Ciudad de libros

Rubén Darío (1867-1916)

Nuestro Señor Darío:
Tú mil perdonarás que te hable yo de
Tú, y en tu Centenario.
Pero es que hace buen rato que respecto
A la edad, soy ya mayor
Que tú. Por otro lado
No acostumbro la segunda persona
Del singular, a veces
Ni para dirigirme a un mí-mismo;
Disculpa entonces que haga
Una excepción, y que tal excepción
Sea puesta en silva. (Creo
Que utilizaste alguna vez tal forma
En alguna epístola,
Tú que a todas las formas
Acudiste, y que todas
Las formas renovaste.) Mira, Rubén:
La cosa sigue igual que hace cuarenta
Y nueve años (el mismo número
De años que tenías
Cuando moriste) allá en el Centenario
De tu nacimiento. Ahí
Jorge Luis Borges dijo más que menos:
Cuando un poeta como él ha pasado
Por la literatura
Todo en ella cambia. No importa nuestro
Juicio personal. No importa la aversión;
No importan preferencias;
Casi no importa si lo hemos leído
Porque una transformación
Misteriosa, inasible
Y sutil ha tenido lugar sin que
Lo sepamos. Su labor
No ha cesado y no cesará. Y quienes
Alguna vez lo combatimos, vemos
(Es 1967)
Que lo continuamos. Muy bien podemos
Llamarlo el Libertador.
    ¿Qué más querrías, Rubén?
Este 2016
Quien pasa tus páginas
Ya sea en soporte de papel; ya sea
En soporte digital,
O bien en mero soporte memoria
No puede en efecto sino concluir:
Hasta tu ripio más raro refresca;
El más decorativo de tus cisnes
Hoy sigue siendo el Cisne.
¿Quién como tú, tan Local
And Global desde siempre?
Los nombres que desfilan por tu obra
—Pan, Venus, Li Tai Pé, Watteau, o Quirón—
No opacan a los nombres de mujeres
Que cruzan por tu infancia:
Jacoba Tellería,
Hortensia Buslay, o Juana Catina.
Y tu descubrimiento de Paul Verlaine
No es mayor a lo que te hizo descubrir
Tu tío abuelo político, Félix
El coronel: te enseñó
A montar a caballo;
Él te reveló los cuentos pintados
Para niños; el champaña —así escribes—
De Francia; las manzanas
De California; y te llevó —qué cosa—
A conocer el hielo.
    Lo mismo sirves para el Declamador
Que para admirativa
Lectura fiel de culto.
En realidad eres indivisible:
La tentación de aislarte en lo de ahora:
“Y muy siglo XVIII, y muy antiguo
Y muy moderno, audaz, cosmopolita;
Con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo”,
Y no seguir con el verso que sigue:
“Y una sed de ilusiones infinita”,
Porque no incurras en “lo modernista”
Resulta impracticable.
O bien si damos bando a los poemas
Entre lo que es “manido” y lo “vigente”,
Acabamos volviendo al hecho simple:
“Los motivos del lobo”, El Declamable,
Viene del mismo modernísimo autor
Que urdió la Epístola a Madame Lugones.
(Y al paso, te confieso:
De este último poema
Vuelvo siempre a la parte en que refieres
Cómo respiras el salitre y yodo
Brindados por las brisas
De mares mallorquinos;
Y añades enseguida
Que como Kant y como el asno, piensas.
Me diste a Kant y al asno,
Rubén: mi Kant y mi asno.)
Inventaste sin más “el vulgo errante,
Municipal y espeso”.
    Inventaste al soldado que se coló
En el lecho de Cleopatra la reina.
Inventaste la pérdida del reino
Y la plural historia del celeste
Corazón. Percibiste
Que la rosa sexual al entreabrirse
Conmueve todo lo que
Existe. (Y al parecer seguía citar
Lo del sol y la araña rencorosa.
Quizá todos lo esperan.
Lo guardaré mejor para otra prosa.)
    Y por lo que hace a cuestiones de salud
Va sólo una ironía:
En tu francés querido
Te fue una vez prohibido
Al fin lo inatendido
Por ti, dipsómano nefelibata
(Nefelibata es el que anda entre nubes:
Y tal a tu obra varias veces subes):
“Interdiction absolue
De prendre de cognac pur”.
    Perduras no en la menor
De todas tus lecciones:
“Ama tu ritmo y ritma tus acciones”.
Amén, Rubén. Perdura
En un mar de sirenas y tritones.
Es tuyo este misterio:
Por qué una absorta concha de tortuga
Dice el dolor de Orfeo
Cada vez, y cada vez y cada vez.
Rubén, amén. Perdura
Con el horror de la literatura,
Y el buey al que viste echar
Vaho un día de tu niñez.

Febrero 1-2, 2016

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Ilustración: Izak Peón

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta y ensayista. Entre sus libros: Pláticas de familia (disponible en ebook), Las cuentas de la Ilíada y otras cuentas y El minuto difícil.

Ciudad de libros

Lo real de lo imaginario
Entrevista con Jorge Edwards

La publicación de Los círculos morados, el más reciente libro de Jorge Edwards, es el principio de esta conversación en la que el autor chileno también habla de sus estímulos creativos y del recuerdo de los escritores que lo han acompañado en sus horas de lectura

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Ilustraciones: Estelí Meza

Alejandro García Abreu: En el capítulo IX del volumen de memorias Los círculos morados —titulado “Callejones sin salida”— recuerda el llanto de su hija Ximena después de pasar un largo periodo en la incubadora y dice que tras llegar a casa fue un estímulo esencial, motor humano, acicate, aliciente para la escritura. ¿Qué otros alicientes para la escritura ha encontrado?

Jorge Edwards: El principal aliciente que he encontrado en mi vida para la escritura es la lectura. Siempre he sido un lector. Comencé a leer mucho cuando era niño y de repente me vi escribiendo. Leer tanto y estar metido en temas literarios e historias me llevó a escribir sin que yo pensara en que sería un escritor. El estímulo esencial es la lectura. También la conversación con buenos escritores. El llanto de Ximena era una especie de despertador natural que me obligaba a escribir. Como no podía dormir me dije: “¿Por qué no transformo lo que puede ser una molestia en algo a favor? Me sirve para despertar, escribir”. Ahora que estoy bastante avanzado en edad he descubierto que tengo otro estímulo: me cansa mucho lo burocrático, el papeleo, la tramitación. Escribir me descansa, me libera de lo burocrático si estoy en una embajada. Así que siempre tengo un estímulo para escribir y supongo que podré morir escribiendo. Al escritor quizá lo jubilen los lectores, pero el escritor por sí no tiene por qué jubilarse.

AGA: ¿Qué recuerdos guarda de sus lecturas de Franz Kafka, escritor evocado constantemente en Los círculos morados?

JE: Principalmente guardo el recuerdo de La metamorfosis. Es un libro maravilloso y lo he releído muchas veces. Estudié un poco de alemán para intentar leerlo en su lengua original, pero no lo conseguí. El proceso es otro libro maravilloso, extraordinario. La obra de Kafka me parece una forma de escritura en la que se mezcla lo imaginario con la realidad más estricta, porque ese proceso con los tribunales de justicia yo lo conocí cuando fui estudiante de derecho y después abogado. Kafka es una de las grandes figuras.

AGA: En La muerte de Montaigne escribió que si pudiera adquirir el sentido natural de la muerte que adquirió Michel de Montaigne en sus años finales, hasta se alegraría. ¿Se ha modificado su visión de ese sentido natural tras la escritura del libro?

JE: Estudiar a Montaigne, leerlo por todos lados —porque lo leí y lo releí— en cierto modo me ha dado una serenidad mayor frente a la muerte. El tema ahí está siempre, pero esa serenidad de Montaigne es envidiable. Montaigne tiene una página en la que dice lo siguiente: “Los campesinos de mi región no piensan nunca en la muerte, gente sensata, y cuando les llega el momento de morirse se mueren mejor que Aristóteles”. Yo trato de seguir la gracia del estilo de Montaigne. Fue un gran intelectual, un latinista. Y fue un hombre con un oído atento al habla popular, campesina de toda su región, tanto que un amigo suyo —un hombre académico— le dijo cuando se publicó Los ensayos: “Si tú me hubieras consultado yo habría suprimido cosas que no se deben decir, que son demasiado vulgares”. Y Montaigne le contestó: “Por eso mismo —sabía que tú lo harías— no te di el libro”.

AGA: “La escritura de memorias plantea una pregunta constante, y las respuestas posibles son tan diversas como los escritores: ¿hasta dónde se puede llegar, y sobre todo cuando la confesión, inevitablemente indiscreta, no sólo afecta a la vida propia sino también a la ajena?”, escribió en el capítulo XIII de Los círculos morados, titulado “La escritura de memorias”. ¿Qué detonó la escritura del libro?

JE: He sido un lector de memorias toda mi vida y me encanta el género. Yo pensaba: “Alguna vez voy a escribir mis memorias”. Son las literaturas que, a propósito de Montaigne, se llaman literaturas del yo. Es un yo que se proyecta, uno se describe a sí mismo, describe a su tiempo, a su ciudad. Alguien me dijo: “Lo que más me gusta de tus memorias es que recuperas un Santiago completamente desaparecido. Es decir, uno de los grandes personajes de tus memorias es la ciudad de Santiago, una ciudad que ya no es la misma, que cambió radicalmente”. Creo que esa es una de las cosas más estimulantes para mí.

AGA: Afirma que al escribir el pasado se introduce un orden estético. ¿Cómo fue el proceso de escritura de las memorias comparado con el desarrollo de sus novelas?

JE: Hice un esquema, como lo hago para una novela. Tomé notas y desarrollé las memorias. El desarrollo me gustaba desde el punto de vista estético y una vez que lo hice empecé a escribir. No tuve tropiezos en la escritura. Las correcciones que introduje al final fueron pocas porque los textos se dieron de forma bastante natural. Los temas ya estaban maduros.

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AGA: ¿Cómo es su proceso creativo?

JE: Escribo de 6:00 a 8:30 horas, más o menos. Duermo poco, pero trato de recuperarme a la hora de la siesta o a la hora de comer. A veces no como y duermo entre las 13:00 y las 15:00 horas, por ejemplo. Escribo en cuadernos de dibujo, de un formato más o menos grande sin rayas, con tinta negra. Enseguida introduzco esa página a la computadora. Al hacerlo, edito, corrijo, ajusto. Cuando termino de escribir una mañana anoto lo que voy a escribir al día siguiente porque ya está todo andando en la cabeza. Si interrumpo pierdo mucho tiempo, porque el ritmo continuo del día a día es una cosa. Si interrumpo diez días, por ejemplo, casi me obliga a comenzar de nuevo.

AGA: ¿Por qué decidió concluir la narración de la vida de Joaquín Edwards Bello con el episodio de la pistola en función del narrador, un juego ficcional?

JE: Porque introduce un elemento de ficción en la realidad. Joaquín, que era primo hermano de mi padre, era el hombre de la familia que nunca se veía, estaba siempre escondido, de viaje, en malos pasos, era jugador. Me encantaba el personaje, pero no lo conocía bien. Ni mi padre lo conocía muy bien; yo sabía que era su primo hermano, pero no se veían. Ese desconocimiento del personaje me permitió crear ficción. Hay muchas historias que yo no conocí pero las conté en forma narrativa. Lo de la pistola es muy divertido, es un invento total. Fui a un café literario en Santiago y me hicieron preguntas. Al final se acercó un señor mayor, de buen aspecto, y me preguntó: “¿Esos capítulos finales son reales? ¿Te vendieron la pistola o el texto es ficticio?”. “No, son imaginación pura”, le dije. Me contestó: “Qué bueno saberlo, porque yo tengo la pistola”. Era coleccionista y tenía la pistola de Joaquín. Así que la imaginación se mezcló con la realidad y eso me ayudó a escribir el libro.

AGA: ¿Qué lo condujo a recuperar la figura de Pablo Neruda en Adiós, poeta…?

JE: Que se trata de un personaje que conocí bien. Estuve cerca de él en muchas cosas. Hubo algunas distancias también. Trabajé con él dos años en París. Él era embajador y yo ministro consejero. En el libro quería proponer un Neruda un poco más amable y más humano que el Neruda oficial. El Neruda oficial es una estatua: siempre sirve para las proclamas, es una cosa épica, llena de fuego. Neruda era un hombre con mucho sentido del humor, era muy divertido cuando estaba en grupos pequeños. Era muy inteligente. La gente creía que era un hombre puramente instintivo, que no es verdad. Entonces yo quise contar a Neruda como amigo. Lo hice como una despedida. Siempre me defendía. Fui amigo de Octavio Paz. Neruda y él eran como el agua y el aceite. Traté de reconciliarlos y algo conseguí, porque hubo un momento en el que aparentemente se encontraron en un hotel en Londres durante un congreso literario. Se vieron sus respectivas mujeres en la escalera y ellas dijeron: “Qué tontería que dos grandes poetas como Octavio y Pablo no puedan conversar”. Me parece que cenaron esa noche. No he investigado más, pero sé que son una tontería las peleas políticas de origen estalinista.

AGA: Usted recuerda que Neruda conservaba una fotografía original de Charles Baudelaire tomada por Nadar. ¿Cómo evoca sus primeras lecturas de Baudelaire?

JE: Leí a Baudelaire en una antología de poesía francesa que se usaba en el colegio para estudiar el idioma. Después busqué otras cosas. He leído mucho. Soy un prosista que lee poesía. Me interesa que la poesía se infiltre en la prosa. Después conocí a Borges. Tenía un gato y hablamos del animal. Me dijo: “¿Usted conoce el poema de los gatos de Baudelaire?”. “Sí”, le dije. Él lo empezó a recitar y yo seguí, porque lo conozco de memoria. Entonces se rió y después le mencioné un análisis en torno a los gatos: se comienza con un gato doméstico que anda por los rincones y se dice que es el gato de los sabios y de los artistas que son aficionados a ese animal y se van desarrollando imágenes. Se llega a la esfinge, que es como un enorme gato que tiene una conciencia universal de las cosas, del cosmos, una conciencia cósmica. Y Borges me dijo: “Pero hay un poema que es al revés, comienza con la esfinge y termina con un gatito”, que es un poema de Rudyard Kipling. Baudelaire es un mundo. He leído cosas sobre su vida. Hay una placa en la Île Saint-Louis en París que dice: “Aquí vivió Baudelaire”. Después un crítico francés me explicó que en realidad Baudelaire tuvo una pieza mínima en el último piso de esa casa y llegaban ahí tres o cuatro amigos y fumaban hachís. Entonces Baudelaire lo llamó Club del Hachís. Todavía me acuerdo. Eran 20 metros cuadrados.

AGA: Planteó que En busca del tiempo perdido es un libro de memorias. ¿Cómo percibe las ideas de novela y de memorias en la obra de Marcel Proust?

JE: Creo que la idea de novela es evo- lutiva, no es fija. La novela es el más evolutivo de los géneros literarios. Es un género híbrido porque en la novela puede entrar la historia, como entra la batalla de Waterloo en la obra de Victor Hugo. Puede entrar la crónica, la ficción, la imaginación pura. Los límites entre novela y no novela no existen. En la estética de la novela entra mucho la realidad, la historia. Se inserta muchas veces el autor. En Proust hay una enorme construcción en la que se evoca el pasado. Se evocan lugares que Proust conoció y personajes de todo tipo. Les cambia el nombre a veces. Hay momentos en la obra de Proust en los que el narrador aparece y se llama Marcel. Lo he descubierto y lo tengo anotado.

AGA: ¿Cómo recuerda a Jorge Luis Borges?

JE: Mi relación con Borges fue mínima. Estuve una tarde en su casa y tuvimos una conversación muy simpática, muy divertida. Él conocía a muchos escritores chilenos de su tiempo, muchos de ellos olvidados en Chile. Tuvimos una conversación fantástica. Mi descubrimiento literario de Borges fue muy importante. Comencé con Discusión. Su amplitud de visión literaria era maravillosa. Era un tipo que conocía a Shakespeare, a José Hernández, a todos.

AGA: ¿En qué momento leyó por primera vez en francés antiguo a Michel de Montaigne?

JE: Comencé leyéndolo en versiones fáciles y después me atreví a leerlo en francés antiguo. Fue hace más de 20 años, en la edición de La Pléiade. Me gusta la dificultad en la literatura, pero no la excesiva. A veces la literatura es tan difícil que uno tiene que rendirse. Un ejemplo es Finnegans Wake de James Joyce. No sé si alguien lo ha podido leer. Pero me gusta la dificultad mediana y superarla. El francés antiguo de Montaigne es muy cercano al español y al latín, no es tan difícil.

AGA: Una parte de sus memorias es un juego literario con Retrato del artista adolescente. ¿De qué manera comenzó su lectura de la obra de James Joyce?

JE: Iba al colegio de los jesuitas. Hablaban de los retiros espirituales y de cosas tremebundas. Un amigo de un colegio inglés me dijo: “Hay un escritor inglés que habla de los mismos temas y que se llama James Joyce”. Así comencé a leer a Joyce. Empecé por Retrato del artista adolescente. Hasta hoy el libro que más me gusta de Joyce es Dublineses. Los cuentos son maravillosos, al igual que algunos capítulos de Ulises.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

Ensayo

La encantadora magia del misterio

El secreto es una información que no es revelada, o bien, que no debe ser revelada, porque —si se divulgara— les engendraría un perjuicio a quienes la pregonaran y hasta a quienes la recibieran. En ese sentido, pues, se habla de secreto de Estado, secretos de oficina, secreto bancario, secreto militar, secreto industrial, entre los cuales por ejemplo se encuentra el secreto custodiado en Atlanta acerca de la fórmula de la Coca-Cola. Dichos secretos a menudo son violados por un ordenamiento judicial, por apertura de archivos de Estado, por imprudencia, por traición y, en particular, por espionaje. […].

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Ilustración: Belén Monroy

Un secreto puede guardarse por circunspección, y también forma parte de la circunspección el secreto personal que, a veces, desaparece con la muerte de su usufructuario. La circunspección no solamente tiene que ver con actos inconfesables, porque algunas personas, legítimamente, pueden desear no hacer conocidas sus enfermedades, sus tendencias sexuales, sus obsesiones. […]. Este derecho a la circunspección cada vez va perdiendo más valor en nuestra sociedad mediática e informática, en donde la renuncia a la privacidad toma la forma de exhibicionismo.

Desaparece esa válvula de escape, en gran parte benéfica, que era la habladuría. La habladuría clásica, la que se hacía en el pueblo, en la portería de los conjuntos de viviendas o en las tabernas, era un elemento de cohesión social porque los calumniadores, a menudo, en vez de gozar con los infortunios de los calumniados sentían o manifestaban compasión por ellos. Sin embargo, esto funcionaba si las víctimas no estaban presentes o no sabían que eran tales (o salvaban su honor fingiendo que no lo sabían). […]. Ahora la televisión ha ideado transmisiones en las que cualquiera puede volverse víctima famosa presentándose a chismorrear sobre sí mismo. […]. Concluida la época de la circunspección, sobrevive, desde hace milenios, la idea del secreto mistérico —o bien hermético y ocultista. En un periodo de crisis del racionalismo clásico, en el curso del siglo II d.C., el mundo pagano tendió cada vez más a identificar la verdad con el secreto, o bien con eso que es llamado de manera oscura. Una sabiduría, para ser verdaderamente secreta, debía ser exótica. El Oriente, específicamente, era antiguo y hablaba lenguas ignotas y, por lo tanto, debía contener una porción de ese secreto que sólo la divinidad conoce. […]. Comienza aquí a desarrollarse una persuasión que gozará de gran fortuna, hasta el día de hoy, entre los varios círculos ocultistas: que la verdad es un secreto que era poseído por los antiguos custodios de una tradición que ya se ha perdido. […].

Sobre la suerte de toda doctrina que se presente como secreta valga la historia de los rosacruces. En 1614 aparece un manifiesto, Fama fraternitatis, seguido en 1615 de un segundo texto la Confessio fraternitatis Rosae crucis. Ad eruditos Europae. Entre metáforas alquímicas e invocaciones más o menos mesiánicas, los manifiestos insisten sobre el carácter secreto de la confraternidad y sobre el hecho de que sus miembros no pueden manifestar su propia naturaleza.

Sin embargo, lanzan un llamado final a todos los doctos de Europa, a fin de que se pongan en contacto con los adeptos de la sociedad. Casi inmediatamente, de todas partes de Europa se comienzan a escribir llamamientos a los rosacruces. Nadie afirma conocerlos, nadie se dice rosacruz, pero todos, de algún modo, tratan de hacer entender que se encuentran en absoluta sintonía con aquel programa.[…]. Así que aquellos que afirman que son rosacruces (en cuanto que agraviarían el fundamental vínculo de discreción que liga a los adeptos) no lo son. […].

Simmel recordaba que la característica típica de las sociedades secretas es la invisibilidad. Las razones de la gran popularidad de los rosacruces es que ellos anunciaban un secreto, y hablaban de todo, pero, obviamente, nunca de la naturaleza del secreto. […]. Así sucedió con la masonería llamada escocesa que, en conflicto con la Gran Logia Londinense, había escogido símbolos y ritos que pudiesen hacer evidente su evocación a la tradición de los templarios y los rosacruces. De tal suerte que los grados de iniciación (que debían corresponder a grados de conocimiento del secreto y que originalmente eran tres) se multiplicaban hasta el número 33. Ahora, el autor de una de las definiciones más bellas del secreto masónico es Giacomo Casanova: “Aquellos que entran en la masonería solamente para entender su secreto pueden quedar desilusionados; en efecto, podrán vivir durante cincuenta años como maestros masones sin lograr penetrar el secreto”. […]. Del siglo XVII en adelante, como consecuencia del ocultamiento del secreto y de la invisibilidad de la sociedad secreta surge el mito de los Superiores Desconocidos, que dirigían el destino del mundo. En 1789 el marqués de Luchet (en su Essai sur la secte des illuminés) advertía: “En el seno de las más densas tinieblas se ha formado una sociedad de nuevos seres que se conocen sin jamás haber sido vistos… Esta sociedad adopta del régimen jesuita la obediencia ciega, de la masonería las pruebas y las ceremonias exteriores, de los templarios las evocaciones subterráneas y la increíble audacia”. […].

Todavía hoy se sigue pensando en la idea de grupos secretos que clandestinamente dominan el desarrollo de los acontecimientos mundiales, como si fuese un misterio que políticos, industriales y banqueros se reúnan cuando les plazca sin necesidad de congresos públicos para decidir sobre sus estrategias económicas. […].

Donde con mayor fantasía se desarrolló el síndrome del complot fue en las tesis acerca de la destrucción de las Torres Gemelas, intriga invariablemente atribuida a planes secretos de Bush, a los judíos, etcétera, etcétera, detallando fórmulas secretas que explicarían todo.

En internet encontrarán que New York City tiene 11 letras, Afghanistan tiene 11 letras, Rasin Yuseb, el terrorista que amenazó con destruir las torres, tiene 11 letras, George W. Bush tiene 11 letras, las dos Torres Gemelas formaban un 11, New York es el undécimo estado de los Estados Unidos de Norteamérica, el primer avión que se estrelló contra las torres era el vuelo número 11, el vuelo llevaba 92 pasajeros y 9+2 suma 11, el vuelo 77 que también se estrelló contra las torres llevaba 65 pasajeros y 6+5=11, la fecha 911 es igual al número de emergencia americano, 911, cuya suma interna suma 11. El total de las víctimas de todos los aviones derribados fue de 254, cuya suma interna da 11, el 11 de septiembre es el día 254 del calendario anual y la suma interna de 254 suma 11.

En realidad New York tiene 11 letras si se le agrega City, Afghanistan tiene 11 letras pero los extremistas no eran afganos sino que venían de Arabia Saudita, de Egipto, de Líbano y de los Emiratos Árabes, Ramsin Yuseb tiene 11 letras, pero si en vez de Yuseb se hubiese transcrito Yussef, el juego no habría funcionado, George W. Bush tiene 11 letras solamente si se le pone la middle initial, las Torres Gemelas trazan un 11 pero también un 2 en números romanos, el vuelo 77 no golpeó una de las torres sino el Pentágono y no llevaba 65 sino 59 pasajeros, el total de las víctimas no fue de 254 sino de 265, etcétera, etcétera.

Y, sin embargo, la gente está ávida de secretos, y aquel individuo que se considera que guarda un secreto aún no revelado, siempre obtiene una forma de poder, porque quién sabe qué secretos podría revelar algún día. Siempre ha sido un principio de las agrupaciones policiacas y de los servicios secretos de medio mundo que la gente se vuelve más poderosa entre más cosas sabe, o si da muestras de saber. No importa que las cosas sean verdaderas. Lo importante es hacer creer que se posee un secreto. Y la ruina de un servicio secreto se precipita cuando se abren los archivos gubernamentales o alguien como Wikileaks logra violarlos. Entonces se descubre que las relaciones secretas de los servicios y de las embajadas estaban compuestas, habitualmente, por documentos en los que habían sido transcritos recortes de periódicos, que circulaban libremente antes que espías y agentes los volvieran revelaciones reservadas. […]. ¿Cómo se logra mantener el poder que se deriva de la posesión de un secreto evitando que el pretendido secreto se vuelva público? Es necesario alardear un secreto vacío. Tener un secreto mientras este no existe es mentir acerca del secreto.

Simmel recordaba que esto sucede con los niños, entre quienes “es frecuente motivo de orgullo y de petulancias el hecho de que uno le pueda decir al otro ‘yo sé una cosa que tú no sabes’”. El pseudosecreto de los niños solamente tiene efecto sobre otro niño, pero el pseudosecreto de muchos grupos iniciáticos (o de muchos servicios secretos) tiene efecto en los adultos deseosos de penetrar secretos y, por lo tanto, siempre listos a admitir que  existen.

 

Umberto Eco (1932-2016)
Semiólogo y escritor. Entre sus libros: Tratado de semiótica general, Arte y belleza en la estética medieval, Historia de la belleza, El nombre de la rosa, El péndulo de Foucault y Baudolino.

Publicamos parte de la conferencia que Umberto Eco dictó en el marco del festival literario de Milán, La Milanesiana, publicada en el diario la Repubblica el 27 de junio de 2013.

Traducción de María Teresa Meneses.

Cultura y vida cotidiana

Retrato de un coleccionista
Entrevista con Carlos Monsiváis

Las salas del Museo del Estanquillo exhiben actualmente parte de la colección de fotos que Carlos Monsiváis adquirió poco a poco, gracias a “golpes de suerte” y a un gusto que pronto, como él dice, se volvió “una obcecación” que duró 50 años. Las fotografías que prefería el ojo coleccionista de Carlos Monsiváis eran de la ciudad de México: “Me apasiona incluso como el gran logro de la autodestrucción. Creo que la ciudad de México es un clásico de la autodestrucción y ver cómo esa ciudad en algún momento fue un clásico de la construcción, que fue armónica en partes, que tuvo aspiraciones neoclásicas, que dejó fluir cierta armonía, me parece divertido, contrastándolo con el desastre unívoco de hoy. Actualmente no hay zonas que no sean de desastre. O es la seguridad pública o es la inminencia de la crisis de suministro eléctrico o es la amenaza de la crisis de agua potable o son los problemas de tráfico o son los macroproblemas de la vivienda. No hay dónde depositar la mirada que no se localice de inmediato un desastre”, apuntó en una entrevista realizada en 1998.

Monsiváis también atesoraba rostros, imágenes de gente de toda clase que había poblado esa ciudad “armónica” extinta y ahora adquiría un sitio privilegiado en el universo caótico del coleccionista. “Prefiero el retrato de gente con personalidad facial. La gente con personalidad facial me atrae. Ahora, si además son famosas, el hechizo es múltiple. La foto de Novo me resulta en verdad hipnótica o la de Villaurrutia o la de Jorge Cuesta, para no hablar de Frida”, abundó en aquella entrevista antes de que le preguntara la razón que lo había llevado a poseer una amplia selección de retratos de las divas y tiples que hacían las delicias eróticas de los caballeros de principios del siglo XX. ¿Qué le atrajo de esas mujeres regordetas que hoy se ven francamente ridículas? “El candor —respondió Carlos Monsiváis—. El candor de la época, el candor del fotógrafo, el candor de la diva. Son un mito muy disminuido. Ya a estas alturas quién sabe quién fue Emma Padilla o Celia Padilla; María Conesa, sí; Celia Montalván, algo; pero básicamente es el candor de una época. Aquí el mito es la ilusión de una belle époque en una ciudad más bien pequeña, llena de zonas de miseria, que sin embargo tenía pretensiones de grandeza urbana que no se correspondían en verdad con su realidad estricta, pero que le permitían espacios de ilusión, entre ellos el espacio de ilusión de una belle époque en donde las divas figuraban de modo preeminente”. Incluso, yendo un poco más lejos, esos frutos del pecado que se revelan ante las buenas conciencias, obedecen a una liberación no sólo masculina, sino eminentemente femenina, tal como apuntó el propio Monsiváis en su libro Escenas de pudor y liviandad (1988): “¿Quién observa o registra el esfuerzo de las mujeres por incorporarse a la sociedad que fomenta la revolución institucional? El avance se nota cuando una señorita de clase media deviene la tiple Celia Montalván, cuando una dependienta de almacén resulta ser la vedette Lupe Vélez. Detrás de cada diva conspira revanchistamente, lo reconozcan o no, una legión de sufridas mujeres”.

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Compañía Industrial Fotográfica. Lupe Rivas Cacho, 1924. Plata / gelatina. Fotos cortesía del Museo del Estanquillo.

 

Pero volviendo a las manoseadas tarjetas exhibidas hoy en las vitrinas del Estanquillo, las mismas que propiciaron los sueños lúbricos de la generación inmediatamente posterior a la Revolución mexicana, donde María Tereza Montoya, tras enredarse en una cortina floreada deja al descubierto un hombro y un atisbo de la corpulencia de su espalda, o Lupe Rivas Cacho en traje de china poblana, con sombrero de charro y trenzas, sonríe inocentonamente a la cámara, o Adelina Vehi desde su vestido de gala porfiriano trata de sostener un abanico entre unos dedos regordetes… Ante esas imágenes cabía la pregunta: ¿Considera usted eróticas estas fotografías? A lo que Monsiváis respondió de inmediato: “No. Es un erotismo que ya murió porque es un erotismo fechado, es una noción de la sensualidad muy vencida. Los cuerpos ahora son distintos; hay gimnasio, hay el work out de Jane Fonda, y mucho más. Ellas más bien eran rollizas y voluptuosas de acuerdo a un sentido de acaparamiento del espacio que hoy sería imposible de concebir. Eran latifundistas de la carne”.

Es un gran lujo poder detenerse hoy en los trozos de historia que la ofuscación tenaz y persistente de Carlos Monsiváis coleccionó para nosotros. Uno de los grandes cronistas de la ciudad y de lo mexicano hizo a partir de su selección una suerte de crónica visual de la ciudad y su bestiario. No se encuentran las 25 mil fotografías que el escritor legó al Museo del Estanquillo cuatro años antes de morir, pero en los dos pisos destinados a su exhibición actual se abordan grupos de imágenes en torno a temas como el retrato, la identidad nacional, escenas de la ciudad y el mundo del espectáculo, el cual incluye una sección en torno a la época de oro del cine mexicano. Hay fotos tomadas por célebres retratistas como Juan Crisóstomo Méndez, Julio Valleto, Antíoco Cruces y Luis Campa, o por grandes fotógrafos como Gabriel Figueroa, Lola Álvarez Bravo, Agustín Jiménez, Tina Modotti, Nacho López, Héctor García, Gustavo Silva, Luis Márquez, Graciela Iturbide o Pedro Valtierra.

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Compañía Industrial Fotográfica. María Tereza Montoya, 1925. Plata / gelatina virada al sepia.

 

La primera vez que vio la luz esta colección fue para el festival de fotografía Fotoseptiembre, en 1998. Entonces le pregunté a Carlos Monsiváis si estaba nervioso, y respondió que sí. “Es la primera vez que se expone. Y por supuesto que estoy nervioso porque nunca la he visto. Está en cajas. Mi casa no es amplia y además todo el espacio está tomado por la biblioteca. Sólo hay huecos donde pongo algunos grabados. Imposible que la colección estuviese expuesta. Para mí es una novedad”. Entonces quise saber si sabía con exactitud qué fotos poseía y si podía encontrarlas si las buscaba. “Supongo que sí —respondió—. Cada vez más dificultosamente, pero sí. Mi casa simplemente ya es inviable. Hay cuartos que tengo terror de abrir para que no se me venga encima todo. Pero todavía, durante unos tres meses más, supongo controlaré”. Monsiváis, que había ya escrito varios textos en torno de la fotografía, algunos de los cuales fueron recopilados póstumamente en Maravillas que son, sombras que fueron (Ediciones Era, 2012), entonces habló insistentemente de su obcecación coleccionista: “Lo que es anecdótico es la actitud del coleccionista. Ya como se reparte esa sola anécdota da igual. En qué momento encontré tal cosa, de qué modo me enloquecí. Las frustraciones que llevo en el alma por no haber conseguido tal foto. Pero eso no tiene importancia, lo anecdótico es que haya una persona que crea que coleccionar es una actividad valiosa, cuando además sabe que no puede ver su colección sino muy esporádicamente. El capricho del poseedor no tiene límites. Raúl Salinas tenía no sé cuántas propiedades en la ciudad de México, yo tengo no sé cuántas caricaturas, no sé cuántos grabados, no sé cuántas fotos. Supongo que la actitud ética puede ser distinta, pero la manía acumulativa es la misma en cualquier coleccionista, trátese de la colección que sea: la de propiedades de Raúl Salinas, la de un museo o la modestísima mía”.

¿Cuál es el espíritu de su modestísima colección?

En primer lugar, el azar: en la colección está lo que he podido conseguir. Y en segundo lugar, el azar discernido u orientado por un gusto personal. Desde luego no están muchísimas de las fotos que me gustaría poseer. Un coleccionista es un frustrado permanente. Pero sí están muchas de las fotos que he logrado adquirir y que me interesan o incluso me fascinan. En ese sentido también un coleccionista es alguien que equilibra las frustraciones con los instantes de despliegue del gusto.

¿Hay un criterio afectivo?

Está lo que me ha sido posible adquirir, el criterio afectivo viene después, con la posesión. Al principio se da el hallazgo y la coincidencia del hallazgo y el gusto.

¿Cuándo comenzó su coleccionismo?

Como tal, muy recientemente. Llevo 25 años comprando fotos, pero no había sistematizado la compra hasta fechas muy recientes. Había insistido en mi colección de arte popular y de caricatura y grabado, pero de pronto descubrí que la fotografía me era muy importante. Dedicaba un tiempo considerable a ver fotografías, a leer sobre fotografía, a ver exposiciones, a comprar libros y decidí que entonces ya tenía que orientarme más a esa obcecación, a esa negación de las libertades del espíritu que es la actitud del coleccionista, y ahora estoy convertido en un obseso.

Al coleccionista no le basta el aprecio de una pieza, necesita poseerla, porque quiere sentir la posibilidad de, en cualquier momento —aunque sea una ráfaga, una mínima porción—, tenerla al alcance de la vista. Eso es a fin de cuentas tanto la avaricia como la generosidad del coleccionista.

Es una sensación de gusto cumplido, de deseo satisfecho. El placer de tener ahí, ante los ojos, en el momento en que a uno le dé la gana algo que admira, si bien tiene que ver con el poder en determinada medida, tiene que ver con algo que no es frecuente: la sensualidad del poseedor. El consumismo no lo permite y el coleccionismo, si está orientado de acuerdo a una admiración continua, sí.

Empecé con caricatura, que es una pasión continua. De pronto tuve la posibilidad de adquirir un lote de Miguel Covarrubias. Empeñé todo y lo conseguí. A partir de ese momento ya estaba perdido, no tenía remedio, estaba indefenso frente a la locura adquisitiva. Podría tener —idealmente— una casa en Coyoacán o un buen departamento, pero prefiero tener mis colecciones.

¿Sería lo mismo apreciar una perfecta copia que un original?

Desdichadamente no. Debía ser así. Y el que diga desdichadamente prueba hasta qué punto estoy devastado por el coleccionismo. Una foto vintage —revelada e impresa por el autor— me parece siempre más valiosa que una foto de edición reciente, por espléndidamente impresa que esté. En eso hay fetichismo, no lo voy a negar; hay manía, no lo voy a negar, y hay placer, tampoco lo voy a negar.

¿Cómo adquirió los álbumes familiares o los retratos de Julio Valleto?

Por golpes de suerte. Los álbumes son de lo más valioso que tengo. Como esta colección tiene idealmente el sentido de constituir una donación al país, me da gusto. A estas alturas ya es una colección rara. Y las fotos de Julio Valleto las adquirí como en 10 años. Él fue muy importante como retratista.

¿Todo lo compró en México?

Sí, en La Lagunilla, en la Plaza del Ángel, en subastas, de personas que me hablan y me ofrecen fotos. Lo que tengo de foto adquirida fuera no está en la colección. Decidí que interrumpía el criterio de mirar.

¿Hay alguna fotografía que sea especialmente valiosa?

Las fotos de escritores y la foto de los ojos de María Félix en Enamorada. La foto de Porfirio Díaz es de las que me costaron más caras. Yo en lo personal detesto lo que fue el porfirismo. Me parece un autócrata execrable. Pero la foto es espléndida. Además es una edición rarísima. Es una foto tomada el 1 de enero de 1910 para figurar como la efigie presidencial que se repartía en secretarías de Estado y despachos de gobierno. Es una imagen de la megalomanía y del disparate de una dictadura, en ese sentido me interesa. No soy porfirista en lo más mínimo.

La personalidad de Díaz es irrefutable. Pero está hecha por 30 años de dictadura, por todo lo que sabemos de él, por la impronta que dejó en la historia de México, por ese final melancólico y tristón en París. Por demasiadas cosas. Es una personalidad que se engrandece por todo lo que le atribuimos. No es una persona a quien no conocemos y cuyo rostro nos llame soberanamente la atención; es un dictador.

Algunas fotos son de autores contemporáneos. ¿Con cuáles sostiene o sostuvo un vínculo afectivo? ¿O el vínculo es sólo estético?

Amistoso, con todos los que he podido. En mi caso el afecto viene de la admiración. Yo trato de hacerme amigo de gente que admiro. Ese es un principio, si se quiere, un tanto oportunista de la amistad, pero espero que no y espero, además, que la admiración sea el principio del trato.

 

Aquella tarde de otoño de 1998 en que el rostro hierático de Carlos Monsiváis se iluminaba por las chispas de una excitación peculiar cuando hablaba de su colección fotográfica, frente a un escritorio cubierto de papeles, con dos o tres gatos durmiendo sobre ellos, y un par de teléfonos que implicaban, según apuntó, “un problema constante de cronofagia”, el coleccionista me explicó la razón de llamar a ésa la primera exposición de sus tesoros fotográficos, En tus ojos o en los míos. “Es parte de un soneto de Carlos Pellicer dedicado a Adolfo Best Maugard (Adolfo, si en tus ojos o en los míos/ anda la luz buscándome te ruego/ que escondas en la sombra de su fuego/ las soledades de nuestros navíos) y elegí esa línea porque creo que en todo caso el sentido de una colección de fotografía es lo que reverbera en la mirada o del coleccionista o del que la contempla. En tus ojos o en los míos está la posibilidad de apreciar, evaluar o criticar el material ahí presentado”.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas y coordinador del libro Hoteles de paso: secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos.

Cultura y vida cotidiana

La inteligencia

A lo largo de la vida uno se encuentra con juicios que, en sí, poseen un alto valor de verdad, pero que resultan demasiado vagos e imprecisos o, como atinó a sugerir Wittgenstein, se trata de palabras que crean problemas innecesarios. Cuando a alguno de ustedes lo han llamado “ignorante” a secas, como sinónimo de analfabeta o incapaz de saber, o falto de recursos, tal juicio o palabra no significa nada si no va acompañado de una especificación o de un relato que acentúe la precisión del juicio. Si alguien afirmara que usted es un ignorante respecto a la topología o a un periodo determinado de la historia de Yucatán, pues ese alguien sólo tendría que probarlo y comprobar que es un hecho que usted no sabe nada o no tiene idea respecto a la citada rama matemática o a los sucesos históricos de la época referida. Sin embargo, si lo llaman “ignorante”, en general, como intento de descripción, entonces tienen razón, no hay nada que probar porque siempre se podrá saber más respecto a cualquier tema o cuestión, y este simple mecanismo lógico convierte en ignorantes de lo general a todos los humanos. Si alguien, simplemente, me llamara ignorante yo le respondería: “Tiene usted razón, aunque creo saber algo acerca de mí mismo o de la naturaleza humana, me declaro un ignorante en general”. No hay que meterse en problemas, y menos si éstos no existen.

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Ilustración: Ricardo Figueroa

¿Y qué sucede con la palabra inteligencia tan llevada y traída en nuestros días? Escucho a menudo que las personas se refieren a alguien como inteligente o poco inteligente, o, de plano, estúpido. Las formas de medir y definir esta cualidad difieren y se contradicen (en filosofía, antropología o psicología, etcétera…) de modo que es mejor andarse con cuidado y no hacerse uno el arrogante o el que sí sabe. H. G. Gadamer creía que a finales del siglo XX —es decir, hace un ratito— utilizábamos todavía el ambiguo concepto de inteligencia tal como nos lo heredaron los filósofos de la Ilustración; es decir, un concepto alejado de los principios generales del saber y más orientado a obtener fines mesurables e instrumentales. Escribe Gadamer sobre los orígenes ambiguos de la palabra clásica latina: “La intelligentia es la forma más elevada de la comprensión”, aun superior a la razón o a la mente (ratio, nous). Quien quiera saber más al respecto que lea el ensayo del filósofo alemán: Acerca del problema de la inteligencia. Yo haré un apretado bosquejo del concepto a partir de mi lectura y comprensión. La inteligencia, como concepto, no sólo tiene que ver con los hechos y objetos que uno conoce, no es nada más una habilidad o una pragmática —mucho menos un coeficiente intelectual—, ni tampoco la virtud de contar con una memoria desarrollada, sino una capacidad de conocer los principios y los fines adecuados para la supervivencia (aunque después de conocerlos vaya contra ellos). Es, pues, la inteligencia, “el uso comprensivo de nuestros conceptos y medios de pensamiento”. Tener una habilidad no es una garantía de supervivencia u obtención de bienestar social o general si no se despliega dentro de un horizonte humano más amplio; si no se aspira a un saber más vasto y complejo de los orígenes o principios de la facultad de ser humano.

Aludiendo a Aristóteles y relacionando la inteligencia con el concepto de phronesis, Gadamer escribe: “Aristóteles entiende por phronesis no sólo el sensato y habilidoso hallazgo de los medios para realizar ciertas tareas, no sólo el sentido práctico para alcanzar determinados fines, sino también la capacidad de determinar esos fines y la responsabilidad adoptada ante ellos”. Y pone ejemplos de que una habilidad que sólo obtiene ventaja para sí y pierde de vista el concepto de inteligencia ligado al ser humano en su totalidad, es desastroso: “En política: el oportunista sin principios; en la vida económica el que se aprovecha y lucra con la circunstancia y no es de fiar; en el terreno social, el trepador, etcétera”. (Yo añadiría, en el arte: el que para valer se aprovecha del mercado especulativo.) Y Gadamer añade otro matiz a esa noción de inteligencia tan apresurada y reciente que utilizamos en nuestra época: él pone en la mesa nuestra capacidad de reflexión y, utilizando la exigencia de Nietzsche de que “hay que dudar más profundamente”, escribe: “La reflexión, el libre volver de la conciencia sobre sí misma, se presenta como el acto de bondad más elevado. Es verdad que, de alguna manera, el tomar distancia respecto de sí mismo es una condición fundamental para la orientación lingüística en el mundo y, en este sentido, toda reflexión es, de hecho, un acto de libertad”. La noción de inteligencia se ha vuelto tan relativa y ha perdido sus raíces históricas, pero lo fundamental, en mi opinión, es que el “inteligente” que no reflexiona y que es incapaz de poner en marcha la Frónesis —es decir, que es desatento a los principios y fines humanos—, ya sea en el conocimiento, en la historia de las ideas o, principalmente, en la moral y en la política, puede ser cualquier cosa menos inteligente: es oportunista, habilidoso, comentador interesado, lenguaraz mediático, memorioso, trepador social y demás lindezas, pero no se aproxima a un concepto fuerte de inteligencia o de inteligente. Y en el extremo: ¿Qué podríamos añadir sobre la inteligencia de tantos gobernantes en México provenientes de la farándula; de las dinastías familiares corruptas; del oportunismo y del clientelismo político; de la clase financiera más poderosa, etcétera… Esto me llevaría a pensar y escribir acerca del “estado mental” de un país como México, por ejemplo, pero, por el momento, el espacio se ha terminado.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

Bioéticas

Salud y derechos humanos

Incuestionable es el vínculo entre salud y derechos humanos. Incuestionable es la obligación de los Estados de proteger a la ciudadanía y ofrecer salud. Incuestionable es la realidad: existe una relación directamente proporcional entre violar derechos y salud pre-caria. Tres situaciones incuestionables como preámbulo y una pregunta para fortalecer la discusión: ¿es la salud humana un derecho?

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Ilustración: Kathia Recio

Las declaraciones mundiales sobre derechos humanos y sobre salud fueron creadas para asumir las obligaciones de las naciones para proteger a sus ciudadanos. Dos ejemplos:

Declaración Mundial de la Salud: “Nosotros, los Estados Miembros de la Organización Mundial de la Salud, reafirmamos nuestra adhesión al principio enunciado en su Constitución de que el goce del grado máximo de salud que se pueda lograr es uno de los derechos fundamentales de todo ser humano…”.

Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana…”.

Ambas declaraciones forman parte de una amplia serie de documentos a favor, digámoslo así, de la condición humana. Las interconexiones entre derechos humanos y salud son infinitas. Las esquematiza la siguiente ecuación: si se violan los derechos humanos decae la salud; cuando se carece de salud la vulnerabilidad se incrementa y la posibilidad de acceder a una vida digna y de calidad disminuye, lo que da pie a mayores violaciones de los derechos humanos. Los sin voz y sin techo son personas invisibles, inermes y en ocasiones desechables. Ignoro qué porcentaje de la humanidad pertenece a ese rubro. Sumar carencias básicas ofrece una aproximación numérica y humana.

Se calcula que la población actual es de siete millones 230 mil personas, de las cuales

• Carecen de agua potable 900 millones.

• Viven con menos de un dólar al día un millón 100 mil personas.

• Alrededor de 24 mil personas mueren cada día de hambre o de causas relacionadas con el hambre.

• Se calcula que hay 60 millones de refugiados en el mundo.

• Aunque no hay datos precisos, el número de personas sin hogar, el nivel máximo de exclusión social y marginación, es “muy grande”.

Los datos anteriores retratan parcialmente el panorama mundial de la humanidad. Prostitución infantil, deserción escolar en la niñez por la necesidad familiar de conseguir dinero, tráfico de órganos, niños transformados en soldados, apátridas y, entre otros, migrantes sin papeles, conforman grupos poblacionales vulnerables cuyos derechos humanos son violados cotidianamente. La discriminación por motivos étnicos, religiosos o raciales es también razón de fragilidad e inseguridad. No se requieren estudios sociales o científicos para demostrar cómo la calidad de vida y la longevidad se alteran en esos grupos. Suficientemente real es la realidad: sin agua, sin proteínas, sin techo, prostituyéndose… ¿qué se puede esperar?

Godot, el famoso personaje de Esperando a Godot, de Samuel Beckett, nunca llegó. Los seres humanos que manejan y controlan a todos los grupos enlistados previamente poco llegan, nada cambian, todo empeora y alejan a Godot: el número de personas que conforman los grupos vulnerables es, digan lo que digan el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional e instituciones similares, cada vez mayor.

Existe una marcada interdependencia entre derechos humanos y salud. Tres ideas, esbozadas al inicio. Primera: al violarse los derechos humanos las posibilidades de tener acceso a una salud digna disminuyen. Segunda: quienes carecen de salud, carecen de voz; sin vías para protestar, imposible pelear. Tercera: la ética es pilar fundamental tanto para la promoción de la dignidad y respeto de las personas como para el cuidado de la salud. En la violación sistemática de principios éticos mínimos subyace el origen de los problemas. Mientras no se atiendan y modifiquen, a nivel nacional y mundial, las lacras enunciadas, y no se fortalezca la ética, no sólo nada cambiará, todo empeorará.

Lo que debería seguir es reinventar al ser humano o reinventar a la ONU. Ni una ni otra posibilidad es factible. La salud es un derecho humano, manifiestan todos los políticos, incluso los más iletrados dentro del nauseabundo analfabetismo de (casi toda) esa profesión. Los políticos son los responsables de las violaciones de los derechos humanos y de no ofrecer a la ciudadanía una salud adecuada. Ignoro, no cuento con datos adecuados, cuántas personas mueren cada año por lo expuesto en este artículo. Ignoro si son más que los que fallecen por “enfermedades naturales”. No ignoro que los políticos son los responsables de la enfermedad del mundo y de la enfermedad de México. ¿Qué hacer? En la obra de Beckett los personajes centrales saben que Godot no vendrá hoy, pero, se les dice, que “mañana seguro vendrá”. ¿Qué hacer? Seguir esperando a Godot…

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.

Cultura y vida cotidiana

Contra el adjetivo, una nota a favor

Su ausencia nos impediría entender las diferencias, su exacerbación lleva a la anulación de todas ellas. En los adjetivos descansan nuestras contradicciones.

Haciéndola de separador de páginas, encontré una nota en uno de los libros de mi biblioteca: “Cuando al mentiroso que afirma estar mintiendo, se le pregunta si lo está haciendo y éste responde que sí, ¿está diciendo la verdad?”.

Ya se había preguntado aquello, en el siglo IV antes de la era común, Eubulides de Mileto. Su paradoja, cuenta la leyenda, le hizo la vida imposible a más de un filósofo. La calificación de mentiroso determina la condición del sujeto al punto de confrontar el posible momento de verdad. Es quizá, ahí, que perdemos las posibilidades del conocimiento. Sin la condición del mentiroso no tendría objeto la discusión. La frase contiene una paradoja sólo por su adjetivo.

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Ilustración: Víctor Solís

Prestar atención a la prensa y más, a la infinidad de sentencias que habitan en los discursos rápidos, puede provocar un atisbo de sonrisa trágica. Es inmensa la cantidad de calificativos fatales con los que las preguntas se convirtieron en espejismos para quien decide no dudar. El adjetivo, imprescindible para saber si una mesa es de metal o madera, si mi anterior sonrisa contenía alegría o tristeza, fuera del terreno práctico se incorpora a las verdades o certezas que no piden desarrollar un discurso y se quedan sin perspectiva. La simplificación del juicio se hace prejuicio, aunque comúnmente el último implique la falta del primero. No es lo mismo decirle ladrón a quien se sorprende con las manos en un botín que tildar de delincuente a una prostituta.

Tomo, al azar, la columna de un diario. El tema no importa. Su sujeto es, dice, un fiasco, una pantalla, una simulación, un vendido, un maloliente, un supuesto, un inoperante. Un lamentable. Es demoledor, desgarrador, despreciable, insensible, surrealista, laberíntico y aterrador. Me detengo, llevo la mitad del texto y en su brevedad no tengo la menor idea de lo quería decir y empiezo a creer que me quiere convencer de algo, como lo hace el cura que habla mal del agnóstico del pueblo. Son tantos los males que encarna que ya no es poseedor de ninguno. En contraposición el ejercicio es similar. En un periódico diferente encuentro que se escribe sobre un individuo lleno de virtudes: gallardía, confianza, esfuerzo. No le falta, pues, atrevimiento ni valor. Habla de alguien que es correcto, limpio, solidario, consciente, esperanzador y pragmático —con la carga positiva que, dependiendo de la intención, puede entenderse como negativa—. En dichos juicios, casi por norma, se argumenta apelando a un sentido común que parte del convencimiento de una idea, sin darse cuenta de que la intangible cualidad que da valor a un dictamen proveniente de lo que se supone evidencia, es contraria a la paradoja de la cual se podrán desprender las verdades que se proclaman a partir de un espacio que las impide. En esos adjetivos, cuando son tantos y tan vacíos, nos ahorramos la reflexión. ¿Qué implica en los terrenos del pensamiento, un clasirracista y elitista intelectual que se transformó en todo eso por no querer ir a cierto barrio en bicicleta? En la vocación de lo políticamente correcto, de lo estridente y lo complaciente, hemos sobreadjetivado al universo. Ya no gozamos con la comodidad que otorgaba el sentirnos de un nuevo siglo. La frase y disculpa de novato que llevaba el inicio del milenio se ha quedado atrás y con ella la pena que acompaña a designios e intransigencias que han ocupado el lugar de las ideas complejas.

No se trata de evitar los juicios, mucho menos los adjetivos, sino de entender las posibilidades del lenguaje y usarlos con una discreción mayor a la de las balas de un fanático para explorar los terrenos del pensamiento y, al recorrerlos, llegar a los juicios con menores riesgos. Claro que una palabra ocupa menos espacio, pero yo no quiero menos espacio a la hora de intentar explicarme de qué se tratan las cosas más allá de lo inmediato. Cuando el adjetivo no construye una paradoja e imposibilita su contradicción o defensa es posible que debamos darle vuelta y revisarlo.

La historia de las paradojas es la historia de la inteligencia de nuestra especie. Su existencia se aleja de la fuerza del prejuicio. Si algo parece verdadero, imaginemos que es falso y sigamos el ejemplo en dirección opuesta. Hemos olvidado que las paradojas no son meras contradicciones, son proposiciones que se pueden contradecir. Son el camino que se arriesga y tiene que aceptarse en la imposibilidad de negar el absoluto de las creencias. Es la negación del dogma a través de la posibilidad de aceptación del hecho y el error. Incluso su propia equivocación.

Las herramientas tecnológicas dan la impresión de estar transformándose en un buen vehículo para transitar en el mundo geométrico del es o no es simple, el de la afirmación contra la negación poco profunda, el de la verdad o la mentira en los espacios que se suponen evidentes para ocultar una verdad más elaborada, si es que eso existe. Son instrumentos que se alejan de la contradicción. Casi siempre es una imagen. La palabra cada día parece importar menos. Aquí ambas funcionan de igual forma. Es el video de exhibición que, disfrazado de denuncia, califica a primera vista, sin más. ¿Para qué abrir la posibilidad de que lo evidente resulte erróneo? ¿Para qué intentar ser racional? Toma tiempo, es incómodo, no es popular. Hacerlo obligaría a discernir sobre los eventos para saber si contienen lo que encierra un cuadro, o si atrás de ellos, en los contornos de una imagen que no cabe en la pantalla, hay algo más que la historia que se intenta contar. Existen las dos posibilidades. Pensar es un ejercicio que cae mal.

Si la racionalidad es una construcción que emerge de las contradicciones, el adjetivo que no participa de esa edificación la impide. Busca imponer un juicio que se presume verdadero y encuentra réplica en quienes adoptan el adjetivo como argumento. La pregunta “¿por qué ese tipo es un idiota?” no se cuestiona las razones de una idiotez como da sentencia sobre su pobre capacidad. De aquéllos que hablan sólo con calificativos, en mi casa se decía, a riesgo de sonar contradictorio: “son de una bella mediocridad”.

Líneas atrás mencioné el sentido común como antípoda de las paradojas. Es una condición a la que se le han dado atributos que aún no descubro. ¿Quién dice que el sentido común es inteligente? En realidad se trata apenas de una construcción de la obviedad y ésta, a menudo, no necesita más que lo evidente para constituirse. El sentido común de un necio sostendrá que la prostitución es criminal, como no tardó en mostrar un funcionario local de cortos aires —según indica su puesto, no un calificativo gratuito—, hace no mucho, en la capital mexicana. Entonces “¡contra las putas!”. Será la conclusión más rápida. No lenones, clientes, pederastas, encubridores, abusadores, y traficantes —estos son sustantivos—: las putas son las malas. Es como si a fuerza de sumarse a ciertas causas lo lógico del sentido común se fuera diluyendo. Enfrentarse a situaciones del estilo sin la posibilidad de contradicciones en un afán de responder con certeza lo que preocupa es una ruta sencilla. Llena de afectos masivos. De sentimientos que se enorgullecen en lo ordinario y acusan de lo que termina por ser conformista, ¿quién quiere tener un mercado de cuerpos fuera de su casa? Corramos a la solución más rápida. A la que da respuesta al sentimiento de masa, del que no me consideraré ajeno aunque me niego a glorificar lo rudimentario de la condena.

Para, de distante y por ende opuesto. Doja, del conjunto de ideas. Explica el griego. Paradoxa, insiste el romano: lo contrario a la opinión común. En ella, el adjetivo hace jauja. Su peso será poderoso, dependiendo de la costumbre. El gordo será malo en un país de flacos, el extranjero deleznable en uno de nacionales. El narizón en la isla de los respingados y el valiente en tierra de cobardes. ¿Pero no es cobarde quien prefiere evitar las dudas y, al hacerlo, huye de las contradicciones para no ver las paradojas?

Todo prejuicio es lo que no entró al juicio verdadero, se escapó de él para refugiarse en la opinión de las masas, que se bastan con el consenso, con lo inmediato, con el vacío de la reflexión donde la nada no es racional.

El adjetivo resume pero también evita desarrollar una idea, se queda en la ocurrencia. Su nivel más bajo y menos inteligente. En el lenguaje las posibilidades de nombrar las cosas no excluye la capacidad de extender su definición a más de una palabra. Su reducción no admite incertidumbres, reniega a las contradicciones y, en consecuencia, lo hace de la verdad por limitarla a lo más básico. Como la pareja que se declara amor en exceso, de seguir como vamos, a un imbécil ya no le insultaremos al decirle que lo es. La verdad de una imbecilidad nacerá de su propia paradoja y la verdad es un error rectificado. Descansa en la paradoja que se opone a lo inaudito, a las apariencias, a lo evidente.

Maruan Soto Antaki
Ha publicado: Casa Damasco, La carta del verdugo y Reserva del vacío. Su más reciente novela es Clandestino.

@_Maruan

Fronteras

El autogobierno en las cárceles

Con el escándalo del enfrentamiento de dos pandillas de narcos en el penal de Topo Chico, cerca de Monterrey, y los 49 muertos que dejó el saldo sangriento, se produjo una revisión de las instalaciones y nos informan, con inexplicable alarma y sorpresa, que había irregularidades nunca imaginadas: prisioneros VIP con celdas acondicionadas a su gusto y muebles de recámara, televisores y hasta saunas. Todo eso podía ocurrir porque los presos habían conseguido imponer una vieja demanda de la izquierda estudiantil en las universidades: un cogobierno o autogobierno por el que el control de la población encarcelada no lo tenían custodios profesionales ni simples policías, sino los presos mismos. El grupo dominante vendía el derecho a tener una litera de cemento y no un lugar en el suelo para dormir, alimentos especiales, ya no digamos droga y servicios sexuales. Todo costaba al preso y la autoridad no sólo era tolerante, sino parte de la extorsión a los prisioneros. Me asombra el asombro: así ha sido siempre en las cárceles del país. La novedad es que también ocurra en las de alta seguridad.

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Ilustración: Oldemar González

La cárcel preventiva de Lecumberri, donde ahora está el Archivo General de la Nación, tenía autogestión, autogobierno, como se le quiera llamar a esa sentida demanda de la izquierda estudiantil: la relación inmediata de los presos era con otros presos al mando del orden interior de cada crujía y no con celadores, custodios, policías entrenados en prevenir nuevos delitos, fugas y tumultos. Los estudiantes en la UNAM habían conseguido instalar un modelo que producía en el ámbito académico la democracia ausente del sistema político dominante en el país: el autogobierno de la Facultad de Arquitectura en la UNAM era el modelo visto por las izquierdas como instauración de la democracia en la vida universitaria. Llegó a haber dos sistemas paralelos: el estudiante de arquitectura podía inscribirse en el sistema escolarizado a la vieja usanza o en el modelo de autogobierno. Ignoro si los diplomas de arquitecto señalaban ese detalle.

Antes de llegar a la cárcel de Lecumberri los estudiantes detenidos en 1968 no imaginábamos que hubiera autogobierno de los presos para dirigir la prisión donde pagan una sentencia o la esperan en detención preventiva los acusados de haber infringido la ley. El ideal de autogobierno universitario condujo en los años setenta a extremos como el de Sinaloa y los pronto denominados enfermos: una institución escolar es, proclamaban, una fábrica del instrumental humano necesario para la continuación del dominio de la burguesía sobre los trabajadores. La tesis de la universidad-fábrica veía obreros oprimidos en los estudiantes, capataces en los maestros y agentes del capitalismo burgués en las autoridades. La tesis fue paralela al surgimiento de la guerrilla urbana, en la que los estudiantes de educación superior fueron elemento sustancial: el trágico final del movimiento estudiantil de 1968 la tarde de Tlatelolco era muestra evidente de que los caminos democráticos estaban cerrados y todos los que opináramos en contrario demostrábamos la servil condición de agentes, voluntarios o involuntarios, de la opresión de una clase sobre las demás para seguir extrayendo riqueza de los millones de pobres y canalizarla hacia los pocos cada vez más ricos. Un grito callejero sintetizaba la idea: ¡Burgueses, huevones, por eso están panzones!

Sin que lo sospecháramos en las manifestaciones y mítines, la cárcel mexicana ya había instaurado el autogobierno como medio barato de mantener el orden interno sin pagar salarios ni entrenamientos de suficientes custodios. Como tantas realidades en los métodos de gobierno, era producto combinado del azar, falta de medios y sorprendentes resultados: era mucho más barato controlar una población encarcelada si se permitía a los elementos ya formados en el control de pandillas emplear los mismos métodos a cambio de utilidades en efectivo y en servicios: en vez de pagar dos docenas de custodios por crujía, la dirección de un penal podía dejar la aplicación del reglamento a dos docenas de presos que obtendrían ganancias y servicios.

El autogobierno en prisión: Eficaz y barato

El autogobierno, en una cárcel, es el imperio del terror, la ley del más fuerte, la ley de la selva. Los humanos somos primates y por lo mismo establecemos de inmediato jerarquías: surge un macho alfa que dura, como dicen del amor: dura lo que dura dura. Cuando hay muestras de envejecimiento, debilidad, descuido, pérdida de subalternos, aparece el nuevo macho que, para tomar la posición alfa, no es raro que mate al anterior comandante y a los subordinados que sea necesario en un motín cuyos resultados la autoridad reconoce. Hay nuevo pacto con los recién victoriosos mandos.

Con el nuevo macho alfa llega una nueva camada de subalternos: el autogobierno puede cambiar las reglas y las tarifas, es parte del convenio de no intervención con las autoridades. Los guardias sólo entran a las crujías en situaciones de emergencia: una pelea donde ya han muerto varios, hay incendios de celdas, pillaje. Los guardias llegan a dejar las cosas como estaban y vuelven a salir. El cobro no siempre es en efectivo, puede ser en servicios: el comando dispone de sirvientes para lavarles la ropa, preparar alimentos a los cabecillas y así evitarles comer del rancho dispuesto por la autoridad, sustituir al comando en el lavado semanal de sus celdas y en la de patios o fajina, ofrecer servicios sexuales si no hay nada mejor y, claro, vigilar a los vigilantes, a los custodios: si parece que habrá revisión de celdas, alertar si hay movimientos inusuales entre los guardias.

Así pues, no es lo peor estar encerrado, sino pagar por estarlo: pagar por tener una celda, visita conyugal, derecho a bañarse y a recibir alimentos del exterior.

La cárcel está dividida en crujías, éstas separan a los delincuentes por el tipo de delito (poner a un cajero bancario desfalcador con un multiasesino es sentenciarlo a muerte) y cada crujía tiene ese grupo selecto de presos, el comando, que impone el reglamento interno más las normas no escritas. El comando es, ante la dirección del penal, el responsable del orden interno de la crujía.

Se llega a ser parte del comando por lucha sangrienta entre pandillas. Su deber ante la autoridad es imponer el reglamento, pero el estímulo para alcanzar ese poder interno es el despojo a los prisioneros: el derecho a dormir en una celda tiene un precio si es compartida con otros tres (había cuatro literas de cemento) y es una fortuna si se pide celda individual. El dinero se entrega al comando y éste pasa un porcentaje a las autoridades.

Los que no pueden pagar se aglomeran en una sola celda y duermen como pueden. Era la del fondo y la llamaban, creo, el cuartel. Allí se vuelve a decidir la jerarquía interna: quién duerme en alguna de las literas y quiénes se deben acomodar en el suelo. Surge un macho alfa de los jodidos que manda en la celda.

La dirección imponía una sola obligación en cuestión de higiene: cortarse el pelo. Para eso iba un peluquero que rapaba a toda la crujía y hacía cortes especiales sólo al comando. El peluquero también era un preso. Los que tienen algún oficio se llaman comisionados: pueden trabajar en cocinas, panadería, talleres diversos, dar clases a los analfabetas, ayudar en la enfermería. Pero no hay revisión de higiene: una celda de la crujía, usualmente la última, estaba adaptada con regaderas y la administración enviaba en una o varias ocasiones vapor para que los presos se bañaran con agua caliente. Pero sin estar obligados ni pasar inspección al respecto. Tampoco del uniforme: una vez entregado al preso era tarea suya si lo lava o no lo lava. Para eso había, también al fondo de cada crujía, una hilera de lavaderos frente a otra de excusados. Las celdas de Lecumberri tenían lavabo y excusado, pero mientras debimos compartir celda acordamos no usarlos. Así que era posible conversar entre los que lavan y los que cagan. Los primeros días se produce hasta estreñimiento, después se olvida la vergüenza. Hay lavaderos, pero no hay jabón, ni para lavar la ropa ni para darse un baño. Se debe pedir a las visitas dominicales que lo lleven, siempre familias en el caso de los presos comunes: la sólida familia mexicana. La administración lo permite, previa revisión. En Lecumberri también había una tienda Conasupo donde se podía comprar lo mismo que en todo estanquillo: pan, sardinas, huevo, jabón y refrescos o cuadernos, papel higiénico y para escribir.

Por supuesto, el negocio principal es la distribución de droga, de todas las drogas se puede conseguir y el comando es quien pone a sus vendedores minoristas. Otra fuente de ingresos es la prostitución: el día de visita conyugal entra quien el preso señale como esposa o novia, pero puede pagar por una puta. Supongo que las hay de diversos precios.

Todo lo sabe la dirección del penal y de todo participa.

Los presos políticos

Cuando llegamos los estudiantes a Lecumberri, los líderes del Consejo Nacional de Huelga veníamos del Campo Militar Número 1. Luego de 10 o 15 días (perdí la cuenta) en celdas de aislamiento, de castigo para soldados bajo arresto, nos entregaron a las autoridades de Lecumberri. Llegamos todos. No faltó ninguno.

Primero nos hacinaron en la crujía H, la de paso, donde se clasificaba a los presos por delitos y de allí salían a la crujía correspondiente. En una celda de cuatro por cuatro metros estuvimos unos 30 o más detenidos. No lo sabíamos, pero estaban desocupando una crujía, la más chica, la C, para que no tuviéramos contacto con otros presos. Nos temían.

Las celdas de la crujía H, de paso, no tenían lavabo ni excusado. Nos llevaron una lata alcoholera con una orilla doblada y unos cartones en el doblez para levantarla. Era todo lo que había para orinar o cagar. Debíamos vaciarla una vez al día en los excusados al fondo de la crujía, acompañado el portador por un rondín. No eran para nosotros tales excusados.

Frente a la crujía H estaba la I, destinada a presos VIP-plus. Los VIP simples tenían celda acondicionada en las crujías B y L.

Luego de una eternidad pasó el rondín abriendo puertas y de abajo, porque estábamos en un primer piso, gritaban los celadores que debíamos salir los estudiantes y formarnos en el patio. Nos llevaron a bañar al vapor general de Lecumberri. Después nos dieron uniformes y llegamos a la crujía C de la que todavía no sacaban al comando de presos comunes, con El Toro al frente, pero ya no se le permitía mandar sobre nosotros. En pocos días también se los llevaron.

Cuando terminaron de sacar al comando y quedamos nada más presos detenidos, muchos el 2 de octubre, otros en diversos momentos entre agosto y septiembre, hicimos asamblea en el patio de la crujía y, democráticamente, elegimos comando. Quedó al frente Raúl Álvarez Garín. Primero debimos compartir tres o cuatro una celda con cuatro literas de cemento. Yo estuve con Pablo Gómez y Mario H. Hernández, un ferrocarrilero del PC que siempre anteponía esa H a su apellido. Las escuelas o las familias nos mandaron colchonetas y lo necesario para una cama.

Arreglos a la crujía

Al fondo de la crujía C había una celda, la última de la planta baja, acondicionada con regaderas por tres lados y una plancha de cemento para masaje a la entrada. Como la administración no enviaba agua caliente sino vapor, dos o tres veces al día, sin horario ni aviso, tapamos los vidrios rotos de la única ventana, estrecha y alta, para hacer un baño de vapor con sólo abrir las regaderas.

Escuelas, familias y amistades nos conseguían lo que pidiéramos. La dirección permitía el paso de todo lo que no fueran armas o droga con sólo una revisión: para que el televisor no fuera lleno de cocaína lo encendían, comprobado que era un televisor, lo miraban por dentro y pasaba. Todos cuantos quisiéramos y nos compraran, así como guitarras, libros, máquinas de escribir, radios, ropa. Es que el gobierno del presidente Díaz Ordaz no nos trató como el PRD y Alejandro Encinas harían, decenios después, a Carlos Ahumada, el empresario extorsionado para darle contratos del gobierno del DF y sobre el que cayó toda la furia del jefe de gobierno, López Obrador, cuando hizo públicos los videos de funcionarios aceptando maletines y bolsas de súper llenos de dólares.

Las celdas habían tenido un sistema para cerrarlas todas con una palanca y abrirlas por la mañana a la hora del recuento obligado, pero hacía decenios que el mecanismo estaba pegado por capas y capas de pintura verde. Las celdas daban a un patio y allí había una mesa larga de cemento con bancos de lo mismo, hasta una jardinera. Cada quien entraba y salía de su celda a su aire. El único guardia estaba junto a la reja de entrada, por fuera, y a él debíamos pedir que abriera el candado para ir al estanquillo a comprar jabón, papel, huevos.

No nos autorizó la dirección ir a talleres, cocina, panadería ni contacto alguno con los presos comunes. Nos temían. Ni siquiera ir a dar clases a la escuela para analfabetas. Así que pedimos pizarrones, gises y nos comenzamos a dar clases entre nosotros: álgebra, cálculo, inglés. Los únicos no veinteañeros, dirigentes del Partido Comunista, se reunían con jóvenes de la Juventud Comunista a estudiar Marx, Engels, ruso… Sin ningún problema. Sólo supimos de un libro detenido en el examen previo, fue una novela de título sospechoso: El rojo y el negro.

A los talleres mandamos hacer mesas y sillas para trabajar en la celda, repisas, libreros… Así escribí mi crónica Los días y los años.

Entre los objetos cuya entrada se prohibía estaban las parrillas eléctricas. Nunca he sabido el motivo. Pero las mandábamos hacer con presos comunes que acanalaban un ladrillo y metían una resistencia. Luego debíamos conectar un hilo a la electricidad y otro a la estructura de metal de las celdas. Por eso con enorme frecuencia los grifos de las regaderas daban toques. Yo tardé más de 30 años en perder el miedo al choque eléctrico en los frecuentes baños de vapor que me daba por motivos ajenos a la higiene, a los toques cuando debía regular el agua en una regadera. Se me había hecho un reflejo pavloviano.

¿Y para qué queríamos una parrilla eléctrica? Para calentar la comida que nos llevaban de afuera. Durante todo noviembre de 1968 estuvieron saliendo muchachos, algunos porque no habían participado en nada y los habían detenido en redadas; otros, con participación indudable, por motivos que ignoro. Así que pronto pudimos tener una celda por preso y luego comenzaron a sobrar, allí hicimos cocinas y las llamamos, por supuesto, comunas. Para no comer del rancho que era a diario un cocido, organizamos a familias y amigos para que, en vez de llevar una comida diaria, cocinaran una vez a la semana para seis, que formaban la comuna. Los domingos no contaban porque iban visitas y siempre nos llevaban comida, antojos, libros, ropa.

Así nos llenamos de teles, radios, guitarras, máquinas de escribir. Raúl y yo, que leíamos música y no habíamos obtenido permiso para ir al piano del auditorio, pedimos a nuestras escuelas una flauta dulce, también llamada barroca: la más sencilla, de madera para ensamblar dos partes, y nos llegó una docena, de soprano a barítono que ya exigía una llave metálica para alcanzar el último agujero y se armaba con tres secciones.

En mi comuna estuvo Arturo Zama, de la Juventud Comunista, aunque ya en proceso de salida. Un día su madre, que fundaría Amnesty International de México, le llevó mojarras frescas. Zama, que en todos sus movimientos era notablemente torpe, puso una sartén en la parrilla eléctrica, abundante aceite y echó las mojarras a freír. Comenzó a apestar horrible y de pronto estallaron: no iban abiertas ni limpias. Pidió permiso al guardia de nuestra crujía y compró en el estanquillo Conasupo huevos y jamón. Eso comimos.

Como en esa novela maravillosa El señor de las moscas donde los niños caídos en una isla inhabitada reproducen todos los males sociales, entre nosotros surgieron las clases sociales: había jóvenes cuyas familias no les podían llevar comida para seis una vez a la semana, así que a la hora en que llegaba el rancho salían con sus platos de aluminio a llenarlos. Los que teníamos comuna recogíamos nada más los birotes, grandes, dorados y deliciosos, y los frijoles de olla. Le tocaba recogerlos al mismo a quien le iban a llevar comida ese día. Luego alguno de ellos nos ofreció lavar y planchar los uniformes por unos pesos… Comenzó el servicio doméstico. Los ricos y los pobres.

Por lo mismo fuimos un botín tan apetecible cuando la dirección quiso romper nuestra huelga de hambre, declarada nada más con la exigencia de que dieran inicio nuestros procesos, pues ya había transcurrido el año legal en que se debe dictar sentencia y nuestros procesos ni siquiera habían comenzado. La dirección nos ofreció como botín a los demás presos, los custodios abrieron las rejas de todas las crujías y un clamor avisó esa noche que el asalto había empezado.

Por lo mismo me ha asombrado el escándalo nacional por los lujos orientales descubiertos después del motín en el penal de Topo Chico: celdas individuales amuebladas, teles, saunas… ¡Pero si todo eso teníamos nosotros!, y lo permitía la dirección de Lecumberri sin, en nuestro caso, exigir un pago.

Más sobre el tema carcelario: Los días y los años (Planeta).

 

Luis González de Alba
Escritor. Su más reciente libro es No hubo barco para mí. www.luisgonzalezdealba.com

Twitter: @LuisGonzlezdeA

Imre Kertész: Vivir o morir después de Auschwitz

Parte de las últimas premiaciones del Nobel de literatura, si bien acertadas por la indiscutida calidad de los autores, no ha generado apenas interés en los lectores. Ya se ha vuelto una bomba atómica que explota en octubre, inunda las librerías de títulos que meses después se convierten en otro lastre bibliográfico para sacrificio en las mesas de remate. Este ha sido el caso de Doris Lessing, Mo Yan o Alice Munro, al menos, premiaciones celebradas por los asiduos que ya los leían de antes, capaces de generar interés en el corto plazo, pero que no logran insertarse en un segmento específico del lector promedio. Caso diferente es el de Imre Kertész (1929-2016), cuyo rescate literario de su experiencia primeramente en el campo de concentración de Auschwitz, para luego ser trasladado a Buchenwald, generó una aproximación indispensable para acercarse a uno de los hechos más lamentables de la Historia reciente.

kertesz

En un balance a quemarropa, es posible afirmar que la literatura húngara es una de las menos exploradas en el ámbito hispanoamericano. Tristemente, no es la única. Su desconocimiento figura no sólo a nivel de investigación erudita sino también por lo que respecta a incursiones editoriales por parte de sellos hispanoamericanos. Esta carencia tiene repercusiones a un nivel más elemental: los lectores ávidos de explorar narrativas remotas se enfrentan a un muro de poca visibilidad editorial. El mundo europeo pareciera terminar en Alemania, Austria e Italia, mientras una sombra se posa sobre Escandinavia, los países del Báltico, Polonia, Hungría, República Checa, Rumania, Bulgaria y los Balcanes, para renacer parcialmente en San Petersburgo, Moscú y Odesa. El otorgamiento del Nobel a un escritor de una lengua periférica, si tiene la fuerza y el talento necesarios, puede lograr que los lectores se asomen a sus libros y, con suerte, a esa tradición literaria.

Liquidación (2003), al igual que sus anteriores trabajos —Sin destino (1975), Fiasco (1988) o Kaddish por el hijo no nacido (1990) —, proponen excursión a las fuentes de la maldad, encarnada en la Solución Final que le costó la vida a millones de seres humanos (en su mayoría judíos aunque igualmente había comunistas, disidentes, homosexuales, etc.). Es una novela que subrayo por encima del resto de su obra, por su alejamiento del asunto del campo de concentración para internarse en la ficción pura. El argumento de Liquidación: un escritor se suicida con una sobredosis de morfina; un colega suyo, escritor en ciernes, se da a la tarea —con los característicos matices de la obsesión patológica— de rastrear el manuscrito de una novela de aquél, sobre la que alguna vez le escuchó hablar y que, a su juicio, podría ser una obra maestra de la literatura contemporánea. Es la historia de un manuscrito perdido. Las complicaciones aparecen: el autor de la novela (cuyo manuscrito existió), muy al estilo de Kafka, pide que la quemen a su muerte. La destrucción se lleva a cabo y el intento de rescate resulta infructuoso; de este modo, se pierde una obra central de un escritor semidesconocido y, a la par, la vida de su creador. Es un relato de pérdidas.

Los vericuetos del suicidio, de la voluntaria tarea investigadora del amigo, así como las conjeturas sobre el posible contenido de la novela perdida, dan el marco para que el autor desarrolle los tópicos de su narrativa: el sinsentido de la existencia humana, la imposibilidad de entablar relaciones humanas desprovistas de intereses y el autor como responsable frente a sus propias creaciones. Entre líneas, se lee lo siguiente: ¿Qué tanto un autor es dueño de sus obras? ¿Hasta qué punto le pertenecen? ¿Hasta dónde llega su derecho a manipularlas o incluso a destruirlas? ¿Cuál es el lugar de la posteridad en el pensamiento del creador, si es que alguno tiene?

Kertész regresa una y otra vez a los hechos de su adolescencia, tal y como lo hicieron en su momento Bernhard o Borges, quienes dirían que se pasaron la vida escribiendo el mismo libro. Liquidación es una reformulación inteligente de la historia que se narra en Sin destino (1975), novela con la cual diera cuenta de su experiencia como interno en el campo de concentración. La reelaboración no resulta tediosa, pues aborda el drama desde una perspectiva reflexiva. Los juegos estilísticos que utiliza Kertész apenas varían: cambios imprevistos de voz narrativa, monólogo interior, saltos de escenario y flashback de múltiples personajes: los mecanismos frecuentes de la narrativa moderna. El relato deriva polifónico, desconcertante y laberíntico.

Al igual que Albert Camus, que abre El mito de Sísifo (1942) con una declaración sobre la importancia del suicidio, Kertész desbroza la estructura narrativa de Liquidación y siembra sus teorías acerca del acto —siempre voluntario— de vivir o de no hacerlo. El suicidio de B., el autor de la enigmática novela que aparece sugerida en Liquidación, planteado como un acto filosófico, abre la puerta al debate y la carta que éste deja a su amante, podría considerarse como una de las defensas más arrebatas del acto de quitarse la vida. Junto al cuerpo yaciente de B. sólo aparece una hoja titulada: “¡NO OS ENFADÉIS! ¡BUENAS NOCHES!”. En un párrafo se lee lo siguiente: “Deseo de todo corazón mi aniquilamiento. No sé por qué he tenido que desgranar esta larga vida cuando habría podido suicidarme a tiempo, en una época en que desconocía aún la inutilidad de luchas y ambiciones. Nada ha tenido ningún sentido; no he conseguido crear nada; el único fruto de mi vida es haber conocido la extrañeza que me separa de mi vida. He estado muerto ya en vida”. [la cursiva es del original].

Otro de los elementos de la narración es la burocracia comunista: ese cuerpo que custodió, desde la murmuración, la higiene moral de los países socialistas. La irracionalidad de los cuerpos políticos, que apareció con mayor detalle en Fiasco (1988), se niega a abandonar las páginas de Kertész y, una vez más, con ganas de ridiculizar aquellos días de austeridad y dureza, el autor húngaro los retrata con angustia. El ambiente de persecución por la vida tiene consecuencias en la concepción de B. y su desenlace. Su suicidio filosófico, según “el personaje de Dostoievsky”, parte de argumentaciones próximas al tono del Libro del desasosiego de Pessoa, desde una variedad de matices del desencanto.

La literatura de Kertész es una lección del espíritu humano, capaz de sobrevivir a los escenarios de angustia más intolerables jamás creados. Nadie podrá olvidar la perplejidad de Gyorgy Koves, protagonista de Sin destino, a su vuelta a Budapest, luego de que fueron liberados los prisioneros de los campos. “¿Dónde estabas?”, le preguntaban asombrados, como si se hubiese perdido en una borrachera. Luego se sabría, con un detalle escabroso al punto de que nunca será olvidado, a pesar de quienes afirman que Auschwitz nunca sucedió (¡!) o que, habiendo sucedido, no tuvo las proporciones que el judaísmo internacional sostiene. Uno de los hechos más trágicos de la historia requeriría de todas las habilidades de memoria para ser relatados. Kertész se arrojó al fondo y salió victorioso, como Levi y Semprún. Auténtico tríptico de la memoria.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

Abecedario de Mario Vargas Llosa

arequipa, Perú. Lugar donde nací, el 28 de marzo de 1936.

 

buñuel. Alguna vez escuché decir a Luis Buñuel: “Yo no adapto en el cine una buena novela, solamente adapto las malas”. Él hizo Nazarín (1959), y es mejor que la novela. En ese sentido, tiene razón Buñuel.

 

cine. Nunca me he reconocido del todo en las adaptaciones que han hecho al cine de mis novelas. Algunas películas me parecen buenas, otras no. Siempre he tenido la sensación de que son historias de otros, no mías. Quizá porque cuando uno inventa personajes nunca se les ve totalmente las caras, son figuras más bien difusas y el cine, claro, les da una concreción tal a las personas, paisajes y hechos que entonces uno se sorprende. Sólo una ocasión intervine en una adaptación que resultó muy mala, en la primera versión cinematográfica de Pantaleón y las visitadoras, y desde entonces no he querido participar, he dejado que los guionistas trabajen con libertad.

 

dorada infancia. Viví muy protegido y mimado por mi familia materna. En realidad mi infancia fue así, la edad dorada. Mi padre vino a romper esa dimensión de vida que tenía y esos años desaparecieron.

 

escribo mañana y tarde. Por lo regular, las horas más fecundas son las de la mañana, las primeras horas del día.

 

faulkner. Vuelvo a muchos autores. Las obras de William Faulkner nunca me han decepcionado, al contrario, en cada lectura siempre me enriquecen más. Leyendo a Faulkner aprendí la importancia de la forma en la novela, el estilo, la construcción, los puntos de vista, la organización del tiempo. Para mí es un gran maestro. Si yo tuviera que elegir entre alguna de sus obras, me quedaría con Luz de agosto, me parece maravillosa por su enorme muestrario de tipos humanos, en donde se exhiben los grandes temas de Faulkner: las obsesiones, la culpa, la gravitación del pasado, el llamado de la sangre. Es el autor que más influencia tiene sobre la literatura latinoamericana, prácticamente no hay un escritor latinoamericano moderno que no sea deudor de él. Rulfo fue lector de Faulkner como también lo han sido Onetti, Fuentes y García Márquez. Quizá esto no ocurre con los jóvenes, los escritores nuevos tienen otros modelos, pero mi generación ha leído a Faulkner con provecho.

 

galleta. Cuando fui a República Dominicana a presentar La fiesta del chivo, algunos trujillistas publicaron un desplegado que advertía que si yo iba me iban a dar una galleta. En Dominicana una galleta quiere decir una paliza. Y, a la inversa, el libro fue muy bien recibido. En general, los dominicanos recibieron magníficamente la novela. Seguramente algunos herederos de Trujillo odian el libro.

 

historia. Cuando estudiaba en la universidad tuve como profesor de historia a Raúl Porras Barrenechea, con quien trabajé cinco años. Las clases que impartía me motivaban mucho, a tal grado que dudé si debía dedicarme a estudiar historia o a continuar mi vocación literaria. Porras Barrenechea era un gran expositor, un mago de la palabra. Sus descripciones y referencias tenían eficacia narrativa, a los alumnos nos tenía en suspenso. Me sorprendía que, a pesar de que llevaba muchos años en la docencia, siempre preparaba sus clases como si fuera la primera vez. De esa manera lo que comentaba en el aula solía ser material nuevo.

 

industria. Mis primeros versos los publiqué en un periódico muy pequeño de Piura que se llama La industria, en donde trabajé todo el año de 1952 al mismo tiempo que cursaba mi último año de colegio. Trabajé como redactor y publiqué relatos y poemas. De estos últimos ahora me avergüenzo cuando un crítico los resucita y me los muestra.

 

jorge Luis Borges decía que en poesía sólo se admire la excelencia. Creo que es una afirmación muy exacta. Un cuento, una novela, puede ser menor y pasar, pero un poema si no es muy bueno es muy malo, no hay término medio. Y mis poemas eran muy malos, por eso me avergüenza mucho leer las cosas que escribía antes.

 

kien, Peter. El hombre-libro, personaje de Auto de fe, de Elias Canetti. En sus memorias, Canetti cuenta de una imagen que, como un pequeño demonio pertinaz, lo obsesionaba: un hombre que prende fuego a su biblioteca y arde junto con sus libros. Así surgió Peter Kien y su amor pervertido por los libros.

 

la ciudad y los perros. Cuando publiqué la novela me acusaron de calumnia, hubo todo un alboroto. Los militares protestaron mucho. Para no perder la costumbre, en el Perú había una dictadura militar. Me acusaron de cosas muy disparadas, algunas muy imaginativas. El general De la Barra dijo que probablemente había escrito ese libro pagado por gente de Ecuador, para desmoralizar al ejército peruano. Era divertido ver sus actitudes. Otros militares organizaron una quema del libro en el Colegio Militar Leoncio Prada. Y, como lo único que no se les ocurrió fue prohibir el libro, lo convirtieron en un best seller: le hicieron una publicidad extraordinaria. Hubo mucha curiosidad por leer ese libro que aparentemente estaba plagado de cosas terribles. Los militares contribuyeron a que La ciudad y los perros se volviera un best seller. Me hicieron un gran favor.

 

muerte. No le temo a la muerte, le tengo miedo a la decadencia física, a volverme idiota, a convertirme en una planta, a esa situación innoble. La vida no sería lo maravillosa que es si no existiera la muerte. Vivimos intensamente porque sabemos que tarde o temprano esto se acaba. Ese final no me angustia. Lo que me parece intolerable es convertirme en un ser dependiente, en un esclavo.

 

novelista. La labor del novelista es contar, a través de la ficción, los huecos que va dejando la historia. Las grandes novelas que admiro muestran sobre todo las lacras, las deficiencias, las ineptitudes de una sociedad para satisfacer las aspiraciones humanas. De ahí he sacado esa fórmula de que son las miserias humanas, los sufrimientos humanos, la materia prima más estimulante para un escritor.

 

orson Wells adaptó una novela de Kafka casi imposible de llevar al cine, El proceso. Obtuvo un buen resultado. Un cuento suele pasar con mejores resultados al cine; en cambio, no ocurre lo mismo con la novela porque es muy densa y tiene siempre muchas capas superpuestas.

 

periodismo. Ha sido fundamental como fuente de experiencias, sobre todo porque en el mundo en que nací los peruanos estábamos confinados dentro de un círculo muy pequeño. El periodismo era una de las pocas cosas que en realidad lo llevaban a uno a circular por todos los ambientes, por todos los medios, a frecuentar gente de procedencias diversas. Eso me hizo conocer un país mucho más diverso, más complejo, más problemático del que yo conocía. En ese sentido le estoy muy agradecido al periodismo; era, además, una manera sustitutoria de practicar literatura en un país en el que parecía que en ese momento la literatura no tenía cabida. El periodismo era una forma, aunque muy tangencial, de llegar a la literatura.

 

tuijano, Alonso. Un tema recurrente en la historia de la ficción es: el riesgo que entraña tomar lo que dicen las novelas al pie de la letra, creer que la vida es como ellas la describen. Los libros de caballerías queman el seso a Alonso Quijano y lo lanzan por los caminos a alancear molinos de viento y la tragedia de Emma Bovary no ocurriría si el personaje de Flaubert no intentara parecerse a las heroínas de las novelitas románticas que lee. Por creer que la realidad es como pretenden las ficciones, Alonso Quijano y Emma sufren terribles quebrantos. ¿Los condenamos por ello? No, sus historias nos conmueven y nos admiran: su empeño imposible de vivir la ficción nos parece personificar una actitud idealista que honra a la especie. Porque querer ser distinto de lo que se es ha sido la aspiración humana por excelencia. De ella resultó lo mejor y lo peor que registra la historia. De ella han nacido también las ficciones.

 

revolución socialista. El socialismo real no sólo significa pobreza, también es una farsa. Lo que se creyó que era la alternativa, el socialismo, ha demostrado de forma inequívoca que no es una alternativa. El socialismo no trae igualitarismo, no trae desarrollo y sí, al contrario, una pobreza generalizada de la sociedad salvo para una pequeña élite, y un costo que también se ha demostrado como inaceptable: la pérdida de la libertad, la pérdida de la iniciativa individual, la corrupción. Creo que esa alternativa no existe, hay opciones sólo dentro del modelo capitalista.

 

sueño. Generalmente no suelo recordar mis sueños, me ocurre muy rara vez. Generalmente tengo recuerdos borrosos, no muy lúcidos. Pero sí tengo obsesiones, imágenes recurrentes que aparecen en muchos de mis libros. Y eso lo he ido descubriendo a través de la crítica. Muchas veces la crítica ve con más precisión y exactitud que el propio novelista. Esos asuntos que se repiten son claramente obsesiones.

 

trujillo. En Bogotá se hizo una adaptación  teatral de La fiesta del chivo, en la que no intervine. La realizó el colombiano Jorge Alí Triana. Yo estaba muy escéptico porque es una novela que tiene muchos personajes y ocurre a los largo de 31 años. Me parecía difícil condensar una historia así sobre un escenario. Debo reconocer que la adaptación que se hizo fue excelente. Otro de sus aciertos fue que el protagonista (Carlos Barbosa) encarnó a Trujillo y a Cerebrito Cabral, con un argumento bastante válido: el líder no hubiera sido posible sin una persona como Cabral, sin esos dominicanos que lo sirvieron, lo apoyaron, endiosaron y que, al final, le permitieron esos excesos terribles por no haber ofrecido ninguna resistencia ante tal acumulación de poder. El argumento es bastante sólido y funciona bien en el teatro.

 

ulises, de James Joyce. Es un libro fundamental, sería difícil escribir veinte páginas de un ensayo sobre esa novela: es tan complejo que no se podría.

 

vacío. Cuando termino de escribir una novela, paso inmediatamente a hacer otra cosa, me siento incómodo ante ese vacío que deja la escritura final. Generalmente cuando estoy en la última redacción de un libro ya tengo pensado otro, incluso de una manera inconsciente empiezo a preparar el trabajo que vendrá después. Uno como novelista pasa dos o tres años en un ambiente determinado, con ciertas personas y de pronto todo concluye.

 

william Shakespeare. Todos venimos de él.

 

yasunari Kawabata. Mientras leía el bellísimo relato de Kawabata, La casa de las bellas durmientes, me he preguntado muchas veces cuánto se habría perdido en el trasiego de los signos originales a los recios vocablos españoles, cuántos matices, alusiones, perfumes, referencias o mensajes subliminales desaparecerían en el viaje lingüístico de una historia que, además de ser tierna, excitante y terrible, está tan cargada de simbolismo y de misterio como un texto de alquimia. Pero, en todo caso, lo que se ha conservado de ella es todavía mucho y el lector de nuestra lengua debe bucear en las densas aguas de esa ficción con el ánimo preparado para vivir una experiencia extraordinaria.

 

zhivago. Me gusta pensar que El doctor Zhivago de Boris Pasternak es una gran novela de amor. Yuri divisa a Lara de manera causal, en su juventud moscovita, y desde entonces un vínculo misterioso e irrompible se forja entre él y esa muchacha. La revolución, la guerra, los acercarán, apartarán, volverán a juntar y a separar, esta última vez definitivamente. En uno de los episodios más hermosos del libro, cuando Lara y Yuri viven unos días de apasionada intimidad, en la soledad de Varykino, una de esas noches el doctor Zhivago parece haber olvidado la zozobra de la vida, ser feliz. Ha pasado la mañana y la tarde jugando con Lara y con la hija de ésta; luego, ha escrito poemas, con una excitación y una urgencia que no sentía hacía mucho tiempo. Sale entonces a la puerta de la cabaña y lo que vislumbra lo devuelve, brutalmente a la realidad: una jauría de lobos, que la luna retrata contra la nieve, está allí, aguardando. La bella imagen es alegórica. El amor de Yuri y Lara transcurre así, cercado por enemigos gratuitos y feroces, que terminarán por devorarlo.

 
Nota: Textos tomados de entrevistas que sostuve con Mario Vargas Llosa (1993 y 2003) y fragmentos de algunos de sus ensayos publicados en La verdad de las mentiras.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz.
Ensayista y periodista cultural.

Brasil atrapado en su laberinto

La crítica situación de Brasil se agrava a ojos vistas. A partir del desaseado allanamiento y arbitraria detención del expresidente Luis Inácio "Lula" da Silva, las cosas se vienen precipitando dramáticamente; ahora fue también  formalmente acusado (en investigación paralela) de graves ilícitos: lavado de dinero, estafa, declaraciones falsas y ocultación de patrimonio (un departamento frente al mar, bajo el prestanombres de una constructora); por ello la fiscalía pide su arresto preventivo. Pero falta todavía que la justicia de formal entrada formal a las acusaciones, para que poder ejecutar la acción penal. Sería la primera vez en la historia de Brasil que se solicita prisión para un exmandatario. Lula niega vehementemente los cargos, todos.

brasil

El escenario de la confrontación política seguramente llegará a las calles, pues tanto la oposición, como los militantes del gubernamental Partido de los Trabajadores (PT), anuncian grandes concentraciones populares para los próximos días. Los opositores al gobierno piden, nada menos, que la inmediata destitución –impeachement– de la presidenta Dilma Rousseff y el enjuiciamiento de Lula. Ante la gravedad de los hechos, y no sin algunas lágrimas de por medio, Lula decidió pasar a la ofensiva y con él la asediada presidenta: "Si me quieren derrotar, me tendrán que enfrentar en las calles de este país”, dijo el aguerrido líder al momento que sus todavía muy numerosos partidarios denunciaban a "los golpistas". El país se divide ominosamente en dos bandos opuestos.

Sin desmerecer el tema de la corrupción, es cierto que la operación de algunos jueces y de la policía federal brasileña se parece cada vez más a la operación de una policía política, al estilo de mani pulite (manos limpias) en la Italia de los años 90 y que a la larga acabó por engullirse a la clase política, abriéndole paso al aciago Berlusconi. En el caso de la breve detención de Lula, se trató de una medida espectacular, ordenada por el ya célebre e implacable juez Sergio Moro, pero en realidad innecesaria pues Lula siempre manifestó disposición de comparecer y declarar, jamás se ocultó. La investigación judicial, popularmente conocida como lava jato ("lavado de coches") sobre lavado de dinero, cohecho, contribuciones fraudulentas a campañas políticas y desvío de recursos de la petrolera Petrobras, ha desembocado en acusaciones formales a empresarios,  legisladores, funcionarios y  partidos políticos. Pareciera no haber tregua ni quedar títere con cabeza. En el caso de Lula, la investigación lo vincula a sobornos de dos grandes constructoras, OAS y Odebrecht. No hay que olvidar que el lava jato es solo uno de varios escándalos de corrupción, como del mensalao, o pagos ilegales y al contado a jerarcas del PT, mismos que han golpeado sin misericordia a toda la clase política y las estructuras de poder de Brasil: son más de 60 las personas enviadas a prisión.

Desafortunadamente, todo esto sucede en medio de la peor crisis económica en décadas, cuando el brasileño medio ve desaparecer ante sus ojos la bonanza de hace apenas pocos años. Solo en el año de 2015 se esfumaron un millón y medio de empleos. Es difícil exagerar la profundidad de la crisis de Brasil: como cabeza de hidra, surge hoy un problema, y mañana aparecen otros dos; se multiplican, paralizando al atribulado gigante sudamericano. Sequías, contaminación catastrófica de ríos, violencia y narco incontenible en las favelas y ahora, el virus del Zika, que frente a las inminentes olimpíadas se transforma en pesadilla, amenazando a miles de mujeres embarazadas y ahuyentando a turistas. El país, con la economía colapsada y una inmensa crispación política, parece atrapado en un laberinto.

Sin embargo, no hace mucho se hablaba en el mundo del despegue definitivo de Brasil, de  la "nueva" potencia global. Es cierto que la situación brasileña pareció mejorar mucho durante el gobierno del sagaz y carismático presidente Luis Inácio Lula da Silva (2002-2010). En su gobierno, inicialmente se mantuvo la responsabilidad fiscal y las cuentas públicas y externas comienzan a mejorar. Las exportaciones de bienes primarios crecieron espectacularmente, no así las manufacturas. En realidad, se trató solo de un puñado de productos y de prácticamente un solo nuevo mercado lo que explica el fenómeno: China, que devoraba las commodities que Brasil proveía en abundancia: mineral de hierro, petróleo, azúcar, carne y sobre todo, soya. Es cierto también que Brasil sorteó bien la crisis del 2008 (tras una pronunciada contracción del producto en 2009) y pudo aplicar con éxito políticas contra cíclicas, bajar la tasa de interés, aumentar el crédito doméstico y elevar el consumo de las clases medias. Sin embargo, comienza a aumentar marcadamente el gasto público, sobre todo en su segundo mandato, bajo el nombre de "Programa de Aceleración del Crecimiento" (PAC). La política social fue exitosa y disminuyó la pobreza ostensiblemente. Logra también proyectar políticamente a Brasil en el exterior, si bien lo mantuvo relativamente aislado en lo económico. Lula dio un protagonismo global a Brasil, que nunca antes había tenido. Se alejó de Estados Unidos e intentó dar vida política a la entelequia BRICS, en realidad un club de conveniencia sin argamasa alguna ni continuidad geográfica; un invento de Goldman Sachs, conformado por Brasil, Rusia, India, China al que posteriormente se suma Sudáfrica. En la región emprendió un sudamericanismo sustitutivo de América Latina, a través de la creación de la UNASUR y excluyendo a México.  Con su  carisma, simpatía y empuje, puso de moda la marca "Brasil" y consiguió para años sucesivos un campeonato de futbol en 2013 y una Olimpíada para este 2016. Nadie pudo anticipar la tormenta que vendría.

Lula termina su presidencia a tambor batiente y logra, sin mayores dificultades, que lo suceda en la presidencia la candidata que él impuso: Dilma Rousseff, también del PT, sin mayor experiencia política, pero con buena reputación como ministra y eficaz Jefa de la Casa Civil. Ya a inicios de la presidencia de ésta, se empiezan a encender focos amarillos. El crecimiento industrial languidece y desde 2010 se habla de la "primarización" de la economía, una progresiva desindustrialización inducida por la enorme distorsión en el tipo de cambio sobrevaluado por causa de las masivas exportaciones de commodities. La llamada "enfermedad holandesa".

Dilma, con la inercia del crecimiento anterior, no se da por enteraday persiste en la ruta fiscal expansiva, además había que pagar por el Mundial de futbol y las instalaciones olímpicas; logra ganar la presidencia para un segundo período (2015-2018), si bien por un estrechísimo margen. Ya para entonces, la economía estaba reduciendo su crecimiento, lo que poco después se transformaría en una virulenta recesión que se viene prolongando  por casi veinte meses: el PIB siguió cayendo, para 2015 se contrajo en un 3.8%, estimándose una reducción semejante para 2016. El sector más castigado es el industrial, que se desplomó un 6% en el año; también viene reduciéndose preocupantemente la formación bruta de capital, ya por más de siete trimestres. Las familias, endeudadas y empobrecidas van contrayendo su consumo, mientras que la inflación crece,  presiona al salario y castiga a los más pobres. La recesión, irremisible, va revirtiendo mucho de lo ganado en la década anterior.

Desafortunadamente, la presidenta dejó escapar la oportunidad de un ajuste gradual y ordenado, posible todavía en los años postreros del auge de las materias primas, entre 2011 y 2013. Ahora hay mucho menos margen de acción y el costo social del ajuste será muy elevado. Las cuentas internas pasaron de un cómodo superávit fiscal del 3.1% a un saldo deficitario de -1.0 % en el 2015 y sigue  aumentando a pesar de recortes y ajustes, al mismo tiempo que caen los ingresos tributarios del estado. La deuda pública es ya del 65% del PIB, manejable aún, pero su pago debe financiarse a tasas muy altas de interés, del 13%, una de las más altas del mundo: su servicio consumió más del 8% ciento del PIB en el año pasado.

El Estado brasileño logra recaudar un envidiable 36% de su PIB, pero mucho se va en gastos de burocracia, elevadas pensiones y consumos estatales de poca productividad. Las pensiones –elevadas para cualquier estándar latinoamericano–  devoran el 12% del PIB. En realidad alrededor del 90% del presupuesto brasileño está bastante atado, ya sea por mandato constitucional, ya sea por la presión de los estados federados  y por poderosos grupos de presión. Petrobras, otrora el punto más brillante de la economía está en virtual bancarrota: en cinco años perdió el 85,7% de su valor en el mercado y su deuda creció más del 40% en el último año. La caída en el precio del petróleo le ha cercenado ingresos, justo cuando más se necesitan. En este contexto, no es de extrañar que Brasil lleve tres ministros de finanzas (Hacienda) en poco menos de dos años. La política monetaria no tiene mucho espacio y puede ser que en el incremento del déficit público, esté operando ya la llamada "dominancia fiscal", que la somete a las necesidades fiscales, de tal manera que la efectividad de las medidas monetarias contra la inflación se debilitan. Se requieren a corto plazo quizá más deuda y severas medidas de control del gasto, pero eso afectaría  las políticas sociales, el más preciado  legado de Lula y Dilma. Hay que brincar un duro bache y nadie parece estar dispuesto a hacerlo. La Presidenta Rousseff, con un nivel de aprobación de apenas el 10%, un congreso hostil y una gran fragmentación política (por lo menos 30 partidos políticos registrados), no tiene mucho espacio de acción, toda vez que la posibilidad de su destitución (impeachement) ahora si está a la vuelta de la esquina.

Es cierto que las causas más inmediatas de la recesión son externas, tienen que ver sobre todo con el fin de la era de las commodities exportadas sobre todo a China a precios muy altos; también cuenta el retiro generalizado de liquidez de los Estados Unidos y, en general, la volátil y aletargada economía internacional. Pero en el fondo subyacen causas estructurales profundas. Sobre todo la escasa competitividad de la industria brasileña, con larga tradición de proteccionismo, precaria innovación tecnológica, infraestructura y logística insuficiente y atrasada, así como mano de obra poco calificada, fruto de un enorme rezago educativo. Pasado el deslumbrante auge de las commodities, queda claro que las potencias globales no se improvisan de la noche a la mañana.

Aún así Brasil tiene grandes fortalezas y acabará por remontar esta dura cuesta.  De una u otra manera, los severos ajustes fiscales tendrán que darse, tomará tiempo e inevitables sacrificios. Se trata de un inmenso país con más de 200 millones de habitantes. Su economía es grande y bastante diversificada, sus reservas en divisas son amplias, su deuda externa baja y sigue llegando inversión externa. Si bien no es de suponerse que en el corto plazo pueda cambiar su base exportadora y ésta se ve limitada por la desaceleración china, su agricultura sigue siendo muy competitiva a nivel global y sin duda reaccionarán otros sectores ante el estímulo cambiario de una moneda muy devaluada.

Tal vez esta crisis le permita a Brasil replantearse a fondo varias cosas en relación a su inserción internacional. Por un lado, rediseñar drásticamente al MERCOSUR, único acuerdo comercial importante de Brasil, que sigue sin funcionar y a menudo es una limitante para hacer acuerdos con terceros  países y grandes bloques comerciales, puesto que el acuerdo exige negociaciones colectivas. Por otro, puede darle un nuevo impulso y, sobre todo, abrirlo en un proceso de convergencia hacia las grandes economías del Pacífico latinoamericano, incluido México. En todo caso es claro que Brasil requiere de una red más vasta de relaciones comerciales y de inversión en el mundo, con una visión pragmática y de largo plazo. Es momento propicio para una mayor cercanía con el  resto de América Latina y México, integrando más sus economías en una política de convergencias concertadas y de trabajar juntos en la solución a los desafíos conjunto que afronta la región. No una superpotencia, si un gran país latinoamericano.

 

Cassio Luiselli Fernández

Un sistema de búsqueda de personas desaparecidas a la altura de la crisis

La inminente discusión de la Ley General para Prevenir y Sancionar las Desapariciones es una oportunidad para que el Estado mexicano revierta la indolencia con la que, como señaló Amnistía Internacional, ha tratado la grave crisis que el país enfrenta en esta materia.

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El debate legislativo debe incorporar la voz y la perspectiva de las familias que buscan a sus desaparecidos. En estos largos años de indiferencia gubernamental y estigmatización social, han sido ellas y ellos quienes se han especializado en investigar el paradero de sus seres queridos; quienes han aprendido a buscarlos, experimentando la negligencia del sistema de justicia y de las instancias de atención a víctimas. Por eso, el Movimiento Nacional por Nuestros Desaparecidos ha exigido participar e incidir en el proceso de discusión de la ley bajo la consigna: “Sin las familias, no”. Por eso, también, las familias y las organizaciones que les acompañan han allegado —tanto al Ejecutivo como al Legislativo— insumos sobre los contenidos que debe incorporar la ley.

Uno de esos contenidos esenciales tiene que ver con la creación de un verdadero sistema nacional de búsqueda de desaparecidos y desaparecidas. La magnitud de la crisis que enfrenta el país es tal que la ley fracasará si no delinea políticas integrales para esclarecer el paradero de las personas desaparecidas.

La búsqueda de personas desaparecidas implica al menos dos niveles de acción diferenciados. Uno tiene que ver con los mecanismos de búsqueda inmediata. Estos deben garantizar que las desapariciones sean investigadas de manera oficiosa y sin demora, en cualquier lugar del país, de forma que en las decisivas primeras horas no prive la negligencia que hoy es regla.

El segundo nivel de la búsqueda es igualmente importante. Tiene que ver con las obligaciones de las autoridades más allá de las horas que siguen inmediatamente a la desaparición. Estos deberes abarcan tanto aquellos casos que preceden a la promulgación de la ley como aquellos casos que se registren después de ello. Frente a este universo de casos, se requiere diseñar mecanismos que permitan superar el esquema limitado y fragmentado de búsqueda que hoy prevalece.

Lo que actualmente ocurre es que la búsqueda de las personas desaparecidas, cuando existe, recae en procuradurías que intervienen en el marco de averiguaciones previas conducidas, como dispone la ley, por sus agentes del ministerio público. Esta aproximación ha quedado rebasada por la realidad y hoy es insuficiente, en razón de factores como la falta de debida diligencia, la ausencia de análisis contextual, la carencia de áreas de inteligencia especializadas en el tema, la reticencia a colaborar de las instancias encargadas de investigar la delincuencia organizada, la nula coordinación interinstitucional, la insuficiencia del personal frente al inmenso número de personas desaparecidas y la aparente priorización de la identificación de los responsables sobre la localización de las y los desaparecidos. La magnitud de la crisis es tal que no será resuelta con protocolos de investigación a cargo de las mismas procuradurías, por detallados que estos sean; más bien, se requiere de una profunda y creativa reingeniería institucional. 

Efectivamente, el número de desaparecidos y la indolencia de las autoridades a cargo de las investigaciones son lo suficientemente significativos como para justificar la creación de un sistema especializado que supla las deficiencias de las búsquedas realizadas por el ministerio público, mediante esquemas que garanticen la coordinación interinstitucional y el trabajo sostenido para esclarecer, región por región, las estructuras de criminalidad y cooptación del Estado en que se originan las desapariciones. El enfoque principal de las búsquedas debe ser el esclarecimiento del paradero, y para ello el abordaje caso por caso con la sola intervención del ministerio público es y será insuficiente frente a la actual realidad del país. Para hacer frente a este complejo escenario, se requeriría un verdadero sistema de coordinación interinstitucional, con entidad administrativa, recursos suficientes y organicidad robusta, facultado para la constante revisión y corrección de las políticas públicas de búsqueda. Requeriría, sobre todo, abrirse a la participación activa de las familias que buscan a sus seres queridos.

Lo que ocurre en Iguala confirma el desafío y la urgencia de crear un sistema nacional de búsqueda de personas desaparecidas con estas características. Tras la desaparición de los 43 normalistas se denunciaron cerca de 300 desapariciones en la zona: cientos de familias salieron desesperadas a los cerros aledaños y encontraron más de 115 sitios con inhumaciones clandestinas. Frente a esta realidad de horror, propia de un cruento conflicto armado por más que haya quien la minimice o normalice, la intervención estatal ha sido errática, con esfuerzos poco coordinados y con un déficit notable en el impulso proactivo de iniciativas de búsqueda que no dependan de las familias.

Frente a este tipo de escenarios, que no son atípicos en el país, surgen múltiples interrogantes: ¿A qué autoridad le corresponde coordinar los esfuerzos de esclarecimiento y búsqueda? ¿Cómo deben coordinarse las instituciones estatales y federales? ¿A quién le corresponde adquirir la tecnología necesaria? ¿Cómo deben analizarse conjuntamente los expedientes para encontrar los patrones que expliquen la práctica generalizada de desapariciones en una región? ¿Cómo deben abrirse espacios para la participación de las familias? ¿De qué forma el modelo de atención podría aplicarse en otros lugares con tragedias similares? ¿Cómo impulsar en esas regiones procesos de verdad y memoria que sienten las bases para que atrocidades de esa índole no vuelvan a ocurrir? La ley que está por discutirse debería generar respuestas claras frente a estas preguntas. Para ello, la ley al menos debería garantizar que se coordinen búsquedas regionales contextualizadas, más allá del esquema caso por caso con que operan las instancias de procuración de justicia, sumando capacidades policiales, de inteligencia y de atención a víctimas, mediante intervenciones intensivas y sostenibles a lo largo del tiempo, usando la tecnología y las herramientas adecuadas.  

En América Latina hay ejemplos de países que, reconociendo que las crisis de desaparecidos demandan esfuerzos inéditos y fórmulas novedosas, han complementado los trabajos de investigación de las instancias de justicia con mecanismos más amplios de búsqueda humanitaria. Uno de ellos es Colombia, donde se creó una Comisión Nacional de Búsqueda que instrumentó un Plan Nacional para esclarecer el paradero de los desaparecidos. La efectividad de esta Comisión ha sido objeto de debate y desde luego que nunca es recomendable calcar sin más modelos provenientes de realidades diferentes a la nuestra; empero, el caso colombiano muestra la necesidad de rediseñar las instituciones para hacer frente a entornos donde las desapariciones son generalizadas. 

El debate sobre la creación de un sistema de búsqueda podría nutrirse de las experiencias de otros países, pero al mismo tiempo no debería ignorar las lecciones nacionales. En México, las propias víctimas han experimentado directamente que la tradición nacional de simular la atención a problemas mediante la aprobación de leyes y la creación de instituciones, puede generar nuevos problemas en lugar de soluciones, como ha ocurrido con la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV). El surgimiento de nuevos órganos de Estado no necesariamente es en nuestro país garantía de políticas públicas eficientes.

Como puede observarse, la creación de un verdadero sistema de búsqueda no es sencilla. No obstante, parece claro que éste debería incluir una instancia de coordinación entre los diferentes órdenes de gobierno. Diseños institucionales de esta índole no nos son ajenos: a este modelo se inclinan el Sistema Nacional Anticorrupción y la Coordinación Nacional Antisecuestro. Cuando estas instancias fueron creadas no se argumentó en contra la existencia de obstáculos jurídicos insalvables propios del diseño federal ni se esgrimieron preocupaciones asociadas a limitaciones presupuestales.

El caso de la Coordinación Nacional Antisecuestro es interesante. Por tratarse de un crimen al que la opinión pública presta más atención y por no pesar sobre las víctimas un estigma negativo, el Congreso de la Unión aprobó con celeridad una Ley General de Delitos en Materia de Secuestro que siendo criticable desde una perspectiva garantista en algunos aspectos —como en la definición de un tipo penal excesivamente amplio, por ejemplo—, sentó bases mínimas para el desarrollo de instancias especializadas que atendieran esta grave problemática criminal a nivel federal y en los estados. Pero este esquema pronto mostró su insuficiencia: ninguna estancia dinamizaba la aplicación de la nueva ley. De ahí que fuera creada por decreto, en 2014, una Coordinación Nacional Antisecuestro como un órgano administrativo desconcentrado adscrito a la Secretaría de Gobernación —y no a la PGR—, al que se le asignaron facultades para “abatir el delito de secuestro de manera más eficiente, rápida y directa, en el marco de la coordinación que establece el artículo 21 de la Constitución”. De nuevo, no se trata de proponer la reproducción en calca de este modelo, cuya efectividad habría que verificar empíricamente todavía, sino más bien de señalar que el Estado mexicano sí ha generado una nueva e incipiente institucionalidad para atender algunos delitos y algunos problemas criminales en específico, reconociendo la necesidad de desarrollar nuevos marcos de coordinación. No hacerlo frente a la crisis de desapariciones o simular hacerlo remitiendo todas las acciones a protocolos, sólo perpetuaría el trato desigual con el que por años han tenido que lidiar los familiares de las personas desaparecidas.

La iniciativa presentada por el Ejecutivo Federal propone un modelo de sistema nacional de búsqueda que no es sistema, que no es nacional y que no es de búsqueda. No es sistema pues no prevé una articulación interinstitucional robusta y se basa sólo en la aprobación y aplicación de protocolos; no es nacional dado que es patente la intencionalidad de la federación de reconducir la problemática al ámbito estatal para difuminarlo, pese a que hay entidades claramente incapacitadas para ello; finalmente, no es de búsqueda porque no prevé mecanismos adecuados para profundizar en la localización del paradero de las personas que fueron desaparecidas antes de la entrada en vigor de la ley, por mencionar solo un ejemplo. En este aspecto, la ley se queda corta frente una crisis de enormes proporciones.

De prosperar este diseño normativo y de no incorporarse con las propuestas de las familias, el Estado ignorará su obligación de innovar en el diseño institucional para responder a una problemática que llena de dolor buena parte de la geografía nacional. El desafío y la urgencia de crear un verdadero sistema nacional de búsqueda de personas desaparecidas es una deuda del país con las víctimas que no puede esperar más.

Las voces y las propuestas de quienes buscan a sus seres queridos deben ser escuchadas; sin ellas, la discusión de la ley perderá la más importante de las perspectivas y arrojará un resultado que sólo servirá para continuar la tradición de simular la atención de problemas nacionales complejos mediante la aprobación de leyes. Por eso, hay que insistir: sin las familias, no.

¿Qué sucede en Estados Unidos?

Ayer se llevó a cabo lo que en Estados Unidos se conoce como Super Tuesday, el día que tiene más elecciones estatales para elegir a los candidatos del Partido demócrata y el Partido republicano a la presidencia del país. Cada partido tuvo 11 elecciones, aunque no en los mismos estados.

Las reglas para asignar al candidato de cada partido son distintas y bastante complicadas. En casos extremos, algunos votos se llegan a decidir  incluso por volados (The Guardian, en inglés). Para no perder tiempo en esto, aquí hay una explicación concisa de cómo se asignan los llamados delegados, que son quienes votan por un candidato u otro dentro de su partido (El País, en español). Lo que nos interesa aquí, más allá del método y las reglas, es qué está sucediendo en las elecciones presidenciales en Estados Unidos. ¿Por qué va Donald Trump a la cabeza de los republicanos? ¿Es casi un hecho que Hillary Clinton sea la candidata demócrata? A continuación unos apuntes al respecto.
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Los demócratas

Empecemos con el Partido demócrata, ya que es más sencillo de explicar que el republicano. En un inicio eran seis los precandidatos: Hillary Clinton, quien fue secretaria de Estado durante la primera administración de Barack Obama; Bernie Sanders, diputado y después senador de Vermont durante las últimas tres décadas; Martin O’Malley, exgobernador de Maryland; Jim Webb, exgobernador de Virginia; Lincoln Chafee, exgobernador de Rhode Island y Lawrence Lessig, profesor de derecho en Harvard.

Para cuando comenzaron las votaciones, sólo Clinton, Sanders y O’Malley estaban compitiendo, aunque O’Malley se retiró tras la primera votación, la de Iowa, en la que consiguió menos del 1% del voto (The Washington Post, en inglés). Como se esperaba, la disputa por la nominación quedó sólo en dos contendientes. Sin embargo, nadie, al menos dentro de la esfera de analistas estadunidense, preveía que Bernie Sanders llegase tan lejos.

¿Por qué? Porque, dentro del espectro político de Estados Unidos, Sanders es considerado demasiado a la izquierda, en gran parte por autodenominarse socialista. Pero esto resultó jugar a su favor. Dentro de los menores de 25 años, que sólo conocen una economía de salario mínimo, contratos laborales excesivamente flexibles, tasas exorbitantes en los préstamos bancarios para ir a la universidad y que ven cómo la desigualdad aumenta a niveles que sólo se observaban en tiempos del absolutismo francés (Nexos, en español), Sanders consiguió su mayor base de apoyo (BBC, en español). En algunas votaciones, por ejemplo, llegó a vencer a Clinton por más de 60 puntos en el rango de votantes menores de 25. El problema: los jóvenes son de los votantes menos frecuentes y menos confiables, lo cual hace difícil su victoria (The New York Times, en inglés).

Aun así, y gente del equipo de Sanders lo ha dicho en varias ocasiones, su campaña no está diseñada para ganar. Está diseñada para poner en la mesa varios mensajes que la élite política estadunidense ha ignorado por completo: el crecimiento sin límites de las casas de bolsa —identificado con Wall Street—, la pésima redistribución del ingreso, lo bajo del salario mínimo, lo caro que es matricularse y mantenerse en la universidad, el cambio climático y muchas otras más. (Aquí se puede consultar su plataforma, en inglés.) Lo importante para Sanders no es la victoria, sino que se escuche su mensaje. Y lo ha conseguido. En el discurso de Hillary Clinton después de su victoria en Super Tuesday, muchos analistas la acusaron de “haberse robado” el discurso de Sanders: al dar por hecho que su victoria la llevará a la elección general —lo cual es casi seguro—, Clinton empezó a acercarse a los votantes de Sanders. Por ello habló de redistribución de ingreso, entre otras cosas. (Aquí el discurso, en inglés, en el sitio de Vox.)

Hillary Clinton, por su parte, es una candidata de centro-derecha, aunque, una vez más, tomando en cuenta el espectro político de Estados Unidos, es vista como la más centrista de izquierda. Fue primera dama durante ocho años, senadora por Nueva York y secretaria de Estado. En ese sentido, y el problema mayor que tiene, es que en una elección en la que los extremos han tomado fuerza –Sanders del lado demócrata y Trump, de quien hablaremos más adelante, del republicano–, su mayor debilidad es ser vista como candidata del establishment. No es para menos, antes de que Jeb Bush suspendiera su campaña, existía una gran posibilidad de que el gobierno de Estados Unidos estuviera en manos de un Bush o un Clinton por sexta vez en ocho elecciones. La plataforma de Clinton (en inglés) es mucho más moderada que la de Sanders y eso también es una crítica importante: Clinton estuvo a favor de la Guerra de Irak cuando fue senadora, y ha sido cercana a varios de los grandes bancos, al grado de que ha recibido millones de dólares por dar discursos a compañías como Goldman Sachs (CNN, en español).

La nominación del lado demócrata está casi decidida. Sólo un milagro podría dar a Sanders el triunfo. Aunque muchos argumentaran que el simple hecho de hacer que se discutieran temas importantes en la campaña fue una victoria. Lo más probable, según palabras de Clinton, es que Sanders se incorpore a su gabinete en caso de ser elegida presidente.

Los republicanos

He aquí la gran incógnita de lo que sucede en Estados Unidos. ¿Cómo es que Donald Trump y Ted Cruz ocupan los primeros lugares para la nominación republicana?

Empecemos por lo básico: los republicanos iniciaron la precampaña con 17 aspirantes. Nunca en la historia de algún partido estadunidense había habido tantos (Time, en inglés). Tantos, incluso, que las cadenas televisivas tuvieron que hacer dos niveles de debate según encuestas: el primero para los candidatos que iban más abajo y el segundo para los punteros.

Los 17 candidatos eran: George Pataki, exgobernador de Nueva York; Lindsay Graham, senador de Carolina del Sur; Bobby Jindal, exgobernador de Luisiana; Scott Walker, gobernador de Wisconsin; Rick Perry, exgobernador de Texas; Jim Gilmore, exgobernador de Virginia; Rick Santorum, exsenador de Pennsylvania; Mike Huckabee, exgobernador de Arkansas; Rand Paul, senador de Kentucky; Carly Fiorina, expresidente de Hewlett-Packard; Chris Christie, gobernador de Nueva Jersey; Jeb Bush, exgobernador de Florida; Ben Carson, neurocirujano; John Kasich, gobernador de Ohio; Marco Rubio, senador de Florida; Ted Cruz, senador de Texas y Donald Trump, presidente de la compañía Trump.

Los debates entre 17 candidatos, diría el sentido común, son caóticos. Y así fue. No ha ayudado al hecho de que, al día de hoy, van más de 10, y continuarán mientras el Partido republicano lo considere necesario. Muchos candidatos fueron dándose de baja antes de que iniciaran las votaciones, y al día de hoy quedan cinco: Trump, Cruz, Rubio, Carson y Kasich. De ellos, Kasich es el más moderado —dentro de los estándares republicanos— al grado de que The New York Times (en inglés), lo considera el menos malo de los aspirantes republicanos, a diferencia de Clinton, a quien apoyó abiertamente a través de un endorsement.

Sin embargo, Kasich no tiene ninguna oportunidad de ganar, al grado de que el establishment republicano le ha pedido que abandone la carrera porque sólo está dividiendo votos (Buzzfeed, inglés). El principal problema, en particular después de Super Tuesday, es ése: los republicanos siguen divididos, y un magnate, estrella de televisión, color zanahoria a causa de bronceados falsos, es quien se perfila para ser su candidato. ¿Por qué?

En un inicio se decía que las campañas de Trump y Sanders eran paralelas. Ambos son candidatos que se salen del espectro partidista: Sanders por sus propuestas “radicales” en términos de la política estadunidense  y Trump por representar lo peor de esos “valores”: sus votantes son aquellos que no quieren un país multicultural, que están en contra de la pluralidad de religiones, y que lo que quieren, primordialmente, es que se lleve a cabo su versión de seguridad y justicia. No por nada, y esta gráfica sirve para ponerle los pelos de punta a más de uno, algunos encuestadores han encontrado cierta correlación en los “valores” de los estadunidenses pro-Trump: el autoritarismo es la base (Vox, en inglés). Trump no es sólo el candidato de los estadunidenses de menor educación, de los más religiosos, de los más pro-armas de todo el país, es un candidato que tiene apoyo en todos los estratos demográficos. El candidato que al principio parecía resultar el más extremista, es uno que resuena en todos los grupos. La BBC (en español), por ejemplo, encontró a uno de varios latinos que votará por él.

Al inicio Trump parecía un juego. Los medios lo cubrían como un chiste. The Huffington Post, por ejemplo, anunció (en inglés) que si lo cubría sería con reporteros de entretenimiento, no políticos (ya reculó, tras ver que Trump no era tal). Sus mentiras eran tan grandes —en algún momento dijo que la cifra de desempleo en Estados Unidos se acercaba al 50%, cuando en realidad oscila cerca del 5%— que nadie sabía cómo responder. ¿Qué hacer cuando un candidato al puesto más importante del mundo miente de manera descarada? ¿Es válido tomar partido o exponerlo como tal? Nunca nadie supo cómo enfrentarlo, hasta ahora que parece demasiado tarde. (Tampoco sirve que a sus votantes les importe poco o nada que lo que dice es mentira; ver este reportaje de The Atlantic, en inglés, para entender mejor quiénes son.) Uno de tantos problemas es que Trump ahora parece invencible. Al momento de escribir esto, quedan 14 días (Vox, en inglés) para la siguiente ronda de votaciones, y aunque los números no están decididos, mientras haya cinco candidatos, el voto del establishment republicano seguirá dividiéndose.

Pero ahí no acaba el asunto. Supongamos que Trump se cae en las encuestas y en los votos y que segundo o tercer lugar lo rebasan. ¿Cuáles son las alternativas?

Un analista estadunidense con el que hablé el año pasado, me dijo lo siguiente: el peligro no es Trump, es Marco Rubio. (Esto me lo dijo antes de que Ted Cruz apareciera, como opción, en el panorama. Yo agregaría que Cruz es igual de peligroso.)

Aunque la postura de Trump sea extrema —su principal punto de venta es decir que Estados Unidos “volverá a ganar”— y diga cosas cada vez peores con tal de exprimir lo más posible su cobertura mediática (aquí un fragmento en inglés de su biografía The Art of the Deal, de mediados de los ochenta, en la que explica muy bien su aliciente), la realidad es que Trump es un negociador. Basta con leer su discurso de anoche (Time, en inglés) para darse cuenta que ya está afinando su retórica: se está presentando como un candidato dispuesto a ser fuerte y hacer que los demás se doblen, pero también dispuesto a negociar en caso de ser necesario.

Pero, por otro lado, nunca hay que descartar su irracionalidad/egocentrismo. Varios recuerdan —entre ellos sobrevivientes del Holocausto (The Washington Post, inglés)— que así comenzó la Alemania Nazi. Es tan poca la certidumbre que se tiene sobre qué es realmente lo que cree Trump que tenemos dos posibilidades que parten de un mismo origen: un candidato dispuesto a lo imposible con tal de que la gente siga hablando de él, lo siga consumiendo como producto y siga engordando su popularidad. Las consecuencias pueden ser alguien como Vicente Fox, que quedó en mucho discurso y cero acción, o, lo más temible –aquello que dicen los sobrevivientes del Holocausto– un populista que ceda ante las peticiones más extremas. (Respecto a esto, un fragmento de la primera nota de The New York Times sobre Adolf Hitler, en 1922, es interesante.)

Marco Rubio es senador por el estado de Florida. Hijo de cubanos que huyeron del régimen de Fulgencio Batista —tergiversó la historia y dijo que habían huido de Castro—, Rubio es un político de cepa que hará lo que sea con tal de ser elegido. ¿Quién es en realidad? Difícil saberlo. En el momento que peor le ha ido en la campaña —en un debate de hace un par de semanas—, cuando no supo qué responder, repitió como robot la misma frase una y otra vez (The Guardian, inglés). Tampoco ayuda que sus asesores más cercanos digan que entra en pánico cuando las cosas se complican (Buzzfeed, inglés). Es anti-aborto hasta en casos en los que peligra la vida de la madre, anti-matrimonio gay y anti-inmigración (aquí su plataforma, en inglés).

Pero nada de eso se compara con Ted Cruz. Cruz, también hijo de padre cubano, nacido en Canadá, es el conservadurismo estadunidense llevado al extremo. Por poner un ejemplo: quiere abolir el IRS, el equivalente del SAT. Quiere investigar a Planned Parenthood, una de las pocas ONGs que realizan abortos legales en Estados Unidos. Quiere regresar a la interpretación literal de la Constitución que hicieron los fundadores de Estados Unidos hace casi 240 años. Ah, y quiere desaparecer el Medio Oriente a través de “carpet bombing”, concepto que no parece entender (Politifact, en inglés). Aquí la lista entera de lo que propone (en inglés).

El problema, entonces, es más grande: los tres principales candidatos republicanos son de temer.

La elección general (y una conclusión después de que usted llegó tan lejos en el texto)

La elección general es un misterio. Si siguen las tendencias, lo más probable es que sean Clinton y Trump los candidatos. Las encuestas dicen que si se enfrentaran, Clinton vencería a Trump por cerca de seis puntos (The Huffington Post, inglés). Pero hay varios factores a considerar:

1. Muchos votantes todavía no deciden por quién irán en la elección general. (Reuters calcula un 11% de indecisos hasta hoy.)

2. Muchos de quienes apoyan a Trump son aquellos que no votan (The New Yorker, inglés). Pero, en las últimas semanas ha disminuido el abstencionismo republicano, mientras que ha aumentado el demócrata. Más republicanos están yendo a votar por Trump conforme avanza la campaña, una tendencia que hay que tomar en cuenta (NPR, inglés).

3. No se sabe qué hará el propio partido republicano. Algunas fuentes han dicho que le darán la espalda a Trump con tal de no perder a la base. (The New York Times, inglés.)

4. Y, por último, Estados Unidos es un sistema indirecto. La gran pelea será en estados, no a nivel nacional. Recordemos, por ejemplo, que Al Gore obtuvo más votos que George Bush en 2000, pero igual perdió por cómo se divide el colegio electoral. (Aquí una explicación de qué es, en inglés.)

Si usted, querido lector, se saltó todo el texto para llegar aquí, resumo: Trump contra Hillary, con cierto grado de temor, pero no pánico todavía. En caso de que quede algún otro republicano, el nivel de miedo que hay que tener es similar o mayor. En 15 días, probablemente, sabremos quiénes serán los dos candidatos a la presidencia estadunidense, en una elección cuyo resultado es cada vez más incierto.

 

Esteban Illades

Periodista. Su libro La noche más triste, la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa fue publicado por Grijalbo el año pasado.

Agenda

Periscope y el uso de la vergüenza

¿Es la humillación —o el avergonzar a los ciudadanos— un instrumento legítimo del Estado? ¿Provocar vergüenza es un castigo infamante e indebido? ¿Se extralimita la autoridad al exhibir a través de las redes sociales a presuntos infractores en la vía pública? Me parece que tanto los defensores a ultranza del polémico funcionario de la delegación Miguel Hidalgo, que exhibe en vivo a presuntos infractores a través de la aplicación Periscope, como quienes lo condenan categóricamente, ignoran aspectos relevantes de un tema que tiene numerosas aristas.

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Hace unos años una polémica similar se desató en la ciudad de Nueva York a propósito de una campaña para prevenir que las adolescentes se embarazaran. Las autoridades produjeron carteles que buscaban explícitamente avergonzar a las potenciales jóvenes, aduciendo que sus hijos probablemente sufrirían las consecuencias negativas de sus decisiones. “Tengo el doble de probabilidad de que no termine la preparatoria porque me tuviste cuando eras adolescente”, reza un niño pequeño llorando en uno de los posters. La campaña puso en la discusión pública la legitimidad de utilizar la vergüenza (shaming) como un instrumento legítimo de la política pública. A primera vista la campaña parecería una intrusión en la esfera privada de los individuos, una manifestación insidiosa de lo que el teórico político inglés John Stuart Mill llamó la “tiranía de la mayoría”. Por eso es notable que una de las voces que se alzaron para defender la campaña sea la del emigrado británico Richard Reeves. En un artículo en el New York Times Reeves defendió el uso de la vergüenza.1 No sólo eso, sino que hallaba la práctica compatible con los principios liberales; nada menos que con los de Stuart Mill. Reeves es autor de John Stuart Mill: Victorian Firebrand (2008), una biografía intelectual del filósofo inglés.2 Conviene atender los argumentos de Reeves antes de condenar a rajatabla las andanzas del funcionario que ha desatado el debate en México.

Los liberales deberían pensar dos veces antes de condenar a la vergüenza, alega Reeves: “la vergüenza es un ingrediente esencial de una sociedad sana, particularmente de una sociedad liberal. Funciona como una forma de regulación moral”. Es una forma de alentar ciertos comportamientos al tiempo que se conserva la libertad individual. Por ello, los liberales no deberían huirle a la vergüenza. La pregunta relevante es cuando y cómo debe emplearse este instrumento. Para responderla Reeves echa mano de Mill: hay una diferencia crítica entre aquellas acciones de los individuos que pueden parecernos reprobables, pero que no perjudican a terceros y aquellas que dañan a los demás. En Sobre la libertad Mill escribió: “El simple hecho de vivir en sociedad impone a cada uno una cierta línea de conducta hacia los demás. Esta conducta consiste, primero, en no perjudicar los intereses de los demás, o más bien, ciertos intereses que, sea por una disposición legal expresa, sea por un acuerdo tácito, deben ser considerados como derechos; segundo, en tomar cada uno su parte (que debe fijarse según principio equitativo) de los trabajos y los sacrificios necesarios para defender a la sociedad o a sus miembros de cualquier daño o vejación”. Las salvaguardas de la individualidad, con lo importantes que son, no pueden ser empleadas para extenderle impunidad a los gandallas: “la sociedad tiene el derecho absoluto de imponer estas obligaciones a los que querrían prescindir de ellas. Y esto no es todo lo que la sociedad puede hacer. Los actos de un individuo pueden ser perjudiciales a los demás, o no tomar en consideración suficiente su bienestar, sin llegar hasta la violación de sus derechos constituidos. El culpable puede entonces ser castigado por la opinión con toda justicia, aunque no lo sea por la ley. Desde el momento en que la conducta de una persona es perjudicial a los intereses de otra, la sociedad tiene el derecho de juzgarla, y la pregunta sobre si esta intervención favorecerá o no el bienestar general se convierte en tema de discusión”.

Sin embargo, aquí no se refiere el teórico a las violaciones a los derechos de otros.  Cuando esto ocurre —cuando nos hallamos en el terreno abierto de la ilegalidad, así sea de infracciones no serias— Mill es bastante categórico: “los actos perjudiciales a los demás requieren un tratamiento totalmente diferente. La violación de sus derechos; la irrogación de una pérdida o un daño no justificables por sus propios derechos; la falsedad o doblez ante ellos; la utilización de ventajas sobre ellos, desleales o simplemente poco generosas; e incluso la abstención egoísta de preservarles de algún daño, todo ello merece, en verdad, la reprobación moral, y en casos graves, la animadversión y los castigos morales”.

Las violaciones a la ley en los espacios públicos caen llanamente en esta categoría. Quien sube un vehículo a la banqueta impide el tránsito a los peatones. Tirar la basura en la calle contamina el espacio que habitan otros. Nótese que Mill cuando habla de la sociedad incluye a la autoridad; por ello el tema de si el funcionario está limitado estrictamente por lo que mandata la ley, aunque importante, me parece secundario al tema central del debate. La autoridad no es sino una manifestación coercitiva de la sociedad. Tiene razón Mill cuando señala que, “la distinción entre el descrédito, al que justamente se expone una persona por falta de prudencia o dignidad personal, y la reprobación, a la que se hace acreedora cuando ataca a los derechos de sus semejantes, no es una distinción puramente nominal”. En efecto, es de consecuencia: “existe una gran diferencia, tanto en nuestros sentimientos como en nuestra conducta en relación a una persona, según que ella nos desagrade en cosas en que pensamos tenemos derecho a controlarla, o en cosas en que sabemos que no lo tenemos. Si nos desagrada, podemos expresar nuestro disgusto y también mantenernos a distancia de un ser, o de una cosa, que nos enfada; pero no nos sentiremos llamados por ello a hacerle la vida insoportable”, pero “muy otro será el caso si esa persona ha infringido las reglas establecidas para la protección de sus semejantes, individual o colectivamente. Entonces, pues, las consecuencias funestas de sus actos recaen, no sobre ella, sino sobre los demás, y la sociedad, como protectora de todos sus miembros, debe vengarse del individuo culpable, debe infligirle un castigo, y un castigo suficientemente severo, con intención expresa de castigarle. En este caso, se trata de un culpable que comparece delante de nuestro tribunal, y nosotros estamos llamados no solamente a juzgarle, sino también a ejecutar de un modo o de otro la sentencia que demos”.

¿Debemos hacer que los conductores ebrios se avergüencen de su conducta? Sin duda alguna, responde Reeves. Dañan a terceros de manera clara: pueden matar niños. Al igual que conducir intoxicado, las infracciones en la vía pública, la prepotencia e incivilidad de los guardaespaldas, no son meros actos que encontramos reprobables: son ilegales. Para Reeves, la presión moral es crítica para que se cumpla la ley. ¿Por qué es tan efectiva la vergüenza? La respuesta está en el papel que desempeñan las emociones: no somos seres puramente racionales. El temor, el disgusto o la vergüenza, cree Reeves, pueden tener un efecto más poderoso en la conducta humana que el razonamiento o la información objetiva. Este es, qué duda cabe, la parte más perturbadora del empleo de la vergüenza. Lo es porque acude a la parte irracional, instintiva, de las personas. Ese es un expediente que siempre será riesgoso. Como reconoce el propio Reeves, la vergüenza puede constituir una fuerza social negativa, que aplasta la libertad y el bienestar. Por eso tienen motivos fundados quienes advierten sobre sus peligros. La estigmatización, después de todo, tiene efectos terribles. Cuando la vergüenza falla como herramienta disuasiva las consecuencias pueden ser de consideración.3

Los críticos del funcionario delegacional tienen razón en que no se trata de un ciudadano, sino de una autoridad, limitada por las leyes. Y debería tenerlo muy claro. Su papel no es denunciar, sino hacer cumplir la ley. Lo que puede legítimamente transmitir en vivo es precisamente el momento en que se hace cumplir la ley. Nada más. Exhibir cómo se conduce un funcionario en ejercicio de sus atribuciones legales es perfectamente legítimo. Y ante las injusticias cometidas por este servidor público debe existir el mismo procedimiento de queja y resarcimiento que en cualquier otra actuación del poder público. Más aún, la lupa no sólo se dirige a los presuntos infractores, observamos también, qué duda cabe, al que graba. ¿Por qué no se ha procedido contra el empresario que insultó a la autoridad a través del teléfono que le sostenía diligentemente su guarura? ¿Por qué no hay una averiguación previa contra el mismo personaje, que es el patrón del guardaespaldas que agredió físicamente al funcionario? ¿Se negocia la ley? El recurso de avergonzar, hay que recordarlo, es un arma de dos filos: puede acabar avergonzando al avergonzador. Sin embargo, a diferencia de los embarazos de adolescentes, en México no hay debate sobre el hecho de que tirar basura, estacionar los autos en las banquetas y otras linduras que cometemos a diario nos deberían dar pena. Eso es, claro, si tuviéramos un ápice de vergüenza.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1http://www.nytimes.com/2013/03/16/opinion/a-case-for-shaming-teenage-pregnancy.html

2 http://amzn.to/1nhcum4

3 Julian Petley, Media and Public Shaming, New York, Tauris, 2013

Ayotzinapa: Conclusiones de los peritajes

El día de ayer la Procuraduría General de la República (PGR) dio a conocer la formación de un nuevo grupo interdisciplinario que realizará un peritaje adicional en el basurero de Cocula, Guerrero. Hasta el momento, tanto la propia PGR como el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) y el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) han realizado tres peritajes distintos en la zona.

Consideramos relevante, ante el nuevo anuncio, poner a disposición del público las conclusiones a las que cada uno de los peritajes ha llegado, así como los documentos de los que se desprenden.

Por orden de aparición:

PGR:

Tomando en consideración la revisión técnica y criminalística al lugar de los hechos y capítulos de Observaciones y Consideraciones Técnicas del presente dictamen, es como se llega a lo siguiente:

Primera.- Se determina que el incendio ocurrido en el lugar ubicado en las cercanías de las coordenadas geográficas 18º12′ 16.50" Latitud Norte y 99º36’18.80" Longitud Oeste, lugar que corresponde con un paraje donde se localiza una hondanada utilizada como vertedero para basura, determinándose el punto de origen o "foco" del incendio, justamente en las coordenadas geográficas 18º12’16.5" N y 99º36’18.8"O, abarcando un área de 120 metros cuadrados que se encuentra en las cercanías de la parte central de la ladera descendiente de la hondanada utilizada como vertedero de basura.

Segunda.- Tomando en cuenta que las latas de aluminio descritas en el capítulo de observaciones, presentaron fusión se determina que la temperatura mínima alcanzada es del orden de 700ºC y toda vez que el punto de inflamación de los nemáticos encontrados en el área es del orden de los 1500 ºC, se establece que el incendio alcanzó una temperatura mínima de 700 ºC y una máxima cercana a los 1600 ºC.

Tercera.- La causa que produjo el incendio ocurrido en las cercanías de las coordenadas geográficas 18º12’16.50" Latitud Norte y 99º36’18.80" Longitud Oeste, lugar que corresponde con un paraje donde se localiza una hondanada utilizada como vertedero para basura, fue la acumulación deliberada de neumáticos o llantas, a la que posteriormente se le vertió un acelerante del fuego correspondiente a y una mezcla de hidrocarburos de tipo gasolina y diesel, exponiéndolos posteriormente a un elemento en ignición (flama de un cerillo o encendedor o a cualquier tipo de flama abierta), ocasionando con ello que el acelerante del fuego entrara en ignición, liberando toda su energía calorífica y temperatura de combustión, favoreciendo con ello que los neumáticos entraran en combustión, que al encotrar las condiciones ideales de material combustible y oxígeno permitieron que la temperatura se elevara hasta un rango que abarca los 1600º centígrados, ocasionando que el incendio se propagara de forma radial, provocando los daños que se describen en el presente dictamen.

Cuarta.- De acuerdo a las características de los restos óseos y dentales que se localizaron en el punto de origen o lugar de los hechos, se determina que el incendio alcanzó una temperatura máxima del orden los 1600ºC.

Quinta.- Tomando en cuenta la germinación y crecimiento de los entes vegetales encontrados en el lugar donde se ubico el origen del incendio, se establece que esta fue con fecha posterior al hecho.

Sexta.- El desarrollo de los entes entomológicos encontrados en el lugar de los hechos fue posterior al incendio.

Dictamen de Incendios, AP/PGR/SEIDO/UEDMS/871/2014, Folios 80002, 83278, 88350).

 

GIEI:

La versión oficial mantenida hasta ahora y basada en confesiones de inculpados es que el destino final de los 43 normalistas habría sido el basurero de Cocula donde habrían sido asesinados y sus cuerpos quemados. Para poder realizar una valoración técnica del caso, y de las acciones llevadas a cabo en la investigación específica de este episodio como parte de su mandato, el GIEI pidió un peritaje independiente al Dr. José Torero, una persona con reconocimiento mundial en investigaciones sobre incendios, para que realizara un trabajo de campo, examinara las pruebas, contrastara las declaraciones ministeriales de inculpados se pronunciara de acuerdo a sus conocimientos, experiencia, verificación en terreno y experimentos realizados en los laboratorios de la Universidad de Queensland, respecto a tres aspectos: 1) la posibilidad de la quema de 43 cuerpos en el basurero de Cocula, en el tiempo y con las circunstancias relatadas por algunos presuntos responsables, 2) que analizara el trabajo de recolección de evidencia efectuado por los peritos y 3) que ilustrara acerca de lo que se requeriría para que 43 cuerpos quedaran en condición de incinerados o “cenizas”.

1. Que no existe ninguna evidencia que apoye la hipótesis generada con base en testimonios, de que 43 cuerpos fueron cremados en el basurero municipal de Cocula el 27 de septiembre de 2014.

2. Toda la evidencia recolectada muestra que en el basurero municipal de Cocula sólo se han dado fuegos de pequeñas dimensiones cuya temporalidad no puede ser debidamente definida.

3. Toda la evidencia recolectada muestra que el mínimo incendio necesario para la cremación de estos cuerpos no pudo haberse dado en el basurero municipal de Cocula. De haber existido un fuego de esta magnitud, daños generalizados serían visibles en la vegetación y la basura. Ninguno de estos elementos muestra estos daños.

4. Es imposible establecer si los fuegos ocurridos en el basurero municipal de Cocula fueron de dimensiones suficientes para la incineración de uno o más cuerpos, pero no hay ninguna evidencia que indique la presencia de un fuego de la magnitud de una pira para la cremación de inclusive un sólo cuerpo.

5. No existe ninguna evidencia que muestre que la carga combustible necesaria para la cremación de cuerpos haya estado en algún momento disponible en las cercanías del basurero municipal de Cocula.

6. Los testimonios indican eventos que no son posibles dadas las condiciones generadas para lo que sería el fuego mínimo necesario para la cremación de 43 cuerpos.

7. También señala el peritaje las limitaciones científicas y técnicas que tuvieron los estudios realizados hasta ahora para una investigación de esta naturaleza por lo que sus conclusiones son en su mayoría erradas y en muchos casos no emergen de la evidencia material y de su posible interpretación.

Informe Ayotzinapa. Investigación y primeras conclusiones de las desapariciones y homicidios de los normalistas de Ayotzinapa, pp. 330-331. Disponible en http://bit.ly/1T2j12a

 

EAAF:

1. El examen multidisciplinario de la evidencia Biológica y No Biológica recuperada en el Basurero de Cocula y la información adicional reunida, no respalda la hipótesis de que hubo un fuego de la magnitud requerida y de la duración informada en la madrugada del 27 de septiembre de 2014 que habría arrojado como resultado la incineración en masa de los 43 estudiantes desaparecidos.

2. Hasta el momento, el EAAF no ha hallado evidencia científica para establecer correspondencia alguna entre los elementos recuperados en el Basurero de Cocula y los estudiantes desaparecidos de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa,

3. En opinión del EAAF no existen elementos científicos suficientes por el momento para vincular los restos hallados en el Basurero de Cocula con aquellos recuperados, según la PGR, en la bolsa del Río San Juan, de donde proviene la única identificación positiva hasta la fecha de uno de los normalistas desaparecidos, Alexander Mora Venancio.

Resumen Ejecutivo, pp. 18. Disponible en: http://bit.ly/1o80Zis

Cabos sueltos

Millón y más de Lolitas

El escritor ruso Vladimir Nabokov comparaba la composición de una historia con juntar las piezas de un rompecabezas. “La realidad es un asunto muy subjetivo”, escribió. “Uno puede acercarse mucho, muchísimo, a la realidad, pero nunca llega a estar lo suficientemente cerca, porque la realidad es una sucesión infinita de pasos, de niveles de percepción, de dobles fondos, y como tal es inagotable, inalcanzable. Es posible saber cada día más sobre algo, pero nunca podremos saberlo todo sobre ese algo: es un ejercicio fútil”. Como un rompecabezas, como un sueño, las novelas de Nabokov iban surgiendo de manera no lineal: con frecuencia, lo último que escribía de una historia era la parte del centro. No era raro que escribiese el capítulo ocho de un borrador antes que el capítulo siete o el capítulo tres. Era habitual también que escribiese sus cuentos nuevos al revés, empezando por las últimas líneas.

Lolita, la más famosa novela de Nabokov, empezó a gestarse sobre una larga serie de tarjetas de ocho por doce centímetros. Lo primero que hizo fue esbozar las escenas finales de la historia. En fichas posteriores, Nabokov anotó no sólo párrafos de texto, sino también ideas para el argumento y otros fragmentos de información; en una de esas tarjetas incluyó una tabla estadística sobre el peso y la estatura media de las muchachas jóvenes; en otra, una lista de canciones de rockola; en otra, la ilustración de un revólver.

De vez en cuando, Nabokov reordenaba sus fichas, buscando la combinación de escenas más prometedora. El número de permutaciones debía de ser inmenso. Tres de las tarjetas de Nabokov podrían haberse ordenado de seis maneras distintas: (1, 2, 3), (1, 3, 2), (2, 1, 3), (2, 3, 1), (3, 1, 2), (3, 2, 1), mientras que con diez tarjetas (el equivalente a dos o tres páginas impresas en el libro) se habrían podido obtener más de tres millones y medio de secuencias posibles. Componer tan sólo cuatro o cinco páginas (es decir, el contenido de unas quince tarjetas) le habría obligado a elegir entre más de 1.3 billones de variaciones. Lolita ocupa sesenta y nueve capítulos y más de trescientas cincuenta páginas, lo que significa que el número de versiones posibles supera (por márgenes casi inimaginables) el número de átomos que componen el universo.

Por supuesto, muchas de estas posibles Lolitas no habrían sido viables. Pero aun así, entre las versiones desconcertantes, incongruentes y torpes deben existir algunas alternativas legibles. ¿Cuántas? ¿Cien? ¿Mil? ¿Un millón? Más. Muchas más. Los editores podrían producir las suficientes como para que cada lector del planeta tuviese su propia versión de Lolita. En una, el famoso dístico que abre la novela (“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía”) aparecería a mitad de la página treinta y nueve (sustituido quizá por una frase que Nabokov situó en el segundo capítulo: “Mi muy fotogénica madre murió en un accidente absurdo [picnic, rayo]…”). En la edición de otro lector, esos mismos versos aparecerían al principio de la página ciento diecisiete. Esta Lolita empezaría así: “Vi su rostro en el cielo, extrañamante nítido, como si emitiera un débil resplandor”. En una tercera versión, el dístico original serviría como cierre de la narración.

 

Fuente: Daniel Tammet, La poesía de los números (traducción de Pablo Álvarez Ellacuria), Blackiebooks, Barcelona, 2015.

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Cabos sueltos

Consuelo para un político

EL POLÍTICO.- Vaya, he sufrido de nuevo una equivocación. EL SECRETARIO.- ¿En qué cosa? ¿Viene Ud. de la Cámara? EL POLÍTICO.- Sí, de allá vengo. Fígúrese Ud. que no he podido acordarme de la opinión que tenía en el año de 1896 sobre el militarismo. Esto me ha contrariado muchísimo. EL SECRETARIO.- Hubiera podido Ud. preguntármelo. EL POLÍTICO.- ¿Quién lo hubiera previsto? Y a propósito, ¿cómo hace Ud. para saber tan bien las opiniones que he tenido en el curso de mi carrera política? EL SECRETARIO.- Tengo un mueble con casilleros que me sirve para ello. Cada casillero corresponde a un año, y está también dividido en departamentos: finanzas, administración, instrucción pública, marina, guerra, comercio, industria, etc. EL POLÍTICO.- Es muy ingenioso. EL SECRETARIO.- Por ejemplo, quiero saber lo que pensaba Ud. en 1900 sobre nuestro sistema de impuestos. Abro el casillero del año y en este casillero el departamento F: Finanzas. Y me entero de que pensaba Ud. exactamente lo contrario de lo que pensaba en 1899. EL POLÍTICO.- De aquí en adelante le consultaré antes de subir a la tribuna. Otra pregunta todavía. ¿Hay algún asunto sobre el cual no haya cambiado yo nunca de opinión? EL SECRETARIO.- Hay uno, sí señor. EL POLÍTICO.- Me interesaría saber cuál es. EL SECRETARIO.- En 1897 quería Ud. ser ministro de instrucción pública; en 1898 soñó Ud. con la cartera del interior; en 1899 deseaba Ud. la de negocios extranjeros; en 1900 pensaba Ud. en la de guerra; en 1901 se hubiera contentado con la de marina; en 1902 quería Ud. ser ministro de comercio. En pocas palabras, Ud. no tenía el pensamiento fijo en un ministerio especial, pero hay que hacer a Ud. justicia diciendo que siempre quería Ud. ser ministro. En esta materia no ha variado Ud. nunca. EL POLÍTICO.- Es un consuelo para un político.

 

Fuente: Alfred Capus (francés; 1858-1922). Revista Arte, diciembre 1 de 1907. En: Revistas Literarias Mexicanas Modernas. Arte (1907-1909). Argos (1912). Primera edición facsimilar, FCE, México, 1980.

 

Cabos sueltos

Dos de sueños

1. Soñar que se tiene toda la cabeza afeitada es un signo propicio para los sacerdotes de las divinidades egipcias, los actores cómicos y los que tienen esta costumbre; para todos los demás es funesto. A los navegantes les augura un naufragio seguro y a los enfermos los conduce a estados de extrema gravedad, pero no a la muerte; en efecto, los hombres que han conseguido no perecer ahogados o recobrarse de una dolencia importante suelen mostrar sus cueros cabelludos afeitados [en acción de gracias a los dioses por haber salvado la vida. N. del T.], cosa que no ocurre con los muertos. Ser rasurado por un barbero es una señal positiva para todos por igual. Pues, por así decirlo, es posible pasar de “ser afeitado” (karênai) a “estar contento” (kharênai) mediante el simple cambio de una letra y, en realidad, nadie se rasura cuando se encuentra en una situación difícil o en una desgracia.

2. Ser crucificado es una buena señal para todos los navegantes, pues este instrumento de tortura está hecho con madera y con clavos al igual que una embarcación, y el mástil de ésta es semejante a una cruz. También es favorable para el pobre, ya que el condenado está en alto y nutre a muchas aves rapaces. Asimismo revela los secretos, porque el ajusticiado resulta visible a todos. Perjudica a los ricos, debido a que los reos están desnudos y pierden sus carnes. A un soltero este sueño le anuncia un matrimonio por aquello de la atadura, pero no muy ventajoso. El mismo razonamiento es válido en lo que atañe a amistades y sociedades. Por otra parte, libera a los esclavos, pues los crucificados no están sometidos a nadie. La presente visión expulsa a las personas que quieren vivir en su país, a las que trabajan sus tierras y a las que temen ser echadas de algún lugar, y no les permite que sigan donde están: ciertamente, la cruz impide apoyar los pies en el suelo. Cuando se sueña que se sufre este castigo en una ciudad, hay que entender que se desempeñará un cargo público que corresponde con el lugar donde se alza el patíbulo.

 

Fuente: Artemidoro (siglo II, d. C.), La interpretación de los sueños, (Introducción, traducción y notas por Elisa Ruiz García), Editorial Gredos, Madrid, 2008.

 

Cabos sueltos

Ni en el cielo se estarán quietos

En 1857, el popular predicador baptista Charles Spurgeon (1834-1892) afirmaba que “la idea del cielo como un lugar de descanso convendrá sólo a unos cuantos profesores perezosos”. La ociosidad, según Spurgeon, era uno de los peores pecados de la humanidad, casi tan maligno como el alcoholismo y, en este sentido, sermoneaba: “es algo abominable dejar que la hierba crezca hasta tus rodillas y no hacer nada por convertirla en pasto”. El desprecio victoriano por el ocioso, el desempleado y el holgazán no se extendía simplemente a los habitantes terrenales, sino también a los celestiales. El cielo, como compendio divino de los bienes de la vida terrenal, debía ser lugar de trabajo. Spurgeon predicó desde el London Metropolitan Tabernacle: “La auténtica idea del cielo es que es un LUGAR DE SERVICIO ININTERRUMPIDO. Es una tierra en la que se sirve a Dios en su templo día y noche, y nunca se conoce el cansancio, ni se precisa el sueño”.

En 1892, y al otro lado del Atlántico, un predicador igualmente popular, Thomas DeWitt Talmage (1832-1902) se hacía eco de los mismos sentimientos desde el Tabernáculo de Brooklyn. En vez de un lugar de descanso, el cielo es “el lugar de mayor actividad del universo”. Refiriéndose al testimonio de Apóstoles, 8:1 (“Hubo un silencio en el cielo que pareció durar media hora”), Talmage llegó a la conclusión de que “esa ha sido la única vez que el cielo ha cesado su actividad”. Durante el resto de la eternidad el cielo es, y será, un lugar de muchas actividades, en el que existe acción, ruido, y servicio ininterrumpidamente. Talmage mantenía que “el programa celestial está tan lleno de espectáculos que sólo se ha podido permitir un descanso en toda la eternidad”. Desde que esa media hora tuvo lugar en los tiempos del Nuevo Testamento, el cielo incluso ha incrementado su actividad debido a la adición de las nuevas generaciones de santos. Talmage decía: “El cielo tiene más asuntos entre manos, más arrebatamiento, más conocimiento, más intercomunicación, más culto”. No sólo lo llenarán las canciones de grandes coros y grandes marchas, sino que los niños lo harán resonar: “el cielo está lleno de niños; ellos son la gran mayoría; si en la tierra no hay manera de tener media hora quieto a un niño por pequeño que sea, ¿cómo se podría tener media hora quietos a quinientos millones de ellos?”. Para Talmage, el cielo no es ni una aburrida zona residencial ni una iglesia donde se realiza un culto, sino una “gran metrópolis” compuesta no de simples calles, sino de “avenidas de oro, ámbar y zafiro”.

 

Fuente: Colleen McDanell/Bernhard Lang, Historia del Cielo (traducción de Juan Alberto Moreno Tortuero), Taurus, Madrid, 1990.

 

Cabos sueltos

Pezones de muñecas

El fabricante Matt McCullen ha transformado el mundo de las muñecas sexuales mediante diseños con tecnología de punta para hacerlas más realistas y ponerlas lejísimos de las previas muñecas simplemente inflables. Ahora se llaman Sexbots, se hacen sobre pedido y cuestan de 5,000 dólares para arriba. La foto muestra la variedad de pezones de muñecas a escoger. Tienen nombres como Rosa, Rojo intenso, Durazno, Avellana; y medidas que van de mini a XXL a Big Mama.

Fuente: Vanity Fair, mayo de  2015.

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Puerto libre

La geografía de la mirada

Vista desde Puebla, la ciudad de México tiene los volcanes al revés. Si yo cierro los ojos para pensar en ellos, brota la Mujer Dormida siempre a la derecha del Popocatépetl. Porque así los vi la primera vez y durante muchos años.

Pero para quienes los miran desde México, lo correcto es con ella a la izquierda.

Así es la geografía de la mirada. No sólo es el cristal, sino el lugar desde el que hacemos nuestro el mundo lo que marca el modo en que lo entendemos. Y lo amamos.

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Ilustración: Gonzálo Tassier

Cuando llegué a este lado de la tierra sabía que iba a vivir aquí el resto de mis días. Que los volcanes estarían al revés casi siempre y que, como sucede, los podría ver muy poco. Pero no me importaba. Todo en esta ciudad era inmenso y promisorio. La palabra libertad se volvía dos cuyo sonido aún es horrible. Distrito Federal. Pero cómo se oía era lo de menos, lo de más era estar en el ombligo de mi país, haciendo lo que se me daba la gana.

Sé que no pude elegir mejor, lamento sólo que un hombre no haya vivido para darme la razón. La Puebla que dejé en 1970 era angosta y hermosa. Ahora se ha vuelto ancha y deforme. Tiene lugares invencibles y esperpentos como derrotas. Pero no es de Puebla que hablo, sino de lo que desde allá nombrábamos México. Lo que ahora se llama con mayúsculas Ciudad de México. No les he preguntado a mis hijos, raro porque yo todo les consulto, qué opinan de que el Distrito Federal haya dejado de existir. No sé siquiera si este lugar en que nacieron, al que se deben, en el que viven o al que añoran, alguna vez, en sus oídos, fue el Defe. Si se consideraron defeños. Yo más bien creo que a ellos chilango les resulta más cercano. Para mí, esta ciudad ha sido siempre México. Caben perfectamente en mi cabeza y mi inquietud México el país y México este centro de ruido, caos, mugre y esperanzas múltiples al que nos hemos hecho adictos. Cuando llegué a estudiar aquí, ya estremecía. Ya entraba de golpe y sin permiso a la emoción de conocerla. Y todo lo inaudito era posible. Tener novios cuyo destino y origen no importaba, que a ellos no les importara ni el origen de mi apellido, ni la contradicción de mi estatura. No ser divina como fue mi mamá hasta el último de sus días dejó de contar como el primer defecto de mi adolescencia. El segundo había sido la electricidad. Y el tercero la impertinencia. Lo que fueron mis cualidades de la niñez volvieron a ponerse en el lugar de mis deseos. Lo que me hacía vulnerable a los ojos del pequeño mundo, aquí no le importaba a nadie. De todo había permiso, hasta de andar entre los trenes del Metro a medianoche. Y con quien fuera. Nunca les tuve miedo a sus calle oscuras. Y la recorrí a todas horas y desde una punta hasta la otra durante muchos años.

Trato de recordar cuándo vine aquí la primera vez. He dicho que nos trajeron al zoológico y que una jirafa mordió la punta de mi trenza. Pero ahora creo que eso lo inventó mi imaginación. Estoy segura de que a los trece años vine con el colegio a la Villa, a Chapultepec y a patinar en hielo. Todo en un día. Con razón en la noche asusté a mi hermana con el primer síntoma de una enfermedad que me acompañó buena parte de la vida. Pero tampoco estoy hablando de esa reina de la noche que puede ser la epilepsia, estoy diciendo que a esta ciudad se tejió mi fortuna. Y que ha sido para bien, como lo es para tantos chilangos.

Vengo a saber que no todos los que habitamos este reino merecemos semejante designio. Sólo los extranjeros, sólo quienes llegamos aquí cargados de otra memoria, cada quien con sus volcanes o sus vidas volteados al revés, para construirnos otro mundo sin soltar aquel del que venimos.

La capitalota la llamaba el ingeniero Carlos Mastretta quien veía en ella toda suerte de peligros. Nadie nunca vaticinó tantas tormentas y tormentos como los que él me puso en una carta llena de miedo con la que ni así consiguió moverme de este rumbo en el viven casi todos mis más queridos, la mayoría de mis amigos, el fresno y la araucaria, la calle con sus hoyos y la luna de cada mes sobre los edificios. Aquí están Bellas Artes, con sus vivos y sus muertos, el gentío en la calle de Madero, la luz de la mañana en Chapultepec, los cuentos que me cuentan las voces de quienes vienen a comer porque les gusta mi posada. Aquí la revista nexos, los cines en los que enseñé a mis hijos la pasión por el cine, las calles en que los asaltaron, en las que vuelven a enamorarse cada mañana. Aquí está el cuarto de Catalina, el estudio de Héctor, el departamento de Mateo y Greta. El palco futbolero de la San Miguel Chapultepec y la hermosa Rotonda de las Personas Ilustres.

Desde aquí siento los volcanes al revés y pienso en mis hermanos que están mirándolos al derecho. Y en que aquí también pusieron su esperanza y su fortuna mis otros dos hermanos.

La primera vez que dormí en esta tierra más de tres noches fue por invitación de mi tía Julia. Una mujer de ojos redondos y boca llena de gracia que tras una vida complicada jugaba cartas con mi abuela mientras la iba distrayendo con los cuentos de las cosas para todos raras que hacían los parientes de México. Para mi familia, México era una ciudad remota, en la que sucedían asuntos extraordinarios y poco edificantes. Aquí vivían todos los hermanos de mi abuelo materno. Y sus tres hermanas. Las tres divorciadas por más de nueve razones, durante la segunda década del siglo XX. Entonces había que ser audaz para decidirse a un divorcio, pero las tres lo fueron y las tres resultaron capaces de mantenerse y salir adelante sin mayores escándalos. Hijas de un médico liberal y una mujer con lengua de navaja, ninguna de las tres hermanas de mi abuelo pudo lidiar con un marido. Los hermanos, en cambio, la llevaron muy bien con sus mujeres. Nada más uno se divorció y eso porque como era piloto de aeronaves tuvo a mal hacerse de una novia en cada puerto y eso lo metió en un lío sólo reparable volviendo a la bien hallada soltería. Cuatro de ellos vivían en paz con mujeres que no daban guerra. En cambio todos tuvieron hijos que entre 1960 y 1975 se divorciaron en caída libre. Así que para nosotros México era una ciudad permisiva en la que cada quien atendía a su juego sin padecer opiniones ajenas ni malos modos sociales. Sólo en México había personas divorciadas, en Puebla yo no conocía a ninguna. Luego vine a saber que mil mujeres hubieran hecho bien dejando a sus maridos inhóspitos y majaderos, arbitrarios y hasta criminales,  pero ahí el silencio era una regla de oro y quienes se atrevían a romperlo, si bien les iba salían expulsados hacia la ciudad prohibida. México con sus desfiladeros y sus volcanes vistos al revés.

Todo al revés en esta ciudad que crecía ayudando a sus habitantes a tener vidas privadas que resultaran menos públicas. Catalina Ascencio, diez años mayor que mi madre, salió huyendo en cuanto murió su marido, aún no se sabe de qué mal, pero de seguro por malvado. Dicen que en México vivió libre y tan feliz como se puede ser. Pero todo eso lo inventé aunque no lo dudo, porque me lo contó un poeta excéntrico, ciego y taurino al que también encontré aquí como a uno de mis primeros tesoros.

Quien después sería la abuela de mis hijos y a su tiempo la antropóloga Guzmán, me ayudó como nadie y quizás sin saberlo a encontrar mi derecho en este envés. Alcanzó a saber que por más maldiciones que le dedique, he de vivir en ella, dichosa de pisarla todos los días.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

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Un método de investigación llamado tortura

Llorar a los inocentes es fácil. Lo que nos define como individuos y como sociedad es nuestra capacidad de exigir dignidad y legalidad en el tratamiento de los culpables. El compromiso con el proceso civilizatorio es largo y exige lo mejor de nosotros: respetar la vida de todos. Todo lo que no sea eso es demagogia.
—Eliane Brum

En el centro del sistema de procuración e impartición de justicia mexicano se encuentran el abuso y la arbitrariedad. La inmensa mayoría de los internos que hoy se encuentran recluidos en algún penal padecieron distintas dosis de abuso por parte de policías, ministerios públicos, jueces, secretarios de juzgado, defensores y custodios. Desde la detención hasta la sentencia es frecuente que alguno o varios funcionarios del sistema mientan al imputado, le imposibiliten el acceso a un abogado, le modifiquen o manipulen sus declaraciones, le fabriquen evidencia, le insulten, le humillen, le amenacen y un largo etcétera. Así funcionan nuestras instituciones. Y llevan funcionando de esta manera por mucho tiempo. Un trato digno y legal a los que han cometido un delito no es todavía una aspiración social colectiva, ni mucho menos forma parte de la brújula axiológica para reformar las instituciones de seguridad y de justicia en México.

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Ilustraciones: Fabricio Vanden Broeck

En ese contexto institucional, en donde los funcionarios encargados de perseguir y castigar a quienes delinquen rebasan frecuentemente los límites que establecen a su actuación la Constitución y las leyes, están dadas las condiciones para que en el interrogatorio policíaco del detenido se utilice el maltrato físico y psicológico para extraerle información o la confesión del delito que se le pretende imputar. Ello es lo que entendemos por tortura. Hay que distinguir entre el maltrato al momento de la detención —patadas, cachetadas o golpes— de la práctica de torturar al detenido al momento de interrogarlo.

La tortura es un método de investigación criminal. Se utiliza para que policías y ministerios públicos puedan contar con la información que requieren para que proceda una acusación penal en contra del detenido o para dar con el paradero de otros presuntos responsables. La utilización de la tortura revela, por un lado, la falta de un sistema robusto de investigación de los delitos, así como la debilidad del sistema penal mexicano en su conjunto para generar una mediana certeza de que quienes están en la cárcel compurgando una pena son realmente quienes cometieron la conducta delictiva por la que fueron sentenciados. Más aún, la tortura es violatoria de los derechos fundamentales que son la base de toda sociedad civilizada y moderna. Por otro lado, la tortura, al ser un delito, convierte en delincuentes a los encargados de investigar y acusar a quienes delinquen (policías y ministerios públicos), lo cual destruye cualquier basamento de legitimidad y fortaleza de las propias instituciones de seguridad y persecución criminal. 

Durante la administración de Felipe Calderón, Amnistía Internacional y Human Rights Watch hicieron pública su preocupación por el aumento significativo de la tortura en México.1 No obstante, las autoridades descalificaron dichos informes. En la administración de Enrique Peña Nieto, de nuevo, el relator especial sobre la tortura del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, Juan Méndez, señaló en su informe que la tortura en México era una “práctica generalizada”.2  En este caso, el gobierno federal cuestionó, entre otros aspectos, la falta de rigor metodológico de dicho informe, argumentando que no era sólido en términos estadísticos derivar una conclusión de este calibre a partir de algunas entrevistas y de visitas breves en cinco entidades del país.3

Es llamativo que la pregunta relevante para atender el problema de tortura sea qué tan generalizable es esta práctica y no cuáles deben ser los controles y supervisión de los interrogatorios policíacos para que ésta no ocurra. Esto último debería ser el eje de la discusión si de verdad queremos erradicar esta práctica autoritaria. Todo parece indicar que, antes de discutir este tema, tenemos que intentar cuantificar qué tan frecuente es que se torture a un detenido en nuestro país.

Es difícil generar información estadística confiable que permita dimensionar la frecuencia con la que se interroga violentamente a los detenidos. El único dato oficial es el número de denuncias y consignaciones por tortura. Sin embargo, éste no es un indicador confiable para medir el fenómeno. Los imputados que fueron torturados están en la cárcel enfrentando un proceso penal en su contra. Por tanto, no están en condiciones de presentar una denuncia por tortura, menos aún cuando todos sabemos que el defensor de oficio con dificultad se presenta a las audiencias del juicio. Y aun suponiendo que los imputados presentasen denuncias por tortura, ¿cómo asegurar que el ministerio público las investigue e integre adecuadamente y no proteja a quienes colaboran con él en la persecución de los delitos? La tortura es un delito difícil de detectar y sancionar, pues las autoridades que lo cometen son las mismas que lo tienen que perseguir. 

Por ello, una forma de medir el fenómeno es a través de encuestas a los propios internos. Si bien es cierto que los internos pueden tener sesgos al responder estas encuestas, la experiencia internacional ha demostrado que estos instrumentos son útiles para conocer las tendencias y patrones de las prácticas de las instituciones de seguridad y justicia. Este ensayo utiliza los datos de la Encuesta a Población en Reclusión del Sistema Penitenciario Federal que en 2012 levantó el CIDE bajo la dirección de Catalina Pérez Correa y Elena Azaola.4 Nuestro objetivo es intentar dimensionar con los datos de esta encuesta qué tan generalizada fue la práctica de maltratar y torturar durante la detención a los internos que se encontraban compurgando una sentencia por un delito federal en 2012 en los ocho Centros Federales de Readaptación Social estudiados. También queremos analizar si esta práctica cambió o no durante la administración de Felipe Calderón, momento en el que México vivió una profunda transformación en la política de seguridad producida por la declaración de guerra contra los cárteles de las drogas y el involucramiento generalizado del Ejército en la detención y persecución de delitos contra la salud.5

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Nuestro análisis se va a centrar en la fase de detención, ya que esta fase es particularmente delicada en términos de la seguridad e integridad física del detenido. En ese momento se pude decir que el detenido se encuentra en una especie de limbo, pues no hay un registro oficial que pueda indicar su paradero, ni tampoco se sabe a qué hora sucede la detención ni en cuánto tiempo lo llevan sus captores a la agencia del Ministerio Público (MP) correspondiente. Esta información se integra a la averiguación previa una vez que el policía pone al detenido a disposición del MP. Este limbo abre espacios para los golpes, la corrupción y la intimidación. En el viejo régimen, gracias a que los jueces nunca fiscalizaron el tiempo de traslado del detenido a la agencia del MP ni la legalidad de la detención, la policía tuvo un enorme espacio de discrecionalidad para extraer la confesión al detenido a base de golpes, intimidación y coacción. Lamentablemente, el cambio democrático no terminó con esta práctica autoritaria. Como veremos, la tortura nunca desapareció del sistema de persecución criminal federal y, durante el sexenio de Calderón, aumentó ligeramente su frecuencia, pero sobre todo cambiaron dos cosas: la propensión a torturar a los detenidos por delitos contra la salud y la frecuencia con que los militares infligieron violencia a quienes detuvieron.

Lo primero que hay que destacar es que, según los datos de la encuesta, la mayoría de los internos encuestados fueron detenidos en flagrancia. Sólo 10% de ellos fueron detenidos con una orden de aprehensión, lo que significa que el 90% restante fue detenido, se supone, al momento de cometer el delito que se le imputó. Ello es muy parecido a lo que sucede en los sistemas de persecución criminal locales y sólo nos habla de la baja capacidad investigadora de los policías y ministerios públicos en México. Las detenciones en flagrancia no exigen un proceso de investigación previo para averiguar qué pasó y quién es el presunto responsable de la conducta delictiva. Al contrario, en una detención en flagrancia primero se captura al presunto responsable y después se arma la acusación. ¿Cómo se recaban las pruebas para consignar al presunto responsable? ¿En cuántos casos se tortura al detenido para extraerle información relevante o una confesión?

En la encuesta se les preguntó a los internos si fueron golpeados durante la detención. 62% afirma que sufrió algún tipo de maltrato. Sin embargo, como señalamos, hay que distinguir el abuso en el uso de la fuerza en la detención (patadas, puñetazos o cachetadas) de la tortura propiamente. Para ello se les preguntó a los internos en qué consistió dicho maltrato (ver gráfica 1).

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Cabe destacar que un mismo interno puede sufrir uno o varios tipos de maltrato. La gráfica muestra la recurrencia del tipo de maltrato, no el porcentaje de internos que lo padecieron. Dejando a un lado las patadas, los puñetazos y las cachetadas, agresiones como asfixia, inmersión en el agua, toques eléctricos, quemaduras, por mencionar algunas, son un tipo de violencia policial que cualquier organismo internacional de defensa de derechos humanos clasificaría como tortura. Si bien las patadas y las cachetadas pueden ocurrir en el proceso de captura o traslado del detenido a la agencia del MP, la asfixia, los toques eléctricos o la inmersión en el agua, en cambio, son agresiones prototípicas de un interrogatorio policíaco violento. Su propósito, como señalamos, es infligir dolor y miedo al detenido con el fin de extraerle información o su confesión. Además, este tipo de agresiones sólo existen cuando lo permite o propicia la propia institución, pues para llevarlas a cabo se necesita, al menos, tener un espacio de interrogatorio con las condiciones y los instrumentos que permitan llevar a cabo el tipo agresiones antes descritas. En otras palabras, los actos de tortura no suceden de modo casual o espontáneo. Por el contrario, suceden cuando existen espacios institucionales que los avalan y los propician.

Los datos de la encuesta revelan que 40% de los internos reportó haber sufrido al menos una de las siguientes tres agresiones: asfixia, toques eléctricos o inmersión en el agua. En este sentido, se puede afirmar que la tortura sí es una práctica generalizada del sistema de persecución criminal en el ámbito federal. 

Según el trabajo de campo que hemos llevado a cabo en agencias del Ministerio Público los detenidos están en espacios aislados, muchas veces en sótanos, cuya entrada y salida están controladas por los policías adscritos a las procuradurías. El acceso a este espacio es muy restringido, inclusive para los abogados. Los policías entrevistados señalan que los abogados “aleccionan” al detenido y que por ello no les permiten el contacto con sus clientes antes de que éstos rindan su declaración. En otras palabras, como en el viejo régimen, las policías incomunican al detenido lo que permite extraerle información a través de la coacción y la intimidación.

Ahora bien, qué sucede con estas prácticas cuando se decide enfrentar la delincuencia con una estrategia centrada principalmente en el uso de la fuerza, como aconteció durante la administración de Felipe Calderón. La gráfica 2 muestra la frecuencia en el tipo de agresión que reportan los encuestados cuya detención fue antes de 2006 o durante el sexenio de Calderón.

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De nuevo, esta gráfica muestra la frecuencia con la que se utilizó algún tipo de maltrato, no el porcentaje de internos que lo padecieron. Como se puede observar en la gráfica, consistentemente durante el sexenio de Calderón la detención y el interrogatorio aumentaron ligeramente en violencia. Ello nos dice que la tortura es una práctica inserta en el sistema de persecución criminal y no depende significativamente del cambio de políticas en materia de seguridad. También los datos indican que es una práctica recurrente o generalizada y muy severa en cuanto a la intensidad de la coacción. Recordemos que seis de cada 10 de los internos encuestados padecieron maltrato en la detención y cuatro de cada 10 padecieron asfixia, toques eléctricos o inmersión en el agua durante el interrogatorio policíaco. 

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Ahora bien, lo anterior no significa que no hubo cambios en las prácticas de maltrato y tortura a los detenidos durante la administración de Felipe Calderón. Dos cosas cambiaron significativamente en ese sexenio. En primer término, el mayor involucramiento del Ejército en labores de persecución criminal incrementó de forma importante las detenciones violentas por parte de los militares. Según los datos de la encuesta, antes de 2006 los militares golpearon o maltrataron a los detenidos en 23% de los casos en donde ellos llevaron a cabo la detención, mientras que durante el sexenio de Calderón el porcentaje de detenidos por el Ejército que reportaron ser violentados aumentó a 78%. Cabe destacar que antes de 2006 era poco frecuente que un militar detuviera a un sospechoso. En cambio, durante la administración de Calderón los militares se involucraron de manera generalizada en labores de seguridad y, lamentablemente, ejercieron su autoridad violentando los procesos legales y los derechos humanos de los detenidos.

El segundo cambio significativo de la administración de Felipe Calderón fue que la tortura se centró principalmente en los detenidos por delitos contra la salud, mientras que antes de 2006 la tortura no dependía del tipo de delito por el cual se detenía a un sospechoso. La tabla 1 muestra el contraste entre algunos tipos de maltrato al detenido antes y durante el sexenio de Calderón según el delito que se les imputó.

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Así, los datos de la tabla indican que antes del sexenio de Calderón no había mucha diferencia en cuanto a la frecuencia del maltrato y la tortura a los detenidos por secuestro, homicidio y delitos contra la salud. Por ejemplo, seis de cada 100 detenidos por secuestro u homicidio padecieron toques eléctricos durante el interrogatorio policíaco, mientras ocho de cada 100 detenidos por delitos contra la salud recibieron ese maltrato. En cambio, durante el sexenio de Calderón, la agresividad de las autoridades se centró de manera significativa en los detenidos por delitos relacionados con drogas. Mientras que dos de cada 100 detenidos por secuestro sufrieron toques eléctricos, en el caso de delitos contra la salud fueron casi 45. Dicho en otras palabras, durante el sexenio de Calderón policías y militares se centraron en la persecución de delitos relacionados con droga y, por ello, los interrogatorios a detenidos en esta materia fueron mucho más violentos que los detenidos por otros delitos.

Ahora bien, dado que la población en reclusión sentenciada por delitos relacionados con droga es muy diversa, organizamos la información en dos categorías: los sentenciados que estuvieron involucrados en conductas delictivas de mayor impacto, entendiendo por éstas las que son más importantes para sostener el negocio de la droga a nivel macro (traficar, vender al mayoreo y fomentar el narcotráfico) y los sentenciados que estuvieron involucrados en conductas de menor impacto, es decir, las que llevan a cabo las personas que son los eslabones más débiles y sustituibles en la cadena delictiva del mercado de la droga (transportar, vender al menudeo y poseer droga). A partir de esta clasificación, analizamos quiénes de los detenidos por delitos relacionados con la droga sufrieron más maltrato durante la detención e interrogatorio policíaco. La tabla 2 muestra los resultados.

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Es evidente que el sistema de persecución criminal mexicano, como sucede en el resto del mundo, tiende a abusar de los más débiles. Ello se explica por muchas razones, la más importante es que quien tiene capacidad económica puede comprar impunidad y, si no, por lo menos puede pagar un abogado que frene o limite el maltrato y la arbitrariedad. Ello explica, en parte, por qué, como se puede observar en la tabla, antes y durante el sexenio de Calderón los sentenciados por delitos de menor impacto relacionados con el mercado de la droga padecieron de forma más recurrente la asfixia y los toques eléctricos durante el interrogatorio policíaco que los sentenciados por delitos contra la salud de alto impacto. No obstante, durante el sexenio de Calderón esta práctica aumenta significativamente para ambos grupos, pero es muy acentuada la diferencia del maltrato entre los internos de delitos relacionados con droga de mayor impacto y los de menor impacto.

En efecto, como se puede observar en la tabla, en el sexenio de Calderón se pasa de ocho a 30 de cada 100 sentenciados los que padecieron toques eléctricos en el grupo de delitos de menor impacto y de dos a ocho de cada 100 sentenciados en los delitos contra la salud de mayor impacto. Resulta evidente que en ambos grupos aumentó de manera importante el maltrato policial durante el sexenio de Calderón. Sin embargo, el trato es significativamente menos violento en contra de los internos por delitos de mayor impacto relacionados con droga que en contra de los internos de menor impacto: 8.48% y 33.33% es la frecuencia con la que recibieron toques eléctricos cada uno de estos grupos, respectivamente. En pocas palabras, trágicamente el sistema castiga más severamente con maltratos y tortura a los delincuentes que participan en el eslabón más débil en la cadena delictiva vinculado al mercado de la droga: los que venden droga al menudeo o simplemente la poseen. Es probable que en estos casos la violencia del interrogatorio policíaco estuviese más asociado a infligir una especie de castigo o venganza a los detenidos que a extraerles información o una confesión.

Sería importante medir qué tanto las tendencias han cambiado durante la administración de Enrique Peña Nieto. Esta administración no ha llevado a cabo una “guerra contra la droga” como sucedió en el sexenio anterior y sería destacable medir qué tanto el comportamiento del Ejército ha cambiado o no. Es bastante probable que la tortura continúe siendo un comportamiento generalizado de la policía dado que esta práctica ha sido por años una pieza clave del modelo de persecución criminal del sistema político autoritario mexicano. La confesión del imputado constituyó por muchos años la reina de las pruebas en los juicios penales en México y todos sabían que la policía judicial era quien se encargaba de aplicar tormentos al detenido para que firmase dicha confesión, previamente redactada por el ministerio público. Ello era posible porque el interrogatorio policíaco sucedía a puerta cerrada y sin presencia del abogado defensor. Además, los jueces, comenzando por la Suprema Corte, establecieron que la confesión del imputado ante el MP debía tener pleno valor probatorio en cualquier circunstancia.6

Si bien hoy en día esto último ha cambiado y la confesión del imputado ya no es la reina de las pruebas, ni tampoco tiene el valor probatorio que tuvo en el pasado, lo cierto es que no han cambiado sustantivamente las condiciones en las que se llevan a cabo los interrogatorios policíacos en México. Como señalamos, hoy en día los detenidos son incomunicados y estos interrogatorios se llevan a cabo sin presencia del abogado defensor. ¿Por qué habría que esperar que la tortura como método de investigación criminal hubiese desaparecido?

La pregunta relevante en términos políticos y sociales es si queremos o no que existan frenos y controles a la actuación policial y militar. En abstracto, posiblemente todos digan que sí. En concreto, la cosa se pone más difícil, pues la sociedad —ya sea por miedo a la violencia, por ignorancia o por revanchismo— ha tendido a avalar políticas de mano dura en contra del crimen, aun cuando éstas presupongan ignorar controles básicos a la actuación de policías y militares. Estos controles al ejercicio de la fuerza pública, ejercidos por jueces y defensores de verdad (y no de papel), llevarían aparejada la posibilidad de que a algunos sospechosos no se les pudiese enjuiciar o no se les condenase por falta de pruebas. Hasta ahora este costo no lo han querido pagar ni las autoridades ni la sociedad. En el imaginario colectivo prevalece la idea autoritaria de que “frente a los delincuentes vale todo”. Un trato digno y legal a quienes cometieron un delito no es todavía una aspiración colectiva. Mientras que ello siga siendo así, la tortura no va dejar de ser una práctica generalizada en el sistema de persecución criminal y seguiremos padeciendo a nuestras malas, corruptas y débiles instituciones de seguridad y justicia. ¿Hasta cuándo?

 

Ana Laura Magaloni
Profesora del CIDE.

Beatriz Magaloni
Profesora de la Universidad de Stanford.


1 Véase: Culpables conocidos, víctimas ignoradas: tortura y maltrato en México, Amnistía Internacional, Informe núm. 41/063/2012; México: nuevos informes de violaciones de derechos humanos a mano del Ejército, Amnistía Internacional, Informe núm. 41/058/2009; Ni seguridad, ni derechos: ejecuciones, desapariciones y tortura en la guerra contra el narcotráfico de México, Human Rights Watch, Informe 1-56432-827-9, 2010, entre otros.

2 Informe del Relator Especial sobre la tortura y otros tratos o penas, crueles, inhumanos o degradantes, Juan E. Méndez, Consejo de Derechos Humanos, ONU, A/ HRC/ 28/ 68/ add 3

3 http://bit.ly/1UuHtsl

4 La encuesta es representativa de ocho Centros Federales de Readaptación Social. Cinco de estos centros (Morelos, Laguna del Toro, Aserradero, Bugambilias y Rehilete) se ubican en el Complejo Penitenciario Islas Marías, en Nayarit. Los otros tres centros fueron el Cefereso 1, Altiplano, en el Estado de México, el Cefereso 2, Occidente, en el estado de Jalisco y el Cefereso 8, Norponiente, en el estado de Sinaloa. Se encuestaron a un total de 821 internos sentenciados: 726 hombres y 95 mujeres.

5 El criterio para seleccionar los casos en la encuesta fue que los individuos fueran representativos dentro de la población sentenciada en ocho Centros Federales de Readaptación Social. Por lo tanto, el muestreo no tuvo como objetivo determinar cuáles fueron sentenciados antes y después del mandato de Felipe Calderón, sino hacer una muestra representativa de la población en estos centros penitenciarios. El cuestionario que se aplicó a los individuos incluyó la pregunta “¿En qué año la/lo detuvieron?”. En consecuencia, es posible hacer una distinción entre reos detenidos antes y durante el sexenio. Cabe destacar que, según este análisis, 41.57% de los encuestados fue detenido antes de 2006, Calderón, y 58.43% después. Por lo tanto, existe información suficiente para contrastar las prácticas institucionales del maltrato y la tortura antes y durante la administración de Felipe Calderón.

6 Algunas tesis aisladas y de jurisprudencia de la Suprema Corte de esos años dan cuenta de ello. Por ejemplo, la Corte determinó que la comprobación por parte del imputado de huellas de maltrato físico provocadas durante la detención no invalidaba la confesión si ésta estaba corroborada por otras pruebas en el expediente (Tesis 139-144, Séptima época, Primera Sala, Seminario Judicial de la Federación, noviembre, 1980, p. 36). También estableció que la confesión del imputado en la agencia del MP, a pesar de comprobar que fue sujeto a una detención prolongada, debería ser válida pues se debía presumir que el detenido, a falta de prueba en contrario, se encontraba “en completa libertad para manifestar todas y cada una de las circunstancias relativas al desarrollo del hecho delictivo” (Tesis 41, Primera Sala, Seminario Judicial de la Federación, mayo 1972, p. 15). Asimismo, si el imputado modificaba su declaración ante el juez, debería tener mayor valor probatorio la rendida ante el MP pues era la “más espontánea” (Tesis XLIII, Sexta Época, Primera Sala, Seminario Judicial de la Federación, enero 1961, p. 37). Por lo que toca a la falta de abogado defensor durante la detención, la Corte destacó que ello no significaba la indefensión del imputado, ya que no podría imputársele al MP que el detenido no haya ejercido dicho derecho (Tesis 63, Séptima Época, Primera Sala, Seminario Judicial de la Federación, marzo, 1974, p. 23).

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Retratos de tortura

El siglo XXI despunta pero el largo transcurrir de la humanidad no nos hace diferentes en prácticas a aquellos que hemos condenado en la historia como seres brutales. La tortura, esa técnica de dominación por excelencia, nos remite a la crueldad e irracionalidad. Sin embargo, esa capacidad de intervención violenta para lograr la anulación de otro ser humano es tolerada por un silencio cómplice de nuestras sociedades.

Recientemente, el relator especial de las Naciones Unidas sobre la tortura, Juan Méndez, afirmó —en un informe detallado sobre la cuestión— que en México la tortura es un ejercicio común en todos los niveles de gobierno y en prácticamente todas las fuerzas de seguridad del Estado. El discurso oficial y la condena gubernamental contrastan con el panorama terrorífico de miles de personas: en México la tortura se practica desde el Estado y se alienta por el ciclo de impunidad que es común a ella.

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Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

El uso generalizado de la tortura nos coloca en condiciones similares a las que prevalecieron en las dictaduras militares en América Latina hace varias décadas. Por ejemplo, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos estimó que entre los años 1979 y 1984 habrían existido al menos 851 casos de tortura durante el régimen de Augusto Pinochet.1 Dicha cifra dista de lo acontecido en nuestro país en los últimos años: un informe de Amnistía Internacional refiere que entre 2010 y 2013 la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) recibió la preocupante cantidad de siete mil 164 quejas vinculadas a actos de tortura u otros tratos crueles, inhumanos y degradantes, cifra referida únicamente a autoridades federales, sin contabilizar a autoridades estatales o municipales.2 Según el informe, el número de quejas relacionadas con tortura ante la CNDH aumentó 600% entre 2003 y 2013.

La falta de investigación adecuada y la impunidad agravan la problemática. Datos de la Procuraduría General de la República (PGR) revelan que en el sexenio de 2006 a 2012 se iniciaron 87 averiguaciones previas a nivel federal por casos de tortura y únicamente seis fueron consignadas ante un juzgado penal durante ese periodo.3 La PGR también refirió que en un lapso de 18 años, entre 1994 y 2012, sólo había conseguido dos sentencias condenatorias.4 Por su parte, el Consejo de la Judicatura Federal indicó que entre 2005 y 2013 sólo existían dos sentencias firmes por el delito de tortura.5

Esta práctica “endémica” y “generalizada” como la definió el relator, ha sido denunciada durante varios años por organizaciones de la sociedad civil. La investigación de casos ha permitido documentar su práctica, la brutalidad de sus métodos y los propósitos que persigue. Los siguientes testimonios son muestras concretas de esta realidad. Andrés, Victoria y Moisés son tres personas cuya vida se entrelaza por la experiencia de haber sufrido tortura en México.

 

No había sueño americano para el hondureño Andrés. Tan sólo la imperiosa necesidad de cruzar Centroamérica y llegar a Estados Unidos. El éxodo no era opción sino el único medio para pagar el tratamiento médico del mayor de sus hijos, diagnosticado de cáncer. No importaron las horas, el hacinamiento ni el hambre, durante el trayecto sólo tenía en la mente el rostro de su hijo. En Tijuana quedó prácticamente secuestrado en una casa de seguridad, vigilado y amenazado con no preguntar nada, sólo le permitían salir de una habitación para comer. Se percató que en la casa había otras actividades ilegales además del tráfico de personas, pero no podía huir, no podía cuestionar, sólo esperar el momento en que el pollero lo llevara al cruce de la frontera.

La pesadilla inició con el allanamiento de la casa por las autoridades: gritos, disparos y confusión hicieron que el instinto lo llevara a salir huyendo. No llegaría muy lejos, una vez detenido en los alrededores de la casa la policía estatal comenzó a molerlo a patadas y puñetazos. Después fue conducido a instalaciones de la Policía Federal. Fue sentado por la fuerza en un baño en el que había sangre en el piso. El suplicio comenzó: recibió golpes y fue asfixiado con una bolsa en su rostro mientras era interrogado: “¿dónde están las drogas?”, “¿para quién trabajas?”, “pinche colombiano”, cuestiones que desconocía por completo. Luego vino la chicharra eléctrica y las descargas en los testículos. Las súplicas, la explicación de su origen, su destino hacia Estados Unidos, todo fue inútil. Su condición afrodescendiente y color de piel eran el elemento que necesitaron las autoridades para señalarlo como un traficante.

No imaginaba lo que seguía. Fue trasladado a un cuartel militar y nuevamente sometido a asfixia y a golpes en el cuerpo. Cubrieron su boca con una toalla mientras arrojaban grandes cantidades de agua provocándole ahogamiento. El instinto vital lo impulsaba a buscar aire con desesperación. Todo era inútil, recibía más golpes y los militares caían violentamente sobre su cuerpo, aumentando la sensación de ahogo. Escuchaba gritos y llantos. Comprendió que estaba en un ambiente en el que otras personas eran torturadas. Al no poder obtener ninguna confesión los militares comenzaron la tortura psicológica: querían obligarlo a tener relaciones sexuales o a pelear con otros detenidos. El miedo devino en pavor. Después fue obligado a limpiar calzado con su saliva, a hacer alegorías y ademanes militares con un pasamontañas, a bailar mientras le tocaban el cuerpo, “me convirtieron en su payaso”, diría años más tarde al evocar esos momentos. Así pasó un día y una noche. Era el año 2009.

Transcurrirían 18 meses para que a Andrés le fuera concedida una llamada a su embajada. Tras cinco años de encierro en un penal federal de máxima seguridad, en condiciones infrahumanas, sin contacto, sin llamadas, con comida putrefacta, vigilado por custodios que golpean y amenazan con perros feroces hasta quebrar la voluntad y obtener una condición de sumisión. Su vida cambió abruptamente: la PGR presentó conclusiones no acusatorias, es decir: no había delito. Recobraría su libertad, pero tendría que lidiar con la ausencia de su hijo y otros familiares cercanos que murieron mientras estaba en reclusión. Los gritos de “pinche negro” y las imágenes de tortura habitan en su cabeza y son cosas con las que hoy, en libertad, dice “está aprendiendo a vivir”.

 

Victoria recuerda constantemente esa noche de 2012. Un grupo de personas allanó su casa, algunos vestían de civil y otros portaban uniforme de la Marina Armada de México. Apuntaron sus armas hacia ella, estaban encapuchados, revisaron —saquearon— la casa y la sacaron junto con su esposo en medio de golpes y amenazas que le impedían comprender qué sucedía. La Marina buscaba a otra persona, pero la pareja ya estaba detenida y su suerte estaba echada. Atada de pies y manos y vendada de los ojos, fue conducida a una instalación naval en el puerto de Veracruz, “ahí se escuchaban los aviones”, recuerda.

Con los ojos aún vendados comenzó el interrogatorio mientras se oía música que opacaba gritos y lamentos de dolor en el entorno. Era un diálogo sordo: “tú vendes droga”, “tú eres la buena, confiesa”, ella respondía la verdad: se dedicaba a la venta de productos naturistas. Comenzó la invasión a su cuerpo, aunque trataba de resistir el hombre que la interrogaba comenzó a tocarle los senos. Luego fue llevaba a otra habitación, sentada en una cama, vendada y atada de manos. Primero vinieron las amenazas, posteriormente la asfixia con plástico sobre su rostro. No sabía qué hacer, no podía huir, estaba invadida por el pánico. Ahora sus torturadores la interrogaban para que delatara a su esposo: “él es el bueno, responde”, “te va a ir peor”, “habla, hija de tu reputa madre”.

Fue conducida a otra habitación en la que sintió el piso mojado, ahí fue sentada y atada a una silla. Le colocaron cables en los dedos de los pies y luego arrojaron un balde de agua sobre ella. “No te hagas, eres de un cártel”, apenas podía procesar lo que decían, las voces se escuchaban distantes mientras sentía la electricidad sobre su cuerpo, “¿vas a hablar?”, dijo uno de ellos, la música acompañaba el compás de las descargas eléctricas. Nuevamente agua fría sobre su cuerpo que la reanimaba con violencia, tan sólo para recrudecer la intensidad de las descargas. Sus gritos ahora eran silenciados con un trapo sobre su boca, luego arrojaron irritante sobre su nariz. La sensación de asfixia invadía su cuerpo, lloraba, se sacudía violentamente mientras las descargas continuaban.

El tiempo pasaba, escuchaba a su esposo implorar y decir que diría lo que ellos quisieran pero que la dejaran en paz. Todo era inútil, las torturas ya no buscaban una declaración autoinculpatoria, ahora se trataba de castigarles, por resistir, por no cooperar. “Vas a conocer a un hombre”, le dijo uno de sus captores, era la antesala de la tortura sexual: rompió su blusa, comenzó a tocarla, a violentar su cuerpo, a introducir sus dedos en la vagina. Ella lloraba, se sentía ultrajada y constantemente era amenazada con violarla. La tortura siguió: más descargas, más golpes, más asfixia. Ahora el objetivo era claro: debía decir que pertenecía al Cártel Jalisco Nueva Generación.

La tortura —como es común— se diversificó y fue obligada a lavar ropa de sus captores. Luego la obligaron a vestir una ropa distinta a la suya que contenía una sustancia irritante. Posteriormente, fue sentada por horas a la intemperie. Su cuerpo sentía el efecto de la insolación provocada por el sol tropical. Después fue llevada a la sede de la PGR en Veracruz y presentada ante los medios de comunicación como parte de una célula criminal, había drogas y armas a su alrededor. Tras más de 30 horas de incomunicación y tortura era presentada como culpable, incluso antes de que el ministerio público la recibiera formalmente como detenida.

Tres años después un Tribunal Federal resolvió un incidente de desvanecimiento de datos a su favor porque las acusaciones en su contra se basaron en su declaración y en el parte informativo de los marinos. Ya en libertad intenta recuperar su vida. La experiencia está presente, cada vez que mira pasar camionetas de policía o militares el miedo y el recuerdo de la tortura regresan: “me hace mucho daño recordar”, expresa.

 

Moisés enfiló hacia su trabajo en una pequeña plaza comercial en la fronteriza Ciudad Juárez donde vendía discos de música. Era una tarde habitual y el fin de su jornada cuando una camioneta se acercó y sus tripulantes le preguntaron si era una persona llamada Carlos. Él respondió negando, pero inmediatamente bajaron dos personas más —vestidas como soldados— y lo subieron a la fuerza, “sí, este güey es Carlos”, dijeron. Fue vendado, levantado y trasladado a un lugar desconocido, tiempo después sabría que estaba en la guarnición militar en Ciudad Juárez, “bienvenido al infierno”, dijeron sus captores.

En ese lugar fue desnudado y despojado de sus pertenencias. Los militares insistían “tú eres Carlos”. Lo enrollaron en una colchoneta, atado de pies y manos comenzaron a darle descargas eléctricas al tiempo que le colocaban una bolsa de plástico en el rostro. El interrogatorio continuó, le preguntaban por personas que identificaban por números: “el 10”, “el 51” y “el 7”. La asfixia era insoportable, tras varias repeticiones cayó desmayado. Al despertar creyó que era una pesadilla, “dale más toques para que despierte”, escuchó, y nuevamente sintió la electricidad sacudiendo su cuerpo. “Te cagaste, pinche marrano”, se percató que el esfuerzo había hecho que defecara y orinara sin control. Lo condujeron a otro lugar y lo obligaron a bañarse. Tras recibir chorros de agua nuevamente era electrocutado. “¿Quieres ir al doctor?” cuestionaban los militares. Después entendería que “el doctor” o “la terapia” eran las palabras para aludir a la tortura y “el infierno” era el cuarto en que se practicaban.

“Mejor ya di lo que quieren estos batos y vete sin que te peguemos”, le decía uno de ellos mientras lo pateaban sin cesar. Sabía que estaba en problemas, “si quiero te mato, al cabo que nadie vio cuando te trajimos”, sentenció uno de sus captores. Su silencio generó malestar en los militares, fue envuelto y electrocutado en la espalda, los pies y los genitales, sólo alcanzó a pensar “ay Dios, ayúdame” y cayó desmayado. Despertó, no sabía si era de día o de noche. Fue llevado a otra habitación. Ahí un militar le mostraba fotografías preguntando a quiénes reconocía. En ese momento comprendió la magnitud de la situación: “no te hagas güey, son con los que andabas el día aquel que mataron a los jóvenes de Villas de Salvárcar”, “yo no maté a esos muchachos” alcanzó a balbucear.

Nuevamente lo llevaban a “terapia” y ofrecían terminar la tortura, “tienes que decir que andaba este y este”, le señalaban rostros y números. Moisés lo rechazaba, estaba decidido a no culparse de algo que no había cometido. Una nueva amenaza terminó por quebrar su voluntad: los militares le dijeron que tenían a su esposa detenida en otra habitación, dijeron que la matarían a ella y a su hijo y los tirarían en un lote baldío. Cedió y dijo que cooperaría y firmaría lo que fuera necesario para salvarlos. Firmó hojas en blanco y declaró ante una cámara de video. Cada vez que se equivocaba era golpeado y amenazado con la “terapia”. Concluyó la grabación y fue trasladado a otro sitio. Lo amenazaron nuevamente: debía memorizar respuestas y no hablar nada más; minutos después era presentado ante los medios de comunicación como uno de los responsables de la matanza de Villas de Salvárcar, “vas a salir en la tele, te vamos a hacer famoso”, le dijeron con sarcasmo. Había salido del “infierno” pero ahora era culpable ante la opinión pública.

Cuando tuvo oportunidad narró la tortura en una audiencia. Nadie, ni la juzgadora ni el defensor público hicieron algo al respecto. Estando en prisión preventiva fue entregado ilegalmente a los militares. Ellos buscaban que Moisés señalara a otras personas. Armado de valor lo rechazó. Dijo que no arruinaría la vida de otras personas, como ahora estaba arruinada la suya. Retó a los militares: no podían hacerle más daño, tarde o temprano tendrían que devolverlo a la prisión, había derrotado a sus captores.

En 2013, cuatro años después, la Suprema Corte de Justicia de la Nación le concedió dos amparos y ordenó su liberación. Estaba en libertad, aunque muchas personas lo siguen considerando culpable: “yo lo llamo asesino”, sentenció un columnista. Recobró la libertad pero perdió a su esposa y a su hijo en el proceso. Cuando recuerda esos días reflexiona: es una mejor persona, ganó fortaleza y considera parte de su familia a personas que lo apoyaron. Perdió su vida, pero todos los días intenta construir una nueva historia. Aún conserva la sonrisa.

 

Las historias nos muestran una realidad desgarradora: en nuestro país la tortura es un acto cotidiano, normalizado y generalizado. Sobrevivir a la tortura es una de las situaciones más difíciles que pueda enfrentar un ser humano. El miedo a narrar la experiencia, el estigma, el rencor, el estrés postraumático y la indolencia de las autoridades son nuevos calvarios que deben enfrentar las víctimas. En estos momentos en alguna parte de nuestro país una persona podría estar siendo torturada. Como sociedad debemos actuar y ser sensibles ante el dolor de los otros. El poeta Juan Gelman dijo que “moría muchas veces” con cada noticia recibida sobre una persona asesinada, desaparecida o torturada. Nuestro deber es entonces vivir muchas veces, las que sean necesarias, hasta que la tortura sea en nuestra historia tan sólo un mal recuerdo del pasado.

 

Simón Hernández León
Defensor de derechos humanos.


1 Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Informe sobre la situación de los derechos humanos en Chile-1985, “Capítulo cuarto. Derecho a la integridad personal”, http://bit.ly/1KYIgzR

2 Amnistía Internacional, Fuera de control. Tortura y otros malos tratos en México, 2014, p. 12.

3 Procuraduría General de la República, oficio SJAI/DGAJ/3139/2012, 28 de marzo de 2012, p. 2.

4 Procuraduría General de la República, oficio SJAI/DGAJ/05383/2010, 8 de septiembre, de 2010, p. 2.

5 Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez (Centro Prodh), comunicado de prensa: “Estado mexicano falsifica datos
de tortura ante ONU”, 6 de julio de 2014, http://ymlp.com/z6KFko

Agenda

La tortura y la ley

Mucho se ha debatido sobre la necesidad de crear una nueva ley en materia de tortura y sobre la urgencia de mover las voluntades de los servidores públicos del más alto nivel de gobierno para que, efectivamente, se investigue este delito. La discusión se suscita en el contexto de un alarmante número de casos documentados por organismos de derechos humanos, por la ausencia de investigaciones, pero sobre todo por las muy pocas sentencias que evidencien la efectiva prohibición del delito.

Algunos creemos que la ausencia de castigos se debe a que las procuradurías y fiscalías del país no sólo han incumplido con sus obligaciones constitucionales y legales de llevar a juicio a policías y militares que han torturado, sino que carecen de voluntad para hacerlo. Por el número de casos, pareciera que no son hechos aislados donde funcionarios individualmente infringieron la ley, sino de una política deliberada que ha creado un sistema en el que el aparato de seguridad está autorizado a torturar y, gracias a la impunidad, lo puede repetir hasta llegar a niveles que pueden calificar esa práctica como crimen de lesa humanidad.

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Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

Hasta ahora ninguna institución pública ha presentado un diagnóstico, estudio o evidencia que constaten que las denuncias que reciben las instituciones de procuración de justicia sobre casos de tortura, como por ejemplo la Procuraduría General de la República (PGR), no se investigan adecuadamente porque existen impedimentos legales o por deficiencias de la legislación actual.

Pero a pesar de la precaria información existente sobre el fenómeno de la tortura en México las cifras disponibles a nivel federal son contundentes. La PGR ha informado que del 1 de diciembre de 2006 al 31 de diciembre 2014 ha recibido cuatro mil 55 denuncias de tortura,1 de las cuales mil 273 son atribuibles a personal militar.2 De los casos denunciados, mil 884 se transformaron en averiguaciones previas,3 de las cuales en sólo 11 ocasiones se consignó ante un juez el asunto.4 Por su parte, en ese mismo periodo la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) recibió cuatro mil 404 quejas por tratos crueles, inhumanos o degradantes, abrió 109 expedientes de queja por tortura y emitió 79 recomendaciones por esa violación de derechos humanos.5

Por su parte, en ese espacio de tiempo, sólo en 15 estados de la República los organismos públicos de defensa de los derechos humanos recibieron dos mil 692 quejas por tortura6 mientras que las fiscalías de 22 estados recibieron mil 166 denuncias por actos constitutivos de tortura y de éstas sólo 13 investigaciones han sido consignadas ante un juez.7

Por los datos presentados, y según se ha constatado en los informes de los mecanismos mencionados, podemos concluir que en México las instituciones encargadas de la seguridad pública y el ejército aplican sistemáticamente la tortura como parte de las políticas de seguridad, sin consecuencias penales ni administrativas, ni mucho menos políticas.

En este escenario, el 10 de diciembre de 2015 el presidente Enrique Peña Nieto envió al Senado de la República una iniciativa de ley general en materia de tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes (iniciativa), con el objetivo de determinar la distribución de las competencias de las autoridades federales y locales para la investigación y procesamiento del delito, la definición de los tipos penales, garantizar los derechos de las víctimas,8 así como para la creación y fortalecimiento de mecanismos para la prevención de la tortura.9

En mi opinión la iniciativa no responde a la necesidad de romper con la situación que produce y permite la reproducción de la tortura y la impunidad de ese delito; además que no cumple con las recomendaciones internacionales que en la materia se han efectuado a México desde la década los noventa.

Por eso el Congreso debe asumir su responsabilidad para que la legislación en materia de tortura realmente responda a las necesidades del país. Los temas que comprende esta iniciativa, en general, tienen vacíos que deben ser colmados, por motivos de espacio sólo haremos referencia a dos de éstos. En primer lugar, la necesidad de contar con disposiciones legales que fortalezcan la estructura institucional y procesal para la investigación de la tortura, y, en segundo lugar, consideramos que la legislación que se apruebe debe fortalecer las disposiciones que garanticen que los superiores jerárquicos sean efectivamente responsables penalmente de los delitos cometidos por sus subordinados.10

La iniciativa establece la obligación de las instituciones de procuración de justicia, tanto federales como locales, de crear unidades especializadas para investigar el delito de tortura.11 Sin embargo, se trata de una medida que no le da la relevancia a la problemática ni fortalece la institucionalidad, sino que reitera la existente, por lo menos a nivel federal. Además, no permite que se reconozca la dimensión del problema. Debemos recordar que la PGR el año pasado creó e inauguró el 10 de diciembre la Unidad Especializada en Investigación del Delito de Tortura la cual depende de la Subprocuraduría Especializada en Delitos Federales.12 No olvidemos que dicha Subprocuraduría ha sido la responsable de investigar los delitos derivados de la LFT, con los resultados conocidos.

Por ello, la legislación que apruebe el Congreso debe lograr que las instituciones de procuración de justicia del país constituyan fiscalías especializadas para la investigación del delito de tortura, con titulares que tengan nivel de subprocurador y cuyo nombramiento sea susceptible de ser rechazado por los órganos legislativos que correspondan (Senado para el nombramiento federal y los Congresos locales para aquellos de las entidades federativas). Por otro lado, el Poder Judicial federal tendrá que crear tribunales especializados en materia de violaciones graves a derechos humanos, con el objeto de que se unifique la práctica judicial alrededor del cumplimiento de las obligaciones constitucionales en esa materia, en particular para garantizar la prohibición absoluta de la tortura y el combate a la impunidad.

En esa misma tesitura, sorprende que la Iniciativa confíe a la CNDH el MNP,13 ya que desde el año 2007 dicha institución creó una Dirección General en la Tercera Visitaduría General encargada de los trabajos del MNP y los resultados de su trabajo han sido, por decir lo menos, muy pobres. Para fortalecer la institucionalidad para la prevención de la tortura y con el objeto de cumplir con las obligaciones internacionales, se debe crear un nuevo MNP, como entidad autónoma de la misma CNDH; es decir, que su funcionamiento tenga independencia de gestión, cuente con personal multidisciplinar suficiente y presupuesto propio, tal como el SPT lo señaló en sus recomendaciones de 2008.

Por su parte, el Sistema Nacional de Prevención de la Tortura que se crea mediante la ley, deberá estar integrado por los titulares de los organismos públicos autónomos, así como por representantes de la academia y de la sociedad civil especializada. Dicho Sistema tendría que ser encabezado por el titular del MNP.

Por otro lado, la iniciativa establece las causales por las cuales la PGR puede investigar casos que normalmente serían de la competencia de las procuradurías o fiscalías locales.14 Sin embargo, los supuestos previstos no garantizan el derecho de las víctimas de acceder a la justicia. Por ello, el Congreso debe asegurar que la legislación que se apruebe prevea que el Ministerio Público federal pueda atraer, no sólo de oficio, sino también mediante la solicitud de la víctima de delito de tortura, la investigación de los delitos del ámbito local cuando la institución de procuración de justicia local (1) no inicie una investigación cuando existan elementos para ello; (2) no investigue de manera pronta, imparcial o exhaustivamente el delito de tortura; (3) no cuente con las capacidades técnicas especializadas para investigar o no actúe con la debida diligencia o (4) el delito trascienda del ámbito de una o más entidades federativas.

Finalmente, por lo que se refiere a la responsabilidad de los superiores, la iniciativa señala que quienes hayan tenido conocimiento de servidores públicos bajo su inmediata autoridad y control efectivos, que se proponían a cometer o estuvieran cometiendo el delito de tortura y no hayan tomado medidas necesarias para prevenirlo o impedirlo, también serán responsables penalmente.15 Sin embargo, esos supuestos son demasiado limitados al prever que solamente los superiores directos podrían ser responsables de las torturas de sus subordinados bajo su inmediata autoridad. Lo anterior envía un mensaje que no fortalece el mando de los superiores y pareciera que no deben ejercer un control efectivo sobre sus subordinados. Además, se estarían propiciando las condiciones legales para que los mandos superiores no puedan llegar a ser encontrados responsables de políticas que permiten, toleran o auspician la tortura, como actualmente sucede.

Además, el supuesto incluido en la iniciativa en materia de responsabilidad de superiores es limitado ya que sólo se refiere a hechos delictivos en fase de preparación o ejecución presente, y no prevé el supuesto de que el superior haya tenido conocimiento de las torturas ya cometidas por sus subordinados y no haya hecho del conocimiento inmediato de esos acontecimientos a las instituciones encargadas de la investigación de los delitos.

Por lo anterior, consideramos que el Congreso de la Unión debiera asegurarse de incluir en la legislación un supuesto que señale que el superior jerárquico que haya tenido conocimiento de los delitos cometidos por sus subordinados bajo su autoridad y control efectivos, que no haya denunciado ante la autoridad competente dichos delitos, también será responsable de haber cometido el delito de tortura.

En conclusión, la iniciativa del presidente Peña Nieto tiene serias deficiencias, por lo que confiamos en que el Congreso abrirá un amplio debate con las organizaciones especializadas en la denuncia de casos de tortura y académicos comprometidos con los derechos humanos, con el objetivo de lograr una legislación que contribuya a la efectiva erradicación de la tortura y los tratos crueles, inhumanos o degradantes en México y a la sanción de los responsables, incluidos los más altos funcionarios del país.

 

José Antonio Guevara Bermúdez
Director ejecutivo de la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos, A.C. y profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Tlaxcala.


1 PGR. Folios: 0001700300414 y 0001700020615.

2 PGR. Folio: 0001700020115.

3 PGR. Folio 0001700020615.

4 PGR. Folio 0001700133014.

5 CNDH. Folio: 00062714.

6 Información recabada a partir de solicitudes de información pública. Los estados a los que hacemos referencia son Aguascalientes, Baja California, Campeche, Coahuila, Chiapas (información de 20010 a 2014), Distrito Federal, Estado de México, Hidalgo, Jalisco, Nuevo León (información de 20010 a 2014), Oaxaca, Puebla, Sonora, Yucatán y Zacatecas.

7 Información recabada a partir de solicitudes de información pública. Los estados a los que hacemos referencia son Baja California Sur, Campeche, Coahuila, Chiapas, Distrito Federal, Durango, Guanajuato, Guerrero, Hidalgo, Michoacán, Morelos, Nuevo León, Oaxaca, Puebla, Quintana Roo, Querétaro, San Luis Potosí, Sonora (informó controles preliminares), Tamaulipas, Tlaxcala, Veracruz (informó sólo investigaciones iniciadas) y Zacatecas.

8 Fracciones I, II y III del artículo 2 de la iniciativa de Ley para prevenir, investigar y sancionar los delitos de tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes (en adelante la “iniciativa” o “proyecto”).

9 Exposición de Motivos de la Iniciativa. La iniciativa se presentó en el contexto de la reciente reforma a la Constitución de 2015 mediante la cual se habilitó al Congreso de la Unión para expedir, entre otras, una ley general que establezca tipos penales y sanciones en materia de tortura y otros tratos o penas crueles inhumanos o degradantes. Reforma al inciso a) de la fracción XXI del artículo 73 constitucional publicada el Diario Oficial de la Federación el 10 de julio de 2015.

10 La responsabilidad de los superiores jerárquicos es un asunto que está contenido en instrumentos internacionales, por ejemplo, Principio 27 inciso b) del Conjunto de Principios para la Protección y Promoción de los Derechos Humanos mediante la lucha contra la Impunidad artículo 28 del Estatuto de Roma que crea la Corte Penal Internacional y artículo 6 de la Convención Internacional para la Protección de todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas.

11 Artículo 49 de la iniciativa.

12 Acuerdo A/101/15 por el que se crea la Unidad Especializada en Investigación del Delito de Tortura y se establecen sus atribuciones, publicado el 27 de octubre de 2015 en el Diario Oficial de la Federación.

13 Artículos 61 a 67 de la Iniciativa.

14 Ver artículo 19 de la iniciativa.

15 Ver artículo 22 de la iniciativa.

Agenda

Hijos de la mala democracia.
Los niños ante la inseguridad

A la memoria del entrañable Fito Sánchez Rebolledo

El 7 de junio de 2015, el mismo día que se celebró la jornada electoral para renovar la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión y en que hubo elecciones locales en 16 entidades, el Instituto Nacional Electoral (INE) llevó a cabo la Consulta Infantil y Juvenil en la que participaron dos millones 916 mil 686 niños y jóvenes de entre seis y 17 años de edad. Las opiniones de los niños y adolescentes se articularon sobre los temas de justicia y paz en el país. Los resultados de la consulta son elocuentes, no lejanos de lo que muestran distintas encuestas aplicadas a la población mayor de edad pero aún más inquietantes porque reflejan hasta qué punto la inseguridad, la violencia, la desconfianza y la pobre cultura de la legalidad cruzan las percepciones cotidianas de los menores en México hoy en día.

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Ilustración: Víctor Solís

La Consulta Infantil y Juvenil tiene el propósito de promover que niños y adolescentes ejerzan su derecho a participar y a expresar su opinión sobre asuntos y problemas que les afectan, así como propiciar que sus puntos de vista y propuestas puedan ser conocidos y tomados en cuenta. No es un ejercicio inédito pues el entonces Instituto Federal Electoral realizó seis consultas infantiles y juveniles en años de elecciones federales entre 1997 y 2012, si bien las últimas tres no coincidieron con la jornada electoral.

La participación de los niños y jóvenes en 2015 se dio en 30 de las 32 entidades federativas, pues por la amenaza de boicot electoral que enfrentó el INE en distintos estados se decidió no arriesgar a los menores y cancelar la consulta en Chiapas y Oaxaca donde el riesgo de violencia era mayor.

La consulta se diseñó para tres grupos de edad distintos: de seis a nueve años (que tuvieron una participación de un millón 120 mil 516 niños y niñas); de 10 a 13 años (participaron un millón 49 mil 709) y de 14 a 17 años (acudieron 487 mil 600). Además, asistieron 238 mil 861 niños menores de seis años a quienes se les pidió “dibuja cómo es el lugar donde vives”.

Los resultados de la encuesta deben ser analizados con rigor y cuidado metodológico, pues se trata de opiniones y percepciones de lo que los niños y jóvenes dicen vivir. Además, si bien casi tres millones de opiniones son un número importante por sí mismo, no son una muestra significativa de todos los menores del país pues quienes participaron en la consulta pueden mostrar cierto sesgo —positivo— para involucrarse, por voluntad propia o por un entorno familiar propicio, en los asuntos públicos y desear que su voz se escuche. Es factible, por tanto, que la situación de quienes no participaron en la consulta sea, incluso, más adversa.

A los tres grupos de edad se les preguntó si se sienten seguros en su casa, en la escuela —a los grupos de 10 a 13 y de 14 a 17 años también por los alrededores de la escuela— y en la calle. Además, a los adolescentes se les preguntó su percepción de seguridad en el trabajo. Como se ve en el cuadro, y como es natural, la casa es el lugar donde más seguros se encuentran los niños y jóvenes. Sobresale la percepción de inseguridad en la escuela, que se duplica para el grupo de 14 a 17 años (15.3%) respecto a los niños de seis a nueve años (7.9%), y supera la cuarta parte de las opiniones en el grupo de adolescentes (27.2%). Peor todavía es el sentimiento de inseguridad de los niños y jóvenes en la calle. Tres de cada cuatro niños (75.4%) de seis a nueve años se sienten inseguros en la calle; seis de cada 10 (59.7%) de los que tienen entre 10 y 13 años, y menos de una tercera parte (29%) de los adolescentes se sienten seguros en las calles.

No se trata sólo de la extendida percepción de los adultos de que, comparativamente, la infancia ya no es lo que era para poder jugar en las calles —ese espacio primordial de socialización—, sino la constatación de que los espacios públicos cada vez lo son menos. Estos datos reflejan que en México se vive una infancia de puertas adentro con temor a salir donde están los otros. Habrá que poner atención sobre las implicaciones que para la convivencia y coexistencia social tendrá el crecimiento de generaciones para las que la calle se volvió un espacio ajeno y, peor aún, peligroso (ver cuadro).

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Desde muy temprano la violencia está presente en la vida de los mexicanos, y eso no se explica sólo por la expansión de la espiral disruptiva de la delincuencia organizada en los últimos años. Basta decir que 12% de los niños de seis a nueve años dice que “en mi familia me golpean”, mientras que 35.6% de los niños de 10 a 13 años dice haber “sido testigo de actos de violencia contra otra niña o niño”. Entre los adolescentes de 14 a 17 años, una quinta parte (19.5%) declara sufrir o haber sufrido violencia y 17.4% haber participado en actos violentos.

Del 19.5% de los jóvenes de entre 14 y 17 años que dice sufrir o haber sufrido violencia, 44% señala que ha sido violencia física, 67.3% verbal, 32.8% psicológica y 11.6% sexual (el porcentaje no suma 100% porque pudieron marcar más de una opción). Con todo el cuidado que debe ponerse en no dar como un hecho lo que es una opinión, el que uno de cada 10 adolescentes tenga la percepción y así lo manifieste de haber sido víctima de violencia sexual es un dato sobre el que no puede pasarse la página desde el Estado y la sociedad.

Otros datos en particular inquietantes son que 17% de los niños de entre 10 y 13 años afirme que “en mi escuela o por donde vivo ofrecen drogas a niños y jóvenes” y que 4% de los jóvenes de 14 a 17 años señale que “me obligan a formar parte de un grupo de delincuentes”.

La desconfianza es uno de los símbolos distintivos de la sociedad mexicana, tal como lo demuestra el Informe País sobre la calidad de ciudadanía publicado por el INE en 2014. La desconfianza no es sólo hacia las instituciones y el gobierno, pues en ese estudio 70% de la gente afirma que “no se puede confiar en la mayoría de las personas”.

Una sociedad desconfiada produce niños y jóvenes recelosos de los demás. Si bien entre los niños de seis a nueve años la confianza es mayor (98.4% confía en su familia, 82.6% en sus amigos y 94.4% en sus maestros, 84% en el ejército y 80.9% en la policía), comienza a descender entre los de 10 a 13 años (97.2% confía en su familia, 76.4% en sus amigos, 84.4% en sus maestros) puesto que 19.4% no confía en las autoridades de la escuela, 26.1% tampoco en el ejército, 28.5% no confía en la policía, 49.4% desconfía de sus vecinos y 55.9% del gobierno. Entre los adolescentes la confianza se mantiene alta en la familia (95.9%), es mayoritaria hacia las amistades (70.3%), pero se vuelve negativa hacia los maestros (sólo confía el 44.6%), los médicos (32.7%), el ejército (25.2%), los vecinos (23.0%), la policía (21.7%), y baja en extremo hacia los gobernantes (5.2%) y los partidos políticos (5.2%).

En lo que hace a la cultura de la legalidad, 75.6% de los niños de seis a nueve años dijeron que se comprometían “a cumplir las reglas”. Sin embargo, sólo 32.1% de los niños de entre 10 y 13 años se comprometieron a “respetar la ley” y ese compromiso lo asumió el 53.6% de los jóvenes de entre 14 y 17 años.

En opinión de los niños de 10 a 13 años “lo que ayudaría para que haya justicia y paz en México” es “que no haya corrupción” (59.1%), seguido de “que los gobernantes cumplan lo que prometen” (47.1%). Para los jóvenes de 14 a 17 años lo “que ayudaría a que las personas jóvenes participemos más en la construcción de un México de justicia y paz” (podían seleccionar tres opciones de seis) es “que podamos expresar nuestras ideas con libertad” (69%), “que haya más seguridad” (64.3%) y “que el gobierno nos tome en cuenta en acciones para mejorar el país” (52.7%).

Quizá sea en la exigencia de expresar ideas en libertad y de ser tomados en cuenta por parte de los jóvenes donde pueda encontrarse un dato alentador de las opiniones que recoge la Consulta Infantil y Juvenil 2015.

Los niños y jóvenes que participaron en la consulta son hijos del siglo XXI. Los mayores nacieron hacia 1998, cuando el pluralismo se había instalado en el Congreso y todos iniciaron la escuela y aprendieron a leer después de la primera alternancia en la presidencia. Son también los primeros hijos del México democrático, pero son una generación que vive un presente amenazador y un futuro sombrío en el mejor de los casos.

 

Ciro Murayama
Economista. Consejero Electoral del Instituto Nacional Electoral.

Agenda

Sobre el Servicio Profesional Docente

La reforma al artículo tercero y legislación sobre el Servicio Profesional Docente son preceptos legislativos coherentes y sólidos, pero quiero hacer una breve reflexión de sus implicaciones, señalar algunos problemas de interpretación y sugerir modificaciones que, me parece, darían mayor fuerza al conjunto de la reforma. La legislación de la reforma educativa no es fácil, por el contrario, es compleja y eso ha contribuido al surgimiento de problemas de interpretación. El corazón de esa legislación lo constituye la Ley General del Servicio Profesional Docente y en torno a ella ha habido un extenso debate. La coherencia de esta norma es admirable, sin embargo, considerando sus implicaciones yo propondría que se hicieran en ella sólo algunas modificaciones particulares: a) que se dé a la evaluación de desempeño un carácter meramente diagnóstico; b) que se elimine la serie consecutiva de evaluaciones que siguen a la evaluación de desempeño; c) que se cree la categoría de “maestro titular”, categoría que se otorga al cumplir 10 años de servicio; d) que se defina un límite máximo de años de servicio para los docentes que deben someterse a la evaluación de desempeño (por ejemplo, 10 años). 

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Ilustración: Víctor Solís

El legislador no tuvo a la mano un diagnóstico preciso, actuarial, del sistema educativo y del personal docente con diversas adscripciones a la docencia. De hecho, a mediados de 2013 México carecía de un censo de su personal educativo y a eso obedeció la instrucción que el gobierno federal dio al INEGI para que se realizara lo que se conoció como el Censo de Escuelas, Maestros y Alumnos de Educación Básica y Especial (CEMABE) que se llevó a cabo entre septiembre y diciembre de 2013. De haber contado los legisladores de 2012 con una base de datos que diera cuenta de las diversas condiciones laborales del personal de educación en el país, hubiera podido constatar que existían un enorme desorden en las plantillas y una gran diversidad de “situaciones anómalas” como resultado del viejo régimen de administrativo (un régimen con excesiva, y desafortunada, intervención del sindicato). De haber contado con esta información, posiblemente los nuevos ordenamientos legales hubieran sido parcialmente distintos. No pongo en cuestión el carácter general de toda ley (la ley comprende a todos aquellos que se encuentran en las condiciones previstas por ella, sin excepciones de ninguna clase) y el hecho de que las estipulaciones sean uniformes para todos los docentes. Pero esta indiscriminación conduce a aplicar la misma regla a maestros recién egresados de la escuela normal como a docentes con 30, 40 o 50 años de experiencia frente al aula. Esto no deja de sorprender. Hemos visto a maestros que están a punto de jubilarse (se encuentran en prejubilación y les falta un mes o un trimestre para hacerlo) y se ven compelidos por la ley a presentarse a la evaluación de desempeño y no pueden dejar de hacerlo, pues de otra manera “perderían su plaza”. Esto ocurrió no obstante que la Coordinación del SPD se propuso convocar sólo a profesores con un máximo de 25 años de experiencia. Hubo teléfono descompuesto. ¿Es razonable que un docente con larga experiencia sea por primera vez evaluado y ponga en riesgo su plaza después de que el sistema educativo le ha permitido enseñar durante décadas? El problema ético es obvio. Evidentemente, habría que analizar si es justo someter a esa prueba a maestros de esas características y decidir si se podría, o no, eximirlos de ella. No se puede colocar en un mismo molde a todos los maestros porque, si lo hacemos, comprobamos que el molde sólo es válido para algunos de ellos. Una salida posible y decorosa sería limitar la obligatoriedad de la evaluación de desempeño a los maestros relativamente jóvenes sobre los cuales podemos tener una expectativa clara de que pueden —puesto que a esa edad es más factible asimilar las novedades— cambiar sus técnicas didácticas, su manejo de grupo, etcétera. La evaluación de desempeño podría ser opcional para los docentes más viejos y experimentados. Se me ocurre que dicha evaluación se aplique de forma obligatoria a docentes con 10 (¿o 15?) o menos años de experiencia docente. Otra opción hubiera sido que la evaluación de desempeño se acompañara de uno o varios programas atractivos de jubilación anticipada, elemento de atracción que hubiera contribuido tal vez a desahogar problemas y hubiera acarreado, seguramente, el aplauso de muchos. En la opción que antes mencioné, la evaluación de desempeño tendría un carácter de evaluación diagnóstica y su único fin sería apoyar la formación continua de los docentes. Esto significa que los profesores que reciben nota insuficiente recibirían después de su evaluación apoyo para reforzar su formación, pero no sería necesario volver a evaluarlos (artículo 53). 

Un problema frecuente lo han padecido docentes que ocupan puestos directivos y que han permanecido en ellos durante 10, 20 o más años, pero sin tener nombramiento definitivo o de base. ¿Están obligados a dejar su puesto? ¿Se va a someter a concurso? ¿O es posible superar la dificultad acudiendo al artículo 9 transitorio de la Ley General del Servicio Profesional Docente? Este artículo dice a la letra: “El personal docente y personal con funciones de dirección o supervisión en Educación Básica o Media Superior impartida por el Estado y sus Organismos Descentralizados que a la entrada en vigor de esta ley tenga Nombramiento Provisional, continuará en la función que desempeña y será sujeto de la evaluación prevista en el artículo 52 de la presente ley (la evaluación de desempeño). El personal que obtenga resultados suficientes en dicha evaluación se le otorgará Nombramiento Definitivo y quedará incorporado en el Servicio Profesional Docente”. ¿Y qué ocurrirá en el caso de personal que tiene muchos años en un puesto y, a fin de retenerlo, se le contrata cada seis meses? Es obvio que un docente que ha trabajado por años sin recibir nombramiento (o plaza) permanente tiene derecho a levantar una demanda contra las autoridades educativas y esa demanda puede ser viable, toda vez que, en su caso, se violaron las disposiciones emanadas del artículo tercero reformado. Hay gran variedad de situaciones entre maestros que han sido, por así decirlo, contratados a través de mecanismos “informales”. Un caso extremo: hay profesores que “rentan” su plaza para que otros la trabajen, esos “otros” se encuentran en total desamparo.

La descentralización de la operación del sistema escolar de educación básica, que se decidió en 1992, no produjo los resultados positivos esperados. Su efecto político fue incrementar las facultades de las autoridades educativas locales y potenciar a las secciones del sindicato, pero la periferia institucional (estados y municipios) no siempre mostró tener capacidad para responder con eficacia al desafío de dirigir la esfera educativa. Desde luego, hay estados que fehacientemente han probado que sí la tienen (Nuevo León, Baja California, etcétera), pero hay otros que simplemente adoptaron una actitud negligente ante el tema educativo. Esto era lógico. Durante mucho tiempo los gobernadores han colocado a amigos o compañeros de partido en las secretarías de educación aun cuando esas personas no tienen ni interés en el campo ni la competencia intelectual que la educación demanda. También ha ocurrido, recurrentemente, a nivel estatal que los recursos financieros de la educación son desviados hacia otros destinos. Tal vez esa situación explique cierta tendencia centralizadora que se manifiesta en algunos cambios recientes (en materia de finanzas la creación del Fondo de Aportaciones para la Nómina Educativa y Gasto Operativo, FONE). Eso no significa que las autoridades educativas locales quedaron exentas de responsabilidades en la reforma educativa. Ellas se encargarán —como lo venían haciendo— de la operación de las escuelas, pero además tendrán nuevas funciones relacionadas con el SPD y con la política de centralidad y autonomía para la escuela. A ellas corresponde proponer al gobierno federal propuestas de perfiles, parámetros e indicadores; emitir las convocatorias a los concursos y evaluaciones del SPD; seleccionar y capacitar a los evaluadores; seleccionar a los aplicadores; participar en la evaluación del desempeño y calificar, conforme a los lineamientos emitidos por el INEE, las etapas de los procesos de evaluación; operar y, en su caso, diseñar los programas de reconocimiento de profesores y directivos; ofrecer programas para la actualización, capacitación y formación continua de los docentes, directivos y supervisores.

El punto débil de la reforma ha sido la periferia del sistema educativo: las autoridades estatales y municipales. El centralismo es igualmente necesario en materia de planes de estudio y programas, como lo establece la fracción III del artículo tercero constitucional y la LGE en su artículo 12 (que reformó al texto anterior el 10 de diciembre de 2004). A la letra este artículo dice: “Corresponde de manera exclusiva a la autoridad educativa federal determinar en toda la República los planes y programas desde preescolar, primaria, secundaria, normal y formación de maestros. Sólo se consultará la opinión de las autoridades locales, de los diversos actores sociales en educación: los maestros, padres de familia y aquellas que, en su caso, formule el INEE”. En algunas materias, la pobreza en materia de recursos humanos educativos de los estados es dramática. Por ejemplo, en evaluación. Hay estados que simplemente no tienen un área de evaluación en sus secretarías. ¿Qué podemos suponer en cuanto al diseño y elaboración de planes de estudio y programas? Las deficiencias estatales son escandalosas. Las entidades federales simplemente no se han abocado a formar grupos de especialistas para atender las diversas necesidades de recursos humanos que reclama la planeación y dirección de la educación local.

La descentralización y la organización federada de la educación son objetivos deseables, desde luego. Pero el centralismo en educación ha tomado un nuevo aire a la vista de los fracasos que los estados han tenido en el manejo de sus asuntos educativos. Al respecto, Emilio Chuayfett dijo en una ocasión: “Es un federalismo coyuntural”, es decir, temporal, no definitivo y creo que todos esperamos que así sea.

Un último apunte. Desde el punto de vista tradicional la legislación laboral de los trabajadores se regula con los apartados A para la empresa privada y B para las empresas estatales (burocracia) del artículo 123. Con la nueva legislación educativa surge una nueva opción legislativa, es decir, de alguna manera ahora existe un “nuevo apartado” porque la burocracia docente tendrá un régimen legal sui generis dado que los docentes tendrán dos regulaciones: por un lado, la Constitución (artículo 3, fracción III) dice que a la profesión docente sólo se puede ingresar o ganar una promoción a través de concursos de oposición; por otro, todos los aspectos de seguridad social y jubilación se van a regir —como es usual— por el apartado B del artículo 123 y la Ley Federal Burocrática. Esto introduce una novedad en el tratamiento legal respecto al resto de los servidores públicos.

 

Gilberto Guevara Niebla
Profesor de tiempo completo del Colegio de Pedagogía de la UNAM y consejero de la Junta de Gobierno del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación.

Este texto se incluirá en el libro Poder para el maestro, poder para la escuela. La reforma educativa de 2013, que circulará próximamente.

Expediente

Extradiciones: Calle de sentido único

En México los procesos de extradición están legislados en más de un instrumento. La decisión última, sin embargo, es política, no legal. Así lo demuestra este inventario de episodios, enmarcados por una relación tirante con Estados Unidos y resueltos indefectiblemente a puerta cerrada

En 1861 Estados Unidos celebraba su año 86 como país independiente. México, que en ese entonces reconocía 1821 como su aniversario oficial, celebraba 40. Ambos países se encontraban en medio de tiempos turbulentos. En Estados Unidos iniciaba la guerra civil entre el norte y el sur, en México terminaba la guerra de Reforma y comenzaba la invasión francesa.

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Ilustraciones: Patricio Betteo

La guerra entre Estados Unidos y México había terminado décadas antes y los gobiernos normalizaban relaciones tras la ruptura durante la guerra de Reforma. Abraham Lincoln, recién elegido presidente, acababa de nombrar al diputado Thomas Corwin como “ministro plenipotenciario” en México, encargado de representar a su país frente al gobierno de Benito Juárez.

La línea divisoria entre los países se había desplazado durante los últimos años, pero aun así varios de los territorios fronterizos eran tierra de nadie. Los forajidos podían cruzar de un lado a otro sin mayor repercusión. En caso de que un gobierno buscara que un perseguido regresase, lo único que podía hacer era pedir un favor al otro o recurrir a medidas no sancionadas por la ley. No existía un medio legal para repatriar al reo fugado, por lo que gobiernos como el de Texas pagaban a cazarrecompensas por cruzar la frontera y recapturar, entre otros, a esclavos que habían escapado. Uno de los pocos acuerdos oficiales entre ambos países permitía el cruce de fuerzas armadas al otro lado de la frontera sólo en el caso de la “persecución de indios salvajes”.1

Fue el miércoles 11 de diciembre cuando Corwin se reunió con Sebastián Lerdo de Tejada, entonces diputado del Congreso de la Unión. Ambos firmaron el primer tratado de extradición entre México y Estados Unidos. El tratado contenía ocho artículos, de los cuales tres tenían provisiones específicas para los territorios fronterizos. El texto era claro: no permitía la extradición de prisioneros políticos, y por primera vez prohibía la persecución de esclavos fugitivos o de personas enjuiciadas bajo estatus de esclavo, ya que en México la esclavitud se había abolido en 1824. Tampoco permitía extraditar a connacionales: si un mexicano o estadunidense cometía un delito del otro lado de la frontera y regresaba a su país, el gobierno no estaba obligado a devolverlo. El tratado señalaba que las peticiones de extradición se tenían que hacer a través del Ministerio de Relaciones Exteriores de México o del Departamento de Estado de Estados Unidos. Quizás el punto más conflictivo era que, dentro del listado de delitos en el artículo tercero, algunos se definían explícitamente y otros no.2

Ese primer acuerdo fue remplazado por otro a finales de siglo (1899), bajo las presidencias de Porfirio Díaz y William McKinley. El nuevo texto agregaba un artículo importante y que se mantiene al día de hoy: un gobierno es capaz de extraditar a sus connacionales a discreción del Ejecutivo. El segundo tratado, a su vez, fue remplazado por el actual: el de 1978.3 Asimismo, existe una ley de 1975, la Ley de extradición internacional, que establece los mecanismos para extraditar de México al resto del mundo.4 En total México tiene 34 tratados de extradición vigentes con otros países, la mayoría de ellos americanos. El más reciente es con Cuba, firmado en 2013, promulgado en abril de 2015 y que remplazó al tratado de 1925.5

 

Los procesos de extradición, pese a estar legislados en más de un instrumento, dependen, en gran medida, de la discrecionalidad de los integrantes de los gobiernos que intervienen en ellos. En las extradiciones desde México, sea extranjera o connacional la persona sujeta a proceso, la decisión última es política, no legal. Cuando un gobierno extranjero solicita la extradición, el gobierno mexicano debe evaluar varios elementos: si las pruebas presentadas para acreditar que la persona en cuestión cometió el delito son sólidas; si el país al que se piensa extraditar no absolverá a la persona y le dará trato preferencial o, al contrario, trato injusto; en caso de estar sujeto a proceso en México que los actos concretos por los que se le busque extraditar sean distintos a aquellos por los que es procesado en nuestro país, entre otros. El gobierno también debe determinar que los datos de la persona que se pide extraditar correspondan al individuo detenido por las autoridades locales. Tal es el caso de Osvaldo Sauceda Guerra. Estados Unidos pidió la extradición de una persona con ese nombre en 2009 por presuntamente lavar dinero. El gobierno mexicano solicitó a la entonces juez federal Verónica Judith Sánchez que permitiera extraditar a alguien llamado Osvaldo Guerra Sauceda. La juez liberó a Guerra Sauceda por considerar que no se trataba de la misma persona.6

Además de esto, el gobierno pide una opinión —no vinculante— a un juez de Distrito sobre si la extradición procede o no.

Sin embargo, la decisión última termina por hacerse a puerta cerrada, sin conocimiento público de los motivos por los cuales se aprueba o niega la extradición. Esto es todavía más opaco en el proceso de extradición de connacionales: la Secretaría de Relaciones Exteriores, junto con la Procuraduría General de la República, y en última instancia con la presidencia, pueden decidir con independencia de lo que opine el juez. La extradición termina por ser más un instrumento de política pública que un mecanismo legal; los motivos para otorgarla o negarla dependen en exclusiva del gobierno en turno y su política criminal.

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El único mecanismo legal en el que el posible extraditado puede influir en el proceso —dejando de lado el intercambio de información o la colaboración con el gobierno— es a través del juicio de amparo. Ahí sí existe una determinación legal vinculante: si el juez otorga un amparo contra la extradición, el gobierno no tiene derecho a llevarla a cabo. Aun así, siempre existen medidas extralegales para sustraer a alguien sin respetar las leyes locales: como en los casos de Morton Sobell, un estadunidense que trabajaba como espía para la Unión Soviética durante la Guerra Fría y que huyó a la ciudad de México en 1950, y del mexicano Humberto Álvarez Machain, acusado por Estados Unidos de participar en el homicidio de Enrique Kiki Camarena en 1985.

Sobell, ingeniero eléctrico de profesión, trabajó para la Oficina de Artillería de la Marina estadunidense y fue reclutado como espía en 1944, un año antes de que terminara la Segunda Guerra Mundial, cuando comenzaba a quedar claro que Estados Unidos y la Unión Soviética serían enemigos futuros. Para 1950 trabajaba en General Electric y tenía acceso a los procesos de desarrollo de radares que llevaba a cabo la compañía. Ese año el gobierno de Estados Unidos detuvo a Harry Gold y a David Greenglass, otros dos espías, quienes confesaron trabajar con Sobell.

Sobell, implicado en el crimen por Gold y Greenglass, logró huir a la ciudad de México en junio del mismo año, junto con su esposa y dos hijos. El 16 de agosto tres hombres con armas ingresaron a su casa. Según relata él mismo, “no me preguntaron quién era, no me dijeron qué querían… no contestaban, salvo una acusación vaga de que había robado 15 millones de dólares de un banco en Acapulco…”.7 Fue golpeado y llevado a la frontera con Estados Unidos, donde los hombres armados lo entregaron al FBI. Al día de hoy, el FBI sostiene que fueron las autoridades mexicanas quienes entregaron a Sobell al gobierno.8 En México se especula que fue la Dirección Federal de Seguridad.9 A pesar de que el tratado de extradición de 1899 seguía vigente, fue ignorado por las autoridades, ya que el espionaje es un delito político, que no permite extradición. Sobell fue sentenciado a 30 años de cárcel por el delito de “conspiración para cometer espionaje”. Fue liberado al cumplir 18 años de la sentencia.

Álvarez Machain, un médico mexicano residente de Guadalajara, fue acusado de participar en la tortura y homicidio de Enrique Kiki Camarena, un agente de la Administración para el Control de Drogas (DEA, en inglés) que trabajaba en México. Según las acusaciones del gobierno estadunidense, ayudó a mantener vivo a Camarena mientras miembros del Cártel de Guadalajara lo torturaban. Aunque en un inicio el gobierno mexicano accedió a extraditar a Álvarez para que enfrentara el proceso en Estados Unidos, las negociaciones se cayeron de último minuto cuando los funcionarios mexicanos pidieron un pago por adelantado de 50 mil dólares para transportarlo a la frontera. Estados Unidos canceló la petición y en su lugar contrató a un grupo de cazarrecompensas para secuestrar a Álvarez Machain. El grupo, conformado por entre cinco y seis hombres armados, secuestró al médico en su consultorio, le administró toques eléctricos en los pies, lo sedó y lo subió a un avión con destino a El Paso, donde agentes federales estadunidenses lo arrestaron al aterrizar.10 Al enterarse de lo sucedido, el gobierno mexicano protestó airadamente, pero Estados Unidos se rehusó a regresar al médico.

El caso llegó hasta la Suprema Corte de Estados Unidos, que votó 6-3 a favor de que Álvarez Machain fuese enjuiciado a pesar de su detención ilegal ya que, en su opinión, el tratado de extradición entre ambos países no tenía una prohibición explícita de secuestro de la persona que se buscaba enjuiciar.11 El juicio en su contra inició en 1992, y no pasó de la primera etapa, pues el juez de Distrito dijo que el caso se basaba en “sospechas y nada de pruebas”.12 Álvarez Machain fue repatriado a México ese mismo año; en 1993 buscó demandar al gobierno estadunidense por haberlo secuestrado, pero el caso fue desechado.13

 

En tiempos recientes el proceso de extradición entre México y Estados Unidos ha tenido su principal cauce en el narcotráfico. Cientos de mexicanos han sido extraditados a Estados Unidos para cumplir sentencias allá. El pico se dio durante la presidencia de Felipe Calderón cuando, tan sólo en 2012, 115 personas —no todas ellas mexicanas— fueron enviadas a Estados Unidos.14 A lo largo de la presidencia de Enrique Peña Nieto el número ha bajado considerablemente: según las cifras disponibles a octubre de 2015, sólo 49 personas habían sido extraditadas durante el último año, 58% menos que hace tres.15 En total, de 1994 a 2014, México extraditó a 350 personas a Estados Unidos por cuestiones de narcotráfico.16

De los múltiples narcotraficantes extraditados vale la pena hablar de dos casos en concreto para entender algo clave: aunque en papel la extradición es algo simple, el proceso puede ser tan complicado como turbio.

Juan García Ábrego, sobrino del legendario contrabandista Juan Nepomuceno Guerra, Don Juan, y responsable de lo que hoy conocemos como el Cártel del Golfo (CDG), fue detenido el 14 de enero de 1996, en un operativo en Villa de Juárez, Nuevo León. A las horas, García Abrego, primer narcotraficante en llegar a la lista de los 10 más buscados por el FBI, ya se encontraba en un avión rumbo a Estados Unidos;17 algo inusual dados los plazos contemplados dentro de la ley de extradición de México, y sólo posible, según el artículo 18 del tratado de extradición entre ambos países, en caso de que se tratase de una extradición sumaria, consentida por el detenido.

¿Qué fue lo que sucedió para que la entrega de García Ábrego se realizara tan rápido? En su momento, algunas notas hablaron de extradición, por tratarse de un mexicano, pero otras dijeron que García Ábrego había sido deportado, por tratarse de un ciudadano estadunidense.18 Y es que García Ábrego tiene actas de nacimiento con dos lugares y fechas distintas: una dice que nació en La Paloma, Texas, el 13 de septiembre de 1944, y otra que nació en julio de 1945 en Matamoros, Tamaulipas.

Al día de hoy la historia es confusa. El propio García Ábrego, que fue sentenciado a 11 cadenas perpetuas consecutivas y está preso en la cárcel de máxima seguridad de ADX Florence,19 pidió a sus abogados llevar el asunto a juicio para definir su lugar de nacimiento. Busca que se le declare estadunidense, aunque expertos en el tema no logran entender por qué.20

El segundo caso más importante de extradición de narcotraficantes a Estados Unidos ocurrió con el sucesor de García Ábrego, Osiel Cárdenas Guillén. Cárdenas, que había iniciado su vida profesional como mecánico, tuvo una carrera meteórica dentro del CDG, hasta tomar el lugar de su jefe una vez que éste fue detenido. Ya establecido como capo principal, Cárdenas también ocupó el espacio que García Ábrego había dejado en la lista de los fugitivos más buscados por el FBI. En el camino asesinó a Salvador El Chava Gómez, con quien originalmente había heredado la organización, y desde entonces se le conoce como El Mata Amigos. Siete años después de la detención de García Ábrego, Osiel Cárdenas fue capturado por el ejército en Matamoros, durante una balacera en la ciudad que inició en la fiesta de cumpleaños de su hija.21 El líder del CDG permaneció detenido en el penal del Altiplano tres años, hasta que el juez que llevaba el proceso en su contra fue asesinado a las afueras del juzgado. El juez no llevaba ni tres meses en funciones. Al día siguiente del homicidio el gobierno mexicano inició los trámites para extraditarlo a Estados Unidos.22

El caso de Cárdenas, una vez extraditado, fue de los más opacos en la historia de Estados Unidos. Los documentos del juicio fueron sellados, la evidencia que se presentó en su contra también; lo único que se conocieron fueron los cargos: conspiración para traficar drogas a Estados Unidos, violación de la ley conocida como “Kingpin Act”, que prohíbe a empresas estadunidenses hacer negocio con una persona que participe de forma importante en un cártel. También se le acusó de amenazar a dos agentes estadunidenses que, circulando por Matamoros en 1999, fueron acorralados por el propio Cárdenas y sus sicarios. Los agentes eran guiados por alguien a quien el CDG consideraba como soplón. El Mata Amigos pidió que se lo entregaran; los agentes se negaron y le dijeron que pensara en las consecuencias de matar a dos agentes del FBI. Cárdenas los dejó escapar.23 A pesar de cargos similares a los de su antecesor, sólo recibió 25 años de pena. Según documentos clasificados que fueron filtrados del juicio, Cárdenas negoció una reducción de sentencia con el gobierno de Estados Unidos.24 Aun así, fue enviado a la misma prisión de máxima seguridad que García Ábrego, donde permanece aislado 23 horas al día. Durante el juicio Cárdenas pidió perdón a México, Estados Unidos y su familia. Según la juez, los 25 años en aislamiento serían suficientes para separarlo por completo del Cártel del Golfo.25

El argumento de la juez era el mismo que utilizaba el gobierno de Felipe Calderón para extraditar a connacionales: al extraerlos de su ámbito de operación dejarían de tener influencia dentro de los cárteles. En este caso en concreto, el homicidio del juez hizo que el gobierno federal se replanteara muchas cosas, entre ellas, la capacidad de operación del propio Cárdenas desde el propio penal del Altiplano. Así como mandaba matar gente desde su celda, también organizaba festejos, como el famoso convivio del día del niño de 2006 en Reynosa, donde se repartieron 17 mil juguetes.26 Para el gobierno, no obstante que Cárdenas estuviese detenido, lo importante era desconectarlo como fuera del CDG. El problema ocurrió cuando Estados Unidos declinó compartir la inteligencia obtenida en la negociación con Cárdenas que llevó a la disminución de su pena.27

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Y es que si bien aumentaron las extradiciones de México a Estados Unidos, la relación entre ambos sigue siendo tensa. Por un lado, no hay ningún acuerdo que garantice compartir la inteligencia una vez que el detenido es extraditado; por otro, Estados Unidos —en parte por lo complejo de su sistema legal— no entrega a los detenidos con la misma facilidad que México: Zhenli Ye Gon, acusado de importar precursores químicos para el Cártel de Sinaloa, y cuyo caso saltó a la fama cuando se encontraron 205 millones de dólares en efectivo dentro de su casa, lleva nueve años tras las rejas en Estados Unidos. El gobierno mexicano ha pedido su extradición desde 2007. Al día de hoy el proceso de apelación de Zhenli Ye Gon en contra de la extradición continúa, pese a los reclamos del gobierno mexicano.

 

Uno de los casos de los que menos se ha hablado, a pesar de la notoriedad del personaje, y que sirve para demostrar la desigualdad en la relación entre México y Estados Unidos, es el de Duane Lee Chapman, la estrella de reality conocida popularmente como Dog the Bounty Hunter. Chapman, un cazarrecompensas que pasó dos años en la cárcel por participar en el homicidio de un narcomenudista en Texas en la década de los setenta, ganó notoriedad por su programa de televisión, en el cual persigue a personas que han violado las condiciones de su libertad condicional. Él y su equipo detienen a los fugitivos y cobran la recompensa que se ofrece por ellos. El programa inició en 2004 y se convirtió en un éxito durante ocho temporadas.

Un año antes de que Chapman saltara a la fama de los reality shows, Andrew Luster, heredero de la fortuna de cosméticos Max Factor, se dio a la fuga: el gobierno de California lo acusaba de haber drogado y violado a tres mujeres y de haber grabado los crímenes. Tras pagar una fianza de un millón de dólares huyó de Estados Unidos y se refugió en Puerto Vallarta. Chapman, al escuchar del caso, viajó a México con su hijo y con otro cazarrecompensas, también de apellido Chapman, aunque sin relación. Los tres dieron con el paradero de Luster y lo detuvieron. Pero al no tener ninguna autorización mexicana ni ser miembros del gobierno de Estados Unidos, fueron detenidos por policías mexicanos y acusados de privación ilegal de la libertad. Luster fue extraditado y está cumpliendo una sentencia de 50 años, mientras que los Chapman fueron enviados a una cárcel local en Jalisco en lo que esperaban juicio. Un juez les permitió salir bajo fianza en lo que continuaba el proceso. Pero los tres cazarrecompensas decidieron huir del país y lo consiguieron sin mayores problemas.

A petición del gobierno mexicano los Chapman fueron detenidos tres años después.28 Sin embargo, el término para enjuiciarlos ya había prescrito, por lo que nunca fueron extraditados. En el periodo en el que permaneció prófugo de la justicia mexicana, el cazarrecompensas apareció en distintos programas televisivos y conferencias pagadas para contar su historia, varios de ellos en la cadena Fox News.29 El gobierno estadunidense presionó al mexicano de diversas formas. Entre ellas, 29 congresistas enviaron una carta a la secretaria de Estado Condoleeza Rice, responsable de los procesos de extradición en Estados Unidos para que Chapman permaneciera en el país.30 Según ciertos especialistas, la presión política terminó por hacer que el gobierno mexicano desistiera del caso.31

Al enterarse que ya no sería enviado de regreso a Jalisco, Chapman gritó “¡Viva la México!” (sic).32

 

Esteban Illades
Periodista. Su libro La noche más triste, la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa fue publicado por Grijalbo el año pasado.


1 Zagaris, Bruce y Julia Padierna, “Mexico-United States Extradition and Alternatives”, American University International Law Review 12, no. 4 (1997), p. 523. Disponible en: http://bit.ly/1UvwooQ.(Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

2 El texto completo del tratado puede ser leído en inglés aquí: http://nyti.ms/20bzxkv. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

3 El tratado está disponible en el archivo en línea de la Secretaría de Relaciones Exteriores: http://bit.ly/1WSfQce. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

4 La ley se puede consultar en el sitio de la Cámara de Diputados: http://bit.ly/1PYURz9. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

5 Los tratados pueden consultarse en el archivo en línea de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Al día de hoy no están categorizados, por lo que es necesario utilizar el buscador en la siguiente liga: http://bit.ly/1PKpyxJ. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

6 Aunque la PGR intentó llevar a juicio a Sánchez por supuestamente haber cometido delitos en contra de la administración de justicia, el juez noveno de Distrito en el Reclusorio Sur negó la orden de aprehensión en su contra. Ver: Méndez, Alfredo, “Insiste la PGR en llevar a juicio a la juez que liberó a reo buscado por EU”, La Jornada, 22 de junio de 2011. Disponible en: http://bit.ly/23yR7y7. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

7 Enciclopedia Spartacus Educational, Morton Sobell. Disponible en: http://bit.ly/20yxcwZ. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.) Ver también: Roberts, Sam, “Figure in Rosenberg Case Admits to Soviet Spying”, The New York Times, 11 de septiembre de 2008. Disponible en: http://nyti.ms/1TsmHco. (Fecha de consulta: 29 de enero de 2016.)

8 “The Atom Spy Case”, Famous Cases and Criminals, FBI. Disponible en: http://1.usa.gov/1PFOPTt. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

9 García, Ariadna, “Los 10 de Hollywood”, El Universal, 1 de abril de 2002. Disponible en: http://eluni.mx/1UvVDat. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

10 Zaid, S. Mark, “Military Might Versus Sovereign Right: The Kidnapping of Dr. Humberto Álvarez-Machain and the Resulting Fallout”, Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM, 1996. Disponible en: http://bit.ly/1UvZ01e. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

11 Supreme Court of the United States, United States v. Álvarez Machain, disponible en: http://bit.ly/1SOQvAM. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

12 Supreme Court of the United States, Álvarez Machain v. United States, disponible en: http://bit.ly/1KmnF7Y. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

13 Ídem.

14 Campoy, Ana, “Why is it taking so long for Mexico to extradite El
Chapo?”, Quartz, 14 de enero de 2016. Disponible en: http://bit.ly/20CyuqB. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

15 Ídem. Estos números contemplan la extradición de Édgar Valdez Villarreal, conocido como La Barbie, quien fue extraditado con otras 12 personas a finales de septiembre de 2015.

16 Ramírez de Aguilar, Fernando e Itzel Vázquez Vergara, “En 20 años,
extraditaron a 350 personas por narcotráfico”, El Financiero, 24 de febrero de 2014. Disponible en: http://bit.ly/1nJlm5h. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

17 Para entender la historia de “El Cártel del Golfo” a cabalidad, es recomendable leer a Eduardo Guerrero, “El dominio del miedo”, nexos, julio de 2014. Disponible en: http://bit.ly/1lOjy6G. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

18 Fineman, Mark, “Mexico Deports Alleged Drug Cartel Chief to U.S.”, Los Angeles Times, 16 de enero de 1996. Disponible en: http://lat.ms/1RWsxTW. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

19 Para entender el tipo de cárcel en la que está García Ábrego, ver Mark Binelli, “Inside America’s Toughest Federal Prison”, The New York Times, 26 de marzo de 2015. Disponible en: http://nyti.ms/191fYCy. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

20 Ortiz, Ildefonso, “Legendary Cartel Boss Fighting for U.S. Citizenship”, Breitbart, 3 de enero de 2015. Disponible en: http://bit.ly/1vI7CDQ. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

21 Según varios expertos en el tema, incluidos Ioan Grillo, autor de El Narco, la captura de Osiel Cárdenas propició la sangrienta guerra entre cárteles por el control del país, que, al día de hoy ha dejado decenas de miles de muertos. Para mayor información sobre la captura de Cárdenas, ver Héctor de Mauleón, “La pulverización de los cárteles”, nexos, julio de 2014. Disponible en: http://bit.ly/1iRgaZx. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

22 Aunque nunca se pudo comprobar legalmente que Osiel Cárdenas fue el autor intelectual del homicidio del juez federal, fuentes que conocieron el caso de primera mano aseguran que Cárdenas fue el responsable directo; según ellas, Cárdenas mandó matar al juez por negarse a cambiar una audiencia de día. Ver Alfredo Méndez, “Identi ca la PGR a los sicarios que ultimaron a un juez federal en Toluca”, La Jornada, 30 de octubre de 2006. Disponible en: http://bit.ly/1Pe3w0T. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

23 Associated Press, “DEA agent describes engaging in armed standoff with drug kingpin in ’99”, 16 de marzo de 2010. Disponible en: http://bit.ly/1Ko4MSc. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

24 Pérez, Ana Lilia, “Sentencia de Osiel, un pacto con Obama”, Contralínea, 1 de agosto de 2010. Disponible en: http://bit.ly/206yooY. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

25 McKinley Jr., James C., “Mexican Drug Kingpin Sentenced to 25 Years
in Secret Hearing”, The New York Times, 25 de febrero de 2010. Disponible en: http://nyti.ms/1PhqYt7. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

26 Redacción, “Festeja Osiel Cárdenas a miles de niños en Reynosa”, El Universal, 29 de abril de 2006. Disponible en: http://eluni.mx/1P47OtR. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016).

27 Esto según fuentes involucradas en la extradición de Cárdenas.

28 Notimex, “Arrestan a famoso caza-recompensas; lo pide México en extradición”, 14 de septiembre de 2006. Disponible en: http://eluni.mx/1VJ2Bct. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

29 Leer, por ejemplo, la transcripción de la entrevista que le hizo Fox News en 2005 después de dictar una charla de superación personal en Las Vegas: http://fxn.ws/1nLso9J. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

30 Johnson, Caitlin, “Congressmen Back Bounty Hunter”, CBS News, 11 de octubre de 2006. Disponible en: http://cbsn.ws/1QaSARv. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

31 Miller, Wilbur (editor). The Social History of Crime and Punishment in America: An Encyclopedia, Sage Publications, Nueva York, 2012, p. 156.

32 Fassler, Kim y Lynda Arakawa “‘Dog’ Chapman says Mexican charges have been dropped”, The Honolulu Advertiser, 2 de agosto de 2007. Disponible en: http://bit.ly/1TBECNU. (Fecha de consulta, 29 de enero de 2016.)

Expediente

Las fallas del sistema penitenciario

México olvida su sistema penitenciario hasta que un golpe, cíclico y letal, le hace recordarlo, como sucedió el mes pasado en Topo Chico y como había sucedido hace un año con la fuga del narcotraficante que puso de cabeza al gobierno. En esta puesta al día del estado de las prisiones mexicanas, Juan Pablo García Moreno perfila las razones por las que estos centros son caldo de cultivo de la corrupción, la extorsión, el cobro de piso y la delincuencia organizada

Entre los numerosos efectos que tuvo la fuga de Joaquín Guzmán —y su posterior recaptura— se encuentra que el país recordó la existencia de sus cárceles. Y básicamente la recordó para mal. En la prensa, en las conversaciones cotidianas, en las redes sociales, se señalaban puntualmente las fallas del penal de alta seguridad que habían permitido el escape del hombre más buscado de México. Comenzó a hablarse, como si fuera cualquier cosa, de reclusos, internos, monitoreo. Como si en efecto supiéramos de lo que hablábamos.

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Ilustraciones: José María Martínez

La realidad es muy distinta: somos un país que piensa poco en su sistema penitenciario. No lo conocemos; parece, incluso, que no nos importa. Por un lado, podrán decir algunos, porque es aburrido; por el otro, porque existe la idea de que quienes están encarcelados lo tienen merecido —y que gracias a ello la sociedad en su conjunto se encuentra mejor.

Al día de hoy son más de 250 mil personas las que pasarán la noche en alguno de los 389 centros penitenciarios del país. De ellos, más de 104 mil no han sido sentenciados, por lo que son inocentes ante la ley. La capacidad instalada de nuestro sistema penitenciario es de 206 mil 379 personas. Lo que significa que la mayoría de los internos se encuentra en centros sobrepoblados, en donde no existen condiciones dignas para su reclusión ni personal suficiente para vigilarlos.

¿Cómo llegamos a este punto?

Acaso el primer paso para comprender sea aproximarnos a la base de su existencia. La Constitución es clara en establecer el mandato del sistema penitenciario. En su artículo 18 dice: “El sistema penitenciario se organizará sobre la base del respeto a los derechos humanos, del trabajo, la capacitación para el mismo, la educación, la salud y el deporte como medios para lograr la reinserción del sentenciado a la sociedad y procurar que no vuelva a delinquir, observando los beneficios que para él prevé la ley”.

Hay un par de conceptos de este mandato constitucional que vale la pena mantener presentes, pues volveremos a ellos. El respeto a los derechos humanos, en primer lugar; la reinserción del sentenciado, en segundo. Baste por ahora entender que para la Constitución el principal objetivo del sistema penitenciario es lograr que aquellos que pasen por sus instalaciones no vuelvan a cometer delitos.

Esta visión es reciente. Como mencionan Leslie Solís, Néstor de Buen y Sandra Ley en La cárcel en México: ¿Para qué? (México Evalúa, 2013), este mandato constitucional surgió de una reforma en 2008. Anteriormente, los objetivos del sistema penitenciario habían sido la regeneración y la readaptación social del delincuente.1 La consideración de los derechos humanos del sentenciado sólo se incorporó al artículo 18 hasta 2011. La distinción entre delincuente y sentenciado tampoco es trivial. Al adoptar el término actual la Constitución permite la posibilidad de que haya personas inocentes en los centros penitenciarios. De ahí que sólo busque reinsertar a quienes, en efecto, se ha demostrado su culpabilidad en una sentencia.

Ahora bien, ¿cumple realmente el sistema penitenciario con su mandato constitucional? La respuesta es no. Y no sólo fracasa, como veremos más adelante, en impedir que quienes pasaron por sus instalaciones vuelvan a delinquir, sino que adicionalmente logra este fracaso a costa del respeto de los derechos humanos de los internos.

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De acuerdo con el Órgano Administrativo Desconcentrado de Prevención y Readaptación Social (OADRPS)2 de la Secretaría de Gobernación, al cierre de 2015 había en México 250 mil 539 internos en centros penitenciarios del país. De ellos, sólo 5% (13 mil 301 para ser exactos) son mujeres. El grueso de la población penitenciaria se encuentra recluida por delitos del fuero común: 80.74%, lo que equivale a 202 mil 293 internos. El 19.26% restante, 48 mil 246 internos, están recluidos por delitos del fuero federal.

Si miramos más de cerca a las poblaciones, tanto federales como del fuero común, surge el primer indicador de que algo va mal. 31.9% de los internos del fuero común no cuenta con una sentencia condenatoria; lo mismo que el 9.8% de los internos del fuero federal. En conjunto, estas personas que son inocentes ante la ley suman 104 mil 613 —42% de la población total.

Si se analiza la relación entre procesados y sentenciados del fuero común a nivel estatal es notoria la disparidad que existe entre entidades federativas. Mientras que en la ciudad de México sólo 11.18% de los internos se encuentra encarcelado sin sentencia, en Quintana Roo, el extremo opuesto, sólo 29.89% ha sido sentenciado. Hay, además de Quintana Roo, otros nueve estados en donde menos del 50% de los internos ha sido sentenciado. Estamos hablando de 10 estados con cárceles mayoritariamente llenas de personas inocentes ante la ley (ver gráfica 1).

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En la mayoría de los estados el grueso de los delitos se castiga con penas carcelarias de menos de tres años.3 Y la mayoría de los delitos que se persiguen son delitos simples. En 2011, por ejemplo, 42.9% de los internos fue condenado por robo; sólo 17.3% fue sentenciado por homicidio y 5.8% por privación ilegal de la libertad.4 La persecución de delitos simples, que bien podrían haberse sancionado con penas alternativas, “sugiere que la capacidad de persecución criminal del Estado es baja y se limita a los eslabones más débiles de la cadena delictiva”.5

Sin embargo, el periodo de espera de una sentencia pueda ser equivalente a la pena que establece la ley. Lo que significa que en el mejor de los casos un interno en prisión preventiva sea encontrado culpable, puesto que el tiempo que haya esperado su condena será considerado como parte de la pena que establece la ley. En el peor de los casos, un interno en prisión preventiva puede esperar durante años por una sentencia —para al final ser declarado inocente.

La razón detrás de estas escandalosas cifras es el uso excesivo de la prisión preventiva en nuestro país. Como mencionan Solís, De Buen y Ley: “la razón entre detenidos y condenados es un indicador de qué tanto se usa la prisión con respecto a otro tipo de penas. Una proporción alta de presos por cada persona sentenciada significa que se le da un sobreuso a la prisión, ya sea porque no se consideran sanciones alternativas a la cárcel o porque hay un abuso de la prisión preventiva”.6

En 2010 había en México 1.54 presos por personas condenadas, lo que nos colocaba en octavo lugar mundial para ese indicador. En 2015 la proporción había aumentado a 1.71. Entre 1997 y 2012 se dictaron un millón 994 mil 347 condenas en el ámbito de competencia local; un millón 736 mil 762 fueron condenatorias. De ese total, 95.8% —un millón 663 mil 896— implicó prisión; sólo el 4.2% restante —72 mil 893— correspondió a penas alternativas: multa, reparación del daño y la combinación de las dos (ver gráfica 2).

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El abuso de la prisión como condena ha tenido como consecuencia natural la sobrepoblación de los centros penitenciarios del país. La capacidad de nuestro sistema penitenciario es de 206 mil 379 internos, sin embargo alberga a 250 mil 539. De los 389 centros penitenciarios que hay en México, 189 están sobrepoblados.

Lo anterior no se debe a que no existan centros penitenciarios suficientes: desde 1990 la capacidad instalada del sistema penitenciario ha aumentado sostenidamente año con año: 337% en 25 años para ser precisos. Sin embargo, el abuso de la prisión preventiva, así como el endurecimiento de las penas a nivel estatal, ha ocasionado que la capacidad instalada sea insuficiente sin importar cuánto crezca año con año.

El último año en que la capacidad del sistema penitenciario fue suficiente para la población privada de la libertad fue 1994. Desde entonces, y no está de más aclarar que estamos hablando de más de 20 años, los centros penitenciarios del país han estado sobrepoblados.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) propone una clasificación de los mismos dependiendo del riesgo que implica su nivel de sobrepoblación. En esta escala, una sobrepoblación superior al 40% es considerada como condición de urgencia, y el riesgo que representa es de nivel crítico. La define en los siguientes términos:

Cuando la densidad poblacional dentro de una prisión alcanza niveles en los que se pone en riesgo la satisfacción de necesidades mínimas como el abasto de agua para beber, un espacio para dormir o para cubrir necesidades fisiológicas básicas, debe ser considerada como sobrepoblación crítica, como condición de urgencia a atender, en virtud de la falta de gobernabilidad a que suele exponerse y a la violación de derechos humanos, así como de vida digna y segura en la prisión.7

Si se aplica este criterio a los datos disponibles, caen dentro de esta categoría 114 centros penitenciarios del fuero común. Entre ellos se encuentran 12 centros penitenciarios con una sobrepoblación superior al 300% —el caso extremo es la Cárcel Distrital Tepeaca, en Puebla, sobrepoblada al 576%.

Si bien la capacidad del sistema penitenciario ha aumentado, hay otros indicadores relevantes que se han mantenido constantes, o incluso han disminuido. Entre 2010 y 2014, por ejemplo, hubo en promedio 5.56 internos por cada miembro del personal de los centros penitenciarios estatales, tomando en cuenta a directivos, custodios y personal de apoyo. Al analizar únicamente la relación entre internos y custodios, la cifra se vuelve más alarmante: en el mismo periodo hubo 8.38 internos por cada custodio. Esta relación se encuentra dentro del rango de seguridad media según criterios técnicos.8

Detengámonos por un momento a entender este escenario: un custodio, por mejor capacitado que esté, debe encargarse de casi 10 internos. No sólo deberá observar que los internos tengan sus necesidades cubiertas, sino que, naturalmente, deberá encargarse de que su comportamiento sea adecuado. Podríamos pensar, con razón, que es una empresa prácticamente imposible.

De ahí que algunas conclusiones del último Diagnóstico Nacional de Supervisión Penitenciaria de la CNDH no resulten sorprendentes9:

En 77% de los centros penitenciarios el personal de seguridad y custodia es insuficiente para traslados, cubrir ausencias, vacaciones e incapacidades. En 76% de los centros no existen acciones para prevenir, ni atender incidentes violentos como riñas, lesiones, fugas, suicidios, homicidios y motines. En 62% se detectaron áreas de privilegios así como presencia de objetos y sustancias prohibidas e internos que ejercen violencia o control sobre el resto de la población.

Todas las cifras anteriores son sintomáticas de un fenómeno más amplio, presente en la mayoría de los centros penitenciarios del país: el autogobierno. En 2014 —las cifras más recientes a la fecha— en 58% de los centros penitenciarios del país los internos realizaban o participaban en acciones propias de la autoridad.10

Esta situación, alarmante sin duda, no es nueva. Desde 2009 la CNDH ha registrado un aumento casi sostenido en los centros con condiciones de autogobierno. En su punto más alto (2012) llegó a identificarlo en el 64% (ver gráfica 3).

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Hasta ahora nos hemos concentrado en el estado de nuestras prisiones. Un sistema rebasado e ineficiente. Recordemos, sin embargo, que su existencia no es gratuita, sino que responde a un mandato constitucional. Si bien la imagen hasta ahora descrita es grave, es a partir de dicho mandato que debemos evaluar al sistema. ¿Hasta qué punto cumple nuestro sistema penitenciario con lo establecido en el artículo 18 de la Constitución?

Acaso sea buen momento para hacer una pausa y recordar los conceptos principales del mandato constitucional de nuestro sistema penitenciario; es a la luz de los mismos que hemos de juzgar al sistema en su conjunto. Nuestras cárceles tienen como objetivo la reinserción de los sentenciados a la sociedad, a partir del respeto a los derechos humanos. Como hemos visto hasta ahora, dos de cada cinco internos no han recibido su sentencia, por lo que existe un primer indicador de que algo va mal.

Contrario a la opinión general, que considera que quienes están en la cárcel lo merecen, las personas privadas de la libertad tienen una serie de derechos fundamentales que deben ser respetados. Si bien es cierto que pierden el ejercicio de algunos de sus derechos (los políticos, por ejemplo), su condición particular establece derechos cuya procuración es, para el Estado mexicano, obligatoria.11

Entre los derechos de las personas privadas de la libertad se encuentran: el trato digno; separación entre procesados y sentenciados; salud y atención médica; no aislamiento; no incomunicación; protección de la integridad; no hacinamiento; salubridad; comunicación con la familia. A partir de estos principios, así como las condiciones de gobernabilidad de los centros penitenciarios, la CNDH evalúa, penal por penal, qué tanto respeta nuestro sistema penitenciario los derechos humanos.

Los resultados son preocupantes: el promedio acumulado de nuestro sistema penitenciario, en ocho años de evaluación, es de 6.27 (donde cero es la calificación mínima y 10 la máxima). Desde 2010, año en que el sistema en su conjunto recibió la calificación más alta (6.59), las calificaciones recibidas por la CNDH han disminuido sostenidamente hasta llegar a 6.0 en 2014. También en promedio, cada año 12.4 entidades federativas son reprobadas por la evaluación (ver gráfica 4).

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A nivel subnacional hay siete entidades federativas que, sostenidamente, han sido peor evaluadas año con año: Baja California Sur, Hidalgo, Jalisco, Michoacán, Morelos, Querétaro y Quintana Roo (estado que, por cierto, tiene la peor cárcel del país: el Centro de Reinserción Social Benito Juárez, en Cancún).

La reinserción social del sentenciado, el otro criterio fundamental del mandato constitucional de nuestro sistema penitenciario, tampoco muestra resultados satisfactorios. En 2012, último año para el que existe información disponible, casi 16% de los sentenciados fueron reincidentes;12 lo que significa que su paso por los centros penitenciarios no los disuadió de cometer nuevos actos delictivos. En algunas entidades federativas las cifras de reincidencia son notoriamente altas: la ciudad de México, por ejemplo, reportó una tasa de reincidencia de 35.2%; en Colima y Yucatán las tasas fueron superiores a 20%.13

Hay que tener en cuenta, además, que la tasa nacional puede ser mucho más alta. Lo anterior debido a que hay un gran porcentaje de sentenciados cuya condición de reincidencia se clasifica como No especificado (ver gráfica 5) .

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Posiblemente sea buen momento para recapitular. Lo que las cifras nos muestran hasta ahora es un sistema penitenciario rebasado. Su capacidad es insuficiente tanto para alojar a su población como para resolver su situación jurídica. Un sistema que persigue a los eslabones más débiles de las actividades delictivas y no considera penas alternativas. Un conjunto de centros sobrepoblados y mayoritariamente autogobernados. Un sistema, además, que fracasa en cumplir su mandato constitucional, que no respeta los derechos humanos y no logra reinsertar a sus internos a la sociedad.

Pues bien, ese sistema además cuesta.

En 2011 los estados gastaron ocho mil 658 millones de pesos en sus centros penitenciarios: cada interno del fuero común costó, en promedio, 50 mil pesos; lo anterior equivale a 134.42 pesos gastados cada día, por cada interno.14 En 2013 el gasto estatal había aumentado a nueve mil 880 millones 520 mil pesos: equivalente a 52 mil 957 pesos por interno al año, o 145.08 pesos diarios por cada interno.15 En 2015 la administración de los penales federales costó 17 mil millones de pesos; aproximadamente 750 mil pesos por interno.16

Podrá parecer mezquino reducir la vida de los miles de internos a unos cuantos pesos gastados por día. Sin embargo, en un contexto en donde el grueso de los estados de la República genera pocos ingresos propios, el argumento económico no es trivial. Las entidades federativas gastan demasiado dinero en un sistema que no produce los resultados deseados y que, en cambio, produce costos sociales muy altos.

El paso por un centro penitenciario, por más corto que éste haya sido, tiene un largo efecto en la vida de los internos. Una carta de antecedentes penales, por ejemplo, puede ser determinante en el futuro de alguien que busca reintegrarse a la sociedad. La falta de oportunidades para ex reclusos, causada por el estigma de haber estado en prisión, aumenta la probabilidad de que vuelvan a cometer actos delictivos.

Pero los costos sociales no se limitan a quien ha estado privado de la libertad, sino que se extiende a sus familias. En los centros penitenciarios de la ciudad de México y el Estado de México, por ejemplo, 71% de los internos hombres y 86% de las internas mujeres tienen hijos.17 En ese sentido, las cifras expuestas por Catalina Pérez Correa en la Primera encuesta a visitantes de los Centros de Readaptación Social ilustran la magnitud del impacto que la cárcel tiene en familias enteras. Para un alto porcentaje de encuestados (44.3% de los hombres; 40.9% de las mujeres) el encarcelamiento de un familiar ha implicado dejar de trabajar o perder el trabajo. Para 42.2% de las mujeres ha implicado no poder cuidar a sus hijos o nietos.18

“El estado de las cárceles mexicanas es un terrible autorretrato del estado que guarda el Estado mexicano”, escribió recientemente Héctor Aguilar Camín.19 Habría que añadir que, además de terrible, es un autorretrato ignorado —por ciudadanos y autoridades por igual.

Joaquín Guzmán le recordó al país la existencia de sus cárceles, pero ni siquiera es un interno representativo. La realidad es que El Chapo forma parte de la elite penitenciaria: cuenta con una sentencia y está recluido en un penal federal que, en términos generales, ha sido bien evaluado. Resulta paradójico, pues, que sea su notoriedad criminal la que vuelva las condiciones de su reclusión un asunto de relevancia nacional. Resulta trágico, también, que en México haya cientos de miles de personas que no puedan decir lo mismo.

 

Juan Pablo García Moreno
Editor de nexos en línea.


1 p. 14.

2 El Cuaderno mensual de información estadística penitenciaria nacional, noviembre de 2015, cuenta con los datos más actualizados hasta ahora.

3 México Evalúa, p. 30.

4 Ibíd., p. 28.

5 Ibíd., p. 30.

6 p.19.

7 Comisión Nacional de Derechos Humanos, La sobrepoblación en los centros penitenciarios de la República mexicana. Análisis y pronunciamiento, México, 2015, p. 5.

8 Ibíd., p. 23.

9 CNDH, Diagnóstico Nacional de Supervisión Penitenciaria 2014, México, 2015, pp. 416-417.

10 Ibíd., p. 420.

11 Tanto la Declaración Universal de los Derechos Humanos, como el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, y la Convención contra la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, son vinculantes para el Estado mexicano.

12 Estadísticas judiciales en materia penal 2012, INEGI.

13 México Evalúa, p. 50.

14 Ibíd., p. 52.

15 Censo Nacional de Gobierno, Seguridad pública y sistema penitenciario estatales 2014, INEGI.

16 Guerrero Gutiérrez, Eduardo, “Cómico, trágico e imperdonable”, El Financiero, 13 de julio de 2015: http://bit.ly/1Qhnb2y

17 México Evalúa, p. 51.

18 Pérez Correa, Catalina, “Mujeres invisibles: Los costos verdaderos de la prisión”, en nexos, diciembre de 2015,
https://www.nexos.com.mx/?p=26995

19 Aguilar Camín, Héctor, “Cárceles”, Milenio, 28 de enero de 2016.
http://bit.ly/1WSv2p0

Ensayo

El lado oculto de la enfermedad

Este es el inquietante ensayo ganador del Premio de Ensayo Carlos Pereyra, convocado por esta revista. Se trata de una honda reflexión sobre los esfuerzos de la medicina moderna para decir “no” a la enfermedad, a costa de la integridad del ser humano

Existe una obstinada tendencia a asociar la enfermedad con el dolor; y no únicamente con éste, la intervención de otros factores contribuye a que la noción que tenemos de ella sea una mezcla homogénea de moral y de creencias poco fundadas. También la angustia y no digamos ya la muerte —de las que, a juzgar por los hechos, mucha gente prefiere no saber nada— hacen que la enfermedad sea vista como una auténtica encarnación del mal, de modo que el papel que la idea de castigo ejercía antiguamente en esta cuestión, pese a los años y al desarrollo del pensamiento científico, es aún preponderante. Pero, ¿es acaso la enfermedad un fenómeno que necesariamente habría de rendir cuentas a la moral? ¿Por qué tendemos a ligar ideas de una índole distinta a la biomédica con los padecimientos y las dolencias de nuestro cuerpo? ¿Qué tuvo que haber pasado para llegar a esa situación? O bien: ¿qué historia u operación mental se halla detrás de ese obcecado afán de ver en la enfermedad, en el dolor y en la muerte algo más que meros fenómenos inmanentes a la vida? Estoy consciente de la complejidad del problema y de que ponerse tras las pistas de su origen remoto es tarea ardua, sin embargo creo que estas preguntas se pueden responder atendiendo sobre todo en un tono analítico, que no cronológicamente descriptivo, algunos hitos recientes en la historia de la ciencia, en especial de la medicina.

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Ilustraciones: Jonathan Rosas

El fracaso de las ciencias médicas

Después de cuatro largos años de trabajo, en 1996 el Hastings Center de Nueva York dio a conocer el llamado “Informe Hastings”, un documento de consenso en el que se fijaban los objetivos de la medicina ante los retos que planteaban las sociedades altamente tecnificadas del siglo XXI. El mensaje que este importante informe buscó transmitir —me parece— es bastante claro: además de luchar contra las enfermedades, la medicina debe conseguir que los pacientes mueran en paz y sin sufrimiento cuando las esperanzas de vida no descansan ya sino en la irrupción de un milagro. Sin embargo, tal fin no siempre es promovido e incluso se convierte en móvil de conflictos legales. No es difícil suponer que la raíz de muchos de los dilemas que dificultan seguidamente la práctica médica es de índole moral, pues lo que a menudo obliga a prolongar la vida de alguien que, por ejemplo, se encuentra en la última fase de un grave trastorno degenerativo son el conjunto de credos y creencias y el código moral en el que se mueven las personas implicadas en una situación como ésa. La cuestión del sufrimiento —que no debe confundirse con la del dolor1—es algo en lo que muchas veces los profesionales de la salud no reparan, ya sea por falta de empatía para con los pacientes, o bien, porque en verdad carecen de una sólida formación en materia de bioética. Pareciera que importa más hacer gala del conocimiento y la técnica que encontrar las formas adecuadas de dignificar la muerte y su lúgubre antecámara. No obstante, por lo que respecta al manejo del dolor y el sufrimiento ligado al memento mori, y me refiero no sólo al del cuitado moribundo sino al de sus familiares y seres queridos, las cosas no siempre han sido del modo en que actualmente las conocemos.

En los compases del último siglo, o por lo menos desde las postrimerías del XIX, la medicina ha reconocido en las enfermedades mortales a su peor enemigo; por lo tanto, no resulta nada extraño que la más apremiante de sus metas haya consistido —y consiste aún— en descubrir los medios y fórmulas de probada eficacia para, en el mejor de los escenarios, prevenir o, en su defecto, eliminar una a una y con debida oportunidad todas las causas de muerte conocidas.2 No es el dolor ni mucho menos el sufrimiento el must que encabeza la agenda del trabajo médico, sino pertrecharse contra la avasalladora caballería de los agentes necróticos. Así, en lo que no es más que un gesto de una ilusoria victoria, la mentalidad médica ha querido hacer de la muerte un fenómeno teóricamente evitable, asumiendo de modo tácito que tanto el dolor como el sufrimiento son meras manifestaciones de un mal mayor, del que la muerte sería su terrible anverso.3 Y a los ojos de un médico educado bajo un lineamiento semejante, el deceso de un paciente no puede considerarse sino como un auténtico fracaso. Si de lo que se trata entonces es de arrebatarle a la muerte la capacidad de fijar la hora letal de un enfermo, quedan justificados así todos los medios, dando cabida incluso al llamado “encarnizamiento terapéutico”, una práctica de todo punto contrapuesta a la eutanasia, en la que, se entiende, el dolor y el sufrimiento son sólo efectos colaterales de una aguerrida voluntad de refrenar la mortífera avanzadilla de un padecimiento que amenaza con acabar la vida de un individuo.

La muerte como imprevisto guantazo a la teoría y a la efectividad de los medios técnicos disponibles para mantener artificialmente la vida; tal fue la idea que se sumó a la concepción de ese fenómeno que, junto al nacimiento, constituye el fondo sobre el cual se cierne el misterio de la existencia. A raíz de que esta mentalidad cobró fuerza, aparecieron formas inéditas de promoción de la salud que de inmediato redundaron en el incremento de la expectativa de vida. En ese sentido, no hubo que esperar mucho para ver cómo las aspiraciones a convertirse en una persona saludable, lejos de los asépticos pasillos de un hospital y exenta de pesadas rutinas medicamentosas, alcanzaron el nivel de un genuino imperativo moral, desembocando incluso en formas neuróticas de combatir el riesgo de enfermedad. Sostengo que esta actitud, además de ser una franca secuela de esa mentalidad que equipara mortalidad con fracaso, responde principalmente a la convergencia de dos factores: por un lado, entre los muchos movimientos que surgieron como respuesta a la mal llamada y tópica resaca posmodernista, vemos cómo reaparece hoy y se incrementa la “necesidad” de una vuelta a la naturaleza, que se disfraza de una suerte de actitud purista no sólo en lo que a la salud y la alimentación se refiere, sino en lo tocante a la sociedad en general; por el otro, y asimismo como consecuencia de lo anterior, asistimos a un inusitado culto al cuerpo y a la juventud como garantía de una vida moralmente intachable. Como veremos, la forma en que ambos factores repercuten en la idea de enfermedad hace de ésta lo abyecto, la vil y no menos despreciable encarnación del mal.

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Los hijos de Rousseau

Uno se enferma cada tanto y, por lo general, la enfermedad nunca es bienvenida: algo ocurre, que no siempre implica necesariamente al dolor, y la experiencia de la vida ya no es la misma de antes; el cambio, en el mayor de los casos, resulta indeseable. Pero, ¿por qué? ¿Cuál es el problema con la enfermedad?, ¿qué razón o motivo nos empuja a dotarla tanto de connotaciones negativas?

Situémonos delante de Rousseau y retengamos un minuto esa idea suya según la cual el ser humano, por naturaleza un dechado de bondadosa pureza y perfección, es corrompido por la sociedad. Cómo este pensamiento encajó en la inmensa labor de secularización del mundo llevada a cabo por la ciencia es una cuestión que se refleja en esa actitud —hoy muy en boga— que hace del ideal de pureza natural una tablilla de náufrago. Me explico. Apenas se encuentra la palabra justa para ensalzar el triunfo de la ciencia, pues además de llevar a cuestas, como decía, la gigantesca faena de secularizar el orbe, hizo que el bienestar humano fuera asequible en esta vida terrenal, dejando que la bienaventuranza post mortem se mantuviera como la gran ilusión de teólogos y creyentes. Con Nietzsche sabemos esto y otras cosas: la muerte de Dios dejó el firmamento deshabitado, pronto la vacante la ocupó la ciencia y la economía. Así se satisfizo, por lo menos durante un periodo importante, la sed de algo que rebase y transcienda, que dé sentido y justifique la existencia humana. Sin embargo, el entusiasmo duró poco: asumiendo el complicado papel de saber absoluto, la ciencia continuó así su desarrollo, y en lugar de estancarse fue cada vez más voraz y vigorosa, lo que condujo a la más inesperada y decepcionante de las conclusiones: no existe la ciencia, sino “las ciencias”. El orgullo de la verdad científica fue herido por el demonio de múltiples cabezas del relativismo. El instinto epistemológico pasó a ser un sistema de ideas más obligado a compartir protagonismo con otros regímenes de saber que, a pesar de no cubrir la cuota de rigor científico ni tampoco imitar vulgarmente las dulzuras de la fe religiosa, cumplieron con una notable labor: suministrar paz frente a los mil rostros posibles del porvenir. A ello se añadió, dicho sea de paso, la no menos desalentadora imposibilidad de reducir la diversidad y extensión del conocimiento científico a un método común. Quizás no hubo momento mejor para el nacimiento de una legión de sincretismos, de los que los hijos de Rousseau, como he optado por denominarlos, son descendientes casi inmediatos.

Defraudados por la ciencia al corroborar que ésta no sólo no cumplió cabalmente con su promesa de garantizar el bienestar, sino que, por si fuera poco, además es culpable de traer al mundo males que antes se desconocían (piénsese en las consecuencias para la salud que acarrea la manipulación genética de los alimentos y el uso de pesticidas, así como la conocida medicalización de la vida cotidiana, etcétera), los hijos de Rousseau4 apuestan por el retorno a una supuesta vida natural. El ideal de pureza es la brújula que los orienta. Dado que para ellos no hay duda de que la ciencia es responsable de que el ser humano sea hoy en día un ente demasiado enfermizo, lo que pretenden es “impiar” y arrancar de raíz lo que lleva a la podredumbre la esencia impoluta del más evolucionado de los antropoides. No es que los hijos de Rousseau se abandonen a una batalla campal contra la ciencia, la suya es más bien una estrategia homeopática: combaten los datos científicos con una dosis idéntica de cientificidad. En tanto que el ser humano es un ente bueno, feliz y perfecto por naturaleza, pero los yerros de la sociedad lo malogran y corrompen, su única labor consiste en recuperar la inocencia y la pureza perdida mediante un uso de la información científica, pero cuya imparcialidad es poca o nula. No son ingenuos, saben perfectamente que de nada sirven los berrinches infantiles y las acusaciones infundadas, del mismo modo que están conscientes de que en el terreno de las verdades científicas nadie puede asegurar tener la última palabra.

Si un desesperado anhelo de pureza es, pues, lo que impulsa a los hijos de Rousseau a tomar las armas contra la corrupción social del espíritu humano, habría que preguntarse de dónde extrae sus fuerzas semejante entusiasmo. En mi opinión, de lo que no se dan cuenta o prefieren ignorar es que detrás de su campaña se oculta un intento de traducir a términos racionales el mito cristiano del hombre primitivo, es decir, del hombre libre de pecado y en perfecta e íntima comunión con Dios. Sin embargo, contrario a lo que cabría esperar, suponer un estado original de la humanidad, admitir que es perfectamente posible para el ser humano mantener un idilio con la naturaleza, implica menospreciar de alguna manera el espíritu prometeico que lo caracteriza. Y para aclarar mejor este punto, retomaré ahora de manera expresa el tema de la enfermedad.

Pues bien, ¿cuáles son las consecuencias de estrechar las hipótesis de los hijos de Rousseau? En primer lugar, al ver con buenos ojos la equiparación de muerte con fracaso, pues lo suyo es dar la sensación de que están hechos exclusivamente para la vida y la salud, hacen de la enfermedad una muestra de mal gusto de la naturaleza, una humillación que la materia manipulada por el hombre le prepara a quien osa obliterar los sagrados principios de la pureza. Pero lo que desdeñan es un dato tan simple como obvio: la enfermedad es un fenómeno perfectamente humano, puesto que “ser hombre es sinónimo de estar enfermo”. Ésas son las palabras con las que Naphta se dirige a Settembrini en uno de los episodios de su apasionante lucha por orientar el espíritu de Hans Castorp en La montaña mágica. “En efecto, el hombre es —argumenta el incisivo jesuita— esencialmente un enfermo, pues es el propio hecho de estar enfermo lo que hace de él un hombre; y quien desee curarle, llevarle a hacer las paces con la naturaleza, ‘regresar a la naturaleza’, cuando, en realidad, no ha sido nunca natural […], no busca otra que cosa que deshumanizarlo y animalizarlo”.5 Los herederos del pensamiento de Rousseau olvidan —o pretenden olvidar, lo que quizás resultaría todavía más reprochable— que la precariedad y la indigencia representan para el ser humano una fuerza motriz invaluable, es decir, que si hay algo que cabría pensar en términos de progreso, ello no sería tanto el fruto de una armonía entre hombre y naturaleza como el resultado de la contienda real que el ser humano entabla contra todo aquello que, como la enfermedad, hace mella en su fragilidad. Conquistar un estado ideal de pureza natural supondría, pues, frenar la escalada del espíritu prometeico o hacer de él objeto de una lamentable parálisis.

Cabe añadir que el tipo de argumentos rousseaunianos aquí descritos suelen tender trampas lógicas de las que sus tozudos paladines probablemente no son muy conscientes, como aquella que les hace creer que estar sano equivale a estar moralmente en un acierto, puesto que no es difícil adivinar que, bajo esa óptica, enfermo es aquel que no ha sabido comportarse del modo correcto, quien no supo resistir la tentación de abandonarse a la desmesura y obedeció, en perjuicio suyo, a la voz pérfida de una sociedad que beatifica el artificio. De esta manera, la enfermedad adquiere unos matices bien negativos, pese a que en muchas ocasiones ni siquiera esté en manos del hombre controlar el desencadenamiento de un proceso patológico. La confusión deriva de la desproporción cultural que existe entre un concepto de salud trufado de preceptos morales y la experiencia de la enfermedad, más cercana a fenómenos de los que generalmente uno prefiere no saber nada, tales como el dolor, la angustia y, en muchísima mayor medida, la muerte, culmen de la precariedad y la indigencia. De ahí a condenar la enfermedad como imprudencia o hasta como encarnación del mal había un pequeño paso; uno que los hijos de Rousseau no dudaron dar desde el momento en que, bajo la égida de un conocimiento científico caprichosamente utilizado, quisieron ­—y quieren— justificar la vuelta a unos míticos orígenes.

Con el avance científico entra en juego la dignidad del hombre, qué duda cabe; con él se echaron por tierra “verdades” que otrora timonearon el hacer humano. La invitación a retornar a un supuesto estado natural es tan sólo una forma —como las hubo y de hecho todavía las hay— de recuperar la confianza ante la incertidumbre del futuro, unos de los primeros síntomas que ocasionó el no ver más en la vida el nimbo de una significación trascendente, de un sentido que lo impregnase todo cohesionándolo. Sus consecuencias, como ya hemos visto, lejos de indicar el último oasis de un vasto desierto, han contribuido a que la enfermedad sea juzgada como un auténtico pecado de omisión. Pero el asunto no acaba ahí, pues de esta mentalidad surgió otra tendencia: la que hace del cuerpo el templo de la nobleza.

De los cuidados corporales a los regímenes morales de la salud

La estadística fue sin duda una de las contribuciones epistemológicas más sobresalientes del polímata británico Francis Galton. Sin embargo, y como a menudo ocurre con los frutos de una investigación, la uniformidad estadística, lejos de ser un ideal científico inofensivo —como ya observara Hannah Arendt—, comenzó a retraducir pronto el “ideal político de una sociedad que, sumergida por entero en la rutina del convivir cotidiano, se halla en paz con la perspectiva científica inherente a su propia existencial”.6 Un rápido vistazo a la actual esfera social nos permite detectar cuáles son los parámetros o el rasero con el que se mide hoy al individuo política y científicamente deseable.

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Uno camina por la calles, va de compras al supermercado, mira la televisión, agarra el periódico o una revista y el mensaje es tan implacable como inequívoco: cuide su salud. La omnipresencia del tema es indiscutible. Y así lo prueban también tanto la proliferación de centros wellness y de gimnasios, como el franco resurgimiento del ecologismo al igual que la creciente popularidad de los productos orgánicos, etcétera. Fenómenos todos ellos que dan cuenta de un proceso de subjetivación que el antropólogo Paul Rabinow bautiza con el término de “biosociabilidad”.7 Este proceso, observa el autor, se puso en marcha cuando el afán de lucro del capital comenzó a interactuar con la biotecnología y la medicina. Aunque el carácter de la biosociabilidad no es propiamente político, resulta insostenible afirmar que sea del todo ajena a la ciencia de la polis, pues al constituirse por la participación de grupos de interés privado reunidos según criterios de salud y de cuidados del cuerpo, de cultura de la prevención de enfermedades y del incremento de la longevidad; al marcar la pauta para la creación de nuevos baremos que miden el mérito y el reconocimiento social, que producen asimismo valores cuyas bases son definidas por reglas de higiene y por rigorosos regímenes de conducta que fijan su interés en los cuidados de la alimentación y de la forma física y que depositan su empeño en descubrir y probar los elíxires de la eterna juventud; todo esto junto da pie a que el poder político, en su voluntad de legislar las prácticas sociales, busque en tal caso el respaldo de una opinión científica que permita situar bajo un dato estadístico la conveniencia del tipo humano descrito. Que los hechos sociales se traduzcan en cifras y éstas a su vez se ordenen en curvas susceptibles de extrapolación, o bien, en gráficas y figuras aptas para una conjetura razonable acerca de las ventajas o idoneidad de un tipo humano, es una cuestión de la que el médico Johann B. Erhard sentó un claro precedente en el lejano año de 1800 con un libro prolijamente titulado Teoría de las leyes que se refieren al bienestar social de los ciudadanos y del empleo de la medicina al servicio de la legislación, incluso antes de que aparecieran los métodos de Galton y fueran perfeccionados y aplicados formalmente en el ámbito de lo que hoy conocemos como “medicina social”.

Y, por supuesto, la diana de esta tendencia lo ha sido el cuerpo humano. Conforme la salud fue alcanzando el insuperable rango de valor absoluto, la buena vida, fin irresistible para todo buen samaritano, pasó a convertirse en una cuestión de salud.8 El régimen biosocial invadió así la dimensión de la corporeidad. A partir de ese momento la batalla contra la enfermedad habría de iniciarse incluso antes de cualquier indicio patogénico. Esta forma de anticipación del fenómeno morboso cobró renombre con los llamados cuidados preventivos del cuerpo, que a su vez configuraron un tipo de sujeto que goza actualmente de gran popularidad. Pensando en él se diseñan, por ejemplo, grandes campañas y anuncios publicitarios que destacan la importancia de una alimentación balanceada, recomiendan el control de los niveles de azúcar y colesterol, alertan de los riesgos del sobrepeso e invitan a practicar ejercicio por lo menos una hora diaria, etcétera. Que las constantes biológicas del cuerpo pasasen a complejizar la lógica de las estrategias comerciales es prueba fehaciente de que cuanto más se intensifica el modelo capitalista de organización social, más alto es el nivel de sofisticación de los individuos. En ese sentido, tenemos que el llamado sujeto biosocial, por un lado, busca no escatimar en gastos cuando del cuidado de su salud se trata y, por el otro, construye su perfil —como todo buen consumidor— a partir de la noción según la cual el abastecimiento, pero sobre todo la abundancia protegen contra los riesgos de la carestía, factor insoslayable o siempre latente en el dilatado horizonte de las relaciones de producción. Porque, en efecto, el discurso del riesgo es el parámetro con el cual la biosociabilidad hace del cuerpo el último bastión donde la moral se habrá de alojar y guarecer.

Pongamos un nuevo ejemplo. Para un hombre en riesgo de diabetes el precio del mérito y del reconocimiento social supone un autocontrol, una tenaz vigilancia de sí mismo, de sus constantes biológicas, pues el valor de su persona radicaría, antes que nada, en su capacidad y fuerza de voluntad para resistir los lances en los cuales su salud correría peligro. Así, en la balanza de la biosociabilidad, caer diabético y fracaso personal pesarían exactamente lo mismo. Se trata de una religión secularizada, de la que evidentemente están excluidos todos los que no participan de sus lineamientos.9 Si en otros tiempos la “anomalía física” estaba relacionada a la criminalización del individuo teratológico, a la exclusión del orden social de todo aquel tipificado como incorregible (estrato en el que, hacia los siglos XVII y XVIII en Europa, se agrupaban lo mismo al ciego o al sordomudo que al entonces diagnosticado como imbécil o retrasado), o bien, a ciertas aberraciones sexuales,10 hoy en día quienes se vuelven objeto de la acechanza social y del peritaje biomédico son aquellas personas que no responden al modelo de cuerpo humano ideal, representado en este caso por el varón o mujer esbelta, joven, con buenos hábitos alimenticios y que practica con regularidad algún deporte. Y los que salen más malparados de esta situación, se infiere, son la obesidad y el envejecimiento, que pasan al orden de lo patológico.

En esta misma línea se inscribe el trabajo de Lucien Sfez, quien en unas perspicaces páginas ciñe así una de sus conclusiones: desplegado ese tipo de actividad de control y vigilancia destinada a preservar la especie humana de los desvíos de la norma, asistimos a la introducción de una moral sanitaria “políticamente correcta”, en la que el cuerpo, además de ser fuente y foco de investigaciones científicas y aplicaciones tecnológicas, es visualizado como el último rincón fértil para la utopía.11 Pues donde se ven florecer los grandes ideales y la calidad moral de los individuos ya no es primeramente en la arena pública, sino en el cuerpo, en el control de sí mismo por medio del cuerpo. Así, quien se comporta por debajo de un cierto nivel de vigilancia y de autocontrol es reconocido como una persona inmoral, alguien “sucio” que peca de irresponsabilidad y dejadez, que no logra estar a la altura o desprecia maleducadamente las expectativas de una sociedad puesta al servicio de un ideal de salud generalizado cuyas bondades serían a todas luces reconocibles. La biosociabilidad dispone, por tanto, de toda una “nueva” jerarquía de valores para dirimir cuál es el tipo de persona que habrá de discriminarse o colocarse tras los barrotes de la exclusión. Pero como suele suceder con los intentos de redistribuir el orden axiológico, esta jerarquía se basa más en viejos prejuicios que en un tratamiento crítico de la información científica con el que podría dignificar los criterios de salud, pues en principio no parece considerar la cuestión que está en la base del problema y que dista mucho de ser novedosa.

El antiguo nuevo problema de las ciencias médicas 

Frente a las dos líneas cardinales de nuestra época, es decir, ante la cada vez más extrema tecnificación de la vida y la planificación técnica del porvenir —consecuencia inmediata de la anterior—, uno de los retos de la medicina apunta a deslindar la salud y la enfermedad de instancias o criterios que, desafortunadamente, sólo sirven para reavivar en el tejido social conflictos ya añejos.

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De acuerdo con Pedro Laín Entralgo,12 la especificidad de la experiencia mórbida es doble: primero —que por obvio no es menos importante— se trata de una vivencia que concierne radicalmente a una sola persona (o sea, al enfermo) y, a continuación, en tanto que comportamiento inserto y referido a una realidad muchísimo más vasta, esto es, social y culturalmente envolvente, la enfermedad es una alteración de la imagen sólita del tiempo vital que libera una oportunidad de volver “inteligible” el enigma inherente a la existencia humana. Tal estructura del proceso patológico ha permanecido intacta a lo largo de los siglos: lo mismo vale para Hipócrates y Galeno que para Thomas Sydenham y Letamendi. Esto que pudiera parecer un anacronismo no lo es, y siento que no sea ahora el momento de argumentarlo punto por punto. Baste con anticipar que teniendo en mente esta estructura de la enfermedad es posible describir perfectamente sus variaciones según los matices culturales y de cada época. En torno a ella la medicina se ha erigido desde sus orígenes más como un arte que como una ciencia (en el sentido moderno de la palabra); constituye además un reflejo de la situación básica en la que la medicina tiene su punto de partida y el soporte de todas sus manifestaciones restantes. Pero, ¿de qué situación básica estamos hablando? De la relación instaurada entre médico y enfermo.

Dicha relación se establece entre una persona que solicita auxilio y otra capacitada humana y técnicamente para dárselo. Viktor von Weizsäcker, connotado clínico y padre de la medicina antropológica, previó que el carácter prístino de esta relación se había echado al olvido, sobre todo a partir del apogeo científico de la medicina, tras de lo cual el médico tendió a la exploración aislada y lo más objetivamente posible de los órganos y del cuerpo. Desde entonces el procedimiento clínico se apega cada vez al mismo libreto: se entabla contacto estrecho con el órgano o tejido afectado del cual, después de auscultarse, palparse e inspeccionarse con debida diligencia, se toman las muestras necesarias para posteriores análisis de laboratorio con el único fin de determinar cuál es el padecimiento por el que atraviesa y prescribir así un tratamiento. Sin embargo, algo no termina de cuadrar, pues desde aquel momento se descuida lo más importante, a saber: la persona enferma. En tanto que la enfermedad es un rasgo intrínseco a la realidad humana, no son los órganos ni el cuerpo sino la persona quien enferma. Es triste ver que la medicina pase por alto este dato que, por evidente, no es menos complejo.

Con la llegada de la biosociabilidad y el popular ascenso de los hijos de Rousseau las cosas no han cambiado mucho. Queda bastante por hacer. De nada sirve abanderar la vuelta a unos míticos orígenes y disponer de nuevos parámetros de salud para hacer de ellos el signo inequívoco de una conducta moralmente intachable cuando en el fondo la problemática sigue siendo una y la misma: ¿en qué tálamo habrá de afincarse la dignidad humana para que no se alimente el ciego sentimiento de rechazo frente a lo que constituye la excepción a la regla? Éste es un auténtico problema que la medicina de ayer y hoy aún no ha visto resuelto. Es por ello que la mentalidad médica que ha venido desarrollándose en las últimas décadas gracias a la evolución del conocimiento científico y de la tecnología también ha fomentado de alguna u otra manera esa actitud de repudio hacia la enfermedad.

Hasta ahora la medicina no ha hecho otra cosa que decir “no” a la enfermedad. Pero, ¿por qué no invitar a lo contrario? Ya Weizsäcker lo hizo: la “actitud ante lo patológico debe ser: ¡sí, pero no así!”.13 Esto, advierte el autor, también resulta moral, si bien habría que definir los términos de esa moralidad. Decir “sí” a la enfermedad implica reconocer su estructura ontológica, y eso nos llevaría hasta la figura de Nietzsche, cuyo alcance y repercusión generalizada en el ámbito de la medicina aún desconocemos. Estaría por verse en qué medida el pensamiento de este filósofo contribuiría a una posible ética del sí a la enfermedad, y quizás así podríamos dar un primer paso hacia la no discriminación de los enfermos, estigmatizados por prejuicios rousseaunianos y criterios biosociales, y hacia la aceptación de los procesos patológicos como parte inexorable de la vida.

 

Marco Sanz
Cursa actualmente estudios de doctorado en filosofía en la Universidad Autónoma de Barcelona.


1 Porque el dolor sería la respuesta nerviosa a una alteración fisiológica del organismo, mientras que el sufrimiento, que engloba la experiencia del dolor, tiene que ver con el individuo aunado a toda la complejidad de su historia personal y su contexto. Cf. René Leriche, Chirurgie de la douleur, París, Masson,1949; David Le Breton, Anthropologie de la douleur, París, Éditions Métailié, 1995.

2 Cf. Daniel Callahan, “Death and the research imperative”, The New England Journal of Medicine, núm. 342, 2000, pp. 654-655.

3 Ello explica el porqué la llamada medicina paliativa es considerada una disciplina de segundo rango, pues ahí donde vencer a la muerte se alza como la reina de las prioridades, asistir a los pacientes para que tengan una muerte pací ca es una tarea de menor jerarquía.

4 Que incluso lo son a pesar de no haber leído ni mucho menos estudiado al escritor y político ilustrado, pues si en verdad conocieran su obra sabrían que el “estado de naturaleza” o virginidad salvaje es en Rousseau una etapa perdida siempre de antemano, nunca una realidad, y que se presenta, en cambio, como una hipótesis de trabajo que sirve para introducir y desarrollar sus ideas concernientes, por ejemplo, al origen de la desigualdad entre los seres humanos. Véanse el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres y el controvertido Emilio, o De la educación.

5 Thomas Mann, La montaña mágica, traducción de Isabel García Adáñez, Edhasa, Barcelona, 2012, pp. 674-675. Tal vez alguien podría reprochar el hecho de esgrimir un argumento literario para intentar zanjar una discusión de una índole muy distinta a la de la literatura. Sin embargo, creo que hay en el pasaje citado algo más que seductoras metáforas, pues si tomamos al pie de la letra, por ejemplo, el concepto que la OMS brinda de salud —“Estado de completo bienestar físico, mental y social”—, lo correcto sería asentir que, como lo que de ne es tan poco probable cuando no imposible, todos y cada uno de nosotros comportamos algún grado de enfermedad.

6 La condición humana, traducción de Ramón Gil Novales, Paidós, Barcelona, 2005, p. 66.

7 Cf. “Artificiality and Enlightenment: From Sociobiology to Biosociality”, en Essays on the Anthropology of Reason, Princeton, Princeton University Press, 1996, pp. 91-111.

8 Uno de los primeros defensores de esta tesis fue Robert Crawford. Véase su texto “Healthism and the medicalization of everyday life”, International Journal of Health Service, 1980, 10 (3), pp. 365-388.

9 Cf. David B. Morris, Illness and culture in the postmodern age, Berkeley-Los Angeles, University of California Press, 2000, p. 159.

10 La crónica completa de la anomalía física que aquí abrevio en tan poquísimas líneas puede leerse en el texto ya clásico de Michel Foucault titulado “Los anormales”.

11 Cf. Lucien Sfez, La salud perfecta. Crítica de una nueva utopía, traducción de Eva Tabakián y Pablo Rodríguez, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2008, pp. 53-71.

12 Médico y escritor prolífico. Como botón de muestra de su notable labor como filósofo e historiador de la medicina, remito al lector a los volúmenes El estado de enfermedad (1968) y La medicina actual (1986).

13 El hombre enfermo, traducción de V. Scholz y J. Soler Enrich, Barcelona, Editorial Luis Miracle, 1956, p. 5.

Ensayo

Populismo: La estrategia antidemocrática

El populismo está de vuelta. Ha regresado a la discusión pública como una amenaza a la democracia y al Estado de derecho. Es momento de revisar, señala el autor de este ensayo, la taxonomía de los gobernantes populistas que en las últimas décadas hundieron a América Latina

En el verano de 2006 la economía mexicana crecía a una tasa de 4.8%, el dólar se cotizaba a 11 pesos y el barril de petróleo rascaba los 70 dólares. Ese mismo año Felipe Calderón convencía a una mayoría de mexicanos de que el país estaba al borde de una crisis económica; de un “peligro para México” encarnado en el rostro adusto y la voz estridente de Andrés Manuel López Obrador. Calderón no necesitaba de una crisis real para espantar con la amenaza populista.

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Ilustración: Adrián Pérez

Hoy vivimos en tiempos de gran incertidumbre económica. En tiempos donde la economía crece a 2.3%, el dólar se cotiza a 17 pesos y el barril de petróleo se vende a 40 dólares, donde 45% de los mexicanos considera que la situación económica del país empeoró en los últimos 12 meses y donde 37% vaticina que seguirá empeorando en el próximo año.1 En tiempos, creen algunos, propicios para el encumbramiento de un líder populista.

El argumento parece irrefutable cuando a la incertidumbre económica agregamos la desconfianza creciente en las instituciones. De abril de 2013 a agosto de 2015 la confianza en los partidos políticos cayó de 25% a 16%. Durante el mismo periodo la confianza en instituciones como el Ejército, con niveles históricamente altos de confiabilidad, cayó de 69% a 52%, y la confianza en el Instituto Nacional Electoral (INE) continuó la trayectoria descendente que sigue desde 2006.2

Ante este escenario lo más evidente es que el clima no es favorable para candidatos de aparador. Manuel Velasco nada contra corriente. Rafael Moreno Valle podría ser competitivo, pero carece del carisma necesario para entusiasmar a la mayoría. Inclusive personajes establecidos como Margarita Zavala y Miguel Ángel Mancera generan dudas en círculos de opinión.

Los tiempos parecen perfectos para Andrés Manuel López Obrador. Al son de “se los dije” y sobre el cascajo de un sexenio decepcionante, se posiciona como un candidato independiente del sistema tradicional de partidos, atractivo para los millones de mexicanos decepcionados con la democracia y hartos del “saqueo a la Nación”.

Pero el viento también sopla del norte. De la mano de Facebook y haciendo uso de un repertorio inacabable de dichos y refranes populares, Jaime Rodríguez Calderón, El Bronco, arrasó en la elección de gobernador del segundo estado más rico de México. Ahora se placea como candidato natural a la presidencia.

Mientras tanto, con la mirada fija en los nubarrones, el presidente Enrique Peña Nieto aprovechó su tercer informe de gobierno para alertarnos, para advertir que “la insatisfacción social nubla la mente, desplaza a la razón y a la propia ciudadanía; permitiendo el ascenso de gobiernos que ofrecen supuestas soluciones mágicas”.3 Y remató, quizá con dedicatoria: “donde se impone la intolerancia, la demagogia o el populismo, las naciones, lejos de alcanzar el cambio anhelado, encuentran división o retroceso”.4 Demagogia, populismo, amenaza, división, intolerancia, retroceso: piezas clave del rompecabezas que debemos armar para imaginar y decidir sobre el futuro de nuestra democracia en el siglo XXI.

 

El populismo suele entenderse como un “estilo” de hacer política caracterizado por la demagogia y la polarización.5 En algunos casos también se asocia con el gasto fiscalmente irresponsable, el desbordamiento de los servicios públicos, la expropiación de la propiedad privada y la quiebra de las finanzas públicas.6 Sin embargo, para sistematizar el concepto y dimensionar la amenaza populista que enfrenta México, propongo entenderlo como una estrategia política relacionada con los métodos y los instrumentos para acceder al poder, ejercerlo y retenerlo a través del tiempo.7

En concreto, propongo entenderlo como: 1) una estrategia política, 2) caracterizada por el posicionamiento de un liderazgo personal en una masa heterogénea de seguidores 3) a través de vínculos directos o cuasidirectos que suelen desplazar a los partidos políticos, y que, en el plano simbólico, 4) suelen estrecharse a través de a) mítines masivos, b) discursos inacabables en radio y televisión y, en años recientes, c) interacción directa en las redes sociales.

Desde esta perspectiva, el populismo se coloca en la esfera del dominio, no de la distribución. La relevancia de este matiz radica en que el populismo no es una forma de distribuir riqueza o hacer justicia, sino de ejercer el poder trascendiendo la “rigidez” del Estado democrático de derecho, el “descrédito” de los partidos políticos y la “ineficacia” de las instituciones diseñadas para vigilar la certeza, la legalidad, la equidad y la imparcialidad de los procesos electorales.

En este sentido, la amenaza más grande del populismo no es ni a la economía ni a las finanzas públicas, sino a la democracia y al Estado democrático de derecho. Convencidos de la importancia de su liderazgo personal, los líderes populistas trabajan arduamente para establecer su hegemonía política. Las acciones que suelen realizar para alcanzar esta meta son el fortalecimiento del Poder Ejecutivo a través de decretos y ataques a la oposición; el debilitamiento del Poder Legislativo a través de mayorías impuestas o artificiales; el sometimiento del Poder Judicial a través de la nominación de jueces a modo y la construcción de mayorías artificiales en las cortes constitucionales; la promoción de la reelección indefinida y de plebiscitos sobre decisiones de Estado; la erosión de las protecciones institucionales contra los abusos de poder; y la construcción de una narrativa donde la democracia liberal es uno de varios instrumentos de control de las elites corruptas, enquistadas y rapaces que el líder populista prometió desplazar.

Los daños de este blitzkrieg contra el Estado democrático de derecho suelen depender de la destreza del líder populista para navegar en el entramado institucional, de los recursos económicos con los que cuente para corromper a sus opositores potenciales, de la disposición que tenga para recurrir a la violencia para eliminar a sus adversarios incorruptibles, de su habilidad como comunicador para estrechar el vínculo con la masa heterogénea de seguidores a quienes dice representar y, sobre todo, de la fortaleza del Estado democrático de derecho para resistir la embestida.

 

Al entender el populismo como una estrategia política, resulta más sencillo explicar el surgimiento de populistas de izquierda y de derecha, socialistas y neoliberales, ateos y cristianos, célebres y desconocidos, egocéntricos y acomplejados, tuiteros y desconectados. La taxonomía es infinita siempre y cuando hayan accedido al poder, lo ejerzan e intenten retenerlo mediante una estrategia de posicionamiento en una masa heterogénea de seguidores a través de vínculos directos que desplazan al sistema tradicional de partidos.

El encumbramiento de Hugo Chávez en Venezuela es un ejemplo reciente de cómo implementar exitosamente la estrategia populista desde la izquierda.8 Si bien el deterioro económico, la osificación política y la corrupción rampante que Venezuela padeció durante décadas allanaron el camino para que un demagogo radical, ex oficial del ejército y ex golpista arrasara en las elecciones de diciembre de 1998, el éxito de la estrategia populista de Chávez no radica en su éxito electoral inicial, sino en su destreza para reconfigurar el entramado institucional y desmantelar el Estado democrático de derecho en Venezuela.

Su primera táctica fue convocar a una asamblea constituyente en 1999. Inmediatamente después, para aislar a la clase política que acusaba de corrupción y egoísmo, clausuró el Congreso Bicameral de Venezuela, donde sus seguidores sólo ocupaban un tercio de los asientos. Su segunda táctica fue cambiar las reglas electorales para imponer su hegemonía en la asamblea constituyente, misma que le otorgaría más y mayores poderes, eliminaría el límite a la reelección presidencial y crearía un Congreso unicameral mucho más fácil de controlar desde el Ejecutivo.

Si bien estas tácticas —apuntaladas con la promesa de mejoría económica y aceitadas con un tsunami de petrodólares— garantizaron la victoria de Chávez en las elecciones del 2000, la que selló el éxito de su estrategia fue someter a los tribunales, a la comisión electoral y a otros organismos independientes. De hecho, para 2003 Chávez ya controlaba los tres poderes del gobierno, lo cual le permitió dedicar la década siguiente a consolidar un régimen autoritario competitivo que sus seguidores todavía describen como “democracia participativa”.

La fórmula chavista fue tan exitosa que al poco tiempo inspiró a media docena de copycats latinoamericanos. El boliviano Evo Morales (un indígena nacionalista), los argentinos Néstor Kirchner (un peronista combativo) y Cristina Fernández (una peronista frívola), el ecuatoriano Rafael Correa (un socialista conservador) y el nicaragüense Daniel Ortega (un ex guerrillero convertido al cristianismo) fueron sus mejores imitadores. El hondureño Manuel Zelaya (un ranchero carismático) resultó el peor. La diferencia entre éste y aquéllos fue la destreza para modificar el entramado institucional y desmantelar el Estado democrático de derecho. La estrategia, sin embargo, fue la misma: posicionar un liderazgo personal a través de vínculos directos o cuasidirectos, en una masa heterogénea de seguidores que desplazan a los partidos políticos tradicionales.

No obstante, la estrategia populista también se puede implementar exitosamente desde la derecha. Dos casos emblemáticos que basaron su atractivo en la promesa de implementar reformas económicas son los del argentino Carlos Menem (1989-99) y el brasileño Fernando Collor de Mello (1990-92), y dos casos emblemáticos que basaron su atractivo en la promesa de terminar con la violencia son los del colombiano Álvaro Uribe (2002-10) y el peruano Alberto Fujimori (1990-2000).

En sus primeros siete años de gobierno Menem firmó 398 “decretos de necesidad y urgencia” que le permitieron impulsar sus reformas económicas ignorando la Constitución y sometiendo a la oposición.9 También amplió de cinco a nueve miembros la Corte Suprema de Justicia de Argentina para proteger sus arrogaciones de poder. Collor avasalló al Congreso haciendo uso de sus poderes de decreto para obligar a los legisladores brasileños a aceptar medidas drásticas de estabilización macroeconómica.10 Menem y Uribe impulsaron cambios constitucionales para reelegirse en el cargo. Fujimori encabezó un autogolpe para disolver temporalmente el Congreso y “reorganizar totalmente” el Poder Judicial.11

Aunque el grado de éxito de las estrategias de los populistas de derecha también dependió de su destreza para modificar el entramado institucional y desmantelar el Estado democrático de derecho, enfrentaron una dificultad que rara vez enfrentan los populistas de izquierda. Al impulsar políticas económicas neoliberales y colaborar con otros países para combatir la violencia, los populistas de derecha sembraron las semillas de su debacle: interacción con organismos internacionales, privatización, apertura económica, dependencia del libre comercio, escrutinio de la prensa internacional y recortes al gasto público.

Retener el poder impulsando este tipo de políticas resulta imposible sin una estrategia diplomática que permita crear un frente común contra los embates internacionales. A diferencia de los populistas latinoamericanos de derecha, los de izquierda lo entendieron a la perfección. La creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en 2010 es el pilar de su táctica para contener los embates.

La alternativa a la vía diplomática es la represión. Si bien todos los populistas aquí mencionados han sido señalados como responsables intelectuales de asesinatos o actos de violencia, ninguno ha sido acusado de campañas sistemáticas de exterminio como las que en su momento encabezaron el chileno Augusto Pinochet, el argentino José Rafael Videla y el uruguayo Gregorio Álvarez. La globalización, la internet y las redes sociales han convertido a la represión en una táctica de control poco atractiva para los populistas latinoamericanos, quienes han entendido que a la larga resulta más redituable cabildear a favor de un silencio cómplice en la región.

 

Al grito de Make America Great Again! (¡Hacer grandioso a Estados Unidos de nuevo!), el multimillonario egocéntrico Donald Trump despunta como un usuario eficaz de la estrategia populista. Si bien sus tácticas son similares a las de los populistas latinoamericanos —posicionar su liderazgo personal en una masa heterogénea de seguidores, colocarse por encima de los partidos políticos tradicionales (aunque irónicamente compite en la elección primaria de uno de ellos), enarbolar un discurso demagógico y polarizante, comunicarse con sus seguidores directamente a través de las redes sociales— el simple hecho de que lo haga exitosamente en Estados Unidos ha capturado la imaginación del mundo entero.

El rasgo distintivo de Trump es su capacidad para implementar la estrategia populista de antaño en un contexto mediático hipermoderno: redes sociales, televisión por cable, cobertura 24/7, selfificación generalizada, opiniocracia implacable, noticias blandas, fragmentación ideológica de la oferta de noticias y un largo etcétera. A diferencia de sus rivales, Trump entendió que las campañas electorales en Estados Unidos funcionan como un programa de telerrealidad política donde el ganador es quien recaba más likes del electorado.

Al margen de sus posibilidades reales de convertirse en el abanderado del Partido Republicano y ganar la elección de noviembre de 2016, así como de su capacidad de manipular el entramado institucional y desmantelar el Estado democrático de derecho, el encumbramiento de Trump redefinirá para siempre la manera de hacer campaña en Estados Unidos. De aquí en adelante la estrategia populista será la más redituable para crecer en las encuestas y posicionarse ante el electorado rápidamente. La tendencia marcada hacia medios horizontales, programas de telerrealidad y noticias blandas son condiciones propicias para el surgimiento de líderes populistas. Las parálisis legislativas, las crisis económicas, la corrupción del gobierno y la incompetencia de los gobernantes serán los pretextos.

 

Hace algunos meses un amigo me alertaba que México transitó a la democracia sin tener un Estado para la democracia. La alerta de mi amigo parece cobrar relevancia en un contexto propicio para el surgimiento de liderazgos populistas: mal desempeño económico, desconfianza generalizada, hartazgo con la política, docenas de promesas rotas y decepción con la democracia electoral. Si la amenaza funcionó en 2006 no tendría por qué no funcionar en 2018.

Sin embargo, la disyuntiva que enfrentamos rumbo a 2018 no es entre un liderazgo populista y uno democrático; es entre seguir trabajando para fortalecer nuestro endeble e intermitente Estado democrático de derecho o permitir la restauración de un régimen autoritario competitivo inspirado en el que tuvimos durante 70 años.

Basta recordar que buena parte de las reformas estructurales que presume el gobierno son resultado de un pacto político entre partidos (el llamado “Pacto por México”) que facilitó que reformas diseñadas extramuros fueran procesadas por las Cámaras legislativas sin mayor modificación en comisiones ni discusión en el pleno. El sometimiento del Legislativo al Ejecutivo es una de las tácticas más comunes y eficaces para el encumbramiento de líderes populistas. Hasta hace poco los tres partidos presumían el pacto como un gran logro para México.

Si bien la restauración de un régimen autoritario competitivo se antoja difícil, la incertidumbre y la desconfianza actuales pueden crear un escenario peligroso para la democracia en 2018: tener que decidir entre un populista “bronco” que se comunica con “la raza” a través de Facebook, uno “moreno” que se comunica con “el pueblo” en las plazas pública y uno “tricolor” que se comunica con “los sectores” a través del duopolio televisivo.

¿En qué se parecen todos? En que no verían con malos ojos el desmantelamiento del Estado democrático de derecho siempre y cuando sea en nombre de la causa que enarbolan, llámese “justicia social”, “redistribución de la riqueza”, “domar a la partidocracia” o “mover a México”. Ésa, en mi opinión, es la verdadera amenaza populista que enfrenta México. El partido, el discurso y la ideología son lo de menos.

 

Gustavo Rivera Loret de Mola
Doctor en gobierno por la Universidad de Texas en Austin.


1 Reforma, “Aumenta descon anza en instituciones”, 4 de agosto de 2015. Disponible en http://gruporeforma-blogs.com/encuestas/?p=5837.

2 Ídem.

3 Presidencia, Mensaje del Presidente Enrique Peña Nieto, 2 de septiembre
de 2015. Disponible en http://www.presidencia.gob.mx/mensaje-del-presidente-enrique-pena-nieto/.

4 Ídem.

5 Enrique Krauze, “El mesías tropical”, Letras Libres, 90 (junio 2006), pp. 16-19; Carlos de la Torre, Populist Seduction in Latin America, Athens, Ohio University Press, 2000; Aníbal Viguera, “‘Populismo’ y ‘Neopopulismo’ en America Latina”, Revista Mexicana de Sociología, 55 (julio 1993), pp. 49-66; Michael Conniff, “Toward a Comparative Definition of Populism”, en Michael Conniff, compiladores, Latin American Populism in Comparative Perspective, Albuquerque, University of New Mexico Press, 1982, pp. 21-22; Francisco Weffort, 0 Populismo na Politica Brasileira, Río de Janeiro, Paz e Terra, 1980, pp. 69, 73-74; y Paul Drake, Socialism and Populism in Chile, Urbana, University of Illinois Press, 1978, pp. 2-3, 8.

6 Luis Pazos, “Demagogia en la distribución de la riqueza”, Asuntos capitales, 3 de julio de 2015; Otto Granados Roldán, “AMLO o el populismo irresponsable”, La Crónica de Hoy, 23 de noviembre de 2003; y Carlos Bazdresch y Santiago Levy, “El populismo y la política económica de México, 1970-1982”, en Dornbusch, Rudiger y Sebastián Edwards, compiladores, Macroeconomía del populismo en la América Latina, México, FCE, 1992.

7 Ver Soledad Loaeza, “La desilusión mexicana: populismo y democracia en México en el 2006”, Foro Internacional, 190 (abril 2007); y Kurt Weyland, “Clarifying a Contested Concept: Populism in the Study of Latin American Politics”, Comparative Politics, 1 (octubre 2001).

8 Steven Levitsky y James Loxton, “Populism and Competitive Authoritarianism in the Andes”, Democratization, 20 (enero 2013); y Raul Madrid, The Rise of Ethnic Politics in Latin America, Cambridge, Cambridge University Press, 2012, pp. 178-83.

9 La Nación, “Menem: en siete años, 398 decretos”, 23 de noviembre de 1996. Disponible en http://www.lanacion.com.ar/174172-menem-en-siete-anos-398-decretos.

10 Weyland, op.cit.

11 Ídem.

Ciudad de libros

Los Flores Magón:
La leyenda familiar

Ofrecemos el fragmento de un libro extraordinario: El regreso del camarada Ricardo Flores Magón (Ediciones Era), de Claudio Lomnitz. En sus páginas vuelve a vivir, con abundancia única de fuentes y registros, la increíble historia de los hermanos Flores Magón y su radical incursión en los destinos de una comunidad olvidada: la de los exiliados políticos de México y las redes solidarias del progresismo estadunidense en los principios del siglo XX.

Además de los varios puntos concretos de acuerdo entre el programa político de los socialistas y el de la causa mexicana, estaba también la gran atracción que ejercían las personalidades magnéticas de los presos. ¿Quiénes eran estos hombres? ¿Qué educación tenían? ¿Cómo podían excluirse del prejuicio general contra los mexicanos que dominaba entonces en la opinión estadunidense? Se pueden explorar estas cuestiones, aunque sea parcialmente, a través de la vida misma de los hermanos Flores Magón.

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Ilustraciones: Raquel Moreno

Su clase de origen

Jesús, Ricardo y Enrique Flores Magón eran los hijos del coronel Teodoro Flores y de Margarita Magón. Los historiadores y los hagiógrafos han identificado con frecuencia a Teodoro como indio y a Margarita como mestiza.1 En sus memorias, Enrique dice que su familia provenía de los aztecas que conquistaron la región superior mazateca de Oaxaca y que Teodoro era el anciano mayor de su “tribu”. Vale la pena analizar con cuidado este relato de Enrique porque es muy revelador de la forma en que los ideales de pureza distorsionan los hechos para crear una memoria histórica.

Deben ustedes saber, mis queridos hijos [se supone que dijo Teodoro] que somos descendientes de un miembro de una fuerza militar azteca. La mandó el emperador azteca a cobrar tributo a las tribus subyugadas de Oaxaca. […] Pero nosotros somos nativos de Oaxaca en virtud de haber nacido allí. Toda la tierra alrededor de cada uno de nuestros pueblos pertenece a la comunidad. Todas las mañanas salimos a trabajar la tierra. Todos los que somos, excepto los enfermos, inválidos y viejos, mujeres y niños. Alegremente parte todo el que está apto. Lo anima el pensamiento de que el trabajo que hacen él y sus compañeros es para beneficio de todos. Viene el tiempo de la cosecha. Observen, hijos míos, cómo se dividen las cosechas entre los hombres de la tribu. Cada uno recibe de acuerdo a sus necesidades. Entre nosotros —y levantó un dedo para dar énfasis a su observación— no hay ricos ni pobres […].

Se suponía que yo era quien los mandaba —sonrió mi padre—, porque yo era el tata. Cierto, yo era el jefe. Pero hasta el día en que salí de Teotitlán, no daba órdenes. Ninguna autoridad coercitiva ejercía. Sólo como consejero y árbitro funcionaba. Ninguna autoridad se nos impone. No es necesario, mis queridos hijos. No tenemos jueces. Ni cárceles. Ni siquiera un simple policía. Vivimos en paz, estima y amor de unos a otros como amigos y hermanos.2

Esta historia fantasiosa —sacada en parte de la idea de Marx del “comunismo primitivo” y en parte de la novela de Bruno Traven, La rosa blanca— indica que Enrique estaba decidido a promocionar la imagen de que su familia pertenecía a la nobleza indígena, a pesar de la cantidad de datos en contra que él conocía. Atribuirse un origen azteca era la manera que tenía Enrique de darse una genealogía alternativa frente a la jerarquía de clase del México moderno.

Los miembros del movimiento estudiantil de 1892, entre los cuales estaban los tres hermanos Flores Magón, veían a los aztecas como un imperio floreciente y esplendoroso, donde “el arte y los artistas, la ciencia, la literatura y la industria resplandecían por doquiera”. Los regímenes opresivos posteriores habían degradado todo eso, de tal manera “que toda la ilustración actual se reduce a contar hasta 100, a rezar un padrenuestro; muchas veces en su idioma o dialecto, porque no saben el castellano, y a tejer un mal jergón para envolver sus carnes”.3

Así pues, la fantasía de Enrique de que su familia descendía de guerreros aztecas cuya dignidad se había conservado en las lejanas montañas de Oaxaca era una manera de imaginar su linaje como una fuente alternativa de autoridad nacional.

En la época en que vivió, sin embargo, Teodoro Flores no era considerado indio. Sabía leer y escribir en español bastante bien: dominaba la redacción, no sólo la ortografía y la gramática. En resumen, Teodoro tenía una buena educación escolar, y ésa era precisamente una de las líneas divisorias más rotundas entre ser “indio” y ser “civilizado” en el siglo XIX. Matías Romero publicó una recopilación de las estadísticas de Oaxaca para el año 1883, época mucho más próspera que la década de 1850, en la primera juventud de Teodoro. Incluso entonces, el distrito de Teotitlán tenía sólo seis escuelas, con un profesor en cada una de ellas y con un total de 425 estudiantes en una población que rebasaba los 27 mil habitantes.4 Aún más, los testimonios de la escritura de Teodoro son un sólido indicio de que su educación no se limitó a la de las escuelas de Teotitlán, y que probablemente siguió cursos en la capital del estado.

Matías Romero también calculó el costo del trabajo indígena en la región estudiando las necesidades materiales anuales de una familia de ese tipo. Previsiblemente, no se incluía ni un centavo para gastos de educación, libros, papel o lápices. Más aún, las necesidades de vestuario de los indios no coincidían con la indumentaria de Teodoro. En fin, hay que repetir: para los estándares de la época, Teodoro no era indio.

Es cierto, no obstante, que Teodoro era un líder en su región natal. El apelativo que se le daba de tata no parece inadecuado: Teodoro también poseía dos ranchos, uno de ellos lo suficientemente grande como para llamarlo hacienda, y aunque no parecen haber sido muy lucrativos no eran propiedad comunal ni los trabajaba la comunidad. En 1883 sólo había seis ranchos en todo el distrito de Teotitlán.5

En otras palabras, había una distinción social que ponía a Teodoro Flores por encima de los campesinos que hablaban mazateco en su nativo Mazatlán, Oaxaca. Esta diferencia era fuente tanto de orgullo como de incomodidad para Enrique (y quizás para Ricardo también, aunque eso no lo sabemos). La manera más fácil de resolver esta ambigüedad era afirmar que la distinción de Teodoro tenía orígenes remotos: aztecas.

Para un anarquista comunista como Enrique Flores Magón esta explicación era más adecuada que decir que Teodoro era un simple miembro de la elite provinciana de Oaxaca. Después de todo, Enrique quería ser un hijo del pueblo.

Por esta razón Enrique insistía en evocar esa imagen tan perfecta de armonía comunitaria y de su padre como consejero guía de una comunidad igualitaria. No obstante, a pesar de su extraordinaria belleza, el pueblo y la región originarios del coronel Flores no eran tan armoniosos como parecían. En el centro mismo de la historia de Teodoro existían duras divisiones internas, que tuvieron una función decisiva en la historia familiar de los Flores Magón. No deja de ser significativo que Enrique decidiera excluir esas historias de sus recuerdos.

Durante la guerra contra la intervención francesa (1862-1867) milicias pro imperialistas de su propio pueblo mataron a la esposa, al padre y a la suegra del capitán Teodoro Flores. El general Pérez Figueroa, comandante militar de Teodoro, dio el siguiente parte de lo sucedido:

El día ocho de Agosto de sesenta y cinco, encuentro que tuvo el Comandante Teodoro Flores en el camino de Huautla con los traidores que en posiciones ventajosas se habían emboscado para batirlo y quitarle las armas que por mi orden conducía a Huautla, trabándose una lucha decisiva entre ambas fuerzas, siendo de mayor número los traidores, quienes arrancados de sus posiciones, fueron dispersados; y en despecho tomaron la revancha de ir al rancho del referido Comandante, a asesinar a su familia, de que fueron víctimas matándolos a balazos en el hogar doméstico: al padre, a la suegra y a la esposa del expresado Comandante, y arrebatándoles todos sus intereses recopilados allí por la Revolución, perdiendo sus papeles y todo cuanto tenía quedando en la miseria. Este horroroso suceso acaeció el mismo día ocho de Agosto mientras el mencionado Comandante Flores, después de su triunfo, proseguía su marcha a Huautla.6

Además de perder a aquellos seres queridos, Teodoro perdió también su casa, que fue quemada, y con ella todos sus documentos, incluidas las pruebas con las fechas de su incorporación y de su promoción en los diferentes cuerpos militares a los que perteneció. Tiempo después, Teodoro invertiría tiempo y dinero tratando de que le reconocieran su antigüedad y de que le pagaran la pensión completa que le correspondía.

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El primer nombramiento militar de Teodoro fue el de subteniente de la Guardia Nacional en 1859. Al mismo tiempo, encabezó un grupo de voluntarios que se había reunido en la Sierra de Teotitlán. El hecho de que comenzara su carrera militar con un rango de oficial confirma que Teodoro pertenecía a una familia de posición media o alta en esa remota y pobre región. Por otro lado, el hecho de que se le confirmara el mando de una milicia de voluntarios sugiere que Teodoro era también un líder popular. Aunque esta confirmación proviniera del ejército, el liderazgo no derivaba completamente de éste, sino más bien de la capacidad de Teodoro de reunir a un grupo de voluntarios entre sus paisanos.

En 1860 el jefe político ascendió a Teodoro a teniente de la Guardia Nacional. Un año después, el gobernador del estado lo nombró capitán y le pidió que formara dos compañías en su nativo Mazatlán para enfrentarse a la invasión extranjera que ya se estaba preparando. El capitán Flores cumplió la tarea y se incorporó con sus milicias al cuerpo de mando del general Luis Pérez Figueroa. En 1864 el general Figueroa nombró a Flores jefe de la línea en la Sierra Norte del estado de Oaxaca y comandante militar del cantón de Huehuetlán. Eran años de guerra. Los liberales combatían contra los imperialistas franceses y contra los conservadores mexicanos que habían coronado emperador a Maximiliano de Habsburgo. En 1865 Flores estaba a cargo de un batallón que se llegó a conocer, informalmente, como batallón Flores.7 En 1867, cuando los liberales finalmente derrotaron a los franceses y a los conservadores, el presidente Benito Juárez confirmó los nombramientos de Teodoro Flores, pero a causa del incendio de su casa éste seguía sin papeles y pobre.

Legitimidad

Hay otra omisión importante en las memorias de Enrique: Teodoro no tenía tres hijos, sino cinco. Los que rara vez se mencionan, Aniceto y Paula, eran vástagos del primer matrimonio de Teodoro. Los tres Flores Magón tenían, pues, dos medios hermanos por parte de padre.

No sabemos las fechas de nacimiento de Aniceto y Paula Flores; ni siquiera el nombre de la primera esposa de Teodoro. Tanto Enrique Flores Magón como el historiador Jacinto Barrera Bassols dicen que Teodoro y Margarita se conocieron durante el sitio de la ciudad de Puebla en 1863 por las tropas imperialistas. Si es así, entonces Teodoro y Margarita se conocieron cuando aquél todavía tenía una esposa en Teotitlán del Camino, Oaxaca.

Aquí, de nuevo, los recuerdos de un Enrique ya viejo ofrecen un revelador (y curioso) contrapunto a las pruebas documentales:

Veintidós años de edad, de estatura mediana, Margarita Magón […] se fijó Teodoro en su tez de leche y rosa, espeso pelo castaño que le llegaba casi hasta el piso, hermosos ojos tiernos, y una fuerte barba que indicaba su fuerte carácter. Tenía él entonces treinta y cuatro años, derecho como un pino, de un metro ochenta de estatura, poderosamente formado, enormemente fuerte. “Éste es un hombre”, se dijo ella. Su corazón se fue hacia él.8

En el relato de Enrique, Margarita Magón, la hermosa señorita, se encuentra con el galante capitán Flores en pleno combate, durante la famosa batalla de Puebla del 5 de mayo que ganaron los mexicanos. Margarita también arriesga su vida para inspirarles valor a los hombres del capitán Flores: “Ya que no puedo servir como soldado”, gritó, “lo menos que puedo hacer es animar a nuestros heroicos defensores”, dijo; “usted siempre guía a sus hombres a las trincheras. No los dirige desde la retaguardia como lo hacen algunos comandantes. Bueno, entonces, ¿por qué no puedo yo exponerme un poco por la sagrada causa de la libertad?”.9 Supuestamente, la pareja se casó después de ese encuentro épico y tuvo a sus tres hijos: Jesús, Ricardo y Enrique.

Sin embargo, algunos hechos bastante incómodos fueron eliminados de estas memorias, e incluso se podría decir que ni siquiera quedaron en el recuerdo del propio Ricardo. El primero es que Teodoro Flores todavía estaba casado en 1863, cuando se supone que él y Margarita se enamoraron. El segundo es que él ya tenía dos hijos, Aniceto y Paula, que entonces estaban sanos y salvos. El tercero es que, tal vez por el estado civil de él, Margarita y Teodoro no se casaron, de tal manera que Jesús, Ricardo y Enrique fueron registrados como hijos naturales. Por último, un dato con frecuencia omitido es que Margarita era viuda cuando conoció a Teodoro. Había estado casada con un señor Perea y tenía dos hijos de ese matrimonio, Enrique y Josefa Perea Magón.10 No sabemos quién se encargó de su crianza cuando Margarita se fue a vivir con Teodoro Flores, pero sí que existieron y probablemente fueron criados por la familia de Margarita en Puebla o por los Perea.

De muchos de estos hechos se habla en documentos que se encuentran entre los papeles de familia de los Flores Magón. Dado lo cuidadoso que era Enrique con estos documentos, lo más probable es que las omisiones en sus memorias hayan sido deliberadas. En una entrevista que le habían hecho antes sobre su biografía, Enrique había mostrado un claro interés en delimitar quién podía reclamar legítimamente el nombre y la herencia de los Flores Magón. “¡Cuidado con los falsificadores!”, había advertido, “El apellido Flores Magón es productivo en manos de gente sin escrúpulos”.11 Preocupado quizás por los falsos herederos Flores Magón, Enrique decidió omitir la existencia de dos medios hermanos por parte de padre y otros dos por parte de madre. Sin embargo, esta razón no me parece suficiente, sobre todo porque estos medios hermanos están generalmente ausentes en los testimonios de Ricardo, y Ricardo murió antes de que nadie pudiera soñar con “aprovecharse” de su apellido.

Yo creo que la explicación está en otra parte. No es difícil especular a propósito de una razón para ser discreto en cuanto a hechos que podrían haber causado acusaciones peligrosas. Resulta interesante observar que en la primera época (1900-1901) de Regeneración, Jesús y Ricardo Flores Magón publicaron artículos a favor del derecho de mantener en privado en la ciudad de México la información sobre los datos de nacimiento.12 Aunque estos artículos no se escribieron para proteger la información privada de los hermanos mismos —que no hubiera sido divulgada por la ley de la ciudad de México que ellos criticaban—, no deja de ser interesante que estuvieran tan preocupados por la conveniencia de mantener como privados los datos de nacimiento.

En otra parte, Ricardo también señalaba que en la Constitución mexicana las uniones libres tenían la misma condición legal que los matrimonios religiosos: “La ley no erige en delito la mancebía. La tolera, como tolera el matrimonio católico. A éste explícitamente. A aquélla tácitamente. La mancebía será, pues, reprobada en el orden moral, pero no en el legal”.13

Sin embargo, a pesar de esta tácita defensa de la situación conyugal de sus padres, es difícil saber hasta qué punto les afectaba psicológicamente el hecho de que sus padres hubieran estado casados antes de conocerse, de que hubiera hijos por ambas partes y de que esos hijos no hubieran sido criados en su familia. Esa exaltada imagen que Enrique tenía de sus padres como un pareja romántica y la arraigada devoción de los tres hermanos por el amor romántico podían ser modos de sublimar la culpa que sentían por la exclusión de sus medios hermanos de la vida familiar. Sin embargo, esto no es sino mera especulación.

Las actitudes de estos jóvenes hacia sus medios hermanos maternos resulta también muy interesante. La única mención de ellos que he logrado encontrar está en los archivos de 1912, en la cárcel de McNeil Island, en el estado de Washington, donde Ricardo y Enrique reconocen tener una hermana, la hija de Margarita, Josefa, que aparece como cuatro años mayor que Jesús y con la misma dirección que la pareja de Ricardo, María Brousse, en Los Ángeles.14 Parece entonces que Enrique y Ricardo compartieron al menos una breve parte de su vida adulta con uno de esos medios hermanos, lo cual vuelve la discreción de ambos en relación con esta compleja estructura familiar aún más difícil de interpretar.

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En todo caso, lo cierto es que los hermanos Flores Magón eran legalmente hijos naturales, es decir, ilegítimos. El acta de nacimiento de Ricardo Flores Magón dice:

En el pueblo de San Antonio Eloxochitlán a los veintidós días del mes de Septiembre de mil ochocientos setenta y tres a las nueve de la mañana, ante mí el C. Teodoro Flores, natural de Mazatlán y vecino de este lugar, viudo, de cuarenta y cuatro años de edad y labrador, quien pidió en cumplimiento de la Ley se registre el nacimiento de un niño que presenta asegurando ser su hijo natural dado a luz por Margarita Magón Grajales, de treinta años, viuda, en la casa de su morada situada en esta población el día diez y seis del corriente.15

Parece, entonces, que Teodoro cortejó y posiblemente vivió con Margarita Magón cuando aún tenía a su esposa en Teotitlán. Sin embargo, si esto es cierto, la situación duró poco: Teodoro y Margarita se conocieron en Puebla en 1863; la esposa y los parientes de Teodoro fueron masacrados en agosto de 1865. Aún más, todo esto ocurrió en condiciones de guerra y mientras Teodoro participaba en varias operaciones militares. Aunque se enamoraran en 1863, es muy poco probable que Teodoro y Margarita hubieran podido llevar una vida estable en esos primeros años.

La partida de Teodoro, Margarita y los tres niños de Oaxaca a la ciudad de México se explica generalmente como un deseo de Margarita de que sus hijos recibieran educación.16 No obstante, debió haber otros factores. Uno de ellos, la Revolución de Tuxtepec (1876), con la que Díaz llegó al poder. Teodoro había apoyado a su paisano Díaz en esa empresa, y seguramente consideró oportuno mudarse a la ciudad de México dadas las circunstancias. En efecto, Teodoro fue ascendido de capitán a teniente coronel en reconocimiento a su participación en la rebelión de Tuxtepec. De nuevo, este hecho está mencionado discretamente, casi de pasada, en las memorias de Enrique.

De parte de Margarita también debieron producirse sentimientos encontrados en relación con los dos hijos de Teodoro y con el hecho de que, voluntariamente o no, ella también había abandonado a sus propios hijos del primer matrimonio. Tal vez el traslado a la ciudad de México era una manera, para Margarita, de empezar de cero. A juzgar por la relativa falta de éxito financiero de Teodoro en la ciudad de México, parece posible creer que Margarita tenía el firme deseo de crear un hogar en la capital, y no en Teotitlán del Camino, el pueblo de Teodoro.

Las razones de Margarita para preferir la ciudad de México no quedan muy claras, pues hasta la fecha sigue siendo muy difícil determinar su identidad. Al menos parece cierto que provenía de una familia de clase media, urbana. Según Barrera Bassols, Margarita nació en Puebla; su padre era español y calificado artesano vidriero. Su madre era india.17 Aunque debemos tomar con escepticismo cualquier atribución de identidad india en el caso de los Flores Magón, parece que Margarita sí era mestiza. En la sociedad mexicana de entonces se le hubiera considerado una criolla, es decir, no indígena, porque no sólo era blanca e hija de un español, sino que además sabía leer y escribir, y tanto su caligrafía como su ortografía, aunque no tan buenas como las de Teodoro, sí muestran un alto grado de educación para una mujer. En una fotografía dedicada de su hermano, Justo Magón, de 1884, se confirma la imagen de que ella era de familia urbana y de clase media.

Sin embargo, aunque tengamos una idea de su clase y de su origen étnico, no sabemos nada de su matrimonio con el señor Perea, ni cómo murió éste, ni qué sucedió con Enrique y Josefa Perea Magón. ¿Abandonó Margarita a los dos niños? No sabemos. El hecho es que ella llamó Enrique al hijo menor de su segundo matrimonio; en otras palabras, que tuvo dos hijos con el nombre de Enrique: esto da a entender que sintió la pérdida de sus dos primeros hijos y que los que tuvo con Teodoro eran en cierto sentido la restitución de aquellos a los que había perdido. Si el primer hijo de Margarita, Enrique, murió niño, lo que no se puede descartar, el sentimiento de que la nueva familia era una compensación de la otra debió ser mucho más agudo.

¿Los Perea o los Magón se apartaron de Margarita por haberse ésta enamorado de Teodoro y le quitaron a los hijos? Es posible. ¿La obligó Teodoro a dejar a sus hijos para seguirlo hasta su lugar de origen en Oaxaca? También es posible…, aunque no tan probable, pues Teodoro y Margarita parecen haberse llevado muy bien. ¿Dejó Margarita voluntariamente a sus dos hijos para que los criara su familia o los dejó en casa de su familia política? Es una tercera posibilidad.

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Lo cierto es que ella se fue a vivir con Teodoro sin ellos. Jesús, Ricardo y Enrique nacieron en Eloxochitlán, y fue este núcleo familiar el que emigró a la ciudad de México después del triunfo de la Revolución de Tuxtepec, en 1877. Aniceto Flores, el hijo mayor de Teodoro, se quedó en Teotitlán y se hizo cargo de la administración de las propiedades familiares. En 1877 Aniceto actuó a nombre de su padre en una demanda judicial contra José Candelario,

vecino de Mazatlán, intentando seguir contra este juicio civil por indemnización de daños y perjuicios por el robo y asesinatos de su familia que cometió éste en unión de otros en el rancho de su padre, éstos en términos de Mazatlán en el año de mil ochocientos sesenta y cinco. El exponente al celebrar el juicio de conciliación previo con su contraparte quien se confinó en cederle el [no se entiende] de ganado menor y mayor secuestrado y además una tierra de sembradura de cabidad de cuatro maquilas de sembradura sito en términos de Mazatlán, lindado por [roto] con terrenos de José Ruperto Cid y por los demás vientos con las del mismo Mazatlán, todo lo cual consta en el expediente relativo que en ocho fojas útiles el suscrito Juez certifica haber visto y rubricado.18

En pocas palabras: el hombre que había matado a la esposa de Teodoro y al resto de la familia era un vecino del mismo pueblo. Como indemnización por esos daños y en vista de que los conservadores habían perdido la guerra, José Candelario ofreció “voluntariamente” a Aniceto, que representaba a su padre, un rancho de ganado bovino y ovino y tierras de sembradío, todo lo cual colindaba con las tierras comunales del mismo Mazatlán. Si se atiende al momento de la transacción, es decir, once años después del final de la guerra, pero apenas unos meses después del triunfo de Tuxtepec y con el ascenso de Teodoro a coronel, lo más probable es que la “concesión” de José Candelario no fuera “voluntaria” sino por mera formalidad.

De cualquier manera, las propiedades conocidas como la hacienda de Tres Cabezas y La Laguna no parecen haber sido muy lucrativas, dada su lejanía de los mercados, y sin duda alguna no eran comunales, como pretendía Enrique, ni tampoco tenían orígenes ancestrales en un “tiempo inmemorial”. Más bien, eran una indemnización que le habían dado a Teodoro por los daños de 1865, indemnización que los vecinos consideraron prudente después, quizás, del ascenso que recibió Teodoro a raíz del triunfo de Díaz en 1876.

Memoria y sublimación

A pesar de que la visión de Enrique de la comunidad indígena y de la historia de sus padres tal vez fuera idealizada, no deja de ser útil para entender el pasado de la familia. En efecto, sería un error desechar las memorias como simples mentiras.

Teodoro Flores había sacrificado a su familia por su país —no había un acto más elevado que ése—, pero al mismo tiempo no la había protegido. Teodoro defendió la ley y la sagrada Constitución de 1857, pero también participó en la rebelión de Tuxtepec en 1876 para poner a Díaz de presidente y no al presidente reelecto Sebastián Lerdo de Tejada. Fue un héroe de la resistencia contra la invasión francesa, pero también recibió su último ascenso, de capitán a teniente coronel, por haber apoyado a Díaz. Teodoro había creído en la Revolución de Tuxtepec, pero muy pronto el gobierno de Díaz lo olvidó y no le dieron la pensión completa que merecían sus sacrificios en el ejército. Había perdido a su esposa, a su padre, a su suegra, pero también había encontrado un nuevo amor antes de la muerte de aquéllos.

Con el deseo perenne de conservar un aspecto de la herencia paterna y de ocultar el otro, Enrique redactó una escena dramática en el lecho de muerte de su padre. En ella, Teodoro declaraba su inquebrantable amor por Margarita con estas palabras: “En mis manos estuvo darte una hermosa casa y buena ropa. Todo lo que el dinero puede comprar. Pero no pude hacerlo de otro modo sin perder mi carácter”. Y entonces, volviéndose a sus tres hijos, dijo: “Que no los despoje el tirano de su hombría. Recuerden siempre que son los hijos de un hombre que sirvió a Benito Juárez honorablemente en la sagrada causa de la libertad para el pueblo. ¡Recuerden! —resonó su voz—, y cayó de espaldas, muerto”.19

Enrique parece haber interpretado ese mandato de recordar como un llamado a los hijos a trabajar para reparar las injusticias del pasado, es decir, olvidando y a veces incluso deliberadamente eliminando los hechos que podrían desviar la atención del principal propósito, que era la reparación. De esa manera, Enrique tachó en dos fotografías que Porfirio Díaz le regaló a su leal subordinado la prueba del apoyo que éste le había dado a su padre. Después de la Revolución, Enrique se saltó, muy oportunamente, el hecho de que su padre había en verdad apoyado la rebelión de 1876 con la que Díaz ascendió al poder.

Por otro lado, sus hijos recordaban a Margarita como un ángel protector y como una esposa que había adorado a su esposo y que, a su vez, había sido reverenciada por él. No cabe duda de que todos esos recuerdos eran verídicos; pero, con la insistencia en su dedicación exclusiva como madre y como esposa, se dejaban de lado los fantasmas de las relaciones previas de Margarita y Teodoro y de los hijos abandonados.

Tal vez la tendencia de los hermanos Flores Magón a exaltar el amor de sus padres era más vehemente de lo normal porque Teodoro y Margarita no estaban casados, y porque Teodoro se había visto dolorosamente obligado a registrar a sus hijos como “hijos naturales”, aunque también es evidente que éstos fueron criados con un sólido sentido moral que valoraba todo tipo de virtud, incluido el amor conyugal. De esa manera, por ejemplo, conservamos las “Definiciones y pensamientos” que escribió Enrique en su juventud (1895), con la más pulida caligrafía, y que consisten en sentencias morales sobre el amor, los celos, la sabiduría en la elección de la pareja conyugal, la avaricia, la soberbia, etcétera.20

Cualquiera que haya sido la actitud de los Flores Magón ante sus medios hermanos, no cabe duda de que había entre ellos por lo menos una división del trabajo: Aniceto Flores manejaba y era responsable de las haciendas de Tres Cabezas y La Laguna, las cuales parece que terminó heredando. Era como un heredero local de Teodoro Flores, mientras que los tres hermanos Flores Magón se fueron a la ciudad de México, adquirieron una educación de primer nivel, estudiaron leyes, y tenían acceso exclusivo a su madre. Un grupo de los hijos de Flores se quedó pues con la tierra; el otro fue ofrecido a la ley.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia y autor de Idea de la muerte en México.

El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, traducido del inglés por Jorge Aguilar Mora, comenzará a circular en este mes.


1 Ethel Duffy Turner, Ricardo Flores Magón y el Partido Liberal Mexicano [1960], Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, México, 2000, p. 14; Ward Albro, Always a Rebel: Ricardo Flores Magón and the Mexican Revolution, Texas Christian University Press, Fort Worth, 1992, p. 3, y Pedro María Anaya Ibarra, Precursores de la Revolución mexicana, Secretaría de Educación Pública, México, 1955, p. 12.

2 Enrique Flores Magón, Combatimos la tiranía. Un pionero revolucionario mexicano cuenta su historia a Samuel Kaplan, traducción de Jesús Amaya Topete, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, México, 1958, pp. 10-11.

3 “Raza indígena: ilustración”, El Demócrata, 15 de abril de 1893.

4 Matías Romero, El estado de Oaxaca, Tipo-Litografía de España y Compañía, Barcelona, 1886, p. 20.

5 Ibíd., p. 12.

6 “Constancia notarizada y firmada por el Gral. Luis P. Figueroa, 14 agosto 1878”, aefm, caja 52, exp 1.

7 Teodoro Flores, “Apuntes de las fechas relativas…”, aefm, caja 42, exp. 1.

8 E. Flores Magón, Combatimos la tiranía…, op. cit., pp. 13-14; cursivas en el original.

9 Ibíd., p. 13.

10 Los nombres de Perea y de los dos hijos de Margarita aparecen en la meticulosa cronología de la vida de Ricardo Flores Magón compilada por Jacinto Barrera Bassols, “Cronología”, en R. Flores Magón, Obras completas, vol. 3: Regeneración (1900-1901), primera parte: artículos escritos por Ricardo Flores Magón en colaboración con Jesús y Enrique Flores Magón, edición de Jacinto Barrera Bassols, Dirección General de Publicaciones-Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2004, p. 31.

11 Jenaro Amezcua, ¿Quién es Enrique Flores Magón y cuál es su obra?, Avance, México, 1943, p. 30.

12 “Los registros de nacimiento y el secreto profesional”, Regeneración, 15 de septiembre de 1910, y “El registro de nacimientos y el gobierno del Distrito”, Regeneración, 23 de septiembre de 1900.

13 Ricardo Flores Magón, “El matrimonio canónico”, Regeneración, 23 de diciembre de 1900.

14 McNeil Island Penitentiary, Inmate Case Files, 1899-1920, archivo 2198 (Ricardo Flores Magón) y archivo 2200 (Enrique Flores Magón), U. S. Department of Justice, Bureau of Prisons, rg 129, caja 20, National Archives. Ésta es la única mención de Josefa en Los Ángeles que he podido encontrar.

15 Archivo Jesús Flores Magón, Biblioteca Daniel Cosío Villegas, El Colegio de México, México (en adelante, ajfm), caja 25, exp. 9; cursivas de Claudio Lomnitz.

16 José C. Valadés, El joven Ricardo Flores Magón, Extemporáneos México, México, 1986, p. 10, y E. Flores Magón, Combatimos la tiranía…, op. cit., p. 17.

17 J. Barrera Bassols, “Cronología”, en R. Flores Magón, Obras completas, vol. 3: Regeneración (1900-1901), primera parte…, op. cit., p. 31.

18 “Acta de juzgado, Teotitlán del Camino, 1 mayo 1877”, aefm, caja 52, exp. 1. Las frases en cursivas son medidas agrarias arcaicas: los pastos se medían en estancias de ganado mayor y menor, y la tierra de labranza se medía por la cantidad de semilla en maquilas de sembradura.

19 E. Flores Magón, Combatimos la tiranía…, op. cit., p. 22.

20 Enrique Flores Magón, “Mis notas”, ciudad de México, 3 de agosto de 1895, aefm, caja 6, exp. 51.

Ciudad de libros

Vivir es leer:
Roland Barthes (1915-1980)

Homenaje a la cultura Francesa. Je suis Paris.

Treinta y cinco años se han cumplido de la desaparición de nuestro autor, en el sentido literal y cordial del término. ¿Qué nos queda de él?, ¿qué está vivo y qué creemos que seguirá viviendo indefinidamente? Los signos, naturalmente; la coronación del signo que, en el desarrollo del pensamiento francés, evidencia su poderoso ascenso desde el fundacional Cours de linguistique générale de Ferdinand de Saussure publicado en 1916: cuando nuestro autor empezaría a descubrir gracias a su madre el amor de las palabras, las maternas palabras que dan la vida. Que alimentaron sus 65 años.

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Ilustraciones: Raquel Moreno

Barthes y su escuela —que va más allá del estructuralismo “clásico” de las décadas cincuenta y sesenta— nos legan la abrumadora evidencia de que vivimos en un mundo inalienable de la danza continua de la significación. Y no sólo en tanto inteligencia o psique (espíritu o alma, como se decía en siglos anteriores) sino como forma de vida terrena y mortal: pulsiones, deseos, desórdenes; palpitaciones, intermitencias —dice otro clásico querido. El signo es cuerpo.

Para llegar a ello el camino fue largo e intenso; se trataba de hacer avanzar en un trecho crucial la estafeta del pensamiento y filosofía estructuralistas que había cubierto, por lo pronto, el arco que se apoya de un lado en Saussure y en el otro en la Escuela de los Anales y Lévi-Strauss. Lo primero que Barthes y sus camaradas establecieron fue una metodología, en ello la filiación francesa, incluso parisina, es innegable. Fue la empresa de los años cincuenta que culminó al final de la década siguiente; una escuela o cofradía que se empleó a fondo en su aventura intelectual: la clave es la clave, es decir, llevar a su máxima consecuencia y con rigor en la formulación la reflexión sobre el sentido del fenómeno humano que es nuestra capacidad de comunicarnos de forma tan compleja que instaura su propia dimensión: lengua, escritura. El grupo que Barthes animó conoce su consigna, aquello que les da sentido como colegio: dialogar, reflexionar, disentir; me atrevo a decir, más que saber, expresar: hacerse visibles en ese afuera de sí mismo que al primero que incluye es a quien habla.

Surge así la semiología como un dominio pleno en las disciplinas humanas. Y las grandes construcciones se fundan con cimientos sólidos, incluso demasiado pesados, de los que no se puede prescindir. No hay navegaciones oceánicas sin lastre. El periodo de ortodoxia metodológica, el recurso del método, no ha envejecido de manera impecable sino que está impregnado de las huellas no del tiempo sino de su tiempo. No deja de haber ingenuidad, digamos a la Cándido, el personaje de Voltaire, en su devota pulsión por el método. Ingenuidad y fervor en ese culto al método semiológico totalmente parisino y años sesenta. Que entonces nos fascinó por todo el mundo, confesémoslo, no lo olvidemos. Universidad tras universidad y disciplina por disciplina. Años sesenta y setenta: tiempos de groupies y de fans: ¡Viva el estructuralismo francés! ¡Viva el pensamiento rive gauche de Barthes, Derrida, Greimas!

Le Degré zéro de l’écriture (1953) es un pilar en la historia del pensamiento moderno; formó disciplina en las universidades de todo el mundo y nos cautivó (en México a través de la entrañable editorial Siglo XXI, cuya participación en la formación del pensamiento de la intelectualidad latinoamericana fue esencial). A consecuencia de ello, empezamos a  “leer” bajo la categoría del mito la vida que nos rodea, físicamente, a media ciudad, gracias a los medios de comunicación y consumo. Pues esa aventura ofreció descubrimientos y mundos nuevos que eran los nuestros. Mythologies, 1957. Barthes dio la definición moderna de mito al ir a la raíz etimológica : “le mythe est une parole” ergo “le mythe est un système de communication, c’est un message” (“El mito es una palabra… es un sistema de comunicación, un mensaje”). Y la moda, ¡ya era hora de que la intelligentsia aceptara su presencia motriz! (Système de la mode, 1967). Reconozcamos desde este periodo el talento nato para titular sus proclamas. ¿Cómo no comprar los libros así rubricados? Pero él, ¿lo sabía ya?, ¿que era un escritor? Pienso que todavía no; seguramente en esa época de cantera consideraría sus escritos como trabajo estrictamente analítico, libros porque es la manera en que se ejerce el estudio de las materias tratadas. Tiempo en el cual el escritor incuba dentro del innovador estudioso. Sus paroles, mots, propos empiezan a crear obra.

Nuestro autor recibe, pues, el año 1970 —iniciaba la última década de su apasionada vida, pero esto tampoco lo sabía— poniéndose la máscara de Jano bifronte. Barthes empieza a ser figura. S/Z, donde un relato corto de un clásico de la modernidad burguesa, Balzac, es sometido al extremo atómico del método. Veamos en esto disciplina y pasión y revolvamos los vocablos incluyendo pasión por la disciplina —lo que se vuelve un contrasentido, un sentido contrario, podemos parafrasearlo y esto va ya rumbo al placer textual y su desborde que estallará apenas tres años después con el llamado semiológicamente anarquizante del gozo textual. Que es lo que ya nos muestra la otra máscara de la figura Barthes de 1970: L’Empire des signes. En alguna entrevista o apunte biográfico leí que le gustaba llevar consigo un ejemplar de ese opúsculo, era práctico, poco voluminoso, bien ilustrado en color… quién no hubiera querido ser el chofer de taxi que lo reconociera o el contertulio en la mesa de al lado del café o bar para que el profesor Barthes le obsequiara el librito. Sin dedicatoria pero como fetiche, atesoro mi ejemplar de primera edición. Tengo para mí que es una de las obra señeras del autor, nuestro maestro, y del pensamiento francés de la posguerra. Qué maravilla el Japón, nos dice ese libro: a unas cuantas horas de avión puede uno desembarcar en un mundo fascinante porque es una danza fastuosa y discreta, exuberante y sutil, elegante y ritual, de signos; Barthes empieza a saberlo: no importa descifrarlos, comprenderlos, codificarlos, diagramarlos en tablas estadísticas, o sí importa, pero no está ahí su magia: la magia es que hay magia, no que aparezcan conejos o flores, ni mucho menos porque fuera posible atraparlo en la rejilla de unas cuantas páginas de estadísticas y diagramas maniáticos. Con o sin reflexión budista, Barthes descubre su senda: desandar el camino del método y del sistema como quien vuelve su propia identidad una especie de raíz etimológica; el estudioso se retrae en lector, la mariposa vuelve al seno inmemorial de la oruga. Esto se lo debemos: oh qué maravilla de la naturaleza y del artificio que podamos ser lectores… y el júbilo desbordado del lector se comparte: analizar es leer es escribir. Empiezo a reconocerlo. Lengua-seno; porque leo, porque soy. Este es no el tema sino la magia, el don, que ofrecen crecientemente sus ensayos del último periodo. Una inusual capacidad de lucidez plena de frescura; el sereno y maduro profesor es un niño dichoso contemplando la danza de los signos.

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La solidez teórica ha hecho posible el camino; queda atrás pero siempre está presente: no otra es la naturaleza y el destino de los caminos: ir hacia nuestras espaldas para conducirnos a horizontes nuevos. Esto se llama semiología, gracias a esta escuela parisina en efecto tan de la rive gauche. Los semiólogos, en la mejor disciplina y honor barthesianos, no serán nunca aquellos que continúen más que embriagados fetichizados por el método estructuralista (pues los fetichizados son los neogramáticos ávidos de mamemas como muy bien dijo nuestro maestro Antonio Alatorre cuando él también cruzó las puertas de su, nuestro, Colegio Nacional), no, semiólogo es aquel que con la disciplina y regla bien aprendidas (nunca dejará de haber algo de monacal en nuestro autor, quizás de la Iglesia Laica del Pensamiento que anhelaba Comte) sabe volverse signo él mismo para legarnos en su obra la activa contemplación del mundo como danza orgánica, proteica y formal a la vez, de gestos y actos: signos.

En los mismos años setenta Paz va descubriendo a través del haz de sus pasiones, obsesiones y cóleras que somos un signo que emite signos. “Materia inestable en un entorno radiactivo”, podemos decir: todo menos la parálisis. En esta última década desaparecen los diagramas y tablas para bien de la mejor escuela barthesiana. ¡Y el lenguaje del estudioso se allana! Periodo apolíneo no en el sentido neoclásico, obsoleto, del término sino como lo comprendemos desde Nietzsche: pensar es una pasión. La luz o lucidez está hecha de fuego.

¡Qué placer de lengua común es haber descubierto, página a página, su lectura del hecho fotográfico! Ya no la interpretación de tal o cual conjunto de imágenes ni la búsqueda del sentido de la obra de un cierto fotógrafo. La Chambre claire aparece en 1980, con su muerte, y sí: hay claridad. La semiología lleva a su fuente antropológica y esta nueva escuela de París lo hizo ver: es el hecho de significar lo que importa, aquello que “estructura”. El mensaje del mensaje es la capacidad de emitir mensajes o signos. ¿Leerlos, comprenderlos, analizarlos o teorizarlos? Tal es nuestra tarea, pero con el goce de lo inalcanzable… somos Tántalos que paladeamos lo que no engullimos, y así está bien: sus títulos siguen siendo las insignias, algo así como los deícticos de los signos, y así llega, ya post-mortem, L’Obvie et l’Obtus (1983).

Tremendamente ese rubro profetiza su propia muerte/vida ya acaecidas. Un camino recorrido con tal claridad y fertilidad que se nos vuelve evidente de tan necesario, obvio, en un buen sentido. Pero llegó la muerte y nos quedamos con sus ojos cegados, sellados por el silencio, la obstrucción ha blandido su guadaña. Para recordarnos, también, que una vida-obra como la suya son lógicas y fértiles porque son parte de la vida, que siempre será resistente a todas las lecturas; no se trata de una oscuridad asignificativa ni tampoco de una oscuridad engolosinada en sí misma por hermetismo grandilocuente, risible, sino lo obtuso por denso como la tierra misma que nos da el ser.

En los setenta el tiempo maduró lo suficiente como para que el autor se leyera a sí mismo, mas no como lógica ni sistema, pues en esta década comprende que podrá haber un sistema del método pero no una salvación por la metodología, la cual se satura y sutura a sí misma: el yo y sus cuitas, de tan noble ascendencia; reconozcámoslo: Barthes tiene dentro de sí un romántico alemán, ya es hora de que lo veamos, tanto como pensador como artista lírico-filosófico; el yo y sus cuitas serán percibidos por la era mental que él ha contribuido a fundar como una indefinición, a cada uno de nosotros nos define nuestra indefinición: Fragments d’un discours amoureux (1977): eso soy. El ensayista se narra a sí mismo; hablemos de Montaigne, que lo supo, y lo supo Pascal en sus encierros, Rousseau lo encarnó como un Moisés de sí mismo en tanto promeneur solitaire (1778); Proust en las volubilidades de los salones, y el joven Lévi-Strauss recién desembarcado en la selva de signos de las comunidades amazónicas primitivas. Y en la misma ciudad de París, un recién llegado a la lengua francesa aporta un giro sorprendente de esa disciplina particularmente francesa del filósofo-literato, esto sucede desde un poco antes del tiempo de Barthes y las obras se paralelizan: el franco-rumano Emil Cioran; elijamos para emblematizarlo aquí no su título señero (De l’inconvénient d’être né, 1973) pues Barthes encarna la enjundia del optimismo posible, sino aquel título que le hace un guiño: La Tentation d’exister, 1956.

Ensayar narrarse. El nombre del arco es bíos y su obra es muerte. En esta venatoria somos simultáneamente la flecha y la presa que a cada segundo está cobrando. Hay coherencia, por supuesto aquella cara a Michel de Montaigne que no escribe afincado en ninguna ilusión de solidez sino en la ductilidad del yo frente y en medio del móvil paisaje de la vida. El ideal de discurso, método y lengua de los años cincuenta y aún sesenta presupone una suerte de perfección sígnica; a lo largo de los años setenta es la imperfección de la vida pública y privada quien construye la escritura. Gran lección. En este eslabón de mis especulaciones me pregunto (si no me he extraviado, pues en materia de clásicos cada quien se lo reinventa a su conveniencia y estilo) por qué Barthes no atendió ampliamente el jazz, ese panal de signos propio del siglo XX: en una pieza de este género, sea standard, jamm o improvisación total, los primeros compases generan un estado fluido en el que las diversas intervenciones son al mismo tiempo elemento necesario y una intrusión, tomando forma sin cesar, las partes y el todo fluido, mediante el ir redefiniéndose constantemente conforme la base melódica y rítmica sostiene y gira excitando a cada uno de los miembros del cuarteto o trío a que ocupen el primer plano y brillen, riesgosamente brillen (estoy pensado en particular en Keith Jarrett o en el salmo moderno que es A Love Supreme de John Coltrane)… como si se tratase de un sistema astronómico sólo constituido por cometas, asteroides y otros cuerpos siempre presentes en tanto accidentes, exigiendo definiciones provisionales: la galaxia de un alfabeto incesante.

Pues leer es escribir, nos dice la estela de Barthes, y vivir es leer. Vivir es leer. Ello si hemos provisto una mínima sensatez al cammin di nostra vita, pues esa vida será un trayecto legible para nosotros y los demás cercanos si la hemos injertado en el tronco exuberante e inmemorial de los signos.

 

La vida de Barthes no concluyó sino que se suspendió. Una leyenda socarrona dice que Esquilo murió a los 69 años, en Gela, Sicilia, porque súbitamente un proyectil le fracturó el cráneo, como enviado por la ira de Zeus mismo a ese mortal que tanto sabía de pasiones divinas y humanas: un águila dejó caer su tortuga sobre esa roca pulida, la calva del padre de la tragedia. El 26 de marzo de 1980 Barthes, huérfano de madre desde hacía tres años, fue arrollado por una camioneta de lavandería… es decir, blanchissage, “blanqueamiento”, página en blanco, cuando cruzaba la acera en el quinto distrito, para entrar al Collège de France, ese otro seno. La escritura se interrumpió, pero no ha cesado.

 

Alberto Paredes
Doctor en letras. Es profesor titular en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Entre sus libros: Las voces del relato y El estilo es la idea. Antología del ensayo literario hispanoamericano.

 

Ciudad de libros

Malcolm Lowry en Cuernavaca

Dice la escritora catalana Nuria Amat en su libro Viajar es muy difícil: “Las ciudades están hechas de personas. Las ciudades literarias están hechas de escritores. Qué mejor recuerdo del viajero para con el lector (viajero también él pero quieto) que el envío de una postal ofreciendo la imagen viva y coloreada de las mejores instantáneas de viaje. Qué mejor regalo para un lector que las vistas de distintos escritores moviéndose por la ciudad fantasma”. Esta columna intenta recuperar las postales que han dejado los escritores de lugares para ellos entrañables

Dos cadenas montañosas atraviesan la República, aproximadamente de norte a sur, formando entre sí valles y planicies. Ante uno de estos valles, dominado por los volcanes, se extiende a dos mil metros sobre el nivel del mar, la ciudad de Quauhnáhuac. Queda situada bastante al sur del Trópico de Cáncer; para ser exactos, en el paralelo diecinueve, casi a la misma latitud en que se encuentran, al oeste, en el Pacífico, las islas de Revillagigedo o, mucho más hacia el oeste, el extremo más meridional de Hawaii y, hacia el este, el puerto de Tzucox en el litoral Atlántico de Yucatán, cerca de la frontera de Honduras Británica o, mucho más hacia el este, en la India, la ciudad de Yuggernaut, en la Bahía de Bengala.

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Ilustración: Pablo García

Los muros de la ciudad, construida en una colina, son altos; las calles y veredas, tortuosas y accidentadas; los caminos, sinuosos. Una carretera amplia y hermosa, de estilo norteamericano, entra por el norte y se pierde en estrechas callejuelas para convertirse, al salir, en un sendero de cabras. Quauhnáhuac tiene dieciocho iglesias y cincuenta y siete cantinas. También se enorgullece de su campo de golf, de multitud de espléndidos hoteles y de no menos de cuatrocientas albercas, públicas y particulares, colmadas por la lluvia que incesantemente se precipita de las montañas.

En las afueras de la ciudad, cerca de la estación del ferrocarril, se yergue, en una colina ligeramente más alta, el Hotel Casino de la Selva. Está situado bastante lejos de la carretera principal y lo rodean jardines y terrazas que, en cualquier dirección, dominan un amplio panorama. Aunque palaciego, lo invade cierta atmósfera de desolado esplendor. Porque ya no es un casino. Ni siquiera se pueden apostar a una partida de dados las bebidas que se consumen en el bar. Lo rondan fantasmas de jugadores arruinados. Nadie parece nadar jamás en su espléndida piscina olímpica. Vacíos y funestos están los trampolines. Los frontones, desiertos, invadidos de hierba. Sólo dos campos de tenis se mantienen en buen estado durante la temporada.

Hacia la hora del crepúsculo del Día de Muertos, en noviembre de 1939, dos hombres, vestidos de franela blanca, estaban sentados bebiendo anís en la terraza principal del Casino. Habían jugado primero al tenis, luego al billar, y las raquetas envueltas en fundas impermeables y cautivas en sus prensas —la del doctor triangular, la del otro cuadrangular— descansaban frente a ellos en el parapeto. Mientras se acercaban las procesiones que descendían serpeando por la colina detrás del hotel, llegaban hasta ambos los sonidos plañideros de sus cánticos; volviéronse para ver a los dolientes, a los que sólo pudieron distinguir poco después, cuando las melancólicas luces de sus velas comenzaron a girar entre los lejanos haces de los maizales. El doctor Arturo Díaz Vigil acercó la botella de Anís del Mono a M. Jacques Laruelle, que ahora se asomaba, absorto, por encima del parapeto.

Abajo, ligeramente a la derecha, en el gigantesco atardecer encarnado cuyo reflejo sangraba en las piscinas desiertas esparcidas por doquier como otros tantos espejismos, extendíanse la paz y la dulzura de la ciudad.

 

Fuente: Malcolm Lowry, Bajo el volcán, traducción de Raúl Ortiz y Ortiz, Círculo de lectores, 1964.

 

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir, coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas, Anuncios clasificados y compiladora del volumen Así escribo.

Cultura y vida cotidiana

En el Congo

Ryszard Kapuściński fue el mayor cronista de la descolonización de África. Nadie como el legendario periodista polaco para narrar las convulsiones de aquella época. Con autorización de la Editorial Anagrama, presentamos este reportaje incluido en el libro Estrellas negras, de próxima aparición, sobre el absurdo que regía el comportamiento de los colonos del Congo

Un hombre confundido, el señor Voldeaux. Cuatro veces huyó del Congo y las cuatro volvió. “¿De qué tiene tanto miedo?”, le pregunto. Se encoge de hombros como diciendo que no lo sabe. Pero sí lo sabe, y yo también lo sé. El éxodo se desató en julio, el primer mes del Congo independiente. Los aeropuertos se vieron desbordados por una marea humana. Los periódicos se llenaron de fotografías de salas de espera atestadas de gente, de hatillos y de niños sentados sobre esos hatillos. La prensa se compadecía. Occidente siempre se compadece en semejantes ocasiones. Los belgas se compadecen de los franceses en Argelia, los franceses de los holandeses en Irian, los holandeses de los portugueses en Angola… Los colonos forman una internacional: se apoyan mutuamente estén donde estén. Al que no se compadece lo suficiente no tardarán en aumentarle la dosis de compadecina. Hasta el día en que alguien constate que ya no queda nadie que no se compadezca, y entonces los periódicos cambian de tema.

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Ilustraciones: David Peón

La huida se desarrolló en un ambiente de pánico, y el pánico lo desencadenó un rumor. Cuando a los colonos, de natural dados a la rumorología, la tierra empieza a temblarles bajo los pies, toda su manera de pensar se vuelve rumorológica. Primero se difundió el bulo de que asesinaban a belgas. Nadie se iba a poner a comprobarlo; bastaba con que sonara la palabra “asesinar” para que arrancase una oleada de colonos verdes de miedo. “Señor Voldeaux”, digo, “nómbreme una localidad en que los negros hayan asesinado a un belga”. No sabe nombrar ninguna. En el fondo, el hecho resulta paradójico. Allí donde los belgas habían cometido tantas atrocidades, donde más tarde caerían abatidos italianos y ghaneses, suecos e hindúes, y, finalmente, los propios congoleños, no murió de muerte violenta ningún colono belga, o casi ninguno. Se hizo correr el rumor de que un pelotón de negros había violado a una belga. Absurdo total. Hay que conocer el temperamento de los africanos: ninguna europea aguantaría semejante embate. Se clamó que incendiaban barrios blancos. Otra fantasía. Visité un barrio de éstos en Stan:1 encantadores chalés modernos rodeados de flores, enormes y eternas flores del trópico. Ni un alma en derredor. Aquí y allá una ventana abierta, coches en los garajes. Escudriñé el interior de algunos chalés. Parecía como si sus habitantes acabaran de salir. Aquí, una cubertería de plata sobre la mesa porque a los comensales no les dio tiempo de terminar el plato; allí, un paquete de tabaco medio lleno sobre el escritorio; más allá, una aspiradora abandonada en medio de la habitación. En algunas casas ya se han instalado las lagartijas: los belgas habían huido hacía nueve meses. Y, sin embargo, todo estaba intacto.

La prensa insistía en la tesis de que era Bruselas la que había organizado el éxodo. Tengo serias dudas al respecto. No hacía falta organización alguna; los colonos habían salido de estampida presas de su propio miedo. Hay que conocer el alma del colono. Éste vive en una casita preciosa y se toma cocteles helados, pero está sentado sobre un barril de pólvora. Cuando el colono descarga un puñetazo en la cabeza de un negro, el negro se encoge y se aparta. Pero no olvida. Y el colono recuerda que el otro no olvida. Es consciente de ese barril, de esos golpes, de que ha ido sembrando tempestades. Su conocimiento es profundo. Así, basta que se mueva una brizna del denso, petrificado, aire africano para que se le hagan los dedos huéspedes. Cuando el país aún está en calma, el pueblo en silencio y la servidumbre dócil, la imaginación del colono ya ha empezado a barruntar. Le asalta la hora de los recuerdos. Mientras recuerda, aparecen los negros que también querrían hacerlo junto a él. Vaya a donde vaya, a todas partes lo sigue el barril de pólvora. El colono no se lo toma nada bien. Se siente acosado. Le dan vahídos, las piernas se le llenan de plomo. En el exterior no ocurre nada, pero en el interior del colono se ha desatado un tifón de pavor. Finalmente no aguanta la tensión que él mismo ha creado.

Y huye.

La biografía del colono es banal. Empieza en algún lugar de Europa, donde el futuro colono pasa sus años grises. Por ejemplo, regentando una tienda. O trabajando de oficinista. O de dependiente. O de cobrador de la luz. Es un petit blanc, un hombre de la calle. Le está vetado el lujo de la Riviera, no puede comprarse una limusina. Ve la abundancia al tiempo que lo atormenta la estrechez. Su vida es espera. A que el negocio funcione. A que el jefe esté de buen humor. A un milagro de la coyuntura. A Godot.

A veces se le enciende una chispa de iniciativa. O le embarga un deseo de aventura. Entonces empieza a ahorrar. Parte en un largo viaje y aterriza en África. Enseguida sube varios peldaños en el escalafón: un ascenso fulminante donde los haya. Tanto, que junto a él palidecen incluso las deslumbrantes carreras de las estrellas de cine. El colono hace carrera en un día y sin esfuerzo alguno. Mientras mastica pollo a bordo de un cómodo avión, con cada kilómetro que recorre gana en esplendor. Encerrado en la hermética cabina de su carabela, al igual que la crisálida en su capullo, vive una metamorfosis: de mendigo se transforma en rey. Se convierte en colono, o, lo que es lo mismo, en un gran señor. No por eso ha cambiado como persona. El tendero sigue siendo tendero. Sigue siendo ese hombrecillo del montón, de ideas cliché, mentalidad conservadora y gusto adocenado. No ha sido él quien se ha ganado el ascenso. Ha sido la ideología: el tendero ha probado alimento de la caldera del racismo. El petit blanc se ha convertido en un Grand Blanc. ¡De rodillas, naciones!

Los colonos viven en barrios cerrados. El negro puede entrar allí, pero sólo de día. Cuando el blanco quiere algo de un negro, lo manda llamar. Al comparecer, el negro tiene que esperar tras la verja, en la calle. El colono está sentado en un sillón del porche. Se ponen a hablar. Las palabras recorren una distancia de entre veinte y treinta metros. Dicha distancia es necesaria por razones de higiene: los alientos blanco y negro no deben mezclarse. Desde que se pone el sol, los nativos tienen prohibida la entrada: las brisas nocturnas limpian el aire contaminado por las visitas diurnas de los negros.

La nota de color se la dan a los barrios blancos las señoras colonas, esposas de los colonos. Ellas también han sufrido una transformación al abandonar su antiguo oficio de cajeras o modistas. Ahora la señora colona se encarga de su casa. Sentada en un sofá, se alisa las arrugas y da órdenes al servicio, que es numeroso: de seis a diez personas. Negras, por desgracia. La señora colona no lo tiene nada fácil porque se ve obligada a pensar por todos, ya que negro significa tonto: no consigue aprender en qué lado del plato se coloca el tenedor. La colona pone mucho de su parte en educar al negro. Es importante que sirva la mesa con guantes blancos, cosa que proporciona la agradable ilusión de recibir alimento de mano europea. Si el negro deja caer una cuchara, en el colono estalla un géiser de pensamientos filosóficos. Analiza su existencia a la luz de la problemática del individuo que, como portador de la grandeza humana, está condenado a la soledad en el enajenante mundo de los débiles mentales. De manera que el colono habla de alienación, con lo que profundiza en el tema más en boga de la filosofía contemporánea. Así, se convierte hasta cierto punto en una especie de intelectual.

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La casa está patas arriba cuando la colona prepara una party, que siempre es todo un acontecimiento y que se rige por unas reglas propias. Todo barrio blanco es un gueto cerrado, el cual a su vez se divide en otros círculos cerrados. Cada uno de ellos puede contar incluso con quince familias, que se relacionan por medio de la party. Cuando viene un invitado de categoría, también se le organiza una. Pero ésta, producto de una circunstancia extraordinaria, es excepcional; mucho más a menudo se organizan parties que calificaría yo “de trabajo”. Las exige la vida misma porque la gente tiene que charlar de vez en cuando, y no hay costumbre de hacerlo fuera de una party. A menudo se ve a dos colonos aburriéndose en sus respectivas tumbonas colocadas en el jardín, sólo los separa una valla de tela metálica y, sin embargo, no se dirigen la palabra: falta la party. El colono tiene muy pocas palabras que decir, así que debe ahorrarlas para, en el curso de una party, poder abrir la boca al menos un par de veces. El principal problema de las colonas es su cuerpo, regulado con ayuda de corsés. Los corsés, como las lentes, se dividen en cóncavos y convexos. A causa de ellos, todas las colonas padecen de abrasiones. Lo que causa auténtica sensación en una party es la presencia de un comunista. Heme charlando con un anfitrión en su terraza, llegan sus invitados y el colono me presenta:

—El señor Kapuchkinchi, comunista.

Las matronas por poco se caen de espaldas. ¡Un comunista! ¡Ay, Dios del cielo! Empiezan a dar vueltas para observarme. También yo doy vueltas para observarlas a ellas. La party se convierte en un tiovivo. No paramos de andar en círculos. Es una especie de zoológico de doble sentido: ellas tienen un espécimen y yo tengo los míos. Un rato más y empezaremos a darnos mutuamente terrones de azúcar. Una party así es considerada un éxito y comentada en el barrio durante mucho tiempo.

Está bien, asimismo, que la party se celebre en un jardín y que entre los invitados haya un colono veterano. Sentado en un sillón, el colono abuelo aparece arrebujado en mantas porque lo sacuden unas fiebres palúdicas inveteradas. Apoyado en un bastón, rememora ante los oyentes sus heroicas aventuras de la época pionera del colonialismo.

You know —carraspea el abuelo en medio del silencio—, I killed him with a stick. Like a snake.2

Animado por el recuerdo, aparta las mantas, se pone en pie sobre sus desvencijadas piernas y, ¡zas!, descarga un bastonazo en el suelo.

Look, something like that. 3

Del suelo se levanta una nube de polvo, y las señoritas colonitas se apartan de un salto para que no les ensucie sus atuendos. Lo contrario que los colonos que, concentrados, se inclinan para contemplar el lugar donde el abuelo mató a un negro con el bastón como a una serpiente. El abuelo vuelve a sentarse en el sillón, pasea la vista por los presentes y se echa a reír: jiii, jii, ji. Tres veces. Los demás, tras una respetuosa pausa, también articulan un jiii, jii, ji, y otro jiii, jii, ji. Seis veces, como mandan los cánones de buena educación.

Ninguna de las colonas invitadas pierde detalle de lo que se sirve en la party y hace un cálculo mental: cuando le toque a ella, mandará servir lo mismo y en la misma cantidad para no salir perdiendo. Debido a esto, todas las parties resultan culinariamente idénticas. El programa también contempla bailes. Un vals bailado en el corazón de África entraña un encanto especial.

—¿No es extraordinario? —me preguntó en una ocasión una colona.

—Lo es, señora —le contesté cortésmente.

Los colonos, sometidos a las objetivas y universales leyes de la fisiología, a veces tienen hijos. Así nacen los colonuelos. Como es natural, los niños sufren resfriados, diarreas, hiperhidrosis… Se los protege del sol, por lo que todos están transparentemente pálidos. No hay niño sin niñera. El colonuelo sano, al aprender a andar, también se curte en el arte de pegar al negro. Empieza por la niñera. Las colonas están contentas porque de esta manera sus hijos adquieren desde pequeños repugnancia por las negras. Ya un poco crecidos, los colonitos son llevados al colegio en coche. Sentados en sus pupitres, escuchan el blablablá del cura de la escuela de la misión. Así transcurre clase tras clase. Luego los llevan en coche de vuelta a casa. Tienen prohibido jugar en el jardín por las serpientes que allí puedan acechar. En las vacaciones, el colonito viaja a ver a su abuela, que vive en Europa. De allí regresa orgulloso porque ha visto muchos blancos juntos. Estas visitas crean en él un apego a su raza.

Más tarde, el colonito aprende a conducir. Una vez adquirida la destreza, puede dedicarse a su juego favorito: apuntar con el guardabarros a las corvas de los negros, cortarles el paso y echarlos de la carretera. Los colonitos suelen llevar a divertirse así a sus respectivas colonitas, que se muestran encantadas y muy orgullosas de sus honeys por lo valientes que son. Si un mancebo le da un beso a su colonita, ésta pondrá ojos de cordero degollado y susurrará un Oh, darling como si exhalara el último suspiro. Entre los colonos, este fenómeno se llama amor.

Una ocupación prácticamente cotidiana consiste en ir a la compra. Es el momento en que se ponen al volante las colonas. Puesto que salen a comprar por la tarde, en esas horas se produce el mayor número de accidentes de tráfico. La colona compra siempre en una misma tienda, invariablemente de aspecto muy pintoresco. En los estantes hay miles de latas de lo más diverso, todas envueltas en etiquetas multicolores. El papel de esas etiquetas siempre es brillante. El pan, la mantequilla, la sopa, la carne, la cebolla, el pudding, todo está enlatado. Las conservas se traen de Europa en barco o en avión. Está científicamente demostrado que las gallinas africanas ponen los huevos iguales que las europeas. Sin embargo, el colono jamás tocará un huevo procedente de África. Lo considera lousy, asqueroso. El colono no conoce el sabor de la mandioca ni del aceite de palma. Los plátanos los come sólo en Europa. ¿Por qué no en África? Por principios. Uno de ellos consiste en no llevarse a la boca nada de lo que come el negro. Si lo hiciera, el colono se desblanquearía, cosa que desea evitar. Vi en el Congo a colonos que pasaban hambre pese a que había comida de sobra, sólo que era comida africana. Ninguno quería tocarla. El colono es un hombre de principios.

El colono es un apasionado del ahorro. En una ocasión me adentré con uno en lo profundo de la selva. Se hizo de noche y tuvimos que pernoctar en una choza. Se me habían acabado los cigarrillos. El colono resultó generoso. Sacó dos pitillos y me dijo:

—Toma, te los dejo prestados. Me los devolverás mañana cuando te compres un paquete. Cuando volvamos, no digas a nadie que soy de los que presta. Podrían intentar aprovecharse de mí.

El colono respeta el dinero y los coches. Nada más. Un blanco que no tenga coche, como un reportero llegado desde Polonia, sin ir más lejos, es considerado un paria y un proscrito. Denigra a la raza. Por eso lo llevan en coche allí donde quiera ir, con tal de que los negros no vean que un blanco se desplaza a pie.

No hay nada acerca de lo cual el colono no se haya formado una opinión. El mejor acompañante para sondearlas es la cerveza, pues beber cerveza favorece la concentración.

—¿Qué dicen los negros? —pregunto.

—¿Qué van a decir? Son unos ladrones.

—¿Ah, sí? ¿Le han robado algo?

—No, nada. ¿Qué puede robar esa gente?

—Y, sin embargo, ¿son unos ladrones?

—Claro que lo son.

Me lo dice un colono que lleva veinte años viviendo en África y que nunca ha hablado con un negro. Sigo inquiriendo:

—¿Y cómo viven?

—¿Cómo iban a vivir? Siempre se están apareando.

—¿Qué quiere decir con “apareando”?

—Que si alguno se empeña, ¡no vea!

En ese momento hay que interrumpir la conversación para dar tiempo a que afloren nuevos pensamientos. Mis preguntas han agotado todas las capacidades de su cerebro. El colono se inclina sobre su jarra de cerveza. El esfuerzo interior lo inmoviliza. Le arden las sienes; se enjuga la frente. En su rostro se dibuja una gran tensión. Sorbe un trago y suspira: aaaahhhh. Saca un pañuelo para enjugarse durante largo rato, cosa que le alivia. De nuevo vuelve la tensión. Se le abultan las venas del cuello. De pronto, parece iluminarse. Se ve que en algún recóndito rincón ha encontrado una brizna de pensamiento. La saca a la luz con cuidado, la mira y remira. No, demasiado pequeña. No basta para formar una palabra siquiera. Se le nubla el semblante; renuncia, derrotado. Paga la cerveza y se va.

El Grand Blanc, el Señor del Mundo.

 

Ryszard Kapuściński
Periodista, historiador, ensayista y poeta. Entre sus obras: Ébano, Viajes con Heródoto y Los cínicos no sirven para este oficio

Este texto forma parte del libro Estrellas negras, que la editorial Anagrama pondrá en circulación en estos días.


1 Abreviatura de Stanleyville.

2 “Sepan que lo maté con el bastón. Como a una serpiente”.

3 Miren, más o menos así”.

Cultura y vida cotidiana

La novela readymade

Hoy en día “posmodernismo” es más bien un término sin sentido, desgastado por el uso excesivo e inadecuado para describir a un nuevo grupo de autores de diferentes edades y nacionalidades que a menudo son agrupados bajo su paraguas: Ben Lerner, Sophie Calle, Teju Cole, Tom McCarthy, Alejandro Zambra, Siri Hustvedt, Michel Houellebecq, Sheila Heti, W.G. Sebald, Orhan Pamuk y Enrique Vila-Matas —el sexagenario escritor barcelonés que con más de veinte novelas de su autoría es quizás el más prolífico aunque el menos conocido de todos ellos.

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Ilustración: Ricardo Figueroa

En su lugar llamémoslos la “generación Hambre de realidad”, tomando el título del ingenioso y profético manifiesto sobre la escritura contemporánea que David Shields escribió en 2008. Para Shields las novelas que emplean las convenciones tradicionales de narración, trama y relato ya no tienen sentido. La realidad es ficción y la ficción es realidad. Para una reflexión más precisa de cómo experimentamos esta realidad, debemos pensar las novelas de la manera en que pensamos el arte. “Una novela, para la mayoría de los lectores —y críticos— es primordialmente una ‘historia’” —escribe Shields. “Pero una obra de arte, como el mundo, es una forma viva. Es en su forma donde reside su realidad”. Así que si la forma es ahora tan importante —más aún que el contenido—, ¿cuál es la forma que frecuentemente toman las obras de arte contemporáneo? El collage. Ésta resulta ser también la forma de Hambre de realidad. Además de esbozar el futuro de la producción artística, Hambre de realidad funciona como guía para ella: es un pastiche, una serie de aforismos intencional-mente “plagiados”, presentados sin comillas. (Las fuentes originales están enlistadas en el índice por razones legales, pero Shields alienta al lector a arrancarlas del libro.)

Sin embargo, en los años que han transcurrido desde que Hambre de realidad fue publicado, la ficción ha evolucionado y adoptado sus propias especificidades post-Shields. Mientras que todos estos novelistas (Lerner, Calle, Cole, etcétera) son claramente sus narradores, también tiende a haber un dejo de trauma en segundo plano: Zambra escribe a la sombra del golpe de Pinochet en Chile, Sebald excava la memoria del Holocausto y Lerner documenta las secuelas de los atentados del 3/11 en Madrid. Por encima de todo, este género está marcado por su porosidad genérica, su voluntad de adoptar un collage de formas —Formas de volver a casa de Zambra y 10:04 de Lerner se vuelven poemas, mientras que otras novelas dialogan con la música y el teatro. Muchas de ellas incluyen momentos de prosa ensayística o de crítica literaria dentro de sí —Jorge Carrión incluso inserta una pieza de crítica literaria ficticia en su novela Los muertos. (Esta última fusión de géneros puede avivar las ansiedades de los críticos literarios: ¿cómo dices algo nuevo de un libro que escribe su propia crítica?)

Más importante, estas novelas entremezclan su prosa con fotografías y pinturas. Al principio, estas incorporaciones parecen plantear una pregunta básica de realismo: ¿una novela puede competir con el “efecto de realidad” de la fotografía o con la textura de la pintura? En esto los escritores canalizan a W. G. Sebald, quien despliega al arte visual no como un suplemento del texto sino como inspiración para éste. Las fotografías de Sebald, como dijo Teju Cole en una entrevista con Aleksandar Hemon para BOMB Magazine, “plantean un reto. ‘Miran, todo esto es testimonial’, parece estar diciendo. Y casi le creemos —hasta que notamos la ligera fractura entre la afirmación en el texto y en la fotografía… Sus fotos… crean el asombroso, desestabilizador estado de ánimo de sus libros: pensamos que todo debe ser verdad, pero sabemos que no todo puede ser verdad”.1 La novela Suite Vénitienne/Please Follow Me de Sophie Calle —un diario de fotos que le tomó subrepticiamente a un extraño que siguió hasta Venecia— lleva a Sebald a otro nivel: las fotos proveen la acción principal, mientras que el texto, su diario, sirve como un interludio —casi como un pie de foto.

Además de la inserción de arte propiamente dicho dentro de la novela, muchas de estas ficciones-realidad contienen escenas en museos o en exposiciones de arte contemporáneo. La escena inicial de Saliendo de la estación atocha de Ben Lerner tiene lugar en El Prado, donde el narrador encuentra la renuencia de los guardias para detener a un visitante errático más conmovedor que las propias pinturas. Sheila Heti pasa tres días en Art Basel en ¿Cómo debería ser una persona? y Michel Houellebecq satiriza el mundo del arte contemporáneo en El mapa y el territorio. La novela Todo cuanto amé de Siri Hustvedt comienza con el descubrimiento de un cuadro, mientras que su más reciente obra, El mundo deslumbrante, pone al descubierto el sesgo sistémico en contra de las mujeres existente en el mundo del arte. El museo de la inocencia de Orhan Pamuk literalmente se convierte en un museo en Estambul.2

El mundo del arte se ha filtrado en el mundo literario de otras formas. La mayoría de las ferias de arte, incluyendo Frieze Londres y Frieze Nueva York, ofrecen pláticas de escritores en sus programas. Hustvedt, también autora de un libro de crítica de arte que tuvo buena recepción, ha dado conferencias en El Prado y el Met. En una entrevista (también publicada recientemente en BOMB), el novelista Tom McCarthy cuenta cómo juntarse con un grupo de artistas visuales en sus veintes le dio una comprensión más sofisticada de las posibilidades de la literatura: “Estas personas generalmente tenían un vínculo mucho más dinámico con la literatura que la mayoría de la gente ‘literaria’… y su trabajo parecía estar abordando directamente todo el legado del modernismo literario (de la misma manera en que Bruce Nauman trabaja a través las preguntas formuladas por Beckett, por ejemplo, o Cage con Joyce)… En gran medida, el mundo del arte provee el escenario en el cual la literatura puede ser vigorosamente abordada, transformada y expandida”.3

Esta coalescencia literaria en torno a las artes visuales parece cada vez menos algo casual, y de más en más el punto mismo. Los escritores vanguardistas actuales aspiran a ser artistas conceptuales y que sus novelas sean consideradas arte conceptual. Este puede ser el momento duchampiano de la literatura. Bienvenidos a la novela readymade.

Tal como Marcel Duchamp preguntó si un mingitorio puede ser arte, la novela readymade pregunta qué puede ser la literatura, y qué debería ser en el futuro. En lugar de tratar de entender la realidad por medio de un montón de detalles concretos, de la omnisciencia, de múltiples puntos de vista o de cualquier otra cosa que tradicionalmente esperábamos de la ficción, la novela readymade plantea una idea o hace una pregunta. Está más interesada en el concepto detrás de una obra de arte —detrás de sí misma— que en su ejecución. La novela readymade subraya la principal virtud (o maldición) del arte conceptual: al contrario del arte visual tradicional, en realidad no se tiene que ver un readymade para “entenderlo”. Pero, si efectivamente lo ves, es como si hubieras abierto una novela readymade: no eres sólo un espectador pasivo de arte, sino un participante activo en su formación.

Dos libros publicados hace poco por el novelista español Enrique Vila-Matas muestran cuán profundamente esta tendencia de la literatura-como-arte-conceptual ha permeado en la literatura contemporánea de vanguardia. En Kassel no invita a la lógica el escritor se ha vuelto literalmente una exposición de arte contemporáneo. La novela ficcionaliza ligeramente la experiencia que tuvo en la vida real en la exposición de arte dOCUMENTA en Kassel, Alemania, donde fue invitado a participar en un programa de residencia para escritores por una semana en 2013. Los curadores de dOCUMENTA le pidieron que pasara una semana escribiendo en la esquina de un pequeño restaurante chino. Vila-Matas encuentra esto absurdo, y pasa la mayor parte de su tiempo en el restaurante (real)4 Dschingis Khan durmiendo, inventando conversaciones entre los alemanes y los chinos a su alrededor y evitando activamente a un loco que se le acerca. A pesar de que aparentemente está perdiendo su tiempo en el restaurante, Vila-Matas se vuelve la pieza de arte performativo que los curadores de dOCUMENTA esperaban que fuera: “El arte hace, y ahí te la compongas”, le dice un curador.

Vila-Matas también es el autor de Historia abreviada de la literatura portátil. Originalmente publicada en 1985, es un jugueteo caprichoso basado en las peregrinaciones de una sociedad literaria secreta de “Los Shandy” (como en Tristram Shandy). Probablemente es mejor (autodespectivamente) descrita dentro de sus propias páginas como “un viaje que no buscaba una meta, ni objeto fijo, y era a todas luces inútil”. Este libro es un catálogo de la vanguardia —con alusiones a Duchamp, Walter Benjamin, Man Ray, Georgia O’Keeffe— que está compuesto en un estilo que se balancea entre lo cómico y lo repulsivamente erudito. Hay una sensación retrospectiva de falso documental (mockumentary) en él: una investigación fragmentaria de los eventos que precipitaron la desaparición de esta sociedad secreta de gloriosa corta duración, que exigía a sus miembros hacer arte portable, en otras palabras, readymades a la “Caja en la maleta” de Duchamp.

Leídas juntas, Historia abreviada de la literatura portátil y Kassel no invita a la lógica, publicadas con unos treinta años de diferencia, demuestran la evolución del pensamiento de Vila-Matas sobre la relación entre el arte contemporáneo y la literatura. Por un lado, Historia abreviada de la literatura portátil simplemente ventriloquiza a esta pandilla de discípulos duchampianos. Es casi como una fanfiction de intelectuales. Pero en Kassel no invita a la lógica Vila-Matas no solamente nos cuenta cómo grandes artistas trataron de crear arte portable —él mismo se vuelve parte del arte portable. Enfurruñado en el restaurante chino, escribiendo o meramente pretendiendo hacerlo, Vila-Matas fue oficialmente una exposición en dOCUMENTA (13) cuya residencia de autores “busca momentos de coralidad: instancias de compromiso mutuo, ya sea en voz alta o en silencio; la posibilidad de que las voces puedan encontrarse y unirse, sin la exigencia rotunda de que deberían hacerlo”. Los conceptos o preguntas —¿qué tal si convertimos el acto solitario de la escritura en un performance público? ¿Podemos tener privacidad en un espacio público?— superan en importancia a su ejecución.

Sin embargo, ése no es el único proyecto de la novela readymade: Vila-Matas también nos recuerda que ya no vivimos como los novelistas franceses decimonónicos, por tanto debemos dejar de escribir de acuerdo a sus convenciones del realismo pasadas de moda, cuasicientíficas: “detestábamos al realista o al rústico y al realista que consideraban que la tarea del escritor era reproducir, copiar, imitar la realidad, como si en su caótico devenir y en su monstruosa complejidad la realidad pudiera ser atrapada y fuera narrable”, escribe Vila-Matas en Kassel no invita a la lógica. “Alucinábamos ante los escritores que creían que, cuanto más empíricos y prosaicos eran, más cerca estaban de la verdad, cuando de hecho cuantos más detalles acumulaba uno, más se alejaba precisamente de la realidad”.

Nuestra realidad, en cambio, reside en algo más parecido al arte conceptual. En Kassel no invita a la lógica, Vila-Matas es aficionado a repetir la frase que le dijo Mallarmé a Manet: “No pintes el objeto en sí, sino el efecto que produce”. En otras palabras, el efecto del arte se ha vuelto hoy más importante que el lienzo. No es sorprendente que esta línea sea repetida tan frecuentemente en la novela: en gran medida, en Kassel no invita a la lógica Vila-Matas está pintando el efecto que el arte produce. El lector tiene acceso sin tapujos a su rica vida interior —todas las ansiedades, opiniones y experiencias producidas al ver las instalaciones de dOCUMENTA. Sin duda, Vila-Matas exige un lector activo: al igual que las instalaciones de arte conceptual en dOCUMENTA requerían la participación del espectador para configurar su significado, Vila-Matas pide lo mismo a sus lectores. “El arte hace, y ahí te la compongas”, nos recuerda el curador de dOCUMENTA. Lidiar con interpretaciones que compiten entre sí, procesar nuestras diversas asociaciones, sentimientos y teorías —ésta es la obra de arte en el nuevo milenio.

Los escritores readymade están, por supuesto, todavía en los márgenes de la literatura contemporánea. Sólo Pamuk y Sebald son actualmente famosos internacionalmente. Cole y Lerner están en camino a tener un mayor reconocimiento, y uno espera que sus próximas novelas hagan más ruido, pero Vila-Matas y Zambra tendrán que esperar que se les traduzca más al inglés para que lo hagan. Sophie Calle puede que sea siempre demasiado vanguardista. Independientemente de su mayor o menor éxito comercial, la emergencia de estos escritores sugiere que existe al menos una pequeña audiencia con un interés en la forma en que experimentamos el arte hoy en día. Y parece probable que los jóvenes escritores de esta generación continuarán escribiendo libros similares en el futuro. Los novelistas readymade quizás inspirarán algunas imitaciones readymade de ellos mismos.

 

Shaj Mathew
Cursa un doctorado en literatura comparada en Yale. Publica su crítica literaria en el New York Times Book Review.

Este texto fue publicado originalmente en The New Republic, el 18 de mayo del 2015.

Traducción de Montserrat Arce y Luciano Concheiro.


1 http://bombmagazine.org/article/10023/teju-cole

2 http://en.masumiyetmuzesi.org/

3 http://bombmagazine.org/article/276933/tom-mccarthy

4 http://www.augarden-kassel.de/willkommen.html

Cultura y vida cotidiana

La fe

La fe es:
• Creencia, por sobre todo
• Muleta
• Confianza más allá de las evidencias
• Credulidad que se mama
• Certidumbre a prueba de pruebas
• Puerta de entrada al fanatismo
• Inyección de seguridad
• Certificado de pertenencia
• Promesa genérica
• Ciega, dice el dicho, pero no muda
• Antónimo de duda
• Con esperanza y caridad una película de Jorge Fons
• ¿Palanca que mueve montañas?
• Necesidad de asideros
• Amparo
• ¿Autoengaño?
• Sostén para los inválidos
• Sedante
• Hipnótica
• Tónico reconfortante
• La bestia negra de la Ilustración
• Mal de muchos…
• Bálsamo contra la soledad
• Lente protector contra la “verdad”, lo que sea que signifique esta última
• Ojos que no ven…
• Dulce, suave, en ocasiones
• Evanescente
• Combustible de “tiempos violentos”
• Hambre de certezas
• Esencial, para muchos, dadas las peligrosas curvas de la vida
• Remedio ancestral
• Bruma mental
• Navaja afilada
• Navío en la niebla
• Enagua, para esconderse
• ¿Desatino?
• Granítica o no es
• Ensoñar, mientras lo otro sucede
• Pedernal que inflama
• Tranquila o febril, serena o arrebatada
• Fenómeno extraño, contrario a la experiencia
• Invencible
• Treta de uno para uno
• Trance que puede durar toda la vida
• Dañina para el conocimiento
• Enervante, tóxica, contagiosa
• Negocio de charlatanes
• ¿Consuelo de tontos?
• Alivio
• Declinación de la capacidad de juicio
• Armadura contra la incertidumbre.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo).

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Ilustración: Guillermo Préstegui

Cultura y vida cotidiana

El fin de la pesadilla

¿De dónde proviene y a quién pertenece la pesadilla? Y no me refiero, claro, a alguna pesadilla o mal sueño en particular, sino a la sensación de habitar dentro de un espacio o un vientre colmado de fantasmas, desgracias e injusticias latentes. Vientre: mundo: parque: campo: colonia: extensión humana. La infelicidad no tendría por qué asustar a nadie, a fin de cuentas se parte de ella para pensar y vivir. En qué infinidad de casos la conciencia de la infelicidad es tan intensa que se convierte en un método o en una estrategia capaz de proveer orientación y certeza a la hora de transitar en el extenso dominio del parque humano. Cito una definición de artista que Imre Kertész ofreció en alguna de sus conferencias en Europa: “El artista actual, si es que se toma en serio su arte, está obligado a encontrar las fuentes de la productividad en la negatividad, en el sufrimiento y en la identificación con aquellos que sufren”. No son conceptos o aproximaciones al arte novedosas para nosotros, los pasajeros del siglo XXI que aún somos o creemos ser descendientes de Nietzsche. Toman peso, las palabras de Kertész, porque han sido expresadas en boca de un hombre que sobrevivió a un campo de concentración nazi y su experiencia logró ser transmutada en bellas novelas o en relatos dramáticos que extrajeron su fuerza y temperamento de la vivencia desgraciada. Aludo al escritor húngaro a sabiendas de que su opinión carece de importancia en un mundo en el que prevalece el olvido. El sufrimiento del otro no es de nuestra incumbencia. Es ahí donde radica el más crucial de los problemas sociales. En la sensación o firme creencia de que sólo la propia desgracia posee estatuto de experiencia y de verdad verificada. Lo que se encuentra fuera de esta experiencia individual es una ilusión más que una pesadilla. ¿O qué loco idealista ha inventado o fabulado la existencia de una pesadilla general que concierne al individuo? Recurro a una treta con tal de responderme: el sufrimiento del otro no es de nuestra incumbencia hasta el momento en que ese otro se transforma en yo y entonces nos atañe de tal manera que el hecho de no reconocerlo convertiría el entorno psicológico en una pesadilla que no es mera especulación o cuento de brujas. Este argumento, el cual parece haber devenido retórica vacua, es de todos conocido, ya sea a través de lecturas o de conversaciones reflexivas, e incluso a partir de la mera introspección personal.

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Ilustración: Estelí Meza

En lo que respecta a mí, insisto en que la infelicidad es bienvenida puesto que la considero el origen del cavilar y del sentirse en casa: en una casa donde la felicidad es sólo posible a cuentagotas o durante lapsos de tiempo milagrosos. No obstante, permítanme sugerir que una infelicidad o pesadilla más allá de lo meramente personal o individual puede representarse también por… la velocidad. Me refiero obviamente a la velocidad que ha tomado en vilo a esta época, a el brincar, derrapar, hacer negocios, estrellarse, atropellar y, en esencia, avanzar de forma idiota y convulsiva. Si se avanza o simplemente uno se mueve a velocidad enloquecida no tiene tiempo para detenerse más que en la pesadilla que es propia e inmediata. La desgracia o pesadilla general se disipa y pierde en el horizonte porque el vértigo de lo inmediato e intrépido nos marea. Entonces el sufrimiento del otro se vuelve una ilusión. No le opongo a esta velocidad un ideal ascético ni una especie de sabia inmovilidad. La caída carece de voz y uno apenas si logra por momentos evitar la acometida de las corrientes morales más poderosas. Pero resulta ser que la velocidad (la cual además es un vector y, en consecuencia, posee dirección) resulta ser un virus que usurpa muchos nombres y facetas para presentarse: comunicación, ascenso económico y social, democracias disparatadas, deseo de precocidad bestial —ser el primero en…—, e inclinación informal y antropofágica en el momento de habitar una villa o una ciudad. He ahí uno de los virus que nos hace inmunes a la gran pesadilla.

Cuando apenas hace unos días concluí la lectura de la breve novela de Michel Houellebecq, Extension du domaine de la lutte (1994) tuve la sensación de que me enfrentaba a un panorama ya conocido, o al menos presentido. Y si intento traducir dicha sensación diría que es parecida a la que me causaron algunas obras de Camus y Sartre en mi juventud: la conciencia de ser una cosa en medio de fuerzas no dominables, de ser lanzado a un espacio —en el sentido geométrico del término— como un objeto que experimentaba sensaciones imposibles de comprender. La diferencia es que al leer la novela de Houellebecq encontré ahí la rapiña y la velocidad consideradas como hechos normales y no como ningún fin trágico del humanismo, ni como la puesta en escena de un teatro del absurdo (en el ámbito de esta obra no tendría ninguna relevancia, por ejemplo, que una cosa como Donald Trump pudiera ser elegida presidente). La novela de Houellebecq es la historia, contada en pasajes, de un informático que observa sin ninguna pasión memorable el espacio que lo rodea y a los seres que lo habitan. Al final de la novela (que en español ha sido traducida con el título: Ampliación del campo de batalla), el informático arriesga una especie de conclusión: los humanos luchan en el campo del liberalismo sexual y del económico, ambos campos se corresponden y en ellos unos tienen todo y otros nada, unos son vencedores en lo económico y vencidos en lo sexual. O viceversa. O vencedores o vencidos en ambos campos de batalla: luchan y obtienen un lugar y un estatuto de cosas elementales. Cualquier otro espacio idílico de justicia o maldad universal dentro del cual tomar posición se encuentra excluido. La pesadilla o el reconocimiento de la desgracia y sufrimiento de los demás se halla ausente y no forma parte ya de ningún horizonte. La mecánica que nos mueve como sociedad está ahí, descarnada y tranquila, ya no destruida, sino inexistente. La pesadilla terminó.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

Bioéticas

¿Nuevos bebés?

Si Alexander Fleming, el científico escocés que descubrió accidentalmente la penicilina en 1928, reviviese, ¿qué diría acerca de la ciencia médica contemporánea? Sin duda se quedaría estupefacto. “Cuando me desperté”, escribió Fleming, “el 28 de septiembre de 1928, justo al amanecer, realmente no planeaba revolucionar la medicina al descubrir el primer antibiótico en el mundo, a la postre, un asesino de bacterias”. Transcurrieron muchos años hasta que otros científicos, Howard Florey y Ernst Boris Chain, lograsen depurar la penicilina. El antibiótico fue utilizado con fines clínicos, por primera vez, en 1944, en soldados pertenecientes a las Fuerzas Aliadas, durante la Segunda Guerra Mundial y después en militares enemigos.

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Ilustración: Kathia Recio

La penicilina salvó a muchas personas. Fleming, Florey y Chain recibieron el Premio Nobel en Fisiología y Medicina en 1945. La ciencia, la ficción y los seres humanos ávidos de curiosidad gozarían si Fleming regresara y opinara acerca del (probable) diseño de nuevos bebés.

No hay duda: en el futuro habrá seres humanos genéticamente modificados. Hoy, la ciencia, a través del diagnóstico genético preimplantacional, disciplina encargada del estudio del ácido desoxirribonucleico (ADN) de embriones humanos con el fin de seleccionar los que satisfacen determinadas características, así como de eliminar a los portadores de defectos genéticos o congénitos, es una realidad.

Por medio de estas técnicas es factible evitar el nacimiento de niños con enfermedades genéticas “graves” y seleccionar un embrión, popularmente denominado “hermano salvador”, que se escoge para proporcionar médula ósea a un hermano afectado por enfermedades incurables y que producen sufrimiento en el paciente y en la familia. Enfermedades sanguíneas, como la anemia de Fanconi, la beta talasemia, y las aplasias medulares, son ejemplos en los cuales el “hermano salvador” puede aliviar al hermano enfermo. En la médula ósea se producen las células sanguíneas indispensables para la vida (glóbulos rojos, glóbulos blancos, plaquetas). Al trasplantar médula ósea sana, del “hermano salvador”, el hermano enfermo cura.

¿Qué diría hoy Fleming sobre el diseño de “superbebés”? Una nueva herramienta, denominada CRISPR permite editar los genomas de animales e insectos. Por medio del CRISPR es posible agregar, interrumpir, o cambiar la secuencia de genes específicos. Genoma, como se sabe, es el conjunto de genes contenidos en los cromosomas. Edición genética es un proceso mediante el cual se efectúan cambios en las secuencias moleculares de los genes. El CRISPR permite extraer o insertar genes en el genoma; además, identifica el sitio preciso del gen, sano o enfermo, con más facilidad que las técnicas previas. Gracias a esa herramienta molecular se ha logrado suprimir copias de ADN de retrovirus del genoma de cerdos, lo que permitiría utilizar los órganos del animal para trasplantes.

Por medio de los CRISPR será factible eliminar algunas enfermedades hereditarias cuyas consecuencias son muy graves; además de las antes señaladas, enfermedades como Tay-Sachs, fibrosis quística, patologías mitocondriales y anemia falciforme, entre otras, podrán evitarse. Cualquier familia, no ultrarreligiosa, con hijos afectados por estas patologías, desearía, en caso de procrear nuevamente, utilizar esta técnica para evitar sufrimientos y tener hijos sanos.

Los argumentos en contra del uso inadecuado de los CRISPR no deben desdeñarse. Su uso inteligente es factible. Uso adecuado significa confiar en los científicos. Significa cavilar desde la ética. La manipulación del genoma, por medio de los CRISPR, podría, en efecto, tener consecuencias impredecibles. La más señalada, la que más preocupa a la sociedad, además de la consabida “no debe alterarse lo que Dios creó”, es la eugenesia. La misma tecnología utilizada para eliminar enfermedades hereditarias también sirve para crear niños genéticamente mejorados.

La penicilina de Fleming salvó vidas, no sólo de aliados, también de enemigos. La ciencia debe regirse y usarse con base en principios éticos. Si el CRISPR y los diagnósticos preimplantacionales se someten a principios éticos, los demonios de la eugenesia y los “superbebés”, quedarán acotados. Avatares como el lucro desmedido de empresas privadas dedicadas a comerciar gracias a los beneficios del CRISPR, y el incremento de la brecha entre quiénes pueden y quiénes no pueden acceder a esta herramienta tienen que considerarse.

Sumar ética y justicia para contrarrestar el lucro desmedido y la exclusión de los pobres es fundamental. El uso racional y ético de las técnicas moleculares debe prevalecer.

En la época de Fleming poco se hablaba de ética médica. Hoy la ciencia necesita de la ética y el ser humano de ambas. Los enfermos no deben pagar las controversias por posibles riesgos y abusos. La ética médica es la encargada de mediar entre “ciencia sana” y “ciencia enferma”

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.

Cultura y vida cotidiana

Historia de la soledad

Su concepto ha cambiado en unos miles de años. La soledad no es la palabra, es un lugar, es una situación, es un sentimiento. A través de ella hemos visto infinidad de logros del pensamiento. Son pocos los eurekas que se gritaron en conjunto, no recuerdo ni una gran novela escrita a más de cuatro manos. Quizá, ni siquiera los esfuerzos entre Borges y Bioy Casares. Los asuntos del alma y la mente son de uno, en soledad. Por la presencia de la soledad aprendimos qué es la desgracia. ¿Pero cuál es la presencia de la soledad? ¿Por qué un concepto que se acerca al vacío puede ocupar un espacio tan grande en las conciencias y dictar el devenir de los individuos? Porque la soledad pesa en las sociedades.

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Ilustración: Víctor Solís

La soledad tiene un halo de egoísmo y, al mismo tiempo, de desesperanza. En mi caso, soy incapaz de imaginar la vida sin los extensos momentos en los que me encuentro solo, escribiendo y leyendo durante diez o doce horas diarias. La disfruto. Es una especie de reclusión de la que dependo y que busco, es una soledad opuesta a lo que se llega ver como el triunfo de la civilización. Pero la civilización ha sido el vehículo esquizofrénico de la soledad. Mi soledad es el resultado privilegiado de una decisión, otro tipo de soledad es martirio.

Antes de llamarse soledad ya era el peor de los castigos. En la Grecia antigua se excluía a quienes se consideraban peligrosos para la comunidad. El rechazo a esos individuos fue el ostracismo. Su distancia era la penitencia, la no aceptación dentro del grupo, la definición de imparidad ante los otros. Aunque sin el reconocimiento del paria a la otredad del excluyente no habría soledad.

En la Edad Media la soledad equivalía a la figura del desierto. Un lugar donde la ausencia de elementos lo hacía idóneo para la reflexión, que para esos años era cosa de religiosos. Sólo ellos tenían el tiempo y las condiciones necesarias para permanecer encerrados dentro de sí mismos y pensar. En esa época la soledad no hacía referencia al sentimiento de los hombres, sino a la condición del entorno. El hombre no se encontraba solo a menos que pudiera hacerlo. La soledad era una ubicación geográfica, una habitación donde ejercerla. El fin del medievo significó la lucha de los hombres contra los cánones de lo establecido, contra las plataformas sociales a partir de las cuales se conformaba una sociedad que oprimía. El rechazo natural a las estructuras clericales fue la batalla contra sus espacios. La iglesia, el monasterio. En cuatro siglos, para el XVII, la soledad era un estado de abandono en el que el hombre se separaba de los dictados de Dios, pero también de lo que aún se entendía como sus bondades. Si Dios era responsable de la providencia, la miseria que dejaba al mendigo a la suerte de un creador en realidad lo hacía a la fortuna que no contaba con la injerencia proverbial de una fuerza mayor. Lo orillaba al desamparo. Esa soledad era equivalente a la desgracia y distante de la paz que atesoraba el monje. La noción de la soledad como epítome del declive humano es quizá una zona de debate semántico, biológico y paraíso de sociólogos. Muchos de ellos dirán que nunca estamos solos, y en cierto sentido tienen razón, sin embargo, su juicio recae en la percepción negativa de la soledad y no en sus virtudes. Ese solo que está aislado y abandonado a pesar de estar rodeado de pares implica que el ser social que se supone somos sólo es a partir de su interacción con los demás.

Entonces olvidamos que el adjetivo de la soledad también representa lo único.

Hace unos meses me encontré con El abrazo, un cuento de David Grossman que me llevó a escribir este texto. En él, Ben, un pequeño niño, está angustiado ante esa insistencia que tienen todas las madres en hacerle creer a sus hijos que son únicos en este mundo. Si Ben es único y no hay más como él, Ben está solo. Reflexiona el crío. Su soledad no se asemeja a la prohibición o la voluntad de estar con sus pares, como en la inexistencia de esos pares.

La soledad que escribió Grossman puede identificarse como un fenómeno cultural, por lo que tendrá una aceptación distinta en Occidente y en otros lados. Supongo que el fenómeno se percibirá de manera diferente en este lado del mundo y en las sociedades orientales que se encuentran en Japón o en alguna otra latitud semejante. Desde donde estoy, la soledad es una perturbación a la seguridad que brinda una sociedad contractual, como la nuestra. En ella decidimos o terminamos por estar juntos, como individuos aislados con el mismo objetivo. No nos reunimos en comunidad por una cercanía natural o una filiación familiar o tribal, sino para compartir un espacio en común.

La sociedad contractual como la conocemos, tiene uno de sus orígenes en el periodo de la ilustración y tomó una forma más clara después de la revolución industrial. Con la evolución de las sociedades actuales, la soledad se enfrentó al problema semántico de la soledad gregaria. Si la sociedad se transforma, la soledad la acompaña. Ante la ausencia de coincidencia o valores comunitarios la sociedad contractual se apoya en las instituciones sociales —Estado, familia— para evitar el vacío que desembocaría en la soledad individual.

Ben, el niño en el cuento de Grossman, puede sentirse solo. Durante la conversación con su madre no lo está. Como tampoco lo estamos ninguno de nosotros en las mañanas camino a nuestras ocupaciones, en el tráfico, en los parques o mercados. Sin embargo, la gran trampa de la soledad es que sin encontrarnos físicamente solos, podemos tener el sentimiento de estarlo.

Desde el fin del siglo pasado la soledad, en un constante camino análogo al de la comunión social, encontró nuevas formas de estructura. Redescubrimos la comunidad en elementos fuera de la comunidad. Nos hacemos pares a través de las coincidencias individuales, no sociales. Aceptamos la paridad de quienes comparten gustos, afinidad de mascotas, filiaciones políticas, alimentarias, religiosas, etcétera. Comulgamos, pues, en la proximidad de nuestros gustos. Quien no los comparta se verá solo sin siquiera ser rechazado por la cercanía de otras presencias. Su soledad será, ante todo, un sentimiento producto de la no involucración, que en realidad no afecta a las sociedades sino a las instituciones sociales. La ciudad es el mejor ejemplo. El ciudadano se ha hecho solitario. Esa soledad, mencioné al inicio, que puede ser generador de sufrimiento tal vez tanto que en muchos casos la muerte se asoma el camino más adecuado para terminarlo. La negación a la soledad se hará en la negación a uno mismo, porque ser uno mismo es siempre ser solo.

En la historia de la soledad vemos dos rutas a ella. La que se busca para escribir, cantar, jugar, imaginar y pensar. El de la soledad impuesta, en la que los demás no reconocen las singularidades y condenan al individuo a vivir consigo mismo. Todas las sociedades —salvo una que otra excepción poco representativa— son jerárquicas y sus estructuras se convierten en relaciones coercitivas en las que uno puede frenar las inquietudes de otro —sucede con gobiernos, instituciones religiosas o mayorías—. La coerción es la evolución de la soledad. Su vía bajo el amparo del reconocimiento de otros que niegan o no escuchan y menos reconocen las particularidades del ajeno. El que no encuentra el vehículo para expresar sus malestares, el que no encuentra respuesta a lo que le angustia, se ve forzado a refugiarse en sí mismo, como el autista buscando protegerse del mundo. Alimentado su soledad, la soledad moderna.

Rodeados, en la calle, nos sentimos solos. La impotencia del individuo ante el mundo se convirtió en soledad. Se siente solo el que tiene que pelear contra el gañán que le chocó el auto y se niega a pagar el seguro, no hay autoridad que esté dispuesta a acompañar. Se siente solo el que no encuentra cómo pagar las cuentas, el que tiene que defenderse de la vida y, en ocasiones, de la misma sociedad. Qué nivel de soledad siente el padre al que le dijeron que su hijo desaparecido está muerto y, aunque sea lo más probable, no se lo han podido demostrar. A ése del que nadie sabe, ya ni siquiera lo consideran un par porque de hacerlo, lo llamarían de otra manera.

La memoria de la soledad siempre estuvo llena de Hamlets, de hombres que están solos. De Quijotes que decidieron ser solitarios y se volvieron locos a fuerza de estarlo. Esa vida no es la nuestra, cada día nos parecemos más a un grupo de Crusoes que no encuentran un Viernes para hacernos compañía y cuando lo hacemos él no es suficiente para alejarnos de la soledad.

Ese sentimiento es un elemento de la humanidad, es su yo indescifrable.

Se existe solo. Saberse solo abre las posibilidades de la comodidad.

Sentirse solo es miserable. En nuestra cómoda soledad hemos hecho miserables a quienes no escuchamos.

 

Maruan Soto Antaki
Ha publicado: Casa Damasco, La carta del verdugo y Reserva del vacío. Su más reciente novela es Clandestino.

@_Maruan

Fronteras

Genes y felicidad de las naciones

Los genes pueden ayudar a la felicidad de las naciones. “Los ciudadanos de naciones que se califican a sí mismos de más felices muestran un alelo [variedad de un gen] específico: su ADN contiene, en más ocasiones, un elemento básico en la reducción del dolor y sensibilidad al placer”. Los humanos somos mamíferos diploides, esto es, recibimos dos juegos de cromosomas, materno y paterno, que ocupan los mismos loci o lugares en la cadena del ADN. Algunos permanecen como recesivos y deben encontrar una segunda copia similar para expresarse. Por eso tenemos hermanos con ojos de diversos colores, distintos a los de nuestros padres: “Salió al abuelo”, se acostumbra explicar.

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Ilustración: Oldemar González

La excepción es el cromosoma Y que sólo aporta el padre y nos hace varones. Por eso es también el cromosoma de más fácil rastreo: sus mutaciones están bien señaladas por estudios genéticos de poblaciones y son como faros en la historia de la expansión humana sobre el planeta.

Pero esto significa, también, que estamos genéticamente predispuestos a sentir más un dolor y gozar más un placer. Y que esa característica se extiende a todo un pueblo, sobre todo cuando las poblaciones eran estables y en Alemania era raro un turco o un pakistano en Inglaterra.

Con los rasgos del fenotipo heredamos aspectos de carácter. Eso dice un estudio realizado por Michael Minkov, de la Universidad de Varna, Bulgaria, y Michael Bond de la Universidad Politécnica de Hong Kong. Usaron datos de encuestas mundiales de valores levantadas entre los años 2000 y 2014. Calcularon el promedio nacional de los que sin duda se reportaban como “muy felices”. Para encontrar la frecuencia de ciertos alelos emplearon la base de datos abastecida por Kenneth Kidd, de la Universidad Yale, Estados Unidos. También consideraron información del medio, como sería la severidad de sus inviernos y veranos, la prevalencia histórica de patógenos y los datos económicos del Banco Mundial.

Una vez tomadas en consideración esas numerosas variables, “los autores encontraron una fuerte correlación entre la felicidad de una nación y la presencia del alelo A, variante del gen rs324420, en la composición genética de sus ciudadanos. Este alelo ayuda a prevenir la degradación química de la anandamida, un neurotransmisor que incrementa el placer sensorial y ayuda a reducir el dolor”.

Los neurotransmisores pasan la señal nerviosa del botón terminal de una neurona a los receptores de la siguiente. Así modulan el mensaje: incrementan, disminuyen y hasta cancelan una señal enviada por alguno de los sentidos. Un ruido constante, por ejemplo, lo dejamos de oír y cuando cesa nos percatamos del hecho. La anandamida es, por cierto, uno de los endocanabinoides: la marihuana que produce nuestro cuerpo sin vigilancia de la DEA ni de la PGR. Es uno de los pocos términos médicos que no vienen del griego ni del latín: ananda es sánscrito y designa el estado de beatitud buscada en prácticas budistas. Amida es una terminación común en química para compuestos orgánicos.

Los investigadores ofrecen ejemplos de este sentimiento subjetivo de bienestar: “Naciones con más alta prevalencia del alelo A son muy claramente las que se perciben a sí mismas como los más felices”, y señalan que son más felices las poblaciones de Ghana, Nigeria y África Occidental, México y Colombia. Las naciones árabes de Irak y Jordania y orientales de China, Hong Kong, Tailandia y Taiwán, con la más baja prevalencia de ese alelo, resultaron, también, las de menor tendencia a considerarse muy felices”.

Tendemos a suponer que italianos y griegos, con inviernos benignos y mares azules todo el año, son los europeos más felices. Pero resultaron ser los suecos, con horribles inviernos y breves veranos. “Encontramos que europeos norteños, como los suecos, tenían una más alta prevalencia del alelo A, y con mayor frecuencia se calificaban a sí mismos como muy felices, más que sus primos de Europa Central y del Sur”. El peso de los problemas económicos y políticos lo observan los investigadores nada más cruzando el Báltico, frente a la feliz Suecia, rusos y estonios, con la misma alta prevalencia del alelo A, se califican como bajos en felicidad.

El dolor y el placer

Vayamos más lejos: el dolor y el placer son estímulos que se procesan en diversos niveles del cerebro. Pero no acabamos de saber qué son. La piel envía señales que se transmiten por el conocido mecanismo de intercambio de iones por la membrana del axón o prolongación larga de una neurona; entre neuronas se cancelan, mitigan o fortalecen las señales en el nivel de la sinapsis: donde la señal eléctrica suelta neurotransmisores que llegan a los receptores de la siguiente neurona, allí se cancelan, mitigan o fortalecen y alcanzan un núcleo cerebral, se relanzan a la corteza cerebral, siguen su curso a otras áreas de integración y análisis, vuelven hacia centros de respuestas motrices. ¿Por qué una secuencia produce un grito de dolor y otra una suave ronroneo de placer? Es parte del misterio de la conciencia.

Así pues, nada tiene de raro que el conjunto completo tenga regulación genética y, puesto que es transmisible, ofrezca pueblos enteros con tendencia a la felicidad o al abatimiento. Los alemanes son propensos a la depresión; colombianos, venezolanos y brasileños pueden ser insoportables en sus manifestaciones callejeras de alegría: radio a todo volumen en el taxi es la queja de un famoso colombiano, Fernando Vallejo: la excepción entre cumbias; el cubano Nicolás Guillén pudo escribir la música del timbal y del bongó en sonoros octosílabos graves y heptasílabos agudos que siguen siendo octosílabos: Sóngoro cosongo, y un peruano triste, el primer Vallejo, César, avisó: “Me moriré en París, con aguacero”. El suicida perfecto es alemán y desventurado: el joven Werther, responsable de un siglo de suicidios por amor.

Así que Minkov y Bond le ponen estudios a lo que sabíamos a medias: sorprende que los suecos se sientan más felices que los mediterráneos; los nigerianos, de África ecuatorial, más que los egipcios, orgullosos de su milenaria cultura, ricos en petróleo y con el clima del inmediato Egeo. Los resultados están, como para todo hay un journal, en el Journal of Happiness Studies.

Más sobre la comunicación en el cerebro

Los procesos cerebrales se conducen por una combinación de transmisión eléctrica y señales químicas que salvan el espacio entre una terminación y los receptores de la siguiente neurona. La señal es unidireccional: si hay respuesta debe seguir otras vías. Que el tejido del cerebro no es continuo lo sabemos desde los estudios de Santiago Ramón y Cajal a finales del siglo XIX. Ahora un equipo del Instituto para Neurociencia y la Sociedad Max Planck ha demostrado que, como en un sintonizador de radio o de televisión, el cerebro emplea diversos canales.

“En el cerebro, la corteza (o córtex) visual procesa la información visual y la pasa de áreas inferiores a superiores. Sin embargo, hay información que fluye en sentido opuesto, por ejemplo al dirigir la atención a estímulos particulares. ¿Pero cómo sabe el cerebro cuál vía debe tomar la información?”. La información de un objeto pequeño y oscuro en movimiento pasa de la retina por el nervio óptico, hace escalas en núcleos que la analizan, la refuerzan o la cancelan y llega, o no llega, al córtex visual. Si el análisis resulta en “es un alacrán” hay una tormenta que fluye en sentido opuesto: del córtex hacia los músculos, a glándulas de producción hormonal, como la adrenalina, que prepara los mecanismos de “pelea o huye”… En inglés es más sonoro: fight or flight: la pupila se abre, la sangre se retira de áreas superficiales para dotar de energía los músculos y palidecemos. El análisis de bordes, sombras y movimientos dice que es una mancha en la pared y puede ser que la alerta ni siquiera haya alcanzado la conciencia. O la alcance para enseguida recibir órdenes de cancelación.

El equipo de neurocientíficos ha demostrado “que el córtex visual de los humanos usa canales con diversas frecuencias según la dirección en la que deba transportarse la información. Sus hallazgos en humanos fueron posibles por investigaciones previas en macacos. Y deben ayudar a comprender la causa de enfermedades psiquiátricas en las que dos canales parecen mezclarse”. Como radio mal sintonizado.

La información “de abajo hacia arriba ocurre cuando entra por los ojos y fluye de áreas inferiores a superiores”, explica Pascal Fries, del equipo. Pero siempre estamos recibiendo estímulos por los sentidos, “¿cómo sabemos que un fragmento de información es más importante que otro?”. En otro ejemplo: en el campo visual está el ratón de la computadora, con tamaño, forma y cola si no es inalámbrico, pero no causa alarma. O la hay, en todo caso, por su ausencia. Pero cuando se mueve solo, se detiene, husmea, hay información más importante. ¿Cómo distinguimos entre las miles de percepciones una con mayor importancia? Responde Fries: “El cerebro usa experiencias previas para organizar información”: los ratones de computadora no corren solos, salvo que un movimiento involuntario del brazo los haga caer. “Las conexiones anatómicas en dirección arriba abajo se conocen hace mucho tiempo, pero cómo se envía la información a través de esas conexiones ha permanecido inexplicado”.

En macacos el equipo encontró que el flujo abajo-arriba en los cerebros usa una banda particular de frecuencia conocida como banda gama, con unos 60 hertz. Luego el equipo descubrió que el canal arriba-abajo fluye con información en los ritmos llamados frecuencias alfa y beta, de entre 10 y 20 hertz. “Luego, en esencia, el arreglo jerárquico de las áreas del córtex visual usa un canal de distinta frecuencia para enviar información de áreas superiores a inferiores”.

En el último trabajo los investigadores “mostraron que un principio muy similar trabaja en el cerebro humano. Para eso emplearon una técnica llamada magnetoencefalografía (MEG): sensores fuera de la cabeza graban los campos magnéticos producidos por las corrientes eléctricas de células nerviosas activas. Desde 1836 sabemos, por el Diario del inglés Michael Faraday: “Entendí que la electricidad, al pasar, produce magnetismo”. A Faraday le debemos todo el mundo moderno, todo. Dice la nota a su Diario: “En la actualidad, toda dínamo con su zumbido, todo motor eléctrico en su girar, canta un himno de alabanza en honor de aquel inglés genial, sosegado y laborioso”. Hace 180 años…

Ahora estamos observando el mismo efecto: magnetismo producido por el paso de electricidad, en nuestros propios cerebros. Otro golpe al dualismos mente-cuerpo y un argumento más a favor de Baruch Spinoza, el filósofo judío, de familia portuguesa asentada en Holanda, país tolerante hace siglos, que propuso el monismo: somos una sola sustancia, y es física. Excomulgado por la Sinagoga, la iglesia católica y la luterana, por calvinistas y anglicanos, murió opacado por la gloria de Descartes.

La neurociencia actual le da la razón. Busque El error de Descartes y En busca de Spinoza, ambos de Antonio Damasio. Dos maravillas.

 

Luis González de Alba
Escritor. Su más reciente libro es No hubo barco para mí. www.luisgonzalezdealba.com

Twitter: @LuisGonzlezdeA

Literal

La depuradora

Presentamos uno de los relatos incluidos en Cuentos completos (Malpaso) de E. L. Doctorow. El libro inicia con una nota editorial: “E. L. Doctorow murió el 21 de julio de 2015 cuando se corregían las pruebas de este volumen. Durante las semanas anteriores colaboró generosamente con Malpaso para perfilar los detalles de una edición (la primera de todos sus cuentos en cualquier lengua) que esperaba con enorme interés. Ya no podrá verla, pero sirva este libro de homenaje póstumo al gran escritor norteamericano”.


Había seguido a mi hombre a este lugar. Todo lo que hacía era un misterio para mí y aquel día de noviembre su predilección por las depuradoras de agua no lo era menos. El edificio cuadrado de granito, con torres almenadas en las esquinas, se levantaba junto al embalse sobre una meseta que dominaba la ciudad desde el norte. Tenía una gran cantidad de ventanas, por las cuales curiosamente, no parecía pasar la luz. En los cristales se reflejaba el cielo que tenía a mis espaldas, una masa tumultuosa de ondulantes formas grises bullendo entre bóvedas rosas y con nubarrones negros navegando en las alturas como una armada.

Su carruaje estaba en el patio delantero. El caballo pateó el suelo empedrado y giró la cabeza para verme.

Tras el edificio estaba el embalse, un cráter acuoso que ocupaba el equivalente a cinco o seis manzanas de un barrio urbano situado sobre un terraplén cuyo ángulo ascendente sugería la plataforma piramidal de una civilización antigua, maya tal vez. En verano, la gente de la ciudad venía aquí a pasar el domingo, subiendo al terraplén para dar gritos de admiración ante la vista de aquella extensión cuadrada de agua. Aquel día la tenía toda para él solo. Desde donde yo estaba se oía el violento chasquido, la bofetada insistente de las olas contra el empedrado.

A escasa distancia del embalse, mi capitán de barba negra estaba en pie bajo cielo nublado contemplando algo sobre la superficie del agua y sujetándose con fuerza el ala de su sombrero con una mano. El viento le aplastaba el faldón del abrigo contra la pierna.

Estaba seguro de que él no ignoraba mi presencia. De hecho, algunos días había percibido en sus actos una enajenada voluntad de asociación, como si sus quehaceres buscaran nuestro beneficio mutuo. Subí el terraplén por el flanco oriental, a un centenar de metros de él, y me puse cara al viento para ver el objeto de su atención.

Se trataba de un velero de juguete que ascendía y descendía sobre el oleaje a velocidad alarmante, desapareciendo y reapareciendo sin dejar de balancearse mientras vertía agua por los costados.

Lo contemplamos varios minutos. Desapareció, se alzó y volvió a desaparecer. El movimiento tenía un ritmo que adormecía la percepción y pasó un rato antes de darme cuenta, mientras esperaba verlo reaparecer, que ya lo esperaba en vano. La catástrofe me produjo la misma impresión que si estuviera en lo alto de un acantilado y hubiera visto un velero engullido por el mar.

Cuando se me ocurrió pedir ayuda a mi hombre, lo vi corriendo sobre el pontón de tierra endurecida que daba a la parte trasera de la depuradora. Lo seguí. Una vez dentro del edificio, noté el frío del aire sepultado y oí la orquesta del agua que siseaba y rugía al caer. Bajé corriendo por un pasillo de piedra y hallé otro corredor que permitía continuar hacia la izquierda o la derecha. Me quedé escuchando. Oí sus pasos claramente, el martilleo metálico de unos tacones cuyo eco resonaba a mi derecha. Al final del túnel oscuro había una escalera de hierro que ascendía circularmente en torno a un eje de acero negro. Subí por la espiral y, al llegar al piso superior, me hallé en una pasarela dispuesta sobre una enorme piscina interior de agua turbulenta. Ese torbellino diabólico soltaba un vapor mineral, como un quinto elemento, que nutría una profusión de musgo y limo sobre la superficie de piedra ennegrecida del muro del fondo.

Sobre mi cabeza había una claraboya de vidrio translúcido. Bajo su luz lo vi de pronto, a menos de dos metros de donde yo me hallaba. Estaba inclinado sobre la barandilla con una expresión absorta de una intensidad aterradora. Pensé que podía caer al agua de tan ensimismado como parecía estar. Verlo en aquel momento de turbación me resultaba casi insoportable, así que de nuevo miré hacia lo que miraba él y allí abajo, en el tumulto amarillento de corrientes espumosas maceradas por el arnés mecánico, aprisionado en la maquinaria de una de las compuertas, había un pequeño cuerpo humano cuya ropa parecía haber quedado atrapada en un bisagra o algo similar. El niño, una miniatura como el barco del embalse, se golpeaba incesantemente contra el artefacto de hierro, primero a un lado y luego al otro, como en una protesta muda, tiritando y temblando, animando por revulsión la muerte que ya lo había vencido. Alguien gritó y al cabo de un momento vi, como recién desgajados de la piedra, a tres hombres de uniforme sobre un repecho inferior dispuestos a resolver la situación. Estaban tirando de una cuerda unida a una polea sobre el muro del fondo y por este medio habían logrado fijar una especie de puente colgante hasta la otra pared, la pared que mi pasarela me impedía ver. En ese momento, vi aparecer a otro de los empleados de la depuradora, colgado del cable por los tobillos, con una ruedecilla que le permitía avanzar y con las manos libres para poder liberar al artilugio de su obstrucción.

Y, alzando el cuerpecillo del agua por la camisa, aquel hombre logró asir por los tobillos y zapatos a un niño de entre cuatro y ocho años que al ahogarse se había quedado de color azul. Y, así suspendidos los dos, columpiándose rítmicamente sobre las aguas alborotadas, se deslizaron sobre el cable como un par de trapecistas hasta que se perdieron de vista al pasar por debajo de mí.

Al ver la calidad profesional de la maniobra me pregunté si los trabajadores de la depuradora estarían acostumbrados a esta clase de sucesos. Poco después, en el patio, ya bajo el cielo anochecido, vi a mi hombre cargar en su carruaje el cadáver envuelto en una manta, cerrar la puerta con elegancia y subir de un salto al pescante, donde supo imponerse a su caballo con un sonoro chasquido de las riendas. Y se fue camino de la ciudad con el niño muerto mientras veíamos difuminarse en la distancia los radios de las relucientes ruedas negras.

Empezó a llover. Me puse a cubierto en aquel lugar donde el agua parecía oprimirnos a todos, por dentro y por fuera, a los muertos y a los vivos.

Entre tanto, los trabajadores de la depuradora se disponían a repartirse un tesoro. Llevaban el uniforme azul marino con cuello alto de los empleados municipales alterado con un tosco jersey bajo la chaqueta y con el pantalón remetido en las botas altas. El suyo no era un trabajo envidiable. Imaginaba sus pulmones humanos cubiertos del mismo musgo que crecía sobre los muros de piedra. Todos tenían el rostro reluciente, enrojecido de frío y esmaltado por la niebla.

Al verme hicieron gala de su indiferencia mientras llenaban de whisky sus vasos de estaño. Esos rituales también se tienen en alta estima entre los bomberos y los sepultureros.

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E. L. Doctorow
Narrador y ensayista estadunidense. Entre sus libros: Ragtime, La feria del mundo y El cerebro de Andrew.

Traducción de Gabriela Bustelo.

A Tatik Francisco

Me comunicas, Constantino,
que el vicario del Vaticano
vuelve para bendecir a México
y para cosechar almas en pena.

Y yo que gracias a Dios soy ateo.

Así que el Papa nos visita de nuevo,
Constantino;
los obispos desempolvan las sotanas
(y afilan las carteras),
los empresarios
se lavan las manos en agua bendita,
y las señoras encopetadas
se apuntan
para la misa de millón y 1/2  de personas.

Roma y Tenochtitlan serán ciudades hermanas.

Recordemos, sin embargo,
al señor infalible,
al dueño de las llaves del reino
y a su corte de los milagros,
que aquí
seguimos siendo guadalupaganos
(a pesar de Zumárraga)
y que lo único que vive eternamente,
el que sobrevive a todos y a todo,
es el agridulce Miktlantekujtli,
“el señor de la muerte”,
“el príncipe de la región de los descarnados”,
con su compañera, la calaca Catrina
(la del mural de Diego Rivera)
y que aquí lo esperamos,
por estas tierras aztecas,
sonrientes,
como calaveritas de azúcar.

 

De: Arturo Dávila.  Poemas para ser leídos en el metro

Topo Chico y la descomposición carcelaria

Al momento de escribir estas palabras se han reportado al menos 49 muertos en el motín del Centro Preventivo de Reinserción Social Topo Chico, en Monterrey, Nuevo León y apenas 40 de ellos han sido identificados. El acontecimiento es grave por sí mismo, pero su gravedad es mayor si tomamos en cuenta que, en primer lugar, podría haberse evitado, y en segundo, que las condiciones de Topo Chico son representativas de las del resto de los centros penitenciarios del país.

En el último Diagnóstico Nacional de Supervisión Penitenciaria de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH, 2014), Topo Chico fue el segundo peor centro penitenciario de Nuevo León, sólo detrás de la Cárcel Municipal Distrital de San Pedro Garza García. En el mismo reporte, se hace notar que en Topo Chico hay “inexistentes acciones para atender incidentes violentos”; “insuficiente personal de seguridad y custodia”; “deficiencias en el ejercicio de las funciones de autoridad por parte de los servidores públicos del Centro”; “existencia de áreas de privilegios, objetos y sustancias prohibidas e internos que ejercen violencia o control sobre el resto de la población”; “presencia de cobros por parte de internos”.

De acuerdo a los últimos datos disponibles de la Secretaría de Gobernación (noviembre 2015), Topo Chico cuenta con una capacidad instalada para alojar a 3,685 internos. Sin embargo, su población al cierre del año pasado era de 4,002 internos: una sobrepoblación de 8.6%. Las declaraciones del gobernador Rodríguez Calderón, en las que mencionó una sobrepoblación cercana al 100%, ponen en evidencia la falta de certeza que existe sobre las condiciones del centro.

Este contexto de sobrepoblación no es del desconocimiento de las autoridades. Desde 2009, la CNDH ha advertido sobre la saturación de Topo Chico.

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En su punto más alto, en el año 2012, la sobrepoblación de Topo Chico era del 62.52% de su capacidad instalada.

Otra métrica de la CNDH corresponde a las condiciones de gobernabilidad de los centros penitenciarios. Este indicador evalúa las condiciones del centro relativas a normatividad interna, personal de seguridad y custodia, sanciones disciplinarias, y actividades ilícitas, entre otros. En una escala de cero a diez, Topo Chico ha reportado, en promedio de 2011 a 2014, condiciones de gobernabilidad de 4.48. En el mismo periodo, el promedio del resto de los indicadores de la CNDH, respecto a las condiciones de reclusión y respeto a los derechos humanos de los internos, también ha sido reprobatorio.

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De la misma manera, Topo Chico aparece dentro del listado de 76 centros penitenciarios estatales en donde los internos realizan acciones propias de la autoridad –el principal indicador de que el centro operaba en condiciones de autogobierno.

Estas condiciones, sobrepoblación y autogobierno, resultan idóneas para que grupos criminales dentro de los centros disputen su control, como parece haber sido el caso de Topo Chico.”Las fugas y motines —escribió Eduardo Guerrero—son sólo el síntoma más visible de la crisis en varios penales del país: el control de los penales por parte de las organizaciones criminales más peligrosas y la disputa por ejercer dicho control”.

En 2014, a nivel nacional, la CNDH reportó cinco motines. Reportó, además, 700 riñas cuya gravedad potencial pudo haber sido mucho mayor. 46 personas fueron asesinadas.

Resulta absurdo que tenga que haber muertos para que recordemos la existencia de nuestras cárceles. Topo Chico no es un caso aislado, sino que es sintomático del estado de nuestro sistema penitenciario. De la misma manera, debe ser una llamada de alerta a los gobernadores —al de Nuevo León en primer lugar, pero no exclusivamente— quienes parecen ignorar, por comodidad o ineptitud, los centros penitenciarios que están bajo su responsabilidad.

Adolfo Sánchez Rebolledo, la izquierda que se fue

“Fito” Sánchez Rebolledo pertenece a una izquierda que desafortunadamente está desapareciendo. No porque el horizonte de expectativa de la generación de 1968 —el del socialismo— se desdibujara hace un cuarto de siglo, sino debido a que la síntesis entre el intelectual y el militante, muy bien representada por él, no existe ya, o no por ahora. Esta desconexión es justamente una de las mayores debilidades tanto de la izquierda contemporánea como de los movimientos sociales recientes, incapaces de adoptar formas políticas y, en consecuencia, de modificar sustancialmente el statu quo.

La Revolución cubana fue el acontecimiento que definió la trayectoria de la izquierda latinoamericana de la segunda mitad del siglo pasado, constituyendo un foco de atracción para la intelectualidad disidente y fuente de inspiración para un segmento de la juventud que iniciaba su socialización política. Escritores y académicos como Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, Fernando Benítez y Pablo González Casanova no resistieron a este poderoso imán al que la Teología de la Liberación también quedó adherida. Y jóvenes como el profesor Arturo Gámiz tomaron las armas en el malhadado asalto al cuartel de Madera en 1965, imitando el igualmente fallido episodio del Moncada.

Fito Sánchez Rebolledo estudió en el Colegio Madrid. Quizá por pertenecer a la estirpe del exilo republicano aprendió pronto que la esperanza y la derrota pueden convivir perfectamente. Recién salido de la adolescencia, el hijo del filósofo marxista Adolfo Sánchez Vázquez asistió al I Congreso Latinoamericano de la Juventud (La Habana, 1960). Durante su vida Sánchez Rebolledo permaneció fiel al legado de la Revolución cubana, pero su espíritu crítico le hizo reparar en sus errores (y horrores) y su vocación política lo mantuvo a resguardo de la violencia revolucionaria. El estudiante de antropología, periodista de oficio, poeta aficionado, y activista en 1968, no buscó atajos por medio de las armas, concentrándose en la construcción paciente, tediosa y poco atractiva de organizaciones (estudiantiles, partidarias, sindicales) que disputaran la hegemonía estatal a los grupos dominantes. En esto estuvo más próximo a Gramsci que al “Che” Guevara; por eso asumió la bandera democrática cuando apenas era visible dentro de la familia de la izquierda, desatendida por la derecha e irrelevante para el régimen.

Ahora bien, el significado de la democracia para Sánchez Rebolledo —como para sus compañeros y amigos Carlos Pereyra, Arnaldo Córdova y Rolando Cordera— no se agotaba en la noción liberal circunscrita a la esfera política, poseía además un contenido social emparentado con la socialdemocracia. No en balde la incorporación de varios de ellos con Fito por delante al círculo de Rafael Galván, el líder obrero que trató de deshacer los nudos corporativos en el sindicato mayoritario de electricistas. También, como consta en sus contribuciones de los jueves en La Jornada (iniciadas en 1988, en relevo del “Tuti" Pereyra, fallecido ese año), Sánchez Rebolledo vinculaba la democracia con la equidad social, de manera tal que aquélla sólo podía existir cabalmente si los ciudadanos tenían las condiciones materiales básicas para el ejercicio de la facultad de elegir. No olvidó tampoco que la coacción se ceba en la necesidad.

Otra línea que atraviesa la reflexión política de Sánchez Rebolledo es la del nacionalismo, o más precisamente lo “nacional-popular” caracterizado en los setenta por el sociólogo boliviano René Zavaleta Mercado. La tesis básica es que la defensa de la nación —“disputa” la llamaron Rolando Cordera y Carlos Tello cuando despuntaba el programa neoliberal— corre a cargo de las clases populares frente a élites que pugnan por una integración subordinada a los centros de la economía mundial. Este planteamiento pugnaba por una alianza de las clases subalternas con el capital nacional y con los sindicatos corporativos (ligados al Estado) para conformar una fuerza que resistiera a la globalización, cuando menos en los términos asimétricos esbozados al comenzar los ochenta. Al mismo tiempo, y esto es fundamental en la perspectiva de Sánchez Rebolledo, cualquier tentativa modernizadora debería de incluir a los desposeídos y concebirse como un proyecto nacional soberano.

Hombre culto, de buena pluma y razonamiento claro, Sánchez Rebolledo no escribió mucho (aunque bien a bien no sabemos cuántos documentos redactó sin firmarlos con su nombre) y recopiló menos. No obstante, estuvo detrás de múltiples esfuerzos editoriales: las revistas Solidaridad (de los electricistas disidentes), Punto Crítico (de comunistas y sindicalistas), Cuadernos Políticos (la revista teórica de la nueva izquierda) y Configuraciones (publicación del Instituto de Estudios para la Transición Democrática). Participó en la fundación de Nexos en 1978, escribió en Excélsior y La Jornada, trabajó en la agencia Inter Press Service, fue editor en Era, dirigió el suplemento El Correo del Sur en La Jornada de Morelos.

La inquietud, que no la inconsistencia, lo hizo transitar por buena parte del espectro de la izquierda. Comenzó en el Partido Comunista y terminó en Democracia Social —fundada por el antiguo comunista Gilberto Rincón Gallardo— deteniéndose en las estaciones del Movimiento de Acción Popular, el Partido Socialista Unificado de México, el Partido Mexicano Socialista y el Partido de la Revolución Democrática, del cual desertó por el liderazgo autoritario de Cuauhtémoc Cárdenas. Pero el desánimo ante la deriva caudillista del agrupamiento mayor creado por la izquierda en toda su historia —después de las fusiones sucesivas que experimentó en la década de 1980 y en las que Sánchez Rebolledo fungió como negociador diestro— no lo condujo a fugarse hacia el pri ni tampoco lo sedujo el voto útil que llevó a la derecha a la presidencia de la República. Pensó y luchó por la democracia desde la izquierda, de las jornadas estudiantiles de 1968 hasta su muerte. Como dijo alguna vez “somos lo que hicimos y pensamos, incluyendo los sueños de otros tiempos y el derecho a cambiar sin traicionarnos”. Descanse en paz.

 

Carlos Illades
Historiador. Profesor-investigador del Departamento de Filosofía de la UAM-Iztapalapa. Es autor de La inteligencia rebelde. La izquierda en el debate público en México 1968-1989 (Océano, 2012).

A Fito Sánchez Rebolledo, un adiós que se niega a serlo

Adolfo Sánchez Rebolledo, Fito (1942-2016), vivió los últimos quince años posando la vista en su magnífico jardín de Jiutepec, Morelos. Algunos árboles frutales, bugambilias, uno que otro rehilete de vivos colores, rocas y una alfombra siempre verde eran su horizonte inmediato. Escogió aquel terreno por el frondoso árbol que lo coronaba. Pero a la vez, la inteligencia y la mirada intelectual de Fito siempre estaban posándose más allá, viajando por otras partes, visitando distintas regiones, fuera en los recovecos del drama de la violencia criminal en Guerrero, en el desencanto de la política y el retroceso del Estado de bienestar en Europa, en los nunca definitivos avances de la izquierda en América Latina, en los rebrotes autoritarios o xenófobos aquí y allá y, por supuesto, en todo lo que tuviera que ver con las desventuras de la frágil y maltrecha democracia mexicana.

Fito siempre fue un intelectual —aunque supongo que con una sonrisa burlona se sacudiría ese título— cosmopolita, riguroso en su autoformación y en su información, interesado en los más diversos asuntos y por tanto siempre de conversación y pluma interesantes, abierto a nuevos temas y puntos de vista, al tiempo que firme en sus convicciones y principios éticos y morales. Basta leer sus artículos en La Jornada de todos estos años para comprobar la vastedad de los asuntos que despertaban su curiosidad que, con mucha frecuencia, eran el motivo de sus hondas preocupaciones. También vale una ojeada al suplemento que dirigió los últimos lustros, El correo del sur en La Jornada de Morelos, para constatar cómo indagaba y traía textos sobre el acontecer político en América del Sur, Grecia, España o Rusia, y cómo identificaba con la familiaridad del lector sistemático de mucho tiempo artículos clave de pensadores y escritores contemporáneos de muy diversos rincones del mundo. En la mente de Fito cabía una mesa de redacción completa, la plenaria de un comité editorial.

Por eso era tan disfrutable ir a visitarlo, o descolgar el teléfono para que corrieran minutos y horas en el fluido ritmo de su rica conversación; por eso no se lo dejará de extrañar nunca.

De Fito tengo y recreo anécdotas y enseñanzas, las que le aprendí leyéndolo y poniéndole atención, aunque más que dictar cátedra siempre quiso prevenir, hacer notar una consideración, compartir una reflexión. También en eso, en la forma de discutir y debatir, fue Fito siempre un demócrata: jamás se faltó al respeto acudiendo al argumento de autoridad —ay, tan común en algunas de las figuras pretendidamente demócratas que inundan los espacios mediáticos— para fijar su opinión, para darle sostén a sus argumentos, para restar validez al dicho del otro. Se cuentan por centenas los artículos que Sánchez Rebolledo escribió para revistas y diarios, pero en toda esa obra periodística no se puede localizar un ataque personal, una argumentación ad hominem. En eso Sánchez Rebolledo tiene su lado de Quijote, que libró sus batallas intelectuales y políticas con la nobleza de un caballero, nada más en lances que consideró justos y a los que acudió solo con armas en regla, sin que ello impidiera que la indignación, el desprecio o la rabia acudieran a él cuando se encontraba ante hechos y conductas que le resultaban, simplemente, inaceptables.

Solo un maniqueo no podría entender que Adolfo Sánchez Rebolledo fue un demócrata tolerante como político a la vez que un marxista convencido como estudioso de su tiempo y entorno. Me refiero al marxista que hace del ejercicio de la crítica de la realidad social, económica y política el eje de su trabajo intelectual. La miseria, la pobreza, el atraso y sus reversos, el abuso, la opulencia y la concentración de la riqueza despertaron pronto su indignación moral, motivaron su comprometida participación política en la izquierda y el incesante ejercicio de un periodismo independiente.

Adolfo Sánchez Rebolledo escribió también libros. El más reciente, La izquierda que viví abarca cuatro décadas de existencia política e intelectual, de causas e ideas. La combinación de pensador y militante, de intelectual y político, es un ave rara en el paisaje mexicano. Pero Fito, además, fue pilar y referente de una de las corrientes más ilustradas de la izquierda mexicana, la que hizo del reformismo una forma realista de participar en política reconociendo la existencia de otros y que convirtió a la apuesta democrática en un fin y un medio irrenunciables.

La inteligencia de Sánchez Rebolledo nutrió a la política y al periodismo desde la izquierda. Pero como hombre de convicciones y cariños inamovibles, también ejerció y desplegó su sabiduría en la amistad que entregó sin miramientos. Esa cálida manta de amistad que hoy, en el frío en que nos hunde su muerte, permite escribir.

 

Ciro Murayama

Los motivos de Lobo

In memoriam, Lobo y Melón.

 

Aunque nací en la década de los cuarenta y apenas había cumplido veintidós años en 1968, el conjunto musical legendario de mi adolescencia no fueron los ubicuos Beatles, sino los ya olvidados Lobo y Melón. Es posible que, dentro de veinte años, Los Beatles le resulten al cambiante mundo tan desconocidos como Lobo y Melón son hoy para la humanidad bailante de su patria. Pero hubo una época de la ciudad de México en que ese desconocimiento hubiera sonado a estupidez o herejía. En aquel tiempo, las casas de la ciudad abrían sus puertas generosas a la celebración de cumpleaños y graduaciones, con tal fruición y frecuencia que era posible ir a fiestas todo el fin de semana, de viernes a domingo y de la tarde a la madrugada, sin haber sido invitado, mediante el simple recurso de ponerse traje y corbata, echarse a la calle y escurrirse con discreción en la primera fiesta que se cruzara, preguntando: “¿Ya llegó Roberto?”.

Naturalmente, Roberto no existía, salvo para facilitar la impresión de que nos había citado él en ese sitio y, por tanto, teníamos una especie de derecho natural a deslizarnos hasta la cocina, pedir una cuba libre, inspeccionar las viandas y pasar luego al recinto propiamente dancístico para medir la intensidad y el atractivo de la fiesta, que podía consistir sólo en la mirada de alguna muchacha de buena familia, decidida, como uno, a dejar de serlo en cuanto lo permitieran las circunstancias. Si el alcohol era escaso, si las viandas eran pobres, si las muchachas eran tan decentes como uno, entonces uno podía seguir a la siguiente casa enfiestada, que solía estar en la misma manzana, para preguntar nuevamente por Roberto y reiniciar la inspección. Y así, hasta dar con la fiesta idónea a los caprichos de la caravana.

Bueno: en cada una de esas casas abiertas a la fiesta, en las divertidas y en las gazmoñas, en las ricas y en las pobres, en las alegres y en las taciturnas, en todas y cada una, como si uno pasara por diferentes canciones del mismo long play, los momentos culminantes del baile, de la sensualidad y de la diversión verdadera, que es la que quita los disfraces y reúne a la multitud en el eufórico olvido de sus nombres, venían unidos a la música y a las voces inolvidables de Adrián Navarro, Lobo, y Luis Angel Silva, Melón, dos cantantes que habían armado el mejor conjunto de rumba del país y lo recorrían, en persona y en disco, haciéndolo bailar como nadie lo había logrado desde Pérez Prado y el mambo, veinte años atrás.

En aquella ciudad perdida y provinciana, Lobo y Melón encarna unos años fugaces el clímax de la furia tropical y romántica que por décadas, y aun por siglos, había llegado a México proveniente de Cuba. Al irse petrificando, la Revolución Cubana se llevó los sueños revolucionarios de mi generación, pero secuestró también algo más imperdonable y fundamental: la extraordinaria música cubana, su inmensa capacidad de alegría sensual, pegada a los humores fundamentales de la tierra, a la risa y al baile, al deseo y la urgencia del otro, a la comunión sudorosa de los cuerpos, devueltos por la música a la pulsión adánica de buscarse sin impedimenta, ligeros e inocentes en su vocación de excitarse al golpe de cadera de un danzón, de ayuntarse al ritmo frenético de un guaguancó, de añorarse más tarde en los vaivenes melancólicos de una habanera. "Llegó el Comandante y mandó parar", recuerda un orgulloso estribillo musical de la Revolución Cubana, aludiendo al fin de las miserias y los abusos en la isla. Entre las cosas que pararon se contó también la música viva de Cuba, la música de siglos, venida del principio de los tiempos, la música loca y profunda que parecía manar sin cortapisa del alma impura y creativa de la isla.

El crecimiento absurdo de la ciudad de México, por su parte, se llevó aquella nuestra ciudad de las fiestas ecuménicas, abiertas a los modestos intrusos que abusábamos de ellas; cerró las puertas de nuestras casas y volvió nuestras celebraciones un ritual endógeno, una colección de encierros familiares con recelosos derechos de admisión, impuestos por una vida urbana demasiado sacudida por la inseguridad, el crimen y la desconfianza, como para entregarse a sus ingenuos impulsos comunitarios de solidaridad y convivio.

También nosotros nos fuimos secuestrando y perdiendo en esos años —mi generación quiero decir, los nacidos entre 1940 y 1950. Fuimos perdiendo la soltería y la línea, el pelo y los sueños de una pronta solución a la injusticia esencial del mundo. Fuimos ganando peso, responsabilidades, familia, paciencia e ilusiones perdidas. Conservamos, sin embargo, al menos yo, a los amigos que aquella adolescencia fértil y extravagante nos legó, entre pleitos y desencuentros, como el mayor de sus dones.

Pienso ahora, particularmente, en Luis Linares, quien suplió, sin proponérselo ni saberlo, mis urgencias de un hermano mayor o un padre sustituto o un simple modelo a quien querer parecerse en la vida, mientras la propia vida nos enseña, irremediablemente, que no hemos de parecernos sino a nosotros mismos. Con Linares aprendí a fumar cigarrillos sin filtro y a beber sin perder el conocimiento; aprendí a adorar a las mujeres, a discutir y a leer no como un entretenimiento, sino como parte de la ingeniería de la propia vida; en su complicidad obtuve mi primer bienaventuranza sexual, y una larga pedagogía terrena sobre los bienes laicos de la vida: el amor y el desmadre, la libertad y el orgullo, la contención sentimental, la adicción a la fiesta, el valor de tener un punto de vista propio y defenderlo.

En la cercanía de Linares, obtuve también el conocimiento personal de Lobo y Melón, durante una de las célebres rumbeadas que se organizaban entonces en El Limonal, una casona del barrio de Coyoacán, propiedad de un viejo francés que combatía la evidencia entrecana de sus años llenando su casa de rumberos y licor, que a su vez atraían, como un imán, a racimos de muchachas encendidas y toda clase de especímenes de la golfería.

Recuerdo esa fiesta con peculiar precisión, porque no hice en ella otra cosa que mirar cantar a Lobo casi una hora, antes de que se fuera, con el conjunto, a cumplir su trabajo nocturno en el cabaret Run Run, que estaba en la Reforma, junto al Cine Roble, en un local que el terremoto de 1985 demolió y en donde, desde el cierre del Run Run, en los setentas, habían fracasado todos los negocios imaginables: un restaurante chino, un ristorante italiano, un lote de coches y cuatro centros nocturnos. Como si el declive de la rumba y de Lobo y Melón en la ciudad, hubiera creado su propio vacío irrellenable.

Digo "mirar" a Lobo, porque de oírlo me había cansado en fiestas y discos, y porque su presencia era visible como pocas cosas: añadía un toque de veracidad rumbera a la música, un "toque santo", como sólo encontré después en Daniel Santos o en Celia Cruz. También, lo recuerdo ahora, en Omara Portuondo, a quien escuché una triste noche del 85, desarreglada y en chanclas chinas, en un triste bar de una Habana deteriorada y triste, el bar de donde salió caminando años más tarde José Antonio Méndez, para perder la vida, atropellado, en la capital latinoamericana donde menos automóviles hay. (Aclaro que nunca vi en persona a ninguno de los otros monstruos: ni a Pérez Prado ni al Trío Matamoros ni a Benny Moré, ni a Olga Guillot, ni a La Lupe, aunque sí a Silvestre Méndez, que durante años hizo en el Bar Cartier de la avenida Juárez, la más eléctrica y orgásmica versión imaginable de Chivo que rompe tambó).

Lobo era moreno y delgado, de perfectas orejas, barba cerrada y unos labios gruesos, sensuales, en medio del rostro largo y fino; tenía las cuencas profundas y los ojos grandes, subrayados en su expresión melancólica por unas pestañas tan largas y rizadas, que le sombreaban los pómulos. Melón era blanco, con una pinta amateur que no se borraba de su apariencia ni cuando cobraba, pero era el arreglista del conjunto, el compositor y el empresario, la parte sobria, madrugadora, de aquel barco nocturno, borracho de rumba y fandango.

Lobo cantaba, tocaba las claves, rascaba el güiro, golpeaba las tumbadoras, ritmaba el cencerro con un palo de batería. Pero era mucho más que eso, era la cara pública y la frescura del grupo, su ángel magnético capaz de todos los registros, de la nostalgia arrabalera del bolero al frenesí liberador del guaguancó. El timbre cambiante de su voz, podía imponer igual los ritmos afros del batey o las nobles evocaciones del bohío, en una conjunción de fiesta y brisa que traía a la audiencia, casi físicamente, todas las cosas que el joven Carpentier había reconocido y recordado desde París en esta música: el paisaje cubano, "bañado por una luz de perenne incendio"; el "ritmo seco, obsesionante, todopoderoso" de la rumba; las tonadas que saben, según los casos, a "patio de solar" y "puesto de chinos", a "fiesta ñáñiga" o a "pirulí premiado". Y el son que debe amarse, por encima de las buenas costumbres, como hay que amar, en la memoria irrevocable de Cuba, “el solar bullanguero y el guiro, la décima, la litografía de la caja de puros, el pregón pintoresco, la mulata con sus anillas de oro, la chancleta ligera del rumbero, la bronca barriotera, el boniatillo y la alegría de coco”.*

Lo vi cantar una hora y atender los ofrecimientos, bastante explícitos, de un trío de apetitosas locas que le pedían canciones en servilletas pintadas con bilé. Al final de su tocada, sin embargo, antes de irse al cabaret, Lobo no buscó en ellas su compañía de la noche, sino que las rodeó y fue al fondo de la fiesta, en caza de su propia elección. Poco después pasó junto a mí, riendo y hablando en el cuello de una mujer de melena negra y bronceados hombros desnudos. Enfundaba la perfecta exhuberancia de su cuerpo en un vestido rojo que cortaba a la mitad las redondeces generosas de su busto y sus muslos. “Me la tenían escondida”, dijo Lobo al pasar, dirigiéndose a mí, campechanamente, como si me conociera de años, riendo su atractiva sonrisa de labios gruesos y dientes blancos, parejos y luminosos, como el propio fulgor de su vida.

Lo escuché entonces, frente a mí, decirle en el oído:

—Esta noche no duerme Caperucita Roja. ¿Sabes por qué?
—No —dijo la muchacha, meciéndose en él, como si le hiciera cosquillas.
—Porque hoy le toca comer lobo —dijo Lobo, engarzándola por la cintura con su brazo.

La risa fresca de la muchacha siguió el trazo de sus cuerpos ya empalmados, y de mi envidia, hacia la puerta.

Pasaron aquellos años, desaparecieron del mundo Lobo y Melón, igual que los hábitos y las fiestas que nos habían hecho entrañables sus voces. Durante los setentas, la rumba abandonó el centro de la escena musical. Se refugió en la memoria de sus cultivadores y en unos cuantos antros marginales, que consagraron sus noches a la repetición infatigable de viejas tonadas y clásicos probados de la isla. Era posible oír a Fellove y a Silvestre Méndez en algunos cabarets de tercera, meterse a bailar rumba en algunos salones de mala muerte, como el África en Bucareli o el Siglo XX en San Juan de Letrán. Sobre todo, era posible atestar el pequeño Bar del León de la calle de Brasil, para escuchar a Pepe Arévalo y sus Mulatos, un conjunto que pareció durante los setenta y los ochenta el albacea mexicano de aquella música prodigiosa.

Aunque estudiamos la misma carrera, que elegí para seguir sus huellas, Linares tomó su camino y yo el mío, no sin que antes me consiguiera un trabajo en una empresa de conductores eléctricos y otro, más tarde, en la Villa Olímpica. No obstante, después del 68 decidí abortar para siempre mi carrera de ejecutivo en comunicación, empecé a escribir reseñas literarias en los periódicos, ingresé a El Colegio de México para un doctorado en historia, me casé, tuve una hija, una breve carrera académica, un divorcio y una rápida carrera periodística que me encontró, en 1979, como coordinador editorial del diario unomásuno, un diario crítico, de izquierda, que se había hecho su espacio de credibilidad y golpeteo entre las élites políticas y los sectores ilustrados del país. Antes del 68, Linares había cursado una maestría en la Universidad de Pennsylvania, se había vuelto un alto y eficiente ejecutivo de la empresa privada, había consolidado un patrimonio familiar, procreado tres hermosas hijas y el futuro se abría para él promisorio y seguro. Entonces, ay, le dio por la política —en realidad, le dio por la misma vocación de siempre, marinera y libre, gustosa del riesgo y el azar, numen consejero de los jóvenes, los que emprenden y los que se enamoran.

Probó suerte sucesivamente en el PRI del DF, en la Secretaría de Gobernación, en la Secretaría de Comercio y en la Secretaría de Educación Pública. El año de 1979, lo encontró como director de comunicación de la Secretaría de Programación y Presupuesto cuyo ministro tenía aspiraciones y posibilidades presidenciales. No había dejado de ver a Linares, pero nos reuníamos poco, entre otras cosas porque no había vinculaciones prácticas en nuestras vidas. Su nuevo puesto político, y mi posición en el diario, facilitaron el reencuentro, de modo que volvimos poco a poco a tomarnos el pulso, saliendo a comer, cambiando información política y hasta conspirando un poco, juntos, en favor de su causa. Pero nada nos unió de nueva cuenta tan intensamente, como el día en que Linares me llamó diciendo que había ido la semana anterior a un antro de rumba en el centro y que debíamos volver esa noche él y yo, juntos, sin falta, porque no podíamos perderlo.

Era martes, yo tenía al día siguiente un desayuno tempranero y una jornada larga de trabajo —los miércoles me tocaba escribir el editorial del diario y eso siempre terminaba tarde, por mi lentitud redactiva, rayando las doce— de modo que le pedí que lo dejáramos para el viernes.

—No puede ser el viernes, cabrón. Tiene que ser hoy martes, hoy mismo —dijo Linares por el teléfono, con su vehemencia natural. —Y no alegues, porque no tienes una idea de lo que me encontré en ese lugar. Tenemos que ir.
—Tengo que trabajar, Linares.
—Qué trabajar ni qué la chingada. Esto es más importante que el trabajo —dijo Linares. —Esto es la vida. Paso por ti a las diez.
—No puedo, Linares.
—A las diez, cabrón. No te vas a arrepentir. Me cae de madre que no te vas a arrepentir. A las nueve y media estoy por ti en tu periodicucho.

A las nueve de la noche ya estaba en mi despacho —despacho es un decir: un espacio separado con mamparas en un ángulo de la redacción—, bien vestido y jovial, aunque calvo como siempre, explicándome su anticipación horaria:

—De ésta no te me escapas, aquí te espero hasta que acabes, porque de aquí te voy a llevar al antro, como quedamos. A ver, dame algo de leer de las mentiras que van a publicar mañana.

Como a las diez terminé y le dije:

—Vengo en un momento. Voy al baño.
—Te acompaño —me dijo, con una sonrisa maliciosa: una vez lo había dejado solo en un restorán con ese truco. Siguió: —Te acompaño al baño, al lavabo, al elevador y, si fuera necesario, hasta al portero del edificio.

Aludía con eso a un viejo chiste adolescente cuya última frase se había quedado en nuestro lenguaje como un dicho reflejo. El chiste recordaba la respuesta de un antiguo huésped de la casa de mi madre, Lorenzo Méndez, mejor conocido como El Cachorro, a quien otro amigo le preguntó, refiriéndose a una muchacha preciosa que caminaba frente a ellos: “Mírala bien, Cachorro: ¿se lo mamabas?”. A lo que El Cachorro había contestado: “A ella, a su hermana, a su prima y, si fuera necesario, hasta al portero del edificio”. Así que cada vez que estaba dispuesto a todo con tal de conseguir algo, Linares decía, viniera a cuento o no: “Y si fuera necesario, hasta al portero del edificio”.

Me acompañó pues al baño, al lavabo, al elevador y no me dio tiempo solo hasta que llegamos a la puerta de su elegante coche oficial, donde esperaba el más paciente y entrenado chofer del mundo, que aguantaba a Linares, nada menos.

—Yo manejo —le dijo Linares. El chofer se pasó al asiento de atrás y yo subí adelante con su jefe.
—No tienes idea —dijo Linares. —Vas a ver esta cosa, no tiene madre. No lo puedes creer. Vas a ver.
—¿De qué se trata, Linares?
—Vas a ver, cabrón. Le vas a vivir agradecido toda tu vida a tu amigo Linares por esta excursión. Vas a ver. ¿No tienes hambre?
—Mucha.
—Vamos entonces primero aquí a La Posta, cenamos y luego nos vamos al antro aquél. Al cabo que empieza tarde, no tiene caso que lleguemos orita.
—Tengo un desayuno mañana, Linares.
—Qué desayuno ni qué la chingada —dijo Linares. —Llama que no puedes ir. Pero, mira: vamos a La Posta, cenamos como marqueses, ahí está el trío del compadre Juan, que es mi escudero y, mientras cenamos, tirilín tirilín, nos tocan unas músicas, nos cantan unas clásicas y quedamos listos para la mera buena cosa a la que te voy a llevar.
—Pinche Linares. Hoy no quiero tomar.
—Aááááááh —se espantó Linares. —Pero si ¿quién ha dicho que vas a tomar, gran cabrón? Te estoy diciendo que vamos a cenar. ¿No te puedes imaginar ya una cena sin copas?
—Una cena contigo sin copas, no me la puedo imaginar.
—Pues entonces tómate unas copas, muchacho. Pero no me eches a mí la culpa. Tú eres el que no puedes imaginarte el asunto. ¿Yo qué pitos toco en esa flauta?
—Pinche Linares.
—No tienes idea lo que vas a ver, muchacho. Y a oír. No tienes una puta idea. Vas a ver. Tú déjame, yo me encargo.
Se encargó de nuestra cena en La Posta, que fue abundante en viandas y cubas, con un brandy al final y el trío de su compadre Juan que cantó sin parar todas las clásicas —José Antonio Méndez y Alvaro Carrillo—, mientras Linares me contaba los intríngulis de la política ministerial, las últimas pugnas macroburocráticas y la lista actualizada de reporteros y columnistas que cobraban aquí y allá, para garantizar su independencia periodística (“La pobreza no da independencia”, bromeaba Linares. “Eso dicen tus colegas periodistas. A ver, defiéndelos. No sé cómo te fuiste a meter en esas cuevas. No los puedes creer a estos cabrones”).
—Ellos cobran, pero tú les pagas —le reproché el reproche de siempre. —¿De qué te quejas?
—De ninguna manera les pago —dijo Linares. —Los estoy borrando a todos de mi lista.
—Te van a apuntar en la suya entonces —le dije. —Y van a tirarte a matar, hasta que te aniquilen.
—Que me aniquilen. No les doy un centavo. Ni un centavo.
—Haces bien, porque no quieren centavos. Quieren pesos. Miles de pesos.
—Ni un peso —dijo Linares.
—Dólares entonces.
—Ni un puto peso, ni un puto dólar, ni un puto viaje. Una fumigación general es la que necesitan, incluyendo tu periodicucho, que le juega al puro.
—¿Quién de mi periódico, Linares? Nada más no incluyas al director en tu denuncia, y de ahí para abajo, fumigamos al que quieras.
—¿Los corres?
—Los quito de mi lista, como tú.
—No le saques. ¿Los corres?
—Depende cuántos sean. ¿Ya te sabes el verso aquel sobre la bondad y la cantidad?
—No, ¿cuál es?

Le dije:

Vinieron los sarracenos
y nos molieron a palos
Que Dios protege a los malos
cuando son más que los buenos.

—Es una vergüenza nacional —dijo Linares.
—Los sarracenos terminaron siendo españoles, Linares.
—Son una vergüenza nacional tus colegas. Y además son muchísimos. Cómo hay periodistas en esta ciudad.

Pidió de últimas una tonada que echó sobre mí, como siempre que la escuchaba, una ráfaga voluptuosa del pasado. Cantó el trío Niebla del riachuelo, una favorita de Lobo y Melón:

Niebla del riachuelo
amarrada al recuerdo

—Hace años que no oía esa —le dije a Linares, mientras el trío de su compadre Juan perdía la letra.
—Años —aceptó Linares, precipitándose sobre su brandy para contener el torrente de sus emociones.

Siguió el trío:

este amor tan completo
me vas recordando

—Así no es, don Juan —le reclamó Linares.

Nunca más me vio
—siguió el trío—
nunca más me oyó
nunca más su amor
estuvo ya cerca de mí

—No no no, así no es don Juan —dijo Linares. —La está usted inventando.
—A la canción que no sabemos, le ponemos imaginación, don Luis —explicó don Juan.
—Si por eso es mi escudero este cabrón —dijo Linares, encantado con la respuesta de don Juan. —Pero a ver, empiécela de nuevo que aquí este muchacho y yo se la vamos a cantar para que se la aprenda.

De no sé dónde, del arcón de la verdadera memoria, que es, desde luego, involuntaria, Linares y yo desempolvamos intactas las estrofas del principio de la canción que habíamos tarareado miles de veces, años atrás, sin pretender aprenderla nunca. Mal cantamos:

Turbio fondeadero
donde van a recalar
barcos que en los muelles
para siempre han de quedar

Sombras que se alargan
en la noche del dolor
náufragos del mundo
que han perdido la ilusión

Y más adelante, corrigiendo a don Juan pero no a nuestras voces:

Nunca más volvió
nunca más la vi
nunca más su voz
nombró mi nombre
junto a míííí

Esa misma voz
me dijo adiós

—Puta, cabrón —dijo Linares, cuando terminamos de desentonar, acudiendo de nuevo a su brandy. —¿Te acuerdas de El Limonal?
—Me acuerdo —dije yo, acudiendo también a mi brandy.
—Pues salud, cabrón.
—Salud —le dije.

Acudimos entonces los dos a nuestro brandy con la justificación del brindis y luego, sin darnos tiempo a que ese breve encuentro buscado nos obligara a encontrarnos de veras, Linares dijo y yo lo agradecí:

—Son las doce y media. Ya es hora del antro.

Pidió la cuenta, la pagó en efectivo y compartió después unos generosos billetes con su compadre Juan y los miembros del trío. Lo siguiente que recuerdo es que estábamos en una pequeña mesa cercana a la pista de, efectivan ente, un antro del centro histórico de la ciudad. No conocía ese antro y no volví a él sino ahora que lo evoco, porque tuvo una vida efímera, como la vida misma de lo que quería conservar, quiero decir: la rumba de aquel tiempo, el enorme decorado de palmeras de satén y playas de lentejuelas, el mesero vestido de gala que ofrecía bebidas baratas y la fauna de mujeres jóvenes, viejas como su oficio, que se ofrecían desde la barra, ya un poco ebrias, adelantando su producto.

—Vas a ver —dijo Linares.—No das crédito lo que vas a ver. Y cuando te pregunten quién te trajo, vas a decir: “Mi amigo Linares”. Porque no se te va a olvidar y si se te olvida, que se muera la mujer del puerto.

Era otro resabio de nuestro código adolescente. Durante mucho tiempo, Linares había vivido precariamente en la ciudad de México, con lo que le enviaban desde el puerto de Acapulco sus hermanas y su madre. En realidad, se lo mandaban sus hermanas, Chelo y Diana, que trabajaban, pero acuciadas laboriosamente por su madre. Con el candor característico de las madres de entonces, doña Consuelo Zapata esperaba volver a Linares un hombre de bien, un profesionista próspero, capaz de rescatarla a ella de la viudez, a sus hermanas de la orfandad —el padre de Linares había muerto siendo ellos pequeños— y a las tres de la estrechez económica en que vivían. Todo eso sucedió con el tiempo —“más o menos aproximadamente”, como gustaba de decir en forma pleonástica Linares— pero hasta entonces, como todo varón que se respete, Linares había vivido su vida sin voltear a los lados, y mucho menos hacia las mujeres que apostaban cada mes por él y su futuro, remitiendo el poco dinero excedente que ganaban.

Las hermanas y la madre de Linares vivían en Acapulco y eran, al empezar los años sesenta, un trío extravagante de mujeres blancas y finas, tal como las soñaba y las inventaba Linares, y tal como las alucinaba y las miraba yo, elegantes y secretas en el aluvión retraído de sus tesoros femeninos: altas, lánguidas, contenidas, como dispuestas a entregarse una sola vez.

Linares era uno de los pocos en la casa de huéspedes de mi madre que recibía su pensión con puntualidad prusiana, pero no la recibía solo: toda la población hambrienta y mal proveída de la casa, acudía a la recepción de su giro para comprobar, una vez más, que había llegado el envío de La mujer del puerto, mote cariñoso y jodedor que la crápula amistosa había impuesto a doña Consuelo, aludiendo con ello al papel más bien antimaterno de una prostituta que Andrea Palma inmortalizó en la película mexicana del mismo nombre. Con el tiempo, Linares y nosotros todos acabamos refiriéndonos cariñosamente a doña Consuelo Zapata, como La mujer del puerto, expresión que Linares seguía usando veinte años después, dondequiera que doña Consuelo cruzaba por su memoria haciéndose recordar, lo cual sucedía —lo sé yo, porque a mí me pasaba lo mismo con mi madre y tampoco sabía confersarlo— todo el tiempo.

Explicado esto, puedo decir que llegaron los músicos y, con los músicos, un presentador viejo y relamido, como sólo pueden serlo los presentadores en los antros de cuarta, de modo que aproveché para ir al baño, ante las protestas de Linares:

—Espérate, cabrón. Ya falta un minuto.
—Pero si voy y regreso.
—Pero en lo que vas, empieza todo.
—Pues lo veo empezado, porque si no, lo voy a ver húmedo.

Llevaba de verdad mucho rato pendiente y tuve en el mingitorio del antro uno de esos desahogos renales cuya desaparición es el primer síntoma claro de que la juventud se ha ido, una de esas descargas que no cesan de fluir, en las que uno tiene la sensación de que podría dormirse o fumar un cigarrillo mientras acaba, o simplemente se desespera y desea terminar, pero el chorro sigue fluyendo, autónomo, lejano ya del alivio o de la voluntad de orinar, pegado a su propio caudal terso, inoxidado, transparente, libérrimo.

Mientras eso pasaba por mi organismo, la voz del presentador iba y venía melosamente, rebotando en las paredes del baño, sin que pudiera entenderse bien a bien una palabra de lo que decía. En algún momento se calló y dio inicio la música. Es posible que fuera una extensión de la modesta eternidad líquida que cruzaba por mí o, más sencillamente, como diría Linares, porque la música, más que los olores de la magdalena proustiana, es el verdadero picaporte de la memoria. Lo cierto es que los primeros acordes de un bolero, sus ritmos familiares y entrañables, cayeron sobre mí en ese baño como una epifanía, una iluminación irresistible, que me hizo volver atrás, no exactamente a los años pasados, sino al lugar que esos años ocupaban en mi cabeza, esencializados en la nostalgia irredenta de haberlos vivido, a salvo ya de mí mismo y de los otros, y de la minuciosa imperfección de lo real.

Afuera, veinte años después, en el antro de cuarta que me había impuesto Linares, tocaban y cantaban Lobo y Melón. Oí su andanada introductoria guiada por las tumbas y la batería, y por un plano loco y juguetón que fintaba el inicio de Amalia Batista para detenerse a tiempo, en espera del aplauso que celebrara, anticipada y agradecidamente, la actuación del grupo. Alguien dio las gracias, el piano hizo un acordeón, el vocalista se aclaró la voz y empezaron, como siempre, como entonces, con una suavecita. Cantaron:

Sobre todas las cosas del mundo
No hay nada, primero que tú

Concluyó mi dosis de eternidad en el mingitorio y salí tarareando la canción rumbo al pequeño paraíso que me esperaba afuera. Pero no lo encontré. El grupo que tocaba era de unos ancianos mal mezclados con un muchacho que aporreaba sin piedad la batería y otro que se empeñaba en el piano en repetir la alegría infantil de las escalas de La Gallina, el pianista de Lobo y Melón. Pero no era La Gallina y hacía la chamba equivalente como si en efecto fuera una chamba y con tal esfuerzo que, aparte de las notas que salían de sus brazos enervados y rígidos, en su propio rostro joven había tal recuerdo de mejores tiempos por imitar, que era como un anciano más.

El grupo tenía al fondo un enorme gordo que soplaba un saxo trombón, justamente aquello de lo que el grupo de Lobo y Melón había carecido siempre, los ostentosos metales, y que le había permitido ser el mejor conjunto batachá del mercado conocido de la rumba, el combo pequeño, cuasi familiar, cuasi tribal, que no había dado el salto a la orquesta y que tenía suficiente con sus instrumentos de ritmo, las voces, el piano y, en el colmo del refinamiento, una flauta, nada más. Lo único interesante de ese paraíso perdido, parecía ser el cantante, un cincuentón todavía en línea, pero estragado por sus excesos, que no parecía contradicho sino estimulado por la decadencia del contexto general en que proyectaba su hermosa voz cascada y sabia. Era una voz inclasificable, nasal, penetrante y simple, como la tonada que cantaba por enésima vez, con una frescura desengañada y hasta irónica, pero frescura al fin:

Aunque a ti te parezca mentira
 las cosas del alma
despiertan dormidas

La verdad de esa voz y esa facha borraron el resto y tuve la siguiente epifanía de la noche, en realidad una vaga estimulación que me dejó atrás sin entregarme del todo su secreto. El cantante era un flaco moreno, más moreno aún por el contraste de su piel de avellana con las dos largas patillas de canas que aspiraban a compensar el copete ralo, también plateado y escaso, aunque firme como una visera, que le corría coquetamente sobre la frente despejada. Supe quién era aunque no lo creí, y lo supe otra vez, crédulamente, mientras me acercaba a la mesa, preguntándole a Linares:

—¿Quién es?
—A ver, cabrón, ¿quién es? —contrapreguntó, beligerante, Linares.
—¿Te cae de madre, Linares? —le dije, mientras me sentaba, mirándolo no a él sino al vocalista, hipnotizado aún por su fragante y espantosa decadencia.
—Me cae de madre de qué, cabrón —jugó Linares, cruzado por la sonrisa indefensa que sólo sabía obtener en él la memoria de La mujer del puerto. —A ver, ¿quién es?
—Es Lobo, Linares —le dije.
—¡Pero claro que es Lobo, cabrón! —dijo Linares, golpeando en la mesa como si me otorgara el premio de los 64 mil pesos. —Personalmente y en persona, nada más ni nada menos que Lobo. Y atrás de Lobo, todo lo demás. ¿Te acuerdas de Lobo? ¿Te acuerdas de El Limonal? ¿Te acuerdas de María Rosa? ¿Te acuerdas de los sesenta? Pues ahí está todo. Oye: la música trae todo.

obo cantaba y su voz, efectivamente, traía sin mediación aquel pasado, epidérmico y terso, como acabado de vivir:

Cada instante
que paso a tu lado
se impregna
mi alma de ti

—¿Te acuerdas de María Rosa? —volvió Linares, con el nombre de su novia acapulqueña que lo hizo escalar balcones, desfalcar al municipio, emborracharse hasta el vómito en el Waikikí, descreer de las mujeres seis meses seguidos y adorarlas después, con intermitencia y veneración, toda su vida. —Cómo bailé esto yo con María Rosa, cabrón. No hicimos nunca el amor, pero esto fue mejor. Es igual, vuelve todo. Mira, orita mismo con esa tonada, estoy oliendo a María Rosa, tostada por el sol. La estoy oliendo, cabrón. Porque esta canción es la primera que bailé pegado con ella en el Mauna Loa de Acapulco. Hija de su madre, qué bien estaba, no tienes idea, cabrón. Púúta. ¡Mesero!
—Y ahora, a sudar familia —dijo Lobo, luego del aplauso por la balada. Su conjunto contrahecho, su timbalero impreciso, su pianista manco le tupieron entonces con enjundia a la gran clásica del sudor y la rumba de otras épocas. Y con los acordes y los repiqueteos de la entrada, se puso de pie todo el antro para sacudirse en la pequeña pista del lugar con Pelotero la bola.

Linares no acudió a la pista, pero bailó en torno de la mesa como si los años no hubieran pasado por él, como había bailado toda su juventud, fina y ágil y cachondamente, marcando contratiempos y dejando la cadera ir de un lado a otro, hacia atrás y hacia adelante, sin que su torso se alterara un milímetro, recto y joven, en el centro de gravedad de los brazos, que volaban también completando y siguiendo la euforia rítmica de los pies, el giro de las rodillas, las piernas flexionadas en la dicha de posarse sobre el corazón mismo de la rumba, la rumba ligera y eterna que cuando anida en alguien, anida para siempre.

Mientras cantaba, Lobo se acercó a Linares, que daba su propio espectáculo, y le aprobó los pasos con una sonrisa y un pulgar levantado. Al terminar la canción, se acercó a nuestra mesa y le dijo:

—Dos más y estoy contigo, socio.
—¿Te pido brandy? —le preguntó Linares.
—Doble, pero del mío, mi hermano —dijo Lobo. —El mesero sabe.
—¡Mesero! —dijo Linares, y ordenó una ronda doble.

Lobo arrancó con En un bote de vela. Linares volvió a enloquecer y a bailar junto a nuestra mesa, ante la risa abierta y lujosa de Lobo, que volvió a celebrarlo con un pulgar aprobatorio. Cantó Lobo:

En un bote de vela
sin marca y compás
rumbo no sé dónde
quiero naufragar

—Tienes la boca santa, Lobo, carajo —le gritó Linares, quien había tomado todos los botes de vela que le había propuesto la vida.

Suévere bodá
Pará cutí bará
Suévere bodá

Y de nuevo:

Suévere bodá
Pará cutí bará

Terminó Lobo con otra balada (Yo nunca entrego, el corazón así/ Me lo robaste, yo no te lo di) y, todavía entre los aplausos del respetable, llegó a la mesa y se bebió de un sorbo el primer brandy y de otro el segundo, antes de volver al sitio del micrófono, para acabar de agradecer. Linares ordenó la reposición de sus tragos, de modo que cuando Lobo regresó de nuevo tenía sus brandys intactos enfrente.

—Gracias, socio —dijo Lobo, al reparar en ellos.
—Bebes como vaquero sediento del oeste —le dijo Linares.
—Hay mucha prisa, socio —dijo Lobo, jugueteando. —Andamos muy poco tiempo en esta fiesta y falta mucho por beberse. No nos acabamos el alcohol que hay, ni velando. ¿Quieres dejarle a tus hijos un mundo lleno de alcohol?
—Eso sí que no —dijo Linares. —Nos lo bebemos todo nosotros.
—Ese es el reto, mi socio —dijo Lobo, y luego mirándome, con gran cordialidad y extendiéndome la mano: —Mucho gusto. Es un placer que esté usted aquí con el amigo Linares. ¿Hace cuánto que no nos veíamos, Linares?
—Púúta, cabrón —dijo Linares.—Déjame, te digo: desde el carnaval del 67 en Tlacotalpan.
—¿Todavía estaba con Melón? —preguntó Lobo.
—¿Cuándo se separaron? —preguntó Linares.
—Por ahí del 67 —dijo Lobo.
—Entonces todavía andaban juntos —dijo Linares. —El carnaval debe haber sido febrero o marzo. Pero no estabas ahí con él, ni estabas cantando. Ibas de civil. Con el que estabas era con el Rafico.
—Filisola Cobos Rafael, cómo no —dijo Lobo, con una enorme sonrisa. —¿Te acuerdas que usaba lentes y cuando los traía puestos se sentía respetable?
—Sí, pinche loco —festejó Linares.
—Entonces —siguió Lobo— si le gritabas por la calle: “¡Ey, Rafico!”, se daba la vuelta hacia ti, venía muy serio, se te paraba enfrente y decía: “Soy el ingeniero Filisola Cobos Rafael, para servirle”. Entonces se quitaba los lentes, los guardaba en su estuche y decía: “Ahora sí ya puedes llamarme Rafico, cabrón”.

Nuestras carcajadas interrumpieron al trío que se esforzaba por cantar en la mesa de al lado.

—Traéme otros brandys, mi socio —le dijo Lobo al mesero. Se los trajeron y siguió: —Tenía un club en Tlacotalpan el Rafico.
—Cómo no —dijo Linares. —El Club de los Tejones.
—¿Ya sabes cuál era el lema del club? —dijo Lobo.
—No —dijo Linares.
—“Para ser tejón, hay que ser cabrón” —dijo Lobo. —Y lo eran, mi hermano. Qué partida de cabrones, no se les ocurrían más chingaderas porque no estaban más tiempo juntos. Un día, mandó Rafico a sus lugartenientes a confesarse con los dos curas que había en la ciudad. Había el párroco, ya ancianito, rascando los sesentas, y un cura más joven, como de treinta. Pues no se le ocurrió mejor chingadera al Rafico que mandar a confesarse con ellos a sus lugartenientes, que eran dos muchachas preciosas del pueblo, una con cada cura. La que fue con el cura joven, le confesó que se estaba acostando con el cura viejo; y la que fue con el cura viejo, le dijo que había incurrido en sodomía con el cura joven. “Les doy tres semanas para que caigan por su propia boca”, dijo Rafico. No pasó ni una semana, hermano. Llegó a los pocos días un visitador eclesiástico de Veracruz, y los cambiaron de parroquia a los dos curas. Resultó que los dos se habían denunciado entre sí con sus superiores. Fue un escándalo. El Rafico juntó entonces a las mujeres de su club y les contó todo el asunto, en medio de unas carcajadas que se oyeron hasta Cuba, mi hermano. Pero luego se puso los lentes y les dijo, con toda seriedad: “Esta fue una lección cívica, juarista. Acaban ustedes de comprobar cuánto saben guardar su secreto de confesión los ministros de Cristo. Son más chismosos que mi tía Bengala, carajo. Allá ustedes si siguen contándoles sus intimidades”.
—¿Amalia estaba en el club? —preguntó Linares
—Estaba —dijo Lobo.—Aunque ella es mucho mayor que Rafico.

—Este muchacho aquí es como mi hermano —dijo Linares, señalándome. —Es periodista, escritor, y anduvo en todas aquellas rumbeadas de El Limonal.
—Es del arma entonces —dijo Lobo, brindando conmigo. —¿De qué periódico eres?

Le dije y respondió:

—Muy serio tu periódico. Muy profundo. Tanto, que no se le entiende nada, mi hermano.

Nos reímos, contagiados por la gracia de sus énfasis y sus rápidos giros verbales.

—No es cierto, mi hermano —dijo Lobo después.—No conozco tu periódico. No leo periódicos. Para malas noticias, me basto solo.

Tomó del brandy que quedaba y Linares pidió de inmediato su reposición.

—Quiero que le cuentes la historia de Amalia —le dijo Linares a Lobo. —La que me contaste el otro día.
—¿Para su periódico? —preguntó Lobo.
—Para su consumo privado —dijo Linares. —Para que aprenda este cabrón dónde están las cosas importantes de la vida.
—Para eso hay que ver telenovelas, Linares —dijo Lobo. —Ahí está todo tal como es. La buena, la mala, la santa, la puta.
—El patrón, los sirvientes —completó Linares. —Tienes razón: nada más falta El Rafico.
—Y Amalia —dijo Lobo, yéndose por un momento fuera de su ánimo sanguíneo y cordial. Luego se volteó hacia mí: —Si me prometes hacer una telenovela con mi nombre, te la cuento mi hermano.
—Corre videoteip —le dije, asintiendo.
—Ah, caray: te viste muy técnico, socio —dijo Lobo y asintió imitando mi lenguaje televisivo: —Dale el quiú al mesero que nos traiga otra ronda.

El mesero trajo la siguiente ronda y Lobo se inclinó sobre la mesa:

—Es una historia muy sencilla, socio —dijo.—Tiene que ver con esta chiquita llamada Amalia, que ahora es una señora con hijos casi de tu edad. ¿Qué edad tienes tú?
—Treinta y dos —le dije.
—No, los hijos de Amalia son menos grandes que tú, pero ya grandes. Quiero decir que, para estas horas, ya está jamona y vivida y jodida como yo, mi socio, pero hace treinta años, cuando ella tenía quince y yo veinte, era una chiquita blanca y tierna y con todo el saoco que podían sumar juntas las riberas del río Papaloapan. ¿Sabes lo que es el saoco? —me preguntó Lobo.
—No —le dije. —¿Qué es el saoco?
—El saoco es lo que hace que cuando una orquesta o una banda o un batachá toca, te den ganas de bailar —dijo Lobo. —Hay miles de orquestas profesionales en el mundo que no tienen saoco, nada más tocan bien. Pero la más desharrapada banda de pueblo de Cuba, Jamaica o Tlacotalpan, tiene saoco a cubetadas. Nomás empiezan a tocar y te tocan, como si sus instrumentos y sus ritmos estuvieran en ti. Eso es el saoco, la magia de contagiar. Amalia Sobrino, mi chiquita, tenía sola más saoco que el Trío Matamoros y Benny Moré juntos. Qué les voy a contar, fue mi obsesión. Y a lo mejor lo sigue siendo. Me pasa una cosa curiosa. Hace como tres años fui a Tlacotalpan y la vi: jamona y jodida, como ya les dije. Pero yo no la ví así, Linares. Yo seguí viendo en ella a la chiquita con saoco de entonces, su carita blanca y sonrosada, sus ojos claros y los labios y los dientes, qué labios. Y qué piernas y qué hombros y qué caderas, mi hermano. Yo, como la recuerdo más es caminando por la ribera del río una tarde, con una falda corta, descalza, los brazos desnudos y el pelo movido por la brisa de la ribera. Una diosa, mi hermano. Al menos para mí.
Lobo alzó la mano reclamando al mesero nuevos brandys, aunque tenía uno sin tocar todavía enfrente.
—Yo nací en Tlacotalpan —siguió. —Y ahí, desde muy temprano, empezamos con la rumba. Teníamos un conjuntito que tocaba en fiestas y donde se podía. Nos lo patrocinaba un tío del Rafico, un muchacho como nosotros, pero que también traía el guaguancó en las venas. Se llamaba Ramón Robles Perea, pero le decían Monchorro. Era rico, él compró los instrumentos, los timbales, el güiro, las tumbas y aportó también el piano, una reliquia que tenía en su casa y que su mamá hasta le celebró que se lo llevara. En una de las bodegas de la pulpería de su papá, escombramos y pusimos nuestra sala de ensayos. Y a darle, mi socio. A darle a todo: rumba, fandango, sones de la región, y que si La Bamba y El Querreque y lo que fuera. Pues nos fuimos haciendo de público. Monchorro tocaba el piano y cantaba, yo cantaba y tocaba lo demás y ahí nos íbamos de pique, a ver quién le metía más cosas al arreglo y a ver quién hacía el mejor jícamo para jalar a la gente. ¿Saben lo que es el jícamo?
—No —dijo Linares.
—El jícamo es la improvisación de los gritos y letras del conjunto. Por ejemplo, ya con Lobo y Melón, teníamos el mejor jícamo de México. —Cantó Lobo: —Guá parero papa parero guá, parero papa parero guá. Eso es jícamo: voces, ocurrencias, variaciones sobre la letra y los coros. Louis Armstrong es el rey mundial del jícamo, no puede cantar nada sin añadirle. Monchorro era muy bueno para el jícamo y bueno para el piano también. Pero era gordo y, aunque la rumba le brotaba a borbotones por todos lados, no se la podías creer, porque era gordo. Bueno, pues Amalia entró a cantar con nosotros para completarme a mí. Y era todo lo contrario de Monchorro: le creías hasta lo que no traía encima. Si desentonaba, parecía estar haciendo variaciones; si cambiaba la letra por olvido, el cambio mejoraba la letra. Y no necesitaba empezar a bailar, insinuaba el primer paso y pensabas que lo siguiente era Ninón Sevilla. Yo, apenas la vi, apenas canté con ella la primera vez, dije: “Ésta. No hay más”. Ya ves que a cierta edad uno tiene obsesiones absurdas, como qué va a ser de grande y ese tipo de cosas. Yo tenía la obsesión de qué mujer iba a elegir y cuál era mi tipo de mujer. A los dos días de conocer a Amalia Sobrino, dije: “Ésta”. Y ésa fue. Pero lo fue tanto, que me apendejé, mi hermano. Como dicen, que el amor apendeja. Andaba con ella en todas partes: tocábamos juntos, ensayábamos juntos. Los domingos en la mañana nos subíamos en una lancha y salíamos al río. Pero nunca íbamos solos, ahí es donde estaba la pendejada. Siempre venía con nosotros Monchorro y siempre venía friegue y friegue con el asunto de quién era mejor rumbero, él o yo. Y que si yo no sabía más que cantar y rascar pero nada de música y él tocaba el piano, componía arreglos y tenía la voz mejor educada. Y luego, que si teníamos éxito por mi voz o por sus arreglos. Y luego, que le habían dicho que por qué me tenía al frente del conjunto cantando y él atrás. Puro pique, rivalidad. Lo cierto es que nos iba muy bien y hasta empezamos a ganar algún dinero de tocar en los pueblos de la ribera. No faltaban fiestas ni tocadas. En todas estábamos. Un día que volvíamos de una tocada, nos tocó en la lancha juntos a Amalia y a mí. Estaba la luna grande y blanca en el cielo y su camino de plata sobre el río, como dice la canción. Entonces voy y le tomo la mano a Amalia de sorpresa, me la quiere retirar pero no la dejo y le digo: “Te adoro, chiquita. Quiero que seas mi mujer”. No me dice nada, se queda como retraída y le insisto: “Quiero que seas mía. Me quiero casar contigo”. Acababa de cumplir ella diecinueve años y yo tenía veinticuatro, así que estábamos tal para cual. Pero entonces me dice: “No puedo”. “¿Por qué no puedes?”, le pregunté yo. “Porque no”, me dijo ella. “¿Por qué? ¿Por qué?”, insistí yo y entonces ella me dijo: “Quiero a otro”. Bueno, pues naturalmente me quise morir y anduve como un loco bebiendo y dando pena una semana, luego de lo cual me reintegré al grupo. Y me recibe Monchorro con la sorpresa: “No sabíamos cómo decírtelo”, me dice el cabrón, “qué bueno que ya te lo dijo Amalia. El caso ahora es que, como Amalia y yo nos queremos desde hace tiempo, hemos decidido casarnos”. “¿Tú y Amalia?”, le dije a Monchorro, le grité. “Amalia y yo”, me dijo Monchorro, muy serio. “Pero si tú no eres más que un pinche gordo”, le dije. “¿Cómo crees que Amalia va a estar enamorada de ti? Se va a casar contigo por conveniencia, porque eres rico, cabrón”. No había acabado de decirle eso, cuando ya lo tenía encima tratando de triturarme. Me zafé como pude y luego abusé de él, pegándole por todos los lados, bailando a su alrededor y esquivándolo cuando trataba de abrazarme. De ahí me fui directo a casa de Amalia. No quería salir, pero al fin se asomó a la ventana. “Te vas a casar por conveniencia”, le dije. “Tú no puedes querer a ese pinche gordo. Lo que quieres es su dinero”. No dijo nada, sólo se me quedó mirando y empezó a llorar. Y yo entendí eso como una aceptación de que se iba a casar por dinero. Entonces le dije “Voy a volver a este pinche pueblo más rico que él y te vas a arrepentir de lo que estás haciendo ahorita”. Yo había visto aquella película de Jorge Negrete y Gloria Marín donde no los dejan casarse porque ella es rica y él pobre y Jorge Negrete se va y regresa rico años después. Me dije: “Yo voy a hacer lo mismo”, y así fue. De hecho ya tenía una oferta para irme a cantar con un conjunto a Veracruz. Acepté y me fui
—Y empezó el éxito —dijo Linares.
—Empezó el éxito —dijo Lobo.—Mejor dicho: llegó. Llegó casi de un mes para otro. Me encontré con Melón, formamos nuestro conjunto y empezamos a tocar en fiestas y donde se pudiera. Casi todos los días teníamos, a veces hasta dos tocadas. Empezamos a cobrar más y a meter nuestros propios arreglos. De pronto, en el curso del mismo mes, nos cayó una propuesta para grabar un disco y otra para tocar en un centro nocturno de la ciudad de México, ganando el triple de lo que ganábamos. Pues de ahí para el real: tuvimos llenos sin parar en el centro nocturno y cuando salió el primer disco, pás, en una semana diez mil discos vendidos, cincuenta mil en dos meses y cien mil ese semestre. Y la avalancha de lana y chamba y presentaciones. Y muchachas. El año del 59 fue el gran año para nosotros. De pronto estábamos en las fiestas de todo México y todo México venía a vernos, donde nos presentáramos: en giras, en bailes de gala, en centros nocturnos, en los bailaderos populares, en todas partes… Menos en Tlacotalpan. Porque no quería yo volver a Tlacotalpan, sino hasta que ese éxito fuera abrumador. Pero el éxito nunca es abrumador, Linares. Siempre quiere más, siempre está insatisfecho, exige siempre más de lo que tiene. Es como algunas mujeres, como las mujeres que valen la pena. Entonces no quería ir a Tlacotalpan, hasta que vino un día Melón y me dijo: “Tenemos esta oferta de tu pueblo hace un año. Empezaron ofreciendo menos que nadie y ahora pagan dos veces más que cualquier otro pueblo”. “No es un pueblo, cabrón”, le dije yo. “Es mi ciudad natal”. “Igual pagan el doble”, me dijo Melón. “Ya firmé que vamos. Si tú no quieres venir, yo voy solo. Total, cobro la mitad de lo que ofrecen pero gano doble, porque no voy a compartir contigo”. Me mató con ese argumento. No por el dinero, porque el dinero nunca me importó ni me importa ahora. Me mató porque puso las cosas como eran, a ras de tierra.
—Y porque sabías ya lo de la quiebra de Monchorro —dijo Linares, que había escuchado la historia unos días antes.
—¿Cual quiebra de Monchorro? —pregunté yo, que no la había escuchado.
—La quiebra de su familia —precisó Lobo. —El papá se metió en un lío de juego y el tío hizo un fraude de no sé qué. El caso es que vendieron la mitad del centro de Tlacotalpan, que era de ellos y la fortuna se fue al caño. Se la llevó el Papaloapan, como decían allá cada vez que algo se perdía: gallina, mujer o riqueza. Monchorro conservó suficiente para poner una tienda de abarrotes y quedarse con una casa de las afueras, lo cual, para los Robles, su familia, era como vivir en el resumidero del río, en la mandinga, en la mierda. Ellos, que habían vivido por generaciones en el corazón de Tlacotalpan. Pero tiene razón Linares. Yo me había enterado de esa quiebra y, te lo confieso, hermano —me dijo a mí, como si me debiera esa lección y quisiera evitarme su comprobación en carne propia—, te lo confieso: por eso fui, no por otra cosa: porque quería llegar en triunfo, como me había propuesto, y verlos quebrados, viviendo en las afueras, donde yo había vivido siempre. Para mí eso había sido mi orgullo. Pero para ellos era la humillación. Y para mí, mi triunfo. Así de simple y triste es la venganza, mi hermano. Una mierda. Y un goce terrible. Así de simple. Llama al mesero que nos ponga gasolina.

No hizo falta. El mesero estaba ahí junto, escuchando la historia y escuchó también la orden de Lobo, que seguía pidiendo por adelantado, cuando le quedaba todavía una copa sin probar en la mesa.

—Así fue, mi hermano —dijo Lobo, antes de emprenderla con ella.

Se quedó un rato callado, pasándose el dedo índice por el labio inferior, primero como si recordara cosas autónomas de su relato que lo hacían reír, luego con un gesto obsesivo y enfático, que deformaba su rostro.

—Entonces llegaron a Tlacotalpan —dijo Linares, desatando ese remanso de silencio imbécil y a la vez conmovedor, como si en él viviera todo el estupor de Lobo por el desenlace de su propia historia.
—Llegamos, mi hermano —dijo Lobo, llegando efectivamente a la orilla de su laguna. —Y era una fiesta Tlacotalpan, como si estuviera de carnaval. Los barcos en la ribera tocaban sus sirenas, repicaban las campanas de la parroquia, los niños de la escuela estaban formados haciendo valla y todos los conjuntos del Papaloapan tocaban a nuestro paso nuestras canciones. No puedes imaginar lo que fue esa llegada en nuestro autobús al centro. Era la rumbeada más grande del mundo, mi hermano. Te digo: como carnaval. Y así siguió, toda la tarde y hasta la noche. Cuando pusimos nuestros instrumentos en la plaza de armas, había una multitud como de mitin político. Y en cuanto echamos el primer acorde, todos a bailar. Pura rumba, mi hermano. Ni una suavecita les echamos, pura rumba y guaguancó y africanadas. Y a sudar, mi hermano. Sudaron toda la sangre negra de Tlacotalpan esa noche, mi hermano. Veías ancianas y gente mayor moviendo el bote como si trajeran cuerda, horas y horas, hasta la madrugada. No nos dejaban ir, y no nos queríamos ir tampoco. Les tocamos tres veces todo el repertorio, hasta que Melón dijo: “Ya estuvo. Vámonos”, y nos escurrimos al hotel sin decir nada, metiendo poco a poco a los suplentes para que la música siguiera sin nosotros. Llegué al hotel afónico, vaciado, feliz como no recuerdo haber estado nunca. Y para coronar la fiesta, quién crees que estaba esperándome ahí, en el lobby.
—Doña Amalia Sobrino —dije yo.
—Amalia Sobrino —dijo Lobo y agregó con su gentil ironía. —¿Cómo adivinaste? ¿No será que ves demasiadas telenovelas?
—Ni una —dije yo.
—Pues por lo menos ésta que te estoy contando, mi socio —dijo Lobo.
—Ojalá fuera una telenovela —dije yo.
—Eso sídijo Lobo. —Nos hacíamos ricos, ¿no?
—¿Pero qué pasó con Amalia? —urgió Linares.
—La cosa más linda del mundo, mi hermano —dijo Lobo. —Ni una palabra nos dijimos. Se vino derechito a mí, como si acabáramos de vernos el día anterior, se metió bajo mi brazo y diez minutos después estábamos metidos en la cama, sin hablar, sólo haciendo y haciendo, ya sabes tú: haciendo y haciendo, mi hermano, nada de jícamo, puro saoco, hasta el amanecer. A veces pienso ahora que todo el esfuerzo y la chamba de mi vida han tenido el único sentido de que pudiera yo vivir aquel día y aquella noche. Lo demás, ha sido como un pilón, y así lo tomo: como un extra. Ahora, te voy a decir lo que más recuerdo de esa noche con Amalia: luego de que termino, me recuesto a su lado y la veo que me mira sonriendo, maliciosa y maternalmente, como saben mirar las mujeres, y le digo: “¿De qué te ríes, chiquita?”. Y me contesta: “De ti”. “¿De mí por qué?”, le pregunto. “Bueno, de mí también”. “¿Por qué también de ti?”, le digo. “Porque me gusta”, me dice. “¿Te gusta qué?”, le digo. “Me gusta como te vienes”, me dice. “¿Cómo me vengo?”, le pregunto. “Con mucho sonido”, me dice. “¿Con mucho sonido? ¿Cómo?”, le digo. Y entonces me dice la cosa que más recuerdo de todas: “Como sirena de barco”, me dice. Hazme el favor, Linares como sirena de barco. ¿Te han dicho eso alguna vez?
—No —reconoció, muy impresionado, Linares. —Esa sí que no.
—Pues esa fue, mi hermano: como sirena de barco —dijo Lobo. Volvió a ponerse el dedo índice sobre el labio y a repasarlo con un énfasis juguetón al principio y obsesivo al final.
—¿Y entonces? —volvió a urgir Linares.
—Entonces nos levantamos —siguió Lobo, —nos bañamos, nos vestimos, y le dije: “Nos vamos al mediodía en el autobús. Quiero que recojas tus cosas y te vengas conmigo”. Y me dice: “No”. Le digo: “¿Necesitas más tiempo? Vengo por ti mañana o la semana entrante. Cuando tú me digas”. Y me dice: “No me voy a ir contigo”. “Pero por qué, chiquita?”, le digo. “Porque no”, me dice. “¿Pero por qué, por qué, carajo?”, le digo, gritándole casi. “Ya te lo dije”, me dice la chiquita. “Quiero a otro”. “Lo quieres fregar”, le dije. “¿Cómo me vas a decir que quieres a otro después de la noche que nos pasamos?”. “Yo te debía esa noche”, me dijo. “Y me la debía también a mí. Porque me gustas mucho. Porque siempre me gustaste. Pero yo quiero a Monchorro, y así es”. “No entiendo chiquita”, le dije. Y no entendía Linares, todavía no entiendo bien ahora, pero entonces menos. “No entiendo”, le dije, “¿Cómo es posible que te vengas a acostar conmigo y quieras a otro? No lo entiendo”. Y me dice la chiquita “Igual que tú te has acostado con otras queriéndome a mí”. “No es igual”, le digo. “Tú me rechazaste”. “Es igual”, me dice. “Y yo no te rechacé. Lo único que pasa es que yo quiero a Monchorro. Y vine a verte anoche para quitarte de la cabeza que me quedé con él por su dinero. No fue por eso. Fue por él”. Entonces sí enloquecí, Linares. Tiré el pichel contra el espejo y empecé a brincar en la cama, de rabia, hasta que se rompió el tambor. Amalia se encerró en el baño. Al rato se me pasó el coraje y le toqué. Abrió y asomó su carita perfecta, blanca. “Ya entendí”, le dije. Entonces ella empezó a llorar. Al rato también se le pasó. Recogió su chal y su bolsa y vino a despedirse. Me dijo: “Pase lo que pase, prométeme que te vas a acordar de esta noche conmigo”. “Voy a comprar una sirena de barco”, le dije. “Yo ya tengo la mía”, me dijo. Me acarició la mejilla y se fue. Ya por la tarde, en el autobús, me quedé dormido y de pronto, en una curva, me desperté con el recuerdo de Amalia fijo dentro de mí. Y un vacío, mi hermano, como un golpe en el estómago. Y ahí están todavía: el recuerdo y el vacío, como letra de bolero. Yo digo que no me recuperé de esa. Trae más brandy —le dijo al mesero.

Nos quedamos callados, viéndolo y él viendo un punto muerto en el piso del bar. Finalmente sacudió la cabeza y nos regaló su maravillosa sonrisa.

—Pues eso fue todo —dijo. —Ahora, por lo que se refiere al éxito, pues ya viste que siguió algunos años. La gente, la rumba, las chamacas. Y qué chamacas, mi hermano. Pero ya todo fue como fiesta de carnaval, ¿no, Linares? Quiero decir, en el carnaval uno va de baile en baile, de trago en trago, de cama en cama, pero al día siguiente te bañas y todo se va por el caño. Nada se adhiere bien, nada se queda en ti. Pues yo digo que así fue para mí lo que siguió, como si le pasara a otro: el éxito, la lana, el trago, la buena ropa. Y las chamacas, siempre las chamacas. Sin presumir: no sé cuántas. Pero como les digo, igual que en el carnaval: tampoco puedo recordar prácticamente a ninguna. ¿Me crees, Linares? A ninguna.
—Yo recuerdo una con la que te vi salir de El Limonal, hace veinte años —le dije.
—¿Iba contenta, mi hermano? —preguntó Lobo.
—Desmayada —dije yo.
—¿Y estaba bien?
—Sophia Loren.
—¿Así de bien, mi hermano? —dijo Lobo.—¿No tendrás a la mano su teléfono?

Reímos una vez más con la frescura y la rapidez de su humor, pese a la increíble colección de brandys que se había bebido.

En eso ocupó el escenario el último conjunto tropical de la noche y empezó a tocar Amalia Batista. Lobo empezó a tararearla desde la mesa, pegando con el revolvedor en los vasos y creando con el tintineo una pequeña atmósfera musical para nosotros. “Esa es la mejor de todas”, sentenció cuando terminaron. Luego nos dijo:

—Les voy a cantar una para celebrar que me hicieron recordar a Amalia. Voy a cantarles la que siempre le he cantado a ella. Una de las pocas que sigo cantando como si la cantara por primera vez, porque me recuerda a la chiquita. Va para ustedes.

Le dio unas cuantas instrucciones al pianista y otras al cantante sobre los coros. En medio de los aplausos, tomó el micrófono y, sobre las primeras notas del conjunto, dijo: “Para unos amigos aquí presentes que me han hecho recordar mejores tiempos, esta canción que nos recuerda aquellos tiempos”.

—Mira nada más la que va a cantar este cabrón —dijo Linares, desbordado de dicha.

Lobo empezó a cantar, efectivamente:

Turbio fondeadero donde van a recalar
barcos que en los muelles
para siempre han de quedar

—Niebla del riachuelo, cabrón —dijo Linares. —Es la que estábamos cantando en La Posta.

Cantó Lobo:

Sombras que se alargan en la
noche del dolor
náufragos del mundo que han
perdido la ilusión

La increíble melancolía de la canción manaba de su voz multiplicada, con el fulgor de una verdad densa y triste, casi voluptuosa en la desnudez nostálgica de su sufrimiento, casi celebratoria de su indigencia.

Puentes y cordajes donde el viento
viene a aullar
barcos carboneros que jamás han
de zarpar

Las riberas del Papaloapan y el ángel pluvial que custodia Tlacotalpan bajaron hacia mí por esos versos, envolviendo con la voz honda e inspirada de Lobo la imagen acuática, eternamente joven, de Amalia Sobrino.

Torvo cementerio de las naves
que al morir,
piensan, sin embargo, que hacia
el mar han de partir

—¿Oyes la sirena de esos barcos, Linares? —le pregunté.
—Completita —dijo Linares, y cantó desde su asiento, con Lobo:

Niebla del riachuelo
amarrada al recuerdo:
yo vivo esperando
Niebla del riachuelo:
este amor para siempre
me vas alejando

Entonces Lobo vino hacia nuestra mesa, con su gran y fresca sonrisa amistosa de toda la vida, y nos cantó enfrente los versos que no se habían marchitado en él y cuyo secreto era nuestro secreto de esa noche.

Nunca más volvioó
Nunca mas la vií
Nunca más su voz
nombró mi nombre
junto a míííí
Esa misma voz
me dijo adiós

—A él —dljo Linares. —Precisamente a él.

Nos despedimos de Lobo ya de madrugada, en las afueras del antro. Linares me llevó a mi casa, con su estoico chofer dormido atrás. No hablamos en el camino. Tampoco volvimos al antro la semana siguiente, como habíamos prometido.

Casi un año después, llegó al periódico la noticia escueta de que Adrián Navarro, mejor conocido en el ambiente artístico de los años sesenta como Lobo, había muerto durante un descanso de sus shows en un cabaret de la ciudad de México, donde seguía presentándose. Llamé a Linares para decírselo. Nos dolimos de nuestra indiferencia y de no haberlo ido a escuchar de nuevo. Traté de escribir entonces un relato contando la historia que Lobo nos había regalado. No pude. Hice sólo una mención adolorida de su muerte, en el cuerpo de un artículo sesudo que se quejaba, retóricamente, por no sé qué falsa calidad perdida de nuestra vida pública. Cuando lo leí al día siguiente, pensé que Lobo no lo hubiera entendido y reconocí sin más mi deuda con su historia, esa deuda inefable cuyo monto de dicha y desdicha no he podido pagar sino hasta ahora, cuando todo aquel mundo se ha ido pero queda sin embargo para siempre, como la rumba, en nuestro cuerpo y en nuestro corazón.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor, historiador y periodista. . Su novela más reciente es Adiós a los padres.


* Alejo Carpentier: Crónicas, Vol. ll, pp. 80 y ss. Instituto Cubano del Libro, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1976.

Las joyas de la corona

Se acerca el momento en que el gobierno federal tendrá que tomar decisiones fundamentales respecto a las licitaciones restantes de campos petroleros y bloques de exploración de la Ronda 1. Las actuales condiciones económicas y financieras de la industria petrolera internacional obligan a reevaluar la conveniencia de licitar en 2016 lo que muchos consideran las joyas de la corona de la industria petrolera de México. Cierta información aparecida recientemente llama la atención sobre el diferimiento de un número creciente de proyectos de exploración y de desarrollo en aguas profundas y ultra-profundas en otras partes del mundo, así como de la reducción prevista por las grandes empresas petroleras de su gasto de inversión en el presente año. En este artículo se argumenta que México debe diferir, mas no cancelar, las licitaciones en aguas profundas, campos de crudo extra-pesado y recursos no-convencionales que forman parte de la Ronda 1.

El 17 de diciembre pasado –justo antes de las vacaciones de fin de año— se publicaron la convocatoria, las bases de licitación, los criterios de precalificación y los modelos de contrato —bajo la modalidad de licencias—  para cuatro bloques exploratorios en el área del Cinturón Plegado de Perdido, cerca de la frontera marítima con Estados Unidos, y seis bloques más en la Cuenca Salina del Istmo, al nornordeste de Coatzacoalcos. En esa misma fecha la Comisión Nacional de Hidrocarburos anunció que la licitación para campos de extracción de crudos pesados y extra-pesados se aplazaría hasta nuevo aviso. Esta decisión se fundamentó en la alta volatilidad de los precios observada en el mercado petrolero internacional en meses recientes y con el fin de preservar las mejores condiciones para el Estado de su futura licitación. Previamente, algunos funcionarios declararon que se pospondrían las licitaciones de recursos no-convencionales.

Nuevas bases de licitación

La fecha para la presentación y la apertura de las propuestas quedó indeterminada en las bases de la cuarta licitación, donde se señala que dicha fecha será definida en el tercer trimestre de 2016 y el acto se llevará a cabo cuando menos 90 días después. Así por ejemplo, si se anunciara el 30 de septiembre, en el mejor de los casos la apertura de propuestas sería a principios de 2017, aunque podría ser después. La indeterminación de una fecha crítica como ésta es poco usual. Refleja una cierta indecisión ante condiciones particularmente difíciles y frente a posibles presiones políticas que exigen ceñirse al calendario original, haciendo caso omiso a las condiciones imperantes en el mercado. Se les pide a las empresas contratistas preparar ofertas para una fecha incierta y distante.

Las licencias tienen una duración inicial de 35 años, con dos posibles prórrogas, de 10 y cinco años respectivamente, por lo que su vigencia podrá extenderse hasta 50 años.  Contemplan un periodo inicial de exploración de cuatro años durante el cual el contratista deberá cumplir con un programa mínimo de trabajo establecido en el contrato. En esta etapa se prevén dos periodos adicionales de tres años cada uno, en los que el licenciatario se compromete a perforar un pozo exploratorio en cada periodo. Así, el licenciatario no está obligado a perforar pozos en los primeros cuatro años del periodo de exploración. Al término de este plazo podría dar por terminado el contrato sin haber perforado siquiera un pozo. Sólo se le obliga a perforar dos pozos en los siguientes seis años.

El tamaño de los bloques de exploración de la cuarta licitación resulta sorprendente por su generosidad. En el área de Perdido el promedio es de 2 055 km2, ascendiendo uno de los bloques a 3 000 km2. En la Cuenca Salina el promedio de los bloques es de 2 603 km2. Cada uno de ellos podría contener múltiples campos. Estos bloques son mucho más grandes que los de la primera licitación mexicana, que promediaron 302 km2. La nuevas dimensiones contrastan con los bloques de 23 km2 en el sector estadounidense del Golfo de México, una diferencia media de dos ordenes de magnitud. La disparidad entre los dos lados de la frontera marítima resulta paradójica. Contrastan también con los bloques de 250 km2 del sector británico del Mar del Norte y de 500 km2 del sector noruego. Si bien la primera ronda de Brasil ofreció bloques de gran dimensión, esta decreció significativamente en cada una de las  rondas posteriores. Así por ejemplo en la ronda 6 el tamaño promedio de los bloques concedidos fue de 260 km2. Los nuevos bloques mexicanos se acercan más a los existentes en África Occidental y África Oriental.  

El mayor tamaño de los bloques no vino acompañado de un programa mínimo de trabajo más exigente. Todo lo contrario: la perforación de un pozo exploratorio en el área contractual no forma parte del programa mínimo al que está obligado el contratista. Es parte opcional del incremento en el programa mínimo, en el caso en que se haya comprometido a perforarlo en el periodo inicial de exploración, como parte de su propuesta económica. Así, el contratista tiene la opción de no perforar un sólo pozo en los cuatro años del periodo inicial de exploración.

Si tomamos en cuenta la duración posible del contrato, el tamaño de los bloques y la naturaleza del programa mínimo de trabajo, resulta que la licitación constituye una opción de bajo costo en la que las obligaciones del licenciatario son pocas, dado que puede diferir trabajo sustantivo por un buen número de años. Así, al bajo costo de participar en la licitación se agrega el alto rendimiento potencial asociado a eventuales descubrimientos. Si las condiciones actuales del mercado y las finanzas de las empresas petroleras alientan el diferimiento de la perforación del primer pozo y un mayor espaciamiento temporal de los subsecuentes, el Estado recibiría pocos beneficios a mediano plazo. Si éste fuera el caso, convendría al gobierno esperar a que mejoren las condiciones del mercado para licitar los bloques exploratorios. En ese momento tendería a intensificarse la competencia entre un mayor número de postores y habría un mayor disposición a correr riesgos. El gobierno de México podría entonces exigir mejores condiciones contractuales.

El costo para México de retrasar una licitación exploratoria uno o dos años es bajo, dado que las actividades de exploración y desarrollo en aguas ultra-profundas suponen largos ciclos. En la fase de exploración de estos proyectos el derrame económico en el país es mínimo debido su altísimo contenido importado. Basta recordar que el contrato sólo exige un contenido nacional mínimo de tres por ciento en el periodo inicial de exploración, ascendiendo a seis por ciento en el primer periodo adicional y ocho por ciento en el segundo. En países en desarrollo este tipo de proyectos adoptan necesariamente un patrón de enclave. A su vez, los ingresos están vinculados a la extracción y es poco probable que la primera producción se logre mucho antes del término del próximo periodo gubernamental.

Mercados e inversiones deprimidos

Es difícil saber si el precio del petróleo tocó fondo, aunque todo parece indicar que los niveles inferiores a 30 dólares por barril no son sostenibles. En el segundo semestre de 2015 el precio spot del crudo Brent cayó 47 por ciento en relación al mismo periodo del año anterior y, en el mes de enero de este año disminuyó 18 por ciento respecto al promedio de diciembre pasado. Los próximos meses serán cruciales. Frente a un trimestre en el que la demanda estacional de petróleo es baja, el regreso de Irán al mercado, niveles de producción récord en Rusia y un elevado ritmo de producción de la OPEP contribuirán a la acumulación de inventarios globales, los cuales han alcanzando niveles sin precedente. El mercado podría comenzar a reequilibrarse en el ultimo trimestre de 2016, pero es más probable que no lo haga sino hasta el primer trimestre de 2017. Mientras tanto, el precio no podrá recuperarse de manera significativa, salvo si se registra un evento geopolítico importante en regiones productoras.

En la primera semana de febrero algunas de las principales empresas petroleras dieron a conocer sus resultados financieros del cuarto trimestre de 2015 y del año en su conjunto. BP reportó sus mayores pérdidas en 20 años; Chevron incurrió en su primera pérdida trimestral en más de 13 años; las utilidades de Exxon de 2015 cayeron a la mitad en relación a las obtenidos el año anterior, gracias en parte a márgenes particularmente elevados en materia de refinación; las utilidades de Shell cayeron 80 por ciento en 2015; y ConocoPhillips, la mayor empresa petrolera especializada en actividades extractivas, se vio obligada a disminuir los dividendos que pagará a sus accionistas. Después de anunciar los resultados del cuarto trimestre de 2015, su principal ejecutivo, Ryan Lance, declaró “Si bien no sabemos hasta dónde caerá el precio del petróleo ni la duración del periodo de bajos precios, resulta prudente planear sobre la base de precios bajos por un periodo más largo”.

El debilitamiento financiero de las empresas las ha obligado a reforzar su disciplina en materia de asignación de capital. Las reducciones del gasto de inversión en 2014, 2015 y las previstas para 2016 son evidencia de un proceso tan doloroso como necesario. En semanas recientes las principales empresas petroleras anunciaron su intención de reducir el gasto de inversión en el presente año. Exxon, la mayor de las grandes empresas petroleras internacionales, dio a conocer una baja de su gasto de inversión de 19 por ciento el año pasado y prevé un decremento adicional de 25 por ciento en 2016; Chevron reducirá su inversión 22 por ciento en 2016 y tendrá que hacer un esfuerzo adicional en 2017; y Statoil recortó su gasto de capital 27 por ciento en 2015 y se propone otra reducción de 12 por ciento en 2016. Shell informó que recortará un total de 10 mil puestos de trabajo en el bienio 2015-2016, reducirá 23 por ciento el gasto de inversión en el presente año y planea vender activos por un monto cercano a 29 mil millones de dólares. El flujo de efectivo de casi todas estas empresas ha resultado insuficiente para financiar el  pago de dividendos y sus programas de inversión, por lo que han tenido que endeudarse, en algunos casos excesivamente. En pocos días se reducirá la calificación crediticia de un buen número de empresas petroleras. Las que tendrán una mayor baja son las que se dedican exclusivamente a actividades extractivas de la industria, como ConocoPhillips y Hess. En estas condiciones las empresas petroleras internacionales contarán con escasa capacidad discrecional para invertir montos significativos en nuevos proyectos exploratorios.

La encuesta de intenciones de inversión de 225 empresas petroleras llevada a cabo por Barclays y publicada a mediados de enero de este año, concluye que su gasto de inversión en 2016 disminuirá por segundo año consecutivo. En los 31 años que se ha realizado esta reconocida encuesta, sólo en 1986-87 se había observado una reducción bienal. La contracción registrada en 2015 fue de 23 por ciento y se estima que en 2016 el gasto disminuirá otro 15 por ciento. Sin embargo, si el precio del petróleo crudo se mantiene en 40 dólares por barril, la inversión declinaría 20 por ciento. Al precio actual la contracción sería aún mayor. De particular relevancia para la cuarta licitación es la previsión de que el gasto de inversión mar adentro caerá entre 20 y 25 por ciento en 2016. Dichas empresas aspiran a reducir costos un 30 por ciento antes de autorizar nuevos proyectos de desarrollo y reanimar las actividades exploratorias. Asimismo, cancelaron los contratos de 10 plataformas de perforación flotantes en el segundo semestre de 2015 y se tiene previsto que este número aumente en 2016.

Los recortes de gastos de inversión de las grandes empresas petroleras se han traducido en el diferimiento de actividades exploratorias y de proyectos de desarrollo. En unos cuantos casos se ha procedido, inclusive, a su cancelación. El número de decisiones finales de inversión aplazadas ha seguido creciendo. La empresa consultora Wood Mackenzie identificó en junio y en diciembre de 2015 un total de 68 proyectos de gran escala que fueron diferidos debido al bajo precio del crudo y a una insuficiente reducción de costos. Estos proyectos, que no han logrado obtener una decisión final de inversión, cuentan con reservas comerciales de 27 mil millones de barriles de petróleo equivalente. Los más afectados son los 29 proyectos que se encuentran en aguas profundas. Un buen número de ellos no son rentables a precios menores a 60 y 50 dólares por barril, dado su elevado precio de equilibrio.

Las grandes empresas petroleras necesitan mayores precios o menores costos para hacer rentables sus proyectos, particularmente los que se ubican en aguas profundas. La trayectoria de los precios está fuera de su control. En cambio, pueden actuar sobre los costos para reducir el precio de equilibrio de sus proyectos. En la industria se habla hoy de la necesidad  de reducir costos mar adentro en un 30 por ciento. Se han registrado algunas reducciones, pero aún están lejos de la meta planteada. Las empresas que participan más activamente en la explotación de arenas bituminosas en Estados Unidos darán a conocer sus resultados de 2015 más tarde en febrero. Las expectativas son particularmente pesimistas. Por su parte, las empresas de servicios no vislumbran una recuperación de sus actividades en 2016 y prevén un deterioro adicional de los precios de sus servicios.

Las empresas petroleras presionan a las empresas de ingeniería y construcción, de servicios petroleros y de perforación para que reduzcan los precios de los insumos que les provén. Hasta ahora han logrado una reducción a todas luces insuficiente y casi toda de carácter cíclico. Necesitan lograr una disminución adicional significativa, así como instrumentar cambios estructurales que se traduzcan en mejoras de la eficiencia de la industria, para que la baja de costos logre sostenerse. La principal fuente de presión se deriva del diferimiento de proyectos de inversión y la terminación, en algunos casos temprana, de contratos de arrendamiento de plataformas y equipos de perforación. Hay un elemento táctico inequívoco en la oleada creciente de diferimientos y cancelaciones. Estos continuarán a lo largo de 2016 con objeto de acercarse a la meta de reducción de costos. Destaca el diferimiento en los últimos 12 meses de cinco proyectos de inversión en aguas profundas del Golfo de México.

Reposicionamiento estratégico

A partir de la publicación de las bases de la primera licitación en diciembre de 2014, el gobierno de México concedió términos y condiciones contractuales cada vez más atractivos a las empresas y consorcios que participaron en las siguientes licitaciones. Esta ha sido la respuesta a las conversaciones que han sostenido sus funcionarios con ejecutivos de dichas empresas, al deterioro observado del mercado y de sus perspectivas, y al marcado afán gubernamental de proseguir, contra viento y marea, con su programa de licitaciones. La aceptación de lo que se consideran condiciones competitivas en un mercado de compradores a la baja sólo puede seguir una dirección: ajustes cada vez más favorables a los contratistas.

Insistir en ir adelante con la cuarta licitación expone a la parte mexicana a que los interesados exijan ventajas adicionales para participar en condiciones tan difíciles. Las autoridades gubernamentales deben estar conscientes  de que todo lo que se ha cedido será irreversible durante el resto de la presente administración. Dichas concesiones formarán parte de la plataforma de negociación para posibles licitaciones en 2017 y 2018. Va a ser necesario un cambio fundamental de circunstancias y un nuevo equipo negociador para revertirlas, en caso de así quererlo. Si los precios se mantienen cerca de los niveles actuales, un importante riesgo adicional es que disminuya el número de empresas que efectivamente participen en la licitación, limitando así la competencia. En las bases de licitación y en los contratos las autoridades se reservan el derecho a modificar la convocatoria y los contratos, así como cancelar la licitación por cualquier motivo y por cualquier causa. No obstante, por cortesía convendría anunciar un eventual aplazamiento lo más temprano posible, evitando así que los licitantes gasten dinero y tiempo en la preparación de sus propuestas.

Dadas las condiciones y la incertidumbre del mercado, así como las restricciones financieras a las que están sujetas las empresas petroleras, es posible que aquellas que tienen contemplado participar en la cuarta licitación agradezcan su diferimiento. Sería también comprensible que reiteraran a las autoridades que están listas y que desean hacer una oferta ahora, pues no quieren quedar fuera de la licitación en la que otros participen o cuestionar una decisión tomada por el gobierno. Sin embargo, en la medida en que el diferimiento afecta a todos, este podría representar un alivio. Al término de enero ocho empresas habían solicitado acceso al cuarto de datos y recibido la autorización correspondiente;  y cuatro de ellas —Chevron, Hess, Shell y Total—  habían iniciado el proceso de pre-calificación.

La extrema debilidad financiera de Pemex podría justificar la monetización de las inversiones realizadas en los campos que descubrió en el área de Perdido. Para ello tendrían que resolverse las diferencias que guarda con las autoridades en relación a la estructura de la coinversión —de los mal llamados farmouts. Específicamente, tendrían que acordar quien sería el operador del consorcio que se formaría, tomando en cuenta la dificultad de que participantes privados acepten invertir en proyectos caracterizados por su complejidad, sin que uno de ellos sea el operador. Iniciar las licitaciones en el área de Perdido, en campos descubiertos con reservas certificadas y con mayor información técnica, contribuiría a elevar el valor de bloques exploratorios adyacentes. Las inversiones en los campos descubiertos tendrían, además, un impacto más inmediato. Sin embargo, esta alternativa deberá analizarse en el contexto de otras opciones de financiamiento de Pemex y del gobierno federal.

En la historia petrolera mexicana las verdaderas joyas de la corona son los complejos Pánuco-Ébano-Cacalilao, Poza Rica, Antonio J. Bermúdez, Abkatún-Pol-Chuc, Cantarell y Ku-Maloob-Zaap, todos ellos asociados al descubrimiento de campos gigantes y súper-gigantes. Dichos complejos se caracterizaron por los grandes volúmenes y bajos costos de producción. Los campos descubiertos en años recientes no son tan ricos ni esplendorosos como estos complejos, dado que sus reservas son una fracción y sus costos un múltiplo de éstos. Las reservas, la productividad y los márgenes obtenidos en los campos de aguas profundas y ultra-profundas del sector estadunidense del Golfo distan mucho de las registradas en dichos complejos. Razonando por analogía, no parece probable que los campos del lado mexicano del área de Perdido sean mucho mejores. Aún así se trata de proyectos rentables a precios superiores a los 50 dólares por barril, que podrían ser una fuente importante de petróleo crudo que más adelante contribuya a compensar la declinación del legado de campos maduros de Pemex.

La proeza tecnológica de la producción de hidrocarburos en aguas ultra-profundas vino asociada a costos importantes: factores de recuperación de hidrocarburos relativamente bajos, infraestructura compleja de grandes dimensiones, una mayor intensidad de capital, periodos de maduración de las inversiones más largos y su alta vulnerabilidad ante riesgos de seguridad y de carácter ambiental, entre otros. El manejo, supervisión y regulación de estos proyectos constituyen importantes retos para los que el país tiene que prepararse. Necesita aprovechar la experiencia y los recursos de empresas y entidades gubernamentales que participan en la extracción de hidrocarburos en tirantes de aguas cercanos a 3 000  metros. Para ello requiere establecer relaciones de largo plazo sobre bases contractuales sanas y bien equilibradas que puedan sobrevivir los amplios ciclos que caracterizan a la industria petrolera.

Conclusión

Conviene anunciar, a la mayor brevedad posible, la decisión de diferir la cuarta licitación de proyectos de exploración y extracción en aguas profundas del Golfo de México. La comunicación oficial debería hacer hincapié en que se trata de un compás de espera obligado por las circunstancias y, por ningún motivo, de una cancelación. Podría argumentarse que el programa de licitaciones continuará, aunque por ahora no se considera prudente ceñirse al calendario original, dadas los bajos precios internacionales del petróleo y su elevada volatilidad, el debilitamiento financiero de un buen número de empresas petroleras y la incertidumbre que prevalece respecto a su pronta recuperación. Estas condiciones no eran previsibles hace poco más de un año cuando se inició la Ronda 1 y, en lo que va de 2016, se ha registrado un deterioro adicional.

La decisión de posponer la cuarta licitación se daría en el marco de una reforma energética que avanza vigorosamente. Se celebraron durante 2015 tres licitaciones de bloques y campos de exploración y extracción de hidrocarburos; el  mercado al mayoreo de electricidad inició operaciones recientemente y se emprendió la restructuración de la Comisión Federal de Electricidad; se dieron los primeros pasos tendientes a liberalizar los mercados de productos petrolíferos, para abrirlos a la competencia internacional en los próximos dos años; y se avanza en la construcción de una importante red de gasoductos bajo una nueva estructura institucional y en el contexto de un nuevo marco regulatorio, entre otras medidas que están transformando al sector energético del país. Esta ambiciosa reforma no puede ajustarse a un calendario rígido, que no tome en consideración el deterioro del entorno internacional.

 

Adrián Lajous
Investigador visitante en el Centro sobre Política Energética Global de la Universidad de Columbia. Fue director general de Pemex de 1995 a 1999.

La debilidad de los medios, fortaleza de los candidatos independientes

Uno de los objetivos de todo político en edad de merecer es ser el candidato de los medios. El caso más claro fue el del actual presidente Enrique Peña Nieto, que construyó su campaña con base en una estrategia mediática y una relación comercial con los medios desde que era gobernador del estado de México. Algunas de las elecciones del pasado 7 de junio, en las que “sorpresivamente” se impusieron candidatos independientes o contrasistema contradicen claramente esta tesis. Más aún podemos afirmar que los ataques de los medios lejos de debilitarlos los fortalecieron. Este fenómeno tiene como base una debilidad institucional de los medios y su relación, cada día más pervertida, con los poderes formales.

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Ruptura del modelo económico

Los llamados medios tradicionales, televisión abierta, radio y prensa están viviendo, cada uno a su manera, una ruptura del modelo económico. Las empresas pierden mercado y rentabilidad a pasos acelerados. Hoy los jóvenes universitarios de clases medias no reconocen, ni siquiera en nombre, el Canal de las Estrellas, que hace apenas 20 años tenía la mitad de la audiencia nacional y era el buque insignia de la empresa Televisa; la mayoría de los automóviles nuevos no tienen frecuencia AM o simplemente no tienen radio. La audiencias de estos canales de radio, donde aún está la mayor parte de la oferta informativa local, están desapareciendo. La gran prensa ha perdido en diez años más de la mitad de su tiro, mientras las cabeceras de los diarios se multiplican; hay cada día más periódicos menos rentables. Todos los medios ajustan sus plantillas de redacción año con año: un periódico que tenía 100 trabajadores en el área de redacción en el año 2000 hoy tiene 30. Las radiodifusoras AM han bajado tanto el precio de sus spots que prefieren rentar el espectro por horas antes que explotarlo comercialmente. Las dos cadenas de televisión nacional, y más aún las locales, reportan números a la baja y caída de ventas no gubernamentales que llegan a 60 por ciento en los últimos cinco años.

Más oferta menos pluralidad

Más oferta no conlleva necesariamente a mayor pluralidad ni tampoco mejor calidad. La diversificación de los medios en México no es resultado de un mercado diverso sino de una estrategia de dispersión de las audiencias.

El desarrollo del mercado interno en México en los años 80 y 90 trajo como consecuencia el crecimiento de la prensa independiente que podía, por primera vez en el México moderno, vivir del mercado y no de la publicidad oficial. Periódicos como El Norte (Monterrey), Siglo 21, Informador (Guadalajara), AM (León), El Imparcial (Hermosillo), El Financiero, La Jornada y Reforma (Ciudad de México) por mencionar algunos, vivieron su época dorada en la década de los 90. Sus ingresos publicitarios venían del mercado y no de los sectores oficiales. Ninguno de éstos tenía una dependencia mayor a 10 por ciento de sus ingresos de la publicidad gubernamental. En la radio la apertura del mercado permitió el desarrollo de una radio hablada de buena factura y amplia credibilidad, y el impulso alcanzó incluso a la televisión abierta que tuvo por momentos destellos de independencia y calidad.

Esa ventana de oportunidad permitió tres cosas: la profesionalización de las redacciones, la pluralidad de voces y el desarrollo de una agenda democrática que a la postre permitió la instituciones democráticas independientes en 1997, la alternancia en la presidencia de la república en el año 2000 y la instauración de mecanismos de acceso a la información en el 2002.

La primera década del siglo XXI fue el punto de quiebre. El mercado publicitario para los medios masivos comenzó a decrecer en términos reales y la publicidad gubernamental, tanto del gobierno federal como de los estados, creció sustancialmente. En 2004 el peso del gobierno representaba el 10 por ciento del mercado publicitario; para 2014 llegó a 30; uno de cada tres pesos en los medios viene del gobierno, lo que en la práctica significa que en muchos medios el gasto gubernamental puede llegar a más de la mitad de sus ingresos (ver gráficas).

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Aumentar el peso en el pastel publicitario permitió a los gobiernos tener una mayor influencia en las decisiones de los medios a través diversas estrategias, que si bien no fueron pensadas como un plan de control, éstas se repiten en diversos estados y niveles de gobierno, desde el federal hasta los municipales. 

Parte fundamental de la estrategia de control desde los estados y ahora desde el gobierno federal ha sido la dispersión de la oferta. Parafraseando aquella metáfora norteamericana de que los medios son los perros guardianes de la democracia, los gobiernos comprendieron que era más fácil controlar a una jauría hambrienta que a una pequeña manada con instinto cazador. El modelo de dispersión de medios, que ya existía en la ciudad de México, donde desde los años 80 circulan más de 20 cabeceras de periódicos, se reprodujo en otras ciudades de la república. Hoy, en todo el país, hay más medios repitiendo lo mismo.

La segunda parte de la estrategia ha sido el control sobre la generación de contenidos. Ante la incapacidad de los medios para producir información propia, debido a los recortes ya mencionados, los gobiernos han incrementado la cantidad y calidad de la información que producen. Las salas de prensa del gobierno federal, estados y municipios son hoy por hoy los principales empleadores de periodistas (si todavía se les puede llamar así). Valga un ejemplo: el gobierno del municipio de Guadalajara tiene tantos periodistas como El Informador, el periódico más grande de la región y uno de los de mayor circulación del país.

La tercera estrategia de control ha sido entrar en contacto y negociaciones directas con los periodistas del star system. Cada vez más los periodistas estrellas, los grandes nombres de los medios nacionales o locales, participan simultáneamente en prensa, radio y la televisión.  Este grupo de élite, al que Jorge Castañeda bautizó como “la comentocracia”, se convirtió en el principal dolor de cabeza de los gobiernos en la era democrática, pues escapaban a cualquier lógica de control y su peso específico comenzaba en algunos casos a ser mayor que el de los propios medios. La estrategia ha sido negociar directamente con los periodistas. Muchos de ellos hoy son propietarios de un programa de radio o una página de internet. Si revisamos las inversiones de gobierno en los medios del star system son absolutamente desproporcionadas a su peso real, pero lo que se compra en la radio se paga en la tele, o lo que se compra en internet se paga en los programas de radio y columnas de prensa, etcétera.

Finalmente, cuando todo falla, existe también la mano dura del Estado que se deja sentir con toda su fuerza, doblega medios y saca del aire periodistas, como fue el caso del Pedro Ferriz y Carmen Aristegui que, más allá de su forma particular de entender el trabajo periodístico (ambos tienen tantos fans como detractores), el primero era el más escuchado a nivel nacional y la segunda la de mayor audiencia en ciudad de México. Lo que tienen en común estos dos conductores tan disímiles ideológicamente es que se habían convertido en un dolor de cabeza para la presidencia de la República.

La vía de las redes

Ante la crisis de los medios tradicionales, internet despliega sus encantos y posibilidades como una nueva forma de generar información y participación política. Si bien los datos no son muy alentadores en lo que se refiere a medios de comunicación en internet, sí lo son algunas experiencias puntuales que, en las más recientes elecciones locales, celebradas el 7 de junio pasado, mostraron no sólo la debilidad de los medios tradicionales sino la potencia de las redes sociales como soporte publicitario y como formadoras de opinión pública.

Sólo la mitad de los mexicanos está hoy conectada a internet (44.7 por ciento en 2014 de acuerdo con datos de Inegi) y únicamente 34 por ciento de los hogares cuenta con una conexión. Una buena parte de los usuarios accede a la red en sus centros de trabajo o sitios públicos como cibercafés. Eso hace que México tenga dos particularidades en sus hábitos de navegación con respecto a otros países de la OCDE: lo horarios de consulta se dan más durante la jornada laboral, sólo 20 por ciento usa la conexión para leer noticias, y es el país que más consume tutoriales. No es pues gratuito que el blog más visitado del país sea el de Yuya, una joven que enseña a las adolescentes cómo peinarse, pintarse o relacionarse con el novio, mientras que el blog informativo más importante es “El pulso de la república”, de Chumel Torres, un comentario sobre actualidad nacional en  tono de humor.

Ninguno de las medios creados expresamente para internet o aún las páginas de los periódicos, radiodifusoras o televisoras ha encontrado un modelo de negocio que le permita sostener una redacción en los términos profesionales y que asegure un mínimo de calidad y confiabilidad de la información. Son medios que o bien reproducen lo que están generando otros, normalmente los medios tradicionales, o tienen algunos reporteros freelance con  poco o nulo control de calidad. Las páginas de información en internet se han convertido más en un espacio para la discusión de los contenidos de otros medios que la generación de contenidos distintos o alternativos.

El primer ejemplo de cómo la las redes e internet generan su fuerza a partir del descrédito de los medios tradicionales lo vimos en la campaña de Peña Nieto y el nacimiento del movimiento “Yo soy 132”, que surgió de la indignación por un título de la cadena Organización Editorial Mexicana (OEM) repetido en más de 40 periódicos del país: “Éxito de Peña Nieto en la Ibero pese a intento orquestado de boicot”. La nota refería a 131 estudiantes que habían intentado boicotear el acto del entonces candidato del PRI. Si bien hubo otras similares, como “Peña Nieto toma el toro por los cuernos” de Impacto Diario, las cabezas compradas a diarios no sólo no ayudaron a mejorar la imagen de un candidato en problemas, sino que generaron tal indignación que fueron la causa directa de la creación del hashtag #YoSoy132.

Este mismo fenómeno lo vimos en tres campañas locales que fueron capaces de vencer no solo al establishment sino sobre todo la idea de que la imagen y la campañas políticas se hacen en televisión, con televisión y para la televisión: la de Jaime Rodríguez, “El bronco” que ganó la gubernatura de Nuevo León; la de Enrique Alfaro Ramírez que fue electo alcalde de Guadalajara y arrastró al triunfo a MC, un partido prácticamente inexistente en toda la zona metropolitana, y la de Pedro Kumamoto, un joven de 24 años que derrotó a los partidos tradicionales y emergentes en el Distrito X de Zapopan, también en la zona metropolitana de Guadalajara.

Jaime Rodríguez, “El bronco”, compitió como candidato independiente en Nuevo León, un estado bipartidista en el que PRI y PAN se habían venido alternando la gubernatura y las presidencias municipales de la zona metropolitana de Monterrey. Cuatro elementos en el contexto de Nuevo León permitieron la irrupción de un candidato independiente: altos niveles de violencia; una corrupción galopante y compartida por los políticos de los dos partidos que alternaban el poder: PRI y PAN; una sociedad civil organizada y apoyada por los grupos empresariales más importante del estado y el país; y, un dato importante, una población urbana: Nuevo León concentra 85 por ciento de la población en la zona conurbada de Monterrey.

“El bronco” como candidato independiente no solo compitió contra los partidos tradicionales sino contra los medios locales que abiertamente jugaron a favor el candidato del PRI y en contra del candidato independiente. Jaime Rodríguez, expriista y “víctima” de la violencia él mismo cuando fue alcalde García, se presentó como triple víctima: enemigo del sistema, perseguido por la delincuencia y denostado por los medios. No sólo no fue el candidato de las televisoras sino que éstas lo atacaron en concierto en un acuerdo comercial con el gobierno del estado. Cada ataque hacía crecer al candidato independiente al grado que al final parte fundamental de su discurso y su fortaleza fue el enfrentamiento directo con los medios establecidos. Jaime Rodríguez terminó la elección con 160,000 seguidores en Twitter y más de 900,000 en su página de Facebook.

Enrique Alfaro Ramírez, si bien no es un candidato independiente, pues compitió por un partido pequeño, tuvo la misma lógica en campaña. Alfaro había logrado en 2012 meterse en la pelea a la gubernatura de Jalisco  con un partido inexistente y sin registro en el estado, MC, por lo que no tuvo acceso a tiempos oficiales de radio y televisión ni opción para comprar. Desarrolló desde entonces una estrategia de redes sociales e internet que lo llevó a ganar arrolladoramente en aquella elección la zona metropolitana de Guadalajara pero perdió por tres puntos la elección a gobernador (Jalisco, a diferencia de Nuevo León, tiene sólo  la 55 por ciento de la población en la metrópoli). Tres años más tarde, aunque tenía mayor acceso a radio y televisión, se mantuvo fiel a la estrategia de redes sociales e internet (tiene medio millón de seguidores en Facebook y más de 100,000 en Twitter): ganó la capital del estado y arrastró a los candidatos de su partidos, la mayoría nóveles políticos, a ganar sus respectivos municipios y el congreso del estado. La campaña estuvo marcada por el golpeteo mediático. La estrategia del PRI se basó en la compra sistemática, cada lunes, de de titulares de diarios para desacreditar al candidato. El resultado fue el inverso. La poca o nula circulación de algunos diarios que publicaron estas noticias (La Jornada Jalisco, Crónica Jalisco o Milenio Jalisco) era reforzada por una estrategia de contenido pagado en internet; cada golpe era difundido ampliamente por comentaristas cercanos al PRI. La respuesta de la campaña de Alfaro fue anular el contenido basándose en el desacredito de la fuente, en la falta de credibilidad de los diarios. Cada golpe “noticioso” de los medios se convirtió en un fortaleza del candidato de MC que demostraba con ello ser el enemigo del sistema.

Pedro Kumamoto, un joven de 24 años, compitió como candidato independiente por el distrito X de Zapopan, también en la zona conurbada de Guadalajara, apoyado por una organización de jóvenes estudiantes llamada Wikipolítica. 17 jóvenes, 15 de ellos aún estudiantes de universidad y conectados en un grupo de Whatsapp, decidieron usar la nueva figura de las candidaturas independientes para enfrentarse a los partidos y su forma tradicional de hacer política. Lograron cumplir con los complejos requisitos de la candidatura independiente con sólo 350 dólares gracias a una estrategia de redes. La campaña, basada también en redes, tuvo un costo total de 10,000 dólares, frente a los 150,000 tan sólo de financiamiento público que tuvieron los adversarios del PRI, PAN y el grupo de Enrique Alfaro. Este fue el único distrito de la zona metropolitana de Guadalajara que no ganó el alfarismo. En las últimas semanas, cuando Kumamoto comenzó a aparecer en las encuestas por arriba del PAN, que consideraba este distrito su “reserva nacional de votos” (lo habían ganado sistemáticamente desde  1991), el partido lanzó una campaña, usando comentaristas de radio y prensa, para desacreditar la independencia del independiente. Esa “estrategia” del PAN permitió que Kumamoto obtuviera los votos necesarios derrotar al alfarismo y dejar al PAN en cuarto lugar.

Otra forma de hacer política

Las tres campañas basadas en redes sociales tuvieron dos características en común. La primera y más importante es que usaron la información de los medios tradicionales para generar un contraste. Los ataques no sólo no fueron efectivos sino que fueron utilizados desde las redes sociales para generar el efecto contrario: no ser el candidato de los medios dio credibilidad. La segunda fue la segmentación de mercados y la variedad en la comunicación. Había, por así decirlo, un mensaje para cada elector. Las campañas fueron capaces de meter a los usuarios de las redes a la discusión política de forma novedosa: las consultas, la toma de opiniones, los sondeos provocaron que los usuarios se sintieran tomados en cuenta y generaran empatía.

La paradoja estriba en que el desprestigio y la falta de credibilidad de los medios tradicionales se ha convertido en el alimento básico de la indignación en la redes sociales. Han logrado catalizar el descontento, haciendo política sin hacer política, construyendo historias donde no las había y legitimando o deslegitimando información  a partir de elementos de asociación que poco a nada tiene que ver  la forma en que se construye el periodismo.

La debilidad de los medios frente al poder lejos de traducirse en una mayor eficiencia de la comunicación gubernamental y de los partidos se ha convertido en el alimento procesado de las redes. El descrédito de los medios, el gobierno y los partidos está fraternalmente unido. La manifiesta inocuidad y falta de credibilidad de los medios tradicionales será uno de los elementos que marcará la elecciones del 2018, particularmente en las zonas urbanas.

Podemos estar ciertos que el próximo presidente no será el candidato de los medios. ¿Será el de las redes? Algunos datos apuntan a que podría ser así. Cerca del 60 por ciento de los  electores viven en zonas las metropolitanas del país. De lo que no hay duda es que el resultado de las próximas elecciones no se decidirá por lo que digan los medios sino por cómo las redes procesen dicha información.

 

Diego Petersen Farah

Cuando Fito cumplió 70 años

Somos los relatos que nos contamos…
y los que otros cuentan sobre nosotros

En el año 2012, con motivo de los setenta años de Adolfo Sánchez Rebolledo, sus amigos confeccionamos un pequeño libro dedicado a él. Se trató de una edición limitada, que contó con 25 colaboraciones y que titulamos Querido Fito. El siguiente fue mi texto.


Fito fue, para mí, primero una figura “mitológica” (bueno es una pequeña exageración): el director de la revista Punto Crítico. En aquellos años setenta, la revista irradiaba un enorme poder de atracción sobre todos aquellos que instintivamente nos declarábamos de izquierda, pero teníamos algunos resortes que nos alejaban de la ortodoxia comunista.

La empecé a leer desde su primer número (enero de 1972) y era, sin temor a equivocarme, un referente obligado para aquellos que iniciábamos nuestra incursión por los laberintos de la diversificada izquierda mexicana. Punto Crítico le seguía el pulso al acontecer nacional y lo observaba a través de un filtro peculiar: el de los valores de la izquierda conjugados con el seguimiento de las luchas que encabezaba esa corriente política entonces marginada del mundo institucional. Esa característica, intentar seguirle el pulso a las movilizaciones de los trabajadores, los estudiantes, los campesinos, otorgándoles un sentido más allá de lo inmediato, la hacían una publicación excepcional.

Era una revista seria, documentada, alejada del dogmatismo y que dejó su impronta en aquellos años. Y Adolfo Sánchez Rebolledo era el nombre que la representaba, que la encabezaba.

Lo conocí, sin embargo, en los afanes por construir lo que luego sería el Movimiento de Acción Popular (MAP). Y ahí reconocí, casi de inmediato, a un hombre formado, ilustrado, buen argumentador, sólido. Alejado de ocurrencias tenía y tiene un bagaje cultural que lo convertía en un militante singular: alguien para el cual la política es una actividad que adquiere pleno sentido si se le ubica en un marco valorativo –ético- que trascienda el inmediatismo y pueda proyectarse como capaz de construir un futuro más justo para todos.

Lo traté durante la etapa en que se encontraron el sindicalismo universitario y los electricistas encabezados por Don Rafael Galván. Una lucha que intentaba, más allá de reivindicaciones puntuales, desatar la fuerza contenida de los trabajadores organizados. En esa perspectiva era necesario crear sindicatos, democratizar los existentes, unirlos a través de grandes organizaciones nacionales (con autonomía a sus secciones), y tener, por supuesto, una política independiente.

Pero nuestra amistad se selló en el sinuoso proceso de unificación de la izquierda: del PSUM al PRD pasando por el PMS. Y en esa ruta lo vi y lo veo como un compañero y un maestro. Desde el momento de la fusión en el lejano 1981, quienes veníamos del MAP mantuvimos una red de relaciones, una especie de corriente, que se mantuvo a lo largo del PSUM. Y ahí fuimos afinando muchas de nuestros diagnósticos y posiciones. En ese ambiente de Fito aprendí que una política sin diagnóstico y sin horizonte es simple pragmatismo, pero también que la política solamente puede entregar sus frutos con el trabajo diario, con la militancia, con la organización.

Fito siempre se toma en serio lo que se asienta en los documentos de análisis de la situación o en los que proponen una determinada línea política. Sabe que la política genera identidad y que la misma tiene un enorme valor, tanto como fórmula para distinguirse de los otros, como para fijar las características de la opción que encarna en un determinado partido. Lo que se diga y haga no es secundario, es lo que acaba modelando lo que somos y pretendemos. Es capaz de observar y criticar la forma en que medios y fines se retroalimentan o chocan entre sí. De tal suerte que se encuentra a años luz de la cínica noción de que todo se vale con tal de conseguir lo que se quiere.

Fito realizaba tareas en el periódico del Partido, donde intentaba que sus contenidos pudieran de alguna manera ilustrar por lo menos a la militancia. Además tejió una serie de relaciones que me imagino de alguna manera mantiene hasta ahora. Es el caso de los compañeros de la Montaña de Guerrero, que entonces encabezados por Othón Salazar, tenían una presencia importante en aquella zona. Fito fue a Alcozauca varias veces y participó en marchas y mítines. Pero si mal no recuerdo algo similar hizo en Morelos, Chiapas y Chihuahua. Era y quería ser un militante.

Pero hubo un largo momento, en los últimos años del PSUM, con la creación del PMS y luego del PRD,  que quedamos como náufragos en medio del mar. La red MAP se fue desintegrando a lo largo del proceso unitario de la izquierda, y en uno de los últimos botes quedamos en el consejo nacional del PMS Pablo Pascual, Fito y yo. Es, creo, la época de nuestro mayor acercamiento. Máxime que en las oficinas partidistas los únicos del MAP que quedamos fuimos Fito y yo.

Recuerdo con especial gusto nuestras comidas en el restaurante Hipódromo, donde Fito era convertido por los meseros en Don Adolfo. En nuestras charlas aprendí más que en los cursos universitarios y mucho más que en los largos y laberínticos debates que entonces se suscitaban en la izquierda. Fito es un conversador excepcional: elocuente, enterado, buen narrador, con unos gramos de malicia, que no necesita de mucho para contar y contar y contar. Sabe o intuye que la conversación es uno de los logros civilizatorios más relevantes, que es la fórmula natural de encuentro entre dos personas, pero que además a través de las historias que nos contamos forjamos una especie de tela de araña que nos acaba atrapando. Porque somos en buena medida los relatos que nos contamos y que otros cuentan sobre nosotros.

De aquel periplo por el proceso unificador de la izquierda, recuerdo un episodio especial. Cuando ambos intentamos ser diputados federales postulados por el PMS. Fue en 1988. Hasta ese momento la izquierda no había logrado ganar ni un solo distrito uninominal por lo que la disputa verdadera era por ocupar los primeros lugares de las listas plurinominales. A nosotros nos tocaba contender por la circunscripción que integraban el Distrito Federal, Puebla y Tlaxcala.

Nuestra “corriente” había logrado que a través del PSUM llegaran a la Cámara de Diputados primero Rolando Cordera, Arnaldo Córdova y Antonio Gershenson (1982), luego Pablo Pascual y Arturo Whaley (1985), y creíamos –ingenuamente- que ahora “nos tocaba a nosotros” (bueno, es un decir, un mal decir). No obstante, el “MAP informal” realmente se había convertido en una micro corriente a lo largo de los años. En el PSUM fuimos una de las cinco organizaciones que le dieron vida y sustento a ese partido, pero en el PMS, que había sumado al PSUM cuatro nuevas organizaciones, nuestro peso real era mínimo.

Aun así nos inscribimos a la contienda. Hicimos campaña juntos. Nuestra propaganda tenía los rostros y los nombres de ambos. Fuimos a los tres debates programados: en el D.F., Puebla y Tlaxcala, y en los tres nos dejaron plantados. Aun así, el día de la elección los resultados no parecían malos. En el D.F. y en Tlaxcala obteníamos una votación que quizá nos hubiera permitido estar entre los primeros lugares de la lista, pero de repente llegó la información de un pueblo enclavado en la sierra poblana donde habían votado alrededor de cinco mil personas (creo que el Partido no obtenía ahí ni 40 votos), y nos habían barrido. Cuando llegamos a la asamblea electoral, donde se formalizarían las candidaturas del partido, las palabras “irregularidades”, “fraudes”, “trampas” se repitieron una y otra vez. Observamos resignados nuestra derrota.

Por otro lado, no es casual que Fito siempre haya estado involucrado en proyectos editoriales. Director de Punto Crítico, en una etapa de Solidaridad y hoy de El Correo de Sur (que como dice Federico Novelo es un suplemento de primer mundo en un periódico de tercer mundo), además fue subdirector de Así es y si mal no recuerdo de La Unidad órganos partidistas. Como buen heredero de una tradición que arranca en el siglo XIX, la de los socialistas utópicos, que ponía un acento especial en la educación de los trabajadores, Fito cree que la política sin reflexión tiende a secarse, y que esa reflexión debe encontrar una salida eficaz a través de los medios. Por ello también a lo largo de los años acompañó a Rolando Cordera en la planeación, producción, grabación de los programas televisivos de Nexos. Un consistente esfuerzo por llevar al auditorio más amplio posible los debates que marcaban la vida política, económica y social del país.

Fito fue y es –para mí– una voz y una referencia obligada. Pero por encima de todo Fito es (mi) amigo. Bajo su humor corrosivo, sus agrios desplantes de maledicencia, es un hombre al que siempre da gusto ver y oír.  Una presencia que hace más vigorosa, más interesante, más colorida eso que de manera rutinaria llamamos vida.

Salud por los primeros 70 años.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo).

La generación de identidad del simbolismo religioso del narcotráfico

Los Ángeles nunca me pareció tan mexicana como cuando, en el pasillo de los “productos hispanos” de un supermercado, entre figurines de San Juan Diego y la Virgen de Guadalupe, las veladoras de la Santa Muerte se ofrecían por 20 dólares. Si algo se puede asegurar de este ecléctico Estado mexicano es que siempre ha caminado rodeado de simbolismos religiosos, como el estandarte de la Virgen que en manos de Hidalgo y Morelos movilizó masas que se unieron para formar al país. Pero México, además de dioses etéreos, se ha encargado también de producir deidades alternativas en forma de hierbas o químicos. Como resultado se ha convertido en hogar de varios grupos de narcotraficantes que, por medio del simbolismo religioso, han creado un marco de congruencia para una violencia que ya estaba allí. Algunos usos de estos símbolos se encuentran muy bien relatados para Colombia en “La virgen de los sicarios”, de Fernando Vallejo, entre otras cosas con los escapularios que los asesinos utilizan en devoción a la Virgen Auxiliadora; y en México en las canciones compuestas para figuras santas como Jesús Malverde en el norte de México, o los tatuajes de la Santa Muerte y la aparición de nuevas organizaciones con tintes místicos como los Caballeros Templarios. La necesidad del narcotráfico por cruzar la mercancía por las fronteras ha llevado a la creación de impresionantes obras de ingeniería y al uso de modernísimas tecnologías; por qué no pensar, entonces, que a ciertos grupos también les alcanzara para incursionar en el mercado de los dioses.

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La falta de unión de la sociedad es una explicación parcial pero innegable de la violencia; la marginación, la desigualdad económica y el abandono social tienen una gran responsabilidad en el engrosamiento de los grupos criminales. No es de extrañar que muchas de las regiones más influenciadas por los narcotraficantes hayan estado proverbialmente olvidadas por las élites políticas, económicas y religiosas tradicionales. Esta negligencia ha llevado a muchos a tener como esperanza e inspiración a los narcotraficantes y su papel de héroes comunitarios, a pesar de que el oficio sea un crimen. Pero el narcotráfico es, antes que nada, un negocio, y quizás el aspecto gregario que le otorga añadir una identidad religiosa a su quehacer ha generado un sentido de comunidad que anteriormente llenaban instituciones como la iglesia católica.1 La vida pública de muchas comunidades ha encontrado refugio en estas sociedades religiosas que conectan con propios y ajenos a quienes se reconoce con nombres y se les puede pedir favores. Estos lugares de culto que se han convertido en formadores de sociedad civil donde el creyente existe en un espacio más grande que el simple “yo”. Quizás eso explique que, en su sistema moral, la unión con el grupo inmediato sea más importante que el entendimiento de la humanidad como un valor en sí.

De igual forma, el preocuparse por otros dentro del mismo grupo y proveer de bienestar no solo espiritual, sino material, es otra función de estos nuevos espacios de culto. El abandono del concepto de comunidad encuentra también algo de culpa en los partidos políticos que, lejos de acercar los asuntos públicos y a los gobernantes con la ciudadanía, se han encargado de formar, en la psique mexicana, una imagen negativa de la política. (La segunda fuga del Chapo es ejemplo, reciente y magnificado, del desprecio que siente la mayoría por la clase política frente a la popularidad in crescendo de los criminales.) Bajo esta ola de desilusión de las autoridades, el poder de los símbolos y el lenguaje mítico de la religión ha resultado ser una fuerza eficiente para motivar activismos sui géneris y llenar el vacío social. Por ejemplo, el líder de La Familia Michoacana, Nazario Moreno González, “El Más Loco” o “El Chayo”, estaba particularmente en contra de un gobierno ya impopular, así que argumentaba que, con el apoyo de la comunidad, La Familia Michoacana detendría al crimen y protegería a la gente de la inseguridad generada por la guerra contra las drogas. En muchos relatos se describe al grupo como una estructura eficiente en temas de política, financieros (¡Hasta proporcionaban seguros de vida a las familias de sus soldados caídos!), de servicios de infraestructura, seguridad y policiales. El liderazgo carismático de Moreno inspiraba un compromiso en sus participantes y era capaz de coordinar acciones insurgentes al definir la situación de la gente como innecesariamente injusta y susceptible al cambio. Además, cuando Moreno fue declarado muerto por la Policía Federal en 2010, se convirtió en una figura sagrada para muchos y actualmente es reverenciado en sus capillas.2 “El Chayo” tiene, incluso, sus propias oraciones: “Protector de los pobres, caballero de la gente, San Nazario, danos vida, danos más trabajo y salud, abundancia en nuestras manos, bendice a nuestra gente”.3 Posteriormente surgiría el cartel de Los Caballeros Templarios, que continuaría con la retórica cristiana-revolucionaria de La Familia, proclamando 53 mandamientos para justificar su causa.4 Y, paralelamente, la devoción a la Santa Muerte –vinculada al grupo de los Zetas– ejemplifica la sed de justicia de muchos, pues su figura es la más igualitaria de todas: se lleva a ricos y pobres, a jóvenes y ancianos; nadie se le escapa.

Algunas de estas organizaciones criminales han aprovechado los símbolos religiosos para proporcionar una narrativa con recursos icónicos y rituales en la construcción de sus identidades colectivas. De esta forma, ciertos narcotraficantes no sólo se conforman con el control de las plazas, sino que también quieren el de las almas, quizás porque la experiencia les ha indicado que llenar las filas de sus soldados con argumentos supra-naturales resulte más barato y duradero que a plata o plomo. En un mercado donde matar es fácil, la formación de nuevas identidades les ha llevado a afirmar las distinciones de otros grupos competidores; el sentido de pertenecer a su comunidad justifica deshumanizar a quienes no lo hacen, principalmente rivales o autoridades. Así, hay quienes utilizan la religión como una ideología o en "términos de nosotros contra ellos”; el sentido religioso, de este modo, provee de legitimación a las decisiones para deshumanizar al “otro” pues sirve como apoyo para permear la responsabilidad individual.

En ocasiones, también, más que para creer en otra vida, la guía ideológica que provee un acercamiento religioso consiste en darle sentido a la presente. La entidad espiritual, entonces, funge como aval, como una autoridad que no sólo define una creencia sino también un comportamiento para regir el hoy. Nazario Moreno, después de vivir encarcelado en Estados Unidos por delitos relacionados con las drogas, regresó a México inspirado en las enseñanzas evangelistas y redactó una especie de evangelio que era proporcionado a los soldados de La Familia.5 Y, de ir en contra del uso de la droga en Michoacán, siguieron los seminarios y retiros motivacionales de adoctrinamiento para nuevos seguidores, para después conglomerar parafernalia religiosa como crucifijos y brazaletes hechos de rosarios, e instaurar su “justicia divina” con inscripciones religiosas expuestas en mantas sobre carreteras y anuncios en los periódicos donde explicaban sus acciones como “buenos cristianos”.6 El grupo encontró lealtades en las familias al rehabilitar a sus adictos e, incluso adquirió, por medio de promesas evangélicas que mermaban las personalidades y generaban soldados religiosamente sobrios, a algunos de sus miembros en centros de rehabilitación.7

En muchos de los casos de violencia relacionada con los ejércitos del crimen del narcotráfico, los cultos religiosos han sido utilizados para dar sentido tanto a la matanza como a la vida. En una sociedad donde todo está en peligro, lo único que resta es rezarle a cualquier santo disponible. Este tipo de teologías e ideologías tienen sus orígenes en el miedo; por lo tanto han moldeado a sus deidades de acuerdo a sus propias necesidades. Como ejemplo la Santa Muerte: una figura clandestina y ambigua que protege a los olvidados y a los perseguidos. En tiempos recientes se ha convertido en el icono para marcar territorios de grupos criminales como los Zetas;8 y, al igual que con la Virgen de los Sicarios, algunos de sus alabadores le rezan para que les salve la vida o les conceda la muerte de sus enemigos. The Economist sostiene que el culto, autonombrado Iglesia Católica Tradicional México-Estados Unidos, Misioneros del Sagrado Corazón y San Felipe de Jesús, cuenta con más de dos millones de seguidores alrededor del mundo9 y fue registrado en 2003 como asociación religiosa por la Secretaría de Gobernación (para ser retirado de la lista dos años después).

En México la muerte es un asunto de fervor desde siempre: calzadas, días feriados y hasta el pan no dejan lugar a dudas. Por lo tanto, con la creciente violencia, inseguridad e inestabilidad, no es una sorpresa que muchos hayan buscado refugio en una figura poderosa que ayude a darle sentido a la vida: la Santa Muerte. De igual forma, el culto de Jesús Malverde, o el bandido generoso, como se le conoce, creció con una mercadotecnia notable, casi cercana a las ventas iconográficas de la Virgen de Guadalupe. Los narcocorridos, por supuesto, han caminado de la mano con su popularidad. Igualmente, los seguidores los llevan tatuados o los veneran en capillas y altares improvisados, generalmente donde algún seguidor ha muerto. El caso de La Santa Muerte (o, como algunos la llaman con cariño, “La Señora”, “La Niña”) no sólo mezcla un sincretismo religioso sino que, además de unir en su credo a criminales y delincuentes,10 también congrega a policías y militares que le piden bendiciones junto a niños y ancianos a través de las fronteras (las veladoras de 20 dólares en supermercados de Estados Unidos son prueba tímida de esto).

Algunos analistas han argumentado que detener la guerra contra las drogas y acercarse al problema con políticas descriminalizadoras es una buena idea para acabar con los fanatismos o los comportamientos extremos. Además, como en muchos de estos casos, el uso de la religión para justificar la violencia relacionada con las drogas encontrará sus límites con instituciones democráticas fuertes. Sin embargo, a pesar de que muchos de estos cultos religiosos se practican voluntariamente en secrecía, la exclusión involuntaria de los sistemas institucionales formales (jurídico, de bienestar y económico, entre otros), no sólo deja en entredicho sino obsoleto al contrato social democrático mexicano. Aún más cuando el Estado de derecho es cuestionablemente caprichoso y no es necesario el beneplácito de la ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público para operar un culto. El número creciente de denominaciones religiosas (legales o ilegales), y de “mártires” indulgentes que proveen un marco que justifica las actividades violentas, debería ser una llamada de atención para instalarnos en un sentido superior de comunidad. Lo que han demostrado muchas de estas organizaciones criminales es eso, que saben organizarse bien, ya sea con incentivos espirituales, materiales o coercitivos.

Sin embargo, a pesar de que se ha visto que atacar a los carteles desde arriba y con plomo ha resultado en pulverización y más violencia, un cambio de paradigma parece lejano. Quizás, entonces, lo que se necesite sea recomponer el tejido social y volver a firmar un contrato desde las bases, con mayor empatía y menos pólvora. En una sociedad tan desigual como la mexicana, una forma de hacer país, además de tratar de equilibrar el terreno de las oportunidades, es por medio de la cultura, que permea clases sociales. La identidad puede adquirirse de origen o se va construyendo; los símbolos ayudan a reforzar estos trozos de uno y por eso no debería resultar extraño que en Los Ángeles se encuentren figurines de la Virgen o de la Santa Muerte pues hay una colectividad que se está construyendo por medio de estos atajos. Pero la identidad no sólo es asunto de tachar casillas en cuestionarios (género, nacionalidad, religión); es también transcendental para la vida pública pues la auto-percepción moldea el comportamiento. Hay un compromiso cuando se ve al otro como parte del grupo al cual pertenecemos, cuando hay afinidades entre ambos. Difícilmente en la polarizada sociedad mexicana actual se pueden encontrar correspondencias, las distintas circunstancias, particularmente económicas, que nos sitúan en variados percentiles, hacen que encontrar identidades entre habitantes de San Juan Tepeuxila en Oaxaca y de la Delegación Benito Juárez del Distrito Federal sea complicado. De esta forma, los medios de comunicación y la sociedad no quedan inmunes y también tienen la responsabilidad de generar un cambio de mentalidad conciliatorio que signifique dejar de vernos en términos de buenos y malos. Hay delitos, delincuentes, crímenes y criminales; los juicios de valor sólo suman a las divisiones y, pertenezcamos o no a cultos y religiones varias, lo que le urge al país es generar comunidad y empatía: no tanto por patriotismo sino por humanidad, la comunidad mexicana necesita retomar metafóricamente su nombre constitucional: Estados Unidos Mexicanos.


1 México ha sido un país tradicionalmente católico, sin embargo la identificación con el catolicismo ha declinado considerablemente en las últimas décadas; de acuerdo a datos del Inegi, en la década de los setentas había un 96% de la población registrada como católica, y para la segunda década del siglo XXI la cifra es de 80%. Los retos para la Iglesia Católica parecen inmensos, no sólo por la pérdida de fieles, sino también por los escándalos de “narcolimosnas” y porque, para muchos, la doctrina católica se entiende como un sistema de indulgencias donde perdonar pecados bajo la premisa del arrepentimiento es ley preponderante, a pesar de que, de acuerdo al Vaticano, la producción clandestina y el tráfico de drogas sean consideradas prácticas escandalosas.

2 William Finnegan, “Silver or Lead”, The New Yorker, 31 de mayo, 2010 y Michael Weissenstein, “Mexico’s Knights Templar Cartel Rules Michoacán State 6 Years After Start Of Drug War”, The Huffington Post, 2 de noviembre, 2012.

3 Ximena Moretti, “En la muerte, ‘El Chayo’, fundador de LFM, emerge como un ‘narcosanto’”, Agorarevista, 17 de Octubre, 2012.

4 Ioan Grillo,“Saint, knights and crystal meth; Mexico’s bizarre cartel”, Reuters, 18 de julio de 2012.

5 Moreti, op. cit.

6 Finnegan, op. cit.

7 Ibid.

8 Robert J. Bunker, “Santa Muerte: Inspired and Ritualistic Killings”, FBI Law Enforcement Bulletin, 8 de febrero, 2012.

9 The Economist, 7 de enero, 2010.

10 En 2011, David Romo, el líder del culto, fue arrestado junto con varios seguidores por presuntos cargos de secuestro y lavado de dinero. Además, se supo que entre sus devotos estaban Daniel Arizmendi López, el secuestrador conocido como el Mochaorejas, y Gilberto García Mena, capo del Cártel del Golfo.

La economía desinflada (consideraciones sobre el riesgo de deflación)

1.- Una ciencia en problemas

A los economistas les gusta pensarse científicos. Pocas veces lo son. Por lo general, los economistas se adscriben a una teoría o a otra y les cuesta muchísimo aceptar que con frecuencia  sus hipótesis no pasan la más básica de las etapas del método científico: la verificación.

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Tras la horrenda crisis financiera global de 2008-2009, la cual ha dejado secuelas que reverberan hasta nuestros días, la mayoría de los economistas sufrió una vergonzosa refutación de sus principales postulados, en especial de aquel que afirma que un mercado lo más libre posible lleva al crecimiento sostenido y a un ciclo económico sin recesiones en la ausencia de shocks de oferta negativos (como por ejemplo un terremoto).

Pero las creencias son difíciles de abandonar. Y ni siquiera la tremenda, directa y violenta constatación de que la desregulación, el aliento a prácticas bancarias que lindan con el fraude, la tolerancia y la promoción de un excesivo endeudamiento de las familias y las empresas, todo en el ánimo de entorpecer en lo más mínimos los ímpetus naturales a la maximización de la utilidad privada, causaron sin lugar a dudas la peor crisis económica del mundo de los últimos 80 años, ha convencido a los economistas de que el esquema mental predominante de esa profesión no es un método científico incapaz de ser constatado con hechos, sino una carta de creencia tan útil en términos técnicos como una historia infantil poblada de magos y súper héroes.

A Milton Friedman, cuya concepción de la economía predominó por décadas y cinceló la visión de miles de profesionistas, le gustaba hablar de una “economía positiva”, y describía a ésta como aquella que mejor predecía los eventos económicos futuros.

Es fama que una inmensa mayoría, una abrumadora proporción de los economistas, no sólo no previó la catástrofe financiera de 2008-2009, sino que denostó a un breve puñado de profesionistas de la materia que advertían espantados, del maelstrom que se nos venía encima. La “economía positiva” que en su elegancia formal pregonaba su vocación adivinatoria como la carta irrefutable de su condición científica, falló de manera espectacular y humillante. El modelo económico tradicional fue incapaz de prever (y siendo la previsión la virtud que más pregona), la debacle más sonora de la economía del mundo en el último siglo.

Lo anterior debería de bastar para que las legiones de economistas que andamos por el mundo fuéramos lo suficientemente humildes y revisáramos radicalmente nuestro método. Si nuestros esquemas y herramientas no fueron capaces de predecir, y por lo tanto, de comprender, el maremoto que se nos volcó encima, fue porque dista mucho de ser una práctica científica: una fundada en la elaboración de hipótesis y en el descarte de las mismas cada vez que son refutadas por los hechos.

Soy unn mal economista académico. Mi destino me ha hecho un economista de mercado. A lo largo de los años en que me ha tocado en varias instancias, ser analista de las economías de México, de Estados Unidos, de Brasil, Argentina, Chile y Europa he tenido que echar mano de los preceptos económicos de los autores que me han servido. En eso he sido muy utilitario. Ha sido más que por selección, por descarte. A lo largo de los años las herramientas que acaban sirviendo de manera consistente son con las que me he venido quedando para trabajar a la hora de analizar, invertir, diseñar políticas o dar clases.

Sorprendentemente la mayoría de esas herramientas que a lo largo de los años han mostrado ser efectivas para mi trabajo como economista, no viene de la economía: más que la econometría, las series de tiempo; más que la microeconomía, la teoría de juegos; más que la teoría del equilibrio, la organización industrial. Y por supuesto la geografía y la manera en que los ingenieros piensan a la hora de estructurar proyectos de infraestructura.

No es gratuito que los dos inversionistas más importantes y sagaces del mundo no sean economistas en el sentido estricto de la definición: George Soros es filósofo de formación; mientras que Warren Buffet, si bien estudió economía, no se adscribe a una teoría que no sea la de ese sabio del capital que fue su preceptor, Benjamin Graham. Los inversionistas van tras los resultados, no sobre las hipótesis. Para ellos equivocarse en una hipótesis es la diferencia entre la fortuna y la ruina.

Pero no haber previsto la peor crisis financiera del último siglo debió haber bastado para que los economistas y aquellos que toman decisiones económicas y financieras dejaran de lado las concepciones prefabricadas con las que funciona la economía tradicional y funcionar como funciona un médico, un ingeniero o un científico. Descartar lo que claramente no sirvió.

Pero no ha ocurrido.

Al frente de un grupo de economistas pragmáticos, dispuestos a tomar medidas heterodoxas1 con tal de salvar a la economía de una gran recesión tuvimos la suerte de contar con Ben Bernanke, el presidente del banco central de los Estados Unidos, la Fed.

La ortodoxia dice que los bancos centrales no deben de usar bonos no gubernamentales para regular la liquidez de la economía: Bernanke compró para la Fed todo tipo de bonos imaginables, inyectando liquidez al sistema. A Bernanke le enseñaron en la escuela que los bancos centrales no deben de financiar los déficit de los gobiernos, él tiró ese mandamiento por la ventana cuando se dio cuenta que si no lo hacía la economía iría al caño, como ocurrió en los 1930 cuando la Fed de entonces se adscribió a lo que la ortodoxia dictaba.

Gracias a que un gran economista pragmático, Ben Bernanke, siguió un método práctico y orientado a resultados, y no fue un guardián del modelo tradicional, Estados Unidos logró evitar una gran depresión y seis años después de la recesión del 2008-2009 es de las pocas economías del mundo que funcionan y crecen.

Pero el Banco Central Europeo (el BCE), y muchos otros bancos centrales y gobiernos nacionales por todo el mundo, fueron muy lentos y tímidos en adoptar medidas que reinicien el crecimiento de las economías y regresen a millones de familias a un entorno de bienestar y prosperidad, únicamente porque hacerlo contravenía lo que dice el modelo económico tradicional.

El ejemplo más claro es la actitud ante el problema más complicado de la economía actual: su imposibilidad de crecer y la amenaza creciente de que uno tras otro un conjunto de países entren en un escenario en donde los precios en vez de subir, bajen. Para varias generaciones, acostumbradas a que el riesgo que acompaña a la palabra precios es la de “alza”, es comprensible que sea difícil admitir que los precios puedan bajar durante un período prolongado de tiempo.

Y sin embargo, es eso lo que está ocurriendo. El fenómeno no es nuevo, y ni siquiera extraño. Japón, la tercera mayor economía del mundo y que alguna vez fue modelo de dinamismo y pujanza, lleva casi ya tres décadas en un hoyo en donde la economía no crece y los precios caen, es decir, en deflación. Japón lleva casi 30 años de ser una economía desinflada, sin aire bajo sus velas que la impulse.

En física, a los fenómenos en dónde las leyes tradicionales no funcionan, o parecen funcionar al revés, les llaman una “singularidad”. Una de las singularidades más conocidas son los hoyos negros. Son puntos pequeños pero desproporcionadamente densos, allí la masa es tan pesada que la gravedad es tanta que absorbe hasta la luz que pasa cerca. Por eso se llaman hoyos negros, no podríamos verlos porque la luz no los alumbra. En los hoyos negros las leyes físicas parecen funcionar al revés: el espacio es tan curvo que, volcado sobre si mismo, se concentra en un solo punto: un hoyo.

En economía también existen singularidades, y así como un físico newtoniano se escandalizaría de pensar lo que ocurre en un hoyo negro, un economista tradicional (neoclásicos les dicen), abomina de siquiera atisbar a lo que ocurre en una de las singularidades más difíciles de la economía: la deflación, y su gemela, la trampa de liquidez.

Paul Krugman, gusta de decir que la economía funciona distinto cuando se está en deflación. Cuando estamos en un escenario de estancamiento en donde los precios caen, ocurren cosas raras: las tasas de interés son negativas, el dinero se regala pero nadie lo gasta, los bancos dejan de prestar, la gente y las empresas dejan de consumir porque quieren esperar a que los precios sigan bajando y comprar más barato, tal y como lo haría un especulador en la bolsa de valores con una acción que quiere comprar al mejor precio.

Eso es justamente la descripción física de una singularidad: una situación en dónde las cosas funcionan distinto, en donde lo normal es lo raro, en donde lo contra intuitivo es lo lógico. Así funcionan los hoyos negros, y así funcionan las economías en la deflación. 

Los físicos llegaron al descubrimiento de los hoyos negros y han sido capaces de escudriñar su funcionamiento (a pesar de no estar nunca en ninguno de ellos), destruyendo las teorías que se contraponían con la que los hechos chocaban. Cuando los físicos comprendieron la teoría de la relatividad de Einstein, echaron por la borda a Newton, a quien tanto querían, pues la física clásica es insuficiente para entender el universo. Cuando Stephen Hawking y otros se dieron cuenta que las ecuaciones de Einstein implicaban casos singulares en donde la gravedad, el espacio y el tiempo funcionan distinto a la normalidad, no dudó en parecer un hereje y presentar sus resultados que al principio parecieron estrafalarios pero que hoy son aceptados incluso en la cultura popular.

Lo mismo deberían de hacer los economistas: dejar atrás teorías, métodos y herramientas que no fueron útiles, olvidarse de pensar con esquemas que fueron fútiles incluso para millones de inversionistas.

No es una misión difícil. Es simplemente tomarnos en serio el método científico que tan bien ha servido en muchas disciplinas: hacer hipótesis, y si es claro que los hechos la desmienten, descartarlas. Cierto, en economía es difícil conducir ese método como si fuera una ecuación o un laboratorio, pero cuando una abrumadora mayoría de los profesionales de un oficio fallan en pronosticar el evento más importante de su disciplina, claramente algo se debe hacer.

Si aprendemos a abordar los problemas económicos sin prejuicios, sin adscribirnos a una escuela específica y usamos análisis comparativo para ver escenarios, usamos el enorme poder de cálculo de las nuevas tecnologías para modelar escenarios que hace años eran impensables, si escuchamos a los mercados, si leemos bien la historia, podremos descifrar y atacar los problemas de esta economía desinflada hacia donde la economía de muchos países en el mundo parece dirigirse.

2.- La economía desinflada

La economía la hacemos todos: las familias, las instituciones, incluso la naturaleza y el azar, y las empresas, pero la regulan dos: los gobiernos y los bancos centrales. Los gobiernos se encargan de la política fiscal: los impuestos, la recaudación y el gasto público; los bancos centrales se encargan de básicamente una cosa: cuidar que el dinero fluya de manera adecuada hacia la economía.

Cuando todos esos actores confluyen de manera armónica las economías  prosperan y la riqueza fluye hacia la población. Cuando existen interferencias entre ellos, la economía no marcha bien, los negocios no venden bien, los empleos no son suficientes y las familias no tienen sosiego.

¿Qué está ocurriendo en la economía de muchos países del mundo, entre ellos los más desarrollados, que los últimos años el crecimiento, el empleo y los ingresos han estado muy por debajo de lo que las familias y las empresas requieren para progresar?

Las economías modernas son un entramado de redes tremendamente complicado. Las economías rurales tenían pocos riesgos, casi todos ligados al clima. Los riesgos de la economía moderna, múltiples veces más productiva que la rural, son igual de variados y complejos. Riesgos tecnológicos, monetarios, de operación, riesgos de competencia y de mercado. La economía moderna es un perpetuo vencer de riesgos, es surfear sobre un mar de riesgos de la manera más elegante y rápida posible.

Si tuviéramos que decir cuál es el principal riesgo de la economía mundial en este momento, no habría muchas dudas: la deflación. El riesgo de que una serie de economías nacionales entren en un período prolongado de baja en los precios, de alto desempleo, y por lo tanto, de estancamiento del producto interno, o de plano, de reducciones en el mismo.

En muchos sentidos, varios países ya se encuentran en esa situación: Japón desde hace casi 30 años; España e Italia a finales de 2014 y principios de 2015 presentaron los primeros síntomas; Grecia lleva ya más de cuatro años en medio de ese malestar. Uno tras otro, países con economías desarrolladas y generadoras de innovación y bienestar caen en la trampa de la deflación.

En 2012 el banco central de Dinamarca tomó la inaudita decisión de implementar tasas negativas para sus bancos comerciales, incentivando también a que algunos de sus bancos ofrecieran tasas negativas en algunos préstamos a sus clientes. Actualmente las tasas de interés del banco central danés se encuentran en -0.75%. Pero no está solo. El banco central sueco lo siguió en 2014 hasta hundir sus tasas en -1.1%, y en ese mismo año el Banco Central Europeo sumergió sus réditos debajo de cero y actualmente cobra una penalización de 0.25% sobre los depósitos de los bancos centrales.

En conjunto, las economías de las naciones que en este momento han implementado tasas negativas representa el 23% del PIB mundial. Es decir, la cuarta parte de la economía del mundo vive asustada por el fantasma o la presencia ya de la deflación. En Europa la tasa anual de inflación es de apenas 0.4%, y en algunas naciones la deflación es rampante.

¿Por qué es mala la deflación? Si los consumidores adoramos las baratas y las rebajas, si gastamos horas escudriñando tiendas con tal de encontrar el mejor precio. ¿Qué hay de malo con que toda la economía sea una enorme ganga, una venta de saldos, una barata de enero?

Hay varios problemas con que los precios caigan: algunos por parte de los consumidores, otros por parte de los productores, y otros por parte de el mercado.

Cuando los consumidores están en un escenario de deflación se comportan de manera distinta a la normal. Si los consumidores saben que mañana los precios estarán más bajos que hoy, entonces no comprarán hoy, sino que pospondrán su consumo. Y si los precios siguen cayendo, tampoco comprarán mañana, esperarán a pasado mañana. Es decir, en una economía en deflación, los consumidores posponen al límite, in extremis, su consumo, y en las economías modernas, en donde el consumo representa en promedio el 65% del producto interno, es fácil imaginar el efecto que posponer el consumo tiene.

Un productor que está en deflación tiene dos problemas. Si los salarios que paga no están ligados a la inflación, sino que es un monto fijo, al caer el precio de los bienes que vende su margen se reducirá conforme sus ingresos bajen por la deflación. Esta reducción en el margen de beneficios seguirá hasta que la remuneración al capital sea menor que el que haya pretendido ganar el productor, en cuyo límite cerrará la empresa.

Pero si los salarios caen con la inflación (lo cual sería a su vez un problema para los consumidores). Entonces el productor enfrentará un dilema idéntico al del consumidor en deflación, la patología del trader de la bolsa que quiere comprar el precio de una acción al menor precio posible: esperará. Esperará a que los salarios bajen más para contratar más trabajadores, esperará a comprar insumos pues sabe que estarán más baratos, esperará a comprar la maquinaria que necesita para maximizar la ganga.

Del lado del mercado las cosas son aún más extrañas. Lo raro es que los consumidores llegaron a un estado en donde posponen su consumo justo porque los bancos centrales los querían hacer consumir más.

Durante la crisis terrible del 2008-2009, y para evitar que la economía cayera en una gran depresión, los bancos centrales recortaron sus tasas de interés de manera extremadamente agresiva, y la recortaron una y otra vez hasta llegar a lo que parecía era un límite infranqueable: una tasa de interés de cero por ciento.

Una tasa de interés de cero por ciento significa que el prestamista recibe del prestatario únicamente el monto del préstamos. Nada más. Ningún interés. Es dinero gratis, sin ningún costo, nada más hay que regresar el monto solicitado. Para un consumidor esto es un paraíso en la tierra: el dinero no cuesta nada. A tal grado tuvieron que llegar los bancos centrales para salvar al mundo de una gran depresión en el 2009.

Pero hay un problema: si bien para un consumidor un dinero con costo cero es algo espléndido, para quienes prestan el dinero es todo lo contrario.

Quien está regalando el dinero no son los bancos que usted y yo conocemos, los bancos comerciales. Quienes regalan el dinero son los bancos centrales, y lo regalan a los bancos comerciales con la esperanza de que con ese dinero en su panza, los bancos se lo presten a usted y a mí para que consumamos e invirtamos. Usted y yo no podemos ir a los bancos centrales a pedir un préstamos a una tasa del cero por ciento, la ventanilla del banco central solamente atiende a los bancos comerciales. Es el banco de los bancos.

Los bancos centrales están dando a los bancos comerciales dinero a cero por ciento para que lo presten a los consumidores y las empresas. Pero los bancos comerciales son empresas como cualquiera, y existen para tener ganancias, y las ganancias de los bancos provienen de la diferencia entre el costo del dinero que ellos obtienen y la tasa a la que los prestan. Si los bancos centrales le prestan a cero por ciento, bastaría entonces cualquier margen positivo para que fuera un negocio atractivo para el banco.

Pero hay un detalle. Así como nuestro consumidor en deflación pospone su consumo esperando menores precios, los bancos en deflación posponen dar el préstamo esperando mejores tasas. Si las tasas están en cero, razonan los bancos, eso quiere decir que ya no van a bajar más, una tasa de interés no puede bajar de cero, no puedo darle mi dinero a mis clientes (pero, ¡oh sorpresa!, si se puede, como veremos más adelante). En un ambiente de tasa cero, los bancos que reciben liquidez del banco central esperarán a que las tasas suban, algo que parece inevitable, para así conseguir mayores ganancias.

En deflación, cuando las tasas son cero, los consumidores posponen su consumo y los bancos posponen sus préstamos. En deflación todos posponen, todo se estanca esperando que los precios y las ganancias se muevan en la dirección correcta. Es como si la economía entrara en una hibernación.

Existen dos soluciones estrafalaria para romper este círculo de Escher que es la deflación con tasas de interés cero: la primera se conoce como el helicóptero, la segunda son las tasas de interés negativas.

La parábola de helicóptero es una metáfora que los economistas usan en la esquina de su desesperación: si los bancos centrales están regalando dinero a los bancos comerciales, prestándoles a tasa cero, y si ni en ese caso los bancos le prestan a sus clientes, quedándose con el dinero en su panza, entonces los bancos centrales deben de darle vuelta a la banca comercial y deberían de tirar dinero desde un helicóptero para que los consumidores lo gasten. Pero por muy mal que estén las economías, creo que nunca veremos a Mario Draghi, Janet Yellen o a Agustín Carstens subidos en un helicóptero soltando billetes al vacío.

El caso de las tasas de interés negativas es aún más perplejo. Las tasas de interés son el premio que aquél que presta tiene a cambio de dar sus ahorros a aquél que lo necesita. Los ahorradores hacen un sacrificio dejando de consumir hoy y deciden consumir mañana, y el premio a ese sacrificio es la tasa de interés, que les recompensa por diferir ese consumo.

Por eso suena de lo más absurdo hablar de tasas de interés negativas. Pero si; en la deflación, en este momento del mundo, en muchos países, existen tasas de interés negativas. Lo normal es que el que presta, cobre, y el que pide prestado, paga. Cuando existen tasas de interés negativas el que presta, paga, y el que pide prestado, cobra. Es el mundo al revés, como en el hoyo negro.

¿Por qué las tasas de interés negativas pueden ayudarnos a salir de la deflación?

Decíamos antes que si las tasas de interés son cero, y si los bancos piensan que ya es imposible que bajen más, entonces esperarán a que las tasas suban para comenzar a prestar. Pero si el tabú del límite cero de las tasas de interés se rompe. Si las tasas pueden bajar de cero por ciento y volverse negativas. Si alguien está dispuesto a pagar para prestar, entonces los bancos la van a pensar dos veces antes de esperar a prestar.

Los bancos posponen sus préstamos porque esperan que las tasas estén tan bajas que no tengan otra mas que subir en el futuro. Pero si existe otra opción, y si las tasas en cero son solo una estación rumbo a tasas más bajas, entonces los bancos decidirán prestar ahora antes de que las tasas bajen más aún. Si las tasas son cero al menos no reciben nada a cambio por el préstamo. Con las tasas negativas no recibirán ni siquiera la totalidad del préstamos, prestarán a descuento.

Las tasas negativas entonces son un incentivo para que los bancos rompan la dilación para prestar. Si a pesar de que están en cero las tasas pueden seguir bajando, los bancos comenzarán a prestar antes de que las tasas bajen más. Éste es un mecanismo eficiente para convencer a los bancos de prestar el dinero que les inyectan los bancos centrales y poder así romper el círculo vicioso de las tasas cero en deflación.

Las tasas negativas son eficientes, pero son tan raras que sus efectos son difíciles de evaluar. Una tasa negativa significa que quien presta acepta que no le devuelvan la totalidad de lo prestado. Que quien deposita sus ahorros en su cuenta esté dispuesto a que le quiten parte de sus ahorros, en vez de recibir un pequeño premio.

Las tasas negativas destruyen el ahorro, desincentivan la actividad financiera y erosionan el capital de los bancos. Pero no hay de otra. El exceso de liquidez en el mundo es tal que es necesario buscar medidas extremas, inusitadas, para que los consumidores gasten, para que las empresas inviertan, para que los bancos presten.

Pero existe una peor desventaja. Una terrible. Y ésta es que las tasas negativas son la última arma contra la recesión, y que si una nueva recesión llega y nos pesca con tasas negativas, no tendremos ningún recurso para salir de ella. Cuando una recesión llega, los bancos centrales reducen las tasas de interés para que las familias pidan créditos para consumir y las empresas financien su expansión. Pero si las tasas de interés son negativas y llega una nueva recesión, no habrá margen de maniobra alguna, no habrá tela de dónde cortar, los bancos centrales entrarían a un nuevo ciclo recesivo sin herramientas para reaccionar.

Estamos combatiendo los inicios de una posible deflación con armas tímidas, con escarceos vacilantes, y quizá se necesiten acciones más definitivas para anular la posibilidad de que el espectro deflacionista se extienda a más países, a más sectores, a otros territorios.

La inflación es mala, erosiona nuestros ingresos y hace difícil la planeación a futuro. Pero a lo largo de los años hemos sabido cómo lidiar con ella: en el peor de los casos un freno severo, un apretón monetario que envíe la economía a una recesión temporal acaba desterrando la inflación. Pero con la deflación no sabemos cómo lidiar, la experiencia japonesa de varias décadas no ha producido una receta para combatir ese espectro terrible que acecha a las economías del mundo y que podría convertirse en una complicada norma en los próximos años.

 

Edgar Amador


1 Es sintomático cómo un adjetivo que sirve para designar actitudes religiosas se usa también para los economistas. Un economista heterodoxo es simplemente aquel que usa lo que sirve y que no se adscribe a modelos preconcebidos. En cualquier profesión se le llamaría “práctico”. Aquí el epíteto de heterodoxo es inquisidor.

Cabos sueltos

Ambición desnuda

[Esto es parte de un contrato elaborado por una agencia de casting para extras en la serie televisiva Westworld, que HBO transmitirá este 2016.]

Has aceptado libremente y con pleno conocimiento una tarea como actor de segundo plano en el proyecto Westworld. Al aceptar este encargo puede requerírsete que hagas cualquiera de las cosas siguientes: aparecer totalmente desnudo; llevar puesto un parche de vello púbico; llevar a cabo tocamientos de genital-a-genital; te pueden pintar los genitales; simular sexo oral con tocamiento de mano-a-genital; contorsionarte completamente desnudo para tomar una forma parecida a una mesa; posar en cuatro patas mientras otros completamente desnudos se montan sobre tu espalda; montar la espalda de otro estando los dos completamente desnudos; y otros actos concordantes. Si tienes objeciones o no estás a gusto con trabajar en el proyecto por cualquier motivo, no firmes este contrato.

Fuente: Harper’s, diciembre de 2015.

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Cabos sueltos

Pelo corto y largo (año 1928)

El pelo: ¿corto o largo, masculino o femenino? Demos la vuelta a la pregunta. Interroguemos a las mujeres para saber lo que opinan sobre el pelo corto de los hombres. Probablemente responderían que es un asunto que sólo les incumbe a éstos. En Zúrich, el director de un hospital ha despedido a una enfermera por cortarse el pelo. ¿Sería posible que una mujer directora de un hospital despidiera a un auxiliar masculino por esa misma razón? De hecho, el pelo de los varones es largo, los antiguos germanos se lo ataban en coleta, en la Edad Media caía sobre los hombros y en tiempos del Renacimiento, por reminiscencia de la costumbre romana, se usaba cortarlo. En la época de Luis XIV volvía a cubrir los hombros, después era tejido en trenza para luego, durante la revolución francesa, caer de nuevo por encima de los hombros en largos rizos schillerianos. Napoleón lo llevaba a lo César. Hoy lo llamaríamos corte a lo garçon. Las mujeres también se hacían cortar el cabello —¡cómo no!— y llamaban ese estilo peinado a lo Tito. Dejemos, pues, a los hombres que comparten con las viejas su afición por el cotilleo escandalizado romperse sus huecas cabezas sobre el motivo por el cual el pelo femenino habría de ser largo y el masculino corto. Pero pretender ordenar a las mujeres que lleven el pelo largo porque genera sensaciones de placer y las mujeres sólo sirven para proporcionar estímulo erótico a los hombres ¡es una impertinencia! Ninguna mujer llegaría a la desvergüenza de elevar a exigencia moral tales secretos de su vida íntima erótica. Las mujeres llevan pantalones y los hombres, faldas, entre los chinos. En Occidente es al revés. Pero parece ridículo mezclar fruslerías de esa índole con el orden universal y divino, con la naturaleza y la moral. Las mujeres trabajadoras visten pantalones o faldas cortas: así ocurre con nuestras campesinas y pastoras serranas. En cambio, para las mujeres que no tienen nada que hacer es leve cosa cargar con sus ropajes. Si, por el contrario, el hombre quiere dictar normas a las personas del sexo opuesto, lo único que expresa con eso es que considera a la mujer como su sierva sexual. Más vale que se ocupe de su propia vestimenta. Las mujeres se bastan a sí mismas para decidir la suya.

Fuente: Adolf Loos (1870-1933; arquitecto austriaco, precursor del movimiento moderno), Revista de Occidente 366, noviembre de 2011.

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Cabos sueltos

Más barato con cristianos

Desde el principio, lo que atraía a los extraños que se acercaban a una reunión de cristianos era la presencia de un grupo que se había unido por efecto de una fuerza espiritual para formar una gran familia. Seguramente muchos llegaron en situación angustiosa, y algunos probablemente sin dinero. En Roma, los enfermos que frecuentaban los templos de Esculapio, el dios griego de la sanación, tenían que pagar cuando consultaban con los sacerdotes sobre hierbas, ejercicios, baños y medicamentos. Estos sacerdotes también organizaban pernoctaciones de los visitantes en las dependencias del templo, donde se decía que el dios visitaba en sueños a los suplicantes. De manera similar, aquellos que deseaban acceder a los misterios de la diosa egipcia Isis, buscando su protección y sus bendiciones para esta vida y para la vida eterna más allá de la muerte, tenían que pagar unas tasas considerables por su iniciación y aún debían gastar más para comprarse la vestimenta ritual, las ofrendas y todo el equipo.

San Ireneo, que dirigió un importante grupo cristiano en las Galias durante el siglo II, afirmó en sus escritos que muchos se acercaban por primera vez a los lugares de reunión de los cristianos esperando beneficiarse de algún milagro, y algunos lo conseguían: “Curamos a los enfermos poniendo nuestras manos sobre ellos y hacemos salir a los demonios”, es decir, las energías destructivas que causan desequilibrios mentales y angustia emocional. Los cristianos no cobraban dinero y aunque no fuera cuestión de milagros aquellos que estaban necesitados podían encontrar ayuda práctica inmediata en casi cualquier lugar del imperio, cuyas grandes ciudades —Alejandría en Egipto, Antioquía, Cartago y la propia Roma— estaban entonces, como ahora, abarrotadas de personas precedentes de todo el mundo conocido. Los habitantes de los amplios barrios pobres que rodeaban estas ciudades solían buscar la supervivencia dedicándose a la mendicidad, la prostitución y el robo. Sin embargo, Tertuliano, un converso y apologista cristiano del siglo II, escribe que, a diferencia de los miembros de otros grupos y asociaciones, que recaudaban cuotas y tasas para costear sus fiestas, los miembros de la “familia” cristiana aportaban dinero voluntariamente a un fondo común para mantener los huérfanos abandonados que vagaban por las calles y por los vertederos de basuras. Los grupos cristianos también llevaban alimentos, medicinas y solidaridad a los presos que hacían trabajos forzados en las minas, estaban desterrados en islas constituídas en penales o sencillamente cumplían condena en una cárcel. Algunos cristianos incluso compraban ataúdes y cavaban tumbas para enterrar a los pobres y a los criminales, para evitar que los cadáveres de éstos fueran abandonados sin enterrar al otro lado de la muralla de la ciudad.

Fuente: Elaine Pagels, Más allá de la fe. El evangelio secreto de Tomás (traducción de Mercedes García Garmilla), Editorial Ares y Mares, Barcelona, 2004.

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Cabos sueltos

Un torturador

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En los thrillers el poder que se busca como fin en sí mismo es esencialmente un género de relación personal, porque la medida de tal poder es que el resto de la gente se encuentre indefensa ante el villano. La voluntad de éste (ejercida en cualquier asunto) es de importancia capital, y la de los demás está subordinada. Si tienen alguna participación en su mundo, es característicamente como instrumentos de su voluntad: el que los demás posean voluntades independientes no tiene nada que ver. El deseo de relacionarse así con los demás se encamina hacia el sadismo, en el sentido más puro de la palabra. De hecho hay un thriller en que esto se vuelve explícito. Es en la novela Colonel Sun, el añadido póstumo a la serie de James Bond escrito por “Robert Markham”, seudónimo de Kingsley Amis. Sun es un interrogador del ejército chino que ha llegado a la conclusión de que la experiencia espiritual de infligir tortura acerca al hombre, hasta donde es posible, a la divinidad; sin embargo, el fin práctico al que generalmente se aplica hace desmerecer la pureza de la experiencia, y por lo tanto ha urdido la conspiración que ocupa la mayor parte del libro con el objeto único de capturar y torturar a Bond, sin otro propósito que la experiencia espiritual de hacerlo:

“Debe usted entender que yo no estoy interesado en lo más mínimo en estudiar la resistencia al dolor o algún otro cuento seudocientífico. Simplemente deseo torturar a la gente. Pero (éste es el punto) no lo hago por ninguna razón egoísta, a menos de que usted pueda llamar egoísta a un santo o a un mártir. Como explica el Marqués de Sade en Filosofía en el boudoir, por medio de la crueldad se alcanzan alturas de conciencia sobrehumana, de sensibilidad a los nuevos modos de ser, que no pueden lograrse por ningún otro método. En cuanto a la víctima, también usted, James, será espiritualmente iluminado en la forma en que muchas autoridades cristianas describen como exaltación del alma. Codo con codo exploraremos usted y yo las alturas”.

Fuente: Thrillers. La novela de misterio. Génesis y estructura de un género popular (traducción de Mariluz Caso), Colección Popular 231, FCE, México, 1983.

Cabos sueltos

Sin granjas

Singapur es el único país en el mundo que no tiene granjas. Está completamente urbanizado.


Fuente: Prospect, diciembre de 2015.

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Cabos sueltos

La mafia como piel

Pregunta: La mafia (en Sicilia) ha sido vista de un modo prevalente desde el exterior. ¿Cómo puede ser analizada desde el interior de la condición meridional?

Respuesta: El “Estado como piel”, diría Ortega (y Gasset). O sea, la mafia como piel.


Fuente: Leonardo Sciascia, Sin esperanza no pueden plantarse olivos (traducción de Jordi Marfà), Editorial Laia, Barcelona, 1989.

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Cabos sueltos

La forma de la nieve

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Srulek, el Nasrudin o el Goha polaco, se acercó un día a un ciego y se sentó a su lado.1 El ciego le preguntó:

—Srulek, dime, ¿cómo es la nieve?
—Es blanca —contestó Srulek.
—Ah —dijo el ciego—. Un momento más tarde volvió a preguntar:
—Pero ¿cómo es blanca?
—Blanca —dijo Srulek buscando las palabras—, blanca, como la leche.
—Ah —dijo el ciego—. Y un momento más tarde preguntó:
—¿Cómo es la leche?
—La leche —dijo Srulek—, es como esos pájaros que están en los lagos, ya sabes, los cisnes…
—Ah —dijo el ciego—. Y un momento más tarde le preguntó a Srulek:
—Dime, Srulek, ¿cómo es un cisne?
—Pues, es un pájaro grande, con largas alas, un cuello muy largo y curvo y un pico así…
Srulek alargó el brazo y con el puño imitó al pico del cisne. El ciego alargó la mano y acarició, lenta y cuidadosamente, el brazo y la mano de Srulek, y entonces dijo sonriendo:
—Ah sí, ahora veo cómo es la nieve.

Fuente: Jean-Claude Carrière, El círculo de los mentirosos (traducción de Néstor Busquets), Editorial Lumen, Barcelona, 2001.


1 Esta historia polonesa se encuentra ya en relatos indios.

Puerto libre

Volar con los tímidos cometas

Hay días en que al abrirle las ventanas al sol se me antoja volar. No sólo darle un empujón al picaporte, sino salir tras él que ha quedado flotando sobre el alero de cristal cubriendo el patio. Y ya de ahí soltarme, dar un brinco a la punta delfresno. Quizás desde allá arriba pueda mirarse una pequeña bahía que ensueña a mil seiscientos sesenta y cinco kilómetros de este lugar en que imagino un vuelo. Entonces ya no serán dos horas en avión, menos dieciocho en auto, sino sólo un segundo con los ojos cerrados y de regreso a las puestas de sol dorando el ánimo con la sensación de que todo debería ser bueno y generoso como esas tardes. Volar.

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Ilustración: Gonzalo Tassier

Dice mi historiadora predilecta que esquiar en nieve es lo más parecido a ir volando. La oigo y le creo porque ella no habla de lo que desconoce, pero segura de que tal emoción ya no ha de andar entre las mías. Yo puedo ser intrépida a grados que lindan con la tontería, pero no tonta al grado de imaginarme siendo así de intrépida. Conque de ese vuelo no tendré sino la idea. Lo mismo que de ese otro juego que es mantenerse en equilibro encima de una tabla desplazándose sobre la cresta de las olas. Hipnotiza mirarlo. ¿Qué sentirán? También eso debe ser como volar.

A todos nos intrigan los pájaros. Miles de animales consiguen lo que nosotros no podremos jamás, pero no conozco a nadie que quiera mover la nariz como lo hace con su trompa un elefante. En cambio, volar. Incluso quienes saltan por los trapecios y van de cuerda en cuerda por los circos siempre convocan a los pájaros. No a los monos, ni a los osos, ni a las ardillas, sino a los pájaros.

Y pensar que nosotros, a ellos, no les importamos nada. Cuando nos acercamos al hechizo de un pelícano detenido en la playa, se incorpora despacio y se larga con su pico a otra parte. Lo mismo las garzas y las gaviotas. Todos los pájaros vuelan cuando nos acercamos. Para su fortuna, nosotros no volamos, al menos, no como ellos, que por eso escapan. ¿Cómo volamos? Y si volar fuera un aroma, ¿cuál sería? ¿Y si el tiempo volara? Qué pregunta. El tiempo vuela. A ése no hay pájaro que lo desafíe. Sobre todo si quien trata con él tiene más de 50 años. Qué diré yo que este octubre voy a cumplir 66. Número capicúa. El siguiente será 77 y al siguiente ya no sé si he de llegar. Ocho, ocho. ¿Y si llegara a 99? Nueve, nueve. Ya estoy volando. ¿Será que me aburriría? Hay quien dice que sí. Yo digo que imposible. Claro, tendrían que ponerme unos ojos nuevos, unas nuevas rodillas, unos brazos, un par de oídos. Pero para que no sea mucho volar, mucho pedirle al dios de lo imposible, podría yo quedarme con estos, los de esta edad, así, como los tengo, medio maltrechos pero todavía muy útiles. Funcionando incluso de más, porque hay cosas que no querría yo oír: la música en los restoranes, por ejemplo. Y cosas que no querría ver: la cara de los monstruos que abundan. Pero sí el horizonte, sí oír a Liszt, sí tanto. Podría ver películas días y días. El estómago que no me empeore porque ya da bastante guerra y el chiste es poder con las palomitas mientras cruzan las historias y la series frente a nosotros. Las rodillas de ahora me alcanzan para doblarse cuando algo quiero levantar del suelo, sirven muy bien para subir las escaleras, para bailar. ¿Qué más necesito de ellas? No quiero hincarme frente a nadie. Hago mis oraciones mientras duermo. O cuando canto. Eso sí, cada día canto peor. En la cena de año nuevo de repente me quedé muda y no pude cantar las pequeñas cosas. Esas que el viento arrastra allá o aquí. Ya no les digo el “Casta diva” porque esa nunca me ha salido más que tarareada y en la ducha, como la llama la maestra María José Rodilla. Española, de Cáceres, y mexicana, de Coyoacán. He pasado con ella unos días frente a distintos mares y clarísimo me ha quedado que de libros me falta una eternidad. Soy, como casi todos los mexicanos, una ignorante de la literatura de los siglos XVI, XVII y XVIII, los de la Nueva España. Como eso no era México, dicen. La profesora me cuenta que sus alumnos llegan a la universidad sin saber quién era Sigüenza y Góngora. Un científico, un escritor, un poeta, un ensayista, un sabio, un curioso sin límites, un lingüista, un hombre de cabeza libre en mitad de los canales heridos, los incendios y los levantamientos populares: Carlos de Sigüenza y Góngora.

Se lo digo tal cual a la maestra: yo tampoco sabía nada de don Carlos cuando llegué a la universidad. Quizás había aprendido, para pasar un examen, que nació en 1645 y murió en 1700. Porque así nos enseñaban literatura en la preparatoria: los nombres y las fechas. Nunca la cercanía con qué libros escribieron quiénes, mucho menos una línea suya. Yo di con sor Juana a los quince años porque me encanté con sus sonetos de amor despechado. Ya de ahí jalé la hebra hasta sus palabras y a cada tanto me embrujo con algunas. Sus alegorías, su hermenéutica, los preciosos cuadernos que llamaba “borrones”, los dioses griegos a cuya apelación se rendía. En el Primero Sueño, para decir uno que recuerdo, Harpócrates, el dios del silencio prudente, representando a la noche.

Pero del olvidado Sigüenza, apenas tenía el aroma de su nombre y su siglo. Me propuse leerlo. Entonces sí, a volar. Por orden de la maestra primero la novela, porque aunque Alonso Rivera, originario de Puerto Rico, sí haya existido y su rara colección de historias haya sido verdad, el hecho es que Sigüenza y Góngora la pasó por el tamiz de su prosa refinada y al tiempo en que recuperó la voz del aventurero de un modo en que ése nunca hubiera podido hacerlo creó la primera novela mexicana. Infortunios de Alonso de Rivera se llama este libro que me puso a volar todo un día. Qué novela tan divertida y llena de gracia. Al mismo tiempo una sofisticación que va regalando a toda velocidad la colección de anécdotas extraordinarias que el narrador cuenta como si fueran algo común. En pocas páginas, Alonso, que empieza teniendo trece años, abandona a sus padres, el aprendizaje de la carpintería y Puerto Rico para ir a Veracruz y de ahí a Puebla. En el trayecto pasa por Xalapa y en las cumbres del camino descubre el frío. Al llegar a Puebla conoce el hambre, cuando decide ir a la ciudad de México, el deslumbramiento. Hasta aquí que les cuento van seis páginas. Lo que sucede cuando le da media vuelta al mundo vuela en la precisión verbal de un escritor extraordinario, que no deja de ser de culto, porque pocos los conocen y poquísimos lo estudian. Bien habla, cuando habla mal de nosotros, la maestra Rodilla. Sigo con los infortunios, Alonso de Rivera encuentra abrigo en la ciudad de México como un espejismo delirante, pero no lo guarda, porque el hombre no se puede estar quieto. Cuando muere, en su primer parto, la mujer con quien se casa enamorado, sale de Acapulco a Filipinas. No sé cómo agradecer la lectura de sus vicisitudes. Me prometo no perder a don Carlos. Filósofo, historiador, matemático, anticuario. ¿Cuánto más?

Tras la novela, publicada por Alfaguara, con el delicioso prólogo de María José, he leído una crónica ensayo cuyo título sugiere todo: Alboroto y motín de los indios de la ciudad de México, 1692. Está publicado por el Centro de Estudios Literarios, Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Literatura Mexicana, volumen 20, número 2. Pero la verdad yo lo encontré en la red. Tanto ahí se parece al ahora y, al tiempo, todo es tan distinto, que ilumina y emociona. Es muy triste. Está narrado con la misma sorpresa con que ahora se narran nuestras desavenencias y desgracias como si fueran nuevas.

Qué vuelo más extravagante ha sido este de leer así, en desorden, el orden de hace tanto tiempo. Bien está ambicionar unas alas. Me espera ahora el Manifiesto philosófico contra los cometas despojados del imperio que tenían sobre los tímidos. Un texto de 1681. ¿Alguien quiere volar?

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

Agenda

Confesiones

En 1983, en el pequeño pueblo de Narborough, en Leicestershire, Inglaterra, una joven de 15 años fue violada y asesinada. Dos años más tarde, otra mujer de la misma edad, en el pueblo vecino de Enderby, fue violada y asesinada de la misma manera. La policía arrestó a un Richard Buckland, quien después de ser interrogado confesó ser autor del segundo, pero no del primer crimen.

La policía sospechaba, por el tipo de sangre encontrado, que el autor de ambos asesinatos era el mismo.

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Ilustraciones: José María Martínez

Dos años antes del segundo asesinato un joven científico de la Universidad de Oxford, Alec Jeffreys, había anunciado el desarrollo de una técnica para desarrollar “la huella genética” del ADN. El descubrimiento de Jeffreys fue utilizado por primera vez para resolver aquel enigma. Se tomaron muestras de más de dos mil hombres que vivían alrededor de las escenas del crimen y se compararon con las muestras de semen encontradas en las víctimas.

Buckland, el confeso, era inocente. El doble asesino era Colin Pitchfork, un panadero de la localidad. La invención de Jeffreys, que le traería los más importantes premios de la ciencia en los años posteriores, cambió para siempre el trabajo policiaco en el mundo.

30 años después la utilización de muestras de ADN es rutinario en investigaciones criminales y se han evitado, literalmente, miles de falsas acusaciones. Sólo en Estados Unidos 333 personas ya con largas condenas —20 de ellas a la pena de muerte—, muchas con supuestas confesiones en su expediente han sido exoneradas gracias a la huella genética.

Pero, ¿cómo era que Buckland había confesado? Había entregado detalles que sólo la policía conocía, era una confesión perfecta que de no ser por el ADN le hubiera merecido años de cárcel.

 La prueba reina le habían llamado a la confesión en las escuelas de derecho por años.

La huella de ADN, primero, y desde entonces una serie de estudios de psicólogos, criminólogos, lingüistas, neurólogos, abogados han mostrado que la prueba reina no es tal.

Aquel caso transformó para siempre la manera en que policías, investigadores y jueces valoran una confesión. En Europa, partes de Asia, América Latina y Estados Unidos se han transformado por completo procedimientos no sólo de aseguramiento de escenas criminales sino de técnicas y supervisión de interrogatorios de testigos y sospechosos.

No es así en México que hoy enfrenta en dos de los casos más emblemáticos de los últimos años una paradoja especial.

En el llamado caso Narvarte, la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal tiene el video de tres individuos saliendo del edificio donde más tarde se encontrarían cinco cuerpos sin vida. Tiene las declaraciones de los tres —dos de los cuales aceptan ser los de los videos— pero ninguno confiesa haber matado a nadie.

En el caso Iguala la Procuraduría General de la República tiene un puñado de confesiones, todas coincidentes, con muchos detalles, casi perfectas, de individuos que dicen haber transportado a los normalistas de Ayotzinapa desde un punto llamado Loma de Coyote hasta al basurero de Cocula, haberlos asesinado y después incinerado. La PGR, sin embargo, no tiene cuerpos, no en el basurero. Y lo único que une al basurero con los restos encontrados en el Río San Juan son, hasta el momento que escribo esto… confesiones.

Son los dos lados de una tradición enraizada en nuestros cuerpos policiacos y ministeriales gracias a dos factores: el valor casi absoluto que le dan los jueces mexicanos a la primera declaración y su consecuencia: los métodos (tortura, maltrato, amenazas, largos arraigos) con que por años se ha logrado que esa declaración sea una confesión.

En los expedientes mexicanos, los que leen los jueces y magistrados para fundamentar sus decisiones y sentencias, están ausentes uno de los factores fundamentales para valorar la verosimilitud de cualquier declaración, más aún una confesión: las preguntas.

En las miles de fojas de los expedientes judiciales las confesiones siempre son largas peroratas en las que el acusado lo recuerda todo de golpe, recorre horas, a veces días, sin interrupción alguna. Detalles, personas, colores de ropa, vehículos, marcas, conversaciones. Si creyéramos lo que ahí se lee, todos los declarantes mexicanos tienen memorias prodigiosas que funcionan sin ayuda.

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En 2010, frente a la persistencia de las falsas confesiones en el sistema judicial, la agencia británica para el mejoramiento de la policía financió a un grupo de investigadores europeos para que hiciera una revisión de los más importantes estudios sobre falsas confesiones y tácticas de interrogación policiaca. El objetivo era saber qué método es más eficaz para evitar confesiones falsas y obtener declaraciones verdaderas.

Cito del documento: “La entrevista y el interrogatorio de los sospechosos pueden ser particularmente importantes para asegurar las condenas de personas culpables y liberar al que se ha acusado injustamente. Hay dos métodos para interrogar sospechosos: el de recopilación de información y el acusatorio. El enfoque de recopilación de información, que se utiliza en el Reino Unido, Nueva Zelanda, Australia, y en otros lugares, así como en casi toda Europa Occidental, se caracteriza por la construcción de una buena relación con el sujeto, la búsqueda de la verdad y la escucha activa. El enfoque acusatorio, que se utiliza principalmente en Estados Unidos y Canadá, se caracteriza por la acusación, la confrontación, la manipulación psicológica y el no permitir la negación”.

¿Qué método utilizan los interrogadores mexicanos? Imposible saberlo. El sistema judicial mexicano oculta el interrogatorio y frente al juez lo convierte en una aparente declaración voluntaria dejándolo sin elementos de juicio.

En 2010 el profesor Brandon Garret de la Universidad de Virginia estudió 250 casos de falsas confesiones de personas exoneradas por la prueba de ADN. Encontró que en todos los casos las narrativas de la confesión del inocente parecían fiables y corroboradas por pruebas obtenidas en la escena del crimen.

“Durante el juicio la policía y los fiscales reportaron que los acusados habían ofrecido detalles del crimen, por lo que poseían conocimiento interno del crimen. La contaminación de estas confesiones se mantuvo a lo largo del juicio sin ser detectada, eso tal vez explica por qué durante tanto tiempo se creía que no podría ocurrir una falsa confesión. Debido a la contaminación de las confesiones el sistema de justicia penal no podía desenredar lo que ocurrió. Aunque había indicios de la falta de fiabilidad en muchas de estas confesiones, todas pasaron el juicio, la condena y los procesos de apelación posteriores. De hecho, en ocho de estos 250 casos las pruebas de ADN ya existían en el momento del juicio, pero la confesión de culpabilidad era lo suficientemente fuerte como para superar las pruebas de ADN de inocencia. Algunos tribunales negaron alivio para algunos acusados incluso después de que se obtuvieron las pruebas de ADN. Estas confesiones falsas resistieron escrutinio, precisamente porque fueron reforzadas por los hechos detallados que, ahora sabemos, le deben haber sido pasados durante el interrogatorio al acusado por sus interrogadores”.

Por “contaminación” los expertos entienden toda la información que los investigadores acercan al interrogado antes de comenzar el procedimiento formal.  

“Los tribunales que condenaron a los inocentes en primeras instancias enfatizaron uniformemente en sus sentencias que las confesiones contenían admisiones que sólo el verdadero asesino o el violador podía saber. La grabación selectiva de muchos de estos interrogatorios sólo cimentó tal contaminación, ya que la grabación se había hecho después de que los detalles ya habían sido revelados por el interrogador al sospechoso y éste los había hecho suyos”.

 

Hasta la reforma del sistema de justicia penal de 1998, que debe estar en funcionamiento en todo el país a mediados de este año, para el sistema judicial mexicano la primera declaración, aun si se alega que fue hecha bajo tortura, sin abogado o bajo otro tipo de presión como largo arraigo, sigue teniendo valor probatorio, ya que según la antigua jurisprudencia las declaraciones posteriores obedecen “a un reflejo defensivo del quejoso”, mientras que su primera declaración efectuada sin tiempo suficiente de aleccionamiento merece mayor crédito”.

Aún más, la jurisprudencia mexicana decía que si una confesión “es obtenida mediante golpes, y ésta se encuentra corroborada con otros datos que la hacen verosímil, no por la actitud de los elementos de la policía, se deberá poner en libertad a un responsable que confesó plenamente su intervención en determinado delito, quedando a salvo, desde luego, el derecho del sujeto para denunciar ante la autoridad competente la actitud inconstitucional de los agentes de la autoridad que lo hayan golpeado”.

“Otros datos”, por cierto, pueden ser la confesión o declaración de un testigo, obtenida con los mismo métodos.

Es decir, la tortura, los largos arraigos, los maltratos y la intimidación son también producto de un sistema que por décadas los aceptó y los sancionó como una manera válida de obtener pruebas. De hecho, la confesión y las declaraciones incriminatorias se convirtieron, aquí sí, en la prueba reina. Según algunos cálculos, en México son el motivo de más de 80% de las sentencias condenatorias.

Hasta los años recientes ninguna policía, ni investigador tenía por qué desarrollar técnicas de interrogación. Algunos golpes, un par de amenazas han sido suficientes.

Por lo mismo, nunca se proveyeron herramientas para premiar a quien dice la verdad con sentencias menores o cárceles más amables, como las tienen otros países.

El nuevo sistema contempla que una confesión frente a un juez, acompañada de otros medios probatorios, será recompensada con el llamado “proceso abreviado”. Con ciertas condiciones, ahora el confeso podría obtener reducciones significativas en su sentencia de hasta dos terceras partes de la pena en delitos culposos.

La herramienta, sin embargo, podría poner presión en los inculpados para confesar lo que no hicieron, con tal de no someterse a la incertidumbre de un juicio.   

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El que tal vez sea el estudio más citado sobre confesiones frente a policías e investigadores fue liderado por Saul Kassin y cinco investigadores más provenientes de igual número de universidades de Estados Unidos publicado en 2009.

El doctor Kassin es reconocido como uno de los principales expertos en falsas confesiones del mundo. Sus recomendaciones han sido adoptadas por decenas de departamentos policiacos y fiscalías en Estados Unidos.

En 1985 propuso una clasificación para las confesiones que hoy se utiliza en todo el mundo: voluntaria, coaccionada obediente y coaccionada internalizada. Kassin ha establecido que aunque entre 15% y 10% de exoneraciones postsentencia gracias a la huella de ADN han contenido falsas confesiones, “la frecuencia de declaraciones de culpabilidad por falsas confesiones es imposible de saber, pero dado que este porcentaje no incluye las confesiones probadas como falsas antes del juicio por el ADN, ni aquellos casos donde no hay ADN utilizable, y los crímenes menores que no merecen escrutinio postsentencia; los casos que hasta ahora se conocen son, seguramente, la punta de un iceberg”.

El estudio citado clasifica lo que hasta hoy se sabe de las falsas confesiones inducidas por los interrogadores de tres maneras: con base en las características del sospechoso: jóvenes, adolescentes, con poca capacidad cognitiva o intelectual, enfermedades mentales y ciertas características de personalidad como la tendencia a obedecer y la vulnerabilidad frente a la sugestión; según las tácticas de interrogatorio: tiempo excesivo para agotar al acusado, presentación de falsa evidencia en su contra y minimización de la acusación; y de acuerdo a la llamada fenomenología de la inocencia, cuando el acusado, confiando en el sistema de justicia, le dice a su interrogador todo lo que quiere oír con tal de acabar el episodio y confiado en que la justicia prevalecerá.

La doctora Elizabeth Loftus, especialista en memoria cognitiva, en particular aplicada a las ciencias forenses, responsable entre otras cosas de haber desmontado hace algunos años la ola de falsas acusaciones de abuso infantil basadas en memorias inducidas por terapeutas, ha escrito sobre el poder de la inducción y la distorsión de la memoria.

Loftus escribió sobre un experimento en que “los participantes vieron un accidente de tráfico simulado, luego recibieron información del accidente por escrito pero algunos sujetos fueron engañados sobre lo que vieron. Por ejemplo: una señal de alto fue referida como una de precaución, los que recibieron la información falsa tendieron a adoptarla como su propio recuerdo; dijeron que habían visto el signo de precaución.

En otro experimento a los participantes se les mostró un video de un mitin político donde hubo violencia. A la mitad se les dio información falsa sobre el video que acababan de ver. En ambos experimentos aquellos que no recibieron información falsa tenían recuerdos muchos más certeros o verídicos.

“Este grado de distorsión de la memoria ha sido encontrada en estudios sobre una gran cantidad de materiales. La gente ha recordado vidrios rotos y grabadoras inexistentes, un hombre rasurado como si tuviera un bigote, cabello lacio como rizado y aun algo tan grande como un granero en una escena bucólica en la que no había ninguna construcción. En resumen, alimentar de información engañosa después del evento puede alterar la memoria de una persona de una manera poderosa e incluso predecible”.

En una cosa coinciden todos los estudios y especialistas, la única manera de valorar una confesión o la declaración de un testigo que señala a un presunto culpable es conocer las condiciones en las que esas declaraciones fueron obtenidas. Por eso los cuerpos policiacos, los fiscales y los jueces en la mayoría de los países con sistemas de justicia avanzados graban completos los interrogatorios y los transcriben tal cual.

En México, hasta hoy, lo que el juzgador ve son hoja tras hoja con discursos un poco incomprensibles, impregnadas con el lenguaje del mecanógrafo y no del declarante. Y sin la voz de quien preguntó.

¿Quién miente en las declaraciones de Narvarte o de Iguala? ¿Sobre qué mienten y sobre qué no mienten? Imposible saberlo. 

¿Qué técnicas se enseñan en nuestras fiscalías y ministerios públicos? ¿La acusatoria, la de extracción de información? ¿La de la empatía? ¿Se verifica cada una de las informaciones y se regresa al interrogatorio para confrontar al sospechoso? No lo sabemos.

En Iguala sobran confesiones y faltan cuerpos. En Narvarte hay cuerpos y sobran declaraciones de supuestos inocentes.

Se supone que en julio de este año el nuevo sistema de justicia penal debe terminar el reinado de la confesión como prueba reina.

Tic, tac, tic, tac.

 

Carlos Puig
Periodista. Es articulista de Milenio Diario y titular del programa En 15, transmitido por Milenio TV.

Agenda

Longeva, parchada y deformada:
Qué hacer en 2017 con la Constitución de 1917

Propongo, para iniciar, una pregunta aparentemente sencilla: ¿para qué sirve una constitución? En los siguientes párrafos intentaré esbozar algunas respuestas tentativas.

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Ilustración: Víctor Solís

Desde una perspectiva política las constituciones sirven para superar momentos de crisis, para catalizar conflictos y para canalizar disputas de poder. Pensemos en algunos ejemplos que ilustran estas tesis. Cuando en México se necesitaba pacificar los ánimos de los líderes revolucionarios e institucionalizar la lucha por el poder se aprobó la Constitución de 1917; en un contexto muy distinto pero en la misma dirección, cuando murió Francisco Franco en España y ese país aspiraba a transitar hacia la democracia, los españoles adoptaron, a través de un referéndum en el que participó la mayoría de los ciudadanos, la Constitución de 1978; en Colombia, tras una crisis de violencia política, el movimiento social y estudiantil conocido como “La Séptima Papeleta” logró, también con el apoyo de una votación popular, que se convocara a una asamblea constituyente en 1991.

Los tres casos muestran cómo la aprobación de un documento constitucional suele ser un medio para superar coyunturas políticas complejas. Por eso los estudiosos de la política advierten que las constituciones son pactos políticos antes que instrumentos legales.

 

Pero, una vez aprobadas, las constituciones deben conservar esa función estratégica. Aunque la crisis política no sea constituyente, en los momentos difíciles, las constituciones deben servir para salir del entuerto. Un buen ejemplo de cómo opera esta función constitucional es la sentencia de la Suprema Corte de los Estados Unidos de Norteamérica en el caso Bush vs Gore (531 U.S. 98) mediante el cual, teniendo como referente normativo al documento constitucional, se cerró la crisis política que había desencadenado el resultado de la elección presidencial del año 2000. A pesar de los intereses, pasiones y presiones en juego prevaleció el argumento constitucional y Al Gore aceptó la derrota.

Para todo fin práctico lo mismo sucedió en nuestro país con la decisión del Tribunal Electoral en 2006. Aunque López Obrador siguió unos meses deambulando por las plazas pretendiendo legitimidad; lo cierto y lo que importó es que la decisión de los jueces sancionó constitucionalmente a quien le correspondería el cargo de presidente de la República durante los seis años que siguieron. La crisis política fue intensa pero las instituciones constitucionales sirvieron para sortearla.

Lo que pretendo subrayar es que las constituciones tienen una finalidad y una función útil. No son —o mejor dicho, no deben ser— objetos históricos decorativos, cartas de buenas intenciones o manuales normativos en desuso.

Pero esa dimensión política no se entiende sin el carácter jurídico que distingue a las constituciones de otro tipo de acuerdos, pactos o proclamas políticas. Las constituciones son documentos vinculantes, decimos los juristas. Esto significa que sus textos contienen normas orientadas a modular, encauzar y modificar el comportamiento de las personas. La idea encapsula la dimensión más interesante y, a la vez, más pretensiosa del derecho. A través de las normas los juristas se proponen transformar la convivencia. Por eso decimos que las normas, además de vigentes, deben ser eficaces. 

En particular, las constituciones se aprueban, se interpretan y se aplican para transformar la realidad social. El derecho no contiene lo que es, sino lo que debe ser, dicen los teóricos. Cuando se aprueba o reforma una constitución y sus normas comienzan a surtir efectos, poco a poco se va alterando el mundo en el que convivimos: se limita el poder de alguien y se potencia el de otro; se crean unas dependencias burocráticas y desaparecen otras; se autorizan conductas que antes estaban prohibidas y se prohíben otras que antes eran lícitas y así sucesivamente. Ahí reside su “vinculatoriedad” normativa.

Por eso las constituciones importan y deben importarnos. Los abogados decimos que son el “marco de nuestra convivencia” pero, en realidad, son el molde de la misma.

 

Héctor Fix-Fierro, evocando a Peter Häberle, sostiene que la constitución es la única norma que es de todos y para todos. Tienen razón tanto en el plano simbólico como en el práctico.

Como ya se ha explicado, las constituciones recogen pactos políticos adoptados en momentos difíciles. En esa medida simbolizan el “contrato social” que ampara a todos los miembros de una comunidad en un momento histórico determinado que se va proyectando hacia el futuro. “We the people” es la proclama canónica para redondear la idea.

Pero, más allá de lo simbólico, existe una dimensión práctica. Por fortuna, suele decir Fix-Fierro, muchos de nosotros nunca tendremos nada que ver con el derecho penal; tampoco interactuaremos con las complejidades del derecho energético; ni nos veremos involucrados en cuestiones relacionadas con el derecho de las telecomunicaciones; pero todos experimentaremos circunstancias en las que tendrá relevancia para nuestra vida el derecho constitucional.

En ese sentido la constitución es la norma de todos. Una norma que recoge los principios de las demás materias pero que, en sí misma, tiene una relevancia temática propia que nos atañe a todos los miembros de la comunidad política. Eso es lo que los expertos llaman “la materia constitucional”.

 

La materia constitucional —valga la obviedad aparente— es el contenido de la constitución.

Si bien cada constitución es diferente a las demás —unas son breves y abstractas, otras extensas y detalladas; existen constituciones pomposas en su estilo y otras sobrias en su redacción; hay constituciones claras y coherentes y otras barrocas y confusas, etcétera—, lo cierto es que todas contienen grupos temáticos similares. Al menos es el caso de las constituciones modernas que siguen la pauta del artículo 16 de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789: “Toda sociedad en la cual no esté establecida la garantía de los derechos, ni determinada la separación de los poderes, carece de Constitución”.

Así que todas las constituciones modernas —dignas de ese nombre, diría Elías Díaz— contienen una declaración de derechos y establecen un diseño del poder político basado en la lógica de la división de las funciones estatales y la separación de los órganos que las ejercen. En esa dimensión todos los documentos constitucionales son iguales aunque el catálogo de derechos que recojan y la manera en la que organizan a los poderes tengan particularidades y diferencias concretas.

Pero, además, las constituciones postulan los principios que dan identidad al Estado que las adopta. En esta dimensión las diferencias pueden ser relevantes. Nuestra Constitución, por ejemplo, en su artículo 40, dice que México es una República representativa, democrática, laica y federal. La Constitución argentina, por su parte, en sus artículos 1 y 2 sanciona que la Nación Argentina adopta para su gobierno la forma representativa, republicana y federal pero que “el  Gobierno federal sostiene el culto católico, apostólico, romano”. Usted dirá si no existen diferencias.

 Así que las constituciones definen la  identidad de las naciones, organizan la relación entre los poderes públicos, sientan las bases para la interacción entre los mismos y los gobernados y delinean las reglas de convivencia entre estos últimos. Pero los textos constitucionales —para ser tales— no deben ir mucho más lejos.

 

Las llamadas Leyes secundarias —generales, federales, estatales, etcétera— son los ordenamientos en los que las normas constitucionales se expanden, se puntualizan, se desarrollan.

Se dice que la constitución “delega” la regulación de la materia x o y en la legislación secundaria. Por lo mismo, idealmente, las constituciones deberían ser breves, puntuales y concisas. De hecho, en algunos países —de manera destacada en el Reino Unido— las normas constitucionales ni siquiera se encuentran escritas en un libro, volumen o documento. Lo que importa es que la materia constitucional contenga los principios, los derechos y las instituciones fundamentales que serán desarrollados por las normas secundarias. Así se garantiza que los órganos del Estado operen sometidos al derecho y a través del derecho (sub lege y per leges, se dice en la literatura abogadil).

Cuando esto se logra, los Estados constitucionales cumplen lo que prometen: brindar certeza y seguridad jurídicas.

 

La certeza es posible cuando podemos anticipar las consecuencias de nuestra actuación y eso nos da seguridad para desenvolvernos en la vida colectiva.

De lo que se trata es de que todos los actores sociales —pero en especial los gobernados— puedan prever las consecuencias legales de su comportamiento y puedan utilizar al derecho y a las instituciones jurídicas como herramientas para solucionar controversias y superar conflictos pero también —y esto es muy importante— para impulsar y materializar los proyectos (personales, profesionales, económicos, etcétera) que se proponen.

Si la constitución es clara y el resto del ordenamiento se articula en torno a la misma, entonces están sentadas las bases para que vida política y social transcurra por sendas institucionales. Sobre esa plataforma normativa es posible generar una “cultura constitucional” que sólo existe cuando las personas —los ciudadanos de a pie, como suele decirse— conocen el texto constitucional, discuten su contenido y argumentan echando mano del mismo.

A todo eso aspiramos cuando promovemos un Estado de derecho.

 

En México contamos con una Constitución casi centenaria que —por la manera en la que se aprobó, el momento en el que surgió y su contenido original— fue un documento paradigmático durante algún tiempo.

De hecho, la “Constitución mexicana de 1917” ha sido y seguirá siendo un referente en la historia del constitucionalismo mundial. Pero eso —aunque resulte paradójico— no vale para la Constitución mexicana de 2016. La paradoja reside en que, formalmente, se trata de la misma Constitución pero, materialmente, son dos textos muy distintos. De hecho, la Constitución vigente es tres veces más extensa que la original.

Eso ha sido el producto de una vorágine reformadora. Desde 1921, en que se hizo la primera modificación, hasta julio de 2015, el texto de la Constitución había sufrido 642 cambios a través de 225 decretos de reforma constitucional. En los meses que han transcurrido desde esa fecha hasta el día de hoy seguramente se han acumulado otras modificaciones. Ese proceso se aceleró desde 1982, en el sexenio de Miguel de la Madrid, pero con los últimos gobiernos ha alcanzado ritmos inusitados.

Hasta ahora, el sexenio en el que más reformas constitucionales se aprobaron fue el de Felipe Calderón con 110 modificaciones, pero todo indica que durante el gobierno actual se romperá el récord. Se aceptan apuestas.

 

El giro que se da a partir de 1982 también se constata en los datos cuantitativos.

Casi dos tercios de las reformas (66.9%) y más de la mitad de los decretos (56.4%) son posteriores a diciembre de 1982. La nueva dinámica se refleja también en el crecimiento del texto constitucional, medido en palabras. El texto original de la Constitución de 1917 tenía 21 mil palabras de extensión. 65 años después, en 1982, al concluir el mandato del presidente López Portillo, el texto ya había aumentado en 42.6%, alcanzando casi 30 mil palabras. Con el presidente De la Madrid se inicia un crecimiento mucho más rápido, como efecto de una modernización constitucional más intensa que —como se adelantaba— se hace vertiginoso con los presidentes Calderón y Peña Nieto, durante cuyos mandatos el texto aumenta en más de 20 mil palabras, lo que equivale prácticamente a la extensión del texto original.1

Para muestra un botón: el artículo 41 que en 1917 tenía 63 palabras, ahora tiene más de cuatro mil.

 

Muchas de esas reformas han sido necesarias y útiles para modernizar el país.

A través de los cambios constitucionales se han operado transformaciones que pueden ser polémicas en lo político pero que nadie calificaría de irrelevantes: apertura económica, democratización, justicia constitucional, ampliación de derechos, reordenación territorial, modelo de telecomunicaciones, etcétera.

De hecho, las reformas han impactado en todas las cajoneras de la materia constitucional: derechos, organización de los poderes, principios identitarios del Estado mexicano. Basta con mencionar la reforma de derechos humanos de 2011, la creación del ingente número de órganos constitucionales autónomos y la inclusión del principio de laicidad en el artículo 40 para encapsular la idea.

Así que los cambios constitucionales —al menos la mayoría de ellos— han tenido un sentido político y un objetivo práctico. En esa medida podemos decir que la Constitución mexicana ha sido un instrumento útil para encauzar la vida social y política de manera relativamente institucionalizada. Bien por ello.

 

El problema es que esa dinámica de cambio constitucional también ha tenido efectos perniciosos, al menos en dos dimensiones.

En primer lugar ha convertido a la Constitución en un documento que, además de extenso, es oscuro, confuso, inaccesible, farragoso. Yo suelo provocar a mis alumnos con la promesa de aprobarlos con la máxima nota si explican al grupo el contenido del artículo 28 constitucional. Temo que ni siquiera el profesor sería capaz de hacerlo de manera convincente y esclarecedora. Y lo cierto es que la provocación podría repetirse con buena parte del articulado constitucional.

Esto tiene diversas consecuencias negativas, pero me parece que tres son las más relevantes: aleja el texto constitucional de los gobernados que no son capaces de conocerlo y entenderlo; por lo mismo, la Constitución se vuelve patrimonio de una elite experta y, dentro de esa minoría ilustrada, destaca la judicatura que, mediante interpretaciones, termina definiendo el verdadero contenido constitucional.

 

El segundo tipo de problemas generado por las reformas constitucionales es cercano al anterior pero conviene distinguirlos.

Lo que tenemos es una Constitución técnicamente muy defectuosa. El caos constitucional se expresa en disposiciones duplicadas, contradicciones terminológicas, desorden y falta de sistematicidad temática, ubicación errada de las materias reguladas, sobrerregulación de cuestiones que deberían estar en las leyes secundarias, errores en la actualización del texto, básicamente.

Si la Constitución fuera un texto académico diríamos que adolece de metodología, que está mal escrito, que no se entiende y que amerita una evaluación reprobatoria. Si se tratara de una proclama meramente política diríamos que es defectuosa en su forma e inútil en su propósito. En ninguno de esos ámbitos un juicio tan severo, certero y lapidario tendría mayores consecuencias.

Pero, como sabemos, las constituciones son textos normativos con efectos vinculantes. Así que el caos no es irrelevante. Si la constitución debe servir como instrumento para modelar la vida social, los mexicanos nos estamos adentrando en un cuadro de Erik Otto.

Figuras aparte, ante esta realidad normativa caótica y desordenada se impone la feria de la discrecionalidad de los intérpretes. El derecho constitucional deja de ser el marco que orienta y contiene las disputas sociales y políticas y se convierte en un terreno más de la disputa. Por esta vía la lógica del poder se desvincula del derecho y termina por someterlo.

Como la constitución es oscura, todo cabe al amparo de su texto.

 

En el Instituto de Investigaciones Jurídicas elaboramos un Estudio Académico que podría ser el hilo de Ariadna.

Bajo la convicción de que la tendencia de reformas debe reencauzarse y las malformaciones al texto constitucional deben corregirse, un grupo de investigadores nos dimos a la tarea de reordenar y consolidar el texto constitucional vigente.

Héctor Fix-Fierro y Diego Valadés arrastraron el lápiz de una empresa académica en la que también participamos de manera activa Daniel Barceló, Eduardo Ferrer Mac-Gregor, Jose María Serna de la Garza y quien esto escribe. El resultado puede consultarse en la página electrónica del Instituto, fue publicado —en una primera edición— sólo con la Cámara de Diputados y, hace unos días, en una versión actualizada, también con el Senado de la República.

El estudio, inspirado en un ejercicio que realizaron en 1999-2000 para revisar la Constitución de la Confederación Helvética (Suiza), arrojó resultados prometedores.

 

La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Texto Reordenado y Consolidado,2 como intitulamos al producto del estudio, es una especie de nueva-vieja constitución.

Para elaborarlo, primero, revisamos el texto constitucional vigente en 2015 y reordenamos su contenido, reubicando párrafos y artículos con la finalidad de ofrecer coherencia temática y sistematicidad al conjunto.

Acto seguido, consolidamos el texto, lo que implicó mejorar la puntuación y la redacción; en algunos casos sintetizar el contenido (suprimiendo redundancias e inconsistencias); articular la redacción de los párrafos reordenados, y mejorar la presentación sistemática en apartados, fracciones e incisos.

De esta manera —sobre la base de la Constitución vigente y sin alterar su contenido normativo— logramos un texto constitucional mucho más accesible, coherente y claro.

 

También sugerimos que, para aligerar al texto constitucional, lo acompañe una Ley de Desarrollo Constitucional (LDC).

Dado que uno de los problemas detectado es que la Constitución contiene muchas disposiciones reglamentarias que no deberían estar en la norma suprema pero que —por una u otra razón— los legisladores quieren que tengan la máxima jerarquía proponemos la creación de una Ley de Desarrollo Constitucional.

La propuesta tampoco es original: la había delineado Mariano Otero desde 1847. Pero es muy sugerente. Se trataría de crear una especie de ley complementaria de la Constitución que, junto con ella y otras normas convencionales (que provienen de los tratados internacionales en materia de derechos humanos), conformarían lo que se conoce como “bloque de constitucionalidad”.

En esa Ley de Desarrollo Constitucional —que no sería una ley secundaria— se reubicarían muchas de las disposiciones que hoy engrosan a la Constitución innecesariamente. Pensemos en un ejemplo: los minutos que corresponden a los partidos políticos en radio y televisión durante los procesos electorales. Nuestra idea no implica degradar jurídicamente esa clase de disposiciones pero sí reagruparlas fuera del texto constitucional en la Ley de Desarrollo.

Al final, en nuestro estudio, con la creación de esta ley, la Constitución mexicana adelgazaría en 17 mil 255 palabras (lo que equivale a 26.1% de su extensión actual).

Así que no sólo logramos un texto más coherente y accesible sino también significativamente más conciso.

 

No se trata de la constitución ideal ni de una nueva constitución.

Con nuestro estudio no escribimos la constitución que nos gustaría ni proponemos un modelo de nueva constitución para México en el siglo XXI. En ese sentido no abonamos a la causa de quienes han propuesto convocar a un nuevo poder constituyente. Pero tampoco entramos en colisión con esa empresa que, de hecho, ha sido impulsada por algunos colegas de nuestro instituto y que tiene una dimensión marcadamente política.

El texto reordenado y consolidado de la Constitución recupera en lo fundamental el contenido constitucional vigente en la actualidad. En esa medida, salvaguardamos los acuerdos políticos que lo sustentan. Esto no quiere decir que, para nosotros, todas las normas que contiene actualmente la Constitución sean deseables —en lo personal, por ejemplo, detesto el contenido xenófobo de algunas de sus disposiciones— pero sí refleja el objetivo primordial de nuestro estudio: superar hasta donde sea posible los defectos técnicos del texto constitucional vigente.

Así que, sabedores de que las iniciativas de reformas al contenido de las normas constitucional provienen del debate público en sede legislativa, no elaboramos un texto constitucional modelo.

 De hecho, conservamos el número de artículos y no alteramos la materia de artículos emblemáticos: 1, 3, 14, 16, 20, 27, 103, 107, 115, 123 y 130.

 

Para algunos nuestro estudio es demasiado conservador. Sinceramente, difiero.

Es cierto que, en el horizonte de lo posible —y, para algunos, de lo deseable— existen alternativas más ambiciosas y transformadoras. En el extremo se encuentra la apuesta refundadora y reconstitucionalizadora del Estado mexicano. Pero, como ya se apuntaba, esa empresa requiere de condiciones políticas que —aunque parezca circular— sólo suceden cuando suceden y que, al menos yo, no vislumbro en el horizonte. Ello, entre otras razones, porque los procesos constituyentes obligan a colocar todos los temas sobre la mesa de la negociación y creo que diversos actores no están dispuestos a que eso suceda.

 Así que la apuesta reconstituyente puede ser la mejor aliada del statu quo. Nuestro estudio, en cambio, ofrece una ruta transitable que mejoraría de manera sustantiva lo que tenemos y dejaría abierta la puerta para negociaciones y reformas sustantivas venideras. Éstas, idealmente, en su mayoría, deberían recogerse en la Ley de Desarrollo Constitucional.

Así las cosas, aunque parezca paradójico, nuestro estudio ofrece una alternativa más arrojada por el solo hecho de que es más viable. 

 

Reordenar y consolidar el texto es deseable, es posible y creo que es necesario.

La razón de esto último se explica en las primeras tesis de este ensayo: nuestra Constitución está dejando de ser un instrumento útil para transformar la realidad social. A nuestra generación le toca evitar que esto suceda y debe actuar pronto.

Sin duda, nuestro estudio puede mejorarse. Es posible compactar más y mejor diversos artículos. Además, hay temas que suscitarán debate: ¿cuál sería la fórmula idónea para reformar la Ley de Desarrollo Constitucional?; ¿qué hacer con los artículos transitorios?; ¿conviene introducir el preámbulo que, como una única licencia de agregados, nosotros sugerimos? Pero, por lo pronto, desde la Universidad Nacional, aportamos al debate público lo que nos toca: una investigación técnicamente sólida, políticamente imparcial y —en potencia— socialmente útil. Lo hacemos, además, conscientes de que la coyuntura es propicia.

2017 puede pasar a la historia como algo más que un aniversario. Podría ser el año en el que la Constitución de 1917 recuperó forma y retomó bríos para el siglo en curso. Hacer que eso sea posible no depende de nosotros que nos dedicamos a la investigación jurídica pero sí podría estar en la agenda de los actores que tienen la legitimidad democrática y la facultad jurídica para lograrlo.

Creo que una decisión en esa dirección tendría efectos políticos, simbólicos y, sobre todo, jurídicos dignos del momento y de los retos que vivimos cien años después de que los constituyentes de Querétaro modelaran al México moderno. Quizá este no sea el momento de remodelar pero sí puede ser la coyuntura propicia para reordenar y consolidar el marco constitucional que tenemos.

 

Pedro Salazar Ugarte
Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.  Es autor de El derecho a la libertad de expresión frente al derecho a la no discriminación.


1 Este párrafo, casi de manera textual, proviene del Estudio Introductorio al Estudio Académico de la Constitución Reordenada y Consolidada elaborado por el IIJ-UNAM.

2 El estudio completo —con un gráfico compa- rativo del destino que proponemos para las diversas disposiciones constitucionales— puede consultarse en: http://www2.juridicas.unam.mx/constitucion-reordenada-consolidada/

Agenda

Trump, fascismo y populismo

Más allá de su posible éxito o fracaso como candidato presidencial, Donald Trump nos permite aplicar un poco de perspectiva histórica al predecible ritual de la campaña presidencial en Estados Unidos. Para ponerlo en otras palabras: no podemos dar cuenta del escandaloso progreso de la candidatura de Trump solamente como una novedad en la política norteamericana, sino como un fenómeno con raíces más profundas y potencialidades más siniestras de lo que nos gustaría admitir.

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Ilustración: Víctor Solís

En Estados Unidos los adjetivos populista y fascista se usan con creciente frecuencia, desde la izquierda y la derecha, para descalificar a adversarios. A pesar de la tendencia de los norteamericanos a ver a su país como único e indiferente a las tendencias históricas globales, ese uso de las etiquetas políticas sitúa mejor a los que las utilizan como adjetivos que a aquellos a quienes se pretende describir. En buena medida esto se debe a la “religión oficial” establecida, según el historiador Enzo Traverso, a partir de la construcción histórica de la derrota de Alemania e Italia en la Segunda Guerra Mundial como una respuesta del mundo occidental contra el crimen del holocausto. Esta narrativa oficial hace casi imposible interpretar los términos fascismo o nazismo como otra cosa que la ideología más detestable del espectro político contemporáneo, una vez que el comunismo ha sido oficialmente derrotado. Sin duda, como ciudadanos pensamos que el fascismo es detestable pero mas allá de los estereotipos es necesario analizar al fascismo históricamente y ver en efecto qué es fascismo y qué no. Algo parecido, aunque no tan extremo, sucede con el uso del término populismo cuando se le aplica a cualquier régimen de izquierda en América Latina, o cualquier candidatura que parezca dirigirse a un mínimo común denominador de clientelismo y paternalismo en Estados Unidos.

No se trata de sacar a estos términos de un marco antidemocrático que los caracterizó y lo sigue haciendo, por ejemplo en el caso de Trump, sino más bien de contextualizarlos nacional y globalmente. Se pueden utilizar estos términos con más precisión y de manera más productiva para entender el presente si se los define bien. A pesar de ser muy diferentes el fascismo y el populismo tienen importantes conexiones históricas. Luego de la Segunda Guerra Mundial el fascismo pierde legitimidad política, y muchos de sus seguidores a ambos lados del Atlántico se ven obligados a buscar nuevas formas políticas para reformular el legado fascista.

Si el fascismo era esencialmente antidemocrático, el populismo se construye como una forma de democracia autoritaria. Con una genealogía fascista, el populismo se constituye como una nueva manera de entender la democracia. Mantiene la noción de soberanía popular a través de la matemática de las elecciones y las formas democráticas de representación. Sin embargo, como lo había hecho el fascismo, idolatra a la figura del líder, representado entonces como el mejor lector de los deseos del pueblo. A los seguidores se les pide fe en sus declaraciones rimbombantes, caprichos y constantes cambios de políticas. Se les pide que confíen en que el líder posee una voluntad y un saber que no están basados sólo en su capacidad de representación electoral, sino más bien en la creencia de que el líder, innatamente, sabe mejor que el pueblo lo que éste realmente quiere. Luego de 1945 el peronismo es el caso más famoso de esta transición de liderazgo fascista a una democracia vertical y populista, pero no es el único. Los ejemplos históricos y presentes abundan: de Getulio Vargas a Hugo Chávez y de Silvio Berlusconi a Marine Le Pen y Donald Trump.

Ambos, fascismo y populismo, comparten la idea de una “confabulación” de extranjeros y minorías internas contra el país. Pero si en el fascismo esta idea deriva en las persecuciones, en la cárcel y eventualmente en el asesinato de los enemigos políticos así concebidos, en el populismo la persecución tiende a ser retórica. En el fascismo la violencia define la ideología pero también la práctica, abundan la muerte política y, como dijera Borges, el “oprobio. “El populismo es mucho más moderado que el fascismo. En el populismo este tipo de acusaciones fortalece la decisión de no conversar con ciudadanos que no son fieles seguidores del líder. En suma, impide deliberar en una democracia efectiva y no sólo formalizada. A diferencia del fascismo, el populismo no propone la dictadura. Es una forma de democracia autoritaria en la cual el principio unitario prima sobre el pluralismo. El populismo defiende la democracia pero la vacía de contenidos. Minimiza las dimensiones institucionales y establece una identificación absoluta entre Estado, gobierno y creyentes seguidores. Hay expresión de la soberanía de la voluntad de la mayoría pero escasea el pluralismo.

No se trata, por lo tanto, de comparar punto por punto el proceso histórico de la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini con los Estados Unidos imaginarios de Trump. Más que coincidencias históricas con regímenes establecidos, hace falta mirar la teoría que implícitamente le da forma a un movimiento que está aún en formación. Una teoría que abunda en metáforas de un líder mesiánico que representa al pueblo unificado, entendido como un todo unitario que excluye a ciertas minorías étnicas y religiosas: los inmigrantes, en especial los mexicanos, y los musulmanes. En este marco, podemos entender la campaña de Trump, tanto en el discurso de su candidato como en las aparentes creencias de sus seguidores —los más numerosos y homogéneos según las encuestas y los mítines que de esta etapa temprana de las primarias. En ambos sentidos, Trump significa la revitalización de un estilo populista fundado históricamente a su vez en un imaginario fascista.

No hace falta citar los pronunciamientos del candidato republicano contra los mexicanos, los musulmanes, las mujeres, o sus insinuaciones y estereotipos sobre los judíos, los negros y los discapacitados. Sin duda estas declaraciones, así como los insultos que con frecuencia profiere durante sus discursos llenos de divagaciones, le han servido para mantener la atención constante de los medios masivos, y sin gastar mucho en la compra de propaganda. Con pocas excepciones, los periodistas no se toman la molestia de hacerle preguntas de fondo, sabiendo que cada aparición en la pantalla del vociferante hombre anaranjado de la calva disimulada es una forma segura para aumentar los ratings. Pero de todas las afirmaciones absurdas que atraerían la atención, las escogidas por Trump sugieren una cuidadosa selección de temas y razonamientos que, sin reconocerse como tales, son una forma codificada de racismo. Los destinatarios de su discurso de odio funcionan como la imagen invertida de ese país legendario al que Trump promete regresar (“Let’s make America great again” es el eslogan): blanco, patriarcal, unánime, dispuesto a usar la violencia contra el enemigo interno o externo. Como el fascismo, la base de esa ideología es la creación de un otro sobre el cual proyectar la violencia, que tiende a ser discursiva en el populismo, y también práctica en el caso del fascismo.

El tema de la migración sirve para codificar los prejuicios raciales y religiosos, y proponer una versión modernizada de la pureza étnica propuesta por fascismos y nacionalismos extremos. Cuando Trump llamó criminales a los mexicanos la reacción en la esfera pública norteamericana fue tímida, entre la indignación de los que se sentían directamente aludidos, los que hacían negocios con ese sector creciente del mercado que se identifica como latino y de algunos sectores de la izquierda. Lo mismo cuando dijo cosas ofensivas contra mujeres que se atrevían a cuestionarlo. Todavía se podía pensar que toda la campaña era un mal chiste que iba a acabar pronto. Cuando dijo, en diciembre, que había que cerrar las puertas del país a los musulmanes, entonces un rango más amplio de la opinión pública reaccionó, por fin, como debería haberlo hecho meses antes. Para ese entonces, sin embargo, el mensaje ya era coherente para quien quisiera escucharlo: la visión racial del cuerpo social, la lógica belicista y la negación de la política se expresaban juntas en boca de Trump. Una de las maneras en código a través de los que se articula esta coherencia es el dicho muy frecuente de sus seguidores: votarán por él porque dice lo que piensa. El énfasis pareciera darse en la sinceridad de los dichos (en contraposición con la duplicidad de los políticos tradicionales) pero el significado verdadero está en el contenido del pensamiento. Este tipo de idealismo en la política acerca a Trump con tantos otros políticos que dijeron e hicieron lo que pensaban, de Hitler a Pol Pot.

El liderazgo es un aspecto central de esta ensalada apenas lógica de ideas. Lo que le da coherencia a los postulados de Trump y a la fe de sus seguidores es que su fuente es la mente genial de un líder que no se puede equivocar. Mientras que en Europa de los años veinte y treinta dirigentes como Mussolini y Hitler fundaron su popularidad en la idea de que eran hombres de acción con prestigio militar y una avasalladora capacidad de hacer comunión con las masas, el genio de Trump reside en ser rico. Sus seguidores no prestan mucha atención al hecho de que mucho de lo que tiene empezó con una herencia, que estuvo varias veces al borde de la quiebra y de que su negocio no es tanto el construir y como el vender propiedad inmobiliaria mediante el cultivo de un apellido que es también una marca. En Estados Unidos, como en México, en Italia, en Argentina y en otros países, ser acaudalado sigue siendo una señal, ante la mayoría de la gente, de superioridad intelectual y moral. Trump utiliza esta admiración para proferir afirmaciones tautológicas o simplemente mentirosas cuya validación reside en el hecho mismo de que él las dice. Cuando le preguntan cómo va a hacer para poner en práctica alguna de sus promesas descabelladas (como construir un muro que se extienda por toda la frontera o deportar a 11 millones de mexicanos) dice simplemente que pondrá a cargo a la gente más talentosa para hacerlo. Su programa de televisión, The Apprentice, se basaba en la idea de que Trump puede contratar o despedir con incomparable sagacidad a los pobres candidatos que se humillan ante él y las cámaras.

En la campaña este liderazgo populista infalible se traduce en un discurso violento que sus seguidores toman como demostración de la superioridad del líder. A sus adversarios los llama estúpidos y se burla de ellos citando su ventaja en las encuestas y desprecia a los periodistas. Sus seguidores han golpeado a los que se atreven a gritarle algo en un mitin y sus guardaespaldas han quitado a periodistas por la fuerza de sus conferencias de prensa. No se trata de anécdotas sino de una consecuencia lógica de su estilo de liderazgo. Cuando se trata de un programa de gobierno, Trump representa la encarnación de la imaginaria fortaleza estadunidense: expulsar a los indeseables y los débiles, cerrarle la puerta a los terroristas, destruir a los enemigos y dejar que “los mejores” se hagan cargo del gobierno. La nación es un cuerpo al que hay que defender de las contaminaciones, cerrándolo y canalizando su violencia hacia el otro.

Por supuesto, nada de esto es inminente en Estados Unidos —no por lo menos en sus consecuencias más radicales de genocidio o eutanasia. Pero sería un error negar los paralelos históricos. En la Europa de los años treinta y cuarenta este imaginario fascista puso las bases para una de las eras más destructivas de la historia moderna. Luego el populismo moderno actualizó al fascismo, transformándolo en una forma autoritaria de la democracia. Esta transición no elimina la posibilidad de que el populismo vuelva a ser fascismo o se convierta en una nueva forma de liderazgo totalitario y antidemocrático. Todos los fascismos fueron populistas, y no todos los populismos son fascistas, aunque pueden retomar los caminos del fascismo. Llamar fascistas a Trump y sus seguidores puede ser una manera fácil de descalificarlos, aceptable para casi cualquier actor político. Pero examinar seriamente lo que la historia nos puede enseñar sobre su liderazgo, su relación con la violencia y su pensamiento racial y belicista nos obliga a ir un poco más lejos.

 

Pablo Piccato
Profesor de Historia en la Universidad de Columbia, Nueva York.

Federico Finchelstein
Profesor y director del Departamento de Historia en la New School of Social Research, Nueva York.

Expediente

Guerreros Unidos

Este texto ofrece, acaso por primera vez, la dinámica interna de un grupo de la delincuencia organizada, la vida cotidiana de sus integrantes, la miseria y precariedad en las que transcurre su existencia

Sidronio Casarrubias Salgado, distribuidor de drogas, apodado El Chino. Cumplió una condena de ocho años en una cárcel de Estados Unidos. Alcanzó la libertad en mayo de 2014. En cuanto puso un pie en la banqueta, lo deportaron.

Vicente Fox era presidente de México cuando Sidronio fue acusado de conspiración. En el momento en que cruzó la frontera Enrique Peña Nieto se enfilaba a su segundo año de gobierno, y en medio había 120 mil muertos, el saldo hasta ese año de la delirante guerra del Estado mexicano contra el narcotráfico.

En uno de los tantos reacomodos originados por la sucesión perpetua de capturas y matanzas, un hermano de Sidronio, antiguo escolta del capo Arturo Beltrán Leyva, había quedado al frente de una organización que intentaba apoderarse del corredor de drogas que va de Cuernavaca a Acapulco, y atraviesa las franjas más codiciadas del cultivo de amapola. El hermano de Sidronio era Mario Casarrubias y le apodaban El Sapo Guapo. La organización criminal se llamaba Guerreros Unidos. Había sido fundada por delincuentes que militaron en diferentes grupos criminales de Guerrero y Michoacán: Los Pelones, La Barredora, el Cártel Independiente de Acapulco, La Familia Michoacana, etcétera.

El Sapo Guapo lideró a los Guerreros Unidos a partir de julio de 2012, fecha en que el líder anterior, Toribio Rentería, cayó en poder de la justicia. En abril de 2014, sin embargo, un grupo de la Marina detectó al Sapo Guapo en el Estado de México. De modo que cuando Sidronio cruzó la frontera un mes más tarde, Guerreros Unidos había entrado en un nuevo proceso de reacomodos. A Sidronio se le dio la encomienda de retomar el control administrativo de los negocios de Mario.

En una declaración rendida meses después, Casarrubias Salgado relató que visitó al Sapo Guapo en la cárcel, que fue a Morelos a buscar la ayuda de otro hermano, Adán Zenén, y que finalmente se movió hacia Iguala, la ciudad bastión de los Guerreros Unidos. Mario le había pedido que localizara “a su secretario o contador”, Raúl Núñez Salgado, alias La Camperra. “Él te va a llevar con quienes estuvieron bajo mi mando, con sólo ser mi hermano te van a ayudar”, le dijo.

En un autolavado de Iguala, “Los Peques”, se reunió con un hombre moreno, de pelo ondulado, que tenía un diente de oro. Era el “secretario” de su hermano, La Camperra. Su primer contacto en la organización.

A La Camperra todo mundo lo conocía. Era propietario de la carnicería “El Chambarete”, ubicada en el mercado municipal. Se dedicaba desde hacía años al negocio de la carne y a la compra-venta de ganado. En julio de 2013, por invitación de un viejo amigo, Osvaldo Ríos, El Gordo, comenzó a hacerles pequeños servicios, como chofer y mandadero, a algunos jefes de la organización. Le hizo mandados al Gordo, le hizo mandados al Flaco (Israel Arroyo Mendoza), y también a Marcos, alias El Chaparro, hasta que éste se ahogó en la laguna de Tuxpan.

Tras el deceso del Chaparro, La Camperra chofereó para El Sapo Guapo. Mario Casarrubias no le daba remuneración por ese trabajo, pero le permitía organizar bailes y jaripeos en Iguala y pueblos cercanos. Núñez declaró que para llevar a cabo dichos espectáculos se asoció “con Rogelio Figueroa”; debió irle bien, porque al momento de ser detenido era dueño también del bar “La Pirinola”.

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Ilustraciones: Kathia Recio

El Sapo Guapo le presentó a sus hermanos, lo invitó a convivios, le tomó confianza. Cuando tenía que salir de la ciudad para atender algún asunto le enviaba una maleta con dinero para el pago de la nómina: un tanto para el jefe de la plaza, apodado El Gil; otro tanto para un jefe de sicarios, apodado El May; otro más para el responsable de los “halcones”, alias El Chino; 600 mil pesos para que el subdirector de la policía de Iguala, Francisco Salgado Valladares, los repartiera entre sus hombres…

El dinero que Mario Casarrubias enviaba a su secretario venía en sobres que tenían escrito el nombre y la cantidad que correspondía a cada miembro del grupo. La Camperra anotaba todo en una libreta que luego de la noche de Iguala tuvo que destruir.

El día que se encontraron en el autolavado, La Camperra condujo a Sidronio al restaurante “El Taxquito”. Le había organizado una comida para recibirlo y presentarle a los hombres que habían estado a las órdenes de su hermano.

Ahí estaba Gildardo López Astudillo, El Gil, “líder del grupo y capitán de toda la zona”. Y ahí estaban los distribuidores de droga en Iguala, Cocula, Taxco y Huitzuco: los hermanos Palacios Benítez: Osiel, Mateo, Salvador, Orbelín, Reynaldo y Víctor Hugo, alias El Tilo (quien fungía como líder de la familia y daba nombre a la célula que la congregaba: Los Tilos).

Otro hombre se sumó poco después a la mesa. “Sólo sé que le decían El Mike”, dijo Sidronio. Era el encargado de pelear la plaza de Teloloapan, a la que quería meterse gente de uno de los principales enemigos del cártel, Johnny Hurtado Olascoaga, conocido como El Pez, jefe máximo de La Familia Michoacana.

“En ese momento sólo fue la plática, sobre todo las aventuras que mi hermano vivió”, recordó Sidronio. En la comida le relataron los pormenores de otra guerra: la guerra que Los Rojos y los Guerreros Unidos llevaban a cabo en la región, una guerra que sólo se expresaba vagamente en los medios de comunicación del estado, y en la que había emboscadas, balaceras, enfrentamientos y decenas de cadáveres acribillados.

Sidronio recibió una Ford blanca que le regalaron (más tarde le obsequiaron también una Ford Raptor roja) y salió de “El Taxquito” con la advertencia de que anduviera con cuidado porque las cosas estaban feas con los “contras”, “y el simple parentesco con Mario me hacía objetivo de estos grupos”.

Recolectó un millón 800 mil pesos entre algunos deudores de su hermano y “con eso comencé a comprar ganado. Me empecé a capitalizar”, relató.

Decidió moverse solo en los municipios donde hubiera presencia de Guerreros Unidos, es decir, en aquellos “donde existía arreglo con los presidentes municipales, y sobre todo con los secretarios de Seguridad Pública: Iguala, Taxco, Cocula, Buenavista de Cuéllar…”.

Fue conociendo uno a uno a los miembros del grupo y entendiendo cómo estaba armada la estructura del cártel. Luego reveló que a los encargados de los municipios o jefes de plaza les llamaban “capitanes”, y dijo que Gildardo López Astudillo, El Gil o El Cabo Gil, era “doblemente capitán”, porque estaba al frente de toda la región.

López Astudillo “trabajaba” para Guerreros Unidos desde hacía dos años. Se había dedicado antes a la compra-venta de cabezas de ganado; a través de ese negocio conoció al dueño de la carnicería “El Chambarete”, La Camperra. “La mayor parte de mis ventas eran con él”, recordó El Gil. La Camperra acostumbraba citarlo para hacer negocios en un terreno que se encuentra a un lado de una cancha de futbol. A dicha cancha asistían policías (uno de ellos, el subdirector de la municipal de Cocula, César Nava), elementos de Protección Civil, y ciudadanos en general. Se jugaban buenos partidos. Y a veces El Gil se quedaba a verlos. Ahí conoció a un muchacho apodado La Mente, quien andaba siempre al lado de alguien al que llamaban El Chucky. El Chucky era inseparable de otro sujeto apodado El Chacky. De esa cancha de futbol llanero iban a salir algunas de las fuerzas básicas de los Guerreros Unidos.

Para que eso ocurriera El Gil tuvo que enredarse en una serie de malos negocios que le hicieron perder lo poco que tenía. Una tarde le relató sus cuitas a La Camperra y éste lo presentó con Juan Salgado, El Indio, uno de los altos mandos de Guerreros Unidos y primo hermano de los Casarrubias Salgado. El Indio le dio el encargo de “generar dinero para la organización”. Le entregó 80 mil pesos “para que empezara a mover ganado”. López Astudillo hizo algunas inversiones. Parte de las ganancias que iba obteniendo se las entregaba a La Camperra, para que éste se las hiciera llegar al Indio.

Al Gil también debió irle bien, porque pronto necesitó echar mano de un equipo de ayudantes. Contrató a un herrero apodado El Duva, y a un par de albañiles cuyos apodos eran El Cepillo y El Pato. El nombre del primero es Felipe Rodríguez Salgado; el del segundo, Patricio Reyes Landa. El Cepillo llamaba la atención por tener labio leporino y un cabello “muy feo, muy cepilludo, muy maltratado”.

Al igual que los muchachos de la cancha, ellos también saltarían a la fama en septiembre de 2014.

Los testimonios indican, sin embargo, que El Pato y El Cepillo figuraron entre los Guerreros más sanguinarios.

A todos ellos fue conociendo Sidronio durante sus recorridos por la región. Más tarde reveló que a Israel Arroyo Mendoza, un cuñado del Sapo Guapo que había quedado temporalmente al frente del grupo, no le gustaba su presencia. Llegó a decirle que “mejor me abriera porque si no me iba a matar”. El jefe de la plaza, El Gil, le seguía reportando, sin embargo, por respeto al Sapo Guapo.

En el expediente del caso no parece estar la historia de cómo El Gil llegó a convertirse en “doblemente capitán” del grupo. “Jamás me desempeñé como líder ni como operativo, es decir como sicario, sólo fui un operador financiero”, se disculpó.

Sus cómplices tienen otros recuerdos.

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Según Sidronio, arriba del Gil, en el organigrama del cártel, sólo estaba Arroyo Mendoza, El Flaco. Sidronio le dijo a los investigadores que lo interrogaron tras su detención que Arroyo “es el que mueve las peleas de gallos en todo el país, Guadalajara, Tijuana, la Feria del Caballo…”.

Con El Indio Juan Salgado, Arroyo Mendoza es, sin embargo, una de las figuras sobre las que la investigación del caso Iguala no ha arrojado mayor luz. Sidronio sugirió que luego de la desaparición de 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa a manos de los Guerreros Unidos, el 26 de septiembre de 2014, El Flaco había ido a refugiarse a Estados Unidos.

Declaraciones de otros miembros del cártel sostienen que del Gil dependían “los capitanes de cada municipio”. El Cholo Palacios, por ejemplo, “capitán” de la plaza de Taxco, le reportaba directamente a él. A las órdenes de estos comandantes se hallaban los jefes de célula: había células de distribuidores de droga, células de sicarios y células de “halcones” o vigías.

En Iguala el jefe de los “halcones” era David Cruz Hernández, alias El Chino. Trabajaba en la dirección de Protección Civil y su horario era de 24 por 24, así que todo el día iba de un lado a otro a bordo de una Nissan, atendiendo incendios, choques, lesionados de tránsito e incluso enjambres de abejas. Llegó la tarde inevitable en la que un apuro económico le hizo pedir dos mil pesos prestados a un ex compañero de la preparatoria, El Berlin. El Berlin le propuso algo mejor: un trabajo con el que podría ganar dos o tres mil pesos extras cada mes. Lo único que tenía que hacer era reportarle por teléfono el paso de autoridades y de autos con gente sospechosa.

Cruz Hernández aceptó. Le dieron un celular. Reportó muchas veces el paso de vehículos oficiales y de autos sospechosos. Al ministerio público le dijo que al principio no sabía de qué servían sus llamadas.

Tiempo después la PGR encontró, en el teléfono del “halcón” Marco Antonio Ríos Berber, una galería fotográfica que narra lo que los Guerreros Unidos hacían con los sospechosos. El teléfono del “halcón” estaba repleto de imágenes de gente torturada, con el rostro hinchado y deshecho, o con los miembros cercenados. Esas personas, dijo Ríos Berber, habían querido meter a la ciudad armas o drogas, o habían llegado a “pelear la plaza”.

“Esta señora venía en una camioneta con armas”, “Este era un violador que agarramos”, “A estos les habían pagado 20 mil, venían a reclutar gente para La Familia”, señaló Ríos Berber a los investigadores, mientras les mostraba fotos de gente llorando, gritando, pidiendo clemencia.

Mes tras mes, David Cruz Hernández enfilaba su camioneta de Protección Civil hacia la preparatoria “José Vasconcelos”, donde años atrás había conocido al Berlin. Ahí recibía su paga. Una vez dejó de reportarle a su amigo durante tres días y éste fue a buscarlo a su casa. Le advirtió: “Déjate de mamadas, esto no es un juego”.

Llegó el día, sin embargo, en que El Berlin ya no contestó el teléfono. Cruz Hernández creyó que el asunto estaba concluido, pero al poco tiempo le habló otra persona: El Chucky, una de las gentes que El Gil había conocido en la cancha de futbol. Le informó que a partir de esa día los reportes iba a recibirlos él. Cruz Hernández le dijo que no quería seguir haciendo eso.

El expediente no parece registrar tampoco cómo es que El Chucky pasó a dirigir una célula de sicarios: los involucrados en el caso Iguala un día aparecen en un campo de futbol y a la foja siguiente, rodeados de armas y hombres, se les ve cometer atrocidades indecibles.

El caso es que para entonces El Chucky ya tenía bajo su mando a algunos de los  jóvenes que frecuentaban la cancha. La Mente, El Chaky, El Pechugas, El Chamoyadas, El Gaby, El Tony, El Dany, El Pelón. En su grupo había también algunas mujeres, como La Vero.

Los sicarios andaban en motos y camionetas. Muchos de ellos tenían tatuajes. Todos portaban pistolas .9mm y calibre .45. Se reunían con El Chucky cada tres días. Se comunicaban únicamente a través de mensajes texto.

Los hombres del Chucky fueron a buscar a Cruz Hernández. Lo “levantaron”, lo amarraron, lo llevaron a un cerro y lo “tablearon”. Un sicario declaró que recibir tablazos era “la sanción por hacer las cosas mal”. “Si la llegabas a regar lo menos eran 15, lo máximo 10. Por ejemplo, si uno no está autorizado para tomar y se ingiere alcohol, alguien me veía e iba con el chisme, me buscaban, me encontraban y me tableaban”. A la tabla le llamaban La Tía.

El Chino Cruz entendió la lección. No sólo se volvió informante “de manera obligada”, sino que fue obligado a convertirse en jefe de la célula de “halcones”. A partir de ese día comenzó a recibir los reportes del Tongolele, La Barbie, Libra, El Tigre, La Rana, El Azul y La Yose.

El grupo de “halcones” —según uno de los testimonios— estaba formado también por El Bogar, un joven con rayitos rubios y cejas depiladas “que cuida la colonia Guadalupe”; por Moreno, que cubre a pie “de los funerales Gutiérrez a la colonia El Capire”; por El Cuate, “que cuida del bar Jardín al puente elevado”; por El Gordo, que recorre “de la colonia Fermín al Hotel Imperio”; por Gemelos, que custodia la zona del aeropuerto; por Wendy, cuyo punto “va de la Estrella de Oro al Ayuntamiento”; por La China, una muchacha de 22 años que vigilaba del puente elevado a la Avenida del Estudiante, y por Belem, de 18, que se ubicaba entre la colonia Insurgentes y la Central de Abastos.

No había un punto de la ciudad sin cubrir. Mientras El Chino cubría su turno en Protección Civil atendiendo incendios, choques, lesionados de tránsito y enjambres de abejas, sus “halcones” le reportaban incluso el paso de una mosca. ¿Llegó a poner en manos de los sicarios a algún herido o lesionado, a alguna de las personas cuyo empleo en Protección Civil le obligaba a auxiliar? En la Iguala de los Guerreros Unidos todo era posible.

Por eso los alrededores están poblados de fosas, muchas veces de fosas con la gente equivocada.

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Un “satélite” apostado día y noche en la Panorámica tenía orden de reportar cuanto ocurriera en el 27 Batallón de Iguala. Cada que se abría la puerta del cuartel los Guerreros Unidos estaban al tanto.

Cada mes El Chucky metía 200 pesos de saldo a los celulares de sus hombres para que el flujo de información quedara siempre garantizado.

Los mandos de la organización andaban constantemente a la caza de reclutas. Mientras más gente tuvieran a su cargo, más fácil les era contener los embates de sus enemigos. La pobreza era el proveedor principal de los recursos humanos del grupo. A Ríos Berber, el “halcón” que guardaba en su celular decenas de fotografías sobre los minutos finales de las víctimas, El Chucky lo reclutó medio año antes de la tragedia, una noche en que Ríos paseaba por la feria y pensaba ir a bailar con su novia a la disco “La Iguana Loca”. El Chucky estaba ebrio. Se le acercó, le hizo plática y le confió sin mayores rodeos “que trabajaba para la maña y andaba buscando gente que trabajara de ‘halcón’”.

El Chucky le ofreció un sueldo de siete mil pesos y le dio una dirección de la colonia López Mateos para que fuera a verlo y “hablaran bien”.

A Ríos Berber le tomó tres días decidirse. Siete mil pesos son muchos en un estado cuyos cerros están llenos de gente que trabaja cuatro meses para ganar dos mil. Subió a su moto y accionó el acelerador.

El Chucky le indicó la posición que iba a ocupar: “Vas a recorrer del Tomatal al centro. Te vas a encargar de cuidar a la ciudad del gobierno, reportándonos sus movimientos”.

Ríos debía patrullar en su moto por el territorio y reportarle al Chino las cosas notables que observara. Vehículos militares, federales, marinos, ministeriales o estatales.

A poco de ser reclutado, le tocó “halconear” el secuestro del líder de una organización de taxistas. El Chucky encabezó el secuestro. Ríos escoltó a sus compañeros hasta el sitio donde iba a transcurrir el cautiverio; El Gaby fue el encargado de negociar el rescate: pidieron 50 mil pesos por la libertad del dirigente de los taxistas. Los arreglos duraron una semana. La Vero llevaba de comer al secuestrado. La familia de la víctima no logró reunir el monto exigido, pero entregó tres taxis, una Nissan Urvan y 20 mil pesos.

Tocó a Ríos Berber ir por el dinero. El Chaky recogió los cuatro autos. El Chucky se los revendió a otra organización de taxistas.

Según el (entonces) subdirector de la policía de Iguala, Francisco Salgado Valladares, los Guerreros Unidos entraron a la ciudad en 2008. Desde la llegada a la presidencia municipal del perredista José Luis Abarca, el grupo criminal gozaba, sin embargo, de impunidad absoluta. Los secuestros se sucedían sin freno. Por una señora que vendía barro en el centro, la célula del Chucky obtuvo 15 mil pesos y una Nissan. En otra ocasión La Vero les “puso” a un licenciado con el que sostenía amoríos: pidieron 100 mil pesos, retuvieron a la víctima más de una semana, la familia reunió a duras penas 30 mil, y tuvo que entregarles un Jeep negro —que El Chucky revendió por partes.

La policía del municipio estaba totalmente controlada por el grupo criminal. El subdirector Salgado Valladares relató que una noche, a unos días de la llegada de Abarca, regresó a la comandancia para cambiar las pilas de su radio. Un compañero le dijo: “Pásale comandante a la oficina, quieren hablar contigo”.

Salgado recordó que la comandancia estaba oscura. Solamente entraba el resplandor de la luz de los baños. Alguien le dijo: “Pásele, viejo”. Un sujeto vestido de civil estaba sentado en el escritorio del director. Se levantó. “Sabe, aquí en este sobre hay un apoyo de dos mil pesos que se le va a dar cada mes para que usted no diga nada de lo que vea o escuche. No se meta en problemas. A usted ya lo conocemos, sabemos dónde vive y conocemos a su familia”.

Salgado Valladares confirmó “que no iba a decir nada, ya que tenía miedo”. Comenzó a recibir mes tras mes el “apoyo” del grupo criminal. A través de la radiofrecuencia se dio cuenta de que otros compañeros eran llamados a la comandancia a recibir el suyo.

Dejó de hacer detenciones, si no se las ordenaban. Sólo atendía los llamados de emergencia que llegaban al C-4. Luego dijo que al hacer todo eso tenía siempre presente a un compañero que no obedeció, y fue “levantado”, y nunca apareció.

Un militar retirado que ingresó a la municipal en 2006 y fue destacado a los “filtros”, es decir, a los puestos de revisión colocados en los alrededores de Iguala, relató que cuando pasaba la camioneta de Protección Civil, tripulada por El Chino, un mando policiaco conocido como El Taxco ordenaba “que todos se movieran a otro lado y no revisaran ningún vehículo”. Un día le preguntó a su comandante, Antonio Rey Pascual, El Guanchope, a qué se debía aquello, y El Guanchope respondió: “Te vale madres”.

Fue comprendiendo que la camioneta de Protección Civil era empleada para transportar cocaína, armas, personas…

Cuando una compañera de la Policía Municipal veía pasar dicha camioneta, murmuraba: “Aquí van esos cochos de nuevo, vinieron a hacer sus chingaderas y luego se van”.

Un día notó que otra agente, Verónica, manda por teléfono la clave 67 cada que llegaban a la ciudad vehículos oficiales. La clave 67 significa “alerta”.

De acuerdo con el expediente del caso, el subdirector Salgado Valladares no era sólo una víctima pasiva de los Guerreros Unidos. Era en realidad un feroz guardián de sus intereses. El funcionario se hallaba al frente de un grupo de reacción inmediata, conocido como Los Bélicos. Cuando algún agente de la corporación detenía sin autorización a algún sospechoso, o fallaba en el cumplimiento de alguna orden dada por los Guerreros Unidos, Los Bélicos iban por el indisciplinado, lo llevaban a una bodega conocida como La Bloquera,  y “ahí lo tableaban con una tabla que tenía inscrita la leyenda: ‘Quiéreme mucho y dame un beso’”, relató un testigo.

La estructura de Guerreros Unidos contaba también con una célula “encargada de brindar protección”. La comandaba un individuo apodado El May.

El May no fue aprehendido en la cacería que se desató tras la desaparición de los estudiantes. Aunque su nombre salpica aquí y allá el expediente del caso, es una figura que se podría llamar borrosa. Un testigo dijo que creía que El May se llamaba Nicolás. Otro supuso que su apellido era Flores.

Según El Gil, cada célula de la organización iba a “tirar” los cuerpos de sus muertos a un lugar específico. En ocho meses las autoridades localizaron en Iguala 60 fosas clandestinas. En esas fosas había 129 cadáveres. Un asesinato en masa.

Los “tiraderos” del May, según El Gil, estaban en la Parota y Pueblo Viejo.

La información más completa sobre este jefe criminal se halla en la declaración de “Raúl”, un joven al que El May contrató para que le cuidara sus gallos. “Raúl” lo describió como un hombre “de 50 años, pelo negro, bigote negro, cara arrugadita, con verrugas en el cuello”.

En la casa del May había cerca de 70 gallos. El trabajo de “Raúl” consistía en sacarlos al sol a las ocho de la mañana, devolverlos a la gallera a la una, y luego irse al campo a cuidar unas vacas. El May le pagaba por esto cuatro mil pesos mensuales.

Un día el jefe llegó como de prisa y mandó al muchacho a entregar una camioneta a una bodega un tanto alejada. “Raúl” trepó al vehículo y advirtió que del lado del copiloto había una mochila. La abrió, por curiosidad, y vio que contenía tres pistolas y estaba llena de parque. En la bodega lo esperaba “un güey chaparro, moreno, medio pelón, medio apaisanado”. El Chucky.

Esa noche le propuso a su esposa que se fueran a dormir con su suegra, porque el asunto de la mochila le había dado miedo. No salió a la calle en 15 días, pues había oído historias de lo que pasaba en Iguala. La situación, sin embargo, no podía durar. “Raúl” tuvo que salir a buscar trabajo. Consiguió que lo contrataran como chofer de una combi de pasajeros. Manejaba de seis de la mañana a 12 de la noche.

Dos meses más tarde había olvidado al Chucky, al May y a sus gallos. Pero un día se le cerró un auto rojo, nuevo, sin placas, y de su interior saltó El Chucky con un arma corta en la mano. El Chucky lo sacó violentamente de la combi, lo golpeó en la cara y lo subió al auto.

Lo llevaron a un cerro, lo hicieron caminar como media hora con la cara tapada con su propia camiseta. El Chucky le destapó la cara y le dijo: “¿Ya viste quién está ahí, hijo de tu puta madre?”. Ahí estaban su esposa y sus hijos.

“Tú mismo los vas a matar para que se te quite lo puto, correlón. No hacías otra cosa más que cuidar los putos gallos, ahorita te voy a matar o voy a matar a tu vieja y a tus hijos”.

También le dijo: “Ahora vas a chambear a güevo y sin nada de paga”.

Unos siete sujetos comenzaron a golpearlo, lo golpearon hasta que quedó inconsciente. Le echaron agua para despertarlo. Lo dejaron sentado, amarrado de pies y manos, y vendado de los ojos. El Chucky le dijo a sus hombres que si trataba de correr “o algo” lo mataran. Luego salió, llevándose a su esposa y a sus niños.

Lo retuvieron ahí varias semanas. Un día oyó la voz del May: “¿Cómo está todo? ¿Ya se puso las pilas el guache?”. Lo desataron, le quitaron la venda, El May le entregó cuatro billetes de 500 pesos. Le dijo a sus cuidadores que lo soltaran, “porque mañana él ya sabe lo que tiene que hacer”.

Al día siguiente se presentó a trabajar. No recibió paga sino hasta pasados dos meses, pero ya no intentó irse: no tenía a quién denunciar: se sabía que la policía estaba al servicio de los criminales.

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Sidronio declaró más tarde que el alcalde Abarca inyectaba a la organización tres o cuatro millones de pesos mensuales. El Chucky aseguró que en situaciones críticas el presidente de Iguala pedía el auxilio de Guerreros Unidos: una vez les rogó que le ayudaran a retirar de la plaza principal a los vendedores ambulantes.

Un año y medio antes de la masacre de Iguala, La Familia Michoacana entró en Cocula, secuestró y mató a varios miembros de Guerreros Unidos, y quedó en control del municipio. El Gil le ordenó a sus hombres que se replegaran. Declaraciones de Miguel Landa Bahena, El Duva, sostienen que el presidente priista de Cocula, César Miguel Peñaloza —procesado hoy por posibles vínculos con el narcotráfico— pidió a Guerreros Unidos que corrieran a La Familia… y recuperaran la plaza.

De acuerdo con esa versión, El Gil decidió que uno de sus hombres más violentos, Felipe Rodríguez, El Cepillo, encabezara la guerra en Cocula.

El Cepillo había conocido al Gil en una pelea de gallos. En una ocasión El Gil le regaló mil pesos y le propuso que se uniera al grupo en calidad de “halcón”. En ese tiempo un hermano del Cepillo fue amenazado de muerte por un sicario de La Familia y huyó a Estados Unidos. El Cepillo, para sentirse apoyado “y para que no me hicieran daño”, tomó la decisión de unirse a la organización delictiva.

Según su propio relato, comenzó como “halcón” en Cocula. En ese municipio debía reportarle a su amigo Patricio Reyes Landa, El Pato. Le pagaban cuatro mil pesos al mes. Como El Pato reunía a sus hombres los días de paga, conoció a los otros “halcones”, El Wereke, El Duva, El Wasa, El Pajarraco y El Kikis.

Cuando el alcalde Peñaloza pidió que Guerreros Unidos recuperara Cocula, El Gil le propuso irse a pelear la plaza, como jefe de sicarios, con un sueldo de 15 mil pesos al mes.

El Cepillo no lo pensó. En una casa de seguridad, El Chucky lo entrenó al lado de los hombres que iban a conformar su célula. Les enseñó a armar y desarmar “cuernos de chivo”, R-15 y .9mm. Practicaban el tiro en los cerros: “Ahí practicábamos recibiendo”.

Con El Pato, El Jona, El Chequel, El Duva, El Pajarraco, El Wereke, El Kikis y El Bimbo, regresó un día a Cocula. La célula de La Familia Michoacana que dominaba el municipio era comandada por un hombre apodado La Burra. Los sicarios de Guerreros Unidos no lograron dar con él, pero secuestraron y asesinaron a cinco de sus sicarios, de acuerdo con el expediente. “La Burra abandonó la plaza”, relató El Cepillo.

Quedó entonces a cargo de Cocula. Su manera de cuidar la plaza, dijo, era seguir vehículos sospechosos. “Cuando se detenían dichos vehículos, nos acercábamos y nos entrevistábamos con los tripulantes”.

Si la entrevista no los dejaba satisfechos, se llevaban a los pasajeros al monte. “Ahí los entrevistábamos nuevamente para asegurarnos si eran ‘contras’, y se le informaba al Gil, y éste daba la orden de matar”.

Quien se encargaba de esas ejecuciones era Patricio Reyes Landa, El Pato. Él mismo le avisaba al Cepillo cuando “el trabajo” estaba terminado, “y casi a la mayoría los enterraba”, reveló El Cepillo.

En julio, dos meses antes de la masacre de los estudiantes, El Chucky le llamó por teléfono y le dijo que iba a entregarle dos “paquetes” del grupo de Los Rojos. “Uno vende droga, el otro es sicario”, informó El Chucky. El Cepillo los recibió y los trasladó a la brecha del hoy famoso basurero de Cocula. Ahí los estaban esperado, entre otros, El Pato, El Duva, El Jona, El Primo. Les entregó a las personas y les ordenó “que les dieran piso”.

Consta en su declaración que El Pato le relató después que había llevado los “paquetes” al basurero para matarlos, y posteriormente incinerarlos. “Creo que ellos fueron los primeros que quemaron en ese lugar”, dijo El Cepillo.

Jonathan Osorio Cortés, El Jona, indicó en su declaración que antes de la noche en que desaparecieron los estudiantes, los Guerreros Unidos habían quemado a otras personas en el basurero de Cocula.

El Jona andaba sin trabajo cuando fue enganchado por El Cepillo. “¿Qué quieres ser, ‘halcón’ o sicario?”. El Jona preguntó: “¿En qué chamba se gana más?”. Dijo El Cepillo: “De ‘halcón’ se ganan siete mil 500; de sicario 12 mil”.

“Elegí el trabajo de sicario”, recordó El Jona, “así llegué a Guerreros Unidos”.

A tres días de ser enrolado, debutó como pistolero. El Cepillo recibió la orden “de ir pelear a Mezcala”. Al Jona le entregaron un “cuerno de chivo”: salió con un grupo formado por El Niño, El Pechugas, El Mimo, El Greñas, El Cabeza de Huevo, Banderas, El Pollo “y el difunto Chente” (un sicario que luego murió a manos de Los Rojos). “Con ellos entré a Mezcala y supe que le ganamos a Los Rojos”, le dijo al ministerio público.

El Cepillo le encomendó después la “seguridad” de Cocula. Un día recibió el primer “paquete”: cuatro personas que habían “levantado” en Balsas. Como parte del “paquete”, formado por supuestos secuestradores, iba una mujer que al ser “entrevistada” confesó que se había ofrecido a trabajar para La Familia Michoacana a cambio de que liberaran a su madre, a la que dicha organización tenía secuestrada.

El relato no los conmovió. Llevaron a las cuatro personas al basurero de Cocula. Según la relación del Jona, el difunto Chente, El Pollo y El Primo se encargaron de matarlas. Chente decapitó los cuerpos. El Primo y El Pollo prepararon una plancha, “con piedras más o menos grandes”, y con “llantas que se colocaban entre medio de la leña”.

La declaración del Jona que obra en el expediente parece una siniestra receta de cocina:

“Encima de esa plancha se colocaban los cuerpos y se incendiaban con diesel… el cocimiento duró como ocho horas aproximadamente, para eso hay que estar atizando y meneando para que se calcinen bien los cuerpos. Ya que están consumidos en cenizas se apachurran con un tronco pesado y luego machacando bien los huesos, conforme se va aplastando y meneando, se van convirtiendo en cenizas tan sencillas como las de un tronco bien calcinado. Cuando terminan todo el cocimiento se limpia el área dejando limpio el lugar. En esta ocasión fueron pocos cuerpos, pues no era necesario levantar la ceniza ya que se confundía con la ceniza de la llanta de la leña, por lo que al terminar se jalaba la basura tratando de borrar cualquier rastro de incineración. Al terminar este cocimiento, el difunto Chente le reportó al Cepillo que ya se había terminado con lo que nos había ordenado. Para demostrarle cómo se había dejado el lugar, se tomaban fotos en el celular, se guardaban en una memoria micro y se le entregaban a El Cepillo”.

En su oportunidad, el sicario Miguel Landa Bahena, El Duva, declaró haber visto que “una vez llevaron a una persona al basurero de Cocula y lo quemaron”. No supo decir quién era.

Ninguna de estas cosas, ninguna de estas historias, llegó a los medios. No dieron muestras de estar al tanto de ellas ni el gobernador, ni el procurador, ni el secretario de Seguridad Pública. Tampoco el Cisen, la PGR, la División de Inteligencia de la Policía Federal. Centenares de secuestros, asesinatos y extorsiones impunes habían convencido a los Guerreros Unidos de que en aquella región no había otro mando que el suyo.

La estampida comenzó el 29 de septiembre, tres días después de la desaparición de los estudiantes.

Los sicarios habían recibido la orden de vestirse de blanco y sumarse a una marcha que exigía la presentación de los alumnos desaparecidos: sus jefes les habían pedido confundirse entre la gente y evitar desmanes: impedir que la marcha se saliera de control.

Pero de pronto los teléfonos empezaron a sonar, a recibir mensajes.

La Camperra recibió un pin del Gil que decía: “Salte de Iguala porque hay mucho gobierno”. Sidronio dijo que El Gil le había anunciado “que se iba a enmontar” y se llevaría consigo a Salgado Valladares, el jefe de Los Bélicos. El Chucky le avisó a Ríos Berber que “se estaba calentando la plaza e iba a haber pedo”. El Jona relató que El Cepillo ordenó a sus sicarios que quemaran los celulares con todo y chip. Muchos integrantes del grupo delictivo se escondieron en sus casas y permanecieron “entusados”. Otros agarraron el camino de Apetlanca o Tianquizolco. El alcalde Abarca huyó con su esposa el 30, tras evadir al grupo de policías ministeriales que llegaba a la presidencia a detenerlo.

Si las cuentas no le fallaron al jefe de Los Bélicos, los Guerreros Unidos fueron amos de Iguala durante un sexenio.

Ahora huían por las carreteras y por los cerros. Cerros repletos de fosas y “tiraderos” que encierran las historias de la hora más negra de Iguala.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Su más reciente libro es Roja oscuridad. Crónica de días aciagos.

Ensayo

Por una candidatura independiente única

En febrero empezará a circular un breve libro de Jorge G. Castañeda: Sólo así. Por una agenda ciudadana independiente (Debate). Se trata del alegato más penetrante y articulado disponible hasta hoy sobre el rumbo que debería tomar la oleada de políticos y candidaturas independientes que recorre el país

A partir de 1994, y sobre todo del año 2000, los mexicanos hemos elegido libremente a nuestros presidentes. En los hechos, escogimos entre los aspirantes propuestos por los tres grandes partidos, quienes seleccionaron a sus candidatos, como es lógico, en función de sus reglas internas, de los usos y costumbres de su historia, y de sus intereses. La sociedad civil organizada no participó, ni tenía cómo participar, en la designación de dichos candidatos. Podíamos optar en libertad entre las fotos en la boleta; no podíamos incidir en quiénes salían en la foto.

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Ilustraciones: Víctor Solís

En 2018, por primera vez en la historia reciente de México, podremos escoger entre contendientes partidistas y sin partido: las llamadas candidaturas independientes, gracias a una lucha iniciada hace años por abogados como Gonzalo Aguilar Zínser, Fabián Aguinaco y Santiago Corcuera, por activistas como Joel Ortega, Elisa de Anda y José Luis Ramírez, y por políticos como Manuel Clouthier. Cumpliendo con determinados requisitos —algunos de ellos draconianos, mas no inalcanzables— figurarán en la boleta presidencial una o varias candidaturas independientes a la primera magistratura. Diversos integrantes de la sociedad civil organizada podrán, si así lo desean, incidir directamente en la selección de esas candidaturas. Intervendrán también, si es su voluntad, en su programa; en el equipo de campaña y de gobierno; en su “planilla”, es decir los candidatos a otros cargos de elección popular; en el financiamiento; y en reformas legislativas previas a la elección y aun necesarias para facilitarlas.

Antes, los activistas de la sociedad civil y las elites del país —empresariales, intelectuales, religiosas, sindicales— deberán responder a cuatro preguntas, de preferencia de modo afirmativo. ¿Es deseable que aparezca en la boleta presidencial de 2018 por lo menos una candidatura independiente? ¿Se debe organizar la sociedad civil para construir un proceso del cual emane una candidatura única? ¿Se desea participar en ese proceso? ¿Se está de acuerdo en que urgen reformas puntuales que comiencen a desmantelar nuestro régimen “partidocrático” y “pulverizador”, con una agenda ciudadana como la que se ha resumido hasta aquí?

De respuestas positivas a estas interrogantes se desprenderán varios mecanismos de participación de la sociedad civil. Pero antes conviene enunciar con claridad una posición propia. Estoy más convencido que nunca de que hoy, en México, una candidatura sin partido a la presidencia de la República es una condición indispensable, aunque no suficiente, para consumar los cambios que requiere el país. La exterioridad al sistema, a la partidocracia, a las redes de complicidad, corrupción o pasividad ante la corrupción, a las omisiones y comisiones en materia de derechos humanos, a la aceptación tácita o abierta de la impunidad, es un requisito imprescindible para avanzar en estos frentes. Avanzar en ellos, a su vez, representa un imperativo para crecer, distribuir, educar y proteger.

Los pros de una candidatura independiente

Existen varias razones para pensarlo. En primer término, gane o pierda con un caudal de votos significativo, una candidatura independiente puede sacudir a la clase política, estremecer a la partidocracia, obligar a una reforma político-electoral y a reconfigurar el sistema de partidos, y devolverle confianza a la población en las elecciones, en las instituciones y en la política en general. Ya no es un acicate, sino un petardo; ya no es competencia, sino peligro de vida. No se trata de una regla universal ni atemporal: sólo vale para México hoy. Aunque López Obrador canalice una proporción importante del “hastío” ciudadano en las encuestas levantadas a mediados de noviembre de 2015, sus llamados “negativos” se mantienen en niveles elevados, sin perspectivas de disminuir en vista de su alto grado de reconocimiento. Los otros partidos o personajes no inspiran la menor confianza por parte del electorado. No sólo no entusiasman: no convencen. En un sondeo efectuado en noviembre por Laredo y Buendía para El Universal las cifras de identificación partidista (no necesariamente de preferencia electoral) fueron: 56% independiente, 20% PRI, 12% PAN, 4% PRD y 4% Morena. Más claro, ni el agua.

En segundo término, sólo una candidatura desvinculada de los partidos políticos puede enarbolar un programa como el que describimos aquí, sobre todo en materia de impunidad, derechos humanos y corrupción. La complicidad del PRI, del PAN, del PRD y de Morena, con las realidades y las apariencias del gobierno de Peña Nieto es evidente, y comprensible. Los funcionarios políticos corruptos que rodean a los candidatos de los cuatro partidos son incontables. Es totalmente nula la posibilidad de que un candidato del PRI denuncie la corrupción o las violaciones de los derechos humanos bajo Peña Nieto, o de que uno del PAN rompa con los mismos vicios en el gobierno de Calderón, o de que uno del PRD denuncie lo sucedido en el DF durante los últimos 18 años. Sólo un outsider puede fustigar a los de adentro, y los únicos outsiders posibles son aquellos que no provienen de partidos, que no hayan sido partícipes en los atropellos recientes, y que no se encuentren atados de manos por anteriores compromisos partidistas o por complicidades de camarillas. Los candidatos de los partidos podrán formular propuestas más o menos interesantes, imaginativas y pertinentes, pero por definición no podrán abanderar una agenda ciudadana centrada en el combate a la impunidad, a la corrupción y a las violaciones a los derechos humanos.

Tercero, la sociedad civil organizada, por definición externa a los partidos, sólo puede incidir en la composición de la boleta electoral a través de una candidatura independiente. En el PRI todos sabemos que la selección de su contendiente dependerá de un solo hombre: el presidente. En Morena ya sucedió la autodesignación. El PAN celebrará, al igual que en 2005 y 2011, primarias democráticas y transparentes en lo esencial, pero reservadas, como es comprensible, a los miembros de ese partido. Y el PRD aún se halla en búsqueda de un método para elegir a sus dirigentes y candidatos que no lo escinda, que sea democrático y que impida la injerencia interna de factores ajenos al partido.

Todo esto es normal, y en tiempos normales y países normales, bienvenido. Si determinados sectores de la sociedad, más o menos organizados, no se reconocen en los partidos existentes, tratan de transformarlos, o de crear uno nuevo. Sólo que hoy en México, ambas hipótesis se antojan inviables. Durante los 26 años transcurridos desde la fundación del PRD, únicamente ha surgido un partido nuevo competitivo a nivel nacional: Morena. Por otra parte, el llamado “entrismo” en México, es decir el intento por “tomar por asalto” un partido existente, se topa con el andamiaje jurídico y pecuniario del sistema. Perder la dirección es perder todo, y el Estado tutela ese todo para que nadie corra el riesgo de ser defenestrado.

La última, y quizás la única vez que fructificó un intento de esa naturaleza, fue cuando Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo se adueñaron del PARM en 1987, con el beneplácito, ciertamente, de los dirigentes de esa organización, y también de Gobernación. De tal suerte que si mexicanos de a pie, sin partido y sin deseos de pertenecer a ninguno, desean incidir en la integración de la boleta electoral de 2018, la única vía disponible reside en una candidatura independiente. Su aportación dependerá del trabajo de cada ciudadano, de su talento, de su dinero, de su grupo civil y profesional, de los medios donde influye, y de su radio de acción en la sociedad. Para qué exagerar dicha incidencia. No todos influyen igual. Algunos son más iguales que otros. Pero es innegable que el acceso se facilitará con una candidatura independiente, no con un partido.

Un último punto, de menor trascendencia. La sociedad mexicana da la impresión de comenzar a repudiar el estilo acartonado, solemne y plagado de ritos, congénito, de nuestra clase política. Fox intentó introducir una dosis de irreverencia a la vida política. Se quedó a la mitad del río, sometido por los adeptos del respeto a la investidura. Es casi inimaginable que un candidato priista abandone uno de los principales elementos aglutinadores de su organización: los recurrentes e interminables ritos de sus miembros, de su historia, de su propuesta. López Obrador es incapaz de inyectarle humor a su cruzada; los panistas menos. Pareciera que sólo candidatos sin partido pueden atender la aparente demanda de frescura, sencillez y en ocasiones hasta de insolencia por parte de la sociedad mexicana. Nos haría bien, y yo, por lo menos, me divierto haciéndolo.

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Los supuestos contras de las candidaturas independientes

En tiempos recientes han proliferado las objeciones a las candidaturas independientes. Antes de discutir las ventajas y los inconvenientes de una postulación apartidista única, quisiera responder a algunas de las críticas genéricas, por lo menos a aquellas que parten de un principio de buena fe. Una afirma con cierto sarcasmo que una vez que la candidatura exista, que emane de un proceso de decantación organizado, que cuente con recursos, con un equipo de campaña y de gobierno y, en su caso, con una “planilla” de otras candidaturas independientes (al Senado, a la Cámara de Diputados, al gobierno del Distrito Federal), se parecerá tanto a un partido que… será un partido. En cualquier caso, se sostiene, después de la elección, si pretende perdurar o gobernar, deberá transformarse en partido, como le sucedió a Marco Enríquez-Ominami en Chile después de su campaña de 2008, o a Álvaro Uribe en Colombia.

Este esquema determinista y socarrón puede encerrar una dosis de verdad en ciertas ocasiones, de falsedad en otras, o carecer de gravedad en la mayoría. Candidatos independientes exitosos como Ross Perot en 1992, o medio fracasados como Ralph Nader en 2000 en Estados Unidos, o cómicos como Coluche (Michel Colucci) en Francia, pueden simplemente esfumarse después de la única elección en la que participaron. Otros, como los ya mencionados en Chile y en Colombia, pueden en efecto edificar un partido propio. Y en otros más —la mayoría— desaparecen de la escena cuando concluye la coyuntura que les dio vida. Esto crea un problema sólo a quienes procuran endilgar a otros un enfoque ajeno, a saber, las candidaturas independientes como sustitutos definitivos de los partidos. No conozco a nadie en México que sostenga algo semejante, salvo a propósito de una coyuntura específica en un espacio específico (Nuevo León, 2015; México, 2018).

La discusión académica sobre la viabilidad de democracias representativas sin partidos no carece de interés… académico. Por ahora, podemos sugerir algunas ideas políticas al respecto. Hasta hoy no ha nacido la democracia representativa —no las mafufadas chavistas de democracia participativa— sin partidos políticos. No se trata de un argumento blindado, pero es un hecho. Como todos los hechos, puede cambiar. En segundo término, nada obliga a que un país determinado, en un momento histórico determinado, la democracia representativa existente requiera de la presencia de determinados partidos. En otras palabras, por ahora, en México, se necesitan partidos para que nuestra democracia funcione. Mas no obligatoriamente los partidos que tenemos. Tercero: la eclosión de las redes sociales, de la votación electrónica o anticipada desde casa y de la conectividad cada día mayor, incluso en los países en desarrollo como México, anuncia tal vez un nuevo esquema político. Los partidos políticos ya no desempeñarían forzosamente su antiguo papel de correas de transmisión, de mediación, de vanguardias u organizadores del voto. Por último, es posible —mejor dicho, probable— que a escala municipal o estatal, en muchos países y en México, los partidos sí puedan ser sustituidos por formas distintas de organización, comunicación y representación de la ciudadanía. Esto comienza a entreverse en otros países, desde hace tiempo, sobre todo con el debilitamiento de las iglesias y los sindicatos en Europa y con el auge de las redes sociales. 

Otro reclamo yace en la ardua o imposible gobernabilidad que entrañaría el triunfo de una candidatura independiente en una democracia representativa basada en un sistema de partidos. De nuevo, si se tratara de una teoría general donde se contrastaran las virtudes y defectos de unas y otros en un juego de suma cero, quizás se concluiría que con todo y sus defectos, los presidentes emanados de partidos son preferibles. Pero estamos hablando de México hoy, no de Atenas o de Roma hace siglos, o de Westminster después de Cromwell. Desde 1997, cuando el PRI perdió su mayoría de la Cámara baja, el país se ha visto paralizado legislativamente, o aculado a transas recurrentes para lograr aprobaciones recurrentes (el presupuesto, desde 2000, por ejemplo), o víctima de facturas impagables por reformas importantes pero diluidas, de larga maduración, y sobrevendidas. Ningún presidente ha dispuesto de una verdadera mayoría propia (aunque quizás hoy Peña sí; veremos). No sé que sea mejor: un presidente de partido sin mayoría, o un presidente sin partido, susceptible de aglutinar mayorías, que jamás colgaría las medallas de sus victorias en el pecho de sus partidarios orgánicos… porque no los tiene.

La tercera objeción alega que las candidaturas independientes abren la puerta a dos fenómenos nocivos y en apariencia privativos de este método de elección: los líderes mesiánicos, y el dinero “sucio” por su origen (el narco), o por su destino (comprar una candidatura). Se trata de un argumento único y se le puede replicar como tal. Los líderes carismáticos y/o populistas han llegado al poder en la mayoría de los casos por vías alternas a las candidaturas independientes. Suelen formar partidos unipersonales que por cierto tienden a sobrevivirles, como el caso clásico del peronismo y el Partido Justicialista. De los liderazgos contemporáneos de esta estirpe prácticamente todos —Lula, Evo Morales, Daniel Ortega, Rafael Correa, los Kirchner— provenían de partidos estructurados, en ocasiones formados por ellos mismos, pero de largos antecedentes previos a la elección en la que accedieron al poder.

El caso de Chávez es más ambiguo, pero de ninguna manera confirma los temores de los adversarios de las candidaturas independientes. Poco después de salir de la prisión donde fue recluido por su intento de golpe de Estado en 1992, el entonces teniente-coronel Hugo Chávez Frías fundó en 1997 el Movimiento Quinta República, un partido político regulado por la legislación electoral venezolana vigente. En la víspera de los comicios de 1998, Chávez creó el Polo Patriótico, compuesto por 13 organizaciones políticas anteriormente existentes, incluyendo el viejo MAS y el Partido Comunista. De tal suerte que su triunfo aplastante en las elecciones de finales de 1998 fue todo menos que la de una candidato independiente, aunque sí lo fue de un outsider, quien hizo de la denuncia del rancio arreglo de Punto Fijo y de la mancuerna AD-COPEI su principal arma de campaña. Valga la diferencia entre independiente y outsider: no todos los outsiders, demagogos o no, populistas o no, son independientes, y no todos los independientes son demagogos y populistas.

Los dos ejemplos esgrimidos con mayor frecuencia contra esta vía son el de Fernando Collor de Mello, en Brasil en 1989, y el de Alberto Fujimori, en Perú en 1990. El problema es que ninguno corresponde a la idea que se elaboró de su llegada al poder. En Brasil, desde la Constitución de 1988, se prohíben las candidaturas sin partido. Collor de Mello fue gobernador —electo gracias a una organización local— del estado de Alagoas, y se presentó como candidato de dos pequeños partidos nacionales, el de Reconstruçâo Nacional y el Trabalhista Cristâo. No era un candidato independiente, aunque rápidamente se transformó en el outsider apoyado por los medios para cerrarle el paso a Lula. De nuevo, se confunde su exterioridad al sistema tradicional de partidos nacionales (PMDB, PFL, PSDB, PT) con la independencia. Si bien el fenómeno de “captura” —descrito más adelante— efectivamente se produjo fue después de la derrota de los otros candidatos anti-Lula en la primera vuelta de la elección presidencial. Collor emergió como el último recurso contra Lula de muchos magnates, y en particular de la cadena Globo de televisión.

Fujimori salió de la nada en Perú, pero no sin partido. Su agrupación se llamaba Movimiento Político Independiente Cambio 90, fundado en 1989, y que desde octubre de ese año se presentó ante el Jurado Nacional de Elecciones para solicitar y obtener su registro como partido. Alcanzó la cuarta parte de los escaños en el Congreso en la misma elección donde “el chino” (de origen japonés) derrotó a Mario Vargas Llosa. Contendió sin un partido grande y establecido, al igual que su contrincante, en un país donde el tradicional sistema de partidos (APRA, IU, AP) se desintegró en esos años, en especial durante la guerra contra Sendero Luminoso durante el primer mandato de Alán García. Fujimori basó su campaña en ataques virulentos al sistema de partidos. Pero el descrédito de estos antecedió su advenimiento y él mismo utilizó el cascarón de uno de ellos para presentarse. He aquí otro malentendido: se asimilan las candidaturas independientes a movimientos antisistémicos o antipartidos, en países donde ya imperaba un fuerte desprestigio de los partidos tradicionales. Hay candidatos antisistémicos dentro de los partidos existentes, y que adoptan ese discurso, en ocasiones con éxito, en otras no. Y hay candidatos independientes que se abstienen de denunciar a los partidos, aunque no provengan de alguno de ellos. Los independientes son fruto de la crisis partidocrática, no al revés.

El otro aspecto del mismo argumento involucra los recursos financieros. Los escépticos reiteran que la ausencia de partidos y de una severa regulación del financiamiento puede abrir la puerta a dos vicios perniciosos para la democracia. El primero se caracteriza por la penetración de dinero mal habido, ilícito, ante todo del narcotráfico, en un país como el nuestro, donde podría comprar o “capturar” con mayor facilidad a un candidato independiente que a uno de partido. Nunca he comprendido a qué se debe esa mayor facilidad, ni tampoco por qué una regulación medianamente eficaz para los partidos, por el lado del financiamiento, del gasto y del fisco, no puede aplicarse también a los aspirantes sin partido. Si algunos creen que la “ideología” de un partido —quién sabe cuál, en el caso de nuestras organizaciones políticas— constituye un antídoto suficiente para desalentar tentativas indebidas, no hallo en qué país viven, de qué ideologías se trata, o cómo opera la vacuna.

Es cierto que en partidos de ideología casi existencial —los comunistas, islámicos o fascistas— la militancia y las direcciones presumen una pureza y un altruismo extremos. De ésos ya no hay en América Latina, ni en Europa. Sus herederos —el Partido Comunista Cubano, el PT en Brasil, el PSUV en Venezuela, etcétera— no muestran una gran invulnerabilidad frente a la corrupción. La infiltración del narco en las campañas representa un peligro para todas las democracias de América Latina —y para muchas más— pero no se limita a las candidaturas independientes. Álvaro Uribe, quizás el mandatario más antinarco de la región, fue electo como independiente en el país de mayor expansión del narco, y con el sistema bipartidista más antiguo del continente. 

La objeción sobre el destino del dinero es contradictoria. Isabel Turrent compartió conmigo sus temores de que apareciera en México un Sheldon Adelson, el multimillonario dueño de infinidad de casinos en Estados Unidos, que literalmente adquiere candidatos en su propio país y en Israel. Podría, en su caso, llevar a cabo esta perversión o “captura” del sistema democrático con menores trabas, de prosperar las candidaturas independientes. En sus columnas y en conversaciones conmigo, Diego Fernández de Cevallos ha insinuado que una versión edulcorada de esta desviación de la ética, si no de la norma, sucedió con El Bronco (Jaime Rodríguez Calderón) en Nuevo León. El argumento es verosímil, y en efecto, si las candidaturas independientes carecen de acceso al financiamiento público regulado en condiciones de equidad con los partidos, la “captura” resulta más expedita y sencilla que con candidatos de partido, porque el financiamiento privado termina por pesar más. La solución, sin embargo, no radica en prohibir las candidaturas sin partido, ni en obstaculizarlas, sino en asegurar la equidad en la contienda. Por otra parte, la “captura” por grandes empresarios o poderes fácticos ocurre igualmente con candidatos de partido. Los ejemplos en México y en otros países se hallan a la vista.

¿Candidatura única? ¿Cómo?

El debate sobre las virtudes y los inconvenientes de las candidaturas independientes proseguirá hasta 2018, o incluso más allá. La discusión más pertinente para la ciudadanía hoy se centra en qué tipo de candidatura sin partido debe figurar en la boleta presidencial ese año, y cómo llegar a ese resultado virtuoso. Existen dos tesis en disputa.

La primera, que podríamos llamar hiperdemocrática, considera que la especificidad y el atractivo de las candidaturas independientes proviene de su frescura, de su espontaneidad y de su diferencia radical con el sistema de partidos. Por definición, deben prescindir de estructura, organización o cualquier otra acción colectiva. En particular, los tres temas centrales —una candidatura o varias; asociación con candidaturas para otros cargos antes del 18; y en el 18, el tema de las planillas— deben resolverse por sí solos. No conviene la construcción de un proceso de ordenación o racionalización; se dará de manera natural. No hay que forzar las cosas.

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Estos argumentos se escuchan en boca tanto de defensores de buena fe de la deseable pureza química de las candidaturas independientes, como de quienes llevan agua a su molino en función de intereses electorales legítimos pero partidistas. En efecto, se entiende que para el PRI y el gobierno, por ejemplo, puede convenir más una pluralidad de candidaturas independientes, que no sólo dispersen aún más el voto, sino que apelen o atraigan a clientelas diferentes y le resten votos a candidatos partidistas poderosos, también diferentes: una mujer para atraer el voto femenino; un joven para los jóvenes; uno de izquierda para debilitar a AMLO;  un conservador para disputar la clientela del PAN. Por otro lado, precandidatos independientes con cálculos optimistas de su potencial pueden preferir que la decantación se produzca de modo espontáneo mediante las encuestas, que disparen un fenómeno de voto útil entre independientes como en todas las elecciones presidenciales desde el 2000.

Por desgracia, este planteamiento seductor y sencillo se enfrenta a las vicisitudes de la legislación y de los tiempos electorales. Si las elecciones se celebran a principios de junio, las campañas duran tres meses, y el periodo destinado a la recolección de firmas se extiende durante noventa o ciento veinte días, difícilmente bastará el tiempo para juntar las firmas, compulsarlas en el INE, obtener un registro, hacer campaña, y atestiguar los desistimientos que implicaría una decantación espontánea. La ventaja de los independientes sí yace en poder declinar sin consecuencias, incluso a última hora, ya que no cargan con listas de diputados y senadores que dependan de sus resultados en las urnas. La desventaja, sin embargo, se ubica en la incertidumbre: hasta que el INE no valide las firmas, no hay garantía de figurar en la boleta, y por lo tanto toda encuesta se ve viciada por esa falta de certeza. No se sabrá hasta abril de 2018 quién es candidato y quién no. Hoy ya se sabe que AMLO lo es, y los aspirantes de los demás partidos serán conocidos, aunque no registrados, desde el otoño de 2017.

Enseguida se plantea el problema de las firmas, de los cuadros y de los fondos. Los candidatos partidistas no compiten entre sí por firmas (no las necesitan), ni por recursos humanos (los tienen), ni financieros (el INE se los provee). En cambio, cualquiera que sea el número de candidaturas independientes, se disputarán muchas de las mismas firmas (no se permite firmar por dos o más aspirantes), de los mismos colaboradores o voluntarios y de los mismos donantes. Entre más burros menos olotes para cada uno, sin hablar de atención mediática, respaldos de personalidades, recintos para eventos y oportunidades de dirigirse a grandes foros. Suponiendo que la decantación acontezca al final y de manera desordenada, tendrá lugar después de una lucha descarnada. Ésta se librará por el conjunto de factores indispensables en una campaña y colocará a la candidatura sobreviviente en un situación de inferioridad de fuerzas frente a los partidos. Como si sus primarias se celebraran un par de meses antes de la elección. Además —y es un último elemento de desventaja—, en esas condiciones se vuelve casi imposible construir una “planilla” y un equipo de campaña y de gobierno creíble, salvo en los días finales de la contienda. Ambos ingredientes pueden ser cruciales para la elección, como lo fueron para Jaime Rodríguez en Nuevo León (con Fernando Elizondo) o para Alfonso Martínez en Morelia (con su planilla de regidores de la sociedad civil). Pero el tiempo necesario es mucho mayor a escala nacional.

Por ello, dejar todo al libre albedrío del desarrollo natural de las campañas, en ausencia de una segunda vuelta en México, representaría un error, grave y contraproducente, para las candidaturas sin partido. La alternativa se halla en el diseño y la puesta en práctica de un proceso mediante el cual se construya, entre mediados de 2016 y finales de 2017, una candidatura única, surgida de debates, mediciones, apoyos y campañas de tierra indispensables. La argumentación principal a favor de esta tesis es simple, y aplastante: se puede ganar si la candidatura es única y la elección se convierte en un plebiscito sobre la partidocracia.

Recordemos brevemente la naturaleza de nuestra contienda presidencial: una sola vuelta, tres o cuatro partidos, e hipotéticamente, una candidatura sin partido. Sabemos aproximadamente dónde se ubica cada quién. Por Morena irá López Obrador, que sin el PRD pero con Movimiento Ciudadano y el PT puede arrancar con 20% del voto. El PRI presentará a un socio (en el sentido cubano) de Peña Nieto, ya sea del gabinete, ya sea del partido, ya sea del Estado de México, en alianza con el Verde, si éste sobrevive. La impopularidad de Peña seguirá perjudicando a cualquier candidato identificado con él. Roberto Madrazo fijó el piso del PRI, con 22% en 2006; su techo oscila alrededor de 27% sin alianzas (los 29% de 2015 se lograron en 300 elecciones distritales, no en una elección nacional). El PAN postulará a un@ de tres candidat@s, probablemente Margarita Zavala; la votación del mismo (con o sin mujer en la boleta) se halla entre los 21% de 2015, y un 30% en caso de una campaña de gran arrastre (no la veo). Por último, el PRD deberá decidir si se suma a AMLO en condiciones de debilidad o presenta un candidato propio (Miguel Ángel Mancera o Graco Ramírez), que iniciaría su lucha con el 10% del Sol Azteca en 2015, y cuyo techo difícilmente superaría los 15% (tendría que producirse una debacle de AMLO). Aunque no se deben descartar las hipótesis de alianzas PAN-PRD o PAN-PRI (sin entender bien cómo se fraguarían), así será el firmamento electoral en 2018.

En esta constelación, si apenas uno de cada seis mexicanos que hoy afirman estar dispuestos a votar por un independiente lo hacen efectivamente, éste llegaría al banderazo de salida con 10%: cercano al PRD sin AMLO, a la mitad del PAN, y 15% puntos abajo del PRI y de Morena. Arrancar así permite contemplar un camino sinuoso, pero factible, a la victoria. A condición de que se cumplan los requisitos evidentes: una candidatura magnífica, las demás iguales a sí mismas (ya conocemos a AMLO y a Margarita Zavala), y se presente un frente amplio de respaldo y acompañamiento a los aspirantes que contiendan para varios cargos, empezando por la presidencia.

La última encuesta de Reforma de 2015 amplía esta perspectiva. En los dos careos (uno con Osorio Chong por el PRI, el otro con Beltrones) Jaime Rodríguez El Bronco obtiene 15% de intención del voto, Margarita Zavala 17%, Miguel Ángel Mancera 8%, el priista 18% y AMLO también 18%. Es cierto que otros sondeos contradicen este resultado.

Más allá del tiempo que falta y de lo esquivas que resultan las carreras de caballos a estas alturas, es evidente que por lo menos con el gobernador de Nuevo León, a dos años y medio de las elecciones, un candidato independiente es competitivo. Destaca, por cierto, un fenómeno vaticinado por varios. Entre agosto y diciembre de 2015, AMLO perdió 10% al figurar El Bronco en la boleta. Los 10% se van con él.

Dos condiciones necesarias y suficientes ilustran las posibilidades y las improbabilidades de construir un proceso de ordenada decantación: que todos acepten participar, y que todos acepten el desenlace. Proceder así implica varios procedimientos sencillos, hasta inocuos, pero que sumados equivalen a un método eficiente. Por ejemplo, se podría establecer una ventanilla donde se presente y comparta su proyecto todo aquel o aquella que desee buscar una candidatura independiente a un cargo en 2018 y cuente con el arropamiento de una parte de la sociedad civil organizada. Por ejemplo, allí se podría presentar cualquier mexicano que busque una candidatura independiente a nivel estatal o municipal en 2016 o 2017 a exponer su proyecto. Por ejemplo, se incluirían en el proceso ordenado de decantación el recoger y trasladar al Congreso las reformas específicas que a partir de la experiencia concreta de las candidaturas independientes en 2016, y de la reflexión que suscitaron, se consideren necesarias para una mejor jornada electoral en 2018. Y, desde luego, se difundiría en todo el país la necesidad y deseabilidad de una candidatura independiente genérica en 2018, y se elaboraría una base de datos de intención de apoyo a la misma. Así, cuando se abra el plazo para la recopilación de firmas, existirían condiciones para obtenerlas con rapidez y en cantidades suficientes para derrotar cualquier intento de invalidarlas.

De este proceso emergerá también un equipo de campaña que garantizaría, con transparencia y pluralidad, el cumplimiento con un programa, y por tanto la vigencia de una candidatura competitiva. En la última etapa el grupo de campaña coadyuvaría a conformar el equipo de gobierno, que acompañaría a la candidatura, en caso de resultar victoriosa.

Los astros de 2018

El rechazo de la ciudadanía a la partidocracia, a la clase política y al “sistema” puede desvanecerse, refugiarse en la abstención o dispersarse en una multitud de candidaturas independientes. Este desenlace inhabilitaría la tentativa —crucial— de convertir a la elección de 2018 en un referéndum a favor o en contra de la clase política tradicional, condición sine qua non para triunfar. Cabe también en la fatalidad que se canalice a un candidato partidista, mentirosamente autodesignado como enemigo de ese sistema, sin propuestas verosímiles. El anhelo de encontrar a un falso “externo” ideal puede llevar al país a emprender a destiempo el camino de la izquierda castrista-inflacionaria latinoamericana. Nos equivocaríamos justo cuando América Latina abandona ese sendero: Argentina, Venezuela, Brasil. Sería una lástima.

Sin embargo, los astros parecen alinearse de nuevo en México, siempre con retraso, y sin garantías de aprovechar una oportunidad excepcional, como en el 2000. La conjunción de tantos factores favorables no suele producirse fácilmente, pero hoy abundan los signos alentadores: ahora sí el cambio pasado mañana. El país puede encaminarse hacia una candidatura independiente única, fuerte y viable, cuyos márgenes de éxito transiten entre el triunfo y una competitividad que obligue al cambio y a un gobierno plural y transformador. Dotada de una agenda audaz y a la vez sensata, producto de un proceso amplio y diáfano de discusión, rodeada de un equipo de campaña y de gobierno honrado y competente, esa candidatura externa a la clase política puede hacer historia. Encauzaría el malestar nacional hacia metas ambiciosas y alcanzables, no hacia quimeras simplistas y anacrónicas.

Es larga la lista de decepciones de los mexicanos de estos últimos años. Los errores que todos cometimos fueron en algunos casos autoinfligidos, en otros, producto de circunstancias ajenas e inamovibles. Se ha implantado en el país un ambiente de cinismo, de incredulidad y de rechazo a la política comprensible, pero incompatible con las tareas que cualquier gobierno de cambio debe plantearse. Hemos descrito aquí un esquema factible y sencillo, susceptible de despertar el entusiasmo de una parte de la sociedad, sin engañar a las otras, escépticas y desilusionadas.

Contabilizar los saldos de los sexenios transcurridos, y de este en particular, conduce a conclusiones irrefutables: el raquítico crecimiento económico, la impunidad, la corrupción y las violaciones a los derechos humanos conforman el núcleo duro de la desesperación de un amplio estamento de la ciudadanía. De ese saldo se deriva una agenda, y una candidatura para llevarla a la práctica. Cierto: hay muchos otros desafíos pendientes: la pobreza, la desigualdad, la violencia, la educación, la competitividad. Enumerarlos todos, sin jerarquía, equivale a proponer abstracciones o milagros. Escoger prioridades conforma el corazón de la política. Aquí hemos elegido algunas y propuesto un camino para realizarlas. Pronto, los partidos, sus candidatos y quienes aspiren a una candidatura independiente presentarán otros proyectos. Ojalá sean mejores. Con una narrativa de gran vuelo y lirismo, serán capaces de movilizar a una sociedad ávida de ilusión y futuro, y harta de mentiras y desengaños. Sólo así.

 

Jorge G. Castañeda
Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York. Su más reciente libro es Amarres perros. Una autobiografía.

Ciudad de libros

Saviano y el plagio

Cuando se escribe sobre el periodista italiano Roberto Saviano es necesario comenzar con una descripción más bien pesarosa de la vida en continua fuga del autor más vendido: convertido en blanco de la brutal mafia napolitana, en una suerte de Rushdie de Roma, Saviano vive en las sombras, acompañado siempre de un escuadrón de guardaespaldas fuertemente armados. Tal es la triste consecuencia de haber escrito Gomorra, un libro de ventas masivas que describe la brutalidad psicopática de la mafia italiana. Tan detallada exposición tiende a molestar a los brutales psicópatas y las amenazas que esa molestia genera hacen que Saviano viva bajo la protección permanente del Estado italiano.

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Ilustraciones: Belén García Monroy

No siempre fue así. Según Saviano, en 2006, cuando se publicó Gomorra, los jefes mafiosos locales “se regalaban mutuamente ejemplares del libro con gran orgullo”. Pero el orgullo dio paso a la venganza cuando Gomorra se convirtió en un fenómeno mundial, con más de 10 millones de ejemplares vendidos, y dio pies a una muy laureada adaptación cinematográfica, a una obra de teatro merecedora de premios y a una serie de televisión aclamada por la crítica

Encerrado en su jaula dorada, Saviano se ha convertido en una especie de celebridad mundial (uno de los poquísimos periodistas cuya escritura se ha convertido en una fantástica fuente de riqueza), un muy singular escritor, con más de un millón de seguidores en Twitter). La estrella de rock literaria ahora se codea con auténticas estrellas de rock; y su nuevo libro incluye un efusivo agradecimiento a Bono, el cantante de U2, “por escuchar estas historias cuando yo todavía estaba buscando una manera de narrarlas”. (A su vez, en 2010, en un concierto en Roma, Bono agradeció la presencia de Saviano entre el público y solicitó a la multitud que le brindara un aplauso a “una persona que significa mucho para mí”.)

Saviano afirma que su fama también le ha allegado una gran influencia política y me contó por correo electrónico que “en Italia no se me identifica simplemente como escritor, sino como alguien que, a pesar de estar más bien aislado y del Parlamento, tiene el poder de hacer que aun los más encumbrados funcionarios políticos participen en la conversación. Si un feudo de la camorra [mafia] provoca muertes en Nápoles, el primer ministro me hace la promesa de dar más atención al sur de Italia. Los presidentes de las Comisiones Anti-Mafia hablan e intercambian puntos de vista conmigo. Digo esto con el fin de dejar claro lo mucho que se difunde lo que escribo y cuán poderosa es la voluntad de socavar mi autoridad”.

La mafia podrá odiarlo y sus rivales achicharrarse de celos; a Saviano le gusta subrayar que la plebe lo adora. Luego de regresar a Italia de un breve exilio en Estados Unidos, se jactaba de que las multitudes que acudían a sus actividades querían “tocarme y abrazarme”. A otro entrevistador le dijo que su autoridad podía servir para “contrabandear” temas de alta cultura a la Italia menos educada a través de la cerrada frontera de los medios de difusión masiva, como cuando “fue a la televisión y habló de Dostoievski y el número de telespectadores se elevó de manera increíble”.

Finalmente, luego de cortos periodos de dar clases de periodismo en las universidades de Princeton y Nueva York, y sin duda harto de vivir como prisionero de sus protectores, Saviano ha regresado a reportear sobre el crimen organizado con CeroCeroCero, la tan esperada y muy difundida continuación de Gomorra. Los mafiosos napolitanos han sido sustituidos por un elenco internacional de traficantes de cocaína con apodos de narcos apenas distinguibles uno de otro: El Mágico, El Mayo, El Mochomo, El Mata Amigos, El Majadero, El Más Loco, El Mencho, El Mono.

CeroCeroCero es un libro caótico; una serie de historias en busca de coherencia narrativa en la que se da gran importancia histórica a hechos insignificantes a escala internacional, y se infla y se da una exagerada atención a casi cualquier otro hecho registrado.1 Añádase a esto un puñado de supuestos poemas intercalados a lo largo del libro que tienen como tema la cocaína —tan torpes que le arrancarían una exclamación de dolor a William McGonagall.2 Pero como se trata de Roberto Saviano, el famoso periodista de investigación, CeroCeroCero ha sido profusamente elogiado por la crítica y se ha vendido por carretadas en Europa. Y ya está en proceso una adaptación para la televisión en ocho capítulos. Se grabará en inglés.

Pero Saviano no sólo ha escrito un libro malo. Ha escrito un libro asombrosamente deshonesto. CeroCeroCero está lleno de información saqueada de trabajos de periodistas mucho menos conocidos que él e incluye entrevistas con “fuentes” que tal vez no existen (en un momento volveremos sobre esto). Y en muchos casos incurre en el plagio, para decirlo sin ambages.

Aunque los reseñistas estadunidenses de CeroCeroCero han mostrado destellos de escepticismo, ninguno ha mencionado el reciente fallo de la Corte italiana en favor de quienes acusaron que por lo menos tres partes de Gomorra habían sido plagiadas. (Saviano me dijo que la suma de los párrafos de que se trataba equivalía a un “0.6%” del libro y que no obstante su fallo el juez había afirmado que Gomorra era una “obra original”. Penguin Press, el sello editorial que imprime los libros de Saviano en Estados Unidos, le entregó mis preguntas a Saviano, pero se negó a formular un comentario.)

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¿Y cómo respondió Saviano a estas graves acusaciones, capaces de dañar su carrera? Se encogió de hombros y dijo que todos los alegatos de plagio se debían a la mafia italiana y a sus gacetilleros en los medios, quienes, como era de esperarse, estaban “tratando de destruir” su reputación. Pero aunque es indudable que la mafia es competente en lo que se refiere al asesinato y la intimidación, Saviano no ha demostrado que sus enemigos sean capaces de viajar en el tiempo, lo que les habría permitido insertar pasajes de Gomorra en artículos escritos antes de que el libro se publicara.3

La decisión del magistrado italiano ha tenido poco efecto en el mito Saviano —lo mismo que en su metodología para realizar reportajes—. Al examinar párrafos de CeroCeroCero extraídos al azar, como veremos a continuación, con frecuencia encontré ejemplos de investigaciones y fragmentos de párrafos de otros periodistas que no había entrecomillado ni señalado como cita. Por supuesto, uno no puede poner notas al pie de un plagio (y no hay notas al pie en CeroCeroCero). Pero los lectores se quedan con la clara impresión, promovida por el propio Saviano a través del libro y de diversas entrevistas, de que ese libro se basa en sus viajes de trabajo por el mundo, en horas de profundas inmersiones en distintos archivos y en el testimonio de informantes anónimos. De hecho, Saviano me dijo que el libro estaba compuesto por “cientos de conversaciones y entrevistas con los protagonistas, investigaciones judiciales de todas partes del mundo, libros, artículos, películas, reportajes noticiosos y hechos que he estudiado durante muchos años…”.4

De vez en cuando Saviano se permite una cierta ambigüedad en cuanto a la autoría de los informes que le presenta a los lectores. Por ejemplo, al describir la estructura interna del cártel mexicano Los Zetas, apunta que “fuentes mexicanas y estadunidenses” han puesto de manifiesto que “existe una división precisa de funciones dentro de Los Zetas, cada una etiquetada con su propio nombre”. Y ejemplifica:

“Las Ventanas: niños que dan la alarma cuando detectan que hay agentes de policía husmenado en las zonas de tráfico de drogas; Los Halcones, quienes se ocupan de la distribución; Los Leopardos: prostitutas entrenadas para extraerle información valiosa a sus clientes; Los mañosos: a cargo de las armas; La Dirección: el cerebro que decide la manera de operar”.

La redacción no es clara y no sabemos a ciencia cierta si esta información le fue proporcionada a Saviano por sus informantes. En tal caso le entregaron una lista similar —tanto en el orden de presentación como en el lenguaje que emplea— a la de la entrada de Wikipedia sobre Los Zetas que uno podía leer en 2008:

“Los Halcones velan por zonas de distribución… Las Ventanas son adolescentes en bicicleta que siempre están cerca de los lugares donde se venden drogas y silban para advertir de la presencia de la policía o de otras personas sospechosas. Los mañosos son los encargados de adquirir armas; Los Leopardos son prostitutas que astutamente extraen información de sus clientes; y la Dirección está compuesta por cerca de una veintena de expertos en comunicación…”.

Cuando no atribuye a “fuentes” anónimas información que se encuentra a disposición del público, Saviano presenta datos y fragmentos de diálogo sin señalar su procedencia. Al tratar de verificar algunas de las afirmaciones más curiosas que aparecen en CeroCeroCero, descubrí una notable cantidad de materiales tomados directamente de otros periodistas sin darles crédito, muchas veces redactado con un lenguaje parecido al de sus colegas —sólo se distingue porque se trata de la reiterada traducción entre el inglés, el español y el italiano.

Tomemos por ejemplo la trágica historia de Christian Poveda, un activista y cineasta franco-hispano brutalmente asesinado en El Salvador. Gran parte de los detalles que nos proporciona Saviano provienen de un reportaje publicado en 2009 en Los Angeles Times por Deborah Bonello, corresponsal en la ciudad de México (téngase en cuenta que el texto ha sido traducido del inglés al italiano, y luego nuevamente al inglés, lo que explica las ligeras variaciones en el estilo):

Los Angeles Times (encabezado): “La vida loca capta la realidad cotidiana de las pandillas de El Salvador”. Escribe Deborah Bonello: “‘Chiquita’ es una madre de 19 años de edad, con un enorme ‘18’… tatuado en la cara… desde arriba de las cejas hasta las mejillas. ‘Moreno’ es un hombre de la misma banda, de 25 años de edad, que trabaja en una panadería local creada por un grupo sin fines de lucro llamado Compinches Unidos. Al poco tiempo la panadería cierra porque su dueño es detenido y condenado a 16 años de cárcel por cargos de homicidio. Y ‘Maga’, otra joven madre y miembro de la pandilla, que perdió un ojo en una pelea, es grabada por Poveda durante la larga serie de consultas médicas y operaciones a que se somete para ponerle un ojo de vidrio. Muere asesinada a tiros antes de que termine el rodaje de la película”.

Saviano: “Poveda cuenta la historia de ‘Chiquita’, una madre de diecinueve años de edad, con un enorme 18 tatuado en la cara, desde las cejas hasta la barbilla. Y cuenta la historia de Moreno, de veinticinco años, que quería cambiar su vida y comenzó a trabajar en una panadería fundada por una organización no lucrativa llamada Compinches Unidos. Pero la panadería se cierra cuando su dueño es detenido y condenado a dieciséis años por homicidio. Habla de la Maga, otra joven madre, también miembro de la pandilla, que perdió un ojo en una pelea. Christian la sigue a las citas con su médico, y graba la cirugía a que se somete para reemplazar el ojo dañado… la matan a tiros antes de que termine el rodaje de la película…”.

Los Angeles Times: “… hay 15,000 miembros de pandillas en El Salvador; 14,000 en Guatemala; 35,000 en Honduras y 5,000 en México. La mayor población de pandilleros radica en los EE.UU. Se calcula que allá viven cerca de 70,000…”.

Saviano: “… cerca de 15,000 pandilleros en El Salvador, 14,000 en Guatemala, 35,000 en Honduras, 5,000 en México. La mayor concentración se encuentra en Estados Unidos, con 70,000 miembros”.

Saviano hace ligeras modificaciones al texto (como la traducción de “Wizard” [“Maga”] en español) y omite algunos detalles superfluos. Pero esto califica indiscutiblemente como plagio aun si se aplica la definición más conservadora. Cuando le mostré a Saviano el primer párrafo, insistió en que las semejanzas eran pura coincidencia: “Esta es una descripción de los protagonistas del documental de Poveda, que es más o menos igual en muchos periódicos y fuentes de todo el mundo, porque aquí son sólo un informe de los datos, hechos, cifras que están en la película y que formaban parte de los comunicados de prensa de La vida loca”. En un segundo correo electrónico, reiteró que “sólo hay una manera de describir un documental, y cuando tengo a escribir sobre él, no me baso sólo en mi memoria, también leí el comunicado de prensa, al igual que todos mis colegas”.

Cuando me puse en contacto con Deborah Bonello, me dijo que “los dos párrafos son tan asombrosamente parecidos que se antoja difícil que lo haya escrito así por coincidencia”. Y, contra la aseveración de Saviano respecto a que probablemente habían trabajado a partir de los mismos materiales de prensa, Bonello me dijo que su historia se basaba “en una entrevista con el (ya fallecido) director de La vida loca”.

Obviamente, Bonello no era la única fuente no identificada en CeroCeroCero. Con frecuencia las historias de Saviano están armadas con fragmentos de muchos relatos escritos por distintos corresponsales o enviados especiales. En el momento en que me di cuenta de que no iba a localizar en Los Angeles Times una serie de detalles que Saviano empleaba en su relato sobre Poveda, se me ocurrió buscarlos en el periódico salvadoreño El Faro.

El Faro: “Entre las 12:27 y las 12:29 p.m… la pandilla abordó una camioneta gris plata, una Nissan Pathfinder 4×4, y se dirigió al puente sobre el río Las Cañas. Poveda fue asesinado allí y Romero Vásquez fue uno de los responsables…”. 

Saviano: “Pero un poco después del mediodía Vásquez Romero toma el volante de una Nissan Pathfinder 4 x 4 color gris y lleva a Christian al puente sobre el río Las Cañas. Ahí es donde lo matan”.

Una sección de CeroCeroCero sobre la participación de la delincuencia rusa organizada en el tráfico de cocaína a nivel mundial calca el trabajo del desaparecido investigador periodístico Robert I. Friedman.5 Una vez más, Saviano omite toda referencia a su autor:

Robert I. Friedman, Red Mafiya: “[Tarzán] se jactó de que podía hojear cualquier revista para adultos… ‘llamar a mi agente, pedirle que me traiga a la chica al club, y luego llevármela y cogérmela hasta volverla loca’”.

Saviano: “Tarzán se jacta de que todo lo que tiene que hacer cuando le gusta una mujer en cualquier revista para adultos es llamar a su agente para que él la traiga al club, donde Tarzán se la coge hasta hacerla desfallecer”.

Otro artículo de Robert I. Friedman, “El gángster más peligroso del mundo”, publicado en The Village Voice:

Friedman: …un informante del FBI dijo a esa agencia gubernamental que uno de sus principales lugartenientes en Los Ángeles se había reunido con dos rusos asentados en la ciudad de Nueva York y vinculados a la familia Genovese para diseñar un plan que permitiera tirar residuos tóxicos de Estados Unidos en Rusia… en la región de Chernobyl, probablemente a través de sobornos a las autoridades de descontaminación de esa región”, según reza un informe clasificado del FBI.

Saviano: “De acuerdo con un informe del FBI, parece que uno de sus lugartenientes, ubicado en Los Ángeles, se reunió con dos rusos residentes en Nueva York y vinculados a la familia mafiosa Genovese para diseñar un mecanismo que posibilite el envío de desechos médicos tóxicos de Estados Unidos a Ucrania, a la zona de Chernobyl, probablemente mediante sobornos a las autoridades locales de descontaminación”.

Red Mafiya: “[Juan] Almeida… había sido un importante traficante de cocaína… Él supervisaba los contactos difíciles con los cárteles colombianos utilizando como cubiertas sus establecimientos de alquiler de coches de lujo, un lujoso embarcadero deportivo y otros negocios de su propiedad…”.

Saviano: “Luego tenemos a Juan Almeida, uno de los mayores traficantes de cocaína colombiana en la Florida, que se mantiene en contacto con los cárteles colombianos a través de una agencia de alquiler de coches de lujo en Miami y otros negocios que le sirven como cubierta”.

Red Mafiya: “Birbragher… era un colombiano… [con] excelentes vínculos con el cártel de Cali. En 1982, admitió haber lavado 54 millones de dólares para ellos. ‘Birbragher era muy amigo de Pablo Escobar’, dice Brent Eaton, agente de la DEA. ‘Él [Birbragher] solía comprarle [a Escobar] coches deportivos y embarcaciones de lujo y hacer un montón de cosas más para él’”.

Saviano: “Birbragher era un colombiano muy bien relacionado tanto con el cártel de Cali —para el que se recicló más de 50 millones de dólares a comienzos de los años ochenta— como con Pablo Escobar, para quien compraba yates y autos deportivos”.

Le mostré los dos primeros ejemplos a Saviano, quien volvió a desdeñar las semejanzas. “Ocurre simplemente que Friedman y yo utilizamos la misma fuente”, me dijo en un correo electrónico. Pero Friedman citó su fuente —un informe confidencial del FBI— mientras que Saviano no lo hizo, aunque argumentó que “no es un secreto el hecho de que mi investigación sobre los rusos también se basa en el trabajo de Friedman, y así lo señalo en los agradecimientos”. En realidad Saviano nunca “cita” al autor, dice que está “agradecido por la inteligencia de Robert Friedman”. Es la única vez que lo menciona en CeroCeroCero. (Inmediatamente después de mencionar el nombre de Friedman, muerto hace 13 años, Saviano también agradece a la periodista Misha Glenny, quien posteriormente reseñaría CeroCeroCero para el Financial Times con gran generosidad.)

Y he aquí lo que dice Saviano acerca de Baruch Vega, un fotógrafo colombiano de modas que llevaba una doble vida como agente encubierto de la DEA. Buena parte de los detalles que despliega en CeroCeroCero han sido extraídos y destilados, sin dar crédito, de un reportaje de investigación de David Adams “El Dr. B y el Grupo 43”, publicado en 2003 en el Saint Petersburg Times.6 Una muestra:

St. Petersburg Times: Vega fue el segundo de 11 hijos engendrados en Bogotá por un trompetista de escasos recursos. A los 15 años ganó 20,000 en un concurso de fotografía para aficionados patrocinado por Kodak. La suya era una foto que había hecho por azar de un pájaro, un pez en el pico, buceando en las quietas aguas del lago que estaba atrás de la casa donde se crió en Bucaramanga, Colombia. Sus padres no le permitieron estudiar fotografía, por lo que estudió ingeniería en la Universidad Industrial de Santander, en Colombia. Un profesor lo reclutó para la CIA. Según dice, a comienzos de los años setenta fue enviado a Chile, para ayudar a desestabilizar al gobierno de Salvador Allende.

Saviano: El segundo de once hijos de un trompetista de Bogotá que se trasladó a Bucaramanga… Baruch ganó un concurso de la Kodak cuando tenía quince años. Inmortalizó un pájaro que surgía de un lago con un pez en el pico. Pero sus padres lo hicieron estudiar ingeniería. En la Universidad de Santander fue reclutado por la CIA y enviado a Chile, donde el gobierno de Salvador Allende está a punto de caer.

CeroCeroCero termina con el vívido relato de la muerte del periodista mexicano Bladimir Antuna García a manos de una banda de narcotraficantes que sirve al notorio narcoterrorista El Chapo —relato canibalizado, en su totalidad, de un informe de 2009 hecho por el Comité de Protección de Periodistas (CPP)—. Es ilustrativo comparar las dos narraciones y ver cómo Saviano condensa y copia la denuncia de los otros —sin darles crédito, por supuesto—. El párrafo completo de CeroCeroCero, así como el informe del CPP, se pueden ver en esta dirección: http://goo.gl/2LAsfH. (Obviamente, el informe del CPP brinda una descripción más extensa y más detallada que la de Saviano. He resumido la historia del CPP pero he mantenido el mismo orden de la misma, para resaltar sólo las partes que Saviano reescribió.)

Si el hacer pasar la información de otros como propia podría ser uno de los delitos más graves en el periodismo, Saviano puede haber cometido un pecado aún más grave en CeroCeroCero, al combinar el plagio con lo que parece ser la invención de una entrevista.

Según Saviano, entrevistó a innumerables fuentes y viajó a casi una docena de países mientras investigaba para escribir CeroCeroCero. De hecho, él mismo ha escrito que a un periodista profesional no puede bastarle con estar metido en la computadora, excavando la veta de Google, ya que “la única manera de entender de verdad y llegar al fondo de las cosas, es sentir el aliento caliente de la realidad, tocar sus colmillos”.

Aunque los críticos han especulado de vez en cuando sobre la veracidad de algunos de sus materiales, hasta ahora ha sido imposible verificar la información proporcionada por sus fuentes anónimas —o incluso la existencia de las mismas—. Pero en CeroCeroCero, Saviano cometió un error revelador.

Tras descubrir que los antiguos miembros de los kaibiles, una unidad de elite de las fuerzas militares de Guatemala especialmente notable por su brutalidad, trabaja para los cárteles mexicanos de la droga, Saviano hace lo que haría cualquier buen periodista: decide que “tiene que conocer a un kaibil”. Milagrosamente, se topa con “Ángel Miguel” que vagabundea en Italia. (“Resulta —escribe Saviano— que no es difícil conocer a un kaibil”). Miguel es un guatemalteco “elegantemente vestido”, dispuesto a hablar de sus antiguos camaradas.

El encuentro se lee como un guión de Miami Vice particularmente rimbombante. Como Saviano no se da cuenta de la belleza con poca ropa que merodea cerca de ellos —“Muy rubia, con un vestido que luce como una segunda piel, tacones vertiginosos”— el fanfarrón Miguel lo acusa de ser “maricón”. Un toque cinematográfico antes que Miguel empiece a verter, casi con indiferencia, secretos de los kaibiles, explicando las penurias del entrenamiento militar de elite y las hazañas de sus reclutas.

Saviano cita a Miguel Ángel: “Para completar el entrenamiento hay que pasar dos días metido en un río, sin dormir, con el agua hasta el cuello. A mí y a mi cuas nos confiaron un cachorro, un chucho sin raza, de ojos llorosos… Le dimos un nombre y estábamos empezando a encariñarnos con él cuando nuestro jefe nos dijo que teníamos que matarlo… Luego nos dijo que teníamos que comer de él y beber su sangre… Sólo un tercio de nosotros llegó hasta el final”.

La conversación con Ángel Miguel es a la vez fascinante y aterradora, llena de detalles que nos dejan boquiabiertos. Pero, ¿de veras conoció Saviano a un ex kaibil? Y si así fue, ¿cómo es que hay partes sustanciales de la conversación entre el autor y su entrevistado que se parecen tanto a un reportaje publicado el 4 de octubre de 2005 por el periodista mexicano José Luis Castillejos?

Comparemos la descripción que hace Miguel de su formación con este párrafo de Castillejos en “kaibiles: Un entrenamiento en el infierno guatemalteco”, publicado por la agencia mexicana Notimex:7

Como parte del curso, que termina sólo un tercio de los candidatos, los futuros kaibiles tienen que pasar dos días sin dormir en un río con el agua hasta el cuello… Como parte de su formación, se les enseña a cuidar de los cachorros que matan más tarde para comer.

Conforme se avanza en la lectura, las citas de Miguel y las descripciones de los kaibiles que hace Saviano sugieren que éste puede haber creado una entrevista con una fuente anónima mediante el simple recurso de rescribir la historia publicada por Notimex hace 10 años:

Saviano (citando a Ángel Miguel): “Al final de las ocho semanas hay una cena. Parrillas enormes, humeantes, con un fuego alimentado constantemente, al que toda la noche se arrojan filetes de cocodrilo, iguana y venado. También existe la tradición de agarrar al ministro guatemalteco de defensa y echarlo a un estanque con cocodrilos (están muy lejos, ¡pero esos tipos de gobierno son de veras unos mequetrefes!)”.

Notimex: “Al término del entrenamiento, los comandos se dan un banquete con carne de lagarto asada, iguana, venado, y tienen el permiso de tomar por la fuerza al ministro de Defensa de Guatemala en turno, y lanzarlo a un estanque donde hay cocodrilos”.

Saviano (citando a Ángel Miguel): “La primera fase del entrenamiento dura veintiún días; la segunda, veintiocho días. En la selva. Ríos, pantanos, campos minados… Por fin llega la última semana. El último paso para convertirse en un auténtico kaibil. Uno aprende a comer lo que haya, lo que puedas encontrar. Cucarachas, serpientes. Aprendes a conquistar el terreno del enemigo, a aniquilarlo, a apoderarte de él”.

Notimex: “La primera [fase] tiene una duración de 21 días de instrucción teórica y entrenamiento práctico en la que se mide el grado de espíritu militar y el nivel moral del aspirante. La segunda fase se desarrolla en la selva por 28 días y al final del severo entrenamiento, el kaibil debe… ser capaz de cruzar corrientes de agua, pantanos, riscos, hacer demoliciones, detectar y desactivar minas. En la ultima etapa, el aspirante a kaibil, acostumbrado a comer culebras, hormigas y raíces, y a captar el agua del rocío en hojas, debe efectuar ataques de aniquilamiento, maniobras de inteligencia, penetraciones en territorio enemigo y reabastecimiento”.

Saviano, sobre los kaibiles: “Tras la cena uno finalmente puede portar la insignia de los kaibiles: una daga sobre fondo azul y negro… de la daga se alza una llama que arde eternamente. Libertad. Ángel Miguel levanta de repente la mano y extiende los dedos. ‘Olor. Oído. Tacto. Vista. Gusto. Los cinco sentidos, que el kaibil perfecto debe desarrollar y mantener siempre atentos. Unidad y fuerza’. Miro a Ángel Miguel. Él ya no es un kaibil”.

Notimex: “A partir de entonces, los comandos ya pueden exhibir el escudo kaibil, que tiene un mosquetón de alpinismo, que significa unión y fuerza, y la daga que está al centro de la imagen representa el honor y su empuñadora son cinco muescas, que significan los cinco sentidos permanentes del soldado”.

Saviano: “El kaibil sabe que nunca —por ninguna razón en el mundo—, debe separarse de su boina marrón, que lleva su escudo de armas: un mosquetón de alpinismo, que representa la unidad y la fuerza; una daga, que simboliza el honor, con cinco muescas en el mango, que representan los cinco sentidos”.

O bien Ángel Miguel no existe o bien la entrevista que Saviano sostuvo con él arrojó tan poco material utilizable que allanó la red electrónica para engordar una entrevista sin mucha sustancia. Cuando le pregunté sobre esto, Saviano respondió de manera enfática que el material de “Ángel Miguel es original, resultado de mi encuentro con él, y no sé a qué… reportaje te refieres, pero sin duda no fue mi fuente para esta historia”. Me dijo que todas las palabras atribuidas a Ángel Miguel surgieron directamente del ex kaibil.

Para dotar de un contexto más amplio la historia de Ángel Miguel, en CeroCeroCero Saviano describe (y al hacerlo se equivoca levemente) uno de los crímenes más brutales de la de por sí brutal guerra civil guatemalteca: la infame matanza de las Dos Erres, ocurrida en 1982, en la que fueron asesinados 250 civiles. Curiosamente, mientras Miguel habla como un cable de una agencia noticiosa mexicana, Saviano escribe como un voluntario de Wikipedia:

Saviano: “Los más jóvenes fueron estrellados contra las paredes o contra los árboles. Los cuerpos fueron arrojados a pozos… Cuando salieron de la aldea los soldados se llevaron con ellos a dos chicas… a las que violaron repetidamente. Cuando se cansaron de ellas, las estrangularon”.

Wikipedia: “Destrozaron las cabezas de los niños más pequeños contra las paredes y los árboles… Tiraron sus cuerpos a un pozo… en los días siguientes tuvieron secuestradas a un par de adolescentes, a las que violaron repetidamente y finalmente estrangularon”.

Luego de ver las similitudes entre las “citas de Ángel Miguel” y el reportaje de Notimex, uno no puede dejar de preguntarse si otras fuentes de Saviano también han sido compuestas o inventadas.

En una sección sobre la importancia de Guinea-Bissau como punto de tránsito en el tráfico de cocaína, Saviano introduce a un personaje al que se refiere con el pseudónimo de “Mamadu”, una “mula” que ha ingerido y transportado innumerables bolsas de cocaína a Europa con la esperanza de que “para mi trigésima entrega ya haya ahorrado suficiente dinero para invitar a mi novia a cenar en un restaurante de lujo en Lisboa”. No queda claro cuándo y dónde se llevó a cabo la conversación, pero Saviano ofrece un esbozo de la vida de Mamadu antes que el tráfico de cocaína la transformara:

Mamadu me cuenta acerca del día, en 2009, cuando acertó a pasar por la residencia del presidente de la República, João Bernardo Vieira. Al principio confundió los disparos con cohetes, a los que siempre había tenido miedo, y volteó en dirección del ruido con la intención de ver quiénes eran los pequeños dinamiteros. Pero sólo vio un gentío que se apartaba como podía al momento en que dos coches, con las llantas rechinando, se abrían paso entre los aterrorizados transeúntes. En el piso yacía el cuerpo encogido de un hombre al que no reconoció. No fue sino hasta el día siguiente que Mamadu, al darle un vistazo a los titulares, se enteró de que era el presidente de la República.

Al igual que muchos de los personajes de Saviano, Mamadu es un poco demasiado perfecto. Pero un pequeño detalle sugiere que algo no está bien con su historia. A menos que Mamadu hubiese entrado a la cocina de la residencia privada del presidente João Bernardo Vieira a las cinco a.m., donde fue baleado y asesinado a machetazos, el autor —o su fuente— es un fantasioso. (Los primeros informes de la prensa afirmaron que había sido asesinado en un “ataque fuera de su casa”. Un error que todavía está presente en la página de Wikipedia sobre Vieira.) Tampoco es plausible que Mamadu estuviera paseando casualmente por la residencia del presidente antes del amanecer, escuchara una ráfaga de disparos y viera el cuerpo sin vida de Vieira desplomado en la acera sin darse cuenta de lo que había presenciado. El tiroteo que empezó inmediatamente después de la ejecución frente a la residencia de Vieira duró casi tres horas.

¿Y qué hay del puñado de personajes a los que Saviano dice haber entrevistado? ¿Existe en realidad un investigador del departamento de policía de Nueva York con acento italiano (“Su italiano estaba lleno de dialecto, pero yo podía entenderlo”) que le proporcionó la transcripción de una reunión cumbre de la mafia multinacional, en la que “un viejo jefe italiano habla con un grupo de latinos, italianos, italo-americanos, albaneses y ex kaibiles”? ¿Hizo un veterano mafioso una extemporánea disquisición acerca del honor en esta reunión de superamigos de la mafia? ¿Qué hay de “don Arturo”, el anciano y sabio cultivador de opio cuyos campos son quemados por el ejército mexicano para luego ser reconstituidos por mandato de los militares estadunidenses?

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Saviano me aseguró que “ninguno de los personajes que uno encuentra en CeroCeroCero fue inventado. Cada uno, desde el primero hasta el último, es real”. Pero en un correo electrónico anterior había admitido de manera más bien franca que había compuesto por lo menos un personaje para efectos narrativos: “En algunos casos agrupo diferentes que realmente existieron en un mismo personaje con el fin de que la exposición de los hechos sea más sencilla. Don Arturo, en el capítulo sobre México, es un ejemplo. En México ha habido decenas de don Arturos con una historia similar. En todo caso mis lectores no leen cosas que se inventaron, sino hechos que realmente sucedieron, a pesar de que pueden haberle sucedido a diferentes personajes que se pueden caber en la misma categoría”. En otras palabras, “don Arturo” es un invento de Saviano.

Cuando le señalé que en ninguna parte de CeroCeroCero se menciona que algunos personajes han sido construidos, Saviano dijo con desdén, aunque de manera más bien confusa, que esas técnicas son “fáciles de entender para aquellos que están acostumbrados a la lectura. No es necesario que un editor escriba en la solapa: ‘Este libro no es solamente periodismo, sino una novela de no-ficción’ ”. Ése, según él, es su oficio: es un “novelista de no-ficción”, en la tradición de Truman Capote. Su propósito es contar la verdad absoluta, pero con levadura literaria.8 En efecto, Penguin Press, que clasifica el libro como no-ficción, no utiliza la palabra “novela” en ninguna parte cuando se trata de describir CeroCeroCero.

Y además, me dijo Saviano, hay dos citas en la contraportada —una de un periódico español, la otro de una publicación alemana— que describen el libro como “literario”.

“La naturaleza de mi libro es clara para todos”, me dijo en un correo electrónico, y “es raro que alguien me pregunte: ‘Saviano, ¿podría mostrarme dónde dice en su libro que pertenece al género de la novela de no-ficción’?”.

¿Pero es claro para todos que Saviano está reescribiendo el trabajo de otros periodistas o que él está creando personajes compuestos? Al reseñar CeroCeroCero para el New York Times, Mark Bowden, autor de La caída del Halcón Negro, se preguntaba acerca del personaje de “don Arturo”: “Un episodio memorable. Pero, ¿sucedió realmente? ¿Existe en verdad un don Arturo?… ¿Qué es verdad, y qué es fantasía en esta a veces llamativa, a menudo tediosa, siempre abigarrada miscelánea de parábolas, monólogos dramáticos, poesía, cuentos con moraleja e historias de terror?”. Es una pregunta que las citas de la contraportada no logran responder.

Un periodista italiano que ha escrito sobre Saviano y lo ha entrevistado me dijo que después de leer Gomorra él también se preguntaba qué porcentaje de sus historias sería cierto, y se rió de la etiqueta de “novela de no-ficción”. “¿De veras hizo usted, Roberto Saviano, todas las cosas que escribe en su libro? Si no lo hizo, es una novela. Si lo hizo, e hizo exactamente esas cosas, y conoció exactamente a esas personas, entonces es no-ficción”.9

Anteriormente Saviano ha desechado las sugerencias de que inventa o embellece su material. Recientemente le dijo a un entrevistador que sus libros pueden leerse como novelas, pero que todos los hechos “sucedieron en realidad” y que “incluir detalles irreales [en CeroCeroCero]” sería desaconsejable porque “el poder de la realidad acabaría por verse disminuido”. Pero la novela de no-ficción, me dijo, “no puede ni debe someterse a las reglas del periodismo de investigación”.

“No soy un periodista (o un reportero) sino, más bien, un escritor, y relato hechos reales”, me dijo. Y sin embargo, la solapa de CeroCeroCero se refiere a Saviano como un “periodista de gran valentía” y al libro como una “investigación electrizante”, a la vez que casi todos los perfiles recientes de su persona o las reseñas de su trabajo lo identifican como un “periodista de investigación”. (Asimismo, los anuncios que se emplean para promover CeroCeroCero dicen que él es un “tipo singular de periodista” que ha sufrido al tratar de servir a la verdad.)

Cuando se le preguntó si las futuras ediciones de CeroCeroCero incluirían sus fuentes informativas, Saviano dijo burlonamente que el libro “se ubica en el género de no-ficción, pero es, ante todo, una novela. ¿Por qué debería incluir fuentes informativas en una novela?”.10

Saviano quiere tener las dos cosas, pero dice que su profundo compromiso con la verdad explica “por qué no he escrito libros de ficción”.

Tal vez es hora de que empiece a hacerlo. Aunque sospecho que ya ha empezado.

 

Michael Moynihan
Periodista. Columnista en The Daily Beast.

Este texto se publicó originalmente en The Daily Beast, 24 de septiembre de 2015.

Traducción de Rafael Vargas.


1 Saviano posee un sorprendente don para exagerar. Algunos ejemplos: el asesinato de un agente encubierto de la DEA es, dice, “el origen del mundo moderno”; las acciones de Pablo Escobar, el capo de la droga, fueron más significativas “que cualquier cosa que Reagan y Gorbachov hayan hecho o decidido”; “no hay mercado en el mundo que genere más ingresos que el de la cocaína”; y los tuits anónimos de apoyo al narcotraficante mexicano El Chapo “dicen más sobre el mundo actual que la mayoría de los artículos y análisis políticos”.

2 El escocés William McGonagall (1825-1902), célebre en vida porque sus poemas (la mayoría de las veces inspirados por tragedias y catástrofes reales) eran tan malos que resultaban involuntariamente cómicos y circularon profusamente, impresos en hojas volantes. Se convirtió en un personaje muy presente en la cultura popular británica a lo largo del siglo XX. Su nombre es sinónimo de mal poeta en el mundo de habla inglesa. [Nota del traductor.]

3 Cuando el Daily Princetonian le preguntó acerca del veredicto de plagio, Saviano amplió la teoría de la conspiración y le aconsejó al entrevistador que “tenga en cuenta que los periódicos que me han denunciado son los mismos que he atacado en mis reportajes de investigación. En cuanto al editor, se trata de una persona que ha sido condenada por extorsión en otro caso”. No dice nada acerca de la fuerza sombría que habría corrompido al juez que presidía el tribunal. En un correo electrónico, Saviano señaló que anteriormente había atacado a los mismos dos periódicos que presentaron la demanda por plagio, y que incluso había hecho un programa de televisión en el que los denunciaba. La demanda en su contra, dijo, había sido interpuesta poco después. “Maurizio Clemente, el sigiloso editor de los dos documentos”, me dijo Saviano, “fue condenado a siete años de prisión por extorsión a través de la prensa, es decir, cobró por no hacer circular información sobre empresarios y políticos”. Tal vez. Pero el plagio existe o no, independientemente de los antecedentes penales de los que hacen
el reclamo.

4 Saviano expresa su gratitud en la página correspondiente del libro, lo que sugiere que mientras vivió bajo sentencia de muerte —misma que supuestamente le había impuesto vivir bajo una suerte de toque de queda mientras estuvo exiliado en Nueva York— viajaba por el mundo y estrechaba contactos con diversas fuerzas policiales federales: “Gracias a la DEA, el FBI, la Interpol, la Guardia Civil, los Mossos d’Esquadra, Scotland Yard, la Gendarmerie Nationale francesa, la Polícia Civil brasileña, algunos miembros de la Policía Federal mexicana, algunos miembros de la Policía Nacional de Colombia y algunos miembros de la Policía rusa, que me han permitido acompañarles en sus investigaciones y operaciones”.

5 El norteamericano Robert I. Friedman (1950- 2001), calificado como uno de los mejores periodistas de investigación que haya habido en el mundo, fue también uno de los más temerarios. Su línea de trabajo (la denuncia de la organización internacional de la delincuencia y su infiltración en los más altos niveles de gobierno de diversos países a través de la corrupción) lo colocó muchas veces en situaciones en las que su vida estuvo en peligro. Por ejemplo, sus indagaciones sobre la actividad de la mafia rusa en Estados Unidos, que lo llevaron a señalarla como una grave amenaza para la seguridad de ese país mucho antes de que el gobierno estadunidense pareciera advertirlo, le valieron una sentencia de muerte por parte de una de los más poderosos jefes de esa mafia, frente a la cual, como lo han asentado varios autores, la italiana resulta un problema menor. Eso es lo que Friedman demostró acuciosamente en su libro Red Mafiya: How the Russian Mob Has Invaded America, publicado en el año 2000. Friedman falleció en julio de 2001, a consecuencia de una enfermedad que contrajo en la India mientras hacía un reportaje sobre la esclavitud sexual a la que se somete a miles de mujeres y niñas en ese país. [Nota del traductor.]

6 Es interesante observar cómo Saviano cambia pequeños detalles para apropiarse de la escritura ajena. Tomemos como ejemplo esta descripción de unos traficantes de drogas que operan en Curaçao publicada en Der Spiegel: “El punto principal de encuentro en Fuik es la tienda de bocadillos Donald Duck, que se encuentra en la polvorienta carretera principal de la ciudad. Aquí es donde los ‘topos’ se reúnen para discutir posibles acuerdos mientras se toman una Coca-Cola y comen una pieza de pollo”. Veamos en seguida la manera en que Saviano modifica los detalles: “La tienda de bocadillos Donald Duck, en los suburbios de Fuik, en la parte sur de la isla, es un paraíso también para los narcotraficantes. Entre un sándwich y una caipirinha, hablan de negocios”. O esta historia en el Financial Times: “El 15 de noviembre de 1995, una mujer mexicana de 40 años, elegantemente vestida, entró en la sede de uno de los bancos privados más venerables de Ginebra: Pictet & Cie. … le dijeron que había un problema: una falla eléctrica impedía el acceso a las bóvedas …”. Leámosla en CeroCeroCero, ligeramente modificada: “El 15 de noviembre de 1995, una elegante señora mexicana, Paulina Castañón, solicita acceso a su caja de seguridad en uno de los bancos privados más antiguos de Ginebra: Pictet & Cie. Los atildados empleados le dicen que lamentablemente hay un problema con el sistema de seguridad de la bóveda”.

7 La historia original, en español, está disponible en la red y se puede leer aquí: https://joseluiscastillejos.wordpress.com/2007/03/25/
kaibiles-un-entrenamiento-en-el-infierno-guatemalteco/

8 En mis intercambios con Saviano a través del correo electrónico, constantemente cambiaba el sentido de mis preguntas sobre el plagio y lo llevaba hacia la idea de una “novela de no-ficción”, invocando de manera reiterada a Truman Capote —autor de A sangre fría y autoproclamado inventor de tan denostado género—, como un escritor que utiliza elementos de ficción a la vez que se apega a los hechos. Pero tal vez no sea la mejor comparación, teniendo en cuenta las circunstancias. Como lo ha demostrado claramente a través de análisis recientes el agudo crítico de los medios informativos, Jack Shafer, en A sangre fría Capote “se cuidó de limar asperezas, endulzó su material, escribió párrafos que contradicen los hechos que apuntó en sus cuadernos de notas e inventó escenas”.

9 El periodista italiano señaló algunas estampas en Gomorra que le parecieron muy poco plausibles: “como la del sastre que fabrica ropa de imitación que comercializa la mafia, y luego ve a Angelina Jolie usando un diseño suyo en la entrega de algún premio”. O la escena final de Gomorra, sobre la que le preguntó a Saviano: “¿De veras estaba usted flotando en un vertedero de residuos tóxicos, abrazado a una lavadora y clamando por libertad, tal como lo escribe, o se trata más bien de un ‘recurso literario’?”.

10 “Usted puede encontrar los nombres de todos los escritores y de la gente a la que le debo parte de mi inspiración en los agradecimientos”, me dijo Saviano en un correo electrónico. Pero al expresar su gratitud está lejos de hacer referencia a “todas” sus fuentes. Y aun si lo hiciera, no bastaría con ello.

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Estampas del redentor democrático

Moisés Sáenz tal vez sea el redentor más olvidado de la historia mexicana del siglo XX. En parte eso se debe a que su particular vía para la redención pasaba por las instituciones, por una en particular: la escuela rural. En efecto, en los años veinte y treinta Sáenz fue el arquitecto de las escuelas rurales en el país. Sáenz también es muestra de un fenómeno ahora casi olvidado: el fructífero diálogo entre intelectuales mexicanos y norteamericanos. La Revolución mexicana interesó a pensadores del otro lado de la frontera. Hoy queda poco o nada de esa relación que involucró la inteligencia, pero también las pasiones, de hombres como John Dewey, Manuel Gamio y Moisés Sáenz. Sin embargo la historia de esa relación es uno de los mejores capítulos de la imaginación binacional compartida. Recordar los empeños es evocar una posibilidad. Moisés Sáenz: vigencia de su legado (Monterrey, Escuela Normal Superior “Moisés Sáenz Garza”, 2015) es una prueba de que la evocación todavía resuena en los herederos de ese legado. De esta forma, Edmund T. Hamann se apropia de una herencia común de mexicanos y norteamericanos. Un legado en el cual se mezclan los empeños redentores de Moisés Sáenz y los sueños democráticos de John Dewey. El libro tiene una dimensión autobiográfica, que no es un preámbulo ocioso, sino una clave de interpretación sin la cual la obra sería sencillamente incomprensible. Del libro de Hamann está ausente, para bien, la distancia fría del estudioso que mira a la distancia a su personaje y sus predicamentos. El autor ve en los pasos de Sáenz un camino, una senda, que él mismo, en su vida profesional ha caminado en sus propias andanzas educativas en tierras mexicanas. Ha estudiado a los niños mexicanos migrantes que regresan del norte. Ahí se encuentra la simiente de dos civilizaciones. Dos culturas que se miran siempre, pero que usualmente no se entienden. Al final, nos dice el autor, siempre regresaba a Sáenz. ¿Por qué?

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Ilustraciones: Raquel Moreno

En parte porque en el ex subsecretario de Educación había un optimismo y una fe en el poder de la voluntad individual que le hablaba —y le habla aún— a los norteamericanos. Porque les recuerda una fibra de su manera de ser en el mundo. No en balde Sáenz era protestante. Creía en la redención, no sólo en sentido religioso, sino cultural y político. Como afirma Hamann, uno de los principales lemas de la SEP en 1920 era: “Educar es redimir”. Sáenz quería forjar patria, porque no sólo era un nacionalista, sino un patriota. Pero ante todo, era un redentor. Creía que los mexicanos “merecían una redención educativa e independencia económica y psicológica, a la par de un sentido de nacionalidad común”. A diferencia de muchos redentores mesiánicos que no dudaban en ofrendarse en sacrificio, pero que consideraban innecesario consultar a quienes pretendían redimir, Sáenz era un demócrata y un individualista. Ello se pone de manifiesto en las páginas de este libro tan personal. Hamann explora la influencia de Dewey en Sáenz. La fe del educador en la escuela es inexplicable sin las nociones del filósofo, quien pensaba que “la escuela es simplemente esa forma de vida comunitaria en que están concentrados todos los medios que serán más eficaces para llevar al niño a compartir los recursos heredados de su raza [de la humanidad] y a usar su propio potencial para fines sociales”.

En el libro el recorrido por los empeños de Sáenz en los años en los que moldeó las instituciones del joven Estado posrevolucionario es preciso e iluminador. Asistimos al descubrimiento por parte del educador de las comunidades rurales apartadas, lo vemos concebir un ambicioso plan de reforma pedagógica, imaginar una escuela ideal que civilizara y forjara mexicanos. En efecto, afirmó Sáenz en 1932: “Nuestra tarea es civilizar —nada menos que esto— elevar el nivel de las masas; hacer al indio uno de nosotros; organizar al país; elevar el nivel de vida; mejorar el nivel económico del trabajador y el campesino; crear instituciones y transformar elementos étnicos, sociales y políticos en una nación. Civilizar, nosotros lo declaramos al principio y lo debemos repetir en este punto, es perder algo de lo que es nuestro y limitarlo con el fin de amoldarlo a lo que es universal”.

A principios de los treinta Sáenz concibió en un pueblo de Michoacán una escuela modelo que no era una escuela sino un proyecto de redención comunitaria: Carapan. Hamann nos relata cómo nació y murió niño ese proyecto. Escaso año y medio sobrevivió a los vaivenes políticos y financieros del Leviatán revolucionario. Y hay una melancolía en este relato de empeños. Porque este libro es presa del mismo mal que aqueja a todos los que nos hemos asomado a ese expediente de la redención mexicana a través de la educación en esos años: la nostalgia. Una nostalgia de un país abierto a la experimentación y la innovación, en el cual todo estaba por hacer y los ánimos estaban, aparentemente, a la altura de las circunstancias. En 1932 Sáenz afirmó: “estas escuelas rurales son nuevas; no tienen pasado; no están perturbadas por la tradición. Son las hijas de la Revolución; tienen una absoluta desaprobación del dogma educativo e ilimitada confianza en sí mismas”.

Hamann no es ciego a los errores de Sáenz; le critica su ceguera, probablemente herencia de su maestro Dewey, a la opinión y a las emociones. Sin embargo, creo que pasa por alto dos elementos que me parecen cruciales. El primero es que sólo menciona de paso lo que de hecho fue un gran debate, no sólo pedagógico, sino fundamentalmente filosófico, entre dos concepciones encontradas de la educación. Por un lado el pragmatismo de Dewey naturalizado por Sáenz en tierras mexicanas y por otro al arielismo de José Vasconcelos, quien en De Robinsón a Odiseo formuló una formidable crítica al proyecto de Sáenz. Vasconcelos reivindicó el conocimiento de lo bello y lo cierto en contra de cualquier utilitarismo anglosajón. De ahí que concibiese al pragmatismo de Dewey como una especie de barbarismo. Para el filósofo norteamericano, como nos recuerda Hamann, no existía el conocimiento puro: “No existe tal cosa como conocimiento auténtico y comprensión fructífera a excepción del producto del hacer. El análisis y reacomodo de los hechos que es indispensable para el crecimiento del conocimiento, la capacidad para explicar y para clasificar correctamente no puede ser logrado completamente de manera intelectual —sólo dentro de la cabeza—. El hombre tiene que hacer algo cuando desea descubrir algo; tienen que cambiar las condiciones. Esta es la lección del método de laboratorio, y la lección que toda la educación tiene que aprender”.

El riesgo de hacer demasiado énfasis en el hacer es que fácilmente se puede caer en el antiintelectualismo. En Estados Unidos, como nos recuerda el historiador Richard Hoftsadter, muchos discípulos de Dewey sacaron exactamente esa lección. Moisés Sáenz no era un acólito; era un hombre de convicciones propias. De ahí su enorme mérito. Sin embargo, en los primeros años de su actuar estuvo sin duda marcado por el instrumentalismo de Dewey. Por ejemplo, para Sáenz “el programa educativo fundamental está construido alrededor de estos cuatro problemas: cómo preservar la vida, cómo ganarse la vida, cómo establecer un hogar y una familia, y cómo disfrutar la vida”. Todas estas cuestiones son muy importantes, pero la ambición de una escuela que sea capaz de enseñarnos a disfrutar la vida tal vez sea desmedida, porque trasciende los límites pedagógicos para adentrarse en aguas que pertenecen a otras empresas humanas, como la religión. Esto me lleva al segundo punto, que es el redentorismo de Moisés Sáenz. El reformador era víctima de las patologías que aquejan a todos los redentores. Hay mucho de misionero en Sáenz. No se equivoca el autor al ver como un antecedente de su cruzada educativa a los misioneros del siglo XVI. Sin embargo, el redentorismo protestante de Sáenz tiene una diferencia crítica con el de inspiración católica. El subsecretario creía en la redención individual, no colectiva. Su misión estaba tamizada por la vocación democrática de Dewey. De ahí que su obra tomara un cariz muy distinto a la de Vasconcelos.  Moisés Sáenz no creía en el martirio ni en el holocausto necesario en aras de la salvación. Aunque su ambición era enorme —nada menos que civilizar—sus métodos eran terrenales: aprender a cuidar pollos, establecer un hogar, aprender a “disfrutar la vida”. Todo eso que Vasconcelos despreciaba como tareas indignas de la alta misión de la cultura, la raza y el Espíritu.

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¿Es vigente el legado de Moisés Sáenz? El autor así lo cree. Afirma: “la calidad de la enseñanza en las primarias de México también ha sufrido desde su establecimiento original en la década de los años veinte, no obstante que la capacidad técnica, la profesionalización y los recursos disponibles se han incrementado. El fracaso en salvaguardar la independencia y la libertad de los maestros, en la que Sáenz insistió, ha significado el gradual crecimiento de la burocratización dentro del proceso educativo. Ahora las horas de enseñanza son determinadas por un sindicato distante y por el ministerio federal de educación; los maestros son de una región distante; y el plan de estudios es creado por un consejo centralizado que todavía no responde adecuadamente a la permanente heterogeneidad de México”. De igual manera afirma: “La escuela primaria rural ya no es la primera preocupación educativa en México. De hecho, está probablemente al final de la lista”. Eso es cierto, pero debemos recordar que la población rural en el México actual es muy inferior a la de principios de los años treinta del siglo pasado. Hace muchas décadas que México es un país mayoritariamente urbano. En otra parte del libro Hamann afirma: “La historia reciente de México hace pensar que el país está a punto de experimentar otra serie de trastornos sociales. Si ese es el caso uno puede sólo esperar que en el caótico periodo de posguerra, mientras el polvo se asienta y el humo se disipa, el fervor de Sáenz reencarne, que ocurra otra movilización de masas e inicie otro periodo de progreso. La infraestructura, la pequeña escuela rural, todavía existe en los pueblos y en las más remotas aldeas. Lo que Sáenz creó, lo que Sáenz promovió, lo que Sáenz respaldó todavía puede ser apropiadamente aplicado a todo lo largo de México”.1 Sin embargo, esta es una visión lastrada críticamente por la nostalgia. Y la nostalgia, como señala Christopher Lash, conlleva riesgos. En algunas cosas el país de hace 85 años se parece aún al actual, pero en muchas otras es radicalmente distinto. En el México contrahecho, posmoderno, del siglo XXI el redentorismo de Sáenz tiene escasa cabida. En parte porque la urbanización de México que tuvo lugar a partir de los años sesenta del siglo pasado es un fenómeno irreversible y de amplias consecuencias culturales. La comunidad rural como la concibió Sáenz no existe más, ni siquiera en poblados apartados. Hoy fuerzas distintas, y a menudo menos benévolas, moldean las mentes y las aspiraciones de los jóvenes, desde los narcocorridos hasta la televisión.

No obstante, y  a pesar de lo anacrónico que pueda ser su legado, hay algo que todavía nos conmueve en las cruzadas educativas de hombres como Sáenz y Vasconcelos; algo que nos recuerda que podemos ser mejores y distintos. Una fe en el futuro, en un futuro que vaya más allá de los límites convencionales. Ese es su mejor legado: el sueño impertérrito del instructor.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 “Si la escuela rural convenció a los mexicanos de que eran parte de una nación, miembros de una entidad más grande, común y políticamente definida, eso puede ser ahora una herramienta para combatir la estratificación social y los persistentes prejuicios. Moisés Sáenz murió hace setenta años. Logró mucho pero su trabajo todavía no está terminado”, p. 104.

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Un viaje al pasado de Porfirio Díaz

Hace unos meses tuve la fortuna de leer, analizar y disfrutar el libro de Carlos Tello Díaz, Porfirio Díaz: Su vida y su tiempo, para presentar la primera parte (La guerra: 1850-1867) de esta magna obra en Querétaro. Las reflexiones que hago a continuación surgen de la idea de este libro no solamente en su  calidad de documento histórico, sino también desde una perspectiva  metafórica, es decir, como una narración literaria que nos hace transitar en un viaje a lugares y con personas conocidas en un imaginario oficial, pero transformadas en personajes distintos de ese imaginario acartonado gracias al tratamiento que otorga Tello, en especial, por supuesto, a un hombre fundamental de la historia de México.

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Ilustraciones: Ricardo Figueroa

Porque de eso se trata, entre otras muchísimas cosas, este libro. Es un viaje en el tiempo: como cualquier libro que recoge un periodo de la historia de un país, en estas páginas volvemos a los años turbulentos del siglo XIX en México, en el que se logra la independencia de España, pero a un costo muy alto por los sucesos que le siguieron.

Lo más importante, sin embargo, es la reconstrucción de un personaje ambiguo en la historia de México. La historia oficial, ese fenómeno que surgió en los años posteriores a la Revolución mexicana, produjo un discurso maniqueo en el que como en el Juicio Final los justos estaban a la derecha y los condenados a la izquierda de Cristo. Así, a personajes como Porfirio Díaz les tocó casi siempre estar a esa izquierda de un régimen que necesitaba legitimarse como un padre benefactor de los desprotegidos; convertirse en ese “papá gobierno” que ha refinado los términos burocracia, dictadura de partido y populismo a niveles insospechados y envidiados seguramente por muchos. La figura de Díaz no se correspondía ni se corresponde con este discurso, y se le envió a la lista negra de los antihéroes nacionales. Sin embargo, como todo cae también por su propio peso, los personajes míticos, sea en su beneficio o en su detrimento, van perdiendo su lado romántico o fatal gracias a escritores, investigadores y académicos, como es el caso de Carlos Tello, que por su seriedad, minuciosidad y lucidez reescriben la historia de nuestro país en su verdadera dimensión a través de la reconstrucción de estos personajes.

Para hablar de Porfirio Díaz se tiene que hablar, necesariamente, de su momento histórico, como bien apunta el título del libro, y de aquellos personajes que estuvieron íntimamente ligados a él y que marcaron de alguna forma su destino, como lo fue el caso de Marcos Pérez, Matías Romero o Benito Juárez, por supuesto, entre muchos otros.

Antes de continuar, quiero apuntar y aclarar varias cuestiones, con el objetivo de que las personas que lean estas reflexiones comprendan la perspectiva que ofrezco. Mi lectura de la obra sobre Díaz está sesgada hacia mi especialidad, que es la literatura. Creo que la historia no está nunca desligada del todo de la literatura. La historia, finalmente, es una narración. Los poemas épicos de los héroes antiguos sentaron las bases de la cultura de las naciones actuales.

Nuestra cosmovisión está asentada en mitos que pueden ser verdad o no, que pueden ser fantásticos o verosímiles, pero cuyo sustrato es una manera de ver y entender el mundo. Además, no es del todo mentira el cliché de que los triunfadores de las guerras sean quienes escriban su historia desde su muy particular punto de vista; es por ello que causan tanto revuelo los libros que desmitifican el discurso hegemónico. La historia y sus personajes cumplen con todo aquello que se puede esperar de una novela de ficción: un contexto en el que se desarrolla la acción; un personaje principal, varios personajes secundarios e incidentales; un comienzo, un clímax, un desenlace, y entremedio, recursos de analepsis, prolepsis, digresiones, metáforas y usos retóricos sin fin.

La diferencia con la novela de ficción o supuesta ficción —porque, como sabemos, hay una muy delgada línea entre el relato testimonial, autobiográfico y lo puramente inventado— es que la historia nos presenta pruebas escritas de lo dicho, fotografías, documentos que avalan episodios, pero aun así, debemos siempre tener presente que esos documentos tangibles, aquellas fotos, son solamente un atisbo de una realidad mucho más compleja y ya inasible. Esas piezas que consideramos pruebas fehacientes de un mundo pasado y desconocido para nosotros son, a su vez, fragmentos de relatos y perspectivas ideologizadas por quienes las dejaron.

Como apunta Hayden White en su libro Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, los recursos de los que se vale un escritor para inventar sus relatos los utiliza el historiador para reconstruir los suyos. Dependiendo de cómo estructure su obra, el peso que le da o no a ciertos personajes, la obra tendrá necesariamente uno u otro tipo de discurso. El historiador hace uso, asimismo, de una poética, es decir, su relato es un protocolo lingüístico o la interpretación de la historia por medio de tropos, en el que se sustentará para explicar sus acontecimientos.

Me permití esta larga digresión en torno al objeto de la historia y sus vínculos con la literatura para explicar mi reconstrucción, según el texto de Carlos Tello, del personaje Porfirio Díaz. Esta reseña corresponde a la primera de tres partes de la vida y tiempos de Díaz, es decir, la etapa comprendida entre los años de 1830 a 1867, que reúne a su vez tres estadios: los orígenes de Porfirio y su vida de niño y de joven estudiante; los periodos de la Reforma y de la Intervención.

No pretendo de ningún modo hacer un resumen del libro, tarea por demás imposible, dada la infinidad de detalles, acontecimientos y personajes. Tampoco busco hacer una interpretación al modo de un historiador, porque no lo soy, y porque para eso está justamente esta obra y lo que los académicos expertos en el área tengan que decir. Lo que quiero es poner de relieve lo que Tello ha logrado con este documento: reconstruir el personaje de Porfirio Díaz en un ser humano de carne y hueso.

Vayamos por partes. Primero que nada, Tello logra que uno pueda leer esta historia como lo haría con una novela de suspenso, sin demeritar con ello el exhaustivo trabajo de investigación y documentación que la sustenta. Lo digo porque los libros de historia son, a veces, como esos eruditos geniales, que dan una conferencia magistral en un tono monocorde que nos manda al mundo de la ensoñación. Se pierde la importancia de lo que están diciendo por el modo en como lo dicen.

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El autor tiene la facultad de hacer que los hechos históricos se transformen en un relato que no podemos soltar. Porfirio Díaz, entonces, muta de figura hierática y severa, solidificada en las clásicas imágenes que todos conocemos, en un hombre con una gran sensibilidad, dignidad, fortaleza y a veces frialdad. Este libro no es una apología a Porfirio Díaz. Carlos Tello se cuida mucho de hacer tal cosa. Es un acercamiento inusual a un personaje encasillado en un discurso ya desgastado. Es como si Tello hubiera puesto una lupa en ese mundo en donde Díaz se movía. Uno puede ver con más detalle cómo se sucedieron los acontecimientos y por qué. Y por ello el lector comprende mucho mejor las decisiones, los aciertos y los equívocos no solamente de Díaz, sino de la pléyade de personajes que lo acompañaron, o aquellos que fueron sus enemigos, o su familia, como doña Petrona Mori, su madre, que en unos cuantos trazos se destaca en la narrativa como una mujer de quien heredó Porfirio el temple de acero. Hay personajes míticos como la espía zapoteca Juana Cata, siendo él comandante en Tehuantepec, de la que se especula un romance con Díaz pero que nunca se ha comprobado. Y, evidentemente, están personajes importantísimos como Juárez, en tanto diputado, gobernador y presidente de la República; Maximiliano de Habsburgo; Delfina Ortega, sobrina de Díaz; Mariano Escobedo, general del Ejército del Norte; Juan Álvarez, jefe del Plan de Ayutla; el mariscal Achille Bazain, jefe de Expediciones durante el sitio de Oaxaca, y muchísimos más que el lector irá conociendo en el transcurso de esta riquísima lectura. Incluso el propio México como ente colectivo se convierte en otro personaje que va jugando distintos papeles. Es impresionante, por ejemplo, la reacción de la mayoría de los estados de la naciente República ante la invasión norteamericana. La apatía que describe Tello en voz de las gacetas periodísticas de la época nos deja con la boca abierta. Y, justamente, de no haber sido por la personalidad de Oaxaca y su raza, quién sabe qué destino le hubiera tocado en suerte a México. Oaxaca se perfila como esa fuerza combativa que pocos igualaron y demuestra con sus personajes su independencia de espíritu.

La vida de Porfirio Díaz se abre paso en infinidad de acontecimientos. Carlos Tello estructura su obra de modo cronológico para que el lector pueda hacerse un mapa mental de cómo se desarrolló México durante las primeras décadas del siglo XIX, pero dentro de ese panorama global inscribe opiniones, cita periódicos, memorias e incluso cita al propio Díaz para reconfigurarlo, porque hace uso también de sus memorias, así como de las biografías y otros documentos que han hablado largamente sobre él. Sin embargo, el tono del autor es a un tiempo riguroso en su sustento historiográfico, y poético en la imaginación y la hipótesis cuando la comprobación de un hecho no está a su alcance. Es hermosa la descripción que hace de los espacios por donde transita Porfirio, porque uno puede evocar en la mirada de Tello lugares que hoy se han transformado o que han desaparecido.

La lectura fluye entre el acontecimiento político y social, y el acercamiento a una cotidianidad e intimidad pocas veces usada en los libros de historia. Ésta, la historia, siendo una de las cosas más fascinantes, se transformó en una materia árida porque se le despojó de lo que hoy encontramos en este libro: humanidad. Como el discurso oficial tiene que ser maniqueo, los personajes se acartonan y pierden sus matices. Porfirio Díaz es retratado aquí como un hombre en todo el sentido del término: con sus características nobles y agradables, pero también con sus pifias y sus mezquindades. Y no solamente Díaz: todos los personajes son tratados con la objetividad de lo científico, pero con la mirada del ser humano falible.

Quiero citar un ejemplo de lo que he dicho hasta ahora para poner de relieve cómo un drama social y político es al mismo tiempo un momento de reposo y familiaridad. Reescribo una parte durante los años de la Intervención, cuando Díaz se reencuentra con Matías Romero:

Antes de partir, el licenciado Romero renunció a su empleo en la legación de su país en los Estados Unidos. El 17 de julio abordó una diligencia en San Luis Potosí. Pasó por Dolores, San Miguel y Querétaro, y tres días más tarde, llegó a Celaya. Ahí tomó con sus acompañantes unos caballos en alquiler, para continuar hacia Acámbaro. Cabalgaron bajo la lluvia, arribaron al atardecer, hallaron con dificultad un alojamiento en ese pueblo que parecía lo que era: un cuartel.

“Tomamos chocolate y a las siete fui a ver a Díaz. […] Me recibió muy bien. Estuve platicando con él hasta las once sobre asuntos públicos. Me hizo quedarme con él y mandé traer mi equipaje. Dio alojamiento en otra casa a mis compañeros de viaje”. Matías había visto por última vez a Porfirio hacía ocho años ya, en Oaxaca. Ambos eran jóvenes, aunque uno había perdido el cabello y el otro tenía un mechón de canas sobre la cabeza.

Carlos Tello hace uso de tres recursos: la narración histórica, el diario de Matías Romero, y su propia alusión a temas ordinarios como las canas de uno y la calvicie del otro, o el incidente donde Matías y su gente toman chocolate. Me atrevo a pensar que su formación literaria es lo que ha hecho de Tello un gran narrador de la historia y un reconfigurador de su ancestro. Él mismo afirma en la introducción de esta obra que la diferencia entre esta biografía de Porfirio Díaz y las que ya existen es la infinidad de artículos, documentos, legajos y demás fuentes antes no citadas. No lo dudo por un momento, pero como yo no soy conocedora de estas biografías, no soy quién para decir o juzgar al respecto. Lo que sí sé, por mi formación profesional y por mis propias lecturas, es que la destreza narrativa de Tello es excepcional. Su estilo recuerda un poco a la sobriedad de un Agustín Yáñez o al hieratismo de un José Revueltas. Y sin embargo hay episodios en los que Tello cuestiona, analiza y secretamente se frustra ante la imposibilidad de saberlo todo. No es el clásico historiador de voz omnisciente, ni en su espacio histórico-literario, es un deus ex machina. Carlos Tello es afín a la historia que cuenta, inscribiéndose en ella como un testigo más.

Es de mal gusto comparar, pero no puedo evitar pensar en la tan celebrada novela de Fernando del Paso, Noticias del Imperio, cuya estructura es: en los capítulos pares se cuenta la historia “verdadera” entre comillas del tiempo del Imperio, y en los nones la voz de Carlota provee su visión de una realidad también velada por su supuesta locura. Este libro es una biografía de Porfirio Díaz. Sin embargo logra, como una suerte de hilván, tejer un siglo de episodios complejísimo, con la soltura de una hilandera belga. La narración no está separada como el caso de la novela de Del Paso, sino que están entretejidas la imaginación y la poética en el relato histórico como un entramado donde apenas se vislumbra el hilo de una y otro, sin confundirlos.

Si queremos conocer a profundidad la vida y el tiempo de un hombre que, para bien o para mal, dejó una huella tan trascendental en la historia de México, la lectura de este libro es insoslayable, y tal vez juzguemos con menos ligereza no sólo a Díaz, sino a todos aquellos que nos legaron el país que tenemos hoy.

 

Mónica Sigg Pallares
Doctora en humanidades con línea en teoría literaria por la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa y traductora del inglés y alemán. Es autora de una antología sobre escritores de Querétaro y de una monografía sobre el pintor Julio Castillo.

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Memoria de la economía mexicana

El largo curso de la economía mexicana de Enrique Cárdenas ofrece una visión panorámica de poco más de dos siglos. Esta ambiciosa aproximación, dirigida a un público estudiantil, ensancha la perspectiva del lector y, en sus mejores momentos, puede leerse no sólo como un documento de consulta económica, sino como un testimonio de la accidentada evolución política y social del país. Renunciando a aplicar un enfoque teórico determinado, Cárdenas conjunta datos históricos de la economía mexicana (con pocas analogías y referencias internacionales), aborda desde el entorno más general hasta el desempeño específico de los sectores, y maneja las fuentes más relevantes para las distintas épocas.

Debido acaso a la escasez y heterogeneidad de los datos, las abundantes cifras que se ofrecen no siempre resultan uniformes y comparables entre sí. Sin embargo, constituyen referencias valiosas para que el lector profundice por su propia cuenta. Entre los rasgos destacables de la obra conviene mencionar que desmitifica algunos lugares comunes en torno a etapas específicas de la historia mexicana y que revela tenaces vicios y limitaciones de la economía, ya sean el proteccionismo, la incertidumbre jurídica, la sobrerregulación o la dependencia de la exportación de unos cuantos productos.

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Enrique Cárdenas
El largo curso de la economía mexicana. De 1780 a nuestros días, Fondo de Cultura Económica, México, 2015.

El libro parte de las postrimerías de la Colonia, cuando la economía novohispana parecía tener un desempeño sobresaliente, reflejado en un fastuoso crecimiento urbano. Con todo, detrás de esta prosperidad subsistían problemas como los rendimientos decrecientes de la minería, la poca diversificación de las actividades económicas, el ahogo impositivo y la desigualdad social. La invasión napoleónica a España apuró la Independencia, aunque la magnitud y duración de la guerra iniciaron un prolongadísimo periodo de involución económica. Los incipientes mercados se desintegraron obligando, en muchos casos, a volver a las actividades de subsistencia, mientras que las frágiles reanimaciones económicas después de la Independencia estaban amenazadas por las constantes guerras y asonadas políticas.

La modernización inducida por las Leyes de Reforma (aunque sus primeras aplicaciones no tuvieron el efecto deseado) y, luego, la estabilidad inducida por el régimen de Porfirio Díaz, la introducción del ferrocarril, la evolución del sistema bancario y financiero y, sobre todo, las mayores garantías a los derechos de propiedad y al cumplimiento de los contratos permitieron alcanzar un periodo sostenido de crecimiento económico. Con todo, las contradicciones e inconformidades acumuladas en el proceso porfirista, así como la dificultad para procesar su sucesión propiciaron la Revolución mexicana, cuyas secuelas causaron grandes afectaciones económicas y volvieron a dividir al país. Las décadas posrevolucionarias estuvieron marcadas por los efectos de la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión, así como por la inestabilidad interna; sin embargo, lograron crearse nuevos fundamentos institucionales para el crecimiento, como el establecimiento del Banco de México.

La Segunda Guerra Mundial favoreció el incremento de las exportaciones, la entrada de inversión extranjera y la mayor industrialización, lo que impulsó la etapa del desarrollo estabilizador, con sus altas tasas de crecimiento y baja inflación. Si bien esta estrategia fue fundamental para moldear el rostro urbano y moderno del país, su anquilosamiento generó distorsiones en la asignación de recursos e ineficiencias. Las políticas económicas posteriores condujeron a crecientes déficits fiscales y deuda externa, haciendo extremadamente vulnerable a la economía y provocando crisis sucesivas.

A partir de 1988 se implantaron reformas que cambiaron la estructura económica y el esquema de incentivos, los cuales generaron expectativas muy positivas. México se convirtió en un receptor considerable de capitales, lo que causó la apreciación real de la moneda en un régimen de tipo de cambio predeterminado y un insostenible déficit de cuenta corriente. Estos hechos hicieron eclosión en 1994, cuando se presentó un cambio drástico en la economía internacional y acontecimientos inéditos de violencia interna. La situación obligó a ajustes inmediatos, a ampliar las reformas estructurales y a emprender una mejor regulación del sistema financiero. Desde esa fecha, si bien el país no ha estado exento de choques, la disciplina alcanzada en los aspectos fiscal y monetario, la apertura de la economía y la mejor regulación financiera le brindan una mayor fortaleza para lidiar con situaciones difíciles y aprovechar oportunidades.

Esta larga historia que resumo es la que Cárdenas  aborda con pasión y detalle en su libro. Queda a los especialistas de cada periodo evaluar la exactitud de su reconstrucción. Sin embargo, para los lectores comunes este recuento nos deja un gran aprendizaje, pues refresca la memoria. Como señala el propio Cárdenas, si bien la economía responde a circunstancias singulares que no siempre se replican, al entender mejor el pasado se tienen mejores elementos para indagar el presente y visualizar el futuro. La reconstrucción del acontecer de la economía mexicana permite observar que la falta de cohesión social, la ausencia de un marco institucional adecuado, los errores de política económica, las barreras a la inversión y los obstáculos regulatorios han sido fenómenos recurrentes, reflejados en una evolución económica llena de traumas y altibajos. En este sentido, la historia de México comparte dramáticas analogías con las otras naciones latinoamericanas, en tanto que contrasta con la trayectoria de países desarrollados como Estados Unidos. Si bien el desempeño económico de México en estos siglos está lejos de ser un caso de éxito, queda claro que se ha avanzado en construir las bases para un mayor progreso. Lo que hace este libro, y de ahí su gran valor de uso, es ofrecer un pretexto para hacer conciencia sobre los factores del desarrollo, lo que puede contribuir a arraigarlos.

 

Manuel Sánchez González
Economista. Subgobernador del Banco de México. Autor del libro Economía mexicana para desencantados.

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Las quince letras

Las quince letras

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Adicto. “Nunca he poseído nada más grande que una estantería. Tengo hambre de casa desde hace unos cuarenta años sin haber puesto jamás los ojos en un título de propiedad. Es una buena vida; al aire libre en todo tipo de climas, y se conoce a gente muy interesante. ¿Debería estar registrado el adicto a las casas? ¿Es un hombre o mujer peligroso para la sociedad? ¿Destruye el hambre de casas el sentido moral? ¿Corrompe a los jóvenes? ¿Es hereditario? ¿Se puede curar? Un adicto a las casas es una persona que mientras firma la compra de su casa definitiva se informa sobre todas las demás, un hombre que no es del todo cuerdo los miércoles por la noche, cuando espera despierto toda la noche su ‘dosis’, el último número de la revista Country Life. Un agente inmobiliario vive realmente de vender casas; un cazador de casas, de sueños y curiosidad. Toda su existencia es una petición de visita. Un hombre sin unas cuantas señas en su bolsillo, un permiso para soñar despierto, está igualmente muerto; más allá de la esperanza, más allá de la oración, más allá del psicoanálisis (que a menudo descubre un problema más profundo): “Confesiones de un cazador de casas”, en Cyril Connolly, Obra selecta.

Familia. Los poetas colombianos Juan Manuel Roca y Jaidith Soto se dieron a la tarea de seleccionar los poemas para el libro En tierras del cóndor. Muestra de poesía Colombia-Perú. De ella proviene este poema de la peruana Doris Midori Morosimato, “Escena de familia/ Con mujer adentro”: “Desvistes tu cuerpo/ palpas en silencio el origen de tus pechos,/ no te detiene el ruido de sus voces/ avanzas sigilosa hacia la punta de tu miedo./ Tu familia cena esta noche la misma rutina,/ trafica en la mesa los escombros de un día deshecho/ Tú bajas hacia tu vientre caliente que te espera/ como un negro pájaro la noche se instala en tu pubis/ aletea y empieza a llover sobre tus muslos/ Tu padre, ruidosamente, traga la sopa y eructa/ tu madre se queja y hace lo mismo/ tus hermanos se miran y la imitan/ Tú te dejas caer sobre tu nuca/ mansa, te abandonas al placer de tus orillas/ Una boca escupe sobre el piso/ Tu boca se abre lentamente/ Otra boca lanza groserías/ Gimes, no te explicas/ Alguien arrastra los pies y sale a la calle/ Dentro de ti otra tiembla cuando tiemblas/ rehace el perfil de tu cintura/ por la curva de tus nalgas se resbala/ Tu padre derrama el vino sobre la mesa/ Tú te derramas en un suspiro/ Maldice a tu madre, tira la puerta y se marcha,/ tu madre limpia y se llena de grasa/ Tú de rocío/ Recoge los viejos trastos y su viejo destino/ Tú aprendes a amarte con ésa que te imita/ Tu madre llama, se enfría la sopa/ Abres la puerta, miras la mesa/ y del triste cajón de tus quince años/ extraes una sonrisa”.

Dolor. “Respecto de los posibles vínculos entre actividad creadora y enfermedad no hay acuerdo. Algunos estudiosos, como el doctor Philip Sandblom, quien expone sus ideas en el magnífico libro Creativity and Disease. How Illness Affects Literature, Art and Music, consideran que hay una suerte de diálogo entre dolor-enfermedad y pulsión creadora. Su estudio, erudito y sencillo, ofrece muchos ejemplos. Según Sandblom, hay momentos en los cuales el dolor, a pesar de sus lastres, estimula la actividad creadora. Para otros, el dolor impide la libido e imposibilita la actividad creadora. Desde mi punto de vista sí existen vínculos entre enfermedad y creación. Dolor físico y anímico difieren. El primero, cuando es intenso, atenaza, interrumpe, impide; al disminuir, permite. El segundo, el del alma, incluso mientras se padece, busca caminos —pintura, escritura— para mejorar. Otras veces, si las penas rebasan las alegrías hay quien recurre al suicidio para poner coto a sus sufrimientos. Es la matriz íntima de la persona la que determina si el dolor enciende o apaga la libido de la creación”. Arnoldo Kraus, médico y escritor, en su más reciente libro Dolor de uno, dolor de todos que Francisco González Crussí presenta con estas palabras: “El médico íntegro que es Arnoldo Kraus tiene de su lado la experiencia que lo lleva a escribir con conciencia sobre el tema”. (Debate, 2015.)

Experiencia. El escritor, pintor e ideólogo catalán del Modernisme, Santiago Rusiñol, escribió además de obras de teatro un libro de aforismos lleno de sabio escepticismo, Máximas y malos pensamientos. Piensa mal y no errarás. “La experiencia no sirve de nada. Los hombres experimentados son como esos jugadores que se apuntan las cartas que han salido, pero no saben las que todavía quedan por salir”. (Traducción, edición y prólogo de Francisco Fuster, Vaso Roto.)

Incertidumbre. Para los apasionados como yo de los diccionarios, pongo aquí algo de uno muy interesante del laureado filósofo argentino: Mario Bunge, 100 ideas. El libro para pensar y discutir en el café. “La incertidumbre es un estado mental. […] se sigue que las personas de mente inmadura, tales como los infantes y los fanáticos, rara vez sienten incertidumbre. La incertidumbre frena la acción pero espolea el entendimiento. Ante la duda, abstente, pero no de pensar sino de actuar. Ante la duda, ponte a pensar. Piensa en cómo salir de la duda. Hay varias maneras de salir de la duda: preguntar, buscar, averiguar, investigar, reflexionar, inventar y ensayar. Esto es así porque la incertidumbre deriva de la escasez de conocimiento. El inversor cauto no invierte en épocas de incertidumbre económica o política […]. La aversión a la incertidumbre no es privativa de los hombres de negocios. Nos pasa a todos, incluso a ratas y palomas. En efecto, si se somete a un animal de éstos a descargas eléctricas a intervalos regulares durante un periodo prolongado, le sube la tensión arterial y se le desarrollan úlceras gástricas. Esto no ocurre si se le somete a las mismas descargas a intervalos regulares. Lo impredecible enferma. La ignorancia no daña la salud […]”. (Lateoli, Biblioteca Bunge.)

Beckett. Martin Page, novelista y ensayista francés, ganó el premio Salon du livre de Chaumont 2013 con su libro La apicultura según Samuel Beckett. Un homenaje a Beckett absolutamente original. Page inventa la vida de un estudiante de antropología que recibe una curiosa oferta de trabajo: ayudar a Samuel Beckett a archivar sus manuscritos. “‘¿Quieren archivos? Entonces voy a fabricarles algunos’. En los labios se le dibujó una sonrisa. Así fue como Samuel Beckett me reclutó para su fabricación de archivos. Era una farsa, me pagaban para participar en ella y me codeaba con un gran escritor. ¿Qué más podía pedir? […] Me acordé que él mismo había estado a punto de ser universitario. Estudiante brillante, esa era la existencia a la que se destinaba. Conocía bien ese mundo. Quise saber si no tenía miedo de perturbar la interpretación de su obra al dar informaciones falsas sobre su vida. ‘No se sabe nada de la vida de Homero y poca cosa de la de Cervantes, Shakespeare y Molière, pero eso no impide que estos autores sean universales y susciten libros críticos. La vida personal está muy sobrestimada’”. (Traducción de Horacio Pons, Edhasa, 2015.)

 

Norma. “Para mí ya es una norma: Cuanto más raro parece algo, menos preguntas hago”: Robert Louis Stevenson.

Oficio. Leila Guerriero reunió en un artículo de Babelia las opiniones de los editores que se reunieron en el Festival Ñ pasado para hablar sobre su oficio. Comparto dos con las que me identifico. La de la chilena Andrea Palest, de Libros del Laurel que dijo: “La cualidad número uno del editor responsable es la capacidad de quedarse inmensamente callado […] Es duro ser una sombra, y ni siquiera eso te lo van a agradecer, pero si eres editor es porque te gustan los libros, leerlos, tocarlos, rodearte de ellos, pensarlos, crearlos bien: esa y no otra ha de ser tu callada recompensa”. Y la de Luis Solano de Libros del Asteroide “Los libros me parecían lo más grande a lo que podía dedicarle mi vida. Ya que no me reconocía talento para escribir, no se me ocurría una manera de estar más cerca de los libros que ésa. Si estás en esta profesión es porque tienes claro que el talento está en otro lado. En el triunfo del autor está tu triunfo”. La propia Leila termina su reportaje definiendo al editor con estas palabras: “el tramoyista discreto que, mientras el trapecista está en pleno vuelo, contempla las piruetas que él no puede ejecutar y permanece en las sombras, atento, listo para aparecer cuando todo lo demás desaparezca”.

Serpiente. La escritora y traductora Julia Escobar (traductora de Rimbaud y Michaux, que fue reconocida en 1999 Caballero de la Orden de las Artes y las Letras  por su labor de difusión de la cultura francesa) nos entrega su versión de Prisiones y paraísos de la escritora francesa Colette: “La pitón se mueve: así avanza la marea por las grandes playas, suspendida de la luna. Así se propaga el veneno por las venas, así el mal por el espíritu. Seguiría creyendo que no se mueve si la luz oleaginosa que se desprende de ella no se moviera por sus nudos con una armonía angustiosa. La pitón se agita sin ir a ninguna parte. […] Se agita y complica la confusión de sus lazos, deforma sus monogramas y me engaña: la O se convierte en C, y la G en Z. La pitón se licua, se funde a lo largo del árbol y por otro lado se retracta, congelada… se esfuerza, presagia no sé qué eclosión…, en lo más tupido de las espirales que luchan y se mezclan se entreabre al fin un estrecho abismo que expulsa una cabeza: una cabeza pequeña y plana, como laminada por su propio esfuerzo, y que ya ni siquiera es odiosa, sino alegre, adornada por unos ojos de oro imperturbables, unas fosas nasales rígidas y curvadas y una boca horizontal. Respiro: la pitón es sólo un animal, y no una especie de infierno concéntrico, un caos nauseabundo sin comienzo ni fin. Es un animal como usted y como yo”. (Nortesur.)

Truenos. “Mucha gente sería atea si no fuera por los truenos. El temor creó a los dioses…”: Sylvain Maréchal (Diccionario de ateos.)

Cerebro. “El Cerebro —es más grande que el Cielo—/ Porque —puestos lado a lado—/ El primero contiene al segundo/ Fácilmente —y Tú-agregado—// El Cerebro es más profundo que el mar—/ Porque —de Azul a Azul-repara—/ El primero absorbe al segundo—/ Como la Esponja absorbe el Agua—// El Cerebro es sólo el peso de Dios—/ Porque —si los pesas— Kilo por Kilo—/ Verás que difieren —si acaso—/ Como la Sílaba del Sonido—”: Emily Dickinson en traducción del poeta mexicano Alberto Blanco. (55 Poemas, que también contiene, Amherst Suite 40 poemas de Blanco dedicados a Emily Dickinson, Poesía Hiperión).

Reinventarse. De 8 entrevistas a cineastas contemporáneos, de Tatiana Lipkes rescato la del cineasta francés Leos Carax (1960) que comenzó su carrera fílmica con una película un tanto autobiográfica: Boy meets girl. [No la comercial estadunidense con el mismo título.] “Hacer una película es un punto de partida, es una experiencia. No es un fin en sí mismo. Lo que importa es lo que pones dentro de una película: todas tus dudas, todas tus preguntas y todos tus miedos esperando deshacerte de algo y reinventarte. Se trata de eso. Holy Motors [su película más reciente] es acerca de eso, de cómo podemos reinventarnos. Porque no podemos vivir todo el tiempo atados a nosotros mismos. Ser uno mismo produce un enorme cansancio. Intentamos cambiar todo el tiempo”. (Introducción de Maximiliano Cruz, Mangos de Hacha, 2015.)

Transgénero. “Durante las semanas anteriores a su viaje a Menton, Lili había empezado a aparecer en el apartamento por las tardes sin avisar. Greta salía de la Casa de las Viudas por algún asunto y, al volver, se encontraba a Lili asomada a la ventana y embutida en un vestido largo, con los botones de la espalda desabrochados. Greta, entonces, la ayudaba a terminar de vestirse, y le ponía un collar de cuentas de ámbar en torno al cuello. Greta siempre se asustaba al encontrar a su marido vestido así, esperándola con el cuello de un vestido de mujer desabotonado entre los hombros pálidos. Pero jamás le dijo nada a Einar, ni tampoco a Lili. Lo que hacía era dar siempre la bienvenida a Lili como si fuese un divertido amigo extranjero. […] Greta hacía todo esto llevada por un impulso de lealtad, porque siempre había pensado que podía enfrentarse con cualquiera, excepto con su marido. […] Nunca lo cuestionaba, fuese lo que fuese, y ésa era la razón de que hubiera permitido a Lili invadir sus vidas”. El escritor estadunidense David Ebershoff publicó en 2001 La chica danesa (traducción de Jesús Pardo, Anagrama, 2015), sobre la vida del pintor Einar Wegener el primer hombre que en 1931 se sometió a una cirugía de cambio de sexo. Ahora su novela revive en forma de guión para la película dirigida por Tom Hooper.

Político. Recuperar años de la historia política mexicana, no siempre afortunados. Eso es lo que consigue el libro que escribió Federico Reyes Heroles para contar la vida de su padre, el político priista Jesús Reyes Heroles. Personajes de la vida pública, anécdotas familiares, bromas paternas, escándalos, periodos de crisis, de todo eso está hecho Orfandad, el padre y el político. Y de lecciones que a veces olvidamos: “La mañana del primero de septiembre de 1982 nos sentamos frente al televisor a ver el Sexto Informe Presidencial de López Portillo, su antiguo jefe. A Reyes Heroles le había llegado el rumor de la nacionalización de la banca, no recuerdo bien a bien por dónde. Estaba muy preocupado. ¿Se atreverá?, se preguntó en voz alta. Cuando llegó el momento del anuncio, Reyes Heroles me dijo, quiere salvarse ante la historia, pero nos va a llevar décadas componer este desastre. Así fue”.  (Alfaguara, 2015.)

Mal. Sobre mi pared hay una talla japonesa de madera./ Es la máscara de un demonio del mal, pintada en laca dorada./ Lleno de compasión observo/ las venas hinchadas de las sienes, que revelan/ el esfuerzo que exige ser malvado: Bertolt Brecht, 80 poemas y canciones. (Traducción y selección de Jorge Hacker, edición bilingüe, Adriana Hidalgo.)

 

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir, coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas, Anuncios clasificados y compiladora del volumen Así escribo.

Ficción

Mis rizos han volado todo el camino hasta China

Tomé un pedazo de papel del desordenado escritorio de Moshe e hice una lista de ropa invernal para comprar:

Un par de pantalones de pana
Dos camisas de franela
Camisetas térmicas de manga larga
Pantalones interiores
Calcetines de lana
Y quizá también un pijama nuevo

 
Todo esto para él; y para mí:

Un suéter
Una falda de invierno
O quizá mejor unos pants. Algo no muy caro
Medias calientes
Un camisón de franela
(Cambiar la mecha de los calentadores de queroseno y el foco de la luz que indica si el boiler está funcionando o no.)

En el desayuno le dije, “Escucha, Moshe, el verano ya se acabó y al final no hicimos ese tour guiado por España, así que en lugar de eso quizá podrías darme los tres mil quinientos shekels para comprar algunas cosas para el invierno”. Moshe dijo, “Está bien, pero escucha, primero tengo algo que decirte. La cosa es esta. Durante la excursión de la fábrica a Netanya, el mes pasado —te acuerdas— cuando no tuviste ganas de acompañarme, conocí a una mujer, y resultó que después nos seguimos viendo y ahora, bueno, he decidido dejarte, aunque me da mucha pena. Honestamente. Pero, ¿qué puedo hacer, Bracha? Simplemente no tengo opción”.

¿Dónde estaba yo aquella mañana cuando se conocieron por primera vez durante la excursión de la fábrica a Netanya? Por más que trato de acordarme, creo que estaba en la peluquería. Mientras Lucien estaba cortando tres cuartas partes de mis rizos, Moshe y esa mujer se estaban escabullendo de la conferencia del director adjunto para sentarse juntos en las sillas del lounge del hotel de Netanya, desde donde probablemente se puede ver el paseo de la costa, el mar y las nubes. Por cada uno de mis rizos que caían al suelo ellos intercambiaban una sonrisa o algún gesto de complicidad. Para cuando Lucien apagó la secadora ya se habían enamorado. Cuando estaba pagando, lista para marcharme, ellos ya se estaban dando la mano. ¿Y mis rizos? Suzy, una chica con labial morado que trabaja de aprendiz con Lucien y se parece un poco a una actriz, los barrió hacia la calle, así que todo el mundo los pisó. Después, una brisa marina se los llevó. ¿Dónde están ahora? Probablemente volaron al otro lado de la frontera hasta Jordania. Qué tontería, cortarme tres cuartas partes de mis rizos, y en esa precisa mañana.

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Ilustraciones: David Peón

 

Al día siguiente le pregunté, “Moshe, ¿podrías decirme al menos qué fue lo que hice?”. Se puso enojado, pero silencioso. Simplemente levantó el tenedor y descargó su ira sobre el huevo duro que tenía en el plato, hasta que la clara quedó hecha una papilla y la yema toda aplanada contra el tenedor. Clavé mis ojos en el plato todo el tiempo porque tenía miedo de mirarlo a él. Pero no dijo nada. Quizá no me oyó, o quizá dio la casualidad de que estaba pensando en otra cosa. A menudo está pensando en otra cosa cuando la gente le habla. No lo culpo por no oír a veces lo que le digo porque realmente la pasa mal en el trabajo. Tiene mucho sobre sus hombros y ese Alfred lo trae con la correa muy corta. Volví a intentarlo. Le dije, “Moshe, me debes al menos esto, por lo menos dime qué hice mal”. Levanté mis ojos y vi que estaba leyendo el Daily News, pero hizo un esfuerzo y bajó un minuto el periódico para contestarme. “Bien, ves, ese es precisamente el problema contigo, nunca aprendes a entender cuándo estoy ocupado y cuándo no estoy de humor y cuándo no molestarme y dejarme en paz. Además de eso, Bracha, no es por ti —es por ella—. ¿Por qué no puedes entenderlo?”.

Ahora que lo pienso con calma veo que pude haber escogido un mejor momento para hablar con él. Y ahora que lo pienso con calma, también me doy cuenta de que de hecho hubo varias noches durante el mes pasado en las que no llegó a casa, o llegó tarde, cuando ya estaba dormida. No le puse atención. Pensé, quizá tienen muchos embarques otra vez, algún pedido grande, y Alfred lo tiene toda la noche ahí. Cuando llamé un par de veces a la fábrica en la noche y nadie me contestaba, no pensé nada de eso tampoco. Pensé, quizá esté en la planta o en el andén de carga, y tiene que quedarse ahí para supervisar los embarques nocturnos. No lo quería molestar. Es mejor dejarlo tranquilo cuando tiene problemas en el trabajo, o cuando está presionado. Ni siquiera lo pensé aquellas tres o cuatro veces que el teléfono sonó en la casa y cuando lo contestaba y decía Hola, quien quiera que fuera el que estuviera llamando colgaba. Al menos podía haber marcado *42 para ver quién era, pero no se me ocurrió entonces. No estaba buscando señales. Sólo desde que me dijo, “Bracha, te voy a abandonar”, desde entonces no puedo dejar de buscar señales todo el día. Aunque, ¿a dónde me llevará eso de buscar señales? ¿Cuál es el punto?

 

Todas las mañanas me encuentro el fregadero lleno de platos, algunos incluso de la noche anterior, y en lugar de lavarlos me tomo otra taza de café, y otra, y a veces otra más, hasta que mi corazón empieza a agitarse, y entonces me siento en su escritorio y arranco una hoja de papel con el logo de la fábrica, y comienzo a planear qué hacer para la cena y qué comprar en el supermercado y qué comprar mejor en la verdulería. Mientras Moshe siga en casa cocinaré para él. Mientras siga teniendo la mayoría de sus cosas aquí, lavaré y plancharé. Cuando sus cosas ya no estén quizá tome un descanso de la cocina. Y de planchar. Una vacación. Comeré de pie, directo del refrigerador, y listo. Menos platos.

De cualquier forma, en las mañanas no tengo ganas de hacer demasiado. Excepto ver televisión: me levanto, me pongo una bata, me siento en la cocina y miro por el pasillo hasta la sala. Lo que sea que estén pasando ­—ninjas, programas sobre los leopardos que solían habitar en el desierto de Judea y que casi han desaparecido por completo, sobre cómo sobrevive la gente en zonas de terremotos,