Ensayo

Noche de rondas

Durante el siglo XVIII los borbones dictaron medidas para reformar la política económica y el sistema administrativo, hacendario y fiscal de la Nueva España, mismas que estuvieron vinculadas al pensamiento ilustrado. Destacó en ese periodo el gobierno del virrey Conde de Revillagigedo (1791-1794), quien emprendió obras públicas en la organización y saneamiento de la ciudad. Inició la limpieza de las calles y plazas, desazolvó las acequias, introdujo el alumbrado y el servicio diario de limpia; estableció una policía regular para la vigilancia, mandó abrir nuevas calles y empedrar otras; restauró los paseos y jardines, ordenó una reglamentación catastral, entre más medidas. Le preocupó el saneamiento de la sociedad, encontrar remedio a delitos como homicidio, robo, violencia y la vagancia, entre los más urgentes. Controlar al vulgo que cada vez crecía con funestas manifestaciones de desorden y malas costumbres.

32-rondas-01

Ilustraciones: Dante Escalante

Para anteriores virreyes, una medida de erradicar de las calles, plazas, atrios y lugares oscuros de la ciudad a tanto vagabundo era hacer rondas por la noche. Que bajo su oscuridad hacía de todos los gatos pardos, y muchos vagos se mezclaban y mantenían a costillas de otros, con las sobras de comida, cigarrillos y chinguiritos arrebatados de las manos trabajadoras. Vagabundos aparecían en garitos, tabernas, pulquerías y vinaterías levantando desorden y, sobre todo, causando horror a muchas personas decentes de la ciudad por su manera de andar desnudos y sin aliño, o ropa rasgada y sucia.

Los vagabundos formaban parte del vulgo, a quien algunas autoridades lo veían como un monstruo de tantas especies cuantas son diversas las castas, agregándose a su número el de muchos españoles vulgarizados con la pobreza y ociosidad, raíces de que dimanan las viles costumbres, ignorancia y vicios irremediables en lo general. Ese vulgo estaba formado por criollos, mestizos, indígenas y las mezclas de todos éstos. La mayoría eran trabajadores domiciliarios, otros más formaban las filas de la milicia, algunos vendían en los mercados, si les iba bien, y los más tenían subempleos como aguadores, agricultores, jornaleros, zurradores, herreros, etcétera.

De manera que el paisaje de la ciudad de México era una constante confrontación de atuendos y harapos, de abundancia y miseria. Hacia 1750 ya había 84 templos, siete hospitales, nueve colegios, cerca de 50 mil criollos, alrededor de 40 mil mestizos, mulatos y negros. Además de sus moradores diariamente arribaban a ella hombres y mujeres del campo para buscar trabajo o bien unirse a las filas de los mendigos pedigüeños, o lo más inmediato: vagar por la ciudad. Estos problemas sociales fueron creciendo a la par con el dibujo urbano. Mientras que la mendicidad se soportaba y aun se permitía para dar limosna y, remediar en algo, culpas mundanas, el acecho del vago era repudiado, pues estaba considerado por gran parte de la sociedad como la semilla del vicio y del ocio que daba lugar a gran parte de los delitos sufridos durante el virreinato.

Ante la imagen nociva de los vagos, y dado que la noche era el escenario más entrañable para perderse, confundirse entre las sombras, realizar torpezas con mujeres solas o entradas en amores, se dispusieron varias ordenanzas para atrapar a los sospechosos de vagancia. Los encargados de hacer las rondas eran los alcaldes de cada cuartel de la ciudad, ellos se lanzaban tras la figura fugitiva y sombría de los que sospechaban eran vagos. Generalmente en la noche, casi después de las ocho, al caer el manto nocturno y ver “sin nada que hacer” a los jóvenes entre 14 y 35 años; los guardas del orden atrapaban al presunto vagabundo y lo llevaban a la Real Sala del Crimen para indagar su etnia, estado social, ocupación, motivo por el cual andaba a altas horas de la noche fuera de su hogar. Claro que no sólo vagaban por la noche, también a plena luz del día estaban en calles, plazas, calzadas, peleas de gallos, fiestas de toros y en las esquinas, domesticando su ociosidad, desempleo, falta de higiene y petición de mendrugos o algo para beber. Veamos el caso de Juan Ortiz. El chico español, soltero, de 18 años sin oficio a quien lo aprehendió el cabo Cristalinas en la puerta del Coliseo cerca de las ocho de la noche… anda pidiendo limosna quitándole el medio o real que otros hombres necesitados le dieran, pudiendo trabajar para mantenerse y no andar en cueros con sólo unos calzones de paño hechos pedazos y un pedazo de sábana con que está envuelto. La sola imagen del individuo da las características señaladas por la Reales Cédulas que perseguían a los vagabundos o carcomas de la Ciudad de los Palacios.

La constante relajación en que se mantenía el populacho obligó a establecer medidas para intentar controlarlos, castigarlos y terminar con sus bajos modales. La Novísima Recopilación precisa que se vigile a la plebe para no concurrir a cafés, botillerías, mesas de truco, tabernas, y otras diversiones permitidas sólo para quienes trabajan y para recreo de los que no abusan, arresto a quien pasean, ocupan las plazas y las esquinas.

De acuerdo con lo anterior, las pulquerías y vinaterías eran el nido del desorden y criminalidad; no debería permitirse que aumentara el número de éstas y deberían regirse por unas ordenanzas rigurosas.

Y esos escenarios nos dan cuenta de casos como el siguiente: José Angulo, español de 24 años, huérfano, originario de México y de oficio barretero. Lo prendió la ronda dentro de la vinatería de la esquina de Monserrat cuando entró a tomar medio real de aguardiente en compañía de otros amigos, solamente a él le tomaron como vago aunque demostró tener oficio en la calle de Arco de San Agustín en la casa de Gabriel Dávila, presentó a su maestro y manifestó ganar diariamente dos o tres reales. Después de una engorrosa acusatoria, el hombre se ofreció voluntario para ir a los bajeles de La Habana por cuatro años.

Hombres y mujeres que se entregaban a gozar de la vida en la capital frecuentando sitios de diversión y placer estaban medianamente “tolerados” si adquirían las bebidas con el sudor de su frente, acudían a la pulquería o taberna luego de haber cumplido con sus obligaciones, no así aquellos aficionados a la taberna con la pasión del juego, el acceso a los placeres prohibidos y entregados desaforadamente a las bebidas. Y como no se sabía quién tenía trabajo y quién era holgazán, se le arrestaba por la simple sospecha: de ir desnudo, verlo con frecuencia durante el día y tarde recorriendo las calles de la ciudad; por su manera de pararse en las esquinas, de no destocarse delante de la autoridad, entre otras manifestaciones consideradas por los vigilantes de las rondas.

32-rondas-02

Igualmente el vigilante miró el actuar de las personas en las tabernas, quienes perdían la cordura en el momento de jugar cartas, juegos de azar, y perder lo que ganaban con las faenas, vendían sus prendas, capas, vestidos, artículos de ornato y otros empeños con tal de saldar deudas y regresar a lo mismo. Algunos vagos se codeaban con ellos para animarlos o recibir algún favor en caso de gloria. Los lugares “de vicio” abrían desde temprano, sobre todo las pulquerías, pero indudablemente la noche era preferida por el vulgo, y los guardas de pito vigilaban con celo. Como se usaban cortinas para esconder el interior de esos sitios, se prohibió su uso mediante un bando de 1789: Se prohibió bajo la pena de 25 pesos, el uso de cortinas en las vinaterías, por cuanto se ha conocido ser un albergue de las maldades que acarrea la embriaguez, como son la unión de hombres y mujeres, viciosos, vagos y holgazanes, juegos prohibidos y otros insultos escandalosos y perjudiciales a la República.

Las bebidas embriagantes, prohibidas durante el virreinato, fueron parte de la forma de vida cotidiana que se introdujo desde la Conquista, usando el alcohol y pulque conscientemente para mantener embrutecida a la población indígena y mestiza y explotarla justificadamente. Otros más consiguieron la entrada a través de la invitación de amigos, del robo y el empeño. Estos lugares considerados focos de infección y perdición fueron los menos visitados por los vagos de nuestro estudio (1789-1810), fueron otros parajes el escenario de sus venturas y calamidades.

Lo cierto es que en la ciudad de México el cuerpo de vigilancia con que contaba para arrestar a quienes irrumpieran el orden era raquítico, y a partir de 1808 los alcaldes de barrio y de cuartel redoblaron esfuerzos para aprehender no sólo a los vagabundos sino a los sospechosos de infidencia y subversión. Justo en ese año se fundó la Junta Extraordinaria de Seguridad y Buen Orden, con el organismo en marcha se quitó el conocimiento de todas las causas de infidencia a la Real Sala del Crimen. A partir de entonces los alcaldes arrestaron a los sospechosos de vagancia y sedición. En 1812 la Junta Extraordinaria fue suplantada por la Junta Militar, al frente de siete jefes del ejército y juntas provinciales.

 

En suma, el vagabundeo más aún que la mendicidad estaba rigurosamente mal visto en la Nueva España. Desde el siglo XVI la legislación española, trasladada a territorio novohispano, intentó imponer serias medidas para terminar con el ocio y la vagancia; forzó a dichos personajes a trabajar en las minas, los obrajes y las haciendas. Sin embargo, pese a los remedios establecidos durante los siglos XVI y XVII, el problema de la vagancia continuó en todo el territorio, más en la ciudad y, al decir de algunas autoridades: …aunque en todos tiempos he visto aplicado el celo de los señores virreyes, ministros de la Real Sala del Crimen y más justicias para el remedio de los males que han causado y causan, y extirpar tan mala semilla, parece, Señor Excelentísimo, que con la aplicación de los remedios, eludiéndolos esta mala gente, se aumenta y adelanta más cada día.

El grupo documental Criminal, del Archivo General de la Nación, nos da cuenta de los vagos que moraban la ciudad y las rondas y levas que se hacían para levantarlos de la calle, llevarlos a la Real Sala y de ahí definir el destino de los holgazanes. Después de revisar más de 400 casos se puede precisar que, dentro de las causas que originaron la vagancia en la ciudad de México están: la migración constante del campo a la ciudad en busca de sustento diario; las sequías, malas cosechas, el hambre, fueron factores decisivos para que tantos hombres estuviesen dedicados a vagabundear. Algunos muchachos, entre los 14 y los 21 años, preferían andar por las calles sin dedicarse a oficio, al arte de aprender en algún taller, sin disposición para cubrir necesidades de sus hogares. Cabe señalar que de los casos consultados muchos de los vagabundos eran hijos de madres solas. Y otros eran hijos de la Iglesia, niños expósitos y, en su caso, hijos de la calle.

La mayoría de vagabundos en la ciudad eran criollos, españoles, mestizos y otras castas. Una vez que eran aprehendidos y procesados por la Real Sala del Crimen, se disponía al vago ya fuera para servir al ejército o bien en las obras públicas, obrajes, panaderías o mandarlos a poblar las Californias. La edad de los vagos era justamente donde mayor provecho pudieron darle al trabajo: entre los 16 y 27 años. Sólo registramos a los hombres, pues parece que no existió la vagabunda, pues el único caso encontrado por sí mismo no dice nada.

La Real Orden de diciembre de 1779 señala el destino de los vagos para las armas durante ocho años. Los requisitos eran contar con edad entre los 16 y 37 cumplidos, tener estatura “alta”, robustez, salud y color no tan oscuro. Estaban fuera de este rango los indígenas que pagaban tributo. En 1781 sobresale la idea y orden para que todos los nobles que fueran detenidos por vagabundos y mal entretenidos tengan el destino para las armas en calidad de soldados distinguidos. Para los años de 1791 a 1810 no encontramos gente que tuviese esas características. Lo más cercano a ello fueron un par de casos donde los vagabundos en cuestión tenían caudales, eran reconocidos en su vecindario y, más aún, eran estudiantes distinguidos; el otro caso fue un forastero carmelita descalzo que por su condición eclesiástica tenía un trato preferencial.

Los expedientes de lo Criminal nos llevan a mirar el contorno de vagabundos envueltos en una frazada, o desnudos; con cabellos largos y barbas desarregladas, a veces con nombre propio y apellidos, otras con el apodo, o lo más cercano a su nombre de pila. Hijos de padres no conocidos o de madres solas que los llevaban consigo a cuestas. Definir su identidad resulta difícil. Al revisar a fondo sus características parece que son los mismos que participan en los carnavales, en las fiestas de las iglesias, pero que no gozan de prerrogativas y, al mismo tiempo, pueden ser los violadores, briagos y raterillos que aparecen en expedientes del mismo grupo documental, o que por lo menos se mezclan con ellos. A veces los vagos hablan por sí mismos, nos dan cuenta de sus acciones, pero en otras sólo se recupera el nombre, la edad aproximada, la etnia, la idea de oficio o la falta del mismo, lugar de origen y los motivos por los que llegó a la Real Sala del Crimen. Se perfila ya la categoría de carga social.

Aun con la falta de datos podemos deducir, a partir de sus palabras, de las del escribano, los testigos y las autoridades, así como de la mirada de los visitantes y moradores de la ciudad, que los vagos eran considerados lo más funesto de la vida pública pues se les hallaba en casi todas partes, “infestando” con su apariencia a las personas que poseían el don, es decir, a los buenos vecinos, a los trabajadores y a quienes gustaban de viajar en la ciudad.

Al tener arrestados a los vagos, éstos podían presentar tres testigos que los salvaran de enviarlos a trabajo forzado u otro destino, pero de no hacerlo eran remitidos a Barlovento, La Habana, Veracruz, Acapulco, Puebla, Filipinas, las Californias o bien a las obras públicas de la ciudad, donde la mano de obra era urgente y necesaria. Igualmente, se revisaba de manera general la salud del vago, por parte del barbero, y si éste lo consideraba sano, con buen semblante, robusto, entonces funcionaba para ingresar a las filas de la milicia en alguno de esos lugares.

 

Nidia Curiel Zárate
Historiadora e investigadora. Es profesora de la Universidad de la Tercera Edad, Cumbres.

Sobre ciencia, en teoría

Amar sin ser amado

En una escena de la película 500 Days of Summer, Tom Hansen, interpretado por Joseph Gordon-Levitt, nos advierte que: “Un chico y una chica pueden ser sólo amigos, pero en un momento u otro, van a enamorarse uno de otro… Quizás temporalmente, quizás en el momento equivocado, quizás demasiado tarde, o quizás para siempre”. Y es que, cuando de amor y romance hablamos, el problema para el género humano radica, como bien sabe Tom Hansen y la enorme mayoría de nosotros por experiencia directa, en la dificultad de que la ocurrencia del enamoramiento sea simultánea, biunívoca y sempiterna.

34-a-amar

Ilustración: Oldemar González

Ejemplos de amor no correspondido abundan dentro y fuera de la ficción, algunos tan hirientes y cargados de rencor, como el de Pip y Estella en las Grandes esperanzas dickensianas; algunos tan largos y frustrantes, como el imaginado por Kazuo Ishiguro entre el mayordomo Stevens y el ama de llaves Miss Kenton en Los restos del día; y otros tan mágicos, como el de Severus Snape hacia Lily Evans, que de haberse consumado nos habría privado de Harry Potter y su saga.

Si bien los escritores de ficción —y las incontables representaciones y adaptaciones de sus obras en teatro, radio, cine y televisión— se han encargado desde hace siglos de describir de manera más que minuciosa el comportamiento y los diferentes tipos de amores imposibles, rechazados, no correspondidos… en definitiva: no consumados, es —aunque parezca extraño— muy poco lo que, en comparación, la ciencia conoce sobre un fenómeno tan descorazonador como común en nuestra especie.

Adicto al amor: neurobiología del rechazo amoroso

‘Cause I can’t make you love me if you don’t
You can’t make your heart feel something it won’t
Here in the dark, in these final hours
I will lay down my heart and I’ll feel the power
But you won’t, no you won’t
‘Cause I can’t make you love me, if you don’t

“I can’t make you love me” (Bonnie Raitt, 1991)

Si bien es posible que experimentar uno o, peor aún, varios rechazos amorosos no nos sea, por desgracia, nada ajeno, tal vez sí lo sea experimentar con el amor no correspondido en el laboratorio con ayuda de herramientas tecnológicas que nos permitan ver qué es lo que pasa, no ya en nuestro corazón —un órgano que es más útil como figura literaria para escritores, poetas y divulgadores al internarse en terrenos amorosos— sino en nuestro cerebro, pues es ahí donde los científicos, al identificar cuáles son las áreas que se activan cuando pensamos en la arpía o el gañán que desdeñó el más puro de nuestros sentimientos —aunque en realidad éste, buena parte de las veces, estuviera bastante alejado del ideal platónico: la carne es débil-.

Helen Fisher, científica que durante más de tres décadas ha hecho del amor su objeto de estudio, determinó que el rechazo amoroso es “una forma específica de adicción”1: sus estudios muestran que el cerebro de un enamorado rechazado y el de un cocainómano responden de manera muy similar ante la falta de su droga correspondiente.

Antes de continuar por el sendero de los enamorados despechados, quien crea que el amor romántico es un invento cultural reciente, tiene en contra la evidencia antropológica, biológica, psicológica y fisiológica que, vía muy diversos y numerosos estudios tanto observacionales como experimentales, demuestra que, si bien el concepto de “romance” no necesariamente es universal, el amor romántico sí está presente en prácticamente todas las culturas. Por ejemplo, los resultados de una encuesta realizada por David Buss, psicólogo evolutivo  de la Universidad de Texas, y en la que participaron diez mil personas de 37 culturas de todo el mundo, mostró que tanto hombres como mujeres consideraron al amor como el criterio más importante al elegir una pareja.2

En otro estudio, William Jankowiak y Edward F. Fischer3 analizaron datos provenientes de 166 sociedades humanas (sí, también hay sociedades no humanas), 147 de las cuales comparten la idea de amor romántico y, posiblemente, lloran en escenas como la del matrimonio de ancianos de Titanic que comparten cama/tumba mientras se hunde el barco. De las 19 sociedades restantes consideradas por Fischer y Jankowiak, los resultados no fueron conclusivos debido a que estos antropólogos no pudieron advertir conductas que evidenciaran sin lugar a dudas que los miembros de estas sociedades compartían la idea de amor romántico de historias tan clásicas y famosas como las de Romeo y Julieta o, si se prefiere, de la enésima versión de Muchacha italiana viene a casarse.

En definitiva, por lo menos a través de los ojos  de la antropología, el amor romántico es un fenómeno que abarca a la humanidad entera. Falta zanjar la cuestión de si se trata de una más entre las variopintas emociones que experimentamos (¿padecemos?), o si es más bien un comportamiento que forma parte del proceso mayor de la reproducción humana y que, como parte de una estrategia que busca perpetuar nuestros genes, ha sido condicionado por la evolución. Este “darwinismo romántico” no implica —por fortuna para más de un émulo de Sheldon Cooper, el nada romántico y, hasta el episodio 11 de la novena temporada, asexual protagonista de la serie de televisión The Big Bang Theory— que sólo los más románticos sobrevivan, pero a la hora de elegir entre Don Juan Tenorio y un simple Juan Pérez, ¿quién culparía a doña Inés por preferir al primero?

De vuelta con los experimentos amorosos de Helen Fisher, ella y sus colegas analizaron imágenes de resonancia magnética funcional —una técnica que permite observar qué regiones cerebrales son activadas ante ciertos estímulos— del cerebro de diez hombres y cinco mujeres que recientemente habían sido rechazadas por sus parejas, para determinar qué sistemas mentales estaban involucrados en este estado negativo del amor romántico. El estímulo que activaba el rechazo en el cerebro de los participantes consistió en una fotografía de la persona por la que habían sentido una intensa pasión romántica, comparada con la respuesta —clasificada como neutra— obtenida al ver una fotografía de algún conocido de la misma edad y sexo que el objeto de su afecto, pero por quien en este caso no sentían enamoramiento alguno.

Mientras veían la foto del rechazante, los rechazados tenían que pensar en eventos relacionados con aquél (“lo invité a bailar… ¡y me dejó plantado!”,  “le pedí que fuera mi novia, y me dijo que siempre me había considerado como un hermano, que no podía enamorarse de un hermano, pero que podíamos ser amigos”, o cosas por el estilo. Posiblemente al lector ya se le ocurrieron algunas más).

Asociado al rechazo amoroso hay, como evidenció nuevamente el experimento de Fisher, no uno sino un coctel de sentimientos que incluyen intensa pasión romántica con ingredientes/testimonios muy parecidos a la mezcla de algunos de ellos que aquí presentamos en paréntesis, como: (“¡la amo demasiado! ¡La amo, la amo, la amo!”), obsesión (“pienso en él desde que me despierto hasta que me duermo”), protesta (¡es que no puedes terminar conmigo así como así! ¿Quién te crees que eres?”), enojo (“¿quieres terminar? ¡Atrévete a decírmelo de frente, estúpido!”), esperanza (“no me rendiré hasta que agote hasta la última posibilidad de regresar con ella”), arrepentimiento (“¿por qué lo presioné tanto? Debí haber sido más paciente”) y desesperación (“¿y ahora, qué voy a hacer sin ella?”) e, inclusive, emociones opuestas (“la odio por lo que me hizo… ¡Pero aun así la amo!”).

Más allá de las declaraciones —amorosas y no tanto— de los amantes rechazados, las imágenes de sus cerebros mostraron actividad en áreas involucradas en la motivación/recompensa de conductas, algo que se esperaba dado que otros estudios han determinado que la adversidad tiende a intensificar los sentimientos relacionados con el amor romántico: cuando nuestros esfuerzos amorosos —y de cualquier otro tipo— se demoran en ser premiados, nuestro sistema mental de recompensa prolonga su actividad.

En el caso de las víctimas del rechazo amoroso, sus sistemas de motivación/recompensa se activan para evaluar la situación y ajustar su comportamiento en consecuencia, todo esto como parte de una respuesta adaptativa en la que el premio mayor no es nada menos que, aunque no suene muy romántico, el poder reproducirse.

El cerebro de los rechazados también exhibió actividad en la corteza insular, que está asociada con el dolor físico y mental, por lo que, cuando las víctimas del rechazo amoroso aseguran estar “sufriendo en cuerpo y alma” no es que esté surgiendo su vena poética: se trata en verdad de una rigurosa descripción de lo que está pasando en su mente. Esta es también la razón de que varias de las víctimas tengan dificultades para dormir, se estremezcan y lloren de angustia mientras recuerdan sus experiencias de rechazo.
           
Menos esperado fue observar la activación de aquellas zonas del cerebro conocidas como el giro subcalloso y la corteza orbitofrontal, dado que estas áreas están asociadas a la adicción a la cocaína. En otras palabras: experimentar un rechazo amoroso es una forma específica de adicción.

Como conclusión, Fisher y su equipo consideran que la pasión del amor romántico, más que una emoción específica, es un estado de motivación orientado a un fin: ser rechazado por nuestra posible pareja activa sistemas cerebrales de motivación/premiación que son determinantes para poder reproducirnos, sistemas que son difíciles de controlar de manera racional y que, de acuerdo con Fisher y sus colegas, podrían explicar la presencia en todas las culturas de los altos índices de acoso, homicidio, suicidio y depresión clínica asociados con la experiencia de amar sin ser amado.

Después del rompimiento: duelo pos-relación

His message was brutal but the delivery was kind
Maybe if I get this down I’ll get it off my mind
It serves to condition me and smoothen mi kinks
Despite my frustration for the way that he thinks

“You sent me flying” (Amy Winehouse, 2003)

Una segunda contribución de Fisher a la ciencia de los descorazonados es la identificación de lo que ella bautizó en 2004 como duelo postrelación o DPR —en inglés, Post-Relationship Grief o PRG—. Sus estudios muestran que quienes sufren de DPR pueden tener problemas para recordar cosas, dificultad para concentrarse y un sentimiento de pérdida de propósito en sus vidas. Pero esto no es todo: el DPR viene frecuentemente de miedo, enojo, pánico, preocupación, tristeza e insensibilidad emocional, son comunes ataques de ansiedad, pérdida del apetito, debilitamiento del sistema inmune e inhabilidad para trabajar o tener un desempeño académico adecuado. Para todo efecto práctico, los aquejados con DPR se convierten en una especie de protagonistas de la película Mi novio es un zombi.

Aunque a primera vista aparenta lo contrario, el DPR puede tratarse de una respuesta a una situación en la que una pérdida personal es inevitable: si bien el objeto de nuestro afecto no está muerto, para nosotros es como si lo estuviera y, en este sentido, el uso de la palabra “duelo” no es una exageración. De acuerdo con los psicólogos evolucionistas —¿los recuerdan?— que estemos deprimidos o desmotivados nos da una ventaja selectiva porque evita que desperdiciemos recursos que es mejor conservar para cuando aparezcan nuevas oportunidades —traducción: posibles parejas— ante nosotros. Por supuesto que, según esta explicación biológica, aquellos individuos que puedan recuperarse de manera más rápida y eficaz de este DPR y estén de vuelta en el “juego del apareamiento” serán favorecidos sobre aquellos que continúen semanas, meses y hasta años anclados en un amor no correspondido.

Los antropólogos Craig Eric Morris y Chris Reiber, de la Universidad de Binghamton, Nueva York, determinaron en un estudio publicado en 2011 que la frecuencia e intensidad de DPR en hombres y mujeres es muy similar; la única diferencia notable fue entre quienes terminan con la relación, que al parecer experimentan un trauma mucho menor que quienes son rechazados.4

Sin embargo, sí hay diferencias en la forma en que se manifiesta en uno u otro género. Por ejemplo, tanto la pérdida de peso —en un rango de 4 a 20 kilogramos—, como la pérdida de autoestima, fue casi el doble de común en mujeres que en hombres, mientras que estos últimos recurrieron al alcohol y otras drogas para aliviar el DPR casi tres veces más que las mujeres: “Por mujeres como tú, hay hombres como yo… que se pueden perder en el alcohol por una decepción”, diría el experto en rupturas amorosas, charrería y canciones, Pepe Aguilar.

Fueron también los hombres quienes tardaron más en recuperarse de la ruptura: su DPR duró típicamente un año o más, lo que, según Morris y Reiber, es de esperarse a partir de lo que se conoce como teoría de estrategias sexuales; de acuerdo con ésta, como los machos deben competir entre ellos por la oportunidad de aparearse con una hembra, mientras que las hembras pueden darse el lujo de elegir entre todos los machos disponibles, para la mayoría de los machos el término de una relación es mucho más costoso en términos de recursos, pues se ven en la necesidad de competir nuevamente y emplear tiempo, dinero y esfuerzo para conquistar otra hembra.

En síntesis, un rompimiento amoroso es más traumático para la mayoría de los hombres, si bien no se descarta que haya alguno que, como Florentino Ariza —el amante imaginado por García Márquez en El amor en los tiempos del cólera— pueda esperar más de medio siglo a que su enamorada cambie de opinión.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía de la Universidad de Guadalajara. Es autor de Ciencia Pop, La física del Coyote y el Correcaminos, y más ciencia (y muchos más dibujos animados) y de El teorema del Patito Feo. Encuentros entre la ciencia y los cuentos de hadas.


1 Fisher, H.E., L.L. Brown, A. Aron, G. Strong y D. Mashek, 2010, “Reward, addiction, and emotion regulation systems associated with rejection in love”, Journal of Neurophysiology, 104, pp. 51-60.

2 Buss, D., 1989, “Sex differences in human mate preferences: Evolutionary hypotheses tested in 37 cultures”, Behavioral and Brain Sciences, 12, pp. 1-49.

3 Jackowiak, W.R. y E.F. Fischer, 1992, “A cross-cultural perspective on romantic love”, Ethnology, 31, pp. 149-155.

4 Morris, C.E. y C. Reiber, 2011, “Frequency, intensity and expression of Post-Relationship Grief”, The Journal of the Evolutionary Studies Consortium, 3(2), 1-11.

Cultura y vida cotidiana

Recuerdos de Alepo

La prolongación de un conflicto armado tiende a hacer creer que éste entra a un periodo estático donde las víctimas se suman y las esperanzas merman sin que la situación cambie más allá de los números. Medio Oriente ha sido ejemplo de cómo aquello es falso; ni una de sus constantes ha sido constante. La ocupación de Palestina a finales de los años cuarenta, con sus momentos cumbre en las décadas de los sesenta y setenta, tiene menos que ver de lo que se piensa con las intervenciones más recientes en Gaza y Cisjordania. Ni siquiera lo que el lugar común ha llamado: la normalización de la violencia se parece a las costumbres que hacen tomar un café turco bajo el sonido de los morteros.

34-b-alepo

Ilustración: David Peón

La guerra civil siria comparte estos asuntos, más de cinco años de combates han incorporado nuevos actores y de lo que una vez fue el contagio de la ingenuidad que conformó las primaveras árabes, quedan las masacres entre las tropas del régimen, los bombardeos rusos, los combatientes iraníes, las milicias kurdas, las iraquíes y los miembros de la OTAN. Todos peleando contra enemigos particulares y comunes, como el Daesh y hasta hace unas semanas el Frente Al-Nusra, antigua filial de Al-Qaeda en el país. Cada uno de ellos ha formado parte de una serie de eventos que pueden cambiar los entredichos de la guerra. Todos en una misma ciudad: Alepo.

En las últimas semanas, fuerzas rebeldes rompieron el asedio de un mes que mantuvieron en esa ciudad las tropas del régimen de Bashar Al-Assad, con el apoyo de Irán. El éxito rebelde se debió a las batallas en dos frentes. Por un lado, con la reconstrucción de Al-Nursa en una nueva organización que rompió lazos con Al-Qaeda y tiene lo necesario para convertirse en uno de los principales ingredientes que cambien la fase en que se encuentra la guerra en Siria. Al otro, las milicias kurdas que se han fortalecido como aliado de Estados Unidos en el combate contra el Daesh liberaron uno de los bastiones del grupo fundamentalista en la ciudad de Manjib, cerca de Alepo y parte de su provincia. En menos de diez días, dos ciudades más han sido liberadas.

A finales de julio, el líder de Al-Nusra, Abu Muhammad Al-Jolani, anunció la transformación del grupo en Jabhat Fatah Al-Sham. Al-Nusra ya no existe. La nueva organización se deslindó de todos los enlaces externos, incluyendo su matriz. En un intento por llevar las cosas a terrenos locales, insisten, no son Daesh, no son Al-Qaeda. Su pelea es local y rechazan la injerencia de simpatizantes internacionales que tradicionalmente habían apoyado al islamismo.

Ya en 2014, el entonces Estado Islámico de Irak rompió lazos con Al-Qaeda. Sin tener muchas diferencias en sus planteamientos ideológicos, así como en sus métodos —el tiempo dejó ver cómo evolucionaron en lo más bestia que ha dado el siglo XXI—, aquella organización que derivó en el Daesh logró controlar una inmensa parte del territorio entre Siria e Irak, pero al mismo tiempo dividir las distintas facciones de combatientes en la región. Quizá aquí su gran falla a largo plazo. Un error que no ha hecho mella en los miembros del grupo genocida o en sus adeptos exteriores, como los fanáticos europeos involucrados en los atentados de este año en Bélgica, Alemania o Francia, pero de una gravedad que el análisis ajeno a la cultura árabe y lo musulmán pasa por alto.

La foto de un niño, víctima de los bombardeos —sobre todo rusos que intentaron proteger las posiciones del régimen—, recorrió como en otras ocasiones los canales de noticias, los periódicos y las redes sociales en occidente. Se ha espetado la indignación natural; sin embargo, fueron pocos los medios árabes que le dieron tanto vuelo a esa postal, sin duda desgarradora. La metamorfosis de uno de los actores de la guerra en Siria y, quizá, el mayor triunfo en dos años contra el régimen y en los territorios controlados por el Daesh ocuparon los boca en boca.

En Pensar Medio Oriente, mi más reciente libro, traté de explicar cómo para entender esta zona del mundo hay que hacerlo desde el lenguaje. Los rasgos de identidad que se originan en el idioma y están íntimamente ligados a una religión, haciendo al árabe, lengua e individuo, sujetos interpretativos, arrojan pistas para darse una idea de los devenires del conflicto. La maniobra de Jabhat Fatah Al-Sham puede verse desde una perspectiva similar a la un partido político que cambia de nombre sin modificar sus preceptos, sólo que está resultando ilustradora y relativamente exitosa, en parte gracias a un pilar del Islam: el tawhid. La unicidad de Dios y la necesidad de unión en los creyentes frente elthaghut. Un estado en que se encuentran quienes sobrepasan los límites. Los dos, conceptos centrales en la religión, cuentan con un espacio de acción en las trincheras. En los días en que escribo estas líneas, se ha anunciado la coalición de una veintena de agrupaciones de corte islamista para combatir al régimen de Assad. Tal vez la agrupación más grande y significativa desde el inicio de los combates en 2011. A las horas del anuncio, se dio aviso de la renuncia de un alto número de líderes religiosos y militares a dicha coalición. Lo que al principio quería mostrarse como una sola espada que protegería el interés de la unidad, separándose de los extremos más extremos, fuera de los límites que representa el Daesh, se incorporó a la tradición de unicidad y disociación que ha sido permanente en el mundo árabe, no sólo musulmán, que he explicado en otras ocasiones en estas páginas y en ese libro. Quienes se han separado de la nueva fuerza que propone Jabhat Fatah Al-Sham, no coinciden con esa visión, supuestamente moderada, de la que no puedo ser más escéptico. Las posibilidades, que aún están sobre la mesa, permiten el fortalecimiento de facciones extremas que se incorporen al terreno, sin ser Daesh y sin ser Jabhat Fatah Al-Sham. Aquí no hay bola de cristal.

¿En qué cambia esto la situación de la guerra civil siria? ¿Cómo se relacionan las milicias kurdas? ¿Qué sucede con el Daesh?

Un conflicto de la magnitud que tiene la guerra civil siria sobrepasa la localidad e incluso, sin estar de acuerdo con la intervención de potencias extranjeras, implica a dichas potencias. Son los millones de desplazados y refugiados. Es la crisis humanitaria. Es la imposibilidad de seguir indiferente por los costos personales, no por empatía. En Alepo están en riesgo un millón y medio de civiles. ¿Qué hace con ellos occidente?

La ciudad ha quedado absolutamente destruida. Es difícil entender la nada en un lugar del que no quedan ni escombros. Alepo se transformó en el símbolo de la guerra civil que obliga a cambiar la estrategia internacional y doméstica frente al conflicto sirio.

Se repiten las voces que afirman que luego del fallido golpe de Estado en Turquía, el presidente Erdogan apoyó a algunas de las fuerzas rebeldes que rompieron el asedio en Alepo. El régimen de Al-Assad y las milicias kurdas son enemigos comunes. Sólo que de cierta forma, los kurdos ayudaron al régimen en el asedio. Cerraron caminos contra los rebeldes y protegieron a la Cuarta Brigada, de la que depende la dictadura de Assad. Al mismo tiempo, Estados Unidos ha descansado en las fuerzas kurdas y sus triunfos, desatendiendo por instantes la amenaza que éstas le representan al gobierno turco, su aliado desde la OTAN. De forma simultánea, Jabhat Fatah Al-Sham se convirtió en dos semanas en la fuerza más eficaz contra el régimen. Por si fuera poco, éstos cuentan con la remota posibilidad de unificar a muchos de los implicados desde hace más de cinco años. Ya sea con ellos o apartados, pero no en conflicto directo.

¿A quién puede seguir apoyando la comunidad internacional? A ninguno, no de la manera en que ha venido sucediendo. Hacerlo obligaría a tomar compromisos incompatibles en el campo de batalla, salvo dos: el combate al Daesh, que ante esto ve desde su perspectiva la necesidad de incrementar los ataques fuera de su territorio —el atentado en una boda kurda en Turquía puede servir de ejemplo—, y una serie de acuerdos que lleven a una nueva mesa de diálogo para la eventual transición de poderes en Siria. Por primera vez de forma realista, encuentran espacio tanto los implicados internacionales como los rebeldes cercanos a Jabhat Al-Sham, los kurdos y el gobierno de Damasco. No había escuchado en los últimos dos años más rumores que hablan de una negociación como está ocurriendo ahora.

La ciudad que durante años fue la representación de lo mejor de una sociedad que contaba en Damasco con lo peor de su modernidad, hoy muestra todo lo que no funciona en ese país. La ciudad se había hecho de las comunidades musulmanas que convivían con la judía y la griega ortodoxa. También con la armenia. Era la ciudad de las bibliotecas, del arte y de los negocios de altos vuelos. Ahí, a principios del siglo XX, mi bisabuelo hizo llegar a miles de ellos para salvarlos del genocidio perpetrado por los otomanos. Al descubrirlo, el gobierno de Constantinopla le obligó a exiliarse en aquella ciudad. En el camino al exilio, un tío abuelo murió en brazos de su madre y, al llegar, la gente quiso obsequiarle los honores pero el viejo Lutfallah, padre de mi abuelo, pidió darle a su hijo pronta sepultura. Su mujer le había exigido: déjalo ir, tenemos que cuidar a los otros cuatro. Alepo se transformó para nosotros en la ciudad donde se puede empezar de nuevo, no quedaba nada más que destruir.

Mi memoria más profunda de ese lugar la guarda una de las viejas puertas de la citadel amurallada: Bab Antakya, la puerta de Antioquía. Cuando la visité por primera vez, recordé las historias que le significaron el fin y el principio a mi familia. No soy optimista, falta todo para poder serlo pero los eventos de estas semanas me permiten pensar que, a mediano plazo, Alepo le podría dar a la guerra civil siria aquel simbolismo personal. Todavía falta.

 

Maruan Soto Antaki
Ha publicado: Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino y Pensar Medio Oriente.
@_Maruan

Cultura y vida cotidiana

¿Individuos en el siglo XXI?

En un tiempo como el que ahora sucede y en el que la incertidumbre social acerca del presente y el futuro se ha convertido en una cruel tradición, yo me inclinaría por satisfacer un deseo sencillo de expresar: creo que el individuo debe prevalecer y fortalecerse por encima de su comunidad. Se podría considerar la mía una postura egoísta insuflada de pesimismo y una renuncia a la reflexión política o a la acción social, pero no es así. El individuo frustrado ante una incertidumbre y un desasosiego que no cesan se retrae al ser individual: no renuncia a vivir en sociedad, pero ante la catástrofe comunal salvaguarda su propia vida, su yo, su humor y su experiencia para que, al menos, el hecho de haber vivido haya tenido algún provecho. ¿A qué clase de individuo o yo me refiero? A uno que cambia y que se adapta a sus propios vaivenes emocionales. A uno que intenta sobrevivir a la heterogénea comunidad de seres morales que viven dentro de él mismo. El individuo es, principalmente, aquello que logramos rescatar y nombrar luego de una constante tormenta de locura y disipación: el náufrago que ha llegado una vez más a tierra firme.

33-individuos

Ilustración: Sergio Bordón

Jean-François Lyotard relacionaba la consistencia del pensamiento con nubes, lagunas, pinceladas y peregrinaciones (así tituló un breve libro al respecto: Peregrinaciones). Y escribió: “Decir Yo creo significa que todas las ideas que llegan al pensamiento, mientras éste vagabundea entre nubes, deben expresarse en términos de un punto único desde el que se pueda abarcar el paisaje como un todo. Esto es el yo”. Y es así que cuando yo digo y escribo: “Creo que el individuo debe prevalecer…”, sólo estoy tratando de encontrar un punto de encuentro a mis divagaciones, miedos, opiniones, lagunas, grietas o peregrinaciones: una cueva desde la que observar el paisaje, aunque éste cambie y se transmute lenta o abruptamente. Me parece una acción en pos de la supervivencia construir —¡una vez más!— la idea de un refugio llamado individuo que logre ofrecer cierto descanso y que me (nos) libere por algunos momentos de la decepción causada por el continuo descalabro del contrato social el cual, por lo demás, no despierta esperanzas firmes de ser cumplido. No es extraño que una aristócrata suiza como Madame de Staël llegara a exclamar lo siguiente acerca del filósofo del contrato social y de la voluntad general: “Rousseau no dijo nada nuevo, pero lo incendió todo”. Y yo me pregunto. ¿Qué clase de aberración histórica encierra esta necesidad y urgencia de nuevas ideas cuando ni siquiera, en los ámbitos propios de la comunidad, hemos logrado asimilar aquellas ideas que se han fraguado a lo largo del tiempo y del lenguaje? Hay que repetir las viejas ideas de siempre y comenzar otra vez, como lo han hecho tantos filósofos, escritores, académicos que intentan hacerse de autoridad para ser escuchados por legiones de sordos. ¿No se les antoja retraerse al individuo y descansar unas horas?

Continuar con la edificación del individuo es la única propuesta social que se me ocurre hacer. Fortalecerse mientras se vagabundea por la geografía del lenguaje y la literatura, la reflexión política y el soliloquio, las pasiones personales y las ideas del bien y del mal. “Unión pasajera de elementos cambiantes”, llamaba Ernst Mach al yo. ¿No añoraba Nietzsche también un poco de tranquilidad y de aliento en medio de la turbulencia de su pensamiento y alteridad, tal como lo expresa en Humano, demasiado humano? Sólo el individuo fortalecido es capaz de participar en una conversación y, por lo tanto, en un progreso social; no la suma de individuos débiles y suprimidos por el sufrimiento y la ausencia de voz. Mas quiero acentuar que, en mi opinión, ese individuo se fortalece sólo porque es consciente de que sus ideas pueden llegar a ser pasajeras, y de que no existe una sola ciencia o persona que logre explicar exhaustivamente los hechos y los fenómenos que lo afectan.

A raíz de la conciencia de ser un individuo cambiante, fugitivo y en adaptación constante, uno aprende, por cierto, que no se gana nada con la ofensa y desprecio a las personas que se quieren o aprecian, ni tampoco con la ofensa a los extraños que también desean y trabajan para habitar un mundo mejor: “Todavía ahora, después de una simpática conversación con hombres completamente extraños, mi filosofía se tambalea. Me parece tan necio querer tener razón al precio del amor”. ¿Para qué ofender a quienes nos son apreciables? (Rüdiger Safranski trata acerca de esta ambigüedad en la biografía que escribió acerca del pensamiento de Nietzsche.) Mas aquí, en este alegato, no trato yo de ponderar ni halagar a ninguna filosofía o a un pensamiento único, sino de realizar un ejercicio parcial cuyo propósito es recuperar el yo, la vida de uno mismo, el individuo que se halla sepultado por el marasmo social y la lucha absurda, violenta e inocua entre personas que pertenecen a bandos o a villorrios distintos. Quizás si uno se reconoce a sí mismo como pluralidad, simultaneidad de pensamiento, como peregrinar y cambio, logre llegar a ser más sobrio y menos rígido respecto a sus concepciones del bien social. Qué inconveniente y desafortunado resultó, por ejemplo, el diagnóstico de Habermas hace más de cuatro décadas cuando escribió: “Nietzsche ha perdido por completo su capacidad de contagio”. Tal desplante equivalía a decir que la literatura y el lenguaje tampoco poseen ya ningún sentido social, ni son capaces de contagiar nuestra imaginación de otras realidades. Por fortuna creo que no es así y que los individuos más apreciables están al tanto de ello. La literatura también es parlamento, llegó a escribir Thomas Carlyle, y vamos si el viejo no era necio, duro y sectario. La comunidad en tiempos de crisis continúa desarrollándose en la pluralidad propia del individuo.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

Bioéticas

Virtudes y ética. Unas notas

Para Platón son cuatro las virtudes cardinales: prudencia, fortaleza, moderación (o templanza) y justicia. James Rachels y Stuart Rachels (The Elements of Moral Philosophy, McGraw Hill, Sixth Edition, 2010) consideran que las virtudes son múltiples: benevolencia, civilidad, compasión, cooperación, esmero, coraje, cortesía, confianza, equidad, amistad, generosidad, honestidad, laboriosidad, justicia, lealtad, moderación, paciencia, prudencia, razonabilidad, autodisciplina, autosuficiencia, tacto, consideración y, aunque anotan que el listado no es definitivo, agregan tolerancia. Finalmente, Tom L. Beauchamp y James F. Childrees (Principles of Biomediacal Ethics, Sixth Ediiton, Oxford University Press, 2009) aducen que, además del cuidado (treat care), son cinco las virtudes focales que los profesionales de la salud deben ejercer: compasión, discernimiento, integridad, fiabilidad y esmero. De las virtudes también hablaron Aristóteles, Plotino, Diógenes Laercio, san Agustín, santo Tomás, Kant, y, entre otros, Nietzsche. El listado previo, y la diversidad de las virtudes, son testimonio de la trascendencia y de la falta de acuerdo sobre el tema. Todos los autores mencionados fueron, y son, pensadores distinguidos.

34-virtudes

Ilustración: Kathia Recio

Definir virtud es tarea complicada. El Diccionario de la Real Academia Española da cuenta de ello al ofrecer ocho definiciones. Ninguna —perdón, no quiero parecer arrogante— convence. Me quedo con la número tres, “Fuerza, vigor o valor”, y la cinco, “Integridad de ánimo y bondad de vida” —debido a mi comentario invito al lector a revisar las restantes—. El concepto de Beauchamp y Childress es adecuado: Una virtud es un rasgo de carácter que se valora socialmente, y una virtud moral es un rasgo de carácter que se valora moralmente. Beauchamp y Childress hablan de moral en la definición porque consideran que las virtudes se asocian a conceptos morales y no necesariamente a la esfera ética.

Dado que ética y moral suelen usarse indistintamente, ofrezco una breve explicación sobre ambos términos. Ética proviene del griego ethos, “manera de hacer las cosas, costumbre, hábitat”; moral encuentra sus raíces en el latín, moralis, y ésta de mos, “manera de vivir, referente a las costumbres”. La moral no es una disciplina académica y se refiere a costumbres individuales o sociales; su meta consiste en influir y de ser posible regular las actitudes de la persona y la comunidad. La ética es la rama de la filosofía que estudia, valora y cuestiona los preceptos morales; para lograrlo se basa en tratados académicos. La ética basa sus afirmaciones en tratados ad hoc, mientras que la moral se transmite de “boca a boca”, de padres a hijos y de credos religiosos a feligreses. Las virtudes contienen principios éticos y morales.

Los vínculos entre ética, moral y virtudes son múltiples. Los libros de ética siempre, o casi siempre, incluyen capítulos sobre el tema. Para Aristóteles, la virtud es la matriz de la ética; para él, la virtud es un rasgo del carácter que se manifiesta en acciones habituales. Aunque los vicios pueden ser también conductas habituales, es decir, la forma como actúan cotidianamente las personas, la idea de Aristóteles se refiere a comportamientos correctos, éticos, morales y no a vicios. Rachels, al igual que Beauchamp y Childress, usufructúan en su definición el concepto del autor de la Ética a Nicómaco la cual me permito modificar para hacerla más comprensible, “una virtud moral es un rasgo de carácter que se manifiesta en acciones habituales —i.e., las conductas cotidianas de las personas”.

Aspirar a la felicidad y bregar por la justicia son las dos grandes metas de la ética. Al igual que la empatía, las virtudes suelen aprenderse, o no, durante la infancia, en casa, en la escuela. Quienes viven bajo el cobijo de padres cuyas conductas promueven virtudes suelen ser personas interesadas y comprometidas con los “otros”, con los desposeídos. En nuestros (malos) tiempos sobran ejemplos: refugiados, desplazados, sin techo, migrantes, niños y niñas explotados sexualmente. Las sociedades donde las virtudes son escuela suelen ser más justas y equitativas; en ellas es más fácil aspirar a la felicidad y pensar en las necesidades de los “otros”.

En nuestros (malos) tiempos urge dotar a las sociedades del mayor número de virtudes. El reto, como en todos los rubros de la ética, radica en cómo hacerlo. El desafío, siguiendo a Jesús María Ayuso Díez, es asomarse, imposible responder, a sus preguntas, “¿Por qué existe el Mal?, ¿cómo hacer para que lo que es estalle en Bien? Diseminar virtudes en la infancia, sobre todo en los hogares con derecho a la Voz, podría atemperar, al menos un poco, el Mal.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.

Fronteras

Sistema inmune, cerebro y albedrío

Interacciones sociales y sistema inmune con sus diversas células blancas: nada más distante. No es de esa opinión un equipo de la Universidad de Virginia, Estados Unidos. “Es disparatado, pero quizá para dos antiguas fuerzas no somos sino campos de batalla multicelulares: patógenos y el sistema inmune. Parte de nuestra personalidad puede estar dictada en realidad por el sistema inmune”, dice Jonathan Kipnis del Departamento de Neurociencia en artículo publicado por Nature en línea.

Apenas el año pasado el equipo de Kipnis “descubrió que los vasos sanguíneos de las meninges enlazan de forma directa el cerebro con el sistema linfático”. Las meninges son tres membranas protectoras del cerebro: duramadre, piamadre y aracnoides, ve uno en neuroanatomía de prepa (si la CNTE lo permite y no le parece carga excesiva).

El siguiente hallazgo arrojó más luz en el trabajo del cerebro y la evolución: “La relación entre humanos y patógenos, sugieren los investigadores, pudo haber afectado de forma directa el desarrollo de nuestra conducta social al hacer necesarias las relaciones sociales para la sobrevivencia de la espacie mientras desarrollaba vías para que nuestros sistemas inmunes nos protegieran de las enfermedades que acompañan a esas interacciones…”. Y aquí viene el dato central: “La conducta social está, por supuesto, en el interés de los patógenos en cuanto les permite dispersarse”.

35-cerebro

Ilustración: Oldemar González

Es mal negocio para un patógeno ser eficaz en matar el organismo infectado. Lo mejor es sostener la infección por mucho tiempo y lograr así la dispersión, y sobrevivencia, del patógeno. Ocurre con las pulgas de los perros: una invasión regulada asegura años de abundantes generaciones de pulgas. Si el perro muere pronto se acaban las pulgas. “Muerto el perro se acabó la rabia”. Lo mejor es que la rabia tarde en matar. Esto trae una selección natural en los patógenos: los más dañinos se extinguen al matar pronto el organismo infectado. Los de acción menos mortal resultan elegidos por la selección natural.

Fue parte esencial en la conquista de los pueblos americanos por los europeos. Una descripción vívida se encuentra en Guns, Germs and Steel, de Jared Diamond, y artículos suyos anteriores. La viruela azolaba Nápoles y la mortandad era inmensa, pero algunas personas tenían una mejor resistencia natural y vencían la enfermedad. Así quedaban vacunadas y transmitían esa resistencia a hijos y nietos. La viruela llegaba a Venecia y Génova, luego a Viena y Barcelona: volvía a matar y seleccionar. Así fueron creando los europeos una mayor resistencia a la viruela antes de que hubiera vacunas (y mucho antes de que hubiera el infame movimiento antivacunas que abre de nuevo el camino a una población inerme). Cuando la ola volvía a Nápoles en un par de siglos se encontraba dos selecciones naturales: napolitanos con resistencia habían heredado esa defensa a sus bisnietos de bisnietos, y el patógeno mismo había perdido sus cepas más virulentas por matar antes de transmitirse.

Fue desolador para los pueblos americanos observar que los españoles enfermaban, pero sobrevivían sin más explicación que Jesús de Nazaret y la Virgen de la Macarena. Los indios morían porque sus dioses, también ellos, los habían abandonado. Así fue como en un siglo la población nativa se redujo al diez por ciento. No era abandono de los dioses, eran los milenios, diez o más, de selección natural en los europeos y la ausencia total en América del Variola virus porque apareció en humanos después de las grandes migraciones que entraron por tierra cuando Beringia era tierra seca, sobresalía del mar a causa de los enormes casquetes de hielo que retenían agua durante la última era glacial.

Así pues, el equipo de Kipnis tiene su más firme apoyo en la conquista de América. Pero se refieren a una relación más directa: ha mostrado que “una molécula específica, el interferón gamma, parece esencial en la conducta social de una gran variedad de especies: moscas, peces, ratas y monos. El interferón lo produce el sistema inmune en respuesta a bacterias, virus y parásitos. Al bloquear esa molécula con ingeniería genética vuelve hiperactivas algunas regiones del cerebro, lo que se manifiesta en que los ratones sean menos sociales. Al restaurar la molécula restaura la conectividad cerebral y la conducta normal”.

La hipótesis del equipo, expuesta por Anthony Filiano, es que la recolección y cacería de alimento, así como la reproducción sexual, cuando los organismos se reúnen con estos fines necesarios para la sobrevivencia, también trae “mayor propensión a dispersar infecciones. Así que necesitas ser social, pero al serlo tienes más oportunidad de dispersar patógenos”. Eso lo vimos los humanos en la Europa del siglo XVIII, cuando la revolución industrial atrajo millones de familias campesinas, desposeídas por los nobles, en torno a las ciudades. Cólera, viruela y tuberculosis mataban por millares, sobre todo niños, y de entre éstos, sobre todo varones, menos provistos de reservas por la naturaleza. En Grecia todavía se dice a la joven madre, como saludo y deseo para el hijo: “Que te viva…”. Es porque pocos vivían.

El equipo de la Universidad de Virginia hace notar que el mal funcionamiento del sistema inmune podría ser responsable de numerosos desórdenes psiquiátricos, neurológicos y déficit social. “Pienso que los aspectos filosóficos de este trabajo son muy interesantes”. Y podríamos añadir las implicaciones éticas, morales y legales. Algunos criminales podrían tener conflictos no tanto con su educación y sus modelos paternos, sino con su interferón gamma.

Cerebro masculino, cerebro femenino

Que hay diferencias en el cableado interno de los cerebros según el sexo es evidencia mostrada en millares de publicaciones. Pero un solo dato es suficiente: los hemisferios cerebrales, derecho e izquierdo, están interconectados por haces nerviosos que cruzan en un grueso paquete llamado cuerpo calloso. Las mujeres tienen cerebros más interconectados porque, en proporción a su peso, el cuerpo calloso es más grueso, con más puentes entre cada hemisferio.

Prueba clínica: un herido en áreas motrices cerebrales se recupera, si acaso, con mayor dificultad que una mujer con la misma lesión: el cerebro femenino sustituye funciones perdidas en un hemisferio activándolas en el otro.

Sexual differentiation of the brain es un texto ya clásico. Pero un equipo de la Universidad de California en Los Ángeles acaba de publicar novedades en el journal Frontiers in Neurology.

Observando cerebros en vivo con resonancia magnética el equipo encontró que hombres y mujeres muestran respuestas contrarias en la ínsula: parte del cerebro esencial en el control de la presión sanguínea, la experiencia de emociones y la autoconciencia (o saberse consciente).

La corteza insular consta de cinco partes llamadas giros (gyri en plural de latín). “Los investigadores encontraron que el control de la presión sanguínea en el giro frontal derecho mostraba una patrón opuesto en hombres y mujeres, en los hombres era mayor la activación del lado derecho”: un área crítica en la que no esperaban hallar tan fuertes diferencias, dice Paul Macey, autor principal del estudio. “Esta área es parte de la respuesta al estrés y mantiene alta la presión sanguínea y el ritmo cardiaco. Es posible que se deba a conexiones diversas”.

¿Cómo se ve el libre albedrío en el cerebro?

Investigadores de la Universidad Johns Hopkins se han asomado a un cerebro humano en el momento preciso en que efectúa un acto puramente voluntario. Para eso debieron encontrar la forma de que los actos no ocurrieran en respuesta a órdenes ni señales. Los resultados están en línea y aparecerán en un número especial del journal Attention, Perception, & Psychophysics.

“¿Cómo nos asomamos a cerebros de personas y encontramos cómo hacemos elecciones enteramente propias? ¿Qué partes del cerebro participan en la elección libre?”. Se presentó a los participantes una proyección dividida en dos mitades en las que se sucedían números y letras de colores. Sólo se les pidió que pusieran atención a una mitad, la que gustaran y luego, también cuando quisieran, cambiaran su atención a la otra mitad. “Durante una hora los participantes intercambiaron atención de un lado a otro docenas de veces”.

Los investigadores monitoreaban los cerebros con MRI. Por primera vez fue posible observar tanto lo que ocurre en un cerebro humano al momento de hacer una elección libre (cambiar la mirada hacia la otra mitad de la pantalla), como qué ocurre durante el instante de la decisión: “cómo se comporta el cerebro durante la deliberación entre cómo actuar”… seguir mirando un lado de la imagen o mirar la otra mitad: decisión libre.

“La actividad cerebral que condujo a la elección —esto es, el periodo de deliberación— ocurrió en la corteza frontal; el cambio real de atención mostró actividad en el lóbulo parietal”, hacia donde tenemos las orejas. “Las dos regiones del cerebro, en conjunto, forman el núcleo de componentes que subyacen a la voluntad de acción”, concluyen los autores.

La próxima tarea será ver el cerebro mientras luchan entre sí varias decisiones complejas.

 

Luis González de Alba
Escritor. Su más reciente libro es No hubo barco para mí. www.luisgonzalezdealba.com / Twitter: @LuisGonzlezdeA

Nota sobre el nacionalismo claudicante

La ideología oficial del PRI es el nacionalismo revolucionario. Lo ha sido por décadas en sus documentos fundacionales, con una breve interrupción en el sexenio de Carlos Salinas, durante el cual ese extraño ente, el liberalismo social, lo reemplazó fugazmente. En el centro del nacionalismo revolucionario había una hostilidad abierta hacia los Estados Unidos, una potencia imperial que en diversos momentos de nuestra historia amenazó la soberanía del país. En la era de oro del autoritarismo priísta el Presidente oficiaba como el sumo sacerdote de esa religión secular que miraba con recelo al norte y cantaba las loas de la suave patria. Los mandatarios asumían el papel de Primeros nacionalistas. Se exaltaban los unos a los otros: se recordaba a Carranza frente a Wilson y su ocupación del puerto de Veracruz, a Cárdenas desafiando a las compañías extranjeras al nacionalizar el petróleo, a Echeverría desafiando al imperialismo norteamericano con su tercermundismo de pacotilla. Los presidentes tenían el poder de azuzar el nacionalismo de los mexicanos,  para buenos y malos fines. Lo hizo Miguel de la Madrid, el primer presidente tecnócrata, en su conflicto con los Estados Unidos por la lucha anti drogas. Agitar la bandera era una de sus armas simbólicas.  El nacionalismo era un instrumento del cual los presidentes echaban mano para fortalecer su posición política, para distraer la atención de otros problemas y para catalizar el apoyo popular en situaciones críticas. Por eso es un extraño espectáculo ver a un presidente mexicano, priísta, víctima del nacionalismo mexicano. Enrique Peña Nieto ha desatado una ola de fervor nacionalista… en su contra. Lo hizo al invitar imprudentemente al infame Donald Trump a Los Pinos; un hombre que ha insultado de todas las maneras posibles a los mexicanos. Las implicaciones simbólicas del acto, de las imágenes, de la claudicación, de la ceguera, son enormes. El presidente, Gran Maestre del nacionalismo revolucionario, ha encendido involuntariamente el fervor nacionalista. Se trata de un agravio espontáneo, no artificioso, intenso, producto de la dignidad herida de los mexicanos. Si el episodio es un error de cálculo político por parte del presidente es lo menos importante; lo verdaderamente relevante es que la clave nacionalista de la política se le ha escapado a un partido que hizo de ella su justificación histórica y que hoy no parece tener ninguna otra. Por primera vez un presidente del PRI ha conjurado al fantasma del nacionalismo, no para servirse de él, sino para ser su víctima. Como seña de discontinuidad con el pasado esto es, simplemente, extraordinario.

 

José Antonio Aguilar Rivera

Cuando Trump decidió postularse a la presidencia

El editor de The New Yorker, David Remnick, recupera —en el prólogo del libro El show de Trump (Debate), actualización del mítico perfil escrito por Mark Singer— el momento en el que se podrían haber gestado las intenciones de Donald Trump de ser presidente de Estados Unidos. Así fue como el millonario megalómano inició su camino hacia la Casa Blanca.

Durante décadas, el problema de Donald Trump para los escritores, desde reporteros de diarios sensacionalistas hasta escribas de más altos vuelos, que publicaban en lo que se solía llamar “the qualities”,1 es que iba más allá de la parodia. Hombre de un ego rampante, con fondos holgados y más necesidad de atención que un recién nacido, Trump, a horcajadas sobre Nueva York, arrojaba a la prensa un sinfín de citas inverosímiles. Sin embargo, en lugar de “La hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud”,2 debíamos escuchar “Tengo tantos amigos maravillosos que son gay, pero soy tradicionalista”.

slide-imbecilidad

En los años ochenta, noventa y más tarde, Trump solía aparecer en las páginas de la revista satírica Spy3 o en el diario New York Post.4 Y no hacía nada para evitarlo. Era un corredor de bienes raíces que intentaba venderse a toda costa: se le podía ver en los encuentros de la Federación Mundial de Lucha Libre, humillaba a los participantes del concurso “Quiero ser Trump” del reality show The Apprentice,5 o bien, degradaba a media humanidad en The Howard Stern Show.6 Era un caballero capaz de juzgar a su ex esposa en la radio: “Buenas tetas, cero sesos”. Su vulgaridad era irrefrenable y no conocía límites. Le tenía sin cuidado que a la gente le pareciera crudo. Sabía que lo seguirían escuchando. “¿Sabes? En realidad, no importa lo que escriban, siempre que tengas a tu lado una nalga joven y bella”.

Trump no sólo iba más allá del insulto y la parodia, sino que parecía un producto local de Nueva York, como el olor de la plataforma del metro en la estación Times Square a mediados de agosto. En 1960, A. J. Liebling, experto reportero de The New Yorker de mediados del siglo XX, viajó a Louisiana para escribir sobre el gobernador Earl Long, el veleidoso hermano de Huey,7 con la convicción de que su tema no era materia de exportación. “Al igual que el maíz dulce, las personalidades políticas del sur de Estados Unidos se echan a perder cuando viajan —escribió—.Y cuando al fin llegan a Nueva York, se vuelven como ese maíz amarillo que traen de Texas, duro e imposible de vender”. A la inversa, ése era el problema con Trump.

Sospecho que esos mismos factores estuvieron en el origen de la reticencia de mi amigo y colega Mark Singer en 1996, cuando su editora Tina Brown le pidió —mejor dicho, le instruyó— que escribiera sobre Donald Trump. Me consta la auténtica reticencia inicial de Mark. Sé cuando un tema lo apasiona de verdad —el colapso de un banco en su estado natal, Oklahoma; el enigma del mago y erudito Ricky Jay— y me di cuenta de que tardó mucho en calentarse. Sin embargo, me alegro de que haya sentido el látigo de la coerción editorial para seguir adelante, si bien a regañadientes, porque produjo el mejor retrato, el más cómico y perspicaz que se haya hecho de Trump. Del mismo modo que Liebling logró hacer de un tipo medio loco, como Earl Long, un producto literario de exportación, Singer encontró la manera de escribir con frescura y humor sobre Trump. Su perfil8 es un clásico del género.

Nunca imaginamos que resultaría tan valioso tantos años después. Ahora que escribo estas líneas, Donald Trump ya no sólo está interesado en adquirir otra torre en Manhattan y chapearla en oro, ahora pretende ocupar la Casa Blanca. Aspira a dirigir al ejército de Estados Unidos y hacerse cargo de sus armas nucleares.

No estoy del todo seguro, tal vez nunca lo esté, pero creo que estuve presente cuando Trump tomó la fatal decisión de postularse a la presidencia. Durante años, había coqueteado de manera pública y verbal con la idea, pero siempre pensamos que se trataba de un excipiente publicitario, al igual que los Trump Steaks.9 Sin embargo, me parece que parte de su decisión de seguir adelante se debe a la humillación. En la cena para corresponsales de 2011 de la Casa Blanca, ritual de primavera de baja inercia, los periodistas y políticos de la capital apiñaban sus egos en la sala más grande del Hilton para alardear, atiborrarse y elucidar, de nuevo, quién tendría más sentido del humor: el presidente de Estados Unidos o el cómico contratado para la ocasión.

Esa noche, el presidente Obama decidió, con el apoyo de sus redactores de discursos, que había llegado el momento de gastar algunas bromas a expensas de Trump, que había encabezado el esfuerzo para deslegitimarlo al poner en duda su lugar de nacimiento. Días antes, el estado de Hawái había emitido el acta de nacimiento completa de Obama, lo que confirmaba —en caso de que alguien lo dudara— que había nacido en un hospital de Honolulu. Obama bromeó en su discurso y dijo que estaba dispuesto a ir “aún más lejos” y divulgar su “video de nacimiento”. Aquella noche, los comensales del Hilton vieron un fragmento de la película El rey león.

Obama sabía que Trump estaba en la sala, sentado en la mesa del Washington Post. La embestida fue duradera.

“Sé que últimamente ha armado cierto revuelo, y que nadie se siente más orgulloso que Donald de haber despejado, por fin, el enigma del acta de nacimiento —dijo Obama, mientras cientos de ojos se posaban en Trump—. Ahora, al fin, puede volver a temas de mayor trascendencia, por ejemplo, ¿el alunizaje fue un simulacro? ¿Qué ocurrió realmente en Roswell?10 ¿Dónde están Biggie y Tupac?”.11

Trump frunció el ceño, tensó la mandíbula y apretó los labios. Estaba profundamente disgustado. Lo suyo no era sonreír y tomar las cosas con ligereza. Y se notaba. (Yo mismo estaba a dos mesas de distancia.)

Fuera de broma, evidentemente todos conocemos sus capacidades y la amplitud de su experiencia —remachó Obama—. Por ejemplo, no, en serio, si el equipo de cocineros de un restaurante de cortes de carne no causó buena impresión en los jueces de Omaha Steaks,12 en un episodio reciente de Celebrity Apprentice, los responsables, sin duda, pudieron ser muchos. Pero usted, señor Trump, reconoció que el verdadero problema radicaba en la falta de liderazgo. De modo que no culpó a Lil Jon o a Meatloaf: corrió a Gary Busey.13 ¡Ése es el tipo de decisiones que a mí me quitarían el sueño! ¡Bien hecho, caballero!

Seth Meyers, el comediante contratado para el evento, también gastó algunos chistes a costa de Trump. Su broma más memorable fue: “Donald Trump ha estado diciendo que va a postularse a la presidencia por el Partido Republicano. Me sorprende, porque siempre supuse que se postularía por broma”.

De nuevo, no podría asegurar que ésa haya sido la noche decisiva de cuando los celos y el resentimiento se transformaron en planeación decidida. Trump lo ha negado. Por lo demás, nadie puso mucha atención. El momento Trump de la cena se vio eclipsado cuando Obama anunció, horas más tarde, que un equipo de las fuerzas especiales de la Marina Armada de Estados Unidos había matado a Osama bin Laden.

Sin duda, ésta ha sido la campaña electoral más absurda y deprimente que hayamos tenido en décadas. La razón primordial es el populismo de Donald Trump, así como su innegable éxito al obtener muchos más votos de los que cualquiera hubiera esperado. Vale mucho la pena releer el perfil de Mark Singer para saber qué se observaba y pensaba de este hombre cuando había mucho menos en juego, cuando sólo era el bufón, más o menos inocuo, de mi amada ciudad.

 

Nota: El título del  texto es una adaptación editorial de la revista.

Publicamos este fragmento del libro El Show de Trump (traducción de Conrado Tostado y Jeannine Diego Medina) con autorización del sello editorial Debate.


1 Revistas prestigiadas como The New Yorker, Plougshares, The Atlantic, Magazine, y Paris Review, entre otras. (N. delT.)

2 Cita de La Rochefoucauld, recogida en sus Máximas morales, de 1664. (N. del T.)

3 Fundada por el novelista, ensayista y locutor de radio Kurt Andersen y el periodista Graydon Carter, editor de Vanity Fair, la revista mensual Spy localizada en Nueva York, se publicó de 1986 a 1998. Se satirizaba con agudeza e inteligencia principalmente a los medios de comunicación, la industria del espectáculo y al jet set  neoyorkino. Publicó reportajes célebres como “Las cien primeras damas de Clinton”, en 1993. (N. del T.)

4 Aunque con una gran tradición, ya que fue fundado en 1801 por Alexander Hamilton , uno de los “padres fundadores” de Estados Unidos, New Yoyk Post, al que frecuentemente se llamaba “el Post”, se convirtió en un diario sensacionalista y tendencioso de gran tiraje. Los escándalos del Post son constantes. (N. del T.)

5 El aprendiz. El tema del concursoson las habilidades empresariales de los participantes. Se transmite desde 2004 y está directamente asociado con Donald Trump, quien de 2006 a 2015 lo condujo de manera personal, con la colaboración de Ivanka, su hija. Desde 2008 inició la versión Celebrity The Apprentice, donde participan personalidades mediáticas. (N. del T.)

6 Popular y muy polémico espectáculo cómico radiofónico que el locutor Howard Stern transmite desde 1975. También se transmite una versión, condensada, para televisión. En 1994, Howard Stern fue candidato a gobernador de Nueva York por el Partido Libertario. (N. del T.)

7 Huey Pierce Long, Jr. (1895-1935), político populista del Partido Demócrata, gobernador de Louisiana de 1928 a 19387. Fundador del clan político Long; murió asesinado. (N. del T.)

8 Mark Singer, “Trump solo”, The New Yorker. 19 de mayo de 1997, artículo de la sección Profiles de la revista. (N. del T.)

9 Literalmente, “filetes Trump”, nombre con el que en 2007 Donald Trump intentó comercializar, fallidamente, los filetes de res Angus “más grandes del mundo”. (N. del T.)

10 Primera dama de Nueva York, esposa del entonces alcalde Georges Pataki. (N. del T.)

11 Compositora y cantante nacida en el Bronx, de Nueva York, en 1945. Ganó el Óscar a la mejor canción original en 1989, por Let the River Run. (N. del T.)

12 Actor y activista neoyorkino (1952-2004), célebre por su interpretación de Superman en la película dirigida por Richard Donner (1978). A lo largo de la vida padeció numerosas enfermedades, asma, alergias e infecciones. Finalmente, murió de septicemia, provocada por una úlcera infecciosa. (N. del T.)

13 William Styron (1925-2006). (N. del T.)

México no es nuestro amigo.
Un año de mensajes de Donald Trump

Cuando México envía a su gente no manda a los mejores. No te están enviando a ti. Envían a gente con muchos problemas, y están trayendo esos problemas con nosotros. Traen drogas. Traen crimen. Son violadores. Algunos, asumo, son buenas personas. Con esas palabras Donald J. Trump anunció su intención de ser el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos. A lo largo de un año las opiniones de Trump sobre México y los mexicanos se han mantenido en un tono constante que oscila entre el reto, la ofensa, la sorna y el insulto. A continuación, algunos ejemplos de lo que piensa de nuestro país el hombre que hoy, por iniciativa del presidente, visitará Los Pinos:

donald-trump

10/07/2014
Cuándo dejará EE.UU. de enviar $ a nuestros enemigos, p.e. México y otros.

México permite que muchos miles atraviesen su país hasta nuestra muy estúpida puerta abierta. Los mexicanos se ríen de nosotros mientras los autobuses entran.

Si una persona es la número 1 en Harvard y viene de Asia o Europa, no puede entrar a Estados Unidos. De México con, antecedentes penales, no hay problema.

11/07/2014

…México no puede creer que se estén saliendo con la suya y no tienen ningún respeto por nuestro líder.

5/08/2014

PROTEJAMOS LA FRONTERA! CONSTRUYAMOS UN MURO!

 

8/10/2014

La batalla contra ISIS comienza en nuestra frontera. “Por lo menos” 10 ISIS (sic) han cruzado la frontera con México. ¡Construyamos un muro!

 

24/02/2015

Los Oscar fueron una gran noche para México y por qué no —están estafando a Estados Unidos Más que casi cualquier otro país.

Tengo una demanda en el corrupto sistema judicial de México que gané pero no puedo cobrar. ¡No hagan negocios con México!

El sistema jurídico mexicano es corrupto, de la misma manera que el grueso de México. Págenme el dinero que me deben ahora —y dejen de enviar criminales por la frontera.

25/02/2015

Hay tantas personas enojadas por mis comentarios sobre México —pero acéptenlo— México está estafando completamente a Estados Unidos. ¡Nuestros políticos son tontos!

 

05/03/2015

Debido a Rodolfo Rosas Moya, que me debe mucho dinero, México jamás volverá a ser anfitrión de un certamen de Miss Universo.

30/03/2016

La frontera está abierta de para en para para cárteles y terroristas. Protejamos nuestra frontera ahora. ¡Construyamos un muro masivo y deduscamos el costo de la ayuda que le damos a México!

 

Los tribunales mexicanos son corruptos. No quiero tener nada que ver con México salvo la construcción de un MURO impenetrable y que dejen de estafar a Estados Unidos.

19/06/2015

México está matando económicamente a Estados Unidos porque sus líderes y negociadores son MUCHO más listos que los nuestros. ¡Pero nadie supera a Trump!

25/06/2015

Univisión quiere echarse para atrás de un contrato firmado para Miss Universo porque expuse los terribles acuerdos comerciales entre Estados Unidos y México.

26/06/2015

A Univisión le importa más México que Estados Unidos. ¿Son controlados por el gobierno mexicano?

27/06/2015

Sólo los muy estúpidos piensan que Estados Unidos tiene buenos acuerdos comerciales con México. ¡México está destruyéndonos en la frontera y en el comercio!

¡El líder y los negociadores que representan a México son mucho más inteligentes y audaces que el líder y los negociadores que representan a Estados Unidos!

30/06/2015

DEBEMOS tener fronteras fuertes y detener la migración ilegal. Sin eso no tenemos país. Además México nos está destruyendo en comercio. ¡GANEMOS!

Amo al pueblo mexicano, pero México no es nuestro amigo. Están destruyéndonos en la frontera y están destryéndonos en trabajos y comercio.¡LUCHEMOS!

30/06/2016

Los líderes y negociadores mexicanos son mucho más rudos y listos que aquellos de Estados Unidos. México nos está destruyendo en trabajos y comercio. ¡DESPERTEMOS!

12/07/2015

El narcotraficante más notorio de México escapó de la cárcel. Corrupción increíble y Estados Unidos paga el precio. ¡Se los dije!

13/07/2015

¿Cuándo la gente y los medios se disculparán conmigo por mi declaración: “México está mandando…” [Se refiere a su inicio de campaña cuando dijo: México está mandando problemas]? El Chapo, miles de millones de dólares llegan a México a través de la Frontera. Nos tocan los asesinos, las drogas, el crimen, ¡a ellos les toca el dinero!

El gobierno completamente corrupto de México queda terrible con el escape del Chapo —completamente corruptos. Estados Unidos les dio 3 mil millones de dólares.

14/07/2016

Un país sin fronteras no es un país. Debemos construir un muro. ¡Hagamos a Estados Unidos grande otra vez!

 

25/12/2015
¿Cuándo dirán los demócratas, en particular Hillary, “debemos construir un muro, un gran muro, y México lo va a pagar” ¡Nunca!

23/01/2016

Ann Coulter ha sido fantástica. Ganaremos y estableceremos fronteras fuertes, construiremos un MURO y México lo va a pagar. ¡Seremos grandes de nuevo!

12/03/2016
El gobernador ausente Kasich votó en favor del TLCAN y el TLCAN ha devastado Ohio —un desastre del que nunca se recuperó. ¡Kasich es bueno para México!

15/03/2016
Carolina del Norte perdió 300,000 empleos de manufactura y Ohio perdió 400,000 desde el año 2000. Se van a México, etc. ¡NO MÁS, SI GANO LOS TRAERÁN DE VUELTA!

Ohio está cediendo empleos a México, ahora perdieron a Ford (y muchos otros). Kasich es débil en cuanto a migración ilegal. ¡Necesitamos fronteras fuertes ya!

08/05/2016

La corrupta Hillary no puede cerrar una negociación con Bernie. Será lo mismo con ISIS, con China sobre comercio y con México sobre la frontera. ¡Malo!

25/05/2016

Los manifestantes en Nuevo México eran gamberros que ondeaban la bandera mexicana. El mitin fue grande y bello, pero afuera, ¡criminales!

30/07/2016

El “Cinturón de óxido” fue creado por políticos como los Clinton que permitieron que otros países como México se robaran nuestros trabajos. ¡FIN!

02/08/2016

Grandes números de trabajos de manufactura de Pennsylvania se han ido a México y otros países. ¡Eso terminará cuando gane!

30/08/2016

He aceptado la invitación del Presidente Enrique Peña Nieto, de México, y espero con ansias conocerlo mañana.

 

Una violeta de más

No abunda en la literatura mexicana el género de lo “fantástico”.

Escritores como Tario parecen una flor exótica y casi inconcebible en un medio donde nada brinda apoyo —tradición, bagaje histórico— al ejercicio escueto de la fantasía. Tario se brinda solo el apoyo con sus libros (acaso algunos relatos de Reyes, desde el más allá y otros de Torri, colaboran también en este sentido). Una violeta de más se inserta en la tradición personal de un estilo y un mundo trabajados con una discreta y sólida fidelidad durante años. El libro refleja esta especie de total continuidad en su lógica consecuencia: dominio absoluto de un hábitat literario, posesión sutil y natural de sus secretos, exquisita libertad de desplazamientos y juego, sin cruzar jamás el límite perfectamente conocido de ese terreno propio: madurez.

violeta

Dieciséis relatos recoge este volumen de Tario y si puede hablarse de alguna disparidad entre ellos no puede hacerse con base en la mala factura de unos y la buena de otros, porque todos los cuentos se sostienen por sí mismos y una selección de miniaturista habría posibilitado la publicación no de un volumen, sino de dos: uno bueno; otro, extraordinario. Cuentos como “Fuera de programa”, “La banca vacía” o “Entre tus dedos helados” pueden formar filas entre lo más logrado y bello de la literatura fantástica. Contrapuestos a ellos, “El mico”, “Ortodoncia” o “Ave María Purísima” tienen que parecer, por fuerza y sin serlo, medianos.

“… entre tanto un ser humano no haya aprendido a aceptar todas las mágicas posibilidades que nos ofrece la vida —aun aquellas que pudieran parecernos más inadmisibles y remotas—, uno no podrá tener la certeza de que ese ser existe plenamente, puesto que sólo de ese modo es como el hombre entra a formar parte de la vida tal cual es —poderosa, mágica, sorprendente.” Declaración de principios e invitación polémica a entrar a su mundo, este párrafo filtrado por el autor a través de Lord Callender, aristócrata de grato recuerdo coprotagonista del relato “Fuera de programa”, es quizá la mejor descripción de la fuerza misteriosa y delicada que sustenta el libro. Para Tario el problema de la realidad —lo que comúnmente se entiende por “realidad”: política, subdesarrollo, televisión— no tiene sentido pleno sino en la medida que incluye lo insólito, en la medida que puede manifestarse como más que realidad, completándose. Sin recelo alguno y sin escrúpulo, Tario ha elegido situarse del todo en ese más allá de la realidad que es la imaginación, y no pide disculpas cada vez que lo extraordinario, lo irreal se concretiza en sus textos: por el contrario, acaso los pediría si el fenómeno se diera a la inversa. No pretende en ningún momento reproducir el mecanismo típico de la ciencia ficción, por ejemplo, donde a través de la fantasía se alegoriza y se vilipendia el mundo actual con una cadena de símbolos más o menos fáciles de desentrañar. Sus cuentos pertenecen a la fantasía y en ella, en esa lógica propia de lo ilógico, hallan su ámbito propicio, su única posibilidad de consistencia. Esta opción total por lo fantástico le da a su literatura una coherencia extra. Y la vuelve plenamente atractiva porque curiosamente en ese mundo de apariciones y arbitrariedades las relaciones humanas readquieren algo de su esencial verdad, imposible ya de expresar en otro terreno literario donde la voluntad del lector no haga, como en éste, la abstracción total de la “realidad”.

Una madre se muere de tristeza y solidaridad con su hijo deforme; un padre vuelve de la muerte para rescatar a su hija de una imposible felicidad; una muerta —viva ya sólo en el recuerdo de quienes la conocieron— va desapareciendo entre la amarga certidumbre de que tal desvanecimiento no alude sino a que su recuerdo se va borrando de los vivos; unos fantasmas en el exilio regresan finalmente a su país después de una jovial, triste, añorante travesía por otros; un hombre viejo se destruye para encontrar de nuevo la cercanía de su perro. Hay como un delicado y emocionante romanticismo tras cada una de las anécdotas: una sensibilidad que —al parecer, contra su tendencia antigua— no termina en lo grotesco o en lo terrible sino más bien en una atmósfera de desolada ternura.

Este puro ejercicio de lo irreal, paradójicamente, devuelve al lector algo del recóndito y genuino sustrato de anhelo y desengaño de la vida humana.

[El Día, 25 de marzo de 1969.]

 

Héctor Aguilar Camín

Poemas a Carmen Farell

El tomo II de las Obras completas de Francisco Tario (Fondo de Cultura Económica) empezará a circular en librerías en los primeros días de septiembre. Incluye las dos novelas de Tario, sus tres obras de teatro y materiales de sus archivos, más un dossier crítico. La edición y el prólogo son de Alejandro Toledo. De este volumen hemos tomado cuatro poemas dedicados a Carmen Farell y la reseña que escribió Héctor Aguilar Camín de Una violeta de más.

obras-tario


Tu santo en alta mar (1936)

Navegamos en el Atlántico. Ha quedado atrás La Habana y con ella ese calor pegajoso y sofocante de los trópicos. El viaje es delicioso. Brilla el sol de la mañana a la noche y las aguas están hoy tan quietas como de costumbre. A largos trechos aparecen sobre el mar grandes manchas de algas oscuras que parecen seguir la misma ruta del barco. Hoy es 16 de julio, tu santo. ¿Pero qué hacer en la constante monotonía de esta vida de a bordo para festejar debidamente la fecha?

Al despertar me has dado un beso. Por la claraboya del camarote entraba en fuertes soplos la brisa, agitando de paso tus cabellos. Hace calor; está aún amaneciendo. No se escucha otro rumor que el de las olas acariciando los lomos del barco. Te has sentado en la cama y miras por la claraboya el horizonte. Adivino que piensas en algo, pues tus ojos se han cubierto inesperadamente con un suave velo de melancolía. Con un brazo escondido bajo las sábanas y con el otro sujetando tu espesa cabellera, me recuerdas a una de esas jóvenes estatuas que adornan ciertos jardines.

Aunque sí sé en lo que piensas; sé muy bien lo que oculta tu pensamiento. Has vuelto involuntariamente a nuestro pasado. Piensas en aquel primer viaje nuestro en el ferrocarril nocturno, que nos llevaba a una nueva dicha todavía desconocida. Piensas en el resplandor lunar de aquella noche, que me descubrió también tu figura sobre la cama. Piensas en las estaciones, y en los árboles, y en las montañas que iban pasando. En las sombras irreconocibles que quedaban atrás y que contemplábamos juntos desde la ventanilla. ¡Hace tan poco tiempo de eso y hemos gozado tanto desde entonces, sin embargo!

Hoy estoy cerca de ti, sigo estándolo, lo estaré siempre. Y esto es lo importante. Tal vez por eso has vuelto de pronto la cara y me has mirado fijamente, como asustada o extrañada de ti misma, de mí, de todo. Después has sacado el brazo de entre las sábanas y me has rodeado con él el cuello para besarme. “Te quiero, te quiero”, has dicho dos veces. Estabas prendida de mí como la hiedra al muro. Estábamos de cara al viento.

Cuando miré el reloj eran ya las nueve. ¡Qué sorpresa! El mar se había inundado de sol y el sol entraba a chorros en nuestro camarote. Aún conservas tus brazos alrededor de mi cuello, pero tu respiración es tan tranquila como el canto de las olas. Tienes los ojos ensombrecidos, como si comenzara la noche y tú fueras a dormirte. Y yo pienso, aunque no lo digo, si habremos festejado debidamente la fecha. Fue un desayuno espléndido. También al sol, ¿lo recuerdas?

 

Vida nueva

Ya escaparon tus pensamientos en dirección a la nada;
tus manos me abandonan
y tu boca abandona mi boca
y la olvida.
Pálidos tus ojos, desde sus profundidades oceánicas,
quieren recordar lo que no se recuerda,
ver lo que nunca se ha visto,
conocer
el supremo misterio prohibido.
Tus manos,
sobre las sábanas,
han descendido al abismo
mientras tus senos ahítos
pliegan sus velas y se refugian.
¡Ay, dame esa mano caliente!
¡Toma este beso más casto!
¡Cubre tu cuerpo desnudo
sobre la cama revuelta!
Abre, si puedes, los ojos
y mírame;
búscame una vez más, pero entre las tinieblas.
Calla, no llores;
no pienses.
Hora es ya de que aprendas
a soportar
cuanto la felicidad te ofrece.

Duerme, no temas.
La luna vigila en lo alto
y todo se confabula para que un nuevo día amanezca.

 

Péndulo

Entre el júbilo de la carne
y la tristeza sin causa
vivo las horas.

Días de ardiente sol
o insoportables tardes
de lluvia.

Y en ambos menesteres
me consumo
y muero un poco cada día.

Pero aún hay veces
que ambas cosas se confunden
se confabulan,

y no sé si me precipito en la nada
o estrecho
tu joven cuerpo desnudo.

Entre tu boca y mis lágrimas
no hay límite preciso;
ni un paso;

y nunca logro dilucidar
si pertenezco a lo oscuro
o al amor que tú me das.

Quisiera, en cambio,
poder mirarte tranquilo;
olvidar;

sentirme tierno
como las hojas
y en un perfecto equilibrio.

Pues has de saber
que aún no me voy de tu lado
y algo en mí me está ya preguntando
cuándo amanecerá de nuevo.

¡Oh, tedio de las horas!
¡Incurable soledad del alma!
Y tu vestido abierto.

 

Duda de última hora

Para Carmen, con mi admiración eterna

Bajo la luz ardiente del mediodía,
a tu lado,
sentado,
o del brazo caminando,
he sentido extraños deseos de besarte.
Tú me muestras, al volverte,
la carne húmeda de tus labios,
y mis palabras
—cristalizadas—
aguardan una tuya, una sola,
para saber bien qué me ofreces.

Vuelan los cendales de bruma
sobre las copas doradas de los árboles,
y la luna invisible,
con su notoria experiencia,
sigue uno a uno tus movimientos.
Yo espero, espero,
y te veo
recorriendo en silencio el camino
o caída
como una joven fruta madurada antes de tiempo
sobre la hierba.

Sueño, imagino, invento
en mi soledad nocturna,
y recibo
entre mis enfebrecidos dedos
tu desmayada figura.
Fácil te veo entonces,
dispuesta,
y tan blanca,
que al mirar en el espejo la luna
la encuentro negra y triste como un estanque
de negrura.
Y me pregunto
—siempre a solas—
si será el hueco de tu boca
el que provoca
esta sed inmensa;
o si será el juego de tus manos
el que va trenzando ese apretado encaje;
o si serán tus senos,
las dos únicas rosas de mi jardín secreto,
las culpables
de tamaño sortilegio.

Ayer vi revolotear tu vestido
movido por una mano ajena,
que era el viento,
y no ceso aún de preguntarme
si fue el viento o tu vestido
el que sopló en mi cuarto la noche entera.

Óyelo bien y no lo olvides:
a tu lado,
sentado,
o del brazo caminando,
he sentido a menudo el secreto impulso de besarte.
Y sólo la brevedad de ese instante,
lo fugaz de la ocasión pasajera,
me ha hecho detenerme.
Tan corto,
tan efímero,
me habría parecido el deleite,
que aún no acierto a poner en claro
si habría valido la pena
incendiar así a una azucena
y abandonarla después a su propia suerte.

Literal

El triunfo

Donde se enseñará a ser feliz y otros escritos (Siruela) contiene algunos textos cardinales para entender la obra de Clarice Lispector. Parte del volumen está dedicado a su creación temprana. La escritora publicó Cerca del corazón salvaje a los 23 años, en 1943. Pero su producción literaria comenzó previamente, con 16 cuentos publicados en periódicos y revistas e incluso con algunos escritos jamás editados. Presentamos un relato perteneciente a esa etapa.

El reloj da las nueve. Un golpe alto, sonoro, seguido de una campanada suave, un eco. Después, el silencio. La clara mancha de sol se extiende poco a poco por el césped del jardín. Trepa por el muro rojo de la casa, haciendo brillar la hiedra con mil luces de rocío. Encuentra una abertura, la ventana. Penetra. Y se apodera de repente del aposento, burlando la vigilancia de la cortina leve.

Luísa sigue inmóvil, tendida sobre las sábanas revueltas, el pelo esparcido sobre la almohada. Un brazo aquí, otro allí, cru­cificada por la languidez. El calor del sol y su claridad llenan el cuarto. Luísa parpadea. Frunce las cejas. Hace un gesto con la boca. Abre los ojos, finalmente, y los fija en el techo. Lentamen­te el día le va entrando en el cuerpo. Escucha un ruido de hojas secas pisadas. Pasos lejanos, menudos y apresurados. Un niño corre por el camino, piensa. De nuevo, el silencio. Se divierte un momento escuchándolo. Es absoluto, como de muerte. Na­turalmente, porque la casa está apartada, bien aislada. Pero… ¿y aquellos ruidos familiares de cada mañana? ¿El sonido de pasos, risas, tintinear de vajilla que anuncia el nacimiento del día en su casa? Lentamente le viene a la cabeza la idea de que sabe la razón del silencio. Pero la aparta con obstinación. De repente sus ojos crecen. Luísa se encuentra sentada en la cama, con un estremeci­miento en todo el cuerpo. Mira con los ojos, con la cabeza, con todos los nervios, la otra cama de la habitación. Está vacía.

Levanta la almohada verticalmente, se apoya en ella, la cabeza inclinada, los ojos cerrados.

Así pues, es verdad. Rememora la tarde anterior y la noche, la atormentada noche que vino después y se prolongó hasta la ma­drugada. Él se fue, ayer por la tarde. Se llevó las maletas, las ma­letas que sólo hacía dos semanas que habían llegado festivas, con pegatinas de París, Milán. Se llevó también al criado que había venido con ellos. El silencio de la casa quedaba explicado. Esta­ba sola desde su partida. Se habían peleado. Ella, callada, frente a él. Él, el intelectual fino y superior, vociferando, acusándola, señalándola con el dedo. Y aquella sensación ya experimentada otras veces cuando se peleaban: si se va me muero, me muero. Oía aún sus palabras.

—¡Tú, tú me atas, me aniquilas! ¡Guárdate tu amor, dáselo a quien quieras, a quien no tenga nada que hacer! ¿Me entiendes? ¡Sí! ¡Desde que te conozco no produzco nada! Me siento en­cadenado. ¡Encadenado a tus cuidados, a tus caricias, a tu celo excesivo, a ti! ¡Te detesto!, ¡piénsalo bien, te detesto! Yo…

Esas explosiones eran frecuentes. Siempre estaba la amenaza de su partida. Luísa, ante esa palabra, se transformaba. Ella, tan llena de dignidad, tan irónica y segura de sí, le había suplicado que se quedase, con una palidez y locura tales en el rostro que las otras veces él lo había aceptado. Y la felicidad la invadía, tan intensa y clara que la recompensaba de lo que nunca imaginaba que fuese una humillación, pero que él le hacía entrever con argumentos irónicos que ella ni escuchaba. Esta vez se había en­fadado, como las otras, casi sin motivo. Luísa lo había interrum­pido, decía él, en el momento en que una nueva idea brotaba, luminosa, en su cerebro. Le había cortado la inspiración en el instante exacto en que nacía con una frase tonta sobre el tiempo, rematándola con un insoportable: “¿verdad, cariño?”. Dijo que necesitaba condiciones para producir, para continuar su nove­la, segada desde el principio por una imposibilidad absoluta de concentrarse. Se fue a donde pudiese encontrar “el ambiente”.

Y la casa se había quedado en silencio. Ella de pie en la ha­bitación, como si le hubiesen extraído del cuerpo toda el alma. Esperando verlo aparecer de nuevo, su cuerpo viril encuadrado en el marco de la puerta. Le oiría decir, los anchos hombros amados estremeciéndose de risa, que todo era una broma, un experimento para una página de su libro.

Pero el silencio se había prolongado infinitamente, sólo ras­gado por el ruido monótono de la cigarra. La noche sin luna había invadido lentamente la habitación. El aire fresco de junio la hacía estremecerse.

“Se ha ido”, pensó. “Se ha ido”. Nunca le había parecido tan llena de sentido esa expresión, aunque la hubiese leído antes mu­chas veces en las novelas de amor. “Se ha ido” no era tan simple. Arrastraba un vacío inmenso en la cabeza y en el pecho. Si la golpeasen allí, imaginaba, sonaría metálico. ¿Cómo viviría aho­ra?, se preguntaba de repente, con una calma exagerada, como si se tratase de algo neutro. Repetía, repetía siempre: ¿y ahora? Recorrió con la mirada el cuarto en tinieblas. Tocó el interrup­tor, buscó la ropa, el libro de cabecera, sus vestigios. No había quedado nada. Se asustó. “Se ha ido”.

Se revolvió en la cama horas y horas sin que llegara el sueño. De madrugada, debilitada por la vigilia y por el dolor, con los ojos ardientes, la cabeza pesada, cayó en una semiinconsciencia. Pero su cabeza no dejó de trabajar, imágenes, las más locas, le llegaban a la mente, apenas esbozadas y ya fugitivas.

Dieron las once, largas y descansadas. Un pájaro soltó un grito agudo. Todo se ha paralizado desde ayer, piensa Luísa. Si­gue sentada en la cama, estúpidamente, sin saber qué hacer. Fija los ojos en una marina de colores frescos. Nunca había visto un agua que diera una tal impresión de fluidez y movilidad. Nunca había reparado en el cuadro. De repente, como un dardo, una herida dura y profunda: “Se ha ido”. ¡No, es mentira! Se levanta. Seguro que se ha enfadado y se ha ido a dormir a la habitación de al lado. Corre, empuja la puerta. Vacía.

Va hacia la mesa donde él trabajaba, revuelve febrilmente los periódicos abandonados. Quizá haya dejado alguna nota, di­ciendo, por ejemplo: “A pesar de todo te amo. Vuelvo mañana”. No, ¡hoy mismo! Sólo encuentra una hoja de papel de su bloc de notas. Le da la vuelta. “Estoy sentado desde hace seguramente dos horas y todavía no he conseguido concentrarme. Pero tam­poco me concentro en nada que esté a mi alrededor. La atención tiene alas, pero no se posa en ningún sitio. No consigo escribir. No consigo escribir. Con estas palabras hurgo en una herida. Mi mediocridad es tan…”. Luísa para de leer. Es lo que ella siempre había sentido, aunque vagamente: mediocridad. Se queda absor­ta. Entonces, ¿él lo sabía? Qué impresión de debilidad, de pusi­lanimidad, en aquel simple papel… Jorge… murmura débilmente. Desearía no haber leído aquella confesión. Se apoya en la pared. Llora silenciosamente. Llora hasta el cansancio.

Va al lavabo y se moja la cara. Sensación de frescura, desaho­go. Está despertando. Se anima. Se trenza el pelo, lo prende en un moño. Se frota la cara con jabón, hasta sentir la piel estirada, brillante. Se mira al espejo y parece una colegiala. Busca la barra de labios, pero recuerda a tiempo que ya no le hace falta.

El comedor está a oscuras, húmedo y sofocante. Abre las ventanas de golpe. Y la claridad penetra con ímpetu. El aire nue­vo entra rápido, lo toca todo, mueve la cortina clara. Parece que hasta el reloj suena más vigorosamente. Luísa se queda ligera­mente sorprendida. Hay tanto encanto en esa habitación ale­gre, en esas cosas súbitamente claras y reavivadas. Se asoma a la ventana. A la sombra de esos árboles en alameda que terminan a lo lejos en la carretera roja de barro… En realidad nunca había reparado en nada de eso. Siempre había vivido allí con él. Él lo era todo. Solo él existía. Él se había ido. Y las cosas no estaban del todo desprovistas de encanto. Tenían vida propia. Luísa se pasó la mano por la frente, quería alejar los pensamientos. Con él había aprendido la tortura (sic)1 las ideas, profundizando en sus menores partículas.

Preparó un café y se lo tomó. Y como no tenía nada que ha­cer y temía pensar, cogió unas mudas de ropa puestas para lavar y fue al fondo del patio, donde había un gran lavadero. Se arre­mangó, se subió los pantalones del pijama y empezó a fregarlas con jabón. Inclinada así, moviendo los brazos con vehemencia, mordiéndose el labio inferior por el esfuerzo, la sangre latiendo con fuerza en el cuerpo, se sorprendió a sí misma. Paró, dejó de fruncir el ceño y se quedó mirando al frente. Ella, tan espiritua­lizada por la compañía de aquel hombre… Le pareció oír su risa irónica, citando a Schopenhauer, Platón, que pensaron y pensa­ron… Una dulce brisa le alborotó los cabellos de la nuca, le secó la espuma de los dedos.

Luísa terminó su tarea. Toda ella exhalaba el olor áspero y simple del jabón. El trabajo le había dado calor. Miró el grifo grande, del que manaba agua limpia. Sentía un calor… De re­pente tuvo una idea. Se quitó la ropa, abrió del todo el grifo y el agua helada le corrió por el cuerpo, arrancándole un grito de frío. Aquel baño improvisado la hacía reír de placer. Desde su bañera tenía una vista maravillosa, bajo un sol ya ardiente. Se quedó un momento seria, inmóvil. La novela inacabada, la confesión encontrada. Se quedó absorta, una arruga en la frente y en la comisura de los labios. La confesión. Pero el agua corría helada sobre su cuerpo y reclamaba ruidosamente su atención. Un calor bueno circulaba ya por sus venas. De repente tuvo una sonrisa, un pensamiento. Él volvería. Él volvería. Miró a su alre­dedor la mañana perfecta, respirando profundamente y sintien­do, casi con orgullo, su corazón latiendo cadencioso y lleno de vida. Un tibio rayo de sol la envolvió. Se rio. Él volvería, porque ella era la más fuerte.

 

Clarice Lispector (Tchetchelnik, Ucrania, 1920-Río de Janeiro, 1977)
Escritora. Publicó: Agua viva, Aprendiendo a vivir, Aprendizaje o el libro de los placeres y Cerca del corazón salvaje, entre otros libros.

Traducción del portugués de Elena Losada.

Edición de Teresa Montero y Lícia Manzo.

Este relato fue publicado originalmente en Pan, Río de Janeiro, no. 227, 25 de mayo de 1940, págs. 11-13.


1 Estas indicaciones aparecen en el texto original. Indican una posible errata o lectura ambigua. (N. de la T.)

literal-lispector

Juan Gabriel, recuerdos

En mi herencia emocional materna figura una canción de Juan Gabriel. Se llama Lástima es mi mujer. La escuché por primera vez a los cinco o seis años. Puedo asegurar que fue a esa edad porque en la escena que ahora intento ver con claridad sólo estamos mi madre y yo. Mi hermano aún no aparece en su cuna. Yo estoy sentada en el piso y mi madre se acerca al librero. Abre una de las puertas inferiores, saca un LP con la portada roja. Al descubrir que no se trata de ninguno de los de mi colección (Katy la Oruga o El Libro de la Selva), observo medio distraída cómo saca el disco negro de plástico y lo coloca en el tocadiscos Hitachi. Recorre la aguja con cuidado hasta cierta altura. Hoy que vuelvo a ese momento, me doy cuenta de que sólo puedo decir que está de pie, dándome la espalda. No me pregunten por su ropa ni por sus zapatos. Me voy a dar una licencia inofensiva y pensaré que lleva el cabello recogido en una cola de caballo. Así quiero recordarla: con la frente despejada y pequeños cabellos alborotados. El disco comienza a girar y la aguja recorre su camino. Hacen bonita pareja/ y los dos se ven muy bien/ y me digo sollozando/ lástima es mi mujer. De golpe, sin advertencia alguna, entro en el mundo del desamor interpretado por Juan Gabriel.

juanga-3

Hablo de una canción que aparece en el álbum Recuerdos. Salió a la venta en 1980. El lado A incluye: “La frontera”, “Dulces momentos”, “El Noa Noa”, “Nunca lo sabré, nunca lo sabrás”, “Quiero saber por qué” y “Lástima es mi mujer”. El lado B: “He venido a pedirte perdón”, “Yo no nací para amar”, “Busca un amor”, “Yo quiero ser igual que tú”, “Por qué estás enojada” y “Siempre reza por mí”. Todas compuestas por el intérprete. Juan Gabriel —joven, con el torso desnudo— es dueño del primer plano de la portada, y al fondo el sol marca el ocaso.

En Recuerdos están varios de los grandes éxitos del Divo de Juárez. “La frontera”: A mí me gusta estar más en la frontera/ porque la gente es más sencilla y más sincera. “Dulces momentos”: Pensar que jamás/ los dulces días del ayer/ ya no volverán/ mis dulces años dieciséis. “El Noa Noa”: Este es un lugar de ambiente donde todo es diferente/ Donde siempre alegremente bailarás toda la noche ahí. “He venido a pedirte perdón”: Escucha esta canción que escribí para ti, mi amor/ Con esta mi canción he venido a pedirte perdón. “Yo no nací para amar”: Y en todas partes que esperaba/ ese amor nunca llegó/ hoy mi soledad/ cada vez más triste/ y más oscura pueden ver. Sin embargo, para mí siempre será el disco de “Lástima es mi mujer”, una de las canciones favoritas de mi madre.

He preferido no hacer preguntas sobre los sentimientos que la han llevado a elegir este tema de Juan Gabriel. ¿Por qué no “Hasta que te conocí? ¿Por qué no “Querida”? ¿Por qué no “Ya lo sé que tú te vas”? ¿Por qué no…? Porque no importa. Me gusta el silencio que ella misma guarda cuando decide escucharla. No hay entonaciones a altos decibeles. Tampoco se queda quieta. Son dos minutos con cincuenta y tres segundos en los que mi madre camina entre las habitaciones de la casa. Recoge su mundo y se sabe dueña de él. Cuando la aguja deja de rasgar el disco, se rompe el hechizo. No va al tocadiscos con el afán de escuchar el lado B. No hay más. Sanseacabó.

Con el tiempo, mi hermano también aprendió a observar en silencio. Compartimos la historia de nuestra madre con un disco que de tanto tener la punta de la aguja en el mismo sitio, se ha dañado. Entre los segundos cuatro y seis se escucha un rayón y la risa sarcástica con la que Juan Gabriel inicia su interpretación, se ha convertido en una expresión macabra.

“Lástima es mi mujer” es el Divo de Juárez narrando una traición amorosa. Un hombre, desconsolado al reconocer que su mujer y su mejor amigo lo han hecho a un lado, confiesa:

Y yo soportando el llanto
tengo que aceptar sus besos.
Es porque la quiero
Que dejarla no, no puedo

Lo he intentado varias veces
Y no tengo el valor para decirle adiós.

Esta es una de las versiones del desamor que yo he aprendido a cantar. Qué duda cabe: es la más cercana a mi corazón.

 

Kathya Millares

 

Juan Gabriel y yo

Vi un comentario de Gustavo Hirales en su página de Facebook donde, sin mencionar que hubiera muerto Juan Gabriel, dejaba traslucir algo así. Me fui a la página de Milenio y allí estaba: “Murió Juan Gabriel a causa de un infarto”. Puse de inmediato comentario en mis grupos de Face y en Twitter: “Mi deuda con Juan Gabriel es impagable…”.

juanga-2

Comenzaron las preguntas sorprendidas al respecto: no lo conocí ni lo vi de lejos, nunca fui a uno de sus conciertos. Alguien sugirió que por ser un icono gay. Lo negué. No lo sentí así nunca. Mis iconos gays son Aquiles y Patroclo o, más cerca, Walt Whitman. Y en música popular Ricky Martin desde que enlistó agradecimientos por un premio y añadió: “And to my boyfriend…”. ¡Bravo!, grité porque, si bien todos lo sabíamos (siendo menor de edad lo admitimos en mi bar El Taller), esa claridad es lo que falta para dar ánimo a tanto jovencito que no ve otro camino que el suicidio.

¿Entonces? A Juan Gabriel le debo la expresión de un sentimiento que en mí es constante: “Sólo yo te quise”. Ante la insistencia en Facebook (en Twitter los diálogos son imposibles), rasqué un poco en esa emoción y dije: es que tengo hasta un poema, dedicado al amor de mi vida, Pepe Delgado, veterinario de especies mayores: vacas, cerdos, caballos, que odiaba los perros. Lo publiqué dedicado a pesar de saber que era casado. Un poema largo y malo. Pero el final me sigue gustando y lo incluí en El sueño y la vigilia, Ediciones Sin Nombre/Conaculta.

         FRENTE A TROYA

…Pero creo, querido Patroclo
por quien me he vuelto casto,
que sólo yo, tu Aquiles,
incendiaría Troya por ti
sosteniéndote herido en mis brazos.

Dicho de otra manera: Se me olvidó otra vez que sólo yo te quise… Un reclamo injusto de mi parte, porque me quiso mucho y lo demostró. Pero es una pena no gay ni buga, universal. Está definido de forma insuperable por Juan Gabriel y, acabo de descubrir, por Billy Collins. Pongo un fragmento de mi traducción:

         EL QUE RESPIRA

En toda esa dulzura, amor, deseo,
no he sido sino yo al teléfono
que corre a responderlo en otro cuarto

para encontrar que nadie hay en la línea,
bueno… a veces un aliento,
pero con mayor frecuencia nada.

Pensar que todo este tiempo,
que incluye navegar en velero,
abrazarse en aeropuertos, y todas esas copas,

no ha habido nadie sino yo con dos teléfonos,
uno en la pared de la cocina
y una extensión arriba en el oscuro cuarto de visitas.

Hay tres canciones que no pongo nunca porque acabo llorando: una griega (por supuesto), una israelí y otra de Juan Gabriel. En ese orden: “La carta”, cantada por Dalaras: “Cuando recibas esta carta yo estaré muy lejos, así aprenderás a no jugar con dos corazones y que no caben dos amores en un corazón”, es la canción que se oye salir por una ventana en las últimas páginas de mi novela Agápi mu (Amor mío); la segunda es un salmo de David musicalizado de forma bellísima en Israel e interpretado por un niño, un ángel de voz prodigiosa, Mishel Cohen, el salmo No me abandones. Y la tercera es de Juan Gabriel: Se me olvidó otra vez.

 

Luis González de Alba

Juan Gabriel descifrado por Monsiváis

Ante la reciente ausencia del compositor y cantante Juan Gabriel, compartimos fragmentos del ensayo que Carlos Monsiváis le dedicó en su libro Escenas de pudor y liviandad.

“Había una vez una ciudad llamada Juárez en la frontera de México con Estados Unidos. Allí vivía un adolescente solitario, ajeno a la política y a la cultura, aficionado irredento de las cantantes de ranchero, de Lola Beltrán y Lucha Villa y Amalia Mendoza la Tariácuri… y ese joven, furiosamente provinciano (cosmopolita de trasmano, nacionalista del puro sentimiento) creaba por su cuenta una realidad musical nomás suya, la síntesis de todas sus predilecciones que no existía en lado alguno, y para su empresa disponía de la memoria (en donde resguardaba las melodías que no podía llevar al papel pautado), del ánimo prolífico, de una guitarra, de muchos sueños y de la casualidad de que en el país decenas de miles intentaban lo mismo: componer para hacerse famosos, componer por no hacer arte sino con tal de representar sentimientos y situaciones (enamorarse, desenamorarse, frustrante, narrarle a todos el dolor de no poder contarle a nadie el sufrimiento, desahogar el rencor, aceptar que todo acabó y todo empieza).

[…] Y al adolescente de Juárez, que responde al nombre de Alberto Aguilera Valadez, su inspiración le llevaba a diario melodías que silbaba, con letras adjuntas, y él las cantaba en un lugar llamado Noa-Noa, y lo que hacía agradaba, pero él no se resignaba a la modestia de la periferia, y se dirigió a la capital monstruosa, a pasarla mal como un trámite en el camino de la superación. Si no supiésemos del happy end sería triste lo que sigue: hambres, malos tratos del egoísmo urbano, noches sin sitio para dormir, una temporada en prisión porque un malvado lo acusó del robo de una guitarra, días y semanas aguardando en la afueras de las grabadoras, sin que siquiera las secretarias lo saluden.

Y la luz al final del túnel: un ser humano excepcional, la cantante de ranchero Enriqueta Jiménez La Prieta Linda, lo recibe en su casa, le graba los frutos de su inspiración, y le insiste a los directivos de su compañía: ‘Tienen que contratarlo. No se arrepentirán’. Ya entrado en los gastos de la metamorfosis, Alberto padece un segundo bautismo. Ahora será, con resonancias arcangélicas, Juan Gabriel así como se oye, según conviene en la época donde los apellidos nos interesan porque el impulso demográfico taló todos los árboles genealógicos. En 1971, el debut profesional: Juan Gabriel es tímido y protegible, es vulnerable y expresivo, y sus primeras composiciones celebran a una juventud alegre, intrascendente y levemente anacrónica, cuya limitación esencial es cortesía de la realidad

No tengo dinero, ni nada que dar.
Lo único que tengo es amor para amar.
Si así tú me quieres, te puedo querer
pero si no puedes, ni modo qué hacer.

De inmediato las quinceañeras lo adoptan y lo adoran, si el verbo adorar describe de manera adecuada la compra de discos, no se ha dado cuenta que me gusta, no se ha dado cuenta que la amo, los canturreos que ocupan semanas enteras, los telefonazos a las estaciones de radio, los suspiros ante la sola mención del nombre, la formación de clubes de fans… Y la lucha moral contra la intolerancia de padres y madres y novios: ¿Pero cómo puede gustarte ese tipo…? Muy mis gustos…

Y sí, hay razones del gusto que se esparcen, las chavas persuaden a los novios, a las madres se les desarrollan hábitos que muy pronto dejan de ser clandestinos, y el inflexible paterfamilia se descubre una mañana tarareando: Es esta primavera/ será tu regalo un ramo de rosas/ Te llevaré a la playa, te besaré en el mar/ y muchas otras cosas. La prensa informa del fenómeno de letras reiterativas y pegajosas y melodías prensiles, y reconoce un filón: el compositor más famoso de México es un joven amanerado a quien se le atribuyen indecibles escándalos, y a cuya fama coadyuvan poderosamente chistes y mofas.

¡Ay sí tú! Y Juan Gabriel ocupa la primera página de los periódicos amarillistas, en foros sensacionalistas, digamos en traje de baño n la playa de La Condesa en Acapulco. ¡Ay sí tú!, y los cómicos se benefician en sus ruinas: ‘Un día iba caminando Juan Gabriel con su perrito y se encontró a un marinero…’. ¡Ay sí tú! Y la mamá, afligida por los modales de su hijo le cuenta a su hermana: Ay, ay, ¿no me irá a salir como Juan Gabriel?’. ¡Ay sí tú! Las aportaciones del morbo afianzan la singularidad, y Juan Gabriel se instala sin declaraciones ingeniosas o audaces, sin concederle atención a bromas y rumores, sin el apoyo mitológico de la Bohemia o de la Parranda o del culto a la Autodestrucción. Él es un Ídolo Real que desplaza fantasías producidas en serie”.

Imprimir

 

“Un Ídolo es un convenio multigeneracional, la respuesta emocional a la falta de preguntas sentimentales, una versión difícilmente perfeccionable de la alegría, el espíritu romántico, la suave o agresiva ruptura de la norma. Sin estos requisitos se puede ser el tema de una publicidad convincente, el talento al servicio de las necesidades de un sector, una ofuscación de la vista o del oído, pero jamás un Ídolo”.

 

“A Juan Gabriel nada le ha sido fácil, salvo el éxito”.

 

“A principios de 1977, en la inaudita entrevista de prensa al ser nombrado embajador de España, el ex presidente Gustavo Díaz Ordaz declara ‘Aquí me tienen, como dicen ahora, en la misma ciudad y con la misma gente’. ¡Santo Pedro Armendáriz! ¡El hombre del 68 cita a Juan Gabriel! ¿A dónde iremos a parar, seño Eduviges?”.

 

“El compositor Juan Gabriel no cree en la durabilidad del cantante Juan Gabriel. Él fuerza la garganta, trata sin piedad a sus cuerdas vocales, azuza el alma a fuerza de decibeles, su ferza es la emotividad con ganas, no la imagen juvenil al día”.

 

“Juan Gabriel [para las jovencitas] es su novio ideal, o algo más, el amigo inaccesible, el novio inalcanzable. Él es lo que jamás obtendrán, y por lo mismo, el ideal que se nulifica con la admiración excesiva”.

 

“Juan Gabriel mezcla la herencia de José Alfredo y el repertorio de conjuntos norteños como los Alegres de Terán, y produce en series polkas, redovas, rancheras. Las sinfonolas sobrevivientes se atestan, los mariachis enriquecen su repertorio, y los traileros sostienen su insomnio gracias a las capitulaciones y recapitulaciones que interpretan Lola Beltrán, Lucha Villa, Lupita D’Alessio, Rocío Dúrcal, La Prieta Linda, Beatriz Adriana”.

 

Sobre el plagio de tesis

Ciudad de México, 24 de agosto, 2016

A la opinión pública:

Quienes suscribimos estas líneas pertenecemos a la comunidad académica mexicana. Como parte de ella, reprobamos el plagio en todas sus variantes. El caso que ocupa en estos días a la sociedad mexicana es el de la tesis de licenciatura que redactó a principios de los años noventa el ahora presidente Enrique Peña Nieto. Esta tesis fue presentada en la Facultad de Derecho de la Universidad Panamericana y, por tanto, es esta facultad la que responderá concretamente a la evidencia presentada. El hecho es grave en sí mismo por todo lo que implica respecto a los valores que deben orientar no solo la vida académica, sino a la vida en sociedad. En lo que respecta a la primera, sin estos valores, entre los que destaca la honestidad intelectual, el desarrollo del conocimiento en todos sus campos es prácticamente impensable.

Tanto el vocero de la Presidencia como el secretario de Educación y el director de la tesis en cuestión (ahora miembro del poder judicial de la Ciudad de México), al igual que una parte de la opinión pública, han minimizado el hecho. Esto nos parece aún más preocupante. Como académicos y como ciudadanos, creemos que es una obligación elemental señalar lo inaceptable de una conducta indebida. Si esta conducta es relativamente usual, eso no disminuye dicha obligación. Se trata, en el caso del plagio académico, de una acción que atenta contra el quehacer intelectual, contra las normas mínimas que deben regir el funcionamiento de toda institución universitaria y contra aspectos esenciales en la formación de la juventud mexicana. Conviene recordar que la universidad no forma principalmente académicos, sino hombres y mujeres con los conocimientos, valores y herramientas indispensables para construir una sociedad mejor.

Mientras no surja una conciencia del sinnúmero de implicaciones y consecuencias negativas que conlleva el plagio académico, mientras se le siga considerando una falta menor y mientras no exista una legislación adecuada para identificarlo y castigarlo, seguirá siendo una práctica más o menos recurrente entre los estudiantes, profesores e investigadores de México. Aunque en años recientes han salido a la luz varios casos que han llevado a la discusión del tema y se han presentado algunas propuestas al respecto, las autoridades correspondientes y la sociedad en su conjunto no han reaccionado como el problema lo amerita y exige.

La honestidad no es, ni puede ser, una moneda de cambio, sino un principio que debe regir la vida académica, la vida política y la vida social. Reivindicar este valor en todos los ámbitos es parte necesaria de la lucha contra la corrupción y contra la impunidad.

 

Roberto Breña, COLMEX
Alfredo Ávila, UNAM
Daniela Gleizer, UAM
Fausta Gantús, Instituto Mora
José Antonio Aguilar, CIDE
Elisa Cárdenas, Universidad de Guadalajara
Érika Pani, COLMEX
Iván Escamilla, UNAM
Jesús Rodríguez Zepeda, UAM
Catherine Andrews, CIDE
Eugenia Roldán, CINVESTAV
Soledad Loaeza, COLMEX
Ariadna Acevedo, CINVESTAV
Antonio Azuela, UNAM
Gerardo Esquivel, COLMEX
Rafael Rojas, CIDE
Benjamín Arditi, UNAM
Juan Ortiz, Universidad Veracruzana
Gabriel Negretto, CIDE
Marco Antonio Landavazo, Universidad Michoacana
Gabriel Torres Puga, COLMEX
Rodrigo Moreno, UNAM
Ariel Rodríguez Kuri, COLMEX
Guillermo Estrada, UNAM
Fernanda Somuano, COLMEX
Rodrigo Martínez Baracs, INAH
Beatriz Alcubierre, UAEM
Rodolfo Vázquez, ITAM
Ana Covarrubias, COLMEX
Jesús Hernández, UNAM
Antonio Ibarra, UNAM
Juan Pedro Viqueira, COLMEX
Guillermina del Valle, Instituto Mora
Carlos Cruzado, UNAM
Jaime Olveda, Colegio de Jalisco
Aimer Granados, UAM
Fernando Nieto, COLMEX
Estela Roselló, UNAM
Marina Alonso, INAH
Mari Carmen Pardo, COLMEX
María Rosa Gudiño, UPN
Guadalupe Pinzón, UNAM
Susana Sosenski, UNAM
Silvia Dutrénit, Instituto Mora
Miruna Achim, UAM
Alexandra Pita, Universidad de Colima
Andrés Ríos, UNAM
María José Garrido, Instituto Mora
Deborah Dorotinsky, UNAM
David Carbajal López, Universidad de Guadalajara
Lidia Ernestina Gómez García, BUAP
María Alba Pastor Llaneza, UNAM
Mónica Bernal Bejarle, UAM
Vanni Pettina, COLMEX
Juan Pablo Muñoz Covarrubias, UAM
Rodrigo Bazán Bonfil, UAEM
Alfredo Nava Sánchez, UNAM
Ana María Sacristán Fanjul, UACM
Carlos Bravo Regidor, CIDE
Adriana Pineda Soto, Universidad Michoacana
Matilde Souto, Instituto Mora
Aurelia Valero, UNAM
Regina Tapia, El Colegio Mexiquense
Alicia Márquez, Instituto Mora
Rebeca Villalobos, UNAM
Luis Mesa, COLMEX
María Eugenia Arias, Instituto Mora
Francisco Delgado, Universidad de Colima
Leonor García Millé, UNAM
Fernando Aguayo, Instituto Mora
Laura Cázarez Hernández, UAM
Martha Santillán, INACIPE
Héctor Vera, UNAM
Cecilia Noriega, Instituto Mora
Diego Pulido, INAH
Gabriela Wiener, UNAM
Gustavo Herón Pérez Daniel, UACJ
Gabriela Pulido, INAH
Graciela Márquez, COLMEX
Sebastián Plá, UNAM
Rogelio Marcial, El Colegio de Jalisco
Celina Becerra, Universidad de Guadalajara
Luis Ignacio Román Morales, ITESO
Jorge Alonso, Ciesas Occidente
Rosa López Taylor, Universidad de Guadalajara
Horacio Rivera Ramírez, CIB de Occidente
Enrique E. Sánchez Ruiz, Universidad de Guadalajara
Ana Rebeca Jaloma Cruz, CIB de Occidente
Gladys Lizama Silva, Universidad de Guadalajara
José Antonio Flores Farfán, CIESAS
Silvia Domínguez Gutiérrez, Universidad de Guadalajara
Edgar Vargas Oledo, UNAM
Francisco de Jesús Aceves, Universidad de Guadalajara
Norehella Isabel Huerta, UNAM
Fernando Vega Villasante, Universidad de Guadalajara
Rafael Ramírez Priego, UAM
Juan García López, Universidad de Guadalajara
Karim Garay Vega, UACM
Sarah Corona Berkin, Universidad de Guadalajara
Elena Román, UACM
Koldovike Yosune Ibarra Valenciana, UACJ
Guillermo Toriz González, Universidad de Guadalajara
José Gutiérrez Padilla, Universidad de Guadalajara
Violeta Cárdenas, UACM
Teresa González Arce, Universidad de Guadalajara
Israel Ramírez, El Colegio de San Luis
Carlos Javier Maya, Universidad de Guadalajara
Jorge Eduardo Navarrete, UNAM
María Luisa Ávalos Latorre, Universidad de Guadalajara
Enrique Flores, UNAM
Miguel Ángel Santana Aranda, Universidad de Guadalajara
Teresa Rojas Rabiela, CIESAS
Cristina Cárdenas Castillo, Universidad de Guadalajara
Armando Velázquez, UNAM
Rosa Martha Romo Beltrán, Universidad de Guadalajara
Mariflor Aguilar Rivero, UNAM
Alejandro Macías Macías, Universidad de Guadalajara
Roberto Cruz Arzabal, UNAM
Rigoberto Soria Romo, Universidad de Guadalajara
Ricardo Mansilla Corona, UNAM
Carlos Riojas López, Universidad de Guadalajara
José del Val, UNAM
Jaime Antonio Preciado, Universidad de Guadalajara
Mariano Bonialian, COLMEX
Carlos Antonio Villa Guzmán, Universidad de Guadalajara
Martha Elena Munguía, Universidad Veracruzana
Magdalena Barros Nock, CIESAS
Leonor Fernández Guillermo, UNAM
Sergio Lorenzo Sandoval, Universidad de Guadalajara
José Arnulfo Herrera Curiel, UNAM
Rodrigo García de la Sienra, Universidad Veracruzana
Rodolfo Palma, UNAM
Laura Flamand, COLMEX
Gabriela García Hubard, UNAM
Axayacatl Campos García Rojas, UNAM
Rocío Olivares Zorrilla, UNAM
Shekoufeh Mohammadi Shirmahaleh, UNAM
Rafael Mondragón, UNAM
Raquel Mosqueda Rivera, UNAM
Alain Emmanuel Pérez Barajas, UNAM
Cecilia Sheridan, CIESAS
Henio Hoyo Prohuber, Universidad de Monterrey
Gabriela Iturralde, INAH
Mónica Quijano, UNAM
Ana María Serna, Instituto Mora
Morna Macleod Howland, UAEM
Leticia Calderón Chelius, Instituto Mora
Rodrigo Llanes Salazar, UNAM
Felipe Javier Galán López, Universidad Veracruzana
Ernesto Guerra García, UAIM
Jorge Durand, Universidad de Guadalajara
Zeyda Rodríguez Morales, Universidad de Guadalajara
Lina Rosa Berrio Palomo, CIESAS
Oscar González Gómez, CIESAS
Gisela Espinosa Damián, UAM
Olivia Gall, UNAM
Carlos López Beltrán, UNAM
Abril Saldaña Tejeda, Universidad de Guanajuato
Juan Manuel Argüelles, INAH
Pedro Miramontes, Facultad de Ciencias, UNAM
Verónika Sieglin, UANL
Mette Wacher Rodarte, INAH
Jorge Silva Riquer, Universidad Michoacana
Nair Ma. Anaya Ferreira, UNAM
Julia Constantino, UNAM
Yanna Hadatty Mora, UNAM
Blanca Estela Treviño García, UNAM
Alejandra López Guevara, UNAM
Diego Alcázar, UNAM
Sergio Valerio Ulloa, Universidad de Guadalajara
Gloria Alicia Caudillo Félix, Universidad de Guadalajara
Israel Tonatiuh Lay, Universidad de Guadalajara
José Luis Escalona Victoria, CIESAS
Laura Machuca Gallegos, CIESAS
Georgina Barraza Carbajal UNAM
María Teresa Sierra Camacho, CIESAS
Séverine Durin, CIESAS
María del Carmen Icazuriaga, CIESAS
Gabriela Torres Mazuera, CIESAS
Carlos Antaramián, CIESAS
Yanga Villagómez Velázquez, Colmich
Sergio Zendejas, Colmich
Gabriela Zamorano, Colmich
Axel Hernández Días, UNAM
Lylia Palacios Hernández, UANL
Edith F. Kauffer Michel, CIESAS
Irene Artigas Abarelli, UNAM
María Paz Amaro, UAM
Luis de Pablo Hammeken, UAM
Alvaro Peláez Cedres, UAM
Alba Teresa Estrada, UNAM
Adriana Sandoval, UNAM
María del Rayo Ramírez, UACM
Mauricio Merino, CIDE
Eric Magar, ITAM
Pablo Mijangos, CIDE
Ana Díaz, UNAM
Karina Busto Ibarra, UABCS
Jesús de Prado, UNAM
Claudia Lucotti, UNAM
Axel Hernández Díaz, UNAM
Alejandro de la Mora Ochoa, UAM
Sergio Miranda, UNAM
Coral Lomelí Morales, UACM
Patricia Cabrera López, UNAM
Mario Rey, UNAM
Martín Ríos, UNAM
Coral Lomelí, UACM
Paola Gutiérrez Aranda, ENAH
Blanca Pérez, UACM
Nicté Ramírez, UACM
Julio Muñoz Rubio, UNAM
Carmen Teresa Ros, UACM
Fabrizzio Guerrero McManus, UNAM
Margarita Pérez Negrete, CIESAS
Pietro Ameglio Patella, UNAM
Gustavo Marín Guardado, CIESAS
María José Esparza Liberal, UNAM
Amaya Garritz, UNAM
Daniel Murillo Licea, CIESAS
Julieta Lizaola, UNAM
Mario Barbosa, UAM
Rossana Reguillo, ITESO
Claudia Mónica Salazar, UAM
Sandra Rozental, UAM
Lilián Camacho, UNAM
César Cañedo, UNAM
Daniel Murillo Licea, CIESAS
Gloria Estela Baez, UNAM
Jorge Galindo, UAM
Esther Martínez Luna, UNAM
Eugenia Iturriaga, UADY
Citlali Quecha, UNAM
Miriam Jerade, UNAM
Juan Briseño, CIESAS
María Haydeé García Bravo, UNAM
Jeanett Reynoso Noverón, UNAM
Adriana de Teresa, UNAM
Ricardo Pérez Montfort, CIESAS
Ana Paula de Teresa, UAM
Natalia Mantilla Beniers, UNAM
Margarita Palacios Sierra, UNAM
Josefina Zoraida Vázquez, COLMEX
Israel Arroyo, BUAP
Francisco Aceves González, Universidad de Guadalajara


Nota de la redacción de Nexos: la Universidad Panamericana dio a conocer un comunicado de prensa el lunes 22 con los siguientes puntos. Es, hasta ahora, la única respuesta que han dado sobre este tema.

1


Actualización #2:
El domingo 28 en la noche la UP dio a conocer un segundo comunicado, en el cual, a una semana de publicado el reportaje, lo declara como caso cerrado.

up-1
up-2

La cultura del plagio

Anoche el portal de noticias de Carmen Aristegui publicó una nota y un video, ambos titulados “Peña Nieto, de plagiador a presidente” (la nota está aquí, el video acá). En el reportaje, el equipo de investigaciones especiales de Aristegui hizo un análisis de la tesis de licenciatura del presidente Enrique Peña Nieto, “El presidencialismo mexicano y Álvaro Obregón”, y concluyó que el 29% del texto, o 197 de sus 682 párrafos, no tiene atribución, carece de comillas, o, en el caso más grave, copia páginas enteras de otros libros, en particular de uno de Miguel de la Madrid, quien antecedió a Peña Nieto en la presidencia hace varias décadas.

plagio

La tesis fue defendida en 1991 y con ella el presidente obtuvo el grado de licenciado en derecho.

Con independencia del contenido mismo del reportaje, que merece ser consultado más allá de filias y fobias partidistas y mediáticas, vale la pena hacer algunos comentarios sobre la cultura del plagio en el país.

El primero es sobre la facilidad con la que se puede cometer un plagio, tanto académico como en medios de comunicación. En Nexos hemos dado vista a muchos de estos casos, entre ellos el de Alfredo Bryce Echenique cuando obtuvo el Premio FIL de Literatura en 2012, a pesar de que los plagios en su obra fueron documentados con anterioridad en repetidas ocasiones y el premio era por su trayectoria, o el de Boris Berenzon, profesor de la Facultad de Filosofía y Letras, cuyos incontables plagios incluyeron dos tesis para obtener grado. También está el de Rodrigo Núñez Arancibia, cuyos plagios abarcaban una amplia gama de disciplinas: historia, antropología y sociología, y temas por demás específicos tanto en Chile como en México.

En estos tres casos —como en tantos más que se han suscitado a lo largo de los años en México—, plagiar es relativamente sencillo porque los métodos para descubrirlo o no existen —más allá de algunos sitios como turnitin.com (disponible en varios idiomas incluido español) en el que se pueden adjuntar textos para que un sistema analice la probabilidad de plagio— o si existen hay nulo interés en aplicarlos. Es cierto que en 1991, cuando el presidente presentó su tesis, estos métodos no existían. Pero igual es necesario comentar lo siguiente: su asesor, el actual magistrado local Alfonso Guerrero, ha dirigido 193 tesis a lo largo de su carrera, y participado como sinodal en 367 exámenes profesionales. Como bien apunta un profesor de historia del CIDE, Pablo Mijangos, “Para dirigir bien 193 tesis y leer con atención 367 más, yo necesitaría una vida entera y probablemente mi trabajo como supervisor dejaría mucho que desear”. Mijangos es profesor de tiempo completo, Guerrero ha ocupado distintos cargos durante su trayectoria al mismo tiempo que la docencia.

El rigor académico en México, que premia lo cuantitativo sobre lo cualitativo —sistemas como el Sistema Nacional de Investigadores otorgan puntos a los académicos no por la calidad de su trabajo sino por la cantidad de producción anual—, facilita este tipo de situaciones. Muchos asesores no leen las tesis de sus alumnos, o al menos no con la dedicación requerida. Si alguien plagia, por error o con dolo, la impunidad con la que puede hacerlo es casi total.

A esto hay que sumarle un segundo punto, la tolerancia o indiferencia de las propias instituciones hacia sus casos de plagio. Salvo en contables situaciones —como la de Berenzon, tras gran presión de la comunidad académica mexicana—, a los plagiarios se les permite seguir en su cargo sin mayor repercusión; en el caso de los estudiantes muchos de ellos pueden graduarse sin que sus transgresiones reciban la sanción necesaria. No por nada, en el comunicado oficial con el que presidencia respondió al reportaje hay una referencia a la acusación de plagio como “errores de estilo” (aquí el comunicado íntegro). Si la propia presidencia lo minimiza de esta manera, claro que el plagio no es tomado como algo en serio en este país.

Instituciones gubernamentales, académicas, políticos, profesores y alumnos participan en él de forma cotidiana. Estas prácticas luego se reproducen (y con frecuencia) en otros espacios. Donde más se aprecia es en nuestros medios de comunicación.

A muchos periodistas les ha ocurrido lo mismo; al igual que en la academia, contados son los casos en los que han recibido el crédito. Cuando publican reportajes, textos, columnas, muchas veces otros sitios —de periodistas más conocidos; o sitios que se conocen como “agregadores”, que sólo toman contenido de otros espacios sin producir el suyo— se roban su información, su trabajo y lo reproducen como creación original. Si bien les va les ponen un pequeño crédito, en minúsculas, al final de la nota, ya que se apropiaron de todo el contenido y ya que les robaron una visita a su propio medio. Es por ello que muchas veces la prensa no se toma en serio estas acusaciones: hacerlo implicaría voltear a ver sus propias prácticas, plagios profesionalizados, cotidianos, sin el más mínimo respeto al trabajo de los demás.

Motivos como éste hacen que la discusión sobre el plagio se ausente de la discusión pública. Pocos son los que pueden tirar la primera piedra sin que les rebote, porque todos son parte de esta colusión. Está bien robar, incluso aunque te cachen. La pena no existe, las consecuencias son nulas.

En ocasiones anteriores, como por ejemplo en la carta que publicamos en julio del año pasado, “Por una cultura académica distinta: propuestas contra el plagio”, Nexos ha intentado traer el tema a la discusión pública. Una vez más, invitamos a hacerlo. Y también, de paso hacemos un llamado a que las universidades se tomen en serio las acusaciones de plagio.

Como siempre, el buen ejemplo debe venir desde nuestras instituciones educativas.

 

Esteban Illades

Editor y periodista.

Literal

Estar descalzo

En la antología personal El fin de la lectura (Almadía) Andrés Neuman explora las relaciones humanas y las analiza quirúrgicamente. Publicamos uno de los cuentos incluidos en el libro. A modo de epílogo, Neuman escribió: “Fin es una palabra tan sintética como polifónica. El fin de la lectura lo impone el tiempo mismo, que nos devora y olvida”.

el-fin-de-la-lecura


Cuando supe que sería mortal como mi padre, como aquellos zapatos negros en una bolsa de plástico, como el balde con agua donde entraba y salía la fregona que res­tregaba el pasillo del hospital, yo tenía veinte años. Era joven, viejísimo. Por primera vez supe, mientras las este­las de claridad iban borrándose del suelo, que la salud es una película muy fina, un hilo que se evapora con el andar de los pasos. Ninguno de esos pasos era de mi padre.

Mi padre siempre había caminado de manera extra­ña. Veloz y al mismo tiempo torpe. Cuando iniciaba sus caminatas, uno nunca sabía si iba a tropezarse o echar a correr. A mí me gustaban esos andares. Sus pies planos y duros se parecían al suelo que pisaba, al suelo del que huía.

Los pies planos de mi padre ya eran cuatro, se habían repartido en dos lugares distintos: en la camilla (unidos por los talones, ligeramente abiertos, evocando una iró­nica V de victoria) y dentro de aquella bolsa de plástico (a modo de recuerdo en los zapatos, imponiendo su molde al cuero). La enfermera me la entregó como se entregan unos desperdicios. Yo miré las baldosas, su tablero cam­biante.

Me quedé sentado ahí, frente a las puertas del quirófa­no, esperando noticias o temiendo las noticias, hasta que saqué los zapatos de mi padre. Me levanté y los puse en el centro del pasillo, como un obstáculo o una frontera o un accidente geográfico. Los posé cuidadosamente, pro­curando no alterar sus bultos originales, la protuberancia de los huesos, su forma ausente.

Al rato la enfermera apareció a lo lejos. Atravesó el pasillo, eludió los zapatos y siguió de largo. El suelo res­plandecía. De pronto la limpieza me dio miedo. Me pare­ció una enfermedad, una impecable bacteria. Me agaché y avancé a gatas, sintiendo el roce, el daño en las rodillas. Volví a guardar los zapatos en la bolsa. Apreté el nudo lo más fuerte que pude.

De tarde en tarde, en casa, me pruebo esos zapatos. Cada vez me quedan mejor.

 

Andrés Neuman
Escritor. Ha publicado: Bariloche, El viajero del siglo, Hablar solos, Cómo viajar sin ver y Patio de locos, entre otros libros.

literal-descalzo

Ignacio Padilla, orfebre aventajado de la lengua

Suelo mantener distancia del trato con los escritores para que sus obras lleguen a mis manos intactas, lejos de los sesgos que impone la frecuencia, los intereses comunes y hasta la amistad. Jamás crucé palabra con Ignacio Padilla (1968-2016), aunque atestigüé intervenciones suyas en diferentes eventos en los que se expresó con mesura y respeto por la audiencia, virtudes cada vez menos frecuentes en un medio literario que no pierde oportunidad para el desaire. La crítica debería mantener el temple en momentos de estrés, pero esta no es la ocasión para hacerlo. En breve: su muerte impone un día negro para las letras mexicanas, para el arte del país, para la reconfiguración permanente de su identidad, para su día a día. Una lengua pierde a uno de sus orfebres aventajados, baste decir.

ignacio-padilla

No hay duda de que Padilla logró una aportación de peso a la literatura nacional e hispanoamericana. Tampoco de su entrega al oficio literario. Basta asomarse a sus libros para comprobarlo. Su lectura cervantina ya es motivo de festejo, además de su filiación casi obsesiva con la obra de Carlos Fuentes, al que todos reconocen como un autor excepcional y al que sólo algunas almas heroicas regresan. México pierde a uno de sus notables más legítimos y esto es motivo de pesar. Novelas como Amphytrion (2000) o La gruta del toscano (2006) son suficientes para aquilatar su capacidad para plastificar la materia narrada, en su posibilidad extensa, aquella que exige involucramiento y no sólo actos de prestidigitación o malabarismos. Las piezas que integran Los anacrónicos y otros cuentos (2010), por ejemplo, aunque especialmente “El carcinoma de Siam”, confirman su solidez en el registro breve, cerebral y libérrimo, además de un arrojo que abreva de los argentinos.

Ahora bien, para quienes no sean escritores y, por lo mismo, pudieran sugerir que su muerte no es una tragedia, es necesario recordarles que una tradición literaria tarda en gestar a sus escritores. No brotan después de la lluvia. Son parte del patrimonio de un país, a pesar de que su contribución sea generalmente minimizada por el analfabetismo generalizado de la sociedad, o porque la agenda pública impone otras prioridades. El proceso de gestación de un escritor inicia en la adolescencia y culmina en una madurez en la que se escriben obras con el acumulado de la experiencia. Las más de las veces se escribe en condiciones precarias, en el aislamiento o en medio de la más pura entrega al oficio sin esperar apenas nada a cambio. Padilla era un escritor logrado con la decantación de rigor y su camino por andar aún era largo.

Su aporte a la literatura de imaginación es significativo, por lo demás. Será olvidado el “crack” como pretendido movimiento literario, si bien quedará parte de la obra de algunos de sus feligreses, entre ellos, la de Padilla, como parte de la literatura nacional, la cual no habría necesitado de aquella soldadura para la soportar la prueba del tiempo. En “Elogio de la impureza”, texto leído en la ceremonia de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, Padilla hace un recorrido de sus hallazgos cervantinos. Encuentro esta línea clave: “Cervantes nos enseña cuánto necesita el canon reconocer la ambigüedad y la impureza”. A partir ese concepto de “impureza”, que no es sino una forma de hibridación, en su sentido más humano, es posible acercarse a su obra literaria, lograda con la suma de contrastes e insolencias, todas de aliento clásico.

Desde la muerte de Jorge Ibargüengoitia, las letras mexicanas no habían padecido una tragedia de estas proporciones. Se extingue una posibilidad, no obstante, una parte de la obra de Padilla ya existe para todos y se vuelve necesario regresar a ella. No como un homenaje ni como una forma de reparación del daño —imposible ante situaciones semejantes—, sino como una comprobación de su mérito como autor en un país que se agita para quedar libre de amarras. El gran bofetón para la comunidad de escritores que representa esta muerte, hace pensar en las recientes polémicas literarias: ¿qué dejan el rencor, la maledicencia, los disparos a quemarropa? ¿Qué se logró de la condena, el señalamiento, la impertinencia? Las obras subsisten, buenas o malas, a diferencia de los desplantes y los gestos tristes de la vida literaria.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

México 1968: deportes y política

En estos días en que el deporte es objeto de una comercialización tan vergonzosa que en vez de exaltarlo acaba por envilecerlo, vale la pena recordar una pequeña historia, no muy conocida entre los aficionados mexicanos al deporte, de la que nuestro país fue escenario.

Para Beatriz Pereyra

En el húmedo atardecer del miércoles 16 de octubre de 1968, en el estadio olímpico de la Ciudad de México, dos velocistas negros que acababan de competir en la carrera de doscientos metros planos y de obtener el primer y el tercer lugar —los norteamericanos Tommie Smith y John Carlos, respectivamente— se dirigieron al podio de honor, instalado en la cabecera norte del estadio, para recibir sus medallas de oro y de bronce.

Iban descalzos, los pies cubiertos sólo por calcetines negros, con sus zapatos tenis en las manos tras la espalda, aludiendo de esa manera a la pobreza que habían conocido de niños y que padecía gran parte de la población negra en los Estados Unidos — en especial la que vivía en las zonas rurales. Asimismo, llevaban collares y suéteres con cuello de tortuga — una sutil alusión a las sogas con que se linchaba a los negros.

black-power

Pero quizás ninguno de esos símbolos habría resultado claro para el ojo del público sin el gesto que ocurriría unos minutos después. Una vez que los jueces les entregaron sus medallas, y mientras se escuchaban los acordes de la primera estrofa del himno nacional de los Estados Unidos en honor del atleta ganador, John Carlos y Tommie Smith alzaron un puño ceñido con un guante negro —Carlos el derecho, Smith el izquierdo, pues compartían el mismo par—, símbolo de lucha de la comunidad negra norteamericana e inequívoco mensaje de protesta contra la discriminación racial en los Estados Unidos.

Las primeras planas de la prensa internacional se llenaron de fotografías de ese momento, aunque es probable que la más difundida haya sido la que captó John Dominis, reportero gráfico de la revista Life.

Luego de la premiación Smith y Carlos brindaron una conferencia de prensa para definir cabalmente su posición. En ella Smith previó con toda razón algo que estaba a punto de pasar: “Si gano so un ciudadano norteamericano, no un negro norteamericano. Pero si hiciera algo mal, entonces dirían ‘es un negro”. Somos negros y estamos orgulloso de serlo. La Norteamérica negra entenderá bien lo que hemos hecho esta noche”.

La primera reacción adversa fue la de un compatriota suyo: Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional desde 1952, quien pidió que se les expulsara cuanto antes de los juegos. (No actuó con la misma indignación cuando fue cabeza administrativa de la delegación estadounidense en los juegos olímpicos de 1936, celebrados en Berlín, donde tuvo que tragarse más de una vez el despliegue del saludo nazi.)

Dos días después el New York Times publicó un artículo de Joseph M. Sheehan, corresponsal en México, en el que se informaba que el presidente del comité olímpico norteamericano había retirado la acreditación de ambos corredores y les había pedido que abandonaran la Villa Olímpica.

El comité norteamericano envió una nota al Comité Olímpico mexicano por el “atípico exhibicionismo de estos atletas, que viola la normas básicas de caballerosidad y deportivismo que tan alto aprecio tienen en los Estados Unidos.”

Dos días después, Carlos y Smith fueron forzados a volver a los Estados Unidos.

En su número del 25 de octubre la revista Time publicó una nota que calificaba la protesta del par de corredores como “un despliegue público de petulancia que ha encendido una de las más desagradables controversias en la historia de las olimpiadas y que ha convertido el extraordinario drama de los juegos en un teatro del absurdo.”

La mayoría de los comentaristas deportivos de la época en la radio y en televisión de los Estados Unidos se burló de ellos y trató de desacreditar su protesta.

Compañeros en la universidad estatal de San José, California, donde habían hecho estudios de ciencias sociales, Carlos y Smith, de 23 y 24 años de edad, sabían desde el momento en que lo concibieron que su gesto sería controvertido y tendría repercusiones negativas, pero nunca imaginaron que tendrían que sufrir un linchamiento social. No sólo fueron despojados de sus empleos y no pudieron volver a conseguir trabajo durante largo tiempo, sino que ellos y sus familiares fueron amenazados de muerte en repetidas ocasiones.

A pesar del acoso y la hostilidad, Carlos y Smith jamás lamentaron su decisión. Después del asesinato de Martin Luther King, ocurrido el 4 de abril de 1968, y la profunda conmoción que ello generó a lo largo de ese año, sabían que tenían que hacer algo. Durante un tiempo habían abrigado la idea de no asistir a los juegos olímpicos de México, como una suerte de boycott, pero sabían que en caso de ganar en la competencia se daría la oportunidad de hacer algo que tendría mayor repercusión.

Tras la carrera, Peter Norman, el atleta australiano que obtuvo el segundo lugar, se enteró por boca de Carlos y de Smith de lo que ambos pensaban hacer, y no sólo no lo reprobó sino que decidió secundarlos. Puesto que él no podía imitar el gesto de sus compañeros, les pidió que le dieran uno de los distintivos del Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos que Smith y Carlos utilizaban para usarlo en su chamarra durante la ceremonia de premiación. El Proyecto Olímpico era una organización norteamericana fundada un año antes por el sociólogo Harry Edwards, maestro de John Carlos, para boicotear los juegos olímpicos, aunque terminó por convertirse en una manera de agrupar a gran parte de los atletas negros participantes por los Estados Unidos. El hecho convertiría a los tres hombres en grandes amigos por el resto de sus vidas.

Norman también sufrió represalias considerables por su solidaridad con Carlos y Smith. A pesar de su meritoria actuación en México, y de sus renovadas pruebas de capacidad en los siguientes años, el comité olímpico de Australia impidió que participara en la olimpiada realizada en Munich, en 1972. Norman abandonó entonces el atletismo.

Norman murió de un infarto en octubre del 2006, en Melbourne. Smith y Carlos se contaron entre quienes cargaron el ataúd del gran corredor y pronunciaron oraciones fúnebres en su sepelio.

En el año 2012, el Parlamento australiano le pidió una disculpa póstuma a quien ha sido el más grande velocista en la historia de ese país y honró su gesto de solidaridad con sus pares norteamericanos.

Hoy, los dos atletas que en 1968 demostraron su fortaleza y valor dentro y fuera de la pista de carreras gozan de un amplio reconocimiento en su país.

El déspota

El filósofo Aaron James dedica su último libro a reflexionar sobre el papel que Donald Trump ha desempeñado en el actual proceso electoral en Estados Unidos. Y frente al espejo también coloca a los devotos del empresario que aspira a ser presidente. Publicamos, con autorización de Malpaso Ediciones, uno de los capítulos de Trump. Ensayo sobre la imbecilidad.

slide-imbecilidad


China, inmigrantes mexicanos, musulmanes… Trump acusa a inocentes de ser el origen de todo el descontento actual. No pasa por alto el desgaste de nuestro tejido social, el debilitamiento de nuestro contrato social tras tres décadas de congelación salarial, de vagas esperanzas, de incertidumbre creciente, de erosión de la clase media y de enriquecimiento (en grado mucho mayor de lo que creen los estadounidenses) de algún que otro ricachón (como él, pero más aún).1 La desigualdad está creciendo de forma espectacular por razones muy variadas: el librecambismo, las innovaciones disruptivas, las exenciones fiscales para empresas y minorías selectas, la decadencia sindical, la autocontratación corporativa, la desindustrialización y la financiarización de una economía en la que el ganador se lo lleva todo. Aunque las causas son complicadas, las desventajas se han concentrado en los mismos sectores de la población. Cierto es que, a medida que cambia la tecnología, se generalizan con frecuencia de forma marcada los riesgos y las recompensas de las perturbaciones que provoca, de tal manera que a la larga todos se benefician en promedio; pero también lo es que, al ir desapareciendo las trabas al librecambio, son los mismos perdedores quienes reciben un revés tras otro, durante varias décadas o toda una generación, y los vencedores pueden comprar pantalones deportivos y televisores a precios cada vez más bajos. Aunque se crean puestos de trabajo nuevos, no ocurre así en los ámbitos en los que pueden operar los obreros menos cualificados, al menos con unos ingresos que garanticen una dignidad estable.

Existe un contrato social entendido universalmente; ciertas cosas de las que se suponía que íbamos a disfrutar como contrapartida por abrazar el librecambio y el capitalismo desenfrenado: niveles de vida crecientes, igualdad de oportunidades y una prosperidad generalizada. Llevamos más de tres décadas sin que se dé nada de esto, pero no por voluntad de Dios, por obra de fuerzas impersonales ni aun por imperativo del proceso globalizador. Hemos sido nosotros quienes lo han elegido, apoyado, observado y consentido, olvidando nuestro contrato social porque no resultaba conveniente recordar, porque el vacío de nuestra memoria se ha tragado la Gran Depresión o porque el tenerlo en cuenta no servía al interés y al poder de la minoría selecta.

Los economistas defienden a capa y espada el libre comercio como si fuera una cuestión científica en lugar de ética.2 Tenga en cuenta el lector que hay que simplificar las cosas para el público y los funcionarios. Como es verdad que el librecambio sin trabas aumenta la riqueza de las naciones, tal como aseveraron Adam Smith y David Ricardo, en promedio y a la larga, lo único que hay que hacer es aferrarse a este mantra y recalcarlo con insistencia haciendo caso omiso de todas las sutilezas relativas a la compensación recibida por los perdedores, aun cuando todos sabemos como profesionales que tal contrapartida es estrictamente necesaria para que los flujos de un librecambio con menos trabas sean “eficientes” en el sentido que definió Vilfredo Pareto (es decir: nadie puede hacerse más próspero sin que mengüe en consecuencia la fortuna de otro).

Siempre va a haber gentes desplazadas, sobre todo entre los obreros menos cualificados. Ya estaban abocados a no obtener nunca ingresos nutridos, y nunca les va a resultar fácil hacerse con los puestos más especializados que van apareciendo en un sector diferente de la economía perturbada.

La clave del libre comercio radica en reubicar los recursos de un país —incluidos sus trabajadores— para usos más provechosos. En eso consiste negociar con “ventaja comparativa”: se importan mercancías para no tener que fabricarlas y poder hacer otra cosa en su lugar, relacionada con nuestras propias opciones de producción, y enriquecernos a fin de cuentas. Sin embargo, en realidad, no obtendremos eficiencia productiva a menos que compensemos también a los menos beneficiados. El librecambio no es eficiente si no hacemos nada para cubrir las pérdidas que han sufrido en lo que respecta a ingresos y seguridad. No es eficaz, ni tampoco justo, sin una protección social.3

Sin embargo, nadie se ha preocupado mucho por este detalle, que no resultaba conveniente desde el punto de vista político. La de abrogar en silencio las condiciones de nuestro contrato social fue una decisión política: no había por qué dejar a los obreros pudrirse con ocupaciones inseguras o sin empleo alguno. Ante la pérdida de puestos de trabajo, cabía haber capacitado e instruido de nuevo a quienes los ocupaban mediante la dotación de ayudas a la formación. Podían haberlos compensado con prestaciones al desempleo y seguros que cubriesen la diferencia entre tal subsidio y el salario previo,4 o hasta garantizar unos ingresos básicos mínimos (medida que los conservadores apoyaron en cierto momento). Con un programa sólido de recontratación, de mejora de la formación y de incremento de los sueldos, los trabajadores podrían haber visto aumentar sin duda sus rentas de forma constante y saber que tienen garantizada su jubilación. Podrían haber participado en la riqueza creciente de las naciones, aunque, claro está, para mantener los costes de la seguridad social habríamos tenido que pagar impuestos.

Aun así, en lugar de esto preferimos lanzar a los obreros a las ruedas del tren de la globalización, o al menos eso decidieron por nosotros algunos políticos. Si nuestra democracia nos está fallando, parece que alguien debería hacerse cargo de la situación. De entrada, podríamos dejar de fastidiar a los trabajadores menos cualificados y mantener de veras la promesa del capitalismo estadounidense según la cual la subida de la marea iba a elevar a un tiempo al yate y al esquife.

Trump va a hacer tratos nuevos, tratos de veras beneficiosos, los mejores, y a aumentar los aranceles a China; pero es un paladín extraño para sus hermanos blancos que viven en la oscuridad, ya que no constituye ninguna ganga para ellos ni, de hecho, para nadie (compárese con Putin, que contenta con guerras a los marginados de la economía y habla de restaurar la grandeza de la nación en lugar de aumentar los salarios). Los nuevos aranceles podrán aumentar un tanto los ingresos de los obreros menos cualificados, aunque no lo suficiente para evitar que mueran antes que otros (tal como ha ocurrido de forma reciente con los blancos que recibían sueldos modestos). Entre tanto, los operarios especializados, que sirven en industrias dedicadas a la exportación, gozarán de un éxito notable que supondrá un gran menoscabo, en cambio, para el ascenso social; y a muchos millones y millones de chinos se les negará la oportunidad de dejar de tener que subsistir con menos de lo que puede comprarse en Estados Unidos con un dólar diario. Se trata, en resumidas cuentas, de un “gran” negocio, porque nos ahorra el tener que reparar el maltrecho tejido social, lo que supondría invertir en programas de protección social (y subir los impuestos) para que el capitalismo pueda satisfacer su promesa de elevar los niveles de vida sin pedir a los obreros estadounidenses que malvivan resentidos. Aun cuando los ricos vayan a ser un tanto menos ricos.

Ésta es la historia de cómo ha perdido terreno la democracia frente al autoritarismo debido a la desintegración de nuestra economía. Es nuestra historia, y nos invita a hacer una reafirmación republicana de nuestro contrato social.

LUCHA DE IMBÉCILES

Desde luego, no hay nada como los combates de imbéciles que ofrece la televisión. ¿No vio nadie cómo humilló Trump al gobernador de Nueva Jersey, el chico malo Chris Christie? Como sabemos todos, este último tenía cuentas políticas que ajustar, y al parecer cortó el tráfico en uno de los accesos al puente George Washington, en su estado, y provocó retrasos considerables. En consecuencia, su historial de imbecilidades parece bastante respetable; pero ¿da la talla en las grandes ligas?

Resultó que salió escaldado. Tras tachar a Trump de incompetente apenas una semana antes, se echó atrás, lo respaldó y compareció, por triste que resulte, ante una rueda de prensa ofrecida por aquél, sumiso, apaciguado y convertido en el subordinado inmediato de aquel imbécil alfa.

Quién habría imaginado que Christie, el célebre matón de Jersey, se volvería tan dócil, tan poco varonil. Sin embargo, conforme a las predicciones de Hobbes, una vez dominado, se volvió civilizado de pronto. ¿Cómo es posible? El filósofo inglés diría que los seres humanos se sitúan del modo que les garantice, con la mayor seguridad posible, alcanzar una posición social relativa en virtud de un impulso bien arraigado en nuestra naturaleza:

Todo hombre procura que su compañero lo valore en igual grado que él se aprecia a sí mismo, y por encima de todo signo de desdén o subestimación, pone su empeño, de manera natural y hasta donde alcanza su atrevimiento […], en extraer una mayor consideración de cuantos lo desprecian, mediante el agravio, y del resto, a través del ejemplo.5

A Trump y a Christie, pues, se les exigió que se enfrentasen como hombres. ¿Por qué contienden los varones mediante la agresión física o el insulto? Normalmente somos los de nuestro sexo los que procedemos así; pero ¿por qué? Según explica Hobbes, las muestras de desdén “empujan al hombre a emprender invasiones” en busca de gloria, en nombre de su reputación y “por insignificancias [tales] como una palabra, una sonrisa, una opinión diferente o cualquier otra señal de infravaloración”. O tal como lo expresa cierto estudio relativo a los asesinatos cometidos en todo el planeta, el hombre mata por “desaires de origen relativamente trivial”.6

POPULISMO Y VIOLENCIA

En la historia de la demagogia estadounidense, Trump hace pensar en otro imbécil ególatra: Huey Long, gobernador de Luisiana y senador de principios de la década de 1930. Pese a compartir la actitud progresista de Franklin Delano Roosevelt —aunque estaba más a la izquierda que éste—, el presidente lo consideraba “uno de los dos hombres más peligrosos de Estados Unidos” (junto con Douglas MacArthur) por su política corrupta y demagógica.7 A Long lo movían sin duda las preocupaciones éticas; hablaba con pasión de las desigualdades de su tiempo (“No se ha recogido una sola pizca de la riqueza hinchada y ostentosa que hay concentrada en manos de unos pocos con la intención de ayudar a las masas”),8 y criticó el sistema político de su nación en términos que no han perdido vigencia (“Tienen un grupo de republicanos en un lado y un grupo de demócratas en el otro encargados de servir las mesas; pero da igual cuál traiga los platos: toda la comida legislativa se prepara en los mismos fogones de Wall Street”;9 comentario que bien cabría imaginar en boca de Bernie Sanders). En lo que respecta a las tácticas políticas, en cambio, Long se arrogaba el derecho de emplear cualquier medio, sin preocuparse demasiado de que pudiera o no ser necesario para sus fines o fuese legal o propio de un régimen democrático. “Prefiero violar —dijo una vez— todas y cada una de las dichosas convenciones que conozco para ver aprobadas mis propuestas de ley que sentarme en mi despacho como un niño bueno a verlas morir”.10 Y también: “Antes pedía las cosas por favor para que se hicieran, y ahora […] las voy quitando de en medio con dinamita”.11 Cuando lo acusaron de demagogia, soslayó la cuestión moral de cómo se ejerce el poder en una sociedad democrática con una definición muy oportuna: “Yo describiría al demagogo como el político que no cumple sus promesas”.12 En efecto, Long prefería dinamitar a discutir a la hora de hacer desaparecer la corrupción a golpe de definición.

Algo semejante hace Trump con las inhibiciones del mundo civilizado, a las que denomina “corrección política”. Propinar a alguien un puñetazo por considerar que se lo merece no pasa de ser 2políticamente incorrecto”. En tal caso, ¿cabría sorprenderse si instigase a la violencia a las multitudes que lo siguen?

En cierto mitin, mientras la policía hacía salir a un afroamericano descontento, un insensato que se hallaba cerca de él le agredió en la cara y se justificó diciendo: “Se lo merecía. La próxima vez que lo veamos, quizá tengamos que matarlo […]. ¿Y si forma parte de una organización terrorista?”. “No hemos tenido nada que ver”, aseguraron acerca del incidente los responsables de la campaña de Trump, quien, sin embargo, se ha ofrecido a pagar las costas legales del agresor. Y lo cierto es que ha hecho ya unos cuantos comentarios que alientan semejante proceder:

1 de febrero: “Si veis a alguien que está a punto de lanzar un tomate, lo moléis a palos, ¿verdad? […] Dadle una buena paliza […] Prometo asumir los gastos legales. Lo prometo”.

22 de febrero: “Me dan ganas de darle en la cara” (refiriéndose a uno de sus detractores).

26 de febrero: “En los buenos tiempos, lo habrían echado de su asiento sin contemplaciones hace un rato”.

4 de marzo: “Intentad no hacerle daño. Si no lo conseguís, yo me encargo de defenderos en los tribunales”.

9 de marzo: “Nos acompañaban algunos tipos duros como los que tenemos hoy aquí, y se pusieron a devolver los golpes. Fue un momento hermosísimo”.

11 de marzo: “Parte del problema, y parte de la razón por la que tardan tanto [en irse los manifestantes] es que ya nadie quiere hacerse daño. […] Se dan cuenta de que las protestas ya no se pagan. Antes sí que había consecuencias”.

Trump podría usar aquí un consejo del manual para gobernantes que escribió Maquiavelo:

Todo príncipe debe desear ser tenido por piadoso, y no por cruel. […] Con muy pocos ejemplos lo será en mayor medida que aquellos que, por exceso de misericordia, dejan surgir disturbios, que engendrarán a su vez asesinatos y actos de pillaje, porque éstos, por lo común, son perjudiciales para toda la comunidad.13

Sin embargo, Trump no persigue el poder “para toda la comunidad”. Su endeble ideología de la grandeza de Estados Unidos se expresa en la estructura de un razonamiento muy sencillo:

• Problema: La nación se encuentra en decadencia.

• Responsable: La corrección política y las normas de urbanidad, que nos están paralizando.

• Resolución: El uso discrecional de la violencia constituye un remedio adecuado.

• Héroe: Trump, que abonará las costas legales para que sus seguidores actúen como sea necesario.

Se reparten algunas bofetadas, Trump es un héroe y Estados Unidos recupera su grandeza.

Cuando califica de “hermosísimo” el caótico altercado del mitin, no se refiere a la belleza de una protesta democrática, del imperio de la razón sobre la violencia, sino que parece estar evocando la estética erótica del fascismo, la excitación sensual de la unión de las masas en torno al odio a los otros y la adoración de un pasado supuestamente glorioso.14 A mi entender, se trata de la variante moderna de las ejecuciones destinadas a entretener al pueblo; la interacción de la multitud y el poder que, con ayuda de la tecnología, hizo del siglo XX el más sangriento de la historia de la humanidad.15

Vamos a suponer que nos vamos tres de acampada y tenemos que decidir si tomar el camino rápido o el que ofrece mejores vistas. Si estamos dispuestos a alcanzar un acuerdo de manera democrática, la primera norma, indiscutible, será que nadie podrá emprenderla a puñetazos porque los otros tengan otras preferencias, ni tampoco amenazar con hacerlo o insinuarlo siquiera en tono jocoso. Por lo tanto, no habrá necesidad de ofrecer pagar los gastos legales a otro en caso de que sienta el impulso de pegar al tercero por considerarlo imprescindible para tener la mayoría. La primera ley de la democracia es el principio de no violencia: se debate en lugar de pelearse; se usan las palabras, no los puños, y se apela a la razón por arrebatadas que puedan ser las pasiones.

PERO ¿ES POSIBLE LA DEMOCRACIA?

Pensemos en un lugar remoto, más allá del alcance o el interés de la policía, situado en una isla diminuta de Indonesia (y frecuentado por un servidor). A él han acudido surfistas de todos los continentes con la intención de dominar el perfecto oleaje de la temporada. Hay marejada, el viento sopla en la dirección idónea y las olas rompen y forman tubo a través del arrecife de coral con la célebre majestuosidad propia de aquel rincón del mundo. Sin embargo, como ocurre a menudo allí en esa época del año, y sobre todo cuando los meteorólogos han anunciado oleaje, ha acudido un número excesivo de gente; lo que plantea la cuestión acuciante de cómo compartir las olas relativamente escasas en una zona de despegue relativamente pequeña.

Podría ser que en la playa coincidieran 1) un grupo de gentes del lugar, incluidos unos cuantos chicos violentos, que están tomando cuantas olas les apetece, aunque las comparten con educación entre ellos; 2) un conjunto nutrido de brasileños que, aun respetando a los de la región, compiten entre sí con vehemencia, hacen trampa y burlan con descaro las normas relativas a la preferencia, y 3) el resto de los presentes: los desventurados anglosajones llegados de Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Estados Unidos, que nos conducimos con educación y nos vemos menospreciados por los otros dos grupos.

Ninguno de nosotros estaría dispuesto a soportar semejante situación si las olas no fueran increíbles. Podría ser que en cualquier momento hiciera uno el tubo de su vida. Aun así, la situación sigue siendo irritante; pero los surfistas blancos acostumbramos a dar la vuelta al racismo en nuestros viajes, a superar el trance estoicamente mientras nos recordamos que el oleaje vale la pena de veras y reparamos en que así deben de sentirse en los países anglosajones los ciudadanos de color.

Imagine el lector la alegría que produce, en estas circunstancias, el que aparezca remontando una ola un orondo lugareño de cierta edad y carácter bullicioso que, entre chistes, grita órdenes para dejar bien claro quién manda, y pide a los más jóvenes que se calmen y a los brasileños que se comporten para que los blancos podamos disfrutar también de alguna ola. Impone el orden en beneficio público. Quizá tiene bien presente el menoscabo que supusieron para el turismo deportivo el tsunami de 2004 y el terremoto de 2005. Sabe que hay que tratar bien a los de fuera si quiere que vuelvan y las familias locales puedan mantener los alojamientos a ellos destinados, con los que pagan el alimento que dan a sus hijos y quizás un techo nuevo para la casa.16

En Estados Unidos nos encontramos con surfistas imbéciles que guardan un notable parecido con Donald Trump (aunque están bien bronceados y en forma) en los lugares de playa habitados por una mayoría blanca. No es una simple cuestión de raza: un blanco de Palos Verdes la emprenderá a gritos con facilidad con otro llegado de Malibú, y el de Santa Bárbara hará lo mismo ante la rabia existencial provocada por la intrusión en su territorio de uno procedente de Los Ángeles. Los tipos dados a recordar los viejos tiempos de California, convencidos de que todo se está desvaneciendo, están dispuestos a todo por defender su territorio, y ante la obligación de compartir con otros las olas —ya que las playas son públicas— han decidido que poseen privilegios especiales en lo que a preferencia se refiere y se han resuelto a defenderlos con acrimonia. Si alguien protesta (“Oye: el mar es de todos; espera tu turno, hombre”) no dudarán en contraatacar con algo semejante a: “En serio, esfúmate; vete a tu casa; vuelve a la mierda de olas que hay en Los Ángeles” (para esto último ni siquiera es necesario que su interlocutor sea de dicha ciudad). Lo que están usando no es otra cosa que la protesta favorita de Trump: “¡Que se larguen de aquí!”.

¿Tenía entonces razón Hobbes al aseverar que debemos elegir entre la anarquía y el déspota, la miseria y el monarca absolutista? No: él no veía otra opción porque lo que perseguía era un final pacífico para la brutal guerra civil que estaban librando en Inglaterra grupos religiosos incapaces de aceptar una autoridad estatal común si no era de su propio signo. Tal cosa resulta comprensible en las circunstancias del siglo xvii. Hobbes anhelaba la unión que trae aparejada la paz duradera, así como el florecimiento de las artes, las letras y el comercio que emana de ella. Hoy, en cambio, el de los surfistas suele ser un colectivo ordenado y pacífico, por más que a veces existan tensiones y pese a la falta de una autoridad soberana. Quienes lo integran comparten las olas en virtud de una serie de normas de preferencia aceptadas por la generalidad, protestan ante cualquier infracción y, en caso de enfrentamiento —que los hay—, acostumbran a resolverlo mediante el diálogo. Ésta podría ser una discusión común:

Surfista n.º 1. “¡Me has robado la ola, idiota!”.

Surfista n.º 2. “¿Qué dices? ¡Si llevo veinte minutos esperando!”.

Surfista n.º 1. “Me da igual: yo iba por dentro; la ola era mía”.

Surfista n.º 2: “Está bien: quédate tú con la siguiente. Tranquilo, que no se acaba el mundo”.

Se trata de un comportamiento democrático en lo fundamental, aun en estado de naturaleza, independiente de las autoridades y fuera del alcance del Estado.17 Todo apunta, por consiguiente, a que Hobbes nos presenta un falso dilema. Aunque asevera de pasada que una soberanía absolutista podría constituir un sistema democrático (sin ofrecer más explicaciones), parece que es posible la cooperación democrática fuera del Estado, y, además, de entrada cabría preguntarse por qué iba a poseer la autoridad legítima el soberano.

Antes de la existencia de cualquier sistema moderno de democracia, antes de que se dieran las revoluciones estadounidense y francesa, Rousseau concibió uno en El contrato social. Imaginó toda una sociedad soberana en sí misma, una comunidad libre constituida por iguales.18 Sus ciudadanos se encargarían de elaborar sus propias leyes y respetarlas por discernimiento compartido, hacer responder de su incumplimiento a quien las quebrantase y renunciar a intereses particulares en pro del bien común. Rousseau era republicano en el sentido en que lo era Cicerón, aunque también demócrata para el pensamiento contemporáneo, al que ayudó a dar forma. Tanto los franceses como los estadounidenses destronaron a sus monarcas en revoluciones democráticas influidas en parte por él. Y si bien al exponer lo que sería posible con “tomar al hombre por lo que es y las leyes por lo que pueden ser” no estaba haciendo sino una conjetura optimista, ha resultado que su idea funciona. Llegado el siglo xx, los experimentos de Estados Unidos y Francia habían resultado prósperos, y la democracia se había extendido por el mundo. En nuestros días, reducido el autoritarismo a unos cuantos focos de resistencia (como el de Putin, a quien tanto admira Trump), los países más decentes no ven otra opción posible a la hora de elegir su forma de gobierno.

LA FRAGILIDAD DE LA COOPERACIÓN

En opinión de Hobbes, somos por naturaleza violentos y díscolos, y necesitamos un déspota que nos amanse. Para Rousseau, en cambio, nacemos inocentes y sociables, aunque también corruptibles en nuestra disputa por alcanzar posición social, y la llegada de un déspota es indicio de la decadencia y el desmoronamiento de la sociedad. Por lo tanto, conforme a su tesis, si Estados Unidos sigue siendo grande, Trump no se hará con la victoria; y si lo hace, no podremos recuperar nuestra grandeza, por más que él asegure lo contrario.

¿Por qué? Según Hobbes, la lucha de Trump y Christie por la “vanagloria” resulta inevitable, y no acabará de forma pacífica hasta que uno subyugue al otro y el otro se someta. Por lo tanto, el primero deberá seguir combatiendo con Mitt Romney, quien ha quedado convertido en el modelo de político del Partido Republicano. Tras las reprimendas paternalistas de éste, Trump se situó de inmediato por encima de él (“Podría haber dicho: ‘Mitt, ponte de rodillas’, y él lo habría hecho”).

Hobbes sostiene que dos rivales pueden mantener una relación de igualdad, y lo cierto es que es así, aunque sólo en cuanto súbditos de igual condición: solamente cuando el poder supremo de un tercero los intimide a ambos y los someta de ese modo a su dominio. Ése sería el soberano de Hobbes, que, sin embargo, nos deja con la siguiente pregunta: si nos imponen la obediencia, ¿cómo vamos a ser libres? A juicio de Rousseau, la libertad está reñida con el hecho de obedecer sin más, a punta de pistola o mediante el sometimiento, o en sumisión a un imbécil que nos ofrezca su pene. El poder no es igual a la autoridad. Para acatar lo que dicte esta última contamos con la razón. El gobierno tiene que ganarse la autoridad que ejerce sobre nosotros; pero ¿cómo?

Rousseau propuso una solución: podemos gobernarnos de manera colectiva, conforme a una serie de condiciones que estemos en situación de autorizar libremente con arreglo a nuestra razón común. Podemos acatar la ley con libertad, pues nos la hemos dado nosotros mismos. El soberano será entonces el propio pueblo, unido por su razón colectiva en la “voluntad general”, o interés público, que decide su suerte en comunidad en el seno de una democracia directa y mayoritaria. Dado que todos somos autores del derecho que nos rige, seguimos siendo libres aun cuando estemos sujetos a sus imperativos. Encontramos “una forma de asociación que defiende y protege con toda la fuerza común a la persona y los bienes de cada uno de sus asociados, y por la cual cada uno, pese a hallarse unido a los demás, no obedece a nadie más que a sí mismo y permanece, pues, tan libre como antes”.19

Por lo tanto, el hecho de participar como iguales en la sociedad nos transforma. Tal como lo expresa el pensador francés, el estado civil propicia “un cambio notabilísimo en el hombre”. “Al sustituir en su conducta el instinto por la justicia y otorgar a sus actos una moralidad hasta entonces ausente”, la “voz del deber” comienza a acallar el deseo y la simple inclinación. El deber ve cómo “se ejercen y desarrollan sus facultades, se entienden sus ideas, se ennoblecen sus sentimientos y se eleva su alma toda en tal grado que […] de un animal estúpido y limitado [surge] un ser inteligente y un hombre”.20

El imbécil nunca llega a elevarse a semejante “libertad moral”: podría haber sido un ciudadano hecho y derecho, dueño autónomo de sí mismo y de sus pasiones contradictorias en lugar de quedar subyugado a ellas; pero, por desgracia, como afirma Rousseau, “dejarse llevar sin más por el apetito es esclavitud, y la obediencia al derecho dictado por uno mismo, libertad”.21 Trump, por lo tanto, no es libre de hacer cuanto guste por ser rico y como tal incorruptible por intereses particulares, sino que es esclavo de sus propias pasiones ególatras: el modelo mismo de la falta de libertad.

Rousseau tenía la esperanza de que su visión fuera realista. El que podamos o no alcanzarla es una pregunta sin resolver. Somos sociables, pero se nos puede empujar a la violencia. Podemos mantener la fe en un contrato social, pero sólo si cooperamos en igualdad, con el debido respeto a nuestra condición de iguales. De lo contrario, nuestra inocencia natural —bien en la autoestima que nos impide compararnos con otros en actitud de envidia (como, por ejemplo, cuando nos lavamos los dientes por la mañana), bien en la compasión por los demás, que nos conduce a la reciprocidad, la generosidad, la clemencia, la humanidad, la benevolencia y la amistad— acabará por corromperse. Si cada uno necesita afirmar su propia valía, nos entregaremos a una lucha hobbesiana por posición y superioridad.

Para Rousseau, nos volvemos violentos cuando competimos, y esto hace que nos preocupemos por cómo somos en comparación con el prójimo (“amor propio”). El deportista se querría menos si no fuese el que más marca del equipo, si no fuera “el que manda” en el terreno de juego. La rubia de Texas salida de un episodio de Dallas que luce un anillo de diamantes colosal y conduce un BMW (pero de los buenos) no se adora por sí misma, sino por los puntos que se atribuye en la lucha por una posición social. El profesor que ha publicado tres —sí, sí: tres— artículos en Estudios sobre el Pleonasmo Analítico y se ha convertido con ello en el autor más citado de todos sus colegas, mitiga su inseguridad recurriendo a un historial académico por encima de la media.

Nos queremos, y eso es necesario; pero al mismo tiempo nos deja con la necesidad implacable de ser considerados iguales o mejores, de que otros nos reconozcan como dignos de respeto y consideración. Esto es precisamente lo que nos niega el imbécil. Por eso nos perturba tanto su escasa disposición a atender a nuestras quejas, por lo que hasta un encuentro breve con uno de ellos puede hacernos propensos a apartarnos con una deprimente sensación de impotencia o a volvernos violentos a fin de que nos oigan y, por ende, nos vean. Al omitir considerar siquiera nuestros intereses y protestas deja de tenernos por sus iguales, cuando lo somos y debemos serlo si queremos mantener sana y salva la concepción de nuestra valía.

¿Qué es lo que incendia nuestras preocupaciones relativas a la posición social? El juego, el combate, la sociedad que estima nuestro valor por el dinero, el talento o la belleza que poseemos; la lucha capitalista en la que la riqueza lo convierte a uno en vencedor, en alguien meritorio, admirado y envidiado, con independencia del origen de su abundancia; el combate político cuyos participantes pujan por obtener el favor de otros, someterlos o dominarlos; la sociedad, que otorga una importancia suprema al hecho de ganar, en el trabajo o en los deportes. Si nos queremos, lo normal es que tratemos de hacer patente nuestra valía; pero la competencia nos obliga a afirmarnos basándonos en nuestra «puntuación», en a quién hemos superado, con quién hemos empatado, contra quién hemos perdido o como quién desearíamos ser.

Rousseau tiene la respuesta a este problema: una comunidad libre conformada por iguales, una república unida por el reconocimiento mutuo. El experimento estadounidense, en su máxima expresión, constituye una, por imperfecta que sea. Hasta ahora ha funcionado. ¿Sigue siendo la suya una unión duradera? Lo cierto es que nunca ha habido un Trump tan cerca de un cargo tan alto.

Al dimitir, Nixon abandonó la Casa Blanca libremente, sin necesidad de que nadie ejerciera fuerza alguna. ¿Cabe contar con que Trump recurra a la razón cuando ya ha instigado a la violencia? ¿Amenazará con ésta en lo más acalorado de una discusión política, frente a un juez o un legislador, aunque sea “en broma” o con insinuaciones (cosa que, por supuesto, negará, convencido, más tarde)? ¿Hará caso omiso del derecho y el civismo por considerarlos “corrección política”? “Yo puedo ser —asegura— un presidente más creíble que cualquiera, menos el gran Abe Lincoln. Él sí que era presidencial”. ¿Habrá entendido la llamada que hizo Abraham Lincoln a “los ángeles mejores de nuestra naturaleza” y su proyecto unificador? ¿O es quizá la idea que tiene de “ser presidencial” otra más de sus gracias de hombre espectáculo?

C. Arnold McClure, de Shirleysburg (Pensilvania), se erige en estos términos en portavoz de no pocos de sus evangelistas:

Las poses del señor Trump, su estupidez, su rudeza, las descripciones simplistas que presenta sobre asuntos internacionales, su conducta…; somos muy conscientes de todo eso; sin embargo, hemos decidido darle nuestro voto. […] Sabemos que todos tenemos nuestros fallos y cometemos nuestros pecados, y que sólo puede sanarnos la gracia de Dios. Tenemos fe en que el señor Trump “busque al Señor” cuando se enfrente al deber abrumador de guiar a la nación más grande de la historia.22

Sin embargo, ¿podemos estar seguros de que de veras va a hacer esto último? Trump no es precisamente un hombre modesto, de los que rezan o piden perdón. No persigue que lo santifiquen, impulsado por el amor más que por el desdén. ¿Va a dejar de pronto de ponerse a él mismo en primer lugar? ¿Quién es lo bastante estúpido para dar por supuesto que es posible dominarlo? Igual que ha acabado con la “corrección política”, un mecanismo que amordaza a los evangelistas, podría dar al traste con otras muchas cosas, incluido uno de los países más grandes de la historia, poniendo fin a lo que lo hace grande. Las guerras de religión entabladas en Europa giraron en torno al empeño de protestantes y católicos en imponer sus doctrinas rivales. De aquel contexto surgieron las libertades de pensamiento, asociación, culto y expresión sobre las que se cimienta Estados Unidos. ¿Entiende este personaje autoritario lo que hace falta para garantizar su amparo jurídico? ¿Será capaz de abstenerse de echarlas por tierra cuando esto le suponga algún beneficio?

De hecho, tras los espantosos ataques terroristas de Bruselas, fue Ted Cruz quien ganó la carrera hacia el abismo cuando pidió que se efectuaran más patrullas en los barrios musulmanes “para evitar su radicalización”. (Cabe preguntarse si tal cosa suponía asaltar cafeterías e interrumpir partidas de ajedrez con la intención de efectuar interrogatorios, a pesar de que semejantes medidas no sólo resultan estrepitosamente ineficaces, sino que equivalen a actos de fanatismo que violan los derechos civiles constitucionales básicos.) Sin embargo, en una lucha de poder, no es poca cosa sacar tajada del miedo al fundamentalismo islámico mediante la creación de enemigos nuevos, como las familias mahometanas que vivían en sus caravanas. (El gobernador Kasich dio muestras dignas de encomio del autodominio que lo condenó a la última posición.) Trump, que es un triunfador, no dudó en sumarse a la iniciativa, aunque, al menos, es posible albergar la esperanza de que esté soltando embustes; Cruz se lo traga todo, haciéndose el santurrón, y quién sabe si podría incluso proseguir con tan peligrosas medidas en nombre de sus “principios” (o al menos de una simulación mojigata de tener tal cosa), sin importarle las consecuencias que pudieran acarrear para el país y nuestra constitución.

El experimento estadounidense se basa en la idea de que, tal como lo expresó James Madison, no somos ángeles ni demonios, pues ningún gobierno sería necesario en el primer caso ni posible en el segundo. Dado que la mayor parte de la humanidad se encuentra en algún punto intermedio entre ambos extremos, los fundadores no pudieron menos de mostrarse preocupados por el abuso del poder y dividieron éste en consecuencia. Para ello, siguieron el modelo de tres poderes —legislativo, ejecutivo y judicial—, separados pero equilibrados, que había propugnado Montesquieu, pues entendían que su acumulación constituía “la definición misma de la tiranía”. Sin embargo, la imposibilidad de efectuar un deslinde exacto lleva aparejada su propia fragilidad: el riesgo constante de una crisis constitucional sin resolución pacífica posible. Sólo la cooperación delicada y la cuidadosa supervisión de la autoridad mediante la contención mutua serán capaces de mantener la unión.

Esta cooperación se ha visto sacudida últimamente por la parálisis partidista, que Trump y Cruz han sabido aprovechar con creces y amenazan ahora con trastornar por completo. ¿Puede decirse que en semejante apuesta no hay “nada que perder”? Si la situación es poco prometedora, lo cierto es que aún podría empeorar, y mucho. Berlusconi hizo estragos en Italia durante muchos años, y el país aún se resiente de ello; el populista Hugo Chávez dejó Venezuela en la ruina, y nuestra unión, una de las repúblicas más grandes desde tiempos del Imperio Romano, puede sumirse en un autoritarismo semejante al de Putin, quien, como Trump en Estados Unidos, está resuelto a emplear la fuerza y la dominación en nombre de la restauración de la grandeza de Rusia. Los estadounidenses poseemos un poder judicial de gran fortaleza, y la autoridad presidencial se encuentra restringida (aunque cada vez menos); pero nuestra frágil separación de poderes tiene sus límites. Si amamos Estados Unidos —la idea y el país—, no podemos ponerlos a prueba mucho más.

Nuestra nación ha tenido siempre cierto cupo de políticos imbéciles, desde Aaron Burr hasta Huey Long o George Wallace. Ha durado gracias a “los ángeles mejores de nuestra naturaleza”, porque han sido muchos quienes, como Lincoln, han luchado por una unión más sólida y perfecta y contra la tentación de sembrar discordia en pro del poder y el provecho personales. En nuestros días, sin embargo, da la impresión de que aquéllos hayan abandonado el país y aun el planeta: los dos candidatos principales del partido de Lincoln son menos ángeles que demonios, y no dudan en mostrar su desdén para con la frágil cooperación que nos mantiene a flote. ¿Puede esperarse de ellos que la defiendan o lleguen a entender siquiera sus delicados requisitos? Y si la división se convierte en algo tan beneficioso, ¿quién los va a perseguir a ellos? Si imperan los imbéciles en la política, muchos de ellos con el apoyo incondicional de masas de votantes, y Trump y Cruz no dejan pasar la ocasión política que se les ofrece, la durabilidad de la república resulta más que incierta. Un presidente imbécil de las proporciones de Trump o de Cruz está llamado a desbaratar el delicado tejido de la cooperación sobre el que se sostiene nuestro experimento.

La solución resulta muy poco apasionante, pues consistiría no en depositar todas las esperanzas en una sola persona —un gran hombre, una gran mujer o un imbécil de los grandes—, sino en gestionar nuestra corrupción desde un punto de vista democrático, como integrantes de la república que somos, mediante la restauración gradual del tejido social.

 

Aaron James


1 Véase http://bit.ly/2aSQat5, excelente presentación infográfica basada en el estudio de Michael Norton y Dan Ariely sobre las interpretaciones erróneas de la distribución económica titulado “Building a Better America—One Wealth Quintile at a Time”, Perspectives on Psychological Science, 6 (2011), p. 9.

2 Para conocer lo que se expone a continuación, pero expresado por economistas, a modo de crítica interna, véanse Robert Driskill, “Deconstructing the Argument for Free Trade”, http://bit.ly/2bg3axd, y Dani Rodrik, The Globalization Paradox, Nueva York, W. W. Norton, 2011, en particular la sección titulada “What Economists Will Not Tell You”, pp. 61 y ss.

3 Da la casualidad de que quien suscribe estas líneas ha escrito un libro para mentes académicas sobre lo que sería la justicia en una economía globalizada: James, Fairness in practice: A Social Contract for a Global Economy, Nueva York, Oxford University Press, 2012.

4 http://econ.st/2aSPqEi.

5 Thomas Hobbes, Leviathan, ed. de Richard Tuck, Cambridge (Reino Unido), Cambridge University Press, 1996, p. 88. (Hay trad. esp.: Leviatán, Madrid, Editora Nacional, 1981.)

6 Martin Daly y Margo Wilson, Homicide, New Brunswick (Nueva Jersey), Transaction Publishers, 1988, p. 125. (Hay trad. esp.: Homicidio, Buenos Aires, FCE, 2003.)

7 H. W. Brands, Traitor to His Class: The Privileged Life and Radical Presidency of Franklin Delano Roosevelt, Nueva York, Doubleday, 2008, p. 260.

8 T. Harry Williams, Huey Long, Nueva York, Alfred A. Knopf, 1989, p. 708.

9 Ibid., p. 589.

10 Ibid., p. 298.

11 Michael E. Parrish, Anxious Decades: America in Prosperity and Depression, 1920-1941, Nueva York, W. W. Norton & Company, 1994, p. 164.

12 Richard D. White, Jr., Kingfish: The Reign of Huey P. Long, Nueva York, Random House, 2006, p. 248.

13 Machiavelo, op. cit., p. 65.

14 Theodor Adorno y otros, The Authoritarian Personality, Nueva York, W. W. Norton, 1993. (Hay trad. esp.: La personalidad autoritaria, Buenos Aires, Proyección, 1965.)

15 Steven Pinker, The Better Angels of Our Nature: Why Violence Has Declined, Nueva York, Viking, 2011. (Hay trad.esp.: Los ángeles que llevamos dentro: el declive de la violencia y sus implicaciones, trad. de Joan Soler Chic, Barcelona, Paidós, 2012.)

16 Todo lo descrito es real. El lugar es la isla de Nīas, sobre la costa de Sumatra, azotada por los terremotos y tsunamis de los años citados.

17 Elinor Ostrom recibió el Nobel de Economía por su estudio de la incidencia mundial de esta clase de sistemas de administración del bien (en caladeros o bosques, por ejemplo).

18 Joshua Cohen, Rousseau: A Free Community of Equals, Oxford (Reino Unido), Oxford University Press, 2010.

19 Rousseau, Of the Social Contract, ed. cit., libro 1, cap. 6, pp. 49-50.

20 Ibid., p. 53.

21 Ibid., p. 54.

22 http://nyti.ms/2bviPux.

El show de Trump

Su conquista es la insolencia. De su boca dispara epítetos que irremediablemente generan polémica. La imprecisión que permea en sus declaraciones es sinónimo de su necesidad de acaparar los reflectores, show y más show. Es racista, sexista, intolerante, recurrente, colérico, egocéntrico.

convenciones

Donald Trump figura en las primeras planas de los diarios con sus aberrantes declaraciones, como cuando dice que quiere construir un muro en la frontera con México para evitar que existan ilegales; prohibir que los musulmanes visiten Estados Unidos; desea afianzar los lazos del gobierno estadunidense con Rusia porque observa que Vladimir Putin es uno de los políticos más inteligentes; alguna vez compartió en Twitter una frase de Mussolini, entre otras torpezas. “Así como dice una cosa, dice otra”, como diría un personaje de Chespirito. A estas alturas de sus pretensiones presidenciales ya es ocioso contar la cantidad de veces que rectifica lo que expresó, culpa a la prensa, a los medios de ineptos, a cualquier persona. “Era sarcasmo”. Pero si estaba clarísimo para todos y no lo comprendieron, sólo le falta advertir. En cada uno de sus actos de campaña aprovecha la agitación actual para desmarcarse de lo que considera “políticos que son todo palabrería y no hacen nada”.

Trump señala con su dedo flamígero quiénes son esto o aquello, vive enfermo de poder y de la necesidad de ser visto y escuchado aunque diga una sarta de estupideces. Precisamente de eso se trata este análisis que hace Aaron James, filósofo de la Universidad de Harvard: Trump. Ensayo sobre la imbecilidad. (Traducción de David León Gómez, editorial Malpaso. Madrid, 2016).

Aaron James advierte: “Tratar con imbéciles constituye un desafío particular en una sociedad amplia”. Carlos María Cipolla, historiador italiano, exploró el controvertido asunto de la imbelicidad formulado en su famosa Teoría de la Estupidez que se encuentran en su libro Allegro ma non troppo. Desarrolla una visión de la gente estúpida como un grupo más poderoso que grandes organizaciones como la Mafia, el Complejo Militar Industrial (MIC), o la Internacional Comunista. Desde su visión, el grupo de los estúpidos, sin reglamentaciones, líderes o manifiestos, consigue ejercer un gran efecto con una atinada coordinación.

 Cipolla distingue cuatro leyes esenciales de la estupidez:

1) Siempre e inevitablemente cualquiera de nosotros subestima el número de individuos estúpidos en circulación.

2) La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida, es independiente de cualquier otra característica propia de dicha persona.

3) Una persona es estúpida si causa daño a otras personas o grupo de personas sin obtener ella ganancia personal alguna o, incluso peor, provocándose daño a sí misma en el proceso.

4) Las personas no-estúpidas siempre subestiman el potencial dañino de la gente estúpida; constantemente olvidan que en cualquier momento, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, asociarse con individuos estúpidos constituye invariablemente un error costoso.

Y ubica cuatro tipos de personas:

– Inteligentes: benefician a los demás y a sí mismos.

-Incautos o desgraciados: benefician a los demás y se perjudican a sí mismos.

-Estúpidos o imbéciles: perjudican a los demás y a sí mismos.

-Malvados: perjudican a los demás y se benefician a sí mismos.

A partir de lo estrictamente económico y utilitarista, Cipolla expone que es preferible un malvado a un estúpido, puesto que las actividades del malvado a la postre significan que algunos bienes cambian de manos, mientras que las actividades de los estúpidos no presuponen beneficio para nadie (como en el caso de Trump). James recuerda a Platón en su Fedón cuando dice: “Nada puede hacer el hombre prudente cuando se enfrenta al loco”.

¿Por qué siguen a Trump?

Aaron James sabe que una persona estúpida es el tipo de ser humano más peligroso que puede existir. Bajo esa premisa se desarrollan sus argumentos que cobran solidez en estas páginas. A James le sobran ejemplos, han existido varias ocasiones en donde las palabras estallan (o resbalan) en la boca de Trump, aun cuando su cerebro no ha terminado de procesarlas.

“Para muchos, el valor de Trump radica sobre todo en una estratagema de gestión de imbéciles, ellos, a uno mayor y más perfecto que todos con la esperanza de propiciar cierto orden para beneficio público”, refiere James.

Trump convence a gran parte de la clase trabajadora de Estados Unidos porque tiene un fuerte discurso en relación al comercio y alguna que otra idea inspirada en políticas de izquierda. Está furioso con la exorbitante cantidad de tratados de libre comercio en los que está metido el gobierno; tampoco apoya a las empresas que trasladaron sus centros de producción a otros países porque la mano de obra allí es más barata. De hecho, dijo que si gana la presidencia llamará a cada uno de los líderes de esas empresas para advertirles que si no regresan, elevará los aranceles a pagar.

El empresario millonario, al parecer, tampoco no se detendrá para meter mano en una de las industrias más controversiales, la farmacéutica. En uno de sus discursos, dijo que bajo su dirección el gobierno podría empezar a hacer una oferta competitiva en esta industria.

Otros de los temas abordados por él es la milicia. Ha externado su indignación por los altísimos precios que se pagaron por aviones de guerra durante la presidencia de George W. Bush. Afirmó que el Estado está obligado a comprar aviones pésimos, pero muy caros gracias a la influencia que ejercen los grupos de presión de la industria.

James está consiente que Trump no persigue el poder para toda la comunidad, su ideología de la grandeza de los Estados Unidos se resume así:

a) Problema. La nación se encuentra en decadencia.

b) Responsable. La corrección política y las normas de urbanidad que nos están paralizando.

c) Resolución. El uso discreto de la violencia constituye un remedio adecuado.

d) Héroe. Trump, que abonará las costas legales para que sus seguidores actúen como sea necesario.

No es un mentiroso, como describe Aaron James, sino un embustero para quien la verdad es casi irrelevante. Lo que importa es el efecto que tienen tales declaraciones en su auditorio.

Desde la perspectiva de James es claro que hoy la política permite que un hombre espectáculo atraiga la atención de los medios de comunicación y sea el centro de las conversaciones informales al margen de los programas políticos. “Trump lo es, y es capaz como nadie de deslumbrar y hasta de gustar a su público. No tiene rival a la hora de desplegar las artes propias del imbécil —bien como matón de patio de colegio, bien como boxeador dado a humillar al oponente—: es un espectáculo en sí mismo. […] El placer que nos proporciona el espectáculo y la confusión que nos provoca su persona, nos dejan con cierta sensación de inquietud y le dan a él rienda suelta para hacer poco menos que cuanto le plazca”.

El analista observa la presencia de Trump como un recurso desesperado por amansar un sistema político corrupto, “quizá haya racistas e intolerantes entre quienes lo adoran; pero la mayoría apoya sin más cierta estrategia de gestión de imbéciles”.

Aaron James desmenuza con habilidad los desaciertos de un empresario como Trump en la política de los Estados Unidos. No obstante, una pregunta ronda en sus reflexiones y no deja de ser inquietante: “¿Por qué hay tantos dispuestos a probar suerte con él?”.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz

Periodista cultural, ensayista y editora freelance.

Literal

Józek

En Cuentos de Galitzia (Acantilado) Andrzej Stasiuk propone un registro de los habitantes de un pueblo galitziano a través de una sucesión de viñetas. Resulta un redescubrimiento de la memoria. “Andrzej Stasiuk es un gran estilista, con una enorme finura para la descripción minuciosa que alumbra personajes y situaciones”, escribió Irvine Welsh. Publicamos uno de los relatos incluidos en el libro.

galitzia


Cuarenta y pico años, la cara de zorro ladino y el cuerpo más seco que un sarmiento. El último tractorista del PGR1, ya que el tractor también es el último, y nuevos ya no habrá. Nunca. Pero Józek no conoce esa palabra, pues pertenece al cam­po de la imaginación; y, como de costumbre, en medio del tiempo estancado se esfuerza por insuflar un poco de vida en aquel fiambre de hierro. Porque si su tractor sigue en cir­culación es sólo porque Józek sabe qué desmontarle a quién.

—Y para qué demonios le sirve el alternador… si de to­dos modos no sabe conducir —masculla para sus adentros, manejando a oscuras una llave del 19 con la misma preci­sión que un chino los palillos. Enseguida le pegará el cam­biazo con su chatarra, untará de barro los tornillos que ha sacado y nadie se dará cuenta.

 

En el paisaje de un mundo agonizante, entre despojos de máquinas y mecanismos inertes, a mitad de camino entre una sembradora oxidada y una fragua muda y fría, su figu­ra conserva la movilidad. Tiene cuarenta y pico años, pero es viejo. Data de los tiempos del paraíso.

—¡Tío! Que si trae el cemento, que si llévate la lana, que si vete a por abono, a por gasóleo… Los clientes hasta se pegaban, porque en aquel entonces quien iba de autóno­mo, se llevaba antes unas leches que un saco de cemento. Y aquí a nadie se le daban bien las cuentas. El viejo tam­poco podía decir nada como no te pillase con las manos en la masa. ¿Echarme? Y quién le hubiera venido aquí, hasta esta Ucrania. Y ahora…

Se encoge de hombros, señala el remendado asiento y arranca, inocente como un ángel, como un niño, como un ser de cuando Dios aún deliberaba sobre el concepto del pecado.

Los desheredados viven en el presente. Si acaso poseen algún pasado, se trata de un recuerdo, de algo igual de in­definido que el futuro.

Había ido a parar allí desde los alrededores de Limano­wa. No por decisión propia. Lo trajeron sus padres cuando tenía pocos años. En medio de aquel yermo pudo observar y memorizar la creación del mundo. La realidad del PGR era el universo. Allí se nace, se vive y se muere. Nada de ocho horas en la fábrica, un trayecto en tranvía y después la inti­midad del hogar. Las mismas caras en el trabajo, las mismas en el camino embarrado que hace las veces de paseo, plaza mayor, lugar de escarceos amorosos y reyertas. Nunca vie­ne nadie nuevo, a veces alguien se va. Incluso el cuartel es provisional, pues en él se espera a que pase el tiempo de paz.

 

¿De qué memoria estarían dotados los primeros seres hu­manos? Supongo que sería inversamente proporcional a su libertad. Esta correlación, más que cualquier otra, nos aproxima a los animales.

En cierta ocasión, de camino al bar, le pregunté para qué llevaba en la manga aquella palanqueta.

—Yo allí no los conozco a todos. No se sabe quién es amigo y quién enemigo.

Una vez me lo encontré en la cuneta, durmiendo a pier­na suelta en su tractor escorado. Solía dormir allí donde le entraba el sueño.

Así pues, entregado por completo a los sentidos y a la cautela, al razonamiento instantáneo para salir del paso. “Cuando comas, come. Cuando bebas, bebe.” Son los con­sejos que dan los maestros zen a sus discípulos. Probable­mente provocarían en Józek sincera hilaridad. Los maes­tros pierden un montón de tiempo en descubrir las verda­des fundamentales. Pero incluso él practicaba la reflexión si le podía proporcionar consuelo.

Un día me lo encontré en el bosque. Sentado en su trac­tor, pisaba a fondo el acelerador y se iba hundiendo lenta­mente en la ciénaga. Con optimismo ebrio confiaba en es­capar del abismo fangoso, aunque el barro ya se le metía en las katiuskas.

—No pasa nada. Así es la vida —repetía a cada instan­te—. A veces las cosas salen bien y a veces no.

Sin duda a las mentes sencillas se les da mejor la interpre­tación de la realidad. La civitas del PGR estaba cimentada sobre el principio de comunidad. Sirviéndose de la nava­ja de Ockham, Józek había llegado hasta la última conse­cuencia de la fórmula “A cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades”. En el fondo, este pos­tulado no suponía limitación alguna, pues las posibilidades del hombre son difíciles de determinar, su presentación se adecua a las circunstancias y está controlada por la razón. ¿Y qué decir de las necesidades, cuyas raíces se hunden en el oscuro e irracional albedrío?

De modo que daba lo que quería y tomaba cuanto po­día, adaptando la filosofía racional a la impulsiva natura­leza del hombre.

Tengo la vaga corazonada de que si el sistema del que Józek constituía una remota sucursal acabó por desmoronar­se, no fue gracias a la oposición de unos pocos que subli­maban la virtud, la verdad y la honradez. Estos valores, por supuesto, son bellos, pero demasiado abstractos y de todo punto insuficientes para construir una existencia viva. Si la estructura lógica, mecánica y también abstracta del sistema saltó por los aires, fue porque en su interior vivían Józek y sus hermanos y hermanas, una legión de desheredados li­bres de los lastrantes preceptos de la moralidad, la religión y la memoria. Entregados a los instintos, atentos a los inci­tantes ronroneos de la naturaleza, formaban una masa que ni la estructura más ingeniosa podía contener.

 

Cierto día de invierno me quedé atascado de tal manera que ni con la tracción a las cuatro ruedas conseguía moverme hacia delante o hacia atrás. En ésas estaba cuando acertó a pasar él. Enganchamos una cuerda y me remolcó a través de un kilómetro de dunas de nieve.

—Invitas a una botella —dijo de broma, arqueando en una sonrisa su hocico de zorro.

Y yo le respondí en serio:

—Invito.

Y nos fuimos a beber.

El bar estaba frío y desierto, no había más que la camare­ra de pie tras una pirámide de jarras que parecía un prisma de hielo. A la tercera ronda descendió al cuerpo de Józek el espíritu de Raymond Roussel y empezó a dictar a través de su boca un Locus Solus zurcido y remendado. Como si el es­critor quisiera desquitarse del desprecio sufrido en su en­carnación anterior. Sólo que el espíritu había sustituido las refinadas asociaciones de sonidos y significados por una cla­ve logopédica consistente en combinar con la mayor facili­dad posible unos cuantos cientos de palabras (pues no son más las que componen el vocabulario de Józek) en fluidas retahílas capaces de describir la totalidad de la existencia. Es una cuestión de comodidad de la lengua, de facilidad, literalmente, para mover este pedazo de carne en la boca. Józek no se traba, no vacila nunca y siempre parece dar en el blanco, pues no rectifica ni puntualiza nada. Józek se apoltrona y, un vaso de vodka más tarde, se transforma enteramente en elocuencia que repercute en el mundo, en la realidad entera, ¡digo!: influiría hasta en el cosmos como el agua regia en los metales. La continuidad de los hechos desaparece, desaparecen causas y efectos, desaparece el pe­cado junto con la historia. Todo sucede a la vez, comienza antes de tiempo y toca a su fin sin haber empezado. Vaso a vaso, Józek va dando muerte al tiempo, llevando a cabo una delirante disección que deja al desnudo el endeble esque­letillo sobre el que desplegamos esfuerzos, logros, planes y esperanzas. En este torrente desaparece incluso el propio Józek como frontera entre lo que fue y lo que será. Sí, ahí sigue sentado al otro lado de la mesa con una dejadez que aumenta sin cesar, escurriéndose respaldo abajo y, con una avidez igual de creciente, da caladas al cigarro hasta que sus mejillas parecen tocarse por dentro. Pero su existencia se vuelve problemática. Del eje temporal desaparece el punto cero. Al cabo de una hora, terminada la botella, ya en ple­na tregua cervecera, cambia mi nombre por algún otro que antaño formó parte de su vida. Al rato lo encuentra de nuevo y me invita al futuro, a pescar en primavera unas truchas que han aparecido en su mente como lejana reminiscencia infantil que lleva a remolque unas cuantas historias más. Es una maraña de sendas que se ramifican. Józek no elige el ca­mino. Va donde lo llevan las sílabas cómodas, el parecido de los nombres o el azar de su mirada ebria.

Józek —entonces, hoy o mañana— nada como un pez en el océano. Su estela siempre adopta la forma del doble lazo del infinito. Empina la botella y, con un borboteo, se traga la cerveza y, junto con la cerveza, su propia cola, porque Jó­zek es una serpiente ancestral, tal vez Leviatán, es decir, una variante del caos con la que Dios, a pesar del tiempo trans­currido, no ha sabido apañárselas, o quizá no haya querido por no facilitarnos en exceso la tarea.

Por fin, como dándose cuenta de que sólo un gesto pue­de liberarlo de la verborrea, se levanta, encuentra el equi­librio, busca la bufanda, pero no la ve porque la lleva col­gando de la espalda como una gran lagartija verde, farfulla no sé qué más y sale.

Monta en el tractor, que, al igual que el caballo expe­rimentado al cochero traspuesto, lo llevará hacia nuevos fraudes, estafas menudas y quites, esos secretos de la exis­tencia autónoma. Porque Józek es autónomo y aunque su libertad vaya englobada en cierta necesidad, él no tiene la menor idea de ello.

Con la misma desenvoltura con que se entrega a sus peca­dos capitales predilectos, se planta en la iglesia el domingo por la mañana. Está de pie frente al altar, con unos panta­lones azul marino, una camisa blanca y una chaqueta ver­de, todo ello de fiesta y de plástico. Cuando se arrodilla, cuando se persigna, saltan chispas eléctricas con un leve chasquido. La mujer peinada, los niños duchados, sin em­pujarse ni chistar. La mesa es sencilla y está cubierta con un mantel de encaje y Józek sabe, aun sin ser consciente de ello, que incluso a él le toca una parte del perdón; que, se­gún la aritmética del mundo, a cada pecado le correspon­de una migaja de blanca hostia. Por eso, su cara zorruna se muestra tranquila. Está en su terreno. Se deja llevar por el curso de las cosas. Józek: un ser caótico y cósmico al mismo tiempo. Ningún extremismo le afecta. Cuando termine la ceremonia, una vez lo de Dios haya sido devuelto a Dios, él regresará a su mundo. El humo de los cigarrillos Popularne se mezclará con el aroma de las velas recién apagadas y el incienso, porque los hombres dejarán salir primero a las mujeres y se quedarán celebrando asamblea a la puerta de la iglesia, debatiendo sobre el resto del día libre.

Desde el lugar donde se alza el templo se ve el PGR como en la palma de la mano: un monte blanco y liso que se eleva suavemente hasta un horizonte cerrado por el peine de un bosque. Unos cuantos edificios: pesadas barcazas, sarpu­llidas y míseras, atrapadas en un viaje a ninguna parte, in­movilizadas sobre una gigantesca ola blanca. Leñeras y pa­jares. Las prendas tendidas a secar se entrechocan y chas­quean como cachos de carne congelada. El viento que viene del desfiladero trae torbellinos de nieve. Así es el mundo de Józek. Una realidad amorfa y apática en la que la gravedad de la materia afecta a objetos y cuerpos por igual. El tiempo tiene forma esférica. Quienes mejor lo saben son las muje­res. Para ellas se divide en ciclos de nueve meses. Entre un parto y otro atienden los de las ovejas y algunas de ellas lle­gan a alcanzar cierto parecido con los animales en cuanto al número de alumbramientos. Cinco hijos, siete, nueve…, los suficientes, en cualquier caso, como para creer que la vida no es sino una cadena infinita de nacimientos y muertes. La única manera de escapar de ese círculo es mediante la virtud o el delito. La primera, Józek la cultiva en la me­dida en que es necesaria para vivir entre la gente. Lo hace con moderación y a regañadientes. Pero cuando suelta su: “¡Menuda cogorza, compadre!” o cuando habla de “los tiempos de Gomułka” o “los de Gierek”, desde el punto de vista de la cantidad de robos y lo fácil que era cometerlos, en su voz resuenan un orgullo y una complacencia que no se esfuerza en disimular. Como si tales actos constituyeran la medida de la independencia, como si a través de ellos sal­vaguardara su existencia individual y le confiriese sentido.

Lo vi por última vez en verano. Pantalones de dril, camise­ta interior y una boina negra desvaída. La piel tostada por el sol y en la boca una colilla perpetuamente encendida.

—Tío, los checoslovacos me han llenado de lapos el trac­tor. Les habría arreado, pero ninguno quería pelear.

Se encontraba haciendo la siega junto a la frontera eslo­vaca. A un lado el PGR polaco, al otro el extranjero. Los de allí iban a bordo de Zetor rojos con cabina insonorizada y radio dentro, anticipo del siglo XXI. Al ver el trasto de Jó­zek no pudieron contener la risa.

A la semana estaba muerto. Aquel verano el sol volvía el cielo incandescente. Doce horas bajo la solana y la máqui­na ardiendo como un horno. Los compañeros me contaron que aquel día no había nada que echarse al coleto. Ni un trago de cerveza o vino del país. En pleno mediodía Józek ahuyentó a las ranas de una ciénaga estancada y se hinchó de agua. Al parecer lo mató el líquido traicionero.

Cuando los médicos del hospital lo abrieron, afirmaron que su cuerpo parecía tener al menos cien años.

 

Cada vez que pienso en él, me pregunto si se habrá salva­do. Él y las legiones de congéneres suyos. No en vano cons­tituían en cierto sentido una nueva tribu, un pueblo al que no había llegado la buena noticia ni ningún nuevo após­tol Pablo. La iglesia de la colina a la que acudía los domin­gos era un testimonio del dualismo del mundo. Podía uno entrar en ella y lavar sus culpas para sumergirse de nuevo en una realidad en la que las categorías de virtud y pecado no eran transparentes, se interpenetraban mutuamente al igual que la tiniebla y la luz antes del primer día de la crea­ción. ¿No podría haber surgido en la mente de Józek la in­tuición de que el templo era una sucursal del caos circun­dante, instituida para que él, Józek, pudiera someterse una vez por semana a una particular psicoterapia que le asegu­raba la tranquilidad de espíritu?

 

Andrzej Stasiuk (Varsovia, 1960)
Escritor. Ha publicado: El mundo detrás de Dukla, Nueve, Mi Europa y De camino a Babadag, entre otros libros.

Traducción del polaco de Alfonso Cazenave.


1 PGR (Państwowe Gospodarstwo Rolne): Cooperativas agrícolas es­tatales de gran tamaño, al estilo del koljós soviético, existentes en Polo­nia entre los años 1949 y 1991.

josek

Literal

Jaboncillos Dos de Mayo
Malasaña

Ernesto Mallo editó y prologó la antología Madrid negro (Siruela), un recorrido por los barrios representativos de la ciudad. Publicamos el relato de Marta Sanz incluido en el libro. Mallo afirma en el prólogo: “Pasión, sexo, muerte, delirios urbanos desnudados por una decena de los escritores que se encuentran entre los más destacados del mundo hispanoparlante de estos momentos”.

madrid-negro


1

Todas las mañanas abro los balcones y miro el punto de fuga de mi calle hacia el cielo. Las líneas se van estrechando hasta juntarse y yo descanso la vista perdiéndola en algún lugar impreciso. Es una acción geométrica e higiénica. Después me fijo en algunas co­sas un poco menos metafísicas. No se puede andar siempre en el limbo: mi vecino de enfrente sale a su balcón minúsculo a tomar el fresco en camiseta y se sienta en una silla de playa como si vi­viese en un pueblo. Yo hago lo mismo por las tardes a la entrada de mi pequeño negocio. Porque esto antes era una irreductible aldea gala. Un Brigadoon. Hoy nos parecemos más a un parque temático o a un shopping center, y casi todo lo decimos en inglés: hemp store, greek food, smart phone, gay friendly… En el balcón contiguo al del hombre de la camiseta, una mujer, que debe de ser editora de una revista femenina, mantiene larguísimas conversaciones telefónicas. Habla estresada y con una voz aguda que hace pensar en pájaros. Utilizo la palabra “pájaros” en general, para no usar un pájaro feo en particular. Lleva unas gafas con una montu­ra que le tapa casi toda la cara. Por la voz, yo diría que es una tía horrorosa. Con el tabique nasal desviado y ojillos de cuervo —el pájaro ha echado por fin a volar—. Habla para que todo el mundo se entere: “No, le he dicho que no podemos hacer la portada con ese tres cuartos. ¿Que se ha puesto malita? A las diez la quiero en el estudio”. La mujer, que en realidad es una señora inflexible, a veces organiza fiestas en su loft. Los invitados salen a fumar a los balconcillos. La editora de la revista y sus amigos me enferman. Yo fumo tranquilamente dentro de mi casa y hablo por teléfono sin que nadie me oiga. Preservo mi intimidad. Soy un hombre res­petuoso que está enamorado de una frutera.

2

Todas las mañanas, después de descansar la vista dejándola bam­bolearse sobre un lugar impreciso, me dejo de geometrías y nubes de pedos, y me convierto en un hombre de acción. Me tomo un café con leche en uno de los pocos bares como Dios manda que quedan en mi barrio. Mi elección es una elección militante. La grasa —grasa polimorfa, magnífica, excelente grasa sabrosa— de los churros dibuja estampados adamascados en la superficie de mi café. Por motivos profesionales, sé mucho de estampados, bibe­lots, lamparillas y porcelanas. Pero no soy marica. En el bar con­verso con Paquito, el dueño, mientras él coloca los torreznos y las gambas con gabardina sobre la barra. A veces fríe unas alitas de pollo que impregnan con un inconfundible aroma los recovecos del bar. El barrio cambia de un día para otro y a menudo no reparo en que ha echado el cierre una bodega donde dispensaban vino a granel o una relojería de las que aún arreglaban las tripas y el apa­rato circulatorio de los relojes. “Suizo. ¡De primera calidad!”, me instruía no hace tanto Germán, el relojero. Ahora ya nadie arre­gla nada, ahora jugamos a fabricar cosas como si fuésemos niños: platos de alta cocina, alacenas, pitillos liados. Yo antes iba mucho a un local donde un manitas te reparaba igual una plancha que un transistor. Ya no hay transistores. Me gustaba verlo mirar y remirar un artilugio, por abajo y por arriba, toquetearlo, buscarle el misterioso habitáculo de la pila contaminante, hasta encontrar la falla. El punto de débil. Paquito es mi toma de tierra. Mi espía. Yo soy demasiado quijotesco. Pero Paco es un gran observador: “Han abierto otra tienda de bicicletas”, “En la Corredera baja, ¡otra peluquería!”. “Y otra óptica de esas donde sólo venden mo­delos de gafas para la hormiga atómica”. “Otra barbería pija. No quiero ni pensar lo que deben de cobrarte ahí por un afeitado. Y a qué se saldrá oliendo. A compota de manzana. No, no lo quiero ni pensar”. “¿Has visto esa tienda de curiosidades, Blas? Un cojín con forma de paletilla de jamón es una curiosidad, Blas”. Paco y yo no vamos a quedarnos de brazos cruzados mientras nuestro territorio es invadido por seres y costumbres alienígenas. En lo que a nosotros respecta se está acabando el mundo. A través de las paredes, los fantasmas nos gritan que no los dejemos solos. Un bailarín de chotis, un churrero, un viejo roquero de los que nunca mueren, el dueño de un colmado a la antigua usanza. Los jubilados nos aplaudirían si conocieran nuestras purificadoras intenciones. No se trata de nostalgia, sino de repeler al invasor de este barrio de héroes de la guerra de la independencia. Paco y yo seremos el ozono-pino de las calles. La furia insecticida contra el enemigo-cucaracha.

3

Todas las mañanas, tras el café, hago mis compras. Azucena ha nacido aquí y ella también ha visto cómo las calles se iban trans­formando hasta adquirir un color —rosa chicle, anaranjado, vaini­llita…— y un olor a cupcake que no le resulta familiar. Los olores que suelen complacernos son los que nos resultan familiares: el cocido de los menús de los miércoles, el flan chino Mandarín que me preparaba mamá. “Estomagadita estoy, Blas, estomaga­dita”, me dice mientras me pesa unas picotas que tienen una pinta excelente. En la frutería, Azucena está maquillada desde las siete en punto, con las puntiagudas uñas pintadas de rojo y el pelo teñi­do de peluquería; es una cincuentona absolutamente artificial y nada nude, que es como se llevan las chicas ahora. La frutera de mi corazón despacha al ritmo de la música de AC/DC o Black Sabbath. Todo lo demás le resulta light a mi frutera. Cuando éramos jóve­nes tuvimos un rollo y yo le regalé un disco de Mecano que acabó con nuestra relación en cinco minutos. Ahora he aprendido. Azu siempre era la última en salir de los garitos de rock de la zona y se fumaba unos trompetones de tres papeles impresionantes. Ahora la tienen quemada las tiendas de marihuana terapéutica —“¡Me descojono yo de la marihuana terapéutica!”— y esos mercadillos de verduras ecológicas donde te venden patatas florecidas y melo­cotones picados. “A precio de oro, Blas”. Azucena saca aún más brillo si cabe a una de sus preciosas manzanas parafinadas. Y me la mete, de regalo, en la bolsa. Es mi Eva. Me guiña el ojo. Me encan­taría que Azucena fuese mi media naranja y mi rodajita de melón, así que me siento eufórico cuando la frutera roquera me dice que se nos ha unido. Paquito, el tabernero, y yo hemos organizado un comando y Azucena me confirma su adhesión mientras compro medio kilo de judías verdes y un calabacín: “Me uno, Blas. Esto ya pasa de castaño oscuro”. Ella me sonríe y yo me la imagino enfun­dada en nuestro mono de camuflaje contorsionándose como Cathe­rine Zeta Jones. Va a ser una eficaz lugarteniente. Una capitana va­lerosa. Nuestra enfermera si salimos heridos en una emboscada. Azu, mi vendedora de néctares y frutas, huele a apio de sopa hecha en casa y a fresas salvajes. No la llaméis nunca verdulera. No os lo podría perdonar.

4

Me llamo Blas Zulueta y soy anticuario. Compro y vendo objetos imposibles. Por ejemplo, cojines tapizados en telas adamascadas o una copa de cristal violeta que esconde en su interior un raton­cito de alabastro. Enganchado al filo de la copa, un gato siamés, también de alabastro, escruta al ratón. A veces, Azucena me dice que, en realidad, los objetos que yo compro y vendo son igual de inútiles que los de las nuevas tiendas de curiosidades. “Si me apu­ras, son incluso más inútiles, Blas”. A Azucena le gusta meter el dedo en la llaga: “En las tiendas de curiosidades por lo menos ven­den alfombrillas para el ratón, termómetros de vino y relojes que marcan la hora al revés”. Es una borde, pero a mí me tiene cada día más enamorado. Llevo varios meses inflándome de calabacines y judías verdes, que son las dos únicas verduras u hortalizas que puedo comer sin que me dé colitis. Desconozco las genealogías de las especies vegetales y sólo me interesa el nombre de una flor: Azucena. Ella y yo nos hemos unido mucho desde que pertenece­mos al comando. Como no tengo muchos clientes, algunos días al caer la tarde, ella me hace una visita y nos sentamos a la puerta de mi negocio para planificar nuestros ingenuos crímenes con la con­nivencia de ciertos policías municipales que hacen la vista gorda. Paquito se nos une en cuanto ve que puede dejar solo en el bar a Agustín, un camarero de los que aún llevan pajarita, pasan la baye­ta por encima de la barra y, al recibir propina, cantan: “¡Booote!”.

5

Empezamos a acometer acciones de sabotaje con nocturnidad y alevosía. Resulta muy difícil porque las calles de nuestro barrio casi nunca están completamente desiertas. Por la mañana, la gente sale a trabajar, los niños van al colegio y los repartidores dejan sus furgonetas en medio de la calzada para descargar cajas de cerveza o de refrescos. Luego salen las mujeres arrastrando sus carritos para hacer la compra. Otras están permanentemente apostadas en sus barandillas, oteando cualquier acontecimiento de la calle, cómpli­ces de imaginarios somatenes. Por la noche, las mujeres salen a la fresca en camisón y riegan con cubos de agua sucia a los alborota­dores. En el segundo B del número 20 de mi calle hay una señora momificada hace años: parece uno de esos maniquíes con que los modernos adornan sus balcones. La única diferencia es que esta mujer no está desnuda ni es calva como los maniquíes de plástico, sino que lleva el pelo de lavar y marcar, muy arregladito. Es muy probable que tanto la momia como las espías en batín silenciasen nuestros crímenes. O que, si avistaran un peligro en lontanan­za, graznasen como ocas que defienden el cotarro de los mismos granjeros que después van a sacarles a lo bestia el foie. Los turistas japoneses hacen fotos a los azulejos de la farmacia que anuncian emplastos porosos y Diarretil Juansé, y los profesores de instituto les explican a sus alumnos quiénes eran los personajes cuyos nom­bres están escritos en el centro de placas conmemorativas —Rosa Chacel vivió en la calle San Vicente Alta— o por qué otra calle se llama Daoíz y Velarde, Manuela Malasaña, Ruiz. Los niños dispa­ran con sus móviles y nosotros no queremos ser atrapados en una imagen para la que no hayamos posado previamente. La Interpol podría descubrirnos en uno de esos descuidos. Entramos en los supermercados con gorrita de visera. Manchamos con aerosoles de pintura los ojos de las cámaras que vigilan ciertas calles. Cualquier precaución es poca. Por la tarde, los transeúntes se meten en los cafés para jugar al Risk o al Monopoly y, ya de noche, los locales de copas abren sus puertas y la chavalería empieza a hacer botellón congregada alrededor de coches y portales. Buscan huecos que ocupan parasitariamente. Aprovechan cualquier recodo, el escalón de cualquier portal. Convierten en un pisito de estudiantes cuatro metros cuadrados de adoquín, como aquel mendigo que una vez me llamó la atención: “¡Tío, estás pisando mi casa!”. Yo, como casi siempre, iba distraído como un idealista cualquiera. Las calles de madrugada, incluso entrada la mañana, albergan a los últimos de la noche y enseguida vuelven los que salen a trabajar y se encuentran con los últimos de la noche, vomitando al pie de una farola, las mujeres con sus carritos y los transeúntes japoneses o nacionales. El producto interior bruto. La pata negra.

6

Así que resulta difícil encontrar el momento para llenar de parafi­na las cerraduras de una de esas falsas mercerías donde te enseñan a hacer punto o vainica doble, trabajitos manuales, a pintar jarri­llos de barro. Antes estas enseñanzas las dispensaban las monjitas y si el derecho no te quedaba igual de bonito que el revés, si te salías de la línea del ojo de la pastorcita de escayola, te arreaban una colleja. In illo tempore en que aún se traducían textos del latín. Hoy, cuando encontramos ocasión, rompemos los cristales de dispensadores de polos fosforescentes pero ultranaturales, de sushi, comida griega, hamburguesas de carne que no es carne o helados de yogur. Hacemos pintadas en centros de yoga, fitness, pilates, músico, fisio, psico o aromaterapia. “Mariconadas”, dice Paquito. Yo lo que no entiendo son las ganas que tiene la gente de sudar.

7

Nos ponemos una capucha para hacer nuestros sabotajes, pero a Azucena se le ve el pelo rubio de roquera teñida por debajo del verdugo. Está despampanante enfundada en cuero negro. Disfra­zada de malota, como a ella le gusta. La verdad es que la bata de la frutería no le hace justicia. Los lateros chinos saben quiénes somos. Nos conocen. Pero nos guardan el secreto. Ellos también se sienten invadidos por esta manada de atildados barbudos con pantalones pitillo y borsalinos que les quedan pequeños. “¡Muelte a los hipstels!”, nos susurra Wang, en voz bajita y levantando el puño, cuando nos ve pasar de puntillas y sigilosos, disfrazados de Phantomas. Un hípster jamás se bebería una cerveza caliente. Nosotros tampoco, pero Wang no lo sabe. Tenemos cada vez más apoyo en el barrio.

8

Como siempre es Paquito quien me alerta: “Blas, están haciendo obras al lado de tu tienda”. Hace poco Rober ha cerrado su car­nicería porque parece que estos hípsters asquerosos solo comen tofu y otras mierdas veganas. No saben apreciar los matices de un buen chuletón o de un cochinillo asado abiertito en canal. En menos de quince días, de entre los muros húmedos de la fachada y los restos del mostrador de mármol de la carnicería de Rober, veo surgir una refitolera tienda con un gran escaparate perfilado con hojas de hiedra pintadas en rojo y en verde, como en la vida misma pero más almibarada. Han colocado tarima flotante de color ama­rillo pastel sobre las baldosas ajedrezadas de la carnicería —hace falta ser hortera y asesino— y cubierto las paredes con anaqueles de metacrilato. Aún no sé qué van a vender ahí dentro ni quién es el propietario del negocio, pero apostaría por una pizpireta Doris Day. De momento sólo oigo los ruidos de la obra. Y me temo lo peor. Casi a la hora de cerrar, Paco y Azucena vienen a distraerme un rato de mis cuitas. Como estoy de un humor de perros —nues­tros perros son pastores alemanes o chuchos, los de estos son car­linos, bulldogs franceses o galgos de oenegé—, trazamos un plan para imponerle un correctivo a uno de los nuestros: se ha visto al chico de los recados del ultramarinos dejándose una barbita dema­siado cuidada que no llega a taparle sus castizas marcas de viruela. También se ha puesto un gorro negro de crooner y se le ha visto entrar en una librería con barra de bar para beber un vino afru­tado en maridaje con un poemario ruso —hay que ser gilipollas, profundamente gilipollas— y en una aromática tienda de especias para adquirir unos gramos de rooibos. “A lo mejor estaba malo de la tripa”, dice Paco con un mohín. Sea como sea, el chico de los recados se ha ganado una buena soba. Por traidor. Le sorprende­mos en una esquina oscura. Paco le agarra de las solapas y yo le inflo a patadas en las espinillas mientras Azu le propina un par de capones. El chico calla, se deja pegar como un pelele, porque sabe que ha obrado mal. Desde su balcón, la momificada habitante del segundo b parece darnos el consentimiento con su media sonrisa.

9

Mientras le estoy pasando el plumero a las porcelanas pintadas y a las arañas de cristalinos chupones, a los servilleteros de plata que los padrinos regalaban en los bautizos, a los bargueños, los marcos de fotos analógicas, los baúles, las bandejitas de alpaca y las cuberterías, mis peores sueños se hacen realidad. Tintinea el cascabel colgado en mi puerta y oigo una voz que también está llena de tilines: “¿Se puede?”. Entre la oscuridad, lo veo aparecer y el estómago se me viene a la boca. Nunca había visto en mi vida un hípster más hípster.Me viene a saludar porque es el propietario del negocio de al lado. Para mí, hubiera sido menos violenta una aparición paranormal de Doris Day. El hípster me trae una cajita con tres cupcakes como muestra de buena vecindad: “Espero que le gusten”. Los cupcakestienen unos colores horrorosos —nunca me metería a la boca nada de color lila o azul— y él me trata de us­ted como si yo fuera un viejo. No sé qué decirle y, desde luego, no entresaco una silla de entre los muebles arrumbados para ofrecerle asiento. “Qué vintage todo esto, ¿no?”, dice el hípster toquetean­do un sacrosanto álbum de cromos y a mí la sangre se me sube a la cabeza: “Mi tienda no es vintage, es una tienda de antigüeda­des”. El hípster suelta el álbum, echa un vistazo alrededor e insiste: “Muy retro. Me encanta”. Se pone chistoso: “¡Parece que va a salir un muerto de dentro de un baúl!”. Es tan divertido que me rasco el mentón y le dedico una sonrisa asquerosa. Absolutamente fin­gida. A través de la luna de mi escaparate, entreveo un manillar de bicicleta. Nos quedamos los dos de pie mirándonos frente a frente. A él ya se le ha gastado la conversación y yo, echando en falta el olor a carne fresca sobre los mostradores de Rober, sostengo los cupcakes como si la palma de mi mano fuese una bandejita. Me acuerdo de las sabias palabras de Azu: “Estomagadita estoy, Blas. Estomagadita”. El hípster no le quita ojo a mi guardapolvo azul y yo no puedo darles crédito ni a su corte de pelo ni a su camiseta de tirantes. El hípster dice lo que ha venido a decir: “Soy el dueño del negocio de al lado. Todavía no tengo mi mercancía y por eso le traigo unos pastelillos”. Ante mi mutismo, el hípster monologa: “Pero pronto le traeré uno de mis jabones artesanales”. No voy a permitir que mi anticuario pierda su olor a polvo y a Joya de Myrurgia para empezar a oler a flores frescas y a rositas de piti­miní. “Espero que seamos buenos vecinos”, se despide. Mientras le sostengo la mirada, pienso que hay que convocar una reunión urgente. El hípster sale de mi tienda de antigüedades, sin quitarme ojo, caminando hacia atrás. Yo salgo casi al mismo tiempo y, de­lante de él, desmigo los cupcakes en un alcorque para alimentar a las palomas. A ver si se envenenan.

10

Al hípster se le mete el miedo en el cuerpo. Cuando pasa por mi negocio, lo veo escudriñar entre lo oscuro y, cuando por fin me distingue, recula y se marcha como si no hubiese visto nada. Oigo latir más deprisa su corazón. Saco pecho y marco paquete —como si lo que queda dentro no estuviese ya casi dormido— mientras me lo imagino cotilleando sobre mí con otros agradabilísimos hípste­res en reuniones de gente encantadora, que, entre risas histéricas, avanza la hipótesis de que tal vez yo conserve en el sótano el ca­dáver de mi madre o asesine viejas para robarles las herrumbrosas horquillas de sus joyeros belle époque o secuestre vírgenes para quitarles esos ojos que después engarzaré tras las cuencas vacías de mis muñecas de porcelana. Se creen muy cultos estos chicos. Como si nosotros no hubiésemos visto las películas de Hitchcock o leído los cuentos de Edgar Allan Poe.

11

Al caer la tarde, Azucena, Paco y yo nos burlamos de los temores de mi vecino. Todo el mundo sabe que soy un perro —pastor ale­mán, chucho, setter irlandés— más ladrador que mordedor. Hasta que me provocan. Y eso sucede una mañana en que, sin querer, es­cucho una conversación ajena. El hípster dice: “¿Anticuario? Ese, lo que es, es un chamarilero”. Así que nuestro comando pasa a la acción. Cuando el hípster jabonero ya ha echado el cierre y nues­tras pituitarias, anestesiadas entre las esencias de maracuyá de sus jabones, por fin pueden percibir otra vez el aroma de los fritos y el tabaco, incluso de las alcantarillas del estío y las cacas de los pe­rros, nos ponemos nuestros monos, rompemos la luna de su escaparate y echamos en su monísimo local varias bombas fétidas que, al día siguiente, dejan al hípster pálido. Cuando arregla la luna y pone un cierre de metal, se lo manchamos de pintura. Un día, dos días, tres días, tal como nos enseñaron a contar los profesores de matemáticas. Elegimos siempre la pintura de un comedido color pastel para no contravenir una normativa municipal, hípster y no escrita, que nos impide atentar contra la cursilería cromática de nuestro nuevo ecosistema. Cuando hemos puesto fin a nuestros actitos vandálicos, Azu, Paco y yo nos reímos como el perro Pul­goso. Otro día le colamos cucarachas por la puerta de la jabonería que da a un patio interior compartido por la comunidad. Compar­tido conmigo. El hípster grita al levantar sus jaboncitos y encon­trarse con los caparazones de sus nuevas realquiladas. Desinsecta. Tiene que tirar la mercancía que se ha empapado de olor a zotal y otros venenos.

12

El hípster se rehace. Es un tipo corajudo y persistente, pero ni su coraje ni su persistencia logran que nos caiga mejor. Es más, nos empieza a caer incluso peor, porque intuimos que la persistencia tiene que ver con un poderío económico que le viene de familia. Papá paga. Azu y yo comentamos que, a lo mejor, estos invasores parecen siempre riquísimos y puede que, en realidad, se anden comiendo los mocos. También nos parecen todos maricones y quizá no lo sean. Su virilidad es un estandarte arcoíris. “Más bien, un banderín”, dice mi Azu. “Si salvo en la barba, ¡tienen menos pelos que yo!”. Doy fe de que es verdad y le digo a mi frutera que tie­ne un pelo precioso. Ella nunca me hace caso cuando la piropeo: “Ya sabes, Blas, peras o manzanas”, recalca Azu utilizando una terminología muy de su sector profesional. “¿Las medias tintas? Inventos, Blas, inventos”. Con nuestros monos oscuros, volve­mos a ensuciarle al hípster la verja de su jabonería kitsch y, otra vez, nos reímos como el perro Pulgoso, tapándonos los dientes con la mano y escondiendo la cabeza entre los hombros. Después, miramos hacia arriba y la momia del segundo B parece no haber movido un músculo, aunque si nos fijamos atentamente ha sufrido una pequeña modificación: tiene el pulgar levantado como una auténtica cesaresa romana.

13

Justo un día después de que Azucena y yo hayamos decidido pro­meternos y contraer matrimonio y de que un Paco, emocionado, haya aceptado ser nuestro padrino, mi rubia desaparece y nadie le encuentra explicación a su ausencia. La frutería permanece cerrada y, como es verano, se empieza a notar un tufo a coles podridas por debajo del cierre. Yo sé que mi Azucena, en condiciones normales, nunca habría permitido semejante catástrofe, porque ella es muy limpia y apañada y no puede soportar que se estropee la comida. “Cómetelo todo, Blas, que si no mañana te preparo las sobras en croquetas”. Lo de mi Azu sí que es compromiso con el hambre mundial y el reciclaje. Pego la oreja al cierre de la frutería para ver si distingo algún acorde de Led Zeppelin que me dé la esperanza de que ella está allí pensando en sus cosas, atravesando en soledad un momento de crisis, con discreción, sin compartirlo con pro­fesionales psíquicos —charlatanes— que te sacan los cuartos por oírte hablar de tu miedo a la muerte o a las agujas, como si eso fue­ra algo extraordinario y no le sucediera a todo el mundo. Pego la oreja con el deseo de que mi Azu tenga resquemores, pero esté ahí, mordiéndose la manicura: soy un hombre enamorado y no puedo dejar de temer que mi novia se haya arrepentido de su juramento de amor. Mi barriguilla hace que me tire la tela del guardapolvo. Me gustan los boleros y la copla. Los objetos feos me rodean y las porcelanitas de Lladró parecen reírse de mí. Qué vida iba a vivir Azucena conmigo. Qué podía yo ofrecerle con mi negocio ruino­so, con la tentación permanente de traicionarme a mí mismo para llamarle a lo viejo vintage y sucumbir a los cantos de sirena de un comercio espurio y amarillo. Al menos, ella sí vende sus frutas y verduras. Sobre todo zanahorias para esas tartas que ahora la gente moja en el café con leche. “¡Guarros!”, exhala Paco en un eructo cada vez que ve a alguien metiéndose en la boca una porción de tarta anaranjada. El miedo a que Azucena me haya dejado no me permite evaluar la realidad y nos desactiva a Paco y a mí como co­mando. El hípster jabonero pasa, provocadoramente, por delante de mi tienda cuando mi Paco, mi lugarteniente, mi mano derecha, mi amigo y yo nos sentamos a charlar al caer la tarde. Parece que nos ha perdido el respeto y esa nueva actitud produce en mi nariz un escozor que barrunta tormenta.

14

El chino Wang nos ve apagados y, al pasar junto a nosotros, le­vanta el puño: “¡Muelte a los hipstels!”. No consigue arrancarnos ni una sonrisa. Wang se marcha a pasitos cortos escorado hacia el lado de su cuerpo que carga con las bolsas de cerveza caliente. Paquito y yo empezamos a estar seriamente preocupados por la desaparición de Azucena. A mí ya no me importa que me deje. Solo quiero saber si se encuentra bien. Pero ella no me llama por teléfono y el cierre de su frutería sigue echado y no se oye ni un guitarreo vertiginoso ni un aullido, y las vecinas no la han visto entrar ni salir de su casa. Paco y yo estamos tan consternados que incluso hemos denunciado la desaparición de Azucena a la Policía. Pero nuestra iniciativa parece que no ha servido de nada. Poco a poco el negocio del hípster jabonoso empieza a estar muy fre­cuentado no solo por sus correligionarios, sino por vecinas curio­sas que compran sus jaboncitos para hacer regalos de cumpleaños modernos y originales. “Entrismo de la peor especie”, sentencia Paco recordando sus antiguas hazañas trotskistas. “A mí si alguien me regalase un jabón por mi santo, me parecería un insulto”, co­menta Paco para hacerme reír. Pero a mí no me sale. En otras cir­cunstancias, a estas pulquérrimas zorras, igual que al recadero de la tienda de ultramarinos, les hubiésemos aplicado un correctivo. Las habríamos rapado al cero o fracturado el dedo gordo del pie, que duele mucho. El hípster hace caja mientras yo echo de menos a mi Azucena y le quito el polvo, con un trapito, a mis preciosas flores de plástico.

15

Seis semanas después de la desaparición de Azu, recibo una señal. Mientras estoy sentado a la puerta de mi negocio, la momia del segundo B mueve la cabeza señalando hacia la jabonería. Puedo distinguir cómo levanta las cejas y me indica el camino que debo seguir. La momia quiere que entre a la expendeduría de jabones. La momia sabe algo, ha visto algo que yo no sé. Debo actuar. Esta vez dejaré al margen a Paco porque sospecho que mis andanzas pueden llegar a ser extremadamente peligrosas. Meto la silla en mi tienda. Cierro por dentro. Espero a que caiga la noche. Oigo al hípster echar el cierre de su higiénico y empalagoso comercio de jabones. Salgo al patio interior de la comunidad de vecinos que comparto con el hípster. Fuerzo la puerta de la jabonería que da a ese bendito patio. Enciendo mi linterna. Busco.

16

Nada más forzar la puerta de la jabonería, se me pone una bola en el estómago. “Estomagadita estoy, Blas. Estomagadita”, escucho la voz arrabalera de mi Azu al principio de los tiempos. Una con­fusión de olor a coronas de flores y a tartas de fruta me produce una arcada. Estoy a punto de vomitar. Enciendo mi linterna y me muevo entre los matraces y esencieros. Entre morteritos, hornillos y calderos de brujo donde la grasa se quintaesencia en pompa de jabón. Nunca hubiese creído que verdaderamente el hípster optara por métodos tan artesanales. Me acuerdo de mi tía Anita dándole vueltas con un palo a la sosa y la manteca en una enorme perola situada en el centro del corral. Los conejos y los pollos la miraban sometidos a un proceso de hipnosis que combinaba los movimien­tos circulares del palo con el hedor que salía de la perola. Parece que el hípster fabrica sus jabones con materiales parecidos: sosa, grasa, extractos de flores, especias y comestibles aromáticos. Mi linterna enfoca los cuchillos para cortar las piezas de jabón y los celofanes para envolverlos. Las cintas para adornarlos. Los péta­los de flores secas con que el jabonero hermosea sus envoltorios. Enfoco el haz de luz hacia una esquina y veo, colgado de un gan­cho, un delantal sobre cuya tela destaca una mancha roja. Apago la linterna. Inspiro y espiro por la nariz. Existe el rojo tomate, el rojo pimiento, el rojo clavel. Pero yo estoy temblando y me aver­güenzo de no estar comportándome como un guerrillero valiente, como un miembro fundador del comando Dos de Mayo. Hace casi dos meses que no veo a mi Azu, estoy enamorado hasta las trancas y pensar que a mi novia le ha podido pasar algo me quita las fuerzas y, a la vez, me las da. Si no amase mucho a mi frutera, no estaría aquí sufriendo asfixia y retortijones. Completamente solo, sin el apoyo de mi capitana y de mi Paco que siempre me guarda las espaldas. Intuyo la presencia de Azu. Mi pupila co­mienza a acostumbrarse a la penumbra del laboratorio. Recuerdo el gesto de la vecina momificada que, como una señal de tráfico, me invitaba a entrar en este antro fragante. Puede que infundirme valor sea la razón por la cual me hablo a mí mismo. Digo estupi­deces: “Azu, mi amor, ¿dónde te has metido?”.

17

Desde el laboratorio paso a la tienda que es como una bomboneri­ta. El hípster ha empapelado los muros con un papel de florecillas rosadas y sus anaqueles de metacrilato exhiben los jaboncillos por tamaños y colores. Familiares, medianos y jaboncitos miniatura de bordes redondeados que parecen caramelos. Este hípster no tiene la menor consideración: un niño o un adulto goloso podrían enve­nenarse. Esta idea, aparentemente tan inocua como un colutorio, intensifica mi miedo. Avanzo entre la oscuridad y me asusto cuan­do unos hilos me acarician la cara. Intuyo tarántulas y escorpio­nes, doy un respingo y retiro una cortinilla decorativa y cursi. Los colores de las mercancías corresponden a distintos aromas y están ordenados en una gradación que va de la gama de los tonos cálidos a los fríos. Como en una caja de lápices. Nada está fuera de su lugar y todo es tan higiénico que añoro el caos de mi tienda de antigüeda­des, los objetos amontonados. Creo que incluso tengo un gato gris al que no veo casi nunca. En la jabonería, el morado huele a moras y el azul, por una extraña convención, huele a piña. El lila huele a lilas y el naranja huele a naranjas. Algunos jaboncillos tienen dos colores, como los helados de corte, y corresponden a dos aromas: el limón y la menta, la nata y el chocolate, el tomate y la albahaca del jaboncillo-pizza. Enfoco los jabones y creo que voy a sufrir un ataque de epilepsia a causa de la acumulación cromática. Cuando estoy a punto de salir de ese ambiente que de tan limpio resulta repugnante, mi nariz percibe —soy un auténtico sabueso, un roedor, un sumiller…— un aroma familiar. A sopa de casa y postre. Apio y fresas salvajes. El corazón me bombea a un ritmo vertiginoso. Apunto otra vez con mi linterna y veo una colección de jabones verdes y rojos adornados con una etiqueta en la que puede leer­se EDICIÓN ESPECIAL. Me tiemblan las canillas, pero me acerco un poco más y, de pronto, cuando ya tengo la nariz casi pegada a los jabones, detecto un pelo rubio de peluquería, dos pelos rubios, tres pelos rubios, entre el celofán y tres de los jabones. Entonces todo se funde a negro para mí.

literal-jaboncillos

18

Nosotros creíamos que éramos malos, pero ellos en realidad eran mucho peores. Creíamos que éramos malos y sólo éramos una pan­da de gamberros que hacían gamberradas de niños chicos. Sin so­fisticaciones de Fu Manchú. Creíamos que éramos malos y tan sólo éramos tontos. No tenemos verdadera formación para la maldad. Ellos son mucho peores que Landrú, Jack el Destripador, Tintín. No piensen en ellos como gente encantadora que monta en bicicle­ta y lee novelas de Kerouac. No piensen que, gracias a sus empren­dimientos, van a rehabilitarse las vigas de madera de sus casas y van a poder caminar por unas aceras limpias de orines. Homo homini lupus. También ellos. Tan limpios, tan guapos detrás de barbas que camuflan sus defectos y los enmascaran. Tan veganos. Llevan la violencia dentro, aunque no coman carne roja. Aunque no beban anís del mono. El agua de la ducha y las radiaciones de sus portá­tiles, la leche sin lactosa… los convierten en monstruos. Ocupan el territorio y van tejiendo sus telarañas. Son invasores. No son tranquilos, aunque oigan musiquitas estúpidas, pop blando, que ellos llaman de otra forma para no avergonzarse públicamente de sus preferencias. Son más peligrosos que todos los adoradores del diablo y todos los heavys que tanto le gustan a mi Azu. En la tienda del hípster hago un descubrimiento que se me quedará incrustado para siempre en mis pesadillas. Un pelo rubio, dos pelos rubios, tres pelos rubios. Como los dientes postizos de mi madre meti­dos en un vaso de agua y como un terrorífico cuento de Ambrose Bierce.

19

Desmayado veo como entre los lapsos de luz y de sombra de las iluminaciones de las discotecas, como entre esa alternancia de oscuridad y destellos de luz fría que nos da la sensación de que estamos parados y de pronto nos hemos movido espasmódica­mente. Pies quietos. Desmayado veo: mi novia lucha, forcejea con el hípster, es una mujer fornida, él es muy alto. El cuerpo del hípster vela la blancura del cuerpo de Azu. La momia lo ve, pero no quiere líos. Él la arrastra hacia el interior de su preciosa casita de chocolate. El cuchillo contra la yugular la Azucena. La mano de mi novia tapándose la cara. La sangre que sale de la herida. Ella intenta taponarla. Él no se lo permite. Mi novia flexiona dulce­mente las rodillas. Cae al suelo. Lentamente se desangra. Él limpia con lejía su tarima flotante. No le importa estropearla, darle apa­riencia vetusta como a los pantalones vaqueros. Enseguida pone un plástico sobre la mesa de trabajo-disección. La descuartiza. Al rebanar los tendones da la sensación de que Azucena mueve un dedo, una articulación. El hípster echa en el caldero rebanadas de mi novia, el tríceps colgandeiro que hará buen caldo, las nalgas, los pechos, las pantorrillas, la grasa semoviente del tibio abdo­men. Los trozos de mi novia se saponificarán con el tiempo. La respingona nariz de mi frutera se deshace, las bolitas de los ojos, sus orificios. El rostro como máscara de cera se descompone al contacto con la sosa cáustica. Este jabón no lleva manteca de cer­do ni aceite de oliva, de coco o de almendras: está hecho con otra grasa y otro ácido desoxirribonucleico. El vómito casi me ahoga cuando me da por pensar que tal vez el jabón que huele a jazmines tenga también su propio nombre y apellido. Y el de lavanda. Y el de vainilla. O quizá, el hípster solo le ha dispensado a Azu un trato tan especial. Mi amigo, el detective Arturo Zarco, me relató el caso de una mujer que apareció saponificada en una buhardilla de esta misma calle. La historia se repite. La calle, el barrio, son pompas de jabón que se funden y se meten unas dentro de las otras. El hípster remueve con un palo su caldero de brujo. Gotitas de sudor en la frente. Lleva una mascarilla para evitar las emana­ciones tóxicas. El hípster añade a la pasta diferentes pigmentos. El jabón reposa un par de días dentro de un gran molde tapado con papel film. La pasta se enfría, se solidifica, y él la corta en ja­boncitos con el mismo cuchillo que ha utilizado para desangrar y filetear a mi Azu. El solomillo, la babilla, los lomitos y los filetes de cadera. Con cortes a la española. Rober se cuela en la secuen­cia infernal de mi desmayo. El hípster deja pasar el tiempo para que la sosa no dañe a quien utilice el jabón. Cuida del negocio y, es más, cree que la imaginación y el espíritu empresarial —tal vez, también el asesinato— se relacionan: Dan Ozzi, un hípster de Williamsburg, puso a la venta en eBay el “aire hípster” de su barrio. La puja alcanzó los sesenta mil dólares. Gente espabila­da. Con sentido del humor. Los jabones del hípster son los más cremosos y embriagadores. “Charlatán, sinvergüenza, embauca­dor, vendedor de humo y crecepelo”, la voz me sale en un hilo y, aún desmayado, veo que pasadas cinco o seis semanas, el hípster envuelve los jabones en sus celofanes. Coloca sobre cada una de estas piezas la pegatina con el marbete de EDICIÓN ESPECIAL. Pero no se da cuenta de que ni la sosa, ni el calor, ni ningún agente co­rrosivo pueden destruir los pelos teñidos de rubio de mi Azucena, que se rebelan del mismo modo que cuando no los podía recoger dentro del verdugo para pasar desapercibida mientras acometía­mos nuestras desinfecciones. Veo sonreír a mi Azu al echar sal a la masa de un cupcake o al romper los radios de un triciclo. La veo con sus pelos rubios delatores. Su pubis negro. Abro los ojos y la cara del hípster me mira desde demasiado cerca.

20

“Charlatán, sinvergüenza, embaucador, vendedor de humo y cre­cepelo”, la voz me sale en un hilo. El hípster me responde: “A callar, Zulueta”. Conozco mi destino y mi mala ventura. Soy de­masiado incómodo para estos alienígenas. El hípster sacará otra edición especial de jabones con aroma a Joya de Myrurgia y polvo de anticuario. Con aroma a flores de papel pinocho. Los llamará jaboncillos Dos de Mayo y tal vez tengan los colores de la bandera rojigualda. Denominación de origen. Los hípsteres también tienen un gran instinto comercial para aprovechar la impronta típica. El vermú de grifo y los boquerones en vinagre. Hasta eso nos han hurtado. Mis jabones —los jabones de mi cuerpo— estarán muy pronto en sus anaqueles. El hípster se me acerca blandiendo su arma homicida sin la compasión del cloroformo. Acaso la sustan­cia anestésica contaminaría sus combinaciones aromáticas. Sólo espero que Paco, que es tan observador, se percate pronto de mi desaparición. Que me haga un homenaje y la momificada vecina del segundo se lave las axilas con los nuevos, fragantes y castizos jaboncillos.

 

Marta Sanz
Escritora. Ha publicado: El frío, Lenguas muertas, Los mejores tiempos, Animales domésticos, Susana y los viejos y La lección de anatomía, entre otros libros.

Madrid negro (Siruela) incluye relatos de Marta Sanz, Alfonso Mateo Sagasta, Juan Aparicio Belmonte, Lorenzo Silva, Vanessa Monfort, Patricia Esteban Erlés, Berna González Harbour, Jesús Ferrero, Fernando Marías, Andrés Barba y Domingo Villar.

El contraste de las convenciones Republicana y Demócrata

El balance de las convenciones de los Partidos Republicano y Demócrata pasa, necesariamente, por el análisis de los resultados de las encuestas previas y posteriores a cada una, así como de los ratings diarios y el impacto de los mensajes de cada uno de los candidatos que aceptaron la nominación de su partido para buscar, oficialmente, la presidencia de Estados Unidos. Asimismo, al comparar el desempeño de ambos candidatos, diversas consecuencias comienzan a proyectarse desde ahora, como el apoyo o alejamiento de actores relevantes de las élites Demócratas o Republicanas, respectivamente.

convenciones

Ilustración: Oldemar González

Encuestas y ratings favorecen a Demócratas

Al finalizar las dos convenciones, los Demócratas superaron a los Republicanos en las encuestas, por lo que Hillary Clinton empieza la campaña con una ventaja sobre Donald Trump mayor a la que tenía hace dos semanas. De acuerdo con la encuesta CNN/ORC, antes de las convenciones Clinton aventajaba a Trump 49 a 42. Al final de la convención Republicana, Trump aventajaba a Clinton 48 a 45 (un incremento de seis puntos porcentuales para Trump respecto de la encuesta previa). Al final de la convención Demócrata, Clinton aventaja a Trump 52 a 43 (un incremento de siete puntos porcentuales para Clinton respecto de la encuesta previa). En balance, las convenciones dejan un saldo para Clinton de +3 puntos porcentuales y de +1 para Trump. Otras encuestas muestran prácticamente lo mismo: el rebote derivado de las convenciones favoreció a Hillary sobre Donald.

Los ratings de las convenciones fueron favorables a los Demócratas en los tres primeros días y a los Republicanos en el cuarto día, en el que el discurso de Donald Trump fue más visto que el de Hillary Clinton. De acuerdo con Nielsen, el número de televidentes que vio los discursos estelares de las convenciones a través de los canales CNN, Fox News, MSNBC, NBC, ABC, CBS, Univisión, CNBC, Fox Business y NBC Universo, fue como sigue:

  • Lunes: 23 millones la convención Republicana (Rudolph Giuliani y Melania Trump), 26 millones la convención Demócrata (Michelle Obama y Bernie Sanders).

  • Martes: 19 millones la convención Republicana (Chris Christie, Tiffany Trump y Donald Trump Jr.), 24 millones la convención Demócrata (Bill Clinton).

  • Miércoles: 23.4 millones la convención Republicana (Mike Pence y Ted Cruz), 24.4 millones la convención Demócrata (Joe Biden, Tim Kaine y Barack Obama).

  • Jueves: 32.2 millones la convención Republicana (Ivanka Trump y Donald Trump), 29.9 millones la convención Demócrata (Chelsea Clinton y Hillary Clinton).1

La evidencia demuestra que la convención Demócrata, que se ha calificado por varios analistas como una de las más exitosas de la historia, tuvo un saldo mejor que la Republicana, que ha sido calificada como una de las peores, y existen diversos factores que colaboraron para que así sucediera.

El elenco, la narrativa y el equipo de campaña de los Demócratas fueron superiores

Ante la ausencia de figuras relevantes del Partido Republicano (ex presidentes y ex candidatos presidenciales) y ante la ausencia de celebridades, Donald Trump recurrió a su familia, empleados y algunos que compartieron anécdotas de cómo conocieron al magnate para expresarle su apoyo: Mi Papá siempre ha sido un buen papá, por eso debe ser Presidente. En contraste, el Partido Demócrata mezcló en su elenco a celebridades cercanas a la política (desde Meryl Streep hasta Katy Perry), con políticos convertidos en celebridades (Bill Clinton, Michelle y Barack Obama), quienes en todo momento cumplieron la expectativa de sus intervenciones a favor de Hillary Clinton.

En Cleveland los Republicanos hablaron más de Hillary Clinton en negativo, que de Donald Trump en positivo. Los discursos dejaron de lado las referencias que tradicionalmente impulsan los conservadores en lo social, y los liberales en lo económico, para ocuparse en recordar a Benghazi y los correos electrónicos de Clinton y, sobre todo, en enlistar deferencias a Trump. Cuando finalmente Ted Cruz orientó su discurso hacia los temas que históricamente unifican al Partido Republicano, omitió dar su apoyo al candidato y entonces todo quedó olvidado. La convención del Partido Republicano fue siempre alrededor de Donald Trump y en contra de Hillary Clinton.

En Filadelfia, los Demócratas se mostraron a las audiencias como una coalición diversa de minorías y organizaciones, con causas propias y temas específicos que, literalmente, no cupieron en un solo recinto. Por las mañanas, los caucus de los grupos que conforman al partido discutían sus posicionamientos en los salones del Pennsylvania Convention Center, al mismo tiempo que stands de las organizaciones estaban distribuidas en los pasillos, como una expo de causas por resolver en Estados Unidos. Por las tardes, los delegados viajaban 15 millas al Wells Fargo Center, que ocuparon a su máxima capacidad para presenciar, uno tras otro, los pronunciamientos de políticos provenientes de las minorías que representan y los testimoniales de personas que activamente defienden o atacan una política pública. La convención del Partido Demócrata fue una presentación de narrativas cuyo final siempre incluía a Hillary Clinton.

La dinámica del ciclo noticioso rebasó al equipo de campaña de Donald Trump, compuesto por asesores cuyas recomendaciones y apariciones en los medios de comunicación como voceros aliados del candidato, los exhibieron como aficionados, especialmente al contrastarlos la semana siguiente con las décadas de preparación de la maquina política de los Clinton. Paul Manafort, coordinador de campaña de Trump insistió que Melania Trump no plagió en 2016 el discurso de Michelle Obama de 2008, aún después de que los medios de comunicación mostraron, palabra por palabra, las similitudes, y después de que la colaboradora encargada de escribir el discurso aceptara el plagio y pusiera su renuncia en la mesa que, por cierto, no fue aceptada. Manafort fue responsable también de no cerciorarse del contenido del discurso de Ted Cruz, quien finalmente no apoyó a Donald Trump, minimizándolo ante los ojos de delegados y televidentes. Más importante aún, los medios de comunicación regresaron, una y otra vez, a la división que experimentaba el Partido Republicano y cómo las malas noticias se sobrepusieron a las buenas noticias en una semana que se supone que la imagen del Partido debe ser fortalecida.

El inicio de la convención Demócrata arrancaba con dos crisis que debían resolverse: la filtración de más de 20 mil correos electrónicos de la élite del partido en el que agredía a Bernie Sanders y buscaba la forma en la que se asegurara su derrota, y los números de las encuestas posteriores a la Convención Republicana en los que se mostraba que Donald Trump aventajaba a Hillary Clinton. De no contar con el apoyo explícito de Sanders a Clinton, la división del partido sería inminente, más profunda que la latente en el Partido Republicano. El equipo de campaña de Clinton, encabezado por Robby Mook, sin embargo, ajustó de inmediato. La presidenta del Partido Demócrata renunció, Bernie apoyó explícitamente a Hillary y permitió que las notas se enfocaran en el discurso de Michelle Obama, considerado como uno de los mejores en la historia de las convenciones. El ciclo noticioso del segundo día de la convención era favorable a los Demócratas, superando las altas expectativas en cada uno de los días restantes, posicionando favorablemente la imagen del partido y de su candidata.

El contraste es esencial en la política. Las campañas presidenciales en Estados Unidos que arrancan oficialmente con las convenciones que reúnen a delegados de los partidos para postular a su candidato, permiten a las audiencias comparar, día a día, las ofertas y las personalidades que compiten por los votos del electorado. Los partidos políticos saben que es trascendental aprovechar la atención mediática para presentarse, posicionarse, distanciarse del contrario y convencer. En la que se proyecta como la campaña más agresiva en la historia, por la polarización de los partidos y los posicionamientos de sus candidatos, la posibilidad de que los electores puedan conocer y comparar, minuto a minuto, es un requisito indispensable de una democracia estable, como la estadounidense.

 

Luis Estrada

Doctor en Ciencia Política (UCSD 2005). Socio-Director General de SPIN. www.spintcp.com/elecciones Twitter: @luisestrada_


1 YouTube contó con 250 mil visitantes simultáneos durante el discurso de Hillary Clinton mientras que 217 mil visitantes simultáneos durante el discurso de Donald Trump.

TLCAN: los resultados, las lecciones y los pendientes

Como suele ocurrir en períodos de atonía económica, la discusión sobre cómo recuperar el crecimiento tiende a centrarse históricamente, en los distintos países, en revivir a Keynes y soltar el gasto público; adoptar políticas contracíclicas; cambiar los tratados de libre comercio para reintroducir medidas proteccionistas  que a corto plazo produzcan aliento en la actividad económica, o usar el tema, como pasa ahora en las campañas en Estados Unidos, como bandera electoral.

En parte por algunas de esas razones, y en particular tras la crisis financiera internacional de 2008-2009, los esfuerzos por profundizar la liberalización comercial en distintas partes del mundo mediante nuevos esquemas como el Trans-Pacific Partnership (TPP);  el Transatlantic Trade and Investment Partnership (TTIP) o la Alianza del Pacífico (AP), han sido vistos con optimismo, si se trata de sectores económicos públicos y privados, o con escepticismo si la discusión es política e  ideológica.

Por consecuencia, para los países que desde hace tiempo abrieron sus economías, como es el caso de México, la coyuntura es especialmente propicia para hacer una evaluación del impacto que han tenido los acuerdos de libre comercio suscritos desde principios de los años noventa del siglo pasado, en especial el Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá (TLCAN); revisar las lecciones a lo largo de este tiempo e identificar los desafíos que deben afrontarse en el diseño, la formulación y la ejecución de las políticas públicas relevantes para impulsar tasas elevadas y sostenidas de crecimiento y productividad.

El proceso de liberalización mexicana

En esa dirección, hay tres temas de gran importancia en la perspectiva mexicana en materia de liberalización comercial y, en la práctica, de lo que podría llamarse una nueva etapa en las relaciones económicas de México con el resto del mundo. El primero de ellos consiste en analizar la experiencia adquirida tras más de dos décadas de apertura comercial en México, ejemplificadas principalmente por el TLCAN. El segundo aspecto es puntualizar lo aprendido en este periodo que sirva para entender de manera más precisa la importancia del libre comercio. Y el tercero reside en la necesidad de proponer algunas ideas sobre cómo utilizar esquemas de este tipo para incrementar la productividad, la complejidad económica y el valor agregado de lo que el país produce y cómo hacerlo más competitivo en el contexto de una economía global. Veamos.

resultados

Aunque la decisión de México de firmar un acuerdo comercial con Estados Unidos (al que poco más tarde se unió Canadá) tuvo en esencia una racionalidad económica, la singularidad histórica de ser vecinos de la principal potencia mundial hizo que fuera también un hecho político, práctico y, en cierto modo, psicológico.

Cuando la administración de Carlos Salinas de Gortari (1988-94) se plantea negociar un instrumento de este tipo, México era ya, ciertamente, un país formalmente independiente y soberano. Pero a principios de los años noventa, las nociones convencionales de esos conceptos habían cambiado radicalmente, entre otras cosas porque el país empezó, con lentitud e incredulidad, a comprender que buena parte de la manera en que se mueve en el escenario internacional, específicamente en la relación con Estados Unidos, estaba determinada, y, en la práctica, condicionada a un tejido normativo, diplomático, económico, comercial, ambiental, financiero, migratorio o energético supranacional distinto y más complejo.

En ese sentido, el TLCAN supuso un viraje de proporciones históricas. Una lectura detenida de las fases por las que ha atravesado la política exterior mexicana desde su independencia como nación muestra que fue, en efecto, una política de principios –con notables éxitos diplomáticos- pero también que, de manera a veces instrumental, dicha política fue utilizada por los distintos regímenes para ensanchar primero los márgenes de negociación en la compleja, variada y difícil agenda bilateral con Estados Unidos; para cobijarse, más tarde, bajo el paraguas de  seguridad norteamericano en el hemisferio y evitar que México se viera contaminado por los brotes de insurgencia que proliferaron en América Latina en la década de los sesenta y principios de los setenta, y, finalmente, para neutralizar a la disidencia interna y a los grupos de izquierda, entonces ilegales en México, que supuestamente amenazaban la estabilidad política encarnada en el régimen de partido hegemónico. Hasta finales de los años ochenta, medida contra esos objetivos y bajo una concepción elástica del “interés nacional”, ese diseño funcionó con eficacia razonable pero no podría decirse lo mismo en cuanto a los resultados que arrojó en otras variables de importancia para el país. Algunos datos son reveladores.

Tanto la inversión extranjera directa como el comercio exterior de México, por ejemplo, siguieron siendo modestos y muy concentrados con los Estados Unidos; la llamada “relación especial” entre los dos vecinos, que tuvo algunos éxitos en los años cincuenta y sesenta como los programas de trabajadores migratorios, se deterioró como consecuencia del activismo verbal de algunos gobiernos; la deuda externa mexicana con los bancos norteamericanos, al amparo de la aparente riqueza proveniente del petróleo en los años ochenta, creció aceleradamente, y las discrepancias políticas con los vecinos, por las posiciones encontradas en los conflictos centroamericanos durante los rescoldos de la guerra fría, llevaron a complicar más aún las relaciones con Estados Unidos y a represalias directas como la Operación Intercepción, que cerró las fronteras a los productos mexicanos por varios días, o la imposición de sobretasas arancelarias a las exportaciones de nuestro país. Y todo ello, por cierto, en un contexto de vulnerabilidades estructurales y de crisis económicas recurrentes en México.

En suma, la acción exterior de esas décadas se tradujo en decisiones políticamente acertadas y de clara autonomía, pero  difícilmente podría sostenerse que contribuyeron en sentido estricto a fortalecer la soberanía nacional, a disminuir la dependencia económica externa o a otorgarle a México un papel más relevante en el escenario internacional. De hecho, ninguna de esas tres cosas ocurrió.

Las lecciones derivadas de esa historia  –más la consolidación de EEUU como la gran superpotencia económica, militar y política; la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación; la globalización económica y financiera; el desplazamiento de los flujos de inversión extranjera hacia los países de Europa del Este tras la caída del Muro de Berlín, y la emergencia de nuevos actores y temas en la agenda internacional–  llevaron a México a reconocer que la política exterior es una función de la política interna, a darle a la diplomacia un acento económico innovador, y a aceptar que en nuestra política exterior la relación con Estados Unidos tiene y tendrá un papel fundamental.

Este cambio conceptual fue sin duda significativo. México empezó a construir a finales de los años ochenta una manera distinta de vincularse con su vecino del norte y con el resto del mundo. Firmó el tratado comercial con EEUU y  Canadá en 1992, cuando apenas seis años antes todavía se discutía acaloradamente si entrar o no al GATT. Suscribió después una importante batería de otros acuerdos comerciales; ingresó a la Organización  Mundial del Comercio y a la OCDE; abrió nuevas embajadas y consulados en lugares inéditos como Singapur, Sudáfrica o Nueva Zelandia, y siguió teniendo algunas diferencias con EEUU pero la manera de procesarlas varió considerablemente sin costos  para el país. En otras palabras, México parecía comprender que las condiciones necesarias para que una política exterior sea funcional para el interés nacional son el pragmatismo, la eficacia y el realismo. Ese fue el contexto en el que se produjo la firma del TLCAN.

El TLCAN y sus resultados

Al firmar México el TLCAN se propuso cinco objetivos. El primero fue promover el acceso creciente y estable de las exportaciones mexicanas a los Estados Unidos. El segundo, establecer un mecanismo ordenado, racional y atractivo para la inversión extranjera y de esta forma generar más y mejores empleos. El tercero pretendía apoyar la estabilidad macroeconómica del país, ante una historia de reiteradas crisis cambiarias desde mediados de los años setenta, mediante la apertura comercial y el crecimiento del sector exportador, entre otras políticas ortodoxas. El cuarto era tratar de lograr una convergencia macroeconómica con los indicadores de los principales socios comerciales, particularmente Estados Unidos. Y el quinto, un objetivo indirecto pero dentro de este enfoque, fue estimular una amplia red de tratados de libre comercio.

Si se mide específicamente en función de estos objetivos concretos, el TLCAN fue, razonablemente, un importante éxito para México, y los datos  lo corroboran.

En primer lugar, México cuenta hoy con una red de 12 Tratados de Libre Comercio con 46 países, 32 Acuerdos para la Promoción y Protección Recíproca de las Inversiones y nueve acuerdos de comercio (Acuerdos de Complementación Económica y Acuerdos de Alcance Parcial) en el marco de la Asociación Latinoamericana de Integración, sin incluir la Alianza del Pacífico. La segunda variable a destacar es que el crecimiento del comercio exterior de México ha sido notable en estas dos décadas. El total del comercio exterior aumentó en 540% como resultado de que las exportaciones lo hicieran en 614% y las importaciones en 467%. Expresado en cifras: mientras que en 1993 las exportaciones mexicanas tenían un valor cercano a los 52 mil millones de dólares (mmdd), en 2015 fueron de 380 mmdd, y las importaciones se fueron de 65 mmdd a 395 mmdd en el mismo lapso. El tercer elemento, quizás el más significativo desde lo que Ricardo Hausmann1 llama la “complejidad productiva”, es el hecho de que la apertura comercial y la suscripción de los tratados modificaron de manera muy importante la composición de la canasta exportadora. En 1985, por ejemplo, México tenía un sector exportador muy localizado en los commodities, básicamente petróleo, hidrocarburos y minerales, que representaban el 57% de lo que México comerciaba con el exterior. Esto, en una economía cuyas finanzas públicas dependían fuertemente de los precios internacionales del petróleo, produjo entre otras cosas dos efectos: contribuyó de manera significativa a estimular los altos déficits fiscales, el endeudamiento excesivo y con ello otros problemas macroeconómicos y, en segundo lugar, desalentó la diversificación de la producción industrial y manufacturera del país y una mayor competencia en el mercado doméstico.

En este sentido, el TLCAN ayudó a invertir la composición de esa canasta. Para 2015 el 90% de las exportaciones mexicanas son manufacturas y el resto exportaciones agrícolas y productos petrolíferos y mineros.2 Es interesante observar que en la actualidad México es el primer proveedor de EEUU y Canadá de algunos productos primarios como oro, plata, fluoruros de aluminio, tomates, aguacates, mangos, pepinos o fresas, pero también de autopartes, motores de vehículos para el transporte de mercancías, tractores, refrigeradores, televisiones, lavadoras, computadoras, partes para asientos y cables eléctricos para automóviles, aparatos de ortopedia o cerveza de malta, lo que sugiere el florecimiento de una producción industrial que gradualmente incorpora ya mayor valor agregado. Como es evidente, esa transición supuso en paralelo un cambio en el aparato productivo sin el cual no se entiende el papel que hoy juega el sector manufacturero ni, desde luego, los desafíos de competitividad que México tiene por adelante.

El cuarto objetivo del TLCAN –acelerar los flujos de inversión extranjera– también se cumplió a cabalidad. Entre 1999 y 2015, México recibió alrededor de 400 mil mdd de inversión extranjera directa de los cuáles el 54% provino de sus socios en el TLCAN, y fueron principalmente hacia el sector manufacturero creando de esa manera un círculo virtuoso como se observa al revisar la variedad de las exportaciones. En este aspecto cabe recalcar dos aspectos que  la literatura académica ha mostrado con evidencia empírica. Uno es que buena parte de la inversión extranjera que llegó desde terceros países fuera de la zona TLCAN lo hizo atraída –entre otras cosas- por la necesidad de cumplir con las reglas de origen y los grados de integración nacional para poder exportar dentro del mercado regional. Éste fue por ejemplo el caso del sector automotriz: hoy México es el octavo armador de vehículos y cuarto exportador en el mundo3 y esto tuvo que ver con el proceso de relocalización de las grandes armadoras y de sus proveedores directos (el llamado tier 1) hacia México para alcanzar los grados de integración regional exigidos en el tratado. El otro es que al fortalecer las cadenas de suministro también mejora la inserción en las cadenas de valor en la región; el ejemplo de Estados Unidos es significativo: de las importaciones que hace Estados Unidos desde México y Canadá el 40% y el 25%, respectivamente, contienen insumos producidos en los propios EEUU; en cambio, ese mismo contenido es de apenas 4% y 2%, respectivamente, en el caso de las importaciones provenientes de China y Japón.4

Ahora bien, hay un dato en el que conviene detenerse. Es cierto que, dadas las peculiaridades del nacionalismo económico mexicano, es recurrente la insistencia, idealmente válida, de diversificar mucho más los destinos para la exportación, lo que explica la red de tratados comerciales existente, y decir que en ese sentido el TLCAN favoreció más bien una mayor concentración. Los datos disponibles, sin embargo, indican en realidad que desde finales del siglo XIX la vinculación económica de México con Estados Unidos ha representado más del 80 por ciento, lo que se mantuvo a lo largo de todo el siglo XX y hasta la fecha, si bien el volumen se incrementó de manera espectacular.

Ello no obstante, el dinamismo del comercio en el espacio TLCAN es abrumador. El TLCAN creo un mercado regional que es hoy de 19 mil millones de millones de dólares (19 trillones en la terminología usada en inglés) con 470 millones de consumidores. México, Estados Unidos y Canadá comercian entre sí tres mmdd al día, lo que quiere decir que las exportaciones mexicanas a esos dos socios son de unos 35 millones de dólares por hora y las importaciones son de 370 mil dólares por minuto procedentes de sus socios TLCAN.

En suma, es cierto que el libre comercio se trazó objetivos muy concretos como se mencionó previamente y medido contra esos objetivos ha sido muy exitoso, pero también generó otros efectos igualmente relevantes que probablemente no se estimaron cuando entró en vigor el TLCAN y que hoy forman parte de una nueva agenda de políticas públicas mexicanas. Destacan dos: los efectos sobre el aparato productivo y sobre el desarrollo regional.

Por un lado, el TLCAN introdujo una competencia y una presión muy positivas sobre las empresas y más específicamente sobre la cultura empresarial. Entre 1991 y 1993, mientras se llevaban a cabo las negociaciones del TLCAN, uno de los temas más discutidos y examinados en México era si las empresas nacionales podrían sobrevivir a la apertura frente a aquellas de la economía más poderosa del planeta. Los industriales mexicanos, en ramas tan disímbolas como maquinaria y equipo, textil, acero, confección y vestido o productos agroalimentarios, vieron en el TLCAN, en general, un poderoso riesgo al marco bajo el cual habían operado, con mayor o menor éxito, hasta entonces: un mercado cerrado, protegido y cautivo que no creó incentivos adecuados para irse habituando a un mundo que, tarde o temprano, se veía venir en el comercio global. Los principales argumentos que se escuchaban era que las empresas locales no estaban preparadas para competir, que serían arrasadas y que el gobierno debía de dar un tiempo prolongado para su adaptación, cosa que en realidad sí se hizo mediante los diversos períodos de desgravación arancelaria establecidos en el propio TLCAN.

La realidad es que hubo empresas que no solo sobrevivieron al TLCAN sino que lo aprovecharon con un enorme éxito y consolidaron su posición de liderazgo a nivel regional y en algunos casos global; otras, sin embargo, no pudieron operar con éxito dentro del nuevo escenario. Lo más significativo, sin embargo, fue que, tanto en un caso como en el otro, la diferencia central no la hizo el tratado mismo, cuya esencia fue abrir oportunidades inéditas, sino la eficacia con que cada empresa enfrentó la apertura. 

El otro efecto importante y no necesariamente detectado desde el inicio, fue que las asimetrías regionales previas, dada la estructura federal de México, hicieron que solo unos estados aprovecharan el impacto del TLCAN y se produjera una geografía económica e industrial muy heterogénea. Algunas entidades como el estado de México, Jalisco, Coahuila, Nuevo León, Aguascalientes o Querétaro obtuvieron mucho más ventajas del tratado, se convirtieron en economías muy vinculadas a sectores productivos de punta y al mercado norteamericano que aquellas del sur-sureste del país que observan condiciones económicas e industriales similares a las que tenían antes de la entrada en vigor del TLCAN. Nuevamente en este caso, no fue el tratado el que provocó tales asimetrías sino que éstas se vieron agudizadas por las condiciones preexistentes, entre ellas la pobreza, la escasa diversificación de sus economías o la muy baja productividad total de los factores en esos lugares.

En tercer lugar, desde el punto de vista de la creación de empleo, el tratado tuvo también un impacto favorable. Según datos de la Secretaría de Economía y del Banco Mundial, el TLCAN ha permitido crear aproximadamente más de 10 millones de empleos, de los cuales la mitad ha estado directamente relacionado con la actividad exportadora. Más aún: se observa un excedente salarial de 40% cuando la empresa está vinculada con el sector exportador, mientras que en Canadá ese excedente es de 35% y en EEUU de 18%.

Finalmente ¿qué hubiera ocurrido de no haberse suscrito el TLCAN? Un estudio del Banco Mundial5 hizo una especie de ejercicio contrafactual y la conclusión principal a que llegó es que

El tratado ha acercado a México a los niveles de desarrollo de sus socios comerciales. La investigación sugiere, por ejemplo, que las exportaciones globales de México hubiesen sido alrededor de 25% menores y la inversión extranjera directa (IED) 40% menor sin el TLCAN. Así mismo, la transferencia tecnológica desde los EE.UU. a México se aceleró a tal punto que el tiempo requerido para la adopción de nueva tecnología se redujo a la mitad del que tomaba antes del TLC. Probablemente también contribuyó a… la generación de empleos y mejora de su calidad. En conjunto… el ingreso por habitante en México hubiese sido entre 4 y 5% menor a fines del 2002 si no se hubiera implementado el acuerdo.

Las asignaturas pendientes

A pesar del gran éxito que los diversos tratados de libre comercio han supuesto en el caso mexicano, hay por lo menos cuatro indicadores que vale la pena examinar brevemente y que tienen que ver tanto con las lecciones aprendidas después de dos décadas de apertura como con el diseño, la formulación y la ejecución de una nueva agenda del crecimiento para México. 

El primero de ellos es que, no obstante la transformación productiva mexicana y el notable aumento de su coeficiente de apertura y de su comercio exterior, en la última década y media el país ha tenido un crecimiento económico muy modesto de apenas una tasa media de 2.4% anual. El segundo factor, ya comentado líneas atrás, es que el desarrollo regional resultó heterogéneo. Muchos estados, la mayor parte de los del norte del país, que son los más cercanos a la economía norteamericana, se diversificaron enormemente con resultados muy importantes. El ingreso per cápita en uno de los estados más industrializados del país, como es Nuevo León, es comparable al de Corea del Sur, pero algunos del sur del país son comparables al de algunos países de Centroamérica.  Tercero: si bien los datos muestran una composición con mayor valor agregado en algunos sectores como automotriz, autopartes, aeroespacial, electrónico o equipo de cómputo, aún son insuficientes como para competir de manera más eficaz con el resto del mundo, lo que significa que hay un área de oportunidad enorme para generar una producción de mayor valor agregado y mayor innovación, con más investigación y desarrollo tecnológico y mejor calidad educativa para afrontar los desafíos del Siglo XXI.

Algunos de los críticos del TLCAN6 aún sostienen que ésta arrojo saldos mixtos o bien, de plano, que no produjo ni elevados crecimientos, ni el número de empleos suficientes para atender la demanda laboral, ni mejoró radicalmente el ingreso per cápita en términos reales. La conclusión académica y técnica más aceptada es que los resultados en esas tres variables, efectivamente insuficientes, no fueron por el proceso de liberalización sino por los problemas de productividad y de inversión a lo largo de todo ese período, muchos de los cuáles son crónicos, y esto es parte de las lecciones aprendidas y por supuesto del diseño de la agenda de reformas estructurales que promovió el actual gobierno mexicano.

Es decir, para diversos efectos analíticos, pareciera que en materia económica e industrial existen en realidad muchos Méxicos7 y la idea es exacta. Hay estados, sectores y empresas que aisladamente calificarían muy bien en casi todos los indicadores globales de competitividad. Pero hay otros cuya situación es claramente la opuesta. En el promedio nacional, lógicamente, la suma de ambos arroja una situación crítica como es el renglón específico de la productividad. Por ejemplo, entre 1981 y 2011 el crecimiento anual de la productividad en Chile, Irlanda y Corea fue de 1.1, 1.9 y 2.4%, respectivamente; y sus tasas de crecimiento real en el mismo período fueron en promedio de 4.9 para Chile, 4.2 para Irlanda y 6.2 para Corea del Sur. En cambio, en igual lapso, la evolución de la productividad en México fue negativa: 0.7%, y su tasa media de crecimiento fue de 2.4% ¿Por qué?

La evidencia ofrece básicamente dos razones. La economía mexicana creció a tasas muy por abajo de otras naciones latinoamericanas por una muy débil formación bruta de capital fijo en comparación con varios países y porque la inversión ha sido improductiva. Por ejemplo, un grupo de economistas mexicanos8 encontró que en las últimas décadas el coeficiente de inversión ha permanecido relativamente constante pero su contribución al crecimiento ha disminuido notablemente. Entre 1960 y 1979 la inversión fue cercana al 20% del PIB y el crecimiento promedio fue del 6.5%. Entre 1980 y 2002 la inversión se mantuvo en niveles semejantes pero el crecimiento promedio fue menor al 3%. De 2003 a 2007 el porcentaje de inversión era casi 22% del PIB y el crecimiento estuvo ligeramente por arriba del 2% anual. 

Aunque las causas pueden ser variadas -ineficiencia del sistema de intermediación financiera, escaso aprovechamiento de la apertura comercial, debilidad del mercado interno, mala calidad educativa o insuficiente innovación tecnológica- ese conjunto de economistas concluyó, con razón, que buena parte de esa inversión fue a parar a proyectos ineficientes y, por tanto, “para aumentar la tasa de crecimiento no se puede contemplar únicamente un incremento en la inversión como instrumento, sino su contribución a la productividad factorial global en México”.

La experiencia mexicana permite extraer algunas lecciones que podrían ser útiles no solo para aprovechar a plenitud el libre comercio sino también para fortalecer nuevas iniciativas de integración. La primera de ellas es que el esfuerzo de integración y de apertura comercial mexicana arrojó un buen resultado en términos de crecimiento de las exportaciones, de atracción de inversión extranjera, de estímulo a la complejidad productiva y de impulso al ecosistema de emprendimiento en el país; modificó también la geografía económica, industrial, urbana y regional, e introdujo o incentivó mejores prácticas en materia ambiental, empresarial, laboral y social. Pero todo ello no equivale automáticamente a lograr una sofisticación productiva de tal alcance que permita competir a nivel global vis à vis otras regiones cuya economía produce bienes y servicios de alta tecnología, de mayor valor agregado o de más elevada innovación. La segunda es que el libre comercio no es un fin en sí mismo, no sustituye ni reemplaza lo que cada país tenga que hacer en materia de políticas públicas más efectivas en los aspectos institucionales, regulatorios, de infraestructura,  educativos y de desarrollo tecnológico e  investigación científica, que son los que normalmente explican el crecimiento de la productividad. La mayoría de los expertos coinciden en que este objetivo involucra al menos cuatro elementos: una reforma educativa centrada en la calidad; el diseño de un sistema universal de protección social; un mayor esfuerzo redistributivo por la vía fiscal, y un aumento de la competencia en los mercados económicos.

Es decir, se trata de entender cómo funcionan los nuevos mercados del trabajo en el mundo del siglo XXI y de alinear las políticas públicas relevantes hacia la innovación, la transición económica y el desarrollo de talento. ¿Por qué? Porque los relativos crecimientos económicos y del ingreso per cápita, y el aumento de las clases medias, esto último algo que ha sucedido en México, pueden prolongar los incentivos al estancamiento en eso que los economistas llaman “la trampa del ingreso medio”,9 es decir, cuando se observan crecimientos económicos y salariales rápidos basados en determinados insumos y materias primas o en el desarrollo de una tecnología muy específica pero luego se vuelven muy lineales o muy lentos, principalmente porque la productividad no se incrementa a la misma o mayor velocidad ni, por ende, promueve una economía más sofisticada y diversificada.

Y la tercera lección es que una economía abierta y un grupo de empresas y sectores exitosos en determinados mercados internacionales no es lo mismo que construir una cultura empresarial globalmente innovadora y competitiva. Un reporte reciente del Banco Mundial10 señala que si bien la actividad exportadora ha sido impresionante en América Latina gracias a “las ventajas comparativas, los acuerdos comerciales recientes y las políticas bien focalizadas de promoción de las exportaciones… y al surgimiento de empresas multinacionales —las multilatinas—, cuya influencia más allá de las fronteras de sus países es cada vez mayor, especialmente en los países vecinos”, hay todavía una

debilidad flagrante… la escasez de innovación. Existe una brecha sustancial y crónica en términos de innovación entre LAC y los países y regiones comparables. Esta brecha existe no solo en el ámbito de la I+D y las patentes, sino también en el contexto de la innovación de productos y procesos; además, la sufren las empresas grandes y pequeñas por igual.

Todas estas lecciones ofrecen una pauta muy sugerente para abordar y enfocar la discusión sobre el TLCAN y otros mecanismos de liberalización e integración en el contexto de las reformas emprendidas por la administración Peña Nieto.

A pesar de que la coyuntura política y la bajísima calidad analítica han producido una atmósfera enrarecida que impide ver las cosas con una mayor sofisticación y claridad, lo cierto es que la agenda de reformas estructurales internas ha ofrecido un marco propicio para que, con el tiempo adecuado y la persistencia en su ejecución, México mejore sus  niveles de crecimiento, productividad y competitividad. En ese contexto,  relanzar el TLCAN no quiere decir revertirlo sino, más bien,  profundizar la complementariedad de la economía mexicana con la de sus socios en ese tratado mediante un mayor desarrollo, por ejemplo, del modelo de production sharing, que hasta ahora ha sido notable, una mayor integración energética, mejores prácticas comunes en la actividad agrícola que explote las ventajas comparativas de cada país, la solución de problemas prácticos como la ineficiencia en las aduanas o las dificultades para el transporte mexicano y, finalmente, encontrar una fórmula para aprovechar óptimamente la movilidad laboral, entre otras cosas. Lo que no puede pasar, como ha dicho recientemente Jaime Serra, secretario de Comercio en la administración Salinas y arquitecto del TLCAN, es volver a un proteccionismo que genere obstáculos al interior de América del Norte y reste competitividad frente al mundo: “es el equivalente a que los tres países nos demos un balazo en el pie”.<

Dicho de otra forma: el objetivo central ahora tiene que ver con formularse una pregunta en apariencia simple: si México quiere participar de manera más potente y competitiva dentro del mecanismo del TLCAN y otros tratados o, de hecho, en la economía global ¿puede hacerlo con su actual estructura productiva o bien con otra más sofisticada donde genere bienes y servicios de mucho mayor valor agregado, mayor desarrollo tecnológico y científico y mayor capacidad de innovación basada en el conocimiento, de manera tal que logre insertarse eficientemente en las cadenas globales de valor? Ese es el desafío crucial.

Por lo tanto, la gran oportunidad consiste justamente en organizar, de manera integrada y coherente, un círculo virtuoso mediante la instrumentación más eficiente de las políticas públicas clave –fortalecimiento institucional, infraestructura competitiva, educación de gran calidad, generación de talento especializado, innovación basada en el conocimiento y desarrollo científico y tecnológico, entre otras- que le permitan a México no solo alcanzar altas tasas de crecimiento sostenido sino, sobre todo, que éstas se funden en una estructura económica e industrial más compleja y sofisticada que produzca y exporte bienes y servicios de clase mundial.

Para facilitar que suceda, hay que profundizar en las reformas y trazarse un mapa de navegación de mediano y largo plazo que establezca sus prioridades económicas estratégicas,  defina cuáles son los sectores productivos donde México quiere ser altamente competitivo en el mundo, articule sus políticas en materia de educación superior, ciencia y tecnología, emprendimiento e investigación de suerte que todo ello permita  formular una agenda dirigida a transformar positivamente su economía y, de esa forma, asegurar un crecimiento realmente innovador y productivo y una posición más potente en el cambiante mundo del siglo XXI.

 

Otto Granados
Actualmente Subsecretario de Planeación, Evaluación y Coordinación de la SEP. En los años noventa participó en el equipo del gobierno federal que promovió la estrategia de comunicación social del TLCAN.


1 Ver Ricardo Hausmann, César A. Hidalgo et al. The Atlas of economic complexity. Mapping paths to prosperity, Center for International Development at Harvard University, 2011. Ver En línea: http://bit.ly/2auHFrT

2 Todas las cifras de intercambio comercial e inversión extranjera directa para México provienen de la Secretaría de Economía y del Instituto Nacional de Estadística y Geografía.

3 Cifras de la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz, El Economista(México), enero 9, 2014.

4 Carla A. Hills, “NAFTA´s economic upsides. The view from the Unites States”, Foreign Affairs, January 2014, p. 122-127. Ver también “NAFTA at 20. Deeper, better, NAFTA”, The Economist, January 4th 2014

5 D. Lederman, W. Maloney y L. Servén, Lessons from NAFTA for Latin America and the Caribbean, The World Bank, 2005.

6 Véase, por ejemplo, Jorge G. Castañeda, “NAFTA’s Mixed Record. The View From Mexico”, Foreign Affairs, January 2014, pp. 134-141.

7 Véase una discusión de esta idea en Abraham F. Lowenthal et al., Mexico Transforming,  Pacific Council on International Policy, 2000

8 Consenso de Huatusco, ¿Por que no crecemos? Hacia un consenso por el crecimiento de México. Reflexiones de 54 economistas, México, 2004.

9 Véase una discusión interesante acerca de este concepto para el caso de México en Claudio Loser y Harinder Kohli (Coords.), Futuro para todos. Acciones inmediatas para México, México, The Centennial Group Latin America, 2012, así como en Alejandro Foxley, La Trampa del Ingreso Medio. El desafío de esta década para América Latina, Santiago, CIEPLAN, 2012

10 Daniel Lederman, Julián Messina, Samuel Pienknagura, y Jamele Rigolini,  El emprendimiento en América Latina. Muchas empresas y poca innovación, Banco Mundial, 2014.

Literal

Moloch

Este cuento forma parte de La ronda y otras notas rojas, novedad editorial del Premio Nobel de Literatura 2008, J. M. G. Le Clézio, publicada por Editorial Oceáno.

la-ronda-y-otras-notas-rojas


Hoy, 15 de agosto de 1963, la joven llamada Liana está sola, sentada al fondo de la sala, en la banca forrada de tela imitación piel color verde oscuro. Afuera, el calor pesa en las paredes de lámina y el techo plano, y adentro no hay un soplo de aire a pesar de que las ventanas están abiertas. A los pies de Liana, Nick jadea pesadamente. Es el único ruido al interior del remolque, aunque cada tanto se oye, a lo lejos, el motor de una sierra de cinta o de una moto, incluso el inusual grito de un niño que provoca que la joven se estremezca. Con el calor, el silencio pesa, ahoga, aprieta la cabeza e impide pensar como si en verdad no hubiese nadie, nadie a leguas a la redonda.

Hace tanto que Liana no ha visto a nadie. La última vez fue… ¿serían dos, tres días atrás? No lo sabe muy bien, apenas puede activar su espíritu para buscar recuerdos. Cuando lo hace, algo se enciende en ella como si se le endureciera un músculo, al igual que los nervios diminutos hacen temblar el párpado o la mejilla. Cuando eso sucede, abandona la búsqueda. Entonces se levanta, camina un poco por todo el remolque con los pies descalzos sobre la alfombra rugosa y marcada con quemaduras de cigarros. El piso del remolque tiembla bajo su peso. El perro lobo se levanta con las orejas apuntando hacia delante, luego deja caer la cabeza y se vuelve a dormir, o al menos finge hacerlo. Él tampoco ha visto a nadie en días, aunque quizá todo eso le importa poco. Nadie le cae bien, no necesita a nadie.

Se llama Nick. No fue ella quien le puso ese nombre. Fue Simon, cuando llevó al perro. Sólo dijo: “Se llama Nick”. El perro estaba tan pequeño que apenas podía mantenerse sobre las patas y defecaba sobre la alfombra. Liana lo quería de todos modos y habría deseado ponerle un nombrecito tierno y empalagoso, pero Simon dijo que se llamaba Nick y sanseacabó. Entonces ella aceptó el nombre que, para un perro lobo, sonaba bien.

Cuando Liana observa a Nick, nada se anima en su interior, aún puede recordar aquel tiempo sin que le duela, pero debe pensar sólo en el perro y en nada más. Si no, aparece el vértigo, una especie de viento que da vueltas en su cabeza, un viento que vacía, paraliza.

Nick es un gran perro lobo de pelo blanco y gris con un collar de pelos negros y una cola gris oscura. La punta de las patas es blanca, tiene una especie de lunares en cada mejilla, bigotes largos y tiesos y manchas negras le coronan cada ceja. Tiene un par de ojos amarillos marcados con una pupila bien negra que lo ven a uno al fondo de los ojos hasta que uno se ve obligado a desviar la vista. Liana intenta imaginarse ahora su mirada y, sin darse cuenta de inmediato, los ojos que aparecen son los de Simon, amarillos también, duros, insistentes y con una estrellita de luz que brilla al centro de las pupilas, ennegreciéndolas aún más. Los ojos la observan largamente, y el silencio al interior del remolque es tan intenso que cava un pozo insoportable. ¿Por qué la observan así esos ojos durante todo ese tiempo? Se dice que intentan ver en su interior, ir hasta el fondo para quemarla, matarla. Entonces siente que las agujas negras de aquellos ojos negros la perforan, y suelta un grito.

El perro lobo se vuelve a levantar y la observa, la mitad de su cuerpo en alerta. Como Liana ya no dice nada y se queda estática, el animal relaja poco a poco los músculos. Sin embargo, su cabeza ya no descansa en el tapete apoyada entre sus patas. Sus ojos amarillos permanecen bien abiertos.

“No es nada, Nick, no es nada”, dice Liana, quien se da cuenta de que apenas tiene fuerza para murmurar. Aquello parece una mentira porque todo su cuerpo es sacudido por temblores, mientras el sudor le humedece la frente, la espalda, la palma de las manos.

¿Qué hora es? La una, ¿o más tarde? Si la televisión funcionara todavía podría ver si ya pasó el noticiario. Pero el aparato se descompuso la semana pasada: se quemó de una buena vez por todas soltando un humo sofocante.

Pero aún no da la una ni por asomo, porque la carretera, allá, al fondo del terreno baldío, no ha producido ningún ruido de nuevo. Cuando van a dar las dos, se escuchan los rugidos de los motores, sobre todo los camiones pesados. Por el momento siguen estacionados a la entrada de la ciudad, donde hay cafés y gasolineras. Comen, toda la gente lo hace. Liana piensa de pronto que no ha comido casi nada desde ayer en la noche. Tuvo hambre hace rato y luego se le pasaron las ganas. Le pasa lo mismo, ahora, desde que… Tiene hambre y al instante siguiente siente náuseas. ¿Será por el bebé? ¿Debería ver un doctor como se lo dijo la asistente social, la chica pálida de lentes? Pero a Liana no le gustan los doctores. Siempre quieren tocar, examinar, siempre quieren saber… Si va a ver a un doctor de seguro le hará preguntas, y sus ojos van a brillar. A la gente le gusta tanto hacer preguntas. Tienen ojos que brillan y hablan con la boca húmeda, dicen y preguntan cosas, quieren saber nombres.

A ella Nick no le habla. Nada le pide. Sabe quedarse horas, días sin moverse, sólo escuchando y mirando sin hacer ruido.

El silencio está en todas partes. Liana huele el silencio en su interior, un silencio inagotable. Afuera, en el aire tórrido, en la luz, los árboles están inmóviles: árboles enclenques de follaje gris, eucaliptos, laureles, algunos pinos, palmeras. La tierra está blanca; hay piedras y polvo. Pero Liana no necesita observar el exterior. El silencio que está en todas partes también está en ella formando una mirada que recorre el horizonte, como el haz de un faro que todo lo escruta.

Hace mucho que no ha salido. ¿Dos días, tres? En el remolque sobrecalentado ya no hay nada que detenga el tiempo, nada que retenga el paso de las horas, de los minutos. El péndulo eléctrico se detuvo: de seguro la pila se acabó, aunque Liana ni siquiera ha pensado en cambiarla. ¿De qué le serviría? Ni siquiera sabría ponerlo a la hora. Además, ¿a ella qué más le da la hora? Sólo observa cómo cambia la luz dentro del remolque. En la mañana la luz es pálida y clara, un poco gris. Más tarde, cuando el calor aumenta en el exterior, se vuelve amarilla, brutal, y duele. Para verla, Liana entrecierra los ojos. Luego aparece una luz oblicua, caliente, en la que se ven flotar los granos de polvo como mosquitos. Un poco después surge una luz naranja, suave y bastante tranquila, la luz cansada al final del día que poco a poco se transforma en el velo malva del crepúsculo. Entonces todo se pone gris, pero no gris como en la mañana: un gris que se apaga, lentamente, con el color de la ceniza. Incluso cuando está todo oscuro hay un poco de luz que entra en el remolque: es el reflejo triste de las lámparas allá, en el camino, y la bruma rosada de las luces de la ciudad. Cada tanto aparece el haz de los faros de un auto en movimiento. Se pueden pasar horas viendo la luz que ilumina las paredes del remolque, o los reflejos que corren sobre la tela color verde imitación piel de la banca, sobre la mesa barnizada y sobre la tela con flores de las cortinas.

Liana se mueve lo menos posible. Se siente pesada, muy pesada. Cuando camina, a veces sus rodillas ceden y casi acaba en el piso. Como si tuviese a alguien sobre sus hombros. A veces piensa en Simon, siente el peso de su cuerpo sobre el suyo y se sacude con rabia para quitárselo de encima. Pero el peso desconocido no se va, no la abandona nunca.

Entonces prefiere no moverse. Se queda sentada en la banca, cerca de la ventana o en una silla, con los codos apoyados sobre la mesa.

¿Adónde podría ir? Ahí, en cada rincón y en otros sitios, está la misma tierra blanca, la arena, las piedras puntiagudas, la tierra acre y enceguecedora. Por todas partes se ven los mismos árboles enclenques, los eucaliptos, los laureles, las palmeras roídas por el sol. A lo largo de los caminos hay unos plátanos y unas sábilas a orillas del río. Ellos no se mueven, es cierto. Los árboles y las sábilas permanecen donde nacieron, en la tierra seca que los aprisiona y bajo el sol que los quema.

En cambio, los otros, los hombres, sabrían encontrarla rápidamente. No podría huir de ellos. Los hombres y las mujeres que se mueven de un lado a otro todo el tiempo, los que van y vienen en sus autos, los motociclistas que circulan con sus cascos en las carreteras junto con los camiones. Ellos saben adónde van, no tienen miedo de perderse, no esperan. Liana sabe que pueden venir en cualquier momento a llevársela, a conducirla a alguna de sus cárceles. Cada día la buscan doctores, policías, asistentes sociales, conductores de ambulancias. Liana les tiene miedo a ellos y a los ruidos que hacen, a su velocidad. Todos recorren las calles en sus máquinas sin descanso. El ruido de sus motores se funde y ruge sobre la ciudad como el ruido de una catarata.

Liana camina cada tanto a lo largo del remolque. Bajo sus pies siente el temblor de las estructuras metálicas mientras el remolque oscila como un barco. Nick levanta de nuevo la cabeza y sigue a su dueña con sus insistentes ojos amarillos. Da un bostezo y luego va hacia la puerta. Quiere salir.

“¿Quieres ir afuera?”.

Liana pone la mano en el picaporte. Nick observa la mano con impaciencia, ladra un poco dando gemidos. Ella se da vuelta, busca la correa con los ojos pero no la ve. Quizá se cayó tras algún mueble. Liana está extenuada sin gana alguna de buscarla. ¿Acaso la perdió el otro día cuando fue con Nick al supermercado? No recordaba si Nick tenía correa cuando había vuelto. Ni modo. Abre la puerta y Nick se desliza hacia fuera. Se apura para llegar a la mitad del llano blanco, se parece a un lobo. Liana sabe que va a ir a cazar del lado del río seco, que va a matar gallinas y conejos de las granjas vecinas. Pero eso le da igual. Es una especie de acuerdo entre él y ella. Puede que vuelva en la noche, cansado y con los ojos rutilantes.

Liana baja los escalones con dificultad. Titubea en la tierra caliente. La enceguece la luz. Tiene que poner la mano derecha arriba de los ojos como visera. Camina todo derecho, hacia la mitad del terreno baldío. De pronto se da cuenta de que tiene los pies desnudos y las piedras filosas le hacen daño.

Busca al perro con los ojos pero éste ha desaparecido en el llano de tierra blanca, al otro lado de la valla de arbustos. Escucha a los perros de los granjeros ladrar a su paso.

Liana se queda inmóvil frente al remolque y la luz la envuelve, entra en ella. Liana está completamente sola en la tierra polvosa, lejos de los árboles, lejos de las casas, sin nada en qué apoyarse, sin nada con qué esconderse. El sol arde en el centro del cielo emitiendo sus rayos dolorosos. Hay círculos que nadan en el lugar y siluetas que huyen, lejos: sombras, niños quizás, o perros, o autos, es difícil saberlo. Vuelan insectos invisibles que tornan el aire espeso: avispas, abejorros. Una luz gira a su alrededor como el viento: la luz del silencio, la soledad que oprime su cuerpo como el peso de un desconocido.

Liana quisiera retroceder un poco pero titubea y ahora todo el llano de tierra se pone a girar sobre sí mismo, arrastrando los árboles y las carlingas de los remolques. Aquello gira un buen rato así, alrededor de ella, la tierra y todo lo que arrastra: los remolques, los postes eléctricos, los arbustos, las palmeras enjutas, los barriles de keroseno, hasta las torres de los edificios que están al borde del gran río seco y el supermercado de techo de lámina.

Todo eso da vuelta lenta, muy lentamente, como si hubiese música en algún sitio. De pronto Liana siente que cae al piso, su cuerpo golpea el suelo como un trozo de madera. Liana escucha un fuerte ruido en su cabeza, aunque luego ya no oye nada porque se ha desmayado.

 

Cuando despierta, primero ve dos ojos insistentes que la observan con las pupilas negras. No son, sin embargo, los ojos del perro. Es una mujer de cara infantil con lentes que relucen en la luz. Liana la reconoce al instante: es la asistente social que suele venir hasta su puerta para hablarle.

“¿Ya se siente mejor? ¿Se siente mejor ahora?”.

La voz suave también es insistente. Liana se levanta poco a poco, como el perro hace un rato. Su cabello está lleno de polvo. Por instinto se peina con los dedos de la mano derecha. La joven de lentes dorados la observa con atención y dice:

“Voy a buscar un doctor”.

“¡No! ¡No!”, dice Liana con fuerza. “Ya estoy bien, me voy de vuelta a casa”.

“Le voy a ayudar”.

Liana intenta ponerse de pie sola, aunque se siente muy pesada. Se apoya en el brazo de la asistente y avanza cojeando hacia la escalera de su remolque.

“¿Está segura de que no desea que le hable al doctor?”.

Con algo parecido a la rabia, Liana dice:

“¡No! ¡No quiero ver a nadie!”.

“Eso sería lo mejor en su estado, por si se vuelve a sentir mal”.

La joven tiene una voz insistente que ella detesta.

Liana dice con dureza, casi con maldad:

“No me suelo sentir mal. Me hizo trastabillar mi perro”.

Y para parecer más convincente grita dos, tres veces:

“¡Nick! ¡Nicky! ¡Nick…!». Pero el perro, claro está, no viene. Liana regresa al remolque lenta, muy lentamente, concentrándose en cada paso. A su alrededor la luz quema, por todas partes brotan chispas: en el follaje, en las largas hojas grises de las palmeras, en los postes de acero, en las piedras filosas. Incluso hay chispas en su propio pelo, en la punta de cada una de sus uñas. Hay una especie de chubasco eléctrico que atraviesa el terreno baldío. Aquello genera también una música particular, un zumbido sordo, un chirrido que penetra los oídos y que forma un nudo al centro del cuerpo. Liana siente náuseas en la garganta.

Un sudor malsano le humedece las palmas de las manos y su corazón late con potencia en las arterias.

“¿Se siente bien? ¿Se siente bien?”.

La joven de lentes sigue a su lado. La toma del codo y Liana se deja llevar, está demasiado débil como para resistirse. Llegan a la escalera y ella quisiera detenerse, pero la mano de la joven la guía hasta la puerta. Entran juntas al habitáculo sobrecalentado.

“Aquí hace demasiado calor”, dice la mujer. “¿No hay aire acondicionado?”.

Liana mueve la cabeza.

“Hay que dejar la puerta abierta, y todas las ventanas”.

“¡No! ¡No!”, grita Liana, acostada a medias en la banca.

“Le voy a traer algo de beber”, dice la joven. “De seguro está deshidratada”.

Va a la cocina y Liana la escucha hurgar en los trastos desordenados. Luego regresa con un vaso de agua.

“No está fría pero igual la hará sentirse mejor”.

Liana bebe. El agua calma sus náuseas y su corazón late con menos fuerza. Tiene sueño.

“Gracias”, dice. La joven la observa con minuciosidad.

“¿No quiere que abra las ventanas? En verdad hace mucho calor aquí”.

“¡No!”, dice Liana. “Es… es por culpa de las moscas”.

“¿Moscas?”.

“Sí, por culpa del perro. Su olor atrae a las moscas”.

Liana mira a su alrededor. La joven entiende de inmediato.

“Quédese sentada. Lo voy a llamar. ¿Cómo se llama?”.

“Nick”.

Liana observa que la joven abre la puerta. Llama al perro. La voz y el nombre del perro resuenan de forma extraña en el espeso silencio del terreno baldío.

La joven vuelve:

“No está. ¿Quiere que vaya a buscarlo?”.

Liana niega con la cabeza.

“Para qué. Ya regresará más tarde. Volverá antes del anochecer”.

Como ya no hay nada más que hacer la joven se queda de pie frente a Liana. Su rostro infantil está marcado por la angustia y el cansancio, como si estuviera a punto de ponerse a llorar.

“¿En verdad no hay nada que pueda hacer por usted?”.

Liana niega con la cabeza.

La joven está a punto de irse pero da marcha atrás. Saca de su mano una libreta, escribe algo en una hoja, la arranca y se la da a Liana.

“Es mi nombre y dirección, con mi número de teléfono. Si necesita cualquier cosa me puede encontrar ahí, o me puede dejar un mensaje. Para Judith, eso es todo. ¿Lo recordará? Judith”.

Liana la mira sin sonreír, sin expresión.

“Las cosas estarán mejor ahora, ya verá”.

“No necesito nada”.

“Hasta luego”.

“Hasta luego, señora”.

“Cuando… cuando vaya al hospital, llámeme. La vendré a buscar”.

La asistente social se va y cierra la puerta con delicadeza.

Allá afuera, el gran perro blanquinegro corre a toda velocidad en algún sitio sobre la tierra polvosa, entre los arbustos a orillas del río seco. Ya no escucha el ruido de los autos que transitan en el camino, en lo alto de los pilares de concreto. Ya no escucha el ruido chirriante de los grillos ni los gritos de los niños en los campos. La luz chispea en las piedras afiladas, en los follajes, en las hojas de las palmeras, en las púas de la alambrada. Es una luz que embriaga, que trastorna un poco. El gran perro vuelve trazando grandes círculos en torno a las granjas, sigue una pista muy vieja y provoca que los perros del vecindario se pongan a ladrar. Luego, cuando cae la noche, deja de correr, se arrastra y con los pelos erizados avanza hacia el gallinero enrejado donde escoge, pacientemente, su presa.

*

Hoy, 3 de octubre, Liana despierta antes que el día. Cuando siente que se le rompe la fuente, comprende que el momento ha llegado, que aquello va a suceder. Aún no había pensado en eso, no con seriedad, por lo que desde hace tiempo dejó de vigilar los días en el calendario, de modo que ha olvidado un poco que aquello iba a ocurrir algún día.

Ya estaba gorda y pesada desde hacía mucho tiempo, con la piel del vientre tensa como una sandía. Acaso se había acostumbrado a todo eso, a ese nuevo estado. Cada día se había puesto más gorda y pesada, cada vez más le costaba agarrar aire al caminar o al ascender las escaleras, incluso cuando subía las banquetas últimamente. Luego la gente la observaba con aire incómodo, casi parecía como si tuvieran algo que ver en esa historia. Incluso algunos eran amables con ella, aunque amables de forma especial, con una mirada un poco huidiza, y Liana sintió desconfianza de ellos. Ya no quería ver a nadie, a nadie más. Cuando regresaba la joven de lentes dorados, Liana entreabría la puerta y en cada ocasión le dijo de mal modo, como si fuera una vendedora de jabones: “Muchas gracias, no necesito nada”.

A últimas fechas reconocía incluso su forma de golpear la puerta con delicadeza usando la punta de los dedos, por lo que Liana no se movía. El perro se ponía a ladrar como un loco hasta que la asistente social se iba.

Liana tiene un poco de miedo al sentir cómo se le escurre toda esa agua en la cama. Al levantarse para limpiar, de inmediato siente unos dolores punzantes. Nunca ha tenido un dolor como ése. Son olas de fuego bajándole por los costados que le paralizan las piernas o le recorren toda la espalda hasta los brazos y los hombros, y le retumban en la nuca.

Liana cae en la alfombra sucia gimiendo, incapaz de caminar. Respira muy fuerte y hace un ruido como de máquina, siente todas sus venas tensas como cuerdas. Su corazón late pesadamente, como si estuviera en el centro mismo del remolque, y hace vibrar todas las láminas, los muebles, el techo.

Nick se le acerca con las orejas levantadas y los ojos amarillos brillando de forma extraña a la luz del foco eléctrico. Quizá ya sabe lo que está pasando. Liana lo llamó en silencio, y lo mira con los dientes apretados para no gemir. El animal se detiene lejos de la mujer y se recuesta sobre la panza con las patas muy plantadas contra la alfombra y las orejas bien paradas, sin dejar de observar con sus ojos amarillos de pupila apretada.

A pesar de los terribles dolores que le impiden pensar o moverse, Liana rueda un poco de lado sobre la alfombra y se siente algo aliviada al ver a Nick, como si en verdad la pudiera ayudar.

Nada dice. Liana permanece acostada en la alfombra con las rodillas dobladas un poco hacia el vientre y los brazos acunándole el cuerpo. Gime con suavidad, aprieta los labios para no gritar. El gemido crece en su interior, le recorre todo el cuerpo con ondas de dolor, violentas oleadas que los labios apretados no dejan brotar y que salen expulsadas en forma de vapor contenido. Gime para ella, y también para Nick, intentando transformar el dolor en una canción monótona que quizá le permita dormir, olvidar.

Pero Liana no puede dormirse. Las oleadas de dolor que atraviesan su cuerpo provienen desde muy lejos, del otro lado de la tierra, y se topan en su camino con la coraza del remolque, y dentro de la coraza se encuentra esta mujer acostada en la alfombra, ovillada, intentando en vano esconderse. ¡Hay tanto sufrimiento en la tierra! La tierra ceniza, los árboles, las palmeras inmóviles, la noche gris, las lámparas que mal iluminan y también todo lo demás: las láminas, los vidrios y plásticos, los muebles forrados con tela imitación piel. Ahí dentro está el gran perro lobo blanco y negro, acostado sobre el vientre como una estatua de piedra, hierática; allá afuera, los hombres y mujeres desconocidos, esos que duermen abrazados en su cama desordenada, los que están solos, los enfermos en las grandes salas de los hospitales, los viejos que se ahogan, todos, allá afuera, en sus cuartos asfixiantes. La soledad que llena el interior del remolque es muy grande. Ahora es ella la que se asoma en oleadas cada vez más tensas. La soledad nace en el fondo de la noche y vibra sobre las estrellas azuladas de las luminarias haciendo que se oiga su terrible silencio. Liana gime y su voz recuerda el zumbido de un mosquito.

Frente a ella el gran perro permanece inmóvil. Observa con sus ojos amarillos, escucha. Liana quisiera llamarlo, piensa en su nombre y en aquel otro, el que le dice Simon, pero en esta ocasión no siente el vértigo. Liana no quiere gritar. No puede. No sabe por qué pero no debe gritar, pase lo que pase no debe hacerlo. Entonces sus labios se aprietan aún más de dolor y sus rodillas abiertas dejan que los brazos se enrollen en el vientre duro apretándolo como un cinturón.

Poco a poco, y sin darse cuenta, los brazos empiezan el movimiento de amasar, inician el acto de expulsión. Se deslizan a lo largo del vientre unidos por los puños, luego suben hasta los senos, vuelven a bajar una y otra vez. Así es como luchan contra las oleadas de dolor, para apartarlas y romper sus filas. Liana rueda sobre la espalda, cae a la izquierda y luego a la derecha: el movimiento continuo de rodarse la alivia. Liana es como un barco que va y viene sobre las olas, cede un instante y luego se inclina mientras la fuerza amenazante pasa por debajo de su casco.

El gemido también va y viene. Por momentos es agudo, poderoso, cuando la ola hace crujir todas las estructuras y hace temblar todo a su paso; en otras ocasiones es suave y grave, lento. El corazón y los pulmones ya no van tan rápido y el tiempo del mundo disminuye la velocidad como un soplo.

Aquello dura mucho tiempo, tanto que Liana ya no sabe cómo empezó todo. Por momentos piensa que el bebé ya está naciendo, que eso es lo que esperó durante meses; piensa que está sucediendo algo extraordinario, que algo va a cambiar en todo el planeta por primera vez. Eso le provoca un gran escalofrío, una corriente que la quema y la ilumina toda, como una lengua de alcohol que se desplaza.

Pero aquello no dura, debido al sufrimiento y a la soledad del fondo de la noche que aprieta la coraza del remolque. Lo único que queda ahora es el dolor que desespera y asfixia a Liana desde de todos los puntos de la tierra seca, del lecho del río sin agua o de la ciudad dormida en la bruma. Un dolor que llega por los pasillos de la sombra en aquella noche tan larga, dolor que avanza y se ramifica en las ramas erizadas de los árboles, en las hojas ásperas de las sábilas viejas.

El perro lobo no se mueve. Sus ojos amarillos observan fijamente a la mujer que gira un poco sobre sí misma, acostada sobre el tapete verde con el vestido arrebujado que rodea su dilatado vientre. Su mirada es dura, las orejas apenas se mueven para captar el crujir del piso bajo el cuerpo de la mujer y las olas incesantes de gemidos.

Acaso quien le da orden a todo ese dolor es él. Acaso el orden se encuentra en su mirada tan dura y amarilla que parece de otro mundo, proveniente de ahí, del centro del calor y de la luz, de las playas ardientes de la memoria, proveniente de la misma luz que la de la semilla del hombre que se quedó en el vientre de la mujer; entonces la semilla creció creando una explosión de dolor, abriendo, separando, forzando la carne que se le opone, enviando largos temblores de fiebre a los miembros, bamboleando sus olas por las entrañas hasta los pulmones, hasta el corazón.

Justo antes de que el sol salga nace el bebé. Liana no se da cuenta de que aquello está sucediendo. Tan sólo comprende que ya no puede levantarse, irse o siquiera pedir ayuda. Es demasiado tarde. Su cuerpo se arquea con tanta fuerza sobre las piernas para intentar formar un arco, que piensa que hará retroceder las delgadas paredes del remolque, e incluso las del país, empujando los árboles, las antenas de alta tensión, el espesor de la noche. Entonces el bebé aparece con la cabeza por delante, deslizándose poco a poco mientras las manos de Liana lo guían hacia fuera. Liana observa el techo del remolque y el foco desnudo que irradia su luz con la misma intensidad de una estrella. Sus manos hacen todo el trabajo junto con su vientre, con dilataciones y contracciones regulares. Las manos guían al bebé entre las piernas abiertas y lo colocan sobre el tapete todo pegajoso cubierto aún con el velo de la placenta. Las manos también rompen el cordón umbilical y hacen el nudo en el vientre del bebé. Para ese entonces, los llantos agudos ya llenan el interior del remolque y la luz del día ha empezado a apagar los rayos del foco.

Entonces, por primera vez, Liana de pronto se siente al fin libre de la angustia que ha sentido desde hacía meses, sin entender muy bien por qué. Esa nueva vida ocupa simple y sencillamente toda la coraza del remolque sin que quede espacio para nada más. Hace tanto calor que Liana no envuelve al pequeño. Al contrario, termina de desvestirse por completo sin levantarse del tapete sucio. Luego pone al pequeño ser sobre su pecho, apretándolo contra sus senos hinchados. Liana se duerme así, acostada de lado sobre el piso, con el bebé en sus brazos, mientras en las ventanas del remolque crece la luz.

*

El perro lobo de ojos amarillos observa fijamente. No se mueve nada su cuerpo, ni sus ojos. Su pelo blanco y negro brilla a la luz del día con cada chispa de luz dura y densa como una gema. En la tierra no hay descanso ni dulzura, jamás. La luz del sol es seca y áspera, proviene de los espacios vacíos y de las playas de guijarros polvosos en el estuario del río grande.

Aquí, en la coraza metálica del remolque, el tiempo se amplifica como si todo se hubiese detenido atrapado por el calor seco, paralizado, golpeado por miles de chispas eléctricas semejante a las piedras y a los sílex ensartados en la tierra polvorosa, semejante a las ramitas de los arbustos calcinados y a los árboles muertos de sed, semejante a las hojas grises de las sábilas y a las palmeras detenidas en el aire pesado del cielo. Con sus ojos amarillos de pupilas dilatadas, el perro lobo inmóvil fija la mirada hacia delante. En su mirada hay fuerza y también en su hocico, en su frente de arrugas verticales. La fuerza viene de sus cejas, unos largos pelos tiesos que salen de una pequeña mancha negra encima de sus ojos, y de sus bigotes cortos y duros, algunos de ellos rotos. La fuerza viene de su pecho y de sus patas traseras, extendidas hacia el frente, cuyas uñas se hunden en la alfombra sucia del remolque.

Ya no se mueve. Es su voluntad. Su fuerza es no moverse. Es como si fuera una orden que no comprende pero que igual escucha y que detiene todo su cuerpo, tensando cada nervio y cada músculo. Acaso la orden surgió de la luz enceguecedora del día, cuando Liana abrió la puerta del remolque por la mañana antes de irse. Entonces percibió una ola dolorosa que lo empujó hasta el fondo del remolque; también escuchó la voz de su dueña, una voz que no había escuchado nunca y que gritó la orden una sola vez.

Los ojos amarillos del perro observan la banca cerca de la ventana. Permanecen fijos en los cojines verdes de imitación piel donde hay una toalla abierta, porque en la toalla abierta duerme el bebé. Él tampoco duerme. Sólo hace un poco de ruido al respirar porque el aire es demasiado caliente y pesado para su pecho. Aun así duerme sin moverse acostado sobre la espalda, con la cabeza de lado y apretando los puños.

El perro lobo lo observa. Lo vigila intensamente con sus ojos amarillos pues el bebé es el único ser vivo en el mundo, el único en poseer un corazón, un rostro, unas manos.

Acaso todo se debe al olor. Desde hace varios días el único olor que el perro lobo percibe es el de ella, un olor extraño, un poco dulce y no muy fuerte que no había olido nunca, un olor particular de sudor y de orín aunque dulce, muy dulce, un poco como el de una planta o una flor. A causa del olor el perro lobo no puede dormir. A veces sus ojos se cierran, posa su mandíbula sobre las patas delanteras y se abandona al sueño. Pero de golpe llega el olor que lo pone alerta y lo invade haciéndolo alzar las orejas y abrir los ojos de par en par mientras cada nervio de su cuerpo se tensa a tal punto que podría romperse.

El olor del bebé es dulce y llena todo el interior del remolque. Tal vez hasta se difumina hacia fuera en el terreno baldío y en los árboles, llegando incluso a los postes de la carretera y las playas desiertas del gran río seco.

Al perro lobo le gusta ese olor. No es del todo consciente de que le gusta, aunque cada fibra de su cuerpo está tan tensa que le duele intentar reconocer aquel olor. Eso genera en él un desajuste, un ruido constante que no cesa, una leve palpitación del corazón, la tibieza de un aliento pasajero, la sangre que corre por las arterias y se mueve bajo la frágil piel.

Él escucha, sin cansarse. Inmóvil y con las patas poderosas extendidas hacia el frente, escucha. Pero como con su mirada, escuchar fijamente es algo tenso, doloroso. Llegan algunos ruidos mínimos del exterior: crujidos, soplos, chirridos de insectos. A veces, a lo lejos, vueltos irreales por el calor, hay gritos de niños o ladridos de perros. Incluso se escucha el rugir de los camiones que suben con dificultad por el puente de la carretera. Los ruidos se mezclan con la luz, el calor, la soledad. El perro lobo los percibe sin estremecerse, resuenan en el instante preciso que los imaginó. Pero sus orejas alzadas, dirigidas hacia el frente, sólo sirven para captar el ruido débil y lento que viene de la banca de imitación piel.

La respiración del bebé es suave, un poco ahogada debido al calor. Su ruido ligero llena la carlinga del remolque. La respiración parece construir algo, acaso de ella proviene el olor no muy fuerte y acariciante que impide dormir al perro.

Cuando el bebé se despierta y empieza a llorar, Nick no se mueve. Pero su mirada se vuelve más dura, todo su cuerpo se tensa al máximo. Sus uñas se incrustan con más fuerza en el tapete y sobre su lomo y su cuello los pelos se erizan un poco.

Desde hace mucho el vacío reina en el remolque, desde hace horas cuando Liana cerró la puerta y se alejó por el terreno baldío. El vacío también está en otras partes: en las superficies de tierra polvosa, en los bosquecillos quemados por el sol, en el follaje de los laureles y eucaliptos, en el lecho blanco del río. Hace tanto tiempo que todo resuena en su cuerpo golpeando incluso las paredes de metal y vidrio. La voz del pequeño que ocupa ahora todo el remolque, brota chirriante y segura, insistente como el canto de los insectos. Es una voz que llora contra el silencio, contra la soledad, perforando la espesura del aire y de los muros de metal, haciendo un agujero por donde el silencio se escapa. Ya no hay nadie ahí, en el remolque, salvo la voz aguda y la mirada fija del perro lobo.

De golpe Nick siente el hambre. Desde hace mucho no ha comido. Su boca y su lengua se volvieron insensibles y ya no recuerda cómo eran antes. Sin mirarla acechó la puerta del remolque hora tras hora, esperando que Liana volviese, esperando que volviera y apareciese a contraluz, esperando que le dijera algo y que lo llamara. Desde hace días Nick aguarda que le dé de comer cualquier cosa, carne, galletas, pan. Pero desde que volvió al remolque Liana dejó de verlo, se acostaba de inmediato en la banca de imitación piel, desabotonaba su vestido y apretaba contra su pecho al pequeño ser que tomaba leche con vigor. Entonces estaba aquel olor de leche y sudor que crecía en el remolque, invadiéndolo todo. Aquel olor lastimaba a Nick, y también lo asustaba, por lo que el perro iba a esconderse debajo de la mesa, al otro lado de la cabina, con los ojos entrecerrados y las orejas echadas hacia atrás.

Luego se vuelve a dejar sentir ese olor dulce y no muy fuerte a leche, orín y sudor que llena la cabina del remolque: pero Nick ya no tiene miedo. El cuerpo del bebé crece y ocupa poco a poco todo el espacio con su piel tibia, su rostro, su aliento y su voz que llora.

El bebé llora más fuerte. Acaso se ha dado cuenta de que su madre está ausente. Acaso él también tiene hambre. Pero su hambre es pequeña y dulce. El bebé tiene ganas de chupar el pecho tibio de su madre y de llenarse la boca de leche espesa; tiene ganas de volver a sentir el calor del cuerpo que quiere.

El hambre de Nick es distinta, se trata de un hambre que ya no reconoce y a la que ya nada puede saciar. Su hambre es idéntica a la soledad del estuario del río seco, ahí donde las casas son barridas por el viento del polvo. Su hambre es un dolor, como el dolor de su mirada y de su oído estáticos. El hambre le roe el interior del cuerpo y lo hace arder de fiebre. El hambre amplifica todo. Cada ruido, cada cosa que cruje allá afuera resuena dentro de su cuerpo haciéndolo estremecerse a pesar de la voz casi continua del bebé que llora. Ahora hay odio, y temor. Nick nunca ha experimentado con tanta fuerza aquello que se encuentra en su interior, al fondo de su cuerpo y que surge formando gruñidos en la garganta, erizándole todo el pelo, achicándole aún más el punto negro de las pupilas en sus ojos amarillos. Cada músculo de su cuerpo está tenso, listo para la acción.

Lo que despierta el odio y el temor en él es la voz del bebé llorando. La voz se mezcla con el dolor de la espera, el dolor de la mandíbula, lo reseco de la lengua y del hocico. La voz se mezcla con el gran vacío que cava un hoyo en el centro de su cuerpo.

Afuera, el sol quema la coraza de aluminio del remolque, los árboles negros aprisionados en la tierra, las piedras polvosas del río. A lo lejos, los autos transitan en la luz con las ventanas ciegas, abiertas a un destino inexistente.

Quizá Liana camine sin destino fijo en el gran supermercado de cemento y láminas, por los pasillos de productos: cajas multicolores, paquetes, carnes en celofán, frutos demasiado rojos o demasiado amarillos, acantilados de botellas con líquidos mágicos y prohibidos. Liana va caminando y la luz de los tubos de neón le ilumina el rostro desaliñado, los ojos hundidos en las órbitas, el cabello color paja. Liana va errando sin objetivo entre los pasillos, choca con las personas y las cosas sin reconocerlas. Camina de un punto al otro de la sala gigante sin tocar ni ver nada, puesto que nada puede ser suyo, puesto que nada tiene.

Un instante después piensa en el rostro de la asistente social y en sus lentes dorados, incluso escucha el sonido de su voz en el oído, pero aunque intente escuchar con todas sus fuerzas no consigue entender lo que dice aquella voz dulce. Entonces camina más rápido para huir de su desconcierto y esconderse. Sin embargo, la luz está por todas partes de la gran sala vacía, no puede escapar de ella. Eso le aprieta la garganta y las sienes, hace que le tiemblen las piernas. Liana sabe ahora que no hay nadie más salvo la asistente social y que no hay otro nombre en el mundo ahí, cerca de ella; sabe que ya no podrá encontrarla.

Liana camina durante largo rato en los pasillos del supermercado a la luz de los neones. Las personas no la miran. Están demasiado ocupadas en ver los pasteles, las frutas, los jabones, la ropa. Sus caras tienen el color de la carne y ojos brillantes como cápsulas; sus manos están ávidas de tomar, de llevarse cosas.

Sólo entonces se da cuenta, en un segundo, de que lo único que busca es la salida, una puerta en cualquier lado para escapar, para estar afuera. Tiene que irse de ahí lo más pronto posible, se da cuenta de la terrible necesidad de hacerlo y del peligro amenazante que hay allá, en el remolque.

Liana se detiene frente a una mujer de pelo castaño y tez bastante pálida que permanece inmóvil frente a los periódicos. Quisiera pedirle que la ayude, pronto, porque sus ojos ya no ven la salida. Quisiera hablar de su hija que se quedó sola allá, en la coraza; quisiera hablar de su hija que van a venir a buscar y a llevarse, la misma que van a devorar. Pero las palabras no consiguen salir de su garganta. Se quedan encerradas en su cuerpo, haciéndole tanto daño que sus labios tiemblan y las lágrimas le llenan los ojos escurriéndole por las mejillas.

La mujer pálida la ve un instante sin decir nada y luego huye rápidamente. Entre las lágrimas Liana la ve dar vueltas y vueltas entre los pasillos, como si quisiera borrar sus huellas.

Afuera la luz del sol es aún más fuerte. Quema y limpia todo: las piedras, la tierra, las hojas de los árboles. Hay polvo de cemento en los techos de las casas, como una funda ligera bajo el cruel azul del cielo. En la carretera de nudos lentos relucen las corazas de los autos. El viento trae por momentos el ruido ronco de los motores, el rugir de los camiones o el de los cláxones como gritos de animales. Luego todo eso se aleja. Todo va y viene así, por oleajes, dudando, intermitente. Hay tanta soledad, tanta hambre… Hay demasiada luz en el estuario desierto del río mientras que en el terreno baldío y aislado la cabina de aluminio del remolque se encuentra en equilibrio sobre sus bases de ladrillo, parecida al casco de un avión que ha naufragado. A pesar de todo eso, a pesar de la violencia y del asesinato, aquí no se oye ruido alguno salvo, ocasionalmente, el gruñir de la carretera y las voces de los perros de las granjas.

Cuando Liana regresa caminando con lentitud por el terreno baldío la luz ha declinado. No carga ningún paquete. Su ropa está cubierta de polvo blanco y cojea un poco, pues uno de los tacones de sus zapatos se ha roto. Su rostro está marcado por la angustia aunque ahora sabe lo que debe hacer, al fin lo ha entendido. Acaso sea demasiado tarde, acaso ellos ya están en camino guiados por Simon o por la joven de lentes dorados. O tal vez encontrará al guardia del terreno baldío con su rifle de doble cañón y su gorra de cazador enfundada hasta las ojeras. Deben llegar ahora, antes de la noche, para matar al perro y llevarse al bebé a uno de sus hospitales. Deben llegar para encerrar a Liana ahora en una gran sala blanca de paredes lisas de donde no podrá escaparse.

Aunque cojea, se apresura para llegar al remolque. Cuando sube las gradas de la escalera y abre la puerta, el perro lobo está junto a ella en un instante con el pelo erizado y los ojos chispeantes, porque ha entendido.

La joven mujer y el perro atraviesan, juntos, el terreno baldío. Liana tiene al bebé apretado contra ella, envuelto en su toalla de cocina. El bebé sorbe la leche mientras Liana camina. A pesar de su cansancio, siente que el líquido que sale la tranquiliza.

Ambos caminan durante largo rato hasta que cae la oscuridad absoluta. Ahora están al borde del río, en las playas de piedras polvosas. Se oye en algún sitio el ruido de un chorro de agua que corre. A lo lejos se escucha el rugir de los motores en el puente de la carretera. En ese lugar el aire de la noche es fresco y ligero. Hay mosquitos que danzan, invisibles. Liana cubre el rostro del bebé recién dormido con la toalla. Nick se aleja, sin hacer ruido, entre los arbustos que bordean el río para cazar gallinas y conejos de las granjas. Volverá al alba, satisfecho y agotado para acostarse junto a Liana y al bebé. Sus ojos brillarán entonces en la sombra como dos estrellas, como si su dura luz bastara, durante unas cuantas horas más, para detener el avance de los hombres que van en su búsqueda.

 

J. M. G. Le Clézio
Escritor y ensayista. En 2008 le otorgaron el Premio Nobel de Literatura. Ha publicado: La música del hambre, Desierto, El pez dorado, entre otros libros. 

literal-moloch

Cabos sueltos

De torturadores

Habían herido de un balazo a Reagan, presidente de los Estados Unidos. Alguien dijo que el atentado lo había conmovido mucho y que deseaba someter a sus amigos sus reflexiones. No hay defensa contra gente que no se atiene a las mismas reglas que nosotros —continuó—. Ellos pueden secuestrar, torturar y no rendir cuentas. Si se los tortura el mundo entero protesta. Si no se los tortura, no hay manera de romper sus conspiraciones. Yo me pregunto si la solución no será institucionalizar la tortura. Ponerla en manos expertas. Sacarla de esos animales de las comisarías, como uno que en la 17 (¿o en la 15?) donde me tenían detenido, le aplicó la picana en el órgano sexual (la violó con la picana) a una mujer menstruada. Yo digo si la tortura, en manos expertas de un hombre como Cardozo, que sabía distinguir la verdad de la mentira, arrancadas al torturado…”. Aquí un señor S. se levantó, dijo que no quería seguir oyendo, que a él lo había torturado Cardozo y que no quería recordar nada. El otro lo calmó: “A amigos míos (mencionó nombres que no recuerdo) los torturó Cardozo. A uno de ellos, Cardozo lo llamó al día siguiente y todos protestamos; pero vimos que estaban conversando nuestro amigo y Cardozo. Nuestro amigo volvió. Nos dijo: ‘No es tan mal tipo. Me explicó: —Mirá, pibe, lo que te hice ayer no lo hice por gusto; lo hice porque mi obligación es averiguar la verdad. Pero yo no te tengo rabia ni te deseo mal. Yo soy un tipo como vos. Tengo mujer e hijos. Para darles el puchero, trabajo’”. Aquí yo dije: “Después de esa explicación a su torturado de la víspera, pienso peor todavía de Cardozo”. S., el que no quería recordar, me dijo: “Había dos Cardozo. El padre, el comisario experto, y el hijo, que era un cabo o algo así y un sádico. El padre dirigía y el hijo torturaba. A mí me torturaron el hijo y un tercer individuo, dirigidos por el comisario Cardozo. A mi hermano, esos técnicos, esos expertos, lo dejaron para siempre lisiado de columna. Yo no les perdono el haberme dado ganas de matarlos. Durante un año pasé casi todos los días frente a la embajada paraguaya, donde estaban asilados, en la esperanza de que se asomaran y me dieran la oportunidad de pegarles un balazo. Ni por casualidad se dejaban ver. Pasaron ocho años encerrados en la embajada, lo que es una forma de presidio. Al otro, al tercer torturador, lo fusilé tres veces. El gobierno de La Plata, después de la Libertadora, me puso al frente de una comisaría, con tanta suerte que allá fue a caer mi ex torturador. Mandé que una mañana lo llevaran al patio y con un pelotón, con un oficial que daba órdenes, lo fusilaran. Lo fusilamos con balas de fogueo. Yo no podía torturarlo ni mandar que lo torturaran; pero eso sí, tres veces, con intervalos regulares, de diez y quince días, lo fusilé. El hombre se convirtió en una babosa; se arrastraba como un gusano. Créame, nada destruye más. Un día, una persona que en la policía estaba por encima de mí y que, enterado de los fusilamientos, nunca me apercibió ni menos reprendió por ellos, apareció con una orden de libertad para el sujeto. Créame que eso me cayó muy mal; pero dos o tres días después que lo pusiéramos en libertad, lo liquidaron. El que había traído la orden de libertad cuando me vio lanzó una risotada y explicó: ‘Yo sabía que se la tenían jurada, así que lo puse en libertad para que esas manos anónimas lo mandaran al otro mundo’”. El que había hablado primero me contó: “A mí me habían detenido. Una mañana me llevaron a un salón donde quince funcionarios me miraban. Yo les dije: ‘Si alguno de ustedes va a ponerme las manos encima, mejor que me maten, porque yo voy a recordar siempre sus caras y si sobrevivo juro matar al que me haya torturado’. No me tocaron. Yo creí que era por mi bravata. Al día siguiente Cardozo me explicó: ‘No te torturamos porque sabemos que vos no estás en esto. Si tuivéramos duda te torturaríamos tantas veces como fuera necesario’. Le pregunté si me iban a soltar. Me dijo que no. Que me chuparía uno o dos meses de detención, porque la policía no puede equivocarse”.

Fuente: Adolfo Bioy Casares, Descanso de caminantes, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2001.

Cabos sueltos

El mito de la coca

Dijeron cada uno de por sí y todos juntos, que vieron y entendieron y oyeron decir, que en tiempo de los Incas había muy poca coca y muy pocas chacras de ella, y que no usaban de la dicha coca sino los dichos Incas y las personas a quienes ellos la querían dar, como era a sus hijos y capitanes y a otros que eran muy privados suyos, y que no la usaba la gente común, y que no saben ni entienden bien qué origen tuvo la dicha coca, mas de que entre los naturales se trataba que la dicha coca, antes que estuviese como ahora está en árboles, era mujer muy hermosa y que por ser mala de su cuerpo la mataron y la partieron por medio y la sembraron, y de ella había nacido un árbol, al cual llamaron mamacoca y cocamama y desde allí la comenzaron a comer, y que se decía que la traían en una bolsa, y que ésta no se podía abrir para comerla si no era después de haber tenido cópula con mujer, en memoria de aquélla, y que muchas pallas (mujer noble y galana) ha habido y hay que por esta causa se llamaron coca, y que esto lo oyeron ansí decir a sus pasados, los cuales contaban esta fábula y decían que era el origen de la dicha coca.

Fuente: Literatura quechua (edición de Edmundo Badezú Aybar), Biblioteca Ayacucho, s/f.

02-coca

Cabos sueltos

Wiki-embuste

03-embuste

¿Qué novela inglesa ha vendido más ejemplares? Respuesta rápida: nadie lo sabe. Sin embargo, entre el 4 de abril de 2008 y el 30 de enero de 2016 Wikipedia tuvo la respuesta: era Historia de dos ciudades de Dickens, con un cálculo de 200 millones de ejemplares vendidos, tres veces más que el segundo libro mejor vendido en la lista, El Señor de los Anillos de Tolkien. Esta cifra de 200 millones es, para enunciar lo obvio, pura ficción. Se desconoce su última fuente: tal vez un hiperbólico emitido de prensa para una adaptación musical en Broadway de la novela de Dickens. Pero la presencia de este embuste en Wikipedia tuvo, y sigue teniendo, una influencia alarmante. Desde el 2008, la afirmación se ha reciclado repetidas veces tanto en la BBC como en el Daily Telegraph, el Daily Mail, el Guardian y el Independent, ninguno de los cuales ha citado a Wikipedia como fuente. Incluso se ha abierto paso a populares libros de historia. En The Great British Dream Factory (2015) su autor Dominic Sandbrook insiste en que puede comprobarse de modo empírico que la cultura británica es la más exitosa del mundo: “Los hechos y las cifras conforman una lectura interesante… El Señor de los Anillos es la segunda novela más vendida que alguna vez se haya escrito, sólo atrás de Historia de dos ciudades”. Su fuente en nota al pie es un artículo del Independent de julio de 2014, es de suponerse  que tomada también de Wikipedia.

Fuente: TLS, mayo 27, 2016.

Cabos sueltos

Remedios contra el hipo

1. Cuando niño me cogía hipo, mi madre iba a buscar la llave de la puerta trasera, me abría el cuello de la camisa y me deslizaba el frío metal por la espalda. En aquel entonces, yo creía que ése era el procedimiento médico —o maternal— normal. Sólo años más tarde empecé a preguntarme si el remedio funcionaba simplemente por crear una distracción o si, tal vez, había alguna explicación más científica, si un sentido podía afectar directamente a otro.

2. El hipo en el hombre se quita porque sabido es lo fácil que es dominarlo momentáneamente reteniendo la respiración el más tiempo posible y respirando en seguida lo más débilmente que se pueda. Pero hay muchos en que el hipo es muy persistente y se resiste a este medio y aun hay personas afectadas violentamente de hipo durante muchos días sin interrupción. M. Ceysens, médico de Brabante, pretende detener este desorden de las vías respiratorias, por rebelde que sea, oprimiendo fuertemente la extremidad interna o el cuerpo de cualquiera de las clavículas, o las dos a la vez. Si como hemos dicho antes, no basta el contener la respiración, se hace uso de la siguiente receta:

Clorhidrato de cocaína….       1 gramo
Agua destilada…                    16 ”

Se empapa en este líquido un pedazo de franela, de unos doce centímetros o del tamaño de un pañuelo y se coloca como defensivo en la parte que divide el vientre del estómago. En el acto se produce una gran sensación de frío y cesa el hipo inmediatamente. José M. Loeb refiere un caso de hipo rebelde que ha persistido durante cinco días consecutivos a pesar de muchos tratamientos diferentes y que se curó con una cucharadita de azúcar mezclado con vinagre. El hipo cesó estando aún presente el médico tan luego como el enfermo tomó esta mezcla. El día siguiente, hacia las doce del día, volvió el hipo; se repitió el tratamiento con igual éxito.

Fuentes: 1. Julian Barnes, Pulso, Anagrama, Barcelona, 2011. (Con las gracias a Kathya Millares.) 2. Diccionario del Hogar (editor Irineo Paz), Imprenta, Litografía y Encuadernación de I. Paz, Segunda calle del Relox número 4, México, 1901.

05-hipo

Cabos sueltos

Con los pies delante

Dase el nombre de agrippa, palabra formada de aeger y pes, a los niños que nacen con los pies delante, parto el más difícil y doloroso. Ordinariamente los niños están en el seno de su madre con la cabeza hacia abajo y los pies arriba. Están así, dice M. Varrón, no como hombres, sino como árboles; atendiendo a que, según él, las ramas son las piernas y los pies el árbol, mientras que el tronco es la cabeza. “Cuando, en contra de lo natural, dice, los niños tienen los pies hacia abajo, los brazos se abren y los detienen; en este caso las mujeres dan a luz con más dolor. Para conjurar este peligro se han levantado en Roma altares a dos diosas, llamándose una Postverta y la otra Prorsa. La primera preside el nacimiento de los niños invertidos en el seno de la madre; la otra el de los niños colocados naturalmente.

 

Fuente: Aulo Gelio (siglo II), Noches áticas Editorial Porrúa, Col. Sepan Cuantos 712, México, 1999.

04-pies

Puerto libre

Enigma en los zapatos

Los primeros zapatos de los que tengo memoria eran negros de charol, con un lazo sujetando el tobillo.

Me he visto en las fotos con unas botas blancas, pero ésas no las recuerdo sino de ahí, de las estampas, de una en la que estoy parada en la cubierta de un velero, detenida del mástil y con un rehilete en la mano izquierda.

Perfecta imagen para la memoria de una mujer que espera llegar al 2035, sin haber perdido por completo la propensión romántica del siglo XIX.

Cada quien sus pesadillas. Algunas de terror, otras del diario afán. De estas últimas, la mía es comprar zapatos. Tengo unos pies cuyo enigma es muy superior al teorema de Pitágoras. La hipotenusa de mis empeines tiene siempre tamaños distintos, entre uno y otro pie, entre un día y otro, entre el calor y el frío. No hay manera de uniformarlos. ¿De qué número calzo? Adivinar. Cada par de zapatos es su propio enigma, cada uno va poniendo en entredicho mi razón.

01-zapatos

Ilustración: Gonzalo Tassier

Cuando entro a una zapatería dejo ir los ojos por el inexorable horizonte de la tienda y pienso que esa vez sí será fácil, al menos posible, salir con un par al que no ponerle reparos. Pero nunca sucede. Y como en toda pequeña pesadilla el final es un túnel dando vuelcos.

¿Será porque apenas mido uno y cincuenta y ocho que los zapatos me importan tanto? ¿Será porque los tengo más cerca de los ojos? ¿Será por presumida? Sin duda debe ser por presumida. Nunca pude, pero ni con las seis décadas puedo, aceptar la comodidad de una zapatos feos.

¿Por qué es que esto les cuento? ¿De qué mundo me escondo dilucidando en torno a la belleza de los zapatos y la fealdad de algunos pies? Mi deber es contar. No dar cuentas. Siempre me he sentido incapaz de traducir el mundo, no doy con las razones y mucho menos puedo imaginar cómo resolver los problemas de nuestro país. Para eso está la revista nexos con su colección de sabios. Esta revista en la que he abierto un puerto que a veces se llena de barcos entrando y saliendo hasta que todo es un desorden sin retorno, como el túnel en la pesadilla de los zapatos.

¿Qué tienes tú que decir? ¿Te duele un pie? Y nos lo cuentas como si importara. Hablas de nimiedades. ¿Qué con la democracia? ¿Qué con la ley? ¿Qué con este lío que es vivir en un país que anochece con unos destripados y amanece con unos descabezados? ¿Y los índices de pobreza? ¿Y la equidad? Todo igual que el día aquel en el que te compraron los primeros zapatos para ir al colegio. Unos choclos blancos. No podían ser más feos, ni más idénticos. Todas las niñas íbamos al colegio vestidas igual. Unas eran más ricas, otras menos, pero vestidas iguales, daba igual. Más o menos teníamos lo mismo aunque no fuera cierto. Entre nosotros se hablaba poco de dinero. Para muchos, tenerlo obligaba a la discreción. No tenerlo en abundancia, también. Si mis papás dirimían esos asuntos cerraban la puerta. O lo hacían cuando las luces de la casa ya se habían apagado. Una vez los oí, atando los cabos del tema, cuando me acerqué a su cuarto en mitad de la noche, despierta con un dolor de cabeza que aparecía de repente como una flecha iluminada. Había que pagar no sé qué deuda. Regresé a mi cama con tal susto que no recuerdo a dónde fue a parar mi cabeza. Amanecí con las trenzas desbaratadas y el pelo hecho una madeja de alambres.

No pasó nada. Nunca nos faltó nada. Éramos siempre los primeros en pagar la colegiatura. Y la renta. También es cierto que nuestro coche era el más pequeño, y que nuestra mamá tenía un trabajo. Daba clases de ballet. De cinco a ocho. Tres grupos. La verdad es que le fascinaba tanto como avergonzaba a mi papá. Ahí y en ese tiempo, los hombres tenían que ganar el pan y las trifulcas de su familia. Todos sabemos que ella se habría aburrido muchísimo con cinco hijos y una máquina de tejer, por más que platicar con su hermana la divirtiera tanto, pero me aprieta el corazón como un zapato nuevo si recuerdo la pena que le daba a mi padre no pagar hasta el último centavo de lo que se gastaba en nuestra casa. Tonterías como botas viejas, pero que a él le importaban como una guerra.

No sé por qué, nuestra madre, cuando hacía el recuento de esos años en que pasaron trabajos y tuvieron disgustos económicos, se preguntaba por cuál motivo no había tomado a sus hijos y se había ido a Jalapa con ellos y su marido. Nunca entendí esa suerte de jaculatoria, ni le pregunté por qué irse y por qué a Jalapa. Un lugar al que nunca fuimos más que como parte del único viaje a Veracruz que atravesó nuestra infancia. Un viaje en el que aprendí el gozo de andar descalza, con mis dos hermanos, buscando pedazos de nácar en una playa de arena gris.

En esos años los niños pobres, así se les llamaba, por su nombre —no existían escondrijos ni asociaciones de palabras—, no tenían zapatos. Andaban descalzos. Pero del diario. Con el pelo rapado para no llenarse de piojos. No vivían lejos de nosotros, iban a la misma iglesia, de repente tocaban la puerta para pedir un taco. Se los dábamos, pero nada más. “Bienaventurados los pobres porque de ellos es el reino de los cielos”. Eso decían las enseñanzas, y había quien así las aceptaba. Pero a nuestros progenitores siempre los redimió la culpa. Así no podía ser, así no debía ser: esa certidumbre nos heredaron. No era lógica la pobreza como no era lógico el poder en manos de unos a los que se llamaba rateros, pero eran intocables. Mucho más intocables que los de ahora. Veinte años después de su muerte, el nombre de un cacique parecido al que yo di en llamar Andrés Ascencio, seguía diciéndose en voz baja.

En privado, cuando los grandes creían que no los oíamos, hablaban de sus varias mujeres, de sus indescifrables crímenes, de sus cincuenta pares de zapatos.

Yo tenía proclividad por esas conversaciones, apenas nos mandaban al jardín, me descalzaba para volver, sin que nadie oyera, a meterme tras un sillón y escucharlas. Sólo entonces brotaban los malos como fantasmas a media tarde. Pero no había estadísticas, ni estudios comparativos, ni encuestas. Todo era rumor o experiencia. Alguien había visto un muerto, todos supieron de una huelga en la que mataron a los trabajadores de un ingenio azucarero, nadie quería seguir oyendo y por eso llamaban a los niños a merendar gelatina de naranja.

¿Cómo eran aquellos años mis zapatos? Recuerdo unos azules. Estuve mirándolos en el suelo, junto a mis piernas dobladas para caber en un rincón al que llegó la historia de una mujer torera, dos veces valiente porque había estado enredada con el mentado general cuyo nombre no se mentaba.

En los zapatos cabe de todo. Y de todo hablan. Cabe el mundo, la historia, las finanzas. Cuentan quién tiene qué y quién no. Mis zapatos de aquellas vacaciones eran los mismos que los del año anterior, ya les habían puesto medias suelas y si les ponían suelas corridas se achicaban. Iban a comprarme otros el siguiente año, pero mientras había más de dos zapateros por barrio y la gente les cambiaba el tacón una o tres veces a cada par. No había marcas. Ni tiendas para princesas. La zapatería se llamaba Miguelito y los zapatos Ponchito. Los hacían en León, Guanajuato, y había que domarlos.

Con razón los escarpines de mis abuelas eran un amasijo de bultos y deformidades. Crecieron con los pies apretados. Era lógico tener callos a los sesenta. Yo me quejo mucho, pero no tengo ninguno, porque ya mis zapatos, hasta los de los chinos, que ya no hacen las cosas tan duraderas como su muralla, son suaves.

¿Desde cuándo son menos duros tus zapatos? ¿Podrías contar la historia con los pies? ¿Tu país con los pies? ¿Tus miedos con los pies? ¿Tu valor? ¿Tus apegos? ¿Cómo es que decía el dicho? “Con que te vas y me dejas, déjame tus chanclas viejas para acordarme de ti”. Parece que estoy oyendo a mi padre repetirlo, tras la lluvia, cuando le pedí que me diera permiso de venir a México, a estudiar quién sabe ni qué, con tal de no andar sin novio, solterona de veinte años, por la ciudad sitiando mis zapatos de entonces.

Mi madre había dicho que sí. Ella quiso siempre que nosotros viéramos más que sus ojos y anduviéramos más que sus zapatos. Mi madre tenía unos pies largos, elegantes y delgados como plumas Mont Blanc. Yo no los heredé. ¿Qué genes me despojaron de tal legado? Me lo pregunto muchas veces, sin duda siempre que enfrento el túnel de esa pesadilla. Sí, me digo, podría contar la historia con los pies.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

Tangente

Un ensayo sobre la fuerza

La fuerza, no el hombre, ocupa el centro de la historia humana. Lo advierte Simone Weil leyendo la Ilíada. Su argumento es que la energía que se impone en nuestras relaciones nos deshumaniza. Sometidos a un imperio físico, somos carne inanimada, cosa. “La fuerza es lo que hace de quienquiera que le esté sometido, una cosa. Cuando se ejerce hasta el extremo, hace del hombre una cosa en el sentido más literal, pues hace de él un cadáver. Había alguien y, un instante después, no hay nadie”.

01-fuerza

Ilustración: Adrián Pérez

Ese es el tema del hombre, sostiene la mística excéntrica en su admirable ensayo titulado “La Ilíada o el poema de la fuerza”. Escrito en 1939, el ensayito de apenas una veintena de páginas fue uno de los pocos textos de Weil que vio publicados. Para Weil sólo los Evangelios pueden compararse en penetración al poema homérico. Y es ahí donde mejor se presenta el estremecedor espectáculo de la fuerza. El soldado, el esclavo, el prisionero, el vengador, el poderoso incluso, son títeres de la fuerza. La fuerza nos contrapone pero también nos hermana en la desgracia. Triturados los resortes de su libertad, el ser humano pierde ánimo, alma. Es una masa de carne, de músculos y de nervios. ¿Vive? No lo sabe bien Weil.

La fuerza no oprime porque sea la imposición de una voluntad sobre otra. No explota porque sustraiga el sustento de los débiles. La fuerza no es un instrumento de la política, es el desafío del espíritu. Los esclavos no forman cuerpo de una clase definida por su sitio en el proceso productivo, como habría pensado Marx. Integran, en realidad, otra especie humana. “Hay seres humanos […] que, sin morir, se convierten en cosas para el resto de su vida. No hay en sus jornadas ninguna alternativa, ningún vacío, ningún campo libre para nada que venga de ellos mismos. No son hombres que vivan más duramente que los otros, socialmente colocados más abajo que los otros: es otra especie humana, un compromiso entre el hombre y el cadáver”. Bajo el dictado de la fuerza somos muertos vivientes. Ser hombres pero ser cosas, ahí nuestra tragedia. La vida petrificada antes de ser suprimida. La muerte extendiéndose desde el nacimiento hasta la defunción.

La paradoja es que, aun permitiendo la humillación, la fuerza hermana. Su embrujo es tal que somete aun a los que beneficia, enlazando de manera terrible a los explotadores con los explotados. A los débiles aplasta pero a los poderosos envenena. Si Weil dice que “nadie la posee realmente” es porque quien empuña la espada y quien siente su filo son sus juguetes. La espada no es la fuente del poder, es lo contrario; instrumento de una doble tiranía: tritura por una punta, enloquece por la otra. Los soldados y sus presas se arrodillan ante la majestad de la fuerza. También el guerrero vencedor se ha convertido en cosa. Una hoja girando al capricho de un huracán. Instrumento de la guerra, el capitán es incapaz de escapar de los ultrajes de la fuerza. La razón le es extraña. No puede escuchar palabras. El soldado vencedor y el esclavo se asemejan: ninguno ve, ninguno escucha, ninguno siente al otro. “Ambos, al contacto de la fuerza, sufren su infalible efecto, que es transformar a quienes toca en mudos o sordos”.

En la Ilíada se aprecia esta geometría moral de la equivalencia que hemos olvidado: quien es capaz de aplastar se ha intoxicado ya con el veneno de la fuerza. Simone Weil no confía en una salida a la tragedia humana, más allá del relámpago de la compasión. Hay, eso sí, bellísimos instantes de gracia, momentos divinos en los que el débil alcanza dignidad para no petrificarse y el fuerte se reconoce débil. La humanidad es un milagro fugaz. El primer poema nos regala lecciones que valdría recuperar: no admirar el poder, no odiar al enemigo, no despreciar al débil. Weil no era optimista: es dudoso que aprendamos.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

Pasaporte, por favor

Mesohippus

Mi familia llegó a Berkeley cuando yo tenía siete años. El año era 1964. De niño vi de reojo el Free Speech Movement, y luego ya de media cara el florecimiento del jipismo. La llegada de Bob Dylan y del rock. La edad de oro de la avenida Telegraph, con su pulular de bellas drop-outs en faldas largas, mezclillas acampanadas y melenas al aire. La luz negra sobre pósters fosforescentes anunciando conciertos de Jimmy Hendrix en el Filmore. La llegada de los hare krishna y del incienso. La disquería Leopold’s, y Cody’s Books. Amé siempre a Berkeley.

En diciembre de 1964, mientras mis hermanos y yo descubríamos la televisión a colores —inexistente en Chile en ese entonces— en un bellísimo televisor de marca Sylvania, Mario Savio dio su famoso discurso contra la mecanización y serialización de la universidad: “There’s a time when the operation of the machine becomes so odious, makes you so sick at heart, that you can’t take part!”. Fue el comienzo del quiebre generacional, y de la lucha contra aquello que se conoció como “el establishment”.

Mis padres compraron una vieja casona en los cerros de Kensington (calle Cambridge número 250, teléfono 524 6447) donde jugamos interminablemente, pero pasé también bastante tiempo en el campus de la universidad, porque luego íbamos a recoger a mi padre a su oficina, y sobre todo porque mi mamá, que había comenzado a estudiar, nos llevaba a veces a los jardines para que jugáramos mientras leía. Hace dos años di una conferencia en Berkeley y reconocí los jardines en que jugábamos: el riachuelo con su puente volado, el roble enano con un tronco hueco, la sombra de los redwoods gigantes…

Fueron años para mí de muchísimos descubrimientos… Mis hermanos y yo estudiábamos en el Kensington Hilltop School. Por lo empinado del cerro, caminábamos la bici buena parte de la subida al colegio, y flotábamos ya libres de regreso a casa, oliendo la hiedra mojada y las coníferas de los jardines. En casa mis padres veían los noticieros de Walter Kronkite que mostraban la guerra en Vietnam en vivo, y por ahí de 1968 mi hermano Jorge, que tendría 14 años, comenzó a dejarse el pelo largo y trajo a casa el primer disco de Jefferson Airplane, Surrealistic Pillow.

02-mesohippus

Ilustración: Patricio Betteo

Mi padre trabajaba en el Departamento de Geofísica, que compartía edificio con Paleontología. Tenía a la entrada fósiles de megafauna del mesosoico, y me parece que también algo de pedacería de dinosaurios. Aquello me fascinaba. Desde chico mi hermano Jorge me había introducido a la indagación obsesiva: una pasión por los insectos, por ejemplo; la fascinación por el fuego, la pólvora y los cohetes; modelos de plástico para armar de aviones, coches y buques de guerra, y la pasión por los héroes de la Ilíada, por el regreso de Odiseo, por Tintín, Babar y los Hardy Boys. Construimos una plataforma arriba del pino de atrás de la casa, y Jorge diseñó un sistema de cuerdas y poleas para transmitir recaditos con una cuerda que, como tantos de nuestros inventos, sirvió para bastante poco —pero ahí estaba, por si acaso.  Armamos colección de estampillas… Todo eso.

Un día mi padre le pidió a un colega que le recomendara un buen sitio para buscar fósiles. Sugirió un lugar no demasiado cercano —más allá de Walnut Creek— donde había un tajo en el cerro para una vía de tren. Era un sitio perfecto para buscar fósiles porque podías caminar a lo largo de la vía inspeccionando la pared cruda del cerro y luego ponerte a rascar donde quisieras. Mi padre escogió una estrecha cueva que encontramos y comenzamos a rascar. Hubiéramos estado felices de haber hallado ahí el fósil de alguna almeja, pero dimos sorpresivamente con un hallazgo mayor: los restos de un caballo prehistórico. Un mesohippus. Tardamos horas en rescatar su cráneo, lleno de muelas, del cerro. Rescatamos también algunas vértebras, y volvimos a casa ya tarde, con nuestro tesoro metido en bolsas de plástico. Lo estuvimos limpiando y quitándole tierra con cepillos de dientes durante meses. Gracias a Cinna, el afán paleontológico que latía en nuestros corazones infantiles dio en un verdadero descubrimiento que nos remitió a la evolución del caballo.

Mi generoso padre murió este pasado julio. Mi educación científica estuvo mayormente a cargo de Jorge, que fue también el que metió el rock y la contracultura a casa. Pero el mundo encantado en que crecimos tuvo a mi padre como condición y referencia. Hoy pienso que su actitud poco intervencionista hacia nuestras desordenadas indagaciones tuvo influencia del espíritu libertario de los Mario Savios de Berkeley, y quizá también de una inolvidable oración de Dylan, que es como si fuera una bendición de mi padre:

May God bless and keep you always
May your wishes all come true
May you always do for others
And let others do for you
May you build a ladder to the stars
And climb on every run
May you stay forever young…

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Su libro más reciente es El regreso del camarada Ricardo Flores Magón.

Hablando de otra cosa

Patriotas

El 2 de septiembre de 1792 París amaneció con la noticia de que los prusianos habían tomado Verdún. Ese día, era un domingo, Danton pronunció en la Asamblea uno de sus discursos más famosos: “hace falta audacia, siempre audacia, más audacia ¡y Francia se habrá salvado!”. El pánico se extendió por la ciudad conforme se alistaban los voluntarios para ir al frente, porque en la retaguardia quedaban miles de presos, que desbordaban las cárceles de la capital, y que no habían dejado de conspirar con los enemigos de Francia. En una noche, movido por la ira, la angustia, el miedo, el pueblo en masa se reunió frente a las cárceles para exigir que se castigara a los traidores —y en medio de la agitación, decidió ejecutarlos. Así lo explicó la Comuna de París: “una parte de los conspiradores feroces detenidos en las prisiones ha sido muerta por el pueblo”, que marchaba a la guerra, y no quería dejar a sus familias expuestas a ser masacradas. Violentamente, cruelmente, se hizo justicia. O no.

03-patriotas

Ilustración: Estelí Meza

La verdad es que París estaba tranquilo ese día. Verdún no había caído. El complot de las prisiones era un fantasma impreciso, que agitaba de vez en cuando la prensa patriota. No había alarma. Y no había esos 10 mil presos. Al mediodía alguien ordenó el traslado de 24 detenidos, la mayoría religiosos refractarios, a la cárcel de la Abadía, en el centro de París. Una aglomeración detuvo el convoy en la calle Buci. La escolta, de voluntarios marselleses, irrumpió en el comité de sección reclamando que se juzgase de inmediato a los “fanáticos”. Los prisioneros fueron interrogados sumariamente, y entregados a la multitud. En media hora había 19 cadáveres. A las cuatro de la tarde otro grupo invadió la cárcel del convento del Carmen, y comenzó a masacrar a los prisioneros; el comisario de la sección de Luxemburgo, improvisado como juez, comenzó a interrogar a los detenidos de dos en dos: en unas horas había ordenado la muerte de 115 de ellos.

Esa tarde hubo motines similares en las prisiones de Conciergerie y Châtelet. Al día siguiente, en las de Grande Force, Saint-Firmin, Bernardinos y Bicêtre, y el 4 de septiembre en la de Salpêtriere. En Grande Force las masacres continuaron tres días más. En promedio los juicios duraban entre 10 y 15 minutos en la Abadía y Force, tres o cuatro en Bernardinos, minuto y medio en Bicêtre, Conciergerie y Saint-Firmin, no más de un minuto en Châtelet y Salpêtriere, 45 segundos en el convento del Carmen.

El Consejo de la Comuna de París envía una comisión para informarse. La Asamblea Nacional manda a unos cuantos diputados, sin una misión concreta. Nadie se aventura a nada más. La prensa del 4 de septiembre vuelve a hablar del complot de las prisiones, y aprueba de manera más o menos entusiasta las masacres: el pueblo ha hecho justicia, “una justicia terrible pero necesaria”. Nadie se atreve a oponerse. Danton, Roland, Pétion, Robespierre, están en otra cosa. Las masacres son sólo un recurso más en el conflicto que enfrenta a la Asamblea y la Comuna, nadie puede perder cara ni arriesgarse a que se le asocie con los traidores. El virtuoso Billaud-Varenne se presenta en la Abadía: “Respetables ciudadanos, habéis degollado a los fanáticos, habéis salvado a la patria…”. Desde el día 3 se discute en la Comuna la petición de pagar un salario a quienes han participado en las ejecuciones populares. No es el pueblo, sino unos cuantos cientos de individuos —pero eso lo saben todos. Y todos coinciden en que conviene correr un piadoso velo sobre todo el episodio. El miedo queda.

Es imposible saber en qué medida fue algo orquestado, en qué medida un arrebato. Tampoco hay una cifra exacta de víctimas. Según lo más probable, alrededor de mil 300 muertos, más de la mitad de la población de las cárceles, la inmensa mayoría presos comunes (ladrones, falsificadores de moneda, “hambreadores”).

Me vienen a la memoria las masacres de la Revolución Cultural china. La mayoría de las víctimas eran campesinos, familias enteras, asesinadas por sus vecinos: igualmente pobres, hambrientos, asustados, sin que nadie lo hubiera ordenado. Eran los enemigos de clase: hijos, a veces nietos de campesinos ricos o funcionarios del antiguo régimen. En 1966, los más pobres, marginados, indefensos, castigados una y otra vez. 239 muertos en Daxin, 630 en Tiandeng, 580 en Mianyang, mil 991 en Guangxi, y así. Yang Su (Collective Killings in Rural China Turing the Cultural Revolution) dice que coincidieron la deshumanización de los enemigos, una retórica beligerante, violenta, el imperio del miedo, y la expectativa de la impunidad. Eso y que encabezar la lucha contra los traidores era el único modo de sobrevivir en el partido.

Y me vienen a la memoria los disparates de Goya.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

Panóptico

El verano del LSD

Es sin duda una ironía que en el verano de 2016 la mitad de los estados de la Unión Americana hayan legalizado el uso medicinal de la marihuana. No le habría sorprendido, sin embargo, a un veterano proponente del uso de sustancias psicotrópicas, Timothy Leary (1920-1996), profesor de Harvard, pionero de la experimentación con el LSD, promotor de la psicodelia en los sesenta, contrincante de Ronald Reagan a la gubernatura de California, inspirador de una canción de John Lennon (“Come Together”) y, last but not least, padrino de Wynona Ryder. En los setenta Leary fue declarado el “hombre más peligroso” de Estados Unidos por el presidente Richard Nixon al comienzo de la nefasta guerra contra las drogas.

04-lsd

Ilustración: Ricardo Figueroa

Una de las primeras justificaciones para el uso de drogas que alteraban la conciencia fue precisamente terapéutica. Leary sostuvo que el LSD (ácido lisérgico) podía disminuir conductas antisociales. Así, llevó a cabo un experimento en prisiones para demostrar que el ácido podía contribuir a que los convictos no reincidieran una vez liberados. Pero su utilidad iba mucho más allá de la terapéutica y el tratamiento psicológico: tenía una dimensión espiritual. Leary se veía a sí mismo como miembro de una antigua cofradía de maestros espirituales, cuyas enseñanzas se impartían fuera de las aulas. Creía que en el futuro sería recordado como un benefactor de la humanidad, como un Sócrates psicodélico. Leary estaba embarcado en la misión de liberar a los jóvenes de las ataduras de las costumbres y las convenciones sociales. Buscaba emancipar su potencial de autoconocimiento; quería, literalmente, que los muchachos “se prendieran”, que exploraran las diferentes dimensiones de la conciencia. En una grabación realizada en 1966, “Turn on, Tune in, Drop Out”, Leary se dirigió a un público ideal, menor de 25 años.1

Leary se veía a sí mismo como un peregrino moderno, un descendiente espiritual de los cuáqueros y otros disidentes que abandonaron Inglaterra en el siglo XVII debido a la intolerancia y la ortodoxia. Los argonautas del LSD eran perseguidos religiosos. El problema era que, a diferencia de los peregrinos del Mayflower, los modernos pilgrims que buscaban experimentar pacíficamente con drogas, no tenían ningún santuario a dónde ir, no había ninguna tierra prometida donde pudieran establecerse para poder viajar en santa paz. Eso, reflexionaba Leary, no tenía precedentes en la historia. Sin embargo, había percibido un atisbo de lo que podría ser la nueva Jerusalén de la psicodelia y la libertad. En 1962 fundó en Boston una organización, la Federación Internacional para la Libertad Interior (IFIF), que lanzó el Proyecto Zihuatanejo. Ese año Leary rentó los rústicos bungalows del Hotel Catalina en ese pueblo mexicano de pescadores. Ésa sería su ciudad en la colina. Más de cinco mil personas solicitaron un lugar en el programa de verano que Leary condujo y que incluía, además de hospedaje y alimentos frescos de la aldea, sesiones diarias con LSD. Las sesiones nocturnas, recuerda, usualmente terminaban con los participantes en el agua al amanecer. No era barato: los 35 asistentes pagaron 200 dólares de entonces por un verano iniciático. El experimento se financiaba solo. En 1996 Leary recordaba con nostalgia esos días de calor veraniego, en los cuales la brisa marina llevaba el aroma de las flores. No había relojes y sólo el romper de las olas marcaba el paso del tiempo inmemorial. Una empinada y sinuosa escalera conducía a la playa de La Ropa (la escalera se preserva). En las noches las tormentas eléctricas iluminaban la bahía y los acantilados. Tan bien le fue a Leary que la aventura se repitió el verano siguiente. Sin embargo, rumores de que un grupo de gringos marihuanos hacían cosas indebidas en el Hotel Catalina llegaron a oídos de las autoridades en la Ciudad de México. Y la fiesta se acabó, pues la Secretaría de Gobernación clausuró el Proyecto Zihuatanejo y deportó a los gringos. Leary, con todo, no recuerda el episodio con destemplanza. Un día, recuerda, llegaron tres policías “del servicio secreto” a clausurar ese centro de “amabilidad y armonía”. Eran hombres de más de 40 años, menos uno, que tendría menos de 30 y que mostró una inusual curiosidad en lo que hacían esos peculiares turistas. “Tenía”, dice Leary, “una novia cubana y solía fumar marihuana con ella”. El agente resultó ser hermano del gobernador de otro estado mexicano. Después de revisar sus registros y entrevistar a los participantes, el policía llevó a Leary aparte y le dijo: “señor Leary, tiene usted aquí la mayor mina de oro que el negocio turístico haya visto. Todos sus huéspedes creen que les cobra muy poco y ninguno quiere irse de su hotel”. Y acto seguido le propuso: “véngase al estado de mi hermano, déjeme ser su socio y hallaremos un hotel apropiado”. Así terminó el verano de la peregrinación del LSD en México.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 https://www.youtube.com/watch?v=78WvMFKc4hM

Sin ton ni son

Añoranza

A fines de los ochenta leí el libro de Albert O. Hirschman Interés privado y acción pública (FCE). Un interesante ensayo que intentaba desentrañar las causas de las oscilaciones en eso que llamamos participación política (o pública) y su contrario, el repliegue hacia la vida y el interés privado. Él detectaba épocas de un mayor involucramiento en las presuntas cuestiones de todos y perIodos de un mayor “enconchamiento” hacia lo propio, lo cercano, lo asible. Encontraba que el desencanto, la frustración, eran resortes eficientes para que una persona se volcara de lo privado a lo público o a la inversa. La actividad pública era lo suficientemente difícil, obligaba en ocasiones a caminar del brazo de personas indeseables y desataba expectativas que difícilmente se podían cumplir en su totalidad, que no eran pocos los que luego de una experiencia militante se refugiaban en la vida y los placeres privados.

Lo cierto es que de cara a la política (en su sentido más amplio) no sólo existen los que le dan la espalda, los que no quieren saber nada de ella, sino fórmulas muy distintas de acercarse y vivirla.

05-anoranza

Ilustración: Jonathan Rosas

Nunca han faltado los experimentos por crear “sociedades” apartadas de la sociedad en las cuales los individuos que se agrupan intentan construir una armonía y una calidez que no encuentran en su entorno. Desde los falansterios de Charles Fourier hasta las comunas hippies, desencantados por los valores, las jerarquías, los usos y costumbres hegemónicos, intentaron forjar comunidades capaces de trascender los “horrores” de sus respectivas sociedades y alumbrar opciones alternativas ordenadas por la solidaridad o el amor, el trabajo en común y relaciones de fraternidad. Esos laboratorios, pensaron algunos, paulatinamente contagiarían al resto y por la vía del ejemplo lograrían una transformación del conjunto. Pero si ello no sucedía, la comunidad segregada de la gran sociedad de todas formas daría sus frutos. Era una forma de construir un mundo propio con escasos puentes hacia lo público.

Organizarse a partir de la condición de vida y/o trabajo ha sido y es una fórmula importante para tener presencia e influencia en la vida pública. Sindicatos, agrupaciones agrarias y empresariales surgieron para defender los intereses comunes de sus afiliados. Salarios, prestaciones, condiciones de trabajo, jornada laboral, etcétera, fueron grandes palancas para la organización y movilización de los trabajadores asalariados; reparto agrario, crédito, insumos, pusieron en pie a las primeras asociaciones del campo; y política laboral, fiscal, comercial, etcétera, hicieron algo similar con los empresarios. La vida contemporánea sería impensable sin esa red de agrupaciones que hacen gravitar intereses distintos y en ocasiones enfrentados y que de alguna u otra manera crean un contexto de exigencia a las propias instituciones estatales. (Entre nosotros, los sindicatos cada vez pesan menos mientras las agrupaciones patronales son cada vez más influyentes.)

Esas asociaciones, sin embargo, carecen del charme de lo novedoso. Son vistas (sin serlo), por algunos, como rémoras del pasado, como vestigios de tiempos idos. Lo llamativo hoy son las asociaciones civiles, no gubernamentales, con preocupaciones y proyectos específicos. Forman una red importante que en buena medida modula el espacio público y ha puesto a circular agendas más que pertinentes y en algunos casos las han hecho avanzar en forma espectacular. Sin ellas el debate público sería otro: más pobre, menos intenso, menos informado, más encapsulado en los laberintos estatales. Las agrupaciones defensoras de los derechos humanos, del medio ambiente, las feministas, los gays, las que impulsan la transparencia y el acceso a la información pública, las que denuncian la corrupción y proponen medidas para combatirla, etcétera, forman un abigarrado mosaico de causas y reivindicaciones, parciales, sin las cuales nuestra vida política sería no sólo más desabrida sino que causas relevantes no tendrían visibilidad pública.

Hay, por supuesto, también los que irrumpen en el escenario con proyectos de refundación total. Se trata de destacamentos para los cuales es necesario transformarlo todo desde los cimientos porque todo lo demás no son más que reformas insípidas y poco significativas. Esas apuestas revolucionarias, por ejemplo, fueron hegemónicas en la izquierda de los años setenta, y aunque paulatinamente tienden a transformarse a sí mismas remodelando muchas de sus aspiraciones, no dejan de estar presentes en el discurso y la práctica de quienes piensan edificar “desde las cenizas” de la actual, una sociedad recién parida sin los vicios ni las taras de la actual.

No pretendo equiparar a las fórmulas de participación. Pero luego del recuento incompleto surge la añoranza por unos partidos políticos que quizá nunca existieron. Capaces de combinar agendas y preocupaciones que no siempre son armónicas, de rebasar el gremialismo, incapacitados para darle la espalda a la sociedad o para intentar forjar sólo islas a su imagen y semejanza, orientados a transformar “las cosas” por vías pacíficas y participativas.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo)

Agenda

El circo del miedo
La convención republicana

“Antes de que los líderes de las masas se hagan del poder para
hacer encajar la realidad en sus mentiras,
su propaganda se halla caracterizada por su extremo
desprecio por los hechos como tal”,

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo

 

Policía. Policía por todos lados. Al menos 10 en cada esquina. Algunos con camuflaje. Otros a caballo. Algunos californianos, otros texanos, la mayoría locales. Helicópteros dando vuelta las 24 horas; su señal no aparece en ningún radar por cuestión de seguridad. Un perímetro que abarca gran parte de la ciudad, marcado con vallas metálicas y protegido por la élite de seguridad federal. Las rejas dividen las zonas restringidas de las free-speech zones, “áreas de libertad de expresión”. No es el futuro, no es una novela, no es distopía. Es julio de 2016. La ciudad es Cleveland, el evento la convención republicana. Al final de estos cuatro días sucederá lo que hace un año era impensable: Donald Trump será candidato a la presidencia de Estados Unidos.

trump-by-donkeyhotey

Ilustración de DonkeyHotey, bajo licencia de Creative Commons

Los elefantes y la carpa

La gente de la ciudad de Cleveland, cuya población es cercana a los 400,000,1 se esfuerza al máximo por ser amable. En el aeropuerto hay grupos de voluntarios que ofrecen agua gratis a quien llega, que señalan la dirección al transporte más cercano y en el más simple de los casos dan una palabra amable de bienvenida a quien claramente viene a la convención republicana. Para ellos es una oportunidad de aparecer en el mapa nacional e internacional. Les urge aliviar su imagen, el sobrenombre no oficial de la ciudad es The Mistake on the Lake, “El error en el lago”, por  sus malos resultados económicos, sus peores equipos deportivos   –hasta el campeonato de los Cavs en 2016, los tres equipos locales, Cavs, Browns e Indians sumaban 166 años sin triunfos– y su pésima reputación después de que sucedió hasta lo increíble: el río Cuyahoga, que atraviesa la ciudad, se incendió a finales de la década de los 70.

Los letreros y placas que informan de hechos relevantes muestran lo poco histórico de la ciudad misma. El más grande informa que en la avenida Euclid, una de las principales arterias, se instaló el primer sistema de semáforos eléctricos en el mundo. Para contrarrestar la poca oferta, Cleveland es sede del salón de la fama de Rock and Roll, y Canton, una ciudad cercana, del salón de la fama de futbol americano. Si la historia no sucede en tu ciudad, te aseguras de que venga a la fuerza.2

Cleveland está desierta. Es verano, las escuelas están de vacaciones. Los organizadores esperan un flujo de decenas de miles de personas, de las cuales al menos 10,000 son periodistas nacionales e internacionales. Por ello los locales se alejan durante la semana. El radio y la policía advierten: habrá bloqueos en las grandes avenidas, las rutas principales serán desviadas y el acceso a la ciudad entera será limitado. A varias zonas sólo se podrá ingresar con un gafete aprobado por el servicio secreto.

Los hoteles, los cafés, los restaurantes que permanecen abiertos –menos de la mitad– están abarrotados de personas que con toda claridad vienen de otro lado. La mayoría de la población de la ciudad, 53% para ser exactos, es afroamericana. Pero uno los puede contar con los dedos en estos momentos. Cleveland está ocupado por hombres y mujeres blancos, de pelo rubio, la mayoría con blazers azules de botones dorados y pines en forma de elefante: por cuatro días los republicanos son la raza dominante de Cleveland.

Otro contingente principal: los periodistas. Tripiés en cada calle, cámaras colgadas del hombro. Los propios republicanos se esconden. Saben que si se separan de la manada, serán acorralados por la prensa hasta que declaren algo que se pueda controvertir. Más porque sus gafetes dicen con toda claridad de qué estado vienen. Ya adentro del Quicken Loans Arena –el estadio de basquetbol donde se celebra la convención, también conocido como The Q–, la dinámica de poder cambia: los republicanos están en su terruño y ellos deciden con quién y cuándo hablan.

El tercer y último contingente no es un contingente como tal: son los que vinieron a Cleveland a protestar y a ser vistos. La protesta en Cleveland es una especie de ready-made performance; un espectáculo para las cámaras y el entretenimiento más que para la política. El mensaje es lo de menos, la forma de presentarlo lo importante, lo importante es la forma de presentarlo, diría  McLuhan. Por eso aparecen los fundamentalistas religiosos –que predican la versión cristiana de la sharia– con sus letreros gigantes de GAY (abreviatura para Got Aids Yet? “¿Ya te dio sida?”) o la camioneta que gira alrededor de Public Square, la plaza central de la ciudad, y que trae fotos, en ampliación al grado de distorsionarse, de fetos muertos.

También circula otra camioneta, ésta con altavoces: el mensaje que repite –y que será central adentro de la convención– son tres palabras, Lock her up! A Hillary Clinton hay que encerrarla, porque a juicio de los republicanos, su manejo de correos electrónicos cuando fue secretaria de Estado, es una ofensa criminal.3 Quienes protestan afuera lo repiten como mantra. Sean republicanos que vienen a difundir su extremismo religioso, sean republicanos que vienen a difundir el derecho a portar todo tipo de arma en todo tipo de lugar, sean neo-nazis que acusan a Barack Obama de ser un keniano comunista, el factor que los une no es Donald Trump. Es su odio hacia Hillary Clinton.

Trump les da permiso de expresar lo que tienen guardado, lo que siempre han querido esconder, su racismo. Hay que dejar de lado lo “políticamente correcto”, que domina la discusión pública en Estados Unidos. Está bien ser racista, está bien odiar al otro. Es el otro el que está mal, y por venir a Estados Unidos tiene que subyugarse a la estructura dominante, que no lo quiere como igual.

Los manifestantes desfilan. Algunos con cuernos de chivo y escopetas automáticas, otros con navajas y machetes enfundados. Están para difundir su mensaje pero también para posar frente a las cámaras. Para salir en las noticias y para tapar el mensaje contrario, cuyo objetivo es el mismo. Por eso vemos mujeres vestidas de rosa como princesas de Disney, en apoyo al derecho a decidir. O a los queer parados frente a los cristianos, intentando bloquear el paso de las cámaras. Para los medios es, como dicen allá, similar a dispararle a peces en un barril. Con alzar una grabadora llega alguien a decir algo polémico. La free-speech zone de Public Square y sus alrededores, es una de las pocas zonas designadas como tal, son un lugar donde cualquiera puede opinar lo que quiera, y, salvo que haya violencia, nadie los detendrá. Pero hay otros lugares que no son tal. El país que se precia de ser el faro de la libertad la limita a su conveniencia.

Los reporteros estadunidenses con veteranía en las protestas llevan police scanners, o radios que utilizan la frecuencia policiaca. Saben el código y no saltan por cualquier cosa. Pero cuando escuchan los números mágicos, 10-15, que en lenguaje policiaco significa “disturbio civil”, corren a la dirección que se oye en el radio. Con sólo seguir al enjambre uno está al tanto de lo que sucede afuera de la convención.

Algunos reporteros, ante falta de notas o contenido que enviar, azuzan a los antagonistas. Si, como sucedió el segundo y tercer día, los anarquistas y los comunistas se acercaron lo más posible a la reja para intentar prenderle fuego a una bandera de stars and stripes, los reporteros se encargan de pasar el mensaje para que los bikers o los fundamentalistas se abran paso y los confronten. Nada de esto sucede. La policía, montada a caballo o en bicicleta, hace una barrera humana entre los oponentes. La tensión se vuelve palpable: el departamento de Policía de Cleveland es uno de los peor calificados a nivel nacional. Fue aquí donde, en 2014, dos policías blancos le dispararon a quemarropa a un niño negro, de 12 años, Tamir Rice.4 Pero, al final, nada sucede. Es adentro de la convención donde, curiosamente, se deja el performance. Ahí se asoman la realidad y el miedo verdadero. No en los rifles ni en los neo-fascistas. El peligro más grave está adentro.

El show está por comenzar

Las convenciones partidistas comenzaron a mediados del siglo XIX, pero no fue sino hasta 1932 que el postulado –Franklin D. Roosevelt, único candidato en ganar cuatro elecciones presidenciales consecutivas– asistió para aceptar la nominación. Según Jill Lepore, en una extensa e interesante historia de las convenciones publicada en The New Yorkerhace unas semanas, cuando el presidente Grover Cleveland fue nominado por los demócratas por segunda vez, se sorprendió al recibir el telegrama: “Cielos, lo había olvidado por completo”, dijo.

Desde la época de Roosevelt y más en las últimas décadas del siglo pasado, las convenciones fueron volviéndose espectáculos más que debates; de discutir en serio los ideales y las plataformas partidistas pasaron a ser un despliegue de unidad frente al oponente. Con el advenimiento de la televisión, las reuniones de ambos partidos tomaron un nuevo tono: los discursos eran más cortos y solían ser aprobados por los líderes; a cambio de un mensaje pro-partido y pro-candidato, los oradores se garantizaban un lugar en la transmisión en horario prime-time, con el cual asegurarían cobertura y reconocimiento nacional. Es en ese horario que Barack Obama, en campaña para ser senador por Illinois en 2004, saltó a la fama política. Cuatro años después regresaría, pero para aceptar la nominación presidencial.

Al “desinfectar” las convenciones para convertirlas en productos de consumo masivo televisivo, la gente dejó de verlas. En los últimos años los ratings bajaron tanto que en 2012 varias de las cadenas nacionales optaron por no dar cobertura a los primeros días de ambos eventos. A la gente le importaba tan poco la plataforma política –a pesar de que el país tenía al primer presidente afroamericano– que a los anunciantes y a las cadenas les dejó de importar también. La democracia ya no era un espectáculo. Era tan cotidiana como aburrida.

En cambio, dice Lepore –el texto fue publicado antes de las convenciones de este año–, lo preocupante sería que las convenciones se volvieran entretenidas otra vez. En un mundo en el que el principal entretenimiento televisivo son los reality shows, un candidato como Donald Trump –cuyo programa The Apprentice es eso, un reality que consiste en despedir personas– atrae a todo aquel que quiere volver la democracia un concurso en el que los que pierden son los ciudadanos.5

Y ya hay visos de lo que viene. Las vallas de metros de altura, y negras, son una advertencia. Hay un estado de excepción cuando Trump pisa tu ciudad. Si es en un evento suyo, la prensa queda acorralada en una zona donde él, sin falta, los señala como los principales responsables de los problemas del país. Acá, ante el miedo de que alguien haga algo, de un lado o del otro, la seguridad impera. Estamos ante una convención partidista, donde se supone que la democracia es el primer punto del orden del día. Pero ahora la envuelven tintes totalitarios, tanto en los discursos como en la realidad.

Las fauces del león

Los reporteros sólo pueden atravesar las vallas tras una extensa revisión de seguridad. El centro de prensa está a un kilómetro de la convención, aislado de las protestas y del candidato. Las pocas entradas, aquellas no valladas por metal y concreto, son monitoreadas las 24 horas por ejército y servicio secreto. Para ir a la convención hay que tomar un autobús que hace un recorrido de carril confinado entre reja y reja. A los lados se ve Cleveland: desierta salvo por policías y partidistas republicanos. Al descender, en el estacionamiento de The Q, el ambiente es otro: hay gente otra vez. Los representantes estatales, los encargados de emitir el voto de sus representados, están de fiesta. Toman cerveza, escuchan música country y charlan entre ellos. Se toman fotos. Están en la fiesta más exclusiva del mundo. No hay nadie a kilómetros a la redonda que les pueda quitar la sonrisa. Una valla y miles de policías se encargan de asegurar que la celebración se mantenga.

Al hablar con los delegados republicanos, no parece que Estados Unidos esté tan mal como dicen sus discursos. Los delegados del estado de Washington, que traen gorros de plástico en forma de pino –al momento de emitir su voto en público, como el resto de los 50 estados y territorios asociados, anunciarán que lo hacen para recordarle al mundo que Washington produce la mayoría de los árboles navideños estadunidenses–, sonríen ante la cámara. Los de Hawaii, con camisas… hawaianas, platican animadamente en la fila de la comida. Siete dólares los nachos, cinco dólares un hotdog pequeño. 6.50 el agua embotellada. Son precios de concierto, de espectáculo.

El Quicken Loans tiene cinco pisos. Hasta abajo el espacio está reservado para los delegados. En medio es para los invitados VIP. Arriba, en gayola, están los periodistas. El escenario sólo se ve de un lado, por lo que la parte posterior está desierta, aunque pantallas gigantes muestran lo que sucede en el templete. Ni cuando habla Donald Trump la última noche se llena por completo. Al venir de una cultura de acarreo en estadios, monumentos y plazas, es complicado entender que esto suceda. La nominación presidencial de uno de los dos partidos de la democracia más grande del mundo se lleva ante un estadio medio vacío.

La gente viene y va. Nadie les ordena estar en el sol horas en lo que aparece el candidato. Será poco el disenso –algunos miembros de la delegación texana y los representantes de Alaska, ambos en su mayoría partidarios de Ted Cruz–, pero no pasa de algunos abucheos aislados. La gente que está aquí –tenga las creencias que tenga– lo hace por voluntad propia. Y por eso no está lleno el estadio.

La lista de oradores no está disponible al momento de iniciar la convención. Se han filtrado algunos, pero no se sabe el orden. Días antes se habló de que Mike Tyson –recordado por siempre por morder la oreja de Evander Holyfield– o Hulk Hogan –mítico luchador de bigote y melena decolorados, envuelto en un escándalo mediático por su reciente sextape– podrían ser oradores clave dentro de la convención.

El partido republicano, ausente en su mayoría por no querer asociarse en público con Donald Trump, ha cedido el control de la lista de invitados al candidato. Su gente será la responsable de conseguir aplaudidores. ¿Quién conoce a Donald Trump en verdad? ¿Quién puede convencer a los republicanos, y a las millones de personas que siguen en televisión la convención de que Trump es algo más que su peinado estilo queso Oaxaca y su bronceado color Cheeto? Estrellas de telenovela y de series viejas que nadie recuerda son los   encargados de darnos algunos cuantos detalles más sobre quién es Trump. Y su familia. Porque son las únicas personas que pueden hablar bien de él.

Uno de los primeros en hablar es Scott Baio, un actor que participó en sitcoms –programas de comedia cuya característica es la risa pregrabada para avisarle al televidente dónde reír– durante los setenta y ochenta. Baio, cuyo Twitter está lleno de memes e insultos a Hillary, recibió la invitación de Trump unos días antes. El propio actor explica cómo lo eligió el ahora candidato: “Él [Trump] dio un discurso e iba saliendo, lo volteé a ver y le dije ‘Señor Trump, Scott Baio…’ y me dijo ‘¡Santo cielo!’ y me dijo ‘¿Quieres hablar?’ y le dije, ‘¿Aquí?’ y me dice ‘No, no, ¡en la convención!’ y le digo ‘Uhh, oh, ok’”.

Después viene Antonio Sabato Jr, exmodelo de calzones. Y le sigue Natalie Gulbis, la golfista número 363 a nivel mundial. Al escuchar a estas personas, uno piensa que la convención se convierte en una broma pesada. Más cuando la primera noche, Melania, la tercera esposa de Trump, toma el micrófono y da un discurso bueno, que resalta el esfuerzo y el trabajo para conseguir ser alguien en la vida. Horas después, cuando la gente comienza a irse a sus hoteles, alguien en redes sociales nota lo familiar de sus palabras. Al menos un párrafo, casi palabra por palabra, ha sido plagiado del discurso de Michelle Obama de 2008, cuando le tocó convencer a los demócratas y al mundo que su esposo Barack era el hombre indicado para liderarlo.

¿Es parodia? ¿Nos está trolleando? ¿Qué sucede? Otra persona, minutos después, descubre algo más impresionante aún: el discurso contiene una referencia a Never Gonna Give You Up, la canción más famosa del internet.6 Algunos comentaristas dicen que esto huele a sabotaje. Otros que muestra el poco interés de Trump en su campaña y en la presidencia, al permitir tal desastre con su esposa.

48 horas más tarde su equipo publica un comunicado redactado por la supuesta escritora del discurso. Al día de hoy no se sabe si esa mujer en realidad existe o fue un invento más de la campaña.7 Es caótico y uno no puede evitar reírse. El problema es que si uno va más allá de los calzones de Sabato, comienza a escuchar un mensaje preocupante. La xenofobia hace que la risa desaparezca.

Los gritos inundan el Q. Lock her up! al igual que afuera en las protestas. Build that wall!, en referencia al no tan metafórico muro.8 El ambiente se enrarece con el paso de las horas. Para las 10, en el cenit de cada día de la convención, los ánimos son virulentos. Hasta los reporteros estadunidenses, que se precian de ser objetivos y neutrales, aplauden ante ciertos comentarios. La multitud se desenfrena. Es una mezcla entre sermón de iglesia en Tennessee y rally de Nuremberg. El coro USA! USA! USA!, envuelve lo demás.9

Pero no es nada más eso. No son sólo los gritos. El miedo proviene del ambiente, de la teatralidad de Trump. Tiene gestos similares a Mussolini, mueve la boca igual. Hace pausas parecidas. Se vanagloria en los gritos, lo alimenta el odio. Mientras más fuerte es la respuesta, más tiempo tarda en hablar. Sólo cuando le gritan Lock her up! hace señas de que no lo hagan. Posa como si fuera magnánimo: vamos a ganarle, dice. No es necesario encerrarla.

Al escuchar todas las frases hechas, es inevitable pensar en todos los que podrían ser perseguidos si gana Trump. En los mexicanos que serán deportados, en los afroamericanos que tendrán todavía más miedo cuando vean a un policía. En los gays que, aunque Trump jura protegerlos, serán ciudadanos de segunda clase. En las personas con discapacidad de las que se ha burlado en público. En la pesadilla que se puede convertir el país.

Hay salvedades, claro. El sistema de gobierno estadunidense se basa en lo que se conoce como checks and balances, en una distribución equitativa del poder. Pero Trump trae consigo una consecuencia fundamental: el justice de la Suprema Corte que inclinará la balanza conservadora/liberal en el futuro. Sus dichos tendrán consecuencias. Y Trump es tan impredecible que nadie sabe a qué tipo de persona nominaría a la Suprema Corte. ¿A un extremista? ¿A alguien sin la menor experiencia? ¿A un familiar?

Esos dichos, de hecho, ya tienen consecuencias. Hay gente aferrada a lo que dice Trump, que cree a ciegas en él. Ya no puede echarse para atrás. Así como los británicos que votaron Leave en el Brexit, los votantes de Trump esperan que se cumpla todo lo que la campaña promete. Aunque a la larga termine por lastimarlos, ellos quieren ver acción. Resultados. Y los quieren ya.

Por eso la convención es el mejor lugar para obtener pistas de cómo gobernará, de qué hará para cumplir todas esas ideas extravagantes, que cada día son superadas por ocurrencias más esquizofrénicas. (Al momento de escribir esto, Trump ha sugerido que hackers rusos espíen a Hillary Clinton y obtengan sus correos electrónicos; entiéndase, que un poder extranjero intervenga en la elección presidencial.)

Pero nada de esto sucede. De hecho, si es posible, Trump hace todo lo contrario. Su mensaje se vuelve más vago aún.

Dado que es un magnate de casinos, cada noche es temática. Make America Work Again, Make America Safe Again, Make America First Again y Make America Great Again, en ese orden. Pero ningún orador se enfoca en el tema. Al contrario, cada uno da su visión del mundo, y la pontifica como si fuera la verdad, no una opinión. El sesgo es muy marcado: tanto oradores como público desestiman datos y hechos. No les importan los números y menos las estadísticas. El director de campaña de Trump, Paul Manafort, que en su trabajo pasado fue asesor de comunicaciones del expresidente ucraniano pro-ruso Viktor Yanukovich, dice que no se le puede creer al gobierno. Que manipulan cifras. Que esconden la verdad.10

Y la gente en la convención les cree a ellos. Uno les puede decir: esto no es cierto, aquí están los datos corroborados. Pero no les importa. Si Trump lo dice, tiene que ser cierto. De lo contrario cómo podría ser alguien tan exitoso. No llegó a donde llegó a base de engaños y mentiras. Es un self-made man.11

Más allá de que las opiniones se presentan como hechos incontrovertibles, el problema es hacia dónde apuntan. Durante las cuatro noches de la convención se dice una y otra vez que los inmigrantes indocumentados cometen más delitos que los ciudadanos estadunidenses. (Falso.) También se repite que el crimen ha aumentado en las últimas dos décadas. (Falso otra vez.) Trump mismo agrega que los tratados comerciales con México perjudican más de lo que benefician a la economía nacional. (Falso una vez más.) Pero en Cleveland, y en la mente de muchos de los delegados, lo que dice Trump es el evangelio.

Las quejas abundan, Estados Unidos se ha vuelto el peor país del mundo. Los medios mienten. Las cosas no van bien, sólo están ahí para hacer ver bien a Obama. Y nada más una persona, aquella que al final envolverá su discurso en la frase “I am your voice”, o “Yo soy su voz”, es capaz de resolverlo.12 Nunca hay cómos, ni fechas, ni presupuestos. Hay que dar por hecho que lo hará. Como en Corea del Norte, o en Rusia, o cualquier otro país autocrático o dictatorial, al líder no se le cuestiona. Se le cree lo que dice por ser quien es.

Otra pregunta natural surge de los discursos. Si el lema es Make America Great Again, ¿cuándo lo fue específicamente? ¿A qué momento se refieren Trump y compañía? ¿A qué época quieren regresar al país? Tampoco se sabe pero se intuye. La Great America es la de la homogeneidad racial.

Si uno mira alrededor, el número de afroamericanos es mínimo. La campaña intenta mostrarlos para defender su diversidad, pero es una mentira más. La delegación de California elige a una mujer, afroamericana y republicana para hablar. A nombre de los latinos habla un representante local de Kentucky, hijo de padre costarricense y madre argentina. Si ellos nos apoyan, no podemos ser racistas, es el mensaje. No se menciona que los letreros en español están mal escritos (“Latinos para Trump”, dicen), o que las personas que lo sostienen no parecen ni de cerca latinos: son hombres y mujeres de ojos azules que provienen de estados donde los latinos son casi tan rara avis como las personas que creen en el calentamiento global.13

Pero en todo mensaje negativo tiene que haber una contraparte positiva: el cambio prometido. En una cultura como la estadunidense, que se precia del lenguaje deportivo en la cotidianidad, los términos son simples: ganar o perder. Estados Unidos no puede ser el perdedor frente a los demás países. Tiene que ganarles, que dominarlos. Trump lo sabe. Su entrada triunfal, imprevista, el primer día de la convención es acompañada por “We Are The Champions” de Queen.14 El dominio internacional y el dominio racial son conceptos clave: si los demás se subyugan a la civilización occidental, America regresará a su lugar natural en el mundo. A dictar el curso de la historia. No por nada Steve King, representante de Iowa, dice lo siguiente en televisión nacional durante la convención: “Where did any other subgroup of people contribute more to civilization?”; o lo que es lo mismo, “¿Qué otro grupo aparte de la gente blanca ha contribuido tanto a la civilización?”.

Los representantes de los estados están de acuerdo. Y lo dicen de la forma más amable. Nunca son agresivos con la prensa. Responden las preguntas con thank you y dicen please al dejar pasar. No ven discordancia entre el mensaje de odio y sus valores fundamentalistas –porque muchos, muchos de ellos son fundamentalistas en su religión–. La civilización está en decadencia, y sólo el dictador, que repite una y otra vez que el día que tome posesión regresarán “la ley y el orden” al país (¿De qué forma? ¿Legal o ilegal? ¿Qué implica? Nadie se lo pregunta), puede enderezar el rumbo.

Lo que no se sabe es si Trump mismo cree sus palabras. Interrumpe la transmisión de una convención que es sobre él para dar una entrevista; se va de Cleveland y regresa a Nueva York. Aparece en el canal de golf durante el segundo día, mientras algunos miembros del partido, otras tantas pseudocelebridades y oftalmólogos de extrema derecha15 defienden su candidatura frente al público. Ante las acusaciones de que su esposa plagió un discurso, no responde. Ante las preguntas sobre cómo ha cambiado de parecer desde antes de ser candidato, no da una respuesta clara. Siempre regresa a las frases hechas, a la filosofía del éxito: lo que sea que tenga que hacer, lo hará muy bien. Ganará la elección “por mucho”. Hará “las mejores” renegociaciones de tratados en la historia. El objetivo es “lo mejor”. ¿Para quién? Eso es lo de menos. Mientras tenga el apoyo republicano, no importa que “lo mejor” se lleve al traste al mundo moderno, a las minorías y a los demás países.

El circo se va del pueblo

La convención es un hoyo negro a la mitad de Cleveland, que jala todo para sí. Es difícil saber qué opinan los locales o si se dan cuenta de la magnitud de lo que ocurre a unos cuántos kilómetros de donde viven.

Afuera de la ciudad, en una de las zonas conurbadas, de nombre Westlake, el verano transcurre como si nada. Los cines se llenan de niños que quieren ver la nueva película animada, otros tantos juegan en las fuentes para amainar el calor que ronda los 35 grados centígrados. Ahí las personas hablan poco o nada de la elección. Una empleada de tienda departamental, Rachel, de 26 años, cuenta que las cosas van bien en Ohio y que hay empleo. ¿Por quién va a votar? No sabe si lo haga. Trump y Clinton se le hacen lo mismo, sólo Bernie Sanders le llamaba la atención.

Pero Trump es un fascista, su discurso es el de un futuro totalitario. ¿Ni así votaría por Clinton?
“Tal vez”, responde.

Al terminar la semana, varias cosas quedan en el aire. Hubo un mensaje de odio, repetido hasta el cansancio. Hay riesgo de que las cosas cambien para peor. Es posible, tal vez no probable, que Trump pueda ganar.

En el shuttle de regreso al aeropuerto, una delegada de Texas habla de los valores cristianos. De cómo incluso cuando Trump saca lo peor de la gente, cuando miente, cuando insulta, hay que perdonarlo, aceptarlo y apoyarlo. Es la elección de los republicanos para esta campaña. Se despide con un apretón de manos amable y desea suerte.

Al verla bajar su maleta del autobús, resulta inevitable pensar en el poema de Martin Niemöller, “Primero vinieron por los comunistas […] Luego vinieron por mí”. Habría que agregarle un asterisco: cuando vinieron por mí lo hicieron con una sonrisa, y entonces no pareció tan malo como en realidad fue.

 

Esteban Illades
Editor y periodista.


1 Ese número aumenta hasta 3,500,000 si se toma en cuenta la población del condado y las ciudades satélite que componen el área metropolitana.

2 El ejemplo más claro de esto es Federico I, emperador romano, que llevó los supuestos restos de los Reyes Magos a Colonia –ahora Alemania–, para apuntalar la economía de la ciudad.

3 La acusación más repetida contra Clinton es que, durante la primera presidencia de Barack Obama, utilizó su correo personal en lugar del correo gubernamental –encriptado y protegido– para comunicar mensajes confidenciales sobre la seguridad nacional de Estados Unidos. El FBI dijo hace unos meses que, por más descuidado y negligente que haya sido su actuar, no había elementos para enjuiciar a Clinton por un delito. Sin embargo, los republicanos están convencidos de que Clinton debería estar tras las rejas.

4 El caso de Tamir Rice es uno de tantos en los que policías blancos disparan y matan a jóvenes negros. Como en la mayoría de los casos, un jurado decidió que no había evidencia suficiente para enjuiciar a Frank Garmback y Timothy Loehmann. Sin embargo, en un juicio de materia civil, la ciudad de Cleveland aceptó indemnizar a la familia Rice con seis millones de dólares. Sobre este tema en particular recomiendo leer el libro Between the World and Me de Ta-Nehisi Coates.

5 Una de las citas más impactantes de esta campaña viene de un latino de Los Ángeles que dijo que votaría por Trump. “Mi lado oscuro quiere ver qué sucederá si Trump gana. Va a haber algún tipo de cambio, y aunque sea un cambio estilo Nazi, la gente quiere ver drama”. Las personas están votando por acción, explosiones y drama. No les importa que les perjudique, quieren vivir lo que ven en la tele. Ver: Alcindor, Yamiche, “Die-Hard Bernie Sanders Backers See F.B.I. as Answer to Their Prayers”, The New York Times, 27 de mayo de 2016.

6 Never Gonna Give You Up, de Rick Astley, es la parte fundamental de algo que se conoce como rickrollear; fenómeno que consiste en prometer una cosa interesante y que vale la pena ver, y que terminar por mostrar el video de Rick Astley en su lugar. (Nexos mismo rickrolleo a sus lectores un 28 de diciembre de hace varios años.) Es una de las bromas más gastadas del internet, por lo que no es descabellado pensar que, en efecto, alguien haya metido el rickrolleo al discurso con afán de torpedearlo.

7 Entre miles de cosas cuestionables que ha hecho Donald Trump en su vida, quizás la más extraña ocurrió en los 80, cuando le hablaba a periodistas desde su oficina y utilizaba un alias, John Miller Barron. Barron, supuestamente, era el vocero de Trump, y sólo decía cosas buenas de él a la prensa. Con este precedente, es posible pensar que la escritora del discurso fuera en realidad un personaje inventado para sacar a Melania del apuro.

8 Varios especialistas han dicho que Estados Unidos no tiene la capacidad de construir un muro de ese tamaño, y en ocasiones los allegados a Trump dicen que el muro es sólo una imagen que representa su política exterior. Sin embargo, el candidato insiste que sí planea construirlo.

9 Este último grito no es exclusivo de los republicanos. Los demócratas lo repitieron bastante en su propia convención.

10 Algo impresionante es que todo el equipo de Trump puede decir estas cosas sin romper expresión facial. A pesar de que ellos han manipulado los datos y han mentido más que cualquier otra campaña moderna, incluida la de Richard Nixon, pueden salir a dar entrevistas y decir lo contrario. Es una nota del libro de Josef Goebbels, o, por citar a alguien más moderno, George Costanza de Seinfeld: “No es una mentira si tú lo crees”.

11 Tampoco deja de ser curioso: si se compara lo que ha aumentado la riqueza de Trump desde que heredó dinero de su padre, Fred, la conclusión es que Trump ha ganado menos invirtiendo el dinero que si lo hubiera dejado en un fondo de inversión. Todo lo contrario al mito que propaga. Ni siquiera es un empresario exitoso; al contrario, se ha declarado en bancarrota seis veces. Pero no importa.

12 Como muestra del odio y la incompetencia de los medios al decir la verdad, Trump ha vetado a aquellos que le parecen deshonestos. Entre ellos está el ganador de múltiples Pulitzer, The Washington Post, uno de los dos periódicos decanos de Estados Unidos.

13 Bernie Sanders, uno de los precandidatos demócratas, al apoyar a Hillary Clinton en su convención, tuvo que remarcar que ella “escucha a los científicos”. Esto es Estados Unidos en 2016.

14 Al igual que varios grupos durante la convención, Queen emitió un comunicado de prensa exigiéndole a Trump que no volviera a utilizar su música sin permiso.

15 La directora de Korean-Americans for Trump, Lisa Shin, es una oftalmóloga de Nuevo México que piensa votar por Trump para que construya un muro fronterizo. La verdad, muchos de nosotros nunca nos hemos preguntado por las filiaciones políticas de los oftalmólogos, pero resulta curioso que el primero que uno conoce o que expresa sus posiciones, sea de extrema derecha.

Agenda

El ascenso meteórico de Donald Trump

El populismo que tanto preocupa a los liberales latinoamericanos también tiene una larga historia en Estados Unidos y en Europa. A finales del siglo XIX impulsó el movimiento de William Jennings Bryan, que fue tres veces candidato del Partido Demócrata a la Casa Blanca; en esa época también dio vida a partidos como el Socialcristiano de Karl Lüeger en Austria; en la década de 1950 cobró forma en Francia en el poujadisme, que ha reencarnado en el Frente Nacional (FN) que actualmente dirige Marine Le Pen, para no mencionar su influencia en Polonia o Hungría en los veinte. La cercanía de Donald Trump a esta corriente antiliberal fue reconocida recientemente por el fundador del FN y padre de su dirigente, Jean-Marie, quien declaró que de ser estadunidense votaría por él.

Sin embargo, como bien lo señaló el presidente Obama en la reunión trilateral que tuvo lugar en Ottawa a finales de junio pasado, populismo no quiere decir lo mismo en todas partes y, sobre todo, antes de definirlo como demagogia y de equipararlo a dictaduras totalitarias —como lo sugirió el presidente Peña Nieto— hay que entender sus causas. Su afirmación de que Hitler y Mussolini fueron líderes populistas es una interpretación equivocada y benigna de dos dictadores inescrupulosos, responsables de numerosos crímenes de lesa humanidad. Eso no es populismo.

Cuando nos preguntamos de dónde viene Donald Trump hay que mirar a esa tradición y a las condiciones que la han propiciado en forma recurrente y que pueden resumirse en una sola palabra: incertidumbre. En el contexto actual los problemas de las economías avanzadas y la presión del tsunami migratorio que ha lanzado a sus fronteras a millones de personas en busca de protección o de oportunidades, han generado una atmósfera cargada de interrogantes respecto al futuro y han reanimado las actitudes xenofóbicas y racistas que son propias de los populismos del norte. Donald Trump es producto de este resurgimiento cuyos resortes han sido el creciente descontento que provoca la globalización y el antagonismo racial que en Estados Unidos en particular opone a los defensores de la supremacía blanca a una diversidad social creciente.

01-trump

Ilustración: Víctor Solís

 La elección de Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos en noviembre de 2008 fue saludada por muchos como la ruptura con una historia de discriminación, como un acontecimiento que marcaba el inicio de una nueva época. La llegada de un  afroamericano a la Casa Blanca se vio como un acto de justicia, una deuda de siglos saldada. De aquí se desprendieron muchas fantasías: que la política exterior belicista de Estados Unidos había llegado a su fin, o que el país más rico del mundo tendría cierta empatía con las dificultades de los países pobres. Se creyó que Barack Obama podría recuperar y llevar a cabo la agenda más o menos progresista que había propuesto Bill Clinton en 1992. Tal y como se ha desarrollado la política en Estados Unidos en las dos administraciones de Obama, me atrevo a profetizar que pasarán muchos años antes de que la Casa Blanca tenga de nuevo un inquilino afroamericano.

A ocho años de distancia sabemos que las expectativas que despertó el cambio fueron desmesuradas, como siempre. La actual campaña presidencial revela que con el presidente Obama se agravó la fractura política de sustancia racial que sufre su sociedad, que separa a los blancos de sus compatriotas de color, y cuya expresión política ha cristalizado en la oposición entre el Partido Demócrata y el Partido Republicano. Desde esta perspectiva la elección y la reelección de Obama fueron sólo un episodio de la disputa por el poder político y la hegemonía cultural de la sociedad, que desde hace más de cuatro décadas libran los lejanos herederos del New Deal de Franklin Roosevelt, y los hijos de la revolución conservadora que impulsó Richard Nixon en los sesenta y que Ronald Reagan radicalizó cuando llegó al poder.

 El ascenso meteórico de Donald Trump a la candidatura del Partido Republicano da prueba de la vitalidad del prejuicio racial en una sociedad fundamentalmente diversa que después de una sangrienta guerra civil y de desgarradores enfrentamientos asociados a la lucha por la igualdad, debía haber resuelto el conflicto y ser ya indiferente al color de la piel. Sin embargo, la insolente irrupción del multimillonario en la campaña electoral ha movilizado a un segmento amplio del electorado que comparte un discurso racista, xenófobo, misógino y abiertamente antidemocrático que creíamos inadmisible en el siglo XXI. El vehículo del ascenso político de Donald Trump ha sido la defensa identitaria de la supremacía blanca que ha sido condenada por la historia, por el pensamiento democrático y por la ética.

Los cambios que se esperaban de la presidencia de Obama no llegaron. Es cierto que introdujo una importante reforma al sistema de salud, pero la nueva legislación migratoria se quedó en el aire. Ciertamente, Obama concluyó la reconciliación con el régimen cubano; pero también ha demostrado que no hay razón para suponer que extenderá a sus aliados latinoamericanos una disposición solidaria. La prisión de Guantánamo sigue en operación y los drones bombardean Somalia sin posible remordimiento ni consideración por los civiles inocentes, así como otros objetivos en África y Asia Central, donde se cree que se ocultan células del Estado Islámico (ISIS).

Internamente, la agenda progresista de los demócratas no pudo vencer la resistencia de los republicanos que han luchado sin descanso por bloquear la naturalización de millones de migrantes, mantener un presupuesto público en equilibrio, impedir el aumento de impuestos, proteger la hegemonía conservadora en la Suprema Corte y, por sobre todas las cosas, evitar el regreso de políticas liberales. La candidatura y el discurso de Donald Trump son una reacción a la presencia de Obama en la Casa Blanca; sin embargo, también se eslabonan con la historia del desarrollo político de Estados Unidos que registra recurrentes erupciones populistas.

Donald Trump, el populista americano del siglo XXI

Hasta ahora el imparable ascenso de Trump ha sido el mayor acontecimiento de la campaña presidencial que inició con las elecciones internas en los dos grandes partidos estadunidenses. Incluso se impuso a las discusiones a propósito de la ardua batalla de Bernie Sanders, el contendiente de Hillary Clinton en la competencia por la candidatura del Partido Demócrata. Los gestos, las palabras, las posturas del multimillonario han sido tan insultantes y han representado un desafío de tal magnitud para las reglas no escritas de la civilidad política que han eclipsado el efecto más o menos innovador y disruptivo que en otras circunstancias habría tenido una mujer candidata a gobernar el país más poderoso de la Tierra. El público estadunidense, y el del resto del mundo, están mucho más atentos a la última majadería de Trump que a los argumentos de Hillary Clinton.

Sin embargo, el atractivo del personaje, que es también una celebridad televisiva, no se explica sólo por su arrogancia o por la búsqueda del escándalo que es la premisa de su campaña, sino que, como se dijo antes, se inscribe en una tradición política estadunidense que ha sido denominada populismo conservador. En la segunda mitad del siglo XX esta corriente impulsó el éxito del senador Joseph McCarthy, instigador de la feroz campaña anticomunista de los años cincuenta; de George Wallace, gobernador de Alabama, que defendía el régimen de segregación racial prevaleciente en el sur de Estados Unidos; y de Barry Goldwater, defensor de la soberanía de los estados contra el poder de Washington. Esta corriente llevó al poder a dos conspicuos representantes: Richard Nixon, descubridor de la “mayoría silenciosa”, y Ronald Reagan, el padre de la revolución conservadora.

Esta tradición ha demostrado ser bastante plástica y normalmente se acomoda a los cambios en el entorno. En los años treinta y cuarenta se adhirió a la reacción conservadora que suscitó, por una parte, el progresismo rooseveltiano del New Deal, y por la otra, el rechazo a sus alianzas en el exterior. Las comunidades de clase baja de diferentes orígenes nacionales: irlandeses, italianos y alemanes, aceptaron y se apropiaron de las políticas rooseveltianas de inversión pública, de apoyo al empleo y al consumo y las integraron a su universo político; pero durante la Segunda Guerra se sintieron traicionados por las alianzas del Washington del Partido Demócrata con los enemigos históricos de sus países de origen: Inglaterra y la Unión Soviética. En la posguerra los decepcionó la política de los demócratas hacia los regímenes comunistas que se habían apoderado de Europa Central porque les parecía excesivamente tolerante.1

Este descontento se sumó al de los blancos pobres del sur que inicialmente se habían beneficiado de las políticas intervencionistas del New Deal, pero que se sintieron amenazados por la legislación de los derechos civiles, algunos de cuyos primeros avances puso en pie el presidente Harry Truman y, desde luego, Lyndon Johnson en 1964, que firmó esta legislación a sabiendas de que tendría consecuencias devastadoras para su propio partido. No obstante, él creía, y así lo dijo, que era insostenible una situación en la que a millones de personas se les negaban sus derechos civiles por el color de la piel. Después de firmar la ley, Johnson habría dicho: “Hemos entregado el sur a los republicanos por una generación”; pero ya son por lo menos dos las generaciones que han sostenido la hegemonía republicana en el sur de Estados Unidos.

El derrumbe del Partido Demócrata se produjo porque los blancos de las regiones más pobres y atrasadas del país consideraron que  les arrebataba el único privilegio que tenían: ser blancos. Así, este electorado quedó disponible, de manera similar a como en los años treinta las masas latinoamericanas quedaron disponibles y fueron movilizadas y seducidas por los líderes populistas. El principal beneficiario del colapso demócrata fue el Partido Republicano que adoptó una vieja tesis conservadora según la cual existía una mayoría natural, los “americanos virtuosos”, la “mayoría silenciosa”. El joven político californiano, Richard Nixon, fue el arquitecto de la estrategia de penetración de los republicanos en el electorado sureño.

Antielitismo, antiintelectualismo y xenofobia

El ascenso de Trump ha cabalgado a lomo de la exacerbación del racismo, al igual que la victoria del movimiento antieuropeo en Gran Bretaña fue resultado de actitudes xenofóbicas que se han cebado en los inmigrantes de Europa del Este, en particular en los polacos. Su discurso apela también al antielitismo, pero sobre todo al antiintelectualismo profundamente arraigado en la cultura popular estadunidense. Visto desde esta perspectiva no sorprende que este multimillonario movilice amplio apoyo entre los más desfavorecidos.

En la campaña presidencial de 1992 otro millonario, Ross Perot, intentó hacer lo que ahora hace Trump, pero como candidato de un tercer partido. Desafió el bipartidismo establecido y fracasó, tal vez porque el contexto no le era favorable, o porque no supo tocar las cuerdas más íntimas del resentimiento popular contra los sabihondos, contra los expertos que saben recortar el gasto, pero no saben cómo lidiar con la creciente desigualdad económica. Ante la ausencia de respuestas a este problema los seguidores de Trump concentran su rabia en la desigualdad racial y derivan una falsa superioridad de las supuestas debilidades y vulnerabilidad de los que son diferentes.

Las características del populismo estadunidense explican que no haya contradicción entre los dineros de Trump y su asimilación a los resentimientos plebeyos de blancos pobres, desempleados, que tienen un bajo nivel de escolaridad, que se sienten menospreciados en una sociedad que ha llevado a la presidencia a un hombre de color que, además, ostenta credenciales académicas de excelencia. Les resulta inconcebible que un individuo al que consideran naturalmente inferior pretenda formar parte de esas elites “sobreeducadas, encerradas en su torre de marfil”, como las describía George Wallace, tan ajenas a la mayoría de los americanos, a sus valores y a sus aspiraciones. El rechazo a las elites políticas e intelectuales es uno de los temas centrales del populismo en Estados Unidos, donde estos movimientos siempre han cuestionado el patriotismo y la fidelidad de estos exquisitos a los sentimientos de los verdaderos americanos. En cambio, en otros países como México, muchos son los intelectuales de prestigio que se suman a movimientos o líderes populistas y denuncian a los ricos.

El tema de la integración racial fue una cuña más duradera en el interior del Partido Demócrata que cualquier otro. Wallace se negaba a aplicar la política integracionista que exigía la legislación federal: “No creo en la mezcla social y educativa de las razas”,2 pero defendía las políticas estatales de salud y de apoyo a la vivienda popular, así como el sindicalismo. Se justificaba con el argumento de que los sofisticados de Nueva York y Washington, los lectores del New York Times, miraban al americano común y corriente por encima del hombro porque hacía sus compras en las tiendas donde todo se vendía a cinco y diez centavos. El populismo de Wallace se profundizó con el patriotismo que inspiró entre muchos estadunidenses la guerra de Vietnam, que tuvo un profundo efecto divisivo en una sociedad enfrentada también por diferencias respecto al papel de su país en el mundo. Diez años antes el senador Joe McCarthy había mostrado la fuerza del nacionalismo anticomunista con ácidas denuncias contra los brillantes jóvenes privilegiados, “nacidos en cuna de oro”, que, en referencia a Alger Hiss y a Dean Acheson, según él, desde el Departamento de Estado habían entregado el país a los comunistas.

En los años sesenta el Partido Republicano dejó de atacar las políticas del New Deal y se concentró en la política exterior. Richard Nixon supo explotar el patriotismo para defender “a los americanos silenciosos”, a los que en lugar de sublevarse contra el presidente “trabajan, cumplen con su deber”, eran los patriotas que en Vietnam defendían a su país a diferencia de “los que gritan, los que protestan, los que marchan y manifiestan en contra”. Nixon se erigió en el tribuno de la mayoría silenciosa y el Partido Republicano los capturó y hoy están a merced de la ultra, del ala extrema del Partido Republicano que representa el “TEA (taxed enough already —o los que ya pagan suficientes impuestos) party”.

Trump es distinto de los populistas anteriores también porque no ha levantado el tema de la revolución de costumbres que sacudió las reglas establecidas de moralidad y comportamiento social. Esa revolución tan vinculada a la amarga experiencia de Vietnam. A resultas de esta guerra el término “liberal” adquirió para una alta proporción de americanos un significado de radicalismo casi revolucionario que ha servido para denostar al Partido Demócrata y para definir el perfil ultraconservador que ha adquirido el Partido Republicano. Es posible que los temas de moral social hayan perdido la amplia capacidad de movilización que tenían antes, porque han sido asimilados a la cultura general, al igual que las políticas rooseveltianas. Lo cierto es que Trump, como buen político populista, está atento a las preocupaciones más inmediatas de los votantes, sobre todo, la inseguridad, la económica y la física. Esta sensación incontrolable que agravan los ataques terroristas y acciones como la de Orlando, en las que criminales que se dicen defensores de causas políticas que puede ser el Estado Islámico o cualquier otra, matan a personas inocentes.

Donald Trump puede ser visto como una anomalía, porque es un millonario metido a candidato presidencial. Lo es sobre todo porque dice en voz alta lo que muchos otros murmuran. Su elección no es segura, pero tampoco es imposible. Si ocurre, los mexicanos tendremos que responder de alguna manera a las políticas antimexicanas que ha anunciado; pero no estaremos solos, porque su xenofobia y el patrioterismo que ha enarbolado alcanzan a muchos otros, incluso entre los suyos. Sin embargo, Trump el populista puede tener entre nosotros un efecto importante en términos de alternativas de gobierno, como ha ocurrido antes en la historia cuando México y Estados Unidos han vivido episodios paralelos y experiencias políticas afines. Si así fuera, si Trump llegara a ser presidente, y si el populismo mexicano también volviera, hasta le dábamos sopa de su propio chocolate.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

Agenda

La democracia estancada (México 2006-2016)

México vivió una crisis política en 2006. El 1 de diciembre de aquel año el nuevo presidente de la República tuvo que colarse entre gritos y jaloneos para rendir protesta en la tribuna del Congreso de la Unión y cumplir así el protocolo constitucional. Los partidos que habían reclamado fraude desde los días posteriores al 2 de julio —en una elección definida por apenas 0.56% de los votos— habían bloqueado los accesos para impedir que Felipe Calderón tomara protesta, nombrar a un presidente interino y convocar así a una elección extraordinaria.

02-democracia-1

Ilustraciones: Estelí Meza

México cruzó el río revuelto de una crisis política gestada por una diferencia estrechísima entre los candidatos punteros, por un entorno político enrarecido por la imprudencia verbal del presidente de la República, por la retórica incendiaria del candidato de la izquierda, por una legislación electoral insuficiente para lidiar con una elección tan cerrada y conflictiva, por autoridades electorales que enfrentaban la desconfianza de un segmento de los partidos de izquierda y por el alegato de un fraude que a 10 años de distancia sigue sin probarse. La tormenta perfecta.

Los partidos políticos desaprovecharon la crisis. En vez de atacar los problemas de fondo han sobrerregulado la competencia electoral, construido un oneroso aparato burocrático para organizar elecciones y promovido la judicialización de los conflictos electorales.  El resultado ha dejado a todos insatisfechos: la credibilidad de las instituciones electorales se ha mermado, la negación de la derrota es una práctica común entre los perdedores y los costos de nuestro sistema democrático se han incrementado. ¿Por qué a pesar de dos reformas electorales, 10 años después, todo parece seguir igual?

 

Bajo una definición procedimental o minimalista México es una democracia electoral: celebra elecciones de manera periódica con reglas formales que garantizan condiciones mínimas de equidad para competir, así como voto universal (la cobertura del padrón electoral mexicano es de las más altas del mundo: 97.6% en junio de 2016). A pesar de los problemas de inseguridad y violencia los comicios se realizan en un entorno pacífico. No obstante, en 2015 se dieron intentos de boicot electoral en Oaxaca y Guerrero, tanto retóricos —la democracia burguesa es una violación masiva y debemos rechazarla— como prácticos: en los días previos a la jornada hubo bloqueos a instalaciones del INE y aun secuestros de funcionarios electorales.

Aunque las condiciones reales de la competencia son deficientes, prevalece una sana competitividad. En las elecciones locales de 2016, por ejemplo, hubo una enorme competencia entre partidos que generó alternancia en ocho gobiernos estatales y en cientos de municipios. Pero más competencia electoral no ha significado mejores gobiernos. México es hoy un país más corrupto, con mayor inseguridad y con gobiernos más endeudados que hace una década. Ciertamente, también es un país con avances en materia social, de cobertura educativa y de electrificación, con una clase media amplificada y cuyos niveles de felicidad son mayores que antes.

Más competencia tampoco ha significado más satisfacción con la democracia. Según Latinobarómetro, ésta disminuyó de 41% en 2006 a 19% en 2015 de mexicanos que se sentían satisfechos con su funcionamiento. Lo mismo ha sucedido con la confianza en las instituciones políticas. Entre 2006 y 2015 los partidos políticos disminuyeron la confianza de 30% a 16%; la policía de 31% a 24%; la del gobierno aumentó hasta 2006, cuando alcanzó un máximo de 47% de confianza para después desplomarse a 21% en 2015.

En la última década se realizaron dos reformas electorales para mejorar el funcionamiento de la democracia electoral y abaratar su costo, pero los resultados son otros. No mejoró la calidad del debate público y las llamadas campañas de propuesta, aunque mayor en número, son secundarias frente a las negativas en redes sociales cuyo tono violento y calumnioso llaman más la atención. No disminuyó el costo de la democracia y se ha incrementado el financiamiento ilegal de las campañas. Se ha mantenido la costumbre de autoproclamarse ganador aun sin contar con resultados oficiales. En las elecciones de gobernador de 2016, la noche de la jornada hubo 22 candidatos que se proclamaron ganadores aunque sólo había 12 cargos en contienda.

Asimismo, en los últimos 10 años se ha invertido más en infraestructura democrática (financiamiento estatal de partidos, salas especializadas del Tribunal Electoral, más burocracia para llevar a cabo las nuevas atribuciones del INE) pero la confianza en las autoridades electorales se ha minado. Entre 2007 y 2015 la confianza en el INE se redujo de 7.1 a 6.1, en una escala del 0 al 10 (Consulta Mitofsky).

Pero la razón más importante de que la democracia no haya dado buenos frutos es la falta de Estado de derecho: la llamada transición mexicana privilegió el pluralismo sin construir un piso de legalidad que lo transformara virtuosamente en gobiernos incluyentes, pero también responsables, supervisados y honestos. Con las vacas gordas del petróleo a partir de mediados de la década pasada —el precio se duplicó en los primeros años del milenio—, la combinación de pluralismo sin Estado de derecho fue explosiva: devino en una fiesta de derroche ante la falta de controles para gastar y de castigos para quien abusara del poder. Muchos opositores del antiguo régimen, por ejemplo, el Partido Acción Nacional (PAN) y el Partido de la Revolución Democrática (PRD) se convirtieron en cómplices.

La secuencia importa. Buena parte de las democracias liberales de Occidente siguieron una ruta inversa: primero construyeron pisos firmes de legalidad —las monarquías constitucionales— y luego expandieron gradualmente la participación. En México abrimos la puerta de la plaza sin tener una señalización de las reglas de convivencia y de los castigos para quien las violara. Resultado: hemos avanzado mucho en pluralismo, alternancias y estridencia retórica, pero hemos retrocedido en integridad, eficacia gubernamental y calidad de los cuadros dirigentes, sobre todo en el ámbito local. Hemos construido una democracia clientelista, no una democracia liberal.1

Por eso el triunfo del presidente Vicente Fox (PAN) en 2000 no fue un cambio estructural, sino sólo de fachada. El 2000 era, por supuesto, motivo de festejo, porque implicaba que la alternancia ya era posible en México. Pero muchos leyeron que ya éramos una democracia hecha y derecha. Su festejo duró poco.

02-democracia-2

 

Aunque la euforia democrática del 2000 se diluyó en los años subsecuentes, la elección presidencial de 2006 volvió a generar enormes expectativas, en parte por la posibilidad del triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), el candidato de la izquierda. Sin embargo, aun antes de iniciado el proceso electoral, las cosas empezaron a complicarse. Desde el año previo el clima político se había enrarecido. En abril de 2005 AMLO, jefe de gobierno del Distrito Federal, había sido desaforado por la Cámara de Diputados para iniciarle un proceso penal por desacatar una orden judicial para detener la construcción de dos calles en la zona de Santa Fe de la Ciudad de México. En un país acostumbrado a la aplicación selectiva de la ley el castigo era excesivo y se percibía como un pretexto del gobierno para “sacarlo de la jugada”. Quizá frente a la amenaza de mayor conflictividad, la Procuraduría General de la República (PGR) se desistió de la acción penal. ¿Qué lógica había en desaforar para luego recular? ¿Para qué se había polarizado a los actores del país un año antes de la elección? A pesar del desistimiento, el daño estaba causado. Fox ya era el villano favorito de la izquierda.

Las campañas iniciaron en enero de 2006 con López Obrador 10 puntos arriba en las encuestas, pero su ventaja se diluyó con el paso de las semanas. Para abril Felipe Calderón, candidato del PAN, lo había rebasado. Varios factores lo explican. Uno, la negativa de AMLO para asistir al primer debate entre candidatos, algo interpretado como soberbia o desdén por la audiencia. Otro, su agresividad verbal en contra de grupos empresariales, a cuyos líderes llamaba delincuentes de cuello blanco. También su desplante cuando le dijo al presidente de la República: “Cállate chachalaca”. Finalmente, la campaña negativa en su contra emprendida por el PAN: “López Obrador es un peligro para México”.

Cuando Calderón lo había rebasado la campaña de López Obrador reviró con una fuerte campaña negativa que minó a su oponente. En las semanas previas al 2 de julio ambos candidatos estaban empatados en casi todas las encuestas y así llegó el día de la jornada electoral. Por sus números, era hasta entonces la mejor organizada por el Instituto: sólo 11 casillas no se instalaron, los incidentes habían sido menores y la participación ciudadana, como siempre, había sido ejemplar. Muchos esperaban el triunfo de López Obrador y sus seguidores enmudecieron cuando los primeros resultados daban una muy ligera ventaja a Felipe Calderón, aunque dentro de los márgenes de error del conteo rápido. Días después, al concluir los cómputos distritales, se confirmaría que Calderón había ganado, aunque por un margen de apenas 0.58% (la apertura posterior de más de 11 mil paquetes electorales para recontar votos redujo el margen a 0.56%).

Una elección muy competida —una buena noticia— devino en un conflicto político de proporciones mayores. El candidato perdedor acusó fraude: primero dijo que había sido “a la antigüita”, esto es, relleno de urnas o alteración de las actas de votación; luego esbozó un algoritmo que se habría incrustado en los sistemas del Instituto Federal Electoral (IFE) para alterar los resultados; luego dijo que sus representantes de casilla se habían “vendido”. En su recurso de impugnación argumentó de todo: que la “guerra sucia” lo había lastimado, que los medios de comunicación habían operado en su contra, que el IFE había manipulado el programa de resultados preliminares (PREP) y que había bloqueado la apertura de paquetes electorales (por cierto, el llamado voto por voto, casilla por casilla, jamás fue solicitado por la vía legal: López Obrador sólo pidió el recuento de 16% de los paquetes electorales). Incluso adujo que la telenovela de Televisa, La fea más bella, estelarizada por Angélica Vale, había difundido imágenes y declaraciones a favor de Felipe Calderón.

Aunque había prometido que acataría el veredicto del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), López Obrador desconoció la sentencia final de los magistrados que validaba la legalidad de la elección y dijo: “Los magistrados […] se sometieron, no tuvieron el arrojo, la dignidad, el orgullo, la arrogancia de actuar como hombres libres. Optaron por convalidar el fraude electoral”. Luego dijo: “Por lo anteriormente expuesto […] desco-nozco a quien pretende ostentarse como titular del Poder Ejecutivo Federal sin tener una representación legítima y democrática”. Y remató con una frase que resonaría con enorme fuerza: “Por eso, aunque no les guste a mis adversarios, ¡al diablo con sus instituciones!”.

La retórica se acompañó de una lucha política en las calles. En agosto instaló casas de campaña en la avenida Paseo de la Reforma para bloquearla y meses después, el 20 de noviembre de 2006, tomó protesta en el Zócalo de la Ciudad de Mexico como “presidente legítimo”.

El conflicto poselectoral no era obra solamente de López Obrador. El presidente de la República había sido imprudente, incluso torpe. Aunque nunca se le acusó de actos ilegales ni de inyectar recursos públicos a la campaña de Felipe Calderón, con quien tenía un distanciamiento evidente, su retórica había enrarecido el ambiente. Por ejemplo, decía que “no había que cambiar de jinete en medio del río” o que “vomitaba el populismo”. A diferencia del presidente Ernesto Zedillo (1994-2000), quien había sido cuidadoso durante el proceso electoral de 2000 (algo que su partido le recriminaría posteriormente), Fox se entrometió y ello, junto con la retórica incendiaria de López Obrador, generaron un coctel explosivo y polarizante.

El IFE que había organizado la elección de 2000 fue vilipendiado. Aunque su cuerpo directivo había cambiado en 2003 con una buena dosis de controversia, las reglas del juego eran las mismas. Más aún, los funcionarios que organizaron la elección eran los mismos —servidores públicos de carrera con una amplia experiencia—. No obstante, el triunfo del candidato del partido en el poder por un margen muy estrecho, en medio de un clima político polarizado, condujo a la depresión democrática. Para algunos, la transición se había abortado; para otros, la “mafia del poder” se había robado la elección; para otros, las instituciones habían pasado la prueba de fuego. La realidad: México seguía padeciendo una dosis de incredulidad de la población y de oportunismo de sus dirigentes políticos. No era el primer conflicto poselectoral del México independiente, tampoco sería el último.

 

Para paliar el conflicto poselectoral de 2006 el gobierno del presidente Felipe Calderón, presionado por el liderazgo del PRI en el Senado y el PRD (y la aquiescencia del ex candidato López Obrador), negociaron una reforma electoral en 2007. Aunque no era su ideal, el gobierno transó con el PRI para que otras reformas que buscaba, como una fiscal, fueran aprobadas en el Congreso mexicano. Manlio Fabio Beltrones, líder del PRI en el Senado, había reiterado que sin reforma electoral no habría reforma fiscal —inaugurando así los cambalaches legislativos— y el gobierno, en búsqueda de “legitimidad” y de un canal de gobernabilidad con el Congreso, había aceptado.2

La reforma tenía varios objetivos. Uno era mitigar la inconformidad de la coalición de partidos que había postulado a López Obrador en 2006, siendo el PRD el más relevante. Como uno de los argumentos de la derrota había sido la llamada “guerra sucia”, aquella que se resumía en el eslogan “López Obrador es un peligro para México”, una de las principales medidas fue prohibir las campañas negativas: no a la denigración ni a la calumnia. Como el sector privado agrupado en el Consejo Coordinador Empresarial (CCE) había financiado en 2006 promocionales que advertían sobre los riesgos para la estabilidad económica del triunfo de AMLO (no lo mencionaban ni lo acusaban, pero el mensaje era claro), se establecieron sanciones para los particulares que adquirieran spots para promover sus ideas políticas.

Como los partidos gastaban —en promedio— 60% de sus fondos de campaña en adquirir spots en medios electrónicos, y su negociación era discrecional con los dueños de los medios, se prohibió que pagaran por publicidad en radio y televisión y se decretó el acceso gratuito. El IFE, ahora INE, asumió funciones de central de medios para distribuir decenas de millones de spots y tuvo que adquirir el equipo para monitorear su transmisión en todo el país. Durante las campañas de 2012, por ejemplo, se transmitieron 43 millones de spots, cantidad que saturó a muchos televidentes sin mejorar la comunicación entre partidos y electores.

Como el cántico central del conflicto poselectoral había sido “voto por voto, casilla por casilla”, entonces se estableció el recuento de los votos a nivel distrital si la diferencia entre el primero y el segundo lugares era menor a un punto porcentual o si los votos nulos superaban la diferencia entre los punteros a nivel casilla. En 2012 se recontaron 78 mil 469 casillas de poco más de 143 mil instaladas (54.8%), y en 2015 la cifra aumentó a 92 mil 98, equivalentes a 62% del total, lo que ha implicado jornadas ininterrumpidas de 24 horas por varios días.

Como Vicente Fox había iniciado su precampaña a la presidencia desde 1997, siendo gobernador del estado de Guanajuato, y otros políticos habían seguido la misma estrategia en los años subsecuentes, se regularon las precampañas y se prohibieron los actos anticipados de precampaña y campaña (un galimatías semántico que ha sido imposible de regular en la práctica).

02-democracia-3

Asimismo, se redujo a la mitad el financiamiento público de campañas. Se argumentó que de esa forma se reducía el costo de la democracia, algo que parecía razonable pero que resultó falso a la postre. Entre 2006 y 2012, por ejemplo, el costo presupuestario —en términos reales— de la democracia electoral mexicana pasó de 26 mil 831 a 31 mil 691 millones de pesos (precios constantes de 2016, incluye el financiamiento de partidos y autoridades electorales en los ámbitos federal y estatal). En 2015 alcanzó la cifra de 35 mil millones, también en términos reales.3 Sin embargo, el fenómeno más dañino ha sido el aumento del financiamiento paralelo o no reportado de campañas. Aunque reciben mucho dinero público, los candidatos recurren a fuentes ingentes de fondos ilegales que han agudizado la corrupción gubernamental.4

También se prohibió la propaganda personalizada de servidores públicos cuyo efecto ha sido parcial por la falta de reglamentación del Congreso. Aunque se trata de una de las pocas medidas positivas de aquella reforma, se viola diariamente en la prensa escrita: decenas de gacetillas con las fotos de gobernadores aparecen por doquier. Buena parte de los diarios nacionales y locales ejercen el periodismo declarativo: retratan los dichos de los políticos (quienes pagan) y los chismes entre miembros de la clase política. Un segmento de la TV vende cobertura informativa y promueve la imagen de algunos gobernadores quienes aparecen noche tras noche inaugurando obras o pronunciando discursos irrelevantes.

Finalmente, como López Obrador había acusado fraude, los presuntos perpetradores de tal infamia debían irse. Se modificó la Constitución para remover de forma anticipada a seis de los nueve consejeros del IFE cuyo plazo concluía en 2010. Se vulneró así la independencia del Instituto: si  los partidos podían remover a los consejeros por razones políticas (de confianza, se decía), entonces la señal era clara: más vale no pelearse con ellos. En los siguientes años se acusó que muchos gobernadores replicaron el modelo en la conformación de los institutos electorales de sus entidades para contar con autoridades “a modo”, al extremo de que en 2013 el PAN propuso la centralización de elecciones para evitar su intromisión en la organización de los comicios.

 

Aunque ya se había aplicado en la elección intermedia de 2009, la verdadera prueba de fuego de la reforma electoral de 2007 era la elección presidencial de 2012. Si los reformadores tenían razón cuando argumentaron que las nuevas medidas aumentarían la legitimidad de las elecciones y la confianza en los resultados, luego entonces la elección de 2012 debía ser ejemplar, con un alto debate de ideas, baja conflictividad y acatamiento de los resultados. Pero no. El candidato perdedor acusó, nuevamente, aunque con argumentos diferentes, que la elección había sido fraudulenta y que carecía de legitimidad y legalidad. En su recurso para solicitar anularla adjuntó como pruebas del “fraude” objetos que habrían sido obsequiados para comprar el voto como bicicletas, chamarras, electrodomésticos e incluso pollos, gallinas, puercos, un chivo y dos patos, mismos que presentó públicamente en un evento en el Zócalo al que llamó “Expo Fraude”. En los años siguientes descalificaría constantemente al presidente, a quien llamaría en ocasiones “Peñita”.

Una de dos. O López Obrador era esquizofrénico e imaginaba fraudes inexistentes, o bien, los autores de la reforma electoral de 2007 nos habían engañado a todos con una legislación que simplemente ocultaba las llamadas marrullerías electorales. ¿Qué clase de reforma es aquella cuyos propósitos eran “menos dinero, más sociedad” pero que es incapaz de fomentar el acatamiento de los resultados, la prueba máxima de la legitimidad política de una elección? ¿O será que al margen de la ley —buena, mala o regular— hay un código genético en los políticos mexicanos que los conduce inexorablemente a desconocer los resultados adversos?

En 2012 López Obrador decía medias verdades, pero no le asistía la razón. Efectivamente, la compra del voto existía y se ha detonado, pero su incidencia era y es limitada para definir una elección nacional. Menos aún, la compra del voto por sí misma no podía explicar el triunfo del candidato del PRI quien ganó por 6.6 puntos porcentuales, eso es, aproximadamente tres y medio millones de sufragios. Efectivamente, las campañas se fondean con dinero ilegal que fluye a raudales. La denuncia del caso Monex en aquel año —monederos electrónicos que usó el PRI para dispersar pagos entre movilizadores de voto— era una hebra que conducía a una práctica creciente de clientelismo electoral que se da en muchas regiones del país y es practicada por todos los partidos.

Si el tope de gastos de campaña para presidente en aquel año fue de 336 millones de pesos, es probable que algunas campañas hayan costado varias veces ese monto. Según un estudio de Integralia Consultores, la liquidez de la economía mexicana, esto es, la cantidad de billetes y monedas en poder del público, creció en los meses previos a la elección de 2012 en 37 mil millones de pesos, una cantidad fuera de norma: un año antes el flujo había disminuido dos mil 958 millones de pesos en el mismo periodo y un año después, en 2013, el flujo también disminuyó, ahora en cinco mil 119 millones de pesos. Todo ello sugiere, según Integralia, que “una porción significativa del aumento del flujo de efectivo en 2012 puede deberse a actividades relacionadas con el proceso electoral”.5

Si en 2012 hubo un mercado enorme de liquidez para fondear campañas lo fue porque la reforma de 2007 (con la aquiescencia aun sea silenciosa de López Obrador) no abordó el tema. Ya desde entonces se veía el gasto desmedido (muchas veces en efectivo) de los gobernadores en publicidad oficial para promover su imagen (Peña Nieto es el caso ejemplar). Pero la reforma de 2007 no hizo nada para combatir ese problema que crecería con el paso de los años.

Pero aun y cuando estos fenómenos sean ciertos, a López Obrador no le asistía la razón porque su discurso confunde o engaña al mezclar dos realidades. Por una parte denuncia la corrupción del “sistema” y la impunidad de la “mafia del poder”. Las instituciones no sirven porque están al servicio de esos intereses, de tal forma que —salvo que él gane— los gobernantes electos son fruto de un proceso viciado de origen y por ello él jamás podrá reconocer otro resultado que no sea su triunfo. Si él gana, será porque pudo vencer las inercias del sistema gracias al “pueblo”. Si ganan otros, es parte del complot.

Por otra parte, López Obrador sugiere que las autoridades electorales cometen fraudes electorales, como fue en 2006. Que el sistema esté viciado y que haya una clase dirigente impune a la justicia es una cosa; que haya fraude electoral es otra. Se puede argumentar que la calidad de los procesos electorales se ha denigrado por las prácticas de compra del voto, de pago de cobertura informativa y de financiamiento ilegal de campañas; pero eso es diferente a que los votos se alteren el día de la jornada electoral. Ciertamente, prevalecen vicios para alterarlos, por ejemplo, carruseles de votantes o soborno a funcionarios de casilla capacitados para abstenerse de acudir el día de la jornada y así tomar funcionarios de la fila a modo. Pero esos fenómenos no son generalizados. López Obrador podría reconocer el resultado numérico de los comicios y a la vez denunciar los vicios del sistema y eso sería muy benéfico para mejorarlo. Pero hace lo contrario: mete todo en una bolsa y descalifica el proceso en su conjunto. Resultado: a pesar de sus denuncias no ha contribuido a mejorar la calidad de los procesos electorales y su retórica incendiaria ha conducido a sobrerregular el sistema.

 

En abril de 2013 Gustavo Madero, presidente del PAN, amenazó romper con el Pacto por México, un esquema de negociación muy exitoso que había permitido negociar diversas reformas estructurales en los dos primeros años del gobierno de Enrique Peña Nieto (2012-2018). La razón: había elecciones locales en Veracruz y un audio filtrado mostraba que el delegado federal de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) en esa entidad utilizaba programas de la dependencia para coaccionar el voto a favor del PRI. “Voy a convocar a la Comisión Política del Partido Acción Nacional para definir la posición de mi partido y su relación con el gobierno […] por mientras, no voy a acompañar y no voy a asistir a ningún evento del Pacto por México”.

Madero argumentó que los gobernadores del PRI se inmiscuían en los procesos electorales y que era necesario cortarles las manos para garantizar la legalidad y equidad de las elecciones. Dijo entonces que había que desparecer a los institutos electorales estatales —según él cooptados por los gobernadores del PRI— y centralizar la organización de las elecciones en el IFE.

Desde ese momento la centralización electoral se convirtió en el tema medular de una nueva reforma electoral que ocurriría un año después. Madero acertaba en el diagnóstico pero no en la solución. Efectivamente, muchos gobernadores, incluidos algunos de su partido, influían indebidamente en las elecciones: desviaban recursos públicos para pagar campañas, sesgaban la cobertura de los medios locales para beneficiar a los candidatos de su partido y buscaban controlar a las autoridades electorales. Pero la medicina era un engaño o una ingenuidad. Si la solución a lo que funciona mal en los estados consiste en centralizar, entonces habría que hacerlo también con los Congresos locales, los poderes judiciales y hasta con los medios de comunicación. Si los gobernadores cooptaban autoridades electorales era porque lo hacían a través de los Congresos, responsables de su nombramiento. De tal forma que centralizar la organización de los comicios sin resolver el problema de fondo de la democracia local —básicamente la falta de pesos y contrapesos— era una medida irrelevante.

Una de las principales medidas fue el nombramiento de los consejeros electorales estatales por parte del INE. La tarea ha sido titánica porque significa convocar a cientos de aspirantes en cada entidad, realizar exámenes escritos y luego entrevistas con los consejeros nacionales, quienes toman la última decisión. No obstante, un año después de aprobada la reforma “para cortarle las manos a los gobernadores”, el PAN acusó una “elección de Estado” en Chiapas, gobernada por el Partido Verde, donde se renovaron ayuntamientos y diputados locales. En 2016 Agustín Basave, presidente del PRD, dijo que la reforma de 2014 había sido un fracaso, pues “el Instituto Nacional Electoral está rebasado por los gobernadores, que siguen comprando y coaccionando el voto”.

Es esquizofrénico. Haces una reforma para atarles las manos a los gobernadores y un año después dices que siguen actuando como mapaches electorales. O son pésimos reguladores y teniendo buenas intenciones no supieron cómo plasmar sus deseos en buenas normas, o los gobernadores son tan listos que son capaces de evadir cualquier grillete que busque limitarlos.

Quizá la respuesta está en la falta de sentido común. En alguna ocasión pregunté a un gobernador su opinión de la reforma de 2014. Con tono ingenuo pregunté si la nueva legislación sería un impedimento para influir en las elecciones. Se carcajeó y me dijo: “Esto es lo importante”, y con el pulgar e índice de su mano derecha trazó el símbolo del dinero. “Con esto se ganan elecciones”, aseveraba con la señal de pesos en su mano, “de tal forma que lo menos importante es quién nombra a los consejeros electorales y quién instala las casillas”. Otro gobernador, molesto por la centralización, me dijo: “Quien paga manda”, en referencia a que el presupuesto de los nuevos Organismos Públicos Locales en Materia Electoral (Oples) es aprobado por los Congresos locales y ministrado por el gobierno estatal. “Si los nuevos consejeros quieren chichi”, refiriéndose al dinero para operar, “tendrán que venir a pedirme el favor y entonces aquí se les coopta”.

En 2015 y 2016 algunos organismos electorales sufrieron por la falta de recursos para operar. En Guerrero, por ejemplo, la presidenta del Instituto Electoral dijo que la bolsa de 392 millones de pesos aprobada por el Congreso local fue insuficiente y pidió al gobernador interino una ampliación por 151 millones semanas antes de la jornada de junio de 2015. Ese mismo año el Instituto Electoral de Sinaloa reportó que no contaba con los 38 millones de pesos necesarios para imprimir las boletas, actas de escrutinio, cintas, sobres y urnas. En Sonora, el organismo electoral local pidió al gobierno estatal ponerse al corriente con la ministración de 55 millones de pesos.

Si los institutos electorales han sufrido por recursos retenidos, los partidos tienen en cambio más dinero. Aunque en la reforma de 2014 también se prometió reducir el costo de la democracia, el financiamiento a los partidos con registro estatal aumentó 52% sin justificación alguna.6

Como parte de la centralización de los comicios, en la reforma electoral de 2014 se le dio al nuevo INE la atribución de llevar a cabo la capacitación e integración de mesas de casilla, lo cual ha permitido estandarizar la calidad de las elecciones. Asimismo, se le dio la facultad de fiscalizar, en tiempo real, todas las precampañas y campañas del país —en 2015 eso significó hacerlo con 13 mil 550 candidatos, tanto federales como locales—. En el Sistema Integral de Fiscalización del Instituto, los partidos cargaron más de un millón de operaciones de ingresos y egresos.

¿Acaso puede tener el INE los ojos y el cerebro para revisar decenas de miles de informes de gastos, realizar auditorías, llevar a cabo visitas de campo, cotejar facturas, hacer sumas y restas, dar derecho de audiencia y tener listos los dictámenes en un término de 37 días después de la jornada electoral, como marca la norma? En 2015 el presidente del INE dijo que “nunca antes en la historia, una autoridad electoral en el mundo había realizado una fiscalización tan grande y en tan poco tiempo […] Estamos ante las elecciones más fiscalizadas por una autoridad electoral en cualquier sistema democrático”.

Pero que haya muchas revisiones contables a miles de informes no significa que se revise y detecte todos los gastos que realmente ocurren. Al basarse primordial, aunque no únicamente, en los informes que entregan los partidos, la fiscalización de campañas parte de un sesgo inicial difícil de corregir. El INE monitorea espectaculares, inserciones pagadas en prensa, redes sociales y en algunos casos realiza visitas a eventos de campaña, pero se trata de un monitoreo parcial de algunas de las actividades que generan gastos. Fuera queda todo el gasto de movilización electoral, compra del voto, pago de cobertura informativa, entre otros. No es culpa del INE sino de un modelo de fiscalización rebasado por la realidad.

En 2016 sonaron las alarmas. Pocos días antes de la jornada electoral del 5 de junio el INE alertó que 52% de los tres mil 385 candidatos en contienda (gobernador, diputados, alcaldes) no habían reportado un solo gasto. En el Instituto acusaron al Tribunal Electoral de haber estimulado dicha omisión. Semanas antes el INE había cancelado el registro de dos candidatos de Morena en Durango y Zacatecas. La razón esgrimida es que no habían entregado sus informes de gastos de precampaña. El TEPJF restituyó las candidaturas alegando que debía proteger el derecho a ser votado. Sin castigos, argumentaron los consejeros del INE, se abría “un boquete” al modelo de fiscalización.

Pero acaso el mayor problema de la reforma de 2014 es que dejó las cosas a mitad del camino: ni avanzó en la centralización completa, esto es, que el INE fuera la única autoridad responsable de organizar todas las elecciones del país, ni se mantuvo el modelo original de inspiración federalista: un instituto federal y 32 estatales. Que se haya optado por un modelo híbrido fue resultado de la negociación posible: el PAN quería la enchilada completa y el PRI mantener el statu quo. El resultado ha sido insatisfactorio: el INE ha elevado los estándares de organización electoral de elecciones locales pero los institutos locales siguen a cargo de actividades que causan controversia: son los reguladores de las campañas y algunos de ellos son acusados de incompetencia o de parcialidad.

En 2016, de la mano del Tribunal Electoral, el INE removió a todos los consejeros de Chiapas por violar la paridad de género y por acciones fraudulentas en el voto desde el extranjero ocurrido en la elección del año previo. También la destitución de la secretaria ejecutiva del instituto de Durango por incumplir sus funciones y desacatar instrucciones del TEPJF. También la destitución del secretario ejecutivo de Veracruz por incumplir el requisito de “gozar de buena reputación” para ocupar el cargo.

En materia electoral hemos seguido una ruta equivocada para paliar los problemas de la democracia local. En lugar de forzar el funcionamiento imparcial y profesional de las autoridades estatales, se opta por centralizarlas como un parche temporal que no ataca el problema de fondo que es la falta de mecanismos de pesos y contrapesos que garanticen el desempeño eficaz de las autoridades locales. Mismo sendero se ha tomado en materia de transparencia, de combate a la corrupción, de fiscalización superior y de disciplina financiera. Ciertamente, se contiene el daño momentáneo del mal desempeño, pero no se resuelven las causas que lo motivan.

02-democracia-4

 

El principio de Peter establece que las personas que realizan bien su trabajo son promocionadas a puestos de mayor responsabilidad hasta alcanzar su nivel de incompetencia. Aplicado a organizaciones, podría afirmarse que aquellas que desempeñan bien sus funciones (como el IFE-INE) son recargadas de nuevas atribuciones hasta que alcanzan su nivel de incompetencia. No es culpa de las organizaciones sino de quienes les encomiendan nuevas responsabilidades (en nuestro caso, los partidos y legisladores).

Las reformas de 2007 y 2014 han “forzado el motor” o la capacidad institucional al grado de que las autoridades electorales pueden empezar a desempeñar ineficazmente algunas funciones que han hecho con éxito, por ejemplo, la capacitación e integración de mesas directivas de casilla. A partir de 2014 el INE es responsable de la capacitación de los funcionarios de elecciones federales y locales, pero el Instituto enfrenta mayor resistencia de los sorteados para aceptar la responsabilidad. Por diversas razones el modelo está llegando a su límite y requiere ajustes de fondo; de lo contrario, el INE enfrenta el riesgo de incumplir con su mandato. (Se menciona que una causa del creciente rechazo para ser funcionario de casilla son los recuentos durante los cómputos distritales. Si todo se cuenta nuevamente, aducen los insaculados, para qué ser funcionario de casilla si su trabajo será repetido. Lo mismo ocurre con las acusaciones falsas de fraude que desmotivan una función que antes se aceptaba con enorme orgullo ciudadano.)

En la reforma de 2014 el INE adquirió 74 nuevas atribuciones: fiscalización de campañas locales, incluidos candidatos independientes, nombramiento y remoción de los consejeros estatales, organización de comicios locales, distribución y monitoreo de millones de spots, instrucción de los procedimientos especiales sancionadores, organización, a petición de parte, de las elecciones internas de los partidos políticos para renovar a sus dirigencias, entre muchas otras.

Asimismo, las reformas de 2007 y 2014 sumaron más prohibiciones a partidos, candidatos e incluso personas físicas: denigración, calumnia, actos anticipados de precampaña y campaña, rebase de topes de campaña, adquirir spots, propaganda personalizada, por mencionar algunas. Más prohibiciones en ley significa más probabilidad de que mi adversario la viole; y si no la viola, yo puedo argumentar que lo hizo. Por ello se detonó la industria de la queja. Como resultado, en 2012 el consejo general del IFE sesionó 76 veces, en buena parte para desahogar quejas de partidos. En 2006, la elección presidencial previa, el número de sesiones fue de sólo 32. ¿Cuánto tiempo valioso destinan los consejeros a resolver pleitos entre partidos que al final carecen de relevancia?

Como el Instituto le da la razón a uno en detrimento de otro, el que pierde casi siempre acude al Tribunal Electoral para impugnar la resolución. También lo hacen los militantes de partidos que sienten vulnerados sus derechos. En 2006 el TEPJF recibió tres mil 549 asuntos de todo tipo; en 2015 la cifra llegó a 22 mil 206, un aumento de 526%.

Acaso como resultado de tanta litigiosidad y de una legislación electoral abultada, en los últimos años se han dado crecientes divergencias entre el INE y el Tribunal Electoral que han sembrado preocupación e incertidumbre. Por ejemplo, a fines de 2015 hubo un litigio prolongado por la pérdida de registro del Partido del Trabajo (PT): mientras el INE pugnaba por la pérdida al no haber obtenido 3% de la votación en las elecciones intermedias de ese año, el Tribunal Electoral le dio la razón al partido para competir en una elección extraordinaria en Aguascalientes en la cual, inexplicablemente, aumentó su votación en 318% respecto a la ordinaria, y logró así mantener su registro.

También se han dado divergencias en otros temas: en el tratamiento de las multas a los partidos políticos, notoriamente el Partido Verde Ecologista de México (PVEM), candidaturas independientes, reparto de cargos plurinominales, prerrogativas a partidos, entre otros.

El INE y el TEPJF han mostrado una enorme capacidad operativa para asumir nuevas funciones pero hay tres reflexiones que hacer: una, que muchas de esas nuevas funciones son irrelevantes para mejorar la calidad y legalidad de la democracia (por ejemplo, la fiscalización centralizada o muchos procedimientos sancionadores); dos, que aunque sean órganos con enorme profesionalismo pueden alcanzar su nivel de incompetencia por saturación de funciones y estiramiento organizacional. Y tres, que la gran fortaleza del INE sigue siendo su capacidad para organizar elecciones, aun bajo el modelo centralizado. Y esa fortaleza no debe ponerse en riesgo.

 

México es parte de una crisis global de confianza en la política y los políticos. Movimientos populistas —xenofobia, racismo, aislacionismo— recorren Europa, Estados Unidos y América Latina. También somos parte de un problema global de corrupción y abuso del poder, como ha sido el caso de Brasil, Argentina, Venezuela, Nicaragua y España, entre otros.

Aunque hemos invertido tiempo y dinero en combatir la desconfianza electoral, las reformas no han dado resultados. Aunque hay más participación ciudadana y más pluralismo en los cargos públicos, la desconfianza aumenta: quejas de partidos, peticiones de nulidad, autoproclamaciones (el llamado madruguete) y la señalización popular de que “todos son iguales”. Cuando la esperanza en las instituciones políticas para tutelar el bien común se evapora, surgen apuestas populistas, algunas de ellas antisistema.

Después de 2006 México pudo convertir una crisis en una oportunidad: mejores reglas del juego, más diálogo, más honestidad de los políticos y mayor eficacia para gobernar. En su lugar aumentó la corrupción y el abuso del poder y se sembró el germen de la destrucción retórica, de mayor desconfianza y de más polarización. Aunque ha habido una transición “institucional” del poder político en estos 10 años, la legitimidad de los gobiernos se ha erosionado.

López Obrador es uno de los responsables de que la conversación y el aprendizaje colectivo —que se detona con base en la crítica, el diálogo y la concesión (que no la traición)— haya devenido en la exclusión del otro con base en juicios morales y medias verdades. Ciertamente, tiene razón cuando señala el abuso del poder y la corrupción, pero polariza cuando sólo los atribuye a la mafia del poder que maltrata al pueblo —bueno y santo por definición—. En consecuencia, sus seguidores que suman millones han inundado las redes sociales con un discurso de descalificación, racismo político e intolerancia, justo los valores antagónicos del diálogo democrático. Por su parte, los gobiernos —algunos emanados de la izquierda en la que él ha militado— han contribuido con una violencia pasiva, aquella de oír sin escuchar, dar discursos políticamente correctos que no se traducen en acciones concretas para derribar la impunidad y el abuso del poder. Tanto contribuye el acusador que denuesta como el acusado pasivo que oye sin reaccionar.

Además del germen del populismo —que se puede materializar en la llamada derecha o izquierda, en los partidos o fuera de ellos (los independientes)— en 2018 se ciernen dos problemas adicionales. Uno, la fragmentación del voto que puede conducir a elegir un presidente con —digamos— una minoría de 30% del voto emitido. Dos, el boicot electoral, cuya primera experiencia la tuvimos en 2015. Diversos grupos —desde maestros disidentes hasta grupos revolucionarios y radicales— podrían aprovechar la elección de 2018 y usarla como rehén, bloqueando su organización e impidiendo la votación en diversas regiones del país. Desde 2014, a propósito de la reforma educativa y después con los sucesos de Ayotzinapa, el país ha navegado en medio de tomas de carreteras y plazas públicas, bloqueos de aeropuertos, quema de oficinas de gobierno y hasta violencia física contra personas. La falta de legitimidad y capacidad del Estado para imponer el orden sólo alimenta esa estrategia hacia 2018.

Con todas sus deficiencias, la democracia electoral es un ancla de civilidad de la política mexicana. Si la perdemos, aun sea porque se impide la celebración de comicios en una porción del territorio nacional, la democracia se pone en riesgo. Este desafío es de otra magnitud. Los pleitos entre partidos, el desacato de los resultados, la compra del voto o el uso ilegal de dinero para financiar campañas, son peccata minuta frente al desafío al régimen democrático. Cuando se dice que participar en las elecciones es perpetuar un Estado perverso y que la revolución es la única alternativa posible, se siembra el germen para derruir el orden democrático. No es culpa de los otros, sino de los de adentro, que han sido incapaces de gobernar con honestidad y eficacia desde las instituciones de la democracia representativa. Se trata de una amenaza todavía incipiente que debe ser evitada por todos los partidos, instituciones y sociedad en general.

 

El cambio más profundo para progresar hacia una democracia liberal y consolidada es sumar un piso de legalidad y Estado de derecho a la ecuación de la inclusión y el pluralismo —la gran apuesta de la transición mexicana de fines del siglo XX—. Ése es el mayor reto de la modernización política de México y motivo de una reflexión profunda que trasciende el alcance de este ensayo.

Esa modernización verdadera, no la de la alternancia de partidos en el poder que asemeja un juego de sillas: quítate tú para sentarme yo, llevará varios lustros. Mientras llega, es necesario navegar 2018 con prudencia, responsabilidad y preservar nuestra democracia electoral con todas sus imperfecciones. Se podrán hacer reformas antes de ese año, por ejemplo, instaurar una segunda vuelta, pero es sumamente difícil que ocurra. El año 2019 será, quizá, la próxima ocasión en que los partidos se sienten con seriedad a pegar lo roto con una visión de largo aliento, sin mirarse el ombligo como fue el caso en 2007 y 2014.

Por ahora lo único real es transitar la elección presidencial con una aplicación impecable e imparcial de la ley —a pesar de sus deficiencias— y exigir que el debate binario de la mafia contra el pueblo, o de los rojos contra los azules, o de los políticos contra los independientes, se transforme en una de las alternativas reales para que el país siga avanzando. Si el combate a la corrupción será uno de los clivajes de la elección de 2018, el otro debe ser la defensa del sistema democrático.

Sin ello, una buena noticia —la enorme competencia electoral que habrá en 2018— puede convertirse en una pesadilla política.

 

Luis Carlos Ugalde
Director general de Integralia Consultores.

Agradezco a Benito Nacif Hernández y Francisco Guerrero Aguirre por sus comentarios y sugerencias a una versión previa. También a Gabriel Moreno por su apoyo para la investigación de este ensayo.


1 Ver una reflexión preliminar en mi artículo de nexos de febrero de 2010, “Por una democracia liberal (Para erradicar el clientelismo)”.

2 Para una revisión minuciosa de aquella reforma, recomiendo la lectura de mi libro Así lo viví. Testimonio de la elección presidencial más competida en la historia de México (Grijalbo, 2008).

3 Luis Carlos Ugalde, “Democracia a precio alzado”, nexos, agosto de 2015.

4 Luis Carlos Ugalde, “¿Por qué más democracia significa más corrupción?”, nexos, febrero de 2015.

5 “Aumenta uso de dinero en efectivo en periodos electorales”, 1 de junio de 2016. Descargable en www.integralia.com.mx

6 La reforma mandató homologar las fórmulas de financiamiento de las entidades con la federal, que contempla un factor de 65% del salario mínimo para determinar el tamaño de la bolsa a repartir entre los partidos. Como en muchas entidades el factor era de 25% o 35%, la reforma implicó un aumento significativo del financiamiento de partidos. Ver análisis de Integralia Consultores “Aumenta 53% financiamiento a partidos en estados con comicios”, El Financiero, 31 de marzo de 2016.

Expediente

Oaxaca: La reforma y la revuelta

A la historia sin fin de Oaxaca se suma el trágico y confuso enfrentamiento del pasado 19 de junio en Nochixtlán, en el que participaron policías federales, maestros, pobladores y organizaciones sociales, y que arrojó al menos nueve muertos y una centena de heridos.

La sangre derramada es la consecuencia de una larga cadena tejida a lo largo de los años: una madeja hecha con las perversiones del sistema educativo, con la política de chantaje de la Sección 22, con el corrompido sistema de dominación caciquil oaxaqueño, con los vicios, en fin, del aparato político nacional. 

Para mirar de cerca el paisaje del estado, solicitamos a cuatro autores que hicieran su retrato. El avispero social, político, económico, educativo, que explica lo que sucede en la entidad con el mayor porcentaje de población en la pobreza.


La reforma educativa:
Prejuicios y fantasmas

Gilberto Guevara Niebla

Oaxaca, una historia sin fin

Marco Estrada Saavedra

La violencia social

Eduardo Guerrero Gutiérrez

Los números fríos de Oaxaca

Valeria Moy

01-oaxaca

Ilustración: Patricio Betteo

Expediente

La reforma educativa: Prejuicios y fantasmas

Una nube de rumores ha envuelto desde 2012 a la reforma educativa. Estos rumores han surgido espontáneamente, entre docentes sin suficiente información o han sido propagados por personas y grupos que se oponen a dicha reforma.

Imposible negar que una reacción lógica ante cualquier cambio que se aproxima y no se conoce sea temor y escepticismo. O ante lo que sólo se conoce a través de lo que otros dicen. Los docentes de mayor edad reaccionan con inseguridad ante la perspectiva de “ser evaluados” como lo propone la reforma y se asustan cuando escuchan que “los cambios que se avecinan afectarán su estatus, sus derechos adquiridos e incluso su permanencia en el trabajo”.

Esta situación es paradójica ya que, en realidad, en el corazón de la actual reforma está la idea de darle una nueva dignidad (o la dignidad que nunca ha tenido) a la profesión docente; acabar con la arbitrariedad en la asignación de plazas y puestos directivos y colocar al mérito como valor esencial para el ingreso, la promoción y el reconocimiento profesional.

02-reforma-1

Ilustraciones: Patricio Betteo

La clave de este cambio reside en la evaluación. La evaluación es un medio para: 1) generar evidencias para el autoconocimiento de debilidades y fortalezas; 2) gratificar monetariamente a los maestros destacados; 3) promoverlos en el mismo puesto de trabajo que ocupan (promoción en la función) y 4) crear medios para que todos los enseñantes del país reciban, continuamente, una formación que les ayude a actualizar sus conocimientos, sus destrezas y mejorar su desempeño en el aula. La reforma busca darle al maestro un papel central en el desarrollo educativo y apoyarlo académica y salarialmente, lo cual se opone a la afirmación espuria de que las autoridades quieren “culpar a los docentes de todo lo malo que existe en la educación nacional”.

Esa idea es absurda y no cabe en un proyecto que busca apoyar, nunca disminuir, a los profesores mexicanos. De la misma manera que es absurdo sostener que esta reforma busca “acabar con la educación pública” o “privatizarla”. Esas son falacias concebidas por mentes malintencionadas o personas que, por razones ajenas a la educación, se oponen a cualquier cambio que provenga del Estado.

La desconfianza que ha suscitado esta reforma proviene en buena parte del miedo instintivo que suscita toda evaluación. Pero no hay educación moderna que no utilice la evaluación como herramienta formativa que repercute sobre la mejora del desempeño docente.

El temor a la evaluación disminuye cuando leemos y analizamos los perfiles para las distintas evaluaciones de profesores (ingreso, promoción, desempeño, etcétera). Al hacerlo nos damos cuenta que lo que se evalúa es, precisamente, lo que los docentes hacen día con día en el salón de clases, a saber: su asistencia a clases, su conocimiento de la asignatura que enseñan, su forma de planificar la clase y las prácticas que realiza para lograr el aprendizaje (a los que se llama “planeación didáctica argumentada”) y su conocimiento de los principios éticos básicos de la profesión docente (por ejemplo: respetar los derechos humanos, respetar la Constitución, acatar el laicismo, atender las diferencias, no discriminar, respetar el conocimiento, promover valores como la honestidad, la honradez, la paz, etcétera, y actuar siempre con imparcialidad). Como se ve, no es nada del otro mundo y nadie obliga al docente a hablar de temas sofisticados, teóricos o alejados de su práctica diaria y, en realidad, se guarda siempre gran respeto por dichas prácticas.

Desde luego, quien se opone, por principio, es decir, por convicción, a la reforma educativa jamás se convencerá de sus virtudes. La fe y el dogmatismo clausuran el diálogo e impiden cualquier persuasión racional.

Pedagogía de la protesta

Los primeros problemas que enfrentó la reforma fueron las protestas encabezadas por la CNTE. Me interesa decir, de entrada, que mi posición es que la protesta es legítima, pero lo que pregunto es qué tanta inteligencia la sustenta. Hay varios puntos que me gustaría considerar. Uno es la eficacia global del movimiento de protesta: ¿Qué ha ganado y qué piensa ganar la Coordinadora? Dos: ¿Qué objetivos alientan a las expresiones públicas de esa organización? Tres: ¿Qué efectos educativos y formativos han tenido las acciones públicas llevadas a cabo sobre sus propios miembros y sobre el público?

No es fácil tener precisión en las respuestas, pero intentaremos acercarnos a ellas o, por lo menos, formular hipótesis. Las protestas se han dado a través de acciones de masas, por tanto, han tenido carácter público y fueron muy numerosas en los años 2013 y 2014. Al inicio el protagonismo fue capitalizado por la Sección 22 de Oaxaca quien obtuvo éxito relativo inmediato pues la Secretaría de Gobernación accedió a establecer con ella una (o varias) mesa de negociación. Nada obtuvieron los maestros disidentes de esas negociaciones pues, por lo visto, el gobierno hizo de dichas mesas una mera representación escenográfica. Es verdad que Gobernación se comprometió con los protestantes a aceptar una serie de propuestas en sustitución de las evaluaciones mandatadas por la ley e, incluso, a aceptar un “modelo educativo” elaborado por la propia Sección 22. Pero tales promesas fueron bolas de humo pues el aparato normativo de la reforma ya estaba consagrado en la Constitución y las llamadas leyes secundarias. El método político utilizado por los maestros disidentes, forzar mediante presiones callejeras al gobierno, es la mayoría de las veces ineficaz y, en cambio, proyecta hacia el público una imagen negativa de los protestantes a quienes fácilmente se les califica de “rijosos”, “subversivos”, “alborotadores”, etcétera. ¿Cómo desmontar de la mente de la sociedad esa imagen construida por los medios de comunicación? Es difícil echarla abajo. A esto se agrega el hecho de que, con frecuencia, los maestros abandonan las escuelas para protestar y con eso ofrecen un ángulo fecundo para la crítica.

Las protestas fueron reacciones de los grupos disidentes ante la reforma. ¿Se preocuparon los maestros por informarse con anticipación, con seriedad y rigor sobre los contenidos reales de la reforma educativa? ¿Difundieron los líderes de la CNTE materiales para informar de la reforma? ¿O realizaron talleres o reuniones de discusión con ese propósito específico? Es evidente que no fue así. La reforma fue cuestionada incluso antes de que fuera aprobada. Luego, la protesta se armó antes de que se supiera realmente lo que iba a cambiar. Como consecuencia de la aprobación de las leyes, lo que procedía era conocerlas y discutirlas. Nunca se hizo esto. Lo que se hizo, en cambio, fue lanzar descalificaciones a priori, construidas no a partir del contenido y sentido de los cambios que se intentan realizar, sino a partir de adoptar una actitud de total fidelidad a la interpretación negativa que los líderes sindicales hacían de la reforma. Nadie sabía a ciencia cierta qué cambios se avecinaban cuando las calles de diversas urbes fueron invadidas por manifestantes. Lo que se pone en evidencia es la pobre racionalidad que dio (y sigue dando) sustento a gran parte de las protestas. Un aspecto que se debe resaltar es que los opositores no quieren discutir la reforma sino que simplemente la impugnan. Cualquier pretensión de discusión racional es saboteada mediante insultos, descalificaciones y utilizando la técnica (fascista) del linchamiento simbólico de quienes defienden la reforma. No ven partes buenas y partes malas, la rechazan en conjunto, lo cual los coloca en una posición precaria. Hay entre los descontentos quienes piensan que lo que se debe hacer es buscar la mayor amplitud de la protesta con el fin de conseguir un cambio mayor, no en la reforma educativa, sino en la estructura política del país. Desde esta perspectiva, la reforma educativa se ha convertido en un medio de acción política para lograr objetivos ajenos a la educación.

Observo que las protestas han sido una réplica de las expresiones callejeras que se han dado en México desde hace 30 años. Son actos movidos más por una reacción emocional inmediata ante tales o cuales gestos o iniciativas de la autoridad que por un plan o proyecto racional, políticamente sustentado. No hay por parte de los líderes un discurso que informe, que esclarezca, que brinde claridad sobre el momento y ofrezca perspectivas serias sobre el futuro. Lo que priva en las intervenciones de los dirigentes es la emotividad y el victimismo. La razón no tiene peso en estas manifestaciones. Lo que predomina es el activismo, en vez de informarse y discutir, los opositores a la reforma actúan, se lanzan a la calle en multitud, corean consignas, hacen pintas en los edificios, se exaltan, etcétera. Hay mucha acción, pocos documentos. Ejercitan como pedagogía la repetición, tal y como lo hacen en el salón de clases los maestros de primero de primaria: “¡No a la reforma punitiva!”, “¡No a la reforma punitiva!”, “¡No a la reforma punitiva!” y, así, hasta el cansancio. Pero examinemos la pedagogía de la protesta. ¿Qué aprenden o que formación obtienen de estos actos los profesores que en ellos participan? ¿Los forma como ciudadanos? ¿Les eleva su autoestima? ¿Aprenden algo que pueda servir para la formación de sus alumnos? Desde luego que no. Se trata de una protesta elemental, sin discurso coherente, con pocas ideas, cargada de emotividad y de acusaciones y de consignas llenas de coraje e indignación contra el gobierno. Lo que se vive es una educación no cognitiva sino emocional: se experimenta la autohumillación, el sentimiento de verse a sí mismo como víctima, el coraje, el odio, el fanatismo y el fervor. La protesta es una escuela de resentimiento social, sin perspectiva racional alguna.

02-reforma-2

Lo que resulta muy triste para todos nosotros es ver que maestros buenos, dedicados, comprometidos con su misión se ven involucrados en actividades en las cuales no se pregonan los valores de la escuela, es decir: el amor, el respeto, la paz, la inteligencia, el diálogo, la democracia, la libertad, etcétera, sino antivalores como el odio, el anatema, la descalificación, el grito, el insulto, la grosería, etcétera. Es una escisión un tanto esquizofrénica. Por un lado, mi profesión me indica que debo formar ciudadanos inteligentes, racionales, con fuerte autoestima, críticos, etcétera, por el otro, yo profesor, como persona, me comprometo con una causa política que me propone la idea de que lo importante es que soy una víctima. ¿Víctima de quién? Del sistema, del capitalismo, del neoliberalismo, etcétera. Esa causa política me dice que nada depende de mí sino que todo depende del Estado, etcétera. Luego, no se me invita a hacer crecer mi persona, sino a disminuirla, a no hacer nada, a resignarme, ¿hasta cuándo? Probablemente las cosas van a cambiar cuando caiga el sistema, sea derrotada la burguesía, se acabe con el neoliberalismo, etcétera. Evidentemente, se trata de una idealización carente de sentido. Por otro lado, las acciones que supone esta causa política no son acciones inteligentes, con metas racionalmente elaboradas, con banderas éticamente superiores, sino acciones cargadas de negatividad, se trata de rechazar, atacar, insultar y, si bien esas acciones me permiten descargar en público emociones que manifiestan cierto malestar personal que he ido acumulando a lo largo de mi vida, no me conducen a evaluar la causa política en la que estoy implicado.

Enseguida presento otras reflexiones sobre la protesta contra la reforma educativa. La protesta abierta —como dije antes— la inició la CNTE en sus bastiones principales: Oaxaca, Michoacán, Guerrero, Chiapas y Ciudad de México, pero hacia el principio de 2014 contingentes de miembros del SNTE (sin que sus líderes lo reconocieran de forma pública) comenzaron a unirse a esas jornadas. El objetivo no declarado de la CNTE, no hay duda, era defender el statu quo y rechazar los cambios porque éstos vendrían a alterar el poder cuasifeudal que ejercían sobre sus territorios. La belicosidad ha sido muy notable en los estados CNTE, que son los más pobres de la República, lugares con larga historia de protesta social, donde el discurso victimista, de resentimiento social, ha tenido más éxito. Se ha rumorado que a la cabeza de esta agrupación gremial (de manera oculta) actúan grupos radicales de orientación marxista, anarquista, foquista u otra variante ideológica. Pero a ciencia cierta nada se sabe. Observo, sin embargo, que los militantes de la Coordinadora convergen en identificar al Estado como el enemigo a vencer y sospecho que en no pocas mentes subsiste el sueño del “asalto al Palacio de Invierno”. En los hechos, sin embargo, se ha probado que los líderes de la CNTE han hecho del chantaje político contra las autoridades estatales y federales un modo para saciar su ambición y enriquecerse. Huelgas, marchas, bloqueo de calles y carreteras, toma de edificios públicos, enfrentamientos con la policía (o entre maestros o entre maestros y padres de familia), cuotas, plantones se convirtieron en un estilo de vida. Una dialéctica que rindió ricos frutos a la CNTE fue jugar a la secuencia de protesta-negociación-protesta en cadena interminable y este juego encontró ambiente favorable con autoridades timoratas y oportunistas que se negaban a aplicar la ley —como debían— y preferían apagar el descontento concediendo más y más dinero y privilegios a los líderes de la CNTE. Violar la ley se convirtió —vaya paradoja— en un medio de enriquecimiento.

Los estados más pobres son también el escenario donde se han dado, con mayor frecuencia, maniobras ilegales como la compra-venta de plazas, práctica que hizo posible que personas, a veces sin la escolaridad mínima, se convirtieran en “maestros” de educación básica. Estas personas vieron en la reforma una amenaza mortal y se unieron de inmediato a las protestas, aun cuando esas acciones conllevaran enfrentamientos peligrosos y riesgosos. En 2013 la CNTE llamó a un paro nacional que sólo tuvo eco en los estados bajo su influencia. Paralizaron las escuelas. Hubo protestas de padres de familia por la irresponsabilidad que esa conducta desparpajada mostraba respecto al derecho de educación de los niños, pero los docentes en huelga les volvieron la espalda. Se realizaron varias movilizaciones de masas con consignas muy agresivas y discursos antiEstado. En Oaxaca tuvieron cierto éxito. En abril sus simpatizantes tomaron la Autopista del Sur (Guerrero). El día 4 de ese mes realizaron una manifestación en la Ciudad de México y, al día siguiente, intentaron llegar por primera vez a la Secretaría de Gobernación. En mayo esta organización instaló un campamento en el Zócalo que duró varios meses, ante el azoro de la ciudadanía capitalina. Finalmente, el 13 de septiembre fueron desalojados por la Policía Federal (Ornelas, C., 2015).

02-reforma-3

Sin arredrarse, la CNTE continuó su actividad frenética en la capital: trasladó su campamento al Monumento a la Revolución donde estuvieron hasta el 1 de enero de 2014, cuando la Policía Federal volvió a intervenir. Pero la obstinación de la Coordinadora —alimentada probablemente por el eco que encontraban en la Secretaría de Gobernación— persistió. Llamó a “reconquistar el Zócalo”, aunque no tuvo éxito con esta nueva provocación. Para ese momento la CNTE, presa de un delirio colectivo, había elaborado una larga lista con innumerables peticiones, algunas de las cuales no tenían relación directa con la reforma educativa, entre éstas estaban: más plazas, cambios en el calendario escolar, la renuncia del titular de la SEP, etcétera, etcétera. La belicosidad que desplegó la Coordinadora en el Distrito Federal llegó al extremo. Se manifestaron ante la Suprema Corte exigiendo que fueran resueltos los amparos contra las leyes secundarias que habían solicitado, decían, seis mil maestros. Solicitaron una entrevista con el presidente de la Suprema Corte pero éste no la concedió. Más tarde realizaron una “invasión” de la Cámara de Diputados. El recinto del Senado fue sitiado. La LGSPD fue aprobada el 3 y 4 de septiembre fuera de las sedes oficiales del Congreso por la amenaza de la CNTE. Pero la agresividad de los disidentes les rindió frutos: el 19 de septiembre se estableció una mesa de negociación entre representantes de Gobernación, del IEEPO y de la Sección 22 de la CNTE en donde estos últimos se comprometieron a terminar la huelga y reponer días perdidos a cambio de una serie de concesiones de los gobiernos federal y estatales, entre ellas: aprobar el Programa de Transformación de la Educación de la Sección 22 (alternativo a la reforma recién aprobada por el Congreso), salvaguardar la existencia de las escuelas normales de Oaxaca, dar plaza a mil 500 docentes que trabajaban por honorarios y pagar a los huelguistas un bono especial y los salarios retenidos (¡!). Incluso lograron que el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, se sentara a negociar con ellos por más de una hora, con lo cual los convirtió en interlocutores legítimos (esto ocurrió el 21 de agosto de 2013). Evidentemente, dar concesiones a los rijosos sólo podía producir que su hambre aumentara. Poco después de los acuerdos, el líder de la 22, Rubén Núñez, declaró con arrogancia que lo de “volver a clases” nunca había quedado claro, de modo que la huelga continuó. Todavía más: en una nueva negociación, según informó la prensa, el subsecretario de Gobernación, Luis Enrique Miranda, acordó con los líderes oaxaqueños que los maestros podrían participar en una (nueva) definición de criterios para la evaluación, reglas para el ingreso, promoción y permanencia y que ningún profesor podrá ser despedido de su empleo por la evaluación (Reforma, 6 de noviembre de 2013). Lo cual resultaba —y resulta— casi increíble, pues para entonces las reformas constitucionales y las leyes secundarias ya habían sido aprobadas. Con esos acuerdos Gobernación violaba la las leyes de México. En realidad se trató de un juego político esquizofrénico pues si por un lado Gobernación hacía esto, por el otro la SEP confrontaba públicamente a la disidencia y amenazaba con sancionar a quien no se ajustara a las nuevas normas. Los actos de protesta de la CNTE continuaron en todo el país y continúan hoy en día. Un golpe que asestó el gobierno a la maquinaria oaxaqueña de chantaje y radicalismo armado por la Sección 22 de la CNTE fue dado el 20 de julio de 2015, cuando se publicó el decreto de creación de un nuevo IEEPO que despojaba a la Sección 22 de toda influencia en la dirección de la educación oaxaqueña. La Auditoría Superior de la Federación encontró, desde 2007, que los recursos que se destinaban a la educación en Oaxaca eran triangulados del IEEPO hacia la Sección 22, de modo que se utilizaban para beneficio de los jerarcas sindicales que de ese modo eran compensados por su ayuda en las actividades políticas de la CNTE. La cantidad de 54 millones de pesos fue distribuida entre 190 dirigentes sindicales (Excelsior, 21 julio 2015).

Elba Esther Gordillo y el SNTE

Otro frente adversario a la reforma explotó tempranamente desde el SNTE. Desde el primer anuncio de los cambios la presidenta del sindicato nacional, Elba Esther Gordillo, los rechazó con indignación y expresiones de furia en un desafío claro a lo que se veía como la “voluntad presidencial”. En enero la lideresa lanzó una primera campaña nacional para impugnar la reforma, se trató de una “resistencia pacífica y civilizada” que amenazaba con tomar la calle y apoderarse de la plaza pública en el momento en que se iniciara una Jornada de Defensa de la Escuela Pública y sus Maestros enunciado que, implícitamente, acusaba a la reforma de tratar de privatizar a la escuela y dañar a los maestros. Una estrategia que aplicó fue la de promover amparos contra la nueva legislación y la divisa fue obedecida por varios miles de docentes.

En ese momento se produjo un vuelco radical en la situación. El 26 de febrero, día en que se proclamó la aprobación de la reforma al artículo tercero de la Constitución, Elba Esther Gordillo fue detenida por la Procuraduría General de la República y acusada de utilizar dos mil 600 millones de pesos de las cuotas de sus representados para fines personales. El día de su detención se mencionaron algunos pagos por montos muy altos hechos a la tienda Neiman Marcus, etcétera. Desde luego que había malos manejos en el SNTE, el público lo sabía desde años antes, pero los desplantes de arrogancia de Elba Esther llegaron a exceder todo lo visto anteriormente: no ocultaba su riqueza, ni su gusto por la ropa fina de marcas extranjeras, ni su afición a Estados Unidos (se sabía que poseía propiedades en ese país). Existía desde años antes un clamor público porque hubiera transparencia en el manejo de las cuotas sindicales e incluso se multiplicaban los rumores sobre las actitudes insolentes de Gordillo (su detención fue acogida con aplausos por la opinión pública e incluso a raíz de la detención el índice de popularidad del presidente subió).

Sin embargo, esta acción tuvo otro fondo. Evocó, como era obvio, a la realizada por el presidente Carlos Salinas contra el líder petrolero Joaquín Hernández Galicia, La Quina, al inicio de su sexenio. La Secretaría General controlada, sin interrupciones, por Gordillo durante 24 años, fue ocupada por un miembro de su equipo, Juan Díaz de la Torre, cuadro sindical serio, amable, que se vio colocado de pronto en una situación privilegiada pero, al mismo tiempo, sumamente difícil. Díaz de la Torre, comenzó —como era de esperarse— haciendo un llamado a la unidad sindical, reiterando los principios históricos del sindicato (la educación al servicio del pueblo, la defensa de la educación pública, de la educación gratuita, del normalismo) y, al mismo tiempo, hizo una declaración conciliatoria en el sentido de que el SNTE apoyaría la reforma educativa.

Lo que cabe preguntarse es si la gestión de Juan Díaz de la Torre representa, o no, un viraje histórico en el sindicalismo educativo. En una de sus primeras entrevistas Díaz de la Torre dijo: “No creo que la reforma educativa vaya a lesionar a los trabajadores de la educación, lo importante es que los maestros entendemos que es para mejorar, el maestro debe asumir que su evaluación es para capacitarse, para actualizarse permanentemente y comprometerse con el gran propósito de los objetivos que la sociedad está reclamando en este momento. Yo creo que la absoluta mayoría de los compañeros va a sumarse con espíritu de compromiso con el país a esta evaluación”. Y en otro momento, criticando implícitamente las acciones violentas e ilegales de la CNTE, dijo: “Ha habido un embate de críticas contra nuestra organización y se ha intentado poner a los maestros en el descrédito, lo último que queremos es que nuestra imagen social se siga deteriorando”.

Una nueva época en la historia del SNTE se ha abierto, pero recién comienza. Sin embargo, sería absurdo esperar que el mero cambio de dirigentes iba a acarrear una renovación de la cultura sindical (los valores, hábitos, prácticas). Eso no es posible. Díaz de la Torre fue el primero en comprender que la prioridad era mantener unidas y cohesionadas las filas de sus agremiados, de modo que sus declaraciones públicas siempre se desenvolvieron en un plano de moderación y ambigüedad aunque, cuando ha sido necesario, se ha pronunciado sin ambages a favor de la reforma. Mientras tanto, el SNTE conserva su influencia en múltiples estados a través sus secciones y de funcionarios de educación que provienen de las filas sindicales o que mantienen alianzas con sus líderes. Este cambio ha impedido o reducido las manifestaciones contra la reforma de los líderes sindicales locales, pero no ha sido óbice para que esos mismos líderes den visto bueno a las protestas públicas antirreformistas de sus representados. Cuando esto sucede, los maestros manifiestan que “están actuando al margen de sus líderes seccionales”. Así sucedió a fines de septiembre con las secciones 32 y 56 del SNTE Veracruz. Algo similar se ha registrado en Sonora, Baja California Sur, Chihuahua, Jalisco, Yucatán, Tabasco, Morelos, Zacatecas, Tamaulipas, etcétera. Se dice que la profesora Gordillo, aunque ausente del escenario, continúa activamente dirigiendo al menos a una parte de su sindicato.

Es inobjetable, sin embargo, que no pocos líderes del SNTE intervienen activamente desde 2012 para obstaculizar y sabotear a la reforma. En Nayarit, por ejemplo, el SNTE intervino en 2014 para impedir que el secretario de Educación del estado manifestara que había plazas vacantes en el estado (con el fin obvio de no someterlas a concurso y distribuirlas al margen de la legislación). De esta forma, en la reunión del Consejo Nacional de Autoridades Educativas de ese año, cuando se le preguntó al respecto, el secretario de Educación cínicamente declaró: “En Nayarit hay cero plazas vacantes”. Otro problema. No pocas secciones del SNTE han intervenido activamente ante las autoridades estatales para impedir, por ejemplo, que se respete el “orden de prelación” de los docentes que han obtenido una plaza mediante el concurso correspondiente. Hay profesores que resultaron idóneos en el primer concurso de ingreso de 2013 y a los que hoy —inicios de 2016— aún no se les asigna su plaza y sitio de trabajo. Una denuncia hecha al inicio de este año confirmó que no menos de 50 maestros de Michoacán, habiendo obtenido calificación idónea, no habían recibido su plaza correspondiente (Milenio, 5 de enero de 2016).

Violencia: ¿Partera de la historia?

Hay una frase de la genealogía semántica del marxismo que ha hecho enorme daño en las filas de la izquierda. “La violencia es partera de la historia”. Pero no sólo Marx desde la izquierda revolucionaria fomentó esa idea, también lo hizo Nietzsche desde la extrema derecha. Se da aquí un extraño paralelismo entre sus herederos, Stalin y Hitler. Lo que nos transmite Hannah Arendt, en cambio, es una confirmación de lo anterior: nos dice que la violencia es la madre de todos los totalitarismos. Lo que salta a la vista de entrada es que la violencia inhibe o aplasta la libertad. Sin embargo, importa analizar la violencia como forma de acción política. Los políticos inclinados a la violencia buscan integrar los componentes irracionales de ésta dentro de una racionalidad histórica o una exigencia que proviene de una narrativa supraindividual. Como dice Massuh, los grupos o individuos que usan la violencia tratan de imponer por la fuerza su voluntad sobre la de sus adversarios. Esto implica poseer ciertos instrumentos de coacción (en nuestro caso, la manifestación, la huelga, el bloqueo de carreteras, la destrucción de inmuebles, la quema de equipo o materiales, el secuestro de policías, el castigo a los maestros que aprueban la reforma, el robo de vehículos, la acción conspirativa de algunos grupos) que tienen un carácter destructivo o intimidatorio; se procura paralizar al adversario mediante el terror, se intenta destruir su capacidad de resistir y se busca que ceda al reconocer su impotencia. Cuando la violencia se juzga dentro del marco de determinados “objetivos históricos” es presentada por los líderes políticos, falsamente, como una medio para la dignificación del hombre (Massuh, V. 1976). Lo que constituye un misterio es saber esto: ¿La violencia ha sido una elección consciente de los docentes que la han utilizado para expresar su inconformidad contra la reforma educativa? ¿O ha sido una simple agresión? Por agresión quiero decir un exceso inconsciente, un grito, una fuga, que se dio espontáneamente como corolario de una cadena de conductas previas. Es difícil dar una respuesta. Lo que es obvio, sin embargo, es que los actos de violencia que nos interesan socavan nuestra democracia y han sido realizados por profesores, es decir, por sujetos que la sociedad ha considerado idóneos para actuar como modelos o ejemplos de conductas morales y civilizadas. ¿Qué decir de las imágenes consagradas donde profesores destruyen inmuebles, atacan a la policía o a otros profesores, etcétera? Estamos ante un contrasentido. Los que juzgamos como buenos se revelan como malos.

02-reforma-4

Lo trágico es que la violencia magisterial apareció acunada dentro de un fenómeno más amplio de violencia social. Todos sabemos que México vive un momento crítico de su historia, que el país se estremece a diario, que la estabilidad y la paz son amenazadas desde distintos horizontes: el narcotráfico, la delincuencia común, la quiebra moral de las policías, la pobreza extrema, la corrupción, las fallas de los partidos políticos, el escandaloso fracaso en la impartición de justicia, la opacidad en las instituciones. En este contexto efervescente se ha desenvuelto la protesta magisterial y eso amplía su significado. Se sabe que la violencia destruye fácilmente a las democracias y se convierte en sustento de dictaduras. ¿Es eso lo que queremos?

En innumerables ocasiones la protesta contra la reforma ha desembocado en actos ilegales, agresión y atropello a los derechos ajenos. He relatado  antes las correrías de la CNTE en el Distrito Federal durante 2013, sobre todo las marchas repetidas día tras día, sin previo aviso y sin autorización ninguna, lo mismo que su ocupación de plazas y lugares públicos duraron meses, afectando la paz y el orden de la ciudad. Particularmente en los estados con dominio de la CNTE (Chiapas, Michoacán, Guerrero y Oaxaca) las protestas violentas han trastornado la paz social y han creado un clima de división y polarización en la sociedad. Estos hechos constituyen atropellos, con frecuencia graves, al Estado de derecho; no obstante, con frecuencia esos actos quedan impunes. Una y otra vez la policía recibe instrucciones de las autoridades políticas de no intervenir, de permanecer en guardia, frente a los eventos ilegales, pero sin proceder a reprimir o a detener a nadie. La escena es ya familiar: una masa de manifestantes ataca a la policía y los agentes no contraatacan, permanecen inmóviles, reciben los golpes sin inmutarse. La frente de un policía empieza a sangrar, pero nadie entre sus colegas responde. Ante la falta de respuesta, la multitud estalla en gritos eufóricos y burlas. A los ojos de los protestantes, los policías no son seres humanos, personas con derechos, sino representantes de un poder enemigo, a quien llaman Estado, Neoliberalismo, Burguesía, Empresariado, o lo que sea. Pero la principal culpa no es de los abusadores —que evidentemente lo son—, la culpa más grave recae en las endebles y cobardes autoridades que prefieren hacer caso omiso de la ley, antes que correr el riesgo de perder la simpatía —o los votos.

El “síndrome del 68” ha echado hondas raíces entre las autoridades de todos los niveles. Después del movimiento de 1968 apareció entre los gobernantes de México la costumbre de que cuando un movimiento de masas recurre a la violencia ultrajando la ley, en ningún caso las autoridades usan la fuerza contra los vándalos. ¿Por qué? Se temía —y se teme— la repetición del “modelo 1968” cuando la acción policiaca contra un grupo limitado de manifestantes hizo estallar una protesta nacional de impredecible amplitud. Sobre este principio se ha levantado una cultura de la impunidad explotada de manera sistemática por grupos extremistas o de provocadores que usan las manifestaciones violentas para su usufructo personal. Las manifestaciones de la CNTE han sido, en este sentido, ejemplares. En las jornadas de protesta contra la reforma la CNTE ha ordenado a sus huestes obstruir carreteras federales, atacar a la policía, pintarrajear edificios, apoderarse durante semanas o meses de plazas públicas, destruir locales públicos, quemar las sedes educativas de los estados, robar o destruir vehículos y hostigar y golpear a padres de familia o a compañeros docentes que no comparten sus ideas. La violencia ha sido un recurso recurrente de quienes critican a la reforma educativa. En junio de 2015 los seguidores de la CNTE en varios estados se propusieron “sabotear las elecciones” y, actuando en consecuencia, atacaron varias oficinas electorales del estado. En la ciudad de Oaxaca y en Miahuatlán atacaron oficinas del INE y desalojaron a miembros del ejército que guardaban los edificios (Excelsior, 3 de junio de 2015). Militantes de la CNTE bloquearon algunas instalaciones de Pemex como la refinería Antonio Dovalí, en Salina Cruz, y el centro de almacenamiento de petróleo de El Tule. En esas mismas fechas, en Chiapas una multitud atacó sucesivamente los locales de los partidos PRI, PAN y PRD quemando muebles y materiales de oficina para, más tarde, incendiar vehículos y saquear varios transportes de alimentos y refrescos. Fueron cinco días de violencia incontenible. Estas expresiones tan faltas de civismo fueron condenadas por la población, según lo reveló una encuesta publicada por CNN el 8 de julio. En Chiapas, Oaxaca, Guerrero y Michoacán la infantería de la CNTE saqueó oficinas, incendió edificios y se enfrentó a la policía estatal y a la federal. El día 7 miembros de la CETEG (siglas del ramal de la CNTE en el estado) clausuraron el puente de Atlamajac, en Guerrero, como parte de la jornada contra las elecciones. Cuando miembros de la policía y el ejército se hicieron presentes fueron embestidos por los maestros disidentes produciéndose un salvaje enfrentamiento. Los manifestantes prendieron fuego a varios vehículos y, al final, se reportaron decenas de heridos. Al día siguiente se apoderaron de varias gasolineras y, de nuevo, aparecieron las fuerzas del orden y se dio un duro enfrentamiento que, además de heridos, produjo daños graves a bienes muebles e inmuebles.

La otra dimensión en la que se manifestó la violencia de la CNTE fue en sabotear o impedir a toda costa la realización de las evaluaciones del Servicio Profesional Docente. Muchos profesores de Oaxaca, Michoacán, Chiapas y Guerrero han sido coaccionados —amenazados— por los seguidores de la CNTE para impedir que se presenten a realizar las evaluaciones. Los disidentes radicales han tendido cordones para cercar las sedes de los exámenes, en otros casos han interrumpido el fluido eléctrico y en otros más han dañado (o tratado de dañar) el equipo de cómputo con el que se realizan las evaluaciones. A las maestras y maestros que han optado por presentar las evaluaciones se les golpea, se les rapa, se les persigue, se les hostiga en su hogares, se les estigmatiza como “vergüenzas del magisterio”. Además de estos atropellos a personas, dichos mentores han sufrido durante semanas y meses el señalamiento y la burla de los militantes de la Coordinadora. En Chiapas, Oaxaca y Michoacán nadie puede “desobedecer” las instrucciones de la Coordinadora contra la realización de las evaluaciones. Los profesores son víctimas del terror; están contra la pared: por un lado, la autoridad les exige evaluarse bajo amenaza de sanciones laborales; por otro, las organizaciones radicales les conminan a asistir a las evaluaciones o de otra manera serán castigados física y simbólicamente. Esa conducta se repitió en cada una de las evaluaciones que se realizaron entre 2014 y 2015 y, a consecuencia de esto, las autoridades federales decidieron proteger con contingentes policiacos la realización de la evaluación de desempeño que tuvo lugar a fines de 2015. Esto no inhibió la agresividad de la CNTE. Por ejemplo, en Oaxaca, el día en que se realizaba la evaluación (29 de noviembre) se reunieron de nuevo los docentes rijosos para, una vez más, tratar de sabotear la evaluación. “Siendo alrededor de las 6:00 horas, un grupo de normalistas y maestros de la Sección 22 del SNTE —dice el Sol de México—, agrupados en la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, se reunieron sobre la carretera federal 190, a la altura de la Agencia Municipal de Ixcotel y retuvieron un autobús con 40 profesores del Colegio de Bachilleres del Estado de Oaxaca (COBAO) que se dirigía a presentar su examen de evaluación”. Esto provocó la inmediata reacción de la policía y, una vez más, se repitió el ciclo enfrentamiento, golpeados. La policía estableció un dispositivo para cuidar la carretera 190 pero, en un momento dado, los oficiales fueron atacados por individuos encapuchados que usaban palos y cohetones. Hubo dos heridos de parte de la policía. Al final, los agresores huyeron después de que se les lanzaron bombas lacrimógenas.

No me propuse dar cuenta puntual de los hechos de violencia, sino de ofrecer una breve muestra de ellos. Se dice que el uso de la violencia por parte de la CNTE ha sido fomentado deliberadamente por grupos armados (como el EPR) que actúan clandestinamente en las filas de la CNTE. El mismo líder de la Sección 22 declaró en un momento que entre ellos se han colado provocadores, pero no existen evidencias sobre eso. Lo que no puede negarse es que la protesta ha sido manejada con un discurso verbalmente sectario, violento, radical y de contenido abiertamente antidemocrático. Ante los actos violentos de la Coordinadora las autoridades han respondido estableciendo cercos policiacos para ofrecer protección a quienes quieren ser evaluados y la presencia policiaca, por momentos, ha sido muy aparatosa. Ante esto se han generado numerosas críticas, pero no me parece justo hacer un juicio parcial sobre esta situación: el llamado de la policía ha sido una necesidad para proteger la reforma y disuadir a quienes pretenden echarla abajo.

Toda reforma es falible

Trataré de ofrecer una relación, más o menos ordenada, de problemas que ha topado la puesta en acción de la reforma. Es un registro parcial de información recogida por distintos medios. En el corazón de los problemas prácticos están tres elementos: 1) Que las plazas realmente vacantes se concursen; 2) que la evaluación se haga conforme a las reglas establecidas y 3) que quienes han resultado idóneos reciban su plaza cuando sea el caso (dado que los concursos son abiertos, puede darse el caso de que el número de idóneos sobrepase al número de plazas, en estas condiciones, habrá idóneos que no reciban plaza y esperarán durante un año para ser convocados; de no serlo, tendrán que concursar de nuevo). En la relación, incompleta, que aquí presento se puede constatar que se han dado muchas fallas en la esfera administrativa antes de la reforma, que la desinformación sobre los concursos y las evaluaciones es mucha y que las fuerzas que se oponen a la reforma (CNTE, algunos grupos del SNTE y ciertos directivos estatales) no han tenido empacho en sabotear —directa e impúdicamente— los concursos de oposición y la evaluación de desempeño.

 

Los problemas comienzan con el número de plazas a concursar. La resistencia a la reforma por parte de algunos secretarios de Educación —siempre en complicidad con las secciones sindicales pues, a nivel de entidades federativas, el gremio magisterial tiene un peso político significativo y, como consecuencia, los políticos de la entidad procuran siempre tener buena relación con el sindicato— los ha llevado a no dar la información correcta de las plazas vacantes y a reducir su número. ¿Para qué? Lo que buscan es excluir cierto número de plazas de los procesos que la ley establece para el ingreso o la promoción de manera que ellos puedan continuar con los “usos y costumbres” del pasado. Es decir, entregar esas plazas a familiares, amigos, compañeros de grupo político, etcétera, sin someterlas a concurso. Se puede dar el caso, incluso, de que a profesores que han ganado primeros lugares en el concurso se les diga, al final, “no hay plazas” cuando, realmente, sí las hay. Es posible hacer estas intervenciones ilegales, fuera de toda ética, en virtud de que todavía no se cuenta con una base de datos integrada a nivel nacional de las plazas docentes.

02-reforma-5

El otro plano plagado de problemas es el de la organización logística de las evaluaciones. Hasta cierto punto es lógico que esto ocurra dado que se trata de procesos inéditos, sin precedente, que carecían de una estructura institucional previa y, por lo mismo, las autoridades han tenido que improvisar, es decir, levantar de nada una base material de apoyo para la realización de las evaluaciones. Ha habido deficiente información por parte de los docentes, pero la dificultad más frecuente reside en las anomalías que los profesores han encontrado al tratar de comunicarse con la Coordinación Nacional del Servicio Profesional Docente (CNSPD). Esa comunicación ha sido un fárrago. En la primera evaluación de ingreso (2014) se registraron: impuntualidad de los organizadores, dificultades para localizar sedes, quejas contra el famoso papel rojo encendido, errores en la entrega de los instrumentos, altercados con los docentes que llegaban tarde a la evaluación, etcétera. Muchos de estos problemas se repitieron en las siguientes evaluaciones, aunque la actuación de la CNSPD fue mejorando notablemente.

Entre los problemas más frecuentes que se toparon se encuentran: 1) que los maestros algunas veces se equivocan al dar sus datos a la Coordinación; 2) que a algunos se les olvidó la clave que les dieron para acceder al sitio oficial; 3) que los funcionarios de la Coordinación cometieron errores al recoger los datos de los aspirantes; 4) que a última hora algunos docentes decidieron concursar en otra entidad federativa; 5) que los profesores tuvieron problemas con el manejo de la computadora y el envío de datos.

En la Evaluación de Desempeño de fines de 2015 se dieron casos de profesores que recibieron su notificación apenas unos días antes de que se realizara la evaluación, lo cual se convertía en un serio obstáculo para que estos docentes recabaran la documentación (evidencias) necesaria y la enviaran, vía internet, a la Coordinación Nacional del Servicio Profesional Docente. Muchos profesores tuvieron dificultades para subir sus evidencias a la plataforma digital de la Coordinación. Hubo casos de retraso en la apertura de sedes, errores en la entrega de los exámenes y sedes donde ocurrieron, de manera simultánea, problemas con la energía eléctrica lo cual resultó sospechoso. Ha habido fallas en computadoras.

Entre los problemas más graves se encuentra la opacidad en el manejo de las listas de prelación. Hay no pocos casos en que las autoridades estatales no respetan esas listas. Docentes que resultan idóneos en la evaluación de ingreso (incluso que ocupan la primera posición dentro de la lista) no reciben plaza y, en cambio, docentes que ocuparon lugares inferiores, pero son “amigos” o “recomendados” de la sección del SNTE o de las autoridades educativas, la reciben. Este es un punto crítico del proceso de reforma en el Servicio Profesional Docente y que debe ser corregido mediante un arreglo institucional que asegure vigilancia y control sobre las listas y la asignación. Ha habido problemas de esta naturaleza en Baja California, Chihuahua, Tamaulipas, Sinaloa, Oaxaca, Chiapas, Michoacán y Nayarit.

Por último, debido a diversas causas, unas razonablemente explicadas y otras no tanto, las plazas ganadas simplemente no se entregan. Maestros que ganaron su plaza o sus horas mediante concurso, nunca las reciben. En cambio se entregan plazas a no idóneos o a docentes que no concursaron. Algunas veces los líderes sindicales —preocupados porque las llamadas “comisiones sindicales” van a desaparecer— intervienen para favorecer con una plaza y nombramiento definitivo a sus amigos comisionados.

El colmo de las maniobras de sabotaje se manifiesta cuando un profesor ha ganado limpiamente una plaza y, con el fin de forzarlo a que renuncie a lo logrado, se le otorga una adscripción imposible. Se ha dado el caso de que un maestro que ha ganado plaza se sorprende cuando se le informa que la adscripción que recibe no se encuentra en la colonia donde vive, ni siquiera en la ciudad, le dicen que su lugar de trabajo se ubica a cientos de kilómetros de su lugar de residencia. Cuando el maestro manifiesta su molestia, las autoridades con condescendencia le recomiendan: “En tal caso, maestro, renuncie”. Otro caso: un profesor gana el concurso para obtener X horas en secundaria, pero no le conceden que las imparta en la escuela donde trabaja (en donde se han abierto grupos y se requieren docentes) sino que lo pretenden enviar a otro centro escolar.

Otros problemas menores. Se publica la convocatoria para el concurso de ingreso y los jóvenes egresados corren a su escuela normal porque, aunque ya concluyeron sus estudios, no han recibido sus títulos. Al llegar a la escuela se les informa que el centro no trabaja. Inician al día siguiente sus trámites y encuentran que se trata de un proceso burocrático engorroso y tardado. Hubo un desfase entre los tiempos de la convocatoria y los tiempos de la burocracia normalista.

Las sorpresas inevitables bajo este nuevo régimen de desarrollo profesional es que jóvenes-muy jóvenes ascienden a puestos de dirección y les toca dirigir a personas con muchos años más de experiencia que ellos. En Quintana Roo se dio el caso de un concurso de promoción al puesto de jefe de sector que fue ganado por un docente con apenas tres años de experiencia en el aula. El efecto sobre muchos maestros con mayor edad y experiencia fue de molestia pues iban a recibir órdenes de un “imberbe”.

El mar de rumores ha confundido a los maestros. Se dice que “al promoverte vas a perder tu antigüedad y tus derechos adquiridos”, lo cual es falso; en otro lugar se corre el chisme de que “si no pasas la evaluación de promoción te van a quitar tu plaza”, otra total mentira; hay malosos que insisten en transmitir esta mentira: “si no pasas la evaluación de desempeño vas a perder tu antigüedad”.

Pero aun en la etapa posterior hay dificultades imprevistas. A veces los pagos se hacen de forma errónea. Por una defectuosa interpretación de la ley se separan el sueldo base de los ingresos percibidos previamente en carrera magisterial. En realidad esta falla constituye una violación a lo dispuesto en la Ley Federal del Trabajo.

En suma, todo cambio se enfrenta a tropiezos y éste no es la excepción. La reforma es más larga y profunda que la revuelta, pero la revuelta es más visible, parece ganar políticamente la batalla en el corto plazo pero lo que hace en realidad es tan sólo retrasar el triunfo de la educación.

 

Gilberto Guevara Niebla
Profesor de tiempo completo del Colegio de Pedagogía de la UNAM y consejero de la Junta de Gobierno del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación.

Este texto forma parte del libro Poder para el maestro, poder para la escuela, que la editorial Cal y arena pondrá a circular en estos días.

Expediente

Oaxaca, una historia sin fin

A Samael Hernández Ruiz

Los maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) se encuentran de nueva cuenta movilizados en la capital del país y en diferentes estados de la República. Al frente está su columna mejor organizada y más activa: el magisterio oaxaqueño integrante de la Sección 22 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). En el marco de este nuevo ciclo de protestas en contra de la reforma educativa, el pasado 19 de junio tuvo lugar en Nochixtlán un enfrentamiento entre maestros, pobladores e integrantes de diferentes organizaciones populares, por un lado, y la Policía Federal, por el otro. El objetivo de esta última era acabar con el bloqueo carretero en este punto de la autopista que comunica a Oaxaca con la Ciudad de México. La violenta batalla campal, que duró alrededor de siete horas, terminó con la muerte de al menos nueve personas, dejó a más de una centena de heridos y varias decenas de aprehendidos y la destrucción de diversos bienes muebles e inmuebles.

Al observar los actuales escenarios nacional y oaxaqueño, el espectador no sólo tiene una sensación de déjà vu, sino también la robusta impresión de presenciar un pasado recurrente que no termina de concluir. La actual crisis puede entenderse mejor si miramos las complejas historias de la formación del sistema educativo nacional y la Sección 22, por un lado, y vemos cómo se entretejieron con la del sistema de dominación oaxaqueño y la de las transformaciones del sistema político nacional, por el otro.

03-historia-1

Ilustraciones: Patricio Betteo

Una historia educativa

La institucionalización de la Revolución de 1910 a partir de la segunda mitad de la década de los veinte del siglo pasado significó la instauración de un régimen político nacional-popular. El Estado definió y dirigió un proyecto nacional de desarrollo económico y de integración social sustentado en la organización corporativa de determinados grupos de la sociedad. Este modelo suponía que cada sector social, como el obrero, el campesino o el empresarial, subordinaría sus intereses particulares al proyecto nacional, de tal suerte que fuese el Estado rector el que redistribuiría los beneficios del progreso económico industrial y agrario entre la población corporativamente organizada. La idea básica de este “pacto de dominación” consistió en que la sociedad otorgara lealtad política al régimen a cambio de la promoción tutelada de sus intereses y la redistribución de los beneficios del desarrollo económico nacional, al menos de acuerdo con el discurso oficialista, bajo criterios de justicia social. El Estado mexicano se perfiló entonces como un Estado fuerte gracias a su autonomía relativa frente a los diferentes actores y grupos de la sociedad, a los que podía imponer sus decisiones políticas. Esta autonomía encontraba sus fuentes de legitimidad y apoyo popular en el nacionalismo revolucionario y en su capacidad de integrar e identificar a la mayoría de la población con el proyecto estatal. El oficialista Partido Revolucionario Institucional (PRI) resultó el instrumento eficaz de organización y control de la sociedad para lograr la centralización del poder político en el Ejecutivo federal, el cual consiguió imponerse legal y metaconstitucionalmente tanto sobre los poderes Legislativo y Judicial, como también sobre los estados y los municipios.1

La educación pública y los maestros no fueron ajenos a esta lógica estatal hegemónica. En efecto, en el momento en que la educación pública fue consagrada como un derecho constitucional (artículo 3), la educación y la política quedaron entrelazadas. De tal suerte, el Estado posrevolucionario se arrogó la ordenación y regulación exclusiva del sistema de educación básica, secundaria y normal del país (1934), por lo que se vio obligado a organizar y proveer este servicio al conjunto de la población del país. Para este fin requirió construir una burocracia (Secretaría de Educación Pública, SEP) y formar un cuerpo de especialistas (los maestros). Así, el sistema educativo continuó su proceso expansivo de centralización iniciado en el porfiriato, mientras que, en concordancia con el marco jurídico correspondiente vigente a partir de 1938, casi la totalidad del magisterio fue encuadrada compulsivamente, en 1943, en el SNTE.

La asunción de la conducción de la educación pública básica por parte del gobierno federal se manifestó en una mayor cobertura a lo largo del país. En consecuencia, aumentaron el presupuesto, el número de maestros y la burocracia dedicada a administrar este servicio. Sin embargo, justo a mitad de siglo, los efectos negativos de la centralización educativa se hicieron más patentes y amenazaban por hacer ingobernable e ineficiente al sistema en su conjunto. En este contexto, se idearon y, en ocasiones, se ensayaron un conjunto de proyectos de desconcentración y descentralización de la SEP de diferentes signo y calado (por ejemplo, en 1958 y 1969-1970). Ninguno de ellos logró su propósito fundamental debido, entre otros factores, a la oposición del SNTE.2

Los problemas estructurales no sólo permanecieron sino que, además, se agudizaron con el acelerado crecimiento demográfico y el consecuente aumento de la matrícula escolar. Durante el gobierno de José López Portillo (1976-1982) se estableció una nueva política de desconcentración que, mediante el establecimiento de delegaciones de la SEP en cada estado de la República, buscaba racionalizar algunos aspectos del servicio educativo y, a la vez, redefinir la “línea vertical de autoridad” en el sistema educativo. Con esta meta se colocaron en estas oficinas desconcentradas a delegados responsables únicamente frente al secretario de la SEP. No sin parte de razón los tecnócratas de la Subsecretaría de Planeación de la SEP consideraban que el patrimonialismo y clientelismo del SNTE distorsionaban el funcionamiento eficaz del sistema educativo, provocando su crecimiento descontrolado en beneficio de los miembros del CEN del sindicato.3

Esta política buscaba eliminar “aviadores”, dobles y hasta triples plazas. Además, amenazaba el control del SNTE para designar quién ocuparía las plazas de maestro, director, supervisor y otras posiciones administrativas en la Secretaría. En tanto que la docencia es una profesión que permite a los maestros ganarse la vida e, inclusive, ascender socialmente gracias a un empleo estable, existía entonces (como ahora también) una coacción estructural que predisponía a los docentes a aceptar, en mayor o menor medida, los mecanismos de evaluación, cambio y promoción de la SEP y el SNTE. Estos mecanismos eran, a la vez, instrumentos de control y disciplina laboral en manos de supervisores y directores que manipulaban las carreras profesionales de los maestros. Lo anterior era producto de la lógica corporativa y de dominación del régimen político. La exclusividad contractual del SNTE para representar a todos los trabajadores de la educación y distribuir a discreción un conjunto de beneficios económicos, profesionales y sociales por el hecho de ser el intermediario entre éstos y el Estado, le permitía ejercer una supervisión férrea de los maestros y sus demandas laborales. Todo esto se traducía a la vez en lealtad electoral hacia el PRI y estabilidad del régimen autoritario. Por su rendimiento político los líderes del SNTE obtenían además posiciones en el sistema político: desde diputaciones locales y federales hasta gobiernos estatales. En fin, la desconcentración administrativa afectaba la base del poder del SNTE sobre los maestros, por lo que la alianza entre el sindicato y la alta burocracia de la SEP fue cuestionada.

A causa de diversos problemas administrativos originados por la misma política modernizadora, a finales de 1979 la SEP fue incapaz de pagar a los maestros sus salarios por varios meses. Esta situación fue aprovechada tanto por la dirigencia del SNTE —que, con el objetivo de recuperar sus posiciones perdidas con la desconcentración, denunció la incapacidad de los tecnócratas para conducir el sistema educativo—, como también por los maestros de base —que descalificaron a sus dirigentes sindicales por no representar sus intereses—. Así, los docentes se valieron del hecho de que los cambios administrativos minaban el poder, la autoridad y el control de recursos e información de los agentes del SNTE a favor de los nuevos mandos tecnócratas, para desafiar a líderes sindicales corruptos e ineficientes.

Con base en experiencias anteriores de lucha magisterial —como las de la educación socialista de la década de los treinta, la de la Sección 9 del DF, en 1956, o la de la 8 de Chihuahua, en 1977, e incluso también de las experiencias del movimiento estudiantil del 68 y la de la formación de coordinadoras populares en los setenta—, en relativamente poco tiempo los maestros disidentes lograron organizarse —en un espíritu de democracia directa radical combinada con elementos de democracia representativa— en un movimiento impulsado y dirigido por las mismas bases que, junto a las demandas de mejores condiciones salariales, exigía, sobre todo, libertad y democracia sindical. En este contexto surgió la CNTE.4

La movilización de los maestros democráticos tuvo como efecto, no obstante, que los tecnócratas de la SEP y los dirigentes del SNTE dejaran de lado, por un tiempo, sus diferencias y se aliaran de nuevo para enfrentar una amenaza común. En consecuencia, los criterios tecnocráticos de racionalización administrativa y asignación de plazas fueron aplicados de manera menos rigurosa con el fin de negociar con la dirigencia del SNTE la distribución de posiciones, plazas, cambios, promociones y toda suerte de recursos a cambio de estabilidad en el sistema educativo. El proyecto de la desconcentración se develó, a juzgar desde la pura lógica racionalizadora, como un auténtico fracaso. Asimismo, el SNTE perdió control sobre diferentes secciones que, si bien no abandonaron el sindicato, sí se convirtieron en una oposición organizada e independiente que, en principio, amenazaba su hegemonía.

En el caso concreto de Oaxaca, en mayo de 1980 los maestros inconformes con el retraso del pago de los sueldos empezaron a organizarse por su cuenta y a manifestarse, tanto en el estado como en la capital del país. Para ello contaron con un importante apoyo moral de padres de familia y grupos civiles. Después de presiones, diálogos y negociaciones con autoridades estatales y federales, a mediados de junio los disidentes lograron la respuesta integral a su pliego petitorio. En otras palabras, consiguieron el pago de salarios atrasados, aumentos salariales, diversas prestaciones sociales, pero, sobre todo, expulsar de su sección sindical a los representantes de Vanguardia Revolucionaria, el entonces grupo dominante del SNTE. Por supuesto, el SNTE hizo todo lo posible por reasumir el mando sobre los maestros rebeldes, pero éstos pudieron preservar su autonomía seccional durante la siguiente década, a pesar del desgaste que significaba una movilización continua para hacer valer sus derechos laborales y sindicales, una y otra vez negados.5

A partir de entonces y hasta la fecha los dirigentes y representantes sindicales en todos los niveles de la Sección 22 han sido fiscalizados por los agremiados gracias a una amplia y activa participación de las bases magisteriales y a la introducción de diferentes mecanismos como las coordinadoras, las asambleas estatales, los precongresos, los principios rectores y el fomento de diferentes corrientes político-sindicales que, en su conjunto, sirven como un sistema de pesos y contrapesos. Todo lo anterior ha evitado el predominio autoritario de algún grupo sindical sobre el resto de los miembros de la sección. Aquí se encuentra la fortaleza y unidad de lo que se autodenominó Movimiento Democrático de los Trabajadores de la Educación de Oaxaca (MDTEO).6

La historia del magisterio oaxaqueño hubiera sido distinta si no se hubieran conjugado diferentes factores, entre los que destacan el arribo de Carlos Salinas de Gortari a la presidencia de la República, la defenestración de Carlos Jonguitud Barrios del SNTE y la colocación de Elba Esther Gordillo en su lugar. En esta constelación el nuevo Ejecutivo federal buscó relanzar la política de desconcentración educativa para solucionar los graves problemas del sistema de educación pública básica del país.7 El proceso nacional de “federalización educativa” de 1992 —concretada en el Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica (ANMEB)—, ocasionó que el MDTEO se convirtiera, a la larga, en el actor local dominante en este ámbito. Gracias a este acuerdo los gobiernos estatales asumieron la responsabilidad de la conducción y operación del sistema de educación básica y normal en sus entidades respectivas. Para ello crearon sus respectivos organismos locales descentralizados, que se ocuparon del personal docente, el mantenimiento y funcionamiento de los inmuebles escolares y de todas las funciones transferidas por la federación. En Oaxaca este organismo se denominó Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca (IEEPO).

Consciente de que la modernización educativa no sería viable sin contar con el consenso de los maestros democráticos, el gobierno de Heladio Ramírez López (1986-1992) negoció la aceptación del acuerdo descentralizador con la dirigencia de la Sección 22. Sin embargo, el pacto entre las partes se pensó menos en términos administrativos y más en una lógica política para otorgar legitimidad y funcionalidad al IEEPO.8 De este modo la “coparticipación” de la 22 en la burocracia educativa supuso, en los hechos, la concesión —inclusive reglamentada— de posiciones de operación, poder, decisión y veto en el sistema educativo oaxaqueño. Con ello inició el proceso de colonización sindical del instituto.

03-historia-2

No se puede destacar de manera suficiente este hecho. Casi 10 años antes el MDTEO se hallaba en una posición defensiva, sin reconocimiento legal de sus representantes, resistiendo todas las intentonas del SNTE por desarticularlo y soportando todas las chicanas administrativas de la SEP para poner en orden a los maestros opositores. Una década más tarde los disidentes oaxaqueños lograron penetrar el terreno estatal más inmediatamente vinculado a sus actividades laborales. Esto dio lugar a un efecto paradójico que explica mucho de los conflictos políticos, sindicales y educativos locales y nacionales de los últimos 10 años. Por un lado, tuvo lugar un acoplamiento estructural creciente entre la 22 y el IEEPO que permitió al sindicato, en la modalidad de “cogobierno”, ensanchar su influencia en todo lo concerniente a la política educativa local. Sin embargo, con la asunción de una mayor responsabilidad en la gestión del sistema educativo oaxaqueño los márgenes de maniobra y opciones de decisión de la 22 se estrecharon más allá de lo deseable desde la perspectiva del MDTEO, es decir, de las bases magisteriales. A la larga esto derivó primero en una mayor diferenciación y, después, un distanciamiento creciente entre la Sección 22 y el MDTEO.9

De este modo, mientras que la lógica de supervisión, participación y decisión del MDTEO se introdujo en el diseño institucional del IEEPO, la lógica del sistema educativo también penetró la vida sindical en forma de prácticas neocorporativas, clientelares, patrimonialistas y de distribución discrecional de recursos y privilegios. La competición de las corrientes políticas sindicales por conducir ideológica y políticamente al MDTEO se fue orientando, cada vez más, hacia una lucha por hacerse de puestos sindicales y en el IEEPO con el fin de apropiarse de recursos y aumentar su influencia en el magisterio y entre diversas organizaciones populares de masas. Con ello no sólo se generaron problemas de coordinación administrativa al interior del IEEPO y entre éste y la Sección 22 sino, además, se fortalecieron las corrientes y la burocracia sindicales a costa de las bases magisteriales.

Los órganos extraestatutarios del MDTEO creados para regular y vigilar el comportamiento de los dirigentes y representantes sindicales y evitar el autoritarismo y la corrupción fueron parcialmente refuncionalizados con el acoplamiento entre la 22 y el IEEPO, como aparatos de control político-administrativo sobre las bases magisteriales y los grupos disidentes y opositores en el sindicato. Ante el cansancio de las bases por los continuos paros laborales y las “jornadas de lucha”, sus resultados a veces desfavorables y su desconfianza creciente hacia su dirigencia por diferentes casos de corrupción —en especial a partir de mediados de los años noventa y hasta hoy día—, el espíritu original de estos órganos ha sido sustituido por mecanismos que combinan controles e incentivos de promoción laboral para asegurar la participación, aunque sea compulsiva en parte, en las movilizaciones magisteriales.

Parecería que los maestros oaxaqueños empezaron a retornar, de manera subrepticia, a un pasado que creían superado. Sería erróneo pensar, no obstante, que se trataba de la reedición de la historia de Vanguardia Revolucionaria con ropaje democrático. La diferencia fundamental entre una y otra situación se encuentra en que, justamente gracias al sistema de pesos y contrapesos con que el MDTEO dotó a la Sección 22, en el sindicato no se ha conformado una elite dominante que hegemonice la vida sindical. La misma competición entre las corrientes político-ideológicas internas tiene, inclusive, un saludable efecto que vigoriza, aunque no sin cierta estridencia discursiva y golpes bajos, la vida pública al interior del sindicato. Al mismo tiempo, estas luchas internas por acceder a puestos de representación y mando en el sindicato (y, por tanto, en el IEEPO) han conducido a la 22, hay que decirlo con claridad, a comportamientos radicales en negociaciones laborales y políticas en Oaxaca y el centro del país. En efecto, la competencia entre estos grupos por la conducción del gremio tiene como condición que los delegados de las bases magisteriales deben ser convencidos, en el marco de las asambleas sindicales, para que voten a favor de los candidatos a asumir puestos de representación y dirección en la 22. Los delegados y candidatos no son propuestos ni están ligados, necesariamente, a las corrientes, pero sí son cabildeados por éstas, prometiéndoles toda suerte de respaldos futuros en caso de ganar. Cuando son electos, las corrientes cobran su apoyo.

Debido a la cultura de la protesta que desarrolló el MDTEO desde sus inicios y que configuró su identidad político-sindical, los discursos de autonomía gremial y crítica al gobierno tienen todavía gran resonancia emocional entre las bases magisteriales y los delegados —en particular, en situaciones de conflicto laboral y político con las autoridades públicas en las que, naturalmente, se privilegian la unidad y la disciplina—. Así una de las formas de expresión de la competencia entre las corrientes consiste en el “radicalismo político”. Éste se considera un signo de “autenticidad” que, se supone, garantizaría evitar negociar en contra de los intereses del magisterio y “venderse al gobierno”. Los continuos zigzags en las posiciones de la dirigencia sindical durante los diálogos y encuentros con la autoridad pública se explican por las presiones que ejercen estas corrientes sobre los líderes, quienes ven amenazados su apoyo entre las bases si no asumen, a su vez, una retórica radical. Con ello buscan disminuir la suspicacia de las bases en torno a una eventual traición al “movimiento”, pero a la vez generan desconfianza en la contraparte de la negociación, la cual, en su desconcierto, se pregunta qué tan serios pueden llegar a ser los acuerdos eventualmente alcanzados.10 La paradoja es que estas corrientes no son realmente radicales. Por supuesto, casi todas ellas se identifican con un programa político-ideológico a favor del socialismo o el comunismo y, en consecuencia, ven en la lucha de clases el medio para materializar ese fin último. Su radicalismo es, más bien, producto de la competencia interna por el poder sindical. Cuando logran la representación gremial y posiciones en la administración del IEEPO, su espíritu revolucionario y contestatario se apacigua. Así, dependiendo del grado de inclusión de las corrientes en las posiciones organizativas de decisión de la 22 y el IEEPO, éstas fungen como aliadas u opositoras de la dirigencia.

En un marco de competición por la conducción del MDTEO no hay nada extraño en el hecho de que las corrientes aspiren a asumir el rol de autoridad en la Sección 22. Nos encontramos frente a otra cuestión, en cambio, cuando los mecanismos de participación y representación sindicales son subvertidos con el fin de generar privilegios e incurrir en actos de abuso y corrupción por parte de los dirigentes y grupos aliados. En esta circunstancia, la independencia del MDTEO ha sido amenazada por situaciones de complicidad con el gobierno de Oaxaca —como lo ilustran muy bien los casos de las administraciones de José Murat y Ulises Ruiz Ortiz, en particular en el primer año del gobierno de este último.

Una historia larga de dominación

La constitución del MDTEO no se explica únicamente por los procesos y conflictos al interior del sistema educativo. Hay que entenderla, también, en el marco del sistema de dominación oaxaqueño y las luchas de los sectores populares por transformarlo. El origen de este sistema se remonta a la Colonia.11 Desde entonces a la fecha ha beneficiado a las elites económicas, políticas, militares y religiosas. Desde su configuración su fundamento ha sido el control sobre la población, su trabajo y tierras, por un lado, y la apropiación de y la restricción del acceso al aparato público administrativo y el establecimiento de relaciones económicas ventajosas entre los principales centros urbanos del estado y sus regiones rurales, y entre estas ciudades y la capital del país, por el otro. Frente al Estado nacional las elites han jugado, históricamente, un papel de intermediarios entre aquél y la población oaxaqueña. Así, estos grupos desarrollaron un robusto sentido patrimonialista de la política. En otras palabras, el poder político y administrativo ha sido usado para el beneficio propio. La corrupción y malversación de bienes y recursos públicos han servido para apuntalar negocios privados, cuyas ganancias, a su vez, se invierten en la política para afianzar su posición y participación en este sistema.

03-historia-3

Se trata de un sistema relativamente cerrado en el que las disputas entre las elites le dan cierto dinamismo. Sin embargo, los actores que no pertenecen a este núcleo de poder participan subordinadamente en el sistema mediante su encuadramiento corporativo. Así, sólo los “sectores” organizados (es decir, reconocidos y controlados por el propio sistema) han gozado de una relativa representación política de sus intereses y de bienes materiales y simbólicos en el marco de relaciones clientelares a cambio de apoyo político incondicional al gobierno y su partido. En este sentido, en el sistema no existe una concepción de una ciudadanía conformada por individuos libres, plurales y con derechos civiles, políticos y sociales efectivos.

En su forma moderna el sistema de dominación oaxaqueño se configuró a imagen y semejanza del sistema político nacional. La continuación posrevolucionaria del proceso de centralización del poder político iniciado en el último cuarto del siglo XIX supuso la apropiación de la maquinaria burocrática por parte del Estado nacional. Con ello subordinó a los gobiernos estatal y municipal, que perdieron gran parte de sus capacidades políticas, administrativas y fiscales. Esta merma significó para los gobernadores, paradójicamente, una descarga de las responsabilidades de las tareas principales de gobierno —ahora en manos del Poder Ejecutivo y la administración federales— y una mayor libertad para ejercer su dominio institucionalizado (es decir, no personal y, en consecuencia, temporal) al interior de su estado sin mayores contrapesos.12

Una vez que lograban la aprobación y el apoyo del centro del país, al menos hasta antes de la denominada transición a la democracia, los gobernadores oaxaqueños utilizaron sus facultades legales y extraconstitucionales para someter a los poderes Legislativo y Judicial del Estado y controlar a los municipios, cuadros partidistas, sindicatos, líderes organizacionales, caciques locales y comunidades indígenas. Pero, al igual que su contraparte en la capital de la República, las bases del poder de los gobernadores han sido de carácter institucional. Tras la conclusión de su administración su influencia menguaba de modo considerable. En consecuencia, las lealtades políticas y económicas de las elites y grupos de influencia se realineaban a favor del nuevo gobernante y su camarilla política.

Por supuesto, este sistema de dominación no ha estado exento de conflictos. Algunos de ellos han sido disputas entre las elites mismas de diferentes regiones en torno al incremento de su influencia en la conducción de Oaxaca. Sobra decir que ello ha sucedido sin pretender cuestionar las mismas bases de la dominación. Ejemplos de esto fueron las disputas fiscales en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Los gobernadores en turno introdujeron nuevos impuestos (1946) o intentaron promulgar un nuevo código fiscal (1952). En ambos casos estas iniciativas provocaron protestas airadas de los comerciantes locales, que condujeron a la pronta deposición de los mandatarios por su incapacidad de mantener la “paz social”.

En realidad, los desafíos auténticos a la dominación han provenido, más bien, de las periferias del sistema de dominación. Desde finales de los años sesenta y hasta el día de hoy diferentes actores populares empezaron a demandar cambios en el sistema y, a la vez, su inclusión en él, pero con independencia del corporativismo priista con el objetivo inmediato de conseguir una representación auténtica de sus intereses sectoriales y, a largo plazo, la democratización del régimen.13 Este fue el caso, por ejemplo, de los estudiantes de la Universidad Benito Juárez de Oaxaca (1968), las secciones estatales de los sindicatos electricistas y ferrocarrileros (1972) o los frentes populares (COCEO y COCEI, en 1971 y 1974, respectivamente), entre otros. El éxito más rotundo de sus movilizaciones contestatarias fue la caída del gobernador Manuel Zárate Aquino en 1977, quien, a pesar de la violenta represión que orquestó para acabar con la oposición (“grupúsculos comunistas y delincuenciales”, como los calificó en su momento), no pudo mantenerse en el poder.

El orden no retornó con ello a Oaxaca. Mucho menos se consiguió la apertura del sistema. De ello dan fe las crecientes protestas de los actores del “movimiento étnico” a lo largo de los años ochenta. Sus demandas eran de carácter económico (defensa de la tierra y los recursos naturales de sus territorios), sociocultural (reconocimiento de identidades, tradiciones y culturas indígenas) y políticas (servicios y bienes públicos diversos, defensa de la democracia, excarcelación de presos políticos, fin de la represión caciquil). Inclusive el reconocimiento constitucional en Oaxaca de los “usos y costumbres” para el autogobierno de los indígenas, a mediados de los años noventa, pueden verse como parte de estos esfuerzos diversos y colectivos de transformación del orden oaxaqueño.14

La lucha civicopopular por la transformación del sistema de dominación y la democratización del sistema político también se llevó a cabo en el terreno electoral. Con la legalización de los partidos de izquierda la participación electoral para ganar municipios se tornó en una fuente más de tensiones y protestas tanto por los métodos de selección de los candidatos en el PRI como por los fraudes en los comicios para evitar los triunfos opositores. Y cuando se reconocía la victoria a un partido o coalición opositora, entonces el conflicto se expresaba, más adelante, en la exigencia de respeto a la autonomía de los ayuntamientos y la liberación de recursos suficientes para las tareas de gobierno municipal.

Todo esto da cuenta de que la legitimidad del sistema de dominación oaxaqueño ha disminuido. Si tomamos como indicador de ello el porcentaje de votos recibidos por el PRI en las elecciones para gobernador entre 1986 y 1995, en casi una década se pasó de una votación de 92% a 50% del total.15 A pesar de la creciente competencia electoral de mediados de los noventa hasta la elección de Gabino Cué Monteagudo como el primer gobernador no priista de Oaxaca (2010-2016) —que, sin duda, se puede interpretar como la apertura del sistema político local—, el conflicto, la movilización contestataria y la violencia política en Oaxaca no han disminuido. Como epítomes de esto pueden tomarse al Ejército Popular Revolucionario (EPR) y a la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO). La aparición del EPR en 1996 en la región de Loxicha en la Sierra Madre Sur fue respondida con una cruenta y larga represión militar. La protesta de la APPO en 2006 en contra del autoritarismo y la corrupción del gobernador Ulises Ruiz fue contenida también mediante una violenta represión policiaca. En ambos casos hubo decenas de muertos, un número indefinido de desapariciones y cientos de heridos y encarcelamientos.16

No es necesario abundar demasiado en el hecho de que el uso de la violencia política para lidiar con opositores es un índice por lo demás elocuente de lo endeble de la legitimidad de este orden de dominación. Así lo demuestran los múltiples conflictos rurales, sindicales, electorales, universitarios, populares, guerrilleros, etcétera, en los que se ha cuestionado la dominación en Oaxaca. De hecho, la persistencia, el volumen y la ubicuidad de la violencia política en el estado indican que su uso es un recurso cotidiano de gobierno y control. Esto requiere ser subrayado: la violencia, como el fundamento del poder político, no es en Oaxaca la ultima ratio de la dominación para enfrentar situaciones extraordinarias, sino un medio del que se echa mano en las relaciones típicas con los opositores —inclusive con los integrantes mismos del sistema que no satisfacen las expectativas de obediencia y aquiescencia de los dominadores.

Es innegable que el acceso al poder político se ha vuelto electoralmente más disputado. Sin embargo, tal parece que las instituciones políticas no tienen la capacidad ya no de desmantelar el sistema de dominación, sino siquiera de reformarlo. Esta parece ser una de las lecciones de la frustrante primera experiencia de alternancia política en Oaxaca durante el gobierno de Gabino Cué.

03-historia-4

El sistema de dominación oaxaqueño ha demostrado una gran adaptación a la institucionalidad de la democracia representativa aprovechando la nueva realidad del “centro dividido” (Rogelio Hernández Rodríguez) del sistema político mexicano. La larga transición a la democracia tuvo como efecto el socavamiento del presidencialismo y la pérdida de sus controles (meta)legales para someter a los otros poderes constitucionales y a los estados. Esto se tradujo a su vez en una creciente autonomía política y el fortalecimiento económico de los gobiernos estatales (y grupos locales y liderazgos caciquiles). Los mecanismos externos de supervisión sobre los gobernadores han desaparecido o resultan ineficientes. Lo anterior ha aumentado la oportunidad de comportamientos arbitrarios, facciosos, corruptos e ilegales que casi siempre quedan impunes por la razón de que los gobernadores (con el apoyo de las elites) ejercen un dominio casi irrestricto sobre la administración pública, los poderes Judicial y Legislativo, las instituciones “autónomas” (como las electorales o de defensa de los derechos humanos) y, en muchos casos, incluso sobre los partidos de oposición.17

En este contexto nacional se ha conseguido la continuación del neopatrimonialismo del sistema de dominación oaxaqueño, en el que la disputa del poder político tiene lugar, principalmente, entre diferentes facciones de la elite local (ex) priista (lideradas por los ex gobernadores Diódoro Carrasco, José Murat y Ulises Ruiz). Esto se pudo observar perfectamente en las elecciones estatales pasadas. A pesar de sus diferencias, lo que tienen en común es su falta de interés en transformar el sistema de dominación para construir un orden social más incluyente, democrático, igualitario, ajustado a derecho, generador de bienestar para la mayoría de la población y protector de la naturaleza.

Dominación, educación y violencia

En 2010 concluyó la administración de Ulises Ruiz Ortiz en los tiempos que marca la ley. No fue depuesto y enjuiciado como habría querido la APPO cuatro años antes. Más bien fueron los ciudadanos los que rechazaron la continuidad del PRI al frente del gobierno mediante un voto de castigo que favoreció a Gabino Cué Monteagudo, candidato de una amplia alianza opositora. Sin embargo, parte del crédito de la primera transición democrática en Oaxaca después de 80 años de dominio priista ininterrumpido se le debe otorgar, indirectamente, a la APPO. La posición de la Asamblea en relación con los comicios fue salomónica y formalista: no actuó ni se pronunció a favor de ningún partido político, dado que sus propios estatutos se lo impedían; no obstante, se manifestó en contra del PRI y sus candidatos, siguió denunciando a Ruiz Ortiz y dejó en plena libertad a cada uno de sus integrantes colectivos o individuales de participar en el proceso electoral, inclusive haciendo campaña por algún partido de su preferencia, pero siempre y cuando fuera a título individual y no en nombre de la APPO. Por su débil institucionalidad y presencia territorial irregular a lo largo y ancho del estado (sobre todo en el campo), los partidos de oposición han dependido, en gran medida, de las alianzas con organizaciones populares. Éstas les garantizan votos corporativos a cambio de candidaturas y apoyo en los programas y acciones de gobierno. La experiencia de las elecciones locales de 2007 enseñó a gran parte de las agrupaciones que componían la Asamblea que si se abstenían de tomar parte en los comicios —de acuerdo con el principio de que hacerlo significaba “legitimar” al régimen—, entonces se dejaría libre la arena electoral al PRI, que fácilmente podría ganar con la conjugación de la movilización de su voto duro y de prácticas fraudulentas —sin mencionar, siquiera, la escandalosa parcialidad del árbitro de la contienda.

La Sección 22, como la “columna vertebral” de la Asamblea, hizo lo propio sin declarar abiertamente su apoyo al candidato opositor, ya que sus reglamentos internos también se lo prohíben. El aval magisterial a Gabino Cué abrigaba también el interés de asegurar “compromisos” y manifestar que, si bien el sindicato estaba a favor de la democratización del régimen, no obstante mantendría su autonomía frente al nuevo gobierno y fiscalizaría y, en dado caso, denunciaría sus acciones si se enderezaban en contra de los docentes o no respondía favorablemente a sus demandas. Las exigencias a la nueva administración eran claras e “innegociables: castigo a Ulises Ruiz y todos los responsables y participantes en la represión de 2006, justicia para las víctimas, desaparición de la Sección 59 (formada a raíz del conflicto de ese año), recuperación de las escuelas en su poder, mayores recursos a la educación pública en el estado, rechazo a la Alianza por la Calidad de la Educación (ACE)18 y aprobación de un proyecto educativo alternativo para Oaxaca. Con este rasero la 22 pretendía medir la voluntad de Gabino Cué y la profundidad de la transición democrática —o, como diversos observadores políticos locales opinarían, el magisterio buscaba doblegar a su gobierno con base en su enorme capacidad de movilización.

El distanciamiento entre el magisterio y el gobierno estatal no se hizo esperar. El mismo día de la toma de posesión de Cué los maestros realizaron una marcha “de despedida” en contra de Ulises Ruiz y también para recordar al nuevo mandatario sus demandas. Además, desconocieron como “interlocutora válida” a la secretaria general de gobierno, Irma Piñeyro Arias, por su relación con el Partido Nueva Alianza y la entonces todavía “presidenta vitalicia” del SNTE, Elba Esther Gordillo, y por impulsar en el estado la ACE. Y, por último, advirtieron al director general del IEEPO que exigirían su destitución si no cumplía con sus futuras peticiones.

Apenas dos meses y medio más tarde, en el marco de la visita oficial de Felipe Calderón a Oaxaca, el 16 de febrero de 2011, la dirigencia sindical rompió el diálogo con el gobernador a raíz de la represión que sufrió el magisterio por parte de la Policía Federal y el Estado Mayor presidencial durante su marcha en protesta por la presencia del mandatario. El enfrentamiento dejó 20 heridos (15 de ellos policías), un tráiler quemado, patrullas y vehículos particulares destrozados y daños a comercios y edificios. El secretario general de la 22 reclamó la renuncia de la secretaria general de Gobierno, el director del IEEPO y el secretario de Seguridad Pública. Asimismo, anunció un plan de acción en contra del nuevo gobierno, que incluía paros laborales, plantones, toma de casetas y edificios públicos. El movimiento estaba preparado, afirmó, para “una guerra prolongada”.

Las airadas declaraciones del dirigente sindical no eran palabras hueras. La “guerra popular-magisterial prolongada” se definía en el horizonte de la ya en ese entonces oteable reforma del sistema educativo nacional.

Con el triunfo electoral del candidato presidencial del PRI en julio de 2012, un ciclo de la transición democrática iniciada en 1997 con la elección de un Congreso sin mayoría priista, llegó a su fin. En comparación con la falta de grandes acuerdos en los dos sexenios anteriores, los primeros meses del gobierno del presidente Enrique Peña Nieto se antojaron como el regreso de la política para asumir su otrora papel rector en la vida nacional. Tanto los gestos —por ejemplo, el encarcelamiento de la poderosa y corrupta presidenta del SNTE, Elba Esther Gordillo— como también, y sobre todo, las iniciativas presidenciales —muy en particular el conjunto de reformas constitucionales en materia de educación, telecomunicaciones, transparencia, impuestos y energía enviadas al Congreso sucesivamente en los dos primeros años para su discusión y eventual aprobación, generaron en un sector de la opinión pública, al menos durante un año, la imagen de un gobierno federal con un proyecto claro, capaz de negociar y lograr compromisos con las diferentes fuerzas políticas—. El instrumento de esta recobrada capacidad de conducción fue el denominado Pacto por México, un mecanismo de gobernabilidad diseñado para construir consensos entre el gobierno federal y las dirigencias de los partidos políticos principales (PRI, PAN y PRD).

En este contexto, el 26 de febrero de 2013 se publicó la iniciativa de la reforma educativa de los artículos 3 y 73 constitucionales en el Diario Oficial de la Federación. La reforma constitucional en materia educativa pretendía, según sus promotores, dotar al sistema educativo mexicano de recursos para mejorar y fortalecer la calidad de la educación pública y, de este modo, promover la equidad social.

El núcleo duro de la CNTE —es decir, las secciones sindicales de Chiapas, Guerrero, Michoacán y Oaxaca— manifestó de inmediato su oposición a esta iniciativa y empezó a preparar la organización de la movilización a nivel nacional (con su epicentro en la Ciudad de México) con el fin de disputar el contenido de las leyes secundarias en la materia. Los protestantes han sostenido hasta el día de hoy que no se trata de una reforma educativa sino laboral. Con el pretexto de fomentar una educación de calidad, se introducirían mecanismos de evaluación a los docentes para regular su ingreso, permanencia y desarrollo en el sistema educativo. A pesar de la insistencia del gobierno federal de que los derechos laborales adquiridos serían respetados, los detractores aseguran que las evaluaciones conducirán al aumento de la inseguridad y vulnerabilidad laborales. En este sentido, la reforma educativa abrigaría, en su opinión, el propósito político de reasumir el control gubernamental sobre el magisterio en su conjunto. En fin, la protesta abrigaba el propósito de presionar a autoridades y legisladores para que los maestros fueran incluidos en el proceso de deliberación y, de este modo, sus preocupaciones e intereses se reflejaran en la reforma. Después de una intensa campaña de movilización nacional, que concitó la solidaridad y apoyo de múltiples organizaciones populares y sindicales, la CNTE no pudo evitar que la reforma fuera aprobada el 10 de septiembre de 2013

La Sección 22 abrigó, sin embargo, la aspiración de que esta exhibición de fuerza en la Ciudad de México se pudiera traducir en mejores condiciones de negociación con los gobiernos estatal y federal para lograr, al menos en su estado, ciertas “concesiones” y “excepciones” en la aplicación de la reforma educativa. La arena de conflicto se trasladó a Oaxaca, en donde la 22 planteó sus exigencias a los gobiernos estatal y federal: respeto a los derechos y conquistas laborales, incorporación del Plan para la Transformación de la Educación en Oaxaca (PTEO)19 a las leyes estatales de educación, otorgamiento de recursos para poner en marcha dicho programa, desaparición de la Sección 59, devolución de las escuelas tomadas por esta última durante el conflicto y pago de quincenas retenidas y de bonos por inicio del ciclo escolar 2013-2014.20

Con la reforma educativa de 2013 se cerró, en un sentido muy concreto, el proceso descentralizador de la educación pública iniciado, tras décadas de discusión, protesta y negociación, en 1992 con la entrada en vigor del ANMEB. Justamente una de las principales razones de los nuevos cambios legislativos había sido el problema político y de financiamiento de la educación pública estatal bajo la práctica de la doble negociación del SNTE a nivel federal (SEP) y a nivel local. A la larga esto condujo a la formación de crecientes déficits en las arcas de los estados debido a que se acostumbró erogar cada año cantidades extras del presupuesto con el fin de pacificar a las secciones sindicales correspondientes. De este modo los cambios constitucionales implican una recentralización del sistema de pagos del sector educativo por parte de la SEP.

03-historia-5

El fondo de la inconformidad del magisterio oaxaqueño con la nueva realidad de la recentralización del sistema educativo es que ésta supone un mayor control federal sobre el “nuevo IEEPO” y, en consecuencia, menores posibilidades de que la 22 continúe su “colonización” —por lo menos en la forma en que lo ha hecho desde 1992 hasta 2014—. Como apunté más arriba, el cogobierno de la Sección 22 del sistema educativo estatal significó no sólo la garantía de proteger el empleo, los derechos laborales y los intereses de sus agremiados sino, además, la asunción de los instrumentos administrativos de control sobre las bases sindicales, el acceso y uso, casi a discreción, de recursos públicos para mantener el clientelismo interno y, por último, la oportunidad de corrupción entre los cuadros medios y superiores de la dirigencia sindical.

Estas prácticas patrimonialistas podrían prevalecer en la Sección 22 si logra adaptarse a la nueva realidad de un IEEPO supervisado por la federación para continuar su colonización mediante estrategias aún inéditas y a ensayar. Al menos para ciertos sectores de la burocracia y dirigencia sindical esto es lo que está en juego en el actual ciclo de protestas nacional y local. Las bases magisteriales están conscientes de la corrupción en su sindicato y la han denunciado desde hace años, tal y como se manifiesta en múltiples documentos de asambleas y congresos seccionales. En su disputa por la conducción del gremio en muchas ocasiones han sido las mismas coaliciones cambiantes entre grupos políticos y corrientes ideológicas las que han solapado y sostenido a dirigencias y representantes sindicales cuestionados. Pero ante las evidentes intenciones autoritarias del gobierno federal de acabar con la “insurgencia magisterial” oaxaqueña, los maestros de base también saben que la mejor manera de preservar su trabajo y derechos laborales es a través de la unidad gremial y la alianza con diferentes sectores sociales. En esta situación, ¿puede sobrevivir la dupla Sección 22/MDTEO sin su dominio de jure y de facto del IEEPO? ¿Estarían dispuestas las bases magisteriales a renunciar a sus privilegios21 a cambio de la defensa sindical auténtica e irrestricta de sus derechos laborales, la democratización de su gremio y la supervisión efectiva sobre su dirigencia? ¿Aceptarían los maestros el desacoplamiento de “sindicato” y el “movimiento” para considerar de verdad el interés de los alumnos oaxaqueños de gozar de su derecho a una educación pública, laica, gratuita y de calidad?

Por supuesto, no se trata de un mero acto de voluntad de los maestros por dos razones centrales. En primer lugar, porque la transición política en Oaxaca parece haber fracasado. En efecto, durante el gobierno de Cué continuó la corrupción y el nepotismo, la pobreza y desigualdad social se han mantenido, no obstante —hay que apuntarlo también— disminuyeron la violación de los derechos humanos y la violencia política. En segundo lugar, porque en las condiciones del sistema de dominación oaxaqueño el “nuevo IEEPPO”, ahora bajo el control administrativo de la SEP, ha resultado ser hasta la fecha más que un instituto operador del sistema educativo local, un instrumento político para desarticular y desmovilizar la protesta magisterial por medio de amenazas de descuentos salariales o inclusive el despido de los maestros paristas. Pero como se puede comprobar observando los sucesos de los últimos años, esta manipulación del instituto ha sido un fiasco.

El autoritarismo del gobierno federal (presidencia, SEP y Segob), obnubilado por una retórica vacía y mendaz en torno a cumplir la ley y hacerla respetar, aunque sea punitivamente, parece no aprender y comete los mismos errores del pasado. Como sucedió en 2006 con la formación de la APPO, ahora la matanza de Nochixtlán ha permitido al magisterio nacional y local cerrar filas, relanzar su movilización contestataria y sumar aliados de distintos sectores. Su primer éxito ha sido establecer, en estos días, una mesa de diálogo con la Segob.

La salida a la crisis política a nivel nacional y local pasa, necesariamente, por reconocer a la CNTE y la Sección 22 como interlocutoras legítimas, iniciar un verdadero diálogo sin condicionamientos entre las partes, revisar la reforma educativa —sobre todo en su carácter predominantemente administrativo y laboral—, e incluir temas sustantivos de educación y profesionalización pedagógica. Esta podría ser una salida ideal. No obstante, si se considera el comportamiento histórico de las partes en conflicto, no es muy probable, porque ni el gobierno federal ni la CNTE y la 22 conocen y aceptan la negoción democrática política; sólo saben de imposiciones y arreglos para sortear crisis, pero sin resolver de fondo el problema sustantivo en los ámbitos educativo y laboral.22 Es de temerse, por tanto, que en un par de años volvamos a tener esta impresión de déjà vu. Observar el mundo social sin ilusiones, pero con realismo, nos conduce a suponer que la movilización magisterial proseguirá más allá de 2016 (inclusive si tiene lugar una represión masiva, por desgracia nada descartable si uno toma en cuenta el patrón de tratamiento de la protesta social popular del Estado mexicano)23 y la administración del conflicto continuará como estrategia del Poder Ejecutivo.

1 de julio de 2016

 

Marco Estrada Saavedra
Profesor e investigador de El Colegio de México. Autor, entre otros libros, de El pueblo ensaya la revolución. La APPO y el sistema de dominación oaxaqueño.

Agradezco al maestro Samael Hernández Ruiz y al doctor Alejandro Agudo Sanchiz sus comentarios a una versión previa de este artículo. La responsabilidad del contenido del texto es, por supuesto, mía.


1 Sobre el tema, consúltese: Loaeza, Soledad (2010): “La metamorfosis del Estado: del jacobinismo centralizador a la fragmentación democrática”, en Soledad Loaeza y Jean-Francois Prud’homme (coords.), Instituciones y procesos políticos, vol. XIV de Los grandes problemas de México, El Colegio de México, México, pp. 24-70.

2 Para un tratamiento profundo y amplio de la materia, léase: Arnaut, Alberto (1997): La federalización educativa en México. Historia del debate sobre la centralización y la descentralización educativa (1889-1994), El Colegio de México, México.

3 Revísese al respecto: Street, Susan (1992): Maestros en movimiento. Transformaciones en la burocracia estatal (1978-1982), CIESAS, México.

4 Sobre el origen, organización y desarrollo de la CNTE, se pueden consultar los libros: Cook, Maria Elena (1996): Organizing dissent. Unions, the State, and the democratic teachers’ movement in Mexico, The Pennsylvania State University Press, Pennsylvania; Foweraker, Joe (1993): Popular mobilization in Mexico. The teachers’ movement 1977-87, Cambridge University Press, Canadá.

5 Para la historia de la disidencia magisterial de la Sección 22 del SNTE, sigue siendo indispensable la monografía: Yescas Martínez, Isidoro y Zafra, Gloria (2006): La insurgencia magisterial en Oaxaca, 2a edición, IEEPO-IISUABJO, Oaxaca.

6 Sobre la compleja relación entre la Sección 22 y el MDETO, consúltese mi trabajo: “Disidencias y connivencias: la colonización del sistema educativo oaxaqueño por parte de la Sección 22 del SNTE”, en Agudo Sanchiz, Alejandro y Estrada Saavedra, Marco (2014): Formas reales de dominación del Estado. Perspectivas interdisciplinarias del poder y la política, El Colegio de México, México, pp. 153-196.

7 Remito de nuevo al lector al trabajo de Alberto Arnaut (op. cit.).

8 Para un análisis detallado de este proceso a nivel nacional y, en particular, en Oaxaca, véase Muñoz Armenta, Aldo (2005): El sindicalismo mexicano frente a la reforma del Estado. El impacto de la descentralización educativa y el cambio político en el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación 1992-1998, Universidad Iberoamericana, México.

9 La distinción Sección 22-MDTEO es de carácter analítico.

10 Sobre la función de la “semántica de la traición” en los movimientos y la política populares, revísese mi trabajo: “Reflexiones finales. Pensar la APPO desde la diferencia”, en Bolos, Silvia y Estrada Saavedra, Marco (coord.), Recuperando la palabra. La Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, Universidad Iberoamericana, México, 2013, pp. 303-316.

11 Una panorámica histórica y sociológica de este sistema se encuentra en: Bailón Corres, Jaime (2002): Pueblos indios, elites y territorios. Sistemas de dominio regional en el sur de México. Una historia política de Oaxaca, 2a reimpresión, El Colegio de México, México.

12 Sobre este tema son indispensables dos libros estupendos: Hernández Rodríguez, Rogelio (2008): El centro dividido. La nueva autonomía de los gobernadores, El Colegio de México, México; y, del mismo autor (2015): Presidencialismo y hombres fuertes en México. La sucesión presidencial de 1958, El Colegio de México, México.

13 Al respecto, consúltese: Martínez Vásquez, Víctor Raúl (1990): Movimiento popular y política en Oaxaca (1968-1986), Conaculta, México.

14 Sobre este punto y las transformaciones en el sistema político oaxaqueño, véase: Recondo, David (2007): La política del gatopardo. Multiculturalismo y democracia en Oaxaca, CIESAS-CEMCA, México.

15 Después de un breve intervalo (2010-2016) el PRI ha recuperado la gubernatura de Oaxaca en junio pasado, pero con una votación de sólo 32% del total —porcentaje obtenido, hay que observar, por la coalición PRI-PVEM-PANAL.

16 Sobre el análisis, explicación, efectos y significado de la constitución, organización y movilización de la APPO, consúltese mi libro (2016): El pueblo ensaya la revolución. La APPO y el sistema de dominación oaxaqueño, El Colegio de México, México.

17 Las denominadas “cacerías de brujas” no son un signo de la operación efectiva e imparcial del Estado de derecho, sino simples ajustes de cuentas, muchas veces de orden personal, entre los miembros de las elites. En sentido literal, son la perversión de la ley y su aplicación.

18 La ACE fue el antecedente del gobierno federal panista de la reforma educativa actual.

19 El “plan” sería incorporado en 2014 a la política educativa del estado. El PTEO pretende el mejoramiento escolar y de los niveles de vida de los alumnos, el reconocimiento a la labor de los docentes e invertir en la infraestructura y equipamiento de las escuelas. Para ello se creó un sistema estatal de evaluación y otro de formación profesional de los trabajadores de la educación en Oaxaca. Si bien existe, en lo general, concordancia entre los objetivos del PTEO y la reforma educativa constitucional, la diferencia central consiste en que en el “plan” el magisterio no pierde su posición dominante (y escasamente fiscalizada) dentro del sistema educativo local.

20 Un análisis completo de la movilización de la Sección 22 en 2013 se encuentra en: Hernández Ruiz, Samael (2014): Protesta y conflicto. La Sección 22 del SNTE en la toma de la Ciudad de México, manuscrito inédito.

21 Sobre la cuestión de los “privilegios”, véase: Zafra, Gloria (2008): “Sindicalismo o educación: la paradoja del magisterio oaxaqueño”, El Cotidiano, UAM-A, núm. 148, pp. 39-45.

22 El encarcelamiento de los secretarios general y de organización de la Sección 22 es un ejemplo elocuente de lo que el gobierno federal entiende por “diálogo”. Por su parte, la Asamblea Nacional Representativa de la CNTE, que supervisa a su Comisión Nacional Única de Negociación, ha definido su demanda principal a las autoridades públicas la “abrogación de la reforma educativa”. Al escribir estas líneas, el 30 de junio, la “negociación” entre la CNTE y la Segob están prácticamente suspendidas. Este ínterin será aprovechado, muy probablemente, por las corrientes radicales de la CNTE-22 y las fracciones duras del gobierno federal para agudizar el conflicto.

23 Al respecto, el siguiente trabajo es una referencia obligada: Favela Gavia, Diana Margarita (2006): Protesta y reforma en México. Interacción entre Estado y sociedad 1946-1997, UNAM-Plaza y Valdés, México.

Expediente

La violencia social

Desde los años ochenta el poder en Juchitán, la cuarta ciudad más grande de Oaxaca, se ha alternado entre el PRI y la Coalición Obrero Campesino Estudiantil del Istmo (COCEI). La COCEI tiene sus orígenes en la lucha contra la represión de los caciques priistas. Sin embargo, con el poder y el paso del tiempo los líderes de la COCEI encontraron que su herramienta de lucha, la movilización popular, también podía ser un negocio redituable. La COCEI ha apoyado por años toda clase de abusos, desde la invasión de predios hasta la obtención de créditos de Banrural “a fondo perdido” para sus agremiados, y de esta forma ha creado una relación clientelar con un sector importante de la población de Juchitán. Cuando los candidatos de la COCEI (generalmente perredistas) han ganado el ayuntamiento, las movilizaciones de la base han servido para exigir al gobierno estatal una tajada generosa de los fondos y aportaciones federales.

04-violencia-1

Ilustración: Patricio Betteo

La historia de la COCEI en el Istmo de Tehuantepec se repite con algunas variantes en las ocho regiones de Oaxaca. En cada una tienen presencia organizaciones que surgieron para dar voz a demandas legítimas de las comunidades, pero que han hecho de la protesta social un modus vivendi. En un estado pobre, donde las oportunidades laborales y empresariales son mínimas, las organizaciones como la COCEI son el principal vehículo para que las comunidades marginadas accedan a recursos y para que sus miembros más ambiciosos intenten hacer fortuna. Las organizaciones comunitarias operan en una frontera incierta entre la legalidad y la ilegalidad. A veces buscan hacerse de tierras por medio de invasiones y en otras ocasiones obtienen beneficios de los pocos inversionistas que buscan instalarse en el estado. Sin embargo, el presupuesto público es su principal fuente de recursos (ver cuadro).

04-violencia-cuadro

Para lograr sus objetivos las organizaciones comunitarias de Oaxaca cuentan con varias herramientas. La primera es la presión que pueden ejercer por medio de las manifestaciones, bloqueos carreteros y otras formas de movilización de sus agremiados. A veces estas movilizaciones tienen una gran escala, como las acciones de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) que en 2006 exigió la destitución del gobernador Ulises Ruiz. A veces las movilizaciones son minúsculas. Media docena de personas puede bloquear la entrada de un negocio o retener un vehículo en la vía pública y de esta forma presionar al dueño a desistirse de una demanda o pagar una indemnización.

La segunda herramienta de las organizaciones comunitarias es la protección institucional. Las organizaciones oaxaqueñas entienden la importancia de promover liderazgos políticos y de mantener una relación de cercanía con actores clave en la burocracia estatal y federal. De esta forma pueden gestionar apoyos con mayor facilidad y violar la ley de forma relativamente impune.

Finalmente, la maquinaria de las organizaciones comunitarias de Oaxaca también contempla el uso de la fuerza. Sin embargo, estas organizaciones no operan en la clandestinidad (tienen vínculos con autoridades y con la economía formal) y la violencia, por lo menos la violencia letal, es sólo un recurso de última instancia (en esto se distinguen de las mafias y de los grupos criminales que tienen mayor preeminencia en otras entidades del país). La violencia se reserva para aquellas ocasiones en las que es necesario lanzar un desafío a un grupo rival o a las autoridades (por ejemplo, para evitar un desalojo). En estos casos es frecuente que las movilizaciones concluyan con el incendio de vehículos o la destrucción de instalaciones.

Oaxaca es una entidad tradicionalmente violenta. Entre 1996 y 2003 ocupó el segundo lugar nacional en homicidios por cada 100 mil habitantes, sólo después de Guerrero. Aunque Oaxaca dejó de ubicarse entre las entidades más violentas en los años subsecuentes, no fue hasta 2009 que la tasa nacional de homicidios superó a la de Oaxaca. El aumento en la tasa nacional a partir de ese año se debió al incremento dramático de los homicidios dolosos en estados como Chihuahua, Durango y Sinaloa, entidades en donde la violencia se relaciona con conflictos entre organizaciones criminales. Sin embargo, cuando la violencia del crimen organizado comenzó a disminuir, la tasa de homicidios en Oaxaca volvió a superar la media nacional (ver gráfica 1).

04-violencia-grafica-1

El crimen organizado no es el principal actor responsable de la violencia en Oaxaca. Del total de los homicidios ocurridos en Oaxaca entre 2007 y 2015, sólo 22% está relacionado con disputas atribuibles al crimen organizado. Esta cifra contrasta, por ejemplo, con estados en donde más de 70% de los homicidios tienen relación con el crimen organizado, como es el caso de Sinaloa (86%), Coahuila (84%), Michoacán (72%), Morelos (71%), Durango (71%) y Chihuahua (71%) (ver gráfica 2).

04-violencia-grafica-2

Las organizaciones sociales, que como ya se mencionó recurren a la violencia como mecanismo de presión de última instancia, son a su vez el principal blanco de la violencia letal en el estado. Un análisis de eventos violentos relacionados con conflictividad —secuestros no económicos, homicidios de alto perfil, linchamientos, rafagueos, balaceras, incendios provocados, bloqueos, marchas, movilizaciones y toma de instalaciones— revela que en Oaxaca la mayoría de éstos se relacionan con conflictos políticos y sociales (de acuerdo con cifras de Lantia Consultores, los homicidios de alto perfil constituyen 40% de estos eventos). Asimismo, en la base de datos de Lantia Consultores se observa que un alto porcentaje de estos homicidios corresponde a activistas, dirigentes de organizaciones y líderes sociales. A diferencia de otros estados, donde la violencia es resultado primordialmente de las actividades del crimen organizado, más de la mitad de los homicidios de alto perfil en Oaxaca parecen tener una motivación política (ver gráfica 3).

04-violencia-grafica-3

La conflictividad social en Oaxaca aumentó de forma dramática a partir de la desaparición de estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa en septiembre de 2014. Con la radicalización del movimiento de protesta en contra de la reforma educativa, 2016 se perfila como el año con mayor número de movilizaciones desde 2013. Desafortunadamente, es probable que la conflictividad social también se traduzca en un repunte de la violencia, en particular de los homicidios. Al evaluar las cifras de homicidios dolosos y eventos de conflictividad social en Oaxaca entre junio de 2013 y mayo de 2016 se observa una relación positiva y estadísticamente significativa. Dicho de otra manera, cuando hay un aumento en el número de incidentes de conflictividad social, como protestas o bloqueos, también se observa un aumento en el nivel de violencia (ver gráfica 4).

04-violencia-grafica-4

En los medios de comunicación nacionales la CNTE aparece como la principal responsable de las crisis de gobernabilidad que de forma recurrente estremecen a Oaxaca. Sin lugar a dudas los maestros disidentes de la Sección 22 desempeñan un papel crítico. La CNTE es probablemente la única organización con una presencia sólida en todas las regiones del estado y con una agenda que rebasa los agravios históricos —pero geográficamente acotados— de las comunidades, y los intereses personales de sus líderes. Por ello es que la convocatoria de la CNTE ha sido un factor indispensable para articular la efervescencia social de Oaxaca, tanto en 2006 como en los últimos meses.

Sin embargo, el verdadero riesgo para la gobernabilidad y la paz en Oaxaca no radica en la CNTE, sino en las acciones que tomen las organizaciones comunitarias (mucho más fragmentadas en su liderazgo y difíciles de controlar en sus bases). La estrategia que dichas organizaciones decidan seguir será la que defina si las movilizaciones culminan con más muertos. No hay que olvidar que las víctimas de los trágicos eventos ocurridos en Nochixtlán en junio pasado no eran miembros de la CNTE.

04-violencia-2

Más allá de las negociaciones que la Segob y la SEP sigan para destrabar el conflicto magisterial, es necesario que los actores involucrados asuman con responsabilidad el desafío que supone la actual crisis de gobernabilidad. Esta responsabilidad corresponde en primer lugar a la propia dirigencia de la CNTE, que históricamente ha sido renuente a condenar los abusos de organizaciones afines (ni siquiera de las vergonzosas vejaciones a las que fueron sometidos en mayo un grupo de maestros de Comitán, Chiapas). Asimismo, es necesario que el gobierno federal tome las medidas necesarias para minimizar los riesgos asociados a la intervención policial. La actuación de la Policía Federal en Nochixtlán dejó ver fallas graves tanto en materia de inteligencia como de despliegue policial y de comunicación social.

Por su parte, el gobernador entrante, Alejandro Murat, ya tendría que haber tomado una posición firme si no quiere terminar, al igual que Gabino Cué, como un administrador más de los eternos conflictos y movilizaciones que ahogan la economía oaxaqueña. Finalmente, es necesario destacar el papel que puedan jugar Andrés Manuel López Obrador y Morena (que ante la debacle del PRD ya se perfila como el nuevo brazo electoral de las organizaciones sociales oaxaqueñas). Si AMLO logra aprovechar a su favor el “mal humor” social que se observa en Oaxaca y otras entidades, y encauzar las movilizaciones por una vía pacífica y constructiva, abonaría a la imagen de moderación que tendrá que consolidar si en serio aspira a llegar a Los Pinos en 2018.

 

Eduardo Guerrero Gutiérrez
Socio de Lantia Consultores.

Agradezco el valioso apoyo que me brindaron Marcela Figueroa y Roberto Valladares en la elaboración de este texto.

Expediente

Los números fríos de Oaxaca

Crecimiento y PIB per cápita:

  • En los últimos 10 años Oaxaca creció a una tasa promedio anual de 2%, de acuerdo a los datos del Indicador Trimestral de la Actividad Económica Estatal (ITAEE).

  • A pesar de que existen trimestres en los que sorprendió por su alto crecimiento (por ejemplo, los últimos dos trimestres de 2015 creció a 4.2% promedio anual) con la ventana de tiempo de 10 años su crecimiento está por debajo del crecimiento nacional (2.4%), y es el cuarto estado con menor crecimiento, empatado con Baja California, en ese periodo; sólo después de Tamaulipas (1.8%), Chiapas (1.7%) y Campeche (-4.2%). Incluso es superado por su vecino Guerrero, que creció 2.1% promedio anual en los últimos 10 años.

  • El PIB de Oaxaca en 2014 (últimas cifras disponibles) ascendió a 262 mil 553 millones de pesos, aportando 1.6% al PIB nacional. Mientras que su población representa 3.3% de la población nacional.

  • Su PIB per cápita en 2006 era de 44 mil pesos al año y para 2014 fue de 65 mil 865 pesos al año. En términos reales significa un aumento de 1.2% promedio anual.

  • Poco más de 60% de su economía se concentra en las actividades terciarias, es decir, los sectores de servicios y comercio. En especial, se concentra en los servicios inmobiliarios y de alquiler de bienes inmuebles e intangibles y en comercio.

  • Las actividades manufactureras generan 14.4% de su PIB.

05-numeros

Ilustración: Patricio Betteo

Mercado laboral:

  • En los últimos 10 años Oaxaca generó cuatro mil 538 empleos formales promedio al año, de acuerdo a los datos de los trabajadores registrados en el IMSS. Es decir, generó sólo 12% de la meta anual de 38 mil 600 empleos anuales; el número de empleos formales que México, ¿Cómo vamos?, estima se deben generar en Oaxaca para darle cabida a los jóvenes que se incorporan a la población económicamente activa.

  • A pesar de que Oaxaca tiene la segunda menor tasa de desempleo (2.1%), sólo por arriba de Yucatán, es el estado con la mayor informalidad laboral. Del total de trabajadores, 74.6% son informales (excluyendo a los trabajadores agropecuarios). Si se incluye a los trabajadores agropecuarios esta cifra aumenta a 82%.

  • Además, en los últimos 10 años aumentó su informalidad laboral. De 2006 a 2016 aumentó la tasa de informalidad laboral de 70.4% a 74.6%.

  • Los sectores con las mayores tasas de informalidad son la agricultura (97.8%), la construcción (89.7%), la industria manufacturera (89.3%) y restaurantes y servicios de alojamiento (88.5%)

  • El porcentaje de los trabajadores que laboran en el gobierno estatal (excluyendo a trabajadores de escuelas, hospitales, clínicas o instituciones de asistencia) disminuyó de 4.4% en 2006 a 3.8% en 2016; a nivel nacional este porcentaje es de 4%.

  • Oaxaca es el segundo estado, sólo por debajo de Chiapas, con la mayor tasa de condiciones críticas en la ocupación, es decir, 22.2% de sus trabajadores se encuentran en alguna de las siguientes condiciones: 1) trabajando menos de 35 horas a la semana por razones de mercado (no pueden encontrar otro trabajo), 2) trabajando más de 35 horas semanales con ingresos mensuales inferiores al salario mínimo, 3) trabajando más de 48 horas semanales ganando hasta dos salarios mínimos.

Ingresos laborales:

  • En 2016 el ingreso laboral per cápita en Oaxaca (todos los ingresos laborales entre la población total) es de mil 141 pesos al mes y en 2006 era de 857 pesos. Aunque pareciera un aumento en pesos corrientes, en términos reales es una disminución de 9.9%, ya que han aumentado menos que la inflación en ese periodo. A nivel nacional el ingreso laboral per cápita es de dos mil 46 pesos al mes.

  • La pobreza desde el punto de vista de los ingresos laborales ha aumentado. En 2006 el porcentaje de la población que no podía adquirir la canasta alimentaria (955 pesos al mes en zonas rurales y mil 335 en zonas urbanas) con el ingreso laboral de su hogar era de 59.7%, para 2016 es de 63.2%. Oaxaca es el segundo estado con mayor porcentaje de su población en esta condición, después de Chiapas.

  • En términos de ingresos laborales Oaxaca es el tercer estado más desigual, sólo después de San Luis Potosí y Chiapas. En Oaxaca la distribución de los ingresos laborales tiene un coeficiente de Gini 0.433, medida de desigualdad (entre más cercano al 1 mayor desigualdad), a nivel nacional el coeficiente de Gini de los ingresos laborales es de 0.390

Pobreza multidimensional:

  • La pobreza multidimensional ha aumentado. La pobreza multidimensional es la medida más amplia de pobreza. En 2014, 66.8% de la población de Oaxaca se encontraba en pobreza multidimensional, es decir, su ingreso total está por debajo de la línea de bienestar y tienen alguna carencia social. En 2012, 61.9% de su población se encontraba en esta situación. Es el segundo estado con mayor porcentaje de su población en esta condición, después de Chiapas.

  • En términos de personas, en 2012, dos millones 435 mil personas se encontraban en pobreza multidimensional y en 2014 eran dos millones 663 mil, 228 mil personas pasaron a estar en esta condición.

  • La pobreza extrema aumentó. En 2012, 23.3% de su población se encontraba en pobreza extrema y para 2014 este porcentaje había aumentado a 28.3%. De nuevo el segundo estado con mayor porcentaje de su población en pobreza extrema, sólo después de Chiapas.

Exportaciones e inversión extranjera directa:

  • Durante 2014 Oaxaca exportó mil 570 millones de dólares, es el octavo estado con menores exportaciones en ese año.

  • Del total de exportaciones en 2014, 60% (940 millones de dólares) provinieron de las exportaciones de aceites de petróleo.

  • Durante 2015 Oaxaca recibió 180.9 millones de dólares por concepto de inversión extranjera directa, inversión captada principalmente por el comercio. Dicha inversión representó 0.6% de la IED que recibió el país durante ese año.

Deuda pública:

  • Deuda pública reportada a la SCHP: entre 2006 y el primer trimestre de 2016 Oaxaca incrementó el monto de su deuda pública como porcentaje de su PIB en 3.4 puntos porcentuales al pasar de 0.9% a 4.4% de su producción. Mientras tanto, el incremento a nivel nacional como porcentaje del PIB fue de 1.3 puntos porcentuales, al pasar de 1.6% a 2.9% de la producción nacional durante el mismo periodo.

    • En términos de valores, la deuda pública reportada por Oaxaca a la SHCP aumentó de mil 506.2 millones de pesos en 2006 a 12 mil 756.8 millones de pesos en el primer trimestre de 2016. El incremento más alto durante este periodo en términos relativos se dio entre 2006 y 2007, al pasar de mil 506.2 millones de pesos a cuatro mil 245.3 millones de pesos, incremento de 182%. Asimismo, entre 2012 y 2013 la deuda pública de Oaxaca se aumentó sustancialmente al pasar de cinco mil 660.4 millones de pesos a 10 mil 154.7 millones de pesos, un crecimiento de 79%.

    • Oaxaca ha contraído dicho nivel de deuda entre 2006 y 2016 a una tasa de interés promedio ponderada de 6.9%.

  • Entre 2006 y 2015 Oaxaca recibió por concepto de participaciones pagadas a entidades federativas (Ramo 28) un promedio de 11 mil 918 millones de pesos anuales. El promedio de participaciones otorgadas a las entidades en total durante el mismo periodo fue de 461 mil 661 millones de pesos, por lo que Oaxaca ha recibido en promedio 2.6% de las aportaciones totales en los últimos 10 años.

  • A través del Ramo 33 —Aportaciones federales—, la federación transfiere recursos a los estados y municipios condicionando su gasto al cumplimiento de ciertos objetivos (Fondo de Aportaciones para la Nómina Educativa y Gasto Operativo, Fondo de Aportaciones para los Servicios de Salud, Fondo de Aportaciones para la Infraestructura Social, entre otros). Oaxaca ha recibido por concepto de Aportaciones federales entre 2006 y 2015 un promedio de 24 mil 006 millones de pesos anuales, lo cual representa 4.9% del total de aportaciones que la federación ha hecho en promedio en total a todos los estados anualmente.

Infraestructura y capital humano:

  • En términos de infraestructura Oaxaca cuenta con cuatro puertos marítimos y tres aeropuertos internacionales.

  • A enero de 2016 estaban registrados en el Sistema Nacional de Investigadores de Conacyt 25 mil 72 investigadores en distintas áreas a nivel nacional, de los cuales 297 pertenecen a Oaxaca; es decir, 1.2% de los investigadores totales.

  • La tasa de analfabetismo en la población mayor a 15 años es de 13.3%, mientras que a nivel nacional es de 5.5%.

Vivienda, educación y salud:

  • De acuerdo con el Sistema de Información para la Planeación del Desarrollo del Estado de Oaxaca, que utiliza los datos correspondientes a la Encuesta Intercensal 2015 del INEGI:

    • 40.65% de las viviendas particulares utilizan combustible para quemar leña o carbón sin chimenea, lo cual tiene un impacto negativo en el medio ambiente e incrementa la susceptibilidad a padecer enfermedades de las vías respiratorias.

    • 25.06% de las viviendas particulares en Oaxaca no disponen de drenaje; es decir, una cuarta parte de las viviendas en el estado.

    • 49.46% de la población ocupada en el estado recibe hasta dos salarios mínimos como retribución por su trabajo.

    • 16.5% de la población de 15 años y más en Oaxaca cuenta con primaria incompleta.

    • 16.9% de la población en Oaxaca no tiene acceso a ningún tipo de servicio de salud.

  • De acuerdo con la Encuesta Intercensal 2015 del INEGI, en términos de servicios de salud:

    • 81.7% de la población en Oaxaca está afiliada a algún sistema de salud, de los cuales:

      • 14.58% pertenecen al sistema IMSS.

      • 6.99% pertenecen al sistema ISSSTE e ISSSTE estatal.

      • 1.48% pertenecen al sistema Pemex, Defensa o Marina.

      • 78.34% pertenecen al sistema Seguro Popular o para una Nueva Generación.

      • 0.70% pertenecen a alguna institución privada.

      • La suma de estos porcentajes supera el 100% debido a las personas que están afiliadas en más de una institución de salud.

  • De acuerdo con los Datos Abiertos del Programa Escuelas al 100, programa para la rehabilitación y mejoramiento de escuelas, el cual obtiene recursos mediante la emisión de Bonos de Infraestructura Educativa en la Bolsa de Valores, el monto asignado a un total de mil 213 proyectos de infraestructura escolar en Oaxaca suma un total de 956 millones 783 mil 207 pesos. Para la totalidad de los proyectos de infraestructura escolar previstos en el programa a nivel nacional se tiene asignado un monto de 24 mil 907 millones 689 mil 180 pesos, por lo que la inversión programada para Oaxaca representa 3.8% de la inversión en el programa a nivel nacional.

 

Valeria Moy
Economista. Directora del observatorio económico México, ¿Cómo vamos?

Expediente

Chiapas: territorio Verde, territorio de conflictos

Chiapas es un caldo en donde hierven diversos conflictos sociales. Algunos estallan con fuerza y logran visibilidad nacional, como el asesinato del presidente municipal de Chamula, pero la mayoría apenas alcanza las páginas de los periódicos locales o las redes sociales.

Esta entidad, la séptima más poblada del país con cinco millones 217 mil habitantes, vive diversos conflictos sociales que se reflejan en tomas de dependencias gubernamentales, bloqueos carreteros y enfrentamientos con saldos rojos.

La descomposición social que se vive en Chiapas no tiene una sola causa. Saltan como como rompecabezas un sinnúmero de factores que han llevado al estado a una situación difícil, casi de ingobernabilidad, en donde la élite en el poder, sin ser la única, carga con la mayor responsabilidad.

conflicto

“Subasta piramidal”

El EZLN obligó voltear la mirada a Chiapas, a su pobreza, a su analfabetismo, a sus contrastes y a su diversidad, con un 27% de su población de habla indígena. La principal estrategia del gobierno para solucionar las causas del conflicto armado fue aumentar el presupuesto en programas sociales.

De cuatro mil millones de pesos en 1993, el presupuesto para Chiapas se incrementó en cuatro años a 16 mil millones, y ahora alcanza los 80 mil millones de pesos.

Las comunidades zapatistas, en aquella abundancia de dinero que empezó a fluir, no resultaron beneficiadas, pero sí las élites políticas. Es más, en las comunidades se agravaron los conflictos por la preeminencia de solucionar todo mediante la entrega de dinero.

Comenzó a instalarse una “cultura de subasta piramidal” que al pasar de los años, en lugar de debilitarse, se ha fortalecido. En la cúspide, el político se agencia del presupuesto y subasta sus decisiones. Lo mismo ocurre con los habitantes que se apropian de carreteras, fincas, bancos de arena, rutas de transporte, y lo subastan, como subastan su voto el día de las elecciones.

El presupuesto en los últimos 20 años para Chiapas —mayor que el otorgado al Plan Marshall para rescatar a Europa después de la Segunda Guerra Mundial, según el economista Jorge López Arévalo— en lugar de alentar el desarrollo ha servido en gran parte para controlar grupos, organizaciones y comunidades, muchas de las cuales son utilizadas como grupos de choque.

Ejercer el encargo de presidente municipal implica manejar un presupuesto alto, pero también desempeñarse como comisariado o agente municipal. Chamula, dentro del Fondo de Aportaciones Federales para la Infraestructura Social Municipal (FAISM), manejará este año 226 millones 223 mil pesos, lo que ubica a este municipio como uno de los siete a nivel nacional con mayor presupuesto en este rubro, superado únicamente por Ocosingo (740 millones), Chilón (512 millones), Acapulco (507 millones) Las Margaritas (372 millones), Tila (340 millones) y Chilapa de Álvarez (233 millones).

Estas cifras solo corresponden al FAISM, pero un municipio puede acceder a casi cien programas de apoyos económicos, lo que convierte a las alcaldías —en especial las pertenecientes a municipios indígenas— en centros de disputa por el manejo de presupuestos abundantes.

De acuerdo a la relatoría presentada ante el Tribunal Federal Electoral (TEPJF) por la presidenta municipal de Chenalhó (con 146 millones de presupuesto en el FAISM), Rosa Pérez Pérez —obligada a renunciar después de que el 25 de mayo de este año, fueron secuestrados el líder del Congreso del estado, Eduardo Ramírez Aguilar, y el diputado Carlos Penagos—, en su destitución no había motivos ideológicos sino económicos: “El tema que detonó el conflicto, fue la exigencia del síndico municipal y un grupo del poder afín, por otorgarle el 50 por ciento de los recursos federales, para la realización de obra pública, así como un sueldo mensual de 180 mil pesos”.

Élite política corrupta

En 2006, con Juan Sabines Guerrero llegó al gobierno estatal una clase política joven, depredadora del erario y frívola. Sabines fue de los primeros gobernadores en entender que ejercía un mandato sin contrapesos. Es más, encontró en Felipe Calderón a un aliado porque fue el primer gobernador del PRD que reconoció el triunfo del panista. Para evitar los conflictos internos el entonces gobernador inició una estrategia de comprar o reprimir a dirigentes sociales.

La deuda estatal, que en 2006 era de 800 millones y que correspondían a su gestión como alcalde en Tuxtla Gutiérrez, creció en seis años a 16 mil 412 millones, según la Secretaría de Hacienda, aunque de acuerdo con el exdiputado Neftalí del Toro fue realmente de 42 mil 200 millones de pesos, si se toman en cuenta pasivos, bursatilización y adeudo a proveedores. Pese a endeudar a Chiapas y depredar el erario —lo que llevó a decir al exgobernador Pablo Salazar que Andrés Granier, acusado por malversación de dos mil millones de pesos, era un párvulo al lado de Sabines—, la secretaría de Relaciones Exteriores lo nombró cónsul en Orlando, Florida.

La nueva clase política que arribó en el 2012, con apenas algunas salvedades, continuó con la estrategia depredadora del erario y la práctica de entregar recursos económicos para solucionar conflictos sociales.

En Chamula, de acuerdo a diferentes testimonios, los problemas para el presidente municipal iniciaron cuando no logró reunir 900 millones de pesos para entregar a las diferentes comunidades y en especial a quienes habían protestado por su triunfo en la elección de julio de 2015. Días antes de su muerte recibió 50 millones de pesos de Hacienda del estado, pero fueron insuficientes para calmar los ánimos violentos de los inconformes.

Chiapas es, junto a Oaxaca y Tlaxcala, de los tres estados que menos impuestos estatales recauda, con aproximadamente 1.5% de sus gastos totales, según el IMCO. Se calcula que capta dos mil millones de pesos anuales, de un presupuesto aprobado para este año de 72 mil 107 millones de pesos, aunque con las aportaciones extraordinarias alcanza los 80 mil millones de pesos, lo que la ubica como la quinta entidad con mayor presupuesto, después de la Ciudad de México, Estado de México, Jalisco y Puebla.

De acuerdo al Organismo Internacional de Cooperación y Desarrollo (Oxfam México), Chiapas es el estado que más recursos ha recibido en los últimos 20 años para combatir la pobreza, pero ésta en lugar de disminuir ha crecido, al abarcar actualmente al 76.2% de la población. Además, según el director ejecutivo de este organismo, Ricardo Fuentes Nieva, la entidad “ha experimentado un lento crecimiento por más de un siglo, profundizado en los últimos 35 años, lo que ha establecido un mercado de trabajo débil y desestructurado; presenta la tasa de trabajo asalariado más baja a nivel nacional y una de las más altas tasas de informalidad, que al segundo trimestre de 2015 alcanzó el 80%”.

Voracidad del Verde

Chiapas aportó el el 25% total de los votos del PVEM a nivel nacional, pero también una suma de conflictos postelectorales que tuvieron como escenario de protesta varios municipios indígenas y las principales ciudades de Chiapas, como Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal de Las Casas y Tapachula.

El crecimiento del Verde, además, fue a costa de prácticas que no tenían nada que ver con la legalidad electoral. De las 80 alcaldías ganadas por el PVEM, solo o en alianza, de un total de 122, hubo conflicto en el 80%. Las acusaciones fueron las mismas: compra de votos, alteración de actas, coacción de votantes, duplicación de boletas y conteos inconclusos.

Para registrar este crecimiento en las alcaldías y diputaciones locales (las cuales ganó todas las de mayoría), el Verde tuvo como aliado, aparte de los programas sociales de gobierno, a los consejeros del Instituto Electoral y de Participación Ciudadana (IEPCCH). La muestra más evidente y bochornosa fue la alteración del padrón de votantes para el diputado migrante, por demás una figura única en la República mexicana. Votantes chiapanecos que no habían viajado al extranjero de pronto aparecieron sufragando en Sierra Leona, Angola o Vietnam. Tampoco los consejeros velaron por la paridad de género y ante la resolución del TEPJF que mandató el cambio de candidatos, las mujeres tuvieron apenas 24 horas para hacer campaña.

Por estas razones, los siete consejeros y consejeras fueron destituidos de su encargo por el Tribunal Federal Electoral.

Aunque las diversas instancias avalaron las elecciones a favor del Verde, se abrieron heridas profundas en diversos municipios. En algunos, en especial, los conformados por habitantes indígenas, no se aceptaron los resolutivos del TEPJF. Surgieron conflictos poselectorales en Oxchuc, Chenalhó, Chamula, Chilón, Chanal, Tila, Amatenango del Valle e Ixtapa. Para acallar las protestas, el gobierno del estado puso en práctica otra vez la entrega de recursos económicos a los inconformes, bajo la figura de apoyo a artesanas o a comisiones de pacificación.

Con esa estrategia ha buscado subsanar el error de no reconocer los usos y costumbres para elegir presidentes municipales en las comunidades indígenas. En Chamula, todos los presidentes municipales habían emergido del PNR y del PRI. En esta ocasión decidieron que Domingo López González, quien ya había sido presidente por el PRI, contendiera por el Verde. En Chamula, ningún “pasado presidente” había repetido en el cargo y el puesto se otorgaba de forma consecutiva a los tres barrios principales.

El mismo juego prestidigitador pusieron en práctica en Oxchuc, en donde María Gloria Sánchez, quien ya había sido presidenta por el PRI en el 2004 (la primera, en una comunidad indígena de Chiapas), cambió sus colores partidistas por el Verde y sustituyó en 2015 nada menos que a su esposo Norberto López Sántiz.

Para el actual presidente del IEPCCH, Oswaldo Chacón Rojas, los pueblos indígenas no están formados en la tradición democrática de la cultura occidental y en ellos no cuadra la lógica de los partidos políticos: “lo suyo es procesar sus disputas de poder a través de los usos y costumbres”.

Al verse alterada esta tradición que el PRI había respetado con relativo éxito, detonaron los conflictos poselectorales en varios municipios indígenas de Chiapas, entre ellos Chamula.

Ingobernabilidad

El gobierno de Manuel Velasco se ha visto rebasado por los problemas heredados y los generados por su administración. El aura de corrupción e ineficacia de su gabinete le resta autoridad para hacer respetar la ley. Si un grupo se propone bloquear un camino, una carretera, incluso una autopista, no hay nadie quien lo impida.

El Estado de derecho es muy débil. Llevar a Chiapas hasta donde está cuesta trabajo, pero el gobernador se las ingeniado para dedicarle más tiempo a las revistas y a las campañas mediáticas que a reuniones ejecutivas con su gabinete. Un exsecretario dice, a condición de no citarlo, que en los tres años que colaboró con Manuel Velasco solo tuvo tres reuniones. Una por año.

El gobernador no se ha propuesto ser un hombre de Estado que contribuya a la consolidación de las instituciones, sino un estratega electoral que al fortalecer al Verde Ecologista, a Mover a Chiapas y a Chiapas Unido, ha avivado los conflictos sociales.

Chiapas es ahora una entidad con poca gobernabilidad que atraviesa además por una situación económica delicada, con un sistema débil de partidos y fuertes grupos de poder local.

Si no se generan contrapesos, si no se cambia, y con urgencia, ese sistema piramidal de rentabilizar todo, Chiapas seguirá siendo una olla de conflictos sociales.

El problema es que la clase política actual, joven pero avejentada prematuramente, parece no tener conciencia del camino al abismo a donde se encamina, ni tampoco las autoridades federales —que cargan con su propio descrédito— hacen algo para impedirlo.

En el 2018, cuando se renueve el gobierno, no sabemos el tipo de clase política que vendrá, porque cuando creíamos que se había llegado a la máxima expresión de ineficacia y corrupción, con Juan Sabines, se ha empoderado otra clase política que en nada envidia a la pasada, y que en lugar de innovar, recoge las mismas prácticas del pasado, basadas en la “cultura de la subasta piramidal”, cuyos resultados vemos hoy en el estado más pobre del país.

 

Sarelly Martínez Mendoza
Profesor de la Universidad Autónoma de Chiapas, miembro del Sistema Nacional de Investigadores y columnista del portal informativo Chiapas Paralelo.
Twitter: @sarellymm.

Ciudad de libros

Un misterio llamado B. Traven

El Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México inauguró este verano, en el contexto del año dual México-Alemania, una exposición sobre un escritor alemán y mexicano a la vez, uno de los más enigmáticos de todos los tiempos, a partir del material disponible en el B. Traven Estate. Hay cartas, manuscritos, fotos, máquinas de escribir: los objetos que lo rodearon en su vida, heredados a su muerte por su esposa, Rosa Elena Luján. En todos ellos está Traven. ¿Quién era? ¿Es posible saberlo al fin? La exposición ofrece pistas, pero no responde a la pregunta, que sigue todavía sin tener una respuesta clara, a no ser la de Paul Theroux: “El más grande misterio literario de este siglo”.

01-traven-1

Ilustraciones: Ricardo Figueroa

Existen al menos veintiséis biografías que tratan de resolver ese misterio, todas en vano. Nadie sabe con certeza dónde nació ni cuándo nació ni quiénes fueron sus padres: él mismo probablemente no lo supo nunca. Nadie sabe tampoco, con seguridad, en qué lugar pasó su niñez, qué cosas le sucedieron durante su juventud, cuál era su nombre de verdad, quiénes fueron sus amigos durante todos esos años. En su biografía no hay tíos ni primos ni abuelos ni hermanos. No hay nada.

Hace algunos años tuve el gusto y el honor de conocer, gracias a una de sus hijas, a la viuda de Traven: Rosa Elena Luján. Estaba ya grande, aunque conservaba todavía el aura de la belleza que la había hecho célebre en la década de los cuarenta. Platicamos en la sala de su casa sobre su marido. “Casi nunca le hacía preguntas”, me dijo, “porque sabía que a él no le gustaban”. Las preguntas eran además inútiles. “No creo que haya podido decir la verdad incluso si lo quería”, había dicho ella misma en otra entrevista, reproducida por Karl Guthke, el biógrafo de Traven. “Estaba todo tan hecho bolas en su cabeza que él mismo ya no sabía la verdad”. Un mes después de la muerte de su marido, sin embargo, ella confirmó, de acuerdo con su voluntad, lo que ya muchos sospechaban: que Traven era de verdad Ret Marut. No sabemos con certeza quién era Marut, pero sabemos que Traven era Marut.

 

La vida de Traven está documentada, por vez primera, en septiembre de 1907, bajo el nombre de Ret Marut, un actor que trabajaba en el teatro municipal de Essen, en Alemania. Marut reaparece después en Berlín, en 1910, como miembro del grupo de teatro Neue Bühne y, más tarde, en 1912, como tesorero del sindicato de actores de Danzig. La guerra de 1914 lo sorprende junto con sus compañeros en Dusseldorf, que deja meses después para llegar a Munich, la capital de Baviera. Ahí tiene que llenar, por orden de las autoridades, un cuestionario con datos sobre su biografía.

Según el cuestionario de la policía, Ret Marut nació el 25 de febrero de 1882 en la ciudad de San Francisco, hijo de William Marut y Helene Ottarrent. El padre desapareció muy pronto de su vida y la madre, que era actriz y cantante, zarpó con él hacia Europa, con el propósito de residir en Alemania. Marut tuvo ahí una niñez muy bohemia —caótica, en verdad— aunque no totalmente descuidada, pues aprendió a tocar el piano y el violín. A los diez años hizo algo que marcó su vida para siempre: abandonó su casa para nunca más ver a su madre, a quien detestaba. Es difícil imaginarlo en ese momento de su vida: solo, frágil, vagando sin rumbo por Europa. ¿Qué comía? ¿Qué ropa vestía? ¿Cómo viajaba de un lugar a otro? ¿Dónde dormía cuando llegaba la noche? En 1892 encontró trabajo como mozo de cocina en un barco que zarpó, ese verano, al fin del mundo: Oceanía. Llegó a Sydney, al este de Australia, y luego de cinco semanas procedió a Singapur y a la India, al parecer a Madras, para regresar luego de tres años de viajes al puerto de Rotterdam. Entre 1895 y 1897 volvió a la India. Más tarde, en 1899, cruzó el Atlántico para conocer América. Zarpó de Hamburgo a Río de Janeiro, bajó por el Cabo de Hornos, subió hasta San Francisco, regresó después por el Atlántico para recalar en Nueva York. En 1900 tornó a Rotterdam y más tarde, en 1902, llegó por tren a Viena, donde estudió literatura para ser actor de teatro en Alemania.

Nadie sabe si son ciertos todos estos datos, que sobreviven aún en el cuestionario de la policía de Munich. El apellido Marut, por ejemplo, que es polaco, no aparece en los registros de San Francisco. Traven, por lo demás, fantaseaba con facilidad y con frecuencia. Afirmó ser americano, noruego, croata, sueco, lituano, inglés y nicaragüense, y fomentó la idea de que era el heredero del empresario Emil Rathenau (fue dicho también que era el hijo no legítimo del kaiser Wilhelm II).

Su carrera en el teatro terminó en 1915, en Dusseldorf, donde conoció a la actriz Irene Mermet, con quien editó después la revista que publicaban los anarquistas de Baviera, idealista, incendiaria, que tenía el color y la forma de un ladrillo: Der Ziegelbrenner. Es el final de su vida como actor y el comienzo de su vida como revolucionario.

Marut vivió con intensidad los sucesos que desencadenó la derrota de su país en la Primera Guerra. En noviembre de 1918 fue proclamada en Munich, donde residía, la República de los Consejos. Ese mes los Wittelsbach, soberanos de Baviera, salieron exiliados de su reino, y el escritor Kurt Eisner, líder de los socialdemócratas, asumió por consenso la jefatura del gobierno de la República. Sobrevino después el desconcierto. En febrero Eisner cayó asesinado frente al Parlamento; en abril los comunistas tomaron el poder en Munich; en mayo la revolución de Baviera terminó aplastada por las tropas de Berlín. Sus líderes fueron entonces perseguidos sin tregua, entre ellos Marut, acusado de trabajar en el Comité de Propaganda de la República de los Consejos. Fue apresado, interrogado y condenado a muerte, pero logró escapar de la prisión con ayuda de sus guardias. Entre 1919 y 1923 vivió en la clandestinidad, al parecer en Viena, Berlín y Colonia. Viajaba muchas veces a pie, de ciudad en ciudad, durmiendo en el campo bajo las estrellas. Con ayuda de su compañera, Irene Mermet, hacía muñecas de juguete con retazos de tela para vender en los mercados de Alemania. En el verano de 1923 consiguió por fin escapar a Canadá, donde las autoridades lo deportaron a Londres, ciudad en la que fue arrestado el 30 de noviembre por violar la ley de migración del Reino Unido. Permaneció casi tres meses en la prisión de Brixton, aunque no la pasó tan mal, pues sus custodios le dieron, además de techo y comida, la tranquilidad necesaria para escribir en inglés el borrador de El barco de los muertos. El libro, publicado después en alemán, sería con los años un best-seller en todos los idiomas. Narraba con lujo de detalle las aventuras que el autor vivió de joven —sin papeles, al garete— en los buques que surcaban las aguas del Atlántico.

A principios del verano de 1924, Ret Marut desembarcó en el puerto de Tampico, al noreste de México. Son desconocidas las razones que lo llevaron a vivir ahí. Tal vez trataba de llegar a Estados Unidos con Irene Mermet, que lo dejó poco después para cumplir su deseo de residir en Nueva York; tal vez soñaba con aquel país desde sus noches en Londres, cuando leía sobre la Revolución en las páginas de Freedom, la revista que publicaban sus camaradas del East End; tal vez recordaba lo que le decían, cegados por el optimismo, los sindicalistas que frecuentaba en la clandestinidad de Berlín, uno de los cuales era representante de la Confederación General de Trabajadores de México. Eso no lo puede saber nadie con certeza. Al llegar al país, como quiera, Ret Marut desapareció para dar lugar a Traven, el pseudónimo del autor más enigmático del siglo XX. Así tuvo lugar la parte final de su metamorfosis.

 

La gente de Tampico lo conocía con el nombre de Traven Torsvan. Era un tipo solitario, no muy diferente al resto de los americanos que trabajaban en el negocio del petróleo: rubio, quemado por el sol, con los ojos azules y claros deslumbrados por la luz del trópico. Todos lo reconocían por su nariz, que era descomunal. Había nacido —según reveló más tarde, en su testamento— el 3 de mayo de 1890, en Chicago, hijo de Burton Torsvan y Dorothy Croves. Sus padres eran norteamericanos, aunque descendían de familias originarias de Noruega. Los años de su niñez, que fue solitaria, transcurrieron en el norte de Estados Unidos. Nunca asistió a la escuela, pues desde pequeño tuvo que trabajar en oficios muy diversos, entre ellos boleador de zapatos, panadero, voceador de diarios y ayudante del repartidor de leche. En 1900, a los diez años, llegó de casualidad a los muelles de Nueva Orleáns, donde fue reclutado como grumete por un barco de carga que tocaba los puertos del Golfo de México. Con el paso de los años tuvo la oportunidad de conocer el resto del mundo, sobre todo los países del oriente de Asia. En 1911 puso fin a su vida de marino, disgustado con el trato que le daban —así señalaría después, en una carta— los oficiales de un buque que navegaba con la bandera de Holanda. Vivió por unos años en el puerto de Mazatlán, al oeste de México. Más tarde residió también, por momentos, en los estados del sur de la Unión Americana. En 1914 cruzó de nuevo la frontera, esta vez por Ciudad Juárez. Desde entonces vivía en México, donde trabajaba en la pizca de algodón en Tamaulipas.

Nadie tenía motivos para poner en duda la palabra del señor Traven Torsvan. Era una persona que parecía seria. En el curso de 1925, mientras escribía sin parar en su casa de Tampico, agachado sobre las teclas de su Smith Premier, exploraba también los pozos de la Compañía Mexicana de Petróleo El Águila. El contacto con los petroleros le deparó la sorpresa de conocer a quien sería después el general Augusto César Sandino, que por esas fechas trabajaba como mecánico para la Huasteca Petroleum Company. Su relación con él fue muy estrecha, al grado de que, pasados los años, organizó varias colectas para mandar a sus tropas, hasta las montañas de Nicaragua, los fondos recaudados en la ciudad de México. Traven estuvo también vinculado con otros personajes de la izquierda, como el pintor Diego Rivera, que por esas fechas terminaba los murales de la Secretaría de Educación. Los frecuentaba en la capital, donde radicaba desde principios de 1926 en un cuarto del Hotel Pánuco, en la calle de Ayuntamiento. El éxito de sus libros, que firmaba ya con el nombre de B. Traven, le permitía vivir, finalmente, sin problemas de dinero. Acababa de terminar una novela que, transcrita después al inglés, John Huston habría de llevar a Hollywood con un nombre de leyenda: El tesoro de la Sierra Madre.

01-traven-2

En el verano de 1926 Traven participó en una expedición a Chiapas organizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia. En la lista de los participantes, todos mexicanos, aparecía con el título de “fotógrafo noruego”. No mentía, al menos no por completo: entre sus maestros en el arte de la fotografía —que conocía: hay fotos suyas en la exposición del Museo de Arte Moderno— estaban sus amigos Edward Weston y Tina Modotti. La expedición a Chiapas tenía la pretensión de recorrer todo el estado, pero llegó nada más hasta San Cristóbal, donde Traven la dejó para tomar imágenes de las comunidades de los Altos. Ahí fue donde escuchó hablar por vez primera de la selva.

Traven volvió a Chiapas a principios de 1928. En Ocosingo conoció a Enrique Bulnes, quien lo invitó a pasar un tiempo en la finca de su familia, El Real, situada en los linderos de la Selva Lacandona. Bulnes era todavía por esas fechas, a pesar de vivir con modestia, un hombre bastante rico, gracias a la explotación de la caoba que abundaba en la cuenca del Jataté. Era también un hombre culto, que hablaba bien el inglés, pues había vivido de joven en Estados Unidos. Llegó a ser muy amigo de Traven, a quien le escribía durante sus viajes a la capital (“muy señor mío y amigo”) para decirle que no tuviera cuidado, que sus caballos estaban bien atendidos en El Real. “Bulnes pertenecía a la vieja escuela”, escribió un explorador que lo conoció por esos años, “todavía bien conservado, a pesar de los vuelcos de fortuna que siguieron a la caída del general Díaz. Era rubio, de nariz aguileña, con un pequeño bigote dorado tocado de gris”. No fue nunca un ejemplo de benevolencia con sus trabajadores. A pesar de sus modales, amables y refinados, tenía la costumbre de castigar con azotes a sus peones, hombres o mujeres, al igual que la mayoría de los finqueros de Chiapas. “Don Enrique decía que era absolutamente la única manera de mantener en orden a la gente”, explicó en una carta a su familia el arqueólogo Alfred Tozzer, uno de sus huéspedes en El Real.

La finca estaba consagrada a la producción de café, que cortaban los peones que trabajaban en sus tierras, por lo general indígenas oriundos de los Altos. Sus corredores, divididos por columnas, donde colgaban las hamacas, estaban llenos de macetas con rosas. Eran uno de sus lujos. Había otros. La casa tenía, por ejemplo, una máquina para hacer hielos, donde don Enrique guardaba los vinos de La Rioja que mandaba traer de España por barco, para después hacer llegar a lomo de mula desde Veracruz. En aquella finca Traven intimó con un mestizo que había trabajado de joven en las monterías de la selva, un hombre llamado Amador Paniagua que estaba destinado a ser el principal informante de las novelas que formaron el llamado Ciclo de la Caoba, entre las que destaca La rebelión de los colgados.

Traven visitó por vez primera las monterías que todavía quedaban en la selva de Chiapas durante la primavera de 1930. Acababa de conocer en San Cristóbal al contador de la Casa Romano, un tal Yarela, quien le proporcionó una carta de introducción para Sergio Mijares. Traven estaba interesado en platicar con él sobre su tío, ya fallecido, un hombre siniestro, Fernando Mijares, así como también en visitar los restos de la central que dirigiera a sangre y fuego, San Román, en el corazón de Tzendales. Al llegar a El Real, sin embargo, cambió de planes: optó por explorar con apoyo de unos guías la región del Usumacinta. En enero pasó con ellos, en mula, por un caribal de lacandones, cerca de Nahá. Luego recorrió la laguna de Santa Clara, el cañón de Anaité, las ruinas de Yaxchilán, en el lodo, bajo los árboles, hasta llegar al cabo de varias semanas a la central de Nueva Filadelfia. Ahí permaneció unos días. Llevaba con él una cámara de bolsillo marca Leica, con la que tomó fotos de las trozas de caoba que esperaban en el tumbadero del Usumacinta. La central pertenecía desde hacía diez años a la Agua Azul Mahogany Company, una empresa basada en Canadá, cuyas instalaciones eran las más lujosas de la Selva Lacandona. La casa del administrador, por ejemplo, estaba hecha de madera, con techo de lámina para resistir las lluvias. Su baño tenía ducha y excusado y su recámara, cosa increíble, estaba todas las noches iluminada con bombillas de luz. Los trabajadores, de hecho, usaban tractores en vez de bueyes, a pesar de la dificultad que significaba llevar la gasolina tan lejos de la civilización.

Un año después de su viaje por la selva, Traven empezó a publicar en Alemania las novelas del Ciclo de la Caoba. En 1936 apareció la más brutal de todas, la quinta, con un título enigmático: Die Rebellion der Gehenkten. Fue traducida al español (a partir de su versión en inglés) por la hermana de quien sería el presidente más popular de México, la señora Esperanza López Mateos, entonces secretaria, delegada y confidente del autor que firmaba con el nombre de B. Traven. Por razones poco claras, Esperanza se quitó la vida en 1951, meses después de publicar La rebelión de los colgados. Al conocer la noticia, un periódico del gobierno reportó: “Murió B. Traven”.

La rebelión de los colgados contaba la tragedia de los peones que trabajaban en una montería de la Selva Lacandona llamada La Armonía. Estaba claramente basada en la historia: La Armonía es una copia de la central de San Román y su dueño, Don Acacio, es un retrato de Fernando Mijares, célebre por su crueldad, muerto a mediados de los veinte en una cárcel de San Juan Bautista de Tabasco. Así también, la insurrección que describe hacia el final está inspirada en un conato de rebelión que en 1908, parece ser, estalló entre los trabajadores de Tzendales, la zona de la central de San Román. La realidad fue pues la fuente de la ficción, aunque con el paso de los años los papeles acabaron invertidos: el impacto del libro resultó tan profundo, en efecto, que la historia terminó por imitar a la novela. Es imposible no ver hoy la vida de las monterías a través de Traven. La novela resultó un éxito de público sin precedentes, que muy pronto, como reguero de pólvora, propagó la historia de la crueldad de los madereros hasta los confines de Chiapas. Los Bulnes no sabían aún —nadie lo sabía— que el autor del libro era su amigo, el señor Torsvan. Cuando lo descubrieron, años más tarde, quedaron sorprendidos de que les pagara con esa moneda las amabilidades que con él tuvieron en El Real. La rebelión de los colgados tenía una fuerza narrativa considerable, desarrollaba una trama que era fácil de comprender. Pero desde el punto de vista de la historia era criticable por generalizar a partir de la experiencia de un caso que había sido excepcional, el de Fernando Mijares en la central de San Román. Para quienes conocían el tema, además, tenía detalles que le restaban credibilidad, como situar a los tzotziles de los Altos —protagonistas de la rebelión— en las explotaciones de caoba de la Selva Lacandona. Los monteros tenían en realidad un origen distinto. Eran por lo general mestizos, hacheros de Bachajón y vaqueros de Ocosingo, así como también hombres de río de Cabecera, Balancán y Comalcalco.

Traven habría de volver a Chiapas una vez más, años después, en abril de 1954, para filmar La rebelión de los colgados. La película fue rodada en un paraje de la Selva Lacandona, con fotografía de su amigo Gabriel Figueroa. Traven asistió a la filmación sin dar a conocer su identidad, escondido tras el nombre de Hal Croves. Así lo llamaban todos. Era de hecho el autor del guión de la película. Unos años antes, en su rancho de Acapulco, donde vivía muy tranquilo, el periodista Luis Spota lo había sorprendido con la noticia de que él, Traven Torsvan, era en realidad B. Traven. Por aquellos años, para colmo, sus editores comenzaban a rumorar que su nombre de verdad era Ret Marut, el anarquista de Baviera. ¿Qué secreto guardaba su pasado? ¿Algo vergonzoso? ¿Por qué no quería que la gente supiera quién era? Quizá por haber sufrido la persecución del Estado durante sus años rebeldes y anarquistas en Europa. Las fotos lo muestran a menudo con la mirada nerviosa, como de perseguido, en las raras ocasiones en que mira de frente a la cámara. Por lo general la veía de lado. “Siempre se volteaba un poquito cuando le tomaban fotos”, recuerda una de sus hijastras, que lo conoció por esas fechas, “o se ponía un cigarro en la boca para esconderse la cara, a pesar de que no fumaba, porque odiaba el cigarro”. A veces recurría a tácticas más sofisticadas: “Se ponía zapatos especiales, con tacón, para verse más alto en la calle”.

Traven Torsvan vivió sin mayores sobresaltos el ocaso de su vida, acompañado por su esposa Rosa Elena Luján. Antes de morir, en el seno del hogar, dispuso que sus cenizas fueran regadas en el río Jataté, cerca de la finca El Real. El 19 de abril de 1969 una avioneta Cessna de una hélice salió de Ocosingo para esparcir las cenizas de Traven en la Selva Lacandona.

 

Carlos Tello Díaz
Escritor. Su más reciente libro es Porfirio Díaz, su vida y su tiempo.

Ciudad de libros

Vigencia de El Periquillo Sarniento

Este 2016 se cumplen dos siglos de la publicación de El Periquillo Sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi, primera novela aparecida en Iberoamérica. Precedida por intentos narrativos en obras como Los sirgueros de la virgen sin original pecado (1620) escrita por Francisco Bramón, Los infortunios de Alonso Ramírez de Carlos de Sigüenza y Góngora (1690) y La portentosa vida de la muerte (1792) de fray Joaquín Bolaños, ninguna de ellas hace de la relación de hechos vividos por un ser humano tema central de su prosa. Novela como suma de acciones, con el desarrollo por un personaje experimentada a lo largo de la evolución de los acontecimientos, el libro aparece cuando México está a punto de obtener su independencia política. Correspondió a nuestro autor convertir al género en vehículo de entretenimiento y concientización. Más precisamente: de concientización a través del entretenimiento.

02-periquillo

Ilustración: Alberto Caudillo

“Porque muere la inspiración envuelta en humor, cuando no va su llama libre en pos del aire”, escribió Luis Cernuda. La ausencia de obras de imaginación en el continente americano se debió a la prohibición impuesta por España para que libros de tal naturaza tuvieran la difusión merecida. El antecedente del personaje central de la novela mexicana es un pícaro, cuyos antecedentes se encuentran en obras españolas  del siglo XVII, de manera notable El Buscón de Francisco de Quevedo y Villegas y Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán.  

En el primer centenario de El Periquillo Sarniento, Carlos González Peña, quien habría de convertirse en uno de los más atentos intérpretes de nuestras letras, tituló su conferencia dentro del ciclo organizado por el Ateneo de la Juventud, “El Pensador mexicano y su tiempo”. La iconoclasia del joven ateneísta subrayaba la torpeza narrativa de Lizardi, sus continuos paréntesis y disquisiciones pedagógicas. No obstante, le cede los honores de haber sido un iniciador y un pionero.

El año 1940 Agustín Yáñez revindica a Lizardi como caudillo intelectual de la naciente República al publicar en la Colección del Estudiante Universitario el importante estudio preliminar, la selección y las notas de la antología que tituló con el nombre del periódico más importante de su autor y editor, y con el que la posteridad conocería a Fernández de Lizardi, El pensador mexicano. El extenso y nutrido prólogo de Yáñez es un ejemplo de pasión, equilibrio y justicia a un escritor que tuvo la capacidad para distinguir entre el pelado, el pícaro y el lépero y hacer de los avatares de uno de tantos tema central de sus escritos.

De la misma forma en que Fernández de Lizardi convierte la calle y la ciudad en escenarios donde se llevan a cabo las aventuras y desventuras —más abundantes las segundas— de Periquillo, una nueva forma de reproducción gráfica democratiza la imagen y suprime el privilegio concedido sólo a unos cuantos de mirar en interiores obras de arte. El italiano Claudio Linati llega a México e introduce la imagen litográfica, más barata en su reproducción que el grabado y por supuesto que la pintura. Resultado de sus afanes es el libro, aparecido en 1828, Trajes civiles, religiosos y militares de México, donde el significado del vestido corresponde al significante del escenario urbano y social en el que sus personajes se desplazan. La primera litografía de su álbum corresponde a un lépero, explorador urbano, usuario inmediato de la calle. Si la literatura mexicana encuentra su equivalencia en diferentes modos de representación plástica, Linati y Lizardi exploran por diferentes vías los estratos sociales de una sociedad que atestigua el cambio acelerado en sus costumbres pero se mantiene estática en sus vicios tradicionales.     

Nació el autor el 15 de noviembre de 1776, año de la independencia de las colonias americanas. Murió el 21 de junio de 1829 en la casa número 27 de la calle del Puente Quebrado (actualmente República de El Salvador). Su epitafio fue escrito por él mismo “Aquí yacen las cenizas del pensador mexicano, que hizo lo que pudo por su patria”. Se desconoce el lugar donde reposan sus restos, pero la herencia viva del escritor se halla en todos los periodistas de combate, en todos los que hacen de su profesión arma y ariete.

¿Por qué volver a El Periquillo Sarniento a dos siglos de su primera publicación? Quien relee la novela o se interna por primera vez en sus páginas se hallará cautivado por el amplio espectro del habla cotidiana, la exploración de la ciudad en sus múltiples espacios —la cárcel, el hospital, y fundamentalmente la calle. Antes que cualquiera de sus contemporáneos, Fernández de Lizardi rescató al pícaro en nuestro mexicano domicilio, y demostró que “los estómagos hambrientos andan siempre adelantados”.

El gran estudioso de nuestra capital llamado Luis González Obregón dio a la luz un libro titulado México en 1810, donde hace la relación de los 19 mesones y las dos posadas existentes en una urbe de 200 mil habitantes. Ninguno de ellos, aunque proporciona los nombres de varios, incluye a los arrastraderitos descritos por el autor con una prolijidad hiperbólica digna de Dante, esos espacios donde se confundían desnudeces con olores y otras degradaciones de la especie.

Muy delicado para ser pobre, “enemigo irreconciliable del trabajo, flojo, vicioso y desperdiciado, tres requisitos que con sólo ellos sobra para no quedar caudal a vida por opulento y pingüe que sea”, Pedro Sarmiento es caricaturizado desde el nombre que le da título a la novela. Con él firma sus propias aventuras vitales y sale al mundo para sobrevivir. Novela dedicada a sus hijos, para que no imiten las que considera malas costumbres, interrumpen la lectura las continuas y constante disquisiciones. Pero como el gran y auténtico moralista que es, como hijo de la Ilustración que toca a las puertas del Romanticismo, nuestro autor triunfa en la descripción de tipos populares, en su registro del habla y de las instituciones de un sistema tres veces secular a punto de llegar a su fin, pero que requerirá de varios años en la construcción de nuevos y transitables caminos institucionales.

Para la lectura de la novela existe la edición aparecida por primera vez en 1980, en los números 86 y 87 de la Nueva Biblioteca Mexicana de la UNAM. Las prolijas y eruditas notas de Felipe Reyes Palacios enseñan y ayudan a leer el libro con la dedicación que merece. Ha continuado el proyecto de publicar las Obras completas de Fernández de Lizardi, bajo la dirección de María Rosa Palazón, coordinadora igualmente de las antologías aparecidas en la colección Los imprescindibles (Ediciones Cal y Arena, 1998) así como en la serie Viajes al Siglo XIX, bajo el título El laberinto de la utopía (UNAM-FCE-FLM, 2006).

Dos años después de El Periquillo, el autor publica su “Guía de forasteros” o “México por dentro”. La ciudad entra en la poesía no como un escenario sino como un personaje con los nombres de sus calles, de acuerdo con la adecuación que el autor otorga de manera satírica a los que en  ellas viven o transitan.

La calle de la Quemada
tiene solos muchos cuartos;
¡lástima! porque hay casadas
que debieran ocuparlos.
En la calle de Cadena
viven los enamorados;
pero otros suelen vivir
en la calle del Esclavo.
En la calle de los Ciegos
(ciegos son muchos casados)
viven varios, y después
pasan a la del Chivato.
Si buscares pretendientes
anda a la calle del Arco
pues con tanta reverencia
están los pobres doblados.
En Puesto Nuevo hay algunos
que lograron alcanzarlo,
y por la Merced hay otros
que sin blanca se han quedado.
El pretendiente en la calle
vivirá de los Parados;
y más si en Puente de Fierro
tiene su vicio ordinario.

El próximo 2017 recordaremos los 150 años del establecimiento de la Biblioteca Nacional. Hija del pensamiento liberal, su funcionamiento sigue vivo bajo la custodia de nuestra Universidad Nacional. Entre sus antecesores tiene un lugar de honor Fernández de Lizardi, quien ante la imposibilidad de que la totalidad de la población poseyera los libros que combatieran la ignorancia, insistió en la fundación de una Sociedad Pública de Lectura, que abrió sus puertas en la calle de la Cadena (actualmente Uruguay). Para Lizardi “de nada sirve la libertad de imprenta a quien no lee, y muchos no leen porque no saben o no quieren, sino porque no tienen proporción de comprar cuanto papel sale en el día, con cuya falta carecen de  noticias útiles y de la instrucción que facilita la comunicación de ideas”.

Al igual que otros periodistas, en el folleto, la hoja volante o el escenario teatral, José Joaquín Fernández de Lizardi encontró vehículos para desarrollar su lucha contra la autoridad. Vivió para ver a su patria libre de la tutela española pero supo ver con clarividencia que una cosa es ser independiente y otra ser libre. Por eso escribe en una parte de su testamento: “Dejo a los indios en el mismo estado de civilización, libertad y felicidad a que los redujo la conquista, siendo lo más sensible la indiferencia con que los han visto los congresos, según se puede calcular por las pocas y no muy interesantes sesiones en que se ha tratado sobre ellos desde el primero”.

Lizardi escribió su novela debido a las prohibiciones de su tiempo para difundir ideas políticas a través de los periódicos por él fundados, financiados, escritos, impresos y distribuidos. Su estafeta será tomada por generaciones sucesivas. Cuando a mediados del siglo XIX la ley Otero coloca una mordaza a la difusión del pensamiento político, Francisco Zarco se dedica a publicar crónicas de modas en las que siempre halla el modo de ejercer su pensamiento crítico e introducir su ideario político. Lo mismo sucede con Fernández de Lizardi, que a través de su novela El Periquillo Sarniento da fe un sistema político que está a punto de llegar a su fin. Su prédica continúa siendo actual en muchos sentidos, y sus tipos populares son los que desfilan cada día en nuestro mexicano domicilio.

 

Vicente Quirarte
Investigador del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y del Colegio Nacional. Ha publicado poesía, narrativa, teatro, crítica literaria y ensayo histórico. Su libro más reciente es la novela La isla tiene forma de ballena.

Postales literarias

Saul Bellow en Jerusalén

Dice la escritora catalana Nuria Amat en su libro Viajar es muy difícil: “Las ciudades están hechas de personas. Las ciudades literarias están hechas de escritores. Qué mejor recuerdo del viajero para con el lector (viajero también él pero quieto) que el envío de una postal ofreciendo la imagen viva y coloreada de las mejores instantáneas de viaje. Qué mejor regalo para un lector que las vistas de distintos escritores moviéndose por la ciudad fantasma”.  Esta columna intenta recuperar las postales que han dejado los escritores de lugares para ellos entrañables

Salí a caminar con Dennis Silk. Estaba de un ánimo idóneo para visitar los monumentos de Jerusalén. Entramos en la Ciudad Vieja por la Puerta de Damasco y recorrimos las callejuelas abovedadas. La suciedad de los bazares me resulta deliciosa. Me maravilla ver a los asnos salir marcha atrás de un dormitorio o de uno de esos compendios de dormitorio-taller-cocina, o de las panaderías, o de los establecimientos de los cesteros. En las callejuelas, los sastres trabajan al pedal de sus viejas singer, las máquinas de coser. Me gustan bastante los souvenirs que se fabrican para los turistas y que cuelgan de cordeles tendidos sobre los dinteles: collares, recuerdos, lámparas de arcilla, cinturones, pellejos de cordero y fundas para los cojines sobre los que uno se arrodilla, tendidas sobre una manta en el suelo: para cualquier carroñero, el cielo mismo. Y los árabes con sus kefias bien atadas a la cabeza, con hebras de esparto entretejido, que fuman sus narguiles en los rincones. […] Llegamos a una especie de establecimiento dedicado al body-building cerca de la Vía Dolorosa. Si lo llamo “establecimiento de body-building” es porque difícilmente podría describirse como si de un gimnasio se tratara, a pesar de lo cual se dedican al fortalecimiento del cuerpo. Las paredes no son exactamente paredes, sino una especie de oquedades y abultamientos dentro de una estructura de mayores proporciones. El espacio lo ocupa una inmensa colección de objetos inclasificables. […] Unos cuantos muchachitos árabes manipulan febrilmente los pomos de un futbolín. […] Al lado hay una sala para los atletas. Las paredes están empapeladas con fotografías de fortachones con leotardos y pieles de leopardo por toda vestimenta. Unos aparecen solos, exhibiendo los hombros, los muslos, los brazos. A todos los rodean sus familias, embelesadas de admiración. No me queda del todo claro si con bíceps tan poderosos de veras sería posible abrazar a los seres queridos. […]

03-jerusalen

Ilustración: Pablo García

Desde este atestado gimnasio vamos a visitar un asentamiento adjunto a la techumbre de la Iglesia del Santo Sepulcro. Tras ascender por una escalera de piedras rotas, se llega a un muro almenado a partir del cual se vuelve a descender por unos cuantos peldaños hasta un solar hundido bajo la cúpula, en donde se ven personas de considerable estatura y de pie a pesar de lo bajo de los techos. Con la humedad de diciembre, se nos acerca un hombre negro y vestido con negras prendas. Es uno de los miembros de la reducidísima secta de etíopes que reside en estas cuevas que tiene derechos ancestrales sobre el Santo Sepulcro, que se halla más abajo aún. Ha anochecido, aumenta la humedad. Caminando al azar, hallamos una estrecha escalera por la cual bajamos. Dennis explica que hace unos ciento diez años, los rivales coptos de esta secta se las ingeniaron para cambiar las cerraduras de las puertas que daban acceso directo al patio de la iglesia, de modo que durante más de un siglo estos hombres de raza negra han tenido que dar un largo rodeo. Hasta la Guerra de los Seis Días, los etíopes no lograron que se cambiaran de nuevo las cerraduras; a partir de entonces volvieron a hacer uso de las puertas que les pertenecían. Disponen de dos pequeñas capillas con imágenes sagradas —bastante primitivas y unas franjas de pintura carmesí, verde y amarilla en los muros, así como algunos de los retratos de los patriarcas, con sus luengas barbas blancas y sus miradas penetrantes. Entre las sombras se materializan unos cuantos sacerdotes con sus tejas redondeadas. Hace siglos se hicieron fuertes en este espacio y se aferran contra viento y marea a la piedra de este venerado lugar.

Fuente: Saul Bellow, Jerusalén ida y vuelta (traducción de Miguel Martínez Lage), Random House Mondadori, Debolsillo, 2009.

 

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir, coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas, Anuncios clasificados y compiladora del volumen Así escribo.

Crónica

El grito de Hidalgo

En El azar y el destino. Viajes por Latinoamérica (Siruela) Cees Nooteboom constituye un relato de múltiples travesías, un testimonio de las primeras experiencias en diversos países de nuestro continente. En estas páginas publicamos la crónica que dedicó a la Ciudad de México, acompañada de una entrevista con Alejandro García Abreu en la que el escritor neerlandés reflexiona sobre el devenir histórico y la relación entre la imagen y la palabra

Llevo ya un par de días en Ciudad de México y he alcanzado el elevado estado de flotación. Uno flota cuando carece de obligaciones, cuando empieza a enterarse un poco de las leyes secretas que rigen el transporte urbano, cuando sale del hotel por la mañana sin estar muy seguro de lo que va a hacer. Son esos días en que puedo fingir un poco que formo parte de este mundo. Esta mañana no cuelga del cielo ningún telón envenenado. La gente se encamina hacia un gran objetivo, el cabello húmedo, la camisa aún blanca y planchada.

01-hidalgo-1

Ilustraciones: Izak Peón

Hago cola frente a una combi, uno de esos minibuses Volkswagen pintados de verde con un par de asientos. La primera vez que me subí a uno dije “Zócalo”, porque ése era el destino final, y pagué quinientos pesos. El conductor me tendió su mano ciega para entregarme el cambio y así supe el precio del trayecto, unos veinte centavos. El autobús resulta más económico, menos de cinco céntimos, pero es más lento y suele estar lleno. En las combis vas muy apretujado pero las prefiero a los taxis, porque al menos no hay que negociar el precio, que es un fastidio.

Me gustan las calles que rodean el Zócalo. Esa zona de la ciudad aún tiene una medida humana, con sus cafés, restaurantes y librerías de viejo. Doy unas vueltas por el barrio, compro un par de libros de texto de los años veinte, paseo por las calles llamadas Brasil y Cuba y leo el periódico en una plaza junto a la iglesia de Santo Domingo. A mi lado un hombre canta en voz baja, repitiendo constantemente las mismas palabras. Mientras canta no aparta la vista del quiosco y de pronto entiendo lo que dice: “Sistema de funcionamiento vial del área central de la ciudad”. Ésa es la frase que está escrita en el quiosco, una prosa burocrática intraducible. Cada vez que repite la frase ensaya un nuevo tono moviendo un poco la cabeza. Me gustaría cantar con él, pero me toca trabajar. Hay mucho que ver. Una mujer indígena envuelta en un espléndido rebozo se ha sentado a mi lado, pero se pone en pie cuando oye cantar al viejo. No hay razón para ello, quisiera decirle, el hombre no le hará nada, pero ella, sentada en el banco contiguo, nos mira a los dos como si la cosa fuera a acabar mal. Nada va mal. Hay limpiabotas en cada esquina de la plaza. Me encantaría saber dibujar. El chiringuito de los limpiabotas consiste en una silla roja entoldada colocada sobre una plataforma con ruedas. La silla también tiene ruedas, quizá para poder entrarla en casa por la noche. En el centro de la plaza una mujer de piedra se alza sobre un pedestal en medio de una fuente. Los chorros de agua le llegan desde abajo. La plaza está pavimentada con grandes piedras negras. Sepultada bajo el Zócalo se extiende la gran ciudad antigua. Siento cómo el pasado rechina y perfora la parte inferior del pavimento. Todo está un poco inclinado, no sé si será por el paso del tiempo o por el gran terremoto. A mi izquierda, sentados en una galería bajo unas casas de color rojo oscuro, se encuentran los escritores, los auténticos escritores. Cada escritor tiene un cliente al lado de su minúsculo escritorio, que más bien parece un confesionario. El cliente ha prescindido temporalmente del resto del mundo, tan concentrado está en contarle al escritor lo que quiere que le escriba. Ya me gustaría a mí tener a alguien así a mi lado. Mientras paso lentamente por delante de ellos, escucho fragmentos de frases, suficientes para azuzar la imaginación pero insuficientes para captar la realidad. ¿De qué tratan esos escritos? Asuntos jurídicos, cartas de amor, noticias de hijos perdidos, mensajes destinados a inimaginables pueblos de una remota provincia. Tanto el cliente como el escritor muestran una expresión de seriedad absoluta. Esto es arte de magia. El escritor escucha primero con extrema atención, luego se inclina hacia la cabeza curtida que tiene enfrente para consultar; se pone a teclear; se queda mirando el cielo nublado como un escritor auténtico; vuelve a formular una pregunta; la cabeza de enfrente asiente o niega o argumenta, y el escritor continúa escribiendo. Un barrendero enfundado en un mono naranja barre las trizas de papel arrojadas al suelo. Un poco más allá trabajan los maquetistas y los impresores. Oigo el suave tictac de pequeñas impresoras. Imagino cómo podría yo fabricar un libro en esa plaza: mirar, escribir, maquetar, imprimir. Pero hoy no toca escribir, hoy toca mirar.

Me acerco a la iglesia donde está trabajando un cincelador. Al entrar me llega el sonido del hierro sobre piedra. Siempre hay unas cuantas personas rezando en silencio en las iglesias. Es similar a España pero diferente. En España también he visto una apasionada devoción en la gente, pero aquí la expresan con mayor intensidad. Sus miradas se pierden en las imágenes, en las terribles escenas. En la parte frontal de la iglesia yace un Cristo como si acabara de ser derribado a golpes. Sus pies, cruelmente mutilados, parecen pezuñas ensangrentadas. Entra un joven con una cartera en la mano. Se hinca de rodillas ahí donde su mirada alcanza el rostro mutilado. Yo, por mi parte, me he colocado en el lugar adecuado para observar, cual voyeur, este extraño vis-à-vis, aunque soy consciente de que lo que hago no es muy correcto. Racionalmente puedo entender el tipo de transacción psíquica que tiene lugar en la iglesia, pero sería un descaro quedarse observando demasiado rato a una persona que le habla a una imagen.

En México es difícil eludir la sangre. La idea de la mutilación, la automutilación y la muerte está siempre presente tanto en sus formas trágicas como cómicas. Calaveras hechas de azúcar, las viñetas de Posada, esqueletos danzantes, las reproducciones en los códices de los aztecas que se lesionan con las puntas letales del maguey y del aloe hasta hacerse sangre… Es como si existiera una conjuración de sangre bajo esta sociedad y hubiera que conjurar la muerte (la muerte es un nombre femenino en español) para mostrar de continuo sus caras más frívolas. Por todas partes pueden comprarse esqueletos vestidos con prendas de personas muertas a las que se representa en sus ocupaciones cotidianas, calaveras que se besan felices las unas a las otras, un muerto con su copita de mezcal, carniceros, verduleras, guitarristas, todos muertos, como si la vida después de la muerte continuara como si tal cosa y los muertos, impertérritos, llevaran una vida propia con sus calaveras dibujadas de yeso riéndose obscenamente. En realidad todo resulta bastante simpático.

El joven se ha puesto en pie. Ha finalizado su diálogo unilateral con el hombre sangrante y abandona la gris iglesia neoclásica iluminado por una franja de luz. A lo lejos oigo caer dinero en la caja metálica para las limosnas, metal sobre metal, un sonido muy sinfónico acompañado del estruendo de los autobuses procedente de la calle de la República de Cuba. Otro individuo se arrodilla. Son hombres los que acuden a visitar a este hombre mutilado.

01-hidalgo-2

Al salir “veo” ese otro sonido que debo de haber oído durante todo este rato. Es un hombre que golpea la tierra con una pica. Lo miro como se mira algo que en realidad no se ve. No es hasta que he cruzado la plaza en dirección al Zócalo cuando recuerdo el olor de la tierra abierta, seca y vieja. Acabo de contemplar la tierra de la ciudad antigua, la ciudad que vio Cortés en medio de la laguna. Agua quemada, como la llaman aquí, el agua evaporada y secada de la gran laguna, Atl Tlachinolli, donde los templos estaban anclados para siempre como naves. Pero no hay tiempo para el siempre. Los españoles demolieron los santuarios y con éstos construyeron su maciza catedral negra que se yergue, inclinada, en la plaza de piedra justo frente al Palacio Nacional. Detrás de la Catedral, debajo de mí, se encuentran los restos del gran templo. El grosor de la tierra crece cada vez más, vivimos sobre el polvo de nuestros antepasados. Veo las escaleras, los restos de grandes serpientes de piedra, pero no quiero bajar en ese momento. Permanezco en el mundo superior, el mundo de los vivos: agentes con metralletas y fieros perros, soldados con cascos apostados frente al palacio, vendedores de nueces, un grupo de indígenas bailando, mendigos, mujeres viejas. Debajo de mí se remueve el pasado de un mundo desaparecido y de un culto extinto que exigía sacrificios humanos. Los dos metros que me separan de la ciudad antigua equivalen a seiscientos años, pero hoy no quiero descender a ese mundo.

 

También en la Catedral se lleva a cabo un sacrifico humano. Entro por la puerta justo en el momento en que se alza el cáliz con la sangre de Cristo. Pocas veces dos civilizaciones se habrán acoplado con tal precisión. Sangre que ha de servir para invocar al sol a diario, sangre de un Dios que se sacrificó a sí mismo con el fin de redimir a la humanidad. Para el alma nórdica esa sustancia roja resulta desagradable y un poco obsoleta, como si ya no tuviera cabida en la era digital, como si se pudiera prescindir de ese misterioso jugo animal que en televisión parece irreal y que suele representarse como una mancha oscura y húmeda donde yace encogida una persona. Se me ocurre pensar que el cuerpo debería ser un organismo cerrado. Lo que no sé es que ese día me confrontaré con la sangre dos veces más.

Al final sí que me adentro bajo tierra, aunque esta tierra pertenece al presente. No queda rastro del agua quemada azteca. Donde en otros tiempos las embarcaciones de caña arribaban con el botín de las tierras conquistadas ahora circula el metro. El trayecto es largo. Me dirijo a Coyoacán, a la casa de Trotski. Curiosamente, siempre aparecen concordancias entre las cosas: el pico que acabo de ver en la iglesia de Santo Domingo y el que usó el asesino enviado por Stalin para partirle la crisma a Trotski. Otro sacrificio, más sangre. Pero aún no he llegado a este punto.

Estoy sentado en un banco al sol en la plaza de Hidalgo, en Coyoacán. Suena la música de un organillo. Una cinta de melancolía atraviesa la mañana soleada, una melodía que evoca una sensación de despedida. Dios sabe por qué me viene a la mente la batalla de Verdún. Es absurdo, pues en las inmediaciones de la estatua de Hidalgo hay otras batallas para rememorar. Fue precisamente por intervención de ese hombre, que gesticula con vehemencia en la plaza, que se abrió la herida secularmente infectada de la historia colonial mexicana: fue él quien lanzó el Grito con que incitó a sus feligreses a levantarse en armas contra los españoles. Y fue entonces cuando la herida empezó a supurar.

En la época a la que me refiero México llevaba ya siglos gobernado por una sucesión de virreyes. El odio entre los criollos (gente con mezcla de sangre indígena y española) y los gachupines (los inmigrantes españoles y sus descendientes) es profundo. Los criollos quieren independizarse de España. En Europa ha estallado la Revolución francesa. Godoy, primer ministro bajo los Borbones, deseoso de vengar el magnicidio de Luis XVI, había sido derrotado por los republicanos una y otra vez y, tras la humillante paz de 1795, fue usado por Napoleón para la anexión de España. A continuación, cuando no se opuso al arresto del rey español, fue expulsado del país por los españoles indignados. En ese momento hay un virrey en México, pero España está sin rey. Ha llegado el momento del levantamiento popular. El gobierno colonial, la Audiencia, pretende seguir gobernando en nombre del rey arrestado, pero los criollos, siguiendo el ejemplo de las ciudades libres españolas, constituyen una junta provisional (con la intención de que sea definitiva, claro está) que asuma el gobierno hasta el regreso del rey. El virrey en ejercicio, José de Iturrigaray, creía que España no tenía ninguna posibilidad de vencer a Napoleón y apoyó, primero en secreto y luego abiertamente, el bando de los criollos, por lo que fue arrestado por los gachupines. Lo que sigue es el caos. De no ser un episodio histórico que hiede a sangre, se parecería a un vodevil de Feydeau de esos en los que las personas equivocadas irrumpen continuamente por las puertas equivocadas y se acrecienta el enredo. Por la puerta, que no será ni mucho menos la última, asomará finalmente el cura del pueblo, Miguel Hidalgo y Costilla, pastor de la pequeña localidad de Dolores. Cada año el presidente del gobierno de México lanza el Grito, hoy ya huero, desde el balcón del Palacio Nacional. Es el eco que aún resuena de aquel primer grito de Hidalgo, la señal de partida del gran levantamiento.

Tras la detención de Iturrigaray los criollos desencantados buscaron amparo en las sociedades “literarias” secretas, con nombres como los Caballeros Racionales para subrayar su origen jacobino y el esplendor de la Ilustración. Todo aquello llevaría a episodios muy oscuros en la historia de México. Resulta difícil relacionar al santo representado en los libros de texto de los escolares y en las pinturas murales de Rivera y de otros artistas con este cura de pueblo que creía liderar un levantamiento, pero que de hecho fue arrastrado por él hasta el sangriento final. Se trataba de un plan sencillo. Hidalgo era miembro de la sociedad literaria de Querétaro que fraguaba una conspiración.

El 8 de diciembre de 1810 una unidad del ejército bajo el mando de Allende se pronunciaría (por eso el alzamiento se llama “pronunciamiento”) a favor de la independencia de México con respecto a la España de Fernando VII. Dado que en las sociedades literarias es imposible guardar secretos, las autoridades descubrieron la conspiración.

El 13 de septiembre fueron arrestados algunos de los conspiradores. Allende recorrió los setenta y cinco kilómetros de distancia de Querétaro a Dolores para preguntarle a Hidalgo lo que había que hacer. Así es como empiezan las revoluciones, así acaban los párrocos de pueblo colocados sobre un pedestal, así es como los héroes acaban figurando en los nombres de las calles, así mueren miles de personas. Hidalgo convocó a una tropa de indígenas que trabajaba para él y lanzó el primer Grito. “¡Viva nuestra madre santísima de Guadalupe! ¡Viva la independencia!”. Una semana después era el líder de cincuenta mil insurgentes. El cura convertido en generalísimo se autoproclamó capitán general de América, se hizo llamar Alteza Serenísima y cruzó el país arrasándolo todo a su paso hasta que, a diez días del inicio del levantamiento, se encontró ante Guanajuato. Lo que siguió fue un terrible baño de sangre con sus correspondientes robos, violaciones y asesinatos.

A partir de ese momento se sublevaron por todo el país los seguidores de Hidalgo, sin organización, mal entrenados, desconfiando los unos de los otros. La guerra de la independencia se había transformado en una lucha de clases y los criollos, hasta entonces envidiosos de los españoles nativos, comprendieron que el giro que habían tomado los acontecimientos no les convenía. En colaboración con sus enemigos organizaron dos ejércitos para detener la insurgencia popular que amenazaba a la propia Ciudad de México. Hidalgo, quien en una etapa anterior había prescindido de Allende, pagaba ahora su falta de experiencia militar. Se dejó retener por una pequeña tropa de no más de siete mil hombres que podría haber vencido con facilidad. Éste fue el principio del fin. Sus indígenas empezaron a huir, el delirio colectivo y la euforia pertenecían al pasado. Con una tropa fuertemente mermada y desmotivada, Hidalgo y Allende se reagruparon cerca de Guadalajara donde, aún con ochenta mil hombres, esperaron el ataque de Calleja, uno de los militares más brillantes de su época que se enfrentó a ellos con seis mil soldados disciplinados. La tropas indígenas de Hidalgo se apostaron cual piezas de ajedrez inmóviles sobre las cimas de los cerros, por lo que las rápidas unidades de Calleja no podían enfrentarse a ellas. (Exactamente lo mismo sucedió en 1991 durante la Operation Desert Store.) Los insurgentes fueron dispersados a golpes y, por emplear una metáfora culinaria, acabaron hechos picadillo. El gobierno de Hidalgo emprendió la huida. Las hilachas de sus tropas desentrenadas fueron apresadas en febrero de 1811 y obligadas a realizar, junto con todo el Estado Mayor, un viaje atroz de trescientos kilómetros hasta Chihuahua. A los curas los entregaron al tribunal eclesiástico, los demás fueron ejecutados de inmediato. Los ríos de sangre, que Hidalgo había mencionado en una de sus arengas, empezaron a correr de verdad. Él mismo, tras ser condenado por hereje y “otros delitos”, fue fusilado después de firmar un patético escrito de retractación en el que manifestaba su arrepentimiento y reconocía su culpa.

Después le tocó al siguiente santo, José María Morelos, ascender el Monte Calvario de la historia mexicana. También él fue cura pero además un auténtico hombre de Estado y un líder militar muy capacitado. Sus ideas eran buenas y, como tales, una prefiguración de la Revolución mexicana de ese siglo. Pero también él fue abandonado por la clase pudiente criolla. Acabó siendo capturado por los realistas, expulsado del sacerdocio por el Santo Oficio (la Inquisición aún existía en México), condenado por blasfemia y herejía, entregado al poder terrenal y, finalmente, ejecutado. La historia. “Una mezcla de errores y violencia” (Goethe), producto del “melancólico azar en el transcurso insignificante de los asuntos humanos” (Kant).

 

Miro de nuevo la estatua de Hidalgo, su figura achaparrada, su puño derecho alzado contra el fondo del cielo azul, su llamada a la violencia. ¿Se equivocó al arengar a la población? Semejante pregunta pertenece a la sección de absurdos. Y sin embargo, ¿existe una relación entre su historia y estos niños en chaquetitas rosas que revolotean tan independientemente por esta plaza? El organillo sigue tocando; una paloma se ha posado encima del águila que corona el quiosco de música; una luz de bronce procedente de la iglesia colonial ilumina la apacible placita; las alheñas han sido recortadas; resplandecen los bancos de hierro fundido pintados de blanco; una pareja de recién casados sale del Palacio Municipal de color ocre. La miseria y la discordia que imperan en el resto del país aquí no se advierten por ningún lado. Los caídos en las batallas, los asesinatos y las ejecuciones de otras épocas permanecen vivos en las pinturas murales de Siqueiros y Rivera. “El sentido de la historia sólo puede ser descubierto retrospectivamente, cuando la gente ha dejado de actuar y empieza a contar el relato de lo que ha sucedido…”, dice Hannah Arendt (en La vida del espíritu, parte II). Pero ¿es eso cierto? Hidalgo es para unos un héroe y para otros un fracasado que sólo trajo desgracias. La frase de Arendt la he citado a medias, sigue el resto: “… entonces parece como si los hombres que persiguen sin rumbo objetivos contradictorios fuesen guiados por el ‘designio de la naturaleza’, por el ‘hilo conductor de la razón’”. Cito a Arendt que a su vez está citando a Kant. Todo esto es demasiado para un hombre sentado al sol en un banco de hierro en una plaza de Coyoacán que además está escuchando la música de un organillo. Pero, claro, como la historia no acaba nunca, las preguntas son inevitables. Y las respuestas nunca del todo satisfactorias.

Junio de 1988

 

Cees Nooteboom
Escritor. Ha publicado: Rituales, Una canción del ser y la apariencia, Philip y los otros, Hotel nómada y Los zorros vienen de noche, entre otros libros.

Traducción del neerlandés de Isabel-Clara Lorda Vidal.

Entrevista

Alquimia de la palabra y la imagen
Entrevista con Cees Nooteboom

Alejandro García Abreu: En Zurbarán. El pintor del misticismo recuerda que el artista español leyó a san Juan de la Cruz y a Teresa de Ávila. ¿Cómo relaciona su propia espiritualidad con la obra de Francisco de Zurbarán y la de los otros dos místicos?

Cees Nooteboom: En la novela Rituales planteo que el misticismo es posible también sin fe. Se puede decir que algunos compositores también son místicos. Hubo compositores religiosos como Bach quien, para mí, fue un místico. Pero también es posible la trascendencia sin un credo definitivo. Mi educación fue con monjes. Zurbarán es trascendente, al igual que Teresa de Ávila y san Juan de la Cruz. Vermeer también es un místico, tiene otro tipo de trascendencia.

AGA: Evoca los interiores de Johannes Vermeer en El enigma de la luz. Un viaje en el arte.

CN: Es verdad. El de Vermeer es un mundo diferente, es difícil describirlo. He descubierto algo similar en la obra de Edward Hopper. Los dos tienen temas novelísticos, imaginan a personas en una habitación. La del joven que está tocando música con un señor es una escena de una intimidad increíble. Lo mismo pasa con Hopper: una mujer en su habitación tomando el sol en su cama es una escena sobre la soledad.

02-alquimia

Ilustración: Sergio Bordón

AGA: En “Confusión antigua”, discurso pronunciado en el Auditorium Maximum de la Universidad de Munich en 1991 incluido en Cómo ser europeos, afirma que “la historia es una sustancia que se autosegrega, una concatenación que se dispara a sí misma de causas y efectos, de azares y fatalidades”. ¿De qué manera percibe los años que median entre el discurso dictado en Alemania y la actual realidad europea, en función del devenir histórico?

CN: Se puede contestar de diversas maneras. Lo que he dicho sobre la máquina de la historia es variable. Soy un ciudadano decepcionado. Hemos sido engañados porque los políticos piensan que con lo económico —lo monetario, lo bancario— se puede hacer una unión. Hay personas que ven que de esa manera no es posible. No es una cuestión de filosofía. El mecanismo de control desde Bruselas habría sido más grande. No todos lo quieren porque muchos hablan de su soberanía. La soberanía es un bien pero los países soberanos no quieren que las reglas valgan para ellos, no se puede competir con la Latinoamérica emergente ni con Asia, que no tienen los problemas éticos que poseen los europeos. No soy un experto en finanzas, por eso digo “engañado”. He estado en Japón y en China. Percibo lo que sucede allí. También he viajado por Latinoamérica. Tienen terribles problemas políticos. En los viajes he leído los periódicos. He estado en Chile, Argentina, Uruguay, Colombia y México, entre otros países. Veo cómo los países reaccionan ante los asuntos poco democráticos. Leí El Tiempo, La Nación, El Mercurio, y en todos había algo positivo, pero también mencionaban los problemas relacionados con la democracia. Lo que ocurre en Europa es una decepción. Se afirma que no queremos aceptar la dictadura de Bruselas, pero si vas a Estados Unidos en todas partes la gente dice: “Washington esto, Washington aquello”. Pero tienen las reglas establecidas, aunque haya problemas. En Europa tenemos problemas sin tener las reglas establecidas. La gente política siempre habla del espíritu europeo, como menciono en Cómo ser europeos. Me invitan a coloquios porque vengo de un país no tan grande que no es peligroso, y también porque hablo los idiomas de los otros países. Por eso los franceses y los alemanes me invitan. Después de unos años dije basta. Los libros de Voltaire impresos en Ámsterdam llegaron en su mayoría a París. La Europa espiritual siempre estuvo allí, era un valor común. Así que la gente política no lo inventó. Es un espectáculo patético.

AGA: El apartado “Primeros viajes” de Lluvia roja contiene fragmentos de su diario de 1952, escritos cuando tenía 19 años. ¿Cómo ha sido el desarrollo de su dietario?

CN: Existen dos tipos de diarios. Michel Leiris, el escritor francés, tenía un diario con sus notas filosóficas y otro sobre su vida privada. Yo no tengo ninguno de los dos tipos de diarios. Doy noticias. De cuando en cuando no puedo evitar pensar algo y plasmarlo. Pero no escribo en el diario todos los días. Si viajo —visité recientemente el desierto de Atacama— es posible que escriba un artículo sobre la travesía, pero si pongo todo en mi diario ya no voy a escribir un texto sobre el viaje. A veces hay un pensamiento que plasmo en el dietario; algunos años le dedico más tiempo que otros, escribo sobre la gente que he conocido. Me gusta la idea de conservar secretos y no quisiera publicar mi vida privada en un libro. Cuando releí esas páginas del diario no vi rastros de talento. Pienso en Rimbaud, quien a esa edad ya había escrito poesía increíble, y también en Mozart. El talento llega después a algunas personas.

AGA: En el primer intermezzo de Lluvia roja escribió: “El lector lee, el lector escoge. En la librería, en la biblioteca, el lector escoge un libro y no otro. El lector es libre”. ¿De qué manera contrasta la libertad del lector con la del escritor?

CN: Soy libre como escritor. Un par de veces acepté el encargo de escribir libros, pero siempre dispuse de mi libertad. La historia siguiente fue una comisión. Pero escribí el libro tal y como quise desarrollarlo. Tal vez no lo hubiera escrito si alguien no me lo hubiera pedido. Lo mismo pasó con ¡Mokusei! Un amigo pintor estaba enamorado de una mujer japonesa y quería regresar a Japón. Me dijo que podía hacerlo si yo le pedía a la revista en la que trabajaba ir a ese país y llevarlo como ilustrador. Tenía que convencer al editor y él se negó. Me dio pena porque sabía que iba a decepcionar a mi amigo, quien realmente quería ver a esa mujer. Y luego, cuando salía de la oficina, el editor se volteó y me dijo: “ni siquiera mencionaste qué querías hacer en Japón”. Yo no sabía qué decir. Le dije que iba a dar un paseo por un bosque en el otoño y me dijo que estaba bien y que podía decirle a mi amigo que me acompañara para hacer las ilustraciones. Llegué a casa media hora más tarde y el editor me llamó y me dijo que tenía que ser una pieza de ficción. Acepté. Lo que realmente conté fue la historia del pintor, porque se había enamorado de la mujer y fue patético, estaba emocionado más de la cuenta. Y le dije que si estaba tan emocionado nunca lograría nada con ella. Eso ocurrió y convertí al pintor en un fotógrafo.

AGA: Recuerdo al personaje: Arnold Pessers, un fotógrafo holandés.

CN: Es correcto. Fui libre a pesar de que era una comisión. Nadie me dijo que debía ser una historia en la que eso tenía que suceder. En ambos casos acepté el encargo y fui libre. ¿Qué tan libre es el escritor? Depende del sistema en el que vives. Hoy en día es muy precario. ¿Deseas escribir el libro que anhelas o quieres ganar dinero y hacer feliz a tu editor? Se trataba de dos tipos de dictaduras, por así decirlo: estaba el comunismo soviético, en el que tenías que escribir una clase especial de novela realista social, y el mundo capitalista, en el que tenías que escribir un libro que vendiera, de lo contrario el editor te dejaba. Nunca he estado en una u otra situación.

AGA: Su obra es traducida profusamente. ¿De qué manera ve los lazos entre las lenguas y los mercados?

CN: Actualmente la comercialización en Estados Unidos es increíble. El país traduce sólo 2.3% de lo que se ha escrito en todo el mundo. De la literatura japonesa, india, latinoamericana, europea y africana sólo se traduce ese porcentaje en el mercado estadunidense de libros. En esencia nunca sabrán lo que somos. Sabemos mucho acerca de su mundo ya que todos los traducimos. Por ejemplo, siempre encontramos libros de Philip Roth y John Updike. Los traducimos amable y obedientemente y nos traducen poco. Hay muchos textos escritos en España y en Francia que no se traducen, sólo los grandes nombres. Mi libro El día de todas las almas fue un éxito en Alemania y está traducido al español. Me encontré con gente que habló del libro. Pero en Estados Unidos no tuvo éxito porque no están acostumbrados a esa forma de pensar. Dijeron que el libro era “demasiado europeo”. Ellos no nos necesitan, ese es el punto. Los chinos también me traducen, ahora tengo cinco libros en esa lengua. No sé cómo funcionan, ya que no obtengo reacciones, pero algunos de ellos se reimprimen. Pregunté si habían sido reseñados y me dijeron que sí. Luego me enviaron un texto en chino, que no entiendo, pero es interesante que suceda. Se imprimieron cinco mil ejemplares de uno de mis libros en China, lo cual se asemeja a una gota de agua en un océano, pero sigue ahí.

AGA: ¿Qué lo condujo a intercalar sucesos históricos con las 23 misivas destinadas al dios del mar en Cartas a Poseidón? En el libro contrasta la noción del dios del mar con la idea del cosmos, expresada en los apartados “Lunas de sangre”, “Verde”, “Orión” y “Challenger”.

CN: Estas cartas eran personales. Tratan de las cosas que me importan y quería contar a Poseidón lo que me interesaba. Puedes cuestionar la idea porque no está respondiendo, tal vez ni siquiera las lee. Por ejemplo, cuando escribo sobre Orión —hijo de Poseidón—, pienso en la figura mítica; la historia es bien conocida. En cierto modo no soy religioso, pero cuando veo su imagen en el cielo es la más reconocible. Diviso la estrella llamada Betelgeuse. En el transcurso del tiempo, en cientos de millones de años, las estrellas se apartarán unas de otras, dejarán de ser una imagen. Tiene que ver con la mortalidad en cierto sentido.

AGA: ¿Cómo recuerda sus primeras lecturas de Roberto Juarroz y de Jorge Luis Borges, escritores a los que les dedicó poemas incluidos en Así pudo ser?

CN: Juarroz me dejó una impresión cuando lo leí. Borges es otra cosa, es un cosmos. He sido feliz al exprimir mis pensamientos sobre estos poetas. Sobre todo los relativos a Wallace Stevens, quien para mí es el más importante. Juarroz era un hombre interesante. Borges es una influencia mayor.

AGA: Rituales implica la idea de que el tiempo es “el padre de todas las cosas”.

CN: El tiempo es antes de nosotros y después de nosotros.

AGA: En un fragmento de “El tiempo detenido” incluido en Tenía mil vidas y elegí una sola —libro editado por Rüdiger Safranski— plantea que las fotografías son “instantes de alquimia, el tiempo y el destino se han deslizado entre nosotros”. ¿Cómo percibe el trabajo de su pareja, la fotógrafa Simone Sassen?

CN: Hablar es mucho más difícil que escribir, porque lo escrito es la esencia de algo que se produce después de mucho pensar. Vivo con una fotógrafa y he viajado mucho con Eddy Postuma de Boer, un amigo fotógrafo. Yo no tomo fotos, yo debo escribir. Los fotógrafos capturan un segundo, un momento, una parte del tiempo, y a veces esto hace que todo sea claro. Roland Barthes tenía una palabra para eso: punctum. Se cuestionó si una fotografía tenía punctum. Dijo que ese punctum tiene que ver de alguna manera con la alquimia: con la traducción se pueden hacer las mismas cosas que con la alquimia. Si la traducción es buena se trata de la alquimia por la cual el oro de un idioma se convierte en el oro de otro, y lo mismo ocurre con algunas fotos, que capturan todo y puedes asirte a ellas si así lo deseas.

AGA: Previamente mencionó a Rimbaud. Recuerdo un pasaje de “Delirios II. Alquimia del verbo” perteneciente a Una temporada en el infierno del poeta de Charleville: “Escribía silencios, noches, anotaba lo inexpresable. Fijaba vértigos”.

CN: Me gusta que cites a Rimbaud. Pienso en la imagen y en la palabra. Tengo un ojo fotográfico. Pero los fotógrafos conocen las posibilidades alquímicas de la imagen. Saben lo que hacen.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

Traducción del inglés de Álvaro García.

Cultura y vida cotidiana

Los malditos hechos

Quisiera expresarlo de la forma más sencilla y honesta posible (la sencillez por lo regular es siempre impostada, mas no la honestidad y a ésta me aferro por ahora). No soporto los “hechos”. Sí, en definitiva los “hechos” no guardan un lugar respetable ni amado en la idea que me he formado de las cosas que me rodean. Detesto los hechos (ya sin comillas), y cuando alguien me dice: “Atente a los hechos”, no sé cómo reaccionar. O más bien sí lo sé, lo sé perfectamente; quisiera darme la vuelta y dejar a esta persona con los hechos en la boca. No podría afirmar con certeza cuándo comenzó esta fobia mía, pero no deseo saberlo pues ello no remediaría nada, ya que no creo que el mal esté incubado en mí. Veamos.

03-hechos

Ilustración: Kathia Recio

Si usted se acerca y me dice, embargado de gran seguridad, que existen hechos irrefutables yo, de inmediato y sin meditarlo siquiera, lo tomaré como un ser algo carente de imaginación, autoritario, ingenuo y en el mejor de los casos lo consideraré un positivista más, destinado a amargarme la vida. Y, en mi desaliñada opinión, el positivista es un ser que cree que todo aquello que lo rodea, incluido él mismo, es una manifestación de alguna clase de ciencia. Y lo cree incluso sin haberse acercado a Saint-Simon, Bacon, Hume, Comte, ni conocer la obra de A. J. Ayer ni de tantos otros que se interesaron en los hechos verificables (e intentaron comprender también los hechos abstractos, como el caso de W.V. Quine). Mas de nada sirve a mis propósitos enlistar nombres de filósofos, como si éstos fueran también hechos históricos que poseen un significado único o comprobable. Mejor permítanme contar una breve anécdota: hace ya casi una década ofrecí una charla en el Instituto Cervantes, en Viena; un palacete céntrico del siglo XIX en el número 2 de Schwarzenbergplaz. El tema a tratar entonces pasaba por la reciente traducción de cierta novela mía al alemán. Luego de mis palabras, traducidas por una joven traductora atenta y respetuosa, llegó el turno de una crítica literaria, amable también, por cierto, y ya en edad de reconsiderar su oficio y sus opiniones. Esta afable crítica, luego de una exposición del argumento de mi obra y de su apreciación, comenzó a hacerme preguntas muy precisas sobre la trama de la novela. Yo no habría tenido empacho en responder, pero sucedía que no recordaba nada de lo por mí escrito y ni siquiera lograba llevar a mi memoria el nombre de los personajes. Como suelo hacer, valiéndome de mi franqueza, le respondí ante el micrófono que apenas si tenía lejanas nociones de la historia ya que la había escrito diez años antes y que mi mente se ocupaba en la actualidad de otros asuntos para mí en verdad importantes. Desearía poseer el talento suficiente para describir, en este momento, los gestos y aspavientos de desconcierto y sorpresa de la crítica literaria, de mi traductora y del presentador. ¿Acaso había olvidado yo los hechos que daban vida, secuencia y credibilidad a la historia? Sí, los había olvidado y de muy buena gana. En cambio, recordaba a tientas algunos sucesos y sentimientos que se presentaron cuando me hallaba escribiendo la novela en cuestión, alrededor de 1996.

En aquel tiempo me sentía inundado de una fuerza expresiva y al mismo tiempo sosegada que me permitía poner límites a una imaginación sin riendas y abocada a la ingenuidad narrativa. Recuerdo también que escribí la historia durante las noches de tres meses seguidos y que cada palabra parecía ser dictada por un ser que nada tenía que ver conmigo: un ser nuevo, desconocido y sobre todo mesurado en sus palabras, e imbuido de un ritmo verbal ajeno a mi temperamento. Y algo en verdad extraordinario: apenas culminaba la jornada de trabajo un hambre inmensa e insurrecta me atormentaba como si llevara yo semanas sin probar alimentos. Un hambre cruel, puesto que no pasábamos, Yolanda y yo, por un buen momento económico y en consecuencia abusábamos de las sopas y de las verduras. Pues bien: los sucesos que acabo recién de relatar ¿podrían considerarse un conjunto de hechos? Yo creo, más bien, que son remembranzas un tanto vagas que a partir de un lenguaje que comparto con ustedes me es posible escribir y considerar como verídicas: la novela nació en medio de todas estas sensaciones, nociones, sentimientos y pesares económicos. La novela no vale nada: no es más que un hecho. Tal parece que no nos podemos comunicar más que vía los hechos (es decir, a través del lenguaje que es una institución social y en potencia reconocible por todos los seres humanos). Desde Dewey hasta Quine se ha pensado que no existe algo así como el “lenguaje privado” pues éste sería intransmisible. Yo también lo creo así, y por ello les diría que un “hecho” sólo es algo así como la nariz de un dinosaurio o la primera o última gota de un diluvio o una tormenta de inmensas proporciones, y que incluso los hechos mentales son tan difusos como las nubes. En fin, algún día volveré a Viena —la indomable atrición me aqueja— y explicaré a la crítica mis novelas palabra por palabra, aunque ello no posea ya ninguna importancia relevante; ni para ella ni para mí. Detrás de los hechos duerme la vida desgraciada, y es mejor no despertarla.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

Sobre ciencia, en teoría

Alicia a través de las redes

Es casi imposible en estos días que alguien ignore de qué hablamos cuando hablamos de redes sociales. Son tiempos en los que tardan más nuestros ojos en leer el título de este artículo que nuestros dedos en tocar la tecla, o la pantalla de nuestro dispositivo electrónico, responsable de compartirlo con todos aquellos que tenemos añadidos como amigos o seguidores (o eso es lo que me gusta imaginar mientras escribo esto) y que pueden ser casi el doble de la población de su natal Colombia, si se trata de Shakira en Facebook.

04-redes

Ilustración: Oldemar González

Aunque inicialmente fueron sociólogos, psicólogos, antropólogos y matemáticos quienes se interesaron desde la década de los treinta del siglo pasado en el estudio de las redes sociales y los responsables de la construcción de modelos teóricos para explicar su comportamiento, en años recientes físicos, ingenieros, psicólogos y matemáticos decidieron que, además de los campos real y virtual, valía la pena sumergirse en las aguas de la ficción, o al menos salpicarse un poco con ellas. Posiblemente, más que tratarse de algo relacionado con Las dos culturas de Snow (Charles Percy, por supuesto, no John, quien, como bien sabe todo seguidor de Juego de tronos, “no sabe nada”) y la pura ignorancia —o, peor aún, indiferencia— de las ciencias hacia las humanidades, la principal razón era, como veremos a continuación, la dificultad de construir “a pie” las redes sociales que vinculan a todos los personajes que aparecen en historias inclusive un poco más complejas que un simple cuento de hadas.

La topología de las redes sociales de una obra literaria o, en otras palabras, el análisis de las relaciones entre los personajes y cómo cambian éstas a lo largo de la narración permite establecer en forma cuantitativa la importancia de cada uno de los personajes, sin que intervenga la percepción del lector o la experiencia del crítico literario, sin pretender reemplazar a ninguna de estas últimas. Su propósito es, a partir de la estimación de diversas variables, expresadas mediante ecuaciones matemáticas y que describen cuantitativamente aspectos relativos a la estructura de estas redes sociales imaginarias —las que pueden llegar a ser tan complejas y fundamentales dentro de la historia como la trama misma—, convertirse en una herramienta más a la cual recurrir durante la disección de, por ejemplo, una novela, un autor, un género, un período o un movimiento en particular.

Caperucita Roja y su redecilla social

Uno de los casos más sencillos que pueden plantearse nos será de ayuda para introducir varios de los conceptos provenientes de la topología y del análisis de redes sociales: el cuento de Caperucita Roja y el lobo. La red social de Caperucita Roja (figura 1) es una estructura que captura las relaciones entre el conjunto de personajes que aparecen en el cuento y que son: Caperucita Roja, su mamá y su abuela, el lobo y el cazador. La figura que representa la red social se conoce como grafo (sí, no es un nombre nada original, y tal vez la palabra “gráfica” habría bastado, pero el hecho es que así se llama).

Cada personaje es representado por un círculo (o una elipse, si no somos puristas, como en el grafo que tomé y modifiqué de un trabajo de Matt Fernandez y colaboradores1), que se conoce como nodo, y las relaciones existentes entre ellos se representan mediante líneas que los unen, conocidas como aristas. Estas aristas pueden tener o no flechas, y en este último caso estamos ante un grafo dirigido. Cada arista puede etiquetarse con un número que indique la “fuerza” de la interacción entre dos nodos (por ejemplo, si se trata de una red social conversacional, entre más escenas con diálogos entre Caperucita y el Lobo existan en el cuento, mayor será este número, comparado con el que corresponda a Caperucita y, digamos, su abuela o el cazador), esto también puede representarse gráficamente al variar el grosor de la arista. Sea con números o mediante el grosor, en ambos casos el grafo resultante se conoce como red pesada. En la figura 1 los colores verde y rojo sirven para indicar, además, si el tipo de interacción es positiva (como la que se da entre Caperucita y su mamá) o negativa (como la que tiene el lobo con el resto del elenco). 

redes-1

Figura 1. La red social de Caperucita Roja

Cuando pasamos de cuentos de hadas, de unas cuantas páginas y contados personajes, a novelas en las que páginas y personajes se incrementan en el orden de decenas o centenas, construir las redes sociales correspondientes es una labor de esclavos. De esclavos de silicio, armados con procesadores, que pueden ser programados para automatizar el trabajo de identificar a personajes y redes sociales en un texto. Haciendo de lado las no pocas dificultades de crear rutinas de programación que permitan hacer esto con un mínimo de intervención humana, como cuando no hay diálogos (como con Marguerite Yourcenar y sus Memorias de Adriano) o cuando los diálogos están mezclados y no hay signos de puntuación ni espacios que permitan al programa establecer cuándo habla cada personaje y ni siquiera qué personaje está hablando ni con quién (como con Mario Vargas Llosa y su Conversación en La Catedral), hay dos enfoques principales a la hora de crear redes sociales provenientes de la literatura:

1. Identificar todas las conversaciones que tienen los personajes en una obra. Cada arista conecta a dos personajes cuando entre ellos hay un intercambio de palabras entre ambos (ya vimos que la arista puede o no indicar también el sentido de la conversación mediante flechas). En este caso la red social que resulta se conoce como red conversacional.

redes-2

Figura 2. Red social conversacional del capítulo 7 de David Copperfield


redes-3

Figura 3. Red social de coocurrencia del capítulo 7 de David Copperfield

2. Identificar todos los pasajes en los que aparecen los personajes. Cada arista conecta dos personajes toda vez que estén presentes en el mismo espacio de texto, trátese de una oración, un párrafo, un capítulo, una saga formada por varios libros, inclusive, o alguna otra extensión de texto previamente establecida. La red social resultante es una red de coocurrencia.

Tendiendo las redes de David Copperfield

Mariona Coll Ardunay y Caroline Sporleder, investigadoras de la Universidad de Tréveris, Alemania, que estudian las redes sociales en la ficción como parte de lo que ha recibido, entre otros nombres, los de lingüística computacional, análisis literario cuantitativo o humanidades digitales (elija el lector el de su preferencia), señalan que ambos tipos de redes sociales tienen ventajas y desventajas, y para ejemplificarlas recurren al capítulo 7 de David Copperfield de Charles Dickens.3

Una red conversacional (figura 2) no permite capturar gran parte de las interacciones de los personajes de la novela, cuando: a) no están marcadas expresamente como una plática (“Steerforth estaba muy enfadado con Traddles, y decía que habían hecho muy bien en pegarle”); b) se trata de interacciones no-habladas (“El señor Creakle, mirando duramente al señor Mell, apoyó su mano en el hombro de Tungay”); o c) hay falta de interacción, pero reconocimiento de la presencia de uno o más personajes (“… encontré al señor Creakle en medio de nosotros, con Tungay a su lado. La señorita y la señora Creakle se asomaban a la puerta…”).

redes-4

Figura 4. Red estática de coocurrencia incremental de La feria de las vanidades

Por otro lado, una red de coocurrencia (figura 3) permite conectar personajes que no necesariamente interactúan ni están presentes en la misma escena, pero que al menos son mencionados en el mismo espacio de texto por el narrador o algún otro personaje (“Aquella noche estuve casi a punto de hablarle a Steerforth de la pequeña Emily…”).

Las figuras 2 y 3 son redes no dirigidas, en las que las autoras del estudio consideran como recíprocas las interacciones entre dos personajes y toman en cuenta tanto el número de ocurrencias en las que habla o está presente cada personaje, como el número de veces que cada par de personajes interactúa uno con otro. En las figuras o grafos, esto se traduce, respectivamente, en cambios tanto en el tamaño de los círculos/nodos como en el grosor de las líneas/aristas que los unen (en lenguaje técnico, lo que tenemos son círculos pesados y aristas pesadas).  El grado de un nodo es el número de conexiones que tiene con otros nodos.

Debido a las razones mencionadas, las redes conversacional y de coocurrencia para el mismo capítulo de David Copperfield son diferentes y, mientras que un vistazo a la primera nos permite concluir que James Steerforth es, por mucho, el principal conversador en este capítulo, una ojeada a la segunda nos convencerá de que es David Copperfield quien domina con su presencia.3 Pero, a fin de cuentas, ¿cuál es el personaje central del capítulo, Steerforth o David? ¿Es posible calcular matemáticamente la importancia o el “peso” de cada personaje? Antes de dar una respuesta, necesitamos considerar un elemento de toda historia de ficción que ha quedado excluido hasta el momento: el tiempo.

redes-5

Figura 5. Red dinámica de coocurrencia de los capítulos 1 a 14 de La vuelta al mundo en 80 días

Todas las redes que hemos descrito son redes estáticas, no toman en cuenta el tiempo en que sucede lo narrado en Caperucita Roja o en David Copperfield, lo que tal vez no influya demasiado en el cuento de hadas, pero en una novela en la que los personajes y sus interacciones cambian a lo largo de ella en tiempos narrativos tan disímiles como horas, días, semanas, meses, siglos o, ¿por qué no?, millones de años, una red estática puede no ser la mejor opción, incluso considerando que hay redes estáticas de contexto, en las que las interacciones corresponden a una sola conversación y redes estáticas incrementales o agregadas, construidas de manera iterativa al considerar y unir todas las redes estáticas de contexto correspondientes a varias conversaciones en una sola, como en la figura 4, que corresponde a La hoguera de las vanidades de William M. Thackeray (“Una novela sin héroe”, reza el subtítulo, al que le faltó añadir “pero con cientos de personajes”) y en las que se aprecia que los cuatro personajes centrales son Rebecca (“Becky”) Sharp, Amelia Sedley, Rawdon Crawley y George Osborne, pero nada nos dice la red sobre su evolución a lo largo de la historia. Para conseguir esto, es necesario construir redes dinámicas.

La red dinámica de Phineas Fogg

Así como una película está constituida por una secuencia de imágenes, varias redes estáticas dan como resultado una red dinámica como la de la figura 5, elaborada por Coll Ardunay y Sporleder para el clásico de Julio Verne La vuelta al mundo en 80 días. El peso y el grado de los nodos varían de acuerdo con la relevancia de los protagonistas en los capítulos considerados en cada red estática incremental (1 a 2, 3, 4 a 8, 9 a 12 y 13 a 14). En los primeros dos capítulos, por ejemplo, que tienen lugar en la casa de Phineas Fogg y en los que es presentado Passepartout, son estos los personajes centrales, y no es sino hasta el capítulo 4 cuando aparece y se da la interacción entre estos dos y el detective Fix (tengamos presente, de nuevo, que estas no son redes conversacionales, sino de coocurrencia). En una red estática incremental de la novela completa, el nodo correspondiente al detective Fix aparecería siempre y sería difícil y posiblemente equívoco, con base sólo en el grafo, concluir sobre la importancia del personaje en la obra.

Y es así como llegamos a una cuestión central sobre el uso de redes en literatura, expresada por un equipo integrado por dos físicos, un psicólogo, un ingeniero y un matemático, encabezados por  Sandra Denise Prado4: “Dado que la teoría de redes es el epítome de una teoría de la interconectividad, ¿puede ser usada para decirnos algo sobre cómo las conexiones definen la importancia de un personaje?”. En términos matemáticos, ¿hay alguna forma de medir la relevancia de un personaje mediante una variable relacionada con las redes sociales que aparecen en una obra de ficción? Para responder a ello este grupo tan ecléctico de investigadores eligió, muy apropiadamente, la obra de un matemático: Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll.

La vitalidad de Alicia, el Rey y la Reina en la red de las maravillas

La información correspondiente a los nodos y las aristas de una red como las mostradas en las figuras/grafos puede ser matemáticamente descrita mediante matrices (que son arreglos de columnas i y renglones j, donde (i, j) son los personajes), de manera que, cada red estática, podamos calcular una matriz M y, al tomar en cuenta todas las redes estáticas de una red dinámica, tengamos un conjunto de matrices dependientes del tiempo, M(t), que para Prado y su equipo está medido en capítulos de Alicia.

A partir de estas matrices, Prado y colaboradores calcularon lo que se conoce como índice de Freeman de la red que, geométricamente, puede interpretarse como un indicador de qué tanto se aproxima un grafo a uno de tipo estrella y, aplicado al análisis literario, significa qué tanto está “centrada” una historia en un personaje en particular (entre más se acerque la figura a la de una estrella: un nodo central que conecta a los nodos que lo rodean) o “distribuida” entre diferentes personajes. En el caso de una biografía, por ejemplo, el índice de Freeman tendría un valor alrededor de 1, dado que todas las personas mencionadas en la obra estarían conectadas a la persona a la que corresponde la biografía y aparecerían ahí, en principio, por ello y no por la relación existente entre ellas (o, en todo caso, sería mucho menos relevante, como hablar en la biografía de Einstein sobre la hermana de su mamá, que se llamaba Elvira y visitó México, cosa que estoy inventando por completo).

Al conocer el índice de Freeman es posible calcular también la vitalidad de cada nodo/personaje, que mide cómo cambia la estructura de la red cuando un nodo/personaje es removido de ella con todo y sus aristas/conexiones, como se observa en la figura 6. A partir de esta gráfica, tenemos que los personajes que más afectan la estructura de la red en la obra de Carroll son Alicia, la Reina y el Rey, siendo los dos últimos, al parecer, más importantes que la mismísima protagonista de la historia. Sin embargo, recordemos que estamos ante una red incremental y no una dinámica. En esta última (no mostrada), Alicia tiene una vitalidad mayor, dado que sus acciones están distribuidas a lo largo de todo el texto y no sólo concentradas en unos cuantos capítulos al final de éste, como es el caso del Rey y la Reina y la razón de su mayor vitalidad en la gráfica de la red incremental.

redes-6

Figura 6. Valores del índice de Freeman calculado para la red incremental de Alicia en el país de las maravillas. Los círculos representan el índice de Freeman calculado cuando el personaje nombrado en el eje horizontal es removido. La vitalidad está dada por la distancia entre cada círculo y la línea roja.

Mucha más información es posible obtener con ayuda de la teoría de redes en el terreno literario, como la distribución de grado (que es la distribución de probabilidad de los grados de los nodos de toda la red), que nos indica si una red sigue una ley de potencia, en cuyo caso es una red libre de escala y, si esto ocurre en una obra de ficción, quiere decir que su autor ha conseguido reproducir en sus páginas el comportamiento de una red social real. Ejemplos de ello son Harry Potter, de J.K. Rowling, Una canción de hielo y fuego de George R.R. Martin y, ¿cómo no habría de ser así?, Los Miserables de Victor Hugo.5

Considerando que el análisis automatizado de redes sociales en literatura prácticamente acaba de iniciar, y que los estudios de este tipo sobre autores hispanoamericanos son casi inexistentes, la red de colaboración entre investigadores interesados en esta línea de investigación necesita varios nodos y aristas. ¿Quiénes serán los personajes que proporcionen su mayor vitalidad a esta red?

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía de la Universidad de Guadalajara. Es autor de La física del Coyote y el Correcaminos, y más ciencia (y muchos más dibujos animados) y de El teorema del Patito Feo. Encuentros entre la ciencia y los cuentos de hadas.


1 Fernandez, M., M. Peterson y B. Ulmer, 2015, “Extracting social network from Literature to predict antagonist and protagonist”, en: http://stanford.io/2aCjRnT

2 Coll Ardunay, M. y C. Sporleder, 2015, “Clustering of novels represented as social networks”, Linguistic Issues in Language Technology, 12(4), 1-31.

3 Y así vemos cómo un análisis de redes de nuestra próxima reunión familiar o entre amigos podría sernos útil para, objetivamente y con los datos en la mano, decidir a quién invitar o dejar de hacerlo en encuentros subsecuentes. Nuevamente la ciencia al servicio de la comunidad.

4 Prado, S.D., S.R. Dahmen, A.L.C. Bazzan, P. Mac Carron y R. Kenna, 2016, “Temporal network analysis of literary texts”, Advances in Complex Systems, 19(3 & 4), 1-30.

5 Waumans, M.C., T. Nicodème y H. Bersini, 2015, “Topology analysis of social networks extracted from Literature”, PLoS ONE, 10(6), 1-30.

Cultura y vida cotidiana

Historia de la locura

Rastrear el origen de la locura pide hacerlo sobre el de la razón. ¿Qué es ser loco? Qué pasa cuando todos parecen estarlo y ese que se presume cuerdo se transforma en la anomalía. La locura es un asunto social. El náufrago solitario en la isla proverbial no podrá estar loco, ¿frente a qué lo estaría?, ¿según quién? La existencia de la locura obliga al consenso sobre lo que asumimos es la normalidad, y ¿cómo aseguramos nuestra normalidad sin la locura? La necesitamos para establecer su opuesto. Su historia depende de la nuestra, de nuestra propia evolución.

locura

Ilustración: Víctor Solís

El siglo XX nos dio años de demencia colectiva. Tal vez la más inaudita. Miles de normales cedieron ante los límites de la barbarie y antes y durante la Segunda Guerra hicieron normalidad de la violencia, del odio y la exclusión. Apenas la filosofía logró acercarse a tratar de entender ese abismo de sentidos perturbados. Hoy, los últimos años parecen estar dando una incipiente muestra de locura masiva. Puede terminar siendo simplista la idea de que el aumento de atentados terroristas, actos de violencia, discursos de odio y sus consecuencias, son mero síntoma de la expansión de una interpretación idiota y criminal de la religión que sea, o del nativismo creciente en distintas sociedades, sobre todo occidentales. Estas interpretaciones y el nativismo se asemejan más a los medios con los que se expresa un problema complicado: la vuelta a una edad de la sinrazón.

Hay un rasgo de anormalidad que estamos haciendo normal. Redecoramos a marcha apresurada las habitaciones de la xenofobia, el racismo, el crimen y la violencia. Si nos asumimos como los normales —a reserva del asomo soberbio, creo que vale la pena atesorar dicha presunción—, esos actos y momentos dan la impresión de tratarse de rasgos de locura, pero es una locura que termina por decirnos algo de nosotros mismos. De nuestra equivocada e involutiva acepción de la normalidad.

La locura es el fruto de las convenciones de un lugar y de una época. Ha llegado a ser su referente. Lo que puede ser normal para nosotros no lo es ni ha sido para todos en todos los lugares. La constante es el grupo, el único capaz de enmarcar qué comportamientos considerará normales a partir de lo que cree, le permite continuidad. Aunque esté equivocado. Así, su perseverancia necesita de la condena a lo que percibe como anomalía.

En el siglo VI antes de la era común, los griegos habían encontrado una válvula de escape para aquello que no les funcionaba. Un ritual en pos de su perpetuidad señalaba al pharmakon, el chivo expiatorio sobre el que cargaban las culpas de lo que no se consideraba de provecho para la comunidad. Al pharmakon se le expulsaba y se le imponía la carga de los comportamientos que irrumpían el consenso sobre lo normal. Su señalamiento era tomado a manera de remedio del pueblo. Se sacrificaba a alguien para salvarlo. La figura del loco clásico nació con la calificación al otro que es diferente o es ese al que se le otorga la estigma de lo inapropiado. Él era el veneno de la sociedad. Ya la medicina y los tiempos modernos derivaron en lo que encontramos en los escaparates de una farmacia. Esa modernidad también mantuvo ciertos rasgos de estabilidad. ¿Qué sociedad contemporánea admite a sus locos? Quizá, la que no esté tan cuerda.

La locura es la etiqueta, la carencia, la exacerbación y la madre de las ausencias. Es el temor, el rechazo y la fascinación. Todo junto. La locura es ese espacio donde los límites son difusos. Se parece a esa casa abandonada que todos conocemos o imaginamos, que da miedo por contener o ser capaz de mostrar lo peor de nosotros, aquello que escondemos o nos negamos a reconocer.

Lo que metemos al catálogo de la locura nos dice algo que no queremos escuchar. La locura del individuo refleja lo que se esconde en la sociedad y el loco, llega a recordarnos que no todo funciona en eso que podemos llamar, con la esperanza de guardar algo de sanidad, la racionalidad. ¿Qué tan dominante es esa racionalidad cuando la popularidad del odio se lleva las fanfarrias de la fiesta, de las convenciones partidistas y de los medios?

En los terrenos normales todos hemos experimentado algunas de las sensaciones que coquetean en sus niveles más altos con la locura. Quién no ha sentido euforia, desesperanza, miedo, soledad, embriaguez o confusión. Al momento de hacer permanentes estas condiciones, vemos con ellas los arrebatos que franquean y traspasan las líneas de la razón y la sinrazón, de lo permitido y lo prohibido, de lo tolerable y lo inadmisible.

Las sociedades primitivas habían encontrado las causas de estas manifestaciones en la posesión de espíritus malignos. Los primeros locos se encontraron a merced de la lucha entre dioses buenos y malos. Aquí, la diferencia de latitudes recuerda la relación de cada cultura con los modelos de locura. Sólo me encuentro en posición de escribir sobre dos partes del mundo. Para algunas sociedades medio orientales, el loco entró a los terrenos de providencias divinas mientras que el triunfo del cristianismo propinó el rechazo a los que consideraban anormales, acentuando las batallas sagradas de occidente que estigmatizaron a cuanto se le pudo enunciar pecado.

Fue hasta el renacimiento que se sustituyó la idea religiosa de la locura por una concepción científica con la que se llevó a los que llamaban locos a casas destinadas a ocultar o atender —en lo ambiguo de la norma— tanto a enfermos venéreos como a delincuentes, ancianos, rebeldes, atrasados y pacientes mentales. Abanico de sujetos molestos para los normales. Todos aquellos que podían ser considerados peligrosos para la normalidad de la sociedad y compartían el nivel de los criminales en las distintas categorías asociales.

Para escribir estas líneas rescato de mi biblioteca dos libros fantásticos: Encomio de la estulticia, de Erasmo de Rotterdam, e Historia de la locura de la época clásica, de Foucault. Al último le debo el título de este texto y con él me sale la educación afrancesada y el pesimismo que la acompaña. No veo que hayamos cambiado demasiado. Para occidente, en la edad de las doctrinas, se crearon brujas para personalizar el mal de los que se consideraban buenos. En la edad de la razón, vemos locos que exacerban la demencia de quienes les aplauden, al señalar a los que consideran las razones de sus enfermedades, pero ¿no será que hay sociedades enfermas?

Para el siglo XVIII, la normatividad se estableció a partir de los esquemas de producción. El ocioso era insano, como aquel que no se atenía al nuevo pergamino, el del desarrollo que procuraba riqueza, alentaba la esperanza productora y el estado de bienestar y la aspiración. Le cambiamos el adjetivo pero rescatamos las estructuras religiosas en la civilidad contemporánea: ¡Se crío sin padre! Loco. ¡Es mujer! Histérica ella. Loca —ay, las teorías uterinas—. ¡Al niño le gusta estar solo! Loco. ¡Lee como obseso! Loco. ¡Se rebela! Loco. ¡Nos quita los trabajos! Veneno. O negro, o hispano, no creyente, apóstata, o ilegal. En el XIX y XX, la segregación al individuo desde su clasificación se alimentó de la tendencia a encontrar la enfermedad donde no la había. Triunfó la etiqueta y el relativismo. Si el concepto de normalidad es una aprobación del grupo, la locura se hará en los que se afirman cuerdos o normales y se clasificará de anormal al otro, por ser otro. La enfermedad se opone a la norma social hasta convertirse en norma.

En el resurgimiento de las extremas derechas en el mundo y la vocación asesina de los fundamentalísimos del siglo XXI, la histeria colectiva se normaliza en la búsqueda de culpables a los que se les tilda de causantes de los males que acechan a distintas sociedades. El malo cree hacer el bien al retomar el modelo de equilibrio social desde el señalamiento. Todos podemos convertirnos en el veneno de alguien. Ese que encarna los miedos y enfrenta seguridades. La locura como concepto social e histórico —no médico, evidentemente, que de eso sé nada y ni siquiera soy capaz de tomar a tiempo una pastilla para el dolor de cabeza— siempre ha existido en el sistema de relaciones. Aquel pharmakon simbolizaba a una sociedad que se exorcizaba de sí misma, por la imposibilidad de aceptar y curar sus propias enfermedades. Un tercero cargará con los demonios. Los padecimientos sociales están ahí, y hoy, por momentos, regresamos a esas edades que ya vimos pasar con el oscurantismo, o el fascismo.

Occidente conoce bien los peligros de intercambiar los papeles entre el loco y el sano. La historia muestra cómo la masificación de chivos expiatorios termina en el debacle de la sociedad que buscaba liberarse de un demonio inexistente a su derredor y presente en su interior. Los periodos de vesania no se evitan más que con el rechazo al estigma, sólo que la locura, de forma simultánea, también es sujeto de fascinación.

A ese que tacha de veneno al otro no le costará encontrar los argumentos para sustentar su afirmación. Entre sus paredes, el líder del manicomio gozará del fuero necesario para atizar lo que se le antoje. Cada sociedad obviará sus límites a conveniencia. Si es un artista, por ser artista se le permitirá pasearse en Metro con una pareja de osos hormigueros de mascota. Su excentricidad estará justificada en su excepción. Para los religiosos más gregarios, si un clérigo hace barbaridad y media, las disculpas provendrán de la condición gremial de los santos. El grupo fundamentalista validará la matanza que perpetre, al encontrar en ella un medio para eliminar a los locos que no son como ellos. Para el político fascista, lo anormal de su discurso encontrará permiso en el aplauso de sus seguidores, y la normalidad se habrá ido de paseo. Será entonces, la vuelta a la edad de la locura.

 

Maruan Soto Antaki
Ha publicado: Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino y Pensar Medio Oriente.
@_Maruan

Bioéticas

Futilidad en medicina

Fútil proviene del latín futilis que significa agujereado. En la mitología griega las hijas de Dánao fueron condenadas en el Hades a verter agua en cedazos agujereados. Su labor era inútil. La lección es obvia: por más intentos que se hagan, cuando todo está en contra, se fracasará.

En la medicina helénica el médico representaba una cultura especial, refinada. Su figura era tan apreciada como la de los filósofos o poetas y una de sus virtudes era la encarnación de una ética profesional ejemplar. Los médicos de la antigua Grecia, desprovistos de tecnología, conocían los significados de los tratamientos fútiles. En la medicina contemporánea la mayoría de los doctores poco o nada cavilan acerca de la futilidad. Decidir cuándo una terapia es fútil es complejo. La resolución debe ser tomada por el paciente y el médico. Para mi sorpresa, en el magnífico Diccionario de filosofía, de J. Ferrater Mora, entre la entrada Fundamento y Futuribles falta Futilidad. No lo entiendo. La futilidad representa todo un andamiaje filosófico, humano, ético, médico.

05-futilidad

Ilustración: Kathia Recio

El Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia Española, define futilidad como, 1. Poca o ninguna importancia de algo; 2. Cosa inútil o de poca importancia.

Debido al envejecimiento de la población y a la inmensa oferta de la tecnología médica, el galeno tiene la obligación de saber y explicar, a partir de su experiencia, y, desde la ética, cuando un tratamiento es fútil. Las terapias fútiles no deben suministrarse por dos razones: son inútiles y prolongan situaciones sin sentido, tanto en pacientes terminales como en aquellos cuyos males son irreversibles y profundizan, no sólo  la agonía, sino el temor a la muerte.

Dos son los argumentos éticos para considerar que una terapia será fútil. El primero se basa en el conocimiento científico y en la experiencia clínica del médico. La experiencia debe compartirse con familia y paciente. Enfatizar la autonomía de la persona, es decir, su independencia en la toma de cualquier decisión es fundamental. Si el afectado es religioso y no se considera autónomo, su conducta debe respetarse. El segundo argumento es complejo: ¿tiene sentido invertir ingentes cantidades de dinero en pacientes sin solución, en enfermos que no mejorarán o fallecerán a pesar de tratamientos óptimos? Debido a los altos costos de la medicina y a la escasez de recursos, es obligatorio cavilar acerca del uso adecuado de medicamentos y aparatos biomédicos. Muchas personas mueren por falta de fármacos y algunos perviven largos años en estado vegetativo gracias a apoyos médicos muy costosos.

El médico no puede decidir en lugar del enfermo. De ahí la trascendencia de la mentada y olvidada relación médico paciente. Las metas terapéuticas deben ser definidas por ambos. Si el galeno está en desacuerdo con la percepción y los ideales del enfermo acerca de sus objetivos, es decir, prolongar tratamientos cuyas repercusiones serán nulas, puede retirarse del caso. Hacerlo, siguiendo los dictados de su conciencia, es un acto ético. No existen leyes ni principios éticos que obliguen a los doctores a actuar cuando consideran que el tratamiento será fútil.

En las unidades de terapia intensiva la noción de futilidad es crucial, tan crucial como la posibilidad de salvar personas con pronósticos fatales. Cualquier tratamiento que mantiene inconsciente al enfermo, cuyas condiciones lo hacen totalmente dependiente de los apoyos propios de esas unidades, debe considerarse no benéfico y, por lo tanto, fútil. Para los librepensadores no tiene sentido continuar una vida biológica sin autonomía y sin conciencia. Al hablar de futilidad, sea en enfermos graves, en personas en estado vegetativo o con patologías que producen demencia, el médico debe diferenciar entre un efecto positivo, limitado a una porción del cuerpo, y el beneficio en la salud global del afectado. Los tratamientos se juzgan exitosos cuando mejoran el pronóstico, incrementan la calidad de vida y el estado general de salud. No son exitosos si sólo producen “pequeños efectos”.

Dado que la medicina no es una ciencia exacta y los pacientes difieren entre sí, las discrepancias entre médicos son frecuentes y comprensibles. Siempre es saludable dialogar primero entre los médicos implicados y después con la familia y de ser posible con el enfermo. Las discusiones deberían hacerse cuando la persona está sana —en otra entrega escribiré sobre Instrucciones Anticipadas.

Problema complejo, para médicos y enfermos, vinculado con la dificultad sobre la toma de decisiones, primordialmente en las unidades de terapia intensiva, es ¿qué hacer cuando se iniciaron tratamientos sin repercusiones positivas? ¿Qué hacer si a partir de la mala evolución se sabe que los tratamientos futuros serán fútiles? Explicar, dialogar y acompañar son remedios humanos. Las personas agradecen cuando se les explica la dificultad inherente al inicio de tratamientos en situaciones críticas.

Ética y futilidad caminan de la mano. Los médicos traicionan principios éticos cuando prolongan terapias en enfermos incurables. Emular a las hijas de Dánao daña a los enfermos.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.

Fronteras

Escepticismo en el escepticismo

Hace ya largo tiempo, cuando aún vivía en el aún DF, hubo un congreso de una organización mundial de escépticos. Conocía su publicación, Skeptical Inquirer, que me servía con frecuencia para mi columna en La Jornada (sí, ay, qué vergüenza, pero entonces no era apostolado de Cuba-Marcos-Nicas-Maduro), donde tenía mi sección “La ciencia en la calle”. Creo que me invitaron a leer un trabajo al respecto y dije que no podía ir. El caso es que fui a asomarme. Un gran auditorio en el hotel frente al monumento a Colón. En la mesa descubrí a Mario Méndez Acosta, cabeza de la sección mexicana, y temiendo su llamado al frente porque nos conocíamos me escondí detrás de una columna. Pero me vio. Y, por supuesto, me presentó muy elogiosamente (gracias, Mario) y me invitó a improvisar unas palabras.

07-escepticismo

Ilustración: Oldemar González

Hice el papelón. Dije, y sostengo, que los escépticos no deberíamos estar tan seguros de nuestras convicciones escépticas y dejar un rincón humilde a la duda, la duda de la duda, el escepticismo del escepticismo, porque muchas veces la ciencia había tratado con desprecio creencias no comprobadas o vulgares que luego resultan ciertas.

Pensé algún ejemplo y saqué el peor posible: que rechazamos la telepatía sin conocer todavía una Teoría del Todo, como se conoce a la formalización última de la materia, la energía, el tiempo y el espacio y en la que, quizá, tendrían explicación fenómenos como el citado.

Entre los invitados de honor y miembro más ilustre de la organización escéptica estaba el filósofo, físico y epistemólogo y matemático y etcétera Mario Bunge, conocido en la filosofía de la ciencia por su rechazo al psicoanálisis, a ciertas conclusiones de Popper, a la “interpretación de Copenhague” de la mecánica cuántica y a todo lo que hoy conocemos como pseudociencias. Un verificador de la inexistencia de fenómenos paranormales como… la telepatía. Me puso como Dios puso al perico.

Volví al micrófono para disculparme y sostener que, de entre tanto posible ejemplo, había elegido el más extremo, el peor, sin confirmación alguna, precisamente para dar idea de la duda de la duda: “Y si…”. Pero tenía otro, y era que los científicos habían tratado de ignorantes a los campesinos por decir que “del cielo caen piedras y no pueden caer piedras porque en el cielo no hay piedras”. Lógica contundente como una pedrada. Y con todo ahora sabemos que los rústicos analfabetas tenían razón: caen piedras, se incendian por fricción en la atmósfera y pocas llegan al suelo. El cielo sí está lleno de piedras vagabundas. Con eso di gracias y no hubo más contrarréplicas para descanso y alivio de mi pánico.

Lo más bello de la ciencia es su continua reparación de las averías, aceptación de los errores y, cuando éstos se acumulan con soluciones ad hoc, modificación completa del paradigma… y aquí estamos ante otro debate con la postura del historiador, físico y filósofo Thomas Kuhn y su popularizada La estructura de las revoluciones científicas, discípulo de Popper… que Bunge, allí presente, rebate: Oh, my dog, otro pantano. La ciencia tiene un inmenso poder de autocorrección y lo demuestra a diario, en lo poco y en lo grande, sin dogmas indiscutibles. Arthur Koestler detesta a nada menos que Copérnico. En esa formidable Summa que es Los sonámbulos, lo llama “canónigo marrullero”, “hombre de la Edad Media al que el Renacimiento le pasó sin sentir”, “traidor”, “mentiroso”, “tacaño”, “envidioso”… y en mexicano diríamos viejillo ojete. No olvido la sección titulada “La traición a Rético”. Arranca lágrimas.

Del cielo no sólo caen piedras, sino cayó una tan enorme hace 65 millones de años, cerca de la actual costa noroeste de Yucatán, que sus efectos de choque y luego de polvo y humo en la atmósfera barrieron con parte de la vida vegetal y animal terrestre. El efecto más conocido fue la desaparición de los dinosaurios, reyes de la creación por cientos de millones de años. Y un rebote: sin estos enormes predadores, los mamíferos nos comenzamos a reproducir como cuyos o conejos. Bien dice, creo que el Eclesiastés, que los caminos del Señor son inescrutables.

La ciencia médica

Las hembras paren sus crías sin esfuerzo ni dolor aparente y es raro que mueran en el proceso, con lo cual perecería también su camada. Pero la hembra prehumana, cuando comenzamos a caminar erectos, tuvo dificultades causadas por la nueva posición de su cadera y estrechamiento del canal del parto y, empeorando, el crecimiento del cerebro. Las que, por azar de sus sistemas hormonales, dieron a luz antes de tiempo, cuando las placas del cráneo aún no se traban, sobrevivieron y transmitieron a sus hijas esa característica. La naturaleza no es buena ni mala, es impasible: por cientos de miles de años las prehumanas murieron de parto si llegaban a término. La acción del “relojero ciego”, como llama Dawkins (otro reprobado por Bunge) a la selección natural, favoreció a las hembras que parían sus crías prematuras, sobrevivieron y sus crías también.

Durante 200 mil años como Homo sapiens las mujeres se hicieron cargo de las mujeres y sus partos. Pero el avance de las ciencias, entre ellas la medicina, fue dando intervención creciente a los hombres, los médicos. Es un proceso bien estudiado por Foucault.

Cuando la revolución industrial produjo el desbordamiento de las ciudades con campesinos echados de sus tierras y hacinados en las riberas del Támesis, el Sena y el Danubio, las enfermedades infecciosas prosperaron. Estos hermosos ríos fueron cloacas por siglo y medio. Las epidemias exigían atención médica, imposible de ofrecer a barrios pobres dispersos. Se volvió al concepto griego, hipocrático, del hospital, como lugar donde concentrar enfermos y que se contagiaran mejor unos con otros, pero también que obtuvieran alguna atención médica.

La medicalización del parto vio un progreso en las salas de maternidad atendidas por médicos y no por la cocinera de la casa o la comadrona de la esquina. Así se masculinizó un área tan estrictamente femenina como el parto.

La ciencia dijo: nadie conoce mejor la anatomía y la fisiología de la mujer que el médico que las ha estudiado por años, los músculos que empujan, los nervios que transmiten el impulso para dar a luz. Y dijo, también con razón, la comadrona no distingue las trompas de Falopio de las trompas de Eustaquio.

Pero entonces comenzó un efecto atribuido a la necedad y la ignorancia: un rumor, luego un clamor sostenía que las mujeres morían cuando las atendía un hombre y no (o mucho menor cantidad) atendidas aunque fuese por la cocinera. Era sin duda un prejuicio anticientífico explicable porque lo propalaban analfabetas (lo cual era cierto en general, ya que sólo las clases altas aprendían a leer y a escribir). Son pudibundas, añadía la gente culta, se avergüenzan por mostrar lo más íntimo a un hombre extraño, el médico. Pero si hasta van a misa y al rosario. Un caso claro de fanatismo eso de rechazar la atención del parto por un profesional.

Con el crecimiento de las ciudades durante el siglo XIX todo pueblo grande tuvo su clínica atendida por médicos. El rumor de los ignorantes crecía: la que entra a parir a un hospital no sale viva. La que pide atención en su casa a un médico muere con más frecuencia que la pobre que da a luz en el mercado con ayuda de amigas. Mueren más las que atiende un médico en una cama limpia que quienes dan a luz entre restos de cebollas y lechugas: un claro prejuicio hecho de pudor, ignorancia, religión y exceso de rosarios y veladoras.

En Viena, capital del imperio Austrohúngaro hasta el fin de la Primera Guerra, en 1918, las mujeres pobres a las que encontraba la beneficencia en el difícil trance de parir en la calle, se defendían a golpes y mordiscos, dejaban a veces las uñas en las gradas del mejor hospital del imperio y del mundo porque la ignorancia les hacía creer que atendidas allí dentro morirían. Y morían. También hay casualidades. Pero que muriera hasta un 35 por ciento de las atendidas en hospital era suficiente para dar a la luz en la calle y no en el hospital. La muerte de quienes se atendían en su casa y por una mujer sólo ocurría cuando el parto presentaba anormalidades, pero la infección posterior era escasa.

La voz que nadie oyó

Con este título hay, o hubo hace mucho, una espléndida biografía del iniciador de la asepsia en medicina. Lo leí adolescente y no recuerdo el autor.

Pronto estas casualidades fueron demasiadas para la joven ciencia de la estadística. Un médico de 29 años, Ignác Semmelweis (el acento en la á nomás sirve para pronunciar en húngaro, sin acento es o, c es z) puso en duda la ciencia médica y sus diatribas contra la ignorancia de sacristía. Observó que, en efecto, los médicos tenían información detallada de la anatomía en acción durante el parto: la habían aprendido… ¿dónde la había aprendido él? En las salas de disección del hospital, donde yacían cadáveres sumergidos en formol cuando aún no se conocía la refrigeración, los sacaban a una mesa de piedra y el maestro les mostraba las partes del hígado, el interior de un riñón, el útero y los ovarios.

La imagen la tenemos gracias a Rembrandt, 200 años anterior, en cuya Lección de anatomía vemos al médico cirujano mostrar a sus alumnos músculos, tendones y vasos sanguíneos de un brazo abierto a un cadáver. El maestro y los alumnos atentos visten sus trajes negros de calle, con grandes cuellos bordados y sobresalen hermosos y largos encajes en los puños…

La moda de los trajes había cambiado, pero Semmelweis había aprendido anatomía en iguales condiciones. Luego todos los jóvenes se secaban el líquido cadavérico en su pañuelo o en las solapas del traje porque eso daba estilo, y se iban a la sala de maternidad del Allgemeines Krankenhaus der Stadt Wien: Hospital (casa de enfermos) General de la Ciudad de Viena.

Tuvo, sin que hubiera intención alguna, un buen diseño experimental creado por el azar, un caso de serendipitia: la Krankenhaus tenía dos clínicas obstétricas, una atendida por comadronas, otra por médicos. La mortandad en esta sala era hasta cinco veces más alta que en la atendida por comadronas, ignorantes de la anatomía porque no hacían disección, eso era asunto de hombres que serían médicos.

La infección posterior al parto se llama fiebre puerperal (puer, pueris=niño en latín, de donde en español tenemos pueril). También ocurría en partos caseros, aunque resultaba notable la diferencia con los hospitales.

Semmelweis vio la relación, la diferencia entre las dos clínicas, pero no supo la causa. Le faltaba Louis Pasteur, cuatro años menor, pero ya en camino de explicar la etiología de las enfermedades infecciosas como obra de seres vivos invisibles al ojo… unos 12 años después.

La diferencia entre el trabajo de médicos y el de comadronas en el hospital de Viena era que éstas no necesitaban aprender anatomía. ¿Era eso? En 1847 Semmelweis propuso a los médicos lavarse las manos con una solución desinfectante. En principio se resistieron porque les ofendió el trasfondo: sugería que eran ellos los causantes de las muertes. Pero debieron aceptar el lavado de manos y la línea de mortalidad descendió de forma inmediata. Eso no convenció a los médicos, ni gráficas ni números y de pronto comenzó a subir de nuevo la tasa de mortalidad. Semmelweis revisó la solución antiséptica, la toalla limpia. Todo parecía en orden. Entonces se escondió a la hora del lavado de manos posterior al manejo de cadáveres. Vio que los médicos miraban a un lado y a otro y con rapidez se secaban las manos en la toalla, sin lavarlas.

Publicó sus resultados. Demostraba que el lavado de manos con hipoclorito de calcio y cepillo reducía la muerte de parturientas a menos del 1 por ciento. Desde el 35 hasta menos de 1. Pero no tenía explicación. Por eso fue “la voz que nadie oyó”. Sería el inglés Joseph Lister quien impondría, años después, y con base en los trabajos de Pasteur, la asepsia en el trabajo médico.

El año 1848 estuvo marcado por revoluciones europeas estudiadas por Marx y Engels. Una de ellas fue la independentista de Hungría, aplastada por las armas del imperio. Los húngaros quedaron bajo sospecha y Semmelweis no obtuvo la renovación de su contrato.

 

Tengo dos finales para la vida de Ignác Semmelweis. En uno, tiene un pronunciado deterioro en su conducta. Iba a ser internado en una institución para enfermos mentales cuando intentó escapar, los guardias lo atraparon y  metido en camisa de fuerza le dieron una paliza, de la que le resultó una herida gangrenada y murió a los 47 años.

La del libro que leí en la adolescencia es mejor: ante los médicos y alumnos que se negaban a creer que ellos eran el medio de infección, hizo la prueba definitiva: en la sala de disección se hirió un dedo y lo metió en el cadáver que estudiaban. En pocos días tuvo los síntomas de las mujeres que había tratado de salvar con el lavado de manos y murió. El suicidio probó que tenía razón.

 

Luis González de Alba
Escritor. Su más reciente libro es No hubo barco para mí. www.luisgonzalezdealba.com / Twitter: @LuisGonzlezdeA

Literal

No hay vuelta atrás

De pronto me encontré en un lugar inesperadamente feliz. Luego de algunos años de soltería apareció un hombre que, sin ser lo que yo había imaginado para mi futuro en pareja, se había vuelto entrañable. Tanto que me olvidé de mis cartas al universo, donde escribía que deseaba estar con un hombre alto, de ojos claros, con posibilidades económicas, y todo eso que una tiene en la cabeza si se trata de armar el hombre ideal. Este aparecido no tenía nada de eso, sobre todo, no tenía ojos claros ni dinero. Nos encontramos por primera vez con un grupo de amigos en la playa. Él era invitado de la anfitriona de la casa, vieja amiga mía, que cada año hace una enorme fiesta para sus amigos de todo el país con tan buena suerte que la casa se llena de conocidos y desconocidos. Ahí estaba Fedro. Ahí estaba yo. Entre borrachos simpáticos y locos tirándose clavados en la piscina cruzamos una mirada y brindamos a distancia. Poco a poco fue acortando esa distancia y se paró junto a mí en el bar. Tuvimos una breve conversación. Nada especial, pero era tan alegre que daba gusto conversar con él. Aún con eso, no era posible quedarse con una sola persona en una fiesta tan grande y yo estaba más interesada en ver a un cliente para mi negocio que en flirtear. Dejé a Fedro para irme a hablar con mi objetivo después de intercambiar datos para seguir en contacto.

*

Comenzó por escribir mensajes cortos en redes sociales. Saludos, recomendaciones de música, y de pronto hasta me invitó a una conferencia que daría sobre turismo en Monclova. No pude asistir pero le agradecí y aseguré que me acercaría a la siguiente. Un buen día me llamó por teléfono. Apareció para invitarme a cenar y acepté sin ninguna expectativa más que la de charlar tan agradablemente como aquella primera vez en Vallarta. Esa cena marcó la diferencia. No había más gente y mi atención era toda suya. Supe muy pronto que lo quería volver a ver y no fui yo quien lo propuso sino él. Hacía mucho tiempo nadie era tan atento conmigo sin que mediara un interés laboral. Me sentí deliciosamente lisonjeada. Lo dejé hacer, lo dejé quedarse en mi casa, me dejé querer y yo también lo empecé a querer. Llevaba tres años sin un amor, solo momentos sexuales, pocos, nada para guardar en el álbum de los recuerdos. Pensaba que este hombre sería algo parecido, algunos encuentros ardientes y luego cada quién a sus asuntos. Me equivoqué, felizmente. Él quiso verme más allá de eso y yo también. Fue demasiado pronto que empecé a sentir más que deseo, un amor pequeño que iba creciendo a pasos agigantados en cada visita.

*

Todos los días recibía flores con una tarjeta en la que ponía mi horóscopo. No sé por qué era tan importante para él eso de los horóscopos pero me habitué a recibirlo y a pensar si esa leyenda en verdad definiría lo que sería mi día. Cuando no eran flores eran chocolates. O café en grano, que sabía que me gustaba mucho. Hizo todo para conquistarme y no fue complicado, yo estaba lista para empezar algo serio, o eso pensaba. Los meses pasaron y el sentimiento ya era inmenso estaba a flor de piel. Tanto, que comencé a hacer preguntas sobre el rumbo que tomaríamos juntos con aquello que estaba pasando entre nosotros. Fedro me abrazaba cariñosamente y decía que dejáramos al tiempo hacer y decidirlo. Me enojé. Pensé que ya sentíamos los suficiente como para decir que lo nuestro era una relación formal, pero para él, era algo que se daría con el tiempo. No era descabellado esperar, pero yo sentía urgencia de ponerle un nombre a nuestra relación.

*

Repentinamente llegó una oleada de ansiedad. Necesitaba su palabra, algo, que me dijera más que un te quiero. Los mensajes diarios y las flores se fueron volviendo pocos para mí. Reclamaba su atención total, su rendición o algo parecido. Fedro tenía paciencia, pero fueron muchos los momentos en que se desesperaba y se alejaba unos días. Luego regresaba y trataba de cumplir mis caprichos, atender a mis reclamos, a esa extraña necesidad que ni yo misma entendía por qué me obligaba a buscarlo hasta el hartazgo. Más de una vez, sin que mediara un problema entre nosotros, me emborraché y lo increpé por no ser capaz de darme su palabra, de decir que ya éramos pareja, novios, algo. Pese a todo él se quedaba. ¿Qué mayor prueba de amor podía tener que aguantar a una histérica, aunque pidiera perdón al día siguiente?

*

Después de algunas semanas de estira y afloja con el tema, Fedro decidió terminar con lo que sea que tuviéramos como relación. Traté de convencerlo de que lo intentáramos pero no cedía. Sentí que el piso se abría para tragarme. Después de colgar el teléfono nada detenía mi caída y el vértigo me asustaba además de sentir que algo laceraba mi pecho. Toda yo estaba abierta en canal. No hubo manera de hacerlo cambiar de idea. Tenía dudas de todo ahora. Dudas sobre si quería o no vivir conmigo esa relación sin nombre. Entró en mi vida muy fácil y yo le abrí los brazos con demasiada efusividad. No estaba parada donde yo creía. Cierto que la afinidad y el cariño, que brotaron como un río, existían. También estaban ahí como testigos de lo hermoso, dos crisis negras que ninguno de los dos estaba superando, en mi caso ni me di cuenta de que la tenía.

*

Las mañanas eran una puñalada ni bien salir el sol. Tratar de poner un pie fuera de la cama era tan pesado que parecía haber ganado cien kilos, cuando en realidad había bajado mucho de peso. Fumaba el primer cigarro a las seis cincuenta de la mañana. El segundo a las siete. Ir y venir al baño, vomitando primero, lo que fuera que hubiera comido la noche anterior y cuando ya no quedaba nada, un líquido amargo y doloroso. Le achacaba mi dolor, más que a Fedro, a todos los males de ojo del mundo, a la vibra negativa, a algún hechizo perpetrado por alguien de que no fuera simpatizante. En el trabajo siempre hay gente así. Creía en todo y en nada. Decidí hacerme una limpia y cosas que antes nunca habría hecho, como si la magia pudiera reparar el daño que tenía dentro. Fui con una santera que me recomendaron y le dije que sentía encima una masa de energía negativa. Ella me limpió, hizo oraciones que apenas entendía porque hablaba muy rápido mientras pasaba por todo el cuerpo un huevo y un ramo de plantas irreconocibles para mí. Yo creería en todo antes que quedarme sin hacer. El dolor era insoportable. La santera se dio cuenta de que había algo más que las sombras de las que le había hablado y le confesé que sufría por amor. Los ojos se le iluminaron y mencionó a Pomba Gira. Pregunté de qué hablaba y me respondió que se trataba de una mujer muy poderosa, la bruja mayor, que no era buena ni mala, pero sí muy fuerte y capaz de devolverme a mi amado. Eso sí, aclaró, no hay vuelta atrás. Me asusté. No dije nada, solo pagué y salí de su casa.

*

La limpia no servía para la tristeza, no se iba. Apenas lograba meterme a la ducha, a veces ni eso. Mi ansiedad estaba por todo lo alto y las pastillas que tomaba me adormecían. Ni señales de Fedro. Lo último que me dijo fue “perdóname” pero ese perdón no borraba los latigazos propinados ni era una promesa de su regreso, ese dolor de mierda no daba tregua. Pomba Gira sonaba en mi cabeza, esta vez con más fuerza y con menos temor. Llamé a la santera y le pedí una nueva cita.

*

Volví a la casa donde me hizo la limpia. Estaba dispuesta a todo menos a seguir sumida en la angustia y la oscuridad. Apestas a cigarro, me dijo. No dejo de fumar desde las siete de la mañana, respondí. Calma, los amarres de Pomba Gira no fallan, pero mucho cuidado con prometerle algo que no puedas cumplir porque es muy ruda. No te busques un castigo mayor, me recordó. Ya no me daban miedo los castigos, ya estaba sufriendo lo peor que hasta ese momento de mi vida había padecido.

*

Llegué a casa con una serie de instrucciones anotadas en un papel con letra deforme y faltas de ortografía. Iba a hacer una velación para que Fedro regresara a mí. Tres velas rojas y una bicolor, roja y negra, para el último día, porque, según el instructivo de la santera, debía hacerlo nueve veces, nueve domingos. Se indicaba que pusiera tres velas rojas en triángulo y una foto mía, otra de él. Y rezar una oración larga. Con mucha fe, me advirtió la santera. Y a ello fui. Me ardían los ojos de tanto desvelo, de tanto llorar; miré la foto de Pomba Gira y aunque el miedo regresó al leer la oración decidí invocarla:

Por los poderes de la tierra, por la presencia del fuego, por la inspiración del aire, por las virtudes del agua, invoco y conjuro a Pomba Gira María Padilha, por la fuerza de los corazones sagrados y de las lágrimas derramadas por amor, para que se dirija a …. donde está …. trayendo su espíritu ante mi amor, amarrándolo definitivamente al mío. Salve Pomba Gira María Padilha Reina de las 7 encrucijadas. Te pido así: ahora Gira ven mujer girar a mi favor haciendo así mismo: Que …. quede completamente apasionado por mí …., pidiendo asimismo: aire mueve, fuego transforma, agua forma, tierra cura y la rueda va girando, va girando y la rueda va girando, va a hacer quedar para siempre a …. apasionado, manso, doblegado, dominado, humillado y arrastrándose detrás de mí. Que su espíritu se bañe en la esencia de mi amor y me devuelva el amor en cuádruple. Que …. jamás quiera a otra persona y que su cuerpo alma y espíritu solo a mi amor me pertenezca. Que …. no viva, no respire, no piense, no beba, no coma, no hable, no escuche, no cante, no trabaje, no duerma, no se divierta a no ser en mi presencia. Que mis grilletes lo apresen para siempre, por los poderes de esta Oración. Minhas Pomba Gira use su poder y aleje a …. de cualquier mujer con que el este en este momento; y si estuviera que llame mi nombre. Quiero amarrar el espíritu y cuerpo de …. porque lo quiero amarrado y enamorado de mí …. quiero que …. quede dependiente de mi amor, quiero a …. loco por mí …, deseándome como si yo fuese la última persona de la faz de la tierra. Quiero su corazón prendido a mí eternamente, que en nombre de la gran Reina María Padilha florezca este sentimiento dentro de …. dejándole preso a mí …., 24 horas por día. Oh Pomba Gira Reina María Padilha has de traer a …. para mí …., pues yo a él deseo, y lo quiero deprisa. Por tus poderes ocultos, que …. comience a amarme a mí …. a partir de este exacto instante y que el piense sólo en mí …., como si yo fuese la única persona del mundo. Que …. venga corriendo hacia mí, lleno de esperanzas y deseo, que …. no tenga sosiego, paz, tranquilidad, esperanza, trabajo, salud, dinero, felicidad hasta que …. venga a buscarme, y vuelva a mí …. Con tu poder y fuerza infinita ciérrale todas las puertas a …. para que no tenga amistad, trabajo, amor, cariño, salud, familia hasta que regrese al lado de …. Reina María Padilha yo te imploro para que me traigas a …. Que …. me ame mucho, venga manso, doblegado, dominado, humillado a mis pies como yo deseo. Yo le agradezco a la gran Reina María Padilha. Y prometo siempre llevar su nombre conmigo. Oh Poderosa Pomba Gira Siete Exus, quiero de vuelta mi amado …. que me entristece con su desprecio, que …. olvide y deje de una vez y por todas todos los otros amores y a los que nos quieran apartar. Que …. sea desanimado, grosero, mal educado, odioso y frío con otras mujeres, que cualquier otra mujer que este con …. se estrese con él, pelee con él y salga inmediatamente de la vida de él y le tome enojo, odio, aversión y rabia de él y no se retracte de nada. Y que …. tome enojo, odio, aversión y rabia de cualquier otra mujer que ande con el ahora y que ellos terminen esa relación urgentemente y para siempre. Que …. se sienta solo, humillado, avergonzado de todo y por todos. Que ninguna otra mujer consiga hacer que …. sienta placer, solamente yo tendré ese poder dado por ti. Que …. deje de una vez a todas las otras mujeres, que no sienta deseos ni placer con otras mujeres que no sea yo …. y no consiga ver más a otras mujeres como mujeres, que sienta enojo al oír la voz de otras mujeres, y se torne indiferente a la presencia de ellas, y no sienta placer con ninguna otra mujer que no sea yo …. Que el venga a mi …., pida mi amor y mi perdón. Oh! Linda Poderosa Pomba Gira Siete Exus, que en este momento …. no quiera más andar con nadie ni con sus amigos, mujeres, clientes, familia, padres, hermana. Que quede sólo pensando en mí y pensando cómo va a hacer para HACERME FELIZ a mí …. Necesito, reina, de una señal, una llamada telefónica, cualquier contacto para yo saber si …. piensa en mí y que me quiere, y me quite de esta oscuridad. Que …. hable conmigo, que sienta que me echa de menos, me extraña, me necesita, me desea. Usted es fuerte y poderosa, traiga a …. a mis pies, para siempre, y que venga corriendo, que deje todo y a todo, que desconozca familia, costumbres, amigos, trabajo, mujeres, amigas. Y que sólo piense en mí …. Linda Poderosa Pomba Gira Siete Exus que con su grande y fuerte poder destruya, derribe, acabe, quite, mate, desaparezca todas las barreras, a todas las personas, hechizos, trabajos y sortilegios que están impidiendo que …. me ame locamente y desee unirse a mí …. .Quiero a mi amado, amándome, admirándome, cuidándome, protegiéndome y consintiéndome siempre, al acostarse que …. piense en mi …, haciendo así que solo yo …., sea el único amor en la vida de …. que él me ame y confíe. Que sentir por mi …. un deseo fuera de lo normal como nunca sintió por otra mujer y nunca sentirá. Que él no sienta más deseos sexuales por ninguna otra persona. Que sus deseos sean sólo para mi …. que sus pensamientos, gentilezas y bondades sean sólo para mi …. Solamente yo …. Le daré placer varias veces en el mismo día, solo yo tendré ese poder dado por ti. Salve 7 Sayas por los 7 Exus que acompañan tus pasos te pido y suplico, amarres en sus 7 sayas y en los 7 guisos de su ropa a …., para mí …. Linda y Poderosa Pomba Gira de los Siete Exus te pido quiebra y has polvo las fuerzas, el orgullo, la dignidad, la resistencia de …. para que él sea muy cariñoso, amoroso, comprensivo con …. Que …. me quiera mucho de verdad. Que yo …. me quede con él. Pero además, quiero que usted, Linda Poderosa Pomba Gira Siete Exus, aleje de …. toda y cualquier otra mujer. Y que podamos ser felices juntitos. Que el sólo sienta atracción y deseo sexual por mí …. Que él me llame por teléfono desde ya y a todo instante. Que sienta nostalgia, deseo, pasión, y amor por mi persona, que sufra y muera lejos de mí y no aguante más sufrir lejos de mí …. Quiero que él me busque hoy y ahora. Quiero oír la voz de él, pidiendo verme para quedarse conmigo y volviendo a mí …. para siempre, diciendo que me ama y que me quiere sólo a mí …. Gracias por el favor concedido, voy a divulgar tu nombre a cambio de este pedido, yo …. profetizo en el nombre del Padre, del Hijo y del espíritu Santo, confío en el poder de las 7 Encrucijadas, que así sea, así será y así está hecho. Agradezco por el deseo pedido ya alcanzado, cada vez que lea esta oración más fuerte ella se hará. Voy a divulgar a las 4 esquinas del mundo, pidiendo a la madre que conceda mi deseo, que haga a …. estar loco de amor y deseos, que cada lágrima derramada por mí se transforme en un gran amor en el corazón de …., sé que los espíritus de la falange de Pomba Gira están soplando en los oídos de …., soplando mi nombre .…, de día y de noche, que él duerma pensando y acordándose de mí. Salve Pomba Gira te pido, oh madre, quita del pensamiento de …., todo el odio, resentimiento, rencor, ira, enfado, enojo y lo malo que le paso, que él sólo piense en nuestro amor, y viva arrastrándose a mí …. de tanto amor. Que así sea, así será y así está hecho. Agradezco por todo lo que ya está hecho y confío que seré atendida, …. va a estar loco de amor por mí …. lo más rápido posible, trae a …. de vuelta a mí ya. Gracias por el favor concedido.

*

Las velas debían consumirse. Para evitar cualquier accidente las puse encima de la tapa del excusado. A pesar de saber que estaba haciendo todo cuanto tenía a mano para que Fedro regresara, me fui a la cama llorando. Me quedaban ocho velaciones por hacer.

*

Nada. Una semana más de sufrimiento que no podía soportar. Bebía, fumaba, me sentía desangrada por dentro. En principio aceptaba visitas de mis amigas, luego no quería ver a nadie ni contestar el teléfono, el tono lastimero que usaban para decirme que todo estaría bien era insoportable. Me preocupaba no haber seguido bien las instrucciones de la santera para invocar a Pomba Gira. ¿Había hecho algo mal? Revisé las instrucciones y constaté que estaba todo tal y como se me había indicado. Temía enojar a la bruja mayor si lo había hecho sin suficiente fervor. Fumaba mi cigarro de las siete de la mañana cuando escuché un rumor en mi oído. Una voz tenue que decía “no tengas miedo”. Era un susurro tan bajito, tan lento, que pensaba que eran mis propios pensamientos. No me asusté, nada me daba más miedo que mi desasosiego, ya casi deseaba que apareciera un fantasma o alguna imagen extraña que me sacudiera, que me arrastrara fuera de ese hoyo negro.

*

Hice la segunda velación el domingo siguiente. Mientras rezaba lloraba a mares, pedía, suplicaba, terminaba el trabajo de rodillas ante el inodoro, hipando. El lunes siguiente, con mi cara pegajosa entre los mocos y las lágrimas, me levanté trabajosamente de la cama. Iba a preparar café cuando el teléfono sonó. Tenía miedo de que fuera alguien de mi familia, no quería que se dieran cuenta de lo mal que estaba, no había hablado con ellos en un mes. Lo dejé sonar pero me decidí a contestar, recomponiendo mi garganta para sonar más o menos normal. No era nadie de mi familia ni de mis amigas. Era Fedro. Estaba llorando y decía que no podía más con su dolor, que me extrañaba. Su voz casi me sonaba irreconocible pero era él. Sin duda era él. No le hice preguntas esta vez, no reclamé ni me mostré ansiosa aunque estaba emocionada por escucharlo y lo esperaba con los brazos abiertos. Quedamos en vernos ese mismo día para hablar en una cafetería cercana a mi casa pero incumplió con el horario: llegó media hora antes, directo a mi hogar. Al abrir la puerta se lanzó a mis brazos como si necesitara que lo sostuviera; lloraba, reía y me pedía perdón por haberse alejado. De pronto mi negrura se fue disipando, el dolor de pecho se borró tan sólo con verlo, estaba ahí, y estaba justo como yo quería, enamorado, necesitado, seguro de querer quedarse a mi lado. Gracias, Pomba Gira, pensé.

*

Fedro quiso venir a vivir conmigo inmediatamente. Yo estaba encantada con su cambio de actitud. Guardé todos los vestigios de la velación antes de que él llegara a casa y secretamente, puse a Pomba Gira algunas cosas que había leído, le gustaban: rosas rojas abiertas, sin espinas, puros, ginebra. A solas hacía oraciones de agradecimiento en su nombre. No me mintió la santera, Pomba Gira me devolvió lo que yo más quería y la frase “no hay vuelta atrás” me parecía una hermosa promesa. No dudé en pasar la oración y las instrucciones a las amigas que estaban en problemas amorosos, si a mí me funcionó, a otras las ayudaría. Les recordaba, como la santera me recordó, que de eso no se regresaba.

*

Rentamos un departamento más grande para los dos. Pensábamos en tener hijos, en hacer grandes fiestas para nuestros amigos, en ir decorando cada rincón a nuestro gusto. Fueron años muy felices, nos hicimos tan unidos que uno adivinaba el pensamiento del otro en ocasiones. A veces los celos de Fedro me molestaban, al principio los deseaba como muestra de su cariño, pero luego ya no fue tan idílico el reclamo. No me quejaba aunque lo sufriera a ratos. Yo lo elegí, yo lo traje de vuelta. Ahora tocaba aceptarlo.

*

De pronto el apego comenzó a menguar en mí. El tiempo hace de las suyas en todo, en la piel, en el ánimo, incluso en los sentimientos más profundos. Comencé a sentir asfixia en aquella relación que no había bajado su intensidad en más de seis años. Ahora entendía por qué él se sintió agobiado por mí en un principio. Los papeles se invirtieron. Sabía que lo quería pero sabía también que no podría seguir adelante con tantos reclamos de atención. Me ofrecieron un trabajo fuera de la ciudad y no se lo conté. Estuve algunas semanas dándole vueltas al tema hasta que tomé una decisión: lo acepté. No tuve valor de decirle nada. Discretamente fui empacando mis pertenencias y sacándolas poco a poco de la casa, le decía que quería renovar mi guardarropa y regalaría lo viejo que tenía. No sé si me creyó, no opinaba al respecto, pero comenzó a ponerse ansioso y a reclamar mi atención más de lo normal, que ya era bastante. Una mañana lo dejé dormido en nuestra cama. Eché una última mirada a su cuerpo entre las sábanas, al rayo de luz que se imprimía sobre la cama. No hay vuelta atrás, vino a mi mente la frase de la santera. No hay vuelta atrás, pensé yo, y lo dejé.

*

Pasaron dos meses sin saber el uno del otro. Dos meses en mi flamante oficina cuando empecé a sentirme extraña. No es que no pensara en Fedro o en que había estado mal haberlo dejado así, pero sabía perfectamente que informarle mi decisión habría significado una batalla. No quería seguir con él, eso lo tenía claro, pero repentinamente comencé a sentir muchas ganas de verlo. Fueron varios años juntos, tampoco lo iba a olvidar de un día para otro. Salí de ahí y fui directo a mi nuevo departamento donde nadie me esperaba. Me serví una copa de vino y encendí un cigarrillo. Apenas había dado un par de sorbos a mi copa, ni uno más, cuando de pronto escuché una voz suave que susurraba “regresa”. Miré para todos lados, las ventanas estaban cerradas, la radio apagada, no había indicios de que hubiera alguien más ahí. Le eché la culpa al estrés y a esa repentina nostalgia que sentía por Fedro aunque también me repetía que no iba a regresar.

*

La mañana siguiente fue una pesadilla. Desperté con un dolor en el pecho y un hormigueo en los brazos. Angustia. Conocía bien esa horrible sensación. Sentí que me faltaba el aire, así que corrí a la ventana y aspiré profundamente. Fedro, pensé. Lo necesito. Lo extraño.

*

Dos días tardé en desbaratar el contrato y recoger mis cosas del nuevo departamento. Regresé a mi antiguo hogar, temerosa de no encontrar a Fedro pero me abrió la puerta. Sabía que le debía explicaciones pero tan sólo con verlo me lancé a sus brazos llorando, pidiendo perdón. Lo llené de besos y él no me rechazó, no me hizo preguntas. Estaba emocionado con mi regreso. Me condujo a nuestra habitación, intacta. Hicimos el amor como las primeras veces, con prisa y con pasión desbordada.

*

Fui al baño. Descubrí que Fedro no había echado a la basura mis cremas ni otras cosas que dejé antes de irme. Lavé mi cara, mis dientes, iba de regreso a la cama pero se me cayó una pulsera. La recogí del suelo, manchado con algunas gotas de cera roja.

 

Paola Tinoco
Escritora, editora y promotora literaria. Publicó Oficios ejemplares.

literal-tinoco

Lecciones del intelectual troyano:
La cuarta socialdemocracia tras la presidencia del PRD

La efímera presidencia de Agustín Basave al frente del Partido de la Revolución Democrática representó un experimento político natural que pasó relativamente desapercibido en la discusión pública. Un hombre de ideas, estudiado en la Universidad de Oxford, se dio a la tarea de sacar al partido del sol de la corrupción y la precariedad electoral para convertirlo en una fuerza política exitosa en la vanguardia de la socialdemocracia. Basave simbolizó ese puente deshabitado que parte desde la teoría política, la academia y su torre de marfil y concluye en el lodo de la praxispolítica mexicana. Entender la colisión y el ulterior fracaso del intelectual frente a las tribus perredistas puede arrojar luz a la hoja de ruta de todos aquellos que aspiramos a hacer del conocimiento una herramienta hacia la utopía.

basave

Ilustración: Víctor Solís

Surge, sin embargo, una necesaria pregunta previa: ¿en qué consiste el ideario político de Agustín Basave? A finales de 2015, como diputado federal del PRD y precandidato a la presidencia del partido, Basave publicó La cuarta socialdemocracia. Dos crisis y una esperanza, bajo el sello ibérico Catarata. A partir de una idea que brotó durante las elecciones de 2006, Basave optó por adentrarse en el atávico debate entre izquierdas y derechas. La cuarta socialdemocracia es un texto nítido, ordenado y, para mi sorpresa, repleto de ideas.

Desde el comienzo Basave abraza el medio aristotélico entre socialismo y liberalismo, llamándolo socialdemocracia. El autor acentúa las contradicciones internas del capitalismo pero lo hace citando a Hobsbawm, a Piketty y a Stiglitz, desestimando explícitamente a Lenin, a Marx y a Engels. El rango de las ideas, sin embargo, va más allá de lo estrictamente político y también de la nomenclatura tradicional de izquierdas: entre citas de Jean Jacques Rousseau, de Adam Przeworski, de Isaiah Berlin y de Friedrich Nietzsche, Basave teje un interesante ejercicio de conjeturas y provocación ideológica.

Se trata de un libro esencialmente distinto a los textos de políticos mexicanos: hay propuestas claras, pensamiento genuino y manifiesta erudición. Temprano, en las primeras páginas, Basave anuncia la simetría entre izquierdas y derechas, en tanto las primeras favorecen la igualdad a costa de la individualidad, las segundas invierten las prioridades. En el origen, escribe el autor, la derecha nace del cálculo, mientras la izquierda brota de la indignación.

Basave ordena el libro cronológicamente alrededor del concepto teórico y la concreción histórica de la socialdemocracia. El primer capítulo, por mucho el más denso en historia de las ideas, ahonda en el pensamiento de Eduard Bernstein, probablemente el teórico político más influyente para su propio ideario. Basave equipara la trayectoria de Bernstein con la del Partido Socialdemócrata de Alemania y describe geométricamente su trayectoria histórica en forma de una elipse evolutiva: de la curiosidad intelectual y el desapego frente a la doctrina marxista pasó a la militancia dogmática del canon de Marx y Engels, para posteriormente llegar a un eventual revisionismo crítico que, no obstante, desistió en emanciparse por completo del materialismo histórico y la dictadura del proletariado. Para Basave la clave del pensamiento de Bernstein radica en optar por el voto sobre la revolución, el ánfora y no la pólvora, como camino hacia el progreso. A esto llama la primera socialdemocracia, que coloca entre 1875 y 1945.

El segundo momento está ubicado durante buena parte del siglo XX, ilustrado por la alianza electoral obrera con campesinos y la pequeña burguesía, caracterizado por el despliegue de la socialdemocracia nórdica que terminó superando a su progenitora germánica. Es en este momento cuando la democracia socioliberal alcanza su apogeo y, desde las urnas, termina engullendo la vía marxista de las armas. La cima de la socialdemocracia comienza tras la Segunda Guerra Mundial y la construcción de los Estados de bienestar, con la aportación imprescindible del keynesianismo. Basave llama a este episodio la Treintena Gloriosa (1945-1975) que desemboca, no obstante, en el neoliberalismo de los años ochenta.

La fractura del socialismo democrático y su vuelta hacia la derecha liberal es la tercera y última socialdemocracia. Este tercer estadio se caracteriza por “el encogimiento del Estado benefactor y la adopción de una política económica cada vez más apegada a la ortodoxia neoliberal”. La última etapa, que llega a nuestros días, descansa en la premisa del homo economicus: la suma de todos los egoísmos proveerá prosperidad colectiva. Se trata de una invocación, según Basave, del realismo mágico más puro.

Tras un soliloquio sobre el progreso de la socialdemocracia en América Latina, mínimo y poco original pero completo, Basave cierra con una parte propositiva: la cuarta socialdemocracia. Las dos crisis que aparecen en el subtítulo se refieren a la sumisión de la política frente al poder global del capital —a la Bernie Sanders— y, subsecuentemente, a la poca legitimidad democrática de las instituciones representativas que obedecen a los empresarios e ignoran a las mayorías. Según el autor “la gran asignatura pendiente de la democracia es separar el poder político del económico”.

En su llamado a repensar la izquierda, empantanada desde la caída del muro de Berlín, Basave propone blindar a la democracia de volverse una plutocracia liberal a través de un nuevo diseño institucional: un cuarto poder bajo el diseño de pesos y contrapesos de Locke y de Montesquieu, una suerte de tribuno de la plebe al estilo republicano de Roma que “incidiría transversalmente en los tres poderes tradicionales, un órgano colegiado completamente apartidista cuyos integrantes serían electos por votación popular universal (alguna modalidad de sorteo podría ser incorporada parcialmente) y serían obligatoriamente personas sin militancia en ningún partido político”. Su función sería integrar órganos autónomos, rectificar las decisiones legislativas y judiciales “más trascendentes“, así como elegir al jefe de Estado, pues asume Basave su operación bajo una nueva Constitución que instalaría un sistema parlamentario, al estilo de Westminster.

Sin duda estamos frente a un político intelectualmente notable: un contundente contrapunto frente a la abierta ignorancia de La silla del águila de Krauze que pronunció Peña en la Feria del Libro —y, por tanto, una muy digna cabeza de la izquierda mexicana. Pocas plumas como la de Basave demandan tan frecuentemente consultar a la RAE. Por desgracia, en reiteradas ocasiones su arsenal lingüístico no obedece a la precisión de brocha fina y la búsqueda de le mot juste de Flaubert, sino a la pretensión rimbombante. No obstante, es un texto cabalmente escrito y, reitero, con propuestas inteligentes —aunque ciertamente perfectibles— y con ideas vanguardistas que proponen la reestructuración de nuestra arquitectura política institucional.

Basave es un pensador ecléctico que se oculta bajo el velo de Rosa Luxemburgo. El autor se dice abiertamente de izquierda y ataca el capitalismo y el liberalismo económico. No obstante, suscribe el mercado, reconoce sus efectos positivos, abraza la posibilidad de un pacto con el gran capital, defiende el cuerpo de derechos que emanan del liberalismo e incluso reconoce que “el velo de la ignorancia rawlsiano sigue siendo pertinente”. Ahí reside la mayor virtud del texto: Basave sigue una visión irrenunciablemente crítica, sin importar quién reciba el juicio. La refutación a Karl Marx no palidece frente a la de Adam Smith. Subrayo, sobre su visión hacia la cuarta socialdemocracia: “aludo a una serie de transformaciones en las instituciones […] una metamorfosis guiada no por la obsesión de una igualdad imposible e indeseable sino por el paradigma de la igualdad justa dentro de la diferencia fecunda”.

La cuarta socialdemocracia es ejemplar en el lúcido ejercicio del matiz, componente vital en las ásperas y comúnmente maniqueas indagaciones ideológicas entre derechas e izquierdas.En este sentido, la propuesta de Basave transgrede las fronteras de los espectros políticos, pues no plantea una batalla final entre socialismos y liberalismos sino que insiste en que la raíz de los males sociales es el afán de dominio excesivo, “una tentación humana que se da con déspotas públicos o con propietarios privados”. En su embestida final contra el egoísmo y la avaricia como motores actuales de nuestras sociedades, Basave se lanza a la reflexión de la naturaleza humana, propia de los filósofos políticos de peso.

Durante su breve presidencia Basave contribuyó en la victoria de las gubernaturas en Veracruz, Durango y Quintana Roo, tres estados sin transición democrática previa. No obstante, logró las victorias subordinado al Partido Acción Nacional y con candidatos, como el mismo Basave, emanados todos del Revolucionario Institucional. Es decir, el legado del mandarín al timón del PRD es apoyar al PAN en sustituir a priistas del presente con priistas del pasado. La presencia electoral perredista en Tlaxcala, Zacatecas y Oaxaca no se materializó en triunfos. La fuerza del partido del sol en el norte del país, de donde es Basave, permaneció anclada a la irrelevancia. Y, por supuesto, las abstracciones sobre la cuarta socialdemocracia jamás salieron de la torre de marfil.

No obstante, es probable que el desplome del PRD hubiera sido total sin Basave como intermediario de las tribus del partido, esos grupúsculos de ramplones corruptos —como René Bejarano y su Izquierda Democrática Nacionalque están en las antípodas de las ideas y la deliberación. La experiencia de Basave al frente del PRD deja una conclusión que no debemos ignorar: el Partido de la Revolución Democrática se ha traicionado a sí mismo, en tanto que ha demostrado su capacidad para pulverizar un franco intento por encender la llama de la rebelión del demos. Desde el Partido de la Revolución Democrática es imposible detonar, precisamente, una revolución democrática.

El laberinto de las tribus perredistas terminó por petrificar al intelectual. No significa que la vía entre las ideas y la praxis esté definitivamente clausurada pero el experimento de Basave frente al PRD demuestra que el partido de izquierda que debería defender el alza del salario mínimo, la redistribución de la riqueza, el combate contra la pobreza y contra la desigualdad —es decir, la cuarta socialdemocracia—, es un páramo secuestrado por intereses electoreros. No es arriesgado lanzar la hipótesis de que algo similar sucedería en el partido de izquierda que abraza la opción del caudillo mesiánico y redentor.

Antes de tomar las riendas del PRD, Basave propuso en la Cámara baja una iniciativa que buscaba contabilizar el voto blanco como expresión ciudadana en contra del sistema de partidos. Mientras mayor sea el voto contestatario, menor será el fondo presupuestario asignado al Legislativo. No es coincidencia que la columna institucional de la cuarta socialdemocracia sea un cuarto poder democrático y apartidista. En su lectura histórica Basave deposita la esperanza del presente en movimientos ciudadanos como Occupy Wall Street,el 15M de España y el #YoSoy132 mexicano. Una y otra vez Basave apuesta por la política libre de los partidos tradicionales.

¿Claudica el mandarín cuando abandona la cuarta socialdemocracia desde el PRD? Es una lectura válida. Un móvil igualmente plausible es la estrategia: pensar en Basave como un troyano que cede las riendas de la nave sabiendo que la deriva no sólo es ingobernable sino que el hundimiento es ulteriormente necesario. Dar un paso atrás para saltar dos hacia adelante. En todo caso, la moneda permanece en el aire. El puente entre conocimiento y práctica seguirá siendo transitado por generaciones futuras, idealmente distanciadas de los partidos de siempre. Las crisis que propicia la desigualdad exacerbada demandarán una vía genuina hacia la cuarta socialdemocracia. Tendrá entonces Basave una última oportunidad.

 

Arturo Rocha
Politólogo e internacionalista por el CIDE.

Literal

El paraíso en invierno
El Borne

Ernesto Mallo editó y prologó la antología Barcelona negra (Siruela), mosaico narrativo protagonizado por “una ciudad que, una vez visitada, se queda grabada en el inconsciente”. Publicamos el relato de Mallo incluido en el libro. En el prefacio afirmó: “Barcelona tiene el cambiante color del mar en su afán por parecerse al cielo. Esta antología, que llamamos negra, me ha recordado al leerla que el negro es la suma de todos los colores”.

barcelona-negra


No quiero despertar. Sigo entregada al sueño. Ese espejo de la vigilia que todo lo invierte. Cuando estamos despiertos suceden cosas que nos producen sensaciones; en sueños tenemos primero la sensación y luego armamos un argumento. Por eso debe ser que me gusta tanto dormir. Para poder darle la vuelta a las situa­ciones…, aunque a veces puede ser mejor dejarlas como están. El combustible de mis sueños es el deseo. Siempre soñé con ser una mujer poderosa, sin haber imaginado dos consecuencias de ello: una, que tenemos poco tiempo para dormir, y la otra, que a los hombres no les gustan las mujeres con poder. Bueno… a la mayor parte al menos. A mí siempre me gustaron los tipos con cabello oscuro, y cuanto más oscuro, mejor. Como el de quien ronca a mi lado, dándome la espalda, en esta madrugada fría. ¿Es Alfredo?, ¿me dejó, lo deseé, soñé que lo hacía, lo hizo? Sueño con una his­toria común, nos conocimos demasiado jóvenes, con demasiadas ganas de escapar del agobio familiar. Además del color de su cabe­llo me gustó su determinación, su seguridad y también cierto en­canto que convocaba el interés de algunas chicas. Siempre fui muy competitiva y, cuando una no tiene suficiente experiencia, suele sucederle que compita con otras por algo, simplemente porque ellas también lo quieren. Con el tiempo aprendí que hay premios que no justifican la carrera y vi desvanecerse aquella fachada de determinación y encanto. Él fue transformándose en un oscuro dependiente de oficina a quien se le valoraba la meticulosa proli­jidad para anotar números en las celdas de las planillas de cálculo y que, al final, las cuentas coincidieran con lo esperado. Abro los ojos: la noche comienza a clarear en las hendijas de la persiana. Me espera un día cargado de reuniones y exigencias, las de otros hacia mí, las mías hacia otros y las mías hacia mí misma. Puf. Mejor duermo un poco más. Sueño con Sterling, que la de anoche fue una intensa noche de amor, de esas que parece que nunca van a acabar y que, cuando lo hacen, me dejan rendida, exhausta y feliz. Sueño que me despiertan sus caricias. El hombre quiere más, lo noto, no son caricias inocentes, desinteresadas. Y, aunque no son tampoco directas, se adivina en el tacto la intención de ir a más, de ser correspondidas, retroalimentadas, estimuladas. Yo no puedo, ni quiero, ni debo rechazarlas. Aunque luego deba salir corriendo y atravesar la ciudad como un bólido para llegar a tiempo a mis obligaciones, no quiero perderme esto. Esto es la vida. La vida luego de tantos años dedicados al desarrollo profesional y al abu­rrimiento matrimonial a partes iguales. Lo dejo venirse a mí con esa mirada felina que se me mete dentro y conmueve todas mis convicciones. Rato más tarde me vienen a la cabeza aquellas pala­bras encantadas.

¿Cuándo nos volveremos a encontrar?

Cuando el batifondo haya terminado y la batalla haya sido ga­nada y perdida.

Despierto alarmada. Sí, mi trabajo es una sucesión de batallas, una alerta constante, un ganar y perder, pero no es una guerra porque las guerras terminan y esto es un guerrear sin fin. Ya llegué a donde quería, lo más importante de mi posición ya nadie me lo puede quitar. Es hora de dar mis batallas de otra manera. Otros irán al frente, mi función será planear y supervisar el campo de ba­talla desde la colina, con prismáticos, como los generales. Bendigo a San Whatsapp y mando el mensaje para que la reunión comience sin mí, que luego me uniré. Cierro los ojos y vuelvo a sus brazos y al perfume animal de nuestros cuerpos combinados. Me sumerjo con total impunidad en el segundo sueño. Ese que se hace por puro vicio, el voluptuoso dormir de quien ya está descansado, el darle rienda suelta a una gula de sábanas tibias, cojines como nubes. Estoy yendo al encuentro de Dany, mi amigo gay. No sé por qué, me he vestido muy sexi, por fuera, pero lo más llamativo va por dentro, con esas braguitas con diamantes. Voy descalza. Lo veo en la librería y, sorpresa, está conversando con Sterling. Lo conozco por la foto en la solapa de sus libros. Cuando vino a la empresa a dar una charla no pude asistir, estaba demasiado ocupada apagan­do algún incendio. Lo lamenté, había leído un libro suyo titulado Fiebre laboral, una serie de consejos para evitar quemarse en aras del desarrollo profesional. Llegó a mis manos por recomendación de Dany, que siempre me aconsejaba menos estrés y más placer. El ejemplar fue prematuro. Yo estaba demasiado comprometida, de­masiado segura de que quería hacer carrera, y toda consideración que me alejara de mis objetivos era automáticamente relegada. Sin embargo, algunos de los conceptos que contenía se quedaron en mí como un rescoldo, ardiendo en secreto a la espera de que un día los toque y me quemen. Dejé el despacho para hacer algunas com­pras y encontrarme con Dany para tomar un café. Es increíble la cantidad de información que el sueño condensa en unos segundos. En mi sueño sé todas esas cosas, pero no estoy segura de si son un recuerdo o me lo estoy inventando. En todo caso no importa, la memoria también es ficción. Sigo soñando: Dany desaparece del sueño. Camino con Sterling por el Born, una mañana brillante y fría. Odio el frío, pero no me importa y seguimos caminando, conversando muy próximos hasta la hora de comer. Yo digo que debería irme a trabajar. Él me mira a los ojos, lee mi falta de con­vicción y no dice nada. Recorremos un trecho en silencio. Yo rue­go que diga algo. Me posee la misma ansiedad de los momentos previos a los exámenes, cuando trataba de tranquilizarme pensan­do que todos esos nervios son siempre infundados. No hay de qué preocuparse, al final todo sale bien, o como debe ser. La serenidad que transmite este hombre dice lo mismo.

Yo debería comer, ¿te gustaría acompañarme? —dice.

Recuerdo el poema de Proust: “… y entonces yo le pedí con mis ojos que me lo pidiera nuevamente, sí. Y entonces él me preguntó si yo querría, sí. Y sí yo dije, sí yo quiero, sí…”. Y digo que sí.

La moto que atrona el vecindario me sobresalta. El que duerme a mi lado se revuelve brevemente y continúa durmiendo. Me da un poco de rabia que duerma tan tranquilo; a mí cualquier ruido me despierta. Temo desvelarme, hago ejercicios de respiración, la cama se pone blanda y tibia, me hundo. Estoy en la salita de la tele. A los tres minutos de comenzar, Alfredo da su diagnóstico: es la película más aburrida del mundo. Finjo que me interesa mucho. Le contesto que, en cuanto al arte, es un indigente intelectual. Lo ofendo, claro. Es el propósito. Tan previsible siempre, hace lo que yo esperaba. Se va. Regresa el sueño del encuentro con Sterling donde lo había dejado. Él elige un pequeño café del paseo de Co­lón llamado Corner, aunque no está en ninguna esquina. Pedimos unos bocadillos bastante sofisticados y pequeños. Ninguno de los dos quiere perder el tiempo comiendo, pero hay que cumplir con la excusa que nos confina a esta mesa minúscula que fuerza nues­tra proximidad. Hablamos, y en ese hablar se mezclan nuestros alientos produciendo un cóctel que nos embriaga como si de un vino recio y etéreo se tratara. Un momento Koi No Yokan: dos personas se conocen y saben, sin saberlo, que están condenadas a enamorarse. Se produce entonces aquella burbuja en la que nos quedamos solos los dos. Pasan las horas, cambian los clientes, los camareros y la luz del sol, sin darnos cuenta. No hay seducción, ni frases ingeniosas, no nos lamemos las orejas. Sólo conversamos, sobre la vida, el arte, la muerte, la humanidad, la tierra y el cielo. Pero en un momento él advierte algo en mí. Se interrumpe brusca­mente, sorprendido, y me dispara:

¿Te das cuenta de lo que está sucediendo entre nosotros?

No puedo, no puedo decir nada, definitivamente sí, me doy cuenta, ahora que él lo pregunta sosteniéndome la mirada. Dicién­dome con los ojos que también a él lo sorprende. Que tampoco él lo esperaba, pero que la atracción se ha instalado allí entre no­sotros y que nadie hará ningún vano esfuerzo por resistirla. La sensación de algo que viene de muy lejos y se proyecta al infinito. Si fuésemos personas místicas habríamos dicho que nos había al­canzado un amor universal. La risotada me saca del trance. En la pantalla del televisor, Alfredo ríe y se burla de mí y de mi sueño.

Tonta —dice—. ¿Creías que era realidad? No, mi amor, es un sueño. Eso sólo existe en las novelas que tanto te gusta leer. Acá en la tierra, la vida es otra cosa.

Y se retira al lavabo, a mirarse en el espejo, a continuar con su risotada. Esa risa que dice que soy suya como una fatalidad, que nunca voy a librarme de este yugo, que ya puedo soñar cuanto quiera, que él siempre estará presente en lo real. Yo me cubro con la frazada, como cuando era niña, muy niña, y tenía miedo, y le agregaba más oscuridad a la oscuridad. Despierto llena de inquie­tud, el hombre sigue durmiendo a mi lado, temo que sea Alfredo y no Sterling. No quiero comprobarlo, prefiero que se vaya, quie­ro seguir soñando, durmiendo. Respirar nuevamente, repetir el mantra mentalmente una y otra vez hasta que por fin lo consigo. Luego el silencio de la casa sola, el runrún lejano de alguna máqui­na doméstica y el sopor bienvenido. Sueño: oigo a Alfredo salir rumbo al campo de golf mientras habla de películas aburridas. ¿Que cómo lo supe? Por el golpear de los bastones al atravesar la puerta, ese sonido como el de las campanas tubulares de Oldfield. La mañana es brillante, y no hay otra certeza que el camino que me lleva de vuelta hacia Sterling, con esa urgencia, con ese deseo impostergable que me hace atravesar la ciudad como un demonio. Dejo atrás El Born, L’Eixample y la Dreta para llegar a él, a Grà­cia, ¿dónde si no? Me recibe tonteando, como si estuviera espe­rando a otra. El juego certifica que sólo me espera a mí, y también sus ojos, que son de niño; pero no por mucho tiempo, lo sé; en ellos brinca la alegría que le produce verme, mi proximidad y mi deseo que es nuestro. Me desnudo o me desnuda o nos desnuda­mos, quizá siempre estuvimos desnudos desde el primer momen­to, quizá siempre lo estamos. Entre nosotros no hay simulación ni ambigüedades. Tenemos un amor directo que se cocina a fuego lentísimo, que comienza mucho antes de compenetrarnos y termi­na mucho después del clímax, o no termina. Luego conversamos, desnudos claro, largamente. Le cuento mi sueño en el que Alfredo se reía de mí y de esto que hay entre nosotros. Él entonces me mira muy serio, tengo la sensación de que está a punto de desapa­recer, como en Macbeth: “Los cuerpos se han disuelto en el aire, como se pierde en el aire la respiración. O las lágrimas en la llu­via”, al decir de Roy Batty. Pero no desaparece, sonríe y cierra los ojos. El techo es blanquísimo y él se entrega a mi lado al descanso del guerrero. Me conmueve Sterling, parece haberlo visto todo, vivido todo, y me maravilla que me haya elegido. Aunque él sos­tiene que fui yo quien lo eligió a él, que somos las mujeres las que elegimos siempre y que, con divino arte, les hacemos creer que han sido ellos. Me mira, y le habla a una reina. Con él no necesito esforzarme para demostrar que soy buena, soy buena. No preciso hacer notar que estoy buena, estoy buena. Conmigo puedes des­cansar, dice. Me recita que no hay más cielo ni más infierno que este de aquí y ahora, ni más juventud ni más vejez que esta de aquí y ahora. Y ahora es él quien duerme a mi lado, quien pasa su brazo por debajo de mi cuello. Quien me acurruca sobre su pecho y me invita a mecerme en las olas de su respiración. Esa respiración que va haciéndose más y más fuerte, más violenta, que tiene ecos de tornado; me desespero, el sueño ha virado a pesadilla. Despierto. Estoy en casa. Sola. Triste. Inquieta. ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? Me doy cuenta de que nunca estoy despierta, ni cabalmente dor­mida. Que me he quedado atrancada entre la realidad y el sueño sin saber cuál es cuál. La noche se hará eterna, lo sé. Como aque­llas del terror nocturno que amenazaban acabar con mi corta vida. Cierro los ojos con fuerza. Rebusco en la caja de los medicamen­tos hasta encontrar las píldoras que tomo cuando cruzo el océano. Cae por mi esófago como el submarino amarillo de los Beatles y sólo me queda esperar, con los ojos muy abiertos, que la química haga su efecto. Ruedo cuesta abajo hacia el sueño nuevamente. El hombre está a mi lado, siempre de espaldas, y yo sigo ignorando si es Alfredo o Sterling. Necesito saber, diferenciar el sueño de la realidad. Los maorís sostienen que vivimos dos vidas, la de la vigi­lia y la del sueño. Si morimos en el sueño, morimos también en la vigilia. Si tenemos una pesadilla de agonía sólo nos salvaremos si despertamos, de lo contrario amaneceremos muertos. Esto es pa­recido, si despierto y quien está a mi lado es Alfredo me espera el martirio eterno de su compañía; si es Sterling, todo es posible y más. La magia del sueño me corporiza en el hospital donde yace Vero, mi mejor amiga. Le he comprado y puesto una peluca peli­rroja para contrarrestar la devastación que la quimio ha hecho con su cabellera. Se sorprende. ¿Roja?, pregunta extrañada. Toda mu­jer debe ser pelirroja, al menos una vez en la vida, respondo mien­tras despliego sobre su falda la carterita con maquillaje con la que voy a embellecer todo lo que se pueda a esta mujer que agoniza. A ella le divierte mi ocurrencia y se deja hacer. Tose. Le doy agua. Me mira.

Estás rara —me dice.

Le cuento mi dilema.

Estoy encallada entre el castigo de mi vida y el amor de mi vida. Uno de los dos es un sueño y no sé cuál, Vero. Tengo miedo de despertar.

Me pasa por la mejilla su mano helada.

Es como ahora, no quiero despertar, porque en la vigilia tú ya has muerto, Vero. En cambio ahora…

Vero pestañea larga, perezosamente.

Los muertos somos el sueño de quienes nos han querido, ami­ga mía.

La frase me electriza. Me golpea como una verdad que quizá no hubiera querido saber. Que me habla de mi propia muerte. ¿De quién seré el sueño cuando me haya ido? ¿Quién me quiso de verdad? El que aguantó mis desplantes por décadas, el del sueño matrimonial burocrático, o el de ese hombre que me desveló el corazón y me llenó el cuerpo de alegría. Una vez le dije que lamentaba no tener tiempo para nada, y Sterling respondió: Lo úni­co que tenemos es tiempo y no sabemos cuánto. Vero, muriendo, es la certificación absoluta de ello. En otro sueño, quizá, yo podría estar en su lugar y ella en el mío. Mi amiga ha cerrado los ojos. Me aterroriza, le tomo la mano, la llamo por su nombre. Los abre con un cansancio infinito.

Tendrás que enfrentarlo, amiga mía —dice y sonríe—. Mejor temprano que tarde.

¿Cómo?

Debes ir a ver al Sueñero.

¿Quién es?

Un hombre que sabe todo sobre los sueños. Él te dirá cómo hacer para determinar cuál de tus dos vidas es un sueño y cuál la vida real.

La magia consiste en que cosas que demoran mucho tiempo en suceder pasan en unos instantes. En los sueños es lo mismo. Caminando hacia allá ya conozco la historia del Sueñero: Había sido secuestrado en su infancia por Enriqueta Martí, la asesina de niños de la calle Poniente. Logró sobrevivir al cautiverio de aque­lla mujer horrorosa que lo había atiborrado con las pócimas que vendía a sus clientes. Como resultado de la ingesta de aquellos brebajes, le había quedado la facultad de distinguir los sueños de la realidad. La historia me espantó, pero Vero había hablado con tal seguridad que decidí hacerle caso. Tampoco tenía otra posi­bilidad. Las señas que me dio me llevaron a atravesar la Rambla rumbo al Raval en busca de la calle Piclaquers, donde este hombre tiene su tienda para quien sepa encontrarla. Entro en ese local ve­tusto con aprensión. El Sueñero está allí, detrás de un mostrador polvoriento como si fuera un pergamino de sí mismo. Levanta hacia mí una mirada acuosa y tengo la sensación de que ya sabe a qué he venido.

Ah, me encontró —dice con voz cavernaria fingiendo sorpresa.

¿Qué es este lugar? —pregunto sólo para ver si logro controlar el miedo.

Es una tienda de hechizos. Estamos —dice como si hubiera al­guien más allí— especializados en excrementos de animales, muy utilizados en la elaboración de remedios y pociones. La caca de gato, por ejemplo, es muy apreciada —manifiesta con solemnidad señalando un gran frasco que contiene un líquido ambarino su­cio—. También tenemos un buen surtido de huesos de condena­dos. Las falangetas de los ahorcados se venden a muy buen precio como amuletos. La grasa de manos amputadas sirve para elaborar ungüentos que curan la tisis y otras enfermedades terminales, así como para fabricar velas que tienen poderes para descubrir tesoros ocultos. Mientras están encendidas producen un extraño sopor a los que estén cerca, menos al que la utiliza. Por este motivo los ladrones usan estas velas para encenderlas en las casas a las que entran y asegurarse de que, por mucho ruido que hagan, no serán descubiertos. —Se pasa la mano por la baba rala y me apunta con un dedo de uña crecida y mugrosa—. ¿Busca usted algún tesoro o necesita robarle a alguien?

Ninguna de las dos cosas —respondo, apresurada—. Estoy atascada entre dos alternativas.

Dígame.

En uno de mis sueños vivo un matrimonio acabado y triste. En el otro tengo una historia de amor universal.

Y no sabe cuál es la realidad, ¿verdad?

Exactamente.

Pues le diré, querida, que no estoy muy seguro de que la reali­dad exista. Muchas veces tengo la sospecha de que vivimos lo que elegimos vivir, o lo que podemos elegir. O tal vez nuestra vida sea el sueño de alguien que, como usted, no quiere despertar.

Entonces, ¿no puede ayudarme?

No lo sé. Tal vez. Pero la operación tiene sus riesgos.

¿Por ejemplo?

Que el sueño que a usted más la complace sea sólo un sueño.

¿Y qué pasaría entonces?

Lo más probable es que se quede en el otro, el que detesta, para siempre.

Una sombra se desliza fugazmente por detrás del Sueñero y a mí me atraviesa un escalofrío. El viejo sonríe y yo entiendo por qué utilizó el plural, el lugar está lleno de espectros. Tengo la ur­gencia de salir corriendo, pero estoy como amarrada a la silla don­de nunca me di cuenta que me había sentado.

No tema —me tranquiliza—, son inofensivos en el plano en que se encuentran. A no ser que les crea sus embustes no podrán hacer­le daño, los fantasmas son farsantes que se alimentan de nuestro miedo.

¿Podrá ayudarme?

Espere un momento —dice, y desaparece tras una cortina raída que desprende una cantidad insólita del polvo al sacudirla.

Lo oigo trajinar con unos trastos durante un tiempo que parece eterno. Por fin emerge de la trastienda enarbolando una sonrisa amarillenta y desportillada, pero triunfal.

Pensé que no lo encontraría —dice extendiéndome un frasco grasiento—. Es usted muy afortunada, querida.

Siento aprensión hasta de tocarlo, me da la impresión de que algo se mueve allí dentro, entre las brumas de esta pasta rojinegra. El Sueñero percibe mi vacilación y hace un gesto colérico como de retirar el envase.

¿Lo quiere o no? —trona iracundo—. Es su única posibilidad.

Me invade el miedo, pero lo tomo. Ahora lo que quiero es salir de allí cuanto antes.

¿Cuánto le debo?

El viejo sonríe.

¿No quiere saber cómo ha de utilizarlo?

Sí, por supuesto.

Esta noche, cuando esté sola, y esto es muy importante, deberá tomar una cuchara de plata, hundirla hasta el fondo en el envase, sacarla plana y tragarse el contenido de un bocado, sin agua, sin nada. Le advierto que el sabor es muy fuerte.

Muy bien.

Luego apague todas las luces y váyase a la cama. No tardará en quedarse dormida. ¿Y entonces? Por la mañana despertará en la realidad, o como quiera llamarla. El otro sueño habrá desapareci­do para siempre. Sólo será un recuerdo que se irá desvaneciendo con el paso de los días.

Muy bien, muchas gracias.

En cuanto al pago, usted deberá darme ahora algo que lleve consigo y debe ser lo de mayor valor sentimental que tenga.

No dudo, llevo conmigo aquel poema que me escribió Sterling la mañana siguiente a nuestra primera noche. Me duele despren­derme de él, pero siento que debo hacerlo. El Sueñero se da cuenta de que soy leal a su requerimiento y lee el poema, con la voz cas­cada de quien siente nostalgia por lo que nunca tuvo:

Y cuando llegue el tiempo blanco
dibujaré tu voz y tus sonidos
encontraré tus ojos y tus gemidos
en el gélido paisaje de tu ausencia.
Y cuando llegue el tiempo blanco
te encontraré en lo más hondo y sinsentido
reencontrando el valor eterno
de lo que somos
de lo que hemos sido
este amor eléctrico y repentino
misterioso como un relámpago en un día de sol
único, irrepetible, veraz y sincero.
Será, cuando llegue el tiempo blanco,
lo mejor que tenemos y hemos tenido.
Todo lo que hemos hecho y soñado
cobrará por fin sentido.

El Sueñero sonríe apenas, sus ojos se han puesto más acuosos que antes. Dobla el papel en cuatro y lo hace desaparecer entre sus ropas.

Váyase ya —dice con voz entrecortada por toda despedida.

Salgo a la calle y siento que el sol es mi enemigo, que quiere matarme. Para evitarlo, me acuerdo de los maorís y me despierto.

Lo que veo me deja pasmada. En la mesa del comedor está el frasco inmundo que me dio el Sueñero. Me siento a la mesa miran­do hacia la puerta de la calle por donde, en algún momento, vendrá él, Alfredo o Sterling, quienquiera que sea. Frente a mí, el frasco y la cuchara de plata. Aguardo hasta que se hace de noche, sin estar segura de querer meterme eso que hay dentro en el cuerpo. Siento que tengo que hacerlo, pero también me da miedo. Ruidos tras la puerta me apuran. En cualquier momento llegará y si me en­cuentra despierta, será definitivo, y tal vez no sea quien yo quiero. Creo que estoy volviéndome loca. Destapo el frasco. La peste que echa me hace retroceder. Algo se mueve, definitivamente hay algo vivo en su interior. Tomo la cuchara, la hundo en la sustancia, la saco plana y colmada. Cierro los ojos para no ver y me la meto en la boca. Lo que había vivo en el frasco ahora repta por mi interior hacia el estómago. Me asalta una náusea bíblica. Corro al lavabo donde sufro una arcada seca. Salgo dando tumbos rumbo a mi ha­bitación, me derrumbo en la cama y cae la noche del sueño sobre mí como un telón, como si me hubieran aplicado una sobredosis de morfina. A los hombres no les gustan las mujeres con poder. Bueno… a la mayor parte al menos. A mí siempre me gustaron los tipos con cabello oscuro, y cuanto más oscuro, mejor. Como el de quien ronca a mi lado, dándome la espalda, en esta madrugada fría. ¿Es Alfredo?, ¿me dejó, lo deseé, soñé que lo hacía, lo hizo? ¿Es Sterling y sus caricias sabias? Lo último que espera quien duerme y sueña es que lo despierten. Temo despertar, temo despertarlo. Sueño, y en el sueño regresa Vero, ahora pelirroja y sonriente:

Amiga —me dice—, en el paraíso también hay invierno y tú elijes con quién despertar.

 

Ernesto Mallo
Escritor. Ha publicado, además de las novelas de la serie del comisario Lascano, El relicario y Me verás caer, y más de diez obras de teatro.

literal-paraiso

 

Barcelona negra incluye relatos de Andreu Martín, Ernesto Mallo, Empar Fernández, Toni Hill, Rosa Ribas, Milo J. Krmpotic, Teresa Solana, Carlos Zanón, Lilian Neuman y Carlos Quílez.

Literal

Sonrisa del rey

Publicamos un texto incluido en A mí, señoras mías, me parece. Treinta y un relatos del palacio de Fontainebleau (Acantilado). En los relatos que integran el libro Delay repara en la historia del palacio de Fontainebleau desde Francisco I a Enrique IV de Francia.

fontainebleau-portada


Como yo fui a buen paso al Louvre para conocer a tan gran señor, de frente por Clouet, de perfil por Tiziano, doy fe de que es verdad lo que nos cuenta su hermana Margarita, y que nunca lo hubo más hermoso ni con más donaire que él en este reino. Si sigo más adelante en mi paseo, hasta Chantilly por ejemplo, donde lo encuentro sentado a su mesa de trabajo con sus consejeros (entre los que saludo al bibliotecario, a la izquierda, y al monito que está encima de la mesa), y hasta los Uffizi de Florencia, donde posa a caballo, reconozco en él ese mismo aire alegre y decidido a desempeñar su papel con ropajes galoneados, recamados, y cubiertos de pedrería. «Yo tengo la potestad de hacer un noble —está diciendo—, sólo Dios la tiene de hacer un gran artista», y cerrando nuevamente los labios, sonríe, imitando los labios cerrados de su cuadro favorito: ¡le gusta tanto la Monna Lisa que la tiene colgada en sus aposentos, en las salas de Baños! Pero sonreír en un retrato oficial es además una incongruencia. Con esa sonrisa permite adivinar su pensamiento. Mi rey no es tan buen político como rico aficionado al arte. En tratándose de belleza, él no se engaña. Una barba color castaño hace resaltar el rostro, corrigiendo las facciones demasiado alargadas y la gran nariz de los Valois. El arco de las cejas está bien tensado, y la mirada parte como una flecha y desde muy alto porque tan gran señor es de estatura poco común, una especie de gigante de sus buenos dos metros. ¡Calculad, señoras mías, por la anchura de hombros que la moda acentúa, la envergadura de los brazos de aquel hombre a quien tanto gustaba abrazar! Y no tanto a aquella pobre reina Claudia a la que de milagro recordamos ahora, porque dio nombre a una ciruela rival de la mirabel, como a las jóvenes damas de honor que le siguen a todas partes. O a otras, que no son de la Corte, y a las que va a buscar a su tocador, aunque para llegar a él tenga que pasar por un monasterio donde no dejará de rezar.

 

Florence Delay
Escritora, actriz y traductora. Publicó Riche et légere y Œillet sur le sable.

Traducción del francés de Caridad Martínez.

literal-fontainebleau

Mi amigo Cinna Lomnitz

Abrí la página web de Nexos el domingo y me encontré con la triste noticia de la muerte de Cinna Lomnitz, una de las amistades más hermosas y más fértiles de mi vida. Él me escribió en julio del 2007 a propósito de un artículo mío aparecido precisamente en Nexos, donde traduje un texto en prosa muy poco conocido de Gottfried Benn, y a partir de ahí surgió una correspondencia que luego culminaría en el único encuentro personal que tuvimos, en mayo del 2011, en el aeropuerto de Fráncfort, en uno de cuyos restaurantes almorzamos juntos.

Dos meses antes había dejado escrito en mi diario: “Tengo la inmensa suerte de contar entre mis amistades más queridas con nada menos que tres sabios. Tres sabios de aquellos que se daban en el Renacimiento, de unos saberes universales y un pensamiento propio al servicio de su sabiduría: Julio Mendívil, Javier Maderuelo y Cinna Lomnitz, por orden de más joven a mayor. Me enorgullezco de ser amigo de ellos y cuando me hablan (bueno, Cinna cuando me escribe, pues no nos conocemos todavía personalmente, y eso que él es de Colonia, donde vivo) los oigo con las orejas bien lavadas, porque sé que lo que dicen nunca tiene desperdicio. Hoy le escribí a Cinna para que me desasnase in re el tsunami japonés y sus repercusiones en la central nuclear de Fukushima. Ojalá escriba un artículo para Nexos, con tanta claridad expositiva como la del email con el que me ha contestado, tranquilizándome no poco”.

cinna-lomnitz

Fotografía: Cortesía de Claudio Lomnitz

He pasado ahora un par de horas repasando nuestra correspondencia y es curioso constatar las muchas veces que polemizamos sin que jamás hubiera en nuestros combates a florete ni una sola palabra altisonante ni nada que arrojase sombra sobre nuestra amistad, antes al contrario. Nuestros últimos emails los intercambiamos en enero de este año, también a propósito de un artículo mío en el que cuestionaba la traducción de la correspondencia de Mozart con su primita, que es de un sicalíptico subido.

Y mientras releía nuestro epistolario, se me ocurrió que el mejor homenaje que puedo rendirle sería agavillar una selección de fragmentos de sus emails, a partir del segundo que me llegó desde su estafeta virtual, y que dan fe de lo universal de su curiosidad y de sus conocimientos.
Esta es, pues, la selección :

[30.7.2007] Estuve revisando una biografía que tengo de Jünger, acerca de su complicada relación con Benn, y me parece que ahí hay un material magnífico. Jünger significa mucho para mí, pienso que ha sido muy subestimado. Creo que me he vuelto más tolerante leyendo a Jünger con tantos defectos que tenía. Disfruté mucho sus descripciones de sus relaciones con los nazis y especialmente con Goebbels. Últimamente he releído sus diarios de la guerra y me he reído con el apodo que le ponía, “Grandgoschier” que es como decir “bocazas” pero à la Rabelais. Pienso que los franceses lo llegaron a estimar y querer más que sus paisanos. Jünger tuvo un comentario gracioso que no sé si usted conozca; cuando supo que Benn había muerto, dijo: “Qué sensato, esa es la única manera de librarse de nuestros paisanos”.

[2.8.2007] En una época me ocupaba tratando de traducir al inglés unos poemas de Neruda, a quien conocí y del que sé algunas travesuras. Resulta que en la parte introductoria del famoso poema sobre Machu Picchu, hay esto: “Alguien que me esperó entre los violines / encontró un mundo como una torre enterrada…”. Ya se imaginará usted qué rompecabezas para los traductores. Largos y sesudos comentarios a pie de página. Resulta que Neruda, cuando era cónsul en México, iba de parranda con su amigo Diego Rivera, quien era un gran conocedor de la vida nocturna, y en una taberna de la Plaza Garibaldi conocieron a una muchacha que cantaba en un mariachi. Se llamaba Matilde, era chilena, y años después fue la tercera señora del poeta. Pero Neruda ya estaba casado y muy casado con Delia, y no podía ponerse muy claridoso en cuanto a la relación tan fogosa con Matilde. Este largo y famoso poema político sobre Machu Picchu estaba enteramente dedicado a ella, era el "amor americano" que aparece más adelante en el Canto VIII. Pero eso era un secreto y Neruda la introduce al lector en forma críptica como “alguien que me esperó entre los violines”, o sea, entre los del mariachi en aquella taberna de la Plaza Garibaldi. Ningún traductor podía saber eso, pero Diego Rivera sí que lo entendió y eso le bastaba al poeta.

[21.4.2008] Me dio gusto el otro día leer tu artículo en Nexos sobre el viaje del Beagle.
Ese magnífico libro es uno de mis favoritos. Darwin fue un observador penetrante y muy confiable. Su teoría sobre el origen de los atolones sigue siendo válida. Lo más interesante es su observación sobre los pinzones en las Galápagos, que fue la semilla que realmente dio origen a la Teoría de la Evolución. Es muy bonito, un ejemplo de observación para todos los que nos dedicamos a las ciencias naturales. La observación de Darwin sobre el sismo de 1835 en la costa de Chile sigue motivando mis trabajos. Él compara el movimiento del suelo con el de un navío en una brisa transversal. Resulta que el oído interno de Darwin era muy sensible al oleaje, y nunca pudo superar el mareo. Su observación significa que el sismo producía ondas similares a un oleaje pero en tierra firme. Esto coincide con mis propias observaciones y hasta ahora no ha sido explicado. Es la causa principal de los daños sísmicos en suelos blandos.

[22.4.2008] Ningún mexicano jamás logra quedarse serio mientras ejecutan el himno nacional chileno. Y los chilenos nunca sabrán el porqué, pues nadie se atreve a explicarles. Resulta que en México, el nombre de ese país sudamericano es sinónimo de “verga”. Bueno, “chile” en México significa el indispensable y ubicuo fruto del pimiento que sazona la mayor parte de nuestros alimentos y que en Chile se llama “ají”. Pero, por extensión, es también lo otro. Y “puro chile” es un vulgar expletivo mexicano que significa “pura verga, puro cuento, pura mentira”. ¿Qué crees? Esas mismas palabras son precisamente las que inician el himno chileno: “Puro Chile, es tu cielo azulado…”. Generaciones de mexicanos se han reído de este equívoco desafortunado que a veces, por pena ajena, tratan de disimular. En el centro de la ciudad de México hay calles con nombres de países latinos como “Brasil”, “Argentina”, etc., pero comprenderás que nadie querría vivir en una calle llamada “Chile”. Sería como si en Madrid hubiera una calle “Gilipollas”. Al final los ediles llegaron a un compromiso. Hoy la calle en cuestión se llama “República de Chile”, para que no haya problema.

[21.8.2008] Hoy estoy de humor patriótico porque México se impuso 2:1 a los catrachos, que son los de Honduras. Era eliminatoria para el Mundial. Casi perdimos otra vez porque el primer gol cayó en contra y Sven Eriksson, nuestro nuevo entrenador, se hacía el sueco (es sueco) hasta que las tribunas a gritos lo obligaron a sacar a Cuauhtémoc Blanco, que estaba en la banca y es el único mexicano que sabe jugar.

[17.9.2008, acerca de Neruda:] Yo tengo otra teoría, y es que las enormes montañas de la Cordillera de los Andes tienden a apachurrar y empequeñecer a la gente. La actitud política de Neruda era sumamente repugnante pero eso era por una especie de oportunismo moral, una máscara más, para que lo dejaran tranquilo. Delia se encargaba de los asuntos partidistas. En fin, a mí siempre me ha parecido una especie de milagro que unos logros artísticos respetables hubieran podido salir de un personaje así y reconozco que más de la mitad de su producción era propaganda sin valor. Estoy convencido que él mismo lo sabía pero ya la máscara de “El Vate” se le había pegado y no podía vivir sin ella. El caso Neruda me hace abrigar una esperanza muy tenue en el futuro de la raza humana.

[30.9.2008] Cyril Northcote Parkinson fue un escritor, historiador, economista y humorista inglés. Su sátira Parkinson’s Law analiza las burocracias (especialmente la de la Marina inglesa) y proclama la “ley” de todas ellas : “El trabajo tiende a inflarse hasta ocupar el tiempo disponible para su realización”. Hay un corolario: “El gasto tiende a incrementarse hasta igualar el dinero disponible”. Luego explicó el crecimiento numérico de la burocracia, que se debe (según él) al hecho de que cada burócrata aspira a ocupar el lugar de su superior cuando éste se jubile. Predijo que la Marina británica llegaría a tener más almirantes que barcos y tuvo razón. Finalmente “descubrió” otras leyes de la burocracia, p. ej. “La discusión de un ítem en un Comité de Finanzas ocupa un tiempo inversamente proporcional al gasto correspondiente”. Ejemplo: aprobar la construcción de una planta nuclear, 2 minutos; aprobar la compra de café para las secretarias, 2 horas. Esto se debe a que todos creen saber lo que es el café y lo que es una secretaria, pero nadie está seguro de qué es una planta nuclear ni para qué sirve.

[2.10.2008, sobre los ensayos de Octavio Paz:] No los he leído todos pero en un caso que sí conozco, en “La llama doble” (un ensayo tardío), Paz empieza a hablar de hoyos negros y se me ocurre que el señor (que en paz descanse) no tenía ningún empacho en hablar de cosas que no entendía en absoluto. Y uno se pone a dudar de otras cosas que a lo mejor tampoco entendía. Con su poesía no me meto, pero entre más altos son los vuelos más dudas me inspiran. He estado en India y el punto de vista de Paz sobre ese país es poco original y más bien es el de un embajador (que efectivamente fue). Copio un pasaje: “Cada civilización es una visión del tiempo. Instituciones, obras de arte, técnicas, filosofías, todo lo que hacemos o soñamos es un tejido de tiempo. Idea y sentimiento del transcurrir, el tiempo no es mera sucesión…” etc. No hace falta ir a la India para eso. Paz es un pensador profundo que bucea en el océano del tiempo y del ser, pero ¿qué nos trae de las profundidades?

[6.10.2008] Cuando vivíamos en Bahía me hice socio de un bloco para ir a sambear al Carnaval. Me dieron una mortalha con el símbolo del bloco, que era un “camaleão”. Te pones esa especie de camisón y te vas a bailar tras el trío eléctrico del Camaleão ¡una semana completa! En la parte trasera del camión hay un bar con todo lo que necesitas para vivir. Y en el techo toca la banda mientras el trío recorre la ciudad. Son muchos los tríos y al mediodía vienen los bomberos y te echan agua para refrescarte. En esa semana no hay autoridades porque el alcalde le entregó al Rey Feo las llaves de la ciudad y se fue a bailar. Es que Bahía no es Río.

[8.1.2009] Gracias por tu artículo sobre Lem y los polacos. Estoy de acuerdo en que la contribución polaca a la ciencia y a la literatura se ha subestimado, comenzando con Copérnico y quizás antes. Existe un “problema polaco”. Tienen vecinos que a cada rato los conquistan, y hasta los suecos se han metido. Les tienen envidia. Entonces, a la fuerza tienen que ser mejores.

[1.4.2009] Muchas gracias por tus divertidas y mordaces reseñas de Fuentes. Soy bastante analfabestia como lector de novelas, un género que apenas empecé a leer hace un par de años, pero me interesa Fuentes como intérprete de la realidad mexicana. Mi teoría es que el Pensamiento Mexicano (así, con mayúsculas) sucumbe a la tentación de conocer la petite histoire, desde la de Sor Juana (Octavio Paz) a la de Felipe Calderón y a quienes están tras la famosa silla del águila (todo el resto del país). La evidencia sugiere que la política no es el fuerte de los mexicanos. ¿Qué político pasable hemos tenido? ¿Cuál ha sido nuestro Jefferson?, ¿nuestro Adenauer? (Bueno, ¿ni siquiera un Kohl?) En cambio, pienso que hemos tenido unos pintores muy decentes, buenos arquitectos, un gran artífice del idioma que fue Pancho Villa (“afusílenlos, luego virigüen”), grandes mujeres comenzando por Sor Juana, y, caso interesante, unos buenos astrónomos. Y grandes bebedores.

[31.8.2009, comentándome “El Evangelio según San Pinocho”, publicado en Nexos, # 381:]
Me ha gustado mucho tu texto sobre la Pasión. Por el título pensé inicialmente que se trataba de Chile. Pero todos somos culpables de crucificar a Cristo y el verdugo se delata por su acento, que es el de cada cual. Da la casualidad que el capítulo que estoy trabajando en mi libro sobre desastres es sobre el golpe militar en Chile. Me resultó un capítulo más complejo de lo esperado porque empieza con la historia de Eisenhower y su extraña preferencia por las intervenciones encubiertas, especialmente en Guatemala. El análisis está basado en la sociología de Luhmann que estoy estudiando. Sugiero que Eisenhower probablemente estudió a Sun Tse en West Point y retuvo la parte donde Sun Tse habla de las operaciones encubiertas y dice que un comandante que no las utiliza no merece el mando. Antes ese capítulo se consideraba chocante y profundamente inmoral, pero se me ocurre que Luhmann tiene razón en el sentido de que los sistemas sociales son cerrados y no admiten otros valores (como los éticos) cuando son ajenos al sistema. Por eso Eisenhower aborrecía al “complejo militar–industrial”, porque mezclaba los valores del sistema militar con los del sistema económico.

[9.7.2010, sobre la semifinal Alemania vs. España en el Mundial de Sudáfrica:] Vi el juego y me imaginé tu conflicto íntimo. ¿Le ibas a Alemania o a España? Yo sí le iba a Alemania pero disfruté más la calidad de juego y la estrategia de los españoles. Contra eso no hay nada que decir. Por cierto, existen juegos que no conocen el tiempo límite, que es el gran problema del futbol. En el beisbol no lo hay. No es un juego de azar. Hay tiempo de sobra para cada jugada. No sé si es más popular que el futbol pero se me ocurre que es una experiencia deportiva más noble. No existe en el beisbol un equivalente de Maradona, gracias a Dios.

[3.1.2011] UN TRUCO DE MAGIA!!! Ahora puedes hacerte rico apostando con familiares y amigos que puedes reordenar tres monedas en tres movidas SIN VER LAS MONEDAS. Repito, puedes hacer que las tres monedas salgan todas cara o todas sello (o si es en México, que salgan águila o salgan sol). Este truco no requiere que el mago esté presente, puede hacerse igual por teléfono o internet. O puede tener los ojos vendados.
Ojo, aquí te van las instrucciones secretas, para uso exclusivo del MAGO:
INICIO: Pide que las tres monedas estén alineaditas de izquierda a derecha. Obviamente no estarán todas mostrando la misma cara, ¿no? Eso sería trivial.
PRIMERA MOVIDA: voltéese la moneda de la izquierda. Preguntar: ¿Ya están iguales las tres monedas? Si la respuesta es “SÍ”, ya ganaste. Si la respuesta es “NO” vamos a la segunda movida.
SEGUNDA MOVIDA: voltéese la moneda del medio. Preguntar: ¿Ya están iguales las tres monedas? Si la respuesta es “SÍ”, ya ganaste. Si la respuesta es “NO” vamos a la última movida.
TERCERA MOVIDA: voltear la moneda de la izquierda otra vez. ¡Ya ganaste! ¡ABRACADABRA! Las tres monedas están iguales. La moneda de la derecha no se toca. ¡OJO! Si el sujeto te pide explicar cómo la hiciste, inventa algún cuento. Si se trata de un computólogo es posible que ya conozca la explicación, yo la leí tres veces y no la entendí. Lo importante es que funciona ¡siempre!

[4.1.2011, respondiendo a mi email donde al comentar su truco de magia le hablé de los tres cofres con monedas en El mercader de Venecia y él me contestó con una espléndida versión del monólogo de Portia en el quinto acto:] Para mí, el momento estelar de la obra es el gran discurso de Portia sobre la clemencia: “La clemencia es una cualidad que no es forzada / y que baja del cielo como cae la lluvia / sobre el llano abajo. Tres veces bendita, / bendice al que la otorga y al que la obtiene. / En el poderoso es poderosa, y sienta al monarca en su trono mejor que su corona. / El cetro personifica la fuerza del poder temporal, / es atributo de temor y majestad, / que en eso consiste el terror que inspiran los reyes; / mas la clemencia está por sobre el reino del cetro, / su trono se encuentra en el corazón de los reyes, / es un atributo del mismísimo Dios. / Y el poder terrenal se revela tanto más semejante al de Dios / cuanto la justicia es sazonada con clemencia. Por lo tanto, judío, / por justo que sea tu alegato, piensa que / ninguno de nosotros ha de buscar en la sola justicia / la salvación: supliquemos clemencia. / Y esta plegaria debe enseñarnos a todos / el ser clementes. Esto digo yo / a fin de mitigar la justicia de tu causa; / si así lo haces, esta estricta corte de Venecia / a la fuerza fallará en contra de aquel mercader”. Me parece excesivamente dificil traducir en verso la oratoria de Portia. Mi prosa no le hace justicia a la tensión del discurso, y más aún porque el espectador sabe lo que ignoran los personajes en la escena: que el juez que pronuncia este discurso en realidad es una mujer disfrazada de juez, y que es nada menos que Portia alegando por la vida del hombre que ama. Para mí eso es la cumbre del Barroco.

[25.2.2011] Gracias por mencionar el programa de la BBC del 30 de enero sobre el carro mexicano deportivo Mastretta. Me sirvió para volver a ver el tal programa y compararlo con los comentarios del público. Este programa llamado “Top Gear” es un programa para público aficionado al automovilismo mezclado con humor de baja ralea, comparable al Payaso Brozo en México. Tres cuates se avientan bromas vulgares y comentarios de mal gusto. Ojo, no hay que tomar en serio nada de lo que dicen, y de hecho las ventas del Mastretta subieron después del programa. Bueno, ¿qué dijeron? Es típico de otros programas recientes que ofendieron por su contenido racista en la BBC. ¿Que los mexicanos somos hipersensibles? Vea lo que declaró el embajador japonés cuando Stephen Fry dijo en la BBC (claro, siempre en broma) que “Un sobreviviente de ambas bombas nucleares sobre Japón sería el tipo más desgraciado del mundo”. La BBC presentó sus excusas en ambos casos pero ahí está, México no es el único país que se queja de un chiste de la BBC que no era chistoso.

[16.3.2011] Al llegar a Fukushima la altura del tsunami ya no fue de 7 metros, pero sí fue de 4 o 5 metros y la barda de la planta no alcanzaba a protegerla. Para la inversión de capital que representa una planta nuclear, ponerle una barda de 5 metros no significa nada. De modo que no fue para ahorrar unos centavos. Simplemente fue falta de previsión. Es lo que pasa en todos o casi todos los casos de desastres que hemos investigado. Las especificaciones de diseño probablemente no mencionaban la palabra “tsunami” porque la General Electric no sabía de qué se trata, estamos hablando de antes de 1960, pero cualquier ciudadano japonés que vive en la costa del Océano Pacífico sabe qué es un tsunami, ¡la palabra es japonesa! Evidentemente unas plantas de modelo más reciente posiblemente hubieran tenido más seguridad y no les hubiera pasado nada. En fin, así es la historia. Parece una paradoja pero una planta nuclear lo que produce es electricidad y sin embargo, se paraliza cuando no hay corriente eléctrica. A estas fechas nadie sabe cuánto tiempo va a durar esta emergencia y qué va a pasar si los heroicos operadores que se quedaron a echar agua a la planta no logran controlarla.

[14.4.2011] En España y en Sudamérica se piensa hasta hoy que Cantinflas habla y no dice nada. Profundo error. Lo que pasa es que su mensaje está en código. Entonces, ¿cuál es el mensaje? Como en el mundo real, los mensajes cifrados son los mensajes más importantes. Son actos de guerra. El código es para que el enemigo no entienda. Cantinflas en sus películas cómicas, cuando se ve en aprietos, empieza a dialogar con el espectador por sobre las cabezas de la autoridad (el policía, el burócrata, el papá de la muchacha…). Ese es el enemigo que no entiende nada. Y el espectador en su butaca recibe el mensaje, lo descifra y ¡oh milagro! se pone a reír. ¿Por qué nos reímos con Cantinflas? En esa época que parece tan lejana (o quizá no tan lejana como quisiéramos), reír era un acto de rebeldía, de desafío, de libertad. El régimen vigente era un régimen opresivo, hipócrita, estúpido y despreciable. ¿Y por qué NO nos reímos con Cantinflas en el papel de supuesto embajador de México? Porque habla igual a como hablaría el Señor Embajador de verdad. Eso no tiene chiste.

[12.3.2012] Por pura curiosidad me puse a investigar sobre el origen del aforismo “The child is the father of the man”. Primero busqué en el Diccionario Oxford de Proverbios, pero si bien lo atribuyen a un refrán, consideran que se remonta a un poema de Wordsworth. Lo busqué en alemán (“Das Kind ist des Mannes Vater”) pero no llegué a nada. En diversos blogs sobre el tema llegué a la conclusión que existen unos dichos análogos en muchas lenguas pero ninguno es exactamente igual a “The child is…”, o sea, la frase en inglés es probablemente la original. Esa frase es además un típico aforismo, o sea, una declaración u oración concisa, que pretende expresar un principio de una manera sucinta, coherente y basada en la experiencia. En el caso de nuestro aforismo se trata de algo similar, puesto que Wordsworth (suponiendo que era él) propone una frase que ironiza sobre la obviedad de que “The man is the father of the child”. Al invertir la paternidad se produce una mentira, una contradicción al estilo hegeliano cuya síntesis proclama una verdad superior. El niño no es ni puede ser padre de su propio padre, ni mucho menos de sí mismo, pero puede ser y es un adulto en ciernes. Ese adulto, dice Wordsworth, ya existe en el niño. Es y no es; se trata del misterio de la identidad. Ese es el sentido de la frase.

[26.3.2012] Gracias por tu interesante polémica sobre terremotos, seísmos y sismos. Como sismólogo uso “terremoto” para el público chileno y “sismo” o “temblor” para el mexicano. Nosotros preferimos “temblor” a cualquier otro uso. En cuanto a la Real Academia, me parece necio definir los terremotos como “sacudidas ocasionadas por fuerzas que actúan en lo interior del globo”. Equivale a tomar un fenómeno perfectamente concreto y observable y definirlo en términos de una hipótesis acerca de su origen, hipótesis que no es necesariamente comprobada ni compartida por todos. En efecto, el sentido de la palabra “fuerza” no es único y requiere ser definido a su vez. Hoy en día lo normal sería usar el concepto newtoniano de fuerza, “aquello que puede obligar a un objeto con masa a cambiar su velocidad” (Aristóteles tenía una definición muy diferente y además ¿qué es masa? y ¿qué es velocidad?)… Si me vas a responder que la definición de la Real Academia era perfectamente clara y aceptable ¿qué te parece la siguiente cita?: “Alia est heresis quae terrae motum non Dei iussione et indignatione fieri, sed de natura ipsa elementorum opinatur, quae ignorat quid dicat Scriptura”. El autor (nadie menos que San Filastrio de Brescia, contemporáneo de San Agustín en el siglo IV) afirma en su obra Diversarum Hereseon Liber que es herejía opinar que el terremoto se deba a “los elementos de la naturaleza misma” y no a la condena o indignación de Dios. O sea, que la Real Academia está propalando herejías. ¡Tan santitos que se veían!

[15.3.2013] Eso de tener un papa argentino está canijo. Los argentinos ven moros con tranchetes. En México también existe el “sospechosismo” pero esto es pura paranoia. Tengo un gran amigo que es ex–jesuita y en una época teníamos conversaciones de 1 a 2 horas todas las semanas. Yo le daba por su lado porque me caía bien y seguimos amigos. Pero para él todos los papas eran monstruos de maldad. No es creíble que todos sin excepción sean criminales y malhechores, ningún grupo humano puede estar constituido de puros cabrones; según el famoso cuento mexicano debe haber también un 50% de pendejos. Las leyes de la estadística lo demandan. El papa Francisco podrá ser un personaje taimado, hipócrita, siniestro, qué sé yo. La verdad, no lo parece. Ni que hubiera vendido las Malvinas al Servicio Secreto británico. ¿Qué crees tú?

[18.3.2013] A propósito de visitar ciudades, estuvimos con Bety en Valencia, una ciudad grande y bonita, pero ojo: los taxistas te someten a un interrogatorio cuando les dices que quieres ir al hotel Meliá porque no hay UN Meliá ¡sino TRES! ¿Qué se han creído, que Valencia es un pueblito como México? El domingo fuimos a comer al centro de la ciudad
—muy bonito por cierto— y tuvimos la suerte que el restaurante que nos recomendaron en el hotel era ¡EXCELENTE! Era el tradicional restaurant de mariscos que antes había hasta en México y que yo que soy aficionado a los mariscos había soñado. Para comenzar nos sirvieron un orujo de enorme calidad; luego me eché media docena de ostras gallegas… todo regado con un albariño soberbio, memorable. Y Bety comió sus amadas anguilas. El mesero era un experto de esos que te clasifican con una mirada y no fallan en sus sugerencias.

[10.8.2013] Acerca de Hannah Arendt y su concepto de “la banalidad del mal” tengo un dato interesante que parece haber escapado a la atención de sus defensores y críticos. No pretendo que el término “banalidad del mal” hubiera sido utilizado antes por Jünger pero sí la idea de que el mal pueda coexistir con la banalidad. Además, me permito sugerir que este pasaje de Jünger es superior al libro de la Arendt. La prosa es más poderosa y la idea es más profunda por basarse en una experiencia personal. Jünger identifica la “banalidad” con la pedantería y el sentimiento del deber como móvil de los crímenes del nazismo. Hannah Arendt fue amante de Heidegger y lo defendió, aun cuando Heidegger colaboró con los nazis en “limpiar” de judíos la Universidad de Heidelberg. ¿Banalidad? Ciertamente Heidegger fue una de las personalidades intelectuales más prominentes de su época, no fue un personaje banal. No lo hizo por convicción sino por pedantería y sentido del deber. Además, renunció a tiempo.

[23.12.2013] Conocí al tirano Anastasio Somoza II, vulgarmente llamado “Tachito”. Después del sismo de 1972, en circunstancias críticas, participé en un grupo de expertos mexicanos enviados a Managua por el Presidente Echeverría. Tachito parecía un personaje salido de la novela Eumeswil, de Ernst Jünger. Era en cierto modo un tirano ilustrado, hablaba un inglés fluido, sin acento, que había aprendido en West Point. Su residencia en Managua estaba defendida por una protección de muros bajos de concreto contra las granadas. Tachito gobernaba al país desde una posición de segundo nivel, la de jefe de la Guardia Nacional (el presidente era un muñeco y Tachito tomaba todas las decisiones), lo que a diferencia de los gobernantes actuales daba al régimen una apariencia seudodemocrática. En esa época muchos ciudadanos aún se expresaban favorablemente acerca de Tachito.

[13.1.2014] El “español” de México es un idioma aparte. “Hasta verte, Jesús mío” pertenece a las expresiones de cantina en México. Se usaba ampliamente para “tomar una copa de un solo trago” pero es anticuado y ya no se usa. México era un país predominantemente agrario y había muchas cantinas donde se usaban expresiones pintorescas que ya van cayendo en el olvido colectivo. Antes la gente era dicharachera, o sea que hablaban con la ayuda de “dichos” o refranes de origen campesino. Ejemplo: “El que por su gusto es buey, hasta las coyundas lame”, de amplia aplicación política y sexual. Pero quién se acuerda de qué eran coyundas… La gran popularidad de que disfrutaban estos dichos provenía de que ahorraban muchas explicaciones penosas. Había dichos maliciosos y enigmáticos, tales como: “Donde lloran está el muerto”, que se aplicaba a las personas de mucho dinero que se quejaban públicamente de que eran pobres. Aquí “el muerto” es el dinero. Había dichos en verso, por ejemplo: “Mándeme vómito negro, / mándeme fiebre amarilla, / pero tratar con pendejos / no me lo mande, Señor”. Había dichos que resumían la sabiduría campesina, tales como “De limpios y tragones están llenos los panteones”, que significaba que la limpieza obsesiva y el exceso en el comer eran nocivos a la salud. Finalmente, había dichos españoles modificados por la malicia campesina o indígena. Se me ocurren muchos ejemplos pero suelen ser gruesos y prefiero olvidarlos.

[6.3.2015] En cuanto a las pataletas de Ganesh, recuerdo los hermosos templos que el culto de esta deidad disfruta en Pune y otras localidades de Maharashtra. El dios baila, no patalea. Es emblema de felicidad, de buena suerte. Su padre, que es el gran dios Shiwa, lo protege. En sus días de fiesta se acostumbra untar la figura del dios con mantequilla, azafrán y pétalos de flores. Se le ofrenda “laddu”, que es un dulce de garbanzo en leche, mantequilla y fruta seca que le gusta mucho al dios. En sus fiestas, la gente bate palmas para atraer su atención, pues es un poco distraído. Y suenan las campanas. A Ganesh le gusta la inteligencia, la sabiduría. Protege a los escritores y a los científicos. En nuestra casa tenemos varias efigies de bronce representando a Ganesh en diferentes poses, bailando. Tiene cuatro brazos. Y está rodeado de leyendas.

[11.1.2016] Muchas gracias por tu acertada crítica de algunas traducciones al español. La mención de una carta “de mala fama” escrita por Mozart a su joven prima atrajo mi atención. En efecto, "Liebe Bäsle", en dialecto vienés cariñoso, significa “Querida primita”. Mozart no tenía ninguna primita llamada “Bäsle”, tu comparación con un hipotético hermano de Joyce llamado “Brother” es muy apta. Pero ¿por qué calificar de “mala fama” a la correspondencia de Mozart con su prima? Resulta que el traductor optó por transformarse en censor. La carta mentada no solo iba dirigida a la primita regalona de Mozart, contenía términos escatológicos. Mozart nunca pensó que su correspondencia familiar iba a ser escudriñada y revisada por futuros expertos. En cuanto a la correspondencia de Stefan Zweig con Freud y Rilke, ciertamente estos son documentos que enriquecen el lenguaje. Tengo algunas obras de Freud en el original y son parcialmente intraducibles, precisamente porque analizan brillantemente los lapsos del lenguaje. (Me refiero especialmente a su Introducción al Psicoanálisis). Ejemplo: Una joven esposa se queja con su marido: “Me empolvaste con tu brocha”, frase que admite un doble sentido erótico en alemán.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

Carrera magisterial y el nuevo programa de estímulos

Ayer martes, el periódico Reforma presentó como  noticia principal una nota en la que destaca que la SEP y el SNTE acordaron que los aumentos salariales y pagos por jubilación a los maestros se hagan con base en el salario base y no se considere para ello los aumentos devengados a través del programa Carrera Magisterial. Sin embargo, dice el diario, durante los 23 años anteriores los aumentos se hacían sobre la suma agregada del sueldo-base más la aportación proveniente de Carrera Magisterial. Esta decisión causa enojo entre el magisterio, como se observa en Nuevo León. Es verdad, causa enojo, pero no se aclara que lo normal, lo usual, lo que histórica y legalmente se ha hecho es que los aumentos salariales se hagan sobre el salario base y no sobre el salario más incentivos. Si esto ocurrió en el pasado, no debe seguir ocurriendo. Un asunto minúsculo —de carácter administrativo— se presenta como acontecimiento mayúsculo. En realidad, el cambio administrativo que se anuncia con aspaviento tuvo lugar hace tres años, en 2013, como resultado de la substitución de Carrera Magisterial por un nuevo programa de estímulos.

La noticia cae, sin embargo, en terreno fértil por la desinformación imperante. En parte, el problema del “enojo” se debe en gran parte a que las autoridades no han explicado suficientemente bien las premisas que sustentan a la actual reforma. Por ejemplo: no se ha dicho (al, menos con suficiente fuerza y claridad) porqué se suprimió el programa Carrera Magisterial y qué es lo que lo substituye. Carrera Magisterial fue creada durante el sexenio de Carlos Salinas, a partir del Acuerdo de 1992. Se trataba de un programa de adscripción voluntaria de asignación de estímulos conforme al desempeño, aunque en un primer momento ese “desempeño” se intentó medir con apoyo  principalmente en grados, certificados y títulos, lo cual generó, como los maestros bien lo saben, una fiebre magisterial para la obtención de “papelitos” y una hiperinflación de la oferta de estudios docentes en los que se otorgaban esos “papelitos”. Las universidades  “patito” hicieron su agosto. Pero Carrera evolucionó y, al final, las categorías se otorgaban, con base —al menos en parte—  en evaluaciones. Pero desde su creación el programa tuvo problemas. El principal fue que la lideresa del SNTE colocó como director del programa a uno de sus “protegidos”. Es decir, desde el primer momento, Carrera fue socavada por la corrupción. Los profesores ordinarios tenían que demostrar sus competencias y conocimientos pedagógicos para obtener la categoría E, en cambio, los líderes sindicales alcanzaban esa categoría de manera automática, sin presentar ningún documento ni hacer ninguna evaluación. Cuando se inició este gobierno se descubrió que algunos líderes y recomendados recibían, vía Carrera, emolumentos enormes sin justificación alguna (ingresos de 100, 200 y hasta 300 mil pesos). Hubo, por lo mismo, que suprimir el programa y, en su lugar, fue creado el Programa de Promoción en la Función por Incentivos (PFI), que consiste en lo siguiente: cualquier docente (sin importar la función que desempeñe) puede aspirar a promoverse y esto se lograría a través de la evaluación de desempeño. La evaluación de desempeño es aquella que —de acuerdo con la ley— debe presentar cada profesor al menos una vez cada cuatro años.

 

Gilberto Guevara Niebla.

Literal

¿Y tú quién eres?

Este relato pertenece a Mujer perro (Páginas de espuma), segundo libro de cuentos de la escritora madrileña. Se caracteriza por la pericia narrativa y su indagación de la tristeza.

mujer-perro


Una vez Lilly me besó. Fue tan rápida en asaltarme. Un brinco de su torso por encima de la mesa del bar. Un abordaje de brazos flacos, tensos hasta el límite. Inquisitivos labios. Ni una palabra, sólo su lengua viajando por el universo de mi boca. La noche es una hembra de talones rosados, recuerdo que decía una canción obstinadamente, y yo me preguntaba si sería humana, esa hembra. Pero habíamos estado bebiendo y seguíamos bebiendo y el ruido de la gente, la música, la intensidad de Lilly, todo se columpiaba en mi cabeza. Ella había hablado de los grandes monos: ¿No entiendes que hay lugares donde les enseñan a comunicarse?, repetía aún y por siempre. ¿Cuándo aceptaréis que pueden contar lo que hicieron ayer, lo que harán hoy y mañana? Son como la gente que sueña y desea. Ella anclaba los codos sobre la mesa, se sacaba las sandalias de un tirón. Y bebía. Lilly bebía con prisa.

Esa noche estuvimos solos, ella y yo.

Pueden soñar, pueden soñar. Su pie desnudo había rozado mi pantalón como un pájaro huidizo, alborotado. Yo no retiré las piernas. Me fascinaba, me aterrorizaba pensar que pudiera posarse en mí. Pero no retiré las piernas y mis sentidos recorrieron incansables la distancia abismal que nos separaba y luego la piel de su boca y el espacio blando donde se juntaban sus orgánicos pechos, y de nuevo el rostro de Lilly, encendido por la conversación. Llevaba días observándola, retrasando mis propias obligaciones para verla entrar cada mañana en la jaula del gran macho: la cara resplandeciente, sus muslos reventando los vaqueros. Inevitablemente, también me invadieron las imágenes de Él lamiendo los dedos de las delicadas manos de Lilly, espulgando su larga cabellera ante decenas de visitantes, cuidadores, niños atónitos con las narices pegadas al cristal de seguridad que los separaba del gorila más peligroso del mundo. ¡Salvaje Lilly! Su comportamiento provocaba comentarios y risas entre el equipo de trabajo del zoo, entre los colegas universitarios.

¿Cómo es posible que la Dirección le permita exhibirse de esta manera a la nueva becaria?

Sin embargo a mí, esa noche, esas imágenes mentales, obsesivas, me impulsaron a proferir un reclamo borracho y profundo. ¡Yo también tengo sueños, Lilly!, le dije, y entonces fue cuando ella se tiró a besarme y yo supe que no había marcha atrás. Caí adentro de sus ojos, húmedos ojos de lago donde se bañan los monstruos. Ningún suspiro. Nada que me recordara a una mujer. Cuando nos separamos, Lilly ocupó de nuevo su asiento con increíble agilidad y continuó hablando algo nerviosa, claramente decidida a no permitir que se instalase el silencio entre nosotros. Yo aproveché para hurgar con mis ojos su boca, espiar el movimiento de sus labios. Quería ver su lengua, descubrir su cuerpo. Follarla, eso era lo que quería, lo que me aterraba. Intenté imaginarme desnudo junto a ella. Pero dónde, ¿en mi cama?

¿Es que nadie va a apreciar nunca las pinturas de Tarzán?, me insistía ahora, y a la vez jugaba con su pie alado bajo la mesa. Tarzán es, no sé cómo explicarte, Tarzán…

La palabra Tarzán, la manera de pronunciar ese nombre de gorila, como si se perteneciesen el uno al otro, como si ambos estuviesen unidos por un vínculo secreto, despertó en mí una rabia profunda. ¡Las pinturas de Tarzán! Ya en la mañana el cuidador me había comentado, no sin suspicacia, que el gran macho había pintado un corazón en los muros de la jaula con sus propios excrementos y que entonces ella, a modo de premio, lo había besado en la boca. Sentí más furia y atrapé el pie de Lilly. ¡Un corazón de mierda!

A Lilly no pareció preocuparle la presión de mi mano sobre la yugular de sus talones de diosa. Obstinada, volvió a repetir ese nombre. Tarzán. La cerveza resbalaba por su garganta. Sonreía absorta, extrañamente desconectada, como si nada estuviese sucediendo o hubiese sucedido entre nosotros dos. No, ella no me necesitaba, no necesitaba ninguna palabra de amor. El pelo revuelto, camiseta blanca y estrecha sobre sujetador negro como la noche. La noche cuando te pregunta: ¿Y tú quién eres? Y no sabes qué responder y entonces quieres matarla. Bajo la mesa las sandalias doradas de Lilly, caídas, impertinentes; su pie aún palpitando entre mis manos; el tono en que me pide que le cuente mis sueños. Anda, cuéntamelos… Quisiera pensar que clavé los ojos en el suelo, entre colillas y papeles, para no tirarme sobre ella a comerme su corazón. ¿Cómo son tus sueños? La voz rubia de Lilly. Lilly desgarrando mis neuronas, amándose con Tarzán y Tarzán soy yo. Lilly lamiendo su pelaje, el mío. Ruido y gente. El beso con cerveza, con ojos de oscura suavidad. Quisiera pensar que pude haberla matado en esos instantes, ¿o es que los machos respetan la vida de las hembras que no pertenecen a su especie?

Mírame, dijo ella, de pronto con firmeza en la voz. Pero no quise o no pude mirarla. Bajé los ojos, deseé no estar, no ser yo. En la jaula ella me visita, dice que siempre me amará. Y yo le voy a arrancar los jeans. Me ofrece golosinas para simios y yo voy a arrastrar su cuerpo hasta el recinto interior para que nadie vea lo que pienso hacer con ella.

Continuábamos sentados en el maldito bar y era yo quien ahora flotaba en una sensación de extravío. Entre nosotros había surgido un precipicio de silencio: cada uno a su lado de la mesa; el pie de hielo de Lilly apresado por una de mis extremidades… lunático contacto que ella, con ímpetu profesional, intentaba descodificar o transformar en algo, abrir una vía de comunicación quizá, o qué sé yo aún hoy de sus procederes y métodos. En un momento dado Lilly decidió que atravesaría el abismo y así me lo dio a entender con una mirada cargada de significado, una especie de lenguaje para oligofrénicos, pensé yo. Entonces comenzó a transgredir mi zona de seguridad, extendiendo el brazo blanco, tomándome de la barbilla. Mírame, por favor, dijo, muy despacio. Pero ¿y si volvía a besarme? ¿Qué pasaría después? Solté su pie de golpe, arranqué su mano de mi cara. No soy un gorila, rugí.

Antes de abofetearme, de marcharse descalza por la puerta de ese bar, Lilly susurró: No, tú sólo eres un animal desdichado.

Años más tarde volví a ver a Lilly. La detecté entre el gentío por su forma de caminar, como si sortease árboles en un bosque. Llevaba el pelo pintado de rojo violeta, a juego con los labios, con el bolso enorme y rebosante de papeles. Me sorprendió el gesto tirante de su boca. Los ojos no se los pude ver, los escondían unas gafas de sol alargadas, puntiagudas. Una gabardina muy corta, insinuaba el poderío de sus caderas, de sus aún imponentes nalgas. Qué lástima. Cómo hubiera deseado detenerla, conducirla a un portal oscuro. Entonces yo ya no era un joven y me sentía con la autoridad para tocarle el hombro, hablarle al oído. No lo hice. Pero estuve tan cerca de ella. Pude observar el blanco silvestre que nacía entre sus cabellos con la timidez de las pequeñas orquídeas, pude contar los pliegues de piel que orillaban el óvalo de su cara, pude incluso haber ido tras ella para olisquearla a mi placer pues dejaba un rastro inconfundible. Pero tampoco lo hice porque ese olor contenía algo más, antiguas sensaciones, un sueño enredado en lo profundo. Hui presa del viejo terror, la culpa, la vieja fascinación. Estuve vagabundeando por esta ciudad que aún hoy me contagia la tristeza de sus jaulas, de sus seres cautivos, y me obliga a preguntarme ¿Y tú quién eres?

 

Carola Aikin
Escritora y bióloga. Autora de Las escamas del dragón.

literal-gorila

Cabos sueltos

El epitafio de Chupo

Chupo era abogado y llegó a la magistratura siendo aún muy joven, después de una brillante carrera hecha a saltos entre las aulas de la escuela de jurisprudencia y La Fama Italiana, cantina de postín.

Cuando instaló su “bufete” en una casa de las calles de La Maestranza, su primer acto fue llamar a sus amigos para que, en gran consejo, decidieran cuál cuarto iba a ser destinado a la cantina y cuál al leonero —cantina completamente privada, magníficamente abastecida por envíos que hacían desde Ahualulco los Topetillo, y desde Tequila por la misma viuda de Martínez—, sancta sanctorum donde se oficiaría entre la una y las tres de la tarde, y de donde los clientes saldrían para ir a ver a la fulanita o a la menganita que estaba de moda en la casa de la Carlota.

Pero Chupo —gran pontífice de Baco y sacerdote de Venus— no seguía a sus amigos a los prostíbulos: su especialidad eran las muchachitas primerizas escondidas en los barrios, a las que llegaba infaliblemente después de enredar a las mamás en una madeja complicada de elogios y de obsequios. Había que verlo del brazo de una gruesa matrona, con su cara sonriente, atento y meloso como un marido en el sexto día de la luna de miel, llevando adelante a la pollita que había destinado para víctima, y a la cual se le metía en el corazón a través de los panegíricos cotidianos hechos por la mamá.

No había hombre como Chupo —Chupo era el tipo más bien educado del mundo—, tan atento, siempre ocupándose de servir a la mamá, de llevarle flores —sería un esposo ideal—. “Ay hija, ¿pero por qué no le haces caso al señor licenciado?” —y la chica caía redonda.

Entre las conquistas hechas en familia, y las copas de tequila selecto, Chupo se dio un tropezón y cayó en brazos de una de sus víctimas: se casó con ella —y tuvo suerte tan desmedida que la muchacha no sólo fue su compañera ante la ley y ante la sociedad, sino ante las botellas de tequila—. Las borracheras eran conyugales. En una —la última—, Chupo se durmió dulcemente para no despertar jamás.

Cuando a los nueve días reglamentarios la viuda fue al cementerio a llorarle al muerto, se encontró este epitafio puesto sobre la tumba por los amigos “del malogrado jurisconsulto, honra del foro tapatío”:

Si quieres vida tranquila
y sin trabajar dinero,
perfora aquí un agujero
y sacarás de maquila
cuando menos, media pila
de tequila,
cada día.

Fuente: Dr. Atl, “Todos murieron”, Cuentos bárbaros y de todos colores (selección y presentación de Jaime Erasto Cortés), Conaculta, México, 1990.

01-epitafio

Cabos sueltos

Como de Posada

LAS CALAVERAS

Era un hermoso salón, inundado de luz… y una multitud de damas y caballeros.

Los rostros eran exultantes, la conversación bulliciosa… Todos departían animadamente sobre una renombrada cantante. La calificaban de divina e inmortal… ¡Oh, qué espléndido ese último gorgorito que había lanzado ayer!

De pronto, como por arte de magia, todas las cabezas y rostros quedaron despojados de la fina película de piel, dejando al descubierto la mórbida blancura de los cráneos, el reflejo azul metalizado de las encías y pómulos en carne viva.

Contemplé con espanto cómo se movían y articulaban esas encías y pómulos, cómo giraban, reflectando la luz de las velas y lámparas, esas esferas de hueso llenas de protuberancias, y cómo, dentro de ellas, giraban y se movían otras esferas menores, unos ojos de mirada perdida.

No me atrevía a tocar mi propio rostro, ni a mirarme en el espejo.

Las calaveras seguían moviéndose, como si tal cosa… Con la misma animación, agitando tras los descarnados dientes los colorados flecos de sus lenguas, parloteaban sin cesar de aquel inigualable, maravilloso último gorgorito que había lanzado la inmortal… sí, ¡inmortal! cantante.

Abril de 1878

Fuente: Iván Turguéniev, Senilia. (Con las gracias a Ricardo Bada.)

02-posada

Cabos sueltos

Kafkasarse o no

Resumen de todos los argumentos a favor y en contra de mi matrimonio.

1. Incapacidad para soportar la vida solo…

2. Todo me pone a dudar de inmediato. Cada chiste en la tira cómica del periódico… la vista de las pijamas sobre las camas de mis padres, puestas para la noche…

3. Debo estar solo cantidad de tiempo…

4. Odio todo lo que no tiene que ver con la literatura…

5. El miedo al vínculo, a pasar a ser de otra persona…

6. …la persona que soy en compañía de mis hermanas ha sido por completo distinta a la persona que soy en compañía de otra gente. Sin miedo, poderoso, sorprendente, emocionado como sólo lo estoy cuando escribo. ¡Si por medio de la intermediación de mi esposa pudiera yo ser así en presencia de todos!

7. Solo, un día tal vez podría dejar de veras mi empleo. Casado, nunca será posible.

FRANZ KAFKA

Fuente: Carol Edgarian y Tom Jenks (eds.), The Writer’s Life, Vintage, NY, 1997.

03-kafkasarse

Cabos sueltos

New York Police Department, 1930

Hay robos y asesinatos en Nueva York, como en todas partes; pero lo que más se practica aquí es el “¡Arriba las manos!”. El bandido americano no tira casi nunca, a condición de que le dejen operar. Si sientes que un caballero te empuja, a través de su bolsillo, con el cañón de su pistola, sonriendo, a las doce del día, en plena Quinta Avenida, sonríe también y no vayas a volver a entrar gritando en el Banco de donde saliste. Acompáñale en su hermoso Packard y él te dejará, aligerado, algunos rascacielos más arriba. Cuando hay gente que matar, esos maleantes no vacilan. Se utilizan incluso agencias de asesinatos, especialistas, y puede uno, según afirman, deshacerse de un enemigo por cien dólares a condición de que no sea famoso. Matan a la víctima en un coche y luego arrojan el cuerpo en unos terrenos incultos.

04-police

Si el bandido neoyorquino opera sin tiros, no sucede lo mismo con la policía. ¿Eres testigo de una persecución? Ponte rápido a cubierto, porque enseguida comenzará el tiroteo. En cuanto silban a un auto, si el conductor hace como que no se detiene, disparan sobre él. En febrero de este año una señora, que no había obedecido a una orden de parada, resultó muerta. La policía de Nueva York es brutal; no aborrece la propina ni otras razones; la consideran poco eficaz (el 97 porciento de los crímenes quedan impunes, escribe el New York Herald). La fuerza de la policía es, sobre todo, preventiva. Así como nuestro pequeño guardia municipal, muy en carácter y gesticulador, se hace respetar poquísimo, y en los arrabales, cuando intenta detener a alguien, corre peligro de ser linchado, en Nueva York, en cambio, el corpulento polizonte irlandés es muy temido; con un silbido requisa los coches y todos le prestan ayuda. Lo mismo que las ambulancias y los bomberos, la policía tiene derecho de prioridad sobre la carretera, el telégrafo y el teléfono. Existen los agentes de policía urbana, las patrullas, la brigada del puerto, la brigada motociclista (montada en máquinas tan potentes que pasan a todos los coches), la brigada de las bombas (lacrimógenas, etc.), la brigada obrera (¡pobres de los huelguistas!), la brigada aérea (con tres aeródromos), la brigada de vigilancia de las calderas, la brigada del robo y, finalmente, las brigadas especiales contra los contrabandistas de alcohol y los monederos falsos. Todas ellas armadas de tanques, de motos con fusiles automáticos, de autos blindados, con estaciones receptoras y emisoras de telegrafía sin hilos, de ametralladoras, escudos protectores, etc. Este ejército de paz, cuya misión consiste en mandar gentes a Sing-Sing (300 mil detenciones al año), se compone de dieciséis mil hombres, más mil sargentos, seiscientos tenientes y cien capitanes. El sueldo de un policía es de sesenta mil francos al año. El jefe de policía de Nueva York ha pedido este año nuevos efectivos y un aumento de sueldo. “No se puede vivir con ese salario miserable”, ha dicho. El presupuesto de la policía de Nueva York para el año actual, 1930, será de 53 millones de dólares, sin contar los detectives privados y las agencias Burns y Pinkerton, que los grandes bancos, las industrias, el comercio de alta categoría e incluso los particulares tienen a su servicio, y que vienen a duplicar exactamente las fuerzas municipales. Al ejército no le utilizan nunca para mantener el orden.

Fuente: Paul Morand, Nueva York, Editorial Espasa Calpe, 1ª edición, 1937; 6ª edición, Madrid, 1957.

Cabos sueltos

Entrada al zoológico

Durante el siglo XVI uno podía pagar su boleto de entrada al zoológico en Londres si en vez de dinero traía a un gato o a un perro para alimentar a los leones.

Fuente: Prospect, mayo 2016.

05-zoologico

Puerto libre

Como quien enciende una vela

Hay en mi casa un árbol grande. No viejo porque los árboles viven tantos años que no se sabe cuándo envejecen. También hay en mi casa un hombre bueno, una luz de bengala, una linterna, un andariego inamovible que poco a poco se ha ido volviendo sabio.

01-vela

Ilustración: Gonzalo Tassier

Lo conocí de niño: tenía treinta años, aunque a veces cargaba a un viejo. Empezamos a trajinar juntos cuando palabras como imposible y destino aún no entraban en nuestro diccionario. Hemos andado bajo mil augurios, dos mil obsesiones, cuatro mil doscientos cincuenta partidos de futbol. Para mí, los primeros tres mil un ruido indiferente; los demás, una fiesta.

Lo he visto escribir treinta libros, durmiendo trece mil noches. Hemos pasado por cinco mudanzas, por al menos cuarenta viajes trasatlánticos, por dos horas al día de comentar las noticias, por algunos desvaríos. Hemos tenido tres hijos. A una la encontré al mismo tiempo que a él. Una niña preciosa que lo sigue siendo. Los otros dos los hicimos juntos. Tras sobrevivir a la certeza de que tener hijos en esos años podría acarrearles todos los infortunios que no se merecían. Parece que no les ha ido mal con esta vida y que encuentran al mundo más un tesoro que una pesadilla. Sacaron de su padre la testaruda vocación de razonar y de su madre el gusto por el cine y el horizonte. Puras cosas del aire he puesto yo en su corazón, pero importa lo que ha puesto él, porque de él hablo ahora, cuando de él querría contar todo lo que sé, mientras lo considero tan imposible como decir lo que no sé.

Tiene los ojos oscuros, y largos los dedos de las manos. Desde joven se le notaban las venas bajo la piel de esos dos instrumentos con los que acompaña las palabras cuando las arranca el fervor, que es casi siempre.

Pensar es su pasión, escribir su alivio.

Los años le trajeron una serenidad con la que no contaba. Ni él, ni casi nadie. Yo podría decir que sí, como se lo dije a mi madre hace casi cuarenta años, que era cosa de tiempo. Pero la verdad es que a veces llegué a dudarlo. No entonces, pero sí cuando él ya había enamorado a su suegra con la letanía de pensamientos como punzones que suelta a un lado y otro, se lo pidan o no.

A mi madre le había tocado ver hombres poco confiables a mi alrededor. Él usaba una camisa de manta oaxaqueña, azul, bajo un rompevientos guinda con el escudo de la Universidad de Chicago. Frente a ella era más bien callado. Cosa que ahora es imposible que alguien imagine. Aunque ni yo lo crea, parecía triste. Y como creí siempre, era de una inteligencia precoz y perpetua.

Si regreso a ese tiempo tendré que escribir una novela. Larga novela esta que empezamos como si pusiéramos grafitis en una pared para que alguien o los días la borraran.

Al poco rato de andar juntos bailando y visitando hoteles, a veces muy baratos y a veces no muy caros, él tuvo una ocurrencia fugaz. Ya entonces habíamos abandonado el Hotel Monarca, un lugar para damas de noche, capaces de huir por la ventana cuando el cliente dormía tras haberles pagado toda la oscuridad. Estábamos en un amanecer del Milán. No era malo el Hotel Milán, tenía el escudo de la primera patria de mi abuelo, así que un día lo elegí entre los que ofrecía la calle Álvaro Obregón, emparentada con el historiador por lo mucho que aprendió sobre él, cinco años antes, cuando vivió en Sonora indagando las extravagancias con las que escribió La frontera nómada, su tesis de doctorado.

Aquí mi suegra apuntaría con gran orgullo lo que ahora digo yo recogiendo el legado. Cuando su hijo hizo su examen en el Colegio de México, tuvo como primer sinodal al bien querido y célebre don Daniel Cosío Villegas quien meses antes, como lector de su tesis les dijo a otros maestros que ya podía morir tranquilo, pues dejaba tras sí a un historiador cumplido.

Don Daniel tomó demasiado en serio sus palabras porque murió al poco tiempo, mientras dormía, después de trabajar hasta empezada la noche. Mucho querría ser como su maestro este hombre del que algo sé, pero en esto de la muerte siempre se quiere idéntico.

Piensa en la muerte más de lo que debería, tal vez por eso trabaja tanto, para comérsela viva, para que ella no se coma su nombre. Y sonríe. Ahora de un modo apacible que encontró cuando hizo las paces con su infancia y escribió el libro que más quiere.

Estaba yo en que un amanecer de hace mil años aquel muchacho tímido como un árbol en mitad de su propia hoguera puso en el aire unas frases diciendo que él y yo deberíamos tener un lugar en el que escribir y el otro verbo clave que rima con llover. A mí eso me pareció casi una solicitud de matrimonio. No del todo porque ni se usaba casarse en el planeta en que vivíamos, como si el universo no pesara. Pero tenerse sí que era uso entonces, como ahora. Así que yo me puse a buscar.

Durante dos semanas subí y bajé las escaleras de muchos edificios viejos, pero a veces promisorios. Toda la colonia Roma, la mitad de la Cuauhtémoc y sin duda, de punta a punta, la Condesa que, como bien se sabe y para nuestra buena estrella, entonces no estaba de moda. Cuál no sería su falta de gloria que en su haber sólo tenía dos restoranes y dos fondas. Eso sí: el parque y las jacarandas.

Claro que hallé lugares encantados, pero nosotros teníamos para uno barato y en tal precio casi todos parecían inconvenientes, porque estaban llenos de mugre o perdidos en un rincón de la nada. Por fin, traído por el azar, apareció uno. Dicen bien, quienes saben decir, que el amor no se busca, se encuentra. Así con el departamento de Cadereyta 17. Quedaba justo enfrente de ese al que llegamos porque ahí vivían don Pepe y doña Alicia Pérez Gay, los papás del mejor amigo.

Rentaba cinco mil. Y tenía un balcón. Yo lo quise como se quiere la sola idea de una primera casa. Él dudó. Sin duda con razón. No me ofendí. Lo renté con más de la mitad de mi sueldo. Tampoco tenía mucho en qué gastar. Y le dije que a él podría invitarlo algunas veces, pero que llave y entrada libre no tendría.

¿Cómo llegamos de ahí hasta aquí? Sumando un día con otro, tramados uno en otro, sin más alianza que esa palabra no dicha de tan sabida. Al principio sin pensar en el futuro, luego entrados en él con menos cuenta que los hijos y los libros creciendo a nuestro alrededor como una realidad infalible. Los hijos, con sus alas, yéndose y arraigándonos. Los libros que él escribe sin tregua mientras juzga mis treguas sin decirlo. Porque nadie respeta más el silencio, ni lo acompaña mejor. Quizás también por eso es que aquí vivo y que ya no sé, ni me importa saber, de qué otro modo sería la vida en cualquier otra parte.

Antes imaginaba que podríamos pasar un rato en Puebla, una tarde en Venecia y dos meses al año en Cozumel. Ahora sé, como sabe la música de plegarias, que si de él depende, su rezo diario no tendrá otro lugar en qué decirse. Y como mi parecer entiende, si este hombre vive aquí, como hasta ahora, tampoco el mío tendrá lugar en ningún otro sitio que esta casa, porque ceñida estoy por la bondad, la palabra, los amores, la risa y sin duda las entrañables manías de nuestros años.

Digo entrañables porque después de tanto tiempo las manías del otro son también las nuestras y cuando no se comparten se acompañan, como le pasa a él cuando amanezco y sigo el día cantando sin tregua el mismo estribillo de la misma canción. Una y otra vez sin que se inmute su cavilar en cosas más cruciales que mi tonada.

Cómo no querer a un tipo así. Cómo no celebrar que esté cerca desde cuando pierde los anteojos, igual que si perdiera el alma, hasta cuando encuentra una verdad y la nombra sin miedo. Cómo no afligirse con él, si lo miro elucubrar a diestra y siniestra el devenir de nuestro país como si de él dependiera. Cómo no estar orgullosa de su vida cuando veo que una parte crucial del mundo que lo rodea sí depende de él y confía en lo que cree y lo que crea.

Cumple setenta años, es más joven que el árbol. No se le notan, porque ha dejado de cargar al viejo y es este niño que ignora el temor, que cuida sus certezas.

No digo más, aunque sé mucho más. No conozco a un hombre que sea tantos hombres. Aunque no se le den ni el mar, ni los veleros, ni el aire libre, ni los paseos sin rumbo. A él le gusta su vida como es, su trabajo al que trata como la gran aventura. No conoce ni el ocio ni el tedio. Por eso es divertido y alegra tenerlo cerca. Yo lo sé porque soy esta mujer que lo mira de cerca mientras sigue diciendo que se quiere ir al mar, cuando en realidad no le interesa ni salir a la calle. Menos si va a llover o si él anda en la casa.

No diré más aunque sepa cuánto bien hace mirarlo y cuánto bien va haciendo por donde anda. Aunque me gustaría cantarlo como quien enciende una vela.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

Tangente

Cada palabra, un golpe

“Lector, ¿has visto una pelea? Si no lo has hecho, hay un placer que te espera”. Es William Hazlitt escribiendo en 1822 la crónica de una pelea de box entre Thomas The Gasman Hickman y Bill Neate. Box antes de que los peleadores cubrieran sus puños con guantes. Box al aire libre y sin límite de tiempo. El ensayo de Hazlitt, considerado por muchos como la primera gran crónica deportiva, es una de sus piezas maestras. Tom Paulin lo lee como un poema en prosa disfrazado de reportaje.

01-golpe

Ilustración: Adrián Pérez

El ensayista replica, con el ritmo y el acento de sus palabras, la intensidad de los puñetazos. El escritor no está cerca de la pelea: pelea también. Vale intentar una traducción:

Neate parecía como un bulto inerte de músculos y huesos sobre el que disparaban los golpes de Gasman con la rapidez de la electricidad o el trueno y sólo podía uno imaginar que pudiera levantarse para ser noqueado una vez más. Era como si Hickman empuñara una espada o una flama en la mano derecha y la esgrimiera contra un cuerpo desarmado. Se encontraron nuevamente y Neate parecía, no acobardado pero sin duda cauteloso. Vi cómo se tensaron sus dientes y cómo se fundió su frente con el sol. Mantuvo, como dos martillos, sus brazos rectamente hacia delante, levantando apenas el izquierdo una o dos pulgadas. Gasman no podía traspasar esa muralla. Se golpearon mutuamente y cayeron al piso, sin ventaja para nadie.

William Hazlitt, uno de los más admirables ensayistas británicos, aprendió del box tanto como del teatro y la pintura. Sus textos aparecen en cualquier antología del ensayo inglés. Siguen publicándose sus reflexiones sobre los personajes de Shakespeare. Su crítica de arte es memorable: pintor él mismo, describió como nadie los placeres del pincel. También pueden leerse con gusto sus ensayos personales sobre el paseo, la sensación de inmortalidad de los jóvenes o la lectura de los libros viejos. Pero en sus ensayos políticos, en sus piezas de combate aparece el pugilista que boxea con nudillos desnudos. Desde su defensa del odio como motor del mundo alcanzó una de las cumbres del ensayo polémico. La naturaleza, escribe ahí, “parece constituida por antipatías”. El tedio es muerte, el antagonismo es la hélice vital. Le tundió a la monarquía y a los conservadores, a los intelectuales serviles, a las supersticiones religiosas, a Malthus y a todos los pedantes. Hazlitt fue un boxeador feroz, severísimo, inclemente pero justo.

Si regresamos a aquel ensayo sobre el box nos percataremos que la oposición de los peleadores es un antagonismo de atributos, de símbolos. El apodo de Hickman es revelador: Gasman, hombre gaseoso. Hazlitt lo dibuja ligero, animoso, elástico: una pantera. Bill Neate es lo opuesto: un oso fornido, grasoso, tosco, imponente. La pelea entre ellos es un debate: en los puños se afirma la ventaja y se localiza el defecto. También se reconoce lo contrario: la debilidad propia y la fuerza del contrario. Fuera del ring o antes del combate el boxeador puede ser un fanfarrón. Suele serlo: amenaza y anticipa que noqueará al otro en el primer round. Cuando la campana suena, el boxeador ha de entender al enemigo. Un lujo que el combatiente no puede darse es desconocer a quien tiene enfrente. Lo callan sus palabras pero el cuerpo del boxeador reconoce mejor que nadie el genio de su enemigo. En el box se escenifica la admiración de los contrarios.

Los movimientos del boxeador esculpen el mejor retrato de su oponente. Eso puede encontrarse en los admirables claroscuros literarios, artísticos y políticos de William Hazlitt. Nunca la caricatura que reduce toda la complejidad a un rasgo. Siempre el contraste del acierto y la mancha, el brillo y las sombras.

Cuando Hazlitt dijo que el verdadero jacobino, el verdadero patriota, debía de ser un buen odiador pedía que se odiara lo que merece ser odiado, pedía que se odiara bien y para el bien. Y para bien aborrecer, hay que conocer. No sabe odiar quien se niega a comprender, quien es incapaz de advertir mérito en el otro. Como los reflejos rinden homenaje a la velocidad del enemigo, el crítico ha de detenerse en la virtud de su antagonista. Por eso Hazlitt, periodista que boxea, no duda en admirar a sus adversarios. El caso más interesante es su pelea con Burke. Hazlitt, un entusiasta de la revolución francesa, confronta al crítico más brillante del radicalismo. Al tiempo que desarma sus argumentos, celebra su estilo. Que le repelan las ideas del conservador no lo ciega a su profundidad, a su elocuencia, a la elegancia de sus razonamientos y al poder de su escritura. “El más poético de nuestros prosistas”, lo llama. Un poeta que, sin embargo, no cae nunca en la afectación porque pone la belleza al servicio de su batalla. En Burke, Hazlitt reconocía a un adversario digno de sus puños porque, al igual que él, escribía para combatir. “Cada palabra debe ser un golpe”, escribió Hazlitt (pensando en Burke).

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

Pasaporte, por favor

Venezuela, metafísica de la política

Leo con alguna regularidad prensa venezolana, El Nacional (de oposición) y Aporrea (chavista). Su grado extremo de divergencia sugiere que allí la política es cuestión de fe. En Venezuela “la realidad” varía radicalmente según los preceptos metafísicos del creyente. Para entenderlo asomémonos a los periódicos de un solo día: 8 de junio de 2016.

02-venezuela

Ilustración: Patricio Betteo

Comienzo con algunos titulares de El Nacional:

• “Manifestantes vuelven a trancar Los Cortijos”.
• “TSJ prohíbe a los medios digitales difundir imágenes de linchamientos”.
• “Diario Nueva Prensa de Guayana dejó de circular por falta de papel”.
• “Hospital Universitario de Caracas está en cierre técnico forzado”.
• “Grupo comando asaltó camión de arroz en la carretera Panamericana”.
• “Saquearon camión que transportaba gallinas”.
• “Médicos de la Maternidad Concepción Palacios protestan por falta de medicinas”.

De las páginas editoriales destaco una que explica cómo “el régimen cree que su enemigo fundamental es la oposición y no advierte que lo es el caos que ha creado”. La idea es verosímil: mientras el gobierno encarcela opositores, los motines se multiplican. El Nacional exhibe un régimen en bancarrota ideológica, sin respuesta práctica a la crisis económica, cuya inexorable caída será un triunfo de la realidad sobre la ideología.

Veamos lo que publicó Aporrea.

Primero, notas varias sobre traiciones:

• “Existe un ataque financiero hacia Venezuela”.
• “Colectivo Pérez Alfonzo: Se está gestando un nuevo golpe desde PDVSA” [contraparte venezolana de Pemex].

Sólo que ahora estas noticias van acompañadas de llamados desesperados al régimen a que reaccione. Por ejemplo, la “Carta a la dirección del chavismo”, donde se dice:

“Hoy el país se va de las manos, nos transformamos cada vez más en verdugos de nuestros semejantes, y las soluciones no funcionan porque no van al fondo del problema, que no es material, lo repetimos, es de ideales, cultural”.

Es frecuente la idea de que el chavismo es ante todo un movimiento “espiritual” y que el madurismo lo está traicionando. En un clip del programa “Horror a la oligarquía”, Aporrea explica cómo “todo el enrarecimiento comenzó con el asesinato del Comandante…”. La convicción de que Chávez fue envenenado “por el imperialismo” es un artículo de fe de la metafísica chavista, pero sigamos con el comentario espiritualista de “Horror a la oligarquía”:

“Ahora tenemos un gobierno que se supone que sigue a Chávez, pero que es capitalista —abandonó la espiritualidad del chavismo… El lenguaje se corrompió— no obedece a su finalidad… llega el presidente de la República, dice que es anticapitalista, pero prepara el terreno para el fascista…”.

La bancarrota del materialismo gobiernista aparece también en un artículo sobre los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), que inventó el gobierno para hacer frente a la falta de abasto, titulado significativamente: “Hambre para hoy, también para mañana” y que critica duramente la ineficacia del sistema de subvenciones del chavismo:

“Durante varios años… la revolución trató de llevar alimentos baratos, económicos y hasta de calidad a los venezolanos. ¿O acaso no recuerdan las famosas puntas uruguayas o la buena carne de Nicaragua?… No sólo fueron alimentos lo que la revolución subsidió. De manera irresponsable también lo fue la ropa (Nike, Adidas, Levi’s), la tecnología (celulares iPhone, Samsung, televisores, neveras), las benditas motos chinas hoy con miles de muertos encima, los carros… Todas estas iniciativas funcionaron mientras teníamos los dólares, hoy los hermanos latinoamericanos no nos mandan ni unos cuantos kilos de sobrebarriga o bofe…”.

Fracasó ofrecer consumismo en lugar de socialismo. La esperanza socialista de hoy es recuperar a Chávez como movimiento espiritual. Concluyo esta reseña de la metafísica chavista citando un artículo de Aporrea, escrito por Tony Valderrama y Antonio Aponte:

“El gobierno atraviesa esta crisis sin mancharse el traje, no es imputable por nada, nunca se equivoca… Todo sería una astucia de gobernantes si no fuera porque esta actitud nos conduce al caos, al fascismo”.

En esa tónica vuelven al tema de la espiritualidad:

“La falla del gobierno es no ver en la economía más que lo material, el estómago, así la política se reduce a quién provee, quién es mejor abastecedor. El corazón, la espiritualidad no se considera…”.

Los autores concluyen persignándose con el “Credo del Chavismo en Crisis”:

“Un Comandante que escogió ser Cristo y no Rockefeller, ser Bolívar y no Boulton, y se jugó la vida por una Revolución que presentía infinita. Y el Cristo fue nuevamente crucificado y el ciclo regresó…”.

La política venezolana es hoy cuestión de credo. Para unos, la crisis mana de la rebelión de la ideología contra la realidad; para otros, es resultado de la perversión de los preceptos espirituales de la ideología. No será fácil que haya una “reconciliación nacional” en Venezuela. Estamos ante un genuino problema teológico.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Su libro más reciente es El regreso del camarada Ricardo Flores Magón.

Hablando de otra cosa

Adolescentes

Margaret Mead llegó a Samoa en noviembre de 1925. Joven, ambiciosa, entusiasta, llevaba un programa de trabajo inmenso. Franz Boas le había propuesto que estudiase el peso relativo de los factores genéticos y culturales sobre las pautas de conducta durante la adolescencia. Necesitaba información acerca de un grupo humano absolutamente ajeno para mostrar que mucho de lo que se atribuía a la naturaleza era en realidad producto de la cultura. Pero también le preocupaba la juventud norteamericana, las ansiedades, las tensiones, la crispación de la adolescencia. Mead, por su parte, quería estudiar la vida sexual de las mujeres jóvenes de Samoa. Mucho, incluso para Margaret Mead.

03-adolescentes

Ilustración: Estelí Meza

No tuvo mucha suerte al principio. Un huracán barrió las islas el día de Año Nuevo. La estancia además le resultaba incómoda. No hablaba bien el samoano. Y en las casas de los nativos no se encontraba a gusto, estaban llenas de gente, de animales: no le resultaba nada fácil trabajar así. Por eso decidió trasladarse a la casa del farmacéutico de la base naval norteamericana. En marzo de 1926 hizo una breve excursión a las islas de Ofu y Olosega, junto con sus amigas samoanas (“merry companions”, las llama), Fofoa y Fa’apua’a. Y un día, sabemos que era un sábado, 13 de marzo de 1926, tuvo una larga conversación con ellas. Y hablaron de sexo. Allí surgió el que sería su libro más famoso: Coming of age in Samoa (1928), que se convirtió en un clásico instantáneamente porque tenía la respuesta no sólo para las preguntas de Franz Boas, sino del Occidente de los años treinta.

Las primeras páginas son conmovedoras. Amanece en Samoa: sombras pobladas de fantasmas, palmeras, voces de jóvenes, amantes que vuelven a casa… Estamos de pronto en un cuadro de Gauguin, brillante, colorido, ingenuo (con una voz que recuerda a Dylan Thomas, Under the Milk Wood). Nadie viaja a los mares del Sur por primera vez. Todos hemos estado ya allí, antes, con Bouganville, con Diderot, con Robert Louis Stevenson —algunos habrá que con Walt Disney. Y bien: Mead encontró todo eso, todo lo que había ido a buscar. Encontró una sociedad feliz, pacífica, sin dramas y sin violencia, sin apegos emocionales, una sociedad que vivía con ligereza, con naturalidad. La clave estaba en una adolescencia libre y desprejuiciada, con una vida sexual activa, alegre, desinhibida, sin culpa, en la que se podía disfrutar cotidiana y felizmente del “amor bajo las palmeras”.

El libro de Mead ofrecía el acompañamiento perfecto para leer a Freud, a Bertrand Russell, a Havelock Ellis. Estamos en los años treinta. Samoa era un lugar “sin neurosis, sin frigidez, sin impotencia” (la conclusión es de Havelock Ellis).

Otros investigadores viajaron a Samoa en las décadas siguientes. Se tropezaron con cosas muy diferentes de las que había descrito Margaret Mead. Lowell Holmes encontró una sociedad jerárquica, competitiva, violenta, de un cristianismo fanático. Eleanor Gerber describió otra moralidad sexual, con una preocupación casi obsesiva por la virginidad. Cincuenta años después Derek Freeman publicó Margaret Mead and Samoa (1983). En resumen, el libro dice que Mead estaba equivocada en todo. Y retrata una sociedad rígida, ritualista, jerárquica, enamorada de las ceremonias, una sociedad belicosa, aficionada a la guerra como las demás sociedades del Pacífico Sur, incluyendo prácticas de canibalismo y de crueldad nauseabunda, y una sociedad cristiana, devota, de exigentísima moral sexual.

La explicación, la única que se le ocurre a Freeman, es que sus informantes engañaron a Margaret Mead. Por lo visto, una de ellas, Fa’apua’a, se lo dijo personalmente en los años ochenta: habían querido gastarle una broma a su amiga norteamericana. Y por eso le hablaron de sus conquistas y sus romances y sus noches de amor bajo las palmeras.

Desde luego, podría ser. Pero también podría ser que la anciana de noventa y tantos años, abuela de muchos nietos, quisiera presentar otra imagen de sí misma. En realidad, no importa mucho. Los felices habitantes de Samoa, la Samoa de Margaret Mead, cumplieron con una función cultural de enorme importancia. Igual que los persas de Montesquieu, o los iroqueses de Voltaire. Son parte de la conversación del siglo XX. Gracias a ellos sabemos que la sociedad occidental de los años treinta cultivaba la fantasía de un orden sin coacciones, sin apegos, sin violencia —y que se entusiasmaba con otra posible sexualidad.

Me encuentro en el periódico, como noticia, una reseña publicitaria de un libro sobre la longevidad. El titular: “Una almeja vivió 507 años, y tú también puedes”. La nota anuncia, con un raro entusiasmo, que “envejecer no es obligatorio.” Y el ejemplo es esa almeja de Islandia, nacida en 1499. Se me ocurre que es un equivalente de la Samoa de Margaret Mead. Salvo que nuestra fantasía es tecnológica, individual, perfectamente vacía. Y ofrece un espejo un poco triste: una almeja.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

Panóptico

El jardín de la República

En el verano de 1776 la ciudad de Nueva York se encontraba sitiada por 32 mil tropas británicas. Al mando de la defensa de la ciudad estaba el general George Washington. Sus tropas, diezmadas por la viruela, eran menos de la mitad de las inglesas. Asustados, los habitantes de Manhattan huían de la ruina inminente. Después de revisar las fortificaciones y arengar a sus hombres, Washington se deshizo de sus generales y en su vivac se sentó a escribir a la luz de la vela una larga carta a su primo. Lund Washington era a la sazón el administrador de Mount Vernon, su plantación en Virginia. Mientras los británicos se preparaban para el asalto, Washington redactaba instrucciones sobre dónde se debían plantar árboles florales y rododendros. La conducta de Washington parecería excéntrica, sugiere Andrea Wulf, pero no lo era.1 Como muchos otros padres fundadores de Estados Unidos, Washington veía en los jardines y en la agricultura vehículos orgánicos de la construcción nacional. En su carta sólo mencionó árboles nativos. Y esa selección no era fortuita. El jardín de Washington sería americano. Un epítome de la nacionalidad. Ahí no habría lugar para especies exóticas, en particular inglesas. Los árboles eran para el Cincinato del norte tanto una expresión de la “gloriosa belleza de América como un tema político”. Después de la guerra el sueño del jardín americano continuó en Mount Vernon. Washington estuvo involucrado en cada aspecto de la planeación y ejecución de su jardín: eligió especímenes de árboles de los bosques adyacentes y trazó bosquejos para un nuevo invernadero. En pleno invierno de 1785 le ordenó a sus esclavos que despejaran la nieve del suelo para cavar los hoyos. No deseaba esperar a la primavera para plantar sus árboles.

04-jardin

Ilustración: Belén García Monroy

Washington no estaba solo en su obsesión con los jardines. Jefferson en Monticello, Madison en Montpellier y John Adams en Peacefield la compartían. No es por eso una sorpresa que haya sido Joel R. Poinsett, el primer embajador de Estados Unidos en México, quien bautizara a las mexicanas flores de Nochebuena como Poinsettias. Para Jefferson la botánica era una escuela de paciencia. Madison sabía tanto de plantas que sus vecinos lo buscaban para que les dijera el nombre científico de las diferentes especies. La idea de que el futuro de la nación se encontraba en la tierra y en sus frutos era un lugar común entre los hombres de esa generación. Cuando, en el verano de 1787, la convención que redactó en Filadelfia la Constitución federal se encontraba en un impasse sobre el diseño del poder legislativo, un grupo de convencionistas, entre ellos Madison, Hamilton y George Mason hizo una excursión al célebre jardín de John Bartram, en las afueras de la ciudad. Ese jardín contenía la colección más extensa de árboles y arbustos americanos y era un invernadero que proveía de especímenes al resto del país y el mundo. Tal vez, especula Wulf, los tres votos necesarios para que la Constitución fuera aprobada se obtuvieron a las sombra de los árboles de Bartram.

Es cierto que la nación norteamericana, vista a través de sus jardineros fundadores, es básicamente una empresa aristocrática. Era, también, la materialización del sueño del poeta inglés Joseph Addison, un Whig. Addison escribió un ensayo sobre los placeres de la i