de Policía.

El inspector respondió:
—También en las pulquerías se brinda de ese modo, señor presidente.

Pero Félix Díaz, lo decían todos, “no era gallo”. Fue inferior a la empresa y lo aplastaron en unos días.

En un acto de ingenuidad que poco después le costó la vida, Madero decidió recluir a ambos militares en cárceles de la ciudad de México. Reyistas y felicistas no tardaron en encontrarse. La prisión de Santiago y la Penitenciaría de Lecumberri se convirtieron en focos de intriga constante. Mientras los agentes del mayor López Figueroa espiaban conversaciones en los tranvías y en las cantinas, en esas cárceles el tráfico de mensajes alcanzó niveles de escándalo. Bernardo Reyes recibía las visitas de una señorita de sociedad, encargada de llevarle los pormenores del plan que sus partidarios trazaban en el comedor del Majestic.
—Arreglen lo más práctico, lo más rápido. Y díganmelo en el momento —mandaba decir a los conjurados.

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Mientras el momento llegaba, el viejo general —tenía 63 años cuando el golpe— aprovechaba cada instante de reclusión para ganarse a los oficiales de planta. Solía ufanarse ante la señorita que lo visitaba:
—Tengo asegurada la evasión a la hora en que lo estime conveniente.

La noche anterior al golpe, Bernardo Reyes le pidió a su hijo Rodolfo que le hiciera llegar ropa interior muy fina, “para que cuando lo levanten a uno muerto en el campo de batalla se vea en todos los detalles que era una persona decente”.

En el fondo, creía en el sacrificio como en la única oportunidad de salvar lo que quedaba de su prestigio arruinado.

El 9 de febrero, cuando los regimientos que venían de Tacubaya se detuvieron en la plazuela de Santiago, frente a los muros desportillados de la prisión militar, Gregorio Ruiz rugió con voz estentórea:
—¡Presentes!

Tal y como lo había prometido Bernardo Reyes, las puertas de la cárcel se abrieron sin que nadie intentara impedirlo. El general salió a la plazuela envuelto en un pesado capotón militar que le había obsequiado Alfonso XIII. Con su traje negro y su fino sombrero de fieltro gris perla, tenía el aspecto majestuoso de un rey que volvía del destierro.

Alguien se acercó a ofrecerle las riendas de un caballo colorado que sacaba chispas con los cascos. Las tropas presentaron armas. Reyes las estudió con satisfacción. Tenía frente a sí tres regimientos de caballería e infantería. Había fracciones del 20º Batallón y estaban presentes las compañías de ametralladoras de San Cosme y San Lázaro.
Cientos de civiles encabezados por su hijo Rodolfo, por el dentista Samuel Espinosa de los Monteros y por el empresario Cecilio Ocón, llegaban a bordo de coches y taxímetros para sumarse al cuartelazo. “Mucha gente del pueblo pedía armas”.
—Vamos tarde, mi general —le dijo Gregorio Ruiz—. Tendrá usted el honor de tomar posesión del Palacio Nacional. Mientras, Mondragón y yo vamos por Félix a la Penitenciaría.

Bernardo Reyes vaciló. Ese instante de indecisión le costó la vida:
—Vamos todos por Félix —dijo—. No sea la de malas y le pase algo.

El cortejo de la traición emprendió la marcha. Bernardo Reyes cabalgaba al frente. Un poco atrás lo seguían su hijo Rodolfo y los generales Ruiz y Mondragón. Rodolfo Reyes vio vacíos los ojos de su padre. Escribió, mucho tiempo después, que el general “iba como fascinado”.

Un grupo de aspirantes, los jóvenes que esa mañana debutaban en la carrera de las armas con una traición, formaron la avanzada. Eran carne de cañón. En autos, en caballos, a pie, grupos civiles flanqueaban a los sublevados.

El comandante militar de la plaza en la ciudad de México, el general Lauro Villar, había hecho sus primeras armas combatiendo a la intervención francesa, y más tarde al imperio de Maximiliano. El 9 de febrero de 1913 tenía 54 años, una piocha encanecida que flotaba sobre un pecho reluciente de medallas, y un ataque de gota que en los últimos días le obligaba a caminar del brazo de uno de sus ayudantes.

Desde la mañana del sábado —mientras el ministro García Peña recibía en sus oficinas el anónimo que le anunciaba el golpe—, Lauro Villar había obtenido a través de su propio servicio de información la noticia de que al día siguiente iba a sobrevenir un alzamiento. Oficiales involucrados en la conspiración habían cometido la imprudencia de despedirse de sus familiares. El rumor se había extendido como el tifo. Villar telefoneó al ministro de la Guerra para ponerlo al tanto de la situación, pero García Peña le dijo que el inspector de Policía acababa de asegurarle que se trataba de chismes sin fundamento.
—De cualquier modo, ponga a las tropas en alerta —ordenó el ministro.

Villar le recordó que la ciudad carecía de fuerzas para enfrentar un golpe militar.

El ministro respondió:
—A ver qué haces con lo que tienes. No hay modo de darte más.

Era una respuesta cínica, pero también una respuesta cierta. La mayor parte del ejército intentaba sofocar los focos revolucionarios que Pascual Orozco y sus “colorados” habían prendido en los desiertos del norte; daba muestras de trizarse en las cañadas del sur, sin aplacar a los “sombrerudos” que había puesto en armas Emiliano Zapata.
Villar colgó furioso. Se quejó en privado:
—Tiene razón la gente. Todos están ciegos en este gobierno.

Intentó un último recurso: mandó llamar al coronel Rubén Morales, el ayudante oaxaqueño de Madero, y le pidió que fuera a Chapultepec a buscar la manera de informar al presidente.

Morales tenía fama de colarse por doquier sin ser visto ni esperado. No pudo, sin embargo, colarse al despacho del presidente, quien se encontraba en acuerdo; cometió en cambio la imprudencia de pasar por la terraza donde la primera dama, Sara P. de Madero, disfrutaba el espectáculo del valle. A ella le informó lo que llevaba. Luego, se quedó esperando en la caseta de los guardias, junto a la reja de entrada, por si algo se presentaba.

El presidente preguntó por él 10 minutos más tarde. Le propinó un fuerte regaño por haber inquietado a su familia “con noticias tan alarmantes” y lo despachó con un gesto. De ese modo se esfumó la última oportunidad de sofocar el golpe.

Al general Villar se le recrudeció esa tarde el ataque de gota. Un dolor pulsátil, opresivo, le martirizó la pierna enferma. Quedó incapacitado para moverse y resolvió irse a su casa, echarse en cama para aullar tranquilo.

Antes de hacerlo ordenó que los batallones se acuartelaran hasta nuevo aviso. Recomendó a los jefes que le reportaran si se escuchaba, incluso, el zumbido de una mosca.
—Mucha vigilancia. Y en caso necesario, mucha bala —advirtió.

La mayor parte de esos jefes estaba del lado de la conspiración.

Alguien lo despertó a las tres de la mañana, cuando los batallones de Ruiz y Mondragón bajaban al trote desde Tacubaya.

Villar se abotonó el chaquetín, se cubrió con una capa. Colgó de su cintura el arma reglamentaria y salió cojeando al frío de la madrugada invernal. En la esquina de Correo Mayor y la Acequia —el general vivía a sólo una cuadra del Palacio Nacional—, tomó un coche de alquiler y le ordenó al cochero que fustigara a los caballos. El carruaje traqueteó hasta la plaza. Era el momento en que los aspirantes, pegados al muro, entraban en fila por la Puerta de Honor.

Uno de ellos se aproximó al vehículo y le exigió al cochero que se retirara:
—Aquí se va poner muy feo. No vayan a matarte el caballo —dijo.

No tuvo la precaución de asomarse al interior. Su propio descuido lo salvó. Villar lo estaba esperando con la escuadra amartillada.

Desde los tiempos de la rebelión que llevó a Porfirio Díaz al poder, el general Lauro Villar era conocido en el ejército de línea con el apodo de El Remington. Al igual que aquel rifle de repetición automática, el joven Lauro solía ser rápido, certero, exacto. Su carácter era atrabancado: tenía los efectos de una explosión letal.

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En la penumbra del coche cubierto, entendió lo que estaba ocurriendo. Apresuró al cochero a que lo llevara al cuartel militar más cercano, la sede del 20º Batallón, en el antiguo colegio de San Pedro y San Pablo. Tuvo que apoyarse en el hombro de un caminante —un indio que pasaba por la calle— para acercarse a las puertas del cuartel. Llevaba el arma desenfundada. Ocho balas lo separaban de la muerte: el 20º Batallón estaba encargado de la vigilancia del Palacio: si los aspirantes habían entrado, era porque esas fuerzas se habían “volteado”.

Aún así, se acercó cojeando, con esperanza de encontrar en el cuartel algunos hombres leales. Las puertas estaban abiertas y el patio lucía solitario. En el piso humeaba aún el excremento fresco de los caballos. Al fondo, tumbados en pequeños catres, roncaban a pierna suelta unos cuantos reclutas. Los sublevados no se habían tomado la molestia de enrolarlos.

El jefe del batallón, Juan C. Morelos, también dormía. Fue incapaz de decir en qué momento de la noche sus hombres habían defeccionado. Villar lo reprendió en serio. Acto seguido, le confirió la misión suicida de meterse al Palacio con los reclutas, por una puerta trasera, y aprehender a todos y cada uno de los conjurados.

Morelos recibió la orden con el rostro descompuesto: “Sólo son 40 reclutas, señor”.
—Eso le da a usted la oportunidad de probarme de qué está hecho —respondió El Remington.

En la parte trasera del Palacio había una puerta que conectaba con el cuartel de Zapadores, donde estaban acuartelados los dragones del mayor Juan Manuel Torrea. Villar apostaba dos a uno a que Torrea se hallaba entre los pocos oficiales que no había sido corrompidos.

Morelos salió a cumplir la orden y Villar se hizo llevar, otra vez en el carruaje, al cuartel de Teresitas, sede del 24º Batallón. Se iba adueñando de él una locura enfermiza. La adrenalina aherrojaba el suplicio que le carcomía la pierna.

También en Teresitas el gobierno de Madero había sido traicionado. El general no encontró más que a 60 reclutas, ninguno de los cuales había entrado en batalla. En ese instante apareció en el cuartel el general Manuel P. Villarreal. De guardia en el Palacio, le había tocado presenciar la entrada de los aspirantes: logró huir, no se sabe cómo, y llevaba un largo rato buscando al comandante de la plaza.

En el reparto de misiones suicidas que El Remington hizo esa madrugada, al general Villarreal le tocó la que a la postre iba a ser la carta más mala de la baraja: ir a custodiar la Ciudadela, el depósito de armas de la ciudad: 50 mil fusiles, 30 mil carabinas, 26 millones de cartuchos, 13 mil granadas, 120 ametralladoras, poco más de 40 cañones.

Quien tenía la Ciudadela era dueño de la capital. Perder la Ciudadela era perderlo todo. Villarreal recibió la orden de defenderla hasta la muerte. Hizo el último saludo militar de su vida y salió disparado hacia el punto que en unas horas iba a convertirse en una gran caldera de sangre burbujeante: la lejana calle de Balderas.

El Remington cruzó, desde el cuartel, varias llamadas telefónicas. Supo que Bernardo Reyes se hallaba en libertad; que amparado por los regimientos de Gregorio Ruiz y Manuel Mondragón, marchaba hacia Lecumberri a procurar el rescate de Félix Díaz.

La partida de ajedrez había comenzado y en la pistola no quedaba más que un tiro: recuperar el Palacio, antes que la ciudad despertara.

El amanecer debió alumbrar esta escena estrafalaria: un viejo general que a bordo de un carruaje atravesaba la urbe a la velocidad del rayo, seguido de un conjunto de reclutas inexpertos, que resoplaban, de dos en fondo, “para simular un contingente más numeroso”.

Lauro Villar ignoraba si el coronel Morelos había logrado penetrar el Palacio. Ignoraba si los dragones del mayor Torrea permanecían leales al maderismo. No existía más que un modo de saberlo.

Alineado contra la pared, el piquete bordeó los muros del edificio a lo largo de Correo Mayor y dio vuelta en Corregidora. El Remington golpeó la puerta del cuartel de Zapadores varias veces con la cacha de la escuadra. La mirilla corrediza se fue abriendo lentamente. Del otro lado de la puerta aparecieron dos ojos desconfiados, el semblante consternado del mayor Juan Manuel Torrea. Torrea relató después que en la vida le había dado tanto gusto ver la barba encanecida del general Villar. El golpe lo había atrapado en el cuartel de Zapadores y sólo una simple puerta lo mantenía a salvo del grupo insurrecto.

Villar preguntó por el coronel Morelos: “¿Por qué no ha cumplido mis órdenes?”. Torrea le dijo que el coronel las había juzgado “aventuradas” y prefirió intentar su ingreso al Palacio desde las oficinas de la Secretaría de Guerra.

El Remington debió maldecir por todas las cosas del cielo y de la tierra. Desde tiempos de la intervención francesa no conocía otro modo de hacer las cosas que no fuera el suyo. Su terquedad le había valido reprimendas, enemistades y arrestos, pero lo había convertido, también, en una leyenda dentro del ejército. Exigió que rajaran a golpes la puerta que conducía a los patios del Palacio y ordenó a reclutas y dragones entrar combatiendo a marrazo limpio: no quería que los disparos pusieran sobre aviso al grueso de los sublevados.

Antes de que la puerta fuera embestida con un riel que el mayor Torrea encontró en alguna parte, Villar se desprendió del capotón: quería que los aspirantes pudieran verle las insignias, posiblemente las medallas: ese pecho que era una biografía cargada de hechos rutilantes —incluso con notas a pie de página.

No se sabe a dónde había metido el dolor.

Cuando la puerta cedió bajo los golpes, el general viejo y cojo entró al frente de la tropa. Estaba loco. Absolutamente loco. Con gritos destemplados paralizó a los alumnos que vigilaban el patio. Aún más: hizo que le rindieran las armas —el colmo de la deshonra militar— y les rugió en la cara tales vituperios que muchos de ellos bajaron la vista avergonzados.
—¡Qué hombrote es usted! —le dijo el presidente Madero horas después.

El coronel Morelos y sus reclutas, en una perfecta sincronía, habían irrumpido desde la Secretaría de Guerra, y reducido a los aspirantes que vigilaban el Zócalo desde la azotea. El Palacio quedaba recuperado. Los jóvenes infidentes fueron encerrados en una cochera.

Era una pálida mejora. A esa hora ya venían por la calle los tres mil hombres armados de Bernardo Reyes y Félix Díaz. Lauro Villar liberó a Gustavo Madero, de donde estaba encerrado, y al ministro García Peña, de donde se había escondido. Gustavo recuperó el aplomo: abrazó al general de manera efusiva y se deshizo en promesas de cargos, recompensas, amistad eterna. Pero en unos días sería brutalmente linchado en la Ciudadela.

El secretario de la Guerra salió rumbo al Castillo de Chapultepec para ponerse a las órdenes del presidente. Villar pasó revista a sus fuerzas. Lo hizo con desesperanza: los dragones del mayor Torrea y los reclutas de Teresitas y San Pedro y San Pablo sumaban sólo 150 hombres.

Había parque para 10 minutos.

Su genio militar le hizo tender un cordón de tiradores en lo alto del Palacio y otro, pecho a tierra, en la calle, sobre la acera contigua al edificio. Instaló dos ametralladoras Madsen a ambos lados de la Puerta de Honor, y envió al mayor Torrea, con medio centenar de dragones, a establecerse en la parte sur del Zócalo, frente al cajón de ropa conocido como La Colmena. La resistencia iba a hacerse con las pocas balas que los maderistas tenían en las cartucheras; cuando se agotara el parque, los que quedaran vivos iban a pelear con las bayonetas.

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La novedad del cuartelazo (“¡Tenemos bola!”) se había extendido por la ciudad. Centenares de curiosos se acercaban a las inmediaciones del Zócalo y muchos de ellos se habían aproximado hasta los muros mismos del Palacio. Villar mandó desesperadamente que los desalojaran. La gente no hizo caso: sólo se apartó unos metros, hasta el quiosco de hierro que entonces coronaba el jardín central.

Hubo un murmullo imponente, una gritería estruendosa. Como empujada por un resorte, la muchedumbre empezó a moverse hacia la calle de Moneda. El mayor Torrea observó el movimiento y supo que por ahí vendría el ataque.

Para que la liberación de Félix Díaz contara con razones convincentes, los generales golpistas abocaron cuatro cañones frente a la Penitenciaría. Uno de éstos apuntó directamente a la habitación en que se hallaba la familia del director. El funcionario no se molestó en oponer resistencia. Félix Díaz confesó después que al escuchar los pasos que se acercaban a su celda temió que el golpe hubiera sido descubierto y que un pelotón viniera a fusilarlo.

Salió de la Penitenciaría con el rostro pálido. Los aspirantes dispararon una salva en su honor. Si todo marchaba según lo previsto, él iba a convertirse en el quincuagésimo octavo presidente de México.

Bernardo Reyes se alzó sobre los estribos y arengó a la tropa: había llegado la hora de poner un alto a la locura que manchaba de sangre y cubría de gemidos el suelo de México. Los hombres del pasado, los militares que en 30 años de dictadura no habían escuchado nunca el gemir del pueblo de México, salieron rumbo al Zócalo dispuestos a sostener una estructura en grietas.

De camino se les agregaron nuevos destacamentos. Desde todos los puntos llegaban civiles, gente que lanzaba mueras al gobierno. Reyes ignoraba que acababa de perder el Palacio Nacional. Se disponía a activar la tercera fase del plan: prender a Madero y al vicepresidente Pino Suárez en sus domicilios; obligarlos a resignar sus cargos; leer, desde el balcón presidencial, un manifiesto redactado por su hijo Rodolfo, y nombrar un comité que se hiciera cargo del Ejecutivo y convocara a unas elecciones a las que Félix Díaz iría como candidato principal.

Creía tener todo en la bolsa. Habituado, sin embargo, a los imperativos de la estrategia militar, tuvo la precaución de enviar a Gregorio Ruiz, con 80 voluntarios, a tantear las inmediaciones del Palacio.

Ruiz espoleó la montura y avanzó a trote por la calle de Lecumberri. Cuando desembocó en el Zócalo, una multitud abigarrada, espesa, se apretujaba contra los flancos de su caballo.

El mayor Torrea lo vio venir de frente y ordenó a los dragones:
—¡Formación en batalla!

Se oyó a la tropa cortar cartucho.

Junto a la puerta principal del Palacio, Lauro Villar aguardaba, con la mano en el bolsillo. No parecía un general a punto de meterse en una balacera: se le podía tomar por un pasajero que aguardara el tranvía con aire distraído.

“Qué pendejo es Gregorio”, debió pensar cuando vio que el general Ruiz, con la pistola en la funda y la carabina incrustada en las alforjas del caballo, venía a meterse justo en la línea de tiro. Los 80 aspirantes cabalgaban tras de él, como patitos de feria. La cosa iba a convertirse en un tiro al blanco.

En el momento adecuado, Villar se desprendió de la puerta y avanzó, cojeando, hasta mitad de la calle. Ruiz entendió que las cosas habían cambiado de curso, que el Palacio ya no estaba en manos de su gente.
—Ríndete, Lauro —le dijo de todas formas—. Nuestras fuerzas vienen ya sobre la plaza.

Villar avanzó otro paso. Se detuvo junto a los belfos mojados del caballo. Clavó los ojos en el general rebelde.
—¿Cuáles fuerzas, Gregorio?
—Las del general de división Bernardo Reyes. Las de los generales Félix Díaz y Manuel Mondragón.

Lo que Villar contestó está asentado en el parte militar que rindió aquella noche:
—A nosotros no nos toca criticar, Gregorio, ni entrometernos en política. A nosotros nos toca defender al gobierno legítimamente constituido por las leyes.

No era sólo una frase destinada a ocupar un espacio en los libros de historia. Con un movimiento inesperado, El Remington asió violentamente las riendas del caballo y apuntó a Gregorio Ruiz en plena cara.

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Había desenfundado la escuadra en menos de lo que canta un gallo.
—¡Ponte pie a tierra, Gregorio! —ladró Villar.

Ninguno de los aspirantes atinó a mover un dedo. El intendente del Palacio, un viejo marino llamado Adolfo Bassó, desarmó al general y lo condujo del cuello hasta las caballerizas que estaban al fondo del patio.

Lauro Villar retornó a su sitio junto a la puerta principal. La segunda columna rebelde estaba entrando en la plaza. Desde La Colmena, el mayor Torrea divisió una figuraba que montaba “airosamente”. Era Bernardo Reyes. Detrás de él aparecían infantes, jinetes y artilleros. Alguien le gritó al general Reyes:
—¡Prendieron a Gregorio Ruiz!

El general no hizo caso. Seguía avanzando “como fascinado”. Su hijo Rodolfo adivinó lo que iba a ocurrir. Gritó a su padre:
—¡Te matan!

Pero Reyes no oía. Estaba endemoniado.
—Ya todo está en manos del destino —se le oyó decir mientras clavaba las espuelas en los flancos del caballo.

Lauro Villar lo vio venir “como si en lugar de balas fuera a recibir honores”, recordó Torrea. Habían sido amigos muy queridos. Pero ahora, en aquel viejo militar no quedaba nada del soldado que medio siglo atrás había cruzado el país con 300 dragones, abriéndose paso entre los franceses.

Villar se jugó el último albur: apresar a Bernardo Reyes en la misma forma en que había apresado a Gregorio Ruiz. Volvió a cojear hasta el centro de la calle, dispuesto a recomenzar la partida. Su parte militar informa que Bernardo Reyes, menos cándido que Ruiz, intentó envolverlo con el caballo. Ha pasado un siglo, y seguimos sin saber lo que ocurrió: cómo empezó el tiroteo con que se inauguró, oficialmente, La Decena Trágica.

Sobrevino de pronto un fuego ensordecedor. La altura de las construcciones circundantes magnificó el estruendo. La ráfaga escupida por una de las ametralladoras Madsen puso a bailotear el cuerpo de Bernardo Reyes. El general quiso asirse de las crines del caballo, y se desplomó lentamente, teatralmente. Por cosas del destino cayó sobre Rodolfo, el hijo que lo había empujado a la sublevación. Rodolfo fue visto, primero, luchando por desprenderse del cadáver húmedo de sangre que le había caído encima, y luego, corriendo, agachado, loco de pavor, bajo la pirotecnia macabra que reventaba en la plaza.

La avalancha humana que invadía el Zócalo —los fieles que salían de la Catedral, los paisanos que esperaban, en la terminal, la partida de los trenes eléctricos, los curiosos que se habían aproximado en busca de noticias— formó en esos minutos horripilantes montones de carne destrozada. Las ametralladoras barrían la plaza. Los aspirantes, posicionados en las torres, jalaban el gatillo a tontas y a locas. Las ramas de los árboles volaban en astillas. Las vidrieras de los comercios se hacían partículas. Los heridos aullaban entre los ríos formados por su propia sangre. El Zócalo “era una galería de dibujos espeluznantes de Goya”.

Fueron 10 minutos de terror. La ciudad acababa de ingresar en una de las pesadillas más crueles de su historia.

Lauro Villar había caído con un tiro en el cuello, que le partió en dos la clavícula. Mientras lo metían a rastras al Palacio, vio el cuerpo tendido del coronel Morelos, con la cabeza abierta en dos por una bala.

El intendente Bassó envolvió el cadáver de Bernardo Reyes en su espléndida mortaja, el capote de Alfonso XIII, y lo arrastró también, como trofeo, a las profundidades del Palacio. Afuera, olvidados de los cañones, los heridos, los caballos, los rebeldes huían en estampida.

A Villar la sangre le escurría a borbotones. Con un pañuelo apretado sobre el cuello gastó, resoplando órdenes, las últimas gotas de energía: recoger las armas y las municiones que los rebeldes muertos trajeran en las cartucheras. No sabía si atravesaba una hora de horror o de gloria.

El cuartelazo había perdido en 10 minutos a sus líderes reyistas: Gregorio Ruiz sería fusilado ese mismo día, bajo cargos de traición, en los patios del Palacio. Le quedaban los dirigentes más ineptos, los felicistas: Manuel Mondragón y el propio Félix Díaz. Con la mirada opaca y los hombros caídos, ambos principiaron a vagar, como sin rumbo, a lo largo de callecillas mal transitadas. Quienes lo vieron dicen que Félix Díaz parecía más un prisionero que el general de un ejército rebelde. Su columna era un triste hacinamiento de soldados, oficiales y conspiradores de salón que lo seguían con pánico.

Los sublevados habían planeado escapar por la serranía del Ajusco, en caso de que la “cena” fracasara. Fueron a dar a la esquina de San Fernando y Rosales, frente a la casa de Sebastián Camacho, uno de los instigadores del golpe. Manuel Bonilla Jr., testigo de los hechos, dice que fue en la junta que se verificó en ese sitio en donde Félix Díaz adoptó la decisión de tomar la Ciudadela: varios oficiales le habían ofrecido entregársela.

Cuando Rodolfo Reyes se reunió con ellos —después de vagar por las calles había seguido el rastro de la columna como un autómata, limpiándose el llanto con las mangas del saco—, les dijo que tomar la Ciudadela era un suicidio. El recinto ofrecía nulas ventajas en caso de ser bombardeado; la tropa quedaría cercada, sin posibilidad de huida.

Félix Díaz y Manuel Mondragón veían las cosas de otro modo. El primero esperaba resistir hasta que su célebre apellido —“el nombre maravilloso”— causara efecto entre los núcleos desencantados del maderismo y, con ayuda de los cuerpos diplomáticos, generara una presión pública de grandes dimensiones, que obligara a Madero a renunciar. Mondragón argumentaba que con el armamento guardado en los almacenes era posible masacrar la ciudad, hasta que el terror y la destrucción les abrieran las puertas de la presidencia.

El destino de la ciudad de México quedó sellado.

Francisco I. Madero bajaba a esa hora por Reforma, desde el Castillo de Chapultepec, acompañado por un piquete de jóvenes cadetes del Colegio Militar, ninguno de los cuales superaba los 20 años. En un punto del trayecto estuvo a punto de cruzarse con la columna rebelde, que se agrupó en las inmediaciones del Reloj Chino de Bucareli. Mientras Mondragón artillaba las bocacalles cercanas y enviaba compañías de ametralladoras a posesionarse de los edificios más altos de las calles Balderas y Ayuntamiento, Madero avanzó por Avenida Juárez: iba sin saberlo al encuentro del verdadero personaje de esta historia, el general Victoriano Huerta, quien vestido de civil, y con los ojos ocultos tras unos lentes ahumados, bajó de la plataforma de un tranvía y se cuadró teatralmente ante el mandatario:
—A sus órdenes, señor presidente.

Lauro Villar se refería a Huerta como “el indio Victoriano” o como “el indio ladino”. Nadie le tenía confianza a aquel dipsómano, pero era el oficial de más alta graduación que le quedaba al gobierno. Sus servicios fueron admitidos. Antes de salir rumbo al hospital, y en realidad de salir para siempre de la vida pública —murió unos años más tarde en completa oscuridad, culpándose por la muerte de tantos civiles indefensos—, Villar le entregó el mando a Huerta con estas palabras:
—Mucho cuidado, Victoriano.

Para entonces el cordón de seguridad rebelde se había extendido en torno de la Ciudadela. Iba a costar mucha sangre acercarse siquiera a la fortaleza. Los vecinos que desde azoteas y balcones miraban el curso de las operaciones quedarían atrapados durante 10 días dentro del perímetro rebelde. Iban a vivir y morir bajo la metralla a partir de esa tarde, cuando Díaz y Mondragón tomaran la Ciudadela, y comenzara el periodo de horror que todos llamaron primero La Decena Roja y El Imparcial bautizó —el 22 de febrero de ese año— como La Decena Trágica.

Héctor de Mauleón. Escritor y periodista. Autor de La perfecta espiral, El derrumbe de los ídolos y El secreto de la Noche Triste, entre otros libros.

 

Los dos cuartelazos

El gobierno de Francisco I. Madero no cayó por obra de uno, sino de dos cuartelazos que estallaron sucesivamente el 9 y el 18 de febrero de 1913. A eso llegó Nemesio García Naranjo años después del desmantelamiento y ruina de Madero. Victoriano Huerta, estrella negra del segundo cuartelazo, con un batallón tuvo para dar el golpe de Estado, pues desde hacía meses no contaba ya con la División del Norte y como novísimo comandante militar de la ciudad de México tampoco tenía jefes que le fueran adictos en la guarnición, pero sobre todo estaba al tanto de la división existente tanto en el ejército federal como en las fuerzas pronunciadas en la Ciudadela.

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Los diarios y revistas de la capital en buena medida tenían meses de azuzar el descontento hacia la persona y el gobierno de Madero. El propio medio periodístico no estaba libre del contagio de sus campañas, y de él era parte García Naranjo pues en octubre de 1912 se estrenó como director de un nuevo diario, La Tribuna.
La sociedad política no se escapaba del descontento, a juzgar por la iniciativa del puñado de senadores que sugirió al presidente Madero presentar su renuncia, y en el graso caldo de la contrariedad se maceraban desde hacía meses las minorías dinámicas que se habían creído con el derecho político para ocupar un espacio en el gobierno maderista. Tampoco estaban exentos los habitantes de la ciudad, al cabo de 10 días de padecer incertidumbre, miedo y angustia debido al tiroteo que había en algunas calles, así como un cañoneo deliberada y lamentablemente errático. El descontento reinaba asimismo en el interior de la Ciudadela y en algunos puntos del norte del país, como Nuevo Laredo y Matamoros, y en varias zonas de los estados de Veracruz, Puebla y Morelos. Pero más que generalizado el descontento parecía operar a sus anchas a lo largo del proceso de comunicación. Ese fue el tono con el que los individuos discutieron y debatieron los asuntos del maderismo en el territorio social que se ubica entre el espacio privado de la vida doméstica y el espacio oficial del Estado, y al que se asocia la tumultuosa vida de las cantinas, tívolis, cafés y restaurantes capitalinos de principio de siglo, y la no menos agitada agenda de los medios impresos de comunicación. El descontento era la moneda corriente de la hora y de ella se supo valer Huerta para comprar dispensa o inmunidad para sus actos.

Si las sublevaciones se dominan por el efecto de los proyectiles, a las nueve de la mañana de ese espléndido domingo 9 de febrero el general Lauro Villar derrotó al menos a una parte del cuartelazo que ese día tomó las armas en nombre de la paz y la justicia. La otra parte de la sublevación, al frente de la cual estaban el general Manuel Mondragón y el sobrino de Porfirio Díaz, huyó en el acto de la Plaza de la Constitución para reunirse al pie del reloj de las cuatro carátulas en Bucareli.

En esos momentos, Francisco I. Madero aguardaba en el interior de un establecimiento fotográfico ubicado en las inmediaciones de la calle de San Juan de Letrán. Una hora y media antes había formado a varias decenas de cadetes del Colegio Militar en el patio principal y a gritos les había informado que en la madrugada un grupo de alumnos de la Escuela Militar de Aspirantes había logrado apoderarse brevemente del Palacio Nacional. Poco más sabía entonces, y no desde luego que la noche anterior los conspiradores habían convenido detenerlo esa misma mañana en la residencia de Chapultepec. Al final de su arenga había montado un caballo blanco y se había hecho acompañar por los cadetes hasta el centro de la ciudad. O tal era la idea de Madero hasta que el tiroteo en la Plaza Principal lo obligó a hacer una pausa en la Fotografía Daguerre, donde lo alcanzaron su hermano Gustavo y los generales Ángel García Peña y Victoriano Huerta, con quienes salió al balcón para ser visto y posar para la foto que en breve daría testimonio de su integridad física. A las nueve pasadas, en la esquina de la Avenida Cinco de Mayo de camino nuevamente a Palacio Nacional, Madero vio caer a unos pasos de él a un escolta, derribado por los tiros de algún rebelde apostado en un edificio, pero no detuvo su marcha. La ciudad se había vuelto una trampa y para enfrentarla en el transcurso de la mañana tomó la decisión de desarmar a la policía y dirigirse a Cuernavaca en busca del general Felipe Ángeles.

Una vez en el reloj de las cuatro carátulas los conspiradores desplegaron a lo largo de Bucareli un escuadrón de caballería al tiempo que enviaban a otros elementos a ocupar las azoteas de algunas casas en la calle de Ayuntamiento. El general Mondragón acababa de entrar a un callejón y en su huida, al tratar de escapar del caos de la derrota, sólo hizo más grande el desorden. Se trató entonces de intimar la rendición de la Ciudadela, a lo que las fuerzas leales respondieron con 20 minutos de plomo que sólo sembraron el terror entre los habitantes de las más nuevas y civiles colonias adyacentes, Juárez y Roma. El hecho es que hacia la una de la tarde los conspiradores eran dueños del edificio y a partir de ese momento tuvieron a su disposición 50 mil fusiles y carabinas, 26 millones de cartuchos Maüser, 50 ametralladoras Hotchkiss nuevas, cañones revólveres, fusiles automáticos y gran provisión de piezas de artillería, como el instrumental necesario para precisar los tiros. Por la tarde el general Mondragón impuso su voluntad y en lugar de atacar otra vez el Palacio Nacional optó por permanecer en la fortaleza y tender un cerco defensivo con piezas de artillería: una en Balderas apuntada hacia la Avenida Juárez, otra apuntada hacia la Alberca Pane desde la Escuela de Comercio, otra en Tolsá, otra apuntada hacia la cárcel de Belem y la última apuntada a Salto del Agua desde el jardín de la fábrica de armas, además de que una treintena de hombres ocuparon con varias ametralladoras la azotea de la Escuela de Comercio. También por la tarde se suscitó el acuerdo más inusitado entre los rebeldes y el gobierno de Madero: a solicitud expresa del ex general Félix Díaz, quien a nombre de los poderosos comerciantes de la capital protestó contra la orden gubernamental de desarmar a la policía de la ciudad de México, el mayor Emiliano López Figueroa fue a explicar personalmente esta medida a la Ciudadela. Ahí mismo fue hecho prisionero el inspector general de Policía. Por la tarde, acaso en los momentos en que Madero llegaba a la ciudad de Cuernavaca, se soltó un tiroteo por Belem entre los federales y la batería de los rebeldes. Y en adelante una normalidad tensa señaló el paso de las horas tras la masacre en la Plaza de la Constitución.

La mañana del lunes 10 de febrero fue primaveral y espléndida, según apuntó en su diario el encargado de negocios japonés Kumaichi Horigoutchi, quien desde la tarde del domingo albergaba en la Legación a la señora, los padres y la hermana del presidente Madero. Al igual que durante el mediodía y la tarde del día anterior no se veía un alma en las avenidas de la ciudad. El fantasma de la inminente intervención de Estados Unidos reanimó sus rondas en la capital de la mano de El Imparcial, el cual había comprado el gobierno desde finales de 1912, y por cierto ese día fue el último que trabajaron y circularon con normalidad los diarios y revistas de la capital. Más adelante se atribuyó a Mariano El Cuervo Duque, cabeza de una gavilla de La Porra, el incendio de los talleres del diario católico El País y el asalto a la administración de la más joven publicación antimaderista, La Tribuna, así como el ataque a las redacciones del Gil Blas, El Heraldo Independiente y El Noticioso. El cuerpo diplomático se reunió para formar un par de comisiones con el fin de obtener garantías para sus nacionales ante el presidente Madero y los insubordinados. El gobierno nombró un nuevo inspector general de Policía y el general Manuel M. Velásquez se puso a organizar el servicio de espionaje de los insubordinados. Al volver a la ciudad el lunes por la noche el presidente Madero supo que los legisladores le concedían amplias facultades en los ramos de Guerra y Hacienda.

El general Victoriano Huerta, si bien sabía los límites de su fuerza, al cabo de una vida dedicada a eliminar desheredados, locos y peregrinos del tiempo estaba más que familiarizado con la obra del desorden y la falta de poder. De historia sólo entendía que suele ser muy corta la carrera en política, y más para el militar que olvida el peligro de las palabras, de donde confeccionó un tosco refrán para eludir el delirio de la lisonja y no engancharse ni a causas ni a compromisos: para hacer a pendejos siempre hay tiempo. Así vio caer como a un pelele a su admirado Bernardo Reyes y avanzar hacia el pelotón de fusilamiento al general Gregorio Ruiz y encerrarse en una fortaleza a los generales Manuel Mondragón y Felix Díaz. Lo demás fue obra del azar que sacó del camino al herido general Lauro Villar e hizo que el cargo de comandante militar de la plaza cayera precisamente en Huerta, pues así lo estipulaba la ordenanza, según explicó el general Felipe Ángeles al atónito Madero.

La prueba de que Huerta conocía el desorden está en que la mañana del martes 11 de febrero —luego de que dos docenas de aspirantes disfrazados como papeleros llegaron a la Ciudadela procedentes de la Catedral, en cuyas torres habían permanecido aislados desde la mañana del domingo— inició un estruendoso remedo de asedio a la Ciudadela. En primer lugar desplegó un cerco alrededor del recinto en un radio de seis cuadras, envió dos columnas de ataque al sur y al poniente de esa fortaleza que colocaron sus cañones en la misma dirección en que estaban emplazados los del general Mondragón, e instaló dos cañones en la calle de San José. En cierto momento se escucharon algunos tiroteos en la bocacalle de Balderas y Avenida Juárez. De inmediato uno de los cañones de la Ciudadela disparó sobre las baterías que el gobierno había dispuesto en el extremo poniente de la Alameda. A partir de las diez y media de la mañana Huerta dio la orden de que entraran en acción las baterías ubicadas junto al cascarón de acero del malogrado Teatro Nacional, en la Avenida Juárez, y en las inmediaciones del monumento a Cuauhtémoc. Bajo la ensordecedora algarabía de estos metales el mismo Huerta envió a la muerte a un primer grupo de 800 rurales por el centro de la calle de Balderas, pues fueron blanco fácil para los proyectiles que los rebeldes prodigaron desde dos piezas Chaumond-Mondragón, varias ametralladoras y copiosa fusilería. Más tarde el mismo Huerta intentó nuevas aproximaciones por diferentes calles, como Niño Perdido, Arcos de Belem, General Prim, Lucerna y Revillagigedo, de suerte que el saldo de muerte en las filas del gobierno dejó atrás las cifras del primer día y al cabo de ocho horas de bombardeo los proyectiles no hicieron gran daño en las posiciones de los rebeldes. Por la tarde, al cabo de ocho horas de cañoneo, Huerta permitió entrar a la Ciudadela un importante contingente de comida para los alzados.

El miércoles las piezas de artillería del gobierno lograron cimbrar la ciudad desde las siete de la mañana y su violencia fue mucho más intensa que el día anterior. “Casi todo cuanto ayer se dijo es inexacto”, escribió en su diario José Juan Tablada luego de leer lo que publicó ese día El Imparcial. “A pesar de la mortandad que el periódico hace llegar a 500 víctimas, quizá disminuyendo la cifra real, las condiciones continúan invariables y el gobierno no parece haber obtenido ventajas sensibles. El presidente sigue en palacio y Félix Díaz en la Ciudadela”. Tras aventurarse por las calles del centro un empleado de la Legación de Japón le contó que había visto cadáveres de mujeres y niños por todas las calles, más que de combatientes. El miércoles llegó a la ciudad el general Aureliano Blanquet con su 29 Batallón y las fuerzas leales recuperaron el edificio de la Sexta Comisaría en la calle de Revillagigedo, uno de los contados éxitos de la ofensiva de Huerta, quien por la noche volvió a permitir el acceso a la Ciudadela de ocho carros repletos de lo mismo que ya escaseaba en la ciudad: pan, leche, conservas y carnes frías en abundancia y cigarros, amén de medicinas, vendas, desinfectantes y aparatos de cirugía.

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El jueves fijó en la memoria de los capitalinos más de una docena de horas de bombardeo continuo en varias tandas de fuego graneado que bien pudieron superar varios centenares de cañonazos, más el estruendo de la fusilería y las ametralladoras de los rebeldes cada vez que recibían los piquetes de rurales que Huerta entregó a la muerte sin escrúpulo alguno. El día del bombardeo más cruento daña gran número de propiedades, anotó al día siguiente el titular del Mexican Herald. Por la mañana corrió la noticia de que el gobierno empezaría a incinerar los cadáveres que no fueran reclamados o identificados. Minutos antes de la una de la tarde se escuchó el primero de 150 cañonazos que durante la siguiente hora destellaron y tronaron desde la batería ubicada en las inmediaciones del monumento a Cuauhtémoc. El general Ángel García Peña intentó sin ninguna suerte intimar la rendición de Mondragón y los suyos. Acaso fuera verdad también que acababa de dar inicio el verdadero ataque a la Ciudadela, pero lo cierto es que ese mismo día la artillería de los alzados destruyó la puerta ubicada en el extremo norte de Palacio Nacional, de donde la Cruz Blanca ya había recogido más de una treintena de muertos y heridos tanto en el interior como en los alrededores del edificio. La descomposición de los caballos tendidos en diversas calles sumó su prédica a la fiesta de las balas. Por la tarde sólo una de las baterías del gobierno dejó de escupir fuego, la ubicada en Balderas y Rinconada de San Diego, pero a las seis y media cesó por completo el tiroteo. Y sin embargo pasada la medianoche se seguía escuchando el eco de diversos tiroteos.

La ciudad era el aciago crespón de la tragedia para la mañana del viernes 14. Al cabo de una noche más bien tranquila, el cañoneo dio inicio a las seis de la mañana, una hora antes que el día anterior. A esa hora también se desataron fuegos de fusilería y ametralladoras. Los retenes de rurales impedían el acceso a la Plaza de la Constitución. El tráfico de trenes no se había suspendido del todo desde el asalto al Palacio Nacional pero era difícil si no es que imposible dar con un solo coche en las líneas urbanas. Los repartidores de pan y leche circulaban con cautela por calles vacías y en las que ahora en cualquier momento podía aparecer un caballo sin jinete a todo galope. La sangre bañaba los patios de las comisarías así como los pasillos del Hospital Militar y del Juárez. Cuerpos sin vida yacían junto a escombros de fachadas y vidrieras. El olor de la carne descompuesta invadía por oleadas el ambiente. Los cañones y las ametralladoras de la Ciudadela y sus alrededores atraían a cientos de curiosos que diario iban a constatar la situación de los sitiados. Ese viernes el presidente Francisco I. Madero envió al senador Francisco León de la Barra a hablar con el general Manuel Mondragón sobre la posibilidad de suspender las hostilidades por tres días. Ni armisticio ni negociación, fue la respuesta, si no se cuenta con la renuncia de Madero y su gabinete. A manera de remate los rebeldes prendieron fuego a la casa de Madero ubicada en la esquina de Liverpool y Berlín hacia el mediodía.

El sábado 15 la artillería volvió a reanudar su bombardeo a las seis de la mañana y la Cruz Roja recogió los cadáveres que quedaron frente a Palacio Nacional desde la primera y sola limpia de una semana atrás. El número de cadáveres cremados en el antiguo rancho de Balbuena o en las calles de la ciudad nunca se supo con exactitud, pero sus saldos quedaron registrados nítidamente en decenas de fotografías y postales. Desde temprano circuló el rumor de que ese día los rebeldes bombardearían la Legación de Japón, en donde se encontraban los padres del presidente Madero. Por sugerencia de Henry Lane Wilson, escribe Charles C. Cumberland, y con el apoyo de los representantes de Inglaterra y Alemania, el ministro de España solicitó la renuncia al presidente. “Madero, indignado por la violación de la etiqueta diplomática que representaba esa acción, negó que los representantes de los países extranjeros tuvieran derecho a pedir semejante cosa, y afirmó categóricamente que moriría en su puesto antes de someterse a presiones extranjeras”. Poco después, el mismo sábado, un grupo de senadores trató de conferenciar en el Palacio Nacional con el propio Madero para persuadirlo de los beneficios públicos o de la urgencia política o de la necesidad personal de que presentara su renuncia al cargo junto con José María Pino Suárez. Tras una larga antesala, al cabo de la cual se vieron obligados a plantear el asunto de su visita a varios secretarios, los legisladores optaron por redactar un manifiesto y hacer del conocimiento público su interés por la restauración del orden. A las cuatro de la tarde, al cabo de dos horas de silencio, se volvió a reanudar el fuego y hacia las cinco era nutrido el cañoneo de la batería de Cuauhtémoc, así como el de fusilería y ametralladoras. Y a partir de las seis y media el silencio se apoderó de la ciudad.

En la mañana del domingo 16 la Catedral echó las campanas al vuelo para dar a conocer que las negociaciones del cuerpo diplomático al fin habían logrado que el gobierno y los rebeldes pactaran un cese al fuego por 24 horas. La idea era trasladar a Santa María la Ribera a los residentes extranjeros que habían buscado refugio en sus respectivas legaciones. Sin embargo, la tregua no pasó de las dos de la tarde. Las descargas de fusilería, las ametralladoras y el estruendo del cañoneo y los impredecibles estragos de sus proyectiles invadieron las horas de la tarde.

Y el lunes, los que llegaron a ver ese día, se aseguró que fue el peor o el más intenso de todos.

A partir de las 10 de la mañana del martes 18 de febrero las baterías de la Ciudadela tirotearon con mayor deliberación el Palacio Nacional, pues ellas asimismo se habían dedicado a aumentar el miedo de la población antes que a rendir a sus adversarios. Más adelante se conoció que al final del día se cremaron 110 cadáveres en el horno del Hospital Juárez, 60 menos que durante el jueves anterior.

Hacia las tres de la tarde Joaquín Maas, teniente coronel de Estado Mayor, se acercó a la Ciudadela para informar personalmente al general Manuel Mondragón que el presidente Francisco I. Madero acababa de ser arrestado junto con el vicepresidente José María Pino Suárez en Palacio Nacional por el general Aureliano Blanquet. En un abrir y cerrar de ojos Mondragón vio que en ese momento había en la ciudad dos mandos y dos ejércitos, uno de los cuales encabezaba el comandante militar de la plaza que acababa de reducir a Madero, el general Huerta. El fracaso de su propia insubordinación nunca le pareció más natural o sencillo. Más tarde confirmaron la noticia los embajadores que desde el inicio del conflicto se habían dejado ver en la Ciudadela, entre ellos el de España que llegó a esa fortaleza precedido por vítores, Bernardo J. de Cologan. Resultaba del todo imposible hablar de éxito para Mondragón: al llegar a su fin la lucha entre el gobierno de Madero y las fuerzas de la Ciudadela sólo podía haber sitio para un sobreviviente, Huerta.

Incluso sobre la figura de Madero al momento de ser detenido la opinión pública precipitó imposturas y verdades a medias. El Correo Español, por ejemplo, al narrar el momento en el que Huerta envió a un coronel y a un mayor del 29 Batallón a arrestar a Madero, afirmó que ambos cayeron a tiros de revólver por el propio Madero y uno de sus ayudantes. Pero estas y otras versiones de los últimos días de Madero en realidad circularon varios días o semanas después de su asesinato.

El martes Huerta dispuso minuciosamente cada movimiento, tanto en las calles como en el interior del Palacio Nacional. Blanquet, el jefe del 29 Batallón, hacia la una de la tarde se encargaría de arrestar en Palacio Nacional a Madero junto con todo su gabinete, en lo que el propio Huerta acudía a una comida con Gustavo Madero en el restaurante Gambrinus. Así, en compañía del teniente coronel Teodoro Jiménez Riveroll, el mayor Pedro Izquierdo y otros oficiales, Blanquet ingresó al Salón de Consejo donde se encontraba Madero a pedirle que renunciara en nombre de la paz y de la tranquilidad que demandaba la República. Madero le respondió que no podía renunciar, si bien aceptaría que los miembros de su gabinete lo hicieran o que se retirara Pino Suárez, pero que él debía permanecer en su lugar. A eso las palabras de Blanquet fueron las siguientes: “Usted es mi prisionero”. Al instante los ayudantes militares del presidente desenfundaron sus revólveres y al hacer fuego se llevaron a Jiménez Riveroll, Izquierdo y Marcos Hernández Madero, hermano del secretario de Gobernación.

Huerta llegó al Gambrinus en compañía de un grupo numeroso de paisanos poco antes de las dos de la tarde, forzó la puerta del restaurante, y al tiempo que gritaba ¡Alto ahí! ¡Todos ustedes son mis prisioneros!, su gente encañonó y detuvo al único grupo de comensales que ahí departía, integrado por varios oficiales del ejército, entre ellos el general José Delgado, algunos agentes de la policía Reservada y Gustavo Madero. Este último una vez desarmado sólo atinó a preguntar: ¿A dónde me llevan? En adelante difieren las versiones. La menos cruel en apariencia dice que al hermano del presidente lo treparon de inmediato a un coche que lo tramitó a toda velocidad al Palacio Nacional, donde permaneció encerrado hasta la una de la mañana, hora en la que se presentó una escolta para llevarlo a la Ciudadela, y que una vez ahí un soldado le dio muerte de un disparo certero cuando el execrado Ojo Parado se echó a correr para salvar la vida. Una hora después del levantón del Gambrinus se detuvo al general Felipe Ángeles en el mismo Palacio Nacional. Huerta dio instrucciones estrictas en cuanto a impedir el acceso a cualquiera que pretendiera entrar a la sede de los poderes, aun portando el pase emitido más recientemente.

A las ocho de la noche, mientras el fuego consumía el interior del trasegado edificio del diario maderista Nueva Era, Huerta y Félix Díaz llegaron a un acuerdo que ellos bautizaron como el Pacto de la Ciudadela y la gente llamó el Pacto de la Embajada no obstante que se logró en la sede de la embajada de Estados Unidos. Según este pacto, montado con el pretexto de reconciliar a las dos fuerzas militares existentes, Huerta tenía el derecho de acceder a la presidencia provisional del país, se estipulaban los nombres de quienes integrarían el gabinete —siendo Díaz quien aportó los nombres de Toribio Esquivel Obregón, Francisco León de la Barra, Manuel Mondragón, Rodolfo Reyes— y ambos asumían el compromiso de impedir la restauración del gobierno de Madero. Sin embargo, los insubordinados aún debían salvar algunos obstáculos para aplicar el delgado barniz de la legalidad a su obra, entre ellos, nada menos, la obtención de las renuncias del presidente y del vicepresidente. Y esto fue el centro de los siguientes tres y últimos días de Madero.

Ante la resolución de Madero, el miércoles 19 por la mañana el general Victoriano Huerta pensó, en primer lugar, atribuirle la muerte del teniente coronel Riveroll, a fin de inhabilitarlo, procesarlo y condenarlo. Pero la estratagema, en caso de funcionar, no haría más que habilitar a Pino Suárez, por lo que se volvió a la necesidad de obtener las renuncias de ambos, acaso a cambio de respetarles la vida. Ernesto Madero y Pedro Lascuráin, secretario de Relaciones Exteriores, conferenciaron con los detenidos en la Intendencia del Palacio Nacional, tras de lo cual Madero dijo estar dispuesto a presentar su renuncia siempre y cuando tan delicado documento quedara en poder de un tercero, quien lo entregaría a Huerta una vez que hubiera dejado a Madero en el puerto de Veracruz, a donde lo escoltarían algunos diplomáticos. El presidente pensó originalmente en depositar su renuncia en manos de Anselmo Hevia, el ministro de Chile, pero al fin se dejó convencer por Lascuráin de que se la diera a él. Madero también exigió la libertad de su hermano Gustavo, de cuya muerte desde luego no tenía noticia, así como de su secretario particular, Juan Sánchez Azcona, el general Ángeles, todos los miembros de su Estado Mayor y algunas personas más. Por último, Madero demandó que Huerta se comprometiera por escrito en que respetaría estas condiciones.

Huerta accedió cumplir las cuatro condiciones y afirmó que Madero sería conducido a Veracruz en un tren especial a las siete de la tarde del miércoles. Madero redactó un borrador de renuncia y Lascuráin lo sometió a la aprobación de Huerta. Luego el presidente y el vicepresidente firmaron, al calce, su renuncia colectiva. A partir de ese momento el tiempo empezó a gastar minutos y horas sin que los otros detenidos salieran en libertad, salvo el general Ángeles, y sin que se condujera a Madero y Pino Suárez al referido tren especial, so pretexto de que Huerta prefirió de último momento postergar su salida hasta el viernes por la mañana. Ya no corría ninguna prisa: Lascuráin, a espaldas del ahora ex presidente, ya había puesto en manos de Huerta la renuncia de Madero y Pino Suárez. El Pacto de la Ciudadela había salvado el primer obstáculo.

Un puñado de personas se dedicó a tratar de salvar de la muerte a Madero y Pino Suárez. La familia del primero, desde luego, y algunos miembros del cuerpo diplomático: el ministro de Alemania, el almirante Von Hintze, el ministro de Cuba, Márquez Sterling, el ministro de Chile, el ya citado Hevia. Intentaron hablar y en efecto hablaron al respecto con Huerta, quien siempre estuvo dispuesto a empeñar su palabra en cuanto a que no se tomaría ninguna represalia. Trepados de la cuerda de sus propias actividades los mismos diplomáticos abogaron por Madero y Pino Suárez en Palacio Nacional el viernes 21, en ocasión de la recepción del novísimo presidente Huerta, y lo volvieron a hacer la tarde del sábado 22 que la embajada de Estados Unidos celebró en todo lo alto el nacimiento de George Washington. Esa noche, hacia las diez y media, dos automóviles trasladaron a Madero y Pino Suárez del Palacio Nacional a Lecumberri, escoltados por fuerzas del 7º Cuerpo de Rurales al mando del mayor Francisco Cárdenas. En la parte posterior de la penitenciaría se les dio muerte.

Al instante se conoció la charada con la que en vano se trató de ocultar este doble asesinato. Sobre una sola persona cayó la responsabilidad: Huerta. Y sin embargo, varios años después, refugiado en Guatemala, el mayor Cárdenas le dijo a José Santos Chocano que no había sido Huerta quien le ordenó liquidar a Madero y Pino Suárez, sino el general Blanquet. “Me hizo llamar a su despacho y me sorprendió con la orden y las instrucciones respectivas, agregando que le respondía con mi vida de la ejecución y del silencio para todo el mundo”. A saber si importa demasiado.

El otro silencio, el silencio que como una frazada cayó sobre la ciudad de México la noche del martes 18 de febrero de 1913, sólo podía tener el signo de la muerte.

El remedo de legalidad, bajo el signo de la presunta furia moral contra el gobierno de Francisco I. Madero que dijeron compartir las dos insubordinaciones, llevó al Congreso a tomar la protesta del presidente sustituto, Pedro Lascuráin. Luego, este último dio un nuevo nombramiento al general Victoriano Huerta: secretario de Gobernación. Todo lo anterior se realizó con prisa que no impidió al general Manuel Mondragón entender el desastre de su causa, que era también la de Luis García Pimentel, Íñigo Noriega, Cecilio Ocón y, desde luego, Félix Díaz. El cuartelazo de Huerta, el segundo que enfrentó Madero tras el primer ataque al Palacio Nacional, lleva la fecha del 18 de febrero y se consumó en el momento en que renunció Lascuráin a su cargo y subió en su lugar el propio Huerta.

Antonio Saborit. Historiador, traductor, ensayista. Su más reciente libro es Diario de las cigarras.

 

China: La sonrisa implacable

Pocas cosas hablan del vertiginoso cambio en los usos y costumbres del chino promedio como sus perros de compañía. Caminan por la calle tan adornados como los niños únicos que los acompañan: la pelusa de las orejas, teñida de rosa, hace juego con el almidonado tutú de la amita, dando fe de cuánto la frivolidad se ha instalado en un país donde alguna vez hubo un coordinado gris reglamentario.

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En la nueva China cada quien elige su símbolo de estatus: los niños llevan mascotas, las muchachas clasemedieras confecciones caseras con brillos, transparencias y encajes, y las hijas o esposas del millón o más de millonarios chinos, generalmente conectados al Partido, ostentan bolsos y tacones Hermès, Vuitton, Dior o Prada, comprados a veces en el extranjero y a veces, con un sobreprecio de hasta 75% en impuestos de lujo, en tiendas locales que no se dan abasto para surtir a las muñequitas de porcelana, en grupos de dos y tres, que llegan en coches alemanes con o sin chofer.

Las amantes de los nuevos ricos componen casi un tercio de ese floreciente mercado; a los Mini Coopers y los BMW serie 3 los locales les llaman “coche de amiguita”. Se espera que para 2015 el país se convierta en el líder mundial de consumo de bienes de ultralujo, a pesar de la desaceleración: el crecimiento económico anual en China en 2011 fue de los más bajos de la década, apenas rebasando el 9%.

Desde hace dos mil 500 años “carne fragante” o “borrego de la tierra” son eufemismos usados para la carne de perro, que aún se consume en regiones del sur de China como Guangxi y Guangdong, sobre todo en invierno cuando, dicen, es buena para mantener el calor corporal. Durante las hambrunas del Gran Salto Hacia Adelante alimentar a un perro era visto como una afrenta, una debilidad burguesa: los perros domésticos dejaron de existir y los callejeros se convirtieron en una rara presencia que, para los humanos, terminaba en festín. La carne de perro volvió a ofrecerse en los menús de los restaurantes que llegaron con la reactivación económica aunque, durante las olimpiadas de 2008, el gobierno chino ordenó a las cocinas de Beijing que retiraran cualquier plato con perro para evitar herir las susceptibilidades occidentales. En Hong Kong el consumo de carne de perro y de gato está penado con cárcel desde 1950, en el resto del país, sin embargo, los intentos por pasar una legislación similar se han enfrentado con reticencias.
Tener en China un perro en casa es la mejor manera de decirle al mundo que se es parte de una nueva casta a la cual le sobra el dinero y el tiempo y, sobre todo, que quiere marcar su distancia con las costumbres bárbaras del viejo país. Para mostrar a sus hijos cómo era la China de antes —primitiva, ignorante y pobre—, los jóvenes profesionistas dejan a sus mascotas encargadas y se llevan a los niños a vacacionar a Corea del Norte, donde en las calles, por cierto, no hay un solo perro.

Beijing, con más de 20 millones de habitantes y cinco millones de autos, difícilmente se permite un bache, una luminaria fundida, un papel tirado o un paso a desnivel sin jardineras rebosantes de flores. El transporte público es eficiente, los espacios comunitarios son cómodos y concurridos y hay tres turnos diarios de mantenimiento y limpieza en la ciudad. La seguridad es digna de las mejores autocracias: el principal crimen es la estafa al turista desprevenido o el robo de bolsas y carteras en sitios atestados, es decir, en casi todos lados. Pero comparada con la vieja elegancia de Shanghai o el expansivo encanto de Chonking, a Beijing le sobra una monumentalidad apresurada y fría que apila edificios en forma de nido, de huevo, de tortuga o de galaxia diseñados por firmas como Rem Koolhaas o Norman Foster. En su afán modernizador la ciudad se tragó, en un parpadeo, a sus nostálgicos barrios callejoneros, donde los vecinos eran hermanos de banqueta y el tejido social se construía una generación a la vez.

En los años cincuenta la expansión industrial comenzó por decreto a las puertas de la vieja ciudad imperial. En los sesenta las centenarias murallas de la gran capital del norte fueron demolidas para construir sobre su trazo el Metro por debajo y el segundo anillo periférico —hoy son seis— por encima, y las hermosas casas de patios grises con puertas de laca roja que rodeaban a la Ciudad Prohibida se convirtieron en comunas rápidamente dilapidadas. En los ochenta la modernidad arrasó primero con los barrios tradicionales y luego con sus suburbios agrícolas, verdes de arroz, para erigir condominios asépticos que siguen acogiendo una migración interna rica en el mejor talento del país.

Los pocos barrios que sobreviven aún, erigidos desde el siglo XIII hasta la revolución del 49, son amenazados de continuo por las grúas que parecen otear el firmamento de la ciudad. Sus viejos habitantes se han ido, algunos buscando el confort de los nuevos edificios y otros queriendo adelantarse a las evacuaciones forzadas. En China el Estado es el único dueño de la tierra, y la otorga a voluntad a particulares a través de contratos que pueden rescindirse en cualquier momento. Hay 25 barrios históricos declarados zona protegida, pero la medida ha conservado sólo la arquitectura; los vecinos siguen huyendo del encarecimiento progresivo donde las boutiques de alto diseño, los restaurantes finos o los extranjeros con buenas conexiones que habitan la ciudad pocos meses al año, han sustituido a las familias señoriales, a las casas de té y a las tienditas esquineras. Raros son los callejones que aún conservan en sus banquetas al par de viejitos jugando damas chinas o a la señora que barre su entrada al sol de la tarde. Siguen siendo hermosos, pero el viajero siente que está recorriendo las entrañas de un lindo cadáver embalsamado.

Después de la revolución Mao consultó al arquitecto e historiador Liang Sicheng, quien le propuso conservar los barrios tradicionales alrededor de la Ciudad Prohibida y sacar los nuevos desarrollos a las afueras. El presidente rechazó la idea, queriendo eliminar todo símbolo del viejo feudalismo; cuenta la historia que la noche antes de la demolición de los primeros hutongs, Liang Sicheng subió a las murallas de la ciudad imperial y se echó a llorar. La casa donde vivió su infancia y juventud fue destruida a principios de este año.

El Templo del Cielo es un sitio de oración construido para uso exclusivo del emperador. El monumento central, la pagoda triple de madera ensamblada sin metales, es una fantasía de lacas azules y doradas. Terminado el complejo en 1420 por el emperador Yongle —Eterna Felicidad—, tercero de la dinastía Ming y constructor de gran parte de la Ciudad Prohibida, fue usado como templo hasta mediados de 1800 cuando fue ocupado por los ingleses durante la Segunda Guerra del Opio. Como museo fue abierto al público luego de haberse rescatado de la ruina apenas en 1918. Una extensa restauración después del golpe incendiario de un rayo lo ha convertido en uno de los sitios de reunión más interesantes de Beijing.

Al entrar al jardín que rodea al conjunto, adultos con pañoletas rojas bailan viejos cantos revolucionarios coreados por entusiastas compañeros. Más adelante un grupo de músicos ensaya melodías tradicionales, aquellas que durante la Revolución Cultural fueron prohibidas, en instrumentos reconstruidos desde piezas rotas, grabados y fotografías que algunos lograron esconder de las brigadas maoístas; las espadas de los practicantes de tai chi cortan el aire con silbidos metálicos y los gritos y risas de los jugadores de damas y mahjong resuenan en los pasillos. Al entrar a la pagoda los chillidos y aleteos de las golondrinas que viven en los alerones del edificio opacan los gritos de los turistas extasiados.

Sólo una transacción se hace en silencio en el Templo del Cielo. Aquí y allá un par de adultos sostienen una hoja de papel o un pequeño cartel al pecho. Buscan pareja para sus hijos, y en el papel escriben los generales del vástago; si es mujer anuncian qué tanta instrucción tiene, si sabe cocinar, si es dulce de carácter o si es bonita. De ser hombre, apuntan si tiene coche y departamento, qué estudios completó y en qué trabaja. Los paseantes se paran, leen y, si encuentran coincidencias agradables —por ejemplo, si el chico tiene dinero y la chica es hermosa—, comienzan las negociaciones. Si no les interesa lo que ven, pasan de largo sin decir una sola palabra.

En Cantón hay un plato de consumo infrecuente que se llama San Zhi Er —los Tres Gritos—, un delicatessen cuyo ingrediente principal es el ratón recién nacido: el primer grito lo da el animal cuando lo toman para lavarlo, el segundo cuando su parte inferior, y sólo su parte inferior, es introducida en aceite sazonado e hirviente y el tercero cuando es masticado por el comensal. O eso cuentan los cocineros chinos, a quienes tiendo a creerles cuando preparan, al lado de los kebabs de las regiones islámicas y los dimsums típicos de Shanghai, botanas hechas con alacranes, estrellas de mar, erizos, tentáculos de pulpo semovientes, grillos, penes de chivo —largos y delgados—, víboras despellejadas, caballitos de mar secos y larvas de gusano de seda que esperan la freidora y los clientes en la calle de Wangfujing donde, excepto en invierno, de seis a diez de la noche se congregan por igual los oficinistas nativos en busca de un bocado rápido y los visitantes morbosos.

Los vendedores parecen divertirse más que irritarse con el turista pasmado, aprovechando la oportunidad de coquetear con las rubias de quijada descoyunturada: “Qué linda eres, ¿de dónde vienes? ¿Quieres carne de víbora? Es buena para la fertilidad”, dicen, en un inglés mocho acompañado de una enorme sonrisa.

Es un lugar común explicar la costumbre de los chinos de consumir casi cualquier cosa por las hambrunas que han azotado sus tierras a través de la historia. En el sur del país afirman comer todo lo que tenga patas, con la excepción de las sillas. Pero la sofisticación con que tratan los ingredientes más inverosímiles o, para Occidente, repulsivos, indica más una curiosidad hedonista que la necesidad de satisfacer una necesidad fisiológica. La preparación de los alimentos cotidianos es, todavía, una ceremonia que se le encarga a los decanos, donde las reuniones familiares alrededor de la mesa son tratadas con una reverencia que la modernidad no ha conseguido borrar del todo.

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El pato Pekín, por ejemplo, llega a las mesas del color de la madera laqueada crujiendo como un caramelo alrededor de una carne deliciosa y tierna. Un destazador experto corta y sirve las lajas de piel con apenas un poco de carne. Esto se come enrollado en un disco de harina de arroz al cual se le añade salsa de ciruela y, a veces, de ajonjolí, y algunas tiritas de pepino y de cebollín. Pero eso sólo es la primera parte, la única que se sirve en la mayoría de los restaurantes fuera de China; en el país, la carne que queda se lleva a la cocina para preparar un picadillo con castañas y bambú, servido como segundo turno, en hojas de lechuga. Para terminar, los huesos se reúnen con las patas del animalito para preparar un consomé transparente y aromático que finaliza la comida.

Los patos ideales para esta receta son alimentados cuatro veces al día sólo con cereales y tienen, a lo más, dos o tres meses de nacidos cuando son sacrificados. La preparación comienza días antes del servicio con inyecciones de aire entre la piel y la grasa alrededor de la carne, para luego pasar al animal por agua hirviendo y colgarlo para bañarlo en un caldo espeso de azúcar y especias por 24 horas. Al final es rostizado entero, colgado, en un horno cerrado. En los buenos restaurantes de Beijing es necesario reservar el plato cuando menos con un día de antelación, aunque los menos previsores siempre pueden optar por el Burger King que, sólo en China, sirve una hamburguesa de pollo a la pato Pekín: pollo frito cubierto con una salsa ahumada que imita el sabor del pato original, y que representa una de las piezas de comida rápida más vendidas en el país.

Graduarse de una universidad de prestigio, en China, asegura un empleo bien pagado y con prestaciones envidiables en el sector público. La escuela va por cuenta del Estado hasta la preparatoria; después, las mejores universidades cuestan cerca de mil dólares al año. Pero hay que lograr una admisión no sólo rigurosa sino blindada a la endémica corrupción que permea al país: en las colonias prósperas anidan, sobre los techos, enjambres de antenas parabólicas que permiten ver la televisión satelital internacional, asunto vedado por una censura gubernamental que considera delito conectarse a Facebook. Al preguntarle al guía al respecto, éste sonríe y contesta: “bueno, mientras no se importune de otras maneras al Partido, las leyes en China son realmente sugerencias”.

Cuando preguntamos si es posible comprar la aprobación de los exámenes escolares, la respuesta es un enfático no. ¿Qué hacen los padres ricos cuando sus vástagos reprueban? Muy fácil: mandan al crío a sacar su diploma en alguna universidad del extranjero. Pero la gran mayoría de los chinos no son ricos y, para los hijos del pequeño comerciante, del obrero o del campesino, la ruta al éxito pasa por el buen desempeño académico. La competencia es feroz: en las zonas rurales el horario de las preparatorias es de siete de la mañana a 10 de la noche y el último año no hay vacaciones o fines de semana. La condescendencia ante cualquier desventaja cultural o económica es inexistente; en la provincia de Hubei los chicos tienen la costumbre, los días previos a las pruebas finales, de conectarse la vena a bolsas llenas de vitaminas, glucosa y minerales para evitar perder el tiempo en comer. Las autoridades escolares permiten la práctica en los salones de estudio de sus facultades: no hay por qué impedirlo si los muchachos no se causan un daño permanente, dicen.

Cada verano poco más de nueve millones de adolescentes son evaluados a lo largo de dos días. Sólo un 30% pasa la prueba. En 2011, en la provincia de Longhui, un estudiante de nombre Liu Pin llegó 15 minutos tarde a la primera sesión y le fue negada la entrada. Subió al techo del dormitorio más cercano y, desde una altura de seis pisos, se aventó al pavimento y a la muerte. Cuando la familia, buscando explicaciones, levantó el cuerpo y lo llevó en brazos hasta la entrada de la escuela, fue dispersada a golpes por la policía por alterar el orden en temporada de exámenes.

Fuera de los Han, dominantes económica y políticamente, hay 55 etnias reconocidas oficialmente por el gobierno chino. No llegan al 10% de la población y están exentas de la regla de un solo hijo por familia, pudiendo tener dos y, a veces, si son ricos —raramente—, tres. Los Han, habitantes principales de los polos urbanos, afirman que la pobreza se concentra al oeste, lejos de la costa del Pacífico; un poco en el Tíbet, pero también en las regiones musulmanas como Xinxiang, predominantemente Ugyur y Gansu, Yunan y Ningxia, donde habitan los Hui. Afirman también que no es el gobierno el que ha fallado, sino que esa minoría es floja, rebelde e indisciplinada. Los musulmanes chinos, sunitas en su mayoría, conforman el 1.6% de la población con poco más de 20 millones de fieles.

Hay en China una Iglesia Católica, Apostólica y China que en todo se parece a la vaticana pero que ocasionalmente desconoce a los cardenales ungidos por Roma para consagrar a los propios: cuando los primeros señalan, digamos, el mal estado de los derechos humanos en el país. Lo mismo sucede con el budismo lamaísta tibetano, cuyos devotos van acumulando inmolaciones en atención al cambio de premier: a partir de la pasada primavera, a criterio de los oficiales chinos en Tíbet, están obligados a tener en cada monasterio un rector emanado del Partido. Menos conocida por carecer de un líder carismático de cara a Occidente, pero más violenta, es la pugna con el islam: el gobierno chino creó a inicios de 2001 la Asociación Islámica China, diseñada para “difundir el Corán y oponerse al extremismo”, sobre todo el de naturaleza separatista; la supervisión por parte del gobierno de los discursos de los imames y de los currículos de las escuelas islámicas es tan rutinaria como estricta.

Luego del ataque a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, 22 ugyures apresados en un campo de entrenamiento afgano llegaron a la prisión de Guantánamo. Casi todos fueron liberados poco tiempo después. Dentro de China sus colegas no corrieron con tanta suerte; el atentado favoreció una política internacional menos vigilante de los métodos antijihad, y en China no se desaprovechó la coyuntura en el combate al terrorismo doméstico: Xinjiang, sede de la etnia ugyur, es la capital de la pena de muerte en un país que la aplica más que ningún otro en el mundo.

­­­­­­­­­­­­Mientras Europa se desperezaba del Medioevo, China se regodeaba en el lujo y la belleza de sus cortes, experimentando con una técnica que tomó de sus contactos con el Imperio Bizantino: el decorado de jarrones y otros objetos de cobre con filigrana trazada en delgado alambre del mismo metal, o de oro, cuyos diminutos huecos eran luego esmaltados, horneados y pulidos hasta obtener joyas multicolores muy lejanas de las pulseras troqueladas que hoy venden en los mercados para turistas. Como los perros de raza pekinesa y la seda dorada, el cloisonné pronto se volvió un producto exclusivo de las cortes. Hoy una pieza de probada procedencia imperial e interés artístico es un tesoro que puede rebasar fácilmente el millón de dólares, pero durante las purgas maoístas de fines de los años sesenta la belleza y la erudición eran vistos como vicios burgueses: los esmaltes que durante los asaltos a los palacios, primero, y los asaltos a la razón, después, no fueron robados y contrabandeados hacia las colecciones privadas de Europa y Estados Unidos, o hacia los museos de Taiwán cortesía de la previsión de Chiang Kai-shek —quien se llevó a la isla las 693 mil 507 piezas que hoy forman el Museo Nacional de Taipei, previendo la invasión japonesa, y que tuvo a bien nunca regresarlas presintiendo la entronización de Mao—, terminaron quemados y desfigurados, perdonándoles sólo el alma de cobre para su uso en labores más revolucionarias como hervir agua o acarrear grano.

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Deng Xiaoping llegó a París, en el otoño de 1920, a sus 15 años. Su biografía oficial dice que cuando su padre le preguntó qué quería aprender de Europa, el futuro líder le contestó: quiero tomar la sabiduría de Occidente para salvar China. Lo cierto es que fue durante los seis años que pasó en Francia, y no antes, cuando se afilió, luego de conocer de primera mano las condiciones de miseria de los obreros europeos de la Revolución Industrial, a las nacientes juventudes comunistas. Pero también refinó allí su interés por la música, la literatura y el art nouveau francés; interés que, años después, junto con su afán por reformar las políticas fallidas del Gran Salto Hacia Adelante, le granjearía la oportunidad de reeducarse —el eufemismo revolucionario para castigo y exilio— por cortesía de una Revolución Cultural que descalabró el espíritu de su pueblo tanto como su riqueza estética e histórica, dejando sus tesoros arquitectónicos como el turista los encuentra hoy: como cáscaras reverberantes.

Cuando Xiaoping concluyó su rehabilitación en una fábrica de tractores de Jiangxi lo llamaron al equipo económico del Partido, desde donde tejió calladas alianzas con otros descontentos que, poco después de la muerte de Mao, lo llevarían al poder. Sus planes para el rescate de China pasaban por la resurrección de las competencias nacionales a través de su acervo intelectual y artístico, y el Estado reabrió por decreto las facultades de artes y ciencias, las academias de ópera, las escuelas de caligrafía y los talleres de orfebrería. Para entonces sólo quedaban en China 32 maestros del cloisonné, y no todos en buen estado: en la Revolución Cultural golpear las manos hasta romper los huesos era un castigo frecuente para los artistas tozudos.

En China el salto a la modernidad ha sido disparejo: los estadios, aeropuertos, museos y parques deslumbran a cualquiera, hasta que ese cualquiera busca un sanitario y se encuentra con que la mayoría, excepto en los hoteles y restaurantes de lujo, son agujeros en el piso, sin metáfora alguna que medie el desconcierto. Los menos malos tienen mosaicos de acero corrugado y huellas marcadas a cada lado del hueco para indicar dónde poner los pies, y los otros son un cubo vaciado en cemento con un hoyo negrísimo en medio. Un tanque a la altura de la cabeza de donde pende una cadena forma el simple pero eficiente sistema de desagüe, que permite una buena higiene siempre y cuando los clientes anteriores hayan tenido una diestra puntería. Esto rara vez sucede. La costumbre explica la enorme facilidad que tienen lo chinos para ponerse en cuclillas, posición que pueden sostener por horas mientras esperan en las filas propias de un país que rebasa los mil millones de almas.

El precario sistema de salud nacional no es atribuible sólo al apego que los chinos sienten por su medicina tradicional, que apunta al cuerno de rinoceronte, de tejido similar al que conforma el cabello o las uñas humanas, como un potente reductor de la fiebre, o al polvo de hueso de tigre como un restaurativo y antiinflamatorio, sino también al desprecio que esa sociedad siente por lo individual; la vida humana, en lo particular, es vista como prescindible. Cuando uno de los problemas principales de una cultura así es el control poblacional, la muerte de los enfermos, los viejos y débiles se vuelve asunto secundario: a blessing in disguise.

Los hospitales chinos, de difícil alcance para la mayoría de la población, sostienen protocolos cuya insuficiencia asustaría al más negligente centro de salud occidental: en la provincia de Guangdong las infecciones crónicas reportadas el pasado otoño en el ala de maternidad fueron achacadas a que las pacientes estaban muy gordas, o muy flacas, para cicatrizar bien y, a fines de octubre de 2011, el hospital de la Cruz Roja de la ciudad de Foshan recibió en emergencias a una embarazada de ocho meses con sangrado y dolor abdominal. El parte médico indicó que al nacer el bebé no respiraba; lo entregaron a la morgue y le anunciaron a la madre que su hija había fallecido. La cuñada pidió el cuerpo de la niña para enterrarlo: cuando abrió la bolsa la niña se movía, echaba espuma por la boca y era niño; la enfermera encargada quiso paliar el dolor de la madre evitando anunciarle a la familia que habían perdido a un varoncito.

Al llegar a Yichang, punto de embarque del Yang-Tze, la niebla da paso a colinas ondulantes, verdes y llenas de árboles de durazno. Es hasta poco antes del muelle cuando comienzan a aparecer los primeros edificios de concreto prefabricado, de aire estalinista, y un agujero de tierra roja se abre frente a ellos en lo que parece un grito. La cara de la guía se ilumina de orgullo mientras explica: “Ya arrasamos con siete de estas colinas para construir las casas de los desplazados por la presa. De ser un pueblo de 400 mil habitantes, ahora somos cuatro millones”, remata.

La presa en cuestión, la de las Tres Gargantas, soñada por Sun Yat Tzen desde 1919, deseada por Chiang Kai-shek, apoyada inicialmente por Estados Unidos —que para ello entrenaron a no pocos ingenieros chinos a inicios de los años cuarenta— y dejada al garete por las penurias económicas de las políticas de Mao, sumergió 632 kilómetros cuadrados de superficie y, con ellos, a mil 300 sitios arqueológicos, 13 ciudades, 140 pueblos y mil 325 caseríos, con todo y las tumbas de sus ancestros. Más de un millón y medio de personas fueron reubicadas durante los 17 años que duró su construcción, cuya etapa final cerró este pasado verano después del desembolso de casi 60 mil millones de dólares: un buen negocio a cambio de la suficiente electricidad limpia —la Comisión para el Desarrollo de China dice que se ahorran al año 100 millones de toneladas de gases de invernadero— como para abastecer las necesidades energéticas, digamos, de Suiza.

No pocos de los reubicados vivían en condiciones premodernas, en pequeñas granjas de subsistencia mínima, sin agua corriente ni drenaje y con la electricidad que puede dar una planta de diesel. Pero cambiar la libertad expansiva de una vida rural por condominios de interés social expuso a sus nuevos habitantes al escrutinio del hacinamiento urbano y a la culpa por perder tradiciones y vínculos centenarios con la tierra de sus antepasados: la delincuencia y la violencia doméstica alrededor de estas comunidades, surgidas como hongos en primavera, es rampante.

Más difíciles de cuantificar han sido los daños ecológicos, paradójico resultado de la hidroeléctrica: cientos de fábricas, basureros y minas fueron sumergidos junto con los asentamientos humanos, y los desechos corrosivos que escapan desde abajo se han sumado a los drenajes que las nuevas instalaciones en tierra firme tiran impunemente desde arriba. A la lista de animales en peligro de extinción entraron la garza siberiana —quedan entre cuatro y cinco mil ejemplares—, el esturión chino —cerca de mil— y el bai-ji, una de las cuatro especies de delfín de agua dulce del mundo. La diosa del Yang-Tze, como se le conocía a este símbolo de paz y prosperidad, sería la rencarnación de una princesa que fue ahogada por su familia al rehusar casarse con un hombre que no amaba. El pequeño cetáceo, cuyo conteo es técnicamente cero —la última excursión para contar especímenes, en 2006, no pudo documentar a ninguno, aunque un animal blanco captado nadando cerca de la provincia de Anhui en un video amateur de 2007 fue tentativamente confirmado como un bai-ji—, es la última especie en extinguirse por causas directamente atribuibles a la acción humana.

Los Tujia son un pueblo que habita las laderas a lo largo del río Shennongxi, en la provincia de Hubei. Dicen descender del imperio Ba, de origen desconocido; una teoría apunta a que vinieron del Tíbet, otras, a que siempre estuvieron allí. Se les conoce como Tujia —los locales— desde que sucumbieron al dominio de los Chin en el siglo XV; perdieron su autonomía pero conservaron sus prerrogativas al convertirse en proveedores de los más fieros guerreros para las diferentes dinastías imperiales. No tienen idioma escrito pero su acervo se ha conservado a través de las canciones que acompañan sus vidas; el novio que corteja a una muchacha le declarará su amor cantando, y ella le contestará de manera afirmativa o negativa, pero cantando igual. Se casarán quizá y, poco después, tendrán un hijo o hija: de ser niña, el padre plantará frente a su casa un pequeño bosque, que no cortará hasta que ella se comprometa a casarse y, con la madera, hará muebles para los futuros esposos; una cama, una cuna y quizá una mesa para la cocina. Mientras tanto, la hija llorará y cantará por tres días completos antes de la boda: el primero, porque perderá la compañía de sus padres; el segundo, porque dejará de ver a sus hermanas o hermanos y, el tercero, por miedo a la vida que le espera.

El Shennongxi es estrecho y corre entre acantilados tan verticales como verdes, de un verde que palidece ante un agua que hoy parece espejo de jade, pero que antes de ser domada por los 150 metros de líquido que recibió cuando entró en operación la presa de las Tres Gargantas rompía su espuma en un cuchillo de piedra tras otro. Pero los Tujia se ufanaban de que sus hijos navegaban antes de caminar; sólo en los tramos más rudos los barqueros, desnudos, bajaban de las canoas y las arrastraban por veredas entre las rocas.

Hoy los Tujia arrastran las canoas, vestidos, sólo para deleite de los turistas, y las muchachas cantan su folklore para vender uno o dos cedés caseros que le permitirán al bebé que las espera en casa, al cuidado de la hermana o de la abuela, ir algún día a una buena escuela y luego, con suerte, a la universidad.

Roberta Garza.
Periodista. Es colaboradora de Milenio Diario.

 

La batalla educativa

La educación es una vieja asignatura pendiente de México. Una vieja frustración. Bastarían las páginas de nexos dedicadas al tema para dar fe de ambas cosas. Año tras año, desde su fundación, nexos ha vuelto al tema educativo para comprobar, cada vez, que la materia sigue pendiente y la frustración está intacta.

Algo parece haber cambiado en el panorama de esta recurrencia neurótica. La reforma educativa, nos dice Gilberto Guevara Niebla (“La disputa por la educación”) ha dejado de ser una querella escondida entre autoridades, especialistas y líderes sindicales, para volverse un escándalo público. Ha dejado de ser también una reforma que se da por perdida de antemano. Se ha vuelto el mascarón de proa reformista del nuevo gobierno. La reforma del artículo 3 hecha en diciembre pasado, define el piso de una batalla de cuyas estrategias subyacentes Eduardo Andere ofrece aquí una anticipación sin ilusiones (“Las dos estrategias”).

La de la educación no se trata de una batalla que se gana o se pierde de una vez, sino de una larga, compleja guerra institucional. El resultado deseable de esa guerra no puede ser sino una mejor educación, la cual no podrá producirse sin un cambio serio en la calidad y la dignidad de la profesión magisterial. Sin buenos maestros no habrá buena educación. Y no habrá buenos maestros sin una carrera magisterial fincada en el mérito, más que en la influencia burocrática, política o sindical. Es el sencillo corolario de la revisión de Calos Mancera sobre las implicaciones de la nueva carrera profesional docente contemplada en la reforma (“Un proceso, no un disparo”).

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El lector interesado en el tema hará bien en visitar en estas mismas páginas las muy pertinentes reflexiones de Fernando Savater sobre la educación, en su estimulante entrevista con Rafael Pérez Gay. Junto con el contenido de este número, el sitio de la revista ofrecerá algunas de las muchas piezas dedicadas en nexos a esta vieja espina editorial: la reforma educativa.

La disputa por la educación
Gilberto Guevara Niebla

Las dos estrategias
Eduardo Andere M.

Un proceso, no un disparo
Carlos Mancera

 

Las dos estrategias

La reforma educativa constitucional puede analizarse a través de varias vertientes. Desde la política y la política educativa, hasta la pedagogía. ¿Cuál es la más importante de todas? La de la alta política educativa. Es un término que tomo prestado de la teoría de relaciones internacionales, donde la “alta política” (“High Politics”) tiene que ver con temas de estrategia, seguridad y guerra; y la “baja política” con temas de economía, cultura, medio ambiente y otros, típicamente nacionales y que, en general, no tienen efectos en la estabilidad del sistema.

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A partir de ahí construyo una teoría de la política educativa basada, fundamentalmente, en “alta política educativa”; es decir, todo aquello que mantenga o quebrante el statu quo en las relaciones de poder y condiciones iniciales de operación del sistema, y “baja política educativa”, o sea, todo aquello que haga funcionar el sistema educativo: desde la política educativa per se hasta la pedagogía, la evaluación, los currículos, la gestión escolar y el trabajo en aula.

La reforma constitucional (RC) tiene dos vertientes muy claras de análisis: una de alta y otra de baja política educativa. Dos jugadores que son o podrían ser completamente enemigos en la “alta política” educativa, pueden ser aliados en la baja política educativa. Por ello, hemos visto en los últimos cuatro sexenios, desde Salinas hasta Calderón, juegos de baja política educativa.

En la alta política educativa por tratarse de la distribución de poder, el juego estrictamente es de suma cero: lo que uno gana el otro pierde; en la baja política educativa, como el poder no se toca, el juego es de suma positiva: las ganancias son para todos. Los juegos de suma cero son competitivos; no hay cabida a la cooperación, a menos que una fuerza mayor cambie la naturaleza del juego. Los juegos de suma positiva son cooperativos; ambas partes tienen posibilidad de ganar. Enemigos en lo estratégico, amigos en lo funcional.

Todo indica que tenemos un juego de gigantes de la estrategia: el presidente Enrique Peña Nieto y Elba Esther Gordillo. Los dos no pueden ganar al mismo tiempo y en el mismo juego. En la política no existe tal cosa como la cooperación donde todos ganamos. No. En la política —el área del conocimiento que estudia “el fenómeno del poder”— no se puede tener poder (capaz de imponer) y ser dominado al mismo tiempo. Si dos poderes antagónicos se asocian y crean un nuevo poder, por ejemplo alianzas entre partidos políticos para designar un candidato, quien gana es quien lo impone. La nueva fuerza política entrará en nuevos juegos. Pero la alianza es producto de una lucha de poder.

En este tablero estratégico de alta política, la RC es el primer movimiento de Enrique Peña Nieto. Elba Esther Gordillo está por mostrar su jugada que dependerá de su músculo (capacidad de imponer). El juego es de información perfecta y secuencial, ambas partes conocen las fichas del otro jugador (recursos, aliados, posibilidades, en otras palabras, peones, caballos, alfiles, torres y reina), pero no saben hacia dónde fija la mirada cada uno. La acción de uno de ellos desencadenará la reacción del otro. Pueden no hacer nada por algún tiempo, echar mano del alardeo o “bluff” o basar sus jugadas en el camuflaje, la persuasión, la distracción o el abandono. El presidente tendrá que esperar la reacción de la dirigente del SNTE. Pero al mismo tiempo construirá, como lo hacen los maestros o jugadores de ajedrez, un árbol de decisiones, con rutas contingentes.

Gordillo seguramente trabaja en su “cuarto de guerra” (“inteligencia colectiva”) posibles decisiones o tácticas para un objetivo claro: aumentar poder. En la construcción de estrategias, el cálculo de costo-beneficio es fundamental. Peña mandó un mensaje claro al jugar fichas de mucho peso: “una reforma constitucional” para mostrar y demostrar fuerza política.

En el terreno de la retórica (táctica) hay mucho por hacer; en el terreno de la acción, Gordillo tiene pocas opciones. Detener la reforma: imposible. Si no lo obtuvo a nivel federal, menos en el local, cuyas principales fuerzas de poder están en los gobernadores y legisladores federales, quienes en su mayoría apoyaron las reformas en las Cámaras federales. La dirigente de los maestros hará frente a la batalla con amenazas, manifestaciones, paros, cordura, prudencia, etcétera.

Viene la revisión del contrato colectivo, por ahí podría encajarse la presión sindical. Una confrontación abierta no conviene a ninguno de los dos jugadores. Ninguno realmente tiene el poder suficiente como para controlar los efectos negativos de convertir este juego en un “chicken”; la negativa a cooperación llevaría a la destrucción de ambos.

Supongamos que Gordillo no logra el pliego petitorio en la revisión anual del contrato colectivo y convoca a un paro nacional. La medida es totalmente antipopular; pero hemos visto que en distritos escolares de países completamente democráticos, con sindicatos democráticos (con poca distancia de poder entre líderes y representados), han logrado sentar a las autoridades educativas en la mesa de negociación. Así ha sucedido en Australia, Inglaterra y Estados Unidos. Muy recientemente en el distrito escolar de Chicago, el tercero más grande de la Unión Americana, los maestros de las escuelas públicas, con lenguaje y acciones agresivas, se fueron a huelga. Líder y alcalde, con personalidades fuertes y aguerridas se enfrentaron, el tema estalló en huelga del sistema público, que mandó a 350 mil estudiantes fuera del aula. La huelga conjuró 10 días después, y todas las partes obtuvieron alguna concesión. Los maestros y el sindicato, con una reforma educativa más suave; el alcalde y los reformistas, con un esquema de evaluación magisterial; los estudiantes y padres de familia, con el regreso a clases. Siempre las aguas se calman después de una buena negociación. Pero primero las partes muestran toda su artillería.

El movimiento estratégico de inicio de partida de Peña Nieto fue de gran maestro. Con un fuerte bono democrático después de las elecciones, y los espaldarazos de los tribunales y autoridades electorales, y el apoyo de los medios de comunicación y líderes de opinión, el movimiento de la RC tenía que hacerse al principio del sexenio, durante la “luna de miel”, con toda la atención mediática y con la fuerza suficiente para gestionar el apoyo de gobernadores y legisladores. Además, el presidente enfrenta a una contrincante debilitada a nivel mediático, con múltiples señalamientos de involucramiento excesivo en la política educativa al grado de la imposición de maestros, directores y reglas del juego a modo. Con un Peña fuerte y una Gordillo sin proyección en los medios, el tiempo del movimiento fue magistral. Uno se pregunta ¿por qué no hicieron lo mismo Zedillo, Fox y Calderón? Salinas lo hizo, aunque no tan al principio, y sin bono democrático, en contra de Jonguitud, pero el reacomodo de las piezas resultó contraproducente a posteriori.

La partida de Peña no es tan agresiva, por el momento, como fue la de Salinas. Pero el juego apenas acaba de empezar.

¿Qué debe hacer Gordillo? Primero, detectar si tiene estrategia dominante, es decir, que en el análisis de costo-beneficio tuviera estrategia que dominara a cualquier otra. Una estrategia de confrontación por parte de Gordillo no puede ser dominante porque ahora refleja una imagen desgastada. Supongamos que en la renegociación del contrato colectivo las partes se enfrentan y ninguna cede. Y la huelga estalla, y unos 22 millones de niños de educación básica se quedan fuera de la escuela, más algunos de otros niveles, por apoyos intergremiales. Lo que sucederá es que el clamor de los medios, empresarios y padres de familia (muchos de ellos maestros), a favor del retorno a clases, será estridente. Y la figura de la líder y su sindicato se deteriorarán aún más. Gordillo sólo puede utilizar la huelga como amenaza; si la lleva a cabo, su estrategia será fallida.
Una huelga corta o larga para Peña tendría costos elevados también. Empezará a consumirse el bono democrático: los indecisos iniciarán por criticar; los gobernadores y legisladores que apoyaron bajo la premisa de una solución pacífica, elevarán sus precios del apoyo político, y poco a poco las arcas del presupuesto político de Peña empezarán a vaciarse. Con el tiempo, el presidente se verá forzado a ceder más y más. Por lo tanto, movimientos y soluciones rápidas es lo mejor para él.

Ambas partes necesitan sentarse a negociar. Lo harán y finalmente sacarán un acuerdo digno para todos en 2013.

¿Qué deben hacer para el mediano y largo plazos? Elba Esther Gordillo debe reconocer que se le fue la mano y que las condiciones favorables para una manipulación de la política educativa a través de la distribución de lealtades a diestra y siniestra con posiciones de poder se terminó o está por terminarse. También debe reconocer que una cosa es opinar sobre la política educativa y otra es imponer la política educativa. Ésa es una práctica decimonónica. Gordillo tiene razón en dos cosas: es necesario tratar de mantener un equilibrio de poder entre fuerzas políticas (monopolios: burocráticos, empresariales, sociales, mediáticos) y que la culpa de la mala educación del mexicano no radica en los maestros y las escuelas.

¿Qué debe hacer la dirigente del SNTE como gran estratega? Replegarse, meditar, engendrar a un líder de cambio. Debe hacerle a la Gorbachov de la educación; una especie de “desmoronamiento unilateral”, semiforzado por las condiciones políticas actuales. Debe reconstruir totalmente al sindicato, democratizarlo con más fuerza que la sugerida por la sociedad. Un sindicato totalmente democrático recibirá una fuerte infusión de capital político y una revitalización mediática.

¿Qué debe negociar Gordillo más allá del contrato colectivo? Una reorganización de la distribución del poder en México. Un desmantelamiento de todos los poderes monopólicos (no democráticos) de manera paralela y verificable. Debe renegociar, también, el reconocimiento al nivel de la política pública, de que la principal causa del fracaso educativo de México está en la pobreza, en la segregación, en la desigualdad, en la corrupción pública y el cohecho privado, en los impresionantes monopolios que mantienen a la mayor parte de la población al margen del desarrollo. En términos de Carlos Fuentes, el progreso debe ser incluyente, para todos, si no, no es progreso.

¿Qué debe hacer el presidente de México? Su primera jugada para un reacomodo en las relaciones de poder a nivel de la política educativa, o de la intromisión en la política educativa, fue de experto. Sin embargo, Peña Nieto debe cuidar varias cosas: una, no dar demasiado poder a otros jugadores. Aniquilar a un monopolio para ensalzar otros tendrá costos políticos de largo plazo muy negativos para él mismo. Los monopolios atacarán ferozmente cuando lo vean debilitado. En el terreno de la baja política educativa, a Peña Nieto se le fue la mano con la reforma constitucional, al crear un jugador con poderes constitucionales casi ilimitados sobre la política educativa y la evaluación de ésta y al meter en el texto constitucional temas de baja política educativa. Además, no importa qué tan “expertos” sean los miembros de la Junta de Gobierno del nuevo Instituto Nacional para la Evaluación Educativa (INEE), cuando los expertos se convierten en funcionarios públicos, dejan de ser académicos y científicos: su lealtad no es a la verdad sino al patrón.

En la alta política Enrique Peña Nieto, como estadista, debe buscar un equilibrio en la distribución del poder. Los monopolios de poder son muy perniciosos al progreso; pero la asimetría en la distribución del poder puede convertir a la naciente democracia mexicana en una oligarquía perenne. Queremos, en el mejor sentido aristotélico, una poliarquía que sea más democrática que oligárquica. Así, la siguiente jugada de Peña debe ser doble: por un lado, sentar las bases para un cambio radical en políticas públicas: políticas que promuevan una visión y acción holística; que reconozcan que mientras no erradiquemos pobreza, segregación, desigualdad y corrupción, el fracaso educativo continuará; por tanto, los instrumentos de la política educativa per se son limitados para el cambio educativo. Por el otro lado, Peña Nieto debe cambiar por completo el esquema de atracción, formación, certificación y apreciación del maestro.

En el mundo de la alta política educativa no está en juego la evaluación de maestros, escuelas o estudiantes, tampoco está en juego si las escuelas son autónomas o no, o si la jornada escolar es parcial o completa, o si los espacios son dignos o no, lo que está en juego son las condiciones iniciales, la distribución de poder, en otras palabras, lo que hará que todo lo demás funcione bien.

Eduardo Andere M.
Analista en temas de educación, aprendizaje y políticas públicas.

 

La disputa por la educación

En las últimas décadas del siglo XX, fuerzas importantes del país se unieron para impulsar la modernización del Estado. Algunas instituciones públicas erigidas durante el ciclo histórico de la postguerra —marcado por la industrialización— mostraban disfuncionalidades graves y era urgente reformarlas. Era el caso de la educación pública. Aunque el sistema escolar tuvo éxitos resonantes entre 1920 y 1940, su organización y funcionamiento fueron modificados drásticamente —siguiendo criterios corporativos— en el sexenio 1940-1946. En la época siguiente, la atención de los gobernantes se centró en ampliar la oferta educativa y, como consecuencia, se produjo una expansión espectacular de la red escolar. La matrícula pasó de tres millones de alumnos en 1950 a 30 millones en el año 2000. Pero, a semejanza de otros países occidentales, la masificación dio lugar a problemas pedagógicos inéditos que condujeron inexorablemente a una crisis educativa (Coombs, P., 1968). Al mismo tiempo el entorno social nacional e internacional cambiaba aceleradamente.

disputa

El cambio cultural fue acelerado: el surgimiento de las nuevas tecnologías de información y comunicación, el proceso de globalización económica, la irrupción del libre mercado y el derrumbe de los proteccionismos, la transición hacia la democracia, la persistencia de una aguda desigualdad social y de manchas urbanas de miseria y lumpenización, el incremento del narcotráfico, los movimientos migratorios, la irrupción del feminismo, la exigencia de derechos humanos y de una justicia más eficaz, la reivindicación de la pluralidad cultural impulsada por el movimiento de los indígenas de Chiapas, etcétera. Todos estos cambios presionaban a favor de una urgente reforma de la educación. En los años ochenta comenzaron a aparecer evidencias escandalosas del derrumbe en los aprendizajes de los alumnos (Conalte, 1983; Carpizo, J., 1986; Guevara, N., 1991).

En este contexto nació el movimiento en favor de “la calidad” educativa. Las fuerzas integrantes de ese movimiento fueron al principio restringidas: grupos magisteriales, investigadores universitarios y algunos sectores políticos. Pero suficientes para detonar una reforma que cristalizó en 1992, con el nombre de Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica. Con ese acuerdo el gobierno federal se proponía modificar la organización y el funcionamiento del sistema escolar mediante: a) la atribución de la administración y operación de todas las escuelas a los gobiernos de los estados; b) la creación de un sistema de consejos sociales con la función de ejercer control y supervisión sobre el funcionamiento de las escuelas; c) la puesta en marcha de un mecanismo alternativo a la movilidad por escalafón, de gratificación a los docentes en función de su desempeño en el aula (carrera magisterial); d) la renovación de planes, programas de estudio y libros de texto.

El acuerdo encontró una oposición férrea por parte del SNTE que realizó numerosas maniobras para hacerlo fracasar. Con el control de las comisiones de educación de ambas Cámaras del Congreso, una vez que se elaboró la “ley secundaria” (la Ley General de Educación) el sindicato despojó de todo poder de decisión a los consejos sociales de educación y los convirtió en meras entidades metafísicas. La transferencia de los servicios educativos a los estados se hizo apresuradamente y tropezó con múltiples dificultades: normativas, financieras, etcétera, hasta el extremo que algunos gobernadores pidieron que los servicios educativos regresaran a manos de la Federación. En poco tiempo se advirtió que la carrera magisterial se había convertido en un sistema credencialista de movilidad en el trabajo que no impactaba en los resultados de aprendizaje. Asimismo, surgieron en este tiempo abundantes evidencias de los inconvenientes que tenía para México la existencia de un currículum estandarizado.

La alternancia en la presidencia de la República, con el triunfo del PAN en el año 2000, abrió un nuevo ciclo histórico en la educación básica del país. El acceso del PAN al control del poder Ejecutivo produjo un cambio en la correlación de fuerzas dentro del sector, pero este cambio favoreció a la dirigencia del SNTE. El vínculo personal del presidente Vicente Fox con la líder sindical, Elba Esther Gordillo, se tradujo en una serie de ventajas para los líderes gremiales, un incremento de la fuerza política del sindicato y un debilitamiento de la SEP. Sin embargo, ese mismo año se aplicó el primer examen internacional PISA (alumnos de 15 años de edad), y al hacerse públicos los resultados obtenidos por los estudiantes mexicanos se sacudió la opinión pública. He aquí una muestra de esos resultados. (Recuérdese que la OCDE presenta las calificaciones obtenidas en cinco niveles, del más bajo al más alto.)

Resultados en competencia
en lectura

(porcentajes de alumnos en cada nivel)
                             México             Promedio OCDE
Debajo del Nivel 1 16.1                            6.2
Nivel 1                   28.1                          12.1
Nivel 2                   30.3                          21.8
Nivel 3                   18.8                          28.6
Nivel 4                     6.0                          21.8
Nivel 5                     0.9                            9.4
Fuente: OCDE (2002): Education at a Glance.

El puntaje obtenido por los alumnos mexicanos en Matemáticas fue de 387 frente a un promedio de los países OCDE de 498. En todos los casos México obtuvo el último lugar de los países miembros de la OCDE. Poco tiempo después se hizo público que México había participado también en una prueba internacional de Matemáticas y Ciencias en 1995, el llamado TIMSS organizado por la International Assessment of Educational Progress (IEA) y que la SEP, una vez que comprobó los bajos puntajes obtenidos por los alumnos de México, había decidido prudentemente archivar los datos correspondientes a ese examen. En realidad, también en esa prueba los chicos mexicanos obtuvieron pésimos puntajes. Hubo nuevos exámenes PISA en 2003, 2006 y 2009 y en todos ellos México mantuvo su posición rezagada.

Con estos datos el debate por la “calidad” de la educación dejó de ser una querella entre grupos específicos y se convirtió en un debate público nacional. El gobierno de Fox, al mismo tiempo que cortejaba al SNTE, lanzó una serie de iniciativas que tuvieron un efecto positivo sobre el sistema —aunque tal vez carecieron de sistematicidad—. De esa forma surgió el programa Escuelas de Calidad, el programa Enciclomedia, las Bibliotecas de Aula, el Instituto Nacional de Evaluación de la Educación, la prueba Enlace, etcétera, al mismo tiempo que se realizaron reformas en el nivel preescolar (2002) y en secundaria (2006). Entre 2004 y 2006, sin embargo, la cúpula sindical ostentaba un poder financiero enorme obtenido, a veces, por asignaciones de dinero directas e irregulares de la SEP. En esos años, con el patrocinio de la líder magisterial, Elba Esther Gordillo, se creó “el partido de los maestros” que logró su registro oficial en el IFE con el nombre de Partido Nueva Alianza (Panal) y quedó bajo la tutela de uno de los principales asesores de Gordillo.

La efervescencia social a favor de la “calidad” educativa no cesó bajo el gobierno de Felipe Calderón, pero éste, ingenuamente, otorgó todavía más poder a Elba Esther Gordillo. La Subsecretaría de Educación Básica fue entregada a un yerno de ésta. No sólo eso, la dirigencia sindical además impuso a la SEP un programa educativo particular: la llamada “Alianza por la Calidad de la Educación”, que suplió al programa oficial previamente anunciado. De esta forma la educación básica pasó a ser dirigida por comisiones paritarias SEP-SNTE, condición que vulneraba ostensiblemente la Constitución de la República toda vez que la educación básica, según reza el artículo tercero, es facultad exclusiva del Estado.

Con estos antecedentes es comprensible que el nuevo gobierno del PRI se proponga una reforma educativa cuyo primer objetivo es “recuperar para el Estado la rectoría de la educación”. Otros elementos de la nueva reforma educativa son:

Incorpora el valor “calidad” dentro de los rasgos de la educación que imparta el Estado.

Preserva para el Poder Ejecutivo la capacidad de decidir en materia de planes y programas de estudio, previa consulta obligatoria con los sectores involucrados.

Establece que el ingreso a las plazas docentes y a puestos de dirección y supervisión se realizará conforme a exámenes de oposición.

Se crea el Sistema Nacional de Evaluación cuyo eje institucional será el Instituto Nacional de Evaluación de la Educación.

Se crea un sistema nacional, único, de información educativa.

Se reunirán elementos para otorgar mayor autonomía a las escuelas.

Se crearán, al menos, durante el sexenio, 40 mil escuelas con horario ampliado (entre seis y ocho horas).

Faltan muchos elementos por definirse, pero desde ahora se puede afirmar que la parte sustancial de esta reforma se ocupa de eliminar los mecanismos viciados de ingreso a la profesión docente (por compadrazgos o bautizos políticos, por venta o por herencia de plazas, etcétera) e impone un procedimiento que coloca el mérito (intelectual, pedagógico, moral, vocacional) como recursos para ocupar plazas y promoverse a puestos de dirección. No busca “eliminar empleos” como ha dicho el SNTE. Por el contrario, se trata de dignificar la profesión docente. Esta reforma abre oportunidades insospechadas a los maestros jóvenes y a los enseñantes talentosos para mejorar sus condiciones profesionales y contribuirá a elevar el esfuerzo de todo el magisterio por mejorar su desempeño en el aula. En su conjunto, lo que se quiere es dar un paso más a favor de la “calidad” de la educación y, con ello, hacer de ella un instrumento social para la justicia social.

La nueva reforma educativa abre un horizonte insospechado de oportunidades para el magisterio. Se trata de establecer una nueva plataforma normativa para el trabajo docente. La profesión magisterial será, en estricto sentido, una profesión (como la medicina, la abogacía, etcétera) y no una subprofesión condicionada por rígidas redes sindicales y burocráticas. Bajo estas condiciones el docente será mejor remunerado y gozará de un prestigio social que ha ido perdiendo. Asimismo, al reforzar el papel de las escuelas se incrementará el poder de decisión de la comunidad escolar, se mejorarán las condiciones del trabajo magisterial, asegurando igualmente que quienes ocupen la posición de directores de escuela posean aptitudes intelectuales y morales apropiadas de tal forma que se hagan merecedores del papel de líderes pedagógicos y sociales respetados por su comunidad.

Bibliografía
Carpizo, J. (1986): Fortaleza y debilidad de la UNAM, UNAM, México.
Conalte (1983): La educación básica en México, SEP, México.
Coombs, P. H. (1968): La crisis mundial de la educación, Ediciones Península, Barcelona.
Guevara Niebla, G. (1991): “México: ¿Un país de reprobados?”, en nexos, núm. 162.
OCDE (2002): Education at a Glance, París.

Gilberto Guevara Niebla. Profesor titular del Colegio de Pedagogía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Director de la revista Educación 2001. Su más reciente libro es México 2012: La reforma educativa.

 

Un proceso, no un disparo

La reforma al artículo 3 constitucional aprobada por el Congreso de la Unión en diciembre de 2012 crea el servicio profesional docente. Se trata de un paso de la mayor trascendencia para apoyar el desarrollo profesional de los maestros y dignificar su quehacer. Por las ventajas que representa para los maestros y para el país, la reforma recibió el decidido impulso de las principales fuerzas políticas y de amplios sectores de la sociedad mexicana.

proceso

La reforma es necesaria porque en la actualidad no existe base constitucional para regular la relación del Estado con los maestros de manera diferenciada respecto de los demás trabajadores al servicio del Estado. La sociedad mexicana reconoce que la función magisterial tiene características que le brindan identidad propia y que la distinguen del resto de los servidores públicos. Los maestros, por su parte, piden la aplicación de reglas que sean conducentes al desarrollo de su profesión.
La reforma que da base para la creación del servicio profesional docente consiste en una inserción a la fracción III del artículo 3, que dice:

      

…el ingreso al servicio docente y la promoción a cargos con funciones de dirección o de supervisión en la educación básica y media superior que imparta el Estado, se llevarán a cabo mediante concursos de oposición que garanticen la idoneidad de los conocimientos y capacidades que correspondan. La ley reglamentaria fijará los criterios, los términos y condiciones de la evaluación obligatoria para el ingreso, la promoción, el reconocimiento y la permanencia en el servicio profesional con pleno respeto a los derechos constitucionales de los trabajadores de la educación. Serán nulos todos los ingresos y promociones que no sean otorgados conforme a la ley…

Son cuatro los conceptos clave de este texto: ingreso, promoción, reconocimiento y permanencia. La evaluación obligatoria acompaña a estas palabras. Para dimensionar las implicaciones de la reforma en el desarrollo profesional de los maestros, conviene analizar cada uno de estos conceptos y el significado asociado de la evaluación obligatoria.

Ingreso
El ingreso al servicio docente debe estar sujeto a reglas claras que den seguridad de que las personas mejor preparadas y con mayores capacidades sean quienes ocupen las plazas. Es una demanda de la sociedad y de la propia profesión docente. Un maestro que ingresa al servicio como resultado de su esfuerzo disfrutará de la satisfacción de su logro, y tenderá a transmitir valores asociados a ese orgullo; un maestro que compra una plaza o la adquiere por herencia ingresa a su carrera con una falta que debilita su función como educador, además de que podría estar ocupando la plaza de otro maestro con mejor preparación.

Debe señalarse que a veces los aspirantes a una plaza, que se han preparado seriamente para obtenerla, no tienen más remedio que comprarla. Ello obedece a fallas en las reglas o en su aplicación. Cuando la autoridad educativa consiente mecanismos viciados para el otorgamiento de plazas, se deja abierto el espacio para que operen intereses distintos al único que debería prevalecer: asignarlas a los mejores candidatos para la función docente.

El país ha avanzado de manera gradual en el propósito de otorgar las plazas docentes —nuevas y, en menor medida, vacantes definitivas— mediante concursos de oposición. Diversas entidades pusieron en práctica esta modalidad desde hace por lo menos 15 años, en la educación básica, además de que también opera en diversos subsistemas de educación media superior. Más recientemente, con la firma de la Alianza por la Calidad de la Educación de 2008 se dio un avance adicional, al crecer la proporción de plazas asignadas mediante concursos. No obstante, éstos siguen abarcando sólo a una fracción de las vacantes que se ocupan, si bien la proporción varía significativamente entre estados. Los maestros y la sociedad observan que hay docentes que logran su plaza mediante concurso, en tanto que otros siguen procedimientos que ya no debieran existir. La reforma al artículo 3 termina con esta dualidad y obliga a todos por igual, sin más privilegio que el mérito para ingresar al servicio.

Un aspecto que necesariamente tendrá que perfeccionarse en los concursos de oposición es la evaluación de los candidatos. En los concursos hoy vigentes los maestros son seleccionados con base en pruebas de opción múltiple. Esta clase de pruebas permite identificar ciertos conocimientos básicos de los aspirantes, pero difícilmente mide las múltiples capacidades que se requieren para ser maestro. Sería muy deseable introducir etapas en los concursos. En una primera etapa se podría seleccionar a candidatos que reúnen los conocimientos básicos; en una segunda, se podrían medir otras capacidades como las de escritura o de comunicación para la enseñanza. Los candidatos así seleccionados se incorporarían a prueba al servicio, y obtendrían la definitividad después de haber mostrado un desempeño satisfactorio durante un periodo razonable. La construcción de procedimientos de esta naturaleza implica cambios culturales importantes, así como sistemas de evaluación que requieren de tiempo para consolidarse. Por ello es necesario cimentar los cambios sobre bases jurídicas sólidas, como las que proporciona la reforma al artículo 3.

Promoción
Los concursos de oposición para la promoción a cargos con funciones de dirección o de supervisión reconocen el papel central de quienes desempeñan esos cargos: son los funcionarios que ejercen la responsabilidad de autoridad en el ámbito escolar. En consecuencia, tienen el deber de propiciar un clima de trabajo y un ambiente escolar favorables al aprendizaje; deben coordinar, asistir y motivar a los docentes en su trabajo; realizar los procesos administrativos y de vinculación de la escuela con la comunidad; y diseñar, implementar y evaluar los procesos de mejora continua en el plantel.

Actualmente, el procedimiento para la asignación de puestos en la educación básica no corresponde a un método que garantice que las personas que ocupen los cargos de dirección y supervisión sean las idóneas para esas funciones. Tampoco estimula a quienes desean ocupar esos cargos en razón de su mérito profesional.

El modelo de promociones actual prevé que los ascensos se otorguen en función de los conocimientos, aptitudes y antigüedad. Pero no se cuenta con un sistema de evaluación que permita medir seriamente los conocimientos y las aptitudes. En consecuencia, es muy común que los aspirantes a una promoción acrediten la totalidad de los puntajes posibles en la medición de estos factores; ello equivale a anularlos y que las promociones se terminen dando sólo por antigüedad. No hay duda de que la experiencia puede ser una ventaja importante para ocupar cargos de dirección o de supervisión; pero ello es diferente a suponer que sólo por tener mayor antigüedad se tengan las mejores aptitudes o incluso el derecho a ocupar posiciones para las que otros aspirantes podrían estar mejor preparados.

La reforma al artículo 3 propone “la idoneidad de los conocimientos y capacidades que correspondan”, sustentada en la evaluación obligatoria, como el criterio central para otorgar las promociones. Por ello, éstas quedarán abiertas a todos los maestros, no sólo para los de mayor antigüedad o para quienes logran puntos por razones que no necesariamente responden al interés de la educación.

Reconocimiento
El reconocimiento de los maestros ha sido planteado por la profesión docente desde décadas atrás. Al incorporarse a la redacción del artículo 3, como parte del servicio profesional docente, adquiere una especial jerarquía. No solamente se trata de una cuestión declarativa, sino de la posibilidad real de construir las condiciones necesarias para mejorar el reconocimiento a los maestros.

Será indispensable que el sistema de reconocimiento para docentes se base en un proceso de medición y evaluación justo y adecuado. Los reconocimientos deben considerar la contribución de los docentes para mejorar los aprendizajes; deben apoyar al docente en lo individual, al equipo de maestros en cada escuela y a la profesión en su conjunto. Además de considerar incentivos económicos y no pecuniarios, los reconocimientos deben de abarcar diversas dimensiones de motivación para el propio docente, al ofrecer mecanismos de apoyo y reflexión sobre la práctica del maestro y el acceso al desarrollo profesional.

Permanencia
Para algunos la permanencia podría ser considerada como el aspecto más polémico de la reforma al artículo 3, en particular porque estiman que una consecuencia de la reforma sería la pérdida del derecho adquirido de estabilidad en el empleo. Sin embargo, tal preocupación no tiene sustento: el nuevo texto señala expresamente el pleno respeto a los derechos constitucionales de los trabajadores de la educación.

Los docentes que estén en servicio cuando entre en vigor la reforma del artículo 3 deben quedar sujetos a las reglas de permanencia vigentes cuando ellos fueron contratados; los nuevos maestros tendrán que sujetarse a las nuevas reglas que la legislación establezca. Pero unos y otros tienen garantizada la estabilidad laboral en los términos de la ley, según las reglas que les resulten aplicables.

En todos los casos la evaluación docente es necesaria y debe estar dirigida al cumplimiento de las obligaciones inherentes de la función que los maestros realizan. En este sentido, habrá que construir criterios, mecanismos e instrumentos de evaluación que permitan una valoración integral, sólida y confiable, del desempeño docente que tenga en cuenta la complejidad de las circunstancias en las que el ejercicio de la función de los maestros tiene lugar. Con la creación del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación como órgano constitucional autónomo, que es la otra parte de la reforma al artículo 3, se construyen las bases para una evaluación técnicamente adecuada de los maestros y de los demás aspectos de la educación nacional.

Asimismo, debe asegurarse que la evaluación de los maestros tenga, como primer propósito, el que ellos y el sistema educativo cuenten con referentes fundamentados para la reflexión y el diálogo conducentes a una mejor práctica profesional. El sistema educativo deberá otorgar los apoyos necesarios para que los docentes puedan, prioritariamente, desarrollar sus fortalezas y superar sus debilidades, como lo señala el artículo quinto transitorio de la reforma. La evaluación debe servir, ante todo, para mejorar la calidad de la educación, no para buscar responsables de fallas complejas que sólo entre todos, mediante un esfuerzo colaborativo, podrán ser corregidas.

La autoridad tiene la delicada encomienda de facilitar y apoyar el ejercicio de los cientos de miles de docentes que cumplen con su responsabilidad. Bajo la premisa de una evaluación justa, pertinente en relación con los distintos tipos de maestros y técnicamente sólida, será posible conciliar la exigencia de la sociedad por el buen desempeño de los maestros, con el justo reclamo del magisterio y de la sociedad que exigen la dignificación de la profesión docente.

La reforma del artículo 3 aún tiene un largo camino por recorrer antes de que surta todos sus efectos. En primer lugar, el Congreso deberá analizar y aprobar la legislación reglamentaria, y posteriormente habrá de crearse el andamiaje institucional que dé sustento a la evaluación que será base del servicio profesional docente. El sistema de evaluación docente debe ser construido mediante procedimientos que aseguren la participación de los maestros en el diseño y desarrollo del sistema. Adicionalmente, serán necesarias otras acciones que atiendan a factores diversos e indispensables para mejorar la calidad de la educación.

El México de hoy presenta nuevas oportunidades y desafíos que la educación debe afrontar. La educación debe responder a las exigencias del acelerado avance científico y tecnológico, de nuevas formas de convivencia y del desarrollo económico y social. Estos cambios significan nuevas demandas a las escuelas y al quehacer de los maestros. La creación de un servicio profesional docente responde a la necesidad de fortalecer el quehacer de los maestros y al propósito de brindarles apoyos para que puedan responder a los retos de la realidad contemporánea.

Carlos Mancera. Socio de la Consultoría Valora S. C.

Carlos Fuentes para historiadores

La obra literaria de Carlos Fuentes, como la de Octavio Paz, es incomprensible sin el discurso de la identidad que esos dos grandes escritores mexicanos, de la segunda mitad del siglo XX, incorporaron a sus ensayos. El Fuentes narrador, de un modo más claro aún que el Paz poeta, hizo de sus novelas y cuentos ejercicios en los que se escenificaba e ilustraba, por medio de la ficción, una poética de la historia de México y América Latina, elaborada en una pertinaz y, por momentos, contradictoria cavilación sobre el pasado, el presente y el futuro de la región. Bastante reveladora de la experiencia cultural mexicana de la segunda mitad del siglo XX es que sus dos mayores escritores hicieran de la historia el principal interlocutor de la literatura.

historiadores

Los estudiosos Maarten van Delden e Yvon Grenier distinguen, en su libro Gunshots at the Fiesta (2009), los diálogos con la historia, entablados por Paz, a través de la poesía, y por Fuentes, a través de la novela. Sostienen Van Delden y Grenier que así como ese diálogo en Paz se dirimió a favor de una lírica vanguardista, que colocaba en el centro de su persuasión conceptos como la crítica, la modernidad y el liberalismo, en Fuentes el mismo diálogo produjo un desplazamiento hacia las cuestiones de la novela latinoamericana, la identidad nacional y el multiculturalismo global. En ambos, la articulación entre poética e historia fue prioritaria y angustiosa, pero se liberó de maneras diferentes, a veces complementarias, a veces antagónicas.

Un indicio de esa diferencia podría encontrarse en uno de los primeros ensayos de Carlos Fuentes, Tiempo mexicano (1971), escrito luego de las novelas que lo naturalizaron en la patria portátil del boom —La región más transparente (1958), Las buenas conciencias (1959), La muerte de Artemio Cruz (1962), Aura (1982), Cambio de piel (1967)…—.
Los textos reunidos en aquel volumen atestiguaban, además, la experiencia de los tres 68 —el parisino, el checo y el de Tlatelolco—, y la inmersión de Fuentes en el gran proyecto de novela histórica que acabaría siendo Terra Nostra (1975). En aquellos ensayos, Fuentes formularía una de las ideas centrales de su poética de la historia mexicana: la simultaneidad de los tiempos de México.

No era nuevo ni excepcional, dentro de la generación del boom, ese gesto de confrontar la idea del tiempo lineal y progresivo de Occidente desde la noción sincrónica de una multiplicidad de tiempos coexistentes. En otros ensayos de aquella generación, como La expresión americana (1957) del cubano José Lezama Lima o Gabriel García Márquez: historia de un deicidio (1971), el estudio de Mario Vargas Llosa sobre la literatura del autor de Cien años de soledad —que apareció, por cierto, el mismo año de Tiempo mexicano— leemos un ademán semejante, de afirmación de América Latina como una zona con una temporalidad propia, diferenciada de la diacronía europea.

Lo curioso es que Fuentes no apelaba a Aristóteles o a Hegel, a Spengler o a Toynbee, como solían hacer Paz o Lezama, para refutar la temporalidad occidental. Apelaba al filósofo danés del siglo XIX, Soren Kierkegaard, precisamente uno de los críticos más ofuscados del hegelianismo que conoció la Europa romántica. Al imaginar a un Kierkegaard en la Zona Rosa de la ciudad de México, Fuentes operaba una impugnación doble: la de la teleología de la idea absoluta hegeliana y la de la revuelta existencialista, que arrancaba con la angustia del danés y culminaba con la nada de Sartre. Hegelianos, existencialistas y marxistas daban por sentada la linealidad del tiempo, para asumirla, negarla o acelerarla.

La imposibilidad de un Kierkegaard en la Zona Rosa del DF de los cincuenta y sesenta tenía que ver con el hecho de que en ese lugar mesoamericano del mundo, el sujeto, en vez de dominar el tiempo, era dominado por éste. Más bien, era dominado por la multiplicidad de formas en que se manifestaba el tiempo en México. La Revolución mexicana, según Fuentes, había hecho presentes todos los pasados de México, formulación con ecos de El laberinto de la soledad de Paz, pero, como veremos, diferente. Paz hablaba de la Revolución como una “súbita inmersión de México en su propio ser” o como un evento que vivificaba y hacía presente “un pasado”, en singular. Es cierto que en una de las primeras notas de aquel ensayo, a propósito de Caso y Vasconcelos, también hablaba Paz de “superposición y convivencia” de distintos “niveles históricos”. Pero el énfasis de El laberinto de la soledad estaba puesto en la unidad del pasado de México.

Fuentes, en cambio, hablaba de simultaneidad, no de superposición de tiempos, en una hipótesis más parecida a la idea del barroco latinoamericano de Carpentier, de Lezama e, incluso, de Severo Sarduy, que a la contraposición clásica entre mito e historia que sostenía Paz. La clave de este desplazamiento tal vez se encuentre en la lectura hechizada que hizo el joven Fuentes de El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo a mediados de los cincuenta. La poética de la historia de Fuentes vendría siendo, como se desprende de Tiempo mexicano (1971), consecuencia de una hermenéutica rulfiana de El laberinto de la soledad. Fuentes mismo parecía pedirnos que leyéramos su subjetividad como una hibridación de Paz y Rulfo, concebida en la ciudad de México, entre dos años precisos: 1953 y 1963.

Una hibridación que, sin embargo, marcaba un sutil despego ideológico y estético por la vía generacional. Fuentes consideraba a Paz y a Rulfo como sus antepasados, no como sus contemporáneos, y su pertenencia al boom le abría las puertas de una comunidad intelectual de vanguardia, que se sentía acompañada por la Revolución cubana y la izquierda occidental. Ese sello generacional no sólo era perceptible en la crítica al liberalismo o al marxismo dogmáticos sino en la formulación de las, a su juicio, cinco tradiciones históricas que daban vida a los simultáneos tiempos de México: la “mítica y cósmica” de los pueblos de indios, la “romano-católica” de la legitimidad, el despotismo y la obediencia, la del “individualismo epicúreo y estoico”, la del “positivismo empírico y racionalista” del Occidente avanzado y, finalmente, la tradición de la “utopía fundadora”, que “coloca los intereses y valores de la comunidad por encima de los del poder”.

La diáfana inscripción de Fuentes en la nueva izquierda occidental que se perfiló en torno al 68 no le impidió, sin embargo, preservar la mirada crítica hacia el socialismo real en Europa del Este y hacia la experiencia más cercana de la Revolución cubana que por entonces adoptaba un empaque estalinista. Fuentes defendió la liberación del poeta cubano Heberto Padilla y rechazó el juicio a que fue sometido por el delito de haber compuesto poemas disidentes. Pero la modulación más distintiva de la posición pública de Fuentes no fue el distanciamiento de La Habana sino la conservación de esa distancia mientras, en los setenta y los ochenta, apoyaba resueltamente otros movimientos de la izquierda latinoamericana como el gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende en Chile o la Revolución Sandinista en Nicaragua.

Antes de la caída del Muro de Berlín, en 1989, pocos intelectuales latinoamericanos reivindicaron de manera tan vehemente la quinta tradición de la “utopía fundadora”, en un sentido claramente contrapuesto a cualquier modalidad totalitaria de organización del Estado. Fueron esos los años en que aquel posicionamiento político acentuó la dimensión latinoamericana de la obra de Fuentes, puesta a prueba en sus dos grandes novelas, Terra Nostra y Cristóbal Nonato. Mientras otros escritores del boom se adentraban en sus fronteras nacionales, Fuentes afinaba una poética de la historia continental, que trascendía el referente mexicano de sus primeras novelas y ensayos. Fueron esos también los años en que Fuentes dio forma a una suerte de prolegómenos a toda teoría posible de la novela latinoamericana, que inventarió cada una de las obsesiones del boom: el paisaje, la historia, el mito, la nación, el dictador.

Si el 68 fue el año clave del posicionamiento político de Fuentes, el 92, año de la desintegración de la Unión Soviética y del bicentenario de la llegada de Cristóbal Colón a América, sería la ocasión propicia para la exposición de esa poética de la historia latinoamericana, adelantada en las novelas Terra Nostra y Cristóbal Nonato. Ya en las palabras de recepción del Premio Cervantes, en Alcalá de Henares, en 1987, y en sendas intervenciones en la UNESCO, en 1991, y en el Coloquio de Invierno, en 1992, recogidos en el volumen Tres discursos para dos aldeas, Fuentes pespunteaba los puntos cardinales de esa poética latinoamericana de la historia. Entre el desmoronamiento del campo socialista y el bicentenario del descubrimiento de América, se había producido una maduración histórica de la región que permitía desglosar su pasado, su presente y su futuro.

En esa encrucijada del tiempo americano era necesaria una mirada integradora del mundo prehispánico, el legado de la España católica y de la lengua castellana, de los acervos emancipatorios del republicanismo y el liberalismo del siglo XIX y, por supuesto, de las luchas sociales y políticas impulsadas por las revoluciones y los nacionalismos del siglo XX. La izquierda postcomunista estaba llamada, en esa coyuntura, a asumir la meta de la democratización de las sociedades y los Estados latinoamericanos. No se trataba, únicamente, de dejar atrás la violencia como método para llegar al poder y conservarlo, sino de comprometerse enteramente con el pluralismo y el Estado de derecho.
Fuentes expuso esa certidumbre en los ensayos recogidos en Nuevo tiempo mexicano (1994), donde intentó dar una respuesta coherente al levantamiento zapatista de 1994, y, sobre todo, en El espejo enterrado (1992), el libro en que encapsuló su visión de América en el tránsito del siglo XX al XXI.

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El espejo enterrado es, sin lugar a dudas, el gran ensayo de Carlos Fuentes. Un texto en el que el autor de Terra Nostra adoptó, deliberadamente, una prosa distinta a la que caracteriza Tiempo mexicano y Nuevo tiempo mexicano, en los que, al igual que en sus novelas, predominaba el estilo epigramático, veloz y, por momentos, especulativo, que era su sello personal. El tono de El espejo enterrado era narrativo, pero más cercano a la narración de los historiadores profesionales que a las ficciones vanguardistas de sus primeras obras. En ese libro, que sería el equivalente de El laberinto de la soledad en la trayectoria del autor de La región más transparente, Carlos Fuentes llegó a ponerse bajo la piel del historiador, un personaje que lo rondaba desde aquel Felipe Montero de Aura, que exhumaba papeles amarillentos en busca de datos inútiles.

Los buenos títulos no siempre son buenos para los libros y El espejo enterrado, como buen título al fin, provocó lecturas aferradas a aquella metáfora central, que se derivaba de la leyenda de Quetzalcóatl, narrada por Bernardino de Sahagún. El espejo era el regalo que le hizo Tezcatlipoca a Quetzalcóatl y que quedó enterrado luego de que el dios viera en él su imagen de hombre reflejada. Quetzalcóatl, horrorizado, zarpa en su barca de serpientes hacia el Oriente, dejando la promesa de un regreso en forma humana. Cuando Hernán Cortés llega a las playas de Veracruz en la primavera de 1519, los mexicas creen que se trata de aquel regreso prometido de la serpiente emplumada. La metáfora, que Fuentes transfiere a un proceso constante de pérdida y recuperación de la imagen, a partir de la conquista, se prestaba al equívoco de una visión esencialista de la identidad.

Una relectura más cuidadosa de aquel libro, sin embargo, nos persuade de que el argumento de Fuentes era menos rígido. La historia de México y de América Latina no era, otra vez, una superposición sino una simultaneidad de tiempos. La identidad no se perdía y se recuperaba sino que se reproducía y se diversificaba, con cada estremecimiento de la historia. Las culturas de los aztecas, los mayas y los incas, en Mesoamérica y los Andes, habían sufrido la colonización y la evangelización, pero habían aprendido a convivir con las instituciones virreinales y a aprovecharlas a su favor. Fuentes, como Paz, había heredado de la historiografía revolucionaria una idea despótica y teocrática del virreinato de la Nueva España, aunque sus lecturas de Miguel León Portilla y Jacques Lafaye, David Brading y Enrique Florescano, lo ayudaban a revalorar el papel de España en América.

Una buena parte de El espejo enterrado estaba, de hecho, dedicada a la España de los Austrias y al Siglo de Oro. Así como Paz, en Los hijos del limo y otros ensayos, había ubicado en el modernismo hispanoamericano de Darío, Lugones y Martí el origen de la modernidad literaria de la América hispana, Fuentes, en Tres discursos para dos aldeas y El espejo enterrado, remontó esa modernidad al Siglo de Oro y, específicamente, al Quijote de Miguel de Cervantes, donde veía personificada aquella tradición de la “utopía fundadora” que los latinoamericanos habían hecho suya. La España de Cervantes y la España de Goya, según Fuentes, eran momentos ineludibles de la construcción de la identidad latinoamericana.

En su tratamiento de las independencias nacionales, las reformas liberales del siglo XIX y las revoluciones populares del siglo XX, Fuentes creía ver una continuidad ideológica que hoy la historiografía académica cuestiona. Aquel hilo imaginario que ataba el patriotismo criollo del barroco con el nacionalismo revolucionario zapatista o villista ha sido severamente impugnado, como se desprende de los últimos libros de su amigo Enrique Florescano. Fuentes no le daba a las reformas borbónicas la importancia que la historiografía contemporánea les atribuye, ni se detenía en los entretelones de la lucha entre liberales y conservadores en el siglo XIX. Su imagen de la Revolución mexicana, sin embargo, se había complejizado y pluralizado, gracias a la lectura de historiadores como Jean Meyer y Héctor Aguilar Camín.

A pesar de todo, la vieja idea de la coexistencia de los tiempos se reafirmaba en El espejo enterrado de forma tan coherente como sorpresiva. El acápite titulado “Latinoamérica” arrancaba con un homenaje al pintor jalisciense José Clemente Orozco, en cuyos murales en Pomona College, Dartmouth College y el Hospicio Cabañas creía encontrar el método adecuado para transmitir la coexistencia de los pasados, presentes y futuros latinoamericanos. Esos tiempos simultáneos, según Fuentes, no se agotaban ya en el espacio geográfico latinoamericano sino que debían incluir a la España contemporánea, la de la transición democrática desde el franquismo, y la que llamaba “la hispanidad norteamericana”.

Las últimas páginas de El espejo enterrado estaban dedicadas a la creciente comunidad hispana en Estados Unidos, un mundo que, según Fuentes, debía incorporarse al gran mural de los tiempos latinoamericanos. Si Octavio Paz, a mediados del siglo XX, había indagado la identidad mexicana desde las preguntas que lanzaba el estereotipo del “pachuco”, Carlos Fuentes, a fines de la centuria, proyectaba esa identidad hacia el horizonte latinoamericano e incluía dentro del mismo a los latinos de Estados Unidos. El autor de El espejo enterrado pensaba que una de las metas de los gobiernos democráticos latinoamericanos, constituidos luego de las transiciones desde los diversos autoritarismos de la Guerra Fría, era sumar al diálogo de la diversidad regional a los hispanos del otro lado de la frontera y demandar a Washington, además del respeto a las soberanías del sur, una política más benéfica hacia la minoría hispana.

A principios de la década pasada Carlos Fuentes reafirmó su idea de la inclusión de la comunidad hispana —entonces, unos 40 millones, hoy, más de 50— dentro de ese espacio cultural que llamaba “el territorio de La Mancha”. En En esto creo (2002), una autobiografía escrita en forma de glosario de nociones personales, el término “Latinoamérica” era definitivamente reemplazado por el de Iberoamérica y dentro de esta última incorporaba, naturalmente, a los millones de “manchados, mestizos, abiertos por fuerza a la comunicación, las migraciones y la confianza en nuestra aportación al mundo”, del otro lado de la frontera. Esa comprensión de los hispanos de Estados Unidos dentro de la comunidad iberoamericana no implicaba, en modo alguno, una subvaloración del vínculo respetuoso que los gobiernos latinoamericanos y, sobre todo, México, debían sostener con Washington, a pesar de la catilinaria que le dedicaría a George W. Bush en 2004.

Por apenas unos meses Carlos Fuentes no alcanzó a celebrar la pasada reelección de Barack Obama, respaldado por el 70% del voto hispano en Estados Unidos y bajo la presión de una demanda de reforma migratoria. Pero sí alcanzó a ver que la vocación latinoamericana de su literatura y su pensamiento dejó un legado tangible en el campo intelectual mexicano de las dos últimas décadas. Algunos de los mejores ensayos escritos en años recientes, como Aires de familia de Carlos Monsiváis, Premio Anagrama de Ensayo en el año 2000, o Los redentores. Ideas y poder en América Latina (2011) de Enrique Krauze, o, incluso, el póstumo libro del propio Monsiváis, Las esencias viajeras (2012), consolidan ese latinoamericanismo en las letras mexicanas. Sin la obra precursora de Carlos Fuentes, esa inscripción de México dentro de una diversidad cultural mayor, que lo interroga y, a la vez, lo afirma, no nos resultaría hoy tan familiar.

Rafael Rojas. Historiador y ensayista. Es profesor e investigador del CIDE. Su libro más reciente es El estante vacío. Literatura y política en Cuba.

Palabras leídas en el homenaje a Carlos Fuentes en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2012.

 

El secuestro de Arnoldo Martínez Verdugo

secuestro

José Woldenberg,
Política y delito y delirio. Historia de 3 secuestros,
Cal y arena,
México, 303 pp.

En su Teoría de la historia, dice Agnes Heller que “al no ser un mito, la historia, para ser verdadera, exige la verificación de los hechos. Los acontecimientos tienen que ser descritos tal y como ocurrieron en la realidad”. La conciencia histórica del mundo es secular, dice la autora. No es mito ni religión. Reside no sólo en los “recovecos de la historia”, en los estudios de los filósofos, sino también en las calles y en los campos de batalla.

En este contexto, Política y delito y delirio. Historia de 3 secuestros contribuye a recrear esa conciencia histórica; pues trata sobre hechos que ocurrieron hace más de 27 años, hechos cuyos protagonistas principales se reclamaban herederos de otros protagonistas y de sus hechos (en particular: el secuestro de Rubén Figueroa por la guerrilla de Lucio Cabañas), sucedidos en el año de 1974. Aclara su urdimbre y los pone en perspectiva.

Estamos ante una reconstrucción histórica que, aunque no sea su propósito, contribuye por su rigor a separar el mito de los hechos, interrogándose al mismo tiempo por el sentido y los efectos de los mismos.

El libro responde a interrogantes como: ¿qué pensaban los secuestradores de Arnoldo Martínez Verdugo, cómo justificaban una acción aberrante que despertó el repudio de todas las fuerzas políticas y sociales sanas del país?

¿Qué pensaban los dirigentes del Partido Comunista Mexicano que, en medio de una situación pantanosa y mórbida, decidieron por sí y ante sí guardarse y utilizar un dinero que evidentemente no les pertenecía, y que había sido obtenido de manera ilegal por un grupo armado que, como tal, no tenía relaciones políticas formales con el PCM?
Las fuerzas políticas del país, ¿cómo se definieron ante estos hechos? ¿Cuántos asumieron posiciones como las del Partido Revolucionario de los Trabajadores (trotskista), para quien era “tan grave” quedarse con fondos revolucionarios como “secuestrar a dos compañeros”?

Para situar las cosas en perspectiva, hay que recordar que el PCM venía de una etapa de aguda represión gubernamental, donde muchos cuadros y dirigentes pagaron con prisión política su lucha por las libertades democráticas (por ejemplo, durante el movimiento estudiantil del 68). Apenas en el verano de 1971, tres años antes de los hechos que dieron origen a este enredo, habían dejado la cárcel cuadros estudiantiles del PC (como Pablo Gómez y Arturo Martínez Nateras), y varios veteranos de la dirección como Gilberto Rincón Gallardo, Gerardo Unzueta, Eduardo Montes, Rodolfo El Chicali Echeverría, Rafael Jacobo, entre otros. Para no hablar de los que se exiliaron o tuvieron que esconderse.

La libertad política en el echeverrismo era una quimera: del 10 de junio a la apertura democrática, del avión de redilas a los desaparecidos de Guerrero. Pero si bien ello puede ayudar a explicar un estado de ánimo y determinadas actitudes, tanto de la guerrilla como del PC, no los justifican.

La versión de que el Partido de los Pobres o la Brigada Campesina de Ajusticiamiento decidieron, en las condiciones de la táctica de cerco y aniquilamiento por parte del ejército en Guerrero (que culminó con la muerte de Lucio y la destrucción práctica de la Brigada), encargar ese dinero para “su custodia” al PCM, no está probada ni parece probable. No hay ningún dato que avale esta versión, más allá de las declaraciones de dirigentes del propio partido.

Lo único claro es que la dirección del Partido Comunista se encontró ante lo que parecía un regalo inesperado del destino: por causas en parte azarosas y en parte relativas al entramado de relaciones de la guerrilla en Guerrero, a uno de los militantes comunistas, Félix Bautista, que al mismo tiempo era base de apoyo y enlace del Partido de los Pobres, le dieron a guardar y finalmente se quedó, con una parte importante del rescate pagado por la familia de Rubén Figueroa, en medio del naufragio de las redes de apoyo de la propia guerrilla y, ante la muy real posibilidad, no sólo de que los militares le quitaran el dinero, sino de que lo inculparan por ello, o algo peor; en esas condiciones, optó por entregar el dinero a gente de la dirección del partido donde militaba: el PCM.

Pero suponiendo sin conceder que fuera verdad la versión de que el PCM se sentía “custodio” de un dinero ajeno, ello nos lleva al asunto, a mi ver mucho más cuestionable, de los criterios y valores puestos en juego en la decisión; es decir, ¿por qué el PCM asumió tácitamente que ese dinero pertenecía al PDLP? No queda claro, nunca lo aclararon.
De otra forma hubieran regresado el dinero a la familia Figueroa.

Pero el hecho es que ese dinero no pertenecía al PDLP. No sólo porque fue obtenido de manera ilegal y violenta, sino además porque el PDLP recibió el dinero del rescate, pero no liberó al gobernador electo Rubén Figueroa. Éste fue liberado a sangre y fuego por tropas del ejército mexicano.

Figueroa había sido secuestrado mediante una celada que entre políticos responsables se llama traición (como bien se señala en el libro), pues él había acordado reunirse en la sierra con Cabañas para discutir las demandas del movimiento que éste encabezaba, y a cambio se le notificó que estaba secuestrado. Creo, como muchos, que Figueroa representó métodos y actitudes propias de un pasado signado por la ilegalidad, el autoritarismo y la represión; pero hay que distinguir, ni en la guerra ni en la lucha política se vale todo.

Los que secuestraron a Arnoldo estaban plenamente convencidos de que no estaban ejecutando una acción injusta ni menos contrarrevolucionaria, primero porque en este episodio los revolucionarios eran ellos; segundo, porque sólo estaban reclamando un dinero que “legítimamente” les correspondía y que el secuestrado se negaba a devolver.
Oscuramente intuían que Martínez Verdugo, el principal dirigente de la izquierda legal en México, era parte de un entramado de relaciones políticas e institucionales que lo trascendía, incluso a su partido, y que, por tanto, ese entramado iba a sacar la cara por él. Por eso pidieron las cantidades de dinero que pidieron, y tuvieron razón. El gobierno de Miguel de la Madrid actuó, cosa que lo enaltece, con sentido de Estado, priorizando la integridad física y moral del dirigente político de oposición.

¿Por qué los dirigentes del PSUM que venían del Partido Comunista, enfrentados al secuestro de Félix Bautista, actuaron con torpeza y morosidad? Por inseguridad, creo, por inexperiencia, por temor a que todo saliera —como finalmente salió— a la luz pública. Porque estaban frente a un proceso electoral federal y no querían afectar las posibilidades del partido. Y también, hay que decirlo, porque Félix sólo era un militante de base.

Cuando, de entre los entresijos del pasado, les saltó al cuello la gárgola de la violencia política pseudorrevolucionaria, no supieron de inmediato cómo reaccionar. Tristemente paradigmática es aquella declaración inicial de Pablo Gómez (secretario general del PSUM) de que el partido “no negociaba con terroristas”.

No sólo hubo que negociar con estos terroristas, sino que al concluir el secuestro de Arnoldo y Félix, algunos dirigentes habían retrocedido en el túnel del tiempo y empezaron a hablar —en la discusión interna— en el viejo lenguaje tartamudo de que “el marxismo reconoce todas las formas de lucha, armadas y no armadas”, que los miembros del PDLP “son compañeros de lucha, sólo que mantienen concepciones diferentes”, etcétera.

Eso, y la necesidad de deslindar ante la opinión pública, de manera clara y contundente, la línea política del PSUM de aquella de los restos insepultos del naufragio guerrillero, fue lo que llevó a un grupo de compañeros de la dirección (el autor del libro y el que esto escribe, entre ellos) a plantear, en los términos más claros y contundentes posibles, que el PSUM era un partido que actuaba en la legalidad constitucional, la que a su vez buscaba reformar en sentido democrático; que reconocía la validez y jurisdicción de las instituciones del Estado y que, por tanto, no reconocía la legitimidad de grupos o tribunales supuestamente “revolucionarios”, que otorgaban sentencias y amnistías a contentillo, sin cuidarse para nada de preservar las garantías y derechos que, producto de toda una historia civilizatoria, se engloban bajo el concepto de “debido proceso”.
Afortunadamente, la mayoría de los miembros de la Comisión Política del PSUM, y luego la mayoría de los miembros del Comité Central, estuvieron de acuerdo con esta concepción y la aprobaron.

Ahora bien, ¿quiénes son estos herederos del movimiento de Lucio Cabañas?

Han pasado 27 años de aquellos hechos y nadie sabe bien a bien, hasta hoy, quiénes son realmente estos personajes. Su propia versión es que desde los ochenta se fusionaron con el PROCUP. ¿Y? Del PROCUP tampoco nadie sabe quiénes son sus dirigentes, cómo surgieron a la vida política, en qué luchas se forjaron. Sólo el asesinato de dos vigilantes de La Jornada, que culminó con la detención de Felipe Martínez Soriano y otros militantes clandestinos, arrojó una tímida luz sobre el tema. Y luego, cuenta el mito que en 1995 o 1996 esta alianza se fusionó con otros grupos (igualmente anónimos) para dar lugar al EPR.

Tengo para mí que todas éstas son leyendas urbanas o semiurbanas, que los voceros y personeros de estos grupos (como la revista Por Esto, de Mario Menéndez) pueden decir lo que quieran sobre sus orígenes, hazañas, liderazgos y realizaciones, pero lo único cierto y verificable es que vienen del subsuelo, de la clandestinidad vergonzante y, cuando emergen, lo hacen mediante un zarpazo violento: secuestros aquí, ataques a las fuerzas de seguridad allá, sin solución de continuidad. Los rumores de que ya se dividieron y que unos son los verdaderos revolucionarios y los otros —típico—, oportunistas y blandengues, son su alimento cotidiano.

Son a todas luces un elemento provocador porque con su acción delincuencial y delirante quieren provocar el endurecimiento de las políticas de seguridad del Estado, en la vieja idea de que agravando las crisis se “desenmascara” el Estado represor; esto es, la idea de origen anarquista de que “mientras peor, mejor”.

Allá por 1976 los califiqué (siguiendo a Regis Debray en su análisis de la derrota de las guerrillas en AL) como “los restos del naufragio”; no a ellos en específico, sino a todos los grupos que, mediando los setenta, no se habían percatado que la estrategia de lucha armada había fracasado rotundamente y que había que sacar todas las consecuencias de este hecho. Pero si en 1976 ya eran restos de un naufragio, ¿cómo se les puede calificar ahora, en la segunda década del siglo XXI? Me recuerdan a aquellos soldados japoneses que, terminada la Segunda Guerra Mundial, se quedaron aislados y olvidados en islas remotas, y ellos continuaban en guerra, a la espera de una señal del emperador.

Lo más importante de todo este episodio, que tan meticulosamente relata José Woldenberg, es, primero, desde el punto de vista del interés humano, que Arnoldo y Félix fueron liberados por sus captores vivos y sanos.

Pero desde el punto de vista político e ideológico lo más importante fue que el principal partido de la izquierda tomó partido, valga la redundancia, por una visión de la lucha socialista que, retomando la idea del “compromiso histórico” del PCI, no hacía concesiones a las veleidades revolucionaristas, y ponía todo el peso de sus expectativas en la lucha democrática legal, constitucional, y que al hacerlo se asumía por tanto como parte de las fuerzas políticas constitutivas y responsables del Estado mexicano.

La Jornada escribió, en relación a los hechos, que “el PDLP actuó de manera que no puede ser legitimada en modo alguno. Haberse constituido en tribunal revolucionario para juzgar y condenar primero a la pena de muerte a Bautista, para amnistiarlo después, sería una caricatura risible de órganos semejantes, que en la historia han merecido respeto, si no entrañaran concepciones políticas de franca peligrosidad”. ¿Habrá dicho algo semejante cuando el EZLN secuestró, sentenció y luego amnistió al general Absalón Castellanos? Pero el dilema es el mismo.

Al convertirse en PMS, el PSUM ya registraba retrocesos y concesiones al revolucionarismo dizque radical. En mi opinión, desde 1988 y luego en el PRD los retrocesos y ambigüedades se han vuelto parte de su segunda naturaleza, pues no de otra manera se explican las arengas semigolpistas de un Muñoz Ledo en la segunda vuelta del 88, o la táctica de llevar las contradicciones al extremo que supuso la “toma” de Reforma por López Obrador en 2006.

Recuérdese nada más, para fijar contexto, que tres años después de estos acontecimientos ocurrió la insurgencia electoral de 1988, donde la izquierda jugó un papel importante; que en 1989 cayó el paradigmático Muro de Berlín, que en 1991 se desmembró la URSS y que el socialismo autoritario o de Estado prácticamente desapareció de la escena internacional. Había lecciones que sacar de estos hechos, de esta avalancha de cambios que han modificado el rostro del mundo tal cual lo conocimos en el siglo XX, y no todas se han sacado.

Agua ha corrido bajo los puentes desde entonces, pero los dilemas de la izquierda permanecen. ¿Se asume a fondo la legalidad democrática, sin renunciar a cambiarla desde adentro, con sus reglas, que por otra parte la izquierda misma ha contribuido a construir?, ¿o se mantiene como una oposición semileal, cuyos posicionamientos y definiciones no están fincadas en un cuerpo teórico y político más o menos sólido, sino que se definen en función de la coyuntura? ¿Se cree que “todas las formas de lucha son válidas”, en dependencia de las circunstancias, o se asume que la única opción es la lucha constitucional, electoral, legal y pacífica?

Dicho en otras palabras, ¿se abandona el viejo principio maquiavélico de que “el fin justifica los medios”, y se asume a fondo la ética de la responsabilidad política?, ¿o se mantiene la ambigüedad para, oportunistamente, intentar sacar provecho de determinadas circunstancias? A eso es a lo que, entonces como ahora, hay que dar respuesta cabal. Y a articular esa respuesta contribuye sin duda un trabajo como el realizado, una vez más, por Pepe Woldenberg. Enhorabuena.

Gustavo Hirales Morán. Miembro fundador de la Liga Comunista 23 de Septiembre e integrante de la dirección de los partidos Comunista Mexicano, Socialista Unificado de México y Mexicano Socialista. Ha publicado: La Liga 23 de Septiembre, orígenes y naufragio, Memoria de la guerra de los justos, entre otros libros.

Shakespeare y Cervantes: Un manuscrito perdido

Shakespeare

Roger Chartier,
Cardenio entre Cervantes y Shakespeare. Historia de una obra perdida,
Madrid,
Gedisa, 2012, 288 pp.

La extensa obra del historiador francés Roger Chartier (la cual supera la veintena de libros) ha contribuido a que nuevas generaciones de historiadores y lectores puedan superar la frontera artificial entre el estudio contextual de las obras literarias y el análisis formal de su contenido. En sus trabajos sobre la historia cultural y del libro en la Europa moderna, Chartier defiende que contenido y contexto son inseparables, como espejos borgesianos que se reflejan mutuamente.

En Cardenio entre Cervantes y Shakespeare, el catedrático del Colegio de Francia nos propone otro juego de espejos borgesiano entre la ficción y la historia; en concreto, entre un texto imaginado que existe y un texto real que ya no existe. Con una intriga casi novelesca, en el libro se entremezclan el misterio de cuatro siglos que rodea a un manuscrito perdido y la erudición de un historiador que busca desentrañar el misterio y aclarar su conexión con Cervantes y Shakespeare. Para lograrlo, Chartier sigue la pista de la historia de Cardenio, incluida en la primera parte de El Quijote (1605).

La historia cuenta la desdicha de Cardenio, quien presenció impotente el casamiento de su amada Luscinda con don Fernando, un noble desalmado que poco antes había abandonado a la humilde Dorotea tras desflorarla con argucias. Después del matrimonio de Luscinda, el desdichado Cardenio huyó a la Sierra Morena, y allí erraba hasta su encuentro con don Quijote, cuya intervención permitió desfacer el entuerto. La historia tiene un final feliz, pero su dramatismo no pasó desapercibido para los contemporáneos de Cervantes.

En cerca de 300 páginas, Chartier estudia la difusión de la historia de Cardenio en España, Francia e Inglaterra, rastreando tanto las adaptaciones de un texto que aún existe, la historia inserta en El Quijote, como las reconstrucciones de otro texto que ya no existe: una adaptación teatral en inglés titulada Cardenno, que fue representada dos veces en la corte de Jacobo I en 1613. La autoría de esa adaptación se desconocía hasta 1653, cuando resultó atribuida a Shakespeare. Una atribución polémica desde entonces, y que críticos, investigadores, escritores y aficionados han tratado de confirmar o refutar. De ahí que para muchos de ellos localizar el manuscrito de Cardenno se haya convertido en una especie de búsqueda del Santo Grial.

Chartier no ha descubierto el paradero del manuscrito, aunque ha realizado un hallazgo igual de fascinante. La historia de Cardenio es un ejemplo excelente de la inestabilidad y las transformaciones constantes de los textos en la Europa moderna; una idea que vertebra la obra de Chartier y que representa una de sus aportaciones más novedosas a la historia cultural. La primera parte de El Quijote, incluyendo la historia de Cardenio, fue traducida al inglés en 1606. Si bien no se imprimió hasta 1612, habiendo circulado mientras tanto como copia manuscrita. Este y otros ejemplos confirman que la cultura del manuscrito no fue reemplazada de inmediato por la cultura tipográfica, sino que el libro manuscrito y el impreso convivieron durante décadas, como hoy ya conviven el libro impreso y el electrónico. La inestabilidad y las transformaciones también afectaron sobremanera a la supervivencia de los textos. Alrededor del sesenta por ciento de las obras de teatro inglesas representadas entre 1576 y 1642 no han dejado ningún trazo escrito. Además, la mayoría de las obras supervivientes fueron redactadas por varios autores. Así debió ocurrir con Cardenno, escrita por Fletcher y acaso Shakespeare.

Tan extendida estaba la práctica de la autoría colectiva que nuestra actual fascinación por el “Autor” hubiese resultado incomprensible para los hombres y las mujeres de los tiempos de Shakespeare y Cervantes. Según Chartier, esta diferencia cultural obedece a un cambio discursivo ocurrido en los siglos XVII y XVIII, cuando fraguó el concepto moderno de autor. Como resultado, desde entonces toda obra literaria que se precie debe ser el producto de un único autor. Esta individualización del autor ha afectado al propio Shakespeare, quien escribió entre dos eras. La era de obras anónimas como El lazarillo de Tormes y la era poblada de autores famosos como Voltaire. Para los lectores modernos, Pericles o Los dos nobles caballeros no son obras canónicas dado que Shakespeare no fue su único o, en su defecto, principal autor. Sin embargo, en Inglaterra a comienzos del siglo XVII, a los espectadores les importaba poco si la pieza teatral era obra de uno o varios autores. En 1613 los King’s Men, la compañía teatral en la que participó Shakespeare, representaron Cardenno en la corte real, aunque hubo que esperar hasta 1653 para que el librero Humphrey Moseley la atribuyese a “M. Fletcher. & Shakespeare”. Ese extraño punto y seguido después de Fletcher ha acrecentado las dudas: ¿se trata de un error tipográfico o de un añadido posterior?

Lewis Theobald pertenecía a la era fascinada por el “Autor”. No en vano dedicó su carrera a editar las obras de Shakespeare. Cardenno era una obra suya. Theobald no tenía ninguna duda, es más, dijo haber descubierto el manuscrito perdido. Tras adaptar su contenido a las convenciones y costumbres de 1727, Theobald llevó la obra a escena con el título de Double Falsehood. Ya entonces se dudó de su autenticidad; cuestionada en especial por Alexander Pope, otro editor de Shakespeare. La investigación más reciente, aplicando métodos sofisticados para encontrar las huellas del “Autor”, absuelve a Theobald de la acusación de fraude. La investigación no aclara si el texto de base que usó era el manuscrito perdido de 1613 o una copia posterior y tal vez modificada, pero sí aclara que el texto de base debe más a Fletcher que a Shakespeare.

La polémica sobre el autor verdadero y el contenido exacto de Cardenno no ha cesado. Al contrario, se ha recrudecido en las últimas tres décadas. El descubrimiento del manuscrito perdido figura en varias novelas recientes, y a la vez se ha producido una avalancha de representaciones teatrales a escala global. Un claro ejemplo es Cardenio: una adaptación libre escrita por el dramaturgo Charles Mee y Stephen Greenblatt, editor y biógrafo de Shakespeare. Para no ser menos, la Royal Shakespeare Company canonizó la obra perdida mediante el estreno en 2011 de su propia versión de Cardenio. Y la cuestionada Double Falsehood se incluyó en la colección Arden —la edición crítica de referencia de las obras de Shakespeare. Los editores justificaron su inclusión alegando que el texto presenta similitudes lingüísticas y estructurales con las obras canónicas de Shakespeare.

Umberto Eco dice que mientras escribía El nombre de la rosa acabó por descubrir el secreto escondido en las páginas del segundo libro de la Poética de Aristóteles. Como el Cardenno de 1613, esa obra aristotélica es un texto perdido que fue imaginado por un escritor siglos después. Más que imaginar el contenido perdido de Cardenno, Roger Chartier consigue revivir el código de la cultura europea entre finales del siglo XVI y comienzos del XVIII. Y lo hace escribiendo la historia de un manuscrito perdido condenado desde hace cuatro siglos a buscar un autor. Semejante historia no la habría imaginado ni Borges en el más laberíntico de sus sueños.

Álvaro Santana Acuña. Historiador y doctorando en sociología por la Universidad de Harvard. Actualmente es miembro del Minda de Gunzburg Center for European Studies y el Mahindra Humanities Center.

Palmeras de la brisa ácida

ácida

Juan Villoro,
Arrecife,
Anagrama,
Barcelona, 158 pp.

Leí Arrecife de Juan Villoro en formato electrónico. Es la primera novela que leo de este modo aún incipiente en el mundo de habla hispana. Acaso el dato se antoje menor cuando la intención es ofrecer las razones por las que considero que esta novela de Villoro —la quinta en su cuenta— es el libro que mayor placer literario me proporcionó y, por tanto, no dudo en colocarlo como el mejor publicado en 2012.

Tal vez —decía— la mención de haberlo leído en formato electrónico parece accesoria pero, para mi propia experiencia como lector, no lo fue: donde hay buena literatura, no importa el formato que se utilice. Y Arrecife es una novela angelada y bien conseguida que transita por un entramado de temas y subhistorias que le otorgan una dimensión rica y memorable a la trama principal. La gran sorpresa de esta articulación es que, al final, uno es el que debe escoger cuál es la trama principal.

Porque Arrecife es una novela policiaca en la que se descifran dos asesinatos vinculados. Pero también es la novela que completa una parte de la historia del rock mexicano marginal al indagar a dónde fueron a parar los sueños y las creencias de los rockeros que vivieron —según su romántico y delirante modo de pensar— la contracultura nacional en las últimas décadas del siglo XX. Al mismo tiempo es una puesta en perspectiva de la tendencia a modificar hasta el “extremo” todo lo que hoy en día no despierta pasión alguna o alimento espiritual presentado en sus formas naturales o tradicionales. Cuando las cosas del mundo ya no saben a nada, hay que inventar —por ejemplo— el turismo extremo, y aun una secta practicante del deporte extremo para morir “heroicamente”.

La novela transcurre en un complejo turístico estrambótico llamado la Pirámide, sito en una Kukulkán que sirve para asentar el tono apocalíptico en el que toman parte las creencias acerca de las profecías mayas. Y si Villoro narró en una notable crónica de viaje la historia de su familia, en la que las palmeras recibían gozosamente la brisa rápida, esta imagen queda pervertida por la artificialidad de la vegetación que rodea a la Pirámide, y que sólo sirve para camuflar las cercas electrificadas en este coto de lujo delirante y experiencias virtuales (que guarda cierto parentesco con la isla de del doctor Moreau y —por ende— con la de Morel: por la naturaleza extrema en los animales-humanos creados por el perverso científico en el primer caso; y por el artificio deshumanizante en el segundo). El resultado es un ámbito angustiante y desolado, falsamente confortable y excitante, rodeado de manchas de población en pobreza extrema.

En este paraíso apocalíptico, la guerrilla, sus asaltos y sus secuestros están incorporados al concepto turístico del complejo, mientras que los ríos subterráneos de la península son surcados por buzos narcotraficantes. Y mientras los grandes hoteles a la orilla de la playa van siendo abandonados y habitados por iguanas que se alimentan de las sábanas, las compañías aseguradoras multinacionales se enriquecen obscenamente utilizando esas ruinas de la modernidad como magníficos lavaderos de dinero. Al denunciar el aprovechamiento de los nuevos vicios que está generando la acaudalada decadencia de los ricos, Arrecife se emparenta también con la puesta en perspectiva del turismo sexual entablada por Houellebecq en Plataforma.

Como obra policiaca, Arrecife consigue mantener la atención del lector sostenidamente, pues donde hay cadáver hallado en situaciones misteriosas, hay materia y, como en las clásicas novelas de sitio cerrado, el aislamiento acotado del espacio de la Pirámide hace que los pocos personajes que ahí laboran en altos puestos sean los sospechosos. Hay un inspector inolvidable que los domingos es pastor protestante; hay coartadas límpidas y bien estructuradas, hay cuestionamientos morales bien atendidos por el sentido del humor y, sobre todo, hay una evolución del protagonista, cuya vida presente y pasada nos es revelada —y la futura queda muy bien planteada—. Esta última es la novela con la que yo me quedo, misma que transcurre articulada con la indagación policiaca y la puesta en perspectiva del turismo extremo (inventado por una suerte de mesías también extremo, amigo de la infancia del protagonista).

En esta subtrama —la del pasado del protagonista, cojo y sin una falange, y su participación en la contracultura rockera de fin de siglo— encuentro al Villoro de sus primeros cuentos: el niño que oía a Yes mientras se bañaba en tina; al adolescente que tradujo las letras de sus canciones favoritas en El rock en silencio; y al que asimiló aplicadamente la lectura de la narrativa de José Emilio Pacheco y de sus hermanos mayores, como José Agustín, que escribía novelas con soundtrack. Los pasajes de la amistad de los niños Tony y Müller que es relatada en esta subtrama se antojan excepcionales en la narrativa mexicana, donde escasean los niños. Y luego, el Tony juvenil que toca el bajo y admira a Jaco Pastorius, y la banda de nombre atinadísimo: los Extraditables, que fue telonera de Velvet Underground.

Me alegra haber leído Arrecife en versión digital en la compu: así tuve acceso inmediato al soundtrack que completa la visión del mundo planteada en esta novela extraordinaria.

Noé Cárdenas. Escritor, editor y crítico literario. Dirigió el suplemento Sábado de unomásuno.

Benjamin Black: El novelista patólogo

Black

John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) en el año 2006, por acuerdo con una editorial inventa una nueva voz en su escritura, adopta el seudónimo de Benjamin Black. Desde entonces ha escrito seis novelas que le han dado un lugar central en la narrativa de suspenso contemporánea. Su detective, Quirke, camina a la par de Kurt Wallander de Henning Mankell y Lisbeth Salander de Stieg Larsson.

Banville se ha consagrado en Irlanda lo cual no resulta del todo fácil. Es inevitable pensar en escritores como Oscar Wilde, James Joyce o Samuel Beckett, a los que podemos sumar otra larga lista de… ¿genios? Wilde con su despliegue de inteligencia en el género que se le antoje, Joyce con novelas que exploran la conciencia y el lenguaje o Beckett con una lúcida y lúgubre visión del ser humano.

Banville se ha construido en esta tradición como un digno heredero. Escribiendo novelas sobre grandes genios de la historia: Kepler, Copérnico y Newton. Su escritura es emblemática, en la novela europea, de esa extraña búsqueda que es hacer Gran Literatura. Entre sus obras más importantes están El libro de las pruebas, finalista del Premio Booker que obtuvo después con El mar. Su obra es considerada entre las más influyentes de la literatura europea. A tal grado que Martin Amis ha dicho: “John Banville es un maestro y su prosa, un deleite incesante”. Su última novela, Antigua luz, es una deslumbrante apología del erotismo. Tan profundo es su amor a la escritura, a la literatura, que recientemente declaró: “Lo siento, la escritura es mucho más interesante que la vida”.

Con todo, da de alguna forma la espalda a todo este prestigio y trabajo de más de 30 años al escribir como Benjamin Black. Es acertado el término inglés pen name puesto que se adquiere otra pluma, otra mano, otro cuerpo. Da la espalda a su escritura anterior porque se trata de escritores antípodas. Al respecto, advierte un reseñista del Newsday: “Hará a no pocos lectores cerrar el libro para ver la foto del autor y estar seguros que es Banville realmente quien mueve las cuerdas”.

Estamos ante algo más complejo que un simple seudónimo. Porque cambiarse el nombre es algo que hacen todos los artistas. Son pocos los que no lo han hecho. Omitir un apellido, ponerse el de los abuelos o algún héroe personal. La primera creación de un autor es, no cabe duda, la de su nombre.

Hay algunos que han llegado más lejos y han descubierto que no son sólo un autor sino que habitan diversas voces dentro de ellos. Exigen algo más que un nombre falso, sino un nombre que defina a otro individuo. Desde luego que el ejemplo paradigmático es Fernando Pessoa, tan complejo que más vale ahora no tocarlo. Pensemos en cambio en Barbara Vine que adquiere la voz policiaca de Ruth Rendell; Julian Barnes que es Dan Kavagnagh o en otros dos, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges que firmaron novelas policiacas como Honorario Bustos Domecq.

Los autores han tomado otro nombre para escribir novelas policiacas. Esto lo hicieron en parte por razones económicas —pues la novela policiaca dio para comer a los escritores durante el siglo XX; también porque este género implica una voz específica: una estructura novelística cerrada en la que lo más importante es resolver el caso. Un álter ego necrófilo, llano y directo. Dice el autor: “Bajo el sombrero de Banville puedo escribir 200 palabras al día. Un día decidí que podía convertirme en otro y bajo ese segundo sombrero, en esa segunda piel, puedo irme a comer tras haber escrito un millar de palabras, tal vez dos mil, y disfrutar con ello. Es increíble descubrir cómo otro tipo puede vivir tu vida y usar tus manos y deleitarse con eso”.

Pero el género policiaco va más allá de una simple estructura concisa. Pasó de las novelas de enigma donde asesinar es un acto de locura o excentricidad, a la novela negra, donde a partir de un crimen se retrata una sociedad. Hay algo que no funciona y se concentra en crímenes que lo demuestran. Lo importante ya no es resolver el crimen, sino descubrir una sociedad, una naturaleza.

Me gusta pensar que la novela negra comienza con una escena de El halcón maltés de Dashiell Hammett: un hombre camina por las calles de Nueva York, una viga se desprende del décimo piso de un edificio en construcción y le pasa rozando la cabeza. Un segundo, un centímetro más y habría muerto. Según dice Hammett: “Se sintió como si le hubiesen quitado la tapadera que cubre la vida, permitiéndole ver su mecanismo”. Encuentra la realidad desencarnada. Sin venas que la recorran, el mundo desnudo, sin ninguna lógica. Descubre el esqueleto de la vida.

Cuando pensábamos que después de Hammett o Chandler ya todo estaba dicho en la novela negra, Black se hace tranquilamente de un lugar.

Benjamin Black debuta con El secreto de Christine (2006) a la que siguieron El otro nombre de Laura (2008), El lémur (2008), En busca de April (2010) y Muerte en verano (2011). Todas protagonizadas por el patólogo Quirke: huérfano, viudo, con problemas de alcoholismo y enamorado de la hermana de su esposa muerta. Un hombre, a fin de cuentas, normal.

El secreto de Christine se abre paso a través del Dublín de los años cincuenta entre los pecados ocultos de un convento católico y una familia. Quirke, tras una borrachera en el hospital, descubre a su cuñado hurgando en los papeles del cadáver de una joven que murió post partum. Se involucra en el caso diciéndose a sí mismo que lo hace por curiosidad pero el tema en realidad toca profundamente sus entrañas.

Conforme avanza la historia se siente que hay algo putrefacto en el ambiente. Algo que a Quirke y al lector les hacen sentir una claustrofobia moral.

El detective siempre está involucrado emocionalmente en los crímenes. Resolverlos o al menos buscar la verdad, es más que un trabajo o un deber moral. Lo hace, aunque él no lo sepa, para descubrir lo que está dentro de él.

El otro nombre de Laura comienza con un extraño suicidio de una joven mujer. Estamos ante un Dublín irascible, depravado por conservador. Un extraño gigoló heroinómano está involucrado en la muerte de la joven. Junto a una red de drogas y sexo ilícito. Y, este hombre, anda nada menos que rondando a Phoebe, la hija de Quirke.

Publica luego El lémur, novela ubicada en el presente que explora los escabrosos orígenes de una fortuna formada en el Dublín de los cincuenta. Aquí Black hace de la novela policiaca un estudio de la estirpe irlandesa en Estados Unidos.

En busca de April trata sobre una extraña desaparición de una mujer. En este caso la detective es la hija de Quirke, Phoebe, pues la mujer que desaparece es nada menos que una de sus mejores amigas. Es una novela sobre los entresijos, las incógnitas de la amistad.

Las novelas se convierten, en sentido propio, en una droga. El lector por mediación del narrador, puede crear verdaderas fisuras en la intimidad o en las conciencias de otros individuos, los personajes. Porque lo que hay a fin de cuentas en cualquier novelista es una búsqueda de un conocimiento del ser humano. O, en específico, de sus personajes que son reflejos del mundo.

Conforme se leen estas novelas vamos descubriendo con cada escena a seres complejos, personajes que sufren extrañeza al descubrirse en este mundo con un puñado de confusos sentimientos.

Con Muerte en verano, los lectores de Black tienen la sensación de estar en un lugar conocido, con personas a las que se conoce bien. Esta novela toca puntos dolorosos para Irlanda como las diferencias de clase y el antisemitismo, del cual había dicho el célebre personaje de James Joyce, Buck Mulligan, que nunca hubo antisemitismo en Irlanda simplemente porque nunca habían dejado entrar a los judíos.

El lector se encuentra ya tan inmerso en el mundo de Quirke, que es capaz de hacer fisuras, cortes en los personajes y en sus criterios. Esto se debe a un cuidadoso desdoblamiento: John Banville, el de la pluma virtuosa; Benjamin Black, necrófilo y oblicuo; y Quirke, quien se asoma a los cadáveres.

Estos álter ego muestran una analogía que dice mucho. El detective es un patólogo que explora las entrañas de los muertos, ve lo que hay bajo la carne: el páncreas, los pulmones, el hígado, la grasa y el corazón. De igual forma estas novelas auscultan las vísceras de una sociedad, de una ciudad. Se internan en la naturaleza humana.

Banville declara que fue a partir de las lecturas de George Simenon que decidió incursionar en el género policiaco. Descubrió la existencia del mal en el ser humano. La certeza de una parte desgraciadamente intrínseca en nosotros. El mal, la destrucción, el morbo, la amargura, la perversidad, la traición, la hipocresía. Que todo esto causa suicidios, violaciones, asesinatos.

Estamos ahora a la espera de la última novela, Venganza. Seguro es otra historia dura, para paladares de gustos densos, mórbidos, oscuros. Paladares irlandeses como la cerveza Guinness.

Adán Ramírez Serret. Crítico literario. Ha colaborado en las revistas El Mono Gráfico, Tramoya: cuaderno de teatro y en el Periódico de Poesía de la UNAM. Actualmente está a cargo de la sección de “Libros” en el noticiero Atando Cabos con Denise Maerker.

De la A a la Z

Aniversario. Se cumplen 50 años de la publicación de Recuerdos del porvenir, de Elena Garro, el libro que Octavio Paz definió con toda razón como “una de las creaciones más perfectas de la literatura hispanoamericana contemporánea”. Con la guerra cristera de fondo, el pueblo habla: “—¡Viva Cristo Rey! El grito se prolongaba en los portales. Sonaron disparos persiguiendo aquel grito que dio la vuelta al pueblo. A oscuras lo correteaban los soldados y él surgía de todos los rincones de la noche. A veces corría delante de sus perseguidores, luego los perseguía por la espalda. Ellos lo buscaban a ciegas, avanzando, retrocediendo, cada vez más enojados. Después, durante noches y noches, se repitió el baile del grito y de los soldados que zigzagueaba por mis vericuetos y mis calles”. (Joaquín Mortiz, 2010.)

Beber. “Beber alcohol, embriagarse es un deporte, te aficionas y ya, lo haces desde joven y no te preguntas. Si no tomara unos tragos todos los días, el futuro vendría a chingar y a darme de puntapiés. ¿Te gustaría vivir con un hombre atiborrado de patadas en el culo? Estoy seguro de que me despreciarías aún más. Además, los ebrios deben beber, no preguntarse por qué beben; necesitan concentrarse en sus asuntos. Son bebedores no filósofos”: Guillermo Fadanelli, Mis mujeres muertas (Grijalbo, 2012).

Carta. “Cartas de amor a un dictador”, la introducción al libro de Diane Ducret, Las mujeres de los dictadores, nos revela que Adolf Hitler recibió más de 10 mil cartas hacia 1945, entre ellas: “Mi Führer, hoy puedo afirmar que mi voto de lealtad y amor absoluto, mis ideas y mis sentimientos sólo le pertenecen a usted, mi Führer, mi hombre tan amado, el más noble, el más grandioso, el más maravilloso, único y genial, enviado de Dios, sólo a usted, mi Führer, sólo a su misión y su redención pacíficas, sólo a usted, hijo elegido, ungido, coronado y amado de Dios, celeste mensajero de paz, ejecutor de la voluntad divina en la tierra, su pueblo y su Reich pangermánico, y su magnífico ejército de héroes […]. Mi Führer, Señora Dagmar Dassel”. (Traducción de Núria Petit Fontseré, Aguilar, 2012.)

Desconocidos. “Los desconocidos también cumplen una rutina y en ocasiones se convierten en una costumbre. […] Reconocer a un desconocido puede suponer el principio de una pequeña intromisión intempestiva. En secreto se establece una curiosidad acaso recíproca. Sin que se lo propongan, se vuelven testigos mutuos de algunas de sus reiteraciones cotidianas. A veces terminan por conocer el lugar al que se dirigen diariamente a determinada hora. Advierten algunas de sus preferencias, como el periódico que leen, los anuncios en los que se detienen, sus gestos elementales, la manera en la que se distraen a la espera. Se conoce la ropa que repiten, pero con frecuencia se desconoce el sonido de su voz”: Javier García-Galiano (La silla de Karpov, Ficticia Editorial, 2012).

Emociones.
A propósito de su más reciente libro, El gobierno de las emociones (Herder, 2011), un entrevistador de la revista Filosofía hoy le hizo este comentario a la filósofa Victoria Camps: “Las emociones más incapacitantes, en su opinión, son las que, como la tristeza, merman la potencia de actuar y desmoralizan al ser humano. El miedo, la vergüenza, la indignación, la culpa pueden bloquear a quien los padece y hacer que su vida se detenga, inhibiendo sus deseos y la capacidad de elegir”. Camps añadió esto en su respuesta: “Efectivamente, las emociones son necesarias porque sin ellas no hay motivación para actuar. Pero hay emociones inadecuadas, que sólo nos inhiben de actuar o nos llevan a actuar erróneamente. El miedo o la vergüenza pueden ser buenos, pero pueden paralizar la acción. Indignarse está bien si el objeto de indignación merece esa reacción, pero puede ser pueril. Conocer el porqué de las emociones y gobernarlas es, a mi juicio, lo que hace la ética”.

Filosofía. Ética de urgencia (Ariel, 2012) “no es —escribe Savater en la presentación— una obra directamente escrita por mí, sino la transcripción cuidadosa y selectiva de coloquios que he mantenido en dos centros de enseñanza”. En uno de esos coloquios afirmó: “Cada vez que nos hacemos una pregunta filosófica estamos tratando de averiguar algo más sobre nosotros. En lugar de vivir rutinariamente, por imitación, porque no hay más remedio, porque nos han dado un empujón y tenemos que seguir, hacemos el esfuerzo de vivir deliberadamente. En cierto sentido, nos ponemos a andar mirándonos los pies, no levantamos la vista, y eso es problemático, y tiene riesgos, claro, porque podemos tropezar. Pero es que la filosofía no sirve para salir de dudas, sino para entrar en ellas. Las personas que no dudan nunca son las que nunca filosofan; son personas serias, incapaces de asombrarse”.

Gajes del oficio. Descubrimientos. Crónicas inéditas de Clarice Lispector, incluye una entrevista que la escritora brasileña le hizo a Pablo Neruda en 1969. Lispector le preguntó: “¿Cuál fue la mayor alegría que tuvo por el hecho de escribir?”, y Neruda respondió: “Leer mi poesía y ser oído en lugares desolados: en el desierto a los mineros del norte de Chile, en el Estrecho de Magallanes a los esquiladores de ovejas, en un galpón con olor a lana sucia, sudor y soledad”. (Traducción de Claudia Solans, Adriana Hidalgo, 2010.)

Instrucciones. El poeta y periodista Jeremías Marquines tomó la figura y la obra de Malcolm Lowry durante un viaje del escritor a Acapulco en 1936, y escribió el poema “Instrucciones para escribir estando borracho I”: “Tener un gallo negro que te pique los ojos./ Tocar el ukulele en el cementerio, bajo/ la salpicada luz lunar de un único farol./ Abrir paraguas dentro del sueño de tu padre/ donde caen las frescas gotas de su amargura./ Y gin con jugo de naranja todas las mañanas”. (Acapulco Golden, Era, 2012.)

Jogo bonito. “Lo inventaron los brasileños —por eso la expresión en portugués— con su talento endemoniado, y tratan de practicarlo a veces equipos de otras latitudes, no siempre con buenos resultados. Se dice que lo encarna aquella escuadra que da espectáculo y aporta belleza, con toques de primera y piruetas sobre un escenario empastado. El público suele retribuir con aplausos espontáneos cualquier intento genuino de convertir al futbol en un arte. Los equipos brasileños malos y pragmáticos suelen ser denunciados por el comentario deportivo por su traición a los orígenes del jogo bonito”. (Francisco Mouat, Patricio Hidalgo, Diccionario ilustrado del futbol, ilustraciones de Guillo, Lolita Editores, Santiago de Chile, 2012.)

Llamamiento. Gracias a la difusión que Ricardo Bada hace de la revista digital Frontera D, me entero: “Aunque sus ecos apenas han llegado hasta nosotros y ningún periódico español lo ha publicado, hace unas semanas el diario francés Le Monde y el italiano La Reppublica lanzaron el ‘Llamamiento a los 451’ (en homenaje al Farenheit 451, de Ray Bradbury), un colectivo que reúne a otros tantos editores, correctores, impresores, distribuidores, libreros, traductores y bibliotecarios de todo el mundo. Denuncian la degradación acelerada que están sufriendo las formas de leer, producir, compartir y vender libros […]: ‘No podemos avenirnos a reducir el libro y su contenido a un flujo de datos electrónicos clicables [sic] hasta la náusea; lo que producimos, compartimos y vendemos es, ante todo, un objeto social, político y poético’ ”.

Manzanas. “Esquivando la terrorífica mirada de su madre,/ un par de rosadas manzanas me dio una grata mujer./ Quizá el fuego mágico de los amores furtivamente se mezcló/ con las manzanas enrojecidas: soy un desgraciado/ prendido a una llama. Pero en vez de pechos,/ oh dioses, en mis manos frustradas tengo manzanas”: “Sin título”, de Paulo. (Epigramas eróticos griegos. Antología Palatina, traducción y notas de Guillermo Galán Vioque y Miguel A. Márquez Guerrero, Alianza Editorial, 2001.)

Normalidad. En El hijo eterno el escritor brasileño Cristovão Tezza revela sus más íntimos pensamientos al conocer la noticia de que su hijo nació con síndrome de Down: “Como en el cómic imaginario, donde los hechos se suceden sin interrupción, él ya está en casa. Hay un simulacro de normalidad, desde el muñequito azul en la puerta del cuarto del hijo —los regalos, los paquetitos, las sonajas colgadas, los adornos, la increíble parafernalia de un recién nacido, pañales, talcos, ropa, zapatitos, baberos, juguetes— hasta las más pequeñas medidas. Padre y madre platican como si no estuviera pasando nada, hasta que un pequeño brote de depresión aflore, y entonces un ligero gesto del otro reponga la normalidad posible, en una balanza compensatoria”. (Traducción de María Teresa Atrián Pineda, Elephas, 2012.)

Orar. Ora, lege, lege, relege, labora et invenies: ‘Ora, lee, lee, relee, trabaja y encontrarás’. Esta es una de las dos únicas líneas de texto escrito que aparecen en el célebre libro mudo (Mutus Liber), documento de la alquimia tradicional, consistente en una serie de grabados”: Diccionario de expresiones y frases latinas de Víctor José Herrero Llorente (Gredos, 1992).

Pintura. Afirma Georges Bataille sobre la pintura de Van Gogh: “No veremos el sol ‘en toda su gloria’ hasta 1889, con motivo de la estancia del pintor en el manicomio de Saint-Rémy, es decir, después de la mutilación. La correspondencia de esta época demuestra que la obsesión estaba alcanzando un punto culminante. Fue entonces cuando empleó en una carta a su hermano, la expresión ‘el sol en toda su gloria’ […] Para representar la importancia y el desarrollo de la obsesión de Van Gogh es necesario poner en relación los soles con los girasoles. Esta flor también es conocida con el propio nombre de sol, y en la historia de la pintura está unida a la figura de Vincent Van Gogh, que escribía que de alguna manera él tenía el girasol (al igual que se dice que Berna tiene el oso, o Roma la loba)”. (La oreja de Van Gogh, Casimiro libros, Madrid, 2011.)

Rulfo. Dos libros recientes sobre Juan Rulfo. Uno que se ocupa de su obra, escrito por Françoise Perus: Juan Rulfo, el arte de narrar (Editorial RM/Unam/Fundación Juan Rulfo, 2012) y otro, Cartas a Clara (Editorial RM/Fundación Juan Rulfo, 2012) que revela la intimidad del escritor: “Yo siempre me he sentido miserable, enormemente miserable, como te lo he dicho varias veces. Mucho, porque yo he querido serlo, mucho porque me han hecho sentir que lo soy. Me han golpeado, sabes, me han dado duros golpes en eso que le llaman sentimiento. No sé quién: pero sí sé que a veces, cuando me examino el alma, la siento un poco quebrada (junio de 1947)”.

Suicidio. Libros, películas, arte, sustancias, lugares, formas, causas, todo lo relacionado con el suicidio lo documenta de manera minuciosa Carlos Janín, catedrático y pintor, en su Diccionario del suicidio (Laetoli, Pamplona, 2009): “La muerte voluntaria —escribe­­— obedece a las más variadas motivaciones, reviste las formas más peregrinas y recurre a los métodos más impensados. Es tan polimorfa e imaginativa que siempre dejará sin argumentos a quien quiera rebatirla o exaltarla, borrando todas las fronteras, sembrando la confusión e impidiendo todo maniqueísmo. […] Esta visión panorámica de un fenómeno tan extendido a través del tiempo y del espacio […] puede ayudar a entender ese instinto de muerte y autodestrucción que opera incesantemente en él, y a desentrañar la excéntrica conducta del imprevisible ser viviente que somos todos nosotros”.

Traducción. Sergio Parra, bloguero de Papel en Blanco, comparte que “la empresa Today Translation realizó una encuesta entre mil lingüistas de todo el mundo para escoger la palabra más difícil de traducir en todos los idiomas. La palabra escogida pertenece al idioma tshiluba (hablado en la República del Congo) y ha sido ilunga: ‘una persona que está dispuesta a perdonar cualquier abuso la primera vez, a tolerarlo la segunda, pero no la tercera’”.

Utilidad. “Estar echado en la cama sería la experiencia perfecta y suprema, a condición de tener un lápiz de colores bastante largo para poder hacer dibujos en el techo. Pero un adminículo de ese tipo no forma parte, en general, del ajuar doméstico. Por mi parte creo que la cosa podría arreglarse mediante unos cuantos cubos de pintura y una escoba. Ahora bien, si uno trabajara de un modo realmente barredor y magistral y aplicase el color en grandes masas, el color gotearía sobre la cara del que está tumbado, en olas de rico y mezclado color como el de alguna extraña lluvia de cuento; y esto no dejaría de tener sus desventajas. Sospecho que para esta forma de composición artística sería necesario limitarse al blanco y negro puros. Y en realidad para este fin un techo blanco sería de la mayor utilidad. En realidad es la única utilidad que se me ocurre para un techo blanco”: G. K. Chesterton. (“Echado en la cama”, Enormes minucias, traducción Vicente Corbi, Espuela de Plata, Salamanca, 2011.)

Vagabundos. En “Niños vagabundos”, una de las crónicas incluidas en El paseante de cadáveres. Retratos de la China profunda, un niño callejero de 14 años confiesa al escritor y periodista Liao Yiwu que no teme ser llevado a una correccional de menores: “Chengdu está lleno de niños como yo, algunos dentro de colegios y otros que se han escapado de casa. Si nos juntaran a todos llenaríamos un colegio entero. ¿Y qué tiene de malo una correccional? Te dan comida y ropa gratis y, además, no te obligan a estudiar. Las clases también son gratis, no hay que hacerles regalos a los profesores y no se gasta el dinero en lo que no se debe. Xiemin y yo ya lo hemos hablado muchas veces, cuando cumplamos quince o dieciséis años queremos entrar en uno. Ahí dentro se hacen hombres, se hacen héroes”. (Traducción de Leonor Sola, Sexto Piso, México, 2012.)

Zeta.
Se queja Javier Marías: “La RAE ha decidido que el nombre de esa letra se escriba sólo con c, porque con ésta se representa ese sonido —en parte de España— antes de e y de i. Siempre me pareció tan adecuado que el nombre de cada letra incluyera la letra misma que durante largo tiempo creí que la x se escribía ‘equix’, aunque todos digamos equis y así se escriba de hecho. Pero es que además el reciente Diccionario panhispánico de dudas, de la misma RAE, valida grafías como ‘zebra’ (aunque la juzga en desuso), ‘zinc’ o ‘eczema’. Y, desde luego, no creo que se oponga a que sigamos escribiendo ‘Ezequiel’. No veo, así pues, por qué ‘zeta’ pasa a ser ahora una falta. No está mal que haya algunas excepciones o extravagancias ortográficas en las lenguas y en español son tan pocas que no veo necesidad de suprimirlas”. (Lección pasada de moda. Letras de lengua, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2012.)

Delia Juárez G. Editora y traductora. Su libro más reciente es Gajes del oficio. La pasión de escribir.

El abismo de la libertad: Una entrevista con Fernando Savater

La tardé en que me reuní con Fernando Savater hubo gritos en las calles. Contingentes del movimiento #YoSoy132 protestaban y cerraban la circulación que lleva a Polanco, donde esperaba Savater. Esta es la primera pregunta que quiero hacerle pensé: protesta, violencia, indignación en México y España.

Savater

Desde hace muchos libros Savater se ha convertido en un escritor y un periodista central de la vida pública hispanoamericana. El lugar que ocupa y por el cual cualquier periodista e intelectual pactaría con el diablo se desprende de una obra vasta y compleja, de una reflexión inteligentísima y un trabajo de carbonero a lo largo de los años. Savater habló de México y de España, de la estupidez, de las drogas, de la política, de la novela y relacionamos estos temas con algunos de sus libros: El contenido de la felicidad, Diccionario filosófico, Mira por dónde. Autobiografía razonada y Los invitados de la princesa (Premio Primavera 2012). Savater, a escena.

Rafael Pérez Gay: El primero de diciembre, una marcha de protesta en contra del presidente Enrique Peña Nieto convocada por #YoSoy132 terminó en disturbios, desmanes y enfrentamientos entre grupos de jóvenes armados de bombas caseras, cadenas, arietes en llamas y la policía que los repelió con gases lacrimógenos, toletes, golpizas aquí y allá. ¿Ves alguna relación entre estos hechos de protesta y el momento español. Los une acaso la indignación ciega, la protesta, el rechazo? ¿Cómo ves este momento mexicano, lo relacionas con el español?

Fernando Savater: El momento mexicano lo veo, en principio, bastante más esperanzador. Han habido unas elecciones que se han hecho con la normalidad de las elecciones democráticas, ha habido un ganador con un número cuantioso de votos, hay una serie de propuestas que parece que suenan bien y que tal vez se lleven a la práctica y mejoren una serie de problemas que, efectivamente, son graves.

Hay unas propuestas positivas y, sobre todo, no hay una situación en lo económico, en lo social, como desgraciadamente hay en España, donde hay protestas por todas partes, protestas violentas que probablemente no tienen especial justificación, que probablemente son movidas por manos interesadas en crear disturbios. Como siempre, lo que cuenta no es la protesta, sino la propuesta. Es decir, lo que cuenta no es la disconformidad global y genérica, sino las propuestas que es lo que debería haber, esto falta muchas veces.

En España, desgraciadamente, lo que tenemos es un horizonte mucho más cerrado en este momento, tenemos una situación económica crítica. Estamos dependiendo de ayuda europea que llega imponiendo más condiciones draconianas a la economía española.

Tenemos, además, una desafección social producida por nuestros movimientos separatistas que son una especie de enfermedad oportunista que siempre acude a los organismos enfermos, como en este caso al Estado español. La situación me parece angustiosa.

RPG: En Ética de urgencia, en El contenido de la felicidad y en general en tu obra hay siempre una definición de la ética como programa de la voluntad: el bien y el mal. Dime si el concepto se ha transformado a lo largo del tiempo o si sigue siendo el mismo.

FS: El concepto de ética sigue siendo el mismo, lo que varía es el campo de acción humana sobre el que se ejercen los principios, la orientación. La ética no es un código, no son unas tablas de la ley, sino que es una perspectiva de valoración y de justificación de los motivos por los que uno opta a la acción o vota por una actitud o por otra.

Los seres humanos estamos condenados a la libertad, como dijo Sartre; no podemos escapar de la necesidad de hacer elecciones, por ejemplo. La ética es el intento de justificar esas elecciones no de acuerdo a los mismos objetivos pragmáticos inmediatos, sino a una cierta concepción global de la vida. Las acciones humanas varían con el tiempo porque nuestra capacidad de acción varía. La Ética a Nicómaco de Aristóteles, que es excelente, carece de reflexiones sobre bioética, por ejemplo. No habla de internet porque naturalmente eran nociones que estaban vedadas a Aristóteles. Lo que varía no es tanto la ética sino los campos de reflexión. Los campos en que el hombre puede actuar y, por lo tanto, puede actuar bien o mal.

RPG: Recuerdo que en el Diccionario filosófico que publicaste hace algunos años en editorial Planeta, hay una entrada sobre la “Estupidez” que me gusta mucho y que termina con una cita de Camus, que dice más o menos así: “Cuando le preguntaron a Camus qué había hecho él para enfrentar los grandes problemas que asediaban a su tiempo y a él, contestó: lo primero, no agravarlos”. ¿Sigues pensando como Albert Camus?

FS: Sí. Creo que, por lo menos, uno debe ser un intento de resolución del problema, pero no parte del problema mismo; es decir, no esa especie de persona que tiene quizá buenas intenciones, pero que su actividad se convierte en una fuente de dramas o de empeoramiento de las cosas. La reflexión sobre la propia conciencia debe llevarle a uno a evitar incidir y aumentar los males, a una actitud restrictiva, a una actitud un poco más de hacer más pequeña la acción en vez de hacerla más grande, eso ensarta dentro de determinadas circunstancias, cuando es fácil agravar las cosas en vez de mejorarlas. A veces hay que emprender el mismo camino, a veces bastante más decididas, bastante más avanzadas, porque las circunstancias lo piden, pero siempre teniendo la idea de que uno no debe ser de los que agravan, sino de los que aligeran las cosas.

RPG: Vivimos en un tiempo, al menos en México, en el cual pareciera que muchos o algunos de los personajes que participan en la vida pública no están muy al tanto de que no hay que agravar las circunstancias, sino tratar de que la acción, como tú dices, sea menor y aligere la escena. ¿Sólo la democracia puede dotar de soluciones a la vida política, a la plaza pública, a la vida social?

FS: No sólo la única forma, todos sabemos que hay muchas otras formas. La democracia es la única forma de que haya verdaderamente una sociedad y no un rebaño con un pastor, un tirano, un matarife. La democracia no es la fuente de la felicidad, ni la solución de todos los problemas, la democracia es el reconocimiento de que todos los seres humanos deben participar en la gestión de sus propios destinos. Eso es, digamos, insuperable, no se trata de que haya a veces unos resultados buenos y unos malos, eso no lo sabemos; evidentemente, en ocasiones la democracia no tiene la garantía de acertar siempre por esas tonterías de que “el pueblo siempre acierta”, no.

RPG: El pueblo casi nunca acierta, Fernando.

FS: Primero, el pueblo no es nada. El pueblo es un conjunto de ciudadanos que se puede equivocar como nos podemos equivocar tú y yo. Decir que el pueblo nunca acierta sería decir: es imposible que jamás llueva aquí. Bueno, a lo mejor llueve porque hay una nube.

De lo que se trata es de que, acierte o no acierte, cada uno de nosotros tiene que participar en la democracia; de hecho los griegos, que llevaban esto hasta las consecuencias más extremas, sorteaban los cargos públicos.

La sociedad debe aceptar que, como todos somos miembros, si el cargo cae en una persona que no es la más competente pues también debemos intentar ayudar a que lo lleve a cabo. Lo que no podemos hacer es crear jerarquías de los que nacen para mandar, los que nacen para obedecer, los que nacen para saber, los que nacen para ignorar, eso es lo que es antidemocrático.

RPG: En ese sentido, ¿la política es la forma y el conjunto de instrumentos que tenemos para que la vida pública no termine a balazos? ¿Eso es la política?

FS: La política es la organización institucional de la sociedad. Sociedad quiere decir que somos socios. Los socios no se tratan de manera violenta, no se intentan asesinar, los socios son socios porque intentar colaborar unos con otros, intentan remediar las carencias de unos y otros porque intentan ganar juntos o minimizar pérdidas juntos, eso es la sociedad y la política es el propósito de institucionalizar ese intento de vivir como socios.

RPG: Otro asunto: en Mira por dónde, tu autobiografía razonada, dedicas un episodio más o menos largo al periodismo. Escribes algo así como esto: “sigo escribiendo en El País precisamente porque cuando me pedían una reseña escribía una reseña y no un soneto”. Hoy El País pasa por una crisis severa, dura, ¿está en crisis el periodismo español?

FS: No. El periodismo mundial está en crisis, no sólo el periodismo español, eso afecta a todos los periódicos porque los periódicos, en papel, tienen fecha de caducidad.
Entonces todas las grandes empresas de periodismo impreso están pasando por momentos difíciles para lograr mantenerse, todos están haciendo reducciones de personal, de gastos; muchas veces incluso de publicaciones que parecían casi mitológicas, como Newsweek, por ejemplo, han desaparecido ya en papel para pasar sólo a online, a internet. Es una tendencia. Yo lo deploro desde mi ancianidad porque he leído o leo cuatro periódicos todos los días, me gusta el papel, la tinta.

RPG: No sé dónde te leí que uno de tus momentos más agradables del día es cuando en la mañana sales de tu cuarto y tomas los periódicos y te sirves un café.

FS: Ahora ese momento va precedido de otro momento que es cuando me despierto, tomo el iPad y leo los periódicos en el iPad; luego lo dejo, me visto, bajo, compro los periódicos y los vuelvo a leer otra vez. Es probable que el periódico como fuente de información inmediata dejará paso quizá al periódico más bien encaminado al comentario, a la interpretación de lo que ocurre; pero ése no es un fenómeno español, es un fenómeno que ocurre en todas partes.

Es verdad, el periódico El País, que a mí me afecta más porque es el mío, ha pasado y está pasando por una fase difícil, ha habido recorte de personal drástico y se están haciendo las cosas a veces con más acierto y otras con menos, pero es una crisis que trasciende, desde luego, a la prensa española.

RPG: En Ética de urgencia hay un ensayo sobre internet…

FS:
Ética de urgencia no son ensayos, ni artículos. Es un diálogo que mantengo con jóvenes. No es un libro que haya escrito, es un libro hablado por mí, es una transcripción de unas conversaciones que he tenido con jóvenes en una serie de colegios e institutos de España a lo largo del comienzo de este año. Eran chicos que habían estudiado la Ética para amador que ha cumplido 20 años de su publicación.

Entonces fueron ellos los que introdujeron nuevos temas, desde las perspectivas laborales de la crisis hasta la crítica, la religión, internet, y yo procuré debatir con ellos, charlamos, intercambiamos opiniones, les contradije en ocasiones. El libro es el resultado de esas pláticas.

RPG: En El contenido de la felicidad defines la bioética como una frondosa rama de la ciencia que se ocupa de dos momentos que tienen que ver con el ser humano cuando éste no puede hacerse cargo de sí mismo: el nacimiento y la muerte. ¿La muerte asistida, la muerte como una opción elegida, el bien morir es una última puerta para salir de la vida?

FS: Creo que la vida no es una jaula, o sea que los seres humanos somos, probablemente, los únicos animales que sabemos que vamos a morir con toda certeza. Mientras que el resto de los animales viven, mueren, pero no saben que van a morir, no conocen su destino; nosotros sí. Esa diferencia hace que todo sea diferente. Nosotros somos mortales y ellos son inmortales porque no saben que van a morir nunca. Frente a eso, la vida para nosotros no es un término zoológico, sino que tiene que ver con el sentido, con la creación, con el placer, con la compañía. Cuando por razones mil se nos hace invivible, imposible ya de mantener esos parámetros que nos hacen indeseable la vida, entonces no cabe más remedio que respetar el deseo de las personas que, por su invalidez, porque ven un muro aciago frente a ellos que no pueden superar, desean ya morir. Mantenerlas artificialmente en vida, convertidas ya prácticamente en vegetales, es algo estúpido y cruel.

RPG:
Hay un libro de Jean Améry que se llama Alzar la mano contra uno mismo (el escritor Améry se quita la vida a los 66 años). Mientras leía, me llenó de inquietud la posibilidad de plantear que uno es capaz de decir bueno, en este momento esto debe terminar. ¿La tecnología, los avances de la ciencia, la forma de alargar la vida, incide en la decisión de vivir más cuando ya la vida es invivible?

FS: Bueno, deseo que en su momento me atiendan lo mejor posible, que el hospital esté bien dotado de todo tipo de máquinas y quisiera que se me aplicaran las medidas curativas si tengo una enfermedad grave. Pero además de todo eso está el sentido que encontramos en la vida. Es decir, un pulmón artificial o una máquina de respiración asistida nos puede prolongar la vida, pero no le va a dar sentido a la vida. El sentido tenemos que darlo nosotros, que buscarlo nosotros. Habrá quien lo encuentre y decida que sigue deseando vivir en cualquier circunstancia, pero otras personas pensarán de forma distinta.

El libro de Améry es una reflexión sobre eso, sobre cómo los seres humanos pueden verse desde dentro, cada uno se ve desde sí mismo, es inútil verse desde fuera.

RPG: Como bien sabes, el gobierno de Felipe Calderón inció una guerra contra el narcotráfico, un combate serio y ciego contra el crimen organizado que ha costado 60 mil muertos. Veo en el consumo de la droga no sólo muerte y violencia sino exploración de un placer, búsqueda, en fin, experimentación con la propia sensibilidad. Y de pronto eso se convierte en un problema político real de violencia desatada. ¿Qué tienes que decirnos al respecto?

FS: Que la distancia que hay, efectivamente, entre ese problema personal y el problema político, global, es la prohibición. Lo que convierte un problema o una decisión privada de una persona que puede estar informada, que puede saber si quiere tomar una cosa u otra, se convierte en un problema para todo un país con cientos y miles de muertos por culpa de una decisión que es la prohibición de la droga.

La prohibición de la droga es lo que convierte a una droga en un bien escaso buscado y manejado por gángsters, eso es lo que nos lleva a la situación actual, es decir, la irracional cruzada contra las drogas que se inició a comienzos del siglo XX por Estados Unidos y luego contagiando a otros países.

Eso nos ha llevado a esta especie de gangsterismo generalizado. Es un problema gratuito, hay otros problemas de desarrollo, de economía, de justicia social, que probablemente vienen de estructuras que sería difícil decir qué es lo que hay que hacer para resolverlo.

RPG: ¿La legalización de las drogas es una salida?

FS: La despenalización de las drogas, se legaliza lo que ha nacido para estar prohibido y termina convirtiéndose en autorizado. Pero las drogas nacieron perfectamente libres.
La Coca-Cola hasta 1905 utilizaba coca en su fórmula y la heroína era una medicina creada por la casa Bayer; las drogas no han nacido para estar prohibidas. Son sustancias, medicinas, sustancias artificiales o naturales, las cuales nacieron para cumplir ciertas funciones y que de pronto se prohibieron y entonces se convirtieron en un oscuro objeto de deseo.

RPG: Estamos acostumbrados a leer ensayos de Fernando Savater, pero te has empeñado y desempeñado desde hace varios libros en la novela. ¿Cómo enfrenta Savater el momento creativo, la ficción, ¿Cuéntanos algo de ese momento?

Savater 2

FS: Para mí la afición a la literatura y el deseo de escribir historias es anterior al deseo de escribir ensayos y practicar filosofía. De jovencito, a los 15, 16 años, quería ser escritor, periodista, narrador. Luego inicié la carrera de filosofía y letras, de la cual a mí lo que me interesaban eran las letras mucho más que la filosofía y por razones laborales me vi más encuadrado en la filosofía que en la literatura porque no existían carreras de literatura puramente dichas como existen hoy en día.

Entonces me dediqué a la filosofía, de lo cual no me arrepiento, cosa que me interesó y me ha interesado siempre y a la que me he dedicado muchos años: 40. Pero ahora que vuelvo a tener una cierta libertad por mi jubilación como profesor y también un poco por mi jubilación como ensayista si quieres, tengo un poco más de tiempo y quisiera volver a dedicarme un poco más a la novela. Lo he hecho muy intermitentemente, todo el tiempo, pero lo he hecho un poco a ratos perdidos.

Ahora quisiera hacerlo con un poco más de dedicación y quizá esta novela, Los invitados de la princesa, es la primera que he podido escribir con un cierto detenimiento.

RPG: Cuando Balzac estaba a un paso de la muerte lo visitó Víctor Hugo en su casa de la rue Fortunée. Agónico y quizá delirante, Balzac pidió que llamaran al doctor Bianchon: “Traigan a Bianchon, sólo él puede curarme”. Pero Bianchon no pudo salir de ninguna de las 26 novelas en las cuales actuaba el papel de un médico, el médico que Balzac inventó. Ficción y realidad. ¿Tus novelas pasan la frontera de la ficción a la realidad, o simplemente penetras al mundo que está lejos del que estamos viviendo en ese momento? ¿Cómo concibes el momento de la creación novelística?

FS: Como dijo el poeta Eluard: hay otros mundos, pero están en este. Hay otros mundos, pero todos están aquí. Efectivamente, me gusta la literatura con un poco de imaginación, la literatura fantástica con géneros como la ciencia ficción o el terror, pero no me gusta la literatura realista en el sentido burgués del término. No me gusta la novela que me cuenta que la señora del tercer piso se enamoró del señor que vive en el primero, dejó a su marido y luego lo echaron de la fábrica en la que trabajaba; todo eso puede parecer muy interesante, pero a mí me aburre brutalmente.

Lo que me interesa es contar historias no habituales, aunque naturalmente remiten al mundo en el que estamos, que no remitan a cualquier cosa, por fantástica que se te ocurra como ser humano, sino que exploren la humanidad y la realidad donde vivimos. Lo que pasa es que vemos esa realidad desde otro ángulo, un ángulo nuevo, un ángulo independiente y no un mero reflejo de la realidad.

En casi todas mis novelas, por ejemplo en Los invitados de la princesa, hay unas circunstancias que pueden ser reconocibles porque es un congreso de escritores. Los escritores llegan a una isla más o menos remota y quedan atrapados porque hay un volcán en actividad que no permite que los aviones despeguen. Hay historias que los personajes cuentan y todas tienen que ver con aspectos de nuestro mundo, algunas relacionadas con la educación, otras con el poder, otras con el amor, otras con la decepción que trae la vida. Cada una de ellas tiene que ver con uno de esos aspectos, pero todas están contadas desde géneros distintos, yo he querido que los diversos relatos que se entrelazan en el libro estuvieran no solamente narrados de manera diferente,