Fronteras

Injusticias en humanos y en chimpancés

Todos estamos íntimamente convencidos de ser objetivos y por eso toda desviación de nuestra objetividad es una desviación de la objetividad. Es un eterno reproche en las hoy insoportables secciones  de comentarios en publicaciones y redes como el breve tuit de Twitter que patea un análisis extenso y precisa por mostrar “nula objetividad”… Ocurre siempre que no gustan las conclusiones, estén sostenidas en los datos que sean. En todo caso y última instancia ¿por qué creerlos?

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“Todos tenemos un punto ciego”, concluye en Management Science, investigación en la que colaboran  la universidad Carnegie Mellon y las universidades de Londres, Boston y Colorado. Ha desarrollado “una herramienta para medir el sesgo por punto ciego, y revela que creer que usted está menos sesgado que sus pares tiene consecuencias perjudiciales sobre juicios y conductas, tales como juzgar con precisión si es útil un consejo”.

El equipo de investigadores inter-universitarios pone un ejemplo sencillo: “Cuando los médicos reciben regalos de compañías farmacéuticas pueden argumentar que no afectan sus decisiones acerca de qué medicina prescribir porque no recuerdan que los regalos influyan en sus recetas. Sin embargo, si usted les pregunta si un regalo podría sesgar de forma inconsciente las decisiones de otros médicos, la mayoría estará de acuerdo en afirmar que los regalos influyen a otros médicos, mientras siguen creyendo que sus propias decisiones están libres de sesgo”.

Esta disparidad “es el punto ciego al sesgo, y ocurre a cualquiera, en muchos tipos diversos de juicios y decisiones”, dice Erin McCormick, parte del equipo.

Para el estudio los investigadores realizaron cinco experimentos: dos enfocados a crear y validar la herramienta para probar las diferencias en el sesgo de punto ciego y si estaban asociadas con rasgos tales como el cociente de inteligencia, la habilidad general en toma de decisiones y la autoestima. Otros tres estudios examinaron las consecuencias de estos diversos rasgos, “especialmente su relación en la forma en que la gente hace comparaciones sociales, el peso que la gente coloca en consejos de otras personas y su receptividad al entrenamiento antisesgo”.

El hallazgo más significativo fue que el sesgo de punto ciego afectó a todas las personas estudiadas. Y sin embargo variaban en el grado en el cual pensaban que sus decisiones estuvieran menos sesgadas que las de otros. “Esto fue verdad sin importar que estuvieran realmente sesgadas o no sesgadas al tomar decisiones”.

Otro hallazgo del estudio fue que hay personas más susceptibles que otras al sesgo de punto ciego, y eso con independencia de inteligencia, habilidad cognitiva, habilidad en toma de decisiones, autoestima y rasgos generales de personalidad.

“La gente parece no tener idea de cuánto sesgo presenta. Ya sea buena en tomar decisiones o mala, piensa que está menos sesgada que sus pares”, dice Carey Morewedge. La nula objetividad siempre es de otros.

Y aún más interesante es que: “la gente con más alto sesgo de punto ciego es la que más puede ignorar el consejo de pares o de expertos, y es menos posible que aprenda de un curso para evitar sesgos que podría mejorar la calidad de sus decisiones”.

Luego los resultados llegan sin sorpresa: “Gente más dada a pensar que es menos parcial, es menos exacta  al evaluar sus habilidades con  respecto a las habilidades de otros, escuchan menos los consejos de otros, y es menos probable que aprendan luego de un entrenamiento que debería ayudarlos a hacer menos juicios sesgados”, concluye Irene Scopelliti, cabeza del estudio.

También los chimpancés
Los humanos no somos los únicos animales con códigos de justicia, aunque somos los únicos que, desde Hammurabi en Babilonia, los hemos escrito. Nuestros códigos civiles y penales se remontan al Derecho romano, a la Constitución inglesa del siglo XIII y a las reformas implantadas por la revolución francesa.

Pero nuestros primos más cercanos, con los que compartimos más del 98% de los genes, los chimpancés, poseen meta-razonamiento: piensan que lo que pensaron es correcto y lo discuten, como usted, como yo… En el journal Cognition publica sus hallazgos un equipo de las universidades del estado de Georgia, la de Buffalo, el Agnes Scott College y el Wofford College: Chimpanzees may know when they are right and move on to prove it.

“La metacognición ocurre cuando los individuos monitorean lo que saben y lo que no saben al buscar información necesaria y cuando responden a una pregunta con alto o bajo nivel de confianza”.

El equipo de investigación debió desarrollar medidas no basadas en respuestas orales ni en medidas con escalas numéricas. Compartimos con los animales no humanos conductas no verbales. Se entrenó a chimpancés en pruebas de memoria: un programa computarizado premiaba las respuestas correctas con algo para comer.

La conducta exigida fue compleja: debían dar una respuesta y moverse con rapidez al sitio donde se ofrecería la recompensa o la perdían. “Esto significa que los chimpancés tenían dos opciones luego de dar una respuesta en la prueba de memoria: podías  esperar a oír que había sido correcta  o incorrecta, si era correcta debían apresurarse al lugar de entrega del premio. O bien, acercarse a esperar  el premio antes de saber si era correcta o incorrecta su respuesta”.

Como el premio se pierde al no recogerlo en pocos segundos, de forma consistente los chimpancés se adelantaron a esperar el premio siempre que habían dado una respuesta correcta, pero dudaban cuando era incorrecta. Esto es: podían estar seguros o no. Era observable. En la vida silvestre el chimpancé salta de una rama a otra sin dudar cuando sabe que puede salvar la distancia.

Lo bueno habría sido ver que ante una respuesta correcta no apareciera el premio… y el chimpancé pateara la computadora y diera gritos de enojo. Pero no, el artículo no lo dice… Chin…

Normas protosociales en chimpancés
Llamamos normas protosociales a la reacción de espectadores ante  la infracción de normas: un auto sobre un lugar marcado para minusválidos, una bicicleta corriendo sobre  la acera entre peatones, un bloqueo de autopista por sujetos con nombramiento de profesores y  que nunca dan clase. Los chimpancés también las muestran.

En el journal Human Nature encontramos la investigación del equipo encabezado por Claudia Rudolf von Rohr: “Provee la primera evidencia de que los chimpancés, como los humanos, detectan lo apropiado o no de una conducta, especialmente las dirigidas a infantes. También muestra que estos primates sólo toman acciones cuando un miembro de su propio grupo es el agredido”.

A dos grupos en dos zoológicos suizos se les mostraron videos de grupos desconocidos: el control mostraba chimpancés en actividades neutrales como caminar o romper nueces. El video experimental incluía escenas agresivas, como un chimpancé infante siendo muerto por otros, un mono pequeño de otra raza cazado y muerto por chimpancés, y conducta socialmente agresiva entre chimpancés adultos. Los investigadores filmaron las reacciones de los chimpancés al observar los videos.

Encontraron que ambos grupos dedicaron más de cuatro veces su atención a las escenas de infanticidio. “Esto demuestra que los chimpancés pueden distinguir entre agresión grave contra infantes y otras formas de agresión y daño”.

Los resultados sugieren que “los chimpancés detectan violación de normas tanto en su grupo como en un grupo de individuos extraños, pero que sólo responderán emocionalmente a tales violaciones de las normas cuando ocurren dentro de su propio grupo”, señala Rudolf von Rohr.

“El estudio suizo se añade al creciente cuerpo de evidencia que identifica, en nuestros más cercanos parientes, los bloques que construyen la moralidad humana. Estos precursores incluyen consuelo y conducta policial”.

 

Luis González de Alba
Escritor. Su más reciente libro es No hubo barco para mí. www.luisgonzalezdealba.com

Solicitud de auditorías a Enova y Fundación Proacceso ECO A. C.

Dr. Enrique Cabrero Mendoza
Director del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología

Lic. Emilio Chuayffet Chemor
Secretario de Educación Pública

C. Virgilio Andrade Martínez
Secretario de la Función Pública

Lic. Rafael Tovar y de Teresa
Presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes

C.P.C. Juan M. Portal
Auditor Superior de la Federación

C. P. C. Fernando Valente Baz Ferreira
Órgano Superior de Fiscalización del Estado de México

Los abajo firmantes, profesionales de la investigación científica y trabajadores del Centro de investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional (Cinvestav), consideramos que es necesario que la sociedad mexicana sea informada, por las instancias oficiales pertinentes, de la forma en que la empresa Enova y la Fundación Proacceso ECO A.C. que, según fue dado a conocer por Andrés Lajous y Paris Martínez en un artículo publicado simultáneamente por Animal Político y por la revista Nexos, han sido beneficiadas con recursos públicos, de origen federal y estatal, por más de 1,500 millones de pesos de 2009 a la fecha, 26 de julio de 2015; también es necesario que la sociedad mexicana sepa cómo han sido usados esos recursos y los beneficios sociales resultantes.

Pensamos que la inversión oficial en ciencia y tecnología, en sus diversas vertientes, es fundamental para que México progrese y su población tenga mejores niveles de bienestar y también estamos convencidos de que esa inversión debe estar sujeta a un claro y oportuno rendimiento de cuentas, que permita hacer las evaluaciones y correcciones de prácticas y políticas necesarias y adecuadas.

Nuestra sorpresa al conocer estos apoyos se acrecienta sabiendo que el apoyo económico a la ciencia básica es tan magro que, según datos gubernamentales, en 2013 el Conacyt otorgó para la Convocatoria en Investigación Básica 705.6 millones de pesos, es decir, sólo el 2.61% del presupuesto del Conacyt y el 0.58% del gasto federal. En esta convocatoria pueden participar cientos de propuestas diferentes, por lo que su monto es, en realidad, muy reducido.

Por lo anterior, manifestamos nuestro apoyo a la propuesta del Diputado Fernando Belaunzarán Méndez y al punto de acuerdo presentado por un grupo de senadores para que la Comisión Permanente del Congreso de la Unión exhorte a la Secretaría de la Función Pública a investigar las licitaciones y asignaciones directas hechas por la Secretaría de Educación Pública, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes que permitieron canalizar recursos federales y estatales a Enova y Proacceso A.C.. También la Auditoría Superior de la Federación y el Órgano Superior de Fiscalización del Estado de México deberían ser exhortadas a realizar auditorías a la asignación y ejercicio de los fondos públicos recibidos por Enova y Proacceso A. C.

Atentamente,

Dr. Federico Horacio Dickinson Bannack
Dr. Rodolfo Delgado Lezama
Dra. María Eugenia Mendoza
Dra. Alma Adrianna Gómez Galindo
Dra. María del Carmen García García
Dr. José Gabriel Ramírez Torres
Dr. Ricardo Landa Becerra
Dr. Arturo Escobosa E.
Dr. Saúl Villa Treviño
Dr. José Antonio Arias Montaño
Dr. Eduardo Weiss Horz
Dr. Hugo Rodríguez Cortes
Dr. Jesús Valdés Flores
Dr. Luis Marat Alvarez Salas
Dra. Alma Maldonado
Dra. Rebeca Castanedo Pérez
Dra. Lorenza González Madrigal
Dr. Arturo Díaz Pérez
Dr. Francisco Rodríguez Henríquez
Dr. Graciano Calva Calva
Dr. Alejandro Uribe Salas
Dra. Almira Hoogesteyn Reul
Dr. Gerardo Torres Delgado
Dra. María Teresa Castillo Burguete
Dra. María Teresa Ponce Noyola
Dr. Iván Andrés Oliva Arias
Dr. Fernando Navarro García
Dr. Juan de Dios Figueroa
Dr. Daniel Hernández Rosete Martínez
Dra. Luz María del Razo Jiménez
Dra. Emma Calderón Aranda
Dr. Adolfo Sierra Santoyo
Dr. Rubén Alejandro Garrido Moctezuma
Dr. Jesús Ernesto Arias González
Dr. Alberto Herrera Gómez
Dr. Luis Gerardo de la Fraga
Dra. Lorena González Mariscal
Dr. Miguel García Rocha
Dr. José Antonio Azamar Barrios
Dra. Blanca Estela Galindo Barraza
Dr. Alexander de Luna
Dr. Ernesto López Mallado
Dr. Bulmaro Cisneros Vega
Dra. Susana Quintanilla Dra. Sonia Ursini
Dra. Patricia Talamas Rohana
Dr. Cristian Moukarzel
Dra. Matilde Minelo Shibayama Salas
Dr. Genaro Arámbula Villa
Dra. Ana Carmela Ramos Valdivia
Dra. Mireya de la Garza
Dr. Juan Manuel Ibarra Zannatha
Dr. Orlando Zelaya Angel
Dra. Betzabet Quintanilla Vega
Dra. Andrea de Vizcaya Ruiz
Dra. María Isabel Hernández Ochoa
Dr. Olivier C. Barbier
Dr. Ruperto Osorio Saucedo
Dr. Sergio Jiménez Sandoval
Dr. José Luis Reyes
Dr. Efraín Garrido Guerrero
Dr. José Manuel Cañedo
Dr. Juna Pedro Luna Arias
Dr. Jorge Molina Torres
Dr. Jesús Alberto Olivares Reyes
Dr. Leopoldo Santos Argumedo
Dr. Rodrigo T. Patiño Díaz
Dr. Miguel Ángel Olvera Novoa
Dr. Eugenio Frixione
Dra. Maria Teresa Estrada García
Dr. Federico Castro Muñoz Ledo
Dra. Ana Lorena Gutierrez Escolano
Dra. Laura Cházaro García
Dr. Gabriel López Castro
Dr. Carlos Armando Cuevas Vallejo
Dr. Fernando Martínez Bustos
Dr. Ramón Parra Michel
Dra. Ma. Leopoldina Aguirre-Macedo
Dr. Luis Felipe de Jesús Díaz Ballote
Dr. Jaime García Mena
Dr. Jesús A. Riesta Velázquez
Dra. Guadalupe Reyes Cruz
Dr. Ernesto Olguín Díaz
Dra. Dalila Aldana Aranda
Dr. José Vázquez Prado
Dr. Ricardo Mondragón Flores
Dr. César Torres Huitzil
Dra. Claudia Pérez Cruz
Dra. Mirela Rigo Lemini
Dr. Juan José Godina Nava
Dr. Arturo Mendoza Galván
Dr. Leopoldo Flores Romo
Dr. Jesús Serrano Luna

N. B. Todos los investigadores de Cinvestav cuyo nombre aparece en esta carta aprobaron, por vía electrónica, el texto y dieron su consentimiento al primer firmante para ser incluidos en el documento. El correo electrónico del Dr. Dickinson es dickinso@mda.cinvestav.mx

Respuesta a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes

En atención a la carta que Javier Lizárraga, a nombre de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), envió como respuesta al reportaje “El gobierno federal y el Edomex donan mil 700 millones de pesos a una fundación y a una empresa, sin pedirles cuentas”, hacemos los siguientes comentarios:

1. Durante la campaña presidencial del año 2012, Enrique Peña Nieto anunció que de llegar a la presidencia construiría una “red de centros” en todo el país para que las personas aprendieran a usar tecnología. Esta red, dijo, estaría basada en la experiencia de la Red de Innovación y Aprendizaje (RIA) que se había construido en el Estado de México.1 En ese entonces la RIA ya era operada por el grupo Enova/Proacceso, y como documentamos en nuestro reportaje, sin transparencia en la asignación de recursos y sin evaluaciones. Los “Puntos México Conectado” también son parte de los compromisos y la “Agenda Digital” asumida en campaña por Enrique Peña Nieto que hacía referencia a la RIA.2

2. Como señala Javier Lizárraga, funcionario de la SCT, Enova es una de la empresas que opera los Puntos México Conectado y fue contratada a través de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL). En nuestro reportaje documentamos que Enova ha recibido dinero público sin participar en procesos de licitación, y la mayor parte a través de un intermediario que no tiene la obligación de hacer licitaciones como la asociación civil Proacceso ECO. Ahora, como señala la carta, Enova vuelve a recibir dinero público en un proceso donde vuelve a aparecer un intermediario. A diferencia de otras contrataciones que ha hecho la SCT dentro del marco de “México Conectado” y que se pueden consultar en la sección “Procesos de contratación" de su página de internet, en el caso de la operación de los “Puntos México Conectado” no aparecen datos indicando cuales fueron las condiciones con las que se hizo el acuerdo con la UANL ni las razones por las cuales la UANL no puede ofrecer los servicios contratados directamente.3

La información sobre los términos del contrato entre la SCT y la UANL sería interesante para los lectores. La subcontratación de servicios por parte del gobierno federal a través de una institución pública de educación superior parece ser parte de una práctica común que en otras ocasiones ha resultado irregular. En enero del presente año la Auditoría Superior de la Federación (ASF) publicó el dictamen de auditoría de la cuenta pública del 2013 en el que encontró que el FONADICT contrató a la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM), y ésta a su vez subcontrató a empresas privadas para llevar a cabo los servicios acordados. Para la ASF la UAEM recibió un contrato sin contar con las capacidades para llevar a cabo los servicios acordados y por tanto al subcontratar a empresas privadas para hacerlo no pudo garantizar que se obtuvieran “las mejores condiciones para el Estado en cuanto a precio, calidad, financiamiento, oportunidad y demás circunstancias pertinentes”.4

3. A lo largo de la investigación para nuestro reportaje consultamos a la oficina de quien era titular de la Coordinación de la Sociedad de la Información y el Conocimiento de la SCT hasta hace unos meses Mónica Aspe Bernal, hoy subsecretaria de Comunicaciones.


1 Enrique Peña Nieto, “Un país incluyente y competitivo: hacia la Agenda Digital por un México conectado” 31/05/12 http://bit.ly/1IMnhP5

2 https://www.youtube.com/watch?v=M_cwuET-QpA

3 http://bit.ly/1JwYPQv

4 Auditoría Superior de la Federación.  Auditoría Forense: 13-4-99015-12-0245 http://bit.ly/1MVBjvD

Oaxaca: toda la fuerza del Estado

Ante la inacción y debilidad del gobierno del estado de Oaxaca, fue por demás evidente que la decisión para desmantelar el poder político-administrativo de la sección 22 del SNTE, acudiendo al expediente de abrogar el decreto de 1992, reestructurar al Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca y dotarla de nuevas facultades para aplicar en forma supletoria la Ley General de Servicio Profesional Docente, fue tomada por el gobierno federal valorando todas los escenarios de riesgo de corto y mediano plazo a nivel estatal y nacional, vista la capacidad de organización y movilización del gremio magisterial, tanto en el estado de Oaxaca como en las entidades en donde tiene presencia notable la CNTE.

estado

Al tratarse de un asunto de Estado, el gobierno federal puso en movimiento todos sus instrumentos legales y de coacción física (órdenes de aprehensión contra dirigentes magisteriales, congelamiento de cuentas bancarias producto de las cuotas sindicales y una presencia apabullante de elementos de la policía federal, ejército y marina en la ciudad capital), para encomendarle al gobernador Gabino Cué la incómoda tarea de emitir un decreto para poner punto final al control que desde 1992 mantenía la sección 22 del SNTE de los principales puestos administrativos en el aparato educativo de Oaxaca.

La tarea de Cué resultó incómoda por varias razones: primero, porque se vio obligado a romper una alianza estratégica que mantenía con el gremio magisterial desde el 2006, cuando la APPO intentó derrocar al gobernador priísta Ulises Ruiz Ortiz, pacto que se consolidó electoralmente en el 2010 cuando llegó a la gubernatura; segundo, porque al romper con el magisterio también abrió otros frentes de oposición a su gobierno, fundamentalmente con organizaciones sociales e indígenas que apoyaron su candidatura en el 2010 y, tercero, porque su postura, ahora antagónica a la sección 22 del SNTE, estaría restando viabilidad su proyecto de continuidad transexenal mediante una amplia coalición electoral de las izquierdas.

Si en primera lectura con este golpe al corporativismo y corrupción sindical el gobierno de Oaxaca estaría recuperando autoridad y legitimidad, socavadas por la conjunción de debilidad institucional y violación sistemática del estado de derecho por parte de las corrientes mas beligerantes del magisterio y de otros poderes fácticos, está por verse su voluntad y capacidad de operación técnica y política para procesar las disposiciones derivadas del decreto mediante el cual se reorganizará el IEEPO, de tal suerte que la ofensiva no se traduzca en una prolongada disputa administrativa y política entre autoridades federales y estatales y el gremio magisterial que, a final de cuentas, obstruyan el inicio del ciclo escolar y abonen a la ingobernabilidad de un estado que en el mes de octubre de este año inicia su proceso electoral para renovar la gubernatura, el congreso local y 152 ayuntamientos.

Una disidencia fortalecida desde el gobierno

La historia del empoderamiento de la sección 22 del SNTE en la estructura educativa de Oaxaca, y su fortalecimiento como la principal fuerza sindical y política en la entidad, y, además, columna vertebral de la CNTE, se inició precisamente en 1992, 12 años después de su surgimiento como un movimiento democrático y antagónico al poder de Vanguardia Revolucionaria, corriente hasta entonces hegemónica en la estructura de poder del SNTE.

Como ahora ya se hizo público, en el marco de la descentralización educativa y la firma, por parte de los gobiernos estatales, del Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica (ANMEB), en mayo de 1992 el gobierno de Oaxaca, encabezado por Heladio Ramírez López, firmó con la sección 22 del SNTE una minuta, que luego alcanzó el nivel de decreto, para transferir los servicios educativos y crear el Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca (IEEPO). Sin embargo, como caso excepcional y único a nivel nacional, en Oaxaca el gobierno del estado cedió a una sección disidente del SNTE el control del aparato educativo.

La claúsula XII del citado convenio o minuta señala textualmente: “La selección y nombramiento futuro de funcionarios del Instituto Estatal de Educación Pública, como resultado de las propuestas de la representación sindical, serán respetadas en la forma y términos acordados con antelación, aún cuando cambie la estructura orgánica del Instituto”.

A partir de entonces se inició una nueva etapa en la vida sindical y política de la sección 22: si entre 1980 y 1989 los principales objetivos del movimiento magisterial oaxaqueño habían sido democratizar su sindicato y obtener el reconocimiento legal de su dirigencia por parte del CEN del SNTE y, por esa vía, recuperar sus cuotas sindicales suspendidas por casi una década, ahora la prioridad de los líderes y corrientes sindicales se desplazó a ganar espacios administrativos en el IEEP , especialmente direcciones y jefaturas de departamento.

Poco o nulo interés hubo desde entonces para fortalecer la educación básica en tanto el quehacer fundamental de sus líderes y corrientes sindicales estuvo enfocado a la actividad político-sindical, la formación ideológica marxista y el empoderamiento en cargos administrativos en el IEEPO.

Precisamente para normar la conducta sindical y política de los agremiados, pero fundamentalmente de sus dirigentes de todos los niveles, en 1982, dos años después de haber desplazado a Vanguardia Revolucionaria del control político de la sección 22 del SNTE, en un Congreso Extraordinario se aprobaron 20 principios rectores del movimiento magisterial, una especie de estatutos alternativos al SNTE, que hasta la fecha siguen vigentes.

Un año después el movimiento acordó integrarse a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), que había nacido en Chiapas en 1979 para agrupar a todas las secciones disidentes del CEN del SNTE.

Para 1992, cuando el gobierno federal decidió descentralizar los servicios de educación básica en todo el país, ya la propia presidencia de la república, encabezada entonces por Carlos Salinas de Gortari, había promovido la destitución de Carlos Jonguitud Barrios como Secretario General del CEN del SNTE y avalado el ascenso de Elba Esther Gordillo. Y fue bajo ese contexto que los trabajadores de la educación de Oaxaca finalmente pudieron legalizar e institucionalizar a su representación sindical.

Además de la minuta derivada del ANMEB, en ese mismo año de 1992 el gobierno del estado se comprometió a financiar las actividades del Centro de Estudios y Desarrollo Educativo (CEDES), integrado por cuadros políticos y académicos miembros de la sección 22 del SNTE, y crear en la Procuraduría de Justicia del Estado una Agencia Especial del Ministerio Público para la atención de los asuntos del magisterio, mismo que después se elevó al rango de Fiscalía Especial para Asuntos Magisteriales.

Y de ahí en adelante las actividades de las sucesivas dirigencias del movimiento magisterial se orientaron esencialmente a presentar a los gobiernos estatal y federal, durante los meses de mayo de cada año, extensos pliegos petitorios que además de sus demandas gremiales incluían reclamos políticos y hasta sociales.

La estrategia de movilización-negociación-movilización, reforzada con la suspensión temporal o indefinida de actividades escolares, que en la década de los ochenta les había resultado exitoso para obtener el reconocimiento de su dirigencia seccional por parte del CEN del SNTE, se replicó en grado superlativo en los años subsiguientes para obtener importantes logros económicos y prestaciones sociales, inéditos hasta entonces en el sindicalismo magisterial.

Y, pese a que en todas las negociaciones anuales el gobierno federal, vía SEP y Secretaría de Gobernación, conoció y participó de los arreglos con las dirigencias de la sección 22, acompañada en ocasiones por una representación del CEN del SNTE; cada año terminaba poniendo su parte, dejando que los gobernadores en turno hicieran lo suyo.

Fue precisamente entre 1993 y 2003, durante los gobiernos de Diódoro Carrasco Altamirano y José Murat Casab –ambos priístas– que el magisterio oaxaqueño logró acumular el pago de 365 días, mas 10 días de prima vacacional, 90 días de aguinaldo y 19 días de bono de productividad; es decir un total de 483 días cobrables por 200 días laborables.

Muchas de estas prestaciones, pero sobre todo el pago de la diferencia de 50 días de aguinaldo (los 40 días de ley corrieron a cuenta del gobierno federal) entre otras erogaciones no consideradas en el presupuesto educativo, con el tiempo impactaron negativamente en las finanzas del IEEPO, al punto de acumular un déficit que para el 2003 se estimaba en dos mil millones de pesos y para principios del 2015 en 7 mil 400 millones. Un efecto similar tuvo el compromiso, pactado entre 2003 y 2006, para homologar los salarios de poco mas de 70 mil trabajadores de la educación de Oaxaca mediante la rezonificación económica.

Sin embargo, el déficit financiero del IEEPO también se multiplicó por la corrupción de los funcionarios de todos los niveles, el crecimiento desordenada de la burocracia sindical y administrativa, una abultada nómina de miles de maestros comisionados y “aviadores” así como por el desvío de recursos para sufragar las campañas electorales de candidatos del PRI.

Cero en conducta

El control de la mayor parte del aparato burocrático y administrativo del IEEPO le garantizaba a las dirigencias formales e informales de la sección 22 del SNTE convertirse en facilitadores eficaces de sus representados así como asegurar una amplia red de lealtades y clientelas sindicales, pero ese poder también fue usado para el tráfico de influencias, venta de plazas, promociones laborales, tal como había ocurrido en la década de los setenta con Vanguardia Revolucionaria.

Sin embargo, ese apropiamiento del gobierno educativo, y los recursos humanos y económicos que administraban, era solamente la pirámide de un una amplia y sólida estructura organizativa que tuvo otros dos instrumentos básicos de control en el aparato sindical: la aplicación discrecional de los principios rectores del movimiento magisterial y la institucionalización de una política de premios y castigos laborales a partir de la participación sindical y política de los agremiados.

Si en su origen los principios rectores fueron un factor de contención a los intentos de los gobiernos priístas para recuperar el control de la sección 22, una vez consolidado el movimiento disidente los dirigentes seccionales los aplicaron para evitar críticas internas a su desempeño, sobre todo en las etapas de negociaciones con los gobiernos federal y estatal, y para expulsar a disidentes. Fue bajo ese contexto, y de fuertes acusaciones públicas de corrupción entre las partes en pugna, que en el 2005 un grupo disidente encabezado por los exsecretarios generales Alejandro Leal y Humberto Alcalá Betanzos se separaron de la sección 22 para crear mas adelante la sección 59 del SNTE.

El segundo mecanismo de control, y que permeó la base magisterial y personal administrativo de todos los niveles educativos, fue el sistema de estímulos y castigos aplicado por asistencias o inasistencias a mítines, marchas, plantones y tomas de edificios llevados a cabo dentro y fuera del estado de Oaxaca. Al trabajador o trabajadora, docente o administrativo, que acreditaba haber cumplido parcial o totalmente con las actividades sindicales que se le indicaban podía tener derecho a ascensos, cambios de adscripción, préstamos económicos y todas las prestaciones laborales establecidos en el tabulador del IEEPO. El castigo, la denegación de estos derechos, se aplicaba casi en automático para quienes preferían mantenerse en el aula o en su comunidad antes que participar en algún tipo de movilización.

A diferencia de Vanguardia Revolucionaria, el movimiento magisterial disidente del SNTE pudo crecer y fortalecerse sindical y políticamente por la confluencia de estos factores, pero también porque por omisión, temor, conveniencia o complicidad, altos directivos y funcionarios de los gobiernos federal y estatal terminaban por concederles la mayor parte de sus demandas gremiales y políticas, en muchos casos inalcanzables por otros sectores de trabajadores mexicanos.

Sin embargo, la gran debilidad de su movimiento fue que se hizo a costa de castigar el derecho a la educación de miles de niños y jóvenes; de abrir un enorme boquete a las finanzas públicas, especialmente del gobierno del estado de Oaxaca; de vulnerar con sus métodos de lucha los derechos constitucionales y humanos de hombres y mujeres de todas las edades, y, para el 2014, de desafiar al Estado mismo al oponerse en forma beligerante a la aplicación de una reforma educativa impulsada por el gobierno de Enrique Peña Nieto.

Ni reforma ni diálogo

A partir de que en el primer semestre del 2014 los congresos locales iniciaron el proceso de aprobación de la reforma educativa en sus estados , en Oaxaca se instaló una mesa de trabajo con representantes de la sección 22 del SNTE, del Congreso local y del poder ejecutivo para revisar el Plan para la Transformación de la Educación en Oaxaca (PTEO), proyecto educativo alterno al del gobierno federal que ya desde un año antes venía impulsando la parte sindical. Frente a la férrea y reiterada oposición del movimiento magisterial para que se aprobara la reforma educativa federal, los poderes ejecutivo y legislativo determinaron diseñar una ley educativa a modo, prácticamente transcribiendo el proyecto magisterial. Sin embargo, una vez que la iniciativa fue entregada al Congreso local por el gobernador Gabino Cué, el magisterio lo vetó y se opuso a su aprobación.

A cada convocatoria del congreso local para abordar el tema educativo la respuesta magisterial era la misma: movilizarse, tomar el congreso e impedir que los diputados sesionaran.

El amago de una controversia constitucional por parte de la presidencia de la república no caminó, como tampoco los insistentes llamados del gobernador a la dirigencia magisterial para dialogar y avanzar en la revisión de una iniciativa de ley que, a diferencia de la federal, era bastante laxa en materia de evaluación docente y otros temas vinculados al desempeño laboral.

Con pocas o nulas posibilidades para aprobarla, esta iniciativa, como otras mas que presentaron los diputados del PRI, PAN y PRD, prácticamente quedaron archivadas durante el último tercio del 2014 cuando ya el proceso electoral federal se había iniciado.

Y en esa coyuntura, de nueva cuenta la sección 22 del SNTE, con el apoyo de la CNTE, asentó en su agenda de movilizaciones para frenar la aplicación de la reforma educativa  el amago de boicotear las elecciones federales en Oaxaca y a nivel nacional.

Pero ni en la Secretaría de Gobernación, ni en el INE, ni tampoco en el gobierno del estado se tomó con suficiente seriedad la advertencia. En Gobernación se confiaba todavía en una salida negociada antes de la jornada electoral. En el INE solo eran receptivos a lo que les reportaban desde Bucareli y en poco atendieron las señales de riesgo que ya desde algunos de sus consejos distritales les estaban enviando. Y en Palacio de Gobierno el gobernador Gabino Cué no se cansaba de declarar que confiaba en la civilidad de los maestros y en la eficacia de las autoridades electorales del INE.

Todos se equivocaron y el primer domingo de junio, aún con la presencia por tierra y aire de cientos de elementos de la policía federal y el ejército, grupos bien organizados de maestros “accionaron” en los 11 distritos electorales federales para intentar impedir la realización de los comicios. La jornada finalmente concluyó pero con un saldo de cientos de casillas no instaladas, una considerable cantidad de material y boletas electorales destruidas, algunas sedes distritales del INE incendiadas y un abstencionismo que superó el 65 por ciento.

Este desafío al Estado, que se acompañó en días previos de otras actos violentos como la toma de las instalaciones de PEMEX y de gasolineras, convencieron finalmente a los funcionarios mas cercanos al presidente de la república que bajo esas condiciones no había posibilidad de restablecer el diálogo y las negociaciones reclamadas por la dirigencia de la sección 22 del SNTE. Se valoró entonces, o se confirmó, en su caso, el escenario de un golpe de mano mediante la abrogación del decreto de 1992 que aseguraba al magisterio el control del aparato educativo de Oaxaca, así como la intensificación de la campaña en medios nacionales para desacreditar a la dirigencia magisterial que justificaría la eventualidad de librar órdenes de aprehensión contra los principales dirigentes oaxaqueños.

El decretazo

Un elemento fundamental para que el 21 de julio el gobernador Gabino Cué decretara la reestructuración, que no desaparición del IEEPO, fue el incremento de la presencia de la fuerza pública federal y de elementos fuertemente armados del ejército y la marina, que desde días antes de la jornada electoral del 7 de junio patrullaban por aire y tierra la ciudad capital y otros puntos de la entidad.

Políticamente, la presencia del Secretario de Educación Pública, Emilio Chuayfett, de la Secretaria de Desarrollo Social, Rosario Robles y del vocero de la presidencia de la república, Eduardo Sánchez, evidenció no solo el total respaldo del gobierno federal sino su abierta intervención en una decisión que, ninguno de los gobernadores priístas que antecedieron a Cué ( Diódoro Carrasco, José Murat y Ulises Ruiz) se atrevieron a hacer. Entronizado en la gubernatura por una coalición electoral opositora (PRD, PAN, PT y MC) y por el apoyo de organizaciones sociales de izquierda, entre éstas por importantes sectores de la sección 22 del SNTE, Gabino Cué tampoco estaba en la ruta de romper con un aliado estratégico. Y sin embargo, tuvo que asumir el costo de hacerlo para recomponer su deteriorada relación con el gobierno federal; recuperar una autoridad bastante disminuida por el constante embate de los movimientos sociales y los poderes fácticos; oxigenar su administración acicateada por la ineficacia y una corrupción galopante; y posicionarse a nivel nacional, en la antesala del relevo gubernamental, como un gobernante de mano firme y con capacidad para recuperar la rectoría educativa de su estado. En la etapa final de su sexenio, es probable que con esta determinación, Gabino Cué gane perdiendo: se gana la confianza y el apoyo del gobierno federal y del presidente Enrique Peña Nieto, pero pierde a otros aliados claves para evitar el regreso del PRI en la gubernatura, entre ellos a su viejo amigo, Andrés Manuel López Obrador y su partido MORENA.

Pero finalmente el primer paso ya lo dio y ahora el reto mayor está en procesar todas las disposiciones laborales, técnicas y administrativas establecidas en el “decretazo” sin tener que desgastarse en mas arreglos ( o desarreglos) con un gremio magisterial que por un lado lo acusa de traidor y advierte que no regresará a labores al inicio del ciclo escolar, y por el otro demanda diálogo. El apoyo político y económico del gobierno federal deberá mantenerse y acrecentarse, no así la presencia de miles de elementos de la policía federal que a dos meses de su arribo ya empieza a provocar el rechazo de algunos sectores sociales y políticos, incluyendo,por supuesto, de la sección 22 del SNTE y la CNTE.

En lo que hace a la parte técnica y administrativa, el gobierno de Oaxaca por principio está obligado a respetar su propio decreto, designando en los poco mas de 300 cargos que ocupaban los sindicalistas de la sección 22 en el IEEPO a profesionistas con conocimientos y experiencia en materia educativa. A estas alturas, y con los medios nacionales atentos a lo que ocurra en el sector educativo oaxaqueño, el gobernador Gabino Cué no puede equivocarse y prestarse a simulaciones barnizando currículas, por ejemplo, tal como ya se hizo con el Director General, Moisés Robles; o permitiendo que los secretarios de su gobierno que integran la Junta Directiva del IEEPO, con amplias atribuciones para definir e instrumentar la nueva política educativa, delegue en sus subordinados, como solían hacerlo en el pasado reciente, obligaciones y tareas institucionales de trascendencia para hacer viable los cimientos de la reestructuración no solamente del aparato burocrático y administrativo sino de todo el sistema de educación básica en Oaxaca.

 

Isidoro Yescas Martínez
Maestro en Sociología y analista político. Coautor de La Insurgencia Magisterial en Oaxaca,1980. Investigador jubilado del Instituto de Investigaciones Sociológicas de la UABJO.

Las próximas licitaciones petroleras

El calendario de licitaciones de bloques de exploración y de desarrollo de campos petroleros adolece de un error básico: no da tiempo para extraer las lecciones que enseña toda licitación. Este proceso de aprendizaje cobra particular importancia ante la comprensible falta de experiencia en México en la conducción de este tipo de subastas. Los pequeños retrasos en la publicación de las invitaciones a licitar no ofrecieron suficiente tiempo al gobierno para reflexionar sobre el avance general de la Ronda 1, los resultados de la primera licitación, la información adquirida hasta ahora y los cambios fundamentales en el contexto internacional.

petroleo

El anhelo de obtener resultados a corto plazo le impuso al calendario original un sello de urgencia que no era deseable ni necesario. Estoy convencido de que la ansiedad por lograr éxitos tempranos y contundentes fue mala consejera. Las autoridades financieras esperaban resultados que llegarían de inmediato: flujos sustanciales de inversión extranjera a la industria petrolera mexicana, incrementos significativos de la recaudación fiscal derivada de mayores ingresos petroleros y el efecto positivo del anuncio de cuantiosas inversiones asociadas a la reforma energética. Poco a poco se fueron dando cuenta que dichos frutos no madurarían sino a finales de la presente administración gubernamental, pero sobre todo después de 2018.

El fracaso contundente de la primera licitación de la Ronda 1 es una dolorosa llamada de atención. Sólo se recibieron ofertas de siete empresas; ocho de los 14 bloques subastados no despertaron ningún interés; en una de las propuestas aceptadas sólo se presentaron dos ofertas y en la otra se concentraron cinco; seis propuestas no alcanzaron la cotización mínima aceptable establecida por las autoridades financieras.

Con toda seguridad en estos momentos las autoridades evalúan de manera cuidadosa y detallada los resultados de la primera licitación tratando de entender mejor lo que pasó. Tendrán que revisar su propia visión sobre la prospectividad de los bloques ofrecidos, la calidad de la información presentada por la Comisión Nacional de Hidrocarburos, los efectos de la participación de Pemex en la licitación y su retiro a última hora, la incidencia de diversas cláusulas contractuales en el ánimo de los postores y el apetito por riesgos exploratorios en las condiciones que imperan en la  industria petrolera internacional, entre otros. La tarea no es sencilla, pero sí imperativa.

En febrero y mayo pasados se publicaron dos convocatorias más, una para cinco contratos de extracción de hidrocarburos en aguas someras del Golfo de México y otra para 26 antiguos campos terrestres en estado avanzado de agotamiento, muchos de los cuales Pemex dejó de explotar hace años. Las bases de licitación y los contratos mismos ya fueron modificados, contándose con versiones puestas al día a finales de junio. Cabe subrayar que la primera convocatoria se refiere a contratos de producción compartida y la segunda a contratos de licencia, estos últimos orientados a empresas operadoras mexicanas. En ambos casos no se trata de activos materialmente importantes, en particular el de campos terrestres.

Con base en la evaluación que realizan las autoridades y las reflexiones a las que están avocados, así como las derivadas de observaciones y aclaraciones de empresas participantes, es posible que se hagan modificaciones adicionales a las bases y los contratos. La transparencia del proceso permitirá identificar con precisión los cambios que a partir de ahora se introduzcan. Convendría que las autoridades guardaran un cierto escepticismo frente a los llamados al pragmatismo que se limitan a exigir mejores condiciones para los contratistas, así como al ciego fatalismo que aboga por ajustarse a cualquier resultado del mercado. A estas alturas parece conveniente seguir adelante con estas dos licitaciones, tanto la de aguas someras como de campos terrestres, cuyas propuestas deberán recibirse el 30 de septiembre y el 15 de diciembre, respectivamente. Estas propuestas proporcionarán información adicional que ayudará a tomar decisiones respecto a las siguientes licitaciones.

Keynes dijo en alguna ocasión “Cuando cambia la información que tengo, modifico mis conclusiones. ¿Usted, señor, qué hace?” Toca ahora a las autoridades considerar los cambios que se han dado en el mercado petrolero internacional, y en el clima de inversión de esta industria, desde que se presentó el programa de licitaciones de la Ronda 1 el 14 de agosto de 2014. En esa misma fecha el crudo Brent se cotizó arriba de los 102 dólares por barril. Aún no se iniciaba la caída espectacular en el número de equipos de perforación que operan en Estados Unidos. Las primeras encuestas de intenciones de inversión en la industria petrolera internacional, que anunciaban una baja significativa en las inversiones previstas para 2015 y 2016, aparecieron a principios del presente año. Los anuncios de diferimiento de inversiones en proyectos específicos, así como de recortes de personal, siguieron a los informes de resultados del cuarto trimestre de 2014 y el primero de 2015. En los últimos días, reputados consultores internacionales se han hecho eco de múltiples diferimientos de proyectos en aguas profundas y en campos de recursos no-convencionales. En el corto plazo las condiciones del mercado petrolero no parecen mejorar. Los niveles de inventarios globales han alcanzado niveles excepcionalmente elevados y continúan ascendiendo. Hay, más bien, riesgos de bajas adicionales de precios.

Los proyectos en riesgo son aquellos que se ubican en niveles altos de la curva global de costos. Destacan entre estos los que se localizan en arenas bituminosas de Canadá y esquistos bituminosos y arenas compactas en Estados Unidos, así como los de aguas ultra-profundas en el sector estadounidense el Golfo de México, en África Occidental y en Brasil. Los proyectos en los que se han hundido montos sustanciales de capital seguirán adelante. Son los nuevos proyectos que aún no cuentan con una decisión final de inversión los que corren mayor peligro de ser postergados. Ya se ha anunciado el diferimiento de un buen número de ellos.

Una buena parte de las invitaciones a licitar en territorio mexicano se encuentran en esta categoría. Se trata de proyectos de exploración y desarrollo de petróleo crudo en aguas ultra-profundas en el cinturón plegado de Perdido, cerca de la frontera marítima con Estados Unidos, y de gas natural en aguas profundas, así como de petróleo y gas en áreas con recursos no-convencionales. Son precisamente proyectos de esta naturaleza los que se encuentran en riesgo en ese país. Licitarlos ahora supondría que tenemos evidencia de que los de aquí son económicamente más atractivos, ya sea por enfrentar menores costos, prometer mayores volúmenes de producción o estar obligados a pagar menos impuestos y derechos. Hasta ahora no hay indicios de que éste sea el caso y, mucho menos, a los precios del petróleo y el gas natural vigentes.

Mención especial debe hacerse de Chicontepec. México aún no cuenta con una caracterización adecuada de estos recursos ni con una definición clara de la ingeniería que requiere una explotación económicamente eficiente. El fracaso de Pemex en esta región fue rotundo. Licitar en estas condiciones garantiza márgenes particularmente bajos para el fisco y un interés limitado de inversionistas privados. Hay otras opciones para iniciar su desarrollo sin necesidad de una adjudicación masiva de recursos, como se tiene previsto. Por ahora tendría que privilegiarse la adquisición de conocimientos, la experimentación y la innovación, reconociendo que se trata de un proyecto de largo plazo del que no se pueden cosechar ingresos petroleros relevantes en esta década.

Más difícil es la decisión de desarrollo de crudos extra-pesados que se ubican cerca de Ku-Zaap-Maloob. En esta área se ha encontrado un campo gigante, Ayatsil, en el que Pemex ya invirtió importantes recursos. Su explotación no va a ser fácil dado su alto contenido de ácido sulfhídrico, por lo que requerirá una infraestructura segregada que resista mejor la corrosión. Va a necesitar también un buque de almacenamiento propio.  Todo esto es manejable. La duda radica en el desarrollo de campos satélites a Ayatsil que el Estado se propone incluir en la cuarta licitación. Éstos son de dimensiones relativamente pequeñas. La complejidad de las decisiones estriba en la oportunidad de las mismas y su interacción con proyectos de asociación entre Pemex y particulares en esta área. El gobierno necesita articular una estrategia específica antes de publicar la invitación a licitar.

En materia de inversiones la oportunidad –el timing– es esencial. Acertar en esta materia, por definición plagada de incertidumbre y riesgo, supone construir y explorar diversos escenarios con todo rigor. Las nuevas formas de inversión estatal a través de contratos de producción compartida y de licencia obligan a hacer todo lo posible por maximizar y capturar la renta económica de los hidrocarburos. Licitaciones a destiempo pueden destruir valor y transferirlo a terceros. El cambio fundamental de circunstancias registrado en la industria petrolera internacional hace necesaria una reflexión cuidadosa respecto a los pasos que habría que dar antes de emitir nuevas invitaciones a licitar. Ante un punto de inflexión en las tendencias de esta industria conviene aguardar un cierto re-equilibrio para identificar nuevas tendencias. No hay razón para correr riesgos como los que entrañaría tomar decisiones en mitad de la turbulencia. Seamos prudentes.

 

Adrián Lajous
Investigador visitante en el Centro sobre Política Energética Global de la Universidad de Columbia. Fue director general de Pemex de 1995 a 1999.

Por una cultura académica distinta: propuestas contra el plagio

México D.F., a 27 de julio, 2015

A la opinión pública
A la comunidad académica mexicana
A las instituciones mexicanas de educación superior
A la Secretaría de Educación Pública (SEP)  
Al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT)
A la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES)

 

Por una cultura académica distinta: propuestas contra el plagio

En las últimas semanas dos casos de plagio académico han afectado de manera notable a la comunidad académica mexicana. A pesar de no disponer de cifras exactas sobre su extensión, hay suficiente evidencia de que el plagio constituye un problema bastante extendido en nuestro medio. El fortalecimiento intelectual, institucional y ético de dicha comunidad es el único camino para erradicar de su seno prácticas que la afectan de diversas formas y cuya tolerancia amenaza los valores fundamentales que la sostienen. En el centro de dichas prácticas se encuentra el plagio académico. En su ejercicio se mezclan, en primer lugar, la deshonestidad y la pereza de algunos, pero también la displicencia de otros, así como la ausencia de un marco regulatorio. En México, esta falta de regulación y de las sanciones correspondientes no hace más que contribuir a la difusión del plagio; asimismo, estas insuficiencias inciden sobre una serie de prácticas que de algún modo lo alimentan y le permiten desarrollarse.

La detección de varios casos notorios de plagio en las universidades mexicanas durante los últimos años nos parece reveladora de la crisis del sistema educativo que vive el país en todos sus niveles y de la producción del saber en particular. La apropiación indebida del trabajo de otros y de las ideas ajenas atenta contra la esencia y el sentido de la vida académica. El plagio académico está asociado con la ausencia de medidas que lo castiguen, sin duda, pero también con mecanismos de producción del saber que tendrían que refundarse, de manera que incidan directamente sobre un ambiente de tolerancia que contribuye a convertir al plagio en un problema aún más profundo, más extendido y más difícil de detectar. Esta situación debe terminar a la brevedad posible. La detección y sanción del plagio académico en nuestras instituciones docentes y de investigación son aspectos muy significativos, no solo para la formación integral de las nuevas generaciones, sino también para aumentar el nivel de nuestra vida académica y, en esa medida, para el futuro de nuestro país.

Reconociendo los pasos firmes que algunas instituciones universitarias han dado recientemente en la lucha contra el plagio académico, con el objeto de propiciar un debate serio sobre el tema en la comunidad académica, así como contribuir a erradicarlo de nuestro medio, quienes suscribimos este documento hemos elaborado las siguientes propuestas:

I. Que las instituciones de educación superior e investigación suscriban un Acuerdo Nacional para el establecimiento de una política de tolerancia cero frente al plagio académico. Esta política debe incluir un compromiso a corto plazo por parte de todas las instituciones participantes en el Acuerdo para adecuar su normativa interna a fin de establecer instancias y procedimientos disciplinarios para la detección y, en su caso, sanción a los estudiantes de todos los niveles y a los profesores e investigadores que incurran en esta práctica. Parte de esta política debe incluir la definición de lo que significa “plagio académico” y, por tanto, de los parámetros para su detección y, en su caso, sanción. Los parámetros que surjan deberán ser ampliamente difundidos entre la comunidad académica en su conjunto, incluyendo profesores, investigadores y estudiantes de licenciatura y posgrado. Asimismo, deben contribuir de forma directa en la redacción y promulgación de códigos generales de ética académica en todas y cada una de las instituciones de educación superior del país y centros de investigación.

II. Que la SEP, el CONACYT y la ANUIES apoyen mediante la adecuación de su reglamentación y a través de programas institucionales los esfuerzos de las instituciones de educación superior y de investigación para combatir enérgicamente el plagio y otras conductas éticamente inaceptables que están relacionadas con él.

III. Que las sanciones que se apliquen en los casos de plagio comprobado por las instancias institucionales encargadas de su investigación reflejen inequívocamente su inaceptabilidad ética, intelectual e institucional.

IV. Que el CONACYT apoye técnica y financieramente a los comités académicos de los posgrados inscritos en el padrón nacional, así como a los comités editoriales (incluidos los de las revistas arbitradas) de las instituciones de investigación registradas ante el mismo Consejo, para la adquisición y puesta en uso de software lo más sofisticado posible para la detección del plagio.

V. Que las instituciones de educación superior e investigación impulsen los mecanismos para poner en línea toda su producción editorial y todas las tesis de sus egresados.

VI. Que los CV de todos los miembros del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), incluyendo los de las comisiones dictaminadoras y revisoras, sean públicos y estén disponibles en un sitio específico del CONACYT. Asimismo, que todos los ascensos que sean promovidos o ratificados, así como los descensos de categoría, aparezcan en ese mismo sitio, con los nombres de los miembros de cada una de las comisiones respectivas.

VII. Que tanto el CONACYT como las instituciones de educación superior e investigación valoren como es debido el trabajo de dictamen o arbitraje científico de publicaciones.

VIII. Que las instituciones que formen parte del Acuerdo aquí propuesto diseñen mecanismos eficaces de información a toda la comunidad académica sobre los casos confirmados de plagio.

Por último, parece innegable que la tendencia generalizada a incrementar la cantidad de productos, el número de alumnos por programa, el número de tesis dirigidas y la eficiencia terminal (todas ellas tendencias que el CONACYT fomenta en su sistema de evaluación actual) ha terminado por jugar en contra de la calidad académica. A este respecto, proponemos que en un plazo razonable algunas de las instituciones de investigación más importantes del país, junto con el propio CONACYT, la SEP y la ANUIES, convoquen a una serie de reuniones de trabajo en la que participen los académicos mexicanos interesados, así como expertos internacionales, con el fin de diseñar políticas que, sin desechar todo lo que se ha avanzado al respecto en los últimos años y sin perder de vista la viabilidad, pongan sobre la mesa maneras distintas, novedosas, de evaluar el trabajo académico en nuestras universidades y centros de investigación.

 

Elisa Cárdenas, Universidad de Guadalajara
Iván Escamilla, UNAM
Daniela Gleizer, UAM-C
Soledad Loaeza, COLMEX
Benjamín Arditi, UNAM
Fausta Gantús, Instituto Mora
José Antonio Aguilar, CIDE
Alfredo Ávila, UNAM
Marco Antonio Landavazo, Univ. Michoacana
Rafael Rojas, CIDE
Roberto Breña, COLMEX
Eugenia Roldán, CINVESTAV
Ariadna Acevedo, CINVESTAV
Ignacio Almada Bay, El Colegio de Sonora
Gabriel Negretto, CIDE
Jesús Rodríguez Zepeda, UAM-I
Antonio Azuela, UNAM
Juan Ortiz Escamilla, Universidad Veracruzana
Catherine Andrews, CIDE
Érika Pani, COLMEX
Tomás Pérez Vejo, ENAH
Gilles Serra, CIDE

propuestas

Literal

Coleccionista

El viejo coleccionaba horas.

Como buen coleccionista, no hacía nada con ellas: eran un tesoro que contemplaba, acariciando la idea de la riqueza contenida en tanto tiempo. A veces sentía que era momento de usarlas, aunque luego se detenía pensando que todavía no eran suficientes. No por avaricia: por esa extraña forma del amor que es la venganza.

Había empezado a juntarlas cuando agonizaba su hija. En sus ratos de lucidez, ella suplicaba tener un poco más de tiempo, poder completar algo de lo que había emprendido. Le repetía a su padre cuántas ganas tenía de viajar: le contaba que quería irse a buscar esas imágenes que presentía; que cuando las encontrara, las dibujaría al óleo. Que se sentaría al borde de un río, como tantos otros pintores; que recorrería ciudades y bosques hasta dar con esa realidad que había intuido. Y sonreía.

Una sonrisa triste como la enfermedad. Una imagen que el viejo querría nunca haber encontrado. Su hija necesitaba tiempo y él se lo daría. Empezó a pasearse por el hospital, tarde cada noche, recogiendo las horas que las enfermeras dejaban escurrir frente a la televisión, las que los enfermos desperdiciaban viendo al vacío, todas esas horas de los familiares tomando café en las salitas.

Juntaba las horas y se las ofrecía a su hija al amanecer, como flores. A veces, ella tenía fuerzas suficientes y podía usarlas. Recibía las llamadas preocupadas de sus amigos, escribía un poco, intentaba hacer algunos trazos con su pincel. Pero cuando el viejo no lograba despertarla, las horas que le había conseguido se le iban, también a él, de entre las manos.

Buscó, pues, la manera de almacenarlas.

Los frascos ocupaban demasiado espacio, y hacían ruido en los corredores oscuros. Los tubos de pinturas al óleo no eran mala idea, siempre y cuando ella estuviese en condiciones de pintar. Y en efecto, algunas mañanas el viejo contempló maravillado cómo ella transformaba en escenas brillantes las coloridas horas que él le ofrecía. Pero cuando se pasaban días sin que ella lograra pintar, o cuando los tratamientos le hacían sentir náuseas frente a los óleos, las horas se descomponían por efecto de los solventes, y cuando por fin las usaba, sus escenas dejaban ver la rancia angustia del tiempo que se dejó pasar sin remedio.

Logró disolver algunas horas en agua, y ella las bebía agradecida, cuando podía; pero cuando estaba débil no podía tragar.  Con el paso del tiempo, los únicos líquidos que toleraba le entraban sólo por las venas. A él se le ocurrió entonces almacenar las horas grabándolas, sólo para descubrir, descorazonado, que se necesita tanto tiempo para usar una hora grabada como una real.

Así que se las empezó a poner. Era el método más fácil y más rápido de juntarlas, y se conservaban a la perfección. Pero cuando se las quiso entregar, se dio cuenta de que ya formaban parte irremediable de él. La única solución sería llevarla a recogerlas en persona. No lo logró: un padre triste y solo pasa desapercibido en las noches impasibles de un hospital: los demás se descuidan y él puede echar mano de cuantas horas perdidas encuentre por ahí. Pero un padre triste llevando en trágico paseo a su hija moribunda es otra cosa. Las enfermeras se aprontan a ayudar; los demás padres salen del sopor y lo compadecen: nada, ni unos minutos de qué echar mano.

Cuando ella murió, él ya no pudo romper el hábito. Seguía deslizándose en parques y cafés, escamoteándoles a los demás las horas que dejaban pasar. Del dolor azorado de los primeros días, de la oscuridad viscosa que rodea a la injusticia, de tanto mundo vacío para siempre de sus descendientes fue emergiendo como una esperanza la riqueza contenida en tantas horas acumuladas. Si no había podido darle más tiempo a su hija, por lo menos viviría él mucho más de lo que le tocaba: un intento, humano al fin, de ajustar cuentas con la vida. Si ella había dejado tantos lienzos sin pintar, él haría esos viajes que le permitieran encontrar las imágenes internas de su hija. Se volvería un experto en lo que a ella le había interesado, terminaría los estudios que ella dejó inconclusos. Tanto mundo y tanto qué hacer y él, solo con su tiempo. Sin embargo, conforme más planes hacía, más pensaba en todas las horas que le harían falta para llevarlos a cabo, y volvía a salir a buscar…

Pero su vida, como la de todos, tenía un fin predeterminado, y un día al viejo le llegó su hora. No se murió, desde luego, porque al ponerse las horas robadas, éstas se habían acurrucado en sus pulmones, en su corazón, en sus piernas, en su cerebro. No se murió porque no se podía morir. Pero ya no le estaría permitido salir a dar vueltas por el mundo: ni viajaría, ni pintaría los cuadros inconclusos de su hija ni volvería a abandonar su casa.

Ahí, en esa casa, hay quienes dicen que a veces se oye el llanto desesperado de quien lamenta tener todo el tiempo del mundo.

 

Gabriela Arroyo Couturier

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El IEEPO: una historia de poder y políticas

La desaparición, por decreto del gobernador oaxaqueño, del  Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca (el IEEPO), es una decisión que intenta “devolver la autoridad educativa al gobierno del estado”, según anunció el propio gobernador Gabino Cué en la conferencia de prensa del pasado 21 de julio. El anuncio  dramático, espectacular, de ocho columnas para medios impresos y electrónicos, fue apoyado simbólicamente por las figuras del Secretario de Educación Pública y del vocero de la Presidencia de la República. Pero la decisión, el diseño del nuevo Instituto, constituye apenas el primer paso en el complicado proceso de reconfiguración del poder político en el campo educativo oaxaqueño. La implementación de la decisión es, en realidad, el proceso en el cual se verá a prueba la fortaleza política del gobernador y del gobierno federal, frente al ruido de los tambores de guerra que ya ha comenzado a hacer sonar la CNTE como reacción frente a la desaparición del Instituto.

ieepo

Más allá del curso de los acontecimientos, conviene sin embargo detenerse a reconstruir la historia del IEEPO en su contexto estatal y su relación con la CNTE.1 Como se sabe, el Instituto fue creado el 23 de mayo de 1992 durante la gubernatura de Heladio Ramírez (1986-1992), un priista tradicional, curtido en las aguas turbulentas de la fractura del PRI previa y posterior a las elecciones presidenciales de 1988. Con el salinismo y con el apoyo de Ramírez, llegó el Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica, un reforma al sistema educativo nacional orientada políticamente a dos cosas fundamentales: primero descentralizar (federalizar) la educación básica en las entidades de la república, trasladando la nómina, algunas decisiones y recursos educativos a los gobiernos estatales; y segundo, acabar con el caciquismo sindical formado y ejercido durante casi dos décadas por Carlos Jongitud Barrios en el SNTE.

Los resultados, lo sabemos, fueron contradictorios, parciales y perversos. Por un lado, más que federalización de la educación lo que tuvimos fue un proceso de “feudalización” del sistema educativo básico, donde gobernadores y líderes sindicales nacionales y locales terminaron ejerciendo una suerte de cogobierno de la educación básica en las distintas entidades del país. Por otro lado, el desplazamiento de Jongitud y su Vanguardia Revolucionaria, cedió el paso no a la democratización sindical sino al surgimiento de un nuevo tipo de liderazgo, caciquil y poderoso, encabezado por Elba Esther Gordillo. En este contexto nacional, la creación del IEEPO en Oaxaca se significó, en una primera etapa (justamente la que corresponde al gobierno de Heladio Ramírez) por mantener los entendimientos políticos tradicionales entre el SNTE y el gobierno estatal: nombramiento conjunto de funcionarios educativos tanto en el IEEPO como en las direcciones de la escuelas públicas, los nombramientos de supervisores y jefes de zona, el acceso a plazas y los cambios de adscripción.

Al igual que se hacía y se hace en las secretarías estatales de educación en todo el país, la autoridad educativa surge de los arreglos institucionales entre los gobiernos estatales y el SNTE. Sin embargo, desde mediados de los años noventa la creciente influencia de la fracción disidente del SNTE en el suroeste del país (la Coordinadora) terminó por desplazar políticamente la fuerza del sindicato tradicional en esas regiones. Y la CNTE se posicionó como el principal interlocutor político del gobierno estatal oaxaqueño. Esto se tradujo poco a poco en la penetración del IEEPO por parte de la Coordinadora, desplazando la influencia tradicional del SNTE en el sector y en el organismo. La creciente legitimidad corporativa de la Coordinadora, su fuerza beligerante a través de paros y movilizaciones, fue consolidando la certeza en la clase política local de que gobernar el sector educativo oaxaqueño era una labor en la cual debía apoyarse, negociar o ceder ante la fuerza de la Coordinadora.

Con los gobiernos de Diódoro Carrasco (1992-1998), de José Murat (1998-2004) y de Ulises Ruiz (2004-2010) (todos pertenecientes al PRI), el poder de la CNTE se amplió y consolidó. La coalición que a nivel federal significó la alianza del SNTE con el PRI durante el salinismo y el zedillismo, se transformó en una coalición del gobierno educativo entre los gobiernos panistas y el SNTE con el elbismo como fuerza de cohesión y control político electoral y sindical. Pero esa coalición, paradójicamente, significó en Oaxaca el fortalecimiento de la Coordinadora como una fuerza política local que luego se extendió rápidamente a entidades como Guerrero, Veracruz, Chiapas y Michoacán. Sin embargo, nada se parece al poder que la coordinadora acumuló en Oaxaca, y que le llevaron a desafiar y bloquear la reforma educativa peñanietista lanzada el inicio de su mandato finales del 2012.

La llegada del Gabino Cué al gobierno estatal en 2010, un expriista postulado por una  coalición multipartidista (PAN, PRD, PT y Convergencia), significó la irrupción de la alternancia   en Oaxaca, y con ella, la posibilidad de un cambio político en el gobierno del sector educativo. Ello no obstante, por prudencia, pragmatismo o debilidad pura y dura, el nuevo gobierno estatal mantuvo el esquema tradicional de la gobernabilidad del sector, consolidando la fuerza de la CNTE en el centro del mapa político local, pero también manteniendo su dominio del IEEPO, con lo cual el poder de la Coordinadora también se tradujo en su dominio en los programas, los puestos, los recursos y las políticas locales de educación.

Pero la política, ya se sabe, es el arte de gestionar los conflictos, los tiempos y las posibilidades. La fuerza consolidada de la Coordinadora explica que la reforma educativa peñanietista no contara con los apoyos locales suficientes ni del SNTE ni del gobierno de Cué para penetrar en las estructuras de control político de la CNTE. Habría que esperar el paso de las elecciones intermedias de julio de 2015, coincidente con el último año de gobierno de Cué,  para emprender una acción espectacular, mediática, y políticamente apoyada por el gobierno federal, el gobierno estatal y el SNTE, una operación cuyo centro simbólico y práctico es el desmantelamiento del IEEPO. La cuestión clave es si esa operación conjunta permitirá reconstruir la gobernabilidad del sector, avanzando al mismo tiempo en la gobernanza institucional necesaria para implementar la reforma educativa nacional en Oaxaca,  y minimizando, al mismo tiempo, los costos políticos de la reacción de la CNTE en el corto y mediano plazo.

 

Adrián Acosta Silva
Instituto de Investigaciones en Políticas Públicas y Gobierno del CUCEA-Universidad de Guadalajara. Coordinador académico de la Unidad de Política Educativa en el Centro de Estudios Estratégicos para el Desarrollo de la U. de G.


1 Parte de esa historia ha sido reconstruida por Marlene Y. Salazar Velasco en su tesis  “Gobernanza y cambio institucional del sistema de educación superior en Oaxaca, 1989-2011”. Maestría en Gestión y Políticas de la Educación Superior, CUCEA-Universidad de Guadalajara, enero, 2014.

Respuesta de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes

La Coordinación de la Sociedad de la Información y el Conocimiento de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes envió esta carta a la redacción de Nexos con comentarios sobre el reportaje de Andrés Lajous y Paris Martínez, “El gobierno federal y el Edomex donan mil 700 millones de pesos a una fundación y a una empresa, sin pedirles cuentas”, publicado aquí el pasado 7 de julio.

 

México, D. F., a 7 de julio de 2015

 

Héctor Aguilar Camín
Director
Revista Nexos
P r e s e n t e

En relación con el artículo “El gobierno federal y el Edomex donan mil 700 millones de pesos a una fundación y a una empresa, sin pedirles cuentas”, publicado el 7 de julio de 2015 en la edición en línea de la revista Nexos, me permito hacer los siguientes comentarios:

Si bien los Puntos México Conectado se abordan solo tangencialmente en el artículo, considero importante aclarar que este proyecto de la SCT, se ha apegado a los principios de legalidad, transparencia y racionalidad en el uso de los recursos públicos. Los Puntos forman parte de un modelo sin precedentes para acelerar la inclusión digital en el país y, por lo tanto, tomamos con seriedad las interpretaciones que pudieran hacerse a partir de este artículo.

La red de Puntos México Conectado (Puntos) consta de 32 centros de inclusión e innovación digital, uno en cada entidad federativa del país, y tiene como sus principales objetivos:

1. Contribuir a reducir la brecha digital en la población a través de cursos de capacitación en habilidades digitales.

2. Generar una oferta educativa para niños basada en la tecnología, a través de cursos de programación y robótica.

3. Brindar herramientas de emprendimiento para los jóvenes, que les permitan iniciar proyectos de innovación tecnológica.

Para llevar a cabo esta labor, la SCT ha celebrado una serie de contratos. En relación con lo señalado en el artículo de referencia en cuanto a que “llama la atención que no hay información sobre qué empresa da el servicio de operación y contenidos en ellos, o si hubo alguna licitación”, le informo que la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) ha sido el socio estratégico clave para el desarrollo y éxito de este proyecto. Por el prestigio y la experiencia que tiene la UANL en proyectos de inclusión digital y tras el estudio de mercado correspondiente, en marzo de 2014, con fundamento en el artículo 1º de la Ley de Adquisiciones, Arrendamiento y Servicios del Sector Público, la SCT contrató a esta casa de estudios para la ejecución de los Puntos.

Como parte de este contrato, la UANL asumió directamente la mayor parte de las acciones, a la vez que se dio a la tarea de buscar diversas organizaciones que hubieran desarrollado proyectos relacionados con los objetivos que se habían planteado cumplir los Puntos. De esta manera, la UANL encontró empresas que, con diferentes alcances y en distintos lugares de nuestro país, tuvieran experiencia en el desarrollo de este tipo de proyectos. Así, la UANL decidió trabajar con Enova (empresa mencionada en el artículo) para ofrecer cursos de capacitación en  habilidades digitales; con Robotix para ofrecer cursos de programación y robótica y con Tanque e iLab para brindar programas de emprendimiento tecnológico y para acercar la oferta educativa de los Puntos a la población. La UANL integró a estos proveedores como un mecanismo para complementar las capacidades internas con las que cuenta y enfrentar exitosamente sus obligaciones contractuales con la SCT.

Además de las tareas que desarrolla la UANL directamente o a través de terceros, como señala el artículo en cuestión, la SCT llevó a cabo licitaciones públicas para el arrendamiento del equipo tecnológico utilizado en los Puntos y para contratar al personal que atiende a los usuarios y lleva a cabo las actividades docentes, administrativas y operativas. Dichas licitaciones fueron asignadas conforme lo marca la Ley.

La red de Puntos está en operación desde marzo de este año. En este breve periodo ha beneficiado ya a más de 60 mil personas (de las cuales 54% mujeres) a través de sus diversos cursos y programas, lo cual es señal de la buena recepción que ha tenido entre la población. Además, en estos cuatro meses de operación, los PMC han tenido logros importantes. Destaco sólo tres de ellos:

1. Los Puntos organizaron, por primera vez en el país, una Feria Nacional de Robótica en la que participaron 1,300 de sus alumnos. De ellos, 288 acudieron a la prestigiada competencia Robotix Fair 2015 en la Ciudad de México en junio pasado.

2. Jóvenes universitarios han desarrollado cerca de 400 proyectos de emprendimiento con las metodologías que se imparten en los Puntos.

3. Los Puntos han atendido a personas que normalmente están alejadas de la tecnología. El 33% de los usuarios de cursos de inclusión digital tienen 50 años o más.

Finalmente, respecto de la afirmación en el sentido de que “se consultó a la SCT, responsable del programa ‘México Conectado’, sobre quién provee los contenidos y cursos a estos centros digitales, pero esta dependencia guardó silencio…”, le comento que esta Secretaría no tiene registro de solicitudes de información por los canales oficiales.

En éste, como en todos los proyectos a cargo de la Coordinación de la Sociedad de la Información y el Conocimiento, se han ejercido los recursos públicos con criterios de racionalidad, eficiencia y transparencia. Asumo como parte de la responsabilidad que conlleva el servicio público el escrutinio de las instancias fiscalizadoras, de los medios de comunicación y de la ciudadanía, por lo que le extiendo una cordial invitación para que juntos visitemos cualquiera de los 32 Puntos, para que conozca de primera mano su funcionamiento y sus alcances. Le comento que como encargado de la Coordinación de la Sociedad de la Información y el Conocimiento, estaré a su disposición para atender cualquier duda en la dirección electrónica javier.lizarraga@sct.gob.mx.

Le envío un cordial saludo.

 

Atentamente

 

Javier Lizárraga

Carta sobre el caso Juan Pascual Gay

Publicamos esta carta que llegó a la redacción de Nexos en referencia al caso de Juan Pascual Gay.


A la opinión pública
Al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología
A El Colegio de San Luis

El pasado martes 30 de junio el doctor Guillermo Sheridan, profesor-investigador de la UNAM, dio a conocer que su artículo “José Juan Tablada en su Diario”, publicado en la revista Vuelta en 1993, fue plagiado en el año 2000 por el doctor Juan Pascual Gay, actualmente profesor-investigador de El Colegio de San Luis, quien lo publicó en la revista española Arrabal. El hecho ha salido a la luz justo en el momento en el que existe una polémica en torno los plagios académicos en México, lo cual ha propiciado un juicio generalizado que ha impedido atender los matices de este caso en particular.

Quienes suscribimos la presente carta, en diversos momentos y espacios de nuestra vida académica hemos llegado a establecer una relación como alumnos, colegas o colaboradores en proyectos de trabajo con el doctor Pascual. Para cada uno de nosotros, en distinta medida, el doctor Pascual ha sido un excelente profesor e investigador, además de un ejemplo de dedicación, un aliciente profesional y un compañero próvido, lo cual queda demostrado por el trabajo académico que ha desarrollado en los últimos años.

Ignoramos las circunstancias que orillaron al doctor Pascual a cometer esta falta que, sin lugar a dudas, nos resulta reprobable; sin embargo, creemos que esto no debe ser motivo para el linchamiento público de una persona que, más allá de este hecho, ha destacado por tener una trayectoria brillante y honesta.

Creemos firmemente en lo anterior porque hemos sido testigos del rigor, la entrega y la generosidad con la cual el doctor Pascual ha desarrollado su trabajo como docente e investigador en las diversas instituciones en las que ha tenido presencia. Y así como no podemos sino lamentar que haya cometido ese error, tampoco podemos dejar de reconocer lo valiosa que ha sido su labor para cada uno de nosotros.

Esperamos que estas palabras den fe de lo significativo que ha sido su trabajo académico y del valor humano que nos ha demostrado siempre.

Nuestro aprecio para Juan Pascual Gay.

 

San Luis Potosí, SLP, a 18 de julio de 2015

 

Javier Sicilia (Secretario de Extensión Universitaria, Universidad Autónoma del Estado de Morelos / miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte)
Eduardo Subirats (Profesor, New York University)
Francisco Estéves (Miembro ICYT- Universidad Carlos III de Madrid / Crítico literario en Los Lunes de El Imparcial)
Andreas Kurz (Profesor, Universidad de Guanajuato)
Aureliano Ortega Esquivel (Profesor, Universidad de Guanajuato)
Carlos Rubén Medrano Ruiz (Profesor-Investigador El Colegio de San Luis)
Carlos Zafra (Profesor, Instituto Politécnico Nacional)
Carlomagno Sol Tlachi (Ex-investigador del Instituto de Investigaciones Lingüístico- Literarias de la Universidad Veracruzana)
Elba Margarita Sánchez Rolón (Profesora, Universidad de Guanajuato)
Felipe Oliver (Profesor, Universidad de Guanajuato)
Gerardo Bobadilla Encinas (Profesor, Universidad de Sonora)
Hugo Ortiz Blas (Profesor-Universidad Autónoma del Estado de Morelos)
Inés Ferrero Cándenas (Profesora, Universidad de Guanajuato)
Irma Guadalupe Villasana Mercado (Profesora, Universidad Autónoma de Zacatecas / Centro de Actualización del Magisterio en Zacatecas)
Jaime Luis Brito (Profesor de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos y Periodista)
José de Jesús Sánchez Rodríguez (Profesor, UASLP)
Lilia Solórzano Esqueda (Profesora, Universidad de Guanajuato)
Liliana García Rodríguez (Profesora, Universidad de Guanajuato)
Luis Felipe Pérez Sánchez (Profesor, ENSOG)
Luis Fernando Macías García (Director de la División de Ciencias Sociales y Humanidades, Campus León, Universidad de Guanajuato)
Mónica Uribe Flores (Profesora, Universidad de Guanajuato)
Ricardo Romero Perezgrovas (KULeuven, Doctoraat in Bio-ingenieurwetenschappen)
Rogelio Castro Rocha (Profesor, Universidad de Guanajuato)
Rolando Álvarez Barrón (Profesor, Universidad de Guanajuato)
Tomás Calvillo Unna (Profesor-Investigador El Colegio de San Luis)
Adán Joel Ayala Navarro (Profesor, Spanish Language Center de Chicago)
Adriana Guillén Ortiz (Estudiante, El Colegio de San Luis)
Agustín Rodríguez Hernández (Estudiante, El Colegio de México)
Alberto Carranco Arauza (Estudiante, Universidad de Guanajuato)
Alfredo Zárate Flores (Estudiante, UAM-Iztapalapa)
Anuar Jalife Jacobo (Estudiante, El Colegio de San Luis)
Bernardo Humberto Govea Vázquez (Egresado, Universidad de Guanajuato /Narrador oral profesional)
Blanca Fátima del Rosario Hernández Morales (Egresada, Universidad de Guanajuato)
Blanca Olivia Ortiz Soria (Estudiante, UPN / Profesora Escuela Nivel Medio Superior)
Daniel Ayala Bertoglio (Estudiante, El Colegio de San Luis)
Daniel Juárez Monzón (Estudiante, UNAM)
Daniel Silva Granados (Estudiante, Universidad de Guanajuato)
Daniela Orozco González (Profesora, Enseña por México, A.C.)
Dayna Díaz Uribe (Estudiante, El Colegio de San Luis)
David Osvaldo Eudave Rosales (Profesor, Universidad de Guanajuato/UDL/UCEM)
Ernesto Sánchez Pineda (Estudiante, El Colegio de San Luis)
Fabián Gómez Arredondo (Estudiante, Universidad de Guanajuato)
Fernando J. Noriega Buendía (Estudiante, Universidad de Guanajuato)
Francisco Abel Villagrán López (Egresado, Universidad de Guanajuato)
Hugo Martínez Camacho (Estudiante, Universidad de Guanajuato)
Israel López Sánchez (Egresado, Universidad de Guanajuato)
Jesús Miguel Domínguez Rohan (Estudiante, Princeton University)
Jimena Aragón Moreno (Egresada, Universidad Autónoma del Estado de Morelos)
Kazuki Ito Cervera (Estudiante, Universidad Veracruzana)
Leticia Natali Herrera (Egresada, Universidad de Guanajuato)
Lilia Cristina Álvarez Ávalos (Egresada, El Colegio de San Luis)
Lioubov Rovínskaia (Egresada, Universidad de Guanajuato)
Luis Alberto Arellano Hernández (Estudiante, El Colegio de San Luis)
Luis Alejandro Acevedo Zapata (Egresado, Universidad de Guanajuato)
Luz Andrea de León Ramírez (Estudiante, Universidad de Guanajuato)
Luz María Loya Orellana (Estudiante, El Colegio de San Luis)
Mariana Alejandra Espejo Méndez (Estudiante, École des Hautes Études en Sciences Sociales)
Marcela Trujillo García (Egresada, Universidad de Guanajuato)
Marco Antonio Vuelvas Solórzano (Estudiante, Universidad de Colima)
Marco Antonio Vázquez Rocha (Estudiante, El Colegio de San Luis)
Marevna Mercedes Gámez Guerrero (Estudiante, UNAM)
Martha Isabel Ramírez González (Estudiante, El Colegio de San Luis)
Paloma Guzmán Rosiles (Estudiante, Universidad de Guanajuato)
Patricia Guzmán Rosiles (Estudiante, Universidad de Guanajuato)
Reyna Alejandra Dávalos García (Egresada, Universidad de Guanajuato)
Roberto Rivelino García Baeza (Estudiante, El Colegio de San Luis)
Salvador García Rodríguez (Estudiante, El Colegio de San Luis)
Samantha Ramos Villanueva (Estudiante, Universidad de Guanajuato)
Sandra Elena Solano Rendón, (Egresada, Universidad de Guanajuato)
Sandra Sofía Mosqueda Arista (Egresada, El Colegio de México)
Valeria Palacios Sosa (Egresada, Universidad de Guanajuato)
Víctor García Mata (Activista social)

Respuesta a la Fundación Proacceso ECO A.C.

Respuesta a la carta dirigida por Fundación Proacceso ECO, A.C. a los autores del reportaje “El gobierno federal y el Edomex donan mil 700 millones de pesos a una fundación y a una empresa, sin pedirles cuentas”, Andrés Lajous y Paris Martínez. 

 

En atención a la carta firmada por Aleph Molinari, director de Proacceso ECO, A.C. hacemos los siguientes comentarios:

En nuestro reportaje hay tres señalamientos que, después de la carta de la fundación publicada como respuesta, queremos resaltar.

El primer señalamiento es que no hay documentos que muestren un proceso de asignación transparente de los más de mil 700 millones de pesos que los gobiernos federal y mexiquense han entregado a la organización Proacceso ECO, A.C. y a la empresa Enova: no hubo un procedimiento público en la donación inicial, ni una justificación pública de las donaciones de recursos públicos subsecuentes. La falta de transparencia en esta asignación no es atendida en la carta aquí publicada y firmada por Aleph Molinari. Tampoco explica la forma en que estas asignaciones de presupuestos públicos se hicieron a una organización y a una empresa recién creadas, y a personas que carecían de experiencia en el tema educativo.

respuesta

El segundo señalamiento es que la asociación civil Proacceso ECO A.C. y la empresa Enova operan juntas, y su relación va más allá de ser proveedores privados: tal como sus directivos reconocieron en una misma entrevista, Proacceso ECO A.C. y Enova planean en conjunto proyectos, que luego Proacceso  ECO A.C. gestiona ante el gobierno para obtener donaciones de organismos públicos. Con esos recursos, la asociación civil contrata a la empresa Enova, es decir que en el papel son entidades distintas, pero en los hechos operan como una sola. En su carta, Molinari asegura que Proacceso ECO A.C. y Enova son organizaciones independientes una de la otra y que Enova es un proveedor más. Sin embargo, la operación de Enova/Proacceso, como un sólo ente, queda evidenciada en distintos documentos de organismos que han puesto su atención en el trabajo de este grupo privado:

1. Al reconocer el proyecto de Enova y Proacceso en el 2011, la organización Ashoka aseguró que “Enova es el principal cliente de la fundación Proacceso ECO, una organización ciudadana sin fines de lucro, que también fue concebida por Jorge [Camil] y sus socios [de Enova]… Mientras la estructura con fines de lucro de Enova le permite crear productos de alta calidad y crecer rápido, el estatus de organización sin fines de lucro de [Proacceso] ECO les permite recibir financiamiento clave del gobierno y filantrópico. [Proacceso] ECO es el cliente más importante de Enova, representando 80% de todas la ventas de Enova”.1

2. En el documento de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) sobre el diseño físico de espacios educativos que cita en su carta Molinari, la dirección de contacto de Proacceso ECO2 es la misma dirección que la empresa Enova dio al gobierno del Estado de México en los 22 contratos que le adjudicó en el año 2014.3 Incluso Molinari citó por correo electrónico a uno de los autores del reportaje en su oficina en dicha dirección. Estos contratos a su vez fueron asignados directamente a Enova para surtir las Bibliotecas Digitales que según la carta publicada gestiona Proacceso ECO.

3. Como se señaló en el reportaje en la inauguración de los primeros centros RIA en el 2009, Mois Cherem, director de Enova, fue presentado como "miembro del Consejo Directivo de la Fundación Proacceso ECO”. Después, a finales del 2010, en un evento en el Senado de la República se leyó su currículum y también se le presentó como “miembro del consejo directivo de la Fundación Proacceso [ECO]” y como “Presidente del Consejo General de Enova”.4 Directivos de Enova han encabezado la inauguración de distintos proyectos cuya titularidad se arroga Proacceso, lo cual no concuerda con su papel de simple proveedor. El mismo gobernador mexiquense, Eruviel Ávila, ha informado que la impulsora de dichas iniciativas es Enova, sin mencionar jamás a Proacceso.

Los documentos citados aquí, y en el reportaje publicado el 7 de julio, no son los únicos en los que no se hace la distinción entre la asociación civil Proacceso ECO A.C. y la empresa Enova. Por el contrario, en videos y entrevistas, Molinari, en tanto presidente de Proacceso Eco, como los directivos de Enova, se atribuyen la idea, el diseño y la implementación de los centros RIA en el Estado de México.

El tercer señalamiento es que, una vez que se hicieron asignaciones de recursos públicos sin mecanismos transparentes, y luego de que éstos fueron incrementando y cambiando de “vehículo” de financiamiento año con año, su uso e impacto no ha sido evaluado ni auditado por las autoridades responsables de dichas asignaciones. Al respecto, Molinari sólo fija en su carta una postura parcial y sin ofrecer información detallada. Por esta razón hacemos los siguientes comentarios:

1. Los reportes elaborados por el "experto independiente" al que hace referencia la Fundación Proacceso ECO A.C. no son auditorías financieras ni de resultados. Se trata —como señalan los convenios firmados entre autoridades y Fundación Proacceso ECO A.C.— de ejercicios de "supervisión técnica y financiera del proyecto", que sólo comprenden evaluaciones durante el tiempo de construcción de cada centro RIA o Biblioteca Digital. Es decir, son reportes que sólo registran el gasto calendarizado de los recursos, pero no incluyen información que permita saber si ese dinero se invirtió en las condiciones más favorables posibles para el Estado, ni tampoco analizan las condiciones de subcontratación de servicios.5

2. Los reportes del “experto independiente” sólo se centran en el estado de la construcción, aunque sin referir nunca el marco legal contra el cual está contrastando su análisis, es decir, ni siquiera este seguimiento a la obra se realizó tomando como base los parámetros legales en materia de supervisión de construcciones.

3. Los reportes del “experto independiente” a los que hace referencia Proacceso ECO A.C. tampoco incluyen una evaluación de la calidad de los servicios impartidos en sus sucursales. Más importante aún: el “experto independiente” al que aluden en ningún momento evaluó si los centros digitales de Proacceso ECO/Enova han avanzado o retrocedido en el objetivo explícito del proyecto, que es reducir la brecha digital en las localidades donde montaron sus escuelas. 

4. Como señala el reportaje, los mil 700 millones de pesos que el gobierno ha donado a este grupo privado son recursos de origen público y hasta la fecha ninguna autoridad responsable ha auditado oficialmente el correcto uso de esos fondos públicos, la calidad de los servicios prestados o el impacto comunitario de esta inversión tal como esas mismas autoridades reconocieron. La ausencia de evaluaciones sistemáticas y públicas  sobre el uso de los recursos y su impacto en la comunidad es, incluso, reconocida por la carta  de Proacceso ECO A.C.; en ella se comprometen a realizar una evaluación "adicional"  en un plazo no definido. De llevarse a cabo esta evaluación se sumaría a las citadas en nuestro reportaje y que se han hecho por contratación de Proacceso/Enova, sin tener procedimientos ni resultados públicos.

5. En cuanto a las evaluaciones de resultados educativos, Proacceso ECO A.C. dice en su carta que el reportaje publicado les atribuye responsabilidad en temas como la prueba Enlace que, afirma Molinari, no son de su competencia. Los autores del reportaje no somos omisos a los cuestionamientos que hay al uso de la prueba Enlace como criterio de evaluación. Sin embargo, resulta contradictorio que por un lado, Proacceso  ECO A.C. niegue que la prueba Enlace sirva para medir sus resultados, y por el otro en la página de internet de la Red de Innovación y Aprendizaje (RIA) y de Enova se señale que emplean los resultados de la prueba Enlace como parámetro de los pretendidos beneficios del proyecto. Esta contradicción revela que ni Proacceso ECO A.C. ni Enova tienen claridad sobre cómo medir el impacto de los recursos públicos que han utilizado. Si Enlace no es una base firme para evaluar los resultados de Proacceso ECO A.C., entonces no deberían de usar los resultados de dicha prueba como si se tratara de evidencia del éxito de su proyecto.

6. Molinari en su carta, para señalar el éxito de su proyecto, compara la tasa de “graduación” en los centro RIA y las Bibliotecas Digitales con la tasa de graduación de Cursos Masivos en Línea. Esta comparación, una vez más muestra que no es claro el criterio con el que Proacceso ECO A.C. y Enova evalúan su proyecto. Los centros RIA y las Bibliotecas Digitales dan cursos presenciales, los Cursos Masivos en Línea, como lo dice su propio nombre, son en línea, es decir sin presencia física. Probablemente sería una mejor comparación la tasa de graduación con otras escuelas privadas de inglés y computación que existen en nuestro país.

7. Las menciones y reconocimiento que han recibido tanto Proacceso ECO A.C. como Enova no son un ejercicio de auditoría ni evaluación. Algunos de estos  reconocimientos son, incluso, otorgados por organismos y empresas con los que Proacceso ECO A.C. y Enova tienen una relación comercial. Por ejemplo, la empresa Microsoft les otorgó un premio a la par de ser uno de sus proveedores.

 

Por último, en la carta de Proacceso ECO A.C. hay una imprecisión que parece voluntaria: dice que "todos los activos fijos de los proyectos son propiedad del gobierno, no de la Fundación Proacceso".  Esta afirmación contradice los reportes fiscales de Proacceso ECO A.C., pues prácticamente todos los equipos de cómputo con los que funcionan sus centros digitales "forman parte del activo fijo de Fundación Proacceso", y sólo un primer paquete de 500 computadoras serán devueltas a la autoridad una vez que hayan agotado su vida útil. El documento dice textualmente:

"La adquisición de equipo e instalaciones referentes a la primera adquisición de 500 computadoras para los Centros Estatales de Innovación Tecnológica pasarán a ser propiedad del Consejo Mexiquense de Ciencia y Tecnología al agotar su vida útil; este criterio no será aplicado a la segunda adquisición de 1,152 computadoras, tampoco a las 864 computadoras correspondientes a la tercera adquisición, ni a las inversiones relacionadas con las mismas, las cuales fueron adquiridas con recursos provenientes del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología y forman parte del activo fijo de la Fundación Proacceso Eco AC".6


1 http://mexico.ashoka.org/fellow/jorge-camil-starr

2 OECD, (2011). Designing for Education: Compendium of Exemplary Educational Facilities 2011, OECD Publishing.

3 Contratos ADE-111/2014 a ADE-133/2014, Gobierno del Estado de México.

4 https://www.youtube.com/watch?v=k8togUscdXw

5 PH Consultores, S.C. “Reporte General Cierre de Proyecto ‘Red de Innovación y Aprendizaje’ (RIA) del Estado de México Fase 2” 15/03/2012

6 Fundación Proacceso ECO, A.C., “Estados financieros al 31 de diciembre de 2013 y 2012 y Dictamen de los Auditores”

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El último

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Presentamos “El último”, cuento incluido en London Calling (Páginas de Espuma, 2015), el más reciente libro de Juan Pedro Aparicio, ilustrado por Fernando Vicente.


—Un inglés ideó un artefacto para conseguir plumas de ángel —intervino lord Leighton Buzzard—. Y es curiosa la historia ¿no es cierto, Bruce?

—Pues sí —replicó lord Wandsworth—. Curiosa historia y curioso personaje su inventor. Hoy se cree que se trata nada menos que de Jack el destripador. En principio era un muchacho normal, ni muy bueno ni muy malo, ni muy listo, ni muy tonto, ni muy alto ni muy bajo. No destacaba en nada. No era el primero y tampoco el último. Porque, desde las palabras de Jesús, los últimos serán los primeros, estos y aquellos se tocan y a veces se confunden. “¿Qué me tendrá reservada la vida? —se preguntaba—. No destaco en la caza del zorro, no tiro bien a pistola, no escribo bien, no tengo el mejor oído del mundo, no estoy dotado para la música, no soy el mejor con los naipes. Algo habrá en lo que sea el primero, pero qué?”. Siempre que iniciaba una actividad nueva tenía la esperanza de ser muy bueno en ella. En cierto modo exploraba sus habilidades con la emoción del descubridor que se adentra en los lugares más recónditos del mundo. Un día pensó que, si no estaba a su alcance ser el primero en un ámbito de valores convencionales, podría serlo con facilidad en aquello que la sociedad había proscrito y se dedicó a asesinar semejantes. Pronto sus crímenes debieron de parecerle escasa compensación a su mediocridad e ideó un artefacto para matar ángeles. Por fortuna sus propósitos no se cumplieron, o al menos no se cumplieron del todo, porque con la singular ballesta que construyó lo único que consiguió —y eso muy de vez en cuando— fue ver cómo caían de las alturas algunas plumas brillantes, plateadas, sólidas y evanescentes al tiempo. Eran plumas de ángel.

 

Juan Pedro Aparicio (León, 1941)

Escritor. Ha publicado: El transcantábrico, La vida en blanco, La mitad del diablo y El juego del diábolo, entre otros libros.

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El extraño caso del pirata Arancibia

Rodrigo Núñez Arancibia, de nacionalidad chilena, estudió una maestría en la Universidad de Chile y el doctorado en ciencias sociales en el Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México. Ahí escribió una tesis doctoral sobre los empresarios chilenos. Se graduó en 2004. Unos años después fue contratado por la Universidad  Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Ahí obtuvo una plaza de investigador titular y se convirtió en el Jefe de la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Historia y en director de la Maestría. Al poco tiempo ingresó al Sistema Nacional de Investigadores (SNI) del CONACYT; 10 años más tarde ya era investigador nacional nivel 1, lo cual le hizo acreedor a un incentivo económico mensual de unos 14,000 pesos. También ingresó al Programa de Estímulos al Desempeño del Personal Docente (PROMEP) de la SEP, lo que le daba derecho a percibir un dinero adicional, pues tenía el perfil docente “deseable”. Los intereses académicos del profesor Núñez Arancibia cubrían amplias áreas del conocimiento y cruzaban barreras temporales. El rango era amplísimo: iban del empresariado chileno en el siglo XX hasta la sociedad novohispana en la Colonia, pasando por las ideas de Collingwood de la Historia, los debates en la prensa Peninsular durante la Revolución Mexicana y las peripecias, no siempre afortunadas, del constitucionalismo liberal argentino en el siglo XIX. Se trataba de un erudito que se sentía a sus anchas en diferentes disciplinas, como la historia, la antropología y la sociología. La universidad que lo empleó publicó su tesis: Empresarios y desarrollo: economía y política en Chile contemporáneo (Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, 2008), libro que fue reseñado en el Journal of Latin American Studies. Seis años después había publicado otro en su misma universidad y diversos artículos en revistas especializadas de varios países. La carrera de 11 años del joven académico marchaba sobre ruedas y el futuro le sonreía. El generoso sol del Bajío lo calentaba. Hasta que un malhadado día todo se derrumbó. La verdad salió a la luz: Nuñez Arancibia era un pirata. Su brillante carrera académica era un monumental fraude. La historia del corsario Arancibia es más que la narración de las aventuras de un pirata académico, es la carta náutica de los mares que el pirata surcó durante más de una década saqueando a diestra y siniestra con absoluta impunidad.

pirata

No conozco a Rodrigo Núñez Arancibia. Sin embargo, sé que encontró muy útil un libro que edité junto con el historiador Rafael Rojas, El Republicanismo en Hispanoamérica, (FCE/CIDE, México, 2003) porque decidió plagiarse íntegro, tal cual, el capítulo de Gabriel Negretto, otro colega del CIDE, sobre el constitucionalismo liberal argentino.1 Núñez lo publicó nueve años después en la revista chilena Historia con un título muy semejante: “Repensar el republicanismo liberal latinoamericano a la luz de la constitución argentina de 1853”. Núñez Arancibia no se tomó la molestia de rehacer los resúmenes en español e inglés, que también se fusiló.2 El trabajo de mi coeditor y colega Rafael Rojas también debió parecerle muy interesante porque ese mismo año, y aprovechando el viaje, se pirateó un ensayo suyo que apareció como documento de trabajo del CIDE y lo publicó con su nombre en la revista chilena  Cuadernos de Historia.3 (Debo confesar cierto resquemor con el corsario: fui omitido de esa lista de víctimas tan ilustre).

Es de reconocerse que Núñez Arancibia leía en otras lenguas, de ahí que siguiese con mucho interés el trabajo de un grupo de historiadores norteamericanos de la Colonia. Interesado en que la investigación en inglés se difundiese en nuestros países, tomó varios capítulos del libro Religion and Society in New Spain (New Mexico University Press, 2007), y los publicó bajo su nombre con el título Religión y cultura popular en el mundo novohispano, vol. I (Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, 2014). El volumen en castellano se fusiló la introducción de Susan Schroeder y Stafford Poole, y los capítulos de Stanley Hordes, Javier Villa-Flores, María Elena Martínez, John Chuchiak, Martha Few y Sonya Lipsett-Rivera. Confiado en sus habilidades de traductor oficioso, el pirata Arancibia no quiso que nada se desperdiciase, así que también publicó los capítulos de María Elena Martínez, Mónica Díaz y Javier Villa-Flores en forma de artículos en castellano en revistas de América Latina.4

En 2014 el pirata Arancibia parecía imbatible. Era todo un vikingo de la academia. Envalentonado por el éxito de sus correrías, y decidido a no dejar títere con cabeza ni perdonar a ningún buque, enfiló la proa hacia otras aguas ricas en navíos desprotegidos. Cataría de todo. Así, cambió las monjas novohispanas por Collingwood. Ese año Núñez Arancibia publicó el artículo “La historia y las acciones humanas en el pensamiento de R. G. Collingwood” en la revista Valenciana (núm. 13, 2014, pp. 207-228), de la Universidad de Guanajuato. El texto era un plagio del capítulo de la investigadora argentina Rosa Belverdesi, “La historia y las acciones humanas: las tesis de Robin G. Collingwood” en el libro editado por Daniel Brauer, La historia desde la teoría (Ed. Prometeo,  Buenos Aires, 2009).

La educación de un pirata no es cosa sencilla. Probablemente la certeza de que era factible tomar por asalto los buques y salir del trance bien librado la obtuvo en la escuela. La tesis doctoral de Núñez Arancibia plagió el trabajo de la académica chilena Cecilia Montero Saavedra. El entonces aprendiz de corsario se fusiló el libro La revolución empresarial chilena publicado en 1997.5 Aparentemente ese fue su primer abordaje, del cual salió indemne y triunfante. El botín fue su título de doctor. Para  2004 el capitán Arancibia estaba en el puente y listo para surcar los siete mares de la academia. Cauto, hizo sus pininos en aguas tranquilas. En 2007 le echó el ojo a una presa en los mares australes: el artículo “Identidades étnicas, identidades sociales: la etnicidad de cara al siglo XXI”, publicado en la revista Proposiciones (núm. 32, marzo, 2006, pp. 336-347), de Mónica Andrea Aravena Reyes, una desprevenida profesora de la Universidad de Concepción en Chile. Tentando las aguas septentrionales decidió presentar el mismo trabajo con el título “Identidades éticas, identidades sociales: la etnicidad de cara al siglo XX” en el XXVI Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología que se realizó en Guadalajara en agosto de 2007. La ponencia apareció publicada en las actas del Congreso en cuestión.6 En el 2009 Núñez Arancibia siguió desarrollando sus artes de bucanero. Se plagió la ponencia “El método de enseñanza mutua en la Latinoamérica independiente: una revisión crítica” que fue  publicada en las Memorias del XXXIII Simposio de Historia y Antropología de Sonora (edición digital del 20009). La autora en realidad era Eugenia Roldán Vera, cuyo texto era: “El niño enseñante: infancia, aula y Estado en el método de enseñanza mutua en Hispanoamérica”, publicado en Bárbara Potthast y Sandra Carreras (comps.), Entre la familia, la sociedad y el Estado: Niños y jóvenes en América Latina, Frankfurt am Main, Vervuert/Iberoamericana, 2005, pp. 51-88.

En el 2011 se aventuró por nuevas aguas. Amablemente contribuyó un capítulo al libro colectivo que su universidad produjo titulado Revalorar la Revolución Mexicana. Hizo gala de su erudición aportando el capítulo “Las dificultades con los Estados Unidos vistas desde España: el debate de la prensa Peninsular entre el fin del Porfiriato y Huerta”. El texto era un plagio del artículo de Rosario Sevilla Soler, “De Porfirio a Huerta: los problemas con los Estados Unidos vistos desde España”, publicado en la Revista de Historia Social y de las Mentalidades de la Universidad de Santiago de Chile (año 12, núm. 1, 2008, pp. 49-82). Cuatro años después, éste sería el plagio por el cual sería descubierto y expuesto en su universidad.

No sabemos si Núñez Arancibia escribió algo de lo que publicó bajo su nombre en más de diez años. Como todo pillo ensorbecido por el triunfo, se volvió temerario y desafió a los hados. Se le pasó la mano. Sus andanzas del año 2014 fueron demasiado lejos y acabaron por causar su ruina. Cuando se desató la tormenta y la guardia costera de la academia salió finalmente a perseguir al bucanero disparando sus baterías, Núñez Arancibia arrió la bandera de las tibias cruzadas, atracó en puerto seguro, quemó el barco y renunció voluntariamente, y por mutuo acuerdo, a su puesto académico. Su universidad evitó así un pleito laboral, muy factible pues no tenía un código de ética que le sirviera para echarlo justificadamente por deshonestidad intelectual. Sin embargo, perdió la patente de corso, pues El Colegio de México decidió revocarle el grado de doctor. El bucanero también perdió sus canonjías: el SNI y el PROMEP. Probablemente el pirata Arancibia se encogió de hombros, colgó su tricornio de un clavo, se quitó el parche del ojo, pensó para sus adentros en el jugoso botín capturado a lo largo de una década, y suspiró: “¡fue bueno mientras duró!” Se metió a una taberna a tomarse un ron y esperar a que pasara el temporal. Ahí probablemente todavía está. Es un hombre que conoce bien el mundo, así que seguramente no le costará trabajo reinventarse. Probablemente tendría éxito en las finanzas globales. Lástima que los trabajos que plagió despotricaban contra el neoliberalismo. Tal vez ahora sí pueda escribir un libro propio: Las aventuras del pirata Arancibia.

Explicar el ecosistema del pirata Arancibia es algo que amerita cierta reflexión, porque sus correrías revelan las vulnerabilidades del medio académico en su conjunto. Ese mapa da cuenta de los incentivos que afectan la producción intelectual y la formación de carreras profesionales. Endurecer las reglas contra el plagio es necesario, pero sería ingenuo negar la dimensión estructural del fenómeno. El pirata Arancibia es sólo un síntoma de una enfermedad que no podemos borrar de un plumazo. Hasta que no comprendamos que los piratas no son una anomalía sino una consecuencia natural de las oportunidades que el medio ofrece no podremos empezar a erradicarlos de estos mares. Mientras tanto, los corsarios otean con su catalejo los siete mares. Pregúntenle si no a Rodrigo Nuñez Arancibia, bucanero irredento de la mar oceano.

 

José Antonio Aguilar Rivera


1 Gabriel Negretto, “Repensando el Republicanismo Liberal en America Latina. Alberdi y la Constitución Argentina de 1853”, en  José Antonio Aguilar Rivera y Rafael Rojas Para Pensar el Republicanismo en Hispanoamérica, Fondo de Cultura Económica, México, 2002, pp. 210-43.

2 Rodrigo Núñez Arancibia, “Repensar el republicanismo liberal latinoamericano a la luz de la constitución argentina de 1853”, Historia 396, núm. 2, 2012, pp. 291-316.

3 Rafael Rojas, “El debate de la independencia,”  Documento de Trabajo del CIDE, 2010. Este texto  apareció como “Opinión Pública”, en el Diccionario de la independencia, UNAM, 2010, editado por Virginia Guedea, Alfredo Ávila y Ana Carolina Ibarra. Nuñez Arancibia, Rodrigo Christian, “El debate y los márgenes del espacio público de la independencia Mexicana”, en Cuadernos de Historia, núm. 37, 2012.

4 Rodrigo Christian Núñez Arancibia, “Interrogando las líneas de sangre. “Pureza de sangre”, Inquisición y categorías de casta”, en Diálogo Andino. Revista de Historia, Geografía y Cultura Andina, ISSN: 0716-2278, Universidad de Tarapacá, Facultad de Educación y Humanidades Departamento de Ciencias Históricas y Geográficas, 2014; “Las monjas indígenas de Corpus Christi en Nueva España: Etnicidad y espiritualidad en el siglo XVIII”, en Tiempo Histórico, ISSN: 0718-7432, 2014; “En una divina persecución: Blasfemia y apuestas en la Nueva España (siglos XVI-XVII)”, en Revista de Historia Social y de las Mentalidades, núm. 1, volumen 18, Universidad de Santiago, junio, 2014.

5 http://www.eluniversal.com.mx/articulo/cultura/letras/2015/07/6/nuevo-caso-de-plagio-serial-en-la-academia

6 Esta correría está documentada en: http://www.plagiosos.org/index.php?section=25


Sobre el plagio académico

Plagio académico: decisiones, “complicidades” y el futuro inmediato

El viernes pasado El Colegio de México revocó el grado de doctor en ciencias sociales que otorgó a Christian Núñez Arancibia en 2004. Aunque la palabra “plagio” no aparece en el documento emitido por la presidencia de la institución, lo que llevó a las autoridades del Colmex a dicha revocación fue el incumplimiento de la “exigencia de originalidad” y el hecho de que la tesis “adolece del carácter de material inédito”. Algunos dirán que, dada la magnitud del plagio, el Colegio de México no tenía muchas opciones. Puede ser. Lo importante, sin embargo, está en otra parte: hasta donde tengo noticia es la primera vez que una institución académica mexicana de primer nivel revoca un título doctoral por motivo de plagio. El hecho es pues de la mayor importancia y puede ser el inicio de una serie de lineamientos y políticas que compliquen bastante la “labor” a los plagiarios potenciales, pero no solamente. Creo que el caso Núñez Arancibia debe servir también para adoptar medidas que además de complicar el plagio, contribuyan a reducir y controlar algunas de las prácticas sin las cuales es simplemente inexplicable cómo alguien pudo haberse  desempeñado y progresado en la academia mexicana como lo hizo Núñez Arancibia durante más de una década (se dice pronto).

academia

A este respecto, el texto que publicó Luis Fernando Granados hace unos días sobre el tema del plagio resulta pertinente, útil e ilustrativo (“Cómplices del plagio”). Como plantea Granados, los plagios se explican no solo por las intenciones de individuos aislados. La recurrencia del plagio también tiene que ver con una serie de prácticas muy extendidas en nuestro medio, que van desde l@s “asistentes” que son mucho más que eso y cuyo trabajo es utilizado ventajosamente, hasta los “comités de evaluación” que toman sus decisiones no con base en la calidad de los trabajos revisados, sino dejándose guiar por filias y fobias que poco tiene que ver con ella; pasando por una manera de ver la dictaminación de libros y artículos que responde más a lógicas burocráticas o de compadrazgo que a lógicas  académicas y por una eficencia terminal cuyo endiosamiento por parte del CONACYT ha tenido consecuencias nefastas sobre el nivel académico de tesis y programas.

Tanto en el título como en el contenido de su texto, Granados emplea la palabra “cómplices”. Sin pretender tirar la primera piedra, creo que el término es exagerado e incluso puede resultar ofensivo para algun@s. Ésta fue una de las réplicas que María de los Ángeles Pozas, directora de la tesis con la que Núñez Arancibia se doctoró en 2004, hizo en sus comentarios al texto de Granados. Ahora bien, lo que me parece más rescatable del texto de este historiador es la idea de que, si queremos realmente terminar con el plagio (o, mejor dicho, reducirlo lo más posible), debemos pensar en una serie de medidas que vayan más allá de nuestra capacidad para detectarlo y de castigarlo cuando se presenta.

Entre esas medidas, Granados critica la primacía de la cantidad (sobre la calidad) que caracteriza al sistema que el CONACYT emplea para evaluar a los profesores-investigadores que pertenecen al SNI. A estas alturas, parece innegable que esta lógica cuantitativa debe cambiar o, cuando menos, sofisticarse. El reto, sin embargo, es plantear opciones viables y funcionales. Además de la creación de una serie de herramientas que permitan castigar de manera enérgica el plagio académico a nivel nacional, ese es otro de los objetivos de corto plazo que un grupo de académicos teníamos en mente cuando decidimos redactar y dar a conocer el jueves pasado una carta sobre los dos casos de plagio más recientes (el mencionado de Núñez Arancibia y el de Juan Antonio Pascual Gay, profesor-investigador de El Colegio de San Luis). De aquí nuestra petición expresa al CONACYT para que adopte disposiciones respecto al plagio que tengan repercusiones de índole general, no solo relativas a los dos casos referidos. La revocación del título de Núñez Arancibia por parte del Colmex y las medidas que el consejo académico del Colsan decida tomar respecto a Pascual Gay en los días por venir no pueden ser las únicas reacciones. Con este fin, en un plazo relativamente breve algun@s de los 19 firmantes de la carta mencionada, junto con otros académicos que quieran sumarse, haremos una serie de propuestas.

Como se ha señalado en más de una ocasión, la indignación no sirve para nada si se piensa en términos institucionales y en términos de futuro. Tampoco hay que convertir al medio académico mexicano en la noche en la que todos los gatos son pardos. Como lo sugerimos en la carta referida y como la Dra. Pozas señala en su réplica a Granados, hablar de ciertas instituciones académicas como si se tratara de una sola persona o incluso referirse a un centro, a un instituto o a un departamento en esos términos, es algo que más allá de las taras y defectos de la academia mexicana, deberíamos evitar.

En un país en el que el Chapo Guzmán se escapa cada vez que le da la gana y en el que el presidente de la república hace giras oficiales con séquitos multitudinarios, a much@s les puede parecer que el plagio académico es algo secundario, “muy secundario”. La cuestión aquí, sin embargo, es que en este país miles de personas han escogido la vida académica universitaria como su profesión. Una profesión a la que no pocos se dedican con una vocación y una seriedad que quien esto escribe calificaría de “notables”. Esta apreciación personal sería lo de menos, si no fuera porque una parte importante del futuro de México está en relación directa con dicha vocación y dicha seriedad.

Los dos casos de plagio que ahora están bajo los reflectores deben servirnos para que en la medida de lo posible los reflectores académicos, si han de dirigirse a algún lado, lo hagan hacia otras personas y otras actividades. Más allá de las reservas que se puedan aducir, la decisión del Colegio de México me parece un excelente comienzo para reducir el plagio en nuestro medio. Es cierto que el caso Núñez Arancibia era demasiado burdo y, en esa medida, menos útil quizás de lo que estoy planteando. Sin embargo, exactamente por la misma razón se impone la necesidad de modificar algunas reglas y algunas conductas en la academia mexicana. Desde mi punto de vista, la decisión del Colmex, textos críticos como el de Granados y, sobre todo, las medidas que el propio gremio académico sea capaz de diseñar para reducir el plagio, para disminuir la recurrencia de prácticas que son “poco académicas” (por decir lo menos) y para incidir sobre los actuales métodos de evaluación del CONACYT, esos elementos, decía, podrían convertir al affaire Núñez Arancibia en el último de los casos grotescos de plagio en la historia de la academia mexicana. En las próximas semanas se verá si esta es la dirección que decidimos tomar como comunidad académica o si persistimos en ese “más de lo mismo” cuyos resultados están a la vista.

 

Roberto Breña


Sobre el plagio académico

Respuesta
Fundación Proacceso: resultados y cuentas

La Fundación Proacceso envió esta carta —que reproducimos por completo— a la redacción de Nexos, a propósito de la investigación periodística de Andrés Lajous y Paris Martínez, publicada en este sitio el martes 7 de julio.

 

La integración de más mexicanos a la sociedad de la información nos permite ser un país más productivo, democrático y equitativo. La Fundación Proacceso es una organización de la sociedad civil sin fines de lucro, que busca fomentar la inclusión digital y las habilidades del siglo XXI. En siete años de operación se han creado 120 centros de inclusión digital y de capacitación en 55 municipios donde existe una amplia brecha digital, así como la necesidad de espacios comunitarios. En estos centros, 679,004 personas se han registrado para usar la tecnología y aprender habilidades digitales.

El pasado 7 de julio se publicó un artículo en Nexos acerca de la Fundación Proacceso. Mientras que acogemos la crítica a nuestros proyectos, el artículo muestra una serie de imprecisiones, datos erróneos y comparativos que no aplican a la naturaleza de nuestras actividades. A continuación detallamos nuestra misión, el modelo de inclusión, sus resultados y la forma en que rendimos cuentas ante las entidades que nos apoyan y la sociedad.

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Fotografías: Fundación Proacceso

 

Misión y modelo de inclusión digital

La misión principal de los proyectos de la Fundación Proacceso es la inclusión digital. Dado que el 55.6% de la población mexicana no cuenta con acceso a Internet,1 la Fundación Proacceso incluye digitalmente a ciudadanos, especialmente de bajos recursos, para que participen en la sociedad del conocimiento. En el Índice de Preparación para Redes (Network Readiness Index) que publica anualmente el Foro Económico Mundial, México ocupa el lugar 79 entre 144 países, mientras que en el número de internautas, México ocupa el lugar 85. Actualmente, todo mexicano tiene derecho a tener acceso a internet.

La Fundación Proacceso conjunta todos los componentes necesarios para lograr una iniciativa de inclusión digital exitosa: infraestructura, contenido, capacitación y conectividad. El modelo de capacitación es mixto: un facilitador imparte una clase y los alumnos interactúan con cursos en línea. Consistentemente hemos observado que esta combinación permite que las personas tengan mejores resultados que en cursos ofrecidos solamente en línea. Los facilitadores y asesores bibliotecarios son licenciados en pedagogía, psicología educativa o bibliotecarios y pasan por un riguroso proceso de selección y capacitación.

Nuestro objetivo es que las personas tengan acceso a internet, y que sea una herramienta para que mejoren su vida. Nos enfocamos en la enseñanza de habilidades digitales a través de 30 diferentes cursos para niños, jóvenes y adultos. Los cursos más solicitados enseñan el uso de la computadora, Internet y paquetería de oficina. Otros cursos son programación y ciencia para niños, micro-emprendimiento y finanzas personales. Se imparten clases de inglés ya que muchos programas e información están en ese idioma y ayuda a obtener trabajo.2 

 

RIA y Bibliotecas Digitales

La Fundación Proacceso creó la Red de Innovación y Aprendizaje (RIA), un grupo de 70 centros de inclusión digital en 34 municipios del Estado de México. Posteriormente participó en el proyecto de Bibliotecas Digitales, una red de 50 espacios para fomentar la lectura y permitir que estudiantes de escuelas públicas tengan acceso a un acervo de libros electrónicos. Las Bibliotecas Digitales se ubican en escuelas y universidades públicas de 50 municipios del Estado de México.3

Más de 2,000 personas se registran semanalmente en los centros y las Bibliotecas Digitales. La tasa de graduación de las personas inscritas a cursos es cercana al 60%, que es significativa para cursos que no son parte del sistema formal. En el caso de Cursos en Línea Masivos y Abiertos (MOOC), que ofrecen algunas universidades, la tasa de graduación es de 6.5%.4 Las personas se gradúan con habilidades digitales y de inglés que evaluamos a través de un expediente académico en línea; para graduarse es necesario aprobar distintas pruebas en esta plataforma. Adicionalmente, la Fundación Proacceso ha realizado evaluaciones de impacto educativo para detectar externalidades positivas de la inclusión digital. Cabe mencionar que el artículo atribuye a la Fundación Proacceso responsabilidades en temas como la prueba Enlace y materias que competen al sector educativo público, a pesar que estos objetivos no son parte de los convenios que hemos celebrado.5

Los usuarios muestran una alta satisfacción con los servicios que reciben. En 43,892 encuestas electrónicas que respondieron los usuarios, reportaron una satisfacción del 92.5%.

Los centros de la RIA fueron incluidos en el compendio de instalaciones educativas ejemplares en 2011 de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico, a partir de un proceso de selección llevado a cabo por un jurado internacional. Asimismo, la Organización de las Naciones Unidas otorgó a la Fundación Proacceso el estatus consultivo dentro de su Consejo Económico y Social, en temas de inclusión digital y capacitación.

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Rendición de cuentas y evaluaciones

En los convenios que ha firmado la Fundación Proacceso con autoridades se estipula que se debe designar a un experto independiente aprobado por la autoridad para realizar evaluaciones mensuales o trimestrales de los proyectos. Todos los recursos son y han sido destinados a los objetivos señalados en los convenios.

Estas evaluaciones tienen dos enfoques: a) en los proyectos de instalación, la evaluación se enfoca en el avance físico y financiero, y b) en la operación, se revisan las condiciones de funcionamiento de los centros y la calidad de los servicios que se dan a la comunidad.

El pago de cada etapa de los proyectos está condicionado a la revisión y aprobación del reporte de evaluación por parte de las autoridades. Las evaluaciones incluyen visitas de campo aleatorias, análisis del avance técnico en la ejecución de los compromisos del convenio, comprobación financiera y fotografías. Adicionalmente, a la Fundación Proacceso se le requieren informes periódicos técnicos y financieros, que incluyen la comprobación fiscal y el detalle de los recursos erogados en cada rubro del convenio.

En los siete años de la Fundación Proacceso, los expertos independientes han realizado un total de 82 reportes de evaluación que fueron entregados a las autoridades. Los funcionarios responsables han tenido información detallada, objetiva y precisa sobre el estado del proyecto, con la cual han realizado evaluaciones y procesos de auditoría internos. El experto independiente ha concluido en las diversas evaluaciones que la Fundación Proacceso cumplió con sus obligaciones legales en el uso de recursos y en los objetivos de los convenios.

La Fundación Proacceso ha entregado en tiempo y forma la documentación que le han requerido las autoridades para los procesos de auditoría que han realizado regularmente. Por otro lado, como parte de sus obligaciones legales, la Fundación Proacceso audita anualmente sus estados financieros con un dictamen realizado por un contador externo autorizado. Todos se encuentran disponibles en www.proacceso.org.mx. La Fundación Proacceso se encuentra al corriente con todas sus obligaciones legales y su información financiera está disponible en el portal del SAT.

En 2014 el Centro Mexicano de la Filantropía reconoció a la Fundación Proacceso por sus niveles óptimos de transparencia e institucionalidad.

 

Costos del proyecto y cuotas de recuperación

La RIA y las Bibliotecas Digitales han sido proyectos de alto impacto y de un amplio alcance. El total de la inversión convenida para establecer y operar los 120 centros educativos en el periodo de 2009 a 2015 es de $1,598,174,714.

Todos los activos fijos de los proyectos son propiedad del gobierno. Los centros RIA cuentan con una infraestructura de: 70 espacios de inclusión digital6 que ocupan 15,985 metros cuadrados con 209 aulas, 85 salas audiovisuales, 70 servidores centrales y 2,514 computadoras. Las 50 Bibliotecas Digitales ubicadas en predios de escuelas públicas tienen 15,892 metros cuadrados, 97 aulas, 50 servidores centrales, 2,189 computadoras y 651 tabletas. La inversión a lo largo de 5 años en infraestructura de capacitación que es pública ha sido de $539,115,374.

Los 120 centros educativos han operado un total de 4,690 meses en el periodo de 2009 a 2015. Los recursos destinados a operar esta infraestructura desde el 2009 ($1,059,059,340), son necesarios para el pago de facilitadores, luz, seguridad, telecomunicaciones, hospedamiento de datos, soporte técnico, limpieza, materiales didácticos, mantenimiento y todos los insumos para que los centros tengan una operación de calidad. Esto significa un subsidio operativo por beneficiario de $1,337. La Fundación Proacceso tiene 409 empleados que imparten 2,860 grupos de clases semanalmente.  

Un beneficiario es un usuario registrado que accede a las computadoras para trabajar, estudiar, hacer tareas o tomar un curso. El compromiso de la Fundación Proacceso es mantener un servicio disponible de acceso y de capacitación a la población en general. A todo alumno registrado se le invita a que use las instalaciones y se inscriba a cursos. Para los alumnos en el periodo de 2009 a 2015 (405,155),7 el subsidio operativo por alumno es de $2,613 en un tiempo promedio de 3.5 meses de curso ($746 al mes). La Fundación Proacceso ha mantenido una estructura de costos equilibrada para que el costo sea eficiente. Este costo operativo por alumno es menor que el de cursos de calidad equivalente en la industria privada ($1,600-$2,300/mes).

Todos los servicios ofrecidos en las Bibliotecas Digitales son gratuitos. En el caso de los centros de la RIA, todos los cursos tienen un subsidio entre el 80% y 100%. Para los niños la mayoría de los programas son gratuitos.

Las cuotas de recuperación son reinvertidas en el proyecto al 100% para lograr que los beneficios y capacitación impacten a un mayor número de usuarios. Al igual que otras organizaciones de la sociedad civil y académicos,8 consideramos adecuado que haya una cuota de recuperación para que el usuario le atribuya valor a lo que está recibiendo.

 

Colaboración intersectorial

De acuerdo a un estudio del Banco Mundial,9 las alianzas tri-sectoriales, en las que participan los sectores público, social y privado para lograr beneficios para la sociedad, suelen tener: costos inferiores, riesgos compartidos, innovación, expansión y profundidad del impacto de los proyectos, así como la creación de proyectos más efectivos y sostenibles. Para el sector público los principales beneficios son incrementar el involucramiento de la comunidad y el cumplimiento del mandato público de garantizar el acceso a Internet. Este tipo de alianzas se han usado en otros países para fomentar la inclusión digital.10 El enfoque de la colaboración tri-sectorial es que cada sector aporte sus fortalezas. El sector público define las políticas públicas, evalúa los resultados y a través de su inversión permite que los servicios lleguen a personas de bajos recursos que difícilmente podrían pagar servicios de esta calidad. El sector social permite integrar a los diversos participantes, implementar los proyectos y velar por la misión social de los proyectos. El sector privado aporta la tecnología y la logística necesaria para dar un buen servicio.

La Fundación Proacceso se enfoca en realizar sus proyectos de la manera más eficiente posible, buscando tener un impacto social en las comunidades que beneficia. Trabaja regularmente con más de 230 proveedores. Para la selección de un proveedor se analizan costos, tiempo de entrega y calidad de los productos y servicios. La Fundación Proacceso contrata a proveedores de equipamiento e insumos tecnológicos, constructoras, arquitectos, compañías de telecomunicación, así como proveedores de contenido educativo.

Es importante ser enfáticos en la independencia de la Fundación Proacceso. En sus asociados, consejeros y empleados, jamás ha participado un funcionario público o un miembro de las compañías con las que contrata servicios. Sus decisiones son tomadas exclusivamente de acuerdo a criterios técnicos y sociales.

El artículo se refiere a la Fundación Proacceso y a Enova como un mismo ente, lo cual es falso. Enova no forma parte de la Fundación Proacceso de ninguna manera legal o administrativa. Los recursos utilizados por la Fundación Proacceso para implementar sus proyectos se destinan a más de 230 proveedores y para el pago de la nómina de los facilitadores. En el agregado de los convenios, Enova como proveedor representa una minoría del gasto total de la Fundación Proacceso. 

Enova es una empresa especializada en el desarrollo de soluciones tecnológicas para ámbitos educativos. Provee a la Fundación Proacceso servicios que incluyen una plataforma para la administración remota y centralizada de espacios educativos, un sistema de administración de aprendizaje (LMS), que cuenta con un catálogo de cursos y exámenes, un portal de capacitación, servicios de capacitación continua, un sistema de información y estadística, y un control de incidencias. Asimismo, cuenta con un alto grado de especialización y ha cumplido con el nivel de servicio estipulado en los contratos.

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Conclusión

Para incluir digitalmente a los 75 millones de mexicanos que faltan se requiere la colaboración entre los sectores público, social y privado. La RIA y las Bibliotecas Digitales son esfuerzos que han tenido resultados significativos, y que deben ser acompañados de otras iniciativas y de políticas públicas para garantizar el derecho a internet. Hemos desempeñado nuestra labor con absoluto apego a la ley y a la rendición de cuentas. Invitamos a las personas interesadas en este proyecto a visitar un centro RIA o una Biblioteca Digital para constatar el buen uso de los recursos y la calidad del proyecto.

 

Aleph Molinari
Presidente del Consejo Directivo de la Fundación Proacceso


1 INEGI, 2014.

2 Mexicanos Primero, Sorry, el aprendizaje del inglés en México, disponible en: http://www.mexicanosprimero.org/images/stories/sorry/Sorry-digital-ok.pdf.

3 La red de Bibliotecas Digitales del Estado de México incluye  a otros espacios en los que no participa la Fundación Proacceso. La lista completa de municipios y direcciones se encuentra en el sitio www.proacceso.org.mx

4 Jordan, Katy, “Initial trends in enrolment and completion of massive online open courses”, The International Review of Research in Open and Distance Learning, 2014.

5 Conforme a los convenios, los proyectos de la Fundación Proacceso son para la creación de espacios de inclusión digital y bibliotecas públicas con libros electrónicos. En el caso de los convenios celebrados con el CONACYT y el COMECYT, la participación pública se da con el objeto de cumplir con la Ley de Ciencia y Tecnología que señala en su artículo 13: “se fomentará la promoción y fortalecimiento de centros interactivos de ciencia, tecnología e innovación para niños y jóvenes”.

6 Los espacios de la RIA son arrendados, el COMECYT tiene el derecho de recibir todos los bienes a la terminación de los convenios.

7 Esta cifra incluye los alumnos registrados en el periodo de 2009 hasta los previstos para el final del 2015 conforme a las tasas de registro históricas.

8 Mohammed, Rafi , Nine Tips to Better Nonprofit Pricing, Stanford Social Innovation Review, 2010.

9 Corporación Financiera Internacional, Banco Mundial, “The Need for Tri-Sector Partnerships”, 2012.

10 Davis y Giller, “One Cleveland”, Harvard Kennedy School, 2006.

Sobre el plagio académico

México D.F., a 8 de julio, 2015

A la opinión pública

A la comunidad académica mexicana

Al Sistema Nacional de Investigadores del CONACYT

A todas las instituciones mexicanas de educación superior

Los casos de plagios notorios se siguen presentando de forma recurrente en el medio académico mexicano. Hace poco salieron a la luz dos ejemplos más. El primero es el de Rodrigo Núñez Arancibia, profesor-investigador de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. El segundo es el de Juan Antonio Pascual Gay, profesor-investigador de El Colegio de San Luis. Ambos han sido denunciados; el primero ante el CONACYT y el segundo públicamente. Es cierto que en la página electrónica de la Facultad de Historia de la Universidad Michoacana hay un anuncio en el que se avisa que Núñez Arancibia ya no labora en la misma, pero no se señalan los motivos, ni que renunció (pues no fue cesado). En cuanto a Pascual Gay, sabemos que las autoridades de El Colegio de San Luis han turnado su caso al consejo académico para definir la postura de esa institución. Por último, en lo que concierne a El Colegio de México, el Centro de Estudios Sociológicos (en el que Núñez Arancibia obtuvo su doctorado en 2004), comunicó que este viernes (10 de julio) se pronunciará al respecto.  

Muchas instituciones académicas mexicanas carecen de medios legales para sancionar casos como los referidos, pero esto no puede ser excusa para no condenar públicamente prácticas que atentan contra la esencia del trabajo académico. Pasar por alto cualquier caso de plagio contribuye a generar un ambiente permisivo y poco riguroso, del que esta práctica se nutre y que a su vez fomenta. Como en ocasiones anteriores, los vacíos legales en materia de plagio permiten que éste no solamente no sea castigado, sino que contribuye a crear un ambiente de simulación y de encubrimiento que solo beneficia a quienes no se toman el trabajo académico en serio. A fin de cuentas, la producción del conocimiento en México se ve afectada por unos cuantos, pues la inmensa mayoría de los investigadores del país lleva a cabo su trabajo con rigor y honestidad.

Solicitamos a las principales instituciones académicas mexicanas de educación superior, así como al CONACYT, que diseñen y pongan en práctica los mecanismos necesarios para que todas las universidades del país puedan tomar las medidas correspondientes cuando el plagio se presenta. Estamos convencidos de que el CONACYT debe tomar cartas en el asunto, por su naturaleza misma, por su participación en procesos de evaluación, por su alcance nacional y porque los científicos y académicos adscritos al Sistema Nacional de Investigadores, así como los que participan de sus programas de financiamiento, se benefician de dinero público.

Por otro lado, esta es otra buena oportunidad para insistir en el rigor con que las instituciones académicas mexicanas de educación superior deben realizar las labores de titulación, contratación, evaluación, permanencia y promoción. Asimismo, pone una vez más sobre la mesa la necesidad de que las publicaciones periódicas académicas en nuestro idioma concedan a la labor de dictaminación de artículos toda la importancia que merece. En nuestra opinión, pocas cosas pueden elevar tanto el nivel de una institución académica como el conjunto de las labores mencionadas. Realizadas con criterios adecuados de exigencia, todas ellas pueden contribuir significativamente a la detección y reducción del plagio.

Por último, no está de más apuntar que casos de plagio como los mencionados tienen repercusiones internacionales negativas para el medio académico mexicano. El plagio afecta a la investigación no solo internamente; también deteriora la imagen de nuestro trabajo y de nuestra vida académica a escala internacional.

Marco Antonio Landavazo, Univ. Michoacana

Ariadna Acevedo, CINVESTAV

Rafael Rojas, CIDE

Iván Escamilla, UNAM

Soledad Loaeza, COLMEX

Ignacio Almada Bay, COLSON

Fausta Gantús, Instituto Mora

Alfredo Ávila, UNAM

José Antonio Aguilar, CIDE

Guillermo Sheridan, UNAM

Elisa Cárdenas, U de G

Jesús Rodríguez Zepeda, UAM-I

Daniela Gleizer, UAM-C

Benjamín Arditi, UNAM

Juan Ortiz Escamilla, UV

Eugenia Roldán, CINVESTAV

Gabriel Negretto, CIDE

Antonio Azuela, UNAM

Roberto Breña, COLMEX

Thomas Piketty: “Alemania nunca ha pagado”

En una dura entrevista con el periódico alemán Die Zeit, el economista estrella Thomas Piketty pide un gran congreso sobre la deuda. Alemania, en particular, no debería dejar de ayudar a Grecia.

Desde su exitoso libro “El capital en el siglo XXI”, el francés Thomas Piketty ha sido considerado como uno de los economistas con mayor influencia a nivel mundial. Su tesis sobre la redistribución del ingreso y la riqueza ha generado una discusión global. En una entrevista con Georg Blume, de Die Zeit, da opiniones claras sobre el debate de la deuda europea.

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Die Zeit: ¿Deberíamos estar felices los alemanes de que hasta el gobierno francés se haya alineado con el dogma alemán de la austeridad?

Thomas Piketty: Claro que no. Éste no es motivo para que Francia, Alemania y especialmente Europa estén felices. Tengo mucho mayor miedo de que los conservadores, en particular en Alemania, estén a punto de destruir Europa y la idea europea, todo por su escandalosa ignorancia de la historia.

DZ: Pero nosotros los alemanes ya nos enfrentamos a nuestra propia historia.

TP: ¡Pero no en cuanto a pagar deudas! El pasado de Alemania, en ese sentido, debería ser de gran importancia para los alemanes de hoy. Mire la historia de la deuda nacional: el Reino Unido, Alemania y Francia llegaron a estar alguna vez en la situación de la Grecia actual, y de hecho con una deuda mucho mayor. La primera lección que podemos aprender de la historia de la deuda gubernamental es que no nos estamos enfrentando a un problema nuevo. Han existido muchas maneras de pagar las deudas, y no sólo una, que es lo que Berlín y París quieren hacer creer a los griegos.

DZ: ¿Pero no deberían pagar sus deudas?

TP: Mi libro narra la historia del ingreso y la riqueza, incluyendo la de las naciones. Lo que me llamó la atención mientras lo escribía es que Alemania es en realidad el mejor ejemplo de un país que, a través de su historia, nunca ha pagado su deuda externa. Ni después de la Primera Guerra Mundial ni después de la Segunda. No obstante, ha hecho, reiteradamente, que otras naciones paguen, como después de la Guerra Franco-Prusiana de 1870, cuando pidieron indemnizaciones gigantes de parte de Francia y las obtuvieron. El Estado francés sufrió durante décadas bajo esta deuda. La historia de la deuda pública está llena de ironías. En raras ocasiones sigue nuestras ideas de orden y justicia.

DZ: Pero no se puede concluir que hoy las cosas no pueden hacerse mejor, ¿o sí?

TP: Cuando escucho que los alemanes dicen que mantienen una postura sumamente moral sobre la deuda y una fuerte creencia de que las deudas deben pagarse, pienso: ¡Qué gran chiste! Alemania es el país que nunca ha pagado sus deudas. No tiene base para darle sermones a otras naciones.

DZ: ¿Está usted intentando representar a los Estados que no pagan sus deudas como ganadores?

TP: Alemania es justo ese tipo de Estado. Pero espere: la historia nos muestra dos formas en las que un Estado endeudado puede dejar esa condición. La primera fue representada por el Imperio Británico en el siglo XIX, después de sus costosas guerras contra Napoleón. Éste es el método lento que se le está recomendando a Grecia hoy. El Imperio pagó sus deudas a través de una disciplina presupuestaria estricta. Esto funcionó pero tardó mucho, mucho tiempo. Durante 100 años, los británicos dieron hasta 2 y 3% de su economía al pago de deudas, que era más de lo que gastaban en escuelas o educación. Eso no tenía por qué ser así, y no tiene por qué suceder hoy. El segundo método es mucho más rápido. Alemania lo demostró en el siglo XX. En esencia se compone de tres elementos: inflación, un impuesto especial sobre la riqueza privada y un aligeramiento de la deuda.

DZ: ¿Entonces usted dice que el Wirtschaftswunder (“milagro económico”) alemán se basó en el mismo tipo de perdón de deuda que le negamos a Grecia hoy?

TP: Exactamente. Después de que la guerra terminó en 1945, la deuda alemana equivalía a más del 200% de su PIB. Diez años después, poco de eso quedaba: la deuda pública era menos del 20% del PIB. Alrededor de la misma época, Francia consiguió resultados similares. Nunca hubiéramos logrado esta reducción increíblemente rápida de la deuda a través de la disciplina fiscal que hoy le recomendamos a Grecia. En lugar de esto, ambos países emplearon un método con los tres componentes que menciono, incluyendo el perdón de parte de la deuda. Piense en el Acuerdo de Deuda de Londres de 1953, en el que el 60% de la deuda externa alemana se canceló y sus deudas internas fueron reestructuradas.

DZ: Eso ocurrió porque la gente se dio cuenta que la alta indemnización que se le pidió a Alemania después de la Primera Guerra Mundial fue una de las causas de la Segunda. ¡La gente quería perdonar los pecados alemanes esa vez!

TP: ¡Patrañas! Eso no tuvo que ver con claridad moral; fue una decisión económica y políticamente racional. Entendieron correctamente que, después de grandes crisis que crearon enormes cargas de deuda, en algún momento la gente debe mirar hacia el futuro. No podemos pedirle a nuevas generaciones que paguen los errores de sus padres durante décadas. Los griegos, sin duda, han cometido grandes errores. Hasta 2009 el gobierno de Atenas falsificaba sus cuentas. Pero, a pesar de esto, la nueva generación de griegos no tiene mayor responsabilidad por los errores de los más viejos que la nueva generación alemana en los 50 y los 60. Debemos mirar hacia adelante. Europa se fundó sobre el perdón de las deudas y las inversiones en el futuro. No sobre la idea de la penitencia eterna. Tenemos que recordar esto.

DZ: El fin de la Segunda Guerra Mundial fue la ruptura de la civilización. Europa era un campo de exterminio. Hoy es algo distinto.

TP: Negar los paralelos históricos con la posguerra sería equivocarse. Pensemos en la crisis financiera de 2008/2009. No fue una crisis común. Fue la mayor crisis desde 1929. Así que la comparación es bastante válida. Esto es igual para la economía griega: entre 2009 y 2015 su PIB ha disminuido 25%. Esto es comparable con la recesión en Alemania y Francia entre 1929 y 1935.

DZ: Muchos alemanes creen que los griegos todavía no admiten sus errores y quieren continuar en el camino del derroche.

TP: Si a ustedes los alemanes les hubiéramos dicho en la década de los 50 que todavía no admitían sus errores, seguirían pagando sus deudas. Por suerte somos más inteligentes que eso.

DZ: El ministro de finanzas alemán, por otra parte, parece creer que la salida de Grecia de la Eurozona podría crear una mayor unidad dentro de Europa.

TP: Si empezamos a echar países, entonces la crisis de confianza en la que hoy se encuentra la Eurozona sólo empeorará. Los mercados financieros se voltearán en contra del siguiente país. Éste sería el inicio de un largo y cansado período de agonía, en cuyas manos se sacrificaría el modelo social europeo, su democracia, incluso su civilización, todo por una política de austeridad conservadora e irracional.

DZ: ¿Usted cree que los alemanes no somos lo suficientemente generosos?

TP: ¿De qué habla? ¿Generosos? El día de hoy Alemania lucra con Grecia al ofrecerle préstamos a intereses considerablemente altos.

DZ: ¿Qué solución sugiere para esta crisis?

TP: Necesitamos un congreso sobre toda la deuda europea, como sucedió después de la Segunda Guerra Mundial. La reestructura de toda la deuda, no sólo en Grecia sino en varios países europeos, es inevitable. Justo ahora hemos perdido seis meses en negociaciones completamente opacas con Atenas. La idea del Eurogrupo de que Grecia obtendrá un superávit presupuestal de 4% del PIB y pagará sus deudas entre 30 y 40 años todavía es factible. Supuestamente llegarán al 1% de superávit en 2015, después 2% en 2016 y 3.5% en 2017. ¡Esto es completamente ridículo! Esto nunca sucederá. Sin embargo seguimos posponiendo el debate necesario hasta que ya no quede de otra.

DZ: ¿Y qué sucedería después de estos grandes recortes a la deuda?

TP: Necesitaríamos una nueva institución europea para determinar el déficit presupuestario máximo que se podría permitir para prevenir que la deuda volviese a crecer. Por ejemplo, podría ser un comité en el Parlamento Europeo, compuesto por legisladores de los parlamentos nacionales. Las decisiones presupuestarias no deberían prohibírsele a las legislaturas. Si socavamos la democracia europea, que es lo que está haciendo Alemania hoy al insistir que los Estados se mantengan en penurias bajo mecanismos que incluso a Alemania le cuestan trabajo, será un error muy costoso.

DZ: Su presidente, François Hollande, se ha negado a criticar el pacto fiscal en estos días.

TP: Eso no mejora nada la situación. Si en años recientes las decisiones en Europa se hubiesen tomado de manera más democrática, la política de austeridad actual en Europa sería menos estricta.

DZ: Pero ningún partido político francés está participando en esto. Ellos consideran la soberanía nacional como algo santo.

TP: Así es. En Alemania más gente piensa en restablecer la democracia europea, mientras que en Francia hay un número incontable de creyentes de la soberanía. De hecho, nuestro presidente se sigue presentando como un prisionero del referendo fallido de 2005 sobre la Constitución Europea, que no fue aprobada en Francia. François Hollande no entiende que muchas cosas han cambiado por la crisis financiera. Tenemos que sobreponernos a nuestro egoísmo nacional.

DZ: ¿Qué tipo de egoísmo nacional ve usted en Alemania?

TP: Yo creo que en Alemania hubo mucha influencia de la reunificación. Se temió por mucho tiempo que ésta llevaría a un estancamiento económico. Pero la reunificación fue un gran éxito en gran parte gracias a una red de seguridad social y un sector industrial intacto. Mientras tanto, Alemania se ha vuelto un país tan orgulloso de su éxito que le da sermones a todos los demás. Esto es un poco infantil. Claro, entiendo lo importante que fue una reunificación exitosa para la historia personal de la Canciller Ángela Merkel. Pero ahora Alemania debe repensar las cosas. De lo contrario, su posición sobre la crisis de la deuda será un gran peligro para Europa.

DZ: ¿Qué consejo tiene para la Canciller?

TP: Aquellos que quieren echar hoy a Grecia de la Eurozona terminarán en el basurero de la historia. Si la Canciller quiere cimentar su lugar en los libros de historia, como lo hizo [Helmut] Kohl durante la reunificación, entonces tiene que encontrar una solución a la pregunta griega que incluya un congreso sobre la deuda en el que iniciemos desde cero. Pero con una disciplina renovada y mucho más fuerte.

(Traducción del inglés de Esteban Illades)

El gobierno federal y el Edomex donan mil 700 millones de pesos a una fundación y a una empresa, sin pedirles cuentas

La Fundación Proacceso y la empresa Enova han recibido en seis años donativos oficiales por mil 700 millones de pesos, a cambio de la promesa de mejorar los niveles de educación primaria entre los alumnos mexiquenses. Sobre el destino de esos recursos públicos no existen auditorías gubernamentales. Según revela una investigación de dos años realizada por los autores, no hay tampoco evaluaciones que indiquen si esos donativos ocasionaron mejora alguna en el nivel académico de los alumnos: mil 700 millones de pesos después, solo puede hablarse de un exitoso modelo para obtener dinero público sin comprobar resultados ni tener que rendir cuentas

 

En febrero del 2013, el columnista de The New York Times Thomas Friedman describió con optimismo el futuro de México. Uno de los elementos que habían despertado su entusiasmo fue la existencia de “una masa crítica de jóvenes, innovadores confiados, tratando de solucionar los problemas de México, mejorando y aprovechando la tecnología y la globalización”.1 Como ejemplo de esa juventud innovadora, Friedman señaló a los fundadores de la empresa Enova, creadora de un programa para niños y adultos pobres que, con una batería de profesores, enseñaba matemáticas y mejoraba habilidades de lectura.

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Enova—se presenta como “empresa social”— es una firma mexicana que ha recibido mil 700 millones de pesos en los últimos seis años. Actualmente está formada por tres socios, Moís Cherem, Raúl Maldonado, y Jorge Camil Starr.

La empresa comenzó en 2008 con un pequeño contrato del gobierno del Estado de México para mejorar el diseño y desempeño del portal del Consejo Mexiquense de Ciencia y Tecnología (Comecyt).2

Un año después, el Comecyt le dio otro contrato para implementar cambios a su página de internet, por poco más de seiscientos mil pesos.3 Es, sin embargo, a partir de 2010 que las transferencias a Enova—siempre a través de un intermediario: la Fundación Proacceso ECO A.C.—, se volvieron millonarias.

Con esas transferencias, el grupo Enova/Proacceso creó en el Estado de México una cadena de escuelas privadas de cómputo formada por 70 sucursales, denominada Red de Innovación y Aprendizaje (RIA), que a pesar de que usan recursos públicos para su instalación, le cobran a los usuarios.

También abrieron 50 centros “gratuitos”, nombrados Bibliotecas Digitales, cuyos servicios no son cobrados a la ciudadanía, sino a las autoridades.

Proacceso fue fundada en diciembre de 2008 por Aleph Molinari, su actual director, y por Karla Valenzuela Pérez, quien hoy es la directora general adjunta de Ahorro y Regulación Financiera en la Secretaría de Hacienda.4

En 2009, por ejemplo, por instrucciones del entonces gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto, el Consejo Mexiquense de Ciencia y Tecnología (Comecyt) donó a Proacceso 56 millones de pesos de su presupuesto, equivalentes al 29.5% de los recursos con que ese organismo contó en ese año.5

Luego, en 2010, comenzó un aumento progresivo en los recursos otorgados: ese año, el Comecyt dio 74.3 millones de pesos;6 en 2011 fueron 111 millones;7 en 2012, 110 millones de pesos.8 En esos años, dichas aportaciones fueron las únicas que hizo Comecyt en el rubro de apoyos para el fomento de proyectos ciudadanos vinculados a ciencia y tecnología. Después, en 2013 recibió 140 millones de pesos,9 en 2014 en total 159 millones,10 y en marzo de 2015 se pactó la más reciente entrega, de 174 millones de pesos.11 Estas aportaciones fueron las únicas que hizo Comecyt en el rubro de apoyos para el fomento a proyectos civiles de ciencia y la tecnología. Además, en 2014 el gobierno del Estado de México adjudicó 22 contratos por un total de 40 millones para el suministro de insumos digitales a la empresa Enova.12

Siempre en asociación con Enova, la Fundación Proacceso ha recibido también asignaciones directas del presupuesto federal.

En 2010, a través del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), obtuvo 90 millones de pesos procedentes de la Ampliación al Ramo 38 del Presupuesto de Egresos de la Federación, destinada a apoyar proyectos científicos, por lo que, en ese año, la Red de Innovación y Aprendizaje se convirtió en el segundo proyecto que más recursos públicos obtuvo de dicho fondo, sólo detrás del Gran Telescopio Milimétrico.13

Un año más tarde (2011) la fundación ya estaba a la cabeza de las iniciativas científicas con mayor financiamiento federal, gracias a los 80 millones de pesos que obtuvo ese año de la Ampliación al Ramo 38.14

En el 2012, recibió otros 140 millones de pesos asignados de la misma forma por vía del Conacyt,15 a los que se sumaron otros 89.3 millones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta).16

A partir de 2013 la fórmula de donación varió ligeramente. Los recursos dejaron de provenir del Ramo 38 y comenzaron a salir del Fondo de Cultura del Presupuesto de la Federación, es decir, de los recursos asignados al Conaculta.17

Nuevamente, el grupo se convirtió en el mayor destinatario de recursos de la federación, ahora en el área de cultura. En 2013: 200 millones de pesos. En 2014: 157.3 millones.18 En 2015: 119.1 millones.19

A todo esto se suman cinco millones de pesos que la SEP entregó a la fundación entre 2010 y 2011 para el desarrollo de “videojuegos lúdicos”, empleados en la cadena de escuelas de bajo costo que Proacceso opera en asociación con Enova.20

En total: 867.9 millones recibidos del gobierno mexiquense y 880.7 millones del gobierno federal.

Aleph Molinari, presidente de Proacceso ECO, y Moís Cherem, director de Enova, explican en entrevista conjunta que sólo hay una “alianza” entre ambas. Sin embargo, operan unidas: juntos diseñan los proyectos y luego la fundación gestiona los recursos del gobierno, que usa para comprarle a Enova los insumos y servicios; además de que hasta hace poco compartían las mismas oficinas en la colonia Roma, en la ciudad de México.

Incluso, en ceremonias oficiales se ha dejado ver que no sólo existe una “alianza” entre Proacceso ECO y Enova. En 2009, al inaugurar las primeras 10 escuelas en presencia del entonces gobernador Enrique Peña Nieto, Moís Cherem no fue presentado oficialmente como directivo de Enova, sino como “miembro del Consejo Directivo de la Fundación Proacceso”.21 En otro evento, en 2011, Peña Nieto inauguró centros de la RIA acompañado, no por un representante de Proacceso, sino por Jorge Camil, a quien presentó como “director de Enova”.22

En marzo de 2013, el sucesor de Peña Nieto en el ejecutivo mexiquense, Eruviel Ávila, aseguró que “las bibliotecas [digitales] se llevaron a cabo a través de Enova, en especial de Jorge Camil, quien impulsó estas bibliotecas”.23

Entre amigos

Pero además, el destino y los resultados de la inversión no son evaluados por ninguna dependencia oficial. Las evaluaciones, como aceptan los mismos responsables de la empresa y la fundación, son “internas”.

De acuerdo con estas evaluaciones, los niños y las niñas de primaria que asisten a los cursos RIA han logrado un “incremento del desempeño en la prueba Enlace” de 6% en español y 7% en matemáticas, tal como concluye un estudio que Proacceso/Enova encargaron a la consultoría privada C230 Consultores, en 2011.

Dicho estudio señala que “se detectaron efectos positivos y significativos” en los alumnos de cuarto grado de primaria que tomaron el curso insignia de los centros RIA, denominado La Expedición, dato que la página de internet de la RIA se encarga de destacar.

Los niños que mostraron mejor aprovechamiento académico tras el curso La Expedición eran alumnos de primarias públicas seleccionados aleatoriamente. Sin embargo, el estudio no menciona que C230 Consultores no detectó ningún progreso académico entre alumnos de tercero, quinto y sexto grados de primaria, luego de su paso por las aulas de la Red de Innovación y Aprendizaje.

En 2013, el curso La Expedición fue nuevamente evaluado “internamente”. Ahí sí se obtuvieron grandes resultados: Según esta autoevaluación, en sus 30 horas de duración, el curso La Expedición genera el mismo impacto que un “profesor de alto desempeño”, en todo un año de enseñanza.

Sin embargo, la propia autoevaluación revela que la “comprensión lectora” de los niños había empeorado luego de tomar el curso insignia de la RIA.

Una segunda autoevaluación en 2013 concluye que “no se detectó ningún impacto significativo” en el rendimiento académico de quienes habían recibido el curso de 30 horas.

En lo que toca a las Bibliotecas Digitales, tampoco existe evaluación gubernamental de resultados. Ni hay evaluación interna.

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La relación directa con el gobierno

Los primeros recursos, entregados en 2009, se dieron a un grupo de “emprendedores” que, como ellos mismos admiten, no tenían experiencia previa en el ramo y, fueron otorgados apenas seis meses después de que diseñaran el proyecto. Eran, como ellos cuentan, recién egresados de la escuela.

Ese primer donativo de 56 millones de pesos, que sirvió para que seis meses después se inauguraran las primeras 10 escuelas de la Red de Innovación y Aprendizaje (RIA) y que fueron inauguradas por el entonces gobernador Enrique Peña Nieto, ni siquiera existe en documentos oficiales, tal como consta en el oficio 203G13000/079/2015, fechado en febrero de 2015, donde se explica que el Consejo Mexiquense de Ciencia y Tecnología (Comecyt) “no cuenta con documentos” que sustenten dicha donación.

Aunque por ley esta aportación debió ser aprobada en una sesión oficial de la Junta Directiva del Comecyt, la institución reconoce que carece de documentos que indiquen que dicha sesión oficial fue realizada.

El mismo Aleph Molinari explica cómo se dio esa primera donación: “El primer convenio que tuvimos se le presentó directo al gobierno del Estado de México y a la Secretaría de Finanzas (estatal). Era una mesa grande, como de 30 personas, y entre ellas hicieron la determinación de entregar los recursos. La determinación no vino del Comecyt, sino que el Comecyt fue el vehículo”.

Por esta misma razón no se establecieron mecanismos legales para evaluar el gasto ni se definieron auditorías que determinaran si la inversión de recursos públicos había tenido efectos positivos.

Luego, las donaciones subsecuentes sí establecieron por escrito convenios oficiales que obligaban a la autoridad a realizar auditorías financieras y de resultados.

Pero el Comecyt, a pregunta expresa, reconoció en el mismo oficio 203G10100/079/2015 que no había realizado las auditorías correspondientes aún cuando, desde 2011, el Órgano Superior de Fiscalización del Estado de México (OSFEM) determinó que ésta era una obligación a la que el Comecyt estaba faltando.

Según el OSFEM, estas auditorías no sólo tenían el objetivo de “verificar la aplicación de los recursos otorgados”, sino también el de “evaluar los beneficios que la Fundación brinda a la sociedad”. El Órgano Fiscalizador señaló, no obstante, que “se observó que el Comecyt no ha cumplido con lo establecido en el convenio respecto a realizar auditorías a la Fundación Proacceso Eco AC”.

Lo mismo ocurre con las donaciones de las dependencias federales Conacyt y Conaculta. Aún cuando a ambas se le solicitaron entrevistas formales al respecto, ninguna de las dos dependencias quiso explicar cuál había sido el criterio para aprobar dichas donaciones.

—¿Cómo fue el proceso de gestión para solicitar los recursos federales? —se le pregunta a Aleph Molinari.

—Todos los convenios, todos los recursos que fueron asignados, lo fueron a través de una solicitud de apoyo, y esa solicitud de apoyo normalmente va directo a la Cámara de Diputados, en particular a la Comisión de Ciencia y Tecnología, y esa es una Comisión legislativa que está consensuada, que tiene muchos diputados, y entre ellos determinan qué se va a hacer con esos fondos y cómo se van a etiquetar. Se siguió el proceso legal más democrático posible, el cual es: se le entrega a la Cámara de Diputados una propuesta de proyecto, una solicitud de apoyo, en la cual se detalla de qué se va a tratar el proyecto, cuáles van a ser los alcances, qué se va a construir, básicamente qué se va a lograr. No fue algo negociado con el Ejecutivo, ni con el Estado de México, ni con las entidades que canalizaron los fondos. Esto fue algo (pactado) directamente con la Cámara de Diputados.

Para verificar esta afirmación, se solicitó entrevista con el ex diputado Reyes Tamez, quien encabezó la Comisión de Ciencia y Tecnología de la Cámara de Diputados en 2010 y 2011, época en que comenzaron a fluir los fondos federales hacia Proacceso. Sin embargo, el doctor Tamez Guerra —actualmente asignado al Departamento de Inmunología de la Universidad Autónoma de Nuevo León— tampoco aceptó hablar del asunto.

Al consultar los registros de actas de sesión de la Comisión de Ciencia y Tecnología, brinca un dato importante:

El 8 diciembre de 2009 esta comisión fue citada para discutir el borrador del presupuesto de Egresos de 2010, en lo relativo al Ramo 38, en el que se incluyeron las donaciones hechas a Proacceso. Pero dicha discusión “se pospuso”, tal como señala el acta respectiva, y no fue convocada a una nueva sesión de trabajo sino hasta enero de 2010, cuando el Presupuesto de Egresos —y las donaciones a Proacceso— ya habían sido aprobadas por el pleno legislativo.

En septiembre de 2010, la comisión discutió el presupuesto de Egresos del año siguiente, en lo relativo al Ramo 38. Según el informe de actividades del periodo septiembre 2010-marzo 2011, en ningún momento se discutió nada relacionado con una donación para Proacceso.

De hecho, ningún informe de labores de la Comisión de Ciencia y Tecnología, entre 2010 y 2014, reporta que se haya discutido alguna asignación de recursos para este grupo de jóvenes “emprendedores”. Aún así, los fondos les fueron etiquetados y entregados.

Por su parte, la Secretaría de la Función Pública federal informó, en marzo de 2015, que “de la búsqueda realizada en sus archivos, no localizó información relacionada con alguna auditoría en la que se haya revisado los contratos o convenios”24 de donación y asignación de recursos con los cuales, de forma separada, la SEP, el Conacyt y el Conaculta entregaron a Proacceso-Enova los 877 millones de pesos donados por la vía federal.

En la misma línea, la Secretaría de Educación Pública notificó que “no se localizó documentación que acredite auditoría alguna de la SEP”.25

El Conacyt, además, reconoció que tampoco ha evaluado el impacto que estas escuelas y centros de cómputo han tenido en sus usuarios o en las comunidades en las que se construyeron.

El expediente relacionado con las donaciones a Proacceso/Enova provenientes de Conaculta, y proporcionado por esta dependencia, no incluye tampoco ninguna auditoría de resultados.

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La triangulación de recursos públicos

—La empresa Enova —explica su director general, Moís Cherem— es una “empresa social”, es decir, la forma en que operamos tiene una característica social y buscamos algo más que la maximización de utilidades, que es como operaría una empresa convencional.

Lo cierto es que prácticamente todos los recursos públicos que se han otorgado a Proacceso han acabado en manos de Enova. Las finanzas de Enova, por ser las de una empresa privada, no están abiertas a escrutinio público.

Este es, según Alberto Serdán, del Programa Interdisciplinario sobre Política y Prácticas Educativas del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), “uno de los mecanismos clásicos de triangulación para sacar ventaja irregular de los recursos públicos, y funciona así: una asociación civil, que por ley no puede tener márgenes de ganancias o utilidades (es decir, no puede acceder a recursos públicos para luego repartirlos entre los asociados), pide recursos al gobierno. Ya que tiene esos recursos contrata a una empresa amiga para que brinde sus servicios, incluso con sobreprecios, ya que esa empresa sí puede acumular dividendos”.

Mónica Tapia, especialista en financiamiento y transparencia de organizaciones de la sociedad civil, así como ex directora de Alternativas y Capacidades AC, abunda: “Este esquema de financiamiento no es atípico, aunque frente a una nueva agenda de transparencia e institucionalidad, debería serlo. Se ha vuelto común, sin embargo, que desde el presupuesto federal o con asignaciones directas por parte de secretarías, se tomen decisiones discrecionales sobre el financiamiento que se entrega las organizaciones de la sociedad civil”.

Agrega Tapia: “De los recursos que asignan instituciones gubernamentales a organizaciones civiles, sólo 30% se otorgan a través de concursos abiertos, lo demás depende de las asignaciones que hacen directamente funcionarios públicos, sin comités evaluadores. A través de este mecanismo de triangulación de recursos, las empresas que quieren proveer servicios al gobierno pueden brincarse los procesos de concurso por licitación, y obtener dicho financiamiento por intermediación de una asociación civil. El problema es que si la normatividad en la asignación a organizaciones civiles es laxa, entonces la rendición de cuentas, no sólo en términos financieros, sino también en términos de resultados concretos, termina siendo igualmente laxa”.

En contrapartida, según Proacceso y Enova, sus escuelas RIA sí tienen un impacto en la comunidad en la que se encuentran sus sucursales, y se trata de un efecto “positivo” ya que, sostienen, esas sucursales fueron construidas siguiendo una metodología que denominan “acupuntura urbana”. La “acupuntura urbana”, señala Enova, permite “determinar los puntos concretos donde deben instalarse los centros para lograr mayor impacto (…) De esta manera, cada centro RIA beneficia a un promedio de 10.7 escuelas en un radio de dos kilómetros”.

Sin embargo, los resultados de la prueba Enlace por plantel escolar, en los 34 municipios del estado de México en donde Proacceso-Enova han instalado sus centros RIA, no revelan dicho impacto.

En esos municipios mexiquenses existen 2 mil 268 planteles públicos de educación primaria, urbanos y rurales —tal como se desprende de la base de datos de la SEP. 373 de estos quedan a un kilómetro, o menos, de algún Centro RIA.

Según los resultados Enlace 2013, en 46% de esos 373 planteles hubo un descenso en el desempeño de alumnos de tercer grado en la materia de español. Además, 59% registró una disminución en aprovechamiento de esta asignatura en cuarto grado. En quinto grado, 51.7% de las primarias empeoraron su rendimiento en español; mientras que, en sexto grado, los resultados regresivos se registraron en 55.7% de los planteles.

En matemáticas, 30.9% de los alumnos de estas escuelas ubicadas a un kilómetro o menos de las RIA mostraron un descenso en su desempeño en tercer grado; situación que se replicó en 51% de los planteles, en cuarto grado; en 45.8%, en quinto grado; así como en 44% de las escuelas, en sexto.

Así pues, la prueba Enlace 2013 —última evaluación nacional de desempeño académico realizada hasta la fecha— deja ver que, a pesar de la existencia de la Red de Innovación y Aprendizaje, el rendimiento académico de los alumnos en buena parte de las escuelas cercanas a sus sucursales empeoró.

Peor aún: entre las 373 escuelas públicas próximas a las RIA existen diez cuyo desempeño académico empeoró en todos los grados, sin excepción, tanto en español como en matemáticas.

Gasto sin focalización

Bajo esta lógica de “acupuntura urbana”, Proacceso y Enova afirman que han ubicado “estratégicamente” sus 70 centros RIA, a lo largo de “una de las áreas más densamente pobladas y con menos ingresos de México”, con el objetivo de llevar “educación de calidad y tecnología” a los “habitantes de comunidades marginadas”.

De hecho, en su página de internet se afirma que “la población que habita las zonas de cobertura de la RIA” tiene un ingreso “de 30 pesos diarios por persona”. Por ello, según Proacceso, sus escuelas están enclavadas en regiones donde la población gana menos de la mitad del salario mínimo.

Sin embargo, de los 34 municipios mexiquenses en donde la dupla Proacceso/Enova ha montado sus escuelas de bajo costo, 29 gozan de un nivel de marginalidad “muy bajo” (25 ayuntamientos), es decir los municipios con menos pobreza, y “bajo” (4 ayuntamientos), según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), que es la autoridad encargada de medir la pobreza en México.

Es en estos municipios de bajo y muy bajo rezago social donde se ubican 64 de los 70 centros RIA. En contraste, sólo uno de los municipios mexiquenses en donde la RIA tiene presencia es en realidad uno de los más pobres o de “alto rezago social”, según el Coneval.

En éste existe únicamente un plantel de esta cadena de escuelas privadas. En los otros siete municipios del Estado de México que se catalogan como zonas de alta marginación, la Red de Innovación y Aprendizaje no ha desarrollado ninguna actividad en seis años de existencia.

Cuestionados al respecto, Molinari y Cherem admiten que sus sucursales fueron ubicadas en zonas “con variabilidad de ingreso muy alta, en donde hay zonas comerciales, pero también una pobreza bastante fuerte”. Así, señala Moís Cherem, a los usuarios de sus centros digitales no hay que ubicarlos realmente en el estrato de marginalidad, como Proacceso/Enova aseguran públicamente, sino que “los tienes que ubicar en el ingreso medio”.

Los centros RIA son espacios dotados con entre 30 y 50 computadoras, con aulas internas construidas con madera reciclada y áreas acondicionadas para la convivencia de los alumnos. Todo dentro de galerones rentados, en los que se imparten cursos rápidos de cómputo e inglés. Los costos al público van de $70 a $1,200 pesos, según la duración del curso.

El éxito de estos centros, destacó Moís Cherem, puede ser medido por el número de personas inscritas en seis años de existencia: 561 mil 562 usuarios.

No obstante, de esos 561 mil 562 usuarios, 68% nunca ha asistido a las aulas RIA. En realidad, el número de personas que ha tomado —y pagado— alguno de los cursos que se imparten en la RIA es bastante menor: 183 mil 476 usuarios, según sus propios reportes.

—El hecho de que la ciudadanía tenga que pagar por los servicios que brindan estas escuelas, aún cuando toda su operación es sufragada con recursos públicos, ¿implica un doble cobro por parte de Proacceso? —se pregunta a su presidente, Aleph Molinari.

—Es interesante la pregunta —afirma—, nunca me la habían hecho, y la respuesta es: no. Porque dar servicios de calidad requiere dinero, y en términos de educación, no hay manera de hacerlo sin un subsidio oficial. Y por lo que toca a lo que pagan los usuarios, nosotros le estamos dando más cosas al usuario de lo que ves aquí (en referencia a las instalaciones de la Red de Innovación y Aprendizaje): eso incluye el diploma que les damos, e incluye el cuaderno de trabajo que se llevan…

La expansión nacional de Enova/Proacceso

Apenas en marzo pasado, el nuevo proyecto de Proacceso/Enova comenzó a ser revelado, luego de que la Secretaría de Comunicaciones y Transportes del gobierno federal inaugurase 32 centros digitales denominados “Puntos México Conectado”, uno en cada entidad de la república.

Para construir y operar estos centros, la SCT dio contratos a diversas empresas tras una licitación para el arrendamiento del equipo de cómputo26 y para el “outsourcing” del personal.27

Llama la atención que no hay información sobre qué empresa da el servicio de operación y contenidos en ellos, o si hubo alguna licitación.

En una revisión del contenido de los “cursos” que se ofrecen en los centros de la RIA y los “Puntos México Conectado”, se encontró que el contenido y estructura son idénticos. Su similitud es tal que, en sus respectivas páginas de internet, contienen el mismo texto para describirlos.

También se pudo verificar que el despacho de arquitectos Ludens, que desarrolló el diseño de los centros RIA en el Estado de México, fue el encargado de diseñar los puntos de México Conectado.28

Se consultó a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, responsable del programa “México Conectado”, sobre quién provee los contenidos y cursos a estos centros digitales, pero esta dependencia guardó silencio, lo mismo que el grupo Enova-Proacceso.

 


1 Thomas Friedman, “Is Mexico the comeback kid?”, The New York Times, (26/02/2013).

2 Quinta sesión extraordinaria del Comité de Adquisiciones y servicios del Consejo Mexiquense de Ciencia y Tecnología, (23/05/2008).

3 Acta de la décima séptima sesión extraordinaria del Comité de Adquisiciones y Servicios del Consejo Mexiquense de Ciencia y Tecnología, (06/11/2009).

4 Constitución de Asociación Civil No. Entrada 44927 06/02/09, Registro Público Distrito Federal. Directorio de Servidores Públicos, Secretaría de Hacienda y Crédito Público.

5 COMECYT –Oficio de la Unidad de Apoyo Jurídico número 203G10100/079/2015, (11/2/2015).

6 Convenios COMECYT – PROACCESO ECO, A.C. 14/06/2010 y 24/03/2010.

7 COMECYT ACTA/ORD/090511/56.

8 Convenios COMECYT – PROACCESO ECO, A.C. 26/04/2012 y 11/10/2012.

9 Convenio COMECYT – PROACCESO ECO, A.C. 13/02/2013.

10 Convenio COMECYT – PROACCESO ECO, A.C. 11/03/2015.

11 Convenio COMECYT – PROACCESO ECO, A.C. 19/03/2015.

12 Contratos ADE-111/2014 a ADE-133/2014, Gobierno del Estado de México.

13 Anexo 27, PEF 2010.

14 Anexo 35, PEF 2011.

15 Anexo 42, PEF 2012. Convenio CONACYT – PRACCESO ECO, A.C. f101/102/2012.

16 Anexo 32.11, PEF 2012. Contrato de donación CONACULTA, CNCA/DGA/CD/04503/12.

17 Anexo 35.4, PEF 2013.

18 Anexo 19.3, PEF 2014.

19 Anexo 20.3, PEF 2015.

20 Contratos por donación SEP – PROACCESO ECO A.C. 29/09/2010 y 29/09/2011.

21 http://portal2.edomex.gob.mx/edomex/noticias/EDOMEX_NOTICIAS_1431

22 http://www.alianza.mx/nota.php?nota=793

23 http://www.gem.gob.mx/medios/w2detalle.aspx?folio=24934

24 Secretaría de la Función Pública. Oficio CI-SFP.-289/2015, (4/3/2015).

25 SEP. Oficio sin número, respuesta a la petición de información con número de folio 0001100073015, (26/2/2015).

26 Licitación número LA-009000937-N7-2014, SCT.

27 Licitación número LA-009000937-N12-2014, SCT.

28 http://www.ludens.mx/


Documentos entregados por COMECYT, CONACYT, SEP y CONACULTA

 

Cabos sueltos

Sastres valerosos

La primera noticia que yo tuve de la cocina de Toul fue en una historia de Juana de Arco. A Juana la llevaron a Toul, al obispo, porque no se quería casar con el novio que le buscaron sus padres; el novio, un viñador de Burey, del color clarete de por allí y, como él, terco y revoltoso, la acusó de quebramiento de promesa, azuzado por el padre de Juana que decía que aquella niña debía ser casada o ahogada. Los canonistas de Toul la absolvieron, y el mozo de Burey cargó con la comida del Tribunal: tres platos de perdices y un pastel de lomo para su ilustrísima, que estaba allí, con el derecho canónico en la mano. El escabeche de perdices se hacía en Toul mejor que en Toledo o Salamanca, y con tantos cánones o latines. Madame de Sévigné probó las perdices de Toul y las halló tan sabrosas que se las recomendó a todo el mundo, incluso a monsieur Corneille. (Pero no a monsieur Racine. Porque el amor del tal Racine no era del gusto de Madame de Sévigné; decía de él, de su obra, que era una moda que llegaría a pasar comme le café.)

01-sastres

Los sastres de Toul solían insubordinarse con frecuencia; bebían, gritaban y apedreaban las vidrieras de su ilustrísima. Hubo tantos disturbios, que un obispo, el sieur de Coutessis, probó vender vino a sastres, excepto el día de San Martín, su patrón, y el día de de la Ascención del Señor. Esto pudo hacerlo el sieur de Coutessis porque tenía una compañía de arqueros lorenses. Los sastres se alarmaron y firmaron una concordia con su obispo y señor. La concordia se firmó en la catedral. Hubo banquete. Los sastres bebieron poco, habían prometido moderatio morium, y los arqueros mucho, porque no habían prometido nada. Los sastres desarmaron a los arqueros borrachos y el sieur de Coutessis tuvo que refugiarse en la iglesia con el bocado en la boca. Se firmó otra concordia; fueron licenciados los loreneses y, en su lugar, los sastres se hicieron arqueros y bebieron vino a placer. Es ésta la única noticia que tengamos del valor de los sastres a los que, por extraños motivos, todo el folclor europeo denigra. Bebieron vino a placer, vinos de Borgoña que en Toul mejoran, si es posible, y se ponen más serios, más anchos de sabor, su rubí casi morado o, si queréis, de color sangre, de transparente sangre de sastre.

Fuente: Álvaro Cunqueiro, La cocina cristiana de occidente, Tusquets Editores, Barcelona, 1981; México, 2011. 

Cabos sueltos

Epitafios anunciados…

Maurice Chevalier. Cantante y actor francés (1888-1977): Sí, cantó; pero no fue un gran cantante. Bailó, pero no fue un gran bailarín. Actuó, pero no fue un gran actor. Amó, pero no fue un buen amante. Y envejeció, pero nunca lo suficiente para retirarse.

Clark Gable. Actor estadunidense (1901-1960): De vuelta a las películas mudas.

William Haines. Actor estadunidense (1900-1973): Aquí hay un peso que quiero quitarme de encima.

Ernest Hemingway. Escritor estadunidense (1899-1961). Perdónenme por no levantarme.

George Bernard Shaw. Escritor irlandés (1856-1950): Sabía que si permanecía el tiempo necesario, algo parecido a esto me ocurriría.

Louise de Vilmorin. Escritora francesa (1902-1969): ¡Socorro!

Fuente: Eulalio Ferrer, El lenguaje de la inmortalidad. Pompas fúnebres, FCE, México, 2003.

02-epitafios

Cabos sueltos

Tzompantli del dios Mickey

03-tzompantli

Cerámica del escritor Miguel Ángel Echegaray. Foto de José Miguel Marín Palma. [“Zompantli. Etimología: hilera de cabezas; de tzontli, cabellera, tzontequi, cabeza cortada, y pantli, hilera”. Luis Cabrera, Diccionario de aztequismos, Ediciones Oasis, México, 1982.]

Cabos sueltos

Firmar con una X

El latín murió como lengua nacional durante las conquistas bárbaras de los siglos VI y VII. Childeberto I consolidó el dominio franco en Francia en 536; Sisebuto y Suíntila el dominio visigótico en España en 612-629; Rotari conquistó las últimas porciones romanas de Lombardía en 650. Estos cambios tuvieron su expresión en la codificación de las leyes de los conquistadores (por ejemplo el código longobardo, en 643) y la composición de historias escritas desde su propio punto de vista (por ejemplo la Historia de los francos y la Historia de los godos, vándalos y suevos, escritas respectivamente por San Gregorio de Tours y por San Isidoro de Sevilla). Los libros y documentos que nos han llegado de los siglos VI, VII y VIII demuestran que hasta el latín escrito se estaba desintegrando y corrompiendo. Los manuscritos están plagados de groseras erratas de gramática y ortografía. Los misales dan pruebas de que los sacerdotes que los utilizaban apenas conocían la lengua litúrgica […] San Gregorio de Tours, que era obispo, se disculpa constantemente por el mal latín que escribe, y asegura que la mayor parte de sus contemporáneos pueden entender a un rústico hablando su dialecto, pero no a un maestro explicando filosofía; y el papa San Gregorio Magno afirma lisa y llanamente que no le importa si comete bárbaras equivocaciones en su lengua. En esta época comienzan a componerse glosarios, no ya para explicar las palabras difíciles, sino para traducir las palabras latinas comunes y corrientes por otras más sencillas o más “rústicas”. Y aparece ya uno de los más infalibles síntomas del comienzo de la Edad Oscura: la frecuencia cada vez mayor del analfabetismo. Desde el siglo V en adelante, la gente empieza a firmar con una X, que significa “no sé leer ni escribir, pero soy cristiano”.

Fuente: Gilbert Highet, La tradición clásica (traducción de Antonio Alatorre), FCE, 2ª. reimpresión, México, 1986.

04-firmar

Cabos sueltos

Modo de adivinar varias cartas

Para adivinar varias cartas pensadas por diferentes personas, se colocan 20 cartas dos a dos sobre la mesa, de manera que resulten 10 paquetes o pares de cartas. Se invita a los espectadores a que elijan secretamente cada cual un paquete de dos cartas. Enseguida se recogen todos los paquetes, colocándolos por su orden unos sobre otros, y se vuelven a extender sobre la mesa según la regla de las cuatro palabras siguientes, compuesta cada cual de cinco letras:

          M      u      t      u      s
          1       2      3      4      5
          D      e      d       i       t
          6       7      8      9     10
          N      o      m      e      n
          11    12     13    14     5
          C       o       c      i      s
          16    17     18    19    20

Para mejor inteligencia de este juego, obsérvese que cada palabra de estas tiene dos letras iguales, y también que una misma letra es común a dos de las cuatro palabras.

El primer paquete o par de cartas se coloca en los números 1 y 13, representados por las dos M M; el segundo par se pone en los números 2 y 4, figurados por las dos U U; el tercer paquete en los números 3 y 10, es decir, en el sitio de las dos T T; y así sucesivamente según el orden de las letras semejantes hasta concluir con todas las 20 cartas. Dispuestos así todos los naipes a cuatro hileras o secciones, se pregunta a cada persona de las que eligieron, en cuál de ellas, consideradas horizontalmente, se encuentran las suyas, y sea que éstas se hallen en una sola fila o en dos diferentes, se sacarán con facilidad, puesto que ocuparán siempre el lugar de las dos letras semejantes.

Supongamos, por ejemplo, que las dos cartas se hallan ambas en la segunda fila; se conocerá al instante que serán las colocadas en los números 6 y 8. Si alguna persona dice que sus naipes están en las filas segunda y cuarta, se contestará que deben ser las correspondientes a los números 9 y 19, y así de todas las demás cartas pensadas.

Fuente: Diccionario del Hogar. Editor: Irineo Paz. Imprenta, Litografía y Encuadernación de I. Paz. Segunda calle del Relox número 4, México, 1901. [“Otro juguete. Se propone a los concurrentes el siguiente problema: ¿De qué modo pueden colocarse dos personas sobre un periódico que se pone en el suelo sin tocarse aunque quieran? Naturalmente a todos parecerá imposible que puedan pisar dos personas un mismo periódico sin poderse tocar. Pues nada es más sencillo. Se coloca un periódico debajo de una puerta de modo que quede la mitad de un lado, esto es, en una pieza y la otra mitad en la otra pieza y cerrándose la puerta o vidriera, ni modo que se toquen las dos personas, teniendo la puerta de por medio”.]

05-adivinar

Cabos sueltos

De plausible a necesario

La chamba de los reformistas políticos no es meter el cambio a las bravatas en la agenda de lo necesario sino desplazarlo al ámbito de lo plausible. Una vez que algo se vuelve plausible en una sociedad semidemocrática, adquiere un impulso natural para volverse verdadero. Un personaje del novelista inglés Anthony Trollope (1815-1882) lo pone así: “Muchos que antes veían la legislación (sobre un asunto determinado) como algo quimérico, ahora se imaginarán que es sólo peligroso, o quizá solamente difícil. Y así, con el tiempo será visto como parte de las cosas posibles, luego será puesto entre las cosas probables; de modo que al final se encontrará en la lista de aquellas pocas medidas que el país requiere como algo absolutamente necesario. Ésa es la manera en que se hace la opinión pública”.

Fuente: The New Yorker, mayo 4, 2015.

06-plausible

Puerto libre

Como una serpentina

No sé si alguna vez olvidaré, incluso, el recuerdo de quién fui en la infancia. Dicen que los viejos, entre más viejos, mejor recuerdan el pasado remoto. Hasta que la vida se les va haciendo pequeña y llegan a olvidar su nombre, antes de que la nada los nombre a ellos.

Yo hace un tiempo empecé a desconocer los compromisos que hice en junio, para cuando llegara julio. Ahora ya olvido lo que me contaron antier y me devasta la velocidad con que se empaña el orden de las cosas que mi hermana me cuenta como quien desprende las semillas de una granada.

Juro que la oigo cautiva, prometiéndome que no he de perder, entre los vericuetos de mi cerebro —que a veces imagino deshojándose antes de tiempo—, ninguna de las historias de amor y desamor, de compra y venta, de traición y tormento, que va contándome mientras andamos por los puentes de la nueva ciudad —subiendo, ambiciosa, como cualquier suburbia— rumbo a la ciudad vieja, en donde aún están la catedral y los portales igual que siguen estando entre mis libros, los que suceden en el primer y único territorio mítico que poseo.

01-serpentina

Vamos luego desde ahí hasta su casa frente a los volcanes y aun cuando intentan distraerme los camiones con fruta, el desorden vial, la gente que atraviesa arriesgando la vida por esa carretera que se ha vuelto un camino de obstáculos, la sigo oyendo, curiosa, con la avidez de un muerto de hambre en un banquete. Hasta que me enreda en el sahumerio de sus palabras. Valoro tanto los cuentos de su lengua, porque me conmueven más que los míos. No porque los de aquí sean poco intensos —vivo en un mundo cruzado por personas con fábulas como torbellinos—, sino porque atado a los nombres de los que habla mi hermana está el recuerdo de la estampa infantil y adolescente de quienes se han ido haciendo adultos o viejos sin que yo vuelva a verlos. Tan lejos se oyen que están más cerca, porque parece fácil alcanzar sus gestos en la diáfana memoria de hace cincuenta años.

Siempre hay alguien, aquí y en otras partes, con una vida a la mano, diciéndome que debería escribirla. Pero lo verdadero es lo ilusorio, no lo visible.

Hay varias novelas en una sola tarde de preguntas breves y respuestas largas enlazándose en el ir y venir del pasado al presente, sueltas de pronto como una serpentina. ¿Qué ha pasado en la calle donde crecimos? ¿Qué en el terreno en donde estuvo la casa que fue nuestro colegio? ¿Cuándo es el cumpleaños setenta de un novio que perdí antes de tenerlo? ¿De qué enfermedad se alivió quién? ¿Cómo lleva la viudez una amiga y desde cuándo debió divorciarse otra? ¿Los hijos de quién se hicieron millonarios vendiendo los terrenos que se robó su abuelo? ¿Qué hombre metió a la cárcel a su sobrino y qué matrimonio ha demandado a su propio hijo? ¿Quién vive en la casa llena de pájaros que fue de una mujer serena, a la que se llevó la muerte, al rato de cumplir cien años y calentar la última tasa de leche para su yerno? Cuántas cosas me atañen por ese mundo.

En el rancho que fue de mi amiga Elena, de sus papás, sus hermanos y sus antepasados, había un panteón al que daba a la ventana del cuarto en que dormíamos los días de vacaciones. Lo recuerdo como si lo estuviera viendo. ¿Qué será de él y de la capilla sombría a la que entrábamos cuando niñas para detenernos frente a las lozas de mármol, con nombres remotos, tras las cuales dormían los restos de personas que murieron a mediados del siglo XIX? Eso no lo sabe mi hermana, no lo sabe ni Elena, la niña de facciones suaves sentada en el pupitre que estaba tras el mío cuando la mandaron por primera vez al colegio, a cursar el tercero de primaria. Hasta entonces, porque a leer, a escribir y a hacer cuentas la enseñó una maestra para ella sola: aún quedaba en el aire atesorado por su padre la idea de que las niñas debían vivir más tiempo en un capelo.

Al colegio llegó con sus dos trenzas y sus ojos de ciervo buscando lo que había más allá. Y las dos nos encontramos, al tiempo en que encontrábamos a la señorita Belén.        

Ahora resulta que mi profesora en tercero de primaria sólo me llevaba diecisiete años. Así que tiene la misma edad de mi amiga Mercedes y está tan lúcida y tan conversadora como ella. Me encantaba mi seño Belén. Era una mujer inteligente y alegre: ojos negros, pies pequeños, que contagiaba las ganas de enseñar. Apenas estaba yo aprendiendo cosas y ya quería dedicarme a explicarlas. Todo lo contrario de lo que hoy me sucede.

En tercero cambiábamos el lápiz por la pluma fuente y era toda una proeza conseguir una letra correcta con semejante artilugio. Ella nos enseñó eso y no sé qué otras hazañas de hombres y santos célebres. Ahora mis antiguas compañeras se reunieron con la seño Belén, a quien no sé cómo encontraron. Y dice mi hermana que las hizo reír y sorprenderse con la destreza de su mente jugando. Al contrario de a otras niñas, a mí las maestras me parecían un buen sueño. Cuál no sería mi gusto por la apasionada señorita Belén, que un día del maestro quise llevarle un regalo a su casa. Según recuerda mi imaginación, vivía en el centro, en un segundo piso, en una casa sobria y sin niños. Me asombró aquel silencio encantado. Le llevamos una caja de pañuelos. Y nos sentamos a platicar. Ahora que lo pienso, yo era una niña rara. Colocada entre dos mujeres adultas, mirándolas como si quisiera adivinar sus secretos. Para mí el de Belén era la gramática, el de Ángeles Guzmán lo supe mucho después, cuando ella quiso estudiar antropología en la Universidad Autónoma de Puebla. Su Facultad quedaba en el restaurado edificio Arronte, una casa construida en el 1634, con fachada de cantera, ladrillos y azulejos, con dos patios altos y unos correderos con arcos de medio punto. Al final del siglo XIX y al principio del XX la casa fue hotel. Ahí pasaba la noche mi abuela con sus hermanas y su padre cuando venían desde Teziutlán, en la sierra de Puebla, hasta el colegio del Sagrado Corazón en la ciudad de México. Y por esas escaleras subimos los hijos de mi madre a oírla relatar la tesis con que se graduó. “Yo lo que quiero es saber”, le puso como título. De eso me acuerdo bien, de la tarde con sol en que la celebramos, hace como veinte años. No digo más para no ceder a la tentación de los viejos, que empiezan a contar lo mismo muchas veces. Todavía no me da esa edad, así que no voy a buscarla neceando con repetir el aire de esa jornada. Mejor buscar en el trastero de los recuerdos uno que no haya escrito. El nombre Policarpo. La tienda de cuetes, petróleo y pinturas que él tenía a tres calles de nuestra casa. Don Policarpo usaba unos pantalones de mezclilla con peto, era gordo y se movía despacio, como si le diera miedo topar con alguno de los muchos peligros que había tras su mostrador, ese lugar en que él pasaba el día entre pólvora y gasolina, desafiando la posibilidad de una explosión. Don Policarpo le vendía las pinturas de óleo a José Márquez Figueroa, el pintor de la luz poblana. Ensimismado y discreto, Márquez vio la ciudad con y sin lluvia, en los balcones, las plantas y el horizonte. La gente que de él sabe lo venera, pero murió medio abandonado en los altos de la tienda de don Policarpo. Tenía noventa y dos años, en 1995. Un año que mejor olvidamos. Dicen que el maestro Márquez dejó todavía muchos cuadros en esa casa. Yo tengo uno que parece un encaje. Llueve sobre el muro izquierdo de una iglesia. Y cae agua del cielo y de las gárgolas. Mi hermana tiene un volcán visto tras un maguey. Un cuadro que ella misma perdió y recuperó. Pero ésa es otra historia. La dejo y camino dos calles hasta el lugar exacto en que voté la primera vez. Era 1970. Ahí también empieza otra historia.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

Agenda

Índice de letalidad.
Menos enfrentamientos, más opacidad

En 2011 los autores del presente texto realizamos un estudio que evaluaba el uso y abuso de la fuerza letal por parte de las fuerzas federales (Silva, Pérez Correa y Gutiérrez, 2012).1 Nuestro interés y preocupación entonces, como ahora, se originó por la presencia diaria de notas de prensa donde se daba a conocer que elementos del Ejército (la Policía Federal o la Marina) habían sido agredidos y ello suscitaba enfrentamientos con un habitual saldo de muchos agresores muertos y pocos heridos. Lo anterior ocurría en un contexto de un creciente uso de las fuerzas federales, especialmente del Ejército, para tareas de seguridad pública local.

01-letalidad

Han pasado cuatro años y un cambio de administración desde la realización del pasado estudio. Enrique Peña Nieto inició su gobierno con un discurso menos belicoso que el que caracterizó al gobierno de Felipe Calderón. El cambio parecía implicar un gradual retiro de los elementos del Ejército mexicano de las labores de seguridad pública. Sin embargo, los casos de Tlatlaya, Apatzingán y Ecuandureo/Tanhuato han traído nuevamente al debate público preocupaciones sobre la presencia de fuerzas federales en tareas de seguridad pública local y sobre el uso desmedido de la fuerza letal.

En este marco, nos propusimos actualizar la información sobre muertos y heridos en enfrentamientos en los que participaron las fuerzas federales (Policía Federal, Ejército y Marina). Los resultados, aunque positivos en algunos aspectos, confirman una situación preocupante. Encontramos que en este sexenio se registra un menor número de enfrentamientos y muertos; sin embargo, comparada con la administración anterior, la letalidad de las fuerzas federales se mantiene en valores altos. Esto es especialmente cierto en algunas entidades como Guerrero y Zacatecas. Asimismo, encontramos una creciente opacidad de las instituciones, una señal de alarma más, dado el contexto de violencia y los recientes enfrentamientos que han dejado saldos de muchos civiles opositores muertos y pocos heridos.

 

No existen indicadores únicos que permitan determinar si en una situación se llevaron a cabo ejecuciones extrajudiciales o si una fuerza de seguridad en su conjunto está haciendo uso excesivo y desproporcionado de la fuerza letal. Para poder determinar en un caso concreto la existencia de ejecuciones extrajudiciales debe evaluarse la información detallada sobre el acontecimiento. En este sentido, cada vez que el Estado hace uso letal de la fuerza debe abrirse una investigación y las instituciones de procuración y administración de justicia deben realizar las investigaciones correspondientes. Sin embargo, en un contexto de impunidad generalizada, y a falta de instituciones de procuración de justicia que detecten e investiguen estos casos eficazmente, surge la necesidad de construir indicadores que permitan la evaluación del uso legítimo y proporcional de la fuerza letal por parte de los distintos cuerpos de seguridad. No se trata de indicadores que por sí mismos determinen la existencia de privaciones arbitrarias de la vida sino de valores que alertan sobre un contexto de preocupación y que muestran la necesidad de realizar investigaciones serias y puntuales para cada caso.

Los indicadores más utilizados a nivel internacional, según Adriana Loche (2010) son: a) el porcentaje de homicidios dolosos cuyo presunto responsable es un policía o miembro de otra fuerza de seguridad, b) número de civiles muertos por cada policía o miembro de otra fuerza de seguridad muerto en enfrentamientos, c) número de civiles muertos por cada civil herido en enfrentamientos. Nombramos este último indicador índice de letalidad, siguiendo la terminología de Ignacio Cano (1997, 2003, 2010) para estudios en Brasil. El estudio de esta relación tiene también antecedentes en trabajos de Paul Chevigny (1987, 1991, 1993) y ha sido retomada en Argentina (Centro de Estudios Legales y Sociales, CELS, 2002, Máximo Sozzo, 2002, Verónica Aimar et al., 2005) y Venezuela (Christopher Birkbeck y L. Gerardo Gabaldón, 2002). En este texto, utilizamos las mediciones b) y c) en tanto que no existe la información oficial para la construcción de a).

Construimos nuestro análisis a partir de dos fuentes: a) información proporcionada vía Infomex por la Policía Federal (folio 0413100088114), la Secretaría de la Defensa Nacional (folio 0000700211714) y la Secretaría de Marina (folio 0001300092314); y b) una base de datos elaborada a partir de información de prensa.2

La Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA), proporcionó la información sobre civiles muertos y heridos en enfrentamientos del año 2007 al 5 de abril de 2014, advirtiendo que: “…a partir del 6 de abril de 2014, ya no se le da continuidad a dicha estadística, en relación de no ser necesaria para esta dependencia del Ejecutivo federal, debido a que, como ya se le indicó con anterioridad, el personal de esta Secretaría después de repeler una agresión, se limita únicamente a preservar el lugar de los hechos y una vez que hacen presencia las autoridades competentes se desliga de los procesos e investigación correspondientes”.

Sin duda, una de las principales preocupaciones que surgen de este estudio es la decision de la SEDENA de no continuar recabando —o haciendo pública— información tan importante sobre su funcionamiento. Con ello se violenta el principio de transparencia que exige que los órganos del Estado hagan públicas sus actuaciones y posibiliten su evaluación. Además, contradice el Manual del Uso de la Fuerza de Aplicación Común a las Tres Fuerzas Armadas que en su artículo 15, c, iii señala que después de una agresión se procederá a “Elaborar un informe detallado del evento donde se efectuó uso de la fuerza de conformidad con las disposiciones que sobre el particular emitan ambas secretarías”.

Es contradictorio y preocupante que la SEDENA afirme que la información sobre civiles muertos y heridos no es necesaria para la dependencia, cuando el manual que regula su actuación así lo exige e incluso establece responsabilidad legal para los mandos en caso de incumplimiento (art. 23, B, d). Igualmente preocupante es que al ser preguntada por el número de enfrentamientos registrados, la PGR —dependencia a la que en su respuesta la SEDENA nos sugirió canalizar nuestra solicitud— haya respondido tener conocimiento de cero enfrentamientos en 2011, uno en 2012, cero en 2013 y tres en 2014 (solicitud folio 0001700326814). La generación y disponibilidad de información sobre el uso de la fuerza es necesaria para poder evaluarla y controlarla, especialmente la fuerza letal. Constituye, pues, un mecanismo de salvaguarda del derecho a la vida de todas las personas.

 

Número de enfrentamientos 2008-2014. El total de enfrentamientos de las fuerzas federales tuvo un crecimiento acelerado de 2007 a 2011, para luego descender en 2012 e incrementar dicha tendencia a la baja en 2013 y 2014. La gráfica 1 muestra el número de enfrentamientos para cada una de las fuerzas federales de seguridad.

La SEDENA alcanza el máximo número de enfrentamientos en 2011, cifra que se reduce en 70% a lo largo de los tres siguientes años. La Policía Federal, con cifras menores y más estables, tuvo un crecimiento de 2008 a 2012 para luego descender 35% en los últimos dos años. Finalmente, si bien la información brindada por la Marina es limitada y su participación más reducida, el número de enfrentamientos de dicha dependencia aumentó en 2013 y 2014 en relación a 2012.

01-letalidad-grafica-1

El descenso acentuado de los enfrentamientos de los últimos años podría ser explicado por distintas razones, por ejemplo: un menor despliegue de elementos de las fuerzas federales, variaciones en el número y características de los operativos implementados, así como la reconfiguración y/o desplazamientos de grupos delincuenciales a regiones o tareas que propicien un menor contacto con fuerzas federales de seguridad.

Para el caso de la SEDENA, de 2006 a 2011 hubo un incremento constante en el número de elementos desplegados en operaciones contra el narcotráfico y la delincuencia organizada, llegando a 52 mil 690 en 2011. En cambio, 2012 y 2013 muestran un descenso significativo, aumentando de nuevo ligeramente en 2014. En términos de las operaciones, 2009 presenta el mayor número. En 2010 y 2011 existe un descenso para luego incrementar ligeramente en 2012. Para el periodo diciembre 2012-diciembre 2014 la información oficial se dio de forma agregada, reportando sólo 14 operaciones, una cifra llamativamente menor a la de los años anteriores. Queda abierta la interrogante acerca de un posible cambio en la definición del término “operaciones” u otras razones que explicaran tan marcado descenso (ver cuadro 1). 

01-letalidad-cuadro-1

La disminución del número de enfrentamientos trajo consigo, de forma esperable, menos muertos y heridos en todo el país. El total de civiles muertos por el Ejército en enfrentamientos (según las cifras aportadas por la SEDENA) ha pasado de mil 297 en 2011 a 459 en 2013. Esta disminución es un resultado que se mueve en la dirección deseada. Sin embargo, lo anterior no implica un cambio en otros indicadores acerca del uso de la fuerza letal, que se mantienen en valores preocupantes.

Relación civiles muertos/miembros de fuerzas federales muertos en enfrentamientos. De acuerdo con Paul Chevigny (1991), la muerte de más de 10 o 15 civiles por cada agente de seguridad fallecido en enfrentamientos sugiere que la fuerza letal se está usando más allá de lo necesario. Los resultados para México en el periodo analizado se consignan en el cuadro 2.

01-letalidad-cuadro-2

Para la Policía Federal la relación de civiles/policías muertos aumenta hasta alcanzar su valor más alto en 2012 (10.4) y luego desciende en los dos primeros años de la actual administración. Sin embargo, los datos de prensa muestran un aumento del valor del indicador en 2014 y no la disminución que muestran los datos oficiales. Las cifras de prensa siguen una tendencia similar de aumento de la relación civiles muertos/policías muertos en enfrentamientos desde 2008 (2.4) hasta 2012 (16.2), pero si bien en 2013 el valor desciende a 7.2, vuelve a aumentar para 2014 llegando a 17 civiles muertos por cada policía muerto en enfrentamientos. Es importante, sin embargo, tomar en cuenta que la información de prensa, por sus criterios de selectividad, puede tener un sesgo al alza de los indicadores que analizamos.

Para el Ejército, de acuerdo con datos oficiales, el valor más elevado del indicador ocurre en 2011 (32.4). Pero desde 2009 hasta 2013 se supera el umbral de preocupación de más de 15 civiles muertos por cada miembro de la fuerza de seguridad muerto señalado por Chevigny. El descenso de la relación civiles/soldados muertos en enfrentamientos en 2014 debe ser tomado con reserva, ya que la SEDENA sólo brindó información del primer trimestre del año por lo que, por ejemplo, el caso de Tlatlaya quedó fuera de la información brindada.  

Si recurrimos a la base de datos de prensa para la SEDENA, la información muestra un importante aumento, con oscilaciones del indicador desde 2008 (5.5) hasta 2012 (42.1), cuando alcanza su valor más alto. En el primer año de la presente administración (2013), la relación de civiles muertos/soldados muertos en enfrentamientos, según la prensa disminuye a 18.8. Pero en 2014, cuando se deja de brindar datos oficiales, el valor del indicador alcanza a 53 (un total de 159 civiles y tres soldados fallecidos en enfrentamientos). Como ya mencionamos, la información de prensa suele sobreestimar los indicadores que analizamos. Sin embargo, ante la ausencia de información oficial, estos datos son los únicos existentes para estudiar el uso de la fuerza letal.

La información entregada por la Marina presenta problemas que no nos permiten construir los indicadores analizados.3 Por ello sólo disponemos de la información recabada en prensa que siempre presenta valores muy elevados de la relación civiles muertos/marinos muertos en enfrentamientos. Incluso en 2010 y 2013 no puede calcularse la relación porque no se registraron marinos fallecidos (en 2010 se reportaron 50 civiles muertos en enfrentamientos y 33 en 2013). Los valores de la relación para los demás años son: 24 para 2009, 34.3 para 2011, 36 para 2012 y 74 para 2014.

 

El índice de letalidad, como se mencionó, es el número de civiles muertos por cada civil herido en enfrentamientos. En todo enfrentamiento entre civiles y cuerpos de seguridad, el número de muertos no debería sobrepasar por mucho al de heridos. Por tanto, el valor del índice no debe ser muy superior a uno. Los datos analizados para las fuerzas federales mexicanas muestran índices de letalidad sumamente altos. A partir de los datos oficiales calculamos que para todo el periodo 2007-2014 la Policía Federal tiene un saldo en enfrentamientos de 4.8 civiles muertos por cada herido, mientras que en el Ejército llega a 7.9. Sin embargo, los valores del índice para cada una de las corporaciones tuvieron importantes variaciones durante el periodo, tal como se muestra en la gráfica 2.

01-letalidad-grafica-2

En el caso del Ejército el índice de letalidad fue creciendo año con año desde 2007 (1.6) hasta 2012 (14.7), en lo que podría ser un aprendizaje sobre el uso de la fuerza letal durante los años de la administración de Felipe Calderón. En los dos primeros años del gobierno de Peña Nieto el índice de letalidad del Ejército disminuye a 7.7 en 2013, pero luego se incrementa alcanzando en 2014 un valor de 11.6 muertos por cada herido. Nuevamente es importante hacer notar que para 2014 se trata sólo de información del primer trimestre del año.

Si consideramos la base de datos de prensa, el índice de letalidad del Ejército crece desde 2008 (3.4) hasta 2011 (19.5) y luego comienza a descender, aunque sigue permaneciendo en valores elevados: 16.1 en 2012, 11.8 en 2013 y 7.3 en 2014. Es decir, si bien los cálculos con base en la información de prensa no siguen año por año la tendencia de los datos oficiales, sí se comportan en términos generales de manera similar. El resultado en ambos casos —información oficial y de prensa— es que la letalidad en enfrentamientos de la SEDENA tuvo su valor más elevado en 2011 y 2012, pero el descenso posterior arroja valores elevados del índice en un contexto donde la información oficial se cierra al escrutinio público.

En el caso de la Policía Federal, según los datos oficiales, el índice de letalidad en enfrentamientos mantuvo valores bajos hasta 2010 para luego crecer vertiginosamente hasta 2013, alcanzando un valor de 20.2 civiles muertos por cada herido, un número mayor al alcanzado por el Ejército en 2012. Sin embargo, en 2014 hay un fuerte descenso del índice a 4.6 opositores muertos por cada herido. En contraste, la base de datos de prensa arrojó un índice de letalidad de 25.5 en 2014.

Si estudiamos algunas entidades federativas, los focos de preocupación bajo la actual administración quedan subrayados. Desde enero de 2013 a marzo de 2014 (según datos oficiales) en todo el país murieron 540 civiles en enfrentamientos con el Ejército, quedando heridos 67 (índice de letalidad de 8). En el cuadro 3 presentamos los datos para algunas entidades donde hubo un número importante de muertos en enfrentamientos durante el periodo.

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En Tamaulipas, donde hubo un mayor número de muertos en enfrentamientos, el índice de letalidad fue de 5.9. No se trata de un valor “bajo” para un indicador cuyo estándar señala que debe ser cercano a la unidad. Tampoco significa que en dicho contexto no se hayan cometido privaciones arbitrarias de la vida. El índice aparece como relativamente bajo porque en los restantes estados casi no hay civiles heridos en los enfrentamientos. Destacan también Guerrero y Zacatecas por el número de muertos y el índice de letalidad en esos estados. En el Estado de México durante 2013 y hasta marzo de 2014 hubo 17 enfrentamientos en los que participó el Ejército donde murieron 30 civiles y hubo un solo herido, tres meses más tarde en Tlatlaya se sumarían 22 muertos más y ningún herido (información que, como mencionamos, no quedó incluida en el cuadro anterior).

Los índices aquí expuestos alertan sobre el uso excesivo y desproporcionado de la fuerza letal como posible patrón de comportamiento de las fuerzas federales. Aunque el número total de enfrentamientos y muertos en enfrentamientos ha disminuido desde 2012, el índice de letalidad y la relación entre civiles muertos y miembros de fuerzas de seguridad muertos en enfrentamientos han permanecido elevados. Esto podría mostrar la inercia del aprendizaje institucional sobre el uso excesivo de la fuerza.

En el pasado estudio concluimos que la inclusión del Ejército en tareas de seguridad pública parecía traer consigo un inevitable uso de la fuerza bajo una lógica de guerra. La conclusión, extensible a otras fuerzas militarizadas, es válida hoy como entonces. Eventos recientes como los de Tlatlaya, Apat-zingán y Ecuandureo han llamado la atención de los medios de comunicación y de la sociedad por sus elevados saldos de muertos y por la confirmación —o las dudas— acerca del uso excesivo de la fuerza por parte de las fuerzas federales de seguridad. Los autores de este estudio compartimos esta preocupación. Sin embargo, nuestro interés no sólo está orientado a dichos acontecimientos sino también a visibilizar cada uno de los enfrentamientos donde se ha usado la fuerza con resultados letales. Estos eventos, al ser analizados de forma agregada, muestran un patrón de comportamiento de las fuerzas federales que se aleja de los estándares nacionales e internacionales que exigen que la fuerza se use respetando los principios de excepcionalidad, necesidad y proporcionalidad. Aunque el índice de letalidad, y otros indicadores que hemos considerado, no son pruebas por sí solos de la existencia —o ausencia— de ejecuciones extrajudiciales, cuando se presentan sistemáticamente con valores elevados son un indicio fuerte de una política deliberada o de una práctica normalizada del uso ilegal de la fuerza letal.

En el contexto descrito es apremiante el diseño y puesta en marcha de mecanismos de control efectivos sobre el uso de la fuerza que permitan evaluar la legalidad de las actuaciones de estas instituciones. Es vital contar con la mejor información posible y que cada caso de uso de la  fuerza letal por parte del Estado sea investigado a profundidad y se indaguen las circunstancias y características de su ejercicio. Sin embargo, la creciente opacidad, especialmente del Ejército, va en sentido opuesto. Ello, junto con la ausencia de un marco legal que regule debidamente el uso de la fuerza, colocan tanto a los agentes del Estado como a la sociedad en una posición de incertidumbre y riesgo. Los escasos controles que hoy tenemos se traducen en un incentivo para que se haga un uso excesivo de la fuerza. La información, junto con los mecanismos de control, constituyen elementos clave para la salvaguarda del Estado de derecho, empezando por los derechos fundamentales de todas las personas, específicamente el derecho a la vida.

 

Catalina Pérez Correa
Profesora Investigadora de la División de Estudios Jurídicos del CIDE.

Carlos Silva FornéRodrigo Gutiérrez Rivas
Investigadores del Instituto de Investigaciones Jurídicas.

Este texto sintetiza algunos de los hallazgos de un estudio académico que analiza el uso de la fuerza letal por parte de las fuerzas federales en México. El estudio lo realizan conjuntamente investigadores del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM (IIJ) y del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). La versión completa de este texto puede consultarse como documento de trabajo en la página de internet del IIJ y del CIDE.


1 El estudio puede consultarse en: http://www.scielo.org.mx/scielo.php?pid=S14052742012000300004&script=sci_arttext

2 Para la construcción de la base de datos se revisaron los archivos digitales de dos periódicos de distribución nacional: El Universal y La Jornada. Si las cifras de muertos o heridos no coincidían, se consultaba un tercero —Reforma—, o un cuarto —La Crónica de Hoy. Si las cifras continuaban sin coincidir se recurría a una regla de registro por la que se consideraba el menor número de muertos y el mayor número de heridos.

3 La Marina sólo brindó información sobre los enfrentamientos en los que participó desde marzo 2012 a septiembre 2014, pero además en el oficio de respuesta coloca las letras “s/d” (sin datos) en la mayor parte de las variables solicitadas. Los casos con información completa son marginales.

Agenda

La transparencia en los contratos petroleros: Doble prueba de fuego

El 15 de julio de 2015 se conocerán los nombres de las empresas ganadoras de los primeros contratos petroleros establecidos por la reforma energética. La adjudicación de estos contratos representa una doble prueba de fuego para el Estado mexicano: por un lado, la administración del presidente Enrique Peña Nieto buscará resaltar los avances e inversiones generados por su política pública más emblemática; y por otro, las instituciones del Estado intentarán demostrar que es posible realizar licitaciones transparentes en México y con ello comenzar a revertir el déficit de credibilidad que enfrentan.

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La reforma constitucional en materia energética de 2013 puso fin al monopolio estatal petrolero en México. Con la adjudicación de los primeros contratos de la Ronda 1,1 empresas distintas a Pemex podrán explorar y extraer petróleo y gas natural (hidrocarburos) en territorio mexicano.

El 11 de diciembre de 2014 la Comisión Nacional de Hidrocarburos (CNH) publicó la convocatoria y las bases de la primera licitación de contratos de la Ronda 1. La licitación contempla la adjudicación de 14 bloques en aguas someras (profundidad menor a 500 metros), en las costas de Veracruz, Tabasco y Campeche. Los bloques suman un área total de cuatro mil 222 km2, equivalente a la superficie de Tlaxcala. Los contratos serán adjudicados a aquellas empresas que 1) acrediten capacidades técnicas y financieras suficientes, y 2) garanticen una mayor renta para el Estado y comprometan una mayor inversión.2 Los contratos tendrán una vigencia de 25 a 35 años y detonarán una inversión aproximada de 14 mil millones de dólares.

Para esta primera licitación la Secretaría de Energía (Sener) determinó que se otorgaran contratos de producción compartida.3 Bajo este esquema el contratista asume el riesgo y realiza la inversión del proyecto, al tiempo que el Estado le reconoce sus costos y le paga una utilidad con base en los resultados que obtenga; es decir, únicamente está obligado a pagarle en caso de que se descubran y extraigan hidrocarburos. El Estado recibe la producción y le paga al contratista en especie, específicamente con un porcentaje del petróleo y/o gas natural obtenido.4 El resto de la producción queda en manos del Estado a través de regalías e impuestos.

En México una de cada cuatro empresas que ha sobornado a funcionarios públicos lo ha hecho para participar en licitaciones o ganar contratos.5 Esta dinámica ha generado un clima de sospecha y desconfianza entre amplios sectores de la población. Las irregularidades en las contrataciones públicas no distinguen entre niveles de gobierno ni partidos políticos. No importa si hablamos de líneas de metro, estelas de luz, megabibliotecas, sedes legislativas o viaductos elevados, los problemas que aquejan a estos proyectos brotan recurrentemente: prácticas anticompetitivas, retrasos, obras incompletas o que funcionan a medias, conflictos de interés, sobrecostos, moches y fraudes.

Las licitaciones más recientes a nivel federal no se han librado de controversias. En enero de 2015, tras revocar el fallo original de la licitación del Tren de Alta Velocidad México-Querétaro, el gobierno pospuso indefinidamente la construcción del proyecto. Tres meses después, en abril de 2015, el Instituto Federal de Telecomunicaciones anuló el fallo y declaró desierta la licitación de una cadena de televisión abierta a nivel nacional, después de que Grupo Radio Centro no pagara la contraprestación correspondiente.

A pesar del anticlimático desenlace de las últimas licitaciones, el Estado todavía cuenta con dos grandes vitrinas para ajustar el paso: la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y la implementación de la reforma energética.

La reforma energética plantea la transición de un monopolio petrolero prácticamente autorregulado, a un mercado petrolero abierto, con reguladores fuertes. Este nuevo entorno incentiva una mayor rendición de cuentas en el sector, ya que de ello dependen la confianza y las inversiones de las compañías participantes en el mercado.6 No sorprende que entre las industrias petroleras más transparentes y con mejor gobernanza en el mundo se encuentran la noruega, la estadunidense y la británica;7 las tres son industrias abiertas, altamente competitivas y con sistemas de contratos y licencias.

En concreto, ¿cómo pueden los contratos fomentar mayor transparencia en el mercado petrolero mexicano? En principio, la Reforma Energética impulsa la adjudicación de contratos a través de licitaciones con convocatorias abiertas y criterios públicos. En segundo término, ordena la inclusión de cláusulas de transparencia en los contratos para que la ciudadanía conozca su contenido. En tercer lugar, establece auditorías externas para el reconocimiento de costos y contabilidad asociada a los contratos. Por último, la reforma obliga a la divulgación de los pagos y contraprestaciones establecidas en los contratos.8 Cabe agregar que estas disposiciones son compatibles con la Ley General de Transparencia y Acceso a la Información Pública y la reforma constitucional en materia de combate a la corrupción, ambas recientemente aprobadas por el Congreso de la Unión y promulgadas por el Ejecutivo Federal.

Contar con mejores leyes es un primer paso, pero no garantiza el éxito del proceso licitatorio. Para ello es necesario evaluar qué se ha hecho en la práctica. En este respecto, el Estado mexicano ha iniciado con el pie derecho al informar sobre los avances de la primera licitación a través de la página www.ronda1.gob.mx. En el portal se pueden consultar los perfiles geológicos de los bloques a licitar, el calendario de trabajo, así como los ajustes a las bases de licitación. También se han publicado 1120 preguntas de las empresas interesadas, mismas que han sido aclaradas oportunamente por la CNH. De igual manera, están disponibles los videos de las sesiones ordinarias y extraordinarias del pleno de la CNH. Además, se prevé que la apertura de propuestas y declaración de ganadores de la licitación sea transmitida por internet y en tiempo real.

Ahora, de poco sirve realizar licitaciones limpias si al final del día la renta petrolera se gasta discrecionalmente o beneficia únicamente a una minoría. Por ello, otra herramienta decisiva en la implementación transparente de la reforma será el Fondo Mexicano del Petróleo para la Estabilización y el Desarrollo. Este fondo recibirá los ingresos petroleros de la nación provenientes de los contratos de exploración y extracción, y los destinará a proyectos de utilidad pública y de ahorro de largo plazo. El claro referente para la creación del fondo es el Government Pension Fund Global (GPFG) de Noruega, el cual invierte en 75 países y tiene un valor de mercado superior a los 900 mil millones de dólares. Más allá de sus logros financieros, el GPFG se ha legitimado ante la sociedad noruega y la comunidad internacional al visibilizar la administración de la renta petrolera.

La celebración de licitaciones opacas y el uso indebido de los ingresos petroleros tendría un costo muy elevado para México. Basta con voltear hacia Brasil, que actualmente atraviesa uno de los peores escándalos de corrupción en su historia. Entre 2004 y 2012 Petrobras, la compañía petrolera estatal, adjudicó contratos sobrevaluados en 3% a empresas de ingeniería y construcción para sobornar a directivos de la paraestatal y a partidos políticos. Existen cerca de cien acusados —algunos ya sentenciados— entre los cuales se encuentran senadores, diputados y gobernadores.

El monto del desfalco ascendió a dos mil millones de dólares, lo que provocó que Petrobras registrara su primera pérdida anual desde 1991. En paralelo se desplomó el precio de las acciones de la empresa, al igual que los niveles de aprobación de la presidenta Dilma Rousseff. Con el fin sanear sus finanzas y recuperar credibilidad en el mercado internacional, Petrobras renovó a su alta dirección, planea recortar su cartera de inversiones y evalúa la venta de activos no prioritarios.

La reforma energética brasileña de 1997 cumplió el objetivo de incrementar la inversión y la producción de petróleo en dicho país, pero la corrupción en la adjudicación de contratos públicos ha minado los éxitos de la industria. Evitar un escenario semejante al de Brasil —o incluso una reedición del Pemexgate— está a nuestro alcance; es cuestión de aplicar las nuevas reglas con rigor y a la luz pública. En México ahora contamos con las herramientas necesarias para supervisar el aprovechamiento de los recursos, desde que se extraen los hidrocarburos del subsuelo hasta que se invierten los ingresos petroleros.

Si bien el sector energético nacional está preparado para celebrar las rondas de licitación, aún quedan algunas tareas pendientes. Por ejemplo, México podría adherirse a la Iniciativa para la Transparencia de las Industrias Extractivas (EITI, por sus siglas en inglés),9 con el acompañamiento de organizaciones de la sociedad civil como Fundar o Transparencia Mexicana. Por su parte, Pemex podría implementar las recomendaciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en materia de procura y adquisición de bienes, obras y servicios.10 Esto último será clave para prevenir que Pemex cometa los mismos errores que Petrobras.

Asimismo, las autoridades deberán aplicar las leyes con firmeza e imponer castigos ejemplares a quienes violen las reglas. Sólo así se garantizará una competencia justa en la industria. El nuevo modelo petrolero prevé la rescisión y terminación anticipada de los contratos, así como un esquema de sanciones, en caso de que contratistas y servidores públicos incurran en actos de corrupción. Igual de importante será que la CNH y la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) constaten la procedencia lícita de los recursos con los cuales se financiarán los proyectos petroleros.

Los ojos de la industria energética internacional se han fijado en México. El éxito de la reforma descansa, en buena medida, en la pulcritud con que se lleven a cabo las licitaciones de la Ronda 1. De ello dependerá la confianza de inversionistas, instituciones de crédito y agencias calificadoras en rondas futuras. Esto a su vez determinará la inversión disponible para aumentar las reservas y producción de hidrocarburos en territorio nacional. Es así que la transparencia juega un rol crucial en la maximización de la renta petrolera.

Más importante aún será atraer la mirada de la ciudadanía escéptica, de quienes legítimamente dudan que los contratos públicos puedan administrarse de forma transparente en nuestro país. Ganarse la confianza de esta población no será fácil ni rápido. Reparar el vínculo entre sociedad y gobierno es una tarea que tendrá que basarse en los resultados de la reforma, y que posiblemente trascienda sexenios.

La entrada de nuevas empresas a la industria petrolera nacional marca el inicio de una nueva era. Nuestras instituciones tendrán la responsabilidad de regular a estas compañías y de rendir cuentas de forma cotidiana, pues aún faltan años para que los contratos adjudicados en julio de 2015 se traduzcan en beneficios tangibles para los mexicanos. El Estado debe cerrar filas a la brevedad, ya que enfrenta una doble prueba de fuego en el futuro inmediato: la atracción de inversiones significativas al sector petrolero y la celebración de licitaciones transparentes y competitivas.

 

Alejandro Chanona Robles
Profesor del Departamento de Estudios Internacionales del ITAM


1 Se le denomina “Ronda 1” al primer conjunto de licitaciones convocadas por el Estado mexicano mediante las cuales se adjudicarán contratos de exploración y extracción de hidrocarburos. La Ronda 1 contempla licitaciones separadas según el tipo de yacimiento: aguas someras, campos terrestres, Chicontepec y campos no convencionales, y aguas profundas.

2 26 licitantes (19 empresas individuales y 7 consorcios) precalificaron para participar en esta primera licitación. La convocatoria contempló la participación de  empresas públicas y privadas, nacionales e internacionales. “Primera convocatoria número CNH-R01-C01/2014 para el proceso de Licitación Pública Internacional CNH-R01-L01/2014, respecto de la Ronda 1”, Diario Oficial de la Federación, 11 de diciembre de 2014.

3 La Sener selecciona los bloques a licitar con apoyo técnico de la CNH. Asimismo, determina los lineamientos técnicos de las rondas de licitación y el diseño técnico de los contratos. Por su parte, la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) define los términos económicos y fiscales de los contratos. La CNH lleva a cabo las rondas de licitación, y posteriormente adjudica, suscribe y administra los contratos en representación del Estado mexicano.

4 Artículo 27 y cuarto transitorio, “Decreto por el que se reforman y adicionan diversas disposiciones de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos en Materia de Energía”, Diario Oficial de la Federación, 20 de diciembre de 2013.

5 KPMG, Encuesta de Fraude y Corrupción en México, 2008.

6 De acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, los países con mayores índices de corrupción registran, en promedio, inversiones 5% menores a las de los países con baja o nula corrupción. Casar, María Amparo, México: anatomía de la corrupción, Centro de Investigación y Docencia Económicas e Instituto Mexicano para la Competitividad, 2015.

7 Natural Resource Governance Institute, “The 2013 Resource Governance Index” http://www.resourcegovernance.org/rgi

8 Artículo noveno y vigésimo primero transitorio, “Decreto por el que se reforman y adicionan diversas disposiciones de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos en Materia de Energía”, Diario Oficial de la Federación, 20 de diciembre de 2013.

9 La EITI es una coalición que busca avanzar en un estándar global de transparencia para la gestión responsable de los ingresos provenientes de los recursos naturales. Actualmente reúne a 48 gobiernos, empresas y sociedad civil. Los países que se adhieren a la EITI se comprometen a elaborar y publicar reportes anuales sobre las actividades y los pagos que realizan las industrias extractivas a los gobiernos. A su vez, la EITI se encarga de certificar y avalar dichos reportes.

10 Petróleos Mexicanos, “Suscribe Pemex carta de intención con la OCDE”, 18 de febrero de 2015: http://www.pemex.com/saladeprensa/ boletines_nacionales/Paginas/2015-014-nacional.aspx

Ensayo

I. Una larga penitencia

Hace poco una revista de educación me entrevistaba sobre mi trabajo, en particular, y el oficio de historiador, en general. Una de las preguntas me agarró por sorpresa: “¿Hay todavía temas tabúes en nuestra historia nacional o gozan ustedes de entera libertad?”. Sin tomar el tiempo prudente de reflexionar, contesté que ya no había tabú, menos aún interdicciones, y di como prueba el ejemplo de la Cristiada. Treinta segundos después corregí: “Perdón, no hay prohibición, pero sí autocensura y hay temas que vale más no tocar porque uno se espina la mano: Cortés, Iturbide siguen oficialmente satanizados y, del otro lado, no se puede tocar a Hidalgo, Morelos, ni con una pluma. Y a Don Benito, ni pensarlo”. En ese momento olvidé a Porfirio Díaz, que entra en la primera categoría, como nos dimos cuenta en 1992 con el famoso libro de texto que se retiró de la circulación, no solamente por su evocación del 2 de octubre de 1968 o por la no mención de los Niños Héroes, sino por el pecado imperdonable de haber dicho que no todo fue negativo durante el porfiriato.

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Nuestro querido e inolvidable Luis González, don Luis, no usaba celular, de tal manera que no hubieran podido las misteriosas orejas interceptar y luego divulgar sus políticamente incorrectas palabras sobre Porfirio Díaz. De hacerlo, lo hubieran regañado como lo hicieron algunas autoridades educativas que lo sometieron a una sesión inquisitorial. ¿Por qué? Por haberse atrevido a escribir que el cura Hidalgo era un anciano robusto –—“robusto” no era problema, pero “anciano”, el Padre de la Patria, no se podía decir—, “calvo y cargado de hombros”: ¡dos veces inadmisible! El segundo reclamo fue porque había escrito que Lázaro Cárdenas era “orejón” y tenía “una voz tipluda”. Si esas nimiedades (verídicas) eran condenables, imagínense hablar bien de Don Porfi… Por cierto un tío muy simpático de don Luis se llamaba Porfirio.

Un día, en San José de Gracia, Michoacán, Luis González le pidió a su padre que me contara cómo era la vida en el pueblo en los tiempos del general y presidente Díaz. “La santa paz, no había bandidos en el camino real ni cuatreros, ni rateros en los pueblos. Si a uno se le extraviaba un animal, un vecino lo metía a su corral hasta saber quién era el dueño. Uno podía amarrar su caballo a la sombra de un fresno y regresar unas horas después, ahí estaba el caballo. En el pueblo, las casas estaban abiertas día y noche”. Y eso, por la primera vez desde la Independencia, comentaba su hijo, el historiador autor de Pueblo en vilo. Esa situación, si la comparamos a la que vive Michoacán hoy, y todo el país, demuestra que en esos años se desarrolló un Estado mexicano, precisamente a partir del monopolio del uso de la violencia, una violencia legítima puesto que sirvió a ejercer la autoridad sobre el territorio para proteger a sus habitantes. Sin seguridad, ni la sociedad, ni la economía, ni la familia, ni la vida en comunidad pueden funcionar. La seguridad es la primera obligación y la fuente de legitimidad del Estado.

¡Uy! Me espiné seriamente la mano al decir semejante barbaridad. Pero la puso por escrito José C. Valadés, en 1941, en su El porfirismo. Historia de un régimen, y nadie podrá decir que don José fuese reaccionario. En su prefacio afirma: “Para México, el vocablo porfirismo ha sido una expresión, casi técnica, de tiranía; y este solo hábito era suficiente para incitar a la investigación histórica, en un deseo no de ratificar o rectificar lo específicamente concreto del vocablo, sino en un propósito de penetrar en una época tan rodeada de abrojos como tan plantada de laureles…”. El subtítulo Historia de un régimen parecía una mera audacia, cuando apriorísticamente valoraba el porfirismo. Este autor fue el primer revisionista. Unos veinte años después, don Daniel Cosío Villegas, en la Historia moderna de México, siguió el mismo camino al modificar su pensamiento de tomo en tomo. Si en el prefacio del primer volumen habla de dictadura, en los últimos prefacios cambia radicalmente de tono y su juicio se vuelve más bien positivo.

Luis González, en Pueblo en vilo, no duda en afirmar que “de los ingredientes del porfiriato, únicamente uno afecta de modo directo a San José de Gracia: la paz… aquí nadie se percata de que los odios preferidos de Don Porfirio y de sus corifeos son la libertad de expresión y de trabajo. Aquí no se sufren los abusos de los jefes políticos. Sólo se respira la paz y a su sombra entra en escena una generación de rancheros más venturosos que las precedentes que hacen crecer y prosperar su pequeño mundo casi sin ayudas exteriores, y sin ninguna oficial… Todas esas cosas determinaron la formación de sentimientos de pertenencia a una región y a una patria grande. Los sentimientos nacionalistas, la politización, la apertura hacia el exterior, la curiosidad técnica y el afán de lucro empezaron a inmiscuirse en vísperas de la Revolución”. En contraste, Luis González intitula la parte segunda de su libro “Treinta años de penitencia”, a saber 1910-1940. Imposible ser más claro.

¿Qué digo yo? No me estaba escondiendo detrás de grandes y valientes historiadores, soy su alumno y no voy a renegar de ellos. Francisco Bulnes, contemporáneo de Don Porfirio, tenía toda la razón: la última reelección sobró; de no haber ocurrido, no hay Revolución mexicana. Podemos jugar a ¿qué hubiera pasado si…?

Por ejemplo, si Don Porfirio da chance al general Bernardo Reyes; o si acepta la proposición del respetuoso Francisco I. Madero: la boleta Díaz presidente, Madero vicepresidente; o si, antes de las elecciones presidenciales de 1910, al salir de la bañera, Don Porfirio pisa el jabón que se había caído al suelo y se desnuca: no hay Revolución con R alta y las estatuas ecuestres de Don Porfirio invaden todo el país.

¿Por qué tanta dificultad a presentar una imagen menos negativa del hombre, cuando en las profundidades de la nación se habla bien de él? Para darle su legitimidad histórica a la Revolución Francesa (con R alta y F alta), había que inventar o por lo menos ennegrecer 100% a lo que se bautizó “Antiguo Régimen”. Hasta la fecha sigue siendo la versión oficial, por más que hayan trabajado miles de historiadores de todas las nacionalidades para matizar el asunto. En México nos encontramos en la misma situación y se teme que una “rehabilitación” del “dictador”, del “tirano” cause daños irreparables al mito de la Revolución. Por eso ha sido imposible hasta la fecha, oficialmente a lo menos, satisfacer las últimas voluntades del “tirano” que pidió ser enterrado en su Oaxaca natal. Digo “oficialmente”, porque a lo mejor su tumba parisina en el panteón de Montparnasse, siempre florida, está vacía. Puede que unas almas piadosas hayan llevado discretamente los restos del “héroe del 2 de abril” a Oaxaca.

Por lo pronto, nos quedamos con la piadosa hipocresía de intitular las escasas calles que llevan su nombre, “calle Coronel Porfirio Díaz”. El coronel es el valiente “chinaco”, glorioso militar liberal de la guerra de Reforma, no es el general que comete el pecado imperdonable de levantarse contra el otro oaxaqueño, don Benito Juárez.

 

Jean Meyer
Historiador. Profesor e investigador de la División de Historia del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Su obra más reciente es La gran controversia. Las iglesias católica y ortodoxa de los orígenes a nuestros días.

Ensayo

II. Preguntas sobre el porfiriato

1. ¿Importa discutir al porfiriato hoy?

Importa, porque el porfiriato es el momento de arranque de la historia contemporánea de México. Es, en primer lugar, cuando se consolida el Estado mexicano; segundo, es el periodo en que México inicia su integración con Estados Unidos; y tercero, fue un tiempo en que se experimentó con una fórmula de desarrollo clara, que tuvo éxitos y fracasos notables, por lo que sirve como punto de referencia para pensar las estrategias de desarrollo subsecuentes. El porfiriato es a la historia del Estado y de la modernización de México lo que la restauración Meiji es a la historia de Japón: un punto de inflexión de referencia obligatoria.

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Durante muchos años el porfiriato tuvo una función algo limitada en el pensamiento histórico mexicano: su significado se reducía a ser la causa de la Revolución mexicana. Y como la Revolución era “buena”, el porfiriato era “malo”. Más recientemente, por ahí de los años ochenta, hubo un movimiento revisionista que buscaba valorar al porfiriato como un gobierno orientado al desarrollo económico y a la modernización. Incluso se llegó a decir que en él había poca corrupción, y que la corrupción en forma había sido invento de la Revolución.

El uso crítico del porfiriato como un tiempo y lugar desde donde pensar a México evita ambas lecturas. El interés del porfiriato hoy no reside en identificarlo con el neoliberalismo, por ejemplo, ni tampoco en pensarlo como la encarnación de un mal vencido por la Revolución. Ya no resulta demasiado interesante juzgarlo ni como “bueno” ni como “malo”: queda claro que fue un periodo con logros importantes, que fueron realizados con costos sociales y políticos altísimos. La mirada al porfiriato resulta útil hoy, más que para salvarlo o condenarlo, porque las contradicciones centrales de la historia contemporánea de México ya están todas ahí, cosa que no se puede decir de los periodos anteriores. El porfiriato sirve —o, mejor dicho, nos puede servir— para pensar el presente de México, porque es una época que es a la vez propia y ajena. Vieja y moderna.

2. ¿Importa la figura de Porfirio Díaz?

En uno de los momentos abyectos de la historia política de México, entre su tercera y cuarta reelecciones, se formuló la idea de que Porfirio Díaz era “El Príncipe de la Paz” y “El Hombre Necesario”: una especie de monarca de la República. La clase política y buena parte de la opinión pública parecía convencida de que México no podía vivir sin Porfirio Díaz. Se formó, entonces, un culto a su persona y de su personalidad, y Díaz comenzó a encarnar una imagen de poder absoluto: amable pero distante, un padre benigno pero firme, que gobernaba melancólicamente desde la soledad del pináculo. La diosificación de Díaz se consolidó de la mano de un elaborado teatro de Estado. Por ejemplo, las tres salas de espera que se habían dispuesto en Palacio para quienes esperaban audiencia con el presidente eran conocidas como “El Purgatorio”, “El Limbo” y “La Gloria”. Llegar al lado del presidente era un encuentro de lo sagrado. Charles Lumis, un observador norteamericano que describió el tránsito por estas antesalas, habla de los efectos psicológicos de este poder tan elaboradamente mistificado: “Un secreto de la carrera maravillosa de Díaz”, nos dice, “es que resulta imposible dudar de su sinceridad”.1 El encuentro con lo sagrado era también un momento de verdad.

De hecho, uno de los logros más notables del porfiriato, muy ambivalente, sin duda, es precisamente la mistificación del poder del Estado, y del presidente como jefe de Estado, lo que no era poca cosa en un país donde se había desacrado el poder político, revolución trás revolución: la pierna momificada de Santa Anna había sido arrancada de su monumento y arrastrada por la ciudad, y Maximiliano había sido fusilado. Por otra parte, los triunfadores de la guerra de la Intervención (1867) eran gente del vulgo, no demasiado aristocráticas.

Francisco Bulnes hace una descripción colorida la desilusión del público de la ciudad de México trás el triunfo liberal:

El ejército acabó de desprestigiarse entre las clases superiores y las inferiores… porque aparecieron numerosos generales y coroneles con mando, sin camisas limpias, que al comer metían el cuchillo en su boca, limpiaban sus bigotes atacados por las rojas salsas mexicanas, con el mantel o con el dorso de la mano negra por falta de jabón, masticaban con ruido de guayín que marcha sobre empedrado, bebían pulque ya pútrido, dormían siesta con botas y acicates, daban escándalos en las cantinas y en las casas públicas, asistían a los teatros en compañía de toda clase de rameras, escupían por el colmillo, se alojaban en hoteles de tercer orden y en los mesones de Peralvillo, comían en la fonda de San Agustín y daban días de campo en Santa Anita, que terminaban siempre con la sacada de la pistola y el alarido de ‘soy muy hombre y a mí nadie me ningunea’…2

Es éste el trasfondo social de la mistificación del Estado en que tanto invirtió Porfirio Díaz que explica su preocupación por los uniformes, y por crear antesalas, de preferencia con alfombras, candelabros y retratos. Por construir palacios para el poder político: palacios de justicia, palacios de enseñanza… incluso un “palacio negro” para la rehabilitación del elemento criminal. Y todo aquello —todo aquel escenario— lo tenía a él, al presidente de la República, como pieza central.

El esfuerzo porfirista fue de hecho tan exitoso que la mitología de un Díaz-todo-poderoso fue “comprada” incluso por la oposición a Díaz, que gustaba de imaginar que en México “ni una hoja se movía” sin el consentimiento del dictador. O sea que tanto aduladores como críticos coincidían en representar a un Díaz-todo-poderoso, y ver en él a un zar, un káiser o un Napoleón. Un hombre cuyo cuerpo y vida se llegó a identificar con el cuerpo de la patria misma.

Pero la realidad fue siempre otra: Díaz fue un hombre hábil, astuto, con grandes dones políticos, sin duda, pero jugaba un juego con piezas que él no había creado ni inventado, y se tenía que adecuar siempre a ellas. El culto a su personalidad era, al final, una dramatización del culto al nuevo Estado mexicano. Pero ese Estado era en realidad todavía bastante pequeño y endeble. Ni toda la pompa de una entrada de Porfirio Díaz podía aliviar la miseria de los mesones de la ciudad de México, por ejemplo, y Díaz se dedicó a deportar pobres de las ciudades, porque no podía mejorar su condición ni ocuparlos de mejor modo. Tampoco su régimen pudo enseñarle a leer y a escribir a las grandes mayorías, ni reducir los números de prostitutas que pululaban por la ciudad de México, y que según Luis Lara Pardo duplicaban en número a las de París, en una población que era entonces cinco veces menor. Vaya, Díaz ni siquiera conseguía dominar del todo la arbitrariedad de los jefes políticos —tenía que dejarles un amplio margen de maniobra.

Por todo eso, es justo decir que la personalidad de Díaz fue importantísima —un aspecto central del régimen— pero que es a la vez también fácil exagerar su poder.

3. ¿Porfirio Díaz tuvo ideólogos?

Díaz le encargó la redacción del Plan de Tuxtepec a intelectuales liberales como Vicente Riva Palacio e Ireneo Paz. Sin embargo, el trabajo ideológico de ese grupo no era en realidad demasiado importante, porque el Plan de Tuxtepec se limitó a reafirmar la sacralidad de la Constitución del 57 y las Leyes de Reforma, y, sobre todo, insistía en reinstaurar la no-reelección. Los ideólogos de Tuxtepec imaginaban su movimiento como un impulso regenerador. Una reinstauración del liberalismo. O sea que no proponían nada nuevo.

Mucho más originales y, más importantes, fueron los ideólogos de la segunda generación de intelectuales porfiristas, los llamados “científicos”, que armaron una plataforma de la cuarta reelección de Díaz (1892) inspirada en el positivismo. Seguramente el ideólogo más importante de ese grupo haya sido Justo Sierra quien, como ha mostrado Carmen Sáez Pueyó, elaboró una ideología para un posible partido liberal único, que Díaz nunca acabó de adoptar, pero que puede entenderse como verdadera precursora intelectual del PRI.

Justo Sierra y los demás científicos hicieron explícito por qué apoyaban una dictadura —contra sus principios liberales, pero consonante con sus ideales liberales. La decisión —y la explicaron bastante— venía porque para ellos la democracia tiene precondiciones económicas y políticas, no se puede inventar simplemente con un manojo de leyes y constituciones. Para los científicos no puede haber libertad ni democracia sin paz ni un mínimo de progreso material. Tampoco se podían conseguir los ideales liberales sin buenas comunicaciones, ni sin un Estado central mínimamente funcional. Sin aquello, el liberalismo de la generación de Juárez degeneraba fatalmente en demagogia, y para los científicos la demagogia había sido el mal del siglo.

Por eso Díaz era “el hombre necesario”: para los científicos la dictadura no era un ideal, sino una necesidad. Y Díaz, con su supuesta nobleza y sus credenciales impecables de patriota, era la personalidad perfecta para el caso. Para los científicos Díaz sería una figura de transición. Su patriotismo, su valor y sus caulidades de caballero lo hacían digno de ser el dictador que México necesitaba, y único garante de un regreso eventual de la nación al liberalismo ya cabal, ya real, que llegaría cuando la paz fuese un hecho consolidado, y se hubiera conseguido el nivel de progreso mínimo requerido por las democracias realmente existentes.

Ésta fue la ideología central del porfiriato. Porfirio Díaz la adoptó y la hizo suya, aunque no hizo caso de mucho de lo que le pedían sus ideólogos: no formó el partido liberal que Sierra quería, ni se preocupó por dejar el poder cuanto antes.

Mucho menos hizo caso de Bulnes, que en su discurso en pro de la reelección de Díaz, pronunciado en 1903, habló de la importancia de formar también un partido conservador. A diferencia de Sierra, Bulnes no imaginaba posible un sistema unipartidista. Pensaba que se necesitaba establecer la competencia política, cosa que implicaba legalizar al partido conservador, que había quedado liquidado y proscrito detrás de su papel ignominioso con los franceses.

Pero en todo lo que tuviera que ver con la institucionalización del poder, Díaz le hizo poco caso a Sierra y a Bulnes. No quiso hacerse de lado. Estaba dispuesto a ser una figura de transición, sí, pero no a dejar el poder ni tampoco a cedérselo a un partido político.

El positivismo de Sierra fue la ideología de paz y progreso del porfiriato, pero Díaz estuvo más interesado en eternizarse que en trabajar por la transición de una dictadura a una democracia.

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4. ¿Porfirio Díaz fue un liberal? ¿Fue un conservador?

Importa entender por qué resulta difícil contestar estas preguntas. De origen, Díaz fue liberal. Eso está clarísimo. La dificultad de responder no tiene tanto que ver con las convicciones del personaje, sino con sus circunstancias.

Después de la derrota de los franceses, en 1867, México se quedó sin partido conservador. Como los conservadores habían traicionado al país invitando una fuerza extranjera, y por eso quedaron proscritos. A partir de entonces todos los políticos mexicanos eran liberales hasta que se demostrara lo contrario.

Al mismo tiempo, era necesaria una política de reconciliación para reintegrar las elites mexicanas, que habían quedado fracturadas por la guerra civil. El culto del Estado de Porfirio Díaz pasaba por la reintegración de las elites, proceso que de hecho había iniciado ya desde tiempos de Juárez y que quedó materializado en el plano simbólico durante la presidencia de Lerdo de Tejada con la creación de la Rotonda de los Hombres Ilustres, donde se irían concentrando las cenizas de los mexicanos más grandes, independientemente de su filiación política. Pero a Díaz le tocó consolidar la política de conciliación a nivel de elites —evitando incluso la fragmentación de las elites liberales. Su matrimonio con Carmen Romero Rubio fue, de hecho, un acto político de conciliación entre liberales, que sirvió para reintegrar a una fracción derrotada de lerdistas y unirlos a los militares de Tuxtepec.

La segunda razón para adoptar una política de reconciliación tenía que ver con la Iglesia y con la religión popular. El anticlericalismo liberal sirvió para arrancarle el Estado a la Iglesia, proceso que gozó incluso de cierto apoyo popular —el anticlericalismo mexicano no fue simplemente un movimiento de elites. Pero también es verdad que el secularismo del Estado liberal se erigió de frente a un pueblo que en su gran mayoría era religioso. Por eso el anticlericalismo iba de la mano de un buen nivel de tolerancia frente a la religiosidad popular. De hecho, la palabra “tolerancia” se ajusta bien al espíritu liberal, porque no había entre los liberales una aprobación de la religiosidad popular, sino un reconocimiento de la necesidad de convivir con ella. Había ahí, también, cierta práctica de reconciliación.

Por otra parte, esta necesidad de convivencia con la religiosidad popular también hacía que la Iglesia fuese un factor político útil, y por eso hubo también una política activa de conciliación con la Iglesia, representada en el catolicismo de la propia esposa de Díaz.

Estos factores de reconciliación fueron los que permitieron que la generación más joven de liberales —a la que pertenecieron Camilo Arriaga, los hermanos Flores Magón, Díaz Soto y Gama, y el Partido Liberal Mexicano— acusara a Porfirio Díaz de ser conservador.

5. ¿Díaz fue un modernizador? ¿En qué sentido sí, y en cuál no?

Esta pregunta todavía pide bastante investigación. No cabe duda que México se modernizó bastante entre 1876 y 1911 —se construyó el ferrocarril, se desarrollaron puertos, se modernizó la ciudad de México y varias otras capitales, se fundaron instituciones de todo tipo, se escribió una nueva historia y se forjó una imagen de lo nacional que todavía hoy circula…—. Pero, por otra parte, el porfiriato fue muy largo, y ocurrió en años marcados por un desarrollo capitalista intenso a nivel global.

Muchas veces Díaz se atribuyó progresos que eran generales de la época, como si hubiesen sido mérito personal de él o de su régimen, cuando quizá hubiesen ocurrido independientemente de quién figurara como presidente. En la España franquista no faltaba quien defendiera al dictador diciendo: “¡Antes de Franco, no teníamos frigoríficos!”, sin percartarse que los países vecinos también los habían adquirido, y sin tener que padecer dictadura alguna.

En buena medida la fórmula de progreso de Díaz se basaba en darle garantías al capital extranjero y nacional, y esperar que el capital trajera el progreso solito. El Estado que construyó Díaz fue de tamaño reducido, y su capacidad de transformación social modesta.

6. ¿Fue racista Porfirio Díaz?

Los tiempos de Díaz fueron también a nivel mundial los tiempos del “racismo científico” —era una época en que el racismo gozaba de plena legitimidad: La era de la eugenesia—, de la idea en que la administración pública de “la raza” era un aspecto central del buen gobierno. El gobierno de Díaz no se sustraía de esa lógica.

Sin embargo, la política migratoria porfirista no fue muy exitosa. No resultó fácil “mejorar la raza” trayendo grandes números de colonos europeos porque en México la mano de obra era demasiado abundante y barata como para atraer obreros de Europa y, por eso, México no pudo competir con Estados Unidos o Argentina, ni con Brasil, Cuba, Venezuela o Chile. Atrajo migrantes, sí, pero pocos.

Esto llevó a que se tuviera que seguir desarrollando cierta ideología indigenista en México aun durante el porfiriato, y algunas fórmulas racistas características de la época buscaban el modo de dejarle aunque fuera un dejo de prestigio posible al mestizo. Fue ésa la fórmula de Andrés Molina Enríquez, por ejemplo, quien consideraba que el mestizo era una raza idealmente adaptada para las condiciones específicas del territorio mexicano. Fue también, aunque de otra forma, algo que iba implícito en las ideas racistas de Francisco Bulnes, que pensaba que las razas eran superiores o inferiores según su alimentación (para Bulnes, había tres grandes razas: la de trigo, que era la superior; la de maíz, que le seguía; y la de arroz, que era la más abyecta). El racismo de Bulnes implicaba que se podía mejorar la raza sin necesidad absoluta de traer extranjeros en grandes números.

Pero además de todo aquello importa recordar que durante el porfiriato se libraron varias guerras de exterminio: la guerra del yaqui, y la guerra de castas en Yucatán, sumadas también a las guerras de la apachería, que todavía operaron durante los primeros años del porfiriato. Para Díaz había indios buenos e indios malos, y a los indios malos había que exterminarlos. Así.

Por último, se puede hablar de racismo porfirista por el lugar simbólico que tenía lo europeo en el teatro del poder y del prestigio. Como tantos dictadores, a Díaz le gustaba ser una especie de maniquí, y se vestía ora como el káiser, ora como un lord inglés, ora como mariscal de Francia. Pero nunca se vistió de huarache y calzón, ni tampoco se presentaba en traje ceremonial disfrazado de Xicoténcatl.

7. ¿Por qué Díaz aguantó tantos años en el poder?

Quizá la mejor radiografía de esto siga siendo el libro de François-Xavier Guerra. El régimen de Díaz fue un sistema de pactos, concesiones y negociaciones muy intrincado, donde barajaba generales que eran sus íntimos con alianzas complejas con diferentes familias de elite regional; intereses de capital extranjero, y nuevos negocios que fueron surgiendo junto al acelerado crecimiento que se dio en las últimas dos décadas del siglo XIX. A partir de las revueltas campesinas de los años 1891-1893 Díaz consiguió reducir la resistencia de importantes familias regionales al poder central —en Guerrero y en Chihuahua, por ejemplo— a cambio de darles participación en los nuevos negocios y de apoyarlos contra el campesinado en sus regiones. Fue precisamente eso, a fin de cuentas, lo que llevó a que tantos pueblos de Chihuahua se levantaran en armas en 1910 y 1911.

Por otra parte, Díaz calibraba cuidadosamente las rivalidades que había entre familias pudientes al interior de cada estado de la federación, y usaba el poder federal para apoyar a unas y marginar a otras, o para establecer los cotos de poder de cada una.

Al interior de la clase política nacional Díaz optó por una política de dividir para gobernar: le dio puestos y prestigio a los científicos, pero también permitió que se le diera rienda suelta al odio a los científicos en la prensa. Por otro lado, sostuvo al gran adversario de los científicos, el general Bernardo Reyes, pero sin dejar de limitarlo y aun a veces de marginarlo. El odio entre estas dos facciones facilitaba la reelección de Díaz porque cada una prefería que siguiera Díaz a que su contrario llegara a la presidencia. Es decir, que el sistema de pactos que hacía que Díaz fuese a la vez un liberal y un conservador, un militarista y un civilista, permitía también que Díaz enfrentara a una facción con la otra, para quedar él siempre como mal menor.

Por último, Díaz consiguió corromper mucha prensa extranjera y hacerla afecta a su régimen. Las loas a Díaz en el extranjero, sumadas a las alabanzas de las colonias extranjeras residentes en México, contribuían a consolidar su imagen de “hombre necesario”. Quitar a Díaz podía, en un momento dado, ser equiparado a poner en riesgo las inversiones que estaban transformando a México.

8. ¿El porfiriato trascendió desde el punto de vista filosófico?

Trascendió mucho más de lo que usualmente se piensa, incluso al interior de las filas revolucionarias. El positivismo (que en realidad fue traído a México por Benito Juárez, pero que no gobernó ideológicamente sino hasta el régimen porfiriano) siguió influyendo la política pública, las leyes, la sociología y el pensamiento social durante la Revolución, y todavía por algunos años posteriores. Las ideas políticas de Justo Sierra en buena medida se transfirieron al régimen posrevolucionario, y su ideal de partido único liberal tiene parentesco con la formación de un partido para “la familia revolucionaria”.

Por otra parte, las ideas políticas de Bulnes fueron importantes para Madero, que le abrió la puerta al Partido Católico, siendo liberal. Como el Partido Católico luego favoreció al golpe de Victoriano Huerta, tuvo un destino no tan distinto del de los conservadores luego de la intervención francesa: los católicos quedaron como traidores y fueron sometidos por la revolución constitucionalista. Pero aun así se puede decir que, en alguna medida al menos, las ideas de la transición democrática, y sobre todo el auge del PAN, algo le debe a la posición de Bulnes.

A nivel estético, el indigenismo modernista que se desarrolló durante el porfiriato se volvió muchísimo más transgresor, y más inovador, con la revolución. Pero el quiebre no es siempre tan absoluto como se piensa. A fin de cuentas el porfiriato fue la escuela en que se formó la Revolución, así como el PRI ha sido la escuela en que se formó la transición democrática. No es correcto pensar que aquello terminó de tajo con la Revolución.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de El retorno del camarada Ricardo Flores Magón y de Death and the Idea of Mexico.


1 The Awakening of a Nation: Mexico of Today, New York, Harper and Brothers Publishers, 1904, p. 104.

2 El verdadero Díaz y la Revolución, México, Ed. Del Valle de México, 1979 (1920), p. 199.

Ensayo

III. La vida sin “Don Porfirio”

El camino más cómodo para llegar a mi casa consiste en tomar una breve desviación y dar vuelta a la altura de Porfirio Díaz. Una calle pequeña, empedrada. Así se evita el rodeo que supone subir por Juárez, que es más amplia, de doble sentido, pero donde hay una escuela, un veterinario, una miscelánea y un club deportivo, y siempre más tráfico. El edificio en que nací, en la ciudad de México, estaba sobre una calle que también se llamaba, y se llama, Porfirio Díaz. Es una coincidencia curiosa, no creo que del todo insignificante.

Miro en la Guía Roji y encuentro otra calle Porfirio Díaz en la colonia Tejalpa, en Ixtapaluca, y otra más en la colonia Alfredo del Mazo en Naucalpan, otras en Buenavista, Pantitlán, Lomas de Zaragoza, una en la colonia Francisco Villa, en Iztapalapa, y otra más en la colonia Emiliano Zapata en Atizapán. No es fácil hacer la cuenta a partir de la información de la guía, pero deben ser treinta o cuarenta en total. Alguien me dijo alguna vez que las calles estaban dedicadas al coronel Porfirio Díaz, en recuerdo de la batalla de Puebla, y no al presidente. Podría ser, la explicación me gusta —quisiera pensar que eso puede suceder así. Pero algunas están claramente dedicadas al general.

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Melchor Ocampo suma bastantes más calles en la ciudad, pero no llegan a tener tantas los hermanos Lerdo de Tejada, juntos, incluyendo las que enigmáticamente se llaman sólo Lerdo. Francisco Zarco tiene apenas una docena. En un primer vistazo encuentro hasta seis con el nombre de Hernán Cortés, y otras tantas dedicadas a Victoriano Huerta, tres o cuatro al general Miramón. Ninguna a Antonio López de Santa Anna.

Porfirio Díaz tuvo mala prensa durante un tiempo, como es natural. Pero no resulta ser enteramente malo, no tanto como Maximiliano o Huerta, o Pittaluga. O Santa Anna, curiosamente, que fue el político más popular del país durante la primera mitad del siglo XIX. Nunca es el traidor Díaz, por ejemplo —como sí los otros. Incluso en las versiones más estatuarias de la historia de bronce, las que ya es imposible encontrar ni nadie se toma en serio, incluso en ésas se mencionan los ferrocarriles, la industria, la inversión extranjera, la paz, aunque todo aparezca matizado por los latifundios, las tiendas de raya, Cananea y Río Blanco, el México bárbaro de Kenneth Turner. Seguramente por eso, aunque la expresión “porfiriato” siga teniendo una sonoridad incómoda, reivindicar a Don Porfirio tiene muy poco chiste (el primero en hacerlo fue Francisco I. Madero, en La sucesión presidencial de 1910: el general Díaz, decía en resumen, “será uno de nuestros más grandes hombres”).

Es claro que Porfirio Díaz, el complicado político oaxaqueño, el esposo de Carmelita Romero Rubio, no es “Porfirio Díaz”. Lo mismo que el cura Hidalgo no es “Hidalgo” ni Maximilien Robespierre es “Robespierre”. Recuperar la historia concreta de cualquiera de ellos, con toda su vidriosa ambigüedad, para ponerla en contraste con las imágenes que están en el sentido común, es un ejercicio normal —y relativamente sencillo de hacer, en todas partes. A fin de cuentas, leído el epistolario de cualquiera, sus poemas de juventud o los movimientos de su cuenta bancaria, todos resultan ser personas con virtudes y con defectos bastante comunes y corrientes. Aparte de algún hallazgo concreto de valor historiográfico, en lo fundamental el descubrimiento es una trivialidad. El descubrimiento de que ninguno está a la altura de su leyenda, quiero decir.

Ahora bien, ese posible Porfirio Díaz empírico: complejo, problemático, humanísimo, no se opone en realidad al Porfirio Díaz mitológico, ni lo desmiente. Porque todo pertenece a otro registro. La vitalidad de “Porfirio Díaz” como personaje viene de otra parte, se nutre de otras fuentes, y no de los archivos. No es una imagen poco informada, no se corrige con nuevos datos. Pero es la que nos ha interesado siempre.

La “desmitificación”, tal como la venimos ejerciendo en México en los últimos veinte o treinta años, es otra cosa, tiene otro sentido, y no sólo mostrar que la historia es más complicada de lo que dicen los textos de primaria —que es algo que ya sabíamos en realidad. La ofensiva contra la historia de bronce no ha sido una empresa académica, sino política. No para desenterrar datos, documentos, series históricas de nada, sino para combatir el discurso del régimen revolucionario. Para decirlo en una frase, no se trataba de descubrir al verdadero Díaz, sea eso lo que sea, sino de decir que “Porfirio Díaz”, el de la leyenda, no había sido tan malo. O que había sido bueno. Y en todo caso mejor que lo que vino después. Para eso servían datos sobre crecimiento económico, sobre el valor de la moneda, sobre inversiones, industrialización, estabilidad política, para fundar otro discurso de legitimación. Nada más, nada menos.

El personaje de Porfirio Díaz sirvió durante algún tiempo como recurso para justificar la Revolución. Era su función más obvia. La imagen del dictador, su lado oscuro, se usaba para subrayar la importancia de algunos de los rasgos básicos del nuevo orden: la reforma agraria, la legislación laboral. No tiene misterio. La dictadura era uno de los elementos básicos en el mito del origen del nuevo régimen. Pero además Don Porfirio: medallas, charreteras, gesto adusto, era la imagen modelo del mal gobierno —que por comparación hacía buenos a los demás. Mientras no llegaran al “¡Mátalos en caliente!”, había motivos para preferirlos. Eso dejó de tener sentido hace tres o cuatro décadas.

Pero el relato mítico del auge y la caída de Don Porfirio tenía también otras funciones. Una me parece fundamental: hacer presente la lógica del chivo expiatorio, la violencia originaria, indispensable. Don Porfirio es el padre malo, el personaje encumbrado, que se separa del resto, y al que es necesario sacrificar para que el conjunto pueda recobrar la salud. Es importante por eso la ambivalencia de la figura de Díaz. No es enteramente malo, pero es frágil, le gana la ambición, no es un traidor pero se deja llevar por una camarilla de traidores, los científicos. En el fondo, es uno de nosotros que dejó de ser uno de nosotros. Las medallas son el estigma. Y por eso hubo que sacrificarlo. La suya es en ese sentido una reiteración de la historia de Agustín de Iturbide, el otro padre malo (como la historia de Zapata es reiteración de la de Hidalgo).

Un hecho curioso que subraya esa función: Porfirio Díaz es el único de los personajes de nuestra historia mítica que efectivamente envejece. En las imágenes que tenemos de ellos, las de los murales, Zapata y Villa están congelados en los cuarenta años, Hidalgo tiene siempre sus sesenta mal llevados, pero Guerrero no representa nunca los casi cincuenta con que murió, ni Juárez tiene sesenta y seis, y desde luego Santa Anna no es un anciano de ochenta y dos años. Todos están aproximadamente fijados en el momento de su consagración. De Díaz, en cambio, tenemos dos imágenes igualmente nítidas, perfectamente reconocibles: el joven coronel, muy indígena, de aire marcial, y el anciano casi francés de la penúltima hora.

No es que la legitimidad del antiguo régimen haya sido fundamentalmente histórica, aunque también lo fuese en parte. Esa historia estilizada, elaborada, hecha de arquetipos, la que justamente se ha llamado la historia de bronce, era en realidad la materia de la que estaba hecho el lenguaje moral de nuestro espacio público. Era una historia de traiciones y heroísmos y sacrificios, de quienes se niegan a sí mismos, como Juárez, y quienes se llenan de sí mismos y se desbordan, como Iturbide, como Santa Anna; era una historia hecha de linajes ocultos y de falsos parentescos, de muertos que vuelven, de pueblos rebeldes y reyes inmolados: Moctezuma, Cuauhtémoc, Iturbide, Maximiliano, una historia patética y conmovedora, con su adarme de antisemitismo. Esa historia ofrecía el sistema de abreviaturas para elaborar juicios morales, y saber lo que estaba bien, lo que estaba mal. Una de sus piezas básicas era “Porfirio Díaz”.

Vuelvo a mi argumento. La “desmitificación” de Don Porfirio tiene que ver con eso y no con los archivos. No se trata de la realidad histórica de Díaz, cualquiera que haya sido, sino del significado del personaje en el relato de la historia de bronce. La verdad es que las arremetidas han sido bastante tardías, y a pesar de todo de una eficacia muy limitada. Porque el idioma normativo del siglo XX ha perdido vigencia casi por completo, pero no hay otro que lo sustituya. Y por eso la reivindicación del porfiriato es posible, es relativamente simple, pero también es trivial. No un gesto de heroísmo rebelde, sino la repetición de un lugar común: ya sabemos todos que Don Porfirio no era tan malo. Pero eso no significa nada —porque ha desaparecido el relato en que su figura adquiría otro sentido. Ya Don Porfirio no sirve para legitimar al gobierno, pero tampoco para desacreditar a la Revolución ni para casi nada.

La desmitificación ha quedado tan anticuada como el mito. Y hemos perdido con eso algo de la dimensión imaginaria de nuestra vida ciudadana.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es: Historia mínima del neoliberalismo, El Colegio de México, 2015.

Ensayo

IV. Extremos de Díaz

Pensemos sólo el principio y el fin del régimen de Porfirio Díaz. El principio (político) en el Plan de Tuxtepec (1876); el fin, el Plan de San Luis (1910) y los Tratados de Ciudad Juárez (1911). En el origen del caudillo, y dictándole el camino hacia la presidencia, la política popular del liberalismo. Ésta lo encumbra y lo derriba, décadas después, ya trasmutada. En cierta forma el Plan de Tuxtepec es el último coletazo de la reforma liberal en su forma plebeya y levantisca, y es todavía un fenómeno inscrito a plenitud en el siglo XIX; lo que inicia con el Plan de San Luis es siglo XX, como será toda la Revolución mexicana.

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Porfirio Díaz fue defenestrado por una revolución popular que abrevó en los agravios sociales, en los prestigios imaginarios de un poder local sin interferencias y en una tradición liberal dura y sencilla en sus postulados. 1910 recuerda en más de un punto a 1876 (aunque las intensidades y escalas sean distintas). Se olvida con frecuencia el ánimo descentralizador, municipalista y popular del Plan de Tuxtepec, con su promesa de abolir el apenas reinstaurado Senado y de fortalecer el gobierno municipal contra las injerencias de gobernadores, tropas y jefes políticos. La primera legislatura porfiriana (la VIII, 1877-1878) reflejó esa situación y tiene en el Diario de Debates ese tufillo libertario y centrífugo. Porfirio aprendió muy joven de la política, los compromisos y las relaciones entre poderes formales e informales.1

El arco que va de Tuxtepec a San Luis, y que se extiende por más de 30 años, une el principio del aprendizaje con la culminación del desaprendizaje político. Díaz asumió la presidencia de la República en mayo de 1877 débil, con un Congreso no del todo obsecuente, con un programa político (el Plan de Tuxtepec) que en esencia se oponía a la centralización del poder y con un eslogan comprometedor (sufragio efectivo, no reelección). Y renunció a la presidencia abrumado por el mismo eslogan, repetido por miles, pero con un Congreso, un ejército, unos jueces y unos gobernadores que le eran fieles. Tal es la ilusión de la unanimidad, la mala lectura de la hegemonía.

Justo ahí inician mis dudas con el revisionismo historiográfico del porfiriato. De entrada, me parece sano repensar y volver a narrar la gesta de Díaz, con sus alcances y limitaciones —pero eso no es una práctica “revisionista”, es una práctica crítica o “científica”, común a cualquier experiencia intelectual—. Tampoco me convence la idea de que el general haya estado fuera de la historia mexicana: como dice uno de los mejores biógrafos de Díaz, Paul Garner, existe toda una saga de literatura porfirista, antiporfirista y neoporfirista, también centenaria. Y eso no es estar fuera de la historia; es la oscilación natural de un personaje y de un fenómeno político en el interés de los historiadores y del público. Y mi duda crece cuando se alude a una historia oficial estructurada, maliciosa y con objetivos predefinidos que pretende deturpar la trayectoria del general y presidente Porfirio Díaz.

Hay que recordar que la historia oficial mexicana ha sido débil y vituperada por la historia católica (desde la Reforma), por la marxista (sobre todo después de 1968) y por la liberal de ánimo edificante. El panteón mexicano existe, sin duda. Pero es más poroso y menos impermeable de lo que con frecuencia se supone. Y por lo pronto nadie ha borrado a Díaz de ninguna fotografía y en el siglo XX, en sus momentos más canallas, los caminos de la exclusión de la historia lo marcaron estalinistas, nazis y franquistas. Y con toda franqueza no hay punto de comparación.

Sería bueno recordar que los contemporáneos experimentaron grandes dificultades para realizar un juicio prístino y definitivo de Díaz. Ellos, como nosotros, debieron esforzarse para reconsiderar la figura de Porfirio como si la Revolución no hubiese existido. Imposible, a final de cuentas. Los biógrafos y estudiosos de Porfirio Díaz (desde aquellos que lo conocieron hasta los más recientes) a la vez que cuentan su vida acaban por plantear una hipótesis o una teoría de la Revolución mexicana. Así Francisco Bulnes, José López Portillo y Rojas o Agustín Aragón. Al momento de erigirse el mito del Díaz estadista y buscar su desenlace en 1910, uno se encuentra de frente con el mito de la revolución popular.

Después de mayo de 1911 no era posible procesar sin apasionamiento lo acaecido en la década previa, ésa donde Díaz fintó que quería arreglar su propia sucesión y no arregló nada. Es en esa zona liminal donde los contemporáneos de Díaz se han mostrado más confusos y más lapidarios con su figura. Incluso uno de los más benignos comentaristas de Díaz, Nemesio García Naranjo encuentra dificultades para exonerar por completo a su personaje. Bulnes, en cambio, no tendrá dudas de aquel Porfirio de la década de 1900:

El general Díaz llegó a ver un Reyes imaginario, un Limantour imaginario, unos científicos imaginarios, un pueblo mexicano imaginario, un Madero imaginario, y lo que es peor un proletariado intelectual imaginario. Él lo creía su basura, lo estuvo pisando muchos años, lo llamaba “caballada”; y ese proletariado intelectual lo embaucó, lo fascinó, lo sugestionó, lo hizo ver todo imaginario, y cuando lo juzgó ya imbécil, ese proletariado levantó las patas y lo untó en los huaraches del peladaje zapatista.2

Es el vituperio, la exaltación de un aliado de Díaz, de ese Bulnes que en su discurso de 1903 en la convención reeleccionista —una de las más memorables explosiones oratorias de la historia política mexicana— decía que “sólo es nacional lo que tiene porvenir”, para agregar los puntos de un programa que Díaz jamás cumplimentó: “La nación quiere partidos políticos, quiere instituciones, quiere leyes efectivas, quiere lucha de ideas, de intereses, de pasiones”. Todo porque el peligro estaba a la vista: “¿Qué es lo que ve el país que se le ofrece para después del general Díaz? ¡Hombres y nada más que hombres!”.

Un revisionismo que se detenga sólo en el Porfirio de la paz —sobrevalorada ésta, como lo mostró Friedrich Katz— y en el Porfirio constructor de infraestructuras y de una economía, y que se perdiese en cambio la agonía y el ridículo político de la última década, sería al menos inverosímil. Como he mostrado en otra otro lugar, prácticamente todos los ensayistas políticos que escribieron entre 1900 y 1910 advirtieron que si no había una reforma política, habría una revolución. No hubo reforma y sí hubo revolución.3

Está en la naturaleza del personaje y de su tiempo —y no en una supuesta historia oficial o en la inquina de algunos historiadores— que sea la perplejidad la que se imponga en el estudio del régimen y de su final. La evidencia empírica es abrumadora en favor de la duda: un régimen que acabó en una colosal insurrección popular, en un déficit demográfico neto de un millón 200 mil personas (incluidos muertos, no nacidos y emigrados) y en la destrucción sistemática de un Estado: todos los tribunales, las dos Cámaras federales, las gubernaturas, las Cámaras locales y, sobre todo, las fuerzas armadas dejaron de existir en agosto de 1914. Aun Lenin y Trotski habrían alzado las cejas y tal vez sonreído ante la hecatombe política del antiguo régimen mexicano, el que Porfirio erigió.

 

Ariel Rodríguez Kuri
Historiador. Profesor-investigador de El Colegio de México. Entre sus libros: Historia del desasosiego. La revolución en la ciudad de México 1911-1922 y La experiencia olvidada. El ayuntamiento de México: política y gobierno, 1876-1912.


1 Discuto la integración de la VIII legislatura y sus relaciones con Díaz (incluyendo a sus representantes radicales) en mi trabajo “Los dipu- tados de Tuxtepec: la administración de la victoria”, en María Amparo Casar e Ignacio Marván, coordinadores, Gobernar sin mayoría. México 1867-1997, CIDE, Taurus, México, 2002.

2 Citado en Ariel Rodríguez Kuri, “Francisco Bulnes”, en Carlos Illades, Ariel Rodríguez Kuri, Ciencia, filosofía y sociedad en cinco intelectuales del México liberal, UAM, Miguel Ángel Porrúa, México, 2001.

3 “Literatura política y sucesión presidencial, 1900-1912”, en XVI Jornadas de Historia de Occidente. El ejercicio del poder, Jiquilpan, Centro de Estudios de la Revolución Mexicana Lázaro Cárdenas A.C., 1995.

Ensayo

V. Ni héroe ni villano

“Porfirio Díaz muere en el exilio en París —Gobernante de México por 30 años muere calladamente en el modesto apartamento en que vivía NO FRIENDS AT BEDSIDE—. Esposa, hijo y nuera sus únicos acompañantes” (The New York Times, 3 de julio de 1915). Díaz había muerto en París la tarde del 2 de julio y los diarios del mundo hacían eco de la noticia, la cual robaba espacio a los reportes de guerra en Europa, Rusia y México. No era sólo que había muerto otro caudillo tropical, era que se les moría una era y, entre el polvo y humo del derrumbe, la prensa mundial, con nostalgia, por momentos vislumbraba el porte de esa estabilidad señorial, de esa apostura de “para siempre” tan de los retratos del emperador austrohúngaro Francisco José o de Otto von Bismarck o de la reina Victoria… o de Porfirio Díaz. Y el hueserío de todos éstos fue objeto de culto y discusión en las respectivas historiografías, así como las reliquias en las historias de santos y parroquias.

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Por una semana The New York Times dio pormenor del destino de los huesos del viejo dictador, del final solitario, del entierro en la iglesia de Saint-Honoré l’Eylau (tiempo después los restos fueron llevados al cementerio de Montparnasse). Parece ser que el viejo ex aliado de Juárez, con la mortaja, volvió a sus tiempos de ex seminarista, pedía confesión y, dice Martín Luis Guzmán, recibió “la bendición apostólica”. Con el paso de los días la prensa estadunidense reportó los intentos de repatriación de los restos de Díaz —vía Estados Unidos—. Circuló en los periódicos un telegrama de Victoriano Huerta que pedía la repatriación del cadáver de Don Porfirio: “Díaz cometió errores, por supuesto, pero el bien que hizo le ha ganado ser clasificado de gran hombre, de genio… El pueblo mexicano debe regresar sus restos a descansar en tierra natal”. The Washington Post no dijo menos: “su recuerdo será venerado por todo México y se le erigirán memoriales en todas las ciudades que él ayudó a florecer y ser prósperas”. En Barcelona La Vanguardia publicó el largo obituario de José Esgofet que concluía: “‘¿Y á eso le llamaban la libertad? —pensaría el caudillo en sus últimos momentos—. Pues antes de que eso llegue me voy’. Y se fue, se murió en el momento más oportuno. De Méjico había huido por no ver; del mundo se marcha por no oír. Era un hombre extraordinario, cuya vida está llena de aciertos… no vino la muerte á sorprenderle: él acertó á morirse”. ¡Hasta la muerte fue en él un acierto!

Eso para el mundo. Para México, Díaz hubiera acertado más si se hubiera gusanado a tiempo: después de hacer algo de lo grande que hizo, pero antes de hacer nada más. Suena a despropósito, pero era así: para el mundo Díaz tenía aura de estadista, el único mexicano que alcanzó tal fama en el siglo XIX. Simple ignorancia de la prensa internacional, sin duda, pero no porque sea menos la de la historia patria que aprendimos en la escuela. Díaz tenía tal reputación no obstante la mala prensa mexicana o las ácidas críticas publicadas por el influyente Muckraker journalism de Estados Unidos —J. K. Turner, por ejemplo—. Porque para 1915 a la figura de Díaz, como a la de la reina Victoria o a la del emperador Francisco José, se adhería un entendimiento sobre el tiempo y la historia: el culto al progreso y el orden después de décadas de guerras, la nostalgia por un periodo de estabilidad mundial, de ferrocarriles y comercio internacional, de tratados de paz y equilibrio de poder, de mano dura pero sensible, de devoción, pero también de miedo a la democracia. Y Díaz más personaba todo aquello porque era visto como un Bismarck, sí, pero en la jungla —la admiración a Díaz tenía mucho de racismo (Díaz: lo que los tropicales pueden dar at their best, lo que se merecen)—. Pero la muerte de Díaz en 1915 hacía más memorable la era que se sabía perdida, esa que más brillaba en la oscuridad de las trincheras europeas, las revoluciones en México, Portugal o Rusia, la debacle del viejo imperio otomano, la caída del imperio austrohúngaro y la violencia obrera en las grandes ciudades. Sin embargo, de nostalgia, me temo, vive la reputación de próceres menos tropicales; para fines del siglo XX, Antonio Cánovas del Castillo o Porfirio Díaz ya eran olvido del mundo, en tanto que el emperador Francisco José, el ingrato hermano de Maximiliano, la nostalgia lo hace parecer más grande cada día.

La prensa internacional que cubrió la muerte de Don Porfirio mal predijo la manera en que Díaz sería recordado en México. Nada de monumentos ni dulces recuerdos, antes bien, a cada tanto resurge la controversia de los huesos del dictador, ésos que, ajenos y calmos, se pudren en Montparnasse. Y sigue siendo un lugar común afirmar que Díaz es ora el héroe incomprendido ora el antihéroe esencial de la historia patria. Ha habido y habrá torcida para ambos bandos. Un duelo de sombras, creo. Díaz, en verdad, ya tiene su lugar en la historiografía, ya impuso en la posteridad lo que cualquier gran personaje histórico puede esperar, a saber, de todo, y en constante recalibrar, menos indiferencia.

Cualquiera que ha examinado a Díaz y su era desde la investigación seria no ha conocido ni el odio ni el amor absolutos y ha dejado escrito esto: “sí pero no, no pero sí”. Alrededor de Díaz, en la buena y vasta historiografía, todo es discusión, duda, ambigüedad. Por descontado que no es de libros de texto, estadunidenses o mexicanos, que hablo cuando digo que no es necesaria la calavera para tener a Díaz en el lugar que le corresponde en la historia nacional. Ya lo tiene, sólo hay que releer, en cada nuevo presente, los muy distintos puntos de vista de Ricardo García Granados, Francisco I. Madero, Francisco Bulnes, Andrés Molina Enríquez, José C. Valadés, Daniel Cosío Villegas, Luis González, Friedrich Katz o Enrique Krauze, entre otros muchos. Ahí están ya los colores para pintar al Díaz que requiere nuestro presente.

Díaz no cuenta aún con una biografía más o menos definitiva (ojo: es sólo mi opinión), pero si se trata de sentir, de hacer sentir el peso de Díaz y lo que él significa en el presente, creo que tenemos lo necesario en la buena historiografía del porfiriato. Algunos historiadores de Díaz y su era fueron porfiristas de bandera desplegada, otro fue antiporfirista en armas, la mayoría quería odiarlo y al estudiar al viejo y su régimen no le levantaron monumento —la buena historia comienza a respirar en los archivos y su certificado de asfixia es el monumento—. La historiografía ha revelado lo más cercano que tiene la historia nacional a un juicio historiográfico que, cuando riguroso, siempre mezcla admiración y repulsión, moral y pragmatismo, respeto y condena. Ante Hidalgo o Iturbide, simples trasuntos, no escasearon pasiones que los hicieran héroes o antihéroes. También con Díaz, pero el personaje y su obra se impusieron a las pasiones en lo mejor de la historiografía de una u otra tendencia; los buenos historiadores que lo amaban no dejaron de señalar errores, crímenes; los empeñados en odiarlo, dejaron volúmenes de evidencias de su forjar Estado y nación.

Eso sí, Díaz era bueno para maicear intelectuales y no es de sorprender las muchas biografías laudatorias de publicistas a sueldo, como la de J. Godoy o la del editor catalán Santiago Ballescà, a quien el régimen encargó las grandes publicaciones oficiales. Entre 1880 y 1915 se publicaron más de 250 libros dedicados a Díaz, en español, en francés, en inglés o en alemán, la gran mayoría laudatorios. Pero Díaz no podía, ni falta que hacía, maicear y controlar su imagen en el mundo.

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A partir de 1908 empiezan a surgir balances del hombre y su obra. Antes de los dos primeros estudios importantes de Díaz y su régimen —el de Ricardo García Granados (Historia de México desde la restauración de la república en 1867 hasta la caída de Porfirio Díaz, primera edición de 1918), y el de Francisco Bulnes (El verdadero Díaz y la Revolución, 1920)— se publicaron los más influyentes cierres de caja del porfiriato: La sucesión presidencial en 1910 (1908) de Francisco I. Madero y Los grandes problemas nacionales (1909) de Andrés Molina Enríquez; el primero, un libro que, queriéndose antiporfirista, resultó ser el primer reconocimiento desapasionado del hombre y su obra. El reclamo básico de Madero ante Díaz eran las últimas reelecciones, la incapacidad de compartir el poder en un juego electoral más abierto. El de Molina Enríquez fue un libro que sin ambages afirmó lo funcional que había sido el porfirismo, añadiendo, porfiristamente, lo que a su entender debería seguir: un pueblo, una nación y un Estado mestizos. Para principios de la década de 1940 José C. Valadés, un periodista e historiador de sólidas credenciales revolucionarias, publica la primera seria, muy seria, historia del régimen de Díaz (El Porfirismo: historia de un régimen, 1941-48). Se trata de una impresionante investigación que denuncia matanzas y represiones pero también resalta el crecimiento económico, la estabilidad, la astucia política de Porfirio Díaz, las verdaderas opciones a las que Díaz se enfrentó.

Por su parte, don Daniel Cosío Villegas y su equipo alrededor de la Historia moderna de México dedicaron varios tomos al porfiriato. Don Daniel llamó al periodo, no sin asco, el “necesariato” y después de varios volúmenes no le quedó más que confesar su ambivalencia ante el régimen. No ocultó su admiración a Lerdo de Tejada o a José María Iglesias, al menos por el apego a la legalidad, pero a punto y seguido escribió: “sin embargo, el gran delito del que finalmente se le acusaba [a Lerdo] era no haber mantenido la paz que tanto ansiaba el país”. Para Cosío Villegas el golpe de Díaz en 1876 significó que “por la primera vez en los diez años de la república restaurada, una revuelta había triunfado, por la primera vez, también, había caído un gobierno legítimo”. Y, dice Cosío, si bien Díaz no aceptó la constitucionalidad que le ofrecía Iglesias, “Lerdo e Iglesias también son anticonstitucionales. Iglesias había prescindido del título de presidente de la república al abandonar México”. Y así por varios tomos. Para fines del siglo XX, Enrique Krauze caía en los mismos tonos matizados de Don Daniel y en Krauze el “místico de la autoridad”, Díaz, resulta ser el estratega que hace mucho bien y mucho mal al país. En fin, la historiografía, la buena, nos lega esta imagen: ante Díaz, ¡precaución!, no se deje al alcance de los niños, trátese con cuidado, tiene tanto de terrible como de admirable. En fin, se trata de nuestro único personaje, importante, no ignorable, de historia de carne y hueso. ¿Por qué?

Porque Díaz apersona las certezas, también las dudas, los ideales, también el pragmatismo, que aún nos tocan en el siglo XXI: democracia, desigualdad, paz/justicia y la posibilidad de virtud personal en la política. Y en casi todo esto, la buena historia nos dice, Don Porfirio cuenta y no queda más que re-conocerlo, esto es, volverlo a conocer.

 

La ironía no tiene límites: el antihéroe indiscutible de décadas de libros de texto producidos por un régimen antidemocrático fue Porfirio Díaz y por antidemocrático, por reelegirse, por mentir, por mantener a balazos un orden afrancesado en contra del verdadero pueblo democrático. Pero el héroe impoluto de esos libros de texto era Benito Juárez, como decía Bulnes, el intransigente, el héroe de la guerra contra el imperio pero incapaz en la reconciliación, como Sebastián Lerdo de Tejada, del que, decía Valadés, no sabía ni superar ni perdonar a sus enemigos. Pero Díaz era un Juárez más adecuado a los tiempos, capaz de tranzar y reconciliar. Era tan oaxaqueño como Don Benito —de hecho, nunca pudo ganar la presidencia a balazos hasta que la muerte de Don Benito hizo posible que los aguerridos y armados serranos de Oaxaca le otorgaran su apoyo, y desde Tuxtepec Díaz conquistó el poder en 1876—. Díaz era tan héroe militar o más que Juárez contra el mariscal francés Achille Bazaine —el cobarde por excelencia en la historia francesa por su papel en la guerra franco-prusiana (1870-71), el mismo que acusó a Díaz de faltar a su promesa de unirse a las tropas imperiales (un pícaro en la guerra, así era Díaz)—. Más ironía: la heroicidad de Juárez que repetían los libros de texto de la Secretaría de Educación Pública había sido patrocinada por Porfirio Díaz y Vicente Riva Palacio. Pero de democrático poco, Díaz o Juárez. Díaz, pues, villano, por antidemocrático.

Sin embargo, al analizar con cuidado al hombre y su régimen los historiadores, los buenos, algunos liberales y demócratas, otros no tanto, encontraron tres cosas que no disculpaban al personaje pero que lo hacían mucho más huidizo al juicio moral. Primero, que el régimen fue militantemente una política no democrática de reconciliación. Se mataron enemigos, pero sobre todo se logró la reconciliación, no democrática, incluso en contra de las leyes de Reforma y de la Constitución, con todo tipo de grupos y facciones, con la iglesia, con Estados Unidos, con Francia. Ninguno de los historiadores clásicos del régimen deja de reconocer que por medios no democráticos se llegó a la reconciliación que México no había conocido a lo largo de su vida independiente, pero para algunos eran medios sucios para llegar a fines buenos, incluso democráticos; para otros, eran porquerías que destruían la pequeñita semilla liberal-democrática que había plantado la república restaurada y que esclavizaban a México al estallido violento, tarde o temprano.

Segundo, los historiadores constatan que Díaz mantuvo siempre la aspiración democrática, sosteniendo elecciones a todos los niveles por 30 años, incluyendo un cambio en el Ejecutivo —amañado y horrible— en 1880. Valadés decía que las elecciones porfirianas no eran un ejercicio democrático sino una importante consulta política. Madero, como Limantour en el exilio, sostenía que si tan sólo Díaz se hubiera ido en 1906 su heroicidad hubiera estado a salvo. Finalmente, las historias revelan que la democracia como tal, en México o en el mundo, hasta bien entrado el siglo XX, no había sido más que variaciones de la versión porfiriana: un ideal y un terror que había que controlar; esto es, democracia: ideal, peligro.

Díaz fue contemporáneo de la lucha por la democracia en Estados Unidos que hasta antes de la guerra civil, con esclavitud y fraude generalizado en el norte, difícilmente podía ser más que ese ideal peligroso. La cruzada populista en la década de 1890 y la de T. D. Roosevelt en contra del poder económico en las instituciones estadunidenses eran la aspiración democrática que justamente en las elecciones de 1876 fue derrotada por el miedo intrínseco a toda consideración de la democracia en el siglo XIX. Lo que hoy reconocemos como democracia electoral fue pospuesta en Estados Unidos hasta la década de 1960 a través del convenio de 1877 que hizo posible que Estados Unidos no se embarcara en otra guerra civil, aunque ello significara un porfirismo regional, en el sur, y otro local en el norte (Chicago, Boston). El ideal/peligro de la democracia explican que Roosevelt intentara una difícil reelección y dijera de Díaz “es el más grande hombre de Estado hoy vivo y ha hecho por su país lo que ningún otro hombre vivo ha hecho por ningún otro país, y esta es la prueba suprema del valor del sentido de Estado (statemanship)”. 

Díaz también fue contemporáneo de las complicadas, y limitadas, reformas electorales de Gladstone y Disraeli en el Reino Unido que hasta entonces había mantenido un régimen no de igualdad democrática sino de reparto de privilegios en la aceptada y deseada desigualdad. Disraeli lo decía en las discusiones que a fines del siglo XIX produjeron la primera gran ciudadanización de los súbditos británicos: “No vivimos, sin embargo —y confío que nunca será el destino de este país vivir—, bajo una democracia”. También Díaz llegó al poder al mismo tiempo que la Restauración española con su régimen de turnos pacíficos entre partidos, comandado por muchos años por Cánovas del Castillo (un Don Porfirio español o al revés, Porfirio un Cánovas mexicano). Es decir, Don Porfirio se revela a los historiadores no como un ejemplo de porquería para el mundo, sino como un ejemplo del mundo porquería en México. De ahí que la relectura de la historiografía clásica revele un Díaz a veces necesario otras abusivo, a ratos indispensable, a ratos simplemente como lo que había, en México o en el mundo.

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Fue la paz, más que la democracia o que la represión à la Franco o à la Stalin, la que mantuvo al régimen y sirvió de principal moneda de cambio en el mercado político, no sólo en el porfiriato sino en la Gilded Age norteamericana, en la España canoviana, en la Tercera República francesa o en la Argentina seudodemocrática de fines del siglo XIX. Y ante esa paz la historiografía no pudo más que matizarla.

La frase “pax porfiriana” es más mito por lo que el latinazgo quería denunciar (falsedad), que por lo inexistente que fue. Es decir, es más mito creer que entre 1870 y 1920 la paz eterna kantiana fuera, uno, posible y, dos, apreciada, es más mito que el hecho de que la pax porfiriana no fue una pacificación sin precedente en la historia del México independiente. Para 1884 Porfirio Díaz quería decir paz, y de eso no había duda, no porque hubiera paz, no, sino porque lo que se entendía por paz tenía visos de existencia. La paz interna no significaba la no represión, dura, de maleantes, enemigos o periodistas —cinco, dice Bulnes, que pagaron con su vida—. La paz significaba limpiar de cuatreros los caminos, evitar rebeliones y ejercitar la violencia dura y selectiva contra los yaquis o mayas o ahí donde se ofreciera. Cualquier historia regional del periodo entre 1870 y 1910 revela que el campo era endémicamente violento y que a partir de 1880, de alguna manera, pueblos, ciudades y caminos se pacificaron. Incluso las historias de la guerra de castas o de los yaquis hablan de que con Díaz se pacificaron muchas regiones antes en guerra. La explicación es siempre la violencia de Don Porfirio. El problema es que violencia siempre hubo y nunca antes se pacificaron. Lo que los historiadores empiezan a ver en esas historias regionales es que la horrorosa democracia porfiriana formaba clientelismo, repartía paz, dineros y palos, y lograba una o dos décadas de paz; siempre sin poder desarmar a los enemigos, siempre un “mientras tanto”. Decía Bulnes que Díaz intentó desarmar a los serranos de todas partes, pero no pudo y dejó 300 mil hombres armados por todo el territorio, frente a los 22 mil soldados del ejército regular y los dos mil rurales. La paz porfiriana para los porfirianos y antiporfirianos del momento, no fue un engaño; fue una endeble negociación cuya durabilidad la hacía más deseable pero no menos vulnerable. Don Porfirio, pues, aparece como una difícil paz que permitió la inversión hasta entonces desconocida en ferrocarriles, comercio internacional, desarrollo urbano, inclusive crecimiento demográfico, datos que no pasan desapercibidos al ojo del historiador.

Pero además, como mostró Cosío Villegas, Díaz resultó ser un hábil estratega internacional en tiempos difíciles para una nación que había sufrido medio siglo de invasiones y ataques imperiales de todo jaez. Resulta que Díaz estuvo al borde de la guerra contra Estados Unidos y Guatemala en varias ocasiones, pero supo mantener el balance más o menos honroso. No hay historia en que Díaz no aparezca en escena como un simple guerrillero astuto y ambicioso, de relativa baja estirpe (ex seminarista, sabía leer y escribir, sabía latín), un guerrillero que recibe de los juaristas de Juchitán, en una caja, o en una mula, el cuerpo de su hermano Félix, con signos de tortura y mutilado —los muy delicados juchitecos se ensañaron con él sólo porque les había quemado el pueblo y lazado y arrastrado al santo patrón del pueblo—. Una escena después, Díaz ya ha pactado con los asesinos de su hermano (1876). Para el segundo acto, el personaje se ha “afrancesado” con su última esposa, hija de la elite mexicana, y empieza a ser un actor a todo color en el drama de la historiografía mexicana: un militar que sabe mantener la calma y parsimonia para dejar salir al barón de Magnus de la ciudad de México para servir en la defensa de Maximiliano en el sumario juicio de Querétaro; un militar que intenta, cual caudillo decimonónico, derrotar a Juárez, para luego usurpar la legalidad ante Iglesias —que, decía Valadés, no sabía que la gente vivía “aconstitucionalmente”—. Para el final de la obra, Díaz también es el estratega que está en Brownsville, Texas, en 1876 comprando armas y negociando el apoyo texano, o negociando en Washington, a través de hábiles asesores, para calmar los impulsos imperiales de la admiración Hayes, y luego aparece recibiendo en la ciudad de México, cual gran señor y en santa paz, al ex oficial de las tropas invasoras norteamericanas, al ex presidente Ulysses Grant, al tiempo que controla las reivindicaciones territoriales de Justo Rufino Barrios en Guatemala sin ir a la guerra. Cuando el telón cae, la figura de Díaz es la de un adusto viejo vestido de militar, símbolo de gobierno, Estado y nación, cargado de las condecoraciones de urbe et orbi. Todo esto ¿fue una farsa o un gran drama? Hay para caer en ambos calificativos.

En el exilio, Don Porfirio recibió entusiastas ofertas para radicarse, de Alfonso XIII en España, del káiser alemán, de la república francesa; permaneció en París. Era un reconocido sobreviviente de la cochina paz que el mundo había mantenido entre la guerra franco-prusiana (1871) y la Primera Guerra Mundial. Aunque fuera un mito su pobreza en el exilio —bastantes amigos y buenos y ricos había hecho en 30 años de poder—, la historiografía no puede concluir que fue un ostentoso, un caudillo tropical vendido a los gringos o a los franceses. Decía Valadés que el porfiriato en efecto fue una fiebre de contratos a extranjeros (sobre todo mineros y ferrocarrileros), pero que no había otra opción. Y Bulnes sostenía lo que la historiografía más reciente ha comprobado: que las compañías ferrocarrileras estadunidenses perdieron más de lo que ganaron. Díaz, pues, con su pax se impuso en la historia como uno de los generales de la paz que el mundo añoraba en el París de su muerte, el de 1915.

 

Porfirio Díaz no ha logrado entrar en ninguna historia como un gran maestro de la redistribución y la justicia social. Pero ésa, en México, es una historia casi sin escenas, casi sin personajes. Su política de tierras favoreció la concentración en ciertas partes (el norte) y pospuso día a día los problemas de tierras con negociaciones de un mes o de una década, aplicando a discreción las leyes de Reforma, o con la amenaza de la represión o con los asesinatos entre caciques locales en las regiones donde la tierra había estado en disputa desde la Colonia. Lo que la historiografía más reciente revela es algo que la historiografía clásica ve pero no acierta a nombrar: la debilidad de Díaz, eso es lo que lo llevaba a negociar, no la virtud cívica.

Su política de educación creó cuadros de maestros y universitarios cuya importancia nunca superó los confines de las principales zonas urbanas. Pero la ciudad de México volvió a ser una gran ciudad letrada, como no había sido desde el siglo XVIII. El ejercicio de la justicia era discrecional pero existente, una amplia burocracia judicial hacía las de amortiguador de conflictos sociales, siempre discrecionalmente. Valían más los acuerdos personales entre grupos locales y nacionales que la ley y la justicia. Esto revela la mejor historiografía: un Díaz cual duro pero austero rey medieval al que todas las facciones recurrían en última instancia. La edad, las fallas de memoria, fue el principal enemigo de ese sistema diseñado para regir al país como un rancho de varias familias pero que, por su propio éxito en estabilidad y desarrollo, estaba creando una política de masas.

La historiografía también denuncia el afrancesamiento de Díaz y su régimen. En realidad eso quiere decir dos cosas, las dos reales y bien documentadas: la modernización y el acatrinamiento. Lo primero, cultural o económicamente, es siempre un beso envenenado en la historia, no importa si lo que se moderniza es el sur rural de Estados Unidos o Cataluña, Turquía o Japón, siempre produce el mismo relato: la defensa de algo auténtico y real, de alguna manera bueno y comunitario, y el rechazo de lo falso, industrial, cosmopolita, usurero, francés, americano, occidental. El traído y llevado afrancesamiento, lo he repetido hasta el cansancio, no era un querer ser francés, sino moderno, y el porfiriato no lo logró —como decía Turner— pero para 1910 el país era más moderno que nunca antes. Nada que hacer. Si Díaz hubiera instituido la democracia y el Estado de bienestar, digamos, de un país europeo del siglo XX, de cualquier forma hubiéramos tenido el pleito por el afrancesamiento. El acatrinamiento, eso sí que la historiografía no se lo ha perdonado, y no es de perdonar; antes bien, es de tomar lección: cuidado, andamos por las mismas.

A partir de la década de 1890, por la edad o por su dependencia en los nuevos cuadros tecnócratas que el porfiriato mismo había creado, Don Porfirio dejó caer el comando de la cultura nacional, e incluso de la política, en manos de catrines insensibles a lo vernáculo, a lo local, aunque él siguiera negociando con rancheros, arrieros, indígenas y catrines de toda ralea. El costo del acatrinamiento está al centro del estilo y la naturaleza de las reivindicaciones de la Revolución o está en la sangre, saqueos y revanchas de la lucha armada. Los hermanos de armas de Don Porfirio, los sucios líderes locales que sirvieron de intermediarios políticos, se fueron muriendo y con el régimen acatrinado Díaz comenzó a enviar catrines de ciudad a gobernar estados cual hacendados en ausencia. Siguió la guerra.

Ante este Díaz la historiografía no escatima crítica porque Díaz, en efecto, creyó que ese país podía ser más moderno pero inmune a los cambios de las sociedades modernas que poco a poco iban inventando lo que rigió en el mundo a partir de 1930, el Estado distribuidor. Pero el juicio moral no termina ahí: con todo y su acatrinamiento, bajo el régimen de Díaz se sintetizó la versión más acabada y duradera del nacionalismo liberal mexicano, ése que sirvió, o que aún sirve, si sirve, de conciencia popular nacional. Ninguna historia pasa por desapercibido que eso de lo que hemos vivido —mestizaje, indigenismo, maicear intelectuales, promover a la nación en el mundo, la mexicanidad misma— son de estirpe porfiriana. En otra parte lo he dicho: la retahíla aquella del mestizaje, el indigenismo, el estatismo, la mexicanidad, la reescritura de la historia… esas y más piezas del nacionalismo mexicano, para 1940 sufrieron una metamorfosis; pasaron de metáforas con mayor o menor peso cultural, estético e histórico a metáforas de un Estado de bienestar, amplio, corrupto, corporativista y más o menos en funciones.

 

“¿De qué hilo cuelga la buena fama de Porfirio Díaz entre los norteamericanos?”, se preguntaba J. K. Turner, uno de los más influyentes críticos de Díaz, “del único hecho de que ha destruido a su país…, y lo ha preparado para que caiga fácilmente en poder del extranjero. Porfirio Díaz cede a los norteamericanos las tierras de México y les permite que esclavicen a su pueblo; por esto es, para aquéllos, el más grande estadista de la época, héroe de las Américas y constructor de México”. Por mucho tiempo, este Barbarous Mexico (1910) fue punto de referencia para entender al personaje: un Díaz malévolo, cruel, poderosísimo y, sobre todo, vendido a los Estados Unidos. Todo lo cual, como siempre en lo que tiene que ver con Díaz, “sí y no”. Porque lo cierto es que la vida de Díaz no se presta a ser pintada con brocha tan gorda. Independientemente de la grandiosidad del personaje, su vida fue realmente una saga de novela; Díaz es de esos que hubieran podido decir de cierto: “yo que tantos hombres he sido”. Y no porque en las cajas y cajas de cartas, fotografías y documentos no se puedan encontrar telegramas, sí, de esos de “mátalos en caliente”, sino porque también se encuentran millones de solicitudes de trabajo y ayuda, cartas de agradecimiento de ilustres catrines o de la gente más humilde —entre las posesiones de casas de vecindad, en testamentos y demandas judiciales, me he encontrado el registro “foto autografiada de Don Porfirio” y cada hacienda tenía un óleo del dictador. La vida, las pasiones, del personaje Díaz no dan para entregar un villano o un héroe de caricatura.

En las historias de Valadés, Cosío Villegas, Friedrich Katz, Krauze o en el estudio que más ha podido reparar en la vida personal y familiar de Díaz —El exilio (1993) de Carlos Tello Díaz— se revela un ser austero, astuto, pérfido, hombre de familia que añoraba la vida humilde oaxaqueña y que vivía con parsimonia su cárcel de estatidad. Quizá mañana una gran biografía del personaje nos revelará que era un millonario enriquecido por todo tipo de contratos, que además de masón era católico de misa diaria en privado, que era un mujeriego de cuidado y un, no sé, como Madero, espiritista o dado al culto satánico. Aun así, ¿sería menos compleja, menos enigmática, la imagen de ese personaje que nunca se levantó una estatua, que partió al exilio, antes de los balazos en serio, por miedo a la intervención norteamericana, que permaneció en la nostalgia de una generación de mexicanos —en la música popular o en las películas como México de mis recuerdos (1943) o Yo bailé con Don Porfirio (1942)—? Qué se le va a hacer, nada más tentador que hacerlo un Stalin o un Santa Anna, pero el personaje nomás no se deja.

 

Dicen que Don Porfirio, agonizante, llamaba a su madre o a su hermana o a su primera esposa. Vamos, como cualquier abuelo. Lo que asombra es que evocar —desde el París de la Primera Guerra Mundial, con México en revolución— sus valles de Oaxaca de antes del ferrocarril, la electricidad y el telégrafo era como añorar el mundo de tres glaciaciones atrás. La buena historia no ha podido más que dibujar la complejidad de este personaje entre glaciaciones históricas.

Díaz siempre dijo que la historia lo juzgaría. Lo ha juzgado. El veredicto: de inocente nada; ¿culpable?, ¡seguro!, pero… (léase la historia). Cualquier tirano, o cualquier santo, si inteligentes, pediría lo mismo de Clío. ¿Y qué hay de sus huesos? Ésos sólo le daban reuma; si Montparnasse o Oaxaca… tanto da. Ojalá descansaran en “tierra bruta, donde los trille el ganado”, reposo que el dictador hubiera apreciado.

 

Mauricio Tenorio Trillo
Historiador. Su libro más reciente es Culturas y memoria: Manual para ser historiador.

Ensayo

VI. El general no tiene quien lo quiera

El 4 de agosto de 1917 Emilio Rabasa, jurista notable y exiliado de la Revolución mexicana, le escribió desde Nueva York a José Yves Limantour, quien a la sazón se encontraba en Biarritz. “Le contaré a usted una intimidad de las muchas que le tengo reservadas para el día en que nos veamos (y Dios lo acerque)”. Rabasa le confió al ex jefe de los científicos porfirianos una anécdota relativa a La Constitución y la dictadura, obra publicada en 1912. El libro, clásico en la teoría constitucional, argumentaba que la dictadura de Porfirio Díaz había sido necesaria debido al mal diseño institucional de la sacrosanta Constitución de 1857. La Constitución y la dictadura era una apología y algo más: un intento de explicar el funcionamiento de las instituciones en la realidad, no en el papel. Según Rabasa, “El gobierno de hecho en nuestro país no es una infracción de las leyes sociológicas; es su realización inevitable”. En efecto, “la Constitución de 57 no se ha cumplido nunca en la organización de los poderes públicos, porque de cumplirse se haría imposible la estabilidad del Gobierno, y el Gobierno, bueno o malo, es una condición primera y necesaria para la vida de un pueblo. Siendo incompatibles la existencia del Gobierno y la observancia de la Constitución, la ley superior prevaleció y la Constitución fue subordinada a la necesidad suprema de existir”.1 Sin embargo, la solución para Rabasa no era resignarse al gobierno de facto, sino hacer de la carta magna una herramienta realista de gobierno.

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Díaz llevaba dos años de muerto cuando Rabasa le escribía a Limantour. Era, tal vez, el momento de sincerarse: “Comencé a escribir La C. y la D. [La Constitución y la dictadura] a fines del año [190]9 y quería yo publicarlo en plena dictadura y a todo riesgo. (Mi mujer murió en mayo de [19]10; abandoné el trabajo en mi desconcierto y sólo por instancias de mi hermano lo acabé en dos meses el año [19]12, escribiendo dos terceras partes). Cuando estaba yo en primer tercio le conté al Presidente lo que estaba yo haciendo y le advertí que el libro no iba a tener su aprobación general; que iba yo a demostrar que su dictadura era una emanación de la Constitución y del pueblo y que estábamos en el caso forzoso de enmendar la Const. para hacer un gobierno estable. Me dio la razón con sobra de argumentos prácticos que él sabía acomodar como ninguno; pero creí notar cierta inquietud ligera en su actitud y antes de que fuera a torcer su convicción le dije con franqueza y seguridad: ‘Yo sé que aunque mi obra no resulte en todo del agrado de Ud., será la que realmente justificará su política en lo porvenir. Cuando todos los libros que hoy se publican de puro elogio hayan pasado al olvido y no se encuentren ni como curiosidad de un época pasada, el mío estará en la biblioteca de cada hombre que se haya interesado o se interese por su país; de él se irán a tomar datos dentro de treinta o cuarenta años y se tomarán forzosamente muchas opiniones’. Esto es casi literal. Creo que mi promesa está cumplida en lo que era promesa, y mi predicción también en lo que tenía de predicción. Creo que mi libro es uno de los elementos que está sirviendo ya para presentar alta la figura del Gral. y estoy muy contento de contribuir para su vindicación. —Por supuesto que en mis palabras no hubo modestia (que no me gusta), pero tampoco vanidad; tenía yo fe en el valor de un libro que se escribe sin miedo, sin bajeza y con serenidad”.2

Es notable que Díaz, cuyo desprecio por las lucubraciones de los intelectuales (a las que él llamaba “profundismo”) era notorio, se preocupara por las disquisiciones del ex gobernador de Chiapas. En la “ligera inquietud” del viejo dictador había, tal vez, un atisbo de que las circunstancias, la defectuosa constitución liberal, no lo exoneraban completamente de lo que Rabasa llamó sin ambages “dictadura”: el gobierno unipersonal e ilimitado. Así, la vindicación de su figura no sería absoluta, plena. No podría serlo si se llamaba a las cosas por su nombre.

 

Porfirio Díaz no era hombre de discursos ni de ideas; prefería la acción. En 1874 el diputado Díaz rompe a llorar a medio discurso en el Congreso y baja de la tribuna sin concluir su mensaje. Si la oratoria no era lo suyo, las emociones se manifestaban de otra manera: a través del llanto. Sus biógrafos coinciden en que “era reservado, notablemente silencioso e impenetrable: no manifestaba sus sentimientos”.3 Una tenaz melancolía debió ser “el precio psicológico de tanto poder asumido. Sin la capacidad de formular ideas, de fantasearlas o soñarlas, el empeño místico del poder se quebraba sólo con el llanto”.

En el exilio fue parco con su amargura. Sin embargo, a Federico Gamboa le dijo: “me siento herido; una parte del país se alzó en armas para derribarme y la otra se cruzó de brazos para verme caer. Las dos me eran deudoras de una porción de cosas”.4 Y un año antes de morir la emoción encontró al fin palabras claras: “He cometido errores que ahora deploro, pero créanme, y créanme de veras, que amo a mi patria con todas las fuerzas de mi alma”.5

La dureza con la que ha sido tratado su régimen —el más estable en la historia del país hasta antes de la tercera década del siglo XX— es notable. Según Paul Garner, un biógrafo revisionista, Porfirio Díaz tenía buenas razones para lamentar la ingratitud y la injusticia de sus compatriotas. En efecto, “al enfocarse en las múltiples debilidades de los últimos años del régimen, tanto los revolucionarios contemporáneos de la década posterior a 1910 como los historiadores antiporfiristas menospreciaron consistente y deliberadamente los logros del porfiriato. Durante casi dos generaciones, a partir de la muerte de Porfirio Díaz, el retrato de su régimen que permaneció en el imaginario popular fue aquel asociado con los peores excesos de la tiranía”.6

Para Garner, en un país donde el Estado “siempre se ha dedicado a fomentar, monopolizar y apropiarse de los símbolos públicos y los rituales de la identidad nacional”, existe una interrelación “íntima, visceral, entre la política y la historiografía”. Durante el siglo XX las lecturas del periodo tenían un propósito político expreso, “que siempre fue más cercano a la propaganda que a la historia objetiva”. Garner cree que los cambios en el régimen político durante el último siglo y los cambios consecuentes en prioridades políticas fueron responsables de las diferentes interpretaciones de la era profiriana. Fue la dinámica de la vida política nacional “la que abrió nuevos ‘espacios’ historiográficos y oportunidades para nuevas interpretaciones”.7

El revisionismo del periodo no es cosa nueva. Hace ya décadas que los historiadores profesionales se lanzaron a cuestionar las dos tesis torales del antiporfirismo histórico: que la Revolución mexicana terminó con una dictadura tiránica y brutal y que el porfiriato desempeñó un papel negativo en la construcción del México moderno. Díaz era, según la historia oficial, un traidor. Su régimen fue un lamentable interludio entre la heroica Reforma y la gloriosa Revolución.

El corazón del revisionismo históriográfico, que tomó gran vigor en la década de los noventa del siglo pasado, fue la historia social y económica. Los estudiosos en un periodo modernizador no podían dejar de mirar con simpatía los esfuerzos titánicos de Díaz a finales del siglo XIX. A esta corriente Garner la denomina como “neoporfirista”. Gracias a ella ahora los historiadores miran con nuevos ojos aspectos como la política financiera y fiscal y el sistema bancario del porfiriato.8 Hay mucho que rescatar en la obra de construcción nacional de las elites porfirianas. El campo de la historia política, aunque menos explorado, también ha sufrido innovaciones. El simplismo que explicaba todo a partir de la férula del tirano ha perdido peso. Ahora los historiadores han vuelto a poner sobre la mesa preguntas clave: ¿cuál era el carácter central del régimen porfiriano, cómo funcionaba y cuáles fueron las bases de su legitimidad?9 Las nuevas interpretaciones políticas hacen énfasis en la construcción conciliatoria, pragmática e informal de alianzas y arreglos políticos.10

Lo curioso del revisionismo historiográfico que ha sufrido el porfiriato es que se ha repensado mucho más al régimen que al personaje que fue su artífice. La revaloración de los innegables méritos de ese excepcional periodo de paz y estabilidad no ha llevado a construir una nueva imagen de Díaz, alternativa. El general no ha sido cabalmente reivindicado. Díaz se resiste a salir del calabozo de la historia oficial para mirar el cielo abierto de la patria generosa. ¿Por qué?

 

¿Qué piensan hoy los mexicanos de Porfirio Díaz? Desconozco la existencia de alguna encuesta reciente. A mediados de los ochenta la imagen era clara. Por ejemplo, en un estudio se solicitó a varios cientos de alumnos de educación básica del Distrito Federal nombrar a los héroes que, a su juicio, beneficiaron más al país. Los tres primeros fueron: Benito Juárez (75.7%), Miguel Hidalgo (74.45%) y Lázaro Cárdenas (38.73%). Les seguían: Zapata, Madero y Josefa Ortiz de Domínguez.11 La lista de villanos era también predecible. La encabezaban Antonio López de Santa Anna (33.02%), Porfirio Díaz (32.68) y Hernán Cortés (25.86). Atrás venían: Huerta, Maximiliano y la Malinche.12 Así, Díaz era, por muy poco, el segundo villano en orden de importancia.

Según Garner, la percepción popular sobre Porfirio Díaz cambió a partir de los noventa. Esto, se supone, se debió a los matices que la historia “neoporfirista” introdujo. Díaz, está ahora bien establecido, no fue un tirano sanguinario, aunque no temía emplear la violencia cuando lo consideraba necesario. Utilizaba, sobre todo en las primeras décadas del régimen, con mayor frecuencia la negociación, el patronazgo y la construcción de redes de lealtades personales. Era un mago de la táctica política, un virtuoso del “divide y vencerás” y manipulaba hábilmente las rivalidades entre sus partidarios, cercanos y lejanos. Lo hizo con tal maestría que ninguno de los dos candidatos naturales a sucederlo, Limantour y Reyes, osaron nunca desafiarlo.

 Sin embargo, como afirma Garner, Díaz cultivó de manera deliberada una reputación de crueldad. Era riguroso con los desertores, pero más con los prisioneros, a los que no titubeaba en fusilar. Tal vez Díaz no mandara el famoso telegrama, en el contexto de los incidentes en Veracruz en 1879, instruyendo al gobernador Luis Mier y Terán a que matara en “caliente” a unos prisioneros recluidos en San Juan de Ulúa, pero sí mandó otro que en cambio le ordenaba diezmarlos: “fusilar a todos los oficiales y a uno de cada diez miembros de la tripulación”.13 Por lo menos en una ocasión, en Miahuatlán, en 1866, Díaz impulsado por la ira ejecutó personalmente a un prisionero, antiguo compañero de armas, el capitán Manuel Álvarez. Más de dos décadas después se lamentó de este hecho que consideró “deplorable”.14 Con todo, la negociación y la manipulación, no el asesinato, fueron los recursos de oficio del régimen porfirista.

En 2001 Paul Garner afirmó: “hemos ahora, final y afortunadamente, al menos dentro de la academia, aunque no tan notablemente en la esfera pública, dejado atrás ‘la leyenda negra’ del porfiriato como un tema de estudio poco interesante o ilegítimo”.15 Las raíces del revisionismo contemporáneo no sólo están en la crisis del régimen político posrevolucionario sino también en la nueva evaluación de la época que realiza una nueva generación de historiadores mexicanos. Según Garner, “uno de los puntos más importantes de lo que hoy se califica como historia ‘revisionista’ es el hincapié en la continuidad (en lugar de la ruptura) entre el porfiriato y la Revolución”.

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En los noventa el personaje de Porfirio Díaz se volvió interesante, no sólo para los historiadores profesionales. El libro del historiador Carlos Tello Díaz sobre el exilio del dictador tuvo un gran éxito.16 El semanario Proceso publicó en 1992 un artículo intitulado “El regreso de Porfirio Díaz”. De la misma manera, en esos años el presidente Salinas permitió que Televisa grabara en Palacio Nacional capítulos de la telenovela histórica, El vuelo del águila, basada en la vida de Díaz. Para Garner, “mientras recibía una respuesta crítica variada, la extensiva publicidad que recibió y generó, así como la concesión para su transmisión diaria en horario estelar, fueron indicadores de una profunda revisión de los prejuicios anteriores”.17 El neoporfirismo había llegado. La historia de bronce entró en crisis. ¿Era así?

No todo había cambiado. La mala fama de Díaz persiste, aun a contracorriente del revisionismo histórico: “la falta relativa de interés en la historia política en un nivel más general o más popular quizá se explique mejor por la continua demonización del régimen tanto por las viejas elites priistas, por los medios de comunicación nacionales y, tal vez sorprendentemente, por la ‘nueva’ elite política del PAN”. Había un innegable interés en la figura de Díaz, ¿pero se le consideraba bajo una luz completamente distinta?

La pregunta persiste: ¿por qué Díaz no ha salido de las catacumbas de la historia oficial para sentarse en Paseo de la Reforma, donde tiene un lugar que ya nadie puede escatimarle? ¿Por qué sus restos permanecen en París? Me parece que hay un obstáculo a la plena reivindicación del general Díaz, una traba que pocos historiadores entrevieron en los noventa: la democracia. El México democrático no es amable con el legado de un dictador. Y dictador, como bien sabía Emilio Rabasa, era Porfirio Díaz. No es ya la historia antiporfirista revolucionaria la que se opone a que Díaz se repatrie a México. Es el legado mismo del general. El argumento de su exoneración es, paradójicamente, el argumento que lo condena. El gran mérito de Díaz fue pacificar el país y sentar las bases de un progreso material inédito en la historia. Ahí está la clave para entender su inhabilitación para el México moderno. En efecto, con todo lo valioso que es ese legado, no es democrático. O mejor dicho, está en oposición a la democracia. Por eso el héroe de elección de Vicente Fox fue Francisco I. Madero. Díaz entendió muy bien que para la mayoría de los mexicanos la paz y la seguridad eran más importantes que la libertad o la democracia.18 Ésa es la continuidad que algunos historiadores machacones, como Cosío Villegas y otros, encontraron entre el porfiriato y el régimen del PRI.

Fue Justo Sierra, como otros han señalado, el que previó muchos años antes la traba democrática que se atravesaría en el camino del general Porfirio Díaz hacia su cabal restauración cívica. En Evolución política del pueblo mexicano Sierra escribió: “Y esa nación que en masa aclama al hombre, ha compuesto el poder de este hombre con una serie de delegaciones, de abdicaciones si se quiere, extralegales, pues pertenecen al orden social, sin que él lo solicitase, pero sin que equivocase esta formidable responsabilidad ni un momento; y ¿eso es peligroso? Terriblemente peligroso para lo porvenir, porque imprime hábitos contrarios al gobierno de sí mismos, sin los cuales puede haber grandes hombres, pero no grandes pueblos”.19

Nunca antes como desde el año 2000 la democracia había sido un valor compartido de los mexicanos. En muchos sentidos es un rasero nuevo. Ningún héroe revolucionario, salvo Madero, es particularmente democrático, pero eso no importaba antes. Importa ahora. Parecería que la ventana de oportunidad para la plena reivindicación de Díaz ocurrió en los noventa, en el ocaso tardío del régimen autoritario posrevolucionario. Irónicamente, son los herederos actuales de ese régimen, que privilegiaba la “paz social” sobre la libertad y la democracia (y que hizo del antiporfirismo visceral un artículo de fe), los que probablemente rescatarán a Díaz y lo traerán de regreso en estos tiempos turbulentos y sangrientos. No sería extraño que muchos, ahora sí, redescubran las virtudes incontestables de la pax porfiriana. Y el general tendrá, finalmente, quien le quiera.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.

Agradezco la ayuda de Luis Barrón en la elaboración de este ensayo.


1 Emilio Rabasa, La Constitución y la dictadura, México, Porrúa, 1990, p. 67.

2 Emilio Rabasa a José Yves Limantour, Nueva York, 4 de agosto de 1917, Archivo José Yves Limantour, Centro de Estudios de Historia de México Carso, AL CDLIV2a.1910.24.232. Cursivas mías.

3 Enrique Krauze, Porfirio Díaz, México, FCE, 1987, p. 74.

4 Ibíd., p. 146.

5 Ibíd., p. 148.

6 Paul Garner, Porfirio Díaz. Del héroe al dictador. Una biografía política, México, Planeta, 2003, p. 248.

7 Ibíd., p. 13.

8 Mauricio Tenorio Trillo y Aurora Gómez Galvarriato, El Porfiriato. Herramientas para la historia, México, FCE, 2006.

9 Garner, op. cit., p. 17.

10 Luis Medina Peña, “Porfirio Díaz y la creación del sistema político en México”, Istor, 17, 2004, pp. 64-90.

11 Carlos Maya y María Inés Silva, El nacionalismo en los estudiantes de educación básica, Universidad Pedagógica Nacional, México, 1988, p. 112. La encuesta fue aplicada a alumnos de sexto grado de primaria y de primero y tercero de secundaria de escuelas federales y privadas del Distrito Federal. La encuesta se levantó entre mayo y junio de 1984 y empleó una muestra de mil 637 estudiantes.

12 Ibíd., p. 118.

13 En junio de 1879 unos contrabandistas del puerto de Veracruz tomaron, asistidos por algunos miembros de la tripulación, el cañonero Libertad y escaparon hacia el Golfo de México. El gobernador encerró a los simpatizantes lerdistas y ejecutó sumariamente a nueve prisioneros. Díaz se refería sólo a los abiertamente implicados en la conspiración. Sin embargo, entre los fusilados por Mier y Terán sólo había dos conspiradores. Garner, op. cit., pp. 107-108.

14 Garner, op. cit., p. 59, n. 41.

15 Ibíd., p. 18

16 Carlos Tello Díaz, El exilio. Un retrato de familia, Cal y arena, México, 1993.

17 Garner, op. cit. p. 24.

18 Ibíd., p. 97.

19 Justo Sierra, Evolución política del pueblo mexicano, Barcelona, Ayacucho, 1985, p. 289.

Ensayo

VII. Vaivenes de la “leyenda negra”

La historiografía (la escritura de la historia) sobre la era porfiriana siempre ha sido un tema de controversia en México y ha inspirado una gran cantidad de mitologías. Esto se debe no sólo a las inevitables asociaciones negativas de un régimen derrocado por una revolución, sino también al simple hecho —supremamente irónico, por cierto— de que fue en la época porfiriana cuando se estableció por primera vez en la historia de México la consolidación de una narrativa nacional coherente —la versión de una historia patria liberal que fue evolucionando con los textos clásicos de finales de siglo XIX— como los de Vicente Riva Palacio y Justo Sierra, por ejemplo. De hecho, la consolidación de la historia patria liberal (y su triunfo discursivo sobre la historia patria conservadora, sobre todo en relación al legado disputado de los 300 años de dominación española) constituye uno de los éxitos del liberalismo mexicano decimonónico, al construir una narrativa plausible y persuasiva de la historia nacional. La historia patria liberal demostró su poder discursivo al sobrevivir la Revolución mexicana, hasta su incorporación al léxico de la historia patria revolucionaria como antecedente del proceso de construcción de la nación que la Revolución supuestamente había llevado a cabo. La gran ironía consiste en que esta poderosa historia patria revolucionaria incorporó las partes fundamentales de esa historia patria decimonónica —los cultos a Hidalgo, Morelos y, sobre todo, a Juárez— pero que excluyó tajantemente a su progenitor, Porfirio Díaz y al régimen porfiriano que dio luz a la historia patria oficial en México. En ese sentido, tenemos que entender que la época conocida como el “porfiriato” (etiqueta que se pondrá adelante en tela de juicio) es, al mismo tiempo, creador y víctima de poderosas mitologías históricas.

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Tengo aquí dos propósitos fundamentales. Primero, intento reflexionar de manera más profunda sobre el tema de la historiografía que fue planteado en el capítulo introductorio de mi libro Porfirio Díaz: del héroe al dictador, texto que se escribió en su versión original (en inglés) en el año 2000. Durante estos últimos 15 años, en el trabajo publicado por historiadores profesionales, tanto dentro como fuera de México, se ha registrado un crecimiento notable en el interés por la era de Porfirio Díaz y, al mismo tiempo, una matización significativa en su interpretación. Más recientemente nuevas oportunidades de discusión pública se presentaron a raíz del primer centenario de la Revolución mexicana en 2010.1 Ahora, el centenario luctuoso de Díaz en 2015 representa otra oportunidad de evaluar a cien años de distancia una época clave en la historia de México.

Es importante desde el inicio subrayar la relación entre los cambios en las distintas interpretaciones de la época porfiriana y el contexto político en que fueron escritas. Se percibe una distinción importante entre las nuevas perspectivas, metodologías y objetos de estudio surgidos entre los historiadores profesionales, y la poderosa influencia que la política nacional (y su historia patria) ha ejercido sobre la escritura de la historia porfiriana. En resumen, los cambios políticos en México a través del siglo XX han hecho una contribución significativa a la apertura y clausura de nuevos “espacios” historiográficos y llevan a la reevaluación de las interpretaciones del pasado de un país con una muy larga y poderosa tradición de historia patria patrocinada por el Estado.

Mi segundo propósito es indicar algunas de las áreas específicas de la escritura histórica sobre la era porfiriana que han sido más influenciadas —y aquellas que lo han sido menos— por las más recientes interpretaciones. Cualquier búsqueda bibliográfica sobre la historia de esta época revela una cantidad impresionante de trabajos publicados desde el año 2000.

 

Muchas de las nuevas percepciones de la era porfiriana son resultado de un alto grado de profesionalización de la historia dentro de la academia mexicana. El número de investigadores permanentes, estudiantes doctorales y postdoctorales trabajando en el campo de la historia mexicana ha crecido exponencialmente en el último cuarto del siglo XX. Al mismo tiempo, la época porfiriana (y la historia de México en general) se ha beneficiado con la desbordante preferencia entre los historiadores mexicanos por el estudio de temas mexicanos. Esta tendencia es reforzada por dos factores; primero, por una endogamia cultural nacionalista penetrante en México que da preferencia al estudio de la historia nacional sobre el estudio de historia no mexicana; y segundo, el hecho de que los fondos para la investigación histórica en México son casi exclusivamente designados a proyectos que estudian temas nacionales.

Los retos a los que se han tenido que enfrentar los historiadores profesionales que investigan la época porfiriana siempre han sido significativos. Se debe más que nada al hecho de que nuestro entendimiento de la época ha sido ampliamente mediado e interpretado por el prisma distorsionado de la historia patria revolucionaria que se fue consolidando a lo largo del siglo XX. Tres de las posturas centrales de esta historia patria posrevolucionaria fueron, primero, que la Revolución derrocó a una dictadura brutal y tirana; segundo, que la era porfiriana jugó únicamente un papel negativo en la construcción de Estado y nación; y, tercero, que Porfirio Díaz era, en efecto, un traidor a su patria.

Como resultado dos de los retos fundamentales que tiene la “nueva” historiografía ha sido, por lo tanto, no sólo cuestionar estas suposiciones frecuentemente repetidas, sino también ver a la era porfiriana desde la perspectiva de mediados del siglo XIX, no desde la del siglo XX. Desde esta posición, tanto el análisis como las conclusiones parecen significativamente diferentes.

 

El problema central en la interpretación de la era porfiriana ha sido siempre la existencia de distintos campos historiográficos que han distorsionado el estudio de la época. Se pueden identificar tres tipos de categorización historiográfica de la era porfiriana, cada una con su cronología y enfoque específicos: porfirismo, antiporfirismo y neoporfirismo. Estas categorías no sólo ilustran las distorsiones múltiples a las que la era porfiriana ha sido sujeta, sino también resaltan el hecho de que la historiografía porfiriana ha sido secuestrada en más de una ocasión por el contexto político en que fue producida.

La primera categorización historiográfica fue el porfirismo, producto de la misma era porfiriana que describe el altamente favorable, muy positivo (y al mismo tiempo distorsionado) retrato de Díaz y su régimen, apoyado por una combinación de patrocinio oficial y censura por el propio régimen.

Este retrato positivo alcanzó su apoteosis en las extravagantes Fiestas del Centenario, la celebración con un mes de duración del Centenario de la Independencia de México en septiembre de 1910, la cual presentó, tanto para una audiencia doméstica, pero sobre todo para la extranjera, una visión inflada —pero muy efectiva— de los logros del régimen.

Durante y después de la Revolución la proyección porfiriana de historia patria liberal fue progresivamente sustituida por una veta virulenta e igualmente inflada de antiporfirismo que, de manera deliberada, amenazaba con eliminar la narrativa de orden, progreso y desarrollo nacional preferida por el régimen de Díaz, y cambiarla por su propia versión que colocaba a la revolución de 1910-1920, y no a la era porfiriana, como la fuerza motriz detrás de la construcción de un Estado y nación modernos. Es importante recordar que el antiporfirismo tuvo sus orígenes en los últimos años de la era porfiriana, cuando el apoyo al régimen comenzó a debilitarse por una serie de presiones externas y de contradicciones internas, circunstancias que inevitablemente produjeron crecientes manifestaciones de disentimiento y crítica, tanto por los apologistas del régimen como por los que fueron sus más fieros críticos. Especialmente después de la Revolución, y sobre todo a partir de los años treinta del siglo XX, el disentimiento y la crítica se convirtieron en los casos más extremos en ataques vituperantes y distorsiones deliberadas que fueron canalizados paulatinamente dentro de la versión “oficial”, satanizada, sobre el régimen de Díaz, patrocinada por el Estado y reproducida anualmente en los libros de texto durante la mayor parte del siglo XX.

La última y más reciente categorización historiográfica ha sido el neoporfirismo, una interpretación más positiva del régimen de Díaz, que se desarrolló en los ochenta del siglo XX y floreció en los noventa. Aquí se necesita subrayar que el neoporfirismo es más complejo que sus contrapartes porfirista y antiporfirista. Por un lado, reflejó cambios fundamentales en las prioridades de la política económica frente a las crisis de la deuda que buscaban una reevaluación de la estrategia económica porfiriana en un nuevo contexto neoliberal; por otro lado, el neoporfirismo se nutría plenamente de los destacados avances historiográficos en los estudios porfirianos llevados a cabo desde los 1980, sin plantear, por supuesto, que estas aportaciones fueron estimuladas por un impulso de reivindicar al régimen porfiriano. A fondo, el neoporfirismo debía su existencia a cambios importantes en la política nacional en los años ochenta. Claramente, no es coincidencia que la reevaluación positiva de la estrategia económica liberal de la era porfiriana, por ejemplo, coincidiera con la estrategia neoliberal de las últimas administraciones del PRI después de 1982. Hubo evidencias claras de los intentos del PRI por reescribir la historia del régimen porfiriano durante este periodo, sobre todo en el tema económico.

 

Durante las últimas dos décadas la combinación de historiografía profesional, neoporfirismo y nuevo interés popular, ha producido una interpretación más pormenorizada y menos polarizada de Porfirio Díaz y de su régimen. El paisaje historiográfico de los estudios porfirianos es ahora diverso tanto en términos de su metodología como de sus objetos de estudio. Hay investigaciones cada vez más sofisticadas sobre un rango amplio de prácticas culturales porfirianas (rituales populares políticos o religiosos, moda, entretenimiento, cultura de trabajo, la construcción de monumentos históricos y la representación de los espacios públicos y privados) al lado del análisis de “discursos” contemporáneos sobre raza, etnicidad, urbanización, fronteras, crimen, justicia, violencia, desigualdad, moral y salud pública y, sobre todo, acerca de la obsesión con la aplicación del “método científico”, tanto en los ámbitos social, económico, político y cultural. De hecho, se podría decir que los estudios culturales porfirianos ahora constituyen una nueva ortodoxia para la nueva generación de historiadores que estudian la era porfiriana.

Otro campos de investigación de la era porfiriana más productivos en las dos últimas décadas han sido sin duda el de la historia económica y, en menor grado, la social. Esto tal vez no es de sorprender, dada la evidencia abundante, en esta etapa, de crecimiento económico y transformación social por primera vez desde la Independencia. Iniciando con las investigaciones estadísticas pioneras del proyecto de Daniel Cosío Villegas, Historia moderna de México, a finales de los cincuenta, la investigación sobre la historia económica se ha diversificado hacia estudios no solamente de los principales y ampliamente conocidos sectores económicos que experimentaron un desarrollo importante durante esta época (minería, agricultura, manufactura, ferrocarriles y transporte) sino también hacia áreas de política macroeconómica y actividad microeconómica como la política financiera y fiscal, el sistema bancario, el desarrollo de mercados internacionales, nacionales y regionales, y la historia empresarial, que abarca el análisis tanto de las empresas individuales como de los empresarios.

Probablemente, el resultado más interesante de la “nueva” historia social y económica es que literalmente ha desenterrado la “solidez” tangible de la modernización porfiriana: la construcción física de vías de ferrocarril, puertos, canales, fábricas, bancos y ciudades, la transformación de las fronteras y la evolución del aparato físico de instituciones de Estado para respaldar el proyecto de desarrollo nacional. En otras palabras, la era porfiriana fue testigo nada menos que del establecimiento de los cimientos —tanto reales como simbólicos— de la infraestructura estatal para la modernización y la industrialización, así como de la construcción de los bloques constructivos de una nación moderna. Al mismo tiempo, es también importante subrayar que estos nuevos avances revelan que el desarrollo material porfiriano fue fundamentalmente desigual, irregular e inconsistente de región a región y de sector económico a sector económico, y también en su impacto social, y estuvo lejos de haberse cumplido antes del inicio de la Revolución en 1910.

En contraste, el campo menos estudiado en años recientes ha sido el de la historia política porfiriana. La falta relativa de interés en este campo quizá se explique por la continua demonización del régimen tanto por la clase política (sobre todo perredista y priista, pero, más curiosamente, también panista) y por los medios de comunicación nacionales. Resulta que, todavía a más de cien años del derrumbe del régimen, no sólo se puede sino se necesita hacer preguntas muy básicas sobre el ejercicio de la política porfiriana, que todavía carecen de respuestas sólidas: ¿cuál era el carácter central del régimen?, ¿fue un régimen constitucional o una dictadura?, ¿cuáles eran las bases de su legitimidad durante un periodo mayor a tres décadas? No quiero sugerir que el campo de la historia política sea vacío —porque no lo es—2 pero que no ha sido un campo tan bien explorado como los otros ya mencionados. Todavía nos hacen falta muchos más estudios microhistóricos, sectoriales y regionales de cultura política subnacional, y estudios sobre prácticas electorales y construcciones locales de legitimidad política.

Ahora bien, la mayor consecuencia de estos nuevos avances ha sido el cuestionamiento a la periodización tradicional de “porfiriato” y “Revolución”, y su categorización como fenómenos separados. En su lugar, tanto los avances materiales como las tensiones y conflictos que caracterizaron al México de finales del siglo XIX y principios del XX ahora son interpretados como manifestaciones de los encuentros y los roces entre una sociedad “tradicional” y las fuerzas de la “modernidad” finisecular. En otras palabras, se exploran cada vez más las múltiples formas no sólo de resistencia sino también de conformidad ante el proyecto político, económico y cultural del régimen porfiriano.

Cabe preguntar, por ende, por cuánto tiempo más podremos utilizar el término porfiriato para describir este fenómeno. Fue Daniel Cosío Villegas el primer historiador que denominó la época como “El Porfiriato” en un artículo que se publicó en 1949: “El Porfiriato: su historiografía o arte histórico”. La etiqueta sigue vigente, y ha sido poco cuestionada en los últimos 66 años. Sin embargo, me parece cuestionable desde varios puntos de vista. Primero, porque privilegia la personificación de esta época clave como obra de un solo personaje, lo que eleva la figura de Porfirio Díaz por encima de las transformaciones profundas que experimentó México en la segunda mitad del siglo XIX (precisa e irónicamente lo que criticaba Cosío Villegas en su artículo original). Segundo, caracteriza y analiza la época y el régimen exclusivamente como antesala de la Revolución, y no desde la perspectiva de sus orígenes en el siglo XIX, y así desvincula el proyecto porfiriano del proyecto liberal decimonónico. Tercero, enfatiza el autoritarismo del régimen porfiriano y no su carácter heterogéneo, híbrido y contradictorio, una mezcla de régimen constitucional caracterizado por prácticas políticas no constitucionales.

En conclusión, estos nuevos hallazgos profesionales dentro de la historia cultural, económica, social y política han generado nuevas dimensiones importantes para nuestro entendimiento de las múltiples contribuciones hechas durante la era porfiriana para la creación de identidad local y nacional, así como para la construcción de Estado y nación. Hemos ahora, final y piadosamente, al menos dentro de la academia, aunque no tan notablemente en la esfera pública, abandonado la “leyenda negra” de la época porfiriana como un tema de investigación poco interesante e ilegítimo, a una apreciación de que constituye un punto de referencia obligatoria para entender las raíces del México moderno: su estructura económica, su proyección cultural y hasta su sistema político. A juzgar por la más reciente cosecha de publicaciones y tesis, el deseo por explorar nuevos temas y enfoques es notable, y seguirá impulsando la historiografía porfiriana hacia nuevas interpretaciones.

 

Paul Garner
Historiador. Profesor emérito de la University of Leeds UK e investigador asociado del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México.


1 Debo observar aquí que se podía detectar una esquizofrenia fundamental en la parafernalia y la farándula de 2010. Por un lado, el deseo de asumir nuevas versiones de la historia patria en una nueva etapa de la historia nacional —y, por otro, el instinto de preservar los mitos históricos revolucionarios que dieron legitimidad al sistema político— y a la identidad nacional —durante el siglo XX.

2 Por lo que se ve entre las últimas publicaciones y tesis presentadas, nuevos e importantes proyectos de investigación en el campo de la historia política se han desarrollado, por ejemplo en el Instituto Mora, y sobre todo en las universidades de los diferentes estados de la República.

Ensayo

VIII. El precio de la longevidad

La historia —quizás— avanza conforme una dialéctica discernible; pero la historiografía —es decir, el investigar la historia— claramente lo hace, sobre todo en la academia. Durante un tiempo reina una ortodoxia dominante; entonces los historiadores rompen filas, la crítica “revisionista” cobra fuerza, y finalmente se establece una nueva ortodoxia (típicamente una síntesis de la tesis y su antítesis). Hasta que aparezca la nueva antítesis. Así sigue circulando la rueda historiográfica; se multiplican las monografías y las revistas académicas, se ganen o se pierdan las reputaciones, y en México se llenan las jerarquías del SNI.

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Conforme Peter Novick, dos factores determinan este proceso dialéctico: por un lado, las presiones “internas”, dentro de la profesión (más o menos la compulsión edipal para matar a su padre historiográfico) y, por otro lado, las influencias “externas”, que se filtran en la torre de marfil académica del mundo “real” de afuera.

En el caso de Porfirio Díaz y el periodo/régimen que tiene su nombre, se ven ambas influencias. Durante un largo periodo —desde 1920 a 1970— reinaba la ortodoxia revolucionaria que retrata a Díaz como un vendepatrias autoritario y corrupto, finalmente derrocado por una heroica revolución. Después se volteó la marea y, desde los 1980, si no antes, la reputación de Díaz fue recuperándose y se cuestinó cada vez más la de la Revolución. Díaz se volvió un estadista constructivo, algo paternalista, más simpático; la Revolución, un motor de oportunismo, corrupción y opresión. A veces este proceso involucró una sencilla —hasta ingenua— inversión de la antigua dicotomía maniquea: los héroes de antaño se volvieron los villanos de hoy y viceversa, mientras que la vieja leyenda negra del porfiriato fue transferida, mutatis mutandis, a la Revolución.

Así, los turcos jóvenes de la historiografía establecieron sus reputaciones y los venerables mitos de la Revolución mexicana se colapsaron. Influencias “externas” que favorecieron este proceso incluyeron la deslegitimización del PRI, el autoproclamado partido de la Revolución cuya práctica divergía cada vez más de su discurso, y la apertura neoliberal de los ochenta que, en estilo “neoporfiriano”, reintegró a México en el mercado mundial. Telenovelas como El vuelo del águila captaron —y quizás contribuyeron a— la tendencia revisionista, mientras que la biografía de Díaz de Paul Garner, obra valiosa si algo caritativa, se volvió muy merecidamente un “best-seller”.

Ahora estamos en la fase de síntesis, cuando el asesinato de Edipo da lugar a la disección anatómica más objetiva, y podemos revisar el balance historiográfico sobre Díaz, su vida y su tiempo. Y esta última frase es clave: no obstante su poder personal, Díaz formó parte de un sistema y, como todos los “Grandes Hombres” de Carlyle no hizo la historia a su antojo; al contrario, estuvo cada vez más enredado por fuerzas que no controló. La disección, entonces, debe distinguir entre su rol individual y —en palabras de Tolstoi— las “grandes fuerzas impersonales” que tuvo que enfrentar.

Una segunda reserva es esencial: Díaz gobernó por casi 35 años, mientras que el joven héroe liberal de los 1860, claramente mestizo y algo desaliñado en aparencia, se volvió el corpulento paterfamilias de la patria, de cabello y bigote blancos, cargado de medallas, festejado por aduladores tanto extranjeros como mexicanos, y (re)casado con una joven señorita de la alta sociedad, una fiel católica. Los aduladores extranjeros ahora dudaron que Don Porfirio contuviera más que una gotita de “sangre indígena”. Hacia 1911, cuando lo derrocó la Revolución, Díaz no solamente estaba viejo (con 80 años) y enfermo (sufriendo de una mandíbula séptica), sino que había perdido contacto con —y su conocimiento de— la cambiante sociedad mexicana. La población se había duplicado desde 1850; las ciudades habían crecido; y, como el propio Díaz reconoció en su entrevista con Creelman, la clase media se había hinchado.

Para colmo, la economía mexicana se había transformado, gracias al crecimiento de la infraestructura, de la inversión (extranjera y mexicana) y de las exportaciones. Ahora, una nueva forma de crisis, como la de 1907-1908, producto del ciclo comercial y la integración de México en la economía mundial, podía ocurrir al lado de las crisis “tradicionales”, conocidas desde hace siglos (mal tiempo, malas cosechas y carestía, como se vieron en 1908-1909). La llamada “cuestión social” —eufemismo conveniente para la miseria urbana y la protesta obrera— también exigía una respuesta constructiva.

Éste era un universo sociopolítico distinto del que Díaz había conocido cuando joven y astuto caudillo a mediados del siglo XIX, un universo cada vez más reacio al antiguo estilo de política informal y caciquista. “Mátenlos en caliente” había funcionado como método para aplastar a la disidencia política en 1879; pero en Cananea (1906) y Río Blanco (1907) la represión draconiana reveló no la capacidad sino la bancarrota política del régimen. La creciente clase media también demandaba la representación política y el fin del caciquismo arbitrario (es decir, “sufragio efectivo, no reelección”); y hasta los más íntimos socios políticos de Díaz, los científicos, abogaron por una mayor institucionalización de su régimen personalista. Pero la Unión Liberal de 1892 fracasó (ningún genuino partido positivista/porfirista se estableció) y, aun cuando —como admisión tardía de su propia mortalidad— Díaz aceptó crear una vicepresidencia, en 1904, se aseguró que el nombrado sería un compadre leal, gris e impopular. Sepp Blatter, gran cacique de la FIFA, lo hubiera entendido…

La pérdida de tino político por parte de Díaz reflejó su larguísima permanencia en el poder, aunada al “efecto capullo” (“cocoon effect”) conforme el cual líderes autoritarios pierden contacto con su pueblo y se aíslan en una estrecha camarilla de asesores y aduladores. No es, como Acton dijo, que “el poder absoluto corrompe absolutamente”, porque Díaz de ninguna manera gozaba de “poder absoluto”, sino que el poder personalista y autoritario aísla y engatusa al autócrata, que comienza a creer lo que le dicen y la política se parece a las intrigas de la corte otomana o zarista. (Hay administraciones mexicanas más recientes, tipo “hiperpresidencialista”, que tal vez han compartido estos rasgos.) Los informes de provincia, que llenan los archivos, solían ser optimistas (las rebeliones del PLM fueron nada más unas llamaradas de petate, no síntomas de una creciente tensión social); y la entrevista con Creelman reflejó la ingenuidad del presidente y/o la intriga faccional.

También reflejó un deseo de engraciarse con la opinión pública norteamericana. He aquí un asunto clave en el debate historiográfico. La leyenda negra del porfiriato presenta a Díaz como un vendepatrias que traicionó a su país, entregando sus recursos al coloso del norte. México se volvió “la madre de extranjeros y la madrastra de mexicanos”. El desarrollo económico fue distorsionado y las ganancias llenaron bolsillos extranjeros. Los nuevos ferrocarriles servían al mercado exterior, no doméstico. Por tanto, los mexicanos sufrieron mayor destitución, conforme la producción alimentaria y los sueldos reales cayeron.

Pero hay que matizar. El porfiriato no era ningún milagro económico. Si lo era, el “milagro” del periodo priista fue mucho más “milagroso”, aun si se toma en cuenta el acelerado crecimiento demográfico. Bajo Díaz el crecimiento fue mayor que lo que había sido a mediados del siglo XIX —periodo de inestablidad y guerra—, pero eso no dice mucho; y fue modesto comparado con lo que vino después. Es cierto que el crecimiento dependió de la demanda y de la inversión extranjeras (ferrocarriles, minería, después petróleo), pero Díaz no “vendió” a México corrupta e impensadamente. ¿Por qué lo hubiera hecho? Era un patriota probado, como demuestra su carrera bélica, y, en su diplomacia con Estados Unidos, como Daniel Cosío Villegas bien lo describió, no fue ningún pusilánime lacayo de los gringos. La política porfiriana concedió amplio espacio a la inversión extranjera, en el cual respecto a México emulaba a Argentina o Brasil, pero los términos del trato no fueron excesivamente generosos y Díaz, como otros presidentes mexicanos, buscó balancear las influencias europeas y norteamericanas; de ahí su estrecha relación con Weetman Pearson, que no fue un ejemplo de servilismo tercermundista frente a una empresa multinacional todopoderosa, sino un arreglo pragmático y mutuamente beneficioso.

Con respecto a los ferrocarriles, historiadores económicos de inclinación revisionista (Kuntz Ficker, Riguzzi, Grunstein) sostienen —con razón— que el porfiriato persiguió fines racionales y nacionales, que beneficiaron al mercado interno, no solamente a las exportaciones. Como México no tenía ríos navegables, tampoco, en ese entonces, carreteras y camiones, los ferrocarriles fueron clave para el desarrollo económico; y, durante la fase inicial de construcción (hasta principios de los 1890), la demanda laboral fortaleció los sueldos reales. En 1907 Limantour armó la nacionalización de gran parte de la red ferrocarrilera y, poco después, hubo un robusto debate sobre la nueva ley minera, evidencia del nacionalismo económico porfiriano. Nada sorprendente, ya que otros regímenes autoritarios latinoamericanos fueron capaces de enfrentar a los intereses extranjeros y de renegociar el trato colaborativo entre ellos y la nación.

Díaz podía fomentar la inversión extranjera, las exportaciones y el crecimiento porque estableció —no solamente por sus propios esfuerzos— un régimen estable, que fortaleció la confianza empresarial; al mismo tiempo, como caudillo popular pero maquiavélico, había granjeado el apoyo de un pueblo harto de la guerra que, como Justo Sierra opinó, anhelaba la paz y toleraba lo que hoy en día se llamaría un “déficit democrático”. Y la iglesia católica, jamás gran admiradora del liberal Díaz, dio la bienvenida a la distensión y se aprovechó de la paz porfiriana para consolidar su posición sociocultural.

Este círculo virtuoso —paz y estabilidad, distensión política y crecimiento económico— duró hasta mediados de los 1890. Pero el porfiriato fue un partido de dos tiempos. Durante los 1890 el círculo virtuoso se volvió vicioso, al menos para muchos mexicanos. El auge ferrocarrilero se terminó y dos procesos de proletarización —la conversión de campesinos independientes en peones y la bancarrota de artesanos arruinados por la producción industrial— aumentaron la oferta de trabajo y deprimieron los sueldos. Hacia los 1900 el nivel de vida caía. Los datos estadísticos: una tasa de mortalidad más alta, mayor mortalidad infantil y una caída en los datos biométricos confirman la evidencia anecdótica de artesanos indigentes en el Bajío, obreros desempleados en Chihuahua o campesinos desposeídos en Morelos. Además, la proletarización no fue simplemente un proceso material: amenazó los antiguos modos de vivir, las identidades comunales y la dignidad personal. El cambio estructural provocador, aunado a las crisis coyunturales, suministró así el combustible socioeconómico de la Revolución.

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Pero Díaz subestimó estas tendencias o fue incapaz de frenarlas. Hubiera coincidido con el diplomático alemán que, haciendo eco de la opinión común de los supuestos “expertos” extranjeros, a fines de 1910, informó: “considero una revolución general como imposible, de la misma manera que la opinión pública y la prensa”. Cuando recibía informes acerca de quejas y agravios sociales, Díaz respondía, pero su vieja capacidad para la mediación paternalista se había marchitado. Intervino en la disputa industrial de Río Blanco, pero al final ordenó al ejército reprimir la protesta obrera. Concedió una entrevista a los campesinos de Anenecuilco pero no podía, o no quería, frenar el avance de los hacendados azucareros, quienes, en 1909, consiguieron la elección como gobernador de Morelos de uno de los suyos —el arrogante “junior” porfiriano, Pablo Escandón—, que altivamente rechazó las quejas campesinas. Y cuando los indígenas de Tamazunchale buscaron la ayuda del presidente en su lucha contra los hacendados de la Huasteca, Díaz trató de mediar, pero fue incapaz de restringir la expansión terrateniente.

Hacia 1910 Díaz se encontró encerrado en una cárcel político-económica de su propia construcción, con el ministro de Hacienda Limantour sirviendo como carcelero principal. Amortizar la deuda externa era cada vez más una prioridad: Limantour había renegociado la deuda, al mismo tiempo que puso a México en el patrón oro, para así fortalecer el peso y reducir el costo de la amortización. Defender los derechos de la propiedad y mantener la confianza empresarial —mexicana y extranjera— también fue clave, conforme las prioridades del régimen. La gestión financiera estaba en manos de científicos y Díaz, como último gran sobreviviente político de la generación de la Reforma, estaba cada vez más aislado en un pequeño mundo de sofisticados financieros de edad mediana, más los “juniors” oligárqicos porfirianos como Escandón. La capacidad del régimen porfiriano para la mediación política, siempre informal y personalista, se había esfumado, y en una coyuntura cuando se acumulaban las tensiones sociales.

Esto no quiere decir que una revolución era inevitable. Díaz podía haber arreglado la sucesión presidencial, nombrando a un vicepresidente popular como Reyes o, a último momento, haciendo un trato con Madero. Quizás así el porfiriato hubiera podido mutar en un régimen representativo y socialmente responsable (Uruguay y Argentina serían modelos contemporáneos). Y, tal vez, hubiera sido posible contener las tensiones sociales, limitando su expresión a brotes esporádicos (como en Perú o Bolivia), evitando una gran explosión revolucionaria. Pero Díaz se aferró al poder, exilió a Reyes y obligó a Madero a lanzar una rebelión armada, rebelión que rápidamente se transformó en revolución. 

Este desenlace desastroso es un problema serio para revisionistas, que buscan rehabilitar hasta el viejo Díaz de los 1900. Theda Skocpol ofrece una salida en su tesis que las grandes revoluciones, incluso la mexicana, son producto de presiones “de afuera”, guerras internacionales y rivalidad geopolítica, que socavan al Estado y permiten sublevaciones “de abajo”. Si tiene razón para Francia (1789) y Rusia (1917), no sirve para México, que no había librado ninguna guerra y tampoco estaba involucrado en serias rivalidades externas. La insurgencia de 1910 de ninguna manera fue provocada por agresión extranjera, como la de 1810. La necesidad de pagar la deuda externa, mantener el peso y sostener la confianza empresarial fue otro factor distinto, producto de la propia política del porfiriato, factor que había fortalecido al Estado en vez de debilitarlo.

Mientras tanto, la creciente polarización social, aunada a la falta de mediación política, eran rasgos de la economía política interna que Díaz, los científicos y la oligarquía porfirista habían construido, y de la cual se habían beneficiado individual y colectivamente. El revisionismo enfatiza correctamente la popularidad y los logros del Porfirio Díaz de los 1880 y traza la exitosa trayectoria económica, al menos hasta los 1890. Pero todo régimen que provoca la polarización social, mientras que niega la representación política, ocasionando así su propio derrumbe violento, no merece mucha caridad historiográfica. En cuanto al propio Don Porfirio y su carrera individual, parece confirmar el dicho del controvertido político británico Enoch Powell: “toda carrera política termina en fracaso”. Quizás no todas: el secreto, para asegurarse de una reputación positiva y exitosa es morir durante una lucha heroica (como Zapata en 1919) o poco después de haber triunfado (como Juárez en 1872). O retirarse a la vida anónima después de una gestión buena y cumplida (cosa que pocos presidentes mexicanos han logrado). Pero Díaz vivió demasiado tiempo, aferrado al poder, y pagó el precio de su longevidad, como también lo pagó México.

 

Alan Knight
Historiador. Académico de la Universidad de Oxford. Autor de The Mexican Revolution, The Mexican Petroleum Industry in the Twentieth Century, entre otros.

Ensayo

IX. El comandante de Tehuantepec

Aliados, amantes y espías

El abad Charles Etienne de Brasseur era un hombre culto, audaz y refinado, que hasta el momento de recibir las órdenes había sido autor de novelas escritas por encargo, con el pseudónimo de Ravensburg. Nacido en Bourbourg, al norte de Francia, llegó a México por primera vez a fines de los cuarenta, como capellán de la legación de su país, con el objetivo de conocer también los países de Centroamérica. Su interés en la civilización de los mayas, adquirido en Guatemala, cristalizó con los años en un conjunto de hallazgos —el Popol Vuh y el Rabinal Achi— que culminarían más tarde con el descubrimiento de la Relación de las cosas de Yucatán, la obra de fray Diego de Landa. Brasseur encontró el manuscrito de casualidad, empolvado, perdido entre los anaqueles de la Biblioteca de la Real Academia de Historia, en Madrid. Leyó sus páginas con avidez y con asombro, y fue por un momento feliz. Porque en ellas conoció el nombre que daban los mayas a los días y los meses de su calendario, así como también los glifos con que los representaban en sus códices y sus inscripciones, y entonces intuyó que la Relación estaba destinada a ser —como lo fue— la clave para descifrar la escritura de los mayas: el equivalente de la Piedra de Rosetta.

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En el verano de 1859, Brasseur viajaba de nuevo por el sureste de México, con el apoyo del Ministerio de la Educación de Francia. Había ya leído y traducido el Popol Vuh y el Rabinal Achi, pero no había hecho todavía el hallazgo de la Relación de las cosas de Yucatán. Aquel viaje sería el argumento de su libro Voyage sur l’isthme de Tehuantepec, que habría de publicar a su regreso a Europa. Zarpó de Nueva Orleans en un vapor de la Compañía Louisiana de Tehuantepec con destino a Minatitlán, donde tuvo la oportunidad de conocer a Robert MacLane, el ministro de la legación de Estados Unidos en México. Remontó el río Coatzacoalcos hasta El Súchil, para seguir a caballo a Lachivela, donde pasó la noche en un cuarto que puso a su disposición William H. Sidell, el jefe de los ingenieros de la Compañía. El 6 de junio de 1859, seguido por un mozo de camino, cruzó los huertos y las sementeras de los barrios, entre palmeras y bananeros, y entró a caballo al atardecer por las calles de arena de Tehuantepec, hasta llegar a la plaza donde estaba el Hotel Oriental. El abad Brasseur, agobiado por el calor, sin poder dormir en toda la noche, buscó al amanecer a la persona para quien tenía una carta de presentación, la cual acababa de regresar de tomar un baño en el río Grande. Era don Juan Avendaño, quien luego de leer aquella carta lo invitó de inmediato a su casa, ubicada cerca del Hotel Oriental.

Don Juan era hermano de Josefa Avendaño, la madre de Matías Romero. Vivía en una de las casas más grandes de la ciudad, frente a la plaza del mercado, sobre la calle del Comercio. Era originario de Oaxaca, pero radicaba desde hacía tiempo en Tehuantepec. “Es un hombre bajo, entre treinta y cuarenta años, sencillo y de modales espontáneos y corteses”, observó el abad Brasseur. “Se le consideraba como uno de los más poderosos apoyos del partido liberal y de los extranjeros. Era banquero y proveedor general de los norteamericanos, quienes lo apreciaban mucho”.1 Avendaño vivía solo en su domicilio, pues había mandado a su esposa y a su hija a la casa de sus suegros en Chiapas, con el fin de protegerlas de los disturbios de la guerra y, al parecer, también de las costumbres más ligeras de las mujeres de Tehuantepec.

Una vez instalado en su casa, Avendaño salió con Brasseur para visitar al prior de Santo Domingo, fray Mauricio López, quien residía cerca de ahí, a un lado del convento, sobre la plaza de Tehuantepec. Brasseur simpatizó de inmediato con él. Era muy oscuro de piel, notó, algo que hacía resaltar el hábito que vestía. “Posee una instrucción superior a la de la mayoría de los sacerdotes que he conocido en estos lugares de México”.2 Fray Mauricio, de hecho, había sido el director de uno de los institutos de enseñanza creados fuera de la capital del estado —el de Tehuantepec— por iniciativa de Benito Juárez. Tenía con él una relación antigua y estrecha. “Mucho le pido a Dios”, le escribió, “que te dé el acierto debido para que hagas la felicidad de la Patria, te conserve la vida y a mí se me cumpla el deseo de que seas el hombre de la Nación”.3 Sufrió el destierro al triunfar el Plan del Hospicio y fue, más tarde, uno de los sacerdotes que apoyaron la Constitución, contra la postura que adoptó la Iglesia. “La religión católica no está realmente en juego en esta partida sangrienta, sino más bien los restos de la influencia española”, reflexionó Brasseur sobre la guerra de Reforma. “En el estado de Oaxaca, incluso los sacerdotes han tomado las armas y luchan, los unos por una causa, los demás por la otra, según el color más o menos obscuro de su piel. En Tehuantepec mismo, el prior del convento de Santo Domingo, fray Mauricio López, el único dominico que su orden decrépita pudo enviar de Oaxaca, es uno de los jefes más activos del partido liberal”.4 Su caso no era excepcional. Varios sacerdotes del estado llegaron al extremo de renunciar a la Iglesia para secundar a Juárez al ser jurada la Constitución, entre ellos el fraile Bernardino Carbajal, el diácono Manuel Mendoza y los presbíteros Eligio Vigil y Manuel Gracida. Todos ellos militaban con los liberales.

Brasseur platicó un momento con fray Mauricio, en presencia de Juan Avendaño. Ambos le sugirieron visitar al jefe político de Tehuantepec. Le dijeron que vivía también cerca de ahí, así que los siguió a la calle, bajo el sol del mediodía. El comandante Porfirio Díaz estaba entonces más solo que nunca en el Istmo. Ya no tenía el apoyo del gobierno del estado, pues el coronel Díaz Ordaz, su primo, había sido destituido por la legislatura de Oaxaca. Sus relaciones con su sucesor eran bastante menos estrechas. Ahí mismo, en su distrito, estaba completamente aislado. Juan Avendaño y Mauricio López eran, habría de confesar, “mis únicos amigos en la ciudad de Tehuantepec”.5 Tenía otros más, como el administrador de correos, Juan Calvo, y el supervisor de alcabalas, José María Ortega. Pero no muchos: eran todos. “Sin estas amistades a quienes debí servicios muy oportunos y distinguidos, y sin una policía secreta que establecí”, diría Porfirio, “hubiera ignorado absolutamente cuanto pasaba en Tehuantepec, porque todos me eran enemigos, y por lo mismo mi situación habría sido insostenible”.6

Introducido por quienes eran sus aliados más cercanos, Brasseur conoció ese día de junio de 1859 a Porfirio Díaz, el comandante de Tehuantepec. “Su aspecto y su porte me impresionaron vivamente”, recordó más tarde, no sin solemnidad, en su libro de viaje por el Istmo. “Ofrecía el tipo indígena más hermoso que hasta ahora he visto en todos mis viajes: creí que era la aparición de Cocijopij, joven, o de Guatimozín, tal como me lo había imaginado a menudo. Alto, bien hecho, de una notable distinción; su rostro de una gran nobleza, agradablemente bronceado, me parecía revelar los rasgos más perfectos de la antigua aristocracia mexicana”.7 Brasseur lo volvería a ver, pues Porfirio comía todos los días en casa de Avendaño, con dos o tres oficiales de la guarnición de Tehuantepec. “Pude así estudiar perfectamente su carácter y su persona”, dijo el abad, para añadir una frase que sería con los años citada en todos los libros de historia de México. “Sin tocar para nada las ideas políticas, puedo decir que las cualidades que mostraba en la intimidad no hacían sino justificar la buena opinión que tuve de él, a primera vista, y que sería de desear que las provincias de México fueran administradas por hombres de su carácter”.8

Juan Avendaño tenía una tienda en la esquina de su casa, que daba al mercado de la plaza. “Junto a la tienda había una cantina y, en el gran salón contiguo, se encontraba un billar”, escribió el abad Brasseur. “El billar reunía cada noche, en casa de Avendaño, a los notables de la ciudad, incluidos el gobernador y el prior de Santo Domingo”.9 Eran puros hombres, pero había también una mujer que frecuentaba ese billar, uno de los tres que existían en la ciudad. “Se mezclaba con los hombres sin la menor turbación”, notó Brasseur, “desafiándolos audazmente al billar y jugando con una destreza y un tacto incomparables. Era una india zapoteca, con la piel bronceada, joven, esbelta, elegante y tan bella que encantaba los corazones de los blancos, como en otro tiempo la amante de Cortés. No he encontrado su nombre en mis notas, ya sea que lo he olvidado, o que nunca lo haya oído; pero me acuerdo que algunos, por broma, delante de mí la llamaban la Didjazá, es decir, la Zapoteca”.10 Charles Etienne de Brasseur quedó impresionado con ella la noche que la conoció. “Llevaba una falda de una tela a rayas, color verde agua, simplemente enrollada al cuerpo, envuelto entre sus pliegues desde la cadera hasta un poco más arriba del tobillo”, recordó. “Una especie de camisola con mangas cortas caía desde la espalda velando su busto, sobre el cual se extendía un gran collar formado con monedas de oro”.11 Aquella mujer le inspiró una mezcla de fascinación y deseo —deseo combinado, también, con algo de desprecio. “No me extenderé acerca de su reputación: estaba al nivel del de la mayor parte de las señoras de Tehuantepec”.12

¿Quién era la Didjazá? Brasseur atribuye en su obra reacciones muy diversas a los hombres que tenían relación con ella. Unos, dice, “la respetaban como a una reina”, otros “la consideraban loca”, algunos más “la temían teniéndola por bruja”.13 ¿Quién era? ¿Una mujer de verdad o un arquetipo de la imaginación? Reunía todos los atributos del ideal de la tehuana: bella, seductora, audaz, sensual, liviana, provocativa, rica, misteriosa… Todo indica, así, que era un arquetipo, un retrato compuesto por el abad a partir de varias de las mujeres que conoció en Tehuantepec. ¿Quiénes eran, pues, esas mujeres que inspiraron la figura de la Didjazá? Una de ellas, sin duda, era la muchacha que vendía cigarros y puros a los soldados de la guarnición, en la plaza del convento de Santo Domingo. Era pobre, así que no pudo haber lucido un collar de monedas de oro en el pecho, pero era también, en cambio, diestra para el billar, que jugaba en efecto en la casa de Avendaño, según el testimonio de quienes la conocieron, entre ellos el cronista de la época Gustavo Toledo Morales. Esa mujer, entonces muy joven, estaba destinada a ser una de las leyendas más poderosas y más perdurables del Istmo de Tehuantepec.

Juana Catarina Romero tenía veintiún años en aquel verano. Había sido bautizada como “niña ladina” (o sea, mestiza) de “padres desconocidos”, según el acta de bautismo, que indica que nació en el barrio de Jalisco, aunque no menciona que era la hija no legítima de María Clara Josefa Romero.14 Aprendió a hablar español y zapoteco de niña, pero nunca fue a la escuela, por lo que tuvo que aprender a leer y escribir ya grande, con la fuerza de su voluntad. Para sobrevivir, desde muy joven, torcía puros y vendía cigarros con hoja de maíz en la plaza del mercado, a veces también entre las tropas que habitaban el convento de Santo Domingo. Algunos dicen que llegaba a jugar a las cartas con los soldados. Es posible que sí. Estaba relacionada con los liberales de la ciudad, como Juan Avendaño, por lo que conocía desde hacía ya tiempo, más de un año, al comandante de Tehuantepec. Porfirio Díaz no la menciona en sus memorias, donde habla sin embargo de una policía secreta. Juana Cata era parte de esa policía secreta. Desde la ribera del río Grande, según los escritos de Toledo Morales, su contemporáneo, hacía señales de fuego a Porfirio, acampado con sus tropas en el cerro de Guiengola, varios kilómetros arriba del río, en observación de los patricios que merodeaban por Tehuantepec. Así lo confirman otras fuentes que son también en principio confiables, aunque posteriores a los hechos. “Durante la guerra”, dice una de ellas, “prestó algunos servicios al señor general Díaz”.15 Por lo demás, ella habría de ser por el resto de su vida —en las cartas en clave que le escribía desde el Istmo, que sobreviven— su informante minuciosa y constante de Tehuantepec.

Las tehuanas eran celebradas por su belleza a lo largo de la República. Todos los autores que viajaron por la región las evocan en sus libros. El americano John McLeod Murphy, accionista de la Compañía Louisiana de Tehuantepec, escribió en 1859, el año de su viaje, que las tehuanas eran “delicadas, ligeras, voluptuosas y llenas de vivacidad”.16 El francés Désiré Charnay, fotógrafo de las ruinas de Oaxaca, afirmó por esas mismas fechas que le parecían “muy seductoras”, para concluir así: “gozan de rostros llenos de carácter, firmeza de carnes y contornos admirables”.17 Más tarde, el austriaco Teobert Maler, capitán de voluntarios de Maximiliano, escribiría también sobre las “bellas tehuanas”.18 ¿Cómo era Juana Cata, la espía del comandante Díaz? Existe una fotografía que la muestra de joven, más o menos por esos años: lleva enaguas de enredo ajustadas a la cadera, aparece delgada, bajita, seria, vivaz, muy derecha. Existe también otra fotografía más, un poco posterior, en la que está vestida de tehuana. ¿Era bonita, como la Didjazá? No del todo, de acuerdo con las fotografías. Así lo confirma, igualmente, la impresión de un hombre que la conoció de grande, para describirla con estas palabras: “cuerpo bajo, ojos pequeños y mirar de lince, sin llegar a la belleza”.19

¿Era Juana Cata, la espía, también la amante de Porfirio Díaz? Brasseur, que los observó de cerca, no dice que lo fueran. Tampoco hay cartas de amor entre los dos: Juana Cata no sabía escribir cuando conoció a Porfirio, algo que aprendería más tarde, durante la guerra de Intervención. Pero ella tenía veintiún años, él tenía veintiocho años: convivían en el billar y colaboraban en la guerra, y pudieron ser amantes. Los rumores son antiguos. En un informe que sería redactado varias décadas más adelante, en el año en que murió Porfirio, un partidario de la Revolución en Tehuantepec diría lo siguiente respecto a Juana Cata: “fue cuartelera y concubina del general Díaz en tiempos de la Santa Guerra de Reforma”.20 Quizá los revolucionarios, que luchaban por destruir su cacicazgo en el Istmo, gigantesco todavía, la convirtieron antes en la amante del Dictador. O quizá, nada más, hacían eco de un rumor que persistía en esa región. Juana Cata no tenía miramientos para vincular su vida con los hombres que detentaban el poder, como lo haría después con Remigio Toledo, el prefecto de Maximiliano en Tehuantepec. Estaba acostumbrada al trato de cerca con los hombres, que no le daban miedo. Frecuentaba incluso a los soldados de la guarnición, a los que les vendía tabaco. “Con su voz ronca que artificiosamente dulcificaba”, escribió un hombre que la conoció, pero que también la detestó, “con habilidad atraía a sus presas en sus años mozos de placer”.21 Así que es probable que Juana Cata hiciera sugerencias al comandante de Tehuantepec. ¿Cuál pudo ser, entonces, la reacción de Porfirio? ¿Aceptó su insinuación? ¿O prefirió tenerla al margen, utilizarla sólo como espía? “El amor no ha intervenido en su vida más que como un apetito regulado, a menudo subyugado”, afirmó con franqueza (y con acierto) un hombre que lo conoció de cerca, para de inmediato añadir lo siguiente: “En Tehuantepec, el joven jefe tuvo que encerrarse a ese respecto en estricta temperancia, porque abundaban las hembras que servían al enemigo de anzuelo”.22 No es posible saber con certeza si fueron o no fueron amantes. Pero no importa, no demasiado. Porque Juana Cata trascendió en su vida como aliada y como espía, no como amante.

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Las lluvias estaban retrasadas en aquel verano. El sol ardía en el cielo. Brasseur visitaba por las mañanas el mercado y frecuentaba, por las noches, el billar de la casa de Avendaño, donde coincidía a menudo con el jefe político de Tehuantepec. Ahí escuchó el rumor de que una banda de patricios amenazaba la ciudad. “El gobernador”, escribió, “se puso él mismo en marcha con sus soldados, con la intención de ir a desalojar al enemigo del camino de Oaxaca”.23 Brasseur evocaba lo que sería la acción de la Mixtequilla, en la que Porfirio dispersó a los patricios, que persiguió después hasta el rancho Los Amates, el 17 de junio de 1859. La acción le valió el grado de teniente coronel de infantería de la guardia nacional, con facultades para nombrar oficiales —“que entiendo se debió más bien al deseo que tenía el gobierno de Oaxaca de ascenderme, que al resultado práctico de la acción”, afirmaría el propio Díaz.24 Era cierto: había el deseo de ascenderlo. Su posición estaba fortalecida luego de su encuentro con Degollado, en el contexto de la negociación de Ocampo con MacLane en torno al tránsito en el Istmo. Con la noticia del ascenso, de hecho, el jefe político de Tehuantepec recibió también, deleitado, una notificación que le envió el gobierno de Oaxaca. “Quedo enterado de que el excelentísimo señor gobernador del estado ha tenido la bondad de facultarme extraordinariamente en los ramos de guerra y hacienda, con la misma amplitud que tiene esa superioridad y sin otra limitación que la que ella misma reconoce, para que en el caso de que se verifique la invasión que amenaza el estado pueda yo aumentar mis fuerzas y proporcionarme los recursos necesarios para sostenerlas”, manifestó. “Su excelencia puede estar seguro de que sus patrióticos deseos serán obsequiados, o mi cadáver acreditará que no he omitido esfuerzos para conseguirlo. La misma resolución hay en todos mis subordinados”.25

Díaz obtuvo aquel mes, por último, algo insólito: ayuda en efectivo del presidente Juárez. Dictó en el acto una carta de agradecimiento a Degollado, el ministro de Guerra. “Con la muy apreciable nota de usted de fecha 3 del corriente”, dijo, “me ha entregado el señor comandante de batallón don Francisco Loaeza la cantidad de 2,000 pesos, con que el excelentísimo señor presidente ha tenido a bien auxiliar a esta guarnición. La referida cantidad queda destinada a su objeto, como verá usted por el adjunto certificado, y esta guarnición muy agradecida por tan importante como oportuno auxilio. Tenga usted la bondad de manifestarlo al excelentísimo señor presidente, y aceptar las seguridades de mi particular aprecio y subordinación que por primera vez tengo la honra de ofrecerle. Dios y Libertad, Tehuantepec, junio 25 de 1859, Porfirio Díaz”.26 Todo ello —el ascenso y el dinero, así como los poderes en los ramos de guerra y hacienda— fue recibido por Porfirio en el momento más delicado de la guerra: en vísperas de la proclamación en julio de las leyes de Veracruz.

Leyes de Veracruz

“Los bienes del clero”, proclamaba el titular de La Democracia, periódico del gobierno de Oaxaca. “La bancarrota en que se encuentra la hacienda pública, causada por la lucha que ha sostenido el gobierno contra el partido clerical, no deja otro recurso para salvar la situación que nacionalizar los bienes de manos muertas”.27 La nota databa de comienzos de 1859, pero los liberales pensaban desde mucho atrás en esa nacionalización, a la que daban este nombre: la Reforma. Juárez hablaba de ella desde los tiempos del gobierno de Comonfort; Ocampo incluso desde antes, desde los años que sucedieron a la invasión a México de los Estados Unidos. El golpe de los conservadores agudizó la discusión entre los liberales. “En Veracruz, muchas veces el mismo pensamiento de Reforma fue objeto de conferencias y discusiones particulares”, recordaría el autor de la ley que expropió los bienes del clero, el oaxaqueño Manuel Ruiz, ministro de Justicia, Negocios Eclesiásticos e Instrucción Pública del presidente Juárez. “En julio de 1859 era ya irresistible el clamor público. Toda la nación pedía la Reforma”.28 Las negociaciones con MacLane, entonces en curso, ponían las cosas en perspectiva: para obtener fondos para la guerra, razonaba Juárez, era preferible expropiar al clero, con todas sus consecuencias, que vender la Baja California a los Estados Unidos. Así lo manifestó también Santos Degollado, su ministro de Guerra, al regreso de su viaje por el Istmo. Y así lo sostuvo Miguel Lerdo de Tejada, su ministro de Hacienda, quien deseaba conseguir un crédito en Washington, garantizado por los bienes de la Iglesia.

El presidente Juárez quería desarmar a la Iglesia, que era el pilar de sus enemigos: privarla de su riqueza, utilizarla para su causa, pero sin herir el sentimiento religioso del pueblo de México. “El temor gravísimo de Juárez consistía en que el clero y la población católica, en una inmensa mayoría, asintieran plenamente en la necesidad de una guerra santa, de una contienda religiosa”, escribió su biógrafo más lúcido, el historiador liberal Justo Sierra.29 Era un temor que, al final, resultó infundado, como lo vería a su vez otro mexicano de renombre, el historiador conservador José Fernando Ramírez. La cuestión religiosa, diría él después, sólo era importante para una parte de la elite, no para el pueblo —“cuando ese pueblo no se ha conmovido con los atentados y las sacrílegas expoliaciones ejecutadas durante la administración de Juárez y, antes bien, tomaba en ellas la parte que se le daba”.30 Esa reacción no la podía prever Don Benito cuando el 12 de julio, luego de explicar sus motivos en un manifiesto a la nación, expidió una serie de leyes en Veracruz. La primera decretaba la nacionalización de los bienes del clero; la segunda, la separación de la Iglesia y el Estado; la tercera, en fin, la exclaustración de las monjas y los frailes y la extinción de las corporaciones eclesiásticas en México. Serían el núcleo de las leyes de Reforma. El objetivo de la primera, vital para su causa, era confiscar —sin indemnización, a diferencia de la Ley Lerdo— todos los bienes raíces poseídos por la Iglesia.

El sábado 23 de julio fueron publicadas en Oaxaca las leyes de Veracruz, con la firma del gobernador Miguel Castro, el sustituto de Díaz Ordaz. “Entran al dominio de la nación todos los bienes que el clero secular y regular ha estado administrando con diversos títulos”, decía el artículo 1.31 El decreto del gobernador detonó un proceso que, en menos de tres semanas, habría de despojar por completo a la Iglesia en Oaxaca. En ese tiempo, los frailes tuvieron que evacuar los conventos de Santo Domingo, el Carmen, San Felipe, San Agustín, San Pablo, la Merced y San Francisco. Comenzó su exclaustración. “El gobierno ocupó enseguida esos edificios”, escribió un cronista que vivió los hechos, “lo mismo que el Colegio Seminario, a donde se trasladó el Instituto de Ciencias y Artes del Estado”.32 Las monjas, por el momento, fueron exceptuadas. Pero el golpe resultó devastador. Una de sus víctimas —la primera, la más notable— fue el obispo de Antequera. “Defunción”, anunció La Democracia. “Ayer a las tres y media de la tarde falleció el ilustrísimo señor obispo de esta diócesis, doctor don José Agustín Domínguez”.33 El día que falleció, aquel 25 de julio, acababa de ser instalada en el Palacio de Gobierno la Oficina de Liquidación de Bienes Eclesiásticos. Su muerte fue provocada, diría la gente, “por la sensación profunda que le causaron las leyes de Veracruz”.34 Es cierto, en parte, aunque la verdad es más compleja. Estaba enfermo, muy enfermo, desde hacía meses. “El Jueves Santo de 1859, después de consagrar los santos óleos, sufrió un síncope en el altar”, habría de recordar un prelado de Oaxaca.35

Los preparativos del funeral de monseñor Domínguez comenzaron en el momento de su muerte, en el Palacio Episcopal de Oaxaca. Era un edificio austero y majestuoso, en ese entonces de una planta, construido en el siglo XVI con piedras rojas y con elementos geométricos que recordaban los templos de Mitla. Estaba situado a un lado de la Catedral. Ahí, en una de sus habitaciones, el cadáver procedió a ser embalsamado por los médicos de la Iglesia. Don José Agustín Domínguez sería sepultado con sus vestiduras de obispo en una de las bóvedas localizadas bajo el altar mayor de la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción de Oaxaca, al lado de sus predecesores, don Mariano Morales y don Antonio Mantecón e Ibáñez. Fue vestido por sus asistentes con un roquete blanco con encajes en los bordes, ataviado con una capa morada con esclavina, con el solideo sobre la cabeza ya calva, bajo la mitra, las ínfulas dobladas hacia atrás, el anillo de obispo en el índice de la mano derecha y, junto a la cruz, la condecoración de caballero de la Orden de Guadalupe. En Oaxaca, durante los funerales de un obispo, de acuerdo con un testigo, “el cadáver era acompañado de los alumnos de las escuelas, las cofradías del Rosario, los miembros del clero que estaban en la ciudad, las comunidades religiosas, los miembros de los colegios de infantes, del Seminario, el cabildo entero, el cadáver previamente embalsamado, con sus vestiduras episcopales; el gobierno y sus empleados, con el ayuntamiento, que abría mazas para todos, y las fuerzas de la guarnición con banda y música a sordina y armas a la funerala, cerrando el cortejo coches de los particulares”.36 En este caso quizás estuvo ausente el gobernador del estado, junto con sus empleados. Porque todo comenzaba a ser distinto desde la Reforma. En los funerales del obispo José Agustín, de hecho, la Iglesia habría de solemnizar también su propia muerte en Oaxaca.

Una de las personas que vieron embalsamado a monseñor Domínguez fue, parece ser, su ahijado, su protegido durante los años del Seminario: el entonces teniente coronel Porfirio Díaz. “No lo volví a ver sino después de muerto”, afirma en sus memorias.37 La frase sugiere que no lo vio de nuevo en vida, luego de su rompimiento, pero que lo vio ya muerto. Es muy probable que sí. Porfirio estaba por aquellos días, a finales de julio, en la capital del estado. “Las necesidades del servicio”, dice, “me hicieron venir a Oaxaca”.38 No revela cuáles eran esas necesidades, pero están documentadas. Don Miguel Castro, el gobernador de Oaxaca, acababa de publicar, a mediados del mes, un decreto que imponía al estado un préstamo de 100 mil pesos, cuatro mil de los cuales debían de ser cubiertos por el distrito de Tehuantepec. Justificaba la medida por las necesidades de la guerra. “Los jefes políticos distribuirán la suma que toque a su distrito”, estipulaba en el decreto, “asignando a cada pueblo dos meses adelantados de capitación, y lo que faltare para completar la cuota designada, lo distribuirán entre los comerciantes y propietarios”.39 El teniente coronel Díaz había recibido ya una petición similar, hacía apenas unos meses. Tenía ahora que realizar de nuevo la recaudación en su distrito, a más tardar tres días después de recibir esa noticia. Una vez hecha la recaudación, muy resistida, marchó con el dinero hacia la ciudad de Oaxaca. Es posible que haya sido sorprendido, ahí, por el anuncio de la nacionalización de los bienes de la Iglesia. Muchos no podían dar crédito a lo que veían: el mundo que conocían desde niños caía en pedazos frente a sus ojos. Los monasterios de la ciudad fueron todos al final, el 11 de agosto, clausurados por un decreto del gobierno del estado.

Durante aquellos días de sacudidas y derrumbes, Porfirio tuvo la oportunidad de ver una vez más a su madre, doña Petrona, quien vivía aún en Oaxaca. Era una mujer ya grande; estaba desde hacía unos meses delicada de salud. Le comunicó, cuando la visitó, que acababa de ser ascendido a teniente coronel. Le habló de los peligros en el Istmo. Le informó —era evidente, porque cojeaba— que aún tenía la bala metida en el cuerpo. Debió comentar con ella la muerte del obispo, su padrino. “La encontré enferma”, señala, “pero ignoraba su gravedad, por una parte, y por otra, las exigencias del servicio militar no me permitieron diferir mi marcha. No tuve el consuelo de verla morir, pues falleció dos días después de mi salida de Oaxaca”.40 Petrona Mori, viuda de Díaz, murió el 24 de agosto de 1859. “Recibió los santos sacramentos”, afirma el acta de defunción, en un momento en que la Iglesia era golpeada con violencia por el gobierno de Oaxaca. “Se sepultó en el panteón”.41 Ahí la iría a ver su hijo al regresar a la ciudad, un año más tarde: al panteón de San Miguel, ubicado entre el río Jalatlaco y la cantera de Tepeaca, donde los muertos de la ciudad eran sepultados desde la década de los cuarenta, cuando fue dada a conocer la Ley de Panteones que, por razones de salud, prohibía las inhumaciones en los templos de Oaxaca. Tenía miles de nichos abiertos en los muros que lo circundaban —“adornados de inscripciones correctas, en lápidas hermosas y de buen gusto”, comentó don Juan B. Carriedo.42 En uno de ellos, al parecer, fue sepultada doña Petrona. Había una leyenda grabada sobre el pórtico del panteón: Postraos: aquí la eternidad empieza, es polvo aquí la mundanal grandeza.

Todo eso estaba todavía por delante al salir Porfirio a caballo hacia Tehuantepec. Acababa de ver el cadáver de su padrino, el obispo de Antequera. ¿Qué sentimientos lo sacudieron al contemplar así a su protector, postrado, vencido por la Reforma? Acababa de ver, también, el cuerpo ya indefenso de su madre, que sería asimismo doblegado por la muerte. Es probable que presintiera, que supiera que no la volvería a abrazar. Caminaba a caballo, con una escolta, por el camino de Tehuantepec, vuelto un lodazal por las lluvias de agosto, tan estrecho que la vegetación amenazaba con hacerlo desaparecer (“no es más que una brecha para mulas de la clase más rudimentaria”, anotó por esas fechas el alemán Hermesdorf).43 Díaz pensaba sin duda en todo eso mientras andaba sobre su caballo. O quizá pensaba en otra cosa: tal vez tenía noticias ya de la revuelta que acababa de estallar entre sus aliados de Juchitán.

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En el transcurso de agosto fueron publicadas en Oaxaca las leyes de Veracruz que instituían el registro civil para los actos de nacimiento, matrimonio y defunción. Aquellas leyes, junto con las anteriores, fueron recibidas con indignación por los pueblos del Istmo —incluido, esta vez, Juchitán, que las consideró un atentado contra la religión, por lo que desconoció, con un pronunciamiento, al gobierno de Oaxaca. Era el espectro de la guerra de religión que tanto había temido Juárez. Los juchitecos no nada más estaban sublevados por las leyes; debieron también estar impresionados con las victorias de Miramón, quien entonces amenazaba con sus fuerzas a la capital de Oaxaca. Había en ese momento dos gobernadores en el estado: uno sostenido por los liberales, el licenciado Miguel Castro, y otro respaldado por los conservadores, el general José María Cobos. La suerte de ambos pendía de un hilo. Porfirio no podía prescindir de Juchitán, su aliado contra Tehuantepec, pero tampoco podía enfrentarlo: lo tenía que convencer de apoyar las leyes de Veracruz. Con ese fin emprendió el camino hacia allá, acompañado por un ayudante y un ordenanza y por el cura fray Mauricio López. “Al llegar al pueblo dejé a mis acompañantes en los suburbios y entré solo con el propósito de meterme en la casa de don Alejandro de Gives, antiguo vecino y rico comerciante francés, que estaba muy apreciado y bien relacionado en ese lugar, con el propósito de llamar allí a los cabecillas y procurar entenderme con ellos, pero antes de llegar a esa casa encontré una partida de los pronunciados, ebrios y armados”, recordó Díaz. “Logré contenerlos, diciéndoles que como amigo que era yo de ellos, iba a acompañarlos y a seguir su suerte”.44 Con los ánimos más calmados, todos caminaron hacia la plaza del pueblo, donde tuvo lugar una reunión con las autoridades, entre los perros y los pollos que deambulaban por el mercado.

Díaz tranquilizó a los juchitecos, les explicó que no llevaba tropas, que nada más iba con fray Mauricio, a quien recordaría con afecto —“dominico, istmeño de nacimiento, hombre bastante ilustrado de ideas liberales, de muy buen sentido y muy estimado entre los indios”— al poner en orden las memorias de sus años en el Istmo.45 Era enigmática la colaboración del fraile, pues en la ciudad de Oaxaca, luego de la muerte del obispo, la Iglesia sufría en todo su rigor la embestida de la Reforma. El canónigo Vicente Márquez, sucesor de Domínguez, había sido desterrado a Veracruz y el padre José María Álvarez y Castillejos, sucesor de Márquez, había sido a su vez exiliado hasta Panamá. La Oficina de Liquidación de Bienes Eclesiásticos, con la diócesis así descabezada, acababa de expropiar, en el curso de agosto, la mayoría de las propiedades que tenía el clero en Oaxaca. Mauricio López, sin embargo, apoyaba sin chistar a los liberales. Estaban reunidos con él, esa vez, todos los mandos de Juchitán. “Les explicó fray Mauricio, en lengua zapoteca, que la ley del registro civil en nada afectaba la religión, y que si fuera así, él habría sido el primero en tomar las armas en defensa de la fe”, comentaría Porfirio, quien no hablaba zapoteco, aunque lo debió entender, pues era la lengua del Istmo.46 Fray Mauricio pronunciaba su alegato cuando Apolonio Jiménez, uno de los cabecillas de Juchitán, propuso de repente que el sacerdote fuera ejecutado ahí mismo —porque los iba a convencer, dijo— junto con el jefe político de Tehuantepec. La tensión en la plaza estuvo a punto de estallar, pero no reventó. “Uno de los ancianos, que son allí muy respetados del pueblo, regañó y castigó severamente a Jiménez, lo cual permitió que fray Mauricio terminara su peroración”, dijo Porfirio, para señalar más adelante que los juchitecos fueron, en efecto, convencidos por su amigo de aceptar las leyes de Reforma. “De esta manera logré salvarme de uno de los mayores peligros que tuve durante mi permanencia en Tehuantepec”.47

 

Carlos Tello Díaz
Escritor. Entre sus libros: El exilio: Un relato de familia, La rebelión de las Cañadas, En la selva y 2 de julio.

Extracto del libro Porfirio Díaz, su vida y su tiempo, de Carlos Tello Díaz, que aparecerá en agosto con el sello de la editorial Debate.


1 Charles Brasseur, Viaje por el Istmo de Tehuantepec, SEP-FCE, México, 1981, pp.148-149.

2 Ibíd., p. 152. Brasseur calculó que tenía “entre cuarenta y cuarenta y cinco años”.

3 Carta de Mauricio López a Benito Juárez, Tehuantepec, 1 de marzo de 1858, en Jorge L. Tamayo (ed.), Benito Juárez: documentos, discursos y correspondencia, Secretaría del Patrimonio Nacional, México, 1964- 1970, vol. II, p. 309.

4 Charles Brasseur, op. cit., p. 147. Así coincidían otros observadores. “El bajo clero es ordinariamente pobre y está estrechamente unido
a sus feligreses, siendo más accesible a las ideas de libertad”, diría por esos mismos años una escritora. “Al contrario, la alta jerarquía pertenece desde hace mucho tiempo al partido conservador” (Paola Kolonitz, Un viaje a México en 1864, SEP-FCE, México, 1984, p. 169).

5 Porfirio Díaz, Memorias, Conaculta, México, 1994, vol. I, p. 86.

6 Ídem.

7 Charles Brasseur, op. cit., p. 152.

8 Ídem.

9 Ibíd., p. 158.

10 Ibíd., pp. 158-159.

11 Ibíd., p. 159.

12 Ídem.

13 Ibíd., p. 160. Alguien que pudo haber sido la Didjazá, según Francie Chassen-López, experta en el tema, era Bernarda Zárate, descendiente de la última cacica de Tehuantepec, doña Magdalena Zúñiga y Cortés. Pero ella tenía apenas 13 años de edad en 1859.

14 Citado por Francie Chassen-López, “Mitos, mentiras y estereotipos: el reto de la biografía feminista”, en Mílada Bazant (coord.), Biografía: métodos, metodologías y enfoques, El Colegio Mexiquense, Zinacantepec, 2013, p.157. Juana Catarina Romero nació el 24 de noviembre de 1837 y fue bautizada tres días más tarde por su madrina, Eduviges Gallegos. En 1843 un censo parroquial menciona a María Clara Josefa Romero como mujer soltera con una hija. Juana Cata, así, pudo haber sido hija única.

15 El Imparcial, 25 de enero de 1907, Hemeroteca Nacional de México. La cita completa dice así: “A su llegada a Tehuantepec, el señor presidente fue a visitar a doña Juana C. de Romero, una de las damas más ricas de aquí, y que durante la guerra de Intervención (sic) prestó algunos servicios al señor general Díaz”. Juana Cata los prestó durante la Reforma, no durante la Intervención, cuando, por el contrario,
fue la amante de Remigio Toledo, el prefecto imperial de Maximiliano. Por otro lado, la información sobre las señales de fuego que le hacía a Porfirio, apostado en el cerro de Guiengola, aparecen en César Rojas Pétriz, “La joven Juana Cata y la guerra de Reforma”, en Dáani Béedxe, septiembre-octubre de 1993. Rojas Pétriz basa su información en los escritos de Gustavo Toledo Morales, contemporáneo de Juana Catarina Romero (aunque no le quiso dar acceso a ellos a la investigadora Francie Chassen-López).

16 John McLeod Murphy, “The Isthmus of Tehuantepec”, en Journal of the Royal Geographical Society of London, junio de 1859.

17 Désiré Charnay, Ciudades y ruinas americanas, Conaculta, México, 1994, p. 263.

18 Teobert Maler, Vistas de Oaxaca: 1874-1876, Casa de la Ciudad, Oaxaca, 2006, p.39.

19 Citado por Francie Chassen-López, en op. cit., pp.,163-164. Esta des- cripción fue hecha por el tehuano Miguel Ríos, quien era partidario de Apolinar Márquez, don Puli, el adversario de Juana Cata en Tehuantepec. La descripción, así, está permeada por su enemistad (véase Miguel Ríos, “Istmeños notables: don Apolinar Márquez”, en Istmo, 25 de septiembre de 1941).

20 José del Pino, “Una carta contra los porfiristas sobrevivientes”, en Guchachi Reza, noviembre-diciembre de 1993. La referencia me la proporcionó Francie Chassen-López, quien la cita en su artículo “A Patron of Progress: Juana Catarina Romero, the Nineteenth Century Cacica of Tehuantepec”, en Hispanic American Historical Review, agosto de 2008. José del Pino era un anarquista del Istmo que en febrero de 1915 informó así a Venustiano Carranza, después de la ejecución de su hermano Jesús en el Istmo: “Juana Cata Romero, comerciante de Tehuantepec (la verdad es amarga, pero es preciso), ésta fue cuartelera y concubina del general Díaz en tiempos de la Santa Guerra de Reforma (1858), cuando éste operó por el Istmo […] Durante el reinado de Díaz fue colmada de honores y nadie osó decirle cosa alguna, siendo amiga íntima del clero con quien tiene estrechas relaciones”. Es cierto que fue aliada de Porfirio Díaz a lo largo de su gobierno y que tuvo amistad con Eulogio Gillow, el primer arzobispo de Oaxaca. Pero es indudable, también, que había construido un cacicazgo en la región que los revolucionarios estaban ansiosos de destruir, para lo cual era conveniente identificarle antes con el Dictador.

21 Citado por Francie Chassen-López, op. cit., p.164. Estas palabras —duras, quizá calumniosas— fueron escritas por Miguel Ríos, el enemigo de Juana Cata.

22 Salvador Quevedo y Zubieta, Porfirio Díaz (septiembre 1830-septiembre 1865): ensayo de psicología histórica, Librería de la viuda de Bouret, París-México, 1906, p.183. Esta afirmación aparece en una nota al pie de la página, que agrega lo siguiente: “La abstinencia sexual era la regla en un comandante no dispuesto a dejarse cortar el pelo por las Dalilas tehuanas”. La nota de Quevedo y Zubieta, algo gratuita, puede ser también interpretada como una forma de responder a los rumores que ya desde entonces había sobre los amoríos de Porfirio en el Istmo. Pero la sobriedad de Díaz, en este respecto, era conocida de todo el mundo. “Sus necesidades genésicas las cubría con recursos siempre misteriosos”, escribió otro autor que lo observó de cerca (Francisco Bulnes, “Rectificaciones y aclaraciones a las Memorias del general Díaz”, en Porfirio Díaz, Memorias, Conaculta, México, 1994, vol.II, p. 301).

23 Charles Brasseur, op. cit., p.188.

24 Porfirio Díaz, op. cit., p.85. La hoja de servicios de Díaz afirma que recibió el grado de teniente coronel el 6 de julio de 1859, pero su archivo contiene un documento en el que Manuel Dublán, secretario de Gobierno de Oaxaca, firma su ascenso el propio 17 de junio de 1859, día de la acción de la Mixtequilla. Existía entonces desde antes, en efecto, el deseo de ascenderlo.

25 Informe de Porfirio Díaz a la Secretaría de Gobierno, Tehuantepec, 25 de junio de 1859 (fondo Gobernación, sección Gobierno de los Distritos, serie Tehuantepec del Archivo Histórico del Estado de Oaxaca. Ex convento de los Siete Príncipes).

26 Carta de Porfirio Díaz a Santos Degollado, Tehuantepec, 25 de junio de 1859 (tomo I, foja 127 del Expediente de Porfirio Díaz. Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional). En sus memorias, Díaz recuerda el episodio. “Me dirigí también al señor Juárez en Veracruz, y en respuesta recibí de él 2 000 pesos”, dijo, “de que fue conductor el teniente coronel don Francisco Loaeza, siendo ésta una de las pocas ocasiones que recibí auxilio pecuniario del gobierno” (Porfirio Díaz, op. cit., p. 86).

27 La Democracia, 25 de enero de 1859, Fondo Manuel Brioso y Candiani, Biblioteca Francisco de Burgoa, Oaxaca.

28 Citado por Jorge L. Tamayo, op. cit., p. 481.

29 Justo Sierra, Juárez: su obra y su tiempo, UNAM, México, 2006, p. 166.

30 Carta de José Fernando Ramírez a José María Hidalgo, Orizaba, 12 de mayo de 1865, en Jorge L. Tamayo, op. cit., vol. X, pp. 45-46.

31 Decreto de Miguel Castro, Oaxaca, 23 de julio de 1859 (legajo 30, fondo Gobernación, serie Decretos Impresos de 1859 del Archivo Histórico del Estado de Oaxaca. Ex convento de los Siete Príncipes). El decreto fue también rubricado por su secretario, don Manuel Dublán. “La Reforma”, proclamó después el periódico del gobierno de Oaxaca. “Ayer se han publicado en esta ciudad las leyes de 12 y 13 del corriente […] La Reforma ha sido aceptada por los oaxaqueños como la expresión del sentimiento de su mayoría” (La Democracia, 24 de julio de 1859, Fondo Manuel Brioso y Candiani, Biblioteca Francisco de Burgoa, Oaxaca). Una versión más conservadora de esas leyes fue dada por el Calendario de Mariano Galván. Ellas iban dirigidas contra la religión del pueblo, manifestó, “estableciendo la tolerancia de cultos, nacionalizando los bienes de la Iglesia, exclaustrando a los religiosos, cerrando los noviciados de monjas y poniendo otras muchas trabas a la vida religiosa y al catolicismo en general. El reglamento de esta ley se expidió al día siguiente, sobre remates y demás modos de enajenar los bienes citados” (Calendario de Mariano Galván para 1861, Tipografía de M. Murguía, México, 1860, p. 49).

32 Manuel Martínez Gracida, Efemérides oaxaqueñas: 1853-1892, Tipografía de El Siglo XIX, México, 1892, vol. I, pp. 92-93.

33 La Democracia, 26 de julio de 1859, Fondo Manuel Brioso y Candiani, Biblioteca Francisco de Burgoa, Oaxaca.

34 Calendario de Mariano Galván para 1861, op. cit., p. 50. Así coincide también el biógrafo de José Agustín Domínguez: “Cuando supo que en Veracruz se preparaban las leyes que más tarde, el 13 de julio de 1859, se habían de sancionar, publicar y ejecutar en toda la República, todo fue para él una fuente de profundos dolores y pesares que inundaron su corazón y lo condujeron al sepulcro el día 25 de julio de 1859” (Eutimio Pérez, Recuerdos históricos del episcopado oaxaqueño, Imprenta de Lorenzo San Germán, Oaxaca, 1888, pp. 119-120). El 13 de julio fueron publicadas en Veracruz las normas relativas a los modos de enajenar los bienes de la Iglesia, que complementaban el decreto de la víspera.

35 Eulogio Gillow, Apuntes históricos, Ediciones Toledo, México, 1990, p. 118. Gillow señaló, entre las causas de su defunción, las siguientes: “sus muchas mortificaciones, el peso de los años y las tristes emergencias de la situación política del país”. Pero daría también, en otro libro, esta versión, algo distinta: “Se encontraba gravemente enfermo el señor obispo Domínguez […] habiendo sucumbido el obispo el lunes de la Semana Santa” (Reminiscencias, Imprenta de El Heraldo de México, Los Angeles, 1920, p. 174). En todo caso, el incidente ocurrió el lunes o el jueves de la Semana Santa.

36 Francisco Vasconcelos, Costumbres oaxaqueñas del siglo XIX, Ediciones Bibliográficas del Ayuntamiento de Oaxaca de Juárez, Oaxaca, 1993, p. 39. Los funerales del obispo tuvieron el carácter de sus antecesores, como lo indica su biógrafo. “Su cadáver, previas las fúnebres ceremonias que el Venerable Cabildo celebró con la magnificencia acostumbrada, fue sepultado en la capilla de San Pedro de la Santa Iglesia Catedral” (Eutimio Pérez, op. cit., p. 120).

37 Porfirio Díaz, op. cit., p. 39.

38 Ibíd., p. 32.>/p>

39 Decreto de Miguel Castro, Oaxaca, 13 de julio de 1859 (legajo 16, fondo Gobernación, serie Decretos Impresos de 1859 del Archivo Histórico del Estado de Oaxaca. Ex convento de los Siete Príncipes). El distrito del Centro, según este decreto, debía aportar 50 mil pesos al gobierno de Oaxaca. Tenía la parte más pesada de la carga, por mucho. Lo seguían —con una aportación de cuatro mil pesos por entidad— los distritos de Tehuantepec, Ocotlán, Zimatlán y Miahuatlán. “Los productos de capitación podrían estimarse en 700 pesos”, afirma un libro basado en el testimonio de Díaz sobre sus años en el Istmo, que añade que, junto a la capitación, podía contar con “un 5 o 6 por 100 de los productos de la aduana marítima” (Ireneo Paz (ed.), Datos biográficos del general de división ciudadano Porfirio Díaz, con acopio de documentos históricos, Patria, México, 1884, p. 14). Así, no debió haber sido fácil reunir los cuatro mil pesos que tenía la obligación de dar al gobierno de Oaxaca.

40 Porfirio Díaz, op. cit., p. 32.

41 Acta de defunción de Petrona Mori, en Porfirio Díaz, ibíd., p. 154. Doña Petrona murió a los 65 años, no a los 68 como dice el acta. “Falleció de diarrea”.

42 Citado por Carlos Lira Vázquez, Oaxaca rumbo a la modernidad: arquitectura y sociedad (1790-1910), Universidad Autónoma Metropolitana, México, 2008, p. 47. El panteón de San Miguel estaba delimitado por una barda desde 1834. El ayuntamiento comisionó al profesor de dibujo, don Francisco Bonequi, para proyectar un cementerio en forma en 1839. Fue el único edificio público construido en Oaxaca, junto con el Palacio de Gobierno, en el estilo neoclásico que había sido introducido desde finales del siglo XVIII con la fundación de la Real Academia de San Carlos en la ciudad de México.

43 Mathias Gustav Hermesdorf, “On the Isthmus of Tehuantepec”, en Journal of the Royal Geographical Society of London, John Murray, Londres, 1862, p. 553.

44 Porfirio Díaz, op. cit., p. 88.

45 Ibíd., p. 86.

46 Ibíd., p. 88.

47 Ibíd., p. 89.

Ensayo

X. Díaz, reconciliador de animadversiones.
Entrevista con Álvaro Matute Aguirre

Presentamos una entrevista con Álvaro Matute Aguirre (ciudad de México, 1943), en la que el historiador conversa sobre la gestión de Porfirio Díaz, las nuevas investigaciones sobre su figura y el permanente debate a nivel histórico.


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Laura Hernández Meléndez: ¿Cuál es su perspectiva de Porfirio Díaz —personaje histórico controversial— a un siglo de su muerte?

Álvaro Matute Aguirre: En efecto, la imagen es controvertible. Algunos pensamos que fue un gobernante muy especial. Da lugar a la controversia porque, por un lado, fue un gobernante estupendo: empujó al país por un rumbo que no había conocido desde finales de la época colonial. Por otro lado, tuvo que utilizar la mano dura —a veces excesivamente dura— para lograr algunos de sus fines o impedir cualquier tipo de oposición. Es una figura de contrastes porque tuvo manifestaciones muy benéficas y positivas y, a la vez, excesivamente drásticas.

LHM: ¿Percibe una leyenda negra sobre Porfirio Díaz?

ÁMA: Sí. La perpetró el régimen revolucionario para justificarse a través de todo tipo de improperios dedicados a la época de Porfirio Díaz. La leyenda negra surgió como justificación del régimen revolucionario.

LHM: ¿Cuál es la visión que se enseña actualmente sobre su gestión?

ÁMA: Creo que ha mejorado el discurso sobre la figura de Porfirio Díaz y su gobierno en los manuales de enseñanza y en muchos libros, pero sin quitar los puntos negros de esa gestión, que fueron la represión muy fuerte y la permanencia larga en el poder, que impidió cualquier tipo de oposición, sobre todo la final.

LHM: A 100 años de su muerte continúa la polémica. Ahora hay un debate sobre lo que ocurrirá con sus restos.

ÁMA: Creo que sus restos descansan a gusto en el Cementerio de Montparnasse, pero el hecho simbólico de que fueran repatriados y colocados en el templo de La Soledad, en Oaxaca, sería una manifestación de que México es capaz de reconciliarse con su propio pasado —que no es muy común— y un signo de madurez importante.

LHM: ¿Considera que con las nuevas investigaciones —los más recientes estudios de sus archivos— se ha logrado una revisión de Díaz?

ÁMA: Sí. Ha habido mucho avance, dado que todo lo que se escribió de manera muy inmediata —que era demasiado favorable o desfavorable— con el tiempo adquiere perspectiva. Además, se investigan fuentes que no habían sido consideradas por otros autores. En ese sentido se ha ganado mucho en comprensión.

LHM: Existen publicaciones apologéticas. Y otras en las que se trata de desmitificar al personaje. ¿Qué se escribe historiográficamente al respecto?

ÁMA: Se ha atomizado la investigación sobre el gobierno de Díaz, en aspectos económicos, sociales, políticos y culturales, que se han enriquecido mucho. Ha mejorado la investigación en ese sentido, pero se ha perdido la visión de conjunto. La visión de conjunto se debe al historiador inglés Paul Garner, quien hizo un trabajo breve, un producto que satisface tanto a los historiadores como al público general —desde luego culto—. Tiene el mérito de trascender el círculo cerrado de los historiadores.

LHM: ¿Continúa un debate a nivel histórico?

ÁMA: Aún existe. Por ejemplo, se utiliza como ideología decir que alguna situación contemporánea es una especie de vuelta al porfiriato. Lo han manejado diversos autores actualmente. Parece que no toman en cuenta toda la investigación que se ha hecho para tener una mejor visión del tiempo de Porfirio Díaz.

LHM: ¿Piensa que su gestión causa impacto actualmente?

ÁMA: Sigue causando impacto. Hay una diferencia notable entre quien lo precede y la manera en que el país queda al final de la gestión.

LHM: ¿Cuáles son los puntos que considera cuestionables en la gestión de Díaz —que generaron una imagen polémica hasta nuestros días?

ÁMA: Plantearía cuatro. El primero fue el famoso “mátalos en caliente”, en 1878, cuando ordena a la guarnición de Jalapa liquidar a los que se habían insubordinado, el telegrama que le manda al general Mier y Terán. Luego Tomóchic. Es el punto más negro porque se arrasa a una población, de una manera lamentable. La actuación del ejército fue tremenda contra los tomochitecos sublevados. Después, la intolerancia contra todo periodista que se atrevía a cuestionar cualquier cosa. Llegaban a la cárcel de Belén, principalmente. Inclusive a San Juan de Ulúa. Y cuarto, su falta de compromiso por lo que había expresado en la entrevista, vía escrita, de que se retiraría en 1910. No lo hizo y dio lugar al levantamiento de Madero. Esos son mis cuatro puntos que hacen cuestionables las bondades del régimen porfiriano.

LHM: Para realizar un balance con los puntos cuestionables, ¿cuáles son las claves del gobierno de Díaz que han causado un impacto positivo en la historia de México?

ÁMA: Por una parte, la integración nacional a través de los más de 24 mil kilómetros de vía férrea, que permitieron que México se conectara, económica y socialmente, de una mejor manera. Otra clave es el desarrollo urbano en muchas capitales del país, que tuvo un estilo personal. Hablamos ahora de una arquitectura porfiriana, que en realidad internacionalmente podría ser victoriana. Aquí le decimos porfiriana. Todavía la apreciamos en muchas ciudades grandes de todo el país. Destaco su búsqueda de independencia absoluta de la economía de Estados Unidos. Buscó relaciones económicas, comerciales, con países como Inglaterra, Francia, España y Alemania. Procuró abrirse hacia el continente asiático, tímidamente. Pero hubo una relación importante con Japón, por ejemplo. En el capítulo de las relaciones internacionales tuvo un desempeño muy notable, porque además reconcilió animadversiones anteriores con países que habían estado enfrentados con México. También hubo un impulso importante a la educación, por la mano de Justo Sierra.

 

Laura Hernández Meléndez
Periodista.

Expediente

Las grietas de Guerrero

Sabemos lo que pasa pero no entendemos lo que sucede en el explosivo Guerrero. Esteban Illades propone en este texto una historia mínima para poder comprenderlo

Guerrero, Oaxaca y Chiapas, los tres estados más al sur del país, son también los tres estados al fondo de los niveles de bienestar en México. El sur mexicano, a lo largo de la historia, ha sido olvidado por el progreso.

Salvo el puerto de Acapulco, utilizado desde hace siglos para el comercio con el Oriente, el resto de Guerrero ha vivido sumido en la pobreza desde su fundación en 1849. Sólo el norte del estado, donde en el porfiriato se construyeron las vías del tren, se alejó de la miseria, pero por poco tiempo. El gobierno mexicano privatizó los ferrocarriles a finales del siglo XX, y de ellos no quedó nada después.

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Al día de hoy, según estudios del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), Guerrero está muy por debajo de la media nacional en todas las categorías de desarrollo. Para dar una escala de la tragedia: un tercio de la población vive en pobreza extrema, lo cual quiere decir que subsiste con menos de un dólar al día —poco menos de una cuarta parte del salario mínimo—.1 40% de la población padece lo que la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (abreviado como FAO en inglés) define como inseguridad alimentaria severa; esto quiere decir que los habitantes de un hogar —adultos y menores— se han ido a dormir, en más de una ocasión, sin haber comido durante todo el día. El mismo porcentaje carece de acceso directo a agua entubada, y 76% de los guerrerenses no tiene drenaje en su vivienda, aunque 95% tiene electricidad. En servicios de salud, una cuarta parte de la población está en estado de carencia, lo que el Coneval define como no estar inscrito en ningún programa público o privado para recibir servicios médicos.2 La tasa de fecundidad —el promedio de hijos que hipotéticamente tendría una mujer en edad fértil— es de 2.94, sólo por debajo de Nayarit; 41% de las mujeres en Guerrero no utiliza anticonceptivos.3 A nivel educativo también hay un rezago palpable. De los aproximadamente tres millones de guerrerenses, según el censo de 2010, poco más de un millón tiene la primaria concluida. La penetración de internet en el estado es apenas de 11% de la población.4 La historia de Guerrero va de la mano de estos índices. La pobreza, la falta de oportunidades y la corrupción gubernamental han hecho del estado uno muy volátil desde mucho tiempo atrás, y en particular durante el siglo pasado y en las primeras décadas de éste.

Una de las tradiciones más fuertes de Guerrero ha sido el gobierno de pequeñas cuadrillas de caciques que se han rotado los puestos importantes desde antes de la Revolución.

Desde 1910 y hasta la fecha, la familia más poderosa en la política del estado ha sido la de los Figueroa, asentados en Huitzuco, a 30 kilómetros de Iguala. Los hermanos Figueroa, Ambrosio, Francisco y Rómulo, fueron de los maderistas más conocidos en la zona durante el levantamiento armado en 1911; Ambrosio capturó Iguala y Francisco fue nombrado gobernador provisional en mayo de ese mismo año.5 Aunque Figueroa no cumpliría ni 12 meses antes de ser depuesto, regresaría en 1918 para ocupar el cargo hasta 1921. Rubén Figueroa Figueroa, sobrino de Francisco, sería gobernador de 1975 a 1981; su hijo, Rubén Figueroa Alcocer, de 1993 a 1996; Rubén Figueroa Smutny, hijo de este último, sería diputado local por el PRI en la legislatura 2012-2015.

En tiempos recientes, Ángel Aguirre Rivero, primero gobernador interino de 1996 a 1999 y después gobernador de 2011 a 2014, impulsó a su hijo, Ángel Aguirre Herrera, para la presidencia municipal de Acapulco. El hermano del ex gobernador Aguirre, Mateo, era su coordinador general, y su sobrino Ernesto también trabajaba para el gabinete estatal. Esto sin mencionar que Manuel Añorve, ex alcalde de Acapulco y diputado federal durante el trienio 2012-2015, es su primo segundo.

Los pocos que controlan el poder también manejan el dinero. Ernesto y Mateo Aguirre, por ejemplo, fueron arrestados el 10 de febrero de 2015 bajo la acusación de haber desviado 287 millones de pesos del presupuesto estatal a sus cuentas bancarias desde 2011 y hasta 2014.6 Esto en un estado con 70% de la población en pobreza, el segundo más alto después de Chiapas.7 Cuando Manuel Añorve fue alcalde de Acapulco también se le acusó de malversar fondos y de quebrar al ayuntamiento; en la precampaña de Aguirre Herrera en 2014 hubo varias denuncias en medios del uso de recursos estatales para la compra de electrodomésticos, supuestamente regalados a cambio de apoyo a su campaña para presidente municipal. El caso llegó al punto de que a Aguirre Herrera se le conoce como El Refri a nivel local;8 aunque después del arresto de sus familiares Aguirre desistió de la candidatura.

La corrupción de los altos mandos del estado, la represión a los movimientos sociales y la falta de resultados han sido tales que desde 1945, cuando Guerrero instauró el periodo sexenal, sólo nueve gobernadores han logrado cumplir su mandato de principio a fin. En lugar de haber sido 12 en 70 años, ha tenido 19. La presión y los movimientos sociales han sido responsables en gran parte de la renuncia de varios de ellos. Este es el caso de Raúl Caballero Aburto, el general que gobernó el estado de 1957 a 1961.

 

Caballero Aburto asumió la gubernatura el 1 de abril de 1957, en sustitución de Daniel Arrieta Mateos, un interino nombrado en 1954. Arrieta fue elegido por el Congreso cuando Alejandro Gómez Maganda, el gobernador en turno, cayó de la gracia del presidente Adolfo Ruiz Cortines, quien poco después de una visita a Guerrero ordenó al Senado desaparecer los poderes del estado. Gómez Maganda era apenas el segundo gobernador tras el paso a gubernaturas sexenales.

Desde un inicio el periodo de Caballero Aburto fue turbulento. El alcalde de Acapulco, Jorge Joseph Piedra, lo acusó de robarse 33 de los 50 millones de pesos del presupuesto estatal; Caballero Aburto respondió al día siguiente con la orden de una auditoría al gobierno de Joseph Piedra. Por esas mismas fechas los cadáveres de varios campesinos fueron encontrados en distintos puntos del estado, dos de ellos en la carretera de Acapulco-Zihuatanejo. Joseph Piedra, ex reportero con acceso a periódicos locales y nacionales, denunció que una treintena más había aparecido en fosas clandestinas —tal como sucede ahora—, aunque familiares de los desaparecidos aseguraban que eran centenares. Caballero Aburto removió de su cargo al alcalde poco tiempo después.9 Laura Castellanos, en su libro México armado, señala que el gobernador de Guerrero era visto por la sociedad como un personaje “siniestro”, como un hombre autoritario que no toleraba la disidencia. Por eso cuando el maestro normalista Genaro Vázquez formó la Asociación Cívica Guerrerense (ACG), el gobernador no dudó en tildarlos de “locos mitoteros” y en usar la fuerza bruta en contra de ellos.

Con el fin de menguar a los movimientos sociales, Caballero Aburto propuso la creación de la Universidad de Guerrero, aprobada por el Congreso local y fundada el 22 de junio de 1960. La universidad carecía de autonomía, y tanto estudiantes como profesores se manifestaron para obtenerla.

A tan sólo cuatro meses de su fundación la universidad había entrado en huelga por este motivo, así como por el hecho de que el rector recién nombrado, Alfonso Ramírez Altamirano, no contaba con título universitario, pues era egresado de la Escuela Nacional de Maestros.

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De octubre a diciembre hubo marchas en las que participaron miles de personas. Destaca en particular una del 20 de noviembre, en la que se calcularon cerca de 100 mil asistentes.10 El Ejército cerró la universidad, y representantes del Congreso federal llegaron en diciembre para tomar nota del problema. Pero era demasiado tarde: el 30 de ese mes hubo una concentración de estudiantes, maestros y sectores populares en la Alameda de Chilpancingo. Un electricista de nombre Enrique Ramírez colgó una manta que decía “muera el mal gobierno”, y la respuesta de los soldados, que custodiaban la manifestación, fue disparar a quemarropa. Ramírez murió ahí mismo, y el militar responsable huyó. La gente enfrentó a los soldados, y éstos respondieron con más balas. Al día de hoy no se sabe la cifra exacta de muertos (13, según números del gobierno, 20, según otras fuentes; entre ellos tres menores de edad y un soldado).11 Caballero cayó cinco días después, cuando el Senado declaró la desaparición de poderes en el estado por segunda vez en siete años. Con su salida los problemas sociales de la entidad no sólo no se resolvieron, sino que de hecho la respuesta gubernamental a ellos —en particular la militar— fue todavía más violenta.

Durante la década de los setenta Guerrero sería responsable de dos de las más grandes manchas en la historia del México moderno. La primera fue la creación de los llamados “vuelos de la muerte”, en los que militares bajo el mando del general Mario Arturo Acosta Chaparro subían a presos políticos a aviones y los lanzaban, vivos, desde las alturas. Al igual que en la matanza del 30 de diciembre de 1960, se desconoce el número de personas sometidas a la tortura y muerte en los vuelos; según Castellanos el número puede ir desde decenas hasta centenares.12 La segunda mancha fue el primer caso de desaparición forzada oficialmente registrado en el país, el del campesino Rosendo Radilla, un líder social que fue detenido por soldados el 25 de agosto de 1974 en el municipio de Atoyac, y cuyo paradero se desconoce hasta la fecha.13 La represión continuó hasta el fin de siglo. En los noventa, ya con la dinastía Figueroa dueña del poder, el gobierno de Guerrero se lanzó una vez más contra un movimiento popular. En esta ocasión fue la Organización Campesina de la Sierra Sur en el municipio de Aguas Blancas, el 28 de junio de 1995. Ahí policías estatales dispararon contra una multitud que entre otras cosas reclamaba los servicios básicos que hasta hoy son escasos en el estado. Según cifras oficiales, 17 personas murieron ese día. Rubén Figueroa Alcocer, entonces gobernador, se mantuvo 10 meses más en el puesto, aunque la investigación del caso lo obligó a pedir licencia. Al igual que Caballero Aburto, dejó el cargo a la mitad del sexenio. La matanza de Aguas Blancas también daría pie a la creación del Ejército Popular Revolucionario (EPR), un grupo guerrillero, y su posterior escisión, el Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI).14 Dentro de esta larga historia un grupo es el que ha destacado como antagonista y blanco del gobierno de Guerrero: los estudiantes y egresados de la Escuela Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa.

 

En Ayotzinapa los estudiantes entraron en conflicto con el gobierno estatal por la falta de dinero y mantenimiento de las instalaciones de la escuela, así como por la ausencia de oportunidades laborales al concluir la licenciatura. Esto porque —como en otros estados— el gobierno ha eliminado la creación de plazas automáticas para los maestros egresados de las normales rurales;15 también ha reducido en años recientes el presupuesto asignado a la alimentación de los estudiantes, que pasó de 35 a 17 pesos diarios por alumno en 2009.16

En respuesta, los estudiantes de Ayotzinapa han cerrado carreteras para manifestarse, tomado casetas para recaudar fondos —la práctica conocida como “boteo”— y “retenido” autobuses para sus actividades. La retención es vista de dos formas. Por un lado los normalistas dicen que firman “cartas de liberación” a los choferes, quienes están con el vehículo hasta que se devuelve días o semanas después. “Hay lo que nosotros llamamos una carta de liberación, donde se especifica ‘Normal Rural de Ayotzinapa, dirigido a la empresa tal’, se le dice ‘se retuvo los días ta ta ta, por el motivo tal, por lo que solicitamos le reembolse al chofer los gastos que hemos hecho. Por su cooperación muchas gracias’”, dice Omar García, un estudiante de la normal, miembro del Club de Orientación Política e Ideológia y sobreviviente del 26 de septiembre de 2014.17 Las compañías de transporte, en cambio, hablan de robo y de maltrato hacia su personal. Algunos choferes respaldan las acusaciones, otros dicen que es la propia compañía que los obliga a permanecer con el autobús para no ser despedidos, y que les pagan poco o nada cuando esto sucede.18

La toma de autobuses y casetas se ha convertido en práctica común, al grado de que las autoridades estatales las han tolerado por varios años. Al mismo tiempo, los alumnos de la escuela han endurecido y aumentado la frecuencia de sus marchas. El gobierno, por su parte, ha carecido de una estrategia clara para lidiar con el problema.

Un ejemplo de ello ocurrió el 12 de diciembre de 2011, cerca de una gasolinera a las afueras de Chilpancingo, cuando un grupo de cerca de 300 estudiantes llevaba a cabo una manifestación en contra del gobernador Ángel Aguirre, ya que la escuela llevaba dos meses sin director. La manifestación empezó a las 11:30 horas, y para las 11:45 los normalistas fueron cercados por policías municipales, estatales y federales, algunos vestidos de civil. Según crónicas periodísticas del día siguiente, los estudiantes traían piedras y por lo menos un par de bombas molotov.19 Tras lanzar gas lacrimógeno los policías —de distintas corporaciones y desde distintos puntos— comenzaron a disparar a la multitud. Dos de los estudiantes, Gabriel Echeverría y Jorge Herrera, recibieron tiros de precisión: Echeverría en el cuello y Herrera en el cráneo. Ambos murieron momentos después.20

En respuesta, según testigos, un grupo de normalistas se acercó a la gasolinera Eva 2, a unos metros del lugar, y lanzó un coctel molotov en contra de una de las bombas. Un despachador, Gonzalo Rivas, intentó apagar el incendio antes de que hubiera una explosión mayor. Rivas sufrió quemaduras de tercer grado y murió 23 días después en un hospital.21 Era la séptima manifestación de 2011.22

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En días posteriores los estudiantes pidieron la renuncia del gobernador Aguirre, así como una investigación independiente. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos, en una investigación presentada el 8 de enero de 2012, concluyó que la policía estatal de Guerrero incurrió en violaciones graves a los derechos humanos durante la manifestación. Entre otras cosas, intentó sembrarle un arma a uno de los normalistas muertos.23 Tiempo después también se comprobaría que tanto policías como peritos mintieron sobre lo sucedido ese día para protegerse entre sí.

A pesar de lo sucedido, y de los gritos de renuncia en contra del gobernador Aguirre, la relación entre normalistas y gobierno sólo empeoró en los años siguientes. El presupuesto no cambió de forma significativa y los estudiantes continuaron con el “boteo”, la toma de casetas y la retención de autobuses. Es por eso que se encontraban en Iguala el 26 de septiembre de 2014.

 

Esteban Illades
Periodista.

Este texto forma parte del libro La noche más triste. La desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, que la editorial Grijalbo pondrá a circular estos días.


1 Los datos siguientes, salvo que se especifique lo contrario, han sido tomados de la edición 2014 del “Informe anual sobre la situación de pobreza y rezago social” de la Secretaría de Desarrollo Social. Fecha de consulta: 14 de febrero de 2015.

2 Coneval, “Medición de la pobreza, indicadores de carencia social”. Fecha de consulta: 14 de febrero de 2015.

3 Citlali Giles Sánchez, “Guerrero, el segundo con la tasa más alta de fecundidad”, La Jornada Guerrero, 5 de julio de 2010. Fecha de consulta: 14 de febrero de 2015.

4 INEGI, “México en cifras”. Fecha de consulta: 14 de febrero de 2015.

5 Para un recuento más detallado sobre la historia de Guerrero, sugiero consultar Carlos Illades, Guerrero. Historia breve, México, Fondo de
Cultura Económica y El Colegio de México, 2011.

6 “Acusan a hermano de Aguirre de desvío de 287 mdp”, El Universal, 10 de febrero de 2015. Fecha de consulta: 15 de febrero de 2015.

7 Angélica Enciso, “En pobreza, 53.3 millones de mexicanos, informa el Coneval”, La Jornada, 30 de julio de 2013. Fecha de consulta: 15 de febrero de 2015.

8 F. Bartolomé, “Templo Mayor”, Reforma, 25 de julio de 2014. Fecha de consulta: 15 de febrero de 2015.

9 Laura Castellanos, México armado. 1943-1981, México, Era, 2008, pp. 101-164.

10 Carlos Illades, op. cit., p. 134.

11 Laura Castellanos, op. cit., p. 110.

12 Laura Castellanos, “Antes y después de Iguala”, Milenio, 27 de octubre de 2014. Fecha de consulta: 16 de febrero de 2015.

13 Corte Interamericana de Derechos Humanos, “Caso Radilla Pacheco vs. Estados Unidos Mexicanos”, 23 de noviembre de 2009. Fecha de consulta: 16 de febrero de 2015.

14 Aunque hay teorías de que el EPR fue fundado un año antes. La fecha concreta es incierta.

15 Paulina Villegas y Randal C. Archibold, “Keeping Mexico’s Revolutionary Fires Alive”, The New York Times, 2 de noviembre de 2014. Fecha de consulta: 18 de febrero de 2015.

16 Margena de la O, “Reducen presupuesto de comida a normalistas de Ayotzinapa; dan 17 pesos por estudiante”, La Jornada Guerrero, 3 de febrero de 2009. Fecha de consulta: 18 de febrero de 2015.

17 Entrevista con Omar García en Así las cosas, W Radio, 31 de octubre de 2014. Fecha de consulta: 18 de febrero de 2015.

18 The Associated Press, “México: Conductores de buses retenidos por semanas”, Animal Político, 29 de noviembre de 2014. Fecha de consulta: 18 de febrero de 2015.

19 Jesús Guerrero, “Tensa a Guerrero desalojo violento”, Reforma, 13 de diciembre de 2011. Fecha de consulta: 18 de febrero de 2015.

20 Jesús Guerrero, “Fue una locura total”, Reforma, 13 de diciembre de 2011. Fecha de consulta: 18 de febrero de 2015.

21 “Muere el empleado de una gasolinera herido tras enfrentamiento en Guerrero”, CNN México, 1 de enero de 2012. Fecha de consulta: 18 de febrero de 2015.

22 Jesús Guerrero, op. cit., nota 20.

23 “Cronología: Normalistas de Ayotzinapa”, El Universal, 24 de enero de 2012. Fecha de consulta: 18 de febrero de 2015.

Ciudad de libros

Günter Grass en México

A mediados de junio de 1962, después de 20 años de trabajar en el Fondo de Cultura Económica hasta convertirse prácticamente en el subdirector, Joaquín Díez-Canedo funda su propia casa editorial a la que bautiza como Joaquín Mortiz. Casi desde el principio se asocia con dos editores españoles de buena cepa: Víctor Seix y Carlos Barral, que se interesan por editar en México libros que la censura franquista proscribe en España, a la vez que Díez-Canedo busca apoyos para que los libros de autores mexicanos se distribuyan en aquel país. Seix y Barral compran 20% de las acciones de Mortiz y así se pone en marcha un fructífero proyecto de colaboración internacional que no ha vuelto —y quizá no volverá— a repetirse.

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Menos de un mes después, el 5 de julio, un joven escritor alemán de 35 años de edad obtiene en Francia el Premio al Mejor Libro Extranjero por una extensa novela (El tambor de hojalata) escrita en París a lo largo de tres años en los que él y su esposa (Anna Schwarz, una bailarina suiza de ballet) han enfrentado todo tipo de penurias económicas.

La novela había llamado la atención de Carlos Barral desde octubre de 1959, cuando viajó a la Feria de Frankfurt con su colega y amigo, Giulio Einaudi. La novela acababa de aparecer ese año y se hablaba mucho de ella en Alemania. Barral solicitó a Luchterhand Neuwied, editor de Grass, una opción sobre los derechos de traducción, pero después de dos años y medio de luchar infructuosamente contra la censura franquista para que el libro se imprimiera en España (no se publicará en ese país sino hasta 1978) busca una alternativa para su difusión en castellano a través de América.

Con el consentimiento de Luchterhand, Barral traspasa su contrato a la recién fundada Joaquín Mortiz, que de inmediato (El tambor es uno de los 20 primeros libros con el sello de Mortiz) encarga la traducción de la novela al catalán Carlos Gerhard Ottenwälder, político socialista de ascendencia suiza nacido en 1899 que al cabo de la guerra civil española intenta instalarse en la tierra de sus padres pero acaba asentándose en México a partir de 1945. En nuestro país Gerhard se convierte en traductor profesional y en el curso de tres décadas vierte al español numerosos artículos y más de 40 libros (obras de filosofía, economía, historia y ciencias sociales, de autores como Ernst Cassirer, Wilhelm Dilthey, Max Weber) para sellos editoriales como UTEAH, el Fondo de Cultura Económica y Siglo XXI Editores. Curiosamente, las únicas obras literarias que traduce pertenecen todas a Günter Grass —todas para Joaquín Mortiz: El tambor de hojalata (1963), El gato y el ratón (1964), Años de perro (1966) y Anestesia local (1972).

Ducho en varios idiomas (catalán, francés, inglés, alemán y español) y en diversos saberes, Carlos Gerhard era el traductor idóneo para la novela de Grass, en la que se imbrican múltiples subtramas cuyo traslado a otra lengua requiere de una amplia variedad de conocimientos así como de una singular sensibilidad en el trato con las palabras (Grass era capaz de incluir párrafos enteros de nombres de objetos o de ciudades por el solo placer que le producía la manera en que sonaban). Muchas veces se ha señalado que la versión de El tambor de Gerhard sobresale en calidad al compararla con las traducciones de Ralph Manheim, de Jean Amsler y de Enrico Filippini, al inglés, al francés y al italiano, respectivamente. También la afinidad política entre ambos hombres jugó un papel importante y me parece evidente que, además del empeño profesional con que Gerhard evitó localismos ibéricos y americanos, su esmerada traducción debe mucho a esa simpatía.

La versión de Gerhard apareció en abril de 1963, pero ya había sido concluida en diciembre de 1962, cuando la Revista de la Universidad de México publicó un extenso adelanto bajo el título “El álbum de fotos”, lo cual indica cuán rápidamente se tradujo y se realizó el proceso de edición del libro, del que se ocuparía en todo momento el propio Díez-Canedo.

Saludada en Europa como la obra que marcaba el renacimiento de la literatura en lengua alemana, la novela tuvo un éxito internacional de ventas que nadie habría podido augurar. En cinco años, sumadas sus diferentes traducciones, había vendido casi un millón de ejemplares. Parte de las razones de ese éxito se comprende mejor cuando se tienen en cuenta las ideas en que George Steiner había meditado al mismo tiempo en que Grass hacía redoblar El tambor en su pequeño departamento en París: el nazismo había convertido el alemán en una jerga corrompida y miserable. No era ya el idioma de Goethe ni de Nietzsche. Los nazis lo habían llenado de falsas metáforas que encubrían una terrible bestialización, ambiguas expresiones de la mentira y la hipocresía, y lemas cuyo ruido distorsionaba el recto sentido de las palabras. La descomposición del idioma equivalía a la muerte del espíritu, señaló Steiner en el ensayo “El milagro vacío”,1 refiriéndose con ironía a través de este último término a la asombrosa recuperación económica que la Alemania Federal conoció a partir de 1948.

Debido a la hondura, a la ironía y crudeza con que retrataba a Alemania y describía el ascenso y dominio del nazismo, la manera en que los alemanes se entregaron a él, Grass no tardó en ser considerado la conciencia histórica de su país frente a la “milagrosa amnesia” —otra vez Steiner— del pasado inmediato: ese aparente —y anhelado— olvido que pareció prevalecer en la posguerra, no sólo entre los alemanes sino también en los Estados Unidos y buena parte de Europa. (“La prosperidad es un detergente irresistible”, dice Steiner en otro excelente ensayo “The Nerve of Günter Grass”, a propósito de Años de perro.)

En México el éxito de ventas estuvo lejos de ser tan espectacular como en Europa. Pero el libro tuvo un tiraje de siete mil ejemplares, bastante inusual para el medio librero mexicano de esos tiempos —aun para el de hoy— y no tardó mucho en agotarse. Hacia 1971 encontrar un ejemplar nuevo era una rareza.

Aunque la recepción crítica no fue muy amplia, hubo notas y reseñas desde la primera hora. El comentario más importante en aquel momento (un informe de lectura en cinco páginas) lo escribió el economista e historiador Jesús Silva Herzog. Apareció en el número de octubre de 1963 de Cuadernos Americanos. Reproduzco sus primeros párrafos:

El editor asegura que en París El tambor de hojalata ha sido considerado como un documento literario insólito y atrevido, difícil de parangonar con cualquier otro de los producidos durante los últimos veinte años. Quizá ello sea mucho decir, porque en las dos décadas anteriores se han producido obras literarias que no son menores como documentos.

Günter Grass, sin embargo, da la impresión de estar al margen de esta clase de comparaciones; leyendo detenidamente su obra, el lector exigente podrá ir anotando que el novelista tiene preocupaciones propias y en armonía con las páginas que va escribiendo.

Grass se vale de los instrumentos más inesperados para erigir las estructuras de su edificio; en su construcción es válido pasar del halago al improperio, de la piedad a la monstruosidad, del dato científico al procedimiento mágico, de la creencia religiosa a la animosidad poética, de la sinceridad a la traición, de la política al circo, de la ternura a la hosquedad; como se ve, es fácil deducir el pulso temperamental de la obra, es fácil suponer que la risa puede estallar lo mismo en el silencio hipócrita de una iglesia que entre el murmullo de los rezos acongojados ante un difunto.

La novela, y la obra de Grass en su conjunto, encontró mayor resonancia entre nosotros a raíz de la visita que él hizo a México en mayo de 1966.

 

Aprovechando que Grass se encontraba desde enero en Estados Unidos como profesor visitante en la Universidad de Columbia, Joaquín Díez-Canedo lo invitó para venir a la Feria Internacional del Libro que en los años sesenta se montaba cada primera quincena de mayo en el Auditorio Nacional y promover con su presencia los dos libros que Mortiz había ya publicado (El tambor de hojalata y El gato y el ratón).

A su llegada, el 2 de mayo, Günter Grass se encontró con una agenda más o menos llena de actividades —como se verá enseguida—, y con el número de la Revista de la Universidad correspondiente a ese mes que contenía un muy buen ensayo sobre El tambor de hojalata escrito por el poeta Arturo Cantú:

En rigor, como en toda gran obra literaria, Günter Grass ha logrado en ésta convalidar sus propios y especiales criterios de realidad. La llamada y exigida “verosimilitud” de las obras de ficción tiene menos que ver con la plausibilidad real que con el establecimiento de un ámbito coherente de relaciones. Por ello, las pautas de verdad y de realidad con que intentamos juzgar la obra, al adentrarnos en ella, necesariamente han de ser sustituidas por otras. Y por ello mismo, finalmente, de tanto tener ojos para contemplar otra, la nuestra, la realidad cotidiana, resulta transformada.

La noche del martes 3 de mayo le aguarda una ceremonia muy formal en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. Uno de los amigos cercanos a Joaquín Díez-Canedo y a su editorial, el escritor español Max Aub, es el encargado de presentar a su homólogo ante colegas, lectores y curiosos, para lo cual escribe un pequeño ensayo que leerá entonces, pero sólo será publicado 35 años después, en el libro editado en 2001 por la Fundación Max Aub: Cuerpos presentes. Estos son algunos fragmentos:

Este que ven aquí, de tipo norteño y de la familia de los Coroneles —aunque tal vez le falten unos centímetros— bigotón y famoso, es, tal y como lo dicen los programas, Günter Grass, novelista, poeta y dramaturgo. No tiene todavía cuarenta años, es de la generación de Carlos Fuentes —para que aquí todos nos entendamos—. Nació en Danzig, de padre alemán y madre polaca —como saben— y allí se ha quedado tocando su tambor de hojalata, redoblando y redoblando.

Curiosa generación ésta de los novelistas nacidos en los veinte y que publican sus primeras obras importantes al final de los cincuenta: Robbe-Grillet, que nace en 1922, publica La Jalousie en 1957; Carlos Fuentes, de 1928, publica La región más transparente en 1958; Mroszek, nacido en 1929, publica El elefante en 1958 y Grass sale a la luz en 1927 y publica El tambor de hojalata en 1959.

Grass es el escritor que primero nombran cuando se quiere, o se parece querer, estar al tanto de la actual literatura alemana. Representa ese tipo de escritor del que se habla mucho, se vende bien y se lee relativamente poco —es decir de los que más influyen, lo que demuestra una manera de ser —tal vez no muy particular— de nuestro tiempo.

[…]

Tal vez dirán que hablo demasiado de política, poco de literatura y menos de Günter Grass; pero se equivocan: por lo menos para mí, y estoy seguro de que para él, todo es uno y lo mismo. La literatura es política o no es, lo que no quiere decir que sea buena; esto sólo lo determina el agua real de la muerte.

Y está bien que lo diga, en su honor, otro escritor socialista, como yo, ante ustedes que, quieran o no, representan en el mundo una república revolucionaria. El pasado es lo único que pesa.

Günter Grass, siendo un gran novelista de un país partido por la mitad, es un novelista entero, de una vez. Nos alegramos mucho de tenerlo aquí, en un país también partido por la mitad, aunque haga cuatrocientos años de ello.

[…]

Por de pronto, entre amigos, “puede vuesa merced —como dice Cervantes, que es de los suyos y de los míos— descoserse y desbuchar todo aquello que tiene dentro de su cuidado corazón, privilegio y exclusiva única del hombre libre”.

La mañana del miércoles 4 aparece en Excélsior una nota firmada por Gilberto Rod: “Grass, escritor alemán, le toma el pulso a México”. Una cuartilla y media de información general en la que destacan dos líneas: Grass manifiesta su interés por conocer Bonampak. Le interesa la arqueología.

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Por la tarde, en el pequeño puesto que la distribuidora de los libros de Joaquín Mortiz, Avándaro, tiene en el Auditorio Nacional, firma ejemplares de sus libros. Hay un registro fotográfico de ese momento, una memorable imagen en la que aparecen, en torno a un joven Günter Grass que estampa una dedicatoria, Margarita Bermúdez, José Agustín, María Luisa (La China) Mendoza, Joaquín Díez-Canedo y Gustavo Sáinz.

El jueves 5 aparece en la sección editorial de Excélsior, el único medio que le brinda atención a Grass a lo largo de su estadía, una semblanza de Grass firmada por otro escritor español socialista: el filósofo Francisco Carmona Nenclares, quien muestra conocer bien la trayectoria del narrador alemán. Quizás le habrá entregado en propia mano un ejemplar de la edición de ese día Enrique Loubet, periodista de Excélsior, quien lo entrevista mientras Grass desayuna en el hotel donde se aloja (el María Isabel), minutos antes de partir rumbo a Teotihuacán. Grass le cuenta a Loubet que ha leído a Octavio Paz, a Julio Cortázar y a Miguel Ángel Asturias.

En la tarde habla sobre los escritores alemanes contemporáneos en la Biblioteca Isidro Fabela, en San Ángel.

El viernes 6 de mayo aparece la entrevista con Loubet y en el mismo diario una inserción anuncia que a las siete de la noche Grass volverá al Palacio de Bellas Artes para leer en la Sala Ponce fragmentos de sus obras cuya traducción al español leerá inmediatamente después Carlos Pellicer.

Al día siguiente el mismo Pellicer y Francisco Monterde, presidentes de la Asociación de Escritores de México y del Centro Mexicano de Escritores, ofrecen un coctel en honor de Grass en las instalaciones del Club de Periodistas, en Filomeno Mata número 8. (René Avilés Fabila hará el relato satírico de ese coctel en media decena de páginas de su primer libro: Los juegos, publicado en noviembre de 1967.)

Acaso el domingo, antes de partir, Grass habrá alcanzado a mirar que una joven escritora y traductora mexicana, Rosa María Phillips, había publicado un breve y bien informado ensayo sobre su obra en el Diorama de Excélsior, el suplemento cultural de ese diario. Es obvio, por lo que ella dice, que lo escribió para saludar la llegada del escritor alemán, y que ya no alcanzaron a incluirlo en la edición anterior.

Una semana después de la partida de Grass aún se registran ecos de su visita.

Vicente Leñero publica una nota en El Heraldo de México, el 15 de mayo de 1966: “El tambor de hojalata. Günter Grass en México”. Pese a que no se trata de una nota precisamente breve, no puedo resistir la tentación de reproducirla de manera íntegra aquí:

Günter Grass estuvo en México y se fue. Se fue hace ocho días. Durante su breve estancia en la ciudad leyó páginas de El tambor en Bellas Artes, concedió entrevistas (“Es bueno quizá, para empezar un libro, estar enojado. Yo necesito estarlo con algo, pero a medida que avanzo viene la calma. Si estoy feliz, no veo razón para escribir un libro”), fue homenajeado con un coctel en la Asociación de Escritores de Mexico y firmó ejemplares de sus novelas en la Feria del Libro.

Alguien ajeno a la literatura oyó hablar de él y me preguntó: Oye, ¿quién es Günter Grass? Para responderle habría bastado con una sola frase (Günter Grass es el autor de El tambor de hojalata, una de las novelas más importantes en lo que va de esta segunda mitad del siglo veinte) si esta frase no fuera el folklórìco lugar común que suelen exclamar nuestros críticos para terminar pronto.

Intento otra: junto con Heinrich Böll, Gisela Elsner, Uwe Johnson y otros escritores alemanes que desgraciadamente no he leído, Grass pertenece a una positiva generación de novelistas germanos quienes al trazarnos el panorama de su Alemania en crisis nos ayudan a comprender mejor el semblante de nuestro tiempo.

Pero también ésa suena a frase de crítico mexicano. No sirve. Mejor hablar de la trama, del contenido de El tambor diciendo que es una novela cuyo protagonista, Oscar Matzerath (la primera persona narrativa), es un ser privilegiado: a la edad de tres años decide no crecer más. Convertido en una especie de gnomo, preso dentro de un manicomio, dotado de una voz cuyo chillido triza toda clase de vidrios, y dueño de un tambor que utiliza como medio de expresión, cuenta una historia: los últimos cincuenta años de la historia de Alemania. Oscar los observa y transcurre en ellos permitiendo al autor (escondido siempre detrás de Oscar) enjuiciar desde un punto de vista insólito la sociedad de su tiempo. En ese juicio todo cabe: desde la ironía hasta la blasfemia, desde la burla amarga hasta la nostalgia y la ternura poética con que Oscar confronta la realidad con la fantasía quijotesca de su mundo interior.

No. Tampoco sirve esta definición de la novela de Grass. La solapa de la traducción castellana editada por Joaquín Mortiz (me la estoy “fusilando”) dice algo semejante y lo dice mejor.

Diré entonces que cuando compré el libro me asusté de sus 623 páginas impresas en letra pequeñita (42 líneas en cada página). Con el miedo a no terminar nunca pero aceptando el reto que significa para todo lector una novela voluminosa, inicié la lectura poco a poquito, titubeante, a pesar de que me habían dicho que se trataba de una novela sensacional: quizá por eso mismo.

Me encontré en las primeras páginas con que Grass narraba sin alardes efectistas, sin saltos para atrás y para adelante, obedeciendo un orden cronológico y con una riqueza inventiva de situaciones y más situaciones, que me deslizaban hacia ese universo novelístico que no exigía ninguna clase de pasaporte especial: era generosamente habitable.

Oscar me hablaba de sus antepasados y me contaba anécdotas graciosísimas sobre su voz vitricida. Me contaba y me contaba cosas como si la imaginación de Grass no tuviera freno ni límite, y como si el novelista no desconociera ningún secreto del carácter y la biografía de sus numerosos personajes. Al final de la primera parte el mundo de Oscar conformaba ya un auténtico mundo novelístico. La política, la religión, la sociología, la psicología, pasaban lista de presente integradas a la vida de los personajes, no impuestas desde fuera por el autor. Lo mismo los pasajes más realistas y lógicos, que las situaciones más fantásticas o ingeniosamente absurdas, propias de una fábula, se hallaban integradas con una congruencia absoluta.

En El tambor de hojalata ocurrían acontecimientos, muchos acontecimientos, y yo los devoraba feliz, atrapado en el universo de Grass, dentro de él, deseoso de que el libro no terminara nunca. En ocasiones, por lo que respecta a su estilo y a su estructura, Grass me parecía tremendamente tradicional; otras, un novelista muy actual que no desconoce nada de las nuevas técnicas narrativas. Grass era siempre Grass contándome la historia de Oscar y su tambor.

Pero el libro termina (también termina El Quijote) y entonces sólo queda el consuelo de volver a sus páginas de cuando en cuando para releer capítulos como los de Maria y el polvo efervescente, como El camino de las hormigas o El bodegón de las cebollas.  

En una palabra (y como diría uno de nuestros críticos para acabar pronto) El tambor de hojalata es una novela extraordinaria (nuevamente el lugar común; ni modo) y Günter Grass un escritor contemporáneo de obligada lectura.

De esa visita de 1966 quedaría un testimonio muy importante que no se conocería sino seis años después, cuando Gustavo Sáinz decidió publicarlo: la conversación que sostuvo con Günter Grass justo después de la firma de libros realizada aquella tarde del 4 de mayo en el marco de Feria en el Auditorio Nacional. Sáinz la dio a la estampa en febrero de 1972, en el tercero y último números de la revista Eclipse, cuya fugaz existencia debe agradecerse a la censura que se ejercía en aquellos años desde la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas de la Secretaría de Gobernación, gracias a la cual también desaparecieron La Garrapata, Caballero y Piedra Rodante, entre otras.

Eclipse: ¿Cómo llegó Oscar Matzerath, el enano de El tambor de hojalata que se negaba a crecer y que con su instrumento dejaba escapar su burla anarquista sobre una Europa convulsionada por la guerra, a participar en la campaña del Partido Demócrata Socialista de 1971? ¿Cómo llegó, en pocas palabras, a participar en la democracia burguesa?

Günter Grass: En primer lugar yo no soy Oscar Matzerath, soy todo el libro. El tambor de hojalata soy yo, incluyendo a los personajes secundarios, en las novelas escritas en primera persona se tiende a confundir al autor con el héroe.

No veo ninguna contradicción entre Oscar Matzerath y mis opciones políticas actuales. […] Soy descendiente lejano pero directo del Siglo de las Luces, un heredero de Leibnitz y Lichtenberg; de los franceses Diderot, D’Alambert. Un escritor que escribe sobre la política, sobre la sociedad…

Grass volvería a México en 1981, invitado por el Instituto Michoacano de Cultura, con el apoyo del Instituto Goethe, para participar en el Primer Festival Internacional de Poesía de Morelia, convocado por Homero Aridjis.

El festival se realizó del 17 al 23 de agosto, con la presencia de medio centenar de poetas mexicanos y extranjeros. Entre estos últimos destacaban particularmente el propio Grass, Vasko Popa, Tomas Tranströmer, Seamus Heaney, Cintio Vitier, Kazuko Shiraishi, Joao Cabral de Melo Neto, W. S. Merwin, André du Bouchet, Eugenio de Andrade y Carlos Barral, por nombrar sólo a unos cuantos, parte de los cuales viajaría también a la ciudad de México para participar en la llamada “Noche Internacional de Poesía”, el lunes 24 de agosto, en la que también intervino Jorge Luis Borges, que en esa precisa fecha cumplía 82 años de edad.

En Michoacán Günter Grass viajó con el grupo de poetas a Pátzcuaro, a Zirahuén y a Santa Clara del Cobre, y tuvo abundantes oportunidades de convivir y conversar con sus colegas extranjeros y mexicanos. (Elena Poniatowska cuenta que en esos días Grass se enamoró de la poeta Verónica Volkow, quien poco después escribiría una reseña bibliográfica sobre la entonces más reciente novela del germano: El encuentro en Telgte.)

En el marco de esa visita Danubio Torres Fierro logró una excelente entrevista con el escritor alemán —publicada, como la nota de Volkow, en el número de octubre de ese año de la Revista de la Universidad—, en la que éste expone con toda claridad su posición política personal y sus ideas sobre las relaciones entre los escritores y la política.

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En el curso del Festival de Poesía Grass leyó una docena de poemas, y tuvo la oportunidad de mostrar esa faceta de su trabajo literario, prácticamente desconocida entre nosotros hasta entonces, y que es el sustrato esencial de toda su obra. Vale la pena recordar aquí uno de esos poemas:

Sobre qué escribo

Sobre el comer, el regusto.
Después, sobre huéspedes no invitados
o llegados con un siglo de retraso.
Sobre la sed de limón exprimido de la caballa.
Más que sobre cualquier otro pez, escribo sobre el rodaballo.

Escribo sobre la abundancia.
Sobre el ayuno y por qué lo inventaron los comilones.
Sobre el valor nutritivo de las migajas de la mesa del rico.
Sobre la grasa y las heces y la escasez y la sal.
Describiré doctamente
—en medio de una montaña de mijo—
cómo la mente se volvió biliosa
y el estómago demente.

Escribo sobre los pechos.
Escribiré, mientras dure,
sobre Ilsebill embarazada (su antojo de pepinillos).
Sobre el último bocado compartido,
la hora pasada con el amigo
comiendo pan, queso, vino y nueces.
(Hablamos con delectación de lo divino y lo humano
 y también del engullir, que no es más que miedo).

Escribo sobre el hambre, sobre la forma en que fue descrita
y por escrito propagada.
Escribiré, mientras voy a Calcuta
sobre las especias (cuando Vasco y yo
hicimos bajar el precio de la pimienta).

Carne: cruda y cocida,
se ablanda, se deshebra, se contrae o se deshace.
Las gachas nuestras de cada día
y demás cosas premasticadas: fechas históricas,
las carnicerías de Tannenberg-Wittstock-Kolin
y todo lo que queda luego:
huesos, pellejos, tripas, salchichas.

Sobre el asco ante el plato lleno,
sobre el buen sabor,
sobre la leche (y cómo se cuaja),
sobre el nabo, la col y el triunfo de la papa
escribiré mañana
o cuando los restos de ayer
sean fósiles de hoy.

Sobre qué escribo: sobre el huevo.
Frustraciones y grasas, amor que devora, soga y clavo.
Disputas por un pelo y por la palabra caída en la sopa.
Sobre el congelador y lo que pasó
cuando se fue la corriente.
Escribiré sobre todos nosotros
sentados ante platos ya vacíos
y también sobre ti y sobre mí, y sobre la espina en la garganta.

 

La tercera y última vez que Günter Grass visitó México fue en la tercera semana de marzo de 1993. La editorial Alfaguara y el Instituto Goethe hicieron posible que viniera a nuestro país para presentar su octava novela, Malos presagios. Faltaban todavía seis, casi siete años, para el otorgamiento del Premio Nobel, pero era ya un escritor muy reconocido —así fuera de oídas—, que había polemizado con muchos de sus colegas de Europa, de Estados Unidos y de América Latina, y con muchos de sus compatriotas involucrados en la política. Su brillantez y franqueza atraían los reflectores. Acompañado por Juan Villoro, quien habló sobre la obra de Grass, y por Sealtiel Alatriste, entonces director de Alfaguara, Grass leyó en alemán el cuarto capítulo de Malos presagios en el auditorio Justo Sierra, y Alatriste leyó la traducción al español. Enseguida el novelista respondió a las preguntas de los estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, quienes le aplaudieron a rabiar.

Venía de Cuba, y justamente aquí, el 15 de marzo, dijo ante los medios de difusión masiva que México y América Latina en conjunto deberían presionar a Estados Unidos para que ese país levantara el bloqueo que le había impuesto a esa isla, “doblemente deprimida” a raíz del bloqueo y de su prolongada dependencia de la antigua Europa socialista.

Cuba —subrayó Grass— tiene un sistema de salud que creo que difícilmente encuentre parangón entre los países del Tecer Mundo. Lo mismo se aplica al sistema de educación. Yo creo que, con toda la crítica —necesaria— que se le puede plantear a Cuba, todos esos logros merecen respeto. Por eso considero necesario que México y las naciones latinoamericanas en general ejerzan presión sobre Estados Unidos para que por fin se dé por terminado el bloqueo.

 

Grass añadió que Occidente sólo ofrecía como alternativas el capitalismo y la más bien mediocre ideología de mercado.

Probablemente la actividad más interesante para el propio Grass durante su estadía en México fue la larga conversación que sostuvo con Juan Villoro en la sede del Instituto Goethe, en la colonia Roma. Villoro, cuya primera novela, El disparo de Argón, algo le debe a El tambor de hojalata, es uno de los lectores (no sólo entre los mexicanos) que mejor conocen la obra del polígrafo alemán, y para éste debe haber sido estupendo tener un interlocutor tan familiarizado con su obra y tan enterado de su contexto. Extraigo un par de fragmentos de ese diálogo:

Su pesimismo parece haberse acentuado en los últimos años.

—Los hombres de mi generación creímos que en 1945 habíamos tocado fondo. A los 17 años conocí la muerte y supe que era un sobreviviente por casualidad. Mi situación era mucho más difícil que la que puede tener un joven de ahora. Vivíamos entre escombros, sin comida, pero al mismo tiempo había una sensación renovadora: podíamos empezar de nuevo. La divisa era “no es posible caer más abajo”. Con el tiempo esta esperanza se fue disolviendo. El 68 fue el último año en que pareció posible cambiar las cosas. Ahora la catástrofe se ha vuelto tan compleja que desafía las nociones canónicas de “esperanza” y “desesperación”.

Sin embargo, hace pocos años, en su epistolario con el escritor checo Pavel Kohout, sostuvo que aún era posible creer en la noción de esperanza, entendida como un mejoramiento progresivo, poco espectacular pero consistente, de las condiciones de vida en las dos Europas.

—Ahora el mundo ya no puede ser medido en esos términos. En mis viajes por Asia, y en especial en los seis meses que pasé en Calcuta, he aprendido que la gente que por tercera generación vive en los arrabales está totalmente al margen de la categoría europea de “esperanza”. Ellos simplemente sobreviven, no pueden darse el lujo de planear ni de esperar. Dedican toda su energía —con resultados a veces portentosos— a inventarse una forma de vida. La paradoja es que las catástrofes globales que se nos avecinan (pienso sobre todo en los problemas ecológicos) serán mejor resistidas por la gente de las ciudades perdidas del Tercer Mundo. Es la única entrenada para la catástrofe. En Malos presagios, de un modo algo sarcástico, la única solución positiva llega gracias a un bengalí que crea un sistema de bicicletas para las congestionadas ciudades europeas. Por cierto que aquí en el Zócalo ya vi esas bicicletas de alquiler.

“Günter Grass —diría Villoro tiempo después— es un autor al que he seguido durante muchos años y que en muchos sentidos me parece un modelo de escritor. Me parecía importantísimo conocerlo; con él se estableció una relación muy buena a partir de esta entrevista. Es un hombre muy cálido, enormemente vital, muy simpático, realmente fue una experiencia maravillosa haberlo entrevistado”.2

Durante esos mismos días Grass también le concedió una entrevista a Gerardo Ochoa Sandy, entonces reportero de Proceso. En las líneas introductorias Ochoa Sandy le recordó al lector que Grass había conocido a Rulfo en México en 1981, y que en 1982 habían leído juntos en Alemania (Rulfo, fragmentos de El tambor de hojalata, y Grass, tres de los cuentos de El llano en llamas).3

Juan Villoro, que fue testigo de aquel encuentro, contó la escena así:

En 1982 Grass acompañó a Juan Rulfo en el Festival Horizonte de Berlín en la lectura de El llano en llamas. Su llegada recibió silbidos dispersos. Por aquel tiempo, había decidido afiliarse al Partido Socialdemócrata para combatir desde dentro la política armamentista de Helmut Schmidt. De manera típica, el hombre que no juzgó necesario militar en el SPD cuando apoyaba la Ostpolitik de Brandt, sacó su carnet para denostar con confianza a Schmidt.

En el Festival Horizonte la tensión cobró un rumbo inesperado cuando Rulfo anunció que había perdido sus anteojos. Grass le prestó los suyos. Por un milagro de la óptica, ambos usaban la misma graduación: “¡Al fin voy a poder leer con los ojos de Günter Grass!”. La gente aplaudió la salida de Rulfo y, a través de él, rindió tributo a un novelista demasiado provocador para suscitar ovaciones irrestrictas.

En la conversación con Ochoa Sandy, Grass reiteró su admiración por Rulfo (“A Juan Rulfo lo admiro muchísimo. Lo venero”), hizo algunos comentarios sobre sus novelas más recientes (Malos presagios, El rodaballo y La ratesa) y habló de sus hábitos como escritor. Antes de concluir, Ochoa Sandy le pidió que hablara de sus dos viajes anteriores a México. Quizá porque había venido a traernos Malos presagios, respondió:

La primera vez yo era muy joven. La ciudad de México era grande y encantadora. Transparente: podía abarcarse con la mirada. La ciudad de México tenía todas las posibilidades, si recibía un trato cuidadoso, de ser la París de América Latina.

Desafortunadamente todo eso se perdió. Empezó a crecer de tal manera que… Estuve medio año en Calcuta, y algunas zonas, incluso aquí del Centro de la ciudad [Grass estaba alojado en el Gran Hotel de la Ciudad de México], me hacen recordar esa visión de desmoronamiento de la infraestructura de una ciudad. Calcuta es una ciudad que los ingleses planearon para un millón de habitantes. Ahora viven en ella entre 13 y 15 millones. Creo que la infraestructura de la ciudad de México tampoco fue planeada para 10 o 12 millones de habitantes. Existe el peligro de que haya un colapso.

 

Günter Grass dejó una serie de diarios inéditos sobre cuya publicación habrán de decidir sus herederos. Acaso al recorrerlos asomará alguna página relativa a México o a escritores mexicanos. Hasta donde se sabe, su secretaria ya había pasado en limpio sus diarios hasta 1995, y su plan era publicarlos.

Sería especialmente interesante saber si él, que era tan cuidadoso en lo que se refería a la traducción de sus obras a otros idiomas, desarrolló un vínculo amistoso con Carlos Gerhard, su estupendo traductor “mexicano”, muerto en 1976. Y si finalmente conocería los templos de Bonampak, cuyas pinturas le habían fascinado cuando las vio en fotografías. El tiempo dirá.

 

Rafael Vargas
Poeta y traductor.

Ciudad de libros

Mi caso Rimbaud

Pierre Michon estableció una condena justa: cualquiera que escriba sobre Rimbaud se convierte en Théodore de Banville; se pone, automáticamente, un gorro de seda y se sienta ante su escritorio de poeta. Una vez ahí, ya no hay modo de evitarlo, ni el silencio ni la abstención; el gorro y el escritorio son permanentes. Uno está adentro: Rimbaud, afuera. Y a la hora de la hora, aun el más transgresor busca, en el fondo, la bendición de los numerosos Banville; incluso Rimbaud en un principio: “Querido señor y maestro: Tengo 18 años… Adoraré siempre los versos de Banville”. La declinó cuando iba a ser un hecho, cuando se percató de que el ingreso en el reino de los parnasianos significaba no sólo comulgar con los versos perfectos, sino también con las personas y las ceremonias. Ahí se impuso la fatalidad de su carácter o el sucio realismo de su poética, por encima de la conveniencia. Rimbaud le dio la espalda a Banville y rechazó el boleto de entrada, aunque no el dinero que le consiguió el maestro. El cenáculo de la Poesía lo tenía sin cuidado, la vida del espíritu lo tenía sin cuidado, las convenciones literarias lo tenían sin cuidado. Antes de hacerse respetable —en definitiva, una de sus metas— debía fabricar las visiones y representar el desarreglo razonado de los sentidos; dejarnos a todos los súbditos de Banville un ejemplo de obras maestras despilfarradas, para que cualquier pretensión de arraigo revelara el veneno de la quietud.

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Extrañamente, uno lee a Rimbaud y siente la necesidad de disculparse: por lo que uno cree saber, por la faramalla de la vida interior, por el clasicismo sedentario y acartonado. Su mito carcome cualquier intento de rebeldía. ¿Quién se va a atrever de veras? Quizá durante algunos años juveniles uno irrumpa en los recintos oficiales de la poesía para echarle en cara sus últimos errores, rendiciones o crímenes; uno grite “así ya no se debe escribir” mientras leen los mayores, y se lance iracundo a la calle porque también sentó a la Belleza en sus piernas, según dicta la tradición, y percibió el pliegue más reciente en sus ropajes y se dijo: “ahí está la poesía del porvenir”. Pero a la larga el peso de los numerosos Banville hace de las suyas: ¿qué cincuentón o qué cincuentona no venera a los jóvenes, y más si son procaces? Empieza entonces la seducción de la rebeldía, el dramatismo de las poses y al cabo la tan temida invitación cordial a participar. De repente uno ya está adentro, rodeado de interlocutores dispuestos a dirimir la polémica con “ciencia y paciencia”, a honrar las ideas por lo mucho que se asemejan cuando uno decide tomar en cuenta las ajenas. Se impone el diálogo y, en un próximo acontecimiento social o literario, el Banville de ese avatar presenta a su joven rebelde y declara, sucintamente, que es una voz muy novedosa. Y la voz lee y agradece la ocasión. “Qué tranquilidad en usted entonces, qué fuerza, qué lujo de futuro: es que usted no es Arthur Rimbaud”.

Uno lo reconoce con melancolía, sin dejar de escribir los poemas, de pensar que son fundamentales cuando uno se los recita a sí mismo, y fragmentos incómodos, disonantes, cuando los roza la intemperie y todo se arruina hasta la vez siguiente. Si lo que está mal es la poesía, como declara Michon desde la velocidad lírica de su prosa, ¿qué continuamos haciendo? Cultivando un derecho individual, supongo. Radicalizando extremos hasta que se parezcan. Rimbaud le dio la vuelta al monumento entero y se fue de viaje. “Todo visto… Rumor de ciudades en la noche y en el sol y siempre”. La leyenda nos permite jalar los hilos y propagar su especie. Puede morir la poesía indefinidamente y, por eso, no morir nunca. Tras el luminoso desastre, Rimbaud no volteó para ver si quedaba algo, pues él ya había sido todo, hasta escritor de obras maestras. Ahora quería enriquecerse. Y de poeta absolutamente fuera de alcance pasó a ser un comerciante mediano. Lo cual habría sido una solución: un Rimbaud viejo, casado y con familia; un Rimbaud convertido en Banville al primer asomo de los admiradores que le escribieran: “Querido maestro…”. 

Pero la solución no duró. En África, en Harar, Rimbaud fue un eficaz hombre de negocios. Vendió armas hasta que se lo prohibió su propio gobierno; se dedicó a la exportación y a la importación; a medrar con las colonias y las tribus; se hizo experto en la zona; preparó expediciones e, incluso, realizó descubrimientos geográficos. Sin embargo, le cayó encima otro destino más: el del moribundo. Y si a uno le diera por meter cualquier cabo suelto en el casillero de la literatura, podría sugerir que Rimbaud logró esquivar así la “bobería poética”, el gorro de seda y el escritorio que ya lo estaban esperando en Francia, junto con los hombres de letras y algunos lectores. Habría sido injusto. Al final, Rimbaud sólo quiso regresar al desierto.   

Uno asume el Banville que le toca. El mío es un peluche y un guiñapo. A veces interfiere la seda con el escritorio y el gato de la luz se enreda con su fantasma. Estos trozos de historia han sucedido tantas veces que, por superstición, vuelvo a contarlos para que sigan sucediendo. No escribo: sólo divago o a veces imagino. Espero que eso me haga menos culpable.

 

Tedi López Mills

Poeta y narradora. Su más reciente libro de poesía es Amigo del perro cojo; además ha publicado dos de prosa: La noche en blanco de Mallarmé y Libro de las explicaciones. Pertenece actualmente al SNCA.

Prólogo al libro que prepara la autora, una especie de políptico que incluye una descripción de los episodios de la vida de Rimbaud, un largo ensayo, la traducción de las Iluminaciones y una serie de Apócrifos a partir de frases tomadas de las Iluminaciones.

Ciudad de libros

Evocación de José Trigo

Era.

Era un libro.

Era un pequeño libro de colores blanco y mostaza con tipografía en negro y el grabado de un viejo ferrocarril en la portada. Tenía cuántas páginas. Quinientas treinta y seis páginas tenía ese pequeño tabique. Cuento sus hojas y cuento sus capítulos: nueve primero, en orden ascendente; luego el puente; y nueve después, en descenso. Como quien sube y baja una pirámide, o como quien camina por los ahora perdidos campamentos ferrocarrileros de Nonoalco-Tlatelolco, empezando por el oeste, cruza (cruzaba, aunque sigue ahí) el puente por abajo y sigue (seguía, pues el paisaje ha cambiado) hacia el este en busca de José Trigo.

Cuento los años y las cosas. Cuento que un día, a finales de los cincuenta, el joven escritor Fernando del Paso observó desde el autobús a un tipo alto, de cabello encarrujado y entrecano, que cargaba en el hombro un ataúd blanco; y a una mujer embarazada que lo seguía e iba recolectando girasoles silvestres. Se bajó del autobús este muchacho, de poco más de veinte años de edad, y se adentró con ellos, con el hombre del féretro blanco y la dama preñada, en los campamentos ferrocarrileros de Nonoalco-Tlatelolco, que descubrió esa vez. Los siguió mentalmente, además, por varias jornadas, mientras redactaba un cuento sobre ellos; y por semanas, después, cuando el cuento se convirtió en nouvelle; y por años, siete para ser precisos, cuando la nouvelle amplió sus páginas y sus horizontes y aparecieron otros personajes y otros sucesos, como el movimiento ferrocarrilero, con Valentín Campa y Demetrio Vallejo a la cabeza, que encarnan novelísticamente en el líder Luciano. Y apareció en el pasado de los personajes la guerra cristera, y Fernando del Paso construyó en su casa un pequeño volcán de Colima con papel periódico y engrudo, y con soldaditos de plomo diseñó estrategias bélicas y vivió verdaderas batallas entre cristeros y militares, que luego llevó al papel, a la novela, esa primera novela que fue por más de un lustro motivo de sus desvelos.

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Había publicado un cuento, “El estudiante y la reina”, en la revista La palabra y el hombre de la Universidad Veracruzana; y había escrito otro, “La cama de piedra”, que viajó a Colombia para aparecer en El Espectador o El Tiempo, diarios de la ciudad de Bogotá. O desaparecer, si queremos ser precisos, pues poco o nada se sabe de ese texto. Y había publicado un libro de versos, Sonetos de lo diario, en la colección Cuadernos del Unicornio de Juan José Arreola. Contaba, entre sus lecturas, con el Ulises de James Joyce, claro, en la traducción de Salas Subirat editada por Rueda. Y con Luz de agosto, de William Faulkner. Y leyó además en esa década, fascinado, en primeras ediciones, El llano en llamas y Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y en sus recorridos por los campamentos ferrocarrileros pudo haberse encontrado al mismísimo Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno cruzando el Puente de Nonoalco o arriba de un vagón para captar una panorámica, pues en 1956 Rulfo se interesó por andar por esos ámbitos con su cámara réflex. Dice Raquel Tibol que Rulfo visitó a su amigo José Luis Martínez, entonces funcionario de los Ferrocarriles Nacionales de México, y le pidió apoyo para fotografiar los patios ferroviarios de la ciudad de México. Y así lo hizo.

Es curioso: en su narrativa (y con vocación de veterano alpinista), Juan Rulfo se detuvo en donde otros podían seguir avanzando ya sin su ayuda. Como han señalado Víctor Jiménez y Alberto Vital, del relato “Paso del Norte” (una suerte de fantasma de El llano en llamas, que iba y venía entre una edición y otra) elimina Rulfo las líneas que se referían a la ciudad de México y específicamente a Nonoalco, como para no entrometerse en una parcela que otros podrían cultivar en el futuro, o dejando el paso libre a un Del Paso jovencísimo al que aún no conocía, pero al que pudo haber retratado cuando el chico, artista casi adolescente, siguió al hombre de cabello encarrujado y entrecano y a la mujer embarazada que recogía girasoles. Lo que Rulfo quita de “Paso del Norte” es lo siguiente:

—Oye, dicen que por Nonoalco necesitan gente pa la descarga de los trenes.

—¿Y pagan?

—Claro, a dos pesos la arroba.

—¿De serio? Ayer descargué como una tonelada de plátanos detrás de la Mercé y me dieron lo que comí. Resultó con que los había robado y no me pagaron nada y hasta me cusiliaron a los gendarmes.

—Los ferrocarriles son serios. Es otra cosa. Ahí verás y te arriesgas.

—¡Pero cómo no!

—Mañana te espero.

Y sí, bajamos mercancía de los trenes de la mañana a la noche y todavía nos sobró tarea pa otro día. Nos pagaron. Yo conté el dinero. Sesenta y cuatro pesos. Si todos los días fueran así.

Y el que da y quita, aunque esa transacción literaria haya sido inconsciente, con Del Paso se desquita. ¿Hablarían Juan Rulfo y Fernando del Paso de los campamentos ferrocarrileros en 1965, cuando uno era tutor del otro en el Centro Mexicano de Escritores? ¿Sabría Del Paso de esas tomas rulfianas realizadas en 1956? ¿Le contaría de ellas el maestro al alumno en sus diálogos en la cafetería del hospital Dalinde, que frecuentaban no por estar enfermos o ser médicos (o cosa por el estilo), sino por ser un sitio tranquilo?

El que revise ahora el libro En los ferrocarriles (UNAM/Fundación Juan Rulfo/REM, 2015), de Juan Rulfo, abordará, en un tren distinto, digamos, el universo de José Trigo. Es, en cierto modo, como encontrarse con la novela de Fernando del Paso vuelta imagen. Y esta impresión la corrobora la nueva portada de José Trigo, en edición del Fondo de Cultura Económica (nueva pero nuevecita, salidita del horno), en donde el novelista gráfico Édgar Clement trabaja, en la parte de arriba, con la imagen del hombre que carga el féretro y es seguido por la mujer de los girasoles; y recrea, abajo, una fotografía del Puente de Nonoalco tomada por Juan Rulfo, nos dicen, desde la esquina del Club de Billares El Mirador.

En ese viaje del campo a la ciudad el “Pedro” se vuelve “José” y el “Páramo” se transforma en “Trigo”: hay pastiches rulfianos en los capítulos número cuatro de la novela. Primero en el del Oeste, aquel que dice: “Eduviges vivía en un pueblo en donde se usaba mucho la pobreza”; y luego, en el Este, con aquello de: “Turbulenta lentamente se fue acaronchando el cielo”. Rulfo y Comala están ahí, como están Joyce y Dublín o Faulkner y Yoknapatawpha. Porque la originalidad, ha dicho Fernando del Paso alguna vez, es la suma de muchas voces que al mezclarse resultan irreconocibles. Es lo que habita en José Trigo.

Porque todo esto, y esto es un decir, fue mi evocación de José Trigo. Vi ahí todo y a todos. Vi a Luciano y María Patrocinio, Manuel Ángel y Eduviges, al viejo Todos los Santos y la anciana Buenaventura. Vi a los guardacruceros de las calles de Fresno, Naranjo y Ciprés, y a don Pedro, el carpintero de la Calle del Pino.

Todos bajo el cielo.
Y sobre la tierra,
       todo.

 

Alejandro Toledo
Es coautor del volumen Literatura de la historia ilustrada de México que coordina Enrique Florescano; y autor de Universo Francisco Tario.

Ciudad de libros

La verdadera historia de la ciudad de México

Mucho se ha escrito sobre la ciudad de México, pero poco se había escrito, hasta donde alcanzan mis luces, un libro tan extenso, tan documentado, tan noticioso sobre el pasado glorioso, hélas! desaparecido, de nuestra ciudad. Siempre he admirado la acuciosidad y el rigor con que investiga María José Rodilla, su sentido del humor, su capacidad de despertar el interés del lector y su inteligencia para indagar en aquellos rincones de la realidad que por lo general se descuidan y se pasan por alto. Debo agregar que en general soy parca en elogios, pero esta vez me deshago en ellos y la felicito y los invito masivamente a leer Aquestas son de México las señas. La capital de la Nueva España según los cronistas, poetas y viajeros (siglos XVI al XVIII), México, Iberoamericana/UAM-I, 2014.  y a utilizar como libro de cabecera este bello ensayo.

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María José es extremeña, de la tierra donde nació Cortés, y es mexicana por elección y por amor, como ella misma dice en su nota introductoria:

En mis años universitarios en la Vieja España contemplé desde un balcón muchas veces las torres de los descendientes de la hija de Moctezuma, Tecuichpo, bautizada Isabel, y de su quinto marido —la felicitamos— el conquistador Juan Cano. La torre se yergue orgullosa como símbolo de mestizaje junto al Arco de la Estrella, puerta de entrada principal a la ciudad monumental de Cáceres, a cuyo nombre, sentada en las escaleras que dividen el casco de la vieja Plaza Mayor, soñé acaso con escribir sobre la otra ciudad que albergaba las majestuosas casas del admirado y temido rey Moctezuma. Durante varios años viví en la calle Moctezuma en Coyoacán y cuando redactaba estas líneas quiso el azar que viviera en un piso de Madrid dentro de un remodelado palacio de 1679, que a principios del XIX perteneció al conde de Moctezuma, señor de la provincia de Tula en la Nueva España, un grande de España y letrado, que fue patrono del colegio mayor de San Ildefonso, Alcalá de Henares […]

El azar juntaba las piezas para que esa investigación —exhaustiva agregaría yo— se fuera creando y yo sentía que tantas casualidades no eran más que buenos augurios para comenzarla.

Ensayo en verdad iniciado con buenos augurios y mejor terminación. Pero basta de elogios y entremos en materia.

Los cronistas de Indias, ampliamente consultados aquí, son una fuente fundamental e ineludible para ir separando capa a capa lo que María José llama palimpsesto textual y efectivo en la realidad de entonces, ese lento o acelerado proceso que fue encubriendo a la antigua ciudad indígena, ciudad lacustre, de la cual sabemos sólo lo que a través de los ojos y la pluma de los conquistadores y también de los misioneros cronistas y los cronistas indígenas nos fue dado conocer a través de su pluma.

Ya decía Oscar Wilde que siempre matamos lo que amamos y, evidentemente, Cortés amaba la ciudad que destruyó y reconstruyó en la escritura de una de sus Cartas de Relación,  pues como he afirmado en otra parte:

Significativamente, cuando, por fin, después de múltiples peripecias y posposiciones angustiosas, la ciudad de Tenochtitlán aparece ante los ojos maravillados de los españoles, Cortés la describe jerarquizando sus preferencias, y aunque asegure que “la pasión es la cosa que más aborrezco”, se contradice acudiendo a la hipérbole como verbalización incompleta de su entusiasmo. Al contemplar por primera vez la gran urbe, dice: “Porque para dar cuenta, muy poderoso señor, a vuestra real excelencia, de la grandeza, extrañas y maravillosas cosas de esta gran ciudad de Temixtitán […] sería menester mucho tiempo, y ser muchos relatores y muy expertos; no podré yo decir de cien partes una, de las que de ellas se podrían decir, mas como pudiere diré algunas cosas de las que vi que, aunque mal dichas, bien sé que serán de tanta admiración que no se podrán creer, porque los que acá con nuestros propios ojos las vemos, no las podemos con el entendimiento comprender”.

La incapacidad de verbalizar la maravilla termina en el silencio. Lo que las palabras pueden describir es lo concreto, aquello que “el entendimiento sí puede comprender”; comienza con la topografía y señala las “ásperas sierras” que rodean al llano donde están las dos lagunas, la de agua salada y la de agua dulce; habla el político, el militar; descubre los múltiples peligros a los que los españoles estarían expuestos si no tomaran medidas estratégicas, primero para prevenir sorpresas en una ciudad cuya estructura acuática las propicia en gran medida por los numerosos puentes que cruzan sus calles de tierra y de agua, permitiendo el “trato”, es decir, un organizado y admirable comercio, pero también las emboscadas. Cabe aquí hacer una digresión: en el plano llamado de Cortés, enviado por éste a Carlos V, descrito por Pedro Mártir de Anglería y publicado en Nuremberg en 1524 junto con la Segunda y Tercera Cartas de Relación, la ciudad parece inexpugnable; tanto, que Durero la toma como modelo arquitectónico —de la ciudad ideal, punto de partida de los arquitectos visionarios del Renacimiento. De nuevo realidad y “desfiguro” se juntan permitiendo un muy débil margen de diferenciación.

Destruida la ciudad indígena y reconstruida en la escritura, Cortés procede a trazar la nueva; utiliza otra vez la figura del palimpsesto para lograrlo, verificación textual de Rodilla que creo necesario subrayar para entender el importante cambio que no sólo la ciudad emblemática sufrió, sino también el resto del territorio dominado por los aztecas y luego por los españoles.

De la Ciudad-Palimpsesto pasamos a la Ciudad de los Palacios, en sí misma creada también en forma de palimpsesto, pues sobre la ciudad indígena se fueron amontonando literalmente ciudades sobre ciudades, como era de costumbre entonces; por una doble razón, piensa María José: la primera está relacionada con la práctica de la guerra, consiste en destruir y transformar el sitio, darle un nuevo aspecto a imagen y semejanza de las ciudades de los conquistadores, y la segunda razón sería evangélica para “la destrucción del mal, de los ídolos y templos cuajados de sangre reseca y para encalar los muros y sobreponer la imágenes católicas”.

Los espacios reconquistados se rehacen de acuerdo con cuestiones de linaje, un linaje que se asienta en el de los antiguos españoles y en los nuevos que han engendrado las hazañas de guerra, “A cada uno de los que fueron conquistadores en nombre de su Real Alteza yo les di un solar”, escribe Cortés a Carlos V en su Cuarta Carta de Relación. Y de allí para el verdadero real: comienza el fasto, el despilfarro, los privilegios, las desigualdades, la separación de razas, la discriminación, el inicio de las castas, pero también la belleza. Los palacios, las universidades, las plazas, los templos, los jardines, los trajes, van apareciendo ante nuestros ojos tan maravillados como los de Cortés, y los diversos cronistas y los poetas y los viajeros comienzan a desfilar y a hacernos leer sus textos, compilados sabiamente aquí, también en forma de palimpsesto: Zorita, Las Casas, el conquistador anónimo, Torquemada, Motolinía, Durán, Valbuena, Cervantes de Salazar, sor Juana, Siguënza, Ribera, Sandoval y Zapata, Antonio de Robles, Gage, Gemelli Careri, Vázquez de Espinosa, Viera, Guijo, decretos, ordenanzas, y un amplísimo conjunto de documentos de archivos diversos, etcétera, etcétera.

Templos y edificios van enjoyándose, se pliegan a los distintos estilos que sucesivamente se crean a lo largo de los siglos en esta ciudad colonial, pues es sólo la época colonial la revisada en este ensayo; los restos del mudéjar y del gótico, el plateresco, el herreriano, el salomónico, el churrigueresco, el neoclásico hacen de la ciudad colonial una ciudad nobilísima, regia e imperial. Es más, siendo todavía una ciudad acuática, a pesar de que se ha efectuado una lenta labor de desecación, como bien lo plantearía después don Alfonso Reyes en su Visión de Anáhuac, la ciudad es vista como puerto de Oriente y Occidente, a ella llegan todas las noticias y mercaderías que entran por los puertos marinos de Veracruz y Acapulco:

¡Qué diversidad de lozas y labores de la China y Japón, dice el padre Viera, citado aquí. ¡Qué de cristales. Así de Venecia, como de Roca! ¡Qué de curiosidades de marfil, de pala y metal! ¡Qué de reloxes! ¡Qué de ternos y pedrerías! ¡Qué de láminas guarnecidas de plata! ¡Qué de juguetes de cristal, de China! ¡Qué miniaturas! ¡Qué de caxas de tabaco!

En una ciudad suceden muchas cosas, cada una de ellas analizada minuciosamente por María José Rodilla: los mercados y las calles de mercaderes, la alimentación de la gente, los precios de las subsistencias y su distribución, las regulaciones que les concernían, las plazas y sobre todo la Mayor, los múltiples cambios que ha sufrido, los mercados y los edificios allí emplazados, su arreglo, la gente que las frecuentaban, los carros, los caballos, las mulas, indios y criollos, su orden concierto o desconcierto, su relación con la escritura, objeto de uno de los más bellos capítulos del libro, el último.

Pero no todo es belleza y esplendor, también hay lodo y oscuridad. Algunas descripciones me recuerdan la ciudad actual y los malos manejos de los chapulines que, por ejemplo, tienen a Coyoacán convertido en Hoyoacán, hundido en la oscuridad o en luminosidad perpetua porque nunca se apagan las luces con el consiguiente despilfarro de energía. Sí, la oscuridad y el lodo hacen de la ciudad “un mexicano pantanoso cieno”, cuando las lluvias torrentosas o sobre todo las inundaciones que solían asolar a la ciudad se convierten en verdaderas amenazas para su misma existencia:

El agua, tema candente y actual como pocos, proporcionaba mucho material a los cronistas para bien o para mal; encontramos en las crónicas magníficas descripciones de manantiales y ríos que descienden por laderas, la forma de llenado de las lagunas, los ríos que como venas las nutren, el agua dulce que nace en Santa Fe y es conducida desde Chapultepec por arcos hasta el Salto del Agua —ahora sólo un nombre a secas— al lado de terribles relatos de sequías e inundaciones, semejantes al Diluvio, atribuidos por muchos a castigos de Dios.

El agua a borbotones o su escasez han producido una literatura y una ingeniería de las que están llenas las paginas de nuestra historia.

El agua remite de inmediato a otra noción, la de la higiene y salubridad. Es evidente, como afirma María José, que una ciudad con agua propicia el comercio, pero al mismo tiempo las enfermedades y las infecciones que hay que combatir. ¿Cuáles fueron las medidas propuestas y ejecutadas para regular el flujo de las aguas y sus consecuencias? Obviamente, múltiples construcciones, algunas asombrosas, fuentes para el consumo público, así como ordenanzas sin fin para regularlas, enfermedad burocrática que seguimos padeciendo. Pero ¿cómo vive la gente en una ciudad?

Las prácticas sociales festivas en los virreinatos son una continuación e imitación de las de la Península. El poder se manifiesta en todo el ámbito hispánico a través del espectáculo y de la representación pública y se expresa en acontecimientos de una manera teatral ordenada y controlada, ya sean conmemoraciones civiles o religiosas. El poder se genera en la misma representación, en la que priva lo ilusorio, lo reconstruido, lo simulado, lo imaginario. De componente político, en la sesga se manifiesta tanto el prestigio como la lucha por el espacio y el poder.

Las fiestas públicas son múltiples, proliferan. Pueden ser alegres o dolorosas, dependiendo de su motivo, siempre hay ocasiones para regocijarse en ceremonias públicas y para acatar la rigurosa jerarquía en que se desarrollan los acontecimientos, la clasificación racial y social, las vestimentas, las estrictas pertenencias a los diversos estratos, las representaciones, los desfiles, la música, los espectáculos. Solían organizarse festejos solemnes en ocasión de la llegada de un alto funcionario, un virrey, un arzobispo, la muerte de un rey o la entronización de otro, una canonización, las monjas coronadas y los actos luctuosos de personajes destacados de la Metrópoli o de la Nueva España, acontecimientos que propiciaban espectáculos fastuosos en los que participaban todas las clases sociales en cuidadosa reglamentación y lugar. Es notable la construcción de arquitecturas efímeras para realzar las ceremonias, acompañadas como siempre en el barroco de composiciones verbales, por ejemplo, cuando llegaron a la capital los Marqueses de la Laguna, con los consiguientes arcos triunfales efímeros, levantados en la Plaza de la Catedral y en la de Santo Domingo, respectivamente, y los poemas que para ello fueron escritos por sor Juana Inés de la Cruz y don Carlos de Sigüenza y Góngora. Asimismo eran ocasión de festejos los casamientos de los reyes y de duelos sus muertes o la de los príncipes herederos. Los túmulos consagratorios fueron habituales desde las primeras épocas del virreinato y han sido estudiados de manera exhaustiva por María Dolores Bravo, gran conocedora de la vida colonial, tanto civil como religiosa.

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Leer la descripción de estos acontecimientos me recuerda a Bajtin y el mundo carnavalesco, el mundo al revés. Entre muchos de los sucesos que me llamaron la atención está el siguiente.

Otra mascarada famosa que sirve de colofón a la canonización  de San Juan de Dios sale en noviembre de 1700 y en ella los hombres se disfrazan de mujeres con abanicos y ruecas, y las mujeres de hombres con pistolas y espadas. Los niños, vestidos de romanos, llevaban en su carro nichos con los patriarcas y San Juan de Dios, a quien otro niño iba recitándole una loa. Siguieron las fiestas para la canonización con comedias como El príncipe constante de Calderón, que representaron los vecinos de Tacuba. No puede ser… de Moreto en el Coliseo, hubo toros en la plaza de San Diego, adornada con tablados para la ocasión, que ocuparon el virrey y la audiencia, el arzobispo y el cabildo eclesiástico y la ciudad. Al final se repartieron dulces para los toreadores.

Son ocasión también de ceremonias públicas los autos de fe contempla- dos por un numeroso público. No sé por qué —o sí sé por qué— me parece que estamos volviendo a revivir esas costumbres: ¿no se queman vivos a los rehenes, o se cortan las manos a los ladrones en algunos sitios del mundo? Y mejor no menciono los suplicios y decapitaciones que suceden a cada momento en nuestro territorio. 

Es singular la reglamentación tan estricta y, sin embargo, en cierto modo caprichosa de cualquier actividad de la vida cotidiana en la Colonia. Dependían de cada administración las ordenanzas severas que se confeccionaban desde la metrópoli para regular los actos más simples de la vida privada, pero sobre todo de la pública, la prohibición del uso de carrozas o su profusión, la exigencia de andar a caballo para las clases superiores, la prohibición de que los indios los usaran, la conveniencia o no de utilizar a las mulas como animales de carga, los colores obligatorios que cada grupo social o cofradía debía usar en ocasiones específicas, así como el uso o prohibición  de usar ciertas telas o la manera de consumir las bebidas, iba variando a menudo, pero cuando se reglamentaba algo el castigo por infringir las reglas era —por lo menos a mi modo de ver actual— desproporcionado.

Pienso que se trataba de una obligatoriedad arbitraria, variable según los caprichos de los gobernantes o quizá según las necesidades —o lo que se creían que eran necesidades perentorias— del momento en que se redactaban los decretos. Las penas por cualquier infracción eran terribles: destierros, confiscación de bienes, servicio en galeras.

Ya se ha visto en varios de los ejemplos que he mencionado que la ciudad se sacraliza. Este tema forma parte de otra sección del libro:

El espacio sacralizado en cualquier ciudad del occidente cristiano sobresale en el trazado físico urbano por la verticalidad de sus cúpulas, torres y campanarios, de los que algunos ostentan un reloj, vértice de miradas de la población. La edificación de catedrales, iglesias, hospitales y hospicios prestigia no sólo a la ciudad sino a otros habitantes que se precian de seguir las enseñanzas de la fe y que son capaces de gastar sus bienes en adornar y erigir los lugares de culto.

Iglesias y conventos son los principales edificios que se construían en la ciudad sacralizada, obviamente. María José les pasa revista minuciosa.

Me es imposible en tan breve espacio visitar todos los temas o internarme en los vericuetos que nuestra ciudad le hizo ver a la autora de este libro, pero no quiero terminar este exiguo y rápido texto sin mencionar dos casos que me han impactado especialmente. El fausto y elegancia de los hermanos Ávila y su castigo: su decapitación y el espectáculo de sus cabezas exhibidas en la plaza pública y la destrucción del edificio donde habitaban, sembrado de sal para evitar que allí nada creciera y que ha sido objeto de relatos extraordinarios. Y finalmente, los relatos que hicieron de la muerte del arzobispo-virrey fray García Guerra dos sevillanos, quienes vivieron algún tiempo en la Nueva España, los dos Mateos, Rosas de Oquendo y sobre todo Mateo Alemán. El primero —Rosas— atribuyó su muerte a un envenenamiento de las aguas, obra de los negros aguadores, después de las inundaciones de 1612, año de tumultos, motines, eclipses, temblores; el segundo —Alemán— hace un relato escalofriante de la manera en que el cuerpo del prelado fue objeto de una autopsia y tomando como ejemplo los extremos barrocos —el oxímoron clásico— hace gala de descripciones aberrantes.

Quisiera terminar añadiéndole a los relatos sobre la muerte de este virrey el que nos dejó sor Inés de la Cruz, la fundadora del primer convento de carmelitas descalzas de esta capital, de la cual nuestra sor Juana tomó en parte y probablemente su nombre y cuya autohagiografía —la de la primera monja mencionada— nos ha llegado gracias al Parayso occidental, libro que escribiera don Carlos de Sigüenza y Góngora y fuera publicado en 1685 para narrar la historia del convento concepcionista de Jesús María, que cuando yo era niña se había convertido en un cine, el “Mundial”:

Durante los terremotos de 1611 que conmocionaron a México gobernaba la Nueva España este arzobispo-virrey don fray García Guerra. Convencida Inés de la Cruz de que esos trastornos terrestres eran el castigo que Dios le imponía a la ciudad porque el virrey organizaba corridas de toros en viernes santo y en el palacio virreinal, decide pedirle a Ana de San Miguel, entonces la madre superiora del convento, que enviase una carta al virrey advirtiéndole que “él era ocasión de esos temblores”. La superiora rehúsa, Inés escribe la carta y la envía por medio del vicario del convento. Para arrepentirse de inmediato de su acto:  

cayó sobre mi tan gran desconsuelo y congoja que no me conocía y pasé la más terrible noche que pueda ser […] Por la mañana di gracias a Dios que había amanecido con vida y el solo alivio que aquella noche tuve fue pensar que me llevaría Dios antes de amanecer; vino la luz de Dios y desaparecieron las tinieblas, supe no se levantó más el arzobispo y quedé advertida en conocer las astucias de nuestro enemigo.

La mano de Dios ha castigado al virrey, gracias a la intervención de otra mano, la de una simple religiosa.

 

Margo Glantz
Narradora y ensayista. Es profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Entre sus libros: Coronada de moscas, Yo también me acuerdo y Las genealogías.

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Libros, ¿para qué?

En tiempos de gran convulsión y violencia, como los actuales, la literatura y otras manifestaciones intelectuales o artísticas se ven puestas en entredicho, con toda la razón, me parece, pues cuando el horror se vuelve parte tan integral de nuestra vida cotidiana, al grado de que por momentos dejan de sorprendernos sus infinitas encarnaciones, es tan sólo natural pensar qué sentido pueda tener reunirnos a hablar sobre lo bello, lo poético, etcétera. En épocas así, casi por instinto estaríamos inclinados a no pensar en otra cosa, a no hablar de otra cosa, pues cuando en una sociedad como la nuestra existen literalmente millones de personas cuya vida peligra, cuando hay miles de torturados y de desaparecidos, cuando el contubernio entre poder político y empresarial produce (en el sentido literal de la palabra, muy a menudo incluso la produce para la televisión) una realidad que parecería diseñada para perpetuar, sostener y legitimar el derecho al lujo y a la ostentación de una elite tecnocrática, es tal el sentimiento de desazón y de desamparo, que hablar de libros puede incluso parecer un acto pedante, por no decir irrespetuoso frente a aquellos para quienes el horror no es una anécdota escabrosa, sino la realidad en la que por fuerza han de moverse día a día.

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Y, sin embargo, quizá uno de los actos de resistencia que tenemos más a la mano es el de buscar impedirle por todos los medios al horror adueñarse de cada uno de los espacios que nos importan, que nos hacen procurar seguir con vida. Como bien saben los psicoanalistas, la enorme mayoría de las neurosis y psicosis tienen ante todo una función protectora, incluso si finalmente dicha protección termina por dañar de manera irreversible a aquella persona a la que buscaban resguardar. Darian Leader ha establecido la distinción crucial entre tener una estructura psicótica y tener la psicosis activada. El primer caso, el de la estructura psicótica, engloba a millones de personas consideradas normales, y simplemente hace referencia a ciertas barreras erigidas entre nosotros y la realidad, donde incluso distorsionándola de manera abierta logramos introyectarla y encajar en ella de una manera menos amenazante. El niño que crea un amigo imaginario, por ejemplo, lejos de ser un trastornado, se puede servir de él para abatir sentimientos de angustia y desprotección. Casi todos los adultos funcionales contamos con mecanismos similares a los de los niños, que nos permiten crear una realidad personal hasta volverla soportable, y en ese sentido no es exagerado afirmar que nuestra relación con nuestro entorno a menudo contiene, como afirma Leader, una estructura psicótica.

Por otro lado, el antropólogo norteamericano Ernest Becker explicó hace tiempo que el carácter es la coraza a través de la cual logramos hacerle frente e introducir un poco de orden en ese caos llamado realidad. Tan sólo la capacidad de establecer ciertos actos rutinarios, de reaccionar de determinada forma ante los incesantes estímulos, de encontrar regularidades y formas que se repiten, nos permite deambular por el mundo como si tuviéramos alguna idea de cómo nos corresponde actuar en él. El carácter es la coraza que nos construimos para no ser arrasados por una realidad proteica, que cambia de forma, color, olor, siempre y todo el tiempo, y únicamente la ilusión de regularidad que conseguimos imprimirle mediante nuestras propias reacciones frente a ella nos permite movernos con relativa certeza en un mundo que, estrictamente hablando, desconocemos y no comprendemos casi en su totalidad.

Entonces, el empeñarnos en hablar de libros —que lidian por antonomasia con ficciones y fantasías— podría considerarse como una negación de la realidad que raya peligrosamente en lo psicótico. ¿Para qué tanto esfuerzo, dedicación y devoción a algo tan irrelevante y minoritario como el libro, cuando allá afuera, en buena parte del territorio nacional, reina el descabezamiento y la impunidad a niveles tan cínicos que en ocasiones cuesta trabajo no reírse frente al despliegue del teatro del absurdo? Reitero en primera instancia el carácter protector de las estructuras psicóticas: quizá participamos en estas negaciones colectivas de la realidad para acompañarnos y protegernos, así sea durante unas horas o durante unos días, de ese horror latente que no aleja su mirada de la nuestra. Quizá si nos reunimos para una lectura de poesía, o para escuchar alguna intervención que nos permita cortar momentáneamente el cordón umbilical que nos ata a una realidad tan degradada y miserable que pareciera por definición volvernos huérfanos a todos, quizá si nos adentramos en la lectura de algún libro magistral en cuyo mundo nos sintamos más cobijados que en el nuestro por el manto de lo bello, quizá esa estructura psicótica cumpla cabalmente con su función de protección y de defensa. Quizá, por absurdo que pueda parecernos, debemos procurar seguir encontrándonos para conversar sobre ese hecho tan superfluo, y en ocasiones tan banal y vanidoso, consistente en que alguien decida plasmar por escrito un pedazo de su vida interior, y que encima espere que otros muchos desconocidos muestren el suficiente interés como para asomarse a esa volcadura que, me parece, al menos cuando se realiza con respeto responde siempre ante todo a una necesidad psicológica interior de quien escribe.

Aun así, la psicosis no solamente cumple con una función de protección y aislamiento. En ocasiones a través de procesos muy tortuosos, que se convierten para quien los experimenta en una encarnación personal e ineludible del horror trasladado hasta lo más profundo de sus cabezas, la psicosis deviene también en expresiones creativas de gran lucidez e imaginación. Robert Pirsig, el autor de esa imponente novela titulada Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta, ha explicado que la locura posee también su propio lenguaje y su propia gramática, utilizando la imagen de una pantalla de cine que le muestra al loco una película distinta de la que más o menos ven los demás espectadores. De ese modo, si el carácter primero nos protege y nos aísla, y si puede parecer una locura seguirnos dedicando a escribir y a hablar sobre literatura, es precisamente ese espacio de locura colectiva de donde podríamos emerger con vislumbres y soluciones para aspirar algún día a producir una realidad con la que no nos produzca tanto asco y terror relacionarnos. La literatura no es en modo alguno un espejo que nos devuelva una imagen detallada de lo que ya conocemos, como si fuera una fotografía precisa de nuestra época. Asimismo, es bien sabido que sin la tragedia apenas tendría interés alguno contar una historia. Si las hijas del rey Lear hubieran sido fieles y agradecidas, no hubiera existido relato alguno que narrar. De ahí que incluso fabular sobre el horror pueda tener para nosotros una función de salvaguarda y de vislumbres de alternativas diferentes.

En un inquietante libro, titulado El molino de Hamlet, Giorgio de Santillana y Hertha von Dechend analizan con minucia el mito de Hamlet y sus múltiples apariciones en tradiciones mitológicas diversas, y encuentran que hay un pasaje enigmático, casi siempre referido al mar y sus profundidades, cuya interpretación es que Hamlet necesita de la borrasca y de la tribulación para existir. Sin la tempestad del alma que pareciera no otorgarle ni un segundo de descanso de sí mismo, Hamlet no aparecería ante nosotros como uno de los grandes arquetipos de lo que significa ser humano, una criatura que, como bien ha señalado el filósofo John Gray, no es primordialmente racional, sino que su principal rasgo es estar en perpetua escisión y guerra contra sí mismo, y por extensión muy a menudo también contra los demás.

Es entonces lo borrascoso, lo tumultuoso, lo atribulado, lo que constituye el material literario por excelencia. Es esa capacidad específica de la literatura de nadar en las aguas cenagosas de nuestra propia alma para después emerger con un libro bajo el brazo lo que la vuelve tan adictiva para esa minoría a la que no le causa el tedio y el rechazo que sí les causa a los demás. El material literario se compone de lo oscuro, de lo recóndito, de aquellos rasgos de nosotros mismos que por lo general preferimos ignorar, de la coraza caracterológica con que los ahogamos en el torrente del ruido blanco cotidiano, aquel que nos permite vivir de manera automatizada, como un componente desechable más de nuestras sociedades contemporáneas, cuya particular variante del miedo a la muerte se expresa como adoración a la acumulación y a la tecnología, a aquello que ilusamente conocemos como “progreso”. La literatura honesta no nos concede una escapatoria tan fácil, pues entre otras cosas nos revela los infinitos matices y complejidades que alberga nuestra alma. Incluso en ese género tan tradicional como la novela de iniciación, los protagonistas a menudo deben descender a los infiernos para finalmente reunirse con el ser amado, o para alcanzar otro tesoro por lo menos igual de valioso e inasible: encontrarse y reconciliarse consigo mismos.

Hoy en día nos encontramos frente a una encrucijada tan compleja y desbordada que absolutamente nadie parecería tener la menor idea de qué hacer. Es fácil y comprensible como mecanismo el insertarnos en una narrativa maniquea donde es a causa de los malvados —los criminales y los políticos, cuya distinción se hace cada vez más difusa y borrosa— que las cosas sean como son. Nuevamente, podemos echar mano de la literatura para comprender que las cosas jamás son tan sencillas. Incluso las más despiadadas distopías políticas depositan al menos un cierto grado de responsabilidad en el hombre común y corriente, eterno oprimido por los usos y abusos de la arbitrariedad del poder. Y si bien es reconfortante pensar que uno no contribuye en lo más mínimo a crear ese horror que tanto repudiamos, las estructuras de dominación y de opresión comienzan siempre a los niveles más ínfimos, en las relaciones laborales, familiares, de pareja, y difícilmente alguien podría resultar completamente ajeno a la reproducción en alguna medida de las estructuras de poder que confluyen de maneras específicas para producir nuestra realidad actual.

Así que, para volver a la pregunta original, quizá ahí es donde resida la mayor valía de seguir empeñándonos en hablar de libros y de literatura: quizá si enfrentamos las infinitas formas en las que todos contribuimos a producir el horror, podamos empezar a vislumbrar o imaginar posibilidades distintas. Después de todo, como bien ha señalado Morris Berman, los sistemas sociopolíticos son en el fondo narrativas que responden a la pregunta esencial de qué hacemos en este planeta. A pesar del tono de inevitabilidad con el que la burocracia tecnocrática que nos gobierna intenta revestirlo, el actual sistema es tan sólo uno entre muchos posibles, y los límites de marginación, violencia, corrupción y descomposición generalizada a los que nos ha conducido hacen que lo inevitable sea más bien no cuestionar su legitimidad y eficacia, para con ello empezar a imaginar formas distintas de relacionarnos, que quizá pudieran conducirnos a crear una realidad menos horrorosa que la actual. Y ahí es donde la literatura, las artes y la cultura en general pueden tener una función muy específica, por completo alejada de lo ornamental o incluso del simple goce estético.

Como ha señalado Robert Pirsig, de nada sirve cambiar el sistema político mientras los patrones mentales de quienes componen una comunidad sigan siendo los mismos. Es al nivel de esos patrones mentales en donde podemos comunicarnos y replantearlos a través de herramientas como la escritura y la lectura. Es ahí donde podemos cuestionar la rigidez del pequeño tirano interior que todos llevamos inserto en lo más recóndito de nuestras mentes. Es ahí donde cobra sentido el gran esfuerzo necesario para que, incluso en condiciones como las actuales, sigan existiendo espacios de encuentro y de confluencia como lo son los libros y toda la parafernalia en torno a ellos. Es ahí donde vale la pena intentar que continúe existiendo esa locura colectiva llamada literatura, para ver si acaso podemos encontrar nuevas formas de demencia que sustituyan con el tiempo a las actuales, pues hay de estructuras psicóticas a estructuras psicóticas, y la grisura de la predominante, salpicada con impecable regularidad de manchas de sangre y de cínica ostentación y corrupción de la elite dominante, hace que a menudo den ganas de renunciar a pensar en alguna realidad distinta de la actual.

Eso es justamente lo que no podemos permitirnos. Mejor la eterna tribulación hamletiana que convertirnos al credo de esa narrativa insulsa de la adoración al poder, el dinero, la crueldad reglamentada, la fama y la avaricia rampantes. Finalmente, si como dijo Blaise Pascal, todo el mundo está loco, y no estar loco es tan sólo otra manera de estar completamente loco, la literatura puede ayudarnos a imaginar locuras distintas, menos grises y violentas, donde se zanje un poco la brecha entre la narrativa del establishment, empeñada en convencernos de que no hay más vía que la suya, y una realidad que no se cansa de escupir sangre y de escupir miseria, para recordarnos a diario la perversidad de un sistema donde ya no caben todos, y donde el hecho de que ya no quepan todos es un componente esencial de los mecanismos de explotación y de ejercicio del poder que le permiten perpetuarse. Quizá finalmente terminemos por descubrir que existe en el proceso literario un talante más decisivo del que podríamos haber imaginado, pues los autores de El molino de Hamlet nos recuerdan que:

Todo conocimiento y toda ley, escribió Vico en un resplandor genial hace dos siglos, debe de haber sido alguna vez “poesía seria”, poesia seriosa. Es en este sentido que Aristóteles, en una época sofisticada, todavía se refiere con respeto al “grave testimonio de los [primeros] poetas”.

 

Eduardo Rabasa
Editor.

Ciudad de libros

Saul Bellow, el judío perfecto

Hay una frase de La víctima, la segunda novela de Saul Bellow, que me hace estremecer cada vez que la recuerdo o que percibo una situación que la evoca: “Te estoy dando la oportunidad, Leventhal, de ser justo y hacer lo correcto”. Se la dice Allbee, un personaje bastante desagradable, al tal Leventhal, y se la dice porque se ha metido en su casa, y en su vida, la ha puesto de cabeza y, obviamente, en vez de disculparse por ofenderlo en un tema sensible, el judaísmo de Leventhal, lo que hace Allbee es reclamarle: tú eres responsable de lo que me pasa y, en el fondo, deberías darme las gracias por poner a prueba tu humanidad. En este punto de la historia es difícil decidir quién es la víctima y quién es el verdugo. Allbee ha esperado en la calle a Leventhal, lo ha seguido, lo ha encarado, le reclama que hace tiempo gracias a él lo corrieron de su trabajo, y ahora no tiene ni siquiera un lugar donde dormir. Aunque Leventhal no recuerda haber influido en el despido de Allbee, a quien incluso identifica vagamente, le ofrece asilo en su casa por unos días, mientras su esposa vuelve de viaje. Allbee resulta ser sucio, hurga en sus cajones privados, utiliza la cama de Leventhal para traer a una prostituta y, el día que lo corre, a punto de que vuelva la esposa, Allbee intenta suicidarse abriendo el gas de la cocina. Un desastre que pone a prueba los nervios de Leventhal y su violencia contenida ante el establishment, que ha seguido toda su vida a pie juntillas. Finalmente Allbee desaparece de la vida de Leventhal, pero no todo vuelve a la normalidad; ha dejado una diminuta semilla de duda en su conciencia. ¿Quién es Allbee y quién es Leventhal? El primero parece un loco o un filósofo o un sádico o un delincuente moral, y el segundo es un hombre bueno o un hipócrita social. Todo el tiempo hay una duda en el aire: ¿en verdad Leventhal es inocente, o le debe algo a Allbee (que aunque despreciable, es un ser humano, un prójimo y, además, parece disfrutar de la vida) y tiene que responsabilizarse por ello? Leventhal cree recordar que alguna vez sí cruzó por su mente hacer pagar a Allbee por su grosero antisemitismo, incluso cuando lo comenta con sus amigos ellos lo confirman, pero el recuerdo es vago e impreciso, y se diluye.

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En “Bellow’s Gift” un ensayo estupendo publicado en The New York Review of Books en mayo de 2004, J. M. Coetzee asigna los siguientes calificativos a este personaje: “El Kirby Allbee de Bellow es una creación inspirada, cómica, patética, repulsiva y amenazadora […] Es desvergonzado, haragán, desordenado”. En cambio Leventhal es: “buen esposo, buen hombre, buen hermano, buen judío, buen trabajador en circunstancias difíciles. Es culto; no es problemático”. Entonces, se pregunta Coetzee: ¿qué más se le puede pedir? “La respuesta es —dice Coetzee—: todo. La víctima es el libro más dostoievskiano de Bellow. El argumento es una adaptación de El eterno marido de Dostoievski, pero no sólo eso, hasta su espíritu es dostoievskiano […] El corazón de Leventhal no está cerrado; su resistencia no es total. Hay algo en todos nosotros, reconoce, que lucha contra el sueño de lo cotidiano. En compañía de Allbee, en raros momentos, se siente a punto de escapar de los confines de su propia identidad y ver el mundo con ojos nuevos. Algo parece estar ocurriendo en torno a su corazón, una especie de premonición; acaso un infarto o algo más. En cierto momento mira a Allbee y éste le devuelve la mirada, y ambos podrían ser la misma persona. En otro intuimos que Leventhal se mueve al borde de la revelación. Pero entonces una gran fatiga lo asalta. Todo es demasiado”.

Para los lectores de Bellow, en general, La víctima (1947) es un libro menor. El propio Bellow lo considera, junto con El hombre en suspenso (su primera novela, 1944), un “ejercicio de preparación”. Philip Roth, en su breve, pero agudísimo recuento de la obra de su colega, amigo y paisano, lo pone un escalón más abajo de Las aventuras de Augie March (ese adorable trotamundos, 1953) y de Henderson, el rey de la lluvia (el excesivo, 1959). Para Roth el punto más alto de la narrativa de Bellow es Herzog, un libro en el que la acción transcurre básicamente (a diferencia de los anteriores) en el universo mental de Moses Herzog, y accedemos a él a través de las cartas que éste le dirige a su madre muerta, a su esposa adúltera, al amigo que se acuesta con su esposa adúltera, a su novia, a la que fuera su primera mujer, al presidente Eisenhower, a Nietzsche, al banco, a Dios. En fin, a todos aquellos a los que tenía algo que decir. Esa actitud maniática revela al lector una inteligencia aguda y dicta el pulso narrativo de este libro divertido y genial publicado en 1964, doce años antes de que Saul Bellow recibiera el Premio Nobel de Literatura. “Este Herzog —dice Roth— es la mayor creación de Bellow, el Leopold Bloom [personaje de la obra cumbre de James Joyce, el Ulises] de la literatura norteamericana”.

Sin embargo, a pesar de las sabias palabras de Roth, que comparto, de Saul Bellow, autor nacido en Canadá hace cien años y muerto en Brookline, Massachusetts, hace una década, que nunca paró (su última novela, Ravelstein, es del año 2000), mi libro favorito es La víctima. Me siento identificado quizá con el problema moral que implica “hacer lo correcto” aun cuando un personaje increíblemente vital como Allbee se me ponga enfrente y me muestre que la vida también es brutal y grosera y en su imperfección es absolutamente “correcta”. Años después, cuando Leventhal cree haber olvidado a Allbee, se tropieza con él entre la multitud de un teatro. Huele a alcohol y lleva del brazo a una artista retirada ya un poco decrépita. Le dice: “He encontrado mi lugar en el tren, pero no de conductor, sino de pasajero. He llegado a un arreglo con ‘quien dirige las cosas’”. Y cuando Leventhal quiere preguntarle a Albee, con media sonrisa en la cara: “¿a qué te refieres con ‘quien dirige las cosas’?”, Allbee ha desaparecido en la penumbra del pasillo del teatro.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas y coordinador del libro Hoteles de paso: secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos.

Las quince letras

Las quince letras

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Guggenheim. En 1949, desde Marruecos, Truman Capote escribió esta carta: “Estimado señor Eldman [catedrático de filosofía en Columbia]. Llevo tres largos meses en esta ciudad golfa enfrascado en la talla de una novela. Quizá usted haya tenido un verano más agradable. Tampoco es que me queje, porque sin duda este es un lugar extraordinario. […] Por el momento estoy entretenido con el pasatiempo nacional, que consiste en solicitar una beca Guggenheim. ¿Me podría ayudar dejándome usar su nombre como una de mis referencias? Por favor, no se sienta obligado a dar una respuesta afirmativa a esta petición. Hay un buen número de motivos razonables por los que usted bien podría no hacerlo. Por Dios, ¿no cree usted que los árabes son raros? Hace varias semanas ocurrió algo que podría ser de interés para un filósofo. Cuatro árabes iban por el camino que pasa por delante de casa y de repente uno de ellos desapareció: se había caído a un aljibe que estaba cubierto por la maleza. Todo lo que hicieron sus tres amigos fue acercarse a la abertura y decir: miktoub, miktoub (ese era tu destino) Y se fueron, sin más, negando tranquilamente con la cabeza”. (Truman Capote, Un placer fugaz. Correspondencia, edición de Gerald Clarke, traducción de Jaume Bonfill, Debolsillo, 2007.)

 

Haikú. Vicente Haya, estudioso de la cultura japonesa, y en especial de los haikús, se dio a la tarea de recopilar una antología de poetas japoneses menores de 12 años: La inocencia del haikú. Selección de poetas japoneses menores de 12 años (Vaso roto, 2012). Es un libro con la caligrafía original y su traducción al español: “El canto de los insectos/  rodea mi casa/ por todas partes” (5 años). “Alguien invisible/ junto a mí/ en el columpio” (6 años). “Sombra alargada/ Antes que yo mismo/ llegue a casa” (7 años). “Baile del día de los difuntos/ También las sombras/ van dando vueltas” (8 años). “Después de las clases/ mesas y sillas están mirando/ la puesta de sol” (9 años). “En los pastelitos de arroz/ han quedado un poco marcados/ los dedos de mamá” (10 años). “En el  camping/ las toallas puestas a secar/ Ninguna del mismo tamaño” (11 años).

 

Menor. Feria del Libro de Buenos Aires. Pabellón de Uruguay. Pregunto por un libro de Onetti. Nada. Sólo ensayos sobre él. Recorro el mínimo espacio y encuentro Julio Cortázar y Cris, de Cristina Peri Rossi que logró en su libro abreviar su profunda relación con Cortázar. “[…] Julio Cortázar nunca dejaría de ser joven, antiburgués, francotirador, cómplice del lector, un jugador, sin dejar de ser, al mismo tiempo, un gran lector, un escritor culto, un amante de la pintura, de la música y de la literatura llamada ‘menor’: ‘Me gustan más los escritores llamados menores que los mayores, Cristina. Porque un gran escritor, un Shakespeare, un Cervantes, no inspiran: están ahí, perfectos, sólo se les puede admirar. En cambio, cuántas buenas ideas hay en los escritores menores, cuántos fracasos aprovechables; a un escritor menor siempre se le puede corregir, a uno mayor, no’”. (Estuario Editora, 2014.)

 

Caliente. Otros lenguajes, interesantes: “El índice de ‘las camareras calientes’ es una de entre varias técnicas imaginativas para predecir el rumbo de la economía. Algunas de ellas tratan realmente de averiguar, observando tendencias sociales más amplias, en qué dirección van las cosas del dinero. Por ejemplo, en época de bonanzas las faldas se acortan, supuestamente porque el personal se pone retozón. Algunas de esas técnicas son tan obvias que casi huelga explicarlas: cuanto mejor le va a la economía en tal o cual sector, más difícil resulta encontrar un taxi o más grúas se ven por la ventana… El índice de las camareras calientes es una variación jocosa; sugiere que, cuando mejora el rendimiento de una economía, mejor les va a las mujeres guapas, que encuentran trabajos mejores, como en la serie Girls, de Lena Dunham, con sus ‘trabajos para chicas guapas’: recepcionistas de galerías de arte y otros por el estilo. Cuando los tiempos son más duros, esas chicas acaban trabajando de camareras”. (John Lanchester, Cómo hablar de dinero, traducción de Daniel Najmías, Anagrama, 2015.)

 

Navidad. El Fondo de Cultura Económica sigue rescatando para nosotros los libros de George Steiner. Esta vez Anno Domini y otras parábolas que se publicó por primera vez en inglés en los noventa. “Son tantos los sonidos en esta época del año. Yo he registrado veintisiete. El de los pasos de Padre antes de abrir la puerta principal. Más ligeros según se acercan las vacaciones. El de su paso en los escalones, cansino cuando ha tenido una larga jornada. El de sus pantuflas, el apagado roce del chancleteo que antecede al tintineo de la garrafa de whisky, y a continuación el del choque del líquido contra el cristal. El andar de madre: ágil en la oscuridad de la mañana, cambiando, un poco más pesado después de la hora de encender las luces. El tamborileo de sus tacones entrando y saliendo. Y la extraña ingravidez, la retención del aliento de su primer paso antes de entrar en el dormitorio. O intentaré hacer un catálogo de la ‘música’ infantil. La súbita estampida, vibrando hasta la punta de su cabello flotante, al salir para el colegio. El brinco en la puerta. Ella a veces baila sola en su cuarto. Taconazo y vuelta. Sus carcajadas. Tápenme los oídos y aun así podré identificar siete clases diferentes. Son como pequeñas ondas recorriéndote la piel […]”. (Traducción de Carlos Gardini y Héctor Silva.)

 

Analogía. En La piel de un escritor, el autor peruano Alonso Cueto revela su propio laboratorio de creación y sus principales ideas sobre la importancia de escribir historias. “Una primera similitud entre psicoanalistas y escritores es la de estar intrigados por los problemas, los obstáculos, los traumas que afligen a todas las personas. […] En ese sentido, un paciente es un narrador de historias y un psicoanalista su lector. Un analista, como un lector, busca no sólo el texto sino el subtexto de aquello que escucha. Un paciente, como autor, puede ser un narrador tramposo, manipulador, no confiable, o como algunos escritores, también, un torrente de honestidad. Pero las palabras siempre son parte esencial del medio, el vehículo que condiciona la comunicación. Un psicoanalista con frecuencia busca interpretar las frases y los gestos de su paciente. Sin embargo, las palabras a veces no comunican sino distorsionan, oscurecen, son insuficientes para contar esa parte de la vida que se quiere comunicar. Me imagino que así como hay muchos escritores que no encuentran las palabras para referirse a una situación, habrá muchos pacientes que no tienen las palabras para expresar lo que sienten. En este tema del lenguaje, del testimonio de un paciente, como en un relato, cuenta no solamente lo que se dice sino lo que se sugiere y se omite. […] Lo que me parece esencial rescatar de este hecho es que todo acto de habla o de escritura es un acto creativo, un intento por inventar y crear, y en ese sentido profundo, no hay un escritor escéptico o desesperanzado. Escribir y hablar son siempre actos de fe. (FCE, 2014.)

 

Definición. En 1965 le pidieron a Gonzalo Rojas que contestara un cuestionario. Entre las preguntas: Su definición de poesía. Respuesta: Un aire, un aire nuevo/ no para respirarlo/ sino para vivirlo. (Gonzalo Rojas, Todavía. Obra en prosa, Edición de Fabienne Bradu, FCE, 2015.)

 

Broma. Pozos es un libro confesional en el que en breves fragmentos José Ramón Ruisánchez comparte sus inclinaciones personales, artísticas y literarias. Y algunas anécdotas de su vida académica: “Descubrí por casualidad la ruina del diccionario de Flaubert [Diccionario de las ideas recibidas]. En una de las universidades en las que trabajé lo tenían, no en la sección de literatura francesa, sino entre las obras de consulta. Cuando se lo señalé a un colega, me mostró que, casi junto al de ideas recibidas, estaba también El diccionario del diablo de Ambrose Bierce. Y sonrió y sonreí y desde muy lejos sonrió con nosotros, débil, sarcásticamente, y en francés, Gustave Flaubert”. (Era/UNAM, 2015.)

 

Suicidio. “Esfinge (mitología). Monstruo con cuerpo de león al que la iconografía egipcia le aumentó los rasgos de un faraón. Se cuenta que en los tiempos de Edipo solía esconderse en los caminos y plantear enigmas a quienes viajaban hacia Tebas, y que devoraba a quien no los adivinara. Allí propuso a Edipo el siguiente: ‘¿Cuál es el animal que anda sobre cuatro pies por la mañana, sobre dos al mediodía y sobre tres por la noche?’. Edipo respondió: ‘Es el hombre, pues se arrastra cuando es niño; camina erguido durante la fase adulta y, en la vejez, anda apoyado en un bastón’. Enfurecido por lo experto del héroe, el monstruo se suicidó, precipitándose al mar”. (J. Toledo, Dicionário de suicidas ilustres, Récord, 1999.)

 

Lección. En pleno apogeo de Twitter, Facebook e Instagram descubro estas viejas líneas: “Las distancias se han acortado tanto que la ausencia y la nostalgia han perdido su sentido”. (Oliverio Girondo, Membretes. Aforismos y otros textos, Losada, 2014.)

 

Exilio. Veinte años después de su primera edición en inglés, nos llegan estas palabras de Joseph Brodsky: “Ver a un escritor, incluso en las mejores circunstancias posibles, alegrándose de su falta de significación, de que no se le haga caso, de su anonimato, resulta tan excepcional como una cacatúa en Groenlandia. Entre los escritores exiliados, esta actitud es casi por completo inexistente. Algo muy comprensible, desde luego, pero no por ello menos entristecedor. Entristecedor, sí, porque si algo tiene de bueno el exilio es que nos puede enseñar humildad. Si se me apura, me atrevería a sugerir que el exilio proporciona la lección definitiva sobre tal virtud. Y esto, especialmente para un escritor, no tiene precio, porque le ofrece la perspectiva más amplia posible. “And thou art far in humanity” (“Y has llegado lejos en humanidad”), como escribió Keats. Hallarse perdido entre otros seres humanos, en la masa (¿masa?) de millones de seres, ser una aguja en el proverbial pajar (pero una aguja que alguien está buscando): eso es el exilio”. (Del dolor y la razón. Ensayos, traducción de Antoni Martí García,  Siruela, 2015.)

 

Pasear. “Habría que concederse ese lujo, inédito y fácil, de pasear por nuestro barrio, caminar por él con paso incierto, dubitativo, decidir recorrerlo porque sí, levantando por fin la mirada, y hacerlo despacio. Entonces ocurre el prodigio, y el mero hecho de caminar, sin correr, sin ponerse un objetivo preciso, permite sentir la ciudad tal y como la recibe quien la ve por primera vez. Como no prestamos atención a nada en particular, todo se nos ofrece en abundancia: los colores, los detalles, las formas y los aspectos. El paseo, en solitario y sin rumbo, permite captar esa visión: veo el color de los postigos y las huellas que han dejado sobre los muros, veo los arabescos delicados de largas verjas negras, veo la extravagancia de casas absolutamente alargadas como jirafas de piedra, o de otras aplastadas, anchas como gruesas tortugas, veo la composición de los escaparates, veo, cuando camino al atardecer, fachadas de un gris azulado y ventanas color naranja. Largo rato hojeo así las calles”. (Fréderic Gros, Andar. Una filosofía, traducción de Isabel González-Gallarza, Taurus, 2015.)

 

Traducción. Edith Grossman, reconocida traductora de literatura hispanoamericana al inglés y autora de la traducción de El Quijote elogiada por Harold Bloom y Carlos Fuentes, escribe en su libro Por qué la traducción importa: “La idea de fidelidad se basa en que la obra traducida debe lograr el efecto del original y ello implica, por consiguiente, que la segunda versión de la obra debe acercarse lo máximo posible a la intención del primer escritor. La devoción de un buen traductor a esa meta es inquebrantable. Pero lo que nunca debería olvidarse o pasarse por alto es el hecho obvio de que lo que leemos en una traducción es la escritura del traductor. La inspiración es la obra original, por cierto, y los traductores literarios reflexivos se acercan a esa obra con gran deferencia y respeto, pero la ejecución del libro en otro idioma es la tarea del traductor, y esa obra debería ser juzgada y evaluada en sus propios términos. Aun así, la mayoría de los reseñistas no reconocen el hecho de la traducción salvo del modo más somero, y una mayoría significativa parece incapaz de arrojar luz sobre el valor de la traducción o sobre cómo refleja o ilumina el original”. (Traducción de Elvio E. Gandolfo, Katz Editores, 2011.)

 

Raro. Alejandro Toledo se ha dedicado a la exhaustiva labor de recopilar la obra de Francisco Tario, ese autor tildado de “raro” y mucho tiempo perdido, cuya prosa Toledo describe así: “Seducen sus palabras, de una rudeza sensual, y también lo extraño de sus historias, protagonizadas sobre todo por objetos, animales o fantasmas”. Reproduzco aquí unas líneas que escribió Tario sobre Acapulco cuando residía en el puerto: “Uno diría de este hipnótico, fosforescente, sensual y cautivante Acapulco que es el vértice de todas las fuerzas caóticas de la Naturaleza. El ángulo o, mejor, la arista donde concluyen las concesiones terrenas y dan comienzo los disparates cósmicos”. (Francisco Tario, Obras completas. Tomo I, Cuentos. Varia invención, edición y prólogo de A. Toledo, FCE, 2015.)

 

Fama. La fama es una abeja./ Tiene una canción,/ tiene un aguijón,/ ¡Ah, también vuela!: Dorothy Parker. (Antología poética, edición bilingüe, traducción de Delia Pasini, Losada, 2014.)

 

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir y coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas y Anuncios clasificados.

Reportaje

Cómo sobrevivir a la ciudad sin saber leer

Jessica Rojas no puede leer estas líneas. Donde usted leerá su historia, ella solamente distinguiría una serie de signos que, lo sabe muy bien, para otros tienen un significado muy concreto y tal vez importante. Para ella son sólo el recordatorio de un mundo al que no pertenece.

Tiene 16 años y jamás ha usado Facebook ni navegado en internet. No está en los grupos de WhatsApp de sus amigos, pues su celular lo usa sólo para hacer llamadas. Tampoco se inspiró nunca en Tom Sawyer o Mafalda para sus travesuras cuando era más chica. No podría distinguir un ensayo de una carta de amor. Pedirle que la contestara sería una broma de mal gusto.

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Jessica es analfabeta y originaria de Caazapá, en el sur de Paraguay, cerca de la triple frontera. Fue a la escuela hasta el cuarto grado, que dejó inconcluso porque su madre falleció y la familia entró en una pendiente de tristeza y desorganización de la que, cuenta, era difícil escapar.

Un año después, en 2010, llegó junto a su padre a Buenos Aires. Aquí empezó a acudir a la escuela para adolescentes y adultos que funciona en la parroquia Nuestra Señora de Caacupé, en la villa 21-24, un asentamiento irregular en el barrio de Barracas. Ironías de la vida: al año siguiente de la llegada de Jessica a la capital argentina, la UNESCO le concedió a esa ciudad el título de “Capital mundial del libro”.

A pesar de que en enero cumplió 12 meses como alumna, Jessica todavía no es capaz de unir las letras para entender una palabra, y de las frases ni qué decir. Esto se debe, en gran medida, a que la profesora titular de su escuela se ausenta rutinariamente desde marzo del año pasado, y los suplentes se ven obligados a, prácticamente, empezar siempre desde cero. Y si la titular regresa, la labor del sustituto se ve truncada.

Estas limitaciones son evidentes cuando Jessica habla. El esfuerzo enorme por encontrar los términos precisos para transmitir lo que piensa es ostensible, y eso parece producirle desesperación. Esta sensación de vulnerabilidad llega también a otros planos: evita salir de su barrio, ya que no sabe las calles y le preocupa perderse; no le gusta hablar con gente a la que no conoce.

La villa de Barracas es el mayor asentamiento irregular en la capital argentina y una de las zonas con mayores índices de pobreza y delincuencia en la ciudad. Ahí llega a vivir gran parte de los inmigrantes provenientes de Bolivia y Paraguay que recibe Buenos Aires. Es por eso que la parroquia está consagrada a la Virgen de Caacupé, a cuya advocación está dedicada una importante basílica a 50 kilómetros al este de Asunción.

En la parte trasera de la parroquia hay unas escaleras oscuras y sucias que conducen a la escuela en la que estudia Jessica. El foco de 20 watts que hay en el aula no ilumina lo suficiente, por lo que cuesta trabajo ver con claridad. Como si ello no fuera suficiente, la pequeña ventana en una de las sucias paredes es insuficiente para dejar pasar la luz del sol. Una reja que domina las escaleras para prevenir un robo le da al lugar un aire hostil.

Los escritorios están despintados y pareciera más un bodegón abandonado que una sala para tomar clases. Junto a Jessica hay otros seis o siete alumnos. Todos son habitantes de la villa 21. Cuando llueve son menos: no es fácil recorrer las calles cuando son una zanja cubierta de lodo espeso. Son contadas las zonas de ese asentamiento que están asfaltadas.

Pero cada tarde Jessica está allí, en su escritorio de madera gastada y con rayones, luchando contra las letras para hacerlas suyas. Sabe que es el primer paso para llegar a la Facultad de Derecho, donde quiere recibirse de abogada, tome el tiempo que tome.

 

Detrás de Jessica, como escondiéndose, se sienta Antonella Soto, 17 años, de Formosa. Más allá de su timidez y el bajíismo volumen de su voz, que el grabador apenas logra registrar, hay unas metas que no fueron minadas por la discriminación que sufrió por no saber leer. “No me tengo que rendir”, se dijo muchas veces. Ya puede unir palabras y está segura de que quiere llegar a la universidad a estudiar una carrera relacionada con el diseño. ¿Su objetivo más ambicioso? Escribir una novela. 

En los pupitres más próximos al lugar de la maestra se sientan Ana Postigo y María Esther Centurión. Ellas son dos señoras que, invariablemente, acuden a la escuela de lunes a viernes, sin importar si llueve o si la maestra falta.

La situación de estas mujeres, sin embargo, no es excepcional. En Argentina hay cerca de 770 mil personas mayores de 10 años que no saben leer ni escribir, lo que representa un 2% de la población, según cifras del organismo de estadística oficial, el Indec.

Ese más de medio millón de individuos, entre los cuales figuran residentes extranjeros, se encuentra a orillas de la sociedad moderna, toda vez que carece de las herramientas que le permitirían acceder a la información necesaria para mejorar sus niveles de vida, conocer sus derechos y participar formalmente en la democracia. Pero también los priva de aspectos más sencillos e íntimos: la emoción de leer sobre la venganza de Edmond Dantès en El conde de Montecristo o la satisfacción de escribirle un mensaje de texto a alguien querido.

De todo ello estuvo privada Ana Postigo durante 67 años. Muy seria y sin mirar un punto fijo reflexiona: “Antes de saber leer me sentía muy sola, muy alejada de todo. Era como si estuviera fuera de la sociedad”.

Y es que en los hechos lo estaba. Nacida en Yucumo, una pequeña ciudad en el noroeste de Bolivia, Ana fue la única mujer entre sus dos hermanos. La ruleta del género definió su suerte sin piedad. El entorno machista, según sus palabras, que predominaba en su familia, fijó límites estrictos de cómo ella habría de vivir. Sólo sus hermanos, por ser varones, fueron enviados a la escuela. Las palabras de los profesores que pedían que Ana asistiera a clases fueron vanas. Se toparon con la cerrazón de sus padres.

“A mí no me hicieron estudiar porque tenía que barrer, lavar, cocinar… Todo tenía que hacerlo yo, como si fuera una persona grande”, recuerda. “De seis años yo ya sabía lavar, cocinar… hacía todo. Por eso mi madre no me soltaba para nada. Ella se iba y cuando volvía yo ya tenía todo listo: acomodado, limpio, barrido, hecho el almuerzo. Yo era como una empleadita doméstica, nada más”, dice con una firmeza que no asoma reproches.

Una empleadita que jamás leyó los cuentos de los hermanos Grimm antes de dormir ni disfrutó las tiras cómicas del periódico un domingo por la tarde. Ni siquiera garabateó su nombre en una hoja de papel; no por falta de ganas, sino por estar fuera de ese universo que son las letras. Veía a sus hermanos asistir a la escuela sin envidia ni resentimientos: le daba gusto saber que al menos ellos tenían esa oportunidad.

La edad adulta no trajo más libertades para Ana, que se casó siendo adolescente y pasó de hacerse cargo de sus hermanos a criar a 10 hijos, seis hombres y cuatro mujeres. Todos estudiaron, de eso se aseguró ella misma. Cuatro de ellos, todos varones, llegaron a Argentina entre 2003 y 2008 en busca de mejor trabajo. Ana y su esposo se quedaron en Bolivia hasta que, hace siete años, ella enviudó.

“Mi esposo murió y eso me hizo ver que entonces no sólo me faltaba el marido, sino también muchas otras cosas”, confiesa. Un año después, en 2009, decidió seguir a sus hijos hasta Argentina, donde se instaló en la villa 21-24. Su piel morena enmarca unos ojos pícaros, que no pierden detalle.

Ver la ciudad por primera vez le resultó abrumador: “No me gustó. Quería volverme a Bolivia, se lo dije a mi hijo, pero él me pidió que le diera un tiempo. Al mes ya teníamos un lugar en donde vivir acá en la villa y él empezó a trabajar de albañil, así que nos quedamos. Ese tiempo yo salía mucho a caminar para conocer la ciudad, no me importaba si iba sola. No entendía nada, veía los edificios y me preguntaba ‘¿qué será aquí?’. Ahora eso ya no me pasa, pero sufrí mucho al principio”.

Su primera gran dificultad en Buenos Aires fue moverse en la ciudad, pues el transporte público y la ciudad toda son un sistema basado, primero que nada, en la lectura. Consciente de ello, una de sus hijas, que es directora de escuela, había intentado ayudarla a aprender antes del viaje a Argentina. Pero Ana se resistió. “Sentía que si dejaba que mi hija me diera clases iba a perder mi autoridad de madre”, dice.

Fueron tiempos en los que pocas cosas la motivaban. Vendía comida y se hacía cargo de uno de sus hijos, en eso se agotaba su vida. Ni siquiera cobrar su paga le era fácil: lo único que le permitía diferenciar entre un billete de dos pesos y otro de cien era su color. Lo hacía con todos los riesgos e imprecisiones que implica el aprendizaje por asociación. La falta de su marido acentuaba su sensación de soledad y la lejanía del hogar empeoraba su ánimo. Extranjera, viuda y sin educación para aspirar a un empleo bien remunerado, Ana veía ante sí una muralla que se elevaba a las alturas y no creía poder franquear. Entonces decidió quitarse la vida.

Se detuvo. Su propia voz le habló: “La vida es para crecer y para aprender. No puedes hacer esto, tienes que vivir”. Dejó ir la soga y con ella la sombría tentativa. Era hora de eso, de crecer, de aprender y de vivir.

De cierta forma esa Ana no existe más. Desapareció cuando, en agosto de 2014, llegó a la escuela para adultos. Aprendió a leer al cabo de dos meses. En ocho semanas Ana pasó de ser incapaz de leer su propio nombre a hacer suyo todo lo que la rodeaba.

Para octubre ya sabía a usar WhatsApp. Por ese medio le escribe su nieta, quien vive en Roma. Desde aquella legendaria ciudad, de la que Ana aún sabe muy poco, recibe fotos de plazas, monumentos y templos, algo que jamás había creído posible. Su ambición tecnológica no para ahí: “Mi hijo se compró una computadora y estoy empezando a apretar los botones, poco a poco”.

“Desde que aprendí a leer cambió mi forma de pensar, mi manera de conectar con la gente, de expresarme. Una cosa es hablar y otra es tener diálogos. Claro que yo antes también tenía diálogos, pero me faltaba algo. Ese algo es la capacidad de conocer”, reflexiona.

Llegar a ese punto le tomó tardes enteras de frustración y esfuerzo. Al principio, admite, lo más complicado era reconocer las letras, aprender las vocales. La imagen podría ser la de un jardín de niños, pero cobra otra dimensión cuando quien sufre por entender las diferencias entre una A y una O es una mujer de casi 70 años.

La noche del viernes, después de su primera semana en la escuela, pensó en no volver más y desistir de ese reto que le parecía complicadísimo, casi imposible. “Pero entonces me dije: ‘se van a reír mis compañeros si no voy más’. Eso me dio un ánimo. Yo misma me di un ánimo”, cuenta con determinación. Y hoy, a 10 meses de haber empezado las clases, se siente más fuerte, superó una barrera que la separaba culturalmente y tiene ansias de aprender lo más que pueda. Distinguir las ramales de una ruta de autobús dejó de ser una dificultad estresante.

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De leer dependen aspectos tan básicos para el día a día como saber las calles o el destino del transporte público. Lo mismo ocurre con la comprensión de cualquier trámite, desde el cobro de una pensión hasta la firma de un contrato de alquiler. El asunto sigue: leer los diarios es crucial para conocer y comprender la sociedad a la que uno pertenece. Y hay más.

Ese más no puede sino abrumar a quienes se les conoce como analfabetos. Cinco sílabas despiadadas con las que es difícil amigarse. ¿A quién se le puede llamar así de frente sin ser cruel? ¿Cómo es ser analfabeto y vivir en la ciudad en pleno siglo XXI?

Alguien podría decirles a María Esther y Jessica que quizás es tarde para aprender a leer y escribir. O que de poco les servirá a Jessica y Antonella entender un libro en un entorno de pobreza como el suyo. Pero a ellas y a muchos de los alumnos eso les tiene sin cuidado. El reto es consigo mismos y pasa por encima de lo que pudieran opinar quienes los rodean. Ese aprendizaje es el que, justamente, les permitirá relacionarse con el mundo en el que viven.

Cristina Lipobsky es la actual profesora suplente en la clase de Jessica. Desde las nueve de la mañana comienza su labor, en una escuela en la Boca; después del almuerzo se traslada a Barracas, donde espera en una esquina para que un vehículo de la escuela la transporte las tres cuadras que separan a la avenida Vélez Sarsfield de la parroquia Nuestra Señora de Caacupé, al interior de la villa.

En otro lugar asignar una combi para que una sola persona recorra tres cuadras sería un absurdo, pero en este caso lo insensato sería caminar: en ese trayecto los asaltos son frecuentes. Puede atestiguarlo la directora de la escuela, Alicia Pasquinelli, quien sufrió un asalto a mediados de junio de 2014 y otro tan sólo un mes después. La villa 21-24 es un lugar duro y, como se ve, en ocasiones peligroso.

Lipobsky se toma, sin embargo, ese transporte de lunes a viernes, pese a no ser la titular de la clase. Según explican alumnos y profesores de la escuela para adultos que funciona al interior de la parroquia, el sistema de licencias y permisos para faltar es muy flexible y ello impide que haya sanciones a los docentes que se ausentan constantemente, aun a pesar del impacto negativo en el rendimiento de los alumnos.

Toda la labor de Lipobsky se trunca cuando la titular vuelve, y resulta difícil creer que a un maestro que ha faltado a su trabajo sistemáticamente le preocupe el aprendizaje de sus alumnos. Muestra de ello es que varios de los estudiantes llevan más de un año cursando el primer ciclo y aún son incapaces de leer.

María Esther Centurión es uno de esos casos. Hoy tiene 49 años y dejó la escuela cuando era muy joven para trabajar y ayudar a su familia, como le ocurre a muchísimos otros en la ciudad, que suma cerca de 12 mil 400 analfabetos. Cursa la primaria de adultos desde marzo de 2013 y reconoce que está “aprendiendo de a poquito, por lo que te digo que a veces nos cambian mucho a la maestra o no viene”.

“No saber leer es no saber nada”, reflexiona María Esther. La crítica es dura porque ella conoce muy bien lo que es esa situación. Durante casi medio siglo se dedicó exclusivamente a trabajar como niñera o ayudante de casa. Cuando era más joven ayudaba a su padre a juntar tachos de vidrio para reciclar.

La pobreza y el analfabetismo la situaron en un contexto sui géneris: un trabajo duro y mal pagado afuera del cual no había posibilidades de nada más. Como vivir en la Edad Media, sin la oportunidad de conocer y asimilar el arte o la vida política de su país. Sin poder plasmar sus ideas y sentimientos en un papel para otras personas o para generaciones futuras; todo ello mientras a su alrededor una ciudad entera navega por internet, compra las obras completas de Julio Cortázar y está en contacto con amigos y familiares a través de mensajes de celular.

María Esther admite que leer un libro es algo que todavía está fuera de su alcance, pero haber podido gestionar la jubilación de su marido, quien murió en 2013 sin saber leer, es una meta que considera muy valiosa. Ya no siente esa inseguridad que le producía no entender los precios de la comida cuando iba de compras.

Recuerda que antes, cuando no podía leer absolutamente nada, la ciudad le parecía imponente y difícil de asimilar. “Me daba miedo estar lejos de casa y no poder leer los carteles del colectivo para regresar. Un día yo tenía que ir a un trabajo, que era cuidar a una nena en el hospital, y no sabía cómo, no conozco la capital y no sé las calles, y la verdad es que tampoco quería pedirle a alguien que me ayudara. No quería que los otros se enteraran de que no sabía leer. Tuve que rechazar el trabajo y me sentí muy frágil, muy tonta”, cuenta.

Y cómo no sentirse vulnerable frente a una mayoría que da por sentado que todos saben leer. “Sí, yo pienso que sí se discrimina [a los analfabetos], pero no de forma voluntaria; la velocidad con que se vive en la ciudad hace que uno no se pueda detener a mirar a aquel que no puede escribir, leer o hacer una cuenta”, opina Lipobsky.

 

De esa discriminación fue víctima Antonella Soto. Es la mayor de tres hermanos y, sin embargo, la única que no sabe leer ni escribir. “Dejé la escuela cuando tenía 12 años, pero no sabía leer. Había muchos problemas en mi casa y tuve que dejar de ir a clases”, explica. Cuando ella tenía dos años su familia viajó de Formosa, una de las provincias más pobres del país, a Buenos Aires en busca de trabajo, pero las cosas no mejoraron mucho. Pasaron de vivir en la pobreza del campo a la miseria urbana y gris que es la villa 21.

“No saber leer me privó de tener amigos. La gente que conozco acá sí sabe y algunas personas se alejaron cuando supieron que yo no. Los chicos de mi edad se burlaban de mí porque era calladita y no sabía leer. Me empujaban o buscaban pelear. Y yo me decía: tenés que seguir adelante. Así que volví a la escuela en 2011. Mis papás siguen peleándose mucho, pero yo ya no me meto y mejor estudio”, relata.

Aprender a leer le dio fuerza: ahora, con 17, sabe que puede terminar la primaria, el secundario y cursar una carrera. Antes, cuando las letras no le decían nada, Antonella percibía un panorama más cerrado, más triste. De chica le gustaba contemplar las imágenes en los libros, pero le resultaba desesperante no comprender las letras que las acompañaban. Era, dice, como ver algo muy cercano pero a la vez inalcanzable.

“Ahí fue cuando dije: necesito aprender a leer. Miraba las letras y quería saber qué significaban todas las cosas. Todo está lleno de letras y yo no podía entender nada”, se lamenta. Ahora disfruta de los poemas y cuentos: “Leo poquito, aún no del todo, pero sí avancé”.

Su proyecto de novela es sólo una idea, pero asegura que la escribirá. Por ahora, lo que más le entusiasma, además de construir su camino hasta la universidad, es ayudar a sus hermanos, de nueve y 11 años, con sus tareas de la escuela. “Quiero que ellos aprendan todo lo más rápido que puedan para que no les pase como a mí”, explica.

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En la Escuela República de Haití, también en Barracas pero fuera de la villa 21, estudia Gustavo Araujo, de 28 años. Sus manos delatan que trabajó como campesino: son ásperas y de piel dura. Pero habla con una elocuencia y, en ocasiones, una prisa, que delatan una mente ágil y atenta.

Hace siete años decidió dejar su pueblo natal, una zona rural al sur de Paraguay, para venir a trabajar a Buenos Aires. “Mi padre me dijo ‘¿cómo te vas a ir sin tener estudios?’, no le hice caso y ahora veo que tenía razón”, dice con una sonrisa irónica.

“Nunca fui a la escuela porque no me importaba. Una de mis hermanas, que vive en Paraguay, es maestra e intentó enseñarme muchas veces, pero no le hice caso. En el campo no me servía de mucho leer. Luego llegué a Argentina y me di cuenta de mi error. Hasta para andar en la calle se necesita, ni se diga para viajar o trabajar”, admite Araujo.

El amor y la vergüenza lo llevaron a la escuela. “Acá empecé a estar de novio con una chica, y un día me mandó un mensaje al celular y yo no lo entendía. Sólo usaba el teléfono para llamadas. Tuve que decirle la verdad, que no sabía leer, y pasé mucha vergüenza”, recuerda. Ello y el deseo de un mejor trabajo le dieron la determinación que faltaba. “No quiero ocuparme en cosas del campo, y sin estudios no podía aspirar a más”, cuenta Gustavo, quien ahora trabaja como cargador en una fábrica de gaseosas y lamenta el tiempo perdido con una frase que le pesa decir: “Tengo 28 años, a esta altura ya tendría un título de la universidad”.

Pese a ello, piensa que esta etapa de su vida es transitoria y mejorará si persiste en sus estudios. “Cambió mi vida. Ahora que leo domino más todo lo que me rodea y quiero empezar a usar la computadora. Siempre que puedo compro el diario y en la calle no paro de leer todos los carteles”, dice. Los mensajes de texto que le manda su novia ahora cumplen con su función.

 

Si algo resulta evidente es que el analfabetismo está ligado a la pobreza y opera en un círculo vicioso del cual es complicado escapar. No saber leer ni escribir limita toda posibilidad de acceder a empleos mejor remunerados y la ausencia de recursos hace que muchas veces se tenga que sacrificar la escuela en pos de trabajar para sobrevivir. Así le ocurrió a la mayoría de los entrevistados para esta investigación.

Un informe del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, publicado en 2014, explica que los barrios con un nivel económico relativamente alto cuentan con menores niveles de analfabetismo y los más pobres presentan mayores índices. En total, 0.5% de los habitantes de la ciudad no sabe leer ni escribir.

Si bien la capital argentina registra índices de analfabetismo bajos en comparación con provincias como Chaco o Formosa (5.8% y 4.3%, respectivamente), con los niveles más altos, es el único distrito en el que recientemente  ha aumentado y no disminuido el número de personas mayores de 10 años que no saben leer ni escribir.

Una de las posibles explicaciones, comenta Mariano Narodowski, ex ministro de Educación de Buenos Aires e investigador de pedagogía, podría ser la creciente inmigración proveniente de Bolivia y Paraguay: personas que vienen de territorios rurales o marginales, muchas veces sin saber leer.

 

Alicia conoce muy bien a todos los alumnos de la escuela en Barracas. Sabe quiénes son los más brillantes y ubica las principales dificultades de otros; los llama a todos por su nombre y conoce lo que ocurre en sus casas. “Si no lees estás fuera de todo y lo que te rodea se vuelve inalcanzable. Lo que para alguien que lee son cinco kilómetros, para alguien que no es el otro lado del mundo”, opina.

Bajo la dirección de Pasquinelli estudian Angélica Paz y Ricardo Escobar, 60 y 55 años, respectivamente, un matrimonio que pasó casi toda su vida sin saber leer pero que ahora es referente entre los alumnos y profesores de la Escuela República de Haití.

Paz nació en San Javier, Misiones, y recuerda la ausencia de escuelas en un entorno rural. “No había un lugar donde los chicos pudiéramos aprender. Luego el gobierno construyó una escuela, pero no había maestros, porque estábamos muy lejos de todo. Entonces quienes daban las clases eran unos gendarmes, que no sabían mucho y no enseñaban bien. No aprendí nada y mi papá me dijo que no fuera más”, recuerda.

Y no volvió a las aulas sino hasta 2009. Fue en ese año cuando uno de sus hijos murió a causa de un disparo en una riña entre pandillas. La violencia de esta clase no es extraña en la villa 21, donde vive la familia. “Venir a la escuela y enfrentar este reto me ayudó a salir adelante con la muerte de mi hijo”, cuenta. Y a partir de entonces todo fueron triunfos: “Me encanta leer, me encanta hacer cartas, cuando las escribo es como si hiciera un poema. Ahora leo cuentos, el periódico, poemas. El año pasado me invitaron a leer un poema en la Feria del Libro”, dice con mucha satisfacción.

Uno de sus mayores logros, aunque ella no lo diga, es haber ayudado a su esposo a unirse a la escuela. Nacido en Avellaneda, Ricardo sólo llegó al tercer grado en su niñez, pero confiesa que al poco tiempo olvidó lo que había aprendido y pasó el resto de su vida, hasta hace muy poco, sin poder leer absolutamente nada.

En esas condiciones el único trabajo que encontró fue en la construcción. Se empleó como albañil y su personalidad e inteligencia lo ayudaron a escalar posiciones a través de los años, pero llegó el día en que una propuesta lo superó: le ofrecieron ser supervisor de obra. Para ello tenía que ser capaz de interpretar los planos de ingeniería, qué contienen, escritos, detalles precisos de los que depende la seguridad de un edificio y de muchas personas. No saber leer frenó de tajo su imparable ascenso.

“Tengo que venir a la escuela o me bajan”, pensó ese día mientras volvía a casa. “Me sentía perdido, hasta ese momento no me había interesado leer. Era difícil viajar porque si no conocía la calle había que preguntarle al chofer, y eso me molestaba. Todo mundo anda apurado y no los puedes parar. Ahora viajo tranquilo, sin ansias. Encontré que leer no era tan difícil como pensé”, comenta el ya supervisor de obra. Ahí no terminan sus ambiciones: quiere llegar al secundario y, de ser posible, seguir. Leer le dio la capacidad de estar al frente de un equipo, de ser, en cierta forma, un mejor líder de lo que ya era.

 

Durante la última visita, antes de la publicación de este texto, que se realizó a la escuela que funciona en la Parroquia de Caacupé se constató que la profesora titular sigue ausente. Ana, María Esther y Jessica no han cejado en su esfuerzo por terminar el primer ciclo. Tan es así que Ana, quien planea un viaje a su ciudad natal, no piensa comprar su pasaje hasta que haya vacaciones. Para ella faltar a la escuela no es una opción. Sólo irá de vacaciones, pues ahora que lee Buenos Aires le fascina.

El resto de sus compañeros son caras nuevas. Hay un par de chicos que prestan poquísima atención a la maestra, uno de ellos incluso sale en busca de comida. Tres mujeres mayores no dejan de mirar sus libretas. Las sillas que sobran están apiladas desordenadamente al fondo del aula. El lugar de Antonella está vacío. Sus compañeros no saben de ella desde diciembre pasado. Ana y Esther creen que no vendrá más. Entre esas dudas hay algo desalentadoramente cierto: en esa ausencia se diluye, gota a gota, la novela que Antonella quería escribir.

Cada uno de los miles de analfabetos en Buenos Aires —millones en el mundo— es eso, lo que no será: el fantasma de un cuento que cambiaría al mundo, el aborto de un estudio médico revolucionario, la promesa de un poema que muchos habrían de recordar. Ser analfabeto es, también, ser víctima de la indiferencia de una ciudad entera. En algún lugar de la villa 21 Antonella mira las letras que inevitablemente la rodean y, probablemente, trata de no pensar en el libro que ya no será.

 

Carlos Sánchez Rangel
Periodista.

Ensayo

En defensa de la literatura

—Se lee como novela. —Me dijo un tipo el otro día, al recomendarme un ensayo del que no tenía el menor interés.
—¿Y qué novela ha leído últimamente? —Le pregunté al hombre, muy amable, que se acercó a mi mesa en un restaurante que frecuento últimamente.
—No, bueno, en realidad tengo poco tiempo para leer novelas. —Me confirmó segundos después, tras un orgulloso titubeo que le sirvió para decir con una convicción que supongo es envidiable: leo lo que es más útil.

Es casi habitual. He encontrado esa misma respuesta en más de uno, muchos de ellos escritores, analistas políticos, académicos, parte de la intelligentsia mexicana o bien, lectores comunes. Gente que uno supone encontrará en el instrumento análogo de la realidad una fuente de reflexión.

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Parece que el asunto es de poca importancia. Leer novelas, por buenas que sean, no va a mejorar el amargo y translúcido café de una oficina en la mañana, tampoco resolverá el más complicado conflicto nacional, ni hará que los fundamentalistas de la bicicleta logren un acuerdo con los pésimos conductores en la ciudad que se antoje. Ya alguna vez en la presentación de un libro le tuve que confesar a una mujer que levantó la mano, presumiendo un interés que sueño genuino, que leer una de mis novelas no le servirá para absolutamente nada de lo que ocupaba su vida o la de prácticamente cualquier otro.

Quitando el fraseo cursi y vacío que da las razones para leer en las infames campañas de promoción a la lectura, el rechazo a la literatura está disfrazado de una ausencia que no deja de parecer tremenda, la falta de reconocimiento a las máximas características de hominización de nuestra especie: el lenguaje y si hablamos sólo de la ficción, la cosa se pone más grave; despreciamos la imaginación, producto de esa virtud única: la capacidad de pensar.

Si todos los que se quejan de que en este país se lee poco, leyeran, no tendrían tanto de qué quejarse. En realidad, la queja es floja. Si bien será difícil que seamos una sociedad de lectores —intervienen muchos factores—, al momento de espetar nadie toma en cuenta a cuántos lectores equivalen los porcentajes, tampoco los distintos mecanismos de lectura, desde la fotocopia universitaria, el librero de mercado o de viejo y el afortunado préstamo de ejemplares. Ese que hace pasar libros como si fueran cuna de recién nacido, cambiando de manos gracias a unos padres que al ver al hijo de su vecino cursar el mismo grado que terminó el crío de la casa, no dudan en confiar unas páginas, suerte de estafeta con miras a mejorar.

En realidad el número de lectores oficiales me importa poco y no me llena de angustia. Esa fascinación por las cantidades ha mandado al traste temas que a mí me resultan más interesantes: ¿cómo leemos?, ¿qué buscamos?, ¿por qué?, ¿qué estamos haciendo —como lectores— con la literatura?

Se buscan las respuestas a nuestra falta de conocimiento sobre un hecho histórico, sobre un chisme político o una tragedia noticiosa en las novelas que más se venden, esas que narran un momento preciso que pocos desconocen o, al menos, conocen en parte. Una aproximación sencilla a la realidad que nunca ha ostentado una pizca de sencillez. La poesía, afortunadamente, no la veo muy afectada por esta mescolanza aunque sí por otra, la impostura ideológica que, por forzada, cada vez funciona menos bien. En la ficción, el mundo de adentro y afuera, ese equilibrio necesario para aspirar a la buena literatura —que ninguno de los que escribimos sabemos si llegaremos a ella—, se diluye con los “basado en”, “la verdadera historia de”, “lo que usted quiso saber…”; aquello que vende lo que el lector desconoció hasta que alguien logró descubrir con mentiras (porque el género es ficción), las marañas también falsas de una historia reescrita hasta la inverosimilitud.

Esa necesidad absurda de encontrar en la literatura respuestas fáciles, justificaciones, para tomar a la novela como un manual que nos rescate de la ignorancia. No me refiero al montón de publicaciones de fórmula con sus distintas promesas culinarias o financieras, libros que sirven para mantener una industria y no compiten en la búsqueda de lectores literarios. Me ponen los pelos de punta las supuestas cualidades que se encuentran en menoscabo de otros géneros en los que es difícil encontrar el equilibrio donde la ficción sirve para decir lo que no se puede decir de otra forma, como hace un par de años me recordó mi editora, citando a alguien que ahora se escapa de mi memoria.
En los meses de esa conversación dentro de la editorial, un temor me incomodaba y lo sigue haciendo. Acababa de publicar Casa Damasco, una novela en el escenario de la guerra civil siria que me resulta tormentosamente cercana. Mis dudas a su alrededor aún no claudican. ¿Cómo escribir al respecto sin que el entorno —el mundo de afuera, la guerra—, gane sobre los personajes que había inventado? Supongo que pasará un tiempo para que me quite eso de la cabeza, si es que lo hago, y vea si llegaron a buen fin mis esfuerzos por evitar una novela informativa o, peor, lo que se entiende como literatura comprometida, que tanto detesto. Es natural que un autor escriba de lo que lo rodea, acerca de las preocupaciones que se ciernen sobre él todos los días; sin embargo, cuando en los intereses del autor y de un gran grupo de lectores, lo que se dice sobrepasa el cómo se dice, se rompe la línea que permite situar la historia en un entorno que se aventura en la ficción. Al no arriesgarse en las trampas de la literatura, puede que estemos destruyendo a la literatura misma.

¿Qué elementos de una novela se usan para conquistar lectores? Los que los lectores pedimos. Si de la novela X dijéramos que se trata de un hombre que quiere encontrarse con sus hijos, es posible que no goce de muchos interesados pero, si mencionamos que ese hombre es el verdadero asesino de un dictador famoso y sus hijos huyeron a Sudamérica por la vergüenza que les provocaban las labores de su progenitor, un doble espía que colaboraba de igual manera con su gobierno que con el círculo cercano al Papa en el Vaticano, la cosa puede cambiar pasando por alto la prosa fantástica de la hipotética obra. Ahí perdimos por completo el equilibrio que la salvará del olvido. Es este el escenario al que muchos textos se enfrentan en la búsqueda de un mayor número de lectores.

¿En qué momento una novela, para ser verosímil y atractiva, tiene que recurrir a situaciones cercanas o absolutamente reales para poder construirse? En el que creemos que la novela tiene una función utilitaria, explicarnos de qué se tratan los entornos donde se desarrollan antes de mostrarnos a nosotros mismos. Cuando no le damos el valor suficiente a las convenciones de la ficción, que permiten a unos personajes totalmente falsos, reflejar las preocupaciones, perversiones y cosas buenas de nosotros los reales. Convenciones que permearon lo más profundo de nuestra existencia para convencernos por unos siglos de qué se trata el amor, la felicidad, de cómo se manifiesta el temor, la angustia y tantas otras pasiones.

Todo novelista puede caer en esta tentación, será de sí lograr que su trabajo tenga más que la narración correcta e investigación meticulosa de un evento que como él, cualquiera con intenciones pudo descubrir entre libros e internet. La perversión tiene dos caminos, también recurrentes. El segundo perturba a más de un editor. Si en el rechazo indiscriminado a los asideros de la realidad se elimina todo rastro de un mundo exterior, por soberbia, para dicha novela los anaqueles de librería pueden volverse sinuosos.

¡Pero de esta historia puedes hacer una novela! Como si las novelas trataran de eso, como la recurrente recomendación de la tía regordeta que en las cenas familiares insiste en contarle al narrador de la mesa la anécdota que sólo ella sabe, y asegura dará para escribir doscientas paginas. No, las novelas no se hacen de eso. Personajes que evolucionan como nosotros —las menos veces— lo hacemos, contradicciones, la dosificación de la información en pos de la creación del suspenso y una prosa, dejo estético, que obliga a muchas otras cosas más que ricas. El uso del lenguaje, de los tiempos, de las figuras que hablan de lo que no está escrito, implícito; que separan al libro de la literatura. Tampoco puedo olvidar que la literatura es tan grande que da para tanto donde se encuentran en la literalidad, ensayos, ya decía poesía, la cumbre más alta del lenguaje e incluso, algunos de los textos que leemos a diario en páginas de periódicos. Este olvido por las posibilidades del lenguaje y del pensamiento que ha permitido el desprecio de la novela, la poca importancia que se le da a la poesía y el desecho del ensayo literario, se hacen en la pobreza de las palabras que nos hemos acostumbrado a leer.

Artículos y ensayos de revista se construyen a partir de citas, referencia tras referencia son consecuencia de lo mismo que afecta a la novela. Todo lo dicho podrá ser válido desde lo escrito por otros; lo dijo tal, entonces es incuestionable y si aún queda duda, también lo comentó ese fulano de otros tiempos. No puedo estar equivocado si menciono tres fuentes que en su nombre sustentan alcurnia; da igual lo que yo piense y cómo lo escriba. A las ideas cada vez se les exige menos sostenerse por sí mismas como por la reafirmación desde ideas anteriores. La época de las comillas ahorra el esfuerzo de pensar y evita el todavía más inútil trabajo estético, ese que como todo arte viene del ocio y de nuestras dos grandes virtudes, posiblemente las únicas que valen la pena en la especie: el lenguaje y la imaginación. Pensar y la capacidad de hacerlo, de expresarlo. Los dos elementos principales de la literatura, que está hecha de lo mismo que nosotros.

 

Maruan Soto Antaki

Ensayo

El paraíso de los cobardes

Internet, la gran “red global” (el significado de las siglas www) no es la tierra prometida de la democracia, como podría parecer bajo una mirada ingenua o superficial.

La democracia requiere la confrontación abierta y equilibrada entre cada punto de vista sobre toda cuestión de interés público. Se podría pensar: ¿qué mejor oportunidad de efectivamente llevar a cabo esta confrontación democrática, si no aquella que ofrece la comunicación horizontal, capilar, y sin fronteras que puede desarrollarse —o mejor dicho, que se desarrolla todos los días— por medio de internet? Sin embargo, muchos estudiosos han observado cómo el vasto océano de la comunicación política 2.0 inevitablemente tiende a fragmentarse en una multitud de círculos cerrados, autorreferenciales, propensos a convertirse en grupos identitarios excluyentes y a menudo belicosos, entre los cuales los intercambios son limitados, esporádicos y difíciles, si no es que del todo ausentes. La trayectoria de varios movimientos y partidos nacidos en la red y activos sobre todo dentro de ella lo confirma.

Al fin y al cabo, ningún cibernauta, por más hábil e incansable, lograría seguir un número relevante de blogs, foros, discusiones y conversaciones que la red hospeda en cada momento; ninguno podría realmente asimilar la información y los estímulos que provienen de todas direcciones y reelaborarlas en una opinión crítica y bien pensada.

Lo he dicho desde hace mucho: la democracia necesita un espacio donde la discusión y la deliberación pública sea institucionalizada; y, por ende, efectiva y permanente, en vez de incidental y eventual. Sobre todo, necesita de un espacio donde dicha discusión no sea selectiva y casual, sino inclusiva de todas las opiniones alrededor de las cuales se haya formado un consenso significativo. Este espacio es el Parlamento; no es y no lo puede ser la red. La democracia es el Parlamento. Hablamos obviamente, de un Parlamento representativo, fundado sobre el sufragio universal y sobre el método proporcional, donde las opiniones políticas de todos puedan no sólo expresarse, sino, en efecto, ser escuchadas y ponderadas por todos.

Esto no significa que el bullicio infinito de la comunicación política en la red no tenga un lugar en la democracia; que le sea extraño o incluso dañino. Al contrario: puede y debe ser el campo más vasto en el cual germinan, se definen y se difunden datos, temas, cuestiones y perspectivas capaces de imponerse a la atención pública transversal y de condicionar, o incluso orientar, el proceso de decisión política. Este proceso, sin embargo, no puede agotarse en la red: la e-democracy, entendida como democracia directa, es una ilusión y un engaño. La voz de la red no es la voz del pueblo.

Y bien, en ciertas circunstancias, quizás podríamos admitir que sí lo ha sido, pero a menudo en un sentido deteriorado, y casi siempre en formas problemáticas e inquietantes. A veces, incluso, bastante peligrosas: cuando se manifiesta como la voz de una sola multitud homogénea, encabezada por demagogos más o menos diestros, y lista para exaltar o condenar, para aclamar o linchar.

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A veces: por fortuna, no siempre. La red y las TIC (Tecnologías de la Información y Comunicación) pueden ser medios muy eficaces para convocar multitudes o para organizar protestas, cuyo valor dependen del valor del objetivo buscado. A veces, el objetivo parece sumamente generalizado, y de hecho sostenido en un consenso casi universal. Pensemos, por ejemplo, en las llamadas primaveras árabes. Pero inmediatamente llega a la mente el enfriamiento islamista que les siguió. La red y las TIC quizás puedan servir, incluso, para desmantelar dictaduras: pero no bastan para fundar la democracia.

En suma: el valor de la red y de las TIC es ambiguo. La red es una extraordinaria galaxia de oportunidades, y al mismo tiempo un terreno minado de engaños insidiosos. La red y las TIC son inmensos depósitos y multiplicadores potencialmente infinitos de recursos informativos: son la sabiduría al alcance del dedo. Pero muchos instrumentos con los cuales navegamos en la red favorecen formas de expresión abreviadas, comprimidas, más parecidas a eslóganes comerciales que a conversaciones racionales. Temo que el uso de Twitter invite a la desertificación de la sinapsis y a la desecación de las neuronas. Y parece afirmarse en un modo disimulado y superficial la idea de que la democracia es algo parecida a la suma algebraica del “me gusta” y “no me gusta”; un agregado público de idiosincrasias privadas, de pulsiones emotivas y extralógicas.

La democracia, según una de las definiciones célebres de Norberto Bobbio, es “el poder público en lo público”. Es lo opuesto al poder invisible, oculto, secreto. Una vez más, se podría pensar: ¿qué mejor oportunidad, si no aquella que ofrecen la red y las TIC a los navegadores hábiles de descubrir y volver públicos los secretos inconfesables de los poderosos? Y, en efecto, no podemos dejar de reconocer cierto valor democrático en la denuncia, por medio de la difusión en la red, de los abusos cometidos por instituciones poderosas como, por ejemplo, la NSA (National Security Agency) estadunidense.

Pero observemos con atención: justamente el caso de la NSA, y otros clamorosos casos similares de espionaje y vigilancia ilegal por medio de intercepciones abusivas y capilares de comunicación privada, pone de manifiesto el problema más general de los límites entre aquello que es visible y aquello que no debe serlo. Incluso la transparencia tiene límites. No es lícito volverlo todo público. No toda difusión de la información es un servicio democrático. Al contrario: en ciertos casos, la violación de los límites entre público y privado, la publicación de aspectos de la vida privada de las personas —más allá de ser en sí mismo un acto ilícito, una lesión a la libertad individual— puede también ser un atentado en contra de instituciones democráticas. Es precisamente el caso de emisarios del poder oculto que capturan momentos de la vida privada de personajes públicos, y salvaguardados en la sombra del anonimato que ofrecen las redes, los difunden para desacreditar su reputación. En estos casos uno debe preguntarse, antes que cualquier cosa: ¿cui prodest?, ¿a quién le favorece?

En Italia, en los últimos veinte años, este tipo de casos se ha multiplicado, sobre todo dañando a funcionarios públicos y magistrados al frente de puestos delicados, con poder de garantía y prevención contra los abusos de la clase política. Se ha hablado incluso de “máquinas del fango” hechas y derechas, secretamente predispuestas para captar imágenes o conversaciones privadas y ventilar al público aquellas con más potencial de generar “escándalo”; casi siempre mediante formatos que deforman en significado original. Así, a la horca mediática se le ofrece una víctima, mientras que el culpable de la violación ilícita de los límites entre lo público y lo privado se ríe desde su lugar seguro. En ciertos casos, la red se transforma en el paraíso de los astutos y los cobardes. En palabras de Hegel: “Ningún gran hombre lo es para un miserable que lo espía desde el agujero de la cerradura; pero no porque el primero no sea realmente un gran hombre, sino más bien porque el segundo es realmente un miserable”.

En un episodio reciente, no italiano, la víctima ha sido expuesta al oprobio público y a la masacre colectiva en YouTube por haber puesto en ridículo, en una conversación privada de tonos irónicos, la arrogancia de un personaje que había desplegado pretensiones absurdas e inaceptables para las instituciones democráticas. Me pregunto cuántos de los comentadores indignados por aquella conversación hayan suscrito, hace algunos meses, manifestaciones de solidaridad por Charlie Ebdo en favor de la libertad de sátira.

A mi juicio, uno de los aspectos más desconsoladores, en este y otros casos similares, es precisamente el del conformismo avasallador de los followers. A medio camino entre un rebaño de ovejas y una manada de lobos; rápidamente unidos en tropa y hábilmente encabezados por demagogos viejos y nuevos. Un gran demócrata italiano, Aldo Capitini, ha escrito: “Las multitudes siguen a quien da fuerza a sus propias perversiones”. A propósito: Capitini se refería a los fascistas.

La democracia es incompatible con la acción gregaria. La democracia (en su forma ideal, desde luego) es una asociación de espíritus libres. La red es un medio ambiguo: puede ser un campo de libertad o de gregarismo. Nos toca a nosotros escoger.

 

Michelangelo Bovero
Filósofo. Catedrático de la Universidad de Turín. Coordinó el libro ¿Cuál libertad? Diccionario mínimo contra los falsos liberales.

Traducción del italiano de Sara Hidalgo

Poesía

La mujer subida al cielo

A Luis Buñuel

1.   ¿Y la mujer?, preguntó Héctor en el Bar.

2.   ¿La mejor, la del mugir del rapto?
      Ángel o demonio, no, bella salvaje.

3.   ¿La tomaste para tactar
      con las yemas de los ojos?
      Sí y ahogar su olor
      con los “gatos” de mis brazos.

4.   Lilia Prado, color de jardín
      y olor mora-rosado,
      liliácea que es el deseo
      ordenado por el cerebro.

5.   Prado donde el césped oscila
      entre la tarde y la noche.
      Las curvas del cuerpo
      abren sus veredas.

6.   Medidor de aromas escondidos
      entro calmo en su fuego.
      La respiración se arremolina
      y tiende a perderse.

7.   Subida al cielo
      los muslos la enaltecen,
      su orgullo con su risa
      se abre paso entre admiraciones.

8.   El vaivén del autobús
      de un lado a otro,
      oleaje destartalado.
      Pobre corazón mío.

9.   Hubo una mirada,
      la vi, la vio,
      la recogimos del piso
      como joya;
      yo me la llevé a la boca.

10.  Yo estaba en la sala
      debajo del rayo proyector.
      Ella en la mente del cristal
      haciendo devenir saliva.

11.  Su aire de paso
      fustigó
      dolorosa
      la realidad oculta.

12.  Sus brazos de miel morena
      tersa prueba
      la insistencia de los besos
      en mis manos.

13.  En el Bar la conversación se congela,
      el suspenso detiene a los hombres.
      Lilia Prado se ha ido
      con las luces apagadas.

14.  Esta es la mujer Héctor,
      la que hace mugir
      como Europa, la del rapto,
      subida al cielo.

21 de abril de 2015

 

Raúl Renán
Poeta y narrador. Ha publicado: Rostros de ese reino, A/salto de río (Agonía del salmón), Los silencios de Homero, entre otros títulos.

Cultura y vida cotidiana

Las porras en los estadios

05-porras

Las porras en los estadios son:

• Sinónimo del público, dicen los distraídos
• El respetable, según los cronistas genuflexos
• Hinchas o barras bravas en Latinoamérica y España
• Aficionados, para los que confunden la magnesia con la gimnasia
• Concentración de seguidores
• El aullido de la tribu
• Volubles como el gas
• Apasionadas a la manera de las madres de telenovela
• Furibundas, rabiosas, irritables
• Irracionales, semejantes a los temblores de tierra
• Oscilantes como el clima en febrero
• Traicioneras, parecidas a los gatos
• Creyentes como las procesiones a la Basílica o los fieles en un mitin
• Gritonas, como sólo ellas mismas puede ser en su devoción autocumplida
• Fieles como los perros
• Agresivas por quítame estas pajas
• Pasionales por necesidad e identidad
• Inhibidoras de “los otros”
• Expansivas como plaga bíblica
• Contagiosas, como epidemia de influenza
• Causantes de miedo, o por lo menos de precaución
• Ingenuas por vocación
• Enajenadas para ser redundantes
• Funerarias, ante la derrota
• Religiosas, fervorosas
• Duras como el granito
• Inflexibles por el número
• Tribunales inclementes, sin apelación, sin piedad
• Albureras, a la manera de los malos cómicos
• Ocurrentes
• Ecos potentes de malestares múltiples
• El cerebro en la garganta
• Masa de acoso a la casa, decía el mediocampista Canetti
• Iracundas, invariablemente por malas razones
• Festivas como el carnaval de Veracruz
• Relajientas como niños de secundaria
• Recreo para los bien portados
• Retrato distorsionado
• Violencia verbal
• Fanatismo en comunión
• Terror contenido y a veces no
• Oratorio secular
• “Más supersticiosa que una carreta de gitanos”
• Azote que se multiplica
• Coloridas dice el daltónico
• Ciegas, por la emoción
• Orgullo de pertenecer a…
• Oficiantes de un culto pagano
• Huérfanas en busca de padres sustitutos
• Tristes, lúgubres, observadas a la distancia.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Es autor de Nobleza obliga, Política y delito y delirio. La historia de tres secuestros y El desencanto, entre otros libros.

Cultura y vida cotidiana

El criticón

“Estimado señor, me parece que su vestimenta está fuera de moda y no va nada bien con su melena despeinada y sus brazos largos, además de que su sola presencia es una ofensa a un día soleado como el que gozamos hoy”. Aquí tenemos, nada menos, una crítica realizada por un observador al aspecto de una persona. A nuestro crítico la presencia de esa otra persona le parece una ofensa al día soleado y su saco o pantalones le parecen ridículos y fuera de época. Joseph Conrad, en su relato Los idiotas, escribe refiriéndose a unos jóvenes carentes de capacidad mental: “Eran una ofensa a la luz del sol, un reproche al cielo abierto, un reproche al vigor concentrado y nítido de aquel paisaje”. Cómo me ha impresionado la descripción de una persona como una ofensa a la luz del sol. ¿No comienza así la crítica literaria o la de cualquier clase? Hasta la señora que va a la tienda mira de reojo a otra y se dice a sí misma: “¿Cómo se ha atrevido a salir así, con esas garras?”. Decía Albert Camus que los hombres modernos estamos siempre dispuestos tanto al juicio como a la fornicación. Pero no sólo el hombre moderno, el hombre de cualquier época, el criticón, encuentra en este ejercicio, el de la crítica y la observación de lo ajeno, un estímulo y un objetivo para vivir. Quien no ejerce la crítica no vive, sino que vegeta y se pierde una de las más atractivas cualidades de todo ser humano juicioso, observador y parlante.

06-criticon

“La literatura es lenguaje liberado de la obligación de informar”, dice George Steiner, y agrega que la literatura se encuentra al margen de la utilidad y el tiempo cotidiano. En esencia el arte de las letras es un continuo ejercicio de creación. Yo, que he mal citado y utilizado las palabras de Steiner a mi conveniencia, quisiera decir lo contrario. El lenguaje es una crítica del mismo lenguaje, una autocrítica, y en el fondo los seres humanos no hacemos más que chismear, hurgar a nuestro alrededor y sembrar juicios como semillas en un campo fértil. “El chisme también puede ser literatura”, conjeturaba Capote, al escritor estadunidense le resultaba imposible dar alguna clase de apreciación estética sin molestar a otro escritor, político, diseñador o actor, sin tocar los aspectos más resaltables y ridículos de su persona y de su vida. Justo lo contrario a lo que pensaba Steiner: desde la perspectiva de Truman Capote, el juicio le daba sentido a la vida y su crítica se revelaba creativa porque era mordaz, sarcástica, puntillosa y su mala leche se derramaba y desperdigaba por litros a su alrededor. A este gran escritor, pequeño, guapo en su juventud, ambicioso y suelto de lengua, le resultaba difícil llevar a cabo una crítica literaria en el sentido más formal de la palabra. A él, pese a la extrema belleza formal de sus relatos, le importaba más el escritor que su escritura o su obra. Sabía vivir en las márgenes del espacio lingüístico, se divertía y se ganaba enemigos. Hacerse de enemigos vía nuestra crítica o nuestras observaciones vale mucho la pena. Se siente uno reconfortado, vivo, dispuesto a la lucha simbólica (mientras los enemigos no tomen un arma y nos llenen el cuerpo de agujeros).

Es difícil que el escritor y su obra sean tan distintos como para que puedan considerarse dos entidades opuestas. “Fulanito era un imbécil, pero su obra es un caudal de bondades y virtudes”. O al revés: “Este hombre escribió pésimas obras pese a estar dotado con un alto sentido del arte, ser muy culto y derrochar calidad humana”. Algo falla en esta clase de sentencias y, sin embargo, cualquiera de nosotros es capaz de comprobarlas. Nacen buenos frutos de las plantas más podridas y hay árboles bellos cuyas plantas nos envenenan. Nietzsche pensaba que la existencia era una herida abierta, y lo exclamaba pleno de vehemencia y metafísica. La crítica de cualquier clase anida en esa herida y es ahí donde lleva a cabo su rutina demoledora y creativa, sagaz y constructiva (siempre constructiva; la otra, la destructiva, no existe, o se llama silencio). La crítica literaria es un pasatiempo del juicio y carecen de importancia sus conclusiones: el quid de todo este asunto es abrir la piedra, buscar la sangre, encontrar, fisgar, observar cómo supura el mundo de lo vivo. La crítica literaria es el burdel del lenguaje. En el magnífico libro que escribió sobre Sartre (según yo, inspirado en la crítica de Octavio Paz al filósofo francés), Bernard-Henri Lévy escribe: “Si hay una lección en el siglo XX, si hay una herencia que merece perdurar en las memorias y hace que no haya sido un siglo perdido es la decadencia y el posterior naufragio de la idea revolucionaria”. Quiero sumarme a esta sentencia y añadir una idea muy arriesgada e imposible (como casi todas las ideas) de comprobar fielmente: como somos ya incapaces de Revolución entonces nos dedicamos a ejercer la crítica de una manera demencial, vital y desmesurada. Lanzamos juicios a diestra y siniestra, como maldiciones, escupitajos, eructos especializados y demás. Ante la revolución imposible nos queda aún la capacidad crítica, pero no como actividad trascendental, sino como un cómodo ejercicio de desesperanza y conformismo. No podemos transformar el país, ni nuestra vida, ni nada, pero criticamos la vestimenta del vecino, su rostro descompuesto, su obra literaria, su vida amorosa y su capacidad para echar a perder nuestros días soleados.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

Música

Blur: enfoques y desenfoques

Ya no son los niños malos del britpop que eran hace veinte años. Mucho ha que dejaron atrás su bobalicona y publicitaria disputa con Oasis para ver cuál de las dos agrupaciones era la mejor y/o la más popular de Inglaterra. Desde la aparición de su primer disco (el Leisure de 1991) han transcurrido más de dos décadas. Sus integrantes han transitado por muy diferentes sendas y los dos más notorios de ellos, Damon Albarn y Graham Coxton, han demostrado con creces sus talentos individuales, más el primero que el segundo, hay que señalarlo. Albarn no sólo se dedicó a fundar proyectos alternos como el exitoso y peculiar Gorillaz o los efímeros supergrupos The Good, The Bad & The Queen y Rocketjuice & the Moon, sino que a lo largo de una década participó en infinidad de colaboraciones con músicos de todas las latitudes del planeta, ya sea como músico o como productor, hasta desembocar en la grabación de su primer plato como solista, Everyday Robots, de 2014, un trabajo austero, introvertido y muy personal. Por su parte, Coxton —menos productivo y menos extrovertido— produjo algunos estupendos álbumes individuales, entre los que destacan The Golden D (2000), Happiness in Magazines (2004), Love Travels at Illegal Speeds (2005) y A+E (2012).

blur

Con todo, en los años más recientes, el cuarteto de Colchester encontró oportunidades para reunirse en algunos conciertos y presentaciones, lo cual derivó en discos “en vivo” como el magnífico All the People: Live in Hyde Park de 2009 o en la filmación del estupendo y revelador documental No Distance Left to Run de 2010. Sin embargo, desde la aparición del Think Tank, en 2003, Blur no había vuelto a grabar un álbum, hasta ahora que acaba de aparecer The Magic Whip (Parlophone/Warner, 2015), su más reciente y en verdad excelente opus No. 8 en estudio (pocos discos, se dirá, para una agrupación fundada hace un cuarto de siglo; no obstante, aquí se impone la máxima que reza “de lo bueno, poco”, ya que todos y cada uno de ellos son de excelente factura).

La historia detrás de The Magic Whip no deja de ser interesante. Blur se había reunido en el verano de 2013, para participar como headliner en el festival japonés Tokyo Rocks. Sin embargo, por diversas circunstancias el concierto se canceló y, también por diversas circunstancias, el grupo terminó en Hong Kong, donde a lo largo de cinco días se encerró en un estudio de grabación. Sus integrantes lo hicieron más para divertirse que con la idea de producir un álbum, así que lo que quedó registrado fue una serie de jams y de trozos musicales sin una forma definida que quedaron ahí, prácticamente abandonados, hasta que Graham Coxton decidió rescatarlos y reescucharlos. Al hacerlo, se dio cuenta de que aquello era en realidad un disco de Blur en potencia y se puso en contacto con Stephen Street, el productor de algunos de los álbumes del cuarteto en la década de los noventa.

Al ver que el producto de las sesiones en Hong Kong podía convertirse en un conjunto de canciones, se pusieron a trabajar en ello y comunicaron el hallazgo a los otros tres integrantes del grupo: Alex James, Dave Rowntree y el propio Damon Albarn. Fue así como nació el nuevo larga duración de los británicos.

Doce son los cortes que conforman a The Magic Whip. A lo largo de los mismos, lo que campea es una sensación —no sé si contradictoria o dialéctica o ambas cosas— de euforia y a la vez de soledad, de ironía y a la vez de lejanía, lo cual se refleja tanto en la música como en las letras de las diversas composiciones. Ahí está la rítmica agridulzura del tema abridor, “Lonesome Street”, una joya plenamente britpopera llena de variantes rítmicas y armónicas, que remite al álbum The Great Escape de 1995, y está también la arrebatada melancolía de esas maravillas que son “New World Towers” y “Go Out”. Qué decir también de las fabulosas “Ice Cream Man” y “My Terracota Heart”, que recuerdan a Gorillaz, o de la rocanrolera “I Broadcast” que pudo haber pertenecido al disco Parklife de 1994. Están también la deliciosa “Ghost Ship”, la emotiva “Pyongyang”, la luminosa “Ong Ong”, la suntuosa “Mirrorball”, la nostálgica “Though I Was a Spaceman” y la marcial “There Are Too Many of Us”.

El regreso de Blur no puede más que ser bienvenido y The Magic Whip es una gran manera de retomar el destacado lugar que le pertenece.

 

Hugo García Michel

Bioéticas

Medicalizar la vida

En las últimas décadas la esperanza de vida del ser humano ha aumentado. Esa conquista se debe, entre otras razones, a consejos dietéticos, ejercicio físico, mejor control de enfermedades infecciosas, advertencias sobre los daños producidos por tabaco, alcohol y contaminación ambiental. Dichas nociones son el sustrato de la mayor longevidad en los países ricos (en las naciones pobres la esperanza de vida ha aumentado menos).

07-medicalizar

Otros médicos aseguran que los cambios favorables se deben también a controles más estrictos en las cifras de laboratorio. Años atrás se hablaba de diabetes mellitus cuando la cifra de glucosa era 140 mg/dl; tiempo después los niveles disminuyeron, primero a 125 mg/dl, y posteriormente a 110. Hoy el valor normal es 100 mg/dl. Historia similar es la del colesterol: quince años atrás se recomendaba tratamiento farmacológico con cifras mayores a 270 mg/dl; ahora se inicia tratamiento a partir de 200 mg/dl —siempre tomando en cuenta los valores del colesterol de baja densidad, el llamado colesterol “malo”.

Esos cambios, consideran la mayoría de los galenos, incrementan la esperanza de vida. Otros, preocupados por cuestiones éticas, advierten que tales modificaciones sí benefician a los enfermos y al unísono favorecen a varios interlocutores: médicos, laboratorios clínicos y compañías farmacéuticas. La invención de enfermedades —Disease Mongering, término creado en 1992 por Lynn Payer, periodista especializada en temas de salud— es un espacio formidable: la derrama económica y la conversión de individuos sanos en enfermos potenciales es negocio redondo.

Dependiendo de la falta de escrúpulos éticos de médicos y farmacéuticas, cualquier dolencia o síntoma puede convertir al sano en enfermo, al poco enfermo en muy enfermo y al síntoma en posible patología. En el rubro “la invención de enfermedades” —Disease Mongering—, las alteraciones psiquiátricas son, además de las modificaciones químicas señaladas, la punta del iceberg de la medicalización de la vida.

Recetar fármacos para atenuar síntomas y dolores es una de las grandes apuestas de las farmacéuticas. Tristeza, duelo, pérdidas, timidez, llanto y dificultad para alcanzar orgasmos son eventos que no necesariamente requieren medicalizarse. La cura, o la mejora, provienen de la capacidad para entender el origen del problema y del interés para escuchar al afectado.

Según la Organización Mundial de la Salud, en la década actual la depresión es, después de las enfermedades cardiovasculares, el segundo problema de salud pública en países ricos. La Academia Estadunidense de Psiquiatría Infantil y Adolescente calcula que en la actualidad tres millones y medio de niños padecen depresión y seis por ciento de los niños estadunidenses toman medicamentos para problemas psiquiátricos. Hace tres décadas esas cifras eran impensables.

Medicalizar las emociones es una victoria de las farmacéuticas. En el siglo XXI esa moda es, a la vez, una nueva enfermedad y un triunfo para los bolsillos de las farmacéuticas. Debatir el tema es imprescindible. Allen Frances acuñó el término “inflación diagnóstica” para describir ese fenómeno.

Allen Frances es un destacado psiquiatra estadunidense. Fue el encargado de cuidar y dirigir durante años el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders y se ocupó de la penúltima versión (DSM-IV, por sus siglas en inglés, publicada en 1994). El Manual diagnóstico y estadístico contiene “todo” lo referente a las enfermedades mentales, y es un texto muy utilizado por psiquiatras.

En su libro ¿Somos todos enfermos mentales? Manifiesto contra los abusos de la psiquiatría (Ariel, 2014), Frances cuestiona algunos apartados de la última versión del DSM-V, publicado en 2013. Sus afirmaciones son contundentes: “…el DSM-IV resultó ser un dique demasiado endeble para frenar el empuje agresivo y diabólicamente astuto de las empresas farmacéuticas para introducir nuevas entidades patológicas. No supimos anticiparnos al poder de las farmacéuticas para hacer creer a médicos, padres y pacientes que el trastorno psiquiátrico es algo muy común y de fácil solución. El resultado ha sido una inflación diagnóstica que produce mucho daño, especialmente en psiquiatría infantil”.

Doblarse ante las farmacéuticas es amoral. Más lo es cuando la Enfermedad Internet —el término es mío—, y la arrogancia de la medicina contemporánea se conjuntan y ofrecen una piedra filosofal donde dolor, envejecimiento y depresión son eventos controlables gracias a nuevas medicinas. La Enfermedad Internet es complicada: algunos enfermos exigen los nuevos fármacos y no pocos doctores se subsumen y los recetan.

El incremento en la esperanza de vida es un logro inmenso de la ciencia médica; esas conquistas son laudables y encomiables. El reto es separar esos avances, sin olvidar que en las naciones pobres la esperanza de vida ha aumentado poco, de la voracidad de las farmacéuticas, de quienes inventan enfermedades, de los médicos que colaboran en ese constructo y de la comercialización de la salud gracias a la tenacidad de los mass media, en este caso, servil aliada del Poder.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. En 2013 publicó Decir adiós, decirse adiós (Mondadori). Este año, SextoPiso publicará Recordar a los difuntos.

Fronteras

¿Por qué hay machos?

En el mundo unicelular, sean seres independientes, como las bacterias, o parte de tejidos, como en los órganos de un ser vivo animal o vegetal, no hay machos ni hembras: en el núcleo se produce la duplicación y división de los genes en dos conjuntos idénticos; la célula madre se divide en dos células hijas que serán idénticas en todo. Al proceso lo llamamos mitosis (del griego mitoyn: tejer) porque los cromosomas donde se enrolla apretadamente el material genético se desteje para iniciar la mitosis y se vuelve a tejer para duplicarse.

08-machos

En animales pluricelulares hay partenogénesis, o reproducción de vírgenes (parthenos: virgen nos da el nombre Partenón o templo de Atenea la Virgen: los cristianos no inventaron nada). Se reproducen sin fertilización de un macho los minúsculos rotíferos, los insectos sociales como abejas y hormigas, algunos peces y anfibios. Otros cambian de sexo según las condiciones del medio, como los pulgones de las plantas. Puede ocurrir por escasez de machos o de alimentos.

La partenogénesis es rara en aves y en mamíferos, excepto los humanos cuyos dioses con frecuencia nacen de mujeres vírgenes… o eso dicen ellas…

Si hay especies que han sobrevivido millones de años sin la combinación de genes que resulta del sexo, es difícil explicar la vía sexual que tantas dificultades trae.

Cualquier macho que tratara de vivir una vida sobria, sensata y cuidadosa, podría vivir durante mucho tiempo, pero nunca se reproduciría. Sus rivales, los bravos y temerarios, podrían llevar vidas más cortas, pero (y éste es el punto clave) una vida corta puede ser adecuada para aparearse con muchas hembras.

Cuando uno observa a las hembras en la naturaleza, ve industriosidad, fertilidad y eficiencia; cuando uno observa a los machos, encuentra las formas más sorprendentemente elaboradas de despilfarro.

Hapgood, Fred, Por qué existe el sexo masculino, Fondo Educativo Interamericano, México, pp. 16-18.

 

Es difícil imaginar un mayor despilfarro que el del pavo real macho y su enorme, bella… e incapacitante cola varias veces más grande que el cuerpo e impedimento insensato para huir de un predador.

Los vegetales y animales que poseen sexo masculino y femenino en el mismo individuo se conocen como hermafroditas. Uno es la lombriz de tierra. Pero resultan aún más interesantes los protoándricos: machos en la juventud, hembras al madurar. Uno es el caracol marino. Los anélidos, gusanos conformados por anillos, como el género Ophryotrocha son protoándricos. El pez espino de mar tiene sexos claramente diferenciados; pero un macho subordinado puede apartar a una hembra de la entrada del nido construido por un macho dominante e introducirse él. Una vez en el nido, el macho subordinado manifiesta todos los signos de la conducta del pez hembra.

El simpático y colorido pez payaso (Amphiprion ocellaris), abundante en los arrecifes coralinos y en los estanques para venta en tiendas de acuarios, es hermafrodita al nacer, pues posee ambos sexos, y protoándrico, ya que se desarrolla primero como macho, luego se transforma en hembra.

Si tantas especies nos llevan millones de años de ventaja sin la combinación de genes que resulta del intercambio sexual, ¿qué beneficios trae? ¿Por qué la evolución lo hizo una de las fuerzas más determinantes en aves, mamíferos y peces?

Una investigación de la Universidad de East Anglia, UEA, Inglaterra, publicada en Nature de mayo pasado, “muestra que una fuerza evolutiva conocida como ‘selección sexual’ puede explicar la persistencia del sexo como mecanismo dominante en la producción de crías”. La selección sexual pone a los machos a competir, en fuerza, belleza o gracia, ante las hembras que eligen de entre ellos y así resultan el sexo clave en la morfogénesis, la creación de la forma de una especie: las plumas del pavo real, la melena y fuerza del león, las astas del venado, el baile agitado del pez payaso: son ellas las que deciden que el pavo abra el bello abanico de su cola o que peleen los lobos entre sí para elegir al más fuerte.

Esta competencia de los machos selecciona los genes de la siguiente generación, “mejora la salud de la población y protege contra la extinción”. Esto puede explicar “por qué el sexo persiste como mecanismo dominante para producir descendencia”.

El investigador que encabeza el equipo, Matt Gage, de la Escuela de Ciencias Biológicas en la UEA, dice: “La selección sexual fue la segunda gran idea de Darwin, explica la evolución de un fascinante conjunto de formas, sonidos y olores que ayudan en la lucha por la reproducción: a veces a costa de la sobrevivencia”, como ocurre al pavo real, al ave del paraíso, al faisán y otros machos sobreadornados. “La selección sexual opera cuando los machos compiten para reproducirse y las hembras eligen”. Es un proceso que, “a fin de cuentas, dicta quién logra pasar sus genes a la siguiente generación: es una muy poderosa y extendida fuerza evolutiva”.

La reproducción sexual presenta muchos inconvenientes, el primero es que deben encontrarse dos individuos de sexo distinto y aceptarse, lo cual no siempre se le da a la hembra, muy selectiva porque la inversión biológica en la reproducción la llevará ella en su totalidad.

“Nuestra investigación muestra que la competencia entre machos para reproducirse provee un muy importante beneficio porque mejora la salud genética de las poblaciones. La selección sexual logra eso al actuar como un filtro que remueve las mutaciones genéticas dañinas, y así ayuda a las poblaciones a florecer y a largo plazo evita la extinción”.

Para descubrir el papel de la selección sexual, los investigadores criaron, durante 10 años, un escarabajo de la harina, el Tribolium. Controlaron las condiciones de laboratorio para que la única diferencia entre poblaciones fuera la intensidad de la selección sexual que iba de muy intensa, con 90 machos compitiendo por sólo 10 hembras, a total ausencia de selección sexual entre parejas monógamas de un macho y una hembra, “las hembras no tenían elección y los machos no se sometían a competencia”.

Luego de siete años de reproducción bajo estas condiciones, que en escarabajos fueron unas 50 generaciones, el equipo buscó las mutaciones nocivas en las poblaciones bajo esos dos esquemas. Encontró que la población sometida a intensa selección sexual mantuvo un ajuste más alto y mayor resistencia a la extinción que la población sin competencia. “Las poblaciones sometidas a débil o inexistente selección sexual mostraban más rápido declive en salud y todas se extinguieron hacia la décima generación”.

Al respecto, comenta Gage: “Estos resultados muestran que la selección sexual es importante para la salud y persistencia de la población porque ayuda a purgar las variaciones genéticas negativas y mantener las positivas en la población. Nuestros hallazgos proveen un apoyo directo a la idea de que el sexo persiste como modo dominante de reproducción porque permite a la selección sexual ofrecer estos importantes beneficios genéticos”.

Sigue Gage: “En ausencia de sexo, las poblaciones acumulan mutaciones deletéreas por un efecto de garfio donde cada nueva mutación lleva a la población hacia la extinción. La selección sexual ayuda a remover estas mutaciones dañinas”. ¿Ya oyeron? Y como diría algún clásico: Semen retentum venenum est.

 

Las parejas monógamas acaban produciendo una fuerte endogamia de hermanos y hermanas en varias generaciones. Esas poblaciones se extinguen luego de ocho generaciones.

Entre humanos es frecuente la norma de que el joven busque novia en una tribu distinta a la suya. Serán varios los solicitantes y ella quien imponga condiciones, a veces por engreimien- to, como la princesa china Turandot.

Al parecer, las casas reales europeas han hecho similares hallazgos en carne propia. Así tenemos, en tiempos recientes, un gran número de matrimonios entre la nobleza y la plebe.

Jared Diamond, autor de Guns, Germs, and Steel, así como del igualmente luminoso Collapse, tiene un ensayo de pocas páginas: Why is Sex Fun? “El sexo rara vez está divorciado de su función fertilizadora. Pero hay excepciones: el sexo está flagrantemente separado de la reproducción en unas pocas especies, entre ellas los bonobos (chimpancés pigmeos) y los delfines”. Pero el sexo humano se da mayormente “por diversión, no para inseminación”. Desde el bíblico Onán, de inmerecida fama porque no hacía lo que se le atribuye, sino eyaculaba fuera de su mujer para evitar el embarazo, hasta la píldora y los condones, el ligado de trompas y de conductos seminales, los humanos hemos buscado el sexo para diversión.

 

Luis González de Alba
Escritor. Su más reciente libro es No hubo barco para mí. www.luisgonzalezdealba.com

Declinación de las reservas, la producción y las exportaciones de petróleo crudo

La producción y las exportaciones de petróleo crudo aún no tocan fondo. En el primer semestre de 2015 han seguido cayendo más allá de lo previsto por Pemex y de los cálculos de ingresos petroleros de la Secretaría de Hacienda. Esta empresa difícilmente alcanzará la meta anual corregida en marzo pasado de 2.288 millones de barriles diarios (mmbd). En la primera mitad del año produjo 2,263 mmbd. Se trata de la caída semestral más fuerte de los últimos siete años. Aunque Pemex cumpliera con la producción programada para el segundo semestre, la extracción sería 6.8 por ciento inferior a la de 2014. Lo más probable es que la caída resulte aún mayor. Este nuevo nivel sería la base para proyectar la producción de 2016.

Las reservas petroleras de México sufrieron un fuerte revés en 2014. Bajaron las tres categorías de las mismas —probadas, probables y posibles—, pero fueron estas últimas las que sufrieron el mayor ajuste. En todas las regiones cayeron las tres categorías, salvo por las reservas probadas en la Región Marina Suroeste. Es allí donde se ubican campos más jóvenes de tamaño significativo en donde pudo darse una reclasificación de reservas probables a probadas. La Comisión Nacional de Hidrocarburos (CNH) dio a conocer las reservas probadas de 2014, por activos, el 10 de marzo pasado. El 30 de junio reveló las estimaciones de las reservas probables y posibles, por regiones. Aún no publica cifras desagregadas a nivel de campo. Estas son las que permitirán contar con una imagen más precisa del origen de los cambios registrados. El análisis detallado de las reservas tendrá que esperar a dicha publicación.

petroleo-crudo

Producción

La menor extracción en lo que va del año se explica en parte por dos accidentes en la Sonda de Campeche —en Abkatún y en Cantarell—, así como una libranza mayor a principios de año en Ku-Maloob-Zaap que duró más de una semana. Un tercer accidente —en Caan— obligó a diferir la reparación de pozos, lo que pudiera eventualmente afectar la producción. Estos lamentables eventos se sobreponen a una trayectoria declinante de más de 10 años y a la reducción del número de pozos perforados asociada a los recortes presupuestales. Pemex y las autoridades tendrán ahora que reflexionar sobre posibles patrones de comportamiento que subyacen a esta racha de accidentes. Esto sería más productivo que la recurrente negativa a reconocer su impacto sobre el nivel de la producción o a minimizarlo.

El gobierno también tendrá que revisar sus expectativas de producción a corto y mediano plazos. La modificación atropellada de pronósticos y metas de producción revelan un cierto descontrol y falta de coordinación. El 11 de marzo pasado el director general de Pemex Exploración y Producción, Gustavo Hernández, anunció que la producción programada para 2015 se había ajustado de 2.4 a 2.228 mmbd, una reducción del 4.7 por ciento. Esto obedecía al recorte de 15 por ciento del presupuesto de inversión de dicho organismo subsidiario. Al día siguiente Pemex rectificó, señalando que esperaba establecer alianzas con diversas empresas –sin especificarlas- que le permitirían mantener su meta original de 2.4 por ciento. Sin embargo, el 31 de marzo la Secretaría de Hacienda incluyó en sus Pre-criterios de 2016 el programa de producción de 2.288 mmbd y fijó como meta para 2016 la cifra de 2.4 mmbd.

Sostiene Pemex que va a cumplir con su nueva meta de producción para 2015 y que en 2016 revertirá su tendencia declinante de largo plazo. Estas aspiraciones no las finca en el desarrollo y expansión de campos específicos que contrarrestarían a corto plazo la declinación de campos maduros, algunos de ellos en etapas avanzadas de agotamiento. Análisis detallados de la producción, campo por campo, no permiten dar fundamento al optimismo oficial. Mantener el actual nivel de producción en los próximos 18 meses sería un verdadero logro. El balance de riesgos respecto a la trayectoria de la producción apunta a una menor extracción neta en los próximos dos o tres años. Dado el comportamiento reciente de la producción, corresponde a Pemex y a las autoridades aportar los elementos que den sustento específico y detallado a las metas y pronósticos que adoptarán los Criterios Económicos para 2016.

La dificultad para reconocer la complejidad de los problemas que Pemex enfrenta y la falta de realismo respecto al tiempo que su solución requiere llevan, en no pocas ocasiones, a pronósticos sin fundamento. La propensión mediática a ofrecer buenas noticias, aunque estas carezcan de sustento, se traduce en una creciente pérdida de credibilidad. Basta un episodio reciente para ilustrar estas actitudes.     

El 10 de junio pasado Pemex anunció el descubrimiento de nuevos yacimientos en aguas someras del Golfo de México, que calificó como el primer resultado tangible de la reforma energética. Se trataba de cuatro campos en el Litoral de Tabasco y una estructura no identificada cerca de Cantarell. De estos dos grupos se obtendrían 200 mbd de crudo a partes iguales. La primera producción se lograría en 16 meses, alcanzando una plataforma estable de extracción dentro de 36 meses. Las reservas totales de estos yacimientos se estimaban en 350 millones de barriles de petróleo crudo equivalente. La empresa estatal consideraba que este había sido el mayor éxito exploratorio de los últimos cinco años, después de Tsimin-Xux y Ayatsil.

Las cifras de reservas y de producción no parecen consistentes entre si. Al alcanzarse la producción de 200 mil barriles diarios, la relación reservas a producción sería de tan sólo 3.4 años, suponiendo que las reservas de petróleo crudo son de aproximadamente 245 millones de barriles. Así, al alcanzar su máxima producción estos campos estarían cerca del agotamiento. Las reservas totales de sus yacimientos no han sido certificadas, por lo que la cifra publicada pudiera más bien referirse a recursos técnicamente recuperables, habiendo entre ambos conceptos una brecha que puede ser considerable. Los campos aludidos difícilmente son el resultado de la reforma energética. Su perforación se inició en 2014, algunos de ellos en los primeros meses del año. El tamaño de estos campos es muy diferente al de Ayatsil y Tsmin-Xux, que efectivamente son campos gigantes. Los recientes hallazgos están lejos de pertenecer a esta categoría. Además, la probabilidad de que alcancen su máxima producción en tres años es muy baja.

El accidente en la plataforma Akal H en el complejo Cantarell obliga a recordar el agotamiento del campo súper gigante más importante de México y uno de los de mayor tamaño en el mundo. Akal llegó a producir 2.1 mmbd en diciembre de 2003 y en mayo pasado sólo produjo 100 mbd. El 85% de sus reservas originales de aceite ya fueron producidos. Próximamente se estará extrayendo tanta agua congénita como petróleo crudo. Otro indicador de su agotamiento es el hecho de que, después de haber registrado relaciones de producción de gas a aceite de 365 pies cúbicos por barril hace 10 años, hoy produce 7,733 pies cúbicos de gas por barril de petróleo. Esto supone una notable pérdida de energía en sus yacimientos. Aún así sigue siendo el campo individual que cuenta con más reservas probadas y probables en el país. Esto justifica plenamente la búsqueda urgente de nuevas formas de explotación de este campo y la inversión de recursos para optimizar la extracción de crudo.

 

Exportaciones

En el ultimo año la atención pública se ha concentrado en el colapso de precios del petróleo, así como en sus posibles consecuencias a corto y mediano plazos sobre las finanzas públicas y la situación financiera de Pemex. Los precios de la canasta mexicana de crudos de exportación se desplomaron de un promedio de 99 dólares por barril en junio de 2014 a 42 dólares en enero de 2015, una caída de 58 por ciento. Mas recientemente se observó una cierta recuperación, elevándose el precio a 55 dólares por barril en mayo pasado.

No obstante la importancia de la baja de precios en la coyuntura crítica que enfrenta la industria petrolera mexicana, es necesario considerar otras cuestiones que también inciden sobre el desempeño del comercio exterior de hidrocarburos y que exigen articular nuevas estrategias comerciales. Estas se refieren a la evolución de los excedentes exportables de hidrocarburos, los problemas operativos que han afectado la calidad de los crudos producidos y exportados, las restricciones logísticas de la importación y exportación de hidrocarburos, así como las dificultades para colocar el petróleo crudo mexicano en sus mercados tradicionales y en nuevos mercados.

Una menor producción ha supuesto un volumen más bajo de exportación de petróleo crudo. Entre 2004 y 2014 esta ultima se contrajo 37%. El rango de México como país exportador de crudo descendió del 5º lugar al 10º en este periodo. En los primeros cinco meses de 2015 las exportaciones de crudo descendieron a 1.2 mmbd. En términos de valor, la baja de los ingresos por este concepto fue de 47%. Una mejor medida del excedente exportable de petróleo son las exportaciones netas de hidrocarburos líquidos —las exportaciones de crudo y productos petrolíferos menos las importaciones de estos productos. Entre 2004 y 2014 estas cayeron 61%, descendiendo a sólo 702 mbd, una pérdida de más de 1 mmbd. En fechas recientes la balanza comercial de petróleo se degradó aún más: en los primeros cinco meses de 2015 las importaciones de productos petrolíferos ascendieron al 75% del valor de las exportaciones de crudo y productos petrolíferos.

Las exportaciones de crudo mexicano están siendo desplazadas del mercado estadunidense, en particular de sus refinerías del Golfo de México. Previamente habían disminuido debido a la contracción del excedente exportable, resultado tanto de una menor producción como de un ligero incremento de los requerimientos de las refinerías del país. En años recientes estas exportaciones han sido sustituidas por una mayor producción en Estados Unidos y Canadá. El desarrollo de recursos no convencionales en las cuencas de Eagle Ford y Permian en Texas, así como Bakken en Dakota del Norte, desplazaron a los crudos Olmeca e Istmo de Norteamérica. A principios del presente año la producción de crudo pesado de arenas bituminosas en Canadá comenzó a fluir por nuevos oleoductos hasta la costa del Golfo de México, sustituyendo crudo Maya, entre otros.

A corto plazo esta pérdida de mercados tradicionales continuará aunque a un menor ritmo debido a que la caída de precios del petróleo moderó el crecimiento de la producción estadunidense y afectará a mediano plazo la producción de Canadá. La dinámica del mercado es incierta, pero en la medida en que los precios se mantengan a los niveles actuales o más bajos, la oferta de petróleo en estos países tenderá a bajar. Igualmente difícil es prever la demanda de crudos mexicanos en mercados europeos y asiáticos, así como las diferencias de precios entre estos mercados y los que prevalezcan en Norteamérica.

Reservas

A partir de finales de 2002, cuando se adoptaron nuevos criterios para la cuantificación de reservas probadas, estas se han contraído 36 por ciento, descendiendo a 9,711 millones de barriles al término de 2014. La relación reservas a producción en esa fecha fue de 11 años y ya se ha extraído el 81 por ciento de las reservas probadas originales de petróleo. En 2014 las reservas probadas cayeron 1%, habiéndose restituido sólo el 89% de la producción del año. Este ajuste a nivel agregado esconde bajas aún mayores en la Región Sur, de cerca del 10%. Los incrementos de reservas probadas mar adentro en Campeche y Tabasco no lograron compensar la caída en las regiones terrestres.

Las reservas probables y posibles de petróleo sufrieron una caída sustancial en 2014 al disminuir 13% y 20%, respectivamente. La revisión a la baja de las reservas probables se distribuyó en todas las regiones. Afectó en menor grado a Chicontepec pues en 2011 se realizó una depuración de sus reservas probables del 40%, cuando parte de ellas fueron reclasificadas como reservas posibles. Uno de los aspectos sobresalientes de las nuevas estimaciones es la reducción de 31% en las reservas posibles de la Región Norte, donde se ubica Chicontepec. Con ello se dio un paso importante en la depuración de reservas de esta área que por tanto tiempo han distorsionado la cuantificación del acervo de reservas petroleras y de gas natural del país. Conviene destacar que el 45% de la reducción de las reservas probables se dio en la Región Marina Noreste y que el 85% de la baja en las reservas posible se atribuyen a la Región Norte.

Son muchos los posibles factores que determinaron el nivel de las nuevas estimaciones de las reservas. Sin embargo, no es posible precisarlos al no contar aún con las cifras campo por campo, así como los informes de los certificadores. Las principales conjeturas al respecto son seis:

1. la contribución de descubrimientos a la tasa de restitución de reservas sigue descendiendo, dado los pobres resultados de la exploración;

2. el comportamiento reciente de yacimientos y una mayor información geofísica pudo haber afectado factores de recuperación;

3. la revisión de reservas condicionadas a la ejecución de programas de delimitación de yacimientos y actividades de desarrollo que fueron diferidos o cancelados;

4. el efecto de una revisión cada vez más cuidadosa de los informes de Pemex y de los certificadores por parte de la Comisión Nacional de Hidrocarburos, que ahora cuanta con mayores atribuciones;

5. la constatación de que las estimaciones de reservas van a ser objeto de un escrutinio riguroso por empresas petroleras que buscan invertir en México; y,

6. la rotación de los certificadores de una región a otra deberá ajustarse a los lineamientos establecidos por la CNH, lo que los alienta a realizar una depuración final de estimaciones que pudieran ser objeto de controversia con el nuevo certificador.

***

Las tendencias de la producción, las exportaciones y las reservas petroleras no auguran un futuro bonancible a corto y mediano plazos. En el pasado reciente el impacto de las primeras fue moderado por precios al alza que ascendieron a niveles sin precedente. Si bien las reservas probadas caían, Pemex fincaba su futuro en las estimaciones de reservas totales (3P), cuya credibilidad se fue erosionando con el paso del tiempo. Ahora, su ajuste a la baja obliga a la empresa a revisar sus expectativas. El gobierno busca revertir estas tendencias con importantes flujos de inversión privada, principalmente del exterior. Es posible que lo logre, aunque el plazo tenderá a ser más largo del que hasta ahora ha supuesto y los ingresos fiscales derivados de la inversión privada en la industria petrolera tardarán en llegar y, muy posiblemente, no serán relevantes en el horizonte temporal de esta administración.

La maduración de grandes proyectos caracterizados por su complejidad y elevado costo toma tiempo, las actividades de exploración siempre son inciertas y la brecha entre el descubrimiento de nuevos yacimientos y la puesta en marcha de instalaciones de producción no debe subestimarse. La construcción de un nuevo marco institucional entraña difíciles decisiones cuya instrumentación enfrentará fuertes obstáculos. En el corto plazo, la reestructuración organizativa de Pemex podría absorber más energía gerencial de la que libera. No obstante, el arco entre la situación actual y el momento en que fructifique la inversión privada necesita sostenerse en un mejor desempeño de Pemex. Así, el éxito de la reforma energética presupone un Pemex más ágil, financieramente más fuerte y con un sentido de dirección preciso.

30/junio/2015

 

Adrián Lajous

1946. La calavera de Hernán Cortés

Lucas Alamán murió en 1853 sin revelar el enigma que había atormentado a los historiadores de su tiempo. ¿En dónde estaban los huesos de Hernán Cortés? La osamenta del conquistador se hallaba perdida desde 1836. José María Luis Mora propaló la versión de que alguien los había sacado del país en secreto. Joaquín García Icazbalceta relató que cada que le preguntaban por el paradero de los restos, Alamán cambiaba de conversación con cualquier pretexto. En 1920 los huesos seguían sin aparecer. Carlos Pereyra aseguró en 1920 que la renuencia de Alamán a abordar el tema se debía con seguridad a la existencia de un pacto secreto.

Cortés murió en Sevilla en 1547. En el mausoleo que se le destinó, su hijo Martín hizo grabar este epitafio, bello y sombrío:

Padre cuya suerte impropiamente
Aqueste bajo mundo poseía
Valor que nuestra edad enriquecía,
Descansa ahora en paz, eternamente.

Pero Hernán Cortés no tuvo paz ni antes ni después de su muerte. En el testamento que redactó apenas dos meses antes del fin, ordenó que sus restos fueran devueltos a la Nueva España y sepultados en un convento que a costa suya, y antes de un plazo de diez años, debía ser construido en Coyoacán. Sus deudos lo sepultaron en el monasterio de San Isidoro del Campo, en Sevilla; alegando “necesidades de espacio” sacaron los restos tres años más tarde, para depositarlos en el altar de Santa Catarina. La última voluntad del conquistador tardó quince años en ser cumplida. Volaba el año de 1566, cuando zarpó la nave encargada de transportar el ataúd al reino que don Hernando había conquistado. El convento de Coyoacán no pasó de ser una quimera: la cláusula más olvidada del testamento. Al llegar a tierra, los restos fueron conducidos a la iglesia de San Francisco de Texcoco, en donde, ¡séale la tierra leve!, yacían los restos de la madre del conquistador, doña Catalina Pizarro.

09-cortes

Terminó el siglo XVI, se cumplió el primer centenario de la Conquista, y al poco tiempo, 1629, murió el último descendiente de Cortés en línea masculina: Pedro Cortés, cuarto marqués del Valle. Don Pedro fue sepultado con pompa en el templo de San Francisco. El virrey de Guadalcázar mandó que los restos de su ilustre antepasado fueran a reposar al sitio en que “tomó descanso el último de sus herederos varones”. En un sepelio majestuoso, en el que unos trescientos frailes marcharon en procesión por el Empedradillo (desde el actual Monte de Piedad, donde estuvieron las casas de Cortés), la urna forrada de terciopelo, en la que había sido depositada la osamenta “del famoso campeón e invencible Hércules de Extremadura”, fue colocada, primero, en un pequeño nicho del Sagrario y años más tarde “debajo del altar mayor”. La llave que abría esa urna pasó de mano en mano durante 165 años entre los frailes sacristanes del convento de San Francisco; en 1763, el padre Francisco de Ajofrín tuvo la calavera entre las manos. Escribió en el diario de sus viajes que en la urna se leía, en letras doradas:

Ferdinandi Cortes osa servantur hic famosa

Llega 1790. Revillagigedo ordena que los restos sean llevados al templo del Hospital de Jesús —que el propio Cortés fundó en los años inmediatos a la Conquista— para que ocupen el “magnífico sepulcro” que han diseñado José del Mazo y Manuel Tolsá. La ceremonia es solemne y suntuosa. La osamenta es envuelta en una sábana de Cambray bordada de seda negra. Ha llegado a su sexto sitio de reposo: el que, según todo lo indica, será su última sepultura.

Pero no es así. No fue así. En 1823, huesos más ilustres llegan a la ciudad de México para ser honrados en la Catedral Metropolitana. Son los restos de Hidalgo, de Morelos, de media docena de insurgentes. La visión de aquellas osamentas sagradas desata el fervor nacionalista. Por la ciudad circulan impresos que incitan al populacho a extraer los huesos de Cortés e incinerarlos en donde antiguamente estuvo el “quemadero” de San Lázaro, una de las plazas donde el Santo Oficio ejercía, en la persona de las brujas, los sométicos y los judaizantes, su ministerio terrible.

La víspera del 16 de septiembre todo pareció indicar que la profanación era inminente. Lucas Alamán, que un año más tarde iba a impedir que la furia nacionalista fundiera la estatua ecuestre de Carlos IV, ingresó al templo en secreto y cambió los huesos a un lugar donde no se les encontrara. Para burlar la vehemencia nacionalista, desmontó los mármoles del sepulcro, que alguien robó poco después, e hizo que un busto de Cortés que Manuel Tolsá había esculpido fuera llevado a Italia. Incluso el “pontífice de los deturpadores de Cortés”, el intelectual liberal José María Luis Mora, creyó que los restos habían salido de México.

Alamán no dijo a nadie dónde se encontraba la osamenta, pero reveló su ubicación en un documento fechado en 1836. Ese documento llegó a manos de la embajada española una vez que las relaciones México-España se restablecieron. La embajada mantuvo la información oculta durante un siglo.

El 11 de noviembre de 1946 el historiador del arte novohispano Francisco de la Maza asistió a una misteriosa reunión a la que lo habían convocado un refugiado español (Fernando Baeza) y un becario cubano de El Colegio de México (Manuel Moreno). Estos personajes le informaron que tenían en su poder la carta que respondía la pregunta que los historiadores se hacían desde el siglo Xix.

Dos años antes, José C. Valadés había buscado la tumba sin éxito alguno. Corría la leyenda de que en 1919 también el capellán del Templo de Jesús se había empeñado en encontrarla, y que lo hizo en forma tan obsesiva que terminó recluido en un manicomio.

De la Maza constató la autenticidad del documento que le mostraban. Era el mismo que Alamán había redactado poco después de esconder los restos. Con el auxilio del historiador Alberto María Carreño, De la Maza obtuvo autorización del secretario de Educación, Jaime Torres Bodet, para llevar a cabo una nueva búsqueda.

Al amanecer del domingo 24 de noviembre de 1946, los dos historiadores, acompañados por Manuel Moreno, Fernando Baeza y un conjunto de notables, entre los que estaban Manuel Toussaint, Manuel Romero de Terreros y un bisnieto de Alamán, penetraron en el templo. Carreño dio el primer barretazo. Al caer la tarde, tras una doble hilera de ladrillos, apareció un catafalco: el catafalco que había torturado la imaginación de generaciones enteras. Según la crónica publicada en esos días por El Universal, quienes deambulaban aquel domingo por las inmediaciones de Pino Suárez y República de El Salvador pudieron presenciar el momento insólito en el que cuatro historiadores salieron del templo cargando un ataúd y marcharon por la calle a tropezones, hacia la cercana oficina del director del Hospital de Jesús.

En ese sitio abrieron el catafalco. Los huesos se hallaban dentro de una caja de plomo; el cráneo descansaba en una urna de cristal. El bisnieto de Alamán —no a otra cosa había venido— entregó a De la Maza una llave de oro que había pasado en secreto de padres a hijos. Servía para abrir la cerradura de la urna de vidrio.

Hubo ese instante de expectación del que hablan las novelas. Los restos aparecieron envueltos en un rico pañuelo con galones de oro.

Al momento de su muerte, el “Invencible Hércules de Extremadura” era un viejecillo al que sólo le quedaba el colmillo superior izquierdo.

Al día siguiente, al término de un acto oficial, el secretario Torres Bodet subió al automóvil del presidente Manuel Ávila Camacho y le informó del hallazgo. Le dijo también que los historiadores deseaban rendir homenaje a los restos del conquistador. Ávila Camacho respingó. Un homenaje, dijo, sólo iba a servir para azuzar “una vieja discordia histórica, estéril, interminable”. Ordenó que el INAH realizara la autentificación de los restos y volviera a enterrar los huesos en el mismo sitio.

El informe de antropología forense mostró que el esqueleto estaba surcado por diversas huellas de lesiones patológicas. Cortés tenía el tabique nasal desviado y severas contusiones en omóplatos, fémures, tibias y peronés: las huellas de la Conquista. Su osamenta se hallaba marcada, además, por diversos procesos infecciosos. Había padecido tifoideas y disenterías. Al llegar la muerte, la mayor parte de sus huesos estaban arqueados e hipertrofiados.

La tumba volvió a cerrarse. Nadie celebró el hallazgo de esos huesos que llevaban años perdidos. El único homenaje que se les permitió: una placa que enmarcaba las dos fechas:

Hernán Cortés
1485-1547

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de La perfecta espiral, El derrumbe de los ídolos y El secreto de la Noche Triste, entre otros libros.

Literal

El tesoro de los incas

Presentamos “El tesoro de los incas”, relato incluido en Bienvenidos a Incaland®, el más reciente libro de David Roas, publicado por Páginas de espuma. “En la mejor tradición hilarante y divertida, esta travesía peruana corrobora las palabras de Fernando Iwasaki: su autor es un ‘escritor desopilante, el profesor más majara que un director de serie B podría contratar’”.


Una foto, un dólar, señor, una foto, un dólar. La frase me persigue como un estribillo, calle abajo. La niña que la pronuncia también. Y la pequeña llama (¿o es una alpaca?) que trota tras ella, ajena –por ahora– a nuestra batalla.

Acabo de explicarle que no le debo nada, que no le he hecho ninguna foto. Pero ella sabe que miento. Y eso que he tratado de ser sigiloso: he aprovechado que la niña parecía distraída mientras negociaba con un grupo de turistas yanquis (One photo, one dollar), para retratarla junto a su llama (o su alpaca).

La niña no es la única que ofrece ese servicio por las calles de Cusco. Desde que he entrado en la Plaza de Armas me han asaltado –ya lo esperaba– otras dos niñas, cada una acompañada por una llama (o una alpaca), una señora muy entradita en años (su llama –o su alpaca– parecía tener su misma edad y su mismo gesto de hartura vital), una pareja de mujeres algo más jóvenes que la anterior (estas cargaban crías de llama –o de alpaca– en bandolera, como si fueran bebés) y una vendedora de fruta. Y todas vestidas –como diría la guía que llevo en el bolsillo de la chaqueta– al modo tradicional.

Junto a la puerta de la Catedral estaba la niña que ahora me exige el dólar. Su aspecto ha atraído rápidamente mi atención, pues era la más pequeña (en edad y en estatura) de todas esas mujeres, y la que más destacaba por el colorido de su ropa: chaqueta roja con figuras geométricas, falda negra con dibujos de flores de colores y un gorrito a juego. La llama (o la alpaca) que la acompaña es marrón y también debe ser muy joven, porque le llega a la niña por el hombro.

La verdad es que no quería hacerle una foto en plan postal para enseñar a mi regreso y darle un toque pintoresco a las vacaciones. Por eso la he fotografiado con el grupo de capullos gringos y sus soberbias sonrisas. Como documento. Uno de ellos incluso le ha puesto su gorra de los New York Yankees a la llama (o alpaca). El animal ha aguantado impertérrito la humillación del disfraz y de las risas. Según aprendí enTintín en el templo del Sol, la llama, cuando se cabrea o se siente amenazada, suele defenderse con un espeso salivazo. Por eso me ha sorprendido no ver estrellarse un lapo en la cara del bromista. Y no creo que sea porque la llama (o la alpaca) perciba el aura de poder que emana de esa gente, sino porque es sin duda un bicho inteligente (aunque la otra noche en Lima yo dudase de ello) y comprende su rol de animal trabajador. La ecuación es sencilla: a más fotos, mejor forraje.

El gracioso no se ha contentado con ponerle su gorra a la llama (o la alpaca), sino que se ha colocado a horcajadas sobre ella (fácil, el tipo debe medir un metro noventa de pura estupidez), jaleado por ma’, pa’ y su hermano pequeño. El parecido físico (y mental) evidencia los lazos de familia. La llama (o la alpaca) esta vez tampoco le ha escupido. Nueva decepción.

Ha sido entonces cuando he sacado mi pequeña cámara digital para inmortalizar la patética escena. Y cuando la niña me ha pillado, pues, tras cobrar a los americanos, esta ha salido como un rayo en mi busca.One photo, one dollar, mister. Le he respondido en español: Te equivocas, yo no te debo nada. Ella ha cambiado de lengua para decirme lo mismo: Una foto, un dólar. La pobre niña debe estar harta de los listillos que se hacen fotos con ella y su animal y después no abonan el precio estipulado.

Pero no le he pagado. Y no por tacañería, sino porque yo no le he pedido que posase. Y, lo reconozco, por un incontrolable ataque de estúpido orgullo. Me ha ofendido que quisiera tratarme como a uno de esos turistas a los que ella persigue con su llama (o su alpaca), idiotas que pululan por la Plaza de Armas fotografiándolo y filmándolo todo sin parar (y sin pensar).

Me gustaría explicarle que, en verdad, la he fotografiado por pena. Bueno, por pena y por un irrefrenable sentimiento de culpa. Por ser un blanquito con cámara digital. Por estar de vacaciones mientras una niña tiene que perseguir a los turistas con su vestido tradicional y su llama (o su alpaca) para proporcionarles, a cambio de un dólar, un poco de color local. Pero el orgullo me domina y no suelto el dólar.

La niña empieza a irritarse. En su cara se lee el mismo gesto enfurruñado que pone el personaje que interpreta Tatum O’Neal en Paper Moon, la película de Bogdanovich, cuando exige sin cesar al timador de su padre que le devuelva los dólares que le debe. Le digo que no. Pero la niña no se achanta. Ni tampoco, por suerte, da muestras de echarse a llorar o, peor, de gritar pidiendo ayuda (en mi imaginación, asciendo en un instante de estafador a repugnante pederasta). Le pido que me deje tranquilo, y le repito que no le voy a pagar. Le digo –para hacerme el simpático– que hay mucho tonto turista yanqui al que desplumar, que persiguiéndome a mí está perdiendo dinero. Una foto, un dólar, repite otra vez.

Echo a andar. Atravieso la Plaza de Armas seguido por la niña y la llama (o la alpaca). La estampa que hacemos caminando en fila debe ser verdaderamente cómica (seguro que hay quien nos está retratando en este instante). Aunque más risas provocan esos tipos que insisten, con el calor tan fuerte que hace, en adornar sus cabezas con esos ridículos chullos.

Mientras paseo, fotografío tranquilamente los soportales de la Plaza, la Catedral, la Iglesia de la Compañía… Como si la niña no estuviese ahí. Pero lo está, siempre a mis espaldas, soltando de vez en cuando su (ahora) irritante Una foto, un dólar. No me la quito de encima.

Entonces, opto por la guerra psicológica. En uno de los extremos de la Plaza hay un bar con terraza. Me siento en una de las mesas y pido una cerveza (Sí, Cusqueña, por favor). La niña, a su vez, se coloca estratégicamente en la acera de enfrente, a la sombra. Me vigila. La llama (o la alpaca) se ha sentado en el suelo y también me observa. O eso me parece.

La cerveza está fría y es deliciosa, pero no puedo disfrutarla como merece, pues noto en mi cogote aquellos cuatro ojos acechantes. Estoy empezando a obsesionarme. Me levanto, pago y continúo mi paseo. Si quiere perseguirme, no se lo voy a impedir. Ya se cansará (no es Terminator). Dejo la Plaza de Armas por la calle Triunfo. Giro a la izquierda por Palacio, una calle en cuesta que, osado de mí, remonto casi corriendo, con la respiración algo entrecortada. La niña sigue ahí, a rebufo, muy cómoda. La calle Palacio desemboca en la Plazoleta de las Nazarenas. En una de las casonas de la pequeña plaza hay un letrero en el que leo mi salvación: Museo de Arte Precolombino. Al lado del nombre aparecen las familiares (y no por ello menos amenazadoras) siglas del BBVA. Seguro que ahí no permitirán que la niña entre con su llama (o su alpaca). Y no creo que la deje atada fuera, como un cowboy antes de entrar al saloon. Victoria.

La entrada cuesta 20 soles. Es decir, 5 euros, o lo que es lo mismo, seis fotos-y-media-con-niña-y-llama-(o-alpaca). Un escalofrío de ridículo recorre mi espalda. Pero ahora no puedo ceder. Pago y entro en el museo. No tardo en comprobar –aliviado– que soy el único visitante. Por fin un poco de paz. A salvo de la niña, recorro despacio las salas del museo, organizadas en función de las diversas culturas precolombinas: Nazca, Mochica, Chimú, Inca… Me demoro contemplando las joyas realizadas en oro y en hueso, las esculturas de madera, las piezas eróticas, las armas, las diferentes estatuillas e ídolos, algunos de los cuales tienen forma de llama (o de alpaca).

La exposición continúa en el piso superior. En él, las culturas precolombinas dejan paso a la pintura colonial. Nada de lo que hay expuesto en este piso tiene el menor interés: además de ser malos, la mayoría de los cuadros son de (insoportable) temática religiosa. Después del tercer Cristo con faldas, empiezo a aburrirme (reconozco que el primero me hizo mucha gracia: verlo en la cruz con aquella faldita blanca de encaje resultaba grotesco). Ya llevo casi una hora metido en el museo. La niña tiene que haberse cansado. De mí, de esperar y de perder dinero. Decido salir a la calle. Quién dijo miedo.

La niña está fuera. De pie, frente a las escaleras del museo. La llama (o la alpaca) debe estar más cansada que ella, pues se ha tumbado en el suelo y parece dormitar. Cuando la niña me ve, la llama (o la alpaca) despierta y se incorpora de un salto. La escena me inquieta, porque la niña no ha dicho nada ni ha movido un músculo para avisar a su animal. Telepatía. O habrá reconocido mi olor, después de pasar tanto rato juntos.

Estoy tentado de acercarme a la niña y exigirle –con buenos modos– que deje de seguirme. Pero aparece de nuevo mi orgullo para tomar el mando de la situación: como la guerra psicológica (fingir que la niña no existe) no ha funcionado, decido pasar a la guerra de desgaste. Desmoralizar al contrario. Vale, estamos a 3399 metros de altitud, es su territorio, pero yo me siento fresco y en forma (el soroche no ha aparecido, y después de dos días en Cusco seguro que ya no lo hará). Veamos quién cede antes.

Salgo de la Plazoleta por la misma calle por la que he entrado (Palacio) y giro a la izquierda por Hatum Rumiyoc. No llevo recorridos más que quince metros cuando un grupo de tipos que hay sentados ante lo que parece una tienda de comestibles se me echa encima. Todos se ofrecen como guías y, empujándose unos a otros, me enseñan fotos de una piedra. La Piedra de los Doce Ángulos (he leído sobre ella en mi guía). Pocos metros más adelante hay un montón de turistas (no todos llevan chullo). Quizá si me oculto entre ellos, la niña pierda mi rastro. Me uno al grupo: todos observan la piedra, perfectamente encajada en el centro del muro, mientras hacen fotos y fingen atender a lo que un par de tipos (colegas de los que antes me han asaltado) cuenta sobre la curiosa piedra y su origen incaico. Esta vez los japoneses ganan a los yanquis: veinte (más o menos) contra una pareja de abueletes de caras sonrosadas, los cuales, pese a sus voluminosos corpachones (deben ser tejanos), parecen incómodos por su inferioridad numérica. Rodeados de tanto amarillo, seguro que están invocando el espíritu de Iwo Jima.

Mi intento de difuminarme entre los turistas no ha funcionado: mi metroochentaydós me delata. Y, pese a mis abundantes canas, todavía no puedo pasar por un abuelo tejano. En otras palabras, la niña no ha perdido mi rastro. Desde la acera de enfrente, ella y su llama (o su alpaca) me observan, esperando un nuevo movimiento por mi parte.

En ese momento, la pareja de ancianos, al ver a la niña, se acercan a ella cámaras en ristre. Esta es mi oportunidad: mientras negocia con ellos, posa y les cobra el puto dólar, podré darle esquinazo. Pero la niña no sólo no les hace caso, sino que incluso deja que la fotografíen gratis. Una nueva puñalada en mi orgullo. Inmóvil en la acera, me observa en silencio. Empiezo a agobiarme.

Lo mejor es continuar caminando. Cuando termina Hatum Rumiyoc, giro a la derecha y sigo por la Avenida Tullumayo. La sombra que bañaba las calles que he recorrido desaparece aplastada por un sol brutal. Pero eso no va a detenerme.

Debo llevar andados casi dos kilómetros a pleno sol. Me he quitado la chaqueta y voy en manga corta. Por ahora, todos los sistemas funcionan correctamente. Mientras ando, consulto el plano de la ciudad. La Avenida Tullumayo se cruza con la Avenida del Sol, la cual, en sentido contrario al de mi marcha, va directamente hasta la Plaza de Armas. Por lo que se ve en el mapa, si continúo en la misma dirección que llevo, eso me alejará del centro y me llevará hacia una zona menos interesante de la ciudad (si tengo que caminar, por lo menos que me aproveche). Decido tomar la Avenida del Sol y volver sobre mis pasos. Echo una mirada fugaz hacia mi retaguardia. Mis perseguidores siguen tan tranquilos. Tengo sed.

Paradójicamente, en la Avenida del Sol domina la sombra. Eso me permite recuperar un poco el resuello. Sigo andando a buen paso.

Al poco rato, veo un indicador que anuncia que a la derecha se encuentra el Koricancha (el Templo del Sol). Aunque metido de lleno en una guerra de desgaste, eso no me impide hacer turismo, así que sigo la señal y giro a la derecha. Cuando llego, lo que me encuentro es un convento (el de Santo Domingo), que los conquistadores construyeron sobre el Koricancha de los incas, después de saquearlo. La religión es amor. Mientras paso rápidamente ante el convento y las ruinas de la construcción original, me prometo volver mañana para visitar el lugar como se merece. Seguro que entonces –me digo para animarme– ya me habré librado de la niña; en algún momento tendrá que dormir, ¿no? De nuevo viene a mi mente la imagen de Terminator. Continúo caminando.

De pronto, noto una punzada en mi nuca. ¿Un aviso del soroche? Nada de eso: es el remordimiento, pues la sensación va acompañada de una voz –muy parecida a la mía– que me dice que pague el maldito dólar. Si acelero, seguro que la voz se calla.

Cuarenta minutos más tarde, noto la boca seca, me duelen los pies. Estoy agotado. He girado por varias calles sin rumbo fijo, siempre con la niña y su llama (o su alpaca) pegadas implacablemente a mis talones: Romeritos, Maruri, Afligidos, he cruzado la Avenida del Sol para continuar por Ayacucho, San Andrés, San Bernardo, Heladeros, Cabildo, Santa Teresa, 7 Quartones, Teatro, Granada, Garcilaso, Del Medio… He recorrido todo el centro de Cusco para, sin darme cuenta, encontrarme de nuevo en la Plaza de Armas. He vuelto a la casilla de salida.

Acepto mi destino. Y mi derrota. Me detengo. La niña se me acerca y, antes de que diga nada, le doy un billete de cinco dólares y me alejo. Inmediatamente, escucho un ¡eh, señor! Me giro y veo a la niña que camina hacia mí, mientras busca algo en su bolsa. Me alcanza y, con un gesto de indiferencia, me devuelve cuatro arrugados billetes de un dólar. En ese mismo instante, la llama (o la alpaca) me escupe. Echo a correr calle abajo.

 

David Roas (Barcelona, 1965)
Escritor. Ha publicado: Los dichos de un necioCeluloide sangriento, Horrores cotidianos y Distorsiones, entre otros libros.

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Desigualdad extrema en México

Concentración del poder económico y político

En enero de 2014, Oxfam revelo que las 85 personas más ricas controlaban tanta riqueza como la mitad más pobre de la población mundial. Para enero del 2015, el número se había reducido a 80. La profundización de la desigualdad económica es la tendencia más preocupante para 2015, según en Foro Económico Mundial. Resulta, pues, imperativo hablar del tema en México, en donde más de veintitrés millones de personas no pueden adquirir una canasta básica, pero que alberga a uno de los hombres más ricos del mundo. Ahora bien, esta desigualdad que caracteriza a México no sólo tiene implicaciones sociales: las implicaciones políticas juegan un rol preponderante.

Uno de los aspectos más graves de esta desigualdad es la distribución del ingreso. Dada la escasa recopilación de indicadores, saber qué tan desigual es México respecto a otros países resulta una tarea compleja. No obstante, la Standardized World Income Inequality Database refiere que México está dentro del 25% de los países con mayores niveles de desigualdad en el mundo.

El problema se ha incrementado con el tiempo. Dos bases de datos han arrojado datos para las últimas tres décadas: la Socio-Economic Database of Latin America and the Caribbean (SEDLAC) y la Income Distribution Database (OECD). Hay dos resultados: entre mediados de los noventa y 2010, la desigualdad de ingreso disminuyó. Sin embargo, la desigualdad es mayor a la que había en los ochenta. Estamos, pues, frente a dos eventos contradictorios: ha crecido el ingreso per cápita, pero se han estancado las tasas de pobreza en el país. Lo anterior se produce porque el crecimiento se concentra en las esferas más altas de la distribución.

La obtención de datos oficiales de lo que ocurre en las clases más altas es cuasi imposible, de ahí que se recurra, por ejemplo, a las declaraciones fiscales. Así, de manera indirecta y por medio de métodos estadísticos, autores como Campos, Esquivel y Chávez (2014, 2015) han obtenido estimaciones de lo que sucede en ese México, podríamos decir, desconocido: al 1% más rico le corresponde un 21% de los ingresos totales de la nación. El Global Wealth Report 2014 señala, por su parte, que el 10% más rico de México concentra el 64.4% de toda la riqueza del país. Otro reporte de Wealth Insight afirma que la riqueza de los millonarios mexicanos excede y por mucho a las fortunas de otros en el resto del mundo. La cantidad de millonarios en México creció en 32% entre 2007 y 2012. En el resto del mundo y en ese mismo periodo, disminuyó un 0.3%.

El número de multimillonarios en México, no ha crecido mucho en los últimos años. Al día de hoy son sólo 16. Lo que sí ha aumentado y de qué forma es la importancia y la magnitud de sus riquezas. En 1996 equivalían a $25,600 millones de dólares; hoy esa cifra es de $142, 900 millones de dólares.

Ésta es una realidad: en 2002, la riqueza de 4 mexicanos representaba el 2% del PIB; entre 2003 y 2014 ese porcentaje subió al 9%. Se trata de un tercio del ingreso acumulado por casi 20 millones de mexicanos.

Para darnos una idea de la magnitud de la brecha en México veamos este ejemplo: para el año 2014, los cuatro principales multimillonarios mexicanos podrían haber contratado hasta 3 millones de trabajadores mexicanos pagándoles el equivalente a un salario mínimo, sin perder un solo peso de su riqueza.

Las implicaciones de lo anterior no son sólo de índole social. Carlos Slim en la telefonía, Germán Larrea y Alberto Bailleres en la industria minera y Ricardo Salinas Pliego en TV Azteca, Iusacell y Banco Azteca. Los cuatro han hecho sus fortunas a partir de sectores privados, concesionados y/o regulados por el sector público. Estas élites han capturado al Estado mexicano, sea por falta de regulación o por un exceso de privilegios fiscales.

Uno de los grandes problemas reside en que nuestra política fiscal favorece a quien más tiene. No es de ninguna manera progresiva y el efecto redistributivo resulta casi nulo. Por gravar consumo por encima del ingreso, las familias pobres, al gastar un porcentaje más alto de su ingreso, terminan por pagar más que las ricas. La tasa marginal del ISR—una de las más bajas de los países de la OCDE—, el que no haya impuestos a las ganancias de capital en el mercado accionario, y el que tampoco los haya a herencias, entre otras cosas; son ejemplos de cómo el sistema tributario beneficia a los sectores más privilegiados.

La constante desigualdad y la captura política por parte de las élites tienen consecuencias económicas y sociales graves que resultan, además, excluyentes. El mercado interno se ve francamente debilitado. Ante la escasez de recursos, se recorta el capital humano y se pone en juego la productividad de los pequeños negocios.

La política social asimismo ha sido un rotundo fracaso: al día de hoy, esa lógica de que el crecimiento se filtra de las capas altas a las bajas simplemente no ocurre en México desde hace décadas. Uno de los dolorosos ejemplos es el salario mínimo: si un mexicano percibe esta cantidad y mantiene a alguien, a ambos se les considera pobres extremos. La política salarial que en algún momento se concibió como mecanismo de contención inflacionaria, ya no tiene razón de ser. Hoy en día, el salario mínimo mexicano está por debajo de los umbrales aceptados de pobreza.

Otros aspectos que han detonado o que son en sí mismos consecuencias de la desigualdad extrema en México y que están pendientes en la agenda pública son:

• La población indígena, cuya tasa de pobreza es 4 veces mayor a la general.

• La educación pública versus la privada

• La violencia a causa de la marginación.

La agenda para el futuro

La brecha entre ricos y pobres nos está haciendo daño, si no se le pone freno obstaculizará la lucha contra la pobreza (y supondrá una amenaza para el crecimiento sostenible de México). Pero no tiene por qué ser así. Conocemos las soluciones para hacer de México un país más justo.

1. La creación de un auténtico Estado Social y un cambio de enfoque, de un Estado dador a un Estado que garantice el acceso a los servicios básicos bajo un enfoque de derechos.

2. Si se crea una política fiscal progresiva y una distribución más justa, se podrá hablar de una política más acorde con los objetivos a mediano y largo plazo.

3. El gasto ha de focalizarse en educación, salud y acceso a servicios básicos, en infraestructura, en escuelas que cuenten con los servicios para que la brecha de desigualdad no crezca más.

4. La política salarial y laboral asimismo debe cambiar: es impostergable fortalecer el nivel de compra del salario mínimo.

5. La transparencia y rendición de cuentas: si realmente se quiere combatir la corrupción, las declaraciones fiscales de todos los miembros del gobierno deben hacerse públicas. Sólo así se fortalecerá el Estado de Derecho.


Para leer el estudio completo consuta http://cambialasreglas.org

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“Debajo del sombrero”,
entrevista con Jaime Rodríguez, “El Bronco”

Son cerca de las diez de la mañana. Aunque es un domingo nublado, el calor húmedo de Monterrey comienza a sofocar. A la entrada del estadio de béisbol de los Sultanes, el equipo de la ciudad, hay hieleras llenas de botellas de agua. Son gratis y dicen “máximo dos por persona”.

La gente ha llegado desde temprano. Pocos son los que no llevan camisetas blancas con letras moradas. Los mensajes cambian, pero uno se distingue sobre los demás: “La raza mandó”, dicen en la espalda. Adelante traen la insignia y el nombre del momento: un caballo con crin multicolor y la leyenda “BRONCO Independiente” debajo.

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Vienen a que Jaime Rodríguez, el hombre del apodo, les entregue constancias por haber participado en la campaña que terminó el 7 de junio, cuando venció a Ivonne Álvarez, del PRI, y Felipe de Jesús Cantú, del PAN, en la elección para gobernador de Nuevo León. “El Bronco” obtuvo 48.86% de los votos, Álvarez el 23.57% y Cantú el 22.52%. Ni sumados podían vencer al primer gobernador sin partido del país.

Esteban Illades: La semana pasada dijo que con usted iniciaba la “primavera mexicana”. ¿Qué quiere decir?

Jaime Rodríguez: Que ya despertó México. Los medios de comunicación quedaron rebasados hoy. Las redes sociales informan más a la gente. Son más oportunas, en el momento, siempre con la verdad.

EI: ¿Y México no había despertado antes? En 2012 tuvimos al 132…

JR: Fue muy pequeño. Fue un buen inicio, de ahí nació la red social más intensa y entonces hay una intensidad enorme de comunicación entre la población. Lo que sucede en Nuevo León se conoce en Chiapas, hay una penetración enorme de las publicaciones individualizadas. Los ciudadanos van a tener mucha participación, los gobiernos tendrán que ser mucho más abiertos y transparentes, porque si no hay gente en todas partes, vigilando que esté funcionando. Tenemos que sostenernos a la crítica, al escrutinio público…

EI: ¿Y cómo se hace eso? ¿Cómo se hace que no se marchite?

JR: Comunicándose con la gente. No puedes ser un gobernante que se sienta rey. Todos saben quién eres, qué dijiste, dónde estás… El gobernante tendrá que ser más claro en las cosas que hace.

EI: Lo primero en su agenda es “ver el desorden” y dice que “el plan es que no hay plan”. ¿Qué quiere decir esto?

JR: Cuando hay un desorden primero tienes que ver cuál es el desorden. Para a partir de eso generar un plan que tenga objetivos y metas precisas, y no ocurrencias del gobierno en turno. Yo no soy hombre de ocurrencias, yo siempre hago las cosas pensando en darle solución a los problemas. Y no generando una expectativa falsa, porque luego viendo las cosas como están ya no resulta lo que dijiste. Entonces hay un desorden en el gobierno en temas de procuración de justicia, hay un desorden en la administración, hay un desorden financiero, hay un desorden en la obra pública.
Hay que ver ese desorden para ordenarlo, para hacer las cosas bien.

EI: Pero ese desorden ya se ve un poco desde fuera, ¿no?

JR: Sí, nomás que no puedo estar diciendo ocurrencias para darle carnita a los medios de comunicación. Si ves, tengo que ser muy objetivo, y no puedo generar una expectativa falsa porque si no luego vamos a estar haciendo el mismo desorden. Por eso digo que “mi plan es que no hay plan”. Vamos a hacerlo en 90 días, vamos a ver el interior del gobierno, y a partir de eso vamos a dejar lo que está bien y quitar lo que está mal.

Los accesos los vigilan patrullas de la Fuerza Civil, el mando policiaco creado bajo el actual gobernador, Rodrigo Medina. La Fuerza Civil es estatal, y sustituye a las policías municipales. Es un proyecto de mando único apoyado por los empresarios del estado. Las patrullas, pick-ups, tienen a un par de policías en camuflaje, con pasamontañas y dedos en el gatillo del arma larga, atentos a cualquier cosa. Aunque visibles, son pocos. Nada que ver con el Monterrey de hace un lustro.

EI: De las pocas cosas que la gente en Nuevo León dice que Rodrigo Medina hizo bien es la Fuerza Civil. Usted ha dicho que quiere salir del mando único, que los municipios tengan su propia policía. ¿Por qué?

JR: Porque no ha funcionado. Ha funcionado la Fuerza Civil para el estado, pero no quitándole la fuerza a los municipios. Los alcaldes tienen que ponerse al tiro, a ponerse las pilas, a trabajar por su pueblo…

EI: ¿Para eso usted les va a dar policía otra vez?

JR: No, yo no les voy a dar nada. Tienen la responsabilidad, nadie se las ha quitado. El estado suplió la irresponsabilidad de los alcaldes. Pero el estado le tiene que decir a los alcaldes, “empiecen a reforzar sus propias policías”. Tienen dinero para hacerlo. Se lo gastan prendiendo lamparitas; concesionando el servicio público, que no es para eso… Es para tener una policía para los pueblos, para que estén ahí, para que vivan ahí, para que puedan resolver los problemas ahí.

EI: Usted quiere fusionar Seguridad Pública y la Procuraduría de Justicia. ¿Cómo funcionaría eso?

JR: Vamos a hacer la Fiscalía General, para que ellos sean un solo mando. Ahorita hay tres mandos: Secretaría de Seguridad, Procuraduría y Fuerza Civil, y no se llevan bien entre sí. Vamos a hacer un solo mando para dar un mejor servicio.

EI: ¿Cómo se relacionaría ese mando con las fuerzas municipales?

JR: El estado tiene que ver por el estado, no por los municipios. Hay alcaldes responsables.

El evento está anunciado a las 10 de la mañana, pero desde antes el dueto de “Juan y Lupita” entretiene a la gente. Dentro del estadio hay pancartas por todos lados. Los asistentes han sido divididos en secciones. De un lado están los del municipio Apodaca, con una cartulina que dice “Estructura Apodaca presente”; de otro los de Zuazua, con cartulinas naranjas que dicen “Equipo Zuazua”. Los sindicatos también ocupan zonas específicas. Los telefonistas detrás de la zona de home, Es un mitin partidista como cualquier otro. Pero sin partido.

EI: Dice que su gobierno va a tener cinco ejes y el principal es la lucha contra la corrupción. ¿Cómo atacar la corrupción en un país en el que está tan metida en todos lados?

JR: Al que robe lo meto al bote. Así de simple.

EI: Tenemos por ejemplo el caso Mina,1 con Rodrigo Medina, que ha sido algo muy sonado. ¿No sería ése un buen lugar para empezar?

JR: Claro. Pero, ¿pa’qué les avisas? Si yo empiezo a dar un nombre, todo mundo va a empezar a tapar los pozos que hizo, ¿no? Entonces yo prefiero ser preciso. Siempre he dicho que voy a investigar todo el gobierno. Vamos a investigar todo el gobierno y todos los recursos que el estado le dio a los municipios. Y bien. No solamente al gobierno, no es un tema sólo del gobierno. También hay corrupción en los municipios y vamos a investigarlo.

EI: Pero ayer ya habló con el gobernador. ¿No le ha dicho nada de esto? El gobernador ya ha de saber que van por él…

JR: No, ps, ¿pa’ qué le digo, compadre? Es decir, yo cuando hago las cosas no aviso. Porque si aviso… Yo tenía que estar ahí en una plática para iniciar los procesos de transición, pero yo no me volveré a reunir más para eso. Hay que iniciar la transición y eso lo tiene que hacer el gobernador electo. Ya luego Fernando Elizondo coordinará, y el responsable de la relación con el gobierno es Manuel González, una gente que ha trabajado conmigo toda la campaña. Él es el responsable de armar los equipos que trabajarán en forma conjunta. Don Fernando será el responsable de todas las auditorías, todas las cosas financieras.

Dice Juan desde la tarima: “Nos da mucho gusto que haigan (sic) sido parte de la historia”. Agrega Lupita: “Queremos agradecer a los taxistas, a los telefonistas, a la gente del Seguro Social”.

En la parte de arriba del estadio, que ya también está llena, aparece una pancarta: “No vendí mi patria, voté independiente”.

Y entonces Juan y Lupita comienzan a cantar.

“Ya casi todo el estado se le unió. Súmate para que seas uno más, uno más”. “Con ‘El Bronco’ Nuevo León progresará. El bipartidismo ya se acabará”.

Se acaba la canción y la gente grita “¡Bronco! ¡Bronco!”. “¡Más recio!”, responde Lupita. “¡Más recio!”.

Suena otra. “Pero lo cierto es que Jaime siempre trae la bendición […] Si no hay apoyo en los medios las redes son otra opción…”.

Después sube al escenario Margarito Esparza, el enano que se hizo famoso por salir en televisión con Andrés Bustamante, “El Güiri Güiri”, y después por su cuenta apócrifa de Twitter, @soymargarito. Lleva un sombrero morado, y baila con dificultad la canción. Se ve disminuido y está algo afónico. Le pasan el micrófono y atina a decir “Espero que todos estén bien de salud”. Las palabras son difíciles de escuchar. Juan retoma el micrófono y le pregunta al público: “¿Le entendieron?”. Un sonoro “¡No!” es la respuesta.

En la zona de prensa, los camarógrafos, tanto de televisión local como de las filiales nacionales, se acomodan y discuten entre ellos. Uno que trabaja para una cadena del norte, le dice a otro: “A mí me amenazaron si votaba por ‘El Bronco’. Les dije que nos viéramos después de la elección”. Otro reportero trae a su hija. Cuando se enciende la cámara dice en su nota que se trata de un evento “histórico”. La hija sólo voltea a ver el celular. La voz del reportero deja de escucharse, porque la multitud empieza a gritar.

Al campo sale “El Penco” Leandro Ríos, quien canta “Debajo del sombrero”, la canción oficial del candidato. “Debajo del sombrero” existe desde hace más de un año, y cuenta la historia de un ranchero “no muy educado”, que busca el permiso de un hombre rico para casarse con su hija. En la nueva versión, la de la campaña, es “El Bronco” quien busca el voto de la gente. Debajo del sombrero, dice, “hay un Bronco sincero”.

Ríos monta un caballo percherón completamente negro. Alguien me dice después que es de los caballos incautados a los “malosos”. Que “El Bronco” lo compró en un remate judicial años después de que los Zetas lo intentaron matar cuando era alcalde de García. Una de las tantas historias que circulan sobre el gobernador electo.

Otra, según un taxista, es que se regresó por su guardaespaldas en ese mismo atentado, arriesgando la vida. Entre los que votaron por él, las expectativas ya son bastante altas. Tienen la idea de que un héroe los va a gobernar.

EI: El Acueducto Monterrey VI es un gran problema.2 Una gran polémica. Es una obra que inició Rodrigo Medina, multimillonaria. La oposición dice que no sirve. ¿Qué opina usted?

JR: Que lo voy a revisar plenamente. Es un proyecto polémico que debió de haberse parado. Lo que vamos a hacer es pactar con la federación y con el estado para que lo paren. Ya nosotros decidiremos si es bueno o es malo.

EI: Usted dice que no le gusta salir, que sólo sale con su familia cuando su familia quiere. ¿Va a voltear afuera cuando sea gobernador? ¿Va a voltear a otros países, al resto de la república?

JR: Pues es que los problemas están aquí, compadre. Conozco perfectamente el estado, se cómo llegar a las soluciones. Tengo que ir a donde me inviten obviamente por cuestiones protocolarias. Pero no para tomar decisiones. Me invitaron a Malasia, antes de ser gobernador. Los empresarios quieren que volteemos allá porque resolvieron muchos problemas, entonces estaremos yendo. Siempre y cuando me paguen el boleto y el hotel.

Voy a estar con algunos empresarios que me han invitado a Medellín. Por el modelo que tienen,  es un modelo que queremos compartir para los problemas de marginalidad en algunas zonas.

EI: ¿Usará Medellín como ejemplo?

JR: En algunas cosas. Sobre todo en el tema social.

Y sí voy a salir. Mi familia me dice que vaya a McAllen pero yo no voy. Tengo que ir a veces. O puedo ir a México, me gusta pasear aquí en el país.

EI: Pero no le gusta tanto salir del país…

JR: No me gusta salir de García, cabrón. Pero tengo que salir porque hay que ir a conocer lugares. Pero si por mí fuera aquí me quedaba en mi casa todo el día y todos los días.

EI: ¿Entonces como gobernador cómo le va a hacer?

JR: García está cerquita de Monterrey…

Ríos pone al caballo en dos patas y empieza la canción.

“Debajo del sombrero,
Hay un Bronco sincero,
Que con o sin dinero,
Es todo un caballero,
Debajo del sombrero,
Hay un bronco sincero,
Que como candidato,
Es lo que ocupa el pueblo…”

 

Esteban Illades


1 En el Caso Mina se acusa a Rodrigo Medina, gobernador del estado y a su padre, Humberto, de haberse hecho pasar por ejidatarios en el municipio de Mina, cercano a Coahuila, para comprar múltiples terrenos ejidales. El gobierno estatal planea construir parques eólicos y una nueva cárcel en Mina, lo que elevaría considerablemente el valor de las tierras.

2 El acueducto Monterrey VI es un proyecto aprobado bajo la administración del gobernador Medina. El proyecto, que ya está en marcha, es una inversión público-privada con Grupo Higa, y planea crear un acueducto de cerca de 400 kilómetros que llevaría agua desde Veracruz hasta Monterrey. 55 organizaciones no gubernamentales se han declarado en contra del proyecto.

Agenda

La Reforma Educativa y la evaluación docente: retos para su implementación

El 29 de mayo pasado la Secretaría de Educación Pública (SEP) anunció la suspensión indefinida del calendario de evaluaciones publicado por el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE). Esta decisión suscitó una ola de protestas y, casi de inmediato, el INEE manifestó su desacuerdo con dicha medida que ponía en peligro la más importante de las reformas que ha impulsado el actual gobierno. En los días siguientes se desencadenó un candente debate sobre la decisión de la SEP. Finalmente, el martes 8 de junio, la misma Secretaría cambió su postura y afirmó que nunca tuvo la intención real de cancelar las evaluaciones educativas.

El propósito de este artículo es ofrecer algunos elementos que ayuden a comprender el significado profundo de lo que está ocurriendo en educación y para ello se abordarán temas que nos parecen cruciales.

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Necesidad del país de contar con un número suficiente de docentes bien preparados

Nuestra nación, como otras, enfrenta el gran reto de elevar la preparación de sus maestros para ofrecer una educación de calidad a los millones de niños y jóvenes que han de cursar la escolaridad obligatoria. Un buen docente es determinante para mejorar los resultados educativos. La historia de la educación en diversos países industrializados muestra que para garantizar una adecuada preparación de los maestros es indispensable evaluar sus competencias disciplinarias y didácticas en tres momentos de su carrera profesional: al ingresar a la carrera se les evalúa para seleccionar a los aspirantes que posean el perfil deseable; al egresar, antes de ejercer la docencia, la evaluación busca certificar que cuenten con las competencias mínimas requeridas para el ejercicio de su profesión; y, durante el ejercicio profesional se les evalúa para asegurar que hayan cumplido bien con su tarea pedagógica y se mantengan actualizados. En este tercer momento también se evalúa a los docentes para considerarlos en los programas de promoción y reconocimiento.

Es claro que la evaluación docente por sí misma no puede garantizar que un país cuente con profesores bien preparados, si antes no han existido procesos robustos de formación inicial y de formación continua. Cuando la evaluación es pertinente, justa y válida, puede funcionar como un mecanismo de control de calidad que indique, tanto al sistema educativo como al docente, cuáles son las áreas de mejora. No obstante, en México no se han tenido buenos procesos de formación de profesores ni se ha contado con sistemas de evaluación con las características mencionadas.

Lo cierto es que el país no cuenta con un número suficiente de maestros capaces de operar eficazmente el Sistema Educativo Nacional (SEN), caracterizado por su gran tamaño, diversidad, complejidad e inequidad. La información disponible da cuenta de la pobreza del SEN, y para muestra los siguientes tres datos: 1) solo poco más de la mitad de los jóvenes de entre 15 y 17 años cursa la educación media superior; 2) según la prueba PISA, cerca del 40% de los estudiantes de 15 años es incapaz de utilizar la lectura como herramienta para impulsar y ampliar sus conocimientos en otras áreas; y 3) 60% de los normalistas que se presentaron al Concurso de Ingreso el año pasado, carece del perfil necesario para ejercer la docencia.

La Reforma Educativa y sus primeros avances

Para atender la necesidad que tiene México de mejorar la calidad de su educación, el gobierno del Presidente Peña Nieto lanzó en diciembre de 2012 la iniciativa de diseñar e implementar una Reforma Educativa (RE) de gran calado. Esta reforma colocó en el centro de su acción al mérito académico y la profesionalización de la actividad docente como mecanismos para el ingreso, la promoción, el reconocimiento y la permanencia en el servicio público de la educación obligatoria. Con la RE se pretende ordenar el SEN eliminando (o disminuyendo al menos) algunas de las malas prácticas que han perjudicado a la educación del país, tales como el pase automático, la venta o herencia de plazas y el clientelismo corporativo.

Sin embargo, para mejorar el ejercicio docente y privilegiar el mérito es indispensable evaluar a los maestros y, con ello, contar con información válida y pertinente que permita tomar decisiones basadas en evidencias. Desde esta óptica, la evaluación juega un papel fundamental para garantizar que solo los aspirantes normalistas, o profesionales de la educación formados en otras instituciones, que posean un perfil adecuado —idóneo, según los términos de la ley— sean quienes ingresen al sistema educativo público; que los mejores docentes sean reconocidos en su propia función; que sean promovidos a cargos directivos, de supervisión y de asesoría técnica pedagógica; y, que los docentes que cumplan cabalmente con su función sean quienes permanezcan en el servicio educativo. De manera complementaria a la evaluación y al mérito, la RE enfatiza el desarrollo profesional de los maestros en servicio, a través de mecanismos de capacitación y tutoría. La idea central es que cada docente identifique sus áreas de oportunidad para mejorar sus competencias pedagógicas y, con ello, se logre favorecer el máximo aprendizaje de los estudiantes. Así, evaluación y formación docente forman un binomio inseparable donde se cimienta la RE.

La Reforma implicó modificar el artículo 3º constitucional y la Ley General de Educación (LGE), así como promulgar dos nuevas leyes secundarias: la Ley General del Servicio Profesional Docente (LGSPD) y la Ley del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (LINEE). Estas últimas están diseñadas para que la SEP, a través de la Coordinación del Servicio Profesional Docente, y el INEE trabajen de manera coordinada, de tal manera que los procesos de evaluación señalados en la Constitución y en las leyes secundarias se realicen en tiempo y forma.

En el marco del Servicio Profesional Docente (SPD), al INEE le corresponde normar y supervisar los procesos de evaluación docente; por su parte, la SEP es responsable de diseñarlos, organizarlos e implementarlos. Este proceso es sumamente complejo pues está conformado por una gran cantidad de etapas, procedimientos e instrumentos, en donde ambas instituciones deben trabajar de manera coordinada para lograr que la evaluación docente cumpla cabalmente con los propósitos para los cuales se diseñó.

Avances en materia de evaluación docente en México

El primer proceso de evaluación en el marco del SPD tuvo lugar en el ciclo escolar 2014-2015 con los dos concursos de oposición (uno ordinario y otro extraordinario) para ingresar a los niveles de educación básica y media superior. Aunque originalmente se había planeado la realización solo del primero de ellos, el bajo porcentaje de aspirantes que obtuvo resultados satisfactorios y la necesidad de las entidades federativas de ocupar las plazas vacantes, obligaron a realizar un concurso extraordinario. En la siguiente tabla se muestran algunos datos que dan idea de la magnitud del proceso de evaluación.

Indicadores de los concursos para el ingreso al SPD: 2014-2015
Indicadores Educación básica Educación Media Superior
Plazas de jornada 16,135 2,648
Plazas por hora/semana/mes 65,530 76,248
Aspirantes evaluados para el ingreso al SPD 146,890 34,637

 

Como en su momento se informó, una gran cantidad de aspirantes a ingresar al SPD no obtuvo una calificación satisfactoria en estos primeros concursos de oposición: 88 mil 770 (60%) en educación básica y 23 mil 260 (67%) en educación media superior.

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