En el invierno checo: Informe a una amiga después de quince años

ENCUENTRO EN PARÍS

París, 17 agosto 1983, larga tarde, casi noche, en una ciudad semidesierta. Hay un hombre ante una alta estantería de libros, que parece fascinarlo: no se volverá durante cuarenta y cinco minutos. Es altísimo; podría ser un norteamericano sobre aquellas piernas infinitas, el torso derecho y el cuello orgulloso, un norteamericano todavía joven, un deportista, si no fuera porque el pelo que le cae hacia la nuca es de ese rubio inexorablemente verduzco que traiciona la sangre eslava.

No se volverá durante cuarenta y cinco minutos, no porque lo fascine aquella biblioteca de la cual, con calma, extrae cada tanto un libro y lo vuelve a colocar, sino porque entre él y yo hay una cinta, que gira en el magnetófono, y de aquella cinta sale su voz, que habla consigo misma, cada tanto con una caída de emoción, a menudo una pausa, un cansancio. Aquel hombre se escucha y por eso no muestra el rostro.

Es Karel Bartosek, historiador, hombre del “nuevo curso”, que está en París desde hace ocho meses, “no sin haber llorado mucho” al dejar su tierra, Checoslovaquia, y a los muchos que “no volverá a ver”. Había sido fácil discernir en él, en los días de la Primavera de Praga, un acento de izquierda cercano al nuestro; y muy pronto había escrito sin vacilar en Il Manifiesto, revista hereje. Tenía entonces treinta y ocho años, y parece tenerlos todavía, si uno no mira su rostro marcado.

¿Qué sabía yo de él, después de 1968? Que había sido expulsado de la Academia de Ciencias por la banda de Husak; que después había terminado en la cárcel; que luego habíamos arrancado para él una libertad vigilada y el permiso de un trabajo, pero sólo manual y bajo control, trabajo que hizo hasta diciembre de 1982, cuando -después de muchas presiones internacionales y una discusión con sus amigos que se quedaron verificando los cursos de agua subterráneos en Bohemia, la cuadrilla obrera más calificada del mundo, todos académicos, historiadores, sociólogos, filósofos- se había decidido a partir para escribir, para atestiguar, para estudiar, para comprender. Habla bien el francés; a veces, con alguna pobreza; pero no es el léxico, es la emoción lo que lo bloquea.

Hace unas dos semanas le había pedido que me hablara de los quince años de “normalización” en su país que siguieron a la Primavera de Praga. Cómo fueron, cómo son, qué ha cambiado. Dijo que sí. A mitad de agosto le telefoneé: “Voy a París, te hago una entrevista”. “De acuerdo”. Y él llegó a París, llevando consigo una cinta grabada. Como buen historiador, había pensado en preparar una guía, notas sobre las cuales ordenar las respuestas; pero había terminado hablando de sí mismo “a una amiga que no veo desde hace quince años”. Aquí tienes la cinta -me dijo- escúchala y luego hacemos la entrevista.

La escuché y no hicimos la entrevista. Simplemente traduje la cinta para publicarla. No es la historia de Checoslovaquia desde el 1968; es el recorrido, a menudo interior, de un hombre de la Checoslovaquia posterior a 1968.

Las grandes preguntas, las grandes dudas, los grandes miedos. No es un documento que se pueda usar por pedazos. No le pregunté por qué, en lugar de nombres y hechos, hablaba solamente de inquietudes, de interrogaciones, de la dimensión de lo vivido, la dimensión de la moral. En nuestro siglo, dice en cierto momento Bartosek, no se es uno mismo si no se ha pasado por la prisión política. Aquel modo de mirar a las cosas últimas y hacerle frente con un esfuerzo de la razón que es el exacto revés de la angustia, lo conocí en otros. Y no es el caso de agregar glosas y corolarios cuando alguien habla así.

Rossana Rossanda

El sueño

EL INFORME

Hace quince anos que no nos vemos. Y me preguntas cómo los pasé, qué hice, qué sentí. Sabes bien que los pasé en mi país, en la Checoslovaquia “normalizada” después de la ocupación; primero la rebelión, después la ocupación de 1968. No es fácil responderte brevemente: quince años son muchos en una vida, sobre todo cuando se va hacia el fin de la juventud.

Comenzaré desde aquí, desde mi experiencia. Metemos demasiado en política y en ideologías la historia de los hombres y de la sociedad. Yo también soy un hombre político, y antes y durante y después de este período siempre traté de hacer algo; pero al mismo tiempo vivía también una historia mía, muy personal, la de mis amores, mis hijos, los problemas que tenía con ellos; una historia muy privada. Con frecuencia se me ocurre pensar en los límites de un sistema policiaco integral, que pretende no sólo castigar sino también controlar y manipular a un hombre hasta el fondo: no lo conseguirá jamás. Porque estamos hechos de muchas cosas, abiertas y secretas, tragedias y dramas, pasiones y alegrías; estamos tan divididos que ni siquiera para el más hábil de los manipuladores es posible, si no se lo permitimos, penetrar en nuestro territorio interior. Así hasta en un sistema como el checoslovaco -me lo he dicho más de una vez- no deja de existir un pluralismo: es la pluralidad de las vidas concretas de los hombres a las cuales ni siquiera la manipulación más sofisticada conseguirá dominar. ¿Me hago ilusiones? No creo. Toma el año 1977, decisivo para nosotros los opositores: el año de la Carta(1), de las firmas, de las persecuciones. Sin embargo para mí fue, más que cualquier otra cosa, el año de la muerte de mi madre, una muerte larga, una muerte que duró varios meses… Pero no quiero hablar de esto. Solamente repito que ni siquiera en un sistema como el nuestro se pueden reducir las historias a una lectura política y sólo política. Como en cualquier sociedad, las dimensiones son muchas.

LA SEMANA MÁS HERMOSA

Pero estamos hablando en una ocasión precisa, en el aniversario del 21 de agosto del 1968. Quince años, cifra redonda. Veamos pues… Partamos del 21 de agosto. ¿Qué representó aquél día para alguien como yo, que dada mi edad, por desgracia o por fortuna, no lo sé, fui no sólo un testigo, sino también un actor? Bueno, parecerá paradójico, pero esa que empezó el 21 de agosto, fue la semana más hermosa de mi vida.

Y debe de haberlo sido no sólo para mí, a pesar de la tragedia. ¿Por qué la más hermosa? Porque fue una semana de vacío de poder. Y a muchos de nosotros nos ocurrieron cosas extraordinarias. A mí, que era un pequeño individuo que no tenía mucha importancia, me sucedió que tuve que escribir una de las resoluciones del XIV Congreso(2), la primera, todavía tengo el manuscrito. Y después, el comienzo y el fin de la resolución de la Asamblea que condenaba la ocupación. Estaba en el Congreso, en la radio, escribía en los periódicos. Fueron días plenos, tal vez ni siquiera dormíamos: cada uno dio, creo, lo mejor de sí mismo. Fue una fiesta de la historia. Para mí.

La manda

¿Y los quince años que siguen? Yo no soy alguien que contempla las desgracias que le han ocurrido y construye sobre ellas una teoría. Tenía un destino que vivir y traté de vivirlo, ¿cómo decir?, de la mejor manera. Ya me habían echado de la Universidad después del XX Congreso, porque había dicho algún discurso un poco provocador, pero había podido entrar en 1960 en el Instituto de Historia de la Academia de Ciencias y allí permanecí hasta inicios de 1970. Cuando me expulsaron de allí, me puse a traducir y a preparar bajo otro nombre una antología de la Comuna de París. Poco después me arrestaron. Me dieron un año, pero pasé en prisión solamente seis meses -poco, gracias a la solidaridad internacional que fue muy fuerte, si no me habrían dado una pena más pesada. Después, me vi obligado al trabajo manual. Primero, cartero: sabes, debía cargar paquetes, y no siempre es divertido, especialmente cuando pesan treinta kilogramos y debes subir al sexto piso. Después me confiaron la calefacción de una escuela, no lejos de mi casa, donde iban también mis niños; me levantaba a las tres y media de la noche y encendía, pensando que ponía la calefacción también para ellos. Aquella escuela tenía calefacción de gas, y por lo tanto debía vigilar las calderas durante el resto del día; pero como no me alcanzaba para vivir, daba calefacción también a alguna casa privada, calefacción de carbón. Llevar el carbón es más duro (para el gas tuve que obtener un diploma en regla, soy capacísimo) y después un taller de reparación de automóviles. Esto hasta 1976. Me levantaba, encendía aquellas calderas, después volvía a la escuela a vigilarlas, tenía una mesa de zinc en el subsuelo donde estaban los quemadores, y leía los periódicos de la escuela. Nunca leí tantos periódicos en mi vida, pero también estudié y escribí. En 1976, me desplazaron a lo que mi mujer define elegantemente como “vigilancia de las corrientes de agua subterráneas”. Eramos una cuadrilla de peones que debíamos preparar las bombas, extender los cables; a veces, no era un trabajo feo, en los bosques o cerca de una fábrica; pero en el invierno, con la nieve y el hielo, era pesado. Así, trabajando bajo vigilancia, dimos vueltas por toda Bohemia; éramos un conjunto de intelectuales, todos historiadores, sociólogos, filósofos. El jefe del sindicato decía que nunca había existido una clase obrera tan calificada. Y así hasta 1982.

No fue fácil. Pero tuve la fortuna de encontrar dentro de mí anticuerpos que venían de mis orígenes. Desde que la represión comenzó a golpearme, recuerdo haberme dicho (en Checo la expresión es más vulgar): “Entre los humildes, entre los condenados de la tierra naciste, a los humildes, a los condenados de la tierra regresas.” ¿Por qué no? Mi padre, que era muy inteligente, fue el séptimo hijo de una familia obrera y sólo pudo cursar cuatro años de escuela. Durante toda su vida trabajó de obrero en una fábrica de zapatos, y también mi madre. Mi padre militó en la Resistencia. En 1945 quería entrar al Partido, pero se lo negaron, porque era socialdemócrata de izquierda. Fue él quien me empujó a ingresar. Estaba enfermo de tuberculosis, la enfermedad de los pobres. Murió a los cuarenta años. Y también yo, de muchacho, mientras fui a la Universidad no supe lo que eran vacaciones. Durante el verano me ponían en la mano todos los días un balde de dos litros y medio que debía llenar de arándanos para llevar a casa algunos centavos. Así fue la vida de mi gente; ¿por qué no podía volver a ser la mía? El cansancio lo conocía; así, me dije: “aquí hay que resistir duramente”.

Cierto, me hacía algunas ilusiones. Por ejemplo, que lo peor no duraría más de cinco años. Luego tendrían que aflojar la presión, de algún modo tenían que administrar el país. Me equivoqué. He llevado un diario, y ahora éste atestigua también mis errores de previsión. No era la única ilusión que me hice. Pero, al cabo, tuve la fortuna de concebir lo que me ha sucedido como un destino que había que vivir, precisamente mi destino.

LA AMISTAD, LA CÁRCEL

Un balance de estos quince años. Lo intentaré por diversas vías. Ante todo, ¿qué me han dado? Quiero decir, existencialmente. Bueno, muchísimo. Aprendí mucho. Ante todo, aprendí qué es verdaderamente la amistad. Al principio de la “normalización”, y sobre todo cuando salí de la cárcel, muchos que creía amigos se alejaron. No los vi más, se volvieron prudentes, pero a otros los encontré repentinamente cercanos, amigos, solidarios, gente que yo nunca hubiera creído. Es como si el mundo se volviese más transparente, la gente más desnuda.

Segundo descubrimiento existencial: la cárcel. Yo pasé poco tiempo. Pero estoy convencido de que en el siglo XX no se es un hombre verdadero si no se ha pasado por la prisión política. Una cosa es cierta: ese es el momento en el cual ves dentro de ti hasta el fondo, tocas lo que eres. Para mí era naturalmente la primera vez (y quién sabe por qué digo “naturalmente”), pero fue una experiencia extraordinaria. Cuando se lo dije a mi mujer, la herí y lloró, me contestó que para los que habían esperado afuera no había sido una cosa tan extraordinaria.

En su propia cárcel

Y luego, en prisión o en el trabajo forzado encuentras a otros condenados de la tierra, a los que sufren. Conocí católicos, o más bien personas dotadas de un sentido religioso, que como historiador marxista y comunista jamás había encontrado. Encontré a los encarcelados durante los años cincuenta, cuando yo era un muchachito estalinista. No, no es que yo tuviera ningún poder entonces, pero dentro de mí había pensado que estaban presos con razón. Y he aquí que nos encontrábamos en el mismo barco, y nos reconocíamos no tanto por una ideología a favor o en contra, sino como aquellos que habían tratado de cambiar algo.

EL TRABAJO, LA LIBERTAD

Tercero, el trabajo obrero. Trabajé como obrero primero en la cárcel, después afuera, hasta que vine al exterior en 1982. Ahora sólo quiero hablar desde el punto de vista de la experiencia. Bueno, sí, hay momentos en que uno comprende lo que es el odio de clase. Debo decirlo con toda sinceridad: cuando sientes que eres menos por nada, tienes ganas de romper todo y terminar de una vez. Incluso cuando trabajaba como peón de la calefacción, incluso en los contratos privados que me concedían. Una tipa que había estado en Cuba cuatro años y había reemplazado en la Universidad a mis colegas arrestados, me llamaba a cualquier hora del día o de la noche lamentándose con arrogancia de que daba demasiada calefacción o demasiado poca. A ella, por lo menos, la pude mandar al diablo.

Y luego está la libertad. Después de un poco te das cuenta de que la libertad es sobre todo una cuestión contigo mismo, te concierne esencialmente a ti. Y no sólo porque nos sucedía a mí y a muchos de mis amigos al decirnos que éramos, paradójicamente, más libres que los intelectuales que se habían doblegado antes las estructuras del régimen. También porque la cuestión era no quedar totalmente prisionero del sistema penintenciario, no pensar obsesivamente en lo que me hacían o me podían hacer. Lo mismo en el trabajo forzado, no pensar solamente en mi pura reducción a obrero, concebida como mutilación. Lograr pensar en otra cosa, ser otro; en una palabra, no dejarte dominar sin salida por la cotidianidad carcelaria.

Y además, yo no soy un héroe. Desde el principio conocí la angustia y ésta no me abandonó nunca más. Todavía hoy, aquí en París, en plena seguridad, cada tanto me vuelve a atrapar, sobre todo si estoy solo. Porque la angustia te agarra sobre todo cuando estás solo, de noche. La casa, por ejemplo, de noche se convierte en una celda. Es algo que viví, que superé, y… bueno, para ser sincero, todavía lo llevo adentro. Poco, mucho, no lo sé.

Vamos a la segunda dimensión de estos años, que llamaría político-social. Ya hablé del trabajo obrero. Quiero agregar que creo haber comprendido qué es la condición obrera en este sistema, y no solamente en este.

Comprendí sobre todo que el trabajo es precisamente la friega: no es un placer el trabajo manual. Puede darte algún momento de satisfacción, por que has conseguido hacer algo, habitualmente junto con otros, que te deja contento, que da un sentido al cansancio. Pero su cotidianidad no tiene nada de positivo. Comprendes que no eres más que uno entre los millones de aquéllos que llaman “obreros, trabajadores”, obligados a vender su fuerza de trabajo. Naturalmente ya lo sabías por los libros, por la teoría, pero cuando lo hayas vivido, tus ojos verán las cosas de otro modo.

Comprendí, por ejemplo, por qué el obrero trabaja sólo cuando se le obliga, efectivamente y sólo por ese tiempo que está obligado y, si no, hace todo lo posible para ahorrar sus fuerzas. Siempre me había dicho, por otra parte, que si hubiera debido trabajar en una fábrica a partir de los catorce años sin otra perspectiva que hacerlo hasta los sesenta, habría hecho lo posible para economizar tiempo y fuerzas, por cansarme estrictamente lo necesario.

Comprendí luego por qué los obreros roban. De esto se habla mucho. En Checoslovaquia se roba mucho en los lugares de trabajo. Ya antes de 1968 yo había escrito que el obrero checo roba sobre todo el tiempo de trabajo para conservar alguna fuerza para el trabajo negro, a la noche, el sábado, el domingo, de modo de poder conseguir un poco más de dinero. Además roba para redondear su salario en la fábrica, y sobre esto no se puede dar un juicio moral. La situación es seria: el salario promedio es de unas 2 500 coronas, muy bajo, y el obrero, sobre todo si está obligado a hacer trabajo extraordinario, no consigue cubrir sus gastos. Ni en Checoslovaquia, ni tal vez en otras partes.

Comprendí que nos contamos muchas historias sobre la solidaridad espontánea de los obreros en el lugar de trabajo. El obrero es un individuo aislado, llega por la mañana ya cansado, encerrado en sí mismo, irritado: sobre todo al comienzo pasé momentos bastante atroces de desilusión, y me dije que realmente es verdad que el hombre es un lobo para el hombre. Es en estos momentos cuando te das cuenta de la importancia de aquella solidaridad de clase que no nace por sí sola, que el movimiento obrero había construido y que el actual sistema ha conseguido destruir, arrojando a cada trabajador en un aislamiento terrible.

Comprendí que la cotidianidad del trabajo marca forzosamente el ritmo de la vida. Volví a pensar en mis padres, en mis abuelos, en el mundo que había conocido en la infancia y en la adolescencia: para el obrero el tiempo libre es extremadamente poco y aquellos que quieren hacer alguna actividad sindical o política o estudiar, sobre todo si están en edad de tener familia, deben dar mucho de sí mismos. El sistema funciona de modo que no permite que el obrero haga ninguna otra cosa, está perfectamente estudiado para clavarlo -entre horas de trabajo, horas extraordinarias y transporte- de la casa a la fábrica como obrero y nada más, lo obliga a no tener materialmente ningún tiempo para una actividad liberadora. Y finalmente descubrí por qué este hombre o mujer aprecia los pequeños placeres de la vida, las pequeñas fiestas, y cómo puede hablar de ellas durante semanas y semanas. Creo que es una de las cosas cuya razón profunda comprendí bien.

LA SOLIDARIDAD. LA POLICÍA

Otra dimensión, la solidaridad. Ya te dije que encontré a los condenados de la tierra y a los otros que sufren y con ellos encontré y anudé amistades. Pero sobre todo experimenté qué puede ser la solidaridad entre la gente. Aquí podría hablar hasta el infinito. La solidaridad de los otros, de aquellos que no se te asemejan, de aquellos que no son de tu país: llega un momento en que aún quien no tiene lágrimas fáciles, termina por llorar. Y fíjate que no es un hecho sólo sentimental, sino también político… Y esto dura todavía. No me siento “uno del pasado”, aún cuando han pasado quince años y la vida continúa. Tal vez porque soy un tipo un poco especial, uno que inmediatamente tiene contacto con los otros, que pone en esto mucho de sí. Yo creo que lo que se invierte en amor siempre se nos devuelve, aunque no soy cristiano. No me hago demasiadas ilusiones. Me ha ocurrido ver el temor en el rostro de algunos que me encontraban y se hacían a un lado, y esto no fue alegre, sobre todo si eran personas que alguna vez te quisieron.

Dormido

Cuando salí de la cárcel, lo primero que hice fue volver a la aldea donde nací, a buscar mis amigos, gente simple, obreros; yo no había sido, ni antes ni después, muy importante. Y volvía con una especie de vergüenza, no, de pudor; sales por primera vez por las calles de un pueblito donde te conocen todos, todos saben, y en el corazón tienes la sospecha que tal vez quieren… y en cambio todos me vinieron a buscar, aquellos a quienes conocía y aquellos a quienes no había frecuentado. Y esto es un gran cambio con respecto a los años cincuenta, cuando quien iba a la cárcel permanecía aislado, y su familia también.

Lo mismo en el trabajo clandestino: no digo que todos estuvieran dispuestos, y por otra parte me muevo siempre con prudencia, pero cuando pasaba algo para leer, Listy(3) o alguna otra hoja, sabía que no me traicionarían. No siempre fue por solidaridad, a veces solamente por simpatía. Incluso gente que permaneció en el partido ha querido verme, me habló y me dijo que querría que las cosas fueran diferentes.

Llantas

Es cierto, la vida continúa, y sin duda cuando alguien te hace sentir que eres el pasado, te desesperas. Pero es raro. Mi país no ha olvidado. Mira el año 1977, bastaron algunos meses de aflojamiento relativo y la gente se puso en movimiento. No, no me hago ilusiones, las grandes preguntas siguen siendo las mismas: qué es el hombre, qué es un pueblo… portadores de las más grandes atrocidades, de la mayor indiferencia, también pueden serlo. Pero además existen los grandes momentos; y tal vez cuando es más difícil. Entonces está la solidaridad, y no se puede saber cabalmente qué significa esto hasta que no estás obligado a sufrir la cotidianidad de la cárcel o de la vigilancia de la policía.

Ah, también está la vigilancia policial como experiencia político-social. La primera vez que te das cuenta de que un policía te está siguiendo, no la olvidarás nunca. Y tampoco el primer interrogatorio, aquel precipitarte a pensar “qué debo responder”, cómo comportarme con “ellos”. Y no se trata sólo de ti, sino también de los que te rodean. Luego están también las victorias contra la policía, incluso cuando estás adentro o cuando la tienes detrás de ti.

Son momentos maravillosos, llenos de miedo, pero espléndidos; los del trabajo clandestino, por ejemplo. Para nosotros nunca se trató de organizar una lucha armada. Todo lo que hacíamos era con papeles, con hojas para hacer circular, escritas a máquina. No llamábamos a la violencia, ni a la guerra, ni al racismo antiruso. Por trabajo clandestino entiendo el samizdat, hacer circular textos y hacerlos firmar, por la liberación de alguien o para expresar una oposición o una protesta. Cuando vuelvo a pensar, me viene a la mente la cotidianidad policial que es tan intolerable como alegres fueron estas victorias. Recuerdo cuando para Navidad distribuí, como regalo, la primera versión en checo, que fue también la primera versión en el mundo, del Archipiélago Gulag de Solyenitsin. Y luego cuando hice la encuesta sobre los presos políticos, los que pude encontrar. También esto forma parte de la experiencia, es la otra cara de la experiencia vivida bajo el control de la policía.

La madre matiana

LA VERGÜENZA Y LA RESISTENCIA

Bien. Luego está la tercera dimensión, la nacional. Después de quince años no cesamos de insistir y de atormentarnos sobre la misma pregunta: cual será la suerte de esta pequeña nación.

Pequeña: somos diez millones de checos más cinco millones de eslovacos. ¿Sobreviviremos como nación, como sujeto histórico, ciudadanos, o terminaremos borrados, atomizados, criaturas manipuladas y manipulables, sin identidad? Este ha sido el hilo central, el más dramático, que ha atormentado desde 1968 a quien todavía no ha perdido del todo la esperanza.

Si tuviera que resumir en un término nuestros temores, diría: rusificación. Sé que hay en Occidente, sobre todo en la izquierda, quien se fastidia al oír este término; pero lo he usado en mis notas y en las discusiones después de 1972 y al fin de cuentas creo que la palabra es exacta. Si se habla de norteamericanización, ¿por qué no se puede hablar de rusificación? Los jefes del imperio, y sus vasallos en mi país, no han olvidado la lección de 1968; y no hay que subestimar su inteligencia y su determinación destructiva. Cuando se analiza a fondo lo que ha sucedido y lo que está sucediendo, se llega -al menos yo llego- a la conclusión de que no estamos simplemente “ocupados”, sino sujetos a una estrategia meditada y a largo plazo de anulación nacional. A través de muchas formas: el desgaste de un patrimonio cultural, cada vez más reducido y privado de sus medios de crecimiento (universidades, investigaciones, ediciones). Pero por cultura no entiendo sólo la palabra escrita. Pienso en la contaminación de la tradición oral. Pienso en el dejar morir, extinguirse las culturas del hacer, técnico y específico – cada clase obrera tiene su tradición- y de la tierra, ciegamente saqueada. Abren minas de uranio en todas partes, por todas partes derriban los bosques y se los llevan, mientras las minas destruyen el paisaje, el ambiente, lo desertifican. Donde había un bosque, ya no habrá otro. Una vez en Bohemia un campesino me dijo: aquí había un camino de cerezos, ya nadie los volverá a plantar.

La misma técnica se aplica a los hombres. Ante todo con la corrupción, que nunca estuvo tan difundida en nuestro país. Todos lo saben, todos hablan de ella. ¿Por qué se extiende ahora? No cae del cielo. Yo pienso que es un fenómeno también ligado a la subalternidad, a la pérdida cotidiana del sentido de sí mismo. Y además está el modelo, fuertemente buscado, que yo llamaría de la “no ciudadanía”. La tentativa de hacer del checoslovaco alguien que consume y se calla, aunque no hay mucho que consumir; alguien que no abre la boca y no se compromete más por su “ciudad”.

La emigración es sólo el punto terminal: antes era clandestina, ahora es más que tolerada, es facilitada (por lo menos trescientos mil personas se deben de haber ido, y no solamente intelectuales o especialistas sino buenos mecánicos, buenos agricultores). Cada uno deja un vacío en la cultura. La identidad de lo que era su país está dilapidada.

Hay un cuento muy hermoso de un escritor que para mí vale tanto como Proust, Jakub Deml(4) se llama, espero que algún día sea conocido en Occidente. En 1950 va a ver a unos amigos en un campo de prisioneros, y mira los bosques bohemios, y los ve descomponerse y escribe: “He aquí una tierra que ya no tiene nadie que la considere suya”. Así sucede con mi país, hoy: ya nadie se siente responsable de él, va a la deriva. Esta deriva es lo que más nos ha atormentado: ¿qué somos, de dónde venimos, adónde terminaremos?

No sé si todo este discurso mío te parecerá pesimista u optimista, no estoy en condiciones de comprender cómo suena a los demás. Yo mismo no sé si espero o desespero.

Una sola cosa puedo decir, y es aquella a la cual nos aferrábamos en los momentos más duros: alguna isla de dignidad, de moral, de resistencia permanece en el país, y tal vez un día crecerá. Son los puntos que resisten; no sólo la memoria, sino también las casamatas de una nación que trata de sobrevivir. ¿Lo conseguirá si esta coyuntura internacional dura todavía veinte o treinta años? Tal vez no lo logre.

Pero nos queda la vergüenza. La vergüenza de doblar siempre el espinazo. La adviertes en muchos, incluso en el hombre de la calle; vergüenza de bajar siempre la cabeza ante quien te manda.

Eran tres millones cuando nos ocuparon, ahora los rusos serán entre 80 y 100 mil, pero establecidos en todos los puntos estratégicos, militares y civiles, hasta en los aeropuertos. Nuestros recursos están todos tomados, usados, manipulados, decididos desde el exterior, fuera de nosotros, con un gobierno que es siempre el mismo desde 1969 y no tiene nada que decir. Esto se soporta con dificultad, aún por los que están menos comprometidos.

¿Por qué todo esto no se convierte en movimiento, en resistencia? Cierto, porque la opresión es grande, porque somos pequeños y estamos controlados. Pero tal vez también por una razón más profunda, que se remonta a los primeros días de la invasión. La invasión no sólo nos sometió, sino que quebró algo que estaba radicado en nuestra memoria histórica, la idea de que nunca habríamos podido ser invadidos por la Unión Soviética. Polonia tiene una historia secular de defensa nacional contra los alemanes pero también contra los rusos, del imperio zarista y de Stalin. Checoslovaquia se tuvo que defender históricamente siempre y solamente de los alemanes; incluso en 1948 pareció una cuestión política, de modelo político-social, no de soberanía, de identidad nacional. Hasta los conservadores, que eran anticomunistas, antibolcheviques, decían lo que hoy siento decir por algunos pacifistas, y sonrió porque para mí es un recuerdo lejano: mejor bolcheviques que muertos. No se hicieron bolcheviques, pero están muertos. Y la izquierda siempre miró a la Unión Soviética como a un referente, un aliado histórico. A pesar de todas las divergencias. Esto explica por qué Dubcek no logró creer en la invasión, ni siquiera muchas horas después de que los aviones soviéticos desembarcaban en Ruzyne hombres y armas. Un día Kosik me dijo con ironía: “Pero realmente estamos ocupados, ¿estás seguro?”. “Sí, lo estamos, aún cuando en las primeras horas no quisimos verlo”. Esto explica por qué resultó bloqueada, incluso interiormente, cualquier forma de resistencia, y no llegó a estallar.

21 de marzo

Ahora es tarde; y en todo caso, se afirma una teoría que ya conocíamos en el siglo pasado, de un “pequeño trabajo”, de autodefensa cotidiana, de una moral, de una identidad. Tal vez sea importante. No lo sé. Por esto yo ahora pongo mis esperanzas sobre la vergüenza, sobre la rebelión a esta devastación que sufrimos como pueblo. Quisiera concluir con algunas palabras de Marx, un Marx extraño, lírico, que a mitad del siglo pasado, hablando de su país, Alemania, llega a decir: la vergüenza es una cólera que se dirige contra uno mismo. Y agrega que si todos la hubieran sentido, y ya no como rebelión contra sí mismos, Alemania habría sido como un león listo a saltar adelante. A veces espero que este león, que también está en el escudo de mi país y ahora ciertamente duerme, despertará algún día y se lanzará una vez más a la escena de la historia para salvar a su pequeña nación.

(De Il Manifiesto Traducción Ana María Satta.)

(1). La Carta de los 77 es un documento en defensa de los derechos humanos formada por un nutrido grupo de intelectuales checoeslovacos.

(2). XIV Congreso del P.C. Checoslovaco, realizado clandestinamente, en las instalaciones de una fábrica, después de la ocupación soviética de Checoslovaquia.

(3). Listy, periódico de la oposición socialista editado en el exilio y de circulación clandestina en Checoslovaquia.

(4). Jakub Deml, poeta, ex cura que colgó los hábitos, influyó grandemente la poesía checa del siglo veinte. Frecuentó a los surrealistas, y la suya es una poesía “cruel”, “inmoral”. Bartosek lo compara con Proust porque sus 37 libros son una sola historia.

Jonh Huston

JUNTO AL VOLCAN

Bajo el volcán es uno de esos textos que se teme ver llevado a la pantalla; pero eso es precisamente lo que llevó a John Huston a México, al mismo sitio que había recorrido Malcolm Lowry. Por eso ahora 20 camiones, con letreros que dicen Bajo el volcán, como caravana circense, esperan en las avenidas de una antigua hacienda de Cuernavaca cortada a pedazos, uno de los cuales ha sido transformado en hotel de lujo: serpientes emplumadas emergen del agua turquesa de una alberca. Hay que filmar la escena de la corrida que, por razones de economía de desplazamiento, ha sido acoplada a la escena del restaurante; en el libro estaban disociadas. La plaza fue construida hace 30 años por Gunther Gerzso, el escenógrafo, para otra película. Con el tiempo, esa plaza de toros se convirtió en una verdadera plaza y por lo tanto se la vuelve a utilizar.

Judas

EL BOLSILLO DE JOHN HUSTON

Son las nueve de la mañana y los encargados del vestuario ya duermen en los camiones; el agua purificada para el café brilla al sol en los garrafones de vidrio. La cámara está plantada bajo un laurel gigantesco, que con sus pequeños frutos jugosos es una amenaza para los vestidos de las actrices. Una periodista se vuelve hacia el guionista y le pregunta si Huston todavía les pega a las mujeres. “No lo sé”, dice, “pero me confesó haber comido carne humana en Uganda, durante los reconocimientos de La reina africana, sin saberlo, por cierto.”

Sobre Huston corren versiones: que vive en Puerto Vallarta, al borde del océano Pacífico, en una casa que es como el desierto, con cobras, monos, perros; que relee a Melville, que pinta, que vive con una muchacha mexicana de dieciséis años y un niño encontrado en un bote de basura. Eve Arnold, fotógrafa de Magnum enviada por Stern y que lo conoce desde hace 20 años, recuerda cuando él vivía en Irlanda, en una mansión lujosa, con baños que tenían cada uno su chimenea.

Recuerda esos fuegos que las camareras atizaban mientras dejaban correr el agua de las tinas, y el closet con la ropa de Huston, grande como un salón, con sus diferentes compartimientos con espejos para los zapatos, las corbatas, los trajes, los smokings. Ahora no usa más que un solo tipo de traje: de algodón blanco con un bolsillo lo suficientemente grande como para meter un libro, que ese día es de T.S. Eliot. Su manera de trabajar también ha cambiado: antes diseñaba cada escena, cada desplazamiento en el interior del marco en relación con la cámara. “Ahora”, dice Eve Arnold, “su manera de trabajar es más fluida, más libre; aún cuando todavía diseñe una escena, ya no sigue su diseño.” 

Su sillón plegable de gigante lo espera, con sus patas cruzadas de chapulín y un escabel de dos peldaños que le permitirá trepar, una vez que haya plegado su enorme tronco descarnado para poner un ojo en el visor. Las compañías de seguros estadunidenses alzan sus pólizas por su edad y su aliento corto. Pero él quizás nunca ha estado tan preciso, tan vivo, tan concentrado. Simplemente, se economiza; llega a último momento, cuando todo está en su sitio, en un autito blanco eléctrico, con su familia y su secretaria.

Siempre está rodeado por su familia. Se dice que tiene unos cincuenta hijos diseminados por el mundo: siempre hay dos o tres muy cerca de él. Una de sus hijas, Allegra, trabaja como actriz de reparto junto con su novio, Guy, estudiante de geografía. Su otra hija, Angélica, ha llegado con Jack Nicholson, y su partida le dará a Huston más preocupaciones que una entrevista, por supuesto, pero no más que un plano a media luz que hay que volver a rodar a causa de las lluvias: un día u otro se hará, tiene confianza en sus colaboradores, tiene los mejores. El domingo, su día de póker, vienen a visitarlo a su casa unos después de otros: la modista le muestra sus acuarelas, puesto que cada personaje, incluso el último del reparto, ha sido diseñado; el decorador, fotos del próximo escenario en construcción; el productor, polaroids de nuevos actores; el asistente le propone una solución de reemplazo para los próximos días de filmación, que no deja de estar adelantada; el guionista le propone diálogos de reemplazo; él dice sí o no.

Casi no habla con los actores, cuenta Jacqueline Bisset, o si les habla “es más bien de la política de México, de Cortés, de la civilización maya o de la diferencia entre un sombrero del sur y del norte”. El trabajo de Albert Finney es tan preciso, tan infalible, que rara vez hay necesidad de hacer una segunda toma. Le dice “Excelente, beautiful.” Y a los actores: “pueden hacer lo que quieran”. Se ensaya una vez la escena; Gabriel Figueroa, el director de fotografía, encuadra con sus manos los movimientos de los actores para describírselos a su camarógrafo. Dice: “Luz, composición, niveles, perspectivas, mirar todo eso a la vez, separar cada elemento y volver a ponerlos todos juntos, ése es el momento del mayor placer.”

Y, después, Tom Shaw, que acompaña a Huston desde hace 30 años, desde The Unforgiven, se despeña y grita. Es su propia voz de trueno, por lo que él mismo no tiene otro recurso que el susurro y la suavidad. Tom Shaw era sargento en la marina estadounidense y dice que hace el mismo trabajo en el cine. Los proyectores estallan y sueltan humo; sobre la vieja placa de metal se puede leer: Estudios San Angel; son los mismos que vieron a John Ford. El ingeniero de sonido dice que escucha un tren, un pájaro arrogante suelta una caca, el collar de perlas de Jacqueline Bisset se le rompe en el cuello. Luego, Tom Shaw aúlla nuevamente silencio y los actores actúan. John Huston se estira en su sillón y cruza las manos, se las estruja, las retuerce; inclinado sobre la pantalla del video, está sólo con los personajes, sólo con la película que está haciéndose, susurra su diálogo al mismo tiempo que ellos, su rostro se ilumina al mismo tiempo que el de la actriz, dice “te amo” cuando los labios de ella se abren para decirlo. En ese momento prohibe las fotografías, incluso con cámara silenciosa.

No dice casi nada, pero hace desplazar unos milímetros la horquilla de diablo de uno de los actores para que el símbolo, lejano en la imagen, no sea demasiado flagrante. No dice casi nada, pero no teme hacer cambiar todo a último momento: Hugh, representado por Anthony Andrews, tiene que cantar una romanza de la guerra civil española acompañándose con una guitarra; no sabe tocar, pero la grabación está lista desde hace meses; el sonidista la envía, Huston escucha, y es el único que advierte que eso no va en tal escenario. Hace grabar de nuevo la canción en caliente, con los ruidos del entorno, y luego la procesa en play-back.

Preferencia

“Ha trabajado seis meses en el guión”, explica el productor, Wieland-Schulz Keil, “siempre buscaba un argumento inmediato que permitiera luego contar cosas más irreales. Hizo agregar diálogo a Ivonne para explicar cómo había llegado. Del mismo modo, buscaba un signo que le permitiera a Hugh levantarse sin razón aparente de la mesa del restaurante para lanzarse a la plaza: pensó que lo que lo sacaría de su silla sería el arranque de la orquesta”.

John Huston dice: “Dejen tranquilo al toro, el torero no debe tener aire profesional, debe tenerle miedo al toro.” Pero el toro tiene miedo de las capas rojas. Huston vuelve a diseñar completamente, al vuelo, las entradas posibles del toro y las flechas que indican la manera de esquivarlo. Más tarde se construirá una cabaña en el medio de la plaza de toros y se instalará una cámara arriba y otra en el interior. El actor querrá hacerse el pícaro dejándose rozar por el cuerno: Huston exige de inmediato que todo sea desmontado. La capa roja de Mefisto va a ser el cebo para el toro, hay que echarle agua para que pese más, por ahora está plegada sobre la arena como una pirámide.

John Huston no se interesa en la técnica, no habla en términos abstractos de luz, pero sabe cómo tiene que ser llevada una escena, qué ángulos y qué distancia se necesitan. “Si el plano de apertura de una secuencia es adecuado”, dice “el resto sale naturalmente, hay una especie de gramática. Las tomas largas son necesarias para captar la atmósfera. Cada momento es crucial en un film, en particular en éste, donde todo tiene que ser inmediato, sin exposición. Todas las escenas se viven en el presente y en el marco de la muerte, como ceñidas por ella. Pero no hay melancolía, ni morbosidad. Lo que le sucede al Cónsul, que está todavía vivo, debería engendrar una excitación. Un personaje tomado en el marco de la muerte está mucho más vivo que todos nosotros. Todo está demostrado a través del personaje del Cónsul, y no trato de explicar por qué es alcohólico, no hay respuesta a eso. La única respuesta sería que es un héroe, y un héroe tiene atributos divinos. Dios no está muerto, simplemente se ha ido.”

COMO UNA MARIPOSA EN SU INTERIOR

Con un panamá sobre la cabeza, la corbata deshecha y anudada a la cintura, Albert Finney no interpreta el alcoholismo, no tiene necesidad de observar a los ebrios en las cantinas, siente antes de mostrar y ajusta sus efectos para dar una progresión al personaje. ¿Se trata de una degradación o de una elevación? Como Hamlet -su mejor papel- quiere “captar la conciencia del rey”. Interpreta a un Cónsul que quiere captar su propia conciencia. Dice luchar contra sus posibilidades, contra su habilidad, para palpar en sí mismo las cosas que lo sorprenden. A escondidas, abandona el guión y regresa al libro para extraer de él las cosas menudas y raras, indecibles, intraducibles. Como Bajo el volcán, de hecho, no es un libro sobre el alcoholismo sino que se hace de una escritura que toma sobre ella misma y en ella misma la embriaguez, es él quien tiene que hacerse cargo de la embriaguez de la escritura. Él y la cámara, que Huston ha querido ebria, balanceante, siempre un poco flotante cuando sigue al Cónsul en sus peregrinaciones. Develadas por una primera panorámica, las alternancias entre los trozos filmados con la Steadicam -esa cámara móvil articulada al cuerpo del operador itinerante-, y los planos fijos, siguen en el relato las alternancias de extravío y reposo, de pérdida de la conciencia y de retorno a ella.

Para interpretar el papel de Ivonne, Jacqueline Bisset se ha metamorfoseado; ha sujetado su físico cool de cabellos sueltos y andar elástico sobre tennis; ha engañado y aplastado sus cabellos, enrizados rígidamente y jalados hacia atrás en un chongo, para componer una silueta contenida, y tierna, amorosa, alerta. Un único traje de cabo a rabo, el tailleur de la llegada y la bata de satín del interludio de la seducción; un vestido de seda liviana estampada de color malva, copia de uno de esos vestidos de 1930, medias con costura y feas babuchas. “Dejo volar mis pensamientos al azar”, explica ella, “y encuentro personajes y caracteres a través de la época en que vivo. Me dijeron antes de venir que Cuernavaca tenía un clima húmedo; tengo los cabellos rizados, no puedo mantenerlos lacios en un lugar como éste, no quería cortármelos y tampoco quería crear problemas de ‘estetismo’. No es el exterior de esta mujer lo que cuenta, sino su vulnerabilidad, como una mariposa en su interior. Hay que poder olvidar la ropa para que la piel y la carne salgan. Tratamos, Albert y yo, de tocarnos sin cesar, con dificultad. No hay que estallar: a veces tengo ganas de sacudir a Yvonne, de sacarla de su pasividad, pero estoy obligada a mantenerla, si no todo se rompe.”

Regreso de fin de semana, después de la fiesta de la Independencia. Todo el mundo se ha ido a México. Tom Shaw se ha quedado todo el fin de semana en su habitación del hotel para ver los partidos de fútbol en la televisión: enfermedad del país. El escenógrafo, Gunther Gerzso, que continúa arreglando en las montañas El Farolito, ese bar que está bajo el volcán, al borde de una barranca, donde el Cónsul se hace matar, se jala de los pelos: “Trece páginas del guión filmadas en cuatro días, nunca vi nada igual.” “El Farolito” no está listo. Tom Shaw ha decidido filmar un primer plano de Jacqueline Bisset en el autobús, por la mañana, y por la tarde esperar la magic hour (la media luz del atardecer) para volver a rodar esa escena del cementerio interrumpida cronológicamente por el diluvio.

De pinta

UN CASTILLO DE PÓLVORA HA ESTALLADO

Lo que es maravilloso en una filmación norteamericana es la enormidad y la especialización del staff. Abarca posiciones que sin duda en Europa no se pensaría en proveer: una masajista adscrita al rodaje, por ejemplo, resuelve todos los casos de tensión, lo mismo que un médico con una valija llena de antibióticos… Si hay que filmar una escena en un cementerio, como hay miles en México, se construye uno falso, más verdadero que el verdadero. Incluso las inscripciones sobre las tumbas, que nunca podrán ser leídas en la pantalla, son pertinentes, han sido escrupulosamente copiadas de otras tumbas. El problema es que en el momento de la filmación entierran a una vieja señora en la iglesia y que, viendo el ataúd, el temible Tom Shaw da de gritos a la afligida familia: “¿Pero, qué hacen con ese ataúd? No está previsto en la toma, sáquenlo inmediatamente.” “Los muertos van a protestar”, dice Gerzso, “no les gusta el cine”.

Había que encontrar prostitutas para “El Farolito” pero, al mismo tiempo, no tenía que ser una escena demasiado genérica, a lo Fellini. Le muestran a Huston fotos de actrices mexicanas que desde hace treinta años están acostumbradas a hacer de putas en las películas norteamericanas rodadas en México. Huston dice: “Encuentren putas verdaderas.” El productor y el escenógrafo se lanzan a los burdeles de México: poca suerte, porque un decreto del gobierno los ha hecho cerrar y están clausurados. Construidos en antiguos palacios del siglo XVIII, tenían un patio a cielo abierto donde tocaba una pequeña orquesta; un pasillo con los cuartos a cada lado y al fondo un altar con veladoras y la Virgen de la Soledad. Han sido reemplazados por dance-halls a la norteamericana: el más grande, el Bombay, está detrás de la Plaza Garibaldi, no lejos del Teatro Colonial donde, como en París, obreros jóvenes se estiran en el haz de luz para desvestir a las strípteasers.

El dueño del Bombay se hace llamar “Mala cara” y se presenta como un uomo artístico. Hombrecito bigotudo rodeado por su mujer y sus ciento cincuenta muchachas, todas alineadas y con ropa de trabajo, mallas y falditas, alrededor de una inmensa tarima iluminada; una orquesta que está en un sitio elevado domina sobre las bailarinas. Hubo que convencer a las muchachas para que trabajaran en la película; no conocían a Huston y temían que fuera un director de películas pornográficas.

Reclamaron dinero para champú, ropa interior nueva y la guardería de sus hijos. Mala cara, por su lado, pidió un porcentaje sobre la paga de las muchachas. Pero, ¿dónde alojar a todas estas damas? De ningún modo en el Raquet Club, donde residen los comediantes: la clientela jet-set se habría horrorizado. Tampoco en el hotel que ocupan los técnicos, que deben estar levantados y frescos a las siete de la mañana. Se encuentra un hotel, El Mirador, y el día fijado, esas damas, como se las denomina ya en el escenario, desembarcan con sus vestidos domingueros. Un travestí famoso llega al mismo tiempo con su mujer, sus hijos, sus tres automóviles y seis guaruras. El chofer de Huston, un ex-boxeador que no pelea desde que presenció en el ring un asesinato disfrazado, ha hecho un papelito de mesero de un restaurante y encuentra su uniforme tan fascinante que no quiere quitárselo. Estas historias se parecen tanto a las películas de Huston…

La víspera del primer día de filmación se festejaron sus 77 años: pirotécnicos locales construyeron un pequeño castillo de pólvora que estalló de pronto dejando aparecer caballos, colores, naipes, rostros de mujeres y una corona de rey que gira como una rueda. Toda una vida. No será difícil encontrar el perro muerto que mañana habrá que arrojar a la “barranca”, ni la cornisa en la que el maniquí de paja del Cónsul se balanceará: perros parias llenan el borde de las carreteras, las patas estiradas, y Huston recoge a los que todavía están vivos. Dice: “Quisiera morir rodeado de amigos que me admiran y de hijos devotos, pero preferiría no morir.” Ha agregado una última imagen a la película: la lluvia que sigue cayendo sobre el volcán.

(De Le Monde. Traducción de Tununa Mercado.)

Los últimos años de Tennessee Williams

Conocí a Tennessee Williams poco después de que salió de la clínica para enfermos mentales de lo que él llamaba el Hospital Barnacle, en San Louis, donde su hermano Dakin lo confinó. Tennessee se había excedido con cantidades copiosas de doriden, melaril, seconal, ritalin, demerol, anfetaminas, y también de tristeza en Key West, y a Dakin lo llamaron cuando su hermano, en una congestión de alcohol y drogas, se cayó sobre una estufa encendida y sufrió serias quemaduras. Luego de bautizar a Tennessee en la religión católica en la iglesia de Santa María, Estrella del Mar, en Key West —un suceso que se perdió para siempre en uno de los embriagados hoyos negros de la mente de Tennessee—, Dakin lo llevó a rastras al manicomio. De inmediato lo encerraron en una celda aislada, en el separo para enfermos violentos, por pelearse con los otros internos sobre lo que verían en la televisión comunal. El quería ver telecomedias y los otros necios querían ver programas de concurso; se armó el pleito y los guardias se lo llevaron para encerrarlo aparte, en un cuarto acolchonado, donde sufrió dos trombosis y por poco se muere. Por todo eso, y más, nunca perdonó a Dakin, y esto le inculcó el terror, que nunca lo abandonaría, de volverse loco. Años después, cerca del final de su vida, cuando a Tennessee le daba por hacer cosas particularmente excéntricas —vestirse con piyama para ir a una fiesta formal o deambular por Key West disfrazado con una peluca horrible y haciendo como que era su hermana, Miss Rose—, yo me reía y trataba de disuadirlo, del modo más gentil posible, sabiendo de cualquier modo que cuando la peculiaridad de estas acciones volviera a presentarse, él lo tomaría como la evidencia de que su luz piloto estaba a punto de extinguirse y de que el Hospital Barnacle lo esperaba al final, como la última parada de la línea de su trolebús. Y todo eso siguió interminablemente: los días de convencerlo una y otra vez de que no se estaba volviendo loco, de que no estaba senil, de que el trago no le había destruido ninguna célula.

“Me alegro de que nunca tuviera hijos”, me dijo antes de morir. “En mi familia, por las cuatro ramas, se han dado muchos casos de excentricidad extrema e incluso de Locura, como para que yo quisiera tener hijos. Miss Edwina (su madre) se volvió loca. Creía que en su cuarto estaba viviendo un caballo y cuando no quería hacer algo, decía: ‘No puedo, Tom, hoy tengo que ir a montar.”

La noche que lo conocí, yo había ido al estreno de una película underground en Greenwich Village, un rollo porno que se hacía pasar por obra de arte. El cine estaba lleno de gente famosa, escritores y pintores sobre todo, y esto me sorprendió porque entonces yo no me daba cuenta de lo que ahora sé: la pasión por la pornografía es algo común a toda la gente que crea nuestro arte. Al grado de que si cualquier tarde uno bombardeara cinco o seis locales pornos —de cines a tiendas— en Manhattan, es probable que uno destruiría a la mitad del establishment literario de Estados Unidos. No sé por qué esto se da así, ni por qué tantos de nuestros más grandes artistas —pintores, escritores, poetas, compositores— son gays o judíos o ambos. Pero así está la cosa.

Después de la película fui a una fiesta en el Soho, un distrito de Nueva York que en ese entonces no estaba de moda. La fiesta fue en un departamento sucio con luces anémicas, cojines por el piso, posters fosforescentes, vino barato, droga, y cuerpos desnudos. Entre los presentes estaban la pandilla de Warhol y Jim Morrison el de los Doors, que era dado a lucirse sexualmente en las fiestas. También había el surtido habitual de drogos, fetichistas, prostitutas y otras figuras populares del día. Mirando hacia atrás, supongo que parece curioso que estuviera presente el más grande dramaturgo de nuestra época, pero estábamos en las heces de los sesentas, cuando uno descubría a las gentes más famosas en los lugares más improbables, en reuniones maoístas, por ejemplo, o en los sex rooms del Anvil. Y Tennessee, que se consideraba un radical, un revolucionario, durante gran parte de esa década estuvo incapacitado físicamente, de modo que tenía una curiosidad intensa, aunque tardía, sobre los movimientos sociales, sexuales y políticos del período, especialmente cuando concernían a los Jóvenes. Le gustaba perderse en los barrios bajos, en parte porque se identificaba con el paria, con el perdedor, con todos los enconados. Y también, al frecuentar lugares donde la gente respetable no se dejaba ver por considerarlos indignos, Tennessee establecía una especie de lazo solidario, a veces hecho de miradas cómplices, con todos los que compartían con él un odio por los ricos.

“Los sesentas fueron una década de gran vitalidad”, recordó más de una década después. “El movimiento de los derechos civiles, el movimiento contra la guerra y el imperialismo. Cuando le dije a Gore Vidal: ‘Me pasé dormido los sesentas’, estaba haciendo una mala broma. Estaba totalmente consciente de lo que ocurría. Incluso en el separo para enfermos violentos leía los periódicos con avidez. Entonces teníamos gente joven y valiente que peleaba contra el privilegio y la injusticia. Ahora tenemos de la Rentas. Son los Madame du Barrys de nuestro tiempo. En ellos veo un síntoma ultrajante de nuestra sociedad, lo trivial y lo superficial, la falta de profundidad, el miedo a cualquier cosa profunda: es lo que caracteriza a esta época, a esta década. Me aterra.”

En la fiesta, Candy Darling, una drag queen superestrella de Warhol que luego también sería la estrella en la obra Small Craft Warnings de Tennessee, se me acercó y me dijo a su manera entrecortada: “Tennessee Williams está aquí, y quiere conocerte.”.

Le dije: “Yo creí que ya se había muerto”, porque en efecto se había esfumado de la vista pública. En los sesentas la gente caía como moscas a derecha e izquierda, y si durante un tiempo uno dejaba de oir sobre alguien, uno asumía que había sucumbido.

Candy Darling me llevó de la mano a conocerlo. Yo iba con una chamarra negra de cuero, botas también de cuero, un sombrero negro de cowboy, y este era el afectado disfraz que yo usaba en ese entonces. Tennessee llevaba un saco gris, una faja multicolor de seda en la cintura, y la corbata más ominosa que yo hubiera visto alguna vez: una especie de arcoiris florescente de colores chillantes como las que adoraban los padrotes de la Octava Avenida. Me sorprendió lo pequeño que era. (Cuando sacaron su cuerpo del Hotel Elysée en un costal negro de plástico y lo deslizaron en el vagón de la morgue, volví a recordar, ahora de un modo terrible, su pequeñez; que tanto brillo saliera de una llama tan mínima.)

Aunque él había leído alguno de mis libros y otras cosas que saqué en revistas, fingió tomarme por un hustler. Fue la única insinuación que alguna vez me hizo, y en los años siguientes me di cuenta de que, si yo hubiera consentido, la cosa no habría funcionado, porque su gusto sexual era tan específico y estaba tan completamente delimitado por su recuerdo del cuerpo de Frank Merlo, que cualquier enlace sexual entre nosotros habría concluido en la infelicidad. Porque era precisamente a través del sexo como él trataba de zanjar la distancia entre sí mismo y su amante muerto. La muerte de Merlo lo despedazó, y en los años que le quedaron trató de sobreponerse a la pérdida, pero sin conseguirlo nunca.

“Frankie (Merlo) era un vecino cercanísimo de la vida”, me dijo una vez. “Yo nunca estuve tan cerca de la vida como él. Me dio la conexión con el vivir día-tras-día y noche-tras- noche. Con la realidad. Me ató a la tierra. Eso lo tuve durante catorce años, hasta que murió. Y ese fue el período más feliz de mi vida adulta.”

La noche que lo conocí, Tennessee me sonrió maliciosamente y me preguntó “¿Cuánto pides por una noche?”.

“Doscientos dólares”, contesté, siguiéndole la corriente.

Hizo una pausa, volvió los ojos a Candy, y me dijo: “En ese caso, ¿cuánto le cobras a un caballero más viejo que tú por acompañarlo a comer?”

“Cien dólares”.

Fingió que esto le producía un impacto, se buscó dinero en los bolsillos y sacó unos cuantos billetes. Después de hacer un show contando el dinero, levantó la vista y preguntó “¿Tú crees que esto nos dará aunque sea para una torta?”

Tenía cincuenta y nueve años y yo veintiséis pero, para mí, ambos parecíamos más viejos de lo que éramos.

Al día siguiente nos vimos para almorzar en el Hotel Plaza, donde estaba hospedado, y acabé pasando tres días con él en su suite hasta que se fue a Chicago. Rápidamente me acostumbré a su rutina. Se levanta temprano y se preparaba un martini, ordenaba una jarra de café, y con una jarra de vino en la mano caminaba bamboleándose a la sala del cuarto, se sentaba frente a su máquina de escribir portátil y trabajaba hasta el mediodía. Luego almorzábamos y nos íbamos a nadar. El nadaba en la Guay, aunque era huésped privilegiado en el New York Athletic Club. Pero ya no iba ahí porque los miembros se referían a él haciendo observaciones antigays y esto le recordaba dolorosamente a su padre, el vendedor de zapatos que con crueldad lo llamaba “Nancy” delante de sus amigos.

“Todos son iguales. Vendedores de zapatos sujetos a territorios que detestan y con esposas a las que no soportan. Entonces se desquitan con nosotros.” Pero hasta su muerte mantuvo la costumbre de escribir y nadar todos los días. Es lo que lo mantuvo vivo hasta donde fue posible.

Y, también, me acostumbré a sus caídas, a sus ofuscamientos por la droga, a su manera de beber; la risa histérica, la rabia y el remordimiento; el tejido de hábitos autodestructivos que lo deshicieron. Pero, de algún modo oculto, el espíritu que le dio al mundo a Blanche Du Bois y Stanley, Chance Wayne y Alexandre del Lago, Big Daddy, Amanda Wingfield, Sebastián y Mrs. Venable, One Arm, y muchos otros, tenía, en lo que respecta a su propia creación, tan pocas defensas, una condición tan excepcionalmente vulnerable, que requería los “suministros”, como él decía, de las drogas y el alcohol para pasar la noche. Si de algo, al conocerlo fui testigo del principio de su caída irreversible, cuando ya no podía controlar sus tormentos.

Tennessee me dijo que los artistas —con eso se refería a escritores, porque nunca se refirió a ellos con un término que no fuera ese— pasaban sus vidas bailando sobre una cuerda floja sin ninguna red protectora abajo de ellos: cuando caen, la caída es repentina y definitiva. Sólo el fin de Tennessee no fue repentino. Fue prolongado y doloroso, duró más de una década en la cual se vio expuesto al desprecio público. Una de las pocas veces que lo vi llorar fue cuando leyó una reseña de John Simon titulada “El dulce pájaro de la senilidad”. Al final, acabó por temer cualquier nueva producción teatral, temía al público y, salvo Claudia Cassidy y Clive Barnes, odiaba a los críticos. Cuando lo conocí, le gustaba que lo reconocieran en público. Al final de su vida, le molestaba, porque se sentía como dinero devaluado, como un viejo actor que se ha vuelto una caricatura de sí mismo.

Para insistir en lo obvio: era nuestro más grande dramaturgo. Sólo él no lo sabía. Estaba convencido de que era un fracaso, que su obra y su vida no tenían remedio y que sus dramas no perdurarían.

Se había iniciado como poeta, había pasado hambres como poeta, y por la mera resistencia que el mundo opuso a su poesía, ésta vino a ocupar en su mente un lugar de pureza de tan desordenada importancia, que acabó por creer que el juicio de la historia recaería sobre sus poemas. Su vida de poeta estaba asociada con sus años de iniciación —la falta de reconocimiento, la pobreza y desesperanza de un poeta joven en Estados Unidos. Su éxito como dramaturgo vino casi sin aviso, y cuando le llegó, tarde —tenía 35 años— fue tan repentino y contundente, tan fuera de proporción con lo que él había llegado a esperar, que nunca pudo creer que duraría. Sospechaba que su carrera era una chiripa, una serie de trucos, y que tarde o temprano sería descubierto. De ahí vino su paranoia. “Si no hubiera tenido mis demonios, no habría tenido mis ángeles”.

Sus demonios ganaron.

Pero yo no sabía eso en los días en que estuvimos juntos por primera vez. Todo lo que sabía era que yo, como cualquier otro escritor que llegó después de él, fui afectado irrevocablemente por su obra. Uno no podía desecharlo porque él había cambiado el modo en que se escribía. Con The Glass Menagerie, A Streetcar Named Desire, Cat on a Hot Tin Roof, The Rose Tattoo, Sweet Bird of Youth, Orpheus Descending, Summer and Smoke, y otras obras, él casó a la poesía con el naturalismo y abrió el drama a asuntos que nunca se habían tocado en nuestro teatro. Incesto, homosexualidad, canibalismo, impotencia, drogadicción, cáncer, locura, violencia sexual, pérdidas y anhelos inefables, todo esto redimido y beatificado por dones poéticos para un diálogo y una construcción escénica nunca igualados por ningún otro escritor. Él acabó con la sensibilidad puritana en el teatro norteamericano y lo liberó, poética y temáticamente, del moralismo, la falsedad y la afectación trivial que lo tenían amarrado. Al hacer eso, ayudó a liberarnos a todos y a dar un paso adelante en una época en que, entre otras cosas, el estreno de una película pornográfica podía ser un evento social. En suma, Tennessee Williams cambió para siempre el conocimiento que Estados Unidos tenía de sí mismo, sacó a la luz los rincones más oscuros de su psique, y por tanto obligó al país a aceptar la verdad que no quería confrontar.

Hace dos años, cuando cumplió sus setenta, fui a Chicago para estar con él en el estreno de su última obra, A House Not Meant to Stand. De algún modo, para él, estar ahí era como regresar a sus inicios, porque fue en Chicago que The Glass Menagerie le dio su primer éxito. Se había hospedado en un duplex de cuatro recámaras en lo alto del hotel Raddiso, en un lugar opresivo, estilo años-veinte, que le encantaba. Le apodó la suite Norma Desmond. Estaba de muy buen humor, bronceado, y con mucho optimismo sobre la obra.

En la mañana de su cumpleaños abrió unos cuantos regalos y tarjetas y tomamos champán. Para entonces, ya no tenía amistad con gentes famosas que habían hecho sus carreras a partir de su obra: Brando, Taylor, Kazan, Beatty y otros. Lo resentía.

Después de nadar esa tarde, nos sentamos a beber en su estudio improvisado y hablamos sobre lo que es escribir. A fin de cuentas eso era su vida.

Le pregunté si lamentaba algo.

“Sí, seguro. Pero ahora no se me ocurre nada.”

Sonrió y movió la cabeza. Buscó su vaso de vino, su mano hizo un arco de extraordinaria elegancia conforme llegaba a la superficie del vaso; uno tras otro, sus dedos tocaron el objeto lentamente y se separaron de la misma forma. Era un gesto que le pertenecía sólo a él, y me trajo recuerdos: buenos tiempos, risa, extravagancias, campings escandalosos. Y la bondad de su naturaleza. Todos los que lo conocieron cuando jóvenes, y los que llegaron a conocerlo bien, le dirán lo mismo que yo: que nunca conocieron a nadie más amable. Para nosotros él era la red bajo la cuerda floja.

“Toda mi vida”, dijo Tennessee, “me he preocupado por el sufrimiento de otra gente. Hay pocos actos hechos por voluntad propia, no creo en la culpa individual. No creo que la gente sea responsable de lo que hace. Y sin embargo, sabiendo eso, creo que la persona moral debe tratar de evitar el mal y la crueldad y la deshonestidad lo más posible. Es lo que nos queda.”

Su grandeza está en que trató de hacer eso con más persistencia y duración que cualquier otro artista.

Cuando murió, estaba trabajando, naturalmente, en una nueva obra. La tituló In Masks Outrageous and Austere, título sacado de un poema de Elinor Wylie. No sé si llegó a terminarla, pero hablaba mucho de ella y yo llegué a leer escenas de la misma. O más bien empezaba a leer una escena cuando él ya me la había arrebatado con impaciencia, diciéndome: “Querido, tú no sabes cómo leerlo”. Entonces volvía a sentarse, tomaba su vaso de vino y, con su voz profunda y su dejo de habla de Mississippi, leía lo que había escrito, graznando de risa en los pasajes más tristes.

Puedo oírlo leer, ahora, lo mismo que puedo oir cómo va de un lado a otro por la casa, a medianoche; puedo oírlo tocar a mi puerta antes del amanecer y pedirme que me siente un rato con él porque no puede dormir, está espantado, ¿no puedo quedarme con él hasta que se haga de día? Puedo sentirme cargándolo, oyéndolo respirar después de tomarse un —otro— seconal para dormir; escuchando hasta que las respiraciones sean lo bastante profundas y amplias para indicar que el sueño llegó y que ya puedo deslizarme a otra parte por saber que ya está a salvo. Muchas veces dijo que “A la muerte no le gustan las multitudes. Viene cuando uno está solo.”

Tenía razón.

En máscaras atroces y severas
Los años pasan en una sola fila;
Pero nadie ha sido digno de mi miedo,
Y nadie, bien a bien, ha escapado a mi sonrisa.

(De Esquire, Dic. 1983.)

tennessee_williams

Perú

LINDEROS DE SENDERO

Publicamos una parte del ensayo del antropólogo peruano Rodrigo Montoya, sobre la izquierda peruana y el grupo de inspiración maoísta: Sendero Luminoso. Al lector mexicano le parecerá extraña la actitud de diálogo que intenta Montoya con un grupo de tan claras inclinaciones terroristas y dogmáticas. Recuérdese que, a diferencia de lo que ocurre en México, una gran parte de la izquierda peruana tiene origen maoísta, y que la influencia del “pensamiento de Mao” ha sido muy profunda. En la misma Izquierda Unida, que obtuvo importantes triunfos electorales en los últimos comicios, hay una importante presencia de los diversos maoísmos.

Entre 1980 y 1982 la escena política del Perú fue marcada por tres hechos principales: el retorno a un gobierno constitucional civil luego de 12 años de dictadura militar, la presencia significativa del movimiento obrero-popular y el inicio de la lucha armada de Sendero Luminoso. El primero cerró un corto período electoral comenzado en 1978 con las elecciones para la Asamblea Constituyente. El segundo va recobrando importancia luego de un evidente reflujo que siguió al paro nacional de julio de 1977. El tercero culmina una fase de preparación que habrá durado probablemente tres años. En los procesos electorales de 1978 y 1980 hubo una novedad importante: la izquierda surgió como una fuerza nueva. En ningún otro país de América Latina y probablemente del mundo entero, la izquierda maoísta tiene un peso electoral comparable al que juega en el Perú. Sus fuerzas, junto con las del PC de orientación soviética, grupos troskistas y otras de la social democracia, constituyen cerca de un tercio del electorado.

Frente a la gravísima crisis de la sociedad peruana, gestada desde muy atrás y acelerada particularmente en la década de 1970, en el seno de la izquierda han surgido dos corrientes principales. Una, encarnada por la Izquierda Unida (IU), que cree seriamente en una salida democrática que sería posible defendiendo la democracia actual y acumulando fuerzas para que un organismo popular pueda realizar una transición al socialismo. La otra, encarnada por Sendero Luminoso, descarta toda esperanza en el camino democrático, hace la crítica más radical de las diversas alternativas políticas y asume la lucha militar como única vía para que un gobierno democrático y popular conduzca una “revolución antifeudal y anti-imperialista” en el Perú.

Sendero Luminoso es, seguramente, el movimiento político más radical de la historia peruana. Entre sus particularidades decisivas habría que destacar las siguientes:

1 Su independencia de todo centro de dirección internacional de la izquierda. Sus militantes se reclaman maoístas pero condenan sin ambigüedad alguna a la actual dirección del partido comunista chino. No son prosoviéticos, ni troskistas, ni socialdemócratas. Los senderistas forman parte de una corriente maoísta que defiende la revolución cultural y asume la defensa de la llamada “Banda de los Cuatro”. Comparten con los demócratas populares las mismas tesis. Los separa el problema de la lucha armada ahora o después. Al igual que muchas otras organizaciones maoístas, Sendero es un desprendimiento de Bandera Roja, la escisión maoísta del PC en 1964. Convencidos de su importancia condenan resueltamente a todas estas corrientes políticas dentro de la izquierda peruana.

2 Se proclaman portadores de un marxismo-leninismo-maoísmo ortodoxo. Si Marx, Engels, Lenin o Mao representaron tres grandes etapas, “tres espadas” dentro de la historia de la revolución socialista, con Sendero Luminoso se abriría una cuarta etapa y el “camarada Gonzalo” -Abimael Guzmán- sería la “cuarta espada”. La pretensión de ser un movimiento político decisivo en el mundo entero y de contar con un líder de dimensión mundial aparece clara e inequívocamente.

3 A propósito de las clases y la revolución, hay una distancia muy importante entre el discurso marxista-leninista-maoísta ortodoxo y la práctica real de Sendero Luminoso. La tesis fundamental de Mao sobre este punto es muy simple: el proletariado, el campesino, la pequeña burguesía y la burguesía nacional son las cuatro clases que aliadas en un frente bajo la dirección del proletariado harían la revolución de nueva democracia en China. La práctica política de Sendero Luminoso desmiente esa tesis tan repetida por la corriente democrático-popular en el Perú. Ni la burguesía nacional ni la pequeña burguesía -pequeños capitalistas industriales, comerciales, agropecuarios- tendrían nada que ver con la revolución propuesta por los senderistas. Los juicios y sentencias a muerte de los comerciantes acaparadores locales (dueños de restaurantes, grifos y tiendas) y de las autoridades estatales del menor rango (tenientes gobernadores, gobernadores) así como de alcaldes y miembros de los concejos municipales, son indicadores de una lucha parcialmente anticapitalista en las esferas económica y política. La muerte de algunos maestros, atribuida a Sendero Luminoso, no parece estar ligada a una concepción anticapitalista en el campo de la cultura y la ideología sono sobre todo a la complicidad de algunos maestros con la opresión política sobre los campesinos.

La destrucción de las instalaciones y bienes de las empresas asociativas (tractores, ganado, etc.) así como en los fundos de la Universidad de Ayacucho, expresa también una concepción anticapitalista. No se trata simplemente de una expropiación para una redistribución más justa de la propiedad y del ingreso sino de una simple destrucción para impedir cualquier vía de reformas y desarrollo fuera de la propuesta por Sendero Luminoso. Se trata de un anticapitalismo primitivo, que recuerda una vieja etapa de las primeras formas de reacción y lucha contra el capitalismo en los siglos XVIII y XIX.

Ni los burgueses nacionales ni los pequeños burgueses tienen nada que ver con la práctica política de Sendero Luminoso. El campesinado más pobre es el sector hacia el que apunta la política seguida por Sendero Luminoso. La clase obrera como tal no aparece. En consecuencia, las diferencias con el maoísmo ortodoxo son muy claras. En casi tres años de acciones militares puede observarse un nítido campesinismo.

4 Las acciones militares de Sendero Luminoso presentan diferencias muy profundas con la experiencia guerrillera anterior en el Perú.

Si se observa atentamente la composición social de los movimientos armados no resulta difícil constatar que Sendero Luminoso recluta sus militares principalmente entre los sectores más empobrecidos del campo y la ciudad. Sus cuadros dirigentes principales provienen de las capas medias y de sus cuadros regionales y locales de las capas altas y medias de las principales y distritos de Ayacucho, Huancavelica y Apurímac. La clásica división y conflicto entre el campo y la ciudad queda prácticamente diluida en las principales regiones andinas. Para el observador más advertido resulta difícil distinguir en Ayacucho a un estudiante de un campesino. La condición de campesino-estudiante o de estudiante-campesino resulta de la estructura social particular de los andes peruanos, donde los elementos de clase parecen directamente ligados a factores étnicos y raciales. De hecho, los estudiantes de origen campesino tienen diferencias marcadas con los simples campesinos por el capital cultural que poseen. A diferencia de las guerrillas de 1963, 1964 y 1965, Sendero Luminoso recluta sus cuadros dentro de la población de cada lugar en los departamentos de Ayacucho, Huancavelica y Apurímac. El dominio del quechua asegura el manejo de la cultura andina y, por eso, es posible utilizar la metáfora del militante “que se mueve como un pez en el agua”. De ese modo, parece que los problemas derivados de la exterioridad de los guerrilleros de los años sesenta no se repiten 15 años después. En función de lo anterior, el dominio del terreno por parte de los cuadros de Sendero Luminoso parece pleno. Ese no era el caso, salvo parcialmente, en las guerrillas de los años sesenta.

Desde el punto de vista estrictamente militar, la novedad de Sendero Luminoso es la presencia de la milicia campesina (campesinos que luego de combatir vuelven a trabajar), los actos terroristas y la ausencia de la columna guerrillera clásica. La facilidad del ejército para enfrentar abiertamente a las columnas guerrilleras de los años sesenta no es posible hoy debido a la gran movilidad de los agrupamientos y reagrupamientos de las milicias de Sendero Luminoso en el campo y la ciudad.

8 A.M. Morelia

Son constantes ayer y hoy las dificultades geográficas que no favorecen la formación de columnas regulares y que ofrecen serias ventajas a los ejércitos. Ayacucho está a 25 minutos de vuelo de Lima y los ejércitos de hoy tienen mejores y superiores recursos que antes.

Hoy, tres años después de comenzada la lucha militar de Sendero Luminoso, no es posible hablar de derrota. Tampoco de victoria de los guerrilleros. La lucha militar continúa.

Es importante consignar aquí que Sendero Luminoso sigue una política de no información inmediata sobre sus acciones. Resulta muy difícil saber qué acciones son realizadas o no por Sendero Luminoso. Su enfrentamiento radical con el sistema total del Perú actual y su desdén por una política de alianzas con otros sectores de la izquierda podrían explicar, tal vez, esta política de silencio. Si a las versiones oficiales y su control interesado de la información le sumamos el silencio de Sendero, la confusión y casi la oscuridad son inevitables.

5 Sendero aparece como una organización sumamente vertical. Los elementos democráticos no aparecen. Ellos quieren sus campesinos y a los campesinos con otras opciones dentro de la izquierda los consideran enemigos. Los cupos forzosos y la captación de militantes y cuadros por la presión y hasta el terror indican graves problemas en la concepción política de sus responsables.

6 La política seguida por Sendero Luminoso en sus zonas de mayor implantación (“zonas liberadas”) contradice las opciones marxistas conocidas hasta hoy en muchos de los movimientos revolucionarios del mundo. La aparente búsqueda de una autarquía productiva (no sembrar sino lo estrictamente necesario para el consumo de las unidades domésticas, impedir las ferias y destruir las instalaciones de unidades productivas con un mayor desarrollo capitalista) conduce no sólo a bloquear el desarrollo de las fuerzas productivas sino incluso a reducir o “retrasar” el nivel ya alcanzado por éstas. La ausencia de un proyecto elaborado no significa que no se sepa lo que se busca. La lucha anticapitalista primitiva de Sendero, sus ajusticiamientos a campesinos y sus métodos compulsivos y dictatoriales son hechos que anuncian la falta de democracia desde hoy. La lucha por el socialismo pasa en el Perú por enfrentar el capitalismo y el totalitarismo, al mismo tiempo, en el mismo combate.

El surgimiento de la lucha militar fue seguramente una sorpresa para Belaúnde, sus aliados y también para la izquierda. Entre julio de 1981 y diciembre de 1982 la respuesta del gobierno puede resumirse en tres puntos.

a. Los senderistas son “terroristas”, “delincuentes”.

b. Se trata de un problema policial y no político.

c. La solución es policial y será suficiente la intervención de los sinchis para acabar con ellos. Un año y medio después, en diciembre de 1982, el problema estaba lejos de haber sido resuelto. La Guardia Civil se vio obligada a admitir que no era capaz de derrotar a Sendero. Seguramente muy a pesar del propio presidente de la República, tuvo que intervenir el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas. El comando militar ejerce el control político y militar en varias de las provincias de los departamentos de Ayacucho, Huancavelica y Apurímac. Ese hecho en sí es la confesión implícita de la naturaleza política del problema y de la necesidad de una ofensiva militar de todas las fuerzas armadas y no sólo “policial”.

Desde el punto de vista militar, a diferencia de lo que ocurrió con las guerrillas de los años sesenta, la estrategia antisubversiva o contrainsurgente no se reduce exclusivamente a un enfrentamiento militar clásico sino que incluye la novedad de incorporar a la propia población campesina en la lucha contra Sendero Luminoso. Es posible que esté en marcha un proceso de contra-guerrilla campesina. Lo ocurrido en Huaychao y en Uchuraccay (Ayacucho) en enero de 1983 es extremadamente revelador. Siete senderistas habrían sido asesinados por la población en Huaychao el 21 de enero, según el gobierno. Los ocho periodistas y su guía que fueron a investigar lo que ocurrió en Huaychao fueron asesinados en Uchuraccay el 26 de enero. ¿Por quiénes? El gobierno afirma que lo hicieron los “campesinos solos”. La comisión nombrada por el gobierno para investigar el caso concluyó, como era de esperarse, en la responsabilidad campesina debido a una “lamentable confusión” pues los periodistas habrían sido tomados como guerrilleros senderistas. Reconoce, sin embargo, que los sinchis habrían cometido ciertos “errores”.

Sin tener necesidad de entrar en más detalles sobre lo ocurrido en Uchuraccay quiero señalar cinco hechos importantes: 1. Según la comisión investigadora, 25 habrían sido las víctimas “de los campesinos anti-senderistas”. Luis Millones en su anexo al informe general precisa que esta información la tomaron de los partes policiales. El comando militar sabía muy bien de esos hechos y calló la información. 2. El propio Millones informa que durante 1982 los sinchis llegaron por lo menos seis veces en helicópteros a la comunidad. Si admitimos por lo menos seis vuelos, la pregunta elemental que resulta es ¿a qué fueron? 3. La propia comisión investigadora consigna la frase pronunciada por los sinchis refiriéndose a los senderistas: “defiéndanse y mátenlos”. Esta información coincide con los testimonios recogidos por el periodista Luis Morales corresponsal de El Diario de Marka: Los sinchis dijeron que “por el aire llegan nuestros amigos” y “por tierra los enemigos”. ¿Qué sinchis dijeron esto? ¿Bajo órdenes de qué oficiales? 4. La comisión informa que el guía Argumedo fue también asesinado pero que los campesinos de Uchuraccay no quieren decir dónde está enterrado para evitar problemas con los vecinos de Chacabamba. Si él era considerado como un senderista y si los periodistas fueron asesinados al ser confundidos con senderistas, ¿por qué no enterraron a Argumedo junto con los periodistas? ¿Por qué la comunidad sintió un gran “desasosiego” cuando la comisión preguntó por la suerte del guía? Este es uno de los puntos claves que aún no está aclarado. ¿Quién mató al guía y cómo murió? 5. Desde enero hasta hoy, sólo hay un campesino detenido sin que conozcamos hasta hoy su versión de los hechos. El presidente de la Corte Suprema ha señalado claramente que la Guardia Civil y el Comando Militar no colaboraron con la justicia para detener a los responsables. ¿Por qué?

Por culpas ajenas

Los hechos mencionados aquí son suficientes para pensar que la tesis oficial de la responsabilidad únicamente campesina, refrendada por la comisión investigadora, es inaceptable. Por otro lado, conviene recordar que la justicia campesina nunca ha sido ejercida contra desconocidos, que los campesinos del mundo andino jamás entierran desnudos a los muertos y menos por parejas. La comisión consagró todo su tiempo y esfuerzo a reunir los antecedentes sobre la hostilidad de los campesinos de la zona de Ikicha, sobre la marginación terrible del Perú oficial sobre el Perú profundo. Pero no tuvo interés alguno en esclarecer los hechos que acabo de mencionar. La comisión ignoró la estrategia antisubversiva. No le prestó en ningún momento la atención que merecía. Sólo hay una que otra alusión sobre los errores de los sinchis y sobre el uso de medios antidemocráticos para defender la democracia. Los antropólogos asesores de la comisión son prisioneros del esquema dualista que encierra la imagen del “Perú oficial” y el “Perú real”. Se ocuparon sólo del “Perú real” y olvidaron el “Perú oficial”. Su visión es por eso unilateral y fragmentaria y no da cuenta de lo que ocurrió. La estrategia antisubversiva es la política del Perú oficial contra la guerrilla de Sendero Luminoso. De otro lado, la participación de por lo menos parte de campesinos es evidente. ¿Para defenderse de Sendero, para obtener qué beneficios, con qué garantías? Estas son preguntas muy importantes para continuar la investigación. Esta colaboración campesina -de cuántos y cómo, no lo sabemos- es la parte del Perú real en ese asunto. No es gratuito que el Teniente gobernador de Uchuraccay y las autoridades indias (Varayoqs) sean inhallables. Estas autoridades estatales y campesinas junto con la guardia civil constituyen las bisagras que articulan esas dos partes del Perú que los dualistas de hoy consideran todavía como paralelas y aisladas. En función de lo anterior es posible afirmar que existe una estrategia subversiva que busca apoyarse en la participación y complicidad campesina. Esta es la hipótesis más plausible, pero faltan aún elementos para verificar su validez.

Además del combate estrictamente militar y la probable participación campesina en ese combate, el gobierno se ha visto obligado a reconocer que la sierra sur ha sido “olvidada” y que por lo tanto es indispensable invertir recursos en obras de desarrollo. Esta es otra confesión implícita del carácter político y no policial del problema.

Hay que agregar la importancia decisiva de la crisis mundial del capitalismo en 1975 en adelante y sus profundas consecuencias en los países como el Perú. Para nadie es ya una novedad que la sociedad peruana pasa hoy por la peor crisis de su historia. La deuda externa entre 1968 y 1983 se ha multiplicado 14 veces. (Pasó de 800 a casi 11 000 millones de dólares). El firme compromiso del régimen actual para pagar esta deuda y la férrea decisión de la banca imperialista privada y pública para cobrarla puntualmente impiden toda posibilidad de contar con recursos para hacer reformas. Entre tanto, en los últimos quince años las tasas de desempleo abierto y encubierto han aumentado y seguirán creciendo, los salarios reales decrecen y los conflictos sociales serán inevitablemente más agudos. No se exagera en absoluto si se afirma que en estas condiciones la situación peruana es cada vez más explosiva. ¿Qué esperanza tienen los marginados del campo y la ciudad para encontrar un empleo? Prácticamente ninguna.

Las fuerzas sociales profundas del país se mueven sobre la base de esta gravísima crisis. Una respuesta como la de Sendero Luminoso es el extremo más violento que expresa la voluntad de los que no tienen nada que perder y todo por ganar, de los miles de marginados que no tienen un empleo y no pueden conseguirlo. No se trata sólo de la marginación económica. Este es sólo un aspecto de un problema más complejo y difícil. En el gesto radical de Sendero Luminoso se expresan también los hombres y mujeres que son víctimas del desprecio social, cultural y racial en el Perú. Para los campesinos migrantes estacionales o permanentes, los estudiantes y los profesionales de las regiones andinas como las de Ayacucho, la dificultad de conseguir un empleo y vivir decentemente se ve agravada por la discriminación de que son objeto por el color de su piel y su pobre manejo del castellano. Desde este punto de vista creo que Sendero Luminoso encarna la rabia andina contra la vieja y secular opresión. ¿Qué apego pueden tener al sistema llamado democrático quienes no son los beneficiados, sino las víctimas de este sistema social? El odio silencioso y guardado por siglos contra los patrones parece haber despertado con el discurso práctico de Sendero.

La reacción violenta de Sendero, en todos sus aspectos, debe ser entendida como un gesto extremo dentro de la crisis total del Perú. Dudo mucho que Sendero tenga una plena lucidez sobre su proyecto político: Es muy simple y fácil atribuirle a ese movimiento un programa, un proyecto claro, una especie de maquiavelismo y cinismo político (la alusión frecuente a Pol-Pot va en esa dirección). Ya he señalado que en el caso preciso de Sendero Luminoso la práctica contradice muchas de las tesis de sus discursos. En primer lugar, salta a la vista su nula política de alianzas. Parte de su radicalidad total es su ruptura con toda política de izquierda que no sea la suya propia. Se dice que algunos dirigentes de la Izquierda Unida han recibido amenazas de muerte de parte de Sendero. Se sabe también que otros dirigentes han sido golpeados y que también un alcalde de Izquierda Unida ha sido ajusticiado por Sendero. ¿Tan seguros están los de Sendero de sus propias fuerzas que no necesitan aliados? ¿Qué tipo de razonamiento siguen para castigar a dirigentes campesinos locales que han estado a la cabeza de tomas de tierras, que han sufrido persecución y prisión? Estos dirigentes y sus bases locales están objetivamente entre dos fuegos y aparecen como enemigos de los sinchis que los acusan de senderistas encubiertos y al mismo tiempo como enemigos de los senderistas que los acusan de “pacifistas amarillos y colaboradores de los sinchis”

La búsqueda de una cierta autarquía local (sembrar lo mínimo para no vender en el mercado y bloquear el acceso a las ferias) debe generar seguramente contradicciones importantes con los campesinos. En el mercado encuentran los campesinos los bienes que consumen y no producen, y el dinero para comparar lo obtienen de la venta de parte de su producción, no necesariamente de un excedente. Si a este bloqueo económico se agrega la ocupación militar, no resulta difícil deducir que la situación para los campesinos es bastante difícil.

Los ajusticiamientos de comerciantes, autoridades locales y delatores presentan dos aspectos. De un lado, pueden generar simpatía y apoyo en los campesinos más pobres que constatan que en los hechos son defendidos por senderistas. La justicia oficial es indiferente o cómplice y su margen de acción positiva es mínimo o nulo. De otro, es importante señalar que en el campo andino a diferencia de los grandes centros urbanos no hay familias enteras de ricos, no hay una clase con un estilo de vida y recursos nítidamente diferentes. El comunero rico -comerciante, ganadero, transportista- es una excepción y tiene muchísimos parientes en el seno del campesinado. Los ajusticiamientos de personas locales tocan círculos de parentesco directo que suponen lealtades y solidaridades que no es posible ignorar.

Por lo demás, sucesos como los de Lucanamarca en Ayacucho profundizan y agravan el proceso. Según fuentes oficiales (Comando Militar de la Fuerza Armada en Ayacucho), los senderistas habrían matado a 67 campesinos ahí en un acto de venganza porque semanas antes los campesinos de Lucanamarca habrían matado a 6 o 7 senderistas. Entre enero y comienzos de abril de 1983, los enfrentamientos entre campesinos con la participación seguramente activa del Comando Militar, han sido frecuentes y crecientes. No resulta exagerado afirmar que la guerra civil ha estallado en Ayacucho.

Si la versión oficial sobre los sucesos de Lucanamarca es cierta, la lucha de campesinos contra campesinos cambia la naturaleza del conflicto y coloca a Sendero en una situación muy delicada. El enfrentamiento con otros campesinos en nombre del campesinado pobre y la revolución en el país significaría un gravísimo error de concepción política. En ese razonamiento el marxismo no tiene nada que ver.

Guatemala: ASCENSO, ACULTURACION Y MUERTE DE SEBASTIAN GUZMAN, PRINCIPAL DEL NEBAJ DE LOS IXILES

Sebastián Guzmán, Principal de principales, máxima autoridad de los indígenas ixiles en el pueblo guatemalteco del Nebaj, fue ejecutado por el Ejército Guerrillero de los Pobres el 13 de diciembre de 1981, en la plaza, frente a la iglesia que sirve como cuartel a los kaibiles (tigres), grupo militar especializado en contrainsurgencia. Es posible que el día de su muerte Sebastián Guzmán hubiera olvidado ya las palabras de Armando Palacios, hijo de Isaías Palacios, el primer ladino que entró a Nebaj un día frío de invierno de 1895. “Ya estuvo Sebastián, ya me voy. Aquí me van a joder. Mi padre vino el primero, a lomo de mula llegó. Yo ya estoy rico y me voy en carro, me llevo 30 000 quetzales. Gracias a Dios y a los inditos ya no tengo nada que hacer aquí… Vámonos Sebastián, que nos van a joder.” Era el mes de noviembre de 1975. Abandonaba el pueblo por miedo a la guerrilla. Sebastián no se fue, estaba en la cúspide de su poder, con un lugar entre los nueve más ricos y poderosos contratistas de peones indígenas para las fincas en la costa sur del país. Prefirió mandar un mensaje al comandante militar de la zona de Santa Cruz del Quiché. “Por favor vengan para acabar con los guerrilleros en el pueblo. Son los puros católicos, los puros cubanos.” Entonces el ejército remontó la cumbre de los Cuchumatanes y ocupó Nebaj por primera vez. A las listas negras que elaboraron Sebastián Guzmán y los contratistas siguieron las desapariciones, los cuerpos mutilados en las orillas de los caminos, las aldeas arrasadas. Llegó el estado de guerra a la tierra de los ixiles: tanquetas frente a la iglesia, trincheras de kaibiles alrededor de la plaza.

En el noroccidente guatemalteco, a 2 200 m sobre el nivel del mar, Nebaj se encuentra entre las grandes cumbres de los Cuchumatanes. Limita al oeste con el departamento de Huehuetenango y ve caer al norte las montañas sobre las calientes selvas del Ixcán. La historia de Nebaj, despojo y represión, deriva de sus fértiles valles. A finales del siglo pasado, igual que sus vecinos de Chajul y Cotzal, 30 000 ixiles vieron llegar, con los ladinos y sus leyes, el ánimo blanco de conquista; durante los últimos 80 años han sido la principal fuente de fuerza de trabajo para las fincas costeñas y las obras públicas de las dictaduras; los viejos remontaron el maíz a las cumbres y extendieron los ojos a la profundidad del valle, en espera de los hijos idos a la esclavitud del sur.

De generación en generación

Sebastián Guzmán anduvo pulcro y bien vestido: pantalón oscuro de buen paño y camisa blanca, zapatos negros y limpios. Usaba la cotona roja, símbolo de los ixiles, y cubría su escaso cabello cano con un bonete negro o un pesado sombrero nebajeño de paja, ceñido por una cinta negra, sin adornos. Era el Principal. Caminaba ceremoniosamente acompañado por los servidores que nunca lo abandonaban; uno se ocupaba de ponerle y quitarle el sombrero mientras el otro le sostenía el paraguas negro, habitual sustituto de la vara de Principal que se usaba sólo en los días de fiesta y en los actos sociales, políticos y religiosos. Sebastián iba a la plaza en esas ocasiones o con motivo de algún negocio. Entonces se le veía hablar con la seguridad de la autoridad, la palabra ágil e inteligente; cuando callaba, sus grandes ojos astutos medían inquietos el efecto de su voz.

Nacido en 1906, todavía muy joven Sebastián Guzmán vio llegar a Nebaj a los ladinos, españoles en su mayoría, expulsados de México por la Revolución: los Canella y los Villatoro, los Migoya y los Brol. Subieron al mundo ixil atraídos por la riqueza de esa tierra de indios sin documentos de propiedad. Sebastián aprendió español oyéndolos decir que llegaban “a civilizar salvajes para beneficio de Guatemala”. Como todos los hombres de su edad, descubrió que los puestos del gobierno de la capital eran favorables a los civilizadores; alcaldes, delegados políticos, comisionados militares, maestros y guisaches (abogados) que subían a la sierra, servían el propósito civilizador de imponer y legalizar los despojos. Sus hermanos ixiles decían: “El ladino llegó al pueblo, no es del pueblo, llegó buscando el buen tierra, el gente tonta. El mal tierra no trae pleito, nadie busca; el buen tierra sí. Por eso asentaron entre nosotros, porque aquí buen tierra.”

Apenas hecho hombre, Sebastián Guzmán luchó por la tierra de su pueblo, pero 20 años después sus camiones salían cargados de peones para las fincas, al parejo de los camiones de los Brol o los Villatoro. En la década de los setenta, el negocio de la contribución estaba hecho: intermediario entre la finca y los trabajadores, el contratista saca su ganancia del salario de los peones, a quienes los finqueros descuentan entre 10 y 15 centavos de dólar para el bolsillo de aquéllos. Al mes, un contratista mayor obtiene entre 5 000 y 20 000 quetzales, contra los 30 de los trabajadores. En 1979, 55 000 personas se contrataron en Nebaj para el peonaje de la costa, los contratistas ganaron cerca de medio millón de quetzales.

Recuerdan los ixiles: “Más antes nuestro pueblo también conoce la pobreza, pero no como ahora. Más antes abunda el santo maíz y la santa tierra.” Ahora ven perdidos su maíz y sus tierras. Por eso han luchado desde los años treinta. Sebastián Guzmán fue el líder cuando su pueblo defendió unos terrenos contra la municipalidad de Chiantla, departamento de Huehuetenango. Descubrió entonces el poder de la política y los tratos con los abogados; ya no faltaría en las comisiones ixiles que comparecían ante los escritorios gubernamentales de Santa Cruz. Según la costumbre ixil, Sebastián Guzmán entró al servicio religioso hasta llegar a ser cofrade. Tierra y culto, pilares de la cultura maya, fueron los pasos indispensables para llegar a Principal. Y se hizo líder en tiempos del dictador Jorge Ubico (1931-1944), tiempos de los más negros en la historia de Guatemala. Ubico dictó la Ley de Vagancia, que permitió levantar mano de obra forzada para las obras públicas y los complejos agroexportadores del sur. En esa ley se asentó el sistema de contratación. Dice la memoria ixil: “El Ubico fue bien jodido con los indios, a puro alcapuz (escopeta) pone orden entre la gente. Cierto, no hay ladrón en su tiempo, ípero cómo abunda el muerto! Puso ley de vagancia ílástima para el pobre! El que no tiene tierra debe mostrar su tarjeta firmada por patrón de que sí trabajó durante el mes. Por ahí entró el abuso. Mucho rico firman el tarjeta, a cambio tenemos que dar trabajo de regalado con él.”

El pueblo de Nebaj se sublevó cuando las comisiones encabezadas por Sebastián Guzmán no obtuvieron respuesta de Ubico: “El Presidente no arregla pleito”, dijeron y los Principales ordenaron el asalto con piedras, palos y machetes a la comandancia militar y la municipalidad. Los ladinos ricos huyeron al monte. Dos días después, el comisario político del ejército del Quiché, acantonado en Santa Cruz, ocupó el pueblo. Nueve Principales fueron fusilados contra la pared de la iglesia y 500 nebajeños deportados a las selvas del Petén, al paludismo, los trabajos forzados y la muerte.

El sueño de los pobres

Pero Sebastián Guzmán no murió en el paredón de la plaza, gracias a Enrique Brol, el más fuerte de los ricos de Nebaj. Y ahí comenzó su nueva carrera “Más antes yo muy pobre -decía años después-. Por mi gente probé el cárcel, más que yo soy cofrade no me libré del castigo. Gracias a don Enrique Brol que ayudó conmigo empecé el contratación y ahorita tengo algo de piso. Don Quijote (Enrique Brol) prestó conmigo 10 000 quetzales, a Dios gracias me fue bien el negocio. A los tres meses de contratar ya regresé su pisto con él; al cuarto pagué su interés; al sexto saqué de la agencia dos camión de fiado; al año ya tenía cancelado (pagado) el dos camión. Con la ganancia del camión puse la tienda; con la tienda el motor de nixtamal y con el motor pagué pleito con el licenciado Moscoso para ganar el tierra de mi finca contra la aldea de Xoloché. No en balde Don Quijote me ayudó: yo con mi gente lo logré poner alcalde.”

De su gente obtuvo tierras, ganado, casas, votos; todo mediante préstamos impagables. Con las riquezas consolidó dominio sobre la iglesia. En enero de 1970 volvió a ser el primer cofrade de la Cofradía de Santa María la más importante de Nebaj. Dieciséis días de marimba, aguardiente, cohetes, candelas flores, dos vacas, más de 30 quintales de maíz y numerosos rituales de costumbre y de iglesia lo reafirmaron como Principal. A partir de entonces, todos los cargos públicos indígenas no pudieron obtenerse sin su aprobación.

Un reguero de sirvientes trajinaba en los patios de su casa de dos cuadras. En una esquina la tienda, en otra el molino de nixtamal; un gran portón dejaba ver los camiones y los patios con los montones de maíz y frijol. En el centro de la casa, el despacho, con dos ventanas hacia la calle, escondido siempre por oscuras cortinas. Tres divanes de viejo terciopelo, dos máquinas de escribir y un secretario silencioso. “No me hables en la calle -decía a quien se le arrimaba con algún negocio-. Pasa por mi despacho, a las seis te espero.”

Un día se le oyó decir en la plaza: “Gracias a las fincas y a los contratistas, el pueblo se está haciendo grande. Ya es hora que tenga un alcalde indígena. Yo ya trabajé mucho, ya soy hombre grande. Es tiempo de otra persona.” Llegado el momento su hijo quedó como alcalde. “Ganó el Sebastián, ganó el Sebastián” se anunció por los caseríos. Y pasearon a Sebastián en hombros por la plaza, estaba en la cúspide de su carrera.

Al parejo de su padrinazgo, corrieron los enfrentamientos por el descontento indígena. “Los xoloché y los tzalbal -comentó enojado el Principal de quienes le disputaban unas tierras- mucho me están jodiendo, ya no respetan la costumbre, ya no respetan el Principal. Son puro pagano. Mejor los metí en su tiempo en la cárcel de Santa Cruz para que ya no sigan molestando conmigo.” Conforme crecía el aprecio de los poderosos por él, caía su autoridad entre los ixiles. Los indígenas tomaron el sendero de la resistencia, se opusieron a los contratistas y a través de las comunidades cristianas de base desarrollaron programas educativos y de producción agrícola cooperativa.

Dijeron los ixiles: “En tiempos del Ubico, ya no aguantamos el abuso, pero no estamos unidos, no hay armas, no hay fuerza. Por más de 400 años probamos caminos de vida para nuestro pueblo, comisiones con presidentes, denuncias con abogados, probamos partidos políticos, religión, levantamientos. Camino que abrimos, el rico y el Gobierno lo atajan, siempre es igual. Sólo queda una puerta, el camino de la guerra, más que no nos guste.”

Tampoco le gustó a Sebastián y a los contratistas. En 1973, los principales cercanos a Sebastián escribieron al presidente Carlos Arana Osorio: “Ya entró entre nosotros un mal semilla. Son los comunistas; están peleando contra nosotros con cooperativas y esas babosadas.” Pero el miedo llegó a los ladinos cuando el Tigre del Ixcán, Luis Arenas, fue ejecutado por el Ejército Guerrillero en los Pobres, poco antes de que Sebastián viera huir a Armando Palacios con sus 30 000 quetzales aquel mes de noviembre de 1975.

En febrero de 1976, Sebastián y los demás contratistas se reunieron en Santa Cruz con el G-2 (servicio de inteligencia del ejército guatemalteco) y le entregaron listas con nombres y datos de la municipalidad. En marzo entró el ejército a Nebaj. El día 10, Jacinto Brito Bernal, José Ceto, Felipe Bernal y varios más integrantes de las comunidades cristianas de base fueron secuestrados y asesinados. Juana Bernal fue secuestrada y violada por la tropa, “por ser madre de guerrilleros”. Una granada de fragmentación mató a los tres hermanos de Felipe Bernal. A Rafael Chel lo castraron, luego lo cegaron, lo quemaron vivo y lo degollaron. Fue el inicio de la represión masiva contra los: ixiles: en la aldea de Tzalbal fueron masacrados 10 indígenas y en Palop 20; Río Azul y Cocop, con más de 200 habitantes fueron totalmente arrasadas. En 1980 doce mujeres fueron asesinadas en la plaza de Nebaj.

El Ejército Guerrillero de los Pobres respondió: Elías Ramírez, jefe de la G-2, fue ejecutado en 1976; Luis Canella, capitalista financiador de la represión, ejecutado en 1978; Santiago Villatoro, contratista y comisionado militar, ejecutado en 1979; el general Cancinos, jefe del estado mayor del ejército guatemalteco, ejecutado en 1979; Ruíz Furlán, oficial del ejército asesino de ixiles, ajusticiado en 1980. Durante el verano de 1981, Sebastián Guzmán, encerrado en su despacho, escuchó la balacera entre el Ejército Guerrillero de los Pobres que asaltaba Nebaj y más de 1 000 kaibiles que defendían la plaza.

El 13 de diciembre, un día frío como todos los días del año en Nebaj, Sebastián Guzmán apareció muerto en la plaza. Su cadáver tenía un recado: “En la guerra no hay pleito chiquito, todo el pleito es grande. El guerra es como un fuego, va a enseñar quién es hermano del pobre y quién es coyote del pueblo. El guerra va a mostrar quién tiene un corazón y quién camina con dos corazones.” (Relato elaborado por Angel Arista con base en el testimonio de Jacinto Galileo, antropólogo guatemalteco, y en el parte de guerra del Ejército Guerrillero de los Pobres. “Ajusticiamos a Sebastián Guzmán en el centro de Nebaj”, 13 de diciembre de 1981.)

Literal

Estuviste perfectamente bien

El joven pálido se acomodó cuidadosamente en la silla y movió la cabeza a un lado, reclinándola en la pared, para que el tapiz fresco le aliviara la sien y la mejilla.

—Ay, mi amor —dijo—. Ay, ay, ay, ay mi amor. Ay.

La muchacha de ojos claros, sentada en el sofá, erguida y tranquila, le sonrió vivamente.

—¿Ya no te sientes tan bien como ayer? —dijo ella.

—Qué va, estoy muy bien —dijo él—. Estoy flotando. ¿Sabes a qué hora me levanté? A las cuatro de la tarde, en punto. Traté de levantarme, pero cada vez que quitaba la cabeza de la almohada, se me iba rodando abajo de la cama. La cabeza que traigo puesta no es la mía. Creo que ésta era de Walt Whitman. Ay, mi amor. Ay, ay, mi amor.

—¿Tú crees que con un trago te sentirías mejor? —dijo ella.

—¿Un poco de lo que me noqueó anoche? —dijo él—. No, gracias. Por favor ya nunca vuelvas a mencionarme eso.

Estoy muerto. Estoy muerto, completamente muerto. Mira mi mano; tan quieta como un colibrí. ¿Y me vi muy mal anoche?

—Ay, no inventes —dijo ella—, todo el mundo se puso hasta atrás. Tú estuviste muy bien.

—Claro —dijo él—. Seguro se me salió lo galán. Todos deben estar enojados conmigo.

—Por favor, claro que no —dijo ella—. Todos se divirtieron con lo que hacías. Claro que Jim Pierson se enojó un poco a la hora de la cena. Pero la gente lo regresó a su silla y lo calmaron. En las otras mesas ni se dieron cuenta. Nadie se dio cuenta.

—¿Me iba a pegar? —dijo él—. Ay, Dios mío. ¿Qué hice?

—Nada, no hiciste nada —dijo ella—. Estuviste perfectamente bien. Pero ya sabes cómo se pone Jim a veces, cuando se le ocurre que alguien se está metiendo con Elinor.

—¿Me le lancé a Elinor? —dijo él—. ¿Eso hice?

—Claro que no —dijo ella—. Sólo estuviste haciéndole chistes, eso fue todo. Le pareciste simpatiquísimo. Ella estaba muy divertida. Sólo una vez se desconcertó un poco: cuando le echaste por la espalda el caldo de almejas.

—No, no me digas —dijo él—. Caldo de almejas por la espalda. Cada vértebra como concha. Ay, Dios mío. ¿Qué voy a hacer?

—No te preocupes, ella no te va a decir nada —dijo ella—. Nomás mándale unas flores, o algo así. Por eso no te preocupes. No es nada.

—No, si no me preocupo —dijo él—, ni tengo nada de qué apurarme. Estoy muy bien. Ay, mi amor, ay. ¿Y qué otro numerito hice en la cena?

—Ninguno. Estuviste muy bien —dijo ella—. No te pongas así por eso. Todo el mundo estaba fascinado contigo. El maître d’hôtel se apuró un poco porque no parabas de cantar, pero en realidad no le importó. Sólo dijo que tenía miedo de que con tanto ruido le volvieran a cerrar el lugar. Pero ni a él le importó. Bueno, estuviste cantando como una hora. Pero después de todo, no fue tanto ruido.

—Entonces me puse a cantar —dijo él—. Un hitazo de seguro. Me puse a cantar.

—¿Ya no te acuerdas? —dijo ella—. Estuviste cantando una tras otra. Todo el mundo te estaba oyendo. Les encantó. Lo único fue que insistías en cantar una canción sobre no sé qué fusileros o qué cosa, y todo el mundo empezó a callarte, pero tú empezabas de nuevo. Estuviste maravilloso. Hubo un rato en que todos tratamos que dejaras de cantar, y que comieras algo, pero no querías saber nada de eso. En serio que estuviste divertido.

—¿Qué, no probé la cena? —dijo él.

—No, nada —dijo ella—. Cada vez que venía el mesero a ofrecerte algo, te lo echabas en la bolsa: porque le decías que él era tu hermano perdido, que una gitana lo había cambiado por otro en la cuna, y que todo lo tuyo era de él. El mesero estaba doblado de la  risa.

—Seguro —dijo él—. Seguro que estuve cómico. Seguro que fui el Payasito de la Sociedad. ¿Y luego qué pasó, después de mi éxito arrollador con el mesero?

—Pues nada, no mucho —dijo ella—. Te entró una especie de tirria contra un viejo canoso que estaba sentado al otro lado del salón, porque no te gustó su corbata de moño y querías decírselo. Pero te sacamos antes de que el otro se enojara.

—Ah, ya nos salimos —dijo él—. ¿Y pude caminar?

—¡Caminar! Claro que caminaste —dijo ella—. Estabas muy bien. Bueno, la banqueta tenía una capa de hielo y te resbalaste. Un sentón. Pero por favor, eso puede pasarle a cualquiera.

—Sí, claro —dijo él—. A la señora Hoover o cualquiera. Así que me caí en la banqueta. Por eso me duele el… Sí. Ya entendí. ¿Y luego qué? Digo, si te importa.

—¡Eso sí no, Peter! —dijo ella—. No puedes quedarte sentado ahí y decir que no te acuerdas de lo que pasó después de eso. Creo que sólo te viste un poco mal en la mesa; pero en todo lo demás estuviste perfectamente bien, yo sabía que te estabas sintiendo muy bien. Pero desde que te caíste te pusiste muy en serio, yo no sabía que tú fueras así, ¿No te acuerdas de cuando me dijiste que yo nunca antes había visto tu verdadero yo? No puedo permitirte, nomás no puedo, que no te acuerdes de ese hermoso paseo en el taxi. De eso sí te acuerdas, ¿verdad? Por favor, si no te acuerdas, soy capaz de matarme.

Parker

—Ah, sí —dijo él—. El paseo en el taxi. Ah, sí, de eso sí. Fue un paseo muy largo, ¿no?

—Vueltas y vueltas y vueltas por el parque —dijo ella—. Los árboles se veían tan hermosos a la luz de la luna. Y dijiste que nunca antes te habías dado cuenta de que de veras tenías corazón…

—Sí —dijo él—. Yo dije eso. Yo fui.

—Dijiste unas cosas tan pero tan bonitas —dijo ella—. Y yo nunca me había dado cuenta de todo lo que tú sentías por mí y no me había atrevido a mostrarte lo que yo siento por ti. Pero lo de anoche, Peter; creo que la vuelta en el taxi es lo más importante que nos ha pasado en nuestras vidas.

—Sí —dijo él—. Creo que sí.

—Y vamos a ser tan felices —dijo ella—. Quisiera contárselo a todo el mundo. Pero no sé; creo que sería más dulce si lo guardamos como un secreto entre nosotros.

—Yo creo que sí —dijo él.

—¿No es muy hermoso? —dijo ella.

—Sí —dijo él—. Fabuloso.

—¡Encantador! —dijo ella.

—Oye —dijo él—, ¿no te importaría que me tomara un trago? O sea, médicamente, ya sabes. Estoy muerto, ayúdame por favor. Creo que me va a dar un colapso.

—Sí, un trago te va a caer bien —dijo ella—. Pobrecito, qué pena que te sientas tan mal. Voy a hacerte un jaibol.

—Yo, la verdad —dijo él—, todavía no me explico cómo me sigues dirigiendo la palabra después del ridículo que hice anoche. Yo creo que mi única salida es meterme a un monasterio en el Tíbet.

—¡Estás loco! —dijo ella—. No te voy a dejar ir ahora. Ya deja de pensar en eso. Estuviste perfectamente bien.

De un salto ella se paró del sofá, lo besó con rapidez en la frente y salió corriendo de la  habitación.

El joven pálido la vio alejarse, movió la cabeza lentamente y luego la dejó caer sobre sus húmedas manos temblorosas.

—Ay, mi amor —dijo—. Ay, ay, ay, Dios mío. n

Traducción de Antonio Saborit

(Núm. 77, mayo de 1984)

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La sociedad descontenta

Para empezar con algo obvio: las necesidades del mundo moderno occidental difieren marcadamente de las sociedades que tenían las sociedades de antes. Pero a esto debe agregarse de inmediato que, en las polémicas más recientes, el carácter singular del patrón de desarrollo de las necesidades modernas, se identifica sobre todo con sus dos rasgos más visibles: el crecimiento canceroso de la producción de bienes materiales, por una parte, y la demanda siempre creciente de mercancías nuevas, por la otra. Al consumismo se le culpa de todas las enfermedades de la sociedad contemporánea. Al hombre moderno se le identifica con el hombre consumidor, porque se supone que la sociedad capitalista —o en otras palabras industrial— ha reducido a los individuos a meros consumidores.

Pero el centro de la cuestión es que la tendencia de las necesidades a extenderse indefinidamente, caracteriza no sólo al hombre como consumidor, sino a las necesidades modernas como un todo. Para entender al hombre consumidor, primero hay que entender al sistema de necesidades del hombre moderno como una estructura simbólica.

Siguiendo las huellas de Marx y Weber, llamo a la sociedad moderna una sociedad descontenta; y al individuo moderno, un individuo descontento. Pensando en ellos enfatizó el carácter omnímodo del descontento. Pero a esto debo agregar algunas consideraciones propias.

Marx atribuía el descontento a la difusión universal de la producción de mercancías y a su carácter socialmente dominante, sobre todo bajo las condiciones que creó la industria manufacturera capitalista. Weber lo atribuía principalmente a la racionalización. Yo agregaría que la época social que la “modernidad” caracteriza, puede y debiera entenderse como una combinación singular de tres tendencias distintas que no siempre tienen conexiones internas: la capitalización, la industrialización y la democratización. Las tres tienen una lógica propia y, como ocurre con frecuencia, el desarrollo de cada una puede contradecir a las otras dos.

Sin embargo, aunque el capitalismo, la industrialización y la democratización tienen lógicas propias, y aunque cada una tiene tendencias de desarrollo que contradicen a las otras en lo que aquí respecta más bien se extienden, se abren espacios entre sí. Como resultado, las sociedades más descontentas son las que combinan estas tres tendencias. Las razones de esto parecen obvias.

Yo hablé de la estructura moderna de necesidades como una estructura simbólica. Esto, obviamente, no es differentia specifica de nuestra época: todas las estructuras de necesidades han sido siempre, y son aún, estructuras simbólicas; en otras palabras, están determinadas por los sistemas de valores de sus sociedades respectivas. Las necesidades del hombre moderno son insaciables porque nuestros valores así las definen.

Con el desmantelamiento de la normas tradicionales de conducta, varias normas y valores se han vuelto universales de un modo gradual y simultáneo. Las fusiones, las integraciones distintivas y particulares, ya no sirven como puntos indiscutibles de referencia para el comportamiento digno, honorable o virtuoso. Cada vez gana más terreno la idea de ser un “Hombre”, en lugar de ser un “buen ciudadano” o un “buen cristiano” o un “buen servidor”. Establecer la identidad propia con la frase categórica: “Soy un Hombre”, “Soy un ser humano”, rechazando toda institución y todo vínculo orgánico tradicional; este gesto representativo de la Ilustración que desde entonces no ha tenido una refutación radical, se basa en dos compromisos cuyos valores tienen conexiones internas. Uno es el compromiso con la humanidad, considerándola la única integración válida; el otro es el compromiso con la singularidad de la personalidad humana. Todos los valores universalizados: la libertad, la igualdad, la fraternidad, el conocimiento científico, la mitigación del sufrimiento y similares han recurrido o apelado ya sea a la humanidad o a la singularidad personal, o a las dos. Ni el capitalismo ni la industrialización pueden originar por sí solos una nueva estructura de necesidades que se caracterice por lo ilimitado de las demandas humanas. Fue precisamente la tendencia hacia la nueva universalización de valores lo que remodeló el sistema de necesidades. El desarrollo capitalista abrió el camino para esa universalización que, a su vez, ayudó a difundir aceleradamente la producción industrial capitalista. El sistema de símbolos de la modernidad llevó a que los individuos concibieran como insaciables sus necesidades.

Por ejemplo, para Aristóteles era evidente que el “hombre libre” es el ciudadano deseable para los cargos públicos en una ciudad-estado. Nadie podía ser “más libre” que un ciudadano libre; adquiriendo esta categoría, la necesidad de libertad de una persona quedaba totalmente satisfecha. Para Aristóteles también era obvio que las mujeres no pueden ser libres por motivos de principio; por eso, según esta teoría, las mujeres no pueden tener la necesidad de ser libres. Contraria a este valor concreto y limitado de la libertad, la forma universalizada no específica qué quiere decir realmente la libertad. En principio, la libertad universalizada puede abarcar cualquier cosa, desde el comercio libre hasta el desarrollo libre de todas las facultades humanas. Por otra parte, el valor universalizado de la libertad no concede el atributo de la libertad, ni la necesidad de ella, a ningún grupo o clase social en particular: todo ser humano puede tener y afirmar la necesidad de ser libre. Pero como la libertad no tiene definición, tampoco tiene restricciones. Cada paso hacia la liberación lleva a una nueva limitación, un nuevo obstáculo a vencer que, ya vencido, deja sentir otra nueva restricción. Midiendo las cosas con la vara del valor universalizado de libertad, todo el mundo carece de libertad. No podemos quedarnos contentos con la clase particular de libertad que disfrutamos eventualmente, y por lo tanto morimos descontentos.

El hombre moderno es de hecho el hombre fáustico; pero no le pide al momento que se detenga por ser tan bello. Nada debe permanecer como antes. Lograr algo no es la plenitud: uno de inmediato sale a la búsqueda de otra cosa. Si abrigamos la esperanza de que al lograr algo vamos a aligerar nuestro sufrimiento por las “privaciones”, la esperanza se evapora en cuanto logramos realmente lo que deseábamos, y sentimos otra carencia, ad infinitum. Soportar nuestro destino como algo “naturalmente dado”, o como algo que diseñó la Providencia, se ha vuelto una idea afrentosa. El trabajador que lucha por mejores salarios, la mujer que pelea por la liberación sexual o porque la reconozcan dentro de la familia, el radical que busca transformar el mundo por el acto redentor de una revolución total, el científico que desea explorar el universo o acabar con todas las enfermedades: son hijos de la sociedad descontenta en la misma medida que el hombre, el consumidor descontento con los bienes materiales a su disposición. Lo que por un lado es grandeza, puede ser mezquindad por el otro. Pero la grandeza y la mezquindad maman del mismo pecho. Si hay algo “desajustado” en la “sociedad descontenta”, el problema debe verse como un todo.

Kant atribuía tres impulsos insaciables al individuo moderno: la codicia de tener, la codicia de fama y la codicia de poder. Por supuesto, la codicia de poder, de fama y de riqueza no es algo específico del individuo moderno. Es fácil entender que las tres “codicias” kantianas difieren esencialmente del simple deseo de tener algo, del gusto de ser celebrado por algo, o del anhelo de ser poderoso en y para algo. Un caballero medieval pudo querer que lo distinguieran por ser el mejor hombre con la espada, o por su defensa de la fe cristiana, incluso pudo desear el saqueo de las ciudades paganas para satisfacer su avaricia, pero nunca se le hubiera ocurrido destacar como mercader y acumular riquezas con el comercio.

Aquí vale la pena recordar la afirmación orgullosa de la Ilustración: soy un Hombre, soy un ser humano y nada más. En más de un aspecto, esta construcción de una identidad propia ha determinado el carácter, sin especificar, de la codicia de poder, fama y riqueza.

“Soy un ser humano”, y todos los demás también son seres humanos. Si la fama, el poder y la riqueza pueden buscarse en todas partes, todo mundo puede obtener las tres cosas.

Todos pueden embarcarse a la búsqueda de cualquier tipo de fama, poder o riqueza: nobles y plebeyos (si es que todavía existe esta distinción), hombres y mujeres, ricos y pobres. Napoleón, el self-made man que arrodilló frente a él a los monarcas europeos, era el símbolo de los tiempos venideros.

“Soy un ser humano” implica algo más: la sustitución de la humanidad por una integración (cualquiera) local y reducida. Lograr algo en el marco de una comunidad local resulta insignificante si lo comparamos con los logros a escala mundial.

Nadie puede negar, con franqueza, que nos es entrañable la orgullosa afirmación: “Soy un ser humano”, en su capacidad de señalar nuestra existencia universal y única. Voy a hacer más personal esta afirmación: es entrañable para mí y para todos los que no quieren revocar a la Ilustración. Y no quisiera tener ambigüedades frente al hecho de que, a pesar de todo sus efectos laterales y sus perniciosas consecuencias, que analizaré aquí, considero que la universalización de ciertos valores es el único progreso ético que se ha logrado en la historia de la humanidad. Del mismo modo, rechazo todos los movimientos neo-fundamentalistas que apuntan a una des-Ilustración, por considerar que encarnan el retroceso. Pero esta postura ya decidida no impide enfrentarme al hecho de que algo no sirvió en nuestro sistema de valores y en el sistema de necesidades que modeló.

Sólo hubo un Napoleón, pero millones de hombres jóvenes soñaron con serlo. Hubo muy pocos magnates que “empezaron desde abajo” en los negocios, pero millones de personas acariciaron el sueño de volverse uno de ellos, mientras se afanaban en las fábricas y los pequeños comercios durante toda su vida. Es indudable que los medios masivos tienen un efecto corruptor, no porque anuncien cuchillos eléctricos sino porque anuncian la vara universal para medir la fama el poder y la riqueza. Pero lo mismo se puede decir de las listas de menciones y los premios internacionales: todos contribuyen al descontento general. Ninguna fama es suficiente si se compara con la que se disfruta en la cima, ningún poder es suficiente si se compara con el que se maneja en la cima ninguna riqueza es suficiente si se compara con la que se acumula en la cima. Incluso esos cuantos en la cima no pueden estar contentos, porque en la escala mundial otros pueden alcanzarlos fácilmente.

Sólo desde este aspecto puede entenderse al hombre consumidor. Incluso aventuro la opinión poco ortodoxa de que el consumismo es la forma más democrática de las tres codicias capitales.

Si una empleada del comercio está viendo en la televisión la historia de Marilyn Monroe, es absolutamente infranqueable la distancia que hay entre sus posibilidades y sus sueños de volverse una actriz famosa. Pero si se fija en el vestido y no en la carrera de la actriz, de entrada no estaría fuera de su alcance la compra de un vestido por lo menos similar en el color y el diseño. Si la ambición personal no se relaciona con el poder o la fama, sino con artículos de consumo no desaparece el descontento como sentimiento emocional básico, pero uno puede, al menos unos instantes, sentirse como una reina o como un rey si usa la misma marca de jabón que Sofía Loren, o la misma corbata que Rockefeller o la misma boina que Lenin. Si la dignidad humana está ligada a la fama, el poder y el tener, ¿en dónde van a buscarla los seres humanos si no es en la esfera que resulta, por lo menos hasta cierto grado, accesible a todos? En la modernidad el consumismo es un rebajador imitable de descontento. Es una actitud que puede ofrecerle dignidad a cualquier persona dentro de la sociedad descontenta y frustrante que todo lo abarca. Pero no es la única.

La codicia de fama, poder y riqueza pueden proyectarse en la “conciencia-del-nosotros”. En este caso la persona “comparte”, por decirlo así, los logros de un sujeto colectivo, ya sea una nación, una clase una raza, una élite cultural, un partido, etc. Voy a limitar mi análisis al ejemplo más extremo de descontento colectivo de este tipo: el que se relaciona con el valor de progreso.

La idea de progreso ha surgido, por supuesto, en una sociedad descontenta. La noción implica no sólo perfección, sino también un desarrollo sin límites y cada vez más acelerado rumbo a lo que es “superior”, “mejor” y “mayor”. El estado actual de las cosas es transitorio cuando se le considera desde ese punto de avanzada que es la idea del progreso. Los asuntos de actualidad son mediadores entre la etapa previa, “inferior” de desarrollo, y una etapa “superior”, “mejorada”, que vendrá en el futuro. Como dijo Feuerbach, el Capitán Adelanto se volvió un azote en manos del dios de la modernidad. Lo más nuevo se considera siempre lo mejor, pero la sociedad parturienta no puede deleitarse con el recién nacido puesto que el niño envejece cuando está todavía en la cuna. El progreso permanente mantiene a la sociedad en un parto constante. ¿Pero qué nace en este proceso?

La idea de progreso es tan indefinida como los valores universalizados (libertad, igualdad y demás) por un lado, y como las tres “codicias” kantianas, por el otro. Y por esto la idea de progreso puede relacionarse con ambos, y en diversas combinaciones. El progreso puede medirse en términos de poder, propiedades y fama, o en términos del cumplimiento de la libertad, la igualdad y la mitigación del sufrimiento. Estas dos varas de medición no presentan necesariamente un dilema, aunque pueden hacerlo y lo hacen cada vez con más frecuencia. El progreso puede medirse, principal o exclusivamente, con la vara de desarrollo de la producción, la creación de privaciones siempre cambiantes y cuya satisfacción es cada vez más costosa. Pero también puede medirse según el cumplimiento progresivo de la libertad, la igualdad de todos los seres humanos y la mitigación del sufrimiento de la humanidad como un todo. Dado que nuestra estructura de necesidades es una estructura simbólica, determinada por nuestro sistema de valores, debemos concluir que la idea de progreso pueda dar lugar a dos patrones diferentes de necesidades, y la misma idea los representa, simbólicamente, a ambos. El primero de ellos es una estructura de necesidades que busca y estimula el aumento de la producción, el aumento del consumismo, el aumento del poder y la dominación, y el otro es una estructura de necesidades que propone y promueve un aumento en la libertad, la igualdad y la mitigación del sufrimiento. Pero, si vemos con más amplitud estas dos nuevas estructuras de necesidades, nos daremos cuenta de que están completamente entrelazadas: de hecho forman una estructura de necesidades con una contradicción interna. Esta última manifiesta la tensión entre la lógica evolucionista del capitalismo y la industrialización, por un lado, y la lógica evolucionista de la democracia, por el otro. La idea de progreso implica descontento en ambos casos, pero dispara a los actores en dos direcciones diferentes.

Aquí tengo que volver a un problema que toqué líneas arriba. Sugería que la “actitud consumista” sigue siendo el canal más democrático por el que pueden operar las tres codicias. Podría haber añadido que también es la válvula del escape menos peligrosa para cualquier codicia. Al comprar bienes siempre “más nuevos” no hacemos daño a nadie, exactamente lo contrario de lo que pasa con las acciones que motiva la codicia del poder, y también, eventualmente, las acciones que motiva la codicia de la fama. Pero esta propensión al consumismo, más democrática e incluso inocente, atañe una negatividad (una ausencia de pasiones destructivas) más que una cualidad positiva. El consumismo es ingenuo porque es infantil: es un comportamiento sin implicaciones morales y por lo tanto sin ningún tipo de responsabilidad.

El carácter relativamente más democrático del consumismo, comparado con las implicaciones de las otras codicias, resultará deficiente en valores democráticos, si lo vemos desde el punto de vista de un progreso hacia la “radicalización de la democracia”. Cualquier persona que tome seriamente los valores de libertad, igualdad y mitigación del sufrimiento, atendiendo a la humanidad como un todo, juzgará que el consumismo de una pequeña franja del mundo es un ultraje contra los que se mueren de hambre o sufren de desnutrición crónica en un mundo que compartimos. ¿Cómo podemos afirmar con orgullo: “Soy un ser humano”, si no nos importan los seres humanos? Y cuando nos hacemos esta pregunta debiéramos estas concientes de que el descontento general, que incluye todas las protestas contra el sufrimiento, la humillación, la opresión y la dominación, es el producto de la misma cultura, del mismo sistema de valores, del mismo progreso al que crítica, rechaza y procura vencer. El descontento contra la sociedad descontenta pertenece a esa misma sociedad.

A las necesidades radicales, a las necesidades de una democracia radical y a las necesidades no radicales, las determina el mismo sistema universalista de valores, aun cuando buscan sus modos de satisfacción en direcciones contrarias. Las necesidades radicales no constituyen, por su sola existencia, un modo diferente de vida, y mucho menos “la buena vida”. Surgen vía la reflexión sobre los valores universalistas, mientras que a otras necesidades simplemente las determinan estos últimos, sin reflexión. La reflexión sobre los valores universalistas puede darle a la gente, si no a un modo de vida, por lo menos una conducta de vida. Por el momento, la “conducta de vida” es una aventura aristocrática en el sentido de que no puede generalizarse. Sin embargo es más o menos inherente a los movimientos que se organizan alrededor de las necesidades radicales. En la actualidad sólo a una “conducta de vida” se le puede llamar “la buena vida”, si tomamos seriamente la noción de “buena vida”.

Luego de un breve inventario de la estructura de necesidades en la sociedad descontenta, conviene regresar a las preguntas que se quedaron sin respuesta, a saber 1) si el descontento individuo moderno debe o no ser recibido y celebrado como un indiscutible valor en sí, 2) si el mismo tipo de individuo podría desarrollarse en una sociedad contenta, 3) si puede llegar darse una “sociedad contenta”, y en este caso, 4) si tal cosa es también deseable, y 5) si cualquier limitación a cualquier satisfacción entorpecería el desarrollo individual.

La tercera y la cuarta de estas preguntas pueden contestarse, sin ambigüedades, en forma negativa. Los sueños de Marx no pueden hacerse realidad. Por varias razones, no podemos concebir al mismo tiempo la estructura individual de necesidades, en continua expansión, y la satisfacción simultánea de todas las necesidades humanas. No podemos seguir creyendo lo que era razonable creer en el siglo XIX, que son ilimitados los recursos naturales de nuestro planeta, como tampoco podemos creer que ni siquiera en el caso de una demanda de bienes materiales en expansión continua pudiera darse, alguna vez, un estado de completa abundancia. Para tal reserva, es irrelevante la objeción que se le hace: sólo se difundirán sin límites las necesidades espirituales, no las materiales. Esto es, así, en primer lugar, porque incluso la satisfacción de las “necesidades espirituales” presupone una cierta cantidad de inversión material (no es más barato producir libros, pianos, equipo especial para investigación científica, que automóviles o procesadoras de alimentos); en segundo lugar, y esto es quizá más importante, porque cada necesidad particular está metida en una estructura de necesidades y es casi inimaginable una estructura de necesidades que contenga en el mismo saco varias necesidades ilimitadas junto con otras limitadas. De modo que la abundancia total, por un lado, y la expansión ilimitada de necesidades, por el otro, no pueden concebirse juntas. Pero debemos plantear el problema de si es deseable, o no, una sociedad “de la abundancia” completamente satisfecha. La satisfacción simultánea de todas las necesidades humanas pondría fin a la tensión de la vida humana y volvería totalmente superfluas a las instituciones que están ahí para resolver conflictos. Una entidad política democrática es un marco institucionalizado para solucionar conflictos sociales. Es una democracia radical cualquiera podría participar por igual en el proceso de solución a los conflictos. Y en este punto estoy de acuerdo con Aristóteles: una vida sin actividad política, sin un compromiso conciente en la resolución de conflictos, no puede ser una “buena vida”. De ahí que una sociedad de completa abundancia, una sociedad que satisfaga simultáneamente todas las necesidades humanas, no puede ser una “buena sociedad” porque no puede asegurar “la buena vida”. Precisamente por eso, contestar en forma negativa a la segunda y la tercera de las preguntas no equivale a hacer un apunte pesimista.

Son mucho más ambiguas las respuestas a la primera y la última de las preguntas.

Ya señalé mi parcialidad por el individuo moderno. Pero también enfaticé que la codicia insaciable de poder, de posesión y de fama, la fantasía de un progreso cuantificable, el descontento en y con la sociedad, las necesidades radicales, han brotado todos de la misma fuente. No puede negarse que las consecuencias destructivas y autodestructivas de la fantasía de lo ilimitado se hacen cada día más evidentes. Pero, y aquí vuelvo al punto esencial, el clamor contra las consecuencias destructivas de lo ilimitado es una expresión propia del individuo moderno, lo mismo que la fantasía de esa ausencia de límites. El individuo moderno está conciente del hecho incómodo de que debería hacerse algo por y para el individuo moderno que corre como loco. ¿Pero qué se puede hacer?

Es irrelevante predicar contra “necesidades falsas”. El teórico que lo hace simplemente “borra” las dificultades hablando a nombre del Padre Natividad de la Historia, una entidad simbólica que no existe. La otra opción, es decir, organizar una autoridad mundial para controlar todos los recursos materiales disponibles y limitar la satisfacción acudiendo a un plan científico, tiene implicaciones muy peligrosas o, alternamente, demuestra su ineficacia. El primer argumento contra ella viene de Hannah Arendt, quien preguntó con humor negro pero con mucha perspicacia: si hubiera un gobierno mundial, ¿hacia dónde escaparíamos de su policía? La segunda objeción se refiere al carácter poco efectivo de una disposición global así. Dado que una autoridad mundial con la tarea de controlar todos los recursos materiales sólo puede ser una institución hiperracionalizada, y dado que la racionalización de las instituciones no sólo es contemporánea del surgimiento del individuo descontento, sino que resulta también el elemento vital de éste, al limitar el descontento material, una institución racionalizada de ese tipo no cambiaría en nada la estructura de necesidades. Cuando mucho, sólo podría reorientar la necesidad de posesión llevándola hacia canales de las otras dos codicias: la de fama y, en particular, la de poder. Pero sabemos que las dos últimas son menos democráticas e inocuas que el consumismo. No es del todo imposible que ocurra algo así, pero el panorama ya es lo bastante sombrío, y resulta preferible el mundo en su estado problemático actual.

Teóricamente, el problema puede resolverse sin asumir el papel del Padre Natividad de la Historia y sin recurrir a una solución meramente institucional. La respuesta será, por supuesto, puramente teórica pero no necesariamente ilusoria. Las necesidades modernas son insaciables porque los valores universalistas no las definen en ningún aspecto. Antes, las estructuras de necesidades eran saciables porque las determinaban varios grupos de normas particulares. Si uno no quiere ir contra la universalización de valores, al menos puede imaginar que diversos grupos particulares de valores median entre los valores universales y las interpretaciones personales de esos mismos valores; entre la humanidad, por un lado, y la personalidad, por el otro. Para que esto suceda, hay que establecer diversas comunidades humanas con diferentes estilos de vida, capaces de ofreces distintos patrones normativo-morales para “la buena vida”. Los sistemas divergentes de valores podrían definir de distintas maneras al sistema de necesidades, cada uno tendría una cualidad única. Los individuos tendrían libertad para entrar a cada comunidad y salirse de ella para elegir la más adecuada a su personalidad. De nueva cuenta, la necesidad de posesión podría volverse la necesidad de tener algo; la necesidad de poder, sería poder para algo (para llevar a cabo una tarea determinada); la necesidad de fama se bastaría con ser famoso en algo según el consenso existente de lo que es “la buena vida”. Si así fuera, la limitación y la ausencia de límites podrían concebirse juntas, porque el consenso de lo que es “la buena vida” define los límites; pero los individuos tienen la libertad de escoger y volver a escoger las formas de vida y, por lo tanto, de optar por lo ilimitado. Más aún, como diversos sistemas particulares de valores definirían las necesidades en modos divergentes, ninguna necesidad singular crecería cancerosamente hasta llegar a toda la humanidad. Aunque no todas las necesidades podrían satisfacerse de un modo simultáneo, ni siquiera en el marco de una sola forma de vida, los conflictos no se harían insolubles. La gente podría morir, otra vez, “saciada de la vida”, sin volverse individuos “de mentalidad estrecha” en el sentido marxista de la palabra. Una vida “saciada” no querría decir que se ha experimentado, conocido y vivido todo lo posible sino que todo lo que se experimentó, conoció y vivió, fue significativo.

Por lo menos ésta es una de las opciones para la solución del conflicto de valores que formulan los que no quieren ir en contra de la universalidad, pero que precisamente por eso conciben nuestro progreso como algo escandaloso. No sé si esta opción tiene alguna posibilidad. Lo que sí sé es que no tiene menos posibilidades que es establecimiento de cualquier autoridad central para limitar la producción y la satisfacción. De cualquier modo, si soñamos, es mejor tener sueños agradables que pesadillas. Y los sueños, por lo demás, una vez que se esparcen, contribuyen normalmente a su realización, aún cuando el resultado no coincida completamente con el sueño. Los sueños esparcidos expresan valores e interpretaciones de valores que, a su vez, también pueden contribuir a redeterminar los sistemas de necesidades. Por supuesto que no todos los sueños, aunque muchos los compartan, se vuelven realidad; pero por lo menos algunos sí podrían cumplirse. Y hacer público un sueño significa adquirir total responsabilidad frente a su realización eventual.

La sociedad descontenta provoca el descontento individual con la sociedad. En los últimos doscientos años varias clases de descontento han dado lugar a diversos cambios estructurales en la sociedad descontenta. Viendo el estado actual de cosas, no es muy exagerado afirmar que la pérdida del sentido de la vida es un sentimiento general; que cada vez estamos más descontentos de vivir en un limbo cultural, entre peligros mortales ante los que somos impotentes, en una atmósfera de irresponsabilidad infantil, luchando eternamente sin lograr nada y con el sentimiento indefinido de que las cosas no pueden seguir así.

Los niños y los avecindados de la era nuclear vivimos con un temor constante. Pensamos que la humanidad no sobrevivirá si no hacemos algo frente al miedo. Y librarnos de este miedo muy bien podría ser un impulso mayor que el descontento.

El actor de La buena persona de Sezuán de Brecht se vuelve hacia el público al final de la obra y exclama: “¡Tiene que haber una respuesta!”. También debe haber una respuesta para el dilema de la sociedad descontenta. Y puede haber más de una.

 

Agnes Heller

Traducción de Delia Juárez G.

LA RENOVACION LLAMA TRES VECES

Investigación Económica. Revista de la Facultad de Economía de la UNAM; número 164, abril-junio de 1983; 332 pp.

Como una más de las empresas culturales que echó a andar don Jesús Silva Herzog, en abril de 1941 empezó a publicarse la revista Investigación Económica. Luego de una azarosa sobrevivencia a lo largo de 42 años la revista inicia ahora, bajo la dirección de Rolando Cordera Campos, lo que intenta ser una nueva época. Es el tercer esfuerzo, en unos cuantos años, por convertir un órgano de difusión institucional y especializado en un foro de discusión más amplio y abierto a la realidad económica del país.

Como medio de comunicación de la Facultad de Economía de la UNAM, la revista ha estado obviamente sujeta a los vaivenes y altibajos de la propia escuela. Durante muchos años esta publicación permaneció como un apéndice marginal y localista de la entonces Escuela Nacional de Economía. Cumpliendo estrictamente con su propósito de servir como medio de consulta e información para los estudiantes universitarios, Investigación Económica logró sobrevivir mucho tiempo -cosa ciertamente notable si se compara con otras publicaciones de su género- pero sin mayor influencia que la de contribuir en parte a la formación de varias generaciones de economistas.

Fue hasta el segundo período de José Luis Ceceña Gámez como director de la ya para entonces Facultad de Economía, que se inició una etapa de profundos cambios en la publicación. Con Salvador Martínez de la Roca como director de publicaciones, la revista tuvo un cambio radical: se modificaron el formato, los temas, la tipografía, el diseño y el equipo de colaboradores. Los cambios afectaron incluso la numeración corrida de la revista, y se inició la segunda época con un nuevo número uno. Era la primera etapa posdevaluatoria en el país y las discusiones económicas, que hasta entonces habían permanecido recluidas en los cubículos universitarios y los cenáculos gubernamentales, empezaron a salir a la calle. El cambio en Investigación Económica trató de responder precisamente a esa nueva expectativa de información y análisis sobre lo que ocurría en la economía nacional.

Posteriormente, con la llegada de Elena Sandoval a la dirección de la Facultad y de Carlos Perzábal al departamento de difusión, se dio marcha atrás en algunos cambios y se recuperó la numeración original de la revista. Menos de un año después hubo un nuevo impulso renovador. Con la incorporación de Luis Angeles al departamento de difusión se modificaron una vez más el formato y el diseño, haciéndose más modernos. Este esfuerzo por darle agilidad y rigor a la revista -por hacerla más profesional, en síntesis- siguió adelante cuando fue nombrado Raúl Trejo en el departamento de difusión, cargo que todavía ocupa.

Sin modificaciones palpables, ahora, en el formato y la presentación, los cambios que se anuncian en Investigación Económica se orientan a cumplir “tres objetivos generales: apoyar la docencia, describir y recoger el pensamiento económico que se genera en torno al desarrollo (o desarrollos) de América Latina y, de manera especial, contribuir a documentar y revisar el desarrollo mexicano y sus problemas” según manifiesta el director de la Facultad, José Blanco, en la presentación de este número.

Para cumplir estos objetivos se han hecho dos cambios fundamentales, además del nombramiento de Cordera como director: se restructuró el Comité Editorial, agregando algunos de los nombres más pesados entre los economistas que radican en el país y se modificó el contenido de la revista, incluyendo mayor cantidad de textos con análisis coyunturales sobre la economía de México y Latinoamérica. En este sentido, el número 164 de Investigación Económica incluye por vez primera una sección de análisis de la coyuntura económica nacional, con la columna a cargo de Clemente Ruiz Durán que está dedicada al análisis del primer trimestre de 1983. Además, se agrega una sección titulada “Documentos”, que en este número reproduce el texto de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) sobre el balance preliminar de la economía latinoamericana en 1982.

Entre el paquete de textos sobre la economía nacional, destaca el de José Casar y Jaime Ros sobre los “Problemas estructurales de la industrialización en México”. Luego de hacer un extenso análisis sobre las limitaciones y posibilidades de desarrollo de la industria nacional, Casar y Ros apuntan que “los viejos problemas no sólo seguirán vigentes, sino que la contribución que el petróleo haga al desarrollo económico y social de México depende de su resolución y no a la inversa” (p. 185). Se agrega que “el período reciente ha traído consigo cambios importantes en la presencia económica del Estado: es su actividad productiva la que ha permitido el proceso de expansión del período 1972-1981. Hasta qué punto, cabe preguntarse, la crisis del esquema de crecimiento anterior, la magnitud de los recursos petroleros existentes y la reciente nacionalización de la banca colocan al Estado, en principio, ante la necesidad y los medios para retomar un papel dirigente en el proceso de industrialización. De la respuesta a esta pregunta dependen, en gran medida, las perspectivas de mediano plazo de la economía mexicana” (p. 161).

Por su parte, Clemente Ruiz Durán anota en su artículo algunas de las principales características de la economía mexicana entre enero y marzo de 1983:

– El deterioro del campo en 1982 persistirá durante el ciclo primavera-verano, debido al retraso en los precios de garantía y al escaso almacenamiento en las presas.

– Decrecimiento de 10% en la industria, con especial deterioro en algunas ramas: la automotriz perdió ventas por 42.6% y la producción decreció 43.3 por ciento.

– Durante el primer trimestre de 1983 el gasto público federal se decrementó en 15.7% en términos reales, y 60% de lo que se gastó fue para el pago de la deuda.

– En el primer trimestre de 1983 el financiamiento de la banca comercial fue de sólo 2.8 miles de millones de pesos, frente a 16.2 durante el mismo período de 1982.

– En tres meses el poder adquisitivo de los salarios perdió un 12%, el doble de la baja registrada en 1977.

– Las utilidades de Aurrerá aumentaron 47%; las de Sanborns en 92%. En contraste, las utilidades de la industria electrónica y las de autopartes disminuyeron entre un 15 y un 17 por ciento.

Sobre la posibilidad de que la economía mexicana se reactive, Ruiz Durán concluye que “existe un mercado interno que si bien ha sido golpeado, tiene todavía capacidad de respuesta, máxime si se impide un mayor deterioro del poder adquisitivo de los trabajadores. La recuperación podría basarse en el mercado interno, especialmente en las áreas vinculadas al consumo de los trabajadores”.

Los artículos de Ros y Casar, y Ruiz Durán, son muestra del tipo de orientación que se trata de dar a la nueva etapa de Investigación Económica. En lo fundamental se busca que, sin perder su condición teórica y de fuente de consulta para economistas, la revista participe más en el debate sobre la profunda crisis que afecta al país. En este sentido, por ejemplo, es imposible dejar de contrastar el panorama que describe Ruiz Durán con algunas de las visiones triunfalistas que han predominado en estos días y que ven en algunos indicadores financieros favorables la prueba de que el camino que se ha seguido hasta ahora no sólo es el correcto, sino que es “el único camino sensato” como señaló un ilustre banquero de la vieja ola.

Las modificaciones en la revista parecen apuntar en el sentido correcto. Investigación Económica está tratando de agarrar su tercer aire de renovación. Los dos anteriores sirvieron para que mejorara sustancialmente. No obstante, todavía no es la revista rigurosa y plural que la crisis requiere. No sólo porque aún tiene muchos problemas de forma, en especial una redacción descuidada y con muchas erratas, sino también porque, en cuanto al contenido, sigue siendo muy irregular. Algunos buenos artículos, pero todavía no una buena revista.

EL PROFETA PROLONGADO

Coyoacán. Revista marxista latinoamericana. Número 15, enero-marzo (publicado en agosto) de 1983.

Luego de haber pasado por varios países, atosigado, harto de evadir las policías no tan secretas y ansioso de gozar de la paz necesaria para trabajar y organizar la resistencia a la barbarie, tomó aquel barco en Nueva York. Sabía que a donde fuese lo seguirían y que no lo dejarían tranquilo.

El 9 de enero de 1937 Lev Davidovich Bronstein llegó a México. Muy probablemente el aire que hacía temblar a los tampiqueños que trabajaban en el puerto no le provocó un mínimo escalofrío. Bajó de aquel barco solamente con ese viejo saco; caminó por el muelle desvencijado saludó al general Mújica y le presentó á su esposa Natalia.

Si tomamos como punto de partida ese momento podríamos decir que en México el trotskismo ha pasado, con mucho, la mayoría de edad; pero todavía no se conoce una investigación que cuente la historia de las diversas agrupaciones trotskistas en México. Seguramente la tarea sería difícil: tanto como historiar una corriente política que se ha distinguido principalmente por las divisiones internas.

Uno de los aspectos más interesantes de esa historia está en los órganos editoriales que han publicado los trotskistas mexicanos. Porque a simple vista se podría afirmar que estos no han sido capaces de mantener una publicación significativa a lo largo de los años. A lo sumo han sido folletos y algún periódico que tampoco ha escapado a los vicios de la prensa de izquierda.

DEL ROJO BARRIO

Hace exactamente seis años surgió la revista Coyoacán, que sin decirlo abiertamente ha sido el órgano teórico de un amplio grupo de trotskistas. Publicada trimestralmente por la Editorial El Caballito y por Manuel López Gallo, la revista apreció dirigida “a la clase obrera, a la vanguardia campesina y a los intelectuales revolucionarios de América Latina y España”, colocándose desde ese primer número “bajo la bandera del marxismo revolucionario”. Coyoacán, revista marxista latinoamericana estaba dirigida en aquel primer número por un Comité de Redacción al que integraban, entre otros: Adolfo Gilly, Jorge Dauder, Michel Lowy, Arturo Anguiano, Oscar René Vargas, Alberto Di Franco y Roberto Iriarte desde entonces ha mantenido un formato de cuaderno con 140 páginas.

Como buena revista partidiaria, Coyoacán se plantea objetivos serios en el terreno de la organización revolucionaria de la clase obrera: contribuir a la concreción del “nuevo proyecto proletario de la revolución latinoamericana”, organizando para eso “la transición de la actual conciencia nacionalista (o reformista) de la mayoría de la clase, a su conciencia socialista”. Internacionalista al fin, al tomar en cuenta como los “aliados naturales” de la clase obrera latinoamericana “tanto a los Estados obreros ya establecidos… como al proletariado de Europa y Estados Unidos”, la revista se proponía dar a conocer las experiencias de lucha en esos países. En Europa, decían los trotskistas en 1977, el proletariado español ocupa un lugar de vanguardia. Por lo tanto, Coyoacán “tiene también la ambición de utilizar ese instrumento, el idioma común, para contribuir a comunicar ambas tradiciones y ambas experiencias”. Los trotskistas no olvidaban -dejarían de serlo- los problemas que plantea la construcción del socialismo en los “estados obreros” deformados o degenerados; así que la revista “también se propone contribuir a la tarea del marxismo revolucionario en este terreno, abordando, analizando y debatiendo en sus páginas esos problemas cruciales de la revolución socialista”. Pero el proyecto más ambicioso que confesó el Comité de Redacción era “contribuir a la tarea de superar en una sola síntesis esa separación de la teoría marxista entre países industriales y países atrasados y, más profundamente aún, entre marxismo teórico y organización obrera…”.

Coyoacán no pudo, pues, sustraerse a ese tono doctrinario y “de línea” tan característico de la prensa de izquierda. Al final de cada nota editorial y de muchos artículos estaban siempre los clásicos llamados a la acción; el establecimiento de las tareas más importantes para el proletariado y marxistas que lo acompañan; también, por supuesto, el recordatorio de que el asunto -cualquiera que fuere- debía discutirse más a fondo, por la enorme importancia que revestía, y sin olvidar, claro está, la fe inquebrantable en el futuro luminoso de la humanidad, oscurecido un tanto por los actuales estados socialistas.

Tampoco pudieron evitar ciertas generalizaciones que luego necesitaron corrección. En aquel primer número se referían a Centroamérica de la siguiente forma: “El fracaso de la vía guerrillera de la revolución socialista, es porque las masas tienen otra forma de organizarse. El desarrollo de las movilizaciones de masas, en este período, va a mostrar claramente a la vanguardia organizada, la no viabilidad de la alternativa guerrillera.”

Además de los editoriales, ese primer número incluía cuatro artículos. Gilly escribía sobre México algo que podría ser fechado hoy. “Las condiciones nacionales y mundiales que hicieron posible el largo equilibrio inestable del régimen estatal mexicano llegan a su fin”, decía el marxista argentino al principio de su artículo “Identidad nacional, hegemonía proletaria, revolución socialista. Once tesis sobre México”. Pero aclaraba a renglón seguido que esto no significaba que el sui generis bonapartismo mexicano llegara a su fin. Entre otras cosas habría que preguntarse si ese bonapartismo no es el pilar básico del sistema estatal mexicano, o incluso si el régimen estatal mexicano no es el bonapartismo en que se sustenta. Más adelante Gilly sostenía que en el país se habían creado las condiciones para la formación de un nuevo bloque de poder, “constituído por los representantes del capital financiero nacional, los sectores agrarios exportadores… y los intereses de las multinacionales”. Como veremos más adelante, la opinión de la revista no ha cambiado sustancialmente al respecto, a pesar de la nacionalización bancaria.

Además del trabajo de Gilly se publicaban artículos sobre “La larga marcha de la clase obrera argentina”, de Jorge Lucero; “España: democracia, partidos y sindicatos”, de Jorge Dauder, y el mejor artículo del número, sin duda: “El maoísmo y la lucha del proletariado en China”, de C.D. Estrada, donde en líneas por demás polémicas el autor pasa revista a la historia de China a partir del ascenso de Mao y el Partido Comunista al poder.

Completaba aquel número inicial de Coyoacán un dibujo de Vlady dividido en fragmentos, cuyo tema era de esperarse: la casa de Trotsky en el barrio de donde tomó el nombre la revista.

En el terreno editorial Coyoacán no dejó de cumplir. A lo largo de sus publicaciones -hasta el momento han salido 15 números- los temas han sido escasos y abordados con insistencia. El desarrollo económico y político de los países de América Latina; las vicisitudes de la formación de lo que los trotskistas llaman “conciencia proletaria latinoamericana”, y el análisis de los diversos conflictos en los países socialistas. En las páginas de la revista puede ubicarse el desarrollo de la guerra entre China y Vietnam y la historia polaca reciente; el proceso de las organizaciones populares y de izquierda en países como Brasil, Argentina, Perú, etcétera; y los infaltables textos de Ernest Mandel, aunque es de notarse que esta vez los trotskistas de Coyoacán han delimitado muy bien el terreno de las colaboraciones editoriales mandelianas, evitándole al lector las consideraciones del dirigente de la IV Internacional sobre los temas más dispares, como era casi obligatorio en los órganos oficiales de los diversos grupos trotskistas afiliados a la IV Internacional de la década pasada.

BURGUESES EN DISPUTA

Por obstáculos que enfrenta toda la industria editorial, pero la de la izquierda particularmente, Coyoacán retrasó su entrega de enero-marzo de este año y el número 15 apareció en agosto. “Debido a dicho retraso -dice una nota del Comité de Redacción-, este número contiene dos editoriales, sucesivos y complementarios”. Ambos son sobre la nacionalización de la banca y el control generalizado de cambios y vale la pena señalarlos.

Para empezar -dice uno de esos editoriales- una salida burguesa a la crisis, como lo es la nacionalización bancaria, no implica sólo que dicha crisis sea pagada por las masas. “Implica al menos otras dos consideraciones sobre las cuales esas fracciones (burguesas) entran en contradicción”. La primera consideración es sobre el costo político de la salida que se ha elegido, “es decir, si se deberá enfrentar… a las masas y en consecuencia realizar un cambio del personal político del Estado, de los políticos negociadores a los políticos represores…”. Al menos por lo que va del gobierno actual, valdría suponer que el Estado optó por la salida de la pauperización económica de las masas y la democracia limitada, del reconocimiento mínimo -en lo electoral, por ejemplo- del avance de la oposición.

La otra consideración que los redactores de Coyoacán hacen sobre la nacionalización como salida burguesa de la crisis, es ésta: “… cuál será la fracción de la burguesía que también pagará la salida de la crisis, dado que ésta supone, concomitantemente con la desvalorización de la fuerza de trabajo también la destrucción de una parte del capital… y la acentuación de su proceso de concentración y centralización”. Y es que la nacionalización de la banca, “que en sí misma constituye una medida progresista”, quita de las manos del capital privado una importante rama de la economía, pero no por eso deja de ser una medida tomada en el marco de la lucha interburguesa. ¿Lucha interburguesa? ¿Lucha en torno a qué? En torno al poder. Según Coyoacán la caída de la venta petrolera mexicana y la crisis que esto traería consigo fueron creando las condiciones para que el bloque de la burguesía financiera, en alianza con las transnacionales, realizara “un asalto al poder”, no sustituyendo al PRI, sino dando un golpe de Estado interior y poniendo sus hombres en los puestos claves bajo la cobertura del mismo partido gobernante”. Si ese proyecto fallaba, siempre quedaría un último recurso: el golpe de Estado militar, “sería infantil tomar a la ligera las múltiples versiones que en los momentos más agudos de la crisis interburguesa se hicieron circular al respecto”, dice el editorial. Aunque aclara inmediatamente que ésta “era la solución más aleatoria y menos deseada por el capital en su conjunto, mientras se pueda mantener la legitimidad de su Estado frente a las masas”. De haberse llevado a cabo ese “asalto” México no hubiera llegado a su fin como nación; sólo “a la crisis final de un modo de dominación históricamente establecido desde la revolución mexicana y que ya desde hace años ha entrado y continúa en crisis”. Para los editores de Coyoacán esa fue la verdadera “crisis de la alianza burguesa en el poder que vivió México durante el caótico mes de agosto”.

No hay que creerse -se advierte en uno de los editoriales- que con la nacionalización se ha resuelto la crisis de esta alianza interburguesa, o de esta lucha por el poder entran las diversas fracciones de la burguesía. Porque esta nacionalización se llevó a cabo no como producto de la lucha y respuesta a las exigencias de las masas sino por una decisión que ha sido determinada fundamentalmente por la agudeza de la lucha interburguesa mexicana, que “continuará y se acentuará, porque está determinada a su vez por la crisis y porque el capital financiero no ha quedado ni desarmado ni aislado de sus vínculos con parte del personal político del Estado y sobre todo con el capital internacional”. Más aún: luego del desconcierto inicial es claro que el capital financiero prepara su contraofensiva y para ello aprovechará “agresivamente” la crisis misma y las condiciones que los acreedores están fijando al país. “Y no hay a la vista, esta vez, ninguna mercancía `mágica’ que permita escapar a esa tenaza”, concluye el editorial de Coyoacán.

Entonces, esta crisis interburguesa, enmarcada en la crisis general del modelo de dominación, también repercute invariablemente en todas las otras instancias sociales. La CTM, por ejemplo, al reducir su actuación sólo a las amenazas pronunciadas en un lenguaje cada menos florido, verá crecientes dificultades para mantener el apático consenso de los trabajadores a la medida nacionalizadora. Y como también la política cetemista ha consistido en mantener el férreo control obrero en cuanto a las demandas salariales, “acentuará el desprestigio de los charros, disminuirá sus posibilidades de control sobre el movimiento obrero y estimulará… la organización de las tendencias obreras independientes… y el estallido de protestas espontáneas”.

Dice Coyoacán que en los actuales marcos, la nacionalización bancaria sólo será un reacomodo de las distintas fracciones del capital dentro de esta lucha interburguesa, y la izquierda reformista mantendrá una política nefasta si sigue idealizando la nacionalización de la banca, “sin indicar sus limitaciones y peligros”, tomando partido por una fracción de la burguesía en esta pugna. Según los editores de la revista, quien no entienda que la crisis burguesa es también una crisis de su sistema de dominación, no entenderá que una fracción de la burguesía “sólo recurre a una medida de la magnitud de la nacionalización de la banca cuando la profundidad de la crisis plantea… La necesidad de encarar la reorganización de la economía”. La nacionalización, entonces, es la disputa burguesa sobre sus propias y distintas soluciones, “es lo que algunos llaman la disputa por la nación”.

POBRES, QUE NO MARGINADOS

Tal vez como muestra del otro polo de la crisis -el deterioro creciente y constante de la vida proletaria- Coyoacán incluye un trabajo de James D. Cockroft, que hasta donde sabemos no es militante trotskista. (Por cierto, el otro autor no trotskista publicado en Coyoacán, hasta donde pudimos revisar, es Enrique Semo). En su extenso artículo, “Pauperización, no marginalización”, Cockroft se ocupa de las relaciones entre el proceso de acumulación capitalista y el de empobrecimiento de la clase obrera y sus intentos por sobrevivir.

Para Cockroft, “lejos de ser marginales, esos millones de personas hambrientas y sobrecargadas de trabajo constituyen una vasta fracción de la clase obrera”. Escrito más bien para ver la luz en una publicación extranjera, el autor pasa revista a la enorme pobreza de ese sector obrero y analiza, aportando datos muy interesantes, la función del trabajo realizado en pequeños talleres y tiendas, en lo que él llama la producción de plusvalor “Sólo en el Distrito Federal – informa Cockroft- hay 300 mil maquiladoras de ropa… Nacionalmente, para la industria del calzado monopolista, hay muchos más de esos talleres. Estos producen más de la mitad de los zapatos del país, incluido un valor de 36 millones de dólares para la exportación en 1979”. Esta forma de producción no es de ninguna manera un modo de producción “precapitalista” destinado a desaparecer. “Por el contrario, estos talleres son un producto y un instrumento de la moderna acumulación capitalista”. Tampoco es posible, dice el autor, calificar al dueño de este taller de “pequeñoburgués”, ya que esto sólo resulta un disfraz para encubrir una “realidad proletaria”. Por un lado, la mayoría del capital constante está invertida en la maquinaria imprescindible para la producción, y por otro, los dueños de estos talleres no pueden sustraerse al monopolio de las materias primas o al de la comercialización. “De este modo, los pauperizados propietarios de las máquinas de coser, que han comprado a crédito o con ahorros reunidos durante su vida, se ofrecen en el mercado de trabajo con dos mercancías para vender: una parte de capital constante y fuerza de trabajo”. Por otro lado, los capitalistas se apropian de este plusvalor al subcontratar la fuerza de trabajo de todos estos dueños de talleres y las eventuales ventas de los productos terminados en esos talleres.

“En este país -dijo Juan Rodríguez, presidente de la Cámara Nacional del Comercio Minorista-, quien no tiene trabajo inmediatamente se dedica al comercio en pequeño”. Sofisma, según Cockroft, para decir que los cientos de miles de misceláneas son una manera de encubrir el desempleo. “Muchos del millón y cuarto de pequeños establecimientos comerciales registrados son puestos de mercado instalados por los pobres urbanos”. Que estos establecimientos son formas de mejorar el salario familiar tal vez lo desmientan las cifras de la Secretaría de Programación y Presupuesto. En 1978, “el comercio tradicional y atomizado constituía el 80% de los establecimientos comerciales pero contaba sólo con el 9.6% del capital invertido y el 6% de las ventas totales”. A cambio de eso, “el pequeño comercio” ocupaba 46.4% de los 2.5 millones de personas empleadas en ese sector. “Los cientos de miles de tiendas misceláneas -argumentaba el autor- son ilustrativas de cómo estos comercios son en realidad trabajos subproletarios que sirven los intereses del capital monopolista”.

La relación que hay entre la acumulación de capital y la pauperización no es necesariamente una relación de causa y efecto. Según Cockroft, es una estrategia para situaciones de crisis. Así, en 1979, los salarios en relación con el PIB cayeron a menos de 15%, la pérdida de poder adquisitivo del salario llegó a más de 40% y sólo en el Distrito Federal fueron despedidos medio millón de trabajadores. “Estos hechos reflejaban la estrategia conciente del capital monopolista, nacional y exterior”, concluye Cockroft, “para escapar de la crisis que él sobre todo había generado”.

El número 15 de Coyoacán incluye también un artículo de Francisco Colmenares sobre “Las finanzas de PEMEX”. Ya antes el mismo Colmenares había publicado tres trabajos más sobre la industria petrolera mexicana en las páginas de la revista que reseñamos: “PEMEX, instrumento de acumulación del capital monopolista”, en el número doble 7-8; un artículo en el siguiente número sobre los efectos en la estructura industrial del boom petrolero, y “Estados Unidos y la importancia estratégica del petróleo mexicano”, en el onceavo. Después se incluye una versión abreviada del folleto Lo nuevo y lo viejo en la situación boliviana que Walter Esteves publicó con el sello de la Universidad Autónoma de Guerrero y que no abreviaremos más aquí.

Finalmente, y cumpliendo lo que anuncian en la nota de la segunda de forros, en el sentido de dedicar el número a un tema en especial, Coyoacán publica tres materiales sobre Argentina: un documento de la Agrupación de Marxistas Argentinos en el Exilio que se dio a conocer en la revista Divergencia; el artículo “Solución nacional y plan obrero”, de Guillermo Almeyra -quien varios números atrás se había incorporado a la redacción- y “El diciembre caliente”, de Adolfo Gilly. Todos son materiales importantes para conocer la opinión de esta corriente sobre Argentina, que hoy pareciera volver a la frágil democracia, en medio del círculo vicioso marcado por un movimiento obrero -a pesar de lo que digan los peronistas de izquierda- sin un partido político que lo agrupe, y por unas fuerzas armadas siempre dispuestas a retomar el poder y emprender una vez más la “guerra contra la subversión”.

DEL TIGRE A LOS ARISTOGATOS

. Eduardo Lizalde: Memoria del tigre. Editorial Katún, México, 1983, 256 pp.

. Eduardo Lizalde: Autobiografía de un fracaso. El poeticismo. Martín Casillas Editores-INBA, México, 1981, 118 pp.

Advertencia del animal vertido. Aquí se considera la obra de Lizalde a partir de Cada cosa es Babel (1966), donde comienza la “inoportuna memoria” en que reúne sus libros de los últimos veinte años. El mismo excluyó “el mal sueño de los poemas, plaquetas y libros publicados por el autor entre los años 1949 y 1961″. Sin embargo, los textos de aquel mal sueño no duermen el justo descanso eterno que el autor dice desearles. La publicación de Autobiografía de un fracaso, considerada suicidio literario” por Lizalde, obliga a que eventualmente robemos un poco de sueño a las pesadillas perpetradas hasta la nada juvenil tercera década de su edad”. Toda vez que sus bestias salvajes y domesticadas ya pululaban por los años cincuenta, apelarán ocasionalmente a la atención del lector, así sea para bostezar con el autor en esos aburridos malabares del poeticismo que hacia la treintena trágica se soñó marxista. El animal ha quedado vertido y expuesto con todo y pesadillas. Cada página publicada es un delito que debe pagarse, peor aún si reincide, no importa con cuántos anatemas de vergüenza. Así lo ordenan las leyes de la crítica, cualesquiera que sean, derivadas sin remedio, como todas las demás, de la inapelable ley de la selva.

Tú no tienes nombre.

Tal vez nada lo tenga.

Roberto Juarroz

Riesgo. Los últimos años de la poesía mexicana son de recapitulación. Cada poeta más o menos reconocido ha publicado sus obras escogidas o completas en mínimo ajuste de cuentas que apunta a la posteridad, si bien mira para atrás, a veces hasta con nostalgia: en busca del estro perdido. Paz y Huerta se recopilaron generosamente. Sus sucesores cronológicos han ido haciendo lo propio: Bonifaz Nuño, Chumacero, Segovia, Sabines, y más acá la no llamada “generación de los sesentas”: Zaid, Pacheco, Montes de Oca (caso aparte, ya que él parece tener cada diez años nuevas obras completas), y antes de ellos Becerra, quien se les adelantó en varios sentidos (el primero en morir fue también el primero en ser recopilado). Los hijos de Poesía en movimiento comienzan a arreglar sus cuentas con lo que les toque de posteridad. ¿Será este corte de caja en cadena una señal de agotamiento? Los libros-definitivos coinciden con la exhumación de las viejas revistas literarias en ediciones fascimilares; podemos hablar de una pasión por el pasado reciente que algo tiene de autocrítica, algo de complacencia y mucho de necrofilia. A esta epidemia recopiladora se agrega, tardíamente, un eterno rezagado: Eduardo Lizalde, quien si no es propiamente un poeta marginal, con harta frecuencia llegó a parecerlo. Excluído (ignorado, olvidado o como se diga) de las antologías sesenteras Poesía en movimiento y Poesía mexicana del siglo XX, aparecidas en ese 1966 y que en 1983 siguen siendo las antologías por inercia, por calidad o por lo que se quiera (las nuevas antologías y asambleas funcionan como apéndices menores de la que se nos vende como una edad de oro après López Velarde, pasando por Contemporáneos hasta el clímax paciano), Lizalde ocupa sin embargo un sitio nada marginal: poeta reconocido y premiado (¿permeado?), y veterano funcionario cultural. Su condición excéntrica lo llevan a recopilarse en una editorial excéntrica (Katún), luego de un libro autobiográfico fuera de lo habitual (Autobiografía de un fracaso 1981) y de una larga elipse política que arranca en el PCM de los cincuentas, pasa a los espartaquistas, llega a las posiciones escépticas de la “conserva” mexicana y acaba en un puesto oficial. Lo importante es que, a diferencia de sus congéneres, tiene biografía política y puede leerse en su poesía. Entre otras, ésta es una de las razones por las que su obra tiene tanta fuerza. Es el único poeta violento, el más angry young man que nuestras letras del desarrollo estabilizador pudieron producir, el único que llegó a 1968 con la espada desenvainada y no la guardó para lamentarse en verso. Se arriesgó a equivocarse, ahora tenemos en las manos su cosecha.

Fracasos y revueltas. La costumbre de poner en duda la propia obra reimprimiéndola parece característica de una generación: Cuestionario, Tarde o temprano y ahora Memoria del tigre. Cabe destacar que los revisores son poetas sólidos y cuidadosos que padecen el viejo mal de lo publicado. ¿Quién dijo que ya no pertenece al autor sino al público, a la prisión del linotipo o a cierta posteridad esquiva? En realidad, los acomodos de Lizalde son menores: elimina lo anterior a Cada cosa es Babel (1966), depura La zorra enferma (1975) y da un muestrario de Poemas de la última época, inéditos o no. La primera conclusión del lector en 1983 es que Lizalde tiene toda la razón en lo que quita. Ningún texto retirado de La zorra es digno de ser extrañado, ni la sección “Oh, César”: quizá eran malignidades, incluso epigramas, nunca poemas.

El vigor, la rabia y la amargura son armas fundamentales para este “poeta de batalla”. Por eso su obra central es El tigre en la casa (1970), monumento al amor como una de las maneras del odio. Ese tigre retórico ya acechaba en 1954, en un poema memorable sólo porque termina diciendo:

Fuiste como pantera junto a tu

propia noche:

yo cuelgo en tí las luces de tigre

que te faltan

y con pasos enrollados y torpes tardó diez años en madurar un proyecto poético. Porque Cada cosa es Babel es el manifiesto de un autor anhelando manifestarse, el proyecto definitivo de un poeta que anteponía los proyectos a las obras, el rollo al poema, casi el poema al poema. “El poeticismo era -escribe en Autobiografía-, más que un proyecto ignorante y estúpido, un proyecto equivocado que salió de madre a desatiempo”. Cada cosa viene a ser el proyecto puntual y correcto, sólo con lejanos resabios poeticistas (mira una lámpara, decimos,/ jaula de luz o rayo en vacaciones”) pero ya con su Muerte sin fin mejor aprendida (“Que el vaso llena el agua y no la colma,/ que el agua solamente la contiene”, etc.). Por eso, la acechanza del tigre toma forma, y qué forma, también, más providente, buscando “nombres amaestrados”. La pugna entre la rabia de la bestia y su domesticador define la obra de Lizalde, y sus mejores momentos son cuando gana la fiereza estrictamente animal: “lince el poeta, ha de saber qué víctima nombrar”. Cada cosa enuncia a la fiera, El tigre da con su víctima victimadora: la mujer. Al final de Cada cosa nada más asecha:

Cosa que incendia el ojo del lince

con la yesca del estar,

acércate a mi mano,

pobre cachorro del ser,

abre la boca y gruñe y haz el muerto.

Ven cosa, yo diré tu nombre.

De ahí salta a la expresión desnuda y directa del tigre. Una ventaja de Memoria es que el salto de lince a tigre, del anuncio poético al poema, en vez de cuatro años nos toma cuatro páginas:

Hay un tigre en la casa

que desgarra por dentro al que lo

mira

Estamos ante uno de los pocos poemas cabrones de nuestra poesía, pero esta vez Tarumba irrumpe a galope en la casa del enamorado y va en pos de esa pérfida vieja: “¿Qué despreciable perra puede ser ésta,/si de veras me ama?”. Las oscilaciones amor/ odio, salvajismo/domesticidad, rebelión/sumisión encuentran aquí al mejor Lizalde, el que lleva su registro a la máxima tensión de amargura, al misógino enamorado de su tormento. Es el samurai que llega a escondidas y se mete en la cama para no caer en las garras de su propio tigre, rabia que ciega. Es también el blando tigrillo que se sienta a tomar su leche caliente, el intérprete de boleros resentidos que pone un acento lopezvelardiano en la vena de Alvaro Carrillo, y a sus dos fuentes traiciona con la múltiple explosión del vociferante. La derrota es suya, del tigre mínimo, de la rabia enamorada, y el triunfo es de la perra, por muerta dos veces perra y más odiada: “su muerte ha sido la más sucia trampa”. Cuando más ardido, el tigre babea autocompasión vallejiana:

íPor qué morir la perra sin el perro!

¿Cómo, antes de ser creada

-antes de Dios-

morir a manos propias la creatura?

La ciudad pierde a su Beatriz, el tigre pierde a su perra y pasa de la eventración desgraciada a la amarga farsa de una zorra enferma. Aunque al comentarse Lizalde gusta de elogiar a La zorra enferma como libro irritante e incómodo, uno prefiere lamentar que sea tan irritado y tan cómodo. Sólo en la sección “¿Quién inventó este juego?” conserva el modo y la fuerza del poema anterior, es un comentario tardío a la triste aventura. Y gana humor sin perder -aquí- fuerza. Ahora el tigre sale de la cantina y se cuida de no hacer el oso a media calle.

El resto de La zorra, bien podado como ya quedó dicho, es un irritado ajuste de cuentas de Lizalde con sus contemporáneos, un homenaje sordo a José Revueltas sin mencionarlo; responde a la necesidad de morder a quienes en nombre de la Revolución lo mordieron y de reparar sus propias faltas populistas. “La sangre en general” (1959) buscó al mundo del otro Vallejo (Demetrio) y no supo encontrarlo. En La zorra dirá:

Si el pueblo leyera este poema

no entendería jamás

que se trata de un poema.

La ironía lo incluye pero no pretende que lo abarque. Quiere que su libro sea una mentada de madre y un antídoto casi festivo contra el susto de la historia.

Durante el recorrido de Caza mayor (1979), el tigre sale con sus cuates a cazar tigres y otras fieras. Aún recuerda a la que lo quiso domesticar, pero la mujer ya no es perra; en todo caso, no tan perra. Y su mesianismo juvenil encuentra nuevo eco en esta caza menor, poema amoroso de menos odio, ironía que busca defenderse -como tantas otras- del desgaste y la Revolución traicionera:

Salvar el Partenón, salvar al tigre,

al hombre.

Viejas disyuntivas líricas

de la izquierda terrestre, la derecha

terráquea.

Otra zoología. Lizalde no es fabulista sino Walt Disney a la inversa. En vez de humanizar a las bestias animaliza a sus personas, y a los seres-tigre, zorra, perra, oso, gatos y ratones los animaliza a lo bestia. En “Cultura” dispara en tres líneas su propia Fantasía:

La música es peligrosa:

apacienta a los leones

pero excita a los ratones.

Otra vez Mickey Mouse es el aprendiz de brujo.

Notablemente, Poemas de la última época centra el ojo en un bestiario más doméstico: gatos que son acertijo, perros como metáfora de la estupidez y el servilismo. Cuando borda al margen de un tratado (el de Wittgenstein, por supuesto) cae en la tentación ahora corriente de saquear al filósofo de las papeletas para obtener epígrafes y pretextos, si bien opta por el curioso camino de no transcribirlos sino referirnos al Tractatus, lo que le permite independizar sus textos y hacerlos más leves y juguetones. Como Juarroz, crea acertijos poéticos, mete a Escher entre líneas y paladea “la sabrosa tautología del ser”. Apela a la música (él que sabe de ópera y voces engoladas) e insiste en sus exorcismos al ausente mundo”

preciso y real en que nos degradamos

con la edad, la política, el benéfico

amor

todos los días.

Por último, dedica la huertiana “Tercera Tenochtitlan” a Efraín Huerta, con una rabia menos convincente y menos retórica, a pesar de que este nuevo circuito interior por el que “siempre pasa un avión” tiene tramos bien pavimentados. Es poco creíble, o al menos poco necesario, clamar que

no ha habido en ningún mundo una

pocilga

para peores puercos.

Con el tigre de Lizalde ocurre lo mismo que con los boxeadores y luchadores: preferimos verlo herido y sufriendo que enojado o aplaudiendo; lo queremos en el ring, no en los palcos.

PENSAR ES FACIL, ESCRIBIR ES DIFICIL

Alejandro Rossi: Sueños de Occam. UNAM, México, 1983, 74 pp.

La obra literaria de Alejandro Rossi se concentra en dos libros: El manuel del distraído (1978) y Sueños de Occam (1983). El primero fue un conjunto de ensayos, narraciones y narraciones en forma de ensayo que buscaba la unidad estilística y el acecho reflexivo en torno a las grietas del minuto cotidiano. Ahí Rossi describía el peso de certidumbres e inseguridades frente al mundo y su existencia, objetos y geografías; los regodeos del pensamiento en el vicio múltiple de la moral, la amistad y la literatura al servicio de estas ideas: “Creer en el mundo externo, en la existencia del prójimo, en ciertas regularidades, creer que de algún modo somos únicos, confiar en determinadas informaciones, corresponde no tanto a una sabiduría adquirida o a un conjunto de conocimientos, sino más bien a lo que Santayana llamaba la fe animal, aquella que nos orienta sin demostraciones ni razonamientos, aquella que, sin garantizarnos nada, nos separa de la demencia y nos restituye a la vida”.

De este modo en El manual del distraído aparecían recuerdos infantiles, anécdotas de viajes, viñetas domésticas, aforismos, meditaciones, retratos de personajes, crítica del lenguaje, minucias. Se invitaba al lector para entregarlo al juego literario que el autor compartía, “sin planes, sin pretensiones cósmicas, con amor al detalle”. Sin embargo cada uno de los textos imponía sistemáticamente al lector la lápida de los ejercicios lógicos y reflexiones de Rossi mediante moralinas, preceptos, fintas para demostrar que quien escribía era más inteligente que sus personajes e incluso que todos los “improbables” lectores juntos, modestias retóricas, pedanterías, melindres, guiños y recetas instantáneas de estilo empeñados, mal que bien, en la consumación de la utopía verbal, la, “Página perfecta”. En suma, El manual del distraído asestaba la didáctica de quien comenzaba promisoriamente el libro como adulterador de Borges y Ramón Gómez de la Serna, y terminaba ni más ni menos que como… Alejandro Rossi, alguien que asumía su propio personaje de escritor “hecho”: “La paciencia es una virtud heroica que se sustenta siempre en algún fanatismo y no prospera en los distraídos o en los mansos. La mía es la paciencia del racionalista que no cree ni en geometría ni en selvas impenetrables. Ser racionalista es renunciar a las exageraciones interesantes y a los asombros del auditorio. También supone abandonar la quiromancia y los consuelos del escepticismo. Represento una racionalidad laboriosa y modesta, sin éxtasis solares o nocturnas hipotecas del alma. Nadie piense, sin embargo, que esta cautela dieciochesca estimula una vida serena. Implica, por el contrario, la seriedad desesperada del roedor”.

Con estos antecedentes, Sueños de Occam resulta una versión corregida y abreviada de ese extenso borrador que fue El manual del distraído, especialmente de sus últimas páginas, que ya adelantan un desplazamiento de los juegos estilísticos y reflexivos hacia los relatos breves. Los cinco relatos de Sueños de Occam insisten en anotaciones melancólicas: el mundo y sus cosas -ropas, muebles, familiares, ideas, amigos, experiencias- son espacios habitables, cavidades desde las que se ve pasar el tiempo; los espacios son interrogables y hasta conversables, pero no siempre comprensibles; todo esfuerzo al respecto proviene del instrumento filoso de la razón y las abstracciones. Pero aquí ya se puede agradecer que sea un personaje con su propio vuelo literario quien diga, por ejemplo: “Estoy sentado en un sillón -de tela, lo admito, no de cuero-, tengo puesta mi bata escocesa (lo cual no implica, claro está, que el paño sea escocés), quisiera colocarme en la cabeza un gorro de lana, no lo tengo, no sé dónde comprarlo,…, etc.”; y no sea en cambio, como en el libro anterior, Rossi haciendo rabietas porque las cosas ya no son como acostumbraban ser: “Pienso en la variedad enorme de objetos falsos que pueblan el mundo cotidiano, un mundo que se construye como una réplica sistemática, un reflejo, una fantasmagoría. Por un lado los objetos que imitan utilizando un material diferente. Frente al vaso de cartón aquí el rasgo distintivo es el propósito franco de simular otra cosa. Es el caso de un sillón tapizado con un material que se asemeja al cuero, pero no es cuero; la mesa que podría ser de madera y, sin embargo, no lo es,…. etcétera”.

Si en la última parte de El manual distraído Alejandro Rossi se burlaba de “los fantasmas literarios” y sin embargo los exorcizaba, haciendo boxeo de sombra con sus personajes Leñada y Gorrondona, fantoches burlables que caricaturizaban rencores, lugares comunes, manías y escozores literarios, en Sueños de Occam el exorcismo ha desaparecido, o mejor dicho, los fantasmas pertenecen a los personajes y a la factura empeñosa de los relatos. Quizá porque Rossi, después de mucha gimnasia cerebral, entendió que no todos los escritores ni todos los lectores tienen que ser como Leñada o Gorrondona; y entendió algo más sencillo que bien sabía su admirado Gómez de la Serna: “Pensar es fácil. Escribir es difícil”.

Y DEJARAS LA TOGA POR LOS PANTS

Sergio Fernández: Los desfiguros de mi corazón, un anecdotario. Ed. Nueva Imagen, México, 1983, 222 pp.

Ubicable en ese grupo de escritores mexicanos perdidos en su propia escritura, Sergio Fernández publica en 1983 Los desfiguros de mi corazón, un libro alejado de sus galimatías anteriores. Desde aquella anécdota en la que se caracterizaba mecánicamente a los invitados a una cena, Los signos perdidos (1958), Sergio Fernández pareció entregarse a la busca de un camino expresivo que siempre se quedaba oculto tras un bosque de signos. Después de su segunda entrega, la novela En tela de juicio (1964) centrada en un singular impasse, se tuvo la certeza de que Fernández escribía un tipo de literatura intelectualizante, de grandes pretensiones, encerrada en su propio laberinto tautológico: el lenguaje. A este tipo de narraciones se le llamó “literatura de conceptos”. Con Los peces (1968), los textos de Fernández enmohecidos por largos años de cubículos y salones de clase, siguieron en su misma vocación: el circunloquio, la barroquería menos que el barroco, la imposibilidad de contar una historia sin retorcerla. Veinticinco años después de su primer libro, Sergio Fernández hace un poco de luz en su producción literaria, en un recuento honesto y preciso de sus obras que viene a ser la primera sorpresa que depara el anecdotario de Los desfiguros de mi corazón.

¿Qué diferencia hay entre este “anecdotario” de Fernández y su producción anterior? Que en Los desfiguros de mi corazón el autor coloca a las ganas de escribir por encima de sus reflexiones estéticas y sus concepciones filológicas, aunque no todas las veces por encima de la verba cultosa. Pero nada de lo que Fernández ha escrito antes es tan fresco como estos desfiguros. Allá el rebuscamiento narrativo y los pininos conceptuales, acá el mundo. Antes, los malabarismos, ahora las bolas fijas. En este último libro aparece su mundo, y aunque en efecto Fernández quiere sustituir la toga anterior por los pants nuevos, no se quita el birrete y las mayúsculas cuando quiere explicar el cambio, “abrirse”, en la entrada del libro: “Tal cual (una aclaración para mí)”, donde habla de sus Importantísimas Manías: “Es por ello, reitero, que necesito de la anécdota, que abarca más de lo que afirmo: abraza mis manías por la Alquimia, la Cábala, la Magia, la Santería o el Tarot; por la pintura y por obscenidades medianamente disfrazadas; por viajes y distancias que llegan a Sor Juana”. Fernández nombra a la ciudad de México como el lugar en el que ha tejido y destejido sus pespuntes y hace otra presentación, más pertinente, de sus historias o anécdotas: “Con ellas revivo un destino, lo que significa destejerlo para recrearlo. Penélope yo mismo a pesar de mi piccola historia. En la redoma mi diablo deja las muletas y, ambicioso, acumula: Guadalajara, Roma, Bahía, Sao Paulo. Un hermafrodita, un poeta romántico. Un novelista ilustre. Un médico alquimista. Un poeta, un escultor barroco; putas, una alcahueta. Un actor cómico del cine mudo. Un crimen insignificante, crueldades; aproximaciones, todas, a lo que llamamos realidad”.

Ya reseñado el libro por su propio autor no queda sino entresacar. La infancia desfigurada por la fantasía de la niñez y por los hechos que la cercan, sería el eje de “Cristina”: la infancia como un pozo donde la edad adulta puede depositar todas sus indecencias. La homosexualidad como pecado y culpa, el deseo que no consigue materializarse, la sensualidad “Incontrolable” y las vigilias de la putería cruzan los relatos “Nossa Senhora do Bonfim”, “Madalena”, “Cada quien su moral”, “Oye Salomé” y “La Narcisa”. Hay en ellos un desdoblamiento de los personajes, una acción que los hace mitad masculinos, mitad femeninos, mitad sueño y mitad realidad, mitad mitos y mitad nada, como en el caso del cuento “450 East 52 St.”, sobre lo que fue y ya no es la Garbo, y sobre el personaje que la vigilia en Nueva York y que en forma de carta relata su desencanto colosal. Este retrato de la Garbo que un buen día sale de su sarcófago para hundirse en la soledad de las calles neoyorquinas, rompe con todo lo que, Sergio Fernández había escrito antes. O mejor: es un claro rompimiento del mito que él mismo llama “una realidad perfeccionada”

Igualmente, nada tan quebrador de ese mito como los gestos y las caricias del brasileño Gilberto Silva, taxista que pasea e invita al narrador de “Nossa Senhora do Bonfim”. Comparado con un tigre que al morder desgarra, asemejado a una fiera hambrienta que hipnotiza con caricias a su presa antes de devorarla, Silva revienta de las ganas en su papel de animal erótico. Esa extraña relación establecida en unas horas con el narrador que visita Bahía, se nutre de una simple frase: “Eu gosto muito de voce. Meu coraçâo está sangrando”. Y este tigre y su rugido “se inscriben” en la piel del narrador mientras bajan a la playa para ayuntarse: “En voz baja murmura que debemos ir más allá, a la arena. Nos mira el mar. Al bajar del auto hace una leve mueca, como si algo le doliera en la ingle, já cansei de dirigir. Como está bonita a luna”.

Los tres cuentos anteriores están construidos con sueños y reflexiones, creencias en la magia y lo sobrenatural, apoyos en lo grotesco. Todo se desvirtúa y degrada, lo altivo baja a la tierra, lo solemne se vuelve trivial, el tono irracional busca romper toda lógica, incluso la de la ficción. El mundo se ridiculiza y se vuelve caricatura, no siempre con fortuna narrativa. Por ejemplo en “Cada quien su moral”, cuento que se quiere infame, lleno de sueños demenciales que narra la historia de un sonámbulo en cuyas pesadillas ve su infancia y su edad actual, su pasado y su presente, sus desdichas y sus placeres sus tormentos interiores y la homosexualidad que lo atosiga. Esto se lo dicta un guajolote con quien tiene un coito macabro. Este guajolote, salido de los escombros del sueño, representa al hermano homosexual del narrador que en un trance familiar se suicida. íComplicadísimo Fernández!

Otra veta explotable en Los desfiguros de mi corazón es la del arte, que a veces se vuelve el Arte, el Harte. “De tejas adentro” es lo mejor en esta zona y se mete en la vida marchita de María Tereza (sic) Montoya, sus dobles, sus bordados, invitada a cenar cualquier día a la casa del narrador. Mujeres múltiples que se juntan en la actriz, varios mundos resumidos en una mirada o en una boca. “Pero, ¿qué necesidad forma a una actriz? ¿El apetito por las vidas ajenas? Hambre de gestos, de pasiones: una ocasión en suma”. Como hilo conductor de la personalidad doble de María Tereza, viene el asunto del andrógino, recurrente en los cuentos de Fernández. “Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón”. María Tereza hecha hombre y mujer, Medea o Bernarda Alva, cortesana o aristócrata, síntesis del mundo y de sus sueños. Al lado de todos esos desdoblamientos se encuentra la mujer de carne y hueso que pasa el día maldiciendo a su país porque, dice, en México nadie sabe reconocer y/o apreciar el arte. “Pero si los objetos se convierten en otros para el arte, ¿sucede con la vida?, ¿será esa la llave para entender los sucesivos del odio y el amor?”. El rollo del artista y su producto se mantiene en varios cuentos del libro. “Hamburgo, 1831” retoma el problema del escritor y su complicidad con el mundo. La historia de Giselle se va bordando a lo largo del relato en el que Fernández mezcla la fantasía con la biografía de Heine. Envuelve a Heine en sus creencias, su fe, la enfermedad venérea que lo martirizó y tal vez lo puso a producir romances.

Los prejuicios de la homosexualidad se ciernen sobre las sombras de algunos personajes de Fernández. Donde más y mejor se apunta en esta dirección es sin duda en el cuento “Oye Salomé”. El narrador debe cumplir con su masculinada para demoler aquella sentencia de su abuela: “Prefiero verte muerto a que seas un pervertido, un maricón”. Los espacios eróticos de este relato se mueven a contraluz con la poesía, el cuerpo, la pubertad y el orgasmo. Para Fernández puede haber un sexo del cuerpo, y otro espiritual, inmodificable. El narrador de “Oye Salomé” se quedó entre el rojo y el azul, en la indeterminación, gracias a la educación de la abuela y sus consejos sabios. “Prefiero verte muerto”. El hermano del narrador se mató; en cambio, él vivió para cumplir una misión desacralizadora: mediante el coito con un pedazo de carne, puta de profesión, renacía él destruyendo a su abuela, a la ciudad donde vivió su infancia, al cura que lo confesaba, a sus amigos que lo creían impotente, a las putas que nunca se pudo coger. Y aquí Fernández se mueve efectivamente entre la cogedera y una irremediable cursilería, la voluntad de espiritualizar espasmos, de las que no están libres varios momentos de Los desfiguros de mi corazón: “Echada sobre mí (anda, tócame más) mis yemas en su gruta. íCuánta, cuánta felicidad! Yo, el agua por ahora; ella el balandro. Después las gotas ella, yo el velero. `Detente, amor. No infundas ese aliento/tan rápido a las brisas./Aminora un poco el paso. Da a tu movimiento/un nuevo ritmo ahora'”.

Los desfiguros de mi corazón parece la síntesis de los pespuntes que su autor había anunciado -o desfigurado- en sus obras anteriores, con la peculiaridad de ahora Fernández ha trocado el cielo por la tierra con sólo poner en movimiento a la experiencia cotidiana por medio de la imaginación. Es un procedimiento que aún puede limpiarse de rebabas excelsas, de Greta Garbo-pero-también-Sor Juana, de diez gramos de espíritu por un kilogramo de carne, y ser convocado para que, en lo sucesivo, haga más tierra.

LOS CUADERNOS DE LA IZQUIERDA CONTENTA

María Luisa Puga: Pánico o peligro. Siglo XXI Editores, México, 1983, 282 pp.

Cuatro personajes femeninos ocupan la mayor atención de María Luisa Puga en su última novela, Pánico o peligro, a través del intento autobiográfico de una de ellas, Susana. El relato de Susana es el larguísimo anecdotario de una niña que comienza su adolescencia en la segunda mitad de la década de los sesenta y que, en el filo inseguro de los treinta años decide llenar todos los cuadernos que sean necesarios con tal de ofrecer un testimonio de su vida al que es su enamorado más reciente. Es una historia mal vista y mal dicha, en favor de cierta flexibilidad, innecesaria e insostenible por lo que a este caso respecta, de lo que puede o no ser verosímil cuando algún inocente toma la pluma para contar lo que ha sido su vida; una historia supeditada a emociones, recuerdos y certidumbres que en sus mejores momentos no pasan de ser una impostura apostrofada por el oportunismo, la banalidad o la simpleza, y que da cuerda también de otros personajes que gravitan en Susana y tres amigas de toda la vida. Sus escenarios corresponden a los de una ciudad inexistente, es decir, a los de una ciudad que sólo existe en la imaginación y en las ideas literarias de sus habilidades más sedentarias. Su voz narrativa es holgazana y en ella, más que en cualquier otro aspecto de la novela, resulta evidente, si no la falta de propósito, sí la falta de dirección y el mínimo control esperado en una escritora que, como María Luisa Puga, no es la primera ni la segunda vez que publica lo que escribe.

El espejismo de un lento paseo dominical abre la novela y Susana le cuenta a su cuaderno para que se entere su galán destinatario, o viceversa:

Imagínate: éramos mi padre, mi madre y yo. Me acuerdo del coche cuando salíamos a pasear. Un Plymouth de segunda que acababa de comprar mi padre. Su primer coche y el último que tuvo. Lo manejaba con temor, con muchísimo cuidado. Nunca se sintió seguro manejándolo. Para ver por la ventanilla, yo me tenía que arrodillar en el asiento. El coche era como una tina de latón, y el mundo afuera era muy raro pese a los comentarios de mi mamá: que si las jacarandas ya estaban floreando, que si aquel edificio nuevo. Contenta mi mamá en esos paseos graves, casi solemnes, de los domingos.

Es el principio de un extenso capítulo en el que caben todos los personajes (o la gran mayoría) que más tarde tendrán su parte, desarrollada o no, para luego esfumarse. Y ya desde este primer capítulo -doce en total- los padres de Susana desaparecen de muerte tan artificiosamente natural e insulsa como su mismo relato; es el recurso que la novela seguirá usando para apartar al lector de los platos ofrecidos al comienzo. “Tenía 19 años y se sentía acabada”, escribe Susana en sus cuadernos. Y abandonada en la gran ciudad por dos líneas de parentesco olvidadas en la provincia, la joven huérfana se recuerda a sí misma en la cuesta que su suerte y su indefensión le han otorgado, teniendo enfrente de ella un escenario digno de un gran pasquín: la ciudad para ser descubierta sin ningún tipo de atadura familiar, el trabajo seguro e intercambiable a capricho para aniquilar la renta a tiempo, la amiga (Lourdes) que algún día será célebre por lo que escribe para llenar sus tiempos libres toda la vida por delante para llegar al sur de la ciudad y para sus romances impredecibles con criaturas politizadas y politizantes. Pero no nos adelantemos. Susana todavía no estrena bien a bien su vida de huérfana en el departamento que tiene para ella sola, cuando en eso se muere una de sus tres amigas, Lola. Después de un año de matrimonio, sale de escena éste que era un personaje secundario, pero mucho más elocuente que el resto de los perfilados hasta el momento. El mismo recurso saca de la novela a Socorro, la última de las amigas que se lleva la muerte. Ella, la bonita del grupo la niña golpeada, la adolescente ambiciosa, la del aborto clandestino antes de los veinte años, la modelo perfumada y frívola que en un pasaje incógnito del cuaderno de Susana se vuelve guerrillera de una organización todavía más incógnita que ese pasaje; ella, Socorro, desaparece en los sótanos de la policía. Pero esta muerte -a diferencia de lo que pasó con Lola- si amerita ir acompañada por una de las tantas exégesis bobas de Lourdes la escritora, la única que supo leer las transformaciones de Socorro. Las de Socorro sí son transformaciones, y no como las de Lola, cuya sola transformación fue casarse y que de cualquier modo nunca sería politizada por su marido. De modo que, junto con Susana, Lourdes también es la única que sobrevive a la terrible disyuntiva cultisureña que plantea el título: “la diferencia entre vivir con pánico o enfrentar el peligro”.

Susana escribe de madrugada. No es escritora ni le interesa serlo a diferencia de Lourdes, que lleva años escribiendo una novela sobre México y que trabaja en una editorial que está en Ciudad Satélite(!). El proyecto de Susana no es ambicioso, pero para el caso es lo mismo porque comparte con Lourdes la ignorancia ilustrada a cada palabra. Así, Lourdes dice que le interesa escribir una novela sobre la corrupción en México:

…la corrupción; no la quiero decir la quiero sentir, escribirla sintiéndola. Quién te dice, dijo, si asumiéndola no llegara a poder convertirse en el único lazo que nos una, que verdaderamente nos haga un país… Asumiéndola quiere decir, entiéndeme, Susana, haciéndonos responsables, partícipes, perpetuadores de ella. Es una manera de deslizarse por la realidad… más, por el lenguaje. Por los conceptos -se entusiasmaba-: los valores. Algo que una vez comprendido a fondo, podría llegar a ser una fuerza.

Y por su parte Susana tiene todo un arsenal de genialidades e intuiciones políticas, literarias y sociológicas: pánico y prejuicio y (otra vez) Cultisur y sensibilidad:

El negocito mexicano (la miscelánea) del que todavía no ha tenido que ser asalariado. Pero ya no tarda (…). Me he fijado cómo acá, en el sur, hay una especie de retorno a ese negocito: esas señoras que entre orden y orden a su sirvienta han alquilado su localito decente para vender los pasteles que han hecho tantas veces en sus casas y tantos elogios han recibido de sus hijos y marido distraído. O las que llevan años de coser primores. Negocitos que se inician con una especie de pudor, un olor azucarado y un apóstrofe arribista y absurdo. O negocios entre jóvenes, de ropa, discos, manufacturas de cosas de plástico. Sí, hay un retorno, o un rechazo a la gran compañía impersonal y tediosa, pero que no tiene nada que ver con ese rincón oscuro y resistente de la miscelánea. No sé si es una cosa de tiempo, o de luz. No sólo de decorado.

Susana no sólo desea su indefensión, sino también hacerla viable y documentarla -por ejemplo, descubre o decide que ya desde niña era pobre porque le daban sólo 5 pesos diarios, ía principios de los sesentas!, para gastar en la escuela -lo mismo que desea que una venta de garage del Pedregal o San Angel o Coyoacán se vuelva estanquillo de la colonia de los Doctores.

Pero no sólo en eso se pasa la vida. Las amigas llegan al departamento de Susana. Ella -que desde su adolescencia arrastra consigo el apodo de La pasmada, por otra brillante idea de Lourdes- ocupa la mayor parte de su tiempo libre sentada frente a la ventana; es lo único que hace. No se va a vivir a otro edificio, sólo cambia una ventana por otra. Y su vida transcurre en las distintas oficinas de sus (siempre a la mano) empleos consecutivos. Y en esas oficinas, una vez resuelto el misterio del ingreso, todo lo que la rodea es una enorme bondad que ella puede o no rechazar juzgándose invicta en un juego establecido por ella para garantizar su triunfo. Nada ni nadie la toca. Quienes se acercan a ella tienen vocación de educadores o lameculos. Ella es o no receptáculo de netas tiradas al aire o de misiones politizadoras, atendidas con paciencia en su trabajo o en el departamento. Pero sobre todo, Susana es una mujer sin cuerpo, como la ciudad que conoce por distintas ventanas. En su adolescencia caminó por la ciudad (o la parte de ciudad que le correspondía), pero esto fue antes de recorrer en camión la distancia entre el trabajo y su ventana; más tarde, cambió por necesidad los camiones y entró en contacto con los peseros. Y en esto fue incapaz de aprenderle un sólo truco a la enormísima ciudad que la hizo aprensiva desde esa vez en que, al caer la tarde, le puso frente a su ventana la escena de un secuestro policiaco que ya jamás podría olvidar.

No falta, por supuesto, algún aspirante con deseos de servirse a sus anchas las carnes de Susana, pero sin poder llegar a ningún lado. Si algo, Susana domina su territorio y ahí siente una seguridad absoluta: ésta es la mejor parte de su inermidad o inocencia o tontera infranqueable, y a la que María Luisa Puga jamás retira su aval como autora. La “pobre y pasmada historia” de Susana -como la misma Susana dice en algún momento- no es tan sólo la vida de una mujer joven pegada ocho horas diarias a un escritorio, o a una ventana vespertina, junto a postales oportunistas de una ciudad ajena a ella y a la novela, es decir, vistas requisadas a otras páginas y autores; Pánico o peligro es también el itinerario que sigue Susana hasta llegar a una ventana del sur de la ciudad, en la que vive la paz de la vegetación y del espacio: la ventana de una habitación en la que todas las madrugadas escribe su historia, o el relato de una adolescente que supo enfrentar serias dificultades -la primaria oficial y los sueños incompletos del padre- hasta llegar a su dulce retiro del sur, pero eso si, ya muy bien politizada por el regio galán del sindicato universitario, el suscriptor principal de los cuadernos de Pánico o peligro. Por eso Susana se sabe parte de la “izquierda contenta” y le dice a su compañero”:

…yo estoy de acuerdo en estar aquí, en ser parte de tu mundo de reuniones y manifestaciones y largas, tediosas precisiones anotadas en nuestros cuadernos Scribe. Estoy de acuerdo en reírnos y en leer el unomásuno y subrayar el Así es y luego cada cual irse a su casa. Y sentirse a salvo. En dormirnos tarde y con música y hacer el amor y amanecer medio crudos.

A la indefensión de Susana la tomaron por sorpresa el amor de coyuntura específica y el tirar línea de los alineados en la misma bobería exegética que Lourdes. Al leer, no se sabe si compadecerla o dar por merecida su suerte entre los conjugadores del verbo politizar, los tales para cuales aleccionadores de “compañeras” (o tales para, al menos, Susana y Lourdes, porque de las otras que se topan con “compañeros” que las consideran susceptibles de politización, no se sabe). Le escribe Susana al joven sindicalista:

Un día entendí. No sé si te acuerdes: hablabas con alguien de tu amigo Quezada y su nueva compañera. Y tú dijiste: la va a tener que politizar, pero no es problema, Quezada puede. No será la primera vez. Yo los oía distraída y me quedó la sensación de que a esa chica le iban a hacer algo; la iban a cambiar, a enderezar… algo. Y de pronto los imaginé hablando así de mí. Sentí, más que pensé: Lourdes y su manía de “educarme”. Y luego me reconocí con extrañeza como si me hubiera olvidado por un largo, largo tiempo. De improviso me topé conmigo misma y ahí supe que algo había cambiado. Me pregunté si era que me estabas “politizando”, y entonces sentí la ciudad distinta a la que yo conocía.

Pánico y peligro es una novela atenida a lo que puede hacer su lenguaje, a la capacidad que tenga el lenguaje para ocupar y ser el relato mismo, porque la historia que Susana tiene para contar es irrelevante; pero resulta que el lenguaje de Pánico o peligro también es irrelevante y nunca aparece al servicio de la narración o siquiera al servicio de Susana. Este personaje no tiene ni voz propia ni cartel dramático; sus cuadernos son incapaces de dar tonos distintos de emoción o recogimiento. La primera persona deja de ser un recurso literario para volverse una regresión al servicio del ego. La informalidad buscada y equívoca en la manera de escribir de Susana: “Nos vi de pronto”, no puede imprimir matices que fundamentarían la distancia entre la escritora (Puga) y la primera voz del relato (Susana); esa informalidad no es intencional ni voluntaria, no es parte del personaje imaginado o visto así por Puga, sino parte de quien supuestamente es el responsable de toda la narración. La voz de Susana no surge del control que Puga haya ejercido sobre su personaje; por el contrario, no hay división: Susana escribe igual que piensa Lourdes o politizan los de la “izquierda contenta” o habla la voz narrativa de María Luisa Puga. En efecto, el relato subordinado a la voz de un personaje, la informalidad de la primera persona controlada por el autor y la apuesta al lenguaje para que ocupe el lugar del relato pueden ser recursos a la mano para dar el perfil de un personaje o las atmósferas precisas de cierta evocación -como en algunas páginas de Sergio Pitol o José Emilio Pacheco o Ibargüengoitia-; pero en Pánico o peligro esto se vuelve onanismo verbal, desgaja cualquier posibilidad narrativa y, a fin de cuentas, sintomatiza una actitud literaria que se ve a sí misma como al margen de cualquier público y actúa en consecuencia: el egotismo da su salto interminable, la autocomplacencia se levanta de madrugada a

llenar cuadernos que no la sacian y piden más cuadernos, mientras la contención literaria se queda dormida.

LA TRAGEDIA DE LA INFORMACION

Uno de los problemas principales para cualquiera que intenta ensayar una definición de la ciencia es la gran heterogeneidad de las actividades conocidas con ese nombre. Así, el trabajo de un físico teórico es radicalmente distinto al del biólogo molecular, y el de ambos es muy diferente al del entomólogo. Y eso que he mencionado tres de las ciencias llamadas naturales, porque si ampliamos el marco de referencia para incluir a las llamadas ciencias sociales, las actividades de los científicos son aún más disímbolas, al grado de hacer muy difícil o imposible una generalización que las incluya a todas. Desde luego, es posible distinguir unos cuantos elementos comunes a la gran mayoría o a todas las actividades aceptadas como científicas, pero tales elementos no alcanzan para separarlas con precisión de otras ocupaciones que nadie aceptaría como ciencia.

Dentro de los pocos elementos comunes a los investigadores que cultivan distintos campos de la ciencia se encuentran los 3 siguientes: 1) los científicos no conocen de antemano lo que va a surgir como resultado de sus trabajos; 2) el objetivo central de los hombres de ciencia es aumentar el conocimiento de la Naturaleza 3) las probabilidades de qué el resultado específico de una investigación sea correcto aumentan conforme se difunde entre la comunidad científica pertinente y esta lo acepta de manera generalizada. Los tres elementos mencionados giran alrededor del conocimiento, que es lo que no se tiene, se persigue, y finalmente se alcanza por consenso.

Sin embargo, todavía hay un elemento más, común a todas las ramas de la ciencia, sin el cual no es posible avanzar en ellas y al que los resultados contribuyen cuando se transforman en conocimiento. Todos los científico necesitan y utilizan la información.

Para alcanzar nuevos conocimientos hay que partir de los que ya existen. De no hacerlo así se corre el peligro de descubrir la leche tibia. No se piense que este peligro es algo remoto o fácil de evitar. Por el contrario, representa uno de los riesgos más inmediatos que acechan a todo investigador científico cuyo trabajo se sitúa en las fronteras de su campo. La razón es muy sencilla: siempre existen otros científicos interesados en la misma área y en el mismo problema, con capacidades e intereses más o menos similares y con niveles comparables de información. Por eso es que en la ciencia, a pesar del gran componente creativo que requiere, los grandes genios no son indispensables como individuos. En otras palabras, lo que X descubre hoy puede igualmente descubrirse mañana por Y como si X no existiera, o se hubiera dedicado a la poesía. En cambio, en el arte la situación es exactamente la opuesta: los grandes genios son absolutamente indispensables como individuos. Sin Bach, el Arte de la Fuga no existiría; sin Picasso, Guernica nunca se hubiera pintado. Tanto los científicos como los artistas necesitan de la información existente en sus respectivos campos y ambos la usan como instrumento de trabajo; la diferencia estriba en que la información forma parte de la esencia de la ciencia, mientras que para el arte su función es más bien existencial.

El uso que los hombres de ciencia dan a la información es de dos tipos: por un lado, el conocimiento adquirido y sancionado con el consenso de la comunidad científica relevante se utiliza como un instrumento de trabajo más, comparable (en sus mil usos) a las computadoras para los físicos teóricos o el contador de centelleo para los bioquímicos. De hecho, la información aspira con excelentes credenciales al puesto de instrumento más valioso en el oficio de la investigación científica. En el área restringida de la investigación biomédica (única en la que pretendo experiencia personal) la información ocupa fácilmente el rango de elemento más importante de todos los que manejamos, incluyendo una enorme cantidad de máquinas e instrumentos, sustancias químicas, seres biológicos experimentales y hasta colaboradores científicos. Por otro lado, la información también se usa en la investigación científica como objetivo principal, después de todo, lo que los científicos tenemos como meta de nuestro trabajo es decir el menor número posible de mentiras por minuto. Si el objetivo central de la ciencia es aumentar el conocimiento de la Naturaleza la forma más eficiente de hacerlo bien será contribuyendo con tanta frecuencia como sea posible con información nueva y veraz.

Todo lo anterior sirve como justificación explicatoria al tema central de estas líneas: la tragedia actual de la información científica. En estas mismas páginas he tenido oportunidad de comentar varios aspectos de la ciencia en México bajo la austeridad, eufemismo que realmente significa “no hay dinero”. Mis comentarios han sido críticos pero sin intención polémica; me consta personalmente que las actuales autoridades con competencia para resolver los problemas que planteo no sólo tienen conciencia de ellos sino que además les duelen en carne propia. Esto es particularmente cierto cuando se enfrenta la crisis de la información, que a mi modo de ver tiene consecuencias más graves y más duraderas que muchas otras de las crisis generadas por el cataclismo económico que hoy compartimos con tantas otras partes del mundo.

Los científicos obtenemos información técnica y profesional de dos fuentes distintas: una, la que generamos con nuestro propio trabajo; la otra, la que adquirimos a través de las diferentes vías de comunicación que utiliza la ciencia: libros, artículos originales y/o de revisión en publicaciones periódicas, conferencias, seminarios, congresos, contactos personales con otros científicos etc. Desde luego, existe una gran desproporción en la magnitud relativa de estas dos fuentes. Lo que cada científico individual aporta al conocimiento (aún los más excelsos) es microscópico cuando se compara con el impresionante y majestuoso edificio de cada área científica, que a su vez se empequeñece cuando se contempla la vasta urbe constituida por todas las ciencias. Sin embargo, es interesante que de cuando en cuando (muy de cuando en cuando) surge un científico genial que por sí solo genera información tan abundante y, sobre todo, tan general, que su contribución tiñe de manera indeleble no sólo todos los conocimientos directamente conectados con la ciencia relevante sino que además alcanza y matiza otros campos científicos, más o menos alejados del suyo propio. Tales han sido los casos de Galileo, de Einstein, o de Darwin. El punto que me interesa subrayar aquí es precisamente la diferencia en los órdenes de magnitud de las dos fuentes de información abiertas al científico activo contemporáneo: la generada personalmente, y toda la demás.

Durante la mayor parte de la historia de la ciencia en el mundo occidental, el problema que hoy enfrentamos no sólo no existía sino que no podía existir. Si aceptamos que la ciencia data del siglo XVII (± uno o dos siglos, según la ciencia que se cultive) lo que los científicos mexicanos debían aprender en el siglo XVIII era todavía bien poco: la ciencia era muy joven. Bastaba con leer media docena de libros y asistir a no más de una reunión internacional anual para estar razonablemente bien informado sobre todo lo que ocurría de nuevo en el campo. La situación no cambió cualitativamente en los dos siglos siguientes (XVII a XIX), aunque quizá el número de libros requeridos subió a un par de docenas al año y las reuniones internacionales se multiplicaron de tal manera que hubo necesidad de seleccionar aquellas más afines al campo específico del investigador interesado. A principios del siglo XX se registraron dos cambios radicales en este panorama: en primer lugar, en muchos campos de las ciencias naturales las publicaciones periódicas empezaron a competir con los libros por el primer lugar como vehículos para registrar y difundir las novedades científicas. La hegemonía de los libros se vio en entredicho; el principal problema era el tiempo transcurrido entre la observación científica y su publicación. Para los libros era de meses, mientras para las revistas periódicas era de pocas semanas. En segundo lugar, la atomización de la ciencia promovió simultáneamente la microescalación de las comunicaciones presentadas. Con el descubrimiento de que la Naturaleza es mucho más compleja de lo que nuestros abuelos se imaginaban, los aspirantes a la universalidad de Leonardo comenzaron a escasear. Los problemas planteados se restringieron en extensión, los modelos experimentales limitaron sus exigencias en forma ejemplarmente económica, las soluciones ofrecidas tuvieron cada vez menos generalidad de aplicación.

En forma simultánea al incremento en la complejidad de la ciencia, los medios empleados para la difusión de los nuevos conocimientos científicos han aumentado de manera descomunal. Nadie sabe cuántos libros se publican al año en su propio y limitado campo de interés científico; se calcula que anualmente aparecen más de 50 000 revistas técnicas especializadas en diversos campos de la ciencia. Las bibliotecas han crecido también pero sólo unas cuantas en el mundo aspiran a poseer colecciones más o menos completas de la literatura científica; la mayor parte contiene una selección de libros y revistas afines a los intereses especializados de la institución de que forma parte. En México, hasta fines del año pasado, existían varias bibliotecas entre regulares y buenas, donde los científicos de distintas ramas podíamos encontrar la mayor parte de la información necesaria.

Pero con la devaluación del peso mexicano y la inflación galopante que la acompaña, los precios de los libros se han elevado (y continúan subiendo) estratosféricamente, y lo mismo pasa con las suscripciones a revistas científicas. Simultáneamente, los presupuestos institucionales han sufrido recortes, lo que limita todavía más las posibilidades de adquirir la información científica indispensable para trabajar. La tragedia alcanzó proporciones aterradoras con el control de las divisas extranjeras, en vista de que la inmensa mayoría de los libros y revistas científicas vienen del exterior. Un libro que antes de la devaluación costaba $1 000.00, actualmente puede llegar a costar $15 000.00 o aún más, aparte de que durante meses no se autorizó la importación de libros. En la biblioteca de la institución donde yo trabajo se interrumpieron las suscripciones a más de 100 títulos a partir de enero del presente año y ya casi no se adquieren libros; visitarla en busca de alguna referencia es una experiencia desoladora y casi siempre infructuosa. Nos estamos quedando sin la fuente externa de información, lo que constituye la catástrofe más grave que ha sufrido la ciencia mexicana desde que existe. El recurso de compensar esta pérdida aumentando el número de reuniones internacionales a las que asisten los científicos está completamente vedado por las mismas razones económicas.

El resultado de este aislamiento de las corrientes científicas internacionales se sentirá en un plazo más corto de lo que se piensa. Con el aumento progresivo en la brecha que nos separa de los países técnica y científicamente adelantados, pronto no tendremos ya ni la capacidad para entender lo que están haciendo. Esa es la condición ideal para garantizar el colonialismo económico e intelectual. Por eso me parece que la crisis de la información científica en México es una tragedia.

México en Centroamérica

Las conversaciones que integran esta mesa redonda tuvieron lugar en la redacción de NEXOS a mediados de 1983 y fueron revisadas por los participantes en noviembre, días después de la invasión estadunidense de Granada. Muchas cosas agitaron el escenario centroamericano durante esos meses pero ninguna de ellas, por desgracia, alteró las condiciones esenciales del conflicto centroamericano que se analizan en esta discusión. De un lado, la intensidad creciente de la escalada norteamericana; del otro, la voluntad política de un puñado de países latinoamericanos de evitar la guerra y hacer posible una solución negociada. El Grupo Contadora, que reúne a los gobiernos de esos países, ha avanzado considerablemente en la delgada senda pacificadora hasta obtener el respaldo de la ONU y plena autoridad moral y diplomática ante la comunidad latinoamericana. Pero también Estados Unidos ha avanzado implacablemente en su cerco militar sobre Nicaragua y en la confección de un mecanismo regional destinado a imponer una “solución” militar a la crisis centroamericana.

Las implicaciones estratégicas y los compromisos políticos que la evolución de esta crisis plantea para México no puede desestimarse, aunque la propia crisis interna que vive el país parezca haber apagado su disposición social a movilizarse intensamente en torno a esa causa decisiva. Entre otros asuntos claves, esta mesa redonda recuerda que una parte importante del futuro inmediato de México y de su relación con Estados Unidos, se está jugando en Centroamérica.

Los participantes en esta mesa son, por orden de aparición, Carlos Tello Macías, autor de La política económica de México, 1970-1976 (Siglo XXI Editores, 1979) y de La disputa por la nación (en colaboración con Rolando Cordera, Siglo XXI Editores, 1980); Adolfo Aguilar Zinser, investigador del Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo y director de la revista Informe. Relaciones México-Estados Unidos; Olga Pellicer y Luis Maira, especialistas en cuestiones internacionales del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), y miembros del comité editorial de la carta mensual Estados Unidos: perspectiva latinoamericana; Adolfo Gilly, autor de La Nueva Nicaragua (Nueva Imagen, 1981) y Guerra y política en El Salvador (Nueva Imagen, 1982); finalmente Gustavo Iruegas, director de Protección de la Secretaría de Relaciones Exteriores, ex encargado de negocios de la embajada mexicana en Nicaragua 1978-1979 y de la embajada de El Salvador 1980-1981.

Carlos Tello: Del análisis y estudio de la situación que prevalece hoy en día en Centroamérica, se pueden derivar una serie de cuestiones que son comunes al conjunto de los países de la región, al margen del carácter específico que tienen en cada uno de los países que la integran. En primer lugar destaca la presencia y la influencia abrumadora de Estados Unidos. Esto sería lo común. Lo específico son las distintas formas en que esta presencia se hace sentir. En el caso de Nicaragua se manifiesta en una combinación de guerra económica y una agresión promovida, lo que implica que Nicaragua destine recursos importantes para estar permanentemente preparada, recursos que de otra manera destinaría a su desarrollo económico y social. En el caso de El Salvador la presencia norteamericana se hace sentir por la vía del apoyo militar al gobierno; en el de Costa Rica, por la vía de recursos financieros y apoyos crediticios que le permiten al país medio superar la crisis por la que atraviesa.

En segundo lugar, conforme ha crecido la presencia de Estados Unidos en la región ha desaparecido la de otros países occidentales. Parecería que el resto de los países occidentales aceptan que Centroamérica es una especie de mediterráneo norteamericano. Eso sería lo común. Lo específico es la presencia desigual y no cabalmente explicada de Israel en la zona. Lo sería también el esfuerzo franco-mexicano en el caso de El Salvador.

En tercer lugar, todos los países de Centroamérica atraviesan una crisis económica cuya duración y profundidad no parecen tener antecedentes en los últimos cincuenta años. Esto sería lo común. Lo específico es la forma-desigual en que ha afectado a cada país, los sectores sociales que más la resienten y las formas en que la están enfrentando. Nicaragua, en medio de la adversidad, trata de promover su producto multiplicando la oferta de servicios y bienes que aseguren un mínimo de bienestar a su población. Honduras, en la mitad de los conflictos, no acaba de resolverse por la vía de las reformas liberales. Costa Rica, con su clase media, pequeño-burguesa, se convierte cada vez más en un país de compradores y de servicios, con algo de agricultura para la exportación. El Salvador y Guatemala destinan cada vez más recursos a la guerra, mientras que sus economías se debilitan.

En cuarto lugar, se observa en la región el papel determinante que en los procesos sociales desempeña la iglesia. Esto sería lo común, lo específico son las formas particulares en que participan los obispos y sacerdotes en los procesos de cambio que se están dando o gestando en la región: desde la presencia de sacerdotes en gobiernos revolucionarios (Nicaragua) hasta la identificación de miembros prominentes de la iglesia con gobiernos represivos (Guatemala). Junto con la iglesia católica, se observa un crecimiento y el desempeño de un papel importante de las sectas religiosas norteamericanas.

En quinto lugar, en la región se observa la existencia de una derecha políticamente organizada y relativamente fuerte. Eso sería lo común en Centroamérica. Lo específico, estaría ejemplificado por la fuerza del Frente de Liberación Nacional en Guatemala; del Congreso Constituyente de D’Abuisson en El Salvador; el voto que obtuvo el Partido Conservador en Honduras; la presencia de la derecha en Costa Rica y los esfuerzos de las tendencias representadas en el periódico La prensa dentro de Nicaragua. Independientemente de la fuerza relativa o del papel que en la actualidad esté desempeñando, la derecha en la región es uno de los actores principales y debe tomarse en cuenta.

Un sexto elemento común a la región es el enfrentamiento de dos proyectos de desarrollo: uno que promuevan las fuerzas progresistas, tratando de desarrollar un proyecto democrático, de economía mixta y de atención a los rezagos en materia social que predominen en la zona; el otro, patrocinado por la derecha, busca funcionalizar, aún más, el desarrollo de la región a partir de un esquema de economías abastecedoras de materias primas y productos agrícolas para el mercado norteamericano. Esto sería lo común, la lucha de los dos proyectos. Lo específico sería el grado de desarrollo de estos proyectos en cada país y los pasos que los distintos gobiernos están dando para alcanzarlos.

En séptimo lugar, lo que parece común a la crisis que atraviesa la región es lo prolongada que ha sido y será esa situación tensa y crítica. No se ve, en ninguno de los países de la zona, una solución pronta a la situación crítica por la que atraviesan.

En octavo lugar, lo que también es común a la zona es el alto costo humano, material y financiero que ha significado la situación crítica que han vivido y que, por lo visto, vivirán. Resulta una paradoja que países con problemas atávicos y carencias enormes se vean forzados por distintas razones a destinar recursos cuantiosos para armarse.

En noveno lugar, lo común a la zona es la importancia que en los procesos de cambio las distintas partes de la contienda le atribuyen a México. Lo específico es el grado de relaciones, confianza y actitud que cada uno de los gobiernos de la zona y México mantienen entre sí.

Finalmente, lo común es la regionalización del conflicto en Centroamérica y lo específico es el papel que cada uno de los países está desempeñando y el papel que Estados Unidos les quiere imponer.

NEXOS: ¿Cómo se plantea la posición de México en Centroamérica frente al problema de la regionalización del conflicto?

Adolfo Aguilar Zinser: En diversas ocasiones Gustavo Iruegas se ha referido al carácter eminentemente práctico de las iniciativas de México en Centroamérica. En efecto, la posición mexicana en Centroamérica se ha ido adaptando gradualmente a la marcha de los acontecimientos. Sin embargo, vivimos un momento en la región que empieza a plantearle a México la necesidad de asumir definiciones fundamentales que afectarán su relación con Estados Unidos, así como la autonomía y el equilibrio político en el propio México. La intervención de Estados Unidos se ha intensificado en todos los ámbitos de la vida centroamericana. Entre 1978 y 1980, la situación se limitaba al conflicto social resuelto en Nicaragua y a la lucha revolucionaria en El Salvador. Ambos acontecimientos planteaban la viabilidad de la revolución armada para hacer frente a gobiernos en total bancarrota moral y política, sostenidos sólo por la fuerza de la represión. No obstante, o precisamente por eso, la política norteamericana transformó gradualmente esas crisis nacionales en un conflicto regional, condicionando así el comportamiento de todos los países del área y ya no sólo de los directamente afectados por las luchas sociales. En consecuencia, política y diplomacia han ido gradualmente militarizándose en la región centroamericana. El proceso de intervención ha ido cancelando los espacios de maniobra política para la mayor parte de las fuerzas sociales.

Carlos Tello: “Problemas comunes a la región son la presencia e influencia abrumadora de Estados Unidos y la decreciente influencia de otros países occidentales, la crisis económica sin precedente, la existencia de una derecha organizada y fuerte, el elevado costo humano de esta situación y la importancia que en los procesos de cambio le conceden a México las distintas partes de la contienda”

La regionalización se inicia con el fracaso de la contrainsurgencia en El Salvador, el momento en que Estados Unidos señala como causa fundamental del conflicto, el supuesto apoyo de Cuba y Nicaragua a los guerrilleros. Al mismo tiempo, el gobierno de Reagan recluta a Honduras y gradualmente a otros países para definir a su favor la correlación de fuerzas militares, que a su vez altera dramáticamente el equilibrio de fuerzas políticas dentro de los países involucrados. Estados Unidos está creando en Honduras, Costa Rica e incluso Panamá, una clara división entre los sectores político-militares aliados a su doctrina y todas las demás fuerzas nacionales, lo cual amplía el espacio de la confrontación social a todos los países y da nuevo contenido a la regionalización del conflicto.

Desde el punto de vista práctico y militar la estrategia ha dado resultados, como lo prueba la reciente activación del CONDECA. En síntesis, se avizora como única perspectiva de “solución” un desenlace militar que amenaza no sólo a Nicaragua, sino que incluye también a El Salvador y Guatemala. Es decir, una confrontación de dimensiones regionales.

NEXOS: Frente a este proceso de regionalización y militarización del conflicto centroamericano, ¿qué sucede con el debate político interno en Estados Unidos y con su opinión pública? ¿Habría en ese ámbito un límite para la estrategia intervencionista del gobierno de Reagan?

Adolfo Aguilar Zinser: Es un aspecto crucial. Pero hay que decir que al cabo de dos años de una intensa actividad política en Estados Unidos para sostener el esfuerzo de intervención, las perspectivas de un movimiento vigoroso y serio de oposición hoy por hoy son desalentadoras. Una serie de hábiles juegos ideológicos y una muy eficiente manipulación de la información, limitan seriamente el ímpetu de los críticos de Reagan. Recordemos que en 1979, un sector importante de los demócratas y liberales norteamericanos, dentro y fuera del Congreso, reconocieron, incluso de buena gana, el triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua y aceptaron que no constituía una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos, sino el fin inevitable de una cruenta dictadura. Sin embargo, la incesante campaña de desprestigio a los sandinistas del gobierno de Reagan ha logrado que Nicaragua pierda poco a poco el sustento político con el que contaba en Estados Unidos. Muchos de los que antes apoyaron a los sandinistas, consideran hoy que éstos traicionaron los supuestos compromisos de 1979 y se volvieron gobernantes totalitarios, títeres soviéticos. El “ejemplo de Nicaragua” sirve actualmente en Estados Unidos como símbolo para juzgar negativamente la naturaleza y sinceridad de los movimientos revolucionarios de El Salvador y Guatemala. Muy pocos políticos norteamericanos están dispuestos ya a comprometerse en la defensa de estos movimientos, tal como se revela en la modificación sustancial de las posturas del Congreso respecto a las negociaciones en El Salvador: hace dos años diversas iniciativas emanadas del Capitolio exigían negociaciones incondicionales de Estados Unidos y el gobierno salvadoreño con las fuerzas revolucionarias, para entregar a éstas una cuota de poder en el gobierno que facilitara el tránsito a un proceso electoral democrático. Hoy en día, las negociaciones se plantean como un instrumento para dar determinadas garantías que induzcan al FMLN a decretar un cese de fuego y a concurrir a las urnas para resolver el conflicto. Los voceros más calificados del Congreso señalan muy claramente que lo innegociable ahora es la participación de la guerrilla en un gobierno de transición. En 1979 y 1980, se planteaba en el debate político de Estados Unidos la necesidad de una solución alternativa, no militar, que incorporase las demandas de las organizaciones revolucionarias. Hoy se da más bien la aceptación, prácticamente unánime, de que en ningún caso los revolucionarios deben tomar el poder por las armas. Para los demócratas la solución militar debe combinarse con la implantación de reformas y de ayuda económica; los republicanos insisten en que la solución debe ser eminentemente militar. Son desacuerdos partidistas que funcionan en la práctica como una cortina de humo que encubre el verdadero consenso logrado por Reagan, un consenso que puede no estar fundado en el convencimiento, pero sí en el temor de los opositores del presidente Reagan a correr riesgos en la víspera electoral. Reagan ha conseguido ubicar el conflicto en el contexto de una discusión sobre la seguridad nacional de su país, no en el de su política hacia América Latina o del futuro verdadero de esa región. En este contexto, los congresistas norteamericanos progresistas se hacen este tipo de reflexiones: “yo no creo que los sandinistas, el FMLN, o la URNG sean realmente títeres soviéticos. Pero tampoco estoy dispuesto a asumir el riesgo político de apoyarlos, porque si después se nos muestran real o ficticiamente como títeres soviéticos, me harán pagar dicho apoyo con votos de mis electores”. Otra cortina de humo en el debate político de Estados Unidos, es lo relativo a la intervención militar directa. Aún después del aparente éxito en Granada, la opinión pública norteamericana es unánime en que sus tropas no deben participar directamente en el combate de Centroamérica. ¿Esto impide la intervención directa norteamericana? Yo creo que no, porque la intervención no va a consumarse después de una consulta a la opinión pública o al Congreso, sino como una medida súbita justificada por acontecimientos reales o ficticios. Granada es una muestra de ello. El presidente Reagan cuenta ya, de hecho, con un cheque en blanco para enviar tropas a Centroamérica. La intervención, en estos términos, elimina en la práctica el debate político. Lo que falta pues, es que se den las condiciones justificatorias de la decisión de Reagan.

NEXOS: ¿Cuáles serían esas condiciones?

Adolfo Aguilar Zinser: El peligro inminente de un triunfo revolucionario en El Salvador por el deterioro absoluto de la ya precaria estabilidad política en el gobierno de ese país. O bien un ataque de Nicaragua a Honduras. O un incidente prefabricado alrededor de estas posibilidades.

Gustavo Iruegas: Supones que Nicaragua se va mover hacia algún lado, pero en el proceso nicaragüense no está previsto salir de sus fronteras.

Adolfo Aguilar Zinser: Así es, sin embargo no puede descartarse un enfrentamiento entre Nicaragua y Honduras, que fuese incluso favorable militarmente a Nicaragua. En ese momento, Estados Unidos intervendría con sus tropas y con una fuerza multilateral del CONDECA.

Gustavo Iruegas: Hay que plantear de qué lado de la frontera será la pelea; ¿se trata de que Nicaragua no triunfe en Nicaragua o de que no triunfe en Honduras?

Adolfo Gilly: Y otra pregunta: ¿está previsto que haya en este escenario una guerra formal entre Nicaragua y Honduras, como hubo la guerra de Honduras con El Salvador?

Adolfo Aguilar Zinser: Yo creo que sí está planteada una guerra formal entre Nicaragua y Honduras. Las condiciones del alineamiento militar y las tensiones que se han creado, la hacen muy previsible. Simplemente, preguntémonos: ¿qué ha hecho Estados Unidos hasta ahora para distender el área y evitar esta guerra? ¿Por qué en cambio se empeña en el alineamiento militar y político de todos los actores, en torno a una franca ofensiva contra Nicaragua? ¿Por qué arma hasta los dientes a estos países y los enfrenta de manera artificial con Nicaragua, haciendo aparecer a la revolución sandinista como un hecho inaceptable Para sus vecinos?

NEXOS: Y frente a esa lógica de la escalada militar, ¿qué significa la aparición del Grupo Contadora y cómo encaja en el tablero la posición de México?

Adolfo Aguilar Zinser: Tal vez el significado verdadero de las gestiones de Contadora, y del papel de México en las iniciativas de negociación, es que a lo largo de todo el proceso América Latina habrá estado ausente como interlocutor de Estados Unidos en el conflicto. Porque los actores que Estados Unidos juzga básicos en esta confrontación no son, ciertamente Centroamérica y América Latina, sino la Unión Soviética y Cuba como supuesto títere. Estados Unidos no está diseñando una política para América Latina o para Centroamérica sino una política de contención al avance soviético. En esa lógica, los sandinistas, el FMLN y los cubanos, no son otra cosa que soviéticos con caras prestadas. En consecuencia, los demás actores regionales que no se alinean en el flanco de la contrarrevolución, son disidentes que no interpretan adecuadamente el conflicto, gobiernos o tendencias ingenuos, superficiales o irresponsables. Este es en el fondo el desdén que suscita la postura de México en los voceros del Gobierno de Reagan. Lo claro en todo caso es que los latinoamericanos no formamos parte del debate, somos nada más la tierra en disputa y la carne de cañón. Contadora nace precisamente cuando, como planteó Carlos Tello, los demás actores internacionales, que habían intentado persuadir a Estados Unidos y proponer negociaciones políticas en Centroamérica, se encontraban ya en franca retirada. Es el caso de la Internacional Socialista y del gobierno francés, que al darse cuenta de que sus acciones e iniciativas los enfrentaban directamente con Estados Unidos, decidieron hacerse a un lado. Contadora es entonces el primer intento regional de configurar una solución propia en torno a la idea de que el conflicto centroamericano debe ubicarse fuera de la perspectiva Este-Oeste. Asimismo, entraña la propuesta de que los latinoamericanos expresen con su propia voz sus deseos y aspiraciones. De ahí el gran respaldo europeo a Contadora, que vio a este grupo como la aparición genuina de los latinoamericanos en el debate. Es claro sin embargo que, en Washington, Centroamérica y lo que los centroamericanos opinen, es algo meramente circunstancial. Reagan ha logrado que la discusión se circunscriba a las consecuencias del conflicto para su país, a sus intereses vitales y a su credibilidad internacional. Esto elimina prácticamente las posibilidades de un convencimiento diplomático y hace en cambio necesario el uso de la persuasión política, franca y enérgica para hacer entender a Reagan el verdadero costo de sus acciones y las consecuencias desastrosas de una intervención aún mayor. En este sentido, es necesario precisar que Contadora parte de supuestos no necesariamente realizables: el primero de ellos, absolutamente cierto, es que el conflicto centroamericano no puede ser visto con la óptica de un enfrentamiento Este-Oeste. El segundo que se deriva de éste, es que, siendo un conflicto regional, debe

ser posible resolverlo sentando a negociar a los países de la región. El problema es que aun cuando Centroamérica no es escenario de una confrontación Este-Oeste, la intervención de Estados Unidos es el factor decisivo en la evolución del conflicto, no los países de la región. Los ejércitos y los países alineados por la estrategia estadounidense, carecen de soberanía e independencia suficientes para negociar y concertar acuerdos con sus enemigos reales e imaginarios. Contadora no puede realmente pretender que Honduras negocie con Nicaragua una agresión que Estados Unidos ha implantado en su territorio y ha impuesto a su estructura política. En este sentido, la misión también imposible de Contadora, es demostrar a lo largo del proceso de negociación que los verdaderos obstáculos para que ésta se realice no son los que plantea Estados Unidos, lo cual implica asumir el compromiso de enfrentarse por la vía política y diplomática a Estados Unidos, compromiso que al parecer ningún país miembro de Contadora está dispuesto a asumir. La supervivencia de este grupo se ha mantenido gracias a la estrategia de caracterizar los problemas de la paz en Centroamérica en términos genéricos, dentro de un esquema jurídico que permite a los actores de uno y otro bando, incluso a los propios Estados Unidos lanzarse recriminaciones mutuas por la ausencia de un acuerdo real. El papel más difícil lo tiene sin duda Nicaragua, que ha hecho ya concesiones sustanciales en diversas propuestas de negociación y sin embargo sigue sufriendo las agresiones sin posibilidad de repelerlas, e incluso se le acusa con frecuencia de ser la verdadera causa del fracaso de Contadora.

Adolfo Aguilar Zinser: “La campaña de desprestigio del gobierno de Reagan ha logrado que Nicaragua pierda el sustento político con el que contaba en Estados Unidos. Muchos de los que antes apoyaron a los sandinistas consideran hoy que éstos traicionaron los supuestos compromisos de 1979 y se volvieron gobernantes totalitarios, títeres soviéticos”

Olga Pellicer: Una conclusión importante de lo que expuso Adolfo Aguilar es que el gobierno de Reagan ha logrado que la sociedad norteamericana acepte la idea de la revolución centroamericana como una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos. Esa aceptación significa que se ha reducido una de las limitaciones que podría haber a una intervención norteamericana en la región. Ahora queda por definir el momento de tal intervención lo que, a su vez, sería decidido por la evolución de los acontecimientos en Centroamérica. En ese cuadro tan inquietante ¿qué papel podrían jugar los países cercanos a Centroamérica que seguramente se verán afectados por la presencia de un largo conflicto regional? Concretamente, para volver a la pregunta inicial, ¿qué pueden hacer México y el Grupo Contadora? En opinión de Aguilar Zinser, una de las principales funciones del Grupo sería obligar al gobierno norteamericano a asumir las consecuencias de su política belicista sobre la relación global con América Latina. Esta función la cumple, implícitamente, la existencia misma de Contadora. Uno de sus éxitos ha sido justamente institucionalizar a un interlocutor latinoamericano para discutir la cuestión centroamericana, evitando así que todos los razonamientos sobre peligros reales o imaginarios en la región provengan exclusivamente de Estados Unidos. Sin embargo, no me parece que los objetivos inmediatos de este grupo sean enfrentar directamente a Estados Unidos. Antes que nada, la táctica inicial de Contadora como instancia diplomática, ha consistido en ampliar el consenso latinoamericano en torno a ciertos mecanismos para la distensión en Centroamérica. Esto es significativo si recordamos que los países de la región se encontraban muy divididos respecto a ese punto. Esto se vio por ejemplo, en las reacciones al comunicado franco-mexicano. El segundo gran objetivo, a partir de ese consenso, es lograr el apoyo de diversas fuerzas internacionales: la Internacional Socialista, la Comunidad Económica Europea, los gobiernos de diversos países, etc. No se trata de enfrentar directamente a Estados Unidos, sino de crear un clima internacional favorable a lo que Contadora proponga y, creado ese clima, estar en condiciones de ejercer una presión sobre el gobierno de Reagan. Construir el consenso latinoamericano no ha sido fácil. En Contadora convergen países que tienen tradiciones distintas en materia de política exterior. Por ejemplo, no creo que haya una versión unánime de Venezuela Colombia y México respecto a la competencia de los organismos regionales o de la ONU, en asuntos relativos al mantenimiento de la paz en el continente americano. Tampoco hay tradiciones comunes respecto a la utilización de fuerzas de paz dentro del sistema interamericano. Las diferencias también se presentan, por ejemplo, en que Venezuela ha sido partidaria de que se presione al gobierno sandinista respecto a formas de organización política en Nicaragua y México ha sido partidario de dejar esas decisiones al proceso revolucionario en Nicaragua. Entonces, los cuatro países de Contadora coinciden plenamente en la conveniencia de evitar la guerra de Centroamérica. Es obvio que se verían afectadas por la presencia allí de un conflicto generalizado de larga duración pero el proceso de conciliación de sus puntos de vista no ha sido fácil. Ha requerido de un largo esfuerzo diplomático que, en gran medida, consume las energías del grupo. Sin embargo, ese consenso ha avanzado considerablemente. De otra manera no hubiese ocurrido la reunión de Presidentes en Cancún. El otro objetivo del grupo es conquistar el apoyo de la comunidad internacional a favor de su gestión; esto ha sido más fácil de alcanzar. En la comunidad internacional hay una opinión generalizada; es deseable una instancia latinoamericana que proponga soluciones a la situación de Centroamérica y ejerza un contrapeso a la acción unilateral de Estados Unidos. Ahora bien, ¿qué propone Contadora para evitar una conflagración generalizada en Centroamérica? Advierto que no se trata de hacer propuestas para dirimir conflictos internos. La guerra civil en El Salvador o la violencia en Guatemala, no forman parte de su agenda de trabajo. De lo que se trata es de construir un orden normativo y proponer mecanismos para el diálogo mediante los cuales las fuerzas centroamericanas definan su propia lucha sin interferencias. Claro que si se logra suprimir esa interferencia, ya estaría trazada la historia de Centroamérica. Pero es obvio que hay una distancia entre el “debe ser” que propone Contadora y el comportamiento que, en nombre de la defensa de su seguridad nacional, lleva adelante el gobierno norteamericano. La declaración de Cancún es el documento más acabado que existe hasta ahora para identificar las causas de la crisis y para fijar los compromisos indispensables que se deben asumir para evitar una guerra. Dentro de los compromisos que contiene la declaración, los que más me saltan a la vista, porque se relacionan directamente con los últimos acontecimientos, son los relativos a la no utilización de territorios en Centroamérica para instalar bases militares extranjeras. Al fijar ese compromiso se está señalando claramente qué es lo que está impidiendo la solución de los conflictos internacionales en el área.

Gustavo Iruegas: Yo quisiera alertar contra la idea de que uno de los episodios, los movimientos y las iniciativas del gobierno mexicano, a veces frente a los revolucionarios, a veces frente a los norteamericanos, deben proporcionar una solución. Parecería que pensamos que Contadora representa la posibilidad de que los revolucionarios abandonen su ideal revolucionario. Debemos tener muy claro que, como en su momento la iniciativa del presidente López Portillo, Contadora juega un papel importante. Al margen del discurso general que se maneja a su alrededor, hay otra cuestión importante: definir la relación entre Honduras y Nicaragua. Las provocaciones contra Nicaragua pretenden funcionar como un detonante de la guerra regional. Si los nicaragüenses se equivocaran y se lanzaran sobre Honduras, iniciarían el conflicto. Por otro lado, si los hondureños se lanzan directamente sobre Nicaragua, ésta tendrá la opinión pública mundial en su favor. En esta clase de conflictos la legitimidad tiene un papel muy importante, no se puede desechar; esto es básico para la opinión pública norteamericana. Es interesante ver lo que ocurre en Costa Rica, con la cual no está planeada la guerra. Es claro que Nicaragua jamás atacará Costa Rica y es muy difícil pensar que Costa Rica pudiera invadir a Nicaragua. La discusión ahí es estrictamente política. En cambio con Honduras la discusión es otra, es de legitimidad: ¿quién va a cargar con la culpa de esta guerra? Contadora tiene a su cargo desmantelar el dispositivo que pretende hacer legítimo el ataque a la revolución sandinista. Ese es para mí el papel que desempeña con éxito Contadora; no veo qué tiene que hacer el grupo en Guatemala, ni siquiera como invitado.

Olga Pellicer: “En Contadora convergen países que tienen tradiciones distintas en materia de política exterior. No creo que haya una visión unánime de Venezuela, Colombia y México respecto a los organismos regionales o de la ONU en asuntos relativos al mantenimiento de la paz en el continente americano”

Olga Pellicer: Lo que se ha dado en llamar la crisis centroamericana -yo tengo cierta renuencia a hablar de una crisis, creo que es necesario referirse a diversos planos de crisis, unos puramente internos y otros internacionales-, presenta una interrogante que nos inquieta a todos: ¿qué espacio de maniobra está quedando en esta época de regreso a la guerra fría para las “potencias medias”, dentro de las cuales algunos consideramos que se había ubicado México a partir de su actividad internacional de los últimos años? Al parecer éstos espacios se cierran, la política norteamericana no deja mucho campo para las ilusiones. Sin embargo, el hecho es que está funcionando un mecanismo latinoamericano que actúa independientemente de Washington, lo cual era impensable en la época de la revolución de Arbenz en Guatemala, por ejemplo, hace apenas treinta años. El hecho es que ya no existe unanimidad respecto al ejercicio indiscutible de hegemonía de las grandes potencias sobre sus zonas de influencia, aunque éstas sigan actuando como si tal hegemonía fuese indiscutible. Hay un comportamiento que parecería volver a la época más aguda de la bipolaridad, y la convicción, expresada por diversos medios, de que esto ya no es posible.

Gustavo Iruegas: Contadora es por su propio carácter inobjetable: desde los soviéticos hasta los norteamericanos, y todos los que están en medio, han manifestado su adhesión a Contadora. Y no podría ser de otra manera, ya que Contadora promueve la paz: un propósito, cuando menos declarativamente, común a la humanidad. Es parte del estilo de esta gestión. Así como se dice que la declaración mexicano-francesa fracasó, porque finalmente no llevó al triunfo a la revolución en El Salvador, se crítica a Contadora porque la inminencia de la guerra persiste. Contadora no era para eso; su objetivo era y sigue siendo otro.

NEXOS: ¿Cuál era el objetivo del comunicado franco-mexicano?

Adolfo Gilly: Legitimizar al FMLN como una fuerza representativa frente a la comunidad internacional; legitimizar la existencia de una situación de guerra civil y no de una supuesta “banda de subversivos” luchando contra un gobierno legítimo y representativo.

NEXOS: ¿Y cuál es el ámbito real de Contadora?

Gustavo Iruegas: Las medidas reales de Contadora son las del conflicto al cual sí tiene acceso. Si vamos a pedirle que negocie la paz en El Salvador no podría hacerlo, porque ahí la negociación tendría que ser de los combatientes revolucionarios con el gobierno y Contadora es una reunión de gobiernos, no de movimientos revolucionarios. Es el desarrollo de los acontecimientos en Centroamérica el que permite a esos gobiernos continuar trabajando un objetivo central: evitar juntos que nos hagan vecinos de una guerra. No es una casualidad que sean los países aledaños al terreno en conflicto los que participen en esto. Si el desarrollo de los acontecimientos exige otras medidas, se tomarán otras medidas. Ignoro qué ejercicio de imaginación se hará ni quién lo tendrá que hacer, pero Contadora, hoy, sirve para esto; el día que deje de servir ya no se usará más, se hará otra cosa. Esta es necesariamente la actitud de un país como México, obligado por su propia seguridad a evitar la guerra.

Adolfo Gilly: En eso de evitar la guerra, lo que decía Aguilar Zinser sobre el alineamiento de los partidos en Estados Unidos es básico. Parte del juego posible durante el año 81-82 era el conflicto interior estadounidense, el conflicto entre los contendientes de la política nacional. El emparejamiento de la opinión de los partidos republicano y demócrata significa un paso más allá de la política de Estados Unidos hacia Centroamérica: en cierto modo significa que ha triunfado la tesis de Reagan de incluir el conflicto centroamericano en la confrontación global con la Unión Soviética. Hay un proceso paralelo en Centroamérica. Lo que hasta inicios de 1981 fundamentalmente era una lucha política, ha sido obligado paulatinamente a transformarse en una lucha militar. El enfrentamiento se da hoy en términos casi exclusivamente militares. El indudable apoyo al FMLN de la población, de los trabajadores y de sectores muy amplios en Centroamérica, se ha convertido en un apoyo encuadrado dentro de las reglas del juego militar. Las poblaciones se han tenido que militarizar, con tremendos desplazamientos, emigración de poblaciones que se van siguiendo a los guerrilleros porque si se quedan el ejército los liquida, y que luego vuelven cuando se va el ejército. Son poblaciones obligadas a militarizarse, como les pasó a los palestinos, con la ventaja de que los centroamericanos están en su territorio, mientras que los palestinos tuvieron que irse.

Si sólo consideramos a Guatemala, el fenómeno es menos visible. La guerra guatemalteca tiene varias diferencias con la de El Salvador, sobre todo una: los guerrilleros tienen pocas armas. En relación con la población que podrían poner en pie de guerra si tuvieran las armas necesarias, es muy pequeña la proporción de guerrilleros y están mucho peor armados que los sandinistas en su momento o los salvadoreños ahora. Basta mirar el mapa para explicar esta separación. En estas condiciones, surge un embargo de armas para los revolucionarios guatemaltecos; no tengo datos precisos, pero buscando datos aquí y allá, tiendo a creer que la población organizada por ellos, capaz de ponerse en pie de guerra si tuviera con qué, sería mucho más grande; esto los obliga a tácticas defensivas, muy subterráneas, de resistencia no visible. Donde se puede probar la gran capacidad militar potencial de los guatemaltecos es en la logística, y ésta existe.

Gustavo Iruegas: Es muy importante aclarar que te refieres al movimiento de la población del campo y es cierto, lo sabe todo el mundo, se ha visto en películas. Pero lo que no se filma ni se ve normalmente es la actitud de la población urbana por ejemplo en El Salvador. La verdad es la siguiente: aún aceptando que los suministros militares de la revolución salvadoreña lleguen de fuera, hay que saber que existen suministros internos; llegan a los revolucionarios en San Salvador por el clásico “comprador hormiga”. Esta es la expresión que yo oía: nadie puede llegar a una zapatería y comprar un par de zapatos para los revolucionarios, pero mucha gente puede comprar uno por cada una. Esa gente es parte de la organización. La lucha de masas que fue necesario suspender impidió a la gente salir a la calle a gritar contra el gobierno, pero ahora sale a hacer sus compras; fue sustituida por las redes clandestinas de suministro para la revolución.

Gustavo Iruegas: “Las provocaciones contra Nicaragua pretenden funcionar como un detonante de la guerra regional. Si los nicaragüenses se equivocaran y se lanzaran sobre Honduras, iniciarían el conflicto. Si los hondureños se lanzan directamente sobre Nicaragua, ésta tendrá la opinión pública mundial a su favor”

Adolfo Gilly: Evidentemente la logística prueba la organización. Ahora bien, esta capacidad potencial se demuestra en actos: si la guerra se generaliza, si un conflicto Honduras-Nicaragua pone a los sandinistas ante la disyuntiva de pelear o morir, van a pelear. No hay que engañarse, es un potencial con el que cuentan los salvadoreños para sacarse el enemigo que tienen encima, y los guatemaltecos para salir del aislamiento. No digo que esta guerra sea deseable, pero si esta guerra se produce, entrarán en juego una enorme cantidad de factores adicionales. Por ejemplo: Guatemala limita con Honduras en la zona de la United Fruit, donde hay una gran masa de trabajadores con experiencia en toda clase de luchas y es una vieja zona de trabajo guerrillero. Entonces, quien se puede ver agarrado en un movimiento de pinzas imprevisto es Honduras. Hay otro elemento que tomar en cuenta: si hay tal generalización del conflicto, los revolucionarios centroamericanos tenderían a utilizar estas ventajas. Porque la situación dentro de cada país es muy difícil, la lucha de masas se ha transformado en lucha militar. Y no solamente en El Salvador. Los nicaragüenses han sido obligados a plantear su revolución en términos militares. En 1979 y 1980 no eran esos los términos. Estaban hablando de construir, la ayuda que pedían era para edificar. Quizá cometieron errores por inexperiencia pero esa era la vía de la revolución en Nicaragua: construir. Poco a poco han tenido que dar prioridad al ejército. Y no es cierto que lo estuvieran fortaleciendo desde el principio. Si vemos el movimiento de la conciencia y de los pensamientos de la población, y si leemos los diarios nicaragüenses de 1980 comparados con los de 1983, encontraremos que deben movilizar hoy a la población en términos mucho más militares que en 1980. Si esa era su idea como dicen sus enemigos, ¿por qué no lo hicieron desde 1980? El hecho es que, lamentablemente, también en Nicaragua las cosas están cada vez más definidas en términos militares. Otro factor desfavorable para las previsiones es que la relación de fuerzas, en términos de lucha social, se establece frente al Estado (como en El Salvador), o entre la contrarrevolución política y las organizaciones revolucionarias (en el caso de Nicaragua); pero cuando se pone en términos militares, la relación de fuerzas se establece entre estos pequeños países y la enorme potencia de Estados Unidos. Así, las posibilidades de sacar la revolución salvadoreña adelante con los medios puramente salvadoreños frente al enorme gigante, cambia completamente. En esta contradicción queda atrapada la gestión de Contadora, que podría ser útil para ganar tiempo a corto plazo y desarmar algunos conflictos, en una situación de enfrentamientos políticos entre países de la región. Enfrentamientos con un trasfondo militar, si se quiere, pero predominantemente político. Sin embargo, ese es cada vez menos el caso. También creo con Adolfo Aguilar, que en Estados Unidos hay consenso para no intervenir. Pero el consenso tiene un límite: si se crea una situación como la Dominicana, por ejemplo, sí van a intervenir y de muchas maneras. ¿Por cuál van optar? No sé. Tienen varios escenarios en lista, pero la raya que pintó Reagan es ésta: no vamos a perder El Salvador. Y eso entra dentro de la política global de Reagan, tan definida como la de la señora Thatcher. Entonces, la base sobre la cual actuaba Contadora ha cambiado. Su función era bastante más amplia, sus aspiraciones se han limitado a determinadas coyunturas específicas. Le están cambiando las cartas sobre la mesa.

Adolfo Gilly: “Si un conflicto Honduras-Nicaragua pone a los sandinistas ante la disyuntiva de pelear o morir, van a pelear. No hay que engañarse, es un potencial con el que cuentan los salvadoreños para sacarse el enemigo que tiene encima, y los guatemaltecos para salir del aislamiento”

Finalmente es necesario insistir y volver a plantear la cuestión centroamericana en un ámbito no defensivo. El problema no es si los revolucionarios centroamericanos son comunistas o no; no hay por qué aceptar los términos en que Reagan plantea la cuestión. El problema es exactamente a revés: la guerra centroamericana es parte del proceso de formación de las naciones latinoamericanas. Si hay un país donde esto es claro y donde sobre esta convicción se puede lograr un amplio arco de fuerzas para dirigirse a la opinión pública, es México, porque estos revolucionarios centroamericanos son nietos legítimos de la generación de la Revolución Mexicana, aunque como es natural vayan más lejos que sus abuelos en sus planteamientos. Fidel Castro no desciende de Lenin, sino de Martí y de la Revolución Mexicana, que después haya resultado socialista es otra cuestión: tuvo que serlo precisamente para no negar su estirpe. En el largo plazo de la historia veremos si esto es cierto o no. Pero más aún: estas revoluciones centroamericanas son parte del proceso regional de la constitución de las naciones que viene desde Juárez y desde el traumático desgarramiento de 1847. Esto no es propaganda, es simplemente un problema de historiador y de cultura. Los liberales horrorizaban a las cortes europeas, eran masones y fusilaron a Maximiliano; no eran menos “bárbaros” que los revolucionarios centroamericanos y hoy son nuestros héroes nacionales. La revolución mexicana, como cualquier otra, también tuvo el problema de las armas. ¿Era legítimo el embargo de armas a Carranza o a Villa? No era cuestión de legitimidad, sino de intereses y políticas cambiantes de Estados Unidos. Hoy, los revolucionarios centroamericanos tienen derecho a adquirir armas. Si no, los matan. ¿Quién las embarga, y por qué se les niega ese derecho? Hay dos niveles del problema. El primero es político-ideológico: en el esquema de Reagan todo mundo parece obligado a demostrar que ellos no están dando armas a Nicaragua ni a El Salvador. Es su derecho. Pero al mismo tiempo debe mostrarse a la opinión pública democrática que esa gente tiene derecho a recibir armas, que las necesitan porque los otros se reciben armas. ¿O vamos a dejar que Mejía Victores siga matando impunemente y después protestar en nombre de los derechos humanos? La opinión pública cuenta en esto, particularmente en los países latinoamericanos, y va a contar más. Esa es una de las dinámicas implícitas en el comunicado franco-mexicano, que prácticamente rompió los marcos anteriores. Su mensaje fue que los guerrilleros están luchando por algo justo, tienen apoyo popular y en consecuencia deben ser reconocidos. Una vez reconocidos, es indiscutible su derecho a proveerse de armas, como lo era el de los mexicanos de Juárez o el de los vietnamitas de Ho Chi Minh. Se debe proclamar el derecho a que los revolucionarios centroamericanos reciban armas y las compren donde puedan, como entraban las armas por la frontera norte para la Revolución Mexicana de principios de siglo. Creo que estamos en la continuación de esta historia.

Pero la parte final es otra cuestión, porque aquí no hay neutralización posible. Contadora gana cierto tiempo, pero nadie ha dicho que dará una solución final a esta lucha. La disyuntiva es: o sobrevive la revolución centroamericana y crea nuevos regímenes que permitan el desarrollo social de estos países, como está ocurriendo en otras partes, o es derrotada y aplastada. En el caso de una derrota de esta revolución que está haciendo naciones modernas por primera vez en Centroamérica, las consecuencias para México serían catastróficas. No estoy hablando de los revolucionarios, estoy hablando de las conclusiones para la nación mexicana. En el caso contrario las posibilidades para la autodeterminación y expansión nacional de México serían enormemente más favorables. México no puede apostar a que estos países sean derrotados frente a su enemigo tradicional, como no puede hacerlo ningún país, en condiciones similares. En el equilibrio de los países europeos repetidamente se han visto estas situaciones y ninguno ha jugado al triunfo de su enemigo tradicional. A menos que alguien sostenga que los intereses nacionales de México son complementarios del régimen imperante en Estados Unidos y de sus intereses imperiales, y entonces debe decirlo al país y afrontar su juicio…

Adolfo Aguilar Zinser: En efecto, no podemos seguir discutiendo la cuestión centroamericana en los términos en que impone Estados Unidos. Nunca vamos a convencer a los norteamericanos de que los sandinistas no son soviéticos, ni malos, ni comunistas. Si Contadora no prospera, México tendrá que pasar del intento de persuasión a una postura política franca frente a Estados Unidos. Ya no se trata de argumentar ante Washington la bondad de los movimientos revolucionarios centroamericanos sino de presentar a la revolución centroamericana y la contrarrevolución que Estados Unidos plantea, como un asunto de seguridad nacional mexicana, en el que va en juego su propia superviviencia y su propio espacio de acción. Creo que México es el único país, entre todos los que participan en el conflicto directa o indirectamente, que tendría capacidad de disuasión en esos términos.

Olga Pellicer: Si quisiéramos precisar, hay dos argumentos básicos que sería necesario popularizar en Estados Unidos para evitar que se cree una tensión internacional muy grave en Centroamérica. El primero, que la transformación revolucionaria de Centroamérica no significa un atentado a la seguridad nacional de Estados Unidos. De hecho, el pueblo estadounidense era renuente a aceptar que, por ejemplo, el triunfo revolucionario en El Salvador sería una amenaza muy grande para la seguridad norteamericana. Esto se encuentra en algunas de las encuestas de opinión que se han hecho. Sin embargo, el esfuerzo llevado a cabo principalmente a través de la televisión norteamericana para convencerlo de que sí representa un peligro, está teniendo éxito. El otro argumento que sería deseable popularizar en Estados Unidos es que la mejor manera de proteger la estabilidad en México es evitando la polarización a que se llega con una versión alarmista de los acontecimientos de Centroamérica. Ahora bien, para que el pueblo norteamericano deje de temer a la transformación en Centroamérica es necesario que se modifique la tensión tradicional que existe entre Cuba y Estados Unidos. La modificación de la visión que se tiene de Cuba, la búsqueda de un “modus vivendi” entre los dos países es un prerrequisito para un clima de entendimiento en Centroamérica. Es importante destacar la necesidad de un diálogo entre Cuba y Estados Unidos. Mientras Estados Unidos no cambie su punto de vista en esa materia, hay muy poco que negociar.

Adolfo Aguilar Zinser: “Contadora parte de supuestos no necesariamente realizables: primero, que el conflicto centroamericano no puede ser visto con la óptica de un enfrentamiento Este-Oeste; segundo, que siendo un conflicto regional, debe ser posible resolverlo sentando a negociar a los gobiernos de la región”

Gustavo Iruegas: Hay que negociar tiempo. Se está tratando de evitar el enfrentamiento de dos ejércitos, Honduras y Nicaragua. Cada aplazamiento de ese encuentro beneficia a todos.

Luis Maira: Valdría la pena también revisar en su conjunto el espacio internacional. Si leemos el documento clásico de Constantine Menges de mediados de 1981 definiendo a los enemigos de la estrategia de Reagan en Centroamérica, encontraremos el listado de los cuatro principales: México, la socialdemocracia la OLP (Siria y los radicales) y el bloque Cuba-URSS. Lo que más preocupaba a la estrategia norteamericana, en términos del achicamiento de su propio control del proceso, eran los dos menos radicales dentro de este grupo: México y la socialdemocracia.

Creo que el problema fundamental del espacio mexicano es que, como sugería Tello al inicio, en este último año Estados Unidos ha logrado neutralizar sensiblemente a cualquier otro país o bloque ideológico internacional que en el pasado hubiera aceptado asociarse públicamente a los objetivos de la política exterior mexicana. En el año 1982, se rompe tanto en América Latina como en Europa el consenso de la socialdemocracia sobre Nicaragua y se prefigura un desacuerdo sobre El Salvador. Por lo tanto, la socialdemocracia y los gobiernos socialdemócratas europeos dejan de estar disponibles para una política de interlocución. La OLP nunca tuvo un papel importante en el conflicto centroamericano, aunque los conservadores norteamericanos intentaran involucrarla. Pero aunque hubiera participado antes, su posición y capacidad ahora también sería declinante. Por su parte la URSS y Cuba han pasado a un esquema de gran pragmatismo. La Unión Soviética encara internamente los problemas de la toma del poder de un nuevo liderazgo que intenta un ordenamiento de ciertas prioridades globales sacrificando asuntos periféricos. Tomando el listado de Menges, entonces, vemos que el enemigo más irreductible resulta ser México, ya que la socialdemocracia se divide, la OLP tiene un papel simbólico y la URSS se desplaza a las negociaciones globales. México queda en el escenario por sus mismos intereses geopolíticos, pero sin políticas o posibilidades de alianza muy claras.

Me parece que a Contadora hay que verla en este marco de reducción de los espacios, y no sólo por la crisis financiera. Aunque la crisis financiera no hubiera existido y México no hubiera tenido el problema de la baja de los precios del petróleo y dispusiera de condiciones económicas más holgadas, creo que su disponibilidad política estaría igualmente disminuida para este efecto. México no puede sostener la posición en que se encontraba dos años atrás, en la época de la declaración franco-mexicana. Hace dos años México estaba en condiciones de seleccionar aliados internacionales y de plantear la resolución de los problemas. Colocar la guerra civil de El Salvador en un encuadramiento donde la guerrilla fuera reconocida como fuerza representativa, era una manera de resolver el problema más agudo de la crisis en Centroamérica en ese momento. Nicaragua no tenía entonces un conflicto civil ni Estados Unidos había logrado plantear un caso de ilegitimidad. Por el contrario, estaba perfectamente legitimado el gobierno sandinista. Hoy en día Nicaragua ya no tiene capacidad para encontrar aliados, ni para resolver los problemas. Está en un punto más defensivo, como evitando que el “incendio” se convierta en “explosión” o que Reagan consiga que los distintos focos se propaguen hasta la conflagración global y la centroamericanización.

Contadora es entonces una especie de última trinchera porque México, en su repliegue inevitable producido por el nuevo cuadro internacional, se encuentra ahora con otros países que antes eran sus adversarios en América Central. Recuérdese que el gobierno venezolano de Herrera Campins convocó al bloque de nueve países que se opuso a la declaración francomexicana, y que la Colombia de Turbay Ayala era uno de los aliados más incondicionales y dóciles que Estados Unidos encontrara para la estrategia de Reagan. Los cambios tácticos, que han hecho convergir a estos países son productos de la guerra de las Malvinas, de la salida de Duarte de El Salvador, y el reacomodo de las democracias cristianas en el caso venezolano. Respecto a El Salvador, hay un desinterés venezolano para apoyar al gobierno de Magaña a diferencia de lo que ocurría cuando Duarte era una especie de porta-estandarte de los intereses de la Democracia Cristiana en el área; uno tiene además la impresión de que las Malvinas fue usada como un pretexto por Herrera para hacer este viraje. Entonces México encuentra en su repliegue táctico a estos socios que se van reacomodando también y Contadora aparece entonces como la última trinchera para evitar los peores costos de la centroamericanización. Por lo mismo, son muy disímiles las posturas de los cuatro socios de Contadora. México busca defender sus valores básicos, la integridad de sus fronteras e impedir que Estados Unidos controle un área importante en la expresión del interés mexicano y de su proyección. Los otros simplemente están haciendo un reacomodo para una nueva negociación, una reubicación de posiciones, sin alejarse demasiado de las posturas norteamericanas con las que siempre han tenido un cierto consenso. Esto marca los límites de Contadora: ahí no pueden colocarse los temas que se colocaban en la declaración franco-mexicana. Por lo mismo, se explica que las guerras civiles no sean un tema central en el trabajo de Contadora, ni se mencione el caso de Guatemala, y que se coloque en un perfil muy bajo, sin aludirlo nunca directamente, el conflicto salvadoreño. Para Contadora, como se ha dicho, evitar lo peor implica sólo esquivar o resolver los conflictos internacionales: Costa Rica-Nicaragua, Nicaragua-Honduras, que son los que más rápidamente pueden propagar la centroamericanización.

Desde ese punto de vista, México hace bien en términos de la defensa básica de su interés nacional; pero sus energías para contribuir a una solución de fondo están erosionadas. Aún si Contadora tuviera un éxito completo, no despejaría las amenazas colocadas por las posiciones norteamericanas y quedarían un gran número de asuntos pendientes en América Central. La diplomacia mexicana no tendría la posibilidad de colocar el dedo en la llaga a esos problemas.

Ahí veo una cuestión crítica que muestra cómo hemos retrocedido en los últimos tiempos y hasta dónde la estrategia de Reagan está empujándonos a una situación intolerable. México, como los demás países, no está en condiciones de imponer una solución, y Estados Unidos ha conquistado un nuevo espacio por los límites en el comportamiento de los demás. El problema es que Estados Unidos no ha tenido nunca temor a Contadora ni la idea de arrollarla, de desautorizarla o descalificarla. ¿Por qué, en cambio, se descalificó con tanta rapidez la declaración franco-mexicana? Ahí está Jeane Kirkpatrik endosando Contadora, Richard Stone endosando Contadora. Primero, sucede que entre los sectores más conservadores de la diplomacia norteamericana siempre hubo la sensación, y la sigue habiendo, de que Contadora está bajo control, porque las variables que pueden afianzar al Grupo Contadora, son variables que Estados Unidos y sus aliados en la región están en condiciones de manejar y echar a pique. Estados Unidos controla por ejemplo al gobierno de Honduras, y a los exguardias somocistas. El general Alvarez y el gobierno hondureño, por su parte, tienen siempre capacidad para regular si hay o no paz, o sea para decidir si van a permitir a Contadora su objetivo primordial. Honduras está en condiciones de echar a pique la pacificación más allá de todos los buenos deseos. Segundo, al apoyar sólo formalmente los esfuerzos de Contadora, los sectores más duros adquieren el argumento de que se hizo todo lo posible: “Ahí están México, Venezuela, Colombia, Panamá, los cuatro países más interesados como potencias medianas o países vecinos en una solución pacífica. Estados Unidos no los detiene, sino que verbalmente los respalda y estimula”. Si al final, por las acciones de sus aliados, hay guerra, de todas maneras podrán decir: “Se hizo todo lo posible” y queda como pretexto la culpa de Nicaragua, fabricada mediante incidentes fronterizos para presentar la guerra como inevitable. Entonces: guerra va a haber en último término si Estados Unidos decide que la haya; si Costa Rica y Honduras la hacen, Nicaragua no podrá evitarla. Tercero, yo creo que los sectores de la derecha norteamericana presumen que no hay iniciativa posible de trato y negociación y por tanto piensan que Contadora despeja el último obstáculo para una política de actuación más libre. En este sentido no les interesa ser ellos quienes abiertamente aparezcan torpedeando Contadora, porque se les responsabilizará del fracaso de las gestiones. Los colaboradores de Reagan quieren agotar la opción negociadora para demostrar que no es viable.

Luis Maira: “México hace bien en términos de la defensa básica de su interés nacional; pero sus energías para contribuir a una solución de fondo están erosionadas. Aún si Contadora tuviera un éxito completo, no despejaría las amenazas colocadas por las posiciones norteamericanas”

Olga Pellicer: Coincido con la opinión de Maira en el sentido de que se ha reducido el margen de maniobra de México para encontrar aliados que sustenten, por ejemplo, las tesis defendidas en el comunicado franco-mexicano. A medida que los acontecimientos de Centroamérica llegan a un punto más crítico la renuencia de algunas fuerzas europeas para comprometerse más abiertamente en los problemas de la región es evidente. Sin embargo, sí se ha ampliado el margen de maniobra para aglutinar posiciones en América Latina. Se trata, claro está, del aglutinamiento en torno a cuestiones de principio que no llegan a los campos difíciles de una definición respecto al devenir de las revoluciones. Pero está estableciendo la tradición de manejar posiciones y buscar soluciones independientemente de Estados Unidos, que durante años había dominado el debate sobre las cuestiones de seguridad en el continente americano (piénsese en lo que fueron en estas reuniones las votaciones dentro de la OEA). Entonces, aunque hay mucho campo para el escepticismo y aunque a corto plazo los acontecimientos pueden evolucionar en sentido muy negativo, creo que hay motivos para confiar en que se está configurando un orden internacional que se aleja aunque muy lentamente del ejercicio indiscutible de la hegemonía de las grandes potencias. Insisto en este punto porque creo en la conveniencia de ser muy constructivos buscando alternativas a lo que parece un avance incontenible de la agresión.

Adolfo Gilly: Yo le pondría un título a la intención permanente de Contadora: “Párenle todos”. México, Venezuela y Colombia son gobiernos reformistas que no quieren en Centroamérica un conflicto de ese calibre. Son gobiernos que tienen bastante conciencia de las broncas sociales, mucho más de la que tiene el imperio, porque la capacidad de comprensión de Estados Unidos es limitada; por eso les tomó por sorpresa Irán y hasta la caída de Somoza, no les dio tiempo a armar su escenario, les falta la experiencia de quien ya pasó conflictos de ese tipo. Los otros gobiernos sí la tienen y saben desmontarlas. El sistema mexicano no ha hecho más que desmontar conflictos desde 1929 hasta hoy, y lo sabe hacer. Herrera Campins pertenece al estado venezolano que desmontó el conflicto guerrillero aprovechando que entraba dinero por el petróleo y que hubo desarrollo económico. Betancourt trata de entrar innovadoramente a la experiencia de tratar de desmontar una guerrilla. Son gobiernos que han acabado o buscan acabar con la expresión armada de la lucha social a través de una combinación de reformas y represión. Porque cuando tienen que reprimir ninguno se tienta la mano. No son gobiernos de represión pura (a excepción de los antecesores de Betancourt). Todos ellos han evitado la represión como única solución a la guerrilla; han reprimido pero con reformas, y no con frijol y fusil al estilo de Guatemala, sino cediendo en serio, abriendo espacios de democracia representativa real. Además, los tres están interesados en la región. Les preocupa la guerra posible, y la amenaza, no inminente pero sí permanente de intervención norteamericana; ninguno de ellos quiere intervención ni una guerra en Centroamérica porque por su propia experiencia social saben que una guerra no se puede controlar. Han visto que la radicalización militar de todos contra todos desata una cantidad de problemas sociales que ya no son controlables por la combinación de reformas con represión limitada. Además, la crisis disminuye los recursos en que tradicionalmente se basa esta combinación. Ellos no quieren eso y ven un peligro que Estados Unidos no ve, ya que piensan sobre todo en el enfrentamiento con la Unión Soviética y a esa visión subordinan toda su comprensión de los problemas.

Olga Pellicer: En este momento se plantean en Centroamérica dos grandes tipos de problemas. Uno, es el del enfrentamiento entre gobiernos, concretamente la posibilidad de una guerra entre Honduras y Nicaragua. Otro que es quizá el problema de fondo y más largo aliento es el de las vías para la transformación política de los países de la región. Si entiendo bien, Gilly opina que los países del Grupo Contadora coincidirían en una apreciación según la cual lo deseable sería una transformación de tipo reformista. No estoy segura de coincidir con él, ni de que este problema haya sido esclarecido dentro del Grupo Contadora.

Adolfo Gilly: “Venezuela, Colombia y México no son gobiernos de represión pura. Han evitado la represión como única solución a la guerrilla; han reprimido pero con reformas, y no con frijol y fusil al estilo de Guatemala, sino cediendo en serio, abriendo espacios de democracia representativa real”

Adolfo Gilly: No, yo no digo eso. La política común es no hagan olas. Ellos no quieren una transformación socialista revolucionaria en su país. No la quieren Venezuela, ni México, ni Colombia. A Panamá no lo meto en este baile. No quieren convertirse en Cuba. ¿Por qué va a querer De la Madrid que esos países se conviertan en Cuba si él no es socialista? Pero tampoco quieren la intervención norteamericana, no estamos en 1915. De acuerdo a su experiencia pragmática, estos gobiernos ven que la vía que está siguiendo Estados Unidos los va a empujar a la intervención y el aplastamiento de estos procesos que no va a resolver nada. No quieren un nuevo Pinochet. Parecen decir: “Si hubieran dejado en paz a Cuba, Cuba no hubiera llegado a donde está. Tendríamos una revolución mexicana un poco más radical. Ustedes están haciendo una revolución cubana y ya es bastante tarde para que hagan otra cosa. Si ustedes no hubieran sostenido al gobierno salvadoreño se hubiera podido negociar. Si no hubieran sostenido en Guatemala a todas las dictaduras que liquidaron las vías intermedias, no estarían presos de esta situación. Ahora, una vez que se hayan metido en Centroamérica, la única vía posible para que no se haga socialista será la dictadura. Como esta vía tampoco les resuelve el problema, quieren impedirla con la guerra, pero con la guerra va a ser peor.” Repito: son gobiernos realmente preocupados porque han tenido experiencias de guerra y saben a dónde lleva. No son revolucionarios, pero la experiencia histórica de sus países les ha dado mucho mayor comprensión que la de Reagan sobre la persistencia y las posibilidades de las revoluciones obligadas a hacer la guerra.

Olga Pellicer: Intentas caracterizar las actitudes de estos tres países frente a la transformación de Centroamérica partiendo de un supuesto que me parece erróneo. Pretendes que México, Venezuela y Colombia pueden tener posiciones comunes respecto a la revolución y al rumbo deseable de la revolución en Centroamérica. Creo que estos tres países tienen posiciones distintas. Yo estaría de acuerdo en que Colombia y Venezuela tendrán un enorme interés en oponerse a una transformación política en Centroamérica a la que no se llegue por la vía de la paz. La tradición de política exterior de México es otra. En varios momentos el gobierno mexicano, ante la disyuntiva de defender la no intervención u oponerse a revoluciones que podrían optar por una vía socialista, optó siempre por la no intervención. No ocurre lo mismo con Colombia y Venezuela, que tienen tradiciones muy distintas en materia de política exterior y en cuanto a su manera de apreciar los acontecimientos y el papel que les corresponde.

Adolfo Gilly: Obviamente los tres países tienen posiciones diversas frente a un proceso revolucionario. Pero los tres tienen, con sus diferentes ideologías, puntos en común sobre cómo canalizar por la vía de las reformas los movimientos revolucionarios en sus países. Tienen políticas diversas pero en Centroamérica coinciden en que en el punto al que han llegado las cosas lo mejor es no hacer olas. Coinciden en que esto es una mina. Si Estados Unidos persiste en oponerse a estos procesos por medios puramente militares y en atizar la guerra entre Honduras y Nicaragua, se llegará a una situación incontrolable. Nicaragua no quiere la guerra, pero si la obligan va a pelearla. Esa es su posición, como sería la de México puesto en el mismo caso, como sería la de cualquier país. Los tres gobiernos se oponen a la guerra en Centroamérica, que según Estados Unidos es necesaria para acabar con Nicaragua y con la subversión. Los gobiernos de Contadora no se meten en el conflicto interno de El Salvador, ni en el de otros países, sólo piden a los otros gobiernos que le paren y no se metan. ¿Por qué han podido coincidir? Justamente porque a partir de interpretaciones diversas llegan a una misma conclusión: no les convierte a ellos ni a Estados Unidos. Esto, independientemente que el PRI le tenga mucho menos miedo a una revolución socialista que Estados Unidos.

NEXOS: ¿Qué sucede internamente en México, en relación a los conflictos centroamericanos? ¿Cuáles son las opciones reales que podrían tener consenso?

Olga Pellicer: Las opciones reales desde el punto de vista interno, están condicionadas en parte por la situación económica. Por ejemplo, la crisis obliga a revisar y racionalizar el programa de ayuda a Nicaragua que operaba, es cierto, en forma bastante desordenada. Algunas veces podrían encontrar necesario que se cumpla más estrictamente con la factura petrolera. Visto únicamente desde la perspectiva de que es necesario sanear las finanzas de las empresas públicas, esto sonaría correcto. Sin embargo, yo creo que es necesario ponderar los intereses nacionales del país y preguntarse hasta dónde tiene prioridad cumplir con una política de solidaridad internacional, en este caso con el gobierno nicaragüense que atraviesa momentos extraordinariamente difíciles dada la política de agresión económica que se sigue contra él. Otro elemento condicionador de la política hacia Centroamérica es el grado de consenso que existe hacia la naturaleza de los movimientos revolucionarios, y concretamente hacia la situación en Nicaragua. En este sentido no se puede descuidar el avance que están teniendo las versiones de la derecha, la política de información sobre los problemas de la región que se sigue a través de la televisión comercial. Por último, me parece que es importante tomar en cuenta la evaluación que se está haciendo de los problemas existentes en la frontera sur y la manera en que se está definiendo la política en materia migratoria.

Olga Pellicer: “Para que el pueblo norteamericano deje de temer a la transformación en Centroamérica es necesario que se modifique la tensión tradicional que existe entre Cuba y Estados Unidos. La búsqueda de un “modus vivendi” entre los dos países es un prerrequisito para un clima de entendimiento en Centroamérica”.

NEXOS: ¿Qué papel tiene la frontera sur en relación a la seguridad social?

Olga Pellicer: Hasta fechas muy recientes el Estado mexicano no tenía tesis bien articuladas y explícitas sobre la seguridad nacional que partieran de una apreciación de los problemas existentes en la frontera sur. En los últimos años, disposiciones inconexas y pronunciamientos muy generales denotan que se está construyendo una visión de seguridad nacional que incorpora los problemas que seguramente enfrentará el país como resultado de la inestabilidad creciente en Centroamérica. En esa nueva versión van a intervenir distintas influencias. No hay duda de que las concepciones norteamericanas sobre la teoría del dominó influirán, de alguna manera, las opiniones que se formen dentro del Estado mexicano, las cuales no necesariamente van a ser homogéneas ni van a asimilar acríticamente lo que la administración Reagan viene diciendo sobre la seguridad en México y la revolución en Centroamérica. No podemos descartar la posibilidad de que algunos sectores se sientan inclinados a coincidir con tesis según las cuales los revolucionarios centroamericanos podrían contagiar al sureste mexicano. Esto depende de las experiencias que diversas dependencias tengan en zonas críticas como son los estados de Oaxaca y Chiapas. Hasta ahora el gobierno mexicano ha tenido muy buenas relaciones con las fuerzas revolucionarias de América Latina. Nuestra experiencia va en el sentido de encontrar benéfica la política de coexistencia pacífica y buenas relaciones con grupos revolucionarios que sustentan ideologías distintas a las del Estado mexicano. La polarización creciente de Centroamérica y la manera en que la sociedad mexicana se divida en sus interpretaciones respecto a lo que allí ocurre pueden reducir los márgenes de maniobra dentro de los cuáles se había decidido en otras épocas la noción de seguridad nacional y la política de amistad con fuerzas que luchan por el cambio social en el continente.

Adolfo Aguilar Zinser: México no tiene una concepción de seguridad nacional basada en la idea del enemigo interno infiltrado, como ocurre en los principales países de América Latina donde existen regímenes militares. La concepción de seguridad nacional en México se basa en la idea de que la estabilidad del Estado depende en última instancia de los mecanismos sociales de distribución de los recursos económicos y el desarrollo equilibrado que den solidez a las instituciones. Sin embargo, creo que existe ya el principio de una guerra en el consenso sobre los fundamentos de la seguridad nacional. Históricamente, el acuerdo en torno a la actuación internacional de México, fue la conveniencia de que México ejerciese una política exterior independiente a partir de la aplicación de determinados principios: la no intervención y autodeterminación, el arreglo pacífico de controversias, etc. En el caso de Centroamérica la evolución de los acontecimientos asignan a la defensa de estos principios, un significado de mayor confrontación con Estados Unidos. Cuando México rompió relaciones diplomáticas con la dictadura de Somoza y cuando reconoció al Frente Democrático Revolucionario y el FMLN en El Salvador, estaba asumiendo posiciones, en el primer caso un poco divergentes y en el segundo caso, profundamente divergentes de Estados Unidos, pero que no configuraban todavía un escenario de confrontación abierta. En la medida en que el conflicto se agranda y por consiguiente se acerca a México, se hace más profunda y significativa la disidencia con el vecino del norte. Unida a este hecho, tenemos la crisis económica, que introduce un elemento adicional de debilidad y vulnerabilidad frente a Estados Unidos. La combinación de estos dos elementos da pie a un serio debate sobre el interés nacional. 

Las concepciones divergentes en la materia no están simplemente esbozadas, sino presentes de manera muy clara y pública. Un sector muy poderoso del Estado, considera que mantener la inversión política en Centroamérica, atenta contra el interés nacional de México porque nos hace susceptibles a las presiones y condicionamientos políticos estadunidenses, enturbia el clima de negociación y obstaculiza los acuerdos económicos indispensables para superar la crisis. Aparentemente, dicho argumento reconoce la premisa substancial de la doctrina política del Estado mexicano, de que Estados Unidos es la principal amenaza histórica a la seguridad nacional de México. El comportamiento de importantes grupos de poder dentro y fuera del Estado, hace suponer que para una buena parte del sector económico, público y privado, la vinculación estrecha con Estados Unidos es nuestra mejor opción de desarrollo, aún a costa de una porción de nuestra soberanía política.

La visión contraria es la de un sector del estado, cada día más debilitado, que considera el asunto de Centroamérica como una trinchera fundamental e ineludible de la defensa de la soberanía mexicana. La diferencia ideológica entre estas dos visiones es abismal, aunque en la práctica se manifieste aparentemente sólo en la interpretación de los efectos de la crisis centroamericana, la confrontación con Estados Unidos y la amenaza que representaría para México una guerra regional. El sector progresista y genuinamente nacionalista del Estado, considera que esta posibilidad de guerra regional es una amenaza que puede situarnos frente a una presencia altamente riesgosa e intimidatoria de Estados Unidos, ahora también al sur de nuestras fronteras. Esa guerra que nulificaría de facto las variables políticas y las condiciones de la relación bilateral. Al configurarse en Centroamérica un escenario bélico, los actores directa o indirectamente involucrados y, México lo está simplemente por la geografía, se verán obligados a definirse militarmente sobre el conflicto. En ese contexto, la simple presencia de refugiados centroamericanos en la frontera sur y el tránsito de un gran número de líderes y dirigentes políticos centroamericanos por México, implicaría sin más, a un pronunciamiento de carácter militar, el apoyo logístico a una de las partes en guerra. México tendría entonces que evitar la presencia de los centroamericanos en su territorio o aceptar en franco desafío a Estados Unidos.

Gustavo Iruegas: “¿Por qué le importan a México estas revoluciones? Lo importante es que produzcan gobiernos con identidad propia. México necesita un interlocutor válido en la región, sobre todo en la relación con Estados Unidos. Es preferible que sean auténticos, legítimos, con respaldo popular, a que sean gobiernos de tal o cual corte”

Lo cierto es que el gobierno de Washington no esperará a que México tome sólo estas determinaciones, sino que intentará inducirlas mediante toda clase de presiones políticas y hasta provocaciones indirectas de sus aparatos de inteligencia. Esto hace particularmente delicado y crítico el escenario de Chiapas.

Se manifiesta ya un sector social en esa entidad, que conforme a sus estrechos intereses, acusa a los que colaboran con la asistencia a los refugiados, y a los refugiados mismos, de ser agentes subversivos que, unidos a los movimientos populares cada vez más comprometidos que existen en Chiapas, podrían propiciar el matrimonio entre la revolución guatemalteca y un movimiento de protesta radical en Chiapas. Lo cierto es que en Guatemala los revolucionarios no se plantean este maridaje para fortalecer su propio movimiento. No tienen por qué aliarse con elementos minoritarios de la sociedad mexicana, cuando tienen la posibilidad de conseguir del propio Estado mexicano un apoyo diplomático y político más valioso que cualquier otro sostén interno. Pero Estados Unidos y los propios militares guatemaltecos tienen recursos y elementos para provocar incidentes en Chiapas, donde parezca que hay un vínculo guerrillero con reivindicaciones populares mexicanas. La gran duda es si el Estado mexicano va a responder a esta ruptura del consenso con criterio de estado o con criterios ideológicos o en función de intereses económico-políticos de clase. El debate es en último caso, si los grupos sociales económicamente poderosos y los sectores del propio estado que simpatizan con Estados Unidos, pueden incidir sobre el Estado mexicano para que tome una decisión no de Estado, sino de clase. Todo ello hará converger la política centroamericana de México, con las medidas de solución a nuestra crisis económica interna y en un momento dado la naturaleza de la respuesta a ambas será la misma. Si hay una posición firme respecto a Centroamérica y una postura valiente y decidida frente a Estados Unidos, ésta va a necesitar cada vez más de un consenso social y de un apoyo popular manifiesto, se necesitará por tanto un contorno de acciones políticas y económicas internas que garanticen este apoyo y configuren un modelo de recuperación económica y de salida de la crisis muy distinto al que supone la transacción política y económica con Estados Unidos. La crisis mexicana y la lucha centroamericana están así íntimamente relacionadas.

Gustavo Iruegas: “Yo no siento que esta ruptura de consenso acerca de la seguridad nacional pueda interpretarse a través de una concepción técnica del problema. México es un país sui generis en América Latina, donde la lucha ideológica se da dentro del gobierno. Es un problema de carácter ideológico el que la interpretación de ciertos funcionarios a problemas como el centroamericano, no esté condicionada por una fórmula previa y descriptiva de la seguridad nacional; sino por el contrario, su interpretación de seguridad nacional está determinada por su concepción ideológica. Estamos hablando de un debate ideológico de larguísima duración dentro del gobierno mexicano; este debate tiene ciertos límites: los que este concepto nacional se ha dado a sí mismo. Hay funcionarios más de izquierda y funcionarios más de derecha, pero ambos grupos tienen un límite: la preservación del Estado tal como es, sin más posibilidades de cambio que las previstas. Pienso que la ruptura de consenso de que habla Adolfo es sólo un nuevo capítulo en el debate ideológico permanente que se da al interior del gobierno mexicano.

NEXOS: Pero queda pendiente la cuestión que insinuó Olga Pellicer: ¿para México sería reconocible y digna de ser atendida una revolución socialista en Centroamérica?

Gustavo Iruegas: Debemos preguntarnos por qué a México le importan estas revoluciones, por qué se mete, por qué tiene que actuar. Lo importante es que esas revoluciones produzcan gobiernos con identidad propia. México necesita de un interlocutor válido en la región, sobre todo en la relación con Estados Unidos. Es preferible que sean auténticos, legítimos, con respaldo popular, capaces de promover su propio desarrollo, a que sean gobiernos de tal o cual corte. Así, nuestro país puede tener una magnífica relación con Cuba, mientras que con Guatemala su relación es pésima. No implica amenazas para México, no hay peligro de contagio por tener relación comercial, intercambio turístico y posiciones afines en política exterior con el gobierno cubano. En cambio, no es posible un simple acuerdo para la utilización de aguas de un río internacional con Guatemala. Esto no quiere decir que México promueva cierta clase de gobiernos; si los gobiernos son estables, si pueden avanzar, si tienen capacidad de diálogo, es suficiente.

LOS CAMPESINOS QUE BAILARON

San Felipe de los Alzati, 29, 30 y 31 de julio

Durante toda la semana los comuneros de San Felipe de los Alzati se afanaron en los preparativos. Unos consiguieron maíz, arroz, frijol y café, mientras otros procuraban la carne. Una comisión se encargó de tender hules para la lluvia. Se habían encargado con anticipación las coronas de pan adornadas con flores y la música estaba garantizada con la banda de Tarejero. Para el jueves todo se encontraba a punto para la fiesta.

En las comunidades indígenas son habituales las celebraciones, y los febriles preparativos de San Felipe no hubieran sido memorables si no fuera porque de viernes a domingo se iba a celebrar una fiesta que no era la del Santo Patrono o cosa parecida, sino un encuentro campesino, es decir, una reunión política convocada por la Coordinadora Nacional Plan de Ayala de la que sería anfitriona la Unión de Comuneros Emiliano Zapata a la que pertenece San Felipe.

El viernes los comuneros suspendieron sus actividades habituales para recibir a los invitados que iban llenando la pequeña plaza. Pero a diferencia de las festividades tradicionales, la mayoría de los congregados no eran hijos de San Felipe, ni siquiera eran otomíes. Predominaban los purépechas de otras regiones de Michoacán, gente de la Huasteca Veracruzana, de Milpa Alta, Tlaxcala, Oaxaca y Sinaloa; otros más habían recorrido miles de kilómetros desde el Valle del Yaqui en Sonora. San Felipe de los Alzati fue escenario de una experiencia campesina de nuevo tipo. Los hábitos colectivos de los comuneros se pusieron al servicio de una forma inédita de convivencia.

Estas reuniones constituyen un fenómeno relativamente nuevo en la vida rural mexicana y en ellas se expresa la maduración lenta y sorda pero profunda del movimiento agrario en nuestro país. Los encuentros campesinos, cada vez más frecuentes en los últimos años, están modificando el panorama político rural. El desordenado ascenso de la lucha agraria de principios de los setentas se ha transformado en un movimiento rural quizá menos espectacular pero cada vez más estructurado. Obligadas a enfrentar tiempos difíciles las organizaciones campesinas de todo el país comienzan a madurar políticamente y buscan la unidad. Para el campesinado la unificación constituye un verdadero reto, pues sus condiciones de existencia no la facilitan.

La dispersión y el aislamiento de las comunidades rurales ha sido punto de referencia para construir el mito sociológico de un campesino localista de visión estrecha y cortos alcances. Encerrado en su región y circunscrito a los problemas de su comunidad, el campesino típico sería aún el tristemente famoso tubérculo al que sólo puede cohesionar el costal en el que otros lo meten. No hay tal. Se trata del sector de la sociedad mexicana que despliega mayor movilidad geográfica y de esta manera los trabajadores del campo resultan portadores de la experiencia social más rica, variada y compleja que pueda darse entre las clases productoras del país. Lejos de estar reducidos a un microcosmos local, el ámbito de muchísimos campesinos es la república entera y por lo menos uno de los países vecinos. Pocos trabajadores urbanos pueden decir lo mismo.

Las necesidades de una producción crecientemente comercial, la existencia seminómada impuesta por la búsqueda de empleo estacional e incluso factores políticos como las exigencias burocráticas con las que se eterniza el trámite agrario, han roto el aislamiento de las comunidades rurales. Si en el pasado las formas tradicionales de explotación reproducían a un campesinado localista y de visión estrecha, las carencias rurales contemporáneas y las modernas formas de explotación y opresión han ido creando una masa rural itinerante.

Impulsados por las necesidades de la producción los campesinos visitan sistemáticamente los centros comerciales y administrativos donde se encuentran los insumos, el crédito y los compradores. La búsqueda de trabajo a jornal, dispersa por todo el país a los más pobres y con mucha frecuencia los obliga a cruzar la frontera. Los interminables trámites que impone una tenencia de la tierra siempre precaria se traducen en incontables visitas a las oficinas agrarias de los Estados o de la Capital. Si hay en México una clase trabajadora cuya experiencia trascienda sus límites regionales es el campesinado, y en este peregrinar impuesto, los hombres del campo enriquecen su conciencia y se constituyen en un sujeto nacional.

Pero no todo es diáspora en la vida rural, las comunidades siguen siendo el asidero de la existencia campesina. Los pequeños pueblos son punto de partida pero también de regreso, fuente de fuerzas centrífugas y centrípetas. Y es que el peregrinar campesino se desarrolla en un medio hostil. Por necesidades económicas y a veces burocráticas los hombres del campo son obligados a recorrer el país en calidad de parias o a abandonarlo como `ilegales’. Y en estas condiciones la comunidad, por estrecha y miserable que parezca, es el asidero al que se regresa una y otra vez, es la fuente de una sociabilidad que el nomadismo no proporciona y que debe ser preservada así sea como esperanza, nostalgia o mito.

Así pues la modernización agraria de las últimas décadas ha roto, en gran medida, el aislamiento y el regionalismo campesino, pero esto se ha dado bajo la forma de un desgarramiento, compulsión forzada por una miseria que tampoco la diáspora atenúa sensiblemente. Y ante esta socialización impuesta y precaria la respuesta campesina ha sido conservadora: reproducir la tradición comunitaria como refugio, como estrategia de supervivencia socioeconómica y cultural.

Este campesino itinerante por compulsión pero de vocación localista y comunitaria, es el que está sufriendo lentamente una profunda transformación. En los últimos diez años las necesidades de la lucha han generalizado una nueva experiencia: campesinos de los más diversos orígenes geográficos y étnicos, trabajadores agrícolas provenientes de regiones separadas por miles de kilómetros, se están encontrando en los caminos del combate. Ya no son únicamente los encuentros casuales de quienes tramitan un crédito o promueven un expediente agrario en las mismas oficinas, sin compartir otra cosa que el despotismo burocrático; no es sólo la desconfiada convivencia en los galerones donde reponen sus fuerzas los jornaleros migratorios; no son nada más los riesgos compartidos en los camiones `polleros’ donde se juegan la vida los prospectos de `mojados’; ahora también hay otras relaciones, otros encuentros más cordiales y productivos. El de San Felipe fue uno de ellos.

Los campesinos que llegaron el viernes son miembros de la CNPA, y desde hace más de 4 años están empeñados en consolidar una organización nacional independiente. Pocos grupos son recién llegados a la lucha, y algunas organizaciones regionales tienen casi diez años de existencia, pero el reto de coordinarse nacionalmente es mucho más reciente y los ha llevado a recorrer caminos inexplorados.

Hay muchas organizaciones campesinas supuestamente nacionales y no faltan las que se proclaman independientes. Pero de las pretensiones a la realidad hay un largo trecho. Después de la revolución y con escasas excepciones, las centrales campesinas nacionales han sido siempre estructuras burocráticas de servicios que encubren bajo un membrete nacional la real dispersión de sus contingentes. La supuesta unidad nacional de los representados encarna en una cúpula de dirigentes que habla a nombre de las bases y, en el mejor de los casos, negocian sus demandas con las autoridades. Ser miembro de la CNC en una determinada región no supone ninguna relación orgánica con campesinos cenecistas de otras localidades, y lo mismo puede decirse de la militancia en las otras organizaciones oficialistas y lamentablemente en muchas de las independientes. En estas condiciones la formación de la CNPA respondió a una necesidad profunda, y la coordinadora no sólo ha perdurado sino que ha crecido impetuosamente. La importancia de este proyecto radica en que por primera vez se plantea de manera explícita y sistemática la tarea de forjar la unidad desde las raíces mismas del movimiento, propiciando la real integración de las bases y no sólo los acuerdos de cúpula. Y en este punto los avances de la CNPA han sido quizá menos vistosos, pero también más sólidos. La CNPA aglutina las demandas y acciones de 21 organizaciones regionales distintas que operan en 22 Estados de la República y en el Distrito Federal, que representan la confluencia de 522 núcleos campesinos repartidos en 198 municipios que promueven cerca de un millar de acciones agrarias. El 60% de estos núcleos campesinos son grupos de solicitantes, el 23% son ejidatarios, el 16% comuneros y unos cuantos son de colonos y hasta de auténticos pequeños propietarios.

En las demandas agrarias que promueven estos núcleos predominan la de dotación de Ejidos con 124 trámites, la siguen las solicitudes de Ampliación de ejido con 83 casos, la demanda de nuevo centro de población ejidal, con 70, y la confirmación y titulación de bienes comunales con 31. En todos estos casos, menos el último, los grupos están compuestos por campesinos sin tierra, mientras que los Ejidos y Comunidades ya constituidas demandan actualización y depuración del censo básico; investigación general de usufructo parcelario, remoción de autoridades y definición de linderos. La conciliación en una sola fuerza nacional de un movimiento disperso, al que la manipulación política y los enmarañados trámites legales han fragmentado aún más, pasa necesariamente por los Encuentros campesinos, demanda la realización de infinidad de reuniones, asambleas y congresos, de carácter local, regional o nacional. Supone horas, días, semanas enteras destinadas al diálogo, la confrontación y la polémica. El Encuentro de San Felipe, convocado para discutir los problemas de tenencia de la tierra y recursos naturales, congregó a cerca de 500 participantes. Aunque fueron muchos los ausentes, la concurrencia resultó satisfactoria.

La presencia de los participantes representaba miles de kilómetros de camino: de las rancherías d las cabeceras municipales y de ahí a las capitales de los Estados, para marchar después a Zitácuaro y luego todavía a San Felipe. Significaban gastos de transporte, suponían compromisos cancelados y urgentes labores agrícolas pospuestas. El campesino viaja, pero desplazarse fuera del calendario habitual y por incentivos políticos es siempre cuesta arriba. 

Todo fue llegar y comenzar a hablar. Había una especie de urgencia, una necesidad contenida. Los campesinos hablaban como quien ha recobrado la voz al encontrar oídos sensibles a su queja. Millones de palabras inútiles derramadas en los oídos sordos de funcionarios o falsos adalides del agrarismo oficial han propiciado la existencia de un campesinado desconfiado y parco en el diálogo con desconocidos. Pero en el Encuentro los campesinos estaban en su propio terreno, hasta los desconocidos eran de confianza. Todos los presentes habían sido comisionados para hablar y escuchar. La Primera jornada se dedicó íntegramente a los informes: relatos minuciosos, historias a veces centenarias y siempre circulares, aterradoras relaciones de represión y asesinatos, recuentos de problemas, quejas y denuncias; lecciones aprendidas, experiencias aprovechables, recomendaciones, consejos. Y todo salpicado de anécdotas sabrosas, refranes y bromas en un castellano con giros otomíes, purépechas y nahuas, dichos con acento norteño o modismos veracruzanos. Hombres que leen poco el periódico, prácticamente no ven noticiarios televisivos y difícilmente reciben información radiofónica, estaban creando un proceso de comunicación y otros `medios masivos’: monólogos públicos, confesiones, diálogos espontáneos y a veces desordenados; reiteración de denuncias y demandas en el fondo idénticas. Se consta pausada, pero sólidamente, un discurso común. Y el diálogo se prolongó al calor de las fogatas en los grupos acuclillados durante la cena colectiva, siguió durante la velada y apenas pudo interrumpirlo el sueño sobre el despejado suelo de los salones de la escuela.

El sábado en la tarde la concurrencia se distribuyó en dos grupos; uno abordaría la lucha por la tierra y el otro el combate por los recursos naturales. En esta última se presentaron y discutieron experiencias concretas: los problemas de la explotación petrolera en la región huasteca y sus efectos desastrosos sobre los recursos campesinos, la lucha de los comuneros de Milpa Alta en defensa no sólo de sus bosques sino también del medio ecológico de la ciudad de México, el combate de Zirahuén contra los altos funcionarios que usufructúan ilegalmente la belleza natural de su lago, la dispareja pelea entre la comunidad de Aquila y el consorcio HYLSA-Las Encinas que explotaba una mina en tierras de la primera, el pleito de San Felipe por la depredadora Resistol, los eternos conflictos entre comuneros y rapamontes.

La discusión de estos temas y sobre todo el abordaje de los problemas relacionados con la explotación colectiva de los recursos naturales y, más en general, las cuestiones referentes a la organización y lucha en el terreno de la producción, constituyen un fenómeno relativamente nuevo en el seno de una organización como la CNPA que hasta hace poco se había centrado de manera casi excluyente en la tenencia de la tierra. El hecho de que el debate haya derivado al tema del combate por la producción es la mejor prueba de que la parcialidad de la CNPA comienza a superarse. El relato de los ejidatarios de Huayacocotla, Veracruz, que transitaron de la lucha por el rescate del bosque al combate por su explotación comunal, y la exposición de la experiencia de los ejidatarios del Valle del Yaqui, que pasaron de pelear la tierra a enfrentar los problemas de la producción en ejidos colectivos, sirvieron para poner en evidencia el carácter complementario de la lucha por la tierra y los recursos y el combate por la producción y comercialización.

A las nueve de la noche, pese a que las tortillas y el café comenzaban a enfriarse, cerca de cien personas seguían discutiendo. Ciertamente, el debate fue prolongado, pero en menos de cinco hora se pudo llegar a conclusiones y recomendaciones prácticas que en su simplicidad superan con mucho las falsas antinomias del bizantino debate académico.

Lejos de contraponer el combate por la producción al rescate de la tierra y los recursos naturales, en la inútil pretensión de que un frente de lucha subordine a los demás las resoluciones de la mesa parten de lo evidente: en la lucha por la tierra y gracias a ella, la CNPA ha consolidado “una fuerza política formidable, y con esa fuerza podemos entrarle con buenas posibilidades a nuevas negociaciones y nuevas luchas”. Una parte fundamental de estos nuevos combates es el rescate de otros recursos naturales, pero “ganar el control de los recursos naturales implica… problemas posteriores” relacionados con su explotación comunal o colectiva, de tal manera las nuevas negociaciones y luchas tienen que ver directamente con la organización de la producción.

En las resoluciones de la mesa también se recomienda a la CNPA hacer un inventario de recursos naturales, problemas y demandas relacionados con la producción y explorar la posibilidad de crear Uniones para la explotación de los recursos y su comercialización. Esta no es una tarea fácil para la Coordinadora, pues su experiencia acumulada proviene predominantemente de la lucha por la tierra. En contrapartida, quienes tienen experiencia en la organización de productores tienden a circunscribirse en los problemas económicos. Fueron los compañeros de Sonora quienes plantearon con más claridad en qué puede apoyarse la CNPA para impulsar este nuevo frente y por qué es urgente que lo abra: “Algunas organizaciones hemos logrado avances en proyectos económicos productivos, que se pueden compartir con los compañeros. Y eso mismo es una necesidad porque allá, en el norte,…si no reforzamos mucho nuestra actividad de productores con la fuerza de la movilización política de la CNPA, en tanto que organización nacional, podemos limitar nuestra acción a esos proyectos que algunos llaman `economicistas’ porque sólo se centran en lo material y se olvidan de lo político”.

Si el rescate de los recursos naturales y su explotación, eran temas relativamente novedosos para la CNPA, las cuestiones de la lucha por la tierra han sido ampliamente discutidas en todos los Encuentros nacionales y regionales. Por ello en San Felipe no se aportaron muchas ideas nuevas sobre el tema y las resoluciones de esa mesa no van más allá de lo planteado en otros encuentros. Si reiterar conceptos e insistir machaconamente en ciertas ideas fundamentales es una práctica necesaria en la tarea de socializar los planteamientos políticos y transformar el discurso vanguardista en patrimonio común, esta necesidad es mucho más fructífera cuando quienes toman la palabra son auténticos campesinos, activistas de base que quizá repiten cosas sabidas pero lo dicen a su modo y en sus términos.

En el salón 10 tuvo lugar una discusión heterodoxa, a veces desordenada, siempre llena de dichos originales y fórmulas penetrantes. Sobre la lucha por la tierra. En contraste con el discurso acartonado que proclama la “abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción”, se emplearon referencias bíblicas para explicar la relación originaria del hombre con la tierra y denunciar su acaparamiento por los dueños del dinero. Las impublicables recomendaciones que diera el ratón canoso -“cada pelo blanco un año de experiencia”- para colgarle el cascabel a la Secretaría de Reforma Agraria, expresaron mejor la intuición política del campesino que mil frases trilladas. La metáfora de una Ley Agraria que “se estira para los ricos y se encoge para los pobres” sustituyó con ventaja los clisés sobre el “carácter de clase de las superestructuras jurídicas”. Finalmente, encabezar un capítulo de las resoluciones con el Corrido de San Miguel de Aquila destacó con mayor claridad la importancia de conocer la historia de las luchas agrarias que cualquier fórmula rutinaria.

Canciones, refranes, metáforas, citas de la Biblia, palabras fuertes pero “claridosas”, forman parte de la cultura rural y sin ellas no puede naturalizarse campesino ningún discurso político. En este sentido el debate de San Felipe en torno a la lucha por la tierra también representó un avance. Los campesinos tomaron la palabra y las resoluciones son testimonio de su decir:

La tierra es la vida del campesino, sin tierra no hay vida para nosotros. De la tierra obtenemos los recursos para alimentar y vestir a nuestras familias. Allí está nuestro consuelo y nuestra alegría…

Lo que tratamos de sacar de la Historia es el coraje. El coraje por todas las represiones que han sufrido los indios. Debemos conocer la historia para reanimar la lucha.

Nuestras Leyes Agrarias, tienen cosas a favor de los campesinos… por que se hicieron con la sangre de los indios que murieron luchando por la tierra. Y aunque Carranza traicionó esta lucha poniendo en manos del gobierno de los ricos la aplicación de esas leyes, de todos modos tenemos que hacerlas valer.

Lo diga o no lo diga la ley, las tierras nos pertenecen. La ley la hicieron los hombres y los hombres pueden cambiarla. La ley tienen que hacerla los campesinos, los trabajadores.

La jornada terminó tarde, se cenó a deshoras y casi a media noche el Llanero Solitario convocó a un público entusiasta, pintó su raya y explicó como él, que se había quedado mudo, aprendió a hablar.

El domingo fue día de plenaria bajo el sol. Congregados en el patio de la escuela, los asistentes escucharon resoluciones que subrayaba con dianas la banda de Tarejero. Y con vivas a Zapata, consignas y aplausos, fueron aprobadas. Siguieron intervenciones de algunos líderes, los invitados y las organizaciones fraternas: el SUTIN demandó y obtuvo solidaridad, se brindó respaldo internacionalista al líder puertorriqueño encarcelado William Morales. Y cuando el sol de mediodía y el cansancio comenzaban a dispersar la atención, irrumpió un tema que había permanecido subyacente a lo largo de todo el encuentro: los compañeros anfitriones de la comunidad de San Felipe de los Alzati tomaron la palabra en otomí.

Los que habían buscado refugio a la sombra de los árboles, los adormilados, los distraídos, los conservadores, se reanimaron al llamado de una lengua que la mayoría no comprendía. Los otomíes hablan fuerte y hacen sus discursos a coro, combinando siempre con la primera una segunda voz que aprueba, comenta o subraya, pero lo que catalizaba la atención no era curiosidad ante una escena insólita, sino el que por vez primera se dramatizaba la condición indígena de la mayoría de los presentes. Purépechas, mazahuas, chatinos y nahuas, se identificaban con un discurso en otomí que de vez en cuando subrayaba en castellano: “nosotros somos indios, indios de hueso colorado”.

Al conjunto del discurso en otomí, todos fueron indios. Los compañeros de Sonora, campesinos norteños claramente amestizados, recuperaron su ascendencia indígena y tomaron la palabra para recordar la raya que pintó en el suelo un jefe yaqui cuando los españoles quisieron penetrar al Valle por vez primera: “la raya aún está ahí, la lucha cinco veces centenaria no ha terminado”.

El tema de la humillación racial y el agravante de ser indio además de campesino habían estado presentes a lo largo del encuentro. Todos recordaban cómo Margarito, representante de la comunidad de Ocumichu, había perdido su apelativo a fuerza de ser simplemente “Ocumichu” para los licenciados y burócratas que consideran demasiada molestia aprenderse el nombre de un “indito”. Todos recordaban el peregrinar de “Ocumichu” de Uruapan a Toluca, de Toluca a Morelia, de Morelia al D.F., y vuelta a empezar, en la afanosa búsqueda de un expediente misteriosamente extraviado.

La historia de “Ocumichu” había mostrado que ser indio en tierra de licenciados es ser paria entre los parias. Pero había mostrado también cómo Margarito recuperó su dignidad sin necesidad de recuperar su nombre. Porque cuando los comuneros se pusieron de pie y respaldaron los trámites de su representante con acciones decididas, Margarito dejó de ser el genérico “Ocumichu”, que no es nadie, para transformarse en la voz potente de su comunidad, en un orgulloso “Ocumichu” en el que se encarna todo su pueblo.

De esta manera, al final de la asamblea plenaria, el tema de la identidad étnica cobró una enorme fuerza. Los otomíes de San Felipe de los Alzati pusieron en claro que su lucha no es sólo contra la Resistol que usufructa ilegalmente sus tierras comunales, sino también contra la opresión discriminatoria de los pudientes de Zitácuaro y las autoridades a su servicio. Los otomíes que tienen prohibido vender en la cabecera municipal y que sí son agredidos por una “gente sin razón” se les encarcela por el delito de “dejarse golpear”.

Así se preparó el ambiente para la última tarea del Encuentro. En la cárcel de Zitácuaro están presos cinco comuneros de San Felipe por el delito de defender sus tierras, y la plenaria acordó marchar a la cabecera municipal en demanda de su libertad. Los otomíes de San Felipe y sus acompañantes decidieron `bajar’ a Zitácuaro, no con la humildad del “indito” que trata de pasar desapercibido y vender su mercancía, sino alzando la voz y haciendo sonar los pies. Lo que habías sido un intenso intercambio de información, una reflexión colectiva, un experimento de convivencia y también una celebración festiva se transformó en una marcha multitudinaria.

Eran quizá un millar, pero parecían más. Alguien calculó cinco mil. Exagera en la cuenta, pero reflejaba el espíritu del contingente. Los de la banda de Tarejero marchaban al unisono y durante nueve largos kilómetros no sólo cargaron los instrumentos sino que colaboraron con su música a mantener el espíritu festivo de la marcha. Por 3 horas la caminata mantuvo su combatividad entre bosques y milpas y agitó pancartas ante la mirada atónita de los automovilistas. Al llegar a Zitácuaro, el griterío se hizo aún más ensordecedor. Las calles estrechas repetían el eco de las consignas, y pronto el estallido de los cohetes se sumó al estruendo de los gritos y la música. “La gente de bien” contemplaba pasmada el insólito espectáculo. Una respetable dama se asomó al balcón con una delicada taza de porcelana y sin querer derramó el café. Inevitablemente, alguien gritó: “íAhí vienen los indios!”

Las comuneras de San Felipe, “las inditas”, despreciadas por la “gente de razón” de Zitácuaro encabezaban la marcha. Detrás de ellas un contingente que pronto asumió su papel y abandonando consignas más habituales comenzó a corear un multitudinario “íya llegamos los indios!”

En la cárcel de Zitácuaro esperaban cinco comuneros, pero frente a palacio una amenazadora fila de policías judiciales fuertemente armados con fusiles, ametralladoras R-12 esperaba también. Nadie había pensado recurrir a la violencia para liberar a los presos, pero las autoridades no quisieron darse por enteradas de los fines pacíficos de la marcha y decidieron hacer exhibición de su poder de disuasión.

A las siete de la tarde el contingente campesino desembocó en la plaza. La marcha se mordió la cola y por cuatro o cinco ocasiones giró sobre sí misma. Una y otra vez la vanguardia pasaba frente al palacio y sus guardianes, las consignas aumentaban de tono y la banda de Tarejero tocaba sin parar. Pronto las sonrisas displicentes de los agentes del orden se cambiaron por un nervioso masticar de chicles. Y cuando, por fin, la vanguardia se detuvo frente a las puertas de palacio y todo el contingente se arremolinó a menos de 10 m del cordón policiaco, la tensión se hizo insoportable.

Frente a la fila de hombres fuertemente armados se agitaba una masa vociferante de apariencia amenazadora, cualquier cosa podía pasar. Y sucedió lo inesperado: sin previo acuerdo ni consigna alguna, la vanguardia comenzó a bailar. Ante el pasmo de los rumiantes policías la tensión estalló en una danza multitudinaria. Y cuanto más estrepitosa sonaba la banda, más alto saltaban los danzantes y con mayor entusiasmo revoloteaban los sarapes. Cumplida su función catártica, la danza se transformó en mítin. Zitácuaro, que no teme a los indios, se acercó a escuchar. Una y otra vez resonaba la consigna: “íLibertad a los campesinos presos!”, con el único fin de que pudieran escucharla tras de los muros de la cárcel.

A las nueve de la noche terminó el mítin y con él concluyó también el Encuentro. Cientos de campesinos, emprendieron el regreso a sus comunidades. En apariencia nada había cambiado: los campesinos seguirían aislados y dispersos recorriendo cíclicamente un país hostil, los indios que alguna vez entraron a Zitácuaro alzando la voz volverían a ser “inditos”, los presos seguirían en la cárcel.

Pero en lo más profundo de la vida rural una vieja estructura se está quebrando. A través de decenas de Encuentros como el de San Felipe de los Alzati comienza a revertirse una situación histórica varias veces centenaria. Hoy no sólo el hambre expulsa a los campesinos de su refugio comunitario, también salen de sus regiones a cumplir tareas impuestas por la lucha. Y en este distinto peregrinar ya no son parias en un medio hostil, se han transformado en parte de un proceso organizativo que abarca todo el país, son combatientes de un ejército que trasciende los destacamentos locales, comienzan a ser una clase nacional.

CAVAFIS EN TELEVISA

I. ESPERANDO A LOS CULTOS

¿Qué ocurre en la pantalla receptora?

¿Cuántas cosas tan serias y profundas.

¿Qué técnicos están los locutores.

Y cuántas niñas cueros que pronuncian la v labiodental.

¿Por qué dicen León Tolstoi en vez de León Michel?

¿Qué muebles venden en las tiendas de los Hermanos Karamazov? ¿Por qué tantos anuncios del Tamayo, y no de detergentes?

¿De bibliotecas, y no pasteles Pronto?

¿De Sinfónicas, y no Cablevisión?

– Es que los cultos han llegado a Televisa.

Desde hace tiempo el canal 2 lo preparaba;

Ahora el Teleguía y las carteleras nos lo informan:

El canal 8 es la alegría de la cultura en televisión.

¿Y cuál cultura si no estamos preparados?

¿Cómo entender lo que dice este señor?

– No se preocupen que todo estará claro:

Los jóvenes lo harán todo sencillo,

Y no nos llevará más que un minuto

Saber que el Dr. Atlas (sic) fue un gran pintor,

Y que el Monstruo de Guanajuato no es enemigo de Ultramán Sino una gloria nacional: Diego Rivera.

¿Pero y si todo se vuelve complicado?

¿Cómo saber qué orquesta, qué libro es el mejor?

– Ahora que están los cultos, ellos darán el raiting.

En sus manos pertinentes quedará el warm up del público.

¿Y qué haremos ahora con los cultos?

O peor aún: ¿qué haremos ahora que no hay cultos:

Que Televisa los recluta ya, incesante,

Y que uno a uno comparecen ante el 8?

– No desesperemos por los cultos.

Cuando venga Televisa, ella dirá qué leer.

Aún nos queda el culto a Raúl Velasco.

Después de todo, Raúl Velasco es como una solución.

II. LOS MOTIVOS DEL CULTO

Dijiste: “Yo voy a ir a Televisa, aceptaré la invitación Porque mi vanidad no está saciada, y es mi orgullo

Pasto del ultraje; porque en este país

nadie me reconoce por lo que hago, y estoy harto

Del mismo cogollito de lectores. Quiero público fresco

-Que sean miles si no han de ser millones-,

Y no el que da la difusión tan primitiva

De periódicos, revistas, tristes libros,

Y sepultado en el papel de las imprentas

Está mi descontento corazón”.

O bien, dijiste: “Aceptaré la invitación

Porque es un reto, una salida, un modo de hablar claro

Y de no hacerle el juego a ese canal

Participando en su programación.

Es muy sencillo: les voy a demostrar

Que a mí no me la pegan. Iré a decir verdad y Televisa Entenderá que con los cultos no se juega: a jugar

Con las vedettes y con Menudo. De Niños Héroes a San Angel Temblarán sus babelitas transmisoras, de temor o admiración; Y la gente abnegada que ha sufrido

Viendo nada más telenovelas

Tendrá al fin un respiro intelectual”.

También has dicho: “¿Por qué tenerle miedo a la idiot box?

Es más fácil criticar que entrarle al toro.

Estar fuera de los medios es estar en el error.

Si puede hacerse algo bueno por la gente,

Difundir la cultura a gran escala,

Salirse de la torre de marfil

Para treparse a la torre electrónica,

No veo un motivo real para negarse;

Aunque no esté de acuerdo, claro, con todo lo que hace Televisa

– Hay muchas cosas que se pueden mejorar

En el programa Videocosmos, por ejemplo

(Si no me encuentran en mi casa, es que estoy en mi

oficina)-;

Y digan lo que digan, ahí me dejan hablar con libertad:

Sin ese requisito no habría optado

Por llevar la cultura a los hogares”.

Pero qué duro cuando ves el videotape

Y lo que ves, no es lo que tú esperabas;

Y entre otras cosas ya eres el autor

-Porque el presentador se equivocó-

De ese tu magno libro: Los renglones torcidos de Joyce.

En este videotape perdurarás,

Lo verás todas las veces, cuantas quieras,

Y no hallarás alivio en Televisa.

En Televisa a Televisa no encontraste.

Qué más quieres hacer, ya no le busques.

Hiciste el papelazo, tú lo viste;

Pero buscando cómo reponerte

Aceptarás la siguiente invitación.

III. TELEVISA: IDA Y VUELTA

Cuando emprendas el viaje a Televisa

Procura que tu estancia en el programa

Sea pródiga en close-ups. Dáte el gustazo

De pensar que eres único, que miles te están viendo,

Que la televisión es una magia y retribuye rápido,

Que no es como parir pinches cuartillas

Que no van a llegar a ningún lado.

(¿Tienes COCHE o Volkswagen? ¿Tienes PUBLICO

O tres o cuatro amigos?) Sobre todo:

No temas nunca al hecho de que pueda

Robarte cámara el trigésimo invitado

Que en el programa comparte créditos contigo.

Procura que tu instante se haga eterno.

Has de creer tú mismo que “hacer televisión”

Es un asunto difícil, complicado,

Que no cualquiera puede. Y atesora

Los tres halagos del comentarista.

Siente el orgullo de haber sido invitado.

Televisa te ha dado el super chance.

Has de volver a ella, no te apures:

Hoy goza únicamente de tu instante

Ya establecido el lazo, el resto es fácil:

Tal vez algún día de estos te toque presentar algún programa

Sobre Stravinsky, o Picasso, o Frank Lloyd Wright

O ese desconocido: Juan Gabriel.

Y si entre tu cabeza y Televisa

Se mete el pensamiento ponzoñoso

De que ofreces clichés en vez de Chryslers,

Títulos de libros en vez de Prestobarbas,

Catedrales que resisten a la prueba de lo Añejo,

Aparta el pensamiento de inmediato:

Goza el instante eterno, ve el lado positivo:

Tal vez aquí cumpliste el gran destino

Que estaba para ti: éste es tu Encuentro, tu Ritmo Vital,

Tu Increíble revelación, tu Videocosmos grandioso.

Cuánta aventura y qué conocimiento

Adquiriste en apenas media hora.

Experto como nadie en estas cosas,

Gracias al momento inmenso que te dieron,

Lleno de ti, sabrás en carne propia

Lo que ir a Televisa significa.

IV. LOS DIOSES ABANDONAN A ARREOLA

Cuando de pronto, en la pantalla, veas

Pasar un jovencísimo cortejo

De muy hermosos efebos y doncellas

-Angeles nuevos de la comunicación

Traídos directamente de las canteras de la Ibero,

O de las aulas asépticas y cozy

De la Anáhuac- disfruta para siempre

Al canal 8: son la cultura, la alegría juvenil,

Los nuevos escogidos por los dioses.

Saluda de una vez al canal 8.

Y no te engañes pensando que pudiste

Haber estado aquí, o que tenías

Algo que hacer aquí. Como hombre,

Como decidido desde hoy, como valiente

Como lector de Schwob y Pierre Ronsard

Como el gran autor que eres de Confabulario,

No lo atribuyas a un revés de la Fortuna Transmisora,

O mejor dicho: no culpes a los cantantes de Siempre en

domingo

Ni a la telenovela La Chispita

Ni al último gol de cabeza de Norberto El Beto Outes

De que tengan preferencia, contra ti, en este lugar

Al que tan amablemente cediste tu tiempo y tus oros verbales

Entre mensajes de los patrocinadores,

Dejando inacabados tus proyectos, tus rollos literarios,

Los palíndromas, las varias invenciones,

Los mil y un textos de Confabulario

Que pudiste escribir. Antes de que empieces nuevamente

La aplazada batalla con tus textos

En el campo de la letra que se escribe para no salir al aire, Disfruta a fondo el fúlgido cortejo

De estos jóvenes tan bellos y ocurrentes

Y dile adiós a Televisa, que de este modo te abandona.

V. CHE FECE… IL GRAN RIFIUTO

Hay un momento en la vida de los cultos

En que llega una invitación, generalmente por teléfono.

Y entonces deben decir un gran sí,

O un simple y claro NO

(Incomprensible para la voz al otro lado de la línea.)

Hay unos que no dudan en decir, siempre, que sí.

Incluso buscarían autoinvitarse

Y llevan en la frente, por la vida, su letrero:

“Invítenme, que sí, que sí, que sí,

Que Sí, señor, que Sí, que Sí, que sí”.

Y todavía no acaban de decirlo

Cuando ya tienen un programa para ellos

O al menos diez minutos para hablar de lo que sea

En cualquier “tele-espacio” cultural; o una presentación

O una entrevista, o una lectura sustanciosa

-Tres minutos- de su pulida obra.

Pero otros cultos son más complicados.

Y cuando rechazan la invitación a veces se arrepienten.

O lo piensan dos veces: consultan con amigos,

Se inventan dos coartadas, preparan dos motivos

Con los que transitar entre que no y que sí.

Los vuelven a invitar. Dicen que no.

Los vuelven a invitar. Dicen que sí.

Y este “sí” no es el sí de los primeros

Pero la diferencia acaba en el programa

Y la pantalla se encarga de ir tumbando las reservas

Hasta que el “sí” se vuelve un sí rotundo.

Y entonces es un sí y este sí obvio

Es incomodidad para el que mira

Y cambia de inmediato a otro canal.

VI. LA SENSACIÓN BIENAMADA

Oh ven a mí, regresa y préndeme de nuevo, amada

sensación.

Habrá sido cosa de un minuto, en ese restaurante al

que siempre iba

Sin que nadie de ahí me echara un lazo.

Después de haber salido en un programa cultural

Durante cinco o seis ubérrimos domingos,

Por fin se hizo el milagro. Ese vívido viernes, por la noche, Cuando crucé la puerta del local, en una de las mesas, seis personas

Se voltearon a verme, y cuchichearon, supieron

Que era yo, y todo yo me supe por entero,

Y en mí yo pude ver lo que ellos vieron.

Oh ven aquí, regresa y préndeme de nuevo,

Instante, tú, el mayor, el bienaventurado:

Esa noche tomé el vino de los Chamos,

De Olga Breeskin, Lucía Méndez, José José, Carlos Reinoso; Asumí sin miedo alguno la alegría que así me diera

El trabajar por la alegría de la cultura:

De las cámaras y el set a los laureles.

Y lo afronté con valor, cual debe y cabe:

Pues fuerte cosa es, cosa de bravos

No enloquecer de fama y nombradía,

Hacer como que yo no me sabia

Y resistir miradas como halagos.

VII. LOS TROYANOS CULTURALES

Ya viste, Chinchomón, de qué han servido los esfuerzos

Por aumentar el parco núcleo de lectores

Y defender troyitas culturales:

De pronto Televisa descubre la cultura

Y al descubrir procede a callar bocas

Contra los qué pensaban, Chinchomón,

Que ahí nada más Round Cero y Timbiriche.

Y los aqueos, que se apantallan solos

Ahora quieren venir -literalmente- a apantallarnos.

Y los troyanos, pobres troyanos;

Y los que, interrogados, dirían ser aún de los troyanos,

Los que defendieron la letra impresa contra todo,

Los que lograron ediciones de miles de ejemplares

Y dijeron ser valientes en el sitio

De los Cincuentas, los Sesentas, los Setentas

Ahora en los Ochentas entregan la ciudad

Y colaboran en programas conducidos

Por marisabidillos Ulises de la comunicación,

Y conceden entrevistas vaporosas

A los Aquiles que se sienten muy acá,

Muy monstruones y farmaces y tuyuyes

Por el baño que les dio la Mami Tele.

Y ya la Ilíada se volvió telenovela.

(Todo ante mí se vuelve serie gringa.)

Porque tú y yo sabemos, Chinchomón,

Que si algo muestran los ejemplos de la historia

Recogidos en los anales del Teleguía,

De la revista Activa y de TV y Novelas

Es que el Espíritu se rinde a la Materia

Y no hay troyano que pueda soportar

Un cañonazo de cien mil televidentes:

La resistencia acaba donde comienza el raiting.

VIII. LAS TERMÓPILAS DE PAPEL

Honremos, Chinchomón, en lo que dura el comercial

A quienes toda su improvisada vida

Instalan y defienden unas Termópilas de papel:

La zafia revistita, el vil librito,

Los apuntes en prehistóricos cuadernos,

El bolígrafo Bic y la Olivetti.

Honor, pues no sospechan la amenaza que se cierne

Sobre las magras Termópilas impresas

Que habían logrado al fin -suma que suma-

Los cuatrocientos lectores dizque asiduos.

Y honor a los que siguen con la pinche cuartillita,

Aunque sepan que Televisa abrirá su canal 8

Y avanzará con los programas culturales en el 2;

Que varios Efialtes cultos le darán el espaldarazo,

Que la pantalla acabará por arrasar

Y que los medios se impondrán con todo, y todo.

El ajuste económico: Un balance

Los mexicanos inauguraron el año de 1983 con el compromiso gubernamental y la urgencia práctica de estabilizar la economía. El instrumento de ese ajuste, conocido como Programa Inmediato de Ordenación Económica, está previsto para durar tres años, 1983-1985, y supone en lo fundamental que la actividad económica, basada en una estructura que genera déficit fiscales y de comercio exterior, debe contraerse a su nivel real”, o sea, el compatible con los recursos internos disponibles ya que los externos serán escasos en los años por venir. La contracción se expresa simplificadamente como un compromiso de reducción del déficit del sector público y del déficit en cuenta corriente de la balanza de pagos; no garantiza por sí misma la corrección de los numerosos problemas estructurales de la economía mexicana, ni su recuperación sostenida, pero se espera que varios de esos cambios estructurales comiencen a tener lugar y permitan posteriormente una nueva expansión no deficitaria mediante el fortalecimiento de la capacidad de exportación, la racionalización de las importaciones y la consolidación del ahorro interno. Huelga decir que si estos cambios no tienen lugar, la contracción no servirá de nada y la economía volverá al desequilibrio, en cuanto comience a crecer de nuevo, tal como lo hizo entre 1977 y 1982.

En esta perspectiva, para lograr la meta de reducir su déficit el Estado debe allegarse recursos propios y lo hace elevando los precios de sus bienes y las tarifas de sus servicios, lo cual desata una ola de alzas que elevan el índice de precios y reducen el salario real restringiendo por consecuencia el consumo de las masas. En este brusco proceso de elevación de precios conviene sin embargo distinguir entre el alza provocada por ajuste de precios subsidiados y el alza derivada de presiones inflacionarias. La primera significa un solo jalón en el índice de precios y se impone por lo general cuando el precio de algún bien o servicio no corresponde a sus costos de producción, situación que tiende a provocar escasez futura, según se presenta ya como un peligro en el caso de la tortilla y ha ocurrido con la leche. El segundo tipo de alza es la que constituye una presión inflacionaria permanente. Sus causas con las políticas fiscales y monetarias que infla la demanda artificialmente, sin que haya aumentos en la productividad, aunque también puede deberse a alzas permanentes en las tasas de interés o en los precios de las importaciones. (Por esto último es que

el desliz del peso se considera inflacionario, porque eleva permanentemente el costo en pesos de toda importación.) El programa de estabilización busca eliminar presiones inflacionarias reduciendo la demanda y el salario real, al tiempo que ajustar todos los precios que no reflejen adecuadamente su costos de producción.

El alza en el nivel de precios es entonces una resultante del programa de ajuste y puede rebasar todas las previsiones, sin que ello necesariamente signifique que el programa ha fallado. Lo mismo sucede con la contracción de la economía, que en el programa del FMI de diciembre de 1982 se estimó que tendría un crecimiento cero durante 1983 y que hoy se estima oficialmente en -3.5%. La cifra de bajo crecimiento esperado para 1982, fue también corregida ya oficialmente y arroja un crecimiento negativo de 0.7%. Todo esto indica que la contracción global de la economía para los años de ajuste será bastante mayor de lo esperado. Compárense si no las metas originales del programa del FMI y algunos resultados alcanzados durante 1983.

LUZ Y SOMBRA

Como se desprende de estos datos, el ajuste económico que vive la sociedad mexicana no tiene precedente y de ninguna manera puede esperarse que haya, una recuperación en 1984.

a) El déficit del sector público.

A pesar de la contracción, con la consecuente baja en el empleo y en el salario real, se ha cumplido el objetivo del programa en materia de reducción del déficit del sector público, al grado de que la reducción propuesta al 8.5% como porcentaje del PIB, llegará a 8.3%. La forma de lograrlo, sin embargo, admite varias críticas:

1. La inversión pública se redujo más que el gasto corriente, limitando así la posibilidad de recuperación futura, ya que esta inversión será indispensable para apoyar la recuperación.

‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑

                                19821983    1984

‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑

Crecimiento

 Del PIB (%) según FMI           2.00        3.0

 Estimación oficial             -0.7-3.5     1.0

                                            meta

Resultados reales:

 Producción industrial          -1.7-9.0(1)   

 Ventas del sector

 comercio                          –28.0(2)  

Inflación dic 82-dic 83

 FMI                            98.850.0    30.0

 Resultado real (dic-dic)       98.890.4(3) 40.0

                                          (meta)

‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑

1. enero-agosto. 2. enero-junio, según Banamex, Análisis de la Situación Económica de México, julio 1983. 3. Resultado a octubre.

2. La mayor parte del aumento de los ingresos públicos provino del IVA y de los impuestos pagados por PEMEX: el primero es regresivo en tanto que el segundo es volátil, por la incertidumbre en el mercado petrolero.

3. Una suma tan importante como el 12.5% del presupuesto total del sector público neto de amortización de deuda, se aglutinó en “erogaciones adicionales” (601 mil 400 millones) que en su mayor parte (400 mil millones) se dedicaron a un programa de empleo temporal de cuyos resultados no se ha informado, pero que a juzgar por las cifras del segundo trimestre parece no haber detenido el aumento del desempleo. Entre tanto, la planta industrial en donde hay empleos permanentes, sufrió por falta de recursos.

4. La misma estrategia, que impide dar transparencia al gasto, se repite en el presupuesto de 1984: hay “erogaciones adicionales” por 634 mil 200 millones y se crea una nueva partida por 277 mil millones “para la recuperación de la actividad económica”, todo lo cual significa un 10.1 % del total del presupuesto neto de amortizaciones de la deuda, y aproximadamente 3.3 puntos porcentuales del PIB de 1984, es decir, más de la mitad del déficit propuesto (5.5%).

b) El déficit en cuenta corriente. Por lo que hace al segundo objetivo del programa, la reducción del déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos, también es claro que hubo cumplimiento. Se rebasó la meta original de tener un déficit de 3 mil 400 millones de dólares en 1983 (era de 12 mil 544 millones en 1981), ya que según informe oficial habrá un superávit de entre 3 mil y 3 mil 500 millones de dólares. La forma de cumplir con esta meta también admite distintos cuestionamientos:

1. Se logró la meta reduciendo la importación y con un mediocre incremento en la exportación. La importación se redujo de su nivel de 1982 (ya menor en 40% al de 1981), en 56% (hasta agosto).

2. No se aprovechó la ventaja del tipo de cambio para aumentar la exportación, misma que creció en 3.9% hasta agosto y en 8.5% las exportaciones no petroleras sobre su nivel de 1982. Estas últimas, sin embargo, fueron menores a las de 1981 en 6.5%. En otras palabras: en dos años no ha habido un aumento de exportaciones no petroleras, a pesar de la devaluación del peso, de la recuperación de la economía norteamericana y de que la planta industrial mexicana tiene un 40% de capacidad ociosa.

3. El ajuste requirió una alta subvaluación del peso, que presenta el peligro de volver ineficiente toda la de por sí pobre exportación, además de causar presiones inflacionarias, que se acrecientan con el deslizamiento del peso a partir de septiembre.

4. La existencia de un superávit en la balanza de cuenta corriente ha ocultado el empantamiento de la política de fomento a las exportaciones, en gran medida causado por la inexplicable persistencia de barreras burocráticas y falta de programas.

5. A lo largo de todo este período de ajuste, México ha tenido un tipo dual de cambios, que implícitamente subsidia a las empresas endeudadas en dólares. Esas empresas usan el tipo de cambio “controlado” en sus programas de renegociación de deuda, a costa de gravar la exportación, desanimar el ingreso de las divisas que se generan e impedir la repatriación de capitales. Así un instrumento tan general como el tipo de cambio, que afecta a toda la economía, se usa para subsidiar a un sector particular con graves daños para el país.

LA CAJA NEGRA

Si bien los resultados del programa de corto plazo indican un claro éxito en el logro de las metas básicas, distintas deficiencias sugieren que aún falta mucho por hacerse y que nada está garantizado.

Primero: La simple reducción de la demanda para estabilizar la economía tiene límites y, aun queriéndose, no podrá abusarse de ella. Por eso son en extremo urgentes los cambios estructurales que deben tener lugar en la estructura de precios relativos, en la reasignación de recursos de inversión y en la reorganización del sector industrial. Paradójicamente, no hay señales de una significativa reasignación de recursos que permitan elevar el nivel de empleo de la mano de obra y de la planta industrial en los sectores de desarrollo futuro. Aparte de la industria automotriz, el gobierno no ha dado indicaciones de sus planes a la planta industrial, trabando así el proceso de inversión. 

Segundo: Hay escasez de utilidades en las empresas para financiar inversiones y el gobierno no ha realizado inversión pública significativa, la cual, por el contrario, se ha caído en términos reales. El capital extranjero, que ha sido invitado a invertir, está sometido a un proceso de adivinanza sobre cuál será en la práctica la política de inversión extranjera, cuáles los sectores punta de crecimiento futuro, cuáles los criterios a aplicar por el gobierno. No ha habido señales claras y generales en la materia y por otro lado hay múltiples problemas de capitalización de deuda, reestructuración de la misma, coinversiones con socios mexicanos quebrados, etc., para las cuales no se han dictado criterios de tratamiento, aparte de la tantas veces anunciada “flexibilidad” .

El resultado es que conforme a la tendencia observable en junio, en 1983, cuando más barato resultaba comprar activos mexicanos, la inversión extranjera directa se había desplomado en 92.4%. Otra fuente de probable financiamiento para la inversión son los capitales repatriados, pero éstos ven aún incierto el modelo económico y político de la administración; no el de corto plazo -que es un acuerdo con el FMI- sino el de mediano y largo plazo. La Rectoría del Estado no se ha definido suficientemente en su contenido filosófico y menos aun en sus límites. El proceso de democratización se ha visto frenado por fraudes electorales en Mexicali y Sinaloa, impidiendo la participación de otros grupos hasta ahora ajenos al ejercicio del poder, en la administración de la crisis. Paradójicamente, varios de estos grupos tienen capitales en el extranjero y la capacidad para sacar del país aún más.

Es cierto que el avance del programa económico hasta la fecha crea condiciones suficientemente amplias para que en 1984 se logre una reducción importante en la inflación y se impida una caída más en el salario real. Al mismo tiempo, habrá mejores condiciones para disponer de divisas, reducir el deslizamiento del tipo de cambio, unificar los dos tipos y fortalecer las expectativas de una situación más estable, si bien de muy lenta recuperación.

¿AJUSTE SIN DEMOCRACIA?

Sin embargo, el problema económico empieza a perder relevancia en un contexto más amplio de consideraciones, que es imposible no hacer en un país de instituciones democráticas sumido en tan profundo ajuste. Al buen manejo financiero y económico o al logro de lo posible en esta área, se ha sumado lo que muchos observadores consideran un mal manejo político. Los ejecutadores de este programa, si bien han revalidado las bases económicas del “desarrollo estabilizador”, han olvidado al parecer que el componente más importante de ese proceso no fueron las políticas fiscal y monetaria conservadoras, sino ante todo el manejo político fundado en la negociación y la conciliación con la oposición, los gobiernos de los estados, el sector privado y las organizaciones de masas. Los arquitectos del desarrollo estabilizador y en particular su representante más conspicuo fueron, ante todo, políticos.

No se puede pretender que una democracia que sufre un ajuste económico tan profundo y doloroso no sea compensada con mayores válvulas de participación política. Aun una dictadura militar tan arraigada como la brasileña ha aceptado que la oposición gobierne el estado de Río de Janeiro, el más importante de Brasil, y que sendos proyectos de ley para reducir el salario real se debatan e incluso se rechacen en el Congreso. En su turno, la crisis económica Argentina ha dado paso, por encima de los intereses de otra dictadura militar, a una corriente política renovadora cuyo triunfo electoral se respetó pese a los viejos intereses peronistas y aun cuando su programa electoral apunta contra los intereses del ejército. En México, mientras tanto, se ha impedido el acceso de otros grupos a posiciones ganadas por el voto popular en algunas ciudades y el país vive una de las mayores oleadas de imposición y fraude electoral de las últimas décadas.

Las anteriores son algunas de las interrogantes sobre el éxito de un programa económico que busca restablecer la estabilidad de la economía sobre una base duradera. El reto es avanzar no sólo en el programa de corto plazo, sino en todas las áreas de cambio cualitativo. El menor crecimiento económico futuro no es grave en sí mismo, si se acompaña de una mejor calidad de crecimiento que no sólo implica un crecimiento agrícola y manufacturero más importante en las cifras globales, sino cambios en los métodos y en el estilo de administrar este ajuste. Ello requiere en especial que se responda a la responsabilidad política de modernizar un régimen democrático. Sin estos cambios, el programa no dará resultados duraderos y pronto será obvio que el Nuevo Enfoque no debió haberse combinado con las Viejas Tácticas.

En el margen: los nuevos protagonistas

Hay consenso entre quienes se ocupan del análisis de la crisis, que esta se presenta ya como un fenómeno de carácter orgánico. Se afirma, que esta vez no estamos frente a una mera situación de coyuntura sino que apenas estamos presenciando un doloroso parto que tiene aún un transito de larga duración. Crisis económica sí, pero también agotamiento del patrón de acumulación y del modelo del desarrollo; ello aunado a una crisis de las instituciones políticas, de los aparatos ideológicos y, aún más, una aguda crisis de confianza y de legitimidad del Estado mexicano.

El gobierno ha manifestado su preocupación por resolver la crisis, y para ello ha diseñado una estrategia de recuperación que aún no muestra signos de efectividad. Paralelo a la ineficiencia de sus resultados a corto plazo, las medidas instrumentadas presentan tendencias a afectar negativamente a los sectores populares y a las clases trabajadoras del país. La restricción como política, ha hecho comprimir al máximo los salarios disminuyendo el poder adquisitivo de la clase trabajadora, ya de sí minado por los altos índices inflacionarios; efectos que se recrudecen por la cancelación de un importante número de tareas que se inscribían en el marco de las políticas sociales del Estado y que hoy día han sido suprimidas como resultados de la restricción presupuestal del sector público.

El proceso de modernización de los últimos años trajo consigo una profunda transformación de la sociedad; nuevos grupos y sectores sociales fueron emergiendo de la descomposición del México rural. Sin embargo, la modernización no se acompañó de un desarrollo social de la misma magnitud, el patrón de acumulación instrumentado fue conformando una sociedad cada vez más desigual, tanto en la distribución del ingreso, como en la concentración de la propiedad y de los recursos productivos. El desarrollo desigual que ha caracterizado nuestro proceso, ha dejado por consiguiente un importante contingente de desposeídos y marginales; un significativo número de mexicanos fue quedando fuera de los beneficios de la industrialización. El fenómeno de la marginalidad ha sido una consecuencia del modelo de crecimiento industrial del país, en los últimos años la polarización social se ha recrudecido. En el contexto de la crisis, las tendencias a privilegiar a los menos y a comprimir a los muchos, parecen manifestarse incluso como procesos incontrolables. Las políticas de gobierno orientadas a favorecer a los sectores marginales, frecuentemente se revierten sin que los beneficios de la acción estatal incidan de manera significativa en los niveles de vida de este importante grupo poblacional. Por el contrario, los efectos más agudos de la crisis han sido resentidos con mayor intensidad en los distintos grupos sociales que constituyen el amplio sector de los marginados.

Pero los marginales no sólo han quedado fuera de los beneficios de los procesos modernizantes, las reformas políticas y las posibilidades de su representación y participación política tampoco han logrado trascender las barreras de los sectores tradicionalmente corporativizados. Los cambios que con gran rapidez se han suscitado al seno de la sociedad civil no han encontrado sus transformaciones correspondientes en la sociedad política, que se ha mantenido sin modificaciones de trascendencia afirmando en un anquilosado sistema político que ha sido incapaz de absorber a los nuevos protagonistas que como categorías políticas específicas irrumpen en la escena de la lucha de clases. Los llamados grupos minoritarios hoy en día conforman una masa política que amenaza con desestabilizar el ya caduco e inoperante sistema político de corte tradicional. La emergencia de nuevas formas organizacionales, que se expresan incluso fuera de los límites partidistas y con manifestaciones de creciente autonomía, se advierten particularmente en aquellos grupos identificados como “marginales” (las “bandas” de los jóvenes de las colonias populares, las invasiones urbanas que protagoniza la CONAMUP y otras organizaciones afines, las numerosas organizaciones indígenas que se presentan como fenómeno inédito en la historia política de nuestro país, las expresiones culturales de tepito arte a’ca, etc.). Nuevos protagonistas del México rural y urbano, con demandas propias, con novedosas manifestaciones políticas surgidas de la creatividad popular están diseñando formas nuevas de organización y de defensa. La toma de las calles y de las bardas; reuniones convocadas por ellos mismos, con la exclusión de los agentes oficiales y oficiosos; revistas, murales, pasquines, etc., son tácticas, recursos populares que forman parte de una lucha política dirigida a crear consenso entre la sociedad civil, así como a constituirse en importantes grupos de presión que incidan en la obtención de beneficios, así como en la conducción y transformación conjunta de la sociedad.

La importancia de la movilización popular no puede ser entendida fuera de la situación de crisis orgánica que cruza actualmente nuestro país; movilización que es portadora de sus propias respuestas para su solución. El conocimiento de las mismas es un trabajo que aún no se realiza y que reclama su urgente tratamiento.

Araceli Burguete Cal y Mayor

Centro de Estudios Económicos

y Sociales del Tercer Mundo.

La élite política, empresaria del Estado

Señor director:

El debate que la revista Nexos ha publicado en sus números de julio y agosto del presente año, se puede calificar como ilustrativo de dos de las más importantes vertientes ideológicas que actualmente orientan a la opinión pública: la oficial y la intelectual de oposición. Sin embargo, y a pesar de la amplitud de los tópicos que en torno a la crisis de México se han tratado, parece subestimarse la relación existente entre la naturaleza económica de la crisis -sus alternativas teóricas y prácticas de solución-, y la naturaleza política de la crisis, el personal político, su formación profesional e ideológica, y lo que podría llamarse “la crisis de la administración del Estado”.

No es una coincidencia el que las etapas más críticas de las vicisitudes económicas que ha padecido recientemente México (las de 1975-1976, y de 1981-1982), hayan tenido lugar en las vísperas de la inauguración de una nueva administración presidencial y su correlativo cambio del personal político del más alto nivel. Ambas crisis parecen haber sintetizado en su problemática el aspecto económico de la coyuntura (devaluación, deterioro del poder adquisitivo de las mayorías, inflación creciente, etc.), con la variable política: renovación de la élite política, cambio de estrategias de desarrollo, redefinición de las reglas del juego político y, en suma, la creación de un nuevo “estilo personal de gobernar”. Esta revolución de expectativas políticas en ambos casos se combinó, en forma por más violenta en su retórica, con una crisis de credibilidad del personal político como eficiente administrador de la riqueza nacional. Resultado: la crisis de confianza o, mejor dicho, la consolidación de la desconfianza.

Sin embargo, la élite política de México, en base a su alta capacidad de transformación y adaptabilidad al cambio, ha encontrado por lo menos dos nuevos recursos para recobrar la legitimidad cuestionada ante la crisis:

En primer lugar, el discurso político oficial empezó paulatinamente a renunciar en su contenido filosófico y simbólico al ethos de la Revolución de 1910 como fuente histórica de continuidad y legitimación, y se fue sustituyendo por el discurso de la racionalidad económica, de la planeación, de la rectoría económica del Estado, de la administración, de la estadística, y del porcentaje. Los sujetos principales del discurso oficial han dejado de ser la “sociedad” y el “pueblo”, para ser suplantados por los conceptos de “economía nacional” y “desarrollo”, en sus diversas modalidades bajo Echeverría y López Portillo. Es así como las nuevas estrategias económicas, en sus variantes de planes y programas de desarrollo, se convirtieron en la ideología oficial.

En segundo lugar, esta rápida transformación del discurso político en un discurso técnico es la resultante de la drástica e irreversible metamorfosis que desde 1970 experimenta la élite política de México. Esta metamorfosis trae en su naturaleza al desplazamiento del viejo personal político de carrera -el tradicional político-, y la creciente participación de individuos mucho más jóvenes e inexpertos pero con impecables credenciales burocráticas y académicas en el exterior, los que han pasado a aportar nuevas categorías de la ciencia administrativa al discurso oficial, al igual que han adoptado novedosas posiciones y estrategias para enfrentar a la crisis económica.

Pero, ¿por qué en la solución de la actual crisis económica es tan importante la solución de la crisis de confianza en el grupo gobernante?

Porque el ímpetu técnico de la burocratización del sistema político mexicano es de tal intensidad que la élite gobernante parece desprenderse de su aureola política para adoptar una nueva personalidad como el Administrador de la Nación, el Empresario del Estado.

Esta tendencia a la racionalidad económica y administrativa, en detrimento del discurso oficial de naturaleza política o jurídica, no es privativo de México. Es parte del discurso ideológico de la coyuntura económica mundial y su consecuente evocación a la reordenación del uso de los recursos. En un discurso tanto de la Gran Bretaña con la señora Thatcher, como de Estados Unidos, con Ronald Reagan. Su diferencia con México radica en que la amplitud de los espacios políticos en esos dos países y su estructura de partidos de oposición les permiten tener una mayor movilidad y alternativas de cambio del grupo en el poder que las existentes en México. La disyuntiva en México es entre el gobierno por la racionalidad económica y la planeación compulsiva y centralizadora, o entre el mantener las reglas mínimas básicas de convivencia política heredadas del populismo cardenista, mismas a las que la actual élite política ha renunciado expresamente.

Sobre estas premisas se centra no solamente la crisis de la administración del Estado, sino también la crisis de la transformación del liderazgo político en el México contemporáneo.

Francisco Suárez Farías

UAM, Xochimilco

Orozco

LA HORDA EN EL JARDÍN

Para José Clemente Orozco, 1911 es un año particularmente decisivo. La insurrección prolifera y triunfa, la situación económica lo obliga a multiplicar colaboraciones en los periódicos y él participa por lo menos con su firma en la huelga estudiantil de la Academia de San Carlos. Entre rumores, alarmas, huidas de las buenas familias, escasez de alimentos y preparativos del cambio de régimen, los alumnos de artes plásticas se sienten insatisfechos: una educación pobre y fatalmente inmovilista los frustra, los convierte en eternos espectadores del arte que jamás realizarán. Demandan nuevos métodos de enseñanza, el fin de la esclavitud de las copias en yeso y las reproducciones obsesivas de “estampas piadosas” del paisaje. Confían en la libertad formal como su manera de agregarse a la ambición generalizada de autonomía, de tabla rasa de los valores caducos.

Desde muy niño, Orozco ha mostrado vocación y aptitudes artísticas. Pero en una sociedad gerontocrática sólo la larga permanencia es señal de talento y, a los 28 años, Orozco todavía pertenece al ámbito estudiantil de San Carlos, allí ha compartido el entusiasmo por las prédicas libertarias del Doctor Atl, pintor y agitador (quien al regresar de Europa en 1903 profetiza inmensos basureros como el mejor destino para la producción “académica” de moda) y allí, en solidaridad ineluctable, ha padecido la falta de formación política. A él también lo ha encausado esa red de amputaciones y ordenamientos, el porfirismo, que decreta para sus siervos la suspensión de juicios morales, la delegación del criterio en el centro inapelable, el general Porfirio Díaz (“Don Porfirio -escribe Alfonso Reyes- que era para la generación adulta de entonces, una norma del pensamiento sólo comparable a las nociones del tiempo y del espacio, algo como una categoría kantiana”).

¿Para qué pensar si eso comporta riesgos, si eso afrenta la estabilidad graciosamente concedida por el Principe de la paz? Un artista no tiene juicios críticos sino obediencias estéticas y de tal determinismo no escapará a la postre casi ninguno de los compañeros de Orozco que, pasados los años, se disolverán en la infinita repetición de naturalezas muertas. De pronto, de las discusiones exhaustivas sobre el arte prehispánico o el casticismo, sobre lo nacional y lo universal, se transita a una sociedad ferozmente abierta por las turbas y los generales y ministros en fuga. En la capital se preservan la calma y la ilusión de que el estruendo es pasajero, y los artistas en acto o en potencia quieren proseguir en su examen del neoclásico, como si aquí no pasara nada.

Quizás la mutilación del desarrollo cívico y el enojo compartido ante el estrépito que interrumpe la buena marcha de la élite, en algo explique un comportamiento lamentable de Orozco en su primera etapa de caricaturista, especialmente en El Ahuizote (uno de tantos herederos de la publicación clásica de ese nombre). No será el único que tarde en comprender las dimensiones del fenómeno que en la ciudad de México se presenta como el fin de la civilización precariamente construida. Es difícil aprehender de golpe el significado de “la Bola” y, pese a los rebeldes precursores, pasará una década antes de que el sector artístico, en su conjunto, se ajuste al impulso revolucionario, traduciéndolo en actos de creación.

De 1911 a 1914 la incertidumbre es extrema, el Antiguo Principio Ordenador (don Porfirio) se ha empezado a disipar a bordo del barco que lo conduce a Europa, y para los capitalinos medrosos, la revolución es la horda en el jardín, los campesinos que, armados, irrumpen en salas y recámaras. Al amparo del resentimiento de la clase media, un sector del viejo régimen organiza la campaña contra Francisco I. Madero y su grupo. Ellos, en el doble afán de vengarse y retener sus privilegios, pagan y encauzan publicaciones, diseminan calumnias y determinan el linchamiento moral de Madero, tarea que ejecutan, entre otros, Ernesto García Cabral, Pérez y Soto y Clemente Orozco y que, por ejemplo, en El Hijo del Ahuizote coordina Miguel Ordorica, quien después, en el diario Excélsior, promoverá campañas de simpatía hacia el régimen nazi.

Los dibujos de Orozco en estas publicaciones son con frecuencia magníficos y, con frecuencia también, políticamente deplorables. No hay excelencia artística que redima la saña contra Madero, el odio al intento democrático, las imágenes victimadoras donde el Presidente es un pobre chaparrito que se cree César, la impudicia que hermana en abrazo vandálico a Gustavo Madero (a quien designa con el mote infame de “Ojo Parado”) y al bandolero Zapata, la utilización calumniosa de las convicciones espiritistas de “Pandero”. Orozco no sólo “alquila” su talento: de alguna manera, cree que todo está permitido porque al derrumbarse los patrones de conducta nadie tiene ni puede tener razón. En la Autobiografía se justifica penosamente: “Así como entré a un periódico de oposición, podía haber entrado a uno gobiernista, y entonces los chivos expiatorios hubieran sido los contrarios”. Apuntala su cinismo con una “afirmación universal” notoriamente falsa: “Los artistas no tienen ni han tenido nunca convicciones políticas de ninguna especie, y los que creen tenerlas, no son artistas”. Y al conjunto lo enlaza una deprimente explicación histórica: “El episodio maderista, revolución a medias, era pura confusión e inconciencia; lo demás fue lo mismo y quedó todo igual que antes”.

LA ÉPICA DOLIENTE

El asunto no es tan simple. Todo en Orozco -de sus colegiales y prostitutas de 1911-1913 a sus series sobre la Revolución Mexicana a sus recreaciones de cabarets a su Hombre en llamas en el Hospicio Cabañas fruto de la convicción que combina pasiones radicales y creencia paroxística en su propio genio, desencantos y caprichos, intuiciones visionarias y rabias del instante. El abandona rápidamente su oposición atroz a Madero y pasa de deturpador a sacralizador de Zapata, pero en la furia de estos dibujos en la década del diez, muy probablemente (y aquí me atengo a la coherencia de una vida de contradicciones) no sólo actúa el interés mercenario de sus empleadores, sino la confusión de quien inaugura su albedrío político, dominado por un idealismo abstracto y por el hartazgo ante las fallas del poder. Según el precipitado y febril Orozco, si Madero no es perfecto, si no implanta de inmediato la justicia social, Madero es otro fraude.

En los desajustes y desgarramientos de la ideología se ejercita un temperamento aristocrático al que determina la apetencia por formas en libertad. Tiene razón Jorge Cuesta al señalar en 1934 la repugnancia de Orozco “por los gustos y las tolerancias del vulgo”. Pero en gran medida, la repugnancia es sólo verbal. Como Mariano Azuela cuando interpreta Los de abajo, Orozco al examinar su trabajo sólo elige algunas de las significaciones posibles, y nunca las más convincentes. Quien califica a la revolución de “carnaval”, la presentará como la hazaña dolorosa de un pueblo de sombras que se van aclarando; el despreciador de la gleba rescatará del amasijo de sus costumbres y actitudes instantes definitorios y reivindicaciones de la belleza. A regañadientes, sin jamás conceder explícitamente, negando las evidencias de su obra, Orozco irá del asco derechista a la voluntad cívica, de la idea de la revolución como orgía y farsa a la idea de la revolución como épica doliente, del uso ornamental del movimiento armado al servicio crítico y simbólico de la historia.

A partir de los veintes, la rabia fervorosa de Orozco contra la vociferación y el aprovechamiento de causas y patrimonios populares, conocerá un villano inmejorable: Diego Rivera. Como he insinuado en otra parte (La cultura en México), quizás se entiende mejor el tono angustiado y vitriólico de la Autobiografía y de diversos escritos y declaraciones si se recuerda que para Orozco, Rivera es la suma de falsificaciones del nuevo arte mexicano, la figura cuya habilidad publicitaria suplanta y usurpa el esfuerzo colectivo, el creador de la boga del mexican curios, el acaparador comercial de la experiencia revolucionaria. Con tal de separarse de Rivera (y de lo que Rivera le representa: el éxito sustentado en las concesiones). Orozco exacerba sus demoliciones de lo revolucionario y lo popular, detesta las mitologías prevalecientes, quiere mostrarse escéptico o desilusionado, alguien que no edifica su leyenda sobre sacrificios ajenos y cuyo único acto heroico es el desdén ante el heroísmo. El no medra a costa de la hecatombe, él no será Rivera haciéndose pasar por caudillo de masas que lo ignoran. Comenta Orozco en la Autobiografía:

Yo no tomé parte alguna en la revolución, nunca me pasó nada malo y no corrí peligro de ninguna especie, la revolución fue para mí el más alegre y divertido de los carnavales, es decir, como dicen que son los carnavales pues nunca los he visto. A los grandes caudillos sólo los conocí de vista, cuando desfilaban por las calles al frente de sus tropas y seguidos de sus estados mayores. Por esto me resultaban muy cómicos los numerosos artículos que aparecieron en los periódicos americanos acerca de mis hazañas guerreras. El encabezado en un diario de San Francisco decía: “The bare footed soldier of the revolution”. (“El soldado descalzo de la revolución”). Otro relataba con detalles minuciosos mis diferencias con Carranza, que me perseguía implacable a causa de mis ataques. El de más allá dramatizaba la pérdida de mi mano izquierda, arrojando bombas en un terrible combate entre villistas y zapatistas, siendo que verdaderamente la perdí cuando era muy joven, jugando con pólvora; un accidente como otro cualquiera. Hubo varios que me hicieron aparecer como uno de los abanderados de la causa indígena y hacían un retrato de mi persona en el cual podía reconocerse a un tarahumara. Yo jamás me preocupé por la causa indígena, ni arrojé bombas, ni me fusilaron tres veces, como aseguraba otro diario.

EL RÉQUIEM LAICO

A lo largo de su vida artística, la condición de caricaturista (entendida como esa distorsión humorística de rasgos que es la renuncia previa al arte-que-sí-importa), fue usada contra Orozco para acentuar el carácter “derivado” de sus hallazgos. En su instancia más sincera, tal reduccionismo se filtra a través del elogio flamígero: “Orozco, el Goya mexicano”, declara en 1924 José Juan Tablada, desatando una vertiente de loas prefabricadas que fastidiará considerablemente al supuesto beneficiario. En 1949, en carta a Lawrence Schmekebier, Orozco protesta:

Por muchos, muchos años, ha sido un misterio para mí el porqué todos los escritores me comparan con Goya. Por supuesto que es un gran honor, pero ya me tiene muy, muy cansado. Aparte del tema (veinte mil años de guerra o más), siento y creo que la similitud es la misma que la encontrable por ejemplo entre una naranja y un mono (yo soy el mono)…

Si no es con Goya la comparación se empobrece vastamente. A lo largo de los años, insistir en lo “caricatural” de los murales de Orozco es método de irrisión que, a mitad de la década del veinte, hace cundir un término degradante para los murales de la Escuela Nacional Preparatoria: los “monotes” (Los Monotes se llama el café de la familia Orozco que éste decora con caricaturas). Decir “los monotes” es sintetizar una “opinión estética”: estos muros no contienen arte sino provocaciones e insultos a la moral, las buenas costumbres, la fe católica misma. Las damas y los estudiantes que en 1924 vejan a Orozco e interrumpen bárbaramente el trabajo de Orozco y Siqueiros en San Ildefonso (“nuestros murales fueron gravemente dañados a palos, pedradas y navajazos”) actúan a nombre de la religiosidad ofendida… y del buen gusto en materia de arte. ¿Cómo perseveran esos “monotes” en algo que fue piadoso claustro, cómo este sacrílego ridiculiza nuestras efigies, nos “caricaturiza”?

La prolongada descalificación de Orozco por “caricaturista”, impide durante mucho tiempo situar la importancia de tal actividad en su obra. Y sólo la extinción de las polémicas y la reconsideración cultural de la caricatura llevan a una conclusión evidente: quien fue espléndido dibujante satírico traslada por fuerza ese entrenamiento formal e ideológico a su labor muralista. En San Ildefonso, por ejemplo, al lado de la energía dramática y dialéctica de La Trinchera, hay obras donde la implacabilidad es conocimiento punzante y dolido (“La caricatura, define Cardoza, es un estilo desesperado de la ternura”) que envía a los opresores a su nivel último de fachas y monigotes (no sólo son eso, pero son también eso). La ley y la justicia, La libertad, El Juicio Final y Las fuerzas reaccionarias son murales en donde la pretensión el despotismo y la condición esperpéntica de banqueros, obispos y damas de sociedad (y del mismísimo Ser Supremo) se convierten en las claves de su representación, en el primer requisito de su proceso de vida secular.

En Orozco lo grotesco no es sólo estrategia de distanciamiento; es el frenesí que nos acerca a la esencia de la sociedad, es el encono de las verdades profundas trazadas sin ironía alguna, desde esa forma que para Orozco es producto de sus visiones interiores (“íQué me importa a mí la vista! Yo no veo con los ojos, veo con el cerebro. Mi pintura es una pintura mental”).

Afirma Octavio Paz en su magnífico ensayo sobre el muralismo: “Orozco fue el más libre y el más profundo de los tres. Fue un temperamento intenso aunque limitado. No sabía reír ni sonreír”. No necesariamente. Hay risas y malevolencias en profusión en la obra de Orozco, hay esa versión de lo grotesco que es práctica de resarcimientos, la diversión que causa saber que la tragedia ni fija ni representa a los administradores públicos de la virtud, la decencia, el poder y el dinero, para quienes la caricatura es su representación natural y exacta, su genuina “danza macabra”.

Sin la incitación trágica, el muralismo carecería de sentido para Orozco, urgido de radicalizar su expresión. Sin los ajustes de cuentas del dibujo satírico, lo trágico terminaría sometido por lo patético, por el fatalismo de los conjuntos monocordes. El equilibrio -a veces en el mismo mural, con frecuencia en el mismo edificio- entre la magnitud trágica y la satírica establece la originalidad de Orozco hace de su cólera un instrumento de conocimiento y le permite a su obra ser a un tiempo cantar de gesta e inventario de animosidades, propuesta mística y rencor cristalizado.

La proporción nunca es ritual, depende de las exigencias formales de cada empresa y de las borrascas de su pesimismo o de su amor por las hazañas anónimas. Ante la revolución la metamorfosis de Orozco es incesante. Entre 1913 y 1917 la considera la kermesse plebeya de balas y copulaciones. En la serie de La Cucaracha, la revolución es orgía, el salto de la tienda de raya a la bacanal, el enlace de nuevos militares y viejas prostitutas. En Baile aristocrático, un oligarca sólo vestido con su sombrero de copa acata el ritmo que le dictan los disparos de los soldados: la revolución como coreografía de la barbarie. Los momentos límites de la fiesta: la batalla, la fosa común, los heridos, no son lo fundamental. Lo preponderante es la algarabía que nada transforma, las multitudes atraídas a la superficie por las balaceras, el deseo y el desenfreno que suplantan a las prohibiciones, la esclavitud de las haciendas trocada en el libertinaje del saqueo y la contienda (también, de alguna manera, la serie de coquetas y prostitutas de 1913 a 1917: Las Casas del llanto, es posible gracias a la conmoción social que rompe ataduras y le permite a los artistas ocuparse gozosamente de seres antes invisibilizados).

Maravillas de la óptica. Lo que en 1915 es todavía el acre moralismo de Orozco, su disgusto ante el festín de oportunistas y logreros, ya en los cuarentas es leído como realismo crítico aplicado a la libertad de costumbres que toda revolución auspicia en los primeros instantes. A las intenciones de Orozco (cualesquiera que sean) las trasciende su genio formal y el sentido de su obra posterior que, ya en la década del veinte, cambia la exaltación reprobatoria por una perspectiva monumental. Al “carnaval” lo reemplaza un severo y ascético desfile, las viudas y los deudos que desfilan ante grietas y bloques pétreos. Entre figuras casi siempre sin rostro, la aceleración frenética deviene marcha funeraria, cortejo doliente de enlutadas, ahorcados, fusilados. En 1920, la revolución pierde para Orozco su carácter jovial y se transforma en un réquiem laico, el cataclismo que la “fiesta de las balas” vanamente ocultaba.

LO REAL ES CARICATURAL

Gracias a la caricatura y el dibujo satírico, Orozco se adiestra en la captación sintética y corrosiva de la política y en la recuperación (costumbrista al principio) de tipos y escenas populares. Típicamente, Orozco no le concede valor alguno a tal entrenamiento. A la hora de la gratitud con las influencias prefiere, también con buenas razones, extenderle certificado de apadrinamiento del muralismo al teatro de revista. En una carta a Luis Cardoza y Aragón (10 de noviembre de 1935), él reconoce la importancia formativa de la arqueología las artes populares y el teatro, y especifica: 

Esto usted lo sabe mejor que yo, pero yo quiero mencionar especialmente el Teatro. En el caso particular de la pintura mural de 1922-1935, el teatro fue la más poderosa influencia en la pintura mural, algo así como el 80%.

¿Que el teatro en México no existe? Sí existe y ha existido, el teatro de Beristáin, la Rivas Cacho, Soto, los escenógrafos Galván y mil más soldados desconocidos y lo más curioso es que este teatro comenzó por 1910, ítambién!

Antes que los pintores pintarrajearan paredes y se holgaran con reparticiones de ejidos y matraca zapatista, héroes y tropa formada, ya Beristáin y la famosa Amparo Pérez, la Rivas Cacho y tantos más “servían” a las masas, auténticas obras proletarias de un sabor y una originalidad inigualables…

¿Qué indican los documentos disponibles sobre ese teatro? El imperio de la exageración, el tono circense, la vejación del vulgo que el vulgo tanto disfruta, el disfraz como la personalidad infalsificable de los marginados, la conversión de costumbres en espectáculos hilarantes, la celebración del mal gusto como raíz del sentido del humor. En el teatro de revista (en sus indecibles y malolientes locales), la técnica principal es la caricaturización de lo real, se aborde el zapatismo o la Guerra Europea. A juzgar por las escasas fotos, los libretos y los testimonios a la mano, este teatro proporcionó “murales-antes-del-muralismo”, las divertidas y vengativas imágenes sobre lo que vive e intuye el pueblo (lo religioso exceptuado). Es segura la influencia de estos “cuadros vivos” sobre los pintores y, por lo mismo, es claro que la tradición mexicana de caricatura y estampa popular también fue un extraordinario elemento formativo.

No hay de otra en un país “bárbaro”. El analfabetismo de las mayorías y la persuasión del dibujo hacen de la caricatura fuerza central del periodismo y los partidos políticos. Desde las Guerras de Reforma, las revistas humorísticas son fundamentales en la conformación del espíritu público y, cuando se puede, de la resistencia clandestina. La Orquesta (apareciera en 1861), El Padre Cobos (1869), el original El Ahuizote (1874), El Valedor ( 1884), Gil Blas Cómico (1896) y El Colmillo Público (1903), son algunas de las muchas publicaciones que resultan educación política de multitudes y que, por lo mismo, al entronizarse la dictadura porfirista, se ven prohibidas o censuradas, mientras sus directores y colaboradores conocen la cárcel, las multas, las golpizas, el exilio forzado.

Desde el punto de vista de la protesta, los dibujantes satíricos son implacables. En lo formal, son epígonos de la tendencia europea que halla sus cumbres en Daumier y Grandville. Con gran calidad, los caricaturistas Constantino Escalante José María Villasana, Santiago Hernández o Jesús T. Alamilla rinden continuo homenaje a sus maestros franceses, a la armonía de su trazo, a su estilo que reproduce con perfección finalmente respetuosa los rasgos de sus agraviados. Al extremar la fidelidad a sus modelos, los caricaturistas mexicanos dibujan una sociedad irreal, nítidamente jerarquizada de proporciones inalterables. Sin quererlo, reconstruyen en México hábitos y proporciones de Francia, atribuyéndole tradiciones ancestrales a burgueses que hace unos minutos eran asaltantes de caminos, confiriéndole respetabilidad flaubertiana a magistrados que aún son analfabetas, convirtiendo en El Pueblo por antonomasia a una clase media rencorosa y sumisa. De Daumier se aprende a configurar, en sucesión de escenas, a la sociedad ordenada que se rige por el culto a las apariencias; de Grandville se toman los panoramas zoológicos y vegetales, los árboles de la vida social, esas rondas donde desfila la sociedad entera que son la admirable especialidad de Escalante y Villasana.

Pero la armonía atribuida nada tiene que ver con la realidad de México, informe, brutal, afincada en una desigualdad ni siquiera pensable. Aunque los dibujantes satíricos son los adelantados de la libertad de expresión y los responsables de las escasas rendijas desde donde una comunidad mira a la política quienes vierten en el grabado y la estampa la vida y el pensamiento (mágico y racional) del pueblo son los colaboradores de la imprenta de Vanegas Arroyo, en especial Manuel Manilla y el incitador de la vocación de Orozco, José Guadalupe Posada (“Posada trabajaba a la vista del público… Este fue el primer estímulo que despertó mi imaginación y me impulsó a emborronar papel con los primeros muñecos, la primera revelación del arte de la pintura”).

Posada es, de modo entrañable, la inesperada estética de lo popular, que utiliza las condiciones desventajosas del trabajo (al grabador se le exigen rapidez, ubicuidad temática, indiferencia ante su condición anónima, renovación formal al margen de cualquier reconocimiento) y las persuasiones al alcance: la imaginería religiosa, el impulso acumulado de la caricatura, las ilustraciones de libros históricos, la vitalidad de la calle, la contaminación inaugural del cinematógrafo. Con estos elementos, Posada produce sentimientos y visiones originales que expresan y sobre todo anticipan las zonas de encuentro entre el arte popular y el arte culto, entre la espontaneidad y el refinamiento.

Antes que nadie, Orozco advierte el legado de Posada: esa concepción gozosa de lo popular, que cifra su atractivo en la cantidad y la variedad, y ya no depende de imitar con retraso el gusto de las clases dominantes. El se sorprende cuando Tablada le comenta sus similitudes con Toulouse-Lautrec, cuya obra todavía no conoce en la etapa de las “Casas del Llanto”. El, primordialmente y pese a sus cercanías con el expresionismo alemán, no se nutre tanto de la pintura como de la observación de esos “conjuntos plásticos de la realidad”. Mientras sus coetáneos, acaudillados por Ramos Martínez, desertan de la Academia para refugiarse en ese Barbizon del impresionismo frustrado que es la Escuela al Aire Libre de Santa Anita, deslumbrados ante su deslumbramiento frente al paisaje, Orozco incursiona en los barrios próximos a los cuarteles, no se fía de los prestigios institucionales del color, memoriza los golpes visuales del teatro María Tepache o de los burdeles en donde no se corren riesgos venéreos si no hay contactos sexuales. Como Posada, aunque en un orden distinto, Orozco rechaza la herencia de lo bello: “En vez de crepúsculos rojos y amarillos pinté las sombras pestilentes de los aposentos cerrados y en vez de indios calzonudos, damas y caballeros borrachos”. Que la recepción estética no se alimente del tema esperado ni de las vanaglorias al uso; seguir la tradición o la moda es desperdiciar el estallido de actitudes e imágenes, esa ciudad fantásica donde la revolufia cristaliza interminablemente en juergas, militares adolescentes y prostitutas recién salidas de la infancia. Sin pregonarlo, Orozco es el primer artista conmovido por un resultado inmediato de la lucha armada: la relativa pero categórica liberalización de la conducta.

EL CARNAVAL DE LOS LLAMADOS A LA NACIÓN

Para ganarse la vida, la caricatura. (Ya en 1906 y 1907 participa en El Mundo ilustrado). En la caricatura, Orozco ensaya la contemplación y la indignación irónica que encauzará, solidificará y exaltará en el esplendor acre y rencoroso de algunos de sus murales. No carece de humor, pero no intenta divertir. En El Ahuizote, en 1913 y 1914, el director Ordorica favorece la confusión que es pérdida del sentido histórico; Orozco opta por el caos; no exalta al pueblo, no ensalza a facción alguna, se enardece desde su impunidad, desprecia por igual a Madero, Bernardo Reyes, Pascual Orozco, León de la Barra, Pino Suárez. Cumple con idéntico desdén y sarcasmo sus distintas encomiendas: tiras cómicas, viñetas, dibujos amables, caricaturas aniquiladoras. Alternativa y simultáneamente, Orozco es descriptivo, benévolo, furibundo, exterminador. Ya en su fobia contra Madero se concentra lo desplegado posteriormente en su gran obra El carnaval de las ideologías, la certeza de que en la búsqueda del poder nadie tiene ni puede tener razón.

En otro plano, sus panoramas populares no adulan ni denigran. Aquí está, sencillamente, el pueblo, los contingentes que la revolución ha conducido al exterior con su autobiografía a cuestas en cada gesto, los léperos existiendo en la burla y el duelo a cuchilladas, las vendedoras callejeras y los policías como estatuas móviles, los indios enredados en su sarape y las “huilas” en su soledad ancestral, las sombras deshechas de tugurios y pulquerías. De la multitud sorprendida y legendaria de Posada se transita a la muchedumbre feliz y encanallada de Orozco, y en ambos casos se eliminan los distanciamientos morales. En la actitud de Orozco hacia lo popular, hay una solidaridad implícita que desmiente sus burlas y enconos explícitos ante la gleba. El juez de la burguesía es, lo quiera o no, el recreador del “vulgo”. Quien se burla de las masas y su único ojo, es quien con más ternura y veracidad se acerca a sus representantes específicos.

La objetividad en el tratamiento de lo popular es feroz subjetividad en el campo de la política. Para vejar al maderismo, Orozco se vale incluso del comic norteamericano ya entonces de moda (cuya técnica, por principio de cuentas, le añade a la caricatura el antes y el después de la narrativa). Madero, en la disminución despiadada de Orozco, es un personaje para niños en un mundo de adultos, alguien que cabría más aptamente en el universo doméstico de un Geo MacManus (Educando a Papá o Bringin’ Up Father). Alejado de la escuela de Villasana, Prunedo o Cabrera, el Orozco de El Ahuizote revisa el dibujo “modernista” (en especial, las lecciones de Julio Ruelas) y lo combina con los hacinamientos chuscos de la historieta.

La situación del país y de la ciudad se complican y Orozco, influido por la prédica y el ánimo aventurero del Doctor Atl, sale de la capital, con el grupo de la Casa del Obrero Mundial, para instalarse en Orizaba. Todavía se vive en ese tiempo la sensación de legitimidad de los actos extremos que una revolución genera y, ante las reivindicaciones del saqueo, se cancela momentáneamente ese ojo avizor de la propiedad, la conciencia de culpa. En un templo “expropiado”, se instalan los talleres de La Vanguardia, publicación a cargo de Manuel Becerra Acosta y en función de los destacamentos obreros de Carranza, los Batallones Rojos. En la pausa de los temores religiosos y en la diseminación del credo anarquista, aparece lo no desatado siquiera por las guerras de Reforma: una iconoclastia que no meramente se opone a la actuación reaccionaria del clero y que se sustenta en la desaparición del infierno como factor intimidatorio de la conducta. Cuenta Orozco: “Los santos, los confesionarios y los altares fueron hechos leña por las mujeres para cocinar, y los ornamentos de los altares y de los sacerdotes nos los llevamos nosotros. Todos salimos decorados con rosarios, medallas y escapularios”.

Sin esta atmósfera en donde el anticlericalismo empieza siendo demanda inquilinaria; sin la virulencia que ignora cualquier respeto para los antiguos dueños de la conciencia, no se hubiese dado una porción considerable del muralismo de Orozco. En La Vanguardia, él ensaya lo que aclarará en su trabajo de San lldefonso y en El Machete, la intransigencia ante el fanatismo, la falta de miramientos con las creencias inmovilizadoras, la metamorfosis de símbolos del poder en estereotipos del desprecio, el juego de las alegorías que irá de un cristianismo sin Cristo a un Cristo sin cristianismo. En La Vanguardia, Orozco agudiza su fobia contra las “sotanas” que ocultan la libertad vital y elige un rumbo satírico que será una vía central de su pintura: renunciar a la fidelidad descriptiva, aplicarse a la corrosión y la denuncia de las máscaras opresivas del hombre. adjuntar al rostro la materialización del comportamiento, hacer de lo grotesco el punto de encuentro entre la semejanza física y la espiritual.

EL MACHETE SIRVE PARA CORTAR CAÑA

De Orizaba, Orozco va a México y luego se instala en 1917 y 1918 en Estados Unidos. De allí regresa, le asegura Diego Rivera a Loló de la Torriente, “con una la visión aún viva del México romántico” revolucionario, para encontrarse con un México semipacificado, burocratizado, militarizado y abyecto”. en donde en 1921 Vasconcelos lo emplea en el Departamento de Bibliotecas y Ediciones con el encargo de hacer viñetas en las ediciones de los clásicos. Diego evoca a Orozco reiterándole su frustración: “íAquí no se puede hacer nada! Ahora verá, Panzón. ahora verá… Se irá dando cuenta del agujero en que ha caído volviendo aquí…”

Quizás la confesión es cierta. pero es falso atribuir entonces a Orozco la ensoñación de un “México romántico, revolucionario”, versión lírica desplegada -en todo caso- después en algunos murales de San Ildefonso y, de manera programática, en su reexamen de la revolución en los años treintas. En los veintes, Orozco es el ser plenamente ideológico que aborrece a los burgueses ahitos y a los clérigos que devoran literalmente a su grey, es el violento dibujante de El Machete, alguien despojado de ilusiones o fantasías sociales. El se ajusta a su vislumbramiento de realidades monstruosas, Sin pedir ni dar cuartel. Por su intransigencia, Orozco se gana el recelo del ministro de Educación Pública Vasconcelos, quien durante un tiempo se niega a incorporarlo al experimento en San Ildefonso. Según Rivera, Vasconcelos se irrita cuando él intercede por Orozco: 

-No, Diego… Yo le dí el contrato a Siqueiros y a todos los muchachos que hablan más de lo que pintan… y que usted me ha sacado por ahí… Pero a Orozco no… No me hará usted tragarlo con las horrible caricaturas que hace… No conforme con pintar a las putas de más baja categoría, pinta a las niñas de las escuelas como si fueran iguales a las otras. íLa caricatura es lo más bajo e inmundo de las expresiones del arte!

Esta percepción degradada de un género determinará en grado extremo las sensaciones de marginalidad artística de Orozco, que, con y sin razones, se creerá postergado por quienes aprovechan una de sus actividades para negarle el reconocimiento. Pero todavía en 1924, cuando se le ahuyenta de San Ildefonso, a él se le conoce por su labor periodística. Ha colaborado en El Ahuizote, El Heraldo de México, Acción mundial y La Vanguardia, y ha dirigido el hoy casi incontrable El Malora, “tan mordaz como La Vie Parisiene y que habitualmente se agotaba dos horas después de haber sido puesto en circulación, según José Juan Tablada.

Interminablemente, Orozco declara a la política “cosa de cantina”, pero en los veintes, en medio del arrebato interno y externo que causa el “Renacimiento Mexicano”, ante la gran oportunidad del arte público, él no se abstiene de la política. Ingresa al Sindicato de Pintores y Escultores y, en el año de 1924, contribuye con frecuencia en su órgano semanario, El Machete, coordinado por Alfaro Siqueiros y Graciela Amador. En El Machete, Orozco es severo y didáctico, y su encarnizamiento irónico prescinde de las concesiones habituales de la caricatura. El humor vendrá después, por lo pronto hay que ser tajantes, militantes de hierro. Sin ser miembro del Partido Comunista Mexicano, Orozco es, por su temperamento combativo, el más vehemente y ácido en el antiimperialismo, en la glorificación del comunismo (“tierra firme” de los trabajadores), en el vilipendio de la burguesía y sus agentes políticos. El se opone a todo: a la alianza de Obregón, el clero y el gobierno norteamericano; a la manipulación de los sindicatos católicos; a Morones, el líder corrupto por antonomasia; al mero cambio de nombre en la cúpula del poder; a la pudrición del aparato político.

“Los artistas no tienen ni han tenido nunca convicciones políticas de ninguna especie, y los que creen tenerlas, no son artistas”. En Orozco esa tesis más que una contradicción es una falsedad, y para desmentirlo no sólo está el periodo de El Machete sino el conjunto de su obra. ¿Por qué tal empeño en desmentirse, por qué se rehusa a lo evidente: a la gran presencia de la revolución y de las convicciones políticas en su trabajo? Por el desdén de Orozco a apoyarse en valores extrapictóricos, y por el aborrecimiento a lo que Diego Rivera representa, el éxito nacional e internacional que Orozco supone levantado sobre el pedestal de una revolución “folklórica” y del bolchevismo de salón. No es sólo ni fundamentalmente un problema personal (aunque Diego sea para Orozco su “némesis” casi en sentido estricto). Son dos concepciones opuestas de la pintura y de la función social del artista. En buena medida, con tal de separarse de Rivera, Orozco denigrará sus propias convicciones, se adherirá a un nihilismo escénico, acentuará su misantropía. Todo, con tal de no parecerse al “histrión”, al clown que detesta y que representa para él las concesiones y la comercialización de una actitud y un hallazgo.

El proceso de José Clemente Orozco es particularmente admirable. Lo incluye todo o casi todo: la negación del movimiento armado y la metamorfosis de un pintor en profeta de la revolución, el desprecio a la fama y la lucha tenaz por el prestigio, el rechazo de la moral dominante que es necesariamente el desprecio por los valores académicos, el odio a los símbolos fáciles y la industrialización de su obra por los gambusinos de símbolos, el rencor a Diego y la imposibilidad de disociarse de su nombre, el reaccionarismo y la decisión progresista, el moralismo y la recreación orgiástica, el amor desesperado a los humiles y la seguridad de ser un criollo, la pasión por el éxtasis y por la decadencia de la carne, el aristocratismo y el plebeyismo. Del cúmulo de contradicciones se desprende una constante: la batalla contra la simulación y la incomprensión, y un olvido que aún perdura: de qué manera quien con mayor furia se opuso a la ideologización de la pintura, ajustó una inmensa parte de su trabajo a devociones y enconos ideológicos; de qué manera la caricatura es una parte fundamental, no prescindible, de la tarea de un genio a quien ningún genero, ninguna actividad ni obsesión alguna le resultaron insignificantes.

LA PALABRA DE HEIDEGGER

Siguiendo un método que acaba por resultar ambiguo, Steiner se pregunta por el silencio de Heidegger en relación al nazismo, luego de su decidido apoyo a Hitler entre 1933 y 1934 y su posterior obediencia irrestricta al sistema nazi durante tantos años de ocupación del Estado Alemán. ¿Astucia?, ¿Abyección?, ¿Incapacidad para comentar racionalmente los hechos?, ¿Temía acaso por la continuidad del espíritu occidental? Al menos, dice Steiner, bien pudo refriese a esta incapacidad para comentar racionalmente los acontecimientos del nazismo: “el interés que puso en la poesía de Celan muestra que estaba perfectamente consciente de esta opción” (Heidegger, p. 165). Como quiera queda el problema “de cómo este silencio, que Celan parece tratar en su enigmático poema Todnauberg(sic) se puede conciliar con la humanidad lírica de los últimos escritos de Heidegger” (p. 166). Aquí surge un problema extra: el de Paul Celan en relación con el pensamiento, el lenguaje y la persona de Martín Heidegger.

Michael Hamburger, poeta anglo-alemán y traductor, quizá el intérprete más afortunado de Celan hasta ahora, escribe sobre este poema: “Para comprender Todtnauberg debemos saber que el título es el nombre del lugar donde vivía Martín Heidegger, y que Celan se las arregló para mantener una intensa relación intelectual con él a pesar del notorio apoyo de Heidegger al régimen de Hitler y de su inflexible resistencia, hasta el día de su muerte, a retirar una sola palabra de cuanto dijo y escribió para elogiar aquel régimen”. Aquí debe recordarse que Celan era judío, el único sobreviviente de una familia exterminada en Auschwitz, hecho que influyó decisivamente en su producción poética. Sigue Hamburger: “El poema de Celan sostiene la esperanza de que Heidegger pueda después de todo, pronunciar la palabra que lleve al reconocimiento de la herida del sobreviviente: un acto de expiación, si no de curación, ya que la herida de Celan era incurable. Como siempre, el decreto de absolución es indirecto, simbólico, transmitido por las imágenes del pozo, las flores silvestres y el libro. Aparece una planta denominada eufrasia, que en alemán se llama Augentrost (literalmente: “consuelo del ojo”) y la significación de mirar y de los ojos en la poesía de Celan es fundamental. El nombre de la flor, que por sí sólo da la realidad botánica del texto -Celan fue desde joven un hábil botánico- está cargado de significación poética. (En la edad Media, la eufrasia se utilizaba para curar enfermedades de la vista). El libro que el poema menciona es el libro de visitantes de Heidegger. La posibilidad de registrarse en sus páginas intimidaba la esperanza de Celan, por lo que nunca se inscribió en él. El más mínimo detalle del poema es significativo, si bien su sentido central surge de las interacciones complejas y sutiles entre los datos literales y su extensión simbólica”.

Por su parte, Emmanuel Lévinas, estudioso de Heidegger en quien apoya Steiner algunas de sus paráfrasis, escribió un ensayo Steiner algunas de sus paráfrasis, escribió un ensayo titulado “Ser y el otro sobre Paul Celan”, donde analiza, en un tono claramente heideggeriano, la preocupación del poeta por el ser (más que la pregunta por el ser)- y las relaciones con el lenguaje: “Para Celan, el poema se sitúa a sí mismo precisamente en el nivel pre-lógico y pre-sintáctico (como es habitualmente de rigeur) -pero también antecede al descubrimiento: el instante del toque puro contacto, de ese asimiento, ese presionar que es quizá, la manera de dar incluso a la mano que da”. El mismo Celan había escrito a Hans Bender que no veía diferencia alguna entre un apretón de manos y un poema.

Otra parte del Steiner aclara más aún la significación del lugar donde Heidegger vivía y documenta mejor el ambiente que se respira en el poema: “Durante los últimos años de su actividad académica. Heidegger pasaba cada vez más tiempo en Todtnauberg, un albergue en la Selva Negra cuyo sugerente nombre y soledad terminaron por volverse sinónimos de la vida privada del Heidegger y de las imágenes boscosas intercaladas en su obra” (p. 28).

Como el poema no es conocido en español, y su lectura puede apuntar los argumentos de Steiner (quien quizá presupone apuntar los argumentos de Steiner (quizá presupone que los lectores conocen el texto), ofrecemos aquí una versión aproximada (no podía ser de otra manera). El poema perteneciente al libro Lichtzwang (Violencia de la luz) de 1970, y es tanto o más hermético que la obra del filósofo que lo inspira. La poesía que escribió Celan al final de su vida (murió el 1970, precisamente) resiste casi cualquier traducción. Lleva el lenguaje a una tensión tal que incluso un idioma tan fragmentable como el alemán cruje violentamente.

TODTNAUBERG

Arnica, eufrasia, bebida

del pozo: con el dado

de estrellas encima,

en la

cabaña,

esa línea

en el libro -¿qué nombre

registró antes que el mío?-

la línea, inscrita

en este libro, sobre una

esperanza, hoy,

la palabra por venir

desde el corazón

de un pensador,

vegetación del bosque: desnivelada,

orquídea y orquídea, aparte,

tosco trapo, después, al pasar,

claramente,

aquel que nos guía, el hombre,

él supo escuchar,

la verdad de troncos

semitransitada

cruza los altos

pantanos,

humedad,

mucha.

Heidegger en México

Entiéndase bien: al oir hablar de Martín Heidegger en México me da por pensar que se habla de un pasado y no de un triunfo. No se trata de descubrir algo de Heidegger que se nos haya deslizado inadvertido o de lucubrar versiones inéditas a lo ya repasado. No, Heidegger es pasado y del pasado, y lo único que cabría honestamente, asumida tal posición, es tratar de explicar o comprender a qué se debió que Heidegger haya sido una lectura central, absorbente y prometedora en nuestra en nuestra juventud. Y a esta cuestión respondo de modo inmediato. La afición por Heidegger nos fue trasmitida por José Gaos que gozaba entonces de una autoridad indiscutida y entera. Sin este hombre se nos habría resbalado.

Mostraré hasta que punto han variado las opiniones: Allá por los años cuarenta se decía por Jean Beaufret: “Para mí, Ser y tiempo de Heidegger no tenía más valor que el de haber inspirado El Ser y la Nada de Jean Paul Sartre”. Hoy, en 1983, leemos en el brillo de George Steiner que acaba de ser traducido al español, según me dicen: “Para mí los ensayos de Jean Paul Sartre no son otra cosa que glosas o interpretaciones de Ser y Tiempo de Martín Heidegger” íCómo han cambiado las apreciaciones!

José Gaos, cuando llegó a México, ya venía contagiado por la manía de estimar altísimamente a Heidegger, y al Heidegger de Ser y Tiempo, casi exclusivamente. El resto de estos escritos de Heidegger no le suscitó jamás interés tan obsesivo. Y más diré: lo que particularmente le atraía y nos contagió fueron las ideas sobre la muerte, nuestra muerte, mí muerte. Esta era la revelación, el motivo cardinal que lo atraía en el libro de Heidegger. Y tuvo enormes consecuencias. La primera de todas hacer de José Gaos un ente moribundo, entregado a la muerte y no a la vida. Le dio el mate a toda filosofía festiva y deportiva como la de José Ortega y Gasset.

TENTACION Y FARRAGO DE LA PROFECIA

Como lo escribe George Steiner, el nombre y la obra de Heidegger seguirán evocando reacciones extremas y violentamente encontradas. Para algunos es un pensador de un poder y una profundidad sin igual que señala el camino hacia el único tipo de salvación que puede esperarse en una era post-teológica. Otros, particularmente los que se formaron intelectualmente en la tradición de la filosofía analítica anglosajona, lo ven como la encarnación de la pseudo- profundidad teutónica, un charlatán que ofrece, en una prosa repelente y apenas penetrable, una desagradable mezcla de banalidades y tonterías.

Ambas reacciones son inteligibles y ambas son, en diferente medida, exageradas. Heidegger es a la vez un filósofo y un predicador, un metafísico y un profeta. Hasta cierto punto, es un intérprete genuino de cada uno de estos papeles; al margen de lo opaco e insufrible que es su manera de decir las cosas, tiene algo importante que decir. El vínculo entre los papeles es algo más cuestionable, aunque el supuesto de que tal vínculo existe ha de explicar, parcialmente, el entusiasmo de sus más sinceros admiradores. Vale la pena relatar una y otra vez una conseja sobre cómo vivir, o sobre los valores supremos, pero parecería ganar más fuerza si la respaldamos con la autoridad de una filosofía primera, una revelación de la naturaleza última del Ser. El filósofo de los tiempos modernos que escribió más imponentemente con este espíritu lo hizo con una concisa dignidad ante la cual Heidegger aparece, con frecuencia, sencillamente bufonesco; pero el nombre de Spinoza no figura en la obra de Heidegger Ser y tiempo.

Siguiendo a sus predecesores y maestros fenomenólogos, Heidegger traza una distinción determinante entre la investigación filosófica, por un lado, y por el otro todos los estudios departamentales cuyos frutos constituyen el corpus del “conocimiento humano”: las ciencias naturales y formales, y los estudios empíricos del hombre como la psicología, la antropología y la historia. En este tema se encuentra en armonía con una corriente imperiosa de la filosofía analítica. Su punto de partida característico es la declaración de que, dado que somos nosotros quienes esperamos alcanzar el entendimiento filosófico, y sólo nosotros podemos tener esa esperanza, en general tal entendimiento debe empezar con el entendimiento de nosotros mismos (del Dasein). En sus propias palabras: “La filosofía es ontología fenomenológica universal y toma como punto de partida a la hermenéutica del Dasein”.

El tema es susceptible de una interpretación amplia y de otra restringida. La interpretación amplia sostendría que, aunque la filosofía puede servirnos de guía y ayuda, no es una materia que pueda aprenderse: individuos y generaciones tendrán que empezar todo de nuevo por si mismos. Sería plausible sostener que esto se debe a lo que está en juego: un tipo de auto-análisis cuyo propósito es la auto-conciencia conceptual, es decir, el sacar a la superficie nuestro entendimiento, en buena medida inconsciente, de la estructura básica general de conceptos interconectados, o categorías, en cuyos términos pensamos al mundo y a nosotros mismos; y también, idealmente, a las subestructuras más finas que llenan la estructura mas amplia. En este sentido el auto- entendimiento puede verse no sólo como el comienzo de la empresa filosófica sino como su totalidad.

Heidegger lo ve en forma distinta: “Procedemos hacia el concepto de Ser mediante una Interpretación de un tipo especial de entidad, Dasein, en la cual alcanzaremos el horizonte para el entendimiento del Ser y para su posibilidad de interpretarlo”. De manera que esta investigación “especial” nos llevará tan sólo al horizonte, no hará más que poner ante nosotros el Seinsfrage, la cuestión del Ser.

Aquí tenemos la clave de lo que falla en el pensamiento de Heidegger. Es verdad que, bajo una interpretación más estrecha de la frase, el entendimiento correcto de nosotros mismos, del concepto de persona, no abarca todo el auto- entendimiento en ese sentido más amplio que acabo de delinear. Pero sí es una parte de él y una parte importante, una parte en la que Heidegger hizo una notoria contribución. Y en la medida en que la ontología, la “cuestión del Ser”, es una investigación genuina y sólida, es precisamente una investigación de esa estructura comprensiva en la que el concepto de nosotros mismos lleva una parte fundamental. Si nos rehusamos a construir de esta manera la ontología y seguimos arraigados y fascinados ante la pregunta perfectamente general. “Pero, ¿qué es el Ser en sí mismo?”, sólo podemos esperar respuestas formales o triviales sin importar lo portentoso de la forma con que estemos tentados a expresarlas. Heidegger, hay que decirlo, se arraigó y fascinó de este modo. Y tal vez esto explica en parte el porqué se alejó de la tarea analítica (o fenomenología) y en lugar de eso se aplicó a la prédica y la profecía.

Pero antes de alejarse de esa tarea, dice cosas excelentes y reveladoras sobre el Dasein, sobre nuestro-ser-en-el-mundo. Sus críticas a algunos de sus predecesores son agudas, penetrantes y fundamentales. En particular, Descartes -el único filósofo no griego ni alemán a quien Heidegger le presta cierta atención en Ser y tiempo, es un blanco obvio porque, como Heidegger, también empieza su investigación, o así lo declara, a partir del concepto del yo. Pero la concepción cartesiana del yo adolece en el más alto grado de esa tendencia fatal contra la que Heidegger arremetió con vehemencia en la primera parte de Ser y tiempo, la tendencia a abstraer, a separar, a tratar lo esencialmente complejo como ya configurado de alguna manera, a partir de elementos inteligibles individualmente.

Así, Heidegger argumenta contra la concepción cartesiana de una res cogitans (“en primera instancia”, como Heidegger lo describe de un modo burlón, “una cosa espiritual que subsecuentemente viene a mal posarse `dentro’ de un Espacio”), una cosa cuyo logro esencial es el conocimiento teórico, y sostiene que nosotros somos, por el contrario, seres esencialmente prácticos, agentes intencionales involucrados en un mundo de objetos cuyo conocimiento teórico es secundario a nuestra concepción de ellos como instrumento para realizar nuestro propósito, o como obstáculo que nos impiden llevarlos a cabo. De un modo parecido, nuestra involucración con otras personas no es algo simplemente añadido a nuestra naturaleza esencial, sino una parte integral de la misma, tanto nuestro conocimiento de otras personas como el de nosotros mismos es, en sus propios fundamentos, un aspecto inseparable de nuestras transacciones interpersonales. Una vez se ha entendido la primacía de nuestros roles, y de nuestro “interés”, como agente y como seres sociales, podrá entenderse también el lugar de ese tipo menos inmediato de “interés” que se expresa a sí mismo en la búsqueda de conocimiento teórico.

Del mismo modo, se ve claramente la artificialidad de mucha de la filosofía que nos ha antecedido. Así, ante la queja de Kant de que es “un escándalo de la filosofía” y de la razón humana en general” el hecho de que no se haya dado una prueba convincente de la existencia de los objetos externos Heidegger replica que el “escándalo de la filosofía” no es que tal prueba no se haya dado aún, sino “que tales pruebas se esperen y se intentan una y otra vez”. Aquí pareció anticipar a Wittgenstein, lo mismo que cuando rechaza el concepto más suave de presuposición: “incluso si uno tuviera que invocar la doctrina de que el sujeto debe presuponer y, en realidad, siempre presupone inconcientemente la presencia inmediata del `mundo externo’, uno seguiría adoptando como punto de partida el constructor de un sujeto aislado”.

En los primeros capítulos de su obra capital, Heidegger lucha una vez contra el tipo de análisis equivocado, la “participación del fenómeno “de modo que no quede posibilidad alguna de armarlo de nuevo a partir de los fragmentos. No sólo carecemos del `cemento’; ni siquiera se ha descubierto aún el `esquema’ conforme el cual han de juntarse las piezas”.

Insiste en que lo que resulta básico (“primordial” o “primitivo”) en la filosofía sistemática, no tiene por qué ser simple: “el hecho de que algo primordial sea primitivo no excluye la posibilidad de que características múltiples… puedan ser consecutivas de él… equiprimordialidad. Con frecuencia se ha soslayado en la ontología el fenómeno de la equiprimordialidad de los elementos constitutivos, y esto se debe a una tendencia metodología irrestricta por derivar cualquier cosa a partir de un fundamento `prístino'”.

Aquí hay algunos buenos preceptos, no están expresados en forma tan oscura y los primeros capítulos de Ser y tiempo los ilustran con claridad razonable. De modo que el camino parece despejado para realizar un análisis sistemático y a conciencia. Pero Heidegger no lo lleva a cabo. Toma otra ruta en parte, quizás, por la fascinación con la pregunta vacua sobre el “Ser en sí mismo” que sugería antes; pero uno sospecha que, fundamentalmente , esto se debe a razones de temperamento.

Su desviación de la ruta comienza precisamente en el momento mismo en que se esfuerza por enfatizar lo inseparable que es la comprensión de nosotros mismos de la comprensión de nuestro papel como seres sociales mutuamente comunicables. Hay una ironía extraordinaria incluso una paradoja, en la forma que toma su evasión. En efecto, Heidegger argumenta que lo que resulta esencial a nuestra naturaleza es a la vez lo que la falsifica, lo que nos hace menos que, o extraños a, nosotros mismos. Porque es precisamente nuestro involucramiento con otros, nuestro papel en la sociedad, lo que introduce en nuestras vidas la “inautenticidad”, ese convencionalismo secundario y de segunda. Nos perdemos en charlas ociosas, en asuntos cotidianos, nos absorben proyectos convencionales y propósitos menores y, si bien en estas distracciones encontramos un alivio y una tranquilidad superficial, sufrimos de una profunda confusión, enajenación y descontento. Así diagnostica Heidegger nuestra “caída”.

Sus recomendaciones afirmativas son menos claras. Debemos tener la conciencia resuelta de nuestra situación temporal entre el nacimiento y la muerte, la conciencia decidida y absoluta de nuestro origen contingente y de lo inexorable de nuestro final. Liberándonos de los murmullos de la “cotidianeidad promedio” en los momentos visionarios podemos alcanzar por medio de la comunión con la naturaleza, el arte, y por medio de la poesía, nuestro auténtico Ser y una auténtica conciencia de, y simpatía por, el Ser en general. Aquí vemos que la noción de Ser ha tomado un tono cuasimístico y completamente nuevo que de veras invita a la comparación con el Deus sive natura de Spinoza, sólo que la comparación nos da mayor conciencia del contraste que hay entre el intelectualismo estricto de Spinoza y el sentimentalismo fervoroso de Heidegger; un sentimentalismo que incluso asume una forma más siniestra cuando se le añade una nota colectivista y nacionalista, como la que a veces acompaña su énfasis en el arte y la poesía.

La nota nacionalista sobresale de otro modo más específico. Aparte del griego, el idioma original del pensamiento filosófico fundamental en los escritos de los presocráticos (antes de que comenzara, lo que Heidegger ve como la perversión de la metafísica en las manos de Platón y Aristóteles), se enaltece exclusivamente el alemán como el verdadero idioma filosófico y -lo que viene a ser lo mismo- como el verdadero idioma poético George Steiner se refiere a “la total inherencia del significado [heideggeriano] en alemán y en su pasado lingüístico” y añade, reconociendo el alto carácter idiosincrático del uso mismo que hace Heidegger de este idioma singularmente calificado, que ningún aspecto del pensamiento heideggeriano puede divorciarse del fenómeno estilístico de la prosa de Heidegger”.

Si esto fuese deveras así, parecerían por lo menos dudosas las pretensiones del “pensamiento heideggeriano” de una validez de tipo universal, o de cualquier otro tipo que no sea el de un mero interés de parroquia. En efecto es difícil pensar en comentarios más (involuntariamente) perjudiciales que los que he citado. Pero son menos que justos, ya que del estilo oscuro de Heidegger, y de su prosa infinitamente repetitiva, pueden sacarse algunas críticas filosóficas razonablemente claras y un “mensaje” también razonable y claro. Sólo aquellos -y no son pocos- que se regocijan y se entusiasman con la oscuridad, lamentarán que se levante la neblina. Ya dijimos algo sobre el valor de la crítica filosófica de Heidegger. ¿Qué decir, entonces, de su “mensaje”?

Aquí cada quien reaccionará por su cuenta. Es de suponerse que todas las personas, cualquiera que sea su sensibilidad, entienden bastante bien el concepto de lo anauténtico, lo mismo que el convencionalismo ramplón y de segunda; también tendrán algún conocimiento directo de esos instantes en los que el mundo parece como “adornado por la luz celestial”. La literatura ha tratado muchas veces estos y otros ingredientes del mensaje de Heidegger, y con frecuencia en un estilo menos pretencioso y estéticamente más atractivo que el del sabio Friburgo. Pero esto no es todo. Sostener que la inautenticidad es la condición primaria del hombre social, para la cual no hay más remedio que confrontar decididamente el predicamento de uno mismo, y tener una conciencia agudizada -que trascienda tanto las preocupaciones cotidianas como el análisis científico- de la densa realidad de las cosas, es caer en una de las exageradas simplificaciones del romanticismo. Es una simplificación tan desatinada como las que en metafísica, con cierta finalidad, pusieron a Heidegger a luchar en contra. Es tomar por el todo lo que tan sólo son dos aspectos de un realidad muchísimo más compleja. Hay más en la vida y la naturaleza humanas que un sentido de lo espiritual y lo divino, por una parte, y una ocupación ciega y trivial por la otra. Mucha gente dedica gran parte de su tiempo a proyectos más o menos serios, empresas, actividades, o relaciones sociales que no son despreciables, aunque la generalidad las apruebe o evalué convencionalmente. Nuestras elección no se da entre ser unos murmuradores bullicios e insensible o unos entusiastas exaltados. Gran parte del tiempo deberíamos abstenernos de optar entre algunos de estos extremos.

El análisis que hace George Steiner de esta figura sobrestimación y subestimada es ejemplar, o está muy cerca de serlo porque él también comparte, en distintas medidas, tanto la sobrestimación como la subestimación. Steiner admite, como modestia, que carece de la habilidad profesional en filosofía, y sin duda esto explica su limitado reconocimiento de la gran proporción de buen sentido que puede discernirse en la crítica estrictamente filosófica de Heidegger. Por otra parte, es difícil evitar la sensación de que Steiner acaba por exagerar la importancia que tiene Heidegger para la filosofía y para la historia del pensamiento humano en general. Después de todo, hay algo absurdo en sugerir que Heidegger pertenece a la categoría de Platón, Aristóteles, Descartes, Leibnitz y Kant. Es absurdo porque, a pesar de las instituciones y las críticas genuinas que pueden encontrarse en la obra maestra de Heidegger, es simplemente muy escaso de contenido intelectual, detallado y neutro, que puede destilarse página por página en su fastidioso juego de palabras . Esto no significa que si se lee a Heidegger como un predicador o un visionario, para los que gustan de sus largos sermones y sus visiones oscuras, Heidegger seguirá resultando impresionante. Pero estas son críticas a Heidegger y no a Steiner. Es preferible que un pensador tenga un intréprete que simpatice en exceso con él a uno que no simpatice en lo absoluto; y con su generosidad de sentimientos y su amplio abanico de referencias, la lectura del pequeño libro de Steiner es un continuo placer.

También hay un gran motivo de placer en los ensayos profundamente conservadores que Steiner ha recogido en su libro que lleva el título de uno de ellos, On Difficulty. Los temas son diversos. Steiner se ocupa de los distintos tipos de dificultad que uno puede encontrar al leer un texto literario, sobre todo en poema; las variaciones en los hábitos de discurso tal y como se da entre distintos grupos sociales, entre los distintos sexos, entre los usos públicos del lenguaje y los que se dirigen más al espacio interno. Parte de Jane Austen y pasa por Flaubert y George Eliott hasta Norman Mailler, para rastrear la evolución que ha terminado en una definitiva y lamentable explicación de los términos con que en la literatura se maneja el tema erótico. Steiner trata el tema del antagonismo entre las tesis Whorfianas y Universalistas del lenguaje; discute la unidad estructural de la Divina Comedia; finalmente, examina el lugar del libro en la cultura contemporánea.

Pero a lo largo de esta variedad de temas corre una voz singular, firme, una voz de lamento. Lamento por la decadencia de la alguna vez dominante cultura literaria, abrumada hoy por una combinación de las fuerzas hostiles de la democracia de masas y la tecnología moderna. Steiner es un hombre sensible y un amante devoto del lenguaje y la literatura, y tal vez ha leído más que cualquier otro en campos afines. Pero las prisas lo traicionan con frecuencia, lo mismo que una volubilidad apasionada y un apego por palabras técnicas y altisonantes o por frases de las que hace gala, como un amante podría hacerlo con su amada, demasiadas veces o en lugares inadecuados.

Comete errores serios que hombres con menor aptitud, pero más cuidado, no habrían cometido.

En el mismo ensayo donde se refiere con aprobación al ars memoriae del Renacimiento, cita a Yeats equivocadamente y en forma desastrosa, haciéndolo decir que el amor “puso su casa en la mansión del excremento”. Steiner ve un conflicto entre la creencia de Chomsky de que hay “Universales formales” del lenguaje y su duda de que exista, en general, algún “procedimiento razonable para la traducción entre…lenguajes” pasando por alto la distinción explícita que hace Chomsky entre universales formales y sustanciales. La expresión “funciones veritativas”, que pertenece a la lógica moderna, hace una aparición ridícula y está fuera de lugar en la siguiente frase: “Nos ocupamos con mucha mayor cautela de la que guardaron el Dr. Johnson o Mathew Arnold… de la suposición de que una práctica como la metáfora genera un sistema de `funciones veritativas'”.

Tales disparates (y los ejemplos podrían multiplicarse), que emergen del borbollón incesante de un vocabulario que emplea con vaguedad la altisonancia, disminuyen, aunque no destruyen, el placer que uno experimenta en el sainete, la categoría y la pasión genuina de lo que escribe Steiner. Si nuestra confianza vacila en ocasiones, se restaura en buena medida cuando Steiner se pone a hacer lo que mejor hace: el ejercicio de la crítica, la reflexión sobre las obras de ciertos autores o en especial sobre algunos pasajes de las mismas. Pienso sobre todo en el análisis brillante de Steiner sobre los quince versos del poema de Lovelace que comienza

I cannot tell who loves the skelton

Of a poor marmoset, naught but

bone, bone.

(No estoy para saber quién ama el esqueleto

De una pobre putita, que no es nada sino huesos, huesos);

pienso en sus comentarios a algunos pasajes de Middlemarch y en su aleccionador ensayo sobre Dante. Ahí Steiner exhibe su verdadera sensibilidad; sus lecturas e interpretaciones son admirablemente equilibradas y reveladoras, y su estilo se purifica de los excesos a los que tiende cuando se deja arrollar por la corriente de la generalización cultural, o cuando se pierde en la ivresse des grandes profondeurs.

(Traducción: Alvaro Rodríguez Tirado)

UN MAESTRO CONTEMPORANEO DEL PENSAR DIFICULTOSO

Un escrito puede ser todo lo oscuro, hermético y difícil que se quiera a condición de que sea fascinante. Del otro lado, no es frecuente que lo claro, distinto y luminoso tenga ese poder de atraer desde lejos, de hacer gestos colmados de promesas delicadas detrás de la maraña de palabras, que tiene lo abstruso e inmediatamente incomprensible. La fascinación, la oscuridad y la profundidad bailan tomadas de las manos como tres grotescas gracias expresionistas, ante la desesperación impotente del lector de buen juicio positivista y aclarador. El texto abstruso, con su prestigio rebelde a la letra, como los buenos oráculos, ni dice ni calla, solo hace gestos. El Apocalipsis de San Juan, la Fenomenología del espíritu o algunos textos de Nietzsche se sitúan en esta línea del vislumbre desesperante; también la totalidad de los escritos del inexorable gurú Martín Heidegger, maestro contemporáneo del pensar dificultoso.

¿Que hacer con Heidegger? No se puede leerlo ni puede, quien se ha asomado un poco al Bosque de su pensamiento, olvidarlo sin remordimientos.

No puedo vivir contigo y no puedo vivir sin tí, repiten algunos casados, y los lectores de Heidegger.

A los que estamos en este atascadero nos cayó de perlas el librito (un brevario de 214 páginas en letra grande) de George Steiner: Heidegger, que acaba de publicar el Fondo de Cultura Económica. Es una maravilla. Steiner es un crítico literario, no un filósofo profesional. Acaso ningún filósofo se habría atrevido a emprender el trabajo; un literato en cambio, puede proceder con cierta impunidad desplazándose con credencial de corresponsal extranjero por la borrascosa ciudad de los filósofos

Steiner nació en París en 1929 y estudió en Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Como profesor en Princeton escribió Tolstoi o Dostoievski y principió. La muerte de la tragedia. Ha publicado, además, Extraterritorial, El castillo de Barba Azul, Lenguaje y silencio, On Difficulty y Después de Babel.

El problema que plantea, y que en las modestas proporciones e intenciones del libro resuelve Steiner, es “¿cómo se debe leer una página de Heindegger, qué niveles de sentido se pueden desprender de ella?” Y ya es mucho, creo yo, para cualquier persona interesada en la historia de las ideas contemporáneas.

Pero, esta recensión sería muy, pobre si sólo incluyera elogios y críticas “lanzados desde abajo”, que siempre tienen algo de ridículo y político. Así que hemos recurrido a una reseña que del libro de Steiner hizo el filósofo de Oxford P.F. Strawson, él sí un serio y muy competente filósofo profesional que se atreve a contender con el pensador de la Selva Negra Preside esta inclusión la idea de que toda objeción bien puesta a un filósofo, en especial a los de la cuerda de Hegel o Heidegger, constituye una liberación, una declaración de independencia para el atribulado lector de libros de filosofía hermenéutica. No sería tampoco redonda esta expresión si no incluyera un comentario de la esforzada traducción de Jorge Aguilar Mora. Completa el dosier Heidegger-Steiner una nota del legendario Emilio Uranga sobre el destino en México del pensador alemán, pues no deja de ser curioso que la recóndita ontología heideggeriana haya tenido tan generoso cultivo en nuestras tercermundistas aulas de filosofía.

DAKOTA’S REQUIEM

Fíjese, de niña me atraía especialmente el edificio del cine Roble. Usted no conoce bien México, pero, mire, le hablo nada menos que de la avenida Reforma. Siempre que he caminado por ese lado de la acera, la del cine Roble, llueve, o hace frío. Frío a medias, y sin embargo uno llega a resentirlo como si el invierno tuviera ligas con nosotros, los mexicanos originarios del de efe. No, allí la temperatura baja apenas unos grados. Yo le decía del cine Roble ¿no?, recordando a tientas su construcción. Mucho tiempo me pregunté si habría oficinas arriba, entonces, ¿por qué se me ocurrió creer que Pedro Armendáriz había muerto en los altos del cine Roble? ¿Usted sabe de quién le hablo? El caso es que uno se aficiona a los rincones de una ciudad: años atrás por el cine Roble en Reforma, hoy por los Dakota en Manhattan. Desde que los descubrí me atrajeron y no sólo fueron sus inquilinos el motivo de mi interés. Cada que logro escaparme a mi propia disciplina, y apearme a la altura del museo de Historia Natural refrendo el simple gusto de caminar hacia abajo, hasta la calle 72. En en el otoño (se me llena la boca con la palabra porque provengo de una latitud donde no transcurren las estaciones), en el otoño, le digo, me he llegado a internar en el parque por el antojo de sentarme a leer el Times, sin premura y a sabiendas de que al horizonte lo interrumpe el edificio. ¿Le conté que fatigo la idea de que una pátina de malignidad lo cubre desde el tejado? Me concentro pues en el periódico, porque así llamo menos la atención, ve usted. De todas formas, no resulta fácil permanecer sentada sin que alguno se aproxime a abordarme, incluidos traficantes de droga y hombres de saco de tweed y paragüas que cautelosamente se dan a mi cortejo. Si insisten demasiado me levanto y me voy con paso apresurado. Si no, me hago la desentendida para disfrutar un rato más de la tarde. Cuando la luz violeta, que diría Eliot, me hace forzar la vista, y dentro de los Dakota comienzan a encenderse las luces, me retiro.

Mire, los gringos son amarillistas hasta el tuétano, ¿me entiende? ¿Por qué habría de provocarme miedo? Dije que me internaba porque esa es la única manera en la que uno se mete al Central Park, internándose como lo hiciera el Dante por una selva oscura. No es más que un retruécano literario, ¿sí? Si le he de ser sincera, me busco un banco próximo a la calle, cerca del tránsito de la gente, y ahí me quedo.

Lennon y Yoko paseaban solos los dos. Cruzaban la avenida y el parque los acogía, como a mí, con una bienvenida silenciosa. Nunca pude verlos, pero leí en varias entrevistas que era su costumbre caminar ahí por las tardes. A Mick Jagger, en cambio, me lo topé un mediodía en Columbus Avenue. Iba de blanco traje de alpaca y bajaba de un taxi, inmune al escándalo que pudiera levantar su presencia. En verano, por cierto, he contemplado al edificio Dakota en el transcurso de las representaciones operísticas que el Metropolitan Opera House realiza en el corazón mismo del Park. Miro, escuchando Fidelio, por ejemplo, la techadura verdosa que Polanski no sacó en Rosemary’s baby, y me permito perder la mirada en la perspectiva que ofrecen los rascacielos del lado West.

Lo del New York Times, en lugar de cualquier otra publicación, ha sido mi opción para no ofrecer visos de mi persona durante mis visitas solitarias al parque. El Rolling Stone, digamos, lo leo en casa, aguardando a que mi marido regrese del consulado. Soy una Penélope gráfica, sabe usted.

¿Recuerda aquella fotografía en la que John y Yoko se abrazan acostados, a la Klimt? Lennon está desnudo, y la Ono, de jeans y suéter negro, le cubre a él una parte del cuerpo. Fue portada del Rolling y la foto la tomaron la mañana previa al asesinato. Lennon parecía ya un cadáver ceñido por una mujer de luto.

La de John Lennon vino a ser una muerte cercana ¿no? Por años pensé que el momento que muriera uno de los Beatles yo habría de empezar a morirme también. Repensándolo ahora, no necesitaba que Lennon fuera asesinado a las puertas de los Dakota para saber que nos aproximamos a morir mucho antes de darnos cuenta.

¿Qué se nos terminó la noche que mataron a Lennon?

Mire, yo hubiese querido ir corriendo a los Dakota, a ver si la muchedumbre que se juntó en la calle me devolvía al principio de la realidad y me obligaba por lo tanto a aceptar el comunicado transmitido por la radio. Pero, fíjese, hacia un frío del carajo y además teníamos un invitado en casa, un huésped. Mi marido y yo habíamos recibido la noticia igual que el impacto de una bala. Es decir, como al mismísimo Lennon, nos sorprendía bruscamente el azar. A mi esposo se le saltaron las lágrimas, mientras que yo, que nunca me puse antes a mirar los Dakota desde su acceso, intentaba traer a mi memoria la entrada al edificio. Nuestro amigo, por el contrario, ni siquiera se inmutó. Al día siguiente se despertó mascando el sentido épico del asunto: el working class hero murió asesinado, y su primera mañana de otoño invernal en el extranjero se le nubló.

Usted no acudió a los Dakota ¿verdad? Yo no volví sino días después. No, sola no. Primeramente asistimos a la manifestación del silencio. Extraña reunión, sabe. Para mi los Dakota se habían transformado en una suerte de mausoleo, sino es que eso fueron desde un principio. Encontrarme en el parque, junto a tantísima gente, era, en efecto, comparecer en el entierro del héroe. Me escapaba del curso de mi propia vida y me incorporaba al suceso extraordinario. Imagínese, intervenía yo en las exequias del beatle favorito de todos, aunque, a decir verdad, los funerales auténticos se llevarían a cabo en otro sitio, con un sigilo oriental. Esta vez, ahora sí muy adentrados en el Park no habría entierro ni servicios funerarios de ninguna especie sino un magno encuentro luctuoso. We all want to change the world. Ni mi marido ni yo podíamos ver más allá de lo que sucedía a medio metro a la redonda. El lugar estaba a reventar. Un mismo aliento se desprendía de la garganta común que formábamos los concurrentes. Wanna get stunned? Sonaban canciones de los Beatles en los altavoces, sonaban las del llamado a la paz, sonaba Imagine, de John Lennon. A mi lado, o atrás de mí, un larguirucho de impermeable (who is that lankylooking galoot over there in the macintosh) silbaba al aspirar su cigarrillo de marihuana. Se convocó, al silenció y se mantuvo durante largos diez minutos en la tierra. No es fácil, ve usted. No resulta cómodo para algunos callar a fuerza y tener que introyectar a boca cerrada tanto rato (the eagle picks my eye/the worm he licks my bone) ¿Se acuerda del minuto que vuelve interminable la película Yellow Submarine?

A todo esto, me era inaccesible desde ahí el contorno de los Dakota.

¿Le expliqué que el acto parecía la muerte del héroe en pleno combate? Lo que arriba era no lo era abajo. A pesar de los helicópteros sobrevolando el parque, the rock and roll hero recibía las honras fúnebres de sus fans, mediocremente treintones y desapercibidos en la guerra, porque, y esto es algo que no comprendo, los norteamericanos exageran la virtud de la obediencia. ¿Seríamos un cuarto de millar? Y nada no sucedía nada, sólo el estrépito de los propulsores y Lennon across the universe. Era igual que encontrarse en primera línea de fuego y estuve a punto de sugerirle a mi esposo que nos fuéramos, y ¿cómo?

¿Fantasea usted con su propia hecatombe? No puede haber otra más que la propia. La de los otros, si es que no se la comparte, pasa a ser asunto puramente literario o, si lo prefiere, ético. En el mundo se han levantado sin cesar monumentos al héroes desconocidos pero nadie sabe del horrible padecer de quien averigua que pronto será un cadáver al que se despojará de la armadura/uniforme. Black cloud crossed my mind. Sin embargo, permanecerá como un eco del suplicio el lamento de Andrómaca.

Se creía oiga ¿estuvo usted o no? se creía, le digo, que Yoko Ono esperaría al ejército silente asomada a los balcones de su apartamiento. ¿Usted piensa que si hubiera habido alguien fustigado por la indignación, la viuda se habría dejado ver? Quién sabe, Manhattan no se hizo para ventanear. El hecho es que cruzamos el parque en grave concierto, y que la agorafobia amainó con verme habilitada para ¿alzar banderas? En realidad, agradecía el orden en el que avanzaba la muchedumbre. No habría tolerado el tropel de un episodio más significativo que el de una temprana tarde fría, triste y marihuana.

En el trayecto se vendían botones con el rostro de John Lennon; así era como Príamo y sus hijos reclamaban el cuerpo del héroe. Pero no crea, yo, enmimismada, no respondía a otro gran pensamiento más que al de recordar que en el Album Blanco, mi predilecto, venía una fotografía a color de cada uno de los Beatles. Podría enmarcar la de Lennon y colgarla junto a la de Joseph Conrad.

Arreció el viento helado. El parque era comparable con el paisaje después de una batalla. Ya muy cerca, casco verde de los departamentos Dakota sobresalía de entre los árboles pelones (sin hojas, Doc).

Habíamos atravesado el Central Park un poco a la deriva y ahora no atinábamos con una manera decente de desembocar a la calle, sino a trepar un montículo de piedras y luego a brincar una verja que nos depositaría en la acera oeste, frente a los Dakota ¿Y Yoko?

Como no salía, la multitud fue virando sin perder de vista el costado del edificio que daba al parque. Nos atrincheramos mudos a la entrada, en señal de duelo. Comenzó a nevar, y usted sabe que lo del invierno no fue un detalle ni becqueriano ni que esté por demás traer a colación. Nevó sobre nosotros y sobre los Dakota. Y, claro, me debieron chisporrotear, lo mismo que a los otros, los cirios interiores, porque una densa congoja me asaltó.

¿Se imprimía la imagen del asesino en los ojos de su víctima? Supongo que cada uno de los allí dolientes evocó las instancias del crimen. Usted conoce los pormenores también, ¿no es así?

Lennon fue victimado a las puertas de los Dakota la negra noche del lunes 8 de diciembre de 1980. Con cuatro disparos se anunció la nueva década Just like Dylan’s Mr. Jones/Lonely wanna die. Un camillero de la ambulancia que se hizo cargo del herido preguntó: ¿es usted John Lennon?, y Lennon respondió Yeah. Yeah dijo, y recibió las unturas de la mierdera muerte.

¿Habría reconocido Lennon al joven de la gabardina oscura que emergió de las sombras, por segunda vez durante ese día, para pedirle un autógrafo?

“That (…) galoot over there in the macintosh?” Era el juego del doble ¿no cree?, lo que provocó al muchacho-lector asiduo-de-Lord of the flies a matar. Suele acontecer con frecuencia que un tipo/a se levante de la cama, se vea al espejo y lo que mira reflejarse no es su imagen sino la del otro la del que desea en lugar de sí mismo. Un William Wilson deformado cuya afinidad con aquel con quien quiere confundirse resulta amañadísima. Entretanto, Lennon se habrá despertado ese lunes por la mañana ajeno al torpe émulo que radiaba por absorber la identidad del rock and roll hero.

Cualquier cosa nos puede ocurrir a usted y a mí después de la sesión ¿Se da cuenta? Pero bueno, yo le contaba que mi marido y yo decidimos emprender la retirada rumbo a Columbus. Fue la nuestra una marcha lenta. Continuaba nevando y terminamos por detenernos en uno de los muchos restaurantes de la avenida. Estábamos hambreados luego del espectáculo, ve. Habíamos escogido un sitio de comida Argentina; así, entre el churrasco y el sabor de las empanadas, dejamos de pensar al exbeatle muerto, el favorito. Además, ¿cómo rememorar entonces a Lennon si Gardel inició el canto en cuanto hubimos extendido las servilletas sobre nuestros muslos?

Cuando volvimos nuestros pasos hacia las calles no pudimos esquivar a los Dakota ¿Es esa la compulsión a repetir? La misma noche de crimen, Yoko le mostró a su hijo de cinco años el espacio exacto en el que se había desaplomado Lennon, herido de muerte.

¿Calibra mi desconsuelo, cuando, a pocos días de la manifestación de los silentes (en tierra), me demoré a la entrada de los Dakota para observar a un grupo de japoneses que posó con grávida sonrisa ante una Nikon esplendente y automática en el punto mismo de la tragedia?

Well I just had to laugh

Isaw the photograp.

Del Humor en la Ciencia

Hace unos meses me llamó por teléfono un buen amigo mío, científico de altos vuelos, y me dijo que yo iba a recibir una invitación para participar en un Simposio con el improbable tema de “El Humor en la Ciencia” Además de asegurar que se trataba de un asunto muy serio, me pidió que aceptara la invitación, en vista de que él y otros amigos comunes (también investigadores científicos distinguidos) ya habían aceptado. Con este antecedente, pocos días después recibí una muy agradable sorpresa: el Simposio estaba siendo organizado por la doctora Raquel Bialik, quien además de ser una eminente antropóloga es una dama encantadora y (como puede adivinarse) de muy buen humor Naturalmente, acepté la invitación, con la tranquilidad de espíritu que caracteriza a la inconsciencia.

Uno días después empecé a enfrentarme a la realidad, cuando Raquel me llamó para preguntarme si ya tenía yo pensado el título de mi participación en el Simposio. Después de varios minutos de silencio desesperado, en que no se me ocurría absolutamente nada que fuera humorístico en la ciencia, sugerí tímidamente algo que me pareció lo suficientemente general como para no comprometerme: “El lado alegre de la investigación científica”. En ese momento pensé que, si lo buscaba con tenacidad, quizá pudiera encontrar algo que cupiera dentro de ese tema. Sin embargo, pocos días después mi quietud se transformó en franca alarma, cuando aparecieron en las paredes de la ciudad de México unos hermosos carteles a todo color, donde se anunciaba el famoso simposio (que iba a realizarse como parte de los festejos conmemorativos del 150 Aniversario de la fundación de la facultad de Medicina de la UNAM) y se presentaba la lista de los participantes. Me temblaron las piernas al ver mi nombre junto al de varios amigos, que habían seleccionado temas mucho más concretos y prometedores que el mío; sin embargo al leer que también participaría Oscar Chávez, contando canciones relacionadas con la ciencia, sentí una urgencia fisiológica que no voy a detallar. La situación no mejoró cuando Raquel se comunicó conmigo y con suave dulzura me informó que todo iba viento en popa con el simposio, que mis colegas lo estaban tomando muy en serio, que se esperaba la asistencia de una multitud y que probablemente no fuera necesaria la participación de la fuerza pública para mantener el orden. Ignoro si el amable lector se ha encontrado alguna vez en situación semejante, pero espero me comprenda cuando digo que me comprenda cuando me despedí de Raquel fingiendo un entusiasmo que no sentí y me quedé paralizado en mi escritorio preguntándome “y ahora, ¿qué hago?”.

La Diosa Fortuna quiso que pocos días después tuviera el gusto de encontrarme (por otros motivos) a uno de los participantes en el famoso Simposio. Traicionando mi preocupación, casi inmediatamente después de saludarlo le pregunte: “¿Qué vas a decir en el Simposio sobre El Humor en la Ciencia?”. Con una amable sonrisa, mi buen amigo me dijo, tranquilamente: “Voy a esperarme a ver qué dices tú primero.” Otro contacto casual con otro participante en el Simposio genero una respuesta todavía menos sugestiva; mi amigo simplemente dijo: “Ya verás, ya verás..” Los días pasaban, repletos de trabajo y otras ocupaciones, la fecha del Simposio se acercaba, mi preocupación crecía, pero no se me ocurría absolutamente nada.

Entonces ocurrió el milagro. El STUNAM inició una huelga tres días antes de la fecha señalada para la celebración del Simposio, Raquel me llamó, preocupada ante la incertidumbre. ¿Cuánto iba a durar el paro? No sabía, ¿Deberíamos cambiar de sitio el Simposio? No. ¿Deberíamos esperar a ver qué pasaba? Si. ¿Era yo optimista o pesimista? Optimista. A pesar de mi optimismo el paro (la tragedia) de la UNAM duró casi 4 semanas. Varias personas me llamaron por teléfono a mi casa para preguntarme dónde se iba a hacer el Simposio, si se había cambiado la fecha, si se había cancelado. En la ignorancia, reaccioné como me imaginaba que Raquel reaccionaría el Simposio se haría en la Facultad de Medicina de la UNAM, la nueva fecha se avisaría con anticipación y profusión, el Simposio se llevaría a cabo, “cuídese y muchas gracias, chiao”. Durante estas 4 semanas mi participación en el Simposio sufrió una saludable metamorfosis: lo que al principio fue un compromiso con un amigo, (aceptado casi inconscientemente) se transformó en una empresa seria, interesante y de trascendencia pública. Por encima de todo, me sentía responsable ante mi nueva y bella amiga Raquel. Pasara lo que pasara, yo no podía quedar mal con ella.

Como todos ya sabemos, el paro de la UNAM concluyó en forma dramática. Los trabajadores no ganaron nada de lo que pedían (todo estaba, y sigue estando, absolutamente justificado) y sí perdieron el 50% de sus salarios durante la huelga. Para los usos de este relato, lo relevante es que la UNAM abrió otra vez sus puertas Raquel hizo cuentas, computó fechas, gastó 25 horas diarias en el teléfono, y finalmente fijó una fecha específica para la realización del Simposio “El Humor en la Ciencia” Hasta hoy no sé como se hizo, pero estoy seguro de que no debe haber sido fácil. De hecho, más de uno de los participantes anunciados oficialmente en los bellos carteles multicolores ya mencionados no asistieron; uno de ellos tuvo la decencia de enviar un representante.

“No hay plazo que no se cumpla ni fecha que no se llegue”. Cerca de las 6:00 pm, en un día del mes de julio próximo pasado, los interesados y los participantes en el Simposio “El humor en la ciencia” convergimos en el auditorio de la Facultad de Medicina de la UNAM. Hubo problemas con la luz eléctrica (estaba lloviendo) y la pantalla se negaba a ser manipulada por meros mortales. Pero a pesar de todos los problemas mencionados (y otros que no he contado) el auditorio estaba completamente lleno y el Simposio se llevó a cabo.

Al entrar al auditorio, alguien le entregaba al inocente miembro del público un cuestionario (elaborado por la ubicua Raquel) que claramente señalaba el carácter festivo de todo el ejercicio. Confieso haber intentado resolverlo hasta la pag. 3, pero me rendí ante la declaración de que, “Si todas sus respuestas fueran falsas, ¿quién sería Ud.?: Cuauhtémoc ( ), Francisco Villa ( ), Fidel Velázquez ( ), Otro(s)” (La verdad, creo que esta pregunta no estaba en el cuestionario de Raquel, pero podría haber estado…). Apenas 19 minutos tarde, se inició el Simposio. Raquel lo introdujo, con un texto distinguido, feliz en sus metáforas, elegante en su lenguaje, “humorista” en su espíritu (las comillas son en beneficio de los que creen que el humorista es el ayudante del caricaturista) y en general de muy buen gusto. Me tocó ser el siguiente expositor; espero que el amable lector acepte que intenté mantener el tono de altura intelectual y de elegancia de expresión fijado por Raquel. Lo que siguió puede compararse a la amplia y generosa variedad de los tamalitos mexicanos: hubo de dulce, de chile y de manteca Para mi muy personal gusto, hubo poco de dulce, algo de chile y mucho (pero mucho) de manteca. Recuerdo con particular agrado las fantasías de René Drucker-Colin (que no eran fantásticas, sino tristemente reales) y la deliciosa síntesis de Rebeca Slomiansky sobre nuestra imagen dentro de 10 siglos.

¿Cuál es el balance final del Simposio? Por lo que a mí respecta, ha sido totalmente positivo: gané una nueva y encantadora amiga, disfruté del contacto renovado con colegas que admiro y respeto, aprendí que es posible organizar simposia sobre casi cualquier tema (siempre y cuando uno tenga la perseverancia y la limpieza de objetivos necesarios), y recibí, como dividendo inesperado, una hermosa edición de los sonetos de Shakespeare. También establecí contactos con Rebeca Slomiansky, espíritu crítico y sorprendentemente original. A juzgar por las expresiones de los demás participantes en el Simposio, también lo consideraron como interesante; la reacción del público sugirió interés y diversión. Inscrito dentro de los actos conmemorativos del 150 Aniversario de la Fundación de la Facultad de Medicina de la UNAM, pudo competir airosamente en originalidad y frescura con varios otros. Los pocos momentos vulgares fueron tolerados por el público y diluidos por la abundancia de calidad y limpieza de casi todos los participantes. Estuvo muy suave. Gracias, Raquel.

Nueva polémica agraria

La Pequeña Diferencia

Los estudios sobre la cuestión agraria en México sufrieron un cambio significativo a principios de la década de los años setenta. Las investigaciones de carácter descriptivo o cuantitativistas sobre la productividad y las que tenían como objetivo principal la denuncia, le dieron el paso a trabajos cuyo claro propósito era explicar los procesos generados en el agro. La utilización de un amplio instrumental teórico y metodológico produjo rápidamente una proliferación de estudios agrarios. Esta producción intelectual llegó a ser de tal magnitud que muy pronto fue dando forma a varias corrientes de interpretación, que llegaron a ser motivo de diferentes estudios, clasificaciones, caracterizaciones e, incluso, de polémicas (Schejtman, A.; 1981. Gómez-Jara. F.; 1977. Lucas, A.; 1982, entre otros).

Uno de estos estudios, quizá el que más trascendencia ha tenido hasta hoy, planteó el aglutinamiento de las diversas posiciones en dos grandes corrientes: “campesinistas y proletaristas” (Feder. E.; 1977-78). Sin embargo, la incomprensión absoluta por parte del autor de que esa discusión no la motivaba un escozor intelectual, de que en el centro de esa polémica se debatían argumentos de posiciones políticas sobre la caracterización de las fuerzas de clase y la estrategia a seguir en el desarrollo de su lucha, lo llevó a afirmar tácitamente que los campesinistas deseaban la campesinización y coincidían por tanto con los intereses y propósitos del Banco Mundial. En cuestión de esta burla simplificación, los llamados proletaristas cifraban sus esperanzas en la proletarización del campesinado y en consecuencia, coincidían con las intenciones de la burguesía agraria deseosa de ampliar su territorio mediante el despojo. 

Hoy, a 10 años de iniciada aquella discusión entre “campesinistas y descampesinistas”, luego de tantos modos y modas de la producción intelectual, y aun cuando el debate ha decaído en animosidad y participantes, el problema de si se produce o no en el agro mexicano un proceso de proletarización o de campesinización sigue siendo tema de actualidad y controversia. Su esclarecimiento se vincula estrechamente son un proceso que está en la base misma del problema y al que se le ha prestado poca atención: el proceso de la diferencia socioeconómica del campesinado, cuestión que constituye el motivo del presente trabajo.

Como es de sobra conocido, el campesinado mexicano no constituye un todo único, homogéneo e igualitario. Su heterogeneidad se manifiesta en la diversidad de condiciones agronómicas regionales y los tipos de cultivos que realizan esos productores, lo mismo que en el régimen de relaciones jurídicas y/o contractuales que da a los productores acceso a la tierra de labor: aparceros, propietarios, comuneros, ejidatarios, arrendatarios, colonos, etc. La distinción es igualmente evidente en sus “niveles de marginalidad”, pertenencia étnica y tradiciones culturales. Pero no es este tipo de diversidad a lo que se hace alusión cuando en los estudios sobre el campesinado se habla de su diferenciación (excepción hecha de aquellos que, con toda intención, pretenden hacer pasar una cosa por otra).

Por diferenciación socioeconómica se entiende un proceso que conduce a la formación de grupos o estratos económicos diferenciados en el interior de la masa de esos productores, un proceso que tiene lugar, principalmente, dentro de las comunidades aldeanas (mir, marca, ayllu, comunidad indígena, musha’a, ejido, colonia o ranchería).

Las excesivas generalizaciones que se han hecho en torno al campesinado no han dejado de acompañarse de cierto reduccionismo y han limitado el análisis de algo tan singular como la diferenciación. La investigación de este proceso constituye una de las cuestiones centrales, no sólo por su interés teórico sino fundamentalmente por la relevancia que tiene su conocimiento para cualquier acción que se pretenda realizar entre el campesinado: el grado de desarrollo o inhibición de ese proceso, condiciona en gran medida la formación interna del campesinado como clase social. Y es precisamente por eso que su discusión se relaciona de manera indisoluble con problemas como el de la “recampesinización”, o persistencia disolución del campesinado. Se vincula asimismo con el esclarecimiento del carácter de las alianzas y naturaleza de los antagonismos (reales o potenciales) de los grupos de campesinos diferenciados, tanto entre sí como entre otras clases de la sociedad; también con la potencialidad revolucionaria, democrática, conservadora o reaccionaria de cada uno de los grupos; con la comunidad o divergencia de intereses fundamentales dentro de las llamadas comunidades aldeanas; con la viabilidad o no de proyectos de organización colectiva entre el campesinado (véase si no el grueso expediente del fracaso de los ejidos colectivos). Etcétera.

Los escasos estudios específicos realizados en México sobre la diferenciación se han inspirado principalmente en dos concepciones teórico-metodológicas contrapuestas. El origen de estas concepciones es, en gran medida, los debates de populistas y marxistas rusos de finales del siglo pasado y principios del presente, pero las tesis que se manejan corresponden en lo fundamental a los planteamientos de Chayanov y Lenin. Lo que últimamente se ha agregado es relativamente poco. Los puntos centrales en que estas concepciones divergen y se contraponen hoy en día podrían resumirse como siguen:

    “CAMPESINISTAS”                 “DESCAMPESINISTAS”

A) Manera de concebir la diferenciación:

Desniveles económicos inter-    Desniveles económicos inter-

campesinos que se traducen      campesinos que se traducen

en diferencias cuantitativas    en diferencias cualitativas

y se expresan como diferen-     y se expresan como divergen-

cias de bienestar.              cias de clase.

B) Catalizador básico del proceso

Tamaño (en número de            Mercantilización de los pro-

miembros) y composición         ductos del trabajo, de los

(por sexo y edad) de la fa-     medios de producción y de la

milia a lo largo de su ci-      fuerza de trabajo.

clo vital.

C) Regulador de la producción:

Necesidades del consumo Mercado capitalista. (Valor). familiar.

D) Naturaleza de las relaciones entre los grupos diferenciados:

Cooperación y redistribu-       Explotación.

ción.

E) Tendencia del proceso:

Reversible (cíclico), que       Irreversible, que conduce a

afirma la nivelación en         la polarización en términos

términos de clase y la          de clase y a la disolución

permanencia del campe-          del campesinado como tal

sinado como tal clase           clase campesina. (Des-

campesina. (Campesi-            campesinización).

nización).

Como se puede ver claramente, las concepciones son además de distintas, excluyentes. Confrontarlas con las condiciones socioeconómicas en que se desenvuelve el campesinado es, sin duda, la mejor manera de avanzar en su esclarecimiento y, a la vez, de fomentar y estimular la polémica a que Arturo Warman ha convocado (Nexos N° 71, noviembre de 1983.) Para lograr esto, los únicos referentes empíricos disponibles en materia de estadísticas nacionales, son los censos agrícolas correspondientes a 1970 que, como es sabido, desafortunadamente no son muy precisos.(1)

(1) De este material (y aunque con ello no se corrigen los errores y deficiencias contenidas) recientemente se ha elaborado una reinterpretación que facilita enormemente la discusión de las manifestaciones y tendencias generales de proceso de diferenciación entre el campesinado. Para discutir otros puntos de la confrontación como es, por ejemplo, el de la naturaleza de las relaciones entre los grupos diferenciados (cooperación-explotación) habrá necesidad de recurrir a otro tipo de material. Los datos censales tal cual existen sólo pueden expresar las tendencias generales y no en ningún momento, las formas particulares y concretas que este proceso asume en las comunidades aldeanas.

Para facilitar el entendimiento y la discusión es necesario ofrecer antes una caracterización del centro o punto medio a partir del cual se supone se produce la polarización o, en su caso, al que tendería la nivelación. Especialistas de distintas escuelas están de acuerdo en que este punto medio es el de las determinaciones contenidas en la noción de “campesino típico”. En términos de las dimensiones de la unidad de producción, “campesino típico” es aquel que cultiva la parcela que posee, con su mujer y sus hijos, basándose principalmente en el uso de su propia fuerza de trabajo; con los productos obtenidos, logra tanto su sustento como la reproducción de las condiciones de producción. Este punto medio equivale a decir, pues, reproducción simple. Las unidades de producción que se desvían notoriamente de este nivel de reproducción, ya sea por producción excedentaria o deficitaria, se habrán diferenciado o desnivelado. Su reproducción será en estos casos, respectivamente, ampliada o decreciente. Es precisamente esto lo que se puede discutir con base en los datos del cuadro 1.

FUENTE: Elaboración propia con base en los cuadros 2, 6, 8, 13 y 34 de la reinterpretación de los censos de 1970 realizada por CEPAL (1982: 114, 126, 130, 144 y 198).

ACLARACIONES:

1.- ETN, Equivalentes Temporales Nacionales, mecanismo utilizado para hacer conmesurables tierras de riego y de temporal.

2.- Este apartado incluye a trabajadores asalariados y familiares empleados en dos ciclos.

3.- SMRA, Salarios Mínimos Rurales Anuales.

4.- Producción insuficiente para la alimentación familiar

5.- Producción suficiente para la alimentación pero insuficiente para reproducir los medios de producción.

6.- Producción que cubre los gastos necesario para el sustento familiar, para reproducir los medios de producción y pequeña reservas.

7.- Producción que garantiza la reproducción de las condiciones de vida de la familia y de los medios de producción, más un excedente. (Cf. Op. Cit. CEPAL)

Como puede verse en los datos de este cuadro, y de acuerdo con los criterios de su agrupamiento, las unidades que más se acercan al concepto de reproducción simple están aglutinadas en el grupo III que llamamos unidades de producción estacionarias. Las de reproducción ampliada corresponden al grupo IV, de unidades exedentarias, mientras que las de reproducción decreciente están contenidas en los grupos I, de infrasubsistencia y II, de subsistencia. (En cierta medida, esta división concuerda con la caracterización marxista de campesinos medios, campesinos aburguesados y campesinos pauperizados-proletarizados, respectivamente; también, en el mismo orden, a familiares, multifamiliares y subfamiliares, según otros criterios). En esta tipología de productores campesinos no se incluye como grupo aparte a los varios millones de campesinos sin tierra o trabajadores desposeídos. No se incluyen por el hecho de que no son productores por cuenta propia, aunque ciertamente muchos de ellos, cuando la ocasión se presenta, son productores, y de los más eficientes, sólo que por cuenta ajena.

Las diferencias entre cada uno de los cuatro grupos de campesinos es bastante notoria según se aprecia en los promedios por unidad en las cuatro variables utilizadas, cantidades que, a su vez, guardan una estrecha relación y escalonamiento ascendente del grupo de infrasubsistencia al grupo excedentario. Pero esta continuidad escalonada contrasta enormemente con el número y porcentaje de productores contenidos en cada grupo. Así, los grupos I y II, de unidades de reproducción decreciente, cuentan con la menor cantidad de hectáreas, valor en medios de producción, etc., y tienen por el contrario el mayor número de unidades: 83.0% del total. Les siguen en orden descendiente el grupo IV, de unidades de reproducción ampliada, con el 9.4%, y las unidades de reproducción simple, que constituyen el grupo minoritario con el 7.4%.(2) Lo que con esto se evidencia es que la tendencia general no es hacia la nivelación: si ese fuera el sentido, se mostraría una concentración significativa de unidades en el grupo III de unidades estacionarias. Pero los datos muestran que ese supuesto punto de gravitación de todas las unidades campesinas de producción aglutina en la realidad al menor número de ellas. Contrariamente pues a la supuesta nivelación, la tendencia general apunta hacia la polarización entre el grupo excedentarios (IV) y una concentración mayoritaria de unidades en los grupos deficitarios (I y II).

(2) Si el grupo III se concentran las unidades de producción que se caracterizan por su producción simple, esto significa que sólo el 7.4% de los campesinos está produciendo conforme a la ya famosa “racionalidad campesina”, “propiedad permanente” o “Ley de Chayanov”. Las de los grupos I, II y IV escapan a la lógica de reproducción y son, conforme a ella misma, íirracionales! ¿Tiene hoy día sentido hablar del equilibrio esfuerzo-consumo como norma en el comportamiento económico del campesino mexicano? Vale la pena reflexionar sobre esto.

Es evidente que los productores de los grupos de infrasubsistencia el 64.3% del total de los campesinos y subsistencia, no pueden lograr su reproducción con base en los frutos de su propio trabajo en su parcela. Para seguir andando entre los vivos tienen que recurrir a otras actividades que les proporcionen ingresos: las artesanías, la recolección, la caza, la pesca y, sobre todo, la venta de su capacidad de trabajo que, entre otras cosas, por su calificación y posibilidad de movilización (la migración presupone gastos de transporte), se van a encontrar con un marco general donde predominan la escasez de empleos, la inestabilidad ocupacional y los bajos salarios. Es decir, si como productores están empobrecidos como asalariados no lo van a estar menos. Es pues en estos dos grupos de cultivadores de minúsculas parcelas (en promedio 1.7 has. en el grupo I de infrasubsistencia) donde se produce y reproduce parcialmente buena parte del proletariado rural y parte del industrial (albañiles sobre todo). Pero por la escasez de empleo asalariado y por la naturaleza misma de las dimensiones económicas de los medios de producción de los productores de estos dos grupos, es también aquí donde se produce y reproduce gran cantidad de desempleados totales o parciales, un ejército de “reserva” que por las condiciones de la acumulación de capital en México no puede en realidad considerarse como tal. Pero esto no significa que por eso dejen de ser sobrepoblación relativa a las necesidades de la valorización del capital en particular y relativa también en general a toda posibilidad de empleo (desde invadir tierras, hasta guardias blancas, policías o soldados; desde invasores hasta desalojadores). Los grupos de infrasubsistencia y subsistencia constituyen a todas luces la fracción proletarizada y pauperizada del campesinado.

Ahora bien, si la diferenciación entre el campesinado es un hecho, lo que cabe preguntar es si estas diferencias tienen un carácter cualitativo o meramente cuantitativo. Es decir, si se trata sólo de desniveles o de divergencias. Pero hablar de divergencias supone que mediaría entre uno y otro grupo de campesinos una relación de explotación, o sea, la existencia de un grupo explotado y otro explotador. Este último se infiere por las dimensiones económicas de sus unidades y por la producción de un excedente que alcanzan a retener estaría dando cuerpo al grupo excedentario. Los explotados por ellos se reclutarían principalmente entre los grupos de infrasubsistencia y subsistencia. Por otra parte, hablar de desniveles o de diferencias cuantitativas supone la no existencia de relaciones de explotación intercampesina, cosa que a su vez presupone que la producción se realiza preponderantemente con fuerza de trabajo de la propia unidad familiar. Lo que cabe discutir es pues la naturaleza del trabajo empleado en el grupo excedentario: asalariado o familiar.

Desafortunadamente, los datos que proporcionan los censos no permiten apreciar con toda claridad si el grupo excedentario es realmente explotador, más aún cuando el apartado de personas empleadas en el período de cosecha incluye tanto trabajadores del grupo doméstico como asalariados. Una manera de dasagregar estos datos, a sabiendas de que su resultado va a ser una aproximación, es considerar en tres al número de jornadas que una de 5.5 miembros puede utilizar (CEPAL, Op. Cit.: 143). Deduciendo esas jornadas de trabajo familiar al número promedio d personas empleadas por unidad en cada uno de los grupos, tenemos que el grupo I, de infrasubsistencia, contrata en los períodos de cosecha a 1.2 personas; el grupo II, de subsistencia, a 3.0; el grupo III, estacionario, a 3.9 y el grupo IV, excedentario a 5.4 personas, es decir, que el trabajo asalariado representa para esta unidades cerca de dos veces más respecto al trabajo familiar. Se podrían hacer muchas otras inferencias que apuntarían en el sentido de considerar la existencia de un grupo aburguesado pero serían sólo eso: indicaciones indirectas de tendencias generales.

Sin embargo, minuciosas investigaciones de caso vienen a confirmar que el proceso de diferenciación se ha desarrollado a tal punto que ha dado forma a un grupo de la población campesina claramente aburguesado que, sin ser específicamente burguesía, asume su forma concreta en los caciques de aldea. Estos, mediante la compra de fuerza de trabajo, la usura y el comercio, entre otras formas, explotan al resto del campesinado, aunque al mismo tiempo participan ellos y parte de su familia trabajando a la par que los jornaleros que emplean.

Veamos dos ejemplos tomados de estudios realizados por investigadores a quienes -por los modelos teóricos empleados- de ninguna manera se les podría ubicar como “descampesinistas”.

En San Gabriel, Ejido del Estado de Morelos, existe “personas del mismo pueblo que rentan yuntas y prestan maíz a la dobla, es decir, que si se les pide 100 Kg. de maíz habrá que devolverles 200 Kg.”.

Un campesino de este mismo pueblo, según se relata, contrata como asalariados a “unos amigos a los que por deberle favores no les paga completos los $20.00 de jornal”.

Un campesino que requiere comprar fuerza de trabajo se dirige a otro que necesita venderla, palabras que sirven al investigador “para entender mejor las relaciones de cooperación en el marco de la comunidad: `Por ganarte ahora unos centavos más, me dejas a mí que te puedo ayudar en un momento difícil. Si te vas a trabajar fuera del pueblo, unos días ganarás más, pero no tendrás la seguridad de que cuando te las veas negras el agricultor o quien te dé trabajo te ayude, y entonces corres el riesgo de que aquí (en la comunidad) tampoco te den la mano. Con qué cara buscas a fulano, si cuando él te necesitó tú no jalaste parejo. Si a la hora de las cosechas, que te necesito, me ayudas, tendrás abiertas las puertas de mi casa para cuando se te ofrezca algo. Si yo veo por tí y luego tú no ves por mí, ¿entonces?…'”. (Corcuera G., A. 1974: 39, 50 y 90. (Subrayado mío. M.C.).

Otro ejemplo de una aldea indígena del Estado de Oaxaca:

Las familias de Jicayán se dividen en tres grandes grupos de

tamaño semejante:

Los peones que nunca contrataran a otros y que se reclutan en un 85% entre los poseedores de poca tierra.

Los patrones que nunca trabajan de peones, casi todos ellos dueños de predios de más de 1.25 has.

Los que alternativamente son peones y patrones […] y en las relaciones de trabajo que prevalecen en Jicayán no se paga al peón por todo el trabajo que ha realizado: se le explota. […] la mayoría de los grupos domésticos que participan en estos fenómenos juegan siempre el mismo papel en la relación de trabajo, muchos otros son alternativamente patrones y peones, explotadores y explotados.

Desde cualquier punto de vista, ya sea del patrón o del peón, esta situación presenta incongruencias con las normas de funcionamiento de la unidad campesina […]. No existen dos grupos antagónicos en la sociedad campesina […] en la relación de trabajo que se establece entre dos unidades de producción, su posición respectiva es -por lo menos en teoría- siempre reversible; las diferencias que pueda haber entre diversas familias campesinas se mide en términos de riqueza y de oportunidades y no significa oposición de clase”. (Pepin-Lehalleur de M., Marielle; 1976-147, 153-4. (Subrayado mío, M.C.)

La relación entre explotadores y explotados constituye, según estos datos citados, la característica inherente ya al proceso de diferenciación entre el campesinado mexicano, aunque según algunos de los estudiosos ese proceso no debería de existir y si existe es en flagrante contradicción con la teoría: de acuerdo a las normas establecidas teóricamente para el funcionamiento de las unidades campesinas, las relaciones entre estas deberían de ser simétricas y de cooperación y de redistribución en el marco de la comunidad. Véanse si no los desempolvados y hoy día acicalados modelos del “contrato diádico” y de la “imagen del bien limitado” de George M. Foster; 1974. Pero si estas normas son violadas y el proceso aún se manifiesta habría que aplicar entonces a esa irreductible realidad la norma de la racionalidad campesina que establece que el objetivo de esa producción es la subsistencia y la reproducción del grupo doméstico, y una vez logrado esto el productor suspende su trabajo. Pero finalmente, si aún con esto la realidad no cede y se empecina en mostrarnos el proceso de diferenciación, no debemos darle mucho crédito ya que, en teoría, ese proceso es siempre reversible. íFelizmente se puede uno seguir aferrando a los modelitos teóricos!

Pero aún más. Otra argumentación, hermanada estrechamente con las anteriores, que parte también del reconocimiento del hecho real de la acumulación entre algunos campesinos y llega finalmente a afirmar que por lo general ese proceso es reversible, encuentra su explicación en que las familias que componen las distintas unidades de producción campesina cuentan con un tamaño y composición distintos. Así, por ejemplo, dice Arturo Warman:

La acumulación de bienes por una unidad campesina es, por lo general, el resultado de una composición favorable que por el número de individuos que, pese a la explotación, aportan más de lo que consumen. Esta composición favorable no se conserva de manera permanente sino que se modifica en el tiempo. Cuando los mayores pierden capacidad física o cuando los jóvenes se casan y tienen hijos, la composición se altera y pierde elementos que la favorezcan. El tiempo obliga a la fragmentación de la unidad para dar origen a unidades nuevas, que debilitan a la original y dejan a las nuevas con una composición desfavorable. …Como resultado de estos procesos, las diferencias en los niveles de bienestar y de acumulación de bienes de producción y de consumo están en constante disolución y no tienden a perpetuarse” (Warman, 1980:212. Subrayado mío, M.C.).

Esta argumentación supone dos cosas: primero, que los hijos de los campesinos más pudientes y prósperos van a ser, mediante el reparto de los bienes de la unidad, campesinos empobrecidos, cosa muy discutible a la luz de nuestra realidad pues por lo general los hijos de estos caciques de aldea tienen otras opciones (migración con fines de estudio y de trabajo más calificado, instalar un molino de nixtamal o un comercio, comprara un vehículo y dedicarse al transporte etc.): segunda, el de que la dinámica de la diferenciación está dada por cuestiones demográficas: por el tamaño y composición de la familia. Después de recibir su pequeña herencia, ¿de dónde y de qué manera los recién empobrecidos se harían de medios de producción para darle ocupación a sus hijos cuando lleguen estos a la edad adulta y además producir un excedente?

Si en la concepción de Warman -que coincide plenamente con las tesis de la diferenciación demográfica de Chayanov, derivadas a partir de la situación de algunas comunas rusas de principios de siglo que redistribuían periódicamente la tierra entre sus miembros-, los campesinos que logran acumular lo hacen porque tienen más miembros trabajadores que producen una cantidad mayor respecto a lo que consumen, se deduce entonces que los campesinos deficitarios lo son parque cuentan con una composición familiar desfavorable en ese sentido (más consumidores, menos trabajadores). Si el proceso de diferenciación demográfica entre las unidades fuera en realidad lo que le imprime la dinámica al proceso de diferenciación económica del campesinado en México, hoy sólo habría que esperar a que creciera la nueva generación de campesinos (que por el momento son consumidores) para que la relación entre productores deficitarios y excedentarios se invirtiera y así, quizá, hasta llegaríamos a la autosuficiencia alimentaria. í83.0% de los productores campesinos serían excedentarios y sólo 9.4% deficitarios!

Septiembre de 1983

BIBLIOGRAFIA

CEPAL 1982. Economía Campesina y Agricultura Empresarial (tipología de productores del agro mexicano). Siglo XXI Editores. México D.F., México.

CORCUERA G., Alfonso, 1974. “Dominio y dependencia del campesino temporalero”; en Los campesinos de la Tierra de Zapata, II. Ed. SEP-INAH, México, D.F., México.

FEDER, Ernest 1977-1978. “Campesinistas y descampesinistas”; en Revista Comercio Exterior. Vol. 27 núm. 12, diciembre y vol. 28 núm. 1, enero. México, D.F., México.

FOSTER, George M. 1974. “La sociedad campesina y la imagen del bien limitado” y “El contrato diádico: un modelo para la estructura social de una aldea de campesinos mexicanos”; en Estudios Sobre el Campesinado Latinoamericano. Ediciones Periferia. Buenos Aires, Argentina.

GOMEZ JARA, Fco. 1977. “La lucha campesina debe convertirse en lucha contra capital”; en Revista Críticas de la Economía Política, núm. 5, oct-dic. México, D.F., México.

LUCAS, Ann 1982. ” El debate sobre los campesinos y el capitalismo en México”; en Revista Comercio Exterior. Vol. 32, núm 4, abril. México, D.F., México.

PEPIN-LEHALLEUR de M., Marielle 1976. “El empleo de trabajo ajeno por la unidad campesina de producción”, en Capitalismo y campesinado en México. Ed. SEP-INAH, México, D.F., México.

SCHEJTMAN, Alejandro 1981. “El agro mexicano y sus intérpretes”, en Revista Nexos, núm. 39, marzo. México, D.F., México.

WARMAN, Arturo 1980. Ensayos sobre el Campesinado en México. Editorial Nueva Imagen, México.

El Mayo francés

Memorias de un Conservador Comprometido

Antes de morir, Raymond Aron entregó a sus lectores dos libros autobiográficos: Memoires, sobre el que en este mismo número ofrecemos un comentario crítico del historiador Fraucois (Minimalia: “Raymond Aron o el magisterio de la incertidumbre controlada”) y el espectador comprometido, una amplia entrevista con dos ex militares del 68 francés. El texto de Aron que presentamos es el capítulo de Memoires dedicado al análisis y el ajuste de cuentas precisamente sobre las jornadas de mayo en Francia. 

Los acontecimientos de mayo de 1968, como todas las jornadas revolucionarias de Francia, no se pierden en la bruma del pasado; están presentes, heroicas o burlescas según el humor de los hombres, siguen provocando pasiones, incluso y sobre todo las de los sociólogos, quienes ofrecieron tantas ideas y palabras a los discursos de los estudiantes en rebeldía cuanto su gremio se sentía directamente concernido y, por eso, más que otros, desgarrado. ¿Qué significaba este temblor de tierra que, durante unos días, amenazó con derrumbar el imponente edificio erigido por diez años de golistas?

LOS HECHOS

Empecemos por la historia o el relato. Los “acontecimientos” se dividen en cuatro fases. La primera comienza con la entrada de la policía en el patio de la Sorbona y dura hasta el lunes 13 de mayo, día de la huelga general y de la reapertura de la Sorbona. La segunda está marcada por la extensión de las huelgas, salvajes en un primer momento, desencadenadas o acompañadas luego por el partido comunista, que desembocan en las negociaciones de Grenelle y en los acuerdos entre patrones y sindicatos bajo la égida del gobierno. La tercera fase dura apenas algunos días: el rechazo aparente de los acuerdos de Grenelle por los huelguistas de Billancourt el cuestionamiento del Presidente y del Primer ministro, el anuncio por Francois Mitterrand de su candidatura al Eliseo en el caso de que se retirara el General, y todo dramatizado por la desaparición, durante algunas horas, del Presidente de la República y coronado por el discurso que pronuncia este último el jueves 30, seguido por la manifestación monstruo en los Campos Elíseos. La última fase duró unas semanas: el regreso al orden, la liquidación de focos de rebeldía en la Sorbona o el Odeón; las elecciones legislativas, que dieron a la mayoría una victoria resonantes -más resonantes, por lo demás, por el número de bancas a la Asamblea que por el de los votos en el país.

Editorialista en Combat, enero de 1947.

Para considerar cada una de esas fases, el historiador debe plantearse dos clases de cuestiones: unas “fácticas”, otras “sociológicas”. Por ejemplo, en el transcurso de la primera semana, cuando el Primer Ministro viajaba por Asia, se tomaron decisiones que prendieron fuego a la pólvora: llamado a la policía el sábado 4, transporte de decenas de estudiantes en carros de la policía, condenas de algunos estudiantes y, finalmente y sobre todo, el regreso de Georges Pompidou el sábado 11, después de la noche de las barricadas, y el derrumbe político. En lugar de aplicar el acuerdo negociado por L. Joxe y A. Peyrefitte con representantes de los sindicatos de estudiantes, el Primer Ministro, quien se situaba, por así decir, por encima de las facciones puesto que estuvo ausente de París durante la semana precedente, dio satisfacción a todas las demandas de los “estudiantes” (que convendría poner entre comillas: solamente una fracción de estudiantes participó en estos movimientos encabezados por grupúsculos revolucionarios).

De estas decisiones, de las que se desprendieron considerables consecuencias, la de Georges Pompidou del 11 de mayo me parece la más grave, la más cargada, aún hoy, de incertidumbres. El carnaval estudiantil comenzó el lunes 13 y sirvió de modelo para los obreros. La fórmula golista, “El Estado no retrocede”, cayó en el ridículo por las vacilaciones, las marchas y contramarchas del gobierno. La carta que me envió Georges Pompidou unas semanas después documento histórico me parece aclara el pensamiento del Primer Ministro y el desarrollo mismo de la crisis.

“Mi querido amigo,

“He leído con interés y he apreciado mucho sus artículos sobre la crisis de Mayo y los problemas de la Universidad. No obstante, una afirmación que aparece en su artículo sobre el discurso de E. Faure me incita a escribirle para hacer una rectificación, no para uso de sus lectores, sino para su uso estrictamente personal. Usted escribe: Pompidou ha apostado y ha perdido la apuesta de la pacificación. Permítame decirle que usted se equivoca. Yo no hice ninguna apuesta. Yo no veía ni siquiera una posibilidad sobre cien de que mis decisiones del 11 de mayo detendrían el proceso. ¿Entonces?, dirá usted. Entonces, yo hice lo que hace un general que no puede mantener más una posición. Me retiré hacia una posición defendible. Y di a esa retirada un carácter “voluntario”, a la vez con cuidado por salvar las apariencias y a causa de la opinión pública. Me explico.

“Cuando volví de Afganistán encontré una situación que me pareció desesperada la opinión parisiense respaldaba totalmente a los estudiantes. La manifestación del 13 de mayo había sido anunciada. Pensé entonces (y hoy estoy seguro de ello) que al no devolvérseles la Sorbona, esta manifestación provocaría quizás la caída del gobierno (y del régimen), pero que al menos y de todos modos la manifestación se apoderaría de la Sorbona. ¿Podía usted acaso imaginar que un cortejo de aproximadamente 500 000 personas, yendo de la Plaza de la República a Denfert (incluso el itinerario no fue aceptado por los dirigentes de la manifestación sino hasta el domingo, después de mis decisiones) no se desviaría hacia esa Sorbona protegida por los CRS? ¿Y quién ha impedido jamás a una multitud de esa importancia penetrar en un local como la Sorbona? Ni el ejército habría sido suficiente y por lo demás ¿quién habría condenado a los soldados a disparar sobre semejante multitud?

“A partir de entonces, con una Sorbona recuperada por los estudiantes a pesar de las decisiones gubernamentales, la situación no tenía salida y nos condenaba a una capitulación o a una guerra que la opinión pública no habría aceptado.

“Porque, y usted lo sabe bien, en un asunto de este tipo todo se juega en la opinión; devolviéndoles la Sorbona yo despojaba a la manifestación de su objetivo estratégico, ella no llegaba a convertirse en un motín y seguía siendo una “demostración”. Pero, sobre todo, al haber hecho lo que la opinión esperaba, revertía las responsabilidades. De ahí en adelante eran los “estudiantes” los que caían en su error, los que se convertían en provocadores, en vez de ser los inocentes que se defendían contra las provocaciones del gobierno y la policía. Yo no podía hacer otra cosa que ganar tiempo, circunscribir el mal, y luego tomar la ofensiva sin dolor, cuando la opinión ya estuviera harta. Esa fue mi línea de conducta desde el comienzo hasta el fin.

“En un asunto de este orden no hay más que dos salidas. O bien hay que contar con la represión más brutal y más determinada desde el comienzo (no me gustaba, ni tenía los medios; si los hubiera tenido, la reacción de la opinión habría obligado a retroceder, es decir, a desaparecer; una democracia no puede utilizar la fuerza si no tiene la opinión a su favor, y nosotros no la teníamos); o bien, por lo tanto, hay que ceder terreno, dejar que siga el incendio y ganar tiempo. Los estudiantes podían cansarse y llegar a un arreglo. Podían también obstinarse, y es lo que hicieron. En este caso, eran cada vez menos numerosos y cada vez más impopulares. Eso es lo que pasó. Y, llegado el momento, inicié la ofensiva sin costos.

“No se engañe usted, yo gané la partida política el 11 de mayo por la noche. Podría haber habido entonces otra partida a ganar o a perder si el partido comunista hubiera decidido pasar a la revolución violenta. Pero, en ese caso, contrariamente a lo que pasaba con los estudiantes, el gobierno tenía la posibilidad de utilizar la fuerza porque la opinión habría estado con él y el ejército habría sido fiel sin vacilación. De todas maneras, es el PC quien reculó ante la aventura.

“Le ruego que guarde para usted estas reflexiones rápidas, pero tenía la necesidad de aclararle sobre cuál fue mi táctica.

“Me alegraría mucho verlo cuando comiencen las clases para hablar de la Universidad. Muchas cosas me preocupan de lo que ha dicho E. Faure y, naturalmente, no puedo tomar posición públicamente”.

“Crea usted, mi querido amigo, en mis mejores sentimientos”.

Esta carta, escrita a fines del mes de julio de 1968, no es solamente una justificación de las decisiones del 11 de mayo sino también de la “gestión” de la crisis, cuya responsabilidad incumbe mucho más a Georges Pompidou que al General. El viaje secreto del General el 29 de mayo, y la discrepancia entre los dos hombres, emergen directamente del choque que se produjo entre el Presidente y el Primer Ministro la noche del 11 de mayo, cuando este último tomó la dirección de las maniobras y preparó la victoria; la suya.

Al leer la carta de Georges Pompidou, el historiador no puede evitar hacerse una pregunta: ¿qué habría pasado si el gobierno, en lugar de capitular el 11 de mayo, se hubiera mantenido? Nadie conocerá nunca con certeza la respuesta pero nadie discutirá tampoco la siguiente proposición: la decisión de Georges Pompidou es lo que estuvo en el origen de la prolongación de los disturbios y del éxito final.

Con su hija Laura en el torneo de tenis de Roland Garros, 1982

Dos preguntas del mismo orden podrían hacerse a propósito de otros “acontecimientos”. ¿Cuál habría sido la reacción del público si las balas de los CRS hubieran matado a algunos jóvenes? La desaparición del General durante unas horas, su breve discurso por radio el 30 de mayo ¿crearon la atmósfera en la cual la liquidación de la crisis se volvió fácil sin violencia? El hecho es que en el transcurso de las semanas de Mayo hubo algunos “acontecimientos clave”, poco numerosos, a propósito de los cuales uno se interroga: qué habría pasado si…

LOS HEREDEROS

El sociólogo se interesa más por los antecedentes de los hechos, por la coyuntura global que amplifica las repercusiones de disturbios menores en su origen. ¿Qué causas hicieron explosiva la situación? Las respuestas divergen según se observen los datos materiales o se tome a la letra los designios de los revoltosos.

Consideremos un tema que dio lugar, en las palabras de los estudiantes, a variaciones indefinidas: la democratización o la no-democratización de la Universidad. El libro de Bourdieu y Passeron, Les Héritiers (Los herederos), se convirtió, por así decir, en un libro de cabecera de los estudiantes de Mayo. Pero ¿qué se puede deducir de este hecho? ¿Que los estudiantes, herederos ellos mismos, aspiraban a una Noche del 4 de agosto, deseosos de renunciar a sus privilegios? ¿O bien, no siendo herederos, algunos debían jugarse, porque estaban injustamente marginados a disciplinas de segundo orden, sin perspectivas de carreras a la medida de sus ambiciones? ¿O bien, herederos incapaces de seguir las sucesiones prestigiosas, se rebelaban contra el sistema del que su propia mediocridad personal los había apartado? Casos individuales sostienen estas diferentes hipótesis: hijos de pequeña burguesía o de clases populares que acceden a la enseñanza superior por primera vez, se sienten perdidos en ella; hijos de familia que se preparan a sí mismos para enfrentar las formas extremas de elitismo de la ENA o de la Escuela Politécnica; hijos de familia que, a falta de algo mejor, buscan refugio en la psicología o la sociología y trasmutan su resentimiento en ideología. De los diferentes casos ¿cuáles fueron los más numerosos? ¿Qué significación hay que acordarle a las ideologías?

Con su hija Dominique en Paris, 1955.

Encuestas sociológicas sacan a la luz un fenómeno de generación: los estudiantes salidos de familias sin experiencia en enseñanza superior, desorientados en ese medio nuevo, inseguros de su elección, temen no encontrar empleo después de haber arrancado un diploma. Viven en la angustia y la soledad, una situación precaria. Eventualmente, se unen a compañeros más afortunados para gritar con ellos: íAbajo la sociedad de consumo!

Las invectivas contra los exámenes y los concursos fueron parte integrante de la revolución vivida. No fueron necesariamente las causas de la explosión.

Ilustraban la forma que tomaban esas “grandes vacaciones”. Grupos de estudiantes, de tendencias políticas diversas, elaboraron planes de renovación de la Universidad; profesores y estudiantes que de ordinario raramente se hablaban, empezaron a tutearse; eventualmente se invirtieron los papeles ya que los educandos deseaban participar, de ahora en adelante, en los jurados de los exámenes, o sea en la designación de los docentes. Este carnaval no fue exclusivamente francés, algunos de sus signos se manifestaron en rebeliones estudiantiles de otros países, pero tomó entre nosotros una forma típicamente francesa.

La distancia entre los profesores y los estudiantes es más grande en Francia que en las universidades angloamericanas; la autoridad que un profesor de la Sorbona ejercía, a veces, sobre el conjunto de una disciplina no tiene equivalente en otros países puesto que no hay en otros lados el equivalente de la centralización parisiense. Los “grandes patrones” de la medicina no han sido inventados tan sólo por las necesidades de la demagogia y de la rebeldía; las circunstancias favorecieron la explosión, a veces legítima, contra los abusos, contra las expresiones aberrantes de la jerarquía.

Si se pasa de los estudiantes a los obreros, los análisis distinguen allí también causas, motivos, ideologías. Entre las causas de las huelgas iniciales, se menciona la política relativamente rigurosa sostenida por Michel Debré durante el año que precedió a los acontecimientos. Los salarios más bajos habían quedado atrás del nivel medio de salarios. El salario mínimo garantizado no había sido revaluado en función del crecimiento de todas las remuneraciones. Los acuerdos de Grenelle provocaron una devaluación del franco en 1969 pero, todavía hoy, algunos, Raymond Barre por ejemplo, sostienen que la economía francesa habría podido digerir sin devaluación el alza del 20 al 25% de los salarios, lo que sugiere al menos que éstos habían sido exageradamente comprimidos en la fase anterior. Pero, cualquiera haya sido la responsabilidad del nivel de salarios en el punto de partida de las huelgas salvajes, desde el momento en que había millones de desempleados, los discursos se extendieron mucho más allá de las reinvidicaciones ordinarias: la estructura de la empresa, el estilo de la conducción, la autogestión, la sociedad de consumo, la lucha contra la contaminación, la convivencia, fueron los temas de los debates en los que participaron centenares de miles de franceses liberados del trabajo, justamente definido por Marx como el “reino de la necesidad”.

Con su mujer Suzanne en París, 1955.

Esta súbita distracción del aburrimiento cotidiano, la casi revolución más como juego que efectivamente hecha, despierta la simpatía, incluso el entusiasmo. Las peleas callejeras que degeneran en motines, los enfrentamientos entre los manifestantes y la policía siempre acusada de violencia colman de placer a los eternos aficionados al guiñol, golosos de los infortunios de los gendarmes; la alegre aventura de los jóvenes que salen todas las noches a las “manif” rejuvenece el corazón de los adultos mientras no descubran que su auto está inutilizado. La multitud colorida que puebla los anfiteatros y los pasillos de los edificios universitarios, las reuniones públicas non stop, los oradores improvisados que reproducen apenas conscientemente los gestos y las palabras de los grandes ancestros, divierten y atraen a los curiosos. En las universidades, y aun en los liceos, los profesores se enfrentan unos a los otros con mayor o menor pasión, unos siguiendo, y a veces incluso corriendo delante de los estudiantes encolerizados, levantando un dique ante el oleaje de demagogia, utopía o sueño, inflados por la ilusión de vivir días históricos.

REMEDO DE LA HISTORIA

Entre el 15 y el 30 de mayo, la vida nacional queda, por así decir, paralizada; la mayoría de las fábricas no funcionan, los obreros ocupan su lugar de trabajo y mantienen con cuidado sus máquinas; la huelga se ha extendido incluso a los servicios públicos; aquí y allá se improvisan especies de comunas que administran los obreros o los dirigentes sindicales. Hasta los últimos días de libertad el buen humor priva sobre la violencia propia de estas clases de explosión social. Nada de todo eso es del todo serio. Se juega, “nada es muy de veras”. Hacia fines de mes, el rechazo ante la mascarada sustituye poco a poco la simpatía por esta “admirable juventud”: el temor de una verdadera revolución arruina el placer del espectáculo.

En ese momento, un nuevo interrogante surge. ¿Qué pasó efectivamente? Durante los últimos días, entre el lunes 27 y el viernes 31, el régimen vacila o parece vacilar. Carnaval estudiantil, quizás. Pero ¿quién no recuerda la sesión en la Asamblea Nacional? E. Pisani tiene que tomar la palabra por el gobierno, como representante de la mayoría; pronuncia un discurso de oposición, ante la indignada estupefacción de Georges Pompidou. Valéry Giscard d’Estaing, en una conferencia de prensa, sugiere el retiro del Primer Ministro. El 27 de mayo, F. Mitterrand, en una conferencia de prensa, declara que la salida del general de Gaulle al día siguiente del 16 de junio (supuesta fecha del referéndum), si es que no se produce antes, provocará naturalmente la desaparición del Primer Ministro y de su gobierno. “En esta hipótesis, propongo que se instale inmediatamente un gobierno provisional (…)” Un poco más adelante se interrogaba acerca del presidente de la República. “¿Quién será presidente de la República? El sufragio universal lo dirá. Pero desde ya les anuncio, porque el término eventual no es más que de dieciocho días y se trata del mismo combate: soy candidato”. Estas declaraciones implicaban una violación de la Constitución, que prevé que, en la hipótesis de renuncia del Presidente de la República, el Primer Ministro queda en funciones y el Presidente del Senado ejerce los poderes del Presidente de la República hasta la elección del sucesor. Al afirmar que la renuncia del general de Gaulle implicaba la del Primer Ministro, F. Mitterrand deseaba y recomendaba una solución inconstitucional, revolucionaria, si se prefiere.

Sugirió que quien podía presidir el gobierno provisorio era Pierre Mendes France quien se dejó arrastrar en la aventura. El miércoles 29, a las veintiuna horas, cuando el General había llegado a Colombey y se preparaba para regresar a París, P. Mendes France “no rechazaba las responsabilidades que me podrían ser confiadas por la izquierda, por toda la izquierda reunida”. “En lo que concierne al gobierno de transición, se tratará no de un gobierno neutro, sino de un, gobierno de movimiento, orientado hacia una sociedad más justa y más socialista. Deberá tomar decisiones inmediatas, de las cuales hemos hablado esta tarde y de las que seguiremos hablando en los próximos días para lograr un acuerdo completo”. El republicano ceñudo trabajaba ya en la composición de un gabinete salido de la revuelta, con el presidente y el Primer Ministro en retirada o habiendo sido echados. Con retraso sobre el acontecimiento, creía todavía en un desenlace revolucionario, mientras el General preparaba su contra ofensiva y sus fieles organizaban el desfile del 30. Alfred Fabre-Luce publicó en Le Monde un artículo titulado “Mendès al Eliseo”.

Hubo entonces fuera de las huelgas, más allá de las charlatanerías estudiantiles, una crisis propiamente política cuyos múltiples síntomas yo observaba. Los funcionarios desertaban en los ministerios, los diputados de la mayoría se la agarraban, unos con el presidente, otros con el Primer Ministro, reclamando la renuncia de uno o del otro. La clase política temía una conmoción: un discurso de unos pocos minutos calmó la angustia de los hombres en el poder y arruinó las esperanzas de aquéllos que, como en 1830 y 1848, querían tomar el lugar de un poder derrocado por la calle.

El 29 de mayo A. Kojève me llamó por teléfono: conversamos una media hora: él estaba más seguro que yo de que se trataba no de una revolución sino de un a la manera de. No hay tal revolución, me dijo, porque nadie mata ni quiere matar. Los líos le inspiraban un profundo desprecio (reacción de un ruso blanco). Le conté que en los Estados Unidos yo ya no aguantaba más de impaciencia por regresar, para ver o actuar. El me respondió: “¿Tenía usted prisa por ver más de cerca las payasadas de esta sórdida pendejada?” Veinticuatro horas después, yo no tenía dudas de que los acontecimientos hubieran remedado la gran Historia; ¿merecen por ello el honor o la indignidad que hoy todavía los eleva o los rebaja? 

LA IDEOLOGÍA

¿Por qué, todavía hoy, tanta pasión por o contra los “acontecimientos de Mayo”? La respuesta a ese interrogante hoy me parece relativamente simple. El historiador o el sociólogo construyen un objeto, “los acontecimientos de Mayo”, hasta tal punto heterogéneo, que según los elementos de este objeto que se tomen en cuenta, el problema y la explicación cambian.

Toda interpretación tiende a concentrarse en un solo aspecto de los hechos; o bien en la revuelta estudiantil, o bien en la generalización de las huelgas, o bien en la originalidad del Mayo francés en relación con fenómenos comparables en otros países, o bien en el discurso ideológico de los estudiantes los asalariados.

Las revueltas de estudiantes que en el transcurso de los años 60 recorrieron el mundo, desde el Japón hasta París, pasando por Berkeley y Harvard, se explican, en cada caso, con exclusión del contagio o la imitación, por causas propiamente nacionales. No había en Francia “guerra de Vietnam”, ni tampoco en los Estados Unidos la concentración parisiense, ni centenares de miles de estudiantes amontonados en el interior de marcos obsoletos. Es posible buscar las causas, comunes a todos los países industrializados, de este sobresalto de los jóvenes, establecer el origen social de los militantes más activos en estos movimientos, por ejemplo, en los Estados Unidos, de los dirigentes de SDS (Students for a Democratic Society). Si los hijos de padres liberales (en el sentido norteamericano) de buena burguesía representan un porcentaje relativamente alto de SDS, se saca la conclusión de que la rebelión salía más de los medios favorecidos que de los desfavorecidos. Asimismo, algunas encuestas sociológicas establecen los porcentajes de las diversas disciplinas en el reclutamiento para SDS en Estados Unidos y en movimientos similares en Alemania y Francia. En nuestro país, en particular, los sociólogos han adquirido una reputación de protestadores, ya sea porque la sociología, crítica por esencia, inclina a los estudiantes a la revuelta, ya sea porque los estudiantes inclinados a la rebeldía eligen este tipo de estudios.

Ciertamente, las revueltas universitarias que se multiplicaron de un lado al otro del mundo no comunista revelan o significan algo, aunque las causas varíen sustancialmente en Dakar y en Berkeley, en Harvard y en la Sorbona. Revelan, al menos, el debilitamiento de la autoridad de los adultos, de los docentes, de la institución como tal. El cuestionamiento de la autoridad en la Iglesia católica, del mando en el ejército, emanan del mismo estado de espíritu. La revolución cultural, que alcanza su apogeo durante los años 60, forma el contexto, la tela de fondo de los desórdenes. Después de todo, en la ciudad universitaria de Antony, la reivindicación de una libre comunicación entre muchachos y muchachas, día y noche, fue uno de los incidentes premonitorios.

La ideología de 1968, de inspiración libertaria, suscitó mucha simpatía entre los estudiantes; si René Rémond cita Les Heritiers entre los libros responsables o simbólicos de los acontecimientos, Epistémon (Didier Anzieu) cita la Crítica de la razón dialéctica, con la noción de “grupo en fusión”, como sería, por ejemplo, la muchedumbre que toma por asalto la Bastilla. 1968: rebelión intelectual del nosotros contra la estructura, de Sartre contra Lévi-Strauss (la política francesa sigue siendo obstinadamente literaria), de la “praxis” contra las instituciones, del izquierdismo contra el partido comunista. La acción de los estudiantes en los Estados Unidos también era de inspiración libertaria (toda rebelión que quiere desquiciar el poder y no remplazarlo sale del espíritu libertario). Pero, en la mayoría de las universidades tenía objetivos precisos, en gran parte accesibles.

El discurso ideológico de Mayo, ya sea el de los estudiantes o el de los obreros, irrumpía en los programas de los partidos. Retornaba y popularizaba temas que se arrastraban en libros de crítica cultural, Kulturkritik, como se dice en Alemania. El libro de Marcuse, El hombre unidimensional, contenía la mayor parte de los temas de la indignación: la sociedad mercantil, el consumo forzado indispensable para el aparato de producción, la contaminación, la represión social, el desperdicio frente a la miseria, etc. Allí también los revolucionarios se hicieron de amigos al popularizar una ideología que no se confundía con la de ninguno de los partidos: la calidad contra la cantidad, la amenidad de la vida preferentemente al nivel de vida. El culto de la tasa de crecimiento cayó en el desprecio público.

LA PENDIENTE

Los obreros franceses fueron masivamente a la huelga luego de las revueltas parisienses que desencadenaron los estudiantes, mientras que en ningún otro país los obreros apoyaron, ni siquiera moralmente, a los estudiantes. En particular en los Estados Unidos, los cuellos azules, los sindicatos obreros, no combatieron contra la guerra del Vietnam. En Francia misma, los esfuerzos de los estudiantes para movilizar a los obreros con vistas a una acción común, en el conjunto, fracasaron. Los comunistas lograron sustraer el movimiento obrero del contagio libertario, aunque los acuerdos de Grenelle hubieran decepcionado a la base, precisamente porque esos acuerdos querían poner fin a las huelgas y a las reivindicaciones que “no eran como las otras”, con medios “como los otros”.

Si observamos las huelgas, lo que impresiona es que traducen menos la exasperación de los condenados de la tierra (el fondo de los tazones de los obreros polacos en las ciudades, donde un día sí y un día no falta la carne, las frutas o las verduras) que la insatisfacción de trabajadores cuyas condiciones de trabajo y de vida han mejorado sensiblemente en una generación y que eligen libremente a sus dirigentes sindicales. De ahí las interpretaciones clásicas: se invoca o bien la “ley de Tocqueville” cuando los males se atenúan los reproches se multiplican y la explosión se produce bien el desarrollo de reivindicaciones cualitativas a medida que las necesidades primarias son mejor satisfechas; o bien incluso la persistencia en la sociedad francesa de una jerarquía rígida de un estilo de mando cada vez menos aceptado. Todas estas interpretaciones se fundan sobre hechos y discursos; ninguna puede darse por exclusiva y total; pueden combinarse. 

El Mayo francés presenta rasgos propiamente nacionales, muy a menudo observados: en otras partes, años de perturbaciones dispersas, aquí perturbaciones concentradas en unas pocas semanas; todas las universidades juntas y no una después de la otra; más palabreo que reivindicaciones precisas. Explicación trivial: no existía más que una Universidad. París da el tono. Los intelectuales tomaron parte en la fiesta y los estudiantes abrevaron en los escritos de sus directores intelectuales.

Estudiantes y obreros, al mismo tiempo pero separadamente, rompen las barreras; enfrentamientos entre policías y manifestantes, día tras día, sin que haya balas de un lado o del otro. Un oficial de policía, víctima de un accidente más que de una intención de matar, un joven que perseguido por las fuerzas del orden se ahoga, dos muertos nada más en esas semanas de revueltas casi cotidianas. En fin, fuera de las batallas, a menudo un clima de alegría, de fiesta. Las pintadas en la calle reflejan un humor muy diferente del clima tot ernst de los estudiantes izquierdistas berlineses que pude ver unos años antes de Mayo. “Prohibido prohibir”, fórmula en sí misma contradictoria, ilustra el divertido absurdo de la ideología de 1968.

Esta ideología no difiere en profundidad de la de los SDS en los Estados Unidos y en Alemania: en un extremo las tres M (Marx, Mao, Marcuse) están a punto de arrastrar a los hijos de burgueses hasta la banda de Baader-Meinhof y la guerrilla urbana: en el otro extremo, conducen a la ecología, al regreso a la tierra, a los hippies. Algunos fieles de las tres M fueron tentados por la violencia. André Glucksmann soñaba, en su folleto sobre la estrategia revolucionaria, con la conflagración en toda Europa, desde Lisboa hasta Moscú. Después de Mayo, los partidos o grupúsculos trotskistas prosiguieron su acción, pero la mayoría de los intelectuales que profesaban y vivían el izquierdismo en 1968 se detuvieron por sí solos en la pendiente. Tomaron conciencia del peligro: la acción directa. La intimidación en las asambleas generales, la guerrilla urbana, ¿era la democracia consumada o el comienzo del fascismo? Los testimonios de disidentes soviéticos, ante todo el de Alexander Solyenitsin, pronto impresionaron a la izquierda del “grupo en fusión”. Durante las semanas de Mayo, los izquierdistas se la agarraron con los comunistas que se sometían a las elecciones-traición y que paralizaban el impulso revolucionario de las masas. Unos años más tarde, los comunistas se les aparecieron no solamente como funcionarios metidos en organizaciones muertas, sino también como carceleros de un posible Gulag, los verdugos de hombres libres: del izquierdismo a la defensa de los Derechos del Hombre.

CONTRAUTOPÍA LIBERTARIA

¿Qué conclusión se puede sacar? No hay una interpretación sociológica de Mayo de 1968, así como Karl Marx o Alexis de Tocqueville no elaboraron una interpretación de la revolución de 1848 y de lo que le siguió. Uno y el otro escribieron una historia relato, esclarecida, profundizada por análisis de clases. El relato sociológico de mayo de 1968 me parece a la vez más fácil más difícil que el de los acontecimientos del último siglo. Más fácil porque los movimientos estudiantiles y obreros fueron distintos y porque no hubo revolución; más difícil porque los estudiantes, los agitadores, no remiten a ninguna clase, aunque de palabra se reclamen de la clase obrera que no por ello los reconoce. En cuanto a los obreros, su conducta depende, por una parte, de la táctica del partido comunista, por la otra, de sus propios sentimientos. Los obreros de Billancourt que abuchearon a los portavoces de la CGT y del PC ¿obedecían a sí mismos o a ciertos comunistas inclinados a atravesar el Rubicón?

Entre los sociólogos franceses uno solo corrió el riesgo de saltar de las encuestas empíricas a una interpretación de conjunto que presentó en dos libros, Le Mouvement de Mai ou Le Communisme Utopique (El Movimiento de Mayo o el Comunismo utópico) (1968) y, al año siguiente, La Societé post-industrielle. Las siguientes citas resumen el pensamiento de Alain Touraine, actor en Nanterre y en las barricadas del 11 de mayo y muy pronto filósofo de la Historia más que sociólogo de los acontecimientos: A pesar de la oposición de las actitudes, el análisis es en definitiva el mismo, ya sea que se admire la liberación súbita de las fuerzas y de las necesidades reprimidas por la civilización técnica y la sociedad capitalista, o que uno se indigne al ver en acción la insensatez y la irresponsabilidad, que desprecian las necesidades de la economía y de la vida intelectual. En uno u otro caso la crisis aparece como el choque de una sociedad y de lo que ella reprime y que unos juzgan estúpido y los otros admirable. Como el movimiento, sobre todo el estudiantil, proclamó en sus asambleas y en los muros de las facultades su voluntad de ruptura y no tuvo ni programa ni organización, es más tentador todavía quedarse en la fascinación o en la indignación”(1).

(1) Le Mouvement de Mai ou Le Communisme Utopique, París, 1968, p. 9.

Alain Touraine se opone a esta fascinación y a esta indignación: el movimiento de Mayo no es un rechazo de la sociedad industrial y de su cultura, sino la revelación de contradicciones y de nuevos conflictos sociales que están en el corazón mismo de esta sociedad. O más aún, se levanta a la vez contra lo arcaico de la sociedad francesa y contra los tecnócratas de la sociedad postindustrial que está naciendo. Dos clases de contradicciones trabajan nuestra sociedad: las que oponen los tecnócratas a los operadores-consumidores de la sociedad presente y las que oponen realidades técnicas y culturales de esta sociedad a formas de organización y a instituciones heredadas del pasado.

Cada cual puede ilustrar con ejemplos estas dos clases de contradicciones: de un lado la organización universitaria que databa de fines del siglo XIX; estalló bajo la presión del número y de la revuelta de los estudiantes estacionados al margen de la sociedad, lanzados a ciegas en estudios sin salida, sin promesa de carrera; del otro lado, la protesta de obreros o de simples electores contra los tecnócratas que deciden soberanamente la construcción e implantación de centrales nucleares. A. Touraine se juzga con derecho a condenar, a la luz de los “acontecimientos”, la utopía dominante, “la de los amos de la sociedad que proclaman que los problemas sociales consisten solamente en modernizar, adaptar, integrar. El movimiento de Mayo creó, él mismo, por consiguiente, al mismo tiempo que una fuerza de combate contra la clase dominante, una contra-utopía libertaria y antiautoritaria, comunitaria y espontaneísta”.

No veo motivos serios para rechazar esta interpretación: los estudiantes “portaron” una contra-utopía libertaria. Pero, leamos una vez más a Touraine: “El movimiento de Mayo tuvo más ocasiones de expresarse y de combatir después del 13 de mayo. (…) La utopía se degradó en sueños del que se despierta o en planes de modernización. (…) Los estudiantes están todavía muy alejados, por su origen y por su experiencia universitaria, del tipo de sociedad donde se sitúan los problemas que su acción revela. (…) Los estudiantes descubren las luchas del futuro sin tomar conciencia de ellas y las confunden con las luchas de clases del pasado. Así, el movimiento de Mayo ha creído reencontrar, en el centro de una crisis de mutación social, la vieja lucha de clases”. Me parece, igualmente, tan arduo refutar como verificar este diagnóstico histórico, ligado a una teoría del paso de la sociedad industrial a la sociedad postindustrial. Puesto que los actores, según Touraine los más importantes, a saber, los estudiantes, vivían en un mundo muy alejado de la sociedad profesional y programada, es el sociólogo o el filósofo de la historia quien descifra sus palabras y confiere a su utopía un sentido anunciador. Desde esta altura, las decisiones del 11 de mayo, los discursos del General, la táctica del PC se hunden en los medios tonos. Los detalles desaparecen: sólo queda el sentido proyectado por el intérprete sobre los actores, inconsientes de su acción, y sobre el caos de los disturbios, ordenado, después de que todo concluyó, por el expectador comprometido.

EL JUICIO DE SARTRE

He releído, antes de escribir las páginas que siguen, los artículos que publiqué en Le Figaro entre el 15 de mayo de 1968 y el día siguiente de la victoria de la derecha en las elecciones, a comienzos de julio. A lo lejos y en frío, estos textos de circunstancia ciertamente no parecen volcánicos, ponen en guardia contra las técnicas de subversión, trazan los límites de la participación de los estudiantes en el manejo de las universidades, se esfuerzan, a pesar de todo, por abogar por la causa de la Universidad anterior, aquélla que yo había criticado tanto. De los ataques de que fui objeto luego de mis tomas de posición conservo pocos recuerdos. Me acuerdo de una declaración de un estudiante, citado por Le Monde, quien me prohibía para siempre volver a hablar en la Sorbona, o mas bien me anunciaba que nunca más hablaría en la Sorbona.

Un ataque personal de un tono extremo me queda en la mente; se trata evidentemente del artículo publicado por J.P. Sartre en Le Nouvel Observateur. Creo necesario citar sus pasajes esenciales y discutirlos. El artículo llevaba por título: “Les Bastilles de Raymond Aron”, apareció el 19 de junio de 1968 y fustigaba al poder: “En la cima, pues, está la política de la cobardía. Pero, al mismo tiempo, se lanza en la base un llamado al crimen. Porque el llamado de De Gaulle a la creación de comités de acción cívica es exactamente eso. Es una manera de decirle a la gente: agrúpense en su barrio para moler a palos a quienes, según su opinión, expresen opiniones subversivas o tengan una conducta peligrosa para el gobierno.” El “llamado al crimen” lanzado por el Presidente de la República: ni un demagogo de baja estofa habría usado semejante expresión respecto del general De Gaulle, respecto de un gobierno que había tolerado las “manif”, las casi revueltas que se renovaban día tras día.

Vayamos ahora al caso de los estudiantes y de mí mismo; “Los estudiantes son ahora tan numerosos que ya no pueden tener las relaciones directas de por sí difíciles con los profesores que teníamos antaño. Hay muchos estudiantes que ni siquiera ven al profesor. Solamente escuchan, por intermedio de un altoparlante, a un personaje totalmente inhumano e inaccesible que les larga una lección sin que comprendan en absoluto el interés que ese discurso pueda tener para ellos. El profesor de facultad es casi siempre y lo era también en mis tiempos un señor que ha hecho una tesis y que la recita el resto de su vida. (…) Cuando Aron, envejecido, repite indefinidamente a sus estudiantes ideas de su tesis, escrita antes de la guerra de 1939, sin que los que lo escuchan puedan ejercer sobre él el menor control crítico, ejerce un poder real, pero que no esta necesariamente fundado sobre un saber digno de ese nombre.”

La dificultad de comunicación que existe entre el profesor y un grupo demasiado grande de estudiantes es un punto en el que estamos de acuerdo. Que la mayoría de los profesores recitan su tesis toda su vida, es una proposición que, viendo el conjunto, no es verdadera. No se aplica en absoluto a León Brunschvicg: apenas si conocemos su tesis. Que personalmente yo haya recitado indefinidamente mi tesis en la Sorbona, esa es pura y simplemente una mentira deliberada. Nada, en mi tesis, contenía los libros sobre la Societé industrielle, Les etapes de la pensée sociologique o Paix et Guerre (La sociedad industrial, Las etapas del pensamiento sociológico o Paz y Guerra). Del mismo modo, la frase “esto supone que ya no se considere más, como Aron, que pensando solo y sentado en su escritorio, y pensar lo mismo después de treinta años, represente el ejercicio de la inteligencia” se quiere injuriosa; testimonia sobre todo la indiferencia de Sartre ante la verdad, al menos cuando la cólera lo arrebata.

En el mismo artículo Sartre discute la cuestión planteada en mis artículos sobre la elección de los “enseñantes” por los “enseñados” o sobre la participación de los “enseñados” en los jurados de examen. En teoría, en un mundo diferente del nuestro se concibe en efecto que los estudiantes tengan voz. en la designación de maestros. En el mundo real, el de 1968, los estudiantes contestatarios habrían elegido no en función del valor científico o pedagógico, sino en función de las opiniones políticas de los candidatos. Lo que querían obtener los militantes más activistas era la expulsión de los profesores reputados como reaccionarios o fascistas. Asimismo, se concibe en otras circunstancias, que los estudiantes participen en los jurados de examen. En el clima de Mayo, jurados mechados de representantes de los estudiantes, por lo tanto de los sindicatos, habrían acabado por “politizar” la vida académica y desacreditar los títulos. Incluso sobre este punto Sartre hablaba como demagogo, o bien para halagar a los jóvenes o bien por total ignorancia de la realidad.

Finalmente, las frases más conocidas: “Me dejo cortar las manos si Raymond Aron se ha cuestionado alguna vez; es por eso, en mi opinión, que es indigno de ser maestro”. Después para concluir: “Esto supone fundamentalmente que cada maestro acepte ser juzgado y cuestionado por aquellos a quienes enseña y que se diga: `Me ven completamente desnudo’. Es molesto para él, pero es necesario que pase por la prueba si quiere volver a ser digno de enseñar. Es necesario ahora que toda Francia ha visto a de Gaulle completamente desnudo, que los estudiantes puedan mirar a Raymond Aron completamente desnudo. No se le devolverá su ropa hasta que no acepte el cuestionamiento.” Las afirmaciones me parecieron a la vez groseras y arrogantes. ¿En nombre de qué se atribuye Sartre el derecho a juzgar si tal hombre es digno o no de enseñar?

En su entrevista con Contat, en ocasión de su setentavo aniversario, justifica esos artículos de 1968 con las siguientes observaciones: “Cuando vi lo que él pensaba de los estudiantes que había tenido y que ponían en tela de juicio el sistema universitario en su totalidad, pensé que nunca había comprendido a sus alumnos. Es al profesor a quien yo atacaba, el profesor hostil a sus propios estudiantes. (…)” La justificación no vale más que las injurias. ¿Qué sabe él del profesor? Una cosa es atacarlo pero ¿por qué injuriarlo con mentiras?

GENIO E IRA

Pero vayamos a lo esencial, la necesidad de ponerse uno mismo en tela de juicio. Cualquiera que ha enseñado, ya sea en un aula de liceo o en un anfiteatro universitario, sabe que es “juzgado y cuestionado” por sus alumnos o estudiantes como un conferencista o un comediante lo es por su auditorio. Ninguna prueba más dura para un maestro que la hostilidad de los oyentes. La razón mayor que tuvieron tantos profesores que capitularon en 1968 ante los “contestatarios” fue el temor al ostracismo a que podían someterlos los estudiantes o, al menos, los más activistas de entre ellos. En ese sentido, ningún profesor se niega a ser cuestionado porque no depende para nada de él que él no lo sea. En cuanto a cuestionarse a sí mismo, ése es otro asunto. Estamos todos amenazados por la esclerosis y corremos el riesgo de cerrarnos a los demás y a sus críticas a fin de asegurarnos una suerte de comodidad intelectual. No pienso, personalmente, que yo me haya establecido sobre posiciones fortificadas, con el objeto de ignorar el progreso del conocimiento y la superación, inevitable y rápida, a que están sometidas nuestras pocas pobres ideas.

Lo que me impresionaba en 1968 y me impresiona todavía ahora, es el propio caso de Sartre, hombre de monólogo, aunque invocara la dialéctica. Le respondió él mismo a Albert Camus, pero con la habilidad y la perfidia del polemista. Yo no merecía nada mejor que la filípica de Jean Pouillon. Las objeciones de Lévi-Strauss fueron dejadas de lado con una palabra, absurdo o estúpido: el etnólogo se creyó erróneamente filósofo. En cuanto a Sartre, ciertamente, nunca expresó sobre política las mismas opiniones o juicios, pero jamás se criticó a sí mismo. Su doctrina de la libertad -la libertad nueva a cada instante- lo aliviaba, por así decir, de toda responsabilidad sobre su pasado. En 1968 evoca los cursos de verano para los obreros y las pasantías para los estudiantes en las fábricas y agrega: “Eso ya existe en países como la China o Cuba, donde se ha comenzado a entender lo que es el verdadero socialismo.” 1968: las ruinas de la Revolución cultural china todavía humeaban. Jamás cuestionó ningún momento de su propio pasado. (Antes de los diálogos con Benny Lévy.)

¿Por qué no respondió usted al artículo del Nouvel Observateur en 1968? me reprocha un lector. ¿Espera que él ya no esté más para arreglarle las cuentas? Yo no arreglo cuentas, yo reflexiono sobre el hombre Jean Paul Sartre dejando de lado su genio. En ese momento, yo no experimentaba ninguna cólera y, por una vez, mi susceptibilidad no sufrió mella. ¿Defenderme, como acabo de hacerlo, replicar que yo nunca había repetido, menos aún “recitado”, la Introducción, que Sartre mentía a sabiendas, que los cursos del profesor “indigno de enseñar” estaban traducidos a una media docena de países y eran utilizados por miles y miles de estudiantes? ¿Que dialogaba con mis oyentes en todo el alcance de las posibilidades materiales, que mi seminario de Altos Estudios se abría a todos los cuestionamientos? Yo no quería desempeñar el papel del acusado, como si reconociera a Sartre el derecho de juzgarme; menos aún quería descender al nivel de bajeza y de grosería en el que él mismo había caído. Que mis amigos me defendieran, si lo juzgaban necesario: que los amigos de Sartre. si su dignidad les preocupaba, lo pusieran en guardia contra sus pasiones.

Sartre, tanto el autor como el hombre, está hoy presente entre nosotros, en París y también en el mundo entero. Tenemos el derecho -me imagino- de hablar y de escribir libremente sobre él. ¿Por qué él en búsqueda de una ética toda su vida, acusa al general de Gaulle de hacer un llamado al crimen? ¿Por qué injuria en mí el símbolo detestado de una Universidad que ya no conoce? Que se le conceda el privilegio del genio, sea. Pero él no ha reivindicado semejante privilegio; escribió -son sus últimas Palabras: “Todo un hombre, hecho de todos los hombres y que los vale todos y que vale como cualquiera”; ¿por qué negar al general de Gaulle o a Raymond Aron (y que se me perdone el acercamiento: proviene de él) la consideración que le concede a todos?

Para tratar de comprender, recordemos una frase de Simone y de Jean Paul que citó Arthur Koestler. Mejor los comunistas que el General, decían ambos. En ese caso, hay que recurrir a la explicación menos satisfactoria: la ignorancia, que conduce a la tontería pura y simple. Jamás el filósofo de la libertad logró o se resignó a ver al comunismo tal como es. Jamás diagnosticó el totalitarismo soviético, el cáncer del siglo, jamás lo condenó como tal. Reservó sus peores invectivas para quienes no participaban de su aberración. Nekrasov hizo, burla de los disidentes del sovietismo, no de los funcionarios de la cultura, servidores de un Stalin o de un Jruschov.

En cuanto a su cólera contra mí ¿por qué? Concedamos, siguió siendo Sartre toda su vida un “chico malo”. En la Escuela, más de una vez me chocó por su dureza (verbal) respecto de sus camaradas o de los “caimanes”. A veces hablaba de su abuelo con aparente indiferencia: “El “Viejo” se recupera”, dijo un día con tono sardónico, como si esperara la muerte del “Viejo” o le sorprendiera que se aplazara. Inmediatamente después de la aparición de La Náusea escribió una serie de estudios literarios, publicados en la NRF, sobre algunos de los novelistas de la generación precedente, Giraudoux, Mauriac. Estudios deslumbrantes de talento, pero también despiadadas ejecuciones. Dejaba tierra arrasada. Basta recordar el artículo sobre Francois Mauriac: “Dios no es artista, Francois Mauriac tampoco.” Armado de su teoría de la novela, decretó que el novelista de El desierto del amor violaba las leyes del género. Todos los elogios, negados a sus pares o a sus rivales, iban para Dos Passos, perdido en la lejana América.

La generación 1924 de la Escuela Normal Superior, en la calle de Ulm. Jean Paul Sartre, Paul Nizan y Raymond Aron están juntos, abajo a la derecha.

Por un bote para Vietnam: en un reencuentro simbólico, Aron y Sartre en 1979.

Suponiendo que sólo se tomen en cuenta las interpretaciones por lo bajo (que a mí no me gusta) ¿en qué podía yo hacerle sombra? Hacia finales de los años 40, J.J. Servan Schreiber había querido titular uno de sus artículos “J.P. Sartre y Raymond Aron”. Lazareff le objetó que los dos no estaban situados en el mismo nivel, en lo cual no se equivocaba. En 1968 la comparación entre los dos excamaradas era menos insólita: pero a mí no se me ocurría comparar mis obras con las suyas. Nos habíamos encontrado una vez, por casualidad, en 1960, después de mis tomas de posición sobre Argelia. Se acercó a mí “Hola, compañerito.” De golpe, los recuerdos volvieron a mi conciencia o, más bien, dictaron mis palabras: “Hemos hecho muchas pendejadas” (o algo por el estilo). “Tenemos que comer juntos”, fue su conclusión. La comida no se hizo.

Durante los años sesenta no estábamos “reconciliados”, pero no estábamos polemizando ¿Por qué, una vez mas, en 1968. esa explosión de rabia fría o de cólera roja?

Sartre, sólo era violento ante su página en blanco. No le gustaba el cara a cara; nunca aceptó, en la radio o en la televisión. Un diálogo público conmigo (ni tampoco con ningún otro). El dialéctico del monólogo no descendería a responder personalmente al libro de Maurice Merleau Ponty, Las aventuras de la dialéctica. La encargada de tal misión fue Simone de Beauvoir. Pero el tono del artículo “Les Bastilles de Raymond Aron” nos devolvió a la época anterior a la guerra, a los semanarios de la extrema derecha, Gringoire O. Je suis partout. De su generosidad, auténtica respecto de sus familiares. Albert Camus y Maurice Merleau Ponty sólo se beneficiaron después de su muerte.

LA COMEDIA REVOLUCIONARIA

Escribí La Révolution introuvable (la Revolución inhallable) un poco por azar. Alfred Max, si mis recuerdos son exactos, me pidió, a comienzos del mes de julio, un artículo para Realité. Le respondí que no podía escribirlo pero que tal vez sí dictarlo. Por razones materiales -el plazo para el próximo número era demasiado corto-, el proyecto fracasó. Del artículo llegué al folleto. Charles Orengo había publicado La tragédie algérienne en una colección, “En toute liberté”. Alain Duhamel vino a verme. Le sugerí los cuatro temas de los capítulos (“Psicodrama o fin de una civilización”, “La revolución en la revolución”, “Muerte y resurrección del golismo”, “Golistas e intelectuales carentes de una revolución”). Dicté en una mañana cada uno de esos capítulos, escribí la introducción y la conclusión (“Explicación sumaria del absurdo”), corregí rápidamente la improvisación. En dos semanas y media, La Revolution introuvable estaba lista para la imprenta; el libro apareció a comienzos del mes de agosto. Orengo había retrasado la publicación para obtener “anticipos” en L’Express.

Dejando de lado el éxito de público, previsible en las circunstancias del verano del 68, ¿qué pensar de este folleto, hablando en caliente? ¿Cuáles fueron las reacciones típicas? Entre los adversarios, he aquí en primer lugar unos fragmentos de una carta que me dirigió una joven burguesa rebelde contra la sociedad pero no contra su familia.

“(…) Su punto de vista me rebela y me aflige. Cuando pienso en la cantidad de libros interesantes, inteligentes, justos y objetivos que usted ha escrito, la lectura de esta Revolución introuvable me dan ganas de llorar. Usted arrastra esa revolución por el fango, considerándola una comedia burlesca, un episodio entristecedor, un acontecimiento secundario y poco interesante. Miles y miles de hombres heridos, encarcelados y muertos (sic) mal podrían ser los actores de una comedia burlesca. Si la redacción de su libro no es, quizás, mas que un episodio lamentable, la revolución no podría ser sino una tragedia. En cuanto al desprecio con el que usted trata tanto a los estudiantes burgueses (entre los que me cuento) que se comprometieron y corrieron riesgos, como a los maestros activos y dinámicos que supieron ayudarnos a reconstruir una verdadera Universidad moderna, prueba o bien que sus maneras de pensar y sus referencias históricas lo hacen desvariar, o bien que usted pretende ser el heraldo prestigioso de una contrarrevolución más reaccionaria aún que la que conduce el general de Gaulle”. En dos páginas más, todavía, la estudiante aboga por las utopías, fuentes de cambio; denuncia mi maquiavelismo, mi desprecio por las clases populares, “crimen contra el hombre”, evoca el desgarramiento de los que combaten en las barricadas contra la sociedad que encarnan sus padres, a quienes aman. “Si la revolución es inhallable para usted, es porque no la ha buscado allí donde estaba”. Y, para concluir: “con la mayor consideración”. En el fondo de mí mismo experimenté simpatía por esta joven, herida por los sentimientos que me atribuía y sobre todo por mi visión despoetizada de la realidad.

Las felicitaciones tampoco faltaron. La Révolution introuvable no fue solamente saboreada por los mandarines o los colegas de mi generación que estaban, por lo tanto, en la cima de sus carreras y, en su mayor parte, de la jerarquía. André Malraux me envió un breve mensaje: “Bravo por La Révolution introuvable (aunque usted me cite de manera curiosa). Y sepa que hay mucha más gente con usted que lo que la prensa lo dejaría suponer”. Francis Ponge, que no tiene nada que ver con la Universidad, me escribió: “Necesito asegurarle que usted (tampoco) está tan sólo como cree entre los intelectuales y que el “menos grande” (al menos yo puedo enorgullecerme de serlo) aprueba plenamente su análisis de la comedia revolucionaria de mayo-junio último”. La aprobación de Jean Guitton me sorprendió por su exceso. “M. Orengo me ha enviado su libro. Es una obra maestra, y sin embargo escrita en caliente. Le reitero toda mi amistad”.

Más interesantes me parecen las cartas que no expresan una reacción extrema a un juicio que pasó por ser extremo. Entre ellas, elijo la de Alfred Fabre Luce, de la que reproduzco algunos fragmentos: “(…) Usted sabe también cuánto admiro su talento, he tenido el placer de comprobar, al leer La Révolution introuvable que usted sigue en pleno vigor. (…) La Révolution introuvable, donde hay tantas ideas justas, tantos análisis en detalle y un reacción tan legítima contra simplificaciones deplorables, me parece que padece de un equívoco. Usted demuestra sin esfuerzo que la revolución de Mayo no podía conducir a un trastorno de la sociedad. Quién lo duda, y ¿era necesario todo su talento para derribar esa puerta abierta? Como usted bien lo dice en su libro sólo habría podido conducir, en caso de que el General se desanimará o de que el referéndum fracasara a un retorno de Mendes France que no se habría salido del capitalismo y que muy pronto se habría apoyado en una coalición en la Asamblea nacional. (…) Por lo demás, nuestro malentendido consiste exactamente en esto: la revolución de Mayo a usted le parece una respuesta (o una tentativa de respuesta) mientras que a mí me parece solamente una pregunta. A nosotros nos corresponde dar la respuesta, lo que no será posible si no escuchamos atentamente la pregunta. Usted aborda las discusiones que se abren con el siguiente prejuicio (mitigado por algunas precauciones oratorias): nada bueno podrá salir de esta primavera funesta. Eso me parece insostenible y estoy convencido de que su suprema inteligencia pronto lo llevará a salir de esa posición. Tomaré de la medicina un ejemplo que ya es algo adquirido. La supresión del externado y el fin de la dictadura de los grandes patrones son, creo, excelentes noticias. (…) Evidentemente, hubiera sido preferible que esas reformas se lograran de otro modo, pero sabemos perfectamente que `de otro modo’ no se habrían producido nunca. Hay momentos en los que es necesario saber instalarse en la paradoja con cierto humor para obtener los mejores efectos posibles. Agrego, en términos más generales, que el `marcusismo’, en mi opinión, no debe ser tratado solamente con desprecio. (…) Lo que me dejó desolado en la primavera fue escuchar a algunos estudiantes que eran sus admiradores y de ningún modo unos enloquecidos, que decían: Raymond Aron no nos ha comprendido. Es necesario que no se extienda ese malentendido. Nada lo justifica”.

EL MALENTENDIDO

No he guardado copia de mi respuesta. He aquí lo que respondería hoy día: una ruptura de la legalidad republicana, diez años después del golpe de Estado legal de 1958, me parecía deplorable. Yo no era, por cierto, un golista incondicional, pero la victoria de Cohn Bendit por sobre el General me habría herido profundamente. La habría sentido como una humillación nacional. El artículo de Fabre Luce en Le Monde, “Mendes France al Eliseo” me había puesto los pelos de punta.

Nunca dejé de lado que la conmoción de Mayo implicaba reformas que como tales eran deseables. Por lo demás, yo había respondido a ese reproche, pero Fabre-Luce no vio en ello más que “precauciones oratorias”. Y, sin embargo, yo había relatado un episodio al que ya hice alusión en otro capítulo: “En una conferencia de prensa que presidía el general de Gaulle, yo había dicho: `Francia hace de tanto en tanto una revolución, jamás reformas'”. Ahora bien, al comentar mi conferencia, el general De Gaulle me rectificó muy oportunamente: “Francia sólo hace reformas sobre las huellas de una revolución”. Por supuesto, bien puede ser que salgan reformas útiles, necesarias, de la crisis actual. (…)

Admito que mis artículos del Figaro y La Révolution introuvable de esa época fueron leídos muy a menudo a la manera de Fabre Luce. De ahí el malentendido. De todos lados las pasiones ardían. Por cierto, mis artículos y el folleto, aquí y allá, también ardían. Pero si releo, si los “ex” jóvenes de 1968 releen esos textos, yo y ellos juntos, nos preguntaremos por qué provocaron escándalo, alternadamente aclamados y arrastrados por el fango. Una vez apagadas las pasiones probablemente queda lo esencial: la simpatía, incluso el entusiasmo de los unos frente a los acontecimientos y la antipatía, el disgusto de los otros. Con toda evidencia, yo pertenecía a la segunda categoría. La vieja Sorbona debía morir, pero no merecía ser llevada a la muerte como lo fue en mayo de 1968. A fin de cuentas, cada quien vivió esas semanas con todo su ser: no hay un verdadero diálogo entre experiencias vividas.

Por ejemplo, pongamos por caso la carta de Edgar Morin: “En lo que a mí respecta, la etiqueta de trotskista o de anarquista no tiene nada de deshonroso. Pero no se aplica a mí y no es porque de tanto en tanto me la atribuyan los ideólogos del PC que podrá cobrar fuerza de verdad. Yo hice, en el transcurso de los acontecimientos, un intento de análisis sociogenético: no veo qué hay de `utópico’ en caracterizarlos, a partir de esa época (mediados de mayo) cuando la salida era incierta, como una `comuna’ y una `utopía vivida’; no veo qué hay de `mitológico’ en definir la expresión de Mayo como una `revolución sin rostro’, es decir. como un fenómeno ampliamente indeterminado. Por lo demás, la lectura de mis artículos indica constantemente que yo no veo en esa comuna y en esa revolución sin rostro la solución fácil a todos los problemas. Por el contrario, veo en ellas un diagnóstico de las carencias profundas en nuestra sociedad y el anuncio de desarrollos futuros, es decir, las `mutaciones de los siglos XX al XXI’, y la preparación de la `superación de la civilización burguesa’, `si no obstante la humanidad llega a esa fecha bajo una forma más o menos civil’, fórmula que le muestra que también en ese caso tomo mis precauciones históricas”.

De la carta que me escribió Claude Lévi-Strauss en octubre de 1968, extraigo este pasaje: “Me encuentro sin embargo en una situación paradójica, al haber puesto en mi laboratorio desde hace cuatro años aproximadamente, a una treintena de personas, sin distinción de grado o de función. Y eso marcha muy bien así, pero es, creo, porque no hay democracia verdadera y posible sino en las tres pequeñas formaciones (Rousseau y Comte ya lo habían dicho) en las que las divergencias ideológicas son contenidas por la autenticidad de las relaciones entre las personas. Para intentar la cogestión con alguna probabilidad de éxito, habría sido necesario, en primer lugar, una selección para que la calidad de estudiante resultara de una probabilidad a la que deberíamos atenernos y no de un derecho que se prostituye, y, a continuación, una organización de base, es decir en el nivel de equipos restringidos de enseñanza y de investigación, que se pudieran generalizar ulteriormente. En lugar de eso, se entrega la Universidad a la coalición inevitable que se anudará entre el infantilismo de las masas estudiantiles y el poujadismo de los asistentes”.

Dejemos estas citas, que se podrían multiplicar, a propósito de las reacciones ante los “acontecimientos” de las “experiencias vividas”. Quisiera volver a la interpelación de Alfred Fabre Luce: “Usted no desempeñó el papel que le correspondía, no de aclamar a esa `admirable juventud’, tampoco de sumarse a los revolucionarios, pero de comprenderlos a fin de aconsejarlos, a fin de ayudar a la opinión a comprenderlos. Usted se situó en el campo de los mandarines y de los conservadores que antes había criticado duramente”. Yo mismo había planteado la cuestión en un artículo del Figaro (14 de junio de 1968): “Amigos que suscriben a la mayor parte de las ideas que expreso me reprochan las consecuencias eventuales de esta acción: `Usted, me dicen, que desde hace años había criticado el conservadurismo de muchos de sus colegas, va a ser `utilizado’, `absorbido’ por los conservadores. Debería haberse unido a los `revolucionarios’ para guiarlos en lugar de enumerar sus excesos, deplorables pero episódicos'”. La respuesta que yo daba a esos amigos, con una veleidad de autocrítica, hoy no me satisface. Ella se reducía a una fórmula: ¿Quién tiene la culpa? ¿Quién corre el riesgo de favorecer la “restauración” y de impedir las reformas sino aquellos que, al aceptar estructuras condenadas de antemano, terminarán por convencer a los administradores, al ministerio, al gobierno, de que los universitarios son incapaces e indignos de la libertad?

EL CIUDADANO Y LAS ILUSIONES

Todavía hoy no llego a un juicio categórico. Mi acción (si puede decirse) en mayo de 1968 fue aprobada por mi hermano Adrien (que jamás escribía): “Ojalá este estrepitoso éxito pueda incitarte a abandonar con más frecuencia el olimpo de la serena objetividad para utilizar tus talentos de polemista en las luchas terrenas. El viejo profesor se puso rabioso. Bravo. ¿Cuándo será el turno del joven ciudadano?” el secretario de redacción de La Nation francaise, diario monarquista, me avaló con su “respetuosa admiración que una vez más (mi) coraje cívico e intelectual (lo) inspira”. Pero soy también sensible a la carta de un lector del Figaro: “Conozco sólo muy imperfectamente los temas de los rebeldes y me siento absolutamente incapaz de emitir un juicio válido sobre el tema mismo de su acción. Es bastante probable que me encontrara en desacuerdo con ellos sobre numerosos puntos. Sin embargo, en mi opinión, eso no es lo esencial. El gran hecho de nuestros días es que hay una juventud que se interesa seriamente en las cosas públicas, en las cuestiones sociales y, sobre todo, está deseosa de liberarse de esta vida mecanizada y sin perspectivas para el espíritu que se nos impone tanto en el Este como en Oeste. Esa juventud a la cual se ha acusado de interesarse sólo en futilezas y extravagancias mórbidas esa juventud que, todavía entre las dos guerras, sólo representaba las fuerzas de la peor reacción: ¿no es un hecho que debería haber merecido de su pluma una mención diferente, aún sin estar usted de acuerdo con ella? Y usted es incapaz de serlo, como yo mismo, lo confieso humildemente, pues no tenemos su edad, su dinamismo y, por qué no, sus ilusiones. No se ha hecho nunca una revolución sin intelectuales, sin hijos de mamá y, sobre todo, con la mayoría. La mayoría es arrastrada por esta minoría activa. Uno tiene el derecho de no querer la revolución y de oponerse a tales movimientos. Pero es profundamente injusto tratar a gente que está dispuesta a sacrificar su bienestar, su vida misma, de grupúsculos, de enloquecidos, etcétera. Creo firmemente que ese `pueblo ligero’ se muestra realmente grande en esos momentos críticos de su historia, y no en la apatía de la servidumbre, cualquiera sea su color”. Mi corresponsal pedía una respuesta que no creo haberle dado. Hay una parte de verdad en sus palabras, pero está mezclada con muchas “ilusiones”.

El autor de la reseña de La Révolution introuvable en el New York Times escribía que Raymond Aron es de esos hombres insoportables que conservan su sangre fría en los momentos en que todos los demás se dejan llevar por sus emociones. Claude Roy, un año más tarde, en respuesta a una carta en la que yo hacía alusión al artículo desagradable pero no injurioso que él había consagrado a La Révolution introuvable, escribió: “Creo haber expresado bastante claramente en mi artículo irrespetuoso y amistoso el reconocimiento que seguimos teniendo por usted y que sus Desilusiones del progreso, créamelo, no alteran, por el contrario. A menudo vuelvo a sentir como usted la antigua alegría de `purificarse de las propias cóleras’. Pero si precisamente me reprocho mis cóleras con frecuencia, después de Mayo es justamente su cólera lo que me encolerizaba. Tengo ganas de decirlo: de que esa cólera fuera demasiado negra. Cuando la cólera de los jóvenes `rebeldes’ era, sin duda, una cólera demasiado blanca; y que la oposición de su rabia y la de ellos apareciera, siendo usted tan poco maniqueo, como maniquea”.

¿Usó Francia correctamente su revolución o su seudo revolución? Corro el riesgo de perder el hilo de mi relato si intento un análisis de las consecuencias de los acontecimientos. Con seguridad, la economía se recuperó rápidamente de la Conmoción. Ciertos temas de Kulturkritik se popularizaron; toda la sociedad tomó conciencia de los bajos salarios, del escándalo del salario mínimo del SMIG (que se convirtió en SMIG); algunos tecnócratas se abrieron a las aspiraciones humanas y súbitamente pusieron en cuestión la vulgata del crecimiento (a reserva de caer en el otro extremo y de denunciar la sociedad de consumo). Quizá los responsables de las empresas sacaron algunas lecciones de los días o de las semanas de protesta. El orden se restableció en las empresas como en otros lados; probablemente este orden difiere, para mejor, del orden antiguo.

En lo que concierne a la Universidad, la crisis prosiguió; el debate se reinició en ocasión de la ley de orientación de Edgar Faure. El día en que la Asamblea recibió el proyecto, Le Figaro publico en primera página un artículo mío con el título “El Ilusionista”. El ministro me lo reprochó en una carta personal: “Al calificarme de ilusionista, con negras altas, y a varias columnas de la primera plana del diario francés más grande y eso en vísperas de un debate decisivo, usted faltó, si no a la amistad pues no se puede considerar que usted la tenga por mí, al menos a la equidad (pues, más allá de lo que se piense sobre el fondo, mi esfuerzo no merecía esa ofensa) y a la mesura, cara a los dioses”.

Palabras descorteses, atribuidas tanto al ministro como a mí mismo por Le Nouvel Observateur, aumentaron la aspereza de estos “debates de príncipes”. Cuando, al recomienzo de las clases en la Sorbona, los estudiantes rompieron los vidrios del aula Louis-Liard, donde yo estaba formando parte de un jurado de tesis y me abuchearon con gran energía tratándome de “fascista”, Edgar Faure me llamó por teléfono para asegurarme su desaprobación a esos excesos intolerables. El tiempo paso y, podría decirlo, pasó velozmente y nuestras relaciones cordiales sobrevivieron a la tempestad de la Ley de orientación.

A mí no me gustaba esa ley, votada casi por unanimidad. La autonomía de las universidades respondía a mis preferencias pero, inevitablemente limitada puesto que el ministerio conservaba el control de los fondos, la autonomía venía acompañada de un sistema electoral que me parecía desatinado. La participación de los estudiantes en las elecciones fue débil; los sindicatos de estudiantes mejor organizados más activos, por consiguiente los sindicatos de tendencia comunista, se aseguraron una influencia desproporcionada en relación con la cantidad de sus miembros. A las querellas universitarias de personas, de generaciones, de escuelas científicas, se sumaron los conflictos propiamente políticos. Los UER(1) y las universidades se conformaron en función de afinidades políticas. La politización al mismo tiempo acrecentar y confesa del mundo universitario me pareció uno de los legados de los acontecimientos de Mayo; uno de los menos dudosos y de los menos agradables. Una universidad de París empujó a la “reacción”, hasta tal punto que se retrocedió hasta muchos antes de abril; los “reaccionarios”, que se proclaman liberales manifiestan a veces la misma parcialidad que le reprochan, Con toda justicia, a los militantes del SNEP-Sup(2). Al menos en las facultades de letras. Las virtudes de la antigua Universidad no han sido restauradas.

(1) Unidades de enseñanza.

(2) Sindicato Nacional de la Educación Superior.

Por otra lado, la descentralización de las universidades constituye un progreso en relación con la situación previa a 1968. Los maestros disponen de alguna libertad de acción gracias a las UER. Vista de afuera, la enseñanza superior, al menos en las universidades, ha aprovechado mucho, al mismo tiempo que padecido, del terremoto que derrumbo el edificio carcomido. Centenares de miles de muchachos y muchachas entran en las UER, que reemplazan a las antiguas facultades de letras, sin proyecto definido; un porcentaje siempre muy elevado (más de la mitad) salen de allí sin ningún diploma.

Por lo demás, las escuelas de Mayo afectan menos a las universidades que la crisis del reclutamiento. No hay casi puestos para los mejores estudiantes de las nuevas generaciones. Hasta alrededor de 1972 el aumento simultáneo del número de estudiantes y de maestros y la debilidad de los poderes públicos han facilitado las carreras para todos, buenos o malos. Hoy en día los mejores normalistas abandonan la agregación y buscan vanamente puestos de asistentes. La cultura de las humanidades se muere: casi todo los buenos alumnos eligen la sección C. La sección literaria de la Escuela Normal Superior se hunde en la mediocridad: condenada por la falta de empleos para sus alumnos, se interroga sobre su función, sobre su razón de ser. Todavía algunos años después de 1968 los normalistas hicieron hablar de ellos. Yo renuncié a dar allí una conferencia a la que me habían invitado varios de entre ellos, un grupo de extrema izquierda había hecho saber que me impediría hablar (lo que no presentaba ninguna dificultad). Libros de la biblioteca fueron arrojados por las ventanas luego de no sé qué manifestación. Progresivamente la calma volvió lo que no volvió fue la vida. Comparados a la ENS de mi juventud, los edificios, los laboratorios, las condiciones de vida de hoy dan la medida del progreso económico. Pero la Normal en Letras no está más.

Raymond Aron

(Traducción de Tununa Mercado)

Eliseo Diego

La puerta

1.

Estando roto sin remedio, roto

como se rompe el corazón, tu

amigo,

el mono aquel azul, lloraste

convulso de estupor. Tan frágil,

tan menudito en años, tan enorme

palpar de pronto el fin. Habrá

otro él mismo mañana, murmuré.

No escuchaste siquiera. Ya sabías

que no vuelve más.

2.

Qué tal y adónde fue, y entre uno y

otro

tiembla el cariño, vive. Apenas:

es esto lo que importa, sabe Dios.

íTan estrecho lugar,

instante, para tanto! Y sin embargo,

si de otro modo fuese,

como la noche inmensa, ilimitada,

la inabarcable sombra,

el frío de lo informe

la puerta donde faltas desharía.

Eliseo Diego (La Habana, 1920).

Poeta y narrador. Trabaja en la Unión de

Escritores y Artistas de Cuba y es miembro de su

Comité Nacional. Miembro fundador del grupo

Orígenes. Ha colaborado en diversas

publicaciones nacionales y extranjeras. Fue

merecedor de la Orden Félix Varela de Primer

Grado otorgada por el Consejo de Estado. Es

autor de las prosas poéticas En las oscuras manos

del olvido (1942), y Divertimentos (1946) que

fueron seguidas por los cuadernos de poesía En la

Calzada de Jesús del Monte (1949). Por los

extraños pueblos (1958), El oscuro esplendor

(1966), Muestrario del mundo o Libro de las

maravillas de Boloña (1968), Versiones (1970), la

antología de poemas Nombrar las cosas (1975), Los días de tu vida (1977) y A través de mi espejo (1982). Éstos poemas aparecieron en la revista Revolución y Cultura.

De noche

Los árboles de noche allí en el parque

a la luz poca y vaga

de los viejos faroles y la luna,

son qué remotos, y qué arcaicos.

Sientes

nostalgia de otro sitio que no es otro

sino el mismo por donde vas a solas

entre la luz de cuál eterno entonces.

Los árboles, de noche, allí en el parque.

La loca en el ómnibus

Dulce apoya la loca su mejilla

sobre el flanco del ómnibus sediento

nocturna sonriendo desde el bárbaro

vacío de su ser con qué tristeza

insondable y secreta y desolada

mientras churriosa su muñeca aferra

el ojito en astillas al sol cándido

que allá detrás se queda en los portales

y la mugre resiste el traqueteo

del tiempo que la arrastra tarde abajo.

Poco a poco despierto y me doy cuenta

y emerjo entre el hedor del desamparo

para medir inquieto el doble abismo

de candor que me sitia la costumbre

de estar en mi sin más a mano salva.

Y aprisa bajo y en el bar me escondo

mientras se lleva el ómnibus consigo

noche adentro convulso de tristeza

el ojito en astillas y el sol ciego

en el terror de su magnificencia.

PINOCHET CAE DE LA GRACIA DE REAGAN

A medida que en Chile se han acelerado los acontecimientos políticos, el gobierno de Reagan ha modificado su política hacia Pinochet. De un apoyo abierto al régimen militar en 1981 y 1982, el gobierno norteamericano ha comenzado a distanciarse de él. Este desplazamiento pudo percibirse a partir de mayo de 1983, cuando se inició el ciclo de protestas nacionales.

En 1983, por vez primera el Departamento de Estado objetó pública y reiteradamente las detenciones de dirigentes sindicales y políticos, apoyó el derecho a disentir y criticó las soluciones parciales al problema del exilio. El mismo embajador de E.U. en Santiago, Theberge, de posición conservadora y línea dura, comenzó a abrir contactos públicos con la oposición política y con líderes sindicales, se pronunció en sus discursos a favor de la democracia.

Esta actitud ha significado el abandono de la “quiet diplomacy”, la fórmula que adoptó el gobierno de Reagan para diferenciarse de Carter en cuestión de derechos humanos. Cuando los conservadores llegaron al poder en 1981, repudiaron la política del gobierno anterior porque, a su juicio, enemisto a los Estados Unidos con los gobiernos “amigos” (las dictaduras militares). Sugirieron, entonces, que la crítica fuese privada (“quiet”), y argumentaron que esa modalidad sería más eficaz para alentar la democratización. En Chile, sin embargo, Estados Unidos siguió una política engañosa, de crítica privada y de alabanza pública. Esa política resultó favorable al gobierno de Pinochet, quien se sintió menos constreñido para reprimir. Hoy las alabanzas han cesado y las criticas son más insistentes.

¿Qué tan importante es este cambio y hasta dónde puede llegar? Aunque no es despreciable si se compara con las posiciones iniciales de Reagan, este giro tiene un alcance limitado. El hecho principal es que el gobierno norteamericano no tiene una política a favor de la democracia en Chile. Hacer discursos por la instauración de la democracia en 1990, mientras implícitamente se reconoce legitimidad a la transición que propone Pinochet, no alienta un cambio acelerado.

La línea norteamericana actual se inspira en la cautela y el pragmatismo y no en un cambio de criterios y principios. Ante el indiscutido fracaso económico y político, y en vista de la nueva correlación de fuerzas en Chile, se ha impuesto una línea de críticas parciales a las violaciones de los derechos humanos y a la proscripción de las libertades. Las críticas parciales sirven a una doble estrategia: a) apoyar una apertura política, con Pinochet, b) dejar abierto un camino para el reacomodo rápido en caso de que se produzca un cambio de gobernante.

Hasta ahora, la estrategia dominante ha sido la primera favorecer una apertura política limitada que ayude a contener la presión popular y permita la permanencia de Pinochet hasta 1989. Si los acontecimientos en Chile hacen más improbable esa fórmula, el gobierno norteamericano se distanciaría más del gobierno chileno actual, se acentuarían las objeciones a la represión y se incrementarían los vínculos con fuerzas opositoras. Con todo, en el caso de Chile el gobierno de Reagan no llegará a la fórmula democracia ya y elecciones ya, como sostiene para Nicaragua. Ante la eventualidad de un cambio, el objetivo de Estados Unidos es no aparecer involucrado ni por su apoyo a Pinochet hasta el final ni por su favorecimiento a la oposición democrática.

Esta postura obedece a dos razones. En primer lugar, Chile es un área relativamente sensitiva, por el reconocimiento de que Estados Unidos intervino en ese país. Tal sensación está viva entre los sectores políticos norteamericanos y para Reagan no sería apropiado reactivarla. En segundo lugar, mientras en Chile no exista una izquierda fuerte ni una situación de inestabilidad política que puedan aprovechar los movimientos contestatarios, para E.U. no habrá preocupaciones de seguridad y por lo tanto está dispuesto a actuar por prescindencia, ni apoyando ni oponiéndose a Pinochet.

HASTA DONDE PUEDE CAMBIAR LA POLITICA DE REAGAN

El primer factor que delimita la política norteamericana actual es el carácter derechista del gobierno de Reagan. Es el gobierno más conservador e ideologizante que ha visto. Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial. Reagan pretende restaurar el poderío de Estados Unidos en 1950, mediante un fortalecimiento militar frente a la URSS, la revitalización de la empresa privada y la “magia del mercado”. Desde esa perspectiva, un gobierno como el de Pinochet satisface (en realidad, satisfacía) lo más preciado para los ideólogos del gobierno norteamericano: gobierno amigo, anticomunista y partidario del libre mercado. Estos criterios se mantienen igual; pero el fracaso del experimento chileno y el debilitamiento del régimen hace que ahora procedan con más sigilo. Aunque debe quedar en claro que, por ser impulsor de una estrategia que sobrevalora la seguridad, para el gobierno de Reagan resultan subalternos los derechos humanos la democracia y el bienestar económico de las mayorías chilenas. Por lo tanto el gobierno de Reagan difícilmente asumirá una postura de enfrentamiento definitivo contra el régimen de Pinochet. El espacio para cambiar de política es entonces, limitado.

Hay un segundo aspecto que influye sobre la política norteamericana y es de carácter institucional. Los funcionarios que representan las posiciones ideológicas más comprometidas con un enfoque rígido de seguridad se encuentran en el “National Security Council”, en la Casa Blanca y en la misión de Estados Unidos ante la ONU. En América Latina, su preocupación principal es Centroamérica, vista como parte de la lucha global con la URSS. La prioridad siguiente es la deuda externa, por sus posibles secuelas sobre los bancos norteamericanos y sobre la estabilidad política de los dos países mayores: México y Brasil. La democratización del Cono Sur está más abajo en la lista de prioridades.

Este ordenamiento deja más margen de operación al Departamento de Estado en su política hacia el Cono Sur. Los neoconservadores se preocupan menos de interferir con el Departamento de Estado en materias poco prioritarias. En ese Departamento predomina un enfoque más pragmático y, añadido a esto, es más sensible a las presiones que generan algunos sectores de la opinión pública norteamericana, activos en la defensa de los derechos humanos y contrarios a las dictaduras. En el Departamento de Estado es donde se han percibido los cambios de posición.

El tercer factor que incide sobre la amplitud posible de los cambios de política externa es la política doméstica de Estados Unidos. En ese país hay numerosos sectores comprometidos con la democracia, los derechos humanos, e incluso con el cambio social, que en Latinoamérica no detectamos al observar la política externa de Estados Unidos, que siempre ha estado dominada por los grandes intereses económicos y por los sectores de mayor celo anticomunista. Los grupos más progresistas no han tenido alcance internacional, pero tienen influencia internamente. La prensa, algunos sectores del Congreso y una gran variedad de organizaciones políticas, académicas, laborales, profesionales, eclesiásticas, etcétera han ejercido una gran presión contra las posiciones conservadoras simpatizantes con las dictaduras. Estos grupos van en aumento y han influido para limitar las medidas de apoyo a Pinochet, e incluso para sugerir una nueva Política.

LOS CAMBIOS EN LAS RELACIONES FINANCIERAS

También en el terreno financiero han variado las relaciones de Chile con Estados Unidos. Estas relaciones se verifican por medio de tres conductos principales: organismos oficiales del gobierno norteamericano, la banca privada y las corporaciones transnacionales. De uno en uno: los organismos del gobierno estadounidense influyen en el financiamiento bilateral y en los organismos multilaterales. El financiamiento oficial bilateral ha decrecido considerablemente y hoy es irrelevante. En cuanto a los organismos multilaterales (Banco Mundial, Banco Interamericano y FMI, principalmente), en 1981 Reagan modificó la política de Carter, decidió eliminar el voto negativo de Estados Unidos en muchos de los créditos hacia Chile por las violaciones de los derechos humanos. En 1983, Estados Unidos ya no puede mejorar más las condiciones para Chile. Por el contrario, los organismos multilaterales están actuando para enfrentar la crisis financiera con criterios similares para todos los países latinoamericanos y con una creciente autonomía. La tendencia ha sido hacia un endurecimiento general.

El cambio más apreciable ocurrió con la banca transnacionales. Entre 1979 y 1981, los préstamos a Chile (es decir, la deuda chilena) crecieron más rápido que los de otros países latinoamericanos. Mientras parecía funcionar el modelo neoliberal contó con el cálido beneplácito de los bancos norteamericanos. El desplome financiero chileno modificó este cuadro. Ahora los bancos quieren que se les pague. Los principios neoliberales se olvidan cuando llegan los momentos de crisis. El pragmatismo de la banca se impuso y hoy Chile no recibe ningún tratamiento especial. Por el contrario, el desencanto es pronunciado y la eventualidad de un cambio político induce a la banca a proceder con cautela adicional.

Las transnacionales (portadoras de la inversión extranjera) también se han retraído. Esta actitud no es, sin embargo, consecuencia de consideraciones políticas, sino económicas. La recesión mundial, la consiguiente contracción de la demanda y la baja de los precios de los minerales han postergado las inversiones. Las inversiones extranjeras han sido escuálidas en el sector manufacturero chileno, porque la política económica neoliberal acarreó la contracción de la demanda interna y la apertura a las importaciones. ¿Cómo iba a convenirles instalarse en Chile en esa situación?

Por otra parte, las transnacionales mineras piensan a plazos más largos. Si bien se vieron atraías por las ventajas sin freno que ofreció el gobierno militar, han visto que esas ventajas podrían modificarse con un cambio de gobierno. Esta percepción se ha acentuado en los últimos tiempos. Así, una de las grandes paradojas de las políticas de los “Chicago Boys” es que ofrecieron todo a las transnacionales, incluso la salida del Pacto Andino y un generoso y nuevo Código de Minería, y a pesar de eso consiguieron poco o nada. Del total de inversiones externas que se registraron desde 1973, sólo se materializó cerca del 25 por ciento, y de este último monto cerca de un 80 por ciento fue de inversiones mineras, que poco han tenido que ver con las franquicias exorbitantes. 

En suma, el gobierno norteamericano ha incidido poco en el campo financiero. Los bancos y empresas han bajado su actuación en criterios propios y autónomos. La banca internacional y las grandes corporaciones han configurado un sistema transnacional cada vez más independiente del poder de los estados. Hoy existe hacia Chile la misma política transnacional vigente para los países de América Latina que se hallan agobiados por la deuda externa. El agravante en el caso chileno es la difundida percepción de inestabilidad política del régimen dictatorial.

PARA UNA POLITICA FUTURA

¿Cuál sería el esquema ideal para la política norteamericana en una fase postdictatorial? La respuesta depende de si el gobierno de Estados Unidos seguirá en manos de republicanos o cambiará a los demócratas; de si tienen más influencia los neoconservadores o los liberales. Con los demócratas es mayor el margen disponible para una política efectiva en favor de la democracia y de los derechos humanos. Sin embargo, no debe olvidarse que las fuerzas norteamericanas que influyen sobre la política externa se inclinan a la derecha, son más proclives a los intereses de las grandes corporaciones y bancos, e ideológicamente se inclinan más a colocar los problemas Norte-Sur en la óptica Este Oeste.

Entonces es predecible que Estados Unidos muestre preferencia por fórmulas de democratización reguladas y restringidas, que administrarían coaliciones de centro-derecha. Les interesa que en Chile exista un gobierno “amistoso” y en ningún caso hostil. Les interesa que se den condiciones políticas de “gobernabilidad”, sin conflictos ni tensiones, evitando una presencia creciente de la izquierda. Sobre todo, quiere asegurar la contención de los partidos comunistas. Les interesa un sistema económico que aliente empresas y bancos transnacionales. Estas serán las preferencias dominantes. Sin embargo, en los huecos de esas constantes pueden conseguirse distintos espacios para Chile. La magnitud de estos espacios depende de la política doméstica norteamericana pero también, y esencialmente, depende de lo que ocurra en Chile.

Ante un proceso de movilización masiva por la democracia, la política norteamericana mostrara creciente flexibilidad para anticiparse a un cambio. En una etapa de reconstrucción democrática, el espacio para una política chilena autónoma dependerá básicamente del consenso nacional. Un pueblo consciente de que antes sufrió la intervención norteamericana está más preparado para defender su soberanía. Una base interna solidaridad, donde tengan prioridad las mayorías nacionales, permitiría aplicar una política externa verdaderamente nacional, en remplazo de la que impuso la derecha económica ligada al capital externo, por medio de economistas neoliberales adscritos a esquemas foráneos o a ciertos oficiales de las fuerzas armadas, subordinados a su vez a los conceptos de seguridad hemisférica que propaga el Pentágono.

Una nítida política externa de no alineamiento, latinoamericanista y nacional, sustentada en la soberanía popular, puede conjurar las interferencias de los gobiernos norteamericanos, y proteger de este modo el proceso de profundización democrática que deberá experimentar Chile en los próximos años.

Lezama y Carpentier sobre Orozco

Antes de que concluya el año que celebra el centenario del nacimiento de José Clemente Orozco, en son de mínimo homenaje ofrecemos el texto de José Lezama Lima, escrito a la muerte de Orozco, y publicado en la revista Orígenes, y el de Alejo Carpentier sobre los primeros años de ascenso de Orozco. En lo mismo, la portada de este número reproduce La violación, un cuadro de Orozco poco conocido, que pertenece al señor Fernando Betanzos.

EL PATRICIADO DE JOSE CLEMENTE

La tensión plástica de Orozco, sus patéticos deseos de encontrar nuevos símbolos que pudiesen enlazarse con los nuevos ídolos; una forma que se hacía dramática al encontrar en su tensión su propia virtud moral: se han roto, en su ejemplo y en su mito, ahora que el pintor está muerto. Ese patriarcado que desde años ejercía en México, nos hacía comprender que donde quiera que el estuviese elaborando su secreto, procurando la forma de romperlo en aristas duras en que su obra se entreabría, estaban también la potencia y el secreto de las formas oscuras, trabajándolo, llevándole siniestros acarreos, voces rotas y presagios.

El arte, él nos decía, debe partir siempre de una idea, y añadía rápido, de una idea americana. Este propósito hacía que sus símbolos en ocasiones fuesen demasiado evidentes y rotundos, sometidos al encadenamiento de una claridad inicial y que no quedasen como indicios del artista trabajando la necesidad formal de su propio caos. Justo es manifestar, ahora que está muerto, las altas calidades morales en las que se desenvolvió su siempre acatado patriciado.

El fresquismo mexicano nació quizá como la única grande expresión de la revolución mexicana. Una libre ingenuidad presuponía que el estado se dirigía hacia sus metas, ¿pero cuáles eran éstas? ¿Se trataba del diseño plástico de esas etapas, desde la conquista hasta la felicidad?. En el paréntesis de esa creadora ingenuidad, surgió el fresquismo mexicano. Cuando esa revolución nos dijo por todas sus voces que no era una religión, que era el estado y no el pueblo el que buscaba configurarse, el fresquismo mexicano dejó de producir nuevos creadores y comenzó a extinguirse lentamente, ay, demasiado lentamente.

Orozco quedaba siempre en pie. Sus ejecuciones, su desenvolvimiento, estaban hechos con la soledad y la sobreabundancia necesarios. Sus grises y azules, sus sienas, raspados hoscos, hundidos, movilizados en un mundo anárquico pero potente, ingenuo en la concepción de sus ideas y sobrio en la tensión de sus deseos. ¿No llega acaso en sus frescos de la Escuela Nacional Preparatoria, a situar entre las falsedades sociales a Dios, y entre los ideales a la Trinidad?

Es cierto que de la obra de Orozco se deriva una ganancia. La lucha implícita de su obra, contra el gusto y la exquisitez, en el sentido burgués, estático, podrido. Las huecas normas del gusto y la frívola exquisitez quedaban batidas con la rudeza propia de una ternura primitiva

Queda siempre en pie Orozco. Ahora después de su muerte luce todavía más incontaminado y esencial. El drama de sus figuras era el drama de la sangre. Era la lucha de su sangre con su espíritu, de su forma ruda ha cumplido, ha exigido. Es siempre el primer patricio que puede mostrar la pintura americana.

Orígenes. La Habana, 1949, No. 22

EL ARTE DE OROZCO

. Alejo Carpentier

A Guillermo Jiménez, en memoria de un atole en Los Monotes -del otro Orozco- y en previsión de una copa de Montparnasse.

UN BOCETO MENDAZ

Vi por primera vez a José Clemente Orozco en el casi austero salón de la Liga de Escritores de América -ese rincón tan cordial que se cobija en una ruinosa casona cuya mera sombra es ya reconfortante para los que piensan. Arrellanado en un nato butacón de cuero, sus ojillos vivos lanzaban miradas, entre tímidas y sorprendidas, a través de lentes arbitrariamente erguidos en una nariz puntiaguda, y su única mano dejaba colgar indolentemente un cigarrillo virgen de lumbre. Mientras los gestos secos y nerviosos del doctor Atl poblaban el ambiente de una teoría de ángulos, y su verbo cáustico y certero pirueteaba en defensa de no recuerdo qué idea nueva y audaz -nuevas y audaces son siempre las ideas defendidas por ese viejo, joven entre los jóvenes-, el pintor sonreía distraídamente. Aislado, distante, absorto tal vez ante los torbellinos de su vida interior, me hacía pensar en alguna gárgola meditabunda que asistiera al vano tráfago urbano sin el menor deseo de abandonar el sitial de un cómodo alero.

Aquel día no recuerdo haberle oído hablar. (Desde el fondo de su retrato, aureolada por una conjugación de rombos y círculos de color, la poetisa Nehui-Olin parecía agradecerle su silencio; fijando en él dos pupilas verdes, de profundidad infinita.)

De pronto notamos la desaparición del pintor. El doctor Atl

nos explicó:

-Clemente Orozco y Diego Rivera piden permiso para retirarse… Es decir… ya se han marchado, pero piden permiso de todos modos.

Y no volví a ver a Orozco durante algunos días. Si hubiera desconocido su arte y no pudiera sustraerme a la tentación mendaz de imaginar la obra como trasunto del carácter de su creador, habría visto en ese artista un enamorado de las pastoras penumbras whistlerianas o de las mórbidas y sutiles degradaciones impresionistas; un intérprete del silencio, la paz, el reposo…

DANZA MACABRA

Una especie de estupefacción se entroniza en el ánimo cuando se penetra, por vez primera, en el patio principal de la Escuela Nacional Preparatoria de México. Sobre algunos centenares de metros de pared, con extraordinaria violencia de color, con increíble audacia de líneas, una serie de figuras de grandes dimensiones gesticulan, se contorsionan, gritan… Parece que jamás tornará a reinar absoluto silencio ante esa atormentada humanidad que surge de los frescos, con una plenitud de volumen que hace pensar en los relieves asirios.

En el centro, de proporciones enormes, el Hombre fija en nosotros sus ojos alucinados, con los puños contraidos y el torso en sobrehumana tensión. Y, a sus lados, se coloca una serie de figuras simbólicas -simbolismo sin coronas de laurel, caduceos ni musas que nos muestran al Hombre aniquilando el pasado, al Hombre avanzando triunfalmente hacia el futuro, al Hombre múltiple entonando un salmo de fuerza y optimismo…

Separándonos de este eje de la composición general, donde se alzan figuras llenas de nobleza y vigor -como la del Obrero.- Las figuras adquieren un extraño carácter, trágico y a la vez burlón, participando en una gigantesca supercaricatura, preñada de crueldad, que traza toda una Danza macabra de la vida mexicana actual, con sus momentos patéticos, con sus intensos conflictos. No es ya, como en las incisivas pinturas de Holbein, un seco tableteo de tibias lo que comunica unidad ideológica a esos frescos, sino un espíritu de indignación ante las injusticias sociales y las supersticiones, contra las cuales los pinceles del artista se rebelan en un vasto clamor de protesta que se traduce en escenas de una crudeza contundente.

Y aparece entonces un Jeovah ventrudo y con cara de idiota, sentado en su trono de nubes, recibiendo los favores de burgueses endomingados como los del Aduanero Rousseau, mientras indios humildes, con sus mujeres y niños, son rechazados por una milicia diabólica. Más abajo vemos obreros acuchillándose ferozmente con sus herramientas, bajo las miradas complacidas de los elegantes comensales de una orgía burguesa, instalados ante una mesa guarnecida de vinos y mujeres… Después es , el indio dejándose engañar por un falso apóstol, vestido con burdo sayal… que deja entrever los eslabones de una pesada cadena de oro. Y alternando con los frescos, cubriendo los menores espacios de pared, aparecen sencillas composiciones decorativas, de un simbolismo sarcástico: manos rudas que dejan caer monedas en un cepo de iglesia, mientras otra mano, fina, ensortijada recoge esas monedas debajo…

En esos momentos la imaginación de Orozco se desborda; en sus pinturas resuenan ecos de clamores apocalípticos. Y entonces vemos la silueta de este voluntarioso creador; sus brazos de justo se alzan anunciando nueva era, y su sombra se yergue, muy fuerte, como la de un nuevo Juan que increpara a los hombres de esté siglo, desde las duras rocas de Patmos.

SOLDADOS Y SOLDADERAS

-Ya vera [me había dicho que el doctor Atl] lo interesante que son las escena revolucionarias de Orozco. El conoce bien la Revolución Mexicana… ícomo que la hizo conmigo !…

Fueron, en efecto las escena revolucionarias de Orozco las que me impresionaron más profundamente. Es menester haber visto, en la última galería de la Preparatoria, un fresco titulado Soldados y soldaderas, para comprender toda la fuerza trágica de la revolución Mexicana.

Allí la expresión ha sido lograda con una economía de medios, una sobriedad casi milagrosa: en una llanura agreste, gris., terrosa, se destacan las rollizas siluetas de soldados y soldaderas que se alejan. Las figuras están situadas con rara seguridad; puestas en valor sin un detalle inútil, dan una inolvidable sensación de fuerza y equilibrio. Están materialmente  en la pared.

…Y en esa escena, donde no , flota una angustiosa atmósfera de tragedia que infunde extraño malestar.

ESTETICA REVOLUCIONARIA

Una noche en que vagábamos por no recuerdo qué silenciosa calleja del México viejo, Diego Rivera, hablándome de su arte, expuso una idea audaz que es algo como la piedra angular de sus credos estéticos:

Cada muro de un edificio público, de una escuela, de cualquier lugar perteneciente a la colectividad en que sea posible ejecutar una pintura revolucionaria, será una posición estratégica ganada a la burguesía en la guerra que sostenemos. No importa si esas posiciones son tomadas, perdidas y vueltas a recuperar muchas veces, pues el pintor revolucionario no es un excelso y ridículo creador de obras maestras , sino un combatiente de vanguardia, un soldado en las tropas de choque del ejército proletario.

Esto resume las aspiraciones de la generación de artistas mexicanos a que pertenece Clemente Orozco. El -como el enorme Diego y sus discípulos- no ha soñado jamás en ser un . Verdadero soldado en las tropas de choque del ejército proletario, ha combatido heroicamente para ocupar y conservar las posiciones estratégicas ocupadas por sus pinturas. Contra ellas se han perpetrado atentados absurdos. Estudiantillos clericales han tratado de estropear sus frescos, apedreándolos y raspando los colores; aun hoy se ven algunos mancillados por inscripciones y dibujos necios.

Pero José Clemente Orozco no se inmuta. Sus ideales revolucionarios son tan fuertes como el amor a su arte, y le comunican esa exaltada y viril pureza espiritual que Diego Rivera quiere percibir en las palpitaciones creadoras del artista de hoy. Ha retocado los frescos lastimados y continúa trazando su serie magistral de escenas revolucionarias -lo más interesante, plásticamente de su obra-. Su arte es trascendental porque está concebido con una absoluta fe en su trascendencia.

Aun en sus momentos de relativa ingenuidad, la obra de Orozco realiza una especie de apostolado pictórico, animada de un espíritu análogo al que originó la pintura religiosa de la Edad Media, pero sirviendo una nueva y noble causa. Creados para la multitud, como las obras del arte revolucionario ruso, esos frescos sólo aspiran a llegar directamente al corazón del pueblo con la mayor elocuencia posible. Ajenos a todo academismo timorato, se orientan hacia una nueva belleza por medio de estilizaciones poderosas. En ellos se ha dado traducción plástica a un mundo de aspiraciones y de ideales que resumen todo un momento de la vida mexicana contemporánea.

José Clemente Orozco es una de las grandes figuras del arte de nuestra América.

Social, vol. 11, No. 10, octubre de 1926.

RAYMOND ARON O EL MAGISTERIO DE LA INCERTIDUMBRE CONTROLADA 

Raymond Aron: Mémoires 2n Julliard, París, 1983.

Como los ríos, las Vidas extensas unen los paisajes que atraviesan. A un joven de hoy, que preguntará a qué se parecía la Francia de ayer, o mejor dicho, los mundos desvanecidos que nos conducen hasta su pregunta, habría seguramente que recomendarle el último libro de Raymond Aron. Porque esas Memorias, concebidas como un corte geológico de la vida de los intelectuales franceses del siglo XX, le permitirían hallar la sucesión de las circunstancias, de los hombres y de las ideas que constituyen algo más que una vida toda una historia, la nuestra.

La originalidad de esta vida no consiste en haber pasado por todos los acontecimientos de la época, el fascismo, el comunismo, la guerra, la guerra fría, la descolonización, los movimientos de acordeón de la economía mundial. Consiste en haber querido pensarlos y, al hacerlo, haber pensado sobre todos los pensamientos del siglo, para someterlos, a la crítica de la razón. En su trabajo de Sísifo, absolutamente imposible de concluir en sistema puesto que se alimenta de la noticias del mundo, Raymond Aron ha atravesado numerosas generaciones de intelectuales, con las cuales nunca dejó de renovar su debate.

“HACER MEJOR”

Todo está dicho muy temprano, puesto que escribe antes de la guerra una tesis sobre la naturaleza y los límites del conocimiento histórico, cuando nadie sabe todavía, ni siquiera él mismo, que va a consagrar su vida a hacer respetar esos límites, como precio de un conocimiento verdadero. Como si desde muy joven hubiera adivinado que la época iba a ser de las religiones de la historia, o bien simplemente empujado por el particular genio de su espíritu a descomponer las interpretaciones maniqueas de la acción, fija a los treinta años el lugar de ese magisterio de la incertidumbre controlada que le ha dado, durante cincuenta años, desde hace cincuenta años, tanto pan sobre el mostrador, tanto esfuerzo y tanto placer.

Sus Memorias narran todo eso, de Nizan a Glucksmann de De Gaulle a Kissinger y de Sartre a Sartre, puesto que su “compañerito” de la Ecole Normale Supérieure no dejará de ofrecer una especie de contrapunto a su propia vida, en lo mejor y en lo peor. Antes de entrar en el estrépito del siglo XX, Raymond Aron tiene una infancia que podría ser del XIX en la medida en que la Francia en que creció era todavía la antigua Francia. Nació en 1905 en el seno de la buena burguesía judía de origen alsaciano instalada en París, ese medio al que la Tercera República debe tantos de sus grandes maestros; narra con mucho encanto el círculo familiar, los padres y los tres hijos, unidos por los sentimientos naturales y las convicciones de un medio, el gran chalet de Versalles y el tenis en el jardín, el bridge cotidiano después de cenar, las fáciles escolaridades a la espera de las grandes “carreras”, expresión por la que el jefe de la familia se refería al servicio del Estado o del conocimiento, con exclusión del dinero que lo habían obtenido las generaciones precedentes, antes de que lo perdieran en la crisis en 1929.

Espera tanto mas tensa cuanto que le había hecho perder casi su propia carrera: habiendo obtenido el segundo lugar en el concurso de derecho en un año en el que se ofrecía un solo cargo, fue profesor sin tener el título, condición clásica de la melancolía profesional, y déficit considerable, más doloroso mientras más apasionada fue la inserción de ese burgués judío en el “oficio más bello del mundo”. La memoria del hijo conserva un toque incurable de tristeza. Pero no es solamente del padre de quien le será necesario, de alguna manera, vengar el fracaso. EL joven Raymond tiene también un hermano mayor, Adrien, que llena las primeras páginas de sus Memorias, como si su vida adolescente se hubiera definido ante todo en relación con él, campeón de tenis y de bridge. Adrien es capaz pero, indiferente, inteligente pero escéptico. En lugar de interesar al Politécnico, distribuye su talento en esos dos juegos en los que sobresale. Guiando un Lancia, viviendo en el medio chic de los clubes y los círculos restringidos, es el dandy de la familia antes de envejecer, solitario, como comerciante de sellos, en una encarnación deliberada de la división de las existencias. Raymond será el derecho de ese revés: con la misma inteligencia crítica pero canalizada en la fidelidad a los valores familiares, sigue la carrera que había deseado su padre y rescata también, de paso, al cínico Adrien. Si su familia hubiera sido religiosa, el habría sido el hijo sabio, el rabino; en ésta sera el gran profesor.

De ahí la inquietud que no deja de aflorar en sus recuerdos, encubierta en el temor dicho y vuelto a repetir de no haber sido un profesor en mayor grado. De ahí esas páginas del Epilogo en las que Aron imagina los libros que habría escrito si hubiera regresado a la Universidad en 1944, cuando volvió, de Londres, en lugar de lanzarse a una carrera de periodista. Profesor, y gran profesor lo fue de todos modos, puesto que la Soborna lo eligió, en 1955 y el Colegio de Francia e 1970. Pero ante la inevitable pregunta que subyace en todo libro de recuerdos, “¿Y hubiera que empezar de nuevo?”, el memorialista sabe que ha hecho de su obra, de su tiempo, de sus trabajos, constantemente, dos partes: una puramente sabia, con su tesis “Clausewitz”; la otra más directamente ligada a la atmósfera de su tiempo, como El opio de los intelectuales o La tragedia argelina ¿Ha procedido bien? ¿Podía, como quizás hubiera dicho o pensado su padre, “hacerlo mejor”?

A esta pregunta que brota de su infancia contesta modestamente, preconizando un ajuste entre las ambiciones y las capacidades. El no era Satre, ni Eric Weil, ni Kojéve, los tres filósofos de su generación que lo intimidaron. Y si no ha escrito sobre el pensamiento de Marx todo lo que muchos de sus ensayos parecen anunciar, y casi contener, su vida intelectual se conformaba con su talento y sus gustos. El resto está en manos de los dioses: ni el género ni registro bastan para garantizar la duración. El lector habrá comprendido que verdadera inquietud de Raymond Aron no está en el hecho de no haber sido profesor; es la de todos los que alimentan extraña ambición de sobrevivir a través de los libros, pero ambición fijada, en él, por las razones circunstanciales de mucho de lo que ha escrito, como si una sanción moral estuviera, por fuerza, al cabo de los entretenimientos periodísticos de un filósofo.

Pero lo que alimenta la inquietud del escritor explica también que sus recuerdos pueden leerse como una novela, puesto que los hombres, los libros, las ideas, los debates entran en ellos en la crónica de las circunstancias y de las épocas, desde las décadas de Pontigny, donde se hace amigo de Malraux, hasta la acción por los boatpeople, donde tiene lugar su reencuentro ciego con Sartre. La historia anecdótica, que se hace cargo de la literatura de las Memorias, encuentra aquí un terreno privilegiado, puesto que la vida del narrador no ha cesado de mezclarse con lo que nuestra historia política e intelectual tiene de importante desde hace cincuenta años. Pero también encuentra un especialista un tanto inesperado, en la medida en que la prosa, abstracta y lisa, de Raymond Aron no se adapta a priori al relato de una vida en primera persona. La sorpresa que se produce proviene del hecho de que esta prosa, que sigue siendo fiel a su genio y a la especie de evidencia natural que encubre, logra resucitar el color del pasado aunque se valga de medios extraños, al estilo de las confesiones propiamente literarias. Hombres tan diferentes como León Brunschvig, Kojéve, Hersant, Kissinger, por ejemplo, están pintados con un talento muy singular en ese género clásico de los retratos, que en su caso le debe todo a la exactitud y nada al reforzamiento del trazo.

Me ha parecido, por el contrario, que los pasajes menos logrados de estas. Memorias son aquéllos en los que el autor hace un resumen de sus libros de la época y de la acogida que tuvieron. Tal vez es porque yo los había leído ya; pero sobre todo, creo, porque esas disertaciones, intercaladas en la trama del relato, forman como tapones que aminoran la circulación de la vida del narrador y frenan la vivacidad del memorialista en favor del didactismo profesoral. Todo el mundo conoce el virtuosismo de Raymond Aron en el manejo de las ideas. Pero que en esta nueva partitura del comentario sobre sí mismo, los suyos, la juventud y la amistad, la enfermedad y los viejos, el espíritu más ágil de la época pueda también hallar esta voz cercana, es un descubrimiento del que el lector no se fatiga.

Raymond Aron tendrá, por lo tanto, una doble existencia, de filósofo y de periodista, según elecciones voluntariamente hechas en cada giro de la historia del siglo y que han tenido en común que, ligadas a las circunstancias políticas, nunca han alienado la libertad de su juicio. Es izquierdista antes de la guerra, pero crítica la política económica del Frente Popular. En Londres, entre 1940 y 1944, no es degolista. Al regresar a Francia, es degolista cuando de Gaulle ha dejado el poder. Al romper con Sartre para combatir al comunismo soviético se convierte en especialista del marxismo. Articulista de fondo en el Fígaro, escribe muy al comienzo contra la guerra de Argelia. Cuando De Gaulle vuelve al poder, sólo le ofrece un apoyo crítico. Si es interminable la enumeración de las diferentes escenas en las que lo sitúa esa disposición de espíritu traducción existencial del famoso “de una lado… del otro” aroniano, es porque éste expresa, en su constancia, la verdad de una vida. Yo le creó definitivamente a Aron cuando rechaza haber tenido la ambición de poder que con frecuencia se le atribuye. “Consejero del Principe, él? Todo demuestra su esencial ineptitud para sacrificar su oficio de intelectual en aras de un compromiso político de tipo profesional. Curiosamente mezclados, hay en él una ardiente pasión por el acontecimiento y un alejamiento casi instintivo de la acción. Muchos intelectuales franceses de su generación y de las siguientes han compartido ambos sentimientos, pero como ciclos sucesivos de la vida. El los ha vivido constantemente juntos, como elementos inseparables de su personalidad moral y de la naturaleza misma de su espíritu.

RELACIÓN PERVERSA

En mi opinión, el tema más importante de su vida intelectual ha sido la crítica del comunismo. Recuerdo, como si fuera ayer, cuando en 1955 apareció. El opio de los intelectuales, justo en el momento en el que, como tantos otros, yo emergía penosamente de la fascinación estalinista. Quince años después, otra generación podía descubrir, gracias a él todavía, la ausencia de profundidad filosófica en la “santa familia” althusseriana. Crítico infatigable de una tentación totalitaria que arraigó en circunstancias muy diferentes y que no implica, probablemente, desarraigo definitivo, Raymond Aron habrá analizado su sucesión de formas y de máscaras. Si la intelligentsia francesa ha concluido por ser una de las mejor vacunadas contra sus trampas, ¿a quién se le debe más que a él? Solyenitsin ha ensanchado el surco pero es él quien lo ha cavado.

De hecho, la discusión sobre Marx y los marxismos del siglo XX es el lugar de cruce de todas las curiosidades de Aron: la reflexión sobre la historia y la explicación histórica, la gran filosofía alemana y su degeneración en ideología de Estado, la relación perversa del actor con su acción, de la emancipación revolucionaria y del despotismo, los juegos de la guerra y del poder. A través del comunismo, ha querido aprisionar a todos los monstruos del siglo XX mediante los argumentos de la razón. Lo que protege sus antiguos días del sentimiento del fracaso y le otorga seguridad, es que nunca esperó conseguir nada; pero, sin embargo, nunca vio otro objetivo para una vida de intelectual que esa apuesta perdida de antemano. Nunca hay demasiados azares en las existencias logradas, y, ésta no implica casi ninguno.

Traducción: Tununa Mercado

RESULTADOS FAVORABLES EN EL CAMPO

El Sistema Banrural alcanzó en el ciclo Otoño-invierno 82/83, el primero en que intervino la actual administración, resultados sin precedentes en la recuperación de las inversiones realizadas por un monto de 24 mil 200 millones de pesos.

Ante el Consejo de Administración del Banco, integrado por representantes de las entidades globalizadoras del Gobierno de la República y de las agrupaciones representativas de los productores agropecuarios, se informó que en ese período, se alcanzó un 94 por ciento de recuperaciones crediticias, 4 puntos más que el porcentaje más alto registrado hasta entonces.

Esa cifra demuestra por sí sola que Banrural ha logrado operar con eficiencia y transparencia los recursos asignados por la Administración Pública Federal para el fomento de las actividades agropecuarias.

Durante la temporada invernal pasada, los campesinos acreditados de la Institución sembraron un millón 747 mil hectáreas de los cultivos básicos del ciclo: trigo, sorgo, maíz, cártamo y frijol. La cosecha de esos granos es de 2.5 millones de toneladas.

Los resultados en las zonas agrícolas que atendió el Banco, son francamente favorables, ya que se benefició la economía campesina, se aumentó la oferta de alimentos prioritarios en el mercado nacional y el Banrural logró la eficiencia operativa que indica el nivel de las recuperaciones.

Aunque el ciclo tuvo un comportamiento climatológico errático, se aplicó una estrategia de apoyo a la producción de alimentos básicos, lo que permitió mejorar los índices de producción y productividad, además de propiciar una mayor recuperación de los recursos invertidos

                             ***

En las áreas habilitadas por la Institución, se logró una productividad considerable, destacando el rendimiento logrado en las siembras de trigo, que fue de 4 toneladas por hectárea, casi 500 kilogramos más que en los ciclos anteriores.

El valor de la cosecha de ese cereal, que fue de un millón 516 mil toneladas, casi equivale al total de la inversión del Sistema Banrural para el ciclo, pues suma 21 mil 224 millones de pesos.

Además, las inversiones efectuadas hicieron posible el uso generalizado de insumos para que las actividades se realizaran con un adecuado nivel tecnológico. En este sentido, en el 95 por ciento de la superficie habilitada, las tareas de preparación de tierras se realizaron en forma mecanizada.

En el 98 por ciento del área cultivada se utilizó semilla mejorada y en el 62 por ciento se aplicó fertilizante, cumpliendo estrictamente las recomendaciones del Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas. El desarrollo de este proceso y la respuesta de los campesinos, son elementales que permiten asegurar que la recuperación alcanzará niveles nunca antes obtenidos.

Se puede considerar que los créditos se aplican con eficiencia operativa, ya que los resultados son satisfactorios a pesar de las condiciones de clima adversa.

EL SER Y EL ESPANTAJO

Heidegger es atacado y parodiado constantemente a todo lo largo de la novela Años de perro, (ed. en español de Joaquín Mortiz), de Günter Grass, usando incluso el estilo de Heidegger para obligarlo a pensar sobre la desaparición del perro de Hitler. Pero sobre todo, al final de la novela el personaje Walter Matern, mientras recorre un nuevo infierno dantesco hecho de nazismo y de postguerra, y que tiene forma de mina con varias cámaras en vez de círculos, llega a la cámara decimoctava y Grass realiza otra de las “pérfidas parodias” a que se refiere Steiner sin citarlo, en su libro sobre Heidegger (p. 19). La traducción del pasaje es de Carlos Gerhart:

(Matern) ha de aguantar los conocimientos filosóficos que en la cámara decimoctava se despliegan prolijamente.

Pero aquí no hay nada de Aristóteles, Descartes o Spinoza; de Kant a Hegel, nadie. De Hegel a Nietzsche: íel vacío! Ni tampoco neokantianos o representantes del neohegelianismo; nada del melenudo Rickert, de Max Scheler; no llena la cámara fenomenología alguna de un Husserl de barda puntiaguda que haga olvidar al ajeno a la mina lo que el erotismo vulgar brinda en materia de tortura infernal; ningún Sócrates considera bajo tierra el mundo de la superficie, sino que allí está El, el presocrático, El, centuplicado, El, tocado con su gorro de dormir en su día alemánico, degradado cien veces por la lejía. El, en zapatos de hebilla, en su chaqueta de lino, y cien veces El yendo y viniendo. Y piensa. Y habla. Tiene mil palabras para el Ser, para el Tiempo, para la Esencia, el Mundo y el Fundamento, para el Con y el Ahora, para la Nada y el Ente de los espantajos como armazón. Por esto: espantar, espantamiento, estructura de espantajo, exposición de espantajos, no-espantajo, espantajear, anti- espantajo, espantajamente, lo espantante, la existencia presente del espantajo, desespantajado, el espanjo-finalidad, la temporalidad del espantajo, la totalidad del espantajo, el espantajo-ente, y la frase del espantajo: “Porque la escencia de los espantajos es el triple sembrado de origen trascendente del ente espantajo en el proyecto del universo. Manteniéndose dentro de la Nada, la escencia del espantajo sobresale ya siempre, con todo, en cada caso, más allá de lo que, cual un todo, espanta…”

Trascendencia rezuma también de gorros de dormir en la cámara decimoctava: “Ser-espantajo significa: estar mantenido- contenido dentro de la Nada”. Y la pregunta angustiosa de Matern, ajeno a la mina, quien hace resonar su voz en la cámara: -Pero, ¿y el hombre a cuya imagen el espantajo es proyectado?- pueden contestarla cien y un filósofos: “La pregunta acerca del ser del espantajo nos pone a nosotros mismos -los preguntantes- en cuestión”. Aquí Matern retira su voz. Cien filósofos igualados peripatean sobre la sal yacente y se saluda uno a otro escencialmente: “el espantajo ontológico existe a pesar suyo”.

Incluso han pisado sendas con probos zapatos de hebilla. Algunas veces guardan silencio, y entonces Matern oye su mecanismo. La frase del ser del espantajo vuelve a tomar impulso.

UN CLARO SOBRE OSCURO

George Steiner: Heidegger. Fondo de cultura Económica, Col. Breviarios, Núm. 347. Traducción de Jorge Aguilar México, 1983. 214 pp.

Ni siquiera al exponer con fines divulgatorios la obra de un filósofo traiciona Steiner su proyecto central, tal como lo expone En el castillo de Barbazul: “Buena parte de mi obra se ha ocupado, directa o indirectamente con el intento de comprender, de darle expresión a los aspectos causales y teológicos del holocausto. Es evidente que ahí están involucrados mis propios sentimientos”. Justamente es a Heidegger a quien dedica uno de sus más reciente esfuerzos. “Veamos hasta donde podemos seguirlo, o hasta donde queremos” anuncia en el prólogo, con lo que hace acopio de parcialidad y de todo el impulso arbitrario y ambivalente que lo lleva, a él, intelectual judío, a revisar la obra filósofo cercano al nazismo, no sólo por, actitudes y declaraciones, sino también en ciertos componentes sustanciales su obra. Y si bien promete desde las primeras páginas sopesar los pros y los contras que ha suscitado la obra de Heidegger, acaba sucumbiendo ante la fascinación que ésta le produce. De tal modo, concluye que la suposición, varias veces expresada, de que la sombra de Heidegger dominará el pensamiento de finales del siglo XX, como Nietzche dominó, la sensibilidad a principios de siglo, no parece sin fundamento”.

Steiner dedica buena parte de su pesquisa a encontrar una explicación del rechazo total de Heidegger a decir algo claro y sencillo, o por lo menos inteligible, de su actuación bajo el nazismo o sobre el holocausto en general. Introduce un sesgo que parece inevitable para cualquiera que intente acercarse a Heidegger en nuestros días. No se trata de una preocupación ociosa, pero tampoco permite a Steiner llegar a conclusiones clara: “cualquier cosa que se diga en relación con al importancia de Heidegger y sobre la situación de su obra en el contexto de la filosofía, tal y como ahora se le entiende, resultará vulnerable”. Así, más que una introducción a Heidegger, el libro de Steiner es un atajo para llegar a él, o mejor dicho, para llegar a “claros” heideggerianos que tanto se mencionan en el texto. Pero Steiner llevaba rato abriéndose paso en el bosque de Heidegger; huellas menores de este trabajo fueron regándose en Extraterritorial y Languaje and Silence; ya en En el castillo de Barbazul la sola mención de Heidegger le sirvió a Steiner para argumentar contra la idea de que los nazis podían entregarse al arte pero no lo entendían, y de que el holocausto implicaba la proscripción forzosa del humanismo: “Una de las principales obras de que disponemos sobre la filosofía del lenguaje, sobre la interpretación total de la poesía de Hölderlin, se redacté al lado casi de un campo de concentración. La pluma de Heidegger no se detuvo ni su mente enmudeció”.

Y sobre todo, Heidegger es una presencia central en Después de Babel, el libro más voluminoso -y en muchos sentidos más rico- de Steiner. Adoptar ahora uno de sus extensos capítulos sobre la traducción, “El desplazamiento hermenéutico”, no sólo podía dar con exactitud lo que hizo Steiner en y con su Heidegger sino también hacerle justicia en un terreno que tiene mucho de heideggeriano. El libro de Steiner es también una traducción de Heidegger, y en los cuatro capítulos de su texto puede sentirse un movimiento sugerido por las mismas lecturas de Heidegger; es decir, el texto cumple un cabal “desplazamiento hermenéutico” que, según Steiner en Después de Babel, es “el acto de esclarecer, trasladar y anexar la significación” y consta de cuatro partes: 1) La confianza inicial, “la generosidad del traductor”, su confianza “en la `otra’ manera de decir”, una confianza evidente en el prólogo de Steiner a Heidegger. Aunque aquí a veces puede sentirse desde las primeras páginas que la admiración de Steiner por Heidegger es crítica, ésta a toda prueba su afecto y entusiasmo por el trabajo de Heidegger, su confianza “de que hay algo ahí”, al revés de los que consideran a Heidegger un charlatán. 2) A la confianza, sucede la agresión, una etapa de “incursión y extracción”. “El análisis aquí pertinente”, dice Steiner, en precisamente “el de Heidegger, cuando enfoca nuestra atención en la comprensión como acto, en el acceso (que es por definición anexión, y por tanto violencia), que va de Erkenntnis a Dasein. Da-sein, la `cosa situada allí’, la cosa que existe porque está allí” sólo alcanza su auténtico ser cuando comprende; es decir, cuando se traduce”. En el caso de Heidegger esto es de hecho lo que Steiner hace en el capítulo “Algunos términos básicos”: una traducción- comprensión, una anexión violenta al inglés y a la inteligencia de Steiner (y, vía Jorge Aguilar Mora, al español) de los términos y lugares heideggerianos. 3) Incorporación. O importación. “La fórmula de Heidegger: `somos lo que entendemos ser’, implica que nuestro propio ser es modificado por cada suceso de apropiación-comprensión (…) Aunque haya agresión y, en cierto nivel, destrucción, cada vez que se descifra, existen diferencias en el motivo de la apropiación y en el contexto de “traer a casa”. El capítulo siguiente de Heidegger incorpora, “trae a casa”, “El ser y el tiempo. 4) La comprensión que debe haber porque “volvemos a casa cargados, de nuevo en posición inestable, después de haber roto el equilibrio del sistema todo, sustrayendo de la `otra’ lengua y sumando, a veces con ambiguas consecuencias, a la propia. Vacilante, el sistema apenas se sostiene después de eso hermenéutico establezca alguna compensación. Si se desea auténtico, tal acto debe mediar en el intercambio y en la paridad restaurada” (aquí, y en lo de arriba, trad. de Adolfo Castañón). Esto es lo que Steiner hace en la última parte de Heidegger. “La presencia de Heidegger”, con todo y sus “ambiguas consecuencias” al tratar la participación o el silencio de Heidegger en el nazismo, pero dejando al cabo la sensación, efectivamente compensatoria, de un equilibrio restaurado:

Martín Heidegger es el gran maestro del asombro, el hombre cuya perplejidad ante el hecho escueto de que somos en lugar de no ser ha colocado un obstáculo radiante en el camino de la obviedad. Su pensamiento vuelve imperdonable cualquier gesto de condescendencia, incluso momentáneo, ante el hecho de existir. En el claro del bosque al que conducen, sin alcanzarlo, sus sendas irradiantes, Heidegger ha postulado la unidad del pensamiento y de la poesía, del pensamiento, de la poesía y del acto supremo de la dignidad y celebración humana que es dar gracias. A metáforas más insignificantes entregamos nuestra vida.

Y es en este último capítulo, cuando Steiner discute la presencia de Heidegger en la cultura y la literatura y lo restaura, que el lector de Steiner vuelve a tener al Steiner de los otros libros (y no sólo al trasladador o exponente de Heidegger): el discurridor, el de la cita exacta y estimulante todas las veces, el enlazador de obras y tiempos, el rastreador de “topologías de la cultura”; el jugador literario dado a manejar textos alejados entre sí hasta volverlos coincidentes, como en su selección de esta cita de Coleridge, puesta ya casi al final de Heidegger, donde Steiner logra que el mismo Coleridge anticipe a Heidegger:

¿Has elevado alguna vez tu mente la consideración de la EXISTENCIA, en sí y por sí misma, la existencia en cuanto acto puro de existir? ¿Te has alguna vez dicho a ti mismo, gravemente, !ES! sin tener en cuenta en ese momento si tienes ante ti un hombre o una flor o un grano de arena? ¿Sin referirse, en fin, a ningún modo o forma particular de existencia? Si realmente lo has logrado, habrás sentido seguramente la presencia de un misterio que habrá suspendido a tu alma de terror y asombro. Las palabras; íNo hay nada! o íHubo una vez en que no hubo nada! se contradice a si misma. Está esto tan dentro de nosotros que rechaza esta proporción con una luz plena e instantánea, como si fuera la contra- evidencia misma que afirmara su propia eternidad (The Friendo II, XI).

En Heidegger como en el resto de su obra, antes que su buscador de dificultades Steiner es un buscador de dificultades Steiner es un constante y prolijo repartidor de claridades.

George Steiner ha tenido buena suerte, en número y calidad, en sus traducciones al Español. Antes de Heidegger, la editorial ERA tradujo Tolstoi o Dostoievski y el Fondo de Cultura Económica Después de Babel; aspectos del lenguaje y la traducción. Seix Barral y Guadarrama, de España, tradujeron Extraterritorial y En el castillo de Barbazul, respectivamente, y Monte Avila de Venezuela tradujo. La muerte de la tragedia. Entre nosotros, la revisión no sólo más completa, sino la única, de todos estos libros apareció en dos números (Enero, 1982; 1032 y 1033) de la Cultura en México, suplemento de siempre! Estos números incluyen también la traducción de un texto de On Difficulty (“Y después del libro , ¿qué?”), libro de Steiner inédito en español, y de un capítulo de la última novela de Steiner (cuando volvió a la ficción después de su trilogía escrita en los cincuenta. Anno Domini, igualmente inédita en Español) sobre Hitler vivo y capturado es Sudamérica: Deportage to San Cristobal of Adolph Hitler (Faber & Faber, Londres, 1981); se trata de un experimento narrativo, la puesta en ficción de una o varias de las preocupaciones centrales en la obra crítica de Steiner (incluso vuelve a ella en su prologo a Heidegger, cuando dice que uno de los aspectos de su interés intelectual y del libro es “retornar, quizás en forma obsesiva, a las relaciones entre la cultura alemana” -y en otras partes de su obra, entre la cultura en general- “y el nazismo, un complejo tejido en el cual tiene un papel esencial el idioma alemán, que Goethe y Kant, pero también Hitler, practicaron con maestría”). Deportage to San Cristobal of A.H. echa mano tanto de la complejidad verbal como de la anécdota llana; recurre a la contundencia de su capacidad intelectual lo mismo que a las películas al respecto (las fantasías sobre Hitler vivo, igual que otros nazis, en Sudamérica) para el consumo masivo; la novela puede leerse como una versión steineriana, meditada al máximo, de cosas como Los niños de Brasil de Ira Levin y similares, o como un homenaje secreto – una ampliación ficticia- al Eichmann en Jerusalén de Hannan Arendt su ejemplar intuición o adopción de “la banalidad del mal” en los juicios contra los criminales nazis de guerra.

Recuento de la Quiebra(*)

El sexenio de gobierno de José López Portillo fue de rápido desarrollo económico. En los cuatro años que van de 1978 a 1981 el crecimiento real del producto interno bruto fue superior al 8 por ciento anual, uno de los más altos del mundo. Sin embargo, aunque el valor de las exportaciones petroleras creció en forma muy acelerada, no fue suficiente para pagar importaciones que se duplicaron en volumen entre 1977 y 1981. En febrero de 1982, con sustancial déficit en la balanza de pagos, ampliado por la especulación en contra del peso, una deuda externa de dimensiones muy considerables y un mercado petrolero débil, México se vio forzado a devaluar su moneda en un 70 por ciento. En agosto del mismo año, las fugas adicionales de capital y el congelamiento del crédito externo condujeron a cerrar temporalmente el mercado cambiario; un mes más tarde, el primero de septiembre de 1982, se decretaron simultáneamente el control generalizado de cambios y la nacionalización de la banca, en un intento por recobrar el mando sobre la política financiera. A fines de 1982, la relación del peso con el dólar en el mercado libre era casi seis veces el nivel con el que había empezado el año. La inflación, de 25 por ciento en 1980 y 1981, alcanzó casi el 100 por ciento en 1982. El crecimiento sostenido tuvo así un abrupto fin, en parte debido al intento por controlar la inflación pero también por la escasez de las divisas requeridas para adquirir importaciones indispensables.

Este es un ensayo sobre las lecciones que la experiencia mexicana reciente brinda para la formulación de la política económica y para la planeación del desarrollo, tanto en éste como en otros países.

La política económica seguida durante el sexenio 1976-1982 tuvo como uno de sus rasgos característicos la abundancia de planes relativos a distintos sectores de la economía. Destacan, en particular, el Plan Nacional de Desarrollo Industrial (PNDI), elaborado por la entonces Secretaría de Patrimonio y Fomento Industrial y publicado en marzo de 1979, y el Plan Global de Desarrollo (PGD) de la Secretaría de Programación y Presupuesto, que apareció en abril de 1980. No obstante que el PGD, formalmente un intento por consolidar y coordinar los diversos planes sectoriales, presentó una proyección macroeconómica, nos concentraremos aquí en el PNDI, sobre todo porque fue el primero en surgir y debido a que incluye una visión detallada y completa de la economía.

Este es un ejercicio de interpretación de la historia económica reciente. Hay algo de verdad en el argumento de que sólo el tiempo dará la distancia y la objetividad necesarias para un recuento y un análisis definitivo de los hechos. Por otra parte, sin embargo, hubo la oportunidad de utilizar de manera retrospectiva el modelo econométrico con base en el cual se elaboró el Plan Industrial, oportunidad que probablemente no hubiera vuelto a presentarse.

El ensayo está dividido en tres partes. La primera compara lo previsto por el PNDI con lo que efectivamente sucedió en materia de crecimiento, inflación y balanza de pagos. La segunda analiza las distintas propuestas de política económica formuladas durante el período así como la que se adoptó en la práctica. Por último, la tercera ofrece algunas conclusiones y trata de responder a ciertas preguntas clave.

I

EL PLAN Y LA REALIDAD, 1976-1982

El PNDI fue resultado de dieciocho meses de trabajo intensivo. Se construyó primero una amplia base de datos compuesta por una matriz de relaciones intersectoriales para 1975 y por series cronológicas consistentes con ella para variables reales tales como producción, comercio internacional y consumo, así como para los índices de precios correspondientes. Se procedió después a estimar, sobre esta base de datos, un modelo multisectorial dinámico y a resolverlo para efectuar pronósticos anuales durante el periodo 1975-1990, suponiendo cierto comportamiento de la economía norteamericana y de los precios del petróleo así como el establecimiento de un conjunto específico de políticas internas. Por último, luego de un proceso político de consulta dentro del gobierno y entre la Secretaría de Patrimonio y las empresas públicas y privadas, se diseñaron políticas destinadas a elevar la tasa de crecimiento de la economía y el nivel de empleo, identificando los cuellos de botella que exigían mayor inversión y asegurando un resultado sostenible para la balanza de pagos.

La intención del PNDI era “facilitar un crecimiento económico dinámico, ordenado y sostenido”, con el propósito central de eliminar el desempleo y la subocupación hacia finales de siglo y, con ello, garantizar niveles mínimos de bienestar. Los costos en la balanza de pagos que implicaría un crecimiento rápido serían solventados con las exportaciones petroleras, pero una condición esencial para el éxito del Plan era que no se diera una liberación generalizada de las importaciones. Como se verá, esta condición no se cumplió: la liberación adoptada fue una de las razones del fracaso del Plan en su propósito de mantener la tasa de crecimiento. Otros de sus objetivos, además de la creación de empleo, eran fortalecer diversos sectores de la industria mexicana, descentralizar su actividad en regiones distintas a las grandes ciudades y estimular a la pequeña y mediana empresa.

Montajes de Bernardo Recamier

Para alcanzar estos objetivos se definieron cuatro políticas: primero, un aumento en el consumo y la inversión gubernamentales (13.5 por ciento de los nuevos recursos que serían creados por el Plan en el periodo 1979-82); segundo, una mayor construcción de vivienda de bajo costo (11.9 por ciento); tercero, un nivel superior de inversión industrial a fin de romper los cuellos de botella, abrir nuevos sectores industriales que fortalecieran la estructura productiva y promover exportaciones no petroleras (75.7 por ciento); y cuarto, incrementos en los precios internos de los combustibles (-4.3 por ciento). Las políticas serían llevadas a la práctica por decisión directa de las dependencias gubernamentales y de las empresas públicas, y, en cuanto al sector privado, mediante incentivos fiscales destinados a alentar y a reubicar la inversión, facilitando el acceso al crédito y manteniendo el grado de protección industrial.

Las primeras tres políticas fueron puestas en práctica. De hecho, como se señala más adelante, la inversión y el consumo gubernamentales fueron considerablemente mayores que lo previsto por el Plan. Pero los precios internos de los combustibles no se incrementaron sino mucho después de lo anticipado. Ambos hechos significaron una elevación de la demanda por encima de los niveles planeados, aumentando la presión sobre la oferta interna. Esto, aunado a la liberación del comercio, dio como resultado mayores importaciones.

Crecimiento económico

El patrón de crecimiento de México durante los sexenios 1970-76 y 1976-82 fue notablemente similar. En ambos periodos, el primero y el último años son de crecimiento lento en comparación con los cuatro intermedios. Sin embargo, en los años 1977-81 el producto interno bruto creció en más de 8 por ciento anual, dado el gasto interno propiciado por los ingresos petroleros, mientras que de 1972 a 1975 la tasa fue cercana al 6 por ciento.

Si se comparan los resultados de la actividad económica con lo previsto en el Plan, surgen tres aspectos fundamentales. Primeramente, el crecimiento durante 1978 y 1979 fue más rápido de lo que mostraban las estadísticas preliminares disponibles cuando se elaboró el Plan. En segundo término, el crecimiento acumulado que éste recomendaba para sus primeros tres años de operación, 1979-81, fue bastante cercano al real, de 28 por ciento, aunque con un patrón diferente. En tercer lugar, el propósito central del Plan, que era generar un crecimiento sostenido cercano al 10 por ciento a partir de 1982 (revisado a 8 por ciento a partir de 1980 en el PGD), obviamente no fue cumplido. Debe resaltarse que durante sus primeros años el PNDI recomendaba una tasa de crecimiento de entre 7 y 8 por ciento anual, no del 10 por ciento como en alguna ocasión se mencionó; las altas tasas se lograrían después, una vez que la economía fortaleciera su estructura productiva.

El impacto en la balanza de pagos de las políticas adoptadas durante el sexenio y la fuerte presión sobre el peso después de la caída del mercado petrolero en junio de 1981, condujeron a una contracción fiscal y monetaria que detuvo el ritmo de la actividad económica a fines de ese año. El crecimiento fue restringido todavía más por los recortes del presupuesto de 1982 que implicaron una reducción en términos reales del gasto público en bienes y servicios, por la duplicación de los precios internos de los productos petroleros en julio y en diciembre, y por la escasez de divisas durante la segunda mitad del año. A esto se sumó un bajo crecimiento de las exportaciones como resultado de la recesión tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo, un endurecimiento de las condiciones internacionales de crédito para México(1) y una pérdida de la confianza del sector privado que tuvo su expresión más clara en la fuga irrestricta de capitales. El colapso de 1982 fue amplificado por estos factores puramente financieros, a pesar de los logros del sexenio en materia de creación de recursos y en el fortalecimiento de la estructura productiva.

Importaciones y demanda interna

En lo que hace a las importaciones y a la demanda final interna, es claro que ambas crecieron mas rápidamente -sobre todo las primeras- que lo previsto en el Plan. La demanda interna crecía ya al 9.2 por ciento en 1978 cuando el Plan estaba en proceso de elaboración, aunque en ese entonces las estimaciones disponibles situaban la tasa en 6.6 por ciento. En 1979-1980 la demanda se elevó algo más de 1.5 veces lo planeado; las importaciones, en cambio, crecieron tres o cuatro veces la tasa prevista, que ya de por sí era superior a la tendencia histórica.

Cuatro factores pueden haber contribuido a ese gran crecimiento de las importaciones. Primero, el aumento de la actividad económica. Segundo, la liberación de las importaciones que tuvo lugar entre 1977 y 1981.(2) Tercero, los cuellos de botella que podrían aparecer en ciertos sectores para los cuales la demanda crecía más rápido que la capacidad productiva. Cuarto, el efecto de la inflación que en México era más rápida que en el resto del mundo y hacía, por tanto, más competitivas las importaciones.

Los cuatro factores estuvieron presentes durante el periodo y es imposible separarlos con precisión. No obstante, a fin de obtener una idea de la magnitud del problema, puede compararse el crecimiento de las importaciones durante 1977-80 con el periodo correspondiente del sexenio anterior, 1971-74. Las importaciones aumentaron durante 1971-74 a un ritmo del 19.2 por ciento anual; entre 1977 y 1980 lo hicieron al 32.5 por ciento. En cambio, la demanda interna creció a un promedio de 10.4 por ciento anual entre 1977 y 1981, frente al 8.2 por ciento en el periodo anterior (Véase cuadro 1).

Las estimaciones realizadas muestran que alrededor de un tercio de la diferencia entre la tasa de crecimiento observada de las importaciones y la planeada se debe a la política de liberación. La parte restante se explica por la mayor demanda interna frente a lo que el PNDI había previsto. Sin embargo, como se muestra más adelante, el efecto acumulado de la política de liberación sobre la balanza de pagos y sobre la deuda pública externa son mayores de lo que estas cifras podrían sugerir.

Por otra parte, la liberación tuvo también como consecuencia reducir la presión de la demanda interna. Aun así, ésta creció a tasas superiores al 10 por ciento anual durante 1977-80, en comparación con el 7.0 por ciento planeado. Sin la liberación, los efectos multiplicadores hubieran hecho que ésta se elevara en más de 12 por ciento anual, suponiendo que hubiera suficiente capacidad productiva para darle acomodo. Todos los componentes de la demanda se incrementaron por encima de lo programado, pero principalmente la inversión pública y privada. Esta última reaccionó de manera más acelerada que lo previsto, dado el clima general de crecimiento prevaleciente.

El Plan subestimó el crecimiento del producto en 1978 debido en buena medida a que, en el momento de su elaboración, no se había percibido que el gasto corriente, tanto público como privado, comenzaba a recuperarse vigorosamente. Este crecimiento continuó hasta que fue detenido por los recortes presupuestales de diciembre de 1981. Los programas públicos de reducción del gasto real o de bajo crecimiento en sectores no prioritarios, que recomendaba el PNDI, fueron abandonados muy pronto. La inversión pública en la rama de los hidrocarburos, muy intensiva en importaciones, excedió en 48 por ciento el nivel real programado para el periodo 1978-81, al final del cual se estimaba que habría terminado el impulso inicial requerido para alcanzar el límite de exportación entonces establecido, de 1.2 millones de barriles diarios.

Empleo, inflación y balanza de pagos

Dado el alto grado de subocupación que hay en México, las estadísticas sobre empleo son de difícil interpretación. Sin embargo, es posible concluir con la información disponible que hasta 1981 la generación de fuentes de trabajo fue mayor que la planeada. Por su parte, en 1982, mientras que el PNDI proyectaba un crecimiento acelerado del producto y del empleo, el resultado fue una reducción de ambos en términos absolutos.

Aunque los incrementos previstos en el Plan fueron inferiores a los reales en los primeros cinco años del sexenio, el aumento total durante el periodo -2.4 millones- fue menor en 500 mil al previsto, debido a la caída general experimentada en 1982. Así, el crecimiento promedio de la generación de empleos durante el sexenio fue de 2.7 por ciento anual, medio punto porcentual inferior al planeado.(3)

El PNDI no incluyó proyecciones sobre la tasa de inflación. No obstante, el modelo sobre el que éste se basó incorporaba un amplio sistema de ecuaciones de precios. Detrás de las cifras publicadas sobre los aspectos reales de la economía y sobre la balanza de pagos, existía un conjunto paralelo y consistente de proyecciones de precios para distintas variables por sector productivo.

El Plan esperaba que la inflación continuara a una tasa de alrededor de 16 por ciento anual. Este fue un pronóstico razonable para 1979, pero en los dos años siguientes la tasa se elevó a alrededor de 27 por ciento. No obstante, de 1979 a 1981 se presentaron aumentos sustanciales e inesperados en la inflación externa, causados principalmente por el incremento abrupto del precio internacional del petróleo que ocurrió en esos años. Además de su efecto sobre los costos de importación y sobre los precios de los bienes comerciables, lo anterior afectó a la economía mexicana a través del mercado de capitales, forzando las tasas de interés al alza que luego fueron convertidas en precios más altos. La diferencia entre la tasa real de inflación y la prevista por el PNDI se atribuye en buena medida a estos factores externos y, a partir de 1980, a la introducción del impuesto al valor agregado.

En el comportamiento de la balanza de pagos durante 1979-1982 pueden subrayarse tres aspectos centrales. (Véase cuadro 2.) Primero, el Plan buscaba un equilibrio en la cuenta corriente para 1982; ya en 1981, sin embargo, la balanza presentaba un serio déficit que tendía a ampliarse rápidamente. En segundo lugar, aunque el valor de las exportaciones aumentó mucho más de lo esperado por el alza de los precios del petróleo, el valor de las importaciones creció todavía más. La brecha entre las importaciones previstas y las reales llegó a ser de 15 mil millones de dolares en 1981, antes de caer drásticamente durante 1982 por la reimposición de los controles cuantitativos, la reducción de la actividad económica y la escasez de divisas. En tercer lugar, el sustancial deterioro en la cuenta de pagos a los factores refleja principalmente el aumento en la remisión de intereses de los sectores público y privado. Esos pagos aumentaron por dos razones: porque las tasas de interés externas se elevaron extraordinariamente a partir de 1980 y debido a que el déficit acumulado era también de magnitud mucho mayor.

La diferencia en 1981 entre las previsiones del PNDI y la realidad con respecto a la cuenta corriente puede separarse en factores no financieros y financieros, como se muestra de manera resumida a continuación:

(En miles de millones de dólares)

Total

-12.1

Componentes no financieros

-7.1(*)

  Circunstancias externas, excluyendo

  el efecto de las tasas de interés

 (+ 4.9)

  Liberación de las importaciones

 (-3.7)

  Mayor demanda interna y otros

 (-8.3)

Componentes financieros

-5.0

  Movimientos autónomos de capital

(-0.7)

  Mayores tasas externas de interés

(-2.9)

  Interacción de factores

 (-1.4)

(*)Esta cifra ya incluye la parte correspondiente a intereses pagados por los déficits surgidos de los siguientes tres componentes, conservando constantes los factores financieros

Estas cifras sugieren que la crisis de balanza de pagos que tuvo lugar en 1982 fue consecuencia del impacto de varios factores negativos que ocurrieron simultáneamente y que se retroalimentaron entre sí:

(i) El efecto del exceso de la demanda interna, que superó con creces los recursos adicionales en moneda extranjera que permitieron las circunstancias externas favorables, principalmente el aumento frente a lo previsto en el precio internacional del petróleo (-8.3+4.9 = -3.4 miles de millones de dólares en 1981, o aproximadamente 30 por ciento del déficit).

(ii) La liberación de las importaciones (otro 30 por ciento del déficit).

(iii) Pagos de interés debidos a factores puramente financieros, tales como la fuga de capitales, las tasas de interés más altas y la interacción correspondiente de dichos factores (alrededor del 40 por ciento del déficit).

(iv) El congelamiento del crédito externo resultante del proceso anterior y de la actitud asumida ante México por la comunidad financiera internacional.

Es importante señalar que si bien los componentes no financieros son responsables del 59 por ciento del déficit no planeado en 1981, sólo contribuyeron con el 34 por ciento del incremento en la deuda externa del país, pública y privada. A las fugas de capital, a las tasas de interés y a la interacción de todos los factores financieros deben atribuirse casi dos terceras partes de este incremento. Tan sólo las fugas de capital absorbieron el 40 por ciento del mismo.

II

LA POLÍTICA ECONÓMICA

Para entender la manera en que evolucionó la política económica durante el periodo de estudio, conviene distinguir tres posiciones o corrientes de pensamiento. La primera, que habría que llamar la escuela “expansionista”, confiaba en los ingresos petroleros como fórmula para resolver todos los problemas de México. Esos ingresos serían suficientes para pagar las importaciones generadas por la expansión y la liberación del comercio. La segunda posición corresponde a la política tradicional seguida por México desde 1940 hasta 1970: crecimiento industrial mediante protección. Los “proteccionistas” abogaban por una expansión económica que elevara el nivel de empleo, utilizando controles sobre las importaciones y sobre los movimientos de capital para prevenir crisis en la balanza de pagos. La tercera corriente es más ortodoxa: proponía la liberación del comercio para mejorar la eficiencia, la flotación del peso para resolver los problemas de balanza de pagos y la restricción de la demanda, particularmente del gasto público, para combatir la inflación. Puede llamarse a esta tercera corriente “contraccionista”, porque a lo largo del sexenio sostuvo una tesis general en favor de la contención fiscal y monetaria como respuesta al rápido ritmo de inflación que comenzaba a experimentarse.

Este agrupamiento de tendencias es sin duda una simplificación y, en el caso de los proteccionistas y de los contraccionistas, no hace justicia al complejo de teorías económicas y de creencias en que se sustentan sus posiciones. 

La visión expansionista

Nadie representó mejor esta posición durante el sexenio que en el entonces director general de Petróleos Mexicanos, Jorge Díaz Serrano. En su comparecencia ante el congreso en 1977, señaló:

Esta riqueza (petrolera) constituye no sólo el instrumento para resolver los problemas económicos que tenemos en la actualidad. Es, además, el gran eje económico que ha faltado desde el principio de nuestra historia y cuya ausencia ha inhibido la total consolidación de la nación. Esta riqueza hace posible ver hacia el futuro la creación de un nuevo país, en donde el derecho al trabajo sea una realidad y cuyas remuneraciones permitan en general un mejor estilo y calidad de vida.

El descubrimiento de vastos recursos de hidrocarburos a mediados de los años setenta, cuando el mundo sufría su primera crisis energética de importancia, dio lugar así al mito de que México era tan rico en petróleo que podía comprar una salida definitiva a su problema económico. El mito fue afianzado por los nuevos hallazgos y las revaluaciones de las reservas potenciales (empezó a compararse a México con Arabia Saudita) y por la severa crisis internacional del petróleo en 1979-1980, que hizo subir aún más su precio.

Como se mostró en la sección anterior, la realidad es que incluso los mayores volúmenes de exportación, combinados con los aumentos inesperados en los precios del petróleo, no fueron por mucho suficientes para pagar las importaciones adicionales provocadas por el rápido crecimiento económico y el relajamiento de los controles. El valor de las exportaciones de hidrocarburos entre 1976 y 1981 creció unas 32 veces, de 560 a 14 mil 600 millones de dólares, pero el total de las importaciones de bienes y servicios creció tres veces, de 9 mil 400 millones de dólares a 32 mil millones de dólares, un incremento absoluto mucho mayor que el de los ingresos petroleros.

Los proteccionistas se opusieron a esa política de expansión porque ponía en peligro la industrialización del país y el crecimiento a largo plazo del empleo; los contraccionistas la impugnaron porque alentaba fuertes incrementos en el gasto público. Sin embargo, sea o no por diseño expreso, la vía expansionista parece haber sido la base de la política económica seguida hasta el año de 1981 en que el mercado petrolero se debilitó y Díaz Serrano renunció luego de haber reducido el precio de exportación del crudo mexicano con objeto de mantener el nivel de demanda. No fue hasta julio de 1981 cuando se restableció el sistema de controles de importación y que los proponentes de la protección industrial tuvieron finalmente éxito, pero demasiado tarde para impedir una crisis en la balanza de pagos. Y no fue sino hasta fines de 1981 cuando se tomaron medidas para frenar el ritmo de crecimiento interno con políticas que habían sido apoyadas por los contraccionistas desde el primer año de gobierno.(4)

La visión proteccionista

La visión proteccionista debe ser explicada a la luz de la historia económica de México desde 1950 y es la corriente en que se sustenta el PNDI.(5) Su estrategia descansaba en lograr una rápida expansión económica como instrumento para elevar el nivel de empleo. Proponía aplicar controles a la importación a fin de evitar que su tasa media de crecimiento fuera mayor a 1.85 veces la correspondiente a la demanda interna. Esta cifra es casi el doble de la que históricamente habían tenido las importaciones en la economía mexicana, pero el Plan la consideraba necesaria para responder a las exigencias de una estrategia de crecimiento acelerado. Con arreglo a esa estrategia, los ingresos petroleros debían utilizarse en el corto plazo para pagar las importaciones esenciales al desarrollo industrial, particularmente las de bienes de capital.

En el largo plazo, el Plan pretendía elevar la capacidad de la economía mexicana para exportar bienes manufacturados de manera que se redujera gradualmente su dependencia frente al petróleo. El Plan analizaba sistemáticamente y cuidadosamente las áreas de la economía donde se requería una inversión mayor para prevenir el surgimiento de cuellos de botella. También presentaba un programa de inversión pública suplementario, así como concertaciones con las empresas privadas e incentivos para estimular su formación de capital, a fin de que la industria alcanzara los niveles de capacidad necesarios para hacer frente a altos niveles de actividad. Se llegaría a tasas de crecimiento del producto de 9 y 10 por ciento anual a partir de 1982, sólo después de un periodo de dos o tres años de fuertes inversiones. La tasa de crecimiento del producto se elevaría gradualmente al 10 por ciento, partiendo del 6.5 por ciento esperado para 1978.

Por lo tanto, el peligro de que la economía se “sobrecalentara” fue reconocida en el Plan, no como una amenaza sobre la inflación sino sobre la balanza de pagos. Claramente, el éxito de la política de protección dependía de reducir simultáneamente la tasa de crecimiento tanto de la demanda interna como de las importaciones, con objeto de preservar la meta de crecimiento del producto interno.

CUADRO No. 1

CRECIMIENTO DE LA DEMANDA FINAL INTERNA Y DE LA IMPORTACION

A PRECIOS CONSTANTES, 1971-74 Y 1977-80.

 (En por cientos, medias anuales)

1971-74

1977-80

Realizado 

Planeado

Demanda final interna

8.2

10.4

6.8

Importación de bienes

19.2

32.5

14.4

 FUENTES: Secretaría de Programación y Presupuesto, Sistemas de cuentas nacionales de México; y Secretaría de Patrimonio y Fomento Industrial, Plan Nacional de Desarrollo Industrial, 1979.

El factor clave de esta estrategia era, desde luego, la protección industrial. Pero una de las características de la política económica adoptada durante el periodo fue la liberación: sólo a mediados de 1981, cuando las fugas de capital habían ya empezado, se reintrodujeron los controles a la importación. Es irónico por ello que se culpe a los proteccionistas del colapso, cuando el principal elemento de su estrategia nunca estuvo presente en la política oficial. (6)

La visión proteccionista incorporada en el PNDI planteaba un nivel mucho menor del gasto del gobierno y de las empresas paraestatales del que finalmente se ejerció (véase cuadro 3). Cuando resultó claro que el gasto era muy superior al planeado, al tiempo que se instrumentaba un rápido proceso de liberación, lo lógico hubiera sido: o bien reducir el gasto a los niveles previstos por el Plan y reintroducir el control de importaciones, o bien abandonar totalmente su estrategia. Era particularmente urgente una decisión en este sentido ya que diversos acontecimientos financieros, como el aumento de las tasas externas de interés, deterioraban aún más la situación de la balanza de pagos. Para entonces estaba listo ya el Plan Global de Desarrollo, pero en vez de asumir las implicaciones de los sustanciales incrementos en las importaciones y de las revisiones en los niveles de gasto público, el nuevo Plan se limitó a asentar una serie de supuestos optimistas.(7) Simplemente se ignoraron las proyecciones mas detalladas y consistentes que ofrecía el Plan Industrial.

La visión contraccionista

La visión ortodoxa sobre la política económica que promueven el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional como la apropiada para países en desarrollo tiene dos componentes básicos: primero, “una sana política fiscal” (bajos déficit del sector público); y segundo, un ajuste del tipo de cambio para alcanzar el “equilibrio externo”. Como había consenso en que la flotación del peso durante 1976 y 1977 había conducido a una paridad de equilibrio, la política cambiaria para 1977-1982 recomendada por esta corriente fue la de mantener constante el tipo real de cambio. Dada la creciente diferencia entre los precios en México y en el extranjero, desfavorables al país, ello implicaba devaluar constantemente el peso en términos nominales a lo largo del periodo.

La política industrial propuesta por la visión ortodoxa incluye la liberación del comercio y el ajuste de los precios internos al nivel de los que prevalecen en el extranjero (particularmente, en el caso de México, el precio interno de los energéticos). El déficit en balanza de pagos que pudiera provocar la liberación sería contenido mediante ajustes apropiados en el tipo de cambio. Con la liberación que se intentaba poner en práctica en 1980 y 1981, ello implicaba una depreciación todavía mayor del peso.

La adopción de esta estrategia se enfrenta a dos problemas centrales. El primero es que el crecimiento del producto y del empleo puede desvanecerse si la política no tiene el efecto favorable supuesto sobre la confianza empresarial, de modo que los incrementos en la inversión privada llenen inmediatamente el vacío creado por la baja de la inversión pública.(8) En las circunstancias del pasado reciente, dadas las expectativas optimistas engendradas por el petróleo, esta condición quizá pudo haberse alcanzado en México.

El segundo problema es que la depreciación del tipo de cambio requerida para compensar la liberación y los efectos rezagados de la devaluación de 1976 (el crecimiento de los precios ya había llegado al 30 por ciento en 1977) podría haber ocasionado una inflación aún mayor. Este temor es justificado: las ventajas de la devaluación que elevó en seis veces la relación peso/dólar en 1982 está siendo erosionada rápidamente por la inflación, que alcanzó una tasa anual de 100 por ciento al fin de ese año. Durante el periodo 1954-1976 se mantuvo fija la paridad nominal y esta disciplina seguramente ayudó a las autoridades a contener la inflación. En México, la relación del peso con el dólar funciona como un precio “marcador”, de modo que su incremento se traduce rápidamente en inflación. La respuesta ortodoxa a esto último es aplicar mayor contracción de los ingresos y de la actividad económica.

Cualquiera que sea el caso, el único elemento del paquete ortodoxo que se adoptó durante los años 1978 a 1981 fue la liberación de las importaciones. El déficit del sector público se mantuvo por encima del 6 por ciento como proporción del producto interno bruto y se elevó al 15 por ciento en 1981, cuando fue agrandado enormemente por el aumento de las tasas de interés de la deuda pública, tanto interna como externa. Esta última, a su vez, creció fuera de toda proporción para financiar, en defensa del peso, las fugas al exterior del capital privado. No obstante, el déficit podría haberse reducido fácilmente dados los sustanciales ingresos petroleros estatales. Por lo que hace a la devaluación, el peso fue mantenido prácticamente fijo desde 1977 hasta que se inició su deslizamiento en 1980 y 1981, seguido por el colapso de febrero de 1982. La estrategia ortodoxa sólo hace sentido cuando las políticas interdependientes que la integran se adoptan en conjunto: en ausencia de medidas adecuadas para el manejo de la demanda agregada, haber escogido la liberación sin enfrentar las consecuencias de ello en materia cambiaria, o su costo en término de exportaciones petroleras adicionales, era una invitación al desastre.

Las tres etapas de la política económica

La política económica se desenvolvió durante el sexenio en tres etapas. La primera pretendía la recuperación de la crisis de 1976 y duró cerca de un año a partir de diciembre de ese año. En cumplimiento del convenio firmado con el Fondo Monetario Internacional, se adoptaron plenamente las políticas y las metas de la ortodoxia contraccionista: se dejó que el peso encontrara su propio nivel, se tomaron medidas para reducir el déficit público y para restringir el gasto y se inició un programa de liberación de las importaciones.

La segunda etapa, cuyo inicio quizá fue marcado por la comparecencia de Díaz Serrano ante el Congreso en octubre de 1977, se caracterizó por una política expansionista: la riqueza petrolera resolvería todos los problemas económicos de México. El PNDI, publicado en marzo de 1979, que definió una estrategia coherente para la utilización de los ingresos petroleros, fue llevado a la práctica sólo parcialmente: sus requerimientos en materia de protección industrial y su política en favor de aumentar los precios internos de los energéticos, fueron ignorados; y se olvidaron también sus sugerencias sobre los límites en que debía mantenerse el gasto público. Aunque no fue obvio en el momento de su preparación, la tasa de crecimiento se elevó rápidamente en 1978. Recobrándose de los drásticos recortes que sufrió en 1976 y 1977, el gasto público creció en 1978 a la tasa anual más alta del periodo, aunque la inversión privada aún no respondía del todo a las nuevas condiciones. Las importaciones empezaron ese año su incremento anual sostenido de 20 a 30 por ciento en términos reales. El PGD, de abril de 1980, no percibió el peligro que esto último representaba, pese a que las tasas de crecimiento de las compras al exterior, tanto a precios corrientes como a constantes, eran ya conocidas para entonces y evidentemente rebasaban con mucho lo previsto en el PNDI. Ciertamente no se propuso ninguna acción que tomara en cuenta las consirables revisiones a las cifras de gasto público que contenía el plan anterior.(9) La política de liberación sobrevivió a la primera etapa, pero las otras medidas ortodoxas fueron dejadas de lado.

El auge inducido por la expansión petrolera duró hasta que se desplomó la confianza externa en la capacidad de México para financiar sus déficit en balanza de pagos. En febrero de 1982, el peso fue puesto en flotación para que encontrara su propio nivel. Pero la política económica había entrado ya en su tercera etapa. Los movimientos especulativos de capital que tuvieron lugar en 1981 hicieron evidente la necesidad de revertir las tendencias de la balanza de pagos. Los controles a la importación fueron restablecidos en julio de 1981. Y en diciembre, el presupuesto para 1982 recortó severamente el gasto público y se duplicaron los precios internos de los energéticos. La maquinaria del crecimiento empezaba a dar marcha atrás.

III

CONCLUSIONES

¿Fue un error la liberación?

El sistema mexicano de permisos y aranceles ha limitado el crecimiento de las importaciones de bienes con relación al del producto desde los años cuarenta. Tanto la oferta como la demanda se han ajustado a esa restricción: la oferta, porque los productores han utilizado insumos nacionales en líneas donde las importaciones, de estar disponibles, hubieran sido más adecuadas; la demanda, porque los consumidores han tenido que adquirir lo que hay en el mercado interno. Es muy difícil juzgar la magnitud que tiene en México la demanda insatisfecha por importaciones, pero evidentemente es muy considerable. La participación de los bienes y servicios importados en la demanda interna pasó del 8.8 por ciento en 1977 al 14.7 por ciento en 1981, un aumento que obviamente no hubiera podido sostenerse sin un incremento sustancial en las exportaciones.

Aunque quizá sólo una tercera parte del déficit en la balanza de pagos de 1981, equivalente a 3 mil 700 millones de dólares, es atribuible directamente a la liberación, su efecto acumulado durante el periodo puede haber llegado a unos 8 mil 700 millones de dólares, que se elevan a 10 mil millones en términos de deuda externa adicional, una vez que se incluyen los pagos correspondientes de interés. Esto equivale al 75 por ciento del aumento en la deuda externa oficial entre fines de 1977 y fines de 1981, por factores distintos a la fuga de capitales.

El peligro de una liberación muy rápida fue reconocido implícitamente al plantear el proceso en dos etapas. En la primera, 1978-1980, se pretendía sustituir las restricciones cuantitativas por aranceles, con el propósito de que el volumen de importación no se viera mayormente afectado; en la segunda etapa, 1981-82, se buscaba reducir los aranceles a niveles calculados para promover la “eficiencia”. En la práctica, no obstante, los nuevos aranceles fueron en promedio sólo un punto porcentual mayores que antes. Estos debieran elevarse por lo menos tres veces para cumplir con el propósito de la primera etapa. Mientras tanto, las restricciones cuantitativas se relajaron al punto de resultar inoperantes. (Véase cuadro 4).

Sin embargo, lo que resultó más grave para la conducción de la economía fue que la controversia sobre la política comercial distrajo la atención de una causa igualmente importante en el crecimiento de la importación de bienes: el incremento en la demanda interna final. El aumento acelerado de las compras al exterior que se observó entre 1978 y 1980 no se debió tan sólo a la liberación, y si se hubieran restablecido los controles, los efectos de la demanda hubieran sido más obvios. Como se ha visto, la elevación en los precios del petróleo en 1979 y 1980 permitió un nivel de demanda más alto que el previsto en el Plan Industrial, pero no en la magnitud que alcanzó realmente. Por otra parte, es también cierto que si la demanda interna se hubiera mantenido a los niveles planeados, la liberación habría hecho imposible alcanzar las metas de crecimiento del producto.

En suma, el programa de liberación puede ser criticado en tres direcciones. Primero, no fue suficientemente reconocido el peligro que representaba un alto crecimiento de las importaciones, sostenido a lo largo de varios años. Segundo, la sustitución de permisos por aranceles bien pudo requerir que estos últimos se elevaran permanentemente. Los niveles prevalecientes durante el periodo fueron muy bajos para tener el mismo efecto que los permisos. Sólo alcanzaron cerca de la mitad de las tasas de arancel recomendadas por el estudio en la materia elaborado por el Banco Mundial, (10) que de por sí subvaluaba el nivel necesario. Tercero, el proceso de liberación parece haber sido demasiado rápido, las restricciones que no se eliminaron resultaron en buena medida ineficaces. Por ejemplo, el aumento de las importaciones en rubros formalmente controlados dentro de ciertas categorías comerciales fue mayor, en varios casos importantes, que el de rubros liberados pertenecientes a las mismas categorías.(11)

Es muy posible que la liberación haya contribuido en alguna forma al rápido crecimiento de la economía, al permitir subsanar con importaciones la rigidez de la oferta interna en ciertos sectores. Sin embargo, ello tuvo un costo, en la medida en que el ajuste posterior a través de la devaluación y de la contracción haya tenido que ser mucho más drástico. El fenómeno, desde luego, se debió sólo en parte a la liberación. Pero ésta fue puesta en práctica al mismo tiempo en que se presentó una excesiva expansión de la demanda, muy por encima de lo que permitía el aumento en los precios del petróleo. Más aún, tuvo lugar en momentos en que otros factores afectaban negativamente a la balanza de pagos, como las crecientes tasas de interés y la inflación externa.

¿Debió restringirse la demanda interna?

El crecimiento de la demanda interna por encima de la oferta puede tener tres consecuencias: un crecimiento en las importaciones y una reducción de las exportaciones para cubrir la brecha; un aumento en los precios a medida que los compradores compiten entre sí a fin de obtener una oferta dada; y un aplazamiento de las fechas de entrega, o bien otras formas de racionamiento por mecanismos distintos al de precios. La mayor parte del desequilibrio ocurrido durante los años 1978-80 se expresó en apariencia a través del crecimiento de las importaciones. Cualquiera que sea el caso, si hubo un serio desequilibrio es de esperar que la industria nacional haya estado operando a altos niveles de utilización de la capacidad instalada.

Aunque la información sobre capacidad utilizada es difícil de obtener y de interpretar, a fines de 1979 muchas empresas se encontraban al parecer plenamente saturadas. Una investigación realizada a principios de 1980 en las empresas más grandes de distintos sectores demuestra que la mitad de ellas estaba operando a más del 90 por ciento de su capacidad y tres cuartas partes por encima del 80 por ciento. Confirma esta situación la información proveniente de la oficina de asesores del Presidente, acerca de las expectativas de utilización, de 31 sectores, todos estaban por encima de este nivel y muchos se encontraban operando más allá del 95 por ciento. No obstante, debe señalarse que estos mismos indicadores muestran que para fines de 1980 el nivel de capacidad utilizada era más bajo que en 1979. Aun así, las importaciones estaban creciendo más rápido en 1980 que en 1979, lo que podría tomarse como evidencia de que éstas competían cada vez más con la producción interna.

Dada la elevada utilización de la capacidad que prevaleció durante estos años, ¿qué base existe para sustentar la hipótesis de que el exceso de demanda fue la causa principal de la inflación, en particular de su aceleramiento a partir de 1980? Por una parte, varios estudios muestran que la inflación durante esos años puede explicarse sobre todo por los aumentos en los costos primos, las tasas de interés y los impuestos indirectos, más que por el exceso de demanda.(12) Por la otra, existen dos piezas de evidencia que contradicen la teoría de que el exceso de demanda fue el causante central de la inflación.

En primer lugar, si esta hipótesis fuera cierta, cabría esperar que los precios de los bienes susceptibles de importarse y de exportarse crecieran menos que los de aquéllos que tienen un mercado interno cautivo. Después de todo, las importaciones casi duplicaron su volumen en estos años y sus precios crecieron en general más lentamente que los internos. Sin embargo, la evidencia cuantitativa disponible no apoya esta suposición, particularmente al analizar el caso del sector manufacturero, que fue el más expuesto al comercio internacional. En segundo término, los sectores que operaron a un nivel de capacidad más alto no necesariamente coinciden con los sectores cuyos precios se elevaron más que el promedio. Estas dos piezas de evidencia, no obstante que ameritan mayor análisis, ponen en duda la existencia de una relación directa y simple entre el exceso de demanda y la inflación.

Por lo tanto, el exceso de demanda parece haber tenido su expresión principal en el aumento de las importaciones. La siguiente cuestión es considerar en qué medida lo anterior fue percibido con claridad durante el periodo, sobre todo porque las estadísticas oficiales sufrieron revisiones significativas. (Véase cuadro 5).

Cuando el Plan Industrial fue publicado, en marzo de 1979, la estimación preliminar del crecimiento de las importaciones en 1978 era de 14.7 por ciento mientras que la correspondiente a la demanda final se situó en 7.4 por ciento. Un año después estas cifras fueron revisadas al alza a 22 por ciento y 7.7 por ciento respectivamente: el crecimiento de las importaciones resultó ser mucho más alto de lo que el Plan había previsto. No obstante, el PGD, publicado en abril de 1980, no reconoció las implicaciones de este cambio para las proyecciones de balanza de pagos. Tampoco tomó en consideración que las importaciones crecían otra vez al 22 por ciento en 1979, según datos provisionales, cifra que fue nuevamente ajustada hacia arriba (29 por ciento). El Plan Industrial preveía que la demanda final interna crecería a un 6.1 por ciento en 1979. Las cuentas preliminares para ese año, de enero de 1980, calcularon este crecimiento en 9.8 por ciento, lo que constituye una apreciable diferencia. Pero la advertencia de crecimiento excesivo fue nuevamente ignorada. Un año después, en 1981, las cifras preliminares para el periodo anterior mostraron un crecimiento en la demanda final de 88 por ciento, comparado con el 7.9 por ciento esperado en el Plan Industrial para 1980. No obstante, para ese momento el Plan Global había pasado a primer plano. Preveía un 9.1 por ciento de crecimiento promedio en la demanda interna para 1980, 1981 y 1982: pero era excesivo y, en retrospectiva, no era sostenible. Lo anterior es así, además, porque el PGD tampoco reconoció otros factores que afectaban adversamente a la balanza de pagos -tasas externas de interés en aumento y creciente inflación en Estados Unidos-, factores que eran perfectamente visibles en la época en que el Plan fue publicado.

Por lo que hace a las importaciones, no hay duda de que las cifras disponibles durante 1979 mostraban tasas de crecimiento muy por encima de las consideradas por el Plan Industrial, tanto en valor como en volumen. Este fue el indicador más concluyente de que la compañía estaba evolucionando seriamente fuera de ritmo con relación a lo planeado y de que, o bien el proceso de liberación iba demasiado, o bien la demanda era demasiada alta. Pero en ninguno de los dos frentes se adoptaron medidas: el gasto siguió creciendo aceleradamente hasta mediados de 1981, dos años después, y el proceso de liberación continuó su marcha. En ese momento ya era demasiado tarde para impedir una crisis de balanza de pagos.

Sin embargo, es importante no perder de vista que, como se señaló, el efecto combinado de la liberación, el exceso de demanda y los factores externos distintos de las tasas de interés, por grandes que pudieran parecer, sólo explican una parte del déficit registrado: Cerca del 60 por ciento en 1981, factores puramente financieros, como las crecientes tasas de interés en el exterior y la fuga de capitales, fueron también responsables de una proporción considerable del desequilibrio. De mayor consecuencia es el hecho de que la contribución de estos factores al aumento de la deuda externa durante 1978-1981 fue de alrededor de dos tercios. En efecto, el peso de los factores financieros es tal que parece determinante en la precipitación de la crisis de 1982 y en la amplificación de sus repercusiones. Así, desde el punto de vista de la política económica, probablemente el mayor desacierto del sexenio fue subestimar la necesidad de imponer a tiempo los controles de cambios. Estos se establecieron ya muy tarde, en septiembre de 1982, en la parte más álgida de la crisis.

Aunque estaban presentes en México todas las condiciones para una crisis de balanza de pagos, la magnitud que ésta alcanzó en 1982 estuvo ciertamente fuera de proporción con el desequilibrio real subyacente. La crisis fue amplificada notablemente por los movimientos de capital que, bajo el sistema de libre convertibilidad prevaleciente, no pudieron ser controlados, ni siquiera elevando de manera sustancial las tasas internas de interés y devaluando dramáticamente la paridad cambiaria. En el proceso, estas medidas de carácter interno asestaron un golpe a la economía del que difícilmente se recuperará en muchos años. La situación se hizo insostenible cuando la banca extranjera decidió congelar los préstamos a México. De hecho, ello forzó al país a reducir en términos absolutos el nivel de su deuda durante la segunda mitad de 1982, acción sin precedente a juzgar por las prácticas internacionales establecidas sobre la materia. Esta decisión, más aún, no ayudó a nadie: perjudicó a la economía mexicana en un grado innecesario y puso en peligro la estabilidad del sistema financiero internacional. De no mediar estas circunstancias agravantes, la crisis de 1982 hubiera tenido efectos menos dañinos sobre la economía mexicana, una economía que a pesar de los desaciertos de política económica, terminó el sexenio con una estructura industrial fortalecida, después de haber creado un gran volumen de nuevos recursos de haber dado empleo a una proporción creciente de su fuerza de trabajo.

(*) La presente es una versión abreviada de un artículo escrito en enero de 1983, La política económica en México, 1976-1982, y que aparecerá publicado próximamente en inglés, en la serie Occassional Papers, Departamento de Economía Aplicada, Universidad de Cambridge; y en español, en el libro editado por Allan Ize y Nora Lustig, Economía mexicana: actualidad y perspectivas macroeconómicas, El Colegio de México (1984). El título del ensayo en la versión que presentamos aquí ha sido escogido por la redacción de Nexos.

NOTAS

(1) De acuerdo con las cifras publicadas por el Banco de Pagos Internacionales, México tuvo que reducir el nivel de su deuda pública externa en casi 2 mil millones de dólares entre junio y septiembre de 1982, precisamente en la parte más álgida de la crisis financiera. Ningún otro deudor de ese tamaño fue forzado en ese periodo, ni para el caso en ningún otro momento del pasado, a enfrentar una acción tan severa. (Véase Financial Times, 19 de enero 1983).

(2) Esta se había propuesto en dos etapas: durante la primera, 1977-80, los permisos y las cuotas de importación serían reemplazados por aranceles que teóricamente garantizarían el mismo efecto sobre el grado de protección; durante la segunda, 1978-82, los aranceles serían reducidos y racionalizados. Como se indica más adelante, en la práctica este proceso fue más rápido que el propuesto.

(3) Las nuevas Cuentas Nacionales (DSPP, 1980 y 1981) muestran un incremento más rápido de la ocupación de mano de obra, del orden del 3.7 por ciento anual durante 1976-1982, equivalente a 3 millones 750 mil empleos nuevos. Sin embargo, en éstas se utiliza una definición de ocupación distinta, según la cual la misma persona puede ser registrada más de una vez si tiene dos o más trabajos. Para el año inicial del sexenio, la cifra de las Cuentas Nacionales es aproximadamente 12 por ciento superior a la utilizada en Plan Industrial. Las nuevas estimaciones arrojan un incremento global en la productividad del trabajo de 2.4 por ciento anual, cerca de un punto porcentual menos que la tendencia histórica. En un periodo de rápido crecimiento, como fue el de 1976 a 1982, cabría esperar que la productividad aumentara más que la tendencia, no menos como lo indican las Cuentas.

(4) Esta cuestión fue el origen de la disputa entre el Secretario de Hacienda, Julio Rodolfo Moctezuma, y el Secretario de Programación y Presupuesto, Carlos Tello, que condujo a la renuncia de ambos en 1977.

(5) Una descripción de esa corriente puede encontrarse en Vladimiro Brailovsky: “Industrialization and Oil in Mexico: A Longterm Perspective”, en Terry Barker y Vladimiro Brailovsky (editores), Oil or Industry?, Academic Press, Londres, 1981.

(6) Esta es la crítica que ha intentado Redvers Opie, Economic Report on Mexico, No. 1, mayo de 1982, Ecanal, S.A. de C.V.

(7) Por ejemplo, el PGD observaba (p. 82) que la elasticidad de las importaciones con respecto a la demanda interna era de entre 3.5 y 4 en 1978 y 1979. Suponía que ésta descendería a 2 en 1982 con una tendencia hacia sus valores históricos de 1 a 1.5. Sin embargo, no explicaba cómo se lograrían estas, reducciones.

(8) La adopción de este paquete de política económica por el gobierno de Margaret Thatcher en 1979 fue la principal causa de la peor recesión que haya tenido la economía británica desde 1922. Sin embargo, aunque México y el Reino Unido son países ricos en petróleo, el primero tiene una historia de rápida expansión económica mientras que la experiencia del segundo es de crecimiento muy lento. En las circunstancias que se presentan en México después del colapso de 1982, la adopción de esta política ortodoxa por parte del nuevo gobierno corre el riesgo de imponer a la economía una contracción mucho más severa que la deseada, y un desperdicio de recursos mayor del necesario para alcanzar sus objetivos en materia fiscal y de balanza de pagos.

(9) Por ejemplo, la tasa media de crecimiento del consumo público, contemplada por el PNDI para el periodo 1976-79, fue multiplicada por un factor de dos en el PGD para los años siguientes.

(10) Banco Mundial, México, Manufacturing Sector: Situation, Prospects and Policies, Washington, D.C., 1979.

(11) Félix Jiménez Jaimes y Claudia Schatán, “México: la nueva política comercial y el incremento de las importaciones de bienes manufacturados en el periodo 1977-1980”, ponencia presentada al Seminario sobre el sector externo, CIDE, julio de 1982.

(12) John Eatwell y Ajit Singh, “¿Se encuentra ‘sobrecalentada’ la economía mexicana? Un análisis de los problemas de política económica a corto y mediano plazo” y “post-scriptum”, en Economía Mexicana, No. 3, 1981, pp. 253-278.

Lectores sobre la crisis

ALIANZA EN EL NORTE: HACIA LA DERECHA.

Sr. director:

El fenómeno de derechización en el norte del país y especialmente, en Ciudad Juárez, Chihuahua, pone sobre la mesa de las discusiones el debilitamiento del sistema político nacional y la incidencia de la crisis económica sobre este proceso.

El desgaste sufrido por el oficial, en el norte del país, verifica ostensiblemente, la ineficiencia de la radicalización retórica, en ausencia de un correlato específico con lo real y concreto. El ascenso del PAN a la presidencia municipal de Ciudad Juárez es la cristalización del papel histórico de oposición que tradicionalmente ha venido jugando este partido; de ninguna manera el triunfo del Partido Acción Nacional debe ser interpretado como un proceso de politización efectiva entre la clientela electoral; representa, sí un voto en contra del pri-gobierno.

Entre las causas más visibles de la pérdida de “consenso” del Partido Revolucionario Institucional, se puede destacar las siguientes:

a) -La crisis económica del país (cuyo peso es mayor, sin duda, entre los sectores proletarios) que tan buenos dividendos políticos le ha proporcionado al PAN.

b) -La alianza -implícita y explícita- entre amplios sectores de la burguesía regional (también nacional) y la burguesía estadounidense (léase maquiladoras en el caso de Ciudad Juárez).

c) -Una incesante campaña televisiva y periodística tendiente a magnificar los valores morales y culturales de la sociedad capitalista, sintetizándose en el lema: “únete al cambio”, reforzado por la injerencia del clero, en favor de la política conservadora.

d) -El alto índice de abstención, consecuencia de la pérdida de confianza en los procesos electorales y en las instituciones oficiales. Así como, en menor medida por la influencia de la izquierda, agrupada en torno a los comités de Defensa Popular, cuya forma de lucha con respecto a los comicios, es la abstención.

e) -La escasa o nula presencia de la izquierda revolucionaria en las elecciones, derivada en gran parte de la falta de trabajo sistemático y de constantes y profundas escisiones.

El triunfo panista en Ciudad Juárez, puede analizar también a la luz de la política económica nacional, más impuesta y condicionada por el FMI, que readecuada a las condiciones reales de la economía nacional, cuyos objetivos fundamentales los podemos enumerar de la siguiente manera:

a) -Disminución del índice inflacionario (del 100% en 1982 al 50% en 1983) considerado como el elemento fundamental de la política económica.

b) -Eliminación del desequilibrio externo, vía reducción en las importaciones y manteniendo el peso subvaluado frente al dólar, situación que alejaría momentáneamente el peligro de la devaluación y aumentaría las expectativas de la exportación. Asimismo, una restricción al recurso de la deuda externa.

c) -Contracción del gasto público e incremento de impuestos indirectos, cuyo objetivo central sería la reducción del déficit fiscal del 17% en 1982 al 8.5% en 1983 del PIB.

d) -Privatización de las empresas estatales, sustituyendo el criterio social, por un claro criterio eficientista y la apertura del mercado nacional a la inversión extranjera directa.

El costo social de esta política económica de corte francamente monetarista, es evidentemente muy alto para la clase proletaria, tal y como lo ha evidenciado en el Cono Sur (Chile Argentina, Uruguay), y como lo está evidenciando en México.

El marco teórico del que se parte es el de la teoría monetarista de Milton Friedman, que se erige como el más feroz enemigo del intervencionismo estatal en la vida económica y del Estado “benefactor” que surge de la revolución keynesiana. Friedman plantea que “la inflación es en todo momento y en todo lugar un fenómeno monetario” y sólo es susceptible de ser corregida mediante una política contraccionista. Se parte del supuesto de que la inflación es ocasionada por un exceso en el lado de la demanda, cuyo corregimiento estriba en un férreo control salarial. Adicionado a esto, se encuentra la reciente agresión hacia las organizaciones sindicales independientes, tal es el caso de los trabajadores de la industria nuclear.

La disminución en las importaciones como medida correctora del desequilibrio externo, atenta contra la estructura productiva al limitar su expansión, en virtud de la vital necesidad que ésta tiene de bienes de capital, casi en su totalidad importados, aumentando así el desempleo, que, según datos oficiales podría alcanzar hasta el 11% de la fuerza de trabajo.

La subvaluación del peso frente al dólar como medida estabilizadora del mercado cambiario y de eliminación de especulación financiera, se está desgastando ante la imposibilidad de frenar el ritmo inflacionario, lo que hace prever, según lo que se ha dado en llamar “realismo económico”, una nueva devaluación que modifique el tipo de cambio a la situación real.

En lo concerniente a la contracción del gasto público, es patente el criterio eficientista que sólo contempla óptimos de producción y soslaya los objetivos sociales y políticos de justicia y equidad, objetivos más importantes que el eficientismo económico. Ejemplo de esta política, es la venta de la VAM y Renault de México a empresas extranjeras.

Esta política económica antidemocrática y antipopular se ha materializado, naturalmente, en una pérdida de “consenso” reflejada en los comicios del norte del país.

El norte del país y específicamente la zona fronteriza es indudablemente una región estratégica para los intereses de los inversionistas estadounidenses. La reducción en el precio de la fuerza de trabajo, consecuencia de las devaluaciones de 1982, amplía las expectativas de inversión extranjera directa en México. La industria maquiladora establecida en la zona fronteriza, en el caso de Ciudad Juárez, presenta un período de nuevo auge, sobre todo a partir de las devaluaciones del año pasado. Además las posibilidades que las industrias maquiladoras tienen de incrementar su tasa de ganancia son múltiples. Un ejemplo de ello es la falta de control por parte de las autoridades laborales que permiten un excesivo desgaste de la fuerza de trabajo al incrementar arbitrariamente la velocidad de la banda de la línea de producción, lo que genera una mayor intensidad de trabajo, esto es: más productos de valor sin disminución del precio en el mismo espacio de tiempo, lo cual significa una mayor extracción de plusvalor que a su vez redunda una mayor tasa de ganancia.

Por lo tanto, lo que subyace en este ascenso del PAN al poder en el estado de Chihuahua es la convergencia de la crisis

económica y la alianza de los intereses económicos de amplios sectores de la burguesía nacional con los de la burguesía internacional, para eliminar las barreras legales que obstaculizan a la inversión extranjera directa obliga al Estado a crear las condiciones generales favorables a la producción y valorización de su capital.

La victoria de la derecha, lejos de entorpecer la política económica del nuevo régimen coadyuva abiertamente a la instrumentación de la misma, por coincidir de manera amplia con sus principios ideológicos e intereses económicos.

Por otra parte, el inversionista extranjero encuentra la posibilidad de asegurar una mayor defensa de sus intereses económicos, bajo los principios políticos del PAN a la vez que el país, se presenta ante el exterior, como un sistema político en firme proceso “democratizador”, diluyendo así la idea de la propagación conflictiva de Centroamérica hacia México, en que tanto ha insistido el gobierno de Ronald Reagan.

Finalmente, desde esta perspectiva surgen, entre otras, las siguientes preguntas: ¿Es realmente una derrota del sistema político nacional el ascenso del PAN en el norte del país? ¿No es producto de presiones externas para favorecer las expectativas de valorización de capital extranjero? ¿Es posible que el sistema político nacional se haya resignado a perder un espacio político y económico tan importante como Ciudad Juárez, sin recurrir a las maniobras acostumbradas para adjudicarse el triunfo? ¿Favorecerá, a largo plazo, al Estado nacional la implementación de políticas económicas antipopulares bajo el signo de otro partido? ¿Qué papel jugarán, en el futuro, las organizaciones izquierdistas en el norte del país?

Miguel Angel Rodríguez

PROPUESTAS EN LA CRISIS

Sr. Director:

Ante la crisis, que se presenta con inflación y retracción, desempleo, quiebra de industrias, abandono del campo y limitación de créditos, se propone: aprovechando los recursos disponibles, modificar el diseño de los productos (bienes y servicios) actuales por otros más elementales y sencillos. Reducir la intermediación al máximo, principalmente para los bienes de consumo. Asegurar la disponibilidad de insumos y de mercado mediante asociaciones y convenios entre productores mismos como con consumidores, teniéndose demanda y ofertas comprometidas. Movilizar el dinero de la banca, eliminándola como intermediaria, e invertir los ahorros directamente en las empresas de producción de bienes y servicios socialmente necesarios. La inversión adquirirá un riesgo, pero de otra manera, por las condiciones de la crisis los ahorros no alcanzarán para cubrir las necesidades mínimas.

Serían tareas de los empresarios: Procurar nuevos diseños de productos, adecuados a la demanda y a los recursos del país. Asociarse para integrarse verticalmente. Eliminar intermediarios, directos a consumidores organizados. Asociarse con el trabajador y compartir riesgos.

De los obreros: Pugnar por ser accionistas de la empresa. Utilizar la capacidad de no usada de la planta para obtener ingresos adicionales. Buscar qué otros productos se pueden fabricar en la planta, como está o con cambios (adiciones y/o reducciones). Creación de bodega y tienda sindical. Comprar productos básicos directamente a los productores. Capacitarse en oficios varios, para poder crear talleres varios y producir bienes y servicios socialmente necesarios. Relacionarse con obreros de la misma rama y de otras fábricas, así como con obreros de otras ramas.

De los campesinos: Comercializar sus productos directamente con grupos organizados que no solo compren sus productos sino que los puedan financiar. Asociarse los campesinos para crear unidades de producción diversificadas, para satisfacer los requerimientos nutricionales de grupos de consumidores. así como para su autoconsumo. Crear unidades piloto para experimentación. Crear el intercambio de bienes y servicios obrero-campesino.

De profesionistas, estudiantes e investigadores administrar los proyectos obreros y campesinos. Idear productos que respondan a las necesidades y a los recursos disponibles. Investigar qué se ha hecho en países en situación de crisis similar a la nuestra. Estudiar el problema de la vivienda y la tenencia de la tierra, así como la disponibilidad de congelar la venta de la tierra.

De los pequeños ahorradores: parte de sus ahorros arriesgarlos en inversiones para proyectos de pequeñas empresas que produzcan bienes y servicios socialmente necesarios, que le permitan a la población superar los efectos más negativos de la crisis.

Hugo Rafael Cervantes Hernández

HOMBRES DE MAIZ, FUNCIONARIOS DE PAPEL

Varios autores: El cultivo del maíz en México: diversidad, limitaciones y alternativas. Seis estudios de caso. Centro de Ecodesarrollo, México, 1982, 151 pp.

Este libro es el primer resultado de un proyecto de investigación que se inició en CECODES, en marzo de 1980. En el proyecto colaboraron entre seis y ocho investigadores de diferentes disciplinas sociales y naturales; lo coordinó Carlos Montañez, lo dirigió Arturo Warman, y contó con el apoyo de la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos y de otros organismos gubernamentales relacionados con el Sistema Alimentario Mexicano; además, pudo partir del material que había recopilado su director, desde hace varios años, sobre la historia del maíz en México. Se trata de analizar la situación del cultivo del maíz en México, las condiciones y causas de su estancamiento durante los últimos años y, por ahí, elaborar elementos para la formulación de políticas que garanticen la autosuficiencia de este cultivo.

En octubre de 1980, el CECODES publicó un folleto (Documento No. 1) con el título El cultivo del maíz en México: diversidad, limitaciones y alternativas, que resumía en 74 páginas las condiciones y lineamientos generales del proyecto. En su introducción constaban las contradicciones que la orientación gubernamental ha generado en el campo; orientación “casi uniforme en el sentido de considerar a la actividad agrícola como un negocio operado por una empresa que busca obtener una ganancia para remunerar y reproducir el capital” (p. 18). Este “modelo de desarrollo por la vía de industrialización” (p. 19) no suele tomar en cuenta “el carácter de la mayoría de las unidades productivas en el sector agrícola, cuando menos 80% del total, y de las que depende la producción de básicos en proporción mayoritaria” (p. 22). Por eso el proyecto “se enfoca a partir del reconocimiento de la especificidad de la adaptación de los productores campesinos, a tratar de establecer unidades mayores de agrupación, que siendo congruentes con la naturaleza del proceso productivo, puedan establecerse como unidades eficientes para el diseño de políticas específicas” (p. 22).

Postal, 1902

Después el folleto se refiere a la importancia del cultivo del maíz en México (pp. 25-33), la regulación de la producción de maíz como objetivo central de la política económica nacional (donde se vuelve a destacar que “una de las razones importantes del carácter errático de las políticas reguladoras consiste en que no tomaron en cuenta la diversidad de condiciones en que se produce el maíz y la variedad de propósitos con que se emprende el cultivo y el uso de este grano”, p. 36) y se abunda sobre los precios de garantía, los subsidios y las importaciones. La parte IV relaciona la política agraria con el uso del suelo y la última parte, con el título “Las políticas de fomento a la producción”, se refiere al riego, crédito, investigación y extensión agrícolas. La reducida nota bibliográfica al final verifica los límites severos de información disponible, que los autores vinculan con acierto al hecho de que la producción de maíz para el autoconsumo “no deja huella estadística” (p. 74).

El cultivo del maíz en México trae un subtítulo un tanto incorrecto, porque no se trata de una antología de seis estudios de caso. Más bien presenta el material que los investigadores del proyecto recogieron en seis regiones diferentes del país en cuatro grandes apartados: la evolución de los sistemas productivos de maíz, la producción del maíz, la clasificación de las unidades productoras y la relación entre las unidades productoras y las instituciones públicas. Por lo demás hubiera sido interesante conocer el proceso por el que estos investigadores llegaron a formular los textos de carácter general y de resumen.

En la introducción (pp. 11-23) vienen las variables básicas que se tomaron en cuenta para definir los sistemas productivos de maíz (intensidad en el uso del suelo, disponibilidad y manejo del agua, intensidad en el empleo de trabajo vivo durante el proceso productivo). A partir de ellas se presenta la lista de los diez sistemas productivos originales y se añaden los dos que surgieron a lo largo de la investigación. Además de señalar otros elementos generales para la investigación, se enumeran las áreas donde se realizaron los estudios de campo, la base empírica del libro, más cualitativa que cuantitativa: el norte de Veracruz, el sur de Jalisco, la depresión central de Chiapas, el norte de Guerrero, el norte del valle de Toluca y el área árida y semi-árida de Durango y Zacatecas. Los materiales recogidos -se anuncia su publicación posterior en forma de monografías- aparecen en los capítulos según los temas, con el fin de establecer comparaciones e identificar tendencias comunes (y relacionables con datos a nivel nacional), y también para identificar adaptaciones regionales, que exigirán una formulación y aplicación diferenciales de las políticas agrarias gubernamentales.

El primer capítulo trata en términos generales la evolución de los sistemas de barbecho, de los sistemas de riego y las modificaciones de sistemas que han sufrido solamente cambios menores, ilustrándolas con ejemplos específicos de las seis áreas de estudio (p. 59 y ss). En cada caso se busca identificar el factor crítico que impulsa al cambio del sistema y las alternativas que se presentan a los campesinos. En el capítulo II se analiza la producción de maíz según el comportamiento de la superficie de cultivo (haciendo énfasis en el reparto agrario, la ampliación del mercado, la presión demográfica sobre la tierra y el efecto del precio del maíz tanto en términos de desvalorización del trabajo invertido en la producción como de disminución de la tasa de ganancia) y del comportamiento de los rendimientos (reparando, ante todo, en los fertilizantes y las semillas mejoradas) Nuevamente, la parte final del capítulo está dedicada al señalamiento de divergencias y convergencias en las áreas de estudio.

La primera parte del tercer capítulo está dedicada a la discusión de índices de la relación beneficio/costo en las diferentes regiones y sistemas (que aparecen en el cuadro de las páginas finales del libro) y la elaboración de una tipología de las unidades productivas de maíz que se divide en “Dos grandes conjuntos: A) las que producen escencialmente para el autoabasto; B) las que comercializan todo o parte de su maíz” (p. 113). El capítulo final se propone comparar, en una docena de páginas, “Las características que distinguen tanto a los sistemas productivos y unidades de producción estudiadas, como a la actividad institucional; de este ejercicio deben hacerse evidentes las limitaciones y aciertos de la acción pública para adaptarse a las formas concretas de producir de las unidades” (p. 135). Termina con la afirmación varias veces enunciada a lo largo del estudio, de que es preciso “modificar sustancialmente el quehacer institucional” (p. 146; ver también pp. 104-105).

El conjunto puede ser de mucha utilidad para el funcionario público vinculado con la formulación o mejora de políticas agrarias y para el estudioso de los problemas agrícolas y su población. Y para el que se inicia en la investigación de campo en el agro mexicano y necesita trabajos básicos de referencia, este libro ayudará a ordenar sus datos sobre la pequeña producción campesina y a ubicarlos en el marco mayor de la realidad nacional. Porque los temas del libro están en el centro de la discusión actual sobre la coyuntura mexicana y los problemas agrarios, y como es el resultado preliminar de una investigación aún en curso, parecen oportunas tres anotaciones cuya intención no es mermar el valor de este trabajo sino señalar algunas de sus posibles dimensiones.

Ante todo se trata de un primer ordenamiento de materiales empíricos, sin embargo de él desprenden los autores una serie de conclusiones y recomendaciones (al menos preliminares). Pero no deja de llamar la atención la falta completa (y la constatación explícita de ella) de cualquier discusión de estos datos, conclusiones y recomendaciones a partir de (o en relación con) materiales bibliográficos, tanto empíricos como teóricos. Así, para mencionar solamente dos ejemplos, parece necesario, sugerente y factible revisar la amplia discusión en las ciencias sociales mexicanas sobre la racionalidad interna de las unidades de producción minifundistas a la luz de los datos reunidos, lo mismo que una explicitación de los modelos de desarrollo diagnosticados en las políticas agrarias gubernamentales recientes y del modelo asumido como base y marco para las recomendaciones. Este último, principalmente, no resulta muy claro todavía.

En segundo lugar, parece que este tipo de discusión posibilitaría la ubicación correcta de la producción de maíz en México y sus problemas; y más que nada, la formulación de elementos para estrategias gubernamentales. Así, por ejemplo, se sabe que en ciertas zonas petroleras del país la ganaderización del agro tiene causas que parecen relacionarse maíz con ciertos problemas jurídicos de tenencia de la tierra y la cercanía repentina de mercados de capital y de trabajo que con los factores que se enfatizan, a partir de las áreas estudiadas, en la preparación del libro. Otro ejemplo es la discusión sobre realidad y política demográficas del país, que siguen siendo todavía un campo difícil tanto para políticos como para científicos sociales, pero sin cuya consideración no será posible ni la elaboración de diagnósticos precisos ni la formulación de recomendaciones. El último ejemplo se refiere a la discusión, muy adelantada en ciertos países industrializados, sobre los efectos a largo plazo de productos químicos como fertilizantes y hierbicidas. La investigación del CECODES señala algunos problemas relacionados con ésto (digamos la creciente dificultad del control de la maleza y la presencia de plagas antes inexistentes- p. 89), pero no agota el problema de la contaminación y los efectos destructivos en una agricultura cada vez más dependiente de estos productos. En fin, estas (y otras) consideraciones que tratan de ubicar los problemas del maíz en un contexto más global serían deseables para presentar los resultados finales de la investigación.

Braguehais, c. 1840

La última observación se refiere a los destinatarios de esta investigación (y de ahí también al modelo de desarrollo agrario asumido). La presentación de los objetivos del proyecto deja en claro que se pretende dar a la administración agraria del país elementos de diagnóstico de la situación y recomendaciones de actuación para garantizar la autosuficiencia; a lo largo del estudio puede verse que los resultados del proyecto incluirían el planteamiento de una amplia reorientación de las políticas agrarias vigentes. Al margen de la viabilidad de este tipo de proposiciones, vale la pena recordar que incluso una reorientación así correría el peligro de ver en los ejidos y comunidades solamente “la parte planificable de la producción agropecuaria y forestal; para decirlo en forma menos suave, donde las instituciones tienen el derecho de decidir lo que debe hacerse, cuándo y cómo, y los ejidatarios y comuneros la obligación de aceptar” (p. 143). Particularmente el capítulo IV contiene numerosas indicaciones sobre la relación entre funcionarios gubernamentales y campesinos, que estos últimos experimentan con frecuencia en términos de desprecio, desinterés real, imposición etc., de parte de los funcionarios. Junto con los otros problemas, se sabe que muchos proyectos de la “organización para la producción”, en todas sus formas, fracasaron por este tipo de experiencias y por la reacción de los campesinos contra ellas. También se sabe que este problema no es un problema de forma. Entonces parece que el resultado final de este proyecto no podrá abstenerse de vincular la reformulación de las políticas agrarias nacionales con una discusión profunda de la extensión agrícola. ¿Será posible que ésta no se agote en el intento de obtener de los campesinos una mayor colaboración para llevar adelante los “intereses nacionales”, sino que revise las posibilidades de incluir a la población campesina, a los productores de maíz mismos, en este proceso de reformulación y reorientación?

MARX, QUE NO SE ACABA DE MORIR…

· M. Duverger: Los naranjos del lago Balaton, Ariel, Barcelona, 1981.

· André Gorz: Adiós al proletariado. Ediciones de “El Viejo Topo”. Barcelona, 1981.

· A. Touraine: L’apres socialisme, Bernard Grasset, París, 1980.

Este año de 1983 ha visto las celebraciones -y ha habido para todos los gustos- del primer centenario de la muerte de Karl Marx. De la muerte física del personaje, porque de la muerte teórica se podrá hablar mucho tiempo. Hay intelectuales que, de unos años a la fecha, viven prácticamente de este tema: enterrar, rematar o prolongar la agonía de Marx.

Recuerdo perfectamente que en diciembre de 1977, en un famoso coloquio sobre las sociedades posrevolucionarias (es decir, sobre los países del Este…), Althusser comenzó así su exposición sobre este tema: “El marxismo está en crisis”, y un escalofrío recorrió la sala. Poco después, los nuevos filósofos se crearon una reputación liquidando a Marx, e incluso la revista Time le dedicó una portada al tema.

Como sea, todo aquel fenómeno que surgió en diferentes ámbitos, pero cuyos protagonistas principales fueron gente de izquierda, de extrema izquierda, o de exmiembros de una y otra, contribuyó a poner en marcha una dinámica de cuestionamiento del marxismo como un cuerpo teórico que, resumiendo mucho, podríamos definir como una actitud de relativización del marxismo, entendido ya más como un instrumento parcial de investigación y de reflexión. Al parecer éste sería, si uno no puede ir más lejos, el lugar ideal de este arsenal teórico que inició Marx y que continuó, de manera diversa y contradictoria, una generación de discípulos.

Postal, c. 1904

Entonces, una primera referencia: la crisis -entendida como una relativización- del marxismo. Tampoco hay que caer una vez más en el paraje de siempre. No hay un después de la crisis, es decir, un momento de toma de conciencia, por parte de la izquierda política y sociológica, que divida la historia de la humanidad en dos: antes y después. Son multitud los movimientos de ruptura, de crítica, de crisis individuales y de colectivas, de revisiones más o menos dolorosas del marxismo, iniciadas ya en tiempos de Engels. Pero con el marxismo pasa una cosa curiosa: mientras más se multiplica el árbol genealógico descendente -pocas corrientes del pensamiento se han fragmentado tanto como ésta-, más se acentúa la tendencia de cada uno de los fragmentos a considerarse el depositario exclusivo de la pureza de sangre. De eso hay diferentes versiones, pero no nos dejaremos engañar: la esclerosis formal y de contenido de la ortodoxia de un Susloy no es sino la vertiente “dura” de muchos de los marxismos “flexibles” del mundo occidental. Tal vez eso nos llevaría a plantear una serie de preguntas inquietantes sobre la inercia totalitaria potencial de cualquier sistema con voluntad de interpretación global de la realidad. Pero aquí se trata de otra cosa.

Los autores en cuestión tienen, bien visto, dos o tres cosas más en común.

En primer lugar, son franceses. La precisión es necesaria porque sería un grave error abstraer y caer en el peligro de analizar, de debatir, incluso leer (sin nada más) a cualquiera de estos autores sin situarlos exactamente en el contexto que les corresponde.

Son franceses, y eso quiere decir que, por lo bajo, llevan sobre la espalda una carga de significantes que no pueden ignorarse. La tradición teórica de la izquierda francesa, con las influencias más significativas que eso implica, desde el jacobinismo hasta el marxismo estructural de los años sesenta, pasa por una confrontación histórica con el Estado (entendido como un cuerpo administrativo central) que ha dejado lesiones irreparables en más de una generación de intelectuales.

Quiero decir que como intelectuales franceses de izquierda, hay que analizarlos en función de su tradición, de la historia de su país y, ¿por qué no?, de los elementos de la historia inmediata que a todos nos afectan. En este caso, por ejemplo, puede sentirse en todos ellos (de manera diversa) la influencia del golpe chileno del 73 o, más aún, la derrota de la izquierda francesa en las elecciones legislativas del 78, derrota mucho más traumatizante que la de Mitterrand en las elecciones presidenciales del 74. Puede asegurarse que las elecciones perdidas del 78, junto con el vodevil de la ruptura de la Unión de la Izquierda en septiembre del 77, han actuado como un catalizador (es decir, como un factor externo que precipita un proceso en curso) de las dudas y preguntas que tenían hombres como Touraine y Gorz.

La victoria socialista de junio de 81, después del triunfo de Mitterrand dos meses antes, es un advenimiento cabal sin el cual no pueden interpretarse los textos aquí propuestos, que son anteriores a las elecciones mencionadas.

Otra cosa en común: nuestros autores son de izquierdas (aquí el criterio que juega es el subjetivo, apoyado en una práctica pública que no se ha desmentido abiertamente). Incluso Duverger, uno de los hombres que suscita más pasiones de un signo y otro donde quiera que pasa, tiene una trayectoria de divulgador en el ámbito de la politología que lo sitúa claramente en lo que podemos definir como un gran ámbito de la izquierda.

Son de izquierdas, pero no les agrada definirse como marxistas. Dicho de otro modo, no son marxistas si por eso se entiende una definición restrictiva que ellos rechazan y, desde estas páginas, yo (modestamente) también. Mejor dicho, no se consideran marxistas porque les parece una definición restrictiva del cuerpo de referencias teóricas y culturales que hacen suyas. Algunos de ellos lo han dicho en otras partes de un libro: tal vez soy marxista pero no únicamente. Por tanto, cualquiera que sea la valoración posterior de su obra, son gente que se sitúa claramente en una perspectiva de relativización de la obra de Marx.

Y luego, tampoco puede negarse la considerable capacidad de producción intelectual de cada uno de los tres, se esté o no de acuerdo con lo que plantean. Es decir: han sido intelectualmente productivos, estimulantes y con capacidad de iniciativa. Y el caso es que lo han hecho por fuera de los partidos. Dicho de otro modo, en la reflexión que se ha hecho durante los últimos veinte o treinta años en Europa occidental, desde el marxismo o sobre el marxismo, la capacidad de reflexión y de elaboración de los partidos de izquierda, sobre todo los comunistas pero también los socialistas y los socialdemócratas, ha estado muy por debajo de la de los pensadores individuales desligados de estas venerables instituciones (los partidos). Tenemos motivos para preocuparnos del atraso teórico endémico que los partidos imponen -en la práctica- a los militantes. La teoría del intelectual colectivo tiende a quedar desmentida por una práctica basada en la nivelación del debate por el mínimo común denominador, es decir, a la baja.

Ya dicho eso, al parecer ninguno de los autores puede desligarse de participar un poco en el ritual necrofílico: Duverger empieza: “Marx no ha muerto. Ha sido traicionado. Casi mil quinientos millones de hombres viven hoy bajo el imperio de su pensamiento. Pero eso ha producido tantas ilusiones como las que reprochaba al pensamiento liberal…” Touraine, con su libro, es más tajante: “El socialismo ha muerto. La palabra aparece en todas partes, en los programas electorales, en el nombre de los partidos y también de los estados, pero está vacía de sentido…” Gorz, entre que sí y que no: “El marxismo está en crisis porque hay una crisis dentro del movimiento obrero…” Es decir, hay un punto de partida común que es más que una hipótesis, porque tiene voluntad de simple constatación: marxismo, socialismo, movimiento obrero, todo ha de revisarse, y esta revisión ha de comenzar por lo que tenemos delante. Hacerlo el punto de la cuestión.

A partir de aquí, cada uno procede de manera distinta. Duverger, por ejemplo, aparece como el crítico más clásico, porque todo su dispositivo teórico reposa en una serie de convicciones que Duverger considera evidencias. Hay un elemento central en su reflexión, que es el de hacer una revisión de la obra de Marx, pero sobre todo de la herencia del marxismo, es decir, de todo lo que en el mundo actúa en nombre de Marx y que ha producido efectos devastadores. Por esto el esquema es clásico. Hay una crítica severísima del socialismo real, hecha a partir de temas relativamente conectados como la democracia política, el modelo económico, la cristalización ideológica de un cuerpo teórico aparentemente destinado a otras finalidades, y sobre todo la confirmación según la cual todos estos síntomas negativos, tendencialmente, van en aumento. Es la muerte de la esperanza de una eventual liberalización del sistema. Después de Khruschev, viene Breszhnev, y después de Iván Denisovich, viene el silencio (o las memorias de Breszhnev y -ívirgen santa!- el premio Lenin de literatura). La sensación de deja vu -tal vez sería mejor decir de deja lu- que acompaña la lectura de Duverger se deriva, a mi entender, de dos cosas: primero, que desde 1968 en la cultura de la izquierda occidental se han generalizado una serie de elementos de crítica estructural al socialismo real. Casi ninguno se queda ya con eso de los “errores” y del “balance globalmente positivo”. Y, del otro lado, también es cierto que Duverger, que es un excelente divulgador de su especialidad, el Derecho Constitucional y, en otro nivel, de la Ciencia Política, a lo largo del libro tiende a hacer afirmaciones un poco exageradas o, si no, apresuradas.

Dice, por ejemplo: “Poco a poco, y contrariamente al siglo XIX, el conjunto de las ciencias naturales se irá ajustando a modelos más o menos análogos a los de las ciencias humanas”. ¿Cómo y por qué?

La crítica al socialismo real ocupa, así, el grueso de la reflexión, y uno tiene la sensación de que eso era relativamente fácil, porque es ahí donde resulta más visible la deformación sistemática del pensamiento marxista. Hay, después, un apartado muy familiar de crítica al “reformismo socialdemócrata” típico de las socialdemocracias del norte de Europa. Con todo y que Duverger insiste en las mejoras reales que éste ha introducido en amplios sectores de la sociedad, queda la sensación de que le falta la voluntad de ir hasta el final, aunque sea para descubrir que estas mejoras parciales son el objetivo final del socialismo: en realidad, Duverger se esfuerza en llegar al tema de la tercera vía, que por una especie de centrismo intelectual necesita encontrarse a una distancia, si no igual, por fuerza equivalente frente a los dos pecados que se citaron antes (estalinismo y reformismo). A mi parecer, esta es la parte más débil del texto, con todo y que tiene la originalidad de entrarle decididamente al mito de la autogestión y verlo como una poción mágica que la tradición antiestalinista francesa busca infructuosamente desde 1848 o 1871. Finalmente, sin embargo, Duverger plantea claramente un problema ineludible. De un lado se ha visto ya la necesidad de desbrozar qué resta de Marx y del marxismo, como un instrumento, y qué es lo que ya ha quedado al margen. 

Pero hay otra vertiente del problema dónde comienza la utopía que lleva consigo el socialismo, dónde acaba la fuerza transformadora progresiva del socialismo como una conciencia política. Dónde está la frontera y cómo traspasarla.

Alain Touraine, que como hemos visto comienza el diagnóstico por el final: “El socialismo ha muerto”, entra muy rápido en materia, siguiendo el hilo de un pensamiento que viene de lejos y que tiene a los movimientos sociales por el concepto motor, los considera el bueno de la película; el villano es el Estado. El punto de partida de Touraine -que comienza, como digo, con afirmaciones tajantes, supongo que con el fin de tener después un margen mayor para rectificar o para matizar-, es que el socialismo está muerto, porque es la ideología del movimiento obrero, y el movimiento obrero es algo del siglo XIX, y ahora el problema es diferente.

Desde las primeras páginas, Touraine recuerda la ruptura de los partidos de izquierda en septiembre de 77 como una demostración no tan sólo de la inviabilidad de la unión de la izquierda (que sería la lectura más estricta del tema), sino del declinar de toda una manera de hacer política: los partidos, el Estado, la planificación, todo lo que, es cierto, hace de la izquierda francesa tradicional una de las más irritantes de todas, con su culto al Estado y con la tentación del paternalismo a flor de piel. La reflexión de Touraine es anterior, ya lo dije, a la victoria de Mitterrand, y por tanto no la incluye. Pero los sucesos posteriores probablemente lo han convencido de la justeza de su análisis, en el sentido de que el Partido Socialista actúa única y exclusivamente a través de la cúpula del Estado y las instituciones, dejando completamente de lado, no ya a los movimientos sociales, sino al mismo Partido Socialista, sus militantes y sus electores. En una conversación posterior a la victoria de Mitterrand, me pareció, ver una actitud peculiar en Touraine: mitad de escepticismo, mitad de “yo tenía razón”. El juego político se ha trastocado, y los movimientos sociales -superada la fase inicial, marginal- tienden a convertirse en una necesidad social, de modo que el público (sí, sí, utiliza la palabra) es defensor de la gestión estatal. Hay, dice Touraine, un movimiento paralelo de extensión del poder del Estado, de los ámbitos de su actuación, y una interrelación creciente de la alta política y la gestión de las esferas públicas. La administración, dice Touraine, está mucho más politizada que antes, y avanza hacia una extensión del Estado que tiende entonces a transformarse mediante esta relación extensiva con la sociedad.

E. Schneider, c. 1900

Touraine acierta cuando niega la contraposición entre movimientos sociales y movimiento obrero, cosa que los sindicatos y los partidos le echan en cara. Tiene razón, también, cuando dice que hay que dejar de lado la dimensión utópica del socialismo, porque los espacios de democracia social se irán conquistando cada día o no habrá hoy ni mañana. El problema central con Touraine es un poco el que, en otro aspecto, ha tenido el eurocomunismo. Cuando apareció y se puso de moda la teoría de los movimientos sociales, surgió una doble sensación: que se constataba algo que ya existía y que había aparecido como una respuesta a problemas objetivos, y que importaba pensar en los movimientos sociales porque eran portadores de novedades. Era evidentemente estar “a favor”.

Pero, con el paso del tiempo, al parecer los movimientos sociales han optado por dos soluciones (si se puede hablar de soluciones). Una, la de la fragmentación multiplicada, es decir, la remarginalización: por ejemplo, el feminismo radical. La otra es la de la fagocitación por parte de la izquierda institucional, o simplemente por la tentación institucional: por ejemplo, el movimiento de inmigración a Francia, o el ecologismo en Francia y Alemania. Dicho en otras palabras, parece que Touraine infravalora mucho la capacidad de supervivencia de la izquierda institucional, que hasta el momento ha sobrevivido a tantas crisis como el mismo capitalismo, y no son pocas. La política sigue pasando, quiérase o no, por determinados canales, y no es que se trate de negar la necesidad de fenómenos como los movimientos sociales, sino que no hay que enterrar definitivamente aquello que aún no ha muerto.

La reflexión de André Gorz es diferente. A la vez ambiciosa, propone algunos ejes de gran utilidad. Es cierto que el punto de partida es también el de la certeza de que algo no funciona en el reino del socialismo, delimitado aquí como un instrumento de emancipación. Lo que busca Gorz es demostrar: a) que la crisis -las crisis- son un elemento constitutivo del capitalismo, y b) que todo el problema es sustituir la lógica de la racionalidad capitalista por una lógica diferente, y esta segunda lógica nomás puede venir de aquello que, para entendernos -y “a la italiana”- denominamos sociedad civil (aunque Gorz lo formula de un modo un poco cargado: “La superación del capitalismo, su negación en nombre de una lógica diferente, no puede venir sino de las capas que representen o prefiguren la disolución de todas las clases, incluyendo la misma clase obrera”.) Gorz pone el dedo en el punto cuando dice que la crisis del marxismo radica en el hecho de que, más allá de su indiscutible dimensión utópica (es decir, inverificable), uno de sus supuestos iniciales es falso. Cuando se decía a) el desenvolvimiento de las fuerzas productivas genera la base material del socialismo, y b) genera también la base social del socialismo: es decir, la clase obrera; cuando decíamos eso estábamos diciendo algo falso porque la realidad histórica lo ha desmentido. Gorz hace después un repaso severísimo a varios mitos que tienen la piel dura, como, por ejemplo, el dominio del obrero sobre su producto, reducido a cero por la tendencia a la uniformación y la automatización, reafirmando, en cambio, el surgimiento en la producción de una alineación reforzada y en la política, de una lógica estatalista indestructible. El tema no es, entonces, producir más, sino producir distinto, y Gorz no habla del contenido de la producción, sino de la manera de producir. Porque si no llegamos a romper la absurda lógica productivista, no saldremos de consignas tan “retro” como “las fábricas para los trabajadores”, equivalentes industriales de “la tierra para los campesinos”, y que de esa manera no plantean el problema de la lógica económica universal: producir más, distribuir mal, reducir en la política el campo de alternativa al de la conquista (o alternancia) del Estado.

En el capítulo de las conclusiones, Gorz vuelve a un terreno más conocido, aunque posiblemente inexplorado: cómo cambiar el espíritu de transformación social para sortear los peligros, a) de la lógica productivista, de efectos tan aterradores para el Este como para el Oeste; b) cómo destruir el espejismo que hace creer que la llegada al poder político será la victoria tan esperada, que habrá de producir (y no puede hacerlo por definición) efectos radicales inmediatamente: íel cambio!

Gorz apuesta, así, por una dinámica de emancipación social, no tan rupturista como capaz de conquistar “Espacios crecientes de autonomía de los aparatos de dominación del capital y del Estado”. Poco antes dice: “La identificación del individuo con el Estado, y de las exigencias del Estado con la felicidad individual, son las dos caras del totalitarismo”.

Estos autores no han resuelto el problema referente a cómo se producirá esta promesa de cambio en las relaciones sociales, y entre la sociedad y el Estado, pero tienen el mérito de plantear viejos problemas de una manera relativamente estimulante. Y por tanto, Gorz, Touraine y Duverger, franceses, no comunistas, no marxistas, no militantes, contribuyen de manera decisiva a cambiar el modo en que las fuerzas del progreso se piensan a sí mismas.

IBAN DE LA LIBACION AL LENOCINIO

· Rubén M. Campos: Obra literaria. Estudio preliminar, recopilación y bibliografía de Serge I. Zaitzeff. Ediciones del Gobierno del Estado de Guanajuato México, 1983, 155 pp. 

· Rubén M. Campos: Claudio Oronoz. Publicaciones y Bibliotecas Culturales SEP, México, 1982, 207 pp.

“¿Cómo será juzgada la literatura de hoy cuando haya transcurrido otro cuarto de siglo?” se pregunta típicamente Rubén M. Campos, hablando en general pero deseando en personal, en el texto “El salón Bach y la Revista Moderna” (1925), que ahora recoge su Obra literaria. Aunque ese cuarto de siglo se ha doblado, la respuesta a la pregunta sigue dividida en dos partes. La primera está en el mismo título de su texto y la otra apunta a la salvedad de que, por su dispersión y entierro, la obra de Campos ha sido menos juzgada o leída que ubicada. Entonces, la literatura que Campos hizo ayer está unida hoy a la generación de la Revista Moderna cuyos fueros o parentescos podrían resumirse así, tomando a sus máscaras principales: José Juan Tablada es el hermano mayor, Julio Ruelas es el hermano muerto y recobrado en sus dibujos, Jesús E. Valenzuela es el hermano fracasado, y Rubén M. Campos es el hermano menor. Y pues tal ubicación cuenta con todo, falta precisamente el salón Bach y locales aledaños: lo cual no busca desmentir la versión ya fija de la Revista Moderna pero sí quiere que Campos (ahora se da la oportunidad) pueda leerse en el terreno que más lo favorezca; no es el de la poesía avanzada ni prometedora en su momento; tampoco la crítica (ni siquiera la musical) y mucho menos la intensidad pictórica (aunque no eran nada malos sus bocetos verbales de personajes); el terreno más favorable a Campos es el simple, inesperado y pionero de la historia literaria. Aquí aventaja y anticipa, aunque se trate siempre de fragmentos apenas conducentes a una intuición y aunque al paso del tiempo lo que él intentó en otros terrenos acabe por caer -incluso contra su consentimiento- en el lugar que Campos menos se esperaba. Campos pensó que era tres o cuatro (el poeta, el novelista, el crítico de música y literatura, el recopilador) y ahora todo cabe en una misma máscara distinta incluso a la encomiosa que le fabricó Tablada (Máscaras de la Revista Moderan, FCE, 1968, p. 123). La máscara que el tiempo le hizo a Campos ya está en exhibición y se llama El Recolector.

Hace más de cincuenta años que los Talleres Gráficos de la Nación publicaron un libro de Campos todavía legible contra sus visos anticuados, único en su género contra su índole profusa y sus vuelcos redundantes, y no por finalmente subterráneo o sumido en las bibliotecas a la espera de la mano reeditora, menos central para la historia literaria mexicana: El folklore literario de México, “copiosa recolección” de adivinanzas, anécdotas, canciones, coloquios, corridos, cuentos, epigramas, fábulas, glosas, juegos infantiles, leyendas, loas, mitos, narraciones, ocurrencias, pasquines, pastorelas, preces, proclamas, sátiras, sucedidos, tradiciones, versos callejeros y villancicos entre 1525 (es un decir loco, en realidad) y 1925. El repertorio es tan amplio que el paseante va del hallazgo al tedio; de una sabrosa viñeta sobre Manuel José Othón (visitando a una bruja que lo embadurna de aceites y “grasas misteriosas” en son de limpia, hasta que le extiende un brebaje “porque ya voy a volar” y el vate sale huyendo), el libro da paso a unas notas muertas sobre Lizardi; trae un rico y navegable muestrario de los poemas que inspiró en su contra esa musa ignorada de las letras nacionales que fue Santa Anna, pero incurre también en una aburrida sobremistificación del Negrito Poeta; y mientras uno quisiera más de los definitivos poemas populares sobre calaveras y pulques, el recolector se dilata -y no recoge tan bien- en el sembrado de corridos. Por el libro de Campos cruzan anécdotas de este tipo:

Braquehais. c, 1840

Don Guillermo Priero iba un día de muy mal humor y de 78 años, por el Empedradillo, su travesía habitual para tomar su tranvía en Tacubaya, a tiempo que venían en sentido contrario el poeta Jesús E. Valenzuela y el tribuno Jesús Urueta, ambos en plena popularidad, y al ver al anciano poeta decidieron ir a preguntarle sus respetos, emocionados.

-íMaestro! Venimos a saludar a una gloria de la Patria…

-¿Quienes son ustedes? -interrumpió don Guillermo escudriñándolos con sus ojillos miopes que brillaban tras de los espejuelos.

-Jesús E. Valenzuela… Jesús Urueta…

-íAh, sí, ya los conozco! -dijo irguiéndose terrible el viejo: íVayan y tiznen a su madre!

O vienen pasquines así:

Al Virrey don Félix Berenguer de Marquina (…) como no construyó más que una fuente que nunca dio agua y que sólo dio el nombre de Pila Seca a dos calles durante muchos años, le pusieron este pasquín:

Para perpetua memoria nos dejó el Virrey Marquina una pila en que se orina; y aquí se acaba la historia.

Campos sacó versos del México Viejo de Luis González Obregón, y no volvió a saberse de ellos sino hasta que Gabriel Zaid los puso a recircular en 1971. La asociación dice algo más: aunque ahora el libro de Campos da la impresión de ser un mero y rico impulso, un archivo, digamos, en bruto, cuya reedición solicitaría una poda cuidadosa y algunos acomodos escenciales, en la literatura mexicana no volvió a darse algo similar a El folklore literario de México sino hasta el Omnibus de poesía mexicana de Zaid. En el caso de Campos, su recolección es también su mejor libro: la Obra literaria que acaba de recopilar Zaitzeff no descubre a un autor sino que permite ratificar -esta vez de un modo insospechado y con posibilidades excéntricas y diversas- la certeza de que Campos no era tanto una pluma considerable como un cajón sugerente, un escritor atendible sólo en la medida en que consigna; pero importa que en ese modo de consignar, para la historia literaria parece abrirse un camino o darse un sesgo hacia rumbos inexplorados. Si ahora el ojo ve en los poemas y ficciones de Campos una ausencia de literatura -es decir, “aquí no hay obra” porque estos textos resultan un vacío frente a la presencia de Tablada-, lo que hizo Campos tiene ahora su mínimo desquite al denunciar en unos cuantos trazos, ni siquiera inmejorables, otra ausencia central: precisamente el vacío al que uno queda remitido cuando pregunta por la historia de la literatura mexicana. Historia no en el sentido de Carlos González Peña o María del Carmen Millán (la sucesión de fichas y fechas y la relación de obras y nombres) sino en el sentido estimulante que asoma en la obra de Campos a pesar de las irregularidades y el inacabamiento; una historia cotidiana de la literatura; la recolección de atmósferas, vidas internas y sucedidos privados; que al ver hacia el pasado, prefiere más el detalle que el conjunto; historia que opone al dato, el retrato; a la letra imprenta pública, la caligrafía íntima; a la enumeración de títulos, el registro del ambiente en que surgieron esos títulos; a la ficha mecánica, el capricho narrativo; al bloqueo o al chorro monótono, el salto hacia la viñeta peculiar. La historia literaria debe dar placer lo mismo que su asunto y este placer no debe supeditarse al que pueda dar la información, sino que debe informarse para el placer. Al pensamiento político le importa poco que Hobbes jugara tenis a los 75 años y que se pusiera frenético de que las moscas se le posaran en la calva; pero el detalle está consignado en las Vidas Breves de John Aubrey, y es fácil sentir que de haberse extraviado las notas de Aubrey la literatura en general no sólo tendría un hueco donde debió figurar esta delicia, sino que la misma historia de la cultura inglesa estaría incompleta.

Para el caso, es sorprendente que una sola cuartilla de Campos sobre Julio Ruelas dé una idea más clara o sensible de lo que fue la generación de la Revista Moderna que todo el discurso de Julio Torri sobre lo mismo, escrito para leerlo en su ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua. No es que esto pueda ni debe sustituir a la crítica, pero sí es capaz de intuirla; de prometerle, si persiste, la provisión de un claro que faltaba; la pone a las vivas porque de pronto salta el hallazgo o lo que parece una solución. Esto también es un ideal: una historia literaria placentera por sí misma y con la promesa extra, continua, del chispazo crítico encendido y captable en cualquier momento. Con Campos no siempre es así; la promesa es intermitente, los hallazgos se demoran y uno puede pasarse horas con el anzuelo metido en estas páginas sin que nada pique. Lo más práctico sería dejar el anzuelo en El folklore literario de México y sólo por no cambiar de carnada; pero es una elección innecesaria porque la misma carnada sirve para el resto de su obra. Frente a El folklore literario los otros textos de Campos no son un cambio de aguas sino una extensión de las mismas, y por canales inesperados. Sus mejores esfuerzos literarios, es decir, sus prosas sobre bohemios y divas, artistas y burdeles (haremslike), victorias de Baco contra sus adoradores y revanchas de Citerea; sus obituarios desviados hasta quedar en balconeos, sus páginas críticas que más bien son semblanzas resueltas, a su vez, en sentidos (Valenzuela) o desgarrados (Ruelas) anecdotarios; su novela sobre el modernista tuberculoso Claudio Oronoz: todo en Campos se vuelve un ejercicio valioso -y a veces, por inintencionado, heterodoxo- de historia literaria. Donde Campos puso ficción leemos ahora radiografía; sus personajes importan menos como tales que como condensadores de actitudes y atmósferas, como recolección y despliegue de síntomas; dos prostitutas sacadas de la alcoba voluptuosa y bañándose como ninfas en el lago de Chapala son menos eso que una explicación, el puente que en nuestra tradición permite unir, digamos, a Manuel M. Flores con José Juan Tablada, una potencial nota aclaratoria lista para ponerse al pie o al margen de muchos momentos de la poesía mexicana. De un modo más concreto, la obra de Campos resulta una especie de comprensión lateral o companion-guide en la lectura de su generación; o más que eso, esta obra es el diario verdadero de Tablada, las insinuantes memorias “decamerónicas” y alcohólicas de Valenzuela, incluso es la boca del reticente Ruelas:

Una noche que lo dejaba (a Ruelas) temprano en el umbral de su casa, persuadiéndolo de que debía descansar, me dijo en perfecto equilibrio, rompiendo su impasibilidad genuina: -“Si me acuesto sin sueño, veo en la oscuridad que grandes culebras se desanillan en los rincones. No puedo descansar”.

-Y volvimos al bar.

En la obra de Campos este bar está siempre recomenzando y tiene su complemento directo en “las carnes opulentas”. Por aquí corren ríos de alcohol y cantidades industriales de magnas pecatrices: todos van rumbo a la muerte o a la quiebra -o rumbo a la poesía mexicana; concretamente, a las Hostias negras de Tablada y a los paladeos eróticos de Rebolledo. Campos no pudo o no supo llevar esto a un buen poema; en cambio, casi todo Claudio Oronoz da una equivalencia exacta al hastío bohemio de Onix, las alcobas vueltas capillas de Misa Negra o los ultrajes “por ojeras brunas” y los altares impuros (“tendiendo las ancas”) de Laus Deo. Uno hace al lado el bric-a-brac prosístico de Campos y tiene a la mano toda la serie de ambientes, estilos, asfixias, impulsos y lugares comunes de su generación. Campos siguió recolectando aún cuando creía “hacer literatura”; recolectó botellas vacías, cascos de cerveza Edelweiss, declamaciones ridículas en público, comidas en casa de Valenzuela, vulgaridades modernistas, chistes gruesos, confesiones de borrachera, peroratas increíbles sobre Chopin, lecturas francesas, decesos de matronas y amigos, añoranzas de pureza, recuerdos de infancia, alcohólicos provincianos, señoritas decentes luchando mano a mano con las divas por la obtención definitiva del bohemio. Y con un cuidado especial, Campos recolectó meretrices, como puede verse en este hiperbólico Pequod de la prostitución (Claudio Oronoz):

H. von Jan, C. 1900

Primero fue Nacha Irigoyen, la blanca y crespa rubia de ojos verdes (…) y sus aliadas Rebeca Fontana, poderosa retinta velluda como Esaú, y Rosalía Morón, clorótica y diáfana (…) Después vino Wilhelmine Bjorn, la escandinava de tez de azucenas y anchos sombreros florecidos de lilas (…) Ana Reina, la cubana de ojos de gacela (…) y de remos poderosos que se ensanchaban cuando la antillana mecía su cintura en quiebro al danzar solamente con las caderas; Belén Villamar, la japonería viviente, pequeñita y frágil como una infantil auletrida, a la que el formidable Ward, una noche de orgía antigua, había hecho pararse desnuda sobre las palmas de sus manos; Sarah Bellido, la ubérrima, que tenía necesidad de oprimirse y vendarse los pechos enhiestos para dejar libertad a su coselete de avispa (…) Rosamunda Lamm, la californiana de hombros marmóreos (…) cuya grupa calípiga, que la hacía andar semidoblada, era tal, que una noche Belén, para desengañarse de si era postiza, le dio un alfilerazo que la hizo saltar lanzando un grito; Elena Rosas, la dolorosa blanquísima de expresión sufriente (…) su perfil demacrado de hembra quemada en combustión de fiebre, vorazmente consumida por la pasión.

Campos recogió estos sueños de vigilia, que fueron los de todos sus contemporáneos y se atrevió a delirarlos en voz alta. (Ahora dan un poco de risa o bastaría deshacerlos con una mirada a las fotos de éstas que fueron bellezas, ya profanadas por su exhibición al público en el Archivo General de la Nación). A ellos se suma el otro sueño de una juventud dorada, con una pasa de Smirna en una mano y un libro de Huysmans o Jean Richepin en la otra, interpretaciones de Brahms al piano y veraneos con ropa para toda ocasión, persecución de una dama misteriosa en un carruaje y ojos femeninos humedecidos tiernamente por la champaña helada. Pero con esto se mezcla siempre el avance de la quiebra y los horrores; la historia termina en la muerte de Julio Ruelas y pasa antes por los fragmentos de El Bar, por la consunción de Claudio Oronoz y por ese bohemio que se despierta una mañana con una cruda acumulada en años y se descubre acabado, con la moral disuelta, la obra ya inapetente e incumplida y el cuerpo roto (“Un cobarde”).

Es también como si, para su generación, Campos terminara por hacer al tiempo y en fragmentos, una versión modesta pero equivalente de A este lado del paraíso y The Crack-up. Y aquí en lugar de Princeton está el Bar Bach, y en lugar de Santayana o Christian Gauss está la personalidad “urente” de Manuel José Othón, uno de los personajes más insistentes de Campos. Si en el Anecdotario de Artemio del Valle Arizpe, muy disfrutable en cualquier caso, Othón queda como una especie de Joaquín Pardavé borrachín y dicharachero, en los textos de Campos la figura de Othón parece como un dibujo sacado de George Grosz: sentado en la mesa de la cantina, con la cabeza al rape sobre el pecho “rudo y rauco”, la nariz aguileña, pendejeando meseros, “ensartando la sarta de cantáridas de sus cuentos eróticos, salpimentados de uror sádico”, enfermo de “etilismo y satiriasis”, sonándose la nariz estrepitosamente, obstruido de las vías respiratorias, “inhalando con fruición el aire pesado del bar”, chasqueando la lengua de bebedor” a la evocación atrozmente sensual”, dejando que saliera lo mejor de su “florido Decamerón” antes de que Tablada y Valenzuela aprovecharan uno de sus silencios para soltar por su parte “un dardo de fuego de su ingenio pecaminoso”. Algo mitómano, Campos decía escribir libros que nunca aparecieron; entre ellos la “novela” El Bar, de la que sólo dejó unos retazos. Pero igual que toda la obra de Campos, estos fragmentos incumplidos arrojan un proyecto por cumplir; aunque apenas entreabren una puerta clausurada ¿cuándo?, por la que antes había un tránsito continuo, la lucecita antigua que sale de ahí tendría a su disposición todos los ajustes modernos que la desempolvaran y, lo más importante, de ella podría salir una propuesta efectivamente novedosa para el repetitivo mercado literario. El asunto requiere otro texto y aquí sólo puede esbozarse rápidamente.

Con la sobrepoblación literaria que se engrosa todos los días y todos los cafés, y todas las clases universitarias, etc., no es tan curiosos como frustrante que a ningún joven se le haya ocurrido una idea muy simple: cambiar de oferta. Y no hace falta inventarla sino mirar atrás y redescubrirla. Antes del reino de Los Contemporáneos hubo muchísimos modos de hacer literatura, pero es lamentable que los jóvenes sigan con la idea fija de que para iniciarse hay que repetir una fórmula igualmente abaratada: hacer una revista, invitar o adoptar a algún padrino, publicarle un texto, y publicar también el primer poema propio o el primer cuento propio o el primer texto poético o lo que sea, y dar más de los mismo. ¿Qué es casi lo único que no hay ahora, como propuesta literaria? Esa misma revista que excluyera, por principio, la “creación”, y que se dedicara exclusivamente a la historia literaria mexicana: a cambio de un poema, la reproducción de un poema anotado; a cambio de un cuento, un ensayo biográfico o, digamos, una Vida breve en cuartilla y media pulida hasta el cansancio o los límites propios; a cambio de textos poéticos, por ejemplo doce cuartillas que dieran con exactitud la amistad de Villaurrutia y Novo, o un duelo de Díaz Mirón, o la lapidación en Guanajuato del poeta liberal Juan Valle, etc. El Tablada político bien vale una novela; Valenzuela un poema a-la-Browning, etc. Y así con todo el asunto o el proyecto. Si ha de ser una ficción, que reconstruya, que investigue para emocionar o persuadir. Si sabe francés, que lea a Sainte-Beauve; si ha de traducir, que sea George Saintsbury o un capítulo de la ficción-verdad de Anthony Burgess sobre el joven Shakespeare, Nothing like the Sun, o de ABBA, sobre Keats en Italia. Más Schwob y menos S/Z; menos Todorov y más Lytton Strachey. Y en los casos nativos hay todo un arsenal, de las Memorias de Prieto a la Galería de contemporáneos de Riva Palacio al Diario de Gamboa, etc. Y una heterodoxia superable está en Rubén M. Campos. Parece la proposición de un movimiento retrógrado; pero como están las cosas, nadie sabe en qué momento las estatuas de sal puedan volverse los ángeles del progreso.

Tal vez Rubén M. Campos siga siendo un hermano menor de por vida en la literatura mexicana, pero ahora lo será de algún historiador literario que va a venir con el futuro infalible. 

LA CIENCIA MAS JOVEN

I

El nombre de Lewis Thomas ha sido conocido entre los investigadores científicos biomédicos desde hace más de 30 años, al principio entre los microbiólogos, después entre inmunólogos y patólogos experimentales, y desde 1971 y hasta 1974, por todo el mundo médico que lee el New England Journal of Medicine, que es… todo el mundo médico. En esa fecha, Thomas rebasó las fronteras de la comunidad internacional científica médica y se convirtió en un ensayista de enorme popularidad entre el público general. Lo que ocurrió fue que entre 1971 y 1974, Thomas publicó mensualmente un pequeño artículo en la revista médica mencionada, con el título general de “Notas de un Observador de la Biología”. Los artículos tienen cada uno una extensión de aproximadamente 1,000 palabras y se refieren a los temas más diversos dentro de la biología; su atractivo es que están escritos en un delicioso estilo informal, mezcla de conversaciones y comentario, con el autor participando de la misma manera que el lector en el asombro y la admiración ante la infinita complejidad y riqueza del mundo vivo. Pero en 1974, Thomas reunió 29 de sus ensayos en un librito llamado “Las vidas de una célula”, impreso por la casa editorial Viking, de Nueva York, que produjo una conmoción en el mundo literario, se vendió por millares, recibió comentarios elogiosos no sólo en Science y en Nature, sino también en el New York Review of Books, y ganó para su autor más de un premio en certámenes de literatura. El famoso crítico literario norteamericano Edward O. Wilson dijo: “Si Montaigne hubiera tenido un conocimiento profundo de la biología del siglo XX, hubiera sido Lewis Thomas”. En 1979, la casa editorial Viking publicó otro libro de Thomas, otra vez con 29 ensayos, bajo el título de “La Medusa y el Caracol”, que ha tenido el mismo merecido y estruendoso éxito.

Confieso ser un lector fanático de todo lo que escribe Thomas. No sólo los dos volúmenes mencionados arriba, sino muchas de sus conferencias científicas (Thomas es actualmente un “gurú” de la medicina académica norteamericana, por lo que con frecuencia es invitado a dictar conferencias magistrales” que eventualmente se publican) están repletas de sabiduría, originalidad, y un humor seco y algo distante, muy british, en el buen sentido del anglicismo. Su estilo es fluido, su pluma (o máquina de escribir) se mueve con tal elegancia y facilidad que convence a cualquiera de que escribir es lo más sencillo y natural del mundo. Con Thomas pasa un poco lo que con Superman; da la impresión de que si uno tiene el uniforme y la capa, volar “más rápido que una bala” es bien simple. Por experiencia personal puedo declarar que posiblemente sea más fácil imitar a Superman que a Thomas, pero aconsejo al amable lector que no intente ninguna de las dos cosas si en el primer caso no cuenta con una red o colchón donde caer sin peligro para su integridad anatómica, y en el segundo caso si no tiene experiencia de lo doloroso y demoledor que resultan las críticas de “amigos” y enemigos literarios.

Estas líneas han sido provocadas por la aparición del último libro del Dr. Lewis Thomas, llamado “La Ciencia Más Joven. Notas de un Observador de la Medicina” (The Youngest Science. Notes of a Medicine Watcher). Una generosa amiga mía viajó recientemente al vecino país del Norte y tuvo la gentileza de preguntarme si yo quería algo del “otro lado”; yo acababa de enterarme de la aparición del último libro de Thomas y le pedí que me lo trajera. El mismo día que lo recibí un querido amigo mío lo vió sobre mi escritorio y dijo: “Veo que ya tiene Ud. el último libro de Thomas. Yo también. Está muy bueno.” No le pregunté cómo lo había conseguido, pero confieso que mi secreto orgullo en mi capacidad para enterarme precozmente de lo que ocurre en el mundo de la literatura científica occidental y obtener con rapidez las publicaciones más atractivas se vió francamente muy mal.

La “ciencia más joven” de que habla Thomas es la medicina científica. En otros escritos, yo le he concedido una antigüedad de 300 años; Thomas, es mucho más exigente que yo. El tiene cierto respeto por la medicina histórica y tradicional, desde sus principios en la prehistoria hasta la época de Pasteur, a fines del siglo pasado; sin embargo, su respeto es más bien por las acciones de los médicos que por los efectos de sus medicinas. En páginas maravillosas describe la práctica médica de su padre, un doctor convencido de que su presencia y actitud eran lo más valioso que podía ofrecer a los niños con difteria, las mujeres con septicemia post-partum, los ancianos con neumonía, que se morían como moscas; por otro lado, los niños con sarampión, las mujeres con dismenorrea, los ancianos con arterioesclerosis, que evolucionaban de acuerdo con la historia natural de su enfermedad, también se beneficiaban de manera incalculable con su presencia y consuelo externos. Todos estos pacientes (y muchísimos otros) requerían no sólo de “balas mágicas”, sino también de compasión, de paciencia y hasta de simple compañía, cuyos efectos benéficos incluían también a la familia, los amigos y los vecinos. Lo más importante era el enfermo y su enfermedad, pero en ausencia de armas efectivas para combatirla de manera específica y eficiente, el doctor cubría otras áreas de gran valor personal y significado social. En elocuentes párrafos, Thomas señala el enorme poder de alivio contenido en el simple hecho de acercarse al enfermo, de hablarle y escucharlo con paciencia y simpatía, de tocarlo. Esto hace al paciente sentirse menos mal, aunque no tenga la menor influencia en la evolución de su enfermedad.

La razón por la que yo me remonto a unos 300 años atrás para identificar el principio de la medicina científica es porque de entonces data la introducción del método experimental en el estudio del cuerpo humano. Generalmente se reconoce a William Harvey como el iniciador de ese movimiento y a su libro De motu cordis, publicado en 1628, como la obra que marca el principio del empleo sistemático de las observaciones experimentales en el estudio de las enfermedades. Es a partir de esa época que se comienza a acumular la información que posteriormente permitirá a la medicina hacer algo más que psicoterapia por los enfermos (otros prefieren retrasar la fecha unos 100 años más, a 1543, año de la publicación del libro de Andreas Vesalio, De humane coporis fabricae). Pero Thomas señala que no fue sino a principios de este siglo, con la introducción de la inmunoterapia, que los médicos contaron con medios razonablemente eficientes para tratar unas cuantas enfermedades infecciosas, que el descubrimiento de la insulina en la tercera década de este siglo (1921) cambió por completo la vida de los diabéticos, que primero las sulfas (1932) y posteriormente la penicilina (descubierta en 1928, pero utilizada en forma terapéutica durante la II Guerra Mundial) y otros muchos antibióticos, han enriquecido el arsenal terapéutico más allá de lo que su padre y otros muchos médicos hubieran podido soñar a fines del siglo pasado. Eso, junto con el desarrollo de la asepsía (nacida de la teoría microbiana de la enfermedad, postulada por Koch y Pasteur en las últimas décadas del Siglo XIX) y la anestesia, que también data de esa época, y que permitieron el desarrollo explosivo de la cirugía durante lo que va de este siglo, han transformado a la medicina y le han conferido la capacidad de curar y/o aliviar directamente muchas enfermedades. Pero tal transformación se inició hace apenas 100 años o menos y por eso es que la medicina es la ciencia mas joven.

En realidad, este nuevo libro de Thomas es, como los dos anteriores, otra colección de ensayos sobre temas diversos, muchos de ellos de carácter autobiográfico. Esta es su principal virtud, ya que Thomas ha vivido más vidas que un gato dentro de la medicina contemporánea: ha sido investigador de problemas microbiológicos y de patología experimental en el Instituto Rockefeller (hoy Universidad), Profesor de Pediatría, de Medicina o de Patología en varias universidades, director de las escuelas de medicina de las Universidades de Yale y de Nueva York, miembro de la Comisión de Salud de la ciudad de Nueva York, del Consejo Consultivo Científico del Presidente, etc. Sus comentarios sobre los problemas y funciones de cada uno de estos puestos son precisos e iluminan claramente un sector de la medicina académica de un país, de manera que al terminar de leer el libro todo el vasto panorama constituido por los servicios de salud de los EUA aparece bosquejado en forma particularmente definida.

Podría pensarse que mucho de lo que dice Thomas no es aplicable a nuestro país, que tiene otros problemas de salud y niveles de recursos para resolverlos totalmente distintos; sin embargo, Thomas está convencido de que la forma más eficiente de disminuir los costos de la atención médica es patrocinado con generosidad a la investigación científica básica, ya que es de los laboratorios de donde salen las soluciones más económicas. Sus ejemplos son contundentes: las vacunas de Salk y de Sabin, que eliminaron una enfermedad, la poliomielitis, que deja secuelas incapacitantes difíciles y costosas de tratar. No hay ninguna razón por la que otros muchos padecimientos, entre ellos los infecciosos y parasitarios, que constituyen uno de los problemas centrales de salud en México, no puedan ser resueltos por medio de soluciones baratas y aplicables en gran escala. Lo único que se requiere de apoyo amplio y resuelto a la investigaciones básica sobre los mecanismos de esas enfermedades. En apenas 100 años, los investigadores han producido una serie de armas terapéuticas que han contribuido a cambiar la naturaleza misma de la práctica médica; con suficiente apoyo, sostenido por el tiempo suficiente, ¿quién se atrevería a predecir como será la medicina del futuro?

Los campesinos existen

Para dialogar, aconsejaba Machado, escuchar primero; después, dialogar.

El debate sobre la economía campesina careció de diálogo. Apenas se intercambiaron argumentos. Hace unos cinco años comenzaron a multiplicarse talleres y seminarios en que se discutía intensamente y se confrontaban posiciones, pero poco de ello se publicó (Narshí-Nandhá, algunos textos de Macehual, artículos sueltos…). En los foros, por otra parte, se tendía cada vez más a exhibir las posiciones, en vez de cotejarlas y enriquecerlas con su contradicción. Quizá por ello se produjo la manía taxonómica. Feder fue el primero: abrió fuego con las casillas de campesinistas, descampesinistas y proletaristas. Después de él las clasificaciones ganaron en sofisticación lo que perdieron en sentido. “Podría pensarse -dijo Ann Lucas- que estamos hablando de hidrología, con sus corrientes, vertientes y fuentes, más que de la economía política de los campesinos” (1)

Ha hecho bien Arturo Warman en convocar a una segunda vuelta. Si en ésta se rompen algunos de los candados aún vigentes y se emprende un verdadero diálogo, acaso sea posible ahorrarse la tercera.

LOS PRECURSORES

Todo empezó, naturalmente, con las movilizaciones campesinas. En la segunda mitad de los años sesenta, unos campesinos andaban en la guerrilla (Lucio Cabañas, Genaro Vázquez, Madera), otros en marchas y gestiones y todos en la inquietud. Años más tarde los analistas dirían que esto era producto de la crisis, cuyo punto de arranque han fechado equívocamente en 1965). Se ha apuntado también la novedad de esas movilizaciones, advirtiendo sobre las diferencias de los campesinos que las protagonizaban, pero eso es adelantar demasiado el argumento. Primero hay que echar una ojeada hacia atrás.

Para los propósitos del debate no es necesario ir demasiado lejos. Puede plantearse el asunto en la inmediata postguerra a partir del momento en que se excluyó a los campesinos del pacto obrero-empresarial con base en el cual el país jugó su apuesta por la industrialización. Para darle forma fue preciso romper la alianza obrero-campesina que se había estado gestando. Los campesinos intentaron recomponerla. Tras el fracasado intento de recrearla abiertamente, trataron de hacerlo en el seno de la Unión General de Obreros y Campesinos de México (UGOCM). Tampoco ahí funcionó: pronto fueron apartados de ella los sindicatos obreros, pero la UGOCM logró sobrevivir, se convirtió en la más combativa de las organizaciones campesinas del periodo y sus luchas desembocaron, al final de los años cincuenta, en las grandes movilizaciones del noroeste. Su conquista de los latifundios de la Cananea Copper puede ser vista como símbolo del contenido profundo de un género de lucha campesina que llegaba a su fin: con esas luchas morían, incluso físicamente, los campesinos que habían hecho la Revolución, y que conservaron -hasta su muerte- el aliento anarco-liberal de Zapata. Los enterró, entre otras cosas, la gran derrota de las organizaciones populares que se registró en 1958-1959, sobre la cual se levantarían las bases políticas del desarrollo estabilizador. Eran nuevos, renovados, los campesinos que se pusieron en movimiento en los años sesenta. Sin abandonar la histórica reivindicación de la tierra, abrieron claramente el espectro de sus demandas, identificándolas cada vez más con las de otros grupos y clases.

En ese contexto trabajaron los precursores. Tres tuvieron claramente ese carácter por la fuerza espiritual de su impacto: don Ricardo Pozas, en el plano de lo indígena; Rodolfo Stavenhagen, en particular el de las Siete tesis…, por su recuperación crítica del agrarismo histórico, Arturo Warman, con su renovada percepción de lo campesino. Hubo muchos otros, desde luego. Habría que mencionar, por ejemplo, a Jorge Martínez Ríos, que entre otras cosas dejó una utilísima bibliografía sobre el tema (hasta 1968), y al grupo de investigadores que bajo la coordinación de Sergio Reyes Osorio trabajaron en el Centro de Investigaciones Agrarias y elaboraron Estructura agraria y desarrollo agrícola en México (que circuló varios años en su versión mimeográfica, hasta ser editada por FCE en 1974).

El debate no fue una ocurrencia originaria, una iniciativa, sino una respuesta: los campesinos prendieron el foco a todos. Algunos -como los precursores- sirvieron como antenas del conjunto y por anticiparse ayudaron a los demás a dar los primeros pasos, pero incluso ellos eran ya reflejo de la dinámica campesina y global).

La cosa se puso en verdad buena al empezar la década pasada.

En el principio fue el déficit. “Ahora hasta de las fallas de Tláloc me van a echar la culpa”, había dicho Díaz Ordaz en 1969, demostrando que tampoco de esto había entendido nada. Pero en 1971 la discusión tenía otra apariencia. Al empezar el año (y la administración) se habían exportado algunos excedentes de maíz a precios inferiores a los pagados por CONASUPO. El hecho se empleó como argumento para mantener congelados los precios de garantía y orientar la producción de función del mercado y las ventajas comparativas. Así empezó a plantearse la cuestión de la autosuficiencia. Para algunos, la orientación de la producción era un asunto meramente técnico de selección óptima de cultivos y no lograban entender las conmociones que con él se desataban. Desde la Secretaría de la Presidencia o la SAG escuchaban con sonrisa benevolente y divertida las defensas de la economía campesina que estaba siendo necesario levantar ante las decisiones de política que se cocinaban. Ahí dentro llegó a haber vivas discusiones, pero hacia el exterior el debate resultó enteramente sesgado: proliferaron las argumentaciones en favor de la autosuficiencia o de los campesinos como protagonistas del desarrollo rural, pero no se produjo -en ese momento o en los siguientes diez años- un solo texto digno de mención que abordara una defensa seria de la tesis de las ventajas comparativas o que argumentara contra la autosuficiencia(2).

La realidad, en todo caso, resultó más terca que los argumentos. La presión de los campesinos, que la administración de Echeverría estaba tratando de transformar en fuerza y sustento de su política, se combinó estratégicamente con el momento más agudo de la crisis alimentaria (1972). El problema ya no podía plantearse en términos de ventajas comparativas o precios nacionales e internacionales de los granos, aunque éstos últimos se habían disparado. El problema era que había surgido el peligro de no poder conseguir los alimentos básicos a ningún precio. Comenzó a hablarse de la peor de las dependencias: la del estómago. Y al mismo tiempo se hizo evidente que, lejos de ser un asunto técnico, la decisión era plenamente política. Hablar de la orientación de la producción y a favor o en contra del maíz no era problema de selección óptima de cultivos sino definición política en torno a un tipo de agricultura y un género de productores: era ponerse con los campesinos o contra ellos.

Estos y otros hechos ilustran el contexto en que nació el debate. No partió de la academia. Lo pusieron en circulación los campesinos y se desarrolló en medio de asuntos de política pública con implicaciones internacionales. Era expresión y reflejo de lo que después se analizaría en el marco de la teoría de la internacionalización del capital y de la economía. Era producto de las oposiciones económicas y políticas entre los campesinos y los no campesinos, en el campo y en la ciudad. Un interés real, fundado en exigencias del día, se estrelló contra la insuficiencia de las explicaciones convencionales y empezó a buscar en todas direcciones para esbozar nuevas hipótesis que permitieran entender lo que pensaba. La fama e importancia que de pronto cobran los precursores no fue por tocar inadvertidamente la flauta, sino por haber calado avisada y anticipadamente en la realidad.

La cuestión de qué producir no se resolvía, obviamente, en el gabinete de los técnicos, aunque en su afán de determinar la política dieran cada vez más belleza y sofisticación a sus ejercicios econométricos. (Recuérdese, por ejemplo, la primera corrida del modelo CHAC, que llenaba de fresa a la nación, sustituyendo al maíz con un producto más redituable que el girasol). El problema era quién y para resolverlo se requería optar. La deuda externa, con Echeverría, y el petróleo, con López Portillo, permitieron posponer la decisión mediante una fórmula ecléctica: mantener el apoyo a la agricultura comercial y empezar, al mismo tiempo, promociones que respaldaran a los campesinos. Se puso de moda, entonces, averiguar quiénes eran estos viejos protagonistas del discurso oficial que ahora iban a ser objeto de atención privilegiada.

Es de dudarse que el concepto de modo de producción haya prestado ayuda eficaz al debate y sobre todo al esclarecimiento del tema. En primer término, el acento de los análisis al respecto no se puso en el modo de producción mismo (el capitalista o el campesino), sino en la hipótesis de la articulación de los modos. En segundo lugar, el problema de la especificidad de lo campesino estaba planteado como tal, teórica y prácticamente, antes de que la hipótesis de la articulación pretendiera emplearse para explicarlo. En tercer lugar, hay elementos para sospechar que esta vía de reflexión dañó gravemente la investigación sobre el campo y los campesinos, bloqueando el debate y entorpeciendo el esfuerzo de muchos estudiosos y analistas que no lograban desgarrar el velo ideológico que con ese discurso se había interpuesto entre su mirada exploratoria y la realidad.

La hipótesis de la articulación de modos de producción posee una gran fascinación intelectual. Es de enorme utilidad para explicar las relaciones entre Inglaterra y la India durante el primer siglo del establecimiento colonial inglés. Aunque en ningún otro caso se aplica tan bella y plenamente como en éste, es posible localizar en la historia y la geografía algunas circunstancias en que el modelo puede servir como guía para describirlas. Pero es difícil y probablemente demasiado fantasioso seguir empleando la hipótesis para explicar la moderna cuestión campesina. Y además: no hace falta. Otras la sustituyen con ventaja:

a) El trabajo asalariado no es la única forma que adoptan las relaciones capitalistas de producción. Hay muchas otras, algunas de ellas ultramodernas y especialmente en la agricultura;

b) las relaciones capitalistas de producción no sólo son dominantes en sociedades como la mexicana: se han generalizado por completo. A estas alturas no quedan espacios para la supervivencia y el desarrollo de modos precapitalistas de producción, subordinados o no al dominante;

c) los campesinos pueden ser caracterizados como una clase social del capitalismo. Son de naturaleza proletaria (por el género de contradicción que determina su existencia), pero son clase específica (que tiene intereses comunes a la vez que diferencias con el proletariado industrial).

No hace falta la hipótesis de la articulación ni es útil la equívoca categoría del semiproletariado. Hay situaciones, sin embargo, en que se vuelve irresistible interpretar las cosas como si fueran de esa manera. Piénsese, por ejemplo, en la más moderna y capitalista de las agriculturas del mundo: la norteamericana. En la actualidad, no predomina en ella el trabajo asalariado. El principal productor agrario de Estados Unidos es una cooperativa formada por medio millón de farmers, cada uno de los cuales cultiva directamente la granja familiar. Una parte de ellos está formada por agricultores de fin de semana que se contratan por un salario de lunes a viernes en empleos ajenos a su actividad agrícola. No faltará quien diga que se trata de un modo precapitalista de producción subordinado al capitalista dominante. Se observará que, según había pronosticado Rosa Luxemburgo (de donde procede todo este rollo), el capitalismo sólo puede expandirse sobre otros modos de producción -a los cuales vampiriza hasta agotarlos y a los que recrea constantemente para seguirse expandiendo. Esta ardua Penélope nunca mata por completo a la gallina de los huevos de oro, porque necesita mantenerla en producción. (Los huevos tienen diferentes nombres. El más socorrido: acumulación primitiva permanente). Tampoco faltará quien diga que esos farmers son típicos semiproletarios, que alquilan su fuerza de trabajo a cambio de un salario además de trabajar la tierra.

Esa interpretación, como tantas otras igualmente imaginativas, se ha desarrollado con entusiasmo digno de mejor causa a lo largo del debate. Si de lo que se trata es de transformar la realidad rural, sin embargo, esas interpretaciones se convierten en obstáculo: impiden percibir la naturaleza de clase de los campesinos y la lógica de funcionamiento de sus relaciones y procesos. No se trata, como sugiere Warman, de que el concepto de modo de producción o de la hipótesis de la articulación estén ya agotadas como rutas huerísticas. Es que han constituido un problema, tanto teórico como práctico, que aún no ha sido resuelto. Quizá ya carezca de sentido reabrir la discusión en este punto específico, por el que hace tiempo rondan los argumentos circulares, pero sigue haciendo falta el esclarecimiento de las relaciones entre los campesinos y el capital, para limpiar el análisis de las formas a menudo equívocas que lo han caracterizado.

Es probablemente cierto que los grandes economistas clásicos lo fueron por la capacidad de elaborar una teoría de la renta de la tierra. Marx coronó el edificio y lo hizo de manera brillante. La belleza y elegancia de su esquema no tienen parangón.

Pero la renta de la tierra es una categoría enteramente precapitalista y huele a fiambre. Marx y los clásicos tuvieron que trabajar con ella por exigencias de su realidad: la del capitalismo emergente. El régimen se desarrolló en la lucha entre tres clases: los capitalistas, los proletarios y los terratenientes, y esta lucha generó la categoría. Pero esto no era propio de ese régimen de producción, sino clara herencia del anterior, cuyos protagonistas aún disputaban el poder a las clases del nuevo. El capitalismo, sin embargo, ha cumplido a cabalidad su función histórica, enterrando a los regímenes precedentes. En él se enfrentan las clases que lo constituyen y cuando más las fuerzas del futuro. Ya no el pasado.

La lucha campesina por la tierra crea una tentación intelectual de la que es difícil escapar: lo campesinos, dueños de la tierra, pueden ser vistos como terratenientes, y el mismo papel puede atribuirse, sin mucho rubor, a latifundistas, ganaderos y otros agentes que poseen grandes extensiones de tierra. Asumida esa ilusión, es inevitable caer en el fascinante ejercicio de la teoría de la renta de la tierra (la de Marx o cualquier otra).

Es una práctica ahistórica. No cabe detenerse aquí en el argumento, pero se le menciona para coincidir con Warman por razones distintas a las que manifiesta. Como él dice, la reflexión al respecto ya se agotó; “la discusión se dio a costa del conocimiento teórico se realizó “con un acelerado distanciamiento del análisis de la realidad concreta”. Pero ello no es responsabilidad de los teóricos de la renta de la tierra que trataron de aplicar las categorías y el análisis al caso mexicano. No es que no supieran hacerlo bien: lo hicieron espléndidamente. El problema está en la teoría, que se refiere a una realidad que ya no tiene existencia concreta. Sospechar que sí, tratar de usarla, es como interpretar la plusvalía con las reglas del tributo. La especulación puede ser fascinante pero nada tiene que ver con el mundo real.

Y los campesinos ahí están, son cada día más, contra todo pronóstico(3). Curiosamente, quienes los enterrarían empiezan a contraerse, por lo pronto en términos relativos. (El proletariado industrial es ya una proporción decreciente de la población en los países más desarrollados).

Hubo una época del desarrollo capitalista en que pudo parecer previsible que el trabajo asalariado llegaría a convertirse en la forma de relación predominante o única entre capitalistas y trabajadores. Haya o no existido esa tendencia, el hecho es que hasta hoy esa modalidad coexiste con otras. La explotación del trabajo por el capital puede adoptar formas diferentes a las del salario. Dicho en otras palabras: no sólo los trabajadores asalariados son proletarios, en el sentido estricto y riguroso del término (o sea: entendiendo por proletarios a todos los trabajadores explotados por el capital).

Si esta reflexión pudiese tener aceptación general sería posible evitar la continuación de un aspecto muy estéril del debate. De hecho, parece inexplicable la persistente resistencia a admitir como capitalista la operación normal del capital en la agricultura. En México, como en todas partes del mundo, la gestión del capital ha tomado vías que se apartan, como de la peste, del trabajo asalariado. Es algo que se sabe hace bastantes años y que puede comprobarse en todas partes. Asombra la cantidad de tinta y de papel que se sigue gastando para “explicar” las “desviaciones” que la realidad comete respecto al “inevitable” camino de la proletarización. Es el mismo asombro que puede producir el término semiproletario.

El problema, claro está, es la cuestión política: la vieja condena dogmática de los campesinos. “Mientras este avance no suceda (la capacidad del proletariado de encabezar y radicalizar a los campesinos), el campesinado obstaculizará la delimitación de clases capitalistas y de sus luchas en el campo y en la sociedad como conjunto, incluyendo al proletariado, por el tipo de influencia que ejerce en el mercado de trabajo, y por su marcada orientación conservadora y ductibilidad política. Esta ductilidad la hace presa propia de la manipulación de la burguesía”(4). La otra cara de esta moneda es bastante obvia: “Las explosiones campesinas sin dirección urbana, tanto de cuadros políticos marxistas como del movimiento obrero, caen pronto en la condición de levantamientos efímeros y circulares”(5).

Estos problemas se superan en la realidad, en la práctica política, mucho más que en las argumentaciones especulativas. La historia concreta sigue refutando, día tras día, a este género de dogmatismos y reduccionismos. Pero Warman apunta a otra cuestión, formulada más allá de la coraza dogmática. Dice: “No sé qué nombre ponerle al proceso de transformación que está dándose en el campesinado, pero parece claro que es algo nuevo, de magnitud desconocida e imprevista, y que no corresponde a los modelos que discutimos. Más urgente que bautizarlo es conocerlo, describirlo y analizarlo con las enseñanzas del pasado pero sin sus limitaciones y estrecheces”. Es ésta una observación fundamental. Puede encontrarse aquí el núcleo teórico de lo que en la actualidad interesa investigar. Para examinarlo, resulta indispensable adoptar una perspectiva que rebase el horizonte de la sociedad capitalista, entre otras cosas para despejar la sospecha de que se trata ya de una realidad postcapitalista, aunque no se sepa bien de qué clase de postulación se trate. El autor de estas notas ha sugerido la expresión campesinos proletariados, para aludir a la clase emergente; ha propuesto que se les analice como trabajadores directos de la fábrica social (tradifas) y ha elaborado sobre sus capacidades de transformación, considerando que pueden rebasar los límites del régimen actual y que ilustran ya el género de relaciones que se desarrollará cuando éste se extinga(6). A Arturo Warman no le satisfacen mucho estos esquemas. Sus razones ha de tener. Pero es útil reconocer las suyas en cuanto a la relevancia de la cuestión y a la importancia de seguir investigándola.

El prejuicio ha permitido sostener que el problema del campo es la organización y que la solución consiste en organizar a los campesinos. Con ello sólo se revela la distancia respecto a la realidad campesina que siguen teniendo quienes pretenden transformarla. No hay campesino desorganizado, en el sentido de que alguno carezca de organización de pertenencia. El campesino aislado no puede sobrevivir. Lo que ocurre es que las organizaciones formales o informales creadas por los campesinos, las que han construido en siglos de lucha y les han permitido supervivencia y desarrollo bajo las condiciones más adversas, son modalidades de organización que no se corresponden y que a menudo se contradicen con las que se pretende imponerles desde afuera para sujetarlos.

Sobre esas organizaciones reales se construyen las movilizaciones campesinas. Se trata, literalmente, de organizaciones que caminan. Muchas veces parecen inorgánicas, desarticuladas, enteramente dependientes de formas caudillistas de liderazgo. Como siempre, las apariencias engañan. Cobran ese aspecto ante los ojos descuidados de un observador que sólo reconoce ciertas formas de organización, ajustadas a menudo a modelos urbanos (liberales y europeos) que nada tienen que ver con la realidad rural e indígena.

En América Latina, el tema de los movimientos campesinos podría ocupar el espacio central de las ciencias sociales. Habría que dar cuenta teórica y política, por ejemplo, del hecho impresionante de que las tres revoluciones populares triunfantes de este siglo emanaron aquí de movimientos sociales predominantemente campesinos que se apartaron expresamente de las formas de configuración orgánica y partidaria tradicionales. Sería preciso explicar el papel que han jugado los innumerables movimientos campesinos de la región en la formación de las sociedades latinoamericanas. En México, ha comentado Gerrit Huizer, los campesinos nunca han dejado de estar en movimiento; es preciso explicar por qué, con cuáles consecuencias, hacia qué rumbos.

Pero poco de esto se sabe. Ni siquiera la categoría misma de movimiento campesino ha recibido un tratamiento teórico adecuado: se carece, hasta ahora, de una definición rigurosa. (¿Cómo identificarlos? ¿Cómo distinguir un movimiento concreto, para examinarlos? ¿En el tiempo? ¿En el espacio? ¿Por sus dirigentes? ¿Por sus efectos?). Menos aún se conocen las formas de organización campesina. La polémica en torno al ejido y su porvenir se mantiene en todo su esplendor. (Desde Simpson, hace casi medio siglo, se ha avanzado poco). La comunidad es un misterio. Más aún la etnia. Tiene prioridad explorar la hipótesis de que se trata de organizaciones en el seno de una clase, no de sociedades cerradas, estratificadas, núcleos de reproducción del conjunto(7).

Estudiar el ejido, la comunidad, otras formas de organización rural y los movimientos campesinos, como sugiere Warman, es a todas luces prioritario. Puede dar al debate nuevo sentido y riqueza: lo vinculará directamente con la realidad campesina y sus urgencias. Los campesinos tienen sus organizaciones demasiado cerca de la piel: les resulta difícil percibirlas, examinarlas y sistematizar sus experiencias. Será útil trabajar con ellos para elaborarlas teóricamente.

El ejido, la comunidad indígena y el movimiento campesino, con sus combinaciones y eslabonamientos, pueden ser la columna vertebral de una transformación que se realice primero en el marco de los límites trazados por el actual régimen de producción y que después de apurarlos los rebase. O sea: son organizaciones que pueden dar sustento a la utopía y con ello al proyecto de transformación de largo alcance que conciba lo posible, lo haga probable en el cálculo teórico y lo convierta en realidad por la vía de la práctica. Ello exige reapropiarse a ejido y comunidad en tanto instituciones, para rescatarlos del uso retórico que los aprisionó en el discurso hueco de la manipulación populista y convertirlos, en cambio, en piedras de toque de un designio efectivamente emanado de la base social.

Al poner en relación ejido y comunidad indígena con el tema de las etnias puede construirse una hipótesis que lleva el tema de la organización productiva a la dimensión de la cultura y de la vida social. Contra la idea convencional de que comunidades y etnias son grupos cerrados que se estratifican y constituyen “sociedades en pequeño”, está planteada la hipótesis de que son, por una parte, organizaciones en el seno de una clase (o sea, configuraciones clasistas de lucha social) y que, al mismo tiempo, son embriones integrados de porvenir o sea, grupos con proyecto histórico(8). Por esta vía el debate puede encaminarse a su culminación natural.

Hay temas prácticos y concretos sobre la técnica y la ecología que es urgente investigar y prioritario debatir:

a) En la línea de los estudios de Hernández A., por ejemplo, conforme a la concepción de los agroecosistemas, se combina el conocimiento empírico de los campesinos con la investigación científica más moderna para crear “paquetes tecnológicos” de nuevo cuño que representan un cambio cualitativo respecto a los anteriores. En vez de constituir un instrumento adicional de dominación, que técnicos y científicos se prestan a diseñar, se incorporan al proceso de acumulación de fuerzas que llevan adelante los campesinos para fabricar su autonomía.

b) Para sustituir el enfoque equívoco de la tecnología “apropiada” o el expoliatorio de la tecnología intensiva de mano de obra, se registran avances empíricos en la ingeniería de diseño que, sobre todo en el campo agroindustrial, se deja guiar por las condiciones de gestión autónoma de las unidades productivas de los campesinos. Estos avances empíricos requieren sistematización y elaboración teórica para establecer sus límites y potencialidades.

c) Existen técnicas campesinas e indígenas milenarias que pueden presentarse como ejemplos óptimos de armonía ecológica. Otras, llevadas a su extremo por presiones demográficas o de otra índole, están causando graves daños en el ambiente y los recursos de amplias zonas. Hace falta una reconsideración global sobre la tecnología a emplear en el medio rural, que tome en debida cuenta la dimensión ecológica del asunto.

Hay otros muchos temas en este género, como también surgen otros mil cuando se plantea la cuestión de las relaciones entre el Estado y los campesinos. Es cierto, como señala Warman, que la investigación y el análisis no han seguido de cerca los cambios ocurridos en este periodo y que por ahora se carece de explicaciones apropiadas. Es cierto igualmente que la intervención del Estado es decisiva en el medio rural y que debe ser estudiada antes que enjuiciada. Sin embargo, en vez de llevarla al centro de la discusión, como sugiere Warman, podría ponerse en él a la sociedad misma, en su dimensión global -la cultura- y sólo en este contexto dar cabida al tema del Estado.

Los campesinos en general y los indígenas en particular han logrado que se produzca, en estos años, la quiebra radical del enfoque etnocentrista y autoritario que definió al indigenismo y a la política agraria desde su gestación cardenista. Tanto los agentes económicos y políticos como los gobiernos persiguieron continuamente, en todas estas décadas, la incorporación de campesinos e indígenas al “progreso”, a la “modernidad”, al “desarrollo”, a la “cultura nacional”. Con esas expresiones se aludía a una concepción urbanista y clasemediera del mundo, originaria de la ciudad de México, que se pretendió hacer pasar como cultura nacional y fue el manto empleado para encubrir los patrones centralistas de dominación económica, política y social que hicieron de la sociedad mexicana una de las más injustas del planeta para que el país pudiese pasar al rango de potencia media.

Pero eso se acabó. Campesinos e indígenas resistieron el embate. A menudo bajo las condiciones de “fortaleza sitiada” de que ha hablado Warman opusieron el vigor de tradiciones, normas de comportamiento y organizaciones y patrones de respuesta al empuje desintegrador de la cultura transnacionalizada que pretendía homogeneizarlos en la opresión. Su resistencia permite ahora que el país pueda concebir su proyecto en la democracia, en los términos de la realidad multiétnica y policultural que lo define y que el desarrollismo -como otros establecimientos colonialistas del pasado- trató de negar.

Si es válida la hipótesis de que la esencia de todas las crisis que hoy padece el país es cultural, o sea, si tiene fundamento la sospecha de que está en entredicho todo el repertorio de respuestas de los mexicanos, el cual no será aplicable para la sociedad que surgirá en la crisis actual, en la cuestión agraria se tiene un campo privilegiado de exploración para replantear el proyecto cultural del país.

En la hora, precisamente, en que el Estado mexicano es uno de los más poderosos del mundo (en términos relativos), en el plano político, lo mismo que en el económico y en el social, cuando su fuerza relativa parece incontenible e incontrastable, es la hora de la sociedad, no del Estado. Es la hora de plantearse la profundización de la democracia, para construir en la pluralidad una sociedad diferente que no tenga más, sino mejor Estado, y que se abra a nuevos patrones de convivialidad.

En ese terreno podría encontrar el debate sobre la economía campesina un destino superior. Y se demostraría, finalmente, que nos tocó bailar con la más bonita.

“El debate no partió de la academia. Lo pusieron en circulación los campesinos y se desarrolló en medio de asuntos de política pública con implicaciones internacionales. Era producto de las oposiciones económicas y políticas entre los campesinos y los no campesinos, en el campo y en la ciudad”.

“Sobre esas organizaciones reales se construyen movilizaciones campesinas. Se trata, literalmente, de organizaciones que caminan. Muchas veces parecen inorgánicas, desarticuladas, enteramente dependientes de formas caudillistas de liderazgo. Como siempre, las apariencias engañan”

“Los campesinos en general y los indígenas en particular han logrado que se produzca, en estos años, la quiebra radical del enfoque etnocentrista y autoritario que definió al indigenismo y a la política agraria desde su gestación cardenista”

NOTAS:

(1) Ann Lucas, “El debate sobre los campesinos y el capitalismo en México”, en Comercio Exterior, Vol. 32, No. 4, abril 1982.

(2) En G. Esteva, “Racionalidad de las exportaciones agrícolas subsidiadas” en Estudios Técnicos, Vol. I, México, CONASUPO, 1971, se expone el argumento a favor de los cultivos campesinos bajo la condición -hoy improbable- de la generación de excedentes. El texto refleja el tipo de preocupaciones que rondaba en ese momento las oficinas públicas. Sobre la autosuficiencia y contra la tesis de las ventajas comparativas, ver, entre otros, G. Esteva, “Optimización y estrategia agropecuaria: las peras del olmo” en El Economista Mexicano, Vol. 12, No. 5, México, septiembre-octubre de 1978, y “Autosuficiencia y reorganización de la producción, claves de la estrategia agropecuaria”, en Memoria del Primer Congreso Nacional de Economistas, octubre, 1974.

(3) Como es obvio, para contarlos es necesario identificarlos. De la noción dependerá la estadística. Por eso en el debate ha sido posible jugar especulativamente con las cifras para “demostrar” la tendencia que se defiende.

(4) Sergio de la Peña, “El proletariado en el capitalismo tardío”, en Revista Mexicana de Sociología, Vol. XXXVIII, No. 2, abril-junio 1976, pp. 448-449.

(5) Francisco Gómezjara, “La lucha por la tierra debe convertirse en lucha contra el capital”, en Críticas de la Economía Política, No. 5, octubre-diciembre 1977, pp. 112.

(6) La proposición sobre la categoría de Campesinos Proletarios, aunque no el término, se presentó por primera vez en G. Esteva, “¿Y si los campesinos existen?”, en Comercio Exterior, Vol. 28, No. 6, México, junio 1978. Una versión más rigurosa y actual está en “La economía campesina actual como opción de desarrollo” en Investigación Económica, No. 147, Vol. XXXVIII, México, enero-marzo 1979. Sobre los tradifas, hay un resumen de los trabajos al respecto en G. Esteva, “Los tradifas o el fin de la marginación”, en El Trimestre Económico, sobretiro, Vol. L (2), No. 198, abril-junio 1983.

(7) Véase G. Esteva, “Movimientos campesinos y política nacional”, en Cuadernos de Discusión, CENAPRO, NO. 2, México, septiembre-octubre, 1978.

(8) Véase G. Esteva, “Lo indígena y lo campesino: supervivencia del pasado o simiente de proyecto futuro”, en México Indígena, INI 30 años después. Número especial, México, INI, diciembre, 1978.

También: “Comunidad, comunicación y desarrollo”, DIF, 1978. 

Invitación al pleito

Hace diez años aproximadamente que se manifestó en México una corriente intelectual que replanteó, a la luz de nuevos datos y análisis, la cuestión agraria y rural del país. La visión desarrollista y tecnócrata que reducía todo a la “productividad”, a la brutal simplificación del “costo-beneficio” y de las “ventajas comparativas”, siempre confiando en la dirección de la mano invisible y todopoderosa del capitalismo, fue sometida a una crítica profunda y rigurosa que mostró que los supuestos teóricos no correspondían con la realidad del México rural. Evidente y tristemente, la visión desarrollista no ha desaparecido ni fue derrotada, pero la corriente de los setentas que planteó la problemática rural en términos de la presencia de un grupo campesino, le disputó seriamente la hegemonía intelectual con todas sus implicaciones. En los ochenta, la visión desarrollista resurge con todo su simplismo y vigor, con su “realismo” vulgar, para recuperar el terreno perdido. El debate, sin embargo, no ha surgido. Sería muy triste que ganaran por ausencia de contendientes.

La corriente de los años setentas no fue, ciertamente, un movimiento visionario ni prematuro. La llamada crisis agrícola, que estadísticamente se presentó desde 1965, se manifestaba, clara y obviamente, como un conjunto de problemas económicos y sociales. La importación de alimentos básicos en volúmenes importantes y crecientes, que ha continuado hasta la actualidad, se estableció desde principios de los setentas como un fenómeno normal. La implicación de ese hecho es obvia y dramática: el país había perdido la capacidad de alimentar a su población. Los productores pobres del campo, la inmensa mayoría, habían perdido la capacidad para aumentar su producción al mismo ritmo con el que crecía la población. La imposibilidad de crecer se tradujo en un deterioro de sus condiciones de vida que ya eran las más malas del país. Los campesinos no permanecieron inactivos y se movilizaron con intensidad, se hicieron presentes por sus acciones. Los movimientos campesinos se lanzaron a la lucha pese a los cerrojos que las centrales campesinas oficiales y la represión habían establecido para prevenir esa eventualidad. La movilización campesina de los setentas fue heterogénea en sus características y tácticas, pero articulada alrededor de una demanda básica, común y permanente: la lucha por la tierra. Esa demanda terca y reiterada contradecía a todas las predicciones por entonces vigentes. Caricaturizando: los campesinos que pedían la tierra ya no deberían existir, si existían no deberían movilizarse y si se movilizaban no deberían demandar el reparto de la tierra. La corriente intelectual de los setentas fue en muchos sentidos, una reacción y una respuesta a la movilización de los campesinos. 

“La corriente de los setentas que planteó el problema en términos de la presencia de un grupo campesino, le disputó a la visión desarrollista la hegemonía intelectual. En los ochentas, la visión desarrollista resurge con todo su simplismo y vigor, con su ‘realismo’ vulgar, para recuperar el terreno perdido”

El esfuerzo por entender y explicar la “irregularidad” de la presencia y lucha campesina se concentró en el estudio de su economía y a través de él, del modelo para la acumulación del capital en el México posrevolucionario, y en especial posalemanista. Para ello, en lo fundamental, se recurrió a la teoría marxista y a su tradición crítica -lo que no quiere decir contraria-, que se había enriquecido por la aparición de los materiales que había suprimido el estalinismo y sus secuelas. A esta gran fuente renovadora se sumó otra de la mayor importancia: el trabajo de campo, la observación directa y a profundidad del quehacer y la opinión de los campesinos. Esta manera de investigar produjo información alternativa a la de tipo cuantitativo y agregada que había sustentado las visiones desarrollistas sobre el problema agrario en México. Sobre estos dos pilares, teoría e investigación básica, y muchos más, y con mucho trabajo que se concretó en libros y publicaciones, conferencias y debates públicos, proyectos de investigación ambiciosos e imaginativos, etc., se echó a rodar el tema del México campesino en la década de los setentas.

Para la mayoría de los participantes iniciales en la corriente la mayor sorpresa fue el “éxito”. Había una demanda para nuestro trabajo fuera de los círculos académicas, en muchas partes y sectores del país. La discusión se nos fue de las manos, el debate se llevaba a cabo en muchos foros y con la intervención de muchas gentes, la mayoría desconocidos. Nuestras preocupaciones coincidían con las de gentes, grupos y organizaciones que manifestaban preocupación por el destino del país. Los enfoques sobre el campesino se debatían en la prensa y entre funcionarios del sector público, se colaban en los discursos y programas del gobierno, se discutían en los partidos políticos, incluido el del gobierno. La existencia de un sector campesino en los términos establecidos por la nueva corriente, se convirtió en un tema de opinión pública, con todas las ventajas y restricciones que esto implica. Estábamos haciendo política. Nos sentíamos como los creadores de un pequeño Frankenstein, que al adquirir vida propia nos desconocía y a veces nos agredía.

Desde el comienzo, los participantes en el debate habían partido de diferentes premisas y distintas posiciones, que se agrupaban por temas y preocupaciones comunes que debían ser tratados con libertad e imaginación. Probablemente uno de los factores que más contribuye al éxito del debate fue la diversidad, la pluralidad, y en cierto sentido la inconciencia y la libertad. Pero en la medida que la discusión obtenía éxito las posiciones intelectuales se fueron agrupando en corrientes, en escuelas encontradas que hasta nombres recibieron. Los bandos se fueron separando -valdría la pena averiguar las muchas razones que influyeron en el distanciamiento- y al mismo tiempo que se discutían argumentos se repartían calificativos. Empezó la guerra de las citas y éstas fueron adquiriendo la intención, el peso y la contundencia de garrotes. La discusión se ideologizó y aunque fuera insuficiente, parecía natural y estimulante. En lapsos más breves que un suspiro uno podía sentirse esforzado e incomprendido cruzado, guerrero victorioso y condecorado o minoría injustamente perseguida y maltratada.

“La demanda terca y reiterada de la lucha por la tierra contradecía a todas las predicciones vigentes. Caricaturizado: los campesinos que pedían la tierra ya no deberían existir, si existían no deberían movilizarse, y si se movilizaban no deberían demandar el reparto de la tierra”

En un momento que a mí me resulta difícil precisar dejamos de avanzar, o lo hicimos mucho más lentamente, y la discusión se congeló y se volvió, en lo fundamental, reiterativa y hasta ornamentalmente barroca. Los nuevos resultados se agregaban a temas ya discutidos sin modificarlos en lo escencial. Con frecuencia, los datos obtenidos por las nuevas investigaciones se usaron más para confirmar los hallazgos conocidos que para abrir nuevas áreas en el debate. Los argumentos se volvieron densos y esotéricos, es decir para los iniciados. Ideologizada pero no verdaderamente politizada -o tal vez crecientemente despolitizada- y desligada de los acontecimientos cotidianos, la discusión se dogmatizó y se volvió más académica. Nos separamos poco a poco de las preocupaciones de la opinión pública. Apareció el riesgo de que los adjetivos que nos endilgamos se volvieran epitafios.

Tengo la impresión de que al iniciarse los ochentas estábamos discutiendo temas que intelectualmente habían envejecido, bien porque su utilidad ya se había cumplido o porque nunca maduraron. Perdió impulso la investigación de campo y se suspendió o se hizo más lenta la formación de nuevos investigadores. El reconocimiento académico para los estudios campesinos se convirtió en un refugio. La discusión sobre el campesinado, en lo que a mí me parecen sus términos actuales, volvió a su origen. El ciclo podría considerarse como normal y saludable si no persistieran en la sociedad los hechos perturbadores que dieron origen al debate: los campesinos siguen ahí, ahora también en contradicción con las nuevas predicciones. No han desaparecido ni son los mismos que cuando comenzó la discusión. El estallido no se ha dado pero la crisis sigue ahí, más profunda y más aguda.

Este puede ser un buen momento para pasar revista y tratar de reabrir el debate con nuevos términos. Una manera de hacerlo consiste en tratar de identificar los temas y enfoques superados, para sugerir algunos de los que pueden ocupar su lugar, no sólo en el campo de la discusión sino también en el de la investigación. No pretendo llegar a ser inclusivo ni objetivo. No me propongo intentar la autopsia del debate con juicios definitivos. Mi planteamiento no será sistemático ni exhaustivo sino simplemente propositivo desde un punto de vista muy particular: el mío. Estoy casado con mis ideas y mis prejuicios (malo que adúlteramente lo estuviera con las de otros), pero no las considero ni eternas ni sagradas. No quiero juzgar sino opinar. La invitación a la polémica es una propuesta, esquemática y telegráfica, de un participante.

La construcción del debate alrededor del tema campesino debe mucho al concepto, o juego de conceptos, de modo de producción. Sin ellos no se hubiera llegado a plantear el comportamiento económico del campesinado como algo específico, racional y productivo. El uso de la unidad familiar de producción-consumo como la célula socioeconómica mediante la cual el campesino se reproduce socialmente, contrastando con la empresa que se define por la reproducción del capital por la ganancia, se debe al uso del concepto de modo de producción, así como otros muchos hallazgos importantes. La reacción defensiva de los campesinos frente a los avances técnicos y la modernización indiscriminada pudo entenderse como una decisión lógica, económicamente acertada para el mejor manejo de recursos limitados e intransferibles. El “conservaturismo” y la “ignorancia” que calificaban las decisiones económicas del campesino no encontraron sustento en la realidad. En cambio apareció la explotación, la captura por otros del producto y el trabajo campesino, como el factor escencial en la condición social de los campesinos.

Pero todo por servir se acaba. El concepto de modo de producción como herramienta del conocimiento requiere de la abstracción de las diferencias, de la polarización de los contrastes. Pero el requisito metodológico de la abstracción parece que adquirió vida propia y se nos fue a los cielos. Capitalismo y modo de producción campesino se empezaron a discutir como tipos puros e ideales, sin historia concreta, como si las abstracciones fueran reales y ellas fueran motivo de nuestra preocupación. La articulación de los modos, su interacción y dependencia, fueron tratados a veces como simples distorsiones de la realidad abstracta, que acabaría por imponerse. Me parece que en algún momento se invirtieron los términos y que del terreno sustantivo nos trasladamos al campo de la especulación.

El concepto de modo de producción tiene como tradición intelectual, además de su sentido metodológico, un contenido clasificatorio que ubica a los modos en una escala evolucionista que implica una jerarquía, y casi siempre, juicios de valor. “Precapitalista” implica, con mucha frecuencia, una supervivencia del pasado, una obsoleta reliquia histórica fatalmente destinada a ser aniquilada o absorbida por los estadios superiores de la jerarquía. Este contenido clasificatorio que está casi siempre presente, que nos convierte en los cronistas de la agonía de una especie de dinosaurios sociales, constituye una de las barreras más formidables para la comprensión de la permanencia campesina y de su transformación. Más grave aún, ha imposibilitado la concepción de una sociedad futura que incluya a los campesinos como tales. La carencia de una utopía se traduce en la imposibilidad de contribuir en la formulación de proyectos políticos concretos y viables, con perdón por la herejía.

Estas limitaciones, y otras que podrían agregarse, han contribuido para que el uso del concepto de modo de producción para describir y clasificar al campesinado acabara por fortalecer la visión que trataba de combatir: la del campesino como un segmento externo de nuestra realidad, casi siempre marginal y en proceso de extinción. La idea de que el campesino viene y está fuera del sistema capitalista, aunque sometido y subordinado por él, que en una perspectiva histórica es cierta, se convirtió en un freno para el reconocimiento y la comprensión del papel central que juega dentro del sistema en la actualidad. Cumplido el proceso de separar para entender, me parece importante emprender el cambio de regreso. Para ello el concepto de modo de producción y sus categorías asociadas: articulación, subordinación formal o real -subsunción le dicen-, precapitalismo, externalidad, etc., no me parece el más fructífero, aunque no deban desecharse los hallazgos ni las lecciones metodológicas derivadas de su uso. En mi caso, el concepto de clase social aplicado al campesinado representa una alternativa al uso de modo de producción. La concepción del campesino como clase, en la medida que éste juega papeles diversos en el proceso productivo y establece diferentes relaciones de producción simultáneas -como productor agropecuario independiente o dependiente, como vendedor de fuerza de trabajo en el sector o fuera de él, como recolector, extractor y transformador directo de productos naturales, incluyendo su manufactura-, no constituye una solución fácil. Está llena de problemas y de lagunas, pero abre las fronteras que el marco anterior había cerrado.

El problema de la renta de la tierra es uno de los menos desarrollados en la teoría económica marxista. Presenta áreas oscuras, confusas y hasta contradictorias con otros conceptos fundamentales para el análisis del capitalismo. Tal vez por ello, es uno de los conceptos que menos se actualizaron para seguir el rápido proceso de transformación técnica de la agricultura en el capitalismo. Pese a esas limitaciones, la aplicación de ese modelo analítico resultó fructífera al aplicarse al caso de México en la década pasada. Algunos de los procesos de formación y reproducción del capital agrario, y su contraparte, la pauperización de los sectores mayoritarios, fueron establecidos a la luz de esta categoría teórica. El dominio del capitalismo se configuró de una manera más precisa al aplicar el concepto de la renta de la tierra.

Como sucedió con el concepto de modo de producción, y acaso de manera más acentuada, la discusión sobre la renta de la tierra derivó hacia una querella eminentemente teórica. La distancia entre el debate entre la renta de la tierra y la situación concreta creció aceleradamente, y esto sólo en parte puede atribuirse a la naturaleza del concepto y su relativa inmadurez. El uso de ejemplos inexistentes y de modelos matemáticos abstractos para dar claridad al argumento, así como el análisis en términos generales y globales, acentuaron las limitaciones propias del concepto. La discusión se dio a costa del conocimiento de las condiciones específicas. No se trata de menospreciar el trabajo puramente teórico, simplemente de señalar su acelerado distanciamiento del análisis de la realidad concreta. Esta distancia desgastó el uso del concepto de la renta de la tierra en la discusión pública sobre el campesinado. Tengo muchas dudas respecto a que el proceso sea reversible. Pienso que lo que el concepto tenía de útil y de pertinente fue incorporado por los primeros trabajos que lo aplicaron al caso de México. Incluso éstos, por la misma naturaleza del concepto, fueron generales, deductivos, y no abrieron nuevos rumbos para la investigación empírica. Insisto otra vez en que nada de lo aprendido es inútil ni desechable, sólo sugiero que no es a través de la discusión del problema de la renta de la tierra como se recobrará el dinamismo perdido en la discusión sobre el campesinado en México.

Alrededor del problema de la proletarización del campesinado se dieron las discusiones más duras y se formaron los bandos más beligerantes. No era para menos, lo que se debatía era la existencia y perspectiva histórica del campesinado, el terreno más fértil para concebir proyectos políticos y programas de acción. Ideología y política se aproximaron en ese debate, acaso se fundieron. Pese a la importancia de la discusión, tengo la impresión de que los escenarios futuros que se establecieron como destino manifiesto del campesinado (la preservación y reproducción de los campesinos autónomos o su transformación en proletarios agrícolas puros) eran falsos, ideales y prestados. Puede que por ello la discusión perdiera relevancia y oportunidad, sobre todo para los campesinos. Las ideas de que el campesino tenía que evolucionar inevitablemente por el camino de su desaparición, como había sucedido en otros países -muy pocos por cierto-, o que tenía que quedarse como era, se superó por los hechos más que por las discusiones. Lo que está sucediendo en el campo no corresponde a la evolución predicha conforme a esos modelos. En el último decenio, el campesino tradicional relativamente autónomo y básicamente autosubsistente, ha sufrido las más severas presiones de su historia para cambiar en el marco del capitalismo y a partir de la acción del Estado. Los cambios, sin embargo, no se dirigen por el camino de la proletarización total. La creciente falta de control sobre los medios de producción no se ha traducido en el abandono de la tierra sino en su enconada defensa por parte de los campesinos. La división del trabajo agrícola en el país se ha modificado y la producción de alimentos básicos, función elemental para el conjunto de la sociedad, se ha depositado en los productores campesinos porque no hay otro sector que pueda sostenerla. La eficacia y la eficiencia de la gran empresa agrícola, que se suponía universal, se ha reducido a unas cuantas líneas de producción y la presencia campesina se ha consolidado pese al incremento de su explotación. El campesino vende mano de obra, siempre lo ha hecho y ahora lo hace más que nunca, pero la economía y la sociedad no tienen posibilidad de absorber esa fuerza de trabajo como proletaria en su sentido más estricto. Estos fenómenos, con su propia especificidad, están sucediendo en muchas otras partes del mundo en un nuevo marco internacional de especialización del trabajo y de reparto del producto. No sé qué nombre ponerle al proceso de transformación que está dándose en el campesinado, pero parece claro que es algo nuevo, de magnitud desconocida e imprevista, y que no corresponde a los modelos que discutimos. Más urgente que bautizarlo es conocerlo, describirlo y analizarlo con las enseñanzas del pasado pero sin sus limitaciones y estrecheces.

“En el último decenio, el campesino tradicional relativamente autónomo y básicamente autosubsistente, ha sufrido las más severas presiones de su historia para cambiar en el marco del capitalismo y a partir de la acción del Estado. Los cambios, sin embargo, no se dirigen a la proletarización total”

Si se replantea o si se abre, cuando menos, la cuestión de la existencia y perspectiva histórica del campesinado, tiene que emerger el tema de su comportamiento político, que casi siempre es considerado como un tema subsidiario del de su destino histórico. Los clichés respecto a su incapacidad política, su imposibilidad de formular proyectos, la inevitabilidad de su alianza subordinada con el proletariado, la necesidad de movilizarlos desde afuera y sumarlos a destinos históricos manifiestos, etc., tienen que revisarse con rigor, sin dogmatismos, sin la certeza de que una historia futura, que ninguno veremos, nos dará inevitablemente la razón y condenará a nuestros enemigos.

Los trabajos dedicados al estudio de movimientos campesinos, que en los últimos años se han multiplicado, constituyen una de las líneas de trabajo que, desde mi punto de vista, deben impulsarse y ocupar un primer plano en el debate. En ellos está, como historia, la potencialidad política de los movimientos campesinos, sus características, sus mecanismos de expansión y sus formas de agrupación y alianza. También están algunos de los elementos para identificar los proyectos campesinos para una sociedad mejor a través de sus demandas concretas e inmediatas. Creo que el tema de las movilizaciones campesinas tiene riqueza, frescura y actualidad y que llevado al centro del debate puede resultar fructífero para profundizar en el conocimiento del campesinado por medio de su acción política. Esto, necesariamente se traducirá en un mejor entendimiento de la arena política nacional, en la que la presencia campesina está analíticamente subvaluada si no es que del todo ignoraba.

Los estudios sobre los movimientos campesinos concretos podrían enriquecerse buscando identificar a sus componentes internos: los grupos y sus intereses, los lazos de unión y mecanismos de movilización, el establecimiento del liderazgo, etc. En muchos de los estudios disponibles en que se establecen los conflictos e intereses encontrados entre los campesinos y otros grupos de la sociedad, los integrantes del movimiento campesino no aparecen más que como masa amorfa, irreal. La organización social de la clase campesina merece atención prioritaria. Sus unidades constitutivas y sus modalidades para identificarse como grupos son poco conocidas. La comunidad agraria, el parentesco, el barrio, la etnicidad, no se han estudiado como organismos que conforman y expresan a una clase. La existencia de estos organismos no ha preocupado centralmente a los investigadores y con frecuencia se intentan análisis de clase en unidades de otro tipo como la localidad de residencia. Es como si se identificara a la fábrica con la clase obrera, ignorando que en ella también están presentes el patrón y los capataces. La vieja idea del “costal de papas” no puede mantenerse y es necesario dedicar la máxima atención al estudio de la organización social de la clase campesina, de sus unidades constitutivas y de sus relaciones internas y externas.

El estudio de las relaciones sociales del campesino y de éste con las otras clases de la sociedad, tiene que enfatizar la investigación respecto a la naturaleza actual del ejido en sus múltiples variedades. El ejido no sólo es central como la institución básica de enlace entre la clase campesina y el Estado sino también como campo de lucha en el medio rural. La estructura interna de ejidos que ya cumplieron sesenta años de existencia, el acceso diferenciado a los recursos y a los apoyos oficiales, el comportamiento del ejido en las actividades políticas y electorales, se reflejan en una variedad de modelos organizativos que poco conocemos. En la organización interna del ejido se manifiestan relaciones sociales de opresión y aquellas que permiten la persistencia por la colaboración, de las que pueden derivarse modelos alternativos de organización. La reorganización interna de los ejidos para asumir papeles y funciones de los que ha sido despojado, para fortalecerse como unidades de clase y ganar autonomía, como unidad de producción, constituye una demanda campesina en pleno desarrollo.

Los estudios sobre la organización social del campesinado contribuirán a resolver uno de los problemas más oscuros en la discusión previa: el de la estratificación interna de los campesinos. Con frecuencia se ha interpretado la presencia de diferencias económicas como síntomas de un inevitable proceso de desintegración, suponiendo una polarización continua, predicción que no se aplica a otras clases de la sociedad que presentan un rango más amplio en su diferenciación interna. El tema requiere trabajo riguroso para contribuir a establecer los elementos de unión y las fronteras de clase en un universo tan heterogéneo como el mundo rural.

Un tema que, desde mi punto de vista, debe ser tan importante como el de la organización social es de la variedad étnica y cultural del campesinado. Evidentemente esto no puede hacerse con un enfoque culturalista, en el que la cultura aparece como una variante independiente, ni concibiendo esta dimensión como una simple superestructura que refleja mecánicamente las relaciones económicas. Cultura y etnicidad son muchas cosas pero se expresan como áreas de poder, como conflicto y lucha. En ese sentido nuestro conocimiento y capacidad de análisis son insuficientes y están rebasados por las demandas campesinas. Muchos de los conflictos agrarios, y por ello políticos, se han concentrado en las zonas indígenas en los últimos años. Esto no es una casualidad ni un episodio pasajero sino una expresión de procesos que han cambiado su peso específico y su trascendencia. Por un lado se discute el problema étnico y nacional, y en consecuencia el indigenismo, y por el otro la cuestión campesina, cuando en la realidad se nos presentan juntos y revueltos, en el mismo centro de la lucha en el campo. Este es, para mí, un tema central para el debate sobre el campo en el futuro.

“Por un lado se discute el problema étnico y nacional, y en consecuencia el indigenismo, y por el otro la cuestión campesina, cuando en la realidad se nos presentan juntos y revueltos, en el mismo centro de la lucha en el campo”

En otra esfera, la dimensión técnica y ecológica de la producción rural, que parece olvidada en la discusión contemporánea, constituye un tema prioritario. No sólo como la base material que distingue al trabajo campesino y a sus formas de explotación sino también como el escenario en que se juega el destino del país entero. La destrucción y el saqueo de los recursos territoriales son elementos centrales para la comprensión de la posición, del quehacer y de las demandas de los campesinos. La desaparición de los bosques, las modificaciones en el clima y en las lluvias, la extinción de la fauna y de especies vegetales silvestres, el agotamiento de los mantos acuíferos, la desertificación, son condiciones que favorecen y configuran la explotación del campesino y su resistencia. Ciertamente esos no son fenómenos accidentales del crecimiento y de la modernización sino resultados de los intereses de grupos precisos y de la reproducción de su capital. La presencia de las transnacionales y la expansión de la ganadería extensiva, la tala de bosques, la mecanización irracional y el desmonte de las selvas tropicales, la irresponsable extracción de agua y su enorme desperdicio, como antes el cultivo irresponsable del algodón, en fin, la destrucción acelerada de muchos recursos, no reflejan más que un tipo de modernización: la de las ganancias. La sucesión de actividades redituables para la burguesía agraria han sido concesiones sobre la naturaleza como recurso no renovable, que hay que agotar mediante la extracción acelerada. La crónica de la destrucción de la naturaleza, la ruptura de equilibrios naturales y sociales, es la historia de la burguesía agraria y del aumento de su productividad.

Todos los temas confluyen en uno que debe colocarse en el centro de la discusión: la intervención del Estado en la agricultura y en el medio rural. En la última década, y aunque sólo fuera por crecimiento cuantitativo, el papel del Estado ha cambiado cualitativamente. El hecho dramático de que el gasto público nominalmente destinado al fomento de la producción agropecuaria casi se igualara con el valor de la producción rural en los años recientes ilustra la magnitud del fenómeno. Creo que no es exagerado afirmar que este cambio ha sucedido sin que la investigación y la discusión lo reflejaran. Los marcos analíticos utilizados no tuvieron la capacidad de establecer con rigor y verosimilitud la naturaleza de esa intervención, su intencionalidad y su efecto sobre las relaciones sociales. La acción del Estado fue simplificada y tratada adjetivamente. Los subsidios, la burocracia, el contratismo, el control directo sobre la producción campesina, la ineficiencia y la corrupción, la suspensión del reparto de la tierra, fueron tratados como fenómenos dados y conocidos, como constantes que no ameritaban de un análisis concreto y preciso. Debemos reconocer que las cosas no fueron tan sencillas y que no tenemos, bien a bien, cómo explicarlas. La conformación económica y social en el campo tiene en la acción del Estado a su factor más poderoso. Su análisis, independientemente de su exégesis o su condenación, debe ocupar un lugar prioritario.

El listado de los temas para debate puede prolongarse indefinidamente, ya sea por la agregación de problemas omitidos o por la desagregación y precisión de los señalados, pero seguirá incompleta y sin satisfacer a nadie. El enunciado, tan parcial e incompleto como está, puede, sin embargo, cumplir con la intención de convocar al debate, o así lo espero.

En mis propuestas temáticas hay una constante: la afirmación de que la discusión, para recobrar su vigor y trascendencia, debe transitar de la ideología a la política, de la academia a la opinión pública, de la teoría a la realidad. No puede haber renuncia a la ideología o a la teoría pero sí al dogmatismo y al academicismo, a la especulación. Nuestro trabajo no está sirviendo para interrogar a la realidad sino para clasificarla y ponerle rótulos. Nuestra discusión se alejó de la demanda social.

Aquí vale la pena abrir un último paréntesis. No es lo mismo la discusión pública que la investigación. Son procesos distintos que no deben someterse uno al otro sino integrarse en un complejo y difícil equilibrio. Nada más peligroso que obligar a los investigadores para que definan sus temas en los términos de la discusión pública. Pero tampoco puede admitirse que la ignoren. Nuestro trabajo tiene que someterse a la opinión pública, la voz de nuestro verdadero patrocinador. Tenemos la obligación de transmitir nuestros resultados y preocupaciones y pelear porque adquieran la importancia que nosotros le atribuimos. La discusión en el pasado nos enseñó que, algunas veces, la relevancia es algo que se gana a pulso. La investigación tiene que ir adelante de la discusión pero no debe quedarse al margen, como me parece que ha estado sucediendo. Para lograrlo no hay recetas ni fórmulas, pero qué hemos de hacer si nos tocó bailar con la más fea.

Diez años después

La Nueva Polémica Agraria

Se han cumplido ya diez años desde el arranque de uno de los momentos más notables de la historia intelectual del México posterior a 68: la larga y rica discusión teórica que acompañó, explicó y señaló alternativas a la crisis agrícola con que el país ingresó a la década de los setentas. Por su calidad intelectual y por su pertinencia histórica, aquella discusión desbordó los foros académicos y se hizo presente vigorosamente incluso en las instancias de decisión política. Su logro fundamental fue reponer en la conciencia pública un tema que sólo las deformidades ideológicas de una modernización bárbara como la mexicana pudieron haber borrado. Aquella discusión, para decirlo en palabras de Arturo Warman, echó a rodar de nuevo nada menos que el tema del México campesino.

La abolición ideológica de ese México, realizada entre otras cosas por el sencillo procedimiento de considerar “población urbana” toda la que vive en pueblos mayores de 2,500 habitantes, prolonga en el siglo XX el sueño de los liberales decimonónicos: transformar al viejo México rural en un México moderno, industrial, urbano y capitalista. Pero más de siglo y medio después de nacido ese imperioso proyecto, como apunta Gustavo Esteva, los campesinos simplemente siguen ahí, sobreviviendo a la modernización que los expulsa y los empobrece.

Es posible que esa historia modernizadora haya alterado cualitativamente la realidad humana y productiva del campo mexicano. Es posible también, sin embargo, que con todo su impacto económico y social ese cambio no haya podido suprimir todavía el hecho crucial de que la gran zona invisible del iceberg mexicano tiene el corazón rural. Al revés de lo que quieren las cifras urbanas del censo de población, la realidad real quizá siga siendo que ciudades de varias decenas de miles de habitantes, supuestas recipientes y reproductores de una sociedad urbana, funcionan socialmente como “campo asfaltado”: expresiones o fachadas seudomodernas del subsuelo rural y agrícola en que están asentadas.

Estas y otras cuestiones centrales, que el tiempo ha agudizado y vuelto temas de la soberanía nacional, como el de la autosuficiencia alimentaria, son las que quiere poner a rodar de nuevo la polémica a que ahora convoca Arturo Warman y que tiene ya un primer interlocutor en Gustavo Esteva. Quiere ser una polémica de los viejos temas pero también de las nuevas realidades, un intento de remover certezas, confrontar diagnósticos e imaginar alternativas para un escenario que sigue siendo eje histórico de la marcha de la sociedad mexicana.

HAC

FOTOS PINTADAS A MANO

En las casas hay rincones, mosaicos o emplomados donde se abren hoyos negros. Se tragan a los renuentes más que a los solitarios. Nunca se vuelve a saber de ellos. Sin rastro alguno engrosan la multitud que se dice abandona la superficie de la tierra cada año, uno por uno, dispersos por el gesto de su mano.

Los pensamientos se deshacen con el río que corre hacia las atarjeas. Así reaparecerán una tarde de lluvias contra la falda húmeda de una muchacha extraviada en un barrio lejano, mientras brote el torrente de cosas que el drenaje, ahogado de sí, arroje de nuevo.

En las calles cerradas de barrios lejanos compiten los bailes. Al fondo se ven iluminados como ferias de azares, sorpresas, pirotecnia, enamorados, pendencias. Pero aguardan con el giro de bailes y música pegajosa en la cuerda del alcohol y la desesperanza acallada por algunas horas. Y giran y giran los discos, sobre la potencia electrónica de las bocinas, el cartón doblado.

Un llano antiguo de gritos infantiles que fue un multifamiliar que fue un estadio que fue (o sería) un cementerio. La verdadera arqueología de los muertos, vértigo transparente, hila osamentas hacinadas en agujeros recámaras, graderías. Muertos útiles o zánganos trajinando en cocinas o elevadores o revolcándose de tedio entre las sábanas. Muertos derrotados sedientos del agua de sus deseos o triunfales traficando en componendas las indulgencias de su pasado. O simplemente muertos clavados a las fechas y las flores, el galardón del olvido familiar con la victoria prematura de los vivos. Y encima el júbilo cínico, veleidoso de los niños.

Aquel yate encalló en el patio trasero de una mansión que sería lote baldío. Su lujo pronto fue trasto inservible y herrumbroso. La proa magnífica vio desvanecerse sus orgullos contra el humo de los automóviles y en abandono de ese remedio de dique seco. Con los años todos nos acostumbramos a su presencia disminuida a cuenta de las propias remembranzas marítimas. Quizá por eso nadie supo cuándo rompieron muros, levantaron cables telefónicos, sortearon semáforos para llevarlo a algún ignoto cementerio de barcos. O si se derrumbó carcomida su solidez en medio de onomatopeyas estridentes y colores brillantes de tira cómica. Y nadie lo atestiguó siquiera.

Melodrama circular: un Mercury con piernas para pantalones entallados, corazón fibroso de amante cuarentona. Ruedas anchas con suspensión de competencia y carburador de dos gargantas. Bocinas triaxiales que dejan el aroma de boleros por las calles. Y canciones de abandonada cuando los domingos sepas que yo escondo, bajo el óvalo de tu envejecimiento, mis encuentros con la joven de los moteles escondidos de las afueras.

Si te detienes en la esquina exacta, podrás ver el desfile de la banda. Es decir, los puros instrumentos de latón opaco y abollado; flotan en el aire y con destreza esquivan la amenaza de los muros, el desliz de los hoyos en el pavimento, el ladino hilo de agua que se cuela por ahí para confundirse con el agua que beben los muchachos sudorosos. Estos instrumentos sólo se dejan soplar y oscilar por el viento en su tenue o violento impulso, y lo hacen precisamente a la altura que no han desdeñado recordar, a la misma en la que alguna vez los tocaron sus músicos hoy ausentes. Así aún procuran el escueto y antiguo repertorio de nostalgias pueblerinas. Su presencia es cada vez menos frecuente. Ante eso no ha faltado quien jure, malintencionado, que ha visto rodar los instrumentos por las calles, sin música alguna, en tardes de febrero o marzo manchadas de llovizna y cenizas.

MEXICANAS ANTE DIEGO

 Tamayo’s Guest

A mí no me ven la cara, te lo juro. Yo sé lo que estoy viendo, ¿no? En balde, nada. Nadie. O sea, yo lo entiendo muy bien, ¿no? Aunque hay cuadros que no me gustan…

-Que de plano, para qué te esfuerzas.

-Eso es, ¿no? O sea, pero con todo y eso, tú sabes lo que valen. Es arte, para qué… ¿No?… O sea, nunca vas a decir que no sirven.

-Claro.

-Una cosa es una cosa, y otra cosa es que no reconozcas.

-Andale.

-Son dos cosas distintas. Es imposible que te guste todo, ¿no?

-No, pues no.

-Es lo que te digo. Monedita de oro, pues no.

-No, no era.

-Te juro que no, oye.

-Con qué cara.

-Deja tú eso, caray. Mira ése. Mira: ¿ves? Es lo que te decía. Fijate allá, ¿ya te das cuentas, no? Miralo como ve el cuadro. íAy, si! ¿No? ¿Es el de la entrada, verdad?

-A mí tampoco me gusta, eh.

-Es espantoso.

-Da asco, te juro.

-Horrible, íqué tipo!

-Ah no: Yo decía el cuadro.

-íAh!

-Es que ve: pobre negra. Es horrible. ¿Te imaginas?

-A mí tampoco me gusta, eh. Te lo digo.

-Es que qué cosas. ¿ya viste?

-Así es, te lo juro. Todo es exagerado.

-Es que parecen papayas. Horrible.

-Todo es así, en serio. Yo leí un libro y no decían nada. ¿Crees posible?

-No, no puede ser. Cómo le gustaban. ¿O sí?

-No sé, no sé. A mí no me gusta tampoco… Por eso es lo que te decía, ¿ves?

-Son puras gordas. En serio.

-Es que es eso. Y todas son iguales y de pronto no sabes qué decir porque todas son iguales.

-Andale.

-¿Si has ido al Polyforum, no?

-Ah, sí claro.

-O sea, ahí tienes, ¿no?

-Sí sí sí.

-Es lo que te digo.

-Pero son horribles, eh… No me vas a negar, ¿no?

-No es lo mejor, ¿no?… O sea, yo digo. Para mí no es lo mejor ni de chiste. En serio, caray. Pero hay otras cosas que te jalan. No sé cómo, pero te jalan. No es broma, de veras.

-Sí. O sea, sí.

-Pero para eso tienes que saber antes, quieras que no, ¿no? Lo acepto: es una lata.

-En serio, eh.

-Pero no hay de otra. Te lo juro.

-O sea, no es que no me guste esto. Me encanta.

-Te dije… íTiene unos contrastes…!

-Es que es en serio. De veras. No te estoy vacilando. Qué alcatraces, de veras.

-¿Ves? ¿Te das cuenta? Es que tiene unas cosas que son buenísimas. Es fantástico, ¿te das cuenta? O sea, a mi Diego… O sea, hay unas cosas que me gustan mucho… Pero mira este: qué lindo, ¿no?

-Super, de veras.

-De veras, es que sí. De pronto no sabes qué decir, ¿no?

-Es que me pasa lo mismo. Te lo juro.

-O sea, no todo se le entiende, ¿verdad?

-No sólo eso, caray. O como decías, ¿no? o sea, tienes razón. También esto como que también de pronto te jala… Sientes así: que te jala… Es una cosa especial. Mira, otra vez. Más alcatraces.

-Ve las caritas.

-Son una ternura esos niños.

-Pero en serio, eh.

-Es que hacía lo que se le daba la gana, te juro.

-En serio.

-De pronto es buenísimo, ¿no?

-Y es cuando no te explicas.

-Andale. No te explicas.

-¿Cómo te explicas que si hacía esto hiciera lo otro? ¿No?

-Sí, o sea, no te lo puedes explicar.

Es que es en serio. Te juro: hacía lo que le daba la gana.

-Lo ves en televisión y es otra cosa. No te lo imaginas.

-No te lo imaginas.

-Es muy distinto.

-Mucho.

-íAy…! Mira: Moscú… ¿Ves eso? ¿Ves? Ve el cuadro. íAy mira!

-Ay, es Moscú, ¿verdad?

-íAy, ve eso! Ve. Ay, es que es una cosa impresionante. Ay, te lo juro… Ve: ahí atrás está la Plaza Gorki. ¿Ves? Te impresionaba. Es enorme. ¿Ves los edificios esos? Son enormes… Unas calles, que de veras, eh… Cuando fui, había agüita, así estaba mojado, ay, en serio, se veía eso precioso. Y de pronto te salía la plazota… Ay, ¿Ya viste qué maravilla de trineo?

-Sí, de veras.

-Qué bonito, ¿no?

-Es lo que te digo. O sea, si tú sabes algo, o sea, no te viene a decir cualquiera, ¿no?

-Sí, de veras, caray.

-O sea, es que tú ya sabes. Tú ya lo sabes y no cualquiera te va a decir de qué se trata.

-Claro que no.

-Porque, es en serio, esto hay que saberlo, ¿no? Imagínate que de pronto viniera alguien a preguntarte cualquier cosa. O sea, imagínate que de pronto saliera aquí un tipo con su camarota de televisión y su micrófono y te empezara a preguntar, no?

-¿Aquí?

-Si, aquí. Aquí mismo, ¿no? O sea, ¿qué le ibas a decir?

-Pero aquí no vienen, ¿o sí?

-No sé, no. Nomás imagínatelo. O sea, ya estás lista. Aunque al tipo es no le importa ni sabe lo que tú y yo sabemos. Pero es que no le importa nada porque a él lo mandaron y ese es su trabajo ¿no? Nos ve aquí, ¿sí?, más o menos interesadas, y ándale: “¿Les puedo hacer unas preguntas?”

-¿Qué le vas a decir? No puedes…

-No, claro que no. Es lo mismo que yo te digo. O sea, se te acerca con todo su equipo y no le vas a decir: Ay, disculpa, estamos viendo la exposición, ¿no? No le puedes contestar eso. Jamás. Ellos saben. No andarían así nomás. Digo, es lo que yo creo, ¿no?

-No debe ser así.

-Pues claro que no.

-Pues no.

-Pues claro. Entonces, ¿qué haces? Sabes qué, o sea, yo conozco, ¿no? Pero tampoco luego te vas a soltar, ¿ no?

-íAh, no! Eso si no.

-Te digo. No se trata de eso. Pero te caen así, ¿no?, con la televisión y todo, y ya te están tomando. Cuando te piden permiso ya te están viendo todo.

-Todo, te juro.

-Todo se oye. O sea, no le vas a decir a quien sea: Sabes qué, espérame tantito a que lo piense, ¿no?

-Imagínate. Claro que no.

-Son capaces hasta de sacar eso.

-íFijate!

-Está bien que escojan a la gente, ¿no? No a cualquiera se le van a acercar, aunque les vale, eh. Les vale: no les importa. Te juro que así son. O sea, trabajan en eso, y un día les dicen: Saben qué, se van al museo a hacer entrevistas.

-Yo lo he visto.

-¿Tú lo has visto?

-Sí, yo los he visto.

-Tú los has visto, entonces. Ahí tienes, ¿no?

-Sí, claro.

-¿Qué les dices? Tú sabes, ¿no?

-Claro.

-Has estudiado y toda la cosa. Está bien. Mira, sabes qué, le dices, pues a mí me parece, o sea, que esto está muy bien, ¿no? Hay padres. Cosas muy padres. La exposición me gusta mucho. No todo lo que está, claro. Pero así… en general… está muy bien. Qué bueno que hacen estas cosas. Que se preocupan. Sirve para la gente. Es muy bueno que haya estas cosas.

-Ahjá.

-O sea, pero no te vas a quedar en que es muy padre, ¿no?

-Claro.

-Te van a ver, ¿no?

-íAndale! Te ven toda.

-Por lo mismo, ¿no? O sea, se fijan en lo que tú dices.

-Sí, claro.

-O sea, por lo mismo que se acercaron, después se fijan, ¿no? A la hora de ver todas las cosas que te dijeron. Escogen lo mejor.

-Siempre, caray.

-Ya ves cómo te lo anuncian, ¿no? Claro que en vivo ya ves la pintura esa del huichol, y de veras, ¿no?

-Sí, es otra cosa.

-Es lindísimo, en serio.

-A mí me encantó.

-Ahí tienes. Es lo que te digo. Pero tú sabes, o sea, o sea no es que tú seas especialista, pero sabes, ¿no? Nadie te va a decir: “Sabes qué, esto es bueno”.

-Ni de chiste.

-Claro.

-No, sí tienes razón. Te creo.

-Es que es en serio. Te lo juro que es así. Ya cualquiera, ¿no? Pero qué vas a hacer. Ni modo de que te empieces a hacer aire con el rebozo, ¿no? Viva México. Digo. Sabes qué: eso ya pasó.

-Ay, pues quién sabe, eh.

-No.

-Pues mira…

-No, ni se te ocurra. No compares. Ni compares. Es muy distinto. Pero en serio. Ni digas. Por eso es que también es que tienes que estar ahí. A las vivas, caray. Porque si no, entonces sí, sabes qué, de idiota no te bajan. Imagínate que te agarren: “Disculpen, señoritas, ¿les puedo hacer unas preguntas?”

-¿Te imaginas?

-Es que qué le vas a decir. Tú sabes cosas importantes, ¿no? Y te va a ver todo el mundo. ¿Qué le dices?

-Ay, me vale, eh. Yo le digo lo que pienso.

-Exacto.

-Eso es.

-Por eso te lo preguntan a ti. Se ve que sabes algo. No cualquiera viene a estas cosas, a ver cuadros… Aunque la verdad, yo no me hubiera dejado pintar. ¿Te fijas? Mira qué espanto. Ve cómo puso a esa vieja.

-Qué horror, eh.

-Es que de veras. Vela.

-Ni siendo Maria Félix, te juro. Ni por todo el dinero del mundo.

-En serio que no.

-Ahora sí que el ladrón cree que todos son de su condición.

-De veras.

-Ve nomás a esta pobre en qué sillita la sentó.

-En serio, eh. Pobre.

-Y la cara.

-Ve qué cara. No, yo tampoco me dejaba. Ni por todo el dinero del mundo. Lo mexicano sí es muy padre, pero ve a estas gordas cómo las puso.

-Di tú que no las dejó como a la pobre negra esa.

-En serio.

-Son horribles.

-Vele la cara a esa.

-Toda fruncida.

-Hasta parece que estaba de malas; ¿no?

-A lo mejor la obligaron.

-No lo dudes. Ya ves el cuadro ese que tenían en casa de Tere…

-Yo no me dejaba retratar por este viejo. Te juro que por nada. En serio.

-Ay, yo tampoco. Te juro.

-¿Cuánto les habrá pagado para que se dejaran?

-¿Quién? ¿El? Ve tú a saber.

-Como a las modelos, ¿no?

-Supongo. Sí. Se les paga. Pero es lo que te digo. O sea, hay cosas que se saben y otras cosas que no se pueden saber. Y ya ahí, bueno, está bien… O sea, no lo puedes saber todo, ¿no? Pero lo que sí, bueno, es lo que sabes, porque el día menos pensado te digo que se te acerca alguien… O sea, ¿y qué le vas a decir?

LA BATALLA DE SANTIAGO

El 11 de agosto de 1983 la población chilena intentó salir a la calle para demostrar su rechazo a la dictadura del general Augusto Pinochet. El régimen, que amenazó horas antes con emplear toda la dureza necesaria, cumplió su sangriento compromiso. Decenas de inocentes en el extrarradio de la capital murieron acribillados.

Ana Teresa Gómez Aguirre, 19 años, largo cabello negro, ojos separados, nariz recta, gustosa de los pendientes muy colgantes, era chilena, hermosa, sin estudios y pobre. Vivía con sus padres en el pasaje dos, Oriente, en la Posta de La Sierra, una de las poblaciones que cercan Santiago como un anillo y donde encuentran refugio los inmigrantes a la capital o los viejos santiagueños sin recursos ni trabajo. Al filo de las nueve de la noche del jueves 11 de agosto, a 200 metros de distancia, un jeep cruzó acelerado frente a la casa y un soldado disparó su fusil ametrallador contra las sombras agachadas. Una bala alcanzó a Ana Teresa abriéndole la mejilla derecha desde las fosas nasales hasta el lóbulo del oído.

Familiares y vecinos carecían de vehículos propios, las ambulancias requeridas por teléfono no podían cruzar el cerco militar de las poblaciones. Cargaron a Ana Teresa en una carretilla y, agitando una sábana, en la noche iluminada por las trazadores, los cohetes de bengala lanados por el Ejército, los reflectores de las panzas de los helicópteros de combate, el tiroteo infernal, rompieron el sitio hasta alcanzar el centro asistencial de la población José María Caro. Esfuerzo y riesgo inútiles: la muchacha había muerto en el acto.

El día anterior, Sergio Onofre Jarpa, embajador de Chile en Argentina, viudo, con hijos ya mayores, miembro en su juventud del Partido Nazi Chileno, aglutinador de la ultraderecha durante el mandato de Salvador Allende, seguro de sí mismo, inteligente, acaba de jurar su cargo como ministro del interior (que sustituye al presidente en caso de ausencia o enfermedad; en Chile no hay vicepresidente), y de hecho, como primer ministro encargado del desarrollo político. Los periodistas le acosan con la misma pregunta: “¿Habrá toque de queda en Santiago?”.

Aparece como el hombre de la apertura, y todos, ingenuamente, esperan una respuesta negativa. Onofre, que, sin desdoro de sus méritos y calidades, es eso que en España se entendería por un chulo, responde: “Según cómo se porten los niños”. Los periodistas ignoraban que la queda de once horas en Santiago y Valparaíso ya estaba decidida.

Los reclutas de los desiertos del Norte, con su uniforme gris pálido, se dirigían ya hacia Santiago para tomar militarmente la ciudad con los 18,000 hombres prometidos por Pinochet exactamente el doble de los efectivos humanos destacados por la junta Militar argentina en las Malvinas.

A las 8:30 de la noche del jueves 11, media hora después del comienzo del cacerolazo, Yolanda Campos Pinilla, 32 años, esposa de un obrero en paro, madre de ocho hijos, habitante de la comuna de Pudahuel, escuchó una crecida del tiroteo y obligó a su familia a arrojarse al suelo de su precaria vivienda. Padecía un soplo cardiaco y corrió hacia un estante para alcanzar su medicina antes de recibir en la espalda una ráfaga de cinco tiros, el último, en la nuca.

Santiago tiene uno de los más hermosos emplazamientos naturales del mundo. La cordillera andina bordea la ciudad y, cuando la atroz contaminación no impide la visión las crestas perennemente nevadas conforman una corona de belleza difícilmente descriptible. Pero Santiago también tiene otro entorno menos mostrable: las poblaciones del extrarradio, casitas de tablas en calles de tierra y poblaciones tiradas a cordel, unifamiliares, en las que se aglomeran inmigrantes y desempleados.

Las casuchas de estas poblaciones, frágiles, de madera, no resisten los impactos del Siga MG, fusil de asalto con alcance efectivo a 500 metros, con que se arma el Ejército chileno. Y cuando a las ocho en punto de la noche comenzaron a tronar las ollas y sartenes golpeteadas con cucharones, los cuatro generales de tierra dieron órdenes de disparo de intimidación para acallar la protesta.

Fernando Marchant llora cuando lo narra: “Había alboroto allí abajo, pero no nos preocupábamos porque vivíamos en el último piso, en un tercer. Estábamos mirando la televisión y Marcelita fue a su pieza a apagar la radio. Se asomó apenas un poquito a mirar qué pasaba cuando le llegó un proyectil a la frente”.

Desde la queda de las 6:30 de la tarde, autos de la Central Nacional de Informaciones, policía política (CNI), tiroteaban a los peatones desprevenidos o a los voluntaristas que rompían el toque. A las ocho el inicio del caceroleo marcó el comienzo de la batalla de Santiago, que saturaría de sangre los hospitales de la ciudad.

La matanza ciega continuó hasta que a la una de la madrugada una manta de lluvia acalló los fusiles. Justo antes, Malta Cano Vida, 34 años, abría la puerta del dormitorio de sus hijos y recibía un balazo en el cráneo -también mortal-, tras atravesar la pared de la casa. A las 8:45, Eliseo Pizarro, de 50 años, soltero, se calentaba en un bracero en la puerta de su domicilio. La bala le alcanzó en la espalda y murió con la cara enterrada entre las brasas.

Por su parte, Jorge Reyes Garay recuerda la muerte de su madre: “Mi mamá estaba muy entusiasmada porque el 18 de septiembre íbamos a celebrar el cumpleaños de Jorgito, el hijo de mi hermana. Estábamos hablando de eso, cada uno sentado en su cama, cuando mi mamá se cae al suelo. Le llegó una bala a la cabeza”.

Domingo 28 de agosto (El País)

VOLVER A CHILE

Luego de diez años de exilio, nuestro colaborador Luis Maira regresó a Chile en septiembre de 1983 para una corta estancia en su país natal. El texto que sigue recoge al vuelo sus impresiones -una “experiencia contradictoria”- redactadas en su regreso a México.

Regresar a Chile después de diez años de exilio constituye una experiencia contradictoria.

Probablemente a todos aquellos a quienes la derrota de la Unidad Popular y la muerte del Presidente Allende dispersó por el mundo, a contar de septiembre de 1973, les ha rondado en estos años una preocupación fundamental que el tiempo fue tornando casi angustiosa: ¿qué sobreviviría del Chile democrático frente al embate implacable del modelo autoritario que lo controla todo y no deja ningún espacio para la disidencia o el pensamiento crítico? ¿Qué tan fuerte podría ser la “memoria histórica” de un pueblo acostumbrado, durante 50 años continuos, a ejercer sus derechos y ensanchar la democracia por medio de la lucha, frente al peso asfixiante del mensaje oficial que predica de mil maneras la necesidad del orden, el apoliticismo y la conformidad?

Buscar en los distintos rincones de Santiago de Chile una respuesta a estas preguntas, en septiembre de 1983, obliga acercarse a realidades complejas que dejan una mezcla de dolor y de esperanza.

De un lado se percibe la hegemonía perdida por la dictadura que lleva al renacimiento de la crítica, a la pérdida del temor y a la demanda generalizada de un retorno a la democracia creando un bloque que incluye a muchos de los que inicialmente dieron apoyo al régimen autoritario. Pero, al mismo tiempo, se encuentra omnipresente la realidad de que el poder militar de Pinochet está intacto, que las fuerzas armadas lo continúan respaldando y que el precio de las jornadas de rebeldía ha sido muy alto en términos de vida y de dolor.

Por otra parte se percibe el colapso del modelo económico que acumula indicadores abrumadores, aun teniendo en cuenta la crisis económica generalizada de América Latina: un producto nacional bruto que sólo en 1982 descendió un 15 por ciento y que descenderá de nuevo significativamente este año; una deuda externa que ha llegado a los 21 mil millones de dólares y que se acerca dramáticamente al valor total del PNB; una cesantía que alcanza ya a un tercio de la fuerza de trabajo y un desmantelamiento y quiebra generalizada de las industrias que ha convertido en un espectáculo frecuente la exportación de plantas y maquinaria industriales a los países vecinos, principalmente Ecuador y Perú. Pero simultáneamente se advierte la voluntad de trabajo y creación de los obreros y profesionales chilenos y se tiene la sensación alentadora de que el país sigue siendo viable para un tipo de desarrollo que no busque imitar o reproducir la opulencia y el consumo de las naciones capitalistas avanzadas, sino sólo satisfacer las necesidades básicas del pueblo y aumentar el ejercicio efectivo de la soberanía sobre los recursos económicos de la nación.

Se encuentra de un lado el renacimiento de las organizaciones populares y la reaparición de la conciencia y los valores que históricamente aportaron las fuerzas sociales chilenas; su sentido de solidaridad frente a la desgracia de los demás, su capacidad para abordar, desde el seno de la sociedad civil y sin esperar la presencia y la ayuda del Estado sus problemas fundamentales en las poblaciones obreras y en el campo. Se reconoce de nuevo la rebelde movilización de la juventud exigiendo justicia y un mundo mejor y dando testimonio en el combate de la voluntad por alcanzarlos. Pero al lado, confundido, uno puede percibir también la herencia de la última década: la generalización en otras capas sociales de algunos de los valores y sentimientos que el régimen de Pinochet pretendió convertir sin éxito en la visión dominante de la sociedad chilena: la competencia y el egoísmo en que se adoctrinó a las capas medias tratando de convencerlas de que el individualismo es el principal motor de la historia y del éxito, un difundido rechazo de la política, propio de todos los sistemas autoritarios que sirven silenciosamente los intereses de los grupos más poderosos mientras intentan convencer a los demás de que la participación del pueblo en las decisiones y en el poder son siempre causas de desorden y de caos. Se halla igualmente la tendencia extranjerizante en los hábitos de consumo generados en los años ya distantes del “milagro chileno” cuando se intentó convencer al país de que el progreso consistía en la acumulación atiborrante de licores, artefactos electrónicos y bienes traídos del mundo entero para llenar las vitrinas de los comercios y no en la lenta y difícil acumulación de riqueza en base a los recursos y el trabajo generado dentro de las propias fronteras.

Así, acumulando experiencias, uno cae en la cuenta de que en la coyuntura actual chilena sólo hay espacio para un optimismo estratégico. A largo plazo si es seguro que la sociedad chilena recuperará la democracia y que el pueblo tendrá el derecho a decidir su destino. Por ahora convendría tener en cuenta la lúcida advertencia que Gramsci formulara ante la aguda crisis política italiana de 1919-20: “Hace falta combinar el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad”.

El régimen autoritario sigue allí y Pinochet no está dispuesto a negociar su salida. Las Protestas Nacionales han servido para que la oposición democrática identifique su fuerza y perciba que expresa a una mayoría significativa del país. En pocos meses los opositores han pasado de la dispersión y la pasividad a la rebeldía activa de la organización. Demandan el fin de la dictadura y cuentan con una fuerza social activa. A la vez van apuntando a la definición de un proyecto que permita ofrecer una alternativa estable a la transición democrática. Pero, por ahora, carecen de los medios materiales, y aun de las condiciones políticas, en términos del desgaste del gobierno como para asegurar al objetivo de poner fin inmediato a la presencia de Pinochet en la dirección del país.

Si hubiera que organizar las etapas futuras en términos de las contradicciones principales que deberá enfrentar el esfuerzo de democratización se podría pensar en el escalonamiento de tres contradicciones que pueden corresponder a otros tantos momentos del quehacer de los sectores democráticos: 1) la confrontación entre quienes están por exigir la salida de Pinochet y quienes se oponen a ella; 2) si se consigue lo primero, el conflicto entre quienes desean avanzar ininterrumpidamente a una democratización completa y quienes buscarán sólo una democratización restringida, un recambio y 3) finalmente, si se progresa hacia un escenario democrático (lo que supone el funcionamiento de una Asamblea Constituyente que redefina las reglas del juego del sistema político, la economía y la organización social), se planteará el problema de la opción entre los diversos proyectos nacionales que deberán formular los sectores democráticos.

Una correlación de fuerzas óptimas sería la que permitiera sumar, en el primer momento, a todos los que coinciden en la necesidad de poner término al mandato de Pinochet, luego, que se asegurara el predominio de los partidarios de una democracia política con reglas de alternancia, competitividad y pluralidad para lograr, finalmente, que se definieran las condiciones apropiadas para asegurar una discusión política efectiva que no afecte la estabilidad del proceso democrático 

Tal curso ideal de los acontecimientos, sin embargo, encuentra hoy no pocos obstáculos. Tras la llegada a su cargo de Ministro del Interior, Sergio Onofre Jarpa, en agosto pasado y gracias a la habilidad de este líder político de la derecha más dura, Pinochet ha podido recomponer su base social minoritaria, realineando junto al gobierno a empresarios y grupos medios fuertemente castigados por la crisis. Por otra parte, la Alianza Democrática, coalición opositora organizada por la Democracia Cristiana y dirigida por su presidente, Gabriel Valdés, ha excluido a un sector importante de la oposición de izquierda organizado en torno del Partido Comunista, lo que le ha restado parte de su representatividad. Al mismo tiempo, se percibe una sensible radicalización en las poblaciones y en los sectores juveniles que tienden a hacer permanente su asedio sobre Pinochet y a desbordar la conducción de las direcciones políticas.

En este contexto, las alternativas se dibujan con mayor precisión. El gobierno de Pinochet ya no saldrá seguramente de la posición de “fortaleza sitiada” en que las demostraciones realizadas, por la oposición lo han colocado. Puede intentar asimilarse al esquema de “dictadura sin hegemonía” que caracteriza los gobiernos de fuerza que han perdido consenso y que no tienen tampoco capacidad para recomponer sus proyectos económicos y políticos agotados. Pero puede ocurrir también que una corrección de los errores y limitaciones que todavía caracterizan actividad de las fuerzas democráticas permita la constitución de un Frente Amplio de toda la oposición que ofrezca un programa claro para la transición y que sea capaz de impulsar una movilización de masas que multiplique la desobediencia civil y formalice una confrontación que el régimen militar y su conductor no podrían resistir: la de la sociedad chilena en su conjunto versus la cúpula del poder militar. La lucidez, la audacia y el espíritu unitario de los partidos políticos que integran la oposición democrática determinarán tanto el costo como los plazos que el pueblo chileno tendrá que pagar para “transitar de nuevo por las anchas avenidas por donde camine el hombre libre”.

Lo que es seguro desde ahora cuando se siente que la noche llega a su fin y se aproxima de nuevo el amanecer, es que para ese momento los valores esenciales de solidaridad y organización que singularizaron al pueblo chileno seguirán vivos y permitirán replantear el sueño inconcluso del Presidente Allende: realizar en Chile “un socialismo en democracia, pluralismo y libertad”.

Septiembre de 1983

LOS INTELECTUALES Y LA IZQUIERDA

En la actualidad, un gran número de intelectuales son críticos de la sociedad capitalista. Durante los sesenta apareció, en y alrededor de las universidades una masa de intelectuales disidentes, lo que podría no seguir siendo así ni es la primera vez que ocurre (piénsese en la crisis que produjo entre 1830 y 1848 el nacimiento del capitalismo industrial). Hasta ese momento, los movimientos estudiantiles en los países capitalistas desarrollados se ubicaban, cuando existían, en la derecha. Gramsci creía que cada sociedad y grupo social necesita que alguien desempeñe ciertas funciones, lo mismo las técnicas que las llamadas “intelectuales”. Esto no significa que los intelectuales a veces más bien escasos, formen necesariamente un grupo o estrado distinto de la clase o grupo que les dio origen. Son lo que Gramsci llamó “intelectuales orgánicos”. En ocasiones ni siquiera son primariamente intelectuales. Por ejemplo, los oficiales que desempeñan tareas intelectuales en el ejército, ya sea en los cuerpos militares o en las academias, difieren mucho menos de los demás oficiales que de otro tipo de intelectuales.

Sin embargo, si estas funciones requieren un grupo numeroso de personas para ser llevadas a cabo, es muy probable que este cuerpo desarrolle intereses e identidad de cuerpo, especialmente si sus funciones son más técnicas que especializadas. Los abogados dedicados a cuestiones tributarias y los contadores son sin duda intelectuales orgánicos del capitalismo; pero como practicantes de una disciplina esotérica, tienen algo en común como abogados tanto como servidores de los negocios.

Gramsci también observa que en el pasado las sociedades produjeron grupos de intelectuales que aún operan y sus funciones son adaptables a los propósitos de las nuevas clases y sociedades. El los llama “intelectuales tradicionales” -por ejemplo los clérigos y los profesores universitarios.

La adquisición de alguna forma de educación superior sigue siendo el mejor camino para convertirse en intelectual. De hecho, la definición más cómoda para los intelectuales de cualquier tipo es que son individuos con un nivel adecuado de enseñanza formal. Esto provee un terreno común para todas las variedades. Han sido moldeadas con la misma arcilla.

El orígen social y la forma de entrenamiento de los intelectuales tiene gran relevancia. Es importante conocer si una persona o grupo pertenece a la primera generación que ha recibido educación, o si él o ella han pasado a través de una gama de instituciones educativas ya establecidas o por una nueva o transformada, o si él o ella pertenecen al cada vez menos numeroso grupo de los autodidactas.

Pero cualquiera que sea su naturaleza, hay un punto sobre ellos que tiene importancia práctica: su evidente carácter de grupo social. En el pasado eran relativa, y a veces absolutamente escasos, pero en la actualidad son muchísimo más abundantes. Por ejemplo, la proporción de estudiantes en Alemania Occidental durante los setenta, en relación a la población total era treinta veces mayor a la existente en la Alemania de 1870. De manera no menos significativa, algunos grupos pequeños de intelectuales pueden desempeñar un papel importante en la política de sus países. Con todo, en la actualidad estamos tratando con una masa de individuos definida, aunque no necesariamente homogénea.

Los intelectuales se pueden unir a movimientos políticos y sociales amplios, pero también forman movimientos por su cuenta, asegurando con frecuencia que simplemente preparan el sitio que ocuparan las masas cuando entren en acción. Los partidos Laboral y Comunista de la Gran Bretaña han crecido como organismos básicamente proletarios con unos cuantos intelectuales en sus filas, mientras que el Partido Socialdemócrata o los partidos de la Rusia zarista estaban compuestos fundamentalmente por intelectuales que decían ser -de hecho eran- representantes de los trabajadores. Esto no significa que así ocurra con todos los intelectuales marxistas.

En términos generales, sin embargo, entre más desarrollada está la organización clasista de los trabajadores manuales, mayor es lo que en Francia llaman ouvrierisme -es decir, su desconfianza hacia los que no son trabajadores manuales. Un ejemplo son las organizaciones obreras más puras: los sindicatos. En los países industriales de Occidente -Gran Bretaña, Estados Unidos, Alemania y Francia- sigue siendo inconcebible que un individuo de procedencia no obrera llega a ser líder de algún sindicato importante.

En los últimos años, específicamente desde 1968, los intelectuales han tomado parte de manera inusual en los movimientos políticos de sus países. Esto se aplica a las naciones capitalistas desarrolladas, a los países socialistas y al Tercer Mundo, y no sólo en referencia a los estudiantes como grupo, aunque son el ejemplo más espectacular. Las acciones estudiantiles en Francia, Italia, Alemania Occidental, Estados Unidos, Polonia, Yugoslavia, Brasil y México entre 1968 y 1970 (hay más ejemplos), y durante los años setentas en Tailandia, Turquía e Irán, dispararon movimientos obreros masivos, iniciados para derrocar gobiernos o producir una fuerte reacción de estos, incluyendo la represión. Otros grupos más pequeños de intelectuales han desempeñado papeles importantes y hasta dramáticos en Checoslovaquia, en Polonia, en la resistencia a los regímenes militares de Brasil y Grecia, y al estado de emergencia que instauró Indira Gandhi en la India.

Este importante papel se deriva en buena medida de sus cada vez mayores recursos. Están articulados y poseen acceso a los medios de comunicación dentro de los límites que se les permite en su país y lo que es más ampliamente permitido en el extranjero. Poseen sus propias redes de comunicación, incluso bajo condiciones desfavorables. A lo largo de las escuelas y universidades han construido instituciones que les permiten reunirse y actuar conjuntamente; muchas de ellas se localizan en las capitales o en otros sitios donde la acción es fácilmente difundida. Ellos pueden actuar políticamente cuando nadie más puede, y hacerlo fuera de las estructuras del poder. Aún así, a menos que otros tomen la dirección de los intelectuales, sus movimientos independientes son demasiado débiles como para llegar más allá de sí mismos. Los estudiantes pueden iniciar revoluciones pero no hacerlas. Pero los campesinos y los obreros también necesitan de los intelectuales. El peligro de los partidos de masas y los sindicatos consiste en derivar hacia acciones corporativas limitadas u operaciones tácticas de corto plazo y perder de vista las estrategias a largo plazo.

Los intelectuales han ganado preeminencias en los movimientos laborales, socialistas y comunistas. En la Gran Bretaña el típico candidato de entreguerras era un minero o un ferrocarrilero. En la actualidad es probable que se trate de un individuo “letrado”. Esta impresión se confirma al analizar la membresía activa de los partidos laborales, lo que es más obvio en los partidos social-demócratas del continente, en especial donde algunos de ellos han cancelado su forma de sustentarse sobre bases proletarias para sustituirlas, como en España y Francia, por los llamados partidos “euro-socialistas. Esto se aplica también a numerosos partidos comunistas. Y por lo que respecta a la ultraizquierda o nueva izquierda, es evidente que el grueso de los activistas en este conglomerado de grupos no son obreros, por más que se cuelguen membretes proletarios.

La creciente participación de los intelectuales no puede ser bienvenida sin algunos reparos. Por un lado, tenemos proliferación de intelectuales de izquierda y hasta marxistas. Por el otro, y más peligrosamente, tenemos una relativa disminución simultánea de la participación obrera en los movimientos laborales (con excepción de los sindicatos, que forman una proporción declinante del total). Esta disminución se debe a la obsolecencia del trabajo manual en la economía moderna y a una transferencia de líderes potenciales que pasan de la condición de obreros a la de intelectuales, sobre todo gracias a la movilidad social que proporciona la escolaridad.

En cierto sentido esto ha sido políticamente positivo. Entre 1870 y 1939, la vía clásica de movilidad social llevada a la clase obrera hacia profesiones tales como el magisterio y los trabajos burocráticos menores en el sector público, que no separaban a los individuos de sus maneras de actuar ni del movimiento obrero, especialmente en las zonas industriales más antiguas. Pero el camino más transitado conducía hacia los trabajos “de cuello blanco” en el sector privado -por ejemplo vendedor o cajero- que tendía a transformar a los ex-obreros en tories e incluso en impulsores potenciales del fascismo. La transferencia masiva de varios tipos de ocupaciones intelectuales fundamentalmente subalternas más bien los ha conducido hacia la izquierda, o los ha mantenido allí.

Aún existe una gran diferencia entre si un joven de clase obrera se queda como dependiente de un almacén o se convierte en militante socialista como estudiante politécnico o trabajadora social. Los obreros jóvenes que no pasan de la secundaria están conscientes de esta diferencia. Los estudiantes o ex-estudiantes no son lo mismo que los obreros, aunque ellos crean que lo son o debían serlo.

El simple hecho de que los intelectuales constituyan un cuerpo tan numeroso, como estrato social tanto como sector de izquierda, crea el peligro de la divergencia. Puede existir un mal disimulado desprecio por los obreros que no coinciden con los intelectuales revolucionarios. Esto ha sido notable en la nueva izquierda estadounidense y alemana. Existe el riesgo de caer en un ghetto donde los intelectuales, mientras aseguran trabajar dentro del movimiento obrero, en realidad sólo dialogan y actúan entre sí, con frecuencia en términos incomprensibles para los que están afuera. Este peligro no es exclusivo de los marxistas, sino de cualquier grupo de letrados suficientemente amplio como para desarrollar intereses esotéricos y una jerga igualmente esotérica, en especial cuando son reforzados por instituciones del tipo de las escuelas y universidades. Los poetas escriben poemas acerca del acto de escribir poemas -es decir, dirigidos a otros poetas- y los profesores se hacen leer y discutir por sus alumnos, o los hacen leer a críticos que los comentan (y que también pueden ser poetas y profesores) como requisito para pasarlos en sus exámenes.

Los intelectuales se dividen horizontal y verticalmente. Primero, existe un estrato de individuos en preparación que requieren adiestramiento académico para desempeñar sus trabajos en vez de, o igual que, el aprendizaje práctico y la experiencia. Muchas personas que hace cincuenta años podían ser formadas como trabajadores diestros, ahora se convierten en una especie de intelectuales subordinados. En segundo lugar, existe el aún más grande crecimiento de las ocupaciones terciarias de tipo intelectual -en educación, comunicaciones y medios, diversos tipos de servicio social y algunos aspectos de administración burocrática- y los campos también crecientes de la planeación y la investigación. Parte de esto podría clasificarse como producción directa, dado el papel que actualmente desempeña la ciencia. En tercer lugar, existe un gran número de personas que han obtenido la preparación intelectual básica pero no consiguen empleo, ya sea porque la máquina educativa produce un exceso de intelectuales, o porque la crisis económica no permite la creación de suficientes empleos para ellos.

Como en el clero católico medieval -que constituía el grueso de la intelligentsia en su tiempo- hay una clara diferencia entre los equivalentes modernos del cura de aldea y los obispos y cardenales, entre los frailes pobres y los monjes de monasterios opulentos. Con la Reforma y la Revolución Francesa, esta diferencia emergió en términos políticos. Sería un error subestimar las diferencias actuales entre los intelectuales “altos” y los “bajos”. Por un lado, algunos intelectuales están integrados a las clases dominantes de una manera en la que no lo está ni podría estarlo la aristocracia patronal. Esto se debe no sólo a la creciente importancia de la preparación tecnocrática para los negocios, sino también al empleo de la meritocracia como legitimadora de privilegios. Como señalan Bourdieu y de Saint Martin al concluir su análisis de 216 grandes firmas francesas y de sus dirigentes, pocos grupos dominantes han reunido jamás tantos principios de legitimación (la aristocracia de nacimiento, el éxito económico y la meritocracia basada en el éxito escolar) como los actuales ocupantes de las posiciones de poder (en Francia). En el otro extremo del espectro, hay actividades -enseñanza en escuelas primarias y tal vez periodismo de circulación masiva, en el pasado; posiblemente trabajo social, hoy- donde los intelectuales están asociados de un modo un poco más cercano con los trabajadores que en otros empleos. Los estratos de la élite se seleccionan en gran parte entre la clase media establecida, sobre todo aquellos que deben su posición social precisamente a su -o a la de sus parientes- acumulación de capital cultural. Con frecuencia se preparan en instituciones destinadas a la élite. El grueso de la primera generación de estudiantes, que son el producto de la expansión educacional desde los cincuentas, tiende a venir en gran parte -por lo menos los hombres- de la clase media baja establecida. También son, en promedio, mucho más jóvenes, en la medida en que tienen sólo unos veinte años siendo reclutados.

Ideológica, política y culturalmente, hay un sustancial terreno común entre muchos de estos grupos intelectuales. Por tradición en los países desarrollados, la mayoría ha permanecido siempre a-la-izquierda-del-centro. En Gran Bretaña solían ser liberales, y ahora son en gran parte laboristas; en Estados Unidos, demócratas; en Francia, republicanos. Estos amplios alineamientos a-la-izquierda- del-centro han tenido a incluir también a la clase trabajadora, así que lleva recorrida un largo trecho ciertamente de alianza entre los trabajadores y los intelectuales. También hay un continuum que se extiende de, digamos, el lector ideal del Guardian, de izquierda, en la Gran Bretaña, a los revolucionarios radicales: véase la genuina angustia moral de los intelectuales liberales en Alemania Occidental y más recientemente de los italianos llegando al punto de condenar abiertamente a los grupos terroristas de izquierda.

Uno bien puede preguntarse: ¿habría sido inicialmente tan llena de simpatía y tolerancia la actitud general de la intelligentsia a la-izquierda-del-centro hacia las explosiones estudiantiles de fines de los sesentas, si estos movimientos no hubieran ondeado una suerte de bandera roja, sino que en vez de eso hubieran ondeado una bandera con la suástica (como en la Alemania de Weimar)? Lo dudo. Y muchísimo. Con todo, esta amplia, aunque vaga inclinación a la izquierda oculta grandes diferencias entre el conciliador y el reformista, y el irreconciliable y el revolucionario. Confirmará esto cualquiera que haya vivido una revuelta importante en alguna universidad.

Ahora sería posible identificar a cada uno de estos dos grupos con un estrato socioeconómico particular. Por ejemplo, a los intelectuales revolucionarios se les ha identificado (y sobre todo lo han hecho así escritores burgueses) con los estratos de los intelectuales marginalizados o “alineados”, i.e., principalmente con la masa de los que no pueden encontrar empleos en el nivel que, como intelectuales, esperan. Hay algo en esto, aunque nos dice poco sobre la selección de los intelectuales, líderes de verdaderos movimientos marxistas revolucionarios que han sido reclutados, abrumadoramente, entre intelectuales que se la podrían haber pasado muy bien en sus sociedades burguesas. Pero la dificultad principal es que los intelectuales revolucionarios y los reformistas no son tanto un estrato aparte como etapas separadas en el ciclo de la vida. Para decirlo brutalmente, como Bernard Shaw en sus Máximas para los revolucionarios: “todo hombre mayor de cuarenta años es un canalla”; i.e., en un lapso de veinte años, si el capitalismo británico perdura aún, la mayoría de los “revolucionarios” de hoy, así no hayan abandonado de hecho sus convicciones, serán un blanco para la crítica de los jóvenes del año 2000. No se trata de una función de crecer y madurar. Esto es así porque el estado moderno y el sector público, la sociedad moderna saturada de medios masivos, reclutan a sus empleados numerosos y en aumento por medio del sistema educacional.

En la medida en que la situación se mantenga razonablemente estable, incluso los intelectuales dados a la disidencia radical pueden ser integrados. El sistema los necesita, y son sustanciales las recompensas por acumular lo que Pierre Bourdieu llama “capital cultural”. En Francia, incluso los marginales universitarios a mitad de los setentas tenían mucho mejores perspectivas de trabajo que otros jóvenes y “conseguían todos los puestos, excepto los más altos” (New Society, julio 6, 1978). Los intelectuales a los que se integra de este modo requieren algunas concesiones, pero estas concesiones son las que los regímenes democrático-burgueses proporcionan normalmente para la mayoría de sus clases medias, e incluso algunos regímenes burgueses no democráticos (excepto en momentos de crisis aguda) también las permiten: cierta libertad para hablar, leer y escribir; para viajar; para comprometerse en actividades políticas y de grupo de presión; o simplemente quejarse en público. La demanda por, y la defensa de, estas condiciones, sujeta a grandes sectores de los estratos profesional e intelectual al capitalismo democrático burgués, no importa qué tan críticos puedan ser de él en otros aspectos. Esta plataforma política une a los intelectuales a todo lo largo y por encima de continentes y sistemas sociales. Los pone en contra del régimen chileno tanto como del checoslovaco, contra el camboyano tanto como el brasileño, e igualmente, con varios grados de duda y arrepentimiento, contra algunas gentes de su propia izquierda.

Me pasa que yo apruebo esta plataforma. Tales demandas por la libertad y la democracia debían ser parte integral del socialismo para todas las clases. Sin embargo también son demandas en las que las clases medias profesionales tienen un interés específico. Tienen mucho más que perder que sus cadenas. Una razón por la cual a muchos de ellos los atrae algún tipo de izquierda, es que los están empleando cada vez más a cambio de salarios, y en gran parte, de un modo o de otro esta demanda viene del sector público. Como lo dice atinadamente Ralf Dahrendorf, están a favor de la igualdad porque están a favor de la igualdad de privilegios. Su posición no cambiaría mucho en una sociedad socialista, tan sólo con que ésta respondiera a sus condiciones de libertad.

Pero ¿qué pasa con los intelectuales marxistas? Estamos atravesando no sólo una eflorescencia impresionante, sino también una crisis profunda del pensamiento marxista. Esto tiene tres aspectos virtuales. El análisis marxista del capitalismo actual, no importa qué tan válido en sus principios generales, en gran medida y en términos concretos está rebasado. Con mucho, el análisis del socialismo se desplomó. Y no hay quien sepa qué fuerzas reales harán llegar la transición del capitalismo al socialismo. En la actualidad hay una enorme proliferación de escritos que, mientras pretenden ser marxistas, tiran al niño con todo y el agua de la bañera. Hay gente que toma prestado el nombre de Marx para aplicarlo a algún gurú o corriente intelectual de moda, gente que afirma ser marxista pero que rechaza el Prefacio a la crítica de la economía política de Marx o cree que el análisis histórico es irrelevante para la política. Y se ha dado un enorme crecimiento de la metafísica marxista hecha por filósofos, sociólogos y economistas cuyos escritos ni interpretan al mundo ni ayudan a cambiarlo, sino que primordialmente producen discusiones en seminarios de otros filósofos,. sociólogos y economistas marxistas. Divorciar a la teoría de la realidad social concreta es divorciar la teoría de la práctica, política y dejarla sin guía, volverla arbitraria. Permite que gente a la que Marx y Lenin habrían reconocido con facilidad como anarcosindicalistas o terroristas narodnik, o incluso pequeños burgueses nacionalistas mazzinianos, se peguen en la solapa algún tipo de etiqueta marxista y afirmen que la práctica va de acuerdo con su etiqueta. Tales interpretaciones se deben en gran medida al aislamiento político y social de los estudiantes y los intelectuales entre las que ellas florecen.

La contraparte de esta abstracción consiste en concentrarse totalmente en lo que tiene una relevancia inmediata para la agitación. A veces ambas coexisten, como ocurre en la generación más reciente de historiadores marxistas británicos, algunos de los cuales se disparan rumbo a una persecución tangencial de abstracciones althusserianas, mientras que otros se concentran en la historia laboral reciente. De este modo grandes secciones de la historia británica se dejan en manos de los anti-marxistas (la Revolución Inglesa por ejemplo), y éstos en su debido momento escriben los libros de texto, para nuestras escuelas. La concentración exclusiva en la “relevancia” inmediata es otro modo de eludir la tarea principal de hoy. Esta tarea ha de localizarse en algún punto que está entre los extremos de debatir la ley precio de mercado del valor, en general, y de escribir editoriales contra los cortes presupuestales en la educación; aunque, por supuesto, ambas cosas son necesarias. La tarea es detenerse y echarle una mirada al mundo en una perspectiva histórica, un ejercicio “académico”, aunque no veo por qué el adjetivo tenga que ser derogatorio.

Durante los últimos veinticinco años hemos estado viviendo la transformación más espectacular de la sociedad humana. Tiene mucho más alcance que la primera llegada del capitalismo industrial porque esta transformación ha sido. más profunda y más global. Cumple las tendencias del capitalismo que Marx y Engels, apuntaron en el Manifiesto Comunista. No sólo se han revolucionado la tecnología y la producción (e.g., por el transistor que ha transformado incluso a remotas) sino que también la estructura social, las relaciones humanas y la cultura han cambiado por completo. Ahora estamos viendo cumplirse viejas predicciones: la desaparición del campesinado, la transformación de la familia, el colapso de antiguas religiones como el catolicismo romano.

Con lo que finalmente, reflexionando, debemos reconocer como una fase de transición del desarrollo capitalista -de transición porque adaptó e incorporó la herencia del pasado pre-capitalista que todavía no fue capaz de destruir-; hasta las estructuras de la sociedad capitalista tradicional están en crisis. Ni siquiera los capitalistas saben ya qué está pasando: dígalo si no la impotencia de sus economistas y el escape de sus ideólogos rumbo a la reacción o la religión (véase los escritos recientes de Daniel Bell, como su ensayo “El regreso de lo sagrado”).

Los socialistas en países capitalistas no están mucho mejor. Ahí la izquierda busca a ciegas en la semioscuridad. No tiene una perspectiva clara de cómo la actual crisis global de la economía capitalista pueda llevar a la transformación socialista, o de hecho qué hacer con esa crisis en el corto plazo. No tiene un análisis claro de los diferentes tipos de socialismo, de los problemas que están surgiendo en varios países socialistas, o de las perspectivas de desarrollo a las que se enfrentan. Algunos sectores de la izquierda, y no sólo en los países capitalistas, tienen la tentación de combinar su marxismo con ideologías que son incompatibles con él, como las del nacionalismo. Más aún, en algunas partes del Occidente, el fracaso de los intelectuales marxistas en analizar el mundo en el que vivimos concretamente, con el fin de cambiarlo, ha llevado a una significativa reacción intelectual contra el marxismo.

Es hora de que los intelectuales de izquierda, y particularmente los marxistas, encaren otra vez estas tareas. No todos las han hecho a un lado, pero muchos sí. Hay mucho por hacer, y como lo dice la vieja frase rabínica: “Si no es ahora, ¿cuándo?

México: dos Crisis

Adolfo Gilly. Historiador y ensayista mexicano, miembro de la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. El último libro de Gilly es una recopilación de escritos políticos acumulados desde los años cincuentas que con el título Por todos los caminos, ha puesto a circular este año la editorial Nueva Imagen. También de Gilly en esa editorial: La nueva Nicaragua (1981) y Guerra y política en El Salvador (1982).

I

LOS AÑOS 30

La Gran Depresión de 1929-1933 castigó a un México que tenía unos 17 millones de habitantes, el 42% de los cuales analfabetos, proporción que llegaba al 80% en las zonas rurales. Una sola ciudad, México, llegaba al millón de habitantes, y sólo tres, Guadalajara, Monterrey y Puebla, superaban los cien mil pero no llegaban a los doscientos mil. En ese país que, en 1933-34, contaba con unos 20 mil kilómetros de ferrocarriles pero sólo con 4 mil 260 kilómetros de carretera (apenas mil 183 pavimentados), la población económicamente activa alcanzaba a los 5.5 millones, de los cuales 3.7 millones trabajaban en tareas agrícolas y sólo 750 mil en oficios industriales. De esas industrias, la del petróleo, la minería y la eléctrica eran casi enteramente de propiedad extranjera (entre el 98 y el 100 por ciento) y sólo el 46 por ciento de la industria de la transformación pertenecían a propietarios mexicanos.

Ese México, casi otro país que éste y sin embargo el mismo, sintió con fuerza el golpe de la crisis mundial, pero encontró alguna protección para sus más agudas consecuencias sociales -las que devastaron a Estados Unidos y a los países industrializados- en su interior agrario, en el refugio de su todavía amplio hinterland campesino con su área de autoconsumo, que contribuyó a absorber los 300 mil trabajadores mexicanos expulsados de Estados Unidos por la crisis y los que lanzaron a la desocupación las industrias mexicanas (los mineros ocupados bajaron de 90 mil a 45 mil entre 1929 y 1932, además de la reducción generalizada de horas semanales de trabajo para los que lograron conservar su empleo; los textiles, de 44 mil a 38 mil; los ferrocarrileros, de 47 mil a 36 mil). El precio de la onza de plata bajó de 53 y 32 centavos de dólar entre 1929 y 1932. Las exportaciones mexicanas, que en 1929 ascendían a 274 millones de dólares, cayeron en 1932 a 96.5 millones.

La crisis determinó, así, una caída de los salarios reales y del monto global de los salarios, una caída de la ocupación, un descenso de los precios de las materias primas y de los ingresos del país por sus exportaciones, una baja de la inversión productiva y una fuerte contracción del no muy amplio mercado interno.

La crisis económica mundial sorprendió a México todavía bajo los efectos de la crisis política de la sucesión de Calles y el asesinato de Obregón en julio de 1928 y contribuyó, sin duda, a dificultar una salida estable de lo cual fueron testimonios tanto el maximato como sus tres efímeros presidentes. La argamasa del Estado postrevolucionario todavía estaba fresca y los ordenamientos jurídicos e institucionales -entre ellos, el PNR como virtual partido único y partido-Estado- no estaban consolidados y probados por la experiencia. La crisis debilitó aún más a la CROM, ya bajo los ataques de Portes Gil y del Estado después del asesinato de Obregón, y aceleró su desmoronamiento, sin que otra central obrera con similar importancia y parecida relación con el Estado viniera a sustituirla. El gobierno pudo combinar los efectos de la crisis política con los de la crisis económica para debilitar los lazos que ataban al Estado con los dirigentes sindicales de la CROM y para acentuar los rasgos de autonomía relativa del Estado.

La crisis de 1930 marcó una tendencia hacia la fragmentación del mercado mundial y tanto los países industriales europeos -Alemania fue el caso típico- como Japón, y Estados Unidos, se refugiaron en medidas proteccionistas, dentro de un descenso general del nivel de los intercambios internacionales. De la crisis surgió en los países industriales una renovada forma del Estado -interventor y regulador de la economía-, fuese bajo la forma fascista del Estado hitleriano o bajo la forma democrática del Estado rooseveltiano, cuyos planes intervencionistas (obras públicas, aumento del gasto público, economía de armamentos) incidieron en la relativa reanimación de la economía a partir de 1933-34, aunque la verdadera salida capitalista a la crisis y la recuperación de la ocupación plena no haya sido otra que la vía terrible de la segunda guerra mundial.

También en México la crisis puso sobre el tapete todos los problemas de la orientación futura del país y de la estructuración definitiva de su Estado. Una nueva burguesía surgida de la revolución y de sus generales, entrelazada con los restos de la vieja burguesía porfiriana, se había ido afirmando en la propiedad de haciendas, negocios y empresas industriales. Ese sector de la capa dirigente, al filo de la crisis, aspiraba a la estabilidad y pedía el cese de la amenaza de reformas revolucionarias, la consolidación de sus posiciones conquistadas en el Estado, la economía y la propiedad, la liquidación definitiva, sobre todo, de cualquier promesa subsistente de posible reanudación del reparto agrario, que por lo demás había sido muy magro hasta entonces: en 1930, 670 mil ejidatarios tenían el 13.4 por ciento de las tierras cultivables pero el 2.2 por ciento de las explotaciones, unas 13 mil haciendas de más de mil hectáreas, poseía el 84 por ciento de las tierras. Estas aspiraciones se sintetizaban en los programas que hacia 1930 anunciaba en sus discursos el Jefe Máximo, general Plutarco Elías Calles.

Pero la clase dirigente misma no estaba consolidada. La movilidad social promovida por la revolución se había atenuado pero no agotado. Hombres y sectores formados en las batallas y en los sueños de reforma social de la revolución – tres lustros atrás, el tiempo que hoy nos separa del 68 y de Tlatelolco- formaban parte de esa capa dirigente estatal cuyo pensamiento sobre el futuro del país no era homogéneo. El factor subjetivo, obviamente determinado por las fuerzas materiales que lo habían constituido en los lustros pasados y por las que lo presionaban en el presente, tenía una influencia más relevante en la medida en que el factor institucional no había terminado de cristalizar y en que los factores económicos estaban sacudidos y cuarteados por la crisis.

Así como en esa capa dirigente -todavía decisivamente constituida por los generales de la revolución- un sector producía el programa estabilizador y conservador de Calles, había también espacio en ella para un programa de reformas sociales, ampliación del mercado interno, reanimación de la economía mediante una elevación inducida del poder de compra de la población, todo en el contexto propicio de la fragmentación del mercado mundial, el repliegue hacia el proteccionismo de las economías industriales y las reformas rooseveltianas al otro lado de la frontera norte. Había espacio para imaginar, desde arriba, un nuevo pacto social, un New Deal mexicano.

Sobre esas dos perspectivas se jugó la salida de la crisis de 1929-1933 en México. Las vicisitudes políticas son conocidas, desde el voto decisivo del Gran Elector y Jefe Máximo para la candidatura de Cárdenas en 1933 hasta el enfrentamiento entre Cárdenas y Calles a mediados de 1935. A la persistencia de los movimientos agraristas -el más notorio, el de Veracruz con Adalberto Tejada- se sumó a partir de 1932-33 la reanimación del movimiento obrero, el aumento de los movimientos huelguísticos y reivindicativos (paralelo a la recuperación paulatina de los precios de los productos mexicanos en el mercado mundial), la tendencia hacia la organización de sindicatos de industria (el sindicato ferrocarrilero en 1933 el minero en 1934, la Confederación General de Obreros y Campesinos de México en 1933, el petrolero en 1935, ya con Cárdenas en el poder) en sustitución de los sindicatos de oficio, base de la vieja CROM (tendencia paralela a la registrada en Estados Unidos con los sindicatos de industria que formarían el CIO frente a la vieja organización por oficios de la AFL, central hermana de la CROM desde los tiempos de la amistad entre Samuel Goupers y Luis N. Morones.)

La salida cardenista se resolvió en un enfrentamiento dentro de la capa dirigente del Estado y la clase dominante, pero en el cual intervinieron todas las fuerzas de la sociedad. Esto fue posible por la conjugación de varios factores.

En primer lugar, el reparto agrario era una posibilidad abierta, que podía permitir la alianza del grupo dirigente del Estado con el campesinado -es decir, la alianza entre los campesinos y una fracción de la burguesía bajo la dirección de ésta- a costa del sector terrateniente, sólo incipientemente entrelazado con el sector del capital bancario y del capital industrial. En otras palabras, el reparto agrario no afectaba las bases del desarrollo del capitalismo mexicano sino que, al contrario, podía abrirle nuevas perspectivas a través del sacrificio parcial de los intereses de una de sus fracciones, la de los terratenientes (tampoco liquidados, sino empujados a invertir en otras ramas o a modernizar sus explotaciones).

En segundo lugar, las movilizaciones obreras no tenían un contenido anticapitalista sino que, como objetivamente insistía Cárdenas, estaban dirigidas a recuperar los salarios dentro de las condiciones de reanimación relativa de la economía a partir de 1933; en consecuencia, eran asimilables dentro de una política del Estado que, al igual que con la reforma agraria, trataba de ampliar el mercado interno elevando el poder de compra de los trabajadores y los campesinos y haciendo concesiones a sus demandas.

En tercer lugar -y es preciso insistir en esto- las ideas de reforma social de la revolución habían moldeado la personalidad de hombres como Múgica, García Téllez o el mismo Cárdenas y estaban vivas todavía en intelectuales y estratos de la pequeño burguesía urbana que encontraban natural la movilización de obreros y campesinos para un programa de reformas patrocinado por el mismo Estado. Esos hombres no habían sido educados en universidades extranjeras sino que se habían hecho a sí mismos y habían sido hechos por las batallas y los combates, las marchas y las contramarchas, las ofensivas y los repliegues de los largos años de una revolución de masas como la mexicana, y su turbulenta secuela de los años veinte. Cómo se comprenderá fácilmente, de escuelas tan dispares surgen también psicologías diversas, proporciones diferentes de prudencia y audacia y visiones distintas del país y de sus gentes. No son lo mismo los hombres políticos de la burguesía francesa en 1793 que en 1850, aunque tengan similar base de clase y reconozcan su origen común en la Gran Revolución, como tampoco son los mismos los dirigentes soviéticos de 1920 que los de 1980, aunque los fundamentos últimos de su Estado no hayan cambiado. No fueron el Estado francés, el Estado soviético o el Estado mexicano quienes engendraron a esa primera generación, sino las revoluciones de las cuales esos Estados nacieron. Sólo una miope ilusión ideológica puede buscar en las actuales estructuras estatales la posible génesis de otros dirigentes como esos; harán falta nuevas revoluciones, con una renovada base de clase, para volver a engendrar a sus pares de los tiempos venideros, porque ellos no son nutridos por el Estado sino que se forman y se templan luchando contra él.

Cárdenas y su equipo resolvieron el conflicto en el seno de la dirección del Estado rompiendo las reglas del juego establecidas en 1929 con la fundación del PNR. En lugar de dejar el enfrentamiento encerrado en los marcos del aparato político-estatal -básicamente, el PNR y los altos mandos del ejército- donde la influencia de Calles seguía siendo determinante en los primeros meses de 1935, Cárdenas introdujo en la disputa un factor imprevisto para sus adversarios: se alió con la movilización obrera iniciada desde antes de su presidencia, la apoyó desde el Estado y a su vez conquistó su apoyo para lanzar al nuevo movimiento obrero, reorganizado y en ascenso, contra la fracción callista de la burguesía y del aparato estatal. En ese turbulento año de 1935, el año de las dos huelgas por día, de la sindicalización en masas, de las grandes manifestaciones obreras y populares y las batallas de caballos contra taxis en el Zócalo, se decidió el destino de México y se afirmó, con el sostén obrero, la orientación del Estado que abriría el camino en 1936 a la vasta reforma agraria y en 1938 a la expropiación petrolera. En ese proceso de ofensiva popular, reformas sociales y conquistas obreras y campesinas vino envuelta también la subordinación política e institucional de la organización obrera al Estado, cuyo duro precio posterior fue la indefensión de los trabajadores ante el viraje derechista y antiobrero del poder estatal a partir de 1939- 1940 y al asalto charro contra sus sindicatos en 1948 y años sucesivos.

De esa crisis salió el molde dentro del cual crecerían el país, su sistema político y su Estado en los siguientes cincuenta años. Sus rasgos principales son los siguientes:

. Estado-partido apoyado en las organizaciones de masas.

. Organizaciones de sindicatos industriales con sindicatos de empresa débilmente centralizados y organización campesina ejidal, todos controlados por una burocracia sindical y ejidal agente del Estado y que asegura la subordinación del movimiento obrero y el movimiento campesino al aparato estatal-partidario de la burguesía.

. Régimen de partido único de hecho, levemente atenuado.

. Política de dominación basada en la combinación entre el control estatal y las concesiones a las organizaciones de masas, entre la intervención militar y la obtención del consenso mediante una red política clientelar difusa capilarmente en el cuerpo social. Por consiguiente, papel decisivo de las instancias de mediación entre las masas y el Estado o, en otras palabras, de la relación clientelar del aparato de charros y de caciques con las masas de la ciudad y del campo. La ideología del PRI está al servicio de esa mediación, así como lo fundamental de su práctica política, hasta ahora, se basa en ella.

. Renta agraria de la tierra ejidal canalizada en definitiva hacia la acumulación privada de capital y renta diferencial absorbida y capitalizada por la nueva burguesía.

. Renta petrolera canalizada fundamentalmente, por diversos procedimientos (obras de infraestructura, subsidios, insumos baratos, bajos impuestos, acumulación originaria mediante la corrupción, etc.), hacia la acumulación de capitales privados.

. Régimen de bajos impuestos, protección fiscal y salarios relativamente bajos por la política de subsidios a los bienes salarios y por la presión de un enorme ejército industrial de reserva de proveniencia campesina.

. A partir de los años 60, particularmente, penetración más acelerada de las multinacionales en las ramas productivas más dinámicas y su entrelazamiento, a través del capital financiero, con el sector ascendente de una burguesía asociada a esos intereses, asociación que termina por absorber como por un sifón hacia los grandes grupos financieros a buena parte de la renta agraria y la renta petrolera.

II

INTERLUDIO

Posiblemente no fue éste el resultado previsto por Cárdenas cuando se lanzó a enfrentar y derrotar el programa reaccionario del callismo. Treinta años después de su sexenio, el Estado que él había resuelto convertir en “árbitro y regulador de la vida social” se parecía extrañamente a la propuesta conservadora de Calles, quien por supuesto no había querido liquidar la revolución sino simplemente institucionalizarla y embalsamarla.

Cárdenas, el vencedor de 1935, escribía treinta y cinco años después, en vísperas de su muerte, el testamento político de un hombre cuyos sueños y proyectos han sido derrotados por un proceso objetivo y por fuerzas de clase mucho más allá de su control y de sus cálculos y que propone, tenazmente, recomenzar la lucha a las generaciones que vendrán. Ese mensaje póstumo, que son sus apuntes de agosto-septiembre de 1970, fue leído el 19 de octubre de 1971, un año después de su muerte, por su hijo Cuauhtémoc. Con su redacción de revolucionario pragmático cuyo carácter y cuyo estilo se formaron en el México de las dos primeras décadas del siglo, Cárdenas anota en su cuaderno estas visiones de los problemas del país.

Sobre el sistema político:

Es necesario, a mi juicio, completar la no reelección en los cargos de elección popular con la efectividad del sufragio, pues la ausencia relativa de este postulado mina los saludables efectos del otro; además, debilita en su base el proceso democrático, propicia continuismos de grupo, engendra privilegios, desmoraliza a la ciudadanía y anquilosa la vida de los partidos. (…)

La relativa invalidez del sufragio también ha hecho que se asigne a los demás partidos de disímiles posturas, un papel complementario y dependiente, que se traduce en adhesiones electorales al partido en el poder o en sedicentes luchas de matices ideológicos entre todas las agrupaciones políticas reconocidas y que, en extraña unanimidad, proclaman sostener los principios de la Revolución Mexicana.

Esta situación abate el espíritu cívico de la ciudadanía, especialmente de los jóvenes que, en vez de una lucha de principios e intereses encontrados, encuentran en paradójica unión partidaria a explotadores y explotados, a revolucionarios y reaccionarios; y entre los partidos sólo hallan una contienda propiamente convencional. (…)

En algunos periodos del régimen de la Revolución se han impartido facilidades para la organización de nuevas agrupaciones políticas y se ha permitido la existencia legal, abierta, aun a las de ideologías más extremas. (…)

Sobre los capitales extranjeros:

La política tendiente a obtener cuantiosos créditos y préstamos del exterior, en la confianza excesiva de nuestra capacidad de pago por el desarrollo que promueven, tendría también que considerar la pesada carga que esa política hace incidir sobre la economía del pueblo; el hecho de que condiciona y acentúa la malsana unilateralidad del comercio exterior y mina las bases del desarrollo independiente; que impone al país una obligada paciencia ante mal disimuladas represalias económicas y ruinosas situaciones que determinan intereses ajenos en zonas agrícolas; y, en ciertas ocasiones, la política referida hace que se cierna un ominoso silencio ante actos violatorios de la soberana e indebidas presiones políticas y económicas que el imperialismo ejerce sobre México.

Considero que de sostener el monto y el ritmo del endeudamiento externo que hace más de dos décadas se practican, se otorgaría innecesariamente una arma que perpetúa la dependencia y, en cuanto a sus efectos, la historia de México es muy elocuente. (…)

A pesar de las advertencias nacionalistas de una opinión pública alerta, sigue presente la indiscriminada penetración de capitales norteamericanos en la industria, el comercio, las actividades relacionadas con el turismo y otros renglones de la economía y los servicios, penetración que se realiza con el respaldo de una banca también subordinada a instituciones internacionales que, a su vez, representan a los principales inversionistas norteamericanos que aquí operan, completando de esta manera el círculo vicioso que descapitaliza al país. (…)

Más grave aún que la penetración de capital norteamericano, si cabe, es la inevitable consecuencia de que para consolidar su posición extiende su influencia, como la mala hierba, hasta los centros e instituciones de cultura superior, pugnando por orientar en su servicio la enseñanza y la investigación; y, asimismo, se introduce en las empresas que manejan los medios de información y comunicación, infiltrando ideas y normas de conducta tendientes y desnaturalizar la mentalidad, la idiosincrasia, los gustos y las costumbres nacionales y a convertir a los mexicanos en fáciles presas de la filosofía y las ambiciones del imperialismo norteamericano.

Sobre la tierra:

La concentración de la riqueza no es, por cierto, una meta de la Revolución Mexicana y, sin embargo, es necesario reconocer que es un fenómeno en proceso ascendente.

Esto obedece, en lo que se refiere al campo, a un nuevo acaparamiento de la tierra, del agua y el crédito en manos de modernos terratenientes y llamados pequeños propietarios. (…)

Esta vertiginosa reversión hacia un neolatifundismo opera contra la organización y la consolidación del sistema ejidal y, naturalmente, de los objetivos básicos, socioeconómicos, de la Reforma Agraria, pues ante el incentivo del lucro, los grandes y medianos agricultores, paradójicamente llamados pequeños propietarios, en un país de rápido incremento demográfico y crecientes necesidades agrarias, vuelven a concentrar la propiedad o el uso de la mejor tierra y, disponiendo de los elementos técnicos y pecuniarios suficientes para trabajarlas óptimamente, se instituyen en rectores de la producción, de los precios y del mercado, con los consiguientes perjuicios para los ejidatarios y los auténticos pequeños propietarios. (…)

Entre algunos sectores existe el criterio de que la producción agrícola bajo el sistema ejidal será siempre menor y menos productiva que en las pequeñas propiedades y las empresas modernas; también se piensa que de reducir la extensión territorial de la llamada pequeña propiedad, el volumen general de la producción agropecuaria decaería.

En realidad las formas mas eficientes de producción y organización del trabajo pueden ser aplicadas en los ejidos colectivos y estas unidades serían más productivas que los demás sistemas de tenencia si el Estado ademas de atenderlas permanentemente como arriba se indica, comprendiera a fondo la importancia socioeconómica y agrícola del ejido colectivo y no lo abandonara a su suerte, sino facilitara su organización en toda instancia propicia o requerida por los campesinos. (…)

Sobre la banca y la industria:

Para citar solamente al sector que más fielmente refleja la exagerada concentración de la riqueza, cabe considerar que mientras la banca privada y sus grandes socios sigan ensanchando sus actividades e influyendo decisivamente sobre las más diversas ramas de la economía, sin cortapisa alguna ni cauce legal que permita al gobierno intervenir en la forma de canalizar los recursos bancarios en la producción y los servicios de mayor importancia y beneficio popular, el desarrollo económico del país estará a expensas de los grupos financieros y su poderosa periferia, los que han demostrado más de una vez carecer de todo sentido nacional y cuyos móviles son meramente lucrativos. (…)

Un ejemplo de esta última aseveración lo ofrece la industria siderúrgica: habiendo obtenido reciente autorización para elevar el precio del acero, aduciendo los productores la necesidad de expander la industria siendo que sus rendimientos netos eran ya notoriamente más elevados que en otros países y los dividendos de los accionistas muy altos. Este aumento significa un elevado costo social y económico para el pueblo, pues la industria siderúrgica es una de las que ejercen mayor influencia sobre la de transformación y, consecuentemente, en los precios de múltiples productos, entre ellos las máquinas, herramientas, estructuras, carrocerías, tractores, equipos de proceso químico, objetos de uso doméstico, etcétera. El costo de producción de esos bienes es reflejo del precio del acero y, lógicamente, cuanto más alto sea éste, más elevados los costos y los precios de los productos derivados.

Este caso es digno de mención especial porque se trata de una de las industrias fundamentales que, por este hecho, su producción y la comercialización de sus productos primarios debieran ser regulados por el Estado mientras puede ser nacionalizada en conveniencia del país y en razón del interés público.

Volviendo a las finanzas privadas, a los productores y comerciantes, la experiencia muestra que aprovechan el sistema de la libre empresa y sacan ventaja de una economía mixta alienada por prestanombres, lo que les permite acumular un poder económico de tal envergadura que, inexorablemente, llegan a ejercer considerable influencia sobre el poder público.

El gobierno posee instrumentos eficaces y legítimos para canalizar útilmente la riqueza acumulada y promover el progreso económico con justicia; para ello bastaría decretar una reforma fiscal profunda que hiciera recaer una proporción considerable del costo del desarrollo sobre los sectores adinerados, y nacionalizar la banca para encauzar los recursos que haya menester a la producción industrial, agropecuaria y forestal planificadas, en el respeto a las leyes que protegen las riquezas naturales y las garantías y los derechos sociales, considerando las necesidades internas del país y de su población, así como las de la exportación.

Sobre el trabajo:

Por hoy, la fuerza que han adquirido los sectores patronales motiva que impunemente violen el espíritu de justicia de las leyes del trabajo y, en innumerables instancias su propia letra, ya sea estableciendo un sistema de contratación temporal que exime a los patronos de numerosas responsabilidades; eludiendo incorporar a sus trabajadores al Seguro Social o en completa despreocupación por establecer los servicios médicos y escolares que la ley reclama para éstos y sus familiares; por las condiciones mínimas de higiene en los centros de trabajo y se resisten a cumplir con los modestos alcances de la ley sobre el reparto de utilidades.

Estas y otras formas en que los patronos ignoran sus deberes se hacen más evidentes para los trabajadores, al sostener aquéllos la tesis de que sólo con el aumento de la productividad del trabajo se justificaría el aumento de los salarios y mejores prestaciones, tesis completamente falsa, ya que la productividad crece continuamente y los patrones jamás elevan espontánea y proporcionalmente a sus ganancias, los salarios de los trabajadores. (…)

Los obreros han carecido de defensa gremial combativa y consecuente respecto a sus derechos de usufructuar una mayor parte de la riqueza que producen.

La inoperancia de los sindicatos como organizaciones de resistencia, debido en parte al abatimiento del ejercicio de la democracia interna y, también, a la inacción de sus dirigentes, hace que ese sector de la sociedad se encuentre abandonado a la rutinaria revisión de sus contratos de trabajo, en un estado de conformismo compulsivo perjudicial a sus propios intereses. En peores condiciones aún se encuentran los trabajadores carentes de organización, pues en esos casos las leyes son regularmente violadas y aquéllos permanecen al arbitrio de los patrones en la determinación de sus salarios y sus condiciones de trabajo, sin las garantías y prestaciones que la ley determina.

Se podría argüir que no es responsabilidad del gobierno sino de los trabajadores conquistar la democracia interna en los sindicatos y, en el caso de los no agrupados, que existen garantías para organizarse de acuerdo con la ley. Esto sería verdad en la medida que las condiciones de abatimiento social de los trabajadores dejaran de responder a indebidos privilegios de que disfrutan sus dirigentes para mantener en la inmovilidad a las masas organizadas y al hecho de haber dejado en el desamparo a las que no están organizadas. Hay que considerar que la explotación patronal se ha recrudecido porque las organizaciones obreras han perdido su independencia y, con ello, los demás trabajadores, todo estímulo.

Estas situaciones son por completo anormales en el régimen de la Revolución Mexicana, cuyo significado perdurable y más valedero reside en la reivindicación social y económica de las clases proletarias.

En México valdría resolver las contradicciones entre el capital y el trabajo con un cambio estructural más profundo, que haga posible cumplir con la Constitución de la República, la que determina el dominio de la nación sobre los recursos naturales, que condiciona la propiedad privada a las modalidades que dicta el interés público y faculta al Estado a regular el aprovechamiento de los elementos naturales susceptibles de apropiación particular, para cuidar su conservación y hacer una distribución justa de la riqueza. En vez de seguir acariciando la falsa perspectiva del inevitable transcurso del ciclo capitalista de desarrollo, pues la urgencia de realizar hondas transformaciones para alcanzar la justicia y la propia presencia del imperialismo que descapitaliza al país, no lo permiten.

Sobre la educación:

La reforma educativa tiene que corresponder a las necesidades del desarrollo independiente y a las exigencias de una sociedad que sabe ya valorar el trabajo justamente compensado, la adquisición universal de la enseñanza y la salud en la solidaridad social como principales premisas para una fructífera convivencia.

Ante las previsibles circunstancias históricas que actualmente imperan, se instituyó hace treinta y cinco años la educación socialista en México bajo esos lineamientos. El camino entonces trazado hubiera hecho menos difícil el tránsito a un orden social que hoy se abre paso en medio de violentas contradicciones.

Sobre los pueblos indígenas:

Los pueblos indígenas que habitan en distintos lugares de la República, a pesar de la diversidad del medio en que viven y de las características que los distinguen, tienen todos en común su estado de atraso y abandono y la explotación de que son objeto.

Después de treinta años puede repetirse, sin variaciones, lo que se dijo de los indígenas y su condición, pues a pesar de algunos esfuerzos esporádicos hechos en su favor, la situación que guardan sigue siendo muy deprimente (…).

El programa de emancipación del indio es en esencia el del emancipación del proletario de cualquier país, pero sin olvidar las condiciones especiales de su clima, de sus antecedentes y de sus necesidades reales y palpitantes. Para mejorar la situación de las clases indígenas, se pueden trazar los lineamientos de una compañía que debe ser realizada por una serie de generaciones y un conjunto de gobiernos que estén inspirados por una finalidad común.

Sobre los bosques:

En materia forestal considero que, constituyendo ese recurso un bien nacional y cuya conservación es de interés público debiera corresponder al Estado la extracción y la comercialización de la madera a través de un organismo nacional, descentralizado, para cuidar que los bosques se exploten racionalmente, proteger los derechos de sus dueños y otorgar las garantías de ley a los trabajadores; asimismo, para repoblar los bosques en mayor magnitud que su aprovechamiento, cuando menos duplicando el número de árboles restituidos, como se ha hecho durante muchos años y se sigue haciendo en Canadá y otros países.

Sobre la revolución mexicana:

Pocas circunstancias tan propicias para hacer una crítica constructiva de la trayectoria que ha seguido la Revolución Mexicana y un severo juicio sobre la situación existente, pues las transgresiones a sus nobles objetivos están llegando al límite en la conciencia popular, en los momentos precisos en que nuevas generaciones desean conducir al país hacia una nueva etapa revolucionaria, pacífica por dinámica para impartir justicia y abolir privilegios.

Medio siglo de experiencia ha hecho obvio que la Ley Suprema de la República, la Constitución, puede esgrimirse con distinto espíritu, no tanto por su interpretación subjetiva como por los intereses que se hacen representar en el poder con mayor fuerza. Y es inútil ignorar que de tiempo atrás los intereses conservadores han adquirido señalada influencia debido a la aceptación tácita de la tesis, falsa por incompleta, de que para repartir la riqueza hay que producirla primero con la afluencia de recursos financieros, sin considerar que quienes extraen y transforman la riqueza han dado origen e incrementado con su trabajo tales recursos. 

Con la tesis antedicha se han seguido otorgando máximas facilidades a los inversionistas nacionales y extranjeros sin oponer al criterio empresarial de la mayor ganancia, la necesidad de que los trabajadores compartan en justa proporción los beneficios y obtengan las prestaciones que la ley señala.

Con la política de unidad nacional sin distingos sociales, de liberalismo económico, de colaboración de clases y la irrestricta penetración de capital foráneo se puede prolongar la idea, más aparente que real, de que se vive una etapa de desarrollo con justicia y paz sociales. Más la propia mecánica con que operan las fuerzas económicas está demostrando que, sin correctivos esa política produce la concentración de la riqueza, mediatizando el sentido y la vigencia de las leyes revolucionarias.

En México, a diferencia de los demás países de América Latina, las repercusiones de una revolución popular que reestructuró las bases de la economía y modificó las relaciones de clase, aún subsisten, y las mejorías logradas mantienen una estabilidad que, sin embargo, de no encontrar el régimen pronta solución a los urgentes problemas de las masas rurales y urbanas, tarde o temprano el país se verá arrastrado por la vorágine de una lucha entre las clases necesitadas y la que disfruta del poder económico, como viene sucediendo en el Continente entero.

Paralelas, las luchas de emancipación nacional y de la juventud, unidas en el tiempo, tiene ya también proporciones universales.

En América, la primera abarca desde el Canadá hasta la Patagonia. Ningún pueblo, ni aún el propio norteamericano, son ajenos al fenómeno del imperialismo, que depaupera a los países bajo su influencia y que aplica una política de agresividad múltiple cuando así conviene a sus egoístas intereses.

La independencia económica es un objetivo que ha rebasado prejuicios y limitaciones de estadistas y sectores medios latinoamericanos que hoy se disponen, en mayor cercanía a las masas, a organizar una resistencia nacionalista ante el comprobado espejismo de lograr un verdadero desarrollo en la dependencia, cuando en realidad sólo deja la descomposición nacional y miseria entre las grandes mayorías nativas.

Es bien cierto que la juventud estudiosa y trabajadora requiere capacitación para integrarse a la sociedad en que vive, pero habrá que tener presente que su problema es también de conciencia y que, si llega a manifestarlo en actos de desesperación, es por su violenta inconformidad con un mundo en que conviven, impunemente, la opulencia y los privilegios de unos cuantos con la ignorancia y el desamparo de muchos. Es natural que en la juventud se acentúe, en razón de su generosa disposición, una preocupación humana por la suerte de sus semejantes.

El mensaje termina con estas palabras:

Por sus antecedentes históricos y la proyección de sus ideales, México se debe a la civilización universal que se gesta en medio de grandes convulsiones, abriendo a la humanidad horizontes que se expresan en la fraterna decisión de los pueblos de detener las guerras de conquista y exterminio, de terminar con la angustia del hambre, la ignorancia y las enfermedades; de conjurar el uso deshumanizado de los logros científicos y tecnológicos y de cambiar la sociedad que ha legitimado la desigualdad y la injusticia.

Le alcanzaron aún, a Cárdenas los días de su vida para anotar, en octubre de 1970, estas líneas con las cuales prácticamente se cierran los cuadernos de apuntes que iniciara en 1913:

Lo que ocurre es que el proceso que siguió la Revolución, después del periodo preconstitucional, entró al periodo de las “instituciones” y de entonces las posiciones oficiales importantes han sido ocupadas por hombres con intereses creados con la contrarrevolución, “contrarrevolución pacífica”, que niega eficacia al ejido, al derecho obrero, a la educación socialista, etcétera. En consecuencia han faltado dentro de las propias administraciones del régimen elementos con mayor sensibilidad revolucionaria y que sean menos los elementos contrarrevolucionarios que niegan los derechos esenciales del pueblo.

Como la vida del país la rige la Constitución de 1917 que tiende al socialismo, pero que carece de una fuerza suficiente que contrarreste el aprovechamiento y el abuso de los que están por mantener el estado capitalista, las conquistas del ejido, del sindicalismo, de la educación y de las fuerzas populares se ven lesionadas y detenidas en su progreso.

Este mensaje póstumo, sin embargo, no tenía destinatario organizativo. Cárdenas no era un dirigente de la clase obrera, y la burguesía a la cual él había consolidado en el poder le hizo estatuas, dio su nombre a represas, avenidas y ciudades y hasta imprimió su efigie en los billetes de diez mil pesos, pero se cuidó bien de dar importancia, seguimiento o difusión a las ideas en las cuales él había expresado su última y solitaria rebelión dentro del régimen y la persistencia tenaz de su utopía mexicana.

III

LOS AÑOS OCHENTA

El largo ciclo de crisis mundial que se inicia a comienzos de los años 70 y se agudiza, para los países de desarrollo industrial intermedio, a comienzos de los 80, vuelve a plantear con su impacto los problemas de la reorganización del país. Definida, como toda crisis capitalista, por una desvalorización de la fuerza de trabajo (rebaja de salarios) y una desvalorización del capital (liquidación de ramas y empresas atrasadas), esta crisis es también, a nivel mundial y nacional, una ofensiva de la fracción dominante del capital, por un lado contra el trabajo asalariado y por el otro contra los capitales subordinados o marginales en la acentuación del proceso de concentración y centralización del capital.

En el entrelazamiento de los rasgos mundiales y los nacionales de la crisis, la forma como aquella ofensiva y estos procesos se manifiestan en México determinan: a) una mayor subordinación del país y de su economía a la estrategia global de las multinacionales y a sus decisiones para sortear la crisis; b) una acentuación de la integración financiera e industrial (capital bancario y capital productivo) con el capitalismo de Estados Unidos, proceso visible incluso materialmente en la integración de la franja norte de México con la franja sur de Estados Unidos bajo la hegemonía de la economía más poderosa, la estadounidense; c) un peso predominante dentro de la burguesía mexicana de la fracción cuyos intereses están asociados con los procesos señalados en los dos puntos procedentes; d) una marginación creciente de los sectores “nacionalistas” de la burguesía; e) una transición, en el aparato de Estado, entre el antiguo predominio de este sector del cual provenía lo fundamental del personal político del PRI y la emergencia de un nuevo sector con métodos e ideología funcionales al nuevo bloque de poder o fracción burguesa en ascenso.

Nada de esto tiene que ver con el programa póstumo de Lázaro Cárdenas. Ninguna fracción de la burguesía, ni siquiera la fracción “nacionalista” en derrota y retroceso, lo reivindica o lo propone. Ese programa supone una vía de modernización de México que la clase a la cual él perteneció rechaza en bloque. Y lo peor que podría hacer algún sector de la izquierda mexicana sería aliarse directamente o a través de la mediación de los charros sindicales con esa fracción derrotada y disgregada de la burguesía, suponiendo que con esta nueva subordinación a intereses ajenos a los de la clase obrera sería posible contener el impetuoso avance de los nuevos modernizadores estatales de México.

Los proyectos de modernización del Estado mexicano no son tan recientes. En realidad, la gran conmoción de 1968 obligó a todos a reflexionar sobre los destinos del país y sobre el agotamiento del Estado y del modo de dominación instaurado a partir del sexenio cardenista. Mientras Lázaro Cárdenas, fiel a sí mismo, sacó las conclusiones y propuestas que hemos visto, el sucesor de Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría, propuso su propio proyecto modernizador cuyo nombre fue la apertura política. Octavio Paz no es un hombre oportunista sino un político serio y no fue por equivocación u oportunismo sino por coherencia con sus propias ideas modernizadoras que apoyó inicialmente el proyecto echeverrista. Tras ese proyecto, que vuelve a aparecer bajo otras formas con José López Portillo (y vuelve, también, a atascarse y hundirse en los casi infranqueables pantanos del clientismo político y la dominación de caciques rurales y charros sindicales), se encuentra una figura clave de todos los intentos modernizadores estatales en los últimos tres lustros, la de Jesús Reyes Heroles, acerca de la cual buena parte de la izquierda política mantiene una perdurable y divertida confusión de ideas, pues se dedica a interpretar sus gestos, decisiones, entradas y salidas más como presagios o como signos mágicos que como actos producto de una racionalidad regida por un proyecto político coherente.

La modernización del Estado y por consiguiente del modo de dominación -o, si se quiere, su racionalización- requiere una verdadera operación quirúrgica que el Estado debería realizar sobre su propio cuerpo y que, como cualquier organismo, se resiste a efectuar. Esa operación significa, cuando menos: a) acabar o marginar los procesos de acumulación originaria de capital a través de la rapiña del Estado y del enriquecimiento de sus funcionarios o de los capitalistas ligados a ellos; en una palabra, cortar la famosa “corrupción”; b) acabar o marginar la dominación y la mediación de los caciques, hasta hay articulaciones insustituibles del sistema clientelar del partido gobernante y de su Estado; c) modernizar el aparato sindical, es decir, acabar o atenuar el dominio corrompido de los charros, generadores a su vez de ineficiencia en el trabajo, baja productividad y prácticas de corrupción costosas para la competitividad del capital; d) aumentar la productividad del trabajo, lo cual no exige sólo disciplina, regimentación y si es preciso represión en las fábricas, sino también racionalización del transporte, de los servicios públicos, de los servicios sociales, de la aplicación de las leyes laborales, de la policía y del mismo aparato sindical, entre otras cosas.

Esta modernización y racionalización desde arriba que el capital mexicano quiere y necesita, tropieza con la enorme dificultad de que su modo de dominación sobre la fuerza de trabajo está sustentado en el paternalismo y el clientismo consustanciales a la política de su partido, el PRI. Si, por ejemplo, la computarización y la microelectrónica se introdujeran extensivamente para modernizar y racionalizar las oficinas estatales, esto determinaría el despido de decenas de miles de burócratas que constituyen la base política de tantos funcionarios. Estos, por consiguiente, preferirán prolongar el atraso, la ineficiencia y la superabundancia de personal pese a las presiones del capital contra un aparato estatal que le resulta sumamente costoso y poco rendidor. Sin embargo, preciso es no ignorarlo, estas presiones racionalizadoras terminarán por abrirse paso a favor de la lógica implacable de la crisis.

El petróleo, que fue asumido como la gran oportunidad para la modernización, el gran agente transformador de México, se convirtió en realidad en lo contrario: enmascaró los síntomas precursores de la presente crisis; alimentó la ilusión de la abundancia sin previa racionalización del aparato productivo; dio nutrimento a las tendencias seculares a la acumulación originaria a través del saqueo privado de los recursos estatales; “aceitó” las contradicciones sociales y postergó una vez más la necesidad de suprimir la costosa mediación de charros y caciques; prolongó, en fin, el interclasismo ideológico de la revolución mexicana y adormeció las exigencias de racionalidad en el empleo de los recursos económicos y de modernización efectiva del Estado. Tanto más violenta sorpresiva y aguda se presentó la crisis de los años ochenta.

La crisis significa la hora de la verdad. El capital mexicano, si quiere competir no ya con los grandes países industriales sino con sus similares de Brasil, Argentina y Chile, necesita cambiar la relación alarmante para su futuro que indican las curvas de esta gráfica:

EVOLUCION DE LOS INDICES DE PRODUCTIVIDAD, ARGENTINA, BRASIL, CHILE Y MEXICO, 1968-1980*

FUENTES

1. Evolución económica de la Argentina, Ministerio de Economía, Buenos Aires, 1981. (Productividad Industrial).

2.IBAFE Saúde e trabalho no Brasil. ed. Vozes, Petropolis, 1982.

3. M. Echeverría, Crisis, trabajo y salud, Tesis de maestría o Medicina Social, UAMX, México, 1982.

4. C. Laurell, “El obrero mexicano, las condiciones de trabajo” en El obrero mexicano, ed. Siglo XXI, en prensa, 1982.

* Tomado de Asa Cristina Laurell, Crisi y salud de América Latina, en “Cuadernos Políticos”, ediciones ERA, México julio-septiembre 1982, núm. 32.

La crisis, al debilitar las posiciones de la fuerza de trabajo y de los sectores menos productivos del capital, al poner a toda la sociedad a la defensiva, permite a la fracción más dinámica y agresiva del capital lanzarse a imponer drásticamente sus opciones, su propia salida a costa de todos los demás. Para ello necesita la palanca decisiva de la política del Estado. Esas opciones son: a) desvalorización drástica de fuerza de trabajo (reducción del salario real individual y del salario global); 2) reducción de los gastos sociales del Estado; 3) acentuación de la integración del aparato financiero y el aparato productivo con los de Estados Unidos para imponer, a través de la asociación con las multinacionales, el dinamismo de la transformación racionalizadora que la crisis impone a su vez en los centros mundiales del capital; 4) modernización del poder y del modo de dominación del PRI, utilizando incluso los triunfos secundarios y tolerados del PAN para castigar la ineficiencia del aparato obsoleto de los caciques políticos locales del propio PRI; 5) modernización del aparato sindical ligado al Estado, operación complicada porque a ese aparato se le exige además que cumpla en plena crisis su función de regulación y contención de las demandas de los trabajadores mientras se intenta reformarlo (ya que no es posible sustituirlo) desde arriba.

Todo esto significa una modernización del Estado mexicano, para cuya operación la crisis es un instrumento doloroso pero mucho más idóneo que el petróleo, ya que obliga a disciplinar y ayuda a hacer aceptar las exigencias del gran disciplinador del capitalismo de los países dependientes: el FMI. Dicho con otras palabras, esa modernización y racionalización del aparato estatal significa otra desvalorización más: la desvalorización de todo el aparato de intermediación propio de la política interclasista basada en la ideología de la revolución mexicana.

Esta opción significa, en otros términos, utilizar la crisis desde el Estado para imponer desde arriba la modernización y la racionalización capitalistas del aparato productivo, de las relaciones entre las clases y del mismo Estado que la lógica del capital está exigiendo: salir de la crisis disminuyendo el costo de la fuerza de trabajo (el salario real) y aumentando su productividad y en consecuencia el margen de ganancia y los niveles de acumulación. Esa lógica no es contradictoria sino complementaria con la de las multinacionales; es decir, no se ubica en la perspectiva nacional-burguesa del proteccionismo (aunque medidas de protección subsistan, como en todas partes) sino en la de la integración progresiva. La opción contraria, desde el punto de vista de la fracción del capital que en los hechos ya ha sido derrotada políticamente, significaría mantener el proteccionismo; defender un aparato estatal ineficiente y corrompido, enormemente costoso cuando la crisis ha recortado los ingresos; prolongar la baja productividad, la irracionalidad de muchas inversiones especulativas, la ineficiencia, el atraso en la ideología, en la política y en sus ejecutores y en la planta industrial, todo ello teñido con colores fuertemente nacionalistas y con una que otra denuncia “antimperialista”.

Ninguna de estas opciones conviene a los trabajadores, pese a que los charros sindicales y algunos de sus aliados izquierdistas quieran embarcarlos en la segunda de ellas. Ambas opciones, sin embargo, tienen algo en común, un rasgo que en el primer caso se impone agresivamente desde arriba y en el segundo se conserva demagógicamente mediante los agentes del Estado en el movimiento obrero, los charros sindicales. Ese rasgo, roto transitoriamente en el auge del sexenio cardenista pero mantenido luego como elemento fundamental del sistema político, es la exclusión de las grandes masas de trabajadores del debate y de las decisiones en los grandes problemas que les conciernen -esto es, en los grandes problemas nacionales-, y la prolongación de su estado de indefensión política (su carencia de partido propio y de sindicatos independientes del control estatal) y su estado increíble desprotección jurídica frente al despotismo y la arbitrariedad, las exacciones de patrones, policías y toda clase de propietarios de casas, de tierras o de cualquier parcela de poder; incumplimiento de leyes sociales y contratos colectivos que ninguna justicia hace respetar; subcontratistas, empresas al margen de la ley, despotismo industrial en las grandes fábricas, policías empresariales, colusión entre empresas estatales o privadas y dirigentes sindicales; despidos y rotación de la enorme masa de eventuales; violación de las normas más elementales de seguridad en el trabajo, de salubridad, de protección de la vida y la integridad física de los trabajadores; en una palabra, verdadera masacre cotidiana en el sentido más literal de la palabra, de una fuerza de trabajo todavía sobreabundante y por lo tanto menospreciada y despilfarrada por el capital.

Volvemos así en cierto modo indirecto a los términos del enfrentamiento de 1935, pero en otra situación mundial y con actores sociales mucho más sólidos y maduros que entonces. Tanto Calles como Cárdenas querían, en su momento, modernizar el país. Pero mientras el primero buscaba continuar la racionalización desde arriba que caracterizó las iniciativas más audaces de su periodo, el segundo, comprendiendo el aire de los tiempos con el cual su misma formación lo volvía afín, optó por apoyarse en las demandas y las movilizaciones de los trabajadores y modernizar con el impulso de abajo. Modernización -y vaya si la hubo- significó entonces organización de los trabajadores y democratización efectiva de la sociedad mexicana. Nadie -y menos que nadie los capitalistas que en los cuarenta años siguientes recogieron los frutos- puede negar que el resultado fue impresionante.

Sin embargo, esos términos ya no existen. Este México, el mismo de entonces, es también otro. El proyecto cardenista resistido por lo que entonces se presentaba como la fracción más poderosa del capital mexicano y por los capitales imperialistas, era compatible con los intereses y necesidades de otra fracción del capital y, a fin de cuentas, con los del desarrollo y expansión del conjunto del sistema, una vez introducidas las modificaciones reservas del avilacamachismo y del alemanismo. Hoy, ninguna fracción del capital tiene interés ni considera compatibles sus intereses con una modernización de México desde abajo: la movilización de las masas que ella requiere sobrepasa ampliamente los marcos de esos intereses. La prueba temprana de esto la dio el mismo Cárdenas, cuando en los albores del actual ciclo de crisis y en las postrimerías de su propia vida formuló para México un programa que ya difícilmente puede ser considerado como compatible con una perspectiva capitalista.

Puedo imaginar la sonrisa entre benévola y condescendiente con que más de un modernizador de estos días habrá leído los citados párrafos de Cárdenas y habrá considerado en su fuero interno que esas ideas del general, al fin hombre de otra época, eran ya ingenuas, simplistas y obsoletas cuando él las asentó en sus apuntes. Creo que la realidad terminará por mostrar, no se sabe aún a qué costo, los límites intrínsecos e infranqueables con que tropezará cualquier modernización desde arriba que excluya por principio la movilización activa de la sociedad, como ya pudieron experimentarlo los proyectos mucho más drásticos y excluyentes de modernización intentados por los militares del Cono Sur. Esa misma realidad volverá a plantear que la actualidad de muchas de aquellas propuestas de Lázaro Cárdenas reside en que, en sustancia, ellas apuntan hacia una vía que va más allá de la disputa entre las diversas fracciones del capital, para ubicarse en cambio en el curso mismo de los intereses históricos del pueblo mexicano.

Todo esto quiere decir que, frente a la crisis del capitalismo mundial y del capitalismo mexicano, los trabajadores -es decir, el pueblo mexicano- no tienen por qué dejar encerrar sus horizontes políticos y sociales dentro de una de las opciones sobre las cuales disputan dos o más fracciones del capital. En este callejón sin salida pretenden meterlos los charros y sus aliados políticos, con sus Pactos de Solidaridad con los empresarios y con sus métodos de presión subordinada sobre el Estado, métodos que siempre eluden, en el penúltimo o el último momento, la organización y la movilización desde abajo de la clase obrera y sus aliados. Y si bien es posible un frente transitorio y puntual sobre alguna demanda que incluso los charros asuman (teniendo presente que la traicionarán o la malvenderán a la primera ocasión favorable para ellos), proponer en cambio una alianza estratégica a una alianza política con los charros sindicales es subordinar a los trabajadores a la disputa entre dos fracciones del capital en la cual los charros participan tomando partido por una de ellas. La lucha política que conducen los charros es una lucha interburguesa, en la cual los trabajadores no tienen nada que ganar y mucho que perder, en primer lugar su autonomía frente al capital y su independencia frente al Estado.

Frente a la crisis del capitalismo, la opción de los trabajadores es defender ante todo sus propios intereses (que es, por lo demás, lo mismo que desde el bando opuesto hace el capital). Esos intereses pueden ser formulados en un programa, pero un programa no quiere decir nada si no se dan los medios para materializarse en la realidad. Esos medios, como la experiencia universal del movimiento obrero y la historia mexicana lo demuestran, comienzan por la organización autónoma, independiente y masiva de los trabajadores a partir del nivel que su conciencia previamente acumulada les permite. No hay modernización profunda de la sociedad mexicana sin movilización de su población trabajadora; no hay movilización sin organización de masas; no hay organización sin una verdadera transformación revolucionaria desde abajo en las estructuras sindicales obsoletas heredadas de etapas anteriores. Un ejemplo es suficiente: la medida del atraso y la ineficiencia de la actual organización sindical la da el hecho de que en el automóvil, una de las ramas modernas y dinámicas de la industria mexicana, no exista todavía un sindicato nacional de industria. Y no es posible formar un verdadero sindicato nacional de industria en ramas decisivas sin una movilización radical de los trabajadores por sus demandas dentro de las fábricas y en la sociedad.

Defender los intereses de los trabajadores frente al azote de la crisis requiere, más allá de la política de cualquier fracción del capital, defender los intereses de México frente a la disciplina y la regimentación de las multinacionales y del FMI; utilizar el sector nacionalizado, incluida la banca, para planificar; racionalizar introduciendo en él la voz y la decisión de sus trabajadores; liberar en consecuencia de trabas burocráticas su estructura sindical y su posibilidad de deliberar y elegir sus representantes dentro y fuera de los lugares de trabajo; defender la vida de la fuerza de trabajo, el salario social y global, la seguridad social, la educación, la vivienda, los transportes colectivos.

El problema no es que, debido a la crisis, no existen recursos económicos para una política de este tipo: cuando el auge petrolero los medios existían y tampoco se hizo. El problema es que estos y otros objetivos similares no pueden alcanzarse desde arriba, por la vía del paternalismo estatal, aún supuesto que existiera la voluntad de lograrlos y de doblegar la resistencia encarnizada del capital nacional e internacional. Esta política, que supone la modernización del país y de la lucha de clases según la racionalidad de los trabajadores y no según la racionalidad opuesta del capital, sólo puede llevarse desde abajo, movilizando y democratizando a la sociedad mexicana desde sus capas más profundas, como se movilizó y se democratizó en los días de auge del periodo cardenista. También entonces todas las furias de la reacción nacional e internacional se coaligaron y se abatieron contra México. Pero hoy tendríamos otro país, mucho más proclive a caer en la barbarie de las dictaduras argentina o chilena y bajo los proyectos perennes de dominación de Estados Unidos, si de esos años no hubiera salido, pese a todo, este México.

En aquellos años, la cuestión de clase, presente siempre, se subordinó a la cuestión nacional y al antimperialismo. Casi medio siglo después, la cuestión nacional no tiene salida propia si ella a su vez no se subordina -manteniéndose por supuesto siempre presente- a la solución de clase de los trabajadores para México. La modernización obrera y popular de México -movilización, organización, democratización, defensa de sus conquistas, su trabajo y su vida, poder de decisión en la vida nacional- es la real perspectiva viable para preservar y extender la independencia nacional frente a la presión amenazadora e invasora de Estados Unidos, el FMI y las multinacionales.

Esa modernización desde abajo requiere poner en movimiento, a través de sus demandas más apremiantes y de sus esperanzas de futuro, a enormes fuerzas sociales que necesitan un canal central de expresión independiente, un nuevo gran movimiento nacional, uno de cuyos focos no pueden ser sino las fábricas y los lugares de trabajo de los asalariados; un movimiento organizado sobre las tradiciones de movilización de los trabajadores mexicanos cuya imagen, por paradójico que parezca, podría asemejarse genéricamente, salvando las distancias de país y de régimen, a la gran insurgencia obrera, campesina, nacional y popular que en Polonia encontró su eje en el sindicato independiente Solidaridad.

Dirán que son sueños, utopías o extrapolaciones. No lo creo así. Me permito creer y esperar que los trabajadores mexicanos encontrarán para su reorganización y sus luchas futuras el camino de la alianza con la recuperación y la insurgencia de los trabajadores estadounidenses en su propia defensa contra la crisis, como ya una vez la encontraron a mediados de los años 30. Me permito repetir que la búsqueda de esa alianza es una prioridad para los trabajadores y la izquierda mexicana. La integración entre trabajadores mexicano y norteamericanos -Estados Unidos y Canadá- en las luchas futuras y en la defensa común de sus intereses frente al capital es la verdadera y única respuesta que permitirá preservar la independencia nacional de México frente al proyecto opuesto y antagónico de asociación del capital mexicano con el estadounidense y de integración del sector más moderno del aparato productivo mexicano con el de Estados Unidos según la lógica racionalizadora de las multinacionales y de sus socios. Me permito, finalmente, insistir en que toda tesis que postergue u oscurezca los perfiles de un proyecto propio de los trabajadores y sus organizaciones frente a la crisis, y prolongue las ilusiones adormecedoras y paralizantes del interclasismo, dificultará la organización de una respuesta de los trabajadores y de la nación mexicana para preservar el futuro de este país y de sus gentes. Fuera de ella, la perspectiva del capital sólo será una mayor integración con el capitalismo de Estados Unidos y una mayor subordinación del trabajo, la vida y el alma de los mexicanos a la lógica implacable de las multinacionales y a la acumulación mundial del capital.

Entrevista a Ernest Mandel

El ojo de la tormenta

Con motivo del centenario del Padre Marx, Ernest Mandel fue invitado a concelebrar en México mediante la impartición de un seminario, “La clase obrera en el pensamiento de Marx”, que tuvo lugar durante la primera semana de agosto en el Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM, bajo el copatrocinio de las respectivas divisiones de estudios de posgrado de las facultades de Economía y Ciencias Políticas.

Poco antes de partir de nuevo al extranjero el 12 de agosto, Mandel accedió a sostener una entrevista con Nexos en torno al inevitable tema de la crisis mundial, sus salidas posibles y las perspectivas de los países periféricos, y México entre ellos. Ofrecemos sus reflexiones como un rápido e iluminador esfuerzo de síntesis de las varias fracturas que condicionan el rumbo de la economía mundial, sus posibles “soluciones” (una fragmentación general del mercado o una acentuación de los procesos de internacionalización del capital) y sus devastadores efectos sobre el conjunto de los países subdesarrollados y de desarrollo intermedio.

Ernest Mandel es autor entre otras obras del clásico Tratado de economía marxista, de El Capitalismo tardío Crítica del eurocomunismo y La crisis, todos editados en México por Era.

NEXOS: ¿Cuál es la relación entre las crisis en los países de desarrollo intermedio, como México, y la crisis mundial actual?

MANDEL: La crisis mundial, cuyas manifestaciones iniciales se remontan a los inicios de los años 70, no castigó por igual en su primera fase a los países industrializados y a los semiindustrializados. Países como Brasil, México, Corea del Sur, los países de la OPEP mantuvieron un ritmo sostenido de crecimiento económico. Esta desincronización de la crisis engañó a muchos, que creyeron en la posibilidad para ciertos países de eludir los efectos de la crisis y basaron sus proyectos económicos en esa perspectiva.

Pero cuando en la recesión que se inicia en 1980 la crisis entró en sincronía en todos los países, los efectos fueron mucho peores sobre los del llamado Tercer Mundo. Ha llegado a alcanzar contornos de verdadera catástrofe económica en los países más pobres. Por ejemplo, ¿sabe usted que la ración alimenticia promedio de un trabajador boliviano hoy es equivalente a la de un prisionero de un campo de concentración nazi en 1940?

También aquellos proyectos y planes económicos entraron en crisis. Indonesia ha abandonado planes de inversión por 2 millones de dólares. Algo similar ha ocurrido en los países de la OPEP. Sólo Arabia Saudita y los emiratos del Golfo mantienen sus inversiones y no se sabe hasta cuándo. Puede imaginarse el golpe que esto significa, a su vez, para el capital financiero.

Las formas que ha tomado la crisis confirman lo que marxistas hemos sostenido desde siempre: no se puede considerar país, sino que sólo es posible analizar la crisis a partir del conjunto de la estructura mundial de la economía.

NEXOS: ¿Qué consecuencias trae esta sincronización de la crisis para los países de desarrollo industrial intermedio y para los menos desarrollados?

MANDEL: Enunciaré las siete consecuencias principales que, a mi juicio, está teniendo la crisis sobre los países semiindustrializados y exportadores de materias primas.

Primero, hay una bala en los precios de las materias primas y en consecuencia de los ingresos de esos países por sus exportaciones. La gran mayoría de éstas, en los países semiindustrializados, siguen siendo exportaciones de materias primas. Esa baja significó en 1981, para el total de esos países, una disminución del 15% en sus ingresos, y en 1982 una disminución adicional del 12% sobre el total ya disminuido del año precedente. Esto evidentemente ha aumentado su dependencia financiera y los sujeta a la disciplina del FMI.

Segundo, la relativa reanimación de la economía que se ha iniciado en Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Alemania y Japón, tiene lugar sin un aumento de los precios de las materias primas. Esta nueva desincronización, ahora en la reanimación, se debe entre otros factores a las reservas de materias primas acumuladas por esos países en el periodo anterior. Por otro lado, los mismos países industrializados se han vuelto grandes productores y exportadores de materias primas. Europa occidental, por ejemplo, es el mayor competidor de América Latina en la exportación de productos alimenticios (carnes, cereales) mientras grandes planes de producción para la exportación en estos últimos países (por ejemplo, los proyectos sobre la soya en Brasil) no dieron los resultados esperados. Es sabido además el poder de la presencia de Estados Unidos en la exportación de alimentos.

Tercero, las medidas contra la inflación en los países industrializados son, en parte, una hipocresía ideológica; pero también responden a una necesidad. Una inflación incontrolada produce una huelga general de inversión de capitales productivos, que van a la especulación, y afecta la reproducción económica hasta el punto de la parálisis. Las medidas deflacionistas, como los cortes presupuestarios y las altas tasas de interés, forman parte indudablemente del proyecto de un sector de la burguesía imperialista contra la clase obrera y los sindicatos en su propio territorio, contra la burguesía de los países del Tercer Mundo y también contra otros sectores imperialistas. Pero también se les presentan a ellos como una necesidad ineludible para la recuperación del sistema. Esto significa un golpe terrible para los países dependientes que habían financiado su desarrollo anterior con grandes deudas externas. Para México, por ejemplo, la tasa de interés de su deuda externa subió del 6 por ciento en 1977 al 18 por ciento en 1982, a lo cual hay que agregar el efecto de la baja de los precios de las exportaciones. El aumento de la tasa de interés en los Estados Unidos en los últimos días ya cuesta mil quinientos millones de dólares.

Cuarto, esto significa un cambio cualitativo de la estructura y de las consecuencias del endeudamiento internacional. Es un hecho confirmado por toda la historia del capitalismo que cada ola de industrialización se ha financiado parcialmente con créditos extranjeros. No hay otro modo, por otra parte, pues si los capitales existieran en el lugar no se trataría de países menos desarrollados que se industrializan.

Ahora bien, la deuda externa es soportable si hay crecimiento permanente de la economía. Es el viejo dicho: “Get yourself rich by spending”. Pero esto es verdad a corto y medio plazo. A largo plazo, las deudas deben ser pagadas y en una coyuntura peor. De este modo, antes los créditos servían para el desarrollo. Ahora sólo sirven para pagar apenas el servicio de las viejas deudas. Casi toda América Latina ha entrado en este círculo vicioso del endeudamiento externo, con algunas puntas muy notorias como Brasil, México, Argentina y Venezuela.

Quinto, de lo anterior se desprende una enorme baja de la inversión productiva en estos países, con el consiguiente aumento del desempleo, ya estructuralmente elevado en muchos de ellos. La disminución de sus recursos impone cortes drásticos en sus importaciones. Pero, dada la estructura y los intereses que gobiernan la sociedad capitalista, hay importaciones que no se pueden cortar: los bienes de lujo, los gastos militares, la energía y, por otro lado, ciertos alimentos básicos. Entonces los cortes se concentran prioritariamente en los bienes de inversión: maquinaria y repuestos, con el consiguiente efecto sobre el conjunto del aparato productivo. Esto repercute a su vez, como puede imaginarse, sobre los países industrializados exportadores de esos bienes.

El otro aspecto de esta baja de la inversión productiva es la disminución de recursos financieros, y en consecuencia un alto rapidísimo al crecimiento económico que parecía haberse mantenido en la fase previa de la crisis mundial. México es un ejemplo dramático de esta situación, pero también Brasil, Corea del Sur, Sudáfrica y otros países.

Sexto, tenemos entonces, como resultado, una contracción del mercado interno, de la producción industrial, de las exportaciones y de la ocupación, incluso en los sectores no vinculados a la exportación y a las multinacionales. Esto se ve agravado por las tendencias al proteccionismo, y al nacionalismo económico en los países industrializados: hay en el aire un olor a fragmentación del mercado mundial, aunque esto no se haya concretado.

Toda la ayuda actual al “Tercer Mundo” es una suma menor que cuanto esos países del “Tercer Mundo” pierden con el proteccionismo de los países imperialistas. En estos últimos hay una lucha muy grande entre quienes quieren cargar toda la crisis sobre el sector más pobre del mundo (asalariados, países pobres) y quienes tienden a comprender que esto significaría para ellos mismos un terrible costo social. Personalmente opino que ocurrirá algo intermedio: los sectores más duros e imbéciles, que por momentos aparecen predominantes en la administración de Estados Unidos (basta pensar en la señora Kirkpatrick) no triunfará a largo plazo porque su política es suicida.

Séptimo, el aspecto estructural más importante, es que la crisis sirve, como es sabido, para acentuar la concentración y la centralización del capital. Esto significa una desvalorización de todas las ramas menos productivas: fortalece a los fuertes y elimina a los débiles.

Como el grado de centralización del capital es hoy cualitativamente más elevado que en los años 30, esto nos da una diferencia muy grande en las reacciones frente a la crisis. Entonces la reacción fue fundamentalmente nacionalista, con la tendencia al fraccionamiento del mercado mundial, al establecimiento de acuerdos de clearing y aun de trueque y a otras medidas proteccionistas. Este fue el caso de Alemania, Italia, Japón, pero también de Estados Unidos con el abandono del patrón oro en los inicios de la era de Roosevelt. Nacionalismo y proteccionismo fueron la nota dominante.

Hoy la economía mundial está dominada por las multinacionales, cuya estrategia es muy diferente, y es preciso entender hasta qué punto es diferente. Por ejemplo, en la industria automotriz de Estados Unidos podemos ver dos reacciones opuestas del gran capital. Una es puramente proteccionista, contra las importaciones japonesas, apoyada por la burocracia sindical conservadora y que sería un suicidio para la industria. La otra propone lo contrario: mantener la tendencia a salir a producir a donde se produce más barato, la tendencia a la internacionalización de los procesos productivos y la descentralización mundial de la industria. Aunque ambas reacciones se manifiesten, la lógica de las multinacionales va en el sentido de esta última. De este modo, la crisis significará un nuevo salto adelante en la internacionalización del capital.

NEXOS: ¿Usted considera dominante esta última tendencia?

Mandel: Efectivamente, las tendencias al proteccionismo tienen sus límites en los países industrializados. En el interior del Mercado Común Europeo, el proteccionismo no existe. Se ejerce contra Estados Unidos, Japón u otros países, pero no entre las fronteras de los países que integran el Mercado Común. Por otra parte, avanza la integración de ciertas ramas industriales de punta que requieren enormes capitales y recursos tecnológicos. La integración en el sector de aviación europeo es un éxito. Pronto quedarán en realidad sólo dos grandes empresas mundiales en la rama de aviación: por un lado la empresa integrada a escala europea (Francia, Inglaterra, Alemania, Italia) que produce el Airbus, por el otro la Boeing de Estados Unidos, pues es previsible que la Douglas, la otra gran empresa norteamericana que aún subsiste, no pueda sostenerse sin ser integrada. En la competencia entre estas dos empresas, los estadounidenses cuentan con la ventaja que significa su enorme mercado de adquisiciones militares.

NEXOS: ¿No podrían, a su vez, los países de desarrollo intermedio responder a esos procesos estimulando su propia producción de bienes de capital y planes propios de desarrollo nacional?

MANDEL: Sí, se han hecho proyectos, algunos en marcha, hacia una nueva política de sustitución de importaciones en América Latina, esta vez de bienes de capital. Técnicamente, sería posible, ya que incluso la dependencia tecnológica no es absoluta para países como Brasil e incluso México y Argentina. Se puede suponer que los bienes de capital que producirían tendrían un retraso tecnológico de cinco o diez años con respecto a los producidos en los países imperialistas, pero cualquiera aceptará que es mejor tener máquinas un poco más anticuadas que no tener ninguna máquina porque no hay divisas para importarlas.

Sin embargo, esto es posible con una condición: ¿tienen esos países y sus Estados el control del mercado de capital y de las decisiones de inversión, o están en manos de las multinacionales? Pienso que esto dependerá, sobre todo, de la estrategia de los centros más poderosos, es decir, de las multinacionales: si deciden continuar con la industrialización del “Tercer Mundo” o se repliegan en la crisis. Ellos tomarán las decisiones finales, no los gobiernos de estos países: no es un problema de voluntad, sino de lógica del modo de producción capitalista, del capitalismo tardío. No se puede excluir que estos países hagan intentos en ese sentido, pero el centro de toma de decisión de estas políticas económicas, particularmente en lo que se refiere a los bienes de capital, está en los países imperialistas, no en los países dependientes.

Aquí se plantea una pregunta: ¿tendremos el mismo fenómeno de los años 30, con la aparición de tendencias burguesas en estos últimos países que, aun recurriendo a demagogia nacionalista, la utilizan para ciertos fines reales y ciertas tareas reales de reorganización de la economía y el Estado? Mi opinión es que no. Aunque ideológicamente esas tendencias puedan existir en estos países, particularmente en aquellos con mayor desarrollo intermedio, hay ahora un peso cualitativamente mayor de los sectores de la burguesía más ligados al imperialismo y asociados a su perspectiva. Ellos tratarán de ubicarse en una nueva división del mercado mundial dirigido por las multinacionales. En esa vía buscarán su salida a la crisis.

NEXOS: Si tal fuera la situación, ¿cuáles serían, en su opinión, las vías o formas de salida de la crisis que deberían buscar los trabajadores de estos países y cómo podrían implementarlas?

MANDEL: No es tarea de las masas trabajadoras ni de sus organizaciones ayudar al capitalismo a curarse de su crisis. Los trabajadores deben ante todo defender sus conquistas, defender su poder adquisitivo y su empleo, luchar contra el alza de precios y la desocupación defender y extender la seguridad social. Una clase que no es capaz de defender las viejas conquistas nunca podrá conquistar otras nuevas.

El descontento y la indignación que se apoderan de las masas a medida que la crisis se extiende y se profundiza deben ser centralizados y canalizados hacia un objetivo preciso: el derribamiento del imperialismo y del capitalismo. Con este objetivo, habría que plantear un programa de acción que combine las reivindicaciones inmediatas y las reivindicaciones transitorias. Evidentemente, éstas son diferentes según los países, ya que parten de las preocupaciones concretas de los trabajadores de la ciudad y del campo de cada país y de sus lazos con las organizaciones de masas. Mientras actúan para lograr la más amplia unidad de acción para objetivos precisos, los revolucionarios deben poner énfasis, sobre todo, en la conquista y la consolidación de la independencia política y organizativa de clase del proletariado.

Entre las reivindicaciones transitorias que adquieren una importancia particular en América Latina en el curso de la crisis actual, mencionaré: la adecuación automática, mensual, de los salarios al alza del costo de la vida, la organización de comités de barrio para el control de los precios; el rechazo de toda imposición o diktat del Fondo Monetario Internacional; la moratoria de la deuda externa; un programa de emergencia de obras públicas para reducir la desocupación, programa cuyo eje sea la construcción de viviendas y de obras de infraestructura para los colonos y marginados; la ocupación de las tierras de los ricos por los campesinos pobres; el financiamiento de todas las medidas de emergencia mediante la creación de un Consejo Central del Sector Nacionalizado, incluida la banca nacionalizada, con participación mayoritaria de los representantes de los trabajadores y de los campesinos en dicho sector, y mediante la expropiación del capital extranjero; el control obrero generalizado sobre la producción, como acaba de demandar la Central Obrera Boliviana en su país.

Los capitalistas responderán en todas partes, como lo hacen en Bolivia, clamando que semejante programa los lleva a la bancarrota y a la ruina. Los trabajadores responderán que la política de austeridad, de agravación de la dependencia y de capitulación ante el capital internacional los lleva a ellos, los trabajadores, a la miseria y al hambre. Es un dilema que es preciso resolver mediante la movilización y la lucha generales, pasando de la defensiva a la ofensiva.

UNA HISTORIA INCONCLUSA

José Woldenberg (compilador): Solidaridad y el sindicalismo universitario. Editorial Foro Universitario, Colección Documentos, núm. 1, STUNAM, México, 1983.

I

Solidaridad y el sindicalismo universitario es un volumen doblemente significativo: en primer término porque con él se inicia la recuperación sistemática de los materiales publicados sobre el origen y desarrollo del sindicalismo en los centros de educación superior del país, a fin -se dice en la presentación- de estimular la reflexión sobre su historia y su impacto en las universidades, en el movimiento obrero y en la sociedad en general.

Las numerosas interrogantes que suscita el futuro inmediato de esta franja del sindicalismo remiten necesariamente a una revisión histórica que permitirá encontrar vías para salir del aparente marasmo que siguió a la definición del marco legal para el sindicalismo universitario. A nuestro juicio, esa postración tiene que ver básicamente, por una parte, con la cuestión orgánica (en donde, por ejemplo, a las trabas legales a la organización nacional se suma el gremialismo) y, por la otra, con la insuficiente traducción práctica o incluso con el franco desentendimiento de algunos sectores por formular e impulsar una alternativa que replantee los vínculos de la Universidad con la sociedad y la ponga de cara a los problemas del país. Avanzar en la organización nacional y plantear, asumiéndola en serio, una reforma universitaria general no sólo puede revitalizar la acción sindical en ese sector sino darle otra vez, pero a un nivel superior, la proyección y el contenido nacional y popular que ha demostrado tener.

II

Pero este trabajo también es importante, en segundo término, porque al recoger todos los artículos y notas directamente referidas al sindicalismo universitario publicados en la revista Solidaridad desde 1972 hasta 1980, se nos brinda una panorámica bastante completa no sólo de su desarrollo sino, además, de la perspectiva peculiar desde la cual se le analizó y con la cual se proponía influir política y programáticamente el grupo editor de la revista, es decir, el con junto de fuerzas que confluyeron, a partir de 1973, en el Movimiento Sindical Revolucionario (entre ellas, el propio Consejo Sindical, corriente hegemónica en el SPAUNAM y luego presente en el STUNAM sobre todo).

En este último punto quisiera centrar mi comentario. Tres son, me parece, las grandes líneas que recorren el conjunto de artículos y notas compilados en este volumen: 1) la defensa irrestricta de derechos plenos de sindicalización, huelga y contratación colectiva de los trabajadores universitarios, frente a los sucesivos intentos por coartarlos; 2) el planteamiento de formar, a partir de los sindicatos por institución, una organización nacional que fortaleciera al poder de los trabajadores, acabara con la dispersión y la desigualdad de las condiciones de trabajo, al tiempo que permitiera levantar alternativas también nacionales sobre la rama de actividad respectiva; 3) íntimamente vinculado a lo anterior, el sostenido énfasis en la necesidad de que el sindicalismo no fuera ajeno a la suerte de su ámbito de trabajo y formulara, por el contrario, alternativas para renovar a la Universidad en función de los intereses populares y nacionales.

El carácter de estos tres puntos, la naturaleza y el tono mismo de las notas publicadas por Solidaridad denotan claramente, por otra parte, el tipo de influencia, para decirlo de algún modo, que se buscaba tener y que era en términos de la conformación de un cuadro estratégico de desarrollo para el sindicalismo universitario. Denotan, además, la clara percepción que tuvo Solidaridad de la importancia estratégica de este movimiento.

III

Ciertamente, no era gratuito el énfasis, en la reivindicación de derechos plenos, organización nacional por rama de actividad y programa obrero para garantizar la orientación nacional y popular del ámbito de trabajo. Estos tres puntos emergían con fuerza de toda una tradición de lucha y una experiencia político sindical de los propios electricistas democráticos, que se remontaban décadas atrás. Recordemos, muy rápidamente, algunos de esos momentos que fueron construyendo las lineas maestras de esta estrategia. Como sabemos, desde la década del cuarenta, la FMTICE, con Don Rafael Galván al frente, se proponía dos grandes objetivos: unificar a todos los electricistas en una sola organización e integrar la industria eléctrica.

En 1952, la fusión de esa Federación con la antigua FNTIE dio lugar a la FNTICE, en cuyo programa ya se mencionaba la necesidad de aportar a la discusión pública los puntos de vista de los trabajadores sobre la formulación de una política nacional en materia eléctrica, acorde con un desarrollo soberano y atento a los intereses y necesidades populares. Tal reivindicación era una respuesta a la forma autoritaria y compulsiva como se venía expandiendo la CFE, así como a la insolencia e incapacidad de las compañías privadas extranjeras (hechos ambos que amenazaban la existencia misma de la FNTICE), pero también una muestra de, digamos, la temprana ruptura de los electricistas con un gremialismo estrecho.

Bien pronto aprendieron éstos a conjugar la defensa de su interés laboral con la defensa del interés nacional, pero no una defensa en abstracto, declarativa, sino pugnando por poner al servicio del país y de sus mayorías la industria en la que laboraban y en la que, desde su organización, podían influir. Difícilmente, sin embargo, se podía poner en acto esa influencia desde la dispersión de los trabajadores en un sinnúmero de sindicatos que, además, tenían condiciones laborales muy diferentes.

Estos hechos constituían un lastre estructural que impedía a los electricistas sentar las bases de la reestructuración de la industria, por una parte, y ejercer una influencia decisiva para que ésta se enmarcara en el interés popular. De ahí que la lucha que marca la acción de la FNTICE durante toda la década del cincuenta por fortalecerse orgánicamente y pasar de la organización federada a la constitución de un sindicato nacional de industria, así como por unificar las condiciones laborales (y las fechas de revisión) con base en un contrato tipo (y más tarde en un contrato único), tenían el sentido no sólo de defender mejor el interés laboral, sino de crear las condiciones para darle una nueva dimensión a la acción de los trabajadores en la que, insisto, al tiempo que reivindican su propio interés, están en posibilidad de ofrecer “un proyecto de reorganización social que incluya las aspiraciones de las capas mayoritarias de la población… (y) que los capacite para convertirse en la clase dirigente de la sociedad”.

IV

Esta dimensión se expresa con singular claridad en el debate que iniciara Galván a principios de 1962 sobre lo que él denominaba las nuevas relaciones de producción en la industria eléctrica nacionalizada. Tras la nacionalización, afirmaba, es necesario y posible un sistema nacional de electrificación presidido por la consideración de que, en tanto propiedad nacional, su objetivo es el servicio social, lo cual supone relaciones de producción distintas a las que prevalecían cuando la industria era controlada por empresas privadas. Explicaba Galván: “Las nuevas relaciones de producción sien siendo, en términos generales, de tipo capitalista y tendrían un carácter precario por la compenetración económica y política de la empresa nacionalizada y el resto del sistema económico y social. Los trabajadores necesitaríamos luchar permanentemente por los intereses de la empresa nacionalizada, que son los del pueblo, conjugando dicha defensa con la de nuestros propios intereses. En este sentido, el sindicato aumenta su misión en vez de disminuirla”.

Y en otra parte, decía: “Habría lucha de clases no sólo en lo tocante a la determinación de los trabajadores en la dirección y administración, sino en lo relativo a la distribución del producto y, en general, a la lucha por consolidar y ampliar la propiedad social a costa de la propiedad privada”.

Las potencialidades transformadoras de esta nueva dimensión del sindicalismo resultan obvias y se pusieron de manifiesto a lo largo de los años sesenta en la lucha por el contrato único, en los esfuerzos por lograr la unidad con los otros dos sindicatos de la rama (el Nacional y el SME) y en la propuesta de una Ley de Servicio Público de la Energía Eléctrica en la que se plasman las tesis fundamentales de los electricistas sobre la orientación posible y deseable para esa industria. Y si el STERM suscitó, por una parte, tan violentas reacciones de los grupos de poder y, por la otra, concitó simpatías y apoyo para su lucha de amplios sectores de la población; si sobrevivió y pudo imponer la creación del SUTERM; si como Tendencia Democrática, acosada y agredida, pudo encabezar un movimiento multitudinario y renovador fue, precisamente, por la nueva proyección que le dio a la acción de los trabajadores.

V

Si he querido mencionar estos antecedentes, a riesgo de ser reiterativo, es para destacar el sentido profundo de estos tres puntos mencionados al principio que guían la interpretación que se hace del sindicalismo universitario.

Desde del principio, cuando en muchos ámbitos se discutía apenas si los de las universidades eran o no trabajadores, Solidaridad afirma que la lucha del sindicalismo universitario representa un importante avance hacia una transformación a fondo de la Universidad. La convicción se reafirma cuando, en 1974, la revista da cuenta de la constitución del Sindicato del Personal Académico (SPAUNAM), y se esboza la necesidad de una organización sindical nacional, sin la cual -se apunta- no es posible una reforma educativa nacional para erigir las universidades que el país requiere. En julio de 1975, Solidaridad dirá: “La alternativa es rebasar los límites locales del movimiento, así como su programa básicamente laboral.

Es sobre todo a partir del Segundo Congreso del SPAUNAM -que acuerda iniciar discusiones en torno a la plataforma programática que se elabora a partir de la Declaración de Guadalajara- cuando se hace más evidente la convergencia del Consejo Sindical, entonces corriente del SPAUNAM, con los electricistas democráticos. Muy significativo es el documento publicado en julio de 1976, signado por el Comité Ejecutivo de ese sindicato, que señala: “…porque en lo fundamental compartimos y coincidimos con el programa que se ha venido elaborando, consideramos necesario que este movimiento sindical revolucionario debe constituirse conjuntamente con la Tendencia Democrática”.

Debilitada ésta por la intensa y continuada agresión de que era objeto -estamos en 1976-, las baterías parecieron dirigirse ahora hacia la otra fuerza sindical más combativa: los universitarios. Se trataba del tristemente célebre apartado “C” propuesto por el rector Soberón. Solidaridad compartió y alentó desde sus páginas las iniciativas tendientes a responder a él impulsando una organización nacional que, al abarcar toda una franja de la producción o los servicios del país, permite la acción unificada de todo un sector de la clase trabajadora; también propuso un contrato ley para trabajadores de la rama, y una alternativa a la crisis de los centros de enseñanza superior.

En 1977, año doloroso para los electricistas y promisorio para los universitarios, madura el acercamiento del Consejo Sindical de trabajadores universitarios con la Tendencia y los planteamientos del MSR, a resultas de lo cual se formalizan las colaboraciones de aquél en Solidaridad. A principios de 1978, en cumplimiento de la renovación de la revista propuesta por Don Rafael Galván en mayo de 1977, y como parte de una decisión política más amplia en virtud de la cual la dirección del movimiento pasa a una dirección colectiva en la que, junto con los electricistas, figuran los trabajadores nucleares y los universitarios del Consejo Sindical, el equipo editorial de Solidaridad se reestructura. El grueso del nuevo equipo proviene de las filas del Consejo. 

A partir de entonces, el sindicalismo universitario será uno de los temas constantes de la revista: desde breves notas hasta los llamados informes (recuentos analíticos de una rama de actividad), todo ese material da cuenta de un esfuerzo político programático orientado a aclarar las tareas nacionales del sindicalismo universitario, un sector que en el lapso de una década logró notables avances, pero cuyas principales metas están aún por cumplirse.

La compilación de Woldenber, contribuye a la reconstrucción de una historia: la de ese esfuerzo desplegado por una corriente político sindical particularmente significativa en años recientes y la del encuentro entre dos de sus continentes. Una historia, en fin, que en buena medida también es presente porque está inconclusa, porque tiene mucho que contarnos y es mucho lo que nos resta aprender de ella.

VIENTOS DEL ESTE EN AMERICA LATINA

Cuadernos Semestrales. Estados Unidos: perspectiva latinoamericana. Centro de Investigación y Docencia Económicas. número 12, segundo semestre de 1982, México, 1983, 424 pp.

La política de Estados Unidos hacia América Latina ha sido en gran medida una negación de la realidad hemisférica y su encuadramiento artificial en las percepciones obsesivas de Washington respecto al conflicto Este-Oeste. Principalmente a partir de la Segunda Guerra Mundial, esta política ha tenido serias repercusiones sobre el desarrollo de muchos países latinoamericanos y en general sobre las relaciones de todos con Estados Unidos. Ser parte imaginaria del conflicto Este- Oeste ha incidido también de manera perceptible en el pensamiento político latinoamericano. En efecto, grandes esfuerzos intelectuales se han invertido en negar la influencia soviética en el continente, argumentando los rasgos nacionales de los procesos políticos de cambio y de las luchas revolucionarias. Sin embargo, la utopía de la intervención soviética en América Latina, que ha resultado tan útil para que Estados Unidos justifique su propia intervención y sostenga en el poder a regímenes dictatoriales y a estructuras militares intensamente represivas, no ha sido hasta hoy adecuada y convincentemente rebatida. Ello se debe en parte, a la ausencia de una verdadera reflexión sobre los vínculos y relaciones efectivas y ciertas entre América Latina y la propia Unión Soviética. Más aún, el concepto bipolar maniqueo ha encontrado en ciertos círculos latinoamericanos un rechazo tan intenso, que a manera de un tabú se niega o minimiza el estudio analítico de la relación con la Unión Soviética, como si explorar estos lazos contribuyese a reforzar la postura de Estados Unidos.

El número 12 de Cuadernos Semestrales del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE) aborda de manera franca y directa esta cuestión. En una recopilación de diez ensayos, seis documentos y una bibliografía, el equipo de trabajo que dirige Luis Maira recorre los distintos ángulos de la relación de América Latina con la Unión Soviética. Los ensayos hablan tanto de las concepciones estratégicas globales y las percepciones específicas sobre América Latina, como de la interpretación que existe en Estados Unidos sobre la estrategia soviética y sobre su comportamiento en el continente. Destacan por su importancia, como piezas novedosas de investigación en nuestro medio, el artículo de Augusto Varas sobre relaciones interestatales y vínculos políticos de la URSS en el hemisferio, y el de Edmé Domínguez sobre el tema, tan poco explorado, de los debates académicos soviéticos en torno a América Latina. El hecho de que sólo unos cuantos estudiosos latinoamericanos se dediquen realmente al estudio detallado de los vínculos entre América Latina y la Unión Soviética y para tal caso al análisis de la política de la URSS en general, explica tal vez por qué no fueron estos temas mas extensamente abordados en el volumen de Cuadernos Semestrales.

Sin embargo, no deja de ser muy útil y oportuno el examen de cuestiones más conocidas, como el conflicto entre Cuba y Estados Unidos, las visiones de guerra fría de la administración Reagan o incluso, la evolución de los postulados políticos del conflicto Estados Unidos Unión Soviética, en el terreno de la estrategia de contención y la doctrina nuclear.

Asimismo, los documentos escogidos por el CIDE resultan particularmente útiles, tanto por el carácter de sus autores, como por los temas concretos que desarrollan. El trabajo de Robert Leiken investigador del Centro de Estudios Estratégicos de la Universidad de Georgetown, en Washington, intenta justificar la presencia estadounidense por la presencia soviética en América Latina con criterios más serenos y juicios más ecuánimes que los pregonados por la administración Reagan. Desde un ángulo aún más realista, Richard Feinberg examina el punto de vista de Moscú en Centroamérica. Igualmente importantes son los documentos de los propios pensadores soviéticos sobre estas cuestiones. Destaca la interpretación que G.A. Arbatov, conocido intelectual y director del Instituto de Estudios de Estados Unidos en la Academia de Ciencias de Moscú, hace sobre la política exterior de los propios Estados Unidos.

La minuciosa tarea que seguramente llevó a la compilación de este volumen, reporta sin duda importantes frutos al dar nuevas luces sobre un debate de Gran trascendencia para el futuro de las relaciones de Estados Unidos con América Latina. Sin embargo, tales cuestiones no pueden quedar aún satisfechas y la contribución del CIDE podría aún ser más útil, si este volumen despertase el necesario interés intelectual por la comprensión de la Unión Soviética y su papel cierto en nuestro continente.