Nuevo catecismo para indios remisos

Con estas fábulas impías, nuevos modos del exceso y la pasión heterodoxa, Monsiváis incursiona en un terreno de ficción estricta, que no había frecuentado. Parecerá desconocido a sus lectores. Lo es.

LAS DUDAS DEL PREDICADOR

Enmienda tú, arcángel San Miguel, apóstol de las intercesiones sin lisonjas, enmienda tú a estos naturales y nativos, y extírpales las influencias perversas, y el ánimo de transformar los templos en tianguis indecentes, y borra de ellos las supersticiones, y elimina con ira a sus falsos reyes, sus abominaciones y blasfemias, sus monstruos que paren ancianos a los catorce meses, y sus iguanas que hablan con las reliquias como si éstas tuvieran don de lenguas.

Varón inmaculado, santo arcángel, castiga a los nativos, cortos de manos y restringidos de piernas, quebrantados y confusos. Haz que sepan de tu aborrecimiento y tu justicia. Que sus arroyos se tornen polvo abyecto, sus perros amanezcan desdentados, su falsa mansedumbre se vuelve azufre y sus cánticos sean peces ardientes sobre su miseria. Pasa sobre sus dioses escondidos cordel de destrucción y que en el vientre de las indias mudas aniden humo y asolamiento.

Porque, enviado con alas, éste tu siervo ha vivido entre nativos muchos años, exhortando y convirtiendo a quienes no quieren distinguir ya entre la verdadera religión y las idolatrías nauseabundas, entre el pecado y el respeto a la Ley. Castígalos, Miguel, y devuélveme mi recto entendimiento, para que ya no sufra, y abandone los tenebrosos cultos de medianoche y nunca más le ruegue, pleno de confusión y de locura, a Tonantzin, Nuestra Madre… de la que inútilmente abominan los hombres barbados que con espada y fuego instalaron sus dioses en nuestros altares creyendo, pobres tontos, que hemos de abandonarla algún día, a ella, nuestra diosa de la falda de serpientes.

EL PLACER DE LOS DIOSES

El nativo fue terco hasta el final. De nada valieron las íntimas persuasiones de tenazas, azotes y levantamientos de piel. El perseveró en su falso dios, Yoalli-Ehécatl, Tezcatlipoca, demandó su presencia, y le exigió venganza. Al menos esto nos dijo el intérprete, cuyo nombre cristiano era Cristóbal, de cuya lealtad nos fiábamos y quien, con gestos de horror, nos transmitía las iniquidades.

No olvido la escena. El potro, un pequeño hornillo, los rostros solemnes, el hedor de la carne, la fétida mazmorra, y el indígena hablando en su lengua no apta para venerar a la Santísima Trinidad, inservible para explicar -sin cometer graves disonancias e imperfecciones- los misterios de la Gracia y el Perdón. El -se nos informó- le avisó interminablemente a Tezcatlipoca de los secretos de su corazón y lo llamó el dios favorecedor y amparador de todos. El intérprete lo contradijo, lo conminó a la retractación, le aseguró que Yoalli-Ehécatl era una impostura, caverna de hediondeces y podredumbres, y que él, Cristóbal, nuevo y ferviente converso a la verdadera religión, lo desafiaba: «En vano intentarás dañarme, Tezcatlipoca. Esta cruz me protege…»

El blasfemo se empecinó y a los intentos de conversión respondió con ira en su idioma velado para nuestra comprensión. Y leímos en su mirada desprecio, y odio hacia el intérprete.

Al cabo de horas de forcejeo instrumental sobre su cuerpo, el hereje expiró sin que ninguno de los presentes nos santiguáramos siquiera. A la mañana siguiente, unos enviados del obispo buscaron en vano su cadáver. En su lugar se erguía una mole de piedra de procedencia absolutamente demoniaca. Era el inmenso dios de las confesiones, el ídolo abominable, Tezcatlipoca. Todos acudimos a verlo y se habló de un postrer intento de los salvajes por restaurar sus cultos. Hubo conmoción y rumores, y por ser Cristóbal el indígena más al tanto de movimientos y accesos al edificio, se le consideró sospechoso, se puso a prueba su resistencia a la confesión y semanas después no obstante sus mentirosas negativas, se le ajustició como es debido.

Al cabo de horas de forcejeo instrumental, sobre el cuerpo, el hereje expiró sin que ninguno de los presentes nos santiaguáramos siquiera.

LA PARÁBOLA DE LA VIRGEN PROVINCIANA Y LA VIRGEN COSMOPOLITA

Una virgen provinciana viajó a la gran ciudad a despedirse de su proveedor anual de obras pías que creía tener una leve enfermedad. Mientras lo buscaba, una virgen cosmopolita se intrigó ante su aspecto conventual y misericordioso, «¿Tú qué sabes hacer?», le preguntó con arrogancia. Tímida, la provinciana contestó: «Nunca tengo malos pensamientos, y sé hacer el bien, y me gusta consolar enfermos y…». La cosmopolita la miró de arriba abajo: «¿Y en cuántos idiomas te comunicas con los ángeles?». Reinó un silencio consternado. Animada por el éxito, prosiguió la feroz inquisidora: «¿Puedes resumirme tu idea del pecado en un aforismo brillante?». Tampoco hubo respuesta. Exaltada, segura de su mundano conocimiento de lo divino, gritó la virgen cosmopolita: «¿Que me parta un rayo si ésta no es la criatura más dejada de la mano de Dios que he conocido?». Se oyó un estruendo demoledor y a su término, la virgen cosmopolita yacía en el suelo, partida literal y exactamente en seis porciones. Con un rezo entre dientes, la virgen provinciana se despidió con amabilidad de los restos simétricos prometiéndose nunca desafiar, ni por broma, a cielo alguno.

LA HEREJÍA QUE SE HACÍA PASAR POR SANA DOCTRINA

El secretario permaneció callado. En el palacio pontifical no tenía derecho al habla ni, si muy audible, a la respiración. El era nadie, un resquicio de ínfimos menesteres, un sirviente. En la sombra, escuchó a su patrón definir las herejías más peligrosas. «Son las que se confunden con la ortodoxia. Ahí está el peligro. No los negadores descarados de la Trinidad o los adoradores de sapos o rocas, sino los emboscados en la contigüidad de la Doctrina».

El secretario tuvo desde ese día un objetivo: crear una herejía formidable que nadie lograse distinguir o sospechar. Durante años, copió a la luz de la vela códigos y manuscritos, discurrió y anotó, sé preparó hasta la incandescencia. Tuvo suerte, su obsesión sacrílega fue tomada por devoción y recibió la encomienda del nuevo catecismo para las masas que firmaría el pontífice y que desplazaría a todos los anteriores. Lo preparó con diligencia, sufrió la espera, leyó complacido el nihil obstat, cuidó las pruebas de imprenta. Y el juicio fue unánime: su catecismo era el mejor de todos los tiempos.

Años después, el secretario acudió a una audiencia de pontífice, entonces en el apogeo de sus desdenes.

-Monseñor, me quedan minutos de vida y ya ninguna amenaza me conmueve. Usted me encargó este libro doctrinario y en el desempeño sólo me permití una salvedad: introduje catorce pavorosas herejías, las peores que hasta hoy se conocen. A usted, que firmó el Catecismo, le toca descubrir donde están. 

Y expiró. Convocados, los teólogos más sutiles se enfrascaron en disputas, nada hallaron y fueron prontamente destituidos. El pontífice examinó el Catecismo meses y años seguro, por su conocimiento del difunto, de que éste había dicho verdad y la ponzoña estaba allí.

Pero nadie conseguía probarlo y, tras exámenes y contrapruebas, el libro seguía siendo ortodoxo.

-íPor supuesto! se dijo una madrugada el Pontífice, fue muy hábil pero no tanto ese demonio de hipocresía. Este texto desborda falsedad. En la Doctrina Inmaculada se afirma: «Dios se muestra gracioso con quien quiere, porque es libre», y aquí en cambio dice: «Dios se muestra gracioso con quien quiere, porque es libre». Parecen iguales las frases, pero -con el temor de Dios en mi corazón- veo con claridad que no son ni pueden ser lo mismo. Añado otra prueba: «Si Dios obrase por el dinero, seria un indigente». En el catecismo adulterado la oración es al parecer idéntica, pero sólo al parecer: «Si Dios obrase por el dinero, seria un indigente». En un caso se nota la sinceridad, en el otro la malicia.

El análisis detenido, línea por línea, le llevó al descubrimiento del habilísimo método de falsificación. No sólo 14 herejías, todo el libro era un engaño, palabra por palabra. Pero no lo desenmascaró porque midió las consecuencias, previó los daños del escándalo en época de crisis de las instituciones y prefirió lanzar un edicto ratificando la sacra confiabilidad del Catecismo. Y la Doctrina falsa, tan asombrosamente semejante a la original, siguió infiltrándose en los corazones y originó la actual ola de impiedad.

LA VERDADERA TENTACIÓN

Permíteme, oh Señor, que enfrente a las Verdaderas Tentaciones! Soy tu siervo, divulgador de tu doctrina, vasallo de tus profecías, sujeto del error y el escarmiento, y quiero acrisolarme ante tus ojos honrando tu hermosura. Concédeme mi ruego y pónme a prueba, pero con ofrecimientos que sean cual duro yugo. Si te insisto, Señor, es porque mas de tres veces se me ha tentado en vano, y me acongojan mis negativas instantáneas. El Maligno me desafía y acecha ignorando mis debilidades genuinas. Me seducen con mujeres frenéticas, a mi que soy misógino; me provocan con viajes a países fantásticos, a mi tan sedentario; extienden a mis pies los reinos del mundo y sus encantos cuando sólo apetezco la penumbra. Y por si algo faltara, me declaran: «Todo esto será tuyo, si postrado me adoras», y me lo dicen a mi, tan anarquista!

Restablece los derechos de tu hijo, señor, obligales a imaginar tentaciones que lo sean de modo inobjetable, que de veras inciten mi deseo, que me hagan olvidar cuán fácil es mantener la virtud si nadie nos asedia como es debido.

«Restablece los derechos de tu hijo, Señor, oblígale a imaginar tentaciones que lo sean de modo inobjetable, que de veras inciten mi deseo, que me hagan olvidar cuán fácil es mantener la virtud si nadie nos asedia como es debido».

LA MÁQUINA QUE EXTIRPABA DESEOS OBSCENOS

No hubo en toda la Edad Media hombre más desesperado que Anselmo, Su angustia era interminable: ser un genio, una mentalidad portentosa en época sólo apta para tenderos, clérigos y labriegos. Lo de menos hubiera sido ganar el favor de algún príncipe construyendo ballestas de repetición, fortalezas rodantes, pérfidas orugas de hierro, águilas mecánicas que demoliesen las ciudades enemigas. Pero la disposición de Anselmo era bondadosa y él desechaba cualquier ofrecimiento belicista.

Una noche de vigilia, la idea lo afectó con claridad irremediable. Dios le encomendaba salvar a la humanidad de sus bajas pasiones, del aguijón de la carnalidad. El desafiaría a su atrasado siglo inventando una máquina capaz de borrar deseos obscenos y apetitos dolosos, que fuese a la raíz del maldecido instinto suprimiendo el laberinto en donde medra y se agazapa la concupiscencia. La idea le pareció como escudo resplandeciente y a ella dedicó años, estudios minuciosos de los modos y humores del hombre, perspicacias y entrenamientos.

Concluido el artefacto, Anselmo fue el primero en usarlo y el resultado lo cimbró. En un santiamén, huyeron de su mente y de su alma obsesiones y debilidades y sólo quedó un impulso de gracia. Procedía ahora el experimento general. Apoyado por el cónclave anunció las buenas nuevas y alquiló una gran sala. No se hizo esperar la primera remesa de solicitante… íSólo mujeres! Aunque casi todas acompañadas de su confesor. Ya vendrán los hombres, pensó Anselmo, porque nada valen los deseos no compartidos y triste cosa es el hervor de un solo lado.

Mi Bomarzo

Alabada sea la voluntad de Dios… Las primeras clientas salieron extasiadas y beatificas. Así no faltaran los calumniadores que atribuyeron los resultados a la autosugestión, multitudes de damas y doncellas se vieron súbitamente libres de embriagueces, lascivias, perturbaciones afrodisiacas e ilusiones fornicatorias. Esa noche, la placidez reinó en sus alcobas.

Un nuevo orden amoroso. Las mujeres siguieron yendo con Anselmo y los hombres se desesperaron. Sus asedios no funcionaban, los reclamos antes victoriosos se estrellaban en semblantes dominados por la plenitud espiritual. Avidos de vertederos para su gana, los hombre desviaron los anchos cauces de la Naturaleza y sustituyeron a las mujeres consigo mismos. En las horas en que la carne ignora el apaciguamiento, lo equivoco se tornó inequívoco, las simientes manaron sobre fisiologías sospechosamente parecidas, el placer despreció los mandamientos supremos y, entre movimientos espasmódicos, el prójimo fue deseado por su semejante. En las madrugadas, cada uno resultó el guardia de su hermano.

La felicidad de Anselmo fue asaz efímera. Mientras perfeccionaba su invento, una mano desde los abismos y otra desde el aire, coincidieron en su cuello.

El ángel y el demonio citaron a una conferencia de prensa para explicar lo sucedido y juraron a nombre de sus respectivos poderes que ningún aficionado intervendría ya en el destino de la especie. Pero el anuncio nunca se divulgó. Las mujeres siguieron en su ataraxia sublime, y los antiguos machos se revolcaron todavía más en la inmundicia. El género humano se fue aletargando y desapareció de la faz del planeta. Gracias al genio de Anselmo, el juicio Final se adelantó varios siglos y esta fábula jamás fue escrita.

EL MONJE QUE TENÍA PRESENTIMIENTOS FREUDIANOS

Desde la hoguera te celebro, Señor, porque el hedor de mi propia carne y los rezos hipócritas de mis antiguos compañeros de claustro y los rostros de júbilo de la plebe y el dolor de los pocos que me quisieron, no alcanzan a enturbiar mi propia dicha. Desde el principio, tú me apartaste del mundo y ni virreyes ni obispos ni oidores ni marquesas, igualaron mi contentamiento en el claustro. Y allí, Señor, para rejuvenecerme con tu fortaleza, me enviaste vientos de torbellinos, el relámpago de los demonios, la multitud de lenguas de fuego y azufre, las ratas que devenían piara maledicente o rameras cuyos sombríos aullidos evocaban el trueno y el alma interminable de los muertos sin confesión.

Pero un día, maldito como buitre que ayunta en matadero, plantaste en mí una visión aborrecible, un sueño informativo cuyas palabras aprendí sin comprender: «Los demonios que vences con regularidad se llaman pulsiones de la libido, a los dragones que enardecen tu soledad puedes decirles traumas, las alucinaciones que emergen desde lo profundo a la altura de tus ojos empavorecidos no son sino proyecciones». ¿Para qué, Señor, para qué se me explicó que Satán es, si algo, apenas un pozo inexplorado de cualquier espíritu, el inconsciente de siglos venideros?

Tu mensaje, Señor, me arrebató el sosiego y las revelaciones incomprensibles me circundaron como un mar de vidrio o un océano de arrepentimientos. ¿Y quién, en esta capital de la Nueva España, será feliz sabiendo que no es el Maligno quien lo acecha sino profanos ajustes de su personalidad? Por eso te recé, Señor, rogándote que no me adelantases a mi tiempo, que no destruyeses mi credulidad con anticipaciones que devoran siglos. Y mi fe no tornó por noches enteras murmuré los nuevos nombres que me fueron expuestos, y una tarde lo conté delante de mis hermanos de congregación… y héme aquí, Señor, semejante a un hacha encendida, roído y enredado por el dolor, incrédulo ante mis sensaciones, pero feliz porque esta destrucción me acerca de nueva a ti y me permite reconocerte entre las llamas. Prefiero ser contemporáneo de mis lamentaciones y mis llagas y mis gritos agónicos, que visionario del día en que los demonios recibirán otro nombre, y pasarán a ser datos inciertos en la aritmética de la conciencia.

EL TEÓLOGO DE AVANZADA Y SU REPERTORIO ANACRÓNICO

Si había alguien orgulloso de su espíritu contemporáneo, era el Teólogo de Avanzada. Creía que todo dogma era cuantificable, verificaba las correspondencias entre la física y el Sermón del Monte, sostenía que un milagro no viola sino amplía las leyes de la naturaleza, y no se oponía a declarar simbólicos o alegóricos los textos bíblicos juzgados inexactos o falsos por la razón. Pero al Teólogo de Avanzada lo acompañaba la mala suerte. Bastaba su presencia en una boda para que por ensalmo se multiplicasen bebida y comidas. Salía al campo y lo seguía una orquesta de seres inanimados. Decía una agudeza y la víctima de su chiste inofensivo se retorcía de dolor al otro lado del océano. Durante una sequía imploraba por agua y tras cuarenta días y cuarenta noches de tormenta incesante, muchas especies desaparecían para aflicción de zoólogos y ecólogos.

¿Cómo es posible?», se preguntaba, «Yo, el Teólogo de Avanzada, hago a pesar mío milagros fuera de época. Di un discurso sobre el Evangelio y la rotación de los astros y en la primera lección oscureció a mediodía y llovieron del cielo focas y jirafas. Anhelo el diálogo cartesiano y me aclaman muchedumbres fanáticas. Nadie, absolutamente nadie, toma en serio mi intento por hermanar la religión y la ciencia», Mientras se lamentaba, llegó una carta de la Academia notificándole el rechazo por «acompañar su solicitud con demostraciones precientíficas». Irritado, el Teólogo de Avanzada lanzó una maldición y todos los miembros de la Academia se convirtieron en sapos de piedra.

Por una vez, el Teólogo se alegró de sus poderes a la antigua.

-Dios no está para que le reconstruyan su doctrina ni a El se le venera de adelante para atrás.

EL HALO QUE NUNCA SE POSABA DONDE DEBÍA

«Pero si tú surgiste para materializar la protección divina e iluminar las cabezas bienaventuradas», le recriminaba a un halo una voz desde las nubes. «No entiendo qué te sucede».

No pudo responder. Aunque ciertamente creado para el esplendor de los cráneos benditos, nunca se había ajustado a su destino. En su trabajo inaugural fue círculo luminoso de un burro, animal terrestre si los hay. Luego constituyó la garantía de atracción de una gran piedra, alumbró la indiferencia de una planta y se posó sobre un presidiario que gracias a eso fue indultado (con la consiguiente aflicción de las tres viudas que su diligente mano fabricó la siguiente semana).

El halo, errático y destanteado, iluminaba a hombres, bestias, cosas, pinturas, fijándose sobre lo que fuera, menos sobre los santos genuinos, que gracias a su torpeza fueron escaseando en la comarca. íDesventuras de la vocación mística! Algunos de los hombres más abnegados, resentidos ante la falta de esa confirmación externa de sus dones, se dedicaron a la frivolidad. Otros, creyendo que el cielo había enloquecido, se burlaron atrozmente y acabaron en la impiedad, asegurando (entre risas) que se había modificado el sistema celeste de premiación en vida, para privilegiar a vegetales, animales y enemigos de la sociedad.

El halo era incontrolable. Se le encomendó brillar en torno a un noble varón que curaba leprosos y en el momento de descender, lo hizo sobre un torvo sujeto que asaltaba ancianos. La multitud que contempló el suceso, guiándose erróneamente por las apariencias, lapidó al hombre bueno y paseó en triunfo al criminal.

El halo prefirió disolverse en la sombra antes de propiciar el extravío de los valores morales.

CAMBIADME LA RECETA

Ambrosio y Gerardo eran inseparables. Desde fuera, su intimidad parecía tanto menos comprensible, dada la oposición de sus creencias. Hombre de fe, Ambrosio se desbordaba en oraciones y convicciones, veía en el «Dios mediante» no una fórmula hueca sino el sentido de su vida diaria. Agnóstico, Gerardo sólo admitía lo visible y desdeñaba la causa de símbolos sangrantes, vitrales iluminados por la media tarde y figuras que se presentan con un mensaje de salvación en vísperas de la merienda.

Su condición antagónica no impedía la estrecha convivencia, los alegatos de días enteros, el toma y daca de bromas y razones. «Convéncete, si Dios existiera, su imagen y semejanza sería la injusticia». insistía Gerardo y Ambrosio, con suavidad, le refutaba apuntando con el brazo a los cielos:

¿Acaso se hicieron por su cuenta y riesgo? ¿Todo esto es fruto de azar?

Una plaga intempestiva sorprendió de tal modo a los polemistas que murieron con segundos de diferencia. Pero Ambrosio, el virtuoso en acto y gesto, el convencido del devenir místico, sólo conoció la implacable metamorfosis de los átomos. No obtuvo la felicidad que no cesa a la diestra del pandero de Dios. La muerte fue su estación terminal. A su vez, Gerardo despertó entre las dulces vibraciones de la piedad y el estruendo de visiones radiantes. A su lado, todos se gloriaban en el Señor. «Así que finalmente existe un Más Allá», musitó.

Azorado, Gerardo supo, en medio de la barahunda de los redimidos, lo que ya no captaría Ambrosio en la rueda sin fin de las elaboraciones de la materia. Treinta años de diálogo incesante los habían transformado sin que lo advirtieran, provocando su mutua conversión. Gerardo, movido en su sinceridad por la prédica de su amigo, encontró a Dios en la contemplación del firmamento; Ambrosio, persuadido por la severa racionalidad de su interlocutor, admitió la autogénesis de los seres y las cosas. Pero ambos prefirieron fingirse inconquistables para proseguir la conversión que animaba sus vidas.

NUEVO CATECISMO PARA INDIOS REMISOS

Oprichnik – Guardianes de Iván el Terrible (perro y escoba)

El indígena respondió con aspereza:

-No, Señor Cura, de ninguna manera. A mí su catecismo no me gusta.

-El párroco pensó en llamar de inmediato al Tribunal del Santo Oficio, pero ese día estaba de buen humor y esperó.

-El Catecismo no está para gusto o disgusto de indios bárbaros y necios, sino para enseñar los mandamientos y preceptos sagrados.

-Pero no así, Señor Cura, no con esa rutina de preguntas y respuestas, que hace creer que en el cielo nos ven a los indios más tontos de lo que somos. Parece una ronda de niñitos: «¿Quién hizo los cielos y la tierra?» Y se responde a coro: «Los hizo Dios». ¿No será mucho mejor a la inversa? Dice usted: «Fue Dios», y contestamos: «¿Quien hizo a los indígenas, a los cielos, a los peces y a las iguanas?»

-Dios no está para que le reconstruyan su doctrina, ni a El se le venera de adelante para atrás.

No hubo modo. El indígena persistió en su capricho, el párroco llamó a quien correspondía, el hereje se evaporó en las mazmorras y como nadie se atrevió a preguntar por él, nadie volvió a saber de él. Pero el sacerdote quedó perturbado y, ya solo, murmuraba: «Es la carencia de todo». Y lanzaba la pregunta correspondiente: «¿Qué es la nada?» Volvía a afirmar: «Es carencia de todo en el sentido de materiales sobre los cuales trabajar, no en el de carencia de poder», y se inquiría: «¿Y cómo puede salir algo, así sea la nada, de esa carencia?» Y se pasaba días y noches estudiando el Catecismo al revés.

Otro párroco que lo escuchó se inquietó demasiado, convencido de hallarse ante un juego muy impío. Como además ese curato era muy próspero, convocó a la Inquisición y, desaparecido el cura enrevesado, se fue a vivir en su lugar.

NUEVO CATECISMO PARA OBISPOS REMISOS

Christus. Revista de Teología. México. Editada por el Centro de Reflexión Teológica.

Cercana al medio siglo de existencia, la revista Christus pudiera ser examinada hoy como una especie de termómetro que refleja sobre todo los cambios de actitud de diferentes tendencias en el seno de la iglesia católica mexicana, la introducción de nuevas maneras de entender el ejercicio cristiano, la toma de posición frente a la estructura de poder dentro de la iglesia y la inserción de una parte significativa del clero latinoamericano en la realidad social del continente. Pero es también la historia de una concepción teológica y política que ha tenido su traducción precisamente en una peculiar desarticulación del monolitismo eclesiástico que alguna vez pareció inconmovible.

Cuando apareció en diciembre de 1935, se propuso fundamentalmente ser una revista que difundiera sólo cuestiones eclesiásticas sin que en realidad se ocupara de cosas terrenales ni mucho menos que concibiera una posición ideológica sobre el contexto social en que actuaba. Casi un cuarto de siglo después, la revista dio un viraje definitivo al convertirse en una especie de caja de resonancia de la teología de la liberación que durante los años sesenta y setenta comenzaba a impactar el pensamiento clerical latinoamericano no solamente por la posición que implicaba respecto de la iglesia institucional, sino también porque significó la marginación del tradicionalismo europeo que hasta entonces había dominado en América Latina.

En Christus ese cambio fue claro en contenido, línea editorial e incluso, formato; en buena medida reflejo de la transición real experimentada en el amplio sector clerical. En cierto momento la propia palabra «clero» sonaba «extraña para calificar la actividad editorial e intelectual y la militancia de estos grupos que han encontrado en el marxismo y en la teología de la liberación -pero sobre todo en la cruda realidad social del continente- una alternativa de acción critica y de revisión de sus posiciones tradicionales». (Nexos, 4, abril de 1978). De una revista de tipo nacional en la cual, como afirma Enrique Maza, su director, durante más de diez años, «Se recopilaban los documentos de las diferentes diócesis y se proporcionaban a todas las demás los casos de conciencia, avances de estudios teológicos, renovación teológica, bibliografía de nuevos libros que hubieran salido en teología y filosofía», pasó a ser un órgano comprometido social, política y cristianamente, distante notoriamente de los estilos tradicionales que la jerarquía eclesiástica quisiera para una revista de teología», como el propio Christus se define.

La orientación editorial y la relación institucional se han transformado seriamente en esos dos años. El primer número, por ejemplo, estuvo casi todo dedicado a problemas religiosos incluso en el plano internacional, informando sobre el concordato con Yugoslavia, la crisis griego ortodoxa en Palestina, el congreso sionista y la confesión de Mussolini de no poder intimidar al Papa. Algunos problemas sociales vinieron apareciendo paulatinamente, pero siempre abordados sin una linea teológica o política definida, o cuando más, siguiendo los esquemas convencionales. Así se encuentran en los años siguientes cuestiones sobre agrarismo, los obreros mexicanos y hasta una carta al general Cárdenas protestando el episcopado por la expulsión del obispo de Chiapas. Christus. Revista mensual para sacerdotes, aprobada y bendecida por el Venerable Comité Episcopal, fue originalmente órgano oficial de todas las diócesis del país pero poco a poco su autorreforma y la autonomía de las diócesis para publicar sus propias gacetas la llevó a quedarse primero como órgano de nueve, luego de cinco y finalmente de cuatro.

Xavier Garibay, su director actual, advierte que hay efectivamente diferentes etapas en Christus. «Hay una fuerte etapa, desde su fundación, en que sobre todo se insiste -y a mí me parece un poco la raíz de las comunidades eclesiales de base- en una reflexión sobre la acción católica mexicana, o sea la responsabilidad del laico, del cristiano ante la situación civil, social y política. Después viene un periodo en que se insiste, más, en ocasión del Vaticano II, en toda la renovación de la iglesia, en el aggiornamento. Luego, con la cercanía de Medellín y con la preparación del congreso de teología que fue aquí en México sobre `teología del desarrollo’ empiezan a tocarse más temas sobre la liberación quizá no con las mismas palabras, pero con una coincidencia con el resto de A.L.; se va haciendo una reflexión más a partir de la realidad sobre esa situación y toma de posición y de imperativos de acción ante esa realidad para su transformación. Esto se subraya fuertemente en 1968-70 al asumir la situación latinoamericana y hay aquí una especie de shock porque el golpe de la realidad es más fuerte y porque hay una ebullición en la conciencia latinoamericana de que la situación hay que cambiarla. ¿Nuestra responsabilidad de cristianos cuál debe ser? A veces se subraya mucho el aspecto ético y a veces, con base en la ética, se tratan de resolver asuntos propios de la sociedad. Este aspecto se madura hasta los setenta y es donde veo una época de mayor madurez en la misma revista».

Los años sesenta, el Concilio Vaticano II, la Conferencia de Medellín y las encíclicas de Paulo VI, modificaron el pensamiento y la actitud pública del clero latinoamericano. Al empezar a tomar conciencia de que una nueva situación social y política impulsa y obliga a adoptar realmente una actitud consecuente con ese panorama y que a su vez reitere el papel de liderazgo intelectual ante un sector de la sociedad civil, aunque ello genera, como la realidad demostró, el enfrentamiento no expreso pero evidente entre quienes optaron por la linea de la liberación con la jerarquía institucional con el pensamiento oscurantista, con las élites del poder eclesiástico. Christus asume y propicia esa posición que inicialmente toma la forma de un cierto reclamo para que la iglesia mexicana tome la voz de los oprimidos y la propague y apoye. En 1971, el jesuita Luis Morfín publica un artículo en el que cuestiona el no querer tomar posición frente a la realidad social: «Para una iglesia que había pasado sus últimos años entre amedrentada y recelosa de un estado de derecho que no la reconoce, que a lo más la tolera, esto resulta de una importancia especial. ¿Está preparado el cristiano y el sacerdote medio en México para resistir una confrontación pública sobre lo que la iglesia piensa en el campo de lo social lo político y lo económico».

A esa situación corresponden actos concretos en la labor de la Compañía de Jesús, una parte de cuya comunidad realiza la revista, como es por ejemplo el retiro del Instituto Patria o la insistencia de que, por varios años la iglesia ha permanecido «lejana, casi extranjera» ante los condicionamientos culturales y sociales. Esa peculiar «disidencia jesuita» se manifiesta en casi todos los campos incluyendo el editorial, lo cual provoca lógicamente una reacción encontrada por parte de la institución formal. No es casual que Christus fuera una especie de abanderado de esa transformación editorial. El propio Maza enjuicia en 1969 el trabajo de Buena Prensa -que patrocinó a Christus muchos años- y califica de «crimen exclusivizarnos en lo religioso y olvidar el compromiso cristiano y patriótico de luchar por el desarrollo de México, por la educación del pueblo, por la «difusión de la cultura» (Cit. en J. Meyer «Disidencia jesuita. Entre la cruz y la espada», Nexos, 48 diciembre de 1981)

«Silencio de la iglesia» es quizá una de las acusaciones básicas que desde Christus se lanza a la jerarquía. Se dice que la mexicana es una iglesia «domesticada» por su debilitamiento, porque sus funciones vitales están atrofiadas y porque está desnutrida espiritualmente. Es una iglesia que «no tiene respuesta al mundo» y su religiosidad está anclada para no crear fricciones ni tensiones.

La tendencia es a la impugnación continua aunque siempre buscando eludir el conflicto directo, el choque con la jerarquía. Al interior de la Compañía no se advierten reacciones crudamente opuestas aunque ciertamente sólo una parte de la comunidad jesuítica comparte las opiniones de Christus. Se trata ahora de que se definan las posiciones y en parte esto se propicia mediante el análisis de la labor sacerdotal, del sentido y el compromiso de la pastoral. En un número de 1976 dedicado a los cristianos y el poder, Jorge Alonso va más allá de una simple impugnación y afirma que una vez que el sacerdote haya impulsado la lucha del pueblo, debe ir perdiendo en favor del pueblo, «la influencia caudillesca» que le ha sido conferida. Lo que importe es ver en favor de quién lo usa ese `poder el sacerdote, y agrega Alonso: «hay también hegemonía en el seno de la iglesia que la ejerce determinado grupo… Contiene en su interior la lucha de clases. Es cierto que las fuerzas reaccionarias se encuentran en organismos eclesiales de poder, de tal manera que su conjunto no puede menos que beneficiar el mantenimiento de las clases dirigentes. (Christus, 492, noviembre de 1976).

Paralelamente la revista fue abriéndose al análisis de problemas sociales,. económicos y políticos del país, y desde allí, sobre todo en tiempos recientes, se ha revelado una actitud sumamente crítica si bien insuficiente como análisis, hacia el Estado, hacia el poder del Estado y hacia sus manifestaciones políticas, sus mecanismos de control y su hegemonía. En cada entrega prevalecen ciertamente las visiones marcadas por la óptica de la teología de la liberación y de un marxismo singular; esto, como era predecible habría de provocarle a la publicación numerosos problemas. Por principio, hacia 1978-79 la revista es acusada por algunos obispos de «antijerárquica, antieclesiástica y promarxista», aunque los jesuitas no han ventilado públicamente este notorio diferendo con la jerarquía. Luego, a propósito de la celebración de la tercera CELAM, de casi un millar de periodistas solo a seis se les negó la acreditación, dos de los cuales fueron precisamente Alfonso Castillo, entonces director de Christus, y a Enrique Maza que iba por la revista Proceso, y cuya influencia es enorme en Christus.

Pese a ello, la revista ha subsistido durante más de cuatro décadas y no se advierten por el momento signos en contrario. Acaso vale la pena recapitular los rasgos que caracterizan a Christus. Ciertamente es una publicación que ha definido claramente su compromiso cristiano con opciones políticas y sociales de liberación, de cambio, de transformación de estructuras, aunque también es evidente que, no obstante sus frecuentes fricciones con la jerarquía y las insistentes condenas que desde ésta se hicieron a la revista, Christus ha sido rebelde a la jerarquía pero no a la institución. Si en ello tiene una limitación de orden estructural para fungir como un movilizador de amplio alcance, otra más aparece al advertirse una especie de indefinición de carácter propiamente editorial. No es válido pretender, por ejemplo, que la coloración ideológica para abordar lo problemas políticos entre en conflicto con la calidad y el rigor del análisis, cosa que en Christus es visiblemente débil, quizá por el hecho de que ha pretendido ser algo más que una revista estrictamente teológica. De ello quizá se deriva además el hecho de que al reconocer la existencia de la institución, no cuestiona, o cuando menos no explora lo que seria la difusión y la aplicación del compromiso cristiano sin el condicionamiento ideológico que aquel reconocimiento supone.

De cualquier forma, su actual tendencia permite clarificar una situación más extensa en la que la alianza con el poder o la solidaridad con los pobres es la disyuntiva básica. Christus ha optado por esta última; en ello consiste su principal dato y su legitimidad como una revista que ha asumido un compromiso social. Refleja, además, un esquema de facto en el que actualmente se debate la iglesia mexicana aunque las perspectivas no parecen se; muy alentadoras para quienes, como los jesuitas de Christus, intentan contribuir a acelerar la transformación de las estructuras de dominación.

Los jesuitas Xavier Garibay y Enrique Maza -ambos han sido sus directores- y el escritor Vicente Leñero, personas que han estado vinculadas a la revista testimonian finalmente lo que Christus es en la teología de la liberación, en la posición ideológica y en el contexto del sector clerical.

Xavier Garibay:

«No hablaría de una opción por la teología de la liberación, sino más bien de una opción por acompañar a la gente, a nuestro pueblo latinoamericano en la opción que él vaya tomando, que es la de tener en sus manos la historia. Yo le rebajaría un poco la espuma al mismo Christus y a la teología de la liberación. Nos queda claro que no nos toca ser los protagonistas, las cabezas de este cambio, sino solo acompañar con nuestra reflexión teológica a los cristianos en ese proceso de liberación. Esto es un poco el binomio del servicio de la fe y la promoción de la justicia que brota de esa misma fe; la necesidad de comprometernos para colaborar en la transformación de este mundo. Allí se sitúa Christus, trata de estar en esta linea que ha tomado la Compañía, como la formulación actual de lo que ha sido nuestro carisma a través del tiempo.

«Ciertamente que esto ha motivado reacciones, que en México son de tipo ideológico, pues a veces se podría a acusar a Christus como una bandera izquierdizante. Sin embargo, nosotros no hemos recibido nunca ningún comunicado que nos haya calificado de alguna cosa. Sospechamos que pueden ser reacciones comunes a la situación de la iglesia latinoamericana; el peligro del marxismo, el peligro de cierta radicalidad o unilateralidad con respecto a la opción por los pobres, y en el sentido también de una rebeldía en contra de la jerarquía. En cuanto a un calificativo ideológico de izquierda, creo que las etiquetas estorban. No nos colocamos en una teología tradicionalista, en una reflexión por si misma y para si misma, por el placer simplemente de pensar. Nos colocamos en una cierta corriente latinoamericana de ideología y en una corriente del proceso de nuestros pueblos. Si a eso se le llama de izquierda, pues depende de donde está uno colocado»

Enrique Maza:

«Llegué a la revista en 1962, después estuve ausente un año y volví en 1964 y de este año hasta 1973 o 74 estuve al frente de Christus. Al principio se intentó renovar el contenido, seguir el Concilio, y empezar con artículos de renovación teológica, de interpretación teológica, de actualización de la iglesia, de la teología; poco a poco fue cambiando de panorama la revista internamente hasta que vi la necesidad de cambiarle el formato y de hacer un cambio radical en Christus para insertarlo mucho más en la realidad nacional y seguir sobre todo los movimientos teológicos de A.L.

«Evidentemente, Christus se topó con problemas, porque en una línea renovadora chocaba necesariamente con las líneas conservadoras de la iglesia, que veían en Christus una amenaza sea a la institución, sea a las costumbres establecidas en la iglesia, sea al orden interno o a la obediencia al episcopado. Christus pugnaba por una mayor responsabilidad, madurez y mayoría de edad en los cristianos y en los sacerdotes, cosa que no es de mucho agrado para las jerarquías eclesiásticas porque mantienen en mucho el infantilismo religioso y de conciencia de los católicos, con lo cual la dominación es muy fuerte tanto en el terreno de la conciencia, como del pensamiento, de las conductas, de las costumbres. Como propugnaba esto y se lanzaba a un pensamiento autónomo claro que fue visto con malos ojos por muchas gentes e inclusive hubo problemas con el episcopado que se solucionaron ya. Hubo suficiente tipo de diálogo y de sesiones muy largas en las que finalmente se llegó a aclarar que Christus no era una revista ni antieclesiástica ni antiteológica, ni comunista ni nada que se le pareciera. Esto, por desgracia, repercutió en Roma y todavía el papa Juan Pablo II, al nombrar al padre Deitx dentro del gobierno de la Compañía de Jesús, una de las cosas que nombra es precisamente la revista Christus como una de las cuestiones que hay que meter en orden porque se ha salido del huacal.

«No lo creo así. Christus es una revista especializada en teología y el pensamiento teológico debe ser investigado, debe ser avanzado, debe crecer, expanderse y checarse a sí mismo, y no se puede frenar la investigación ni la libertad de pensamiento en una revista de ese calibre. Juan Pablo, Juan XXIII Pablo VI y el Concilio hablaron suficientemente claro de la libertad de investigación, de la libertad de pensamiento como derechos inalienables del hombre, como para que ahora se asusten de que hay una revista que tiene un pensamiento autónomo, independiente y de investigación; si fuera para gente que no está preparada, pero es una revista para gente especializada que no tienen que leer más que aquellos que se supone que están preparados. Ahora, si los sacerdotes y los obispos de México no tienen todavía ni la capacidad ni la madurez para leer un pensamiento de este tipo, entonces yo cuestiono, no a la revista Christus, sino el porqué son sacerdotes, porqué son obispos cuando todavía no tienen madurez para un pensamiento libre.

«¿Christus, de izquierda? Yo rechazaría de plano y de entrada la tal izquierda. Si Jesucristo predicara su evangelio en este momento, lo llamarían de izquierda. Creo que el interés supremo de la revista ha sido el evangelio. Ahora, el evangelio, considerado según los patrones del orden establecido en Occidente, es absolutamente subversivo y por tanto es absolutamente de izquierda. El problema es que se ha identificado ya de tal manera el catolicismo con la derecha y con el capitalismo, que se ha olvidado que el cristianismo es justicia social y es otro tipo de cosas bastante radicales que en un momento determinado amenazan evidentemente el orden establecido e incluso el modo de gobierno de la iglesia en muchas instancias, porque es un modo dictatorial, absolutista, centralista, que no tiene nada que ver con los modos de autoridad descritos en el evangelio.

«El hecho de que se hayan adoptado determinado tipo de instrumentos científicos, como seria el análisis marxista de la realidad, para mí no tiene en absoluto nada que ver con la izquierda. La revista Christus no ha militado nunca en la izquierda ni en la derecha; simplemente ha militado en el intento de analizar a fondo el evangelio, que es muchas veces mucho más radical que la misma izquierda. Si por eso se entiende que Christus es de izquierda pues entonces califíquenlo como se les pegue la gana, pero a mi no me gustan los calificativos de este tipo porque tienden a polarizar las ideas y a las gentes en movimientos y en posiciones que no tienen en absoluto nada que ver con su propia realidad. Creo que ése ha sido el gran error de los obispos, y la gran incomprensión que ha habido y la imposibilidad de diálogo porque se han puesto membretes donde no se debían poner.»

Vicente Leñero:

«Ha habido siempre dos polos en la Compañía de Jesús. Por un lado, muy cargados a la izquierda o muy cargados a la derecha. En ese esquema es que conozco a la revista durante una reunión sobre teología que se celebra en México en los setenta. Ese congreso es ganado súbitamente por los simpatizantes de la teología de la liberación, que estaba surgiendo, y Christus se convierte en un resonador muy claro de esa teología, casi en su expresión oficial. Desde antes venía funcionando con una posición de avanzada, pero nunca con una toma de posición tan clara por una parte de los jesuitas, del Centro de Reflexión Teológica, y asesorados por gentes muy importantes como Enrique Dussel o Gómez de Souza, teólogos laicos, lo que la hace interesante en el panorama mexicano. Entonces Christus además de resonador, cambia por completo los conceptos tradicionales de la religiosidad en México. Y con apoyo en las llamadas Comunidades eclesiales de base, que empiezan a florecer entre los obreros, campesinos y grupos marginados, Christus se convierte en el conducto más oficial por que es donde circula y a donde llega.

Lo que sucede con este tipo de órganos es que frente a otros grupos religiosos es rechazado de inmediato. La valoración de una revista así, tan marcada, tan impregnada, tan resonante de una posición dentro de la teología, pues llega a aquellos que están de acuerdo. No es una revista abierta, o está muy poco abierta hacia otras posiciones, de desconfianza o de alejamiento hacia lo que es la teología de la liberación.

Ahora bien, en cuanto al contenido, pienso que lo valioso, por lo menos para mí, está en lo religioso, en lo que implica un cambio de actitud. En el otro lado, peca siempre del pensamiento clerical. Es decir, es imposible hacer un análisis político, sociológico o económico bien sustentado, desde esa posición. Me parece más importante la revista como un cambio de actitud en el medio religioso, incluso en el medio clerical; es un avance para desclericalizar lo religioso, porque el único camino de supervivencia que tiene para mí el cristianismo es la desclericalización total, la desaparición de la clase sacerdotal. Esto representaría teóricamente un avance. Se puede ver cómo una concepción clerical, por muy avanzada que sea, no puede tratar esos problemas por lo condicionada que está. Es muy difícil ver la realidad desde una perspectiva sacerdotal. Debería en un futuro acabarse con eso para poder dar el paso siguiente. Yo por eso me he alejado de Christus. Ocurre también que de pronto los curas se vuelven marxistas y se vuelven rebeldes a la jerarquía pero no a la institución. Ellos piensan que puede haber una reforma en la institución, que se puede convertir la iglesia y que se pueden abocar a la famosa «opción por los pobres». Esa propuesta, de entrada, es demoledora para la institución y de ahí vienen los problemas porque se impugna de algún modo la obediencia institucional que es la que se resquebraja, pero no se rompe. La única forma de romperla realmente es ésa y no en balde muchos de los sacerdotes que participan en Christus han roto personalmente con la institución. «Pienso que la revista trata de ser fuertemente proselitista. Quisiera cambiar la mentalidad de todas una clase clerical. Dentro de su misma organización surgen los grandes enfrentamientos, porque como Christus cumple su cometido proselitista entre la misma Compañía, el grupo jesuítico no puede pasar por alto algo que está sucediendo en su misma familia. La labor proselitista; no sé hasta qué grado ha podido transformar la mentalidad de otros jesuitas que no comparten su misma posición, que no están impregnados o que no ven con muchas simpatía la teología de la liberación. Eso por un lado. Por otro, hay una voluntad que tiene todo creyente de convencer a los que están fuera de que no son tan retrógrados como parecen ser, de ponerse un poco al día».

LECTURAS DE UN ESTADO EN MAL ESTADO

Norbert Lechner (comp): Estado y política en América Latina, México, 1981. Siglo XXI editores. 1a. edición.

La constitución del Estado en objeto teórico privilegiado desde finales de los años 60 no fue privativo de las sociedades europeo-occidentales. En América Latina, aunque a partir de experiencias distintas a las europeas, el Estado se convirtió también en el punto central de la reflexión política. Sin embargo, y a pesar de las muchas páginas que sobre el tema se han escrito, existe, según Lechner, un «déficit teórico por la ausencia de un cuerpo establecido de problemas en torno a los cuales se cristalice la acumulación de conocimiento».

Conviene señalar que los autores, en la mayoría de los casos, no muestran únicamente una preocupación académica por comprender en toda su complejidad el fenómeno estatal, sino también, y en algunos casos prioritariamente, una preocupación por entender y encauzar las prácticas políticas lationamericanas.

Conviene señalar también que, en ocasiones de manera explícita y en otras implícitamente, algunos autores señalan la crisis del pensamiento político en general y del latinoamericano en particular y de ahí parten a replantear el sinnúmero de asuntos que se relacionan con el Estado y la política: Así, Cardoso y Laclau definen lo que hoy día se repite a diario pero que pocas veces se precisa: la crisis contemporánea del pensamiento social y político. Para el primero, esta consiste en que no existe más «una concepción teórica unitaria y que los grandes sistemas se han vuelto poco sensibles para registrar la emergencia de coyunturas nuevas, y poco consistentes para explicar la dinámica de los procesos históricos. Laclau, por su parte, puntualiza correctamente que «hoy advertimos que la historicidad del todo social es más profunda que aquello que nuestros instrumentos teóricos nos permiten pensar y nuestras estrategias políticas «encauzar».

El trabajo presenta de Laclau, que presenta al lector una buena revisión de las teorías marxistas del Estado en Europa occidental -desde el capitalismo monopolista de Estado hasta el último Poulantzas pasando por la escuela lógica del capital- nos es útil aquí en tanto permite situar algunos de los problemas que invariablemente surgen cuando hablamos del Estado. Quizá el primer problema que enfrenta el estudioso del Estado al abordar su objeto sea el de la separación entre sociedad civil y Estado. Como bien señala Lechner la subsunción de uno en otro o la concepción que admite una separación total entre ambos conduce a la imposibilidad de teorizar adecuadamente no sólo las vinculaciones entre ellos sino también la constitución misma del Estado. De hecho, una posición reduccionista o una que conciba las relaciones entre Estado y sociedad como relaciones de exterioridad impiden reconstruir problemas como el de las formas que asume el Estado, la hegemonía, el poder y la práctica política de los sujetos sociales.

Más aún, éste no es únicamente un problema de teoría sino de práctica política y diseño de estrategias. En este sentido Cardoso afirma correctamente que en tanto que la política no desaparece -aún en Estados perfectamente autoritarios- sino que se desplaza, la relación Estado/sociedad ha de ser repensada y, con ella, la forma de hacer política y los espacios disponibles para hacerla. En efecto, ante un panorama latinoamericano plagado de regímenes autoritarios, analizado aquí por O’Donnell, es necesario aguzar la imaginación y buscar nuevos espacios -que siempre existen para manifestarse y, eventualmente, definirse ante lo que hasta hoy se considera el lugar privilegiado de la política: el Estado.

En América Latina se torna sumamente importante mencionar el problema de las formas que asume el Estado, si pensamos que en la agenda política de la mayoría de nuestros países aparece la democracia como el punto político más relevante. Quizá el primer asunto a resaltar en esta problemática sea el de distinguir entre la forma-Estado -que en otras palabras corresponde al tipo de Estado- y las formas del Estado. Aquí F. Rojas señala lo que pareciera ser un punto metodológico: el cuestionamiento de la forma-Estado antecede a la pregunta sobre la especificidad de las formas del Estado; esto es, se propone como primer paso analizar al Estado independientemente de las modalidades de su aparato. En principio, tal proposición aparece cuestionable si aceptamos que difícilmente podremos comprender el fenómeno estatal en abstracto sin partir del análisis de Estados particulares. Esta cuestión resulta especialmente relevante para América Latina si se pretende construir una teoría del Estado que responda a la especificidad de nuestros países y que no trasplante mecánicamente proposiciones surgidas a raíz de diferentes experiencias.

DEL ESTADO A LA NACIÓN

En esta compilación aparece un tema largamente olvidado por la teoría política: el de la nación y sus vinculaciones con el Estado. E. Torres Rivas, en un excelente artículo, ataca el problema de la constitución del Estado-nación mostrando su irrepetibilidad histórica. Así, la nación es tratada como categoría histórica que se especifica en condiciones particulares para cada experiencia conocida, sin repetirse y, probablemente, sin completarse. En realidad, el problema de las formas que asume el Estado y su antecedente -la formación del Estado-nación- remiten a lo que en términos generales se llama el quehacer político y éste, a su vez, a la importantísima cuestión de los sujetos del quehacer político. 

Seria difícil encontrar alguna corriente en teoría del Estado que sostuviera la independencia entre el estudio del Estado y el estudio de los grupos, clases o agentes sociales. S. Zermeño muestra en su ensayo las dificultades para abordar el Estado -ya sea en su generalidad o en las formas que asume- si no es encontrando sus raíces y su forma de existencia en el «tejido social», en la división de la sociedad.

Sin embargo existen diversas formas de tratar el problema. Los dos polos al respecto están constituidos por la tradición pluralista que ve en el Estado un ámbito neutral donde los grupos de interés dirimen sus disputas, y cierta concepción instrumentalista que ve en el Estado simplemente la prolongación de la clase dominante. Aceptar como base del análisis del Estado a los sujetos sociales no garantiza, por si solo, una concepción adecuada del Estado. De hecho, en la mayoría de los casos, tiende a prevalecer un reduccionismo clasista que no puede dar cuenta de los procesos sociales y políticos en las sociedades latinoamericanas.

Actualmente muchos reconocen que los sujetos o agentes políticos no son sujetos preconstituidos que actúan en un espacio también preconstituido, el Estado. Estado y política en América Latina, la mayoría de los autores parten de este reconocimiento. Sin embargo toca a Landi teorizar sobre una vía a través de la cual parece posible desentrañar el proceso de constitución de los sujetos: el discurso y las prácticas significantes. De hecho, tanto en los artículos de Landi y Torres Rivas como en lo de Cardoso y Przeworski aparece la invitación a repensar el problema de los sujetos y sus implicaciones para la concepción de la política. En palabras de Landi, la política podría ser redefinida como el conflicto entre diferentes propuestas del buen orden. El conflicto tiene su contraparte que es el compromiso y éste ha caracterizado a no pocas épocas de nuestra historia. El trabajo de Przeworski intenta mostrar la racionalidad que existe detrás del compromiso siempre y cuando no imputemos a los sujetos sociales «intereses objetivos» producto de la pluma de no pocos intelectuales.

Finalmente, queda por analizar el problema de la transformación y/o extinción del Estado. Este recibe distintos tratamientos por parte de los autores: desde quienes lo visualizan como una utopía realizable hasta quienes sostienen que mientras no existan relaciones directas en la sociedad -y éstas no existan necesariamente en el socialismo- la extinción del Estado es impensable. En todo caso, la transformación y/o extinción del Estado es también un tema teórico y un problema práctico que, para su elucidación, ha de ser remitido a la acción del sujeto político.

El tema de los sujetos, del compromiso y el conflicto, de la constitución de la nación, de las formas que asume el Estado y de su transformación son tan sólo algunos de los temas principales que encontramos en Estado y Política en América Latina, un libro que, como indica su editor, «no se propone llenar un hueco sino crearlo»

DEL TIEMPO EN QUE LOS PAJAROS ENVIDIABAN A LOS AVIONES

Manuel Maples Arce: Las semillas del tiempo (Obra poética 1919-1980). Estudio preliminar de Rubén Bonifaz Nuño. México, Fondo de Cultura Económica, 1981. 188 pp.

Ha querido verse la descalificación del estridentismo como un capítulo más de la supuesta mexicana tradición de desprecio. La aparición de Las semillas del tiempo permite descubrir, sin embargo, hasta que punto se trata de una autodescalificación, de una exclusión exigida. Este libro está regido, en efecto, por esa paradoja: la pretensión veinteañera de crear una poesía de vanguardia desemboca, a la vuelta de los años, en una poesía que mezcla aburrición e incoherencia (Memorial de la sangre); se convierte más tarde en una modesta poesía de circunstancias (poemas no coleccionados), y termina exhibiendo, como conjunto, la pesadez del palabrerismo que le es propia desde siempre, cierta lentitud de la inteligencia que se esconde en la velocidad de la estrofa. Esta constatación, sumada a la prosa-glosa de Bonifaz («trabajó en esa obra conquistando los poderes necesarios para descifrar y revolucionar lo existente, y para extraer de la asediante fugacidad alguna luz que alumbrara lo permanente del hombre») le dan a Las semillas del tiempo su casi triste pero exacta medida, una forma de epitafio.

Señal inequívoca de ese desgaste es el hecho de que difícilmente hay un poema de Maples Arce que salve todas sus estrofas. Hay, por supuesto, versos deslumbrantes («El silencio amarillo suena sobre mis ojos», «Una silaba a veces me aparta de un pesar»), invenciones graciosas («sintaxicidio», «verbigrafisilovelosilísticamente»), y algunos trozos que atinan (íOh la pobre ciudad sindicalista/ andamiada/ de hurras y de gritos!// Los obreros/ son rojos/ y amarillos»). Versos que tal vez preludian pero no contienen a Pellicer («Los escaparates asaltan las aceras,/ y el sol saquea las avenidas»). Pero como la lógica estridentista es una acumulación de destellos, cada poema se convierte en un tendedero ecléctico, una mezcla más bien gratuita de cimas y derrapes.

SEÑORITAS PERIFRÁSTICAS Y TEÓRICAS

Los libros que Maples Arce publicó en los años veinte (Andamios interiores, Vrbe y Poemas interdictos) forman un conjunto natural y unitario, que basta (y sobra) para representar a Maples tanto como a los propósito generales de su movimiento. Pero son libros que con la visión literaria de la ciudad y la exaltación del progreso y la tecnología, no pueden evitar la construcción de su propia retórica tan arbitraria e inexplicable como aquella contra la que pretendían levantarse. La primera página de Vrbe es una joya de formalidad literaria: después del exotismo de esa V, está el presuntuoso subtitulo definitorio («Súper-poema bolchevique en 5 cantos»), y luego la dedicatoria «comprometida»: «A los obreros de México». El bombardeo verbal de Vrbe va recogiendo los gestos de una ciudad despersonalizada, de la que sólo importan el ritmo y el vigor con que construye la modernidad: «Oh ciudad toda tensa/ de cables y de esfuerzos…» La ciudad de Vrbe no existe, o existe sólo parcialmente; la obstinación vanguardista no es más que un capricho de imaginación. Lo sorprendente es que esta poética de la agresividad no sólo permita sino que casi se sustente en la grandilocuencia, en el tono excedido, como cuando prefigura su fallida inmortalidad: «Mañana, quizás,/ sólo la lumbre viva de mis versos/ alumbrará los horizontes humillados». Lo que tal vez Maples Arce no entendió es que todo incendio precisa de su carro de bomberos antes de la catástrofe.

Los «poemas radiográficos» de Andamios interiores rastrean el esqueleto de la ciudad con un lenguaje todavía modernista: «Flores aritméticas», «Voces amarillas», «Perfumes apagados», son los títulos de las secciones del libro. La novedad y la obligación iconoclasta le conceden a Andamios interiores un tono que va de la azorada descripción citadina -deudora evidente de la imaginería y el lenguaje de las vanguardias europeas- («Mis ojos deletrean la ciudad algebraica/ entre las subversiones de los escaparates…»), a la humorada ligera y desolemnizante, ausente de casi toda la producción posterior, y que de alguna manera decide que este libro adolescente y envalentonado sea el único todavía legible de Maples Arce: «…y algunas señoritas,/ literalmente teóricas,/ se han vuelto perifrásticas, ahora en re bemol…» Poemas interdictos es ya sólo el residuo agotado del Movimiento del primer libro, y cierra con alguno que otro acierto («Oh tierna geografía/ de nuestro México/ sus paisajes aviónicos,/ alturas inefables de la economía/ política…») la única década de existencia del. estridentismo, y la única también en que la poesía de Maples Arce pudo tener algo que decir.

La desordenada mezcla de los Poemas no coleccionados resulta, sin embargo, más viva que la inmovilidad de Memorial de la sangre. Maples Arce se permite por primera vez una poesía sin pretensiones, versos de ocasión o de juego que no piden una voz impostada y trascendente. El resultado incluye un poema dramático («Hamlet o el oscuro»), una serie de «Personas y retratos», y otra de canciones provincianas y «existenciales». Los juegos de versificación relajan la poesía de Maples Arce, pero también la rebasan y limitan: en el desenfado de la rima parece un hijo pálido de Renato Leduc y en el canto de la provincia, deudor indiscutible de Agustín Lara.

DONDE COMIENZA DARWIN

Charles Darwin: El origen de las especies. Versión abreviada e introducción de Richard Leakey (basada en la sexta edición original). Traducción de Guadalupe Meléndez. Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, México, 1980.

Cien años sin Darwin son suficientes» afirmó H.L. Muller en 1959, durante el centenario de la publicación de Sobre el origen de las especies, refiriéndose a la increíble ignorancia que había en torno a la obra del naturalista inglés. Tal ignorancia persiste y, si hemos de ser justos, está casi tan generalizada como famosos son los nombres de Darwin y del buque que lo Llevó a alrededor del mundo, el «Beagle». Como Quijote-idealismo, como Einstein relatividad, el dúo Darwin-evolución ha transitado hacia el conocimiento común dejando en el camino casi todo de lo que en su origen era importante. El grado de distorsión a que han llegado en ocasiones los postulados darwinistas es insólito. Parece existir una especial predilección por introducir estos conceptos en el turbulento río del rumor y la superchería, o, simplemente, por transformarlos arbitrariamente. Uno puede encontrarlos en muchos sitios, las más de las veces irreconocibles; limados los ángulos, erosionados al grado de ser inofensivos y manejables, fracturados, parcelados, transformados hasta en garrotes del Kukuxklán. (Los ejemplo abundan: Spencer, Teilhard de Chardin, Lysenko).

Ahora que se cumplen 100 años de la muerte de Darwin (abril 1882-1982) nos encontramos en una cima del ciclo oscilatorio de «ascenso y descenso» que parecen sufrir, desde principios del siglo pasado, las concepciones evolucionistas como fuente de polémicas. La más burda es la maniobra que sirve de propaganda a los creacionistas en Norteamérica. Otras discusiones, más interesantes sin duda, son por un lado, la pretendida avanzada del evolucionismo sobre las ciencias sociales dirigida por el «sociobiólogo» E. O. Wilson (1). Además están las discusiones entre los evolucionistas en torno a los modos y tiempos de la especiación; o sobre la relativa importancia de los distintos factores -medio ambiente, genes, sexualidad, etc.- en los procesos evolutivos, y un poco al margen, los intentos por descubrir fenómenos y mecanismos para la herencia y carácter adquiridos (el llamado neolamarkismo) (2). El ruido que todo esto produce -sobre todo los bullangueros creacionistas- no parece sin embargo provocar ningún cambio fundamental en el interés de la gente. Para la mayoría, el problema se reduce a si descendemos o no del mono, la cuestión es de fe o simpatía.

VOLVER AL ORIGEN

Entre los grandes malos-entendidos que ha sufrido la obra de Darwin está la inaccesibilidad de su trabajo original. Nada más limitante que aceptar conformarse con, interpretaciones, o resúmenes ajenos. La teoría de la evolución en su estado actual no es sólo producto del trabajo de Darwin, como el marxismo no es sólo obra de Marx, pero el edificio que Darwin estructuró ha demostrado ser un sólido paradigma de la biología:

Recientemente, el CONACYT publicó en español la versión abreviada que de El origen de las especies escribiera Richard E. Leakey, uno de los «nuevos campeones» del evolucionismo. Lo primero que esta publicación hace evidente, por puro contraste, es el hueco que existe en nuestro país en el área de la biología evolucionista. No hay en México un solo evolucionista de carrera; hay especialistas en todo, menos en aquello que le da sentido a todo. Sobra decir lo útil que puede resultar esta nueva edición. Sin embargo, Leakey no fue del todo afortunado al hacer el trabajo de edición. Como en cualquier versión resumida de una obra literaria el estilo de Darwin se evapora aquí. La inteligente cautela con que va introduciendo los temas, escogiendo los ejemplos, rebatiendo las objeciones; las elegantes transiciones de la experiencia personal a la teoría o a la cita; el ingenio y la intuición que el tiempo se ha encargado de hacer más asombrosas; todo se empequeñece o elimina en esta versión sintética. Se convierte en algo cercano al telegráfico lenguaje de los científicos. Lo eliminable resultó ser lo particular, los respiros, los tanteos. Sin duda las ilustraciones compensan un poco la pérdida. La excelente selección de imágenes y la aceptable diagramación se complementan para aligerar la lectura.

Leakey acierta al ir señalando, paso a paso, las afinaciones y correcciones que se han venido haciendo en la teoría evolutiva después de la contribución de Darwin. Sin embargo, es objetable que se haya limitado a señalar incorrecciones, que además era lo fácil. Cualquier incauto podría decir a medio libro: pero si está todo mal. Habría sido más equilibrado contextualizar las afirmaciones de Darwin, indicar la información que no tenía y señalar aquello que aventuró y devino cierto. La introducción que hace Leakey para esta edición es un excelente resumen de la biología evolutiva actual; en unas cuantas páginas explica sus logros y esboza su problemática.

La traducción, a cargo de Guadalupe Meléndez, es lamentable. Hay errores en la terminología (que debió estar. supervisada): «antena» aparece siempre en lugar de «artera» para referirse al órgano sexual masculino de la flor; «bacteria» es mantenido en singular (como en inglés) cuando el contexto indica plural, insectos «sociables» cuando es «sociales» lo que se usa, etc. Más graves son los cambios -unos veniales, otros mortales- de sentido: «…sino que si tal ave tuviera genéticamente determinado el `instinto materno’ sus genes se extinguirían rápidamente» (pág. 40); el original dice lo contrario. Otro: «…miembros del mismo género o clase (en inglés dice form) que tienen costumbres casi (sic) semejantes» (pág. 63). Cabe señalar que la traductora consultó las anteriores traducciones. Al menos eso parece cuando, al cotejarlas, se encuentran párrafos casi idénticos. Ningún crédito se da a ellas en la edición de CONACYT.

Sobre el origen de las especies tiene 123 años de haber sido publicado y se acerca a los 150 de haber sido concebido. Darwin tardó más de 20 años en dar a conocer sus ideas. Sabiendo que tenía entre manos, ya desde 1838, una brillante y muy factible explicación de la trasmutación de las especies, capaz de cimbrar el ambiente intelectual de la época y, muy probablemente, de transformarlo. Darwin recopiló paciente y sistemáticamente la evidencia necesaria para hacer de su golpe uno definitivo. Mayr (3) y Gould (4) entre otros, han especulado sobre el retraso atribuyéndolo, además de a la laboriosa investigación, al temor que el autor sentía ante la herejía. Mayr lo asocia al respeto que Darwin sentía por Lyell, amigo suyo y geólogo eminente, quien se había mostrado implacable con los brotes evolucionistas anteriores. Gould enfatiza la inseguridad de Darwin en el terreno filosófico, ya que el materialismo radical implícito en sus ideas sería sin duda una bomba en la conciencia victoriana. Las concesiones posteriores a la primera edición muestran claramente la batalla que Darwin libraba ante la ferocidad de sus críticos. Ya en la primera edición de su obra apenas se atrevió a mencionar la evolución del hombre: «se arrojará luz sobre el origen del hombre y su historia»; no fue sino hasta 1871, en su libro Descent of man, que hizo pública su postura al respecto. Cuando en la primera edición se refirió al posible origen de la vida, evitó mencionar al creador, pero tal sujeto fue agregado en la segunda edición. Otra concesión importante fue la peligrosa -bajo una perspectiva actual- inserción de los conceptos lamarckianos sobre el uso y desuso de los órganos. «Afortunadamente -comenta Leakey- nunca dejó de basarse principalmente en la selección natural».

EL ORIGEN DEL FUTURO

Al contrario de lo que sucede con muchas obras famosas, mientras más se familiariza uno con «El origen de las especies» con la revolución conceptual que originó más sorprendente resulta. Mucho se ha hablado del esfuerzo teórico de Darwin (es un ejemplo clarísimo para ilustrar el método hipotético-deductivo) (5). La labor documental no tendría valor sin el trabajo analítico que la apuntala. En aquella época clasificar ya no era lo fundamental, sino destacar lo esencial y, más que nada, imaginar nuevas relaciones en e cúmulo de datos empíricos. El esfuerzo formal (de dar forma) en la ciencia natural es un reto mayor al de las otras áreas de la elaboración teóricas.

«Nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución» sentenció T. Dobzhansky. A estas alturas del siglo Cualquier intento por negarlo parece condenada al fracaso. El evolucionismo no fue sólo una teoría más que se sumó a otras para completar el arsenal explicativo de una ciencia; fue el nacimiento de la ciencia más dinámica de nuestros días. Bajo el planteamiento evolucionista se comenzó a apreciar lo fascinante del fenómeno vivo: la prodigiosa plasticidad del protoplasma vivo; la unidad fundamental que posibilita el alarde de diversidad que representan los seres vivos; el metafórico árbol de la evolución que extiende sus ramas por todos los espacios posibles; el diálogo constante entre la frialdad de un medio -entibiado progresivamente- y la organización sin propósito pero «con soluciones» siempre perfectibles. Todo ha venido a embonar en la estructura básica de una manera que al mismo Darwin habría sorprendido. La genética, la bioquímica y la biología molecular nos dan hoy cuenta del intricado eslabonamiento entre los ácidos nucleicos y su traducción, las proteínas, y de los mecanismos internos que para proponer alternativas o variaciones ante un medio cambiante dispone esta organización biológica. La ecología, por su lado, ha comenzado a descifrar la sutileza de la relación entre los dos espacios (organismos y medio), vemos también cómo la paleobiología encuentra cada día secuencias más completas de organismos fosilizados que nos ayudan a distinguir los mecanismos finos que guiaron el crecimiento y las ramificaciones del árbol evolutivo. Hemos visto también cómo las categorías darwinistas han sido extendidas a lo prebiológico -a partir de Oparin y Haldane- y cómo han querido serlo, una vez más, a lo suprabiológico en la ya mencionada sociobiología norteamericana.

El río sigue revuelto. Todos sabemos que fue el insulto al ego de la especie lo que resultó, para muchos, imperdonable. Aquellos que esperan la caída del darwinismo parecen no sentirse muy cómodos en el terreno de la ciencia y arrojan piedras de otro material. En México, dada la cercanía con nuestros «ilustrados» vecinos y nuestro talento mimético, parece factible y cercano un embate de los creacionistas sobre nuestro frágil medio. Si Dios no pasó por Tacubaya, tampoco Charles Darwin. El CONACYT ha dado un paso al convocar a Darwin, aunque sólo sea en una versión costosa y disminuida.

NOTAS

(1) Pierre Thuillier, Mundo Científico, núm. 7, vol. 1, pag 717, y Ruy Pérez Tamayo, en Naturaleza vol. 13,1, febrero 1982.

(2) Jean Piaget, El Comportamiento, motor de la evolución, Ed. Nueva Visión, Col. Psicología Contemporánea, y Manuel Robert, Naturaleza 13,1, febrero 1982.

(3) Mayr, Ernst. «The Nature of Darwiniam Revolution», en Science 170 pp 981-989, 1972.

(4) Gould, S.J. «Darwin’s Delay», en Ever since Darwin, W. W, Norton & Nueva York. 1973. pag.21

(5) Carl G. Hempel. Filosofía de la Ciencia Natural Alianza Universidad, 47.

OTRA VEZ LA HISTORIA: ALEGRIA Y EXPLOTACION

Sherburne F. Cook y Woodrow Borah: Ensayos sobre historia de la población México y California. Vol. III, Siglo XXI, México, 1981.

Peter Gerhard: The Southeast Frontier of New Spain. Princeton University Press, 1979. 213 pp.

Andre Gunder Frank: Mexican Agriculture, 1521-1630. Transformation of the Mode of Production. Cambridge University Press, 1979. 91 pp. (Edición mexicana: México, Comité de Publicaciones de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, 19).

Claude Morin: Michoacán en la Nueva España del siglo XVIII. Crecimiento y desigualdad en una economía colonial. Fondo de Cultura Económica, México, 1979. 328 pp.

Ramón María Serrera: Guadalajara ganadera. Estudio regional novohispano, 1760-1805. Sevilla, 1977. 458 pp.

Rodolfo Pastor et al: Fluctuaciones económicas en Oaxaca durante el siglo XVIII. El Colegio de México, México, 1979. 112 pp.

Enrique Florescano et al: La clase obrera en la historia de México. Vol. I De la colonia al imperio, Siglo XXI, México, 1980. 350 pp.

Ciro Cardoso et al: México en el siglo XIX (1821-1910) Historia económica y de la estructura social. México, Nueva Imagen, 1980. 525 pp.

POBLACIÓN Y AGRICULTURA

Parece que el periodo de la posguerra en la historiografía colonial mexicana acabó hacia 1964 con la publicación de The Aztecs Under Spanish Rule de Charles Gibson y The Aboriginal Population of Central Mexico on the Eve of Conquest de Sherburne F. Cook y Woodrow Borah. Estos dos trabajos culminaron un impresionante ciclo de investigación dominado por los temas gemelos del impacto de la Conquista sobre los indios de México y la formación de una específica sociedad colonial en la Nueva España. En términos de cronología se hacía énfasis en el siglo XVI y los comienzos del XVII. Las obras clásicas de Chevalier, Parry y Kubler escogieron este periodo y campo de estudio. Desde 1964, sin embargo, el interés intelectual se desplazó del estudio de los orígenes al análisis de la función. La riqueza considerable del material de archivo que generó la administración borbónica hizo del siglo XVIII un campo atractivo de investigación para todos los investigadores de la historia económica y social; en el periodo borbónico, puede estudiarse con gran detalle y precisión el verdadero funcionamiento de la economía colonial. Si al principio el tema sacralizado de las reformas borbónicas y su relación con la Independencia provocó diversas publicaciones, de allí en adelante la estructura cambiante de la población y de la agricultura despertó más cuidado y discusiones. El introductor de este nuevo enfoque fue Enrique Florescano; su libro Precios del maíz y crisis agrícolas, 1708-1810 (1969) desplegó las técnicas de la escuela francesa de los Annales para demostrar el comportamiento cíclico de los precios del maíz y la recurrencia de crisis de subsistencia.

Este cambio en el enfoque cronológico no se debió, únicamente, al trabajo de una nueva generación de historiadores; Cook y Borah publicaron dos volúmenes de Essays in Population History (1971-1974), en los que lo básico del nuevo material fue tomado de los censos de la década de 1740, de 1777-78 y 1790-1792, y de algunos archivos de tributarios y parroquiales del mismo periodo. Aunque a veces, en efecto, sus ensayos abarcan tres siglos y están organizados en categorías temáticas, de un modo que llega a oscurecer la riqueza y originalidad del nuevo material, su método de extrapolación logarítmica y sus gráficas han permitido computaciones de diferentes tasas de crecimiento de la población en varias regiones de México, que para el periodo 1660-1810, coinciden sustancialmente con cálculos similares basados en análisis de archivos parroquiales. Según todas estas investigaciones, mientras el periodo 1600-1740 fue testigo de muy altas tasas de crecimiento en todos los sectores de la población mexicana, entre 1760 y 1810 la población india entró en una fase de estancamiento secular, mientras que las castas y los criollos siguieron creciendo con relativa rapidez. En pocas palabras, los años de dramática expansión de la producción minera, del comercio transatlántico y de la recaudación fiscal coincidieron con el fin, -igualmente dramático y sólo percibido a últimas fechas-, del crecimiento demográfico de la población india y, hacia el final del periodo, de las castas. Regresaremos a este punto.

En su tercer volumen de Ensayos, sin embargo, Cook y Borah regresan a sus antiguos cotos de caza. El primer ensayo utiliza una lista de tributarios recién descubierta, fechada en 1646 pero atribuible a la década de 1620, como punto terminal para compararlo con los cálculos hechos para 1564 y 1595. Los datos se agregan de acuerdo a regiones, y las tasas de crecimiento de la población son calculados y después extrapolados a pueblos donde la información es escasa o no existe La conclusión es que el del descenso de la población se alcanzó en la década de 1620, cuando la población india del México central y del sur era de 750,000 almas, el tres por ciento del total estimado en 1519. Una discusión de los ingresos virreinales de 1646 muestra que el tributo indígena aún era mayor que los ingresos por concepto de alcabalas o diezmos de plata. Si los datos no son totalmente claros, la culpa es de la administración que al parecer fue incapaz de hacer bien los balances de los libros de cuentas.

El segundo ensayo trata la cuestión de la producción y consumo de alimentos antes y después de la Conquista. Cook y Borah buscan demostrar que antes de la llegada de los europeos los indios vivían y se multiplicaban en un estado más o menos permanente de «subnutrición compensada». Esto es, su dieta era exigua, con un consumo de calorías por debajo de las normas actualmente aceptadas, pero suficiente en cantidad y composición para la supervivencia y crecimiento de la población, aunque a niveles de capacidad energética inferiores a los de los europeos contemporáneos. El paisaje se adaptó para permitir una utilización máxima de todos los recursos. Después de la Conquista, el grave declive de la población nativa redujo la presión sobre el entorno y permitió una mejor dieta para los sobrevivientes, sobre todo gracias a las aves y los puercos que trajeron los españoles. Se trata de un ensayo brillante con implicaciones más amplias de lo que podrían sugerirle al lector casual sus pausados cálculos. Debería ser leído junto con el libro de Angel Palerm Obras hidráulicas prehispánicas en el sistema lacustre del valle de México (1973), que muestra los medios con los que un sistema elaborado de control del agua y de cultivos intensivos en las famosas chinampas crearon la base agrícola para sustentar a una población densa. Ahora todas las evidencias accesibles apuntan hacia la existencia dé un ciclo de involución agrícola como el que observó Clifford Geertz en Java.

El tercer ensayo trata la historia demográfica de las misiones en California, tema que había llevado a Sherburne Cook a examinar el impacto de la civilización europea sobre la sociedad indígena. Los registros conservados muestran que en las misiones pocos indios sobrevivieron por más de diez a catorce años. Del mismo modo, era alta la mortalidad entre los niños nacidos en las misiones, si no, es que mucho más alta que la mortalidad localizada en los pueblos campesinos franceses más atrasados. En contraste con los indios, los niños mestizos prosperaron y sus tasas de crecimiento igualaban las de los canadienses franceses. Estos cálculos pueden aplicarse a México. Este ensayo, con su eco de los primeros trabajos de Franz Boas y la renovación que introduce con respecto a la primera incursión de Cook en la historia demográfica, marca un buen fin para una asociación intelectual que transformó nuestro conocimiento de México.

En su primer ensayo, Cook y Borah rinden homenaje a la «inestimable y ahora indispensable guía» de Peter Gerhard, la Historical Geography of New Spain. El nuevo libro del doctor Gerhard es una continuación del anterior y cubre los estados actuales de Tabasco, Campeche, Yucatán, Quintana Roo y Chiapas. Presenta con claridad notable la complicada maraña de jurisdicciones seculares y clericales que dividía a esa región. Aporta una historia en miniatura de cada distrito mayor y dirige al lector hacia las fuentes principales. En lo que se refiere a las tendencias demográficas, Gerhard coincide sustancialmente con la escuela de Berkeley al postular un declive de 1.7 millones de indios en 1511 a un nadir de alrededor de 211,000 en la década de 1640. Su secuencia difiere en la cronología del periodo de crecimiento. Tan indispensable como su predecesor, el libro aumenta su valor por la relativa negligencia de esta región en todas las fuentes publicadas sobre el México colonial.

EN HELICÓPTERO Y SOBRE LA RETÓRICA

Mientras que resulta difícil la lectura de los trabajos de Gerhard y de los demógrafos de Berkeley, un viaje por el lado arduo, documental, de la historia, volver los ojos y las páginas de Mexican Agriculture, 1521-1630, de Andre Gunder Frank, es como viajar en helicóptero sobre una retórica argumentativa. El ensayo es de los años sesenta y sostiene la vieja idea de que, con la Conquista, México fue incorporado rápidamente al sistema mundial del capitalismo. De allí deduce que la hacienda era capitalista tanto en origen como en función y que, hacia finales del siglo XVI, dominaba al campo de tal modo que los indios de los pueblos se habían vuelto un «apéndice integral» de la economía europea. El efecto de la decadencia de la minería y el comercio en el siglo XVII fue el traslado de capital hacia la agricultura, donde las ganancias aumentaron, mientras que las haciendas abastecían a la creciente población de las ciudades. En pocas palabras, el ensayo de Frank es una polémica contra las hipótesis principales de Francois Chevalier y Woodrow Borah. Como tal, su publicación en los años sesenta pudo haber tenido la finalidad intelectual de iniciar un debate. Pero mucho se ha publicado desde entonces y han cambiado también nuestros puntos de vista. Se trata de un ensayo fechado, con una argumentación superficial y sobrecargado de citas. Su utilidad principal es la de ser un instrumento de enseñanza: un blanco para que los estudiantes puedan ejercer su puntería crítica.

La idea según la cual los marxistas en América Latina siempre carecen de suficiente información debería ser disipada por Michoacán en la Nueva España del siglo XVIII, de Claude Morin, en donde un cuantioso equipaje empírico es acomodado en un aparato conceptual muy frágil de manufactura polaca. En ambos planos el viaje es difícil para el lector ciertamente, la información de archivo que reunió Morin es abundante y original. La población de la diócesis de Michoacán subió de 170,000 habitantes en 1700 a más de 800,000 en 1810, con tasas de incremento de la población cercanas a 2.3 por ciento anual antes de 1760 y de 1.25 por ciento después de esa década. Este último descenso de la población de Michoacán, como la que se observa en las mismas fechas en otros lugares, es más evidente entre los indios que entre la comunidad española. Los diezmos diocesanos siguieron una curva similar; subieron de 100,000 pesos en 1700 a más de 350,000 pesos en la década de 1790. A fines del siglo la producción agrícola aumentaba más rápidamente en la tierra caliente y en el norte que en la rica alcaldía mayor de Celaya ubicada en las fértiles tierras del sur del Bajío. En el análisis que Morin hace de cuatro haciendas esboza una compleja estructura productiva y descubre la existencia de una extensa y creciente clase de arrendatarios. Son correctos sus cálculos que demuestran que, si bien era alta la productividad por grano sembrado, eran bajos los rendimientos de maíz por hectárea. Desde el punto de vista empírico, Morin es original, agudo y difuso, y hace pocas concesiones al lector. Pero es criticable en lo que se refiere a la interpretación, ya que afirma tajantemente que la economía colonial era feudal y dependiente, que no había mercado de trabajo, ni de tierra y capital, y que los terratenientes ejercían una autoridad coercitiva sobre peones y arrendatarios. Me parece que estas afirmaciones no concuerdan con el material que el propio Morin presenta. El olvido de los «alquilados», trabajadores contratados estacionalmente, podría significar que teoría y hechos concuerdan pero la existencia de arrendatarios apunta hacia la existencia de un mercado de tierras activo, para rentar si no para vender. En pocas palabras, tenemos un libro potencialmente valioso, viciado en cierta medida por la imposición de una teoría general derivada de Witold Kula, que no cuadra con la evidencia a mano.

DIEZMOS Y VACAS

En el otro extremo del espectro se halla el libro de Ramón M. Serrera, Guadalajara ganadera 1760-1805, que ofrece una gran cantidad de información de archivo, pero que carece de un análisis sistemático o de una argumentación general. Aun así, su información es interesante en si, ya que muestra que la Nueva Galicia era la principal zona ganadera de la Nueva España, con más de dos millones de cabezas, y que el distrito de Tepic y aledaños enviaba la mayor parte de las quince o veinte mil cabezas vendidas en las ferias de Toluca y Puebla. Este comercio de «exportación» se interrumpió en 1786 por la abolición de los repartimientos de comercio, el medio por el cual se distribuía el ganado a los indios del sur. Serrera confirma la imagen de un rápido crecimiento demográfico en la Nueva Galicia, ya señalado por Cook y Borah. Su mapa de las propiedades agrícolas revela que los distritos de la Barca y Lagos -en la zona actualmente conocida como Los Altos- ya se encontraba habitada por una clase de pequeños propietarios llamados rancheros, cuyo papel en la economía regional ha sido tratado en un libro reciente del profesor Eric Van Young. Serrera aporta una serie de estudios de familias. La de los condes de Miravalle, descendientes de conquistadores, prueba que algunas familias nobles sobrevivieron a las vicisitudes de los siglos. De igual manera, la vasta propiedad de los Rincón Gallardo dominaba buena parte de la producción en ese estado, en una situación similar a la de los marqueses de San Miguel de Aguayo en Coahuila. Serrera escribe con gusto y sus datos, aunque a veces desordenados, ofrecen claves importantes sobre el movimiento de la economía colonial y su equilibrio regional.

La necesidad del control de la información puede ilustrarse con el cuadro de los diezmos diocesanos impresa en la página 24 del libro de Serrera, que indica que en el periodo 1770-1790 la producción agrícola en el arzobispado de México creció en un 70 por ciento, o sea, más rápidamente que en cualquier otro lugar de la Nueva España. Esto constituye un misterio. ¿El azúcar de Morelos, el algodón de Veracruz o el pulque de valle central explican este crecimiento de los diezmos? Una respuesta a medias puede encontrarse en la Historia de real hacienda de Fonseca y Urrutia, en donde hallamos que la mayor parte de este supuesto crecimiento se derivó de la tendencia a recorrer de un año a otro ingresos importantes e incluidos en el rubro de diezmos. Aún falta investigar sobre este asunto.

Para un examen disciplinado y técnico de los diezmos de un obispado, debemos prestar atención a fluctuaciones económicas en Oaxaca elaborado por un equipo de El Colegio de México dirigido por Rodolfo Pastor. Vistos a lo largo de dos siglos, los ingresos del diezmo aumentaron de alrededor de 12,000 pesos en 1600, a 116,000 pesos en 1808, crecimiento que se derivó en buena medida del reemplazo de comunidades indígenas por haciendas y ranchos como fuente principal de los ingresos. La curva ascendente, sin embargo, no fue de ningún modo uniforme o continua, ya que la tasa de crecimiento en el siglo XVII era superior a 1a del periodo posterior, en el que el ingreso total se cuadruplicó; en los años 1738-1770 los ingresos del diezmo se estabilizaron y reiniciaron un movimiento ascendente en la década de 1790, debido probablemente a la inflación y a un crecimiento real de la producción. Para entonces las zonas costeras azucareras y algodoneras aportaban nuevos ingresos. Se trata de un análisis impresionante y sofisticado, que rehuye la especulación sobre las implicaciones más amplias de la información. No hace ningún intento de relacionar sus hallazgos con el trabajo demográfico de Cook y Borah sobre la Mixteca Alta.

La publicación de textos, bibliografías y monografías sobre la Nueva España se ha vuelto muy abundante en México. Es cierto, las colecciones de la editorial Porrúa han perdido algo de su interés y los volúmenes recientes de la Biblioteca Porrúa no igualan las ediciones de Sahagún o Bernal Díaz. Aún así, la publicación de Idea de una nueva historia general de la América Septentrional de Lorenzo Boturini en la colección Sepan cuantos.., con una excelente introducción de Miguel León-Portilla, fue una selección imaginativa. Pero el centro de la actividad editorial en el campo de los textos pasó a la Universidad Nacional cuyo ritmo de actividad es tal que constituye en la actualidad una de las grandes prensas universitarias del mundo. En buena medida gracias a los seminarios dirigidos por Edmundo O’Gorman y Miguel León-Portilla, buena parte de los crónicas del siglo XVI se ha vuelto accesible en elegantes ediciones anotadas. En particular, es bienvenida la nueva edición en seis volúmenes de la Monarqía Indiana de Torquemada. Un efecto negativo de esta concentración sobre la preparación y el comentario de textos ha sido que los discípulos de estos seminarios, ahora fuertemente representados en los departamentos de historia tanto de la UNAM como de El Colegio de México, se han aventurado pocas veces en investigaciones de archivo o en trabajos generales de historia. El investigador más ambicioso intelectualmente de esa generación parece ser Elías Trabulse, cuyo Ciencia y religión en el siglo XVII presenta una imagen fascinante del gran sabio Carlos Sigüenza y Góngora, como ejemplo de la cultura barroca en la Nueva España. El libro desmerece, sin embargo, por el excesivo peso que le da a Pierre Bayle, atribuyéndole un papel en el pensamiento europeo que David Hume merece más. De cualquier manera, el libro apunta la necesidad de más trabajo sobre el pensamiento y la sensibilidad eclesiásticos introvertidos y complejos del México colonial.

Estas preocupaciones están muy alejadas del foco de actividad de la Dirección de Estudios Históricos del INAH que, bajo la dirección de Enrique Florescano, se ha convertido en el principal centro de historia económica y social en México. Buena parte del énfasis inicial se hizo sobre bibliografías e instrumentos de investigación. El reciente Análisis histórico de las sequías en México, es un buen ejemplo del interesante trabajo que se realiza en la DEH. También han empezado a aparecer libros de texto escritos en colaboración, entre los cuales México en el siglo XIX ofrece un excelente resumen de información y puntos de vista sobre la incorporación de México al mundo capitalista del siglo pasado. La introducción del editor, Ciro Cardoso, que resume la investigación reciente sobre la época colonial, resulta decepcionante: aunque rechaza las toscas declaraciones del carácter capitalista o feudal de la Nueva España concluye con la simple afirmación de qué la colonia vivió en una fase precapitalista de desarrollo y de que el momento de la acumulación primitiva comenzó con la Reforma. El doctor Cardoso no indica el origen de estas revelaciones.

DESECHOS AL AIRE LIBRE

Un anticipo de lo que puede llegar a ofrecernos esta ola de nuevas investigaciones puede encontrarse en Ciudad de México, una colección de ensayos editados por la doctora Alejandra Moreno Toscano, que presenta los lineamientos generales de residencia y de densidad de la población en los años de censo 1753, 1811, 1844 y 1882. La dispersión o concentración de diversos comercios características distintivas de las familias extensas indígenas y de las más usuales familias nucleares de las castas son temas bien tratados. El que la tercera parte de la población económicamente activa trabajaba en el servicio doméstico enfatiza el papel de la ciudad de México como residencia principal de los ricos y de la burocracia. La revelación más impresionante es la extrema concentración de la propiedad descubierta por Maria Dolores Morales. En 1813 el valor estimado de las residencias de la ciudad de México sumaba 38.250,000 de pesos, de los cuales las diversas instituciones de la iglesia poseían el 47 por ciento. Los veinte conventos de monjas vivían de las rentas de alrededor de la cuarta parte de la propiedad urbana en la capital. Además, si 2,066 individuos eran propietarios de 3,281 casas (mientras que 2,016 eran propiedad de la Iglesia) que valían 17 millones de pesos, o 44 por ciento de valor total, solamente 41 propietarios rentaban 451 casas de 5.7 millones de pesos. Estos datos tienen implicaciones notables para cualquier historia económica y social de México. Puede criticarse el hecho, sin embargo, por la omisión de cualquier consideración sobre drenaje y sanidad, temas de significado vital para la demografía urbana. En la década de 1790, la ciudad de México aún utilizaba drenajes abiertos para los desechos domésticos.

Saludemos, para finalizar, el comienzo de una historia en varios volúmenes de la clase obrera en México coordinada por Pablo González Casanova. El primer volumen, De la colonia al Imperio, comienza con una excelente síntesis de Enrique Florescano que llega hasta 1750. A él le toca, por lo tanto, describir la ruptura social y la explotación ocasionadas por la Conquista, y rastrear el lento surgimiento de un proletariado sin raíces que vivía cerca de los márgenes de supervivencia en el campo y la ciudad. Se trata de una historia desolada y Florescano despliega su amplio conocimiento tanto de textos originales como de literatura de segunda mano para enfatizar lo amargo que la vida se hizo para las clases trabajadoras en la Nueva España. A mi gusto, la imagen del México precolombino es demasiado optimista para ser totalmente verídica y el relato del sufrimiento demasiado monótono. Cuando Florescano señala que los trabajadores de las minas formaban una aristocracia del trabajo, le recuerdo el pasaje de Guillermo Prieto citado en el ensayo de Alejandra Moreno Toscano que enfatiza las distinciones y distancias sociales que persistían entre las clases trabajadoras. Los demás ensayos en este libro son menos certeros en su manejo del tema y tienden a desviarse hacia descripciones generales de la producción en la hacienda, en la industria y en las minas. La descripción de la agricultura de Isabel González Sánchez, sin embargo, aprovecha su profundo conocimiento de Tlaxcala y contiene varios estudios de casos muy vivos que dan cuenta de los maltratados que sufrían los peones en esa región. El ensayo final de Alejandra Moreno Toscano se ocupa del proletariado urbano a comienzos del siglo XIX, un tema amplio tratado ágilmente en unas cuantas páginas. El trabajo anterior sobre la ciudad de México está bien utilizado y sus hallazgos adquieren importancia en comparación con el trabajo de Torcuato di Tella sobre Querétaro. La conclusión es una fuerte separación entre los pequeños artesanos, tendajeros y empleados del estado, y la otra mitad de la población que al parecer no tenía empleo fijo ni seguridad en la vida. Los datos sobre edades promedio de personas enterradas en las parroquias enfatizan la insalubridad de la capital, tema que aún no encuentra autor. El ensayo concluye con una descripción de la resistencia popular a la ocupación norteamericana de la ciudad. En una buena manera de acabar el volumen, hecha posible por la disponibilidad de descripciones contemporáneas de Guillermo Prieto y otros. Se trata de un tema prácticamente ausente del cuerpo del libro en el que las clases trabajadoras novohispanas son tratadas en general como padecedoras pasivas de la explotación por parte de hacendados, mineros, empresarios y conquistadores. Aún no hemos encontrado la manera y las fuentes para expresar la voz de las clases trabajadoras en el México colonial; el volumen constituye un buen comienzo al introducir el problema como un tema central en la historia de ese periodo; pero hará bastante más sudor e ingenuidad antes de que nos acerquemos al conocimiento de cómo se hizo la clase obrera en México. Como en otras partes, va a resultar siendo tanto una historia de alegría como de explotación.

(traducción de Rodrigo Martínez)

Nuestro limbo electrónico

José Warman. Astrónomo, investigador del Instituto de Astronomía de la UNAM. Ha utilizado su año sabático en curso en la exploración de la política energética y la situación tecnológica del país, a través de los programas de la Secretaría de Patrimonio. Es un asiduo colaborador de NEXOS: «¿Núcleo electricidad o núcleo desperdicio? Opciones energéticas en México» (Nexos núm. 16), ¿qué pasó en Harrisburg?», (Nexos. núm. 18), «Microelectrónica y macropoder» (Nexos, núm. 29).

El reconocimiento de que los medios modernos de la producción industrial dependen, de manera creciente, de una evolución técnica acelerada y de la disponibilidad de recursos humanos con mejor preparación técnica, nos ha llevado simultáneamente a un sofisma y a un problema.

El sofisma va más o menos así: 1) La producción industrial moderna depende de la tecnología. 2) La tecnología consiste en la aplicación, por personal entrenado, de los principios y leyes que rigen el comportamiento de la materia. 3) Los centros de educación superior e investigación deben avanzar en el estudio de estas leyes y principios básicos. 4) Si queremos tener una producción industrial moderna, es necesario multiplicar nuestros esfuerzos en los centros de investigación académicos.

El sofismo consiste en que se ignoran las numerosas facetas de la investigación básica y aplicada, así como la multiplicidad de tecnologías que implica un proceso productivo. Quizá no sea un sofisma, sino un sencillo caso de simplificación. Es claro que México necesita reforzar, ampliar y mejorar sus estructuras de educación superior y sus centros de investigación, también es claro que necesita incorporar la tecnología moderna a las diversas fases de la producción. Lo que ya no es claro es que haciendo lo primero, pueda obtenerse automáticamente lo segundo. Evidencias históricas señalan que la conexión entre ambas realidades está lejos de ser automática. Por ejemplo, todos los molinos anteceden al desarrollo de la aerodinámica, los motores a la termodinámica y la posibilidad científica de un transistor antecede con mucho tiempo a su desarrollo industrial en la rama de semiconductores (los ejemplos no pretenden demostrar que no hay conexión entre la ciencia y la tecnología apuntan al hecho de que es una relación que puede ser muy compleja e involucrados dinámicas muy diferentes). En el mundo tecnológico moderno, la tecnología es un bien enajenable que circula en el mercado mundial y es posible (aunque no deseable) lograr el desarrollo de un sector científico sin conexión con el sector productivo: éste sencillamente adquiere su tecnología en el mercado.

Vamos ahora al problema. Para que el sistema productivo incorpore tecnología, requiere de personal técnicamente capacitado. Por razones históricas, en México las concentraciones de este personal se dan en los centros de investigación académicos. ¿Cómo, entonces, vincular los dos sectores?. El enfoque simplista que supone que la conexión entre ciencia y tecnología es natural y automática, ya ha mostrado su fracaso no sólo en México, también en otros países que buscaron una solución por esa vía. En México, en particular, condujo por un lado a la frustración de un segmento del medio académico que piensa con razón que sus conocimientos y habilidades deberían ser utilizables en el sector productivo y, por otra parte, a una dependencia tecnológica creciente del sector productivo del exterior.

En México están representadas la mayoría de las grandes empresas transnacionales en electrónica, que derivan sus directivas tecnológicas de sus casas matrices y tienen un margen de decisión local muy limitado.

DEL LABORATORIO A LA INDUSTRIA

Los centros de investigación giran alrededor de un puñado de profesionales que han obtenido su doctorado fuera del país. Junto a ellos, hay personal con nivel de maestría y licenciatura que muchas veces está esperando obtener el doctorado en el extranjero, o bien estudiantes en las etapas finales de su licenciatura. Usualmente existen deficiencias en personal de apoyo e infraestructura (talleres, técnicos, etc.), lo que provoca una utilización poco eficiente de los recursos humanos de los laboratorios. La situación se torna más grave debido a la migración de personal a industrias y otros centros de investigación, lo cual en muchos casos debilita o hace desaparecer proyectos ya iniciados. Generalmente se tienen dificultades presupuestales o simplemente burocráticas para adquirir equipo, creando así retrasos o huecos en los proyectos. Además, rara vez se liga la compra de equipo a las ampliaciones presupuestales necesarias para contratar personal que lo opere. También hay dificultades presupuestales y burocráticas en la contratación de servicios externos necesarios (como mantenimiento), lo que propicia nuevamente el uso poco eficiente de los recursos humanos.

Las actividades fundamentales de estos centros son la investigación y la docencia, y la preparación y superación académica del personal es un elemento central. Así, la definición de los proyectos en cuanto a profundidad, dirección, alcance y utilización de recursos queda a cargo de un jefe de laboratorio o de proyecto que puede, o no, coordinarse con un proyecto central. En muchas instituciones esta definición debe encuadrarse en los principios de la libertad de investigación. Estos proyectos frecuentemente se encaminan a las áreas que son «puntas de lanza» tecnológicas, ya que los jefes de proyectos muchas veces continúan proyectos de investigación iniciados en su doctorado. En consecuencia, es raro que un proyecto se enfoque a las áreas de producción masiva, industrial o comercial, lo cual es lógico, ya que ese tipo de conocimientos y habilidades compete a la industria y no a los centros académicos.

Es necesario subrayar el hecho de que la tecnología que rige el avance de la electrónica reside, casi en su totalidad, en las empresas. Indudablemente, éstas se relacionan de diversas maneras con centros académicos, pero son las empresas las generadoras y quienes usufructúan la tecnología. No sólo eso, sino que, conscientes de que es su posesión más cara y valiosa, se resisten a enajenarla en forma de venta o préstamo. La relación más fuerte entre universidades y empresas productivas se establece en la absorción de personal calificado. En la gran mayoría de los casos las empresas prefieren contratar personal a nivel licenciatura y proseguir ahí su educación, en lugar de permitir que los centros académicos eduquen más al profesional. La razón es que para las empresas es muy importante preparar a su personal en actividades y métodos propios de la empresa, como la investigación en condiciones reales de producción, tecnologías de producción económica, administración tecnológica o mercados de tecnología.

La investigación y desarrollo en las empresas electrónicas, a nivel mundial, posee algunas características:

-Investigación y desarrollo representan una proporción pequeña de las operaciones totales de la empresa. Siendo la electrónica el área industrial más intensiva en investigación, es muy extraño encontrar una empresa que dedique más del 10% sobre ventas a Investigación y Desarrollo; en cambio, dedican el 15% a ventas y mercadotecnia.

-Los proyectos de investigación se llevan a cabo bajo la óptica de las ganancias a corto o largo plazo; no los decide un jefe de laboratorio según su interés científico, sino una corporación que atiende a sus proyecciones de mercado. Por ello, la mayor parte del esfuerzo en I y D se enfoca hacia nuevos productos con tecnología conocida o hacia la mejora de una tecnología existente buscando producciones económicamente más ventajosas o una mayor penetración del mercado. Sólo una fracción menor se dedica a la generación de nuevas tecnologías.

-Los proyectos de investigación se llevan a cabo bajo calendarios y medidas de productividad bastante estrictos, en contraste con los centros académicos; para permitir estas medidas de control los proyectos tienen una definición muy concreta y no permiten elaboración o búsqueda de intereses científicos laterales.

-Para evitar retrasos y uso ineficiente de recursos, una vez aceptado un proyecto automáticamente se le destinan los recursos humanos, de equipo y financieros que la experiencia de la empresa estima necesarios; así, la preparación de personal (en contraste directo con los centros docentes) aparece en los proyectos como un costo que se debe sufragar.

Las características anteriores se aplican a las empresas electrónicas que representan la avanzada tecnológica del mercado. Una situación muy diferente ocurre en México, en que hay que distinguir tres tipos de empresas en electrónica: primero, los representantes directos de las grandes compañías transnacionales; en segundo lugar, empresas nacionales que no tienen interés en desarrollar tecnología nacional y que son la mayoría. En tercer lugar, las compañías nacionales que sí tienen interés en desarrollar tecnología en el país.

La dinámica del mercado y la problemática de ventas no conciernen al investigador, interesado en el desarrollo mismo. A cambio, la dinámica del proceso creativo de la generación de tecnología es de importancia nula para el empresario, quien, en última instancia, sólo se interesa en el resultado de este proceso.

A LA SOMBRA DE LAS EMPRESAS EN FLOR

En México están representadas la mayoría de las grandes empresas transnacionales en electrónica, tanto europeas (Phillips, Siemens), como norteamericanas (IBM, GTE) y japonesas (NEC, Hitachi). Estas compañías derivan sus directivas tecnológicas y de mercado de sus casas matrices, y tienen en realidad un margen de decisión local muy limitado. Son muy renuentes a hacer Investigación y Desarrollo en el país, ya que sus productos y tecnología provienen de sus laboratorios centrales, por lo general enormes y con recursos más que abundantes. (Por ejemplo, IBM dedicó en 1978 a Investigación y Desarrollo el equivalente a quince veces el presupuesto total de la UNAM). En el mejor de los casos, son empresas interesadas en adaptar la tecnología a las condiciones nacionales pero el producto llega a México totalmente desarrollado y probado en otros mercados.

En cuanto a las empresas mexicanas, que tienen algún interés tecnológico, algunas de sus características son las siguientes:

Las empresas pequeñas carecen de los recursos necesarios para un esfuerzo continuo y fructífero de investigación y desarrollo; se dedican a la producción y comercialización de productos ya elaborados y dirigidos a un mercado concreto. Carecen, y esto es fundamental, de la capacidad financiera para comercializar un nuevo producto de desarrollo propio.

Las empresas medianas se encuentran en una situación mucho mejor para plantear mecanismos de vinculación con los centros de desarrollo tecnológico. Sin embargo, éstos deben establecerse en los términos de la empresa en cuanto a su capacidad de producción y absorción de tecnología a corto y mediano plazo. Muchas veces estas necesidades y capacidades de las empresas no corresponden a las tecnologías que han desarrollado los institutos y centros de investigación. Esta situación ha conducido a la desilusión progresiva de las empresas en sus propias capacidades tecnológicas, y a la frustración y el desinterés de un segmento creciente de profesionales en el medio nacional.

Las grandes empresas (y no son tantas) se encuentran en posición de financiar proyectos de investigación y desarrollo con objetivos a mediano y largo plazo. Tienden sin embargo a ceñir estos proyectos a sus necesidades de corto plazo y a proyectos laterales que constituyen adaptaciones o pequeñas mejoras de tecnologías adquiridas en el extranjero. Por lo demás, su tamaño les permite organizar la investigación alrededor de departamentos internos a la empresa, sin relación con los centros académicos.

Es necesaria una reestructuración profunda de los mecanismos con que el Estado apoya el desarrollo tecnológico; sin actuar en detrimento de los fines y desarrollo universitarios, es necesario recanalizar fondos a través de mecanismos que sean drásticamente más eficaces y eficientes.

LA VINCULACIÓN COMO UN PROBLEMA RECURRENTE

Basta con haber enlistado las características sobresalientes de la investigación y el desarrollo en las empresas y los centros académicos para ver que diferencias son grandes; se traducen en problemas que deberán resolverse si queremos relacionar el proceso productivo con nuestros centros de desarrollo tecnológico. Conviene resumir estos problemas:

El primero es la diferencia objetiva entre los fines y las metas institucionales de un centro de educación superior y una empresa nacional (ya sea estatal o privada). Los fines de docencia, divulgación e investigación del conocimiento no coinciden necesariamente con las metas de producción, rentabilidad y productividad de una empresa. Claramente, no son fines opuestos sino complementarios en un esquema de desarrollo nacional, pero supeditar uno al otro desvirtúa a los dos. Desde un punto de vista político, hay que considerar muy seriamente las implicaciones de supeditar, dentro del sistema de economía mixta, los programas de investigación de los centros de educación superior (fundamentalmente estatales) a los requerimientos de las empresas. Esto no significa, desde luego, que no se puedan establecer metas específicas comunes en casos concretos, entre alguna empresa y algún grupo de desarrollo. Tampoco implica que no deban alentarse estos esfuerzos que pueden redundar en beneficios mutuos. Apunta, sin embargo, a un problema central en el planteamiento de mecanismos institucionales de relación entre los dos sectores.

El segundo problema es de índole mucho más práctica y se refiere a la manera en que operan los proyectos de investigación. El elemento central es la relación costo/beneficio de un programa de desarrollo. Para un centro de docencia la preparación de un buen profesional es un beneficio central, y su costo se absorbe en el presupuesto de la institución; de hecho, no es claro qué sentido tenga plantear, ni como medir, esta relación en un centro de educación superior. A cambio, para una empresa el costo directo del proyecto se mide en relación a los beneficios que de él se obtengan, a corto o largo plazo. Es importante considerar los tiempos de desarrollo de un proyecto. Por su estructura misma, en un centro académico el tiempo de desarrollo se supedita a las condiciones generales de la institución. En la industria, por otro lado, el tiempo es un factor de vital importancia y retrasos en el desarrollo de algún producto pueden implicar la pérdida de un mercado o una oportunidad para la empresa. De esta manera la empresa (y esto es particularmente notable en electrónica) tiene que ser muy estricta en sus tiempos de desarrollo.

El tercer problema se halla en una diferencia de actitudes en las empresas y los centros de desarrollo. Simplificando un poco podríamos decir que para el tecnólogo en un centro de desarrollo el énfasis se centra en la tecnología; una vez dominada, no queda sino producir y comercializar como actividades complementarias del quehacer tecnológico. Para el empresario, en cambio, comercialización, venta y producción son los problemas fundamentales, mientras que la tecnología es un bien que se puede adquirir o desarrollar, según convenga. Esta diferencia en actitudes y motivaciones se ha traducido en desilusión y frustración en la relación entre los dos sectores. El empresario mexicano desconfía mucho de las habilidades del sector tecnológico y nuestros profesionales tienden a despreciar el enfoque «mercantilista» del empresario.

El cuarto problema se refiere a una diferencia cualitativa entre la oferta y la demanda tecnológica. Los centros de investigación desarrollan tecnología de acuerdo con sus propias guías, mientras que la demanda de tecnología requiere de habilidades a veces muy diferentes. Un ejemplo claro de estas diferencias se aprecia al leer, Enlace del CONACYT: en un número reciente las ofertas de tecnología contienen la aplicación de microprocesadores, control industrial y fabricación de equipo de medición, mientras que la demanda requiere tecnología para fabricar un cepillo de dientes eléctrico. En nuestra opinión, solamente tendrán éxito aquellos proyectos en que la relación y el puente de comunicación entre los dos sectores se establezca desde la concepción misma del proyecto y se lleve hasta implementar el resultado en un proceso de producción.

También hay que tomar en cuenta el hecho de que los centros de investigación sólo dominan una parte de la tecnología: la básica. No tienen experiencia, (ni razón para tenerla) sobre tecnologías de proceso y de producción masiva y, aún más, de producción que optimice las economías del proceso. Todas estas formas de tecnología son necesarias para la empresa.

Por último es necesario apreciar que la investigación y desarrollo en los dos sectores tienen lugar bajo dinámicas muy diferentes.

La dinámica del mercado y la problemática de ventas no conciernen al investigador, interesado en el desarrollo mismo. A cambio, la dinámica del proceso creativo de la generación de tecnología es de importancia nula para el empresario, quien, en última instancia, sólo se interesa en el resultado de este proceso. Es claro que la problemática del sector educativo en México, incluyendo la educación superior, tiene una dimensión y proyección que muchas veces no puede distraerse para prestar atención a un problema concreto de desarrollo que, siendo muy pequeño en esta óptica, puede sin embargo ser de importancia para una empresa que, frustrada, recurre al mercado mundial de tecnología.

PARA SALIR DE LA SOMBRA

Los problemas descritos plantean la necesidad de revisar las vías e instrumentos de la vinculación entre los sectores académico y productivo; ¿cuál es el objeto de la vinculación?.

Aceptaremos como meta el desarrollo de una industria electrónica nacional (estatal y/o privada) capaz de proveer al mercado mexicano de los principales productos que requiere en electrónica profesional y, al mismo tiempo, que se encuentre en posición competitiva para penetrar los mercados internacionales. Desde este punto de vista, la solución requiere de una industria electrónica nacional comprometida con su propia tecnología, que encuentra en su desarrollo tecnológico la manera de crecer y competir.

Si la tecnología abarca una gama muy compleja de facetas, es necesario que, en una proporción importante, resida en la industria misma y no en centros periféricos. El problema de la vinculación se convierte así en un problema de transferencia de tecnología a la industria, en donde los centros de desarrollo nacionales deben competir con otras fuentes de tecnología en el mundo. Bajo esta óptica, el problema reside fundamentalmente en la industria y no en la estructura y actividades de los centros de desarrollo académicos. Aceptar como meta lo anterior, nos permite replantear el problema de la vinculación como sigue.

Suponiendo que la industria electrónica nacional esté dispuesta a comprometerse con su propia tecnología, ¿qué debe hacerse para que adquiera esta tecnología en los centros nacionales o, aún más, la genere junto con ellos?. La primera respuesta es clara: los centros nacionales de tecnología deben proveer la tecnología que requiere la industria y no necesariamente la que les interesaría desarrollar. Ahora, esto solamente es posible en algunos casos aislados. Inclusive en estos casos, para que el proyecto tenga éxito, se requiere que el centro de desarrollo y la empresa trabajen conjuntamente en la definición y desarrollo de la tecnología desde su inicio, para asegurar su transferencia en condiciones que permitan a la empresa absorberla efectivamente.

Los centros de educación superior no son el medio institucional adecuado para proveer la solución. Es mucho más lógico contemplar la creación de centros que se dediquen exprofeso a la generación y venta de tecnología en el país. A grandes rasgos, las características de estos centros, que inclusive podríamos considerar «Empresas tecnológicas», serían las siguientes:

. Los centros deben estar en contacto íntimo y directo con la industria; de hecho formarían parte de la industria como proveedores de tecnología. Sólo en estas condiciones pueden participar efectivamente de la problemática industrial y contribuir a su solución.

. Los centros establecerían sus programas de investigación y desarrollo en base a un mercado existente de tecnología en el país; de hecho, un departamento de mercadotecnia marcaría las prioridades de investigación, tiempos de desarrollo y recursos dedicados a los proyectos en base a los requerimientos de la industria, las prioridades nacionales de desarrollo y las condiciones del mercado nacional e internacional del producto.

. Simultáneamente, estos centros estarían en contacto estrecho con los centros de educación superior y de tecnología académicos, beneficiándose así del conocimiento acumulado en ellos.

. En el área docente, estos centros pueden cumplir con una función fundamental: formar programas y currícula que, con la debida calidad académica, sirvan a las necesidades de recursos humanos específicos de la industria, preparando tanto investigadores como técnicos de producción y obreros de alta capacitación. Para entrenar este personal, las empresas actualmente tienen que recurrir a las casas matrices generadoras de tecnología; usualmente la preparación forma parte de los paquetes de compra tecnológica en el extranjero. Esta función es de importancia central. Una de las principales razones que motiva la compra de tecnología en el extranjero, es que el paquete tecnológico se adquiere completo incluyendo tecnología básica, de producción, de control de calidad y la preparación del personal necesario para llevar a cabo el proceso. Aun cuando existan en México las condiciones básicas y los conocimientos necesarios para generar la tecnología, la empresa no tiene a quien recurrir para la adquisición de un paquete tecnológico completo que le permita pasar inmediatamente a producción y venta del producto.

Un cuerpo no humano.

Desde el punto de vista financiero, estos centros podrían, a la larga, considerarse parcialmente autosuficientes con los ingresos derivados de la venta de su tecnología y los programas de enseñanza y entrenamiento. Sin embargo, en la etapa inicial tendrán que ser financiados totalmente por el Estado y, con objeto de evitar caer en la problemática de corto plazo que caracteriza a la industria, deberán siempre contar con apoyo para investigación y desarrollo en tecnología cuya utilidad y rendimiento sólo se pueden contemplar a mediano y largo plazo.

Una vez propuesta esta solución, conviene ver cuál es la situación en el resto del mundo y, para variar, nos damos cuenta que hemos vuelto a descubrir el hilo negro. Estas «instituciones intermedias» o «empresas tecnológicas» o «centros de tecnología industrial» con las que operan en Alemania, Inglaterra, Japón y Corea. Los ejemplos abundan y la razón de su existencia es clara: a pesar de la calidad que puedan tener los centros de educación superior y desarrollo tecnológicos académicos, su planteamiento estructural difiere conceptualmente de aquél del sector productivo. Para que la tecnología se convierta en un elemento central de desarrollo, es necesario llevarla directamente e implementarla en los centros de producción; esto solamente se puede hacer basado en instituciones con ese fin. Puesto que las plantas industriales de los diversos países no tienen la capacidad financiera para investigar en la medida que se requiere en un campo como la electrónica, el Estado ha tenido que intervenir como un elemento fundamental de apoyo.

Las modalidades de este apoyo difieren de país a país de acuerdo con sus estructuras propias, pero desde los subsidios directos a la investigación patrocinados por la National Science Foundation y el Departamento de Aeronáutica (NASA) en los Estados Unidos hasta las estructuras e instituciones dedicadas a un propósito específico como el KIET (Korean Institute for Electronics Tecnology) en Corea o el IFT (Instituto de Tecnología del Estado Sólido) en Alemania, el patrón es el mismo: patrocinio y subsidio estatal a la investigación y desarrollo tecnológico que, teniendo un valor estrategico central para el país, quedan fuera de las capacidades de la planta industrial. El ejemplo de México también apoya este tipo de solución. Instituciones intermedias como el Instituto Mexicano del Petróleo y el Instituto de Investigaciones Eléctricas se encuentran en posición muy favorable para actuar como centros generadores de tecnología e implantar la tecnología que desarrollan en el sector productivo.

La gran mayoría de las empresas electrónicas adopta una actitud que derrota a priori cualquier política de desarrollo de la administración pública: si se las protege a través de permisos de importación, congelan la tecnología y surten el mercado nacional con productos obsoletos; si se baja la protección arancelarias, las industrias abandonan la producción y se convierten en empresas importadoras y comercializadoras.

DESPEGAR SIN AHOGARSE

La solución propuesta al problema de vinculación no es totalmente original, seguramente no es la única y puede no ser la mejor, aunque tiene las ventajas de ser viable a corto plazo y seguramente podrá resolver algunos cuellos de botella inmediatos. Podría complementarse con medidas (también usuales en otros países) como la canalización directa de fondos a investigación y desarrollo en empresas bajo diversas condiciones y en sectores estratégicos y prioritarios.

Sea cual fuere el camino que se tome, creemos que la solución debe tomar en cuenta dos factores:

Una reestructuración profunda de los mecanismos con que el Estado apoya el desarrollo tecnológico; sin actuar en detrimento de los fines y desarrollo universitarios, es necesario recanalizar fondos a través de mecanismos que sean drásticamente más eficaces y eficientes. En segundo lugar, cambios estructurales en la industria nacional en el área de electrónica. La gran mayoría de estas empresas adopta una actitud que derrota a priori cualquier política de desarrollo de la administración pública: Si se las protege a través de permisos de importación, la industria congela la tecnología y surte el mercado nacional con productos obsoletos, de baja calidad y a precios que duplican los internacionales; si se baja la protección arancelaria, las industrias abandonan la producción y se convierten en empresas importadoras y comercializadoras.

Es claro que el futuro de las empresas en electrónica debe depender directamente del compromiso que adquieran con su propia tecnología. Si ocurre lo contrario, se condenan a la ineficiencia y a la obsolescencia. En el caso de la electrónica de consumo, es ya evidente que a pesar de toda la protección arancelaria que el gobierno puede ofrecer, la industria nacional pierde una fracción cada vez mayor de su mercado frente a las importaciones ilegales. Este derrotero hacia el atraso permanente, sólo puede cambiarse, en México como en otros países que ya lo han experimentado, mediante la inversión y el compromiso de la industria con la tecnología, utilizando las políticas de protección e incentivos como plataforma de despegue y no como salvavidas.

El peso de la historia

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En torno a un no-lugar

Durante más de un siglo muchos historiadores han utilizado contra sus críticos una táctica fabiana: cuando los científicos sociales los critican por la imprecisión de su método, la ligereza de sus metáforas organizativas o la ambigüedad de sus supuestos sociológicos y psicológicos, responden que la historia nunca ha reclamado el status de una ciencia pura, que descansa tanto en los métodos intuitivos como en los analíticos y que los juicios históricos no deben juzgarse según criterios propios de las ciencias exactas y experimentales, todo lo cual sugiere que la historia es una especie de arte. Pero cuando los literatos señalan el fracaso de la historia en la exploración de los estratos más misteriosos de la conciencia y su renuencia a usar las técnicas modernas de la creación literaria, arguyen que la historia, después de todo, es una semiciencia, que los datos del pasado no se prestan a una manipulación artística “libre”, y que la forma narrativa en la historia no es un asunto de elección, sino algo impuesto por la naturaleza de los mismos materiales.

Esta hábil táctica defensiva ha desarmado a muchos críticos de la historia y ha permitido a los historiadores reclamar para sí el terreno epistemológicamente neutral que supuestamente existe entre el arte y la ciencia: el historiador no sólo es un mediador entre el pasado y el presente sino también el conjugador de dos modos de comprender el mundo que normalmente están separados.

Cada vez es más evidente que la eficacia de esta táctica fabiana pasó a la historia. Entre los historiadores crece la sospecha de que la táctica sólo funciona para impedir un acercamiento serio a los hallazgos de la literatura, las ciencias sociales y la filosofía del siglo XX. Entre los no-historiadores se afirma la opinión de que, lejos de ser el mediador deseable entre el arte y la ciencia que alega ser, el historiador es el enemigo irremediable de ambas. En pocas palabras, que el historiador reclama los privilegios del artista y del científico pero al mismo tiempo se niega a someterse a los rigores críticos y creativos que exigen el arte y la ciencia.

Hay, por lo menos, dos causas generales de esta situación.

Una es la naturaleza de la profesión histórica misma, quizá la disciplina conservadora par excellence. Desde mediados del siglo XIX los historiadores acostumbran fingir una especie de ingenuidad metodológica voluntaria, que originalmente servía a un buen propósito: protegerlos de la tendencia a abrazar los sistemas explicativos monistas, el idealismo militante en la filosofía o el positivismo militante en la ciencia. Pero este sano recelo ante los sistemas totalizadores decimonónicos, fue volviéndose una especie de respuesta condicionada que llevó a los historiadores a desechar casi cualquier intento de autoanálisis crítico. Luego, conforme la historia se profesionalizó y especializó, el historiador ordinario, embebido en la busca del documento esclarecedor que lo establezca como autoridad segura en un campo definido estrechamente, tuvo poco tiempo para enterarse de los avances en los muy remotos ámbitos del arte y la ciencia.

La segunda causa general de la hostilidad hacia la historia es que el supuesto terreno neutral entre el arte y la ciencia que muchos historiadores del siglo XIX ocuparon con solvencia y dignidad se ha disuelto en el descubrimiento del carácter común de las manifestaciones artísticas y las científicas. Ahora parece bastante claro que la creencia del siglo XIX en una diferencia radical entre el arte y la ciencia fue consecuencia de un malentendido que nutrió el temor a la ciencia por parte del artista romántico y la ignorancia del arte por parte del científico positivista. La crítica moderna ha alcanzado una comprensión más clara de las operaciones por las que el artista expresa su visión del mundo y por las que el científico encuadra sus hipótesis sobre él. Conforme se extiende el reconocimiento de este logro, desaparece la necesidad de un agente mediador entre ambos mundos o al menos la certidumbre de que el historiador está especialmente calificado para representar este papel.

Así las cosas, los historiadores debieran prepararse para encarar la posibilidad de que el prestigio de que gozó su profesión en el siglo XIX haya sido consecuencia de un ambiente intelectual ya rebasado; que la historia es a su vez una especie de accidente histórico y que, con la desaparición de los malos entendidos que su auge produjo, la misma disciplina puede perder su status heredado. Quizá la tarea más difícil de los historiadores sea hoy admitir el carácter históricamente condicionado de su disciplina y asistir a la extinción del reclamo de la historia como una disciplina autónoma, para conducir sus preguntas, métodos e instrumentos a un orden más elevado de indagación intelectual.

La expulsión del paraíso

No hace falta trazar las principales líneas de la polémica entre las ciencias sociales y la historia durante este siglo; es una vieja controversia que se remonta a los principios del XIX. Pero vale la pena recordar que el pleito ha llegado a una especie de solución que trasciende los límites de cualquier simple discusión de método.

En primer lugar, en el siglo XIX la ciencia no había alcanzado la posición hegemónica que tiene hoy en día. Los filósofos de la ciencia tienen también más clara la naturaleza de las explicaciones científicas, y los mismos científicos alcanzaron un dominio sobre el mundo físico que sólo habían podido soñar a lo largo del siglo pasado. La frase de Ernst Cassirer es exacta: “No existe un segundo poder en el mundo moderno que pueda compararse con el del pensamiento científico”. En efecto, se reconoce a la ciencia, dice Cassirer, como “La cumbre y la consumación de todas las actividades humanas el último capítulo en la historia de la humanidad, y el tema más importante de una filosofía del hombre (…) Podemos discutir sus resultados o sus principios, pero su función general parece incuestionable. Es la ciencia la que nos asegura un mundo común”.

Los sorprendentes triunfos de la ciencia exacta y experimental han estimulado a los investigadores sociales en sus esfuerzos por construir instrumentos de conocimiento de la sociedad similares a los de la ciencia de la naturaleza. Por tanto, han aguzado también su hostilidad hacia la historia. El rasgo más sorprendente de lo que piensan de la historia muchos oficiantes de las ciencias sociales es que los conceptos convencionales de la historia son al mismo tiempo síntoma y causa de una grave enfermedad cultural. De ahí que la crítica a la historia realizada por científicos sociales responsables tome una dimensión moral. Para muchos de ellos, la destrucción del concepto de la historia vigente en el historiador tradicional es un paso necesario para construir una verdadera ciencia de la sociedad, un componente esencial de la terapia que finalmente ellos propondrán para conducir a una sociedad enferma de regreso por el camino de la ilustración y el progreso.

Así, muchos autores parecen haber decidido que la historia es una ciencia de tercera categoría, relacionada con las ciencias sociales del mismo modo que la historia natural alguna vez lo estuvo con las ciencias físicas; o que es un arte de segunda categoría, de valor epistemológico cuestionable y valor estético incierto; si existe algo así como una jerarquía de las ciencias, para esta visión la historia quedaría entre la física aristotélica y la biología de Linneo, que es como decir que puede tener un cierto interés para coleccionistas de exóticas ideas y mitologías adulteradas, pero no para el establecimiento de ese “mundo común” que según Cassirer encuentra su confirmación cotidiana en la ciencia.

La expulsión de la historia de las ciencias no sería desalentadora si una buena parte de la literatura del siglo XX no manifestara también hostilidad hacia la conciencia histórica, incluso más marcadamente que el pensamiento científico. Quizá hasta podría decirse que una de las características distintivas de la literatura contemporánea es su creencia implícita de que la conciencia histórica debe ser puesta a un lado para poder penetrar verdaderamente en los secretos de la experiencia humana.

La hostilidad del escritor moderno hacia la historia es muy clara en la práctica de utilizar al historiador como ejemplo extremo de una sensibilidad reprimida. Hay una lista ilustre de escritores: Gide, Ibsen, Malraux, Aldous Huxley, Hermann Broch, Wyndham Lewis, Thomas Mann, Jean-Paul Sartre, Camus, Pirandello, Kingsley Amis, Angus Wilson, Elías Canetti, Edward Albee. La lista podría extenderse considerablemente si se incluyeran autores que implícitamente han condenado la conciencia histórica al sugerir la contemporaneidad esencial de toda experiencia humana significativa: Virginia Woolf, Marcel Proust, Robert Musil, Italo Svevo, Gottfried Benn, Ernst Jünger, Paul Valéry, W.B. Yeats, Kafka y D.H. Lawrence. Todos ellos reflejan la convicción del Stephen Dedalus de Joyce, en el sentido de que la historia es “una pesadilla” de la que el hombre occidental debe despertar.

La actitud no ha cambiado mucho desde que en El nacimiento de la tragedia (1872) Nietzsche colocó al arte en oposición a todas las formas de inteligencia abstracta e incluyó a la historia entre las muchas perversiones posibles de las facultades apolíneas del hombre achacándole específicamente haber contribuido a la destrucción de los fundamentos míticos de la identidad individual y comunal. Dos años más tarde, en Uso y abuso de la historia (1874) acentuó la oposición entre la imaginación artística y la imaginación histórica hasta afirmar que siempre que los “eunucos” florecieran en “el harem de la historia” el arte necesariamente perecería. “El sentido histórico ilimitado”, escribió, “llevado a su extremo lógico, desarraiga el futuro porque destruye ilusiones y roba a las cosas existentes la única atmósfera en la que pueden vivir”.

Nietzsche odiaba a la historia más que a la religión. La historia promovía un voyeurismo paralizante, hacía sentir a los hombres que habían llegado tarde al mundo donde todo lo que valía la pena hacer ya estaba hecho. Minaba de esa forma el impulso hacia el esfuerzo heroico que podía dar un sentido, aunque fuera pasajero, a un mundo absurdo. El sentido de la historia era el producto de una facultad que distinguía al hombre del animal: la memoria, fuente también de la conciencia. Pero Nietzsche llegaba a la conclusión de que había que “odiar seriamente” a la historia, “como a un hijo costoso y superfluo del entendimiento”, si se quería que la vida misma del hombre no se detuviera en el cultivo sin sentido de los vicios a que podría conducirlo una falsa moralidad inmóvil, basada en la memoria.

Para bien o para mal, la generación siguiente adoptó hostilidad nietzscheana hacia la historia tal como la practicaban los historiadores académicos de fines del siglo XIX. Nietzsche no fue sin embargo el único responsable de la decadencia de la autoridad de la historia entre los artistas de fin de siecle. Condenas similares, más o menos explícitas, se pueden encontrar en escritores tan diferentes en temperamento como George Eliot, Henry Ibsen o Andre Gide.

“La Historia es el producto mas peligroso que haya elaborado la química del intelecto (…) La Historia justifica lo que quiere. No enseña rigurosamente nada, porque contiene todo y da ejemplos de todo”: Paul Valery.

Anticuarios indigestos

En Middlemarch, publicada el mismo año que El nacimiento de la tragedia, Eliot usó el encuentro entre Dorothea Brook y el señor Casaubon para condenar de una manera típicamente inglesa los privilegios del anticuarianismo. La señorita Brook, una virgen victoriana de ingresos asegurados ansiosa de hacer una cosa trascendente en su vida, ve en el señor Casaubon, veinticinco años más grande que ella, a “un Bossuet viviente cuya obra podría reconciliar el conocimiento con la piedad devota”. Y a pesar, de sus diferencias de edad, decide casarse con él y dedicar su vida a servir el propósito de Casaubon: el estudio histórico de los sistemas religiosos del mundo. Durante la luna de miel en Roma, las ilusiones de la señorita Brook quedan destrozadas. Casaubon se revela incapaz de reaccionar ante el pasado que lo rodea en los monumentos de la ciudad, incapaz de traer sus trabajos intelectuales al vínculo activo con el presente. Al final, Dorothea rompe su compromiso con el académico Casaubon y se casa con el joven artista Ladislaw, logrando escapar así de la pesadilla de la historia. George Eliot no se ocupa de este tema, pero el giro de su pensamiento es claro: la intuición artística y la sabiduría histórica se oponen, y sus respectivas respuestas a la vida se excluyen mutuamente.

Cerebro colectivo y otras cosas

Ibsen escribe en la década siguiente, peculiarmente preocupado por las limitaciones de una cultura que otorga mayor valor al pasado que al presente. Hedda Gabler soporta el mismo peso que Dorothea Brook: la pesadilla del pasado, una indigestión de historia, que se refleja en un temor penetrante hacia el futuro. Al regreso de su luna de miel, Hedda y su esposo George Tesman son recibidos por la tía de este último, quien insinúa los deleites que debió ofrecerles el viaje de bodas. George responde: “Bueno, para mí también fue un viaje de investigación. Tuve que escarbar en archivos antiguos, y también tuve que leer muchos libros viejos, tía”. 

Por supuesto, Tesman es un historiador (más joven que Casaubon) y está escribiendo el estudio definitivo sobre la industria doméstica en Barbante durante la Edad Media. El trabajo consume su escasa carga de afecto humano; tanto, que gran parte de la inquietud de Hedda puede decirse que tiene su origen en la devoción de George por la industria doméstica del pasado, cuando debía ser más domésticamente industrioso en el presente. “Deberías intentarlo”, grita Hedda en un momento: “íNo oír más que sobre la historia de la civilización mañana, tarde y noche!”.

No es que las causas de las complejas insatisfacciones de Hedda se puedan localizar únicamente en lo sexual. Ella es victima de toda una trama de represiones propias de la sociedad burguesa, una de las cuales está representada por la manera en que Tesman usa el pasado para eludir los problemas del presente. Pero el desprecio creciente de Hedda por su marido se centra en su devoción ascética por la historia, el reino de los muertos que refuerza el temor de Hedda hacia un futuro desconocido, simbolizado por el niño que comienza a tomar forma dentro de ella.

El rival de Tesman es Eilert Lövberg, también historiador, pero en el más sublime estilo hegeliano: un filósofo de la historia cuyo libro, “sobre la marcha de la civilización en términos generales por así decirlo”; inspira en Hedda la esperanza de que la visión de él pueda aliviar el mundo estrecho que circunscribe la fracturada imaginación de Tesman. Ibsen quiere que veamos en Lövberg a un hombre de talento con capacidad creativa potencial. Está escribiendo una obra sobre la civilización que habrá de minar a la moral convencional, una verdad más noble que la verdad a medias sobre la cual se basan su primer libro y su reputación de joven. Pero conforme va desarrollándose la obra, Hedda llega a odiarlo, se apodera de su manuscrito, lo destruye y provoca el suicidio de Lövberg. La destrucción del manuscrito es un acto de venganza personal sobre Lövberg por su affair con la rival de Hedda, la señora Elvsted. Pero es también un repudio simbólico de esa “civilización” de la que son devotos incondicionales, cada quien a su modo, Tesman y Lövberg. Al final, Hedda es amenazada con ser presentada ante el Juez Urack, otro guardián de la tradición, lo que finalmente la lleva al suicidio. En la última escena, Tesman y la señora Elvsted, sobrevivientes de la tragedia, se dedican a la infinita tarea de editar Nachlass de Lövberg, lo cual indica que ninguno de los dos aprendió nada de los trágicos acontecimientos que compartieron. Tesman escribe su propio epitafio al decir: “Arreglar los escritos de otras gentes es el trabajo preciso para mí”.

En El inmoralista (1902) de Andre Gide la revuelta contra la conciencia histórica es todavía más explícita: La oposición entre la respuesta del arte al presente y el culto de la historia por los muertos. El protagonista de la obra, Michel padece una enfermedad que combina todos los síntomas personales de Hedda Gabler. Michel es al mismo tiempo un filisteo, un historiador y, cada vez más, conforme progresa la novela, un filósofo de la historia. Pero su papel como filósofo lo gana sólo después de sufrir sus papeles como filisteo y como historiador. Y es un papel temporal, porque con él adquiere la comprensión de que la historia, como la misma civilización, debe ser trascendida si se quiere servir a las necesidades de la vida. La tuberculosis de Michel es sólo la manifestación de un temor general a la vida, que se manifiesta psicológicamente como una preocupación obsesiva por las culturas y las formas de vida muertas. Por tanto, cuando comienza la recuperación de su malestar físico, Michel descubre que ha perdido todo interés por el pasado. Dice:

Cuando quise (…) reanudar mis estudios, hundirme otra vez como antaño en el examen minucioso del pasado, descubrí que algo había, si no suprimido, por lo menos modificado el deseo: era el sentimiento del presente. La historia del pasado adquiría ahora a mis ojos esa inmovilidad, esa fijeza aterradora de las sombras nocturnas en el patiecito de Biskra, la inmovilidad de la muerte. Anteriormente me complacía en esa fijeza, que facultaba la precisión de mi espíritu; todos los hechos de la historia se me aparecían como las piezas de un museo, o aun mejor, como las plantas de un herbario, cuya sequedad definitiva me ayudaba a olvidar que un día, ricas de sabia, -habían vivido bajo el sol (…) Llegué a huir de las ruinas (…) Llegué a despreciar en mí esa ciencia que constituía antes mi orgullo (…) Como especialista, me vi estúpido. Como hombre, ¿me conocía?.

Cuando regresa a París para dar una conferencia sobre la civilización latina tardía, Michel modifica su conciencia del presente en contra de su cada vez más débil sentido del pasado:

A propósito de la extrema civilización latina, pinté la cultura artística, creciendo a flor de pueblo, a la manera de una secreción que en un principio indica plétora, sobre abundancia de salud, mas luego se fija, se endurece, se opone a todo contacto perfecto del espíritu con la naturaleza, oculta bajo la persistente apariencia de la vida, la disminución de la vida, forma una envoltura donde el espíritu oprimido languidece, se marchita y muere. En fin, llevando a su culminación mi pensamiento, exponía yo la Cultura, nacida de la vida, matando la vida.

Pero este uso lovberguiano del pasado para destruir el pasado deja de llamar la atención de Michel, y abandona su carrera académica para buscar una comunión con esas fuerzas oscuras que la historia ha oscurecido y que la cultura ha debilitado en él. La conclusión problemática del libro sugiere que Gide quería que viéramos a Michel lisiado permanentemente debido a su temprana devoción por una cultura historizada, una confirmación viviente del dictum nietzschiano según el cual la historia destierra el instinto y convierte a los hombres en “sombras y abstracciones”.

La prueba de la guerra

En la década previa a la Primera Guerra Mundial esta hostilidad hacia la conciencia histórica y el historiador se generalizó entre los intelectuales europeos. En todas partes creció la sospecha de que la febril busca de Europa en las ruinas de su pasado expresaba menos el impulso de controlar el presente que el temor inconsciente hacia un futuro demasiado horrible para contemplarlo. Antes de que terminara el siglo XIX, un gran historiador, Jacob Burckhardt, anticipó la muerte de la cultura europea y abandonó la historia que se practicaba en la academia y proclamó abiertamente la necesidad de transformarla en un arte, aunque se negó a discutir públicamente su herejía. Schopenhauer le había enseñado la inutilidad de los cuestionamientos históricos tradicionales tanto como el disparate esencial de todo esfuerzo público. Otro gran schopenhaueriano, Thomas Mann, en su novela Los Budenbrooks (1901), había localizado la causa de este sentido de inminente degradación europea en la hiperconciencia de una cultura avanzada de clase media. La sensibilidad estética de Hanno Budenbrook es al mismo tiempo el producto más fino de la historia de su familia burguesa y el signo de su desintegración. Por su parte, filósofos como Bergson y Klages apuntaban que la concepción del tiempo histórico mismo, que unía a los hombres con instituciones, ideas y valores anticuados, era la causa del malestar.

La visión de los vencidos. Los indios de Moctezuma vieron lo que mata…

Entre los científicos sociales la hostilidad hacia la historia fue menos marcada. Los sociólogos, por ejemplo, continuaron en la búsqueda de un camino que uniera historia y ciencia, procesos y estructuras, en disciplinas nuevas, las llamadas “ciencias del espíritu”, de acuerdo al programa trazado por Whihelm Dilthey y ejecutado por Max Weber en Alemania y por Emile Durkheim en Francia. Neokantianos como Wilhelm Windelband trataron de distinguir la historia de la ciencia designando a la historia como una especie de arte que aunque no podía proporcionar leyes para el cambio social, ofrecía pistas valiosas para la totalidad de las experiencias humanas. Croce fue más lejos todavía afirmando que la historia era una especie de arte pero al mismo tiempo que era una disciplina erudita, la única base posible para una sabiduría social adecuada a las necesidades del hombre occidental contemporáneo.

La Primera Guerra Mundial se encargó de destruir el prestigio que le quedaba a la historia entre artistas y científicos sociales: la guerra pareció confirmar lo que Nietzsche había anticipado dos generaciones antes. La historia, que supuestamente debía suministrar una especie de entrenamiento para la vida, la supuesta “filosofía que instruye con ejemplos”, no había preparado a nadie para la guerra, y al terminar la guerra, los historiadores fueron incapaces de alzarse por encima de las estrechas lealtades partidarias y dar una interpretación significativa de lo sucedido. Repitieron mecánicamente las consignas de los gobiernos sobre las tentativas criminales del enemigo, y tendieron a apoyarse en la idea de que ninguno había deseado la guerra: “había sucedido”.

Ellas vieron lo que engendra.

Por supuesto, pudo ser así, pero más que una explicación era admitir que ninguna explicación, cuando menos en los terrenos de la historia, era posible. Lo mismo pudieron haber dicho otras disciplinas. Pero los estudios históricos, si incluimos a los clásicos bajo este término, habían formado el centro de los estudios humanísticos y sociales antes de la guerra; fue natural que se convirtieran en el primer blanco de los que habían perdido la fe en la capacidad del hombre para darle algún sentido a su vida en la posguerra. Paul Valéry expresó mejor que nadie la nueva actitud antihistórica: “La Historia es el producto más peligroso que haya elaborado la química del intelecto (…) La Historia justifica lo que quiere. No enseña rigurosamente nada, porque contiene todo y da ejemplos de todo (…) Nada ha sido tan arruinado por la última guerra como la pretención de prever. Pero ¿acaso nos faltaban conocimientos históricos?”

Ni el pasado ni el futuro pudieron dar una orientación a los problemas e incertidumbres generados por la guerra o estimular acciones específicas en el presente. Como lo dijo el poeta alemán Gottfried Benn: “El sabio es ignorante/ del cambio y del avance / sus hijos y los hijos de sus hijos / no son parte de su mundo”. Y a partir de esta concepción radicalmente ahistórica del mundo sacó consecuencias éticas inevitables: “Me sorprende la idea de que pueda ser más revolucionario y valer más la pena para un hombre activo y vigorosa enseñar a sus compañeros esta simple verdad: eres lo que eres y jamás serás diferente; así es, así ha sido, así será tu vida. El que tiene dinero llega a viejo; el que tiene autoridad no puede equivocarse; el que tiene poder establece lo que es justo. ¡Esa es la historia! ¡Ecce historia! Aquí está el presente; este es su cuerpo, coman y mueran”.

En Rusia, donde la Revolución de 1917 planteó con especial inmediatez el problema de la relación de lo nuevo con lo viejo, M. O. Gerkenson escribió al historiador V. I. Ivanov sobre su esperanza de que la violencia de la época quedara relegada por una interacción nueva y más creativa ente “el hombre desnudo y la tierra desnuda”. “Para mí”, escribió “existe el prospecto de la felicidad en un baño en el Leteo que borre la memoria de todas las religiones y de todos los sistemas filosóficos”. En pocas palabras: sin el peso de la historia.

La revuelta contra el pasado

Esta actitud antihistórica latente igual en el nazismo que el existencialismo fue el legado de la década de los treinta. Tanto Malraux como Spengler -en muchos sentidos el progenitor del nazismo- enseñaron que la historia tenía valor sólo si destruía, más que afianzar, la responsabilidad hacia e pasado. Hasta Ortega y Gasset compartió la creencia de que la historia sólo era una carga. “Nuestras instituciones, como nuestros espectáculos”, escribió en El tema de nuestro tiempo (1923), “son residuos de otra edad. Ni hemos sabido romper resueltamente con esas desvirtuadas concreciones del pasado, ni tenemos posibilidad de adecuarnos a ellas”. A mediados de los treinta, en una obra dedicada a una víctima de la opresión nazi, Ortega confesó que la única lección que la historia le había dado era que “el hombre es una entidad infinitamente maleable con quien se puede hacer lo que se desee precisamente porque en sí mismo no es otra cosa excepto la potencialidad para ser únicamente `lo que usted quiera’”. La revolución nihilista de Hitler se basaba precisamente en este sentido de la irrelevancia del pasado conocido para el presente vivido. “Lo que fue cierto en el siglo XIX”, dijo Hitler en una ocasión a Rauschning, “ya no lo es en el siglo veinte”. Y tanto los intelectuales nazis (Heidegger a Jünger) como la existencialistas enemigos del nazismo en Francia (Camus o Sartre) estaban de acuerdo con él en ese punto. Para ambos el problema no era cómo debía estudiarse el pasado, sino debía estudiarse, a secas.

Meursault, el héroe de la primera novela de Camus, El extranjero (1942), es un asesino inocente. Haber matado a un hombre que no conoce es un gesto que carece por completo de sentido, no es en esencia diferente de los otros miles de actos impensados que forman su vida cotidiana. Es el fiscal, “históricamente” entendido, quien muestra al jurado la manera en que los acontecimientos de la existencia de Meursault, presentada por el autor como un conjunto perfectamente azaroso de acontecimientos, está tejida en un modelo de intención consciente por aquellos que “saben” lo que deben “significar” tanto la sensibilidad privada como el gesto público. Es esta habilidad para urdir un significado verosímil en el pasado, lo que según Camus le permite a la sociedad distinguir entre el “crimen” de Meursault y su “ejecución por la sociedad” como criminal. Camus negaba la existencia de toda diferencia real entre los distintos tipos de asesinatos: sólo la hipocresía, respaldada por una conciencia histórica, permite a la sociedad llamar asesinato al acto de Meursault y justicia a su ejecución.

En El rebelde (1951) Camus volvió sobre el tema, señalando que tanto el totalitarismo como el anarquismo tenían origen en una actitud nihilista derivada del deseo obsesivo del hombre occidental de darle sentido a la historia. “El pensamiento histórico puro es nihilista”, escribió, “acepta abiertamente la maldad de la historia”, y entrega la tierra a la fuerza desnuda. Haciéndose eco de Nietzsche, Camus colocaba al arte por encima de la historia y contra ella, y lo entendía como la única posibilidad de reintegrar al hombre a la naturaleza, para lo que se había vuelto un extraño. Del poeta René Char, Camus extrajo un epígrafe sobre su posición central en este tema: “La obsesión por la cosecha y la indiferencia hacia la historia son los dos extremos de mi arco”.

Cualesquiera sean sus diferencias, Camus y Sartre están de acuerdo en su desprecio por la conciencia histórica. Roquentin, el protagonista de la primera novela de Sartre La náusea (1938), es un historiador profesional que, como él mismo dice, ha “escrito cantidad de artículos” pero nada que requiriese “talento”. Roquentin está tratando de escribir un libro sobre un diplomático del siglo XVIII, un tal Marqués de Rollerbon. Pero está agobiado por los documentos; hay “montones” pero carecen de “firmeza y consistencia”. No es que se contradigan entre sí, dice Roquentin, sino que “no parecen referirse a la misma persona”. No obstante, Roquentin anota en su diario: “Otros historiadores trabajan con las misma fuentes. ¿Cómo lo hacen?”.

La respuesta, desde luego está en la conciencia de Roquentin, en su ausencia de toda “firmeza y consistencia”. Roquentin siente su propio cuerpo como una “naturaleza sin humanidad”, y su vida mental como una ilusión: “Nada sucede mientras vives. El escenario cambia, la gente entra y sale, eso es todo. No hay comienzos. Los días se van apilando sin rima o razón; una suma interminable, monótona”. Roquentin carece de una conciencia central a partir de la cual el mundo, pasado o presente, pueda ser ordenado. “No tenía derecho a existir”. Escribe Roquentin, “había aparecido por casualidad, viví como una piedra, una planta, un microbio. Mi vida dirigió sus antenas hacia pequeños placeres en todas direcciones; en otra época no sentí más que un zumbido inofensivo”. Su amigo, el Autodidacta, posee una fe simple en el poder de la sabiduría para propiciar la salvación y exhibe ante Roquentin el modelo del Optimista Norteamericano. El Optimista cree, como el humanista tradicional, que “la vida tiene un sentido si elegimos darle un sentido”. Pero el malestar de Roquentin surge precisamente de su incapacidad para creer en consignas tan fatuas. Para él, “todo nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere casualmente”. Sartre solo habría tenido que agregar el “¡Ecce historia!” de Gottfried Benn para telegrafiar más explícitamente la tendencia antihistórica de su primera obra filosófica, El ser y la nada (1943), en la que estaba trabajando mientras escribía La náusea. Quienes comentaron Las palabras (1964) de Sartre hubieran hecho bien en recordar La náusea y El ser y la nada; se hubieran ofendido menos ante lo opaco de las “confesiones” de Sartre, hubieran sabido que él creía que la única historia importante es la que el individuo recuerda y que el individuo recuerda únicamente lo que quiere recordar. Sartre rechaza la doctrina psiconalítica del inconsciente y afirma que el pasado es lo que decidimos recordar de él. no tiene existencia fuera de nuestra conciencia. Elegimos nuestro pasado en la misma medida en que elegimos nuestro futuro. Por tanto el pasado histórico, al igual que nuestros distintos pasados personales es, en el mejor de los casos, un mito que justifica nuestro juego con un futuro específico, y en el peor de los casos una mentira, una racionalización retrospectiva de lo que en efecto nos hemos convertido por medio de nuestras elecciones.

Hay otros ejemplos de la revuelta contra la historia en la literatura moderna. El artista moderno no piensa mucho en lo que solía llamarse “imaginación histórica”. De hecho, para muchos de ellos la frase “imaginación histórica” es sólo una contradicción de términos, la barrera fundamental de cualquier intento de acercarse realistamente a los problemas espirituales más urgentes. Es una actitud parecida a la de N.O. Brown, quien ve la historia como una especie de “fijación” que “aliena lo neurótico del presente y lo remite a la búsqueda inconsciente del pasado en el futuro”; no es tan sólo un peso considerable impuesto al presente por el pasado en forma de instituciones, ideas y valores viejos, sino también una manera de ver el mundo que le da a estas formas anticuadas una autoridad verosímil. El historiador aparece como el portador de una enfermedad que fue al mismo tiempo la fuerza motriz y la némesis de la civilización del siglo XIX. Es por esto que gran parte de la narrativa moderna intenta librar al hombre occidental de la tiranía de la conciencia histórica. Nos dice que sólo emancipando a la inteligencia humana del sentido de la historia los hombres serán capaces de enfrentar creativamente los problemas del presente. Las implicaciones de todo esto para todo historiador que valore la visión histórica como algo más que un juego, son obvias: debe preguntarse cómo participar en esta actividad liberadora, y si su participación implica la destrucción de la historia misma.

La carga del historiador en esta época consiste en restablecer la dignidad de los estudios históricos, transformalos de modo que el historiador participe efectivamente en la tarea colectiva de liberar al presente del peo de la historia.

Historia y liberación

Los historiadores no pueden hacer caso omiso a las críticas de la comunidad intelectual, ni pueden desechar como irrelevantes los juicios de artistas y científicos sobre la manera en que debe estudiarse el pasado. Después de todo, tradicionalmente han sostenido que no se requiere ni una metodología específica ni un equipo intelectual especial para el estudio de la historia. Lo que comúnmente se llama el “entrenamiento” de un historiador consiste en el estudio de unos cuantos idiomas, en trabajar y viajar por los archivos, y en la ejecución correcta de unos cuantos ejercicios que lo familiaricen con libros y periodos de su campo. Por lo demás, una experiencia general de asuntos humanos, lecturas en campos periféricos, autodisciplina y horas en el escritorio es todo lo que hace falta. Cualquiera puede dominar fácilmente los requisitos. ¿Cómo puede decirse entonces que el historiador profesional está calificado de un modo especial para definir las preguntas que pueden hacerse al proceso histórico? ¿Cómo afirmar que sólo él puede determinar si las respuestas a esas preguntas son las adecuadas? Para la comunidad intelectual en su conjunto ya no es automáticamente cierto que el estudio desinteresado del pasado —for its own sake, como dice el cliché— ennoblece o ilustra a la humanidad. De hecho, el consenso general tanto en el arte como en la ciencia parece ser precisamente la idea contraria. De ahí que la carga del historiador en nuestra época consista en reestablecer la dignidad de los estudios históricos sobre una base que los ponga a tono con los estudios y los objetivos de la comunidad intelectual en su conjunto; esto es: transformar los estudios históricos de modo que le permitan al historiador participar efectivamente en la tarea colectiva de liberar el presente del peso de la historia.

Mi Bomarzo, Tepoztlán.

¿Cómo lograr esto? Primero que nada, los historiadores deben admitir que la revuelta contra el pasado es válida. A todo el que perciba la diferencia radical que hay entre su presente y su pasado, el estudio del pasado como “un fin en sí mismo” sólo le puede parecer una abstracción insensata y todo el que estudie el pasado como “un fin en sí mismo”, un anticuario que huye de los problemas del presente a caballo de un pasado puramente personal, o una especie de necrófilo cultural que busca en los muertos y en lo muerto un valor que jamás podrá encontrar entre los vivos. El historiador tiene que valorar el estudio del pasado, no como “un fin en sí mismo”, sino como una manera de ofrecer perspectivas que contribuyan a resolver los problemas de su época.

Por otra parte, en cuanto el historiador reconoce la imposibilidad de conocer únicamente lo suyo, se dispone a entrar en contacto con las técnicas de análisis y representación de la ciencia y el arte modernos para comprender las operaciones de la conciencia y los procesos sociales. En pocas palabras, puede reclamar una voz en el diálogo cultural sólo en tanto asuma seriamente las preguntas que el arte y la ciencia de su época le plantean.

A menudo los historiadores consideran los principios del siglo XIX como la época clásica de su disciplina, no sólo porque en esa época la historia emergió como un modo distinto de ver el mundo, sino también porque había una estrecha relación de trabajo e intercambio entre la historia, el arte, la ciencia y la filosofía. Los artistas románticos se acercaron a la historia en busca de temas y recurrieron a la “conciencia histórica” como una justificación para hacer del pasado una presencia viva para sus contemporáneos. Algunas ciencias, la geología y la biología en particular, se nutrieron de ideas y conceptos que hasta entonces sólo habían sido utilizados en forma generalizada por la historia. La categoría de lo histórico dominó la filosofía de los idealistas postkantianos y sirvió como categoría organizadora a los hegelianos de izquierda de derecha. Para el historiador moderno que reflexiona en los logros de esa época en todos los campos del pensamiento y la expresión, resultan obvias la importancia critica del sentido de la historia y la función del historiador como mediador entre las artes y las ciencias. 

Sería más exacto reconocer que los albores del siglo XIX fueron una época en la que el arte, la ciencia, la filosofía y la historia estuvieron unidas en un esfuerzo común para comprender la experiencia de la Revolución Francesa. Lo que más impresiona de la época no es “el sentido de la historia” como tal, sino la disposición de los intelectuales a cruzar los limites que dividen una disciplina de la otra y a abrirse al uso de metáforas iluminadoras para organizar la realidad. A hombres como Michelet y Tocqueville se les llama historiadores por sus temas, no por su método, que fácilmente permitiría llamarlos científicos, artistas o filósofos. Lo mismo puede decirse de “historiadores” como Ranke y Niebuhr, de “novelistas” como Stendhal y Balzac, de “filósofos” como Hegel y Marx o de “poetas” como Heine y Lamartine.

Un maridaje decimonónico

Pero en algún momento del siglo XIX cambió todo esto: no porque los artistas, científicos y filósofos dejaran de interesarse en los asuntos históricos, sino porque muchos historiadores se habían casado con ciertos conceptos de lo que debían ser el arte, la ciencia y la filosofía. Y en la medida en que los historiadores de la segunda mitad del siglo siguieron viendo su trabajo como una combinación de arte y ciencia, vieron la historia como una combinación de arte romántico, por un lado, y de ciencia positivista, por el otro. En resumen, para mediados del siglo XIX, los historiadores se habían quedado encerrados en concepciones del arte y la ciencia que tanto artistas como científicos habían ido abandonando progresivamente para poder comprender el mundo cambiante que les ofrecía el proceso histórico mismo. Y así, una de las razones por las que el artista moderno, al contrario que sus compañeros de comienzos del siglo XIX, se niega a hacer causa común con el historiador es que ve en el historiador al guardián de una noción anticuada del arte.

En efecto, cuando los historiadores contemporáneos hablan del “arte” de la historia, parecen tener en mente un concepto de arte que admitiría a la novela del siglo XIX como paradigma. Y cuando dicen que son artistas, parecen querer decir que lo son a la manera en que lo fueron Scott o Thackeray. Ciertamente no pretenden identificarse con pintores pop, escultores quinéticos, novelistas existencialistas, poetas puros o cineastas de la nouvelle vague. Al mismo tiempo que llenan las paredes de sus cubículos con obras no figurativas de artistas modernos, los historiadores siguen actuando como si el objetivo más importante del arte, si no es que el único, fuera narrar una historia. Así, H. Stuart Hughes arguye en una obra sobre la relación entre la historia, la ciencia y el arte que “el virtuosismo técnico supremo del historiador está en fusionar el nuevo método de análisis social y psicológico con su función tradicional de narrador. Naturalmente que el objetivo del artista puede quedar resuelto narrando una historia, pero éste es sólo uno de los modos de representación posibles que se le ofrecen.

Podría hacerse una crítica similar a la pretensión del historiador de tener un lugar entre los científicos. Cuando los historiadores hablan de sí mismos como científicos parecen referirse a una idea de la ciencia válida para la época en que vivió y trabajó Robert Spencer, pero que no tiene relación alguna con las ciencias de la física, tal como se han desarrollado desde Einstein o con las ciencias sociales tal como han llegado a ser después de Weber.

Lo malo de estos conceptos mohosos de la ciencia y el arte son los conceptos de objetividad anticuados que los caracteriza. Muchos historiadores siguen considerando sus “hechos” como si fueran “dados” y se niegan a reconocer, al revés de la mayor parte de los científicos, que están “construidos” por el tipo de preguntas que el investigador hace. Es la misma noción de objetividad que aplican los historiadores al marco cronológico de sus narraciones. Cuando los historiadores tratan de coser sus “descubrimientos” de los “hechos con lo que ellos llaman un estilo “artístico uniforme”, evitan unánimemente las técnicas de representación literaria que Joyce, Yeats o Ibsen aportaron a la cultura moderna. No ha habido todavía intentos significativos de una historiografía surrealista, expresionista o existencialista —excepto por los mismos novelistas y poetas—. Es como si los historiadores creyeran que la única forma posible de narración histórica es la de la novela inglesa del siglo XIX. El resultado de esto ha sido la progresiva vejez del mismo “arte” de la historiografía.

La fuga de Burckhardt

Burckhardt, con todo y su pesimismo schopenhaueriano, estuvo dispuesto a experimentar con las técnicas artísticas más avanzadas de su época. Su Civilización del renacimiento puede considerarse como un ejercicio de historiografía impresionista, que a su manera constituye una ruptura de la historiografía convencional tan radical como la de los pintores impresionistas o la poesía de Baudelaire. Los estudiantes de historia —y no pocos profesionales— tienen problemas con Burckhardt porque rompió con el dogma de que una obra histórica tiene que “narrar una historia”, y seguir un orden cronológico. Por la rareza de su obra, los historiadores han clasificado a Burckhardt como una especie de científico social en embrión que se enfrentó a tipos ideales y se adelantó a Weber. Al igual que sus contemporáneos en el terreno del arte, Burckhardt realiza cortes en diferentes puntos del relato histórico y sugiere distintas perspectivas: omite, ignora o distorsiona según lo exige su objetivo artístico. Su intención no era decir toda la verdad sobre el Renacimiento italiano, sino una verdad, del mismo modo que Cézanne abandonó todo intento de decir la verdad total de un paisaje. Había abandonado el sueño de contar la verdad sobre el pasado por medio del relato de una historia porque desde hacía mucho tiempo descreía que la historia tuviera un sentido o un significado inherente. La única “verdad” reconocida por Burckhardt era la aprendida en Schopenhauer: todo intento de darle forma al mundo, toda afirmación humana, está irremisiblemente condenada al fracaso, pero la afirmación individual vale por sí misma en tanto impone una forma temporal al caos del mundo.

Dé ahí que en la obra de Burckhardt el concepto de “individualismo” sea sobre todo una metáfora que elimina ciertos tipos de información y enaltece otros, de manera que permite ver con claridad especial lo que quiere ver. El marco cronológico habitual habría frenado este intento de lograr una perspectiva específica, y por eso Burckhardt lo desechó. Una vez libre de las limitaciones de la técnica “narrativa”, se liberó también de la necesidad de construir una “”trama” con héroes, villanos y coros, como necesita hacerlo siempre el historiador convencional. En la medida en que tuvo el coraje de construir una metáfora a partir de su propia experiencia inmediata, Burckhardt pudo ver en la vida del siglo XV cosas que nadie había visto. Incluso los historiadores convencionales que juzgan erróneos sus datos, otorgan a su obra el título de clásica. Sin embargo, lo que la mayoría no alcanza a apreciar es que elogiando a Burckhardt a menudo condena sus propios compromisos con nociones rígidas de la ciencia y el arte que el mismo Burckhardt superó.

Muchos historiadores muestran hoy interés en los últimos desarrollos técnicos y metodológicos en las ciencias sociales. Algunos están tratando de utilizar la econometría, la teoría de los juegos, y nuevos métodos cada vez que sienten que sus objetivos historiográficos convencionales pueden verse beneficiados. Pero muy pocos han tratado de utilizar las técnicas artísticas modernas. Uno de los pocos que ha hecho el esfuerzo es Norman O. Brown.

En Life Against Death Brown ofrece el equivalente historiográfico de la antinovela: escribe la antihistoria. Incluso los historiadores que se han tomado la molestia de acercarse al libro de Brown lo han tachado de freudiano y lo han hecho a un lado. Pero el verdadero sentido de Brown está en su disposición para seguir una línea de investigación sugerida por Nietzsche y llevada adelante por Klages, Heidegger y los fenomenólogos existencialistas. Empieza por no asumir la validez de la historia como forma de existencia ni como forma de conocimiento. Emplea materiales históricos, pero del mismo modo en que uno podría usar su experiencia del presente. Reduce toda la documentación sobre la conciencia —pasada y presente— al mismo nivel ontológico y luego, por una serie de yuxtaposiciones, involuciones, reducciones y distorsiones brillantes y sorprendentes, obliga al lector a ver con una nueva claridad los materiales que por una asociación constante ha olvidado, o ha reprimido como respuesta a imperativos sociales. En pocas palabras, Brown consigue en su historia los mismos efectos que buscaban los artistas pop o John Cage en sus happenings.

¿Existe algo intrínseco en la aproximación al pasado que impida ver a Brown como un historiador serio? No, si sostenemos el mito de que los historiadores son científicos y artistas. Porque en el libro de Brown estamos obligados a confrontar el problema del estilo que como historiador eligió para su obra antes de poder pasar a la pregunta de si su historia es o no un retrato “válido” del pasado.

La obligación del cambio

¿Pero dónde vamos a encontrar los criterios para determinar cuándo la “narración” es adecuada a los “hechos”, y cuándo el “estilo” elegido es apropiado o no a la “narración”? Los historiadores que dan crédito a la idea de que la historia es una combinación de arte y ciencia deben disponerse a resolver el problema interno de la ecuación, es decir, el problema de la elección de un estilo artístico entre los muchos que ofrece a su consideración la herencia literaria. Porque ya dejó de ser obvio que podemos utilizar como sinónimos los términos “artista” y “narrador”. Si vamos a cuestionar el derecho de cualquier historiador para usar un concepto de ciencia social del siglo XIX, debemos estar preparados también para cuestionar su utilización de un concepto del arte del siglo XIX.

La noción de que la historia es una combinación de ciencia y arte es solamente un síntoma de las opiniones anticuadas que de ambos obtienen los historiadores. Durante casi tres décadas los filósofos de la ciencia y los estetas han estado trabajando para entender mejor las semejanzas entre los científicos y los artistas. Investigaciones como las de Karl Popper sobre la lógica de la explicación científica y el impacto de la teoría de la probabilidad, han minado la ingenua noción positivista del carácter absoluto de las proposiciones científicas. Los filósofos ingleses y norteamericanos contemporáneos han matizado las burdas distinciones positivistas entre los científicos, por un lado, y los metafísicos, por otro. Dentro de la atmósfera de intercambio entre las “dos culturas” que se ha ido formando se ha logrado una mejor comprensión de la naturaleza de los sectores artísticos, y con ello una mayor posibilidad de resolver el viejo problema de la relación de los componentes científicos y artísticos en las explicaciones históricas.

Ahora parece posible sostener que una explicación no necesita asignarse a la categoría de lo literalmente cierto o a lo puramente imaginativo, sino que se le puede juzgar por la riqueza de las metáforas que gobiernan su secuencia de articulación. Así vista, la metáfora gobernante de una obra histórica puede ser una regla heurística que conscientemente elimina cierto tipo de datos. Se podría ver así al historiador como alguien que, lo mismo que el artista o el científico modernos, busca explotar una cierta perspectiva del mundo que no pretende dar una descripción o un análisis exhaustivos de todos los fenómenos, sino que se ofrece como un camino entre muchos para revelar ciertos aspectos. Señala Gombrich en Art and Ilusion: no pretendemos que Constable y Cézanne hubieran buscado lo mismo en un paisaje dado. Y cuando confrontamos sus respectivas representaciones de un paisaje, no pretendemos tampoco elegir entre ellas y determinar cual es la más “exacta”. El resultado de esta actitud no es el relativismo, sino el reconocimiento de que el estilo que el artista escoge para presentar una experiencia implica criterios específicos para determinar su consistencia interna. Así, el estilo funciona como lo que Gombrich llama un “sistema de notación”, como un protocolo provisional o una etiqueta. Cuando observamos la obra de un artista -o de un científico- no preguntamos si él ve lo que hubiéramos visto en el mismo terreno fenomenológico, sino si introduce o no en su representación algo que pueda ser considerado como información falsa para cualquiera que sea capaz de comprender el sistema de notación utilizado.

Aplicar esto a la escritura de la historia, obligaría a los historiadores a abandonar el intento de retratar “una porción particular de la vida en la perspectiva verdadera”, y a reconocer que no existe una perspectiva correcta para cualquier objeto de estudio, sino muchas perspectivas, cada una de las cuales necesita su propio estilo de representación. Esto nos permitiría tratar seriamente esas distorsiones creativas que ofrecen las mentes capaces de mirar hacia el pasado con la misma seriedad que nosotros, pero con orientaciones intelectuales y afectivas distintas; dejaríamos entonces de esperar ingenuamente que las afirmaciones sobre una época dada “correspondiesen” al mismo cuerpo preexistente de “datos en bruto”. Porque reconoceríamos que lo que por sí mismos constituyen los datos es el problema que el historiador, igual que el artista, ha tratado de solucionar eligiendo una metáfora que ordena su mundo -pasado, presente y futuro-. Sólo pediríamos al historiador cautela en el uso de sus metáforas básicas. Que no las ahogue con datos y que las utilice hasta el límite de su capacidad; que respete la lógica implícita en el discurso que ha elegido y que cuando su metáfora empiece a mostrarse incapaz de hospedar cierto tipo de datos, la abandone para buscar otra, más rica y más abarcadora; del mismo modo que un científico la hipótesis que agota.

Este nuevo orden de investigación histórica permitiría utilizar los conocimientos científicos y artísticos contemporáneos sin incurrir en el relativismo radical ni en la propaganda y usar el psicoanálisis, la cibernética, la teoría de los juegos, etc.

En la medida que los historiadores de la segunda mitad del siglo siguieron viendo su trabajo como una combinación de arte y ciencia, vieron la historia como una combinación de arte romántico, por un lado, y de ciencia positivista, por el otro.

Historia, ¿para qué?

Si los historiadores estuvieran dispuesto a participar activamente en la vida artística e intelectual de nuestro tiempo, el valor de la historia no tendría que defenderse con la timidez y ambivalencia con que se defiende. La ambigüedad metodológica de la historia propicia el comentario creativo del pasado y del presente como ninguna otra disciplina. Si los historiadores aprovechan la oportunidad, pueden convencer a otras disciplinas de cuán falsa es la afirmación de Nietzsche sobre la historia como “un lujo caro y superfluo del entendimiento”.

¿Pero para qué? ¿Sólo para explotar la humana capacidad de juego, la habilidad de la mente para las imágenes extravagantes? Convendría tener en mente la línea de argumentación que va de Schopenhauer a Sartre y que sugiere que el registro histórico no puede convertirse en estética significativa ni experiencia científica. El registro documental, dice la tradición, invita primero al ejercicio de la imaginación especulativa por su fragmentaridad, y luego la desalienta al exigirle al historiador que no vaya más allá de esos hechos aislados. Por tanto tanto para Schopenhauer como para Sartre, el artista hace bien ignorando el archivo histórico y limitándose a la consideración del mundo de los fenómenos tal como se los presente de todos los días. Entonces vale la pena preguntarse porqué hay que estudiar el pasado y de qué sirve la historia. Dicho de otra forma: ¿existe algún motivo por el que debamos estudiar las cosas desde el punto de vista del pasado y no desde el punto de vista del presente?

El astronauta y los humanoides

La respuesta más sugerente la han dado los autores de la época dorada de la historia, entre 1800 y 1850. Los pensadores de esa época reconocieron que la función de la historia que distinguían tanto del arte como de la ciencia de aquel tiempo, era darle una dimensión temporal específica a la conciencia que el hombre tiene de sí mismo. Los mejores representantes del pensamiento histórico vieron la imaginación histórica como una facultad que, siguiendo el impulso del hombre por vestir el caos del mundo fenoménico con imágenes estables, se eximía asimismo del hecho fundamental de cambio y proceso suministrado un terreno para celebrar la responsabilidad del hombre ante su propio destino.

Los exponentes del historicismo realista -Hegel, Balzac o Tocqueville- estaban de acuerdo en que el papel del historiador no era recordar a los hombres su obligación hacia el pasado sino crear la conciencia de cómo el pasado podía usarse para transitar responsablemente hacia el futuro. Los tres entendían la historia como una manera de educar a los hombres en la idea de que su propio mundo presente había existido alguna vez en las mentes de otros hombres como un futuro desconocido y aterrador, y como consecuencia de decisiones humanas específicas, este futuro se había transformado en un presente, en ese mundo familiar en el que vivía y trabajaba el mismo historiador. Por tanto, para los tres la historia era menos un fin en sí mismo que una preparación para comprender y aceptar la responsabilidad del individuo en el diseño del futuro. Hegel, por ejemplo, escribe que en la reflexión histórica el espíritu se “empantana en la noche de su propia conciencia; pero su existencia desvanecida se conserva, y esta existencia diferida -el estado anterior, pero que vuelve a nacer del vientre del conocimiento- es el nuevo estado de la existencia, un mundo nuevo, un nuevo cuerpo o modo del Espíritu”. Balzac presenta su Comedia humana como “una historia del corazón humano” que lleva a la novela más allá del punto en que la había dejado Scott por virtud del “sistema” que vincula a las distintas piezas del todo en una “historia completa en la que cada capítulo es una novela y cada novela es retrato de una época”; el todo propone una conciencia más realista de la singularidad de la época presente. Tocqueville finalmente ofrece su Ancién Régime como un intento por “aclarar en qué asuntos (el sistema social presente) se parece y en qué difiere del sistema social que lo precedió; y para determinar lo que se logró con esa revolución”.

“Cuando en nuestros antecesores he encontrado cualquiera de esas virtudes tan vitales para una nación que ahora se encuentra casi extintas -un espíritu de sana independencia, grandes ambiciones, fe en uno mismo y en una causa-, las he puesto de relieve. Del mismo modo, cuando he encontrado los rastros de cualesquiera de esos vicios que después de haber destruido el orden antiguo siguen afectando al cuerpo político, los he enfatizado porque es a la luz de los males que antes causaron como podemos medir el daño que todavía pueden hacer”.

En pocas palabras, los tres interpretaban el peso del historiador como una carga moral para los hombres que estaban libres del peso del pasado. No veían al historiador recetando un sistema ético válido para todas las épocas y lugares, sino lo veían al cuidado de la tarea especial de inculcar en los hombres la conciencia de que su condición presente era un producto de elecciones humanas específicas que por lo mismo podían ser cambiadas o alteradas por otros actos humanos en ese mismo grado. La historia hacía entonces sensibles a los hombres a los elementos dinámicos de cada presente alcanzado, les enseñaba la inevitabilidad del cambio, y contribuía así a liberar ese presente del pasado sin ira ni resentimiento. Sólo cuando los historiadores perdieron de vista los elementos dinámicos de sus propios presentes, empezaron a relegar todos los cambios significativos a un pasado mítico, contribuyendo así implícitamente a la justificación del status quo. Fue entonces cuando críticos como Nietzsche pudieron acusarlos con razón de ser los sirvientes de la trivialidad del presente.

La historia tiene hoy la oportunidad de allegarse las nuevas perspectivas del mundo que ofrecen una ciencia y un arte igualmente dinámicos. La ciencia y el arte han trascendido los conceptos tradicionales que les exigían ser copias literales de una realidad presumiblemente estática; y ambos han descubierto el carácter esencialmente provisional de las construcciones metafóricas destinadas a comprender un universo dinámico. Así confirman implícitamente la verdad a la que llegó Camus cuando escribió: “Antes fue cuestión de saber si la vida tenia o no un significado para vivirla. Ahora está claro, al contrario, de que será vivida mejor si no tiene sentido”. Podemos corregir la afirmación para leer: será vivida mejor si tiene muchos sentidos en lugar de uno sólo.

Desde la segunda mitad del siglo XIX la historia se ha vuelto cada vez más el refugio de los hombres “sanos” que destacan por encontrar lo simple en lo complejo y lo familiar en lo extraño. Todo esto estuvo muy bien en un principio; pero lo que se necesita ahora es la disposición a enfrentar heroicamente las fuerzas cambiantes y caóticas en la vida contemporánea. El historiador no sirve bien a nadie armando una continuidad plausible entre el mundo presente y el que lo precedió. Por el contrario, necesitamos una historia que nos eduque para la discontinuidad; porque la discontinuidad, el rompimiento y el caos son el terreno de nuestro tiempo. Si, como dijo Nietzsche. “contamos con el arte para no morir con la verdad”, también contamos con la verdad para escapar a la seducción de un mundo que no sea otra cosa que la fantasía de nuestros anhelos. La historia puede suministrar un terreno sobre el cual podamos buscar esa “transparencia imposible” que exigía Camus a la humanidad enloquecida de su tiempo. La historia puede servir para humanizar nuestra experiencia si permanece sensible al mundo más general del pensamiento y la acción, de donde procede y a donde regresa. Y en la medida en que el historiador se niegue a ver con los ojos qué le ofrecen el arte y la ciencia modernas, seguirá en la ceguera, cuidando de un mundo en el que “las pálidas sombras de la memoria en vano luchan con la vida y la libertad del presente”.

Si vamos a cuestionar el derecho de cualquier historiador para usar un concepto de ciencia social del siglo XIX, debemos estar preparados también para cuestionar su utilización de un concepto del arte del siglo XIX.

 

Hayden V. White.
Ensayista, crítico y miembro del Consejo Editorial de la revista History and Theory. El ensayo que aquí se publica es una versión abreviada del que publicó con el mismo título, en el vol. 2, 1966, de History and Theory.

El camino de Darwin

Gran científico, estrella de la ciencia y la divulgación científica norteamericanas, Stephen Jay Gould comparte con Carl Sagan el «Don del Rey Midas» reconocido por Isaac Asimov: escribir brillantemente sobre ciencia y convertir en oro lo que toca. Gould escribe un ensayo mensual en Natural History («View of Life») y colabora en la radical Science for the People. En la década pasada fue un importante impugnador de la sociobiología y su patriarca, Edward O. Wilson. Es además uno de los más importantes paleontólogos contemporáneos. Ha escrito varios libros: Ever Since Darwin: Reflections in Natural History, Ontogeny and Phylogeny, y recientemente The Panda’s Thumb y The Mismesure of Man.

El presente ensayo, aparecido en The Panda’s Thumb (1980) es una búsqueda del verdadero origen de la teoría darwiniana, más allá de las falsificaciones que Darwin mismo, y después sus seguidores han dejado correr durante el último siglo. Para conmemorar el centenario de la muerte de Charles Darwin, nexos publica este ensayo sobre el autor de la teoría evolucionista.

Navegamos a través del estrecho lamentándonos -narra Odiseo- pues de un lado estaba Escila, con sus doce pies colgando y seis cuellos, rematados con horrendas cabezas y tres apretadas filas de dientes llenos de muerte. Al otro lado, la poderosa Caribdis sorbía el agua del mar. Al vomitarla dejaba oír un sordo murmullo, revolviéndose como una caldera sobre el fuego, y la espuma caía sobre las cumbres de ambos ‘escollos». Odiseo logró evitar con su nave a Caribdis, pero Escila atrapó a seis de sus mejores hombres y los devoró ante su vista. «De todo lo que padecí en mi peregrinaje por el mar, fue éste el más lastimoso espectáculo que jamás vieron mis ojos».

Leyendas y refranes suelen presentar en forma de parejas enemigas, falsos peligros y obligatorias disyuntivas: el fuego y la sartén, la espada y la pared. Las recetas para sortearlas exigen a veces integridad perruna -la firmeza y el rigor de los cristianos- o una mezcla de ambas ingratas posibilidades: el justo medio aristotélico. La idea de mantener un curso equilibrado entre los extremos parece la regla de oro de una vida sensata.

La índole de la creatividad científica es un tema de discusión constante, ideal por ello mismo para ejercitar la búsqueda del justo medio. Sus posiciones extremas no han competido entre sí por el favor de los incautos. Más bien han tendido a reemplazarse alternativamente: un extremo asciende cuando el otro se eclipsa.

Una, el inductivismo, sostenía que los grandes científicos son ante todo observadores cuidadosos y acumuladores pacientes de información. Toda teoría nueva e importante, decían los inductivistas, surge necesariamente de una sólida base de hechos. Es una visión arquitectónica del conocimiento: cada hecho es el ladrillo de una estructura construida sin plan previo. Cualquier discusión o reflexión sobre la teoría (el edificio ya terminado) es fatua y prematura mientras no se hayan colocado en su sitio todos los ladrillos. La visión inductivista alcanzó un enorme prestigio en la ciencia y llegó a representar una especie de posición oficial, porque se ostentaba como dueña de la total honradez y la plena objetividad, la naturaleza casi automática del progreso científico hacia la verdad final e incontrovertible. 

Como hacían notar correctamente sus críticos, el inductivismo también pintaba a la ciencia como una disciplina fría y hasta inhumana, sin lugar válido para la fantasía, la intuición y los demás raptos subjetivos implícitos en nuestra idea convencional del genio. Los grandes científicos, afirmaban los críticos del inductivismo, se distinguen más por su audacia intelectual y su capacidad de síntesis que por su tenacidad experimental o su poder de observación. Creo que estas críticas son válidas y que el destronamiento del inductivismo durante los últimos treinta años ha sido un paso necesario para la mejor comprensión del desarrollo de las teorías científicas. Sin embargo, algunos han llevado tan lejos sus críticas que han tratado de imponer una visión alternativa igualmente extrema e improductiva, que subraya la esencial subjetividad de la creación intelectual. Desde esta óptica de eureka, la creatividad es un algo inefable, sólo accesible a los genios. Llega como el rayo en medio de una tempestad, no se puede anticipar, predecir ni analizar, cae nada más sobre algunas personas especiales. A los mortales comunes no les quedan otros recursos que la gratitud y el temor reverente. (La «óptica de Eureka se refiere por supuesto, a la legendaria versión según la cual Arquímedes corrió desnudo por las calles de Siracusa gritando eureka (ílo he descubierto!), cuando el agua desplazada por su cuerpo en una tina de baño le abrió los ojos y le sugirió un método para medir volúmenes).

Ambos extremos me merecen el mismo recelo. El inductivismo reduce el genio a una serie de operaciones aburridas y rutinarias; el eurekaísmo le confiere un rango más cercano al del misterio insondable que al terreno donde podríamos comprenderlo y aprender de él. ¿No convendría unir lo mejor de ambos puntos de vista y abandonar tanto el elitismo eurekaísta como las pedestres virtudes del inductivismo? ¿No deberíamos reconocer el carácter personal y subjetivo de la creatividad, sin dejar de entenderla como un modo de desarrollar capacidades del todo comunes, desarrollo que si no podemos imitar al menos nos queda el consuelo de poder comprender?

Darwin escribió: «No tengo una idea clara sobre las fallas geológicas, las estratificaciones o las líneas que marcan los cataclismos. Tampoco tengo libros. Estoy pues obligado a arriesgas mis propias conclusiones, que suelen ser maravillosamente ridículas».

LAS CAVILACIONES DEL VIAJERO

En la hagiografía de la ciencia hay pocos santos a los que se les puedan aplicar todos estos argumentos con similar validez. Charles Darwin, santón de la biología evolucionista, ha sido presentado igual como un ejemplo probatorio del inductivismo y como un paradigma eurekaísta. Intentaré demostrar que ambas versiones son igualmente inadecuadas y que los estudios recientes sobre la odisea personal de Darwin camino a la teoría de la selección natural apoyan de hecho una explicación intermedia.

En la época de Darwin el prestigio inductivista era tan abrumador que él mismo cayó víctima de su influjo y, ya en la vejez, describió falsamente sus logros juveniles a la luz de esta teoría. En una autobiografía escrita para sus hijos con propósitos moralizantes y que nunca pensó publicar, Darwin introdujo algunos pasajes célebres que han confundido a los historiadores durante casi cien años. Al describir ahí su camino hacia la teoría de la selección natural, Darwin afirmó: «He trabajado sobre la base de auténticos principios baconianos, sin ninguna teoría me dediqué a coleccionar hechos al por mayor».

La versión inductivista de la obra de Darwin se concentra en los cinco años que permaneció a bordo del Beagle y explica su transición de aprendiz de brujo a gran jefe de la magia evolucionista como el simple resultado de sus agudos poderes de observación, aplicados al estudio del mundo en general. Así, al menos en la versión tradicional, los ojos de Darwin se fueron abriendo más y más conforme observaba progresivamente los huesos de los mamíferos fósiles en América del Sur, las tortugas y los pinzones de las Galápagos, la fauna marsupial de Australia. La verdad de la evolución y el mecanismo de la selección natural fueron deslizándose gradualmente hasta su mente, conforme Darwin discernía los hechos en el colador de la absoluta objetividad.

Las limitaciones de esta teoría pueden probarse precisamente con el que se considera su mejor ejemplo: los llamados pinzones de Darwin de las islas Galápagos. Ahora sabemos que, aunque estas aves compartían un origen común y reciente en tierra firme sudamericana, habían irradiado en un impresionante número de especies en las distantes islas Galápagos. Pocas especies terrestres logran atravesar la barrera oceánica que separa a América del Sur de las Galápagos. Pero los afortunados emigrantes que logran franquear el mar se encuentran con un mundo apenas habitado, sin los competidores que limitaban sus oportunidades en las sobrepobladas tierras continentales. De aquí que los pinzones hayan evolucionado hasta desarrollar funciones que normalmente tienen otras aves y también hagan desarrollado su famoso conjunto de adaptaciones para alimentarse: el trituramiento de semillas, la dieta basada en insectos y hasta la capacidad de asir y maniobrar con espinas de cactus para sacar a los insectos de las plantas. El aislamiento de las islas respecto a tierra firme y de las islas entre sí permitió la separación, la adaptación independiente y la especiación.

Según la versión tradicional, Darwin descubrió a los pinzones, infirió correctamente su pasado y escribió en su cuaderno de notas la famosa frase: «Aunque solamente exista una base débil para sustentar estos comentarios, valdría la pena reexaminar la zoología de los archipiélagos, puesto que tales hechos estarían minando el concepto mismo de la estabilidad de las especies». Pero como ocurre con tantas otras fábulas, desde el cerezo que Washington cortó siendo niño hasta la santidad de los cruzados, lo que ha sostenido la interpretación usual ha sido más la esperanza que La verdad histórica. Por supuesto que Darwin encontró a los pinzones. Pero no sólo no los reconoció como variantes de un tronco común, sino que ni siquiera registró las islas en donde había descubierto a muchas de estas aves. Se conformó con escribir en algunas etiquetas de sus ejemplares Islas Galápagos. Esto da al traste con la leyenda de su reconocimiento inmediato del papel del aislamiento en la formación de nuevas especies. Darwin reconstruyó la historia evolutiva de estas aves hasta su regreso a Londres, cuando un ornitólogo del Museo Británico identificó correctamente como pinzones a todos los pájaros colectados.

Tovarishch Bujarin

La célebre cita de su cuaderno se refiere a las tortugas galápagos y a la afirmación de los nativos de las islas en el sentido de que «podían decir en seguida de cuál isla provenía cada tortuga» reparando en diferencias sutiles del tamaño, la forma del cuerpo y el carapacho del animal. Pero es una afirmación de orden totalmente distinto y mucho más limitada que la referida a los pinzones, porque los diferentes pinzones corresponden a auténticas especies separadas entre sí; son en resumidas cuentas, un ejemplo viviente de la evolución. Las pequeñas diferencias que existen entre las tortugas, en cambio, no representan sino variaciones geográficas menores dentro de una misma especie. La anotación de Darwin fue un salto en el razonamiento, aunque ahora sabemos que fue válido suponer que esas pequeñas diferencias podían amplificarse hasta originar una nueva especie.

No pretendo minimizar la enorme influencia del viaje en el Beagle en la vida de Darwin. Le dio el espacio, la libertad y el tiempo necesario para reflexionar en el estilo de auto-estimulación independiente que tanto favorecía. (Su ambivalencia ante la vida universitaria y el desempeño mediocre que en ella tuvo de acuerdo a las normas convencionales, o hacían sino reflejar su insatisfacción con los curricula de sabiduría establecida). Estando en América del Sur en 1834, Darwin escribió: «No tengo una idea clara sobre las fallas geológicas, las estratificaciones o las líneas que marcan los cataclismos. Tampoco tengo libros que, diciéndome tanto, no podría aplicar a lo que ahora veo. Estoy pues obligado a arriesgar mis propias conclusiones, que suelen ser maravillosamente ridículas» Las rocas, las plantas y los animales traían hasta Darwin la duda y la incertidumbre, parteras de toda creatividad. En 1836, estando en el puerto australiano de Sidney, Darwin se preguntó por qué un Dios racional había creado tantos marsupiales en Australia cuando no había nada en el clima o en la geografía del lugar que explicara las ventajas de sus bolsas. Escribió; «He estado tirado en una playa soleada pensando lo extraño que resultan las características de los animales de este país si se les compara con los del resto del mundo. Quien se fiara sólo de sus propios razonamientos sin duda exclamaría: «Dos creadores distintos trabajaron al mismo tiempo».

Darwin regresó a Londres sin una teoría evolucionista. Sospechaba la verdad de la evolución, pero no tenía un mecanismo que la explicara. La idea de la selección natural no surgió de la lectura directa de las notas que hizo durante su viaje en el Beagle, sino de los dos años posteriores de meditación y análisis registrados en una notable serie de libretas y apuntes que han sido desenterrados y publicados en los últimos veinte años. En estos cuadernos de trabajo Darwin aparece ante nosotros probando y desechando distintas teorías y rastreando una multitud de pistas falsas, lo que descalifica su afirmación posterior en el sentido de que no hizo sino coleccionar datos con la mente en blanco. Durante este periodo leyó obras de filósofos, poetas y economistas, buscando siempre sentidos y revelaciones, lo cual conspira también contra la idea de que la selección natural nació inductivamente de sus observaciones en el Beagle. Más tarde, Darwin escribió en la tapa de uno de esos cuadernos: «lleno de metafísica sobre la moral».

La teoría de la selección natural debería ser vista como una analogía y una extensión de la economía del laissez faire de Adam Smith.

LA SENDA FALSIFICADA

Este camino tortuoso que frustra a la Escila del inductivismo ha engendrado otro mito igualmente simplista, la Caribdis del eurekaísmo. El mismo Darwin registra un eureka en su engañosísima autobiografía, al sugerir que el concepto de la selección natural fue una inspiración repentina y casual que lo asaltó luego de un año de frustración y vacilaciones:

En octubre de 1838, es decir, quince meses después de haber iniciado de manera sistemática mi investigación leí para entretenerme el ensayo de Malthus sobre la población, y como estaba bien preparado gracias a mis continuas observaciones de los hábitos de los animales y las plantas para apreciar el valor de la lucha por la existencia, inmediatamente me percaté de que bajo estas circunstancias las variantes favorables tenderían a ser preservadas, mientras que las no favorables serían destruidas. El resultado de todo ello sería la formación de una nueva especie. Aquí tenía yo, finalmente, una teoría con la cual trabajar.

Bien, pero de nueva cuenta los cuadernos del propio Darwin contradicen sus recuerdos posteriores; lo que escribió en ellos durante la época de sus lecturas malthusianas no da cuenta del menor entusiasmo. Darwin consignó en una de sus libretas su lectura del ensayo de Malthus tan sólo con una nota breve y sobria en la que no utilizó ni un solo signo de admiración. (solía usar dos o tres cuando algo le excitaba). Leer a Malthus no le hizo dejar todo y reinterpretar el confuso mundo a partir de lo leído. Lo cierto es que al día siguiente escribió una nota más extensa sobre la curiosidad sexual de los primates.

La teoría de la selección natural no fue resultado de la inducción lenta y paciente, ni de un chispazo misterioso que brotó del inconsciente de Darwin por la lectura casi accidental de Malthus. Fue el resultado de una investigación consciente y productiva, que se fue ramificando de manera ordenada, utilizando por igual conocimientos de historia natural y una impresionante cantidad de información de muchas otras disciplinas. Darwin caminó por un sendero intermedio entre el inductivismo el eurekaísmo y su genio no fue ni pedestre ni inaccesible.

Desde que se cumplió en 1959 el centenario de la aparición de El origen de las especies, se han multiplicado los estudios sobre Darwin. La publicación de sus cuadernos y la atención que varios investigadores le han dedicado a los dos años cruciales que hay entre el regreso del e y la lectura de Malthus han reforzado la teoría de ese «sendero intermedio» en la creatividad de Darwin. Dos trabajos son especialmente importantes. El primero es el libro de Howard E. Gruber, Darwin on Man, espléndida biografía intelectual y psicológica de este periodo de su vida, que recoge todos los fracasos y momentos importantes en las investigaciones de Darwin durante esa época. Gruber ha demostrado que Darwin generaba constantemente nuevas hipótesis, las ponía a prueba y las desechaba cuando no servían. Nunca, por tanto se dedicó simplemente a la acumulación de datos.

Darwin inició su trabajo con una curiosa teoría que incluía la idea de que las nuevas especies surgen para subsistir únicamente durante un tiempo prefijado. De manera gradual, pero vacilante, llegó a explicar las extinciones como resultado de la competencia en un mundo en pugna constante. No registró en sus cuadernos ningún descubrimiento jubiloso luego de leer a Malthus, por la sencilla razón de que para entonces al rompecabezas que armaba le faltaban sólo una o dos piezas.

Por otra parte, Silvan S. Schweber ha reconstruído con todo el detalle que permite la información disponible las actividades de Darwin durante las semanas previas a la lectura de Malthus. En un artículo titulado The Origin of the Origin Revisited, publicado en 1977 en el Journal of the History of Biology, Schweber sostiene que las piezas finales del rompecabezas surgieron no de hechos nuevos de la historia natural sino de los vagabundeos intelectuales de Darwin en terrenos muy distantes. Sobre todo, Darwin leyó una larga reseña de el Cours de Philosophie Positive, de Auguste Comte. Le impresionó especialmente la insistencia de Comte en que una teoría seria debía tener un carácter predictivo y ser al menos potencialmente cuantitativa. Darwin leyó después el libro de Dugald Stewart On the Life and Writing of Adam Smith, y se sumergió en la creencia, básica de los economistas escoceses de que las teorías de la estructura social debía empezar con el análisis de las acciones libres, no constreñidas, de los individuos. (La selección natural es, ante todo, una teoría sobre la lucha de los individuos por lograr el éxito en la reproducción). Llevado luego por el anhelo cuantitativo, Darwin leyó un larguísimo análisis del belga Adolphe Quetelet, el estadístico más famoso de su época. Darwin encontró ahí entre otras cosas una exposición lucida de la afirmación de Malthus sobre el crecimiento exponencial de las poblaciones y aritmético de los alimentos, lo que implica una lucha violenta por la subsistencia. De hecho, Darwin había leído en varias ocasiones esta afirmación de Malthus, pero no estuvo preparado sino hasta este momento para valorar debidamente su significado. Darwin no volvió sus ojos a Malthus por casualidad, ya sabía lo que éste decía. Podemos inferir que su «sorpresa» al leerlo vino sólo del deseo de leer en la versión original lo que ya conocía de segunda mano por la obra de Quetelet.

Al leer el minucioso relato de Schweber sobre los momentos previos a que Darwin formulara la selección natural, me impresionó particularmente la falta de influencia decisivas provenientes del campo de la biología. Sus catalizadores más próximos fueron un científico social, un economista y un estadístico. Si el genio posee un común denominador, yo diría que es la amplitud de intereses y la capacidad de establecer analogías fecundas entre las diferentes ramas del conocimiento.

Madame Lambal, aristócrata descuartizada durante la Revolución Francesa.

En efecto, la teoría de la selección natural debería ser vista como una analogía y una extensión -aunque no sé si consciente o no por parte de Darwin- de la economía del laissez faire de Adam Smith. El argumento de Smith es en esencia una visible paradoja; si se pretende una economía ordena que provea de los máximos beneficios a todos, debemos entonces permitir que los individuos luchen y compitan entre sí por las ventajas que ambicionan. El resultado final, luego de una selección apropiada que elimine a los ineficientes, será una comunidad estable y armoniosa. El orden no surge de principios predeterminados o de un mayor control, sino de la competencia natural entre los individuos. Siguiendo el libro leído por Darwin. Dugald Stewart resumió el sistema de Smith como sigue:

El plan más efectivo para hacer avanzar a un pueblo… es permitir a cada hombre que sin dejar de observar las leyes de la justicia, busque su propio interés del modo que prefiera, y llevar tanto la industria como el capital a la competencia más libre con sus conciudadanos. Todo sistema político que pretenda llevar a cierta industria una porción de capital mayor de la que la sociedad le asignaría naturalmente.. en realidad está subvirtiendo el gran propósito que intenta promover».

Como dice Schweber: «el análisis escocés de la sociedad sostiene que el efecto combinado de las acciones individuales da como resultado las instituciones sobre las que se funda la sociedad, y que esa sociedad es estable y cambiante, y funciona sin una mente que la diseña y la dirige.»

Arrancándose de la concha

Marx escribió: «Es notable la forma en que Darwin reconoce en las bestias y las plantas a su propia sociedad inglesa con su división del trabajo, competencia, apertura de nuevos mercados, la «invención» y la malthusiana «lucha por la existencia».

DARWIN ENTRE BESTIAS Y HOMBRES

Lo excepcional de Darwin no está en su apoyo al concepto de la evolución, porque muchos científicos lo apoyaron antes que él. Lo singular de su aporte es el modo en que lo documentó y el carácter novedoso de su teoría sobre los mecanismos de la evolución. Los evolucionistas anteriores a él habían propuesto esquemas poco funcionales y basados en tendencias internas de perfeccionamiento y direcciones inherentes. En cambio, Darwin propuso una teoría natural y comprobable, basada en la interacción de los individuos, (sus oponentes la juzgaron fríamente mecanicista). La teoría de la selección natural es un traslado creativo a la biología de las proposiciones esenciales de Adam Smith para lograr una economía racional: el balance y el orden de la naturaleza no surgen de una fuente suprema, externa, divina, ni de la existencia de leyes que operan directamente sobre el todo, sino de la competencia entre los individuos por obtener sus propios beneficios (en términos modernos, para lograr la transmisión de sus genes a las generaciones futuras mediante un éxito diferencial en la reproducción).

A muchas personas les alarma escuchar este argumento. ¿No compromete la integridad de la ciencia que algunas de sus conclusiones fundamentales se originan por analogía en otras ramas de la cultura y de la política más que en los datos de la disciplina misma? En una famosa carta a Engels, Marx identificó las similitudes de la selección natural y la vida social inglesa:

Es notable la forma en que Darwin reconoce en las bestias y las plantas a su propia sociedad inglesa con su división de trabajo, competencia, apertura de nuevos mercados, «la invención» y la malthusiana «lucha por la existencia», Es, como en Hobbes, Bellum omnium contra omnes (la guerra de todos contra todos).

Y sin embargo Marx admiraba profundamente la obra de Darwin. En esta paradoja aparente está la solución. Por razones que atañen a todo lo dicho aquí (que el inductivismo es inadecuado, que la creatividad requiere de holgura y que la analogía es una fuente profunda de comprensión), los grandes pensadores no pueden comprenderse si los aislamos de su entorno social. El origen de una idea es diferente a su veracidad o a su utilidad. De hecho, la psicología del descubrimiento es muy diferente a la utilidad que pueda tener. El concepto de la selección natural no deja de ser cierto porque Darwin lo haya derivado de la economía. Como escribió en 1902 el socialista alemán Karl Kautsky, «que una idea surja de una clase (social) determinada o esté de acuerdo con sus intereses, no prueba nada respecto a su validez o su falsedad». Es irónico sin embargo que el sistema de laissez faire de Adam Smith no funcione en el campo de la economía, puesto que conduce oligopolios y revoluciones y no al orden y a la armonía social, y que, paralelamente, la competencia entre los individuos parezca ser una de las leyes de la naturaleza.

Mucha gente utiliza los argumentos sobre el contexto social para convertir las grandes intuiciones en un fenómeno atribuible a la buena suerte. Según este punto de vista, Darwin habría tenido la suerte de nacer en una familia rica, de viajar en el Beagle, de vivir entre las ideas de su época, de toparse con las ideas de Parson Malthus. etc. Es decir apenas algo más que un hombre que estuvo en lugar adecuado en el momento preciso. Pero cuando conocemos su lucha personal por entender, la amplitud de esfuerzos constantes por aumentar su comprensión de sus estudios e inquietudes intelectuales, y la tenacidad de su investigación en busca de un mecanismo que explicara la evolución de los seres vivos, comprendemos por qué Pasteur afirmó que en materia científica, la diosa fortuna sólo visita a las mentes que están preparadas para recibirla.

Es irónico que el sistema de Adam Smith no funcione en la economía, puesto que conduce a oligopolios y revoluciones, y que paralelamente la competencia entre los individuos parezca ser una de las leyes de la naturaleza.

(Traducción de Miguel Angel Quemain)

DEPO-PROVERA: LA MUERTE VIAJA EN JERINGA

La controvertida inyección anticonceptiva Depo-Provera está disputándole la popularidad a la píldora en los programas de planificación familiar en todo el mundo. La droga provoca esterilidad por periodos que van de tres a seis meses, dependiendo de la dosis, y se calcula que ha sido aplicada a unos diez millones de mujeres en 80 países. La revista Mother Jones (nov. 1981 ) publicó un artículo de Stephen Minkin titulado «¿Esto es ciencia?», que denuncia los graves peligros que representa este fármaco.

En 1978, la Food and Drug Administration prohibió el uso de la Depo-Provera como anticonceptivo debido a que, en pruebas de laboratorio provocó el crecimiento de tumores malignos en las mamas de perras sabueso. Investigaciones posteriores en monas (Macaca mulatta de la India), realizadas en 1979, demostraron que el uso de la Depo-Provera implicaba también un alto riesgo de cáncer en la matriz.

La preocupación de la FDA provenía no sólo del inminente peligro del cáncer, sino también de los riesgos de los efectos secundarios de la droga en hijos de mujeres que la han recibido durante el embarazo, y que van desde el crecimiento anormal del pene y la vagina hasta la posibilidad de que desarrollen cáncer posteriormente. Además, las mujeres sometidas al tratamiento se quejan a menudo de depresiones, pérdida de la libido y anormalidades en el sangrado menstrual, médicamente clasificadas como «caos menstrual».

No obstante, los fanáticos del control natal insisten en la seguridad y bondades de la Depo-Provera, y la corporación norteamericana Upjohn evade la prohibición de la FDA manufacturándola en Canadá y Bélgica, desde donde la exporta a otros países (ver «Los mercaderes de la muerte», Contextos, núm. 11, octubre de 1980, y «The Corporate Crime of the Century», Mother Jones, noviembre de 1979)

La Depo-Provera fue creada como paliativo para el cáncer uterino. Como tal es efectiva y sigue usándose, tanto en Estados Unidos como en otros países. (La droga ayuda a mitigar la violencia de la enfermedad en mujeres que la padecen; en mujeres sanas puede provocarla.) La polémica surgió al descubrirse sus cualidades anticonceptivas a principios de los sesenta. Después de 20 años y aun cuando no hay ya duda de que su uso como anticonceptivo es peligroso, la Organización Mundial de la Salud (OMS) la sigue recomendando.

Minkin relata cómo dos acérrimos defensores de la droga, los doctores Potts y McDaniel, intentan validarla a través de un estudio «científico» en mujeres tailandesas.

El doctor Malcom Potts fue director de la International Planned Parenthood Federation, organismo internacional encargado del control de la población, entre 1969 y 1978. Como tal, fue responsable de la distribución masiva de la Depo-Provera en el Tercer Mundo en esos años. Hoy en día dirige el Programa Internacional de Investigaciones sobre Fertilidad (PIIF). Este organismo es, según Minkin, el que mejor muestra los vínculos que existen entre las corporaciones productoras de anticonceptivos, interesadas en expandir sus mercados por el mundo, y la política exterior norteamericana que, a través de sucesivos gobiernos, ha puesto un énfasis exagerado en la amenaza que representa la sobrepoblación del Tercer Mundo para su seguridad nacional, sus intereses comerciales y el mantenimiento de la oferta de materias primas criticas. El PIIF fue fundado por la Agencia Internacional para el Desarrollo (AID) y ha recibido de ella, así como de otras agencias del gobierno, otros organismos que trabajan en la misma rama y algunas compañías productoras de anticonceptivos (Upjohn entre ellas) alrededor de 31 millones de dólares.

Los estudios realizados con Depo-Provera por la FDA, los cuales respetan el principio toxicológico que establece que las drogas deben ser probadas por lo menos en dos especies animales distintas, y sus resultados alarmantes, no parecen convencer al doctor Potts, quien argumenta que la inyección debe ser aplicada 3 millones de mujeres a lo largo de varias décadas antes de que sus efectos carcinógenos puedan ser juzgados. No obstante, los resultados en los primates tratados inquietaron al mundo entero. El gobierno de Filipinas, por ejemplo, dio aviso al Fondo para las Actividades sobre Población de la ONU de que iba a interrumpir sus programas con Depo-Provera definitivamente, y el Comité sobre Población de la Casa Blanca calificó esos mismos resultados de «alarmantes».

EN TAILANDIA TAMBIÉN SE MUERE

El doctor Edwin McDaniel, director del Departamento de Ginecología y Obstetricia del hospital de la provincia de Chiang Mai, introdujo el uso de la Depo-Provera en Tailandia en 1965. Es responsable, por tanto, de la aplicación de la droga a más de 100 mil tailandesas. Ha declarado, incluso, que la Depo-Provera es «una de las drogas más seguras y extraordinarias que han aparecido en el mundo en años recientes.»

McDaniel nació en Estados Unidos en el seno de una familia de tradición médico-misionera, pero llegó a Tailandia siendo muy pequeño. Después de utilizar, con pobres resultados, los métodos disponibles a principios de los sesenta (diafragmas y preservativos), introdujo el dispositivo intrauterino (DIU) en 1963. Pero sus complicaciones llevaron al misionero a buscar técnicas más efectivas. Por fin, unos años más tarde, dio con la Depo-Provera. Sus resultados inmediatos lo sorprendieron tanto que desde mediados de los sesenta ésta ha sido la alternativa más socorrida de los programas de planificación familiar en Tailandia.

Poco después del escándalo de las pruebas en los primates, Potts se puso en contacto con McDaniel para tratar de llegar a un acuerdo con él acerca de la realización de un estudio sobre el uso de la Depo-Provera como anticonceptivo en Chiang Mai. Antes de viajar a Tailandia, Potts había conseguido datos que registraban los casos de 60 mujeres de esa provincia que habían sido hospitalizadas por cáncer en el endometrio entre 1973 y 1978. Cuál no sería su sorpresa al descubrir que la mayoría de esas mujeres eran lo suficientemente jóvenes como para haber sido inyectadas con Depo-Provera. El patrón estadístico normal muestra que el cáncer en el endometrio se presenta en general en mujeres de edad avanzada. Potts confiaba en que los casos estarían dentro del patrón.

A pesar de la importancia que tenía determinar cuántas de esas mujeres habían sido inyectadas con la droga, ni Potts ni McDaniel lo hicieron. Para salir del atolladero los científicos decidieron reducir la muestra original. El procedimiento que siguieron fue el siguiente: 11 de los casos no fueron reportados, por lo que en el informe se dijo que sólo 49 mujeres fueron hospitalizadas por cáncer en la matriz en esos cinco años. Otros 12 casos fueron eliminados al no haberse encontrado los reportes patológicos correspondientes, y a pesar de que existían evidencias de tratamiento de la enfermedad otros 10 casos fueron desaprobados por presentar reportes patológicos «negativos», aunque Minkin señala que fueron descartados porque no llegaron a tiempo para el estudio: 11 casos más porque las mujeres provenían de otras provincias.

De los 16 casos restantes cuatro fueron desechados por tratarse de mujeres de más de 60 años; otro por ser el de una mujer que nunca se había casado ni tenido hijos; una más porque la enferma había dado una dirección falsa; el último por ser de una mujer que se había mudado a un lugar remoto. Del número total sólo quedaron nueve mujeres y, casualmente, ninguna de ellas había sido inyectada con Depo-Provera. De este modo se concluyó que el anticonceptivo puede y debe usarse masivamente y por periodos prolongados. Una conclusión que afecta la seguridad de millones de mujeres en el mundo.

Los resultados del estudio se tradujeron en la redacción de un documento titulado «La Depo-Provera y el cáncer en el endometrio humano». Sus consecuencias fueron el uso mayor de la droga y el abuso en su distribución. En un campo de refugiados camboyanos, por ejemplo, se premiaba con un pollo a las mujeres que aceptaban la inyección. En otro campo de refugiados, en Campuchea, el uso de la droga era en 1980, según un informe de la Cruz Roja, obligatorio.

Tampoco debe creerse que el acuerdo con los resultados del PIIF es total. Hay científicos que están en franco desacuerdo con ellos. El doctor Colin McCord, por ejemplo, siendo consejero técnico de la ONU, advirtió al gobierno de Bangladesh que su campaña con Depo-Provera podía resultar en una epidemia de cáncer uterino en 10 ó 20 años.

OTRA VEZ MALTHUS

Hay una cuestión que se le va a Minkin y que es importante destacar. En los países pobres, con poblaciones rurales mayoritarias, los hijos de los campesinos no siempre representan una carga para las familias. Son, por el contrario, importantes contribuyentes para el sostenimiento de las mismas. Al respecto, Maaza Bekele, jefe del Departamento de Servicios Sociales de la Comisión de Planificación de Etiopía, decía en 1973: «es utópico esperar que madres africanas sumamente pobres y laboriosas -muchas próximas a la muerte sin haber cumplido los 35 años- vayan a limitar el número de sus hijos, cuando de cada tres o cuatro sólo sobrevive uno». Esta, entre muchas otras, es una de las razones de la resistencia a los programas de planificación familiar en las zonas rurales, así como de su éxito relativo en las comunidades urbanas de los países subdesarrollados. No es muy diferente lo que ocurre en México.

Las ideas de Malthus han sido refutadas cientos de veces. Parece por ello necio señalar a estas alturas que existen en el mundo no sólo recursos naturales suficientes para alimentar a toda su población, sino también posibilidades técnicas y económicas para hacerlo. El hambre en el mundo proviene de la inequitativa distribución de esos recursos y posibilidades, no del desequilibrio entre éstos y sus pobladores.

La historia muestra, además, que la disminución en el crecimiento de la población resulta del mejoramiento de las condiciones de vida: mayores ingresos, menos pobreza y más educación. En tales condiciones la planificación familiar es voluntaria. La liberación económica y cultural de la mujer la llevarán a decidir cuándo y cuántos hijos quiere tener.

Por todo esto, resulta lógico para los países desarrollados atribuir el atraso de los subdesarrollados, así como su inestabilidad social y política a la explosión demográfica. El deseo obsesivo de extender los programas que buscan el control del crecimiento de la población es un recurso que oculta el verdadero problema: que la miseria y el atraso de grandes masas de la población de los países subdesarrollados tienen su raíz en la inequitativa distribución de los recursos naturales, técnicos y económicos, tanto nacional como internacionalmente. El subdesarrollo no se cura con anticonceptivos.

Silvia González de León

DARWIN: CASARSE O NO

Las notas que siguen fueron hechas a mano por Charles Darwin, al vuelo y a lápiz, sobre dos hojas sueltas, la primera de ellas viene en una carta que le dirigieron al propio Darwin mientras vivía en la calle Great Marlborough 36. Por tanto la redacción de las notas debió ser hecha entre los años 1837 y 1838. Darwin se casó con Emma Wedgwood el 29 de enero de 1839. No se sabe cómo es que estos razonamientos de la juventud de Darwin escaparon a la destrucción. ¿Acaso cayeron en manos de la misma Emma? La primera nota dice:

CONSIDERACIONES

si no me caso viajaré ¿Europa? ¿América?

Si viajo será por razones exclusivamente geológicas: Estados Unidos-México.

Todo depende de la salud y el vigor y de en qué medida me vuelvo más zoológico. Y si no viajo, trabajo en la transmisión de las Especies: microscopio, formas más simples de vida. ¿Geología? ¿Formaciones más primitivas?

Algunos experimentos: observaciones fisiológicas de animales inferiores.

B). Vivir en Londres (¿dónde más?) en una casa pequeña cerca de Regents Park. Tener caballos, hacer viajes en el verano para coleccionar especímenes y clasificarlos como zoólogo: especular como geógrafo: trabajos generales de geología y especificación de rango. Sistematizar y estudiar afinidades.

MONGO

CONSIDERACIONES

Si me caso: significaría estar limitado. Sentir el deber de trabajar para hacer dinero. La vida en Londres: sólo contacto con la sociedad; nada de campo, nada de viajes, poca zoología: nada de recolectar, nada de libros. Profesorado en Cambridge, sea de geólogo o zoólogo: cumplir con todos los requisitos. No podría hacer buenas sistematizaciones zoológicas.

Pero mucho mejor que hibernar en el campo. Mucho mejor incluso que vivir en una casa de campo cerca de Londres. No podría tomar indolentemente una casa de campo para no hacer nada ahí. ¿Podría vivir en Londres como un prisionero? Si fuera moderadamente rico viviría en Londres, en una casa grande y hermosa y donde podría hacer lo que dije en el punto (B) -¿pero podría hacer lo mismo pobre y con hijos? No. Entonces lo mejor seria vivir en el campo cerca de Londres. Pero habrían grandes obstáculos para la ciencia, además de la pobreza. Entonces lo más conveniente es el profesorado en Cambridge- y hacerlo lo mejor que se pueda -cumplir ahí con el deber y luego trabajar en mis cosas en los ratos libres. Mi destino será el profesorado en Cambridge o la pobreza los suburbios de Londres- alguna placita cerca etc. -y trabajar lo mejor que pueda.

Me da más placer la observación directa y no podría hacer las cosas como Lyell, corrigiendo y añadiendo nueva información a material ya estudiado, y no sé qué linea de investigación puede seguir un hombre atado a Londres.- En cambio, en el campo, observaciones y experimentos sobre animales inferiores, y mucho más espacio…

La segunda nota se titula: He ahí el dilema.

CASARSE

Hijos (si Dios quiere) y compañía constante. Una amiga en la vejez que se interesará en uno, persona para ser amada y para divertirse con ella -mucho mejor que un perro de cualquier modo Un hogar y alguien que cuide de la casa: encantos musicales y parloteo femenino. Estas cosas son buenas para la salud. Obligado a hacer visitas y a recibir amistades pero una pérdida terrible de tiempo.

Dios mío, es intolerable pensar que uno tenga que pasarse trabajando toda la vida, como una abeja obrera, trabajando y nada más. No, eso no funciona.

Imaginarse viviendo solitariamente todo el día en una casa del Londres sucio y lleno de humo. Nada más imaginate a una esposa dulce y agradable sentada en un sofá junto a un buen fuego, y tú con libros y tal vez oyendo música -compara esta visión con la realidad opaca de la calle de Great Marlboro, Cásate- Cásate- Cásate.

Q.E.D.

NO CASARSE

Nada de hijos, nada de segunda vida, nadie que cuide de uno en la vejez. -Qué caso tiene trabajar sin la compañía de los amigos cercanos y queridos- lo siguen siendo en la vejez, a menos de que uno sea pariente de ellos. Libertad de ir a donde uno quiera -Posibilidad de elegir la sociedad y de hacer poquísima vida social. Conversación con hombres inteligentes en los clubes. No tener la obligación de visitar a los parientes, ni de celebrar a fuerzas los chistes que hagan -tener el gasto y la preocupación de los hijos- tal vez pleitos.

Pérdida de tiempo -no poder leer en las tardes- obesidad y pereza -ansiedad y responsabilidad- contar con menos dinero para comprar libros etc. -Si vienen muchos hijos, obligación de ganar el pan.- (Pero es muy malo para la salud de uno trabajar demasiado).

A lo mejor a mi esposa no le gustará Londres, y entonces el veredicto es: destierro y degradación con un tonto indolente y perezoso…

En el reverso de la página viene el siguiente resumen:

Una vez que ha sido probada la necesidad de casarse -¿Cuándo hacerlo? Tarde o Temprano. El gobernador dice que pronto porque de otro modo estaría mal tener hijos siendo más grande- de joven el carácter es más flexible -los sentimientos de uno son más vivos, y si uno no se casa pronto uno se pierde muchísimo de pura felicidad-.

Pero qué tal si me caso mañana; habría una infinidad de problemas y gastos para conseguir y amueblar una casa, pleitos porque no se hace vida social, llamadas por la mañana, torpezas, pérdida de tiempo todo el día (cuando no estaba junto a uno, la esposa era un ángel y hacía que uno se mantuviera laborioso). Entonces cómo podría manejar todos mis asuntos si me viera obligado a caminar junto a mi esposa todos los días. íEheu!! Nunca conocería Francia, nunca iría a América ni me subiría a un globo, ni haría un viaje solitario a Gales -pobre esclavo, vas a estar peor que un negro- y luego la horrible pobreza (cuando no estaba junto a uno la esposa era mejor que un ángel y además tenia dinero). Pero no te preocupes muchacho: arriba el ánimo, uno no puede hacer una vida solitaria, con una vejez vacilante, muerto de frío y sin amigos y sin hijos, sin más cara para ver que la de uno mismo todo el tiempo, y ya empezando a arrugarse. No te preocupes, confía en la oportunidad, sólo sigue atento: hay muchísimos esclavos felices-

BULATOVIC-VIB: LA GRAN LIMPIEZA

Vlada Bulatovic-Vib, yugoslavo, periodista y satirista, es un escritor muy conocido en su país. Nació en Kragujevac, Servia, en 1931. Ha publicado cuatro libros de cuentos y aforismos. Colabora semanalmente en el diario yugoslavo Politika, y ahí publica por lo general sus prosas y decires sobre la vida cotidiana y la política yugoslavas. Los ejemplos que presentamos aquí vienen en su libro Veliko Spremanje («La gran limpieza»), publicado por la editorial Prosveta de Belgrado en 1971.

(Nota y traducción de Mirjana Tomic)

AFORISMOS

Me critican porque juego con las palabras. Tomaré su, ejemplo, jugaré con la gente.

. Ni siquiera con las cartas soy el primero. Alguien ya las abrió.

. Todo lo que prometieron al pueblo, el pueblo lo hizo posible para que ustedes lo tengan.

. Aquí hay una combinación: la pobreza legal y los millonarios ilegales.

. ¿Por que me dicen a mi que el papel de la clase obrera es insuficiente?

. ¿Por qué no se lo dicen a los directores que reparten los papeles?

. Es muy fácil meter las manos en el bolsillo de un obrero. Sus manos están siempre ocupadas.

. Tengo tantas ganas de llorar cuando suben los precios, como de reírme cuando lo justifican.

. Algunos comunistas son como papas, rojos por fuera y blancos por dentro.

. Los incapaces tienen la capacidad de incapacitar a los capaces.

. A cada quien según sus capacidades… pero antes hay que satisfacer a los incapaces.

. Mientras haya pobreza, cualquier riqueza es injusta -dijo la abeja. No puedes decir eso sin un análisis serio- dijo el

zángano.

. Después de la ola de enriquecimiento, llega la marea de moralismo.

. Es fácil comprobar el origen de sus ideas. Tenemos a Marx. Pero, ¿cómo comprobar el origen de su propiedad?

. Primero, el socialismo estaba en contra de las diferencias sociales. Ahora, las diferencias sociales están en contra del socialismo.

. Usted consume más allá de sus posibilidades. Encantado de conocerlo. Entonces, usted es el que gasta mis posibilidades. 

. «Nosotros necesitamos a los hombres de hierro». «Así es» dijo la corrosión toda contenta.

. Cuando estoy a punto de rezar a Dios, Dios cambia.

. No entiendo a los directores de teatro cuando dicen que no

hay comedias nacionales.

. Le criticaron al panadero que no era patriota. Todo el día se quedó sosteniendo la bandera, pero no hubo pan.

. Una vez, nosotros, ciudadanos, gritábamos los slogans y el gobierno nos miraba. Ahora, el gobierno grita los slogans y nosotros miramos.

. Una persona tan roja, y un comportamiento tan pálido.

. Cuando el clavo inclina su cabeza no se puede usar. Cuando el hombre inclina su cabeza, entonces sí se puede usar.

. Un cobarde no levanta la mano en una reunión para, defenderle. La guarda para decirle que lo siente mucho, después de la reunión.

. En las inundaciones algunos ven su oportunidad para volverse almirantes.

. El misántropo sueña todas las noches con un Aquiles de talón grande.

. En el bosque: una casa; en la casa: un Mercedes; en el Mercedes; un hombre; en el hombre: un corazón; en el corazón: el amor por la clase obrera.

. Llegaron los tiempos en que los muebles tienen estilo pero los dueños no.

EL DIRIGENTE Y SU TRADUCTOR

Reunión. Yo estaba sentado y escuchaba. Hablaba uno de los dirigentes. Dijo algunas palabras, luego se calló y se sentó. Se levantó un compañero que estaba sentado a su lado y que estaba apuntando algo.

-El compañero dirigente dijo lo siguiente…

El dirigente esperó a que el compañero terminara lo suyo, y luego continuó su discurso. Cuando terminó, se sentó y el compañero de los apuntes se levantó y dijo:

-En la segunda parte del discurso el compañero dirigente dijo…

Jalé la manga del saco de mi vecino y le pregunté:

-¿Conozco al primero, este es el compañero dirigente, pero quién es el otro?

-Este otro es su traductor.

-¿Traductor de qué idioma ?

-Traductor del idioma materno.

Iba a decir algo en el idioma materno a mi vecino, pensando que se estaba burlando de mi, pero él me miró seriamente y me dijo:

-Hombre, usted está muy atrasado. Usted no conoce la nueva manera de comunicarse con las masas. El dirigente no tiene que ser muy claro en sus discursos. En sus discursos, uno no debería entender las cosas en términos de blancas o negras. El compañero dirigente tiene que quedarse un poco al lado y no tiene que explicar nada. Para eso está el traductor. Si alguien quiere cuestionar sus palabras, él siempre puede decir:

-Yo no dije eso, el traductor no me entendió bien.

REVERENCIA

Hace una semana que no hago reverencias. Me han robado la alfombra que usaba para reverenciar. Antes, reverenciaba todas las mañanas y decía: yo amo este país, sus montañas, sus valles, sus ríos, sus mujeres y sus niños. Diciendo esto mi cabeza bajaba espontáneamente hacia la alfombra.

Luego, reverenciaba otra vez porque me amaba el socialismo.

Otra vez: una reverencia para mi honestidad.

Hacía reverencia para que ustedes no me notaran. Así, reverencio todas las mañanas. Reverencio porque hay personas a quienes les gustaría reprenderme porque no les hice reverencia.

Existe la gente que espera un terremoto político para marcarme a mí como un compañero al que hay que derrumbar.

Exite gente que hace reverencias sobre alfombras finas a sus superiores para luego poder quitar las alfombras a sus inferiores.

Tanta gente hace reverencias.

Uno reverencia porque su curriculum es muy corto, otro porque no le garantía que le quitaran sus privilegios, el tercero reverencia por los reconocimientos, el cuarto porque tiene miedo de los complots.

Reverencian también aquellos que reciben reverencias.

MONGO

Hoy, cuando me puede sin la alfombra, se me ocurrió hacer una pregunta a mi patria: ¿cómo te parezco cuando no hago reverencias?

Según lo que noto, la patria está tranquila. Las montañas no se mueven, los ríos no fluyen contra la corriente. Y yo entendí que mi cabeza no estaba hecha para reverencias.

NOS PUEDE PASAR UNA ESTUPIDEZ, DIGO

En una reunión, hace muchos años, muy tarde en la noche, durante el debate un compañero decía que los comunistas no deberían ser gordos.

La mayoría se reía mientras que la minoría no entendía.

Hoy, yo hago la pregunta: ¿puede ser estúpido un comunista?

Ustedes se ríen, pero la pregunta es seria.

Hay comunistas que creen que un comunista no puede ser estúpido, y que no puede cometer estupideces.

Cuál de las dos corrientes es más incorrecta: la que sostiene que uno termina con las estupideces cuando llega a ser comunista, o la que dice que uno deja de ser comunista cuando empieza con las estupideces.

Sugiero que se introduzca el derecho a la estupidez. La gente no perdería la cabeza preocupándose por comprobar que la estupidez no es estupidez.

El comunista puede cometer estupideces, pero no puede convertirlas en canciones.

De un comunista se espera que reconozca la estupidez.

Se ha acostumbrado, sin embargo, a que le den reconocimientos para las estupideces.

TIOSAV Y FÁBRICA

(Guión para un documental)

Las nubes rodean al pueblo K.

Los campesinos salen de las casas en calzones largos.

Sus caras son sombrías.

La cámara se levanta hacia las nubes. Las nubes son sombrías. 

Se oye la voz del locutor:

-¿De dónde flotasteis vosotras, las nubes sombrías? ¿Para qué estáis aquí? íDispersaos inmediatamente!

La cámara enfoca al director y a su esposa. Mueven las manos blancas: están dispersando las nubes.

Mientras tanto el asistente de dirección está corriendo detrás de un cerdo.

El cerdo está en frente del micrófono. Gruñe especialmente para los espectadores. (La intención es hacer una película naturalista.)

Las nubes sombrías se dispersan. Música: «Requiem».

Los campesinos se acercan al micrófono. Luego aparece el director. Toma el micrófono y dice:

-Compañeros campesinos, el micrófono es de ustedes.

Los campesinos se limpian la boca con el pañuelo y hablan. Un campesino con la cabeza enorme dice:

-Me llamo Tiosav. Desde hace muchos días estoy comiendo los pimientos y pensando en la fábrica.

Las chimeneas echan humo.

El locutor dice:

-Este humo atrae irresistiblemente al olfato del hombre trabajador.

El humo se levanta, y las fosas nasales se ensanchan.

La cámara se voltea hacia un barda. Allí está escrito con caligrafía infantil: BASTA CON ESTA VIDA CAMPESINA – QUEREMOS HUMO.

La película dura unos veinte minutos. Otros cincuenta campesinos tienen que hablar.

La película se vuelve dramática. Los personajes se quitan la ropa campesina.

Se lavan los pies.

El director aparece otra vez y pregunta al campesino Tiosav:

-Perdón, ¿para qué necesitan la fábrica?

Tiosav sopla al micrófono:

-Me acuerdo cuando era niño, antes de la guerra, mi padre me llevaba a las ferias y me preguntaba: «¿Qué quiere, mi hi jo, que le compre su papá?» «Quiero una fábrica», decía yo. Pero mi padre se murió.

El locutor habla después de Tiosav.

-Hoy en día todos podemos cumplir nuestros deseos. Este campesino está reviviendo su niñez. Cumplámosle su deseo a este gran niño.

La película se vuelve una película animada. La fábrica cae del cielo. La chimenea de la fábrica echa humo.

CÓMO SEPARARSE DEL PUEBLO

Los elegidos tenía una cosa en común: todos trabajaban para el pueblo.

Esto es una lógica atrasada.

Por eso es que aquí trataremos de explicar la técnica de la separación del pueblo.

La primera regla es la siguiente: trabaja y mira al pueblo. Cuando te das cuenta que el pueblo te estorba, deja de mirarlo.

Existen varias maneras de separarse del pueblo. Por ejemplo:

FISICAMENTE: o mandas el pueblo a las montañas o conquistas las montañas.

MORALMENTE: compruebas que el pueblo peca cuando no se da cuenta de que tú nunca cometes errores.

MENTALMENTE: tratas de ser clínicamente aburrido, y el pueblo llena las clínicas (neuróticas).

PERSONALMENTE: tú eres la persona y los demás son las tarjetas de identidad personales.

CAZADORAMENTE: tú disparas y el pueblo lleva las cuernas.

METEOROLOGICAMENTE: tú te quedas en las nubes y esperas que el pueblo quede agradecido por la lluvia.

INTELECTUALMENTE: tienes que progresar tanto como para que los intelectuales te estorben.

La última regla; tienes que olvidar que el pueblo no se puede separar de ti

HORMIGAS Y CIEMPIÉS

La hormiga se despertó bajo las patas del ciempiés. Miró y notó cincuenta pies del lado izquierdo y cincuenta pies del lado derecho. Toda una hilera de pies. La hormiga trató de escaparse de las hileras de pies, para dirigirse hacia una migaja, cuando de repente los pies 33 y 83 le cortaron el camino.

-¿A dónde vas?- preguntó secamente el ciempiés.

-Al futuro- dijo la hormiga.

-Al futuro puedes llegar solamente atravesando las hileras de pies. Cuando llegues al final de las hileras, allá donde está mi centésimo pie, encontrarás el futuro. El camino no te aburrirá. Te tocarán la música militar. Cuando te canses podrás descansar en uno de mis pies, el que tú escojas.

-¿Pero si yo no quiero?

-Te daré cien patadas.

-¿Usted piensa que así se puede llegar más rápido al futuro?

-Tú sigue el ciempiesismo llegarás.

-Pero yo soy hormiguista.

-El hormiguismo es una teoría demasiado lenta. ¿Cómo podrás llegar al futuro, tú, hormiguista, con sólo seis pies ?

-Déjame. Llegaré como pueda.

-No, no te voy a dejar. Te voy a ayudar. Te injertaré otros 94 pies.

-Para qué necesito tantos pies. Yo soy hormiga, no soy ciempiés.

-El ciempiés es un modelo más bonito. Tú serás ciempiés. Ya no tendrás reuma.

Los pies impares de ciempiés agarraron a la hormiga y le empezaron a injertar los pies de madera. Sus verdaderos pies ya no tenían espacio y lentamente se empezaron a caer.

La hormiga trató de caminar, pero no podía cargar tanta madera.

Estaba sin sus pies. Sin embargo, la pasaba muy bien. El ciempiés le mandaba regularmente las invitaciones para los bailes. Allí tocaba la música militar.

UMBERTO CERRONI: LOS INTELECTUALES, EL ESTADO Y ESAS COSAS

NEXOS ¿Cuál es a su juicio la relación entre la vida intelectual y la vida política?

Cerroni: La sociología ha dado demasiada importancia al papel social del intelectual como reacción contra la tradición filosófica que lo considera sólo bajo el perfil de la producción teorética de las ideas. La filosofía clásica subraya el carácter autónomo e independiente de la producción de las ideas, ignorando que las ideas siempre son producidas dentro de relaciones sociales especificas; por su parte, al subrayar unilateralmente el papel social de los intelectuales, la sociología ha menospreciado el otro aspecto, es decir, que la actividad intelectual no es sólo una actividad social sino también una actividad científica, teórica, teorética o pura. La relación entre el intelectual y la política es doble: entre los intelectuales y la política primero, y luego entre la política y la vida intelectual. En lo primero, los intelectuales no pueden ignorar la importancia que tienen las relaciones sociales en la producción de las ideas y por lo tanto es preciso abandonar la tradicional concepción del intelectual como «el sabio», el separado, «el rabino o sacerdote laico» que se siente más allá de la masa, habitante de una torre de marfil. Pero si ponemos atención en el segundo aspecto, es decir, en la relación entre la política con la vida intelectual, hay que agregar que la política no debe seguirse pensando como cuestión separada de la cultura y de la ciencia. El intelectual tradicional debe sentirse involucrado en la lucha civil y política, y el político debe sentirse involucrado en el desarrollo cultural y científico y no creerse el principio del fin de la cultura y de la ciencia, sólo porque tiene en sus manos la posibilidad de maniobrar la palanca del poder. La ciencia debe tomar en cuenta las relaciones políticas, la producción intelectual no puede seguir ignorando un mundo cuyas ramificaciones llegan a los ambientes y a los problemas intelectuales más refinados y en apariencia más lejanos; pero el político tampoco puede seguir eludiendo la necesidad de dirigir seria y responsablemente una política tan compleja como la moderna, sin profundizar en el conocimiento científico del mundo en el cual quiere operar En lo sucesivo tendrá que darse tiempo para estudiar, discutir o al menos escuchar en manera seria, continua, permanente y no instrumental, las indicaciones de la ciencia.

LA IDEOLOGÍA COMO TRIBUNAL

NEXOS Con frecuencia se habla del concepto de ideología como una forma propicia para explicar fenómenos específicos de una determinada realidad religioso, jurídica, filosófica, etc. ¿No seria más correcto referirse al concepto de cultura?

U.C.: Sobre el concepto de ideología se han producido muchos equívocos y confusiones, sobre todo en la tradición marxista. Por ejemplo: es cierto que con frecuencia Marx define a Smith y Ricardo como pensadores burgueses. A pesar de eso los estudió a fondo e incluso partió de muchas de sus formulaciones; cuando tuvo que deslindarse y atacar toda una serie de concepciones que aquellos sostenían, lo hizo con argumentos científicos, no a partir del hecho de que fueran burgueses. Sin embargo, se ha vuelto una costumbre decir que Marx no siguió a Smith y Ricardo porque eran burgueses, en lugar de decir que los consideraba burgueses por su incapacidad para explicar científicamente ciertas contradicciones. Se ha llegado en esto a extremos increíbles: en ciertos sectores llega a decirse que Smith es un burgués, sobreentendiendo que por esta razón no debe estudiársele. Si éste es el sentido de una caracterización ideológica, entonces es necesario rechazarla. Ciertamente Smith es un «burgués» desde el punto de vista social, ¿pero no lo era también Marx? Si se dice que Marx tuvo una evolución política e intelectual diferente a la de Smith, es esa diferente evolución la que debe considerarse. O sea, resulta necesario abandonar este tipo de consideraciones externas que sólo han servido para etiquetar pensadores y convertirlos en una especie de chivos expiatorios. En el fondo son sólo una evasión a un debate crítico serio y científico. El concepto de ideología puede tener una connotación sumamente negativa si se usa en este sentido. En todo caso es más justo adoptar los conceptos de cultura y de ciencia para decir que en esas zonas hay formas que históricamente resultan limitadas; sin duda muchas de las afirmaciones de Aristóteles en La política deben considerarse históricamente limitadas, en el sentido de que no van más allá de los horizontes de la sociedad esclavista tal y como se daba en la Grecia antigua. Pero no es ni justo ni exacto decir que por este motivo Aristóteles no tiene importancia para nosotros: Hay muchas afirmaciones aristotélicas que aunque fueron formuladas en una sociedad esclavista, hoy siguen teniendo validez. Por ejemplo, la estética de Aristóteles ha tenido un gran resurgimiento en Italia y se ubica en los orígenes de las nuevas teorías estéticas del mundo moderno. También logró ver la teoría del valor en términos tales que hasta Marx tuvo que citarlo en el primer tomo de El Capital.

Lo que importa observar en los pensadores no es tanto el hecho de si logran o no sustraerse, en ciertos aspectos de sus elaboraciones a las determinaciones del ambiente histórico en que viven; lo importante es aclarar tales aspectos. Hay casos en que los pensadores han logrado salvar las determinaciones sociales, lo cual es perfectamente posible porque la ciencia no tiene ningún condicionamiento social a no ser en el objeto; al margen de su origen social, el cometido laico del científico es infinito y está ligado precisamente a esta capacidad sin confines del pensamiento humano de pensar todo sin ninguna inhibición.

LA DEMOCRACIA DURADERA

NEXOS ¿Cuáles serían las características que están marcando el desarrollo del Estado? ¿Que diferencias pueden observarse en la evolución reciente del Estado latinoamericano y del Estado europeo?

U.C.: El tipo de Estado que se está desarrollando en occidente y particularmente en los países desarrollados, se caracteriza por dos elementos fundamentales: primero por la necesidad de una coordinación global de todos los mecanismos de la reproducción social y económica por parte del poder político: una especie de integración entre la vida económica y la vida política; el segundo elemento es que esta dirección política global de los mecanismos de la reproducción social no puede ser llevada a la práctica sin tomar en cuenta los principios fundamentales de la democracia política, es decir el sufragio universal, la libertad política y los derechos civiles del individuo. Son elementos que tienden a contradecirse. La dirección global de la sociedad por parte del Estado exige una celeridad y una capacidad de intervención que según algunos no es compatible con la lentitud de los procedimiento democráticos; para dirigir al conjunto de la sociedad no falta quien juzga necesario limitar la participación política y las exigencias de la sociedad civil. Esta es una situación clave en la evolución más reciente del Estado moderno en Occidente. Italia, y en general toda Europa occidental, introducen en esta tendencia un hecho muy importante que por lo general no es justamente evaluado: por su gran tradición histórica, cultural y civil hay en estos países una reacción profunda de la sociedad a la proclividad al «dirigismo» estatal mediante la limitación de la participación y el creciente proceso de apatía y manipulación de las masas.

Una diferencia fundamental entre el mundo latinoamericano y el europeo se manifiesta claramente en este último elemento, que me parece ausente o que por lo menos se desarrolla con mucha lentitud en América Latina. Me refiero a la importancia que tiene el mecanismo de la libertad política y de los derechos civiles para el logro de la transmisión de la voluntad y la soberanía popular. En los lugares donde hay dictaduras, como en la mayoría de los estados latinoamericanos, no sólo falta este mecanismo de designación, sino que a veces ni siquiera las fuerzas de oposición logran ver con claridad que la democracia que es necesario reconstruir después de las dictaduras no debe limitarse sólo a este mecanismo de designación de los gobernantes, sino que debe ser todo un sistema de libertad permanente que garantice la transmisión de la voluntad y de la soberanía popular. A veces se piensa que es imposible lograr una democracia duradera, y que el estrecho grupo gobernante debe ser sustituido por otro, quizás de signo político diverso pero igualmente estrecho. Esto es un grave error, dificulta la integración de un amplio consenso favorable al desarrollo político, e impide que progrese una cultura de la democracia y que se arraigue entre las grandes masas.

Europa conoce también este problema y lo ha afrontado sobre todo en el pasado, aunque no se puede pensar que haya desaparecido por completo; en efecto, en Europa es cada vez más difícil instaurar el autoritarismo con métodos tradicionales como los golpes de estado u otros de carácter fascista, pero es también cierto que la democracia se ve constantemente amenazada. ¿Como evitar esta amenaza? ¿Cómo asegurar y garantizar la democracia política en Europa?; ¿Y como ha sido garantizada al menos en lo que se refiera a Italia durante los últimos diez años o quince años? Sólo hay un camino: la participación de la grandes masas trabajadoras, su confianza en la democracia política; si en Italia los obreros no hubieran tomado preventivamente las fábricas en más de una ocasión contra embates de la extrema izquierda o de la extrema derecha, la democracia no existiría más. Si la democracia política existe, es porque millones de obreros y de trabajadores creen efectivamente en la libertad política, y no como un simple instrumento que conduce hacia otro tipo de sociedad que juzgan mejor; sino de un modo profundo: porque sin esta libertad no logran concebir la vida, expresarse, hablar libremente, imprimir, reunirse, asociarse, etc.

MONGO

No pretendo decir que en Europa seamos eficaces a diferencia de América Latina, sino que en Europa una experiencia triste como la amenaza continua a la democracia política, ha enseñado a millones y millones de hombres que la libertad política formal debe incluso defenderse formalmente; los principios formales no son principios de segundo orden, sino que resultan tan importantes como los contenidos mismos.

LOS CAMPESINOS PROLETARIOS

NEXOS Usted ha hablado de los obreros italianos pero ¿qué importancia tendría en un país como México la presencia de una gran cantidad de campesinos, que en todos sentidos tienen un gran peso relativo entre nosotros?

U.C.: Desde un punto de vista político, general, y sociológico, el valor de la clase obrera no se mide numéricamente. La clase obrera representa una tendencia fundamental del desarrollo contemporáneo y por decirlo así, la otra cara de la industrialización. Decir que la clase obrera es un punto esencial de referencia en la sociedad moderna incluyendo América Latina, es sólo una forma de decir que el destino de Latinoamérica (como el del resto del mundo) es la industrialización, aun cuando ésta se dé lentamente o con grandes dificultades y aun cuando para ello se requieran algunos decenios. Lo importante es que la condición especifica del trabajador tiende a modificarse y a modelarse conforme a la de un obrero, pero esto no significa que no existan otros trabajadores cuyos intereses no tengan que ser considerados y respetados, como es el caso de los trabajadores del campo. No obstante, es justo el diagnóstico que daba anteriormente: la tendencia dominante será que los campesinos se vayan transformando en obreros y de que éstos aumenten numéricamente. Les doy algunos ejemplos: yo vivo en un país en el que hasta hace veinte años esencialmente existía una estructura industrial-agraria y en el que además hasta antes de la segunda guerra había una neta mayoría de campesinos; la transformación que tuvimos en estos veinte años fue impresionante, la participación de los campesinos en el total de las fuerzas productivas bajó del 32 al 14 por ciento, en no más de veinte o veinticinco años. No sé si en el mismo periodo habrá sucedido lo mismo en México o en Argentina, o si se requieren 40 ó 50 años más pero la tendencia es ésta, crecimiento de la industria y disminución proporcional del peso de los campesinos. Entonces me parece que el problema fundamental para hacer un diagnóstico social y un análisis político justos, es tomar como punto de referencia clave a la industria y a la clase obrera, aun cuando aquella sea pequeña y ésta numéricamente reducida.

En el terreno del desarrollo económico, la industria debe poder absorber a la agricultura y la clase obrera por su parte debe poder interpretar y guiar los intereses de los trabajadores del campo. ¿De qué manera? Aquí entramos ya al análisis político: valiéndose de los instrumentos y las instituciones mediante las cuales el movimiento obrero se expresa, es decir, los sindicatos y los partidos, esta clase debe ser capaz de formular programas de unificación general de las fuerzas del trabajo. Y me parece que esto no sucede en América Latina, donde es aún débil la carga unitaria de las elaboraciones del movimiento obrero, y donde éste por lo general es un movimiento doctrinario por lo tanto sectario y extremista, o un movimiento subalterno y asimilado. Tomo en cuenta dos puntos de referencia, aunque naturalmente no pretendo ser ningún experto en problemas latinoamericanos, me refiero primero a la teoría de la guerrilla que es nada menos que la teoría del aislamiento de la vanguardia; y en segundo lugar al peronismo o populismo obrero plebeyo, en el cual no existe ningún programa de organización unitaria de tipo socialista, sino simplemente la construcción de una relación carismática con un caudillo, aunque en ocasiones también este tipo de movimientos plebeyos se pueden coagular alrededor de sindicatos obreros.

LA FUERZA MATERIAL DE LAS IDEAS

En resumen, los elementos característicos de la emancipación de la clase obrera moderna deben ser: primero una elaboración unitaria en relación con todas las fuerzas políticas, aun cuando no estén estrechamente ligadas al capital; segundo, la unificación de los intereses sindicales y económicos de todos los trabajadores asalariados sin ninguna distinción bajo la unificación en torno a una política nacional. Si me lo permiten agregaría un último elemento, que es el de dar un peso y una dignidad mayor a la cultura nacional. Es necesario construir mayores espacios para la cultura, para las universidades, para los intelectuales. Me parece que existe una atención muy modesta del movimiento obrero sindical de Latinoamérica a este fenómeno; me parece que, cuando más, se piden las firmas de los intelectuales para apoyar las luchas obreras y campesinas. El problemas es mucho más complejo, pues se trata de que las masas obreras y campesinas logren apoderarse a través de sus institutos, de las grandes tradiciones culturales, y para ello es necesario que estos movimientos se sustraigan a dos peligros: el de plantearse modelos fuera de sus propios países, se trate de Italia o de China, de la Unión Soviética o de Francia; y pensar que la construcción de modelos de nuevos tipos de sociedad sólo puede encontrarse en lo que ya ha sido concretado en otros lugares. Se trata más bien de excavar el propio pasado y la propia cultura para encontrar allí sugerencias que permitan crear nuevas formas de construcción política, cultural y civil.

Yo sé que todo esto no es fácil, y más aún en países en donde dichos movimientos están sumidos en la clandestinidad. Pero sin embargo, y discúlpenme si hago una manifestación de orgullo, la teoría política de los movimientos de oposición al fascismo en Italia nace precisamente en la cárcel de Turín en donde Gramsci comenzó a escribir. No es cierto que la clandestinidad obligue al sectarismo, al contrario, cuanto antes se sale del sectarismo más pronto se logra conquistar un horizonte universal capaz de unificar masas de hombres dispersas y extenuadas. Sólo quien tenga una visión unitaria desde el punto de vista cultural y político, logrará luego unir realmente a la gente. No es cierto que se deban construir primero las fuerzas políticas para llegar después a horizontes universales; en realidad no se hace ninguna construcción política sino existe una construcción cultural de tipo universal. Quisiera concluir refiriéndome a una expresión de Gramsci. Es cierto que en el mundo moderno hay muchas cosas que se deben destruir, pero es igualmente cierto que Gramsci nos enseñó a los italianos que para destruir es necesario construir, porque las destrucciones sociales son siempre y solamente realizadas por quien ya ha logrado proponer positivamente algo nuevo y operativo entre los hombres. Ya decía Marx que si es cierto que es la fuerza material la que decide en la Historia, es igualmente cierto que cuando las ideas se posesionan de los cerebros se convierten en una fuerza material.

(Entrevistaron Jorge Gutiérrez y Carlos García de Alba)

POLICIACAS

Gimlet. Revista policiaca y de misterio. Marzo de 1982, número 1. Barcelona, España 98 pp.

Todo es cosa de aceptar la mitología del género sin regateo alguno. Ya el nombre de la revista lo dice todo. Y si el lector no ha leído El largo adiós de Chandler, o tiene mala memoria, junto al sumario aparece el epígrafe: «estábamos en el bar bebiendo Gimlets. `El verdadero Gimlet -dijo- está hecho mitad gin y mitad jugo de lima de Rose y nada más. Deja chiquito al martini»‘. El Editorial, firmado por el director Manuel Vásquez Montalbán, abunda en la importancia de los detalles infimos de la novela negra en la conciencia del lector. Algo así como el paso de Lauren Bacall en Tener y no tener. La trivia exige a sus practicantes una aceptación completa de los nombres, los datos y los mitos. Exige también ganas de pasarla bien, sin tedio ni demasiada seriedad. Gimlet no pretende cambiar el mundo: si acaso aspira ayudar a contemplarlo sin prisas pero sin pausas, como contempla Marlowe a las víctimas y verdugos que le rodean».

Las colaboraciones en este primer número son, en buena medida, traducciones. Algunas de ellas descontinuadas, otras más recientes. El primer texto es «Sólo pueden ahorcarte una vez» de Dashiel Hammet. No está mal iniciar con este relato del primer Sam Spade; no fueran a encelarse con Marlowe los fans hammetianos. Después aparece la primera parte de unos «Papeles sobre Chester Himes» que intentan divulgar a este autor de novela negra negra (la que no va de La cabaña del tío Tom a Langstom Hughes y Ralph Ellison).

Gimlet busca formar a sus lectores así que incluye textos didácticos para que los nuevos seguidores del género policiaco sepan, por ejemplo, cómo averigua el forense cuándo murió la víctima, según los cambios de apariencia y temperatura que el cadáver experimenta en las primeras horas post-mortem. Con el mismo fin, Javier Comas desentraña los orígenes literarios de Hammet en sus actividades de rompe-huelgas y agente secreto en los veintes, antes de recibir, entre otras cosas, la influencia de Menken. También la sección «Detectando detectives» es para orientar al lector; en este caso, desenterrando de las colecciones de best-sellers y otras peores las novelas policiacas dignas de mejor fortuna.

MITOMANÍAS PARA FOMENTAR LOS SUEÑOS

Un divertidísimo relato de Woody Allen, «El gran Jefe», es sin duda lo mejor del número. Aunque es conocido en una edición reciente (Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, 1974), dice mucho del espíritu de Gimlet: si, se aceptan a ciegas las mitologías, pero también alcanzamos a disfrutar las parodias. Esta farsa culterana, con puntadas típicas de Allen, tiene como personajes o referencias policiales al Papa y numerosos bigshots de la filosofía (de Sócrates a Kant a Jaspers); el detective Káiser Lupowitz descubrirá al asesino de Dios gracias a su formación filosófica, más que a sus contactos con el bajo mundo.

Otro espléndido relato, de Giorgio Scerbanenco (siempre preocupado por la explotación femenina) y algunas referencias a Maigret y Boris Vian, indican que la revista también se acoge a las derivaciones europeas del género. Se incluyen varios relatos originales (españoles) de diversa fortuna. Destaca, por ingenioso, un texto breve de Beatriz Campos (pseudónimo de una escritora «conocida» cuyo nombre no se dice) sobre la llegada a la Casa Blanca de un actor de segunda que supo aprovechar el escándalo de Sodagate.

La trivia no descuida la vena cinematográfica. Pocos géneros han sido tan simbióticamente compartidos por la literatura y el cine. Scarface, Bogart, Jean Gabin son también nombres fetiche. Novedades bibliográficas, chismes y trivis sobre la trivia misma («Mitomanías») completan la revista. Los anuncios también participan del ánimo genérico. Así, se anuncian un bar Gimlet, varias colecciones especializadas, una revista de «Papeles de cine» que se llama Casablanca y hasta la novela Dos crímenes de Jorge Ibargüengoitia. Camp de l’arpa anuncia su número especial «Dossier serie negra» (febrero-marzo de 1979), a ver si los lectores de Gimlet le ayudan a salir de los ejemplares que en tres años no ha vendido.

Pasatiempos: en el crucigrama gigante, la uno horizontal es: «Célebre detective de Raymond Chandler», inmortalizado por el actor de la foto 1″. Además, un «Dámero criminal» que exige conocimientos bastante especializados.

La revista nace con toda la mitología de su parte, pero al menos en su entrega inicial parece demasiado abonada a los grandes nombres, a los mitos seguros. No importa, es probable que también desde Barcelona puedan desentrañarse misterios y frivolidades del género más seductor, alcoholizado y soñable de la literatura moderna.

EN EL RING BILATERAL

Informe, Relaciones México-Estados Unidos. Vol. 1, No. 1. Octubre de 1981 Programa de Estudio Relaciones México-Estados Unidos, CEESTEM. México.

La complejidad y el enorme peso que tienen los vínculos con los Estados Unidos para la economía y la política mexicana -como lo señalara Jesús Tamayo en una nota aparecida en Nexos en junio de 1981- han terminado en la necesidad de estudiar el tema de un modo sistemático. De un tiempo a la fecha se han ido creando distintos equipos de investigación entre la comunidad académica mexicana, dedicados ya sea al estudio de temas concretos de la relación bilateral México-Estados Unidos (como el fenómeno de la migración), al conjunto de ésta o, incluso, al estudio mismo de la realidad económica y política norteamericana (El Colegio de México, CIde, CENIET y diversas universidades de provincia). Aquí debe ubicarse la aparición de Informe La revista se autopresenta como «un esfuerzo para entender la evolución de los procesos económicos, políticos y sociales que determinan los vínculos entre México y los Estados Unidos». La editorial marca, igualmente, la insuficiencia de los instrumentos teóricos o ideológicos utilizados para estudiar la relación bilateral, afirmando que por ello `se requiere mantener un esfuerzo constante por dar coherencia a hechos aparentemente aislados y a tendencias apenas esbozadas».

La presentación -y varios de los artículos incluidos- insisten también en un «reto» de México derivado, actualmente de la vinculación con el país vecino del norte: la incorporación de México a la economía de los Estados Unidos no ya como una zona periférica, sino como la virtual ampliación del espacio económico norteamericano, opción contemplada entre diversos sectores de la clase dominante norteamericana como una posibilidad para revitalizar al capitalismo de ese país, tan duramente golpeado por la crisis. La importancia que el programa otorga a este punto queda clara: «Uno de los propósitos fundamentales de este Informe será- indicar periódicamente la evolución de este fenómeno, al mismo tiempo que relacionarlo con los otros aspectos fundamentales de nuestra relación con los Estados unidos». Así sea.

UNA RELACIÓN MUY ESPECIAL

La revista consta de dos secciones complementarias: en la primera («La conyuntura en perspectiva») se busca desarrollar con profundidad las hipótesis generales para la construcción de un marco teórico que englobe al conjunto de temas incluidos en la relación México-E.U. En la segunda, en cambio («Las relaciones México-E.U. al día»), se presentan artículos más cortos y de carácter más coyuntural. Este primer número incluye también dos aNEXOS una cronología de la relación bilateral -de enero a septiembre de 1981- y las fichas biográficas de los funcionarios norteamericanos responsables de la política de Estados Unidos hacia México y América Latina.

Los temas analizados por Informe incluyen las diferencias en la posición de México y Estados Unidos ante la situación centroamericana (tema al que se dedican un total de cuatro artículos); cuestiones estrictamente bilaterales (migración, energía, comercio y problema de limites marinos y pesca); y un comentario sobre la influencia de la deuda nacional y sus repercusiones en la política exterior de Reagan. Destacan sin embargo, el extenso artículo inicial titulado «El marco político de las relaciones México-Estados Unidos». De algún modo este artículo permea el conjunto de los otros y merece una consideración más amplia. Parte de una descripción del modo en que se fue estableciendo la «relación especial» entre México y Estados Unidos durante la posguerra. La fragilidad de ese equilibrio -que sin embargo perdurará por espacio de 30 años- se hará manifiesta luego de que las repercusiones generales de la crisis del capitalismo internacional empiecen a presionar en los dos casos hacia una redefinición de los vínculos externos. En el articulo, aparece como una constante la influencia del contexto de crisis capitalista internacional en las decisiones que han tomado las dos partes. Informe revisa claramente el modo en que, una vez transformados los supuestos sobre los que se estructuraba esa «relación especial» de la posguerra, pueden identificarse 3 momentos distintos; en ellos las coordenadas que definen el marco político de los contactos bilaterales sufren alteraciones importantes.

El primero de esos momentos estaría marcado precisamente por la crisis de la «relación especial», que empieza a manifestarse desde el inicio de la década pasada. En esta etapa, al declinamiento manifiesto de la hegemonía norteamericana correspondían en México los primeros síntomas de la crisis del modelo de «desarrollo estabilizador».

En medio de esa conyuntura crítica, el presidente Echeverría entiende claramente la necesidad de una redefinición de los intereses externos del país. En el fondo, el objetivo principal del viraje que la política exterior mexicana experimenta en su sexenio será el de terminar con la predominancia histórica de la relación bilateral con E.U. en el conjunto de vínculos externos del país (punto que hasta nuestros días, según deja entrever el artículo reseñado, aparece como una constante con matices distintos en la política exterior mexicana). Pero los intentos de diversificación de las relaciones externas que Echeverría llevó a cabo -y que se combinaron con la agudización de las contradicciones internas de la sociedad mexicana- conducirán a resultados muy escasos en cuanto a modificar la forma de integración de la economía mexicana a la norteamericana. Así, el álgido distanciamiento que caracterizará las relaciones entre México y Washington al final del periodo echeverrista, será una clara expresión de que la «relación especial» había terminado.

Para el segundo momento de cambios en el marco político de la relación bilateral, cambian algunos supuestos de la misma.. Para los autores, estas nuevas realidades que aparecen tanto en el contexto internacional como al interior de los dos países marcará la imposibilidad de que los contactos bilaterales continuaran desarrollándose sobre los supuestos que habían prevalecido durante toda la etapa de posguerra «la imposible nueva relación especial»).

En estos años, Carter intenta definir un nuevo marco global de los intereses norteamericanos en el exterior como un primer intento, infructuoso finalmente, de reestructuración de la hegemonía perdida. Dentro de ese esquema, y a diferencia de lo que sucedía tradicionalmente, la periferia capitalista no será objeto de formulación de «políticas regionales» desde Washington. En cambio, la posición norteamericana ante la misma consistirá en formular políticas adecuadas a los distintos niveles de desarrollo que Washington atribuye al Tercer Mundo. En teoría, entonces, México no recibiría una atención especial por el hecho de compartir frontera con Estados Unidos, sino que seria considerado como una más de las «potencias emergentes». El desdibujamiento total que sufrirá la política exterior de Carter en el último año de su mandato, hará que en la práctica ese esquema global de Carter signifique pocos cambios sustanciales para la relación bilateral.

DIPLOMACIA HIDROCARBÚRICA

Así, la disponibilidad mexicana de abundantes reservas de hidrocarburos se convertirá en el elemento que determinará en gran medida la evolución de la relación bilateral en estos años. Este factor, como lo señala el artículo, a la vez que abrirá para el Estado mexicano la posibilidad de una «redefinición del mecanismo de inserción capitalista de la economía mexicana», se convertirá en un elemento nuevo y valioso de negociación ante el exterior y, especialmente, ante Estados Unidos. Con López Portillo, el establecimiento de nuevos términos en la relación bilateral o la concepción de un marco político distinto al que tradicionalmente se deriva de la enorme dependencia económica mexicana de Estados Unidos, irá de la mano con los intentos de revitalización del modelo capitalista mexicano que el petróleo permite al Estado. Para Informe, la disyuntiva que aquí se presenta al Estado mexicano consiste en la opción entre promover un «capitalismo transnacional» o un «capitalismo nacional de economía mixta»; los autores se inclinan por la segunda de estas posibilidades.

El análisis señala con claridad el modo en que la aparición de estos elementos provocará, entre 1977 y 1979, la efectiva transformación de los términos políticos de la relación bilateral: «La Administración Carter descubre que el gobierno mexicano presenta ahora una mayor coherencia en las negociaciones que imponen los diversos aspectos de la relación México E.U…. no se trata, propiamente, de un nuevo marco político, pero sí de una nueva perspectiva que cambia los términos tradicionales de la relación». Sin embargo, al parecer no hay una correspondencia entre la voluntad política expresada para modificar los mecanismos de inserción del capitalismo mexicano, y el desarrollo «natural» de las economías de los dos países. La revisión de las cifras sobre el comercio exterior mexicano -abundantes en el trabajo- muestra cómo los flujos de comercio bilateral, aún cuando sufren alteración en su composición en este periodo, no alcanzan a transformar las bases de la tradicional dependencia mexicana de Estados Unidos. Para 1978, por ejemplo, 88.7% de las exportaciones de petróleo mexicano se dirigen a Estados Unidos, al mismo tiempo que ese producto se perfila ya como el principal rubro de exportación del país habiendo representado un 31.5% del total ese año. Simultáneamente, el aumento extraordinario de las importaciones provenientes de Estados Unidos, es señalada como el factor que determinó el crecimiento alarmante del déficit comercial mexicano, en estos años.

Aquí el artículo analiza también, al detalle, la evolución de otros factores bilaterales: la migración y la negativa mexicana a ingresar al GATT. Asimismo, se exponen las razones que estaban detrás del gradual desdibujamiento del proyecto global de la política exterior de Carter y los avatares internos del proyecto económico-político del Estado mexicano. El balance que hace el artículo, luego de vincular estos factores, expresa la debilidad de los logros en el intento por reestructurar la relación bilateral: «al no poder redefinir el estado mexicano el mecanismo de su inserción capitalista, determinado fundamentalmente por su relación con Estados Unidos, se reproducen los desequilibrios que a partir de los años 60s sufre la economía mexicana. Para el lector no deja de resultar paradójico, entonces, que el petróleo, visto al inicio de la administración lópez-portillista como la palanca para lograr revertir los tradicionales términos políticos de los vínculos con Estados Unidos, gradualmente se irá convirtiendo sólo en el nuevo factor que redefine el carácter de la dependencia mexicana.

A la etapa más reciente corresponde el tercer momento en que Informe registra variaciones en las coordenadas del marco político bilateral. A partir de 1980 los dos elementos que influyen con mayor peso, serían, por un lado, «Las tareas de Reagan y sus implicaciones en la relación», y, por otro, la evolución negativa para México del mercado mundial energético y los crecientes obstáculos enfrentados por el proyecto de desarrollo que impulsó el Estado.

Los planes de Reagan para reactivar la economía norteamericana, sus intentos para reasumir el liderazgo en el bloque capitalista y sus esfuerzos de contención del comunismo, son las tres característica básicas del proyecto global de la Administración republicana que señala el articulo. Al tratar de ubicar dentro de esta visión reaganista la forma en que México encajaría, Informe identifica la expresión que adquiere la contradicción de intereses entre los dos gobiernos: «La Administración Reagan sitúa los diversos aspectos de la relación con México, en el interior de la triple tarea mencionada. Por el contrario, el gobierno mexicano pretendo ubicar esos aspectos en la perspectiva de la nueva estrategia económica estatal que implicaría una redefinición de la forma de inserción de México en el contexto capitalista internacional». Sin embargo, el exceso de oferta mundial de petróleo, con la consecuente tendencia a la baja en los precios, y su concatenación con las crecientes dificultades de la economía mexicana al final del presente sexenio, parecen volver inciertos los, intentos por establecer nuevos términos políticos en la relación con Estados Unidos.

MÉXICO: DAME UNA ESTRATEGIA

La sombra de estas complicaciones se percibe ya sobre los márgenes de negociación del Estado mexicano, cuando el artículo revisa la evolución de temas como la migración y el comercio en este tercer momento. La posición adoptada ante la crisis centroamericana, sin embargo, escapa a los vaivenes coyunturales y se nutre de las tradiciones históricas de la política exterior mexicana: «con una gran coherencia, México se ha opuesto a la política de Estados Unidos que busca reprimir las opciones de cambio en la región, y no comparte la explicación norteamericana, que atribuye la búsqueda de cambio a la «presencia soviética’ representada por Cuba».

Finalmente, el artículo sugiere que el proceso de redefinición de los vínculos bilaterales entre México y E.U. -iniciado con la crisis de la «relación especial»-, dista mucho de haber concluido en la actualidad. El mismo carácter transitorio de la etapa actual de la relación lleva a los autores a cerrar el articulo señalando los riesgos futuros para nuestro país: «En las perspectivas a largo plazo, la consideración fundamental es que la economía norteamericana está en una etapa de transición hacia otro modelo cuyos rasgos no aparecen todavía con suficiente claridad… las relaciones comerciales con países de reciente desarrollo industrial, como es el caso de México, pueden ayudar a Estados Unidos a sobrellevar los gastos de esa transición y a recuperar la distancia perdida en algunos aspectos tecnológicos, frente a Japón, por ejemplo. El lugar que México ocupe en esa transición y en la etapa que ésta abrirá se juega, en buena medida, ahora».

Dos aspectos deben resaltarse para completar el balance del artículo que hemos comentado. Primero, el esfuerzo de Informe para identificar las estructuras bilaterales y la forma en que éstas se transforman a partir de los setenta. Sin embargo, debe señalarse que la constante repetición del análisis de temas como migración y comercio, analizados a fondo en cada una de las variaciones temporales que se tocan (para facilitar la comprensión del marco teórico ¿no hubiera sido mejor enumerar los temas que confluyen en la relación y dejar su análisis extenso para otros artículos, tal como sucede por ejemplo con la cuestión centroamericana?), y el exceso de títulos y su rebuscamiento en algunos casos, provocan que a veces el lector se pierda del panorama general que intenta delinear el artículo. Segundo, si bien los autores mencionan los problemas que implicó para la relación bilateral, la agudización del conflicto de la economía mexicana en 1981, es cierto que algunos de los juicios que se hacen sobre los márgenes de negociación se ven alterados con la devaluación mexicana de febrero y la continuación de la tendencia a la baja en los precios internacionales del petróleo (cuestión que, por lo demás, podrá ser abordada en futuros artículos).

Es elogiable la clara toma de posición que Informe asume ante los problemas que analiza. La revista no intenta hacer un análisis «puro» o «neutral» de la relación con los Estados Unidos; se señalan los aspectos que se abren como desafíos al Estado mexicano y, al mismo tiempo, se sugieren el tipo de políticas que éste debiera aplicar para enfrentarlos. También es destacable la labor de equipo, la totalidad de los artículos aparece sin firma, que está detrás de la elaboración de Informe. Por último, la variedad de temas y la cantidad de artículos incluidos en este primer número, sugiere que la selección trimestral de temas para Informe requerirá un esfuerzo más de selección y percepción de las tendencias, para evitar que la revista caiga en análisis repetitivos y se estanque en las mismas hipótesis de investigación.

Devaluación y Política Financiera

José Blanco. Economista. Actual director de la Facultad de Economía, UNAM.

La devaluación monetaria deriva, estructuralmente, de la vulnerabilidad del aparato productivo. El sistema y las políticas financieras creadas en México históricamente han contribuido a formar esa vulnerabilidad. De esa manera indirecta, las políticas financieras han propiciado en determinados momentos la decisión de devaluar; pero también, como ocurrió hace poco, esas políticas han conducido de un modo directo a la necesidad de recurrir a la devaluación como mecanismo monetario de ajuste en la balanza de pagos. Los rasgos principales de lo apuntado los resumimos esquemáticamente en los apartados I, y II; en el III nos referimos a la devaluación reciente, y a las perspectivas más generales en el IV. De modo permanente -es decir, no sólo en los momentos en que se ha recurrido a la devaluación- la economía internacional ha tenido una influencia evidente en el acontecer económico nacional, pero su alcance depende de la situación y las políticas internas. Sólo a éstas últimas nos referimos en las notas que siguen.

I.

En los seis años que van de 1948 a 1954 hubo tres devaluaciones. En esos años venía dándose una serie de cambios en la estructura productiva que harían de la devaluación una medida cada vez más inoperante como mecanismo de ajuste de la balanza de pagos (1). Resultado del crecimiento de la industria, que ya se había afirmado como el sector más dinámico, las importaciones dejaron de determinarse por su precio y/o por el nivel del ingreso nacional para pasar a depender básicamente de la tasa de crecimiento del producto interno: una vez que se decidió avanzar en el proceso industrializador por la vía de producir internamente bienes de consumo que antes se importaban, las importaciones preponderantes pasaron a ser las de bienes de producción. La industria y la economía en general sólo podían crecer dependiendo en alto grado de las importaciones de bienes de capital y de materias primas. Es decir, en las modalidades de la industrialización se halla la explicación fundamental del persistente deterioro a largo plazo de la balanza de pagos. Al carácter estructural de las importaciones se suma el hecho de que la demanda de exportaciones mexicanas es casi insensible a la disminución de sus precios en dólares -lo que ocurre al decidirse una devaluación-, tratándose de bienes ligeros de consumo y de bienes intermedios con muy bajo valor agregado. En particular, las exportaciones de manufacturas dependen de las condiciones de la demanda interna: sólo en épocas de disminución de la actividad económica interna quedan saldos exportables. De modo que desde fines de los años cincuenta quedó «asegurado», estructuralmente, a mediano o largo plazo, el crecimiento persistente del déficit comercial con el exterior. La insuficiencia de divisas se resolvió con inversión extranjera directa, con entradas de capital de corto plazo atraídas por las altas tasas de interés y con la contratación de deuda externa, generándose así la dependencia financiera, que acentuaba el desequilibrio externo al sumar a los requerimientos de divisas para cubrir el déficit comercial, las divisas necesarias para pagar los intereses de una deuda creciente y para cubrir las remesas de ganancias y regalías de la inversión extranjera directa.

En tales condiciones, una devaluación no tiene efectos sobre importaciones y exportaciones. Sólo frenando la actividad interna disminuirán las importaciones y -si la economía internacional está creciendo-, las exportaciones manufactureras pueden aumentar. Súmese a esto que, una vez acumulado un monto crecido de deuda externa, una gran parte del déficit externo se explica por los intereses de esa deuda, lo cual no se modifica con una devaluación.

II

Desde fines de los años cuarenta, la política financiera fijó a la estabilidad como objetivo central (aunque comenzaría a alcanzarse una década después): el control de las presiones inflacionarias -a las que ya desde entonces se atribuía erróneamente la explicación fundamental del desequilibrio externo-, y el mantenimiento de un tipo de cambio fijo en un marco de libertad cambiaria absoluta; a ese objetivo sumó el del crecimiento per se del ingreso real (2), siempre que ese crecimiento fuera compatible con el primer objetivo señalado. 

En la medida en que, desde los años cuarenta, la política financiera comenzó a cobrar cada vez mayor peso hasta transformarse hacia fines de los años cincuenta en el área de política económica claramente predominante, puede decirse que los objetivos básicos se convirtieron en los objetivos principales de la política económica en general. Así, el gasto público, el endeudamiento público externo, las tasas de interés pasivas (las que se pagan a los ahorradores), los depósitos obligatorios (encaje legal), el control del crédito, la oferta del dinero, las características de los instrumentos de captación de recursos financieros por la banca, terminaron por ser manejados de manera que fueran compatibles con el objetivo de estabilidad apuntado.

El retiro del Banco de México del mercado de cambios, anunciado el 17 de febrero de 1982, constituye el signo más reciente de una crisis que permaneció latente y semioculta durante el periodo que va de 1978 a mediados de 1981, y que se manifestó abiertamente de 1973 a 1977.

El hecho de que instrumentos de la gestión económica hayan sido convertidos en objetivos de la política económica, deriva de la creencia de que la mera estabilidad cambiaria y de precios basta para acceder, de manera natural, a la posición de país desarrollado. Como parece evidente, esto implica la concepción (liberal-decimonónica o neoliberal) de una forma de gestión por el Estado: éste no debe intervenir en el plano productivo, sino limitarse a crear las condiciones generales para que la reproducción ampliada del capital pueda ocurrir con libertad en la esfera privada.

Es obvio que además de esas concepciones y creencias, está también el hecho del fortalecimiento acelerado del capital bancario y financiero, que ganaría rápida preeminencia y que ha contado históricamente con la prerrogativa singular de ser juez y parte en la formulación de la política financiera y cambiaria. En efecto, como se sabe, en México la función de banca central no es una función estatal, ya que el Banco de México es una sociedad anónima cuyo capital es propiedad compartida entre el gobierno y los bancos privados.

Más en particular, los instrumentos principales de política financiera que han estado vigentes desde la época del desarrollo estabilizador son (3): 1) una baja carga impositiva, y un tratamiento fiscal favorable, a los ingresos provenientes del capital; 2) precios y tarifas subsidiados, de los bienes y servicios generados por el sector público; 3) tasas de interés pasivas elevadas en términos reales, establecidas con el propósito de aumentar la captación de recursos por el sistema financiero y de evitar fugas de capital al exterior; 4) instrumentos de captación de alta liquidez, esto es, convertibles a dinero en un corto plazo o a la vista.

La libertad cambiaria conducía por fuerza a que las autoridades monetarias establecieran las tasas de interés pasivas en un nivel superior a las vigentes en los mercados externos de dinero. La decisión de mantener altos redimientos a los ahorradores cerraba, al mismo tiempo, la posibilidad de realizar una reforma fiscal que gravara el ingreso global de quienes percibían ingresos de fuentes múltiples: esto habría abatido los rendimientos netos de los instrumentos de ahorro, con lo cual se habría impulsado la fuga de capitales. A su vez, la imposibilidad de realizar una reforma fiscal limitaba el gasto público y provocaba el crecimiento del endeudamiento interno del Estado, por la vía del encaje legal a la banca privada. El endeudamiento interno, sin embargo, era insuficiente para cubrir el déficit del presupuesto, por lo cual el Estado recurría también al endeudamiento externo; éste no sólo tenía la función de contribuir a financiar una parte creciente del déficit en cuenta corriente de la balanza de pagos, sino también la de financiar parte del creciente déficit presupuestario.

El mantenimiento del tipo de cambio fijo, la absoluta libertad cambiaria, las altas tasas de interés pasivas, la alta liquidez de los instrumentos de captación, el tratamiento fiscal favorable a las ganancias de capital y el diferimiento indefinido de la reforma fiscal, tenían como propósito mantener la confianza de los ahorradores (individuos y empresas). Esta confianza era indispensable para sostener el crecimiento de la captación de recursos financieros por la banca, lo cual a su vez era necesario para financiar, por la vía del encaje legal, una proporción importante del déficit presupuestario. Dado ese marco vicioso de políticas -objetivos e instrumentos- y la vulnerabilidad de la estructura productiva en mucho de ahí resultante, la única forma de detener en el corto plazo el crecimiento del déficit en cuenta corriente, consistía, en constreñir la demanda agregada y, de este modo, la actividad económica, mediante la aplicación del freno al gasto público y la contracción del crédito a la actividad productiva. Así se explica que en épocas de agudo acentuamiento del déficit externo, la devaluación monetaria se acompañe de programas de austeridad en el gasto. Tales medidas de carácter financiero, sin embargo, son impotentes para detener la acumulación de déficit externos de largo plazo, dado el origen estructural de éstos.

Por otra parte, el gasto público se ve limitado no sólo por una débil política de ingresos públicos (impresos y precios y tarifas de los bienes y servicios generados por el sector público), sino también por las urgencias financieras de corto plazo vinculadas al déficit externo. Tampoco es extraño que con tales objetivos e instrumentos, en las últimas cuatro décadas la política financiera haya contribuido a formar una estructura productiva desintegrada, un proceso de desnacionalización acentuado, una profundización aguda de la desiguladad social y de la dependencia externa.

La devaluación de 1976 fue el resultado de la acumulación a largo plazo de crecientes déficit externos de origen estructural, Esto se agravó, a partir de 1973, por la recesión internacional, el resurgimiento de la inflación y la creciente fuga de capitales que ocurrió desde 1975. También es obvio que esa fuga, -así como la contracción de la inversión privada de esos años-, se acentuó, por La «crisis de confianza» de los empresarios frente al gobierno de entonces.

El retiro del Banco de México del mercado de cambios, anunciado el 17 de febrero de 1982, constituye el signo más reciente de una crisis que permaneció latente y semioculta durante el periodo que va de 1978 a medidados de 1981, y que se manifestó abiertamente de 1973 a 1977. La crisis impulsó un debate creciente sobre la urgencia de realizar un conjunto de reformas económicas y políticas que dieran paso a una forma de desarrollo capaz de sentar las bases para superar la vulnerabilidad de la economía nacional.

Los diversos diagnósticos realizados por organizaciones sociales y analistas que se situaban en la perspectiva del pueblo-nación, pueden sintetizarse en dos grandes problemas: 1) la dependencia económica respecto al exterior; y 2) la profunda desiguladad socioeconómica; y en un plano más general, aunque vinculada de diversos modos a esos dos grandes problemas, la precariedad cuando no la ausencia de formas democráticas en todos los planos de la vida social.

Ese debate, que alcanzó un punto de clímax, en 1976/77, fue olvidado por el gobierno a partir de 1978 y más rápidamente en los hechos que en el discurso. El gobierno confiaba en que había asegurado ya un largo periodo de crecimiento acelerado, mediante la superación de la «crisis de confianza» en el sector patronal, y mediante una supuesta «autosuficiencia financiera» derivada del auge petrolero. La devaluación reciente, sin embargo, ha vuelto a demostrar que las crisis de confianza no son erradicables; que, dadas las políticas instrumentadas, la autosuficiencia financiera, era un espejismo y que, en fin, la crisis, con una economía más compleja, sigue tan presente como en 1976. Por lo menos 1982 y 1983 pueden mostrarlo con hechos.

Por supuesto, una parte central de ese debate se refería a los usos alternativos de los excedentes petroleros. La mejor propuesta, sin duda, fue la de la necesidad de impulsar una política de restructuración productiva con especial acento en la industria. Sin embargo, pocos insistían en sumar, a la restructuración productiva, una reforma financiera que era urgente y necesaria pero que, además, permitiera dar paso a una reforma fiscal de fondo. Sin decirlo, se juzgó que estas reformas eran innecesarias ante un esperado alud de divisas que, por fin, permitiría superar la restricción del sector externo al crecimiento interno -restricción característica de los países subdesarrollados y dependientes-, y que además daría una posición holgada a las finanzas públicas.

El programa estatal de desarrollo industrial recogió la iniciativa de restructuración en la industria. No obstante, los problemas básicos del campo, acumulados por décadas quedaron intactos, lo mismo que las bases del sistema y la política financieros, y las del sistema impositivo y de la política de precios y tarifas del sector público. A esto se sumó un vasto desmantelamiento del sistema de protección aduanera, para desalojar impedimentos al comercio. con el exterior. En ese marco, se decidió crecer aceleradamente.

Un alto ritmo de aumento del producto interno, como el que pudo verse entre 1978 y 1981, acarrea de inmediato el rápido crecimiento de las importaciones y el abatimiento de las exportaciones manufactureras, que ya dijimos. Es de suponerse, que esto estaba previsto, como también podían ser previstas las dificultades de la balanza agrícola externa. Dado que el país se incorporaba de lleno al mercado petrolero internacional en una coyuntura de crecimiento de la demanda y los precios del energético, se pensó que con los recursos provenientes de las exportaciones petroleras podían subsanarse los problemas que se señalan. La historia fue muy diferente.

El superávit externo creciente y sustancial que el sector petrolero ha obtenido a partir de 1977, no sólo ha sido absorbido íntegramente por los sectores no petroleros, sino que el ritmo de aumento sin precedentes de las importaciones, sumado a la alta tasa de expansión de los pagos al exterior por intereses de la deuda externa y por las utilidades remitidas por el capital extranjero, condujo a un crecimiento insostenible del déficit en cuenta corriente (4). Este hecho se vincula directamente a la política financiera de los últimos años. El crecimiento geométrico del déficit externo de los sectores no petroleros ha tendido a compensarse con la entrada masiva de capital externo, que ha llegado al país aprovechando la política de altas tasas de interés pasivas.

Sin embargo, el incremento de las tasas de interés (véase la trayectoria de la línea A en la Gráfica 1, que representa el ritmo de aumento de esas tasas de interés), ha impulsado el proceso inflacionario (línea B). La ampliación del diferencial ente la inflación interna y la externa (compárense las líneas B y C), condujo a una política de minidevaluaciones compensatorias en el tipo de cambio (representado esto por el alza en la cotización del dólar, línea D). Pero esta política forzaba la decisión de aumentar nuevamente las tasas de interés internas, para tratar de impedir una caída de la captación de recursos financieros por la banca, no obstante que a partir de agosto de 1981, lejos de seguir creciendo, la tasa de interés pasiva externa disminuye rápidamente (línea E). A diferencia del pasado, la política de tasas de interés no ha mantenido un diferencial determinado con las tasas externas, sino que ese diferencial se ha ampliado vertiginosamente (compárense las líneas A y E. Así la política de tasas de interés se ha fijado el objetivo de «ganarle» la carrera a la política de minidevaluaciones (llamadas deslizamiento) y a la inflación interna. De este modo, con cada aumento a las tasas de interés, en realidad volvía a reforzarse la aceleración inflacionaria y, por tanto, se abría más la brecha entre la inflación interna y la externa; en tales condiciones, debía decidirse una nueva minidevaluación, que llevaba obligadamente a un nuevo aumento en las tasas de interés, perpetuándose así un círculo vicioso financiero sin salida posible. Con todo, las minidevaluaciones no bastaron como compensación frente a la más rápida ampliación del diferencial entre la inflación interna y la externa. De ahí que necesariamente llegara el momento de decidir la devaluación abrupta, una vez que las expectativas devaluatorias se acentuaron y aumentó el ritmo de la dolarización y de la fuga de capitales.

Por otro lado, la inflación se convertiría rápidamente en el mecanismo por el cual el sector empresarial privado ha podido apropiarse de una proporción importante de los recursos provenientes de las exportaciones petroleras, ya que esos recursos públicos han visto mermada de un modo gradual, pero permanente, su capacidad de compra de los bienes y servicios internos y dado que, buscando no impulsar el aumento de la inflación, se ha continuado con una política interna de precios subsidiados del petróleo y sus derivados. Estas transferencias de recursos público al sector privado, en el contexto de una política de contención salarial, ha acentuado la concentración del ingreso, y por otra parte ha reforzado el alto ritmo de crecimiento del gasto privado. Como este ritmo de gasto ha ocurrido en condiciones de una creciente sobrevaluación del peso y desmantelamiento de los controles de importación, esto se tradujo en el aumento sin precedentes de las importaciones y en la alta tasa de crecimiento del déficit externo de los sectores no petroleros. Las transferencias al sector privado, la centración del ingreso, la desprotección comercial externa, el alto crecimiento de las tasas de interés internas, la sobrevaluación del peso, no podían conformar condiciones que propiciaran el aumento de la inversión productiva. Lo que se propició en cambio, de un modo creciente, fue un alto ritmo de gasto en el exterior, así como la especulación cambiaria y financiera, pues éstas representan formas de inversión con las que se obtienen ganancias más altas de un modo más fácil y rápido.

Antes de la devaluación podía esperarse una tasa de inflación de alrededor de 30% para 1982. Si se toma en cuenta el aumento proveniente del encarecimiento de las importaciones de bienes de producción, la probable continuidad de la política financiera y cambiaria, el ajuste salarial, las propias expectativas inflacionarias, la especulación, el índice inflacionario puede situarse por encima del 50%.

Aunque parezca sorprendente, las autoridades monetarias ven en esta política financiera la adecuada para las circunstancias que ha vivido el país en los últimos años. En el Informe, Anual del Banco de México, correspondiente a 1981, se lee: «Las principales medidas de política monetaria adoptadas durante el año fueron las siguientes: a) La consolidación de la política de tasas de interés pasivas. Como ya se mencionó en el informe correspondiente a 1980, la meta de esta política ha sido asegurar un alto crecimiento del volumen real de los ahorros del público captados por el sistema bancario. Para ello había que mantener la competitividad de los rendimientos ofrecidos por los depósitos a plazo en moneda nacional ante las tasas de interés externas. De igual manera había que asegurar a los ahorradores en moneda nacional un rendimiento real atractivo a pesar de la inflación. De acuerdo con tal política, la tasa de interés pagadera sobre depósitos bancarios en moneda nacional, se mantuvo en el nivel adecuado para compensar los diferenciales entre la inflación interna y la externa. Gracias a esta política, el ahorrador que realizó sus inversiones en depósitos bancarios denominados en pesos obtuvo, en promedio durante el año, un rendimiento superior en 5.8 puntos porcentuales al que habría obtenido si hubiese adquirido instrumentos denominados en dólares…; c) Debe, por último, mencionarse que durante 1981 las autoridades continuaron utilizando con flexibilidad el sistema de flotación del tipo de cambio, conforme a las exigencias de nuestras transacciones con el exterior. Así, durante el primer trimestre del año, la tasa anualizada de depreciación del peso en términos del dólar estadounidense fue, en promedio, de 8.4 por ciento; en el segundo, de 10.7 por ciento; en el tercero, de 12.4 por ciento; y en el cuarto, de 16.2 por ciento. De esta manera se amplió sustancialmente la velocidad del desliz, con sus consecuentes efectos sobre la competitividad de la producción nacional frente al exterior. Como ya se mencionó antes, esta política se llevó a cabo protegiendo, en todo momento, la competitividad de los rendimientos ofrecidos por los depósitos bancarios a plazo, denominados en moneda nacional» (5).

IV

Entre las doce medidas de ajuste a la política económica anunciada el 9 de marzo, hay varias de rutina para estos casos. Son inespecíficas y sin mecanismos instrumentales, adecuadas para unas circunstancias que, sin embargo, fueron generadas por decisiones previas; son deliberadamente indefinidas («La política de tasas de interés se aplicará con la flexibilidad necesaria»), y extrañas, como la de reducir en 3% el gasto público. Si el presupuesto autorizado es la base sobre la que se operará la reducción, no cabe duda que se trataría de una contracción presupuestaria, en términos reales, jamás vista de nuestra historia. En realidad el presupuesto autorizado crecerá sustancialmente porque este año sufriremos un récord inflacionario; es obvio, sin embargo, que lo que se anuncia es un año de austeridad presupuestaria en términos reales.

Para 1982, diversas estimaciones sitúan el crecimiento del producto interno en alrededor del 4.5%, con el consecuente impacto sobre la tasa de desempleo abierto. No es previsible que el déficit externo tenga una reducción significativa, debido a los siguientes factores: las importaciones suntuarias pueden no disminuir sensiblemente, dada la aguda concentración del ingreso; por la misma razón el turismo mexicano al extranjero se sostendrá en niveles elevados; el turismo extranjero al país se verá favorecido al principio; no obstante, una encuesta reciente mostraba que el 34% de los visitantes declararon que no volverían debido a los malos servicios; los ingresos por exportaciones petroleras se verán afectados si continúa la tendencia a la baja de su precio internacional; las exportaciones manufactureras pueden verse afectadas por el alto ritmo de inflación interna; adicionalmente, la mayor parte del déficit en cuenta corriente está predeterminado por los intereses de la deuda externa y la remesa de utilidades de la inversión extranjera, lo que, combinadamente, será un monto sustancialmente mayor que el año pasado.

Antes de la devaluación podía esperarse una tasa de inflación de alrededor de 30% para 1982. Si se toma en cuenta el aumento proveniente del encarecimiento de las importaciones de bienes de producción, la probable continuidad de la política financiera y cambiaria, el ajuste salarial, las propias expectativas inflacionarias, la especulación, el índice inflacionario puede situarse por encima del 50%.

Este parece ser el momento para que las organizaciones sociales y políticas den un nuevo impulso al debate y las demandas sobre la necesidad imperiosa de una renovación integral del aparato productivo; de una reforma de fondo al sistema y las políticas financieros; estatizando, entre otras medidas, la función de banca central; desvinculando las tasas de interés internas de las externas y reduciendo drásticamente las primeras, restando liquidez a los instrumentos de captación y estableciendo alguna forma de control de las divisas. La necesidad de efectuar una reforma, asimismo, al sistema impositivo, globalizando los ingresos para fines fiscales y eliminando el anonimato en la tenencia de títulos y valores financieros. Con frecuencia se aduce que la mayor parte de medidas como éstas son para el largo plazo; tal género de observaciones olvida que todos los plazos comienzan hoy.

NOTAS

(1) Las devaluaciones de 1948/49 pudieron contribuir a la obtención de un saldo positivo de las exportaciones y las importaciones de mercancías y servicios, durante dos años: 1949 y 1950. La devaluación de 1954 contribuyó a obtener un saldo positivo sólo en 1955 y de una magnitud sustancialmente inferior a los de 1949 y 1950.

(2) Con crecimiento per se queremos indicar que tal crecimiento del ingreso real se ha considerado importante, pero al margen de la forma y estructura del aparato productivo.

(3) Véase para un buen resumen de la política de desarrollo estabilizador Juan Antonio Escalante, Tesis profesional, Facultad de Economía UNAM, a quien esquematizamos en esta parte.

(4) Véase «La evolución reciente y las perspectivas de la economía mexicana», en Economía Mexicana, No. 3. 1981, CIDE, en cuya línea argumental y trabajo empíricio se apoyan las consideraciones que apuntamos en esta parte.

(5) Banco de México, Informe Anual, 1981, pp. 42/43.

SE LE VEIA VENIR POR EL CAMINO

Economía Mexicana: análisis y perspectivas. Núm. 3 Centro de Investigación y Docencia Económica, México 1981 (pp. 278).

Con toda oportunidad esta revista da cuenta de las tendencias y la evolución de la economía mexicana que anticipaban la devaluación de Febrero y su secuela.La parte inicial es un panorama general del proceso expansivo que experimentó la economía mexicana a raíz del auge petrolero en los últimos tres años, pero también del modo como ese auge temporal no pudo sentar las bases para desarrollar una estructura productiva menos vulnerable ante fluctuaciones externas: la desaceleración de la «economía no petrolera», en especial del sector manufacturero fue una de las causas principales del deterioro de las cuentas externas. También fueron importantes, aunque en menor grado, el déficit agropecuario y la reducción en el superávit en servicios no financieros. El incremento perceptible de las importaciones de manufacturas se detalla y explica en función de tres tipos de cambios: el nivel de demanda agregada, la estructura de la demanda y los coeficientes de importación; los dos últimos factores explican la mayor parte de la diferencia observada entre 1977-1980 y los años anteriores. Esto significa que ha habido un desplazamiento relativo de la producción interna a favor de las importaciones de manufacturas, lo cual, puede estar asociado tanto con las limitaciones en la capacidad productiva como con los efectos de la desprotección de la producción manufacturera local resultante de la política de liberalización de importaciones: «Un menor crecimiento del mercado interno para la producción local, originado por una liberalización de importaciones, tendrá efectos negativos sobre la expansión de la capacidad productiva que puede, así, resultar insuficiente frente al crecimiento del mercado interno.

LO QUE DIJO EL REALISMO

A mediados de 1981 aparecieron rasgos críticos que se reflejaron en el patrón de crecimiento, en la balanza de pagos, en las finanzas públicas y en la inflación. Las causas no se circunscribieron a las restricciones externas de la economía mexicana, sino que se explican sobre todo por factores internos: en primer término, el contexto institucional y la forma en que han sido utilizados los excedentes petroleros; en segundo lugar, la gran vulnerabilidad de la estructura económica a la que condujo el auge petrolero.

Lúcidamente, sin cauces optimistas se describía ya aquí la existencia de tendencias acumulativas inéditas en México y crecientemente desfavorables. El carácter desequilibrado del auge, las características de la estructura industrial prevaleciente y de la política de liberalización de importaciones dieron lugar, al parecer, a un círculo vicioso donde el déficit creciente de la economía no petrolera tendió a compensarse por la entrada masiva de capitales foráneos, atraídos por las altas tasas de interés internas, que a su vez reforzaban los efectos de los desequilibrios básicos sobre la tasa de inflación. La aceleración inflacionaria agudizaba la concentración del ingreso y contribuía a un alto ritmo de crecimiento del gasto privado, lo cual, junto con la creciente sobrevaluación del peso y el desmantelamiento de los controles de importación, reforzó el explosivo crecimiento de las importaciones. A medida que este proceso adquiría fuerza, se volvía más lenta la economía no petrolera, se estimulaban las inversiones especulativas y, para seguir el proceso de crecimiento, era necesario apoyarse cada vez más en la expansión del sector petrolero.

La reversión de ese problema hubiera exigido la adopción de medidas en tres ámbitos: la inflación, el desequilibrio externo y el ritmo y orientación del crecimiento. La política antiinflacionaria debió tener como elementos centrales la contención de la espiral de cambio-tasa de interés, la reversión de las expectativas inflacionarias y la adopción de medidas selectivas de restricción de la demanda y los incentivos a la producción. Todo lo cual implicaría la reducción sustancial de las tasas de interés internas y la estabilización gradual del tipo de cambio; es decir, eliminar la subordinación y condicionamiento de la política cambiaria y financiera a los efectos de las presiones inflacionarias.

Dos objetivos íntimamente vinculados son la disminución del desequilibrio externo y la reorientación del proceso de crecimiento. Sobre el primer punto se apuntaba claramente la inconveniencia e ineficacia de utilizar la política cambiaria para reducir el déficit comercial externo y la necesidad de establecer controles rigurosos y selectivos a las importaciones e incrementar significativamente las exportaciones de las manufacturas en que México tiene ventajas comparativas. Por otro lado, la reorientación del proceso de crecimiento exigiría modificar a fondo la estructura industrial fomentando el desarrollo de la producción de bienes de capital, vinculando los sectores industrial y agrícola, reorientando internamente el desarrollo petrolero, y atendiendo el enorme frente de expansión que constituyen los consumos sociales rezagados. No se menciona, sin embargo, quién y bajo qué condiciones van a realizarse estos importantes y procedentes cambios para reorientar el proceso de crecimiento. Faltaría precisar el agente económico (sector público, sector privado nacional o capital extranjero) que asumiría la responsabilidad central en este gigantesco desafío, y los pre-requisitos para que tal intento fuera viable.

MISCELÁNEA ECONÓMICA

El resto de los trabajos incluidos en la publicación se refieren a los más diversos temas. El ensayo de Eduardo Jocobs sobre la evolución de los grupos de capital privado nacional (GPN) en México, examina un ámbito poco explorado por los analistas de la economía mexicana. Se destacan elementos interesantes para comprender el tipo de expansión que han tenido estos grupos y el apoyo indiscriminado de la política gubernamental a la inversión privada, que se ha traducido en una creciente concentración industrial También se examina la relación entre esos grupos y las empresas transnacionales. No puede afirmarse, concluye Jacobs, que la expansión de los primeros se haya vuelto un «freno» para las segundas, pues su consolidación se localiza en diferentes sectores.

Carlos Márquez estudia la relación entre el nivel de la tasa de salarios y el grado de dispersión salarial intra e interindustrial. Las conclusiones a las que llega -sobre la importancia de diversos factores que influyen en el nivel y la estructura salarial así como en la distribución del ingreso- permiten confirmar hipótesis como la tendencia hacia la menor dispersión salarial. Por su parte Alejandro Vázquez analiza empíricamente la relación entre el crecimiento económico y los cambios en la productividad manufacturera, así como entre el crecimiento económico y las exportaciones. A pesar de los coeficientes estimados en las regresiones y la obtención de elevados índices de correlación (R), la relación de causalidad entre las variables estaría por demostrarse: normalmente el tipo de enfoque adoptado no permite la obtención de resultados concluyentes. Un ejemplo de esto último es la relación entre el crecimiento (productividad)) y las exportaciones de manufacturas. A partir de esto, el autor señala la complementaridad entre la política de sustitución de importaciones y el comportamiento de las exportaciones. Pero esta vinculación (sin duda deseable) puede no darse necesariamente, y de hecho no se ha dado en la mayoría de los países de industrialización sustitutiva, ni es previsible su surgimiento de manera automática o derivada de la expansión industrial.

Y ESCUCHA, CORAZÓN, EL CANTO DEL INGRESO

Claudia Shatán revisa uno de los problemas de mayor trascendencia para la economía mexicana: las causas del considerable incremento de las importaciones durante los últimos tres años y el impacto especial de las políticas de liberación de los controles a las importaciones. El análisis partió del nivel de fracción arancelaria y agrupó las importaciones por clases industriales y tipos de bienes. A partir de él se demuestra la vinculación entre el crecimiento de las importaciones y la eliminación de los controles directos al comercio exterior.

Eugenio Rovzar analiza las tendencias en la distribución del ingreso en México (1958-1977), mediante una ingeniosa combinación y «entrecruzamiento» informativo de las estadísticas que hay para este periodo. Se explica la vinculación que existe entre las tendencias en la distribución del ingreso y la evolución de la economía sectorial mexicana: concentración de los ingresos rurales, caída en la participación de los deciles urbanos de menores ingresos (marginación), redistribución de ingreso dentro de los deciles urbanos intermedios (homogeneización de la estructura salarial) e incremento en la participación de los deciles urbanos de mayores ingresos.

En su ensayo sobre el perfil regional y estructural de la agricultura mexicana (1960-1978) León Bendesky y Gonzalo Rodríguez repasan los principales factores (entre ellos la superficie cosechada) que explican la evolución de una serie de productos agrícolas en distintos estados. Este enfoque permite detectar cuáles son las entidades que han sido más responsables del desaceleramiento de la producción agrícola desde mediados de los sesenta.

Por último, I.J.S. Ruprah examina la relación entre expansión monetaria e inflación.

En la sección de colaboraciones se pulican dos ensayos. En el primero Félix Jiménez y Carlos Roces presentan un amplio análisis teórico y empírico. de la vinculación entre los precios y los márgenes de ganancia en la industria manufacturera mexicana; en el segundo, J. Eatwell y A. Singh examinan los problemas de política económica a corto y mediano plazo.

Puede afirmarse que el conjunto de estos ensayos es una contribución seria y positiva para mejor conocimiento de la realidad económica mexicana. Se trata de una publicación que responde a la necesidad de elaborar desde una perspectiva académica análisis empíricos y nuevas interpretaciones. Además es recomendable, su lectura es obligada para quienes se interesan en el carácter y la complejidad de los fenómenos económicos.

“No quiero”, me dijo y abrió las piernas

Jorge Ibargüengoitia Estas ruinas que ves. Joaquín Mortiz, México, 1981.

De la produccion literaria de Jorge Ibargüengoitia, Estas ruinas que ves parece su obra más bella y más acabada. Lo que había empezado a cultivar a partir de Los relámpagos de agosto (1964) y La ley de Herodes (1967) sin descontar esas farsas espléndidas algo así como comedias del “absurdo erótico” que reunió en Clotilde, el viaje y el pájaro (Universidad Veracruzana, 1964), lo cosechó en aquélla culminación de una actividad literaria callada, que optó por el estilo directo, preciso, sustentado en una técnica narrativa llana, ajena a los alardes y las modas pero muy original, Estas ruinas que ves se ofrece literalmente como un fruto maduro, hasta el delirio. Es la obra que más ha cautivado a Ibargüengoitia; él mismo la considera su mejor acierto: “Sin ser novela perfecta, Estas ruinas que ves tiene pasajes que considero entre lo mejor que he escrito, como por ejemplo, la relación amorosa entre Paco y Sarita, el paseo por los cerros que dan alrededor de la ciudad el marido y el amante, ‘la noche blanca’ en que la tertulia descubre que Sarita no lleva ropa interior y el letrero luminoso que se enciende todas las noches a la misma hora en el techo de una iglesia, dice ‘venid pecadores, venid a pedir perdón’ y marca para los amantes el tiempo justo de despedirse para que no los encuentre el marido”.

Tal vez Ibargüengoitia sea la oveja negra de su generación. Frente a los juegos narrativos experimentados por Sergio Galindo en Nudo, García Ponce en La cabaña, o Elizondo en Farabeuf; Ibargüengoitia resultaría un escritor tradicional. Arma sus relatos como a la antigüita: un espacio delimitado geográfica e históricamente donde ocurren las acciones. Una historia contada por un narrador testigo (Paco) que se desarrolla casi cronológicamente. Una intriga sin irrupciones violentas y unos actores que ejecutan: Sarita como la mujer adúltera; Espinoza, su marido, el impecable profesor universitario. Gloria Revirado, como la virgen más cachonda y más apetecible de Cuévano. Luego, un puñado de provincianos que integran la tertulia. Los asuntos de Ibargüengoitia suelen ser sencillos: el adulterio y la pasión erótica en Estas ruinas que ves, la crónica criminalística de Las muertas, la Revolución mexicana al revés de Los relámpagos de agosto o la imagen singular del dictador en Maten al león.

El paisaje tiene cara de culo

A menudo se ha visto en Jorge Ibargüengoitia al escritor irónico cuyo centro de gravedad es el humor. Aparte de esto, hay en sus textos una obsesión por develar el otro lado de las cosas, la otra cara del mundo. En Estas ruinas que ves se describe a Cuévano con todas sus aportaciones económicas y culturales para el país, resaltando su pasado glorioso. Los cuevanenses “están satisfechos con la ciudad tal como está. Creen que no hay cielo más azul que el que se alcanza a ver recortado entre los cerros, ni aire más puro que el que sopla a veces con fuerza de vendaval, ni casas más elegantes que las que están cayéndose en el paseo de Tepozanes”. De esta credulidad, que atraviesa como una herida la historia de la sociedad cuevanense, se salta a la desmitificación más absoluta: esas casas “elegantes” casi son ruinas; el aire “puro” es un viento que acarrea o grandes sequías o temibles inundaciones. Y la ciudad fue fundada en una cañada que la emparenta a una hendidura vaginal. Los sabios nacidos allí suman decenas aunque casi todos se distinguen por sus barbaridades. Por ejemplo, don Pedro Alcántara, jurisconsulto, “inventor no de leyes ni de interpretaciones notables, sino de procedimiento para evadirlas y violarlas impunemente”. Y si la ciudad es modelo de unidad familiar, moralidad inquebrantable y virtudes cardinales, Ibargüengoitia se encarga de mostrar el otro lado de esos prototipos: mediante el adulterio, Paco y Sarita derrumban esa castidad y, de paso, el paisaje —aridez y sinuosidad— que es mostrado con cara de culo.

Esa ambigua manera de Ibargüengoitia para mostrar los hechos al desnudo, sin aparentes sorpresas, como si nada excepcional sucediera, es decisivo en Estas ruinas que ves. En Cuévano todos los días parecen iguales: hay rutina, agobio, monotonía, Ibargüengoitia introduce, un marido burlado, una adúltera que ama por sobre todas las cosas el placer (Sarita), la rebeldía sexual y generacional de Gloria, la virgen provinciana de papás conservadores, que un buen día abandona la casa materna y ocupa el lugar de Sarita, la picardía de esos contertulios cuevanenses holgazanes de profesión capaces de estar durante horas viendo las nalgas de Sarita, esposa de uno de sus mejores amigos. Las historias de Ibargüengoitia dan la impresión de ser obvias, como si nada escondieran. Y sin embargo, en su prosa en apariencia evidente, él construye verdaderos laberintos literarios que conducen a un mundo oculto, sin ventanas, donde las profundidades de sus criaturas se niegan a revelarse. En este sentido, Ibargüengoitia ha conformado un mundo literario del amor y del desamor, de la castidad y lo perverso, de la pasión y la indiferencia, del erotismo y la frialdad, pocas veces frecuentado por nuestros narradores. Ha edificado una literatura erótica que no acude al orgasmo y a la frigidez, sino que se detiene en sus partes intermedias.

Tocar un cuerpo como tocar el cielo

La veta que Ibargüengoitia había explotado en algunos cuentos de La ley de Herodes y sobre todo en Clotilde, el viaje y el pájaro en la que la pareja estaba siempre en pugna pero al mismo tiempo como dualidad inseparables y complementaria, se sintetiza desde otro ángulo en Estas ruinas que ves. El eje es la mujer como sujeto erótico. Llámese Gloria o Sarita, el espíritu y la carne, la virgen y la madre, son seres sensuales, ángeles con sexo. El cuerpo deja de ser la encarnación del mal y empieza a considerarse como lo bueno. El cuerpo de Sarita —descrito como tentación— forma parte de una verdad paradójica: es dulce, puro, inocente, y al mismo tiempo voluptuoso, sensual, hecho para el placer. De ahí brota a la vez el mal y lo bueno, la pasión y el amor. Se ha dicho que el amor es violencia y que como cualquier otra actividad produce un desgaste que conduce a la muerte. La pasión que habita en Estas ruinas que ves tiene como finalidad regresar al origen a los amantes, instalarlos en el paraíso. Esta lucha irreconciliable (sexo-muerte) es un poco el juego que entablan Paco y Sarita. El no es tan sólo el amante que atrapa y conquista espacios sexuales, sino el que reconstruye o rescata su vida desde y a partir de ahí. Este “don Juan” cuevanense carece de un leguaje seductor, capaz de extasiar a esa “doña Inés” invertida que es Sarita. Tampoco es libre; vive atado a sus propios temores. Sin embargo, permite a sus sentidos volar y éstos se posan con frecuencia inaudita en senos, labios carnosos, ojos que se insinúan y piernas llenitas de carne, sexos y vientres femeninos. Espacio comúnmente trágico y condenado por ciertas ortodoxias, en Estas ruinas que ves, el erotismo salta las trancas de todo lo prohibido por el círculo provinciano, transgrede la moral citadina y eclesiástica, se ríe de la fidelidad conyugal y se pasa por el trasero a ese centro del mundo llamado familia. Desde la primera escena en que Paco y Sarita caen rendidos para hacer el amor, es evidente que el adulterio forma parte de las obsesiones eróticas de Paco y que éstas son compartidas por Sarita: “Cuando por fin la tumbé en los mosaicos del baño, los dos estábamos jadeando. Ella tenía dos rizadores todavía en la cabeza.

—No. No. No. No quiero —me dijo, y abrió las piernas. No tenía calzones, por supuesto. Estaba acabada de bañar, olía a perfume de jabón barato. Era morena, redonda, tersa y tenía el pelambre negro, espeso y bien definido. La penetré con toda facilidad”.

Hay un raro anticristianismo en varias obras de Ibargüengoitia; en Estas ruinas que ves se traduce en un diabólico espectro que va de la ciudad a la casa de Sarita. Este “diablo” es un puente que une el infierno con el paraíso. Se trata de las tardes en que los amantes se citan, hacen el amor como desprendidos de Cuévano (casi un infierno) y luego reposan en una pequeña terraza (el paraíso) desde la cual ven pasar el tiempo y sus propias vidas. Este sitio representa no solamente la única esperanza para los adúlteros, sino ante todo una isla erótica sin contaminación moral. Desde esa terraza, Paco y Sarita recobran paisajes, recuerdos, imágenes, que el mundo (Cuévano, el marido, los amigos de la universidad, los contertulios briagos, divertidos, incansables y locos) rechaza y reprime. Sarita habla de su infancia, de un pueblo con río, de su abuela bruja, “de una sopa de flor de yuca”. Y él reconstruye esos instantes con nostalgia: “¡Qué bonitas tardes aquellas! Veíamos cómo el cielo azul, como raso de vestido de india, iba destiñéndose, y cómo después aparecían nubecitas coloradas”.

Ese “paraíso” sirve a Paco y a Sarita de espejo. Mientras reconstruyen sus vidas, beben ron y esperan la señal de la iglesia que debe marcar la hora para separarse, se miran reflejados en él, desnudos, como al principio. Y cuando Sarita regresa a sus obligaciones maritales, su “doble” (Gloria Revirado) va a ejercer con el mismo “don Juan” (Paco) una práctica sexual redentora. “¡Qué cosa tan rara! ¡Gloria, cuando me abrió la puerta, estaba en bata y tenía rizadores en la cabeza!” De seguro no, traía calzones. Con esta escena, la novela se cierra y al mismo tiempo empieza una historia similar a la ya contada.

Ibargüengoitia se dedica a narrar sin juzgar; se limita a presentar unas acciones parciales, algunos indicios de lo narrado, unas cuantas pinceladas de un escenario y fracciones de un mundo determinado. Por eso resulta un escritor simple: jamás impone nada. Todo fluye en Estas ruinas que ves como una cascada. Y finalmente, se descubre una novela compacta, bien trenzada, que requiere varias lecturas detenidas. Y exige un crítico que no ha podido encontrar.

EN TUS FICHAS ENCOMIENDO MI ETNIA

* Joseph W. Whitecotton: The Zapotecs. Princes, Priets and Peasants. University of Oklahoma Press, Norman, 1977, XIV, 338 PP

* Mary Elizabeth Smith: Picture writing from Ancient Mexico. Mixtec Place Sings and Maps. University of Oklahoma Press Norman, 1973; XV, 348 pp., apéndices y mapas.

* Alfonso Caso: Reyes y reinos de la Mixteca (FCE, México,1977-79, 2 vols., 246 + 453 pp.

* Arthur J.D. Anderson: Beyond the Codices; The Nahua View of Colonial Mexico. University of California Press, Berkeley 1976, XI, 235 pp.

* María Margarita Dalton p. cord.: Historia de Oaxaca. Centro de Sociología del Instituto de Investigaciones Sociológicas de la Universidad Autónoma Benito Juárez, Oaxaca, 1980, 2 vols., 242 + 285 pp.

CONTRA LA DIMENSIÓN ESTRUCTURAL

No es fácil caracterizar históricamente a los mixtecos y los zapotecos.Los obstáculos son numerosos y entre los más significativos deben señalarse la decadencia que registran los estudios sobre el periodo colonial y el escaso interés en el estudio de la dimensión étnica en el siglo XIX. Así, la imagen de las etnias indias, en general, y de la mixteca y zapoteca en especial, se ha fijado en la formulación que elaboraron, hace ya algunos decenios, los grandes antropólogos, y los historiadores la han retomado sin más. El resultado es una pesada hipoteca sobre la visión del pasado indio: un continuo proceso de desestructuración y de liquidación, por consiguiente, de las especificidades que poseía cada nación india. En otras palabras nuestra imagen del pasado indio es la de una progresiva transformación de indio en campesino.

Si bien pudo tener un papel significativo en la elaboración de la política indigenista, esta imagen obviamente ya no es satisfactoria La concepción tradicional da por hecho una continuidad desestructurante de las etnias que va desde la conquista ibérica a la Revolución, olvidando que en cuatro siglos de historia la dimensión étnica tuvo que articularse con factores económicos, sociales, políticos y culturales, muy diferentes entre sí.

En un reciente coloquio realizado en Boston bajo el patrocinio del M.I.T. y de la Fundación Thinker, un grupo de investigadores intento una comparación del pasado indio de las diferentes áreas mesoamericanas. Ahí se concluyó, implícitamente, que existe una gran dificultad para establecer un paralelismo entre las diferentes evoluciones regionales: lo que parecía ser la evolución histórica de las etnias en el área de Oaxaca tenía escasa relación con la misma evolución en el área de Chiapas. Podría decirse que la ruptura de la imagen global tradicional aún no totalmente formalizada, nos está impidiendo elaborar una nueva concepción del pasado indio que simultáneamente tome en consideración tanto la especificidad étnica regional como el encapsulamiento de lo étnico en el sistema general. Por ejemplo, si comparamos la evolución de la población nahua del Valle de México con la evolución de la población mixteca y zapoteca de Oaxaca se llega invariablemente a la conclusión de que en esta última área las etnias han resistido de manera más adecuada a los diferentes impactos. Ahora bien, ¿hemos agregado algo a lo que ya se sabía? Muy poco. Tal vez el error, (por lo menos el mío) fue reflexionar demasiado sobre la dimensión estructural y muy poco sobre la dimensión diacrónica, de modo que la reconstrucción historiográfica diera la debida importancia a los fenómenos de continuidad y discontinuidad presentes en la dimensión india

LA COLA EUROCENTRISTA

El libro de Joseph W. Whitecotton, uno de los más recientes estudios dedicado a los zapotecas, recorre horizontalmente la evolución del pueblo zapoteco desde el momento, difícil de precisar, en que la población empieza a caracterizarse como zapoteca y lo zapoteco parece coincidir con la comunidad indígena y presenta una fragmentaria conciencia regional. Es ocioso, para los fines de esta reseña, recordar las caracterizaciones dadas por Whitecotton de las diferentes fases de la civilización zapoteca prehispánica. Baste decir que se trata de una descripción clara y abarcadora, que recoge toda la información disponible sobre el periodo formativo, clásico y postclásico. En la segunda mitad del volumen, el autor describe sintéticamente la evolución de la población zapoteca durante los tres siglos coloniales y el siglo y medio de época independiente. La descripción es menos específica en esta segunda parte, sobre todo para el periodo colonial, al carecer de un replanteamiento efectivo sobre las informaciones que ofrecen los estudios históricos y etnohistóricos.

El volumen de Whitecotton cae en uno de los defectos corrientes en este tipo de ensayos: reproduce punto por punto un esquema de matriz eurocéntrica a partir del cual se estudia a la civilización zapoteca, como a las otras civilizaciones prehispánicas, tratando de comprenderla interiormente sólo para el periodo anterior a la conquista ibérica. Lo que ocurre después es una pura y simple continuidad pasiva, y privada por lo mismo de un significado real y de una verdadera profundidad histórica. Resulta simplista la interpretación de que la nación que construyó Monte Albán y Mitla, que elaboró una compleja organización social, una original relación ciudad-campo y una rica dinámica social, haya terminado por «degenerarse» con la conquista española, y haya entrado en una evolución negativa. Para este enfoque fragmentario, casi no cuentan o no importan la persistencia lingüística, la permanencia de las creencias, la durabilidad de las tradiciones que manifiesta el pueblo zapoteco después de la conquista.

¿Qué clase de historia es ésta? Es una destinada obviamente a halagar el ego blanco: lo zapoteco es grandioso hasta que llega lo hispano. Si quisiéramos, pues, llegar a una conclusión, se puede entonces decir que el análisis horizontal de Whitecotton no nos hace salir del laberinto de la interpretación tradicional y, por consiguiente, su análisis no refleja una nueva actitud hacia la historia del pasado indio.

QUE NO ES COMIC: QUE SON SIGNOS

Algunos años antes que Whitecotton publicara su volumen sobre los zapotecas, la misma casa editora publicó un bellísimo volumen de Mary Elizabeth Smith sobre los signos pictóricos mixtecos. Se trata de un estudio erudito destinado a producir una modificación de nuestra imagen tradicional de la historia de la nación mixteca. El libro de Smith es apasionante, construido casi como un rompecabezas, y al que la mano segura de la misma autora nos ayuda a poner las diferentes piezas en el orden correcto. El comienzo de su peregrinación radica en el bien conocido supuesto de que los signos pictóricos no son solamente símbolos, sino también indicios históricos. Su idea es que los signos pictóricos son signos convencionales, similares a los de las historietas ilustradas. Gracias a este modo de proceder, que deriva de los estudios de Alfonso Caso, la autora logra dar una interpretación histórica no sólo de los códices prehispánicos y de los que se producen inmediatamente después de la conquista, sino también de los que se siguen produciendo a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Se trata de un procedimiento novísimo donde el análisis filológico se transforma en un extraordinario y revolucionario instrumento de conocimiento. Si existe una continuidad entre el códice Bodley (fechado en 1692) y el mapa de Xoxocotlán (que es de 1771), pasando por los códices del siglo XVI posteriores a la conquista, el razonamiento concluye que entre el «esplendor» prehispánico y la «degeneración» colonial existe una continuidad profunda, substancial e individualizable, que puede observarse en la persistencia de una profunda conciencia territorial, a través de los siglos, y que se expresa concretamente en los códices y en los mapas.

LA CONCIENCIA TERRITORIAL

Este razonamiento podría aplicarse ahora a un mapa colonial de fines del siglo XVII o comienzos del siglo XVIII, a juzgar por la letra, que Whitecotton incluye como ilustración en su volumen sobre los zapotecos. Observándolo atentamente se percibe que la conciencia territorial, que va mucho más allá de la dimensión comunitaria, se mantiene aún después de la conquista. ¿No es entonces un derecho exigir, a la cofradía de los historiadores, mayores indicaciones sobre esta forma de continuidad histórica? Podría sostenerse, no obstante como lo sostuvo brillantemente Angel Palerm, que el indio de hoy es un producto colonial. Esta verdad, como todas, es sólo una verdad a medias, porque el indio nacido en 1600 es obviamente bisnieto del que nació antes de la conquista, y ha crecido en un contacto estrecho con sus abuelos, cuyas funciones -y allí están los antropólogos para recordarlo- son las de transmitir a los niños sus tradiciones. Gracias a este proceso de transmisión los zapotecos y los mixtecos «coloniales» y «republicanos» preservan y recrean, como sus ancestros prehispánicos, una conciencia territorial. La conciencia territorial no es un mero hecho cultural porque se traduce en el conocimiento de los manantiales, de los bosques, de las tierras baldías. Nadie podrá dudar que la reproducción de la sociedad es imposible sin una cierta conciencia de la relación entre el hombre y la ecología. Se podría incluso ir más allá y sostener, sobre la base de las espléndidas relaciones geográficas de 1777-78 que aún esperan su publicación, que esta conciencia corría pareja con la idea de cómo cultivar la tierra, qué bienes producir y en qué cantidad.

Existen otras continuidades que tienden a establecer una conjunción entre lo material y lo inmaterial, como el derecho de uso sobre los recursos y, más en general, la persistencia de las normas jurídicas indias. En los restos históricos, por ejemplo en los juicios sobre tierras, encontramos declaraciones que suenan así: «Que el testigo sabe, por haberlo así oído decir de sus padres y abuelos, que las tierras pertenecen desde tiempo inmemorial a esta parte al pueblo». Así el derecho es otro de los elementos que vinculan el pasado prehispánico con el pasado colonial y republicano. Un ejemplo puede mostrar la importancia que se atribuyó a este derecho efectual indio en la época de la colonia. Se trata de una nota incluida en uno de los apéndices del libro de Smith: el parecer de un oidor de la Real Audiencia sosteniendo que los indios pueden demostrar la propiedad sobre tierras que han comprado o que poseen «desde su gentilidad» dando «toda fe y crédito a sus mapas, por ser los instrumentos a su usanza y estilo». Las etnias indias fueron capaces no sólo de conservar sino, lo que es más importante, de recrear una memoria por medio de la cual escribir su propia historia.

SOLAMENTE LA MANO DE CASO PODRÁ ALECCIONARLOS

Uno acaba apoyando a Alfonso Caso. Con agudeza e inteligencia, Caso se opuso al lugar común que afirma que no es posible hablar de historiografía, sino de tradición oral, antes de la llegada de los conquistadores. En su espléndido Reyes y reinos de la Mixteca, Caso escribió lo siguiente: «Los indígenas de México y de todo Mesoamérica, poseían una verdadera vocación histórica y relataban y escribían historia. Llamaban los mixtecos Naandeye a sus códices, que escribían `para memoria del pasado’.» Ha sido nuestra incapacidad y eurocentrismo que nos ha impedido comprender que los indios escribían la historia, tanto en la época prehispánica como en la época colonial, utilizando signos similares a los que usaron las civilizaciones mediterráneas hasta el momento en que conservaron una escritura ideográfica. Caso agrega que tratándose de «manuscritos pictóricos distinguimos, en los códices mixtecos, representaciones realistas, símbolos o ideogramas, y combinaciones de glifos que, según creemos, deben ser elementos fonéticos». La demostración de Caso de la continuidad del sistema glífico sugiere que, a pesar de la conquista, la sociedad no perdió su sentimiento de diferencia cultural, manifestado en la preservación y renovación de sus signos; esta renovación llegó, incluso, a «traducir» el sistema glífico en sistema gráfico. En efecto, quien haya tenido la ocasión de ver documentos coloniales queda asombrado por la enorme cantidad de material mixteco, zapoteco, náhuatl, escrito utilizando la grafía castellana. Un ejemplo eficaz y reciente de estos textos se encuentra en el volumen de Arthur J. D. Anderson, titulado justamente Más allá de los Códices.

Gracias a Caso y a cuantos él ha estimulado, disponemos finalmente de instrumentos nuevos para escribir una historia global de la sociedad india durante la Colonia y la República. Una obra reciente sobre la historia de Oaxaca puede darnos una indicación más precisa de esta nueva sensibilidad hacia la historia. Historia de Oaxaca impresiona por la claridad del estilo, que contrasta con el tono populista, por no decir populachero, que suelen tener muchas de las obras de «divulgación». Gracias a su estilo sencillo, los autores logran mostrar incluso los fenómenos históricos más complejos sin caer en banalidades.

EL NUEVO ACERCAMIENTO

La Historia de Oaxaca, se divide en dieciocho unidades; las tres primeras están dedicadas al pasado prehispánico, las siguientes seis al pasado colonial, y las otras nueve al periodo republicano. Considerando el peso escaso que se da, por lo general, al pasado prehispánico y colonial en las obras de divulgación, dedicar uno de sus dos volúmenes a este pasado resulta una especie de revolución en las historias regionales, que desde siempre han dado mayor importancia al periodo republicano. Si agregamos que en los dos volúmenes figura siempre una atención por la dimensión étnica, se puede concluir que hay en efecto una difusa necesidad cultural de plantear en términos diferentes y positivos el pasado indio, no obstante todas las, deficiencias que presentan los estudios de base.

Las tres unidades dedicadas al periodo prehispánico se abren narrando y explicando el modo en que fue poblándose la región de Oaxaca, los recursos materiales, la organización social, lo que diferencia a las naciones zapoteca, mixteca, chinanteca, mazateca y mixe y las relaciones que se establecen entre ellas. Es interesante notar como, en las noventa páginas dedicadas a este periodo, el signo arqueológico, codicológico y genealógico han sido traducidos al lenguaje diacrónico del historiador. Por ejemplo: «En la actualidad conocemos que, como nosotros, mixtecos y zapotecos se preocuparon por la historia, y una prueba de ello son las pinturas que dejaron. Estas pinturas se llaman códices y narran hechos y creencias de sus pueblos. De todos los objetos que hemos heredado de estos pueblos antiguos, los códices son lo más parecido a nuestros libros de historia». El comentario es obviamente superfluo: estamos leyendo con otras palabras el mensaje de Alfonso Caso.

La Historia de Oaxaca contituye una pieza para la necesidad de establecer concretamente el grado de continuidad entre el pasado prehispánico y el pasado colonial, minimizado en la interpretación historiográfica tradicional. Los autores de esta historia regional no sólo se preocupan por la continuidad más general, que identifican en la utilización de los recursos materiales, sino también por los elementos que facilitaron la transición de lo prehispánico a lo colonial, ejemplificado en el surgimiento de conflictos entre las diferentes etnias de la región, conflictos que aumentaron luego de la conquista azteca y produjeron «resentimiento y odio entre los pueblos (…) razones por las cuales muchos pueblos indios se aliaron a los españoles».

En este punto podemos concluir diciendo que existe, a todos los niveles, una necesidad de acercarse a la historia prehispánica y colonial en términos nuevos, y que esta necesidad es compartida tanto por los productores de historia -los arqueólogos, los etnohistoriadores, los historiadores- como por los consumidores de historia -el público no especializado. En ambos existe esa necesidad espiritual de elaborar y reelaborar constantemente -¿generacionalmente?- la memoria histórica.

LO ANTIGUO QUE VENDRA

Elías Canetti: La conciencia de las palabras. Fondo de Cultura Económica, Colección Popular, México, 1981. 366 pp. 

Quizá todos los escritores tienen, antes que otra cosa, un prurito testimonial; al elegir su tema y desarrollarlo, cualquier ensayista está fijando su testimonio y las ideas que determinada obra o acontecimiento le producen. En Canetti, es muy visible o epidérmica esta necesidad de rendir cuentas. Para comentar a Tolstoi, por ejemplo, escribe: He pasado la noche entera en una especie de embeleso, leyendo la vida de Tolstoi». Y su texto no traiciona este embeleso personal.

Su obra crítica forma parte de su autobiografía. Si el niño de La lengua absuelta ya hubiese sido un escritor capaz, tendríamos ensayos y no sólo recuerdos, de sus lecturas infantiles y juveniles, e incluirían disertaciones entusiastas sobre Defoe o llenas de repulsión por Walter Scott. La conciencia de las palabras, casi en su totalidad, es un registro de lecturas. A primera vista incoherentes (Confucio, Speer, Kafka, el doctor Hachiya), ya ceñidas a su atención nos muestran una inmensa voluntad escudriñadora. Es justamente la conciencia que tiene de las palabras lo que define su obra. Pueden ser las de un paranoico (Shreben, Hitler), las de un escritor o las de su propio ex-guía moral y literario. Cada vez que hace referencia a Karl Kraus, Canetti se mueve entre la admiración y el rechazo. Sus reflexiones sobre Kraus adquieren el carácter de exorcismos. Seis años de su juventud se dejó devorar por el crítico vienés; el segundo tomo de sus memorias, La antorcha en el oído, es un intento por superar, sin olvidarla, esta influencia. En La conciencia de las palabras vuelve al maestro en dos textos, aunque uno lo siente zumbar todo el tiempo en el oído. («Desde que lo escuché no me ha sido posible no escuchar»).

Ya en el prólogo advierte Canetti que la justificación del libro»reside… exclusivamente en su pluralidad». En efecto, aquí se reúnen discursos (sobre la lengua alemana, otros autores o la profesión de escritor), opiniones literarias, ensayos propiamente dichos («El otro proceso» «Hitler según Speer», «Poder y supervivencia») y testimonios personales. Esta pluralidad no resta la íntima unidad que une entre si a cada uno de los textos. Se trata de la misma voz, del mismo persistente oído.

«TODA ESTA ADMIRACIÓN DILAPIDADA»

Hay en Canetti una característica sobresaliente, casi un defecto, una debilidad en todo caso: la admiración entusiasta. Cuando refiere el deslumbramiento que le produjo Woyzeck de Büchner, sabemos que no estamos ante un crítico, sino ante un escritor subyugado por otro. Y esta flaqueza nos da lo mejor de Canetti. ¿Cómo interpretar, si no, sus lecturas de Kafka y Tolstoi, su duro elogio a Broch, su propia autobiografía? Es a través de este entusiasmo que asume sus temas, personajes y obsesiones, por la vía del desbordamiento; no se introduce en una obra o en un hecho social, sino que se deja inundar por él. De este desbordamiento nacen también sus interpretaciones del poder y la masa. Aquello que lo anega merece su admiración, así se trate de una multitud sin rostro o la demasiado definida personalidad de Karl Kraus.

Tiene, sin embargo, dos actitudes distintas ante los desbordamientos. El poder la masa, Kraus o su propia madre, le producen también rechazo (se defiende): la admiración va acompañada por una profunda sensación de amenaza). Büchner, Tolstoi y la lengua alemana lo incitan a rendirse sin condiciones.

Con todo y su sobriedad, Canetti es un escritor radicalmente moderno. Dice de Auto de fe:

Un día se me ocurrió que el mundo ya no podía ser recreado como en las novelas de antes, es decir desde la perspectiva única del escritor el mundo se hallaba desintegrado y sólo si uno se atrevía a mostrarlo en su disolución era posible ofrecer de él alguna imagen verosímil.

La aproximación que hace de las masas y los fenómenos del fanatismo multitudinario son tan extravagantes para la mentalidad científica que ni siquiera chocan con las interpretaciones sociológicas en uso. De igual manera, la observación psicológica que hace de sus autores puede resultar aberrante desde una óptica psicoanalítica. Debe hablarse de un capricho riguroso como esqueleto, motor y método en su obra. Subjetivo, presuntuoso a ratos, más por certidumbre que por jactancia, Canetti carece de complacencia. La impronta de Kraus le evitó las oscilaciones de la moda, en una época en que lo nuevo y la moda eran religión artística y el mundo centroeuropeo se desmoronaba. Se dejó deslumbrar, admiró insobornablemente, pero nunca se equivocó. Los años que dedicó a su novela, y luego los que dedicó a su gran obra ensayística Masa y poder demuestran no su «lentitud», sino su seriedad artística. Se exigía tanto como él exigía a sus modelos. Por eso, no tiene rubor para emparentar su nombre con los de Grünewald, Kafka, Stendhal o Cervantes. Si los considera sus iguales no es porque se esté adulando a si mismo, sino porque espera todo de ellos. Justamente por eso, Canetti es impensable como modelo. Su apuesta es demasiado solitaria e irrepetible, y su obra un callejón sin salida; hacia adelante, pero sin salida. Uno sólo puede avanzar con ella saltando alguna barda o huyendo por las alcantarillas.

En «Tolstoi, el último antepasado», no se muerde la lengua para asociar los últimos años de Tolstoi con el desenlace de su propia novela. («Al final, la vida de Tolstoi se desarrolla como Auto de fe»). Quizá Tolstoi sea Kien, pero sobre todo Teresa es la mujer de Tolstoi. En 1971, a años de Auto de fe, Canetti busca la genealogía de su novela en su biografía que apenas ahora está leyendo. Mezcla diferentes dimensiones temporales y hace tardía, ¿tramposa?, interpretación de su propia obra.

Al referirse a Broch, señala las exigencias que debe cumplir un escritor, las mismas que luego había de imponer a su propia obra: sería un esclavo, «un sabueso de su tiempo». Primero, un escritor debe ser original, en si y no por búsqueda («un escritor es original o no es escritor»). El segundo atributo es «la voluntad seria de sintetizar su época», una insaciable «sed de universalidad». El tercero, que esté contra su época, no parcialmente, sino contra todo (fisonomía, olor, sonoridad). Nada más opuesto a los ultraísmos, siempre regodeándose en sus presentes fugaces. Y Canetti empezaba a igualar a Canetti.

FRANZ, APARTA DE MÍ ESTAS CARTAS

Al describir el otro proceso de Kafka, Canetti endurece el pulso. Se comporta como un cirujano, firme y despiadado ante el despiadado tormento que Kafka se infringe. Para seguir el itinerario kafkiano de las cartas a Felice Bauer, toma el rumbo del cuerpo que estudia, y así prolonga, para hacerlo visible a nuestros ojos, el profundo desgarramiento del escritor praguense ante las dudas del amor y las amenazas infinitas de la vida. Se trata de una amplificación compacta de aquel proceso creativo-destructivo que culminó (pero no terminó) en 1914, con la erección de un tribunal (su novia y dos amigos) que lo condenaron a la absolución. Porque su castigo fue liberarlo del compromiso matrimonial, que él buscó y ya había roto un año antes. La habilidad de Kafka es sórdida: obtiene de su «tribunal» la condena porque él la hace posible. Asume su culpabilidad radical mente: condena, derrota, sufrimiento y alivio son, en conjunto, el premio a que su tenacidad lo hace merecedor.

Kafka queda aquí expuesto en toda su absurda obstinación de manera más directa y personal que en El mito de Sísifo. Camus busca al héroe absurdo, sea José K. o Franz K., mientras Canetti busca al hombre, al gusano de sí mismo, creador de su proceso y su condición de víctima. Y donde Camus encuentra la militancia absurda en lo literario, Canetti localiza al individuo sin futuro ni esperanza, pero real. Al esplendor épico, Canetti opone la microscópica grandeza de un escritor atormentado.

En otro texto de La conciencia de las palabras hay una búsqueda similar. El descubrimiento de un «nuevo» Kraus le permite rastrear otro proceso epistolar. En este caso se trata de un esclarecimiento vital: la relación amorosa más importante de su gurú vienés devuelve a Canetti, después de cuarenta años, la confianza absoluta en su maestro. La correspondencia con Sidi (Sidonia) arroja luz sobre los aspectos más íntimos de la guerra contra el mundo y contra la guerra que emprendió Kraus totalmente solo. No ahorrará entusiasmo para elogiar a este «volcán de odio»; lo considera uno de los grandes satíricos de la historia (y los otros son menos de cinco). Sabe que tiene razón, que Kraus es una fuerza viva, una bomba capaz de estallar cuando haga falta, siempre que caiga en las manos adecuadas.

LA RESPONSABILIDAD DE LAS PALABRAS

El dios de Rilke estaba en las cosas. Tenía la certeza de que ellas, y solamente ellas, lo acompañarían siempre. De igual manera, el dios de Canetti está en las palabras. Este dios, y «un sentido de responsabilidad absoluto» le han permitido sobrevivir (y escribir). El encuentro más cercano y desnudo con las palabras se halla en lo que uno dice para sí mismo. Cuando se refiere a los diarios no lo hace como crítico ni como lector, sino en efecto como un escritor de diarios, tan involucrado en el asunto que se delata exponiendo sus propias claves, las coordenadas con que él traza. sus registros. En «Diálogo con el interlocutor cruel», se convierte en un teórico del género por el simple hecho de cultivarlo.

«La profesión de escritor» (no habla de «oficio») le sirve para rehacer su programa, expresado 40 años atras ante Hermann Broch: «hoy en día, nadie puede llamarse escritor si no pone seriamente en duda su derecho a serlo». Le queda un solo motor, una condición sin la cual no puede aspirar a ese derecho: deberá ser «custodio de las metamorfosis», recuperando toda la herencia literaria, de Gilgamés a Homero a Ovidio a Shakespeare a los mitos que han sobrevivido, o sobrevivirán, la aniquilación de las desfallecientes culturas»primitivas». El escritor deberá estar atento a los hombres, a la más. insignificante carne alimenticia del poder, y siguiendo sus transformaciones, permitir la transformación de la humanidad.

Las palabras no sólo son palabras. Tuvieron la fuerza suficiente para desatar el odio y la estupidez de la última guerra europea. Y «si eso pueden provocar las palabras, ¿por qué no pueden impedir otro tanto?» En este punto quizá no sea tan obvio regresar a Sísifo, en todo caso a un nuevo Sísifo prometeico, rebelde y misericordioso (es Canetti quien reivindica la misericordia) que devuelve la multldimensionalidad a una raza humana idéntica y cosificada. Nuestro futuro está ahora en poder de máquinas, cada vez menos controlables. «No puede ser tarea del escritor dejar a la humanidad en brazos de la muerte». Otra vez la resonancia krausiana. Buscar, encontrar y mostrar al mundo el camino que nos permita eludir la nada; la responsabilidad es el único derecho.

Cultura política y obrera

Atrás de la raya, que estamos grillando

Raúl Trejo Delarbre. Articulista de unomásuno, coeditor de la revista Solidaridad y de Así es, órgano del PSUM. Ha colaborado en Nexos anteriores.

LO POLÍTICO ES NO PARECERLO

«La política -por lo menos en este país- se inmiscuye en todas las demás actividades» Fidel Velázquez

Del anticomunismo de los cincuenta a las reformas propuestas en los flamantes años ochenta, de las frecuentes declaraciones de apoliticismo a las grillas más evidentes, toscas y polifacéticas, los dirigentes sindicales de México conforman uno de los sectores que con más recursos, entusiasmo, premeditación y ventaja, hacen política.

El quehacer político en el movimiento obrero rebasa todas las posibilidades de inventario, así se trate de una lista de anécdotas y esquemas. Nadie más político que Fidel Velázquez. Su mutismo proverbial, su oportunidad en la declaración parca pero precisa, su historia paradigmática dentro del sistema (de lechero a líder sindical, de jerarca obrero a patriarca político) es la mejor muestra de la capacidad y necesidad que la burocracia sindical ha tenido para estar en el centro de la política mexicana. Para tipificar las formas de hacer política que tiene el movimiento obrero quizá sería necesario acudir puntualmente a la biografía de un líder como Fidel. Del consenso a la represión, de la dotación de prestaciones sociales a la asignación de cargos públicos, del dedazo al telefonazo, del tráfico de cuotas a la declaración periodística, hay una apabullante variedad de estilos, procedimientos, reglas y leyendas en la política que practican los dirigentes obreros.

Tampoco es una política, nada más, de cúpula. Si algo nos han enseñado la investigación y las reflexiones más recientes, a la luz de los acontecimientos de los últimos años en el movimiento obrero, es que hay lugar para todo menos para los esquemas, en el sindicalismo de nuestro país. Uno de ellos, tendía a adjudicar a los dirigentes una capacidad de acción y negociación absoluta, por encima siempre de la voluntad de los trabajadores. Ya ha señalado José Woldenberg que, en realidad, «la burocracia sindical no es un fenómeno externo a la clase obrera. No es la imposición `desde fuera’ lo que explica su existencia; es un producto natural del desarrollo y expansión de los sindicatos. La necesidad de contar con representaciones permanentes y profesionales es lo que explica su surgimiento» (Nexos, Núm. 34, octubre 1980, p. 4). La política que hacen los líderes, por más tradicionales y charros que sean, representa no sólo el interés de estos dirigentes sino, aun en formas indirectas, posiciones reales que existen dentro del movimiento obrero. En términos más llanos: cuando los líderes obreros hacen política, también la están haciendo, por reflejo u omisión, directa o indirectamente, los trabajadores que los líderes representan. Del consenso a la represión, de la dotación de prestaciones sociales a la asignación de cargos públicos, del dedazo al telefonazo, hay una apabullante variedad de estilos, en la política que practican los dirigentes obreros.

La política en el movimiento obrero responde, entonces, a la base social donde tiene lugar. En un sindicalismo tan heterogéneo en su estructura, que incluye sindicatos locales y nacionales, de empresa e industria, federaciones y confederaciones, etc., y con tanta diversidad ideológica interna, la acción política es igualmente compleja, abundante y enmarañada.

Las manifestaciones más evidentes de la política obrera tienen lugar en el plano de la vida política institucional. A esar de ello, todavía hace pocos años importantes dirigentes obreros insistían en que el sindicalismo debía ser apolítico y no comprometerse en cuestiones ajenas a los asuntos laborales más inmediatos. Infinitas declaraciones de apoliticismo han sido hechas por dirigentes tradicionales que de esta manera quieren enfrentarse a la politización explícita de movimientos democráticos como el de los electricistas en la década pasada. Pero en general, sobre todo en fechas recientes, los líderes sindicales han hecho explícita su vocación política para defenderse de influencias que podrían mermar su poder.

EL PRIÍSMO COMO IDENTIDAD Y DESTINO

Ante la reforma política anunciada por el gobierno federal, diversos dirigentes obreros se manifestaron contra la politización de la lucha sindical. Inclusive, Fidel Velázquez llegó a afirmar en 1978 que si el PRI no recogía las demandas del llamado sector obrero, podría llegar a formarse otro partido político. Más que por la reforma política propiamente, o por una eventual desvirtuación del partido oficial, los líderes tradicionales se preocupaban porque la legitimación electoral de partidos políticos disidentes pudiese legitimar su participación en la lucha sindical: «el supremo propósito de la unidad de clase implica nuestra sólida oposición a que la lucha de los partidos se traslade indiscriminadamente al seno de los sindicatos», aclaró la X Asamblea del Congreso Nacional de la CTM, en ese mismo año de 1978.

La unidad obrera, que es una aspiración esencial -histórica de los trabajadores, sirve también de pretexto para que los dirigentes sindicales, en aras de la homogeneidad, estén en mejores condiciones para negociar ante otros sectores del Estado. En ese sentido, la unidad suele ser subterfugio para legitimar la adhesión al partido político oficial. En la Primera -y hasta ahora única, en sus 15 años de vida- Asamblea Nacional del Congreso del Trabajo, en julio de 1978, el dirigente de la CGT, Vicente Gervai, expresaba una preocupación muy generalizada entre sus compañeros cuando exclamaba: «íVenimos a reivindicar el lema de Alejandro Dumas, de uno para todos y todos para uno!» (La cultura en México, suplemento de Siempre, 2 agosto, 1978). En esa ocasión, la unidad del movimiento obrero fue uno de los argumentos esgrimidos para reiterar la adhesión del Congreso del Trabajo al PRI, a pesar de los reclamos de los sindicatos universitarios, que asistían con derecho a voz pero sin voto. Para el CT, mantener la afiliación masiva -aunque pocas veces documentada- de los trabajadores sindicalizados al partido oficial, equivalía a reivindicar su importancia como sector fundamental del sistema político y lograr mayores puestos de representación a través del PRI.

Pertenecer al Partido Revolucionario Institucional ha sido para los dirigentes sindicales -como es también para muchos funcionarios públicos- prueba de su reconocimiento a las reglas políticas del sistema. Para los trabajadores, en muchas ocasiones ha sido un elemento definitorio de subordinación a los dirigentes tradicionales y al sistema sindical corporativo. En más de una oportunidad, el rechazo a participar en el partido oficial ha estado presente en las demandas de los movimientos democráticos. El Sindicato Mexicano de Electricistas, qué pertenece al Congreso del Trabajo se singulariza, entre otras cosas, porque en su interior hay una libre filiación partidaria (inclusive algunos de sus actuales dirigentes son del Partido Popular Socialista). Cuando el Sindicato de Telefonistas (también parte del CT) fue democratizado por un movimiento en 1976, lo primero que hicieron los trabajadores, después de destituir a la dirección espuria, fue eliminar el artículo de sus estatutos que, formalmente, los ubicaba como miembros del PRI.

Las disposiciones estatutarias son a menudo recursos sutiles, pero de aplicación ineludible para propiciar (aunque sea sólo formalmente) la participación política. En el Sindicato Minero Metalúrgico, se aprobó hace pocos años la adición de una cláusula que favorece la vinculación de la burocracia sindical con el PRI, al establecer la obligación de todos los socios para «pertenecer al partido político que acuerden las convenciones generales del sindicato y actuar políticamente conforme a su declaración de principios y programas de acción, en el caso de ser ciudadanos».

«Queremos más diputados obreros. Queremos más senadores obreros. Más gobernadores obreros, más ministros. Y por qué no. íQueremos un presidente que sea obrero!»

Además, se han eliminado las restricciones para ejercer simultáneamente funciones sindicales y puestos de elección popular.(1)

LA LUCHA POR LA CURUL

La política, sin embargo, no se agota en el ámbito institucional. Podría afirmarse que sin desmedro del respeto observado por las direcciones sindicales (a pesar de lo que a menudo se piensa) por los estatutos de sus organizaciones, las negociaciones informales ocupan la mayor atención de los líderes en su acción política. La compleja red de relaciones dentro de la burocracia sindical se equilibra y mantiene en tensión gracias a constantes concesiones, fricciones y discusiones. Elementos como el respeto a los pequeños cacicazgos, el reconocimiento al liderazgo de las direcciones nacionales y la articulación de cuadros medios con los principales dirigentes, componen la actividad cotidiana de la burocracia sindical. ¿Cuántos episodios de la historia política mexicana se registran todos los días en el despacho de Fidel Velázquez? La falta de documentación facilita la especulación. En todo caso, puede decirse que la influencia política de las direcciones sindicales suele tener una relación directamente proporcional a la presencia política de los trabajadores en la vida nacional. En los últimos años ha aumentado esta presencia, expresada tanto en acciones de la insurgencia obrera como en la radicalización programática de la burocracia sindical oficialista. En este mismo lapso, el llamado sector obrero del PRI ha colocado a un mayor número de funcionarios de elección popular, especialmente en la Cámara de Diputados:

«En la legislatura que comprende 1970-1973, el sector obrero contó con 24 diputados propietarios, el 11%; en la siguiente legislatura 1973-1976, alcanzó 27, 14.7%; en el periodo 1976-1979, ascendió a 42, 22%; para la legislatura que va de 1979 a 1982, los diputados propietarios se elevaron a 91, de los cuales la mitad pertenece a la CTM, es decir, el sector obrero representa (ahora que la Cámara suma 400 titulares) la cuarta parte del total y casi un tercio de los diputados del PRI».(2)

También han aumentado los senadores y gobernadores con apoyo directo del Congreso del Trabajo. Las gubernaturas de Sinaloa, Querétaro y Nayarit han sido otorgadas a viejos dirigentes de la CTM y el nuevo gobernador del Estado de México fue titular del Banco Obrero.

La disputa por la ración de cargos públicos, es uno de los asuntos que más atrae a los líderes obreros. «Queremos más diputados obreros. Queremos más senadores obreros. Más gobernadores obreros, más ministros. Y por qué no. íQueremos un presidente que sea obrero!» decía exaltada una delegada de la CTM de Tampico a la Asamblea del Congreso del Trabajo en 1978. Más que la conformación del proyecto de reformas económicas que luego enarbolarían las direcciones sindicales, a muchos dirigentes les preocupa diseñar nuevas formas de presión y negociación para acceder a un mayor número de puestos en el gobierno. El dirigente de la CROC, Angel Olivo Solís, declaraba en esa ocasión: «estamos inconformes con que se nos trate como a menores de edad… queremos estar incorporados al aparato de decisiones en todos los niveles, por eso tenemos derecho a más representación».

Pero no todos los dirigentes están de acuerdo con ocupar cargos fuera del aparato sindical. Hay quienes prefieren mantener sus posiciones dentro de la burocracia obrera. Joaquín Hernández Galicia, La Quina, explicaba hace poco a Rafael Ramírez Heredia: «ya sabemos que los líderes, cuando aceptan cargos como senadores o diputados, algunas veces traicionan a los trabajadores que los elevaron. Por eso yo nunca he aceptado esos cargos, no porque sean deshonrosos, sino porque quiero tener siempre la confianza de la gente, de mi gente, de la gente que me apoya y cree en mí. . . hay por ahí muchos que quisieran verme aceptar un cargo de esos para tenerme agarrado por esa línea. Y mi autonomía y la de mi sindicato valen más que cualquier cargo, por honroso que sea» (La otra cara del petróleo, Ed. Diana, 1979, pp. 147-48,).

La autonomía de los dirigentes sindicales es mucho más que aparente. Sin duda, existen fuertes nexos de toda índole entre la burocracia sindical y el resto del Estado, pero los dirigentes obreros nunca dejan de conservar márgenes de acción propios. La mayor parte de las veces, estos márgenes sólo se advierten en las negociaciones dentro del aparato político. Pero a veces también son perceptibles desde fuera. Tan sólo considérense los proyectos de reformas expresados recientemente por la burocracia sindical que, inclusive, llegan a prefigurar modelos de organización para la economía diferentes a los que postulan sectores del gobierno (3) También en sus relaciones diarias, se experimentan fricciones entre dirigentes obreros con cargos políticos, a veces precisamente por el incumplimiento de tales programas. Hace poco la Confederación Revolucionaria de Obreros y Campesinos se preocupaba porque: «La incongruencia entre lo que se dice y lo que se hace, está poniendo al Congreso del Trabajo y a las organizaciones sindicales que lo integran en una posición muy difícil por los grandes planteamientos teóricos que hace, los cuales se encuentran fuera de las posibilidades de la realidad del movimiento obrero». (El Día, 21 de noviembre de 1980).

EL IMPACTO MUNICIPAL

El ataque verbal y la esgrima declarativa son más frecuentes (igual que en el resto de la política mexicana) que la coacción o cualquier forma de violencia directa. Los líderes sindicales, la mayoría de las veces, presionan dentro de los márgenes formales de la política aunque por procedimientos extrainstitucionales. Esto ocurre tanto a nivel nacional, como local. En acontecimientos como el «destape» sexenal o las medidas importantes del gobierno federal, la opinión de la burocracia sindical oficialista es fundamental; también en eventos regionales, estatales y de nivel político más elemental, el punto de vista de los representantes sindicales siempre es, por lo menos, de tomarse en cuenta. Hay zonas del país donde es tradición que las presidencias municipales correspondan a personeros de los organismos sindicales. Los gobiernos locales en las zonas petroleras de Veracruz, por ejemplo, suelen ser adjudicados a dirigentes destacados del Sindicato de Trabajadores Petroleros. Esta importancia del sindicato en la vida local ocurre no sólo con los organismos más burocratizados, sino también en los sindicatos de corte democrático. En ocasiones, la posibilidad de influir en la comunidad donde se encuentra ubicado, les permite al sindicato o a la sección sindical democrática ganar apoyo y, a su vez, irradiar sus puntos de vista fuera del ámbito de la fábrica o la planta. Una de las virtudes del movimiento de los electricistas democráticos fue su capacidad para involucrar a los ciudadanos de las zonas donde la lucha sindical se desarrollaba con mayor intensidad. La dimensión que puede tener esta capacidad, se aprecia mejor en poblaciones pequeñas. En el pueblo de La Boquilla, al sur de Chihuahua, por ejemplo, el principal motor de la actividad política y social fue la delegación del sindicato de trabajadores electricistas: «El impulso al desarrollo del poblado por parte de las diversas autoridades políticas fue algo por siempre desconocido para los habitantes del lugar. Estos, organizados bajo la dirección del sindicato electricista y de los maestros de la escuela primaria, solucionaban los problemas que se les iban presentando». (4)

LA MAGIA DEL ESTATUTO

Dentro de las organizaciones sindicales,las relaciones políticas se rigen por una compleja red de códigos formales y prácticas informales. Los estatutos sindicales tienen una importancia extraordinaria. Pocos dirigentes se dan el lujo de violentarlos. Más bien, los líderes aprovechan resquicios que dejan los propios estatutos, o insuficiencias de los mismos, para ganar espacios de maniobra. En las centrales y federaciones, que suelen tener reglamentaciones más flexibles (o que casi no tienen normas legales que rijan su vida interna) hay mayor margen para que los dirigentes impongan sus condiciones y estilos de discusión. Recientemente, el Sindicato Unico de Trabajadores de la Industria Nuclear ingresó al Congreso del Trabajo. Se trató de una decisión aprobada por los trabajadores del SUTIN, quienes consideran que su lucha democrática debe darse al lado del conjunto de los trabajadores organizados, que se encuentran mayoritariamente representados por los dirigentes reunidos en el Congreso del Trabajo. Este organismo tiene un funcionamiento irregular, pero su importancia política ha decidido a los nucleares a esforzarse para ganar presencia dentro de él. Arturo Whaley, secretario general del SUTIN, cree que en el Congreso no se menoscaba el programa avanzado de su sindicato y, en cambio, se contribuye a la unidad de la clase obrera. Pero existen dificultades para hacer prosperar sus puntos de vista. En una entrevista Whaley señalaba: «Hay reuniones formales del CT donde participan todas las organizaciones; pero no nos avisan a tiempo y, aunque pudiéramos ir ahí y plantear toda una serie de cuestiones, es evidente que esas reuniones se citan ya con una agenda aprobada cuando menos por las organizaciones de más peso. Para que se avance en cualquier punto de vista, se necesita todo un proceso de negociación con los dirigentes de la CTM, de la FSTSE y de los sectores de más peso en las decisiones del Congreso del Trabajo». A pesar de todas estas dificultades, sindicatos como el SUTIN, con posiciones democráticas, han podido ganar el apoyo del Congreso del Trabajo.

Trabajadores jóvenes, que se han formado y han crecido en un ambiente urbano e industrial, han sido protagonistas de los movimientos sindicales emergentes desde los años setenta.

En los sindicatos nacionales, donde existe mayor rigor estatutario (por la historia de estas agrupaciones y por su mayor complejidad) las normas internas pueden servir para facilitar o dificultar la posibilidad de los trabajadores para hacer política y expresarse. Casi siempre, hay más obstáculos que ventajas, pero la lección de muchas luchas avanzadas indica que, siempre, los trabajadores tienen que respetar la legalidad interna para que ésta no se convierta en instrumento de represión en manos de las burocracias tradicionales.

FERROCARRILEROS: DISPERSIÓN ORGÁNICA

En el Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros de la República Mexicana, una de las formas de control sindical que los estatutos permiten se encuentra en los mecanismos para realizar asambleas:

«Estas, de acuerdo con los Estatutos, son de tres tipos: sindical, profesional y política. La primera, debe realizarse dos veces por mes, cosa que jamás sucede. Además, casi nunca son representativas. El quórum para efectuarlas es de 10 trabajadores en las delegaciones sindicales que tengan hasta mil trabajadores, 50 en las que reúnan hasta 2 mil y 75 en las que tengan más de esa cantidad. Este quórum excesivamente pequeño permite a los dirigentes charros tomar acuerdos de «asamblea» con grupitos de incondicionales. Sin embargo, casi nunca los dirigentes se toman la molestia de convocar a asambleas para legitimar sus decisiones. Las asambleas profesionales pueden ser: de especialidad, de rama general y generales (esto es, de las cinco ramas que hay en el STFRM). De esta manera, los problemas de un sector de trabajadores no los discuten todos los involucrados, sino sólo los de un sitio. Si los trenistas de Torreón, por ejemplo, tienen un asunto que tratar, es prácticamente imposible que conozcan la opinión de sus colegas de Oaxaca; y si se trata de un asunto cuya solución no compete a una sola sección, por ser de carácter nacional, queda fuera de las manos de los trabajadores. Los problemas de este tipo quedan a cargo del ejecutivo nacional. Están, además, las asambleas de carácter político. Así les llaman a las reuniones para atender cuestiones de partido, o sea del PRI para que los trabajadores les den su apoyo. Claro, en estas asambleas nunca se discuten problemas reales de la clase obrera, ni la forma de apoyar las luchas de otros trabajadores. Por eso, cuando en el STFRM se habla de participación política, los trabajadores tienen un rechazo explicable e inmediato a ese término, que para ellos es sinónimo de control forzoso y antidemocracia priísta» (Solidaridad, No. 187, 3a. época, Nov., 1978).

SME: LABORIOSA DEMOCRACIA

En otros sindicatos, el respeto a los estatutos suele ser más frecuente, pero la estructura y las prácticas sindicales son tan abigarradas, que obligan a los trabajadores y a sus dirigentes a enfrascarse en largos, casi permanentes procesos de discusión sobre problemas internos, sin ocasión para atender otras cuestiones. El Sindicato Mexicano de Electricistas es, por eso, una organización que ha vivido gran parte de sus casi setenta años ensimismada y poco movilizada:

«El SME es de las pocas organizaciones que han conservado, con el voto universal, secreto y directo, el derecho formal a elegir a sus dirigentes y representantes. Esto ha evitado que este sindicato sea sometido a través de direcciones espurias que ahoguen toda vida democrática. Pero también el sistema electoral requiere de un perfeccionamiento: es de tal manera complejo, que la mayor parte del tiempo los compañeros están en elecciones y no se dedican a resolver cuestiones de trascendencia que se van apilando. La mitad del Comité Central se renueva cada año, iniciándose el proceso en abril. La votación culmina después de periodos de presentación de planillas, registro de las mismas y campaña electoral formal, en julio; pero en los últimos años, al no reunirse los porcentajes requeridos en la primera vuelta, se eliminan las planillas con menor votación y se han hecho dos y hasta tres vueltas, con lo cual el proceso termina en agosto o septiembre. Luego viene la elección de representantes departamentales, que dura por lo menos un mes más. Si es un año de revisión salarial únicamente, queda un «respiro» de unos meses hasta la revisión en marzo y luego se reinicia lo mismo en abril. Pero si es año de revisión de Contrato, ya en octubre o principios de noviembre se están eligiendo integrantes de la Legislativa de Contrato, la cual se instala en diciembre y funge hasta que se firme el Contrato, normalmente en marzo y a veces a principios de abril». (Solidaridad No. 193, 3a época, oct., 1979).

MINEROS: LA LEY AL ENEMIGO

El SME es tal vez la organización sindical donde el vértigo electorerista impuesto por los estatutos resulta más exagerado. El imperio de las formas en la relación sindical, sin embargo, tiene consecuencias mayores en agrupaciones como el Sindicato Minero. «Los Estatutos del minero ofrecen un margen relativo pero (precisamente) real para el desarrollo de secciones democráticas. En una ocasión, ante un grupo de `charritos’ que le reclamaba su escaso apoyo ante los grupos democráticos, Gómez Sada exclamó: `dentro de los estatutos todo se vale. Si quieren que los apoye, tienen que ganarse a la mayoría’. El líder minero ha tolerado los brotes insurgentes siempre y cuando no rebasen los marcos legales del sindicato. Cuando no sucede así, aprovecha cualquier resquicio que permitan los Estatutos para imponer sanciones excesivas a los dirigentes democráticos. Así les sucedió a los representantes de la sección 200 de Ciudad Sahagún, hace 4 años, quienes al publicar un manifiesto que denunciaba la política de carestía contra los trabajadores, se hicieron acredores a la suspensión de sus derechos laborales.» (Solidaridad, No. 184, 3a. época, julio, 1978; el Manifiesto en Excélsior, 28 de septiembre de 1974).

PETROLEROS: LÁTIGO Y ESTÍMULO

Los dirigentes sindicales, de esta manera, suelen hacer política con los estatutos en una mano. Con la otra, alimentan una de sus principales formas de consenso, que es la dotación de prestaciones -seguridad social, vivienda, préstamos, tiendas, instalaciones deportivas, permisos, plazas, etc-. La amplia variedad de prestaciones que administran, les permite a los dirigentes discriminar entre unos y otros trabajadores, sostener favoritismos, combatir a los disidentes y, en fin, contar con un recurso inigualable para conservar el poder sindical. En organismos como el Sindicato de Trabajadores Petroleros, la administración de las prestaciones es uno de los principales métodos que la burocracia sindical ha empleado para mantener políticamente subordinada a la mayor parte de los asalariados de este gremio: «los trabajadores de planta gozan de una buena situación laboral,que les permite tener una vida sin apuraciones económicas como las tienen la mayor parte de los trabajadores mexicanos. Situación que ha limitado la combatividad que se había venido arraigando en ese gremio y ha facilitado la aplicación de la política corrupta que llevan a cabo los dirigentes del STPRM».(5)

La fórmula concesiones-represiones, alimenta la política interna de los dirigentes sindicales en agrupaciones de todos los rangos. En el mismo sindicato petrolero la burocracia sindical nacional acude a una amplia gama de instrumentos para someter o conceder Entre otros, según un estudio sobre el STPRM, se emplean: la venta de plazas, la venta de los contratos de trabajo eventuales, el agiotaje, de las cajas de ahorro, la malversación de las cuotas sindicales, el manejo del 40% de los contratos de trabajo y exploración que realiza Pemex y administra el sindicato; el control que ejercen las secciones sobre los puestos públicos, las presidencias municipales, los ministerios públicos, las diputaciones, etc. 

¿Y LOS TRABAJADORES?

Obviamente, no toda política obrera corre a cargo de los dirigentes. Los trabajadores, aunque con menos facilidades de expresión, quizá en muchas ocasiones con menos definiciones políticas también opinan, se manifiestan, influyen, presionan y cuentan dentro y fuera de sus sindicatos. Los propios dirigentes, casi siempre, antes de tener esa calidad fueron trabajadores. Sería muy prolijo describir los mecanismos de ascenso al interior de la pirámide sindical pero éstos existen y son, al mismo tiempo, legitimadores del sistema de control en los sindicatos y correas para transmitir y mantener consenso y presencia.

Los trabajadores, cuyas opiniones tienden a estar presentes en los más diversos ámbitos de la política mexicana, se expresan, en primer lugar, por mecanismos extrainstitucionales. Los corrillos, los rumores, suelen ser las primeras formas para manifestar puntos de vista dentro de sus organizaciones. Después, los canales formales que ofrece la vida sindical, también llegan a funcionar. Las asambleas, los documentos internos, las huelgas mismas, son mecanismos utilizables y empleados con más frecuencia de lo que supondría un observador externo a esa vida sindical. Y se organizan, también, los trabajadores. A veces, en contraposición a sus direcciones poco representativas.

Si enumerar las formas de quehacer político de los dirigentes resulta una empresa difícil, todavía lo es más describir los mecanismos de acción política de los trabajadores. Sus preferencias ideológicas, sus opiniones, sus actitudes y reacciones, forman parte de la extensa y compleja cultura nacional que es todo, menos estática. Solamente quisiéramos señalar que, justamente, como expresión del dinamismo interno de la clase obrera y el país, existen sectores de trabajadores muy heterogéneos entre sí. Un resultado del desarrollo industrial de las últimas décadas ha sido la confrontación de sectores de trabajadores con cultura, formas de lucha y ritmos laborales más cercanos a la ciudad que al campo. Trabajadores jóvenes, de calificación profesional por lo menos mediana, que se han formado y han crecido en un ambiente urbano e industrial, han estado entre los protagonistas de los movimientos emergentes en el sindicalismo, desde los años setenta. Estos trabajadores, ocasionalmente forman tendencias o coaliciones de clara intención política para estar en mejores condiciones de luchar por el poder en su sindicato. El surgimiento de corrientes sindicales democráticas o de grupos a veces pequeños, pero de indudable repercusión, ha sido característica del movimiento obrero en estos años.

Por ejemplo en 1972, en la sección 200 del Sindicato Minero Metalúrgico en Ciudad Sahagún, surgió un grupo de trabajadores que se proponía democratizar la vida sindical, combatir el desempleo y la carestía y reordenar la producción de la Constructora Nacional de Carros de Ferrocarril, donde se encuentra ubicada esta sección. El grupo Unión y Progreso, apuntan Victoria Novelo y Augusto Urteaga, «surgió como una respuesta a la crisis manifiesta de una empresa y un liderazgo sindical incapaces de solucionar o brindar opciones a la situación de desorganización productiva. Los métodos de sometimiento a los trabajadores, tanto en la vida de trabajo como en la política sindical, se mostraban ineficaces frente a sus inquietudes». (La Industria en los Magueyales…, Nueva Imagen, 1979). Este grupo impulsó la designación de un comité ejecutivo democrático y la formación de un comité de fábrica que pugnaba por reorientar la producción de la empresa en un sentido nacionalista. Luego, sus dirigentes fueron sancionados. De una u otra forma, experiencias como éstas rescatan las posiciones más avanzadas que ha tenido en su historia el movimiento obrero de nuestro país.

LA HUELLA DE LA IZQUIERDA

Suele pensarse que, debido a la permanencia del charrismo (y como explicación de ella) entre los trabajadores mexicanos han privado tendencias ideológicas conservadoras. No siempre ha sido así. Más bien, podría afirmarse que las posiciones ideológicas progresistas y de izquierda han estado presentes siempre, en las victorias y en las derrotas, en numerosas formas de quehacer político, animando los principales acontecimientos en el desarrollo de nuestro sindicalismo. En otro sitio, hemos apuntado que, el movimiento obrero mexicano tiene una larga trayectoria de luchas y esfuerzos. Quienes lo han contemplado como un fenómeno estático, pretendiendo que no ha estado impulsado por los trabajadores sino por los designios del Estado, confunden a las fuerzas sociales en conflicto dentro de los sindicatos y menosprecian el papel protagónico fundamental de los asalariados en la construcción y defensa de sus organizaciones gremiales. En el sindicalismo mexicano, también a diferencia de otras versiones frecuentes, la ideología dominante no siempre ha sido la del capitalismo. El nuestro, es un movimiento obrero que ha sido permanentemente receptivo a las más diversas corrientes de opinión, pero sobre todo, a las progresistas y de izquierda. No sólo están presentes las ideologías avanzadas en la creación de las primeras mutualidades y sociedades cooperativistas del siglo pasado. Además, no hay episodio importante en la amplia historia del movimiento obrero mexicano donde no hayan existido iniciativas y fuerzas determinadas por alguno o varios sectores de la izquierda. La creación de las principales centrales, desde la CROM en 1918 hasta llegar al Congreso del Trabajo en 1966 pasando, claro, por la CTM en 1936; la formación de los sindicatos nacionales, desde el de electricistas en 1914 hasta los de ferrocarrileros, mineros y petroleros en los treintas, llegando al sindicato nacional universitario de reciente constitución, han sido todas acciones donde con mayor o menor importancia, han tenido presencia pública organizaciones y militantes con vocación de izquierda. Ha sido más poderosa la influencia de las tendencias colaboracionistas, a veces inclusive, apoyadas en corrientes radicales. Sin embargo, aun tratándose de un movimiento obrero que no es de izquierda, no puede negarse la presencia, a veces definitiva, de fuerzas avanzadas. (Solidaridad, No. 196, 3a. época, enero, 1980).

La influencia de estos sectores y la existencia de una base social receptiva a sus iniciativas y con capacidad para formular otras nuevas, ha permitido que el movimiento obrero generara programas para el resto del país. Pero antes de los proyectos de reformas de la burocracia sindical, la insurgencia obrera articuló las mismas banderas y les dio sentido nacional, especialmente en la Declaración de Guadalajara de los electricistas democráticos, en 1975. Los sindicatos y corrientes insurgentes también han buscado formas organizativas propias, en coaliciones como la Unión Nacional de Trabajadores (1972) o el Frente Nacional de Acción Popular (1976). Finalmente, ha prevalecido la convicción de que es mejor luchar dentro de las estructuras sindicales que ya existen, en vez de crear otras nuevas, al margen de los sindicatos y centrales que reúnen a la mayor parte de los trabajadores organizados del país.

LA INSURGENCIA SINDICAL

Los sindicatos insurgentes, muchas veces enfrentados a las burocracias tradicionales, han tenido que echar mano de múltiples formas de lucha, que los han llevado de las demandas económicas a las claramente políticas y, también a veces, de los escarceos ante el poder, al enfrentamiento total con el Estado, con resultados diversos. Han abundado, así, la realización de mítines y marchas, la concertación de acuerdos con otros núcleos de la población o la formación de grupos de apoyo integrados, entre otros, por los familiares de los trabajadores en lucha (como hicieron los electricistas de la Tendencia Democrática) la publicación de desplegados (como hace a menudo el sindicalismo universitario), las tomas de fábrica (como ha ocurrido recientemente en varias huelgas en el Valle de México), la concentración de las más amplias alianzas (como hicieron los trabajadores nucleares) e inclusive medidas extremas, entre las que se ha contado la huelga de hambre (como hicieron los trabajadores de Spicer en 1975).

Asimilando experiencia y con la decisión de avanzar sin sacrificar principios, algunos sectores surgidos en el periodo de insurgencia obrera de la década pasada, han desplegado una amplia capacidad de alianzas para difundir mejor sus puntos de vista y ganar consenso dentro del movimiento obrero y, en general, entre la sociedad. Estos destacamentos de la insurgencia sindical han aprendido a actuar con mesura sin abandonar armas como la movilización, han accedido a negociar cuando es necesario, sin eludir momentos de tensión como la huelga. Han aprendido a hacer política.

Los trabajadores de la industria nuclear, que tienen un sindicato forjado al ejemplo de los electricistas democráticos, incursionaron en ámbitos muy diversos de la política mexicana cuando tuvieron que defenderse -finalmente, con éxito- de una iniciativa de ley presidencial que proponían la desarticulación de su organización gremial y que, en opinión de los mismos trabajadores, implicaba la desnacionalización de este sector de la economía. Los nucleares, entonces, «desarrollaron una táctica de lucha en la que tanto manifestaciones mítines, desplegados públicos; como la explicación directa de funcionarios, senadores, diputados y opinión pública, en conferencias, foros, mesas redondas, audiencias y el despliegue de una política de alianzas con los más diversos sectores: agrupaciones científicas y profesionales, sindicatos y corrientes democráticas, sectores de la burocracia política y la burocracia sindical, partidos políticos, etc., jugaron un papel fundamental para crear un consenso nacional a favor de una política nuclear que salvaguardaba soberanía nacional y la cual tuviera como punto de partida una legislación con esa orientación». (6)

EN BUSCA DE LA HEGEMONÍA

Los propósitos de trabajadores y agrupaciones de orientación democrática y, por otro lado, los de dirigentes sindicales tradicionales, pueden ser distintos. También diferentes pueden llegar a ser sus formas de lucha o aun sus proposiciones ideológicas y programáticas. Pero en todo caso, todos ellos hacen política para influir en el poder y en el resto de la sociedad. Todos ellos, luchan por la hegemonía ideológica y política en el país. Este combate por la hegemonía no es reciente ni disimulado. Si acaso, cada vez hay menos reticencias a admitir que existe, que en el movimiento obrero se hace política deliberada y regularmente. Si acaso también, ocurre que junto a líderes que buscan modernizarse y en medio de un país confrontado ante proyectos de desarrollo diferentes, «los trabajadores influyen en la política nacional con sus huelgas y demandas, con sus manifiestos y programas y, también, a través de sus dirigentes. Hoy en día, la insurgencia sindical ha conquistado espacios de expresión y posibilidades de alianza que hasta hace poco tenía vedadas» (Solidaridad No. 2, 4a. época, diciembre de 1980).

Tiene razón Fidel Velázquez. La política se inmiscuye en todas las actividades. El movimiento obrero mexicano, que muchos líderes burocratizados se han empeñado en inmovilizar, hierve de política, con sus conflictos internos, sus negociaciones, con todo y los obstáculos para expresar puntos de vista. También, con las omisiones debidas a desinterés, autocomplacencia o represión. Como dijo alguna vez el dirigente universitario Eliezer Morales, en la política, como en la música, también los silencios cuentan. Dentro del movimiento obrero mexicano, además de disimulo deliberado, han existido muchos reclamos y aspiraciones silenciadas. Cada vez hay más voces, más formas de expresión, más núcleos y trabajadores para quienes la política no es sólo imposiciones, corrupción y trampas; que le pierden el miedo a hacer política.

NOTAS

(1) Luis E. Giménez-Cacho: «El Sindicato  Minero-Metalúrgico» (mimeo). Facultad de Economía UNAM, 1981.

(2) Armando Rendón y Guillermina Gringas: El Congreso del Trabajo, una central de líderes. Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM, 1980 (mimeo) p. 150.

(3) Entre otros, destacan documentos como el «Manifiesto a la Nación» de los diputados obreros del PRI (El Día, 30 de octubre de 1979); las Conclusiones de la Reunión Nacional de la CTM para la Reforma Económica de junio de 1978 (publicadas en El Día, 28 de febrero de 1979) y las resoluciones de la Primera Asamblea Nacional del Congreso del Trabajo en Congreso del Trabajo No. 13, julio de 1978.

(4) Rocío Luz Cedillo Alvarez: La Boquilla Chihuahua, historia de un pueblo electricista. Tesis de la Escuela Nacional de Antropología Social. México, 1980, p. 107.

(5) Narciso Gallegos González: Estudio panorámico del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana. Tesis, Facultad de Ciencias Políticas, UNAM, 1980, p. 123. Más información sobre el estilo de los dirigentes del sindicato petrolero en el manejo de prestaciones, puede hallarse en La otra cara del petróleo (op. cit).

(6) María Virginia Poo Gaxiola: Soberanía Nacional y Lucha Sindical: La industria Nuclear y sus Trabajadores. Tesis. Facultad de Economía, UNAM, 1981, p. 88.

Para quebrar

Para quebrar se publicó por vez primera en la revista Esquire, aún en vida de Fitzgerald. En 1945 Edmund Wilson reunió en el libro póstumo The Crack-Up varios ensayos, sketches, apuntes literarios y esbozos autobiográficos de Fitzgerald, entre ellos el que incluimos aquí y que también da título al volumen. Cuando reseñó The Crack-Up en su aparición, el crítico Lionel Trilling se refirió a Fitzgerald como un nuevo Orestes con una hazaña por delante: vencer al éxito. Citaba a Gide: “Así sea. Muero contento y mi destino se ha cumplido, dice el Orestes de Racine; y estas palabras encierran más de lo que insinúa la ironía desequilibradamente amarga que aparece en la superficie. Racine, plenamente consciente de esta grandeza trágica, permite a Orestes gustar por un momento la suprema alegría de un héroe antes de enloquecer de tristeza; le permite asumir su papel ejemplar”. Trilling completa esta asociación añadiendo que también como el Sansón de Milton, Fitzgerald “tuvo conciencia de haber empleado mal el poder con que fue dotado. ‘He sido sólo un mediocre cuidador… de mi talento’, dice. Y la comparación llega más lejos, a la permanencia entre los filisteos y aun al héroe mutilado exhibido y escarnecido para diversión de la canalla: en la tarde del 25 de septiembre de 1936, el Evening Post de Nueva York traía en su primera plana un relato donde el redactor triunfante contaba cómo se las había ingeniado para penetrar en el sanatorio sureño donde estaba internado el enfermo y distraído Fitzgerald, y cómo lo entrevistó ahí, sacando el mayor provecho del contraste entre la humillación presente y la gloria pasada. Era un horror particularmente gratuito, pero sirve para exhibir restrospectivamente la fuerza moral, el equilibrio y el temple que destacaron a la mente de Fitzgerald en los pocos años de recuperación que le restaban”.

Como se sabe, la gloria había empezado para Fitzgerald a los 24 años, con la publicación de su primera novela a la que alude en Para quebrar. A este lado del paraíso, no sólo se volvió un éxito de ventas, sino que adquirió también de inmediato el rango de libro vocero o distintivo de toda una generación. No obstante El gran Gatsby (1925) sigue siendo la novela mejor y más famosa de Fitzgerald, en ese registro de las fortunas turbias, frivolidades, y fiestas de ricos previas a la quiebra monetaria del 29, pero también ese sello norteamericano, doloroso para los más sensibles, que es el cruce del, amor con el dinero, de la pasión y los sentimientos con las mercancías, de la inteligencia y la creación con el mercado.

Hablando de su caída en Para quebrar, es como si en este texto Fitzgerald hubiera vuelto también a su principio. Como dijo Glennway Westcott en uno de los homenajes a la muerte de Fitzgerald, y referido al texto que publicamos, resulta increíble “que un hombre que se está muriendo o que al menos está luchando por sobrevivir: un hombre que tuvo prácticamente todo lo que el mundo puede ofrecer, fama y prosperidad, trabajo y recreo, amor y amistad, y que lo perdió prácticamente todo, siga pensando aún con tanta seriedad en muchas de las bagatelas propias de la adolescencia”. Pero también, como vuelve a advertir Trilling, “debemos mantenernos en guardia para no desechar con palabras fáciles sobre su falta de madurez, la preocupación de Fitzgerald por el canto resplandeciente de su juventud (…) Los días de un escritor deben enlazarse unos a otros por su sentido de la vida, y el Fitzgerald estudiante fue progenitor de lo mejor del Fitzgerald hombre y novelista”.


FEBRERO, 1936

Desde luego, la vida no es sino el proceso de irse quebrando, pero sus grandes sacudidas inesperadas -las que vienen o parecen venir del exterior y se graban en la memoria, las que inducen a buscar culpables o se confiesan a los amigos en momentos de debilidad-, no muestran de inmediato todos sus efectos. Hay otra clase de sacudidas que vienen de dentro y sólo se sienten cuando ya no hay remedio, cuando es claro que nada volverá a ser igual. Las lesiones del primer tipo son rápidas, las del segundo se acumulan imperceptiblemente hasta que un día suben como un vértigo a la conciencia.

Antes de avanzar en mi relato, quisiera decir esto: la verdadera prueba de una inteligencia superior es poder conservar simultáneamente en la cabeza dos ideas opuestas, y seguir funcionando. Admitir por ejemplo que las cosas no tienen remedio y mantenerse sin embargo decidido a cambiarlas. Ese fue el centro de mis certidumbres juveniles, entre otras cosas porque en esos años vi hacerse realidad cosas improbables, indeseables, con frecuencia “imposibles”. La vida era simple, se abría gentilmente a la menor solicitación de la inteligencia o el esfuerzo, o a una mezcla inconstante de ambos. Ser escritor de éxito parecía un negocio romántico: nunca tan famoso como una estrella de cine pero con muchas probabilidades de una vida más larga, nunca con la fuerza de la gente de arraigadas convicciones políticas o religiosas, pero desde luego más independiente. El precio del negocio, claro, era la insatisfacción permanente, pero no lo hubiera cambiado por otro.

Según se fueron yendo los años veinte, con mi propios años veinte en su vanguardia, las dos graves frustraciones adolescentes —no haber sido suficientemente fuerte o hábil para jugar futbol americano en la escuela y no haber servido en ultramar durante la guerra— se diluyeron en ensueños heroicos e infantiles, propicios a la conciliación de noches inquietas. Los grandes problemas de la vida parecían resolverse solos y cuando exigían algún esfuerzo mayor, el esfuerzo era suficiente para desechar preocupaciones más amplias. Por sobre todas las cosas, vivir era una cuestión personal. Bastaba mantener en equilibrio el sentido de la inutilidad del esfuerzo y la necesidad de la lucha, la certeza del fracaso inevitable y la necesidad de “triunfar”: el pleito de la mano muerta del pasado con las altas promesas del futuro. Mientras conservara todo eso en equilibrio y pudiera sortear la maraña de los diarios enredos personales, profesionales y familiares, el ego también podría seguir su vigoroso trayecto entre la nada y la nada, como una flecha irresistible que sólo la gravedad dominaría alguna vez trayéndola finalmente hacia la tierra.

Durante diecisiete años, el único desafío fue enfrentar el día siguiente. Vivía de prisa y me decía: “Con llegar a los cuarenta y nueve será suficiente. No hace falta más, no se puede pedir más”. Entonces, diez años antes de la raya de los cuarenta y nueve, de pronto, un día comprendí que me había quebrado prematuramente.

Ese fue el esquema durante diecisiete años, con uno de vagancia programada en medio. El único desafío era enfrentar el día siguiente. Vivía de prisa y me decía: “Con llegar a los cuarenta y nueve será suficiente. No hace falta más, no se puede pedir más”.

Entonces, diez años antes de la raya de los cuarenta y nueve, de pronto, un día, comprendí que me había quebrado prematuramente.

II

Es posible quebrar de muchas formas. De la cabeza, por ejemplo, en cuyo caso se queda a merced de los demás; o del cuerpo, que es entonces sometido al mundo blanco de los hospitales. Y es posible también la quiebra nerviosa. En un libro implacable, William Seabrook ha narrado con extraño orgullo y final feliz la forma en que se volvió una carga pública: se volvió alcohólico, o casi, debido justamente a un colapso nervioso. Quien esto escribe no llegó a tanto —podía pasar seis meses sin tomar siquiera un trago de cerveza— pero sus reflejos nerviosos habían perdido filo: demasiadas iras, demasiadas lágrimas.

Más aún, para volver a mi tesis de que la vida desata ofensivas muy variadas, debo decir que la conciencia de la quiebra no vino con la noticia de una desgracia, sino con el aura de una liberación.

Había estado ya en el consultorio de un médico famoso escuchando sus sentencias. Con cierta ecuanimidad, según recuerdo, me las había arreglado para irla pasando sin preocuparme mucho ni pensar demasiado en todas las cosas que no había terminado o en las derivaciones ominosas de esta o aquella responsabilidad incumplida. Trataba de afianzarme por todos lados, aunque ya era claro que no había sido otra cosa que un mediocre cuidador de casi todo lo que había pasado por mis manos, incluido mi talento.

Tuve sin embargo la súbita e imperiosa sensación de que debía estar solo. No quería ver a nadie, había visto demasiada gente en mi vida. Había sido igual de sociable que el promedio, pero con una tendencia muy superior al promedio a identificarme e igualar mis ideas y mi destino con cuanta gente cruzara por mi camino. Siempre dispuesto a salvar o a ser salvado, en una sola mañana podía registrar la gama de emociones imaginables en, digamos, Wellington durante la batalla de Waterloo. Había vivido hasta entonces en un intenso mundo de hostilidades inescrutables y amigos y seguidores incondicionales.

Ahora quería estar absolutamente solo y decidí aislarme, abandoné mis rutinas.

No fue una época desdichada. Me aparté, vi menos gente, descubrí lo enormemente cansado que estaba. Me recostaba en cualquier parte —lo hacía con gusto— y dormía o dormitaba a veces hasta veinte horas al día. En los intervalos trataba denodadamente de no pensar haciendo listas, cientos de listas que rompía de inmediato: listas de caballos favoritos y de jugadores de futbol americano, de ciudades, de canciones populares y lanzadores; listas de los tiempos felices, de pasatiempos, de las casas en que había vivido o los trajes que había comprado desde que dejé el ejército (sin contar el comprado en Sorrento, que se encogió, ni los mocasines y la camisa que llevé durante años a muchas partes y nunca me puse: los mocasines se mojaron y se endurecieron, la camisa se arruinó al almidonarla). Listas también de las mujeres que me habían gustado, de los tiempos en que me había dejado ofender por gente de menor talento o personalidad.

Entonces, de pronto, sorpresivamente, mejoré.

Y me quebré como un plato roto en cuanto supe la buena nueva. 

Este es en realidad el fin de mi relato. Lo que haya de salir de él tendrá que reposar en lo que suele llamarse el “vientre del tiempo”. Baste decir que después de una hora de dar vueltas sobre la almohada empecé a comprender que los últimos dos años había girado alegremente sobre recursos que no poseía y que física y mentalmente estaba hipotecado hasta las cachas. ¿Qué era el pequeño don de la vida recobrada frente a eso? Nada, sobre todo si recordaba que había tenido alguna vez el orgullo de un rumbo y la confianza en una independencia duradera.

Entendí que para conservar algo —un soplo interno, quizá ni eso— durante esos dos años me había ido apartando de las cosas que amaba y que todos y cada uno de mis actos, desde el lavado de dientes por la mañana hasta la cena con los amigos por la noche, requerían un esfuerzo extra de mi parte. Hacía ya mucho tiempo que había dejado de gozar con las cosas y con las personas, y sólo quedaba la pretensión hueca de seguirlas gozando. Incluso mi relación con los amigos íntimos se había vuelto una gesticulación y mis relaciones convencionales —con el editor o el que me prendía el cigarro o el hijo de algún amigo— resultaban una mascarada en la que yo era quien supuestamente debía ser, el que recordaba haber sido en otro tiempo. Durante ese mismo mes del quiebre empezaron a irritarme cosas como el sonido de la radio, los anuncios en las revistas, el rechinido de los tranvías, el mortal silencio del campo. Despreciaba la benevolencia y a inmediata continuación (si bien en secreto) abominaba de la dureza. Odiaba la noche porque no podía dormir y el día porque me llevaba hacia la noche. Me acostaba del lado del corazón porque sabía que mientras más rápido lo fatigara, por poco que fuese, más pronto llegaría el bendito momento de la infaltable pesadilla que, como una catarsis, me ayudaría sin embargo a enfrentar mejor el nuevo día.

Podía concentrarme en ciertos objetos, en ciertos rostros. Como casi todos los nacidos en el medio oeste norteamericano tenía muy vagos prejuicios raciales. Ah, las inconfesables ganas por las rubias muchachas escandinavas que se sentaban en los porches de sus casas en Saint Paul, Minnesota, y la falta de dinero suficiente para ingresar al espacio donde ellas vivían, lo que entonces se llamaba sociedad. Eran demasiado bellas para ser vistas como simples mujeres y demasiado campesinas todavía como para brillar en ese mundo con luz propia. Pero yo me recuerdo caminando calles y calles en busca de ese destello radiante de pelo, el impacto luminoso de una muchacha que no conociera. Es jerga urbana, inaccesible. Nos aparta del hecho de que en esos últimos días me volví incapaz de soportar la mirada de celtas, ingleses, políticos, extranjeros, virginianos, negros (claros u oscuros), cazadores, minoristas, intermediarios en general, escritores (esquivaba cuidadosamente a los escritores, que saben perpetuar como ningún otro los problemas) y de todas las clases en tanto clases y de la mayor parte de sus integrantes en tanto miembros de su clase…

Tratando de aferrarme a algo, empecé a gustar de los doctores, de las niñas púberes, de los niños bien alimentados, incipientes muchachos de ocho años en adelante. Podía encontrar en ellos cierta paz, alguna felicidad. Y también entre los viejos mayores de sesenta años y a veces mayores de setenta, siempre y cuando sus rostros lo reflejaran. Me gustaba la cara de Katherine Hepburn en la pantalla, pese a lo que se decía de sus pretensiones, y el rostro de Miriam Hopkins, así como los viejos amigos, siempre y cuando los viera una vez por año y sólo tuviera que evocar sus fantasmas.

Todo más bien descarnado e inhumano, ¿no es así? Pues eso, queridos, es el verdadero signo de la quiebra.

No es un cuadro estimulante, pero como cabe esperar le pusieron distintos marcos para exhibirlo ante distintos críticos. A uno de ellos -mujer- puede describírsele del mejor modo diciendo que junto a su forma de vivir los demás parecían muertos, cualidad comparativa que desde luego retuvo cuando le fue asignado el ingrato papel de consolar a este Job. Mi relato ha terminado, pero quisiera incluir aquí, a modo de posdata, nuestra conversación:

—Oye, en lugar de compadecerte tanto -siempre decía oye porque creía que realmente estaba pensando cuando hablaba, así que dijo: —Oye, imagina que no se trata de una fractura tuya, imagina que es una fractura en el Gran Cañón.

La fractura está en mí— respondí estoicamente.

—Pero óyeme: el mundo sólo existe en tus ojos, en la concepción que tienes de él. Puede ser tan grande o tan chico como quieras. Y tú estás tratando de hacerlo microscópico. Oyeme bien: si algún día exploto voy a hacer que el mundo explote junto conmigo. Porque, oye: el mundo sólo existe por la forma en que lo aprehendemos, y por eso es mejor decir que no eres tú el que se ha quebrado, sino el Gran Cañón.

—¿Tomó el bebé todo su Spinoza? —dije.

—No sé nada de Spinoza. Lo que sé —dijo y habló entonces de sus viejas penas (conforme las narraba parecían mucho peores que las mías), y del modo en que las había enfrentado, apartado, derrotado.

Sus palabras me hicieron reaccionar un poco, pero como pienso con lentitud, mientras pensaba en lo que ella decía se me ocurrió también que de todas las fuerzas naturales la única incomunicable es la vitalidad. En la época en que ese líquido circulaba en mí como un artículo sin gravamen, había tratado de repartirlo muchas veces, siempre sin éxito. Para insistir en la metáfora, diré que la vitalidad no se toma: se tiene o no se tiene, lo mismo que la salud o los ojos cafés o el honor o la voz de barítono. Podía haberle pedido un poco más de Spinoza, un paquetito de vitalidad bien envuelta y lista para ser guisada en casa, pero no la habría adquirido así me pasara mil horas rondándola con la delgada copa de mi autocompasión en la mano. Salí en cambio por su puerta manejándome con mucho cuidado como mercancía frágil, rumbo al amargo mundo en el que trataba de rencontrar un hueco y recordé para mi propio consumo: Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? (Mateo, 5, 13).

Manéjese con cuidado

Marzo, 1936

En el pasaje previo quien esto escribe narró la forma en que se dio cuenta de que no le había servido el platillo que pidió para ingresar a sus años cuarenta. Como el platillo era él mismo, optó por describirse como un plato roto, ese tipo de platos astillados que se duda siempre si conservar o no. El editor opinó en su momento que el pasaje tocaba demasiados puntos sin abordar a fondo ninguno, y es posible que muchos lectores hayan sentido lo mismo. Por lo demás, nunca falta gente que desprecia las confesiones personales excepto cuando terminan con himnos de gracias a los dioses del Alma Inconquistable.

Llevo demasiado tiempo dando las gracias a los dioses a cuenta de nada. Es hora de poner en mi cuenta una queja desnuda sin colinas serenas que sirvan de escenario a los lamentos.

Pese a todo, a veces los platos rotos se conservan en la alacena por una elemental necesidad doméstica. No pueden meterse al horno ni pueden lavarse igual que los otros; tampoco pueden llevarse a la mesa cuando hay invitados, pero pueden usarse en la noche para comer galletas rotas o para guardar sobras en el refrigerador.

Lo que sigue es justamente la secuela, la historia sobrante de un plato roto.

La cura usual del que está hundido es pensar en los miserables o en los que sufren físicamente, método muchas veces aprobado para el advenimiento de una serenidad melancólica, y excelente consejo que puede seguirse saludablemente durante el día. Pero a las tres de la madrugada, cuando un bulto olvidado adquiere la misma importancia trágica que una sentencia de muerte, el método probado no funciona. Y es el caso que en las verdaderas noches oscuras del alma son siempre las tres de la mañana, día tras día, todos los días. A esa hora lo urgente es rechazar los hechos todo el tiempo posible, recluirse en sueños infantiles de los que sin embargo continuamente se es expulsado por el incesante reclamo del mundo. Se atienden entonces los reclamos exteriores con veloz negligencia y se regresa al sueño con la esperanza de que las cosas se arreglarán solas, por arte de alguna inminente bonanza espiritual o material. Pero entre más tiempo dura la reclusión, menos posibilidades hay de una bonanza y no se espera ya alivio para un dolor específico, sino que se empieza a ser el renuente testigo de una ejecución: la desintegración de la propia personalidad.

Con cierta ecuanimidad, según recuerdo, me las había arreglado para irla pasando sin preocuparme mucho ni pensar demasiado en todas las cosas que no había terminado o en las derivaciones ominosas de esta o aquella responsabilidad incumplida. Trataba de afianzarme por todos lados, aunque ya era claro que no había sido otra cosa que un mediocre cuidador de casi todo lo que había pasado por mis manos, incluido mi talento.

Sin ayuda de la locura, las drogas, o el alcohol, tarde o temprano esta fase llega a un punto muerto al que sucede una calma hueca. Es la hora de inventariar lo que perdonó la navaja. Cuando esa calma llegó, descubrí que había pasado antes por dos experiencias similares.

La primera hace veinte años, al dejar Princeton por una dolencia que alguien diagnosticó como paludismo. Doce años después una radiografía probó que había sido tuberculosis, un caso leve que me permitió volver a la universidad después de unos meses de reposo. Pero en esos meses perdí posiciones claves —la principal: la presidencia del Club Triángulo—, se había evaporado también la idea de una comedia musical y debía repetir una materia. Eso perdido, la universidad nunca fue la misma: ni bandas de honor ni medallas al mérito. Una tarde de marzo sentí haber extraviado todas y cada una de las cosas que quería. Es noche olí por primera vez el ánima de lo femenino que quita su importancia, así sea provisionalmente, a todo lo demás.

Años después comprendí que mi fracaso como figura universitaria había sido al fin de cuentas una ganancia: en vez de integrar comités me asomé a la poesía inglesa y cuando entendía de qué se trataba pensé en hacerme escritor. Fue una ruptura afortunada según el pertinente principio de Bernard Shaw: “Si no puedes lo que quieres, quiere lo que puedes”. Pero en ese momento fue una experiencia amarga y lastimosa saber que había terminado mi carrera como conductor de hombres.

Desde entonces no he sido capaz de despedir a un sirviente y me impresiona y me maravilla la gente que puede hacerlo. Ahí se quebró y desapareció algún arcaico impulso personal de dominación. La vida a mi alrededor se volvió de pronto un solemne sueño dentro del cual yo vivía uncido a las cartas que le escribía a una muchacha. Nadie se recobra de esas sacudidas, el daño queda ahí y lo que sucede es que nos volvemos personas distintas y con el tiempo esas personas nuevas encuentran otras cosas en qué ocuparse.

La segunda experiencia parecida a la situación en que me encuentro fue durante la guerra, y una vez más porque había sobreexpuesto mi flanco. Fue uno de esos amores trágicos condenados al fracaso por falta de dinero y que las mujeres cortan un día guiadas por su elemental sentido común. Dejé de escribirle cartas y en el curso de un largo y desesperado verano escribí, en vez de las cartas, una novela. Todo salió muy bien, pero para una persona distinta al que yo era. El escritor de los bolsillos llenos —yo— que se casó el año siguiente con su ex novia del año anterior -ella- alentaría siempre un distante recelo, una clara animosidad contra la clase ociosa: no la convicción de un revolucionario, sino el odio latente de un campesino. Nunca desde entonces he dejado de preguntarme de dónde viene el dinero de mis amigos ricos y he imaginado siempre que alguno de ellos pudo haber ejercido una especie de droit de seigneur* y quedarse con mi novia cuando ella y yo rompimos por falta de dinero.

Durante dieciséis años viví desconfiando de los ricos pero trabajando para ganar suficiente dinero y compartir la movilidad y el encanto conque algunos de ellos saben adornar sus vidas. En el trayecto recibieron el tiro de gracia dentro de mí varios caballos elegantes que estaban heridos de muerte. Recuerdo perfectamente algunos de sus nombres: Orgullo herido, Expectación defraudada, Sin fe, Fin de acto, Duro golpe, Nunca más. Poco después ya no tenía veinticinco años, luego ni siquiera treintaicinco. Y nada volvió a ser igual. Pero en todos esos años no recuerdo un solo momento de verdadero desaliento. He visto a gente honesta cavilar sombríamente en torno al suicidio; algunos cedieron y se quitaron la vida, otros sobrevivieron para enfilarse a un triunfo mucho mayor que el mío. Pero yo nunca, ni en mis peores caídas, rebasé las fronteras de la autodeprecación. No hay un nexo casual entre los problemas y la depresión, la depresión crece sola y es tan distinta de los problemas como la artritis del envaramiento.

Cuando el sol se fue del cielo la primavera pasada, no vi al principio su relación con lo ocurrido quince o veinte años antes. Poco a poco fui detectando un aire de familia, un flanco sobreexpuesto, una vela encendida por ambos cabos, una apuesta sobre mi resistencia física muy semejante a un sobregiro bancario. El impacto de esta nueva sacudida en mi conciencia fue más violento que los anteriores pero del mismo tipo: la sensación de estar parado al atardecer en una línea de fuego abandonada con un rifle sin balas en las manos y los blancos ocultos. Cero problemas: sólo el silencio, y el sonido de mi propia respiración.

En ese silencio se resumía la vasta irresponsabilidad frente a mis obligaciones, una deflación de todos los valores. La creencia apasionada en el orden, el desdén por los augures y las profecías, la certidumbre de que los oficios y la industria tendrían siempre un lugar en el mundo: estas convicciones y otras muchas se desvanecían en el aire. Fue entonces cuando me percaté, por ejemplo, de que la novela, el instrumento más vigoroso y flexible según yo para conjugar la reflexión y los sentimientos, había empezado a subordinarse a las convenciones del cine, un arte mecánico y comercial que en manos de los negociantes de Hollywood o de los idealistas rusos, apenas podía reflejar los pensamientos más triviales y las más obvias emociones; era un arte que subordinaba las palabras a las imágenes, en el que la creatividad quedaba atrapada por el tejido inevitablemente gris del espíritu de colaboración.

Ya en 1930 había tenido la corazonada de que el cine sonoro convertiría incluso al novelista de mayores ventas en una entidad tan arcaica como el cine mudo. La gente seguía leyendo aunque fuera el libro del mes promovido en los supermercados. Pero era un agravio intolerable y se había vuelto casi mi obsesión personal, que el poder de la palabra escrita e sometiera a otro poder, más atractivo, pero más vulgar.

Digo todo esto para ejemplificar el tipo de cosas que atormentan mis largas noches, cosas que no podía tolerar ni combatir, que parecían volverme anacrónico, igual que las grandes cadenas habían herido de muerte al pequeño comerciante: con el poder de una fuerza externa e imbatible.

(Tengo la sensación de estar dando una conferencia y mirando el reloj en el escritorio para saber los minutos que me quedan).

En fin. Cuando entré a ese periodo de silencio tuve que tomar una medida que nadie adoptaría voluntariamente: fui obligado a pensar, a hurgar en los grandes baúles cerrados. Fue difícil. En el primer alto sudoroso me pregunté si había pensado alguna vez. Después de mucho tiempo llegué a diversas conclusiones que transcribo aquí tal como quedaron finalmente formuladas:

1) Hasta entonces había pensado en muy pocas cosas aparte de los problemas de mi oficio. Durante veinte años mi conciencia intelectual había sido delegada en Edmund Wilson.

2) Un segundo hombre resumía para mí el espíritu de la “buena vida”, aunque no lo hubiera visto más que una vez en diez años. Quizá hubiera muerto, se dedicaba a un negocio de pieles en el noroeste. No quisiera decir su nombre, pero sí que en mis ratos difíciles siempre traté de imaginar lo que él habría pensado o hecho en mi lugar.

3) Un tercer contemporáneo había hecho las veces de mi conciencia artística. No imité su estilo contagioso porque había formado el mío propio antes de que él publicara, pero su poderosa influencia me rondaba al escribir.

4) El ejemplo de un cuarto hombre dictaba mis relaciones exitosas con los demás: qué hacer, qué decir, cómo lograr que la gente fuera feliz al menos un momento. Siempre me pareció una actitud turbia y me producía ganas de salir a echarme un trago, pero la persona que digo conocía bien el juego, lo había analizado y había triunfado jugándolo, de modo que sus consejos eran válidos.

5) Salvo por cierto rasgo de ironía, apenas había tenido en el último decenio algo que pudiera llamarse conciencia política. La renovación del interés por el sistema en que vivo se debe a un hombre mucho más joven que trajo hasta mí esa preocupación con una mezcla de apasionamiento y aire fresco.

Resumiendo: puestas todas las cosas en la mesa, podía concluir que no había un Yo, una base mínima sobre la cual construir mi autorespeto. Quedaba a favor mi ilimitada capacidad de trabajo, pero al parecer ya tampoco la poseía. Era extraño carecer de yo, ser como un muchachito solo en una casa inmensa, a la vez libre para hacer lo que quisiera e incapaz de precisar lo que deseaba hacer.

(El reloj pasa de la hora y apenas he arañado mi tesis. Tengo dudas de si será de interés general, pero queda mucho que decir para el que se interese en seguir adelante. El que no se interese que lo diga, pero no muy fuerte, porque tengo la impresión de que alguien, no sé bien quién, está profundamente dormido, alguien que hubiera podido ayudarme a no cerrar la tienda. No sería Lenin. Tampoco Dios).

Ultimo tramo

Abril, 1936

He hablado en estas páginas de cómo un joven especialmente optimista sufrió la quiebra de todos sus valores, una quiebra de la que se dio cuenta mucho tiempo después. He contado el periodo subsecuente de desolación y la necesidad de seguir adelante, sin el beneficio de las altivas palabras de Henley: “Mi cabeza sangra pero no se rinde” o de las heroicidades tipo: “Se dobla pero no se quiebra”, etc. De cualquier modo, una revisión general de mis reservas espirituales indicaba que no había ninguna cabeza en particular que rendir (nada en particular que “doblar” o “quebrar”) y que, sí, naturalmente, había tenido un corazón, pero que hasta ahí llegaban mis certezas.

Era al menos un punto de partida dentro del pantano en que me movía: “Siento, luego soy”. No habían faltado en distintos épocas personas de todo tipo que buscaban mi apoyo, me planteaban sus problemas o escribían de muy lejos con una implícita confianza en mis consejos o en mi actitud frente a la vida. A sabiendas de que el más torpe especulador o el Rasputín más inescrupuloso capaz de influir en los destinos de otros debió tener alguna personalidad, la cuestión para mí se reducía al descubrir cuándo y por qué había cambiado dónde estaba la grieta por la que, sin yo saberlo, lenta y prematuramente, se habían escurrido mi entusiasmo y mi vitalidad.

Una noche imposible, desesperado, empaqué dos o tres cosas y me alejé mil kilómetros para pensar en el asunto Tomé un cuarto de hotel en un pueblo desconocido y compré una provisión suficiente de latas y galletas y manzanas y papas fritas. No quisiera sugerir que este cambio de un ambiente sobrecargado a otro comparativamente ascético, haya sido la Búsqueda Magnífica. Sólo quería tener absoluta calma para pensar cómo había llegado a adquirir actitudes tristes ante la trizteza, melancólicas ante la melancolía, trágicas ante la tragedia: ¿por qué había terminado identificándome con los objetos de mis horrores y de mi compasión?

Odiaba la noche porque no podía dormir y el día porque me llegaba hacia la noche. Me acostaba del lado del corazón porque sabía que mientras más rápido lo fatigara, por poco que fuese, más pronto llegaría el bendito momento de la infaltable pesadilla que, como una catarsis, me ayudaría sin embargo a enfrentar mejor el nuevo día.

Son identificaciones que paralizan, el tipo de encantamientos que no dejan funcionar a los dementes. Lenin no hubiera podido resistir el sufrimiento de su proletariado, ni Washington el de sus soldados, ni Dickens el de sus pobres de Londres. Cuando Tolstoi trató de fundirse, de igualarse, con sus objetos de trabajo literario, incurrió en una falsedad y fue al fracaso. Son ejemplos bien conocidos.

Era pues una ambigüedad peligrosa. Cuando Wordsworth decidió que “había partido una gloria de la tierra” no tuvo la compulsión de partir con ella y la “Feroz Partícula” llamada John Keats nunca dejó de luchar contra la tuberculosis ni renunció en sus últimos momentos a la esperanza de contarse entre los poetas ingleses.

Mi autoinmolación tenía un ángulo sombrío. Desde luego carecía de rasgos modernos, aunque después de la primera guerra había detectado esa pulsión en por lo menos una docena de seres honorables e industriosos. (Sí, escucho la receta, pero eso es muy fácil: entre ellos había varios marxistas). Atónito, durante medio año vi a un célebre contemporáneo coquetear con la idea de la Gran Salida; otro, igualmente famoso, pasó meses en un asilo sin poder tolerar el más ligero contacto con los demás internos. Y hay una larga lista de los que se rindieron y partieron.

Esto me lleva a la idea de que los sobrevivientes de algún modo tuvieron una ruptura definitiva con su mundo. Hablo en serio y no me refiero en lo más mínimo a la idea de una fuga de la cárcel en la que el prófugo se dirige en realidad a otro tipo de celda o es obligado a regresar a la primera. El famoso Escape o la decisión de “huir de todo esto” no son sino excursiones a otras trampas, así se traten de los Mares del Sur, que por lo demás sólo les dan resultado a pintores o navegantes. Una ruptura definitiva quiere decir que es imposible volver al punto de partida.

En consecuencia, ya que no podía seguir cumpliendo con las obligaciones que me había impuesto, ¿por qué no destruir de una vez por todas el cascarón vacío con el que había posado cuatro años? Seguiría siendo un escritor, porque era mi único medio de vida, pero pondría fin a todo intento de seguir siendo una persona: bueno, justo, generoso. Había miles de monedas falsas que pasaban por buenas, pero yo sabía cómo detectarlas y cambiarlas por dólares. En treinta y nueve años el ojo atento aprende a distinguir la leche del agua, el vidrio del diamante, el yeso de la piedra. No habría más generosas entregas de mí mismo, toda entrega sería en adelante considerada ilegal y bautizada con su nuevo y verdadero nombre: Desperdicio.

La decisión me animó, como anima todo lo que es al mismo tiempo cierto y novedoso. Para empezar, había en mi casa un montón de cartas atrasadas sin contestar: las tiraría a la basura. Eran cartas que pedían algo a cambio de nada: leer un manuscrito, promover un poema, hablar sin pago en la radio, escribir este prólogo, dar aquella entrevista, ayudar en la trama de una obra de teatro, resolver una situación familiar, participar en actos de caridad o de solemne reflexión pública.

El sombrero del mago estaba vacío. Por mucho tiempo la prestidigitación había consistido en sacar interminablemente cosas de él. Ahora, para cambiar la metáfora, me había concedido una dispensa de servicio en el puesto de socorros.

Y fueron asomando mis sentimientos innobles. Me sentía igual a los hombres somnolientos que había visto en el tren de Great Neck quince años antes, hombres a quienes les hubiera importado un pito que el mundo se desmoronara si el derrumbe respetaba sus casas. Ya era de hecho uno de ellos, con sus frases iguales y acabadas:

—Discúlpeme usted, pero los negocios son los negocios.

O bien: —Eso lo hubiera usted pensado antes de meterse en este problema.

O: —Siento de veras no poder ayudarlo.

Y una sonrisa. Ah, me conseguiría una sonrisa. Todavía la estoy buscando. Debe mezclar los mejores rictus de un cordial gerente de hotel, de una vieja cronista de sociales, un director de escuela en día de visita, un elevadorista negro, un productor que compra materiales a la mitad de precio, una experta enfermera en su nuevo trabajo, un cuerpo a la venta en su primera portada, una extra ávido cerca de la cámara, una bailarina de ballet con el dedo gordo del pie infectado y, desde luego, el gran rayo de amorosa bondad que comparten todos los que existen en este bendito país, de Washington hasta Beverly Hills, por obra de gracia de la gran olla retorcida.

También una voz. Cuando la haya perfeccionado no habrá en mi laringe otro timbre que el de la gente con la que esté hablando. Será utilizada para modular fundamentalmente la palabra Sí, de modo que mi profesor (un licenciado) y yo nos concentramos en ese punto: exige horas extras. Aprendo a poner en esa voz la irritación cortés que hace a la gente sentir que lejos de ser bienvenida apenas es tolerada y que está todo el tiempo bajo la mirada de un juez implacable. No les importará, porque es lo que les pasa la mayor parte del tiempo.

Pero es suficiente. Esto no es un juego de veleidades. Si usted es un joven que piensa escribirme para saber cómo volverse un hombre de letras sombrío que escribe asediado por la fatiga emocional que con frecuencia ataca a los escritores primerizos; si es usted tan joven y tan fatuo para incurrir en esa pretensión, sepa desde ahora que ni siquiera miraré su carta, a menos que sea usted pariente de alguien rico e importante. Y si le toca a usted estarse muriendo de hambre bajo mi ventana, sepa que acudiré rápidamente a confortarlo con mi sonrisa y mi voz (la mano acaso), y me quedaré cerca hasta que alguien decida gastar una moneda en llamar a la ambulancia.

Por fin me he convertido nada más en un escritor. El ser humano que traté tenazmente de ser, se volvió un fardo tan pesado que tuve que “cortarlo”. Dejemos que ra gente buena lo siga siendo, que los exhaustos doctores mueran en servicio activo y aprovechen cada año su “semana de vacaciones” para arreglar sus asuntos familiares; dejemos que los soldados mueran y puedan ingresar de inmediato al Valhala de su oficio: es su contrato con los dioses. Un escritor no necesita cargar mas ideales que los que él mismo se fabrica, y el mismo que esto escribe ha renunciado a tenerlos. El viejo sueño de ser un hombre integral en la tradición Goethe-Byron-Shaw, con potente toque norteamericano, una especie de mezcla de J.P. Morgan y San Francisco de Asís, ha sido puesta en el basurero donde se empolvan también las hombreras que aquel novato de Princeton nunca se puso en el campo de futbol y las gorras que tampoco usó en ultramar.

¿Entontes qué? Esto es lo que pienso ahora: el estado natural de los adultos es una infelicidad certificada. Y su anhelo de ser mejores que los demás, su “esfuerzo constante” (como dice la gente que se gana el pan diciendo eso) al final sólo se agrega a su infelicidad. Al final: ese final que avanza continuamente sobre nuestra juventud y nuestras esperanzas. Mi felicidad de otras épocas estuvo tantas veces cerca del éxtasis que no podía compartirla ni con los seres más próximos. Caminaba por calles silenciosas apacentando esa dicha, reteniéndola en fragmentos que luego colaba en unas cuantas líneas de un libro. Sé que esa felicidad, ese don, esa fantasía o como quiera llamársele, era una excepción. No era natural. Era artificial como el auge mismo de los años veinte, y como mi experiencia reciente que es también un eco de la ola de desengaño que barrió a la nación cuando el auge se disipó.

Aprenderé a vivir con la dispensa aunque me haya llevado algunos meses asimilar su necesidad. Y así como los negros han podido soportar condiciones de vida intolerables con un estoicismo risueño que terminó robándoles el sentido de la verdad, así también yo debo pagar un precio. No espero nada del cartero ni del tendero ni del editor ni del esposo de mi prima, que en su turno también me odiará: la vida no será otra vez el lugar de la dicha y sobre mi puerta estará permanentemente colgada la advertencia: Cuidado con el perro. Trataré de ser un animal correcto, pero si me tiran un hueso con carne suficiente, acaso hasta muerda la mano que me da de comer.

1945

 

F. Scott Fitzgerald

(Traducción de Héctor Aguilar Camín)


* Derecho de señor.

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México y sus devaluaciones

I. 1936-54

Durante muchos años el peso mexicano ligó su historia y su destino al precio del oro y de la plata en los mercados internacionales. En los últimos años del siglo pasado la plata sufrió un descenso constante de su precio con respecto al oro; como en nuestro país el peso plata era el equivalente general y el medio de circulación más importante, el descenso de la paridad oro-plata en el mercado mundial significó una pérdida del poder adquisitivo de nuestra moneda con el exterior, en particular con el dólar norteamericano. Por ello la paridad peso-dólar estaba directamente vinculada a las oscilaciones de los precios del oro y la plata en el mercado mundial. Esta situación se mantuvo no sólo durante el porfiriato, sino también en los regímenes postrevolucionarios, a pesar de que el presidente Carranza estableció el patrón oro en octubre de 1918.

Los efectos de la gran depresión y el déficit en la balanza de pagos que ésta acusó en nuestra economía, provocó que el oro saliera del país y que la plata reafirmara su carácter favorecido de medio de cambio. En 1931 el gobierno desmonetizó el oro dejando a la plata como medio de pago de curso forzoso, mientras los billetes de banco eran de aceptación sólo voluntaria (excepto en las oficinas públicas) y sin poder liberatorio ilimitado. Todo esto obligó al gobierno a dejar el peso al libre juego de la oferta y la demanda en el mercado internacional de cambios. La «flotación», como ahora se le llama, cambió la paridad de 2 pesos a 3.60 pesos por dólar y duró de julio de 1931 a diciembre de 1933, cuando el Banco de México decidió una paridad fija.

Con la desmonetización del oro y la fijación de un tipo de cambio fijo con el dólar, se sentaron las bases para el sistema monetario moderno, la creación del Banco de México años antes, en 1925, y la creación de una reserva monetaria para cubrir los déficits con el exterior, fueron otras medidas de igual importancia. Pero sólo hasta 1936 se decretó la desmonetización total del dinero y se dio a los billetes poder liberatorio ilimitado y curso forzoso. Puede decirse que a partir de entonces la moneda mexicana dejó de depender de las fluctuaciones internacionales del precio de los metales preciosos. En adelante, «el valor interno y externo de la moneda dependerían básicamente del manejo de la política monetaria».

Al contar con el monopolio de la emisión de moneda, el Banco de México asumía las funciones de un banco de bancos o Banco Central. A través de este monopolio, las autoridades regularon el volumen de medios de pago según los criterios de política económica elegidos. Este control, a su vez, era un elemento fundamental para regular el crédito y el gasto, lo que incidía negativa o positivamente en el crecimiento económico al aumentar o disminuir la demanda agregada y la oferta. Por otra parte, el Banco de México pudo regular el tipo de cambio con el exterior alterando la paridad del peso con otras monedas extranjeras y en particular con el dólar. Normalmente, la modificación de la paridad con el dólar depende del monto del desequilibrio externo y del riesgo de que las reservas monetarias se agoten.

Entre 1933 y 1938, la paridad del peso con el dólar no se alteró. Gracias a las reformas monetarias de 1935 y 1936, el régimen cardenista pudo manejar el gasto público para echar a andar distintos proyectos. Es decir, a diferencia de lo que sucedía en el pasado, el financiamiento del gasto ya no estaba determinado tan sólo por los ingresos del gobierno y los préstamos extranjeros. Ahora se podía recurrir a la expansión de los medios de pago para financiar el déficit público.

La política económica expansionista de Cárdenas tuvo efectos negativos sobre la balanza de pagos al aumentar las importaciones y los precios internos, lo que a su vez redujo las exportaciones. Pero, al mismo tiempo, el país entró en un periodo agudo de lucha de clases. Las reformar sociales, el antimperialismo y el fortalecimiento del movimiento obrero y popular, junto con la recesión económica mundial de 1937, provocaron una salida masiva de capitales que mermaron las reservas internacionales del Banco de México. La expropiación petrolera aceleró la fuga de capitales y la «dolarización» de la economía. Entonces el Banco Central, ante la demanda masiva de dólares y con una reserva ya muy reducida, tras dos años de déficit en la balanza de pagos, decidió abandonar el tipo de cambio fijo y dejar que el mercado señalara una nueva paridad con el dólar. El peso cayó de 3.60 hasta 6 pesos por dólar en agosto de 1939 para luego recuperarse hasta 4.85 pesos por dólar en octubre de 1940, cuando el Banco de México adopto dicha paridad.

La devaluación del peso durante el régimen de Cárdenas tuvo dos diferencias fundamentales con los procesos devaluatorios anteriores. En primer lugar, se trató de una devaluación decidida por causas fundamentalmente internas. Es decir, fue la política económica del gobierno cardenista y no las fluctuaciones de los metales en los mercados internacionales lo que determinaron la devaluación. Pero también fue, claramente, una devaluación forzada y precipitada por la salida de capitales a raíz de las medidas reformistas del régimen y en particular por la expropiación petrolera.

La devaluación de 1938 tuvo una mecánica que se repetiría en las devaluaciones posteriores: déficit del gasto público, inflación (mayor a la de Estados Unidos), caída de las exportaciones (normalmente ligada a un periodo recesivo a nivel mundial), déficit en la balanza de pagos, especulación y dolarización (fuga de capitales), disminución de las reservas del Banco de México, devaluación. Esta mecánica devaluatoria sólo es posible en un sistema donde la moneda es fiduciaria, y en una situación en que al mismo tiempo los intercambios de capitales y mercancías con el extranjero, y en particular con Estados Unidos, son determinantes para el desarrollo del país. Modernización capitalista y dependencia son, entonces, el campo sobre el cual se ha desarrollado la mecánica devaluatoria desde 1938 hasta nuestros días. Por otra parte, la devaluación de 1938 fue la expresión de una crisis financiera precipitada por la fuga de capitales, particularmente extranjeros. En ese caso fue obvio el ingrediente político de la devaluación.

La devaluación no puede verse sólo como un fenómeno económico, como un hecho fatal producido por una política económica expansionista o una recesión mundial. La salida de capitales que hace inminente una devaluación es producto de una situación política y de lucha de clases. Así, una devaluación expresa, en el momento en que se decide, además de una situación económica y financiera deteriorada, una determinada correlación de fuerzas entre las clases y una materialización de la política que el grupo gobernante ha decidido impulsar.

EL REFUGIO INFLADO Y EL MOVIMIENTO OBRERO

Desde este punto de vista la devaluación de 1938 fue resultado de una política reformista y antimperialista, pero también de un gobierno imposibilitado, por la alianza de clases que representaba, para impedir que los efectos «negativos» de esta política (inflación, déficit externo, devaluación) fueran transitorios y reversibles. Si bien provocó la devaluación, la inflación durante el cardenismo no condujo al estancamiento económico. Al contrario, aceleró el crecimiento de la economía. Pero el costo del crecimiento no dejó de reflejarse en la situación de los asalariados, que empeoró en los dos últimos años. No es una coincidencia que la expropiación petrolera y la devaluación marcaran el viraje conservador del régimen cardenista o, por lo menos, el fin de las reformas y de la movilización popular.

A fines de 1939 la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje acordó no elevar el salario mínimo en todo el periodo 1940-41 para evitar «la elevación del costo de la vida». En 1940, año de cambio de régimen, el movimiento obrero estaba debilitado, no sólo porque los últimos dos años habían traído una baja en el nivel de vida, sino además y sobre todo, porque su potencial de lucha había disminuido enormemente. Durante la Segunda Guerra Mundial el país experimentó una etapa de crecimiento con un acelerado aumento de precios. Al mismo tiempo, capitales tanto extranjeros como nacionales se refugiaron en México ante la incertidumbre de la guerra. Estas condiciones crearon presiones devaluatorias, pues si bien la balanza de capitales fue positiva, la inflación en México crecía más que la de Estados Unidos al mismo tiempo que aumentaba el déficit comercial.

La devaluación del peso durante el régimen de Cárdenas tuvo dos diferencias fundamentales con los procesos devaluatorios anteriores. En primer lugar, fue una devaluación decidida por causas fundamentalmente internas (…) pero fue también, claramente, una devaluación forzada y precipitada por la salida de capitales a raíz de las medidas reformistas del régimen y en particular por la expropiación petrolera.

Al terminar la guerra los saldos monetarios acumulados se tradujeron en un brusco incremento de las importaciones y en una fuga de capitales que hicieron que las reservas del Banco de México se redujeran sensiblemente. Por otro lado, la reconstrucción de Europa restringió los préstamos en dólares de los organismos internacionales hacia países como México. Por fin, el 22 de julio de 1948 se dejo, una vez más, flotar el peso. Después de 11 meses, la paridad del peso cambió de 4.85 a 8.65 pesos por dólar, nivel en el cual las autoridades decidieron fijar el nuevo tipo de cambio a pesar de que la flotación sólo había llegado a 7.34 pesos por dólar.

Durante la guerra, la actividad económica pudo crecer gracias a las bases que había dejado el cardenismo en materia de infraestructura industrial y modernización del aparato financiero y monetario. De este modo pudo aprovecharse la demanda del exterior provocada por la guerra. Sin embargo, el crecimiento económico se realizó en un contexto inflacionario que no sólo afectó las relaciones con el exterior, sino que además provocó una distribución regresiva del ingreso y una baja constante del salario real. La devaluación de 1948-49 expresó no sólo un nuevo orden internacional que determinó la salida de capitales del país; también fue producto de la incapacidad del régimen para aprovechar el auge económico provocado por la guerra para fortalecer la autonomía financiera del Estado y para orientar los capitales en un sentido productivo. El hecho de que el régimen fiscal no se modificara y, por el contrario, se financiara el gasto público a través de emisión primaria, agravó el proceso inflacionario y la concentración del ingreso. Estas dos cosas, a su vez, explican por qué, acabada la guerra, el crecimiento de las importaciones y la fuga de capitales alcanzaron una magnitud tal que llevó a la devaluación. La política económico del régimen, manifestada en la disminución del salario real, fue acompañada por una política represiva del movimiento obrero. El caso de los ferrocarrileros, en cuyo sindicato se impuso una dirección sindical adicta al régimen marco el inicio del charrismo en México y el liderazgo de la CTM de Fidel y Amilpa dentro del movimiento obrero. Desde este punto de vista, 1948 marcó, no sólo por la devaluación sino por los sucesos en los sindicatos de ferrocarrileros, metalúrgicos, textiles y otros, un cambio desfavorable para las fuerzas democráticas.

En el momento de la devaluación el movimiento obrero estaba dividido y debilitado por la represión, la política entreguista de la CTM y la falta de opciones clasistas. Si bien el 21 de agosto de 1948 se organizó una manifestación en protesta por la devaluación y el alza en el costo de la vida, y si al principio del año se había firmado un pacto de solidaridad entre los sindicatos nacionales más importantes y combativos (los ferrocarrileros, los minero-metalúrgicos y los petroleros), pacto que se realizaba independientemente de la CTM y en oposición a su política oficialista, en los meses posteriores a la devaluación se asestaron duros golpes al movimiento obrero democrático. En septiembre-octubre ocurrió el charrazo a los ferrocarrileros y el encarcelamiento de los dirigentes Campa y Gómez Z.; en julio hubo represión y despidos masivos por la huelga de AHMSA; en octubre se registró la represión a la huelga de la industria de la lana. Por su parte, después de la devaluación, el 1o. de septiembre la CTM reiteraba su apoyo a la política del presidente Alemán sin hacer prácticamente ninguna petición y sin adoptar ninguna medida de presión.

EL DETERIORO DEL SALARIO

Durante los cinco años que median entre la devaluación de 1948-49 y la de 1954, el país continuó por la senda de la industrialización y con altas tasas de crecimiento económico, junto con un alto índice de crecimiento de los precios y del déficit en la balanza comercial y de pagos. Si bien la guerra de Corea permitió al país mejorar un poco sus relaciones exteriores, en los años siguientes se agravó sensiblemente el déficit con el exterior. Entre otras cosas por la caída de precios en el mercado internacional, a fines de 1953, de algunas materias primas como el algodón y el cobre. Todo esto provocó que a principios de 1954 se iniciara la fuga de capitales que tradicionalmente precede a la devaluación. En este caso el gobierno no esperó a que las reservas del Banco de México empezaran a agotarse. Sorpresivamente, el sábado de gloria (17 de abril) de 1954 el gobierno decidió alterar la paridad de 8.65 a 12.50 pesos por dólar. A diferencia de los casos anteriores, el peso no «flotó» sino que de inmediato se fijó una nueva paridad. Pero la diferencia sustancial con las devaluaciones anteriores fue que a ésta le siguieron 22 años de estabilidad cambiaria.

Las características de las devaluaciones de 1948-49 y 1954 son muy parecidas. Ambas ocurrieron en un contexto de deterioro constante del salario real, que a su vez acentuaron. Expresaban una política económica de industrialización que implicaba un alto costo social y que se manifestó en inflación, pérdida creciente de la capacidad financiera del país para sostener su propio desarrollo y en una dependencia mayor del exterior respecto al programa de industrialización. Si las devaluaciones se realizaron para evitar el agotamiento de las reservas del Banco de México ante una balanza de pagos crecientemente deficitaria, fue porque el equilibrio con el exterior era un factor determinante para la acumulación interna de capital.

La respuesta de los dirigentes oficiales del movimiento obrero a la devaluación de 1954 fue, primero, apoyar al Presidente. Pero como el salario real tenía ya 15 años de deterioro y contaba con el golpe de la devaluación de 1948 y ahora de 1954, las cosas no podían quedar en simples declaraciones. Habiendo recibido el apoyo incondicional de la CTM y de las principales organizaciones obreras, el presidente Ruiz Cortines pudo entonces, sin presiones y por su propia iniciativa, recomendar un 10% de aumento salarial, aumento que fue aplicado inmediatamente a los burócratas y a los obreros de las empresas paraestatales. A su vez, los dirigentes de la CTM, habiendo recibido luz verde del jefe del gobierno, emplazaron a huelga general el 12 de julio. La huelga no estalló pero muchos sindicatos aprovecharon la oportunidad para lograr aumentos superiores al 10%. Incluso llegaron a estallar huelgas en la rama de aparatos eléctricos y la industria textil.

Si en 1948 se contuvo el descontento obrero provocado por la devaluación -en el caso de la CTM mediante el apoyo incondicional de una diligencia oficialista, y en el caso de los sindicatos independientes mediante la represión, en 1954, siendo ya hegemónico el charrismo, el descontento obrero fue controlado mediante la concesión desde arriba.

La manifestación de 250,000 trabajadores en apoyo al gobierno el 5 de septiembre de 1954, prefiguraba una nueva etapa en el movimiento obrero; a cambio del control burocrático de los obreros y su subordinación política al gobierno, los obreros recibirían una política económica que si bien no iba a mejorar el salario real, por lo menos iba a detener su caída vertiginosa tal como había sucedido entre 1940 y 19S4. El régimen logró, hasta 1972, lo que parecía difícil: estabilidad de precios, estabilidad del tipo de cambio y paz social durante 20 años. Sin embargo hubo en este periodo fuertes sacudidas del movimiento ferrocarrilero de 1958-59 y del movimiento estudiantil de 1968.

II. 1976

El 31 de agosto de 1976 el secretario de Hacienda Mario Ramón Beteta y el director del Banco de México Fernández Hurtado, frente a las cámaras de televisión informan que el gobierno abandona su política monetaria de cambio fijo y adopta la política de flotación de la moneda temporalmente hasta que el peso encuentre su acomodo en el mercado cambiario. No se menciona la palabra devaluación. Hasta el día 11 de septiembre el Banco de México fija la nueva paridad, al estabilizarse las fluctuaciones del peso. El dólar cuesta 19.70 a la compra y 19.00 a la venta. Un funcionario dice: «esta paridad durará veinte años». La devaluación tomó a todos por sorpresa. Desde julio de este mismo año el Wall Street Journal y el Business Week señalaban que en los últimos meses se había registrado un movimiento de capitales «sin precedentes» de México hacia los Estados Unidos, ya que se rumoraba una posible devaluación. A pocos días de la devaluación, la banca suiza dijo «haber detectado» la salida de más de 3,000 millones de pesos que fueron sacados antes de la devaluación. El Federal Reserve Bulletin precisa: fueron 10 mil millones de pesos los sacados a lo largo de 1976 y antes de la devaluación. Los economistas explican: para un déficit comercial tan enorme y una deuda externa que punteaba ya por el segundo lugar mundial, no hay moneda decente que las aguante. La política económica gubernamental no había podido superar esos escollos, pues se encontraba cercada por obstáculos formidables. Los empresarios no invertían (del 12% como tasa anual de inversión entre 1961 y 1970, pasan al 1.3% anual entre 1971 y 1975) y se esforzaban por mantener su ineficiencia estancando las exportaciones. El régimen tuvo que cargar con la tasa de crecimiento de la economía, a costa de grandes inyecciones de inversión pública (22% anual en el periodo). Sus reiterados propósitos de aumentar recursos con reformas fiscales encontró la oposición empresarial rotunda. Sólo quedaba la escalera de incendio: la deuda externa que agigantó su tamaño y presionó a la devaluación. Pero también la devaluación expresaba una particular descomposición de la relación política entre el régimen y los empresarios. Una variada escala de funcionarios públicos señalaron como «irresponsable», egoísta y poco cooperativa a la Iniciativa Privada (I.P.). Esta devolvió la pelota desde sus centros de organización: el Estado incrementa costos, no otorga estímulos, agita las aguas políticas y es ineficiente. La I.P. aceleró el retiro de sus capitales.

La inflación interna pasa del 12% en los primeros 8 meses del fatídico 1976 al 18% según el prudente Banco de México y según el FNAP (Frente Nacional de Acción Popular), al 28%. Azúcar, leche, carne, refrescos, cereales, cigarrillos y otros productos desaparecen del mercado; se suspende la venta de coches y de bienes raíces, los artículos de primera necesidad que se encuentran en el mercado traen incrementos del 40%, la joyería de oro y plata y los centenarios se van por las nubes. Los empresarios especulan abiertamente. La gente se entrena y familiariza en este curso intensivo y masivo de especulación. La devaluación no sólo deja ver que el enfrentamiento entre la fracción capitalista dominante y el régimen ha llegado al extremo de desquiciar al país. También permite la intromisión descarada del capitalismo financiero internacional.

RUMBO AL AUTOGOL

El día 13 de agosto la prensa informa escuetamente que se encuentran de visita en México algunos funcionarios del Fondo Monetario Internacional. El 14, el secretario de Hacienda Ramón Beteta tiene una reunión con ellos y, según se informa, platica con las visitas sobre posibles apoyos al peso. El día 20, perdida, entre otras noticias, la Secretaría de Hacienda avisa oficialmente que el FMI apoyara a México con un mil millones de dólares ya que la deuda externa, bajo el peso de la devaluación, se había incrementado en un 54%. Es todo, no se informa a cambio de qué, y da la impresión de que se necesitan muchas de estas visitas generosas. Sólo hasta octubre, a raíz de una Reunión de Gobernantes del FMI en Manila, Filipinas, algunos sectores de la opinión pública empiezan a sospechar que hemos sido mudos testigos de un impresionante autogol. Johannes Witteveen, Director del FMI, anuncia que a partir del 1o. de enero de 1977 el Estado Mexicano aplicará un programa de política económica que desgraciadamente implicará medidas restrictivas. Habrá corte presupuestal, se controlará el crédito interno y el consumo, y se estabilizarán los precios y los salarios, para que en el breve plazo de 2 años el país recobre su prestigio financiero internacional. Uno de los pocos funcionarios que saca (o le sacan) la cara, es Beteta, titular de Hacienda: «es una declaración de apoyo, entusiasmo y fe frente a la situación que vive México», dice en alusión a las revelaciones de Witteveen. Surgen entonces los primeros brotes de crítica por editorialistas, El Colegio de Economistas y otras instituciones académicas, pero ya frente a los hechos consumados. La banca internacional, se dice, presionó para la devaluación, y presiona ahora para asegurarse condiciones de pago, indicándole al gobierno cómo gobernar su casa.

La devaluación de 1948-49 expresó no sólo un nuevo orden internacional que determinó la salida de capitales del país; también fue producto de la incapacidad del régimen para aprovechar el auge económico provocado por la guerra para fortalecer la autonomía financiera del Estado y para orientar los capitales en un sentido productivo.

Desde que se anuncia la flotación del peso, también se avisa varias medidas gubernamentales para impedir la especulación y la inflación. A lo largo del mes de agosto, y respondiendo más a los hechos que a un programa previo, la política económica interna «post-devaluatoria» se afina y precisa. La inflación desatada y el ocultamiento de víveres forza la primera medida. La entonces SIC clausura grandes comercios y anuncia multas de 300,000 pesos o más a quienes aumenten precios o escondan mercancías. Desde Hacienda la voz de Beteta exige impuestos especiales sobre utilidades extraordinarias para frenar la especulación. La I.P. protesta enérgicamente. No se vuelve a hablar del asunto. Para el 20 de agosto la situación inflacionaria y de ocultamiento es insostenible. El 24 un decreto presidencial muestra el resultado de una negociación nunca anunciada con los empresarios. Se autoriza un incremento de precios del 10%. Los industriales, que un día antes denunciaron el incremento en sus insumos del 20 al 60%, no se muestran muy conformes pero al final aceptan, quizá porque el gobierno mantuvo sin variar las tarifas de precios en electricidad y petróleo. El 28 de agosto se anuncia la restricción necesaria del gasto público, justificada como mal necesario para detener la inflación. El 29 de agosto el Banco de México abre una cobertura por 4 mil millones de pesos para que los bancos privados puedan financiar a las empresas que lo solicitan. A principios de octubre Andrés Marcelo Sada en su carácter formal de dirigente de la COPARMEX y en su carácter informal de dirigente del grupo más poderoso de empresarios del país, dice estar de acuerdo con el «paquete de medidas», ya que permiten programar la actividad empresarial. El acuerdo no parece malo. El gobierno restringe el gasto público pero es flexible para otorgar créditos; se autorizan incrementos de precios, que aunque no sean de gran cuantía, afectan sólo a grupos de mercancías bajo control; se mantiene la libre convertibilidad y se llega a un acuerdo sobre aumento salarial del 23%, bueno frente a la «desmesura» de la CTM que pedía el 65%. A cambio, las estadísticas del país registran que la inversión privada prácticamente se paraliza. En definitiva el acuerdo no es malo, se recibe algo a cambio de nada. La fuerza del Estado parece cada vez más un mito hundido en el pasado cardenista.

RADIO RUMOR Y LA SEGUNDA DEVALUACIÓN

Los días 14 y 15 de agosto toma cuerpo y se difunde masivamente el rumor de que las cuentas bancarias serán congeladas para evitar que el sistema bancario del país se quede sin recursos. Cunde el pánico entre pequeños, medianos y los pocos grandes ahorradores que aún tenían su dinero depositado. La gravedad del asunto obliga a que el Presidente condene y niegue la veracidad de esos rumores. Hacienda saca un desplegado, lo mismo que el Congreso de la Unión. Para el día 21, ya han salido 4,400 millones de pesos del sistema bancario, que se queda sin reservas. Historiadores del año 2000 podrán informar si hubo, y cómo, nuevas pláticas con el FMI. Lo cierto es que para el 26 de octubre, a menos de un mes de la primera flotación, el peso vuelve a ser dejado sin apoyo del Banco de México para que encuentre su nivel en el mercado de divisas. La nueva paridad es de 26.60. Ya ningún funcionario declara cuanto durará. Ese mismo día el FMI aprueba un programa de ayuda al peso por 960 millones de dólares, susceptible de elevarse a 1,200. La descomposición de las relaciones entre el régimen y los empresarios se agudiza. Echeverría acusa a los ricos de no ser solidarios; los ricos le acusan de verbalismos excesivos. Radio Rumor funciona en octubre y se incrementa aún más en noviembre: habrá golpe de Estado el día 20, extraña enfermedad atacó al Presidente, etc., etc. En el Senado y la Cámara de Diputados se acusa a Marcelo Sada de ser el comprador del aparato y quien le ha subido abusivamente el volumen. Las organizaciones empresariales contraatacan y defienden a Sada, los rumores no bajan de nivel. En este clima de desconfianza y de segunda devaluación las posiciones empresariales se fortalecen. Su discurso para explicar el año negro de 1976 gana adeptos: los incrementos salariales anulan competitividad e impiden resolver el déficit externo a través de exportaciones, faltan estímulos para aumentar la inversión, la producción y el ahorro; se requiere de más control del circulante a costa del gasto público y del consumo. Su carta fuerte, su as de ases, sigue siendo la impunidad para manejar el capital gracias al mantenimiento de la libre convertibilidad. En Estados Unidos se informa que en los últimos meses han salido del país 4 mil millones de dólares. El round de la devaluación lo ganan de punta a punta los empresarios. El Estado tira la toalla.

FIDEL EXTIENDE EL COMPÁS

Desde los primeros días de agosto, con la devaluación agitando la marea de los precios, la CTM y el Congreso del Trabajo realizan reuniones urgentes. Para el día 5 de la CTM exhorta a sus agremiados a luchar por un aumento emergente del salario. El día 6 el Gobierno Federal establece la Comisión Tripartita y concurren los sectores obreros, empresarial y la parte gubernamental, representada por Francisco Javier Alejo. La CTM muestra cartas: pide incremento del 65%, «no negociable», al tiempo que emplaza a una huelga general que afectaría a 15 mil empresas. Los empresarios ofrecen el 15% y prácticamente se desentienden de la negociación en otra muestra de prepotencia. El 17, con las pláticas estancadas, la CTM avisa que el estallido de la huelga es para el 28 de agosto, y que en ese momento ya están registrados 8,248 emplazamientos en las Juntas de Conciliación y Arbitraje. Francisco Javier Alejo, con la negociación empantanada increpa a los empresarios: «¿Ese es el verdadero- espíritu con el cual nos acercamos a las conversaciones? Entonces, aparentemente, no estamos viviendo en una comunidad nacional». Los empresarios atentos al aire. Finalmente, con la intervención directa del Presidente, el 24 de agosto se llega a un acuerdo bajo los términos de la propuesta presidencial: el incremento será del 23% para salarios hasta diez mil pesos. La CTM acepta.

Con la segunda devaluación la CTM ya no parece tan segura de los pasos a seguir. El anterior aumento de emergencia era congruente con toda la política estatal de protección al salario aplicada en los últimos años. La segunda devaluación parece más conectada a las directrices del próximo sexenio, a escasos 35 días de que se inicie. En los primeros días de noviembre Fidel allanó camino declarando que la nueva situación estaba en estudio y que se imponía ser prudentes: «Definitivamente la CTM no plantea ninguna petición salarial». Se encuentra una salida: la negociación con el Presidente electo que tomará posesión el lo, de diciembre. Se exige que la Comisión Nacional de Salarios Mínimos apresure trabajos para resolver el aumento al salario mínimo que regirá en 1977, (que por ley debería anunciar el 28 de diciembre por ser Día de los Inocentes). Fidel dice: «es conveniente abrir un compás de espera para ver hasta donde llega la devaluación y reclamar lo que en justicia corresponde».

El primero de diciembre, en su toma de posesión, López Portillo define claramente las reglas para llegar a acuerdos con las principales fuerzas del país. Con una coherencia extraña al discurso priísta de costumbre, se dice: lo que importa es impulsar el trabajo organizado para dar empleos. En esos términos existen dos prioridades de gobierno: lograr niveles mínimos de bienestar y estimular la producción de acuerdo a prioridades. Se mantiene la libre convertibilidad y se incrementan los estímulos al ahorro. La fórmula que condensa las nuevas reglas de gobierno es la alianza para la producción. La correlación de fuerzas, favorable a los empresarios, encuentra nuevas y positivas maneras de cristalizar. El mismo día del informe el peso recupera 50 centavos frente al dólar. El 3 de diciembre el peso va a la alza en Nueva York. Se cotiza a 18.50 por dólar. Los días 6 y 7 más de 2,000 millones de pesos regresan a los bancos nacionales el día 10 el gobierno ratifica créditos y subsidios a 140 empresas privadas y mixtas, promesa de campaña, por 100 mil millones de pesos, que generarán 300 mil empleos. El nuevo presupuesto federal tiene sólo un ligero incremento con respecto al recortado del ejercicio pasado: su prioridad es productiva: 50.3 a fomento productivo y 21.8 a fomento social. Para los días 19 y 20 ya han regresado 7 mil millones de pesos. La confianza vuelve a México. La CTM entiende los cambios y reafirma que no ha hecho ninguna petición de aumento salarial, y junto con los empresarios se compromete a no propiciar enfrentamientos en la Comisión Nacional de Salarios Mínimos. El 29 de diciembre se anuncia el incremento del nuevo salario mínimo: 10%. Fidel Velázquez dice que «es satisfactorio para el movimiento obrero». El compás de espera resulta un puente donde se transita de una política estatal de flexibilidad salarial a otra política de contención salarial. A lo largo de las negociaciones contractuales de enero a abril de 1977 los sindicatos entenderán que se encuentran en otro terreno de negociación. El 10% al salario mínimo se gana a punta de rompimientos de huelgas, de inflexibilidad de los funcionarios de las Juntas de Conciliación y Arbitraje, de llamados presidenciales al sacrifico solidario, de acatamiento de las dirigencias, de miles de despedidos, de persecución de corrientes democráticas y de cuadros militantes. Se gana así, a pulso, el sugerente nombre de «tope salarial».

Las características de las devaluaciones de 1948-49 y 1954 son muy parecidas. Ambas ocurrieron en un contexto de deterioro constante del salario real, que a su vez acentuaron. Expresaban una política económica de industrialización que implicaba un alto costo social y que se manifestó en inflación, perdida creciente de capacidad financiera del país para sostener su propio desarrollo y en una dependencia mayor del exterior respecto al programa de industrialización.

El cuadro es aproximadamente el que sigue: un movimiento obrero empieza a sacudir desde abajo al charrismo sindical y una dirigencia oficialista que se ve en aprietos para conciliar las demandas de la base y los dictados de arriba. Un régimen que pierde crecientemente autonomía para conciliar los intereses de los trabajadores. Una fracción capitalista dominante que sale fortalecida de la crisis de 1976. Son los puntos de referencia de un panorama que se abre, después de la devaluación de 1976, para el sexenio de José López Portillo.

En 1954 el gobierno pudo controlar y aún prevenir una crisis inaugurando un periodo largo de estabilidad donde el movimiento obrero, plegado al régimen, dio el apoyo necesario para una política que beneficiaba y fortalecía a los grupos bancarios, industriales y agrícolas más fuertes. La comparación con lo sucedido en 1976 resulta contrastante. En un sexenio, la hegemonía charra sufrió un deterioro considerable mientras los sectores más beneficiados por el desarrollo estabilizador precipitaban la crisis económica y política que convirtió la fórmula estabilidad de precios -estabilidad cambiaria- paz social, en un nostálgico recuerdo. El régimen, por su parte, optó por el camino de acelerar el desarrollo en los términos más favorables al capital. Parecía que la historia del sexenio lopezportillista iba a escribirse con una represión creciente hacia la disidencia obrera y popular, una baja absoluta y vertical del nivel de vida de la población e incluso cambios sustanciales en el sistema político. El método de concesiones desde arriba, economicismo y represión, método que explica el sostenimiento y hegemonía del charrismo en el movimiento obrero, estaba también en peligro y parecía necesario que la receta se redujera a la palabra represión.

Pero el grupo gobernante logró encontrar una salida que matizara esta negra perspectiva. La exportación masiva de petróleo permitió darle al Estado una cobertura financiera que, después de la devaluación en 1976, era indispensable. Con esta cobertura el régimen se fortalecía también políticamente. Y aunque la política económica que llevó a cabo fue sin duda favorable al gran capital, también hubo concesiones a los trabajadores. La represión existió, pero el régimen se sostuvo aún sobre una buena dosis de consenso. Los charros mismos encontraron un espacio político y diseñaron una propuesta de reforma económica alternativa a las medidas que el gobierno instrumentaba. El sistema político sobrevivió y al parecer se iniciaba una nueva etapa de crecimiento y paz social.

Los autores de éste artículo son investigadores del Departamento de Estudios Históricos del INAH.

La devaluación perpetua

Jesús Miguel López. Economista, colaborador de unomásuno. Ha colaborado en Nexos anteriores.

La negativa del Banco de México a seguirse haciendo responsable de un mercado cambiario en el que todos los riesgos eran para el Estado y todos los beneficios para los financieros marcó el final definitivo del breve pero intenso auge que vivió la economía mexicana entre 1978 y 1981. Poner el peso a la dura égida de la oferta y la demanda significó una devaluación de 75 por ciento en la primera semana y puso cierre definitivo a una etapa de crecimiento acelerado. Nuevamente la quiebra se produjo en el sector más sensible, el mercado monetario. Pero ya antes habían mostrado sus límites tanto la expansión del comercio internacional, como el crecimiento desmesurado de la demanda interna. Todo ello se ha plasmado en la noticia de que durante 1982, el año marcado con el signo del crecimiento acelerado, el Producto Interno Bruto registrará un avance que oficialmente se anuncia de entre 4 y 5 por ciento, pero que voces más pesimistas sitúan en rangos menores.

Aunque muchos de los indicadores de la devaluación de febrero parecen similares en la forma a la crisis financiera que vivió el país durante los últimos meses del gobierno de Luis Echeverría, la fractura de fondo es radicalmente distinta. Ambos momentos se han expresado en escasez de divisas y en el consecuente deterioro de los precios relativos con el exterior. Pero en 1976 se trataba fundamentalmente de un corte histórico de gran profundidad con la época del desarrollo estabilizador, el esquema de acumulación de capital sustentado en la extracción de excedentes del campo para la creación de un sector industrial que acabó siendo insuficiente improductivo y muy dado a las importaciones. Por el contrario, la disminución en el ritmo de crecimiento y las dificultades actuales en el sector financiero y comercial configuran una crisis de corto plazo. En 1982 estamos ante un corte coyuntural inducido por las dificultades del mercado petrolero internacional, dentro de un reacomodo global que trató de hacer de las divisas petroleras el pivote de desarrollo y que terminó por descargar en las espaldas de la exportación de crudo todas las deformaciones estructurales de antaño, pero multiplicadas varias veces en su magnitud.

Los días previos al boletín del Banco de México en el que se anunciaba el retiro temporal del mercado de cambios, se registro una de las más fuertes fugas de divisas de que se tenga memoria. Esos traslados, que el presidente López Portillo definió como «verdaderos asaltos», precipitaron el momento de la devaluación y contribuyeron a definir la forma de lavado de manos por la que se inclinó la banca central.

LA PEOR OPCIÓN

El 16 de febrero de 1982 nadie dudaba ya de que el peso se encontraba fuertemente sobrevaluado, aunque no existiera precisión en el porcentaje. Los grandes grupos financieros dedicaron sus mayores esfuerzos a protegerse las espaldas. Los días previos al boletín del Banco de México en el que se anunciaba el retiro temporal del mercado de cambios, se registró una de las más fuertes fugas de divisas de que se tenga memoria. Esos traslados, que el presidente López Portillo definió como «verdaderos asaltos», precipitaron el momento de la devaluación y contribuyeron a definir la forma de lavado de manos por la que se inclinó la banca central. La parte especulativa de los dólares que se fueron al norte palidece, sin embargo, si se le compara con el volumen de divisas que salieron, de manera absolutamente legal, por concepto del elevadísimo y creciente déficit en la balanza de pagos, los pagos a servicios y saldos de la deuda externa y la remisión al exterior de utilidades de la inversión extranjera.

La diferencia de inflación entre México y Estados Unidos (tres veces mayor en los últimos dos años) y el creciente desequilibrio en los pagos al exterior) obligaron a reajustar el mercado de cambios. La tendencia era clara y para el último trimestre de 1981 se tenían perfectamente configuradas tres opciones:

a) Manejar el tipo de cambio dentro de una política que promoviera el equilibrio de las cuentas con el exterior, lo cual implicaría un ajuste de la paridad en la misma proporción del diferencial inflacionario.

b) Un sistema de libre flotación que ajustara la paridad de acuerdo con la oferta y la demanda de divisas internacionales.

c) El establecimiento de un presupuesto de divisas, en el que se programaran las disponibilidades y su uso de acuerdo a las prioridades, junto con un sistema de control de cambios que permitiera jerarquizar la asignación de las divisas de acuerdo con su uso. (Comercio Exterior, nov. 1981, p. 1236).

Las dos primeras opciones, trataban de manejar los desequilibrios externos manipulando el valor internacional de la moneda; la tercera, pese al carácter utópico que le asignaron las autoridades monetarias, ligaba el problema cambiario con el productivo.

Finalmente se tomó la decisión de que las fuerzas del mercado definieran el futuro inmediato de la moneda nacional. Era la peor opción entre las que se ofrecían. Descartada la solución de controlar los cambios, quedaba la posibilidad de que el Banco de México definiera una nueva paridad, manteniendo su papel de regulador del mercado. No se siguió este camino seguramente por razones políticas. Siendo del dominio común que se aproximaba una definición en el mercado cambiario, los que tenían dólares que cambiar lo hicieron, incluso poniendo en riesgo las reservas de la banca central. El lunes 15 de febrero salieron del país aproximadamente 400 millones de dólares, que el martes siguiente llegaban a 526 millones, de una reserva total que a fines del año pasado se calculaba en mil 100 millones de dólares que el Banco de México iba a destinar específicamente a regular el precio del dólar. Al adoptar la figura de «retiro temporal» de las operaciones cambiarias, en realidad se estaba dejando que los mismos sectores que capitalizaron la sobrevaluación del peso sostenida por el Banco de México, se hicieran responsables a partir del jueves 18 de los rumbos de la moneda.

La medida, aunque llena de habilidad torera en la forma, dejó el establecimiento de la paridad en manos no precisamente prudentes. El sistema bancario mexicano, tan integrado, vertical, concentrado y oligopólico como los más modernos demostró que estaba en condiciones de sostener ese paquete y cualquier otro que la banca central ya no aguantara. Eso, claro, al módico costo de ser ellos mismos los que dictaran la paridad y asignaran los paquetes de divisas a su particular discreción, según la calidad de los clientes. Paradójicamente, el retiro del Banco de México contribuyó a romper el mito de que es imposible controlar la asignación de las divisas. En los días que siguieron a la devaluación, la banca mexicana demostró que se podía mantener al sistema financiero controlado y que se podía distribuir las divisas sin que ello significara la catástrofe. Si Banamex y Bancomer (que controlan 48 por ciento de los activos totales del sistema financiero privado) pudieron fijar el precio y proporcionar las divisas a precios diferentes, ¿por qué la banca central no podría fijar, por ejemplo, precios diferenciales a los dólares, según el uso que se les fuera a dar? Sería exactamente el mismo mecanismo utilizado por la banca privada, pero con objetivos económicos diferentes. Bancomer niega la venta de divisas, a menos que uno demuestre ser un cliente que las merezca. Banco de México podría negar los dólares -o venderlos más caros-, a menos que se demostrara que su uso traerá beneficios al circuito productivo.

DE CÓMO SE INFLA UN PESO

Desde el principio del gobierno de López Portillo fue conformándose un programa económico, social y político que tenía un solo objetivo: adaptar el país para su integración acelerada al mercado mundial. La crisis actual es la quiebra de ese programa, tanto por efecto de modificaciones internacionales que no eran esperadas, (principalmente la saturación del mercado petrolero), como por dislocaciones internas, lógicas algunas en un país que trató de modificar su mercado interno en un plazo breve, producto otras de políticas erradas o erráticas.

Finalizado el convenio con el Fondo Monetario Internacional y restablecida en buena medida la estabilidad financiera y la confianza empresarial, el gobierno se dio a la tarea de configurar planes de desarrollo tendientes a administrar lo que anunció como abundancia fincada en el petróleo. Tal estrategia abarcó todos los sectores en base a un supuesto general: el petróleo habría de servir como detonador del desarrollo económico. Las divisas provenientes de los hidrocarburos dinamizarían el sector manufacturero y se estaría en condiciones de competir en el mercado externo. Según esa misma lógica, la mayor diversificación de las exportaciones no petroleras permitiría ir sustituyendo la exportación de crudo, y la actividad de Pemex se volcaría hacia el mercado interno. Coherentemente con estos supuestos, se tomaron medidas en el sector comercial y en el mercado cambiario que fueron configurando la crisis de paridad actual.

A partir de 1977 se siguió una política monetaria conocida como flotación controlada. Se trataba de no repetir la experiencia de 1976, cuando tras veintidós años de paridad sostenida artificialmente se tuvo que dar un salto de graves efectos sicológicos y políticos. El deslizamiento del peso -como se le nombró después- trataba de administrarla misma medicina, pero en dosis más tolerables. En lugar de una devaluación anual del 12 por ciento, se permitiría una baja de uno por ciento mensual. Sólo que la realidad rebasó los supuestos y por el efecto combinado de una creciente tasa de inflación con un incremento de la dependencia comercial con Estados Unidos (país en el que, adicionalmente, la inflación comenzó a disminuir) el ritmo de depreciación real del peso rebasó con creces el ritmo en que el Banco de México venía depreciándolo. Las autoridades mexicanas estaban nuevamente ante un dilema de carácter fundamentalmente político: se aceleraba el ritmo de deslizamiento, con todos los costos que podría traer en pérdida de confianza, o el Banco de México financiaba con sus divisas la diferencia, en espera de que vinieran mejores tiempos tanto en la revitalización de las exportaciones, como en el freno a la inflación. Se optó por esta última posibilidad y se trató de sostener hasta el último momento. Sólo para pagar la diferencia de inflación entre México y Estados Unidos, para diciembre de 1977 existía ya una sobrevaluación de aproximadamente 2.5 por ciento; en diciembre de de 1978 llegaba al 8 por ciento, era del 13 por ciento en 1979, del 25 por ciento en 1980 y para fines de 1981, llegaba al 32 por ciento. En el momento en que el Banco de México se retiró del mercado, el peso se encontraba sobrevaluado en un orden cercano al 38 por ciento.

Si el problema hubiera sido únicamente la diferencia en la tasa inflacionaria entre México y Estados Unidos, probablemente la situación se hubiera podido sostener por un plazo más largo. Para que no fuera así influyeron tres factores adicionales: la caída en el precio internacional del petróleo y las dificultades para colocar en los mercados las exportaciones de crudo pesado; la trampa en el comercio exterior que agudizaba paulatinamente el déficit en la balanza de pagos; finalmente, el factor previsión entre los financistas mexicanos que ante las dificultades que se avecinaban se apresuraron a sacar del país todo lo sacable.

COMERCIO: LOS DE ATRÁS SE QUEDARÁN

Es un mito decir que México careció de política comercial durante el gobierno de López Portillo y que, debido a ello, las exportaciones se frenaron y las compras crecieron. En realidad el problema fue el inverso: abundancia y contradicción en las políticas de comercio internacional. A principios del gobierno lópezportillista la bandera hacia el exterior ondeaba a toda altura: el liberalismo. A fines de 1977 se anunció una política de liberación interna de precios en varios artículos, porque con ello se favorecería la competividad internacional. En seguimiento de esa convicción se empezaron a liberar también de permisos previos la mayoría de las tarifas arancelarias. En 1977, de un total de 7 mil 760 fracciones el 78.8 se encontraba sujeto a permiso previo; en 1980 solamente tenía ese requisito un 24 por ciento (unomásuno, 28 de junio 1981).

Esta política liberal se topó con un mercado internacional sobre protegido por la recesión y con un sector manufacturero que no reaccionó como se esperaba; provocó por tanto una explosión en las compras de cualquier cosa y uña contracción en las exportaciones de todo lo que no fuera petróleo (en 1980 se empezaría a contraer incluso el mercado de este producto). Después de dos años de relativo éxito (1977 y 1978), en que se redujo notablemente el déficit comercial con Estados Unidos y disminuyó el ritmo de compras al exterior (las de Pemex se incrementaron notablemente, pero la reactivación de la industria parecía justificarlas), el desequilibrio comercial volvió a ensancharse debido principalmente al gran auge de las importaciones. El ritmo de las compras al exterior aumentó mucho más que proporcionalmente respecto al incremento del producto. Era evidente que ahora se trataba no sólo de la compra de mercancía de repuesto o de ampliación para el aparato productivo: al amparo de las expectativas creadas por el petróleo, se desató una visible euforia por productos de consumo suntuario y durable que se traían del extranjero. Este fenómeno, fomentado por los tres mil kilómetros de frontera con EU que facilitan el contrabando, así como la fuerte dependencia tecnológica del aparato industrial y un proceso expansivo sin orden en Pemex, provocaron que el déficit comercial mexicano pasara de mil 403 millones de dólares en 1977 a casi 5 mil millones en 1981. Las importaciones, a su vez, registraron un avance vertiginoso que fue de 5 mil 493 millones de dólares en 1977, hasta los 24 mil 937 millones de dólares en 1981. Entre 1978 y 1981 la política comercial se mantuvo totalmente incierta, girando de un lado para el otro. Era ya una certeza que todas las supuestas ventajas de una política de apertura al exterior habían desaparecido. Los precios relativos con el principal cliente exterior habían vuelto a encarecer notablemente las mercancías mexicanas por efecto de la sobrevaluación del peso, la industria no se reanimaba y los mercados exteriores eran altamente reacios a las mercancías mexicanas. No obstante, fue hasta el 26 de junio de 1981 cuando la Secretaría de Comercio decidió ajustar la política de comercio exterior, devolviéndose al permiso previo su papel como principal instrumento del gobierno para controlar las compras. Al regresar cerca de mil productos al sistema de permiso -la gran mayoría de ellos de consumo suntuario o de producción fácilmente sustituible en el mercado interno- se intentaba volver al sistema de protección selectiva. Pero el cambio parecía llegar demasiado tarde. Ya había entrado en la fase de contracción el mercado petrolero y la deuda externa había crecido desmesuradamente para cubrirle las espaldas al déficit de balanza de pagos y a la moneda nacional.

PETRÓLEO: HASTA LA PRÓXIMA

¿Cómo hemos llegado a esta locura? ¿No traería el petróleo la autosuficiencia financiera y con ello la abundancia? ¿Cómo ha sido que sin tener que pagar importaciones petroleras y con casi 15 mil millones de dólares en ingresos petroleros sólo en 1981, no se ha podido siquiera sostener la paridad de la moneda? Las razones reales de la nueva devaluación están a la vista: la política de crecimiento faraónico y desordenado en Pemex, la exponencial deuda externa, la falta de dinamismo en el resto de los sectores productivos y la vocación de riqueza momentánea que llevó al impulso de comprarlo todo.

Pero tal vez tenga un lado positivo el que se haya contraído tan fuertemente el mercado internacional de hidrocarburos: ninguna imagen más absurda que el levantamiento de la torre de Pemex en los actuales momentos. La euforia de 1977 tendrá que transformarse en austeridad, para que efectivamente las divisas petroleras sean administradas con criterios de escasez y en la próxima oportunidad no se alimenten los proyectos epopéyicos, sino los más sencillos, los más sociales. Antes de que el país se convirtiera en Venezuela o Irán llegó la sacudida.

Inflación, déficit comercial, deuda externa y falta de rigor en el manejo de la política monetaria fueron los factores que se conjugaron el 17 de febrero para la devaluación del peso. Después habrían de sumarse otros elementos: explosión en los precios; nueva baja en los precios internacionales del petróleo y ausencia de la autoridad en el manejo de los cambios.

El fuerte ritmo de compras y endeudamiento de Pemex, si bien no contribuyó en términos netos al desequilibrio, consumió totalmente las divisas que ellos mismos generaban, lo cual canceló la posibilidad de que el Estado dispusiera de ingresos para inyectar en el resto de la economía. Por eso la política expansionista que se quiso llevar a cabo desde 1978 tuvo que acudir nuevamente al sobregiro en el presupuesto de ingresos, a la impresión o acuñación de moneda y a la deuda pública. El crecimiento de la economía, sustentada en los servicios y en el dinamismo exclusivo del sector petrolero, generó un recalentamiento en los precios y avances sin prisa pero sin pausa en la tasa inflacionaria, mecanismo mediante el cual el sector privado se apropiaba de hecho de una parte del excedente petrolero.

Inflación, déficit comercial, deuda externa y falta de rigor en el manejo de la política monetaria fueron los factores que se conjugaron el 17 de febrero para la devaluación del peso. Después habrían de sumarse otros elementos: explosión en los precios, nueva baja en los precios internacionales del petróleo y ausencia de la autoridad en el manejo de los cambios. La merma que significará para el Estado haberse visto obligado a disminuir 2.50 dólares el precio del crudo istmo y 1.50 el del maya unos días después de la devaluación, reduce también el margen de maniobra con que contaba el Banco de México para enfrentar cualquier impulso especulativo de gran alcance. No obstante, el Estado sigue contando con una gran cantidad de recursos que van desde la negociación con el capital internacional e interno, hasta el uso de los instrumentos de política económica con que ha contado históricamente. Los tiempos, en este caso, parecen jugar un papel primordial en cuanto a los costos que tendrá salir de esto que se definió como un tropezón. Cuanto más tarde lleguen las decisiones, mayor costo tendrá su puesta en práctica y menor será su margen de éxito. Pero aún así, en el supuesto optimista de que las dificultades de coyuntura se superen, queda por resolver si se atacarán los síntomas o los orígenes, si se tratará de reconstruir el mismo proyecto para volverlo a intentar o si esta vez el petróleo también lo escriturará el niño Jesús.

íQUE VERDE ERA REFORMA!

Allá donde la numeración de la avenida Paseo de la Reforma pasa del dosmil ha surgido una revolución botánica. Privilegio de gente acomodada, pensaría uno, pero no es sólo eso: Alguien ha descubierto que la naturaleza se equivoca: el pasto no tiene por qué perder su verdor, nunca. Como es sabido, las plantas, de suyo verdes, tienden a secarse en otoño, y sobre todo en invierno, tiñendo el paisaje con feas tonalidades café-amarillas. Como tal atentado contra el ornato es inadmisible en una Ciudad Moderna (id est México City), algún audaz funcionario (tan audaz que no puede ser menor) decidió rebelarse contra la obstinación del estro. Y mandó pintar de verde el césped.

Si el lector es feliz casahabiente en «El Parque de los Principes», obra del Grupo Activa, o frecuenta la residencia del embajador norteamericano, o ha salido recientemente a Toluca; sabrá de qué se trata. Un día de enero por fin el DDF puso manos a la obra, y cuadrillas de artesanos pintores devolvieron al césped de Reforma su verdor original. El método, claro, es perfectible. Sus orígenes pueden encontrarse en la víspera de ciertas inauguraciones, cuando un jardín decorativo es indispensable para la develación del Monumento o la entrega de unidades habitacionales. Pero ahora ha llegado por fin al entorno cotidiano.

La recuperación de zonas verdes-verdes sigue dependiendo, en 1982, de técnicas algo burdas. El empleo de aspersores («pistolas» de gran calibre) impide finura en los detalles, como lo muestan guarniciones de camellón, lozas y coladeras, favorecidas con un súbito cuan innecesario verdor. Sin embargo, el impacto escenográfico es indiscutible. De un día para otro, el procedimiento que nuestras autoridades han ideado nos devuelve la panorámica primaveral que quisiéramos ver siempre.

Algunos costos (menores) debe pagar el progreso. Aunque el olor a pasto fresco deja siempre una sensación de fragilidad, resulta más duradero que el olor a trementina de las pinturas convencionales. En Reforma, el pasto es inodoro. Si uno se aproxima y lo toca, recuerda como no queriendo al tradicional papel de china, aunque uno sabe que, no hace mucho, este verdor inerte era pasto. Una momia vegetal recorre ya nuestras avenidas. Y nadie que conozca los mejores museos arqueológicos pondrá en duda la durabilidad de las momias. Y si nosotros pensamos en ese futuro que nos tienen prometido, cuando las ciudades sean metálicas y de concreto y Chapultepec sólo un vago recuerdo, suspiraremos a nuestros nietos con nostalgia:

-íQué verde era Reforma!- y entre bostezos nos iremos muriendo.

Joyce: El último mamut

En 1912 James Joyce decidió no volver a Irlanda. Tal vez esta resolución no fuera tan clara como parece, pero si tenía la seguridad absoluta de que la publicación de Dublineses, su interés más inmediato en ese momento, sólo era posible lejos de su ciudad. Llevaba como diez años en el extranjero y aunque nunca se había prohibido volver tampoco le gustaba mucho imaginarse en Dublin. Y en 1912 arrancó, efectivamente y tal vez sin darse cuenta, un proyecto que consta en una de sus cartas escrita varios años atrás: “Ahora voy a crear la leyenda a la que habré de aferrarme”. Seguramente olvidó la frase o no volvió a hacerle caso, según fueron reclamando su atención cosas más inmediatas. Pero no hay modo de saber si alcanzó a darse cuenta de la leyenda que comenzó a formarse alrededor suyo, o si en alguna ocasión, rodeado ya por el prestigio de su obra, vio con claridad que ese viejo propósito se convertía un patrimonio indispensable de otros, dispuestos a aferrarse a esa misma leyenda con una obstinación tal vez mayor a la del mismo Joyce. Porque incluso la leyenda era muy poco junto a la magnitud de sus ambiciones. Es verdad que nunca estuvo a gusto en la poesía porque estaba seguro que no podía a superar a Yeats; sin embargo, como lo cuenta Richard Ellmann en su biografía, en cuanto a su prosa no era tan modesto, y si a los dieciocho años podía afirmar que nunca pasaría por encima de Tolstoi, por lo menos pensaba superar a George Moore, a Thomas Hardy, a Iván Turgueniev. Hablar de una época habría sido más exacto que inventarse el blanco de una leyenda. La vida y los proyectos de Joyce se precipitaron de otra manera, aunque finalmente época y leyenda entraron en el juego. Una de ellas le pertenece; pero la leyenda, las historias que otros han ido armando para dar la imagen de un Joyce inaccesible, ficticio, sublime, en todo superior, esa leyenda no es más que la esterilidad del culto filisteo.

Del primer tercio de este siglo, “cuando la Literatura se codeaba con la Vida como igual, cuando los jóvenes Dedalus ensalzaban la creación de una conciencia de sus razas respectivas, cuando las innovaciones en los mecanismos de la narrativa podían llamarse ‘revolucionarias’, y cuando la excitación artística y cerebral hacían efervecer la prosa de tal manera que burbujeaba para el lector como una copa de champaña” (John Updike), quedaron pocas cosas. El escenario de Dublín también es diferente. La casa de Leopold Bloom en el número 7 de Eccles Street es una construcción abandonada, sin techo, de la que sólo queda la puerta, y no ahí: ahora instalada en The Bailey, un restorán de primera categoría, el mismo lugar que antes era una especie de fonda llamada Burton. La zona del monto tampoco existe: habiendo sido el lugar de las residencias de los aristócratas en el siglo dieciocho, en la época de Joyce ya era uno de los barrios de prostíbulos más conocidos en Europa, y ahora ese mismo lugar está fraccionado en edificios de departamentos, lotes baldíos, estacionamientos. Una iglesia se convirtió en mercado, y sólo los pubs y las escuelas permanecen como Joyce los conoció. Desde que empezó a escribir los relatos que más tarde formarían Dublineses, el conocimiento de su ciudad se volvió algo indispensable. “Si tan sólo conociera Irlanda tan bien como Kipling conoce la India”, dijo una vez, “estoy seguro que tendría la posibilidad de escribir algo bueno”. Pero incluso entonces sentía que se le escapaba de las manos; lo sentía desde que paseaba con su padre hablando que personajes de Dublín; desde que su padre le enseñaba la casa de Swift o la zona por donde Addison solía caminar. En algunos puntos esta obsesión por la ciudad recuerda a Walter Benjamin. Este quería trazar en un mapa el itinerario de su vida en Berlín; Joyce —lo incluye en el Ulises— se divertía tratando de imaginar el reto de atravesar Dublín sin pasar frente a un pub. En otra ocasión, Joyce dijo que le interesaban más las calles de su ciudad que el enigma del universo.

Cuando la fuente de la mayor parte de su obra empezó a quedar relegada, rebasada por cambios vertiginosos, comenzó a surgir un grupo, disperso y heterogéneo, que se encargaría de crear su,leyenda. El mismo grupo que todos los 16 junio celebraba el Bloomsday o que se enfrascaba en papeles interpretativos de su obra. Cyril Connolly fue uno de los que advirtió esta situación, y al morir Joyce en 1941 escribió una nota en la que decía, adelantándose a cualquiera, que tendría que pasar mucho tiempo antes de que alguien pudiera escribir algo correcto sobre Joyce. “Nunca tendremos el tiempo, la seguridad o la paciencia en nuestra vida para escribir como él —sus armas ‘silencio, exilio y astucia’ no son nuestras”, decía en esa misma nota. Y tenía la intención de leerlo ”sólo lo necesario” para poder escribir algo sobre “este último gran mamut de cuyos colmillos muchos imbéciles han cincelado sus autoindulgentes torres de marfil”. Este año el mamut cumple cien años; cuando llegue su bicentenario es de suponerse que permanecerá, como todos los mamuts, inalterados.

james-joyce-1915

MATEMATICAS, MODELO PARA ARMAR

Las matemáticas pueden ser descritas apropiadamente como la ciencia de los modelos. Los primeros conceptos matemáticos fueron inventados como un modelo de la naturaleza, los números enteros positivos son un modelo de los conjuntos que permiten, por ejemplo, dividir equitativamente un costal de veintiún naranjas entre tres personas, sin necesidad de efectuar ninguna manipulación física con ellas. Los números fraccionarios resuelven los casos en que el número de elementos no es divisible entre el número de personas. En el siguiente nivel de abstracción fueron inventados el cero y los números negativos, que dan mayor flexibilidad a la numeración y abren la posibilidad de modelar una diversidad más grande de situaciones de la naturaleza o la actividad humana: la necesidad de utilizar un modelo Intelectual para medir las tierras dio origen a la geometría.

El desarrollo de las matemáticas ha sido guiado por la búsqueda de los llamados valores matemáticos: generalidad, unidad conceptual, claridad, precisión y sencillez.

La generalidad es una medida de la diversidad de situaciones que abarca un modelo, introduce por lo mismo un orden y jerarquías en los conceptos y las teorías matemáticas, ya que la generalidad de un modelo es mayor o igual a la de otro cuando el primero es aplicable a todos los casos particulares del segundo. El método fundamental de la generalidad, es el pensamiento abstracto; su desarrollo depende de la capacidad de reconocer lo que es común a situaciones aparentemente diversas. La unidad conceptual crece conforme el número de campos y nociones básicas de los cuales derivan los demás, disminuye. Es una característica estrechamente relacionada con la generalidad, ya que con frecuencia la generalidad de los modelos contribuye a su unificación conceptual.

Claridad y precisión son también conceptos semejantes e interrelacionados: la claridad requiere precisión e, inversamente, es difícil lograr precisión sin claridad. Esta última se alcanza a través del análisis exhaustivo de los conceptos y los problemas. Su importancia en la matemática es similar a la de la luz en la actividad física. La precisión consiste en eliminar toda posible ambigüedad en la utilización de los conceptos y las afirmaciones matemáticas. El método para obtener la precisión se basa en la utilización permanente del rigor y del pensamiento crítico, su beneficio central es la capacidad de hacer afirmaciones irrefutables.

Es frecuente considerar la sencillez como la característica más excelsa del pensamiento matemático. Una de las experiencias fundamentales de la creación matemática es aquella en que después de un período prolongado de examen de una situación complicada, ocurre un cambio de punto de vista a la luz del cual la compleja estructura del problema se desmorona y surge en su lugar una figura nítida, sencilla, que permite comprender de golpe la situación completa.

Los valores matemáticos se han procurado en las diversas épocas de la historia, aunque la atención que han recibido en cada una de ellas no ha sido uniforme. Por ejemplo, la numeración arábiga, que en realidad se originó en la India, constituyó sobre todo una contribución simplificatoria, por ser una notación posicional. Al introducirse la notación simbólica del álgebra, se alcanzaron niveles de abstracción superiores a los de la aritmética, lo que permitió acceder a modelos de mayor generalidad.

LAS RAMAS DEL ÁRBOL

La aplicación de modelos de una rama de las matemáticas en otra ha sido sumamente fructífera y ha contribuido a la consecución de los valores matemáticos. Un ejemplo de extraordinaria importancia fue la aplicación de la aritmética a la geometría hecha por Descartes y Fermat en la primera mitad del siglo XVII, que condujo a la invención de la geometría analítica y a la completa «aritmetización de la geometría»: la geometría fue formulada exclusivamente en términos aritméticos. De esta manera, se logró una mayor precisión y generalidad, porque los métodos analíticos permitieron abordar una mayor variedad de problemas geométricos, y porque el dominio de la geometría se amplió enormemente. Según antigua geometría de Euclides, el espacio geométrico es el plano y el espacio tridimensional. Cuando se adopta el punto de vista aritmético, los puntos del plano son parejas de números y los del espacio ternas. Esto permite extender, en forma obvia, el concepto de espacio a espacios de dimensión arbitraria, ya que no hay ninguna dificultad conceptual para considerar sistemas de «n» números, donde n es un número entero positivo cualquiera. Los espacios de dimensión infinita, que son la esencia de los espacios de Hilbert, se obtienen considerando sucesiones infinitas de números.

Uno de los mayores desafíos y, al mismo tiempo, uno de los mayores estímulos para el desarrollo de las matemáticas, fue la modelación del movimiento. Los griegos, y en especial Arquímedes, fueron los primeros que estudiaron el movimiento de manera sistemática, aunque no fue sino hasta el Renacimiento cuando se establecieron las bases para la ciencia de ese fenómeno: la mecánica, Galileo realizó grandes avances en este terreno, pero correspondió a Newton elaborar el esquema fundamental que todavía es hoy la base de nuestra comprensión del movimiento. El gran éxito que tuvo esta formulación en la predicción del movimiento de los planteas, produjo una nueva manera de concebir el universo.

Según la mecánica newtoniana, el mundo es determinista y, por tanto, puede predecirse. Ahora sabemos que hay dos situaciones extremas en las que la mecánica newtoniana no es válida: en la escala ultramicroscópica del átomo y en el caso de movimientos a velocidades cercanas a la velocidad de la luz. Empero, para los movimientos macroscópicos a velocidades ordinarias, el viejo esquema sigue siendo válido.

La descripción matemática del movimiento de un sistema de partículas tiene sólo una variable independiente: el tiempo. La descripción matemática de un medio continuo necesita de por lo menos cuatro variables independientes: una para el tiempo y tres para las coordenadas espaciales. Las ecuaciones que rigen el movimiento son, en el primer caso, ecuaciones diferenciales ordinarias, mientras que en el segundo se trata de ecuaciones diferenciales parciales. Para resolver este tipo de problemas se crearon poderosos instrumentos.

En realidad, fue la motivación principal para el desarrollo de casi todo el análisis matemático. El concepto mismo de derivada, que es central en el análisis, lo inventó Newton para precisar las nociones de velocidad y aceleración instantáneas. Un origen similar tiene el concepto de integral y la mayor parte de los resultados del cálculo de funciones de una o más variables independientes.

Las primeras series en términos de funciones trigonométricas, aparecieron en conexión con el estudio del movimiento de una cuerda vibrante y de la conducción del calor, que son problemas de mecánica de medios continuos. El desarrollo sistemático de estas series fue presentado por Fourier en su libro Theorie analytique de la chaleur, de 1822. Las condiciones bajo las cuales ellas convergen, sin embargo, no eran claras y la necesidad de elucidarlas originó, en buena medida, la atención tan extraordinaria que recibió el rigor durante el siglo XIX. Se reconoció entonces que el análisis matemático al igual que la geometría debería fundamentarse, exclusivamente, en la aritmética. Fue éste uno de los grandes logros de ese siglo.

Otra de las grandes ventajas de la aritmetización de la geometría se puso de manifiesto cuando Riemann introdujo los espacios curvos. Lobachevsky en 1829 obtuvo resultados que revolucionaron la concepción de la geometría, al desarrollar, la primera geometría noeuclideana. Lobachevsky construyó una geometría en que el postulado de las paralelas, básico en la geometría euclideana, fue sustituido por otro que vino a demostrar que era posible construir estructuras geométricas armoniosas sin contradicciones lógicas internas, diferentes de la geometría que habitualmente usamos para describir el espacio físico y que en matemáticas se conoce como geometría euclideana. Los métodods usados por Lobachevsky, fueron los de la antigua geometría, es decir, no aritméticos. Riemann, en cambio, utilizó métodos aritméticos. En la geometría euclideana la distancia entre dos puntos está dada por una formula sencilla; la idea central de Riemann expuesta en su libro Habilitations-schrift, de 1854, consistió en considerar que esta fórmula puede modificarse y que cada modificación de la fórmula de la distancia define un espacio geométrico, en general, un espacio noeuclideano. Los resultados de Riemann constituyen el antecedente matemático que permitió a Einstein el desarrollo de la teoría de la relatividad general.

Hasta el descubrimiento de los espacios no-euclideanos las matemáticas se habían venido desarrollando construyendo modelos directamente motivados por situaciones que se daban en la naturaleza. La prueba de su consistencia estaba, en buena parte, dada por la naturaleza misma. Se pensaba que los modelos eran absolutos y que trascendían al ser humano, al grado de otorgarles en ocasiones un valor místico. La construcción de geometrías noeuclideanas demostró que era posible construir modelos matemáticos no motivados por objetos o fenómenos del mundo externo.

Al reconocerse las matemáticas como pensamiento postulacional, en el cual de premisas arbitrarias se derivan sus implicaciones, se vio también la necesidad de precisar las reglas y la metodología para obtener estructuras armoniosas carentes de contradicciones lógicas. Resultados pioneros en esta dirección fueron los obtenidos por Boole, quien en 1847 ya sostenía que cualquier modelo teórico que consiste de símbolos y reglas precisas de, operación con estos símbolos, sujeto sólo a la condición. de ser internamente consistentes, es parte de las matemáticas. Con base en estas ideas construyó el álgebra de Boole, un sistema para el pensamiento lógico formal, base de la lógica matemática.

El hecho de que en todo sistema formal intervengan elementos no definidos que están solamente sujetos a ciertas reglas de operación y satisfacen ciertas relaciones entre ellos, da gran flexibilidad a los modelos ya que permite aplicar los resultados a cualquier sistema que satisfaga los postulados básicos. Así, por ejemplo, hay estructuras matemáticas de carácter muy diverso que constituyen un grupo y a las que, consecuentemente, les son aplicables las propiedades conocidas de los grupos. Algo similar pasa con las nociones de espacio lineal o espacio de Hilbert.

A los modelos externos ya descritos, debemos agregar otro muy importante, el de la incertidumbre, que corresponde a la probabilidad y la estadística. Su desarrollo en el siglo XX ha sido muy considerable y determinante en el progreso de la física (en la mecánica estadística, por ejemplo), de la biología, de la medicina, de la economía y de las ciencias sociales.

A los modelos matemáticos descritos se han añadido otros, como la programación lineal, la teoría de juegos, la investigación de operaciones, la teoría de decisiones, la teoría del control y la de la comunicación.

La aplicación de los modelos matemáticos a las diversas situaciones de interés práctico, frecuentemente re quiere de la realización de operaciones aritméticas y esto fue durante muchos años una severa limitación para su uso. En efecto, hace apenas veinticinco años si un modelo matemático requería de mil operaciones aritméticas, probablemente no se empleara. Y los modelos de todos los procesos o sistemas, excepto los más sencillos, requieren de muchas más operaciones aritméticas. Esta situación ha cambiado radicalmente, debido a la invención y desarrollo de las computadoras electrónicas, que permiten efectuar millones de operaciones en segundos o fracciones de segundo, lo que ha propiciado que el pensamiento matemático penetre en los campos más diversos.

En ingeniería, por ejemplo, es posible modelar con considerable detalle el comportamiento de las estructuras y de su interacción con el suelo, tanto en reposo como en condiciones dinámicas, que es el caso bajo la acción de un sismo. Para el manejo y planeación del uso de los recursos hidráulicos, se puede modelar el comportamiento de las ciencias tanto superficiales, como subterráneas. En la industria se modela el comportamiento de los campos petroleros cuando se les explota, lo que permite su aprovechamiento en forma óptima. Se modela también el movimiento de los océanos y el de la atmósfera.

En suma, puede decirse que la segunda mitad del siglo XX vive el auge más extraordinario que las matemáticas jamás tuvieron.

MR. FRIEDMAN SE LAVA LAS MANOS

El 25 de enero de 1982 Milton Friedman escribió en la revista Newsweek: «predigo que la política de mercado libre no durará si el gobierno militar no es reemplazado por un gobierno civil… De lo contrario, tarde o temprano, y probablemente más temprano que tarde, la libertad económica sucumbirá al carácter autoritario de las fuerzas armadas». En pocas palabras, Pinochet ya no sirve debe irse. Se trata de una declaración sorprendente. Hasta ahora el modelo chileno se ha sustentado en dos pilares: el esquema económico ultraliberal propuesto por Friedman y aplicado por los Chicago Boys, y el modelo político dictatorial sustentado en la doctrina de la contrainsurgencia y del enemigo de guerra interior, impuesto por Pinochet. Ultraliberalismo económico y represión política se han reforzado mutuamente. El ultraliberalismo ha atomizado la sociedad, ha mutilado al individuo y ha dado una base pseudo-científico para pregonar la supervivencia del más apto, de modo de eximir al modelo por sus resultados nefastos y culpar a cada individuo por su incapacidad. La dictadura ha destruido la organización social, ha reprimido a los trabajadores, ha prohibido la actividad política y ha controlado totalmente los medios de comunicación social. La mano económica invisible y el guante político de hierro han constituido un cerco a la democracia y al desarrollo de Chile.

Durante ocho años el ultraliberalismo económico se impuso gracias a la dictadura política. Friedman nada dijo, preocupado de apoyar al modelo económico no se ocupó de las condiciones políticas que lo acompañaban. Su tesis era que el liberalismo económico conduciría a la libertad política. Entretanto, había que esperar un período de «ajuste» antes de cosechar los frutos. Pinochet dijo lo mismo. La dictadura seria una «transición» para desembocar más tarde en una democracia autoritaria. La muerte, la tortura, los desaparecidos, el exilio, la miseria, la desocupación y el hambre serian transitorios. Curioso: las muertes, transitorias.

Hasta ayer, Friedman aisló artificiosamente sus propuestas económicas del contexto político en que se aplicaban. Consultado en ocasiones sobre la represión en Chile contestaba que no compartía la situación política, pero sí apoyaba el modelo económico. De este modo, había venido fortaleciendo a Pinochet y a la dictadura y sus métodos. Con ello, Friedman cometió dos graves faltas. La primera, de orden científico: desconoció la interrelación entre política y economía. Pretendió que su modelo ultraliberal nada tenía que ver con la dictadura, cuando en la práctica la implantación de su modelo sólo ha sido posible bajo la dictadura. La segunda, de carácter ético: trató de desligarse de las violaciones a los derechos humanos, parapetándose en su lenguaje científico.

EL ÉXITO DE LA CRISIS

Friedman ha dicho también en el artículo mencionado: «Chile es un milagro económico». Entre 1977 y 1980 el modelo económico chileno pareció exitoso. Ello se debió esencialmente a la propaganda del gobierno, al control total de los medios de comunicación, al acallamiento de la oposición y al respaldo de ciertos sectores conservadores de Estados Unidos que vieron en el caso chileno una experiencia de laboratorio que podría justificar la aplicación de esas mismas políticas en otros países.

En realidad, el modelo nunca fue exitoso. El mero control de la inflación no puede justificar su enorme ineficacia económica y su desproporcionado costo social. El crecimiento logrado fue en buena medida una recuperación después de la caída del producto en 1975 provocada por la propia política económica del gobierno militar. Los sectores productivos apenas han aumentado y la tasa de inversión se mantiene en niveles inferiores a los históricos. Pero el punto más vulnerable ha sido su debilidad frente al exterior. El modelo funcionó gracias al endeudamiento y no al esfuerzo interno. Esa etapa ha terminado.

A partir de agosto de 1981 la economía chilena se ha su mido en una honda crisis. La producción de bienes se ha reducido, la desocupación se agrava nuevamente, el número de quiebras se ha elevado espectacularmente obligando por vez primera al gobierno violar sus dogmas antiestatales e intervenir las empresa debilitadas, el sistema financiero está amenazado, con una cartera de colocaciones incobrables o atrasadas, y algunos bancos quebrados debieron ser tomados a cargo del Estado. La cuenta corriente de la balanza de pagos arrojó en 1981 un déficit superior a los 4 mil millones de dólares. La deuda externa superó los 15 mil millones y servicio de esa deuda, 1981 se ha aproximado 100% de las exportaciones. Estado, principal enemigo de ultraliberalismo, ha debido intervenir para salvarlo. Friedman se ha decepcionado constatar las tendencias nacionalistas e intervencionista que afloran entre los militares.

Pero lo más significativo esta crisis ha sido el cambio de actitud de los principales actores económicos. A la permanente lucha de obreros y empleados se suma, ahora, la voz de los profesionales, transportistas y comerciantes afectados intensamente por la recesión. Los agricultores empresarios industriales y de la construcción, ven con desazón que el modelo no funciona a su favor y hasta los propios grupos financieros, que especulando se apropiaron de gran parte de los activos del país, ven amenazados sus bancos ante la eventual intervención del Estado. Los militares chilenos no pueden permanecer ajenos a esta crisis y a sus graves consecuencias que amenazan la seguridad de una nación dividida, con un pueblo atemorizado y descontento y una economía sin capacidad de producir ni lo más esencial en caso de un conflicto internacional. El propio Pinochet ha reconocido la inestabilidad que se avecina al calificar de «una medida suicida» la devaluación del peso. Si ante una simple decisión de política económica un gobernante presiente el suicidio no es muy segura su posición.

El modelo ha fracasado, incluso bajo las circunstancias más favorables: represión total y gran flujo de crédito externo.

RECTIFICACIONES SOBRE EL CEMENTERIO

Ante esta nueva realidad Friedman ha reaccionado, cambiando de opinión. Ahora dice en la revista Newsweek: «He argumentado durante largo tiempo que la libertad económica es una condición necesaria pero no suficiente para la libertad política. Me he convencido de que esta generalización… induce a error si no está acompañada por la proposición de que la libertad política a su vez es una condición necesaria para el mantenimiento duradero de la libertad económica». El «largo tiempo» que según él «ha argumentado» no ha sido tanto como para que se oyera antes su voz, y el reciente convencimiento a que alude es tardío para constatar algo tan obvio.

Su nuevo convencimiento -que la libertad económica está relacionada con la libertad política- no significa que entienda el carácter de esa relación. Cuando sugiere el término de la dictadura para oxigenar su modelo económico, ¿no entiende que si la dictadura desaparece el modelo saltaría en pedazos y que nadie, salvo una escuálida minoría, lo toleraría?.

Su modelo ultraliberal, presuntamente favorable al sector privado, ha tenido paradójicamente la propiedad opuesta: está destruyendo las bases de la actividad privada que pretende favorecer. Ha afectado a todo el empresariado productor mediano y pequeño y aun a las grandes compañías. Ha conseguido crear estructuras financieras altamente concentradas, de carácter monopólico y especulativo en desmedro de la libre y plural iniciativa de la mayoría.

El artículo de Friedman en la revista Newsweek es un ejemplo de malabarismo intelectual. Primero afirma «Chile es un milagro económico» Luego sostiene «Chile es un milagro político aún más importante». Finalmente concluye» que la política de mercado libre no durará si el gobierno militar no es reemplazado por un gobierno civil». ¿Cómo es posible que dos milagros desemboquen en un descalabro? El único milagro es que Friedman aún conserve su auditorio y se vista con ropaje científico para ejercer la labor de predicador ideológico. Pretende disfrazar su nuevo papel de malabarista con su anterior prestigio de monetarista.

Para Friedman, el término del gobierno militar y la recuperación de la libertad política son imprescindibles sólo para proteger la política de libre mercado. No le preocupan las libertades políticas en sí mismas, no le preocupa el hombre, no le preocupan los Chilenos. No le preocupa que el Estado reprima a las personas, sólo le inquieta que intervenga en la economía. Ha pretendido promover un experimento político-económico en un pequeño país, dañándolo profundamente.

Lo sorprendente de su declaración queda al fin al desnudo: Friedman trata de salvar su prestigio, distanciándose de Pinochet. Como Poncio Pilatos, se lava las manos. Y lo hace en la víspera, del desastre.

Moneda que te vas, quizá no te vea más

Hay una dimensión psicológica en la inflación y la devaluación. Pocos autores tan sensibles al fenómeno como los que vivieron en los años veintes la monstruosa inflación de la República de, Weimar. Hace dos años (Nexos núm. 28, abril de 1980) publicamos aquí un texto de Walter Benjamin sobre el tema. “Nuestras más cercanas amistades —escribía Benjamin en 1924— han ido adquiriendo una penetrante y casi insoportable claridad. Apenas pueden resistirla. En un extremo, el dinero ocupa de manera devastadora el centro de nuestros intereses más vitales; en el otro, el dinero es precisamente el obstáculo ante el cual fracasa cualquier relación entre las personas. Así desaparecen, tanto en la naturaleza como en la moral, la confianza espontánea, la serenidad y la salud”.

Elías Canetti no ha escapado a la fascinación del problema de las relaciones del ánimo y la política con la moneda. Releerlo hoy en México, en su mesura y su precisión, es una sesión instantánea de diván, un relámpago autorevelador y anticipatorio. He aquí sus textos.


Una cierta ternura por la moneda que puede procurarle a uno esto o aquello es universalmente humana y contribuye a su “carácter” personal. En un punto, la moneda supera a la criatura viviente: su consistencia metálica, su dureza le asegura una existencia “eterna”; es —a no ser por el fuego— difícil de destruir. La moneda no crece hasta alcanzar su tamaño; sale acabada de la matriz y luego ha de seguir siendo lo que es; no debe cambiar.

Quizás la confiabilidad de la moneda sea su característica principal. Del dueño tan sólo depende guardarla bien; no sale corriendo por si misma como un animal, sólo debe guardársela de los demás. No se está obligado a desconfiar de ella, se la puede utilizar siempre, no tiene caprichos que sea preciso tomar en consideración. Además, cada moneda se autoconsolida aún por su relación con otras de distinto valor. La jerarquía entre las monedas, que es estrictamente respetada, las hace aún más próximas a las personas. Se podría hablar de un sistema social de las monedas con clases de rango, que en este caso son clases de valores: por moneda de alto valor bien pueden canjearse otras de menor valor, por una inferior jamás una superior.

* * * *

Pero, ¿qué sucede en una “inflación”? La unidad monetaria pierde repentinamente su personalidad. Se transforma en una masa creciente de unidades; éstas poseen cada vez menos valor mientras más aumente la masa. Los millones, que siempre a uno tanto le habría gustado tener, de pronto se los sostiene en la mano, pero ya no son tales, sólo se llaman así. Es como si el saltar, de golpe le hubiese quitado todo valor al que salta. Una vez que la moneda ha entrado en este movimiento, que tiene el carácter de una huida, no es previsible un límite. Así como se puede contar remontando hasta cualquier cima, así el dinero puede desvalorizarse hasta cualquier sima.

* * * *

Lo que antes era un peso, se llama ahora 10.000, luego 100.000, luego un millón, la identificación del hombre individual con su peso se halla así abolida. El peso ha perdido su solidez y límite, es a cada instante otra cosa. Ya no es como una persona, y no tiene duración alguna. Tiene menos y menos valor. El hombre que confiaba en él no puede evitar percibir su rebajamiento como suyo. propio. Se identificó con él durante mucho tiempo, la confianza en él era como la confianza en si mismo. La inflación no sólo hace tambalearse todo externamente: nada es seguro, nada permanece durante una hora en el mismo sitio, sino que por la inflación el hombre mismo, disminuye.

* * * *

En la inflación se produce algo que de hecho nunca se buscó, algo tan peligroso que todo aquel que posea cualquier forma de responsabilidad pública y pudiese preverlo debería retroceder con espanto ante ello: una doble devaluación que surge de una doble identificación. El ser singular se siente devaluado, porque la unidad en la que confió, que respetaba al igual que a si mismo, ha comenzado a desbarrancarse. La masa se siente devaluada porque el millón está devaluado.

* * * *

Ninguna devaluación súbita de la persona es jamás olvidada: es demasiado dolorosa. Uno la lleva a rastras consigo durante toda una vida, a no ser que se la pueda echar encima a otro. Pero tampoco la masa como tal olvida su devaluación. La tendencia natural es entonces a encontrar algo que valga aún menos que uno mismo, que pueda despreciarse de la misma manera en que uno fue despreciado. No basta con recoger este desprecio como se lo encontró, con mantenerlo en el mismo nivel que tuvo antes de que se le alcanzase. Lo que se necesita es un proceso dinámico de rebajamiento: es preciso tratar algo de manera que valga cada vez menos, como la unidad monetaria durante la inflación, y este proceso debe continuarse hasta que el objeto haya llegado a un estado de completa ausencia de valor. Entonces se le puede arrojar como al papel o desecharlo como a un pliego de impresión defectuosa. Como objeto para esta tendencia Hitler encontró durante la inflación alemana a los judíos.

* * * *

En el tratamiento de los judíos el nacionalsocialismo repitió lo más exactamente posible el proceso de la inflación. Primero se los atacó como malos y peligrosos, como enemigos; luego se los desvalorizó más y más; puesto que no alcanzaban, se los coleccionaba en los países conquistados; al final eran considerados literalmente como bichos a los que podía exterminarse por millones. Aún hoy se encuentra uno estupefacto de que los alemanes hayan ido tan lejos, de que hayan realizado, tolerado o ignorado un crimen de tales proporciones. Difícilmente habrían podido llegar tan lejos, si no hubiesen vivido pocos años antes una inflación durante la cual el marco se hundió hasta una billonésima parte de su valor. Es esta inflación como fenómeno de masa la que descargaron sobre los judíos.

(Fragmentos sobre la inflación de Masa y poder).

PASANDO REVISTA A LAS TROPAS VIEJAS

Revolución. Revista mensual de política y cultura. Número 1-12.

Sale al público esta revista como un sencillo homenaje a nuestra Revolución Mexicana, a la Revolución que se hizo con limpios ideales y con dolorosos sacrificios; a la Revolución de los oprimidos y los explotados, a la Revolución de los campesinos y los obreros, a la Revolución que hicieron los humildes y los idealistas honestos…» reza el editorial del primer número de la segunda época de la revista Revolución y al cumplir su primer año de vida, el editorial del No. 12 reafirma: «El ideal de esta revista es actualizar la Revolución, hacer la Revolución, reinterpretar a la Revolución defender a la Revolución, difundir la Revolución». 

Revolución se edita en Torreón y pretende ser no solamente una revista para el rescate de la Revolución Mexicana frente al embate de historietas y foto-novelas de todo tipo que se encuentran en increíbles cantidades y variaciones en los kioskos de publicaciones periódicas, sino se ocupa también de una amplia gama de eventos históricos y actuales de la comarca lagunera. Al parecer, su contenido, su formato pequeño y manejable, la extensión reducida de sus artículos y la hábil subdivisión de trabajos más largos y la gran cantidad de fotografías (ante todo históricas) excelentemente reproducidas, le han ganado una buena aceptación. Esta se expresa en el crecimiento del tiraje (de 2 mil ejemplares mensuales al inicio, se ha llegado a publicar 5 mil ejemplares en la actualidad) y en el aumento del número de páginas por entrega (de 32 páginas en el primer número hasta llegar a 84 páginas en el número de aniversario, manteniendo el mismo precio y ampliando de manera moderada el espacio dedicado a la publicidad comercial).

De acuerdo con su nombre y su programa, el núcleo de la revista son los artículos sobre diversas etapas, eventos y personajes de la Revolución Mexicana, escritos prácticamente todos por el editor de la revista, el doctor Manuel Terán Lira, y profusamente ilustrados con fotos del tipo del archivo Casasola. Los diferentes capítulos, que se siguen sin orden cronológico estricto, están escritos con un estilo sencillo y coloquial; se ocupan tanto de la trama revolucionaria a nivel nacional como de los sucesos en diversas regiones del país, enfatizando, naturalmente, los acontecimientos relacionados con el norte de México y el movimiento encabezado por Francisco Villa.

A partir del número 4 una buena cantidad de artículos se ocupa de otros aspectos de la historia regional, muchos de ellos en forma de series con un capítulo por entrega. Entre ellos están la «Historia del comercio de Torreón», «Juárez en La Laguna» y trabajos más reducidos sobre las historia de Durango y Gómez Palacio; otros artículos aislados se ocupan de eventos y de personajes históricos de importancia ante todo regional. En varias ocasiones textos de corridos forman un simpático complemento de estos trabajos históricos.

La revista tiene una serie de secciones fijas, aparte del editorial y de la caricatura en la contraportada. «Cartas breves» reproduce comentarios de lectores. Como señala su titulo, «Política y cultura» hace referencia en brevísimas notas a aspectos de cultura y política, principalmente relacionados con la comarca lagunera. En la sección «Partidos» se encuentran opiniones actuales de los partidos políticos más importantes del país sobre diversos aspectos. En varios de los primeros números aparecía la reseña de un libro relacionado con la Revolución Mexicana (empezando, por cierto, con Tropa vieja de Francisco Urquizo que actualmente es difundido en forma de radionovela por una emisora capitalina). Desde hace algunos meses se ha incrementado la cantidad de artículos (muchos de ellos, al parecer, reproducciones de otras publicaciones) sobre temas muy variados, pero siempre relacionados con sucesos regionales o la política nacional. Muchas veces se hace en ellos eco de críticas ampliamente difundidas entre la población, refiriéndose a la corrupción, el despilfarro, el abuso de autoridad, etc. Finalmente vale la pena señalar, que en repetidas ocasiones se hace referencia también a la problemática actual de Centroamérica.

Por una parte, para muchos investigadores de la historia mexicana en general y de la comarca lagunera en especial, el valor de Revolución aumentaría considerablemente con la indicación precisa de las fuentes de los diversos trabajos. Esto es más importante todavía en los casos donde se establecen discrepancias con otros estudios (compárese, por ejemplo, el relato sobre la renuncia y muerte de Pablo Torres Burgos en las páginas 23-24 del No. 8 con el texto correspondiente de John Womack, Zapata y la revolución mexicana, págs. 75-76). En otros casos, este tipo de indicaciones ayudaría a distinguir con más claridad textos originales de la revista, reproducciones de otras publicaciones e inserciones pagadas.

Por otra parte, puede desearse que esta segunda época de Revolución multiplique por muchos los años de vida de la primera (que había comenzado en febrero de 1972, «con otros colaboradores y con los mismos ideales (No. 1, pág. 30), pero había terminado al año) y que siga aumentando su acogida entre los habitantes de la comarca, lagunera y los interesados en las raíces históricas del México de hoy.

VOLVER A LA ALDEA PRESTIGIOSA

Maldoror. Revista de la ciudad de Montevideo, Uruguay. Número 15, noviembre de 1980.

Negar la influencia francesa en la cultura rioplatense sería negar la historia y la incidencia de algunos sectores clasemedieros -bajos y altos- residentes en Montevideo y Buenos Aires. En las épocas gloriosas de «la Suiza de América» (es decir, las glorias futbolísticas de Montevideo, 1930, y Maracaná 1950), todo uruguayo que aspirara al título de «persona culta» debía balbucir francés, hacer su viaje a Europa y encandilarse en la ciudad luz. Algunos, como el muy regionalista Horacio Quiroga, tuvieron allí la experiencia simultánea del hambre y del deslumbramiento: modos de iniciarse. Así, durante muchos años las abuelas (pudientes, claro está), compraban sus ajuares en París, y todo aquel que pudiera salvarse del trabajo manual cursaba su secundaria en el liceo (le Iycée) y masticaba allí cuatro años de francés contra dos de inglés. El tiempo, las transnacionales y la Conferencia de la Punta del Este cambiarían las proporciones en cuanto a los idiomas.

Maldonor nació en 1967 en pleno boom de la literatura hispanoamericana y del autor nacional. La fundaron por la parte uruguaya José Pedro Díaz, narrador y especialista en literatura francesa, y Amanda Perenguer, poetisa y señora de Díaz; por la parte francesa, Lucien Mercier, profesor y articulista del Semanario Marcha y Paul Fleury, entonces director de la Alianza Francesa en Uruguay. Concebida como un puente entre la metrópolis y la aldea prestigiosa, la revista fue bautizada así en obvio homenaje a Lautréamont. La portada del número 15 reproduce una foto del Hotel Pyramides, donde recaló la contraola francesa, incluyendo a Jules Laforgue, Jules Supervielle, y el propio Ducasse.

PAPEL Y DINERO

A comienzos de los años setenta, la revista (y todo el país) conoció una crisis. José Pedro Díaz se ausentó prudentemente de la vida pública y los franceses retornaron (también prudentemente) de la vida pública; Carlos Pellegrino, un joven poeta con los pies en la tierra (es además ingeniero agrónomo), tomó el timón y cambió el rumbo. El nuevo director y sus colaboradores comprendieron, como años antes lo habían hecho Gardel y Le Pera, que «las olas que pasan ya no vuelven más» y que los fantasmas del viejo pasado ya no se podían resucitar. Dicho y hecho, la segunda época está orientada, fundamentalmente, hacia la literatura latinaomericana, aunque,la revista sea un foro abierto para quienes se interesen por el arte de América Latina, cualquiera sea su procedencia.

Maldoror se hace a puro corazón al margen de las instituciones. Esto tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Por lo pronto, la marginalidad con respecto a las instituciones oficiales uruguayas señala, en este momento, un alto grado de salud mental y permite una relativa independencia de criterio. Por otro lado. esta elección implica una rémora: las apariciones de la revista quedan supeditadas al bolsillo de los integrantes del consejo de redacción o a la obtención de avisos que la financien sin comprometer su independencia ideológica. «Salvo mención contraria, los materiales publicados en Maldoror son inéditos»; pero los colaboradores no reciben pago alguno por la primicia. Hasta el número 14, se publicaba en un papel cuya calidad no envidiaba siquiera el más provinciano de los periódicos mexicanos, pero el verdadero problema es la regularidad que toda revista debe tener. Alguna vez se intentó hacer de Maldoror una publicación bianual; sin embargo, el número 14 «se terminó de imprimir en el mes de junio de 1978» y el 15 quizás para no subrayar el lapso, no tiene imprimatur. Según palabras de Teresa Porzecanski, miembro del consejo de redacción, el no. 16 «no ha salido en marzo por falta de dinero; estamos luchando para que salga».

UN LEÓN PARECIDO AL VERANO

El número 15 se entregó a la imprenta AS; gracias a esto y a la publicación de tres avisos de empresas de alto vuelo (o capital, que para el caso es lo mismo), la presentación llegó a una calidad inusitada en el ámbito uruguayo: tapas a color, páginas asombrosamente blancas y gruesas, grabados nítidos y algunos muy prestigiosos, como los de Durero que ilustran el texto de Libertella. Este número descuidó otros aspectos: no se incluye una noticia sobre los colaboradores ni las secciones de cine, reseñas de libros y discos, que aparecían en números anteriores cumpliendo funciones de orientación y difusión, tanto dentro del país como fuera de él.

La sección de narrativa bastaría por sí sola para asegurar la calidad de la revista. Incluye un relato de Juan Carlos Onetti, «Los amigos», con una nota aclaratoria (por aquello del material inédito): «Entregado a Maldoror de manos del autor, en Madrid, a fines de noviembre de 1979». Este texto fue publicado en México el año pasado. También se publica un texto de Rubén Bareiro Saguir, al parecer un fragmento de novela (sólo se anota «de El séptimo pétalo del viento’, de próxima aparición»). Gérard de Cortanze presenta un relato de Héctor Libertella «Revisión de A. Pigafetta (`Cavernícolas’ 1 y 1)», y Silvia Molloy publica un cuento, «Tan distinta de mamá». Todos estos autores son conocidos en México, algunos han estado o están entre nosotros y Onetti integra, con toda justicia, la galería de los consagrados. No sucede lo mismo con Mario Lavrero, un excelente cuentista ubicable en lo que Angel Rama denominara la línea de «invención fantasmagórica», centrada en la representación de experiencias personales; hoy por hoy, en el Uruguay, esta es la única forma de referirse a una realidad innombrable dentro del país. De Levrero se publica «Las orejas ocultas (Una falla mecánica)».

Como una muestra de la ausencia de barreras generacionales, la sección de poesía está ocupada por textos de Fernando Pereda, escritor nacido con el siglo y prácticamente inédito, presentado por Wilfredo Penco. Transcribo el poema «Metamorforsis»

Hoy este poema es a la propia memoria,

a lo que dentro de poco me van a

quitar, y no veré.

Subterrráneo, un león,

parecido al verano,

cierra su caos filoso,

muy cerca de mi cuello.

Si respiro se encienden bujías en la selva.

Si hablo

hay una alarma enena de caníbales.

¿Me ven? Sólo mortajas,

sólo ven su vacío;

no mi boca que bebe,

con bocas enterradas,

un vino sin espacio.

(1937-1978)

TONTOVIDEO: ESA CIUDAD CATALÉPTICA

Maldoror ha venido publicando un «Archivo», sección donde se recuperan documentos que constituyen el complemento -y a veces la contracara- de la versión oficial de la cultura. Aquí aparece una carta de Julio Herrera y Reisaig a Juan José Illa Moreno. Wilfredo Penco presenta este texto con toda exactitud: «Pocos documentos, como el que aquí se transcribe, sintetizan tan ajustadamente las relaciones de Herrera y Reisaig con el medio en que vivió». Dice el poeta: «Le veo brumoso de nostalgia por Tontovideo. Todo el país y no esa ciudad casión optimista de un cierto pesimismo acerca del futuro. ¿Es una imposibilidad, me pregunto, o una obstinada manera de excluir lo que nos liga al continente latinoamericano a través de Europa o a pesar de ella?»

Lise Block de Behar publica un estudio sobre «La comunicación cinematográfica», y sigue un artículo de Roberto Paoli sobre «Lo carnavalesco de Cien años de soledad», basado con algo de obviedad en las investigaciones de Mijail Bajtin sobre teoría y estética de la novela.

Maldoror se postula como un foro abierto al pensamiento. En este número aparece un artículo de Carlos E. Caorsi sobre «Lógica, lenguaje y ontología». Por otro lado, Carlos Pellegrino ha propiciado la apertura de Maldoror hacia la música, uno de sus intereses personales. El no. 15 trae un ensayo de taléptica, debería llamarse Colonia». Y más adelante: «Estoy traspasado de banalidad. Sueño con irme a París, nuestra única patria, querido Juan José, donde se vive la única vida y el placer único. Nada excepto el grupo escogido de mis amigos, me interesa en esta Pampa monótona y ceñuda»

La sección Ensayo se abre con un trabajo de Carlos Pellegrino sobre «la nueva promoción de practicantes» (de la cultura): «Trance y transición». El trabajo es una reflexión sobre la crisis de la cultura uruguaya y sobre la propia revista en su contexto, y constituye a la vez un atisbo de superación. Lo más interesante del ensayo es la sustitución de viejos esquemas de dependencias culturales por una conciencia de relaciones y contextos: «La crisis que nos interesa es la literaria, aunque, ¿cómo separarla del resto de la sociedad?», y luego: «la dificultad de pensarnos a nosotros mismos, es la ver David Keane sobre «Algunos problemas estético prácticos de la música electroacústica».

En suma, se trata de una revista variada y de buen nivel. Es de lamentar su escasa difusión fuera del Río de la Plata, cosa en la que influyen las circunstancias económicas. En el momento de su aparición el número 15 costaba el equivalente a cinco dólares, precio bastante alto para los mermados bolsillos rioplatenses así como para los posibles lectores mexicanos acostumbrados a revistas más asequibles. Quizás su difusión en estos lares podría contribuir a abaratar el costo y, a la vez, propiciar su ubicación en el contexto latinoamericano.

La transición política

Héctor Aguilar Camín. Autor de La frontera nómada. Sonora y la revolución mexicana (Siglo XIX Editores, 1977) y de Saldos de la revolución. Cultura y política de México 1910-1980 (Nueva Imagen, 1982)

Entonces hizo Elpidio Mendoza su primer antesala exitosa en la nueva era priísta y llegó frente al Escritorio en Campaña. 

-¿Profesión?

-Político.

-Me refiero a lo que usted sabe hacer.

-Política.

-Pero un doctorado, una maestría, una profesión; algo útil..

-Sólo política -repitió Elpidio Mendoza conforme daba la media vuelta-. Y aguantar la vara.

Bajo la rueda, de Juan Lezama, en unomásuno, 30 de diciemhre de 1981.-

Dígase chocarreramente pero no sin énfasis histórico: conforme sepulta sus trabajados prototipos olorosos aún a ortodoxia ruizcortinista y paternalismo conciliador el sistema mexicano sueña febrilmente su monstruo de relevo: una nueva clase política capaz de mezclar tradiciones arcaicas y modernidades anticipatorias, tener por igual arraigo en Harvard que en Teziutlán, doctorados en Nanterre con votos en Ecatepec, la capacidad de descifrar con precisión equivalente los cambios en Wall Street que anuncian turbulencias financieras y los discursos sobre la unidad revolucionaria en la sierra de Guerrero que anuncian inminentes asesinatos de rivales políticos. Este animal soñado es por lo menos raro y une, como todos los sueños, elementos dispares e inconciliables, pero es el animal que el sistema mexicano necesita para hacerle frente a los desafíos de la enorme transición política en que está embarcado.

NUEVOS INTERMEDIARIOS

Los síntomas de esa transición son relativamente claros. Por segunda vez consecutiva, con Miguel de la Madrid Hurtado, llegará a la Presidencia de la República un candidato por completo ajeno a la llamada clase política mexicana, esa colección del priísmo institucional y clientelismo personalizado desdén por la técnica y consagración de la experiencia, nula teoría y pura realidad. Por tercera vez consecutiva llegará a la Presidencia un elemento del sistema que no ha ocupado ningún cargo de elección popular, que no ha sido ni síndico ni presidente municipal ni gobernador ni diputado ni senador y que por lo mismo no ha tomado contacto vivo desde la planta baja con el edificio de las verdades verdaderas del sistema, las contradicciones específicas de los pueblos y las ciudades de la provincia, la dura mezcla de intereses y poderes reales en que está imbricada la maquinaria política profesional del país. Los escalones disciplinados que permitían hacer carrera en esa maquinaria habían sido hasta hace más o menos esos diez años una previsible escalera: primero líder local o funcionario estatal del PRI, diputado federal o delegado del partido más tarde, alto funcionario del gobierno estatal, senador, gobernador, subsecretario o funcionario nacional del PRI, Secretario de Estado, Presidente de la República. La ruptura de ese patrón de carrera política durante los setentas demostró que el acceso al poder tenía ya vías y escenarios distintos a los previstos por la tradición institucional tal como había quedado sellada en los años cuarenta. A partir de los setentas, la escalera al cielo empezó a pasar casi exclusivamente por el sector público federal y su capacidad de control y acción en las decisiones de todos los niveles, sus cuadros de capacitación infinitamente superior al promedio nacional, el auge material y humano del poder ejecutivo. Durante esa última década, las agencias del ejecutivo empezaron a otorgar en forma directa lo que antes gestionaban los políticos locales y los caciques priístas, los líderes y los sublíderes de los sectores, toda esa tecnología no escrita especializada en maquillar contradicciones y erigir círculos de fidelidades o complicidades a lo largo y ancho de la pirámide política. Al suplir progresivamente estas funciones gestionadoras, las agencias federales barrenaron en su fundamento mismo el poder del intermediario político tradicional y, con él, los poderes efectivos del partido. Decía Gonzalo N. Santos, cacique proverbial de San Luis Potosí: «El secreto está en convencer a los del centro de que se es fuerte con los de la tierra natal y a los de la tierra natal que se es fuerte con el centro». Con el auge del sector público central, poco a poco las cosas empezaron a llegar por cauces distintos a esa disciplina: las grandes inversiones y las obras públicas, los proyectos de desarrollo y los recursos complementarios para la planeación estatal, los criterios, las prioridades. Y las lealtades políticas. Así, por ejemplo, sobre los somnolientos estados del sureste cayó el remolino petrolero, un ejército de ocupación dependiente del ejecutivo federal que cambió en un par de años la fisonomía de una región, subordino de hecho poderes e influencias estatales e impuso su violenta lógica productiva a las protestas y a las autoridades locales. Nadie eligió al superintendente de Pemex pero su voz y sus decisiones fueron más poderosas y más efectiva que las de los dirigentes elegidos popularmente, y su clientela y su autonomía fueron iguales o equivalentes a los del gobernador o los gobernadores de las zonas afectadas. Del mismo modo, sobre el deforme panorama de la reforma agraria y la crisis agrícola, fue erigido el Sistema Alimentario Mexicano, un diagnóstico y una estrategia de financiamiento y producción políticamente destinada a restablecer la alianza del Estado con los campesinos. Nadie eligió al coordinador general de este programa pero sus planes y sus decisiones moldearon la acción del Estado en el campo, definieron pautas productivas y destinos agrícolas. El viejo México rural empezó a adquirir en las oficinas y ante los funcionarios de los bancos agrícolas o el SAM, las lealtades políticas y las ligas económicas que antes contraía con sus dirigentes. Nadie eligió tampoco al coordinador del Plan Nacional de Marginados, pero por medio de ese programa federal han recibido agua potable, clínicas médicas, atención comercial preferente y apertura de caminos básicos más pueblos de los que hubieran gestionado hasta entonces los gobiernos estatales o los poderes municipales. Y así hasta el hecho político estructural de la transición: la república mexicana vive objetivamente un periodo de redespliegue del Estado y de la inversión pública que no conocía quizá desde la época de Calles en los veintes, una sostenida propagación de agencias suprarregionales, comisiones ejecutivas, coordinaciones nacionales, polos industriales, expansión de empresas descentralizadas, fundación de ciudades y violentas conurbaciones. En torno a los organismos ejecutivos de este redespliegue espectacular crecen las nuevas palancas de la dominación política en México, a contra corriente y en demérito de los organismos representativos, más típica o tradicionalmente políticos. Sintomático de ese cambio es que entre los colaboradores del candidato priísta Miguel de la Madrid, no haya faltado quien rehusara la oferta de una diputación federal -un cargo representativo- arguyendo con tajante realismo que no quería discutir (en la Cámara) sino decidir en las ramas del Poder Ejecutivo.

La república mexicana vive objetivamente un periodo de despliegue del Estado y de la inversión pública que no conocía quizá desde la época de Calles. En torno a los organismos ejecutivos de este redespliegue crecen las nuevas palancas de la dominación política en México, en demérito de los organismos representativos, más tradicionalmente políticos.

EL ASALTO AL CIELO

Al desafío de la enorme potencialidad en movimiento del país, lastrada por sus deformidades estructurales y sus inercias precapitalistas, por los eslabones de su dependencia industrial y tecnológica y su resistencia a las reformas que ayudarían a independizarla, el actual candidato de la Revolución Mexicana -décimo de esa madre prolija desde que en 1921 la hizo parir por asalto Alvaro Obregón- no ha propuesto hasta ahora un camino distinto sino la ampliación del ya inaugurado; no una ruptura, sino una continuación en profundidad de líneas de gobierno ya trazadas pero cuyo afinamiento cualitativo podría equivaler en efecto al despunte de una nueva era de la política y la administración pública de México: la consolidación en el poder de una generación tan distinta de su antecesora como lo fue de la suya la que determinó en 1946 el ascenso al poder de los abogados. El sello de fábrica de aquella francmasonería alemanista fue la llegada del civilismo al relevo de los generales, el imperio del claustro universitario y de su inconsciente colectivo, la Facultad de Leyes, sobre la política analfabeta de influencias bien o mal adquiridas durante la época de la revolución armada o en su secuela caudillil de los años veintes.

Como hijos directos y predilectos de un poder ejecutivo que es ya una gigantesca administración pública -su presupuesto creció en términos reales unas cinco veces en las últimas dos décadas: 21 mil millones de pesos y fracción en 1960, tres millones de millones en 1981 -esos nuevos asaltantes generacionales del poder sólo tienen en la mano el recurso y la propuesta de la planeación, a la vez un método y una decisiva innovación política que golpea el corazón de la vida institucional mexicana.

Planear es el objetivo y el instrumento, planear para «moderar miseria y opulencia», como dijo el propio De la Madrid en su discurso de protesta como candidato del PRI; para encaminarse hacia una sociedad más igualitaria, como dijo en su discurso de aceptación de la candidatura, para «transformar el crecimiento en desarrollo social», como dijo en su discurso de campaña en Monterrey, Nuevo León y seguir construyendo el México moderno en el entendimiento de que

modernizar es borrar todo vestigio de marginación social; distribuir equitativamente la riqueza nacional, la educación y la cultura; hacer efectivo el derecho al trabajo y ensanchar la igualdad de oportunidades; asegurar y ampliar las subsistencias populares, racionalizar los comportamientos públicos y privados, acrecentar en todos los órdenes la participación popular, reestructurar los asentamientos humanos, afirmar la soberanía al fortalecer nuestra capacidad interna de autodeterminación y reafirmar diariamente nuestra independencia en la comunidad internacional. (5 de noviembre de 1981)

El camino hacia esas metas en el contexto de una renovación generacional y metodológica de la política mexicana, está lleno de agujeros y dificultades. En primer lugar la índole misma del método: los planes tienen la ventaja de ofrecer un panorama frío y amplio de las necesidades del país; pero tienen el baldón tecnocrático de acercarse a los problemas como si su realidad política y social pudiera ponerse por un momento entre paréntesis. Son recuentos de un país con todas las escaseces imaginables por sin ninguno de los conflictos y los enfrentamientos que podrían esperarse de aquellas penurias: un guión dramático sin actores concretos. Para irse haciendo realidad esos planes exigen un conocimiento de la realidad política directa que no se adquiere detrás de los escritorios del sector público y menos aún si esos escritorios son los de los circuitos financieros y hacendarios de donde en su mayor parte provienen los colaboradores cercanos del candidato priísta y el mismo candidato. A tal grado es visible en el lamadridismo esta inexperiencia política de fondo, esta limitación de origen y trayectoria, que el propio López Portillo en una conferencia de prensa de principio de año se refirió a su sucesor como un proyecto de político: «ha sido un magnífico administrador y tiene la aptitud suficiente para ser un extraordinario político» (unomásuno, 6 de enero de 1982).

A tal grado es visible en el lamadridismo la inexperiencia política que el propio López Portillo en una conferencia de prensa se refirió a su sucesor como un proyecto de político: «Ha sido un magnífico administrador y tiene la aptitud suficiente para ser un extraordinario político».

¿LO QUE RESISTE APOYA?

Quien así se refirió a su sucesor fue en su momento también sólo un candidato con aptitud suficiente para volverse un buen político, porque ni en su trayectoria ni en su convicción hubo nunca el contacto profundo con la llamada clase política del país sobre la que triunfó inopinadamente en la sucesión de 1975, con la que tuvo notorias diferencias en la campaña y a la que miró con desdén y postergó de nuevo cuando en su turno debió escoger al nuevo candidato de la Revolución. No hay nada casual por lo mismo en la resistencia de esa clase política a los hechos consumados de la nueva sucesión, su frustración repetida por segundo sexenio y el rabioso desconcierto ante la candidatura del secretario de Programación y Presupuesto en el que esa clase no vio otra cosa que a un tecnócrata entregado a los grupos financieros. La frustración creció como una espuma primero en la derrota de grupos burocráticos empresariales como el comandado por el regente capitalino Carlos Hank González. Pero se hizo presente también en el recelo inicial del sector obrero que regateó y condicionó su apoyo al lamadridismo, cuyo ascenso juzgó impropio luego de un sexenio de castigo político y salarial. Fue notoria también la resistencia del núcleo mismo de esa tradición política en el rechazo a la decisión sucesoria del entonces presidente del PRI, Javier García Paniagua, vinculado también a la policía política y -según la fama pública- a ciertos sectores del ejército. La resistencia pareció tomar las vías de la insubordinación, generó la especie de que se cavilaba el lanzamiento de una candidatura independiente y le costó a García Paniagua primero su exclusión del PRI el mismo día de inicio de la campaña de Miguel de la Madrid. el 15 de octubre de 1981, y luego de la secretaría de Trabajo, a fines de diciembre del mismo año. Tan profunda fue la disidencia que la segunda semana de enero fue removido también el entonces director de la policía política mexicana, Miguel Nassar Haro, con quien García Paniagua sostenía al parecer una fuerte liga amistosa y política.

El conjunto de estos desgarramientos internos de la clase política ante la candidatura lamadridiana es tan marcado, que el más visible asesor político del candidato, el secretario general del PRI, Manuel Bartlet, se vio obligado a precisar a fines de enero de 1982 que las versiones de que sostenía un pleito con el presidente del Partido, Pedro Ojeda Paullada, eran una «campaña divisionista… promovida por quienes formados en el sistema y que llegaron incluso a niveles importantes del poder, al perder en la selección del candidato presidencial, tratan ahora de crear problemas» (unomásuno, 21 de enero de 1982, p.7)

A esa resistencia de difícil manejo hay que agregar una herencia desfavorable inmediata, propiamente lópezportillista, que pudiéramos llamar reto descentralizador y otra de carácter histórico que podría describirse como una tendencia alarmante a la oligarquización de las élites.

DESCENTRALIZAR SIN GOBERNADORES

Descentralizar es el reto estructural número uno de México, la pregunta de si su sistema económico y social será o no manejable sin un cambio de fondo en su congestionamiento. Las últimas cifras oficiales sobre la producción de 1980 dan una idea de la magnitud de ese congestionamiento: en ese año sólo el DF generó el 25 por ciento del producto bruto del país y, junto con el estado de México, el 34.8 por ciento del producto nacional total. (unomásuno, 21 enero 1982).

Puede decirse que por primera vez en la historia el Estado mexicano cuenta con un volumen suficiente de recursos financieros, administrativos y humanos para proponerse las tareas del tamaño que exige el reto de esa descentralización. El difundido proyecto de puertos industriales, por ejemplo, implica a la vez la remodelación de la red nacional de transporte, un fuerte desarrollo productivo regional y una modernización portuaria en gran escala para la exportación y la importación. Pero sobre todo es un gigantesco proyecto de descentralización económica y demográfica, el fruto de una arraigada convicción en la cúpula del gobierno. Un cercano asesor económico del candidato priísta resumió esa convicción en la fórmula: «Puertos industriales o el desastre», vale decir, «descentralización o el desastre». Como otros ambiciosos proyectos de descentralización el de puertos industriales será guiado paradójicamente desde el centro federal y manejado por sus agencias ejecutivas, pero implica también una profunda readecuación regional de las prácticas políticas, de las formas de la participación estatal y de la regulación de las instancias reales de poder que darán un nuevo rostro a la ya de por sí maltrecha fórmula federalista mexicana.

Por un lado, cada día más intensamente, los gobiernos de los estados serán escenarios cruciales de la vida política y de la transformación económica del país. Por un lado, la simple densidad del crecimiento regional irá exigiendo en ese nivel decisiones cada vez menos provincianas o folclóricas. Por el otro, es claro que sólo rebasando los límites habituales del localismo podrán los gobernantes regionales mezclarse y sostenerse como figuras con peso propio en el redespliegue de agencias y hombres fuertes de la burocracia central, la cual, como se ha dicho, barrena desde hace tiempo los viejos sustentos representativos del poder estatal y municipal. La gestión de esos políticos locales será también cada vez menos invisible para el resto del país porque sus decisiones tendrán creciente repercusión extra estatal y la misma integración material e informativa romperá el aislamiento que antes permitía vegetar en el anonimato y la impunidad a esa especie de virreyes sin controles ni penas ni glorias, que solían ser los gobernadores.

Por otro lado, la década de los ochenta no encontrará en el petróleo -como en los setentas- un poderoso elemento dinamizador de la inversión y la industria. Por su tendencia a la baja en el mercado internacional, el crecimiento sostenido de la oferta y la sustitución energética en los países consumidores, el petróleo será por algunos años un factor estable de la economía mexicana, no su detonador triunfal. Parece obligatorio entonces regresar en los ochenta a la idea de un crecimiento económico armónico y repartido, tanto por sectores como por regiones, la idea de una economía que crecerá lentamente y que será, por necesidad, menos petrolizada y menos centralizada. El lanzamiento de ese proyecto exige una renovación a fondo de las perspectivas y las capacidades de gestión, planeación e inversión de las entidades federativas. Requiere también un liderato político estatal capaz de percibir esas urgencias modernizadoras y de llevarlas a cabo. La herencia política lópezportillista en esta materia parece en su mayor parte anterior a esos desafíos y requerimientos. Con pocas y notables excepciones – Ocaña en Sonora, Cárdenas en Michoacán, Joaquín Coldwell en Quintana Roo-, los gobernadores lópezportillistas serán más un obstáculo que un apoyo en el trayecto de ese replanteamiento nacional. Es difícil elegir entre ellos un mal menor: el agresivo conservadurismo de propietario agrícola de Toledo Corro en Sinaloa o el nepotismo corruptor y la activa demagogia del negro Camacho en Querétaro; las soberbia descontrolada y arbitraria de Acosta Lagunes en Veracruz, o el estilo caciquil y la falsa institucionalidad de Jonguitud Barrios en San Luis Potosí; el desarraigo olvidadizo, ávido de mejor destino en el DF, de Morales Jiménez en Puebla o la inmovilidad expresiva y la parálisis política de Graciliano Alpuche en Yucatán. Son todas herencias con costo. Voltéese si no a lo que han pagado el sexenio de López Portillo y la credibilidad misma del sistema, por los desaguisados de esos dos caprichos goyescos de Luis Echeverría llamados Rubén Figueroa, exgobernador de Guerrero, y Oscar Flores Tapia, ex de Coahuila.

No quiere decir que en los ochentas esos virreyes heredados perderán sus gubernaturas en un vasto naufragio de impopularidad, desafueros o renuncias obligadas, como pasó en Coahuila con Oscar Flores Tapia. Pero sí quiere decir que no podrán enfrentar la marcha de los poderes y las inversiones federales, que serán una especie de adláteres medicantes del poder central y sus agentes, con la consiguiente descomposición de las líneas de mando y autoridad estatales y el consecuente vacío de poder. O el engendro de cadenas de poder paralelas, invisibles e irresponsables, que esa incompetencia de los gobernadores ante los requerimientos de la modernización podría propiciar. Véanse sino los trabajos, a menudo infructuosos, que un político experimentado y poco provinciano como Leandro Rovirosa Wade ha tenido que pasar para impedir que Pemex cruce por el estado de Tabasco como un simple ejército de ocupación.

HIJOS DE PADRES QUE TENDRÁN NIETOS

El otro rasgo político cuyo carácter estructural no será fácil invertir o maquillar, es el proceso creciente de oligarquización de las élites. Hubo ya en el México posrevolucionario una y hasta dos generaciones de hombres públicos de primera fila cuyos hijos, nietos o parientes cercanos arañan ya la antesala o se han subido al escritorio de posiciones políticas también fundamentales. La nutrida tendencia de familias y apellidos a reincidir en el poder va obturando en la mera cúspide del sistema mexicano la «circulación de las élites». Hay que notar el hecho porque precisamente la intensa circulación de las élites ha sido uno de los secretos centrales, si no el central, de la estabilidad política mexicana. «circulación de las élites» quiere decir que cada sexenio, de los más diversos estratos de la sociedad pero fundamentalmente de los medios y los bajos en ascenso, puedan llegar al poder -grande, mediano y pequeño- hombres, familias, grupos que no lo habían disfrutado hasta entonces. Y que cada seis años abandonen el disfrute de ese poder y sus beneficios económicos suficientes ex disfrutadores como para garantizar un remplazo masivo favorable a los que vienen empujando desde abajo en busca y exigencia de su oportunidad.

Esa experiencia crucial de la política como vía efectiva de movilidad social, ha hecho menos rígida la estratificación y ha mantenido abierta la esperanza. Esa movilidad es también la que lubrica y mantiene más o menos despierta la sensibilidad de las élites a las demandas y las inconformidades que se agitan en la base de la sociedad, es el sustento de su realismo y de su corazoncito populista, de su continua preocupación por hacer que llegue a los de abajo su cuota de discursos y recursos, no importa cuan pequeña o demagógica.

Luego de dos generaciones completas de política posrrevolucionaria, la tendencia que se vislumbra es que los hijos o parientes de quienes ya habían vivido ese proceso reingresan al poder como herederos de la experiencia pero sin el conocimiento -el sufrimiento- aleccionador de su itinerario completo, con la formación secreta y las relaciones directas adquiridas sin esfuerzo en la sala de la casa o la clientela del antecesor.

Un índice preocupante de esa tendencia fue recogido por el columnista León García Soler ante la lectura de una lista provisional de las candidaturas priístas al senado. Para sesenta y cuatro escaños disponibles, apuntó García Soler,

hay más de treinta personajes que son parientes directos, hijos, sobrinos, hermanos, padres de funcionarios en ejercicio o de viejos políticos. Uno para cada una de las treinta y dos entidades representadas en el Senado de la República. Familiar asunto este del pacto federal: moderna versión de la familia revolucionaria… Queda el consuelo de la elección a la que habrán de someterse todos por igual. No así los cargos públicos, en las chambas que son propiedad exclusiva de la moderna familia. Y todavía hay entre ellos funcionarios quienes se dicen ofendidos porque la crítica habla de nepotismo. «A la mitad del foro», Excélsior, 27 dic., 1981).

Agréguense al ejemplo del senado algunos notables casos recientes, como el de Tlaxcala, en que compitieron por la gubernatura un padre y un hijo, o el multicitado escándalo del gobernador Flores Tapia una de cuyas afrentas o irregularidades mayores fue tener a toda la familia en los puestos clave de gobierno. Repárese sobre todo en el círculo íntimo de colaboradores y políticos lamadridianos con un seguro porvenir en el sexenio que está por iniciarse: el actual secretario general del PRI, Manuel Bartlet, hijo de un ex gobernador de Tabasco; el director del IEPES, Carlos Salinas de Gortari, hijo de un viejo y encumbrado político neolonés; el oficial mayor del PRI, Adolfo Lugo Verduzco, miembro de una familia de políticos profesionales que entre otras cosas ha dominado el Estado de Hidalgo por dos generaciones; el director de documentación y evaluación de la campaña lamadriniana, José Ramón López Portillo, hijo del actual presidente de la República; Bernardo Sepúlveda Amor, hijo de médico de presidentes y sobrino de un reconocido internacionalista, distinguido asesor y funcionario de la política exterior mexicana; el actual subsecretario de Hacienda Jesús Silva Herzog, hijo de la leyenda nacional del mismo nombre con una larga trayectoria en el sector público; el gobernador del estado de México, Alfredo del Mazo, hijo de un ex secretario de Recursos Hidráulicos. El propio candidato Miguel de la Madrid Hurtado, aunque de una rama familiar modesta, cuenta entre sus ancestros a ex gobernadores e hizo carrera en el sector público con apoyo reconocido de su tío Ernesto Fernández Hurtado, director epónimo en su tiempo del Banco de México.

Es desde luego algo menos simple que nepotismo, es una tendencia histórica a oligarquizarse, la capacidad de la familia revolucionaria para reproducirse con alguna eficiencia como oligarquía política y de encumbrar cuarenta años después a sus mejores frutos, que no alcanzan la cúspide únicamente por su parentalia, sino también por sus efectivas dotes políticas y administrativas que ayudan a formar y desarrollar muy ventajosamente las tempranas cercanías familiares con el poder. Es un hecho que la tendencia se recrudece conforme los gobernantes mayores, reparten posiciones ejecutivas entre sus parientes y estimulan así la reiteración de la práctica, como olas concéntricas, a todo lo largo de la pirámide. Pero lo que se intenta subrayar aquí es el carácter crecientemente obturador de esa tendencia como una posible fuente de arterioesclerosis incipiente del sistema: la reocupación progresiva de la cúspide por gente que de alguna manera viene de ella, que ya estuvo allí, que no viene de su propia ambición de llegar, de ese lugar sin límites que es la voluntad de trepar y prevalecer según la imagen prototípica del pastor de Guelatao o el ranchero de Jiquilpan, que pudieron pasar del árbol provinciano a la presidencia de la República, de la nada social al reconocimiento autogenerado.

A fin de cuentas, la mexicana más que una revolución social fue una revolución antirreeleccionista; su verdadero meollo no fue tanto la búsqueda explícita de un nuevo reparto de la propiedad y la riqueza, como la de un nuevo reparto del poder y la preponderancia en el tejido endurecido de la gerontocracia porfirista.

Los intereses acumulados de la «familia revolucionaria» tienden a formar sus propias pirámides opuestas de lealtades y expectativas. Parece cada día más difícil ofrecer a cada grupo una tajada satisfactoria que siga garantizando su disciplina.

LA CASA CHICA

Junto al redespliegue del Estado y sus agencias sobre el territorio, la sociedad civil mexicana vive también un proceso de autonomía o independencia frente a la tutoría tradicional de ese Estado. Es una consecuencia de la modernización: el advenimiento de una sociedad urbana, industrial, y la estratificación consecuente de los intereses, los grupos, las clases sociales cuya complejidad creciente desdibuja las posibilidades de volver a sumirlo todo en el viejo pluriclasismo patriarcal, aquel orden monologante que convirtió los aparatos estatales en las únicas instancias toleradas de representación social y política hasta cuajar en los años cincuenta y sesenta la certeza oficial de que la sociedad y el Estado eran lo mismo. No parecía haber nada en la primera que no estuviera plenamente representado y satisfecho en el segundo, ni podía provenir del segundo nada que atentase contra los intereses «legítimos» de la primera.

La autocomplacencia de esa vocación monolítica condujo entre otras cosas a la represión del movimiento estudiantil de 1968, a Tlatelolco y a la prolongada guerra secreta librada en el curso de los años setenta por los cuerpos de seguridad y el ejército contra los movimientos guerrilleros del campo y la ciudad. La apertura democrática echeverrista primero, la reforma política lópezportillista después, fueron en el fondo reconocimientos de que aquella identidad entre la sociedad y el Estado no sólo era una fantasía insostenible sino una fuente de intolerancia que amenazaba la estabilidad misma del sistema. Al reconocer la presencia de fuerzas ajenas al Estado y al sistema político mismo, esos gobiernos reconocían que la creciente pluralidad de la sociedad mexicana era irreversible; más aún: que el único modo eficaz de manejarla era ofrecerle cauces legales e institucionales para que se manifestara e incluso creciera. Era también una forma de reconocer que el tradicional Estado omniabarcante y multiclasista de la era posrrevolucionaria había topado con sus límites históricos y no podía ya incluirlo todo o reprimir lo que le sobrara, sin grave costo político. Del seno de la sociedad surgían fuerzas ajenas a ese dominio y el sistema político no tenía oferta ni respuesta convincentes para ellas no podía tener tampoco su control directo. El golpe de estado financiero de los grupos privados en 1976 demostró hasta qué punto ese Estado se había vuelto vulnerable a las nuevas realidades que las décadas del desarrollo estabilizador habían creado.

La crisis económica que siguió, fue revelando crecientemente una sociedad de claros perfiles clasistas cuya agresiva expresión política suele desbordar a un lado y otro de la línea los planteamientos centristas o conciliadores del Estado. Con notoria madurez, los grupos empresariales y financieros articulan cada vez con mayor claridad sus demandas y necesidades; en el ámbito del trabajo organizado, los últimos años registran la implantación de sindicatos independientes en centros estratégicos como las universidades o la industria automotriz, al tiempo que dentro del mayoritario movimiento obrero oficial se da una renovación ideológica de acusada carga reformista. En esas condiciones, la capacidad de conciliación del Estado disminuye, sus decisiones tienden a caer de un lado o de otro del pleito sin mediaciones que las suavicen o las disfracen.

Paralelamente, dentro de las fuerzas del establecimiento mismo, los intereses acumulados de la «familia revolucionaria» tienden a formar sus propias pirámides opuestas de lealtades y expectativas. Parece cada día más difícil paliar sus contradicciones internas, ofrecer a cada grupo una tajada satisfactoria que siga garantizando su disciplina y su responsabilidad institucional. La disidencia o la resistencia de gente como García Paniagua puede ser vista como una expresión de esta diversidad de los intereses de dentro que puede llegar a hacerlos incompatibles o reacios a las exigencias de la unidad institucional. Muy clara en ese sentido fue también la previsión que el regente capitalino Hank González, confío al columnista Manuel Buendía en agosto de 1980.

Según Hank -escribió el columnista- el próximo presidente todavía podrá asumir el poder del país en paz, pero ya no el siguiente porque el actual sistema político no da más de sí. Las perspectivas son de convulsiones internas y hasta de intervención extranjera si no somos capaces de hallar otro sistema político. ‘Ayúdeme a pensar en uno’, pidió Hank al estupefacto reportero». («Red privada», Excélsior. 7 de enero de 1981

Aparte de que la casa en sí misma ha empezado a estar chica para la robusta prole revolucionaria institucional, la realidad externa a ella ha traído por lo menos dos nuevos centros decisivos de influencia y poder para los cuales las fórmulas probadas del control estatal, no tienen respuesta. En primer lugar el impresionante desarrollo del poder financiero que crece en México sin ninguna cortapisa o regulación legal moderna, aparte de la siempre invocada medicina del encaje legal. A cambio de esa modesta tranca, que suple para el Estado una fuente de financiamiento que debería provenir quizá de una reforma fiscal de fondo, el capital bancario no tiene freno alguno en la adquisición y participación directas de industrias y servicios, facilidades que agilizan el galopante proceso de monopolización de la planta productiva mexicana. No hace falta insistir en los efectos deformantes que esta tendencia monopólica tiene en el conjunto de la economía.

El segundo escenario novedoso o ajeno a la capacidad de regulación del Estado es el de los medios masivos de comunicación, en su encarnación mayor conocida como Televisa. Es un aparato ideológico privado, erigido sobre la concesión y el estímulo inexplicable de los gobiernos posrrevolucionarios, que representa hoy la efectiva vanguardia mexicana en América Latina y en el mercado de habla hispana dentro de Estados Unidos. Es también un foco real de poder que decide por su mayor parte el uso del tiempo libre de los mexicanos, un vasto proyecto de estupidización masiva y una escuela transnacional de ideología. La desafiante independencia de este consorcio frente al Estado que lo ha construido, se ha hecho evidente en materias como la política centroamericana y la relación con Estados Unidos. 

La polarización creciente de la sociedad civil y de la pluralidad social y política que crea la misma modernización capitalista de México, la pequeñez de la casa institucional para tipos de la misma familia revolucionaria y la independencia de factores como los medios masivos y el capital financiero, son cuestiones centrales en el camino de la difícil transición política mexicana.

Para imponerse y dar su propia respuesta la generación y el estilo que asaltan el poder con la candidatura lamadridiana no parecen tener políticos experimentados suficientes, del mismo modo que al entrar a su sexenio los alemanistas no parecían tener «militares civilistas» suficientes.

DE GINEBRA A VERACRUZ

El horizonte histórico inmediato al que esa transición no resuelta debe responder es en sí mismo un reto monumental: un país en intensa transformación urbana e industrial, con una muy amplia reserva física de recursos naturales y una población sin precedente de jóvenes cuyas demandas imponen la necesidad de crecer en los próximos quince años lo mismo que el país ha crecido en los últimos setenta; la frontera norte registra la mezcla cultural y la integración económica con otra civilización más profunda que México haya vivido desde la conquista española; su frontera sur también por primera vez en mucho tiempo, ata el destino del país al de las revoluciones nacionales que ahí tienen lugar y a la confrontación Este-Oeste que la Casa Blanca pretende dirimir en ese escenario. Todo, sobre el subsuelo explosivo de una sociedad que ha conformado en sus sótanos y en sus márgenes una geografía de la miseria de veinte millones de mexicanos incomunicados y subalimentados, sujetos a enfermedades curables, sin agua potable ni trabajo productivo ni escuelas ni conciencia de la nación que crece sobre ellos ostentando en ellos el problema central de su futuro: la desigualdad.

Para imponerse y dar su propia respuesta a ese conjunto de desafíos, la generación y el estilo que asaltan el poder con la candidatura lamadriniana no parecen tener políticos experimentados suficientes, del mismo modo que al entrar a su sexenio los alemanistas no parecían tener «militares civilistas» suficientes. Es cierto también que, pese a su preponderancia administrativa, financiera y planificadora, esa generación no puede ofrecer un instrumento político alternativo del tamaño del PRI, ni suplir con la suya propia esa escalera de intermediarios sensibles que aún se rigen por la óptica de la vieja escuela política mexicana. Por eso el décimo candidato presidencial de la revolución mexicana vuelve una vez y otra al seno del partido donde no nació ni creció su candidatura, y juega su carta de candidato partidario como el más genuino hijo de esa maquinaria. Por eso su propuesta no es en ningún sentido el abandono de la tradición, sino su revitalización modernizada. La maquinaria priísta y la llamada clase política mexicana son todavía el escalón indispensable sobre el que este relevo generacional debe construir su cadena de una nueva dominación racionalizadora y planeadora, capaz de hacer frente al futuro inmediato de un país en movimiento que tendrá más de 100 millones de habitantes en el año dos mil.

Este es también el fenómeno apasionante de la transición mexicana: el desafío de virar haciendo ajustes de fondo sin tocar la raíz del sistema, sólo reproducir ese sistema con un margen menor de yerros e ineficiencia; crear una nueva clase política sobre los restos y la sabiduría de la anterior, ir poniendo los ladrillos para ese nuevo dirigente mexicano que sabrá negociar en las mesas ginebrinas los derechos internacionales del mar y obtener en los circuitos terrenales de la estiba en Veracruz o la astillería en Mazatlán los convenios que satisfagan todos esos microscópicos intereses en juego que sólo conocen a fondo los conocedores… y los cómplices.

Este es el nuevo monstruo que sueña la razón histórica del sistema político mexicano. No sabemos lo que sueñen sus instintos. Hablamos solamente de un embrión, y no tiene el futuro comprado.

DONDE SE CUENTA UNA DE INDIAS

J.I. Israel: Razas, clases sociales y vida política en el México colonial, 1610-1670. Fondo de Cultura Económica, México, 1981, 308 pp.

Los rasgos más destacados que delinearon a la Nueva España no son producto únicamente de lo que sucedió en el siglo de oro español, donde se han centrado la mayoría de las investigaciones sobre la época colonial, sino que continuaron hasta el siglo XVII-menor, es cierto, en su desarrollo económico, político y social, pero igual en importancia para entender el desarrollo posterior del México colonial. En esto radica también la importancia de este libro escrito por el historiador inglés J.I. Israel. Su investigación abarca únicamente estos sesenta años del siglo XVII, el periodo virreinal con más tensiones, con una depresión económica en su haber, y con conflictos políticos a la orden del día.

En abril de 1621, en Madrid, el gobierno español designó décimo tercer virrey de Nueva España al Marqués de Gelves. La fecha de este nombramiento -según Israel- es muy significativa pues la reciente ascensión de Felipe IV al trono de España había dado un nuevo impulso al movimiento reformista iniciado con la caída del corrompido Duque de Lerma en 1618. Los ministros del nuevo monarca, encabezados por Gaspar de Guzmán, personaje que dominaría la escena política española durante los 22 años siguientes, estaban decididos a dar a la Monarquía un rumbo más vigoroso y ambicioso que el de los 23 años anteriores. El ascenso al trono de Felipe III, en 1599, señaló en muchos aspectos el cénit de la supremacía española en Europa. El reinado de este monarca no pudo recuperar la fuerza y cohesión que tuvo España hasta antes de la muerte de Felipe II. La debilidad de carácter de su sucesor, Felipe III, aunada a las presiones ejercidas por Inglaterra y otros países europeos sobre su imperio, propiciaron el relajamiento de las normas de gobierno españolas.

TODOS TRAS EL ORO

A la subida de Felipe IV al trono de España, era imperioso y urgente para el imperio de Castilla recuperar el terreno perdido si quería seguir siendo lo que había sido en el siglo XVI. Para esto eran necesarios cambios y reformas internas tanto en el gobierno metropolitano como en el colonial. En Nueva España estas reformas se empezaron a materializar desde la llegada del Marqués de Gelves, en calidad de virrey, en la segunda mitad del siglo XVII. Los problemas a los que se tuvo que enfrentar Gelves y los virreyes que lo sucedieron hasta la década de los setentas no fueron nada fáciles de afrontar y mucho menos de solucionar. En Madrid se sabia poco de la realidad de las colonias, tanto a la lejanía de éstas como por el hecho de que el rey debía atender otros asuntos de igual importancia dentro de la política europea. Se tenía la idea de que en las Indias existía una negligencia administrativa, evasión fiscal considerable y una gran corrupción burocrática, incluso de parte de los propios virreyes, mucho mayor a la que existía en la España metropolitana. Esta situación, desde el punto de vista económico sobre todo, impedía extraer lo necesario de las colonias para que la metrópoli pudiera hacer frente, mínimamente, a los problemas y conflictos que tenía en Europa. En Nueva España existía, por ejemplo, entre los funcionarios españoles y los colonizadores (criollos ricos sobre todo) que ocupaban un puesto dentro de la administración o el clero, una pugna considerable por tener bajo su autoridad a los indígenas, la mano de obra más abundante de la colonia, por obvios motivos de ganancia económica.

Las razones de la evidente discrepancia que existía entre los actos y opiniones de los virreyes, por una parte, y las de los visitadores, obispos, criollos y del Marqués de Gelves por otra, para «solucionar» los problemas de la colonia no son, según Israel difíciles de comprender pues cada uno perseguía intereses distintos y de carácter personal que poco hicieron en verdad para sacar adelante a toda la sociedad novohispana, y de paso a su metrópoli, del atolladero en que se encontró durante todo el siglo XVII. «Aunque hay numerosas pruebas de que entre peninsulares y criollos podían excitarse las pasiones, siempre ocuparon el primer lugar las disensiones políticas entre la burocracia y los colonizadores, de manera que las órdenes religiosas, todas con predominio de no peninsulares, estaban fuertemente ligadas a la burocracia, mientras que los obispos, entre los cuales los criollos eran raros, se encontraban firmemente unidos a los colonizadores. En el caso de los frailes, la orientación política era determinada en parte por el interés, pero también derivó parcialmente de la injusta ventaja obtenida por la minoría peninsular en virtud de las alternativas y ternativa’ franciscana; mientras que en el caso de los obispos, o de casi todos ellos, si se vieron obligados a unirse al bando de los colonizadores fue por su propio interés y por la presión del bajo clero secular» (p. 273). Pero había otro factor importante que agravaba el conflicto entre la burocracia y los hispano-mexicanos: el desacuerdo sobre la política económica. Aunque por el momento están muy lejos de definirse, todavía, las características de la crisis que sufrió la Nueva España en el siglo XVII, al parecer los criollos tuvieron muy buenas razones para culpar a Madrid y al gobierno virreinal de sus dificultades económicas.

LA HERENCIA COLONIAL

Entre sus conclusiones Israel afirma que del estudio de las tensiones sociales y de los acontecimientos políticos de la Nueva España, en el periodo de 1610-1670 puede decirse que en el virreinato, después de más de cuatro decenios de desarrollo económico, ininterrumpido, de expansión hacia el norte y de gobierno estable, el siglo XVII colonial entró en una difícil crisis que parece exhibir algunos puntos importantes de semejanza con la llamada «crisis general» que los historiadores han percibido en la historia de Europa de ese siglo. España, que estaba muy enferma, contribuyó en gran medida a la recesión del comercio y al caos monetario que afectaron a gran parte de Europa y, al mismo tiempo, aumentó enormemente las dificultades económicas de Nueva España. Esto mismo permitió que, «con el fin de la expansión económica de una gran parte de Europa, por lo menos en la opinión de ciertos historiadores, parece haber incrementado la tensión entre las burocracias parásitas y los empresarios, así también aparece que en México se intensificó la lucha económica entre el bando del virrey y el de los criollos» (p. 275). Los conflictos por los que pasó la colonia en el siglo XVII dejaron un rastro imborrable y delimitaron el curso de los acontecimientos de las épocas siguientes. Incluso, buena parte de estas tensiones no se resolvieron con las reformas de los borbones en el siglo XVIII, sino que se prolongaron hasta después de que la Nueva España había logrado su independencia en el siglo XIX.

SERGE: UN RADICAL A LA MEDIANOCHE

Víctor Serge: Medianoche en el siglo Libros Hipeñón, Ed. Ayuso, 1980

Este es un libro sobre la hora más oscura de la historia, la hora del triunfo de Hitler en Alemania y de la apoteosis de Stalin en Rusia. Es un libro sobre hombres y mujeres derrotados, sobre comunistas rasos cuya fidelidad a la revolución liberadora de 1917 los condujo al Gulag de 1934 y que ahora deben preguntarse: «¿Qué es lo que queda por hacer si es medianoche en el siglo?»

También es un libro radiante admirable por el valor, la integridad política y la humanidad cabal de sus héroes comunistas; encendido de pasión intelectual cuando trata de resolver las cuestiones esenciales del socialismo, del destino humano y del significado de la historia en un momento en el que el pensamiento mismo es «glacial… como un sol de medianoche en el cráneo». Radiante, también, en su fe revolucionaria en el futuro, un futuro desconocido y percibido confusamente a través de cataclismos demasiado predecibles; un futuro simbolizado por la imagen de semillas germinando en la tierra.

Es un libro auténtico: el producto de una experiencia, el testimonio personal y político de un revolucionario de pureza y valor extraordinarios, que también fue un artista de talento sobresaliente. Registra -y transforma- el juicio de Serge de 30 días de confinamiento solitario e interrogación, en la prisión de la GPU en Moscú, su resistencia durante dos años de deportación en Asia Central, y su oposición interminable a la traición estalinista del movimiento revolucionario al que dedicó su vida.

Por último, es un libro importante, pues el tema que trata Serge -socialismo versus barbarie- es fundamental para la subsistencia de la humanidad. El talento de Serge reside en su habilidad para dramatizar, con una claridad cristalina, los problemas que han acosado a los revolucionarios durante 50 años. de un modo conmovedor y poético. A través de la angustia de sus héroes, se nos conduce a repasar el dilema de la primera revolución socialista mundial exitosa, en la fase de transformación en su propio contrario -la actividad de millones de personas luchando por crear un nuevo mundo en la imagen de la justicia, convertida en una tiranía intolerante, explotadora- y a plantear la pregunta una vez más, para nuestra propia época.

EL YO POR EL NOSOTROS

Las novelas de Serge reflejan una rica experiencia de compromiso en la política revolucionaria. Nacido en Bruselas de padres que eran, ellos mismos, revolucionarios rusos exiliados, Serge llevaba doce años de agitación como anarquista militante europeo (incluyendo seis que pasó en cautiverio), cuando ingresó a la revolución rusa en el triste invierno de 1918-1919. Ingresó al partido comunista, peleó en la guerra civil, y participó en la fundación de la Internacional Comunista. Fue sólo después de 1927, cuando se le expulsó del partido por ser miembro de la oposición izquierdista (trotskista), que escogió la literatura como un sustituto para la actividad política.

Serge concebía la escritura como un acto de testimonio, «como un medio para expresar a la gente lo que la mayoría de ella vive sin ser capaz de expresar, como una forma de comunión, como un testimonio sobre la vasta vida que fluye dentro de nosotros, cuyos aspectos esenciales debemos tratar de mejorar para beneficio de aquellos que vendrán después de nosotros». Los valores que conforman este libro son la sinceridad, la solidaridad y la veracidad.

De manera paradójica, Serge se inclinó por la literatura en el momento mismo en que los escritores rusos estaban siendo forzados a negar estos valores. Para 1930, la libertad y el fermento creativo del renacimiento soviético de 1920, en el que Serge había tomado parte como critico y traductor, habían sido aplastados por la burocracia estalinista. Sin embargo, como escritor de lengua francesa escribiendo en Paris, Serge podía continuar los experimentos literarios de sus amigos y colegas rusos -Babel, Essenin, Gladkov, Mandelstam, Mayakovsky, Pilniak, inter alia- cuyas voces fueron silenciadas por la censura, el suicidio y la deportación. De este modo su obra representa un único hilo de continuidad en la escritura rusa, entre el florecimiento creativo de 1920 y la disidencia post-Deshielo de la actualidad, debido a que escapa a la perniciosa influencia del «realismo socialista». Serge es único también en otros aspectos: pese a ser un marxista comprometido, con mucha experiencia en el movimiento de los trabajadores, era también un modernista literario que no temía la influencia «decadente» de gentes como Freud y Joyce.

Fue la ambición de Serge por romper con el molde tradicional, con el fin de rebasar los limites del ente individual y de alcanzar esa «vasta vida que fluye a través de nosotros». Así, tuvo que abandonar el singular «yo» por el colectivo «nosotros» y remplazar al protagonista individual por una especie de héroe colectivo. Utilizando técnicas de Pilniak, de Doss Passos y los unamistas franceses, creó un estilo rápido y fluido, incorporando elementos vernaculares de slang, periodismo documental y realismo cinematográfico. Al mismo tiempo, la densidad de su escritura, con su presentación simultánea del detalle externo y el monólogo interior, tiende a empañar las fronteras entre pasado y presente, vida interior y exterior, permitiendo fugas ocasionales que sólo pueden describirse como lirismo cósmico. 

Las tres primeras novelas de Serge, Men in Prison (Hombres en prisión) Birth of Our Power (Surgimiento de nuestro poder) y Ciudad Ganada, se terminaron entre 1929 y 1932. Comprenden una trilogía informal que narra los dolores de parto de la revolución. Poco tiempo después de la publicación de Ciudad Ganada, Serge fue detenido y deportado a Orenburg en los Montes Urales, donde debido a su inflexible actitud de oposición le fue negado trabajar y casi murió de hambre. La novela actual, Medianoche en el siglo, es la ficcionalización de esa experiencia, de la que se deriva gran parte de su intensidad y autenticidad.

LA EPIFANÍA DE LAS ESTRELLAS RADIANTES

En 1936, después de una campaña internacional a su favor, se le permitió abandonar Rusia (como a Alexander Solyenitzyn unos treinta años después). Sin embargo, las dos novelas que Serge terminó durante su deportación fueron confiscadas por la GPU (a pesar de un permiso de salida expedido por el censor soviético) y nunca se recuperaron. De 1936 a 1940, vivió una existencia precaria en Bruselas y París, trabajando en algunas imprentas y haciendo campañas contra la persecusión estalinista de las minorías revolucionarias en Rusia y España. También escribió cinco libros incluyendo Medianoche en el siglo, publicado por Grasset en 1939. Durante la Segunda Guerra Mundial huyo a México, donde murió (en 1947) pobre y oscuramente con tres libros inéditos en el cajón de su escritorio: entre ellos están su inolvidable Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión y su gran novela El caso Tulaev.

Durante sus años de deportación en Orenburg, Serge estaba realmente consciente de pertenecer a una larga tradición de disidentes rusos perseguidos:

Debido a uno de esos golpes de ironía tan frecuentes en Rusia (recordaba después), la prensa soviética estaba, de manera muy apropiada, conmemorando un aniversario del poeta nacional ucraniano Taras Shevshenko, que en 1847 había sido exiliado durante 10 años en la estepa de Orenburg, prohibido dibujar o escribir. No obstante, escribió alguna poesía clandestina ocultándola en sus botas. En este informe tuve una sorprendente percepción de la persistencia en nuestra tierra rusa, después de un siglo de reforma, progreso y revolución, de la misma determinación voluntaria de borrar la inteligencia rebelde, sin misericordia alguna. No importa, me dije, debo aguantar: aguantar y seguir trabajando, incluso bajo esta plancha de plomo.

El tema de la herejía eterna y de la persecución eterna corre como un hilo rojo en Medianoche en el siglo. Medita sobre las aguas negras de Chernoe, el pueblo ficticio de Serge en la estepa, que ha hospedado a generaciones de exiliados, refugiados, sectarios y herejes. Se nos dice que el pueblo fue fundado por un patriarca semi-legendario, Seraphim Lackland, un cismático religioso del siglo XVII que condujo a su gente a la selva, con el fin de escapar al poder profano de la jerarquía ortodoxa centralizadora, sólo para ser regresado a Moscú y al destino de un mártir. La imagen del hombre viejo, recto, impenitente, encadenado en su calabozo repitiendo «Señor, nunca te negaré, nunca negaré a la gente», se refleja a lo largo de toda la novela.

El próximo en la línea de sucesión apostólica en Lebedkin, será el deportado político de Petersburgo. Exiliado bajo el régimen zarista, acoge al huracán purificador de la revolución de 1917 en Chernoe -a 1,000 millas de la capital- y contempla su solitario destino en la misma cima en donde Seraphim había meditado antes su martirio. Pasaron diecisiete años y Chernoe se volvió a poblar de deportados, mártires y cismáticos. Aunque el primer plano de la novela de Serge lo ocupan los oposicionistas de izquierda, los herejes de la nueva ortodoxia estalinista, el fondo de la misma está lleno de cismáticos perseguidos -sectarios religiosos, antiguos creyentes, sionistas- que también sufren a causa de su fe. En la escena climática de la novela, cuando Rodion se escapa de la cárcel, hay un momento translúcido de comunión silenciosa entre el joven trotskista y un antiguo creyente que personifica el tema de la herejía eterna y la persecusión interna en la torturada tierra rusa. Serge preparó con cuidado y amor esta epifanía que se lleva a cabo bajo las estrellas radiantes, en una atmósfera mística de simplicidad bíblica. Es un homenaje marxista materialista a la espiritualidad.

TAN LEJOS DEL DESHIELO.

La naturaleza también está íntimamente relacionada al tema de Serge del sufrimiento y la resistencia. A pesar de que Serge fue principalmente un hombre de ciudades -París, Barcelona, Moscú y Petrogrado fueron sus lugares predilectos y en donde ambientó gran parte de su ficción- tenía una profunda conciencia del lugar del hombre en el orden natural. Para Serge, la dialéctica de la historia humana es una consecuencia de la dialéctica de la naturaleza, y en Medianoche en el siglo, los ritmos de la naturaleza son de manera simultánea el ambiente físico y la metáfora consistente contra la que se desarrolla la acción.

La sección de la novela que trata de Chernoe comienza con una evocación agridulce y desgarradora del regreso de la primavera a la congelada estepa. La disolución del hielo en el río, festejada con alegría por los aldeanos después del largo invierno estéril, es emblemática de la renovación de las esperanzas de los hombres. Los trotskistas exiliados también se conmueven con el espectáculo. Su reunión clandestina en la orilla del río se convierte en la ocasión para una celebración lírica de la primavera septentrional, por parte del viejo bolchevique de cara granulosa, Ryzhik; e incluso el sarcasmo del cínico Elkin fracasa al intentar desalentar su ardor:

«Ryzhik, perdiste tu oportunidad. Deberías estar profiriendo octosílabos a tres rublos por línea. ¿Por qué tenías que involucrarte en la revolución? Hoy serías un oficial de la División de Poetas Pastorales del Sindicato de Escritores Soviéticos. Estarías llenando los periódicos con lirismo ironizado, ideológicamente correcto y aprovechable. Pushkin se pondría verde de envidia en su pedestal.»

«Vete al diablo. No hubiera visto nunca las sorprendentes flores del norte. Y nada en el mundo me haría desear eliminarlas de mi vida…»

La alegría de la renovación de la naturaleza se profundiza más mediante la ironía de la situación política: «La primavera significa tiempo de siembra, y la siembra significa represión». La lógica de los hechos exige que, con el fin de exprimir un grano excedente del nuevo campesinado colectivizado, Stalin siga un nuevo plan político, necesitando una nueva purga. Los exiliados políticos entienden este proceso como un signo de la debilidad del régimen. Ellos lo han previsto. Los aldeanos, igualmente sabios en su resignación, aceptan que es un cataclismo más que soportar. Sin embargo, el poder del espectáculo de la naturaleza, la muerte y la resurrección es tal, que ningún grupo puede resistir la tentación de abrazar la vida, de tener esperanza. La vida es una lucha. La vida continúa.

La acción central de la novela se desdobla en este momento breve entre la disolución del hielo invernal y el principio de la helada política que privará a los héroes de Serge de la semi-libertad de la deportación, y que los enviará de regreso a prisión. Durante este momento hay tiempo para hacer el inventario de sus vidas, de elegir cómo resistirán lo inevitable, de intercambiar mensajes significativos, de enamorarse y de propagar la llama viva de la revolución, de una generación a otra. De este modo, el patrón estacional de muerte y resurrección, destrucción y continuidad, está íntimamente relacionado con el tema de las generaciones, de las fuerzas humanas que proseguirán la lucha contra la opresión de una generación a la siguiente.

Serge el marxista consideraba que la revolución rusa no estaba muerta sino tan sólo dormida. Creía que mientras la industria se desarrollara y Rusia saliera del atraso, el sistema socializado de producción llegaría inevitablemente a una contradicción con el sistema opresivo del privilegio y control burocráticos. Un proletariado nuevo, confiado e instruido en esta nueva industria retomaría entonces la lucha, donde la vanguardia vencida de los 20s y los 30s había sido derrotada. Esto, sin embargo, se llevaría muchas generaciones (en especial si la guerra intervenía, lo cual sucedió) y hasta entonces el germen del pensamiento revolucionario seria mantenido vivo por algunas minorías. Como artista, Serge encontró una expresión metafórica para esta visión, en las imágenes naturales relacionadas del deshielo primaveral y de las semillas germinando debajo del suelo, y en el tema ruso tradicional de «padres» e «hijos».

EL EDIFICIO ESTALINISTA

La sección final de Medianoche, titulada significativamente «El Comienzo», enfoca el carácter del más joven de los exiliados políticos, Rodion, un trabajador semi-educado cuya mente está confundida por citas de Hegel a medio entender y cuyo espíritu está obsesionado con el problema del destino. Para muchos antes que él, la cárcel y el exilio han sido las «universidades» en las que las tradiciones revolucionarias de los «padres» han sido transferidas a sus poco prometedores «hijos». Es Rodion el que representa a la nueva generación que continuará la idea revolucionaria y asegurará la continuidad entre la gran, pero condenada generación de los viejos bolcheviques y el futuro desconocido.

Sin embargo, para hacer esto debe romper con un elemento central en esa tradición: la idea del partido como la encarnación de la vanguardia proletaria. El, sólo, se atreve a romper el lazo de la unidad del partido que une a los viejos trotskistas disidentes con sus perseguidores estalinistas. «Escúchenme», les dice a sus camaradas.

Ya no es cierto: algo se ha perdido para siempre. Lenin no volverá a levantarse en su mausoleo. Nuestros únicos hermanos son los trabajadores que no tienen ni derechos ni pan. Ellos son a los que debemos hablarles. Es con ellos que debemos rehace la revolución y, antes que nada, un partido completamente diferente…

Mientras vaga por las calles nocturnas de Chernoe, preocupado y solo, su intuición se vuelve una certeza. La vista de los cuarteles de la GPU, de las luces resplandecientes en la noche, lo inspira con una visión de esa nueva revolución como una temporada primaveral inevitable.

«íTrabajo! Trabaja día y noche, todavía serás arrastrado… El hielo se rompe después de un largo invierno, las corrientes primaverales lo arrastran… Será bello cuando se desborden… Sus archivos, sus papeles, todos sus pequeños y sucios veredictos mecanografiados y sus prisiones, todo eso, los viejos cuarteles cerrados con alambre de púas, los modernos edificios de concreto estilo americano, todo eso estallará arriba en el cielo…

El escape de Rodion en la noche estrellada, a través del bosque silencioso y el río congelado, es tanto un vuelo simbólico a la naturaleza como un regreso a la vida, al destino común de las masas que son parte de la naturaleza y parte de la historia. Si el totalitarismo estalinista representa la negación de la revolución, entonces las masas representan lo que Hegel llamó la negación de la negación. Rodion, el último de los héroes instruidos de la novela, es también el más filosófico:

«La Historia», dijo Hegel… «la Historia es algo que nosotros hacemos, nosotros también somos históricos, como todos los pobres diablos…» (reflexiona Rodion). No hay ninguna certeza de que esta máquina se detendrá y se desmoronará un día. Debe ser destruida. Otra revolución. Haremos una, y en una forma muy diferente. No sé cómo, pero será muy diferente. Pero primero, escapar de ellos…

Las experiencias de Rodion en el bosque son rastros tanto espirituales como físicos, ritos del pasaje que incluye una muerte simbólica por ahogamiento y una resurrección. Rodion es rescatado por un solitario cazador de lobos anónimo, que representa la tentación de una vida de autosuficiencia en la naturaleza, pero fuera de la sociedad. Esto también es rechazado por Rodion. Purificado y puesto a prueba, anónimo ahora como el hombre de los lobos y los objetos naturales que lo rodean, entra a un pueblo sin nombre y vuelve a las filas del proletariado del que había surgido.

De modo significativo, el edificio en el que consigue un empleo como trabajador de una construcción es el nuevo cuartel para la policía secreta, el único edificio de concreto en un desierto de lodo y madera. Es el símbolo irónico que usa Serge para la paradoja de «construcción socialista» bajo el sistema estalinista, donde el trabajo del proletariado sólo puede servir para aumentar el poder de aquellos que lo oprimen -hasta el momento en que esté preparado una vez más para encargarse del destino. Serge parece estar diciendo que hasta entonces la visión revolucionaria de Rodion persistirá como una «semilla germinando en las entrañas del suelo ruso», listo para soportar la fruta en el próximo deshielo.

LA OBJECIÓN PIONERA

La visión de Serge es una expresión conmovedora y elocuente de una esperanza templada por el realismo irónico y, desde una perspectiva de 40 años, una declaración política impresionantemente creciente. El deshielo primaveral en la novela de Serge de 1939 prefiguró el deshielo político que siguió a la muerte de Stalin en 1953, cuando la revuelta entre los prisioneros de los campos de concentración en Vorkuta y la revolución total en Alemania Oriental provocaron la tentativa de «desestanilización» de Rusia bajo Khruschev. A pesar de que la desestalinización fue tanto indiferente como efímera revelaba que, como Serge lo había previsto, había muchos miles de semillas revolucionarias germinando en el suelo ruso. Las huelgas, protestas, escritos clandestinos y organizaciones de los tardíos cincuenta y de los tempranos sesenta eran iniciadas a menudo por los sobrevivientes de los campos de concentración que, como el Rodion de Serge, habían tenido contacto con ideas de oposición en la «universidad» del Gulag. Los hijos de comunistas victimas de Stalin también jugaban un papel significativo. Más aún, los programas de muchos de estos partidos de oposición retomaron las ideas de la oposición de izquierda de los 20s y 30s en sus análisis de la burocracia como una casta privilegiada opresiva, en sus demandas de un regreso a la democracia soviética y central (consejo) de los trabajadores, y su identificación como «marxistas», «neo-leninistas» y «neobolcheviques».

El linaje político de los Rodions y Ryzhiks de Serge ha sido fructífero porque, como Serge previo, las contradicciones objetivas que los llamaron a ser, han aumentado sólo con los años y porque de mano a mano, de boca a boca, de prisión a prisión y de generación a generación, los mensajes que contienen ideas y experiencias de revolucionarios siguen pasándose de uno a otro. Actualmente, a excepción de algunas huelgas esporádicas y de algunos levantamientos locales, esta disidencia sigue confinada a los círculos intelectuales. Sin embargo, si no ha habido una insurrección masiva que mencionar dentro de Rusia misma, la revolución húngara de los consejos de trabajadores en 1956, el levantamiento de Praga de 1968 y las huelgas polacas masivas de 1970 son indicaciones de la rapidez con la que las semillas de disidencia pueden germinar en una revuelta total contra la burocracia totalitaria disfrazada de «comunista». Mientras que el pesimismo abstracto del Darkness at Noon de Arthur Koestler (publicado al mismo tiempo que Medianoche en el siglo de Serge) ha estallado íunto con el mito de la invencibilidad del totalitarismo, la fe de Serge ha sido vindicada y su previsión histórica confirmada, de la manera más impresionante.

El libro de Serge sigue siendo relevante hoy en día porque los temas que trata son aún fundamentales para la supervivencia de la humanidad. Aniquilación o una nueva sociedad, socialismo o barbarismo, éstas son las únicas alternativas de la humanidad, ahora más que nunca, en una era nuclear que es también una época de crisis y revolución constantes. El dilema, formulado primero por Serge entre otros (e.g. Rosa Luxemburgo), es éste: el camino hacia una nueva sociedad conduce por necesidad a la destrucción de lo viejo, y esto ocasiona una revolución -violencia organizada-, el único medio efectivo para vencer al monopolio permanente de la violencia organizada (ejército, fuerzas policiales, prisiones, etc.) con la que se mantiene el viejo orden. Dada la necesidad de estos medios surge la pregunta: ¿Qué sucede después de la revolución? ¿Puede ser libre la humanidad? ¿Debe cada revolución permanecer desarmada contra sus oponentes o, recobrando las armas de la coerción, transformarse en una nueva tiranía?

La generación de Serge de revolucionarios fue la primera que afrontó estas preguntas el «día siguiente» de una revolución exitosa. En nuestro tiempo, esto ha sido enfrentado una y otra vez, desde Cuba hasta Vietnam, de Paris a Pekín, de Chile a Irán. Sin embargo, nunca había sido tratado con tanta lucidez, desde aquellos primeros disidentes rusos; Serge y sus camaradas, las minorías comunistas de los años 20s y 30s fueron las primeras que se opusieron a la contrarrevolución dentro de la revolución, en su forma más pura y absoluta: el estalinismo. Entender esta experiencia significa recobrar un hilo precioso de continuidad con el pasado revolucionario, y en ninguna parte se preserva esta experiencia con más riqueza que en las novelas de Serge.

DE DÓNDE VIENEN LOS HÉROES

Los revolucionarios de la primera mitad del siglo XX, los héroes del ciclo novelístico de Serge creyeron que la violencia revolucionaria necesitaría ser efímera y que una vez que la dictadura de los enemigos de clase fuera vencida, las masas, siempre una mayoría, no necesitarían ya un aparato estatal coercitivo. El estado se «marchitaría» y una sociedad cooperativa basada en la iniciativa, la libertad y la igualdad, surgiría en su lugar. Los acontecimientos probaron otra cosa. Cuando la ola revolucionaria de 1917-1923 se retiró, la Rusia soviética quedó aislada en un hostil mar de reacción -desgarrada por antagonismos internos y enfrentada con vastos problemas de subdesarrollo. En este contexto, el estado de la dictadura del proletariado, lejos de marchitarse, fue transformado en una dictadura sobre el proletariado. Una enorme burocracia totalitaria, gobernando mediante propaganda y terror, forjó nuevas cadenas para las clases trabajadoras en nombre de la colectivización, la industrialización y el plan estatal.

Durante el mismo periodo otra monstruosidad totalitaria, el fascismo nazi alcanzó el poder en Alemania sobre las cenizas de las revoluciones derrotadas de 1918 y 1923. Con el ascenso de Hitler y Stalin, la clase trabajadora permaneció así doblemente derrotada -en el más crucial de los países capitalistas industrializados y en su auto alegada «patria del socialista», Rusia. Más aún, con el estalinismo y el nazismo, afrontar un nuevo tipo de sociedad explotadora todavía más formidable que el tradicional capitalismo burgués. Económicamente lo que había sucedido era esto: bajo el impacto de la depresión mundial en 1929, la sociedad industrial había alcanzado una nueva etapa de organización en la que el estado dominaba la economía y la planeación excedía al mercado. Esta no era la sociedad sin clases, la socialización de los medios de producción bajo el control directo de los productores, que los marxistas y socialistas habían vislumbrado como la alternativa para la explotación capitalista, la competencia y la inestabilidad; sino más bien una nueva forma de despotismo, un capitalismo estatal burocrático cuyo «amanecer rosado» estaba marcado por exterminaciones masivas, trabajo de esclavos y guerra mundial. Su legado -y nosotros somos sus infortunados herederos- es un mundo violento dividido en dos hostiles campos imperialistas, cada uno empeñado en la dominación del mundo y cada vez más dividido y dominado por crisis domésticas, cada uno recurriendo a fuerzas militares para reprimir la revolución dentro de su esfera de influencia: el imperialismo ruso en Hungría, Checoslovaquia y Afganistán; el imperialismo estadunidense en Guatemala, República Dominicana, Cuba, Chile y Vietnam.

El hecho de que este nuevo tipo de sociedad explotadora lograra su primera y más total forma de expresión en Rusia, el único país en el que el proletariado había triunfado al derrocar al tradicional capitalismo burgués, es la gran paradoja de nuestra era.

El hecho de que esta monstruosidad burocrática mantuviera el vocabulario del marxismo como su ideología oficial y siguiera siendo gobernada por un partido que se llamaba a si mismo «comunista» les llegó como un asombroso golpe a los revolucionarios de la generación de Serge. De aquí en adelante, cada cosa se volvió su propio contrario y las palabras perdieron su significado. Aquellos pocos revolucionarios que, como Serge, mantuvieron sus cabezas y sus ideales bajo la embestida de esta causa histórica, ganaron con eso un privilegio paradójico -el de la visión- Como los profetas de la mitología, fueron capaces de ver el pasado, el presente y el futuro, pero sólo al precio de su propia destrucción y bajo condiciones en donde sus expresiones no serían ni escuchadas ni creídas.

Esta es la situación de los héroes de Medianoche en el siglo de Serge. Ellos son los últimos sobrevivientes de la derrota del verdadero comunismo en Rusia, los rechazados de una revolución agria, los intransigentes oposicionistas que todavía se aferran a los ideales de las masas revolucionarias de 1917, que se afirman en la Idea de su Otro. Derrotados, amordazados, lanzados de la prisión a la deportación, del exilio a la prisión, se les conduce a preguntarse si en realidad «existen». Sin embargo, como el impulso revolucionario que encarnan, como el derrotado y humillado proletariado mismo, afirman su derecho a existir, a persistir como «semillas en la tierra» porque «sin nosotros nada quedaría (de la revolución) sino concreto armado, turbinas, altavoces, uniformes, victimas explotadas, impostores y espías policiales». Reducidos a la impotencia, amenazados con el exterminio, no obstante personifican el nivel más alto de la conciencia histórica de nuestra era.

DE NÁUFRAGOS Y SOBREVIVIENTES

La historia no se mueve en líneas rectas, se mueve en ondas. Esas ondas son revoluciones. Los héroes de Serge han flotado en la cresta de la gran ola revolucionaria de 1917-1923 -una altura desde la que vislumbraron lo que podría ser el poder de la humanidad para modelar la sociedad a su propia imagen. Ahora están en el canal, a punto de hundirse en el mar de la reacción contrarrevolucionaria. Sin embargo, mediante el naufragio de sus vidas y esperanzas, confirman la visión de lo que han visto desde la cresta, el secreto peligroso cuya revelación es lo que más temen sus aprehensores -la humanidad puede ser libre: lo que sucedió una vez puede volver a suceder. Otros triunfarán donde nosotros fracasamos. La próxima ola (o la siguiente a ésa, o la posterior) alcanzará la orilla. Nunca se pierde para siempre.

Este es el mensaje central de la novela de Serge. Como un explorador náufrago que pone el diario de su viaje en una botella y lo consigna a las olas, Serge personificó la experiencia de una generación completa de revolucionarios, en la forma de una novela y la dejo flotar en los inquietos mares de la historia.(1) Para entonces sus camaradas rusos, los modelos para los héroes de Medianoche en el siglo habían perecido y como el náufrago Ismael creado por Melville, Serge bien podía haber dicho junto con Job, «Sólo yo me escapé para contarlo».

Los mensajes son un tema importante de la novela. Su sección central se llama «mensajes» y el «correo» -los mensajes clandestinos transmitidos con meticulosidad y con enormes riesgos por los oposicionistas exiliados y prisioneros- es lo que proporciona información, ideas y esperanzas a los héroes de la novela, recordándoles que no están solos. Tampoco es meramente un concepto poético de mi parte el presentar la novela de Serge como una especie de mensaje en sí. El propio Serge, al dedicar su libro a sus camaradas españoles habla de éste como «mensajes de sus hermanos rusos». Tal como los mensajes transmitidos de prisión a prisión en la novela, el libro es más que nada una especie de reporte, de balance, una descripción, por parte de los enterados, de la situación política y económica, y un informe directo de la salud física, moral e intelectual de la oposición rusa superviviente -incluyendo sus dudas y divisiones faccionarias internas.(2) También es un mensaje para el mundo de los camaradas de Serge dejados atrás en Rusia. Para Serge, «aquel que habla, aquel que escribe, habla a favor de todos aquéllos que no tienen voz», los perseguidos, los oprimidos, los amordazados, los caídos. Serge fue cazado literalmente por la memoria de los caídos, de los camaradas muertos tras él, y su ficción fue tanto la absolución de una deuda como un intento de darles una especie de inmortalidad.

Son estos camaradas, los muertos y los vivos, quienes forman el héroe colectivo del ciclo novelístico de Serge. Ellos son los hombres de Men in Prison, el «nosotros» de Birth of Our Power, los defensores de Petrogrado sitiada por la Guerra Civil en Ciudad Ganada; los derrotados aunque provocadores oposicionistas de Medianoche en el siglo. Juntos forman una especie de «internacional invisible», cuyos mensajes de solidaridad cruzan las barreras de las fronteras custodiadas y de las paredes de la prisión, las barreras de sangre, mentiras y calumnias, así como las barreras del tiempo. Estos mensajes representan la experiencia acumulada, la sabiduría y el sacrificio de millones. Son una herencia preciosa para aquellos que elijan recibirla.

Hoy, 40 años después de haber sido escritos por la mano del único sobreviviente, que fue también un testigo incomparable, la botella que los contiene ha aparecido en nuestras playas. Ellos iluminan un pasado que es el origen de nuestro presente y nos dicen que el futuro puede ser todavía un nuevo comienzo. Como dijo Rosa Luxemburgo: «Toda revolución está condenada a fracasar, excepto la última».

(Introducción al libro Midnight in the Century de Víctor Serge).

NOTAS

FFFFFF

1. Cuando Serge publicó su novela en París en 1939, estaba muy consciente de cuán inquieto estaba el mar. Después de algunos meses de su publicación, la embestida nazi forzó a Serge a viajar una vez más -a través de Francia a pie hasta Marsella y de ahí, después de tres temporadas en prisión, a México-. Mientras tanto, el gobierno de Vichy retiró la novela de circulación por ser demasiado critica del aliado de la Alemania nazi, Rusia (bajo el pacto Stalin Hitler). Medianoche en el siglo necesitó 40 años (hasta 1979) para resurgir en Paris (forma parte ahora de la popular y prestigiada serie Livre de Poche) y aquí está ahora en inglés. «Mis libros tienen una tenaz vida propia», escribió Serge en sus Memoirs. Creo que esto se debe a que las «botellas» en las que envió sus mensajes fueron obras de arte manuales concebidas con cuidado, diseñadas para soportar las tormentas del tiempo y la política. El último triunfo de Serge como novelista y como revolucionario es que creó una forma adecuada para su contenido y propósito.

2. Serge envió, de hecho, un reporte así a Trotsky poco después de ser liberado de Orenburg. Está incluido en su carta a Trotsky del 27 de mayo de 1936, y fue depositado en la sección cerrada del archivo de Trotsky en Harvard. Pronto será publicado en inglés como una parte de la correspondencia completa Serge-Trotsky, en preparación para Writers and Readers, bajo la dirección editorial de Peter Sedgwick.

MI VIDA, AUNQUE DE HEROE, TAMBIEN SIRVE DE FONDO

Vicente Leñero: Martirio de Morelos, México, 1981, Ariel y Seix Barral, 139 pp. Jorge Ibargüengoitia: Los pasos de López, México, 1982, Ediciones Océano, 154 pp.

Por lo general, la vida de los héroes nacionales es material oratorio para funcionarios y horas de fastidio para estudiantes de primaria y secundaria. Su ámbito está íntimamente ligado a la organización de «años en memoria de», bautizos de nuevos planteles escolares o celebraciones de sociedades patrióticas; su carácter de justificación histórica y de tutora del presente la ha reducido a las consideraciones cinematográficas de Tony Aguilar. Por esta razón, los intentos de desacralizar el panteón son un esfuerzo de frescura y rebeldía que rebasa el marco cronológico respectivo. Los últimos libros de Vicente Leñero y Jorge Ibargüengoitia coinciden en este proyecto; sin embargo, sus resultados son absolutamente contrarios.

TWO OF US

Martirio de Morelos «intenta reproducir, con escrupuloso rigor documental, los últimos días en la vida del más encomiado caudillo de la Independencia Mexicana, José María Morelos». El libro registra su aprehensión, los distintos juicios de que fue objeto, su arrepentimiento y la ejecución final, en un «trabajo literario» que exigió determinado tratamiento de las fuentes directas para someterse a las características de «un texto de literatura dramática», todo esto detallado en las «advertencias» de la obra. Lo que el lector halla es un subproducto que en sus pretensiones imparcialmente objetivas rehuye el mínimo esfuerzo literario por elaborar personajes, caracteres y situaciones, una amalgama ramplona de datos y documentos que quieren revelar al otro Morelos, el que no soportó las presiones de la conciencia inquisitorial, y sólo atina a volver melodrama la confusión que se quiere argumento. La pieza abre con el encuentro de Morelos y un, lector contemporáneo poseedor de la mejor edición de una enciclopedia imposible en un solo tomo; el remordimiento del héroe contrasta con la información bibliográfica que lo consigna como mártir; el desarrollo ulterior intentará mostrar los verdaderos elementos de su historia guardando para el lector el papel de observador: «Morelos: ¿Pero usted cómo vio el interrogatorio? Traté de ser convincente. Dije la verdad, solamente la verdad… ¿O qué piensa?, dígame./Lector: Es muy poco lo que puedo decir./Morelos: Usted fue testigo. Tendrá una opinión personal./Lector: Yo no tengo opiniones personales, me limito a escuchar lo que escucho.!Morelos: ¿Me vio temeroso? /Lector: El libro dice que estuvo sereno, impávido, valiente, inalterable./Morelos: Pero qué dice usted. Usted que se hallaba aquí. Usted que me vio, que me escuchó hablar./Lector: Yo no sé más de lo que se encuentra escrito en el libro». Con los recursos de Cantinflas Show, Vicente Leñero hila los resultados de su investigación anulando sus posibilidades literarias y críticas en el lloriqueo de la dimensión humana y los dilemas morales de la condenación histórica. Si hay algo interesante en la lectura de Martirio de Morelos es el pretexto para considerar el desarrollo de un escritor cuyos temas han sido piedra de escándalo para los espectadores de clase media: de las palabras prohibidas de Los albañiles, al padrecito calenturiento de Pueblo rechazado, a la música de José de Molina para Compañero (que estrenaba una marcha de las madres latinas: «A parir madres latinas/A parir más guerrilleros. Ellos sembrarán jardines/Donde había basureros») se encuentran algunos de los productos de fábrica cultural para construir la conciencia social del nuevo consumidor ilustrado.

Del lado del humor y el oficio literario, Los pasos de López inventa la historia a su modo: en el pueblo de Cañada los corregidores Diego y Carmelita Aquino, un Periñón Cura de Ajetreo, los capitanes Ontananza y Aldaco, y el narrador Matías Chandón, junto con otros criollos notables del lugar, conspiran para lograr la independencia de Nueva España. El libro va desde el breve recuento dé la juventud de Periñón, cuando era alumno destacado del seminario de Huetámaro y gana una beca para estudiar en Salamanca, hasta su fusilamiento después del fracaso de la insurrección. La coquetería de la corregidora, su relación con Ontananza y la estupidez de su marido son un saludable contrapeso a la memoria de un documental que el 16 de septiembre presentaba a la heroína como espejo de virtudes y amazona criolla. Frente a lo estentóreo de la memoria oficial uno recupera la caricatura del personaje imaginario: «Era otro cerro, el del barrio de San Antonio, un apiñamiento de casas de adobe con cercas de nopal. Había montones de estiércol, humaredas, hombres dormidos, mujeres cargando rastrojo, niños jugando en el lodo, perros ladrando. La corregidora exclamó: -íQué dignidad hay en la pobreza!» Con la misma coartada los demás héroes aprovechan también las características incómodas para la moral histórica, y elaboran así otro registro de los hechos: «Comprendí entonces las ventajas que tiene ir en la avanzada de un ejército que llega a una ciudad amiga. No hay nada igual. Las mujeres me abrazaban, me jalaban, me besaban, querían arrancarme los botones del uniforme, los hombres me ofrecían jarros de pulque», hasta llegar a la culminación de Periñón que en el último gesto reitera su rebeldía al firmar su acto de contrición, con el nombre del personaje que representaba en la comedia ensayada en la junta independentista. A pesar de esto, Los pasos de López es un libro flojo, actúa a contragolpe, tal vez demasiado ligado con los modelos reales de sus protagonistas, aunque no deja de proporcionar frescura al acedo panorama del panteón nacional.

Ciencia y tecnología:

Hacia el cambio de sexenio

Ruy Pérez Tamayo: Autor de En defensa (Limusa, 1979) y de Serendipia (Siglo XXI Editores. 198). Su última colaboración en Nexos: «CONACyT o Kafkacyt», núm. 45. septiembre 1981.

Con el «destape» del candidato del PRI para ocupar la Presidencia de la República Mexicana, los nombramientos de otros candidatos por los demás partidos políticos, las manifestaciones de adhesión, los tremendos embotellamientos de tránsito y el inicio de las respectivas campañas políticas, México ha vuelto a entrar en esa actividad febril que dura aproximadamente un año y que cada sexenio culmina con el cambio de gobierno. Si en lugar de demagogia hueca y palabrería inútil, los candidatos ofrecieran plataformas políticas específicas y programas de gobierno definidos, los ciudadanos tendríamos bases para la discusión de alternativas y para la decisión final de nuestro voto. Pero cuando en lugar de señalar posturas y opciones concretas se nos dice: «Combatiremos incansablemente la corrupción dentro del espíritu más ardientemente revolucionario» o bien «defenderemos intransigentemente la integridad territorial y el dominio de México sobre sus riquezas», la verdad es que no tenemos nada que discutir ni sabemos qué es lo que va a pasar en el gobierno.

Lo que sí sabemos es que muchos de los hombres importantes del sexenio en curso (aunque no todos…) dejarán el poder, otros quizá nada más cambien de Secretaría, unos cuantos serán nombrados embajadores, y hasta es posible que alguno se rehúse a devolver una buena parte de su «fortuna repentina» y vaya a dar a la cárcel. También sabemos que muchos de los programas que actualmente se encuentran en marcha y que fueron iniciados por el presente régimen serán discontinuados por el próximo, otros sufrirán un cambio radical en la atención de que hoy son objeto, mientras que nuevos planes y proyectos se aprobarán y conservarán su vigencia durante todo el nuevo sexenio. Naturalmente, este tipo de cambio en la dirección y en los intereses específicos del gobierno tiene facetas positivas o por lo menos justificables, ya que los que dejan y los que toman el poder son individuos diferentes; pero el cambio también tiene aspectos horrendamente negativos, sobre todo porque no es posible planear casi nada que resista la conmoción del sexenio.

Entre los aspectos positivos de este renacer sexenal está la oportunidad de corregir errores, de enfrentarse con nuevos arrestos y con compromisos diferentes a problemas que suelen tener ya una vida de 6 años, aunque los puede haber con 12 y hasta con 18 años de vida. No cabe duda que el recambio periódico de autoridades representa la única posibilidad de renovación del país; al nivel del organismo humano, todos los elementos que los constituyen se encuentran sometidos a un recambio constante, que sirve no sólo para corregir errores y sustituir a las células ya caducas por otras nuevas, sino también es el mecanismo que nos permite obtener la energía necesaria para seguir viviendo.

En declaraciones recientes, el candidato del PRI a la Presidencia de la República dijo: «…estoy pidiéndole a mis conciudadanos, principalmente a los miembros de mi partido y a sus simpatizantes, me expongan sus problemas, los grandes retos de México…». Aunque yo no soy ni miembro de su partido ni simpatizo con el PRI, he trabajado en el campo de la ciencia en México por cerca de 30 años y lo conozco bien y de muy cerca: por esas razones, y porque estoy seguro de que el candidato del PRI no conoce los problemas de la ciencia en México ni nadie que sea miembro del gobierno actual se los va a decir, y porque además también estoy seguro de que nadie se atrevería a proponerle ciertas soluciones que en mi opinión, contribuirían de manera substancial a resolver algunos de esos problemas, es que he escrito estas líneas. Pero deseo agregar que también las he escrito porque soy un optimista irredento y, como típico mexicano, no puedo dejar de pensar que, en el sus simpatizantes, me expongan sus problemas, los grandes retos de México…». Aunque yo no soy ni miembro de su partido ni simpatizo con el PRI, he trabajado en el campo de la ciencia en México por cerca de 30 años y lo conozco bien y de muy cerca: por esas razones, y porque estoy seguro de que el candidato del PRI no conoce los problemas de la ciencia en México ni nadie que sea miembro del gobierno actual se los va a decir, y porque además también estoy seguro de que nadie se atrevería a proponerle ciertas soluciones que en mi opinión, contribuirían de manera substancial a resolver algunos de esos problemas, es que he escrito estas líneas. Pero deseo agregar que también las he escrito porque soy un optimista irredento y, como típico mexicano, no puedo dejar de pensar que, en el próximo sexenio: «ahora sí se nos va a hacer la buena».

Entre los aspectos positivos de este renacer sexenal está la oportunidad de corregir errores, de enfrentarse con nuevos arrestos y con compromisos diferentes a problemas que suelen tener ya una vida de 6 años, aunque los puede haber con 12 y hasta con 18 años de vida.

La ciencia en México tiene muchos problemas. Naturalmente, también los tiene la ciencia en Inglaterra, en Argentina o en Biafra. Algunos de nuestros problemas son muy semejantes a los que aquejan a las comunidades científicas en otros países; en cambio, otros son característicamente mexicanos, se derivan en forma directa de nuestra estructura administrativo-político-científica y de la época histórica en que nos encontramos. Entre los problemas que la ciencia en México comparte con otros países están la falta de una comunidad científica vigorosa y suficientemente diversificada, la escasa comprensión del público y de las autoridades de lo que la ciencia es y para qué sirve, la muy escasa participación de la iniciativa privada en el apoyo de la investigación científica básica, etc. En otros sitios(1) me he ocupado de algunos de estos problemas y he propuesto soluciones para ellos que han dado o están dando resultados positivos en otros países; en cambio, aquí deseo referirme a ciertos problemas de la ciencia en México que son específicamente nuestros, que los estamos viviendo los científicos mexicanos, así como a ciertas acciones que pueden realizarse y que muy posiblemente contribuyeran a resolver; o por lo menos a aligerar, los problemas mencionados.

El gobierno de México ha delegado en el CONACyT gran parte de la responsabilidad que tiene en el desarrollo de la ciencia. Desde luego que ese no es el único organismo cuya función es promover y apoyar a la ciencia y a la tecnología en el país; la UNAM, la UAM, el IPN, así como otras instituciones de educación superior (muchas con el apoyo de la Subsecretaría de Educación Superior e Investigación Científica de la SEP) y dependencias oficiales como la SAHOP, la SAG etc., participan en forma más o menos amplia en el fomento y el desarrollo de la ciencia y la tecnología en diversos campos. Pero mientras estas otras agencias educativas y gubernamentales promueven y patrocinan la investigación científica y el desarrollo tecnológico como parte de actividades mucho más amplias, la función principal y única de CONACyT es estimular y promover a toda la ciencia y la tecnología de todo el país. Por lo tanto, en lo que sigue voy a referirme principalmente a CONACyT, y sólo de manera secundaria e incidental a las demás dependencias e instituciones mencionadas. Sin embargo, antes de entrar en materia desearía señalar que, aunque así parezca, criticar a CONACyT no es mi deporte favorito (me gusta mucho más el tenis). Mis críticas son hechas de frente y a plena luz del día, identificadas con mi nombre; en ellas intento decir, hasta donde esto es humanamente posible, las menos mentiras por minuto; con ellas quiero contribuir a que se identifiquen problemas reales y se les busquen soluciones posibles; finalmente, no están dirigidas a ninguna persona en particular (tengo muy buenos amigos que trabajan en CONACyT) sino a la estructura oficial que tiene a su cargo manejar una de mis posesiones más preciosa y querida: mi profesión.

LOS CINCO PRIMEROS

Quizá lo mejor sea iniciar la discusión de los problemas de la ciencia en México y las soluciones que propongo con un resumen: voy a referirme a diez problemas, de los que los primeros cinco son programas positivos y valiosos que ha desarrollado CONACyT, algunos desde su fundación en 1970 y otros en el presente sexenio, pero que necesitan refuerzo y/o reorientación; en cambio, los otros cinco problemas son aspectos negativos derivados tanto de la estructura formal del CONACyT como de su posición dentro del gobierno de México, así como de sus actuales mecanismos de operación. Los problemas que he seleccionado para discutir aparecen con un orden arbitrario, o sea aquél en el que se me ocurrieron; no pretendo enumerarlos con jerarquía prioritaria porque me parece que todos son igualmente urgentes y prioritarios, aunque pronto se verá que algunos son más fáciles y más rápidos de resolver que otros, por lo que quizá convendría atacar desde ahora a los más difíciles y lentos de solución, ya que costarán más tiempo y trabajo.

Al final incluyo una Tabla que resume mucho de lo que estaré señalando con más detalle, de manera que si el lector desea ahorrarse el sermón puede de una vez consultar la Tabla mencionada y a otra cosa.

1. PARTICIPACIÓN DE LA COMUNIDAD CIENTÍFICA EN CONACYT

Hace aproximadamente un mes, (octubre de 1981) CONACyT se dirigió a la Academia de Investigación Científica para pedirle que le dijera cómo puede ese organismo oficial ayudar al desarrollo de la ciencia en México. Naturalmente, yo soy el primero en aplaudir esa iniciativa de CONACyT, pero si la menciono es porque apenas ocurrió hace un mes, o sea, ídiez años después de fundado CONACyT y faltando solamente 1 año para que se termine este sexenio! Este episodio ilustra con gran claridad el problema al que me refiero: los científicos mexicanos no participamos en la medida que debiéramos en CONACyT. Aclaro que sí existen científicos trabajando directamente en CONACyT, que otros más forman parte de comisiones y consejos, y todavía otros más participan en ciertas actividades técnicas, como revisión de proyectos de investigación, etc. El problema es que la participación de los científicos en CONACyT no es suficiente.

Mi punto de vista a este respecto es bien claro: si CONACyT se encarga de manejar los asuntos relacionados con la ciencia y la tecnología de México, es indispensable que esté tan identificado con la comunidad científica mexicana que sea imposible distinguir entre ambos; en otras palabras mientras los científicos sintamos que los miembros de CONACyT son ellos, y no nosotros, nuestra participación no será suficiente. No estoy diciendo que los científicos deben ser los encargados de dirigir CONACyT (aunque tampoco lo excluyo) sino que ese organismo debe ser manejado de tal manera que los científicos podamos sentirlo como nuestro, como nuestra casa. Naturalmente, esto es cierto de todas las oficinas de gobierno, aunque la deformación profesional me hace sentir mayor afinidad con CONACyT y con la SSA que, digamos, con la Secretaría de la Defensa Nacional.

¿Cómo resolver este problema? Creo que la solución es muy sencilla y que las actuales autoridades de CONACyT ya han dado uno de los primeros pasos en ese sentido, al invitar a la Academia de la Investigación Científica a expresar sus puntos de vista; los siguientes pasos podrían tener la misma orientación, o sea invitar a otras agrupaciones de científicos a hacer lo mismo, pedirles críticas sobre sus actuales programas, reunirse con ellos para discutirlas, elaborar posibles soluciones en conjunto, etc. Pero todo esto no sirve para absolutamente nada o mejor dicho, sólo sirve para empeorar el problema, aumentando el escepticismo y la desconfianza de los científicos, si resulta ser «atole con el dedo», o sea, si después de tanto trabajo no se nos hace el menor caso. Esto no es una posibilidad teórica; esto hablando de un episodio histórico, cuyos detalles ya he tenido oportunidad de comentar en estas mismas páginas.(2)

Si CONACYT se encarga de manejar los asuntos relacionados con la ciencia y la tecnología de México, es indispensable que esté tan identificado con la comunidad científica mexicana que sea imposible distinguir entre ambos; en otras palabras, mientras los científicos sintamos que los miembros de CONACYT son ellos, y no nosotros, nuestra participación no será suficiente.

2. AUSENCIA DE UNA POLÍTICA CIENTÍFICA

Desde que se fundó CONACyT, los científicos mexicanos hemos experimentado con gran placer y satisfacción el reconocimiento oficial del valor de nuestras actividades profesionales, al recibir apoyo, económico para realizarlas. Casi cada año (exceptuando el tenebroso 1977) hemos solicitado subsidios económicos y ayudas de otros tipos para distintos proyectos de investigación y cuando hemos llenado requisitos científicos razonables (y otros burocráticos absurdos e irracionales.(3)) CONACyT nos ha concedido el apoyo. Aplaudo públicamente estos programas de CONACyT, y muy especialmente el Programa Nacional de Salud y el Programa Nacional de Ciencias Básicas, que se han transformado en verdaderos patrocinadores de la ciencia mexicana del más elevado nivel. El problema es que cada año hay más proyectos de investigación científica válidos y dignos de ser apoyados, con lo que cada año disminuye la posibilidad de apoyarlos a todos, a menos que se hagan recortes considerables en los presupuestos de cada uno. Pero el problema no es la falta de dinero: los científicos mexicanos somos tan pocos que si se duplicara el renglón del presupuesto de CONACyT dedicado a subsidiar nuestro trabajo ni CONACyT, ni mucho menos el país, se darían cuenta. Pero tal acción no resolvería el problema, sino que solamente pospondría su solución; el problema es que no existe una política definida en relación con el desarrollo y el nivel óptimo del subsidio oficial a la investigación científica.

Desde luego, México no está sólo en este campo, otros países se enfrentan al mismo problema o a otros muy semejantes. La dificultad central es que la decisión implica un proyecto bien definido y a largo plazo sobre el desarrollo y la estructura política, social y económica que se desea para el país: una «república bananera», organizada dentro de un sistema feudal más o menos disfrazado, dedicada al consumismo, y con grandes diferencias económicas y de oportunidades para sus ciudadanos, no tiene nada que hacer con la promoción y el apoyo a la ciencia propia. En cambio, un país independiente (chico o grande, pero sobre todo chico) que aspira a la justicia social a través del trabajo y la riqueza distribuidos racionalmente y con base en la equidad de derechos y obligaciones de todos sus ciudadanos, debe estar primariamente interesado en cultivar y proteger el desarrollo de su propia ciencia. No hay duda de que en la sociedad contemporánea la ciencia es la llave y el motor de la modernización. Lo que no todos aceptan (todavía) es que la ciencia también es el camino más corto hacia la liberación espiritual y hacia una sociedad más justa y más humana.

La solución al problema señalado se sale de los ámbitos de la ciencia y de la autoridad de CONACyT. Pero aún en estas circunstancias es posible hacer algo útil, siempre y cuándo uno tenga la posición política necesaria y esté dispuesto a jugarse la cabeza (en sentido político, claro está). Me refiero a que CONACyT debe tratar de obtener, al nivel más alto si así se requiere los elementos necesarios para formular una política científica viable y válida para los próximos veinte (o quizá diez) años de la vida en México. Una vez formulada esta política, sancionada por los más altos poderes y subvencionada por el presupuesto adecuado, CONACyT debe dedicarse en cuerpo y alma a implementarla. Sus resultados positivos se conocerán dentro de muchos años, cuando su promotor principal seguramente ya habrá fallecido, con lo que le será imposible asistir a todas las ceremonias y oír todos los discursos donde su nombre será ensalzado; tampoco podrá estar presente cuando alguna calle de la ciudad de México cambie su actual denominación por su nombre, y desde luego no podrá disfrutar el placer de caminar en ella.

3. DESCENTRALIZAR LA CIENCIA

Nuestro país sufre una hidrocefalia idiotizante. La Ciudad de México tiene casi 14 millones de habitantes, de los que apenas tres o cuatro vivimos una vida razonablemente cómoda y aceptable (cuando no tenemos que circular por el Periférico). El resto de los habitantes de este engendro es una masa inmensa, doliente, hambrienta y sin los más elementales servicios, que crece a una velocidad desaforadamente patológica y que amenaza con destruir para todos lo que no puede alcanzar para ella: tranquilidad, calma, seguridad, limpieza, bienestar, trabajo, agua potable y comida. Muchos fenómenos sociológicos e históricos explican (íno justifican!) esta agobiante centralización del país; una jerarquía de los valores «vitales» responsables de la centralización en México debería empezar con «hambre» y quizá terminar con «cultura», aunque no estoy muy seguro de que sean totalmente distintos.

En relación con la ciencia, CONACyT ha desarrollado un programa admirable, muchas veces combinando fuerzas con instituciones nacionales y/o estatales, de descentralización. Se han establecido grupos de investigadores científicos en diversas ciudades de provincia (Ensenada, La Paz, Chihuahua, Saltillo, Guanajuato, Mérida, etc.), muchos de ellos con buenos auspicios iniciales, otros con la negra señal del fracaso escrita en su nombre. Nadie duda que ésta es una acción positiva de CONACyT, digna de todo nuestro aplauso y apoyo. El fenómeno social que representa, o sea la reafirmación de la provincia como la base, razón y sustento del país, es la esencia misma de nuestra verdadera naturaleza. El problema principal es que se ha desarrollado a la mexicana: los subsidios concedidos son insuficientes, su llegada se atrasa por meses, los directores de los centros de investigación científica en provincia deben hacer viajes constantes a la capital para resolver grandes o pequeños (a veces pequeñísimos) problemas, ya que todo debe resolverse en México, al grado de que el grupo científico descentralizado se da pronto cuenta de que el motivo principal de su misma existencia, la descentralización, es un mito. Como se opone al inviolable principio de la concentración del poder, sólo será permitida al nivel de gesticulación; se acepta que algunos científicos se vayan a provincia, adquieran una máquina de escribir, algunos libros y una que otra centrífuga, y se le da a cada episodio la publicidad y difusión correspondiente, pero nada de cortarse el cordón umbilical, nada de sentirse independientes, nada de adquirir la autoridad indispensable para poder crecer y desarrollarse como organismos auténticamente descentralizados.

Todo lo dicho anteriormente es desafiante, lo sé. Pretender que la descentralización de la ciencia incluya la descentralización de la administración de la ciencia, que los directores y los investigadores que se fueron a provincia adquieran la autonomía administrativa que les corresponde como hombres adultos, inteligentes y capaces de gobernarse a sí mismos, es socavar los sólidos cimientos en que está construido el sistema político mexicano, piramidal y monolítico, donde la Máxima Autoridad emana de la cima y es indiscutible, incriticable e inapelable. La estructura de CONACyT, un microcosmos dentro del país, no podía menos que ser una minirréplica del macrocosmos que es México.

Pero alguien, en alguna parte y en algún momento, tiene que empezar a romper esta hegemonía totalitaria, tanto de autoridad como de geografía, El desarrollo de la ciencia en México al nivel nacional podría representar el primer golpe de zapapico, genuinamente disfrazado de experimento. Por ejemplo, ¿qué pasaría si CONACyT estimulara a los directores de todos los grupos de investigadores científicos descentralizados a formular y aprobar sus propios presupuestos, sin necesidad de viajes a la capital, consultas, recortes y más recortes, ajustes y, finalmente, cifras completamente desconectadas de la realidad de la ciencia descentralizada? Se antoja un proyecto experimental atrevido, dado la superestructura dentro de la que ocurriría. Pero no sería imposible calcular matemáticamente la probabilidad de que el resultado fuera positivo; de hecho, creo que en función de la gran incógnita que representa el cambio de sexenio, sería un experimento interesante. Como yo he estado haciendo experimentos toda mi vida, si estuviera en la situación apropiada, seguramente que lo llevaría a cabo.

¿Cuál es la queja común a la mayoría de los grupos de científicos descentralizados en el México de hoy? Que no pueden atraer a sus flamantes instituciones a un número crítico de científicos maduros, productivos y establecidos en la ciudad de México.(4) Esto no es de extrañar, en vista de que los investigadores profesionales son sujetos poco susceptibles al oropel de la demagogia y al carnaval de la propaganda. Todos ellos perciben, a través de la tenue cortina de humo oficial, que la descentralización de la ciencia todavía se encuentra en el campo de la demagogia. La solución a este problema se inicia con el reconocimiento de que es real, de que va a ser muy difícil convencer a individuos adultos e inteligentes con argumentos sospechosos para niños no especialmente estúpidos de seis años; la solución que yo propongo es, simplemente, descentralizar la ciencia en México de a verdad. Esto significa que las autoridades relevantes acepten, apoyen y promuevan el concepto de que los mexicanos somos una federación de seres humanos adultos, responsables y capaces de vivir y decidir nuestras vidas en armonía con nuestros semejantes, sin necesidad de que alguien nos diga cómo y nos autorice a hacerlo. Nada más, pero también nada menos.

Los científicos mexicanos somos tan pocos que si se duplicara el renglón del presupuesto de CONACYT dedicado a subsidiar nuestro trabajo, ni CONACYT, ni mucho menos el país, se darían cuenta.

4. HACIA LA INVESTIGACIÓN INTERINSTITUCIONAL

El nacimiento, crecimiento y desarrollo de las comunidades científicas en diferentes países muestra numerosas e interesantes variantes; sin embargo, es posible identificar en la mayoría de ellas una serie de elementos comunes que podrían conocerse como la historia natural de las comunidades científicas. Casi siempre se inician con un solo individuo, un investigador solitario que se hace alguna pregunta fundamental y durante algún tiempo trabaja en condiciones primitivas pero con entusiasmo en busca de respuestas. El siguiente paso es la aparición de sus alumnos, atraídos a veces por el carisma del individuo, a veces por interés genuino en el problema frecuentemente por una mezcla de ambos elementos. Un nuevo periodo se inicia cuando algunos de estos alumnos, después de pasar varios años al lado del investigador, ingresan a formar parte de otras instituciones académicas y desarrollan sus propios laboratorios, que heredan el campo general de la primera pregunta, enriqueciéndolo con planteamientos originales, gracias no sólo a conceptos diferentes sino también (con gran frecuencia) a metodologías distintas. El siguiente paso es el reconocimiento de la existencia de varios grupos independientes de investigación que trabajan en el mismo campo, seguido por la formación de un centro interinstitucional que les permite a todos los investigadores beneficiarse con la crítica, la colaboración y la complementación de sus esfuerzos individuales.

Aquí deseo hacer una aclaración que me parece pertinente: la creación científica, o sea, la generación de nuevas ideas, es una actividad intensamente personal, producto de mecanismos mentales mal conocidos pero que tiene mucho más contacto con la intuición, los sueños, la imaginación y otras formas aún menos definidas de nuestra cerebración, que con los dictámenes surgidos de tormentosas sesiones de consejos o comités. Hasta donde se ha podido analizar, la función de los centros interinstitucionales no es multiplicar el número de buenas ideas, sino simplemente permitir su análisis crítico y experimental más rápido y experto. Esta no es una función despreciable y, en mi opinión, debe ser patrocinada con amor y generosidad, ya que dentro del panorama del desarrollo se trata de un fenómeno de la ciencia extremadamente raro, sobre todo en el México de hoy. En el campo de las ciencias biomédicas, apenas si existen unas cuantas áreas (neuroquímica, farmacología, patología del tejido conjuntivo) que se encuentran en el momento histórico de surgir, si el apoyo oficial lo permite, como «escuelas» mexicanas definidas en el campo de la ciencia internacional. Algo semejante ocurrió hace unos 40 años en la Argentina: la «escuela» de fisiología endócrina de Houssay es la mejor conocida, pero también se desarrollaron otras escuelas de gran importancia científica, como la hipertensión de Braun-Menéndez, la de metabolismo de carbohidratos de Leloir, etc.

¿Cuál es la importancia del desarrollo de una «escuela» científica de repercusión internacional? Aparte de las satisfacciones personales que acarrea para el investigador el reconocimiento de sus trabajos por el «colegio invisible» correspondiente, la «escuela» es un índice de potencialidad, una garantía de excelencia y una promesa inmediata de desarrollo en un campo específico del conocimiento humano.

Es problema relacionado con el desarrollo de grupos interinstitucionales de investigación en México es que los investigadores involucrados en los pocos campos de la ciencia que hemos alcanzado este nivel de desarrollo parecemos haber sorprendido al país en un estado de impreparación lamentable. A pesar de la demagogia inevitable, que desde hace años declara que uno de los programas prioritarios de CONACyT es promover el desarrollo de grupos interinstitucionales de investigación, cuando los verdaderos programas interinstitucionales han surgido de la comunidad científica mexicana como el paso siguiente en el desarrollo de algunas especialidades bien definidas, la primera reacción ha sido de timidez presupuestal. Se nos ha pedido que reconsideremos los presupuestos solicitados, en vista de que resultan demasiado elevados para los fondos existentes. Sin embargo, yo más bien creo que en este renglón al CONACyT le ha faltado pensar en grande o por lo menos en el tamaño adecuado de la inversión necesaria para promover programas y centros interinstitucionales. Por lo tanto, la solución a este problema es bien sencilla: obtener los fondos necesarios para apoyar el siguiente paso en el desarrollo de los centros multidisciplinarios que en este mismo momento ya pueden echarse a andar en México.

5. MAYOR COORDINACIÓN

Arriba he mencionado que CONACyT no es la única agencia gubernamental que promueve el desarrollo de la ciencia y la tecnología en nuestro país, sino que existen otras instituciones que también lo hacen, aunque con extensión más restringida. Desconozco hasta dónde existe coordinación entre todas estas agencias, aunque entiendo que debe haber alguna, sobre todo en lo que compete a los centros de investigación localizados en provincia, donde CONACyT ha sumado esfuerzos con la UNAM, los gobiernos de los estados y otras agencias. Esto está muy bien, pero sería todavía mejor que la coordinación se ampliara al máximo posible, entre otras cosas para no duplicar esfuerzos inútilmente o para duplicarlos inteligentemente cuando sea necesario. También sería deseable la existencia de una oficina o centro coordinador, donde se concentrara toda la información existente sobre quién, donde, cómo y cuándo en toda la ciencia y la tecnología que se está desarrollando en México.

LOS OTROS CINCO

Los cinco puntos anteriores se refieren a acciones y programas que ya existen en el campo de la ciencia y la tecnología, pero que en mi opinión deberían ser ampliados o reorientados para alcanzar los máximos beneficios que queden derivarse de ellos. Los cinco puntos siguientes son todos aspectos negativos, problemas graves que interfieren con el desarrollo científico y tecnológico de México y para los que existen soluciones, algunas fáciles de aplicar y otras no tanto.

6. LAS BECAS-PRÉSTAMO

En un momento aciago en el desarrollo del Programa de Formación de Recursos Humanos, se genero la idea de transformar las becas en préstamos (por fortuna, sin intereses bancarios) que los becarios estarían obligados a devolver al terminar su preparación, siempre y cuando no regresaran a trabajar a México en instituciones oficiales o académicas. Incluso llegó a argumentarse que CONACyT no tenía por qué pagar la preparación de personal técnico para las compañías transnacionales. A pesar de la demagogia con que se pretende ocultarla, la miopía de esta disposición es evidente: su resultado es que muchos candidatos potenciales a becarios, y por lo tanto, científicos y tecnólogos potencialmente útiles para México, prefieren no solicitar las becas-préstamos de CONACyT porque todavía no saben dónde van a encontrar trabajo ni si entonces estarán en condiciones económicas que les permitan devolver el monto de la beca. CONACyT no ha desarrollado ningún proyecto o tomado alguna medida para recibir y aprovechar a uno solo de los miles de becarios que ha enviado al extranjero. Los únicos que se atreven a solicitar la beca-préstamo son los estudiantes graduados que ya poseen una posición académica u oficial y que cuentan con la garantía de reintegrarse a ella. Pero ni siquiera entre este grupo las becas-préstamo tiene gran popularidad. Yo he conversado con varios jóvenes inteligentes y capaces, interesados en dedicarse a la investigación científica y deseosos de continuar sus estudios, que consideran a la beca-préstamo como una condición inaceptable, a pesar de que con certeza regresarían a trabajar en universidades mexicanas.

Pero las becas-préstamo tiene otro aspecto negativo: son totalmente insuficientes para liberar al estudiante graduado de toda preocupación económica y favorecer de esta manera su dedicación exclusiva al estudio y a su preparación. Los pocos que pueden hacerlo son hijos de familia que cuentan con la ayuda paterna o de otras fuentes. Pero el estudiante graduado es generalmente un individuo mayor de 25 años, que con frecuencia está iniciando también su familia y que no pocas veces debe pasar varios años en el extranjero. Ignoro los argumentos que esgrimen las autoridades responsables de fijar el monto de las becas-préstamo, pero estoy absolutamente seguro de que ninguno de ellos aceptaría trabajar en lo que hace a tiempo exclusivo por esa misma cantidad de dinero. De lo que se trata es de evitar que el estudiante tenga que distraer parte de su tiempo y energías en ganarse la vida, con el detrimento correspondiente de su preparación. Pues bien, en un número muy elevado de casos, ese objetivo no se alcanza porque el becario está obligado a aceptar algún trabajo nocturno o a otras horas, conectado o no con su interés profesional, para completar su presupuesto. Naturalmente, en muchos sitios de México y en el extranjero esto no está permitido en los programas de maestría y doctorado, que exigen dedicación de tiempo exclusivo. Pero cuando la necesidad económica es urgente, el estudiante lo hace a escondidas de sus tutores o éstos se hacen de la vista gorda.

La solución a estos dos problemas relacionados con las becas-préstamo es muy sencilla: abolir el concepto del préstamo y elevar el monto de las becas a un nivel que realmente sirva para alcanzar su objetivo. Ambas cosas pueden hacerse de un plumazo, con lo que uno de los aspectos más tristemente negativos del programa desaparecería repentinamente. Claro que eso sería aceptar que hasta ahora las cosas se han hecho mal, pretendiendo economizar en lo que es estrictamente intocable, que son los recursos humanos. Pero para los científicos, encontrar dónde estamos equivocados es siempre motivo de gran satisfacción y alegría, porque nos permite corregir el error y seguir adelante.

7. LA ENSEÑANZA DE LA CIENCIA Y LA TECNOLOGÍA

La participación de CONACyT en este aspecto fundamental del desarrollo de la ciencia y la tecnología en el país es casi igual a cero. La SEP tiene años de haber introducido a la ciencia en los libros de texto gratuitos para alumnos de educación primaria y secundaria; otros organismos (como la Comisión Coordinadora de la Enseñanza de la Biología) han preparado textos y material de enseñanza también de nivel secundario o preparatorio; las universidades desempeñan su función docente, que incluye la educación científica y tecnológica; sólo CONACyT no hace nada por difundir la importancia de la ciencia para nuestro país.

Bueno, casi nada. Porque CONACyT patrocina un programa de televisión, publica cuatro revistas (tres en castellano y una en inglés) y ha establecido una editorial para publicar libros sobre ciencia y tecnología, así como una red de librerías para distribuirlos en diversas partes del país. Para un organismo oficial encargado de asesorar al ejecutivo federal en «la planeación, programación, coordinación, orientación, sistematización, promoción y encauzamiento de las actividades relacionadas con la ciencia y la tecnología», esta participación en la enseñanza de la ciencia y la tecnología al público general se antoja raquítica. Con la riqueza actual de los medios de comunicación masiva y lo avanzado de la tecnología de mercadotecnia, cualquier marca de jabón o cerveza que se lo ha propuesto ha logrado transformarse en parte integral de nuestro lenguaje y en artículo indispensable de consumo. Para un convencido como yo de las virtudes de la ciencia y la tecnología en el desarrollo de la sociedad, su significado y su contribución deberían ser ya ampliamente conocidos por el público, sus métodos y su estructura filosófica deberían ser motivos de plática familiar o entre amigos, sus alcances y problemas en México deberían estar accesibles con facilidad para cualquier interesado. No creo exagerar. ¿O es mejor que se hable de marcas de automóviles, o de las tiendas en un centro comercial del sur de la ciudad, o de los precios de aparatos de televisión?

La solución de este problema es tomar el toro por los cuernos y desarrollar una campaña de educación sobre lo que es la ciencia y la tecnología al nivel popular, diseñada por expertos en comunicación y con los últimos avances en mercadotecnia. Sólo así estará CONACyT cumpliendo con esta parte de sus funciones en forma real, y no como lo ha estado haciendo hasta ahora, con pura gesticulación.

Los subsidios concedidos son insuficientes, su llegada se atrasa por meses, los directores de los centros de investigación científica en provincia deben hacer viajes constantes a la capital para resolver grandes o pequeños (a veces pequeñísimos) problemas, ya que todo debe resolverse en México.

8. NOMBRAMIENTOS TÉCNICOS, NO POLÍTICOS

La ciencia es un asunto muy serio. Los profesionales que la ejercemos tenemos un solo principio en común: el único valor que se acepta es la verdad, o sea el grado de aproximación a este valor absoluto que se alcanza con los datos generados por la investigación realizada. Este código ético profesional es inflexible, cualquier desviación patrocinada por otros valores (eficiencia, viabilidad política, conveniencia temporal, etc.), es rígidamente rechazada. Lo que los científicos queremos saber es hasta dónde se aproximan nuestros datos, obtenidos experimental y artificialmente, a la realidad externa. Pero en este mundo estrecho y clásico de pronto irrumpen, vociferantes y actuales, otros valores hasta ahora no considerados: relevancia política, identidad de partido, gratitud de poderoso, nepotismo y hasta compadrazgo. El tumulto podría oscurecer el dilema: su aclaración definitiva se hace obligatoria. El nombramiento de las autoridades supremas de la ciencia en México debe recaer en individuos técnicamente capaces, no políticamente convenientes. La comunidad científica mexicana espera que su organismo clave, CONACyT, esté dirigido por uno o más miembros de su propia clase. Esta comunidad es pequeña y no se hace ilusiones respecto a su peso político. Está constituida por un corto número de ciudadanos cuyo trabajo incide en áreas poco cuantificables del desarrollo, sobre todo en términos de su contribución a la economía nacional. Pero este grupo de mexicanos también está consciente de que su esfera de influencia, centrada en la vida cultural del país, sólo podrá ser servida en forma decorosa si sus aspiraciones no son ignoradas, si en lugar de mostrarle desprecio o indiferencia nombrando a un político para encabezar la organización oficial que más le conviene, en el momento oportuno se selecciona a uno de sus propios miembros, que cuente con la confianza y el respeto de la comunidad científica.

9. EL PANTANO BUROCRÁTICO

En ocasión reciente(5) me refería en estas mismas páginas al desarrollo monstruoso de la burocracia en CONACyT, que lo afecta en todos los niveles, pero especialmente en sus contactos con la comunidad científica. Para los que estamos acostumbrados a tratar de comportarnos en forma lógica, o por lo menos expedita, el encuentro con la burocracia en CONACyT es particularmente frustrante. Pero no deseo reiterar lo que escribí recientemente; aquí me limito a recordarlo como uno de los problemas principales de la estructura actual de CONACyT. Como la solución que voy a proponer para combatir este problema también contribuiría en gran parte a resolver el siguiente, la pospongo hasta haber señalado su naturaleza. 

10. EL SÍNDROME DE BECKETT

Con este nombre me he referido también en estas páginas(6) a la tendencia de CONACyT a transformarse en un fin de sí mismo, abandonando (o prestando cada vez menos atención) a sus verdaderos objetivos, que son el desarrollo de la ciencia y la tecnología en México. Esto ha sido consecuencia, y también causa, del crecimiento desaforado del personal y del presupuesto de CONACyT desde su fundación en 1970, de tal modo que ahora ya tiene el tamaño y el peso de una verdadera Secretaría de Estado.

Para resolver estos dos problemas, o sean la burocracia y el crecimiento desmesurado, que lo están desviando cada vez más del cumplimiento prioritario de sus funciones, propongo que el actual CONACyT desaparezca por decreto. Una decisión así no es imposible de tomar, ni siquiera es poco probable que se tome. Recordemos que el propio CONACyT surgió de un decreto que abolía al Instituto Nacional de la Investigación Científica y que en años recientes otras dependencias gubernamentales se han reorganizado para permitirles cumplir mejor con sus objetivos. (En el campo de la salud están ocurriendo una serie de cambios en las instituciones que preconizan su reestructuración completa dentro de un sistema unificado de salud, en fecha muy próxima).

Las razones que apoyan la desaparición del CONACyT son varias: a) en primer lugar, está mal hecho desde el principio, en vista de que se encarga de la promoción y el desarrollo de dos áreas de la actividad humana con muy escasa relación entre sí, que son la ciencia y la tecnología. Ambas son indispensables en el desarrollo del país, pero mientras la ciencia tiene mucho más que ver con la cultura y con el crecimiento espiritual de los mexicanos, la tecnología se dedica a la producción de bienes de consumo y/o de servicio. Su actual matrimonio obedece al concepto utilitario de la ciencia, que desde hace un siglo domina el pensamiento de la clase en el poder en los países occidentales desarrollados, donde prevalece la idea de que el bienestar general se alcanza a través del consumismo, la posesión de bienes materiales y el crecimiento económico. Esta postura tiende a rebajar la naturaleza de la ciencia, prostituyendo su verdadero e histórico papel de único vehículo del conocimiento humano, por el de mera fuente de trucos para hacer más rápida y eficiente la transformación de la Naturaleza en bienes de consumo y/o servicio.

b) En segundo lugar, CONACyT nació como un organismo político, no como una agencia técnica. El Consejo del CONACyT está formado por cinco ministros de Estado (Educación Pública, Industria y Comercio, Hacienda y Crédito Publico, Agricultura y Ganadería, Salubridad y Asistencia), dos rectores (UNAM, IPN) y un director general. La única concesión hecha a los ángulos culturales de la ciencia es que el presidente del consejo es el ministro de Educación; sorprende la ausencia de la Secretaría de Defensa, que en otros países tiene profundos intereses en la tecnología y hasta en la ciencia, así como la presencia de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, cuya conexión con los objetivos del CONACyT se me escapa. Lo que un Consejo así constituido pueda contribuir a las decisiones generales del CONACyT es exclusivamente político: las decisiones técnicas en ciencia y/o tecnología no tienen nada que ver con los intereses y los conocimientos de los titulares mencionados. No incluyo en este juicio a los rectores, quienes por su investidura están primariamente interesados en la vida académica, o sea en la promoción de la ciencia, más que en el desarrollo de la tecnología. Pero, una vez más, su posición es necesariamente política, no técnica: los rectores están ahí porque son autoridades político-académicas, no investigadores científicos. c) CONACyT tiene a su cargo el desarrollo y la promoción de toda la ciencia y toda la tecnología de México. Este es un paquete demasiado grande, no es humanamente posible hacerlo bien cuando se abarca tanto. Además, considerando que dentro de las áreas incluidas en el interés oficial de CONACyT se encuentran algunos de los campos más esotéricos y complejos del saber humano, la probabilidad de no entender lo que está pasando o lo que se quiere alcanzar es casi una certeza. Los problemas no terminan ahí: la tecnología no es precisamente un juego de niños, sino todo lo contrario. Las exigencias del conocimiento preciso no se relajan porque el campo examinado en lugar de ser teórico, sea práctico. d) Las objeciones anteriores se desvanecerían como el rocío nocturno ante el sol de la mañana si los mecanismos introducidos desde hace diez años para neutralizarlas hubieran resultado efectivos. Pero todas las reuniones, congresos, consejos, comisiones, estudios especiales, etc., que se han realizado en el seno de CONACyT en los últimos (y primeros) diez años de su existencia, sólo han servido para reafirmar que el organismo está congénitamente mal hecho, que es defectuoso e incapaz de un desarrollo productivo.

La solución a este problema es aceptar que las autoridades oficiales mexicanas también son susceptibles de hacer algo mal o por lo menos no muy bien hecho, y volver a hacerlo, aprendiendo de los errores cometidos y evitándolos en el nuevo intento. Mi proposición es que el CONACyT actual desaparezca completo (empleados, programas, edificios, convenios, proyectos, etc.) y en su lugar se establezca un grupo de dependencias oficiales que lo sustituyan y lo mejoren, gracias a que posean las siguientes característica: a) ser pequeñas, ágiles e independientes entre sí; en otras palabras, que no dependan de una supraestructura creada simultáneamente, con todos los defectos de la que acabo de describir; b) estar dedicadas a la promoción, el, apoyo y el desarrollo de áreas específicas de la ciencia o de la tecnología, pero nunca a ambos, c) poseer una estructura laxa y variable, de modo que puedan acomodar todas las distintas modalidades que las respectivas comunidades científicas puedan adoptar; d) estar constituidas por miembros reconocidos y respetados de la comunidad científica en la que inciden, para que los investigadores relevantes no tengan reticencias al acercarse y establecer relaciones con las autoridades; e) tener programas de desarrollo abiertos a cualquier diseño o estructura que surja de la comunidad científica que, en última instancia, va a llevarlos a cabo; f) contar con mecanismos fácilmente accesibles para modificar cualquiera de los puntos anteriores, que además de exhibir la más generosa latitud en sus posibles variaciones, debe subrayar la prevalencia de la más amplia receptividad para cualquier esquema que se aparte de las reglas antes mencionadas.

Las becas-préstamo son totalmente insuficientes para liberar al estudiante graduado de toda preocupación económica y favorecer de esta manera su dedicación exclusiva al estudio y a su preparación. Los pocos que pueden hacerlo son hijos de familia que cuentan con la ayuda paterna o de otras fuentes.

La renovación que representa el cambio de autoridades al final del sexenio político en México es una oportunidad para corregir errores y resolver problemas. Ojalá que las personas que van a regir el destino de nuestro país por 6 años a partir de fines de 1982, así lo reconozcan y actúen con serenidad y firmeza. En el campo de la ciencia hay mucho por hacer, tanto por las autoridades como por los investigadores. Hagámoslo juntos, pero tratemos de hacerlo bien y de común acuerdo.

NOTAS

1) Pérez Tamayo, R.: «Ciencia, paciencia y conciencia en México», en Cañedo, L, y Estrada, L. (eds): La Ciencia en México. Fondo de Cultura Económica, México, 1976, pp. 26-42; En defensa de la ciencia. Limusa, México 1979 y Serendipia. Siglo XXI Editores, México, 1980.

2) «Ciencia y desarrollo en México» Nexos núm. 14: 29-33. 1979.

3) Véase Ruy Pérez Tamayo: «¿CONACyT o Kafkacyt?», Nexos, núm. 45: 23-31, 1981.

4) Córdoba, F.: «La ciencia en la provincia mexicana», Nexos, núm. 20: 617, 1979.

5) «¿CONACyT o Kafkacyt?», Nexos, núm. 45. 

6) Ibid.

TABLA 1

10 PROBLEMAS DE LA CIENCIA EN MEXICO Y 9 SOLUCIONES PARA  ELLOS.

PROBLEMAS

1) Participación insuficiente de los miembros de la comunidad científica en el CONACyT.

2) Presupuestos insuficientes para apoyar en forma completa a la investigación que ya existe actualmente.

3) Timidez en el desarrollo del programa de descentralización de la ciencia en México.

4) Incapacidad para fomentar el desarrollo de grupos interinstitucionales de investigación.

5) Falta de coordinación efectiva entre las distintas agencias oficiales dedicadas al apoyo de la investigación científica.

6) Incoveniencia de la beca-préstamo; monto insuficiente de las becas, que impide la dedicación exclusiva del estudiante al trabajo académico.

7) Ausencia casi completa de participación de CONACyT en la educación del público sobre la ciencia y la tecnología.

8) CONACyT es un organismo político y los nombramientos de sus directivos se han hecho atendiendo a intereses políticos que técnicos.

9) Desarrollo desaforado de la burocracia, que ha llegado a un nivel intimidante.

10) Mayor interés en promover al propio CONACyT como institución, que a la ciencia y a la tecnología del país.

SOLUCIONES

1) Mayor participación de la comunidad científica en el diseño y evaluación de los programas de CONACyT.

2) Aumento suficiente del presupuesto, en base a la capacidad existente de investigación en el país.

3) Llevar a cabo la descentralización en forma decidida y completa.

4) Promover vigorosa y eficientemente la formación de los grupos que ya han alcanzado en nivel suficiente de desarrollo.

5) Establecimiento de la máxima coordinación y de una oficina abierta al público donde se tenga toda la información existente al respecto.

6) Abolición de las becas-préstamo, que deben ser simplemente becas; aumento del monto de las becas de modo que permitan dedicación exclusiva al estudio y a la investigación.

7) Establecimiento de una campaña vigorosa par difundir la naturaleza, los métodos y los beneficios de la ciencia y la tecnología.

8) Con la desaparición de CONACyT se resuelve este problema; sin embargo, se recomienda que los directivos de las pequeñas agencias que lo sustituyan se escojan entren los miembros de la comunidad científica y no entre los políticos.

9) Desaparición de CONACyT y creación de un grupo pequeño de agencias independientes encargadas de la promoción y el apoyo de áreas específicas de la ciencia; otras agencias se encargarían de la tecnología, pero no las mismas.

Obreros:

Piedras en el engranaje

José Luis Rhi Sausi. Economista, director de Información obrera.

HACIA UNA CAMISA DE FUERZA

La historia reciente del movimiento obrero aparece cruzada por dos grandes paradojas. La primera es que en su inicio, al triunfo de la revolución de 1910, era una clase incipiente, con un peso relativo escaso frente a los de otros sectores de la sociedad nacional y con formas de organización pertenecientes todavía al siglo pasado, pero logró una serie de conquistas de carácter jurídico y legal que rebasaban con mucho sus propias fuerzas y organización: el artículo 123 de la Constitución de 1917 fue sorprendente en su anticipación al desarrollo real de la clase obrera mexicana. La segunda es que esa misma clase ha acumulado una larga tradición de luchas y su peso específico ha aumentado en forma notable, pero es hoy una clase obrera enormemente retrasada en cuanto al reconocimiento real de sus derechos, su participación en los resultados del desarrollo, su organización y, en general, su presencia política como clase en el país.

Sobre la situación de la clase obrera y su dinámica parece existir una bruma. No es sólo un problema de falta de información o de conocimientos parciales. También es particularmente aguda la insuficiencia de los esquemas mismos de interpretación, de los instrumentos analíticos y de los planteamientos vigentes en la mayoría de los programas políticos y sindicales. Estos retrasos analíticos contrastan notablemente con la irrupción del proletariado en el país durante los últimos veinte años. Ha sido una irrupción significativa, primero en el orden cuantitativo, pero que abarca ya aspectos menos evidentes pero más profundos, como el de las transformaciones en la organización del trabajo.

Se ha insistido con razón en el divorcio entre la sociedad civil y el Estado. No es menos significativa la separación entre las estructuras sindicales y políticas de la clase obrera y la clase obrera misma. Aun para el sindicalismo oficial la separación es cada día más patente. En la base de esta situación hay un proceso objetivo: la reproducción del capital ha traído consigo, aunque a un ritmo mucho más lento, la reproducción del trabajo asalariado.

Las instituciones oficiales obreras -políticas y sindicales- originadas en periodos precedentes, muestran graves rigideces al enfrentarse a la nueva realidad del trabajo que genera aquella reproducción tecnológica y fabril, de modo que instituciones hegemónicas, como la CTM, el Congreso del Trabajo o la diputación obrera, tienden a volverse una camisa de fuerza para el proletariado actual. Dos hechos recientes permiten ver con mayor claridad esta situación: por una parte, la suerte de las iniciativas de ley presentadas por la diputación obrera en la Cámara de Diputados; por la otra, los cambios sindicales que han tenido lugar en la Volkswagen.

El desarrollo del capitalismo en México puede verse como un proceso histórico de transformación de la población heredada al triunfo de la revolución en fuerza de trabajo asalariada. Proletarizar, por las buenas y por las malas, ha sido el resultado presistente de todos los movimientos sociales desde el siglo pasado.

LEYES Y HECHOS

El primer caso, fue un claro síntoma de pérdida de capacidad de negociación con el Estado del sindicalismo oficial, que implica un cuestionamiento de las bases mismas de su sustentación en el seno de la clase obrera. Porque hoy más que antes, el sindicalismo oficial debe dirigirse convincentemente a dos públicos: al Estado, mediante las numerosas y contradictorias presiones verbales que recuerdan la importancia del control obrero, y a la clase obrera misma para renovar o recomponer en ella la presencia representativa de la organización oficial.

Las diez iniciativas de ley son sin duda demandas progresistas. Particularmente la semana de 40 horas y el salario remunerador tienen una importancia comparable a la reglamentación del artículo 123 en 1931. Se trata de demandas que de ser puestas en práctica incidirían directamente en el patrón de desarrollo capitalista del país, tanto en términos económicos como políticos. Esto significa que la posición de las organizaciones obreras no es superficial, y por ello mismo no puede ser subestimada. Pero también significa que su realización supone una conquista más que una concesión, y alcanzarla implica abandonar los instrumentos tradicionales de negociación ya que requiere democratización, movilización, información: lucha obrera de masas.

La postulación misma de estas demandas, confiere en alguna medida la legitimidad que necesitan las organizaciones oficiales en relación a los trabajadores. Paralelamente, esta plataforma obrera, ciertamente incompleta, se convierte en un instrumento de control y negociación, reduce esas auténticas e importantes reivindicaciones del movimiento obrero a demandas corporativas que buscan actualizar la tradicional política obrera mexicana.

El recambio sindical en Volkswagen pone de manifiesto la crisis de un tipo de sindicalismo que se planteó como independiente y alternativo al oficial, un sindicalismo que se ha desarrollado en sectores de la nueva clase obrera con formas organizativas autoritarias que de alguna manera han encontrado condiciones en la irrupción obrera más reciente, alimentada principalmente por la población urbanizada de los barrios periféricos de las grandes ciudades y sus pueblos circunvecinos. El recambio democrático de Volkswagen, sin embargo, habla de una madurez obrera que no concibe la independencia organizativa sin democracia sindical, y que expresa firmemente la necesidad de una auténtica autorganización de clase. Con ello los nuevos sectores obreros industriales no sólo niegan las prácticas del sindicalismo oficial, cuya presencia es más bien pobre, sino que elevan problemas y exigencias nuevas a todo aquel sindicalismo que se postule como democrático e independiente. 

Los obreros de VW, como quizá muchos otros, rechazan tanto al sindicalismo oficial, como al «independiente» antidemocrático. En muchos sectores industriales la emergencia política de los obreros, su mayor politización, se traduce en un desgarramiento de luchas intestinas entre tendencias de escasa representatividad. Ante ese panorama Conviene preguntarse cómo recoger en propuestas sindicales y políticas los dos problemas centrales para el fortalecimiento de la clase obrera en el país, a saber: la democracia obrera y la unidad de clase. Aun las expresiones más lúcidas que surgieron o acompañaron la insurgencia sindical de principios de los años setenta encontraron grandes obstáculos para su inserción real en el seno de la clase obrera.

SOBRE UN PROLETARIADO SIN SALIDA

La separación entre la realidad obrera y las expresiones teóricas y políticas adopta en ese problema un carácter decisivo. La respuesta habría que buscarla, creemos, en las condiciones materiales, en la estructura productiva, los procesos de producción y de trabajo, la recomposición obrera, la reconstrucción no esquemática de la historia. La información directa debe sustituir la fácil adjetivación ideológica como base de los análisis políticos. No es posible reducir las interpretaciones a una lucha entre buenos y malos, donde la corriente política o sindical que enjuicia parece ser el pianista del saloon que sigue tocando mientras los buenos y los malos pelean. De lo que se trata es de enjuiciar también al pianista y de poner en entredicho los esquemas interpretativos que en el plano político están siendo refutados por la realidad material.

El aspecto más notorio de esa realidad es la disgregación obrera, que parte de una gran diversidad objetiva de las condiciones de trabajo y de vida. La disgregación se extiende también a las condiciones de la fuerza de trabajo constituida por desempleados y subempleados del campo y la ciudad. Estas condiciones del mercado de trabajo son la piedra de toque de todo esfuerzo de entender las bases materiales de la situación obrera.

El desarrollo del capitalismo en México puede verse como un proceso histórico de transformación de la población heredada al triunfo de la revolución en fuerza de trabajo asalariada. Proletarizar, por las buenas y por las malas, ha sido el resultado persistente de todos los movimientos sociales desde el siglo pasado. Incluso aquellos que pelearon para no serlo, fueron proletarizados. La proletarización, sin embargo, está muy lejos de ser un proceso lineal. Su primer paso, la separación real del productor directo de sus medios de trabajo, casi ha sido completado por el capitalismo industrial. Otra cosa bien distinta ha sido crear las condiciones y la organización para la venta real de la fuerza de trabajo. Esta proletarización en sentido estricto normalmente no emerge mecánicamente del desarrollo, sino que es impulsada y conquistada por los propios trabajadores y sus organizaciones al enfrentar las realidades del mercado de trabajo. En el caso mexicano, la existencia de una enorme masa constituida en ejército de reserva, ejerce sobre la ocupación una despiadada competencia que hace sumamente difícil unir orgánicamente las distintas modalidades de la fuerza de trabajo. Incluso para diversos sectores de la clase obrera, por mucho tiempo, la defensa de su puesto ha implicado la marginación deliberada de sectores no ocupados.

Ante estas dificultades, la clase obrera en México no ha podido utilizar la palanca fundamental del control sobre el mercado, para elevar sus reivindicaciones económicas, políticas, culturales, y se ha visto obligada a dejar que el proceso objetivo, las «fuerzas libres del mercado», modifique y amplifique la disgregación de la fuerza de trabajo. Sobre estas bases materiales se ha levantado el sindicalismo hegemónico del país, que con frecuencia toma como fundamento de su representatividad la defensa corporativa del empleo.

La única posibilidad que tenía el movimiento obrero para reforzarse, dadas las reducidas dimensiones de la base de acumulación, era obtener soluciones políticas preferentes en relación con los otros sectores populares. Tocó al nuevo Estado llenar ese vacío político sancionando, a través de las organizaciones oficiales, la escisión de la fuerza de trabajo.

PRECOCIDAD Y CORPORATIVISMO

De manera muy breve podemos señalar que la historia de este proceso se inicia con una aparente contradicción: la minúscula clase obrera mexicana de principios de siglo, logró una serie de reivindicaciones elevadas a nivel jurídico-institucional que sólo movimientos más potentes y maduros lograban en ese mismo periodo. Ciertamente la coyuntura revolucionaria explica buena parte de este hecho. Pero había también algo más. Había en el entorno una situación obrera revolucionaria mundial, que si bien no desembocó en el «asalto al cielo» general, sí logro el reconocimiento de los trabajadores como clase social y no como simple suma de individuos aislados. Con la existencia legal de sus organizaciones laborales de clase y otros derechos sociales, se abrió una nueva fase en el capitalismo internacional, cuya primera expresión importante se dio con la República de Weimar. Con la promulgación de una serie de preceptos laborales en el 1917 y en 1931, el movimiento obrero mexicano formaba parte de esa generación obrera internacional que sentaba las bases para las nuevas formas de la lucha de clases.

Esta precoz modernidad de la clase obrera mexicana enfrentaba, sin embargo condiciones materiales internas sumamente adversas. Primero que todos su reducido peso social en un país eminentemente campesino. Incluso en Europa el movimiento obrero tuvo que esperar varios decenios para hacer realidad sus conquistas y apoyarse en bases más amplias de acumulación y de inserción en el mercado mundial. Las conquistas de la clase obrera de México no reflejaban su verdadera correlación de fuerzas y el plano jurídico se mantenía cada vez a mayor distancia de la realidad. La única posibilidad que tenía el movimiento obrero para reforzarse, dadas las reducidas dimensiones de la base de acumulación, era obtener soluciones políticas preferentes en relación con los otros sectores populares. Tocó al nuevo Estado llenar ese vacío político sancionando, a través de las organizaciones oficiales, la escisión de la fuerza de trabajo.

Si en Europa el Estado que emerge se funda en un «pacto social» entre el proletariado como clase mayoritaria de la población y la burguesía, en México el Estado se funda a partir de «pactos-fragmentados» por un lado con los tres principales sectores de la fuerza de trabajo (campesinos, obreros y sectores populares urbanos) cuya condición esencial fue la organización vertical y la separación horizontal. El toque maestro fue la constitución del PRI, que más que un partido se convirtió pronto en un verdadero régimen político, cuyos tres pilares, CTM, CNOP y CNC, le dan personalidad institucional a la separación política de las tres formas de la fuerza de trabajo mexicana.

Más allá de la historia específica, los resultados son evidentes: en el plano económico, el control absoluto del mercado de trabajo generó una base productiva sumamente flexible para los proyectos capitalistas del país. En el plano político, la organización corporativa convirtió los movimientos sociales de oposición y de protesta en movimientos sectoriales, fragmentarios y regionales.

PIEDRAS EN EL ENGRANAJE

Por un buen tiempo este mecanismo de relojería pareció eterno. Pero su propio funcionamiento contenía los elementos de su agotamiento. Su éxito ampliaba la base económica y las exigencias de un desarrollismo salvaje minaban sus bases políticas de sustentación. Lo primero en desquiciarse fue el mercado de trabajo. El abandono y la marginación del campo provocaron la invasión urbana de grandes masas. El ejército de reserva se modificó, y al mismo tiempo que crecían los sectores asalariados urbanos, lo hacían las presiones sobre el mercado de trabajo urbano. La explosividad social, real y potencial, hizo saltar los viejos mecanismos de control, y la CNC y la CNOP, además de modificar su propia base, iniciaron su caída como organizaciones de masas. La CTM misma se enfrenta a dificultades para hacer funcionar sus mecanismos tradicionales. La similitud de los problemas actuales con los viejos, sobre todo los que se refieren a la difícil unidad proletaria y popular, no debe hacer olvidar las sustanciales diferencias. Las condiciones objetivas son hoy menos desfavorables para los proyectos de transformación que antes. La diferencia esencial es que existe un vigoroso y joven proletariado cuya inserción política constituirá el verdadero fiel de la balanza del próximo periodo. Sus retos fundamentales son demostrar su madurez para constituir sus organismos democráticos de clase, incrementar su preocupación por, y su aprendizaje de, otros movimientos obreros, buscar la incorporación en su proyecto de los otros sectores populares, afrontar los nuevos problemas económicos, principalmente la inflación y la desocupación y, en resumen, organizar su incorporación para la transformación de la estructura productiva.

La moral y quien la puso

En México la moralidad pública ha sido siempre una forma con que las autoridades y las instituciones persiguen a los ciudadanos, y no un hecho social comprobable y objetivo. Hablar de la moralidad de los mexicanos: ¿cuáles mexicanos? ¿qué moralidad? No son lo mismo un indio tojolabal, un cacique bananero, un pueblerino persignado, un capitalino autoritario, un diputado del PRI, un obrero y un desempleado de Neza. Y cada uno de ellos, en mayor o menor grado, es diferente en su conducta a sus padres o a sus parientes un poco mayores. Dentro de todo este mosaico de clases, razas, regiones y grupos ¿quién tiene derecho a escoger un tipo de vida y de moralidad, imponerlo a todos y hasta castigar a quien se le resista con la policía?

El gobierno, los empresarios, la iglesia han inventado un mexicano irreal como modelo de moralidad, y lo han impuesto a toda la población. Ese modelo obligatorio de mexicano y de moralidad se acerca a la exterior e hipócrita versión que de sí misma suele hacer la clase media urbana: docilidad ante todo tipo de autoridad, resignación ante toda decisión del poder, desconfianza ante cualquier libertad, adoración por los estratos jerárquicos superiores y desprecio por las masas; exageradísimo culto de la religión, de la patria y de la familia como coartada para de hecho no ejercer el espacio civil y finalmente la demonización del placer, y esto muy especialmente en lo que se refiere a la sexualidad, cuando no está adulterado, impedido y agriado por todo tipo de atavismos e hipocresías. De los sermones de los curas a las opiniones presidenciales que en todos los informes a la nación suelen hacerse con respecto a la moralidad, de las películas y columnas periodísticas a la radio y fotonovelas, de las canciones del mariachi a las tonadillas urbanas, los consejos de la mamá y de la tía, a las moralejas del profesor y las macanas de la policía, en todos los órdenes se dibuja este tipo de moralidad pequeñoburguesa impuesta a toda la nación.

Y el cumplimiento de tal rol moral tiene que ser necesariamente irónico: por un lado se acata la decencia como forma de status social fuera de la cual no hay sino plebe, por el otro es precisamente la decencia el aspecto más ridiculizado y despreciado en la cultura popular. Inmoralidad es sinónimo de chusma. El mexicano vive tratando de escaparse de ella para trepar hacia los estratos de la gente decente, pero al mismo tiempo retoza y regresa a la inmoralidad popular: la complacencia en las malas palabras y majaderías, el albur y el doble sentido, el machismo y las borracheras, las broncas, el amor libre y el acostón, los aspectos procaces y hasta obscenos e incluso la prostitución, se han vuelto aspectos épicos de esta defensa del pueblo contra la santurronería clasemediera impuesta oficialmente.

MORAL ES NO TENER QUE PENSAR EN EL OTRO

La imposición de una moralidad implica la persecución de las otras. Imponer, además, esa moralidad clasemediera a los sectores sociales diferentes es una invocación a la burla, por decir lo menos. En países como México donde el poder se da autoritariamente, incluso con episodios de brutalidad, difícilmente la moralidad pública clasemediera podría caracterizar a los caciques, empresarios y funcionarios. Una de las ventajas del poder es la de hacer lo que a uno le viene en gana, y lo primero que viene en gana es la prepotencia contra la propia sociedad a la que se manda. Es proverbial en México que los mandones lleven vidas escandalosas, detalle que el pueblo, que a diferencia de la clase media no es puritano, no es lo que más les reprocha. Todo cacique, todo ricachón, todo alto funcionario se rodean ostentosamente de inmoralidades de lujo: las vedettes, las orgías, las bacanales, las encerronas, las supertransas. La moralidad pública, entonces, sería en este sentido la obligación de quienes no pueden comprar la inmoralidad. Los sectores más pobres y oprimidos de la población, por otra parte, cuyas condiciones de vida no son tan desahogadas ni higiénicas ni persignadas como las de la clase media que impone la norma moral, encuentran imposible o por lo menos extraña la moralidad impuesta. ¿Cómo establecer la virginidad, el matrimonio y la fidelidad como supremos valores morales en un país de madres solteras e hijos naturales? ¿De dónde el hogar como el único jardín social en un país donde millones de trabajadores emigran a regiones y hasta países distantes por largas temporadas, o que deben ausentarse casi todo el tiempo del hogar por las condiciones de trabajo y las distancias? ¿Cómo hablar del hogar en ciudades perdidas, insalubres y promiscuas, donde no hay más célula social que el baldío que funge de patio? ¿Cómo erigir la honestidad personal en los pequeños episodios y negocios de la vida cotidiana, cuando no hay sector de la vida nacional que prescinda del cohecho, el soborno y la extorsión oficiales? ¿Para qué gastar tantos encomios al valor moral del trabajo fecundo y creador entre las muchedumbres del subempleo y del desempleo? Y así podríamos seguir enumerando cada línea de la Cartilla moral del mexicano (perpetrada, para sumarse a sus demás tonterías, por Alfonso Reyes). Se diría que la moralidad pública oficial, empresarial y eclesiásticamente aceptada sólo les viene a la medida a los sacristanes titulares de parroquias principales, contadores públicos sin mayores posibilidades de ascenso, mecanógrafas cascarrabias y amas de casa con tanto pánico a la pobreza que se asen de la tablita de salvación de la decencia como superticioso recurso para que no las lancen de sus minúsculos departamentitos en la Narvarte el mes que entra.

Se persigue pues la inmoralidad sexual cuando ocurre fuera de las cortes oficiales y empresariales, con recursos tan gazmoños como “la defensa del salario” y “la protección a la familia del trabajador”, con lo que sólo se consigue lo buscado: encarecer la noche, los encuentros y los espectáculos. La cruzada oficial en defensa de la familia, tan invocada contra la prostitución, logró de inmediato y se ha asentado así a través de las décadas, el dominio del hampa policiaca sobre las calles de la ciudad, el monopolio de las patrullas en el padrotazgo de las putas, la sobrexplotación y la carencia de servicios y garantías de las prostitutas y la inseguridad del cliente; pero la moralidad pública del Distrito Federal, o del Estado de Michoacán, no reconoce la prostitución. Al mismo tiempo, las leyendas no tan infundadas del poder y de los magnates del dinero, los medios de comunicación y las artes comerciales, celebran la prostitución de lujo: de Agustín Lara a la última canción que haya usted escuchado en la radio, de Ninón Sevilla a Sasha Montenegro. La moralidad pública es ser tan libre y desmadroso como billetes se tenga.

Cuando la deshonestidad administrativa sofoca tanto la vida económica y social del pueblo, necesariamente desde abajo se inventan formas contraadministrativas de escaparse de las garras de los deshonestos en grande: todo el culto popular a ponerse listo, vivillo, vivo, a agarrar la transa, a seguir a movida, a buscar la onda; de esa manera, con suerte, puede escaparse a veces de la extorsión y enfrentar a inspectores, policías, gerentes, funcionarios menores y mayores.

La moralidad pública como hecho a sido en México este ambiente irónico de cursilería y crudeza, de burla y santurronería; el código moral impuesto no ha recibido diferente acogida a los otros códigos: se le acepta porque ni modo y en cuanto se pueda se le rompe porque sí, porque ¿qué se creen esos santurrones oficiales, que son los únicos que tienen derecho a todo? Ya, que sea menos.

El gobierno, los empresarios, la iglesia han inventado un mexicano irreal como modelo de moralidad, y lo han impuesto a toda la población. Ese modelo obligatorio de mexicano y de moralidad se acerca a la exterior e hipócrita versión que de sí misma suele hacer la clase media urbana.

DEL CONFESIONARIO AL TELEVISOR

Pero en los últimos veinte años han empezado a operarse cambios. El antiguo código moral refería —si acaso— a una clase media provinciana de ciudad agrícola o de pequeño comercio y establecía a un ciudadano metido en su casa, adorando a los suyos, sin permitirse expansiones sentimentales ni eróticas más allá de la estricta obligación católica de perpetuar la especie, prendiendo su veladora a la Virgen y poniéndose en posición de firmes ante el cacique local que lleva la bandera patria. Ese ciudadano no existe más, y los únicos que al parecer no se han dado cuenta de su desaparición. son los funcionarios anticonstitucionalmente nombrados para vigilar la moralidad pública. Por ejemplo, la censura en los espectáculos: difícilmente se encontrará en un espectáculo “censurable” mayor cantidad de incitaciones eróticas que en un anuncio de whisky, cerveza, calcetines, calzoncillos o salas de lujo en el propio canal del Estado y en horario para toda la familia.

Así que no sólo se impone a todo el país la moralidad del sector clasemediero más guadalupano, sino de un sector guadalupano de hace décadas. La moralidad pública oficial es un anacronismo de los anacronismos. La transformación del código moral de las clases medias urbanas no se debe, sin embargo, a una lucha de ellas mismas por ser de otra manera, sino tan sólo a la repercusión ideológica de la modernización industrial y a la sociedad de consumo. Valores tradicionales como el ahorro, el recato, la privación, el pudor, la modestia cayeron ante las primeras marcas sofisticadas de pestañas postizas, toallas íntimas invisibles, tintes y shampoos, telas untuosas y modas cachondas. El consumo apela a un nuevo tipo de ciudadano arrogante, ávido, agresivo, narcicista, hedonista; y se regodea en apetencias e invocaciones sexuales: la mitad de los productos más anunciados en las calles, la televisión, la radio y la prensa ofrecen de modo ostentoso alguna promesa sexual.

Gran parte de las mercancías, por lo demás, tienen que ver con alguna idea de poder personal. De los pantalones muy machos a los automóviles ruidosos, de las botas y sombreros vaquerísimos a las lanchas y los viajes al extranjero, se publicita la idea del individuo prepotente a través de las mercancías -un ideal civil naturalmente opuesto al agachado, pulido y discreto de otras épocas.

Pero lo que finalmente caracteriza a la modernización industrial y a la sociedad de consumo es el supervalor del Bienestar, opuesto al Valle de Lágrimas de la moralidad tradicional. El bienestar como el atracón, en contraposición al renunciamiento y a la modestia. Lo que ahora caracteriza el status de una persona es su nivel de bienestar, incluso en grados tan ridículos y sofisticados como el de tener un bienestar de videocasetera como grado jerárquico superior al mero bienestar de tele a colores.

En pocas palabras: la idea de la moralidad pública se ha vuelto más objetiva y cruda. Ilusorias coartadas para ascender socialmente como las de impostar a pretender un mayor grado de decencia —pobre pero decente— no tienen cabida en Perisur. Cómo vives objetiva y detalladamente, en dónde, en qué condiciones, con qué aparatos, cuál es tu salario: ahí está tu moralidad. La clase media urbana, a diferencia de otras épocas, ya no brilla demasiado por prejuicios morales, religiosos o cívicos; en ocasiones es incluso motivo de escándalo para los pobres; sus prejuicios ahora son políticos y económicos. Aceptan los senos semidesnudos de Olga Breeskin en los noticieros de televisión, pero nada que les huela a comunismo (y casi todo les huele a comunismo.) En su lucha precipitada por conseguir consumidores de modelos cada vez más sofisticados de secadoras para el pelo y de espectadores para cada vez más elaborados episodios de cogidas en el cine, la libre empresa ha operado un cambio moral irreversible: masas urbanas que ya no se espantan más que del comunismo; cínicas y vulgares, fanáticas de sus niveles de bienestar en defensa de los cuales podrían linchar a los sospechosos de subversión como en Canoa. Esto no quita que el cinismo moral de repente parezca volver al pasado, y apoyar manifestaciones carmelitas o dominicas en contra del aborto, de los derechos de la mujer, del divorcio o de las valencianas en los pantalones de mezclilla, como en otras épocas caciques criminales han levantado estandartes de santos y sagradas vírgenes contra las reformas agrarias.

Acaso lo anterior ilustre un poco la confusión actual que sobre la moralidad pública existe; y que se ha escindido entre los alejados y cómicos discurso que apelan a la decencia preindustrial y las precipitadas masas urbanas de consumidores. Lo que sí está claro, tanto hoy como e n otros tiempos, es la cualidad de cerca o de barda de un concepto oficial moralidad pública: ponerle un muro a los demás, obligar; a comportarse de la manera en que no a ellos, sino sólo quien manda, conviene; restringirles sus capacidades y oportunidades de placer, diversión, reventón y libertad, para que no olviden que su deber es andar como escurridos y con el “lo que usted diga, licenciado” en la boca.

MORAL ES VAMONOS RESPETANDO, CIUDADANO

Y en este sentido, ¿cómo podría interpretarse la “nueva moralidad” que invoca el candidato del PRI a la presidencia Miguel de la Madrid, en su campaña? ¿Cuál es la vieja moralidad, cuándo empezó a envejecer y cuáles son los rasgos precisos, denunciables, de tal envejecimiento? Nada se dice respecto. Pero se ven rasgos, por lo demás comunes a casi todos los grandes políticos en campaña, que apuntan a un hecho igualmente inevitable en México: la moralidad pública es la que se parece a la imagen exterior del Presidente de la República. El lucimiento que el candidato del PRI hace de su vida familiar, como paradigma de la familia mexicana; su pronunciamientos airados contra la deshonestidad pública como si los funcionarios deshonestos no pertenecieran masivamente al propio y moralizador Partido Revolucionario Institucional; las constantes recomendaciones de instalarse en el patriotismo, la nobleza, el paterfamilismo, la verdad, etc. Y es que aunque la Constitución en ningún momento le dé facultades para ello, el Presidente de la República cree que debe monopolizar y mandar con poderes absolutos sobre la moralidad de los ciudadanos, o de otro modo su autoridad empezaría a relativizarse. Y acaso el sistema empiece a ver con recelo la generalizada falta de respeto de la sociedad con respecto al gobierno, cómo se le acepta cínicamente entre chistes procaces y mentadas de madre; cómo los edificantes egregios, catequísticos discursos oficiales no logran traspasar la capa gelatinosa de la desconfianza y la mordacidad pública, creadas a base de escándalos y atropellos oficiales durante décadas; cómo, finalmente, el consenso del Estado parece estar más hecho de la presencia de la fuerza pública del miedo al caos si el gobierno (así de malo y todo) cayera de cínica resignación ante la conseja de que todos los gobernantes son iguales y no queda sino sufrirlos, como a los sabañones, etc., que de respeto civil, entusiasmo y confianza populares. Renovar moralmente a la sociedad podría ser un eufemismo de recobrar por decreto para el gobierno, el respeto civil que ha perdido, por lo menos desde Lázaro Cárdenas (aunque casi no hay gobierno en la historia de México sin su historia de grandísimas inmoralidades.)

Podría inventarse un cuento chino: había una vez un mandarín que se quedó ciego, y mandó que se les sacaran los ojos a todos su súbditos para así poder decir, desde la autoridad sagrada del trono, que en ese reino todos estaban ciegos. Así resultaría que en México todos somos inmorales, y no sólo el PRI; y que necesitamos renovarnos moralmente, a fin de que el Estado, insatisfecho con imponerse sólo por las vías de hecho, pueda imponerse además por el respeto civil que llamaría moral. Para poder aceptar, y nunca por la vía jurídica, que tal gobernador robó cientos de millones de pesos, se publicita ante todos los ciudadanos que no hay mexicano que no deba lavarse de sus personales deshonestidades. Para mejor implantación de la sumisión cívica, laboral, cultural, política, etc., se atropella a setenta millones de mexicanos con la obligación de formar familia-modelo-en sala-de-lujo-de-residencia-del-Pedregal-o Coyoacán, y se vuelve costosísimo y/o clandestino todo otro tipo de relación y reunión eróticas y sentimentales. Y así en cada articulillo de la cartilla moral.

Una cruzada moralizadora por parte del Estado mexicano no implicaría, en consecuencia, sino una avanzada para conseguir más poder aún sobre los ciudadanos. Es la vieja idea de que los ciudadanos son menores de edad y hay que decirles hasta cómo y con quién deben coger y cuándo. Es la forma tiránica de descalificar a la sociedad civil como organizadora de su propia cotidianeidad. Y es, sobre todo, la táctica urgente de consolidar un poder que empieza a perder otros prestigios y bases de apoyo.

Renovar moralmente a la sociedad podría ser un eufemismo para recobrar por decreto para el gobierno, el respeto civil que ha perdido. Podría inventarse un cuento chino: había una vez un mandarín que se quedó ciego, y mandó que se le sacaran los ojos a todos sus súbditos para así poder decir, desde la autoridad sagrada del trono, que en ese reino todos estaban ciegos.

LAS MASAS ALEBRESTADAS

El problema es que un Estado mexicano tan decimonónico, tan creyente de poder normar todavía al país de acuerdo con los prejuicios y caprichos de doña Carmelita Romero Rubio de Díaz, va a tener que lidiar con masas urbanas alebrestadas por la civilización industrial y el consumo de los ochentas occidentales. Todas estas masas malcriadas, clasemedieras, procaces y a la moda (descendientes de padres con escapularios y miércoles de ceniza), no están dispuestas a sacrificar su bienestar por un capricho oficial. La muchedumbre de trabajadores, que sobre todo en estos últimos años ha visto cómo con las más edificantes palabras se le saquea la tercera parte del valor adquisitivo de su salario, no es el público más apropiado ante el cual el gobierno pueda exigir para sí mismo facultades anticonstitucionales y extraordinarias en terrenos de cotidianeidad social y de vida privada. Y factores de irritación contra el gobierno hay muchos para añadirle uno más, sobre todo uno tan resbaloso como éste.

Sin embargo, la dictadura de los gobiernos sobre la vida privada de las sociedades y la vida diaria de las personas es un hecho moderno, y de ninguna manera privativo de las dictaduras. Una forma básica de esta dictadura es la pesquisa y la documentación —en México anticonstitucional— de la vida privada de los ciudadanos, a través de registros de computación concentrados en una cédula de identidad, en la que cualquier gendarme podrá leer, metiéndola a un aparato, todo lo que tal persona ha hecho y dejado de hacer: qué enfermedades, qué parientes, qué estudios, cuáles broncas, de cuál fuma, de qué toma, con quién ha cogido o dejado de coger; cuánto ha pagado o evadido de impuestos, a dónde ha viajado, en qué ha trabajado y por qué ha cambiado de empleo, qué ideología y qué partido, qué transas, etc. Otra es, también ilegal pero funcionante en nuestro país, los interrogatorios inevitables para, por ejemplo, conseguir empleo: que si es casado o no, que por qué se divorció, etc. Es habitual en los bancos que se investigue la vida marital de los aspirantes a puestos ejecutivos, incluso medianamente ejecutivos, porque con la inteligencia propia de los bancos se supone que sólo un aburrido y apacible padre de familia ejemplar es un hombre maduro; es habitual, también, que se desconfíe de mujeres trabajadoras mayores de veinticinco años que sean solteras o divorciadas, para no hablar de madres solteras. Y de todo se les pregunta. Los interrogatorios para selección o promoción de personal, muchas veces disfrazados de tests sociales o sicológicos, en los grandes almacenes, por ejemplo, llegan a ser verdaderamente infamantes. En Estados Unidos se ha hecho costumbre preguntar oficialmente si uno fuma o deja de fumar, si bebe o no, a qué religión o club pertenece, etc.

La idea de que la libertad personal sólo era perseguida en las dictaduras hace mucho que ha sido desmentida. Las democracias modernas, así sean tan priístas como la mexicana, en las últimas décadas han tratado, y logrado en gran medida, de restar espacio y ejercicio a la sociedad civil aun en asuntos personales. La lucha por una moralidad ajena a los caprichos, a la arrogancia y a la prepotencia del poder. una moralidad de ciudadanos y no de funcionarios, viene por ello a reforzar la defensa de la sociedad contra la expansión arbitraria de los gobiernos y las grandes empresas (muchas veces coludidas con ellos).

Una contradicción viene finalmente a marcar el panorama presente: por un lado la modernización industrial y la sociedad de consumo han permitido a grandes sectores urbanos mayores libertad y espacios personales en asuntos de moralidad; por el otro, ha implementado también mecanismos para que el gobierno, la iglesia y las grandes empresas ejerzan una dictadura moral, computarizada y judicial, de alcances imprevisibles. Porque siempre que al Poderoso se le antoje el ciudadano inerme puede resultar inmoral. Y encontrarles pequeñas inmoralidades a los de abajo es una inmejorable cortina de humo para desaparecer las multimillonarias inmoralidades de los de arriba.

 

José Joaquín Blanco
Crítico, poeta, ensayista. Su último libro: Función de medianoche (Era, 1981). En breve aparecerá su poesía reunida: La siesta en el parque.

Municipios:

La rebelión en la aldea

Miguel Angel Granados Chapa. -Periodista, columnista del periódico uno más uno. Autor de Excélsior y otros temas de comunicación (Ediciones El Caballito, 1980)

LEYES QUE NO FUERON HISTORIA

Don Felipe Tena Ramírez llama certero al Constituyente por haber proyectado «el municipio libre como escuela de la democracia, ensayo del gobierno por sí mismo aprendizaje de la función cívica, que requiere no sólo independencia al emitir el voto, sino entereza para hacerlo respetar». Y agrega, prescriptivo, que «cuando los pueblos aprendan el ejercicio municipal de la democracia, estarán dotados para afrontar los problemas cívicos de cada entidad federativa y los del país en general, porque en los pueblos habrá despertado la conciencia de la propia responsabilidad».

El optimismo del reputado constitucionalista probablemente no queda acreditado por la experiencia histórica. Aunque el municipio libre, estrictamente hablando, es una creación del Constituyente de 1917 la institución es muy antigua, en las dos vertientes que conformaron nuestra nacionalidad. Cuando se implantó en la Colonia, con las características propias de la mezcla, estaba ya afectado por alguno de los vicios fundamentales que todavía lo aquejan hoy. En su investigación sobre el ayuntamiento y la oligarquía en la Puebla colonial, Reinhard Liehr recuerda que «el rey a menudo acostumbraba premiar a cortesanos por sus servicios, concediéndoles durante su vida uno o varios cargos de regidores, los cuales vendían a interesados en ultramar. Cuando el valor de los cargos del Cabildo subió, en la segunda mitad del siglo XVI, con el aumento de población y la prosperidad de las ciudades americanas, le convenía a la administración de la Corona dirigir la venta de esos cargos».

La realidad política y económica de los municipios ha ido hasta ahora a contracorriente del propósito constitucional y más cerca de la tradición regalista. Dependen en líneas generales de los gobiernos de los estados, tanto política como financieramente. Más de la mitad de las Constituciones locales vigentes, anota Miguel González Avelar, incluyen «una aberrante disposición» que faculta al gobernador o a las legislaturas a suspender a los ayuntamientos, declararlos desaparecidos o revocar el mandato, con lo que se da fuerza a una situación de hecho, en que por regla general aparece también la facultad de nombrar a los miembros del cabildo, atribuida al titular del ejecutivo.

El agobio económico en que lo gobiernos estatales mantienen a los municipios se manifiesta en estas cifras, que indican además el agravamiento del problema: «Con Plutarco Elías Calles los municipios recibieron el 8 por ciento, con Lázaro Cárdenas el 6 por ciento, con Manuel Avila Camacho el 4 por ciento, en los periodos de Miguel Alemán, Ruiz Cortines y López Mateos, el 3 por ciento; y con Díaz Ordaz y Echeverría, el 1.6 por cierto». El dato aparece en un estudio publicado por el Instituto Nacional de Desarrollo Municipal y aunque no se refiere expresamente al porcentaje de participación en el gasto federal que corresponde a los municipios en la administración de López Portillo, lo presumible es que la tendencia a la baja no se haya corregido, sino al contrario. La ley de coordinación fiscal de 1979, con ánimo racionalizador, creó un Fondo General de Participaciones que beneficiaría a las entidades municipales en la medida en que derogaran sus propias fuentes de ingreso. La medida, razonable desde el punto de vista de la administración fiscal y que puede ser beneficiosa para el contribuyente, además de que ayuda a eliminar las alcabalas revela sin embargo la indefensión económica en que están los ayuntamientos.

Padecen éstos, además, una notable indefensión jurídica. González Avelar hace ver que cuando los municipios han acudido a pedir la protección de la justicia federal contra arbitrariedades de los gobernadores o las legislaturas, se han formulado sentencias de carácter errático, que dejan en el desamparo a los ediles. Es conjeturable, además, que los ayuntamientos hayan dejado de más en más en desuso el juicio de amparo. El estudio de González Avelar (que comprende sentencias dictadas entre 1917 y 1957) cita sólo un caso posterior a 1940. Por lo demás, el caso reciente más notable tuvo una duración efímera: presentada una demanda de amparo por el ayuntamiento de Jalapa el 14 de enero de 1982, al día siguiente se produjo el desistimiento, pues se aplicó el apotegma de que más vale un mal arreglo que un buen pleito.

La flaca memoria histórica padecida por nuestra sociedad hizo que nos horrorizáramos con la matanza de Tlatelolco sin recordar un episodio en gran medida semejante, ocurrido en León el dos de enero de 1946.

No obstante todo, a lo largo de la historia mexicana posterior a la Revolución se advierten repetidos intentos populares por ganar la batalla del municipio. En las líneas que siguen se reseñan algunos episodios de esa lucha, en que de modo espontáneo u organizado, en defensa auténtica de su interés o víctima de la manipulación, diversas poblaciones han protagonizado luchas por decidir quiénes las gobernarán. A menudo, esas pugnas han tenido resultados violentos, lo que probablemente contribuye a hacer discontinuos estos movimientos. La fugacidad de los episodios organizativos, en efecto, es uno de sus rasgos principales. Casi nunca un municipio ha sido retenido largo tiempo por corrientes adversas al partido gubernamental o a la facción de éste apoyada por el gobernador.

Los casos escogidos se presentan conforme a la siguiente clasificación: a) municipios en que surgieron partidos circunstanciales, desaparecidos tras el desenlace de la lucha; b) Municipios en que la rebeldía fue organizada o captada por los partidos tradicionales, los registrados con anterioridad a la reforma política: PAN, PPS y PARM; c) los que tienen como protagonistas a los nuevos partidos (PCM, PEM, PST) y d) los que generan querellas internas en el PRI, sin incluir en este último capítulo los casos de tránsfugas, que aparecen eventualmente en los rubros anteriores.

AL CALOR DE LA LUCHA

La flaca memoria histórica padecida por nuestra sociedad hizo que nos horrorizáramos por la matanza de Tlatelolco sin recordar un episodio en gran medida semejante, ocurrido en León el dos de enero de 1946. En el semestre anterior, la mayor parte de los ciudadanos se habían agrupado en la Unión Cívica Leonesa, impulsada por los sinarquistas pero no integrada bajo su mando, y de la que formaban parte otros sectores, como el PAN y reductos que aún quedaban del almazanismo. La UCL, por lo demás, se formó sólo para la elección de diciembre. Según el testimonio de Alfonso Trueba, que no es imparcial pues era un militante sinarquista, pero que se tiene generalmente por válido, el cómputo dio sólo 58 votos al doctor Ignacio Quiroz, del PRM, y más de veintidós mil a Carlos Obregón, «un hombre de 56 años, bajito de cuerpo, cetrino de tez, ojos claros, dueño de un negocio de paletería y perteneciente a una de las familias más antiguas y estimadas de la ciudad», candidato de la UCL.

El gobernador Ernesto Hidalgo, sin embargo, se empeñó en hacer alcalde a Quiroz. Una junta computadora espuria fabricó actas y el médico recibió posesión del ayuntamiento el 1o. de enero de 1946. La UCL organizó de inmediato la protesta. Un mitin en la mañana de ese mismo día terminó con magulladuras y cardenales en muchos de los asistentes, pero nada más. Al día siguiente, la multitud se reunió de nuevo, ahora en el centro de la ciudad, en la Plaza de la Constitución. Se plantaron allí desde la seis de la tarde. Tres horas después, la guarnición del palacio municipal sea porque recibió noticias de que habían llegado refuerzos desde Irapuato, sea porque efectivamente se produjeron intentos de tomar el edificio, disparó contra los miles de personas que allí estaban reunidas. La terrorífica acción produjo un número indeterminado de muertos, pero sin duda cercano al medio centenar y unos trescientos heridos.

Como consecuencia de esos hechos trágicos, el Senado declaró que era el caso de que, desaparecidos los poderes, se nombrara un gobernador interino, que fue el licenciado Nicéforo Guerrero. Fernando Amilpa, senador, hizo la defensa de la acción violenta, arguyendo que hubiese sido más dañino que la población enardecida tomara el palacio municipal. La UCL no volvió a participar en elecciones.

Un año después, en Tapachula, la historia casi se repitió. Se organizó allí para combatir al candidato del PRI (que estrenaba denominación) el Partido Cívico Tapachulteco (PCT) motivado por el localismo, ya que Guízar, el candidato priísta, era michoacano. La disputa por los votos fue muy cerrada. Por sólo treinta y seis ganó Córdova, el abanderado del PCT. Pero se dio el triunfo a Guízar. Los partidarios de Córdova se dispusieron a hacer valer su victoria a como hubiera lugar y marcharon, el 31 de diciembre de 1946, hacia el palacio municipal. Encabezaba la procesión, según narra Carlos Moncada, una guapa muchacha de 19 años, María Herrán, enarbolando una bandera nacional.

Ella fue la primera en caer muerta cuando los cincuenta agentes policiacos llegados de Tuxtla Gutiérrez para implantar el orden, más los 30 gendarmes del ayuntamiento dispararon para proteger el palacio municipal. No se supo con precisión cuántas personas murieron. El ejército intervino para desarmar a la gendarmería y contó doce muertos, el PCT quedó abajo en sus cálculos pues contó diez, el gobierno del Estado ejerció una parquedad que nadie le creyó al anunciar que sólo habían fallecido cuatro personas. El gobernador Juan Esponda estaba en la ciudad de México mientras todo esto ocurría, festejando el Año Nuevo; regresó el 6 de enero para enterarse de que la legislatura le había deparado el regalo de Reyes de una licencia ilimitada.

PARTIDOS DE AYER

La fuerza que Acción Nacional tiene en las elecciones federales, la segunda en importancia después del PRI, tiene sus raíces en su implantación municipal muy afianzada. Aunque se trata de una fuerza muy dispareja (en Hidalgo, en las elecciones de diciembre de 1981 presentaron sólo media docena de candidatos en un total de 84 municipios), tiene plazas bien consolidadas, aunque sólo excepcionalmente ha podido retener ciudades de primer orden.

El PAN fue el primer partido de oposición en entrar a gobernar en capitales de estado. Lo hizo en Hermosillo y en México, en 1967 y 1968, y en este último año estuvo a punto de ganar también Mexicali. Alega haber ganado Monterrey, en 1976, y de nuevo Mérida en 1981. En el primer caso, sin embargo, es notorio que el triunfo panista que hizo alcalde a Jorge Flores estuvo muy beneficiado por la querella interna Que la disputa por la gubernatura provocó en el PRI. Es presumible que el despecho condujo a votar por el PAN a muchos priístas o convirtió en sufragios la irritación y el miedo ocasionados en la población no partidaria por los desmanes policiacos.

Tal vez una situación análoga aconteció meses después en Mérida. El PRI local y los senadores Carlos Loret de Mola y Rafael Matos Escobedo se inclinaron por hacer candidato a alcalde al doctor Francisco Luna Kan, que luego sería gobernador. El de entonces, Luis Torres Mesías, se empeñó en otro candidato, y lo sacó adelante, ayudado por Echeverría secretario de Gobernación, según el propio Loret de Mola. Acción Nacional presento al abogado Víctor Manuel Correa Rachó, quien triunfó. El que la victoria no haya podido repetirse, al menos con la contundencia de aquella oportunidad, acaso se deba a que los partidarios de Luna Kan se abstuvieron de votar por el candidato del gobernador y también a que con esa derrota Echeverría hizo salir del PRI al doctor Lauro Ortega, que ostensiblemente apoyaba al doctor Emilio Martínez Manautou en la contienda presidencial.

Son menos claros hechos de esta naturaleza en los triunfos panistas denegados en 1968 en Mexicali y Tijuana. Ya desde 1959 un candidato popular a la gubernatura por ese partido, Salvador Rosas Magallón, había trazado el camino de la organización panista multitudinaria. Parece claro que esa capacidad condujo a la victoria que no fue admitida por el PRI a causa de los recientes triunfos panistas en Mérida y en Hermosillo, lo que constituiría una tendencia peligrosa, y a causa también de la reciente entrada de Alfonso Martínez Domínguez en el liderazgo del PRI. Era imprudente que el nuevo jerarca inaugurara sus actividades como perdedor. Tampoco era posible hacer ganar a los candidatos priístas, por lo que se anularon las elecciones y fueron designados Consejos municipales.

La alcaldía más significativa ganada nunca por el Partido Popular Socialista fue la de Tepic, en 1972. El lombardismo ha encontrado masas y cuadros de importancia en Nayarit, simbolizados estos últimos en la persona de Alejandro Gascón Mercado, a la sazón diputado federal de partido. Su triunfo no se repitió en la capital nayarita, que no ha podido ser tomada de nuevo por el PSS, menos desde que en 1976 la fracción de Gascón se fue del partido, para constituir más adelante el Partido del Pueblo Mexicano, ahora parte del PSUM. Siempre bajo la hipótesis de que buena parte de los avances de la oposición (que por ello no son definitivos casi nunca) se vinculan a circunstancias internas del PRI o el gobierno, téngase en cuenta que el gobernador de Nayarit era, en esa época, hermano del candidato de la oposición. No sugerimos ningún género de ayuda que hubiese significado una deslealtad del gobernador a su partido. Al menos, sin embargo, se propició un clima de respeto cuya falta explica en mucho las precariedades de los partidos minoritarios.

En Tamaulipas, uno de los baluartes del Partido Auténtico de la Revolución Mexicana, se advierte con nitidez el efecto de este fenómeno. Por sólo citar el ejemplo de Nuevo Laredo, en vista de su gran importancia, hay que recordar que Carlos Enrique Cantú Rosas, que fue alcalde por el PARM, se pasó a este partido después de no ser apoyado por el PRI. Eso explica, en buena medida y respecto de otros sitios también, la aparente contradicción observable en el PARM: nacionalmente tiene ya la menor votación (así ocurrió en 1979) y sin embargo en elecciones municipales parece tener una amplia capacidad de conducción. La paradoja se disuelve explicando que probablemente ese fue el papel asignado al PARM al crearlo: ser un partido residual, que recogiera a priístas inconformes a los que después pudiera devolver a su origen.

Salvo algunos en Oaxaca, donde el propio PARM ha mantenido sus posiciones, los partidos tradicionales no han podido prolongar durante largos periodos su dominio en una municipalidad. La excepción más consistente se observa en la zona metropolitana de Monterrey (San Pedro Garza García, San Nicolás de los Garza y Santa Catarina). Ganando o perdiendo las elecciones, en los últimos diez años se ha formado allí uno de los bastiones panistas más activos y comprometidos con su causa.

La alianza del PCM y la COCEI en Juchitán tuvo dos momentos. El primero ocurrió en noviembre de 1980, cuando se efectuaron elecciones en la ciudad istmeña y el resto de medio millar de municipios que tiene Oaxaca.

LAS NUEVAS OPCIONES

El Partido Comunista Mexicano ganó el 1981 dos alcaldías, una con sus propias fuerzas y la otra en alianza con la Coalición Obrera, Campesina y Estudiantil del Istmo. En las cumbres guerrerenses, cerca de Tlapa y Ciudad Altamirano, se levanta Alcozauca cuyo municipio está ahora dirigida por Abel Salazar, del PCM cuando fue elegido. Allí se está poniendo en práctica uno de los mecanismos usuales en la lucha que tienen que librar los ayuntamientos independientes: la presión financiera. Obras que ya estaban aprobadas, por valor de cuarenta millones de pesos, no se realizan, y con ello se advierte a los habitantes de la región contra las tentaciones de votar en favor de la izquierda.

La alianza del PCM y la COCEI en Juchitán tuvo dos momentos. El primero ocurrió en noviembre de 1980, cuando se efectuaron elecciones en la ciudad istmeña y en el resto del medio millar de municipios que tiene Oaxaca. El PRI intentó cometer fraude pero la movilización fue de tal modo intensa, que sólo se pudo declarar la nulidad de las elecciones y convocaría otras. El candidato ganador fue Leopoldo de Gyves, con valores propios pero dotado además del prestigio de su padre, un militar retirado a quien sin embargo, por su trabajo con la COCEI, detuvieron las autoridades castrenses. He allí, dicho sea de paso, un tema para investigación: mientras dos generales, Graciliano Alpuche y Absalón Castellanos serán gobernadores de Yucatán y Chiapas, postulados por el PRI, resulta impensable que un miembro del Ejército, en activo o no, sean miembro de la oposición. El henriquismo pareció ser una lección inolvidable para la institución militar, que todo lo más permite participar en el PARM.

Más que el PCM, la organización y movilización juchitecas corren a cargo de la COCEI, una agrupación popular que pelea en los frentes ejidal y municipal. En noviembre de 1980, la COCE forzó a anular las elecciones mediante la toma del palacio municipal, que se logró después de un tiroteo contra los manifestantes, como resultado del cual murió una mujer. Pactaron retirarse sólo cuando se dieron seguridad desde que los comicios tendrían una segunda vuelta. Ello plantea el tema de las medidas de fuerza tradicionales que entrañan severos riesgos pero que en ocasiones son la única manera de hacer respetar el voto.

No sólo se precisa pelear por el respeto al resultado electoral sino también porque sea posible la realización del trabajo gubernativo necesario. Juchitán ha sido ejemplo de cómo el municipio ganado por la movilización popular es hostigado de manera permanente. El asesinato se ha utilizado allí más de una vez para impedir el desarrollo de las fuerzas autónomas, posibles si el ayuntamiento popular rinde frutos evidentes.

Después de varios atentados contra las autoridades municipales y la sede de la alcaldía, el episodio más reciente es la celebración de una auditoría ordenada por la legislatura local. El procedimiento es enteramente irregular, ya que no se cumple siquiera un año de la gestión del ayuntamiento popular, transcurrido el cual tendría alguna explicación admisible. Lo claro es que se busca un pretexto para derribar al gobierno juchiteco. Ni siquiera puede decirse, en este caso, con palabras de González Avelar, que Juchitán sea una de esos «municipios con sus polvorientas alcaldías amenazadas por las cóleras del gobernador», porque el problema es de mayor magnitud. No es simplemente que el titular del Poder Ejecutivo en Oaxaca quiera tener como munícipe en esa porción del Istmo a alguien que esté bienquisto con él o que actúe despechado por que el pueblo derrotó a quien hoy es su director de Economía, Israel de la Cruz. Lo que sucede es que, manifiestamente, el éxito de la Cocei y ahora el PSUM en la franja istmeña abre las puertas para un proyecto popular más amplio que es preciso frustrar desde su nacimiento en la óptica gubernamental.

LAS QUERELLAS INTERNAS

Probablemente el caso que más típicamente ilustra en los tiempos recientes la movilización popular en torno de conflictos entre un gobernador y un ayuntamiento, miembros uno y otro del partido gubernamental, sea la destitución del alcalde sustituto de Mérida, Wilbert Chi, ordenada por el gobernador Loret de Mola, en 1973.

Chi mantenía distancia política y aun rencillas, con Víctor Cervera Pacheco, que sucedió al panista Correa Rachó en la alcaldía de Mérida. Empero, para ser diputado federal, Cervera solicitó licencia y fue sustituido por su amigo Chi. Este no tardó en enfrentarse con el gobernador por una de las más frecuentes causas en los conflictos municipales: la retención de participaciones. Loret las llamaba «imaginarias» y atribuía su demanda a la enemistad que le profesaba el gobernador de Campeche, Carlos Sansores Pérez. Chi, en cambio, puntualizó que eran más de cuarenta millones de pesos lo que el gobierno del Estado le adeudaba.

Loret instrumentó con su legislatura, adicta por completo a él, la caída del ayuntamiento. La realizó el 20 de septiembre de 1973, aprovechando que los presuntos o reales apoyos de Cervera (y por consiguiente de Chi) -el presidente Echeverría y el secretario Moya Palencia- estaban ocupados en asuntos tan graves como el golpe militar chileno, la muerte del presidente Allende y el asesinato de don Eugenio Garza Sada.

Luego que se destituyó al ayuntamiento, se produjeron intensas protestas callejeras. Loret de Mola mismo relata que «Cervera llegó de México esa noche, como fiera herida, tal y como yo lo había previsto, y con mucho dinero de Sansores reclutó gente de los barrios y armó los desórdenes y saqueos del siguiente día… Asaltaron los pelafustanes el Congreso y destruyeron sus muebles y archivo. Logré que no hubiera un solo muerto. Me lanzaron en contra a los estudiantes».

Cervera, si hemos de creer a Loret de Mola, no sólo le puso en contra a la gente de los barrios y a los estudiantes. Los comerciantes afiliados a la Cámara recibieron hostilmente al gobernador, cuando fue a explicarles la situación. El narrador se ufana diciendo que cuando terminó lo aplaudieron. 

He allí su conclusión autoritaria: «La autoridad de los poderes del Estado, a salvo. Muchos me censuraron, porque según ellos era «impolítico» revocar el mandato a un ayuntamiento al que sólo le restaban 90 días de actuación. Cuidado con esos razonamientos. Basta un minuto, no largos noventa días, para acabar con el prestigio de una autoridad y echarla por los suelos».

Trazados así, a brochazos, los rasgos característicos de la lucha por el municipio, es preciso concluir diciendo que, sin resolverse aún los problemas que en el pasado y el presente afectan la vida política municipal, nuevos fenómenos complican la vida en esos reductos civiles.

El acelerado proceso de industrialización ha generado situaciones conflictivas en municipios que no dejaron todavía de ser rurales (y se rigen consecuentemente por pautas políticas propias de sociedades agrarias) y tienen ya, sin embargo, montadas encima formas urbanas y modernas. La conurbación, particularmente, suscita problemas que no están siendo enfrentados en términos políticos. Es posible imaginar, entre las varias formas de resolver las cuestiones originadas en la conurbación, en alianzas municipales que no hagan perder su identidad jurídica a los municipios, y les permitan ganar flexibilidad y eficiencia en el abordamiento de tales temas. Recuérdese, sin embargo, que el artículo 115 fue enfático (ante el recuerdo de las jefaturas políticas, instrumento de dominación del porfiriato) en evitar toda instancia intermedia entre los municipios y los gobiernos estatales.

La búsqueda de nuevas formas de coordinación fiscal, con enfoque tecnocráticos, plantea desde la cumbre federal nuevas modalidades (o las mismas antiguas, facilitadas) de corrupción en ciertos municipios. Si para muchos ayuntamientos a falta de recursos sigue siendo un problema grave, el asunto no se resuelve con mera liberalidad en la entrega de financiamientos, y menos si al mismo tiempo se ha ido arrancando a los municipios de sus fuentes impositivas propias. Un ejemplo circunstancial, pero ilustrativo, da clara cuenta de lo que puede ocurrir con el fiscalismo dadivoso: en Chiapas se ha instrumentado la Operación Confianza, que consiste en entregar a los municipios bolsas de dinero para que se apliquen conforme lo idean los ayuntamientos, sin vigilancia alguna. Extraña que hasta ahora sólo un alcalde se haya marchado (éste lo hizo a Brasil) con la bolsa de recursos fiscales para sí mismo.

Sólo la organización desde abajo, la comunitaria, la popular, puede, entonces, garantizar al mismo tiempo legitimidad y eficiencia.

Probablemente el caso que más típicamente ilustra en los tiempos recientes la movilización popular en torno de conflictos entre un gobernador y un ayuntamiento, sea la destitución del alcalde sustituto de Mérida, Wilbert Chi, ordenada por el gobernador Loret de Mola

El Estado programador

Arturo Cantú: Articulista del periódico unomásuno. Responsable de los estudios socioeconómicos del Plan Nacional de Grupos Marginados y Zonas deprimidas.

LA TARJETITA DE ORTIZ MENA

No hace mucho tiempo, a principios del régimen actual, se contaba como una anécdota entre el personal de Egresos que cuando Ortiz Mena era el Secretario de Hacienda, muy cerca de la fecha en que había que presentar al Congreso el proyecto de presupuesto de la nación, llevaba una pequeña tarjeta en el bolsillo de su camisa en la que tenía anotadas las asignaciones que corresponderían a cada uno de los sectores principales del gobierno. Los funcionarios inferiores, que se verían obligados a elaborar en detalle el presupuesto, seguramente con muy poco tiempo para realizar esta tarea, esperaban con ansiedad el momento final en que don Antonio, quizá después de muchos cambios y aproximaciones, sacaba por fin la tarjetita y la exponía al conocimiento de todos con las cifras básicas a partir de las cuales debería prepararse el presupuesto, traduciéndolo a los renglones usuales en aquellos años: por ramos, inversión y corriente, irreductible, etc.

Es probable que la anécdota sea falsa o haya llegado hasta mí muy deformada por el paso del tiempo. Pero es significativa. Resulta asombroso que hace apenas veinte años, fuera posible que un solo hombre tuviera en mente los cambios fundamentales a realizar año con año para decidir el presupuesto total del país, y que sus cálculos y estimaciones, seguramente informados por el rumbo de los asuntos públicos y la opinión superior del Presidente de la República en turno, se concretaran finalmente en las asignaciones sectoriales que habrían de presentarse a la Cámara de Diputados para su aprobación. Detrás de este increíble dominio sobre los asuntos hacendarios del país había una serie de reglas no escritas que servían para simplificar en alguna medida la asignación de recursos: preferir hasta donde fuera posible el gasto en inversión por sobre el gasto corriente; determinar el monto de gasto que no pudiera reducirse sin despedir empleados de la burocracia gubernamental y llamar a este presupuesto irreductible; considerar que ningún renglón de la asignación de recursos debía elevarse nunca mas allá de un 10 por ciento respecto a su correspondiente irreductible del año anterior; disminuir sistemáticamente las asignaciones en el caso de que no se hubieran ejercido en el periodo anual inmediato.

La aparente imparcialidad hacendaria y el escrupuloso celo por hacer economías en el presupuesto escondían en una realidad una preferencia clara por el desarrollo urbano e industrial y en contra del campo y de las clases sociales más pobres.

Todas estas reglas formaban un tejido regulador que facilitaba las tareas presupuestarias del sector público, pero también formaban una red de la que era muy difícil escapar en el caso de que la intención fuera, precisamente, modificar las asignaciones sectoriales. Lo que el sistema presuponía en realidad era que la asignación general de recursos del sector público era correcta y que bastaba con cuidar que las proporciones se mantuvieran iguales para conseguir que todo marchara de manera óptima. Estas proporciones no eran producto del azar, reflejaban prioridades en la asignación del gasto que de alguna manera mantenían permanentemente a la sociedad en un mismo nivel de satisfacción precaria de sus necesidades esenciales, sobre todo en el sector campesino, y al mismo tiempo acrecentaban la infraestructura para facilitar la inversión nacional y extranjera en empresas productivas. Las proporciones reflejaban una política de desarrollo y la política dependía a su vez de los supuestos de la teoría económica ortodoxa. La aparente imparcialidad hacendaria y el escrupuloso celo por hacer economías en el presupuesto escondían en realidad una preferencia clara por el desarrollo urbano e industrial y en contra del campo y de las clases sociales más pobres. Ortiz Mena es la culminación de un proceso que se inicia mucho antes, llega a ser Secretario de Hacienda por primera vez en 1958 pero puede suponerse que sólo hacia 1960, bajo la Presidencia de López Mateos, llegó a tener un poder suficiente sobre los asuntos de su competencia. De entonces a acá muchas cosas han cambiado en el país, y algunas vertiginosamente.

FIN Y PRINCIPIO DE UN PAÍS

Quizá no sea necesario mencionar muchas cifras para mostrar que el país ha crecido en forma acelerada en los últimos dos decenios. Una comparación elemental del gasto federal ejercido hace veinte años y el de 1980 puede ser en extremo ilustrativa. A pesos iguales (de 1978) en 1960 se gastaron 107 mil millones, en 1980 se ejercieron 560 mil, más de cinco veces en veinte años. Para qué referirnos detalladamente al crecimiento de la producción petrolera y de las exportaciones en ese renglón. Es indudable que los recursos nacionales han aumentado en forma prodigiosa. Pero los problemas nacionales han crecido en la misma proporción. Hasta el principio de los setentas el país tenía todavía una frontera agrícola abierta. Incluso es muy probable que todo el periodo que va de Avila Camacho a Díaz Ordaz haya estado determinado en el fondo por este hecho. Al crecimiento de la población se podía siempre igualar el crecimiento de las tierras abiertas al cultivo. Y si bien la miseria de los grupos marginados no disminuía en forma notable, por lo menos se conservaba en los mismos niveles y en algunos casos hasta podrían señalarse aumentos reales del bienestar de la población. En todo caso, fue relativamente sencillo mantener los mismos principios políticos y económicos a lo largo de todo el periodo. Una misma filosofía presidió la conducción económica y hacendaria del país. Y las cosas marchaban tan automáticamente, por decirlo así, que la asignación de recursos y el presupuesto de la federación no eran asuntos muy importantes en la política gubernamental. Al menos esa es la impresión que suscitan esos años al verlos retrospectivamente y al compararlos con la segunda parte del periodo de Díaz Ordaz y con los sexenios de Echeverría y López Portillo. Al agotarse la frontera agrícola el país tuvo que enfrentar graves problemas económicos y resultó más evidente que nunca la vulnerabilidad de su aparato productivo.

En realidad hasta hace muy pocos años empezó a pensarse en el largo plazo y en la magnitud de los problemas a enfrentar. No solamente la frontera agrícola se agotó. Igual sucede con los recursos acuíferos del país ya que cada vez resulta más difícil llevar agua a las poblaciones urbanas y abrir nuevas tierras al riego. Es muy probable que también estemos muy cerca del agotamiento en el uso de la energía hidráulica. Es previsible también, a un plazo relativamente corto si pensamos en la vida del país, el agotamiento de la energía térmica a base de hidrocarburos. En otros casos, a partir de decisiones que tal vez parecieron razonables en su momento, nos hemos impuesto a nosotros mismos fronteras insuperables, como en el desarrollo del transporte ferroviario, estancado desde hace muchos decenios.

Frente a todo esto hay que considerar el enorme ritmo del crecimiento demográfico que nos llevará, a un plazo tan cercano como el año 2000, a una cifra superior a los 100 millones de habitantes y en el peor de los casos a cifras superiores a los 120 millones. Si consideramos que actualmente en términos generales por lo menos la mitad de la población no tiene acceso cabal a la satisfacción de sus necesidades en educación, alimentación, salud y vivienda, resulta difícil pensar en las condiciones que podrían darse en el año 2000, de continuar las tendencias actuales del desarrollo nacional. No se pueden abrir nuevas tierras al cultivo, no hay agua ni viviendas suficientes para la población y en veinte años habrá casi el doble de habitantes. Es necesario un enorme crecimiento energético para producir los bienes y servicios que demandará la población del 2000, y no se ha dado ningún paso sólido para desarrollar fuentes alternativas de energía y aprovechar mejor las ya existentes. 

Parecería que el país ha llegado a un punto en que su crecimiento cuantitativo ha generado cambios cualitativos. Los problemas no se presentan simplemente como problemas cada vez más grandes sino como problemas de otra naturaleza. Existen más recursos también para aplicar a las soluciones, pero no se trata ya de una cuestión meramente acumulativa, en la que una suma más grande pudiera adaptarse mejor a la resolución de un problema que ha devenido más grande también a través del tiempo. En realidad el país se enfrenta a problemas nuevos y empieza a pensar en nuevas soluciones.

Todos estos cambios transformaron con bastante rapidez las prácticas y contenidos de la política gubernamental. Las decisiones políticas que hace apenas dos decenios eran cosa rutinaria empezaron a presentarse como envueltas en una enorme complejidad técnica y administrativa, de suerte que fue necesario crear una burocracia cada vez más numerosa y capacitada. De alguna manera, la ruptura del 68 reflejó los límites del sistema político anterior y demandó cambios concordantes en la organización política y administrativa.

EL CREDO RESISTE

A medida que se iban estrechando los recursos materiales del país resultó claro que la organización social y económica prevaleciente desde el régimen de Avila Camacho debía ser sustituida por otra mucho más eficiente y moderna. Al cerrarse las fronteras productivas se hizo patente que buena parte de la tarea política de los gobernantes recaería en las tareas administrativas, y en especial en las que tienen que ver directa o indirectamente con la asignación de recursos. El sexenio de López Portillo se caracterizó por haber realizado grandes cambios en estos renglones, desde la promulgación de las leyes que crearon la Secretaría de Programación y Presupuesto y las referentes al gasto público y los sectores administrativos, hasta la renovación y en algunos casos aun la inversión de prácticas administrativas que se venían presentando como inconmovibles desde hacía varios decenios.

La burocracia hacendaria consolidada alrededor de un poder que no le había sido discutido en los últimos cuarenta años veía con sorpresa la acción de un presidente que entraba hasta la trastienda para saber cómo se cocinaban los acuerdos y las decisiones en relación al presupuesto y su ejercicio.

Pero desde el sexenio de Echeverría empezaron a darse cambios importantes en estos asuntos. Entonces se rompieron algunas de las principales inercias presupuestarias en relación al gasto destinado al bienestar social. Las gráficas anuales de asignación de recursos en educación primaria y secundaria, por ejemplo, se elevaron decididamente y lo mismo sucedió con el gasto destinado a salud, caminos vecinales y agua potable. Los crecimientos en el área industrial fueron también notables: los activos de los organismos sujetos al control estatal, por ejemplo, prácticamente se multiplicaron por cuatro durante ese periodo. Por otra parte, aunque no se intentó llegar a un plan global que presidiera las acciones administrativas, se hicieron notables avances en materia de programación sectorial, de hecho se elaboraron planes sectoriales bastante complejos y completos para normar la acción de las principales entidades del sector público y se creó un cuerpo de legislación que fijó normas importantes para el desarrollo económico e industrial del país. Todo esto no se consiguió fácilmente. El presidente Echeverría se vio obligado en alguna ocasión a despedir a un director de egresos que obstaculizaba sus directrices y en poco tiempo tuvo que prescindir de los servicios del propio Secretario de Hacienda, quien todavía en ese sexenio era responsable en buena medida de la asignación de recursos. La burocracia hacendaria consolidada alrededor de un poder que no le había sido discutido en los últimos cuarenta años veía con sorpresa la acción de un presidente que entraba hasta la trastienda para saber cómo se cocinaban los acuerdos y las decisiones en relación al presupuesto y su ejercicio. El cambio no fue fácil, todavía hay funcionarios que sostienen en privado que cuando el Presidente se equivoca en alguna decisión es necesario no acatar sus órdenes, en beneficio del país. Y no se trata tanto de una insubordinación en la que lo importante fuera anular el poder de decisión del Presidente a través de acciones burocráticas intermedias, cuanto de sostener el viejo credo hacendario, inculcado firmemente a través de decenios de ejercicio, de que la asignación de recursos debe obedecer a las reglas establecidas desde siempre. No es solamente una inercia, sino también una convicción acendrada al paso del tiempo.

LA CÁMARA LENTA

Quizá no fuera accidental que entre las características del sucesor de Echeverría se encontrara precisamente la de haber sido el promotor durante muchos años de una reforma administrativa en el sector público. Tanto el volumen de las nuevas operaciones económicas y financieras como la complejidad administrativa creciente de la planeación y la programación hicieron necesario un viraje en las tareas fundamentales de gobierno. Lo que antes era decidido a la sombra y con poca resonancia ante la opinión pública, pasó de pronto a ser materia principal del gobierno, y las habilidades requeridas para hacerlo con eficacia pasaron también a ser las dotes indispensables para gobernar. En estas materias López Portillo fue más allá que ningún otro presidente, quizá porque justamente había llegado el momento en que la realidad material obligaba a cambios impostergables en la administración pública. No es extraño, tampoco, que durante su gestión hayan pasado por la Secretaría de Programación y Presupuesto, creación suya, cuatro secretarios, y que el tercero haya resultado candidato del PRI a la presidencia de la república. Todo esto no indica sino la centralidad de las tareas que allí se realizaron durante el sexenio y la lucha descarnada que se dio en su interior por defender el modo tradicional de asignar los recursos en contra de las nuevas realidades administrativas que necesariamente tenían que imponerse y triunfar. En un primer momento Carlos Tello representó la renovación y Moctezuma Cid, desde los restos de la Secretaría de Hacienda que fue dividida para pasar Egresos a la Secretaría de Programación y Presupuesto, representó el modo tradicional de entender las cosas. Ambos tuvieron que salir de los puestos centrales del gobierno lópezportillista. En un segundo momento García Sainz, con Miguel Rico de subsecretario como un poder tras el trono, llegó a oponerse a los propios designios del presidente de la república, cometiendo el mismo error que Margáin frente a Echeverría. Intentó, con muchas menos probabilidades de éxito puesto que el presidente López Portillo había promovido directamente la reforma administrativa en este renglón, sostener bajo una capa de carácter programático las viejas prácticas y usos del presupuesto tradicional. Secretario y Subsecretario fueron desplazados por Miguel de la Madrid y su equipo. En cada uno de estos tres momentos se diseñaron en el seno de la secretaría de Programación y Presupuesto diferentes instrumentos de carácter administrativo tendientes a hacer una realidad la presupuestación a través de la programación. En cada caso apenas se ha tenido tiempo de elaborar un cuerpo de normas y de procedimientos sobre estas tareas administrativas, y de ser medio entendidas por el resto del sector público, cuando se han tenido que cambiar por las siguientes. Pero aun así el balance final probablemente arroje un saldo positivo en el sentido de que de una u otra forma los tres equipos que estuvieron al frente de la secretaría persiguieron lo mismo: hacer realidad, con mayor o menor contenido, la elaboración, ejercicio y evaluación del presupuesto por programas.

Mientras tanto, pese a la nueva disponibilidad de recursos, el país se ha mantenido prácticamente en los mismos niveles de injusticia de hace por lo menos cuarenta años. Sus rezagos en materia de alimentación, educación, salud y vivienda son enormes, y en algunos casos crecientes. Sin exagerar puede decirse que la mitad de la población actual no satisface los mínimos de bienestar. Y esto no quiere decir otra cosa sino que mueren de desnutrición, de insalubridad, de falta de abrigo, de ignorancia. Utilizando los últimos datos disponibles, en 1974, se sabe que de un total de 432 mil muertes ocurridas ese año, 184 mil, el 43 por ciento, eran muertes evitables: se derivaron de padecimientos que tienen una cura fácil e inmediata en cualquier caso normal, como las enfermedades diarreicas y las infecciones respiratorias, que son con mucho nuestras más importantes causas de mortalidad. De estas 184 mil personas que murieron inútilmente ese año, el 59 por ciento, más de 100 mil, eran niños menores de 4 años. En 1982 no tenemos razones de peso para pensar que la situación de 1974 ha cambiado favorablemente. Aún más, algunos cálculos preliminares sobre la situación alimenticia de la población en 1978 nos hacen pensar que hubo un empeoramiento apenas en relación a 1975. Mientras que en este año la población que está bajo el mínimo de calorías y de proteínas es aproximadamente el 55 por ciento del total, para 1978 llegó prácticamente al 70 por ciento. Para 1974 Echeverría ya había decidido que salieran Miguel Rico de la Dirección de Egresos y Margáin de la Secretarla de Hacienda. En 1978 García Sainz sale de la Secretaría de Programación y Presupuesto: hay que hacer grandes cambios administrativos para que todo siga igual.

Aunque es probable que a la fecha se hayan abandonado definitivamente los mecanismos y prácticas mediante los cuales se elaboraba el presupuesto, la doctrina económica que determinaba la asignación de recursos sigue aún vigente. Un presupuesto por programas no modifica necesariamente las líneas del desarrollo del país.

Y ERA LA INDUSTRIA UNA RED DE AGUJEROS

«Los hechos les ponen cuernos a las ideas» decían al salir de la gubernatura de Nuevo León el licenciado Rangel Frías. Pero por aquel tiempo no pensábamos que tuviera razón. La reforma administrativa, y en especial la presupuestación por programas, apenas eran un instrumento para poner en obra las transformaciones que pondría en práctica el poder público. A principios de este sexenio, se hablaba de una especie de tablero de mando en el cual, a través de metas de resultados y de operación, costos, tiempos, y sistemas de seguimiento y evaluación, sería posible ver con tanto detalle como se deseara la marcha de los asuntos del país. Mediante este artificio de la inteligencia sería posible también intervenir en la realidad y marcarle nuevos rumbos y transformaciones en la medida de lo necesario. Los nuevos sistemas administrativos, contables y de programación harían posible esa racionalización suprema del mando. De sobra está decir que en la gran mayoría de los sectores no se llegó a construir ni siquiera un sistema de información apropiado a un tablero de mando rudimentario, mucho menos, desde luego, el gran tablero central que sería la sumatoria de todos ellos y algo más.

No, desde luego, que no se haya avanzado en esa dirección. Lo prueba la existencia de un presupuesto por lo menos con presentación programática y la formación, en innumerables secretarías, de direcciones y organismos del sector público de personal calificado para llevar adelante en el futuro con mayor éxito tareas de programación y presupuestación. Pero el problema, ahora empieza a verse claro, no es ése. Por mucho que cambiemos los instrumentos administrativos, modernizándolos y racionalizándolos, si su contenido es el mismo la realidad seguirá siendo igual.

Aunque es probable que a la fecha se hayan abandonado definitivamente los mecanismos y prácticas mediante los cuales se elaboraba el presupuesto, la doctrina económica que determinaba la asignación de recursos sigue aún vigente. Un presupuesto por programas no modifica necesariamente las líneas de desarrollo del país. Puede, en el mejor de los casos, hacer más transparentes las prioridades políticas de determinado régimen, pero igual serviría para defender y perpetuar el estado actual de cosas que para intentar cambiarlo. Y en esto tal vez ha faltado claridad en las altas esferas gubernamentales. Aunque se dice con alguna frecuencia que nuestro aparato productivo debe atender a las necesidades básicas de la mayoría de la población, de hecho no se da ningún paso efectivo para lograr que esto sea posible en la realidad económica del país. En una economía como la mexicana en la que la ganancia obliga siempre a producir y distribuir para una capa selecta de la población urbana, no es posible esperar que surja en ninguna parte de la realidad una planta productiva dedicada a producir para lo que no es negocio, la satisfacción de las necesidades esenciales de la mayoría del país. Pero aún más que esto, en el fondo no se trata simplemente de la posibilidad de reorientar para este o aquel destino un aparato productivo del cual ya se dispone. La realidad es que no se dispone de ningún aparato productivo como tal, sino de un conjunto desarticulado y extraordinariamente dependiente de instalaciones industriales mayormente dedicadas a tareas de ensamble y maquila. No es posible reorientar la planta industrial hacia la satisfacción de las necesidades esenciales porque México no es independiente en ninguno de los renglones estratégicos de la producción. No produce muchas de las materias primas industriales y de ingeniería, no domina en su totalidad prácticamente ninguno de los procesos fundamentales de fabricación. Bastaría con que no le vendieran algunas refacciones elementales de aceros especiales, ciertos abrasivos, algunos catalizadores para detener, en cualquiera de los tres casos, el funcionamiento de la industria mexicana en su conjunto. Y no es que sea imposible transformar todas estas realidades y crear una estructura productiva razonablemente autosuficiente, lo que sucede, obviamente, es que al hacerlo seguramente se afectarían de manera sustancial intereses poderosos de los sectores productivos nacionales y extranjeros. Pero si no se intenta hacerlo, por otra parte, la modernización iniciada en los dos últimos sexenios no pasará del papel y del recambio de formatos burocráticos y funcionarios administrativos. Programar por las cosas mismas, por las necesidades reales de la población y no por tasas de crecimiento de la inversión y del producto, como se ha sostenido últimamente, significa en realidad afectar los intereses creados de los grupos dominantes, obligarlos a cumplir el papel que desde hace mucho debieron haber desempeñado en la sociedad y desplazar sin ninguna contemplación a los que no sean capaces de asumir su nuevo papel histórico. Y esto a su vez significa enfrentar riesgos con respecto a la dominación extranjera, decidirse verdaderamente a tomar el camino de la independencia nacional.

LO QUE EL VIENTO SE LLEVO

Cualquier balance, descripción o mero cómputo estadístico de lo que ha sido el cine mexicano durante el sexenio lopezportillista, da cuenta de los beneficios que produce a la iniciativa privada la carencia de proyectos culturales gubernamentales precisos, pero también cómo el más sólido aparato fílmico empresarial, el del consorcio Televisa y su ramal Televicine, es incapaz de mantener su ritmo tras una llegada triunfal al medio que se desvaneció abrumada por los vicios intrínsecos de la burocracia cinematográfica; da cuenta de la creciente ruina moral y económica de una industria cultural sometida a los caprichos y malabares políticos de un grupo piramidal y reducido de funcionarios que entienden por quehacer cinematográfico la intriga palaciega en las oficinas de la Dirección General de Radio Televisión y Cinematografía, los estudios Churubusco o los América.

Lo que permanece es un territorio apto para el gesto despótico de cualquiera de los muchos funcionarios, el terror al despido fulminante e inexplicado -en el mejor de los casos-, la obstaculización de proyectos no gratos a la autoridad, la congelación de películas hechas por las paraestatales, la limitación de éstas a meros instrumentos de la voluntad personal del más alto jerarca en turno, el cierre de filas de una censura activísima y cínica, el oportunismo de cineastas que optan pasarse al enemigo y seguir con docilidad las nuevas reglas del juego antes que enfrentársele y terminan como biógrafos de Rigo Tovar (Felipe Cazals) y Juan Gabriel (Gonzalo Martínez).

A ello ha colaborado, en parte, la inexistencia -con una o dos excepciones- de una crítica sostenida y libre o de espacios de discusión permanentes ante uno de los peores momentos del cine mexicano: los tristes destinos de las revistas Cine e Imágenes dieron fe de la falta de respuesta de un público al que se supuso amplio y ansioso y de la carencia de una actitud crítica que retribuyera a esas expectativas.

Límites al apocalipsis: para entender la naturaleza de los continuos fracasos que significaron a la presente administración, hay que señalar la naturaleza endémica de lo que se quiere llamar «crisis»; de hecho, ya se hablaba con horror de ella desde los 40s, cuando se suponía al cine mexicano en su mejor momento: la intervención del magnate William Jenkins y sus hombres de confianza, los poblanos Manuel Espinoza Yglesias y Gabriel Alarcón, para monopolizar la exhibición en México, unida a la desaparición de estudios y casas productoras ante la competencia norteamericana (la RKO de Huges copatrocina los estudios Churubusco; Cantinflas abandona CLASA para pasar a la Columbia Pictures) hacen ver con pesimismo a los cineastas de la postguerra el futuro del cine nacional, que no mejoraría en los años siguientes.

EL CHANFLE DE LAS CAMPANAS ROJAS

La inmensa maniobra de desmantelamiento del aparato productivo echeverrista emprendido por Margarita López Portillo (eliminación de Conacite 2, liquidación finalmente frenada del Banco Nacional Cinematográfico, el intento de cierre del Centro de Capacitación Cinematográfica, la detención de funcionarios de la industria el 26 de julio de 1980, etcétera) fue una de las posibles acciones ante un cine debilitado, invadido por la burocracia y el mercantilismo hasta la médula, del mismo modo en que ese complejo operativo implementado por Rodolfo Echeverría entre 1970 y 1976 lo fue en su momento sin ser ninguna de las dos la solución. Si 1975 se entiende como el año de la virtual estatización del cine mexicano, en el sexenio siguiente el retiro del gobierno, al menos del sector de la producción, fue notorio: en 1977 hizo 46 películas, 32 al año siguiente, 14 en 1979, 7 en 1980 y, en 1981… una, la coproducción con la Unión Soviética e Italia, Campanas rojas. En 1979 aparece la empresa llamada a dominar, momentáneamente la industria, Televicine, subsidiaria del consorcio Televisa destinada a extender al cine los valores de sus programas televisivos (Chespirito en El Chanfle, Cepillín en Milagro en el circo, Olga Breeskin en Nora la rebelde); en su primer año filma 19 películas -cinco más que las compañías gubernamentales- y adquiere tres salas de exhibición en el D.F.; en 1980, compra la cadena de cines de la Columbia Pictures en la zona fronteriza norteamericana, pero su producción disminuye también considerablemente; en 1981, no hizo más de cinco películas, la más importante de las cuales fue la segunda parte de El Chanfle.

Los funcionarios se manifiestan: el 28 de octubre de 1980, la titular de RTC, Margarita López Portillo afirma sobre la depuración del cine emprendida por ella: «Ahora puedo decir que el cine mexicano está salvado», y poco después se anuncian los proyectos que sacarán a flote a la industria, coproducciones con España (El niño del tambor), con Francia (una biografía de Sor Juana Inés de la Cruz que se sumará a las hechas aquí en el sexenio: Constelaciones de Alfredo Joskowicz y La infancia de Juana Inés de Jorge Durán Chávez) y Campanas rojas la única que se ha realizado y para la cual el erario nacional aportó nada menos que 34 millones de pesos, con lo que, de paso, se rompió el tope de financiamiento fijado en 1976 a las producciones gubernamentales (7 millones). Ramón Charles, asesor general de RTC en 1979 y luego director de Operadora de Teatros, brazo ejecutor en el intento de cierre del Centro de Capacitación Cinematográfica y en la aprehensión de funcionarios, define el 31 de enero de 1981, los terrenos de acción: «El cine comercial debe estar a cargo de la iniciativa privada, donde existen personas capaces de realizarlo con pleno conocimiento de lo que quiere ver el público y de la calidad que deben tener esas películas, y las cintas de otro género, me refiero a las películas cuyos argumentos abordan temas históricos, culturales, etc., deben ser las que financien las empresas estatales». Charles, quien en 1979 declaró que El Chanfle era el modelo a seguir por el cine mexicano, renunció y desapareció del mapa en marzo de 1981, pero eso no modificó en nada la política general de la administración.

En un ambiente así, hay pocas obras memorables: adecuándose a todas las limitaciones financieras y de censura impuestas por el nuevo sexenio, pero con un guión (de Manuel Puig) riguroso y eficaz y un estilo contenido, de sabia administración de sus conflictivos personajes, Arturo Ripstein logró con El lugar sin Límites (1977) no sólo su primera película industrial madura, después de Tiempo de morir (1966), sino el gran comentario sobre la política sexual provinciana, el debut del homosexual como personaje digno y entrañable, una pieza irrepetible en las condiciones consecuentes del cine nacional.

El propio Ripstein filma en 1979 Cadena perpetua, una incursión severa en un género poco atendido en México, el cine negro; la película se erige como un retrato del discurso policiaco como entidad totalizante, como prisión y método (el retrato del policía que logra Narciso Busquets aniquila cualquier justificación sobre el sistema; en él la brutalidad cotidiana del poder tiene a su gran intérprete). Obra desesperanzada claustrofóbica, la grisura sostenida (o acentuada hasta el horror en el revueltiano episodio de las islas Marías), es otra excepción, como lo es, en la filmografía total de José Estrada Los indolentes, cómputo de la degradación dócil de la mentalidad reaccionaria abatida por la historia, en la forma de una familia provinciana encerrada en el onanismo de la nostalgia, la colección de caritas de ángeles de papel o la lectura de Vea», fingiendo que el cardenismo nunca pasó, que el país no es el del rifle sanitario alemanista. Estrada se animó a lo que pocos en el cine nacional, reconocer la historia y hacerla pivote dramático, definición de los personajes, resonancia crítica.

Pero Ripstein y Estrada ya venían del echeverrismo (y el último de hecho se retiró tras Los indolentes): la administración lópezportillista verá el surgimiento de un gran cineasta, formado en sectores secundarios del aparato productivo oficial, Nicolás Echeverría. Su filmografía está amparada por el Centro de Producción de Cortometraje de los estudios Churubusco, de donde sólo han salido, antes -y ahora,- trabajos de propaganda gubernamental y hagiografías de próceres nacionales.

Por principio de cuentas, Echeverría es un fotógrafo de excepción; su sentido del detalle significativo, del encuadre y de la composición cromática tiene un alto rango sostenido. Sin embargo es justamente el fotógrafo lo que domina en su obra y genera sus mayores fallas: está tan enamorado de lo que filma que no sabe dónde -o se niega a- cortar. Eso afecta la estructura de sus primeros documentales: Judea (1973) e Hikure Tame (1977) son breves registros de las explosiones de misticismo indígena (la semana santa cora y la peregrinación del peyote), obedientes al orden natural de las celebraciones, aunque entorpecidos por las voces de narradores que explican -y, por lo tanto, mediatizan, domestican- los actos puros que aparecen en pantalla.

YO SOY LA MUJER CINE Y CELULOIDE

El largometraje María Sabina (1978), aunque sufre el desequilibrio de repetir en la segunda parte una ceremonia con hongos minuciosamente filmada y ya mostrada al principio, establece una gran ruptura con el documental etnográfico tradicional: la voz en off traduce al español las palabras de la propia María Sabina, se le registra en sus actos cotidianos, es ella quien impone el discurso, la información, lo que el espectador debe saber -y cómo. Echeverría se está aboliendo como autor; el documental es un mero vehículo para que se exprese el filmado, sin mistificaciones, con su código particular determinando sus leyes, no hay la actitud del analista antropológico, sino de quien descubre por primera vez un país, el otro mundo que está en cualquier provincia o las manifestaciones culturales a punto de perderse y que nadie registra por no redituar nada políticamente o significar un México místico inaprehensible para los instrumentos institucionales.

Tesgüinada (1979) es el registro condensado de la celebración de la Pascua en la comunidad tarahumara de Nunérachi, Batopilas, Chih., cuyo clímax es la embriaguez orgiástica colectiva con el licor de maíz llamado tesgüino. El excelente texto, escrito y leído por Guillermo Sheridan a lo largo de toda la película, recrea fielmente el pensamiento mitológico tarahumara, con la misma eficacia con que las palabras de María Sabina inducían al conocimiento directo de su vida diaria y a los hongos alucinógenos, pero también mantiene el relato en los límites firmes de la sucesión de los cuatro días de festejo, sin excederse, como un ejercicio de rigor narrativo que hace que ésta sea la película más redonda de Echeverría, aunque no tan llamativa como Poetas campesinos (1980), sucesión de imágenes choque en torno a la actividad artística en la zona mixteca del sur del estado de Puebla de la banda de música de los campesinos de San Felipe Otlaltepec, el payaso y poeta de Coyotepec, Narciso Sosa, y el circo de la legua «La Maroma», del mismo pueblo.

Siguiendo veladamente la estructura de la pasión cristiana, vemos al maestro Gilberto Hernández enseñando a los niños las notas y el pentagrama usando los dedos de una mano y a la banda interpretando a Von Suppé en la pedregosa sierra de Puebla al payaso Sosa invocando al pueblo de esquina en esquina sobre un burro y revelar sus verdades en versos imperfectos, en un insólito sermón de la montaña; a los trapecistas formar una cruz con sus cuerpos, en el atardecer, mientras la banda toca «Viva Cristo Rey». Pero esto no supone alegato político alguno: Echeverría está por la recuperación deslumbrada de esas manifestaciones agónicas de una sensibilidad pueblerina poco útil para el documental turístico o el de «denuncia social».

Su último trabajo, El niño Fidencio (1981), es un violento paseo por el fanatismo, la esperanza y la creación de un culto religioso contemporáneo que trasciende toda explicación sociologista; la contundencia del fervor, la dignidad del pobrediablismo místico que es, sin embargo, la única salida de todo un pueblo, la serena administración de documentos históricos, de corridos sobre Fidencio, los trances de los «cajitas» o mediums, forman una obra inclasificable, fascinante, demoledora e irónica, la primera película que se preocupa en serio por la religión mexicana.

Fuera del cine de Echeverría (que se difunde poco, chocando con obstáculos dentro del propio Centro de Producción de Cortometrajes, y es mal visto por las autoridades por mostrar un México poco conveniente a su optimismo), la dignidad ha quedado en manos de los directores no industriales, quienes han hecho en estos años un cuerpo de obras, reducido pero sólido, que aunque mal conocido ha logrado filtrarse a bastiones de la cultura fílmica institucional como la Cineteca y los premios «Ariel» de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas.

Como antecedentes directos se deben citar los documentales de Eduardo Maldonado sobre la corrupción del movimiento anti charro en una sección del sindicato petrolero una y otra vez, 1975) y sobre las miserables condiciones de trabajo y vida de los jornaleros y la importancia de que se mantengan así para bien de la estabilidad económica nacional (Jornaleros, 1977); el riguroso ejercicio de recreación de la sensibilidad porfirista, hecho por Diego López y Hugo Hiriart (Niebla, 1978) y la incursión hiperrealista de Ariel Zúñiga en la politización de una madre cuyo hijo ha desaparecido en manos de la policía, transformando la cotidianidad en un laberinto regido por un autoritarismo que suministra violencia meticulosamente, como una nueva realidad (Anacruza, 1978).

CUEC: PRIMER TERRITORIO LIBRE DE CINELANDIA

Con las reservas que amerita lo breve de su producción, se puede hablar de una generación excepcional, la mejor que haya dado el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, superando la maraña que han formado las distintas dependencias dedicadas al cine en la UNAM (una Filmoteca que no presta películas a «ciertos» maestros blacklisted del CUEC, pero organiza congresos internacionales; un Departamento de Actividades Cinematográficas que termina las películas que no tuvieron tiempo de hacer los egresados del CUEC y una escuela de cine que produce las únicas expresiones cinematográficas de vanguardia).

Cualquier cosa (1980, Douglas Sánchez) es la primera parodia a la industria cultural de la izquierda pequeño burguesa, bajo la forma de un actor de fotonovelas (Jaime Garza) que opta por hacer ahora historias revolucionarias, que «concienticen» al lector, entrando en un juego suicida de intereses que manipulan su vocación mesiánica hasta aniquilarlo; Laura Lógica (1981, Chiván Santiago), es, como La fórmula secreta (1965, Gámez), un ejercicio musical que cuenta las historias diacrónicas, sólo unidas al final, del combativo músico Silvestre Parker (Antonio del Rivero), que combatiera por la república en la guerra civil española y fuera un maestro del saxofón, el atribulado critico musical Mario Menotti (Eduardo Milán) y la genio musical nunca descubierta Laura (Gisela Iranzo); las anécdotas se cruzan, se viran al negativo, se interrumpen para dar lugar a las declaraciones de un mariachi, estamos a medio camino entre La familia Burrón y Luciano Berio; No, Gardel no (1981, Daniel Da Silveira) es una demoledora desdramatización de la separación de los amantes, manifestada como los espacios vacíos que deja la mujer que recoge sus cosas del departamento compartido con su pareja; Historias de vida (1981, Adriana Contreras), es una reflexión sobre la permanencia del pasado en los gestos cotidianos que lo esconden y revelan constantemente, es un relato dolorido y sensual sobre la fugacidad de cualquier placer y la riqueza de la fantasía de cualquier persona que siga teniendo ojos de niño; Chapopote (1980) y Chahuistle (1981), de Carlos Cruz y Carlos Mendoza, son sendos gestos de irreverencia a la propaganda oficial en torno al petróleo y el Sistema Alimentario Mexicano, son vehículos de información contextualizada sobre los intereses nada patrióticos y muy particulares que animan ambos proyectos nacionales.

Cineastas como ellos, tienen la respuesta posible a la grave situación política, administrativa y cultural que se ha impuesto desde hace décadas en la industria y se ha agravado en este sexenio; sin ser cabeza de grupo ni aspirar a que su trabajo los conduzca a un medio y a un tipo de quehacer al cual dan la espalda conscientemente, son estos talentos jóvenes, de sorprendente madurez y claridad de planteamientos, quienes recuperan para el cine mexicano la dignidad, quienes devuelven al espectador la condición de seres pensantes, al cine su posibilidad de crear discursos inasimilables para el sistema, de ser arma de la información o de la sensibilidad subversiva, de ser el espejo critico del México -y el cine- de los de arriba.

SACERDOTES Y ECONOMISTAS

Hace ya varios meses David Stockman hizo declaraciones que suscitaron un escándalo en los Estados Unidos. Nada menos que el Director de Presupuesto -del gobierno de Reagan- manifestó, crudamente, su desconfianza y hasta su desprecio por el programa económico Reaganista del que él mismo es coautor. Los opositores agradecieron su sinceridad. Sus «amigos» le retiraron el saludo. El público aumentó sus dudas o las confirmó. La secuela del escándalo no fue sino reflejo de algo más profundo: los efectos reales de un programa que favorece a los económicamente poderosos y golpea a los pobres.

Pero junto a estas revelaciones constructoras del escándalo muy al estilo del show gringo con el sello de los media, Stockman dictó cátedra sobre un tema siempre vigente: la relación entre teoría y política económica. Traduzco un párrafo de Time: A principios de 1981 «Stockman incorporó en una computadora los datos de las medidas anunciadas por Reagan: plan de recorte impositivo a tres años y enormes aumentos en el gasto militar. Encontró resultados desastrosos absolutely shocking. La máquina proyectó un déficit presupuestal de 82 mil millones de dólares en 1982 y de 116 mil millones en 1984. Así que Stockman, simplemente reprogramó la computadora incorporando nuevos supuestos sobre cómo las «políticas económicas ofertistas»(*) reducirían tanto los precios como las tasas de interés y elevarían la productividad. Ello permitió proyectar un superávit para 84…»

El mismo artículo transcribe una reveladora frase de Stockman, el joven maravilla que a los 35 años había escalado hasta uno de los puestos más importantes de lo que en México llamaríamos «gabinete económico»; ese joven ex estudiante de teología en Harvard, que impresionó por su lucidez y profundo conocimiento de las estadísticas. Stockman dijo a su entrevistador: «Ninguno de nosotros entiende realmente qué está sucediendo con todos esos números». Ni más ni menos: un gran sacerdote que en un ataque de humildad y sinceridad baja del templo, se sienta en un rincón, sostiene su cabeza entre las manos, y le confiesa a su pueblo: «no entiendo nada».

Para seguir en el tema de los sacerdotes y las profecías, en el mismo número de Time, aparece una gráfica sugerente; contiene los promedios de los pronósticos que sobre crecimiento económico hicieron por ahí del mes de mayo cinco templos prestigiosos(**). El resultado es el siguiente: tres flechas optimistas apuntan crecimientos de 4.2%, 5.1% y 3.0% para el último trimestre de 1981 y primero y segundo de 1982 respectivamente. Pero en el mismo cuadro presentan los pronósticos hechos seis meses después por las mismas firmas; entonces las flechas se oscurecen y señalan un descenso de – 3.2% y -1.1% en los primeros dos periodos. La tercera flecha, casi apenada, señala un aumento de 2.2% en el segundo trimestre de 1982.

íAy los economistas! Nunca se equivocan del todo porque al fin y al cabo siempre hay un nuevo supuesto por incorporar, una nueva variable que tomar en cuenta o un nuevo y oscuro recurso esotérico.

Paradójico que las ciencias que nos aproximan al conocimiento de ciertas «obras divinas» se les llama «exactas» y a las que tienen por objeto. el estudio de «obras humanas» no haya más remedio que llamarlas «ciencias sociales». Quizá no tan paradójico: al final de cuentas se trata de hombres frente a obras en las que están involucrados y en ocasiones no pueden evitar un sentimiento humano por excelencia: vergüenza. Quizá no sea casual que el escándalo político económico al que hicimos referencia, haya tenido como protagonista a un ex-estudiante de teología. Y quizá -el último quizá- el comentarista Roger Rosenblatt haya dado en el clavo: «Stockman está pagando por haber deseado que sus palabras sonaran más comprensibles… El peligro de ser comprensible es que la gente te entienda.»

(*) Referencia a la «economía del lado de la oferta», teoría en la que están basadas las políticas instrumentadas por la administración Reagan.

(**) Las firmas de los pronósticos: Conference Board, Data Resources, Evans Economics, Townsend-Greenspan, Wharton Econometric Forecasting.

Nov.- 1981

DESDE EL BALCON DE MITTERRAND

Inspirado por el realismo de un gobierno hipotecado a las altas finanzas, Valéry Giscard d’Estaing insistió en borrarles a sus paisanos la creencia de que Francia podría seguir jugando, en el concierto mundial, un papel similar a aquel de los tiempos en que el país era «el centro del mundo». Esta fue la convicción de fondo que guió su política exterior: en Europa se regia por un estrechamiento del eje franco-alemán que a partir de 1945 sustituyó la anterior y encarnizada rivalidad entre los ribereños del Rhin y sobre el cual se había fundado el proyecto -siempre inconcluso- de una comunidad europea. Al tiempo que se anudaba una pública amistad entre Helmut Schmidt y Giscard, rattraper l’Allemagne (igualar a Alemania) era el sueño y la consigna de la tecnocracia en el poder. Por otra parte, a la sugestiva sombra de las torres petroleras de la península arábiga, el entonces presidente había ido á difundir su adhesión a la causa palestina. Para América Latina, sin perjuicio de una indiferencia de base, la estrategia giscardiana se repartía entre la venta de armas a las dictaduras militares, el alegato en contra de la violación de los derechos humanos y los ensayos de acercamiento a ciertos países claves de la región, como México. En las relaciones este-oeste, al igual que sus vecinos alemanes, Giscard estaba por la distensión. Al desconcertante Jimmy Carter trató de explicarle alguna vez que, antes que hostigar a la URSS con las plegarias por la liberación del pueblo soviético, más valía hacer todo por estar en buenos términos con ella, al margen de oponerse en la práctica a sus avances efectivos, objetivo manifiesto de las frecuentes expediciones militares que el gobierno giscardiano despachó con destino al continente africano. Así, los atletas franceses participaron en las Olimpiadas de Moscú en 1980 y, luego de la ocupación de Afganistán, el buen tono de las relaciones franco-soviéticas fue el argumento para atraer a Varsovia al jefe de estado francés a una cita fantasma con Leonid Brezhnev; en ella, el primero hizo el ridículo y el segundo no concretó las vagas promesas de ofrecer un principio de solución a la cuestión afgana, pero pudo en cambio mitigar la situación de aislamiento internacional en que se había sumido la URSS.

Africa, por lo demás, fue el escenario de los desvaríos diplomáticos más vergonzosos de la era de Giscard, no tanto por sus aventuras neocolonialistas como por el sospechoso contubernio que éstas tuvieron con los cuantiosos intereses de la familia del presidente en el continente negro.

AFUERA DEL CORRAL: LA NUEVA ORIENTACIÓN

Francois Mitterrand es la cabeza visible de una tendencia política que no representa solamente a las clases trabajadoras, sino también a una tradición patriótica, republicana y jacobina. Además, él es, como reconocen los observadores franceses, el más gaulliano de los presidentes que se han sucedido en el Eliseo luego de la muerte del propio De Gaulle. Para Mitterrand, Francia es «una gran potencia» y así debe actuar en el mundo de las naciones. Su victoria fue auspiciada por las previsiones de una oposición a las tendencias de retorno a la guerra fría estimuladas desde Washington, una retirada francesa del territorio africano, un renovado interés por América Latina y un mayor acercamiento a Israel en detrimento de los países árabes. Los pasos sucesivos de la nueva administración mostraron una serie de ajustes que revelan tanto la búsqueda de una coherencia (aún no consolidada) en política exterior, como la adecuación del programa socialista a la compleja situación internacional.

En Europa el acuerdo franco-alemán sigue siendo la piedra angular de la posición francesa; pero va mediatizado, al menos en proyecto, por un mayor acercamiento a Gran Bretaña, que trata de lograr una modificación de las restricciones que el gobierno de la señora Thatcher mantiene en cuanto a su participación en la comunidad económica europea. Respecto al Medio Oriente, las previsiones iniciales han variado. Al margen de sus simpatías por Israel, Mitterrand sigue, en lineas generales, la orientación de su antecesor: sostiene el derecho a la subsistencia del estado israelí pero defiende los intereses del pueblo palestino, traba contacto con Arabia Saudita y se manifiesta contra la escalada militar en el Líbano. En Africa se ensaya la prudencia. El gobierno socialista asegura el apoyo a los aliados de Francia y las tropas no serán retiradas donde el gobierno local demande su permanencia y la juzgue necesaria para la paz. Más aún, se considera la posibilidad de intervención militar para los casos en que la vida de residentes franceses fuera puesta en peligro y con el solo efecto de salvaguardarla. Este último tema tiene un interés personal para el primer mandatario, como se demostró durante la apresurada evacuación de los residentes en Irán, luego del exilio de Bani Sadr en Francia. Sin embargo, es en la posición que Francia ha adoptado ante las potencias hegemónicas y América Latina, donde mejor pueden advertirse algunas claves de la nueva orientación de la diplomacia francesa.

AL ESTE Y AL OESTE

El viraje que impuso Reagan a las relaciones entre los bloques internacionales, ha dado prioridad al aspecto militar-político por encima de la competencia económica-social predominante en los últimos veinte años. En Europa esto ha acabado resumiéndose en la polémica de los misiles Pershing contra los SS-20 soviéticos. Para algunos analistas, la renovación del parque de misiles continentales por parte de la Unión Soviética es materia negociable, sin necesidad de proceder forzosamente a la instalación de los Pershing del lado de la OTAN. De ocurrir esto último habría un cambio irreversible en el equilibrio militar esteoeste, pues la decisión de utilizarlos radica en el gobierno norteamericano, que (de este modo) podría alcanzar el territorio de la URSS en menos tiempo del que toman los misiles intercontinentales soviéticos para llegar a sus objetivos en Estados Unidos. Europa entera se convertiría en una pieza subordinada del poder norteamericano, que por voz de Ronald Reagan ha aceptado expresamente la posibilidad de un conflicto militar con uso de armas atómicas tácticas, cuyo campo sería muy probablemente el Viejo Continente. La doctrina Reagan sostiene también la posibilidad de contestar al enemigo, no precisamente donde éste ataca, sino donde Estados Unidos se encuentre en condiciones favorables.

El argumento contrario señala la expansión del sector militar en la Unión Soviética en las últimas décadas. La URSS, luego de acumular el mayor stock de armamentos convencionales y la flota de guerra más grande del mundo, se dispondría a ganar terreno en materia de armas nucleares de alcance medio. Sin el contrapeso de los Pershing, Europa Occidental se volvería un rehén de la URSS. Un ataque nuclear limitado y sorpresivo, seguido por una ofensiva de las fuerzas soviéticas de mar y tierra, pondrían a Estados Unidos ante del dilema de aceptar la ocupación soviética de toda Europa Occidental o parte de ella o de tomar a su cargo la responsabilidad de desencadenar la guerra total.

Como ambas posturas se basan en apreciaciones más o menos aproximadas de lo que acaba siendo el inabordable secreto militar de las superpotencias, la elección radica más en consideraciones de tipo político-ideológico que estrictamente estratégicas. En este sentido, el atlantismo de Mitterrand sorprendió agradablemente a los halcones de Washington y desilusionó a su amigo Willy Brandt, que en Alemania encabeza un poderoso movimiento de oposición al despliegue de los misiles Pershing.

Si Mitterrand sigue creyendo -como escribió en uno de sus libros- en la voluntad de paz que alguna vez le expresó Brezhnev, no es menos cierto que cree también en el expansionismo soviético y siente que el neutralismo no es la respuesta más adecuada. Con un poco de malicia podría pensarse también que, si es cuestión de que alguna de las grandes potencias ostente la superioridad militar, Mitterrand y el gobierno francés prefieren que sea Estados Unidos, cuya alianza con Francia no es cuestionada. En todo caso, Francia puede permitirse tratar el asunto con mayor independencia, porque no participa en la OTAN y posee una fuerza nuclear militar propia, por más que la efectividad de la misma sea discutible. Alemania, en cambio, marcada aún por la ocupación, la militarización controlada y el desmembramiento nacional, es en gran medida un objeto pasivo de las decisiones de sus aliados.

AL NORTE Y AL SUR

La actitud de Francia hacia América Latina demuestra que su aceptación de los misiles Pershing está lejos de ser una actitud pro-norteamericana al estilo de Margaret Thatcher. Giscard d’ Estaing aceptaba grosso modo la división del mundo en esferas de influencia: para Estados Unidos, América Latina; para Francia, Africa, para la URSS, el este de Europa. La política de Mitterrand para América Latina pone en cuestión tal pragmatismo. Esto se debe, como hemos dicho, a una perspectiva de tipo gaullista: por el papel que incumbe a Francia en el panorama internacional, ésta no debe detenerse ante las lineas imaginarias de la política mundial.

Para el gobierno de Reagan, todo movimiento de liberación en el Tercer Mundo es el reflejo de un avance estratégico del hegemonismo soviético. Para Mitterrand, una lucha como la de El Salvador es el fruto de una justa rebelión popular contra una oligarquía incrustada en el poder. La mediación franco- mexicana tendría por objeto apoyarla y promover una nueva práctica de cooperación internacional que en lo sucesivo evitar a estos movimientos tener que enfrentarse con el dilema que llevó a la Revolución Cubana a ingresar al campo soviético.

Por lo demás, el problema tiene otras implicaciones. Al parecer, Napoleón I confió a sus fieles de Santa Helena que su designio profundo había sido unir a Europa para que no se viera aprisionada algún día por la fuerza de dos gigantes que ya en la época perfilaban su poderío: Estados Unidos y Rusia. La última aventura napoleónica en Europa murió con Hitler, pero la idea de la unidad fue retomada para la paz por la Comunidad Europea fundada al final de la guerra. Treinta años después y sin perjuicio de los avances logrados, la Comunidad sigue en estado embrionario. Mientras tanto, y con cada crisis mundial, la profecía del emperador se revela acertada, al punto de que los europeos tienen hoy la convicción de que la próxima gran guerra, por limitada que sea, tendrá lugar en su territorio.

Al tiempo, se generaliza en Europa otra certidumbre: la tensión que absorberá en el futuro la política internacional no es la de este-oeste, sino la de norte-sur. Entonces algunas autoridades de la comunidad europea preconizan el acercamiento a los países del tercer mundo como una necesidad y una solución a ambas cuestiones. Tendería a salvar los desequilibrios en las relaciones norte-sur, daría una salida estrangulamiento económico de Europa Occidental y una nueva dimensión a la distensión internacional, al discutir la validez de la repartición del globo en reservas de influencia prioritaria de los grandes. Esta visión supondría, al menos en intención, la superación de los esquemas colonialistas, imperialistas y etnocéntricos que han predominado tradicionalmente en la política europea, no menos que en la norteamericana. Por otra parte, esta visión tiene una verificación realista: las tensiones entre países desarrollados se nutren también de la calidad de las relaciones entre el centro y la periferia del sistema mundial. Si la dinámica no se transforma en sentido progresivo, algún día Europa Occidental podría verse reducida a un papel subordinado que envidiaría muy poco a los países subdesarrollados.

A nadie se oculta que esta es la concepción que anima a la Internacional Socialista, y que el partido de Francois Mitterrand, forma parte de ella. Llegado a México para asistir a la conferencia de Cancún, Mitterrand calificó de «falaz y estéril» la oposición entre norte y sur. El deseo de anudar relaciones privilegiadas con países fuertes de la región que, como México, sostienen un punto de vista coincidente, va en la misma dirección.

LA EXPERIENCIA EN LA ESPALDA

La política exterior del gobierno socialista -aún en pañales- es igualmente explicable por los objetivos de su política interna. El programa de reformas y nacionalizaciones que llevó a Mitterrand a la presidencia no es, como se sabe, excesivamente audaz ni novedoso. Eso no quita que el programa despertara, desde antes del 10 de mayo, una ola de inquietud y resistencia con repercusiones entre las mismas masas populares. Para una oposición de derecha que hoy paga con su desorganización los desbordes arrogantes del septenato de Giscard, el fetiche anticomunista sigue siendo, pese a su desgaste, la principal consigna. Un reforzamiento del prestigio exterior de Francia no podría sino consolidar las posiciones internas del nuevo gobierno. Pero además, la actitud de éste respecto al pacto atlántico y la alianza con Estados Unidos, tiende a desarmar las tremebundas previsiones de la derecha. También trata de asegurar la neutralidad norteamericana en la querella interna y su respeto a las diferencias con Francia en otros temas, como lo sugiere la moderada reacción de Estados Unidos frente a la declaración franco-mexicana sobre El Salvador.

Siempre se supone que el capitalismo está dispuesto a ir a la guerra por razones económicas y esto hace difícil comprender que la principal nación capitalista llegue a aceptar las reformas en Francia a cambio del aval de ésta en ciertas cuestiones militares. Una estrategia socialista en Europa Occidental, lejos de determinar la ampliación de la zona de influencia soviética, sólo podría concretarse por la aceptación del sistema de defensa atlántico, como lo comprendieron incluso las corrientes de izquierda del Partido Socialista francés (aunque se opuso a la instalación de los misiles Pershing) y los propios eurocomunistas.

En una escena internacional que combina la desintegración de antiguas creencias y formas de organización social con el surgimiento de otras nuevas y aún imprecisas, la práctica, como Lenin gustaba de repetir, marcha por delante de la teoría. En nuestros días es cada vez más difícil creer que un misil soviético apuntado a París sea más favorable a la distensión y al socialismo, que su similar norteamericano que tenga como blanco Moscú ó Kiev. La lógica de la guerra recupera la crudeza y el cinismo de los enfrentamientos entre las potencias del Antiguo Régimen. Si los europeos son los primeros en desprenderse de ciertas ilusiones, es simplemente porque además de encontrarse en el epicentro de las tensiones mundiales, cargan con más experiencia histórica sobre sus espaldas.

HOMENAJE, BENEFICIO Y DESPEDIDA DE UNA DISIDENCIA

Dí. Revista política semanal, México, 1980-1982

Arturo Martínez Nateras, como político, pertenece a la generación de los años sesenta, precisamente la que se formó en el curso de las luchas estudiantiles de esa década. El perteneció al grupo promotor de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED), la última agrupación importante de los alumnos de enseñanza media y superior, misma que llegó a presidir.

Nateras, que también pertenecía al núcleo dirigente de la Juventud Comunista de México, fue hecho preso en 1968 y permaneció en la cárcel de Lecumberri hasta principios del sexenio echeverrista. Durante su cautiverio, los comunistas de los centros de estudios superiores iniciaron la publicación de Dí, Debate Ideológico, periodiquito que buscaba dar cauce a los planteamientos del PCM, organización que tenia entonces a media dirección en la cárcel y se hallaba con sus fuerzas reprimidas y dispersas.

HOMENAJE

A su salida de la prisión, en 1971, Nateras realizó una veloz carrera política que lo llevó en pocos años hasta el máximo nivel de dirección del PCM. Ahí, como integrante del comité central y de su comisión ejecutiva, desempeñó diversas funciones, entre las cuales destaca su responsabilidad al frente del secretariado, órgano encargado de coordinar los aspectos prácticos de la actividad comunista.

Arturo mostró muy pronto su capacidad para obtener recursos materiales, indispensables para el funcionamiento del aparato partidario. También gozó de cierta fama dentro del PCM como el hombre capaz de resolver los pequeños problemas administrativos, que frecuentemente traban la marcha del trabajo político.

Por otra parte, cuando la dirección golpista de Excélsior buscó legitimarse mediante la inclusión de articulistas reconocidamente independientes, la dirección del Partido Comunista encargó a Nateras que la representara en ese diario. De ese modo, Arturo contó con una importante tribuna para exponer sus puntos de vista, y aumentó su influencia dentro del partido.

Así, AMN adquirió una posición partidaria que le permitía decidir en aspectos no sólo organizativos, prácticos, sino también políticos, lo que hizo mientras contó con el apoyo de la mayoría. Sin embargo, la propia fuerza adquirida lo empujaba con frecuencia -dijeron después sus críticos- a actuar arbitrariamente; daba excesiva importancia a las soluciones administrativas, por encima de las políticas, y – lo que resulta explicable- empezó a ser cuestionado tanto abierta como soterradamente.

La situación de Nateras debió volverse insostenible en la dirección comunista, pues en agosto de 1976 presentó una renuncia a sus cargos que, posteriormente, instado por varios compañeros, retiraría para presentarla de nuevo dos años después, entonces en forma irrevocable, luego de tres lustros de militancia en el PCM.

Las causas de la retirada se encuentran en Punto y seguido, ¿crisis en el PCM? libro del propio Martínez Nateras (Ed. de autor, México, 1980) donde expone su versión de dichos y hechos y también reproduce algunos documentos y criticas de sus adversarios.

Nateras renunció a sus cargos de dirección, pero no a la militancia partidaria. Al dejar el comité central buscó acomodo en un organismo de base. Como lo anunció, se disponía a dar la batalla contra lo que originaba su disidencia; en ello incluía posiciones políticas y, por supuesto, a las personas que las sustentaban.

BENEFICIO

Pero la opinión de un militante de base tiene poca repercusión, se diluye entre las muchas que emiten los demás miembros del partido y, sobre todo, carece de suficiente peso ante la fuerza de los órganos e instrumentos de dirección. Nateras lo sabía como pocos y decidió entonces crear un medio propio de difusión, empleando para el caso toda la habilidad que había mostrado para allegarle recursos al PCM. Así con dinero salido de las mismas fuentes a las que antes había recurrido reunió los fondos para crear una empresa editora que publicaría Di, la revista que hoy dirige.

Hay que decir, contra la acusación fácil de que sirve a uno u otro funcionario, que la principal carta que pudo jugar Nateras para obtener dinero fue su situación de militante comunista -militante distinguido, desde luego- y su independencia de cada personaje de la política oficial al que se acercaba, lo que no eliminaba, por supuesto coincidencias con la actuación o las ideas de esos mismos funcionarios. La clave, en tales casos, es mantener buenas relaciones con todos, pero evitar compromisos con cualquiera de ellos, pues ahí termina la confiabilidad para los demás.

Durante no pocos años, Nateras había sido un militante profesional, esto es, una persona dedicada de tiempo completo al trabajo partidario a cambio de un exiguo sueldo. A su salida de los órganos dirigentes se dedicó a buscar ocupación remunerada. La encontró sin dificultad debido a sus relaciones. Por esos días presentó su examen de licenciatura y se incorporó a la planta magisterial de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, a la vez que asumía la representación en el DF de la Universidad Autónoma de Sinaloa.

Como suele suceder en casos semejantes, el proceso de disensión política de Nateras cobró características de conflicto personal con otros dirigentes del PCM, como puede apreciarse nítidamente en el libro citado, donde, por ejemplo, Arnoldo Martínez Verdugo es primero «estimado» y objeto de «reconocimiento personal» para acabar siendo, en el curso de la polémica, simplemente «Verdugo», apenas «un aventajado aprendiz de dinosaurio».

La aparición de la revista Dí, en el otoño de 1980, serviría para el desahogo de Nateras y daría nuevos motivos para profundizar las diferencias entre AMN y la dirección comunista, pues la característica principal de ese semanario seria su oposición sistemática y feroz contra las posiciones de la mayoría dentro del PCM y el ataque y hasta la difamación contra los dirigentes, especialmente Martínez Verdugo.

La aparición del grupo neostalinista de los autollamados renovadores, en noviembre de 1980, le dio nueva ocasión a Martínez Nateras de lanzarse contra la mayoría comunista. Por lo pronto abrió generosamente su revista a las opiniones de los renos, en tanto que minimizaba, sacaba de contexto o tergiversaba las opiniones contrarias. Algunos de sus colaboradores más cercanos, mediante notas supuestamente informativas, crónicas y entrevistas, falseaban los hechos e insultaban sin recato mientras que, extrañamente, pedían que se elevara el nivel de la discusión. Una constante había en lo que publicaba Nateras sobre el PCM: las resoluciones del partido no se presentaban como acuerdos de mayoría sino como producto de la perversidad de los dirigentes.

Tras cada portada realista socialista de Dí estaba toda la carga de rencor de dirigentes desplazados, de militantes profesionales que se sentían menospreciados y de la grillería universitaria que encabezó el intento golpista de los renos, el cuál tuvo éxito en algunos lugares, principalmente en el comité del DF, donde esa minoría se apoderó, mediante procedimientos antiestatutarios, de la dirección local.

La actitud de muchos militantes fue entonces, explicablemente, de abierta repulsa hacia Dí, su director y su equipo. Por otra parte, lo que Nateras había hecho con fines de legitimación se convirtió en objeto de desconfianza: en el directorio de Dí figuraban integrantes de varios partidos, entre los cuales se cuentan, además del propio PCM, el PST, el PSD y el PRI.

La condición pluripartidista del consejo editorial, lejos de ser garantía de veracidad, se convirtió en prueba irrecusable de la filiación anticomunista de Dí, atareada en señalar cuanto defecto real o supuesto tuviera el PCM sin dedicarle siquiera una linea a las desviaciones, errores y deficiencias de otros agrupamientos políticos, como el PST, el PSD o el PRI. El esfuerzo de Nateras por convertir a su revista en foro para la discusión política y la información sobre las actividades de los partidos se vio afectado por el visceralismo con que se enfocaba al PCM.

En el aspecto financiero, la que nació como una empresa boyante bien pronto vio menguada su liquidez, aunque los empréstitos le han permitido mantenerse y hasta crecer. Los anuncios no llegaron en la cantidad que se esperaba y no bastó el apoyo de la Universidad de Sinaloa, que a veces llenaba hasta tres páginas con publicidad, lo cual era explicable porque Nateras representaba a esa casa de estudios. Curiosamente, la generosidad de la UAS para con la revista que dirigía su representante se le negó a otras publicaciones de izquierda.

Para un observador poco enterado, el caso de Nateras parecía ser de los asuntos centrales a tratar en el XIX Congreso del PCM. Todo apuntaba en ese sentido. El mismo Arturo, en una carta, que publica en su libro, lo decía abiertamente: «Me estoy preparando ventajosamente para el XIX Congreso». Sus artículos en Excélsior y la orientación de su revista parecían probarlo, pues al no compartir las responsabilidades de la dirección partidaria quedaba en libertad para exponer sus críticas.

Sin embargo, en el XIX Congreso del PCM, Nateras apenas sí mereció una o dos referencias, ambas señalándolo como derechista y hasta gobiernista. Nadie, ni aquellos a quienes cedió espacio en su revista, abrieron la boca para defenderlo. Nateras dejó de ser el ex dirigente discrepante para convertirse, simplemente, en el director de una revista que, en su fobia hacia el PCM, competía ventajosamente con Razones.

A fines de octubre último Dí cumplió un año de aparición ininterrumpida. Nateras hizo el balance: se creó la Sociedad Cooperativa de Comunicación Social Debate Ideológico, que es editora de Dí; antes, como sociedad anónima, «obtuvimos -dice AMN- un crédito de más de millón y medio de dólares para la adquisición de una línea completa de producción editorial», destinada a una planta industrial que se inaugurará el primero de marzo, la cual será propiedad de Dí y Por esto!, grupos editores que han decidido asociarse, «manteniendo cada revista su propia fisonomía».

Nateras, aunque denunció los actos represivos de que ha sido victima el equipo de Dí, reconoció que «el gobierno federal nos ha respetado y alentado», lo que demuestra que «también en la comunicación es posible el pluralismo» y, por lo tanto, resulta factible que el grupo de Dí se proponga «editar un diario» siempre que se cuente con «el apoyo de lectores y anunciantes y la comprensión del gobierno».

La persistente voluntad de Nateras permite augurar la permanencia de Dí. Los cambios habidos en el equipo editor y las experiencias adquiridas han mejorado sensiblemente la revista, si bien no acaba de encontrar una linea editorial lo suficientemente definida. La idea de publicar un diario no es tan descabellada, si se piensa en la facilidad con que proliferan los periódicos en el DF. Más difícil será hacer un buen diario, pues ciertamente no abundan los profesionales calificados, aunque, como dijo alguna vez José Pagés Llergo, en México se hace chocolate sin cacao y periódicos sin periodistas. Pero Dí pese a todo lo que tenga de criticable, merece una suerte distinta, pues el campo democrático está urgido de más y mejores medios de expresión. Si Nateras y el equipo de Dí logran ya no el diario, sino una publicación semanaria más cerca del interés de los trabajadores, toda la izquierda saldrá ganando.

DESPEDIDA

El 11 de noviembre, apenas terminada la asamblea donde nació el Partido Socialista Unificado de México, Martínez Nateras escribió el responso de su disidencia y anunció que pasaba a ser «un mexicano más sin partido». (Valga anotar una coincidencia: en el mismo número de Excélsior donde AMN hacía pública su decisión, otro colaborador de ese diario volvía a sus páginas editoriales, mismas que había abandonado desde el 8 de julio de 1976 para seguir a Julio Scherer a Proceso. Se trataba de Marcos Moshinsky, a quien Víctor Rico Galán llamó «el teórico de las tinieblas» por su inequívoca filiación ultraderechista).

Pero en fin. Nateras exponía en la edición citada de ese diario los motivos de su negativa a ingresar al PSUM: «En la convención de los fusionados hubo de todo: acarreos maniobras, trafique de delegados, fintas, gambitos y la síntesis de todo la hace el diputado Arnoldo Martínez Verdugo, quien en impresionante demostración de minusvalía al final se alzó como el candidato del nuevo partido político. Todo lo que él hizo para llegar a esta postulación me ha llevado a la decisión de no solicitar mi ingreso al nuevo partido».

Aparte de llamar al PSUM hermano siamés «y enano» del PRI, Nateras vació entonces toda su bilis contra Arnoldo Martínez Verdugo, a quien llama burócrata, «incapaz de reconocer siquiera el drama del pueblo», frío espectador, maniobrero «del mejor corte fidelvelazqueano», ajeno a las luchas obreras y populares, «individuo ambicioso que al salir de la campaña electoral volverá a las andadas para apoderarse del mando del nuevo partido…»

En fin, que Nateras sólo olvidó calificar a Martínez Verdugo de político, pues esa y no otra cualidad es la que antes y ahora, sorprende y deslumbra al acusador, a quien se augura un buen papel en la próxima legislatura como diputado por el Partido Social Demócrata. De ser cierto, habrá de ser harina de un costal distinto. Por lo pronto, una disidencia comunista ha terminado.

QUE SE LLENE EL INFINITO DE REVISTAS

Ciencia y desarrollo. Revista bimensual del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, México. Años III a VII, 1977-1982.

Información científica y tecnológica. Revista quincenal del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, México. Volúmenes I a IV, 1979-1982.

R and D México. The International Magazine of Scientific Research and Development in México, CONACyT. Washington D.C. Vols. 1-2, 1980-1981.

Comunidad CONACyT. Publicación de los trabajadores del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, México. Años IV a VII, 1978-1981.

La tarea fundamental del CONACyT, según palabras de su director Edmundo Flores, «es desarrollar la ciencia y la tecnología en México hasta situar una y otra en un lugar de avanzada, al menos en ciertas áreas». Otra importante labor es «mejorar los planes de estudio de nuestros centros de enseñanza y hacer exhortaciones bien intencionadas en favor de la ciencia… Para ello es necesario valerse de todos los medios de comunicación» («Carta del director», Ciencia y desarrollo, núm. 36). De estos medios, el primero ha sido la letra impresa. La creciente labor editorial del Consejo no tiene precedente en nuestro país, y quizá el aspecto más relevante han sido sus cuatro principales revistas (existe por lo menos una más, Conexión, dirigida al personal de la institución y que no será comentada aquí); ellas han reunido buena parte de las virtudes y los vicios que caracterizan a nuestro establishment académico.

Continúa Flores en su «Carta»: «Dividimos esta gran tarea (valerse de los medios de comunicación) en dos partes:

«Primera. Popularizar la ciencia.

«Segunda. Dotar de una identidad a la comunidad nacional e internacional, dar a conocer los nombres de quienes la constituyen, sus especialidades, sus carreras, sus rostros, hazañas y aun excentricidades de sus personajes, para convertirlos en celebridades dignas de emulación».

CADA CIENCIA CON SU ROLLO

Ciencia y desarrollo tira 70 mil ejemplares, cuenta con 30 mil suscriptores pagados y hace un año ya vendía un millón de pesos por número en anuncios. Pasó de 94 páginas en 1977 a un mínimo actual de doscientas -en ocasiones 252 páginas. Se distribuye en todas las ciudades importantes del país y en varias capitales del extranjero. Ninguna revista científica mexicana conoció jamás una bonanza parecida.

Cada número se abre con una «Carta del director» en rigurosa primera persona. Sigue la sección «Cartas de nuestros lectores», donde aparecen comentarios, aclaraciones, protestas y, eventualmente, pequeñas polémicas; su número y variedad demuestran que la revista tiene un público receptivo, en el que genera respuesta. Allen, de la Herrán y Poveda mantienen una excelente sección de astronomía, «Descubriendo el universo», dirigida no sólo a especialistas; los mapas estelares del bimestre correspondiente alientan a los contempladores de estrellas, lunáticos en vías de extinción a causa del alumbrado público y el smog. Se agrega a esta sección un articulo ilustrado sobre el sol, los planetas del sistema solar o alguna estrella excéntrica.

En «Gente y sucesos», CyD cubre los eventos socio-científicos más recientes. Una amplia agenda enumera las reuniones científicas y técnicas del periodo. Finalmente, varias «Notas bibliográficas» registran publicaciones nacionales y extranjeras de interés científico, técnico o económico.

La parte medular de CyD corresponde a ensayos y entrevistas; estas últimas suelen ser muy buenas, gracias a que la entrevistadora Andrea Burg no es sólo buena periodista, sino que además tiene amplia formación científica. Sin embargo, las entrevistas carecen -como todo el material de CyD- de intenciones criticas. Nunca se cuestionan las actividades del entrevistado o la de la institución en que trabaja. En concordancia con la intención de hacer «celebridades dignas de emulación» a los científicos, es frecuente que ellos parezcan más importantes que la ciencia misma. CyD (y después Información científica y tecnológica) han querido fabricar estrellas. Con el ánimo de reconocer una labor escondida tras los muros del laboratorio, tiende a engolosinarse con la ciencia del éxito, la fama y los Grandes Nombres. Nada marginal, en cambio. Nada que carezca de la bendición oficial del gobierno o las grandes universidades. Nada de ciencia para el pueblo. Los problemas sociales serán resueltos por sabios iluminados ¿Es excesivo pedir a una agencia gubernamental un mínimo interés en las necesidades populares y la eventual participación de los no-científicos en la solución de problemas educativos y científicos?

La ejemplaridad de los investigadores consiste en que son excepcionales. CyD intenta crear, celebrar y conservar élites. Ninguna otra publicación es tan diligente para registrar a los científicos premiados (del Nóbel para abajo, pasando por los. premios Nacionales y de la Academia de Investigación Científica). Si, honor a quien honor merece. Pero a veces resulta que honor merece sólo quien honor ha recibido.

TODO ESTÁ BIEN, MENOS LO QUE ESTÁ MAL

Sin embargo, no siempre ha faltado el estimulo a grupos menos conocidos. Un importante proyecto editorial de CyD es el de registrar la actividad de distintos centros locales de investigación, en base a reportajes, entrevistas y artículos originales producidos por sus investigadores (Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas, Chapingo; Centro de Investigaciones Biológicas de la Paz, B.C., y Centro de Investigación Científica y de Educación Superior de Ensenada, B.C., entre otros). Otro proyecto, iniciado en el número 19 (marzo-abril de 1978), consiste en la publicación de informes sobre la ciencia y la tecnología en diferentes países (E.U., Israel, las dos Alemanias, India, Brasil, Italia, Japón, Inglaterra y España, para terminar con uno sobre México que aún no aparece). Más allá de sus altibajos, estas dos lineas editoriales han sido lo más consistente de CyD.

Un buen número de ensayos (a veces casi la totalidad de la revista) son traducciones, por lo general de buena calidad. Sin embargo, su ilimitada disposición de páginas la lleva al extremo opuesto: publica tanto material, y tan extenso, que acaba por convertirse en un ladrillo que exige al lector dedicación casi exclusiva. Además, no siempre se justifican estos materiales: incluir en tres entregas El fin de la infancia, novela de Arthur C. Clarke ampliamente difundida como libro, o bien ensayos publicados por Alianza Editorial el Fondo de Cultura Económica o Editorial Bruguera, se antoja excesivo. Claro, no es lo mismo el tiraje habitual de un libro que 70 mil ejemplares de CyD, pero si la intención es abaratar los libros, podrían seleccionarse obras auténticamente importantes y difíciles de conseguir. Por mencionar a la literatura, ¿por qué sólo ciencia-ficción, y dentro del género, unos cuantos autores, conocidos de sobra (Bradbury, Clarke, Vonnegut)? A veces parece un recurso fácil para llenar páginas con lo que le gusta al director, quien en sus «Cartas» suele emplear expresiones del tipo de «no he podido resistir la tentación de publicar» tal cosa. Aquí, como en otros aspectos de la revista, destaca un inocultable estilo personal de dirigir.

En otras ocasiones el proceso es a la inversa: se generan artículos que después formarán parte de una nueva obra. Así ocurrió con los libros Freud y Einstein, por ejemplo. Esta es, sin duda, una política más justificada.

CyD no siempre mantiene una linea editorial uniforme. Lo mismo abre sus páginas a Watson y Crick que a la siniestra Rand Corporation, think tank privilegiado por la derecha reaganista, que cuenta con clientes del tipo de la ya no digamos siniestra CIA. Los documentos de la Rand son importantes, pero resulta demasiado imparcial» no ubicar al lector en la nota introductoria. Es dudoso que CyD avale sin más a esta corporación, y no todos sus lectores están obligados a saber qué es la Rand Corp.

Las páginas de CyD han sido testimonio del feliz enlace entre la UNAM soberonista y el CONACyT. El tema monográfico del número 34 fue la persona y la obra de Guillermo Soberón como rector de la Universidad. Sus colaboradores más cercanos en cuestiones de enseñanza e investigación dedicaron 40 apologéticas páginas a realzar un ejercicio administrativo que también en materia científica ameritaría múltiples cuestionamientos ¿Hasta qué punto fue favorable el estimulo que recibieron las investigaciones patrocinadas por transnacionales farmacéuticas o algunas empresas privadas? ¿No es lamentable el descuido que caracterizó a la administración soberonista en materia de educación media y de licenciatura? Nada es menos científico que el elogio sin tasa.

En el número 36, Soberón agradece el espacio recibido. Y a propósito de espacio recibido ¿dónde están los celosos guardianes de la autonomía universitaria? Aún no se dan por enterados de que las nuevas oficinas del CONACyT, institución del gobierno federal, están dentro de la inviolable Ciudad Universitaria.

En fin, pese a su complacencia y su inclinación al ladrillo, CyD no ha dejado de representar una interesante opción de lectura y un buen punto de reunión para las distintas vertientes que la ciencia oficial tiene en México.

ME GUSTAS CUANDO INFORMAS PORQUE TUS PÁGINAS SON POCAS

La revista quincenal Información científica y tecnológica, con un tiro de 45 mil ejemplares, cubre las necesidades de información ágil y hasta cierto punto sencilla que CyD no ha podido satisfacer. Siguiendo de cerca el modelo de Science News, «pretende publicar las noticias más importantes que atañen a su materia y ofrecer una corriente continua de información a científicos y técnicos, a los estudiantes y a empresas públicas y privadas» (número 1). En pocas páginas (al principio eran 18, ahora son 48), trata de cubrir los más diversos campos del quehacer científico. Lo que aquí es noticia, en CyD puede aparecer como artículo original. Por citar un caso: en diciembre de 1980, ICyT publicó una nota sobre los experimentos que el doctor Alejandro Bayón efectúa con los opioides humanos; un año después, en diciembre de 1981, CyD presentó un artículo más extenso del propio Bayón sobre el asunto. Mientras éste es un artículo especializado de no fácil lectura, aquélla era legible para el lector medio de estas publicaciones.

Hacia mediados de 1981, ICyT tuvo una mala racha, durante la cual disminuyó el material científico, sustituido por anuncios; las ilustraciones eran malas y los artículos menos interesantes (salvo ciertas excepciones, como aquel número 43 -abril- sobre «Fisiología de la reproducción» y «Los neutrinos con masa»). El número 50, dedicado en su totalidad a «El origen de la vida», pese a que fue fundamentalmente gráfico, marca el inicio de una mejor época en la revista. Para fines de 1981 puede afirmarse que los textos de ICyT recuperaron su nivel original, aunque ciertos cambios en el formato y unas ilustraciones más chatas hacen añorar el atractivo visual de los primeros números. El número 61, correspondiente al 15 de enero de 1982, empieza mal desde la portada, con un desafortunado retrato de Manuel Peimbert, premio nacional de ciencias 1981.

En este mismo número, su «imparcialidad» deja mal parados a los editores. Deja ir, como si nada, una reseñita del más reciente libro de Lyndon H. LaRouche Jr., quien además de mesías de la nueva derecha norteamericana, es un falsario devenido gurú político, ejemplo de cómo no se hace ciencia (una de sus «revoluciones» es en matemáticas), o mejor dicho, de cómo se engaña a los incautos. Es imperdonable que CONACyT recomiende tan mediocres panfletos.

MUCHO BUENO SABER

R and D México (80 mil ejemplares al mes) no necesita ser tomada muy en cuenta en nuestro medio. Es un vehículo propagandístico de la ciencia y la tecnología mexicanas para el mercado internacional. Lo bueno de nuestros científicos es que podrían ser gringos. Son igualmente talentosos, fotogénicos, alegres, excéntricos y viajeros. Nuestra ciencia es buena en cuanto es exportable. R and D complementa la publicidad de Sectur. Si a nivel nacional el CONACyT es complaciente con los sabios, tratándose de su cotización internacional adquiere atributos de propagandista. México no sólo es pintoresco, también tiene «a growing roster of young scientists». Nuestros laboratorios también, son sede de «amazing adventures» y los científicos tienen audacia y charm.

Está bien que alguien crea en nuestra gente, pero el CONACyT es tan cuate que hasta se le pasa la mano. R and D (Vol. 2, No. 2, Nov. 81 ) promueve con igual entusiasmo a la banca privada mexicana, que está adquiriendo un «rol global», sus organismos son multinacionales «in a smal way» (claro) y sus actividades foráneas «crecen más rápido que sus operaciones nacionales».

Que el orbe aplauda.

LA CÁMARA DE LOS COMUNES

Como los trabajadores del CONACyT no se iban a quedar sin su revista, Comunidad vino al mundo para engrosar como sólo engrosan las revistas bonitas. El primer calificativo elogioso que puede otorgarse a la hoy obesa revista es el de la mejor publicación mexicana para burócratas. Qué harían sin ella (20 mil ejemplares) las victimas del ocio, condenadas a medrar o esperar en antesalas de funcionarios, dentistas, ginecólogos y agencias publicitarias. Breves textos de autores prestigiosos (Poniatowska, Hiriart, Garibay, Monsiváis y el último de los Azuela); dibujos y pinturas de Abel Quezada, Cuevas, Belkin y Béjar; una sección de cultura general a cargo de Arrigo Coen y cotorreos de sobremesa («Cafetomanías») a la manera de Alvarez del Villar se ven reforzados por una agenda de efemérides («Estos días otros años») y una estampida de acertijos culteranos; ¿qué pintura es? ¿qué elemento químico es éste? ¿de quiénes son estas firmas? y muchas desafiantes maneras de preguntar ¿sabía usted que… ?

Comunidad se dedica también al rastreo de inventores, y así como pone a escribir prosas a buenos prosistas, pone a traducir como loco a José Emilio Pacheco. Aunque uno puede preguntarse qué hace el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología publicando tanta maravilla en una revista, Comunidad sigue tan campante, con todo y su Premio Nacional de Periodismo. ¿Quién, si no, conseguiría que José Luis Cuevas (íguau!) pintara y explicara a la ciencia?

Y Loubet Jr. dijo: hagamos un número monográfico. Y el número se hizo. Sobre caballos, aviones, tenis o el Palacio de Bellas Artes. Cuando CONACyT cumplió diez años, Comunidad preparó casi un libro sobre su historia y sobre cómo ven a la ciencia los científicos y los no. Aquí también resalta, a su manera un estilo personal de dirigir. Sólo se admiten gayas colaboraciones en tono festivo. Además, Enrique Loubet Jr. escribe, es retratado por Oswaldo, mencionado por Cuevas o Quezada al pie de sus dibujos y hasta en la ficha autobiográfica de algún articulista.

Lo importante no es el tema sino sus variaciones. No importa que el número 124-125 (abr-may 1981); repita el tema del número 85 (ene 1978); los aviones siempre darán de qué hablar. Uno puede evitar la aburrida información oficial sobre el presidente de la República o los eventos sociales del CONACyT y disfrutar los divertidos textos de y sobre ciencia-ficción que atiborran los dos últimos números del año pasado.

NO ES LO MISMO QUE LO MESMO

De ser parientes, ciencia y tecnología se han vuelto conceptos casi gemelos. Investigación científica significa desarrollo, según las tesis desarrollistas cercanas al feelin’y la experiencia cosmopolita de Don Edmundo Flores («burócrata internacional… con largas horas de vuelo» se autodefine en alguna «Carta»). En un país atrasado como el nuestro, estas identidades son casi ciertas.

El deslumbramiento ante el avance tecnológico (uno de los ejes del desarrollo) acaba por redondear un perfil estrecho del quehacer científico: la ciencia sirve en cuanto estimula el desarrollo, creando tecnología. Su aplicación, una parte del ejercicio científico, quizá es para los economistas y los planeadores sociales el sentido último de la ciencia, pero no para los científicos, ni siquiera para los más comprometidos y politizados. Cualquier científico acepta el parentezco entre su actividad y la tecnología, pero ninguno aceptará la confusión de ambas. Para una mentalidad tecnocrática, esta confusión es una deseable y hasta automática fusión: o la ciencia sirve para algo o vale gorro.

El mismo progreso del conocimiento científico ha demostrado que cualquier invención o descubrimiento sirven, tarde o temprano, pero también que el gozo puro de la investigación no se basa (al menos no sólo) en la aplicación de lo que se descubre. Además, a veces la tecnología sirve a unos y perjudica a otros. Una revista científica puede atender los secretos del cosmos y también la exitosa actividad de una empresa acerera privada, pero no tiene por qué hermanarlos. Sí necesita, en cambio, algunos atributos básicos de la ciencia: el rigor, la capacidad critica, la obsesiva búsqueda del error.

Al recorrer estas páginas, el lector es invitado a creer que los científicos mexicanos no tienen dificultades. Optimismo ante todo. Se trata de convertir en celebridades a los científicos mexicanos y homenajear a las universidades, no de cuestionar sus programas académicos. Para ello, CONACyT recurre a un periodismo cordial. No vale la pena criticar. Quien sale en sus revistas es del bando de los buenos. No existen los malos, sólo celebridades dignas de emulación, aun a costa de inventarlas. Personajes míticos en míticas condiciones de trabajo.

Como pocas empresas editoriales, el CONACyT se dedica, mediante sus publicaciones periódicas, a fomentar el ego no sólo de sus directivos y colaboradores, sino también de los personajes reseñados o entrevistados. Paradójicamente, las principales cualidades del CONACyT como editor (generosidad y saludable nacionalismo) originan su mayor defecto: la complacencia.

íQué felices somos!, ícuántos dedos tenemos !

DOS CULTURAS

No es atribuir coherencia gratuitamente al proyecto hemerográfico del CONACyT el afirmar que es snowiano. En su famosa Conferencia de Rede Las dos culturas, 1959), C.P. Snow postuló que una de las leyes del cambio social es que «el cambio no acontece cuando las cosas están peor, sino cuando se encuentran en un momento óptimo». Estaba convencido de que los científicos son los intelectuales más sanos: creen en el futuro, lo tienen en la sangre. Al ser la vanguardia de la sociedad, les corresponde dirigir el cambio. Y si hay «dos culturas» es porque un importante sector de la intelectualidad vive anclado al pasado. Este sector, tradicionalmente identificado con los literatos, no podría suplir a los científicos (y a sus aliados los tecnólogos), tan sanotes y bien intencionados, en las tareas del progreso. Los artistas son demasiado oscuros, demasiado elotianos; para ellos, el mundo acabará no con un estallido, sino con un quejido. La humanidad no puede estar compuesta por los hombres huecos, los hombres rellenos de paja que pretendía Eliot, sino por seres luminosos e iluminados. Aquellos que, como Rutherford decía, están en la cresta de la ola.

No es casual que la antología Ensayos científicos (1978), publicada por el CONACyT, se inicie justamente con Las dos culturas. Tampoco lo es que no se mencione siquiera la célebre polémica que desató el ensayo, obligando a Snow a escribir un Segundo enfoque cuatro años más tarde, cuando ya habían corrido tinta y muy buenas ideas. Como editor, CONACyT se afilia al bando de los optimistas iluminados.

Stephen Spender se refirió alguna vez a «la conciencia del pasado viviendo en el presente». Para Snow las cosas son más simples: «Los intelectuales, especialmente los literatos son ludditas por antonomasia» (haciendo referencia a Ludd, opositor de la revolución industrial). Así, mejor que sean ludditas, que jueguen haciendo ciencia-ficción o escribiendo en Comunidad amenos y breves entretenimientos. Que dejen las cosas serias a los hombres serios.

Hay quien opina que la división en dos culturas occidentales ya fue superada. Sin embargo, la voz de Graves aún se deja oir: «¿Tienen los tecnólogos una mística? Hasta el momento nada me confiere la esperanza de encontrarla, sino tan sólo una sensación de destino. Debemos seguir y seguir y ¿por qué?»

CONACyT no se hace esta clase de preguntas. Como corresponde a su carácter de agencia gubernamental, apoya todo lo que tiende a ir hacia adelante. El Consejo cree en aquellos que no temen perturbar al universo aquellos para quienes, como escribe Enzensberger, su droga son los hechos.

Modernizarse ¿para qué?

Arturo Warman. Antropólogo especializado en cuestiones rurales. Autor entre otros libros, de… Y venimos a contradecir y Los campesinos, hijos predilectos del régimen. Colabora en Nexos frecuentemente.

Desde el siglo pasado, en pleno apogeo del porfiriato, los grupos dirigentes han hablado de la necesidad de modernizar a México. Después de la revolución, la modernización se asumió por el gobierno. Se hizo declaración oficial y promesa desde hace ya varios sexenios. Hoy se plantea no sólo como aspiración sino como urgencia inaplazable para el país. El destino manifiesto de ser modernos parece hoy al alcance de la mano.

POR ABAJO DEL AGUA

La modernidad nunca se ha definido por quienes la presentan como aspiración o como urgencia. Se asume como un valor entendido de contenido obvio y transparente. Pero el contenido de la modernización solamente es claro, que nunca transparente, cuando se refiere a un modelo. Hay que suponer que éste es el de los países llamados desarrollados. Esto tiene sus problemas. Sólo como una abstracción estadística y por algunas semejanzas superficiales, haciendo caso omiso de las profundas diferencias estructurales, puede hablarse de los países desarrollados como un modelo unitario. Tan moderno es Estados Unidos como Japón, Dinamarca o la Unión Soviética, si se les considera como un conjunto de cifras agregadas: ingreso per cápita, nutrición y esperanza de vida, población alfabeta, etc. No son iguales si la modernidad se mide por la posesión generalizada de bienes de consumo novedosos. Son radicalmente distintos si se comparan sus sistemas políticos o su poder militar. Difieren ampliamente en su cultura y en muchas cosas más. Si la obviedad del contenido de la modernidad está referida a un modelo, éste tiene que ser claro, explícito. Uno de los grandes riesgos de la propuesta de modernizar a México en abstracto es que de manera oculta, casi subversiva, queda referida al modelo de los Estados Unidos, el país más poderoso y el más cercano, el más presente en nuestra existencia cotidiana. Independientemente de la calidad del modelo, es clara la imposibilidad de repetirlo, lo que nos lleva con frecuencia a la imitación extralógica, y lo que es mucho más grave, a una dependencia y subordinación más profunda.

En sus versiones radicales, la modernización es una argumentación racista cuando identifica los síntomas del atraso con características inherentes y heredadas de la población.

Por los contextos en que actualmente se expresa la propuesta de modernizar a México, es posible desagregar algunos contenidos implícitos más precisos. Con frecuencia se refiere a la transformación del país, acelerando el tránsito de un estadio agrario y rural a uno urbano e industrial. En este caso, modernizar implica una transformación estructural por la vía del desarrollo capitalista. Otras veces se refiere a transformar las instituciones, especialmente las políticas, para hacerlas racionales, eficaces y eficientes. Modernizar, en ese contexto, es un proyecto democratizador que quiere eliminarlos lastres del caciquismo y la corrupción. Con inusitada frecuencia se supone que el contenido democratizador será el resultado de la urbanización. Eso está por verse todavía. Modernizar es también transformar en cosmopolita, en occidental, al pueblo, su vida, la cultura y el arte. Es, en ese sentido, un proyecto educativo para cambiar creencias y mentalidades, estilos y actitudes, comportamientos. El avance tecnológico está implícito en la propuesta modernizadora. El dominio de la ciencia y la técnica, definida por la comunidad científica internacional, frente a la persistencia de prácticas obsoletas que disminuyen la productividad. El contenido productivista de la modernización está ligado a la mecanización y hasta la automación con los robots, como los únicos caminos de la eficiencia.

Un denominador común une a todos los contenidos: la admisión de un retraso evolutivo, la ubicación de México en un estadio superado por la humanidad. Nuestra raigambre en el pasado, en lo caduco y obsoleto, se identifica con lo rural, lo provinciano, lo rústico. En sus versiones radicales, la modernización es una argumentación racista cuando identifica los síntomas del atraso con características inherentes y heredadas de la población. Ojalá y esa corriente fuera excepcional; no lo parece. Consecuencia frecuente de la demanda modernizadora es la calificación de lo existente como anómalo provisional, destinado a la superación. Así, no se analiza, se rechaza a la sociedad sin explicarla. Se juzga sin entender desde la olímpica altura de un paradigma victoriano refrito por un discurso desarrollista.

EL MITO INDUSTRIAL

Vamos por partes. El ideal de la urbanización se ha estado cumpliendo, aunque de manera poco fiel al paradigma. En las últimas décadas, millones de gentes han abandonado el campo. Otros, acaso más congruentes con la propuesta modernizadora, han abandonado el país. El arribo de los migrantes a los conglomerados industriales, unos cuantos, no sólo saturó la demanda de mano de obra sino que la rebasó. La subocupación permanente, el crecimiento de la mal llamada economía informal, el desempleo abierto por periodos prolongados, la marginación urbana, el gigantismo, la falta de servicios, los asentamientos irregulares y la irrefrenable especulación, el desgaste de la calidad de la vida, entre otros muchos, todos sinónimos de la pobreza, son fenómenos crónicos asociados con ese flujo migratorio. Ese no es el resultado de una crisis o un estancamiento en el sector industrial. Todo lo contrario, su crecimiento ha sido sostenido y hasta espectacular por muchos anos. Sus índices de crecimiento duplican a los del incremento de la población. Sin embargo, la relación entre el crecimiento del sector industrial, medido por el valor de la producción, y el incremento en el empleo, no es proporcional. Y la brecha será cada día más grande. Las ramas industriales intensivas en el uso de fuerza de trabajo ya están establecidas y se están mecanizando para incrementar la productividad. Las nuevas industrias son cada vez más costosas e intensivas de capital y generan menor empleo por cada peso invertido. La tendencia es general, mundial. No sólo eso, sino que una industria dependiente que importa su capital, tecnología, materias primas y partes, el impacto de la balanza de pagos, en la relación con los países desarrollados, es negativo y creciente. La nueva etapa, industrias que exporten y que produzcan bienes de capital, lo más moderno y grande, intensificarán las tendencias que se resuelven en más capital y menor empleo relativo.

Hablando en platas el modelo del industrialismo, tomado en serio, requiere que nuestra planta industrial y su producción dupliquen en tamaño a las de Inglaterra, Francia o Alemania. Si queremos desarrollo industrial de verdad, para fin de siglo tenemos que igualar a Japón en capacidad de producción, en diversidad, en eficiencia e independencia tecnológica. Peor todavía, tenemos que lograrlo compitiendo con Japón, y con las otras potencias industriales y en concurrencia o sometidos por una presencia nueva: las transnacionales. Las comparaciones son odiosas, pero la propuesta modernizadora se basa precisamente en la comparación. Rehuir este tipo de comparaciones es engañar, engañarnos.

No se trata de que seamos inferiores a nadie sino de condiciones históricas concretas. Por ellas, hay que replantear el contenido preciso y viable de nuestro desarrollo industrial. Este no puede seguir vigente como simple mito. La mano invisible que dirige la expansión infinita del capitalismo no puede argumentarse con seriedad. La industrialización ha requerido de enormes subsidios nacionales que ya no pueden justificarse por la mitología. Todos los recursos: tierra, agua, gentes y su fuerza de trabajo, inversiones, apoyos estatales y ahora el petróleo, se han malbaratado para servir al mito industrial y a la acumulación de capital que lo sustenta. No se trata de renunciar al desarrollo industrial, pero hay que precisar su tamaño, sus ramas, su viabilidad, su costo para la sociedad. Es el desarrollo industrial el que debe someterse a juicio para enfrentarlo como un proceso verdadero y no como un conjuro mágico, como un sino fatal e inevitable dotado con un final feliz.

En el campo mexicano trabaja más gente que la que lo hace en los campos de Estados Unidos, Inglaterra y Francia, juntos y sumados. Los sucesores y herederos de los campesinos de hoy, los campesinos del mañana, ya nacieron. Son demasiados para suponer que si continúa constante el ritmo de migración, serán mucho menos al finalizar el siglo.

REGRESO AL CAMPO

Pese a la cuantiosa extracción humana la población del campo no ha descendido; por el contrario, ha crecido en términos absolutos. El problema del campo, planteado como problema de gente, es hoy mayor que veinte o cincuenta años atrás. Esto no puede soslayarse con el manejo de las proporciones, que nos indican que en el campo vive ahora un porcentaje menor de la población total. En el campo mexicano trabaja más gente que la que lo hace en los campos de Estados Unidos, Inglaterra y Francia, juntos y sumados. Los sucesores y herederos de los campesinos de hoy, los campesinos del mañana, ya nacieron. Son demasiados para suponer que si continúa constante el ritmo de migración, serán mucho menos al finalizar el siglo. Van a permanecer allí y en el campo tienen que encontrar la solución a sus problemas.

Estos no son ni nunca han sido los de sobrepoblación. En el campo hay quehacer para todos, no sólo en la producción agropecuaria y su transformación, en los servicios que se traducen en mejor nivel de vida, sino también y tal vez sobre todo, en la conservación y el acondicionamiento del territorio para el presente y el futuro. El país está siendo arrasado. Erosión, bajo aprovechamiento, desforestación, dispendio y contaminación de las aguas, entre otros muchos, son fenómenos graves y crecientes, acaso irreversibles. Los factores más poderosos en la degradación son y han sido los intereses especulativos. a corto plazo, en el proceso de acumulación de capital. Es mucho mejor negocio cortar un bosque que sembrarlo, plantar algodón por unos años agotando el agua del subsuelo que establecer una agricultura permanente, tumbar las selvas tropicales para poner ganado que aprender a usarlas. El territorio se sometió a la ganancia particular y ha sido depredado. La ganancia no ha vuelto como capital al territorio, al campo, y se ha transferido a los sectores industrial y financiero para recibir los estímulos y las seguridades del proyecto modernizador.

La ganancia inmediata y excesiva, la especulación para transferir capitales, se ha convertido en la única medida de la redituabilidad del trabajo en el campo mexicano. Así surgió y se hizo más profunda la crisis agrícola, en realidad la crisis rural, que se ha manifestado en la incapacidad del país para alimentar a toda su población, ya no con dignidad ni siquiera con suficiencia. En la escala de la especulación, producir lo básico no es redituable. Ahí el capital no rinde y en esa tarea apenas se queda el trabajo de quienes tienen que procurarse la subsistencia a cualquier costo. Este es el de la miseria, la degradación de sus escasos recursos territoriales, la sumisión a acaparadores y usureros, el desgaste de la fuerza de trabajo jornalera con salarios insuficientes. La mayoría abrumadora de los trabajadores rurales, arraigados a la tierra porque subsisten de ella, cargan con el peso de alimentar al país en condiciones en que esta tarea se ha establecido como no redituable.

Una reforma agraria incompleta, congelada en las normas establecidas hace sesenta años, cuando en todo el país vivía menos de la mitad de la gente de la que hoy vive sólo en el campo, cuando la tecnología extensiva era la única disponible para el capital, propicia y fortalece la vigencia de la escala de la especulación como medida de lo que es racional y redituable. La insuficiencia de los recursos territoriales con que fueron dotados la mayoría de los trabajadores rurales, les impide establecer un proyecto productivo a largo plazo, estable y redituable, para la inversión de su trabajo. Menos aún cuando los recursos públicos destinados al campo y al sector agropecuario se invierten en beneficio directo o indirecto de los especuladores. La subocupación rural es la expresión de la limitación de los campesinos para usar su fuerza de trabajo en beneficio propio y del país. Como contraparte, el empresario privado ligado a la especulación, no crea las condiciones para ocupar ni remunerar adecuadamente a esa fuerza de trabajo. Le conviene así, ilimitadamente excesiva y dispuesta a trabajar por casi nada. 

La revisión radical de la reforma agraria y la continuidad del reparto agrario para adecuarlos a las condiciones reales del país, queda como tarea esencial, ineludible, para suspender la espiral especulativa que depreda al campo y ahora agrade al país al hacerlo dependiente en su alimentación. La argumentación de reproducir el minifundio a través del reparto nunca ha sido válida. La parcelación fue impuesta a los campesinos precisamente para limitar el reparto. Que no se argumente como deficiencia inherente. Dejar el manejo de la tierra en los beneficiarios del reparto, que nadie mejor que ellos conoce, es la otra condición para la continuidad de la reforma agraria. La tierra tiene que ser recobrada por sus poseedores a través de la autonomía en su manejo, de la libre decisión de las unidades sociales de producción sobre su uso. La recuperación, por la gestión democrática, de la capacidad de dirigir el proceso productivo es una tarea prioritaria. Sólo con la reforma agraria, como condición necesaria pero no suficiente, se podrá avanzar en lo ineludible: que la gente que se quede en el campo lo haga en condiciones cada vez mejores de existencia.

EL ESTADO MODERNIZADOR

La acumulación acelerada del capital a partir de la captación y transferencia del excedente agrario, que se acumula y reproduce en los sectores modernizados de la economía, ha sustentado el crecimiento del país a partir de la revolución. La milagrosa aparición de la riqueza petrolera no ha cambiado el estado de cosas en su diseño básico, en su estructura. Ha proporcionado una nueva y riquísima fuente de complemento para la ya insuficiente y decreciente renta agraria, pero sin eliminar su presencia y la de los mecanismos para su extracción acelerada. La especulación, como medida del ritmo de acumulación, se ha acelerado. Las elevadas tasas de interés, el elevado costo del dinero, presionan en la misma dirección. Negocio que no deja limpio un cincuenta por ciento de la inversión total cada año no es «redituable». Pocos negocios agrícolas pueden alcanzar esos límites, acaso menos del uno por ciento de todas las unidades de producción agropecuaria. Los que lo logran no sólo tienen una alta inversión de capital, también reciben muy elevados subsidios del estado y una transferencia de los recursos campesinos a muy bajo costo. El negocio agrícola, cuando es bueno, es una criatura del Estado, lo mismo por el apoyo directo que por su excepción a las normas jurídicas vigentes.

El papel del Estado en el proceso de acumulación acelerado no es arbitral sino activo, casi dominante. Si por modernidad entendemos el crecimiento por esta vía, el Estado es el principal agente modernizador. Más ahora que la riqueza -mejor dicho la abundancia petrolera, que no es lo mismo- se ha reflejado en un aumento del tamaño, de los recursos y de la preeminencia del Estado. Más que nunca es justo decir que el gobierno es el líder, el que maneja y dirige el proceso de crecimiento por la especulación: la modernización.

El papel del Estado en el proceso de acumulación acelerado no es arbitral sino activo, casi dominante. Si por modernidad entendemos el crecimiento por esta vía, el Estado es el principal agente modernizador.

A partir de este hecho central se vuelven relevantes otros dos contenidos para la modernización que por sí mismos son inviables, buenos deseos. Se trata de la modernización productivista y de la educativa y cultural. La mecanización, el aumento de la productividad para la mano de obra, aparece en una posición contradictoria. Por un lado figura como requisito de eficiencia en la reproducción acelerada del capital. Por el otro, constituye un freno al uso de la abundante oferta de mano de obra subocupada o abiertamente desocupada, que constituye otra fuente para la acumulación. La contradicción es nítida en el campo, donde la velocidad de las máquinas, que permite ampliar la escala de operación y de la empresa, es el criterio definitivo para su adopción, ya que no siempre tiene ventajas en el costo frente a la abundancia en la oferta de trabajo que busca apenas un complemento a su propia producción.

Las innovaciones tecnológicas, que se adquieren en el exterior como un paquete completo con su propia lógica, que responde a la escasez de mano de obra, son inflexibles. Su introducción genera enclaves dependientes, aislados de las condiciones para la creación y la transformación técnica. Su adopción, promovida y favorecida por el Estado, ha sido hasta ahora a crítica, indiscriminada, sin ejercicio de la autodeterminación. Esto es resultado y causa de la debilidad en el desarrollo científico y técnico nacional. La ciencia, separada de la producción, es otro enclave dependiente que se legitima fuera, en la mágica abstracción de la comunidad científica internacional, que a su vez se ampara en otras abstracciones: el Progreso y la Historia de la humanidad.

Modernizarnos como simples compradores de tecnología completa y acabada, que con frecuencia desperdiciamos, es más una muestra de debilidad que de avance. Una productividad basada en elementos cuyo control radica fuera, es necesariamente endeble por su dependencia. La modernización técnica se mitifica con frecuencia; se le asigna un valor propio, al margen de la sociedad que tiene que pagarla.

Lo mismo sucede con la modernización como proyecto educativo cuando éste se fundamenta en lo universal, lo cosmopolita, otra abstracción a fin de cuentas. Se traduce en formar consumidores de la cultura sin capacidad de creación, de control, de decisión. Los valores de occidente, lo universal, adquiridos al margen de la sociedad real, acaban en caricatura; recitación aprendida en y para el aula, que es su origen, su límite, su catafalco. Introducir desde arriba una nueva mentalidad que no puede ejercerse cotidianamente, que se convierte en artículo suntuario y subsidiado, es, paradójicamente, peligroso y banal.

No hay oposición posible a los procesos de transformación de la técnica, la cultura y la vida cotidiana. Estos suceden. El objeto de debate son los programas estatales y privados que se proponen dirigir estos procesos. La opción de lo deseable, lo moderno, se ha tomado con frecuencia desde arriba, al margen de los usuarios y creadores de lo que se pretende transformar. Los jueces victorianos que moralizan y escogen en soledad, dialogando con abstracciones como el progreso, la historia universal, el destino de la humanidad, actúan en la práctica como agentes de la dependencia en nombre de la modernidad.

MODERNIZAR: DEMOCRATIZAR

La dirección de los cambios deseados no puede escogerse autoritariamente, por nobles que suenen los paradigmas que definen los contenidos. Aquí, el último contenido de la modernización como proyecto democrático, adquiere relevancia y se vuelve central. Sin embargo, el hecho de que se le llame modernización y no simple y claramente democratización, no está libre de ambigüedades. El uso de modernización nos refiere a la opción tomada autoritariamente desde arriba, desde el poder. En ella, los contenidos de eficiencia y eficacia adquieren preeminencia sobre la participación real en las decisiones y la democracia parece adquirir más importancia como un modelo formal, adoptado a partir del ejemplo de los países desarrollados, que como un proceso real.

Con el perdón de Perogrullo, la democracia verdadera sólo puede partir desde la base de la sociedad. Abrir los espacios para la participación, hoy cerrados por factores reales, es la tarea esencial. Derribar barreras es más importante que depurar formas, que perfeccionar procedimientos. La admisión de algo elemental es indispensable: no hay ni gente ni sociedad que no esté preparada para el ejercicio de la democracia, para decidir sobre su propio destino. Siempre y nunca se está listo para la democracia. Esta no es un proceso educativo. Lo marginal, lo rústico y campesino, no limita el ejercicio democrático. En el campo no están los restos de un país antiguo, ni en las ciudades la simiente del país futuro. El campo es uno de los pilares del México moderno y de su proyecto hacia el futuro. Así hay que reconocerlo. Bajo el tutelaje y el patrocinio, se oculta el autoritarismo, verdadero freno a la democracia. Democratizar al país implica admitirlo, reconocerlo como algo real. Modernizarlo implica dirigirlo desde la cúspide hacia un destino definido desde fuera, desde la abstracción, desde el poder.

«LE DEGU COMO LE DEGU»: LOS ESCAPARATES DE LA LITERATURA

Ricardo Garibay: De lujo y hambre. Centro de Ecodesarrollo-Editorial Nueva Imagen, México, 1981, 211 pp. 

Los dos tiempos narrativos que Ricardo Garibay declara en una linea literaria descendente desde Las glorias del gran púas, Acapulco y que se definen de modo más claro en su libro más reciente, De lujo y hambre: uno, el de la prosa narrativa cuya fuerza y tensión apuntan para si sus mejores momentos, la duración de un impulso literario eficaz, los alcances de su rapidez y sus habilidades narrativas. Los intentos que dan en el clavo cuando pasan del documento a la literatura. Textos ganados por el testigo que transforma a sus personajes, el olfato literario para localizar las vidas que quisieron ser imaginarias a fuerza de documentales y que el narrador consigna y reinventa, oficio y literatura. Enormes frescos antologables, relatos disfrutables en la plenitud de su estilo. Diálogos memorables en su traslado por la reproducción musical y literaria del aprendizaje de un idioma que no le pertenece, que el narrador hace suyo a lo largo de las crónicas. Perfiles logrados de figuras celinianas cuyo lenguaje es ya el contenido del relato, descripciones apoyadas en la consición contenida de sus historias. Otro plano, igualmente seguro, dicta muchas veces el tono, el trayecto literario, que lleva siempre el cronista: el del flamígero dedo y voz engolada que se roba cámara a si mismo y arrebata parlamentos ajenos. El inquisidor de la mirada indignada, el demagogo que hay en todo moralista, que pierde credibilidad literaria, falsamente asombrado por sus propias coartadas, desesperado y sensible reportero que se tapa los ojos, el del filo literario mellado a fuerza de falsetes innecesarios; el de la metamorfosis interminables que escribió en el cierre de Acapulco, «Un mundo, el mínimo mapa que quería yo tener en la mano, bulle en ella para siempre; ya no podré vivir sin él como aguijón; sus dulzuras y amarguras (. . .) Late Acapulco, latirá en mi definitivo compromiso de desprecio y amor, de dicha y pena», y que ahora en el «Termino» de De lujo y hambre cuenta su transformación fáustica, «Y ya viven conmigo Tersites y El Hechizado, el lenguaraz y el babieca. No soy ni uno ni otro, pero tengo de ambos, ya no soy el que era antes de esta aventura, la menos espectacular, la más grave de las que puedan emprenderse. Mi capacidad de horror y asco ante los pobres; no entender cómo existe ni por qué su innumerable infierno, no soportarlo dentro de mi». El autor como productor de lujos consumibles, mitologías para la clase media atribulada por su futuro. Acaso las crónicas que integran De lujo y hambre acumulen en su contenido la división de ese trabajo narrativo, definan al narrador que divide en ese espacio los aciertos y la indigestión de sus excesos. Tal vez la debilidad del conjunto de las crónicas que Garibay reúne en este libro resida en las lecturas que acepta, en los equívocos que se permite frente a los temas sin vuelta de hoja. En ese sentido De lujo y hambre puede leerse como una gira en busca de un retrato para el país, una foto que enseña en su geografía social los puntos neurálgicos de México, el de los de abajo, de las mayorías olvidadas bajo del desarrollismo, el progreso y la modernidad, la realidad que pone en duda a la nación mexicana. Aunque también el lector tendencioso podría leerlo desde otra perspectiva, como una guía turística al revés en el momento en el que Garibay se descuida y moraliza y grita y nos regaña y se da de frentazos: a su izquierda, la monstruosidad desbordada del Distrito Federal; a su derecha, el vasurero de Iztacalco; enfrente, un guerrillero urbano de verdad; allá al fondo un tragafuegos; luego, éstas son las criadas: conozca México primero. El desequilibrio y los equívocos empiezan desde el titulo: el lujo, el «Comienzo», las fiestas patrias en las Vegas, el patrioterismo ridículo de la clase media; «El Término», el spleen de un millonario, el grand ennui de un cazador de elefantes deprimido que llena sus días jugando al golf y bebiendo los mejores vinos importados. Lo demás es el hambre: «Tijuana», la frontera vista desde helicóptero, los contrastes y la degradación del paso entre México y Estados Unidos. «Monterrey», la del millón de pobres que sobreviven bajo la industria y el monopolio de los capitanes de la empresa mexicana. «Coatzacoalcos», las manchas del hotel petrolero. «Distrito Federal», la deformidad de la ciudad, sus basureros, su modernidad ficticia. «Pobrezas en tres historias» y «De intemporales» reúne retratos excelentes, viñetas excepcionales, rápidos intercambios narrativos con esparrings difíciles.

Ahí se logran las mejores crónicas del libro, desde la paciente reconstrucción de personajes móviles, en la historia olvidada de un boxeador, «Negro Sandoval» de glorias pasadas, «No me acuerdo si llegó a campeón nacional de peso gallo-creo que no, a distancia su itinerario parece ajeno a las grandezas-, pero si disputó el fajín, sus sábados eran alaridos hartazgos de badana y sangre, en su cúspide lo ranqueó Nueva York sexto del planeta, y con El Acorazado de Bolsillo libro un tomaidaca de treinta minutos que pasaron a la historia como la Guerra Mundial en Miniatura en el Embudo de las calles del Perú. Era un suicida asesino, de campana a campana». La prosa narrativa que Garibay ensaya acierta cuando centra la tensión del estilo en sus personajes, cuando transcribe una acta del Ministerio Público en «Desgarradoras lamentaciones en el dos de noviembre» y relata desde el habla que reinventa las vidas paralelas de un asesinato entre amigos, en la búsqueda subterránea de la vida de un vendedor de klinex en las esquinas, » íEsele Clínes, queasó! -gritó el billetero./ íYa voy a medio chivo, ya voy a medio chivo!- gritó el Clínes, corriendo entre los coches-. Justo ahí gritó su mujer y se oyó el golpazo. Vimos al niño en el aire, caer y rebotar sobre el cofre.», o en la historia de amor de una criada, las descalzas de puerta en puerta. Fantasmas reales o imaginarios que Garibay reconstruye entre diálogos y perfiles momentáneos que definen sus vidas, deciden la memoria de sus historias. Lo mejor de las crónicas sale adelante al salvar la moraleja y las prescindibles consideraciones sobre la condición humana y el desastre mexicano. La literatura que da lo mejor de si al montar las biografias que elige, del otro lado del escritor del «naturalismo cabrón» y costumbrista que baja del templo a asombrarse en los basureros y parodia un estilo definido entre tanta retórica y lecciones de moral. Una vez que el lector deja atrás la sensación de que Garibay entrevista a Garibay: querendón en Las Vegas, bravucón en Guerrero, neurótico y decepcionado en el D.F., espalda mojada en Tijuana, de mucho estilo y tradición frente o con los millonarios. Al moralizar sus recorridos y autoincluirse como virgilio-que conduce al lector por el infierno tan temido de la realidad mexicana, Garibay desperdicia la energía y la tensión de sus crónicas, se parodia involuntariamente, convierte sus textos en la mejor mercancía clase media para amas de casa o ejecutivos en busca de la cultura fácil y la verdad absoluta de engendros como La tercera ola o Los renglones torcidos de Dios, Torcuato Luca de Tena o Harold Robbins. Esa transformación que Garibay se permite, el salto de sus textos, divide el ejercicio narrativo que trabaja entre sus excelentes momentos y derrapones literarios como éste, «Todo lo hacemos los humanos, por supuesto, pero es tan aberrante la coexistencia del hambre y del lujo, acaso sin pared de por medio, que de alguna manera uno necesita pensar en una divinidad viciosa o elemental, creadora del absurdo». Esta es la distancia que separa al narrador consistente del retórico y culposo que se deja seducir por sus habilidades, esa facilidad que le saca la vuelta a la exigencia, el carácter que derrota la lejanía crítica frente a sus temas, «Fui, vi, me ardí, vomité, salí completamente derrotado». La vuelta de esa tuerca literaria que vence su inercia hacia el lado contrario, que cuenta la tragedia y la aprieta hasta volverla melodrama, nunca sacia.

Paz: El libro azul

Octavio Paz: Poemas (1935-1975). Ed. Seix Barral, Barcelona, 1979, 719 pp.

La lectura incorrecta

Enmendando pasajes o versos, anotándose incluso con una mano que quiso afinar los últimos detalles antes de certificar su envío a la posteridad, en un trayecto que arranca en Bajo tu clara sombra y sigue con firmeza hasta Pasado en claro, Octavio Paz reunió cuarenta años de actividad poética en este poderoso libro azul, sabedor de las aguas que desplaza y de lo que desplaza junto con ellas, algo así como la Ultima Ballena de la poesía mexicana: una obra abarcadora de tantísimos registros, zonas, transformaciones, concepciones, reinos; una obra que admitió el hai-kai y el verso libre con la misma competencia, que conjugó sin pérdida la versificación muy-siglo-de-oro con el laboratorio vanguardista, que prosó y abstrajo a placer, que incluso partiendo de algún capricho creativo dejó invariablemente un poema logrado, que se pensó a si misma y fue consecuente con sus obsesiones, que viajó y se quiso poseedora de una voz modulada en la voluntad de ser contemporánea de todos los hombres. Se trata en efecto de un libro que ya nos está hablando desde el más alla, o en alta mar: recorriendo algún dominio solitario, desde la tradición corregida y potenciada y en la confianza de saberse una pera pecosa del olmo nacional. Es, en fin, una obra resuelta; lo que falta por resolver son las respuestas posibles. El problema es que uno recibe esa obra, y el oleaje que arroja, ubicado en la otra orilla: no la mágica paciana, de comunión, sino la impura y cargada de pulsiones personales, lógicas subjetivas, desencuentros; es la orilla que no puede entregar una lectura correcta porque seria como aceptar la inundación o la asfixia-por-obra-mayúscula.

La obra poética completa de Paz exige una rendición incondicional a la que ya se han plegado y seguirán plegándose muchos lectores; varios críticos que se han ocupado estrictamente de su poesía (como la mayoría de los reunidos por Angel Flores en Aproximaciones a Octavio Paz) lo han hecho aceptando las condiciones establecidas por Paz; Paz escribe Transparencia y ellos escriben Transparencia o componen un bordado sobre la Transparencia; Paz propone Blanco y los otros leen Blanco según las indicaciones de Paz. Habiéndolo leido correctamente, la vena critica que impulsa esos textos ha preferido morirse antes de nacer, irse al más allá por la vía más rápida, ahogarse lo antes posible en el oleaje con el fin de leer a Paz desde la posteridad o en su dominio, en vez de hacer un intento mínimo por resistir la inundación; es lo que podría llamarse una crítica póstuma. Una obra poética tan sólida como la Paz no necesita de más solidificadores; la poesía mexicana, en cambio, luego dé que Paz instaló en ella su solidez, si requiere de una critica capaz de crear o distinguir algunos puntos de vacío, respiraderos que permitan transitar y habitar la poesía de Paz sin estrellarse contra ella . Así, esta nota incorrecta quisiera consignar, sobre todo, los estilos y razones que uno se ha ideado para poder respirar en la atmósfera de esa obra luego de haber respondido tantas veces, emotivamente, a ella; consignar el modo en que uno “ha evitado” a Paz para rastrear o catalizar o estimular en sus textos algo que los acerque a la impureza de esta otra orilla, para captar la oportunidad de arrancarle un gajo a esta naranja prohibitiva; o en fin, para proponerle uno de los sitios de ubicación que podría tener en la poesía mexicana-precisamente a esta obra cuya parte crítica, en tocando la poesía mexicana, ha sido más que nada una ubicadora de sus concurrentes.

La rendición condicional no es exclusiva para la lectura de Paz: en general uno se va volviendo mejor lector y redactor de poesía mientras menos se deja inundar o expresar, mientras va fortaleciendo su amor propio contra la conciencia de haber llegado tarde a los textos o lineas que estaban para uno, mientras sucumbe con menor frecuencia cuando la rendición es inevitable, tiene todo para ser bienvenida porque desata una tensión acumulada y anterior, una carga emotiva en busca de empleo que, mientras más tarde en encontrarlo o mientras lo encuentre con más exactitud, más potenciará al texto o la linea que la contuvo o liberó. La historia de la poesía puede ser la historia de este amor propio y de sus episódicas puestas en escena, el modo en que sus poseedores lo han ido protegiendo y han ido entregando, a partir de él, sus diversas respuestas a la amenaza o convicción de que ya todo había sido dicho cuando les llegó el turno; y la poesía puede ser también el secreto de saber rendir y apoyar, según se requiera y en el momento exacto, ese mismo amor propio; el secreto de deponerlo y contraponerlo a la hora precisa, de sostenerlo hasta el último instante y volcarlo, herirlo ahí, quitarlo, admitir: “ésta es mi línea, mi texto mi libro” -sea de uno mismo o de otro autor. Esto se parece al encuentro de Paolo y Francesca: como ellos, un versificador, un redactor de poemas que lee poesía debe esforzarse por seguir leyendo y resistiendo la tentación de rendirse al abrazo antes de tiempo, hasta que llegue ese momento inevitable e intenso en que dejamos de leer y nos rendimos. Y en efecto aquí se pone en juego algo similar a una víspera de encuentro amoroso: el punto clave es ese instante de emoción concentrada, de conciencia del encanto y miedo a la pérdida -y viceversa: de miedo al encanto por la posterior conciencia de pérdida- que lleva al ” moment’s surrender” de Eliot o, por el contrario, el minuto cobarde” de López Velarde.1

Esta necesidad de resistir y rendirse con aptitud se vuelve casi una urgencia ante los Poemas (1935-1975) de Paz. En poesía hay pocas cosas comparables a la posibilidad de asistir a la obra consumada de un poeta firme que aún en vida clausura esa obra y la vuelve una zona de prohibición o un campo minado; no hay tampoco, para el resto de la tribu, nada más intolerante que la obra de un poeta logrado, que llevó a buen término la obligación de lograrse y de ejercer su capacidad, desde el momento en que se sintió o se pensó a si mismo qua poeta y que en Paz podría distinguirse -como tal vez quisiera él a juzgar por el libro que abre Poemas– con Bajo tu clara sombra. Es la intolerancia de una obra que cruzó por todas las etapas y que tiene todo para llegar al final exigiendo, desplazando, pidiendo no una ubicación civil sino el lugar único y preponderante, postulando en su creador al último poeta de la tribu y al dador de los últimos papeles de veras fundamentales. Una vez que Paz lo soltó de su manos, el libro azul impone ese legado que, como los viejos mares míticos, quisiera destruirnos a todos.

El repertorio imposible

La sensación de inutilidad que despiertan muchísimos textos de la poesía mexicana reciente proviene de que Paz ya estuvo ahí y de que esos textos no supieron evitarlo. Y resultan de un error o de un espejismo: Paz no “ganó” espacios y temas para la poesía mexicana ni abrió la posibilidad de frecuentarlos para otros que vinieran, sino que la despojó, extremadamente bien, de ellos; Poemas (1935-1975) corrobora que todo lo que ha tocado la poesía de Paz es ahora (fue siempre) de Paz, y fija un repertorio de lo que ya es imposible intentar después de él en la poesía mexicana: la celebración de la mujer, la Muchacha, la Señora2; la Transparencia, la relación con la Palabra, la Otredad, la Meditación sobre el Lenguaje, la Imagen del Mundo, la Temporalización de la Página, la Conciencia escindida y reconciliada, la Reflexión Poética sobre el Arte Pictórico; las Piedras, el Agua, los Pájaros, la Luz; el Ejercicio Mallarmeano, la Práctica del Hai-kai, la Contemplación del Silencio y el Instante, todo lo que tenga que ver con el Espacio, el Orientalismo nada californeano, la Negación y la Afirmación del Ser (las Paradojas de la Abstracción, los Filosóficos Contrarios), el Animismo Natural, la Presencia de la Ciudad como Revelación Intemporal, los Viejos Edificios Mexicanos, the Mexican Imprecation (Carajo), la complacencia visual del surrealismo. No hay vacíos; Paz da la impresión de haberlo visto, leido, intentado, comprendido todo: es en efecto la tentación más completa, por lo que abarca, que puede ofrecer la poesía mexicana para que un lector se pliegue sin restricciones a uno de sus autores.

Del mismo modo, la obra crítica de Paz sobre poesía mexicana es el intento más serio que haya hecho un poeta mexicano por legitimar una obra personal apropiándose de su tradición. La obra crítica de Paz también se encargó de quitar los vacíos, poniendo de su parte a todos los poetas mexicanos importantes que, ofreciendo ellos mismos cuerpos poéticos sólidos, pudieran significar, en ese mismo vacío o resquicio que dejaban de distancia, una “amenaza” para ese otro cuerpo sólido que es la obra poética de Paz. La crítica de Paz siempre ubicó primero, de modo que en el conjunto de la poesía mexicana ella misma ha quedado inubicable. Así, desde Las peras del olmo hasta el ensayo sobre López Velarde en Cuadrivio, y llegando al prólogo de Poesía en movimiento, Paz igualmente da la impresión de haber dejado resuelta a la poesía mexicana cuando en realidad no ha hecho sino volverla prisionera de su inteligencia y de sus expectativas poéticas. Una operación que consistió en cerrarle la puerta a todos y quedarse con las llaves, o en trazar el plano de una ciudad donde todas las calles llevaran al centro Octavio Paz. Uno pasa del libro azul a la crítica de Paz, y al revés, y llega siempre a la misma conclusión: la poesía mexicana ha existido sólo para llegar a este libro azul. Después de sus textos críticos Paz es el único que queda libre, capaz de movimiento, único heredero o legitimo disruptor de esa tradición que él mismo fue inventándose -más o menos como todos- a la medida de sus intenciones. Paz-criticó puso en su sitio, una y otra vez, a los poetas mexicanos de Sor Juana a Gorostiza; los elogió, separó sus errores o caídas, los diferenció, los evaluó, los inmovilizó. Sus excelentes ensayos dejaron volando siempre una pregunta, un problema, una insinuación, algo por resolver, que sólo encontraba respuesta en la obra poética de Paz.

Del siguiente modo, en tres ejemplos. Paz anotaba en un ensayo de 1945: “El haikú de Tablada tuvo muchos imitadores. Hubo toda una escuela, una manera que se prolonga hasta nuestros días. Su importancia verdadera no radica, quizá en esos ecos sino en esto: las experiencias de Tablada contribuyeron a darnos conciencia del valor de la imagen y del poder de concentración de la palabra”. ¿Qué ocurrió alrededor de este párrafo? Que poco antes, en 1944, Paz había escrito, digamos:

Roe el reloj
mi corazón,
buitre no, sino ratón,

de modo que este hai-kú no provenía de un simple “eco” imitador sino de “la conciencia del valor de la imagen y del poder de concentración de la palabra”; el uso de hai-kai quedaba legitimado para la obra de Paz. ¿Y qué seguía después del statement de Paz sobre Gorostiza como “Después de Muerte sin fin la experiencia del poema-en el sentido de Gorostiza es imposible o impensable”? Seguía Piedra de sol, la respuesta de la poesía mexicana al never more que Muerte sin fin le había colgado al poema largo en México; Paz clausuraba a Gorostiza y protegía Piedra de sol de su presencia, instalaba un acertijo o un callejón sin salida para la poesía mexicana que sólo Paz vendría posteriormente, a resolver. ¿Y qué ocurría alrededor de este otro statement sobre Primero sueño de Sor Juana: “Silencio frente al hombre: el ansia de conocer es ilícita y rebelde el alma que sueña el conocimiento. Soledad nocturna de la conciencia. Sequía, vértigo, jadeo. Y sin embargo, no todo es adverso. En su soledad y despeño el hombre se afirma a si mismo”? Ocurría que Paz estaba endosándole a Sor Juana varias de las preocupaciones que tenía al escribir, en París y en el mismo año en que redactaba su ensayo sobre ella, el poema Repaso nocturno, cuya situación emotiva va y poética puede describirse efectivamente con las mismas líneas que Paz utiliza para Sor Juana. Así, puede hablarse de la soledad nocturna de la conciencia paciana; la sequía, el vértigo, el jadeo:

El escorpión ermitaño en la sombra se aguza.
¡Noche en entredicho,
instante que balbucea y no acaba de  decir lo que quiere!
¿Saldrá mañana el sol,
se anega el astro en su luz,
se ahoga en su cólera fija?
¿Cómo decir buenos días a la vida?

Pero “no todo es adverso” porque “en su soledad y despeño el hombre se afirma a sí mismo”.

Volvió a su cuerpo, se metió en sí mismo.
Y el sol tocó la frente del insomne,
brusca victoria de un espejo que no refleja ya ninguna imagen.

La inclusión de estos ejemplos no quiere objetar sino describir; las correspondencias entre la crítica y la poesía de Paz no sólo están muy coherentemente logradas sino que ejemplifican, con precisión, el modo en que un poeta procede cuando se desdobla en critico. No valdría la pena volver a este lugar común si no para, luego, plantear la objeción verdadera. La mistificación que quiere ver al crítico óptimo en el crítico que también hace poemas, la postulación de que la poesía y la crítica guardan relaciones estrechas y misteriosas, tiene de trasfondo una ecuación más vulgar (y penosa, según se vea), que también esta nota quisiera asumir desde su orilla turbia: “el poeta es un fingidor” como dijo Pessoa, y lo es doblemente cuando se separa en critico. Hace como que todo es casual y objetivo; pero cuando el critico y el versificador conviven en un solo autor, el crítico es sólo encargado de acarrear agua al molino del otro o el mero cuidador de la comida del canario, el que habla para que el otro se sienta seguro al cantar. Paz lo ha hecho muy bien al tocar la poesía mexicana: montar un escenario crítico que sea al mismo tiempo una máquina de apropiación, un modo de apoyar en otros la propia labor poética, y es tan obvio como ingenuo pretender que fuera de otro modo; el problema, la objeción es que Paz sin estar exento de ese mecanismo ha sido durante tantos años el fijador y señalador crítico de quién es quién en la poesía mexicana; la deuda que puede irse imponiendo es si los textos críticos de Paz no debieran servir más bien para iluminar únicamente su poesía y luego, tomando sus opiniones con pinzas, iluminar la poesía mexicana.

Sobre los poetas mexicanos, Paz fabricó una lógica que acabó siendo la lógica. ¿Quién no la compartió alguna vez? Y cuánto tiempo antes de comprender que las preocupaciones y opiniones de la obra crítica de Paz le servían solo a él; que eran su derecho y que uno lo confundía con la obligación de aceptar personalmente sus opiniones. Por su genialidad o prestigio o mérito propio o (ahora) susurros de nobelización o por lo que pudiera apuntarse, Paz quedó como ese ubicador de la poesía mexicana; después de él habría que hacer un doble esfuerzo para atreverse musitar algo contra observaciones como “No deja de ser asombroso que un poeta (Pellicer) tan espontáneo y rico, tan habitado por la verdadera inspiración y la gracia poética, admire de tal modo al frío, retórico, tieso Díaz Mirón”. ¿Qué es esto? Uno supone que parte o síntoma de ese proyecto donde las palabras eran putas que chillarían y sería el crujir de dientes de la tiesura y el voladero de la retórica, un proyecto que Paz acabó por cumplir, cabal y finalmente, en Blanco3. Y el hecho es que incluso admirando, Paz inmovilizó, era imposible no seguir con admiración su ensayo sobre López Velarde en Cuadrivio para, al final, ya estar dispuesto a aceptarlo todo porque parecía ofrecer un cierre tan hermoso: era imposible volver a López Velarde porque resultaba nuestro único punto de partida. Y otra vez, ¿qué seguía? La vanguardia, la internacional de la poesía, la superación del payo; el único que podía continuar esta tarea era el mismo que había descubierto el punto de partida que significaba López Velarde y la imposibilidad del retorno: Octavio Paz. Y cuánto tiempo, también, antes de que uno pudiera balbucir algo contra es frase o clausura, hasta dar, más o menos, con el reparo de que tal vez López Velarde no es el punto de partida sino el camino y que la frase podría revertírsele a Paz: no podemos volver a él porque Paz es, en realidad, nuestro verdadero punto de partida, como ojalá se vea a continuación

El abismo narcisista

Hay un poema de Quevedo en Heráclito cristiano que le gusta a Paz y que podría resumir la sensación global, a veces dificultosa, de haber leído su poesía completa:

Dejadme un rato, bárbaros contentos,
que al sol de la verdad tenéis por sombra
los arrepentimientos; (…)

Dejadme, que me espanto,
según soñé, en mi mal adormecido,
más de haber despertado que dormido;
contentaos con la parte de los años
que deben vuestros lazos a mi vida;
que yo la quiero dar por bien perdida,
ya que abracé los santos desengaños
que enturbiaron las aguas del abismo
donde me enamoraba de mí mismo.

Así es porque cuando uno piensa en su admiración por Paz, en el hecho de que puede recitar de memoria pasajes enteros de sus poemas Mona Lisa (“Himno entre ruinas”, “El cántaro roto”, “Noche en claro”, “Piedra de sol”, otros de gusto más personal), siguiendo el hilo de esa admiración uno se descubre volviendo, de un modo inevitable, a su adolescencia. La obra de Paz admitiría muchísimas lecturas pero para alguien que, adolescente, empezó a leer poesía mexicana a principios de los setenta, la poesía de Paz pudo significar sobre todo una forma de raíz o reconocimiento, un asidero promisorio, la posibilidad de afirmar o reafirmar al yo asomándose a unas aguas contundentes; un ‘ espejo” en efecto. De modo que Piedra de sol era también la posibilidad de juntar vida y literatura, de abrigar grandes sentimientos, de estar en la ciudad de México y en Madrid, 1937, de probarse en la capacidad de la pasión, de creer en la libertad ganada por el amor; era la solución de las crisis, la reconciliación con el rostro colectivo, el contacto con “la otra” historia, no oficial, del país; uno se enamoraba de Piedra de sol como enamorarse de su propio futuro y de la promesa de ese futuro, y se enamoraba de ese ideal por enamorarse de si mismo. Por ejemplo cada vez que vuelvo a asomarme o a repetirme o a releer el fragmento de Piedra de sol que arrancaría con “Busco un fecha viva como un pájaro”, el placer que obtengo de ahí viene a ser de una índole bastante narcisista porque, ya convocado el fragmento, desata una búsqueda de mi mismo años atrás mientras la veía caminar por los pasillos de la preparatoria y ya desde entonces le endosaba el fragmento o me sentía gratificado por tenerlo en la memoria. Estos versos eran en efecto el reflejo absoluto, la expresión global, las aguas de ese abismo quevediano donde se daba la proyección entrañable del yo, y siempre el yo, las aguas aún sin enturbiar que ofrecían los primeros contactos con la poesía de Paz.

En este sentido Paz es y tal vez seguirá siendo nuestro único punto de partida porque suplió una carencia importantísima, a saber: la ausencia de una poesía romántica poderosa en México; la posibilidad primeriza de rendirse sin condiciones a un poeta capaz de proveer una afirmación inicial, necesaria, y que por lo mismo ofrecerá luego la opción de enfrentarse a él -como enfrentándose uno a su propio abismo narcisista- y salir reconstituido, apto, en fin, para el crecimiento. Paz podría ser ese primer poeta, ese espejo intenso, logrado y posibilitador, en efecto, de un “santo desengaño”.4 La obra poética de Paz equivaldría al servicio y magnitud fundamentales que por ejemplo Shelley proporcionó y sigue proporcionando a los lectores que se inician en la poesía inglesa. Es la alternativa de un primer amor idealizado, aún sin los avatares del contacto físico, y al que la aceptación de otro amor más critico o conflictivo irá cuestionando o enturbiando.

Puse Shelley, ¿por qué no? Paz comparte con él la idealización apasionada del erotismo, la búsqueda-glosa del lado claro de la historia y la política (y la convicción de que la poesía las “trasciende”), la sugestión de la belleza mediante el pensamiento, el ojo mental que percibe a la Naturaleza instalándose como más importante que el objeto percibido; tal vez llegue el tiempo en que los poemas de Ladera Este requieran la misma actitud mental que ahora es necesaria para leer Ozymandias, y qué tal si El arco y la lira no viene siendo nuestra A Defence of Poetry. Más aún, viendo al final de Poemas(1935-1975) en una nota aclaratoria al poema “Elegía: A un compañero muerto en el frente de Aragón”, el modo en que Paz corrige su retórica por corregir su pasado, y vuelve parte “de un momento” circunstancial su actitud y participación en la guerra civil española, podría citarse este párrafo de George Saintsbury sobre Shelley, y también a la luz de la cuerda política de Paz. Dice Saintsbury: “Las herejías políticas y sociales de Shelley fueron más o menos accidentales; y es probable que, en un tiempo de liberalismo triunfante, Shelley habría sido un conservador inveterado (high Tory) excepto, en efecto, en lo que respecta a la teoría de la poesía. (Por lo demás, el mérito formal de su prosa de ningún modo estaba por debajo del nivel de su versificación)”. Y sigue Saintsbury: “Si hacemos a un lado sus temas predilectos, como la pasión amorosa o la belleza de la naturaleza, y su rebelión absoluta contra las convenciones impositivas y autoritarias, no podría decirse que hubiera un tema, o una clase de tema, que le atrajera más que otro, o que le sirviera más que otro como un lienzo para su pintura o como un motivo para su música”. Una última asociación vería en el poema que cierra el libro azul un equivalente posible a The Triumph of Life que, al ser en varios momentos una palinodia shelleyana, donde Shelley ajustó cuentas consigo mismo y sus concepciones de la vida y la poesía, retomando y al tiempo corrigiendo ecos de sus poemas anteriores (incluso lo más grandes, como el Prometeo desencadenado), es el poema que ofrece una salida, un desvío logrado dentro de la misma obra de Shelley, el propio anfitrión abriendo la puerta.

Final

Pasado en claro viene a resultar el mejor texto critico que hay sobre la obra poética de Paz. Sólo la remisión a este poema podría hablar con exactitud por la purgación de las vanguardias y el lado mallarmeano o “mayor” del simbolismo, por la quiebra del ejercicio de la poesía como ritual mágico,5 por el estilo conversacional y directo, por la ausencia del caligrama y el topoema, por la convivencia con el lenguaje y no su violentación, por la quema de las tentaciones experimentales. Y también porque en Pasado en claro Paz retoma lugares de su obra anterior y de algún modo los va comentando, regresa a situaciones emotivas que ahora le hacen responder, poéticamente, de otra manera; responde, por ejemplo, a la pregunta final de uno de sus poemas más hermosos y directos:

Mi abuelo, al tomar el café,
me hablaba de Juárez y de Porfirio,
los zuavos y los plateados.
Y el mantel olía a pólvora.
Mi padre, al tomar la copa
me hablaba de Zapata y de Villa,
Soto y Gama y los Flores Magón.
Y el mantel olía a pólvora.
Yo me quedo callado:
¿de quién podría hablar?

De ellos mismos, de ese romance familiar que, bien referido poéticamente, no convocará un olor a pólvora histórica pero tocará un nervio sensible y, ya, tal vez más urgente de referir; es algo lejano de los zuavos y los zapatistas, que de algún modo va a dar al PRI y al país institucionalizado, y los explica; que permite otro tipo de memoria y de pólvora, algo más cercano al presente y al futuro del país; esa “historia secreta” que explica muchísimo de los avatares públicos, la bitácora familiar que, en efecto, ilumina otro centro mucho más general; algo, en fin, que al tocar esa cuerda familiar puede seguir vibrando y extendiéndose hasta hablar a nombre del romance nacional:

Del vómito a la sed,
atado al potro del alcohol,
mi padre iba y venia entre las llamas.
Por los durmientes y los rieles
de una estación de moscas y de polvo
una tarde juntamos sus pedazos.
Yo nunca pude hablar con él.6
Lo encuentro ahora en sueños,
esa borrosa patria de los muertos.

En Pasado en claro está el Paz “que vendrá”, rastreable en zonas de su poesía como “Conscriptos U.S.A.” o la “Elegía interrumpida”, incluso en algunas partes de Piedra de sol; el Paz más payo y al tiempo el más culto, al que si podemos volver entre otras cosas porque al entenderse con otra zona de ese mismo romance familiar parece, increiblemente, un precursor de López Velarde:

Virgen somnílocua, una tía
me enseñó a ver con los ojos cerrados,
ver hacia adentro y através del muro.
Mi abuelo a sonreír en la caída
y a repetir en los desastres: al hecho, pecho.
(Esto que digo es tierra
sobre tu nombre derramada; blanda te sea).

Y del mismo modo en que Eliot vio en The Triumph of Life el poema inglés que imitaba con más exactitud la poesía dantesca, así Pasado en claro tiene los momentos más eliotianos de la poesía mexicana; no sólo porque su entrada recuerda también al inicio de Burnt Norton, sino porque es un poema lleno de rendiciones adecuadas a lo largo de muchas lecturas, lleno de esos minutos cargados de emoción, deposiciones del amor propio en el momento exacto; y de ahí a las posibilidades dramáticas:

Yo junté leña con los otros
y lloré con el humo de la pira
del domador de potros;
vagué por la arboleda navegante
que arrastra el Tajo turbiamente verde:
la líquida espesura se encrespaba
tras de la fugitiva Galatea; (…)
tuve sed, vi demonios en el Gobi; (…)
grabé sobre mi tumba imaginaria:
no muevas esta lápida,
soy rico sólo en huesos.

Pasado en claro rebosa de estos momentos que entregan un yo no ensimismado sino “escapado” rumbo a la expresión dramática, la despersonalización o “proyección” poética: una de las posibles salidas para la poesía mexicana que cada vez tendrá que probarse como igual de competente frente al ascenso de otros géneros o modos de hacer literatura entre nosotros. Por lo anterior, por las posibilidades de exploración que abre para otros, y desde 1975 en que se publicó por primera vez, Pasado en claro es el verdadero poema “a vencer” en la obra de Paz y el que, en este libro azul requerirá más atención de los que quieran hacer algo en la próxima poesía mexicana.

 

Notas

1 “El moment’s surrender” y el “minuto cobarde” podrían acercarse todavía más. Frank Kermode señaló con tino que el término de Eliot tiene una relación directa con el “bewildering minute” del dramaturgo Cyril Tourneur. En The Revenger’s Tragedy uno de los personajes de Tourneur se pregunta ácidamente por qué los hombres tendrían que condenarse a mantener a las mujeres tan sólo por el beneficio de ese “bewildering minute” referido, obviamente, a la actividad sexual.

2 José Emilio Pacheco, que asistió muy joven a la publicación de Piedra de sol podría dar un ejemplo exacto sobre este punto. En la primera versión de su poema “Arbol entre dos muros”, Pacheco incluyo a una “señora” y coló versos como

Doncella impredecible, espuma esbelta
a golpes de mirarte, árbol del tiempo,
tumba de huecos vivos…

Años después, al corregir el poema para publicarlo en Tarde o temprano, Pacheco omitió a la “señora” y suprimió varios versos como los citados. Aparte de las razones de Pacheco, tal vez el problema real de estos versos es que sobre ellos pesa demasiado el fraseo celebratorio o efusivo de Piedra de sol. Otros dos poetas cercanos a Pacheco, o de su misma generación -y a los que, por lo demás, Paz ha prologado- hicieron así: José Carlos Becerra puso frivolidades en boca de su muchacha, tuvo que ponerle minifalda, enseñarle a fumar; en Seguimiento Gabriel Zaid la celebró lo más directa o epigramáticamente posible; luego optó por meterla en un edificio de departamentos, le dio una escoba, elogió su modo cotidiano de hacerlo”

Muchas mujeres lo hacen bien
pero ninguna como tú.
La Sulamita, en la gloria
se asoma a verte hacerlo.

Tal vez esta parodia de Agustín Lara era lo más lógico que podía intentarse al respecto después de los pacianos “voy por tu cuerpo como por el mundo” y sucesivos y similares.

3 Blanco es sin duda el poema más espectacular de Paz, pero es también el poema más egoísta de la poesía mexicana. Está escrito en ese momento en que el poeta, como se dice, “ya hace lo que quiere con el lenguaje” y quedan, entonces, dos caminos: o usar esa capacidad para servir a la poesía en que se inscribe el poema, y explorar el lenguaje de modo que el resultado sea útil también para otros que vengan o abusar de esa capacidad e imponer un poema único inabordable, disruptor. Blanco engrandece el nombre de Paz y consigna ese momento en que las palabras, en efecto, se tragaron todas sus palabras, sometidas por la capacidad de un poeta. Y es difícil que otro pueda aprender algo de las palabras sometidas.

4 Este primer encantamiento y luego “santo desengaño” quedaría expresado inmejorablemente en los versos 377 a 432 del poema Pauline, de Robert Browning.

5 En el número 1, mayo de 1981 de la revista de la UNAM, en una “Conversación en la Universidad” reproducida allí, Paz habla ya como viniendo de esa quiebra: “Esto es precisamente lo que me pregunto desde el principio: ¿por qué rayos escribo cuando seria mucho más cómodo hacer otras cosas? La literatura no es una profesión agradable: es un quehacer aburrido y sedentario que, además, implica sufrimientos y sacrificio”. Qué lejos queda esto de El arco y la lira.

61 Este verso puede sugerir otro ejemplo. La Oración del 9 de febrero, de Reyes, también trae olores de pólvora al mantel aunque en una evocación dolorosa, a diferencia de la “Canción mexicana” de Paz; sin embargo hay una linea de Reyes en Parentalia que está lejos de la pólvora pero que tal vez sea más urgente para el “nuevo” romance nacional: Yo nunca vi llorar a mi padre”

· Deuda externa:

El callejón de las decisiones

Rosario Green. Investigadora del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México. Coautora del libro La deuda exterior de México. En el número 13 de Nexos publicó «Todos los caminos llevan a Washington».

La deuda externa de México es tan antigua o más que su emergencia como país formalmente independiente y la constitución y consolidación del propio Estado mexicano. Su crecimiento sin embargo se mantuvo dentro de límites razonables hasta 1970, en que dio principio la tendencia a utilizar la deuda externa, particularmente la del sector público, como un mecanismo de ajuste ideal frente a desequilibrios cuya solución exigiría, de otra manera, la adopción de medidas muy impopulares entre los grupos económicamente poderosos del país y de alto costo político en términos del equilibrio nacional.

UN LÍDER DEBEDOR

En los años setenta, la decisión gubernamental de recurrir al endeudamiento externo para mantener el crecimiento de la economía mexicana, fue facilitada por la existencia de un excedente monetario en los mercados internacionales de dinero. Al principio ese excedente reflejaba la recesión productiva de los países centrales que canalizaban sus inversiones a la periferia básicamente por la vía financiera; más tarde la situación fue fomentada, de manera impresionante por el reciclaje de cantidades crecientes de petrodólares a través de los bancos transnacionales. Tal oferta de capitales encontró clientes ideales en países como México. Entre finales de 1970 y 1981 la deuda externa del sector público mexicano se multiplicó por más de doce veces (lo que implica que, en promedio, se duplicó o más cada año), al tiempo que la del sector privado se desbordaba hasta causar serias dificultades a empresas consideradas como pilares de la iniciativa privada mexicana y del propio país.

Al finalizar el sexenio del presidente Díaz Ordaz, la deuda externa del sector público mexicano ascendía aproximadamente a 4 mil millones de dólares, siendo bastante menor la del sector privado. El sexenio del presidente Echeverría, sin embargo concluyó con una deuda pública externa cinco veces mayor -20 mil millones de dólares- y una deuda privada ya importante de entre 8 mil y 12 mil millones de dólares. El sexenio que está por terminar contempla una cifra de deuda pública externa de 48 mil 700 millones de dólares, que al concluir el presente año será de 60 mil millones por lo menos, y una del sector privado de entre 18 mil y 20 mil millones de dólares, lo que coloca a México como uno de los principales deudores del mundo.(*)

La «privatización» y la «bancarización» del financiamiento externo han puesto a la disposición del país importantes recursos que tal vez de otra manera no serian asequibles, en especial en una era pre-petrolera…

Un ritmo de crecimiento tan acelerado como el de la deuda externa de México plantea serios problemas que tienen que ver menos con la capacidad de pago del país -petróleo mediante- que con las dificultades de manejar un abultado volumen de cerca de 70 mil millones de dólares. Pero no es éste el único inconveniente, el problema es también la tendencia política y financiera de ese endeudamiento.

TRES SÍNTOMAS

En primer lugar, es un hecho que la deuda externa mexicana se ha privatizado de manera creciente en los últimos años: el aporte de las instituciones oficiales de financiamiento internacional como el Banco Mundial o el Banco Interamericano de Desarrollo -fundamental en los cincuentas y aun en los sesentas- representa hoy un porcentaje muy menor; las fuentes de carácter privado -bancos, financieras, etc.- proporcionan en cambio cerca del 90% del financiamiento externo del país.

En segundo lugar está la cuestión de la bancarización de la deuda externa mexicana. Hoy por hoy, el grueso del financiamiento externo de origen privado que recibe el país proviene de la banca extranjera y más concretamente, de la gran banca transnacional, sea en forma directa o a través de su participación en créditos sindicados sobre todo en el mercado de eurodivisas.

En tercer lugar, debe mencionarse el problema de la norteamericarización de ese financiamiento. Si bien es cierto que en el caso del sector público mexicano se han hecho exitosos esfuerzos por disminuir hasta poco menos de la tercera parte la dependencia del crédito externo de origen norteamericano, en el caso del sector privado esa subordinación es prácticamente total, y por lo menos la mitad de los créditos externos que el país recibe se originan en la banca norteamericana, cerrándose así el círculo de la clásica dependencia comercial de México frente a Estados Unidos con la de su complemento financiero.

Es claro que estas tendencias de la deuda externa mexicana no se dan sin consecuencias. La privatización y la bancarización del financiamiento externo han puesto a la disposición del país importantes recursos que tal vez de otra manera no serían asequibles, -en especial en una era pre-petrolera, en presencia de dificultades serias de balanza de pagos, o en ausencia de una oferta suficiente de ahorro interno-. Pero han tenido el inconveniente de hacer más gravoso el servicio de la deuda externa porque se trata de créditos sujetos a tasas de interés altas y flotantes, y plazos de amortización que han tendido a acortarse. Además, sujetan crecientemente al país a evaluaciones y juicios cada vez más severos por parte de los acreedores preocupados con la recuperación de sus inversiones; lo hacen también cada vez más vulnerable a las recomendaciones de política económica de los banqueros internacionales y eventualmente al control del propio Fondo Monetario Internacional, como sucedió ya en el pasado. Y lo sujetan a la incertidumbre que reina en los mercados internacionales de dinero, afectados por acontecimientos económicos y políticos de todo tipo que añaden costo efectivo a los créditos que el país recibe.

Por último, es un hecho que el capital privado y bancario financia prioritariamente proyectos no sólo rentables sino generadores de divisas para el repago de los créditos. En ese sentido su voto es a favor de la implantación de un modelo económico más internacionalizado, más abierto al exterior, más transnacionalizador.

Respecto a la norteamericanización del crédito recibido por México. sus consecuencias, además de hacer mas patente el tipo de dependencia estructural que subordina la economía mexicana a la norteamericana, hace más evidente la integración de facto, la llamada «integración silenciosa» que al margen del discurso político que dice no a un Mercado Común Norteamericano, avanza paulatina y sostenidamente. Puede constatarse fácilmente en el caso del sector energético mexicano, de la industria automotriz, electrónica, farmacéutica y alimentaria, la gran disponibilidad de financiamiento privado, bancario y norteamericano que busca desarrollar las actividades que en virtud de un supuesto cambio en la división internacional del trabajo, nuevamente impuesto desde arriba, resultan más funcionales para la expansión de capitalismo estadounidense.

Es un hecho que una plataforma de endeudamiento público externo y una mayor racionalización de su utilización, sin mecanismos que de alguna manera controlen, regulen e informen sobre la deuda externa del sector privado, no van a resolver los peligros de la «dolarización» de la economía.

UN «TOPE» A LA DEUDA

No se pretende desde luego sugerir como meta la autarquía financiera mexicana, y mucho menos a la luz del actual dinamismo de la economía del país y su importante base de recursos revalorizables (energéticos e industriales), pero sí se desea llamar justamente la atención sobre los peligros de seguir utilizando, en forma casi viciosa, al endeudamiento externo.

El sector público ha justificado su endeudamiento con el exterior aduciendo una insuficiencia de divisas para hacer frente a sus necesidades de importación. Sin embargo, a la luz de los ingresos petroleros y del establecimiento de una plataforma de producción para no petrolizar al país, la coexistencia de la renta petrolera y el creciente endeudamiento público externo, resulta una ecuación difícil de comprender. Al parecer, el establecimiento de un tope a la producción y venta de petróleo, sin el obligado complemento de una plataforma (o tope) de endeudamiento externo, lejos de racionalizar el crecimiento del país, lo desvirtúa, causando innumerables problemas: desactivación de la política monetaria, dolarización de la economía, encarecimiento de ciertos proyectos e inflación por el propio encarecimiento del crédito externo, dificultades de balanza de pagos, riesgos que implican mayor petrolización en situaciones extremas, inestabilidad e incertidumbre, etc.

Por otro lado, el sector privado justifica su endeudamiento con el exterior alegando una insuficiente oferta de pesos mexicanos en condiciones aceptables; culpa a la política monetaria gubernamental de establecer tasas de interés sumamente altas para evitar la fuga de capitales, y de fijar elevados márgenes de reserva legal, encajando además una parte importante de los depósitos bancarios, lo cual reduce en extremo la oferta libre de crédito nacional.

Es un hecho que en ausencia de un control de cambios se ha registrado una dolarización de la economía mexicana y, en especial, de las deudas del sector privado: Entre el 60 y el 70% de las deudas de las empresas privadas más importantes esta en monedas extranjeras, principalmente en dólares, y el nivel de apalancamiento de las empresas (la relación de las deudas totales y el capital contable) es bastante alta: 2 de deuda -casi toda externa- por 1 de capital propio. Si además se considera que una parte importante -entre 40 y 50%- es empleada para capital de trabajo o «gastos improductivos», y que en la actualidad una buena parte de estas empresas no está exportando debido a la demanda interna generada por el crecimiento acelerado de la economía nacional, se puede entender por qué a pesar de todo algunos banqueros internacionales empiezan a manifestar preocupación sobre la futura capacidad de endeudamiento si no del país al menos de algunas empresas y por qué, en los últimos tiempos también, algunos grupos económicos poderosos como Alfa empezaron a dar muestras de cierto resquebrajamiento.

Se dice que las personas y los países tienen derecho a tener los vicios que pueden pagar. Quizá ha llegado el momento de admitir que el creciente y acelerado endeudamiento externo es un vicio que México ya no puede darse el lujo de pagar; si no puede eliminarlo de golpe, puede y debe intentar regularlo adoptando medidas que hoy pueden parecer demasiado severas, pero que tal vez en el futuro eviten que México se una al club de países con graves dificultades financieras, ya no de carácter transitorio, como parecen hoy las de 1976, sino mucho más de fondo. Y ahí están, toda proporción guardada, desde los casos patéticos de Argentina, Chile, Jamaica, Perú y Costa Rica, hasta los descalabros brasileños, para mencionar sólo unas cuantas instancias en este continente.

Se reitera, entonces, la necesidad de que la decisión de no petrolarizar la economía nacional, no sólo se haga cada vez más efectiva, sino que se vea acompañada por la de no dolarizarla tampoco. La vinculación de la renta petrolera y el endeudamiento externo se hizo ya evidente y en forma casi patética, a mediados del año pasado cuando una caída en los precios internacionales del crudo y en sus ventas, llevó a la necesaria contratación de cuantiosos créditos externos -6,000 millones de dólares a corto plazo según declaraciones recientes del Banco de México- para compensar el ingreso esperado por las exportaciones petroleras. La deuda externa sigue siendo un importante mecanismo de ajuste, muchas veces de corto plazo, cuyas repercusiones a largo plazo no son siempre debidamente evaluadas. La recomendación de establecer una plataforma de endeudamiento externo- público, por supuesto, dado que México es un país de economía de mercado en la que la participación y el poder estatal tienen sus límites -le daría a la deuda con el exterior un sentido más racional, más consciente en última instancia de los peligros de un endeudamiento externo vicioso.

HACIA UN CONTROL DE CAMBIOS

Pero es un hecho que una plataforma de endeudamiento público externo y una mayor racionalización de su utilización, sin mecanismos que de alguna manera controlen, regulen e informen sobre la deuda externa del sector privado, no van a resolver los peligros de la dolarización de la economía. En la medida en que la iniciativa privada del país siga resolviendo sus problemas, reales o ficticios, de insuficiente oferta de moneda nacional con créditos en moneda extranjera bajo el supuesto- ya probado en los casos de la Fundidora de Monterrey, San Cristóbal y, más recientemente, el grupo Alfa- -de que el «redentor» en última instancia de sus dificultades financieras será el gobierno mexicano, la política económica estatal, y en particular la monetaria y sus pretensiones antinflacionarias, perderán buena parte de su sentido. De ahí que, aun consciente de su gravedad -más por los prejuicios que engendra su simple mención tal vez, que por sus efectos reales -no deba desecharse a la ligera la recomendación de algún tipo de control de cambios, acompañado de un ajuste cada vez más realista de la paridad del peso mexicano con el dólar.

Sin un control de cambios toda política monetaria pasa a un estado de pasividad al no poder controlar la oferta de dinero: el circulante restringido por el Banco Mexicano es sustituido por créditos en moneda extranjera. La simple mención del control de cambios suscita de inmediato el argumento de que la frontera con Estados Unidos de más de tres mil Kilómetros abriría las posibilidades de un mercado negro paralelo para el dólar. Sin pretender negar los peligros de ese mercado negro es también cierto que sus riesgos se han exagerado: resulta difícil pensar que acabaría predominando sobre las instituciones encargados del cambio oficial. El mercado negro satisfaría las necesidades y exigencias del pequeño o aun del mediano consumidor de dólares, pero el gran consumidor al que en principio está dirigida la medida, el que dolariza sus pasivos sin control alguno, que ni siquiera informa de sus actividades en moneda extranjera y que cuando quiebra involucra a todo el país, ése tendría que recurrir a las agencias oficiales de cambio e informar, justificar, hacerse responsable de sus operaciones y no pretender al final, cuando la decisión se revele equivocada, corresponsabilizar al gobierno y con ello a la nación. Pero como serian sin duda las presiones de este poderoso sector económico del país las que mayor dificultad representarían en el caso en que se adoptara en México un control de cambios, es necesario adelantarse a su lógica y no caer en chantajes, en manipulaciones políticas. Un control de cambios que impida la fuga de capitales permitiría, por otro lado, abaratar el crédito en pesos mexicanos y compensar con ello a los industriales, que a menudo se quejan de que no pueden endeudarse en moneda nacional porque les resulta demasiado cara. Una baja en el costo del dinero podría además alentar inversiones adicionales, ampliar la oferta de bienes, disminuir las presiones de la demanda y ayudar a reducir y controlar la inflación. Las ventajas pues deben ser también debidamente evaluadas y difundidas de forma tal que la propuesta de un control de cambios pierda esa parte de su impopularidad basada más en temores e intereses de corto plazo que en una visión amplia de la sociedad mexicana en su conjunto.

Por último, algo debe decirse sobre la banca privada extranjera en México. Ya se ha señalado su disponibilidad a prestar para ciertas actividades integradoras de la economía mexicana a la economía central, fundamentalmente la norteamericana. Debe señalarse también su reticencia y hasta su franca negativa a financiar actividades que muchas veces se quedan sin financiamiento nacional y sin financiamiento extranjero. En la actualidad, los bancos extranjeros deben pagar como impuesto al gobierno mexicano el 15% sobre sus utilidades en el país. Es claro que esta situación no los hace muy felices, aunque hubo un tiempo en que este impuesto era del 42%, luego se redujo al 21% a condición de que los bancos extranjeros se registraran ante el gobierno mexicano y proporcionaran información sobre actividades en el país. A principios de 1981 se bajó al 15% para aumentar el atractivo y competitividad de México como sujeto de crédito.(*) Podría entonces intentarse jugar un poco con esta situación imponiendo un sistema selectivo que premiara la disposición de los banqueros para financiar cierto tipo de actividades con importantes reducciones (o aun la eliminación total) de la carga fiscal, manteniendo el nivel impositivo actual (o incluso elevándolo un poco), para aquellas actividades que de todas formas reciben financiamiento externo porque en la gran mayoría de los casos son realizadas por filiales de grandes corporaciones internacionales, siendo por ello, además, importantísimos clientes en los mercados locales de capitales.

EN RESUMEN

Queda así claro que las propuestas nacionales que dicen no a la petrolización, a la dolarización y a la integración de la economía mexicana a la norteamericana, sólo pueden ser alcanzadas con una serie de medidas difíciles, costosas y hasta impopulares: a) el establecimiento y respeto de una plataforma de endeudamiento externo acorde con la idea de no introducir al país más divisas que las que éste pueda absorber productivamente. b) El establecimiento de controles (incluida la posibilidad de algún tipo de control de cambios) que permitan obtener información sobre la deuda del sector privado y regularla de alguna manera a fin de impedir que los sonados casos de crisis financiera aquí mencionados vuelvan a repetirse. c) La orientación del crédito externo mediante un sistema de «premios y castigos fiscales», a fin de lograr un crecimiento y un endeudamiento externo armoniosos.

* Estas cifras no incluyen, por supuesto, las importantes deudas del sector público y del privado con la banca mexicana, pero denominadas en moneda extranjera (principalmente dólares), que indebidamente son consideradas como «deudas internas».

* Nótese que la nueva Ley del Impuesto sobre la Renta impone igual tratamiento fiscal a los bancos nacionales cuando prestan en moneda extranjera, lo que hace más incongruente aún lo que se señalaba sobre el tratamiento a las deudas del sector público y del privado con esta banca, pero denominadas en divisas extranjeras.

Economía Mexicana

La Noche de un Sexenio Difícil

(*) El artículo fue elaborado en discusión colectiva de E. Jacobs, L. Bendesky, M. Dehesa, C. Marquez, W. Peres, E. Rovzar y A. Vázquez.

La economía mexicana a finales de 1976 resentía tres problemas fundamentales: crisis del sector externo, estancamiento de la producción e inflación. La crisis de la producción en el campo y la ausencia de un excedente agrícola exportable así como el cambio registrado, entre 1971 y 1974 en el patrón de crecimiento industrial -que fue de penetración en vez de sustitución de importaciones-, contribuyeron a la crisis del sector externo. La devaluación se presentó como el mal necesario para superarla. ¿Pero, cuánto tiempo se podría sostener el nuevo tipo de cambio?

Por su parte, el estancamiento de la producción se explicaba en buena medida por las desaveniencias del Estado y la iniciativa privada así como por la restricción del sector externo. El clima de confianza que se abrió con el cambio de gobierno y la perspectiva de la producción y exportación de petróleo, fueron la piedra de toque para la recuperación del dinamismo productivo de la economía. La flamante Alianza para la Producción colaboró también a afianzar dichas expectativas. ¿Pero qué tipo de crecimiento industrial se iba a impulsar? ¿Cómo iban a gastarse las divisas petroleras?

Estrictamente vinculado con los dos puntos anteriores aprecía el problema de la inflación. El control de los salarios -garantizado a partir del compromiso de facto de la CTM con el gobierno de no incrementar los salarios reales y aun tolerar su reducción- junto con el dinamismo de la producción y la contención de los precios de productos elaborados por el sector estatal, fueron los factores destinados a frenar el ritmo de crecimiento de los precios. ¿Pero cuál sería el grado de efectividad de esas políticas para enfrentar un problema tan crucial?

La evolución de la economía en los primeros años del actual sexenio pareció superar los problemas del periodo crítico 1974-1977. En 1978 y 1979, se recuperaron las tasas históricas de crecimiento de la economía y pareció abrirse una nueva época de crecimiento sostenido. La tasa de inflación había descendido sustancialmente, situándose en niveles manejables y, como para coronar esta oleada de optimismo, las exportaciones petroleras todavía no habían hecho sentir todo su impacto. Pero la situación cambió radicalmente en 1980 y la economía empezó a registrar nuevamente el tipo de problemas que presentó a comienzos de 1974: desaceleración de la producción industrial, alza vertiginosa de los precios y deterioro en la balanza de pagos. El propósito de este artículo es revisar esos vaivenes de la economía mexicana en los últimos años, concentrando la atención en el impacto que sobre ella tuvieron dos tipos de políticas: la liberalización de importaciones, dirigida a producir un cambio radical en el patrón de industrialización, y la política monetaria y cambiaria que se ha constituido en la pieza clave de la actual política económica.

La «defensa del peso» como tal siempre ha existido; la particularidad que adquiere ahora es que la economía mexicana enfrenta, en lo interno, una aceleración en la inflación a partir del año 1980 y, en lo externo, aumentos sustanciales en la tasa de interés internacional.

«GATTO» POR LIEBRE

Bastante antes de que se iniciara públicamente la discusión sobre la entrada de México al GATT, el gobierno había comenzado a liberalizar las importaciones de una amplia gama de bienes que hasta ese momento estaban sujetos a permisos. La justificación de este cambio radical en la política económica, no está aún demasiado clara. Los argumentos frecuentes en funcionarios de alto nivel fueron en el sentido de que el sector industrial mexicano estaba «excesivamente» protegido y, por lo tanto, al margen de la competencia internacional. Esta situación, se decía, era muy nociva, la causa de que los productos industriales mexicanos no fueran competitivos internacionalmente, origen a su vez de la constante reaparición de problemas en la balanza de pagos. Mientras estas cuestiones se debatían, la tasa de crecimiento anual de las importaciones de manufacturas aumentaba aceleradamente: en 1978 crecieron al 25.2 por ciento, en 1979 al 33.2 por ciento, y en 1980 al 36.2 por ciento (Economía mexicana, No. 3, CIDE).

Diversos factores influyeron en quienes defendieron esta política desde el Estado. Primero, las altas tasas de crecimiento que registraba el sector manufacturero (9 por ciento en 1978) hacían pensar en un posible «sobrecalentamiento» de la economía que, en caso de sostenerse, llevaría a una aceleración de la inflación. La liberalización de importaciones, al incrementar la disponibilidad de bienes, evitaría este problema. En segundo lugar, el crecimiento de las exportaciones petroleras y la superación de la restricción de la balanza de pagos que a partir de aquellas se esperaba, se presentaba como la oportunidad histórica de hacer eficiente al sector industrial mediante la liberalización de importaciones. En tercer lugar, la afluencia de divisas que se esperaba por las exportaciones petroleras, planteaba un problema de manejo monetario: el aumento de las reservas monetarias implicaría, de no gastarse en el exterior, un aumento de la oferta monetaria, el cual, en un contexto de economía sobrecalentada, podría llevar a un aumento en la tasa de inflación.

La liberalización como tal fracasó y el gobierno tuvo que revisar sus propias medidas porque no podía mantener los déficit que registraba la cuenta corriente con el exterior: 1,550 millones de dólares en 1977, 6,596 millones de dólares en 1980. Es importante analizar las causas que llevaron a esa situación.

El sector industrial mexicano presenta serias deficiencias en lo que hace a su capacidad de competencia con el exterior; de ahí se deriva, en parte, su importante déficit externo. En el periodo 1963-1970 se sustituyeron importaciones aceleradamente y el déficit externo del sector industrial fue financiado, en gran parte, por los excedentes externos del sector agropecuario; cuando estos excedentes desaparecieron, la situación externa de la economía se tornó crítica hasta que apareció la perspectiva del petróleo. Se pensó que con los excedente de divisas que generaría el petróleo podrían cubrirse los tradicionales déficit que acarreaba el proceso de industrialización. Pero el proceso de crecimiento industrial del periodo 1977-1980 no cambió en lo fundamental respecto al de 1971-1974: no se basó en un proceso de sustitución de importaciones y, por lo tanto, la propensión a importar del sector industrial creció aceleradamente. El crecimiento, entonces, se apoyó en el aumento de la producción de industrias ya existentes y no en el desarrollo de nuevas industrias que permitiera, mediante una mayor integración de la planta industrial nacional, disminuir el ritmo de crecimiento de las importaciones.

Por otra parte, la precipitada puesta en operación de la plataforma petrolera obligó a importar más bienes de capital de los que hubieran sido necesarios en el caso de un crecimiento ordenado del sector. El sector petrolero no liberó entonces la suficiente cantidad de divisas para compensar las necesidades de un proceso de crecimiento industrial caracterizado por la «penetración» en vez de la «sustitución» de importaciones.

Es imperativo que el Estado revise sus principales líneas de política económica. El desarrollo del sector industrial requiere de una política congruente que aliente la inversión y favorezca una sustitución de importaciones para hacer más integrado al aparato industrial. Este seria quizá el mejor remedio de largo plazo para solucionar el déficit externo.

YA ENCARRERADO EL RATÓN…

Desde mediados de 1980 la política económica ha sido dominada por dos movimientos en la política monetaria y cambiaria: el deslizamiento en el tipo de cambio y los aumentos sostenidos en las tasas de interés. Según las autoridades monetarias, ésta es la única forma de «defender el peso»; de lo que se trata en realidad, es de defender la libre convertibilidad y de estimular las operaciones financieras en moneda nacional.

La «defensa del peso» como tal siempre ha existido; la particularidad que adquiere ahora es que la economía mexicana enfrenta, en lo interno, una aceleración de la inflación a partir del año 1980 y, en lo externo, aumentos sustanciales en la tasa de interés internacional. La mecánica del asunto es como sigue: la tasa de interés local debe incrementarse y el tipo de cambio devaluarse en proporciones tales que hagan atractivas las colocaciones financieras en moneda local respecto a las colocaciones en moneda extranjera. Por lo tanto, la diferencia que se establezca entre la tasa de interés local y la internacional depende del ritmo de la devaluación del peso y de las expectativas devaluatorias que existan respecto a éste. En este particular, entonces, la política monetaria adoptada ha quedado totalmente atada a las condiciones del mercado internacional, ya que la determinación de dos variables claves del sistema económico nacional (como son la tasa de interés y el tipo de cambio) se hace depender de la tasa de interés internacional y de las expectativas devaluatorias.

Esta política monetaria y cambiaria ligada a los movimientos monetarios internacionales, no causó ningún problema durante largos años ya que las tasas de interés internacionales eran bajas y estables y la inflación interna muy parecida a la internacional. Dado el nuevo contexto inflacionario, sin embargo, esa política esta teniendo repercusiones muy negativas sobre el conjunto de la economía, especialmente en tres áreas: el costo del crédito industrial, la inflación y las finanzas públicas.

A) INDUSTRIAS SIN CRÉDITO

El sector manufacturero presentó en 1980 síntomas muy claros de desaceleración: por primera vez en todo el período de posguerra creció, y en un periodo de auge, por debajo del crecimiento del producto total. La actual política monetaria lleva a que la tasa de interés activa (la que los bancos cobran a las empresas que toman un préstamo) llegue en muchos casos al 45 por ciento anual. Así para que a una empresa le sea redituable hacer una inversión productiva, ésta tiene que ofrecer más de un 45 por ciento de ganancia bruta, en caso de que la inversión se financie absolutamente con fondos bancarios y al menos 34 por ciento si se financia con recursos propios, ya que la tasa de interés que puede obtener el empresario colocando sus recursos en un banco es de 34 por ciento. Todo esto sin considerar el riesgo que existe en toda inversión productiva. En estas condiciones la inversión productiva tiende a disminuir porque no existen muchos proyectos de inversión que den esos rendimientos. Peor aún: las expectativas devaluatorias hacen que los bancos sean renuentes a prestar en moneda local para evitar que un mayor ritmo devaluatorio afecte el valor, en dólares, de sus carteras de préstamos. Pero desde el punto de vista de las empresas, tomar préstamos en dólares es aún más riesgoso porque al riesgo natural de la inversión se agrega el de la devaluación, todo lo cual desalienta gravemente la inversión, y con ello, al crecimiento del sector manufacturero.

En la gran mayoría de los casos, los proyectos de inversión del Estado no se pueden postergar por el hecho de que no sean financieramente redituables: si socialmente son necesarios, se deben afrontar aunque el costo financiero aumente día con día.

B) EL CÍRCULO INFLACIONARIO

La tasa de inflación interna, por su parte, se ve también estimulada por los aumentos en la tasa de interés y las devaluaciones. Las empresas que tienen préstamos contratados en pesos, tienden a trasladar a sus precios el mayor costo financiero de sus préstamos que adeudan para tratar de proteger así sus ganancias netas. Las empresas que contratan préstamos en dólares no sólo trasladan a sus precios el mayor costo financiero de tasas de interés sino también el del ritmo devaluatorio y en caso de una devaluación brusca, todo el impacto financiero recaerá también sobre los precios de sus productos, es decir sobre el consumidor. Además del aumento de precios que se promueve por los costos financieros está el elemento de los insumos importados -que juegan un papel muy importante en un sector manufacturero poco integrado como el mexicano- y que lleva a que la devaluación afecte los precios internos por el aumento de los costos industriales.

Así la política de altas tasas de interés y de devaluaciones progresivas afecta la tasa de inflación interna que está siempre por encima de la internacional lo que obliga a aumentar la tasa de interés local para competir con la externa y a devaluar otro poco la moneda local. Estas medidas aceleran la inflación interna por sobre la internacional y la historia se repite circularmente.

C) ¿REDUCCIÓN DEL GASTO PÚBLICO?

Las finanzas públicas también han resentido el impacto de la política monetaria y cambiaria. En la gran mayoría de los casos, los proyectos de inversión del Estado no se pueden postergar por el hecho de que no sean financieramente redituables: si socialmente son necesarios, se deben afrontar aunque el costo financiero aumente día con día. El servicio de la deuda externa crece notoriamente a causa de las devaluaciones. Los subsidios a la inversión privada deben aumentarse o al menos no reducirse dado el clima recesivo que tiende a imperar. Los precios de los bienes ofrecidos por el Estado se rezagan constantemente, respecto al índice general de precios, porque no se quiere alentar la inflación, pero con esto se reduce la capacidad de autofinanciamiento de las empresas públicas-Pemex, CFE, etc.- y se las fuerza a endeudarse, con lo que esto implica en términos de costos financieros. El sector público, entonces, se ve atrapado por un dilema: no encuentra la forma de aumentar sus ingresos sin agravar alguno de los problemas de la economía, pero tampoco puede reducir las inversiones. Al parecer, la única salida al problema es reducir el gasto corriente y afrontar el impacto recesivo que esto implica sobre la economía. Recuérdese la reducción del 4 por ciento que se llevó a cabo como medida de emergencia hace unos cuantos meses.

DE LA ESPECULACIÓN A LA PRODUCCIÓN

La situación de la economía mexicana a finales de 1981 es preocupante, no tanto por lo que reflejan hoy sus principales indicadores de producción, empleo, inflación y balanza de pagos, como por las tendencias que en ellos se vislumbrar dadas las políticas practicadas hasta hoy por el Estado mexicano.

El cuadro más crítico es el de la política monetaria y cambiaria que, como hemos visto, está teniendo efectos muy negativos sobre la economía al desalentar el crecimiento productivo y aumentar constantemente la inflación. Asimismo esa política está contribuyendo a consolidar un clima especulativo hasta hoy desconocido en México. El peligro de la especulación es que tiende a desalentar todo tipo de inversión productiva o comercial que implique plazos medianos o largos para la recuperación y estimula en cambio todo tipo de colocación de corto plazo que en nada contribuye al crecimiento económico. Cuando la especulación impregna la actividad económica el sistema financiero se desvincula aceleradamente de la actividad productiva y se convierte en ámbito para la especulación: De aquí a la crisis, la distancia es muy reducida.

Llegamos, entonces, al lugar de donde salimos. Los problemas que enfrenta la economía mexicana, son los mismos que enfrentaba al iniciarse el sexenio: estancamiento de la producción industrial, elevadas tasas de inflación, creciente déficit público y aumentos en los déficit en cuenta; corriente.

Es imperativo por lo tanto que el Estado revise sus principales líneas de política económica. El desarrollo del sector industrial requiere de una política congruente que aliente la inversión y favorezca una sustitución de importaciones para hacer más integrado al aparato industrial. Este sería quizá el mejor remedio de largo plazo para solucionar el déficit externo. Son medidas que han empezado a aplicarse en la industria automotriz y es necesario extender a otros sectores En lo que a política monetaria y cambiaria se refiere, debe lograrse un mayor grado de autonomía financiera del exterior de forma tal que la política monetaria no se convierta en un obstáculo al crecimiento económico y pueda romperse la espiral de altas tasas de interés, inflación y devaluación que tiende a transformar la economía de producción en una economía de especulación.

Respecto a la política antiinflacionaria, buena parte de ella debería definirse a partir de la política industrial y monetaria. El crecimiento de la producción -con los aumentos de la productividad que trae aparejado- junto con la eliminación de la espiral especulativa contribuirían sustancialmente a control de la inflación. Medidas como el control de los salarios o la caída de los precios relativos del sector público, ha probado durante el sexenio ser contraproducentes al mismo tiempo que ineficaces en el logro de dicho objetivo.

Las consideraciones anteriores no quieren ser un recetario alternativo de política económica sino apuntar la necesidad de cambios profundos en la dirección apuntada. Queda claro que una política monetaria y cambiaria como la actual ha; exacerbado los principales problemas que enfrenta el país constituye un obstáculo sustancial para la puesta en marcha, de líneas de acción que impulsen el desarrollo económico de México.

· Ciudades:

Hacia una Reforma Urbana

Antonio Mori. Investigador sobre temas urbanos y la organización del territorio. Comentarista de la sección urbana de Unomásuno. Colaboró en Nexos 35, con el artículo «Los municipios fantasmas».

Para las autoridades del gobierno de la ciudad de México, son siete los problemas urbanos fundamentales: tenencia de la tierra, agua, educación. basura, contaminación, transporte y viabilidad. Son los problemas que deberían resolverse si se quiere que la ciudad siga siendo el marco privilegiado del desarrollo económico. Pero si lo que se busca es cambiar la ciudad en beneficio de sus habitantes, racionalizar el proceso urbano no basta. Los problemas de la ciudad deben pensarse de manera distinta.

LA PRIVATIZACIÓN DEL ESPACIO

El uso capitalista de las ciudades ha producido un espacio urbano que se utiliza exclusivamente en función del mayor beneficio económico. Este uso produce discriminaciones crecientes de los ciudadanos de acuerdo al nivel de ingreso de cada quien. La expulsión sistemática de los más pobres que estorban cuando ocupan zonas que pueden volverse buen negocio, el aumento agotador de los tiempos y costos de transporte, y un enorme despilfarro económico por la continua demolición y reconstrucción de la ciudad en busca de mayores ganancias.

En los últimos años este proceso se ha agudizado. por varias razones:

1) Porque la economía se sigue sustentando poco en el aumento de la productividad y la ampliación de los mercados y mucho en el mantenimiento de niveles excesivamente bajos de salarios.

2) Porque el capital se ha desplazado a sectores no directamente productivos, como el inmobiliario, que aseguran altas tasas de beneficio.

3) Porque existe un aparato financiero poco desarrollado que hizo del suelo urbano un activo económico y financiero y basó su seguridad en la rentabilidad del mercado hipotecario: el suelo urbano se volvió una garantía universal mente aceptada para la otorgación de créditos y su concentración se volvió una necesidad económica.

4) Porque el proceso inflacionario de los últimos años convirtió el suelo urbano en uno de los pocos elementos que permiten mantener y acrecentar el valor de los ahorros y de las inversiones. Sin poner trabajo ni capital, sólo por esperar tranquilamente el cambio de los usos del suelo, los propietarios urbanos han recibido aumentos espectaculares de valor en sus propiedades.

El uso capitalista de las ciudades ha producido un espacio urbano que se utiliza exclusivamente en función del mayor beneficio económico.

Las causas de la crisis urbana son pues bien conocidas, el desafío es revertirlas: ampliar el uso y beneficio público del espacio urbano, aumentar los controles públicos sobre la dotación de los servicios sociales y la construcción de los equipamientos. En suma, se requiere reconstruir de nuevo el espacio urbano público para enfrentar las necesidades colectivas de la población.

Si hasta ahora la planificación urbanística ha servido más para calificar el suelo y sus usos como medio para redistribuir las rentas del suelo entre una pequeña minoría, para legalizar y legitimar las especulaciones grandes o chicas, esta situación tiene que cambiar. Se necesita una gestión urbana de nuevo tipo, mayor representación popular en las decisiones de política urbana. Es tiempo ya de plantear una reforma de la ciudad en serio.

LA ABSTENCIÓN DEL ESTADO

El uso y la comercialización del suelo han producido la expansión desmesurada de la ciudad de México y su segregación interna. La libertad irrestricta en el uso del suelo urbano ha sido hasta ahora la política dominante. Conocemos el resultado: anarquía y desorden. Sólo un sector social ha recibido beneficios de esta no-política: la banca, las empresas inmobiliarias y los fraccionadores. Ausente el control público, los terrenos y lotes se almacenan y acaparan como cualquier otra mercancía. Las obras del Estado generan además plusvalías que permiten aumentar los precios. Se limita la oferta y se exacerba la demanda. Todo ello encubre el jugoso negocio de la especulación como sistema. La publicidad juega su papel en este proceso: vende bonito la buena vida, la ilusión del retorno a la naturaleza. Se ofrecen espacios, espacios fragmentados en pequeños lotes, mal o peor urbanizados, que, para colmo, siguen quedando fuera de las posibilidades de las grandes mayorías.

Lo paradójico es que el Estado cuenta con posibilidades sociales y legales muy grandes para desarrollar políticas de control en el mercado del suelo. El artículo 27 constitucional y sus reformas de febrero de 1976 provocan sólo el escándalo de algunos, pero no su debida reglamentación. Un ejemplo de esas posibilidades del Estado es que más del 60% del espacio que ocupa la ciudad de México actualmente fue alguna vez suelo ejidal. Ese espacio social se perdió en aras de los intereses privados y políticos, mientras las necesidades sociales quedaron insatisfechas. Se ha desaprovechado el elemento jurídico-social que permitía controlar el proceso urbano a través de los ejidos. Pero todavía hoy quedan miles de hectáreas periféricas con ese carácter, que pueden utilizarse sin desatar la especulación.

Estas y otras omisiones explican que pese a sus muchos recursos, en la oferta del suelo, el Estado tenga una participación minoritaria. En efecto, el 72% de la demanda de suelo entre 1970-80 en la ciudad de México, fue cubierto por acciones privadas y sólo el 25% por acciones gubernamentales -según cifras de la SAHOP-. Pero lo más grave no es que esa acción estatal haya sido débil, sino que favoreció también la especulación. Las adquisiciones de reservas territoriales por el INFONAVIT o el FOVISSSTE desataron alzas de precios impresionantes.

Por otra parte, al extenderse la ciudad en forma irregular sobre ejidos, tierras nacionales o tierras de comunidades, el Estado ha tenido que enfrentar procesos de regularización que le permiten volver a racionalizar el uso del suelo. Pero esta política también ha sido poco coherente. Se cuentan por decenas los organismos estatales que regularizan el suelo. Entre ellos muchas veces se contraponen las acciones y se forma una maraña de intereses políticos y burocráticos que obstaculizan los proyectos globales. Pero las deficiencias de la regularización se sustentan en una revalorización intensiva del suelo. Por ello, muchos pobladores beneficiados acaban por abandonar sus predios al no poder pagarlos, y van a otros sitios libres, más baratos, pero también irregulares para repetir el fenómeno que se intenta corregir.

La escrituración y sus procesos anticuados también limitan el acceso social a la propiedad. Son muchos los mecanismos que podrían desarrollarse para contrarrestar estos problemas. No se han incorporado experiencias puestas en práctica incluso en países capitalistas desarrollados- de creación de propiedad social con usufructo particular controlado. Por el contrario, el crecimiento de la ciudad ha cimentado el concepto de la propiedad privada hasta generar un tabú que tiene hoy que empezar a romperse.

El Plan Director del DDF calculaba que entre 1980 y 1982 se necesitarían 27 kilómetros cuadrados de nuevo suelo urbano. Pero con sólo dar las cifras no se indica la estructura y destino de esa reserva. En esa forma se deja libre la conversión de ese suelo y se destruyen las bases mismas del ordenamiento público. En los últimos años las autoridades de la ciudad se han ocupado más en reprimir la formación de asentamientos irregulares que en ofrecer alternativas de vivienda para las familias necesitadas.

Debe establecerse una cámara de representantes que decida exclusivamente sobre asuntos de carácter urbano y sustituya al fantasmal Consejo Consultivo que tiene derecho a voz pero no a voto, que quedó como herencia de la disolución municipal.

La política de impuestos prediales, por su parte, también necesitaría reformarse. Podría subvencionarse el uso de predios populares compensándolo con un aumento de la imposición en las áreas de lujo. Recientemente se incrementó el cobro de predial en los lotes baldíos. La medida es correcta, pero a todas luces insuficiente porque no hay diferenciación entre especuladores y usuarios, y lo que se produce de nuevo son gravámenes indiferencidos que aumentan la desigualdad social.

En suma, es socialmente indispensable poner en marcha una política diferente en materia de suelo urbano; si la ciudad actual es producto de los negocios privados, la balanza tiene que empujarse hacia el lado contrario.

Toda concentración de rentas de suelo produce efectos socialmente regresivos. Concentrar la riqueza en manos de los propietarios del capital quiere decir también deprimir aún más los niveles de vida de los más pobres. Hasta ahora las políticas de suelo han sido regresivas por su carácter parcial y por su carácter excesivamente prohibitivo: restringen la oferta, encarecen el suelo; copian acríticamente las normas de los países desarrollados y crean desigualdades crecientes.

La integración de los agentes inmobiliarios al capital financiero es cada vez mayor. Así lo exigen las escalas de los nuevos proyectos urbanísticos. El capital financiero ejerce una influencia cada vez más grande en la forma de crecimiento y estructuración de la ciudad. Cuando se habla de controlar las prácticas especulativas se piensa más en el propietario de lotes que en estos grandes agentes constructores y financieros que son los que actualmente producen el espacio urbano.

Cualquier cambio en la política urbana tendrá que enfrentarse a un mercado inmobiliario heterogéneo y a una red de intereses apretadamente tejida. No debemos olvidar que la renta del suelo ha constituido un elemento importante en el proceso global de acumulación. Las resistencias pueden ser más fuertes aquí que en otros campos. Pero en pocos aspectos resulta tan urgente como en éste la necesidad de cambios profundos.

UN CAMBIO EN LA POLÍTICA DE VIVIENDA

Cuando hablamos de política habitacional del Estado se entiende fundamentalmente la producción pública de vivienda nueva. Los límites de esta forma de entender las cosas están a la vista: no se satisfacen los déficit y éstos se acumulan irremediablemente.

Nos olvidamos que existe ya una ciudad que se usa y que la mayoría de sus edificaciones se destinan a vivienda. Podríamos incluir por ello en las políticas de viviendas el uso de las ya construidas. Para hacerlo se requieren dos acciones: por un lado el mejoramiento de las viviendas existentes y la ampliación de la oferta de vivienda; por otro lado, una política de alquiler de viviendas.

Es sabido que la mayoría de la población no puede acceder a la propiedad de una vivienda y que por lo tanto la alquila. En el Distrito Federal, las viviendas alquiladas fueron en 1950, 74%, en 1970, 62% y en 1980 del 60%. Varios millones de personas encuentran su alternativa habitacional en el alquiler.

Pese a su enorme impacto social y a su clara pertenencia a la política habitacional, el Estado ha soslayado sistemáticamente, durante los últimos 40 años, cualquier medida de fondo frente a este problema. Prevalece entre las autoridades la opinión generalizada por los intereses inmobiliarios, de que las regulaciones -cualquiera que sea su carácter- harían poco rentable la inversión privada en vivienda de alquiler. Es falso. Se dice que la vivienda de alquiler tiende a desaparecer y que cada vez habrá menos. También esto es falso. En la ciudad de México sucede todo lo contrario, aunque el aumento de las áreas de alquiler de vivienda se encuentre ahora no en el casco de la ciudad sino en las colonias periféricas.

El problema del arrendamiento presenta variantes sustanciales según las diversas ciudades y regiones. No hay soluciones únicas y nacionales y deben buscarse siempre soluciones locales al problema del alquiler de vivienda. Pero pensando exclusivamente en lo que sucede en el Distrito Federal, urge una nueva regulación jurídica del contrato de arrendamiento de vivienda. Los abusos de los propietarios y las penurias de los inquilinos, el trato parcial de las autoridades, la legislación permisiva, todo ello tiene que transformarse.

En la dimensión estrictamente jurídica del problema, las medidas de fondo no son muchas ni complicadas. Pueden resumirse en dos grandes rubros: 1) control público en la fijación máxima del precio del alquiler y de su aumento; 2) establecimiento del carácter de orden público para el contrato de arrendamiento.

El control de precios significa que anualmente una autoridad competente fijará un porcentaje máximo de aumento por encima del cual no podrán aumentarse las rentas. Este porcentaje se fijaría tomando como base algún indicador de la evolución general de los precios y de los salarios. En cuanto al precio máximo de la renta al momento de inicio del contrato, éste puede establecerse calculando porcentajes relativos al valor comercial o catastral de la vivienda o considerando otros indicadores. En lo que respecta al orden público, se trata de que todas las negociaciones y acuerdos en materia de arrendamiento queden excluidos de la libre voluntad de las partes y pasen a un régimen de lo dispuesto legalmente. Es una fórmula jurídica que evita abusos de la parte económicamente fuerte que se expresan en los conocidos pactos leoninos.

Estas medidas producirán un alivio generalizado en las necesidades de la población urbana y son por ello necesarias y justas. Luego vendrían los instrumentos complementarios para hacer eficaz el tratamiento deseado: tablas de gravámanenes más altos para aquellas casas que sin fundamento se mantengan vacías, estímulos a los propietarios que renten sus viviendas. Desde el punto de vista financiero podrían abrirse líneas de crédito con bajos intereses a los inquilinos que deseen comprar la vivienda que habitan y a los propietarios que mejoren sus inmuebles o amplíen la oferta de vivienda de alquiler.

Muchas c0osas pueden hacerse. Pero todo debe orientarse a dar por terminada la tríada nefasta que componen la penuria inquilinaria, la tolerancia de las autoridades y la voracidad de los propietarios. Cuando son millones de personas las que se ven afectadas por una situación, no puede esperarse demasiado tiempo para cambiar el estado de cosas.

EL GOBIERNO POSIBLE

Ha llegado a ser un lugar común referirse a los problemas urbanos acumulando datos sobre carencias y déficits. De esta manera el peso de la evidencia hunde al ciudadano común en la catástrofe inminente y en la tranquilidad y satisfacción de que todavía podrá irla pasando mientras lo peor no llegue. Pero en lo que debe insistirse es que en la ciudad, como en todo hecho social, los intereses del capital y de la renta del suelo se expresan más brutalmente mientras más se contengan las exigencias populares. Es decir, debe quedar claro que una modificación de las políticas urbanas implica también una modificación de las formas políticas.

Es esto lo que se plantea cuando se dice que debe haber elección de las autoridades de gobierno de la ciudad para que haya una verdadera respuesta a las necesidades y aspiraciones de sus habitantes. Pero el problema mayor radica en que cambiar la forma en que se accede al gobierno de la ciudad no es suficiente. Electo el regente, en las condiciones actuales, no puede esperarse un resultado distinto del que ya conocemos, pues una cosa es la forma como se accede a un cargo y otra muy distinta es lo que puede hacerse desde el cargo mismo.

Hasta 1929 la ciudad mantuvo los viejos principios de gobierno local y el municipio ejerció su autoridad sobre el territorio de su jurisdicción. El municipio tenía injerencia sobre la enseñanza, la beneficencia, la salubridad pública, la realización de obras y la otorgación de las licencias para realizar las actividades económicas que requerían del uso del espacio urbano. Disuelto el municipio, esas antiguas funciones fueron siendo absorbidas por el gobierno federal que estableció dependencias sectoriales que organizaban sobre todo el territorio nacional, la educación, la salubridad pública, los servicios médicos asistenciales y las obras públicas. Algunas funciones actuales del DDF son meros restos arqueológicos de ese antiguo papel de gobierno local. Hoy, en efecto, todos los servicios de carácter social, los gastos asistenciales y culturales (clínicas, deportivos. museos, escuelas, teatros,) no son competencia del gobierno local, sino de las dependencias federales. La función principal del DDF es la de desarrollar los grandes proyectos de infraestructura que crean. en el espacio urbano. las condiciones necesarias para la acumulación capitalista. Su acción está más ligada a los intereses de las grandes empresas que a las necesidades sociales de su población.

Las inversiones que realiza el DDF (grandes obras sanitarias, agua potable, ejes viales), son de tal envergadura económica que tampoco las decide íntegramente el gobierno de la ciudad, sino el ejecutivo federal en turno. El mantenimiento y construcción de la ciudad de México le cuesta a la federacion el 65% de su inversión total anual, de sus distintas dependencias. A eso se suma la inversión en capital fijo (inmuebles y obras) que en el espacio urbano realizan muchas otras agencias federales.

Si tantas agencias federales intervienen en las decisiones sobre la organización espacial de la ciudad no sorprende que la planificación y la otorgación de licencias resulte tan irregular, desigual y anárquica. La ciudad de México no tiene gobierno local. Lo que pasa por tal es un departamento administrativo encargado de ejercer y administrar las grandes inversiones determinadas por el ejecutivo. Las agencias gubernamentales que realizan obras lo hacen donde encuentran suelo disponible y oportunidad política para hacerlas, sin ninguna planificación urbana inicial. La inversión federal construye por su cuenta una ciudad y el DDF hace planos que caminan por otro lado y que tiene que corregir cuando se encuentra con decisiones ya tomadas y gastos ya aprobados.

La única vinculación que el DDF mantiene con la solución de las necesidadades sociales de la población parece concentrarse en las partidas que destina a los servicios de las delegaciones. Proporcionalmente estos son gastos menores y aquí también la decisión de invertir depende más de las negociaciones directas y personales de los delegados o de las presiones políticas, que de cualquier planificación preestablecida.

La demanda de elección del regente no producirá cambios mientras se mantenga esta misma estructura desterritorializada de gobierno. Lo que debe exigirse es que haya un gobierno de la ciudad verdaderamente responsable de la organización material del marco urbano de nuestra vida cotidiana. Es decir se requiere construir nuevamente un ámbito de gobierno local. Sin jurisdicción territorial definida, sin autoridad reconocida sobre ese ámbito territorial, las decisiones de las diversas agencias gubernamentales seguirán tejiendo una red que limitará las demandas de democratización y que seguirá aumentando el caos urbano sin que se identifiquen y asuman responsabilidades.

También debe reconstruirse el ámbito de representación y legislación apropiado para establecer la balanza de poderes que exige cualquier forma de gobierno republicana. Debe establecerse una cámara de representantes que decida exclusivamente sobre asuntos de carácter urbano y sustituya al fantasmal Consejo Consultivo que tiene derecho a voz pero no a voto, que quedó como herencia de la disolución municipal.

Actualmente el Congreso de la Unión es el responsable de vigilar el gasto, legislar, reglamentar y aprobar cualquier propuesta de reestructuración administrativa del DDF. Pero es evidente que nunca tendrá el tiempo para ocuparse de las especificidades reglamentarias que exige la organización de la vida urbana y que las reglamentaciones se mantendrán siempre obsoletas, dejando un amplio margen para su incumplimiento. Por buenas que sean las intenciones de los diputados éstos siempre darán prioridad a los problemas generales que involucran a todos los estados de la federación Las comisiones legislativas que se ocupan de los asuntos del Distrito Federal verán irremediablemente congeladas sus iniciativas y la ciudad seguirá sin gobierno y sin marcos institucionales que la organicen, semejando un tablero de damas chinas en donde cada quien avanza según sus intereses, apropiándose de los espacios dejados libres por distracción del resto de los jugadores. Si todo esto se mantiene, la ciudad de México seguirá siendo el espacio destinado a la explotación de sus habitantes. un espacio cada vez más paralizado por el crecimiento exorbitante de sus propias contradicciones.

Para cambiar la ciudad tiene que tomarse la carta de la desconcentración del Estado.

· Ejército: ¿Regreso a las armas?

Otto Granados Roldán. Investigador de la UNAM. Coautor de Salvador Al varado y la Revolución Mexicana(1980) y Presión(1981).

Hay una cuestión central en que parecen coincidir la mayor parte de los analistas políticos mexicanos y extranjeros al referirse a los efectos de los conflictos centroamericanos y el auge petrolero mexicano en la política interior del país: las pautas de comportamiento, como la lealtad, la institucionalidad y la disciplina frente al poder civil, que resumen convencionalmente la actuación pública del ejército mexicano, no son patrones eternos que no puedan ser modificados a partir de condicionamientos internacionales.

Probablemente desde la Segunda Guerra Mundial la opinión pública nacional no había visto una reaparición tan notable de las fuerzas armadas en el escenario público. Si bien es cierto que esas fuerzas no se han manifestado por canales ajenos a los tradicionales – de tipo electoral o partidista-, también es verdad que en sus relaciones con la autoridad civil se ha dado un acercamiento, y no sólo para reiterar las funciones castrenses comunes, sino para vincular a esa institución con las políticas de desarrollo.

Hasta antes del sexenio de Echeverría, las funciones básicas del ejército habían sido afianzar a los gobiernos civiles sofocando conflictos de todo orden -principalmente en el campo o en las manifestaciones callejeras- o sirviendo a la población en obras de beneficio social. Mecanismos como la rotación de los mandos, la asignación de prestaciones sociales e incluso los retiros del servicio activo, permitían otorgar al ejército un papel político «residual», en razón inversa a su «profesionalización»: una mayor «profesionalización» exigía una despolitización mayor. Quienes querían participar en la política electoral encontraban expeditas las vías para hacerlo en el partido oficial, pero siempre en forma individual.

Tampoco había en el horizonte del ejército cuestiones tales como la posibilidad de una agresión por parte de sus vecinos o de procedencia extracontinental. Lo primero porque, además de que alteraría gravemente las relaciones interamericanas, en términos bilaterales en modo alguno convenía a Estados Unidos sopesar esa alternativa, dadas sus enormes inversiones en territorios mexicanos, y siendo este país tan vulnerable a las determinaciones de su vecino norteño. Guatemala, por su parte difícilmente habría pensado en una agresión mexicana, no sólo porque este hecho no cabe en la política exterior de Tlatelolco, sino también porque el país del sur ha sido tradicionalmente incluido dentro de la esfera de influencia norteamericana. Por lo que hace a la agresión extracontinental, un país tradicionalmente pacifista como México no podía, aunque lo hubiera querido, actuar y desarrollarse militarmente en torno a ese supuesto.

EL NUEVO ESQUEMA

Pero recientes acontecimientos de orden interno y de carácter internacional, parecen estar reformulando ese esquema. Por lo menos en 1968, durante la crisis provocada por el movimiento estudiantil, y en 1976, durante la crisis de noviembre y diciembre que intentó desestabilizar al gobierno de Echeverría, la lealtad e institucionalidad del ejército jugo un papel vertebral para detener el conflicto. Este hecho, por simple que parezca, introdujo un nuevo matiz en las percepciones de los dirigentes civiles mexicanos hacia la actitud militar.

Aquella separación tajante entre quienes estaban destinados a gobernar y quienes debían servir a los gobernantes, empezó a sufrir transformaciones sutiles pero decisivas. Por lo pronto, a la retórica usual de los gobernantes se sumó, durante el sexenio 1970-76, la concesión tradicional de dos gubernaturas de los estados a miembros del ejército, pero que se vieron coronadas inusitadamente con una tercera, para el propio secretario de la Defensa Nacional, así como con la entrega de un imponente edificio para albergar al nuevo Colegio Militar, construido sobre 370 hectáreas con capacidad para casi tres mil internos y un costo reservado como secreto oficial. (1)

Otros dos acontecimientos centrales, el conflicto centroamericano y el auge petrolero, fueron ingredientes claves en la decisión de «modernizar» al Ejército e incorporarlo a la política «abierta». Ambos procesos, apuntó un analista, no son «sino un indicador más de las muchas realidades de política interior que están resolviéndose por imperativos y exigencias de los compromisos exteriores de México».(2) Podrán los dirigentes civiles y militares insistir en las líneas tradicionales que han prevalecido en sus relaciones durante las últimas cuatro décadas, pero hay datos para suponer que se ha gestado un cambio cualitativo en la orientación de esos vínculos.

Tres pautas han guiado el comportamiento militar mexicano en los últimos cinco años: a) una nueva conciencia de que el ejército desea consolidar su función de vigilante de la paz pública y las instalaciones vitales, pero ser incluido también en proyectos de desarrollo nacional de mayor envergadura; b) la introducción de la nación de seguridad nacional y el decidido interés en modernizar casi absolutamente el equipo bélico; c) del lado del poder civil, la aceptación de una mayor presencia pública del ejército y la ejercida intención de fortalecer a las fuerzas armadas.

Tres pautas han guiado el comportamiento militar mexicano en los últimos cinco años: a) una nueva conciencia de que el ejército desea consolidar su función de vigilante de la paz pública y las instalaciones vitales… b) la introducción de la noción de seguridad nacional y el decidido interés en modernizar casi absolutamente el equipo bélico; c) del lado del poder civil, la aceptación de una mayor presencia pública del ejército…

En diversas ocasiones los mandos militares han señalado como objetivos centrales del ejército «garantizar la soberanía del territorio, velar por el imperio de la Constitución y salvaguardar a las instituciones». (3) Sin embargo, a esas nociones clásicas se han agregado otras, derivadas de lo que parece ser una nueva visión de los problemas políticos. En agosto de 1980, por ejemplo, durante la VIII Junta Regional de Comandantes de Zona Militar, el general Félix Galván López, secretario de la Defensa, pidió para los militares, ante el presidente López Portillo, «más tareas nuevas metas», porque los miembros de las fuerzas armadas «pensamos que podemos hacer más por nuestro país». Poco después, a principios de 81, advirtió que por «duras y difíciles» que sean las situaciones políticas y económicas nacionales o internacionales, «más forjado, más completo e inquebrantable encontrará nuestro país a su ejército y a cada uno de los soldados a quienes no han honrado con permitirnos llevar el uniforme de la dignidad nacional; y, ante declaraciones en el sentido de que los civiles estaban mejor preparados que los militares, Galván replicó que «los militares de tierra tenemos similar capacidad y preparación que los civiles para gobernar el país» (4).

En otras circunstancias habrían sido impensables declaraciones así, pero parecen naturales en un proceso de reincorporación de los militares a la vida pública que desde 1946 había sido conducida, casi exclusivamente, por los civiles. Más pareciera confirmar esta tendencia el hecho de que acontecimientos externos hicieron resurgir un concepto que se ha vuelto clave en la política internacional: la seguridad nacional.

Justificada en unos casos como una doctrina de gobierno típicamente anticomunista (dictaduras conosureñas) y en otros, como un pretexto para proteger «intereses vitales», (Estados Unidos), en los circulos políticos mexicanos la seguridad nacional ha sido definida ambiguamente. Para el presidente López Portillo, el valor de esa seguridad está íntimamente ligado a la solidaridad explicada por nuestro origen, pero por algo tan macizo como nuestra voluntad, que es la que quiere la seguridad, no cualquier seguridad».

Por su parte, el secretario de la Defensa atribuyó a la seguridad nacional la función de «mantener el equilibrio», y agrego:

Es una definición mía y me la disculpa si no es la más apropiada. Entiendo por seguridad nacional el mantenimiento del equilibrio social, económico y político, garantizado ese equilibrio por las fuerzas armadas de un país. (Proceso, 203, 22-septiembre-1980)

Apenas a principios de diciembre, dos miembros de la armada mexicana declararon en forma inusitada que tanto las necesidades de hidrocarburos en el exterior como la situación geopolítica mundial, habían convertido a México en un «vértice» cuya integridad estaba amenazada por esas dos condicionantes. «Evitar o reducir la amenaza y los riesgos de esta sola realidad-aseguró el contralmirante Miguel Viveros Parker-, es función de una seguridad nacional que el Estado debe crear con la dimensión y proporciones necesarias». Dijo además que una de las ideas de organizar un curso sobre Mando Superior y Seguridad Nacional había sido la de elaborar el anteproyecto de un plan básico de seguridad nacional. (El Día, diciembre 10 de 1981).

En el mismo campo, uno de los diarios mexicanos más importantes -unomasuno- depuró la expresión de las «connotaciones bélicas» que le han impuesto al concepto las «dictaduras militares» y señaló que para los mexicanos la seguridad nacional empieza por la seguridad social… es cumplimiento de los mandatos constitucionales… es defensa resuelta de los recursos naturales, generación de riqueza, reparto equitativo de la renta… Es, por consiguiente, la certidumbre de que si bien no se han suprimido ni las desigualdades ni las injusticias, no está cerrada la posibilidad de abrir espacios de acción real que permitan avanzar en esa dirección (septiembre 13 de 1980).

EL INQUIETO SUR

En estrecha conexión con tales afirmaciones se dan las posiciones de los militares frente a la situación internacional. Por una parte, el aumento en los pertrechos materiales responde directamente al objetivo de proteger las instalaciones vitales petroleras y eléctricas, pero no ha sido menor la atención que se ha prestado a la situación política que corre al sur del Usumacinta. A ello también han obedecido, de un lado, las maniobras militares celebradas en diciembre pasado en Chiapas y, de otro, la renovación del equipo bélico. Prueba de la cautela con que se ha manejado el primer aspecto es la invitación formulada a los militares guatemaltecos como únicos observadores de la maniobra, deferencia que refleja a la vez la preocupación mexicana por una eventual alteración a la paz en la frontera sur, y la admisión tácita, dentro de las consideraciones logísticas, de una posible invasión a la zona petrolera.

En la opinión militar se ha tratado de eludir el planteamiento de un punto de vista concreto sobre América Central. Interrogado sobre el tema, el general Galván prefirió no tratarlo «porque implica hablar de política internacional que es función del señor (Jorge) Castañeda». Pero durante 1980 la Defensa manifestó su interés por los acontecimientos en la región, al darle prioridad al análisis del teatro de operaciones del sureste y al actualizar su estimación estratégica sobre la situación así como los planes de guerra y operaciones que contemplan una rápida reacción ofensiva-defensiva contra agresiones armadas externas.

Por instrucciones del alto mando militar se dispuso también que la agregaduría militar y aérea en la zona, cuya sede venía siendo El Salvador, fuera cambiada a San José, Costa Rica, donde puede obtenerse información confiable del área (diversos factores señalaron que este último país se está convirtiendo en plataforma de los movimientos insurgentes en la región centroamericana, sobre todo por su ubicación geográfica central y su aparente neutralidad política). Con la información que por ese y otros medios ha podido agenciarse, presumiblemente la Defensa ha estado pendiente de las repercusiones sobre la seguridad nacional mexicana de la situación salvadoreña, así como de los posibles conflictos en la zona fronteriza México-Guatemala.

No hay duda de que en términos logísticos el sureste del país se ha convertido en la región prioritaria de la seguridad nacional, tanto por el conflicto latente como por ser el lugar donde se localizan los principales campos petroleros. De esto se han percatado, desde luego, las fuerzas armadas y en repetidas ocasiones Galván ha insistido en que ese es el motivo central para su modernización:

ha crecido la población de México, han crecido las necesidades de protección y vigilancia. Las instalaciones vitales como son las de Petróleos Mexicanos, de la Comisión Federal de Electricidad y de otros, han crecido y nosotros tenemos que darles seguridad. Por eso necesitamos más elementos, más medios, más efectivos. (Proceso, 203, septiembre 22 de 1980).

Ese fue uno de los objetivos específicos de las maniobras mencionadas: poner en experimentación la capacidad de respuesta frente a una posible agresión. Conviene abundar en estas maniobras por la simple razón de que en términos políticos y militares es uno de los acontecimientos más importantes desde los años cuarenta. Aunque no existen datos confiables del número de efectivos que se utilizaron-algunos cálculos hablan de 40 mil hombres- sí los hay de algunos medios materiales. Por ejemplo, se emplearon 230 vehículos Dina y 1, 040 de diferente propósito orgánico; 38 coches de ferrocarril para pasajeros, 53 plataformas para vehículos blindados, siete jaulas para ganado, once furgones para material, 23 aviones de la Fuerza Aérea Mexicana apoyados con 3 de Pemex y 2 de la Unidad de Transporte Aéreo del Poder Ejecutivo Federal.

Las maniobras se plantearon a partir de una supuesta invasión a nuestro país por parte de un enemigo extracontinental, quien inició sus operaciones apoderándose de varias islas del Caribe, invadiendo a un país vecino, sorprendiendo a sus fuerzas armadas y continuando operaciones sobre nuestro territorio con el objeto de apoderarse de la zona petrolera del Golfo de México. La invasión desde luego era hipotética, pero en los hechos esas previsiones han significado el rearme del ejército. El general Galván ha informado que para finales del gobierno de López Portillo el equipo se habrá renovado en un 90 por ciento. Subráyese también el tipo de armamento que se está adquiriendo porque se trata ya no de material destinado solamente a entrenamiento, sino ahora corresponde a material de guerra.

ARMAS Y DISCURSOS

Por otra parte, si bien el presupuesto asignado a la Defensa Nacional ha sido generalmente reducido en cuanto al porcentaje que ocupa dentro del total de egresos, considerado individualmente ha tenido un notable aumento en los últimos cinco años. De 4 mil 229 millones de pesos asignado para 1975 se ha pasado, en 1981, a 25 mil 855.7 millones.(5) En cuanto al incremento de la capacidad operativa, las cifras también son notables tanto por las ejercidas en 1980, como las proyecciones para el año que concluye.

Durante 1980 se distribuyeron casi diez mil fusiles automáticos G-3, calibre de 62 mm., para dotar a 16 batallones de infantería y un primer batallón de infantería blindada. Por lo que toca a la fabricación de armas, se está instalando maquinaria con objeto de establecer una línea de fabricación completa, con una capacidad de producción de tres mil fusiles mensuales. Se realizaron los contratos de compraventa para adquirir 38 aviones Pilatus PC-7 e igual número de juegos de armamento para equiparlos. Para 1981 se habrán adquirido 40 vehículos terrestres artillados con cañón de 90 mm., así como 2 con ametralladora calibre de 50 mm. Para la creación del escuadrón de defensa aérea, se formalizó la compra a Estados Unidos de 24 aviones cazabombarderos F-5 supersónicos, con un costo de 1 400 millones de dólares.

Al parecer se encuentran también en estudio tres cartas de oferta para adquirir helicópteros Bell y se formalizó el contrato para comprar otros 17 aviones Pilatus, aparte de los 38 anteriores. Se entregaron este año los primeros diez mil fusiles «HK» integrados en México y se cubrirá la demanda de cartuchos para la Defensa Nacional que asciende a 29 millones de diferentes calibres. Asimismo, se dispone ya de la materia prima necesaria para la fabricación de morteros y otros materiales. (El Universal, mayo 8 de 1981)

No es posible por ahora detectar algunos datos adicionales, principalmente porque la Defensa normalmente tiene establecido un limitado flujo de información. Sin embargo, algunas estimaciones como la publicada anualmente por el Instituto de Estudios Estratégicos de Londres, señalan que las fuerzas armadas mexicanas cuentan con 107 mil hombres en armas, de los cuales 83 mil corresponden al ejército de tierra (unomásuno diciembre 24 de 1980). Todos estos indicadores son mínimos si se comparan con los correspondientes a otros países latinoamericanos, como Argentina, Brasil y Cuba, pero no dejan de ser relevantes en el contexto específico de México.

El cambio en las fuerzas armadas ha sido factible básicamente por el apoyo resuelto del gobierno federal. Este hecho resalta con mayor claridad si tomamos en cuenta, además de las cifras, el tono político y la reconocida sensibilidad que han mostrado las autoridades civiles hacia los asuntos castrenses.

De todo lo anterior una primera impresión que se tiene es la de que el cambio en las fuerzas armadas ha sido factible básicamente por el resuelto apoyo del gobierno federal. Con mayor claridad resalta este hecho si tomamos en cuenta, además de las cifras, el tono político y la reconocida sensibilidad que han mostrado las autoridades civiles hacia los asuntos castrenses. En no pocas ocasiones el presidente López Portillo ha asegurado con llamativa vehemencia que «la tranquilidad del país, la conciencia del país, la voluntad del país, descansan-dentro del juego de la institución-en la seguridad, en la certidumbre que le dan las fuerzas institucionales».(6) Ha afirmado también que el mexicano es

un ejército que cumple con su deber, que camina en congruencia plena con su origen y entrega con generosidad su aporte, para que México alcance el destino que se ha trazado por los cauces que sus leyes y la más pura ideología de la Revolución le han impuesto, sin exigir más de lo que la nación puede darle y callando muchas veces su legítima aspiración a lo merecido.(7)

Son conocidas, por los demás, las frecuentes expresiones elogiosas para el ejército y para el secretario de la Defensa, por parte del Presidente de la República, llegando incluso a enfrentamientos concretos con otras voces. Por mencionar quizá el caso más conocido, en noviembre del año pasado una agencia noticiosa alemana boletinó una declaración del escritor Juan Rulfo en la que se aludía a la corrupción entre los militares, alusión que recibió respuesta con extraordinaria rapidez. En una ceremonia de condecoración a los militares con más de 45 años de servicios, el general Luis Téllez Martínez, aseguro que «quienes hoy disfrutan de la serenidad nacional, de la seguridad en las carreteras y vías de comunicación, de las escuelas o de los hospitales, difícilmente se ponen a pensar cuántos mexicanos, civiles o militares, pusieron su mejor esfuerzo.» La reacción presidencial no se hizo esperar, en la misma ceremonia y mediante una intervención calificada por muchos observadores políticos como inusual por el tono en que se formuló, dijo López Portillo:

Como Comandante Supremo del Ejército Nacional y de las Fuerzas Armadas, como Presidente de la República, como ciudadano mexicano, afirmo que estoy orgulloso de las fuerzas armadas de México; que protesto contra toda calumnia y fácil difamación;… Ningún soldado de la República es corrupto; todos son leales servidores de las instituciones y todos deben estar orgullosos de pertenecer a nuestras fuerzas armadas, como orgullosos de ustedes estamos quienes en la seguridad vivimos gracias a que ustedes cumplen con lealtad su deber, como leales y patriotas mexicanos.(8)

Todos estos antecedentes parecen apuntar hacia una reubicación del ejército en la política mexicana. Sin que haya una aceptación abierta de puntos neurálgicos que puedan en un momento dado provocar, por parte de México, una reacción no pacífica en asuntos internacionales, lo que importa destacar es que se trata de una alternativa considerada en el ánimo político mexicano y está, por lo tanto, siempre presente.

Si a lo anterior se añaden temas de estricta política interior, como pueden ser la capacidad del Estado para regular y controlar los conflictos sociales y amortiguar las demandas de los grupos de presión; para satisfacer mínimos de bienestar para la población y redistribuir los recursos escasos; para contener los problemas económicos y canalizar los políticos, queda claro que hay cuando menos un renglón en el que casi todos los analistas coinciden: de las respuestas que el Estado mexicano ofrezca a estas cuestiones dependerá- ha dependido en mucho tiempo- la supervivencia de los gobiernos civiles.

Los problemas a que México tendrá que hacer frente en el curso de los próximos años, muy probablemente obligarán a revisar las hipótesis que se han manejado para explicar la naturaleza del ejército mexicano. Hay por lo pronto indicadores que sugieren que el gobierno civil proyecta incorporar a los militares en un proyecto más amplio de desarrollo. En el Plan Global de Desarrollo 1980-82, se reconoce:

La necesidad de integrar funcionalmente la estructura de las fuerzas armadas a los procesos económicos del país, plantea la conveniencia de contar con los abastos nacionales necesarios para garantizar la soberanía de la Nación… La modernización de las Fuerzas Armadas es parte de la modernización democrática de la Nación. (9)

Por lo pronto, es importante observar que no se percibe a corto plazo un cambio en las condiciones estructurales bajo las que se ha desarrollado la actuación y el papel del ejército en el sistema político mexicano. Las variables manejadas indican, eso sí, una mayor presencia pública, una más amplia participación en cuestiones no necesariamente castrenses y una nueva visión por parte de los dirigentes mexicanos sobre este asunto. Y son justamente las razones argumentadas tradicionalmente para explicar la lealtad e institucionalidad de las fuerzas armadas hacia y en el poder civil, las cartas con que mayoritariamente cuentan los gobernantes. Lo que está en duda es el tiempo que continuará funcionando ese esquema.

No se concibe a corto plazo un cambio en las condiciones estructurales bajo las que se ha desarrollado la actuación y el papel del ejército en el sistema político mexicano. Las variables manejadas indican, eso sí, una mayor presencia pública…

Es probable que en la decisión modernizadora del Ejército esté implícita la creencia o la intención de darle cauce al fortalecimiento del aparato militar dentro de límites institucionales que están resolviéndose por condicionamientos externos. En ese supuesto parece cierto, como ha escrito Aguilar Camín, que la decisión de tener un ejército moderno no responde a la idea alucinante de contener militarmente a Estados Unidos o de invadir por cuenta propia un territorio vecino. La agresión posible -sólo posible- que el Ejercito Mexicano debe estar en posibilidad de contener, no se ubica geográficamente en el norte, sino en el sur… las perspectivas de México para los años inmediatos por venir dependen considerablemente del modo como Estados Unidos pueda redefinir o ejercite su estrategia hegemónica en el área. Para los efectos de esa estrategia, hace buen rato que Centroamérica termina en el río Bravo y México acaba en el Canal de Panamá. (10)

1 Véase el reportaje de Vicente Leñero, «El nuevo Colegio Militar: casi el paraíso», Proceso, núm. 8, diciembre 25 de 1976

2 Héctor Aguilar Camín, «Regreso a las armas» Unomásuno, marzo 2 de 1981, p. 3

3 Declaración del general Fernando Pámanes Escobedo, Proceso, núm. 80, junio 15 de 1978

4 Véanse estas cintas y algunos otros señalamientos en, Manuel Buendía, «Red privada», Excelsior, agosto 13 de 1980; El Sol de México,. marzo 22 de 1981; El Universal, abril 21 de 1981.

5 José López Portillo, Cuarto Informe de Gobierno, Anexo I-Histórico, México, Secretaría de Programación y Presupuesto, 1980, p. 74; y Unomásuno, marzo 1o. de 1981. La cifra incluye sólo al ejército de tierra.

6 Saludo de fin de año a las Fuerzas Armadas, diciembre 30 de 1977, en José López Portillo, Fuerzas Armadas, México, Secretaría de Programación y Presupuesto, 1980 (Cuadernos de filosofía política, 42), p. 7

7 Mensaje a las Fuerzas Armadas por el Día del Ejército, febrero 19 de 1979 en ibid., p. 11 (subrayado nuestro).

8 Ibid., p. 10; y Proceso, núm. 212. noviembre 24 de 1980,p. 14.

9 Secretaría de Programación y Presupuesto, Plan Global de Desarrollo 1980-1982, México, p. 136.

10 H. Aguilar Camín, art. cit., p. 3.