Ciudad de libros

La pequeña inmortalidad

En mi ejemplar de la primera edición de bolsillo de Luces de bohemia, en su primera página, campean dos líneas escritas por un álter ego mío de 23 años: “Ganado a los dados a José Luis Gómez poniendo yo en juego los poemas completos de Machado, agosto 1962”. Debajo, la firma del futuro Hamlet, Segismundo, Arturo Ui, Kaspar, Pascual Duarte, Manuel Azaña, Kafka, la firma, pues, de José Luis Gómez, y de su puño y letra la indicación “Huelva, enero 1962”. Ocho meses le duró la propiedad de aquel libro entonces casi tan inencontrable como la edición dizque completa de la poesía de don Antonio.

Desde luego que este género de recuerdos es muy poca cosa comparado, sin ir más lejos, con el hecho de que Peter Weiss le haya gastado a uno la broma de leerle como obra propia El vicario, de Rolf Hochhuth, en su casa de Suecia. Sí, Francisco Umbral contó una vez que Peter Weiss le había leído en su casa de Suecia su obra sobre el papel desempeñado por Pío XII en el tema del Holocausto, y la explicación más benévola que se me ocurre es esa de que el autor de La estética de la resistencia le quiso gastar un broma. Con lo que Weiss no contaba es con que Umbral se iba a pavonear de semejante lectura, ay diosito de mi vida…

Y, sin embargo, cada vez que vuelvo a tener en mis manos ese viejo y querido ejemplar de Luces de bohemia, se me activa la espoleta retardada de la memoria, y rememoro algunos episodios de lo que llamo “la pequeña inmortalidad” (sonata en re menor).

Fue tan bella la vida que viviste…

Íbamos camino de Tubinga (esa ciudad de nombre casi pornográfico, diría yo) a un seminario de lo que tengo bautizado como “Desarrollología”, donde los expertos en ayuda al desarrollo se reúnen para desarrollar la mejora de los sistemas de ayuda al desarrollo, y a la postre dizque ya consiguieron desarrollar su técnica de organizar tales simposios sobre la ayuda al desarrollo.

Poco antes de Tubinga, sobre una colina, uno de esos pueblos que parecen construidos para provocarles orgasmos a los fabricantes de tarjetas postales. Bebenhausen, decía la flecha indicadora, y era tan de cuento de hadas, visto de lejos, que quisimos entrar en él aunque se retrasase nuestra llegada a la ciudad de Hölderlin.

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Bebenhausen fue construido alrededor de una abadía del Císter y se conserva en un estado perfecto, casi como si el Tiempo hubiera pasado de puntillas por allí, sin quererlo despertar. Una aldea perdida, ínfima, en la inmensa geografía habitacional de Alemania.

Y como siempre, la atracción que sobre mí ejercen siempre los cementerios. El de Bebenhausen está al pie de la antigua muralla medieval. Penetré en él y caminé por entre las tumbas. Nombres alemanes, suabios, badenses; la historia del pueblo contada por la piedra de las canteras vecinas. Pero la luz se estaba poniendo y mis compañeros de viaje me instaban a salir del cementerio y seguir camino de Tubinga, habíamos perdido (¿perdido?) ya mucho tiempo.

¿Por qué me niego, por qué siento que hay algo que me hace continuar vagabundeando hasta el final del camposanto, hasta la última tumba? Sobre ella arroja su sombra una estela rectangular, grande, con numerosas inscripciones. Doy la vuelta por detrás, de regreso a mis impacientes compañeros, y en el lado de la piedra que da a la muralla, invisible por completo si no se llega expresamente allí, unas palabras talladas: “Fue tan bella la vida que viviste…”. Debajo, el nombre del autor: Pablo Neruda.

50 varas al norte de La Mejoral

Si Francisco (don Paco) Amighetti hubiese nacido en Buenos Aires o en ciudad de México seguramente habría gustado las mieles del éxito internacional que tanto mereció. Pero tuvo la mala fortuna de que lo nacieran en San José de Costa Rica, y ahí puedes esperar a ser famoso como artista hasta el día del Juicio Final, a la tardecita. Aun así, los japoneses, que tienen un olfato de primerísima categoría, fueron comprando todos los grabados de Francisco Amighetti que se les ponían a tiro.

A don Paco lo conocí en su atelier de La Paulina, cerca de San José, cuya dirección —en la vieja nomenclatura josefina— era “50 varas al norte de La Mejoral”. Una dirección que fue, durante décadas, el santo y seña de la vida artística centroamericana, y todos los poetas que participaron en el homenaje a don Paco, cuando cumplió 70 años, hablaron de una u otra manera de aquellas 50 varas al norte de La Mejoral. El tiempo, que todo lo prosifica, supo acabar por convertir esas entrañables coordenadas en “½ cuadra al norte de la Sterling”, firma gringa que instalaron por aquellos pagos.

Mi último día en Costa Rica,  antes de ir a casa de don Paco, pasé a despedirme del embajador alemán. Para ello me vestí, pese a la calor inenarrable, de terno y corbata, pensando ponerme cómodo, cambiar de ropa, después de la visita oficial. Pero la charla con el embajador (un tipo interesantísimo y en cuya casa en Alemania —muy cerca de la mía, en Colonia— se rodaron casi todos los interiores de las películas de Fassbinder) se prolongó y se prolongó, y después vino el endemoniado tráfico josefino, en fin, que no tuve tiempo de cambiar de ropa sino tan sólo de tomar el primer taxi posible para llegar puntual a casa de don Paco. Y al subir al taxi, el capricho de hacer una cita literaria: “50 varas al norte de La Mejoral”.

El taxista asintió sin extrañarse. Lo miré de reojo, le calculé medio siglo y pensé qué bueno, de chico conoció la nomenclatura anterior. Él, a su vez, viéndome tan de punta en blanco, me preguntó que si vivía “allá, 50 varas al norte de La Mejoral”. Le contesté que no, que sólo iba a visitar a un amigo. “Ah —me dijo, todavía sugestionado por mi terno y mi corbata—, a don José Joaquín Trejos” (ex presidente de la República y vecino de Amighetti). “No —le repliqué—, es alguien más importante”. “Ah —me dijo—, entonces don Paco, el pintor”.

Sonreí feliz, como don Paco cuando se lo conté. Sí, alguien mucho más importante.

Mi táctica es quedarme en tu recuerdo

Una tarde en Madrid se me cancelaron todas las citas de trabajo que tenía, por mor de un día festivo olvidado al cabo de veinte años de expatriación. Regresé al hotel sin saber de momento en qué emplear mis horas, y le pedí al conserje la Guía de Madrid. Me apabulló tanta oferta: museos, teatro, cine, exposiciones… y me divirtió que al final hubiera incluso dos páginas dedicadas al eufemístico “relax”. En el ángulo inferior izquierdo un recuadro pequeñito prometía lo siguiente: “Mi táctica es quedarme en tu recuerdo”. Y un nombre, Sandra, y un número de teléfono.

Quedé tan impresionado que en ese mismísimo instante, cuando sonó el teléfono, creí en un fenómeno de telepatía y que era Sandra quien me llamaba. Pero no, se trataba de un viejo amigo que se enteró de que tenía la tarde libre y me invitaba a pasear por la Casa de Campo, dándole vuelta atrás a la máquina del Tiempo. No obstante, la frase no se me zafaba de la memoria. “Mi táctica es quedarme en tu recuerdo”. ¡Diosito mío! Un endecasílabo perfecto. Y qué increíble belleza, pensaba yo. Si la de Sandra fuese homologable a la de su endecasílabo…

Casi un año más tarde llegué a Granada por un trance doloroso, un amigo íntimo que estaba por morirse, en un pueblito de la costa, y quería verme antes. Pasé la noche en la ciudad, donde José Luis Gómez estrenaba su versión de la Carta al padre, de Kafka, y después de la función nos fuimos a pasear camino del Albaicín, por la orilla del Darro, presidida por la Alhambra.

A la mañana siguiente, antes de tomar el autobús que me llevaría a Motril, acudí a unos grandes almacenes para comprar algunos discos (todavía LPs). Pasé por el departamento de librería y vi un gran póster reproduciendo una foto como hecha a la acuarela, con un prado verde, flores gualdas, una muchacha vestida de blanco y tocada de romántica pamela. Sobreimpreso, el texto de un poema, “Táctica y estrategia”, que no conocía. Lo leí, y su octavo verso rezaba: “Mi táctica es quedarme en tu recuerdo”. Lo firmaba Mario Benedetti.

El póster se vendía también como postal. Compré una docena y la primera se la envié al autor del poema: “Mario, en Madrid hay una callgirl que se anuncia con un verso tuyo. Llamala y pedile royalties. A ser posible en especie”.

Un alemán desconocido, un taxista costarricense, una callgirl que ejercía en Madrid, y un común denominador: la pequeña inmortalidad. Sé de algunos (de muchos) poetas que se conformarían con que se pudiera contar de ellos una anécdota como cualquiera de las precedentes. ¿Y quién no?

Ricardo Bada

Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

Postales literarias

Antonio Tabucchi en Kioto

Dice la escritora catalana Nuria Amat en su libro Viajar es muy difícil: “Las ciudades están hechas de personas. Las ciudades literarias están hechas de escritores. Qué mejor recuerdo del viajero para con el lector (viajero también él pero quieto) que el envío de una postal ofreciendo la imagen viva y coloreada de las mejores instantáneas de viaje. Qué mejor regalo para un lector que las vistas de distintos escritores moviéndose por la ciudad fantasma”. Esta columna intenta recuperar las postales que han dejado los escritores de lugares para ellos entrañables

Selección: Delia Juárez G.

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La ciudad más amada de Japón, fundada en el año 800 a.C., fue la primera capital imperial y su arquitectura está construida geométricamente en referencia al palacio del emperador en el lado norte de la ciudad. Situada en una cuenca de verdísimas colinas donde se hallan los templos más hermosos, el encanto de la ciudad se hace patente sobre todo en el centro histórico, aún con muchas casas de madera en torno a los canales, el barrio de los pintores y de los calígrafos. Entrar en un taller dedicado al papel puede ser toda una experiencia. En una ocasión me llevó a uno de ellos una persona nativa de Kioto que me había colmado de amabilidades y a la que quería corresponder de alguna forma. Le rogué que escogiera personalmente su regalo y me condujo a un taller de papel y tinta. Con la dueña del taller, una señora que llevaba un kimono elegantísimo, la persona que me acompañaba dio inicio a una viva conversación a la que siguió una larga exhibición de papeles de arroz de diferentes formas. Al final, tras escoger un papel, la dueña tomó un pincel y un tintero, dibujó en él un ideograma, cogió una caja de cartón, la envolvió con el papel y, tras confeccionar un entrelazamiento de nudos y lazos con una cinta de seda, se la entregó a mi acompañante. (En Japón, en el colegio, hay una asignatura dedicada al papel y a cómo realizar nudos.) Es difícil sustraerse a la propia cultura. Cuando salimos, le dije a la persona que me acompañaba: “Discúlpeme, pero no lo entiendo bien, en la caja no hay nada, ¿cuál es el regalo?”. “Es éste”, me contestó, mostrándome el envoltorio, “es muy hermoso, gracias”. […]

Tal vez sea el otoño el mejor momento para visitar Kioto, sus templos y sus jardines. El jardín de Entsuji, con su parcela de musgo y piedras diseminadas; el conjunto de templos de Daitokuji, con los papeles de Ikkyu, el mayor calígrafo zen, muerto a finales del siglo XV; el santuario Nashiki, donde se celebran las fiestas dedicadas a la planta del hagi, de delicadas hojas redondas, la planta más celebrada por la poesía tradicional. En noviembre, los habitantes de Kioto salen de la ciudad para contemplar los bosques que rodean Ohara y en el segundo domingo de noviembre, en las colinas del oeste, lugar de veraneo en otros tiempos, se celebra la Fiesta del Arce.

El jardín más aristocrático es el Kinkakuji, el Pabellón de Oro, celebrado en la novela de Yukio Mishima. Pero quien prefiera el barroco ostentoso de este templo (y a la prosa de Mishima, que tanto se le parece) la sobriedad y los claroscuros del autor de Elogio de la sombra, el venerable Tanizaki, puede acercarse a visitar su tumba situada en el cementerio jardín de uno de los templos budistas más hermosos de Kioto. Se yergue en la ladera de una colina arbolada y dejo su localización a la iniciativa del intrépido viajero.

La tumba de Tanizaki es una enorme piedra redonda depositada sobre la desnuda tierra. Cuando yo estuve allí, el terreno estaba cubierto de hojas de arce rojas, y la piedra me pareció natural, es decir, no trabajada por la mano del hombre, por más que en Japón resulte difícil en ocasiones (véanse los bonsáis) descifrar a primera vista aquello que es realmente natural de lo que la mano del hombre ha dotado de apariencia natural. Aparté las hojas en busca de inscripciones o de signos. En la piedra sólo había un ideograma cincelado y pintado después. Lo copié en mi cuaderno intentando ser lo más exacto posible, y esa noche se lo enseñé al empleado de la recepción que hablaba un perfecto inglés. “¿Qué significa?”, le pregunté. “Silence”, me contestó. Y después con una leve sonrisa, añadió: “Or Nothing, Sir”.

Fuente: Antonio Tabucchi, “Kioto, ciudad de la caligrafía”, en Viajes y otros viajes (traducción de Carlos Gumpert), Anagrama, 2012.

 

Delia Juárez G.

Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir y coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas y Anuncios clasificados.

Cultura y vida cotidiana

La poética de los monstruos

En diciembre pasado, con este ensayo sobre la obra de José Lezama Lima, Nicolás Medina Mora obtuvo el Premio Carlos Pereyra, convocado por esta revista. Según el jurado, lo que el lector encontrará a continuación es “una voz ensayística de gran profundidad y fluidez”, que revalora la erudición y la aventura de leer

 

La foto del monstruo

Tengo frente a mí una fotografía en blanco y negro de José Lezama Lima. El poeta aparece sentado en su estudio de La Habana, rodeado por desordenadas cordilleras de libros y papeles, flanqueado por abundancias contradictorias de arte moderno y artefactos precolombinos. Lo primero que salta a la vista es que Lezama es enorme. Su cabeza se posa, pequeña hasta la desproporción, sobre un cuerpo redondo, rotundo como el globo terráqueo, que al desaparecer entre las sombras del escritorio pareciera extenderse hasta ocupar la superficie entera del estudio. El cuarto y la camisa le quedan apretados a Lezama, cuyo tamaño da a la modesta arquitectura un aire de casa de muñecas, y a la linda guayabera algo de guardarropa adolescente. La foto me sugiere que Lezama es un bebé descomunal, salido tal cual lo vemos de la cabeza de Zeus, tabaco fino en una mano y pluma de pavo real en la otra.

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En todo caso es innegable que hay algo monstruoso en el obeso novelista, quien lleva escritos los afanes de su ambición poética en la profusión de sus carnes. Lezama buscaba “incorporar al mundo”1, metabolizar la creación: transmutar, mediante la alquimia del estómago y del intelecto, el placer de las cosas en el goce de la palabra. Y no hacerlo con una sola cosa, como hiciera Martin Heidegger con sus zapatos ontológicos, ni tampoco con un puñado de objetos selectos, como intentara Francis Ponge. No, el festín de Lezama aspira a la universalidad, al absoluto: todas las cosas, todas las palabras. De ahí su tamaño gigante, de ahí su monstruosa gordura, y de ahí también su grandeza literaria. Lezama hizo del mundo un banquete —sus libros no son sino reseñas de aquella comilona cósmica, que tuvo mucho de comunión—. Monstruo no “de una especie y otra”1 sino de todas las especies, Lezama buscó englobar en su cuerpo y obra la totalidad de los entes en su absoluta contradicción, y al mismo tiempo en su completa armonía. De ahí la profusión desbocada de su lenguaje, que excede en demencia incluso a los de Luis de Góngora y Pedro Calderón de la Barca, sus más monstruosos antepasados.

Pero hace falta hacer un alto en este exordio excesivo y exasperante. Los monstruos son el objeto de la poesía de Góngora y Calderón —no los sujetos que la escriben—. Calderón sin duda hace hablar a Segismundo, del mismo modo que Góngora da voz a Polifemo, pero de esta admisión a decir que Calderón y Góngora son monstruos en sí mismos hay mucho trecho. Dicho de otro modo: el poeta barroco escribe sobre monstruos, pero no por ello hay algo monstruoso en el poeta. Siguiendo esta línea, podríamos tal vez decir, con Octavio Paz, que lo monstruoso del lenguaje barroco proviene enteramente de los objetos a tratar:

La estética barroca aceptaba todos los particularismos y todas las excepciones —entre ellas “el vestido de plumas mexicano” de Góngora— precisamente por ser la estética de la extrañeza. Su meta era asombrar y maravillar; por eso buscaba y recogía todos los extremos, especialmente los híbridos y los monstruos. El concepto y la agudeza son las sirenas y los hipogrifos del lenguaje, las equivalencias verbales de las fantasías de la naturaleza.3

Pero parece haber una insuficiencia en este pacífico pasaje. En un momento casi escolástico, el gran poeta mexicano establece “una equivalencia” entre el lenguaje del barroco y la naturaleza, entre las palabras y las cosas. En su esquema, que recuerda a la definición de la verdad de santo Tomás —la verdad es la adecuación del intelecto a la cosa—, los extremos y excesos de la poesía de Góngora y compañía responden a la riqueza y extrañeza de lo que pretenden nombrar. Sin embargo, cabe preguntarnos si no hay un eslabón perdido en esta cadena que pretende ir directamente de las maravillas de la América recién descubierta a las Soledades y al Polifemo. Este eslabón perdido es, por supuesto, el poeta mismo. Paz olvida —pero puede que esta última palabra esconda una acusación injusta, considerando que el pasaje en cuestión no es más que una brevísima digresión en un libro monumental— la conclusión del Cratilo: que el lenguaje nunca se adecua o equivale a la naturaleza. Al contrario, el lenguaje inventa a la naturaleza y da forma al mundo.4 En otras palabras, el lenguaje es todo menos natural: se trata, al contrario, del emblema y quintaesencia de la artificialidad. Y donde hay artificio, hay que buscar al artífice. Por definición, las características de la poesía barroca no pueden responder a la naturaleza que la inspira, sino a los hombres y mujeres que la escriben. Tal vez deberíamos decir, entonces, que la agudeza y el concepto no son los monstruos del lenguaje, sino el lenguaje de los monstruos.

Ésta es, al menos, la intuición que detona mi ensayo. Para desarrollarla, quisiera releer el Polifemo, uno de los textos más monstruosos de Góngora, prestando atención a sus procedimientos aglomerativos y a los muchos paralelos que existen entre el cíclope y el autor. Después, quisiera regresar a La curiosidad barroca, de Lezama Lima, e interpretar este texto brillante en clave metabólica y monstruosa. Mi esperanza es que, al final, el lector pueda entrever conmigo una teoría neobarroca de la autoría, centrada en un movimiento doble de acumulación e inclusión. O, si se prefiere el vocabulario de Lezama: una teoría del autor en la que el poeta se convierte en tal a través de la incorporación llevada a los excesos de la monstruosidad.

El mundo como zurrón

La Fábula de Polifemo y Galatea es el poema de las aglomeraciones. Donde Emily Dickinson, por ejemplo, busca poetizar a través de la substracción, destilando su acento de Massachusetts hasta que no queda nada salvo la soledad y el silencio, Góngora procede por el camino opuesto. Lo suyo es la adición, la multiplicación e incluso —si hemos de creer a Severo Sarduy— la segunda potencia.5 Recordemos las largas listas de símiles y metáforas, en los que el objeto central es comparado a incontables otros. Por ejemplo, la primera estrofa de la canción con la que el cíclope intenta seducir a la ninfa:

¡Oh bella Galatea, más süave
que los claveles que tronchó la aurora;
blanca más que las plumas de aquel ave
que dulce muere y en las aguas mora;
igual en pompa al pájaro que, grave,
su manto azul de tantos ojos dora
cuantas el celestial zafiro estrellas!
¡Oh tú, que en dos incluyes las más bellas!6

Galatea aparece gradualmente, invocada a través de la suma de una galaxia de imágenes que abarca desde la flora hasta la meteorología. Podría incluso decirse, con Lezama Lima, que la ninfa sufre una serie de metamorfosis a lo largo de la estrofa, que avanza tan súbitamente “como una cacería”7. Así, la ninfa aparece primero como una flor, luego como un amanecer, más tarde como una gaviota, después como un pavo real, seguido como un cielo estrellado, y finalmente como una doncella de ojos estelares. Las imágenes parecen ser instantáneas, disolviéndose apenas conjuradas. Es por esto que Lezama Lima, sensible siempre a lo súbito, las compara con “rayos” (p. 203) y “venablos” (p. 183).

Sin embargo, la riqueza de la fugaz enumeración queda eternizada en la última visión de Galatea. Es decir, el “tú” de la línea final de la estrofa incluye no solamente a las dos estrellas más bellas del firmamento-cola-de-pavo real, sino también a “las plumas de aquel ave que dulce muere y en las aguas mora” y a “los claveles que tronchó la aurora”. A través de la acumulación de figuras retóricas el poema incorpora una multitud de imágenes al concepto de Galatea, que se vuelve una especie de sinécdoque del amanecer en el monte y de la noche en el mar. Este es el modus operandi poético del Polifemo: la definición por suma, la aglomeración de multitudes de sustantivos en uno solo. En otras palabras, Góngora poetiza al hacer de sus objetos contenedores metafóricos de otros objetos.

Con esta idea en mente, incontables momentos del poema aparecen como emblemas alegóricos del propio método de la obra,  la cual pareciera constantemente hacer un tema de sí misma. El primero de estos momentos autorreflexivos es la descripción de la cueva del cíclope, en la sexta estrofa. Este “formidable bostezo de la tierra” es descrito como un

redil espacioso donde [Polifemo] encierra
cuanto las cumbres ásperas cabrío,
de los montes, esconde (p. 15).

La riqueza de esta imagen depende de una sutil inversión: en vez  de estar la cueva en el monte, tenemos de pronto que el monte está en la cueva. Esta transposición de lo pequeño por lo grande, del exterior por el interior, nos recuerda de inmediato a lo que ocurre con la invocación de Galatea, en la que la ninfa termina por contener a la totalidad del cielo nocturno. Cabe destacar, además, que en la cueva de Polifemo hay mucho más que cabras y murciélagos. Durante su cortejo-canción, el cíclope explica a Galatea que su horrorosa morada es también un museo donde se exhiben los hermosos detritos de al menos dos naufragios. La primera de estas malhadadas embarcaciones vino de Egipto, trayendo consigo “en cajas los aromas del Sabeo,/ en cofres las delicias de Cambaya” (p. 31). El segundo barco, procedente de Génova, le dejó al cíclope una colección de finos marfiles del Indostán: “colmillo fue del animal que el Ganges/ sufrir muros le vio, romper falanges” (p. 32). La cueva de Polifemo, como la Fabula misma, contiene no solamente a la montaña, sino a buena parte del mundo: Saba, Camboya, India, Egipto, y la Italia continental.

Gestos reflexivos de este tipo continúan a lo largo del poema. Apenas un par de estrofas más adelante nos encontramos con otro contenedor, éste tal vez el más importante de todos. Me refiero al “corral de frutas” que es el zurrón de Polifemo:

Cercado es (cuando más capaz, más lleno)
de la fruta, el zurrón casi abortada,
que el tardo otoño deja al blando seno
de la piadosa hierba (p. 16)

Una vez enderezado su hipérbato, la primera línea de la estrofa nos dice que éste es un morral mágico: cuanto más lleno, más capaz. En vez de empequeñecerse, el espacio interior del zurrón se hace más grande con cada nuevo objeto que se le introduce. Así, el zurrón, como el multiplicativo lenguaje de Góngora, se extiende y se distiende para recibir los nuevos objetos a incorporar. ¿No es ésta una sucinta glosa de lo que ocurre con la descripción de Galatea, cuya imagen crece en sustancia con cada sucesiva comparación? El lenguaje barroco es infinito: es imposible llenarlo, siempre se extiende para englobar lo nuevo. Es por esto que el zurrón de Polifemo resulta el emblema por excelencia de la poética gongorina, que produce sin cesar cornucopias de palabras cuya densidad siempre excede al poema que las contiene. Si seguimos esta lógica hasta sus últimas consecuencias, tenemos que incluso la isla entera de Sicilia funciona como contenedor poético:

Sicilia, en cuanto oculta, en cuanto ofrece,
copa es de Baco, huerto de Pomona:
tanto de frutas ésta la enriquece,
cuanto aquél de racimos la corona  (p. 19).

El resultado final es que el Polifemo aparece frente a nosotros como  una especie de muñeca rusa que  funciona en ambas direcciones:  la isla que contiene a la montaña, la montaña que contiene a la cueva, la cueva que contiene al zurrón, el zurrón  que contiene a la fruta —pero también la cueva que contiene a la montaña, la fruta que contiene a la isla—. El poema mismo, por supuesto, no es otra cosa que uno de estos contenedores, el más grande de todos: el zurrón-de-zurrones que se contiene a sí mismo. Podemos ahora definir de manera más clara el procedimiento del Polifemo, al que aludimos vagamente al comienzo de esta sección. Más que una mera suma o multiplicación, se trata un movimiento doble: acumulación incluyente que es a su vez inclusión acumulativa. Es este procedimiento poético, y no la anécdota de Ovidio, lo que constituye el tema fundamental de la obra. Más que una narración en verso, el Polifemo es ars poetica versificada, y debiera llamarse “Poema del zurrón”.

El texto de Góngora, como el estómago de Lezama Lima, es entonces un recipiente expansivo que crece con cada nuevo objeto que se le introduce, llenándose de pliegos y dobleces hasta el infinito. Gilles Deleuze entrevió algo de esto en Le Pli, su multifacético estudio sobre el barroco: “[Dans le baroque] la matière présente donc une texture infiniment poreuse, spongieuse ou caverneuse sans vide, toujours une caverne dans la caverne: chaque corps, si petit soit-il, contient un monde”.8 Resulta importante destacar, sin embargo, que a diferencia de lo que ocurre en Deleuze, en Góngora el eterno plegarse de la inclusión acumulativa no es un fenómeno natural. Apoyándose en Leibniz, Deleuze hace del pliego una alegoría para explicar el comportamiento espontáneo de la materia. En el Polifemo, por otro lado, la inclusión-acumulación es siempre el resultado de los esfuerzos de una voluntad: no se trata de un crecimiento orgánico de la naturaleza, sino de un artificio. Las acumulaciones del poema tienen valor poético precisamente porque son antinaturales, porque son combinaciones de objetos de diferentes especies: serbas y peras en un caso, cabras e incienso en otro, gaviotas y auroras en un tercero. La palabra “pera”, el objeto “pera”, por sí solos, no son poéticos. La humilde fruta se vuelve poética solamente al entrar en una relación artificial con la serba, o con los inciensos de Camboya. La diferencia entre el lenguaje ordinario y la poesía barroca es tan grande como la distancia entre la solitaria flor silvestre y el ramo de lilas y jacintos. Para el barroco, hacer poesía es arreglar el mundo exterior en maneras sorprendentes: mezclar, en un solo concepto, hombre y mujer, hombre y bestia, cíclope y poeta. Se trata, en última instancia, de la imposición de un nuevo orden sobre las cosas: un orden plenamente humano y, por lo mismo, artificial. No en vano Heidegger llamaba a la poesía “el hacerse una casa en el mundo”.

Según nuestra lectura del Polifemo, poema que hace un tema de su propia génesis, la poesía es el artificio de la acumulación antinatural de objetos. Tenemos que preguntarnos entonces ¿quién es el poeta? Basta con echar un rápido vistazo a los contenedores que hemos descrito para descubrir que la agencia detrás de cada acumulación es, sin excepción, la de un monstruo. Polifemo, cuya monstruosidad no resulta difícil de argumentar, es quien colecciona fragmentos de naufragios en una cueva, quien llena el zurrón de fruta,  y quien hace de Galatea un contenedor para la noche y el mar. Si aceptamos la definición de “monstruo” que Roberto González Echevarría nos deja en su ensayo sobre Calderón —“[monstruo es el sujeto] de predicados contradictorios” (p. 121)— tenemos que incluso las acumulaciones de Sicilia son el trabajo de uno de estos seres: a Baco se le representa tradicionalmente como un fauno, monstruosa combinación de hombre y macho cabrío.

¿Y cuál es el propósito de estos esfuerzos de los monstruos? ¿Qué busca lograr Polifemo con su trabajo? Para responder a estas preguntas debemos desviar nuestra mirada hacia otras acumulaciones de objetos que aparecen en el poema. Y es que el cíclope no es el único personaje del poema que se dedica a confeccionar florilegios de cosas. Acis, monstruoso híbrido de fauno y ninfa (p. 21), también llena zurrones metafóricos. Es responsable del regalo que Galatea encuentra al despertar de su siesta: “Fruta en mimbres halló, leche exprimida/ en juncos, miel en corcho” (p. 22). La página que sigue llama a esta modesta pero encantadora acumulación de alimentos campestres una “ofrenda” (p. 23). Este detalle nos ofrece una rica posibilidad: podría ser que todos los “zurrones” que aparecen en el poema fueran, precisamente, ofrendas. La hipótesis es plausible: recordemos, por ejemplo, que Polifemo enumera sus bienes  terrenales —es decir, los incluye en el zurrón poético— solamente para ofrecérselos a Galatea. Al reordenar objetos de manera artificial, el poeta objetifica su alma, le da forma material. Al dejarle a Galatea una humilde colación, tan sencilla que parece natural, Acis se da a sí mismo. Por supuesto, la naturalidad del gesto es engañosa, pues la combinación de “leche en juncos”, “miel en corcho” y “fruta en mimbre” ya presupone el trabajo de una agencia. El regalo de Acis es tan antinatural como su propio ser monstruoso.

El zurrón, entonces, es un regalo que busca ganarse a su destinatario, un intento de seducción: un florilegio o cornucopia, un ramo de flores diversas. Pero aquí nos encontramos con una dificultad. Hemos dicho que la Fábula repite, en una escala más grande, el proceso de la acumulación-inclusión que realiza su personaje principal. ¿Podemos decir que Góngora, autor del zurrón-de-zurrones, busca también ganarse a alguien con su contenedor de imágenes? Para responder no tenemos sino que regresar a las primeras líneas del poema, en las cuales el poeta dedica su creación al conde de Huelva:

Estas que me dictó rimas sonoras,
culta sí, aunque bucólica, Talía
—¡oh excelso conde!—, en las purpúreas horas
[…] escucha, al son de la zampoña mía (p. 13, cursivas mías).

El significado profundo de esta dedicatoria tan aparentemente convencional se hace evidente cuando recordamos que Polifemo también acompaña su canción con una zampoña enorme, que construye uniendo cien cañas con cera (p. 17):

Las cavernas en tanto, los ribazos
que ha prevenido la zampoña ruda,
el trueno de la voz fulminó luego:
¡referidlo, Pïérides, os ruego! (p. 28, cursivas mías).

Ambos poetas —después de todo la canción de Polifemo, que Góngora pone entre comillas dialógicas, no es sino un poema-dentro-del-poema, un zurrón-dentro-del-zurrón— hacen entonces el intento de ganarse a un ser superior a través de discursos poéticos hechos de acumulaciones inclusivas, acompañados de pastoriles instrumentos musicales. Más aún: Góngora pide al conde en la dedicatoria que escuche “del músico jayán el fiero canto” (p. 14). Dado que el poema aplica el epíteto “fiero jayán” a Polifemo en al menos dos ocasiones (pp. 27 y 33), esta oración es ambigua: la preposición podría referirse tanto al protagonista del poema como a su autor. Esta ambigüedad nos dice que Góngora se identifica con su monstruo, a quien ubica en una posición equivalente a la suya. La “poética del zurrón” está entonces completa: contiene en sí una descripción del proceso de la poesía y de la naturaleza del poeta. Como Polifemo, Góngora es un “monstruo de rigor” (p. 23) que suplica a otro que “escuche un día/ [su] voz, por dulce, cuando no por [suya]” (p. 29).

Esta asociación entre el cíclope y el autor nos dice mucho acerca de las particularidades de la personalidad del poeta. Nos revela, por ejemplo, el resentimiento de Góngora frente al desprecio de sus contemporáneos, quienes se ven comparados implícitamente con cabras: “su horrenda voz, no su dolor interno/ cabras aquí le interrumpieron” (p. 32). También nos dice algo acerca de la profunda ironía con la que el poeta andaluz recibía las acusaciones de “mal gusto” que llovían a cántaros sobre su obra: tras el bellísimo poema que es la canción de Polifemo, Góngora anota con una triste media sonrisa que la voz del monstruo es “horrenda”. Además, el final del poema, en el que en cuatro vertiginosas estrofas el cíclope deja de cantar para apedrear a Acis, es una lúcida imagen de la frustración del artista.

Hace falta preguntar, sin embargo, si la asociación entre Góngora y Polifemo basta para sustentar nuestra hipótesis inicial: que el poeta barroco es un ser monstruoso. Después de todo, recordaremos que nuestra definición de monstruo, heredada de González Echevarría, es “sujeto de predicados contradictorios”. ¿Dónde está la contradicción en Góngora, que hasta donde sabemos no tenía cuernos de chivo o cola de pez? La respuesta está en los contenidos diversos de su poema. Para poder haber escrito el Polifemo, Góngora tenía que haber acumulado en su interior las esencias de todos los sustantivos o especies que incluye la obra. El poeta es el último contenedor, pues, después de todo, los zurrones que aparecen en el poema no son sino objetos verbales —y el lenguaje, como ya hemos dicho, necesita de un hablante—. La pregunta es entonces cuál es el proceso a través del cual el poeta asimila tantas especies. Es aquí que tenemos que volver nuestra mirada a José Lezama Lima.

El metabolismo poético

Si el Polifemo es el poema de la acumulación, La curiosidad barroca es el ensayo del metabolismo. Aunque es cierto que Lezama celebra los cinco sentidos a lo largo y ancho del texto, el lugar de honor está reservado para el gusto. Desde el comienzo del ensayo el arte de comer toma un lugar central:

[El barroco] no es un estilo degenerado, sino plenario, que en España y en la América española representa adquisiciones de lenguaje, tal vez únicas en el mundo, muebles para la vivienda, formas de vida y de curiosidad, misticismo que se ciñe a nuevos módulos de la plegaria, maneras del saboreo y del tratamiento de los manjares, que exhalan un vivir completo, refinado y misterioso, teocrático y ensimismado, errante en la forma y arraigadísimo en sus esencias (p. 32, cursivas mías).

En la ética neobarroca de Lezama  —pues, ¿qué es el señor barroco sino un modelo ético, un ideal de vida “refinado y misterioso”?— el bien comer se ve igualado al bien rezar, el saborear es emparejado con el saber. En la página siguiente leemos que el señor barroco “se ha convertido en una especie de gran oreja sutil” (p. 33), pero después de aquella aparición tan vistosa lo auditivo parece desvanecerse del texto. Más que un oído gigantesco, sería justo decir que el señor barroco es todo estómago. Pareciera entonces que el gusto funciona como un sinécdoque para lo sensorial, pues en el festín todos los sentidos se ejercitan al unísono. Y es que, además del sabor de la blancuzca carne de los crustáceos, el acto de comer incluye dentro de sí el rojo de los exoesqueletos, el tintineante trepidar de los cubiertos de plata, el aroma de la mantequilla derretida y la suavidad de las servilletas.

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¿Pero por qué este ensalzamiento del paladar, crisol de los sentidos? Por un lado, no cabe duda que el elogio de la comida tiene una intención literal: festejar lo placentero que es yantar bien. Por otro lado, pareciera que esta celebración de la nutrición tiene otra intención más profunda, de carácter figurativo. En esta otra intención, el elogio del paladeo se revela como una alegoría del profundo amor del barroco por lo corporal. A través de la imagen del “banquete literario” Lezama insiste en que la poesía del barroco hispánico es un arte irremediablemente encarnado. Incluso en el pasaje sobre sor Juana, cuya poesía intelectiva Lezama opone a las “fiestas sensuales” (p. 43) de otros escritores barrocos, el cuerpo aparece como elemento central: “en sor Juana, la escolástica del cuerpo pasa íntegra a su poema” (p. 43). En el barroco hasta el intelectualismo más puro es inseparable del mundo de los humores y de los procesos orgánicos.

Deleuze parece confirmar esta intuición del significado figurativo de la celebración del banquete. En un pasaje particularmente bello, el filósofo francés explica que, a diferencia de lo que ocurre en el cartesianismo, la cosmovisión barroca no conoce la división entre el alma y el cuerpo: “L’âme dans le Baroque a avec le corps un rapport complexe : toujours inséparable du corps, elle trouve en celui-ci une animalité qui l’étourdit, qui l’empêtre dans les replis de la matière, mais aussi une humanité organique ou cérébrale […] qui lui permet de s’élever, et la fera monter sur de tout autres plis” (p. 17). Para entrever la fraternidad entre este pasaje de Deleuze y la poesía del barroco hispánico, basta con recordar aquel tremendo verso de Francisco de Quevedo: “polvo serán, mas polvo enamorado”.9 En un universo en el que el cuerpo y la mente no están hechos de la misma sustancia, lo natural sería decir: “alma serán, pero alma enamorada”. Sin embargo, en el mundo de Quevedo, “à la mort, l’âme reste là où elle était, dans un partie du corps si réduit soit-elle” (p. 16). En el barroco el cuerpo es absoluto y omnipresente, perdurando, como el amor constante, incluso más allá de la muerte. Es por eso que la comida, emblema alegórico de lo corpóreo por excelencia, llena las páginas del ensayo de Lezama. El escritor cubano construye así una bella analogía: la comida es tan inseparable de lo poético como el cuerpo del alma. Lo que entra en nuestras bocas vale tanto como lo que sale de ellas.

Es importante notar que esta analogía entre lo alto y lo bajo funciona en los dos sentidos: si hay algo corporal en lo espiritual, hay también algo espiritual en lo corpóreo. Surge entonces la siguiente pregunta: ¿cuál es el punto de conexión entre estas dos esferas, el puente entre lo que Deleuze llama “les deux étages de la maison baroque” ? (p. 6). La respuesta de Lezama es que esta espiritualización de lo corporal ocurre a través de un proceso de metabolismo metafísico, al que el poeta cubano da el nombre de incorporación: “[El banquete literario es una fiesta regida por el afán de] incorporar al mundo, de hacer suyo el mundo exterior, a través del horno transmutativo de la asimilación” (p. 39). Al dar el nombre de “incorporación” al punto de encuentro entre lo corporal y lo espiritual, nos encontramos con la implicación que las cosas exteriores a los seres humanos no son espirituales en sí mismas, sino solamente a través de su relación con los hombres. Si bien el alma humana es siempre corpórea, las cosas exteriores no tienen por eso alma. Los seres humanos, con su horno transmutativo, que es tanto estómago como cerebro, son capaces de elevar a las cosas más banales a niveles de sutileza verdaderamente gloriosos, de la misma manera que la redención religiosa es capaz de elevar al hombre hasta las cercanías de la divinidad. Así se explica aquella idea jesuítica a la que Lezama hace referencia: “El hombre para Dios, y las otras cosas sobre el haz de la tierra para el hombre” (p. 39). La espiritualidad de lo corpóreo consiste en que el alma se nutre del mundo, de ahí que esta “transmutación de la materia” resulte necesaria. Podríamos incluso decir que ser humano consiste justamente en esta actividad de incorporación, en esta capacidad alquímica de hacer de una langosta un objeto sublime.

Para esclarecer la poética que se esconde detrás de este proceso de digestión espiritual, vale la pena echar mano de un bello pasaje de Paradiso:

—Mi querido Talleyrand —le dijo el Coronel [al diplomático mexicano]— usted oculta sus placeres en los subterráneos de las cuevas de Ellora. Sus placeres parecen salidos del cautiverio, de las emigraciones secretas. El placer, que es para mí un momento en la claridad, presupone el diálogo. La alegría de la luz nos hace danzar en su rayo. Si para comer, por ejemplo, fuéramos retrocediendo en la sucesión de las galerías más secretas, tendríamos la tediosa y fría sensación del fragmento del vegetal que incorporamos, y el alón de perdiz rosada, sería una ilustración de zootecnia anatómica. Si no es por el diálogo, nos invade la sensación de la fragmentaria vulgaridad de las cosas que comemos.10

Lo primero que salta a la vista en la declaración del Coronel, que constituye una especie de manifiesto incorporativo en miniatura, es la enfática conexión entre el lenguaje y la espiritualización de las cosas. Sin el diálogo, la comida —y con ella la totalidad del mundo exterior— aparece como una sustancia meramente material, hecha de “fragmentos vulgares”. En este contexto, el vocabulario científico —“zootecnia anatómica”— apunta a una concepción incompleta del mundo (Deleuze la llamaría cartesiana) que ignora la potencialidad poética inherente en todas las cosas. En efecto, la descripción que hace el Coronel de una comida sin diálogo constituye la negación absoluta del “banquete literario”, en el cual el placer de los alimentos crece y se multiplica con la “prolífica descripción de frutas y mariscos” (p. 39). En esa misma línea, el diplomático mexicano, presa de un catolicismo moralista y ascético muy diferente al de Lezama, es el opuesto del “señor barroco”. El mexicano come solo, encerrado y en silencio: no podemos decir propiamente que incorpora sin arriesgarnos a devaluar el significado profundo del término de Lezama. Nada más alejado del acto de la auténtica incorporación que el mero comer para sobrevivir, pues el banquete literario es siempre excesivo y suplementario.

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Poco a poco, entonces, podemos comenzar a entrever la naturaleza de la incorporación: resulta de la combinación del hablar y el comer. Comemos una cosa (o la vemos o la tocamos o la escuchamos: el gusto, recordemos, es sinécdoque de lo sensitivo en general), hablamos de ella, le damos un nombre —y, de pronto, aquella cosa ha pasado a ser parte no sólo de nuestro cuerpo, sino de nuestra alma—. A través de la incorporación, doble actividad de la percepción y el lenguaje, los seres humanos somos capaces de espiritualizar la materia. Por supuesto, las dos actividades que componen a la incorporación son tan inseparables como la dupla del alma y el cuerpo. Quedan unidas en la boca, que es a un tiempo la parte más carnal y más divina de nuestro ser. Es por esto, quizás, que Lezama aplica la palabra “saboreo” indistintamente al placer de comer —“el saboreo y el tratamiento de los manjares” (p. 32)— y de hablar —“el lenguaje al disfrutarlo se trenza; el saboreo de su vivir se le agolpa” (p. 33).

Tanto el cuerpo como el alma del señor barroco, entonces, se componen de la totalidad de las cosas que éste ha incorporado. Así, Lezama Lima está hecho de las “berenjenas moradas” y “verdes coles” de Lope; de las aceitunas de Góngora, del “licor claro” que es el aceite de sor Juana; de la “amarilla toronja” de fray Plácido de Aguilar, y de incontables otras cosas que el poeta ha gustado, tocado, olido, sentido o mirado, y a las que ha dado nombres. Su ser está compuesto de palabras y alimentos, de materia espiritualizada y de espíritu hecho materia. Las sustancias del mundo entero caben en el poeta barroco, quien practica religiosamente el arte de la incorporación. Es por esto que Leibniz puede afirmar que el alma barroca es un libro en el que Dios puede leer la totalidad de su creación: “Celui qui voit tout pourrait lire dans chacun celui qui se fait partout et même cet qui s’est fait ou se fera”.11 Es por esto, también, que la proliferación barroca del lenguaje de Lezama corresponde tan directamente a la profusión de sus carnes.

Y es por esto, también, que podemos decir que el poeta cubano es monstruoso. Recordaremos que nuestra definición de “monstruo barroco” es que se trata de un ser en el conviven esencias o especies contradictorias. La incorporación del mundo resulta en seres en los que coexisten todas las contradicciones del mundo, en monstruos de todas las especies. No solamente hombres-caballo o mujeres-pez, sino mujeres-clavel-aurora-gaviota-pavo real-cielo-estrellado, y hombres-berenjena-col-aceite-iglesia-de-Kondori-escultura-de-Aleijadinho. ¿Y qué clase de lenguaje hablarían estos seres tan extraños? Ya sabemos la respuesta: harían poemas en forma de zurrones para intentar ganarse a sus semejantes.

La incorporación del lenguaje

Nos encontramos, por fin, en posición de definir la tan prometida poética de los monstruos. La poesía del barroco (y del neobarroco) es un lenguaje que busca nombrar todas las cosas, que surge de una conciencia que ha hecho suyos incontables objetos y sustancias. Dado que la incorporación es en sí misma un proceso verbal, el lenguaje barroco se nutre de sí mismo en un movimiento circular: la conciencia se hace incorporativa al nombrar y percibir, lo que produce dentro de sí un lenguaje voraz, que busca nombrar a las cosas externas a través de la acumulación inclusiva, lo que a su vez enriquece a la conciencia incorporativa —y así, ad infinitud—. Es por esto que las poesías de Góngora y Lezama son multiplicativas: el poeta, partícipe de la comilona cósmica, se ve envuelto en un torbellino de palabras y sensaciones, que él mismo inicia y mantiene, y que se reflejan unas en las otras como en un salón de los espejos. Esto no ocurre con otras poesías —como la de Emily Dickinson— que parecen buscar dejar atrás el cuerpo, que aspiran al susurro en vez de al tuti fortissimo. Donde la poesía de Nueva Inglaterra busca aislar las esencias de cada cosa, separando lo material de lo etéreo y lo temporal de lo eterno, la poesía barroca es la orgía del mundo, en la que los cuerpos y las almas más diversos se unen continuamente, reproduciéndose sin cesar.

Esta unión, sin embargo, no tiene nada de natural. Al contrario, se trata, como hemos visto, del trabajo de los seres humanos, del producto de un metabolismo metafísico. El barroco es la poesía de lo trabajado, de lo artificial —es decir, de lo antinatural—. ¿Y cuál es el nombre que da el barroco a aquello que existe contranatura? El monstruo, por supuesto. El monstruo es el agente de la unión antinatural entre las cosas. La acción que lo desencadena todo puede ser tan aparentemente sencilla como presentar miel en corcho, leche en junco y fruta en mimbres. A partir de ese momento, sin embargo, la miel ya no es sólo miel, la leche no sólo leche. Al verse arreglados juntos, metidos en un zurrón metafórico, los objetos han adquirido una dimensión espiritual. En otras palabras, se han convertido en lenguaje, en poesía. La miel no sólo es miel: es un mensaje, significa algo. No debe sorprendernos que Galatea despierta de su siesta “más discursiva” (p. 22). Con su ofrenda acumulativa, Acis se ha dado un nombre: ha incorporado en sí la leche, la miel y la fruta —y, al comerla, Galatea será partícipe del primer banquete literario—. La ofrenda que Acis ofrece a la ninfa es un diálogo, su tarjeta de presentación, su cortejo —su canción muda, su poema—. La naturaleza, transformada en artificio por el trabajo del hombre, se convierte en lenguaje —en poesía—. No en vano los griegos la llamaban poesis, que quiere decir “hacer”, el más humano, el más monstruoso de los verbos. No en vano escribió Góngora su poética en la forma de una fábula sobre Polifemo.

Toda poética es también una antropología. En la concepción barroca del mundo, el ser humano existe fuera de la armonía de la naturaleza, pues contiene dentro de sí innumerables contradicciones. Para el barroco, el ser humano es monstruoso: una anomalía, un prodigio. Son estos monstruos quienes, con su labor incorporativa, introducen lo espiritual en la materia —pero también quienes traen el caos y la desmesura a un mundo en apariencia tranquilo y en paz—. El hombre, combinación contradictoria de bestia y ángel, es la agencia que introduce el súbito en el locus amenus de la naturaleza —y esta introducción no carece de violencia—. Esta intromisión de lo antinatural en el mundo produce enormes bellezas, pero también muchas ansiedades. Quizás esto explique la nostalgia del barroco, época máxima de la artificialidad, por lo pastoril y lo bucólico —que, paradójicamente, no tienen nada de naturales, y no son más que la fantasía de un citadino—. Como descubrió un cierto Alonso Quijano tras una temporada en la sierra, una conciencia compleja nunca puede volver a ser simple. Podemos entonces comprender más claramente el error del diplomático mexicano —y aquí me refiero tanto a Paz como al personaje de Lezama—. La poesía del barroco no responde a la naturaleza salvaje, sino que lo salvaje de la naturaleza responde a la poesía del barroco.

Vuelvo a mirar la fotografía de Lezama Lima. Me sigue pareciendo monstruoso, pero también se me aparece como profundamente humano. Miro la foto, y leo los poemas, y me pregunto si el regalo de Lezama al mundo, el zurrón de palabras que nos ofrece, no es otra cosa que las herramientas para reconciliarnos con nuestra monstruosidad. En un mundo de yogurt sin calorías y de poesía anémica, haríamos bien en escucharlo. De lo contrario, arriesgamos a perder lo que nos hace humanos.

Bibliografía

Deleuze, Gilles, Le pli, Les Éditions de Minuit, París, 1988.

Foucault, Michel, Les mots et les choses, Gallimard, París, 1966.

Góngora, Luis de, “Fábula de Polifemo y Galatea”, en: Alonso, Dámaso, Góngora y el Polifemo, Gredos, Madrid, 1967, III.

González Echevarría, Roberto, “El monstruo de una especie y otra”, en La prole de Celestina, Editorial Colibrí, España, 1999.

Leibniz, G.W., Monadologie, §61. Citado en: Deleuze, Gilles, op. cit.

Lezama Lima, José, “La curiosidad barroca”, en: La Expresión Americana, Instituto Nacional de Cultura, La Habana, 1957.

Lezama Lima, José, Paradiso, Biblioteca Era, México, 2002.

Lezama Lima, José, “Sierpe de Don Luis de Góngora”, en: Analecta del reloj, Orígenes, La Habana, 1953.

Paz, Octavio, “Una literatura trasplantada”, en Sor Juana Inés de la Cruz, o las trampas de la fe, Fondo de Cultura Económica, México, 2010.

Quevedo, Francisco de, “Amor constante más allá de la muerte”, en: El parnaso español, Imprenta de Sancha, Madrid, 1794. E-libro disponible en Google Books.

Sarduy, Severo, “Sobre Góngora: La metáfora al cuadrado”, en: Ensayos generales sobre el barroco, Fondo de Cultura Económica, México, 1987.

 

Nicolás Medina Mora Pérez

Periodista.


 

1 Lezama Lima, José, “La curiosidad barroca”, en La expresión americana, Instituto Nacional de Cultura, La Habana, 1957, p. 39.

2 Véase: González Echevarría, Roberto, “El monstruo de una especie y otra”, en La prole de Celestina, Editorial Colibrí, España, 1999, pp. 120-22.

3 Paz, Octavio, “Una literatura trasplantada”, en Sor Juana Inés de la Cruz, o las trampas de la fe, Fondo de Cultura Económica, México, 2010, pp. 85-86.

4 Véase el prólogo de Foucault, Michel, Les mots et les choses, Gallimard, París, 1966.

5 Véase: Sarduy, Severo, “Sobre Góngora: La metáfora al cuadrado”, en: Ensayos generales sobre el barroco, Fondo de Cultura Económica, México, 1987, p. 271.

6 Góngora, Luis de, “Fábula de Polifemo y Galatea”, en: Alonso, Dámaso, Góngora y el Polifemo, Gredos, Madrid, 1967, III., p. 28. Cursivas mías.
7 Lezama Lima, José, “Sierpe de Don Luis de Góngora”, en: Analecta del reloj, Orígenes, La Habana, 1953, p. 195. Cursivas mías.

8 Deleuze, Gilles, Le pli, Les Éditions de Minuit, París, 1988, p. 8.

9 Quevedo, Francisco de, “Amor constante más allá de la muerte”, en: El parnaso español, Imprenta de Sancha, Madrid, 1794, p. 411. E-libro disponible en Google Books.

10 Lezama Lima, José, Paradiso, Biblioteca Era, México, 2002, p. 40.

11 Leibniz, G.W., Monadologie, §61. Citado en: Deleu- ze, Pilles, op. cit., p. 44.

Cultura y vida cotidiana

El departamento de lutos

Los almacenes de lujo que comenzaron a abrir sus puertas casi a finales del siglo XIX en la ciudad de México fueron capaces de satisfacer las exigencias de la moda femenina casi por completo. Desde sus inicios establecieron departamentos en los que se confeccionaban ropones para bautizos, trajes para primera comunión y vestidos de novia; no planearon, sin embargo, la hechura de ropa para llevar durante el luto. En este ensayo, la autora narra cómo fue que las tiendas departamentales decidieron abrir un espacio en el que las damas en duelo hallaban vestidos y accesorios apropiados para lucir en la calle.

William Mumler era un empleado más de la prestigiada joyería bostoniana Bigelow Bros. y Kennard. Había comprado, como diversión, un dispositivo mágico que cobraba importancia, pero al que no toda la gente tenía acceso: una cámara fotográfica. En sus ratos libres fotografiaba a sus amigos. Un día, en 1862, mientras revelaba unos autorretratos, quedó atónito al contemplar que en una de las placas aparecía la imagen de una joven parada junto a él. Identificó a la mujer como una prima muerta 12 años atrás. Fue la primera fotografía de espíritus de la que se tiene registro.

Abrumado por las solicitudes de gente que quería retratos de sus seres queridos difuntos, Mumler renunció a su trabajo con los joyeros, se mudó a Nueva York, montó un estudio y se dedicó de lleno a la fotografía de fantasmas. Cobraba 10 dólares por foto —una fortuna para su tiempo.  10 dólares era el costo del consuelo.

Las sesiones eran como cualquier sesión fotográfica de estudio. El cliente se sentaba, rodeado de la iluminación adecuada, y esperaba inmóvil durante una exposición prolongada. Lo que hacía especiales a estas sesiones era el humor y el semblante de la gente que esperaba, con emoción y cierta ansiedad, a que un pariente o amigo apareciera. Por supuesto que el difunto llegaba, pero nunca se le veía en el estudio, su presencia se limitaba al negativo y a las impresiones fotográficas.

El furor de las fotografías de espíritus pronto llegó a México, donde los miembros de la Sociedad Espírita Central analizaban con todos los medios científicos a su alcance las extrañas imágenes. Con argumentos a favor y en contra, el espiritismo cobró auge, pero nunca nadie se cuestionó que, sin importar la fecha de deceso del espíritu retratado, al momento de revelar las películas, los muertos siempre aparecían vestidos a la usanza en boga. Después de todo la muerte también es un asunto de modas.

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Rojo en Egipto, azul en Bretaña, celeste en Siria, blanco en China… el color del luto tendría que ser el color de los ojos de nuestros muertos, pero ante la imposibilidad de encontrar los exactos tonos pardos, ocres, azules o verdes de cada mirada, Occidente opta por el negro.

La mujer en la que Manuel Gutiérrez Nájera se inspiró para escribir el poema  “La Duquesa Job” en 1884 vestía de gris, pero por motivos ajenos al luto. Las costureras y obreras de la época, al tener ingresos propios, podían darse el lujo de elegir a su marido, eran mujeres libres que podían caminar solas por las calles, pero estaban confinadas a vestir de gris. Se les llamaba “grisetas”.

Marie, la “Duquesa Job”, trabajaba en una gran tienda de lujo: el cajón La Sorpresa. Lo que hoy conocemos como tiendas departamentales recibían el nombre de “cajones” porque, en efecto, una mujer que buscara un vestido llegaba al establecimiento y era colocada ante múltiples cajones que resguardaban sedas, encajes, tules. Tras la elección de las telas, se llamaba a las costureras quienes tomaban cuidadosamente las medidas y seguían las instrucciones de la modista del cajón.

La gente acomodada del siglo XIX se vestía para salir a pasear, para ir a la ópera, para ir a misa, para tomar el té. La vestimenta —además de la clase social— indicaba el estado emocional de las personas, pero cualquiera que fuera la situación, la sociedad decimonónica exigía a sus mujeres no perder la elegancia.

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En 1821 se abrió el primer cajón de ropa: las Siete Puertas. Su competencia surgió en 1850, eran las Fábricas de Francia. Estos dos almacenes, junto con La Sorpresa, eran referencia de la moda mexicana.

Décadas después, conscientes de que la vida en la ciudad de México adquiría un nuevo ritmo, los empresarios Joseph Tron y Joseph Leutaud usaron el modelo de las grandes tiendas, pero mejorado.  Comenzaron con las instalaciones de su almacén; había que responder a la utilización de nuevos materiales en la construcción: cemento armado, acero, lámina, hierro… y en la esquina de la calle de San Bernardo y la Callejuela alzaron un rascacielos de cinco pisos. La gran estructura de hierro de la construcción hacía que la gente se preguntara, en 1888, qué era ese “Palacio de Hierro”.

Los socios del nuevo almacén se pusieron en los zapatos de sus clientes. Buscaron satisfacer todas sus necesidades y comenzaron a ofrecer objetos creados para nuevas formas de consumo: máquinas de coser Singer, pólizas de seguros de la New York Life, té mandarín de Horniman, café Private Estate del general Porfirio Díaz. Frente a los avances científicos y tecnológicos se transformaban la cotidianidad y las emociones.

Uno de los primeros cambios que implementó El Palacio de Hierro fue el uso de maniquíes con cabeza y sin rostro —seres andróginos más próximos a la muerte que a la vida— hechos de madera, tela, alambre y metal, sobre los que trabajaban las modistas. Pero lo importante para esta tienda —y para todos los almacenes que representaban competencia— fue que alrededor de 1870 se había inventado la máquina de coser. Maravilla para la industria textil que impulsó, en las últimas décadas del siglo XIX, que las grandes tiendas departamentales comenzaran a vender ropa prefabricada. La celeridad de la vida moderna obligaba a otro tipo de velocidades: la confección de una prenda debía ser tan rápida como las circunstancias lo exigieran. También había que ahorrar tiempo al momento de colocarse cada una de las partes de los atuendos.

Entre 1880 y 1920 hubo una evolución en el vestir: cerca de 1889 la francesa Hermine Cadolle decidió separar en dos partes los corsés que fabricaba y así dio paso al sostén; dejaron de usarse crinolinas y faldones, las telas de los vestidos caían con más soltura; las señoras comenzaban a llevar “el pecho y los brazos descubiertos” y aparecieron las medias de color carne y las medias de enrejado o calado.

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En El Palacio de Hierro cada acontecimiento importante tenía un departamento para comprar los atuendos correspondientes. Un departamento en donde se compraban hermosos ropones para llevar a bautizar a los recién nacidos; vestidos y trajes para las primeras comuniones, ajuares —muchas de las veces traídos de Francia— para las novias. Pero había un problema: todo lo pedían con semanas de anticipación porque cada atuendo era confeccionado sobre medida. Así que, cuando un ser amado moría, resultaba difícil llevar el luto adecuadamente.

Ante la premura de la muerte era imposible retrasar los funerales. Nadie estaba preparado. Gracias a las fotografías de William Mumler el espiritismo cobraba fuerza en varias partes del mundo y en la ciudad de México, así que existía el medio de contactar con los difuntos —un posible consuelo—, pero eso no servía de nada cuando las viudas y los huérfanos tenían que presentarse ante la sociedad: nadie tenía las vestimentas correctas.

Se inauguró entonces el departamento de lutos: un espacio donde las mujeres podían comprar rápidamente un atuendo ya confeccionado al que se le harían ajustes menores. También tendrían acceso a los tradicionales cajones con telas negras para preparar su año de duelo. La sección para lutos de El Palacio de Hierro contaba con gran surtido y todas las tallas. Y lo extraordinario: gracias a los avances tecnológicos comenzaron a confeccionarse vestidos de riguroso luto en ¡24 horas! Preferiblemente en lana —cachemira, una de las más solicitadas— o algodón, los vestidos de luto también se hacían en color púrpura o lavanda para el medio luto y con toques blancos para el luto aliviado. Y, aunque se hacían con la silueta de moda del momento, estos trajes carecían de florituras y vuelos.

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Las publicaciones decimonónicas destinadas al público femenino solían incluir apartados en los que se explicaba, detalladamente, la manera correcta de vestir. Para ir al templo, por ejemplo, había que vestir de la manera más sencilla posible, sin adornos, pero eso sí, los guantes se consideraban elegantes y “decentes”. Para las funciones de ópera y teatro las damas debían llevar trajes de noche y joyas vistosas; si se tenía asiento en un palco, el vestido podía ser más escotado que si era en platea.

Para las mujeres en duelo el asunto era distinto: había que omitir en la vestimenta todo aquello que pudiera añadir lujo y, contradictoriamente, comenzaron a fabricarse accesorios para complementar estas vestimentas, todos ellos en negro, con plumas y encajes. La joyería de luto —pulseras, anillos, aretes, collares— se fabricaba con azabache, una piedra semipreciosa destinada exclusivamente a estas alhajas. Los guardapelo —en cualquier material— eran los favoritos de las mujeres que acababan de enviudar. En el cabello podían utilizarse pequeños adornos con flores de seda negra, pero en el luto riguroso no podía faltar un velo negro. Todo se complementaba con sombrillas y bolsos del mismo color.

No había pretexto, a pesar de enfrentar la muerte de un ser querido, cualquiera podía vestir siempre como los fantasmas de Mumler: a la última moda.

 

María Emilia Chávez Lara

Profesora e investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Es autora de La canción del hada verde. El ajenjo en la literatura. mexicana 1887-1902.

Música

Mitchell y Marling: Dos fases de la luna

Cuarto menguante: Joni Mitchell cumplió 70 años en noviembre pasado. Se retiró voluntariamente de la música en 2007, luego de grabar su hermoso álbum Shine. Dueña de un estilo exquisito para componer, cantar y ejecutar instrumentos (guitarra y piano), la canadiense cumplió con una larga carrera que se remonta a principios de la década de los sesenta, cuando era una tímida jovencita de 19 otoños que debutaba en un oscuro café de Saskatoon, un poblado perdido de la provincia de Alberta. Fue su inicio como intérprete de folk. En 1965 decidió mudarse a Toronto y convertirse en cantante profesional. Empezó a escribir canciones y a desarrollar su peculiarísimo estilo, lleno de extraños acordes y heterodoxas afinaciones. Sus letras eran inteligentes y poéticas y sus composiciones poco o nada tenían que ver con lo que cantaban colegas contemporáneas suyas, como Joan Báez o Judy Collins. Estaba más cercana, quizás, a Buffy Sainte-Marie o a Laura Nyro.

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En 1968 apareció su primer disco (Song to a Seagull) y de ahí partió una carrera de casi 40 años que incluyó trabajos tan buenos como Ladies of the Canyon (1970), Blue (1971), Court and Spark (1974), Mingus (1979), Dog Eat Dog (1985), Night Ride Home (1991), Both Sides Now (2000) y Travelogue (2005). Mitchell nunca fue una cantante de mayorías, su música resultaba demasiado intrincada y sofisticada para ello. Su voz era capaz de alcanzar diferentes registros y podía ir de potentes agudos a profundos graves, ello a pesar de que desde muy joven se convirtió en empedernida fumadora y fue tal vez ésta una de las razones por las cuales su garganta dejó al fin de responderle debidamente, lo que la forzó a poner fin a su brillante trayectoria musical.

Pero nunca se sabe. Quizás este mismo año o dentro de dos o tres,  Joni Mitchell decida regresar a los estudios y brindarnos una nueva obra. Si no, con el legado que ha dejado es más que suficiente para disfrutar de una obra artística singular y conocer a fondo a una de las cantautoras fundamentales de la música del siglo pasado y parte de éste. Si hoy está ya en el cuarto menguante de su vida, siempre será recordada como una esplendorosa luna plena.

Cuarto creciente: Coincidencias felices del destino. Justo el mismo año en que Joni Mitchell publicaba su último disco, el mencionado Shine de 2007, una jovencita inglesa de escasos 17 febreros daba a conocer por medio de MySpace algunas composiciones suyas, en las que se hacía evidente la marca de la canadiense. Sin más armas que su guitarra acústica y su voz, esta casi niña llamada Laura Marling se convirtió en una sensación y empezó a ser comparada con intérpretes femeninas del momento como Lily Allen, Regina Spektor, Feist y Martha Wainwright. Sin embargo, quien pusiera oído atento a su música descubriría que la verdadera influencia como cantante y compositora era sobre todo Joni Mitchell (aunque no sólo ella: en el estilo de tocar la guitarra de Marling encontramos, ya desde entonces, las huellas, nada menos, del David Gilmour de Echoes de Pink Floyd, y del Jimmy Page de Led Zeppelin III).

Marling, sin embargo, había iniciado su carrera un año antes, cuando la entonces sweet little sixteenager formó parte del naciente grupo londinense Noah and the Whale, con el que grabó su álbum debut Peaceful, the World Lays Me Down en 2008 y aunque abandonó al conjunto algunos meses más tarde, tuvo una influencia indirecta en el siguiente disco del mismo, The First Days of Spring (2009), ya que había sido novia de su líder, Charlie Fink, y las canciones de ese plato hablan de su doloroso rompimiento sentimental con Laura.

El primer larga duración como solista de la cantautora, Alas I Cannot Swim, salió en 2008 y es, paradójicamente (sobre todo porque fue producido por el propio Fink), un canto a su liberación amorosa y a su independencia profesional. Por cierto que contiene una canción llamada “Shine”, en otra particular coincidencia con la Mitchell. Más tarde vendrían platos tan espléndidos como I Speak Because I Can (2010), A Creature I Don’t Know (2011) y el maravilloso y fundamental Once I Was an Eagle de 2013.

A sus 24 años recién cumplidos y afincada en la ciudad de Los Ángeles, Laura Marling tiene un gran futuro por delante. Se encuentra en pleno cuarto creciente y pocas dudas caben de que en poco tiempo llegará a convertirse, como Joni Mitchell, en una resplandeciente luna llena.

 

Hugo García Michel

Músico, escritor y periodista. Director de La Mosca, columnista de Milenio Diario y autor de la novela Matar por Ángela.

Cine

María José Alós: Una mujer bajo la apropiación

En Another Woman (1988), una de sus mejores películas en apariencia menores, Woody Allen hace que Marion Post, su protagonista, se formule una pregunta que es tanto el sino de la obra que la contiene como la quintaesencia de su propia existencia: “¿Qué es un recuerdo, algo que uno tiene o algo que uno ha perdido?”.

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En diálogo evidente con las Smultronstället (Fresas silvestres, 1957) de Ingmar Bergman, Allen nos ofrece una pieza que deja en claro el doble alcance del cine y la experiencia del espectador, que por un lado se encuentra ante la manifestación de un evento más grande que la vida misma y, por el otro, frente a la constatación de que en cada film que vemos nos encontramos con un fragmento de la vida propia, minúscula y única.

La filósofa representada por Gena Rowlands, discreta actriz de altos vuelos, que en su crisis de los 50 años se ve confrontada con su pasado y sus fantasmas luego de carne y hueso, es una versión alternativa y, acaso, consagrada de Mabel Longhetti, la ama de casa que, sitiada tanto por el yugo de su vida doméstica como por una iluminada locura, no encuentra más escape de la vida suburbana de la California de los tempranos años setenta que la propia inmolación, punto culminante de A Woman Under the Influence (1974), la opus magnum de John Cassavetes y que ahora cumple cuatro décadas de su estreno.

No es gratuito mencionar estas tres películas y tender puentes entre ellas, además de encontrar vasos comunicantes subrepticios: allí donde Allen sitúa a su personaje en la mitad precisa de su vida, al centro de la balanza que le permite sopesar pasado y futuro y continuar con su vivencia, Bergman ubica al suyo en el cabo último de su existencia, sin posibilidades de mirar adelante, y Cassavetes coloca a la suya en un presente perpetuo, cual Sísifo incapacitado para continuar con el ciclo inerte de la subida y bajada de una cuesta más bien plana.

La reflexión anterior es fruto de una experiencia reciente como espectador, no de una película en sí sino de una especie de película de películas que, bajo el título de Autorretrato apropiado (2014), la artista visual María José Alós lanzó muy recientemente en el Laboratorio Arte Alameda de la ciudad de México. Nacida en 1980, Alós ha creado una obra propia a partir de la apropiación, bajo la premisa de que el fragmento cinematográfico funciona como palabra, y aquí no es casual traer a colación los Fragments d’un discours amoureux (Fragmentos de un discurso amoroso, 1977) de Roland Barthes, quien se apropió del Werther de Goethe, así como de una larga serie de fragmentos literarios, para, a través de la semántica, narrar su propia experiencia y situación amorosa.

Lo mismo que la filósofa Marion Post se pregunta sobre la naturaleza del recuerdo, Alós la artista se cuestiona a sí misma a través de las palabras de Chris Marker, uno de los cineastas y artistas más influyentes no sólo del orbe sino de la narrativa mnemotécnica (la frase proviene de Sans Soleil, pero nos recuerda más a La jettée, piedra angular de la obra que nos ocupa): “No recordamos cosas: reescribimos la memoria del mismo modo que la historia es reescrita”. Y es con tal epígrafe con el que nuestra artista nos explica la forma en la que construyó su Autorretrato apropiado, cuya duración es la misma que aquella de cualquier film promedio: una hora con 41 minutos, el tiempo suficiente para contar no sólo la vida propia sino la vida misma, pasado, presente y futuro imaginado incluidos.

Dividido en segmentos-situaciones, el Autorretrato apropiado de Alós es la lograda amalgama entre el estereotipo de la mujer devenida artista, los lugares comunes del ser (y el estar) femenino y la vida propia y única e irrepetible, además de, como ya dije al principio, una reflexión crítica sobre el papel que el cine ejerce sobre el espectador. Desde su nacimiento hasta su pensamiento último, vertido, por supuesto y porque no puede ser de otro modo, en “Non, je ne regrette rien” de Edith Piaf, Alós recorre y reedita los momentos cruciales de su existencia, hasta convertirla en la existencia de cualquiera; es decir: en la existencia del propio espectador.

Vida de vidas y película de películas, el Autorretrato apropiado de Alós es una pieza de apropiación a la vez inteligente y emocional, difícil de clasificar bajo un solo rubro aunque la palabra “cine” es en el que mejor cabe. Espectadora ella misma, María José Alós reunió y reeditó/escribió todos sus recuerdos encontrados en fragmentos fílmicos con el ánimo de no perderlos, transformados, al fin y al cabo, en la más pura ficción.

 

David Miklos

Profesor asociado de la División de Historia del CIDE y autor de los libros El abrazo de Cthulhu y No tendrás rostro.

The Twitter's Digest

The Twitter’s Digest

Selección: Ricardo Bada

•          ¿En qué semestre de comunicación social se le vende el alma al diablo? (@ABSURDA)

•          Te quiero tanto que seré una madre para tus 5 hijos, el perico, el hámster, los 2 perros y tus 20 pececitos;  pero el gato se va.  (@_Tentacion_)

•          Si ningún personaje sale montando en bicicleta, fracasó como película francesa. (@juanalajirafa)

•          Me olvidé del mando a distancia  del DVD-Player y estuve dos horas en el sofá mirando el menú. Ya saben cómo es eso. (@DocThor)

•          En la pelea con Dios somos inocentes. Él empezó.  (@enaferreras)

•          Los fantasmas honrados luchamos por lo que es susto.  (@Antonomasico)

•          La buena noticia es que hoy  me pesé y estaba en 40 kg. La mala  es que me faltaba subir la otra pierna a la báscula. (@paulacdixit)

•          De B. Schwaiger: “La lengua alemana es tan bella…/ Y la abrazo y en ella creo/ como en una madre./ Ojalá/ no vuelva yo a engañarme”.  (@andreaninob)

•          El tipo me pregunta qué es la menopausia y si no me siento más relajada. Otro tema: ¿Cuánto cobra un asesino a sueldo? (@Larenzow)

•          Cuando pienso en las cosas  que haría si fuera millonario,  entiendo por qué no lo soy.  (@Mic_y_Mouse)

•          Que la fe mueve montañas. La pregunta es: ¿Yo para qué carajos quiero mover una montaña?  (@LaZapaquilda)

•          De mis errores no aprendí mucho, pero cómo me divertí. (@LaPeces)

•          Alma mía, Delia tuya.  (Es mi versión personalísima y libérrima de Dr. Jekyll y Mr. Hyde)  (@AlmaDeliaMC)

•          Tengo una buena presencia, pero mi ausencia es insuperable.  (@Munchen_07)

•          Las mejores cuerdas son las que se desnudan como locas.  (@MarleAlViento)

•          ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué pasó con mi cintura? Y otras tantas preguntas sin respuesta. (@thediabla)

•          No es el veneno de tu cuerpo el que me mata, es tu manera de inyectarlo… (@_Mesalina)

Entrega inmediata

El Santo

El Santo se enfrentó
y venció en forma sucesiva a:

•          El cerebro del mal (1958)

•          Los hombres infernales (1958)

•          Los zombis (1961)

•          El cerebro diabólico (1961)

•          El Rey del Crimen (1961)

•          El arqueólogo Correa (en Santo en el hotel de la muerte, 1961)

•          Las mujeres vampiro (1962)

•          El estrangulador (1963)

•          El espectro del estrangulador (1963)

•          El doctor Karol (en Santo en el museo de cera,1963)

•          Las brujas (1964)

•          El hacha diabólica (1964)

•          Los profanadores de tumbas (1965)

•          El barón Brákola (1965)

•          Una tropa criminal que falsificaba billetes (en Operación 67, 1966)

•          Los villanos del ring (1966)

•          Los que pretendían robar  el tesoro de Moctezuma (1966)

•          Capulina (¡¡¡¡¡ 1967)

•          Una banda nazi (en Enigma  de muerte, 1967)

•          Los marcianos, que nos querían invadir (1967)

•          El vampiro (1968)

•          La muerte (1969)

•          Los cazadores de cabezas (1969)

•          Los monstruos, aunque requirió de la ayuda de Blue Demon (1969)

•          Una pandilla que pretendía gobernar al mundo (Santo vs Blue Demon en la Atlántida, 1969)

•          Los muertos (1969)

•          La momia, que venía  por la venganza (1970)

•          Las momias de Guanajuato (1970)

•          La mafia del vicio (1970)

•          Las mujeres vampiro, que regresan por venganza (1970)

•          Los jinetes del terror (1970)

•          Otra banda de nazis (en Misión suicida, 1971)

•          La magia negra (1972)

•          Oootra banda de nazis  (en Anónimo mortal, 1972)

•          La hija de Frankenstein (1972)

•          Los asesinos de otros mundos (1972)

•          Drácula y el hombre lobo (1972)

•          Las bestias del terror (1972)

•          Los secuestradores (1972)

•          Las lobas (1972)

•          Quienes querían despojar a Irma Serrano de su hacienda (en Santo y el águila real, 1973)

•          El Dr. Frankenstein (1973)

•          Una chusma de ladrones de diamantes (en Santo en el misterio de la perla negra, 1974)

•          La Llorona, ayudado por Mantequilla Nápoles (1974)

•          Unos robots (en Santo en oro negro, 1975)

•          Un gringo que explota indocumentados (en Santo en la frontera del terror, 1979)

•          El asesino de la televisión (1981)

•          Los karatekas (1981)

Por ello
El Santo es:

•          Nuestro Ángel de la Guarda

•          La encarnación de la justicia

•          Príncipe invicto

•          El antecedente iconográfico  del subcomandante Marcos

•          El todopoderoso

•          El invencible

•          El tapado bueno

•          La violencia que abate a la violencia

•          El señor de la guerra justa

•          Cólera desatada contra el Mal

•          Nostalgia del Bien

•          Grito de combate trémulo

•          Heraldo de los dioses

•          Heredero de Aquiles, sin  la vulnerabilidad de éste

•          Gloria nacional

•          Añoranza infantil para adultos… infantiles

•          Duelista por el honor

•          Vengador pedagógico

•          Figura del alba

•          Esclavo del deber

•          Noble y plebeyo

•          Expresión de nuestra  edad mental

 

Fuente: Raúl Criollo, José Xavier Návar  y Rafael Aviña, Quiero ver sangre.  Historia ilustrada del cine de luchadores, UNAM, México, 2011.

 

José Woldenberg

Escritor y ensayista. Es autor de Nobleza obliga, Política y delito y delirio. La historia de tres secuestros y El desencanto, entre otros libros.

Entrega inmediata

Cortázar en Berkeley

Julio Cortázar confesó alguna vez que no era un hombre de ideas, sino de intuiciones. Lo hizo quizá en varias ocasiones, pero una que tengo ahora a la mano es la entrevista para TVE de 1977, en el programa A fondo, del cual encontré una grabación en internet. Ahí, en esa conversación de dos horas con Joaquín Soler Serrano, habla el escritor maduro y famoso, de 63 años, que ya había escrito y publicado sus cuentos célebres, su manifiesto estético y lúdico: Rayuela y su novela política: El libro de Manuel. Se decía “incapaz de hilar una teoría y de ganar una discusión”. Sin embargo, durante esa cantidad de tiempo brutal para un programa de televisión (que todavía era en blanco y negro), se dedicó a hipnotizar a la audiencia con su ritmo lento y su parsimonioso acento gutural mientras elaboraba teorías a partir de sus procesos creativos y su biografía. Fue en esa época, finales de los años setenta, cuando, después de algunas visitas esporádicas, accedió a pasar una larga temporada en Estados Unidos (país que repudiaba por aplicar su consabida política imperialista). Se estableció en Berkeley para impartir un curso de literatura en la Universidad de California. Daba clase los jueves, de dos a cuatro de la tarde, y los lunes y viernes, de 9:30 a 12:00, recibía personalmente a los alumnos que así lo requerían en su oficina del Departamento de Español y Portugués. El resto del tiempo lo ocupaba con Carol Dunlop de visita en San Francisco, una de sus ciudades favoritas, y resolviendo algunos pendientes, como el relato de Deshoras “Botella al mar: epílogo a un cuento”, que concluyó en esas fechas.

Es sorprendente que hayan sobrevivido grabaciones de esas 13 horas de clases, y que constituyan hoy un estupendo documento repleto de ideas, teorías y claves literarias que fluyen de manera tan organizada como si hubieran sido escritas, a manera de un ensayo, por la intuición de ese escritor que se negaba a tal cosa. La oralidad de Cortázar es tan hipnótica como su literatura, sólo que se sitúa en el terreno de la conversación franca y sencilla, lo cual hace de ese monstruo literario un ser próximo y afable. Absolutamente no se trata de conferencias preciosas y precisas como las que dictó Jorge Luis Borges en la Universidad de Harvard entre 1967 y 1968; ni de lecciones reconstruidas perfectamente a partir de los miles de apuntes que el genio maniático del orden que era Vladimir Nabokov organizó para sus lecciones de literatura europea y rusa en las universidades de Wellesley y Cornell. Las de Cortázar constituyen más bien conversaciones que comparten el poder avasallador de la personalidad de su autor, ese largo y delgado laberinto de ojos gigantescos repletos de visiones.

Tal y como existen libros que compilan estas experiencias académicas tan afortunadas en materia de literatura, se antojaría leer las conferencias y lecciones que ha dado a lo largo de varios años en universidades norteamericanas (como la de Maryland) el escritor mexicano José Emilio Pacheco, uno de esos sabios que practican con fortuna suprema la oralidad. Ojalá alguien hubiera grabado a Salvador Elizondo cuando daba sus cursos de literatura romántica inglesa en la UNAM. Eso sí que debió haber sido portentoso, verdaderamente fuera de este mundo. Un amigo que tuvo la fortuna de asistir a uno de estos cursos me refirió el primer día de clase, imitando la voz gangosa y sincopada del maestro Elizondo: “A ver, ustedes… quiero que sepan que todos tienen 10… Los trabajos que entreguen que sean de media cuartilla, no quiero estar leyendo sus porquerías… Vamos a estudiar a Gerard Manley Hopkins, nada más… Y, ahora, me retiro, nos vemos la próxima clase, porque estoy completamente dro-gado”. Me habría encantado escuchar (o leer) las clases de Elizondo sobre el padre Hopkins. Quizá ningún escritor mexicano ha tenido tanto amor (y tal empatía) por la perfección verbal de la poesía inglesa como Elizondo, él mismo, poeta que renunció a publicar poesía, aunque como consta en el libro editado póstumamente, Contubernio de espejos (FCE, 2012), la continuó escribiendo en secreto hasta el final de sus días. Uno de los poemas, que repetía de viva voz a sus amigos, “La belle Helène”, está escrito en inglés: “Or is it the ship that faced a thousand launches/ Is this the ship that launched a thousand faces/ Or the launch that faced a thousand ships/ Or is it the launch that shipped a thousand faces/ Or the face that shipped a thousand launches/ Was this the face that launched a thousand ships”. En él, tornando verbos en sustantivos, regodeándose en la musicalidad del idioma inglés, el poeta sopesa la posibilidad de que sea este rostro precisamente el rostro de Helena, aquel que enfrentó a mil barcos, que embarcó a mil rostros.

Pero dejemos de soñar. Lo que tenemos ahora frente a nosotros es algo tangible y contundente, Clases de Literatura. Berkeley, 1980, de más de 300 páginas, que se explaya (sin agregar o quitar una sola palabra, según confiesa su transcriptor: Carles Álvarez Garriga) en el delicioso universo de la conversación cortazariana. Mientras Cortázar explica las razones de su predilección por la palabra “estructura” sobre “forma” para referirse al cuento: “porque la estructura supone una intencionalidad, una inteligencia, una voluntad”; de por qué el cuento tiene la misma “perfección geométrica” de una esfera y por qué es más perfecto aún a partir del vacío que guarda, porque sugiere (y materializa) algo que no es explícito, Cortázar borda una teoría repleta de ideas y silogismos difícilmente rebatibles, pero sin la complejidad de un académico. Hace accesible su intrincada teoría literaria de la perfección efectiva del lenguaje (la cual puso en práctica en Rayuela) mediante un discurso directo y transparente, que he encontrado siempre en las obras memorables de todos los tiempos y que  Miguel de Unamuno resumía muy bien con esta parábola: “Aborrezco los hombres que hablan como libros, y amo los libros que hablan como hombres”.

 

Juan Manuel Gómez

Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas.

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El vino y la medida

Estaría de acuerdo conmigo Francisco Umbral, si viviera, que en el Madrid anterior a la Europa de la globalización una botella de vino repartido entre cuatro personas era en verdad muy poco vino. Una botella alcanza apenas para satisfacer la sed de una o de dos personas decentes. Quien bebe sólo una copa  de vino en la comida o en la cena no bebe vino. Sin una dosis considerable de embriaguez no hay vino. Mas ésta es la opinión de un hombre salvaje y entregado a los extremos como yo y no albergo la esperanza de que se tomen en serio mis palabras. Y una vez descalificada mi opinión, abrazo la libertad para añadir que quien bebe sólo un par de cervezas durante una jornada aún no ha llegado de verdad al mundo. O  ha venido aquí para desperdiciar lo que otros hombres necesitamos en cantidades generosas. La medida no tiene otro propósito que confundir a los inocentes y ponerlos en el camino de la asimilación o el amansamiento. Protágoras intentó disuadir a Sócrates de que el hombre es la medida de todas las cosas, y de que ninguno de los dos podía ganar en la conversación porque no existiría un juez supremo capaz de declarar a un ganador, pero no prosperó en cuanto utilizó las mismas armas que el maestro platónico: antepuso la brillantez de su discurso para lanzarse en busca de una aprobación. A causa del aburrimiento que hoy me embarga he vuelto a las páginas de esta antigua y célebre conversación (Protágoras o de los sofistas) y me resulta por demás evidente que ninguno de los dos sabios posee absoluta razón, y que ambos polemistas no hicieron otra cosa más que enredarse. Estos enredos dieron vida a la filosofía y creo que nadie sería capaz de negar esta afirmación. A partir de tan esmerada gimnasia nació el sueño de la verdad oculta, de la liebre inalcanzable. “La mentira circula… Yo la detengo y se vuelve verdad”. Escribió Tristan Tzara en el manifiesto dadaísta de 1918. Me apena decir que no encuentro palabras más claras para expresar mis inclinaciones.

Otra vez esta maldita felicidad, dice el lema del mezcal Pierde Almas, obra de amigos y artistas que cuando beben no se quedan a medias si de consumir “maguey cocido” se trata. Esa felicidad que a la postre puede llegar a ser terrible y engañosa, delincuente y bella, mártir y utópica, no es un impedimento para acercarse a los placeres del vino. El escritor oaxaqueño, Ulises Torrentera, aconseja en su Mezcalaria, libro erudito y vivencial: “El bebedor debe escoger a sus contertulios. Por ningún motivo se trate de reconciliar con el enemigo frente a una botella de mezcal”. Si alguien me dice que éste es un consejo fatuo y común es que seguramente carece de aguda experiencia. No es sano discutir acerca de la deslealtad o de las traiciones si el mezcal está presente. Días después de presenciar cierto desaguisado en una tarde de malos presagios, mi amigo, Rodrigo Sánchez, el Pichu, me escribió el correo electrónico siguiente: “No se debe convertir una mesa en una coladera, es decir, no te sientes en la misma mesa con una mala persona mientras bebes mezcal y compartes palabras con los amigos”. No añadiré más a este consejo que por sí mismo posee gravedad suficiente, lo que sí haré es describirles a continuación la receta de una sopa de cerveza que en El practicón (Tratado completo de cocina al alcance de todos y aprovechamiento de sobras) nos ofrece, no sin vergüenza, el erudito Ángel Muro. “Esta sopa, aunque su título cause extrañeza, existe. En Flandes y en Alemania es muy estimada, y bueno es conocerla para saber de todo un poco: se pone a calentar un litro de cerveza muy fuerte con 30 gramos de azúcar y cinco gramos de cilantro. Se cala con este líquido pan de centeno, o muy moreno, y en el momento de servir se liga con una yema de huevo desleída en agua”. Si el verbo desleír ofrece problemas semánticos he aquí la definición de la Real Academia: Desleír significa disolver y desunir las partes de algunos cuerpos por medio de un líquido (explicación, ésta, a la que yo tuve que acudir). Es probable que una receta como la recién expuesta aquí repugne a los instruidos en gastronomía e incluso la consideren una treta más de los ebrios para llevar cerveza a sus venas, mas yo la tengo en gran consideración. Si alguna vez se encuentran en Berlín paseando cerca de Kreuzberg, vayan a saludar a Toni, una de las meseras y habitantes del Zum Goldenen Hahn (Oranienstr. 14 Heinrichplatz), aunque es casi seguro que el bar estará cerrado. Allí se abren las puertas cuando nadie lo espera y los propietarios están cansados de ser lo que son. Se han aburrido de servir y beber al mismo tiempo. Se han cansado de ser Sócrates y Protágoras dentro de una misma tertulia. Mas si ustedes logran entrar no beban sólo dos cervezas, puesto que ello sería una ofensa para la elegancia que trae consigo la ebriedad sin medida. En todo caso soliciten, además de hachís, un jägermeister rebosante para experimentar un calor que el sol por sí solo es incapaz de ofrecer. Y entonces la mentira se detendrá y se volverá verdad.

 

Guillermo Fadanelli

Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

Entrega inmediata

El hombre del piso de arriba

Philip Roth comentó que la primera impresión que tuvo de Bernard Malamud no fue la del escritor irreverente, obsesionado por la extraña poética del judío de los bajos fondos y los entretelones del humor negro, sino la de un porfiado agente de seguros aunque, a ciencia cierta, Roth tampoco determinó cómo debía de ser la fachada ideal de un escritor de la talla de su entonces admirado novelista. Parecía, dijo Roth en el breve pero sentido retrato de Malamud en El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras, que Bernard formaba parte del gremio de las coberturas, las primas y los deducibles no sólo por su aspecto sino por su forma de expresarse, y lo comparó con los camaradas de su padre en MetLife. Quizá Roth no se equivocaba en su primera apreciación del escritor nacido en 1914 en Brooklyn, porque un corredor de seguros hace todo cuanto esté a su alcance para colocar el mayor número de pólizas bajo el brazo de nuevos clientes y, en buena medida, los personajes de Malamud se comportan como persuasivos explotadores de la inseguridad, el miedo y la fragilidad humana y, al final de la lectura, les compramos todo: la necedad, la ofuscación, el sinsentido y el ridículo. Las criaturas de Malamud nos pueden vender cualquier cosa simplemente con su ácida manera de abordar la realidad desde esa prosa iconoclasta que los muestra sin ambages, también sin florituras.

Bernard Malamud publicó su novela Los inquilinos en 1971. Atrás estaba el éxito de su novela El natural y de otros extraordinarios libros como El barril mágico, El dependiente, Retratos de Fiedelman o Una nueva vida. Atrás quedaban, también, el National Book Award y el Pulitzer por El reparador (conocida también como El hombre de Kiev), y a su bibliografía aún le faltaban otros libros por delante como El sombrero de Rembrandt y Las vidas de Dubin, pero volviendo a Los inquilinos, hay en esta historia un curioso paralelismo con un pequeño incidente entre Roth y él, a propósito de la piel delgada de los artistas cuando se opina de sus obras.

Los inquilinos es un relato simple a primera vista: pese a ser ya el único habitante de un viejo edificio, el escritor judío Harry Lesser se niega a abandonar su apartamento de renta congelada y no porque carezca de fondos para cambiar de residencia (Levenspiel, el casero, le extiende cheques nada despreciables para poder desalojarlo y derribar el cascarón para incursionar en otro tipo de negocios), sino porque está a punto de terminar la novela que le ha costado 10 años de su vida. La novela nació en ese apartamento cada vez más inhóspito y umbrío, donde las ratas corretean a su antojo y los bichos han instaurado una colonia paralela, pero Lesser se empeña en poner punto final a su libro ahí, convencido de que “las palabras no se comen pero calman la sed” y, sobre todo, por una especie de fidelidad al escenario donde concibió la primera línea de lo que está convencido que será su obra maestra.

Así que Harry Lesser vive una especie de idílico ostracismo en su edificio para vagabundos, hasta que cierto día escucha el tableteo de una máquina en el piso de arriba. Inquieto, sobrecogido, recorre cada puerta hasta descubrir al anónimo responsable de los ruidos. De espaldas a él, un negro aporrea la máquina con mucho más brío que el propio Harry y, contrario a lo que cualquiera pensaría, Lesser no se siente invadido sino en compañía, pues una especie de solidaria camaradería le hace ponerse al servicio del colega.

El escritor negro se llama Willie Spearmint y escribe un libro autobiográfico. Poco a poco, ambos escritores forjarán una amistad basada en la mutua comprensión por lo difícil del trabajo (la frase perfecta, el párrafo impecable, los verbos y adjetivos como cuñas de la arquitectura argumental), y Harry adoptará el papel del mentor y el crítico de los textos de Spearmint, no sin antes enrollarse con Irene Bell, la novia blanca y judía de su colega, y establecer un juego demencial de odios raciales y resentimientos literarios.

En Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), cada vez que Travis Bickle (Robert DeNiro) conduce por ciertas latitudes neoyorquinas, una pandilla de chicos negros lo apedrea y le lanza botellazos al vehículo. Son los años setenta, época de sociopatías y reyertas culturales, la alteridad era materia pendiente en esa isla que suele reinventarse una y otra vez, y distritos como el East Village o la caótica Octava Avenida corrían el riesgo de convertirse en un inmenso campo de batalla por tantos chulos, prostitutas, ladronzuelos y todo tipo de lacras que debían gravitar y convivir en tan poco espacio, y porque las rencillas entre negros, blancos, latinos, italianos, judíos e irlandeses eran el pan de cada día. Ésa es la misma atmósfera que comienza a enrarecer las paredes de Los inquilinos pues lenta, progresivamente, la amistad se torna un trozo de dinamita que estalla indefectiblemente, y no por la novia robada ni por el casero que se empeña en lanzar ahora a dos habitantes indeseables, sino porque las críticas de Lesser al libro de Spearmint se vuelven inflexibles y, de paso, los convierte en enemigos mortales.

La astucia narrativa de Malamud hace de la última parte de Los inquilinos un auténtico prodigio de ironía: mientras Lesser escarba en los contenedores de basura para indagar el avance narrativo de su adversario, el negro asalta el departamento del judío en busca de sus detritos textuales y no descansarán hasta destruirse con el filo de sus juicios más funestos.

En 1974 Philip Roth publicó un ensayo sobre Retratos de Fieldman y El hombre de Kiev en la New York Review. Antes de partir a Londres, le comentó a Malamud ese proyecto y pasó un buen tiempo hasta que volvieron a encontrarse. Había algo raro en Bern, como Roth le decía cariñosamente a su buen amigo, y el motivo se reveló después. Al preguntarle su opinión sobre el ensayo, Malamud dijo “los puntos de vista son problema tuyo, no mío”, y Roth pensó en esa idea de William Blake, “el enfrentamiento es la verdadera amistad”, pero contrario a la fiera soberbia de Lesser y de Spearmint, por fortuna Malamud pudo olvidar el desaguisado.

Roth recuerda, también, que en los últimos meses de su vida Malamud se esforzaba por escribir aunque su deterioro físico le nublaba las ideas. Cada vez que lo visitaba, escuchaba amablemente los párrafos sin orden ni concierto que redactaba a duras penas, pero ya no solía exponer ninguna opinión sino que se limitaba únicamente a preguntar “¿cómo sigue?”. La respuesta de Malamud era la misma: “Da igual cómo siga o deje de seguir”. La imagen de esos dos hombres me recuerda al perfeccionista Harry Lesser y al obtuso Willie Spearmint del piso de arriba. Dos escritores cuyo orgullo creador los hizo inseparables.

 

Iván Ríos Gascón

Escritor. Ha publicado Broadway Express, Espacios liminares y Luz estéril.

Fronteras

La entropía de las naciones

En el siglo XVIII el inglés Adam Smith escribió una obra clásica de la economía: The Wealth of Nations, La riqueza de las naciones, que por supuesto no he leído y no pienso leer. Pero el fenómeno de la entropía es uno de esos pozos filosóficos abiertos por la física en el que resulta fascinante una sumergida. Entropía, del griego transformación, giro, se usa como medida del desorden de un sistema. Es, por lo mismo, el reverso de la información. Por eso me atrajo el título “The entropy of nations”, del Joint Quantum Institute (JQI), operado por la Universidad de Maryland, Estados Unidos. Los resultados los publica en línea el journal Entropy.

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Victor Yakovenko, del JQI, “estudia el paralelismo entre las naciones y las moléculas”. El libro de Smith, La riqueza de las naciones, publicado en 1776, es uno de los primeros estudios formales de economía, al arranque de la revolución industrial y la producción masiva que haría la riqueza de Inglaterra con mayor celeridad que el asalto a los galeones españoles salidos de Veracruz. Se le ha comparado, respecto de la economía, con los Principia Mathematica de Newton para la física o On the Origin of Species para la biología. ¿Será?

El libro de Smith, comienza la nota, “ofreció una metáfora para trabajar la forma en que la sociedad utiliza sus recursos. Sostiene que aun cuando los individuos buscan la máxima ganancia, de forma inadvertida contribuyen —como si estuvieran bajo la influencia de una ‘mano invisible’— a aumentar la cantidad de riqueza. Bien, si Smith fuera un físico y viviera en este siglo XXI podría estar tentado a comparar la población o las naciones con moléculas y reemplazar la frase ‘hidden hand’, mano oculta, por ‘proceso termodinámico’ ”.

Nueva definición necesaria: Termodinámica, del griego “fuerza del calor”. Puso las bases de la revolución industrial que consistió, precisamente, en emplear la fuerza del calor para producir vapor que moviera pistones que impulsaran telares, barcos y trenes para empezar. La máquina de vapor de Watt se emplearía luego en toda la producción, de martillos de vapor en minas a lavanderías públicas. En secundaria nos enseñaban, antes de que la CNTE desechara ese estudio por inútil para plantones y bloqueos, la ley de Boyle y Mariotte, que relaciona temperatura, volumen y presión de un gas. O por qué las calderas mueven máquinas calentando agua.

El siglo XIX nos dio el estudio matemático de la termodinámica. Primera ley: “La energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma”. De ahí derivó un problema: toda máquina parecía tener límites en su eficiencia para emplear energía. Segunda ley: En toda máquina habrá una pérdida de energía. El ingeniero militar francés Nicolas Léonard Sadi Carnot demostró que un motor siempre pierde energía por fricción que se disipa en forma de calor. De ahí que se le llame “padre de la termodinámica”. Ignoro por qué tenga calle en el DF, allá por el Monumento a la Madre, lugar con frecuencia lleno de encuerados que protestan contra la belleza humana.

En 1850, de estos elementos derivó Rudolf Clausius su concepto de entropía: el desorden de un sistema aumenta y hay procesos irreversibles cuando van del orden al desorden: una casa, un papel, un alambre están siempre en proceso de mayor desorden y siguen un sentido: nunca veremos los trozos de un florero levantarse del suelo, recomponerse sobre la mesa de la que cayó, que el agua suba y las flores se reacomoden. Roto, el florero tiene mayor entropía. No recupera la información anterior. ¿Qué detiene la flecha de la entropía? La vida: es un proceso de información creciente: la de un óvulo fecundado se multiplica por miles de millones en un joven de 20 años. La formalización matemática de la entropía la hizo Ludwig Boltzmann.

James Clerk Maxwell hace una observación notable: que la entropía depende del observador: existe para seres moderadamente inteligentes. Donde un perro ve signos en desorden, nosotros leemos el Génesis. Pero donde sólo encontramos desorden puede haber un orden implicado que un ser más inteligente podría descifrar. ¿Por ejemplo?: las fracciones de π después de las conocidas 3.14159… Alinee (acento tónico en la primera e como maree, golpee) las fracciones de pi de la número 80 a la 95 y a ver quién reconoce un orden… y lo hay muy claro. Orden o desorden, información o entropía también están en el ojo del espectador. El físico Wojciech Zurek, en el famoso Los Alamos National Laboratory, propone que la información es uno de los ingredientes del universo, con el espacio-tiempo y la energía. Lo plantea en su manifiesto: “Complejidad, entropía y la física de la información”. La información, y por consiguiente la entropía, no serían conceptos, sino tan reales como la energía…  Ups.

El estudio de Yakovenko y su equipo compara la distribución de las energías entre moléculas de un gas y la distribución per cápita del consumo de energía entre las naciones. Con datos de 1980 a 2010 obtenidos de más de 200 países, incluido Estados Unidos, el equipo comparó la progresión por décadas hacia un estado de máxima entropía en la distribución de energía. “La entropía no es sólo sinónimo de desorden, es más bien una medida de todas las diversas vías en que un sistema puede existir”, aclara el equipo… Lo cual suena cuántico…

Un ejemplo clarificador: Si se deben repartir 100 dólares entre 10 personas, la total igualdad dictaría que cada una debe recibir 10 dólares. La máxima desigualdad sería que una sola persona recibiera los 100. Estadísticamente, ambos casos son de rara aparición.

Las curvas con los consumos de energía per cápita mundiales mostraron, como era de esperar, en lo alto de la curva un mayor consumo de Estados Unidos, Rusia, Francia y el Reino Unido. Las posiciones en la pendiente inferior de la curva incluyeron a Brasil e India. “El movimiento de China hacia arriba de la curva es el cambio más notorio en los últimos 40 años”.

La desigualdad entre los que tienen y los que no tienen se caracteriza en economía por un factor llamado “coeficiente de Gini”, por el sociólogo italiano Corrado Gini. El equipo calculó ese coeficiente a lo largo del tiempo y mostró que la desigualdad ha disminuido de año en año (lo cual muchos observamos sin curvas de Lorenz y otras herramientas de Gini, pero se niega de forma doctrinaria: nunca habíamos estado peor).

En palabras simples y sin áreas entre la curva de Lorenz y la diagonal que… etcétera, “la desigualdad en el consumo de energía entre las naciones ha estado cayendo. Muchos economistas atribuyen ese desarrollo a la creciente globalización del comercio”. Si algo faltara para mostrar “la naturaleza termodinámica en el flujo de comodidades (commodities, que exigen mayor empleo de energía), un estudio reciente hecho por Branko Milanovich, del Banco Mundial (chin, ya me descubrieron), presenta una curva de Gini muy similar a la curva del Joint Quantum Institute. Sin embargo, el BM estaba haciendo gráficas de la reducción de la desigualdad global en el ingreso rastreando otro parámetro, el llamado poder de paridad de compra entre las naciones”.

Entonces, ¿así como en termodinámica algunas moléculas son “ricas” en alta energía y otras son “pobres” o de escasa energía, “¿están algunas naciones destinadas a ser ricas y otras a ser pobres?”. Yakovenko cree que una obvia forma de alterar ese destino vendrá con el desarrollo de fuentes de energía renovables.

Las gráficas basadas en datos de los últimos 40 años consideran un mundo con yacimientos finitos de energías fósiles (petróleo, carbón, gas), si el mundo cambia sus métodos de producir energía, no se aplicarán las probabilidades calculadas con base en yacimientos de combustibles fósiles, “y la desigualdad puede ser reducida aún más. Después de todo, el sol brilla gruesamente igual sobre cualquiera”.

 

Luis González de Alba

Escritor. Su más reciente libro es No hubo barco para mí. www.luisgonzalezdealba.com

Numeralia

Numeralia

1.      Población urbana mundial en 2002:  2,971 millones de personas.

2.      Población urbana mundial en 2012: 3,689 millones de personas. 24% más respecto de 2002.

3.      Población en el mundo con acceso a electricidad en 2009: 74.1%. Para 2010 subió a 77.6%.

4.      Emisiones de CO2 en el año 2000: 24.8 millones de kilo-toneladas. 10 años después: 33.6 millones. Aumentó en 8.8 millones, es decir, 14.5%.

5.      El país con mayores emisiones de CO2  por habitante es Qatar: 40.3 toneladas.

6.      Emisiones de CO2 en México: 3.8 millones de toneladas por habitante y se encuentra en mejor condición que la media de la OCDE que reporta 10.2 millones.

7.      Porcentaje de la pobalación mundial que genera casi la mitad de la huella de carbono global: 11%.

8.      Incremento del nivel del mar provocado  por el cambio climático en los últimos 100 años:  17 centímetros.

9.      Años que han sido calificados como los más calientes después de 1970: 20.

10.      Expectativa de calentamiento medido desde los años 1990 y hasta 2100: entre 1.4 y 5.8 grados centígrados, lo que representaría el ritmo más acelerado de los últimos 10 mil años.

11.      Kilómetros cúbicos de glaciares perdidos  en Groenlandia entre los años 2000 y 2006:  entre 150 y 250.

12.      Kilómetros cúbicos de glaciares perdidos  en la Antártica: 152 entre 2000 y 2005.

13.      Porcentaje de incremento en la acidez  de los océanos desde el inicio de la Revolución  Industrial: 30%.

14.      Año con más lluvia desde 1900 a la fecha: 2011.  El segundo más húmedo fue 2010.

15.      Porcentaje de pérdida de terrenos forestales  en México: 7.8%.

16.      Tierras cultivables en México que enfrentan  sequías recurrentes: 50%.

17.      Estimación en la reducción de lluvias  en México entre los años 2020 y 2080:  entre 5% y 15%.

18.      Reducción de disponiblidad de agua  en México hacia 2030: 10%.

19.      Porcentaje de las emisiones de gases que pretende reducir la Estrategia Nacional de Cambio Climático: 30% en 2020 y 50% hacia 2050.

20.      Porcentaje de las fuentes de energía  eléctrica que serán limpias en 2020,  de acuerdo a la Estrategia Nacional de Cambio Climático: 35%.

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FUENTES: 1-5 Banco Mundial; 6-7,14 UNDP, Programa  de Desarrollo de las Naciones Unidas; 8-9, 11-13 NASA;  15 Forbes; 10 IPCC; Intergovernmental Panel for Climate Change;  16-18 Semarnat; 19-20 Presidencia de la República.

 

Rodrigo Centeno

Economista, empresario y especialista en mercadotecnia.

Rafael Ch

Investigador del Centro de Investigación para el Desarrollo (CIDAC).

Duendes mexicanos

En 1999 solicité a 79 escritores y artistas plásticos una colaboración para el libro Bestiario contemporáneo. Con ese material armé (gracias al subsidio de la UAM, el IPN, el diario La Crónica y el FONCA) una compilación de los seres que habitaban por entonces la ciudad de México. Junto a jóvenes inéditos había nombres consagrados que accedieron a alimentar este catálogo que tenía algo de divertido y algo de aterrador. José Emilio Pacheco tuvo la generosidad de compartir mediante su contribución “Duendes mexicanos” sus temores más cotidianos. Jamás volvió a publicar este texto (que no es político ni estrictamente literario sino ambas cosas), ya que no correspondía sino al divertimiento de la escritura, el cual, hay que decirlo, suele ser el impulso más original y verdadero. [Juan Manuel Gómez]

 

Duendes mexicanos
por José Emilio Pacheco

1

Los nuestros no son los duendes del folklore europeo. No usan capan ni gorros ni tienen barbas. Es imposible describirlos: nadie los ha visto y la invisibilidad forma parte de su poder. Como el tiempo, sólo se hacen visibles por sus obras.

Su presencia es irrefutable. No hay nadie que se salve de sus estragos. Su identidad es motivo de controversia. Algunos los relacionan con los alushes o chaneques prehispánicos; otros los consideran sólo una variante mexicana de especies planetarias: poltergeists, espíritus chocarreros, o bien El Jorobadito del que habló Walter Benjamin y hace que todo salga mal.

2

Los duendes se parecen a los gatos en el desprecio que sienten por nosotros y en su hábito de tratarnos como ratones. Su diversión predilecta es ocultar lo que más necesitamos: las llaves, si vamos de prisa; el recibo de la luz cuando es la fecha límite de pago y están a punto de cortarla; el documento indispensable para recibir el cheque sin el cual mañana no habrá comida ni casa; el boleto para el viaje urgentísimo.

Una vez que la cólera y la desesperación han hecho su obra y hasta el orden más rígido se ha transformado en caos, el objeto de búsqueda aparece. Nueva humillación sentirnos idiotas: estuvo siempre ahí ante nosotros, en el lugar más obvio. No es cierto: los duendes lo invisibilizaron y cuando ya se han divertido bastante con nuestra indefensión lo materializan para escarnecernos.

3

No les bastan sus poderes omnímodos sobre el mundo de los objetos. También les gusta ensombrecer las relaciones humanas. Ponen en nuestra boca la palabra indeseable que aleja a la persona con quien pretendíamos relacionarnos o comunicarnos. Hacen que en el momento de la verdad ignoremos aquello que pretendíamos saber. Nos enmudecen cuando deberíamos ser elocuentes y nos llevan a hablar y hablar cuando más necesario era el silencio.

4

Nuestros últimos veinte años como país han estado en manos de los duendes. Su crueldad se ha vuelto semejante a la vileza de los gatos con los ratones. En 1976 todo se desploma. Se evapora el “milagro mexicano”. La prosperidad de posguerra alcanza su fin. El símbolo es la caída de la moneda mexicana: de los 12.50 en que se mantuvo desde 1954 a los inconcebibles e intolerantes 20 pesos por dólar. Nos resignamos a un porvenir de horros y miseria.

Entonces los duendes nos escrituran el boom del petróleo. Nos hacen creer que todos nos volveremos ricos y México será una gran potencia en la siguiente década. A mediados de 1981, nuevo descenso en picada. Sigue una cadena desastrosa que tiene su centro en el terremoto de 1985. Pero de nuevo los sufrimientos del presente y los nuevos augurios se desvanecen hacia 1989 bajo la mayor trampa de los duendes: la esperanza. En los noventa, gracias al neoliberalismo, el TLC y la apertura del mercado, entraremos en el primer mundo. Lo que los duendes nos han hecho a los mexicanos en estos veinte años constituye un agravio imperdonable.

5

No se conforman con reinar sobre la política y la economía: dominan las ciencias y las artes, los deberes y las técnicas. Por ejemplo, en el campo de la impresión, inventan las erratas que nos hacen parecer estúpidos, ignorantes, incoherentes. A los antiguos que vimos en la errata un microbio de plomo, los duendes nos refutan con su perduración y multiplicación en la era electrónica.

Mientras en su nueva metamorfosis —los virus— se disponen a arruinar todas las computadoras del mundo en el primer día del nuevo siglo, toman por asalto libros, revistas, periódicos. Les encanta poner “hubieron” en lugar de “hubo”, “a travéz” con zeta y no con ese, y “exhuberante” con hache antes de la u.

6

A diferencia de nosotros, ellos sí saben modernizarse y ponerse al día. Para destruir el esfuerzo de muchos años arruinan el disco duro. Lo roen por dentro o funden la pila comprada para protegerse de los continuos apagones. Por supuesto, los respaldos no aparecen entre tanta papelería de la que en principio (los duendes lo impidieron) iba a librarnos Bill Gates.

Si hay que mandar un fax urgente a Europa en la hora de tarifas más altas, los duendes traban el aparato. La hoja no se mueve, los segundos transcurren con su carga cobrable en dólares (más IVA). A los cinco minutos de inmovilidad suman al escarnio la burla mediante el letrerito Transaction OK.

Usan la Internet no para fines culturales, informativos o amistosos sino para dejar en el buzón anónimos insultantes, diatribas contra judíos, negros y mexicanos, amenazas de muerte o mensajes en idiomas desconocidos, tanto más aterradores por ser indescifrables.

7

Cuando tras mil años de redacciones, aulas y oficinas, y ya en vísperas de que Alzheimer nos alcance, conquistamos al fin el dudoso privilegio de trabajar a veces en casa, los duendes se llevan las horas irrecuperables del día que no volverá. Nos obligan a firmar cien recibos de invitaciones a actos que no nos interesan, libros jamás solicitados, revistas ilegibles. Y no basta firmarlos: la tiranía de los duendes obliga a poner nombre completo, dirección, puesto, registro federal de causantes.

Fingen voces amables para torturarnos por teléfono: “Hablo de Aguas y Saneamientos. Estoy ‘checando’ nuestro directorio. Usted se llama así, el nombre de su esposa es tal, trabaja en, su fecha de nacimiento es…”. Al caer la noche se hace la cuenta y se comprueba que hemos gastado el tiempo en actividades inactivas, sólo atribuibles al desprecio que por nosotros sienten los duendes.

8

Todos podemos extender al infinito la lista de las calamidades que hemos sufrido y seguiremos padeciendo a manos de los duendes. Por momentos uno llega a pensar que el nombre un tanto ridículo es otro ardid de su omnipotencia. No son “duendes” (palabra que suena a amable cuento infantil, a Blanca Nieves, a nuestra fiesta de cinco años): son deidades siniestras, dioses demoniacos poseedores de todos los dones —ubicuidad, invisibilidad, omnisciencia, omnipotencia— y tan crueles que se divierten torturándonos con irrisorios martirios antes del golpe final con que nos destruiran y anularán para siempre.

 

José Emilio Pacheco: El clásico viviente

La triste noticia del fallecimiento de José Emilio Pacheco significa entre otras cosas la pérdida de nuestro hombre de letras más apreciado, el más enciclopédico, el más universal, también el más discreto; el sabio que trabaja sin cesar, el erudito de los textos amables, el gran poeta que alterna la gracia y sutileza de su percepción con un extraordinario conocimiento y dominio del idioma, anclados además en la compleja sencillez y transparencia de su escritura.

Testigo doliente y obsesivo de la degradación de la “monstruosa” ciudad de México, desde ella elabora, considera y relaciona la enorme amplitud de su inventario, que no tiene fronteras en el espacio ni en el tiempo. Sus instrumentos son —entre otros— la generosidad y la sabiduría, desplegadas en miles de páginas de periodismo cultural cuyo rescate queda pendiente; en cerca de veinte títulos de poesía; en su faceta narrativa —tres momentos decisivos: sus relatos en El principio del placer, o sus novelas breves, Morirás lejos y Las batallas en el desierto—; en su notable desempeño como traductor, siempre con la mirada atenta a los detalles, las minucias —el “prodigioso miligramo” de Pellicer— que comprueban su capacidad de revelar alguna forma de plenitud.

En su obra construyó un bastión de la memoria donde se han identificado ya varias generaciones (más las que llegarán), a lo largo de cincuenta años de su obra en marcha (Los elementos de la noche, su primer libro de poemas, está fechado en 1963; su Nuevo álbum de zoología es de 2013). Y nada más ajeno a José Emilio que la pose del Autor, el Escritor, aunque en su moderación o su modestia respira, vive, dialoga el conjunto de la literatura universal —clásica y moderna, mexicana, hispanoamericana, universal; el Siglo de Oro, la tradición francesa, inglesa, el modernismo, en fin: todas las zonas y épocas integran el abanico de sus intereses y la vastedad crítica, selectiva, de su conocimiento.

La erudición aliada con la sencillez radical; la ironía afectuosa —un contraste de su pesimismo constante—, así como la distancia que se reserva frente al entorno, amparan la concentración en su trabajo de escritor; la inteligencia y calidez de su mirada van más allá de la simple denuncia o condena y hacen posible, además, comprender y afrontar el absurdo, la irracionalidad, la violencia, la destrucción implacable de cada día.

Citada y recordada por muchos de sus hallazgos, su poesía es popular en el sentido estricto que la sitúa como un espacio de encuentro y reconocimiento. Por eso se convirtió en un clásico viviente, un autor admirado —casi de modo unánime— y una compañía entrañable para incontables lectores. De ahí el sentimiento de desamparo que ha suscitado su fallecimiento.

Hemos perdido en unos cuantos meses y años a varios autores fundamentales que señalaron los alcances y registros de nuestra literatura, entre ellos Salvador Elizondo, Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes, José María Pérez Gay, Álvaro Mutis y Juan Gelman. Hoy asistimos a la despedida lamentable de José Emilio Pacheco: los lectores, inevitablemente, estamos de luto; pero nos queda el estímulo infalible de su obra.

 

Roberto Diego Ortega. Poeta y traductor. Ha publicado Nacer a cada instante.

Lo que espera la desesperanza

Un acercamiento a la narrativa de José Emilio Pacheco

Con las características opuestas al exceso vehemente, al arrebato brusco y al desbordamiento incontinente que se atribuyen constitutivas y propias de la naturaleza de la juventud, José Emilio Pacheco apareció en la escena literaria mexicana a los escasos 19 años con la publicación de los relatos “La Sangre de Medusa” y “La Noche del Inmortal” (Cuadernos del Unicornio, 1958, y El Pozo y el Péndulo, 1978).

Releo la edición de La Sangre de Medusa (y otros cuentos marginales) de Editorial ERA, 1990, complementada con más de 60 textos diversos —relatos, minirrelatos, ficciones, minicuentos de terror y narraciones— escritos entre 1956 y 1984 y que se encontraban esparcidos en periódicos, revistas, suplementos y plaquets. La edición se divide en cinco grandes apartados que ofrecen la apreciable ventaja de atestiguar la variedad temática y estilística, la diversidad de preocupaciones literarias y vitales del autor a lo largo de 18 años de evolución prosística.

El primer apartado del libro incluye, junto con los dos relatos ya señalados, uno anterior titulado “Tríptico del Gato” (1956), al que Pacheco señaló como su primer texto público. Esta edición tiene la virtud de condensar algunos de los elementos distintivos de la prosa literaria que José Emilio Pacheco desarrolló, perfeccionó y extendió en toda su narrativa que comprende los relatos de El Viento Distante, 1963, y las novelas Morirás Lejos, 1967; El Principio del Placer, 1972; Las Batallas en el desierto, 1981.

1) La actitud moderna de aceptar e incluso hacer obvias las influencias y las deudas literarias e intelectuales con otros autores (Jorge Luis Borges, los clásicos griegos y latinos, y varios autores europeos, entre otros). Como ningún autor mexicano y no obstante haberse ganado a pulso un lugar excepcional en las letras mexicanas, José Emilio Pacheco ha encarnado la modestia del escritor que se asume producto de otros escritores, de otros libros y otras literaturas; la humildad del que se acepta transmisor de la palabra de la tribu, banco de memoria de la identidad colectiva. Esta actitud lo ha llevado incluso a atribuir sus textos a autores imaginarios —auténticos personajes al estilo de Borges o Pessoa— logrando con ello enriquecer su obra, ser al mismo tiempo muchos autores y muchas voces diversas.

2) La precisión y economía de su escritura, recursos que logran su forma más concreta y concentrada en los minirrelatos y los casi aforismos que denomina “Mínima Expresión”, aunados al sentido ordinario y cotidiano de sus anécdotas, que dan a su prosa narrativa una directa legibilidad y procuran la identificación inmediata del lector con las situaciones o los personajes, haciéndolo cómplice del narrador.

3) Una cultura original formada por extraordinarias lecturas —producto de una inusual curiosidad libresca—, con sus dioses privados y sus preferencias íntimas, sus inclinaciones únicas y sus gustos personalísimos, excepcionales más que rebuscados. De Plutarco a Ovidio, de Emil Ludwig a Mary Renault, de Flavio Arriano a textos sobre la dinastía de los Habsburgo y hasta la “insuperable edición 1911 de la Enciclopedia Británica”, ejemplifica el propio Pacheco.

4) En “Los tres pies del gato”, texto final de su Tríptico… (y con mayor definición en el relato “Teruel” de 1960-1961, incluido en el segundo apartado del libro, y ya más claramente en su volumen de relatos El Viento Distante de 1962), Pacheco esboza uno de los recursos literarios que posteriormente desarrolló y consolidó definitivamente: esa particularísima visión de la niñez desde una perspectiva adulta, filtrada por la memoria y la experiencia del hombre maduro, lo que le otorga a esa etapa de la vida un volumen y una profundidad intensas y vivísimas. No meros recuerdos infantiles sobrevalorados por el prestigio que da la nostalgia, tampoco el lugar común de la melancolía provocada por la infancia perdida. Algo mucho más netamente humano, impregnado de inocencia-crueldad, amor-dolor, tristeza-alegría, solidaridad-odio, pero no como binomios contrastantes y en oposición, ni siquiera como dos caras de la misma moneda, sino como conceptos fundidos en un sólo sentimiento indiferenciado, propio de las personalidades en formación y emocionalmente inacabadas, de los corazones tiernos y las emotividades a flor de piel, algo exclusivo de la infancia como periodo en el que aún no alcanzamos a definirnos plenamente ni separamos nuestros sentimientos con la rotunda línea divisoria con que lo hacemos en nuestra vida adulta. Los niños de Pacheco están “condenados” a crecer con dolor y amargura, parecen intuir que les aguarda un mundo insatisfactorio y cruel que ya resienten en sus primeras frustraciones amorosas, familiares, emocionales. Niños que se volverán hombres y por ello estarán cargados de rencores y malicia, nos dice Pacheco en El Viento Distante: “Los niños que viajaban en él (tren) son ya hombres que, como tales, están llenos de miedo y de resentimiento” (p.35).

Años después, el cultivo y perfeccionamiento de esta visión de la infancia como recurso literario, logrará para Pacheco —y ganará para nuestra literatura— dos de las novelas cortas imprescindibles de la narrativa mexicana contemporánea: El principio del placer (1972) y Las Batallas en el Desierto (1981).

Acaso el único tono inmaduro que se advierte en estos textos adolescentes o juveniles, es la intención solemne que salpica por momentos el relato “La Sangre de Medusa”, pero la sensación se desvanece totalmente en su relato gemelo “La Noche del Inmortal”. Ambos emplean la técnica del contrapunto, el estilo conciso y directo y el recurso de narrar historias paralelas, distantes en el tiempo y el espacio pero unidas por su sentido trágico. Estas historias se van alternando de uno a otro párrafo, con referencias históricas y culturales literaturizadas y escenificadas por la narración. La diferencia de alcance y calidad entre los dos relatos contrasta precisamente porque son ejercicios literarios semejantes.

“La Sangre de Medusa” experimenta mezclando una truculenta historia de nota roja —un matrimonio urbano pobre y en constante reyerta que termina en asesinato a cuchilladas—, con la melancólica vejez del semidiós Perseo, vencedor de Medusa en la mitología griega. El resultado es interesante pero inacabado o impreciso porque apenas vislumbra a la distancia la fuerza emotiva y el efecto dramático que “La Noche del Inmortal” logra a plenitud, alternando pasajes culminantes de las vidas y muertes del jónico Eróstrato y del macedonio Alejandro Magno, con la intensa serie de conflictos, guerras y levantamientos europeos durante el Imperio Austro Húngaro, y los hechos, sucedidos y personajes que desencadenaron la Primera Guerra Mundial. La narración cuestiona el sentido de conceptos como la grandeza y la gloria y transmite al lector la sensación de tragedia inútil, irremediable y con frecuencia absurda del destino humano (interés netamente pachequiano) lo que convierte a este breve relato en una concisa y exacta pieza literaria.

En estos tres primeros relatos destaca la nada despreciable cualidad de tomarse la literatura en serio en el México de fines de los años cincuenta, (con los antecedentes directos de Rulfo, Arreola, Revueltas, Paz y Fuentes, pero antes del llamado boom latinoamericano); y reflejan a un escritor de experiencia y madurez innatas —logradas por esfuerzo intelectual más que por impulso lírico o vitalista—, a un joven cuyo dominio de la escritura diríase prematuro, reticente a la inmediatez y al facilismo y de tono y sensibilidad plenamente modernos.

El segundo apartado del libro contiene cuatro narraciones realistas de 1960-1961: “El enemigo muerto”; “Teruel”; “Paseo en el lago”; y “El torturador”. Estos textos van añadiendo otras de las preocupaciones y características distintivas de la obra de Pacheco. La anécdota de “El enemigo muerto”, es la de un mediocre aspirante a escritor que ha trabajado como secretario de dos literatos de supuesto éxito: El maestro, primero alabado e imitado como gloria nacional y luego atacado y odiado, víctima de las burlas y el olvido hasta su muerte suicida de la que, paradójicamente, se le rescatará con inútiles y absurdos homenajes. Y el alumno, oportunista que escalará posiciones en el mundillo literario y político apoyado por el maestro para luego tornarse su peor crítico y enemigo, su principal acusador y juez, y quien finalmente pronuncia un vacío discurso de despedida ante la tumba del maestro.

El tema de la frivolidad, el oportunismo, la “grilla”, la búsqueda de mecenazgos gubernamentales, posiciones reconocidas y de privilegio económico, y, en general, la mediocridad imperante en el medio literario y cultural, es una de las inquietudes fundamentales de Pacheco. Su importancia radica en que esta preocupación evolucionará hacia una de las críticas más severas y profundas a la cultura y la literatura como ornamentos inútiles, como meros instrumentos de poder político o económico. Una crítica que en la obra de Pacheco se radicaliza y extiende al escritor, a la escritura y al mismo lenguaje, para llegar finalmente al cuestionamiento total de la labor literaria, de la crítica y particularmente de la poesía.

En el relato “Teruel” reencontramos, más definido y preciso, el tema de la sensibilidad y la mentalidad infantiles, tamizadas por la memoria y trastocadas por la perspectiva adulta. En su brevedad, el relato es un registro de maestría cuya anécdota, sencilla y honda, confronta la valentía y dignidad de un niño-adulto con la crueldad inevitable de la existencia, el dolor por la vida y el sufrimiento inherente al mundo.

“Paseo por el lago” es un tragicómico relato en primera persona sobre un escritor más o menos fracasado que trabaja como periodista deportivo (nuevamente los personajes aspirantes a escritores que se repiten en las narraciones de Pacheco). La comedia de malentendidos, las circunstancias que lo victiman y el curso inesperado de su repentino matrimonio son trazados escuetamente y resultan humorísticos. Aunque en mucho predecible, con todo y su final justiciero y amargo, el relato mueve a una sonrisa cómplice.

Es en el cuarto relato de este apartado, “El Torturado”, donde el autor experimenta por primera vez un recurso literario moderno que se volverá frecuente en otros novelistas mexicanos y alcanzará su expresión más acabada en novelas de Carlos Fuentes: el doble, es decir la narración en segunda persona de quien se habla a sí mismo y describe sus propias acciones como frente a un espejo. La técnica y los recursos le dan complejidad y profundidad al texto, pero éste cobra verdadero espesor por su oscura temática y la denuncia social explícita de la represión durante el régimen del presidente Miguel Alemán. En mucho cercano a algunas de las novelas y relatos de José Revueltas, Pacheco toca en este texto, por primera vez en su narrativa (1961), temas como el clandestinaje y el activismo político, la impunidad judicial, el encarcelamiento y el anticomunismo paranoico, la violencia policiaca, la tortura y el asesinato de disidentes y militantes partidistas.

El tercer apartado del libro contiene 24 “Microrrelatos” de dos o tres renglones cada uno y “Cinco ficciones breves”, todos escritos en la década de los sesenta y publicados en 1968. Los llamados microrrelatos son, a mi juicio, los textos menos afortunados del libro. A saltos irregulares entre el aforismo, la ocurrencia, el desplante pretencioso, el chispazo juguetón, la humorada y el minicuento, los textos no acaban de redondearse y con frecuencia se quedan apenas esbozados, a medio camino entre el chiste y el melodrama. Sólo tres o cuatro de ellos (“Sin fin”, “Adoración”, “Vestuario” y Cuitzéo) resultan memorables por el esfuerzo de condensación de la escritura, la anécdota sugerente y la multiplicidad de acciones implícitas que ensayan en dos o tres líneas, pero tienen mucho de ejercicio literario incompleto.

Las cinco brevísimas ficciones (que en su momento se publicaron con distintos seudónimos extranjeros), van desde la burlona moraleja de la justicia histórica y la sátira al oficialista nacionalismo mexicano en “El Batallón de los Inválidos” al absurdo trágico y pretenciosamente profundo de “Gran teatro”; de la comicidad ocurrente en “La Estatua Efímera” a cierto toque de magia prehispánica o venganza de Moctezuma en “Transfiguración”; pasando por el escritor genial que cambiará todo por el amor en el francamente prescindible relato “Incipit comedia”. Sólo la trabajada calidad de la escritura, párrafos diestros en su concisa economía, dejan entrever en estas ficciones la perfección literaria que Pacheco alcanza en otras prosas mejor logradas. Habrá quien encuentre en estos relatos fantásticos la fidelidad a las preocupaciones permanentes del autor y aún otras virtudes: la crítica a la Revolución mexicana institucionalizada en “El Batallón”; el destino del escritor obligado a jugar un papel de clown en “Gran teatro”; el frustrante distanciamiento entre arte y vida “Incipit comedia”; o cierta simbólica venganza de indígena conquistado en “Transfiguración”, pero más allá de sus implicaciones entre líneas o intertextuales, un relato debe funcionar por sus cualidades literarias, pesar por sí mismo y no sustentarse en asideros extraliterarios para justificarse.

Cinco relatos cortos de los años sesenta y 18 “Casos de la vida irreal” —muy dedicados ejercicios como minirrelatos de unas cuantas líneas a una cuartilla—, conforman el cuarto apartado del libro. Juguetes o divertimentos terroríficos, los cinco relatos: “No perdura”, “El polvo azul”, “Shelter”, “Demonios” y “Las Aves”, indagan en los pequeños y oscuros temores de los personajes para tornarlos en cruel e inevitable realidad. Mediante anécdotas sencillas y cotidianas —que acaban por hacer cómplice al lector—, y por momentos con cierto efecto como de moraleja aleccionadora, en estos textos Pacheco cede a la atractiva tentación de una moderna historia de vampiros; explora los infiernos personales de una plaga de ratones carnívoros y de un ataque perpetuo de mosquitos-demonios como condena, para finalizar con una melancólica historia de amor a los pájaros, amor apenas realizado unos cuantos segundos antes del trágico final. Parábola del amante transmutado en el objeto de su amor tan sólo para alcanzar el júbilo de la plenitud y de inmediato el horror de la muerte. En su directa sencillez y en la ausencia de pretensiones extraliterarias, en su exclusivo y logrado objetivo de relatar una historia redonda en pocas líneas, y en su final sorpresivo y sorprendente, cifran estos relatos su claridosa efectividad literaria.

Marcados claramente por la influencia erudita, la inteligencia refinada y el espíritu lúdico de Jorge Luis Borges, así como por un humor ciertamente extraño, entre negro y burlesco, risueño y macabro, los 18 “Casos de la vida irreal” abordan en su limpidez técnica, en su escueta y sentenciosa redacción, una admirable variedad de temas e intereses, de tonos y registros cargados de referencias literarias y culturales. En sus brevísimos y directos trazos, estos relatos probaron concretamente la existencia prosística de Pacheco y, junto con los relatos contenidos en su libro El viento distante de 1963, y sobre todo con la publicación de su primera, excepcional novela, Morirás lejos, en 1967 (extraordinario esfuerzo de experimentación literaria que funde en una tarde de un parque mexicano los tiempos y espacios del exterminio de judíos por los nazis, de la historia bélica, de la relación paranoica de un criminal de guerra alemán con sus perseguidores, y el final suicidio del asesino), lo ubicaron en definitiva, hacia finales de los años sesenta, a la altura de la de los más vigentes y modernos escritores europeos y americanos.

 

Alejandro de la Garza. Periodista cultural. Autor de Espejo de agua. Ensayos de literatura mexicana.

Las mentiras verdaderas del lenguaje. Una lectura de Morirás lejos a partir de un poema de Seamus Heaney

Dentro de Morirás lejos —ese experimento narrativo de José Emilio Pacheco publicado en 1967— se encuentra implícito el arte poética que Seamus Heaney desarrolló en un poema y que podríamos llamar: "la música de lo que pasa". Transcribo el poema en una deliciosa traducción de Aurelio Asiain: “Canción/ Muchacha con carmín, ese serbal./ Y entre el camino real y el secundario,/ goteantes en la húmeda distancia,/ altos entre los juncos, los alisos.// Hay flores en el barro del dialecto/ y en el tono perfecto siemprevivas,/ y ese instante en que el pájaro que canta/ sigue la música de lo que pasa.” Mientras trataba de descifrar la angustiante novela de José Emilio Pacheco, Morirás lejos, sonaba en mi cabeza esta bella melodía, que no es otra cosa que “la música de las esferas, pero tal como suena en la lluvia o el arroyo” (como la describe Asiain en la nota que acompaña la traducción del poema de Heaney: http://aurelioasiain.com/2013/02/04/la-musica-de-lo-que-pasa/),  como el traqueteo de un motor ininterrumpido, dotando de consistencia a la narración de una historia hecha de hilos evanescentes entrelazados.

La “música” que he asignado a Morirás lejos no es precisamente dulce y encantadora como pudiera sugerir la metáfora bucólica de Seamus Heaney. Al contrario, resulta minimalista y en ocasiones estridente, porque "lo que pasa" atraviesa un drama continuo: la diáspora y, con más precisión, la evocación de dos momentos trágicos: el sitio y la destrucción de Jerusalén por los romanos y la barbarie de los campos de concentración nazi.

Estos momentos son efectivamente atravesados por "lo que pasa", que es todo y nada a la vez. Es todo en vista de que contiene el cúmulo de posibilidades de dos personajes, un universo completo de historias. Y es nada en la medida en que todas esas historias son pura especulación, no suceden ni siquiera en la trama de Morirás lejos sino como suposiciones.

El libro entero está soportado en la fabulación. No tenemos nunca la certeza de seguir el desarrollo de una historia porque es posible que sea parte del delirio discursivo de este narrador "omnividente" que se imagina lo que puede ser, pero que no es, o quizá era, alrededor de estos dos personajes que, por su parte, tal vez no existan.

El cuadro es el siguiente: un hombre llamado eme que observa desde su ventana, entre dos persianas separadas por la palanca que hacen sus dedos índice y anular, hacia un parque. Ahí hay niños jugando, árboles y un hombre que puntualmente se sienta en una banca a leer el Aviso Oportuno del periódico El Universal.

Incluso ese cuadro inicial podría no existir sino en la mente del narrador omnividente (como él mismo nos confiesa casi al final: "Porque todo es irreal en este cuento. Nada sucedió como se indica. Hechos y sitios se deformaron por el empeño de tocar la verdad mediante una ficción, una mentira"), pero en alguna piedra angular habrá que basarse para edificar el mundo, aún cuando esté hecha de la materia del sueño.

Es a partir de esa escena que —repito, como reiteradamente lo hace el narrador— podría no existir, que comienza a suceder de manera inminente y con ritmo cambiante, la música de lo que pasa. Porque  no tenemos certeza alguna de lo que se nos narra, tomamos cada suceso como posible para alimentar ese sonido atropellado de los acontecimientos.

Se trata del ensayo de todas las historias en las que eme —desde la persiana— pone como protagonista a Alguien, el hombre sentado en la banca leyendo el Aviso Oportuno. Eme se siente observado, y su paranoia podría no ser gratuita, tal vez él mismo estuvo involucrado en alguna de otras tantas posibles historias y debe muchas vidas. Tal vez fue un torturador y ahora teme la venganza de sus víctimas, o tal vez o tal vez… continúa este narrador delirante que lo ve todo, pero que no sabe absolutamente nada y sólo describe lo que cree ver. Lanza hipótesis de todo tipo, sensatas y absurdas, y en cualquier sentido, desde la perspectiva de eme o desde la de Alguien o desde la de el lector mismo. Tal vez pone lo que le dictan…

Aun cuando no ocurre nada, ya que la trama consta del ensayo de todas las posibilidades a partir de un hecho aparentemente estático, la creación de todas estas historias da cuerpo a un universo imaginario de senderos que se bifurcan, se tocan o transcurren paralelos, plenos de realidad. Aun cuando no pase nada, todo lo que puede ocurrir, pasa, simultáneamente.

Se trata de la fabulación por sí misma. En Morirás lejos todas estas conjeturas suceden o, mejor dicho, están sucediendo, a un tiempo. No son meras suposiciones, la escritura las hace reales en el desarrollo orquestal en el que se desenvuelven.

Las ficciones que involucran a eme y a Alguien se enredan en torno a las preguntas: ¿quién es el otro?, ¿qué quiere de mí?, ¿qué es lo que pasa? Y en ese transcurrir estáticos la historia oscila en diferentes rumbos, algunos más elocuentes o más provocadores que otros. Y dentro de cada una, es posible encontrar otra inserta que a su vez tiene dentro una tercera metahistoria que —insisto— es tan irreal como la primera; desarrollándose de manera autónoma ya.

Eme se imagina, por ejemplo, que Alguien es un dramaturgo que se inspira en el parque mientras lee el Aviso Oportuno de El Universal. A través de la ventana con dos hojas de la persiana entreabiertas es espiado por eme, es decir, quien teme ser observado, el paranoico, es ahora el espía. Lo paradójico es que sus conjeturas con respecto a lo que hace de Alguien un perseguidor no explican ni remotamente su relación con eme, son un mero ejercicio de fabulación.

Pero ahora, Alguien es un dramaturgo, y la obra que inventa se entrelaza curiosamente con las otras historias paralelas y se sitúa sobre ellas. Ya no es más una suposición arbitraria e inofensiva de eme. Eme es ahora su supuesto creador solamente. Él y su historia han desaparecido, mientras crece la otra.

“La obra comienza, se supone, una tarde hacia 1517, cuando Isaac y un compañero de exilio recuerdan la cárcel, la tortura, la proximidad del auto de fe. Al hablar del inquisidor que los atormentaba, Isaac dice que tarde o temprano se vengará al reconocerlo por la gran cicatriz que su verdugo tiene en la axila izquierda. El diálogo pone más y más inquieto al segundo interlocutor. Bar Simón empieza a cercarlo hasta que el hombre confiesa ser el fraile toledano posteriormente víctima él mismo de la Inquisición […] Y lo lleva a rastras hacia otra habitación cuando alguien más sube a la escena: el director. “El director hace algunos comentarios y pide que repitan el ensayo. La obra recomienza idéntica. La consternación del monje va en aumento. El director vuelve al escenario y ayudado por Isaac incrimina al farsante. Se trata en realidad de quien sospechaban. La escenificación fue una trampa, la obra una celada […]”.

Este juego de espejos en el que lo real —la historia inicial— pierde importancia y se vuelve la historia imaginaria, hace del reflejo —la historia imaginaria— lo real.

Dentro de esta maraña de historias sólo algunas cosas van quedando en claro. Eme, el verdugo, tiene miedo de ser objeto por parte de sus víctimas de una venganza como esta: "las hormigas acosan a un gorgojo, la huida es imposible: está solo, sitiado entre las hierbas altísimas —escarpaciones, contrafuertes—; las hormigas lo llevan al centro de la tierra por galerías interminables, lo arrastran a sus depósitos o salas de tortura; por ahora, sin comprenderlo (los gorgojos no piensan: ¿los gorgojos no piensan?), el gorgojo está solo, cercado por la tribu solidaria".

Morirás lejos es—para usar una de las tantas expresiones exactas que contiene— un territorio "dúctil como la arcilla, sensible como el sulfato de plata" en el que la escritura en sí —la mentira— impera, y descubre lo que nos horroriza —la verdad— mientras suena, como telón de fondo, la música de lo que pasa.

 

Juan Manuel Gómez. Poeta y editor. Autor de El libro de las balle

Cultura y vida cotidiana

La rosa antigua

El hallazgo de una rosa sepultada en un tomo antiguo sirve de ancla a Héctor de Mauleón para evocar, en este cuento, la pasión desbordada que el escritor José Emilio Pacheco experimentaba ante el pasado que duerme el sueño de los justos en las hemerotecas y espera que alguien turbe su noche.


José Emilio me hizo jurar que guardaría el secreto. Ahora, después de tantos años, me atrevo a revelarlo. Sucedió en 1996, o en los primeros meses del año que siguió, en un escritorio de la Hemeroteca Nacional al que había llegado por culpa de Maximiliano de Habsburgo.

A esa hora —entre las nueve y las once— el recinto, solitario como de costumbre, sólo estaba poblado por dos o tres investigadores que se encorvaban, parecía que minuciosamente, sobre diarios al borde de la desintegración. Excepto el correr de las páginas, frágiles, desvanecidas, nada alteraba el funcionamiento de esa máquina del tiempo en la que estábamos inmersos: como en un temblor de tierra que de pronto sacara a la superficie los restos de una ciudad olvidada, el pasado nos devolvía, en un abigarrado concurso de titulares, páginas deportivas y carteleras de cine, los días que se perdieron y ya nadie recordaba. El asesinato de Zapata en Chinameca y el estreno en Teatros y Cinematógrafos de El Automóvil Gris. La llegada de la aspiradora, junto a una sucesión de giras del regente Rojo Gómez “por nuestros barrios más pobres”.

Meses atrás, el editor Ricardo Quintana me había propuesto la elaboración de un volumen que continuara El libro rojo, la obra que Manuel Payno y Vicente Riva Palacio concluyeron cierta tarde de 1870, y que abordaba los asesinatos históricos cometidos en México, desde el tiempo de la Conquista, hasta la caída del Segundo Imperio: “el libro de la sangre que ha enrojecido la tierra, las plazas, los ríos, las piedras de México”. Por órdenes de Ricardo, y sobre todo del cheque que acababa de extenderme, debía comenzar el trabajo justo donde ambos autores, para mí entrañables, lo habían abandonado: el fusilamiento de Maximiliano el 19 de junio de 1867.

Tras realizar erróneos y arbitrarios listados que iban de la matanza en Tomóchic al asesinato en Lafragua de José Francisco Ruiz Massieu; luego de ensayar la biografía del mal en un país marcado siempre por el glifo de la muerte, entendí que era necesario adentrarme en la ejecución de Maximiliano en el Cerro de las Campanas para entender el contexto del que sería el verdadero arranque del libro: la noche de 1871 en que el general Miguel Negrete lanzó un asalto contra la Ciudadela y provocó, en sólo unas horas, la muerte de dos mil soldados.

Fue así como inicié el rastreo de los meses finales del Segundo Imperio (Carlota, loca en Miramar; Maximiliano, dispuesto a abdicar, sin poder lograrlo) y me hundí en una investigación que me llevó a encontrar el hecho que provocó al emperador su fusilamiento: la expedición de un decreto, firmado por él mismo, que ordenaba que todo hombre sorprendido con armas fuera remitido a las cortes marciales, y ejecutado antes de veinticuatro horas. El edicto, emitido por consejo del mariscal Bazaine, había sido publicado en la Gaceta del Imperio un 2 de octubre de 1866. Según los registros de la Hemeroteca, sólo se conservaba un ejemplar, en mal estado.

Me tardé en persuadir a los encargados del recinto. Tuve que obtener una carta de la editorial, hacer antesala en la oficina del director y llenar formularios repletos de datos inútiles; de ese modo me fue permitido acceder a las páginas del periódico en el que Maximiliano signó su sentencia de muerte.

No es posible enfrentar un mundo desaparecido sin sufrir al menos un estremecimiento. La tipografía garigoleada, la fecha en lo alto de las planas, la costumbre de acentuar las preposiciones, los avisos sobre hechos cotidianos que hoy resultan incomprensibles, la sensación de eternidad-fugaz que acompaña al periodismo, la reconstrucción total de un día en la vida de los hombres, no me conmovieron tanto como el hallazgo sorprendente de una flor, una rosa que el tiempo había vuelto negra, y que alguien había colocado, como una botella enviada al futuro, en las páginas centrales de la Gaceta. Constituía un hallazgo imposible que me sumergió en la fascinación del tiempo, la nostalgia del tiempo. Como en una paráfrasis del poema de Coleridge, había viajado al pasado y regresaba de éste con una rosa: “¿Entonces, qué?”. Clavé la vista en el diario.

En la apretujada tipografía que saturaba sin aires la totalidad de la plana, descubrí una esquela pequeña: “Anoche, en su domicilio, murió Rafael Andrade Martínez, de seis años. Rogad por él”. Sería inútil intentar reconstruir ahora el alud de preguntas, el torrente de imágenes que cayó sobre mí durante los minutos siguientes. ¿Por qué hallar una rosa antigua en el único ejemplar de un periódico de 1866 que los investigadores, los historiadores, los cronistas, por no hablar del personal de la Hemeroteca, habían manipulado, consultado, acaso transcrito a todo lo largo del siglo XX? ¿Era un homenaje por el niño muerto, una flor arrojada a los pies de una tumba?

Sólo atiné a tomarla con delicadeza (se había hecho delgada como las hojas de diario), y procurando que no me vieran, la oculté en mi libreta de apuntes. Un instante después —feliz, avergonzado, nostálgico— bajé las escaleras hacia una tarde transparente.

Ricardo Quintana fue despedido de la editorial a fines de 1997. Me quedé sin editor y con un puñado de crónicas sobre la represión en Río Blanco, la traición a Carranza, la ejecución de Serrano, la muerte de Jaramillo, los sucesos de la Decena Trágica, la masacre de Tlatelolco y el asesinato en Tijuana de Luis Donaldo Colosio. También, con una rosa negra que guardé en El libro rojo, y que miraba de vez en cuando para reavivar el misterio.

Al año siguiente, José Emilio Pacheco entregó a editorial Era una nueva versión de su libro de cuentos El principio del placer. La Jornada publicó como adelanto el penúltimo de los relatos, un cuento titulado “Tenga para que se entretenga”. Me entregué a leerlo con la misma fascinación que, años antes, debió haberme producido la versión que circulaba desde 1972.

De pronto tuve la impresión de atravesar un sueño.

En el cuento, cuyos detalles ya no recordaba, un detective investiga la desaparición de un niño que había asistido al bosque de Chapultepec en compañía de su madre. Mientras ella descansa en la ladera del Castillo, y el niño se divierte colocando obstáculos al desplazamiento de un caracol, un hombre sale de pronto de un rectángulo de madera oculto bajo la hierba rala del cerro, entrega a la señora un periódico doblado en dos y una rosa con un alfiler, y le ruega que lo deje jugar un poco con su hijo. El niño no vuelve a ser visto jamás. Al revisar los objetos que el desconocido había entregado, el detective que atiende el caso encuentra una rosa negra marchita y un periódico totalmente amarillo “que casi se deshizo cuando lo abrimos para ver que era la Gaceta del Imperio, con fecha 2 de octubre de 1866”.

No puedo agregar mucho más. Al terminar la lectura (“no hay rosas negras en el mundo”, escribió Pacheco), me pareció que el mundo había hecho una pausa. Releí el cuento publicado en La Jornada, hasta encontrar el nombre del niño, que en un principio había pasado por alto. “Rafael Andrade Martínez”, repetí de memoria antes de localizar la línea que lo confirmaba. Era un domingo temprano. Sin pensar en la hora ni preocuparme por las molestias que causaría mi llamada, marqué el número de José Emilio, le comuniqué mi hallazgo, quise transmitir mi azoro.

—Será la broma de un lector —dijo.

De cualquier modo, me recibió esa tarde. Le entregué la rosa negra, que tomó entre sus dedos nudosos. Entonces propuse una hipótesis:

—Seguramente leíste alguna vez aquel diario. De ahí tomaste la fecha, el nombre del niño.

—¿Y cómo explicar la rosa? —respondió con los labios apretados.

Nos quedamos en silencio mientras la luz de la tarde agonizaba en los ventanales. Estaba acabando afuera un día más de los hombres. Los pájaros gritaban desde los árboles, sombras que poblaban la calle de Reynosa. En esa frontera que admitía la incursión de la literatura, recordé un cuento remoto, algo que había leído años antes.

—¿Qué diablos hay detrás de esto? —le pregunté.

—No lo sé, Rodrigo.

Y apegado a las líneas de ese cuento, José Emilio agregó, la voz convertida en un hilo:

—No lo sé.

 

Héctor de Mauleón. Escritor y periodista. Autor de La perfecta espiral, El derrumbe de los ídolos y El secreto de la Noche Triste, entre otros libros.

Este relato forma parte del libro Como nada en el mundo.

Juan Gelman: en el corazón de las tinieblas

La figura de Juan Gelman como poeta y como hombre cobrará, conforme pase el tiempo, un valor cada vez más importante en la historia de la literatura hispanoamericana, no sólo por los reconocimientos y distinciones que recibió su precisa y entrecortada poesía (premio Juan Rulfo, Iberoamericano Pablo Neruda, Reina Sofía de Poesía y Premio Cervantes), sino porque él formó parte de esa clase de escritores donde la pasión literaria convive con una intensa vida política y social. Su colaboración en el grupo de los Montoneros lo vuelve, ya de entrada, una personalidad literaria inquietante. Él participó, como un miembro principal, en las reuniones decisivas de esta organización política antes del recrudecimiento de la lucha entre guerrilleros y militares en Argentina. Después fue enviado al extranjero para denunciar las atrocidades de la junta militar. Y más tarde se separó de la secta violenta. Según unos, para mal; según otros, para bien. En términos de la historia, una decisión acertada. Además es imposible no recordar la pérdida enorme que sufrió con el secuestro de sus hijos, la muerte de su hijo Marcelo y de su nuera María Claudia García y la desaparición por muchos años de su nieta, Macarena, que fue entregada a la familia de un policía en Uruguay. Como un hombre común, fuera de los compromisos ideológicos militantes, denunció los crímenes de la dictadura argentina y contribuyó al encarcelamiento de varios oficiales. En medio de todas estas circunstancias, la personalidad de Gelman adquiere un cariz complejo y desgarrador y su humana obra poética comienza a ganar, no sólo un número mayor de lectores, sino una profundidad dramática insoslayable y una conmiseración esencial. Aunque hay quienes leen con rapidez y simplificando el sentido de las piezas líricas del poeta argentino-mexicano, no es fácil comprender de un modo cabal el significado de la poesía de Gelman. Hay varios saltos muy interesantes: de los poemas frescos y eróticos de la juventud a los poemas dolorosos de la vejez; de las composiciones salpicadas de surrealismo a las piezas que están cerca de la poesía del lenguaje; de la poesía mundana a la poesía mística. Quizá su más grande obra sea el poema escrito en París, entre julio de 1984 y noviembre de 1987, “Carta a mi madre”. Obra asombrosa, insondable, de un sinceridad inusual y con un arte de construcción enorme. Su belleza y su significado escapa a las explicaciones literarias y a las opiniones intelectuales comunes. Pertenece con toda justicia a la poesía de finales del siglo XX, pero sobre todo es un resplandor del siglo XXI. Como lectores de su obra no podemos dejar de sentirnos profundamente conmovidos por el carácter apasionado, contradictorio y doloroso de sus textos, elaborados —como dijo Conrad— en el corazón de las tinieblas.

Víctor Manuel Mendiola. Poeta, narrador y ensayista. Su más reciente libro es 4 para Lulú.

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Juan Gelman y la poesía inútil

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Del poeta argentino recientemente fallecido Juan Gelman (1930-2014) me sorprendió siempre la manera de usar sin miedo conjugaciones verbales de uso coloquial que la Academia de la Lengua condenaría de inmediato. Dice al cerrar un poema de juventud, incluido en Violín y otras cuestiones (Buenos Aires, 1956): “…estás en mí, tan viva en mí, que si me muero a ti te moriría”. Yo mismo he ensayado esa idea varias veces en mis escritos, pero jamás con tan contundente y sonoro resultado; nunca con la claridad y dulzura de “te moriría”. En su “Olvido”, de Tantear la noche (ciudad de México, 2000), Juan Gelman dice: “La luz avisa que se va a ir/ con una especie de apagación que/ sobreviene y entra el desierto,/ la incierta boda del hombre con su furia. Un perro…”. He citado hasta el último sustantivo, que encabalga el siguiente verso, donde Gelman aclara que, mientras la soledad lo carcome y lo hace batirse con su propia furia, “un perro” mira al cielo y se acompaña de las estrellas. Suena fácil e, incluso, casi un lugar común relacionar a la soledad con un perro que mira al cielo. Sin embargo hay ahí una complejidad sonora interesante, en la que la soledad es también furia, como la de un perro, y la compañía afable de las estrellas es al mismo tiempo la “apagación” del mundo. Pero, ¿de dónde sacaba Gelman esas relaciones lingüísticas complejas que parecen simples y suenan tanto? “De los niños —llegó a declarar en varias entrevistas—. Cuando dicen ‘ponido’ o ‘escribido’, es una cosa que a mí me da mucha ternura porque además ¿a qué vienen esos verbos irregulares? ¿A qué vienen a molestar?”.

La rebeldía ortográfica del Premio Cervantes de Literatura 2007 (que también recibió distinciones varias, como el Reina Sofía, el Juan Rulfo y el Pablo Neruda) va hacia adelante, parte del componente vivo que hay en el lenguaje. Y quién es el vigilante de que una lengua se mantenga viva, ¿acaso la Academia?, que se empeña en estudiarla como a un fósil. Si para algo sirve la poesía, esa “doncella tierna y de poca edad y en todo extremo hermosa… que puede pintar en la mitad del día la noche, y en la noche más escura el alba bella que las perlas cría… que es de ingenio tan vivo y admirable que a veces toca en puntos que suspenden, por tener no se qué de inescrutable” (como la describió Juan Gelman citando a Miguel de Cervantes en El Quijote y en Viaje al Parnaso) es para eso. “Hay tanto que decir de Cervantes —continuó en su discurso al recibir el premio—, de este hombre tan fuera del uso de los otros. De sus neologismos, por ejemplo. Salvo él, nadie vio a una persona caminar asnalmente. O llevar en la cabeza un baciyelmo. O bachillear. Don Quijote aprueba la creación de palabras nuevas, porque ‘esto es enriquecer la lengua, sobre quien tienen poder el vulgo y el uso’. Hace unos años ciertos poetas lanzaron una advertencia en tono casi legislativo: no hay que lastimar al lenguaje, como si éste fuera río coagulado, como si los pueblos no vinieran ‘lastimándolo’ desde que empezaron a nombrar. Cuando Lope dice ‘siempre mañana y nunca mañanamos’ agranda el lenguaje y muestra que el castellano vive, porque sólo no cambian las lenguas que están muertas. La lengua expande el lenguaje para hablar mejor consigo misma”. Es increíble que la historia personal de Juan Gelman, las cicatrices tan graves que en él dejó la dictadura argentina, el “desaparecimiento” de su hijo y su nuera embarazada, y la recuperación de su nieta más de dos décadas después, no hayan oscurecido su alma e inclinado su tono y tema poéticos hacia el dolor estéril y amargo. En cambio, nos legó, hasta el último momento, la certeza vital de la poesía. Descanse en paz, el poeta Juan Gelman.

 

Juan Manuel Gómez. Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas.

Cabos sueltos

El lugar más seco

El lugar más seco sobre la Tierra es el área de los Valles Secos de la Antártida, que no ha tenido lluvia durante dos millones de años.

Fuente: Prospect, noviembre 2013.

Cabos sueltos

Letreros para suicidas

Luego del Puente Golden Gate, el sitio más popular en el mundo para cometer suicidio es el Bosque Aokigahara al pie del Monte Fuji. Letreros puestos entre los árboles, dicen:

TU VIDA ES UN REGALO
PRECIOSO DE TUS PADRES
y
POR FAVOR CONSULTA A LA POLICÍA
ANTES DE QUE DECIDAS MORIR.

Desde los años 1950, más de quinientas personas se han suicidado ahí; la mayoría, colgándose.

Fuente: Lapham’s Quarterly, Otoño, 2013.

Cabos sueltos

¿Cómo matan los cobardes?

Tigre-Cabos-wUna vez Confucio caminaba junto a un discípulo por unas montañas de tupida arboleda. Sentían mucha sed, por lo que mandó a su alumno que bajara al riachuelo por un poco de agua.

Cuando Zi Lu, el adepto, se incorporó después de saciarse en las cristalinas aguas, sintió que su pelo se erizaba al ver a un tigre a su espalda con las dos patas delanteras levantadas, en plena acción de ataque y que se le venía encima. Sentía tal pánico que empezó a mover mecánicamente las manos en una desesperada defensa instintiva. Fracciones de segundo antes de que la terrible pata de la fiera lo derribara de un golpe, se hizo de lado y se apoderó, no se sabe cómo, de la cola del tigre y tiró de ella con frenesí una y otra vez, con movimientos desenfrenados. Al final, vio que la fiera se alejaba gimiendo, quedándose él atónito, con la cola del tigre en las manos.

Un buen rato después, cuando recuperó la calma de sus nervios destrozados, volvió con el agua y el exótico botín de su hazaña. Preguntó al maestro cómo matan al tigre los más valerosos. Confucio le contestó:

—Los héroes lo hacen asestándole golpes en la cabeza, los menos valientes lo hacen tirando de sus orejas, y los cobardes se apoderan únicamente de la cola.

El discípulo de Confucio se sintió burlado. Arrojó lejos la cola del tigre y metió una piedra en su bolsillo. Odiaba a su maestro creyendo que le había enviado por agua para que la fiera lo matara. Quería vengarse con esa piedra justiciera, pero antes preguntó:

—Maestro, ¿cómo matan los más valerosos?

—Los más valerosos matan con pincel, los menos valientes lo hacen con la lengua.

—¿Y los cobardes?

—Con la piedra en el bolsillo.

Su discípulo se estremeció de miedo y se puso de rodillas ante su sabio tutor. De ahí en adelante se convirtió en el alumno más fiel y más brillante de Confucio.

 

Fuente: 101 cuentos clásicos de la China (recopilación de Chang Shiru y Ramiro Calle), Editorial EDAF, Madrid, 1996.

Cabos sueltos

Violación de derechos macacos

coconut-6-wEn la isla Ko Samui de Tailandia, unas 500 plantaciones de coco emplean a monos macacos-cola de cerdo. Se les entrena desde pequeños para desenroscar cocos de árboles altos. A los tres o cuatro años ya son expertos; se les obliga a hacer estos trabajos forzados durante diez años más y en sesiones larguísimas yendo de un árbol a otro. Están siempre aprisionados por el cuello con cadenas y pesas de plomo, de modo que no pueda ocurrírseles un estilo alternativo de vida: escaparse de árbol en árbol hasta llegar a los bosques tropicales y ser libres.

Fuente: Desmond Morris, Monkey, Reaktion Books Ltd., Londres, 2013.

(Esto viene en el capítulo 6 del libro; el autor quizá no repara en que el capítulo 7 incluye esta frase de Emerson: “La esclavitud es una institución hecha para convertir a los hombres en monos”. Frente al caso de los macacos, ¿la frase cambiaría entonces a “¿La esclavitud es una institución hecha para convertir a los monos en hombres?”)

Cabos sueltos

Sin prima donnas

silueta-hombre-wLa ópera Billy Budd (1951) de Benjamin Britten, basada en la novela homónima de Herman Melville, es probablemente la única ópera en el repertorio internacional escrita para un elenco de sólo varones. Aquí no hay prima donnas.

Fuente: TLS, marzo 22, 2013.

Cabos sueltos

Jueces sin manos

A UN JUEZ. Pídeme vuesa merced que le diga cómo administrará justicia, cuando yo le quería pedir que comprase la justicia, para que, como ha habido algunos jueces que la han vendido, haya muchos que la comprasen; y aunque es cosa tan sagrada, le daré un modo admirable con que, sin cometer simonía, la pueda comprar santísimamente. Cómprela con no recibir nada de nadie. Cómprela no enriqueciéndose por venderla. Cómprela dando a Dios lo que le ofrecieren para recibir, y el mejor modo de darlo a Dios es dejándolo a sus dueños. Más agradable es a Dios no recibir nada un juez que si diese a los pobres lo que recibe. No es siempre lo mejor el dar; muchas veces lo será no recibir. Sin duda que es más seguro no adquirir peligrosamente, que dar espléndidamente, y en un juez mayor gloria es no tomar nada que dar mucho; porque más dará no recibiendo que si diera toda su hacienda. El magistrado que de ninguno recibe, dará a todos justicia. Por eso los tebanos las estatuas que levantaban a los jueces las ponían sin manos, porque, no teniéndolas para recibir, daban a todos su derecho; mas admitiendo en ellas dádivas, se las llenan de injusticia y maldad, y así David (salmo 25) dijo: “En cuyas manos están las maldades”. La versión árabe dice laesiones, porque todo es daño, o por mejor decir, daños, cuanto obran. Y la siríaca lee: “Está el engaño”; pues no aciertan a ver la justicia, porque su codicia les engaña para hacer violencia al inocente. Por esto añade el Profeta (salmo 14): “Su diestra está llena de dones”. Quiso con este modo de hablar significar tan gran maldad cuanta significara el decir que tenían las manos llenas de sangre inocente, y así en otra parte, por alabanza de un hombre justificado, dijo: “No recibió dones sobre el inocente”. Como dando a entender que el que los recibe tiene al inocente debajo y le está acabando, como si le diera de puñaladas. Puñal es contra el inocente el soborno que da el rico, y puñalada al mismo juez que le saca el alma de su misma alma, la cual debe ser la justicia. Por buenas y muchas que sean las partes de un juez, las degüella todas la codicia.

Fuente: Juan Eusebio Nieremberg (1595-1658), Epistolario (edición y notas de Narciso Alonso Cortés), Editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1957

Cabos sueltos

Neurosis de anteojos

Lunes, 5 abril 1830. Es sabido que Goethe no siente ninguna simpatía por los anteojos.

Lentes-Cabos-2-w—Es quizá una originalidad mía   —me dijo en más de una ocasión—, pero no puedo con ellos. En cuanto entra un amigo con sus gafas asentadas sobre la nariz, experimento un malestar que no me permite sentirme dueño de mí mismo. Me molesta de tal manera que desde que aquel individuo pisa el umbral desaparece al punto una gran parte de mi benevolencia, y mis pensamientos se alteran de tal manera que no cabe pensar en un desarrollo de mi mundo interior de una manera natural y desembarazada. Siempre experimento la sensación de un acto poco cortés, como si el forastero que entra me lanzase de buenas a primeras una grosería. Y esta sensación se ha hecho más viva desde que hace años anda por el mundo escrito por mí y en letras de molde, lo fatales que me resultan los anteojos. Por lo tanto, si entra un amigo con ellos puestos, pienso: “éste no ha leído mis últimas poesías”… y tal idea ya es una desventaja para el recién llegado; o supongo que, conociéndolas y no ignorando esta particularidad mía, le importa poco… lo cual es mucho peor. El único hombre que no me molesta con gafas es Zelter; en todos los demás me parecen algo fatal. Me hace siempre el efecto de que los anteojos son un instrumento que ha de servir a los extraños para penetrar con sus miradas, armados de esta guisa, en mi interior más secreto y para acechar la más pequeña arruga de mi rostro; y al intentar estos extraños conocerme de tal manera destruyen, de hecho, la igualdad entre nosotros, ya que me privan, en justa correspondencia, que yo les conozca de la misma manera. ¿Qué debo pensar, por lo tanto, de unos hombres que cuando me hablan no les puedo mirar a los ojos porque llevan el espejo del alma oculto por el brillo de dos cristales cegadores?

 

Fuente: Johann Peter Eckermann, Conversaciones con Goethe, trad. Jaime Bofill (1920), Editorial Porrúa, México, 1984.

Cabos sueltos

Del lado que zumbe el oído

Una superstición indica que si zumba el oído derecho, es que hablan bien de uno, y si es el izquierdo, significa que alguien nos está poniendo a parir. Para neutralizar esta posibilidad, es preciso morderse ligeramente la lengua y al instante se producirá la interrupción de ese alegato del maldiciente.

Si queremos averiguar  quién está hablando de nosotros, basta con decir en voz alta el alfabeto hasta que cese el sonido. La letra que coincida con ese final se corresponde con la inicial del nombre de la persona que está refiriéndose a nosotros.

Fuente: Isabel P. Costa/Gregorio Roldán, Enciclopedia de las  supersticiones, Planeta,  Barcelona, 1997.

Puerto libre

Asirse a la vida

Arduo 1994. Para el país, y quienes lo vivimos como nuestra casa, fue el año más horrible que yo puedo recordar. Un año tan eterno que duró dos. Porque el 1995 no fue sino la prolongación de lo mismo.

Siempre que lo nombro, un temblor seco me toma el ánimo y no quiero repensarlo.

Lo voy evocando en trozos. Porque estaba roto y porque da miedo. A veces quería uno taparse los ojos. Ahora, que sin remedio hemos de ver hacia atrás, vuelvo a sentir el deseo de olvidarlo. Porque desespera saber que no pudimos hacer nada y que hubo quienes sí hubieran podido. A mí no me toca hacer historia contrafactual, ni sé cuál es el método. Sin embargo, sé que mucho de lo que sufrió nuestro país pudo evitarse. Porque al pensar el 1994, el hubiera sí existe. Aunque no haya estado en nosotros conjugarlo. Siempre que pienso en Colosio, en su figura caminando, hundida entre la multitud, sin ver por dónde lo llevaban, en su cabeza herida frente a nuestra mirada, me toman al mismo tiempo la misericordia y la culpa. No sé por qué la culpa. Como si algo hubiéramos hecho mal todos para que esto pasara.

GT-Puerto1-wY no voy a seguir por ahí, porque es llegar a ningún lado. Silencio y dudas hubo en el aire y sigue habiéndolos. Griterío, sin razón y sin remedio. Ni para recontarlos. Hay quien ya está haciéndolo ahora mismo, en otro escritorio, con más certidumbre y mejor memoria. Yo recuerdo en trozos, porque lo que recuerdo está quebrado. Todo en atisbos menos el mundo que crecía en mis hijos. Tenían doce y diez años. Querían, como tantos otros, andar en bicicleta, hacer sus propios cuentos, tramar el horizonte. No fue fácil evitarles el duelo. Pero también ellos recuerdan en atisbos. No aprendieron de ese año ni rencor, ni recelo. Tampoco perdieron su modo de vivir, ni su esperanza. Como sí les pasó a tantos mexicanos, a muchos niños cuyos padres ni miraban la política, ni sabían de macroeconomía, pero en la crisis de ese año y el siguiente perdieron sus ahorros, sus casas, su presente preñado de certezas que dejaron de serlo.

Por fortuna no está en nuestros hijos heredar el recuento de penas y agravios que cada quien revive o adormece según el ritmo de su propia sangre, que cada uno de los jóvenes que fuimos resuelve o guarda según va pudiendo.

Cada quien cree de lo que hemos visto lo que quiere y de lo que ignoramos lo que prefiere. Entonces fue difícil coincidir hasta con los que opinaban y creían cosas parecidas a las que nuestro corazón suele creer. Es lógico: ni los pesares, ni las ausencias, ni la fantasía, ni el miedo, ni la furia ni el pasmo laten igual en todo el mundo. Sí las carencias, sí la devastación. Se va a necesitar media revista nexos para revisar el descontrol de ese año, pero aún después de leerla, lo mismo que nos ha pasado tantas veces, hemos de seguir preguntándonos. ¿Cómo sucedió que el país con el que soñó nuestra generación, un país que para este momento podría ya haber disminuido la pobreza y la desigualdad que aún nos rigen, no fue lo que pudo ser?

GT-Puerto2-wLa pregunta no es inútil, ni evitable, pero lo que sigue es seguir. ¿Quién entre nuestros antepasados quedó libre de padecer la historia? Mi padre vivió la segunda guerra mundial y su padre la primera. Mi madre vio de cerca la revolución cristera y mi abuela la revolución mexicana. Las nombro con minúscula porque no voy a encomiar ninguna guerra. A todas hubo que sobrevivir. Y en todas ha sido necesaria la esperanza. Igual que ahora. Recordemos 1994 para no revivirlo. Para resarcirnos. Los mayores tendremos que volver a imaginar un futuro digno de la pasión que una vez pusimos en la búsqueda de un país menos lleno de injusticia, estupidez y locura. Digo las viejas palabras para volver a oírlas. Porque en aras de las ciencias sociales o del discurso, hemos convertido en falta de equidad, la injusticia. En impuestos las contribuciones, en redistribución del ingreso lo que debería ser nuestro deber. Hemos encontrado sinónimos más dóciles para palabras como soberbia y egoísmo. Dos atributos que encima le rinden culto a la estupidez.

No queríamos dejarles a nuestros hijos un país en las mismas. Por fortuna, son muchos a los que no veo con el reproche en la boca, ni con el desencanto como amenaza de vida. Creo que algo intuyen de lo que muchos de nosotros no sabíamos a su edad: que no se cambia el mundo en medio día. Asirse a la vida en vez de al desencanto será su deber y es el nuestro. Otra vez, se hará necesario empujar el horizonte.

 

Ángeles Mastretta

Escritora. Autora de La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

Expediente

1994: El año oscuro

Regresamos en esta edición de nexos a 1994, el annus horribilis, el gran momento perdido de la modernización de México. La prosperidad prometida se disolvió ese año en tiros y discordia. Volvemos al año de la rebelión de Chiapas, el asesinato de Colosio y la siembra de la crisis económica más profunda en la historia contemporánea del país, para interrogar sus incógnitas y buscar lo que veinte años después permiten ver las sombras. Héctor Aguilar Camín desvela una trama, la trama novelesca que atravesó de principio a fin el año 94: el enfrentamiento en el círculo íntimo del salinismo que condujo al país  a la convulsión política y el colapso económico. Marco Estrada Saavedra investiga el destino del Ejército Zapatista de Liberación Nacional  a veinte años de su alzamiento armado, y presenta los saldos de su proyecto autonómico, de su “política de resistencia”. Viridiana Ríos contrasta las cifras del antes y el ahora en la realidad chiapaneca, para concluir que aquel estado es más pobre, más desigual, más analfabeta y más hambriento que antes de la rebelión encabezada por  “Marcos”. Jorge G. Castañeda enumera los beneficios y los costos que trajo consigo el TLC, durante un periodo en que el comercio se expandió en México como nunca antes, aunque no llegó jamás el crecimiento económico que los autores del tratado imaginaron.  Héctor de Mauleón rescata páginas nunca publicadas del expediente sobre el asesinato de Luis Donaldo Colosio: los interrogatorios que el fiscal realizó a un puñado de actores clave: Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Manuel Camacho, José Córdoba Montoya y Luis Echeverría Álvarez. El ex candidato presidencial panista Diego Fernández de Cevallos explica en entrevista uno de los enigmas mayores del 94: las razones por las que su campaña se eclipsó cuando parecía tener asegurado el triunfo. A partir de documentos recientemente desclasificados, Esteban Illades desvela otra trama novelesca: el seguimiento que la embajada de Estados Unidos hizo del asesinato del secretario general del PRI, José Francisco Ruiz Massieu. Por último, Sergio Silva Castañeda documenta paso a paso el hecho que cerró aquellos meses de horror: el “error” de diciembre, la fuga de reservas, la contracción de 6.5% en el PIB. 1994 es un año abierto. Su larga sombra marca todavía el presente y el futuro de México.

1994

Expediente

El hilo roto

Cardiografía de la discordia en la generación del cambio

1994 fue un año terrible para México. Lo visitaron la rebelión, el magnicidio y la crisis económica. Muchas de las causas precisas de aquellos hechos permanecen en la sombra y será difícil rastrearlas, porque el año de 94 no brota de una secuencia lógica de hechos que se explican unos a otros, sino de una convulsión incógnita en el magma por excelencia de la historia, que es lo inesperado.

Hay, sin embargo, un hilo que puede seguirse a través del terremoto. Es el hilo de la discordia del círculo íntimo que gobernaba, una generación precoz de políticos jóvenes, ilustrados, cosmopolitas, unidos por el ambicioso propósito de modernizar el país, que avanzaron con brillantez y claridad hacia su meta, y parecieron capaces de cumplir su promesa, hasta que la lucha por el poder los dividió y los derrotó la discordia. Lo que sigue es una crónica de aquel hilo funesto.

I

La rebelión del 1 de enero de 1994 en Chiapas sorprende al presidente Salinas de Gortari en medio de una fiesta. Tiene 45 años y acaba de celebrar en la residencia oficial de Los Pinos la cena de despedida del año 93, uno de los mejores de su vida. Ha podido ungir a su candidato preferido a la presidencia, Luis Donaldo Colosio. Esa noche entra en vigor el Tratado de Libre Comercio con América del Norte, que el Congreso estadunidense ha votado favorablemente en noviembre, luego de cuatro años de aplazamiento y forcejeos. La economía parece sólida, con expectativas desbordantes. La política parece manejable, con la oposición retraída por los éxitos del gobierno, que tiene la opinión pública a su favor.

La rebelión chiapaneca cae como un rayo en ese cielo despejado. Su tronido descuadra al presidente Salinas, mella sus certidumbres, aturde su visión. No entiende lo que pasa, no sabe qué hacer.

Sus primeros pensamientos, dirá después, son para las decisiones oscuras que le esperan, todas ellas asociadas a sus escenas temidas como gobernante: la represión estudiantil del 68, la guerra sucia contra la guerrilla de los sesenta.

Nadie conoce tanto esos temores como el viejo amigo y colaborador del presidente, Manuel Camacho Solís, desde hace unas semanas su secretario de Relaciones Exteriores. Camacho está de vacaciones en Cancún y ha recibido del entorno chiapaneco de su suegro, ex gobernador de ese estado, alarmantes confirmaciones sobre la gravedad del alzamiento. Vuela a la ciudad de México para ver al presidente. Su consejo va directo a la zona sensible: el alzamiento debe ser negociado, no reprimido. El presidente no puede mancharse las manos de sangre.

Salinas y Camacho tienen una historia pendiente.

Camacho se ha dejado engañar o Salinas ha engañado a Camacho durante el proceso de sucesión política de aquellos años, un proceso que parece una reliquia hoy pero que gobierna entonces la transmisión del poder en México. Según ese rito, vigente por 60 años, el presidente debe escoger a su sucesor volviéndolo candidato del partido hegemónico de la República, el PRI, que lo vuelve después, luego de otros rituales importantes pero no decisivos, como las campañas políticas y la jornada electoral, presidente de México.

Salinas no ha escogido como candidato del PRI a su viejo amigo de facultad y aventuras políticas Manuel Camacho, regente de la ciudad de México, sino a un político sonorense venido al entorno de los amigos años después: Luis Donaldo Colosio, secretario de Desarrollo Social. Camacho considera a Colosio inferior para el cargo, nunca lo ha creído su verdadero rival. Sorprendido por la decisión del presidente, que juzga hija de la ceguera e injusta para él, Camacho rehúsa cumplir el rito de los contendientes perdedores que es saludar públicamente al ganador de la extraña contienda.

En los últimos días de la contienda Camacho ha creído leer en el trato de Salinas un augurio de que él será el candidato.

Camacho recuerda sobre todo una cena en casa del secretario de Gobernación, Patrocinio González Garrido, el 23 de noviembre, en que Salinas hace elogios particularmente encendidos de Camacho frente al círculo íntimo del gobierno, incluido Colosio. Camacho sale exultante de la cena. No sabe que para ese momento los dados están jugados. Desde el sábado anterior, 20 de noviembre, Salinas ha dicho a Colosio que él será el candidato. Al parecer, Camacho y Salinas tejen su relación durante todo el sexenio sobre un radical malentendido: Salinas nunca considera seriamente a Camacho como candidato, Camacho siempre piensa que el candidato será él. Colosio es ungido candidato del PRI el 28 de noviembre de 1993.

Salinas logra aplacar a Camacho ofreciéndole el puesto de secretario de Relaciones Exteriores, pero ahora Camacho está de nuevo frente a él diciéndole que no será secretario para discutir con la prensa extranjera cuántos muertos de más o de menos hay en Chiapas. Viene a plantearle al presidente que busque una salida negociada al conflicto y se ofrece para la tarea.

Camacho ha sido apagafuegos de Salinas en distintas ocasiones. Como secretario del PRI y estratega de campaña, ha negociado para Salinas las desastrosas elecciones de 1988. Como regente designado de la ciudad de México, Camacho ha recuperado la capital, perdida por avalancha en las mismas elecciones de 1988. En las elecciones intermedias de 1991, el PRI gana los 40 distritos electorales de la ciudad.

Camacho cree ser el único político estratégico, incluyente y democrático del compacto grupo de jóvenes economistas y tecnócratas que ha llegado al poder con Salinas. Cree merecer la presidencia, pero Salinas ha preferido a Colosio.

Camacho viene ahora por su revancha. La rebelión de Chiapas parece darle la razón: la decisión sucesoria de Salinas ha sido un error, que ha provocado un alzamiento.

Salinas está de acuerdo en no reprimir a los alzados, como le pide Camacho, pero va más allá. En la emergencia de la hora se cuelga otra vez del apagafuegos y nombra a Camacho comisionado de la paz. Le encarga negociar con los alzados y le otorga un nombramiento. La decisión de Salinas es un golpe al corazón de la confianza del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio, a quien Salinas ha construido con particular cuidado, a su entender magníficamente. El día que Salinas nombra a Camacho comisionado de la paz en Chiapas, Colosio adquiere la contagiosa enfermedad de sospechar que su amigo le ha cambiado el juego, que ha empezado a jugar con él, pensando quizás en separarlo de la candidatura. La sospecha crece en Colosio melancólicamente, con una sensación de abandono; en su equipo y sus seguidores se propaga como un agravio, en la opinión pública como una tolvanera. El rumor de que habrá cambio de candidato del PRI y de que Camacho suplirá a Colosio está en boca de todos, cunde en la prensa. Salinas sale al paso del rumor en una reunión del PRI: “No se hagan bolas”, dice. “El candidato es Colosio”. Pero el rumor ha ido demasiado lejos, el desmentido del presidente surte el efecto de una confirmación. Es el presidente quien parece estar hecho bolas, y con el presidente hecho bolas todo puede suceder.

Camacho hace su tarea, sienta a los alzados a negociar. Salinas queda atado a él por las negociaciones. Mientras éstas no terminen, no puede tocar al comisionado. El comisionado aprovecha la atadura, juega a la ambigüedad del momento. Ni descarta ni no descarta su nominación sustituta. La deja flotar en los medios para que nadie pierda de vista que hay esa posibilidad.

La tolerancia de Salinas al juego de Camacho termina envenenando a Colosio. En dos ocasiones, a mediados de enero, pocos días después del difícil arranque de la campaña en la Huasteca hidalguense, y a mediados de marzo, de regreso de Monterrey en donde es abucheado por los estudiantes del Tec, por no haberse deslindado de Camacho, Colosio le dice al jefe de la Oficina de la Presidencia, José Córdoba que si el presidente le ha perdido la confianza, él está dispuesto a renunciar. Córdoba le responde que hasta donde él puede ver, el presidente no le ha perdido la confianza, en lo absoluto, y que él, Córdoba, no es el conducto adecuado para transmitir ese mensaje. En su opinión eso sólo Colosio puede hacerlo.

Colosio no lo hace. También él juega el juego de la sucesión de entonces. Quiere transmitir su molestia al presidente sin dar lugar a que le tomen la palabra. Al parecer Salinas nunca sabe de la disposición a renunciar de Colosio. En todo caso, actúa como si no supiera. Es posible que no haya pensado nunca, como dirá después, en pedir esa renuncia. También es un hecho que ha puesto a su candidato a pensar agónicamente en ella.

FV-De-Mauleón--Camacho-vs-Colosio-wII

Las campañas presidenciales arrancan en enero pero no arrancan. La atención de los medios está puesta en las negociaciones de paz. El comisionado es el hombre de la hora, no el candidato.

Colosio y su equipo resienten el protagonismo de Camacho y la pasividad del presidente. Crece en ellos un encono abierto por el comisionado y uno soterrado por el presidente.

El 22 de marzo de 1994, convencido ya que la campaña no puede seguir en el entorno de confusión prevaleciente, Salinas ordena por fin a Camacho declarar a la prensa que no buscará la candidatura. Las negociaciones de paz han llegado a un punto de estabilidad. El presidente puede presionar al comisionado. El comisionado accede a la presión del presidente. Declara que no buscará la candidatura. La tolvanera sucesoria de los últimos meses se disuelve en la prensa. Ese mismo día el comisionado y el candidato hablan y se dan garantías de buen trato y cuidado político. Salinas y Colosio hablan también, en un ambiente restaurado de cordialidad y confianza. Acuerdan reunirse a comer durante Semana Santa para planear el futuro. La tolvanera parece resuelta entre presidente, comisionado y candidato, también en la opinión pública general.

No así en la cabeza de un oscuro migrante michoacano llamado Mario Aburto que prueba suerte como obrero y mil usos en Tijuana. Aburto no es nadie pero quiere ser alguien, lleva un diario donde registra su brumoso pero resplandeciente sueño de un destino de caballero águila, lo que él entiende por caballero águila, el caballero guerrero de los aztecas.

El miércoles 23 de marzo Aburto va al mitin de Colosio en una colonia de Tijuana llamada Lomas Taurinas. El mitin ha terminado cuando llega. El candidato va de salida, abriéndose paso trabajosamente entre la multitud. Queda unos momentos al alcance del brazo de Aburto. Aburto aprovecha esos instantes, saca la pistola que lleva metida en el cinto y le da un tiro al candidato en el parietal derecho. Las cámaras de televisión captan en detalle el momento. No hemos dejado de ver la escena del pistoletazo en los últimos 20 años. Es el crimen más visto de la historia de México.

Aburto es detenido, golpeado, rasurado por ignota razón, y presentado a los separos de la policía de la ciudad. La falta del bigote dará lugar a una de las sospechas insolubles típicas del caso: que el detenido en Lomas Taurinas no es el mismo personaje que el que los captores entregan a la autoridad judicial de Tijuana.

En las horas siguientes Aburto es interrogado, engañado, amenazado, torturado. Lo interrogan policías municipales, policías federales, miembros del Estado Mayor Presidencial, comandantes de diversas corporaciones. La obsesión es que revele sus cómplices, pero no obtienen de Aburto una palabra sobre ellos. Aburto sólo dice que quiere que venga la prensa, que no quiso matar a Colosio, sólo herirlo para llamar la atención de la prensa, porque la prensa debe saber que cosas como las de Chiapas no se deben repetir.

Amaneciendo, luego de ser nuevamente torturado camino al aeropuerto, advertido incluso de que matarán a su madre, Aburto es llevado en avión a la ciudad de México. Lo interrogan de nuevo durante el vuelo, amigablemente ahora, como quien conversa con amigos. Aburto dice entonces el único nombre que dirá en todos sus circunloquios, el nombre de la única gente del gobierno con quien le gustaría hablar: el nombre del comisionado para la paz, Manuel Camacho.

La efigie del comisionado, familiar para él por los medios, rodeada de prensa y micrófonos que esperan sus palabras en Chiapas, ocupa un lugar importante en la cabeza de Mario Aburto, llena de grandes designios, de rumorosas epopeyas, de mensajes que deben oír los medios, el país, el mundo.

El nombre del comisionado dicho por Aburto sella en el entorno de Colosio la certidumbre de que Camacho ha sido causa eficiente del asesinato, su inductor voluntario o involuntario.

El procurador general de la República, Diego Valadés, declara la noche del crimen que Aburto es un asesino solitario.

A nadie convence la idea del asesino solitario. Un saber viejo dice que los crímenes de palacio vienen de palacio. El homicidio de un candidato de Estado ha de ser un crimen de Estado.

La calle cree en el complot y culpa de él al presidente, al gobierno, a los priistas. El presidente también cree en el complot, piensa que está dirigido contra él para frenar su triunfo, el triunfo de su candidato y el de su proyecto modernizador. La prensa añade otras hipótesis de complot, como la del narcotráfico.

El fiscal designado para investigar el caso es el ministro de la Suprema Corte de Justicia, Miguel Montes. Descubre rápidamente el complot analizando cuidadosamente el video del momento del crimen. Según los peritos del fiscal en ese video puede verse con claridad cómo algunas escoltas del candidato danzan en torno a él un traicionero ballet que lo pone a merced del asesino. El fiscal da una conferencia de prensa con su descubrimiento. Luego, en una segunda revisión del video, descubre que sus pruebas no resisten el análisis. Da otra conferencia de prensa para admitir su equívoco.

Hasta ahora nadie ha creído mucho en las versiones de la autoridad sobre el magnicidio, pero a partir de los descubrimientos y las retractaciones del primer fiscal, nadie vuelve a creer nada. Cada quien cree en adelante lo que quiere creer. Hasta la fecha.

FV-De Mauleón-varios actor copyIII

Salinas es en estos días un hombre que parece perdido, desfondado. No duerme, pierde peso, cruzan ideas descabelladas por su cabeza. Necesita nombrar un sucesor, pero apenas puede concentrarse en eso. Su primera opción es Pedro Aspe, el secretario de Hacienda, pero Aspe está impedido por la Constitución, pues la Constitución prohíbe que sea candidato quien no se haya separado del puesto que ocupa seis meses antes de la elección. Los priistas, dirá Salinas después, no quieren apoyar la reforma para Aspe: muchos se ausentarán de la sesión del Congreso a la hora de votar, y de los Congresos estatales a la hora de ratificarla. El presidente del PAN, Carlos Castillo Peraza, rechaza la idea de una reforma con dedicatoria personal.

Luego de consultas a la vez profusas y desganadas, por segunda vez en su mandato, Salinas escoge sucesor. Elige a Ernesto Zedillo, el coordinador de la campaña de Colosio, antes secretario de Educación y antes secretario de Programación y Presupuesto.

Salinas escoge a Zedillo sin entusiasmo y así se lo hace sentir en privado, cuando le comunica su decisión. El día del anuncio de la candidatura, martes 29 de marzo, se lo hace sentir el público: “No hay otro Donaldo Colosio”, dice el presidente al ramillete de principales priistas que ha convocado a un salón de Los Pinos para la nueva ceremonia de unción.

El gobernador de Sonora, Manlio Fabio Beltrones, pone entonces el video que le ha sugerido el día anterior el presidente. Es la grabación de la escena en que Colosio presenta a Zedillo como coordinador de su campaña. Hay un momento electrónico fantasmal: el candidato muerto destapa a su sucesor en una pantalla de televisión mediante una videocasetera.

Veo a Salinas al día siguiente del destape de Zedillo. Una de las tres veces que lo vi en esos días. Me dice que la decisión de nominar a Zedillo no ha sido del agrado de Diana Laura Riojas, la viuda de Colosio.

Diana Laura le ha preguntado: “¿Por qué Zedillo? ¿No te dijo Pepe?”. Se refiere a José Córdoba, el jefe de la Oficina de la Presidencia. Según Diana Laura, antes de irse a la gira de Tijuana de la que no volverá, Colosio ha mandado decir al presidente que quiere a Zedillo fuera de la campaña. Según Salinas, Córdoba ha dejado pasar todo el proceso de consulta y nominación de Zedillo sin transmitir esto, omisión inaceptable.

La versión de Córdoba es muy distinta. La última vez que ve a Colosio es el 15 de marzo en su casa, antes de una cena con Octavio Paz. Colosio está descompuesto porque lo han increpado esa tarde en el Tecnológico de Monterrey. No trata el tema de Zedillo, sólo habla de la situación con Camacho que ha llegado a un límite y que el presidente tiene que resolver. Dos semanas antes Córdoba ha transmitido a Salinas la petición de Colosio de que nombre a Zedillo gobernador del Banco de México, junto con otros cambios en el gabinete y en el gobierno de la ciudad. Salinas rechaza las sugerencias del candidato diciendo: “Que Donaldo se ocupe de los nombramientos de su campaña, yo me ocupo de los puestos de mi gobierno”. Además, dice Salinas, el paso de Zedillo al Banco de México es inviable porque en abril está por decretarse la autonomía de la institución y sería políticamente impresentable que su mayor funcionario viniese de ser el coordinador de la campaña del PRI. Salinas está todavía en la estela de la depresión de aquellos días. Está inconforme e irritado, dispara en todas direcciones buscando algo que explique, compense, cargue o pague su pérdida. Córdoba ha sido determinante en la elección de Zedillo porque ha hecho los argumentos más claros y sólidos a favor del coordinador de la campaña en un momento de confusión y barullo. Desde finales de enero, Salinas le ha dicho a Córdoba que, a raíz del levantamiento zapatista, quiere cambiar el funcionamiento del gabinete, delegar el área económica en Pedro Aspe, la electoral en Carpizo, la de Chiapas en Camacho, estas dos últimas bajo su control directo, y eliminar la coordinación de la Oficina de la Presidencia. El domingo 27 en la noche Salinas le dice a Córdoba que, si el candidato resulta ser Zedillo, tendrá que irse del país, porque su presencia en México perjudicará la candidatura de Zedillo dada la conocida cercanía y el origen extranjero de Córdoba.

“Es la única vez en muchos años de trabajo conjunto que hizo referencia a mi origen francés”, recuerda Córdoba, sugiriendo que si algo no resintió nunca de Salinas fue el óxido de la triste moneda mexicana, importada de Francia, que llamamos chovinismo.

Salinas pide el puesto de la Oficina de la Presidencia a Córdoba, que termina en el BID. Aparta así al gran contralor, en muchos sentidos el fiel de la balanza de su gobierno, el funcionario que da seguimiento a los acuerdos del gabinete y mide el desempeño de los secretarios, el hombre de todas sus confianzas que ha jugado siempre sus cartas a la vista de Salinas, siempre a favor del proyecto del presidente, sin ocultar sus filias (Zedillo, Serra, Colosio) ni sus fobias (Camacho).

Ido Córdoba, el gobierno tiene de hecho dos cabezas: el secretario Aspe a cargo de la economía y el propio presidente al mando de la política.

La misión central de Salinas es ganar las elecciones de Zedillo, el candidato que no quiere y ahora sabe que tampoco quería Colosio. La amenaza mayor que encuentra en el camino se hace patente en mayo, durante el primer debate televisivo de candidatos de la historia de México. Lo gana arrolladoramente el candidato del PAN, Diego Fernández de Cevallos.

Para vencer al candidato emergente, Salinas echa mano de una fórmula sencilla, aunque de ejecución laboriosa. Debe separar al candidato del PAN y a su campaña precisamente del escenario donde ha triunfado: la televisión. La versión de Fernández de Cevallos sobre cómo Salinas logró desaparecerlo de la campaña puede leerse en esta misma edición.

Zedillo gana claramente la elección que se celebra en agosto, con el 50.14% de los votos, Diego Fernández obtiene 26.65% y Cuauhtémoc Cárdenas, que contiende por segunda vez, 17.09%. Es una jornada histórica que trae a votar al 78% de los votantes registrados en un país donde el voto no es obligatorio. Votan 35.6 millones de mexicanos, lo hacen conservadoramente, acaso con un voto por miedo, refugiándose en el valor seguro que representa el PRI bajo la lógica de que más vale malo por conocido que bueno por conocer.

Salinas puede decir: misión cumplida.

IV

La misión de Aspe es cuidar la estabilidad financiera que en gran medida él ha diseñado y ha administrado hasta entonces con solvencia y brillantez.

En los días que siguen al homicidio de Colosio, el país pierde miles de millones de dólares de sus reservas. La economía no crece mucho entonces pero luce estable y goza de confianza internacional. Hay sin embargo un déficit persistente en las cuentas comerciales con el exterior.

Los responsables de la política económica, el secretario de Hacienda, Pedro Aspe, el jefe de la Oficina de la Presidencia, José Córdoba, el gobernador del Banco de México, Miguel Mancera, el secretario de Comercio, Jaime Serra, discuten desde principios del año si el déficit requiere una devaluación o se corrige solo, según haya o no disponibilidad de dólares, pues quienes causan el déficit son importadores privados, no el gobierno. Sin embargo, estas discusiones ya no se llevan a cabo de manera sistemática en el seno del gabinete económico, en razón de la nueva forma de funcionamiento del gabinete adoptada a finales de enero.

La crónica de las decisiones y las discusiones teóricas del caucus económico salinista puede leerse en esta misma edición de nexos de la mano de Sergio Silva.

Las opiniones están divididas. Hay quienes piensan que es necesaria una devaluación para corregir el desequilibrio. Es el caso del secretario de Comercio, Jaime Serra, del subsecretario de Hacienda, Guillermo Ortiz, del jefe de la Oficina de la Presidencia, José Córdoba, y del coordinador de la campaña de Colosio, Ernesto Zedillo, economista de formación.

Hay quienes dicen que una devaluación romperá la confianza tan arduamente conseguida en estos años. Es el caso del secretario de Hacienda, Pedro Aspe, del gobernador del Banco de México, Miguel Mancera, y del presidente Salinas mismo cuyas otras escenas temidas como presidente son los fines de sexenio de 76 y 82 con devaluaciones catastróficas. Salinas sabe muy bien los costos de una devaluación para un ex presidente pues ha visto de cerca las iras mediáticas desatadas contra el presidente López Portillo luego de que en 1982 hereda al gobierno de Miguel de la Madrid, donde Salinas trabaja como secretario, la peor crisis cambiaria y financiera, hasta entonces, de la era del PRI.

La obsesión del caucus económico salinista ha sido anclar la estabilidad macroeconómica de México en un tipo de cambio estable, luego de un ciclo de devaluaciones desastrosas (1976, 1982, 1987).

Al efecto se ha diseñado una banda fija de fluctuación cambiaria que permite devaluar la moneda con ajustes no traumáticos. El margen de la banda es pequeño. En momentos de turbulencia como el que representa el asesinato de Colosio, la banda equivale en realidad a una paridad fija que las autoridades deben defender echando reservas al mercado. La banda de bajo espectro es un mecanismo seguro y confiable, según Aspe. Según otros miembros del caucus salinista, el mecanismo es rígido y riesgoso, a la larga insostenible,

El jueves 24 de marzo de 1994, día del entierro de Colosio, se decreta un cierre de los mercados mexicanos por luto nacional. El viernes 25 la bolsa cae 4% y se pierden mil millones de dólares de la reserva. El lunes siguiente la pérdida de reservas es de mil 154 millones. El martes 29 es nominado candidato Ernesto Zedillo. El miércoles 30 salen del país mil 231 millones de dólares. Los mercados cierran jueves y viernes porque son los días de guardar de la Semana Santa. El lunes 4 de abril abren de nuevo y salen de las reservas 704 millones de dólares. La sangría sigue hasta el 21 de abril, en que el flujo se detiene. La pérdida acumulada de reservas desde el asesinato de Colosio alcanza para ese momento los 10 mil 387 millones de dólares. (Al empezar el año las reservas son 25 mil.)

Durante todo este tiempo el secretario Aspe actúa, calma a los inversionistas, emite tesobonos. El Banco de México alza las tasas de interés. El tema financiero de fondo es que la Reserva Federal estadunidense ha empezado en estos meses a subir las tasas de sus fondos y a chupar recursos invertidos en otros lugares.

A partir de mayo el mercado cambiario entra en calma, el monto de las reservas se estabiliza y hasta crece un poco. Los responsables de la política económica concluyen que la crisis cambiaria se ha debido a la coyuntura política, no a un desequilibrio económico estructural.

La calma de mayo da la razón a los que piensan (Aspe en Hacienda, Mancera en el Banco de México) que el gobierno puede seguir usando la delgada banda de flotación que ha implantado, una especie de paridad fija flexible. Los tesobonos han crecido exponencialmente: de cuatro mil 512 millones de pesos en enero a 18 mil 577 millones en mayo.

Con la estabilización de los mercados los partidarios de la devaluación pierden argumentos, aunque conservan el principio. Y sus economistas afines, como el secretario de Comercio, Jaime Serra, y el subsecretario de Hacienda, Guillermo Ortiz, sostienen la conveniencia de una devaluación pequeña, profiláctica, del 15% o 20%, o soltar totalmente el tipo de cambio con un fuerte programa de ajuste. Aspe responde una y otra vez que en México no hay devaluaciones pequeñas, que toda alteración brusca de la paridad traerá fugas enormes. Distintos hechos muestran la fragilidad del anclaje cambiario. La renuncia inopinada del secretario de Gobernación, Jorge Carpizo, el 25 de junio, produce una fuga de 500 millones de dólares. Pero vuelve la calma. Pasan las elecciones del 17 de agosto. Sigue la calma. El 27 de septiembre es asesinado el secretario general del PRI, José Francisco Ruiz Massieu. La crónica de este crimen visto desde la óptica de la embajada estadunidense en México puede leerse en esta misma edición de nexos bajo la firma de Esteban Illades. El asesinato de Ruiz Massieu estremece a la República pero no al mercado cambiario.

La calma se sostiene todo octubre, financiada en lo fundamental con tesobonos, cuyo monto en septiembre ya es de 47 mil 858 millones de pesos. En noviembre valdrán 55 mil 575 millones. A mediados de noviembre, un aumento de tres cuartos de punto en las tasas de la Reserva Federal produce fugas mayores: 500 millones de dólares el lunes 14; mil 300 millones el miércoles 16; mil 705 millones el jueves 17, y mil 657 millones el viernes 18 de noviembre.

Las fugas de noviembre obligan a una reunión de emergencia del caucus salinista en la biblioteca de la casa particular del presidente. Salinas ha dejado la residencia oficial de Los Pinos en anticipación de que dejará también el poder el 1 de diciembre, dentro de 10 días.

Se reúnen el presidente Salinas, el presidente electo Zedillo, el secretario de Hacienda Pedro Aspe, el secretario de Comercio Jaime Serra, el secretario de Trabajo Arsenio Farell, el gobernador del Banco de México Miguel Mancera y el coordinador de asesores de Zedillo, Luis Téllez, próximo jefe de la Oficina de la Presidencia.

Salinas ofrece devaluar si es necesario. Aspe repite sus argumentos en contra: no es posible una devaluación pequeña en México, toda grieta en la banda producirá una avalancha. Mancera coincide con Aspe. Farell dice que la devaluación no puede hacerse si no se pacta con los líderes obreros y empresariales y no hay tiempo para eso. Aspe añade que quedan sólo 10 días para el fin del gobierno, tampoco hay tiempo para diseñar el paquete económico que debe acompañar la devaluación. Zedillo propone una coordinación económica del gobierno entrante y el saliente encabezada por Jaime Serra, su inminente secretario de Hacienda. El presidente Salinas acepta pero el secretario Aspe se niega alegando que se duplicaría la autoridad económica del país. Propone en cambio dejar él la Secretaría de Hacienda y que Serra asuma el cargo de una vez. Salinas se niega a que renuncie Aspe. Zedillo acepta la negativa. Hay una última propuesta: que Aspe conserve la cartera de Hacienda para hacerse cargo de la situación que hereda y se vaya una vez que haya resuelto la crisis o la crisis lo haya derrotado. Según esa versión, quien se niega ahora es Zedillo. Ese fin de semana el comando económico salinista se cierra todos los pasos. Unido durante estos años como un puño, no puede negociar 10 días de transición ni acordar un curso de acción compartido para el cambio de gobierno. Hay menos dramatismo de primera plana en estos empates del frente económico que en los tiros y la sangre de la escena política, pero no hay menos discordia y, con el tiempo, habrá mayores consecuencias. Bien o mal, las fracturas políticas se han saldado con el triunfo electoral de los salinistas, las fracturas económicas fracturarán al país durante años.

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Los malos augurios para el nuevo gobierno empiezan desde el primer día. El anuncio del gabinete provoca una caída en la bolsa. El 16 de diciembre el nuevo secretario de Hacienda, Jaime Serra, dice en entrevista con el Wall Street Journal que la sobrevaluación del peso es de 14%. Ese día hay una fuga de 855 millones de dólares. El lunes 19 de diciembre Serra y el nuevo secretario de Trabajo, Santiago Oñate, visitan al viejo líder obrero Fidel Velázquez para anunciarle una ampliación de 15% en la banda de flotación del peso. Deben explicar al viejo líder que hablan en realidad de una devaluación del 15%, la devaluación pequeña que ha estado presente en la discusión del caucus económico salinista durante los últimos meses. Advertido el líder obrero, factótum de la República, en la tarde puede citarse a la reunión del Pacto con dirigentes obreros y empresariales. Éste ha sido el foro de acuerdos de las decisiones económicas del gobierno en los últimos años. Serra y Mancera plantean ampliar la banda de flotación un 15%. Los empresarios preguntan qué harán en caso de que la banda no aguante la presión de los compradores de dólares. Los funcionarios responden que si la presión sobre la banda es insostenible, el peso entrará a un régimen de flotación libre.

Los miembros del Pacto anuncian en la madrugada del día 21 de diciembre la ampliación acordada de un 15% en la banda de la flotación. Pero los empresarios y los líderes obreros presentes han entendido el fondo de la situación: el gobierno no defenderá el peso, está dispuesto a devaluar sin restricciones. Con esa información privilegiada en la mano, los dueños del secreto proceden a cubrirse de la devaluación mayor que se avecina y que en gran medida ellos precipitan, pues al día siguiente hay una demanda exorbitante de dólares que significa una corrida de cuatro mil 633 millones de las reservas internacionales en un solo día.

El jueves 22 de diciembre el peso amanece en un régimen de flotación libre con un valor de 4.80 por dólar. Su valor el primero de diciembre era 3.44.

Con el peso y las finanzas públicas a la deriva termina diciembre. El 2 de enero renuncia el secretario de Hacienda, Jaime Serra, artífice del Tratado de Libre Comercio, el mayor y el más duradero de los logros del proyecto salinista. Queda por delante el año terrible de 95, el verdadero año terrible después del terrible año de 94.

Le espera al país la crisis económica más profunda del siglo con una caída de 6.7 del producto interno bruto. En marzo el peso valdrá 7.55 por dólar, una devaluación acumulada de 120%. Se ha abierto ya la disputa política por la asignación de responsabilidades en el desastre. En febrero es acusado y detenido como autor intelectual del asesinato de su cuñado José Francisco Ruiz Massieu el hermano del presidente, Raúl Salinas de Gortari. Siguen el exilio del ex presidente Salinas, la exhibición pública de la corrupción de la familia Salinas, la pérdida de un millón de empleos, la insolvencia de millones de acreedores que en unos meses ven subir las tasas de sus deudas del 10% al 50% al 70%, el carísimo salvamento de la banca privada, la ira mediática, el desánimo social, el descrédito político, el lamentable espectáculo de un fiscal que siembra un cadáver para sustentar su acusación de homicidio contra el dueño de la finca, el mismo Raúl Salinas, modalidad extrema  de la guerra intestina que termina librando contra sí misma la llamada generación del cambio, dueña de  lo que pareció alguna vez un proyecto visionario para la modernización de México. En lugar del gran cambio prometido, la generación del cambio entrega al país una crisis mayúscula, política, económica y moral, que vacuna por décadas el prestigio de la noción  misma de modernización.

A los miembros de esa generación los dividen sus pasiones y los devasta su división. El hilo de sus rivalidades corta sus logros en casi todos los frentes hasta dejar a uno de los grupos más brillantes y prometedores que hayan tomado el poder en México convertido en un magro paisaje generacional de despojos después de la batalla.

 

Hago esta crónica de memoria, recordando lo que sé y vi de aquellos momentos, lo que he oído de amigos y actores y lo que puede leerse en un puñado de libros y artículos, empezando con el mío, La tragedia de Colosio (Planeta, 2009), siguiendo con el de Carlos Salinas de Gortari: México. El difícil paso a la modernidad (Plaza & Janés Editores, 2000), el de Jorge G. Castañeda, La herencia (Alfaguara, 1999), el primer capítulo de Robert Rubin: In an Uncertain World. Tough Choices from Wall Street to Washington (Random House, 2003) y con los registros periodísticos y documentales que se publican en esta edición de nexos.

3 de diciembre 2013

 

Héctor Aguilar Camín

Escritor y periodista. Es autor de La tragedia de Colosio.

Expediente

¡Ya basta!

A 20 años del levantamiento del EZLN

I

En medio de profundos e inciertos cambios económicos (apertura del mercado y desmontaje del Estado proteccionista y rector en esta esfera), políticos (democratización del anquilosado y autoritario régimen posrevolucionario) y sociales (desclasamientos y aparición de nuevas prácticas culturales), hace exactamente 20 años, en la madrugada del 1 de enero de 1994, los insurgentes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) se levantaron en armas y demandaron “trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz”. Su objetivo último apuntaba a la formación de una república socialista en México. Nada más consecuente con su origen político en las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN), una guerrilla fundada a finales de la década de los sesenta y que había logrado sobrevivir la cruenta persecución del Estado mexicano en contra de todo movimiento subversivo.

Si algo hay que reconocer a las FLN es, sin duda, su perseverancia en la consecución de sus objetivos a lo largo de varias décadas, pero, sobre todo, su enorme talento de reclutamiento, organización y movilización que demostraron en todo este tiempo. Por supuesto, esto sólo fue posible porque la población que estaban sumando a su proyecto tenía una larga experiencia de organización agraria, religiosa y política, la cual fue apropiada y refuncionalizada para los fines de las FLN. En efecto, después de que un puñado de guerrilleros se reinstala en Chiapas a finales de 1983, las Fuerzas lograron lo que ninguna guerrilla rural o urbana, surgida en la segunda mitad del siglo XX mexicano, había alcanzado hasta entonces: conformar una amplísima base social que asumiera su compromiso con la revolución. En las regiones indígenas de Chiapas, miles de tzotziles, tzeltales, choles y tojolabales de los Altos, el Norte y la Selva se integraron como “bases de apoyo” del EZLN y pusieron a su disposición hombres y mujeres jóvenes para que tomaran las armas como insurgentes. Por supuesto, no todos los indígenas chiapanecos se volvieron rebeldes. En realidad, siempre fueron minoría, pero una muy bien organizada y motivada. Hacia finales de los años ochenta, se calcula que entre las filas zapatistas se encontraban un poco menos de 40 mil miembros y que la guerrilla contaba con alrededor de tres mil elementos, aunque no todos bien armados y equipados para el combate.

Después de haber aprendido la gramática básica de la política al organizar su vida colectiva en ejidos —producto ya sea del reparto de agrario o de la colonización de terrenos nacionales—; de haber encontrado, más tarde, en la pastoral liberacionista católica elementos discursivos para reconocerse como “hijos de Dios” con dignidad y derechos; y, posteriormente, haber llevado activamente su propio destino colectivo construyendo múltiples organizaciones campesinas de masas orientadas a la producción y comercialización agrícola con el fin de mejorar sus condiciones de vida sin declinar su independencia política ante el corporativismo del PRI; los indígenas, que en tres décadas habían progresado mucho en comparación con su pasado reciente, empezaron a topar con obstáculos políticos y económicos que frustraban sus crecientes expectativas de cambio. A la par, sus organizaciones campesinas y poblaciones empezaron a ser discretamente infiltradas por el EZLN, el cual les ofrecía una alternativa “definitiva” para salir de la pobreza: la revolución. Aunque no todos aceptaran esta vía, no era entonces del todo descabellada, porque los indígenas sabían que en los vecinos países centroamericanos no sólo se estaban dando en esos momentos varias luchas populares armadas en contra de corruptos regímenes oligárquicos, sino que, al menos en uno de ellos, Nicaragua, la revolución había triunfado.

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A pesar de que a finales de la década de los ochenta, primero, y unos cuantos años más tarde, después, diferentes conflictos entre los zapatistas y la enorme coalición de organizaciones campesinas de inspiración maoísta (la ARIC-Unión de Uniones) y el sector más influyente al interior de la diócesis de San Cristóbal condujeron a que una parte importante de sus bases de apoyo desertara de las filas rebeldes, el EZLN había logrado, tras una década de trabajo político y militar, suficiente autonomía de aquéllos, por lo que pudo llevar acabo su inesperada y espectacular rebelión armada. Inició con la toma de cinco cabeceras municipales del estado de Chiapas: San Cristóbal de las Casas, Altamirano, Las Margaritas, Ocosingo y Chanal. Tras la sorpresa inicial el gobierno federal, preparado más bien para celebrar la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, envió al Ejército nacional a sofocar la rebelión. Los combates entre ambas fuerzas duraron 11 días1. A partir del 12 de ese mismo mes el gobierno mexicano y el EZLN iniciaron acercamientos para solucionar el conflicto por la vía del diálogo.

Derrotado y contenido en el terreno de las armas, el EZLN se vio obligado a modificar su estrategia gracias, entre otras cosas, a que recibió muestras masivas de solidaridad en México y el extranjero. En los primeros días esta solidaridad era, más bien, una doble exigencia: por un lado, la del cese inmediato al fuego para evitar una masacre de los insurgentes; y, por el otro, la de buscar una salida política al conflicto. Es en esos primeros meses que el EZLN da su giro estratégico hacia el indianismo y el multiculturalismo, que tanto sedujo a la comunidad internacional interesada en lo que pasaba en el sureste del país.

Evidentemente, la revolución no había triunfado, pero sí generó condiciones para que en los siguientes meses se diera una, en ocasiones violenta, oleada de ocupación de tierras en todo Chiapas. La mayoría de ellas eran de predios privados, pero no todas calificaban como gran propiedad. Algunos terrenos eran, incluso, de otras comunidades indígenas. En fin, este reparto de tierras desde abajo fue, sin duda, el éxito más palpable e inmediato para los zapatistas —que beneficiaría, por cierto, también y a la larga aún más gracias a su posterior regularización, a otros grupos invasores—2. Para la población joven de los rebeldes esto no era poca cosa, ya que la combinación del rápido crecimiento demográfico local, la baja productividad agrícola, la insuficiencia de tierras para las nuevas generaciones y la falta de alternativas laborales fuera del campo, los colocaba en una situación económica y social sumamente precaria, en donde su futuro era muy incierto.

En esta nueva constelación política el EZLN combinó, de igual manera que los movimientos populares a los que antes había descalificado por “reformistas y socialdemócratas”, la negociación política con la movilización contestataria en búsqueda del reconocimiento por parte del Estado como un actor político legítimo. Al mismo tiempo, replanteaba su lucha por el socialismo en un contexto político inesperado por la comandancia rebelde. Para ello se requirieron nuevas formas regionales de organización política para establecer una autonomía de facto en los territorios “controlados” por los rebeldes. Con este fin, se crearon, primero, 38 Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas (MAREZ) a finales de 1994 y, después, cinco “Juntas de Buen Gobierno” (JBG) en agosto de 2003. La concepción general detrás de la constitución de estas estructuras políticas ha consistido, hasta la fecha, en crear territorios autónomos, en los que los zapatistas puedan definir su vida social, política, económica y cultural sin la intervención de las instituciones y los agentes del Estado mexicano. Así, tanto los municipios como las juntas han asumido funciones de gobierno como las de la enseñanza pública, el registro civil, la dotación de sistemas de salud, la impartición de justicia, la regulación de tránsito de vehículos, el desarrollo de programas de producción y comercialización agropecuaria y de artesanías, etcétera.

Hablar de “territorio zapatista” resulta, no obstante, una hipérbole, porque en las áreas geográficas en las que los rebeldes tienen presencia, la mayoría de las poblaciones no pertenecen al EZLN, otras están divididas políticamente y cada vez menos son completamente zapatistas. Inclusive, en los poblados sedes de sus antiguos bastiones militares, políticos y civiles, como La Realidad (Las Margaritas), Roberto Barrios (Palenque) o Morelia (Altamirano), la población zapatista se ha vuelto una minoría decreciente. En julio de 2013, según el trabajo de campo de la socióloga Carmen Legorreta, “quedan [en La Realidad] 12 de las 70 familias que pertenecieron al movimiento”; en Roberto Barrios, “de 60 familias aproximadamente, 15 continúan” en las filas rebeldes; y, finalmente, en Morelia “sólo 32” de 320 familias en la población “siguen siendo zapatistas”3. En lo general, sólo en las comunidades mayoritariamente zapatistas, los MAREZ y las JBG ejercen su soberanía. Y son estas poblaciones las que se benefician de los múltiples servicios, programas y proyectos de los rebeldes.

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Si no fuera por la pretensión zapatista de hacerse valer como la autoridad máxima en estas regiones geográficas, la mayoría de las poblaciones en este territorio serían indiferentes a la autonomía del “buen gobierno”. En efecto, muchos proyectos de infraestructura de vialidades, electrificación, programas sociales o agropecuarios de los gobiernos federal y estatal no pueden llevarse a cabo en estas latitudes porque el EZLN lo impide o exige “impuestos” para permitir su realización. Con ello, perjudica a los potenciales beneficiarios. También es verdad, por otro lado, que hay casos en que problemas de “justicia” entre zapatistas y no zapatistas llegan a atenderse y resolverse en las instancias correspondientes de las juntas mediante acuerdos satisfactorios entre las partes.

Los efectos materiales de este recurso hiperbólico no han sido, sin embargo, despreciables para el EZLN. El principal es, sin duda, que el gobierno mexicano ha evitado —en cierto sentido se podría afirmar incluso que por fortuna— toda campaña política y militar que reactive el conflicto armado. Y también han contribuido, en segundo lugar, a fomentar la solidaridad de grupos pro zapatistas nacionales e internacionales, que se traduce —aunque cada vez menos, hay que decirlo— en apoyos simbólicos, financieros, humanos, técnicos y políticos a favor de las bases de apoyo. La paradoja es que el discurso y la práctica antigubernamentales generaron el efecto de una creciente dependencia rebelde de grupos foráneos simpatizantes y ONG —cuyo financiamiento, como se sabe, proviene en gran parte de gobiernos extranjeros y agencias internacionales.

Cuando en agosto de 2003 se anunció la creación de los Caracoles y las JBG, uno de los objetivos explícitos de esta iniciativa era la desmilitarización del zapatismo en favor de sus autoridades civiles. Hasta el día de hoy este propósito no se ha alcanzado. La comandancia insurgente mantiene la última palabra y su capacidad de veto en cuestiones políticas y en la autorización o no la realización de programas y proyectos productivos, comerciales, educativos y de salud. Asimismo, es la que define con cuáles colectivos, grupos, actores y organizaciones de la sociedad civil de México y el mundo se puede trabajar o no.

El cese de las hostilidades directas entre la guerrilla y el Ejército nacional y la interrupción del diálogo entre los zapatistas y el gobierno federal (septiembre de 1996) tras la firma de los Acuerdos de San Andrés Larráinzar (febrero de 1996), tuvieron importantes consecuencias en la composición del zapatismo. Primero, en los Altos y el Norte de Chiapas aparecieron bandas paramilitares que hostigaban a las bases de apoyo. El clímax de esta política contrainsurgente tiene lugar con el asesinato de 45 indígenas en la población de Acteal, el 22 de diciembre de 1997. El diálogo entre la comandancia rebelde y el gobierno federal se reactivaría sólo tras el desplazamiento del PRI de la presidencia de la República. Sin embargo, la esperanza de solucionar el conflicto de manera definitiva se esfumó con rapidez debido a que los insurrectos cuestionaron la aprobación “unilateral” de la reforma constitucional sobre derechos y cultura indígenas en 2001.

Desde entonces y hasta la fecha no ha habido un encuentro oficial y público entre las partes. Así, entonces, los rebeldes se dedicaron a continuar la construcción de su autonomía, mientras que la autoridad federal a llevar a cabo sus programas de política social y agropecuaria sólo en las comunidades no zapatistas y siempre y cuando los rebeldes no impusieran un veto a la presencia de agentes estatales en su “territorio” por considerarlos un riesgo a su autonomía.

En los hechos, la “política de la resistencia” del EZLN se tradujo en la prohibición a sus bases de apoyo de todo trato con autoridades de cualquier nivel de gobierno y, en consecuencia, a no beneficiarse de los programas y políticas públicas dirigidos en atención de las necesidades de los indígenas4. Y mientras que la población no rebelde hacía uso de estos recursos públicos, los zapatistas debían enfrentar su precaria situación económica sólo con sus propios medios y las generosas, pero siempre insuficientes aportaciones provenientes de la solidaridad foránea. Los proyectos autonómicos de salud y educación, por un lado, así como los programas agropecuarios y de comercialización, por el otro, son, innegablemente, un esfuerzo organizativo notable y hasta ejemplar; sin embargo, sus resultados han sido exiguos para responder a las necesidades de la población zapatista. Asimismo, la reorganización interna del zapatismo en resistencia implicó mayor cooperación y sacrificio para las bases de apoyo para mantener el proyecto autonómico, así como un creciente autoritarismo de la comandancia y sus autoridades militares y políticas para conservar la unidad y disciplina del movimiento. A la larga, las fuerzas insurgentes fueron paulatinamente desmovilizadas de sus campamentos (a más tardar hacia el año 2000) y sus efectivos se reintegraron, sin un desarme de por medio, a la vida comunitaria. Así, la guerrilla quedó, para efectos prácticos, desmantelada y dejó de ser una carga material para las bases de apoyo agotadas económicamente por el mantenimiento de un cuerpo de combatientes improductivos.

II

A pesar de que el EZLN no buscaba la democracia  —al menos no la liberal y representativa—, habría que reconocer que su violenta aparición pública aceleró el proceso de apertura democrática en el país. Este logro inesperado y, acaso, no del todo querido por parte de los insurgentes, se expresaría, primero, en las elecciones federales intermedias de 1997, cuando el Congreso federal se conformó sin ninguna mayoría parlamentaria, y, tres años más tarde, cuando los ciudadanos votaron a favor del cambio que representaba el candidato presidencial del PAN, Vicente Fox.

En términos prácticos, el EZLN se convirtió, a más tardar en 2002, en un actor político irrelevante a nivel nacional. No pudo sacar provecho del contexto de la transición para intervenir en la vida de la República. En Chiapas su influencia se siente casi exclusivamente en las regiones indígenas, pero sólo allí donde está mejor cohesionado orgánicamente. Su último intento, hasta ahora, de deschiapanizar (geográfica y étnicamente) el conflicto tuvo lugar, en 2005, con la Sexta Declaración de la Selva Lacandona y la puesta en marcha, en enero de 2006, de La Otra Campaña (LOC). Esta última, que nunca interesó realmente al público mediático y a la ciudadanía en general, pasó sin pena ni gloria en el contexto de la violenta represión de los pobladores de San Salvador Atenco, las elecciones presidenciales, las movilizaciones de López Obrador y sus seguidores en contra de un supuesto fraude electoral y, finalmente, del sangriento sometimiento de la APPO.

Esta iniciativa rebelde pretendía, sobre todo, estrechar relaciones y formar alianzas con todos los grupos de izquierda no partidista, anticapitalistas y antineoliberales. Así, entonces, en los encuentros entre la delegación zapatista de LOC y los suscriptores de la Sexta se empezaría a formular un “programa de lucha nacional”. Bajo los estrictos criterios de selección impuestos por el EZLN pocos grupos, organizaciones y asociaciones pudieron ser considerados como “adherentes”5. Menor aún fue el número entre éstos que lograron mantener, a lo largo de los siguientes años, su alianza con los rebeldes, debido a la exigencia de incondicionalidad absoluta del EZLN con la que deberían conducirse los aliados, aceptando sin cuestionamientos su autoridad (“confiar”, es la palabra que utilizan) en toda decisión que tomen6. Así, muchos de los entusiastas firmantes de la primera hora han sido excluidos, en el correr de los años, por no asumir suficientemente el espíritu rebelde de los zapatistas. Asimismo, los prolongados silencios del zapatismo en los últimos 12 años lo alienaron, para fines prácticos, de la amplia red de colectivos pro zapatistas que se formaron en Europa y el norte de nuestro continente. La razón de ser de muchas de estas agrupaciones era su solidaridad con el EZLN. Al perderse la comunicación fluida entre ambos, éstos se desmembraron o se incorporaron a luchas de otros actores en sus países o de orientación más altermundista. Así, para ellos el zapatismo se convirtió en parte de su pasado —un pasado, hay que decirlo, que les enseñó que podían autoorganizarse, tomar la iniciativa y no depender de la intervención de las instituciones gubernamentales para buscar cambiar, aquí y ahora, su situación y los problemas del mundo—. En ese sentido, el zapatismo pasó a ser un símbolo que antecedió a las luchas en contra de la globalización neoliberal.

A pesar del proceso permanente de deserción de las filas rebeldes, ¿quiénes continúan en el zapatismo? Básicamente hay tres grandes categorías que se encuentran en esta situación. Por un lado, un segmento de los iniciadores del movimiento, que adquirió prestigio y posiciones sólidas de autoridad locales en los ámbitos civil, político o militar. En segundo lugar, se hallan los indígenas que carecen de alternativas viables para abandonarlo y reconstruir sus vidas individuales y colectivas más allá de la resistencia. En otras palabras, son los que trabajan y viven en las tierras “recuperadas” en los años siguientes al levantamiento, cuya propiedad nunca pudo legalizarse y que son controladas y administradas por el EZLN. Si renuncian al zapatismo, entonces pierden todo sustento material de su existencia. Se unieron a la rebelión con la esperanza de ganar autonomía, sin embargo, paradójicamente, aumentó su dependencia de la estructura insurgente. Y, por último, está la generación joven que nació y se crió en la resistencia y que, por tanto, no conoce otra forma de vida y organización. Ésta ha sido educada en las escuelas zapatistas y se caracteriza por un inconmovible compromiso con el EZLN. Uno puede admirar su conciencia política o bien lamentar la influencia de la socialización propagandística en ellos. Al interior de este sector se encuentran también las mujeres jóvenes en una situación personal paradójica. Crecieron en las filas del zapatismo y asumieron el discurso de la independencia femenina, sin embargo, la inercia de la tradición en sus poblados contraviene esta expectativa y las orilla a escoger entre continuar su militancia activa o casarse y formar una familia bajo el imperio de la costumbre patriarcal.

Por el otro lado, no deja de ser sobresaliente el esfuerzo del zapatismo en la organización territorial de su autonomía. Uno se pregunta qué podrían alcanzar con mayores y mejores recursos y más oportunidades para las iniciativas locales en las comunidades rebeldes. En este sentido, no tienen parangón en el país, pues realmente han operado en las márgenes del régimen. Los entusiastas —en especial, los recluidos en sus oficinas universitarias y los que gozan con experiencias fuertes de turismo revolucionario— han querido ver en todo esto una forma de hacer política alternativa a la occidental. Nada más alejado de los hechos. Bien visto, es todo lo contrario. La organización local e (inter)regional de la autonomía zapatista refleja, de manera fiel, el orden estatal que disputan. En otras palabras, la potencia de la hegemonía del Estado mexicano muestra su efectividad incluso entre los que se le oponen y desafían, como es el caso del zapatismo. El lenguaje, los símbolos, las prácticas, las actividades y las funciones de los MAREZ y las JBG —ubicados en un territorio (más imaginado que geográfico) que reclaman como suyo— dan fe de esto. El dominio que sigue ejerciendo la comandancia del EZLN sobre el zapatismo político y civil resulta por demás elocuente al respecto.

En toda esta historia de conflicto, exclusión y marginación, el Estado tiene su parte importante de responsabilidad. Si comparamos la respuesta que dio al zapatismo con la que aplicó a otros “actores subversivos” apenas unos 20 años antes del levantamiento y, también, si la ponemos en perspectiva en relación con las sangrientas guerras civiles y luchas revolucionarias y populares al sur de nuestra frontera en ese misma época, hay que reconocer al gobierno federal la prudencia y el predominio de la política para enfrentar a los rebeldes del sureste. Las millonarias inversiones en programas y políticas públicas de toda índole en Chiapas, en general, pero en la zona de conflicto, en particular, pudieron haber tenido un efecto de desarrollo a largo plazo para superar la pobreza e integrar realmente a los indígenas, en términos de igualdad y sin discriminaciones, a la sociedad mexicana. Pero no sucedió así. El dinero no fue utilizado con inteligencia. Se gastó mucho para neutralizar la influencia del zapatismo y no poco se perdió en la corrupción. La miseria y bajísima productividad del campo ejidal en México se multiplican en las regiones indígenas. En esta situación, la migración ha sido la opción para muchos hombres y mujeres jóvenes, tanto zapatistas como de otro signo político —opción cada vez más difícil de ejercer con el cierre de la frontera norteamericana en el último lustro—. El mercado laboral no agrícola en Chiapas no ofrece alternativas a esta población con un bajísimo nivel educativo. La economía no crece ni genera empleos. Y a todo ello se suma la presencia del tráfico de drogas y de personas en esta región del país.

 

Marco Estrada Saavedra

 

Profesor e investigador de El Colegio de México. Autor, entre otros libros, de La comunidad armada rebelde y el EZLN.

Agradezco a Alejandro Agudo Sanchíz los comentarios y sugerencias que hizo a una versión anterior de este texto.

 


1 Se calcula que murieron entre 100 y 150 insurgentes en los diferentes combates.

2 Con ello, el campesinado chiapaneco en su conjunto consiguió de facto que el gobierno se desdijera de la cancelación de la reforma agraria, dos años antes aprobada, e improvisara un reparto de tierras encubierto mediante la creación del programa fideicomiso Fondo 94 y 95, mediante el cual, primero, se compraba las tierras a los afectados por las invasiones; después, se otorgaban créditos a los invasores; con el cual éstos podían comprar y regularizar la tierra que les vendía el gobierno. Gracias a este barroco mecanismo no se violó el espíritu de la ley. Sobra agregar que los créditos no fueron devueltos… y que las tierras en poder del EZLN no se pusieron en orden.

3 María del Carmen Legorreta Díaz, El EZLN en Chiapas en perspectiva histórica, 2013, manuscrito inédito.

4 En realidad, un sano sentido pragmático por parte de la dirigencia del EZLN sí permitió que muchos zapatistas se convirtieran en beneficiarios del programa Oportunidades o que también, en algunas comunidades, se regularizaran terrenos “recuperados”. Todo esto siempre y cuando sucediera de manera discreta o a título individual. De otro modo, la sangría de las filas rebeldes hubiera sido seguramente mayor.

5 Con esta regla el EZLN pretendía marcar una línea clara que dividiera entre el Estado y su esfera de influencia corruptora en la sociedad y el resto. Los pertenecientes a este último lado de la distinción estarían libres de los mecanismos de control del poder y el dinero, por lo que podrían combatir al Estado y al mercado sin compromisos desde sus propias autonomías rebeldes en todo el globo. Este criterio, no menos normativo que ingenuo, olvidó las diversas y extensas redes en que se encuentran envueltos movimientos y organizaciones populares, colectivos y todo tipo de asociaciones en la ciudad y el campo, nacional e internacionalmente, que los vinculan, de maneras complejas, con los entramados institucionales del Estado, aunque consideren a éste como su oponente. Es difícil encontrar, entonces, una esfera popular que no se halle inmersa en procesos estatales. Así, los pocos adherentes de la Sexta que quedaron tras esta purga, tal vez los caracterice, en realidad, su falta de influencia social y política.

6 El proceso de selección de los que podían realmente asistir a la “escuelita zapatista”, en agosto de este año, a pesar de haberse anunciado como una invitación a todos aquellos que querían conocer, de primera mano, su experiencia de autonomía, no se apartó un ápice de esta práctica intolerante con la pluralidad política. En las palabras de una informante comprometida con la lucha rebelde, la “escuelita” fue “una especie de promoción (o incluso una nueva forma de ‘zapaturismo’) con invitación… Más que un proyecto educativo como tal, es parte de la difusión del zapatismo para rearticular alianzas”.

Expediente

Chiapas, peor que ayer

Hace 20 años se levantaron en armas los pueblos indígenas “no para pedir limosnas ni regalos”, decían, sino para “pedir el derecho a vivir con dignidad, igualdad y justicia” de la misma forma en la que, según contaban, habían hecho sus padres y sus abuelos (EZLN, 1994).

Corría el día uno del año 500 de su lucha, la lucha que comenzó aborreciendo la esclavitud y continuaba aborreciendo la pobreza. La pelea “de los que morían de hambre y enfermedades curables, sin nada, sin absolutamente nada, ni un techo digno, ni tierra, ni trabajo, ni salud, ni alimentación, ni educación (EZLN, 1993)”.

Así, declararon que no dejarían de “pelear hasta lograr el cumplimiento de sus demandas” (EZLN, 1994b) y 20 días después las exigieron por escrito (EZLN, 1994). Eran 341.

Algunas de las demandas inviables, ambiguas o inalcanzables sólo lograban torcer bocas. No. Lo cierto es que no iba a renunciar el Ejecutivo federal como lo pedían en el segundo punto del pliego petitorio. La eliminación del código penal de Chiapas sonaba caprichosa. Las peticiones se sucedían unas a otras. La verbena del pedir: condonación de deudas; perdón incondicionado a todos los zapatistas; indemnizaciones monetarias a los que encabezaron la lucha. Vagas referencias a “que se acabara con el saqueo de la riqueza de nuestro México”. Peticiones onerosas como la creación de guarderías, la disponibilidad de lavadoras y televisiones en todas las viviendas, y la creación de hospitales de primer nivel en todas las cabeceras de los más de 120 municipios de Chiapas (EZLN, 1994).

Otras demandas sonaban imposibles, no por su inviabilidad, sino porque mostraban un México de desposeídos y miseria. No el del TLCAN.

Chocante era el México de las desigualdades. Salía a la luz el Chiapas de los tres millones de habitantes y los 700 mil indígenas (INEGI, 1995). La tierra donde uno de cada tres no sabía leer o escribir, y dos de cada cinco tenían hambre (INEGI, 1995; Coneval, 1990). El de los 2.3 millones de pobres, el de los 1.2 millones sin agua, los 1.5 millones sin piso firme, y el del millón sin drenaje (Coneval, 1990). El Chiapas de 1994 era el estado más pobre del país, el que tenía mayor grado de analfabetismo, el que más carecía de electricidad, el que más padecía de hacinamiento, y en el que más individuos ganaban dos o menos salarios mínimos (Coneval, 1990; Conapo, 1990; INEGI, 1995).

Corre el día uno de los 520 años de la lucha y Chiapas es, en muchos sentidos, el mismo. Un poco menos marginado porque cuenta con mejores servicios en sus viviendas, pero también un poco más pobre y un poco más hambriento2.

Chiapas es más pobre hoy que en 1994 (Coneval, 1990-2010). El día del levantamiento zapatista las cifras mostraban que el 75% de la población del estado no tenía ingresos suficientes para cubrir sus necesidades básicas patrimoniales. Hoy la cifra asciende a 78%. A nivel nacional, la pobreza ha disminuido de 53% a 51% en el mismo periodo. Pero Chiapas ha sido uno de los cuatro estados que han aumentado su pobreza. Quintana Roo y Chihuahua aumentaron cinco puntos porcentuales (pp), Baja California cuatro y Chiapas tres3. Chiapas es hoy el estado más pobre de México, más de lo que era en 1994.

Chiapas tiene más hambre hoy que en 1994 (Coneval, 1990-2010). En 1990 el 46% de la población no contaba con ingresos para alimentarse, hoy es el 48%. Chiapas es el estado con más hambre del país, muy por arriba de sus competidores. Guerrero es el segundo estado con más hambre (38%) y aun así se encuentra 10 puntos porcentuales debajo de Chiapas. Mientras que a nivel nacional sólo dos de cada 10 mexicanos no tienen ingresos suficientes para comer (18%), en Chiapas la mitad de la población sufre hambre. Chiapas es hoy el estado más hambriento de México.

Chiapas es más desigual, no porque haya empeorado su distribución de ingreso, sino porque a diferencia del resto de los estados no la ha mejorado (Coneval, 1990-2010). En 1990 Chiapas era el quinto estado con mayor desigualdad económica de México (Gini=0.54), sólo un poco por debajo del Gini4 nacional de 0.56 puntos. Hoy Chiapas es el estado más desigual de México con un Gini de 0.51 y se encuentra arriba del nivel nacional (0.49). Cada uno de los estados que en los noventa eran más desiguales que Chiapas, son hoy menos desiguales. Todos menos Chiapas. Jalisco redujo su Gini en 0.11, Querétaro en 0.10 y Puebla en 0.07. Chiapas es hoy el más desigual de México, aunque un poco menos desigual de lo que lo era 1994.

Chiapas tiene más habitantes sin primaria terminada que antes del levantamiento zapatista (INEGI, 1995-2010). Hoy el 37% de los chiapanecos mayores de 15 años no tienen primaria, en 1995 era el 34%. A nivel nacional, el porcentaje es de sólo 19% y en el Distrito Federal es 8%. El estado con peores niveles escolares en 1994 (Zacatecas con 35% de su población sin primaria) tiene mayor nivel educativo que el Chiapas de 2014.

Chiapas sigue siendo el estado con mayor proporción de analfabetismo del país (INEGI, 1995-2010)5. El porcentaje de personas que no saben leer y escribir en Chiapas es de 21%, muy por encima del 9% nacional y arriba de Guerrero (19%) y de Oaxaca (18%)6.

Algunas, aunque pocas, son las buenas noticias.

En ciertos aspectos las condiciones de la vivienda en Chiapas han mejorado (Conapo, 1995-2010). En los últimos 20 años el hacinamiento se redujo en 27 pp y la cantidad de personas viviendo con pisos de tierra en 26 pp. La carencia de agua entubada bajó 11 pp. Aún así, más de la mitad la población de Chiapas vive en hacinamiento (54%), y 15% tiene casas con pisos de tierra.

El Chiapas de hoy ya no es el estado más marginado del país, es el segundo (Conapo, 1995-2010). Fue superado por Guerrero, lo que se explica, en su mayoría, por la cada vez mayor cobertura de pisos de tierra, electricidad y drenaje, servicios que aumentaron 26, 18 y 22 puntos porcentuales de cobertura, respectivamente. Sin embargo, en Chiapas hoy 5% de la población carece de drenaje y 3.8% de electricidad (a nivel nacional los porcentajes son 3.5% y 1.7%, respectivamente.

Entre los trabajadores asalariados el porcentaje de individuos económicamente activos con ingresos de dos o menos salarios mínimos se redujo del 81% al 69% (Conapo, 1995-2010). Aún así, Chiapas es el estado con mayor número de individuos con estas condiciones de ingreso, tal y como lo era en 1994.

Chiapas sigue siendo un estado con bajo desempleo (2%), igual que antes del levantamiento (INEGI, 1990-2010). En 1990 el 43% de la población de Chiapas era económicamente activa, de ella sólo 2% era desempleada. Para 2010 el porcentaje de desempleo es el mismo a pesar de que ahora el 48% de la población es económicamente activa. Otros estados que tenían niveles similares de desempleo que Chiapas en 1990, como Zacatecas, Hidalgo y Sonora, han aumentado su desempleo a niveles de entre 6% y 7%.

Chiapas es más indígena, probablemente porque más personas se reconocen como tales (INEGI, 1995-2010). Desde la rebelión zapatista y hasta la fecha, los indígenas de Chiapas aumentaron en un 48% (de 768 mil a 1.1 millones) y en México en 22% (de 5.4 a 6.6 millones)7. Mientras que la población total de Chiapas ha aumentado menos que su población indígena (la población total aumentó 37%, yendo de 3.0 a 4.1 millones), la población total de México ha aumentado más que su población indígena (la población total aumentó 25%). En México, el 7% de la población es indígena, en Chiapas el 27%.

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En general, los números son claros y una es la premisa que este artículo deja a debate: el discurso romántico del levantamiento zapatista se ha desgatado pero sus argumentos no.

Existe hoy, tanto como en 1994, una lucha inacabada por reducir la pobreza, el hambre y la desigualdad de Chiapas. Una batalla por un crecimiento económico redistributivo que debe lucharse en algún lugar de las montañas del sureste mexicano, en algún lugar de la costa chica de Guerrero, en algún lugar de los cinturones de pobreza suburbana, en algún lugar de la Huasteca Potosina, en algún lugar de todo México.

Viridiana Ríos

Doctora en gobierno por la Universidad de Harvard e investigadora asociada del David Rockefeller Center for Latin American Studies de la misma universidad.

* El autor agradece a Nicolás Grosman por planear el viaje, a Mario Arriagada por ponerle coordenadas y a Marco Estrada por la brújula.

Referencias

Conapo, Índice de marginación (1995, 2010).
Coneval, Mediciones de la pobreza por estado (1990-2010).
EZLN 1993, Declaración de la Selva Lacandona. Hoy decimos basta, Comandancia General, Chiapas.
EZLN 1994, Al pueblo de México: las demandas del EZLN, CCRI-CG, Chiapas: marzo 1.
EZLN 1994b, Sobre las demandas centrales y las formas de lucha, CCRI-CG, Chiapas: enero 20.
INEGI, Censo de Población y Vivienda (1990, 2010).
INEGI, Conteo de Población y Vivienda (1995-2010).

 


1 Las demandas completas se expusieron en un comunicado y eran: (1) elecciones libres y democráticas, (2) la renuncia del Ejecutivo u órganos electorales ciudadanos, (3) reconocimiento del EZLN, (4) autogobiernos indígenas, (5) elecciones generales en Chiapas, (6) energía eléctrica, (7) revisión del TLCAN, (8) redistribución agraria, (9) hospitales, médicos con sueldos justos y medicamentos, (10) una radiodifusora indígena, (11) viviendas con agua potable, drenaje, teléfono, televisión, estufa, refrigerador, lavadora, (12) eliminación del analfabetismo, primaria, secundaria, preparatoria y universidad gratuita, (13) enseñanza obligatoria de lenguas indígenas en la escuela, (14) respeto a los indígenas, (15) eliminación de la discriminación, (16) autonomía indígena, (17) sistema de justicia indígena, (18) trabajo digno, (19) control de precios en la agricultura, (20) reducir el saqueo de riquezas de Chiapas, (21) condonación de sus deudas, (22) eliminación del hambre y la desnutrición, (23) liberación de presos políticos, (24) retiro del ejército, (25) indemnización por daños de la lucha, (26) paz, (27) eliminación del código penal de Chiapas, (28) cese de expulsiones indígenas, (29) guarderías, cocinas comunitarias, capacitación para mujeres, granjas, (30) juicios políticos, (31) perdón incondicional a miembros del EZLN, (32) comisiones independientes de derechos humanos, (33) una comisión nacional de paz con justicia y dignidad y (34) control indígena sobre la canalización de ayuda humanitaria (EZLN, 1994).
2 “Marginado” se utiliza en referencia al “índice de marginación”, un indicador que resume las condiciones de vida de estados y municipios basado en información sobre la cobertura de servicios básicos en las viviendas, y los ingresos y escolaridad de los individuos (Conapo, 2010). “Pobreza” se utiliza en referencia al concepto “pobreza patrimonial”, es decir, el número de individuos cuyos ingresos no les permiten comprar una canasta de bienes básicos diseñada por Coneval (2010). “Hambre” es “pobreza alimentaria”, es decir, el número de individuos cuyos ingresos no les permiten comprar suficiente alimento (Coneval 2010).
3 Los estados que más han logrado reducir sus niveles de pobreza son Querétaro (-11 pp), Hidalgo (-10 pp) y Yucatán (-8 pp) (Coneval, 1990-2010).
4 Gini es una medida de desigualdad que va de 0 a 1, siendo 1 una condición de total desigualdad (un solo individuo posee todas la riquezas) y 0 una condición de total paridad.
5 Población de cinco años y más que no sabe leer y escribir.
6 En números reales, el total de personas analfabetas en Chiapas se rejudo un poco (de 874 a 866 mil), pero el crecimiento poblacional ocasionó que Chiapas quedara en el mismo lugar a nivel nacional que tenía en 1994: tercero (INEGI, 1995-2010). Al día de hoy, Chiapas es superado por número total de analfabetas por Veracruz (931 mil analfabetas) y Edomex (909 mil) (INEGI, 1995-2010). Los mismos estados lo superaban en 1994.
7 Dos estados tienen mayor número total de indígenas que Chiapas: Yucatán (1.3 millones) y Oaxaca (1.1 millones). En ambos la población indígena disminuyó desde la rebelión zapatista y hasta la fecha.

Expediente

Más TLC

Cuando el Tratado de Libre Comercio de América del Norte fue propuesto, se generó un debate enérgico sobre sus beneficios y desventajas. Hoy, 20 años después de su entrada en vigor, tal vez lo único en lo que todos podemos estar de acuerdo es que todas las partes exageraron: el TLC no trajo ni las grandes ganancias que propusieron sus defensores, ni las pérdidas dramáticas que advirtieron sus adversarios. Todo lo demás es debatible. México, en particular, es hoy un lugar muy diferente —una democracia multipartidista con una clase media amplia y una economía de exportación competitiva— y su gente está en una mucho mejor situación que antes, aunque encontrar la fuente de estos cambios amplios que ha tomado el país es una tarea complicada. Sería demasiado simplista darle crédito al TLC por las muchas transformaciones de México, lo mismo ocurriría si se culpara al TLC por sus múltiples problemas.

La verdad se encuentra en un punto medio. Visto exclusivamente como un acuerdo de comercio, el TLC ha sido una historia de éxito innegable para México; ha traído un aumento dramático en exportaciones. Pero si el propósito del acuerdo era estimular el crecimiento económico, crear empleos, aumentar la producción, subir salarios y desalentar la emigración, entonces los resultados han sido menos claros.

Ventajas y desventajas

El TLC, sin duda, ha expandido el comercio de forma drástica. Aunque las exportaciones comenzaron a aumentar muchos años antes de que el tratado estuviera listo, cuando el presidente Miguel de la Madrid incorporó al país al Acuerdo General sobre Comercio y Aranceles en 1986, el TLC aceleró el curso.

Las exportaciones de México dieron el salto de alrededor de 60 mil millones de dólares en 1994 (el año en que el TLC entró en vigor) a casi 400 mil millones de dólares en 2013. Los artículos de manufactura, como coches, celulares y refrigeradores comprenden una gran parte de estas exportaciones, y algunas de las compañías más grandes de México son actores principales en el extranjero. Más aún, el corolario de este boom de exportaciones —una explosión de importaciones— ha disminuido el costo de los bienes de consumo, desde zapatos y televisiones, hasta la carne de res. Gracias a este “efecto Walmart”, millones de mexicanos ahora pueden comprar productos que alguna vez estaban reservados para una clase media que era menos de un tercio de su población, y esos productos ahora son  de una calidad muy superior. Si México se ha convertido en una sociedad de clase media, como muchos argumentan, es en gran parte por esta transformación, en especial si consideramos que el ingreso agregado de los mexicanos no ha aumentado mucho, en términos reales, desde que el TLC entró en vigor.

El TLC también ha mantenido en su lugar las políticas macroeconómicas que han promovido, o al menos permitido, estas ganancias para el consumidor mexicano y el país. Aunque el gobierno mexicano cometió errores innegables de política económica en 1995 (cuando congeló el tipo de cambio y aflojó el crédito), en 2001 (cuando fracasó en inyectar dinero con moderación) y una vez más en 2009 (cuando subestimó la magnitud de la contracción); en el largo plazo, las autoridades han mantenido finanzas públicas sanas, inflación baja, políticas de comercio liberales y una moneda desvinculada y, desde 1994, nunca sobrevalorada.

Este paquete ha tenido sus costos, pero ha apoyado un periodo notable de estabilidad financiera, que ha disminuido las tasas de interés y ha otorgado créditos a una gran variedad de mexicanos. Se han construido y vendido más de cinco millones de hogares nuevos en los últimos 15 años —aunque muchas veces feos, pequeños y lejos de los lugares de trabajo—, en gran parte porque las familias ahora tienen acceso a hipotecas bajas de interés fijo en pesos. Aunque ninguna cláusula del TLC obligó explícitamente a una administración económica ortodoxa, el acuerdo terminó poniendo en camisa de fuerza a un gobierno acostumbrado a gastos desmesurados, a excesos de promesas y de bajo rendimiento. El TLC evitó que México regresara a sus viejos días de proteccionismo económico y nacionalizaciones de gran escala, y consiguió que los precios de bienes comerciales en ambos lados de la frontera convergieran. Como resultado de esto el TLC hizo que los déficits gigantescos de México ya no fueran viables, porque ahora generaban crisis monetarias, como la de finales de 1994.

Los efectos políticos del TLC en México son más difíciles de evaluar. Muchos de quienes estaban en desacuerdo con el tratado, como yo, nos oponíamos porque parecía un apuntalamiento de último minuto del sistema político autoritario, en pie desde finales de la década de los veinte, y en sus últimos coletazos a mediados de los noventa. En efecto, frente a la consternación de aquellos que creían que 1994 era el momento correcto para que México dejara atrás al PRI y transitara hacia una democracia representativa total, el TLC dio asistencia vital a lo que el escritor Mario Vargas Llosa célebremente llamó “la dictadura perfecta”, que de otra forma podría haber sucumbido a la ola democrática que arrasaba en esos tiempos a Latinoamérica, Europa del este, África y Asia. Pero muchos otros mexicanos con credenciales democráticas igualmente válidas consideran que el TLC es directamente responsable de la derrota del PRI en 2000. Sin el acuerdo de comercio, dice la lógica, el presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, nunca habría aceptado el rescate económico de México, de 50 mil millones de dólares, el cual algunos creen que se otorgó con la condición de que el presidente Ernesto Zedillo aceptara elecciones libres y justas cinco años después, independientemente de quien ganara.

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Ambos casos son difíciles de comprobar. Muchas crisis afectaron a México en 1994: la insurgencia zapatista estalló en el estado de Chiapas; el candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio, fue asesinado; y la economía se sobrecalentó, lo que llevó a una crisis financiera en diciembre de ese año. Si el TLC hubiera sido rechazado a finales de 1993, el PRI podría haber perdido las elecciones de 1994, ya que hubiera recibido un revés tremendo y le hubiera sido imposible llevar a cabo el derroche de dinero que permitió la ratificación del tratado. A la inversa, uno podría argumentar que al comprometer a cualquier presidente mexicano a políticas económicas prudentes y a relaciones cada vez más cercanas con Estados Unidos, el TLC ayudó a impulsar el fin de la era del PRI al garantizar que ningún gobierno se pudiera alejar mucho de las políticas preferidas por el sector empresarial mexicano y por Washington. En términos políticos, entonces, el TLC contribuyó a la transición democrática de México o la pospuso por seis años; aunque el primer análisis es entendible, el segundo es más verosímil.

Cualquiera que sea el caso, el TLC ayudó a abrir las mentes de los mexicanos. La sociedad mexicana había comenzado un proceso de modernización mucho antes de los noventa, pero al incrementar todo tipo de intercambio fronterizo el tratado aceleró el cambio hacia una actitud que ha destacado cada vez menos la victimización de México, y que ha sido menos introspectiva y obsesionada con la historia. Aunque el cambio todavía no ha conseguido un replanteamiento de la política exterior mexicana, así como de la concepción del mundo de los mexicanos comunes y corrientes, y de Estados Unidos en particular, éstos sí han evolucionado en gran parte gracias al acuerdo comercial.

Crecimiento plano

A pesar de los beneficios reales que el TLC ha traído a México, el crecimiento económico que imaginaron muchos de los impulsores del tratado ha sido escurridizo. Desde 1994 el país ha sido gobernado por cinco presidentes de dos partidos, y el mundo ha vivido la expansión más larga de la historia económica moderna de Estados Unidos, la peor recesión desde la Gran Depresión, y un boom de productos alimentado por la demanda insaciable de China e India. Ese periodo fue lo suficientemente largo y lleno de incidentes como para eliminar cualquier aberración. Durante este tiempo México experimentó dos años de gran contracción económica (1995 y 2009), dos años de crecimiento cero (2001 y 2013) y cuatro años de alto rendimiento (1997, 2000, 2006 y 2010). Pero el país sólo promedia un crecimiento anual de 2.6%.

Mientras tanto, el ingreso per cápita de México apenas se ha duplicado en los últimos 20 años, llegando al nivel, en términos actuales de dólar, de cuatro mil 500 en 1994 a nueve mil 700 en 2012 —un crecimiento anual que promedia sólo 1.2%. En ese mismo periodo Brasil, Chile, Colombia, Perú y Uruguay han experimentado un crecimiento mucho más grande en su PIB per cápita. Y, como porcentaje del ingreso per cápita de Estados Unidos, México apenas se ha movido, flotando de 17% en 1994 a 19% hoy en día. El PIB real por horas de trabajo ha aumentado en un raquítico 1.7%, lo cual quiere decir que la productividad se ha mantenido plana, aunque ha habido algunas mejorías en el sector automotriz (al cual ya le iba bien en los noventa), el sector aeronáutico (que todavía no existía) y en maquiladoras, fábricas en zonas de libre comercio, en el norte. Por lo tanto, el ingreso real en el sector manufacturero y en el resto de la economía formal se ha mantenido estancado, a pesar de que la caída de los precios de algunos bienes ha suavizado el golpe a los trabajadores.

Un motivo importante de estos resultados decepcionantes es el fracaso de México en tratar de desarrollar en casa lo que los economistas llaman “backward linkages”: las conexiones con empresas manufactureras que procesan los insumos para su ensamblaje en la siguiente etapa de la cadena de suministro. En 1994, 73% de las exportaciones de México estaban compuestas de insumos importados; para 2013 ese número había aumentado a 75%. Como consecuencia, el empleo y los salarios en el sector manufacturero se han mantenido sin cambios. Ni siquiera la industria turística, el proveedor de empleos más grande de México, ha tenido tan buen desempeño. La cantidad de estadunidenses que hoy visita México es el doble de lo que era hace dos décadas, pero su participación en el mercado de turismo estadunidense se ha mantenido igual, y el sector crece a la misma tasa que antes. De manera similar, las maquiladoras han creado solamente alrededor de 700 mil empleos durante los últimos 20 años o, en promedio, 35 mil por año. En este periodo aproximadamente un millón de mexicanos ha ingresado al mercado laboral cada año, y la población del país ha aumentado de alrededor de 90 millones a 116 millones, lo cual explica por qué el diferencial del promedio salarial entre trabajadores estadunidenses y mexicanos no se ha encogido.

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No debería sorprender a nadie, entonces, que el número de nacidos en México que vive en Estados Unidos legalmente y de otras formas, aumentó de 6.2 millones en 1994 a casi 12 millones en 2013 (y esa segunda cifra considera la desaceleración temporal en la migración de México a Estados Unidos entre 2008 y 2012, y el casi millón de deportaciones de mexicanos entre 2009 y 2013). Por ende, el TLC también ha fracasado en conseguir el objetivo de desincentivar la emigración: como dijo el presidente Carlos Salinas cuando el tratado se debatía: “queremos exportar bienes, no personas”.

La ausencia de estos backward linkages en el sector de exportación proviene de la reticencia de los extranjeros a invertir en México, un problema con origen en los ochenta. En esa década la economía del país se colapsó, en gran parte como resultado de la deuda excesiva contratada por las anteriores administraciones del presidente Luis Echeverría y del presidente José López Portillo. En 1989 Salinas pudo disminuir la carga de la deuda externa del país, pero sólo con el costo de renunciar casi con toda seguridad a cualquier préstamo extranjero. La única alternativa era incrementar dramáticamente la inversión extranjera directa, en particular de Estados Unidos. Y el único camino para ello era el TLC: un acuerdo que aseguraría políticas económicas sanas y acceso al mercado estadunidense, lo cual otorgaría la certidumbre que necesitaban los inversionistas. A través del TLC México buscó aumentar su inversión directa extranjera como parte del PIB en casi 5%, mucho más de lo que había sido antes.

Esto no sucedió. En 1993, el último año antes de que el TLC entrara en vigor, la inversión extranjera directa en México era de 4.4 mil millones de dólares, o 1.1% del PIB. En 1994 el número saltó a 11 mil millones, o 2.5% del PIB. Pero permaneció atorada así hasta 2001, cuando aumentó a 4.8%, y después comenzó un declive constante. Si uno toma el promedio de inversión extranjera directa de 2012 (un muy mal año) y 2013 (un muy buen año), se encontrará con que México ahora sólo recibe alrededor de 22 mil millones de dólares anuales en inversión extranjera directa —poco menos de 2% del PIB, mucho menor a las cifras de Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica y Perú.

Los inversionistas extranjeros se han mostrado particularmente reacios a aportar su capital a la cadena de suministro de la industria de exportaciones. Debido a que la inversión interna, pública y privada, ha cambiado relativamente poco desde 1994, tampoco lo ha hecho el nivel total de formación de capital, que ha promediado alrededor de 20% del PIB desde mitad de los noventa. A esa tasa México sólo puede lograr el crecimiento mediocre que ha conocido durante los últimos 20 años. En otras palabras, a pesar de las cifras impresionantes de comercio, el TLC no ha cumplido prácticamente ninguna de sus promesas económicas.

Los caminos no tomados

Una pregunta relevante, sin embargo, es cómo se hubiera desempeñado la economía mexicana sin el TLC. Es difícil ver por qué le hubiera ido mucho peor. Por un lado, el crecimiento era más grande en otros países latinoamericanos que no tenían acuerdos de libre comercio con Estados Unidos durante toda la década de los noventa y gran parte de la década siguiente, entre ellos Brasil, Chile, Colombia, Perú y Uruguay. Más aún, México creció más rápido en términos per cápita de 1940 a 1980, y la población aumentaba a una tasa más rápida que la de ahora. Si el gobierno mexicano hubiera intentado revivir las políticas económicas insostenibles que aplicó en los setenta, la situación probablemente hubiera sido peor. Pero ya había abandonado la mayoría de ellas para la mitad de los ochenta, y muchos otros países han conseguido adoptar políticas de libre mercado sin el beneficio de un acuerdo de libre comercio. Por ende, hay pocos motivos para creer que con la ausencia del TLC la productividad de México, su atractivo para la inversión extranjera, sus niveles de empleo y sus salarios en los últimos 20 años hubieran sido significativamente más bajos, a menos que el gobierno hubiera intentado regresar a las políticas de los setenta y principios de los ochenta —una situación improbable.

Hay otros contrafactuales que vale la pena considerar. Tal vez un TLC distinto hubiera funcionado mejor para México. Muchos, incluyéndome a mí, apoyamos un acuerdo más completo, al estilo de la Unión Europea. Un tratado de ese tipo hubiera permitido mayor movilidad laboral y hubiera incluido al sector energético. Y hubiera permitido varias formas de transferir insumos desde los ricos, Estados Unidos y Canadá, hacia el más pobre, México, de forma similar a las transferencias que ayudaron a Italia en los sesenta, a Irlanda en los setenta y a España y Portugal en los ochenta y noventa, y a Polonia en tiempos más recientes. Estos cambios podrían no haber ayudado de cualquier forma, pero las bajas cifras de inversión y productividad de México son, en parte, una consecuencia de su infraestructura frágil, la cual hubiera podido mejorar con dinero canadiense y estadunidense. Uno también podría argumentar que si México hubiera abierto su industria petrolera a la inversión extranjera justo después de la Guerra del Golfo, la decisión hubiera desatado un boom de inversión (como el que algunos esperan hoy) y convencido a Washington de contemplar algún tipo de reforma migratoria a cambio. No hay forma de probar que la toma de decisiones diferentes hubiera llevado a resultados distintos, pero a la luz de la situación actual valdría la pena haberlo intentado.

En cuanto al camino que queda por recorrer, algunos creen que las reformas energética, educativa, tributaria y bancaria del presidente Enrique Peña Nieto podrán, por sí mismas, generar finalmente el crecimiento anual de 5% que se le ha escapado a México desde 1981. Pero esa interpretación parece demasiado optimista si no se toman otras medidas. Aunque es posible que la brecha entre México y Estados Unidos finalmente se acorte por sí sola, la mejor opción para México sería adoptar políticas e ideas proactivas. En efecto, tal vez esta idea explique por qué la noción de integración norteamericana, abordada por el presidente Vicente Fox en 2001 y después descartada, haya comenzado a tener tracción otra vez.

Ya sea en libros o grupos de trabajo en Estados Unidos, y en menor medida en México, existe un sentimiento latente de que es hora de que se tomen nuevos pasos hacia la integración económica de Norteamérica. Sólo México puede liderar este proceso, y por ahora su gobierno se está alejando de los esfuerzos audaces de política exterior. Esa reticencia podría cambiar, sin embargo, si las reformas actuales son rechazadas o son aprobadas de forma tan diluida que no puedan estimular el crecimiento.

En lugar de recorrer el mismo camino por otros 20 años, aquellos que elaboran las políticas deberían considerar una vereda más ambiciosa. No necesitan intentar replicar el modelo europeo de integración, pero deberían incluir muchos de los temas que se dejaron fuera de la mesa en 1994, como energía, migración, infraestructura, educación y seguridad. En otras palabras, a pesar de los resultados decepcionantes del tratado, tal vez México necesita más TLC y no menos.

 

Jorge G. Castañeda

Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York.

Traducción de Esteban Illades

Expediente

El asesinato de Luis Donaldo Colosio

Los papeles del fiscal

Los separaban sólo dos minutos y un remolino compuesto por cientos de personas. El candidato del PRI a la presidencia, Luis Donaldo Colosio, bajó del templete en el que acababa de pronunciar un discurso, y dijo: “¡Vámonos, vámonos!”. Estaba a 13.5 metros del sitio en donde Mario Aburto iba a encontrarlo. En las bocinas sonaba la canción “La culebra”. Aburto comenzó a desplazarse entre la gente. Cuando se hallaba a un paso del candidato, una mujer oyó que alguien le decía: “¡Quítate, cabrón!”. Mario Aburto respondió: “¡Oooh!, es que quiero saludarlo”. Extendió el brazo, acercó la Taurus .38 con cachas de madera a la cabeza de Colosio, y disparó.

Como nunca en la era posrevolucionaria el clima político de México estaba enrarecido. Había ocurrido el levantamiento zapatista en la selva de Chiapas, el precandidato priista a la presidencia, Manuel Camacho Solís, se había negado a reconocer, durante meses, la candidatura de Colosio, y desde su nombramiento como comisionado para la paz en Chiapas no hacía otra cosa que atraer sobre sí la atención de los medios, que apenas volteaban a mirar al candidato oficial. Corrían versiones de que la relación entre Colosio y el presidente de la República, Carlos Salinas de Gortari, se hallaba seriamente fracturada. La prensa hablaba de “una campaña contra la campaña”; insinuaba que se maniobraba desde Los Pinos, para sustituir al candidato.

En ese contexto ocurrió el atentado contra Luis Donaldo Colosio, el 23 de marzo de 1994, en la colonia Lomas Taurinas de Tijuana.

Dos semanas más tarde, el fiscal Miguel Montes anunció lo que ya, según la prensa, “todo mundo sospechaba”: “Que a Colosio no lo mató un loco, sino una conjura […] Que Mario Aburto fue el ejecutor material del crimen, pero que otras cuatro personas más ya detenidas, Tranquilino Sánchez, Vicente Mayoral Valenzuela, Rodolfo Mayoral Esquer y Rodolfo Riva Palacio, le ayudaron. Otros dos más también lo hicieron, aunque no se sabe ni sus nombres ni su paradero” (El País, 5 de abril de 1994).

En el video obtenido por un aficionado, el fiscal Montes había observado que al terminar el mitin “varias personas impidieron con sus manos y sus cuerpos que la seguridad del candidato, el Estado Mayor Presidencial, controlara la situación”. De acuerdo con el fiscal, aquellos individuos habían rodeado a Colosio en formación “diamante”: un trabajo que sólo “profesionales conocedores de las aglomeraciones y con cierto acceso al entorno del candidato” habrían podido hacer.

Uno de los detenidos, el priista Rodolfo Riva Palacio, vinculado a la policía de Tijuana, había reclutado a los otros sospechosos en la delegación local del PRI. El video mostraba que Tranquilino Sánchez estorbaba los movimientos del general Domiro García Reyes, responsable de la seguridad de Colosio; revelaba que el ex judicial de Tijuana Vicente Mayoral se encargaba de abrir paso a un sujeto no identificado, que segundos antes de los disparos se había tirado al suelo “para hacer que Colosio se detuviera” (la policía lo bautizó como “El Clavadista”). El video mostraba, también, que un segundo desconocido, al que se llamó “El Lentes” se había agachado para que Aburto pudiera extender el brazo en el que llevaba la Taurus. Se podía apreciar, en fin, cómo el cuarto detenido, Rodolfo Mayoral Esquer, empujaba a otro de los encargados de la seguridad de Colosio, el coronel Federico Antonio Reynaldos del Pozo, con la evidente intención de obstaculizarlo.

No había duda: para el fiscal, se trataba de una “acción concertada”. Un maremágnum de sospechas, chismes, filtraciones y acusaciones sacudió a la clase política mexicana. Tres meses y medio más tarde, el 14 de julio de 1994, luego de investigar el entorno del enigmático Aburto, y de hallar escondido en un baúl el “Libro de Actas” escrito por éste, el fiscal Miguel Montes descartó la hipótesis inicial del complot y la sustituyó por la versión del “asesino solitario”.

La viuda del candidato, Diana Laura Riojas, consideró que el cambio de opinión del fiscal resultaba “poco convincente”. Nada logró variar la impresión de que el asesinato era resultado de una querella por el poder que, desde la designación de Colosio como candidato, había enfrentado a la clase gobernante.

Las sospechas recayeron en el precandidato Manuel Camacho Solís, pero sobre todo en el presidente Carlos Salinas de Gortari, a quien se acusó de orquestar el complot desde Los Pinos, a través de su jefe de asesores, José Córdoba Montoya.

Cayó el fiscal Miguel Montes. Comenzaron a desfilar nuevos encargados del caso, Olga Sánchez y Pablo Chapa Bezanilla. En agosto de 1996, Luis Raúl González Pérez se hizo cargo de la fiscalía especial. Para entonces los sospechosos de la “acción concertada” se hallaban libres por falta de pruebas. Mario Aburto había sido condenado a 42 años de prisión.

Luis Raúl González Pérez siguió 27 líneas de investigación e intentó desahogar más de 300 sospechas. El proceso incluyó casi dos mil declaraciones, repartidas a lo largo de 68 mil fojas. En un hecho inédito en la vida del país, en aquel proceso declararon un presidente en funciones, Ernesto Zedillo, y dos ex presidentes de la República: Carlos Salinas de Gortari y Luis Echeverría Álvarez (Salinas quedó registrado como el primer mandatario mexicano sometido a interrogatorio por parte de autoridades judiciales).

FV-De Mauleón-5

Aunque ciertos contenidos del expediente alimentaron columnas, reportajes y notas de prensa, los interrogatorios del fiscal y las declaraciones recabadas por éste no se publicaron jamás. Durante 20 años, aquellos aquellos miles de fojas quedaron en manos de abogados, testigos, declarantes y terceros. En ellos yace la novela no escrita sobre una clase política que arrojó al país a una de sus crisis más serias: un retrato completo de los usos y costumbres del priismo, realizado por él mismo.

Carlos Salinas declaró durante 12 horas y respondió 397 preguntas. Manuel Camacho dio respuesta a 111, Ernesto Zedillo a 35, Luis Echeverría a 15 y José Córdoba Montoya a 197. Lo que el lector hallará a continuación, despojados en lo posible de su estilo judicial, son los extractos más significativos de aquellos interrogatorios, una colección de documentos históricos sobre el primer magnicidio cometido en México luego del asesinato en “La Bombilla”, en el lejano 1928, del presidente Álvaro Obregón.

Interrogatorio a Carlos Salinas de Gortari

—¿El licenciado Colosio llegó a expresarle su molestia o inconformidad por la designación del licenciado Manuel Camacho Solís como comisionado para la paz en Chiapas de manera honoraria?

—No. Me preguntó por qué y le contesté que Camacho Solís quería que fuera así para poder presentarse en las negociaciones no como empleado de gobierno sino como enviado del presidente.

—¿Sabe cuál fue la reacción del licenciado Camacho al anunciarse la precandidatura del licenciado Colosio, y qué opinó al respecto?

—Cuando el PRI postuló a Colosio el 28 de noviembre de 1993, llamé a Camacho Solís, quien me hizo ver que no haría ninguna manifestación pública hasta no hablar conmigo. Me preocupó su reacción y lo convoqué a desayunar la mañana siguiente a Los Pinos. Ese mismo domingo, el 28 de noviembre, conversé con Colosio sobre la actitud de Camacho. Colosio me dijo que le llamaría… Finalmente, a la mañana siguiente desayuné con Camacho, a quien le hice ver que esperaba un pronunciamiento de él y que lo invitaba a continuar trabajando conmigo en una posición diferente, como secretario de Relaciones Exteriores.

—¿Puede explicar por qué su preocupación por la reacción del licenciado Camacho?

—Me interesaba sobre todo mantener el clima de unidad en el equipo de gobierno y fundamentalmente entre quienes la opinión pública había señalado como precandidatos a la presidencia de la República. Para mí siempre fue fundamental contribuir a esa unidad en el equipo de gobierno, que por las condiciones políticas del país era reflejo también de unidad dentro del partido.

—¿La reacción del licenciado Camacho implicaba la ruptura de la unidad a la que se ha referido?

—No sucedió, en cuanto que él se incorporó a los trabajos de Relaciones Exteriores y durante todo el mes estuvo cumpliendo puntualmente ese trabajo.

—¿En qué consistió la inconformidad del licenciado Camacho al no ser nominado precandidato a la presidencia de la República?

—Me dijo que le hubiera gustado saber antes que no iba a ser. En mi experiencia, eso nunca había sucedido en el pasado.

—¿En el nombramiento del licenciado Camacho se habló del término de 60 días para que él desarrollara su actividad?

—Él me hizo ver que, dado que había una fecha fija para la celebración de la elección presidencial, había que lanzar una intensa ofensiva a favor del diálogo para que en un plazo no mayor de 60 días hubiera un anuncio relativo a pláticas de paz.

—¿Este plazo tendría vinculación con la fecha término para el registro de candidatos a la presidencia?

—Ninguno.

—¿Pidió opinión al doctor José Córdoba Montoya o a otras personas sobre el nombramiento del licenciado Camacho como comisionado?

—No al doctor Córdoba, aunque comenté con él que venía el nombramiento… Me hizo ver que frente al comportamiento de Camacho en la postulación de Colosio, este nombramiento podía generar inquietud. Escuché su opinión y le comenté que era fundamental lograr lo que nunca había podido alcanzarse en un levantamiento como el que enfrentábamos en Chiapas; es decir, lograr en un plazo muy breve condiciones para el diálogo y suspensión de los combates.

—¿Hubo algún tipo de presión del licenciado Camacho hacia usted para que lo nombrara comisionado?

—Él me pidió ser comisionado para la paz. Yo evaluaba diversas opciones, pero dados los antecedentes de Camacho, su capacidad negociadora en el Distrito Federal, consideré que tenía cualidades para serlo.

—¿Recuerda si el licenciado Camacho le expresó que de no darse el nombramiento se uniría al movimiento cívico que pugnaba por una salida negociada en el conflicto de Chiapas y no por una situación que algunas gentes pudieran sugerir de enfrentar bélicamente al grupo armado?

—Nunca me lo expresó en esos términos.

—¿El nombramiento del licenciado Camacho como comisionado honorario rompía con las reglas no escritas de su partido, al ponerlo en posición de eventual candidato presidencial sustituto, ya que no había impedimento constitucional para ello?

—Enero de 1994 fue un momento en la historia del país en el cual enfrentamos una situación para la que no había reglas ni precedentes. Un movimiento armado que capturó la atención internacional como ninguna guerrilla lo había logrado, y que estaba generando enormes tensiones sociales al interior de nuestro país. No había ni reglas ni ortodoxia en lo que estábamos enfrentando, y ante lo inédito del hecho tuvo que recurrirse a una solución inédita.

—¿Analizó que al nombrar al licenciado Camacho como comisionado sin un cargo público, podría afectar la campaña del licenciado Colosio?

—Todas las campañas habían sido afectadas por el levantamiento en Chiapas. Todas habían perdido resonancia. Sin un encausamiento adecuado de ese conflicto era prácticamente imposible que ninguna campaña pudiera hacerse eco entre la población.

—¿Una de las soluciones al conflicto en Chiapas pudo ser la sustitución del candidato, o la afectación de su campaña?

—La solución del conflicto en Chiapas no tenía vinculación con quienes ocuparan la candidatura a la presidencia. Hasta donde recuerdo, todos los partidos habían postulado a su candidato.

—El licenciado Colosio, en su calidad de candidato a la presidencia, ¿se reunía con usted?

—Sí, regularmente. Las reuniones se hacían en la residencia de Los Pinos, yo diría que dos veces por mes personalmente, y teníamos conversación telefónica una vez por semana.

—¿Qué conversaba con el licenciado Colosio sobre su campaña política?

—Nunca conversamos cuestiones de detalle, ni aspectos específicos sobre etapas… Era sobre todo el comentario que él me hacía del trato que la gente le daba, la receptividad que sentía.

—¿Cuál era su percepción personal sobre la campaña del licenciado Colosio?

—Yo no seguía con detalle la campaña por la intensidad de los temas y de los problemas que como presidente estaba enfrentando, pero sí encontraba que hacia fines de marzo de 1994 los acontecimientos nacionales iban creando un marco muy propicio para su campaña.

—¿Algún miembro de su gabinete le comentó algo sobre la indisciplina del licenciado Camacho, de la que se hablaba en la prensa a partir de que se anunció la precandidatura del licenciado Colosio?

—Hubo comentarios de que su comportamiento no era el esperado.

—¿A qué se refirió cuando el 27 de enero de 1994, en Los Pinos, expresó la frase: “No se hagan bolas, el candidato es Luis Donaldo Colosio”?

—Lo digo en mi testimonio escrito (“que Colosio era el único candidato del PRI”).

—¿Por qué toleró lo que la prensa dio en llamar “las ambigüedades políticas de Manuel Camacho”?

—En diversas ocasiones conversé con él para que fuera más preciso y exacto en sus planteamientos públicos.

—¿Solicitó al licenciado Colosio que no perturbara las actividades del licenciado Camacho como comisionado?

—Conversé con él sobre la necesidad de enviar mensajes al grupo levantado en Chiapas de que había unidad en el gobierno. Nuevamente, Colosio comprendió la necesidad de contribuir a este clima.

—¿El licenciado Colosio expresó su malestar por el apoyo que observaba que el presidente de la República le brindaba al licenciado Camacho?

—Me preguntaba sobre la forma como se estaban apoyando los trabajos de Camacho… Externaba su preocupación o duda y siempre escuchaba con interés y concentración mis argumentos; si no lo convencían, lo decía; si no, volvía a preguntar y plantear. No hubo tema fundamental en el que no nos hubiéramos puesto de acuerdo.

—¿Le planteó como preocupación lo que se identificó como el protagonismo del licenciado Camacho?

—Preguntó sobre el motivo del despegue de Camacho en los medios. Comentamos que los eventos de los primeros días de enero acapararon la totalidad de la atención de los medios nacionales e internacionales. Los medios no mostraron interés en otro tema que no fuera el de Chiapas. Frente a esto fue necesario que el comisionado ocupara espacio en los medios para romper el monopolio que hasta ese momento tenía el grupo armado, y crear condiciones de opinión que literalmente obligaran al grupo armado a sentarse a dialogar.

—¿Existió compromiso de su parte para alentar o apoyar la eventual candidatura del licenciado Camacho en caso de que obtuviera resultados positivos en Chiapas?

—No.

—¿Consideró que si la campaña del licenciado Colosio no era adecuada, podría darse una sustitución?

—No.

—¿Pensó reformar la Constitución para considerar la posibilidad de otro sustituto, después de la muerte del licenciado Colosio?

—A la muerte de Colosio siguieron horas de terrible tensión, eran momentos de crisis política con riesgo de crisis económica y financiera y de gran desaliento social. Para la delicadísima tarea de encontrar la personalidad del nuevo candidato se decidió no obviar ninguna posibilidad para que en el futuro no pudiera decirse que no se intentó. Una de ellas fue precisamente ésta, a la que el propio partido, el PRI, sus legisladores y miembros manifestaron su rechazo.

—¿Le sugirió al licenciado Colosio que se entrevistara con el licenciado Camacho?

—Sí. Previo a la cena que tuvieron, conversamos de cómo coadyuvar a que Camacho terminara con sus ambigüedades y se concentrara en su trabajo como comisionado.

—¿Se enteró del resultado de esa entrevista?

—Sí. Colosio lo sintetizó en una frase: “Ya ve cómo es Manuel. Me dediqué a escuchar”. En ningún momento me manifestó que hubiera llegado a pacto o acuerdo con Camacho.

—¿El licenciado Camacho aspiró a ser candidato a la presidencia entre el 10 de enero y el 22 de marzo de 1994?

—No conocí ninguna manifestación explícita y concreta en ese sentido.

—¿Se reunió con el licenciado Camacho el 11 de marzo de 1994, después de una gira de trabajo por Monterrey?

—Sí.

—¿Qué fue lo que platicó el día en cuestión?

—Camacho me comentó que pensaba hacer una declaración pública en la que señalaría grupos, personas e intereses que, según él, eran contrarios a su labor y desempeño. Le hice ver que afirmaciones sin sustento sólo dañaban el clima de armonía pública, iban en demérito de su actuación y que si él se empeñaba en hacer una declaración pública sin sustento, yo anunciaría inmediatamente su remoción como comisionado.

—¿Con motivo de dicha reunión hubo una fuerte confrontación entre el compareciente y el licenciado Camacho?

—Sí, hubo un intercambio intenso y tenso, que culminó con mi señalamiento de que presentar ese texto en los términos por él señalados llevaría a su remoción inmediata.

—¿Durante el periodo de enero a marzo de 1994 hubo algún cambio en las relaciones entre usted y el licenciado Colosio?

—Sí, en tanto que cambia la relación entre el presidente y un colaborador, frente a la relación entre el presidente y el candidato del PRI a la presidencia. Nunca perdió su cordialidad, pero tenía otro nivel y otra dimensión.

—¿Se comunicó personal o telefónicamente con el coordinador de la campaña del licenciado Colosio, el doctor Ernesto Zedillo, entre el 28 de noviembre de 1993 y el 23 de marzo de 1994?

—En varias ocasiones. No hablábamos sobre ningún detalle de la campaña, sobre todo eran comentarios de cómo evolucionaba la situación y cómo iba siendo la perspectiva hacia adelante. El 23 de marzo conversamos en el despacho oficial ante los trágicos acontecimientos.

—Diga lo conversado el día de los trágicos acontecimientos.

—Los dos estábamos muy consternados, muy impactados, tratando de entender lo que estaba sucediendo.

—¿Por qué la presidencia de la República no hizo pronunciamiento público alguno sobre las versiones periodísticas que señalaban que el licenciado Colosio renunciaría a la candidatura, ni sobre la ruptura del licenciado Colosio con el compareciente?

—Está respondido en mi testimonio (“En ningún momento dudé que Luis Donaldo Colosio era quien mejor representaba las tendencias modernizadoras y democráticas dentro de mi partido… en ningún momento se dio una confrontación y mucho menos una ruptura entre Luis Donaldo y yo”). Por otra parte, mi experiencia en los medios me había mostrado que en ocasiones los temas se hacen grandes cuando se busca darles aclaraciones.

FV-De Mauleón-conspiración

—Diga si el 27 de marzo de 1994 pidió a la señora Diana Laura que suscribiera una carta que exonerara al licenciado Camacho de toda sospecha en el asesinato del licenciado Colosio.

—Está en mi testimonio. Quería una expresión de la señora Colosio que contribuyera a serenar los ánimos sobre todo en virtud de lo que el licenciado Camacho había pasado durante su presencia en la funeraria (“la gran hostilidad que manifestó la militancia del partido en su contra. Me preocupó enormemente que ese ánimo público de coraje contra él pudiera desbordarse en otro acto de violencia”).

—¿Consideró que el licenciado Camacho, después de la muerte del licenciado Colosio, pudiera ser candidato a la presidencia de la República?

—Ninguna consideración.

—¿A mediados de marzo de 1994 dio instrucciones o sugirió a los licenciados Otto Granados, Patricio Chirinos, Emilio Gamboa y otros más que se comunicarán telefónicamente con el licenciado Camacho y le expresaran su apoyo?

—Camacho había manifestado que percibía hostilidad hacia su trabajo en Chiapas, de diversas áreas de la administración pública. Por ese motivo pedí a colaboradores que le hicieran ver que había aliento a su trabajo en las negociaciones de paz.

—¿Cómo y en qué forma se enteró del atentado que sufrió el licenciado Colosio el 23 de marzo de 1994?

—Al concluir un acto agrario en el Salón Vicente Guerrero de la oficina de Los Pinos encontré al jefe del Estado Mayor Presidencial y al doctor Córdoba, quienes me hicieron saber que había habido un atentado en contra de Colosio.

—¿Qué es lo que hizo en los momentos posteriores a dicho atentado?

—Me dirigí a mi despacho, hablé con mi médico personal, originario de Baja California, Enrique Wolpert, y le pedí que de inmediato se trasladara a Tijuana con el mejor experto que se tuviera para esta emergencia. Inmediatamente hablé con el secretario de Gobernación (Jorge Carpizo), quien estaba enterado, y en su despacho se encontraba el procurador general de la República (Diego Valadés), con quien también hablé y a quien pedí se trasladara a Tijuana. A partir de ese momento me estuve informando sobre el estado de salud de Colosio y empecé a recibir a colaboradores que se presentaban consternados por la noticia.

—¿A alguien más le pidió su intervención para darle seguimiento y atención al atentado?

—Busqué al gobernador de Baja California y se me informó que no estaba en su estado, por ese motivo, y estando presente en mi despacho el coordinador de la campaña de Colosio, el doctor Zedillo, me comuniqué con el gobernador de Sonora (Manlio Fabio Beltrones) para pedirle que siendo el más cercano al lugar de los hechos se trasladara a la ciudad de Tijuana, cosa que hizo.

—Diga si el 23 de marzo o días posteriores habló con el general Domiro (García Reyes) y qué comentaron al respecto.

—La noche del 23 de marzo el general Domiro se comunicó a mi despacho para hacerme saber que acababa de fallecer Colosio. Escuché a un hombre abatido y desesperado que decía “fallé”, “fallé”, y a quien le insistí que tenía que seguir pendiente porque la familia de Colosio seguía ahí… Mi impresión del general García Reyes fue la de un hombre con proclividad a suicidarse. Esa situación me preocupó mucho y de ahí mi insistencia de que tenía que seguir cumpliendo su responsabilidad.

—¿Fue informado y por quién sobre cómo se efectúa el traslado de Mario Aburto a la ciudad de México?

—Me informó el procurador para hacerme saber que había llegado a la ciudad de México para ser recluido en prisión.

—¿Le mencionaron la identidad de los que acompañaron a Aburto en dicho traslado?

—No recuerdo que nadie me haya hecho esa precisión.

—¿Cuándo fue la primera vez que vio el video en donde se aprecia la agresión que sufrió el licenciado Colosio?

—El video me fue mostrado por el licenciado Miguel Montes, cuando regresó de sus investigaciones iniciales en Tijuana. Lo acompañaba el licenciado Fernando Gómez Mont.

—¿Dichas personas tenían una opinión formulada sobre qué había pasado en Lomas Taurinas?

—Del video y de los movimientos de diversas personas suponían que podía haber un intento de acción concertada, sin embargo, hicieron ver que se requería un análisis más cuidadoso.

—¿Qué actitud asumió cuando en diversas versiones periodísticas se manejó que el asesinato del licenciado Colosio era producto de un complot de Estado orquestado por la presidencia?

—Me parecían tan descabelladas, tan ofensivas, tan ajenas a los hechos, que por eso también mi insistencia en dar todas las facilidades a la fiscalía especial.

—¿Por qué la presidencia de la República pidió al gobierno de Baja California que no investigara y que se ejercitara la facultad de atracción por parte de la PGR?

—Cuando el procurador general Valadés se encontraba en Tijuana, visitó al gobernador del estado, Ernesto Ruffo, y al pedir hablar con él se encontraba ahí el procurador del estado. Valadés le pidió al gobernador Ruffo que no estuviera en la conversación el procurador estatal porque tenía elementos para suponer que había presencia del narcotráfico en la procuraduría estatal. Valadés me comentó que el gobernador Ruffo se molestó por este planteamiento, pero que finalmente accedió a que se ausentara su procurador y al quedar solos el procurador Valadés le planteó al gobernador que consideraba necesario ejercer la facultad de atracción. Valadés me ha informado que el gobernador Ruffo accedió de muy buena voluntad. La atracción se ejerció por el motivo anterior, y sobre todo porque se trataba de la muerte violenta del candidato del PRI a la presidencia, hecho inédito en la historia del país.

—En una entrevista del periódico Reforma, el doctor Córdoba señaló que siempre se opuso a la llamada “campaña contra la campaña”, y que lo hizo expresándole su opinión al punto de generar molestia.

—No recuerdo que el doctor Córdoba haya utilizado esa expresión… no recuerdo que haya generado molestia. Recuerdo que manifestó su preocupación por la designación y comportamiento de Camacho. Yo le expliqué los motivos de la designación.

—¿Sabe de la influencia que el doctor Córdoba tuvo en la campaña del licenciado Colosio?

—No conocí ninguna influencia.

—Diga si por conducto del doctor Córdoba envió previamente al licenciado Colosio un proyecto o sugerencia sobre el discurso que debía pronunciar el 6 de marzo de 1994.

—No.

—Diga si el discurso que el licenciado Colosio pronunció el 6 de marzo de 1994 le provocó alguna reacción adversa1.

—Adversa no. Comentario sobre él, sí le hice… El comentario se refería a sus señalamientos en el discurso sobre las facultades presidenciales. Le comenté que tal vez no era bueno rechazar facultades que después iba a necesitar.

—Diga si consideró que dicho discurso lesionaba su imagen como presidente.

—No.

—¿Sabía si entre el equipo del coordinador de campaña y los colaboradores y amigos cercanos del candidato había diferencias?

—No conocía el detalle, más supe de ellas después que falleció Colosio. Eran diferencias entre algunas gentes cercanas a Colosio y la coordinación de campaña. Hasta donde recuerdo el único punto relevante era que la coordinación de campaña quería ser más austera.

—¿En la presidencia de la República se creyó en la validez de la hipótesis que públicamente manejó el entonces procurador general, en el sentido de que Mario Aburto era el único autor de los dos disparos que recibió el licenciado Colosio?

—Yo estaba atento a la información que producían las instancias responsables y sobre eso me guiaba.

—¿Tuvo conocimiento de que el licenciado Colosio, durante el desarrollo de su campaña, expresó ante diferentes personas su desconcierto ante diversas actitudes suyas y que se resumían en la frase: “por qué me hace esto mi amigo”?

—Nunca me lo expresó a mí directamente. No recuerdo a nadie que me lo haya comentado.

—¿Habló con Manlio Fabio Beltrones del homicidio del licenciado Colosio?

—Hablé con él el 23 en la noche para que se trasladara a Tijuana. No recuerdo el detalle de la conversación. No recuerdo que me haya visitado en Los Pinos, porque las siguientes horas fueron muy intensas.

—¿Sabe de una reunión mensual que tenían varios políticos y empresarios mexicanos a la que asistían, entre otros, Raúl Salinas de Gortari, Carlos Hank, Emilio Gamboa, Manlio Fabio Beltrones, Hernández Barrera y eventualmente el licenciado Colosio?

—Creo recordar que se reunían. No sé de qué trataban esas reuniones.

—Diga si sabe si el ingeniero Raúl Salinas, previo a la nominación del doctor Zedillo, promovió la candidatura presidencial del licenciado Manlio Fabio Beltrones.

—No, nunca conversé de esas cuestiones con miembros de mi familia. El gobernador de Sonora estaba impedido legalmente para ser candidato.

—Diga si supo, antes de la nominación del licenciado Colosio, cuál era el candidato de Carlos Hank González, Emilio Gamboa, Rubén Figueroa, Manlio Fabio Beltrones, Fernando Gutiérrez Barrios.

—No.

—¿El doctor Córdoba intervenía de alguna forma en las cuestiones relacionadas con la seguridad interior del país?

—Ninguna, excepto su presencia en las reuniones donde se podría tratar el tema.

—¿Cuáles fueron las razones por las que el doctor Córdoba fue relevado de su encargo como jefe de la Oficina de la Presidencia.

—Este relevo se había planteado desde principios de año para que él ocupara una posición en el Banco de México. Decidí ir previendo la nominación del doctor Córdoba a una posición así y finalmente se materializó en el Banco Interamericano de Desarrollo.

—¿La salida del doctor Córdoba estuvo determinada por su cercanía con el doctor Zedillo?

—No de manera fundamental, porque su salida estaba prevista desde antes de que el doctor Zedillo fuera postulado.

—¿El decir “no de manera fundamental” implica que de alguna manera sí se tomó en cuenta dicha relación?

—De manera muy marginal, porque no fue la razón fundamental de su salida… Lo que quiero decir con marginal es que con la llegada de la candidatura del doctor Zedillo decidí que era el momento de materializar lo que desde antes estaba previsto.

—¿En su calidad de jefe de la Oficina de la Presidencia el doctor Córdoba transmitía instrucciones o mensajes presidenciales a secretarios de Estado o subsecretarios, gobernadores o titulares de órganos desconcentrados o descentralizados?

—Las instrucciones las transmitía yo directamente a través de acuerdos bilaterales o a través de la red.

—¿Tuvo reportes del CISEN sobre anónimos que informaban que querían matar al candidato?

—No recuerdo haberlos tenido.

—¿Estima que la muerte del licenciado Colosio dañó a algún grupo político o económico?

—Dañó a todos los que teníamos relación íntima y personal con él; dañó a los que durante años nos formamos juntos y trabajamos con aspiraciones comunes. Dañó a una generación que compartía afinidades, metas, propósitos. Pues sí. Sí conozco a quienes resultamos dañados.

—¿Sabe qué grupos o personas pudieran haber estado resentidos con su gobierno?

—Fundamentalmente, quienes dentro del Estado estaban en contra de una economía abierta y competitiva; en contra de la competencia transparente y democrática por el poder; y en lo social, en contra de la creación de nuevas bases y grupos populares… en general, los que estuvieron en contra de la modernización y el cambio.

—¿Llegó a recibir información que mostrara a las organizaciones del narcotráfico como interesadas en privar de la vida al licenciado Colosio?

—No directamente. Comentarios en la prensa, pero ninguna evidencia sólida.

—¿El licenciado Colosio le comentó sobre amenazas que hubiese recibido por parte de los integrantes de cualquiera de los cárteles de la droga?

—Ninguna.

—Hay una carta suya enviada a los medios de comunicación, que apareció publicada el 4 de diciembre de 1995 bajo el título: “Acusa de atacarlo a narcos, Echeverría y colaboradores de éste”. ¿A qué facciones se refiere o grupos se refiere cuando afirma que quieren hacerlo “el villano favorito”?2

—No me refiero a persona en específico o grupo en particular, excepto que en el texto de la carta hago ver que sí he encontrado una actitud hostil del ex presidente Luis Echeverría y personas que participaron con él.

—¿En qué consiste el ambiente hostil que refiere?

—En las expresiones públicas que tuvo hacia mi persona en meses previos a la fecha en que emití esa declaración… En particular recuerdo una expresión de él de un supuesto interés o intención de transexenalización en mi administración.

—En dicha carta refiere: “durante mi gobierno tuve que afectar muchos intereses para proceder entre otros aspectos medulares a la apertura de la vida política… dejando atrás las relaciones sociales dominadas por grupos aferrados al poder a lo largo de varios decenios. Fueron reformas para romper el control de grupos políticos enquistados en el Estado”. Diga cuáles fueron los intereses que afectó.

—Concretamente, me estaba refiriendo al señor Joaquín Hernández Galicia, que tenía gran presencia en el partido y en labores de Estado y sobre todo en la industria petrolera.

—¿Hay otras personas o grupos que haya afectado?

—Como intereses puedo señalar que cuando se vive una economía cerrada quienes se benefician de esa protección tienen utilidades importantes; cuando se libera, se pierden esas utilidades, quien se beneficia es el consumidor. Ésos fueron los intereses afectados.

—¿Cuáles eran los grupos aferrados al poder durante varios decenios?

—Uno de ellos, el de Joaquín Hernández Galicia. También dejó su posición hegemónica el sindicato de maestros, el profesor Carlos Jonguitud.

—¿En qué consistió la reacción “tremenda” de los grupos afectados a que se refiere en su carta?

—Sobre todo en expresiones de difamación y acoso de que he sido objeto estos dos últimos años… en la avalancha de comentarios agresivos en los medios en contra mía.

—¿Cuáles fueron los grupos que según su carta criticaron sin reserva ni medida la campaña del licenciado Colosio?

—Recuerdo comentarios y editoriales y discursos políticos muy hostiles… recuerdo discursos muy agresivos de Porfirio Muñoz Ledo. Las críticas eran porque no veían un planteamiento de Colosio que pudiera satisfacer sus propias visiones.

—¿Cuáles son los grupos e intereses que quisieron imponer a su candidato como relevo, tras la muerte del licenciado Colosio?

—Me refiero a la visita que horas después de la muerte de Colosio me hizo de manera intempestiva en Los Pinos el licenciado Luis Echeverría. Echeverría me compartió su reflexión de que el candidato debía ser alguien que no hubiera tenido relación con la campaña de Colosio y el nombre que sugirió fue el de Emilio Gamboa.

—¿Cuál fue su respuesta?

—Que lo transmitiría al PRI.

—¿A qué otros grupos e intereses se refería?

—Otro caso fue el del desplegado promovido por el diputado Augusto Gómez Villanueva el 25 de marzo, mientras asistíamos a los funerales de Colosio, buscando obtener firmas de apoyo para la posible candidatura de Fernando Ortiz Arana.

—¿Sabe si las personas que ha mencionado obstaculizaron la campaña del licenciado Colosio?

—No cuento con elementos.

—¿A qué se refiere cuando afirma en su carta que los grupos que ha mencionado tienen un proyecto político claro y preciso ante las circunstancias actuales?

—Mi impresión es que ellos defienden un modelo de economía cerrada con reducida competencia política y mecanismos tradicionales de ejercicio de la autoridad.

—¿Quiénes?

—En específico, Luis Echeverría y Augusto Gómez Villanueva.

—¿A quiénes más se refiere cuando dice en su carta que pareciera que para Echeverría y otros la candidatura del licenciado Colosio era precisamente “la posibilidad de que se mantuviera un modelo de liberalismo social”?

—Cuando el año pasado el licenciado Echeverría se manifestó en contra del liberalismo social, yo lo leí como una expresión en contra de quienes encabezaban esa propuesta. Colosio había hecho suyo el planteamiento de liberalismo social.

—En otra parte de la misiva dice: “En ese momento no me parecía que las iniciativas de estos individuos tuvieran relación con los acontecimientos dolorosos que habían estado sucediendo en el país desde enero de 1994”. ¿Quiénes son esos individuos y a qué acontecimientos alude?

—Los mencionados Hernández Galicia, el profesor Jonguitud, Luis Echeverría, Augusto Gómez Villanueva y Porfirio Muñoz Ledo. Los acontecimientos son los que empezaron con el levantamiento en Chiapas. Pero no tengo elementos que vinculen a estos individuos con los acontecimientos dolorosos de 1994.

—¿Sabe si existe alguna relación entre los grupos e intereses que ha mencionado y el homicidio del licenciado Colosio?

—No.

—¿Sabe si el ingeniero Raúl Salinas, después del homicidio del licenciado Colosio, visitó a la señora Diana Laura Riojas?

—No tengo conocimiento.

—¿Sabe si el grupo de intereses en contra del cual pudiera haber estado el licenciado Camacho lo formaban José Córdoba, Raúl Salinas, Manlio Fabio Beltrones y Emilio Gamboa.

—No conocí que estas personas formaran un grupo así.

Interrogatorio a Manuel Camacho Solís

—¿Estuvo de acuerdo con la nominación del PRI en relación con la candidatura del licenciado Colosio a la presidencia?

—Yo dije: no estoy en contra de la candidatura de Luis Donaldo, pero sí en contra del grupo de interés que está detrás de él. Y dos, le llamé para desearle éxito.

—¿Puede precisar cuál es el grupo de interés al que se refiere?

—Personajes políticos con muchísimas alianzas: Raúl Salinas, José Córdoba, Emilio Gamboa y otros.

—¿Cuál fue la razón por la que el 28 de noviembre no acudió a saludar al entonces precandidato a la presidencia?

—Por lo que acabo de decir y por otra razón: los tiempos están cambiando, teníamos el antecedente del 88, teníamos los cambios que habían ocurrido en la sociedad y pensé que era indispensable establecer una diferencia con los viejos métodos del sistema autoritario que, estaba demostrado, no estaban ya cumpliendo con lo que antes se había logrado.

—¿Después de la designación del licenciado Colosio como candidato, le ofreció algún tipo de apoyo a su campaña?

—Mi posición como comisionado para la paz en Chiapas fue de mantener imparcialidad, fue una posición de Estado para hacer posible la negociación de paz. Desde esa posición no tuve candidato, no podía apoyar a ninguno de los tres candidatos principales.

—¿Estuvo enterado del desarrollo de la campaña?

—Recuerdo una conversación con José Córdoba, en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Pensando en los intereses de Luis Donaldo le reclamé, sabiendo de su influencia en la campaña y de su íntima relación con el coordinador de ésta, que cómo era posible que ante una situación nacional que exigía de la inmediata presencia del candidato estuvieran pasando tantos días sin que arrancara la campaña; que eso me parecía un grave error porque las candidaturas se consolidan desde las acciones iniciales. Con extrañísima lógica, el doctor Córdoba me dijo que la mejor campaña era que no hubiera campaña, que de acuerdo con sus investigaciones desde la Oficina de la Presidencia, entre más competencia política había eso perjudicaba al PRI y favorecía a la oposición. Una vez que me voy a Chiapas, el nivel de información sobre la campaña es mínimo.

—¿Por qué sabía que el doctor Córdoba tenía influencia en la campaña del licenciado Colosio?

—Porque el doctor Córdoba tenía influencia en todas las principales actividades del gobierno; en el gabinete económico era una pieza central. En los asuntos políticos, las decisiones del PRI se tomaban en su oficina; por ahí pasaban los documentos principales. Y porque José Córdoba era el principal instrumento del presidente en todas las tareas de esa naturaleza. Y por una razón adicional: por su estrechísima relación personal y alianza política de siempre con Ernesto Zedillo, coordinador de campaña de Colosio.

—¿Transmitió al licenciado Salinas alguna opinión sobre la campaña del licenciado Colosio?

—Era uno de los temas que se discutía centralmente, sobre todo vinculado con la posibilidad que manejaban los medios de que yo pudiera ser candidato a la presidencia.

—¿Qué comentarios le hizo el licenciado Salinas a raíz de lo anterior?

—La principal preocupación era que en los medios políticos se había creado la impresión de que yo quería ser presidente de la República y su exigencia, de manera muy clara, fue que yo dijera enfáticamente que no tenía esa aspiración.

—¿Cuál fue su respuesta?

—El 11 de marzo habíamos quedado que yo haría una declaración pública al respecto, con la que yo estaba de acuerdo, pero ocurrieron una serie de cosas que me llevaron a fijar una posición como la que presenté en la conferencia de prensa del Hotel Presidente. Dije que frente a todo lo que estaba ocurriendo, frente a los ataques contra mi equipo (y también frente a las múltiples amenazas que yo recibí), prefería ser un factor que empujara la transición a la democracia; es decir, no quería ser candidato, quería utilizar mi prestigio político para asegurar la paz, pero no estaba dispuesto a restringir mis derechos ciudadanos.

—¿Discutió los términos de este comunicado con el presidente Salinas?

—Se los presenté antes de darlos a conocer y fue motivo de una profunda confrontación personal.

—¿En qué consistió esa confrontación?

—El presidente me exigió que hiciera esa declaración. Me amenazó si no la hacía, le dije que yo por la fuerza no me iba a doblar y que yo estaba dispuesto a hacerlo, pero no en las condiciones que se me querían imponer, sobre todo después del trabajo que habíamos hecho para frenar la guerra en Chiapas. El presidente sabía que la paz era mi flanco débil y entonces vino la amenaza mayor, o tú aceptas, o dejas de ser comisionado, lo cual significaba que se venía abajo todo el proceso. Me pidió que hiciera algunos cambios al documento. Algunos los tomé en cuenta, otros no, y así llegué al Hotel Presidente, donde los medios esperaban una candidatura, con la posición anticlimática de decirles que yo prefería ser un factor a favor de la transición.

—En relación con una respuesta anterior sobre múltiples amenazas en contra suya, ¿cuáles eran esas presiones?

—Las presiones ya las precisé, lo dije cuando mencioné la relación con el presidente Salinas, y en relación con las amenazas se dieron tan frecuentes, por ejemplo a los teléfonos de mi casa, que tuve que cambiar los números.

—¿Por qué razones el presidente Salinas lo nombró comisionado para la paz?

—El texto de esa conversación está en los papeles que me robaron de mi casa, mismos que fueron llevados a la oficina del doctor Zedillo y que éste envió a las oficinas del licenciado Salinas, lo cual constituye otro hecho grave más en la vida política del país3. Como ahí se relata, llegué a ver al presidente, siendo secretario de Relaciones Exteriores, para decirle que era indispensable cambiar la línea del gobierno. La posición del gobierno, la posición de José Córdoba era el exterminio del movimiento. Le dije que yo no podía convalidar esa línea porque no estaba dispuesto a contestar a los noticieros de Estados Unidos sobre cuántos muertos había habido en México. Llegué al límite. No estoy dispuesto a seguir siendo parte de este gobierno si no cambias la línea política y no sólo eso, me iré con el movimiento cívico a las calles para luchar a favor de la paz y la defensa de los derechos humanos. El presidente me hizo ver que eso provocaría la fractura del régimen. Fue a partir de ahí que convenimos y acepté ser comisionado.

—Consideró que su nombramiento, con el carácter de honorario, lo ponía en una eventual posición de candidato presidencial sustituto?

—Yo no podía estar pensando en que iba a ser candidato sustituto después de lo que había vivido en el destape anterior. Yo no era el hombre de Salinas. Por la información que tengo, pienso que aún en el caso de que no se hubiera aprobado el TLC, Salinas no estaba pensando en mí para sucederlo, Salinas estuvo pensando —en una situación de turbulencia política— en Patrocinio González. Había razones muy poderosas para que no pudiera haber una confianza ya completa entre nosotros dos.

—¿Le manifestó al licenciado Salinas alguna inconformidad por no haber sido nominado?

—La demostré con la diferencia que establecí en los hechos que acabo de hacer relación, y su respuesta fue decir que yo había hecho un capricho. Adjetivo que se repite a lo largo de la historia de nuestro país siempre que hay una diferencia con el poder.

—¿Solicitó al licenciado Salinas, entre el 10 de enero y el 22 de marzo de 1994, que requiriera a sus colaboradores que lo apoyaran o dejaran de criticarlo?

—Sí, le pedí que solicitara a sus colaboradores que dejaran de atacarme porque no era asunto personal, era una tarea y una responsabilidad institucional.

—¿Cuáles eran los colaboradores que lo atacaban?

—Quienes pensaba que lo hacían eran José Córdoba, Emilio Gamboa, Otto Granados y no recuerdo si antes o después, Beltrones.

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—¿En qué forma se enteró del atentado que sufrió el licenciado Colosio?

—Estaba en Chiapas, en una reunión en casa del obispo Samuel Ruiz, cuando alguien pasó una tarjeta que informaba sobre el atentado. Busqué al presidente para confirmar la información. En ese momento me dirigí a la sala de prensa para expresar mi duelo y mi más enérgico rechazo.

—¿Supo de alguna persona o grupo político que pudiera haber estado en desacuerdo con la candidatura del licenciado Colosio?

—Yo nunca he confundido una lucha política con una conducta criminal. No sé si Colosio tenía enemigos, precisamente por su carácter bondadoso, para llegar a su crimen.

—¿Qué actitud asumió cuando los medios manejaron que el asesinato del licenciado Colosio era un complot de Estado?

—Yo he aprendido que uno no puede guiarse en el gobierno por apreciaciones, sino a partir de los hechos. Yo no podía sacar en el momento ninguna conclusión porque no tenía información relevante. Las únicas tres cosas que eran importantes para mí fueron: dejar establecida en el primer contacto con los medios la misma posición que había definido el 22 de marzo: no iba a ser, bajo ninguna condición ni circunstancia, candidato a la presidencia. Dos, mi sorpresa por la manera como se estaban manejando los acontecimientos en mi contra y la pregunta que yo me hacía: ¿esto era parte de una horrible conspiración? Y lo tercero, eran consideraciones estrictamente personales: la seguridad de mi familia, mi propia seguridad, la de mis colaboradores y la importancia que yo le daba, ya fuera de cualquier consideración política, a poder ir a decir a Diana Laura que sentía mucho la muerte de su esposo.

—¿Sabe si a fines de marzo de 1994 el licenciado Salinas le solicitó a Diana Laura Riojas que firmara una carta que lo exoneraba a usted de cualquier vínculo con el homicidio?

—En parte es cierto y en parte no. A mi llegada de San Cristóbal, el día 24, fui a Los Pinos. Hablé con el presidente. El primer punto de ambos fue el descarte de mi persona para la candidatura. Te pido que bajo ninguna circunstancia sea yo considerado. Él me dijo: eso he pensado y coincido plenamente. Había visto ya la televisión, la uniformidad del posicionamiento político y el quererme atribuir a mí la responsabilidad del crimen. Me había llamado mucho la atención la manta que había aparecido en Lomas Taurinas, “Camacho y Marcos te vigilan”. ¿Cómo una manta así cuando había tal cantidad de vigilancia? Me había llamado más la atención ver que ese era un tema en los medios desde la noche: el rechazo a Camacho y el enardecimiento contra su persona en el edificio del PRI, proyectado por televisión a toda la nación. Y sabía que en Gayosso había gente preparada para que a mi llegada se me insultara y se me agrediera. No obstante, decidí ir a Gayosso y así se lo informé al presidente. El presidente llamó al general Cardona para que yo pudiera ser recibido sin contratiempos. A mi llegada me encontré con que no había ninguna posibilidad de ser recibido, porque ni siquiera encontré a nadie, a ningún representante del gobierno. Y únicamente vi a los grupos de ambulantes y de peticionarios que gritaban consignas en mi contra y algunos prácticamente querían agredirme. Para mí eso no tenía mayor importancia. Sabía que no era una reacción natural, al punto de que a mi salida de Gayosso una parte de esos contingentes me acompañaron a mi vehículo y cambiaron el grito de “Muera Camacho” por “Viva Camacho”. Con dificultad pude entrar al segundo piso donde estaba Diana Laura y se celebraba en ese momento una misa. Esperé a que terminara la misa y recibí dos mensajes diciéndome que la señora decía que yo no era grato en ese lugar. Al primero que me llevó el mensaje, en tanto que entre otras cosas, había sido fuente de las amenazas de muerte contra mi persona, según se me había comentado en las semanas anteriores, no le quise dar ninguna importancia. Cuando vi que eran dos, pensé que en efecto se trataba de un mensaje real y decidí salir de Gayosso. En ese mismo lugar, en la calle, me rodearon los periodistas y fue ahí donde dije que bajo ninguna circunstancia iba yo a ser candidato a la presidencia de la República. No por los gritos de los acarreados. Bajo ninguna circunstancia iba yo a aceptar a ser candidato en el contexto de un crimen y de todo lo que pudiera estar atrás.

Salí de Gayosso y me dirigí a la oficina del presidente; le dije lo que había pasado. Me dijo que de todas maneras él pensaba que era lo correcto, y yo le dije que lo correcto era haber ido a presentar mis condolencias a Diana Laura, independientemente de los hechos que se habían presentado. Le dije que me llamaba mucho la atención que de las órdenes que yo oí que se dieron, simplemente no hubo nada, y que una cosa es que no fuera ser candidato, pero otra que se valiera que quisieran arrojar sobre mi persona la responsabilidad de un crimen. Que eso no tenía ninguna justificación ni moral, ni legal, ni política. Y que en las circunstancias que se habían creado, la única manera de parar esa embestida sería que alguien con autoridad moral la frenara. Y que no veía yo a ninguna otra persona con esa autoridad que no fuera Diana Laura. Que por tanto y ya considerando que no sólo no iba a ser candidato, sino que por el manejo trágico de los acontecimientos que se estaba haciendo, mi vida política estaba terminada, que yo le hacía una solicitud de carácter humanitario para que ella me diera una carta, no en donde dijera que yo no era el responsable del crimen, sino donde aclarara si en efecto ella pensaba que yo lo era, o simplemente estaba enojada por las posiciones que yo había mantenido en los meses previos.

Esa carta era mi seguro de vida y la protección de mi familia. Yo redacté el texto —le pedí al presidente se lo llevara a Diana Laura— precisamente en esos términos: separar el crimen de las circunstancias políticas. Eso es todo lo que pedí. Creo que eso lo merecía cualquier ser humano en una circunstancia equivalente. Tenía miedo, también, de que alguno de los múltiples ambiciosos que estaban en ese entorno político, pudiera llevar a la señora a quien tanto respetaba, alguna información calumniosa, que ella sin todo conocimiento, pudiera expresar en público. Sabía yo que una cosa así para mí podría ser hasta la muerte. Hice esa solicitud a Diana Laura porque conocía de su honestidad, de su inteligencia y de su calidad humana. Ella había sido colaboradora nuestra en la Subsecretaría de Desarrollo Regional. Era tal mi simpatía por ella que unos cuantos meses antes le llevé a regalar un óleo que tenía de su pintor predilecto, deshaciéndome de algo que a mí también me gustaba, pero sabía que a ella le iba a gustar más. Y tal fue la calidad moral de esa mujer, que aun en el clima de envenenamiento en contra de mi persona que se había creado, tuvo el acto de grandeza de jamás decir, insinuar o sugerir que yo pude haber participado en ese crimen. En la única declaración verdaderamente suya al respecto, que dio al periódico El País, y que según recuerdo se reprodujo en la revista Proceso, Diana Laura fue muy clara: Contra Camacho no tengo otra cosa más que políticamente no haya apoyado a Donaldo. Con su conducta intachable y con su voz, Diana Laura firmó la carta que yo le pedí. Quienes carecen de toda ética, o no sé por qué razones lo hagan, han dicho que esa carta era para que yo pudiera ser candidato. Ellos saben perfectamente que en ningún instante quise ser candidato después de los acontecimientos que habían ocurrido.

—¿Puede precisar quién era la persona que identifica como fuente de amenazas en su contra?

—Esto vino de una comida en donde el colaborador de Emilio Gamboa, Raúl Zorrilla, dijo, según me fue comentado por gentes de mi confianza, que si Camacho seguía con su protagonismo lo iban a tener que matar. Este tipo de comentarios los escuché también en Chiapas, a veces periodistas extranjeros me decían haber escuchado comentarios semejantes.

—¿Considera haber tenido un ruptura política con el licenciado Colosio?

—Le acabo de comentar que nunca estuve en contra de la candidatura de Colosio, estuve en contra del grupo de interés que estaba atrás de Colosio.

—¿Cuál era la razón por la que estaba en contra de ese grupo de interés?

—En algún caso, porque el candidato de ese grupo de interés no había sido inicialmente Luis Donaldo Colosio. Pensaba yo que estaban metidos algunos en la corrupción. No veía en ninguno la voluntad de llevar al país a la democracia, sino más bien de perpetuarse en el poder para los próximos 24 años, como lo dijo un miembro del gabinete actual. Ésos eran los intereses y las cosas con las que yo no estaba de acuerdo, y por eso ellos tampoco confiaban en mí.

—¿Sabe quién era inicialmente el candidato de ese grupo de interés?

—El candidato de José Córdoba siempre fue Zedillo, hasta que ya no estuvo al final en la competencia y entonces se inclinó por Colosio. El candidato de Raúl Salinas siempre fue Colosio. Desconfiaba profundamente de Pedro Aspe y de mí.

—¿Cuáles miembros de ese grupo de interés estaban en la corrupción?

—Yo pensaba que Raúl Salinas. Tengo la convicción de que el doctor Zedillo es un hombre honesto que nunca participó en ningún negocio. Y de Gamboa he oído muchas cosas, pero no me consta nada.

—¿Sabe por qué Mario Aburto Martínez, al llegar a las instalaciones de la Policía Judicial Federal, solicitó hablar con usted?

—Eso fue lo que dijo Manlio Fabio Beltrones, que a él se lo había dicho. Yo lo consideré exactamente en la misma jerarquía que las mantas de Lomas Taurinas, como lo que se había publicitado en la televisión contra mi persona y la bajeza que se había organizado en mi contra en la agencia Gayosso.

—¿Cómo se entera que los papeles que le fueron robados en su casa llegaron a manos del doctor Zedillo y éste a su vez los entregó al licenciado Salinas?

—Por versión de ambos. Y me pareció un hecho grave que ellos fueran parte de eso, que no dijeran nada públicamente, que buscaran que con esos documentos me desprestigiaran, que no hubieran frenado la publicación de los mismos a sabiendas de que iba a haber la publicación, ya que yo le había anticipado esa información al presidente; que todavía después de eso, el presidente siendo jefe de Estado fuera a desayunar al periódico El Economista, y que el doctor Zedillo y sus hombres mantuvieran el apoyo y la confianza en ese medio. Pero la historia no terminó ahí. Ante ese hecho delictivo en mi contra tuve la precaución de registrar en Derechos de Autor esos papeles y en esta administración se tuvo la desfachatez de que se publicaran como libro, con un título denominado “Yo, Camacho”, después de una reunión celebrada en el avión presidencial en la que se discutían distintas formas de golpearme.

—¿Supo de la existencia de un grupo de empresarios y políticos denominado el Grupo de los Diez?

—Lo supe porque ése era uno de los sitios donde se preparaban las principales estrategias políticas en mi contra. No recuerdo en este momento quién de ellos me lo dijo, pero me relató un hecho importante. Estando sentados a comer, Raúl recibió una llamada. Se levantó de la mesa diciendo que tenía que ir a Los Pinos porque Manuel Camacho lo estaba acusando de actos de corrupción con el presidente. Después de la comida, a la hora de los coñac, regresó y dijo que ya había parado esas calumnias y a este “hijo de la tal”. Como es lógico, la percepción de los asistentes era de que yo no contaba con el apoyo presidencial y eso facilitaba la construcción de las líneas de ataque político en contra de mi persona.

—¿Le hizo saber actos de corrupción del ingeniero Raúl Salinas al entonces presidente?

—Le dije al presidente todo lo que a mí me llegaba de información al respecto. Al presidente le dije siempre todo lo que sabía aun aquello que pudiera perjudicarme.

—¿Cuál fue la respuesta que le dio el presidente?

—Que hablara con Raúl. Recuerdo alguna referencia que había hecho el ingeniero Heberto Castillo de algunas importaciones de azúcar, no recuerdo bien, en la campaña política del ingeniero Castillo. Hablé con Raúl, y en esa y otras ocasiones negó por completo los hechos.

Interrogatorio a Ernesto Zedillo

—¿Cómo se dio su designación como coordinador general de la campaña del licenciado Luis Donaldo Colosio?

—Al día siguiente de su postulación como candidato, el 29 de noviembre de 1993, Colosio me llamó a mi oficina alrededor del mediodía y sin mayor preámbulo me ofreció la coordinación general de su campaña y me pidió presentarme de inmediato en su oficina de Sedesol. Al indicarle mi aceptación de su propuesta, me comentó que se proponía hacer enseguida el anuncio correspondiente. Procedí a comunicarme con el presidente de la República para informarle mi decisión de renunciar a la SEP. Pocos minutos después el propio Colosio hizo el anuncio.

—Además de la función natural que corresponde a un coordinador general de campaña, ¿le encargó el licenciado Colosio la misión de fungir como enlace con el entonces presidente de la República?

—Él siempre mantuvo comunicación directa con el presidente y sus principales colaboradores, por lo que no procedía tener un enlace formal distinto a él mismo. Sin embargo, cuando estaba fuera de la ciudad, en campaña, yo servía para transmitir mensajes.

—¿Sabe si el licenciado Colosio fue informado previamente por el licenciado Salinas de Gortari del nombramiento de Manuel Camacho Solís como comisionado para la paz en Chiapas y, en su caso, del carácter con que se haría tal designación? ¿Qué opinión tuvo el licenciado Colosio sobre dicho nombramiento?

—La noche del 9 de enero de 1994 el licenciado Salinas me comunicó que pensaba involucrar a Camacho en el asunto de Chiapas. No me dijo el carácter específico que tendría su responsabilidad. Tengo la impresión de que fue lo mismo que se le comunicó a Colosio esa misma noche. Me parece que fue hasta la mañana del 10 de enero, estando en Huejutla, Hidalgo, cuando se enteró Colosio de los términos precisos de la designación de Camacho. Estimo que ni para él ni para ninguno de sus colaboradores cercanos, incluyéndome a mí, fue grato dicho nombramiento, ni mucho menos los términos en que se hizo. Pensamos que había sido una decisión muy desafortunada que sería aprovechada por Camacho en función de sus ambiciones políticas personales. Convenimos en más de una ocasión, Colosio y un servidor, que una vez más había tenido éxito la táctica de Camacho de atemorizar al presidente con la real o supuesta gravedad de algún problema, para luego postularse a sí mismo como el único capaz de resolverlo.

—¿Cuál fue la planeación inicial respecto a la fecha y lugar para el inicio de campaña y qué cambios se dieron con motivo de los sucesos de Chiapas, del 1 de enero de 1994?

—Se programó iniciar la campaña el 10 de enero de 1994, y así ocurrió. Sin embargo, debido a los sucesos de los primeros días de ese mes, se cambió el arranque, que sería en la costa de Chiapas, a Huejutla, Hidalgo.

—¿Sabe si el licenciado Salinas de Gortari solicitó al licenciado Colosio, a principios de marzo de 1994, que suspendiera la gira que tenía programada en el estado de Chiapas y las razones de ello?

—Colosio me comentó, alrededor del 1 de marzo de 1994, que estaba pensando hacer muy pronto una visita sorpresa a Chiapas al margen del programa y los mecanismos de campaña. Ignoro las razones por las cuales no se llevó a cabo dicha visita.

—¿El ambiente político de 1994 fue adverso a la campaña y se propició para afectar al licenciado Colosio? ¿Cuál era la percepción del candidato a este respecto?

—No creo que la aparición del EZLN haya sido planeada específicamente para afectar nuestra campaña política, pero los sucesos de Chiapas y la interpretación que algunos medios le confirieron a la estrategia gubernamental para enfrentar ese problema afectaron las circunstancias en que debió desarrollarse la campaña. Desde luego los involucrados, empezando por Colosio, percibimos condiciones menos propicias para el desenvolvimiento de la campaña, especialmente por el protagonismo que el asunto Chiapas había cobrado y por el importante cambio que se había dado en las percepciones de la gente respecto a la situación del país a raíz de los hechos violentos de los primeros días de enero. Como indiqué antes, nos molestaba mucho la actitud del licenciado Camacho y el que una vez más abusara de la confianza del presidente, quien a su vez mostraba según nosotros una evidente debilidad de carácter ante los desplantes de su comisionado. Nos tomó tiempo admitir que en esos momentos no era posible disputar la mayor atención noticiosa nacional a todo lo que tuviese que ver con Chiapas, pero que además no era necesario para ser exitosos en la campaña en su inicio.

—¿Fue testigo de una conversación telefónica entre el licenciado Salinas y el licenciado Camacho la tarde del 28 de noviembre de 1993, según lo refirió el propio licenciado Salinas en su declaración ministerial? En su caso, ¿sabe sobre qué tema versó esa conversación?

—El día de la postulación, el 28 de noviembre de 1993, alrededor de las tres de la tarde estuve presente cuando el licenciado Salinas sostuvo una conversación telefónica con Camacho. Según me comentó el propio licenciado Salinas, Camacho estaba molesto, se rehusaba a acudir a felicitar a Colosio, se retiraba a reflexionar y al día siguiente haría pública su posición.

—El ex presidente llegó a expresarle las razones por las que habría nombrado al licenciado Camacho comisionado para la paz con el carácter de honorario?

—En una conversación que sostuve en febrero de 1994 le expresé mi convicción de que el nombramiento de Camacho no habría de servir para resolver el asunto de Chiapas y le dije que su comisionado estaba aprovechando la confianza presidencial para tener un protagonismo político que en nada servía al proceso electoral. Me contestó que su responsabilidad era procurar por cualquier medio la tranquilidad del país, para que las elecciones transcurriesen en condiciones propicias para el triunfo de Colosio y que a ello obedecía su decisión. Le recordé la actitud de Camacho el día de la postulación, a lo que me respondió, incluso molesto, algo así como que entendiésemos que lo único que quería era ver a Donaldo sentado en la silla el primero de diciembre, con lo que concluyó la conversación.

—¿Conoció las razones por las que el 22 de marzo de 1994 Manuel Camacho declara públicamente que no aspira a la candidatura por la presidencia de la República?

—El 22 de marzo, cerca del mediodía, me llamó el licenciado Salinas pidiéndome que informara a Colosio que en las siguientes horas Camacho declararía públicamente que no aspiraba a la presidencia. Me pidió que a su vez Colosio tuviera un gesto de cortesía, ponderando públicamente a Camacho. Ambas cosas ocurrieron. Me quedé con la impresión que fue el propio licenciado Salinas el que acordó con Camacho su declaración.

—¿El licenciado Colosio le expresó algún comentario sobre lo dicho por el licenciado Salinas, cuando el 27 de enero de 1994, en la residencia oficial de Los Pinos, expresó la frase: “No se hagan bolas, el candidato es Luis Donaldo Colosio”? ¿Supo cuál fue la intención de dicho mensaje?

—No recuerdo ningún comentario específico de su parte, pero sí que se le vio molesto después de esa declaración. Nunca platiqué sobre la misma con el licenciado Salinas.

—¿Supo de diferencias, distanciamiento o ruptura política entre el licenciado Salinas y el licenciado Colosio, o de que hubiese habido alteraciones en su relación personal durante la campaña?

—La diferencia significativa que se tuvo con el entonces presidente por parte de todos los que participábamos en la campaña, incluyendo al candidato, fue en relación a la responsabilidad conferida en el asunto de Chiapas a Camacho y la manera como la desempeñaba. El más cuidadoso para expresar su desacuerdo con esa situación era el propio Colosio, pero su incomodidad era perceptible para los que trabajábamos cerca de él. El 13 de enero de 1994, día en que hacía campaña en Hidalgo, me pidió que me trasladase a Pachuca para que al término de su gira comentásemos los acontecimientos. Estaba molesto por lo ocurrido durante la semana en torno a Camacho. Al final concluimos que lo que procedía era mantener la cabeza fría y no mostrar públicamente enojo. Por otra parte, nunca estuve presente en los encuentros o pláticas telefónicas que sostenían el candidato y el entonces presidente, por lo que desconozco si varió sustancialmente su relación personal en aquellos meses. Tengo claro que la comunicación entre ambos se mantuvo regularmente y, por lo mismo, no se podría hablar en modo alguno de ruptura.

—¿Tuvo comunicación telefónica con el licenciado Colosio el 22 o 23 de marzo de 1994? En su caso, ¿podría precisar con qué propósito?

—La tuve ambos días. El día 22 para transmitirle el mensaje del licenciado Salinas respecto a la declaración de Camacho y su petición de que Colosio hiciera a su vez una declaración sobre Camacho. El día 23 hablamos dos veces por teléfono. La primera alrededor de las siete de la mañana para comentar los acontecimientos del día anterior y la conveniencia de que no esperara a su regreso a la ciudad de México para comunicarse con el licenciado Salinas y reconocerle el acuerdo referido. Me indicó Colosio que hablaría con el licenciado Salinas en el curso del día. La segunda vez me llamó de La Paz, alrededor de las tres de la tarde, justo antes de partir a Tijuana. Me comentó que su llamada con el licenciado Salinas había sido muy grata. Estaba satisfecho y contento por eso y por los resultados de su gira.

—En el equipo de campaña, ¿a qué se atribuyó el que la prensa nacional diera preferencia a las actividades del entonces comisionado para la paz en Chiapas, por encima de las actividades de campaña del licenciado Colosio?

—Sabíamos que el asunto de Chiapas, por su naturaleza y el impacto inicial que había tenido en la opinión pública, era el preferido de la prensa. El director de un diario de la ciudad de México me lo dejó entonces muy claro al decirme, con un evidente grado de cinismo, algo así como que entiendan que siempre lo que rompa el orden establecido será mejor noticia que su campaña.

—Diga si durante la campaña del licenciado Colosio llegó a reunirse con el licenciado Carlos Salinas. En caso afirmativo, ¿con qué frecuencia ocurrió ello?, ¿qué comentarios se hacían sobre el licenciado Colosio y el desarrollo de su campaña?, ¿se tocó el asunto de la seguridad?, ¿se comentó la actitud del licenciado Camacho en cuanto a su fuerte presencia en los medios, la percepción pública de que aspiraba a la candidatura y las versiones periodísticas de que el licenciado Colosio renunciaría?

—Me entrevisté con el licenciado Salinas la noche del 9 de enero de 1994 y en otra ocasión en febrero de 1994… Comentamos la actitud de Camacho y no abordamos versiones periodísticas sobre ningún tema. El de seguridad tampoco fue abordado. Sobre el contenido de la segunda plática debo agregar que el licenciado Salinas me mostró una nota escrita por el señor Marcelo Ebrard, entonces asesor suyo y de Camacho, con comentarios sumamente críticos hacia el desempeño de Colosio y la campaña, a lo que yo respondí que esos comentarios no se correspondían con lo que indicaban las encuestas, incluyendo las de la propia presidencia, con lo que expresó su acuerdo el licenciado Salinas.

—¿Acompañaba usted al licenciado Colosio durante sus giras? Específicamente, ¿podría precisar cuál fue la razón por la que no asistió a la gira por Baja California?

—Desde el inicio de la campaña acordé con el licenciado Colosio que ni yo ni sus asesores directos lo acompañaríamos en las giras de campaña.

—¿Es cierto que usted atestiguó la instrucción que el entonces presidente Salinas le dio al licenciado Manlio Fabio Beltrones para que se trasladase al lugar del atentado, según lo refiere el propio licenciado Salinas en su declaración ministerial? ¿Conoció los motivos por lo que se le pidió al licenciado que se trasladara a Tijuana?

—Efectivamente, presencié cuando la noche del 23 de marzo de 1994 el licenciado Salinas le indicó a Beltrones que se trasladara a Tijuana. No recuerdo que el licenciado Salinas haya mencionado una causa especial.

—¿Cuáles son los antecedentes del discurso que pronunció el licenciado Colosio el 6 de marzo de 1994? ¿Cuál era el mensaje que deseaba transmitir con ese discurso? ¿Era un mensaje de ruptura con el presidente?

—El discurso del 6 de marzo fue el mejor programado de la campaña. En las semanas previas al discurso obtuvimos un buen número de estudios de opinión y propuestas de estrategia de comunicación política para ser utilizados en el diseño definitivo de la campaña, una vez que ésta entrase en su etapa formal después de Semana Santa. Acordé con el candidato utilizar el material disponible para la elaboración del citado discurso. Lo considerábamos muy importante por varias razones. La primera, que los propios estudios de opinión habían revelado que uno de los aspectos más débiles de la campaña residía precisamente en el contenido del discurso. Por otra parte, nos permitiría comenzar a proyectar en una ocasión importante la imagen objetivo del candidato, que se había determinado como óptima a partir de los varios estudios de opinión. A los redactores del proyecto del discurso se les proveyeron directrices precisas basadas en los citados estudios, e incluso párrafos y frases congruentes con esas directrices. Con el mismo propósito solicité notas e ideas a varias personas. Recuerdo en especial a los escritores Marco Antonio Montes de Oca, Jorge Hernández Campos y Ricardo Garibay. Cerca de la ocasión, el propio licenciado Colosio solicitó a algunas personas su opinión sobre el proyecto de discurso. Recuerdo que Enrique Krauze le sugirió algunos conceptos que el licenciado instruyó fuesen considerados en la versión definitiva. Es de señalar que a éstos se refirieron algunos comentaristas de prensa para sustentar sus interpretaciones de distanciamiento e incluso de ruptura entre el candidato y el presidente. Pero no existió la pretensión de plantear la ruptura con el entonces presidente, sencillamente porque no era conveniente desde el punto de vista electoral.

—¿Cuál fue la percepción del entonces presidente respecto del discurso?

—No conocí la opinión del licenciado Salinas. Me enteré de versiones periodísticas que señalaron que el discurso había molestado al licenciado Salinas, por los conceptos antes señalados, pero desconozco la veracidad de las mismas. Por otra parte, sé que el propio licenciado Salinas envió a Colosio una encuesta de la presidencia que mostraba que el discurso había fortalecido las preferencias a su favor.

—¿Diana Laura Riojas, después de la muerte de Colosio, le confió alguna información en relación al caso, o a enemigos de Luis Donaldo Colosio?

—Nunca lo hizo.

—El 23 de octubre de 1995 el periódico Reforma publicó una copia de una carta personal del entonces coordinador general de la campaña al licenciado Colosio, en la cual le propone al candidato que se establezca clara y precisamente una alianza política con el licenciado Salinas y que haya un acuerdo explícito “para que la gente sepa que no sería manipulado por el presidente Salinas, pero que goza de su confianza y aprecio”. ¿En ella estaba implícita la existencia de un distanciamiento, rompimiento o molestia entre el licenciado Salinas y el licenciado Colosio?

—Se trata de un corte de estrategia al aproximarse el final del primer recorrido de la campaña. El memorándum es muy claro en insistirle al candidato que variaron las circunstancias que previmos antes de los acontecimientos del primero de enero, que no nos conviene ignorar que hay personas que procuran generar en el ánimo presidencial una actitud negativa hacia nosotros, por ejemplo, el caso del señor Ebrard, y que ha llegado el momento de tener una estrategia precisa respecto a Camacho. Las razones de la propuesta sobre la alianza explícita con el licenciado Salinas se explican claramente por lo que no hay que suponer otra cosa. Los estudios de opinión reflejaban claramente un deseo de la gente de tener una suerte de cambio con continuidad.

Interrogatorio a José Córdoba Montoya

—¿Cuál era su intervención en las decisiones políticas que tomaba el licenciado Salinas de Gortari?

—Mis funciones eran de asesoría y apoyo técnico. Yo siempre se las di diciéndole lo que pensaba, a veces tomaba en cuenta mi punto de vista y a veces no. Esa es la naturaleza de todo trabajo de asesor.

—¿Cuáles fueron las razones por las que fue relevado de su cargo como jefe de la Oficina de la Presidencia?

—Presenté mi renuncia el 30 de marzo de 1994, siete días después del asesinato de Colosio. En ese momento no se dio y tampoco tenía por qué darse una explicación. Sé que la coincidencia de fechas ha propiciado algunas especulaciones, por lo que quiero exponer con detalle los antecedentes. El levantamiento armado de Chiapas, el 1 de enero de 1994, implicó cambios de la situación general del país y afectó las prioridades del quehacer gubernamental. En ese contexto, recuerdo que el presidente de la República, a su regreso de una reunión internacional en Davos, Suiza, me comentó que tenía tres prioridades fundamentales para 1994: encauzar la vía del diálogo en el conflicto de Chiapas; garantizar un proceso electoral federal apegado a derecho, transparente, creíble, y mantener la estabilidad de la economía nacional. También me dijo que por la complejidad del momento quería encargarle de manera directa el cumplimiento de cada una de esas prioridades a un área distinta. En ese nuevo marco quería descansar menos en el trabajo colegiado que se hacía en el seno de los gabinetes especializados. Me dijo que la función que yo había venido desempeñando en los cinco años anteriores, de organización y seguimiento del trabajo de dichos gabinetes, perdía sustancia; por lo tanto, mi permanencia en el cargo tenía una justificación menor. Yo le dije que presentaba mi renuncia y que me retiraba a actividades privadas. Él me comentó que no era una cuestión urgente y que deseaba que permaneciera en el gobierno, ya que en ese momento mi salida hubiera podido dar lugar a interpretaciones equivocadas. Se acordó que en el mes de abril, al entrar en vigor la autonomía del Banco de México, presentaría mi renuncia al cargo y sería nombrado responsable de la transferencia, prevista entonces en la ley del Banco de México, al gobierno federal de los tres fideicomisos a cargo del banco: Fira, Foci y Fidec. El asesinato de Colosio cambió las cosas. Después de la postulación de Zedillo como candidato, el presidente me dijo que por la complejidad de la situación política del momento y por mi cercanía con el candidato del PRI, era inconveniente que permaneciera en el país. Él me pidió que me fuera como representante de México y República Dominicana al Banco Interamericano de Desarrollo, a lo que accedí sin discutir.

—¿Consideró que retirarse del país a los pocos días del homicidio del licenciado Colosio y por la cercanía que ya señaló con el nuevo candidato, motivaría comentarios adversos a usted?

—En ese momento nunca imaginé que la cercanía entre la fecha del asesinato de Colosio y mi salida del país pudiera propiciar sospechas. Acepté irme porque sentí que ése era mi deber y mi contribución al mejor logro de los objetivos del gobierno.

—¿El licenciado Colosio fue informado, previamente, por el entonces presidente de la República del nombramiento de Manuel Camacho Solís como comisionado para la paz y la reconciliación en Chiapas?

—Supe que hubo una comunicación del presidente, el 8 o 9 de enero, sobre este tema. Desconozco los términos precisos. Esto lo sé porque me lo dijo el presidente con posterioridad, y a finales del mes de enero Colosio también me lo comentó.

—¿También se le informó al licenciado Colosio el papel que desempeñaría Manuel Camacho como comisionado?

—Entiendo que el presidente le comunicó dicho nombramiento, desconozco si le explicó con menor o mayor detalle la naturaleza de este nuevo cargo.

—¿El nombramiento del licenciado Camacho Solís como comisionado provocó alguna molestia en el licenciado Colosio?

—Colosio me contó que el 10 de enero por la noche, en el cuarto de hotel donde se hospedaba, vio la amplia cobertura que le dieron los noticiarios al nombramiento del comisionado para la paz. Sentía que eso opacaba en cierta forma el arranque de su campaña. Le molestó, creo, no tanto el nombramiento sino la manera en que se dio. Recuerdo sus palabras textuales: era “un golpe para su campaña”.

—¿Sabe la razón por la cual el nombramiento  del licenciado Camacho Solís revistió un carácter  de honorario?

—El presidente de la República me comentó que así lo pidió Camacho. Entiendo que argumentó que la misión que le encargaban tenía un carácter peculiar: negociar a nombre del gobierno con un grupo transgresor de la ley que desconocía la propio gobierno. Entiendo que argumentó que para el cumplimiento eficaz de su misión, le ayudaría un nombramiento también peculiar. Tener un cargo formal dentro del gobierno limitaría, a su juicio, la flexibilidad requerida para el cumplimiento de su encargo, por eso pidió, según entiendo, desempeñarse no como funcionario sino con carácter honorario; debo decir que infiero estos razonamientos de los comentarios que me hizo el presidente de la República al respecto. Yo no presencié ninguna reunión entre él y Camacho sobre este tema.

—¿Se le pidió opinión sobre el nombramiento del licenciado Camacho?

—El presidente me comentó su intención de nombrar a Camacho como comisionado. Le dije que coincidía con la prioridad absoluta que le otorgaba a poner fin a la confrontación y al encauzamiento del conflicto por la vía del diálogo. También le manifesté que Camacho tenía las cualidades que requería una misión tan delicada. Le externé, sin embargo, una preocupación: el resurgimiento de Camacho de manera tan destacada en la política nacional podía ser factor de confusión y perturbar el desarrollo incipiente de las campañas, ya que él mismo se había declarado abiertamente candidato perdedor. Recuerdo haberle comentado que si el comisionado era un servidor público en lugar de corresponder a un cargo honorario se podría, tal vez, aprovechar la capacidad negociadora de Camacho y al mismo tiempo acotar el impacto negativo de ese nombramiento a nivel político nacional y en particular de cara al proceso electoral federal. Reitero, sin embargo, que Camacho manifestó que él necesitaba flexibilidad.

—¿El nombramiento de Camacho como comisionado rompió las reglas de la “ortodoxia política” al ponerlo en posición de candidato presidencial sustituto?

—Tengo la convicción de que no era ésa la intención del presidente. Sin embargo, reconozco que se dieron esas especulaciones. La prioridad del presidente en ese momento era garantizar el fin de la violencia; probablemente juzgó que lo demás era un costo menor. Yo no puedo juzgar si se rompió o no con la llamada ortodoxia política.

—En una entrevista publicada en el periódico Reforma usted se refiere un pasaje difícil que se da entre el licenciado Salinas y el licenciado Camacho en la tarde del 11 de marzo de 1994, y menciona que el presidente se vio obligado a actuar con firmeza, con el objeto de que el licenciado Camacho retirara algunos párrafos del texto que leería el mismo día. ¿Puede precisar a qué se referían esos párrafos?

—El viernes 11 de marzo el presidente citó en su despacho a Manuel Camacho. El presidente quería conocer un texto que el comisionado tenía programado leer esa misma tarde ante los medios de comunicación en un hotel capitalino. Recuerdo que al término de esa reunión el presidente me citó en su oficina y me comentó que había tenido una reunión difícil con Camacho. Dijo que lo sentía muy sensible a críticas que se habían expresado en torno a su gestión como comisionado y a su papel en el escenario político. Esa sensibilidad lo había llevado a incorporar en el texto que sometió a su consideración algunas frases inconvenientes que el presidente le solicitó omitir… Recuerdo la mención a ciertas personas que según Camacho representaban una línea dura dentro del PRI y propiciaban comentarios adversos hacia él. Por otro lado, un fraseo demasiado ambiguo de su posición política frente al proceso electoral federal. Entiendo que Camacho moderó su discurso, pero yo no fui testigo directo de los hechos.

—¿El presidente le refirió que debían implementarse campañas de apoyo a la labor del licenciado Camacho como comisionado?

—No usaría la palabra campaña. Solicitó a sus colaboradores que le dieran el apoyo total de sus dependencias a la gestión del comisionado, ya que el éxito de ésta era una prioridad del gobierno. Me consta que todas las dependencias acataron esa instrucción.

—¿Sabe si el entonces presidente, a mediados del mes de marzo de 1994, dio instrucciones a los licenciados Otto Granados, Patricio Chirinos, Emilio Gamboa u otros más, para que se comunicaran con el licenciado Camacho y le expresaran apoyo?

—No me consta que haya dado instrucciones en ese sentido. Lo que sí sé es que en las primeras semanas de marzo Camacho tenía una gran sensibilidad con relación a las críticas que sobre su gestión se publicaban en algunos periódicos y le comentó al presidente que algunos de sus colaboradores podrían estar atrás de esas expresiones críticas, así me lo expresó Salinas. No me sorprendería que le haya expresado también a algunas o todas las personas que usted menciona que trataran con cordialidad a Camacho. Si así ocurrió, no creo que se tratara de expresiones de apoyo político, sino de una manifestación de cordialidad personal para que Camacho no sintiera enemistades y ánimos persecutorios de parte de colaboradores cercanos al presidente de la República. Debo decirle que el presidente me comentó en múltiples ocasiones que si uno trataba bien a Camacho, éste respondía bien.

—¿Cuál fue la reacción de Manuel Camacho al anunciarse la candidatura del licenciado Colosio?

—Es conocida de todos y ha sido llamada el berrinche de Camacho.

—¿Cuántas veces se reunió con el licenciado Colosio durante el periodo del 28 de noviembre de 1993 al 23 de marzo de 1994?

—En 1993 vi a Colosio, creo, en dos ocasiones en un ambiente fundamentalmente social. No creo haber tenido una reunión privada con él. En 1994 lo vi en reuniones privadas en cuatro o cinco ocasiones. Colosio tuvo la gentileza de invitarme a conversar con él, yo nunca le solicité un encuentro, ni tampoco el ex presidente Salinas me instruyó que hablara con el licenciado Colosio. Quiero precisar que yo nunca fui portador de ningún mensaje del presidente Salinas. En 1994 nunca tuve comunicación telefónica con él, la comunicación siempre fue personal y directa, en encuentros donde conversábamos con cierta amplitud.

—¿Qué se trataba en esas reuniones?

—Eran reuniones de amigos. Conversábamos sobre los temas del momento, no se trataba de desahogar una agenda. Recuerdo que compartió conmigo algunas reflexiones y percepciones personales sobre el desenvolvimiento de la campaña. En términos generales me comentó la situación adversa en la que arrancó su campaña, muy diferente a la que él había previsto inicialmente. Me comentó la concentración de la opinión pública y los medios de comunicación en torno a los problemas de Chiapas y el detrimento de su propia campaña. También me habló de su preocupación por consolidar la imagen de su campaña, fortalecer la integración de su equipo de trabajo y perfilar mejor su ideario político. Otro asunto que abordó fue el protagonismo nacional de Camacho y lo que él llamaba la tolerancia excesiva del presidente como obstáculo para lograr sus objetivos. A su vez me comentó enfáticamente su satisfacción al percibir las amplias manifestaciones de adición y de apoyo a su candidatura y en cierta forma se entristecía de que no se reflejara adecuadamente en la evaluación que se hacía de su campaña y en la cobertura que daban los medios.

—¿Cómo y en qué forma se enteró del atentado?

—Yo estaba en mi oficina. Me llegaron varias llamadas, tomé la que me pareció más importante: la de Ernesto Zedillo, entonces coordinador general de la campaña. Me dijo que estaba recibiendo varias llamadas sobre un atentado que acababa de ocurrir en Tijuana. Me preguntó qué sabía. Le respondí que de momento nada pero que iba a investigar. Me dirigí a la oficina del presidente, que estaba abierta. El ayudante me señaló que estaba en la planta baja, en el salón Vicente Guerrero, en una reunión con un grupo de campesinos. El acto estaba por concluir, el presidente estaba dirigiendo un mensaje final. Vi al general Cardona, entonces jefe del Estado Mayor Presidencial, en la puerta del salón. Le pregunté si tenía información sobre un atentado en contra de Colosio, me dijo que no. En ese mismo instante un ayudante le comunicó que tenía llamadas urgentes en su oficina. Fue a atenderlas. Regresó a los tres minutos confirmando el hecho. En esos momentos el presidente estaba despidiéndose del grupo de campesinos y del secretario de la Reforma Agraria. Cardona y yo le comunicamos la noticia. Se dirigió de inmediato a su oficina para hablar por teléfono. Creo que ya tenía llamadas telefónicas de Gobernación y la PGR.

—¿El licenciado Salinas le hizo algún comentario?

—La reacción inmediata fue de consternación y conmoción. Creo que lo único que preguntó fue qué noticias había sobre el estado de Colosio. Le dijimos que ninguna, ya que en ese momento no teníamos ningún dato.

—¿Cuáles fueron las primeras instrucciones específicas que giró el licenciado Salinas?

—Entiendo que giró múltiples instrucciones, casi todas por vía telefónica, por lo tanto yo ignoro su naturaleza. Sé que una de las primeras fue la integración de un grupo médico en la ciudad de México que pudiera trasladarse a Tijuana y dar seguimiento al estado de salud de Colosio.

—¿En qué momento se entera de la muerte del licenciado Colosio?

—Ya tarde, en la noche. Nos encontrábamos en una pequeña reunión de trabajo en la oficina del presidente. Le pasaron una tarjeta indicándole que tenía una llamada telefónica, se retiró para atenderla a una oficina adyacente. Salió a los pocos minutos y nos comunicó a los presentes que le acababan de informar, desde Tijuana, que había fallecido Colosio.

—¿Qué actividades realizó después de ser informado del atentado y posterior fallecimiento del licenciado Colosio? ¿Con quién y de qué habló?

—Estuve en mi oficina, atento a cualquier instrucción del presidente. Varios de los funcionarios que el presidente había citado permanecían en mi oficina, en espera de pasar con él. La conmoción y consternación era general. El tema era qué hacer y qué va a pasar. El presidente citó a una reunión de gabinete económico. Antes de pasar, conversamos de manera informal sobre las opciones de manejo bancario y cambiario que convenía someter a consideración del presidente.

—¿En su calidad de jefe de la Oficina de la Presidencia, intervenía en las decisiones de campaña del licenciado Colosio?

—En lo más mínimo. Mi relación con Colosio en esos meses era estrictamente de amigo, nunca tuve —ni busqué— tener interferencia alguna con las decisiones de su propia campaña.

—¿Se entrevistó con el coordinador de campaña del licenciado Colosio entre el 28 de noviembre de 1993 y el 23 de marzo de 1994?

—Mi relación con el coordinador de la campaña fue mucho menos regular que con el licenciado Colosio. Por la relación de amistad personal que existía entre el doctor Zedillo y yo mismo, buscamos deliberadamente no mantener una relación política o de trabajo cercana durante esos meses, para no dar lugar a malas interpretaciones o comentarios mal intencionados. Sí vi al coordinador de la campaña, creo, en una sola ocasión en esos tres meses. Conversé con él los mismos temas que los que abordaba con Colosio, aunque con menor profundidad.

—¿Conoció de las versiones que señalaban que el licenciado Colosio renunciaría a su candidatura, las que inclusive hablaban de que se presionaba desde la presidencia para que recurriera tal situación?

—He leído versiones de que yo hubiera pedido o servido de conducto para pedirle la renuncia a la candidatura del PRI a la presidencia a Colosio. Reitero ante el Ministerio Público lo que he expresado ante medios de comunicación, en el sentido de que estas versiones son un infundio y un disparate. Tampoco sé que nadie le haya jamás pedido dicha renuncia.

—¿Por qué la presidencia no hizo pronunciamiento alguno sobre las versiones periodísticas de la posible renuncia del candidato?

—A veces el costo de aclarar versiones periodísticas sin fundamento es superior al costo de dejarlas pasar. La expresión coloquial del 27 de enero del presidente Salinas a la que se refirió anteriormente, era una forma de acotar esas versiones.

—¿Sabe si el 27 de marzo el licenciado Salinas visitó en su domicilio a la señora Diana Laura Riojas?

—El ex presidente me comentó que había visitado a Diana Laura Riojas en su casa, pero no me comentó el contenido de ese encuentro, más allá de la fuerte carga emotiva del mismo.

—¿Después de la muerte del licenciado Colosio visitó o habló telefónicamente con la señora Diana Laura?

—Le di las condolencias cuando se velaba el cuerpo de Luis Donaldo Colosio. No hablé con ella ni busqué verla con posterioridad. Le recuerdo que me retiré del cargo el 30 de marzo, salí del país y me desvinculé deliberadamente de la política.

—¿Los discursos que pronunciaba el licenciado Colosio eran enviados a la presidencia para su aprobación?

—Para su aprobación, no. Los grandes discursos eran enviados con anterioridad por cortesía y únicamente para efectos de conocimiento, con dos copias: una para el presidente y otra para mí.

—¿Durante su gestión llegó a remitir sugerencias al licenciado Colosio sobre los discursos que debería pronunciar?

—Nunca le mandé ninguna sugerencia expresa en cuanto al contenido de algún discurso. Es más, creo que nunca le mandé personalmente ningún documento.

—¿Sabe por qué se designó al doctor Zedillo como coordinador de campaña?

—Sé lo que me comentó personalmente Colosio. Me dijo que fue una decisión absolutamente personal, que él sentía una fuerte identificación política y humana con Zedillo. Y que, a su vez, respetaba su capacidad profesional. Quería, según me dijo, encomendar la coordinación de su campaña a una personalidad fuerte que no hubiera sido necesariamente un colaborador suyo. Me comentó que en el marco de la idea de generación del cambio que utilizaba en ese momento la asociación de Zedillo con su candidatura proyectaba la imagen más conveniente.

—¿Usted tuvo participación en la designación de las personas que integraron el personal de seguridad del licenciado Colosio?

—Como sé que este tema ha dado lugar a ciertas confusiones, quisiera dar una respuesta completa. Por mandato de ley cualquier candidato presidencial en campaña tiene derecho a pedir apoyo al gobierno para la integración de su equipo de seguridad. Además, como ha sido tradicional, después de la postulación del candidato del PRI ciertos elementos del Estado Mayor Presidencial se desprenden de sus funciones de apoyo al presidente e integran el eje de seguridad del equipo del candidato. En ese contexto, el general Domiro García Reyes, quien fungía como subjefe operativo del Estado Mayor Presidencial, se integró como responsable del equipo de seguridad del candidato. Yo no tuve ninguna participación de ninguna índole en la designación del general García Reyes. A fortiori, tampoco tuve participación de ninguna índole en las decisiones que adoptó el general García Reyes en cuanto a la integración de su equipo. En verdad no entiendo por qué han surgido reiteradamente versiones de que yo tuve alguna participación en dichas decisiones. Quiero aclarar una primera fuente de confusión al respecto: se ha dicho que el Estado Mayor Presidencial dependía de mi oficina, incluso en una entrevista publicada en el diario Reforma, el 27 de junio de 1995, el anterior fiscal especial del caso Colosio, Chapa Bezanilla afirmó que por acuerdo administrativo el Estado Mayor Presidencial dependía de la oficina entonces a mi cargo, y que por esa razón el general Domiro García Reyes dependía de mí. Quiero que conste que esa aseveración es totalmente falsa, supongo si es que dicha entrevista es auténtica, que Chapa Bezanilla estuvo mal informado por sus asesores y que no tuvo la oportunidad de leer personalmente el acuerdo al que se refería.

—¿Cuál fue la razón por la que renunció a su encargo en el Banco Interamericano de Desarrollo?

—Por las condiciones financieras que vivió el país en los primeros meses de 1995, se solicitó al BID que participara en el programa de apoyo al gobierno de México. Aunque yo había dejado de ser servidor público, me correspondió apoyar la aprobación del préstamo respectivo por parte del BID. Cuando concluyó esa responsabilidad, el secretario de Hacienda me hizo saber que por el clima de opinión que prevalecía entonces en el país mi permanencia en ese cargo representaba para el gobierno mayores costos que beneficios. Me hizo saber que el presidente deseaba llevar a cabo un relevo de ese cargo. Presenté mi renuncia para facilitar el relevo.

Interrogatorio a Luis Echeverría Álvarez

—¿Se reunió con el licenciado Colosio durante la campaña de éste? ¿Cuáles fueron los temas de los que conversaron?

—Me reuní con él sólo una ocasión. A principios de febrero le hablé a las oficinas del PRI para felicitarlo. Le dije que quería pasar a darle un abrazo a donde él me indicara. 10 días después me llamó y dijo que iba a tomarse un café conmigo; lo invité a desayunar a mi casa. También invité a mi hijo Álvaro, actual oficial mayor de la Secretaría de la Reforma Agraria, a mi hija María Esther, directora del Fondo Nacional para las Artesanías, a mi hijo Pablo, sociólogo y, creo recordar, a Benito Delgado, delegado de Turismo en Miami… Gentilmente, Colosio se reunió en un salón de la casa con Arturo Williams, director del Colegio Williams, quien es mi vecino en la colonia, con Alejandro Valenzuela, actual coordinador de la oficina del secretario de Hacienda y Crédito Público y con un amigo muy distinguido que ahora es el director de la Universidad Iberoamericana. Luego estuvo con mis hijos a quienes preguntó por sus profesiones y actividades. Desayunamos solos durante hora y media. Fue una plática muy cordial y amistosa… Le manifesté que le deseaba mucho éxito, que le deseaba fueran leves las 20 horas diarias que tendría que trabajar para bien de México. Nos despedimos con un abrazo. El día de su muerte, al anochecer, cuando se había ratificado su muerte por radio y televisión, fui a Los Pinos. Eran cerca de las ocho de la noche, el presidente Salinas estaba con mucha gente y nos recibió. Le manifesté que iba a darle un abrazo y que la muerte de Colosio era una tragedia para México. La charla duró menos de un minuto. Al día siguiente fui a las oficinas del PRI. Saludé a directivos del partido y a muchos funcionarios; el presidente del PRI también recibió mi condolencia. Pedí hacer una guardia ante el féretro de Colosio. Me acompañaron el presidente del PRI y dos funcionarios. Fue una guardia de un minuto. Saludé cordialmente a Ernesto Zedillo, coordinador de la campaña en ese entonces, y me retiré.

Desayuné tres veces con el presidente durante los meses siguientes y hasta su salida de la presidencia. El tercer desayuno fue poco antes de su salida. Me hizo un llamado y fue un poco de cordial despedida. Me atrevo a suponer que lo mismo sucedió con José López Portillo y Miguel de la Madrid. Luego, como es públicamente conocido, a fines de septiembre envió un comunicado a todos los diarios y canales de televisión de México, en donde manifestaba, entre otras cosas, que yo coordinaba a algunos funcionarios muy distintos entre sí para que lo atacaran o lo criticaran: Augusto Gómez Villanueva, Porfirio Muñoz Ledo, Ignacio Ovalle, Adolfo Aguilar Zínser. El lunes se presentaron en mi casa 40 o 50 periodistas, pero no me encontraron. Yo mandé un pequeño boletín a la prensa expresando que esas personas, como muchas otras, habían sido mis colaboradores 20 años antes. Les dije que yo no coordino ni a mis hijos ni a mis nietos, que son muchos. Después leí la entrevista de Salinas publicada en Reforma, en donde expresó que había un complot político y que en la visita de mi pésame a Los Pinos por la muerte de Colosio yo había sugerido que fuera candidato su secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, Emilio Gamboa Patrón. Ignoro el porqué de la afirmación. En esa misma entrevista, Salinas manifestó que el complot político se extendía a algunos dirigentes del PRI o algo parecido. Hay un lejano antecedente que pudiera explicar el porqué de la afirmación: año y medio atrás mi esposa fue sometida a una delicada y exitosa operación quirúrgica en el hospital de especialidades del centro médico de la Raza. El licenciado Gamboa era el director del Seguro Social. Se enteró que mi esposa estaba ahí y ordenó a la dirección del hospital todo género de atenciones, lo cual fue cumplido. Subrayo que esto fue mucho antes de que fuera secretario de Comunicaciones. Unas semanas después, en un desayuno, le expresé al presidente que el director del Seguro Social y todo el personal del hospital se habían portado espléndidamente, y que les habíamos enviado una carta de agradecimiento. Fuera de esa expresión de agradecimiento, nunca hablé con el presidente Salinas de Gamboa. He evitado responder a periodistas en los últimos meses para no contribuir con elementos de confusión en este asunto como en muchos otros.

—¿Tuvo diferencias políticas con el licenciado  Salinas durante su gobierno? ¿Consideró que las reformas políticas y programas de gobierno que él impuso  le afectaron?

—Nunca las tuve. En primer lugar porque yo conozco a fondo las responsabilidades de ser presidente y porque él ordenó que cuatro de mis hijos fueran designados para cargos públicos, lo cual le agradecí siempre. Respecto a las reformas, yo conozco los cambios del mundo. Quiero decir que la globalización, el significado de los capitales flotantes que pueden dar la vuelta al mundo en minutos y cuya salida tanto afectó al licenciado Salinas, no fueron para mí un problema. Ni antes de la crisis del último año del sexenio pasado ni después he expresado ninguna opinión pública, por respeto a lo que el presidente y su responsabilidad significan en México.

 

Héctor de Mauleón

 

Escritor y periodista. Autor de La perfecta espiral, El derrumbe de los ídolos y El secreto de la Noche Triste, entre otros libros.


1 Discurso pronunciado el 6 de marzo de 1994, durante la ceremonia del 65 aniversario del PRI, en el que Luis Donaldo Colosio dijo, entre otras cosas: “Es la hora de reformar al poder, de construir un nuevo equilibrio en la vida de la República”; “Sabemos que el origen de nuestros males se encuentra en una excesiva concentración de poder”; “Nuestras elecciones, y lo digo con pleno conocimiento, no tendrán vergüenzas que ocultar”; “Los tiempos de la competencia política de nuestro país han acabado con la presunción de la existencia de un partido de Estado”.

2 En la carta que Carlos Salinas de Gortari envió a los medios
de comunicación, expresó su opinión acerca de los últimos acontecimientos de la vida pública. En uno de los incisos expone las razones por las cuales el ex presidente Luis Echeverría estaba al frente de una ofensiva política en contra suya: “Nada de lo que ha sucedido este año en México es ajeno a la lucha tremenda por el poder. Lo que se ha estado dirimiendo es qué proyecto de Nación prevalecerá… Entiendo que su proyecto de País era el de una economía cerrada, sin competencia política, y donde se dio fuerte antagonismo entre las diversas clases sociales”.

3 Manuel Camacho Solís en una conversación con el diario Reforma, publicada el 10 de octubre de 1994, anunció que estaba a punto de publicar un libro con sus puntos de vista sobre los acontecimientos recientes en México: “Ya lo terminé. Ya lo mandé a la editorial.
El titulo todavía lo estamos afinando”. Pocos días después, el periódico El Economista presentó una versión de las memorias de Camacho Solís. Ante este hecho, el ex comisionado para la paz en Chiapas denunció que lo que este medio había dado a conocer era producto de espionaje: lo que ellos presentaron “contiene hechos del dominio público, extractos de documentos sustraídos de mi casa y posiblemente conversaciones grabadas ilegalmente… No coinciden con la [versión] que se publicará”.

Expediente

“El gobierno operó con los medios el triunfo de Zedillo”

Las razones de Diego Fernández de Cevallos

 

Por primera vez en la historia política de México, el 12 de mayo de 1994 hubo un debate entre los principales candidatos a la presidencia de la República. Esa misma noche hubo también, por primera vez, un aspirante priista derrotado. El candidato del PAN, Diego Fernández de Cevallos, abandonó el set de televisión dejando entre los analistas políticos —y en una audiencia estimada en 30 millones de espectadores— la impresión de que había despedazado por completo a sus oponentes, el priista Ernesto Zedillo y el perredista  Cuauhtémoc Cárdenas. Al terminar el debate, los medios se congregaron alrededor de Fernández de Cevallos; reprodujeron sus frases más certeras, sus golpes más logrados:

A Ernesto Zedillo: “Yo estoy aquí porque miles de hombres y mujeres libres de Acción Nacional votaron con libertad por esta candidatura. Y usted está aquí como consecuencia de dos tragedias: por una parte, la muerte de Colosio, y por otra la designación presidencial. La primera lo rebasa. No tiene usted ninguna culpa. Pero la segunda lo descalifica”.

A Cuauhtémoc Cárdenas: “Nosotros no queremos cambiar, señor Cárdenas, para volver a un pasado que no debe de regresar… Nosotros estamos con buena disposición para contribuir con los que quieran luchar por la democracia, pero en serio, no sólo cuando sea conveniente, no sólo cuando sea circunstancialmente favorable”.

“Nocaut de Diego”, “Arrebata Diego la noche”, fueron algunos de los titulares publicados al día siguiente.

Sin embargo, tras los 98 minutos que duró el debate, cuando todo parecía anunciar que el panista tenía la presidencia al alcance de la mano, su campaña se eclipsó. Durante las semanas siguientes Diego Fernández de Cevallos desapareció de los medios e incluso suspendió sus giras proselitistas. Pareció que ni el PAN ni su candidato estuvieran en campaña. A Fernández de Cevallos se le acusó de detener su actividad proselitista a cambio de dinero y propiedades otorgados por el gobierno de Carlos Salinas de Gortari. Uno de sus compañeros de partido, el propio ex presidente Vicente Fox, lo culpó tiempo después de “echarse para atrás” para favorecer el triunfo de Ernesto Zedillo, lo que consideró “una traición al PAN”. “Pudo ser presidente, pero no quiso. Como resultado de una más de sus concertacesiones con Salinas dejó de hacer campaña mes y medio”, escribió uno de sus críticos.

El supuesto abandono de Fernández de Cevallos de una campaña presidencial que Ernesto Zedillo ganó con el porcentaje de votos más bajo en los 65 años de vida que el PRI tenía entonces (49.69%), ha constituido uno de los grandes enigmas de 1994, “el año en que vivimos en peligro”. A 20 años de los sucesos, el ex candidato panista accede a relatar su versión de lo ocurrido. Lo hace, según dice, “para proporcionar un testimonio que alguna vez nos ayude a alcanzar la verdad histórica”.

—Para acreditar mis dichos cuento con notas y crónicas periodísticas, con documentos y testimonios fidedignos, e incluso con una cicatriz que tengo en el pecho —dice.

La conversación transcurre durante dos largas sesiones, una en el comedor de la casa de Fernández de Cevallos, y otra en la sala de juntas de la revista nexos.

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—Usted afirmó alguna vez: “no quise ser candidato, pero me eligió una convención de panistas y resulté algo taquillero”. ¿Qué circunstancias lo llevaron a contender en la elección presidencial  de 1994?

—Fui diputado federal en 1992 por insistencia de don Luis H. Álvarez y del Comité Ejecutivo Nacional, y a fines de 1993 algunas diputadas del PAN mencionaron mi nombre para la candidatura presidencial. Me negué públicamente, pero el nuevo presidente de mi partido, Carlos Castillo Peraza, quien consideraba que yo sería un mal candidato, me pidió que de momento no rechazara la postulación para darle tiempo de preparar la suya. Le fallaron los cálculos y a pocos días resulté candidato.

—Al inicio de su campaña usted hacía afirmaciones como estas: “El neoliberalismo ha hundido al país en la miseria”, “El PRI ha dejado millones de pobres en el país”, “El Pronasol solamente se usa con fines electorales”. Al paso del tiempo admitió, por ejemplo, que el sexenio de Salinas no merecía el final que el alzamiento zapatista le marcaba. Había en usted una oposición crítica pero al mismo tiempo no demasiado adversaria.

—Lo que dije entonces lo reitero ahora y lo de “no demasiado adversario” tal vez se explique porque no he sido fanático y jamás se me ha dificultado reconocer abiertamente aciertos de mis adversarios. Además, me resultaría absurdo haber cuestionado innumerables cambios y decisiones de aquel tiempo que apoyó el PAN, que están acordes con su doctrina y en las que personalmente participé. Es de elemental honestidad decir lo que realmente se piensa de quien sea. Ninguna de las grandes reformas del tiempo de Salinas —la educativa, la agraria, la religiosa y muchas más, así como el TLC— han tenido revocaciones en el tiempo y ni siquiera solicitudes para modificarlas, de tal suerte que no deben haber sido tan negativas para los críticos del ahora ex presidente Salinas las más trascendentes reformas que se materializaron en su sexenio. Sus detractores han tenido muchos años para revertir lo que hizo y que aún queda intacto.

—En tiempos de su campaña presidencial había, sin embargo, innumerables señalamientos no sólo de su cercanía, sino de complicidad entre Salinas y usted. La quema de las boletas electorales de 1988… estaba de moda, incluso, el término concertacesiones. ¿Había o no motivos para suponer una cercanía entre Salinas y usted?

—No solamente había motivos para suponer esa cercanía, sino para asegurar que la había, puesto que era pública, pero jamás implicó complicidad. En lo que me parecía bien iba para delante, con el conocimiento, consentimiento y autorización de los dirigentes de mi partido; y con la misma franqueza, decisión y claridad, rechacé todo aquello en lo que no estuve de acuerdo. Por lo que toca a la quema de las boletas electorales la respuesta es muy sencilla: se trata de una acusación tan falsa como torpe y perversa, toda vez que se me imputa que a la llegada de Salinas traté de esconder el “fraude electoral” votando a favor de la destrucción de la documentación electoral y lo cierto, que puede comprobarse plenamente, es que la destrucción de la documentación de aquella elección se llevó a cabo hasta el cuarto año del mandato de Salinas y después de que su gobierno mantuvo bajo su poder todos los paquetes que  la contenían, sin olvidar que previamente logramos que se microfilmaran una a una las actas electorales de aquellos comicios. Esos documentos se hallan a la vista de cualquier ciudadano en el Archivo General de la Nación, y en cada acta se aprecian las firmas de los funcionarios de las casillas, así como de los representantes de los partidos, trátese de los “buenos” o de los “malos”, de los “democráticos” o de los “mafiosos”.

No debe escapar al análisis de estos hechos que después de tanto tiempo nadie con inteligencia elemental podría suponer que en aquella documentación se hallaba la verdad histórica. Si el propio gobierno había tenido bajo su custodia aquella papelería, ninguna certeza podría existir al respecto. Si la historia registra que en unas cuantas horas de la noche se modificaban a lo ancho y a lo largo de la República los resultados electorales, el resguardo que durante años tuvo el gobierno de aquella documentación pudo cambiar incluso el rumbo de los astros. Si yo quise legitimar la llegada de Salinas no debí promover que se microfilmaran millones de actas, ni debí esperarme hasta el cuarto año de su gobierno.

—Al comenzar su campaña usted se quejó de la cobertura de los medios, de “la cargada de búfalos en favor del candidato oficial”…

—Eso hasta Ernesto Zedillo terminó reconociéndolo; se trató de un atropello total.

—¿Cómo logró avanzar desde el triste y lejano tercer lugar en que se encontraba al inicio de su campaña?

—No fue fácil. Inicié solamente con la compañía de tres mosqueteros que conmigo recorrieron el país: José Luis Durán, Lilia Madero y Javier Camarena. Tal vez mi estilo personal, ciertamente atípico, favoreció mi ascenso a buena velocidad. Considero que haberme retirado de lo “políticamente correcto” y haber hablado con franqueza me resultó favorable. Jamás acepté participar en la búsqueda del voto asumiendo comportamientos que implicaran oportunismo o desvergüenza. Por eso la candidatura produjo credibilidad en millones de mexicanos.

—¿Hizo su campaña sin dinero? La prensa de la época afirma que usted se movía en un camión de lujo.

—La campaña toda costó entre 16 o 17 millones de pesos, más cinco millones que usó el Comité Nacional para improvisar la oficina central en la ciudad de México. El camión, llamado “El Jefe”, era normal, con ciertas comodidades y tal vez todavía ande rodando por ahí, por si hay alguien que quiera verificar su “lujo”. En todo caso, que se revisen los expedientes de las campañas de cada candidato y se podrá comprobar la diferencia de una campaña sin recursos económicos suficientes frente al derroche criminal del candidato oficial.

—En esa campaña hay un momento crucial en la vida política del país: el primer debate entre candidatos a la presidencia. ¿Cómo se logró?

—Tan pronto fui electo candidato de Acción Nacional recibí una carta de Luis Donaldo Colosio en la que me invitó a debatir. Tengo entendido que otra igual la envió al ingeniero Cárdenas. Le hice saber de mi disposición para la confrontación que proponía. Vino su asesinato. Cuando apareció Zedillo, él, el ingeniero Cárdenas y yo, acordamos que habría tres debates: uno en materia política, otro sobre economía, el último trataría la cuestión social. Para la preparación del primero, el PRI nombró para negociar el formato a Esteban Moctezuma, el PRD a Adolfo Aguilar Zínser, y el presidente del PAN, Carlos Castillo Peraza, me hizo saber que para tal efecto había designado a Felipe Calderón Hinojosa. Mi reacción fue inmediata: le pregunté a Carlos si era Calderón el que iba a debatir o era yo. Me contestó: “Vas a debatir tú y él va a negociar los términos y condiciones del encuentro”. Me negué frontalmente, argumentando que el encargado de debatir sería yo y, por tanto, la negociación debía quedar a mi cargo. Lo aceptó Carlos y así fue, no sin la sorpresa de Moctezuma y Aguilar Zínser.

—¿Qué reglas propuso?

—La primera, que no hubiera ventaja para nadie y, como consecuencia, que solamente quedara a la suerte el orden de las intervenciones de los participantes. Propuse, y se aceptó, que ningún candidato quedara al centro o a los extremos del recinto, respecto de los demás, lo que se logró ubicándonos en forma de triángulo, con una cámara dirigida de frente a cada candidato y con la periodista moderadora, Mayté Noriega, al centro, a la cual se le entregó por escrito el texto exacto de lo que habría de decir en cada una de sus intervenciones para dar la palabra. Sé que puede parecer rígido ese formato y tal vez lo sea, pero era la única forma de evitar trampas por la ubicación, el encuadre y la luz de las cámaras, así como por cualquier otra cuestión. Nada se dejó sin precisar, quedando solamente a la libertad de los candidatos decir lo que quisieran dentro de los tiempos que nos correspondían.

—¿Cuáles eran los números en ese momento?¿Qué porcentaje de intención de voto tenía usted?

—Nunca presté atención a las encuestas. Hasta donde recuerdo los medios de comunicación manejaban popularidades. Según éstas, mi candidatura resultaba en tercer lugar, sin llegar a más de 10% en la intención de voto.

—Ese tercer lugar en el que se encontraba ¿cómo lo ponía dentro de su partido? ¿Cómo lo veía Carlos Castillo?

—Era incuestionable que la contienda se circunscribía a las dos expresiones del PRI: el PRI de Colosio, con rasgos tecnocráticos y de supuesta modernización, y el PRI de Cuauhtémoc Cárdenas, reivindicador del nacionalismo revolucionario, que daba muestras de agotamiento. La estrategia que inicialmente proyectaron esos dos candidatos era la de evitar a toda costa que entrara a la competencia el candidato del PAN: “no le demos a éste importancia alguna, porque no sabemos lo que pueda suceder”, se escuchaba entre sus correligionarios. Hubo una caricatura en la que están Colosio y Cárdenas tratando de cerrar desde dentro una puerta, y yo tratándola de abrir desde fuera, en la que aparecía la leyenda: “esta contienda es de dos”. Así comenzó para mí la campaña.

—Y entonces llega el debate. ¿Cuál fue su estrategia?

—Me quedaba claro que Zedillo tenía una trayectoria simplemente burocrática, de economista y representante del PRI, con todo lo que de poder y desprestigio ello conllevaba. Por su parte, Cárdenas, nacido en Los Pinos, hijo del famoso general, encarnaba toda la cultura política “a la mexicana”. Esto me favorecía en el debate, pues me daba la oportunidad de presentar una imagen diferente, sin venir de cargos públicos —como no fuera el haber sido por dos años diputado— y comprometido en llevar una campaña sin mentiras, con absoluta honestidad intelectual y buscando lo que consideraba bueno para el país, independientemente de que llegara o no a la presidencia. Quise llegar a ese cargo, pero nunca me resultó fascinante.

—¿Qué recuerda de aquellas horas?

—Lo primero es que tuve una decisión que pudo ser contraria a mis intereses, pero que finalmente resultó irrelevante, pues nunca se comentó, que yo recuerde, algo al respecto. Decidí rechazar polvos y maquillajes en la cara, mientras mis contendientes fueron impresionantemente “arreglados”; y lo fueron a tal grado que pensé hacerlo valer en un momento durante la confrontación, diciéndoles que lo que les habían puesto en la cara me hacía muy difícil reconocerlos, y que si así comenzaban la campaña quién sabe cómo la terminarían y que nada confiable resultaría la eventual llegada de alguno de ellos a la presidencia. Sin embargo, pensé, momentos antes de iniciarse el debate, que era mi obligación ir a lo sustantivo y no perderme en cuestiones que pudieran proyectarme simplemente como rijoso. Preferí comenzar hablando de un país grande, con inmensa riqueza  y bendecido por “el eterno abrazo de los mares”, para pasar a cuestionar el porqué de la pobreza, de la ignorancia y del olvido en que se hallan millones de mexicanos. Lo demás está registrado en los archivos de los medios de comunicación. Ciertamente, me pareció imprescindible apretar con moderación a cada uno de mis contendientes: no me fui a su yugular, ni manifesté desprecio o descalificación a ellos como personas, pues sentí la responsabilidad de proyectar la imagen seria y honesta de quien merecía llegar a la presidencia. Sabía que no necesariamente me resultaría favorable que se dijera que les había propinado una golpiza, pues quedaría de alguna manera descalificado para el cargo que buscaba. Pasado el tiempo y superada la pasión del momento, he de decir que quien revise cuidadosamente el comportamiento de los tres sin duda hallará algo valioso en cada uno.

—Una nota decía: “Fue Diego concreto e hiriente”. ¿Compartía la sensación de haber ganado de manera contundente?

—Sí. En cualquier intervención pública, si procuras hasta donde es posible juzgar con objetividad, te das cuenta qué control tuviste sobre la audiencia, qué aceptación o rechazo provocaste en el auditorio y, finalmente, percibes si te fue bien, mal o regular. En ese debate sentí haber resultado ganador y ello me permitió tener un ánimo levantado en el posdebate. Como toda mi vida he andado en esto, advertí a la salida que Cárdenas y Zedillo parecían haber estado en un funeral, mientras la euforia que no pude ni quise ocultar me llevó a subir en el cofre de un automóvil y desde él mandar un mensaje frente a los medios de comunicación que se “cargaron” totalmente a mi favor.

—Extraño, por aquello de la cargada de búfalos en favor del candidato oficial.

—A partir del debate para el gobierno y el PRI la cargada de búfalos resultó cuestión de vida o muerte. Aquella noche resultó de gran sorpresa para Televisa, los demás medios de comunicación y, por supuesto, para el mundo oficial. En materia de medios, en lo electoral, el debate representa históricamente un antes y un después. Mientras que los otros dos candidatos se fueron explicablemente cabizbajos, el candidato del PAN se quedó un rato largo, muy largo, en las pantallas de televisión.

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—¿Cómo se instrumentó esa “cargada”?

—El gobierno le indicó a Televisa y a muy diversos medios de comunicación que regresaran al apoyo incondicional de su candidato, y se regresaron. Pasado el tiempo, varios que ocuparon lugares importantes en el gobierno me han comentado que esa noche mucho dinero contrarrestó, en alguna medida, lo que pude ganar en la confrontación. Pero lo peor vendría después. Por supuesto, estoy lejos de calificar a todos los periodistas como reducidos al mandato del gobierno, pero que Televisa, TV Azteca, El Universal y algún otro hicieron la tarea que se les encomendó, resulta incuestionable. Decir que todos hicieron lo mismo sería tan falso como injusto, pero no se pudo ocultar que los medios más influyentes acataron la orden.

—Pero había medios que no simpatizaban con usted y que no necesitaban ser directamente controlados…

—Sí, por supuesto, con sólo pensar en La Jornada está dicho todo. Se trata de una empresa a la que nada le importa inventar, mentir, difamar o calumniar impunemente, con tal de seguir su línea de pensamiento. Recuerdo que durante esa campaña no me referí a ellos como La Jornada sino como “La Cornada”. Ese periódico se vio obligado a sustituir al reportero que inicialmente asignó para que siguiera en mi campaña al advertir que, al narrar lo que sucedía, no solamente no me agredía, sino que enviaba notas favorables.

—¿Podría dar pormenores de la “cargada” posterior al debate?

—Con sólo hacer una revisión periodística se podrá comprobar lo sucedido y no solamente hombres de poder de aquel tiempo, sino algunos representantes de medios me lo han confiado. Uno de ellos con una expresión muy gráfica: “Esa noche corrió mucho dinero para empezar a cambiar la percepción”. Valdría la pena que quien esté deseoso de conocer lo que pasó se acercara a periodistas y políticos de aquel tiempo; estoy seguro que algo dirán si se deciden a responder con verdad. El clásico “tienes que decir que ganó Zedillo”; y luego: “si no es posible, por lo menos bájale, por lo menos emparéjalos”. Me queda claro que aun los puntos que me dieron los medios como ganador fueron a la baja y subiendo a Zedillo. Después vino lo que solamente pudo hacer aquel gobierno encabezado por un hombre particularmente inteligente, con habilidad política, que se llama Carlos Salinas y con el que mantengo una relación cordial que nunca he negado. Antes y después de la campaña nuestro trato ha sido el mismo y cada quien asume lo que le corresponde por lo bueno o por lo malo, por lo acertado o por lo equivocado que haya hecho en su vida. Por lo que a mí toca ciertamente he cometido muchos errores, pero no tengo nada de qué arrepentirme por algún comportamiento público. Lo que he hecho como hombre público jamás ha traicionado mi conciencia.

—¿En qué casos concretos se dio esa manipulación para ponerlo a la baja y subir a Zedillo?

—Mientras los medios narraban que Cárdenas reunía a miles de personas en algún lugar y Zedillo a muchos miles más en otra parte de la República, en mi caso nada valían actos masivos de importancia para una campaña que empezaba a despuntar; solamente publicaban que las multitudes me repudiaban y agredían. Pongo dos ejemplos: en una universidad del Estado de México que se ubica por el rumbo de las Torres de Satélite, en la que se reunieron ocho o nueve mil personas —a pocos días del debate—, en donde difícilmente se podía entrar por la aglomeración, y donde una viejecita me espetó: “Señor candidato aquí no cabe ni un mal pensamiento”, fui recibido con el mayor entusiasmo y con aplausos. Por cualquier comentario que hiciera el candidato, hubo un entusiasmo increíble y se festejó todo lo que dije. Al final de preguntas cuya respuestas fueron multitudinariamente aplaudidas, un joven me preguntó que si al llegar a la presidencia de la República gobernaría a base de concertacesiones, lo cual provocó una gritería en su contra: “¡Sáquenlo!”, “¿Quién te pagó hijo de tal?”. Mi respuesta fue pedir a los jóvenes que no agredieran a su compañero y a éste le respondí que me parecía muy joven para tener una actitud comprometida con lo viejo y corrupto de la política mexicana, por lo que sobrevino otro aplauso generalizado. La nota de la televisión y de diversos diarios fue: “Repudio al candidato del PAN”, “El candidato presidencial del PAN sale precipitadamente de una reunión con universitarios entre insultos y agresiones”. Éste no fue un hecho aislado, fue la constante después del debate. Recuerdo un extraordinario mitin en San Cristóbal de las Casas y que al terminar unos estudiantes me pidieron que fuera a su universidad. Ya era de noche y los acompañé, sin la asistencia de mis compañeros a quienes les pedí que se fueran a gozar de la extraordinaria belleza de esa ciudad. Fui recibido por cientos que se agruparon sin previa cita y ahí recibí de ellos papeletas con sus nombres y números telefónicos ofreciéndome su apoyo. La nota de esa misma noche fue: el candidato del PAN en la tribuna de la universidad gesticulando y sin que se escuchara su voz, al tiempo que solamente se hallaban una estudiante y su novio besuqueándose en una de las bancas del salón totalmente vacío. El silencio del candidato y la sobreposición de imágenes fueron suficientes. Así no hay candidato que gane.

—Es importante que aclare esto: ¿no suspendió usted sus giras? ¿No desapareció ni dejó de hacer campaña? Porque hasta Vicente Fox lo acusó de echarse para atrás.

—Fueron varias circunstancias las que decidieron el rumbo de la campaña. En primer término, estuve en contra de la estrategia que me sugirió la dirigencia de mi partido: usando las palabras del Peje, me proponían que hiciera la campaña “puebleando” por todas las rancherías y comunidades chicas y grandes del país, a lo cual me negué y preferí confrontarme directamente contra los medios y en especial contra Televisa. Debo destacar algo que es poco conocido, aunque existen personas que pueden dar fe de ello: al principio de la campaña sufrí una lesión en el hiato, por el abrazo mal dado que recibí de Luis Correa Mena, dirigente de Acción Nacional en Yucatán. A partir de ese momento y con el estómago presionando sobre la lesión resentí lo sucedido con un dolor que según los médicos se equipara y se confunde con el dolor producido por un infarto. No exagero si muchas veces al finalizar la jornada del día me daban ganas de aullar de dolor. Lo comenté con Carlos Castillo, con mis tres mosqueteros y con otros dirigentes, sosteniendo: “se me está acabando la vida y ustedes con la ocurrencia, ante la cerrazón perversa de los medios, de mandarme a pueblear como si así se pueda ganar una campaña en estos tiempos”. Insistí en que el partido reclamara ante Gobernación; así lo hizo, pero de nada valió, la orden fue cumplida.

—¿Cómo se dio la lesión?

—A finales de 1993, cuando se iniciaba la campaña federal por la presidencia de la República, el PAN ganó Mérida. Hubo un acto multitudinario en la plaza pública de esa ciudad y Luis Correa, de manera muy efusiva, me dio un abrazo lo suficientemente fuerte como para escuchar lo que parecía haber sido el rompimiento de una de mis costillas. No fue así, con su famoso “abrazo del oso” lo que logró fue romperme el hiato, que según tengo entendido se encuentra en la unión del esófago con el estómago, lo que produjo una hernia hiatal que me acompañó toda la campaña.

Recuerdo que los médicos comentaron que una parte del estómago quedaba incrustada en el hiato y que “no cedía a la bipedestación”, todo lo cual me producía intenso dolor —según los propios médicos parecido al del infarto— y deficiencia en mi respiración. Tuve que hacer la campaña en esas condiciones habida cuenta de que era imposible someterme a una operación por las consecuencias que ello implicaría. Cuando me dijeron que iba a recorrer todas las terracerías y visitar cuanto pueblo me encontrara, por supuesto que me negué a aceptar tal sugerencia. Primero, me quedaba claro que así no se gana la presidencia y, segundo, no había salud que lo permitiera.

—¿Cuál fue la estrategia que propuso?

—Reclamar al PRI que cumpliera con el compromiso de los dos siguientes debates y pelear con el gobierno la apertura de los medios. El PRI se echó para atrás y el gobierno no dio contraorden. Como en el segundo debate se trataría el tema económico, en el mundo oficial aseguraban que Zedillo iba a “arrasar”. Tuvieron miedo de que con sus propios libros y en la materia que decía dominar terminara masacrado. El comentario del gobierno fue muy claro: Una segunda repasada ya no la aguanta, por lo que menos aún estuvieron dispuestos a la tercera, que también estaba convenida.

—¿Cómo fue la pelea para que se abrieran los medios?

—Carlos Castillo me ayudó mucho ante Jorge Carpizo, secretario de Gobernación. Sin embargo, la presidencia de la República rebasó a Carpizo y todo continuó igual. La información falsificada, en contra, y en el mejor de los casos, minimizando lo que fuera relevante en mi favor. Si ponían a un gritón en un mitin, la noticia era el gritón. Ningún medio veía plazas saturadas ni calles convertidas en ríos humanos. Cuando no me quedó duda de que esa realidad sería irreversible le mandé un mensaje a Emilio Azcárraga Milmo. Está muerto pero debo decir la verdad, aclarando que no guardo para él ni para nadie rencor o resentimiento alguno, simplemente distingo lo que debe ser superar un agravio y lo que corresponde simplemente a la memoria que registra lo que a millones de mexicanos les consta: que el gobierno operó con dinero del erario y los medios de comunicación el triunfo de Zedillo. Estoy seguro que si alguien lo niega le sangraría la boca. Finalmente no debemos olvidar que el daño no se le hizo sustancialmente a un candidato o a un partido, eso es de poca monta, lo importante fue el daño que en esa ocasión y en muchas otras se le hizo a México, el daño fue a la democracia, a un país que tenía derecho de avanzar, con opciones reales y que no se siguiera simulando la vida pública. Después de muchas agresiones y de que Jorge Carpizo había resultado incapaz de modificar el comportamiento mediático, se me acercó al amanecer, cuando salía de un hotel en Durango, una reportera de Televisa con el propósito de entrevistarme y le contesté: “Señorita, no voy a faltarle al respeto pero  sí le digo que me gustaría tener enfrente a su patrón para mentarle la madre”, dicho lo cual me retiré. Lo que ella grabó lo hizo llegar a su empresa, la cual de inmediato reclamó mi conducta al secretario de Gobernación; Carpizo llamó a Carlos Castillo y ambos me pidieron que “rectificara”; el Tigre estaba muy disgustado; yo respondí que no le había mentado la madre, que solamente había expresado el deseo de hacerlo y que, por supuesto, bajo ninguna circunstancia habría de ofrecer disculpas, que jamás me verían arrodillado. A los pocos días me llamó por teléfono el periodista Fernando Alcalá Zamora, también de Televisa y para los mismos efectos. Le respondí: “Mira Fernando, a la señorita reportera no le pude contestar como hubiera querido pero a ti sí te digo que me gustaría tener enfrente a tu patrón para mandarlo a chingar a su madre y con él a todos los que se formen en el camino”. Fue un incidente muy fuerte porque nuevamente Carpizo y Castillo me pidieron que rectificara por el bien de la campaña, me dijeron que era necesario ofrecer disculpas y suavizar el trato. Les contesté que de manera alguna ofrecería disculpas, que jamás haría lo que me pedían, así estuviera de por medio la presidencia de la República, que jamás habría de suavizar mi reacción ante el atropello del gobierno y de un sistema que arrollaba los derechos de un candidato, de un partido, de un pueblo. Ante la insistencia de Carlos Castillo, quien me dijo que no lo obligara a dármelo como orden, mi respuesta fue tajante: “ni se te ocurra porque no lo haré y te quedas sin candidato”. Así quedó el incidente y todo siguió igual.

—¿Cómo reaccionó Azcárraga?

—Supe de él a través de Gastón Melo, su secretario particular, la noche misma de la elección. Estaba con mi familia y con un grupo pequeño de panistas, cuando me hizo saber Gastón que Azcárraga me invitaba a cenar el día siguiente. Le respondí que solamente cenaba con mis amigos y que no era el caso. Me respondió que de todas maneras él estaba interesado en hablar conmigo. Quedamos de vernos al día siguiente a las ocho de la noche en su casa de la Zona Rosa, a la que llegué en un Mercedes semideportivo para no darle lástima y para que no me hiciera menos. Tan pronto nos saludamos me dijo que estaba agradecido por mi visita y sin más trámite le contesté que el agradecido era yo porque desde hacía mucho tiempo venía acariciando ese momento para mandarlo a chingar a su madre. Me sorprendió que sin modificar su mirada hacia mí y sin aspaviento alguno, con serenidad, me dijo: “Te entiendo, pero quiero que sepas que esta empresa surgió en el año tal y que desde sus orígenes tuvo como propósito el entretenimiento”. Me dijo que no había existido dolo durante la campaña, pero que Televisa no había sabido conducirse de acuerdo con los nuevos tiempos. Lo interrumpí: “Ustedes solamente se saben conducir en función del dinero”. Tampoco se inmutó. Me llamó la atención el dominio personal de un hombre muy poderoso y nada dejado, que sin embargo cerebralmente estaba dominando a su interlocutor agraviado. Me dijo que estaban las cámaras de Televisa a mis órdenes para comunicarme con la gente. Le respondí: “¿Ahora, cuando ya terminó la campaña? ¿No pudo ser antes?”. Me dijo: “Mira Diego, esto es lo que te puedo ofrecer”. Acordamos una entrevista con Ricardo Rocha, sin límite de tiempo, sin cortes, sin comerciales, en horario triple A y transmitido en dos ocasiones, lo cual me cumplió. Más aún, supe que después de la primera transmisión la gente de Zedillo le pidió a Televisa que no repitiera la transmisión y Azcárraga, desde Europa, ordenó que se cumpliera su palabra y así fue.

—Sus detractores, López Obrador por ejemplo, dicen que el día de la elección usted no esperó siquiera la llegada de los resultados para declarar ganador a Zedillo.

—De López Obrador solamente un elogio me puede ofender, lo cual no me quita el sueño porque él sólo tiene elogios hacia su persona. Por lo que a tu pregunta se refiere, consta en publicaciones que el primero que mencionó los resultados de la elección fue Carlos Castillo en mi presencia, lo cual naturalmente no me incomodó, porque era evidente lo que arrojaban los números, favorables al candidato del PRI. Nunca he sido ni seré un Peje azul, soy demócrata, no fanático, ni loco, ni sinvergüenza. México no está obligado a soportar caprichos o berrinches de candidatos, como sucede con los números fantasiosos y encuestas a contentillo de este sinvergüenza.

—Después de aquella elección usted pudo convertirse en un líder de oposición muy serio. A los ojos de la opinión pública se convirtió, sin embargo, en cómplice de Salinas, un cómplice que a cambio de perder la elección recibió Punta Diamante y miles de millones de pesos.

—No fui alguien que pudo convertirse en líder de oposición serio, sino que en ello me convertí. No debemos olvidar que en el 88 el gran líder que fue Maquío alcanzó aproximadamente tres millones de votos y seis años después llegamos a casi 10, atenidos a los números oficiales siempre a la baja y no a la verdad. Habíamos roto el “techo histórico” y habíamos pasado de tercero a segundo lugar, a pesar de despilfarros y trampas de toda naturaleza del equipo “ganador”. ¿Qué sucedió después? Quedó una relación respetuosa y sin agravio con Zedillo y su gente; tan fue así que fue público el ofrecimiento que me hizo Zedillo para ser procurador general de la República, a lo cual naturalmente me negué, para que no se generara la percepción de contubernio alguno. Sin embargo, vino el “error de diciembre” y la economía se desbarató en las manos del nuevo presidente. En ese momento creció la imagen de quien había ganado el debate y había obtenido el segundo lugar en la competencia. Fue entonces cuando el PRI —a través de su presidente Santiago Oñate y de su jefe en el Distrito Federal, Roberto Campa Cifrián— desató en mi contra una campaña de linchamiento y difamación, hablando de “concertacesiones” y de “Punta Diamante”. De esta manera daban dos golpes: uno al ex candidato presidencial del PAN y otro al ex presidente Salinas. Al primero lo reducían ante la opinión pública y a ésta se le hacía creer que todo lo que sucedía en el desastre económico era culpa del anterior presidente y no resultado de la incompetencia del recién llegado.

Precisamente, al finalizar uno de los años de mayor agresión priista en mi contra, el entonces presidente Zedillo y quien era secretario de Gobernación, Emilio Chuayfett, me enviaron sendos presentes navideños; ello me llevó a devolverlos con sus respectivas cartas, cuyas copias selladas conservo. A Zedillo le dije: “un año de difamaciones oficialistas no debe concluir con un obsequio presidencial”; a Chuayfett le regresé su porquería diciéndole: “no es absolutamente indispensable que me recuerdes la vergüenza de haber sido tu amigo”.

—¿A qué concertacesiones se referían?

—Esa expresión fue acuñada por los propios priistas, que imputaban a su presidente y al PAN el hecho de haber negociado resultados electorales que, habiendo sido “ganados” por el PRI, se “regalaban” al PAN. Querían que después de sus atracos electorales todo quedara en la impunidad. No se contaba con las leyes y tribunales de hoy en día, y el jefe político del país, gustara o no, era el presidente, última instancia real en materia electoral. Cuando vinieron los ataques reclamé reiteradamente al secretario de Gobernación, Emilio Chuayfett, el comportamiento del PRI. Me consideraba arbitrariamente injuriado por aquellos que sólo habían recibido de su adversario un trato honesto y maduro. Ni siquiera por elemental gratitud hacia ese adversario, que dejaba atrás los atropellos, detenían sus ataques.

—¿Qué le respondió Chuayfett?

—Me dijo en reiterados encuentros que Zedillo era ajeno a esos ataques, a lo cual, también reiteradamente, le respondí que nada se movía en el PRI sin la orden o tolerancia del presidente en turno. Todo terminó con un rompimiento público y definitivo con ambos sujetos. Cuando me acusaron de haber recibido como regalo de Salinas una propiedad en Punta Diamante, exhibí ante todos los medios de comunicación la documentación que me acredita como propietario, anterior a la llegada de Salinas a la presidencia, de dos predios en Playa Diamante. Y exhibí también a Zedillo.

—¿Cómo exhibió a Zedillo?

—En primer lugar, acreditando la legítima propiedad de los predios, y en segundo lugar, exhibiendo los títulos de un inmueble en la misma zona que aparecía a nombre de Zedillo, con un adeudo del impuesto predial por los últimos tres años y sin que su titular pudiera acreditar legítima procedencia. De inmediato apareció en la televisión Chuayfett para decir que yo mentía y que “el señor presidente” no adeudaba prediales puesto que no tenía ahí propiedad alguna. Cuando acredité con documentos oficiales que el secretario de Gobernación mentía, apareció en la televisión el presidente de la República, diciendo que sí tenía ahí una propiedad pero que no adeudaba prediales, puesto que los había pagado a través de una empresa. Acto seguido, le exigí que públicamente acreditara el porqué una empresa pagaba los impuestos del presidente. Ya no hubo respuesta.

—¿En qué año exactamente se hizo usted de esa propiedad?

—En 1985. Está a tu disposición toda la documentación que lo acredita. Documentos públicos correspondientes a litigios y operaciones que demuestran jurídicamente y de manera indiscutible e impecable mi derecho.

—Han pasado 20 años y parece un tiempo suficiente para reconstruir su imagen, para revertir esas acusaciones. ¿Por qué no ha sido posible?

—Sinceramente no considero que tenga que reconstruir imagen alguna; primero, porque me sé honesto y para mí eso es suficiente; en segundo lugar, todas las acusaciones que se me han hecho las he respondido con argumentos y pruebas, jamás he guardado silencio que permita a cualquier hombre de buena fe tener por acreditadas las infamias propaladas en mi contra. Es bien sabido que en este país cualquiera puede imputar a otro lo que le viene en gana sin necesidad de aportar pruebas; por eso he reiterado a lo largo de mi vida pública que el lodo se cae solo, únicamente hay que esperar  a que se seque.

—¿Cuál es su lectura general del año de 1994? ¿Cómo definiría su saldo en términos democráticos y políticos?

—1994 fue un año violento, de grandes convulsiones, que en el ámbito político demostró la fatiga del sistema, y fue un peldaño más para alcanzar la alternancia.

 

Héctor de Mauleón

Escritor y periodista. Autor de La perfecta espiral, El derrumbe de los ídolos y El secreto de la Noche Triste, entre otros libros.

Expediente

El homicidio de José Francisco Ruiz Massieu

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La versión de la embajada

El 8 de octubre de 2013, sin fanfarria alguna, el gobierno de Estados Unidos liberó 110 páginas de documentos clasificados por casi 20 años. El archivo, que puede ser consultado en línea, detalla uno de los dos crímenes más importantes del turbulento 1994: el homicidio de José Francisco Ruiz Massieu. Los datos y citas textuales de la siguiente narración, que busca reconstruir el análisis estadunidense del homicidio y la investigación, provienen de esos documentos.

1994

Septiembre

A diferencia de los magnicidios de Luis Donaldo Colosio y el cardenal Posadas en meses previos, los detalles de este crimen parecen ser claros desde un inicio. La víctima, José Francisco Ruiz Massieu, sale del hotel Casa Blanca, a unas cuadras de Reforma.

Son las 9:22 de la mañana del 28 de septiembre, y momentos antes ha concluido un desayuno político del Partido Revolucionario Institucional, en el que participan 180 diputados. Al abordar su automóvil, “un tirador solitario” se acerca a Ruiz Massieu. Saca una pistola nueve milímetros y le dispara a quemarropa del lado izquierdo del cuello. Es casi seguro que prepara un segundo tiro, pero la pistola se encasquilla. El hombre huye a pie.

El tirador es arrestado poco después por un policía bancario. Las autoridades lo tienen en custodia al mismo tiempo que Ruiz Massieu va camino al Hospital Español, a donde llega a las 10:06. Joseph Manso, funcionario de la sección política de la embajada de Estados Unidos, escribe que según “información no confirmada”, necesita de asistencia mecánica para respirar. 24 minutos después es declarado muerto. En un cable enviado ese mismo día al Departamento de Justicia y al Departamento de Estado, dice que sólo lo puede sostener por fuentes cercanas, ya que no hay nada oficial.

Al poco tiempo de que Manso redacta el cable, Mario Ruiz Massieu, hermano de la víctima y subprocurador en la Procuraduría General de la República (PGR), da la noticia a la nación: el secretario general del PRI, el próximo líder de bancada en la Cámara de Diputados, el ex cuñado y todavía hombre de gran cercanía al presidente Carlos Salinas ha muerto. Es el segundo priista prominente asesinado en seis meses.

Aparecen los reportes preliminares, filtrados desde alguna dependencia gubernamental mexicana. El detenido se llama José Roberto Ortega, y tiene alrededor de 30 años de edad.

En la sede de la embajada estadunidense, a unas cuadras del Casa Blanca, los funcionarios presentan teorías iniciales. Ruiz Massieu había sido gobernador de Guerrero. Es posible que haya estado vinculado con actos violentos —no especifican cuáles— en el estado.

Tal vez se trate de un ajuste de cuentas del pasado.

Las declaraciones no se hacen esperar. El primero en hablar es el presidente Salinas, quien anuncia una investigación y da condolencias a su propia familia, porque Ruiz Massieu había sido su cuñado. Después toca el turno al presidente electo, Ernesto Zedillo. Es un crimen en contra de todos los mexicanos, dice.

Porfirio Muñoz Ledo, entonces presidente del Partido de la Revolución Democrática y ex priista, hace uso político del evento: este tipo de actos deben persuadir a los mexicanos hacia una transición democrática pacífica.

A media tarde hay un nuevo anuncio de la PGR. El detenido no es José Roberto Ortega, sino Joel o Héctor Reséndiz, de Acapulco. La embajada, que dispone de un gran número de fuentes en distintos círculos, escucha dos teorías nuevas: la primera, es posible que sea una venganza del narcotráfico, y la segunda —aportada por alguien en el PRI— es que se trata de un ataque de los “dinosaurios” del ala vieja del partido, que se rehúsan a ser democratizados.

Al día siguiente la prensa y los mexicanos reaccionan con un “shock mesurado”. El gobierno, a través del procurador general de la República, Humberto Benítez Treviño —padre de #LadyProfeco—, modifica varios de los datos iniciales por segunda vez. Parece estar convencido de la identidad del sospechoso. Se llama Daniel Aguilar Treviño y es tamaulipeco. Confiesa y da varias pistas al gobierno, así como nombres de conspiradores. Ese mismo día comienza una operación policiaca “masiva” en Tamaulipas.

Mientras tanto, el PRI no pierde el tiempo. Aunque Ruiz Massieu todavía no ha sido sepultado, ya piensa en cómo reorganizar su baraja. Según Manso, probablemente sostendrá una reunión ese mismo fin de semana para elegir sucesores. El principal candidato a tomar la Secretaría General es Esteban Moctezuma, y el próximo coordinador de la bancada será Humberto Roque Villanueva.

Aunque “todavía no hay un motivo claro para el asesinato”, elabora Manso, las teorías mantienen un lugar en común, Tamaulipas. La primera opción, dice, es que el Cártel del Golfo haya tenido mano en el asunto. Pero acota, el CDG también “renta” gatilleros a quien pague por ellos. Pudieron haber sido autores materiales sin ser intelectuales. “De esta teoría hay muchas variantes”, comenta.

La segunda opción, según el gobierno mexicano, es que uno de los responsables puede ser Abraham Rubio Canales, quien dirigió la campaña de Ruiz Massieu para gobernador de Guerrero. Rubio es de Tamaulipas y conserva propiedades en el estado. Se encuentra preso, purgando una condena de 14 años, pues es culpable de perpetrar un fraude “de muchos millones de dólares”. Hay algo que parece dejar clara su culpabilidad en este asunto: Treviño y Carlos Ángel Cantú Narváez, ya identificado como su cómplice, trabajaban en el rancho de Rubio. Un hombre llamado Fernando Rodríguez González reclutó a ambos y les ofreció 50 mil pesos, o 15 mil dólares, por llevar a cabo el atentado. Eso dicen las primeras pesquisas del gobierno.

Los funcionarios mexicanos se acercan a la embajada para pedir ayuda. Quieren estar seguros de que el detenido es en verdad Aguilar Treviño. Entregan un juego de huellas dactilares, que llega a manos del FBI. Sin embargo, el FBI las desecha: no sirven para análisis. México promete enviar un juego nuevo. No se sabe si lo vuelve a hacer.

La Agencia de Alcohol, Tabaco y Armas de Estados Unidos lleva a cabo su propia investigación a partir de los datos disponibles. La pistola nueve milímetros fue vendida por vez primera, en 1986, en una ferretería de Roma, Texas, a Jacovita García, quien a su vez se la vendió a otra persona, y así sucesivamente. Estados Unidos todavía no tiene descifrado por completo el trayecto del arma.

Los mercados reaccionan de manera negativa, pero no en exceso. La bolsa de valores cae 1.95% al final del día del atentado. Había caído más, pero se recuperó al final de la jornada. Llegan reportes de que el gobierno mexicano intervino para nivelar el mercado. No queda claro qué tanto ni de qué forma, pero la especulación de la prensa mexicana sobre esto “parece exagerada”.

Roberto Madrazo, entonces candidato a gobernador de Tabasco, se acerca a la sección política de la embajada. Para él fueron “fuerzas oscuras” las que están detrás del homicidio. Entiéndase, dice el cable, el narcotráfico. “El homicidio puede hacer que muchos priistas, como Madrazo, se sientan en riesgo”, concluye.

Octubre

El primer fin de semana hay una cantidad considerable de arrestos. La embajada intenta entender lo que sucede, y para ello elabora un “Quién es quién” de los detenidos. Manso relata en el texto que Cantú Narváez, quien había huido a Brownsville, Texas, cruza la frontera de regreso y se entrega voluntariamente. Lo hizo “después de ver a su madre en televisión”, implorándole que se rindiera.

Surge más información sobre Fernando Rodríguez González, el acusado de financiar el homicidio. Es secretario técnico de una comisión en la Cámara de Diputados. La comisión la preside Manuel Muñoz Rocha. Varios de los familiares de Rodríguez son detenidos, entre ellos su hermano Jorge, quien confiesa entregar el dinero al tirador. También detienen a la esposa de Fernando y al hermano de la esposa; el chofer de Fernando, Jesús Sánchez, dice haber llevado al homicida afuera del hotel Casa Blanca. La pistola, según la investigación, proviene de José Pascual Álvarez, jefe de policía de San Carlos, Tamaulipas.

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El nombre de Manuel Muñoz Rocha empieza a girar por la prensa mexicana. Se le atribuye, a través de la comisión en la Cámara, la compra de los boletos de avión de los responsables, y los medios de comunicación publican —sin fuente clara— que tuvo dos conversaciones telefónicas posteriores con los sospechosos. En la primera los regaña por sólo haber herido a Ruiz Massieu; de un inicio él tampoco pudo confirmar su deceso. En la segunda “expresa su placer ante la muerte del funcionario priista”. Con todos estos datos en el aire, la PGR pide que se lleve a cabo un juicio para desaforarlo.

El “Quién es quién” da más información sobre el primer sospechoso, Rubio Canales. Su hijo estaba comprometido con la hija de Ruiz Massieu. Padre e hijo son parientes políticos de Raúl Valladares, “teniente de Juan García Ábrego, líder del Cártel del Golfo”.

El consulado de Matamoros envía un cable: la investigación ha llegado hasta Enrique Cárdenas, senador y ex gobernador. Uno de los detenidos lo menciona, pero después se retracta.

El 2 de octubre, Excélsior reporta un comunicado firmado por “El cártel más fuerte de Latinoamérica”, y supuestamente entregado a Carlos Salinas. El texto es una amenaza estilo ojo por ojo, en la que se dice que por cada perseguido que ellos tengan, una figura de la vida pública —actor, deportista, político— morirá. La embajada descarta casi de inmediato que el mensaje sea verídico. “Tan sería un tiro por la culata” que hay dudas serias sobre su autenticidad, comenta al final del texto el embajador James Robert Jones.

Los medios también entran al juego de la especulación, y más de uno compara a México con Colombia, donde Pablo Escobar operaba hasta el año anterior. El embajador sospecha que el debate “se sensacionalizó para aumentar ratings o circulación de periódicos”.

En su opinión, los cárteles mexicanos “carecen del interés y el poder” para enfrentarse abiertamente con el gobierno mexicano.

El 7 y 8 de octubre hay un intercambio de cartas entre el gobierno mexicano y la embajada. La juez penal 12 de distrito, en la ciudad de México, Olga Estrever, gira una orden de aprehensión contra Manuel Muñoz Rocha, por su probable responsabilidad como autor intelectual del homicidio. El gobierno mexicano, a través de la Secretaría de Relaciones Exteriores y el Instituto Nacional de Migración, pide a Estados Unidos que extradite a Muñoz Rocha; sospechan que huyó a Brownsville también. David Beall, segundo al mando en la embajada, responde con un acuse de recibo.

Al mismo tiempo, una carta dirigida a los medios de comunicación llega hasta los ojos de los funcionarios estadunidenses. Se trata de un texto de Marcia Cano de Muñoz, esposa del diputado, pidiendo que se entregue. La carta, con varias faltas de ortografía, asegura que hay garantías “indispensables” de seguridad para que Muñoz Rocha se presente a declarar. La última vez que lo vio fue el 27 de septiembre, asegura. Un día antes del homicidio.

Noviembre

Más información de Matamoros: el hijo de Rubio Canales ha sido detenido. Se le acusa de estar involucrado en la conspiración.

El día 22, Beall tiene una cita con Mario Ruiz Massieu. Poco antes de reunirse, Ruiz Massieu “cancela abruptamente” porque tiene que ir “de manera inesperada” a Los Pinos.

El 23, “ante un auditorio repleto” que incluye a medios y representantes del PRI, PAN y PRD, queda claro qué sucedió el día anterior. Ruiz Massieu renuncia en público, y repite las acusaciones que había hecho en televisión el día 14. El PRI estaba más preocupado por salvar su pellejo que por esclarecer el crimen. Señala a dos personas en particular, Ignacio Pichardo, presidente del partido, y María de los Ángeles Moreno, su eventual sucesora. Manso, el funcionario de la embajada recalca que durante todo este tiempo Ruiz Massieu “no ha ofrecido pruebas públicas de sus acusaciones”. En esta conferencia da a conocer sólo una supuesta carta firmada por Muñoz Rocha, enviada desde un lugar desconocido, en la que renuncia a su cargo. Ruiz Massieu dice que la carta se fabrica para evitar un circo mediático que afecte todavía más al PRI, el desafuero de un diputado por matar a otro. Los expertos del gobierno que analizan la firma aseguran que es de Muñoz Rocha.

Las afirmaciones de Ruiz Massieu “manifiestan una forma virulenta de las típicas divisiones de final de sexenio”, en la que “los funcionarios se están acomodando” para ingresar al próximo gobierno, comenta Beall. Pichardo es cercano a Carlos Hank, y Moreno  a Beatriz Paredes, ambos enemigos de su mentor  Jorge Carpizo.

Beall dice que el caso “comienza a tener matices  de un Watergate mexicano”, y predice dos consecuencias. La primera, que Carlos Salinas saldrá perjudicado, y la segunda, que Ernesto Zedillo podrá incorporar miembros de otros partidos a su gabinete  sin mayor objeción.

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En las semanas siguientes suceden dos cosas extrañas. La embajada, a través del agregado jurídico, Stanley Pimentel, envía una carta a María Teresa de la Reva, funcionaria en Banco Confía. Quiere saber, “respetuosamente”, a quién pertenece una tarjeta de crédito y qué movimientos ha realizado desde septiembre. No explica en relación con qué, y no hay mayor seguimiento. Pero algún vínculo tiene que tener con la investigación, porque el documento forma parte del archivo liberado.

El consulado de Guadalajara recibe la visita de un ciudadano estadunidense, que a principios de mes estaba de viaje en Egipto. El hombre dice que “conversó con Manuel Muñoz Rocha en un museo de El Cairo”. Muñoz estaba acompañado “por dos personas con camisetas que tenían logotipos del PRI en la espalda”. El consulado se pone en contacto con las autoridades mexicanas, a través de otro Massieu, Andrés, un primo. Parece que le toman la declaración, pero no se vuelve a mencionar el tema.

Diciembre

El homicidio de Ruiz Massieu “domina los encabezados y la discusión política” en la semana de la toma de protesta de Ernesto Zedillo como presidente. Antonio Lozano Gracia es nombrado procurador. Mario Ruiz Massieu confía en que Lozano “traerá de vuelta el Estado de derecho a México”.

1995

Marzo

El último día de febrero, Pablo Chapa Bezanilla, flamante fiscal de la PGR adscrito al caso, lee un comunicado. Raúl Salinas de Gortari es detenido ese mismo día a las 14:30 horas y es acusado de ser coautor intelectual del homicidio. Chapa se basa en “movimientos bancarios, registros de coches, llamadas telefónicas y otra evidencia circunstancial”, en palabras de Samuel Brock, subjefe político de la embajada. “Resulta interesante” que no ofrezca ningún motivo en el homicidio, comenta el embajador Jones.

“Es posible que se trate de un momento crucial” en la historia mexicana, ya que nunca antes se ha hecho una investigación tan importante en un país donde “la impunidad de las elites es vista como la triste realidad de la vida”. Sin embargo, “no se puede evitar pensar que es una acción inquietantemente similar a la de su predecesor”, quien arrestó al líder sindical Joaquín Hernández, La Quina, para dar un golpe de timón.

El embajador Jones dice que “un priista enterado” admite después del anuncio de Chapa que perderán las gubernaturas de Guanajuato y Yucatán frente al PAN.

La sorpresa de la detención es doble: “el júbilo sobre lo que parecía ser el inminente arresto del subcomandante Marcos se disipó rápidamente”, añade.

Todo mundo está a favor del arresto del hermano del ex presidente. La prensa se vuelca con Zedillo. “Ya es presidente de México”, dicen los columnistas. PAN y PRD resaltan que México se acerca a la transición democrática. Jesús Murillo Karam, gobernador de Hidalgo, está a favor. Incluso Elba Esther Gordillo, descrita por un funcionario de nombre Walsh como “secretaria saliente” del sindicato de maestros, parece estar de acuerdo.

En días posteriores, Estados Unidos, a través de un funcionario de apellido Berg, de la división política de la embajada, compila un dosier con “una fracción” de todo lo que ha escuchado sobre Raúl Salinas. El cable se llama “un dedo en cada pastel”. Salinas importa carne de Nueva Zelanda y Australia a precios por debajo del mercado, una fuente anónima dice que importa azúcar y consigue que México declare en crisis a la industria nacional, lo cual abulta sus arcas personales. Es mencionado como “un intermediario” que puede “ayudar” en conflictos entre Pemex y empresarios texanos. La acusación más repetida es sobre sus manejos de la Compañía Nacional de Subsistencias Populares (CONASUPO). No sólo se le acusa de desviar fondos, sino de autorizar la manipulación de los componentes químicos de la leche que vende la compañía.

Un empresario británico de nombre Kaveh Moussavi, que trabaja para IBM, testifica en una demanda en contra del gobierno mexicano que Salinas obtuvo un 10% de comisión en un trato entre Mitsubishi y Pemex, en el que Mitsubishi logró un contrato para ampliar la refinería de Salina Cruz. “Nada mal para un día de trabajo”, recalca con ironía.

De ahí, entre tantos otros negocios, es que se le apoda El señor 10%, dice la embajada, pues es el porcentaje que obtiene como intermediario entre gobierno  y particulares.

Una columnista de Excélsior, de nombre Manu Dornbierer, relata desde 1991 que Raúl y su hermano Enrique formaban parte de una asociación que controlaría 50% del Hipódromo de las Américas por 25 años. Después de publicar la información, su columna deja de aparecer en el periódico.

En cuanto a sus supuestas relaciones con el narcotráfico, se menciona el testimonio de Juan Nepomuceno Guerra, supuesto fundador del Cártel del Golfo, quien en algún momento declara que él y Salinas construyeron un parque industrial en Tamaulipas. La segunda acusación está censurada por el gobierno estadunidense, y saldrá a la luz en 2020.

El propio embajador Jones comenta: “el texto anterior es sólo un muestreo de las muchas alegaciones, rumores y acusaciones públicas y privadas en contra de Raúl Salinas, sus prácticas de negocios cuestionables, sus presuntos vínculos con el narcotráfico y su supuesto tráfico de influencias. Las ofrecemos para que los lectores vislumbren la reputación pública y privada de Raúl Salinas frente a los mexicanos, la de un canalla de proporciones inmensas”.

Remata: “hasta ahora hemos leído o escuchado muy pocas cosas que contradigan esta impresión”.

Chapa manda llamar a Mario Ruiz Massieu para que testifique sobre por qué no investigó a Salinas. Seis horas después, Ruiz Massieu sale de la PGR y toma un avión hacia Nueva Jersey. Declara que el viaje lo tenía planeado “desde hace mucho tiempo”, aunque la prensa lo califica de “una huida de la justicia”. Al día siguiente busca abordar un vuelo Newark-Madrid de Continental. Pero es detenido antes de subir al avión: declaró traer consigo 10 mil dólares, cuando en verdad eran más de 40 mil. Fuentes de la PGR le dicen al embajador que pedirán la extradición ese mismo 4 de marzo. Para el 6, prometen, tendrá lista la orden de aprehensión. Ruiz Massieu será acusado de narcotráfico, enriquecimiento ilícito, cohecho, obstrucción de la justicia y encubrimiento.

Junio

Inicia el proceso de extradición contra Ruiz Massieu. El magistrado Ronald Hedges, quien lleva el juicio, se muestra sumamente escéptico desde el inicio. Comienza declarando que la historia de Ruiz Massieu es un “cuento con moraleja” sobre la corrupción y el poder. “De aceptar lo aquí dicho”, comenta, “esta corrupción inicia desde la familia de un ex presidente de México, incluso posiblemente desde el ex presidente, e incluye a un familiar del mismo, a uno de los principales encargados de la aplicación de la ley en México, a una cadena de fiscales federales y hasta la policía judicial federal”.

Hay una duda persistente sobre la calidad de la investigación del homicidio. Hay al menos cuatro versiones distintas de los implicados. Muchas veces no estuvieron presentes sus abogados mientras declaraban. Hay probabilidad de que hayan sido torturados. Al menos en el caso del principal acusado, Aguilar Treviño, no hay declaración suya en el expediente, sólo el testimonio de quien lo interrogó, explicando cuáles fueron las supuestas respuestas de Aguilar. Para Hedges todo carece de lógica, y tampoco entiende por qué Ruiz Massieu huye del país. “Nada tiene sentido”, concluye. Niega la extradición por el desaseo en el expediente. El abogado defensor aprovecha la situación y pide libertad bajo fianza. El magistrado es claro: si lo deja en libertad es obvio que huirá del país.

Noviembre

El día 15 Paulina Castañón, esposa de Raúl Salinas, es detenida en Suiza con su hermano, después de llegar a un banco en Ginebra con un poder notarial para abrir una de las cajas de depósito. La caja está a nombre de Juan Guillermo Gómez Gutiérrez. Adentro hay dos pasaportes con nombres distintos, el ya mencionado y Juan José González Cadena. Ambos tienen la foto de Raúl Salinas “e información de otras cuentas bancarias”. La agencia de narcóticos del gobierno suizo alerta al banco, que le niega el acceso a la caja a Castañón. En días posteriores aparecen otras cuentas en Londres, Luxemburgo, Alemania y Bélgica. Se sospecha que también en las Islas Caimán. Hay al menos 100 millones de dólares bajo diversos nombres. En México la prensa especula que el dinero proviene del narcotráfico. Berg no lo cree así; parece ser que su fortuna proviene del “10%”.

Carlos Salinas declara —no se sabe desde dónde, lo cual crea sospechas de que está escondido— que desconocía las actividades de su hermano. En el cable se recalca que esto genera risas en el Distrito Federal.

Berg dice que “uno casi hasta puede sentir el malestar que deben estar sintiendo aquellos cercanos a Carlos Salinas” por las acciones de Zedillo.

No hay forma de que Carlos Salinas no supiera qué hacía su hermano, agrega. Pregunta retórica: “¿Pudo haber colaborado con él o haber sido la fuerza que lo guiaba?”. Una encuesta circula por los medios, los mexicanos creen que es el presidente que más dinero ha robado. Un funcionario de la embajada, en un día lluvioso, escucha el siguiente comentario de su taxista: Salinas hasta se robó el sol.

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Antonio Lozano Gracia se reúne con el embajador Jones durante el mes, a petición de la embajada, para informar cómo van las investigaciones de Colosio, del narcotráfico y de Ruiz Massieu. De Colosio dice que todavía no descartan nada, del narcotráfico que Juan García Ábrego será detenido en los próximos meses, y de Ruiz Massieu que tienen abierta una línea de investigación para vincular a Raúl Salinas con el narcotráfico —y tal vez el motivo del crimen— de forma directa, aunque todavía no encuentran la relación. Pero sospechan de Justo Ceja, ex secretario particular de Carlos Salinas, y prófugo en Canadá. Lozano pide a la embajada que si llegan a saber de él, lo detengan para que México lo interrogue. Dice que la prensa exagera la cantidad de dinero en las cuentas de Raúl Salinas. Según sus cálculos, son mil millones de dólares, no 15 mil.

Estados Unidos ofrece ayuda, pero también desliza una crítica dura. Sabe que los criminales mexicanos siempre eluden a la policía en el último momento, que hay motivos para desconfiar de la justicia mexicana. Lozano asegura que esta vez no sucederá. La reunión concluye con Lozano diciendo que “el caso contra Salinas es extremadamente fuerte”, y que será sentenciado por el homicidio “alrededor de febrero” del próximo año.

Diciembre

Luis Téllez, jefe de gabinete de Ernesto Zedillo, acude a una reunión con el embajador Jones. Muestra su enojo ante lo que el percibe como una falta de ayuda de ese gobierno en el caso Ruiz Massieu, en particular con la extradición de su hermano, a quien Estados Unidos alguna vez describió como “sucio”. Zedillo, a través de Téllez, “se muestra preocupado” de que Estados Unidos “busque un arreglo con Mario Ruiz Massieu”. El embajador le asegura que no es el caso, pero que lo verificará con su país.

Jones agrega que Estados Unidos ha hecho lo que ha podido, y que incluso los bancos de su país han ayudado a esclarecer las cuentas de Salinas. Citibank dijo que 67 millones de dólares habían sido transferidos a través de ellos a Suiza, vía Nueva York, pero que Salinas no tenía cuenta en el banco. La embajada le pide a Téllez que México deje de presionar a Citibank: “tantas filtraciones de información” sobre su relación con Salinas dañan su imagen.

Téllez hace una petición a nombre de Zedillo. Quiere procesar a una persona, pero sólo se le podrá denunciar si Estados Unidos “aporta información creíble”. El nombre del individuo está clasificado hasta 2030.

El último funcionario que aparece en las 110 páginas de documentos es Natividad González Parás, entonces subsecretario de Gobernación y después gobernador de Nuevo León. González Parás le dice “en secreto” a Estados Unidos que está convencido de que Raúl Salinas mandó matar a Ruiz Massieu. Comenta que “había sido políticamente cercano a Ruiz Massieu, y que estaba al tanto de desacuerdos entre ambos”. Ejemplifica con un caso, el cual está censurado hasta 2020. El análisis del embajador Jones sobre lo que dice González Parás lo conoceremos en seis años.

Epílogo

Mario Ruiz Massieu murió en 1999, tras permanecer tres años en arresto domiciliario en Nueva Jersey. Se suicidó con una sobredosis de antidepresivos, según el acta de defunción. La comentocracia mexicana especula que sigue vivo, pues su cuerpo nunca fue visto en público.

El juicio de Raúl Salinas concluyó en 1999 y fue declarado culpable. Se le sentenció a 27 años de cárcel, pero, en revisión de su caso, fue exonerado del homicidio en 2005. En 2013 un juez determinó que su fortuna era “excesiva” pero no necesariamente ilícita. Al salir de la cárcel, en 2005, declaró que “mi estrategia a partir de ahora será estar al lado de la legalidad”.1

Manuel Muñoz Rocha no ha vuelto a aparecer. Chapa Bezanilla creyó haber encontrado sus huesos en la finca El Encanto, cuando una vidente apodada La Paca lo llevó al lugar del entierro. Posteriormente, se descubrió que esos huesos habían sido “plantados” por un familiar de la mujer. Chapa cayó en desgracia poco después, y junto con Lozano Gracia fue relevado de su puesto en la PGR.

La orden de aprehensión contra Muñoz Rocha prescribió en 2009.

A la fecha no hay autores intelectuales del homicidio, sólo un autor material, Daniel Aguilar Treviño, quien purga una sentencia de 50 años.

Al igual que los magnicidios de Luis Donaldo Colosio y del cardenal Posadas, el caso de José Francisco Ruiz  Massieu permanece abierto dos décadas después.

 

Esteban Illades

Periodista y editor.

 


1 Relea, Francesc, “Raúl Salinas queda en libertad después de 10 años de cárcel”, El País, 15 de junio de 2005, disponible en: http://elpais.com/diario/2005/06/15/internacional/1118786407_850215.html. Fecha de consulta: 19 de noviembre de 2013.

Expediente

El crac del 94

Una crónica

 

En agosto de 1995, cuando entré a la licenciatura en economía del CIDE, circulaban en los pasillos varias historias sobre los días en que había estallado aquella atroz crisis económica que todos seguíamos padeciendo. Una de las historias que ha sobrevivido involucra a quienes estudiaban el curso de introducción a la economía en el otoño de 1994. En ese entonces, esa clase utilizaba un libro de texto que empezaba así: “El objetivo de la segunda edición de Economía es presentar el núcleo esencial de la teoría económica de una manera que permita a los estudiantes comprender el mundo en que vivimos”.1 Para un grupo de jóvenes intelectualmente ambiciosos y recién salidos del bachillerato no había nada mejor que un libro que prometiera ayudarles a “comprender el mundo en que vivimos”. El 16 de diciembre de 1994 algunos de quienes tomaban ese curso decidieron dirigirse al centro de la ciudad para celebrar el último examen del año en un bar. Tenía que ser temprano pues algunos no tenían permiso de llegar tarde a casa. El lugar seleccionado para la celebración fue el Bar Mata en la esquina de Tacuba y Filomeno Mata.

Ya en el bar la discusión eventualmente gravitó de regreso hacia el curso de economía y el examen de opción múltiple y esperanza negativa que acababan de presentar. La discusión sobre demandas agregadas y restricción presupuestaria atrajo la atención de otros clientes del bar. Un hombre treintañero perfectamente trajeado y con indudable exceso de alcohol en las venas se acercó al grupo de estudiantes con curiosidad. Cuando supo que se trataba de jóvenes estudiantes de economía llamó a su compañero, otro hombre trajeado y borracho que estaba en su mesa, juntos los veían con ternura y empezaron a hablarles con un dejo de condescendencia. El argumento central de su plática se resume en dos frases repetidas varias veces, como sólo los borrachos saben repetir algo: “todo vale madres; “antes se cuidaba a este país”. En el momento de mayor emotividad etílica, uno de los trajeados señalaba insistentemente en dirección del viejo edificio de pesos y medidas: “Ese lo construyeron en el porfiriato, cuando a este país se le defendía”. La última frase que los estudiantes del CIDE escucharon requeriría algunas semanas para cobrar sentido: “Debimos declarar default”.

Ese viernes las reservas internacionales del Banco de México, ubicado a una cuadra del Bar Mata, habían perdido 855 millones de dólares. Las autoridades financieras del nuevo gobierno habían ya decidido ampliar en un 15% el límite superior de la banda de flotación del peso, es decir, permitir que el peso perdiera valor de forma más rápida para tratar de cerrar la salida de divisas. Durante sábado y domingo no habría mucho que hacer en el Banco de México, sino esperar que el deslizamiento del peso ese viernes fuera suficiente para convencer a los mercados que la política cambiaría del gobierno era sostenible. El lunes 19 de diciembre la pérdida de reservas fue de 701 millones de dólares. Para el martes 20, la cotización del dólar había pasado de 3.46 pesos por dólar a 3.94, lo que significaba que ya había alcanzado el límite superior de la nueva banda de flotación. Pero para mantener al peso dentro de ese límite el Banco de México sólo tuvo que reducir sus reservas en 90 millones de dólares. A 20 años de distancia, el entonces secretario de Hacienda, Jaime Serra, recuerda que a pesar de estar consciente de que el problema tomaría tiempo para arreglarse, la calma de ese martes alimentó un vago optimismo. Ese optimismo se derrumbó el miércoles 21 de diciembre cuando los mercados atacaron de nuevo: la pérdida de reservas fue de cuatro mil 543 millones de dólares en un solo día. No hubo banda de flotación que aguantara una pérdida de casi el 44% de las reservas. La conclusión era obvia, el mercado ya había decidido que la política cambiaria del gobierno era insostenible y no hubo más remedio que dejar a un lado el tipo de cambio programable y dejar flotar al peso. Para el 31 de diciembre el peso llegó a 4.99 pesos por dólar. Para mediados de marzo de 1995 el tipo de cambio superó los siete pesos por dólar. Este drástico ajuste tuvo varias consecuencias económicas: el PIB se contrajo en un 6.2% en 1995, la tasa de interés de corto plazo pasó de 13.7% en noviembre a 74.8% en abril, poniendo en aprietos a todos aquellos que tuvieran un crédito y a los bancos mismos. La inflación de 1995 llegó a 52%, muy por encima del 8% de 1994. Para la mayoría de la población el resultado fue económicamente devastador y las explicaciones siempre insuficientes. ¿Qué pasó?

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Entre 1987 y 1992 la situación económica en México parecía haber cambiado dramáticamente. La inflación había sido controlada, el crecimiento se recuperó, las inversiones fluían al país. Como colofón a unos años de recuperación económica después de la terrible década de los ochenta, el gobierno mexicano celebraba la firma y aprobación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. En su quinto informe de gobierno el presidente Salinas se mostraba optimista: “El país ya ha recuperado su estabilidad, crece moderadamente y avanza en el cambio estructural de sus actividades productivas”. En su informe anual sobre 1993, el Banco de México coincidía con el presidente, 1994 tendría que ser un año de “mayor crecimiento”. Al igual que el presidente, el Banco de México señalaba algunas preocupaciones como el aumento del desempleo y una disminución en la inversión, pero consideraba que estos problemas habían sido ocasionados por factores coyunturales ya superados como la incertidumbre que creó el proceso de aprobación del TLCAN en el Congreso de Estados Unidos. Otros signos de preocupación que se reconocían públicamente eran la desaceleración económica entre 1991 y 1993 y el crecimiento del déficit en cuenta corriente que, si bien había retrocedido ligeramente en 1993, había alcanzado ya el 6.5% del PIB. El discurso oficial era, pues, optimista aunque ciertamente con matices. La impresión general a finales de 1993 era que si bien persistían algunos problemas y estaban apareciendo algunos nuevos, el optimismo tenía cabida pues la profunda crisis de los ochenta iba quedando atrás.

Este éxito y la certeza de que se podían superar los problemas persistentes tenían su base, en cierta medida, en el mecanismo que se utilizó para la toma de decisiones económicas. Durante los primeros cinco años del gobierno de Carlos Salinas de Gortari las decisiones de política económica se tomaron de forma colegiada en las reuniones semanales del gabinete económico. Este mecanismo había sido un invento de los años setenta, pero había evolucionado durante los difíciles años ochenta. En los setenta y hasta 1982, era una reunión multitudinaria donde secretarios y subsecretarios discutían en un ambiente de poco consenso económico. Basta imaginar sentados en la misma mesa a Miguel de la Madrid, Rosa Luz Alegría, Andrés de Oteyza, Carlos Tello y varios subsecretarios con afanes protagónicos. Más adelante, bajo el gobierno de Miguel de la Madrid, se redujo el número de participantes en esta reunión y, también, disminuyó el nivel de disenso. De hecho, las mayores diferencias en ese gabinete económico eran políticas pues tanto Jesús Silva Herzog como Carlos Salinas de Gortari eran miembros del mismo. Finalmente, al llegar Salinas al poder, sólo seis personas serían convocadas durante todo el sexenio a las reuniones semanales del gabinete económico: Pedro Aspe, Arsenio Farell, Jaime Serra, Miguel Mancera, Ernesto Zedillo y el encargado de convocar a las reuniones, José Córdoba. Para entonces las interminables discusiones sobre el rol del Estado en la economía o sobre la profundidad y el ritmo con que debía manejarse la apertura económica habían sido superadas. En 1992 Ernesto Zedillo dejaría de asistir a las reuniones del gabinete económico al ser nombrado secretario de Educación Pública. Así, entre 1988 y 1994, el gabinete económico se convirtió en un grupo compacto e ideológicamente homogéneo. La integración comercial, la estrategia antiinflacionaria, la política de privatizaciones, en general todas las decisiones relevantes en materia económica de aquel sexenio pasaron antes por una discusión informada entre este grupo de funcionarios con sobresalientes credenciales académicas y profesionales.

Sin embargo, aún en este pequeño y homogéneo grupo hubo diferencias. Algunas parecen haber sido asuntos personales. Ernesto Zedillo y Pedro Aspe tenían una rivalidad que parece haberse desarrollado durante la primera mitad del sexenio cuando uno era el encargado de los ingresos del gobierno y el otro del gasto, ambos con nivel de secretario de Estado. Pero las divisiones más importantes, que podían coincidir con las personales, eran sobre la política económica del gobierno. La diferencia más importante era sobre la naturaleza del déficit en cuenta corriente: para algunos, como el secretario de Hacienda, Pedro Aspe, se trataba de un déficit autocorregible, por lo que no se requería ningún tipo de cambio de política económica. Éste podía ser el caso si el déficit estaba siendo causado por decisiones del sector privado: la planta productiva se estaba modernizando y para ello el sector privado requería importar bienes intermedios y de capital. Estas inversiones se estaban financiando con capital extranjero, ya fuera en forma de inversión directa o de portafolio. Si esos capitales eventualmente dejaban de entrar, según el secretario de Hacienda, el déficit se corregiría de inmediato pues los empresarios dejarían de comprar maquinaria. Sin embargo, en otras secretarías, como la de Comercio, los asesores de un subsecretario habían circulado un estudio que señalaba la sobrevaluación del peso como razón fundamental del déficit y mostraban cómo la importación que más rápido crecía era la de bienes de consumo. Si éste era el caso, un ajuste del tipo de cambio por encima del deslizamiento programado de la época era necesario: se debía permitir que el tipo de cambio encontrara con mayor velocidad su equilibrio. Otros como Zedillo y José Córdoba coincidían con esta postura.

Eventualmente, la postura de que ese déficit no requería la atención del gobierno se fue imponiendo. En su informe sobre 1993, publicado a principios de 1994, el Banco de México, dirigido por Miguel Mancera, evidentemente ya había adoptado la primer postura: “Ahora bien, habrá quien se pregunte por qué si el país es competitivo, existe un déficit en la balanza comercial. La respuesta a esta interrogante es simplemente una reiteración de lo que ya se ha comentado: el flujo de capital que se ha venido recibiendo del exterior no puede traducirse sino en acumulación de reservas internacionales o en mayores importaciones”.2 Así pues, mientras no fueran las finanzas públicas las culpables de ese déficit, se argumentaba, ese déficit no tenía por qué ser motivo de preocupación para el gobierno. Esta postura, conocida en el mundo como la doctrina Lawson, es una postura teórica que ya estaba relativamente desacreditada para 1994. Países en situaciones parecidas como Chile y el Reino Unido habían sido víctimas de ataques especulativos sobre su moneda en la década de los ochenta, sin importar si el origen de ese déficit era una mala política fiscal o la acumulación de decisiones privadas. En cualquier caso, los miembros del gabinete económico coincidían en que mientras siguieran entrando capitales extranjeros el problema del déficit podía llegar a ser preocupante pero estaba lejos de ser alarmante. El problema mayor era la volatilidad potencial de esos capitales.

En los círculos gubernamentales se argumentaba que los capitales estaban entrando al país porque los mercados creían otra vez en México y en que la política económica el gobierno era sostenible. No obstante, hay otra razón probablemente más importante para explicar la entrada de esos capitales extranjeros y que era más difícil de encontrar en las declaraciones públicas de funcionarios mexicanos en 1993: las tasas de interés en Estados Unidos se encontraban en su punto más bajo en por lo menos en 30 años. En retrospectiva, José Córdoba considera que éste fue el origen del problema: esas bajas tasas en Estados Unidos empezarían a ajustarse justamente durante los primeros meses de 1994. Por su parte, las tasas de interés nominal en México, que se habían ido reduciendo rápidamente conforme la inflación iba siendo controlada a fines de los ochenta y principios de los noventa, empezaron a aumentar otra vez a partir del primer tercio de 1992. Esto atrajo la atención de los inversionistas norteamericanos hacia México, como bien lo advirtió el New York Times en un artículo de abril de 1993 titulado “High Mexican Interest Rates Are Luring Wall Street Cash” (ver gráfica 1).

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Mientras los mercados mantuvieran su confianza en el desempeño de la economía mexicana y en la política económica del gobierno y/o mientras las tasas de interés en Estados Unidos fueran tan poco atractivas, no había razón para alarmarse por un déficit en cuenta corriente. ¿Qué podría salir mal?

El primero de enero de 1994 todo empezó a cambiar. En Chiapas, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional irrumpió en la escena política. En el DF, los rumores persistentes sobre la candidatura presidencial alternativa de Manuel Camacho Solís hacían sombra sobre la campaña presidencial de Luis Donaldo Colosio. La política empezó a poner nerviosos a los mercados apenas empezando el año. Al mismo tiempo, en enero de 1994, las tasas de interés en Estados Unidos empezaron a subir de forma moderada pero continua. Los instrumentos de deuda a corto plazo habían empezado el año pagando en Estados Unidos una tasa de 3.19%, para mayo la misma tasa ya era de 4.57% y seguirían aumentando. Había nerviosismo político y las inversiones en Estados Unidos eran considerablemente más rentables en marzo que en enero. Aun así, para el 23 de marzo de 1994 las reservas internacionales eran 13% superiores a su nivel de principios de año, lo que nos indica que los capitales siguieron entrando al país durante el primer trimestre de 1994. Ese mismo día a las 7:12 pm las cosas cambiaron radicalmente.

Con el asesinato de Luis Donaldo Colosio el nerviosismo se convirtió en pánico. Los capitales empezaron a salir en masa, la demanda de dólares en México se disparó.

El 23 de marzo el gabinete económico se reunió y discutió si se debía dejar flotar el tipo de cambio para evitar la pérdida de las reservas internacionales ante un panorama obvio de salidas masivas de capitales. Como todos sabemos, la decisión fue no hacerlo. Siempre se ha asumido que las razones para no devaluar eran meramente electorales; sin embargo, según algunos de los participantes en esas reuniones también había razones económicas para no devaluar. Pedro Aspe consideraba que el sector bancario estaba en una situación precaria con motivo de su endeudamiento exterior y el aumento de las tasas en Estados Unidos, una devaluación abrupta podía significar el colapso del sector. También argumentó en ese entonces que, dada la historia cambiaria en México, una devaluación pequeña era imposible: en el momento en que se dejara flotar libremente la cotización del peso la devaluación sería mucho mayor de lo necesario, en México las devaluaciones de 10% eran imposibles. Miguel Mancera señala actualmente que entre los miembros del gabinete económico, además, flotaba la idea de que era preferible no agregarle un shock económico a la incertidumbre política. Si había que ajustar, era mejor esperar un momento de mayor estabilidad política. Pero el elemento que probablemente influyó más en las decisiones de marzo, que ahora sabemos a la larga no evitaron el colapso financiero, fue la idea de que los problemas eran meramente políticos. Si el gabinete económico podía convencerse de que una vez pasada la tormenta política las aguas volverían a sus cauces y que la situación económica no sería muy diferente de la prevaleciente en el otoño de 1993, entonces ¿para qué devaluar?

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En cualquier caso, una vez tomada la decisión, el Banco de México tuvo que defender el tipo de cambio a un costo altísimo. En sólo cuatro días a partir del asesinato las reservas internacionales del Banco de México perdieron tres mil 395 millones de dólares. Durante el siguiente mes prácticamente no habría día hábil en que el Banco de México no tuviera que intervenir en el mercado cambiario para evitar que el precio del dólar superara la banda de flotación. Esas intervenciones costaron, entre el 23 de marzo y el 22 de abril, 10 mil 388 millones de dólares. Es decir, el 36% de las reservas con que contaba el Banco de México al momento del asesinato de Luis Donaldo Colosio.

La situación sin duda había cambiado abruptamente desde el otoño de 1993. Pero no sólo cambió el entorno político y económico sino también los mecanismos de toma de decisiones al interior del gobierno. Después de cinco años de deliberaciones semanales entre los miembros del gabinete económico este mecanismo perdió importancia. Mientras el presidente Salinas se encargaría ahora directamente de manejar el trabajo político del gobierno, Pedro Aspe, secretario de Hacienda, se encargaría de tomar las decisiones económicas. Una semana después del asesinato de Colosio, el encargado de organizar las reuniones de gabinete económico y jefe de la Oficina de la Presidencia José Córdoba Montoya, dejaría su cargo en el gobierno federal para convertirse en representante de México ante el BID. Su lugar lo ocuparía un viejo político priista, Santiago Oñate. El mecanismo de toma de decisiones colegiadas prácticamente se desmanteló.

Ante la salida masiva de capitales el gobierno se vio en la necesidad de buscar mecanismos alternativos para cerrar la sangría y evitar que el Banco de México tuviera que seguir gastando sus reservas de dólares. Con este fin se adoptó una estrategia que tuvo dos componentes. Por un lado, las tasas de interés en instrumentos de deuda del gobierno mexicano se dispararon. Mientras para marzo de 1994 los CETES pagaron una tasa promedio de 13.46%, para abril la tasa aumentó a 20.58%. Por otro lado, el gobierno mexicano aumentó de forma considerable la emisión de tesobonos, instrumentos de deuda denominados en pesos pero cuyo valor estaba indexado al valor del dólar. La primera parte de la estrategia era una respuesta obvia al aumento de las tasas en Estados Unidos. Se podría discutir si el aumento fue exagerado o insuficiente, pero ante el claro aumento de las tasas en Estados Unidos la tendencia a la baja de las tasas mexicanas era insostenible si se quería seguir captando inversión (ver gráfica 2).

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La parte sin duda más controvertida tiene que ver con la segunda parte de la estrategia: la emisión de tesobonos. Durante 1993 y los primeros meses de 1994, la emisión de tesobonos ya había aumentado considerablemente. Mientras que en 1991 y 1992 la emisión total rondaba los 330 millones de dólares, para diciembre de 1993 el saldo ya era de mil 598 millones de dólares. Para marzo el saldo era de cuatro mil 157 millones. Estos datos ya podrían haber señalado una tendencia preocupante, pero palidecen ante el dato del mes de abril: 10 mil 957 millones de dólares. Para agosto de 1994 el saldo llegaría a 23 mil 798 millones de dólares. Estos instrumentos cuyo rendimiento estaba indexado al tipo de cambio podían cumplir dos objetivos. Primero, a los inversionistas nerviosos por la posibilidad de una devaluación les permitía seguir invirtiendo en instrumentos mexicanos sin incurrir en el riesgo cambiario implícito en otros instrumentos. Además, permitía al gobierno enviar al mercado la señal de que estaba comprometido con la defensa del tipo de cambio, pues emitir tesobonos para después devaluar era un sinsentido. Pero estos instrumentos tenían un problema particular que a la larga resultó terrible: se trataba de deuda de corto plazo que dependía de que los inversionistas confiaran en la solvencia del gobierno para renovarlos. Si los inversionistas no renovaban el instrumento periódicamente el gobierno podría tener serios problemas de liquidez. Esto hacía particularmente importante vigilar la relación entre reservas internacionales y saldos de tesobonos. Mientras el saldo de tesobonos fuera menor al de las reservas, ni los inversionistas desconfiarían de la solvencia del gobierno ni el gobierno tendría problemas de liquidez en caso de que los inversionistas dejaran de renovar sus tesobonos periódicamente. Esa relación se fue deteriorando durante el año (ver gráfica 3).

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La clave de esta estrategia era precisamente que los mercados creyeran que México quería y podía mantener su política monetaria. El mayor riesgo a esas alturas era que el mercado dudara del compromiso del gobierno mexicano por mantener la política cambiaria y que eso desatara ataques especulativos contra el peso que terminaran por hacer imposible mantener la estabilidad cambiaria en que se había basado el programa económico desde principios del sexenio. La apuesta para mayo de 1994 era muy clara, defender las reservas y con ellas al peso vía emisión de tesobonos con la esperanza de que, una vez pasada la elección presidencial, las cosas regresaran a la calma.

Las críticas a esa estrategia no se hicieron esperar. Durante el verano, Rudiger Dornbusch y Alejandro Werner argumentaban que sin devaluación sería imposible para México recuperar el crecimiento y consideraron que una devaluación de 20% no sólo era recomendable sino necesaria. Y advertían que si no se hacía nada para ajustar el problema de la sobrevaluación del peso entonces eventualmente se tendría que enfrentar el problema en un momento menos propicio y con menos control. Para Dornbusch y Werner los mercados ya estaban nerviosos, de hecho durante junio y julio hubo varios días en que el Banco de México intervino ante ataques especulativos relacionados con la inestabilidad política. Ese nerviosismo traía costos: aumentos en tasas de interés que reducía las posibilidades de crecimiento y aumentos en emisión de tesobonos que aumentaba el riesgo de una crisis financiera en caso de un ajuste abrupto del tipo de cambio. Aún así, estos economistas reconocían que existía la posibilidad de que después de las elecciones el gobierno mexicano pudiera demostrarle al mercado que la razón estaba del lado del gobierno, que todo era producto de la incertidumbre propia de un año electoral; pero sólo una vez superada la elección y asumiendo el triunfo del candidato del PRI, el gobierno podía “prove the market wrong”. Casi 20 años después, actores centrales de aquel momento siguen en desacuerdo: José Córdoba considera hoy que el problema fue fundamentalmente económico, y que la parte política tenía que ser simplemente coyuntural. Bajo esta perspectiva la crisis se pudo haber evitado si se hubieran tomado decisiones económicas diferentes como dejar flotar al peso antes o aumentar aún más las tasas de interés en México. Por su parte, Miguel Mancera considera hoy que el problema fue fundamentalmente político. Sin la incertidumbre política de ese año el gobierno no hubiera perdido credibilidad y entonces los problemas económicos no se hubieran agravado.

La incertidumbre política continuó durante el verano y provocó más pérdidas en las reservas internacionales. El momento álgido de aquel verano fue la renuncia, y posterior retractación, de Jorge Carpizo. Como secretario de Gobernación, Carpizo estaba a cargo de organizar las elecciones presidenciales y renunció acusando que había presiones para descarrilar el proceso electoral que él estaba organizando. Eventualmente, Carpizo aceptó regresar a su puesto. En el ínterin las reservas internacionales perdieron más de 500 millones de dólares en un par de días.

Las elecciones presidenciales de 1994 tuvieron lugar el 21 de agosto. El candidato del PRI, Ernesto Zedillo, ganó con un margen cómodo y las elecciones fueron consideradas relativamente limpias aunque claramente inequitativas. El resultado electoral parecía haberle dado un respiro a la situación económica: durante el resto de agosto, todo septiembre y la primera mitad de noviembre las reservas internacionales del Banco de México se mantuvieron estables por encima de los 16 mil millones de dólares. En la prensa y en el discurso oficial se percibía una sensación de que el peligro había sido superado. Muchos pensaron que finalmente el gobierno y los defensores de la política cambiaría original habían probado que “el mercado se había equivocado”. El 28 de septiembre, José Francisco Ruiz Massieu fue asesinado, se trataba del secretario general del PRI, ex cuñado del presidente Salinas, quien aparentemente coordinaría al PRI en el Congreso durante la siguiente legislatura e incluso se especulaba podría integrarse al gabinete del presidente electo. No fue un asunto menor, sin embargo, los mercados de capital se mantuvieron tranquilos y las reservas del Banco de México estables. Al menos parecía que la economía era ahora capaz de resistir las tragedias políticas.

Tal fue la confianza durante ese otoño perdido que las tasas de interés iniciaron una tímida pero importante caída durante septiembre y octubre. Los compromisos en tesobonos del gobierno federal también se redujeron, de 23 mil 798 millones de dólares en agosto a 22 mil 622 en septiembre y 21 mil 644 en octubre. El primero de noviembre, en su último informe de gobierno, el presidente Salinas festejaba: “En materia económica, el reto que asumí al iniciar mi mandato fue claro: reducir la inflación y recuperar el crecimiento sobre bases perdurables, para crear empleos y elevar el nivel de vida de la mayoría. Hoy, al realizar un balance, y sin dejar de reconocer lo que falta por hacer, podemos sentirnos alentados por la solidez de nuestros logros”. Y más adelante: “Atrás quedaron los problemas de deuda, déficit, inflación y crisis”.

Salinas no estaba solo en su optimismo. En un artículo llamado “A New Stability in Mexico’s Economy”, publicado el 6 de noviembre de 1994, la revista Businessweek empezaba diciendo: “Después de una pequeña recesión y de la agitación política del último año, México está listo para lanzar una sólida recuperación”. Sobre la inminente toma de protesta del presidente Zedillo, Businessweek decía: “Han sido casi 20 años desde que un presidente mexicano llegó al poder en semejante ambiente de estabilidad económica”. Aparentemente el gobierno había hecho una apuesta arriesgada durante el verano, pero el otoño le había dado la razón. El problema fue que todavía faltaba el invierno.

A mediados de noviembre se desató una nueva tormenta. Por un lado hubo rumores sobre una posible devaluación en las últimas semanas del sexenio de Carlos Salinas que despertaron una serie de ataques especulativos. Además, las tasas de interés en Estados Unidos siguieron subiendo. Entre septiembre y noviembre de 1994 la tasa líder pasó de 5.02% a 5.81%, esto es un incremento mayor, inclusive, al de enero-marzo del mismo año. El resultado fue, otra vez, una masiva salida de capitales. En la semana del 14 al 18 de noviembre las reservas del Banco de México perdieron tres mil 199 millones de dólares. La emergencia obligó a una reunión el domingo 20 de noviembre en casa del presidente Salinas entre los equipos económicos del presidente en funciones y el del presidente electo. En la versión más conocida de esa reunión, Carlos Salinas aceptó devaluar la moneda inmediatamente pero fue convencido por Pedro Aspe de no hacerlo. El argumento de Aspe fue que un gobierno al que le quedaban 10 días de gobierno no tendría la credibilidad necesaria para controlar los efectos del ajuste cambiario. Esa misma versión menciona que Aspe sugirió como posible solución que Jaime Serra entrara en su lugar a Hacienda de forma inmediata y que él se encargara de la devaluación. Otra versión nos dice que la oferta de Aspe fue que el presidente electo lo ratificara como secretario de Hacienda y que le diera algún tiempo para hacer el ajuste una vez iniciado el nuevo gobierno.

En cualquier caso, el asunto es que, otra vez, se decidió no devaluar. Para entonces, las reservas internacionales, que habían empezado el año alrededor de los 25 mil millones de dólares, apenas rebasaban los 13 mil. Al terminar el último día de operaciones del sexenio, las reservas contaban con sólo 12 mil 484 millones de dólares. Todo esto a pesar de que los mecanismos para evitar salida de capitales que el gobierno había utilizado durante el verano se volvieron a usar de forma indiscriminada: la tasa de interés volvió a rebasar el 20% en México y se volvieron a emitir tesobonos cuyo saldo en noviembre de 1994 llegó a 24 mil 691 millones de dólares.

El nuevo gobierno entró con un plan: si se anuncia un fondo norteamericano para proteger el tipo de cambio de cualquiera de los tres países integrantes del TLCAN, los ataques especulativos podrían cesar. Sin embargo, concretar ese fondo resultó imposible, entre otras cosas, porque durante las primeras semanas del nuevo gobierno hubo una transición importante en la Secretaría del Tesoro de Estados Unidos. Hasta el 22 de diciembre hubo un secretario del Tesoro saliente, Lloyd Bentsen, a quien le siguió el interinato de algunas semanas de Frank Newman, previo a la confirmación en el puesto de Robert Rubin. Esta situación dejaba a las autoridades financieras en México prácticamente solas y sin contraparte en Estados Unidos hasta el 11 de enero.

Otro problema práctico que tuvo el nuevo gobierno fue que al terminar la administración de Carlos Salinas y empezar la de Zedillo, prácticamente todos los funcionarios de alto nivel de la Secretaría de Hacienda dejaron de trabajar ahí. El subsecretario de Hacienda, Guillermo Ortiz, fue nombrado secretario de Comunicaciones y Transportes. El subsecretario de Egresos, Carlos Ruiz Sacristán, fue nombrado director general de Pemex. Francisco Gil Díaz, subsecretario de Ingresos, regresó al Banco de México.

Con estas limitaciones, el gobierno de Zedillo a través de su secretario de Hacienda, Jaime Serra, anunció los “Criterios Generales de Política Económica del Gobierno Federal” el 9 de diciembre. En ellos se anunciaba que no habría cambios sustanciales en la política económica y se anunciaba un déficit en cuenta corriente que el mercado consideró insostenible. La especulación empezó casi de inmediato. Hasta el 15 de diciembre, las reservas disminuyeron sólo marginalmente, pero la emisión de tesobonos se disparó. El viernes 16 de diciembre, mientras en el CIDE se presentaba un examen de economía, las reservas del Banco de México perdieron 855 millones de dólares. El gobierno decidió aumentar la banda superior de flotación del peso en 15%. Para el martes 20 la cotización del peso ya había alcanzado el nuevo máximo permitido. El miércoles 21 de diciembre la demanda de dólares en el país hizo que las reservas perdieran cuatro mil 543 millones de dólares. Se había llegado al límite práctico de las reservas internacionales. El gobierno tuvo que dejar flotar la moneda ante la falta de recursos para defender la cotización original. La devaluación desató la peor recesión económica en México desde 1929. La contracción de 6.5% del PIB fue la más grande en un solo año desde 1932 y el PIB no recuperaría su nivel previo a la crisis sino hasta 1997. Se esperaba que la inflación fuera de un solo dígito, pero llegó a 50% en 1995. El porcentaje de mexicanos en situación de pobreza de patrimonio pasó, según el Coneval, de 52.4% a 69%. El porcentaje debajo de la línea de pobreza alimentaria pasó, en el mismo periodo, de 21.2% a 37.4%. Incluso hoy, 20 años después, el salario medio real sigue sin alcanzar nuevamente el nivel que tuvo en 1994 (ver gráfica 4).

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De regreso en el CIDE, en enero de 1995, uno de los profesores de economía explicaba a sus estudiantes lo que había pasado un par de semanas antes. Después de una larga explicación, su conclusión era sencilla: se había llegado a una situación en que sólo había dos opciones, devaluar o declarar moratoria. En ese momento las últimas frases de aquel bizarro encuentro en el Bar Mata cobraron sentido. Un par de funcionarios del Banco de México habían decidido emborracharse aquel 16 de diciembre conscientes de que ya se había tomado una decisión, para evitar un default se dejaría que la moneda se depreciara. Si bien la solución alternativa, es decir, la moratoria de pagos, que aquellos funcionarios balbuceaban el 16 de diciembre probablemente hubiera tenido consecuencias aún más catastróficas, lo innegable era que ambos estaban muy conscientes de que el país tendría que pagar altos costos por las decisiones que se fueron tomando durante todo aquel año. La decepción era evidente: “todo vale madres, antes se defendía a este país”.

 

Sergio Silva Castañeda

Economista e historiador.

El autor agradece al profesor Enrique Cárdenas su ayuda para la preparación de este texto.

 


1 Fisher, Dornsbusch y Schmalensee, Economía (McGrawHill, 1990).
2 Banxico, Reporte 1993, p. 30.

Cultura y vida cotidiana

Octavio Paz 1914-2014

Sigue una serie de ensayos sobre la obra y la figura de Octavio Paz en su centenario.

La civilización del presente” de Jesús Silva-Herzog Márquez borda sobre la poesía como el corazón de toda la obra paceana. En “Vuelta a Paz”, José Antonio Aguilar destaca la obra de Paz como un modelo de la impugnación moral e intelectual. “El ensayista en su centenario” de Claudio Lomnitz reflexiona sobre el cronotipo “México” en la prosa de Paz. “Reyertas ejemplares” de Armando González Torres se ocupa de Paz como un autor complejo, revelador y al mismo tiempo provocador. Óscar de Pablo en “El relojero divino” escribe sobre Piedra de sol y el tiempo como un solo momento, tan rico que en él caben todos los momentos. “Huellas ajenas en La estación violenta” de Héctor Iván González traza una lectura meticulosa de un libro axial de Paz. Margarito Cuéllar en “Paz y Neruda: Poetas combatientes” discurre sobre esas dos piedras fundacionales de la poesía latinoamericana del siglo XX. “La conversación tras las azaleas” de Alberto Ruy Sánchez evoca al poeta que dedicó parte de su vida a reflexionar sobre el arte.

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Cultura y vida cotidiana

La civilización del presente

“Cada civilización es una visión del tiempo”, escribe Octavio Paz en Vislumbres de la India. La civilización de Octavio Paz lo es también: la civilización del presente. En Paz no hay sólo una literatura extraordinaria, una “Obra” digna de devoción y crítica. Habitable como ninguna, la escritura de Paz afirma un modo de insertarse en el mundo, una forma de sentir la historia, una manera de ser humano. Ahí, en sus poemas y sus ensayos, en sus reflexiones y divagaciones, en sus conversaciones y cartas, en sus intentos narrativos, en sus juegos verbales, en sus semblanzas y polémicas, en sus paisajes y miniaturas se encuentra una mirada que es más que perspectiva: estancia. Lo dijo en un poema: la mirada es una casa. Una manera de vivir, de convivir y también de morir. No hay experiencia ignorada. Ahí están la soledad y la comunión; la comida y la música; la pintura y el mercado; el bosque, la plaza y la alcoba; el rito y el trámite; lo sublime y lo aberrante. Del erotismo a la política, de la ciencia al mito, de la arquitectura a la caricia. Una civilización.

La poesía es corazón de ese cuerpo. Lo ha dicho bien Enrico Mario Santí: Octavio Paz no fue solamente un poeta. Fue el poeta que se empeñó en afirmar las razones de la poesía. No sólo escribir poesía: escribir desde ahí, pensar poéticamente. El arco y la lira, dice Santí, es más que un análisis del fenómeno poético. Se trata, en realidad, de una defensa de la poesía, esa “actividad revolucionaria por naturaleza”. La imaginación poética es capaz de acoplar la sílaba que afirma con la sílaba que niega. El mismo prodigio opera en el tiempo: el pasado, el presente, el futuro son lo que está siendo simultáneamente, lo que se está haciendo. Antes, después, ahora, comprimidos en la imagen poética. El poeta no está encadenado al tiempo, dice Paz. Oficia las “nupcias de la quietud y el movimiento” como se escucha en Piedra de sol. De su primer a su último poema está presente ese juego de los tiempos. Si el poema, por una parte, desafía la lógica, por la otra, subvierte los eslabones del tiempo. El tiempo deja de fluir en el poema. Se congela… pero fluye. Ya no es sucesión, es un instante privilegiado; quieto y vivo. “Inmóvil en la luz, pero danzante”, dice en un soneto temprano. “Un árbol bien plantado mas danzante”, dirá después. El baile en la quietud. Vale leer lo que dice en su manifiesto poético:

El poema traza una raya que separa al instante privilegiado de la corriente temporal: en ese aquí y en ese ahora principia algo: un amor, un acto heroico, una visión de la divinidad, un momentáneo asombro ante aquel árbol o ante la frente de Helena, lisa como una muralla pulida. Ese instante está ungido con una luz especial: ha sido consagrado por la poesía, en el sentido mejor de la palabra consagración. A la inversa de lo que ocurre con los axiomas de los matemáticos, las verdades de los físicos o las ideas de los filósofos, el poema no abstrae la experiencia: ese tiempo está vivo, es un instante henchido de toda su particularidad irreductible y es perpetuamente susceptible de repetirse en otro instante, de re-engendrarse e iluminar con su luz nuevos instantes, nuevas experiencias.

El tiempo total. “Ayer es hoy, mañana es hoy, hoy todo es hoy”, escribe mientras pregunta si hay salida. El poeta ve en el presente la vasija que contiene todos los tiempos. Vuelvo a Piedra de sol:

                       abre la mano,
señora de semillas que son días,
el día es inmortal, asciende, crece,
acaba de nacer y nunca acaba,
cada día es nacer, un nacimiento
es cada amanecer y yo amanezco,
amanecemos todos, amanece
el sol cara de sol, Juan amanece
con su cara de Juan cara de todos,

puerta del ser, despiértame, amanece,
déjame ver el rostro de este día,
déjame ver el rostro de esta noche,
todo se comunica y transfigura
arco de sangre, puente de latidos,
llévame al otro lado de esta noche,
adonde yo soy tú somos nosotros,
al reino de pronombre enlazados…

Buscando la fraternidad, buscando al otro, Octavio Paz encontró ese presente hinchado de tiempos. Los contrarios sólo se concilian en la plenitud de un hoy vivo. En Cántaro roto escribe:

hay que soñar hacia atrás, hacia la fuente, hay que remar siglos arriba,
más allá de la infancia, más allá del comienzo, más allá de las aguas del bautismo,
echar abajo las paredes entre el hombre y el hombre, juntar de nuevo lo que fue separado,
vida y muerte no son mundos contrarios, somos un solo tallo con dos flores gemelas,
hay que desenterrar la palabra perdida, soñar hacia dentro y también hacia afuera,
descifrar el tatuaje de la noche y mirar cara a cara al mediodía y arrancarle su máscara,
bañarse en luz solar y comer los frutos nocturnos, deletrear la escritura del astro y la del río,
recordar lo que dicen la sangre y la marea, la tierra y el cuerpo, volver al punto de partida,
ni adentro ni afuera, ni arriba ni abajo, al cruce de caminos, adonde empiezan los caminos,
porque la luz canta con un rumor de agua, con un rumor de follaje canta el agua
y el alba está cargada de frutos, el día y la noche reconciliados fluyen como un río manso,
el día y la noche se acarician largamente como un hombre y una mujer enamorados,
como un solo río interminable bajo arcos de siglos fluyen las estaciones y los hombres,
hacia allá, al centro vivo del origen, más allá del fin y comienzo.

Me detengo en una imagen: el día y la noche reconciliados como un hombre y una mujer que se acarician, enamorados. Ahí, en ese presente que fluye, están todos los siglos, se desploman todas las paredes, se junta todo lo que un día fue separado. La imagen aparece en varios poemas. En Carta de creencia escribe:

Entre la noche y el día
hay un territorio indeciso.
No es luz ni sombra:
es tiempo.
Hora, pausa precaria.
página que se obscurece,
página en la que escribo,
despacio, estas palabras.
La tarde
es una brasa que se consume.
El día gira y se deshoja.
Lima los confines de las cosas
un río obscuro.

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El presente, ese territorio que no puede atarse a nada, “lima los confines de las cosas”. El presente es perpetuo, dice y vuelve a decir Octavio Paz. Lo es porque no es instantaneidad sino confluencia de todos los pasados y la posibilidad de todos los futuros. En el presente viven todos los tiempos: “siempre es el mismo día, la misma noche siempre”.

¿Cuándo?, pregunta Octavio Paz. El poeta quiere ubicarse, saber dónde está y pregunta ¿qué tiempo es éste? Más que el planeta que habitamos, debemos descifrar el tiempo en el que estamos, el tiempo que somos. Ser siglo y segundo. El valor supremo es el presente, escribió en Posdata. “El futuro es un tiempo falaz que siempre nos dice ‘todavía no es hora’ y que así nos niega. El futuro no es el tiempo del amor: lo que el hombre quiere de verdad lo quiere ahora. Aquel que construye la casa de la felicidad futura edifica la cárcel del presente”. Tiene razón: el tiempo de la democracia es el tiempo del amor: hoy.

La enfermedad política que horrorizaba a Paz era la negación del presente. Por una parte, la política de la inautenticidad, sordera del hoy: geometrías extrañas que ignoran la circunstancia por convicción. Ése fue el padecimiento histórico de México que denunció en El laberinto: no encontramos —hasta la Revolución— una política que palpara nuestra forma. Copiamos, tradujimos, importamos: nos enmascaramos hasta la sonrisa. No fundamos en nuestro presente la política, es decir, no acogimos el pasado vivo. Por otra parte, la ideocracia, razón soberbia que imagina al tiempo sometido a su dictado. En “Petrificada petrificante” escribe en líneas exaltadas que el silogismo es caníbal.

las ideas se comieron a los dioses
los dioses
se volvieron ideas
grandes vejigas de bilis
las vejigas reventaron
los ídolos estallaron
putrición de dioses
fue muladar el sagrario
el muladar fue criadero
brotaron ideas armadas
idearios ideodioses
silogismos afilados
caníbales endiosados
ideas estúpidas como dioses
perras rabiosas
perras enamoradas de su vómito

Imágenes manchadas
escupieron sobre el origen
carceleros del futuro
sanguijuelas del presente
afrentaron el cuerpo vivo
del tiempo

Octavio Paz es arquitecto de una civilización de diálogo.

La palabra del hombre  es hija de la muerte.
Hablamos porque somos mortales: las palabras
nos son signos, son años.
Al decir lo que dicen  los nombres que decimos
dicen tiempo: nos dicen,
somos nombres del tiempo.
Conversar es humano.

Conversación de tradiciones, conversación de rupturas. En la civilización del diálogo se encuentran Quevedo y John Donne; Pessoa, Chuang Tzu y Basho. Marx y Duchamp, Tocqueville y Motherwell. Breton, Baudelaire, T.S. Eliot, Mallarmé. Tamayo, Alfonso Reyes, Jorge Cuesta, sor Juana, José Clemente Orozco, Hernán Cortés, José María Velasco. Sí: la civilización es un banquete: una mesa donde oficia la conversación. La de Octavio Paz se ilumina en una esperanza: convertirnos, por primera vez en nuestra historia en contemporáneos del presente.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez

Profesor del Departamento de Derecho del ITAM. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

Cultura y vida cotidiana

Vuelta a Paz

Se podría trazar una genealogía de los encuentros y desencuentros de varias generaciones de intelectuales mexicanos con la figura de Octavio Paz. Frente al mandarín de la cultura mexicana uno podía ser muchas cosas, menos indiferente. La generación de mi padre, la que llegó a la mayoría de edad en 1968, aplaudió el gesto digno de Paz de renunciar a la embajada en la India después de la matanza del 2 de octubre. Leyó con reverencia Piedra de sol

a la salida de mi frente busco,
busco sin encontrar, busco un instante,
un rostro de relámpago y tormenta
corriendo entre los árboles nocturnos

Fue esa misma generación que primero se desencantó de él y después lo convirtió en un enemigo íntimo. Un santón descarriado. “Paz: gran poeta, hombre deleznable”, escuché en una ocasión cuando tenía 12 años. Para la generación de mi padre, como ha señalado lúcidamente Armando González Torres, “el apoyo tácito o explícito a Echeverría por parte de diversos intelectuales produjo un significativo debate entre las generaciones más jóvenes de la izquierda en torno a los vicios y limitaciones del intelectual liberal, en el cual, aun sin mencionarlo, se aludía inevitablemente al perfil de Paz”.1 Carlos Pereyra, entre otros, criticó la apertura inicial de Paz hacia el gobierno del siniestro Echeverría. Pensaba que la crítica al poder de intelectuales como Paz cumplía una “función” ideológica, pues esas críticas limitadas eran “presa del horizonte ideológico en que se producían”. La ausencia de un instrumental teórico adecuado “propiciaba la incapacidad del pensamiento liberal para captar las estructuras que lo condicionaban”.2 Para una buena parte de la izquierda de entonces Paz era un intelectual anacrónico, inclinado a las generalizaciones, falto de conciencia histórica y anclado en el moralismo.3 A la distancia el uso del adjetivo liberal para calificar el aperturismo algo ingenuo de Paz y algunos otros intelectuales me parece extraño. Tampoco creo que Pereyra tuviera razón. Su alegato pecaba del funcionalismo tautológico y la hybris academicista que tan a menudo aquejó a la crítica marxista.

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Sin embargo, mis encuentros y desencuentros con Paz no pasan por las filias y las fobias de la generación de mi padre. Cuando la ilusión del socialismo llegó a su fin en 1989, durante mi segundo año en El Colegio de México, seguí con detenimiento la polémica producida por el encuentro Vuelta, “La experiencia de la libertad”, y pensé que, en lo general, el grupo de Paz había tenido razón en su crítica acerba a los regímenes comunistas. Había acertado al elegir el bando ganador de la historia. Con todo, me pareció que el celo y la pasión ideológica de los debates en torno al socialismo estaban fuera de lugar. Denotaban una colonización de la Guerra Fría del medio intelectual mexicano. Después de todo, México no era una de las fronteras de ese conflicto. A ratos los contendientes sonaban en ambos bandos como si estuvieran en Cuba o en Vietnam y no en San Ángel o Coyoacán. Me pareció un debate subsidiario.

Para mí Paz fue, ante todo, un polemista, un modelo de la impugnación moral e intelectual. No es necesario creer en su hagiografía, que lo consagra como una solitaria voz en el desierto, para reconocer en él un valor moral inusual para enfrentarse a una opinión mayoritaria adversa. Leí sus polémicas con la izquierda cuando ya estaban frías. Y me parecieron ejemplares. El despliegue de la inteligencia, el ejercicio de la razón crítica, fueron una revelación. En cambio, el Paz de la tele, que pontificaba, me parecía aburrido.

Más adelante, cuando indagaba las relaciones de los intelectuales mexicanos con el mundo, me percaté de que Paz era en verdad una rara avis: para los noventa Paz era uno de los últimos, y el más importante, de los intelectuales cosmopolitas mexicanos. Un hombre realmente universal. El poeta podría repetir para México lo que Kipling escribió sobre Inglaterra: “y qué saben de Inglaterra quienes sólo Inglaterra conocen”. La mirada de Paz iba del mundo a su país y de vuelta:

Camino hacia atrás
hacia lo que dejé
o me dejó
Memoria
inminencia de precipicio
balcón
sobre el vacío
Camino sin avanzar
estoy rodeado de ciudad
Me falta aire.

Cuando los sandinistas perdieron las elecciones en Nicaragua, después del triunfo de la revolución, pensé que las críticas de Paz a ese régimen y a las guerrillas centroamericanas (que le ganaron ser quemado en efigie frente a la embajada de Estados Unidos: “Reagan rapaz, tu amigo es Octavio Paz”) no estaban tan equivocadas después de todo.

En los noventa las guerras culturales de Paz se volvieron guerrillas, escaramuzas sin el peso e importancia de sus batallas anteriores. Así leí, todavía a la distancia, el affaire sobre el Coloquio de Invierno de 1992. Paz denunció la existencia de una conspiración para copar los centros de poder intelectual. El episodio me pareció entonces un asunto discutible y ciertamente menor. Los debates en torno al socialismo de la década anterior tal vez fueran subsidiarios, pero al menos eran importantes. Las rencillas y pleitos de los grupos culturales, en cambio, eran guerritas de artificio en la república de las letras. Una pérdida de tiempo, sigo pensando hoy.

No, mis desencuentros con Paz son otros, pero no menos profundos que los de las generaciones que me precedieron. A mí el poeta no me parecía anacrónico, inclinado a las generalizaciones ni anclado en el moralismo. Tampoco me pareció un lacayo de Televisa ni una comparsa del gobierno de Carlos Salinas. Experimentó, sí, las tensiones inevitables de una figura de su peso al lidiar con el poder de un régimen autoritario como el mexicano de ese momento. Y, ciertamente, algunas de sus decisiones y pronunciamientos como hombre público son criticables.

Mi desencuentro es con el Paz romántico que ha descrito muy bien Yvon Grenier.4 Paz fue presa del Mito. Como Rousseau, desconfió siempre de la modernidad. En El laberinto de la soledad Paz afirmó: “El liberalismo es una crítica del orden antiguo y un proyecto de pacto social. No es una religión, sino una ideología utópica; no consuela, combate; sustituye la noción del más allá por la de un futuro terrestre. Afirma al hombre pero ignora una mitad del hombre: ésa que se expresa en los mitos, la comunión, el festín, el sueño, el erotismo. La Reforma es, ante todo, una negación y en ella reside su grandeza. Pero lo que afirmaba esa negación —los principios del liberalismo europeo— eran ideas de una hermosura precisa, estéril y, a la postre, vacía. La geometría no sustituye a los mitos”. Tenía razón: el liberalismo combate.

Durante décadas Paz combatió en la misma trinchera que los liberales, luchó contra los mismos enemigos, pero como los comunistas y los anarquistas en la guerra civil española, no eran la misma cosa. Paz defendió causas liberales, porque lúcidamente comprendió que era una necesidad hacerlo, pero no fue un liberal. Lo dice él mismo. En una entrevista de 1989 con Tetsuji Yamamoto y Yumio Awa, Paz afirmó: “no me siento liberal aunque creo que es imperativo, sobre todo en México, rescatar la gran herencia liberal de los Montesquieu y los Tocqueville. No soy liberal porque el liberalismo deja sin respuesta a más de la mitad de las grandes interrogaciones humanas”, pero “es una filosofía que nos puede guiar moral y políticamente, en nuestro trato con los otros pues nos enseña la tolerancia. Además, es un pensamiento fundado en la libertad, un valor irrenunciable”.5

Ese mismo año repetiría, palabras más, palabras menos, la misma tesis en el discurso de aceptación del premio Alexis de Tocqueville: “El liberalismo democrático es un modo civilizado de convivencia. Para mí el mejor entre todos los que ha concebido la filosofía política. No obstante, deja sin respuesta la mitad de las preguntas que los hombres nos hacemos: la fraternidad, la cuestión del origen y la del fin, la del sentido y el valor de la existencia”. Derrotado el comunismo, esa religión bastarda, Paz encontraba fallas de origen, casi irremediables, en las ideas y las instituciones victoriosas: la democracia, la economía de mercado, la sociedad de consumo. En 1993 en una entrevista con Julio Scherer afirmó: “en el tercer mundo… aparte de las injusticias y las desigualdades que produce, el mercado daña moral y espiritualmente a los hombres pues sustituye la antigua noción de valor por la de precio. Ahora bien, las cosas más altas y mejores —la virtud, la verdad, el amor, la fraternidad, la libertad, el arte, la caridad, la solidaridad— no tienen precio. El mercado no tiene dirección: su fin es producir y consumir. Es un mecanismo y los mecanismos son ciegos. Convertir a un mecanismo en el eje y el motor de la sociedad es una gigantesca aberración política y moral”.6

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Tampoco la triunfante democracia liberal, con sus vicios, era satisfactoria. En efecto, “en muchos aspectos la democracia moderna es inferior a la antigua”, porque en Atenas la democracia era directa, los partidos eran “formaciones fluctuantes, no asociaciones dirigidas por burocracias poderosas, como ahora”. Se pronunciaba, en cambio, por una nueva filosofía política. Ésta tendría “que recoger la doble herencia del pensamiento moderno de Occidente: el liberalismo y el socialismo, la libertad y la justicia”. Como si no pudiera existir justicia sin socialismo. Esta filosofía tendría una doble finalidad: “la primera: la reconciliación entre la libertad y la igualdad por el puente de la fraternidad. La segunda: la reconciliación entre el hombre y la naturaleza”.7 Está aquí el anhelo de comunión de Paz, de reintegrar las piezas rotas de una felicidad primigenia. Nunca pudo escapar al mito del eterno retorno. La historia lineal, que progresa, era una impiedad. En su poética de la historia el liberalismo mexicano del siglo XIX fue una ruptura: “se propuso modernizar al país por la reforma política pero interrumpió la continuidad histórica de México”.8 De ahí su convicción sobre la misión espiritual de la Revolución mexicana: restaurar la continuidad histórica interrumpida. Paz descreyó de las revoluciones, en especial de la soviética, pero nunca se emancipó del mito de la Revolución como restaurador de un tiempo roto. Eso lo hizo incapaz de aceptar cabalmente el presente democrático: mediocre, insulso, burgués, filisteo y antiheroico. Eso es lo que lo separa críticamente de Tocqueville, a quien admiraba profundamente. Tocqueville tenía la misma sensibilidad aristocrática de Paz, pero no se dejó conquistar por ella. Aceptó el nuevo mundo democrático sin aplausos, pero con aplomo. Vale la pena citar en extenso las conclusiones al segundo volumen de la Democracia en América. Ahí Tocqueville describió la sociedad democrática: “las almas no son vigorosas, pero las costumbres son suaves y las leyes humanas. Si bien no hay grandes devociones y hay pocas virtudes que sean muy altas, brillantes y puras, en cambio los hábitos son constantes, la violencia es rara y la crueldad es casi desconocida. Los hombres viven vidas más largas y su propiedad está más segura. La vida no es muy vistosa, pero es muy cómoda y pacífica. Hay pocos placeres que sean muy groseros o muy delicados. Hay poca cortesía en los modales pero muy poca brutalidad en los gustos. Uno raramente encuentra hombres muy ilustrados o poblaciones muy ignorantes. El genio se vuelve escaso y la ilustración más común. La mente humana se desarrolla a través de los pequeños esfuerzos combinados de todos los hombres y no por el impulso poderoso de unos cuantos de ellos. Hay menos perfección, pero más fecundidad en los trabajos… casi todos los extremos se vuelven suaves y romos, casi todos los picos se desgastan para transitar a la medianía, que es a la vez menos alta y menos baja, menos brillante y menos oscura que lo que se había visto en el mundo. Veo esa masa innumerable compuesta de seres similares, en donde nada se eleva o cae. El espectáculo de esta uniformidad universal (y de esta mediocridad) me entristece y me asusta, y estoy tentado a lamentar la sociedad que ya no existe. Cuando el mundo estaba lleno de hombres muy grandes y muy pequeños, muy ricos y muy pobres, muy ilustrados y muy ignorantes (muy afortunados y muy miserables), volteaba la vista de los segundos para fijarme en los primeros y éstos deleitaban mi mirada. Pero entiendo que este placer surgía de mi debilidad; puedo discriminar y escoger de entre tantos objetos aquellos que me placen porque no puedo ver todo lo que me rodea a la vez. No le ocurre así al Ser eterno y todopoderoso, cuyos ojos necesariamente abarcan, a la vez, a toda la humanidad y a cada hombre en particular. Es natural creer que lo que más satisface la vista del creador y preservador de la humanidad no es la prosperidad singular de unos cuantos sino el mayor bienestar de todos, así que lo que me parece decadencia a sus ojos es progreso; lo que me lastima, a él le place. La igualdad es, tal vez, menos alta, pero es más justa y su justicia conforma su grandeza y su hermosura”. Paz, a diferencia de Tocqueville, se dejó seducir por las promesas redentoras del Mito revolucionario. Nunca dejó de anhelar una revolución que prometiera restaurar la comunión, la fraternidad, la virtud, el amor y la Verdad.

El romanticismo hizo a Paz vulnerable a la fascinación del poeta armado de mediados de los noventa. Después de un inicial recibimiento hostil, y con el paso del tiempo, los artículos de Paz de la época fueron revelando una sutil simpatía por lo que ocurría en Chiapas. El subcomandante Marcos, reconocía Paz, había creado un “personaje memorable”: el escarabajo Durito. El sub Guillén era un sacerdote que ofrecía la comunión a los creyentes. Chiapas mostró una debilidad toral en el universo intelectual de Octavio Paz. En efecto, el poeta había sido seducido no sólo por Marcos sino por su propia historia. No la historia del país, que pronto le hizo saber al EZLN y al mundo que la vía armada era un expediente del pasado que no deseaba revivir. Enfrentado a un movimiento romántico en el ocaso del siglo XX, arcaico, autoritario, acaudillado por un simpático sofista enmascarado, Paz no pudo articular una crítica clara y contundente a esa aparición inverosímil: el espectro de la Revolución, la gran Puta, ahora encarnada en los mitos más queridos de la imaginación romántica.

 

DP-civilizacion-del-presente-2-wNo conocí a Octavio Paz. En 1997 Adolfo Castañón, amigo común y mentor del programa de Jóvenes Creadores del FONCA, le hizo llegar un fragmento inédito de mi ensayo ficción sobre un viaje de Alexis de Tocqueville a México. A Paz le gustó el texto y decidió publicarlo en Vuelta. Lo que no sabía es que pondría mi nombre en la portada del número de abril, junto al suyo y al de Daniel Bell. Todavía me ruborizo. Un año más tarde había muerto. No es un exceso afirmar que su pérdida, la del último gran Mandarín de la cultura mexicana, fue inmensa. Perdimos al polemista feroz, al crítico y al gran poeta. Su muerte marcó un fin de época. Una parte del legado de Paz está atada a un tiempo irrecuperable de la historia del país. El poeta fue un hijo cabal del ogro filantrópico, un hijo respondón y con vocación parricida, pero, al final, un vástago que nunca negó su apellido, un apellido que olía a pólvora. Hijo de su padre zapatista y nieto de su abuelo liberal. Pero en su caso la pólvora era un cuento de sobremesa, no un recuerdo propio de un tiempo violento. Eso pertenece a la historia. Otras herencias de Paz nos acompañarán en el futuro, en un mundo que él apenas atisbó (y no le gustó). Para bien y para mal Paz está con nosotros. Me quedo con el polemista filoso, con el heterodoxo lector de Sade y sor Juana y con el intelectual que pensaba que el mundo era suyo por derecho propio. A él siempre volveré.

 

José Antonio Aguilar Rivera

 

Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.

1Armando González Torres, Las guerras culturales de Octavio Paz, Colibrí, México, 2003. p.88.
2 Ídem.
3 Ibíd, p.90.
4 Yvon Grenier, Del arte a la política. Octavio Paz y la búsqueda de la libertad, FCE, México, 2004.
5Octavio Paz, “En el filo del viento: México y Japón (conversación con Tetsuji Yamamoto y Yumio Awa), en El peregrino en su patria. Historia y política de México, tomo 8, Fondo de Cultura Económica, México, 1994, p.467.
6Octavio Paz: una vuelta a su vida. Entrevista con Julio Scherer (Endebate), 18 de octubre, 1993, Random House Mondadori, 2012. Libro electrónico.
7 Ídem.
8 Ídem. Cursivas mías.

Cultura y vida cotidiana

El ensayista en su centenario

Lo que sigue es una apreciación del sentido de Octavio Paz en mi persona. No pretendo ofrecer un acercamiento objetivo a la obra de Paz, ni mucho menos juzgar el sentido de su vida. Pertenezco a una generación que creció a la sombra de Octavio Paz. Para parafrasear el famoso cuentito de Monterroso, desde que era muy joven, cuando amanecía, Paz seguía ahí. Era un punto de referencia en la vida intelectual de México como podrían ser para un paseante los volcanes. O quizá valdría mejor una metáfora urbana más falocéntrica que el yin y yang de nuestros volcanes: era como la Torre Eiffel.

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Claro, eso no significa que quien se orientara cotidianamente en referencia a Octavio Paz conociera cabalmente su obra. Es mi caso. Conozco mal la poesía de Octavio Paz —siempre me interesaron más sus ensayos— y Paz se pensaba a sí mismo en primer lugar como poeta. Por otra parte, tampoco puedo decir que sea yo un gran experto en sus ensayos —leí acuciosamente El laberinto de la soledad y Posdata. El Sor Juana me impactó fuertemente cuando apareció; y tengo por ahí una colección casi completa de Vuelta —aunque reconozco también que cada vez que me llegaba un número de la revista (era suscriptor), leía sólo uno o dos de sus artículos, y nunca me comía todo un número, como sí me pasaba en esa época con el New York Review of Books.

Muchos de los temas de Paz me quedaban un poco lejos. No me refiero a su interés por la India, por ejemplo, ni por Claude Levi-Strauss, ni tampoco a su interés por el arte, que compartía con él en alguna medida, porque mi mujer, Elena Climent, es pintora. Pero, no sé… Pienso que sus cosas a veces me quedaban lejos simplemente porque no compartía suficientes referentes literarios —no tenía una cultura suficientemente densa, ni en español ni en francés o letras clásicas. También en ese entonces estaba yo más alejado que ahora de la historia mexicana de la que forma parte Octavio Paz. Realmente no sabía quién había sido Ireneo Paz, más allá de que era un personaje famoso, ni entendía demasiado el linaje intelectual del que provenía don Octavio.

Y como tampoco lo conocí personalmente, no puedo hablar con la autoridad que a veces otorga la intimidad. Le estreché la mano una vez y me presenté. Fue todo. Se puede haber crecido en París sin haber subido nunca a la Torre Eiffel.

El problema del cronotopo

Fue Mijail Bakhtin quien propuso el concepto del cronotopo para estudiar los diversos géneros de la literatura. Cada género ocurre en una relación entre tiempo y lugar que le es característico, y cada pieza literaria tiene lugares que son a la vez tiempos, y tiempos que son a la vez lugares. Me parece que Octavio Paz tuvo como uno de sus méritos más relevantes la formulación de un cronotopo muy potente: “México” en la fórmula de Paz era a la vez un lugar y un tiempo.

¿Cuales son las características de esa fórmula? Primero, México en la obra de Paz es una figura en transición —un país cuyo lugar en el mundo está en tránsito. La idea de soledad en Paz refiere a un momento que tiene algún parentesco, pienso, con la idea de Eric Erickson de “identidad”, que refería a un proceso que se desarrollaba en ciertos momentos privilegiados —típicamente durante la adolescencia, por ejemplo. El laberinto de la soledad figura a México como un lugar que está en un momento explosivo de autorreconocimiento; en el umbral de la autoconciencia y de la cosmópolis.

No es que Octavio Paz haya sido el primero en figurar a México como un lugar y un tiempo de transición hacia una contemporaneidad radical. Los principales intelectuales del Porfiriato habían adelantado construcciones de este tipo desde la década de los 1880 —Justo Sierra, por ejemplo. Y en su entrevista con James Creelman de 1908, el propio Porfirio Díaz adoptó ese cronotopo, y dejó que Creelman lo presentara ante sus lectores como “el educador y héroe del México moderno” cuyo cuerpo viril de caudillo mestizo encarnaba la épica triunfal del pueblo mexicano, que ingresaba gracias a él al mundo moderno.

La lucha por conseguir que México participara como igual en el “concierto de las naciones” venía desde el siglo XIX y, con ella, el esfuerzo por crear imágenes de México que dieran cuenta a la vez de la grandeza pretérita de la nación como de su capacidad de ser contemporánea. Esa tensión recibió nuevas recargas, nueva energía, con la Revolución: la habilitación de la ciudad de México como un lugar de vanguardias y, con ellas, del pensamiento universal y de punta; la fórmula del cosmopolitismo vasconcelista como proyecto cultural y educativo para la nación mexicana entera; y el interés cardenista en la Revolucíon como simultaneidad —representada no sólo en el fetiche de la red de carreteras, sino también, y quizá sobre todo, en la electrificación del país y en la promesa unificadora del radio.

O sea que la “soledad” figurada por Octavio Paz era una variación sobre un tema —al menos a nivel de cronotopo. ¡Pero qué variación! Me parece que además de lo brillante del lenguaje del Laberinto de la soledad —que todos comentan, pero que no por eso deja de ser relevante— hay acentos en ese ensayo que lo hicieron significativo y diferente (casi como si hubiera inventado algo enteramente nuevo). Lo primero es el grado de creatividad y dedicación intelectual que en Paz merece el mundo tradicional. Aquí sí que hay un contraste con el mundo intelectual porfiriano, no tanto porque los científicos y demás intelectuales de ese tiempo hayan desdeñado la importancia del mundo precolombino ni de la etnografía, sino porque lo tenían mucho más apartado y compartamentalizado que Paz, y porque en ese tiempo no se había dado aún la fusión característica del modernismo entre formas clásicas (que en este caso podían ser precolombinas), formas de la estética popular, y estética moderna. Cuando Paz escribe El laberinto, esa potencia del modernismo está ya demostrada en pleno, en primer lugar en la pintura mexicana; pero también se está abriendo campo en la literatura —Yáñez había publicado Al filo del agua dos años antes, y Rulfo publicaría sus cuentos y su novela un par de años después de la aparición de El laberinto de la soledad. Por último, Paz escribe su ensayo en París, donde recibe la influencia de la escuela de Marcel Mauss y de los surrealistas, a través de autores como Georges Bataille, que ofrecen otra clase de profundidad para el análisis de las fiestas mexicanas, del culto a los muertos y a la muerte, etcétera.

El cronotopo mexicano de Paz permite, entonces, una exploración profunda —incluso un regodeo— en el México popular e histórico que está ausente en los escritores porfirianos, cosa que facilitó, además, que México retuviera su fascinación como espacio cultural alternativo y de vanguardia, al mismo tiempo que Paz —como sus grandes antecesores porfirianos y también revolucionarios— demostraba con gran lujo de intimidad su familiaridad con la cultura “universal”. En esto Paz compartía con Vasconcelos y Alfonso Reyes, y aun con Sierra o con Bulnes, un cosmopolitismo que relativizaba a Estados Unidos como referente cultural. Más todavía que ellos, Paz buscó puntos de conexión con otras tradiciones y con otras modernidades —con la India, sobre todo, y Japón— y todo eso también arraigó todavía más su adhesión a un adagio de Justo Sierra que decía que “todos los latinos tenemos dos patrias, y la segunda es siempre Francia”.

En resumen el cronotopo mexicano de Paz era fuertemente performativo —es decir, tenía que estar arraigado y defendido en personas que pudieran a la vez representar lo que Bonfil después llamaría el “México profundo” y una contemporaneidad radical y vanguardista que no fuera simplemente una repetición de una fórmula de desarrollo made in USA. El cronotopo mexicano requería de un virtuosismo interpretativo hecho a la medida del propio Octavio Paz.

Encantamiento del hermetismo

La lectura que Paz hace de sor Juana —anacrónica o no; filológicamente correcta o incorrecta— tiene un componente muy poderoso que frecuentemente hace falta en la historiografía de la época colonial, y es su capacidad de hacer presente el encantamiento del mundo mexicano, y de ver en el trabajo de sor Juana un esfuerzo sostenido por darle sentido al mundo desde la Nueva España, y aun desde su claustro. Se trata, en otras palabras, de una especie de contribución a la genealogía del intelectual marginal, encarnado en la creación sublime de sor Juana.

El otro aspecto contemporáneo de la Sor Juana de Paz —el de las trampas de la política y del poder y, sobre todo, el de la complejidad de la cultura aristocratizante de la corte— me parece quizá un tanto menos actual.

Corrijo. Este segundo aspecto —el estudio de la formación de espacios de pensamiento en la Nueva España— se extiende en sus implicaciones no sólo al mundo del que formó parte el propio Octavio Paz, sino también a un pensamiento crítico en torno de las condiciones actuales de producción intelectual y literaria. Obviamente, el aspecto cortesano de la vida intelectual explorado en Sor Juana importaba también en tiempos de Paz —con toda la propensidad al cenáculo de los tiempos del PRI de antaño, y dado que la idea de México paceana requería de un verdadero virtuosismo para ser escenificada, cosa que acercaba siempre a intelectuales y políticos. Además, la relación entre la vida sinuosa de la corte y el espacio de creación intelectual sigue siendo relevante, aunque seguramente no tanto como en tiempos de Paz (ni de sor Juana).

El otro aspecto de la lectura política de las trampas de la fe —el modo en que el mundo de la fe en que se movía la ilustre monja prefigura el silencio del autoritarismo totalitario— interesa menos hoy que cuando Paz publicó su Sor Juana (1982). Quizá ese aspecto del ensayo vuelva a tener algo de vigencia en un momento futuro (ojalá que no), pero por ahora parece menos interesante.

La parte más impresionante para mí de ese libro se relaciona más bien con el análisis que Paz hace del hermetismo en sor Juana y del papel de la filosofía neoplatónica en su época. Había en aquello algo que me emocionó, porque en manos de Paz sor Juana prefigura al intelectual periférico que busca darle sentido al mundo desde donde está, desde donde vive. Ese darle sentido al mundo con los elementos que el intelectual tiene a la mano se emparenta con el trabajo del contador de mitos descrito por Claude Levi-Strauss,  que usa retazos de narrativas preexistentes para crear nuevas historias que sirvan para pensar el momento presente. Pero hay en el intelectual periférico algo más, que es cierta inyección de una ciencia positiva que desestabiliza el ejercicio mitológico, dando y quitando prestigio a datos e interpretaciones.

El mundo de sor Juana es a la vez un  mundo de indagación científica y  un mundo encantado, donde todos los datos del universo son parte de un mensaje cifrado que puede ser legible de pronto, como en un momento de epifanía. Hay en esa postura, que Paz explora tan bien, algo que hace de la investigación poesía, y de la poesía una explosión existencial. En este sentido, me parece, el trabajo intelectual de sor Juana —y el de Paz sobre sor Juana— tiene algo que demuestra cierto aspecto revolucionario de la indagación racional y de la literatura en el mundo hispanoamericano: se trata de darle sentido presente y subjetivo a los datos del mundo, y se trata también de fabricar nuevos mitos, nuevas narrativas que puedan articular ese sentido y traducirlo en acción. El intelectual periférico aparece aquí no sólo como una figura marginal sino también como un poeta y un revolucionario. Eso me impresionó en su momento, y me sigue impresionando.

El terremoto

Termino estos apuntes con un breve señalamiento de lo que pienso que marcó la crisis del modo de representación que llevó a que por tantos años la situación de Octavio Paz fuera preponderante en la cultura mexicana. Nombro al terremoto del 85 como fecha emblemática, pero desde luego la causa de esta crisis no tiene a un solo evento local como causa ni como referente, sino que responde a un cambio de época. Resumiría el tema de la siguiente forma: el virtuosismo interpretativo de Octavio Paz dejó de ser necesario o convincente, debido a que el cronotopo mexicano que él había contribuido a crear dejó de ser también predominante.

En los años ochenta hubo una crisis económica (1982), que llevó a un cambio de modelo económico (hacia el llamado neoliberalismo), y a una fractura correspondiente del sistema político. Esos cambios minaron también al sistema de representación dominante y las grandes narrativas de los escritores mexicanos —las de los Octavio Paz, los Carlos Fuentes, etcétera— entraron en un momento franco y público de caducidad.

Esto venía prefigurado desde antes. La generación de escritores llamada de “la onda” ya era síntoma de un distanciamiento con esa clase de narrativa. También Carlos Monsiváis, con su interés por la cultura de masas, lanzaba una mirada de sospecha frente a aquella dialéctica de la historia que animaba la narrativa tanto de Fuentes como de Paz. Sin embargo, todo eso convivía en mayor o menor armonía o conflicto, hasta la crisis de los ochenta, con el terremoto como primer momento de quiebre interpretativo, seguido por la elección del 88. Incluso un gran ensayo crítico de la ensayística de Paz, como el que escribió Jorge Aguilar Mora, tuvo relativamente poca resonancia, pese a la seriedad de su estudio.

Creo que lo que sucedió en los ochenta es que hubo necesidad de ir explorando los contornos de una sociedad que estaba transformándose a pasos acelerados, y de representarla ante un sistema de gobierno que también estaba cambiando rápidamente. En ese contexto, empezaron a irrumpir los datos de encuesta como una verdadera marejada, sin ton ni son, pero que cuestionaban pregunta por pregunta la pertinencia del grand récit paceano. Y Paz, con la energía prodigiosa que lo caracterizó siempre, pasó a tener que reaccionar ante hechos y a usar su situación de Patriarca de la Iglesia de Interpretación Mexicana para dar o restarle importancia a los hechos (ya fuera el terremoto, las elecciones del 88, o la revuelta zapatista). En este sentido, me parece —espero no ser injusto— que en esos años Octavio Paz pasó a tener un papel de consagración de hechos  y personajes, y su papel en la crítica se  redujo principalmente a la crítica de los peligros del totalitarismo, que eran todavía relevantes, dado lo que ocurría en el este de Europa y dados los procesos de transición democrática en América Latina, pero hablaban menos de la condición cultural de México.

La sociedad mexicana es muy dada a la celebración de personajes, y los últimos años de Octavio Paz fueron también años en que el personaje recibió grandes homenajes y reconocimientos (así como también repudios verdaderamente hirientes y frecuentemente odiosos). El hombre ganó el Premio Nobel —cosa que no deja de agradecerse en un país en que tanto futbolistas como intelectuales parecían obsesionados por demostrar que sabían dominar el balón, pero no se les ocurría nunca meter un gol. Estuvo cerca de los grandes poderes de México de la época: el presidente, los medios… En esos trances no dejó de tener nunca una capacidad crítica, pero había, según mi punto de vista, ya cierto anacronismo respecto de su situación.

Un mundo de cifras y estadísticas, de encuestas y de opiniones comenzó a florecer al tiempo que recedía el cronotopo mexicano de Paz. La ciencia mexicana entraba en una lógica de productividad y de puntos, con algo de duda respecto de quién o quiénes eran su verdadero público. Los escritores se abocaron a crónicas más o menos sentimentales y frecuentemente chiquitas. La crítica confundió ironía con análisis. El iconoclasmo se convirtió en gesto fácil.

Un día amanecí, y Paz ya no estaba ahí. Esto sucedió estando todavía el hombre en vida. Sin embargo, el anacronismo en que se había transformado para mí su figura me dejó un resabio de admiración por la energía crítica y por la capacidad de fabulación del hombre. Durante muchos años resentí las funciones litúrgicas de Octavio Paz —su papel mágico de consagrador de todo lo que podía importar de México, o de la cultura universal en México. Pero reconozco que a pesar de aquella propensidad litúrgica —que no era casual, sino que era parte esencial de su representación de lo que era “México”— Paz para mí fue siempre fabuloso. Un poeta genuino.

 

Claudio Lomnitz

Profesor de antropología de la Universidad  de Columbia. Es autor de Death and the Idea of Mexico.

Cultura y vida cotidiana

Reyertas ejemplares

Tal vez mi generación, la nacida en los años sesenta, fue la última que vivió el apogeo polémico de Octavio Paz. Su figura era controvertida en todos los ámbitos, desde los círculos consolidados de la cultura y la política hasta las incubadoras de artistas adolescentes. En mi preparatoria, por ejemplo, Paz era un nombre inflamable: se rumoraba que era un autor cuya poesía gozaba de propiedades afrodisiacas, pero cuyo pensamiento contenía semillas sediciosas. Era, decían algunos mentores, un artífice de la palabra seductora, pero envenenada ideológicamente, ante el que no se valía ser neutral. No recuerdo exactamente qué fue lo primero que conocí del amenazante escritor. No sé si me acerqué al poeta amoroso, que era natural frecuentar en esa edad, o descubrí asombrado al poeta en prosa de Águila o sol o, simplemente, vi en un programa de televisión al tan irascible como deslumbrante expositor. Lo cierto es que, a medida que comencé a leerlo de manera compulsiva, la figura del ogro intelectual se disipó y comenzó a aparecer un autor complejo, revelador y, al mismo tiempo, incómodo y provocador.

Pese a mi entusiasmo por su obra, nunca me atreví a intentar conocerlo personalmente. Más allá de su fachada adusta, Paz solía interesarse en las jóvenes generaciones y varios de mis contemporáneos iniciaron un peregrinaje iniciático a su casa. Algunos presumían, después de las primeras visitas, una familiaridad inmediata con el poeta que había provocado que se les confiara la custodia de la cría de una de sus gatas. Después sospeché, ante la profusión de jóvenes poetas premiados con gatos, que Paz utilizaba a sus numerosos admiradores para fungir como eficaz agencia de adopción de felinos. A mí, la timidez y, sobre todo, cierta reserva “científica” me refrenaron de gestionar algún acercamiento: escribir algo sobre él se me había convertido en una tan difusa como firme aspiración y me preguntaba si sería capaz de resistir la aproximación a una personalidad tan magnética o si podría ser “objetivo” al escribir de alguien que, si tenía suerte, me podría regalar un gato. Me perdí la oportunidad de conocerlo y, acaso, de recibir el respectivo gato. No obstante, ya había establecido una amistad entrañable con su obra y lo admiraba, como decía Nietzsche que hay que hacerlo, con violencia. Años después, intenté pagar un poco mi deuda como lector escribiendo un libro que se asoma a su biografía polémica: las disputas de Paz no sólo son joyas de la inteligencia pugilística, sino una radiografía de su evolución intelectual, de las encrucijadas históricas que le tocó vivir y de la manera en que su obra incide en muchos de nuestros reflejos culturales.

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El ente polémico

La vida intelectual, poco sujeta al dictamen público por su sacralidad, tiende con facilidad a anquilosarse en la corrupción y el conformismo. No es bueno que dominen los incentivos para quedarse callado, o para aplaudir en público y denostar en privado. Por eso, la polémica es mucho más que la pimienta de la vida intelectual, es su vitamina, lo que le permite crecer, adquirir madurez y flexibilidad, mantener a raya las arrugas y el sedentarismo.

Acaso nada refleja más a un personaje, a una época o a un país, que su forma de hacer polémica. Por diversas razones, en Hispanoamérica la polémica intelectual es escasa y, tanto en el ámbito político como en el cultural, es más común la maniobra o la intriga silenciosa que el debate abierto. La polémica aflora cuando la forma subterránea de procesar los conflictos y las falsas unanimidades son rebasadas por las tensiones acumuladas o por la iniciativa de individuos insumisos. La disputa pública entonces resulta higiénica e instructiva, pues ayuda a hacer evidentes los antagonismos, obliga a cada parte a afinar sus argumentos (o sus dogmas) y permite un retrato público de las pasiones y los valores. No siempre es sencillo discriminar entre la oposición de discursos y la oposición de personas. Esa tensión entre lo racional y lo emocional, entre la inteligencia y la vehemencia, entre la prueba y el exabrupto, le otorgan especial atractivo e intensidad al género polémico. Por supuesto, la polémica puede degenerar en un diálogo de sordos o en el espectáculo banal y comercializado del insulto; sin embargo, los ecos de la polémica también pueden penetrar auditorios inusitados, hacer dudar e inducir matices, sacar a los convencidos de su espacio de comodidad y promover el acercamiento de posiciones, el consenso, la conversión y toda esa serie de actos prodigiosos del albedrío. Acaso por ello las mejores controversias sobreviven al fragor del enojo, logran superar la caducidad de sus motivaciones y volverse, por decirlo así, reyertas ejemplares.

No hay duda de que Paz fue el mayor polemista hispanoamericano del siglo pasado y que la disputa fue su gimnasia intelectual y su laboratorio de ideas. Prácticamente no hay debate importante del siglo XX en que Paz no haya tomado postura y sus polémicas abarcan desde los temas sobre la función del arte en los años treinta hasta las coyunturas políticas nacionales e internacionales de los noventa. Paz fue un polemista precoz, explosivo y frontal: las anécdotas en torno a su vida literaria están llenas de episodios animados, discusiones acaloradas que casi llegan a las manos, amistades que se terminan por motivos graves o triviales. Es el signo de un siglo de pasiones y antagonismos y, también, de un temperamento personal arrebatado. Desde su adolescencia Paz expresó sus diferencias con sus contemporáneos y antecesores (su revista de párvulos, Barandal, tenía una irreverente sección de pullas a sus mayores que guarda su huella), tuvo rompimientos dolorosos con personajes entrañables para él como Pablo Neruda, y no dudó en discrepar de compañeros de ruta o en mantener, siendo funcionario del servicio diplomático mexicano, visiones muy distintas a la oficial. Sus roces públicos con Daniel Cosío Villegas, Antonio Castro Leal, Rubén Salazar Mallén o Emmanuel Carballo, por mencionar algunos, daban cuenta tanto de la mecha corta del poeta, como del saludable ánimo de ventilar las diferencias en público. Sin embargo, su etapa más atareada como polemista comienza después de 1968. A partir de esa fecha, Paz se convirtió en el interlocutor más controvertido del conjunto de la intelectualidad mexicana y se consolidó como una figura prominente en el debate internacional de la ideas.

El apogeo polémico

La historia es muy conocida: para los años sesenta Paz es una figura en ascenso en el panorama internacional, su poesía ya ha recorrido todos los registros y establece tendencias, mientras que sus ensayos ya han marcado agenda en varias disciplinas y, aunque ha roto por motivos políticos con muchos de sus contemporáneos, tiene un auditorio propicio en parte de las generaciones más jóvenes de artistas mexicanos. Por lo demás, si bien Paz hizo eco a las denuncias al socialismo real en los cincuenta, sigue perteneciendo a la órbita de izquierda y acude a las manifestaciones del movimiento ferrocarrilero al tiempo que en principio saluda, aunque con cautela, acontecimientos como la revolución cubana. En 1968, con su renuncia al servicio exterior por la represión del gobierno a los estudiantes, su figura se distingue en el medio intelectual y genera expectativas políticas en las camadas más nuevas y radicales. Sin embargo, pronto se rompe este flechazo, Paz rechaza subirse al templete de la política partidista y decide emprender su combate por otros caminos.

Por supuesto, en su batalla después del 68, Paz no fue un solitario. Desde su mocedad, aunque se reputaba aislado, supo lograr relaciones estratégicas e impulsar proyectos colectivos. En las décadas de su apogeo encabezó un grupo de espíritus afines en lo político y lo estético, que lo acompañó en sus publicaciones y aportó competencia y tensión al debate de la época. Al regresar a México, a principios de los setenta, tras un breve periodo de exilio académico, Paz reanuda su añeja afición de editor de revistas y, a invitación del director de Excélsior, comienza a dirigir Plural en 1971. Esta revista se convierte en una ventana cosmopolita y en un foro de crítica que crea una amplia agenda de discusión. La lista de autores que difunde Paz es copiosa, también los asuntos polémicos que toca (la función social del escritor, la ausencia de crítica en Hispanoamérica, la política internacional). Cuando en 1976 Excélsior es víctima de una maniobra política desde el poder para desarticular su dirección, Paz y los miembros de Plural se solidarizan con el director y continúan, en Vuelta, su proyecto editorial de manera independiente.

Aunque Paz reparte mandobles a las distintas facciones del espectro político, su diálogo, o disputa fundamental, ocurre con las distintas izquierdas. La actividad de Paz resulta polémica en muchos aspectos: en su apuesta estética que, en una época de renovada militancia y sospecha de la llamada alta cultura, a muchos parece elitista y alejada de los imperativos de la realidad social; en su adscripción a un humanismo literario que invade terrenos especializados y no respeta jerarquías académicas; en su actitud escéptica ante algunas de las corrientes dominantes del pensamiento que adquirían gran influencia en el ámbito de las humanidades y las ciencias sociales; pero, sobre todo, en sus posturas políticas. De entrada, cuando para muchos miembros de las generaciones recientes el cambio revolucionario en México y el mundo es una inminencia histórica y no desdeñan la vía armada para apurarlo, Paz aboga por un gradualismo poco excitante que pasa por la reforma democrática. Pero no sólo eso, Paz reprocha que parte de la izquierda ignore la situación de falta de libertades y violencia selectiva en los países socialistas.

Algunos de sus adversarios más agudos, a su vez, desconfían de la falta de formación teórica y del impresionismo literario del poeta, que es capaz de utilizar audaces metáforas históricas en el análisis político; recelan de la independencia de quien se maneja como pontífice cultural; reprochan su creciente anticomunismo, y piensan que su participación pública, así sea bien intencionada, es distractora de las urgencias y legitimadora para el régimen.

La polarización de la época no favorece las buenas maneras y en las disputas hay frecuente rispidez, simplificaciones y descalificaciones. Paz engloba a su variado espectro de interlocutores, como si fueran parte de una sola cabeza de izquierda dogmática. Sus adversarios, a su vez, tienden a reducir a Paz a una caricatura vanidosa y reaccionaria. Sin embargo, más allá de los excesos, muchos de los debates resultan esclarecedores en temas fundamentales, como los límites y potenciales de la participación del intelectual en la vida política; el papel de las artes en las sociedades y las posibilidades viables de cambio político.

Si Paz tiene una fuerte presencia polémica en la vida mexicana, también adquiere creciente relevancia en el plano cultural internacional, como defensor de un concepto de cultura no instrumental, de una serie de libertades básicas en los países que sufren dictaduras militares y, sobre todo en los países socialistas, y como militante en la Guerra Fría de las ideas.

En los ochenta, aunadas a las viejas diferencias, se establecen nuevas discrepancias con la izquierda, que se centran en el papel del Estado y en la función de la democracia formal en México, así como en los temas de política internacional. Paz critica el gigantismo estatal, aboga por la normalidad y formalidad democrática y fustiga la falta de pragmatismo de la política exterior mexicana. En particular, el tema de los movimientos revolucionarios en Centroamérica se convierte en la manzana de la discordia y la crítica de Paz a las reticencias democráticas del sandinismo culmina con el conocido episodio de la quema en efigie de 1984.

Puede pensarse en otros momentos climáticos, donde se despliega el temperamento polémico de Paz y sus posturas generan tormentas: en 1988 cuando Paz se pronuncia sobre las elecciones y va coincidiendo (lo mismo que muchos adversarios ideológicos) con los propósitos modernizadores del nuevo gobierno; en 1990, cuando Paz celebra la caída del socialismo real como una victoria analítica y moral de las posturas que había hecho patentes cuatro décadas atrás y organiza un encuentro rico en ideas y personalidades, aunque sazonado con el estilo personal del poeta y las ocurrencias incómodas de sus invitados (la famosa dictadura perfecta de Vargas Llosa); en 1992, cuando las añejas diferencias que había tenido con los miembros de la revista nexos se aúnan a una disputa por el mercado y la influencia cultural y se suscita un debate tan acre como aleccionador, alrededor del Coloquio de Invierno, o en 1994, acaso la última aparición polémica sustantiva de Paz, cuando irrumpió el movimiento zapatista ante el cual demostró simpatía por sus orígenes, pero reiteró su rechazo a la vía armada y criticó el entusiasmo fácil y voluble de buena parte de la intelectualidad de izquierda.

Nostalgia de la polémica

A lo largo de su trayectoria, sobre todo a partir de los setenta, Paz ejerce una “jefatura espiritual” que no carece de contradicciones y genera innumerables controversias que, en sus mejores momentos, trascienden el mundo literario y se transforman en debates públicos. Cierto, a menudo en dichos debates se impuso el tono colérico y, más que persuadir, se buscaba descalificar al adversario; con todo, ese cúmulo de discusiones, ya aseadas de sus vociferaciones, constituyen un espléndido legado de educación intelectual e interacción argumentativa. Paz peleó con un amplio elenco de intelectuales de todos los campos y por las más diversas razones, grandes o menudas. Algunos de sus roces más memorables comprenden apellidos como los de Aguilar Mora, Aguilar Camín, Alatorre, Bartra, Castañeda, Del Paso, Krauze, Monsiváis, Pereyra, Semo y Trabulse, entre muchísimos otros. En esta bitácora polémica de Paz hay de todo: fibra moral y bilis, intentos de diálogo y momentos de cerrazón, generosidad y vanidades.

No hay una manera unívoca en que Paz haya enfrentado las coyunturas y dilemas de la época, sus posturas se caracterizan por esa capacidad de sorprender, decepcionar o subvertir lo que esperaría una feligresía. Responden, no a una teoría o a un programa político, sino a una razón en permanente autoescrutinio y, sobre todo, a un temperamento suspicaz, levantisco y libertario. Quizá lo más importante es que Paz conserva su capacidad de señalar vetas de interés en todos los campos: los estudios sobre su obra que siguen surgiendo en muy distintos ámbitos intelectuales demuestran que su figura y su estilo de encaramiento continúan marcando rumbos, planteando preguntas, propiciando, como lo haría un maestro socrático, la irritación, la reflexión o la revelación.

 

Armando González Torres

Poeta y ensayista. Autor de Las guerras culturales de Octavio Paz, que el Colmex reeditará próximamente.

Cultura y vida cotidiana

El relojero divino

A mi hermano Ezequiel Zaidenberg

Según el blasfemo Fausto, el principio fue la acción. La gramática de todos los idiomas humanos, en su casi ilimitada diversidad, coincide solamente en eso:  ubica en el verbo el núcleo imprescindible de toda oración —y verbo no como palabra o pensamiento (logos), sino en su sentido gramatical, como expresión sintáctica del principio móvil de la realidad. “Lluvia” no es una oración completa. “Llueve” sí lo es. Pero si todos los pueblos coinciden en esto, en cambio, hay pensadores que difieren.

Cuando leí por primera vez Piedra de sol de Octavio Paz tenía yo 19 años. Estaba solo y pude leer el poema como se debe: en voz bien alta, de corrido y muchas veces, hasta quedar afónico. Como era de esperarse, quedé deslumbrado. La elegancia de su léxico rozaba los límites de lo que y o entendía por “poético”, ampliándolos suavemente sin romperlos. La simultaneidad de las épocas y los continentes, expresada en la combinación inusitada de referencias culturales de distintos orígenes (la guerra civil española, Melusina, Robespierre, etcétera) tocó una fibra sensible de este hijo de la edad posmoderna, entusiasmada por el hallazgo de que la cultura humana en su totalidad es presente.

A nivel sonoro, el poema hizo conmigo lo que Garcilaso hizo con España: me inyectó para siempre el endecasílabo italiano en la médula espinal. Incluso la relativa impericia formal del poema (la abrumadora coincidencia de la gramática con la versificación, el sonsonete de la acentuación en la segunda sílaba), lejos de alienarme, me facilitó la comprensión de su musicalidad. Sus carencias prosódicas (que yo no sospechaba) me resultaron en cierto modo didácticas: nada como una larga sucesión de endecasílabos de un mismo tipo (“heroicos”), claramente separados por pausas gramaticales, para enseñarle al neófito el sonido de ese verso.

Si Piedra de sol fue concebido para deslumbrar, en mi caso funcionó. Y  el deslumbramiento fue transformador y la transformación fue permanente.

Siempre tuve claro que se trataba de un poema de ideas, una pieza cuya estética radicaba sobre todo en el diálogo intelectual que mantenía con su entorno. En ese sentido, el poema es, como toda la obra de Paz, una pieza de arte conceptual, de arte contemporáneo. Lo que no entendí de manera tan inmediata fue cuáles exactamente eran esas ideas, cuál su aportación al diálogo intelectual.

Tuvieron que pasar muchos años para que mis ojos se acostumbraran a tanta luz y consiguieran leer, realmente leer, lo que dice el poema.

Para empezar desde lo más exterior, resulta evidente que el texto, en general obediente a la gramática, comete sin embargo un desacato significativo: aunque está lleno de verbo, en el sentido evangélico de la palabra, prescinde mayormente de verbos, en el sentido gramatical. ¿Qué hacen el sauce de cristal, el chopo de agua y toda su larga lista de imágenes hermanas? ¿Qué se dice de ellos? Nada. Ni siquiera que existan. Y no es que los verbos de esos sustantivos sean implícitos, es que no los hay.

Sólo mucho más adelante, y muy de tarde en tarde, asoma algún pequeño verbo conjugado. Las imágenes toman el lugar de las oraciones, sin serlo.1

Esta falta de verbos no es un mero adorno estilístico, sino que expresa la idea que sirve de núcleo al poema y que, según creo, subyace al conjunto del pensamiento paceano.

Quizá el mayor mérito del poema sea la armonía fundamental entre su posición filosófica y sus recursos estilísticos. Nadie podría decir que en Piedra de sol no hay movimiento. La ausencia de puntos, las paradojas, la levedad que evocan los sustantivos, la simultaneidad cultural: todo confluye para dar una impresión de movilidad. Sin embargo, como lo dejan claro su estructura, su título y su texto mismo,  se trata de un movimiento cíclico que conduce —una y otra vez, eternamente— al punto de partida; un movimiento pendular, mecánico, no histórico. Toda especificidad es ilusoria:

todos los nombres son un solo nombre,
todos los rostros son un solo rostro,
todos los siglos son un solo instante
y por todos los siglos de los siglos
cierra al paso al futuro un par de ojos…

Durante siglos el hombre consideró el movimiento de los astros de manera ahistórica, como el de un gigantesco reloj que repitiera eternamente un ciclo, milenario y complejísimo, pero siempre el mismo. Con Darwin, en cambio, la concepción histórica extendió su dominio a la biología para conquistar después el resto de las ciencias naturales. Incluso las inmutables galaxias empezaron a estudiarse desde el punto de vista de su nacimiento, decadencia y muerte… pero esa actitud es hija de los siglos XIX y XX. En el XVIII, los hombres de talante racionalista, que rechazaban los milagros, no tenían elementos para desconfiar de la constancia perfecta del movimiento celeste y tenían derecho a concebir a Dios como a un gran relojero cuya creación seguiría girando por toda la eternidad sin requerir ninguna intervención sobrenatural.

Volviendo al poema de Paz, esa concepción cíclica que niega la realidad del cambio histórico tiene un corolario práctico, una moraleja, que el poema hace explícita. El texto es abiertamente “político” en la medida en que se reconoce a sí mismo rodeado de un mundo tenso entre la esclavitud y el deseo de libertad y toma una posición al respecto. Pero la posición que toma a partir de ese reconocimiento histórico y político es antihistórica y antipolítica. Si la especificidad concreta de cada época es ilusoria, la única liberación posible es subjetiva, privada. Si la humanidad es estática y sus transformaciones son mera apariencia, el único combate que vale la pena librar es el erótico:

amar es combatir, si dos se besan
el mundo cambia, encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan alas
en las espaldas del esclavo…

Aunque esto sea falso (si se toma literalmente), no se le puede negar una cabal coherencia filosófica.

Como es sabido, después de Piedra de sol Paz incorporaría a su arsenal poético la retórica del pensamiento místico oriental para reforzar su misma postura, su negación de la especificidad histórica.

Si damos un paso atrás para abarcar con la mirada el conjunto del pensamiento poético paceano, encontraremos una multitud de posturas políticas y filosóficas aparentemente contradictorias. Es legendaria la capacidad que tuvo nuestro poeta de servir como médium-traductor a las muchas voces que conformaban el vasto universo cultural que le rodeaba. Así, si en un extremo de su poesía encontramos esa negación de la historia, en el otro hallamos una apropiación implícita del joven Marx brillantemente contextualizada tras la masacre de 1968 en México (un desafío literario que sólo una mentalidad estrechamente policiaca llamaría “plagio”):

La vergüenza es ira
vuelta contra uno mismo:
si
una nación entera se avergüenza
es león que se agazapa para saltar.2

Claro, cuando el proverbial león finalmente se decidía a saltar (por ejemplo, en la Nicaragua de 1979, en el San Cristóbal de 1994), el poeta ya no se mostraba tan entusiasta. Ahora bien, sería superficial e injusto atribuir esta contradicción entre una posición y otra a alguna especie de cooptación o degeneración moral. Por el contrario, estamos ante un intelectual consistente cuyo sistema se basó siempre en la búsqueda de un equilibrio profundamente dinámico, pero, por definición, mecánico: eternamente móvil en su quietud fundamental, como las manecillas de un reloj, siempre en movimiento y siempre fijas en su vértice.

Si, como decía Fausto, el principio fue la acción, en la poesía de Paz no hay acción porque no hay principio. Ni final. El mundo es, fue y será uno y el mismo. El tiempo, como se afirma en Piedra de sol, es un solo momento, tan rico y tan complejo que en él caben todos los momentos.

El genio literario no es una virtud intrínseca de ciertas inteligencias. Es, por el contrario, una relación fructífera entre éstas y su entorno social. Así, aun si elegimos disentir de Paz y creer en la historia, podemos reconocer la armonía entre su pensamiento y su entorno, es decir, su genio. Ese entorno, el México de la segunda mitad del siglo XX, era el país más estable de un (tercer) mundo inestable. Mientras el resto de la región se convulsionaba en revoluciones y contrarrevoluciones, el régimen mexicano se mantenía en pie gracias a una inusitada capacidad de asimilar en su seno, retóricamente si se quiere, incluso los términos extremos de las diversas contradicciones que desgarraban a la sociedad. Un sistema que conservó de la Revolución mexicana lo mismo que Paz conservó de la dialéctica de Hegel: sólo el lenguaje. Incorporando a su aparato todo un matiz de semidisidencias y negándole viabilidad a todo aquello que no pudiera incorporar, el PRI buscaba ser el partido de la vieja Revolución como final feliz y absoluto de la historia, el partido de la no política. Más que un partido, es una era geológica. A su modo, tampoco el PRI careció de genio.

Me parece, pues, una coincidencia afortunada que el centenario de Paz (y con él la oportunidad de reflexionar con cierta distancia crítica sobre su monumental obra) tenga lugar precisamente ahora, en el punto de la historia en que nuestra clase dominante vuelve los ojos al viejo modo de gobernar “revolucionario” y al mismo tiempo “institucional” y al partido que gobernó por décadas y décadas tal como cierto chopo de agua: bien plantado, mas danzante.

 

Óscar de Pablo

Poeta. Autor de Debiste haber contado otras historias, Sonata para manos sucias y Los endemoniados, entre otros títulos.

 


1 En Piedra de sol las imágenes sueltas se alternan con las oraciones vinculándose entre sí con comas u otros signos de puntuación, nunca con puntos. Este segundo desacato a la gramática, consistente a lo largo del texto, aunque es más visible y claramente cumple una función estética propia, está subordinado al otro, es decir, a la preponderancia de las cláusulas sin verbo.

2 Versión tercera de “Intermitencias del oeste”, Ladera este. El fragmento de Marx, que procede de su carta a Arnold Rouge publicada en los Anales franco alemanes de 1843, dice (según la versión española que Wenceslao Roces publicaría décadas después): “La vergüenza es una especie de cólera replegada sobre sí misma. Y si realmente se avergonzara una nación entera, sería como el león que se dispone a dar el salto”. Más allá de los tiempos verbales, la única diferencia de contenido con la apropiación de Paz se debe a un error de traducción: La vergüenza es, según la versión de Paz, la ira que uno siente contra uno mismo. Según la traducción directa de Roces, es ira replegada sobre sí misma.

Cultura y vida cotidiana

Huellas ajenas en La estación violenta

Atisbos de madurez

La estación violenta (1958) ocupa un lugar central en la obra poética de Octavio Paz; es un poemario que guarda testimonio del curso entre los años y las obras juveniles, 1948, a la madurez personal y poética, 1957. Fue escrito en una etapa crucial para el autor, debido a que en ésta se encontraba en las circunstancias más hirsutas de su vida. Abrumado por la situación de su matrimonio con Elena Garro, con un sueldo ínfimo y barruntando que desde la Cancillería se prohijaba la animadversión hacia su persona, Paz logró sobreponerse a esta situación gracias a varios amigos y a su fervor por la poesía.

Del desasosiego que le causó su cambio a la India nos damos cuenta debido a algunas líneas retrospectivas de su libro Vislumbres de la India (1995): “¿Por qué me habían escogido a mí? Nadie me lo dijo y yo nunca pude saberlo. Sin embargo, no faltaron indiscretos que me dieron a entender que mi traslado obedecía a una sugerencia de Jaime Torres Bodet, entonces director de la Unesco, a Manuel Tello, ministro de Relaciones Exteriores”.

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Sin embargo, con el tiempo, y debido a cierto consejo, abrió su sensibilidad a las doctrinas orientales. Al respecto vale la pena traer a cuenta la correspondencia que mantuvo con Alfonso Reyes, y que recopiló Anthony Stanton, en la cual hay indicios de que Paz al inicio estaba realmente reacio al país que consagraría buena parte de su obra: “Aunque intento consolarme —pensando en la realidad fabulosa y atroz de la India— no logro aplacar mi pena. No es fácil dejar París. Además me parece torpe cambiarme de puesto. Me cambian cuando empezaba a ser útil, cuando los franceses se empezaban a dar cuenta de mi existencia… A usted —y sólo a usted, a quien considero mi único antecesor en esta cerrada y maravillosa ciudad— puedo decirle esto. Los demás no lo entenderían o me juzgarían vanidoso”.1

A esta confesión don Alfonso Reyes contestó con un par de frases premonitorias en una carta fechada el 4 de febrero de 1952: “Sus primeras impresiones ya las esperaba. Sígame contando, que espero también una lenta evolución en su sensibilidad y en sus emociones”.2

No obstante, llegó a tal punto su molestia que (de esto nos enteramos por la respuesta de Reyes a una carta no recopilada) Paz iba a dejar el servicio diplomático para librarse de la residencia en la India. Quién diría que sería Reyes el que le hiciera reconsiderar el dejar la carrera diplomática, el mismo antecesor que —apenas algunos años después— recibiera una y otra vez los reproches de Paz: “Desde que recibí su carta anterior ando rumiando. ¿No convendría que con tiempo pensara usted en el pro y el contra de su regreso a México, sobre todo la relación con lo que pudiera significar para su carrera diplomática, que sería injusto abandonar?”.3

De qué manera tan extraña funciona la memoria que Paz nunca pudo recordar que la persona de Alfonso Reyes siempre fue un puerto seguro para sus apetitos y proyectos. En efecto, hemos hecho esta digresión debido a que poemarios como La estación…, Salamandra (1962) y Ladera este (1969) no hubieran sido posibles sin una larga estadía en la India, de la misma manera que libros de ensayos, como El arco y la lira (1956) o La llama doble (1993) jamás hubieran sido escritos si no hubiese sido por este pequeño accidente que le proporcionó la supuesta mala fe de Torres Bodet, quien cabe decir siempre procuró escuchar los consejos del mismo Alfonso Reyes.

La estación violenta

El poemario está constituido por ocho poemas escritos en lugares tan disímiles como Nápoles, Aviñón, París, Delhi, Tokio, Ginebra y México. Sus temáticas son variadas, van de lo interior a lo exterior, del frío de “la rabia verde” al calor de la costa o al de Cempoala; aluden al asesinato y a la petite morte, donde “…la cabeza cae sobre el pecho y el cuerpo cae sobre el/ cuerpo sin encontrar su fin, su cuerpo último”. Los versos que lo componen dan residencia a la exaltación de las formas, a la relación sensual con el medio, al elogio del alba, al encomio de la luz y el movimiento:

Pero la luz avanza a grandes pasos,
aplastando bostezos y agonías.
¡Júbilos, resplandores que desgarran!
El alba lanza su primer cuchillo.

El primero de estos, “Himno entre ruinas”, reza de este modo al día:

Coronado de sí el día extiende sus plumas.
¡Alto grito amarillo,
caliente surtidor en el centro de un cielo
imparcial y benéfico!
Las apariencias son hermosas en esta su verdad momentánea.

En otros, como “Mutra”, el ambiente trocado en un calor casi maléfico, se sublima:

Como una madre demasiado amorosa, una madre terrible que ahoga,
como una leona taciturna y solar,
como una sola ola del tamaño del mar,
ha llegado sin hacer ruido y en cada uno de nosotros se asienta como un rey
y los días de vidrio se derriten y en cada pecho erige un trono de espinas y de brasas…

De la misma manera está presente el sueño que, en su arquitectura babélica, desprende cuartos desdoblados, espejos interminables “que ya no reflejan ninguna imagen”, plazas que se convierten en rictus. Hay poemas como “Piedra de sol” o algunos versos de “Máscaras del alba” donde la persuasión, casi sensorial, es introducida por la presencia de lo femenino:

Olivia, la ojizarca que pulsaba,
las blancas manos entre cuerdas verdes,
el arpa de cristal de la cascada,
nada contra corriente hasta la orilla
del despertar: la cama, el haz de ropas,
las manchas hidrográficas del muro…

Y, por otro lado, son el medio de expresión de la zozobra en que vivía el poeta de Mixcoac, la cual plasmó en poemas como “El Río” o “¿No hay salida?”,

Hace un segundo habría sido fácil coger una palabra y repetirla una vez y otra vez,
cualquiera de esas frases que decimos a solas en un cuarto sin espejos
para probarnos que no es cierto,
que aún estamos vivos…

O en estos versos de “Piedra de sol”:

cuartos a la deriva
entre ciudades que se van a pique,
cuartos y calles, nombres como heridas,
el cuarto con ventanas a otros cuartos
con el mismo papel descolorido
donde un hombre en camisa lee el periódico
o plancha una mujer; el cuarto claro
que visitan las ramas del durazno…

Como podemos observar, hay un diálogo entre los siete poemas que anteceden al más extenso del libro, “Piedra de sol”; el cual ha gozado, por cierta influencia de los especialistas y del mismo Paz, de una suerte de historia aparte y de un atención independiente de los demás poemas. Sin embargo, esta aparente unidad en la obra, y el estado anímico en que se encontraba Paz, nos pueden explicar varias reincidencias en los poemas; lo cual podría trocar las reiteraciones y repeticiones, o de plano versos que son levísimamente distintos, en una especie de balbuceo, en un verso naciente que desemboca a final de cuentas en una unidad total, donde “Piedra de sol” tiene un lugar preciso; pero que al separarlo demuestra que no había esta premeditación y la escritura de los 584 versos estuvo más influida por la “escritura automática”, como parece por algunos momentos.

“Piedra de sol”

Es obvio que no hay “poemas cortos” ni “poemas largos”, los poemas “son” en una suerte de existencia única, sin medidas, ni promedios. “Piedra de sol” está constituido por 590 versos que se relacionan con la calendarización del año según la concepción maya. Son 590 endecasílabos (un tipo de verso bastante tradicional en nuestra lengua) de los cuales se restan seis, debido a que no se cuentan por ser repetición de los seis primeros: “un sauce de cristal, un chopo de agua,/ un alto surtidor que el viento arquea,/ un árbol bien plantado más danzante,/ un caminar de río que se curva,/ avanza, retrocede, da un rodeo/ y llega siempre”.

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Proyectado como un poema circular, “no se transfigura y es sagrado”, “Piedra de sol” es la síntesis de su experiencia en la India, a la cual agregaba su conocimiento del mundo prehispánico. Es un poema plagado de imágenes situadas en un espacio donde el tiempo, como quería Baudelaire, fuera abolido, donde su existencia fuera inútil como es inútil la idea que tienen los hombres de éste. En ese espacio no hay situaciones que puedan desgarrar el universo, no hay inicio, no hay fin; todo es un tiempo, como en “Himno entre ruinas”: “Todo es dios”.

Paz afirma en Vislumbres de la India que la relectura de la antología realizada por A. L. Basham: The Wonder that was India (1954) le descubrió un mundo poético místico. Parece ser que la negación “(no es esto, ni esto, ni esto)” le pareció un acercamiento a una suerte de incongruencia con cualquier tipo de predicado. De ahí surgiría su innúmera respuesta del “Sí y no” y el hermoso sin sentido: “Negar es afirmar” que tanto usó en sus análisis políticos.

Como él mismo aseguraba, esta serie de ideas la encontró en el poeta-filósofo-sacerdote Dharmakirti, quien “reduce al absurdo todos los razonamientos; el poeta Dharmakirti, ante un cuerpo de mujer, reduce al absurdo su dialéctica”. La poesía de la India esplende lascivia de sacerdotes y en ésta se identifica Paz para encontrar un elemento que en “Piedra de sol” presentará un tropos poco común para la poesía de Occidente, la alegoría que consiste en atribuir características de una ciudad al cuerpo de una mujer:

Sus pechos
Dos monarcas hermanos, iguales en nobleza,
en la misma eminencia se miran, lado a lado,
soberanos de vastas provincias que han ganado,
en guerras fronterizas, desafiante dureza.

O también:

El tallo
Tallo firme, sostiene el romavali
Dos lotos que se abren: sus pechos apretados.
Casa de dos abejas: sus pezones obscuros.
Estas flores delatan el tesoro
Bajo el monte de pubis escondido.

Algo parecido podemos encontrar en:

voy por tu talle como por un río,
voy por tu cuerpo como por un bosque,
como por un sendero en la montaña
que en un abismo brusco se termina…

Totalidad y poética

En nuestra lengua encontramos varios antecedentes de La estación violenta, la lista va desde Colores en el mar (1915-1920) de Carlos Pellicer, donde hay una revivificación de los colores que se une al cromatismo de las rimas, pasando por Residencia en la tierra (1925-1935) de Pablo Neruda, libro que por lo demás rescata mucho del ambiente oriental: “Como tallos o femeninas, adorables cosas,/ desde las rodillas suben, cilíndricas y espesas,/ con turbado y compacto material de existencia: como brutales, gruesos brazos de diosa”; hasta Sombra del paraíso (1944) de Vicente Aleixandre, libro en el que se puede encontrar el verso que da título al poema de Paz: “Sobre esta cima solitaria os miro,/ campos que nunca volveréis por mis ojos/ piedra de sol: entero mundo,/ y el ruiseñor que en su borde lo hechiza…

Por otro lado, la propuesta del libro paceano sigue de una manera muy clara la línea surrealista, sin embargo, pocos son los elementos que nos muestran la influencia de la figuras centrales de aquella camarilla (Breton, Éluard, Reverdy, Aragon); todo lo contrario, los poemas están mucho más salpicados del espíritu de los que practicaban el “surrealismo a distancia” o el “cubismo literario”, a saber, los autores de Canto para un equinoccio y Caligramas, Saint-John Perse y Guillaume Apollinaire, respectivamente.

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En el caso de Perse, encontramos los elementos en su expresión más animada, la presencia de los minerales, el mundo previo a la urbanización. Sus versos retratan un apertura psíquica ante el medio, como si en un instante de máxima sensibilidad se alcanzara la comunión con las entidades animadas e inanimadas. Hay una estimulación a los sentidos casi erótica; Perse quiere desnudar el tiempo para que le entregue su esencia. En una de sus obras maestras, Anábasis (1924), aparecen algunos rasgos simbolistas: el calor más despiadado, las situaciones que de manifiesto nos dejan sin salida ante su obrar. En su poesía la luz deslumbrante de los andadores encuentra un espacio donde habitar.

Así fue fundada la ciudad y establecida en la mañana bajo las labiales de un nombre puro. ¡Los campamentos se anulan en las colinas! Y nosotros, que estamos aquí, en las galerías de madera,
con la cabeza desnuda y descalzos en el frescor del mundo,
¿por qué tenemos que reírnos, pero por qué tenemos que reírnos, aquí sentados, de un desembarco de muchachas y de mulas?
¿Y qué decir, desde el alba, de toda esa multitud bajo las velas?
—¡Cargamentos de harina!… Y los navíos más altos que Ilión bajo el pavo real blanco del cielo, tras franquear la barra, se detenían
en ese punto muerto en que flota un asno muerto. (Se trata de arbitrar ese río pálido, sin destino, de un color de saltamontes aplastados en su savia.)

La luz y el calor son parte principal de los elementos de La estación violenta, la sal, los plumajes que se despliegan son aspectos flexibles de todo el andamiaje que es la obra de Perse, de la misma manera que podemos decir: la sal y los plumajes son parte principal de los elementos de La estación violenta, la luz y el calor son aspectos flexibles de todo el andamiaje que es la obra de Perse.

En el caso de Apollinaire las semejanzas son aún mayores, pues en ambos casos hay una búsqueda de la renovación poética. Obras como Caligramas o Hay abrigan la intención de contener todo tipo de elementos, persiguen una totalidad poética que, sostenida en la yuxtaposición de los mismos, enliga el folklore oriental, los cantos renanos, los sonidos de los autos y las aves, y demás elementos que permiten cumplir con la consigna del poeta: “acostumbrar el espíritu a concebir un poema simultáneamente como una escena de la vida”.

Y esto se logra con otra inclusión importante, aquella del cubismo en la obra escrita; lo cual permite la simultaneidad de aspectos que entre más distintos son, más se aúnen en el poema, la yuxtaposición de opuestos. El autor de Alcoholes buscaba llegar “más allá de la obra simple de las palabras”. Sus versos tienden a la armonía entre lo clásico y lo moderno, recorren el camino de lo inconexo para transmitir una experiencia que irradia optimismo en el, para entonces, siglo venidero. Evidentemente, esta unidad vincula la inmensidad del cielo con la profundidad de la conciencia, como en estos primeros versos del poema “Zone”:

Les anges voltigent autour du joli voltigeur
Icare Énoch Élie Apollonius de Thyane
Flottent autour du premier aéroplane
Ils s’écartent parfois pour laisser passer ceux que transporte la Sainte-Eucharistie
Ces prêtres qui montent éternellement élevant l’hostie
L’avion se pose enfin sans refermer les ailes
Le ciel s’emplit alors de millions d’hirondelles
À tire-d’aile viennent les corbeaux les faucons les hiboux
D’Afrique arrivent les ibis les flamants les marabouts
L’oiseau Roc célébré par les conteurs et les poètes
Plane tenant dans les serres le crâne d’Adam la première tête
L’aigle fond de l’horizon en poussant un grand cri
Et d’Amérique vient le petit colibri…

Sólo falta echar un vistazo a poemas como “El Río” de Paz para ver la fascinación que todo esto le debió haber causado:

La ciudad desvelada circula por mi sangre como una abeja.
Y el avión que traza un gemido de forma de S larga, los tranvías que se derrumban en esquinas remotas,
ese árbol cargado de injurias que alguien sacude a medianoche en la plaza,
los ruidos que ascienden y estallan y los que se deslizan y cuchichean en la oreja un secreto que repta…

Misterio laico o metafísica

No obstante, todo lo anterior debe ser tomado como influencias no probables, pues, desde un punto de vista de la exégesis racionalista4 (la cual utilizó con fruición Paz), cuya labor radica en el uso del texto como ejemplo de un modo de pensar, para sacar de ahí conclusiones filosóficas, nos daremos cuenta de que hay una diferencia indisoluble entre las posturas de Perse y Apollinare con relación a la de Paz. Pues en la concepción de nuestro premio Nobel la poesía busca una trascendencia de tipo metafísica, según él ésta nos transporta, aparece de un momento a otro —siempre de una manera breve—, goza de una personalidad, de una entidad, que los poetas modernos negaban rotundamente.

Es curioso, en la misma época en que se fraguaba La estación violenta, Paz, gracias a una beca que le facilitó Alfonso Reyes, redactaba su ensayo El arco y la lira (1956), donde hacía patente sus ideas sobre “la poesía, la revelación poética; historia y poesía”. Éstas giraban en torno a un argumento central: la poesía como epifanía, como revelación, y daban origen a líneas parecidas a las siguientes: “La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono”, “Voz del pueblo, lengua de los escogidos, palabra del solitario”, y otras como: “La experiencia se da como un nombrar aquello que, hasta no ser nombrado, carece propiamente de existencia”, “La comunión y el arrobo místico son también maneras de ir más allá del transcurrir, sin abandonar el tiempo” o “La prosa de Machado ilumina el sentido de su poesía. Pero la ilumina porque, al mismo tiempo, se alimenta de ella”. En suma, ambos libros serán la sirte de todo lo que constituiría su poética, su apuesta vital.

Por su parte, los poetas antes mencionados, junto con la gran mayoría de los artistas europeos, veían la poesía cada vez más como una obra simple y llanamente de los hombres: “La voz de los hombres está en los hombres, la voz del bronce en el bronce”; o, a su vez, como un canto a la naturaleza, un puente que se tendía hacia lo incógnito, no que proviniera de éste: “Y nuestros actos se alejan por sus vergeles de relámpagos” (ambos versos son de Perse). En el campo teórico, Apollinaire escribió: “Cuando el hombre quiso imitar el andar, creó la rueda, que no se parece a una pierna. Hizo así surrealismo sin saberlo”. Por su parte, Cocteau llamaba al arte, el misterio laico.

En la misma época en que Paz vivía en Europa gran parte de los críticos empezaron a deslindar el arte de las entidades metafísicas, pues al haber asumido el “Dios ha muerto”, no sólo nietzscheano, sino tomado por el discurso de la modernidad, el arte se definió como una conquista más en la libertad del hombre.

Lo cierto es que mientras otros artistas se preocupaban por la aniquilación de la metafísica, Paz buscaba su sucedáneo inmediato. De esto nos podemos dar cuenta por una carta que el filósofo José Gaos5 le escribió, donde da respuesta a una pregunta formulada por el joven poeta: “Me hace usted ciertas preguntas y una incitación y dice usted algo que me tiene singularmente suspenso y admirado.// A mí me parece que no va a haber sustitutivo para la metafísica. Que todo lo que va a seguir habiendo es: las disciplinas filosóficas no metafísicas, desde la lógica, matemática, hasta las que se ocupan con el hombre y entre las cuales y las ciencias que les corresponden hay tan poca solución de continuidad, que parecen reducirse a éstas: filosofía social y sociológica, filosofía y ciencia de la religión, filosofía y ciencia del arte…”, con lo cual podemos darnos cuenta de que en las inquietudes de Paz estaba el llenar un vacío que dejaba la metafísica, como “ciencia primera, esto es, según Abbagnano en su Diccionario de filosofía, “la ciencia que tiene como objeto propio el objeto común de todas las demás y como principio propio[,] un principio que condiciona la validez de todos los demás”, es decir ciencia suprema, o, en una de sus formas fundamentales, teología. Lo cual implica relacionar a la poesía con el objeto de la metafísica, el ser más alto y más perfecto, el primer motor aristotélico y el dios de la religión.

Sin importarle la respuesta de Gaos, Paz trató de dar los atributos de la metafísica a la poesía, adjudicándole esa trascendencia ontológica de la que hemos hablado, un ascender, una epifanía; en esencia, la revelación judeocristiana, y no una trascendencia histórica. Es por esto que sus ideas de libertad en la poesía no chocaban con su argumento que vinculaba al arte con la “inmensa minoría”, pues según esto la revelación nunca es masiva. Evidentemente, si la poesía goza de autonomía, el hombre está sujeto a su voluntad, está obligado a recibir la integridad, la capacidad creativa, del exterior.

Es difícil encontrar algo más contradictorio con lo anterior que los conceptos de poetas como Perse, expuestos al recibir el Premio Nobel de Literatura, 30 años antes que Paz: “¡Orgullo del hombre andando bajo su carga de eternidad! Orgullo del hombre andando bajo su fardo de humanidad, cuando por él se abre un nuevo humanismo, de universalidad real y de integridad psíquica… Fiel a su oficio, que es la profundización misma del misterio del hombre, la poesía moderna se compromete en una empresa que persigue la integración plena del hombre. No hay nada de pítico en tal poesía. Tampoco de puramente estético. De ningún modo es arte de embalsamador ni de decorador. No recoge perlas de cultura, no trafica simulacros ni emblemas, y con ningún festejo musical se satisface. Se alía, en sus medios, la belleza, suprema alianza, pero de ésta no hace su fin ni su única materia prima. Rehusándose a desasociar el arte de la vida, ni del amor la sabiduría, ella es acción, es pasión, es poder, y aún innovación que desplaza las barreras. El amor es su hogar, la insumisión su ley, y su lugar es por doquier, en la anticipación. No se quiere nunca ausente ni se niega”.

 

Héctor Iván González

Escritor y traductor.

1 Alfonso Reyes/Octavio Paz, Correspondencia (1939-1959), ed. Anthony Stanton, FCE-Fundación Octavio Paz, México, pp.159-160.
2 Ibíd., p.170.
3 Ibíd., p.171.
4 Alfonso Reyes, La crítica en la Edad Ateniense, en XXIII tomo de las Obras completas, FCE, México, pp.44-46. “La exégesis racionalista usa del texto como mero pretexto, como ejemplo de un modo de pensar, para sacar de ahí conclusiones filosóficas. La alegoría escudriña el sentido oculto detrás de los textos, y allega a conclusiones de simbología poética. La primera aprovecha la literatura en su función anclar, por las nociones extraliterarias que ella acarrea. La segunda anuncia en tanteos extravagantes y desorbitados, como todo método que se busca”, así lo explica el autor.
5 “Carta a José Gaos”, en Octavio Paz, El arco y la lira, postfacio Anthony Stanton, ed. facsimilar de la 1a. ed, FCE, México, 1956-2006, p.XVII.

Cultura y vida cotidiana

Paz y Neruda: Poetas combatientes

La poesía suele ser un conjunto de ciudades cuyos habitantes se acercan o se alejan a medida que la periferia crece. Las cruzan o las circulan grandes avenidas, callejones de metáforas, edificios deslumbrantes, alegorías, construcciones que se caen a pedazos. Conciencias que se repliegan a un presente, a un tiempo, a una geografía, a una realidad, a un orden o a un caos, a un modo de gobernar conceptos y emociones. Es el caso de dos piedras fundacionales de la poesía latinoamericana del siglo XX: Ciudad Octavio Paz y Ciudad Pablo Neruda. Podría decir dos ríos, dos continentes, dos desiertos, dos mares. Pero la ciudad me parece el espacio simbólico que mejor apunta a las poéticas de nuestro tiempo.

Las correspondencias entre poetas suelen convertirse en disonancias. Y los poetas, como las ciudades, están en continua expansión. En septiembre pasado se cumplieron 40 años de la muerte de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, Pablo Neruda. En Julio se cumplirán 110 años de su nacimiento. En vísperas del primer siglo de Octavio Paz, pasaremos revista a las asonancias y disonancias de estos dos árboles centenarios de las letras. Ambos premios Nobel de literatura. Un dúo dinámico imposible, si se parte de las distancias y las preferencias ideológicas, que lo mismo atraen que repelen. Pero también dos atlas por los que cruzan ríos afines, fronteras imaginarias y puñados de sílabas que conversan.

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Todo iba bien. Paz tiene apenas 23 años cuando participa, gracias a las gestiones de Neruda, en el Segundo Congreso Mundial de Escritores Antifascistas, celebrado en 1937 en Valencia, España. Neruda era 10 años mayor, y gozaba ya de un aura que lo identificaba como poeta latinoamericano vinculado a las causas populares. Había publicado libros importantes y gozaba de una fama que crecía. Paz era un desconocido; había editado a principios de ese año Raíz del hombre y reconocía el vigor de la poesía nerudiana y la generosidad del poeta, pero pronto pondría en tela de juicio sobre todo la forma de actuar de los gigantes del estalinismo en el poder: “Vi al comunismo como a un régimen burocrático, petrificado en castas, y vi a los bolcheviques caer uno tras otro en esas ceremonias públicas de expiación que fueron las purgas de Stalin”, recapitula Paz unos años antes de su muerte.

Neruda, en Confieso que he vivido, retorna a los primeros encuentros: “Entre noruegos, italianos, argentinos, llegó de México el poeta Octavio Paz, después de mil aventuras de viaje. En cierto modo me sentía orgulloso de haberlo traído. Había publicado un solo libro que yo había recibido hacía dos meses y que me pareció contener un germen verdadero. Entonces nadie lo conocía”, Neruda había publicado en Madrid, en 1935, una de sus obras cumbre: Residencia en la tierra, con el que el poeta chileno empieza a influir en la obra de los poetas de habla hispana.

Neruda no era perita en dulce. Ya el libro La guerrilla literaria de Faride Zerán da cuenta y señal de los enconos entre el autor de Canto general, Vicente Huidobro y Pablo de Rokha, que tampoco, como decimos en México, cantaban mal las rancheras.

Las antologías suelen dar motivo a querellas. Las presencias justifican un canon y las ausencias incomodan. Laurel, preparada por Xavier Villaurrutia, Octavio Paz, Emilio Prados y Gil-Albert, publicada en 1941, no fue la excepción. No están ahí, sea por autoexclusión o por criterio editorial o político, ni Pablo Neruda ni Miguel Hernández ni León Felipe.

Si Paz le lanzó un puñetazo a Neruda y éste lo esquivó, lo menos que salió de ahí fueron balas de adjetivos, duro y a la cabeza. Y un distanciamiento de décadas. Neruda fue tachado por Paz de “estalinista” y “ególatra”. A su vez Paz fue considerado por Neruda “traidor” y “purista”. Dardos con veneno arrojados por los futuros premios Nobel, lo cual comprueba que las ciudades también trazan su propia cartografía, aunque compartan los límites de la geografía y el idioma.

Edward Stanton, quien se ha acercado a las asonancias en la obra de ambos poetas, lo tiene muy claro: lo que distanció a Paz y a Neruda no fue la poesía sino la política, y sobre todo la visión en torno al arte y la ideología.

Ambos bebieron de los manantiales de Blake, Whitman, Lawrence y Eliot, compartieron a Quevedo, Hugo y Baudelaire y se cuadraron ante Rimbaud, el romanticismo y el surrealismo. Sólo que mientras Neruda se cobijaba en el Partido Comunista de su país, Paz siguió un camino de prudente distancia, el cual se fue alejando cada vez más. Neruda se siente tentado por una poesía que oscila entre la fraternidad terrenal y la cosmología. La empresa poética de Paz, aunque a veces parece una casa fincada en el aire, parte de una obra negra cimentada en la tierra. Hasta aquí los caminos no se bifurcan.

Neruda se aleja de Eliot y fustiga las “ingeniosas trampas vacías”, las “casas blandas y huecas”, “las casas de citas” y los poemas impersonales “como la eternidad misma”. La esencia de lo terrenal la encuentra en el hombre mismo, no en el ser abstracto sino en el que oficia de panadero, impresor, cocinero, obrero, campesino.

Desde el principio Paz sabe que la poesía de Neruda, o al menos una parte considerable de ella, está en comunión con las fuerzas vitales de la naturaleza y con el misterioso secreto de las cosas. No duda sobre el hermano mayor que funda y echa raíces con su lírica, y a quien considera el más “destacado y personal de los poetas hispanoamericanos”.

Años después Paz reafirma el peso de la obra nerudiana sobre su poesía: “En aquellos años Neruda era una gran presencia y yo lo había leído con pasión. En su poesía hay también ese descenso hacia lo material del mundo. Sin embargo, siempre quise guardar las distancias”, le dice a Stanton en 1988.

El salto del Paz de “¡No pasarán!” al de los poemas de Raíz del hombre es mortal. Su punto de partida es Novalis, pero en el erotismo destilado de sus versos está la visión cosmogónica de Neruda, su maestro.

Edward Stanton se encarga de hacernos ver las correspondencias entre Raíz del hombre y Residencia en la tierra. “No sólo el tema erótico en todo su esplendor violento sino también familias enteras de imágenes que privilegian ciertos campos semánticos: un ambiente invadido por lo nocturno (sombra, oscuridad, tinieblas) en alianza con una fascinación por lo informe; imágenes vegetales o terrenales (tierra, plantas, flores, raíces, árboles) que se entrelazan con otras corporales (carne, pelo, boca, entrañas, pecho, venas, piel, labios, huesos)… en los dos libros abundan imágenes acuáticas (pozos, océano, mar, río, oleaje, inundaciones, espuma, corrientes subterráneas) que expresan el fluir de la conciencia o más bien de la fantasía en gestación antes de llegar a la cristalización formal”.

Neruda recibió el Premio Nobel de Literatura en 1971. Paz 19 años después. En sus discursos hay líneas que se cruzan y forman un punto y otras que se alejan y forman islas. Paz alude, con la inteligencia que lo habita, al significado de la palabra gratitud y a las realidades de las lenguas. Habla de la dependencia del presente y el pasado con el futuro, de la modernidad como descenso a los orígenes, del fin de las utopías y del mercado “en el que todo se vuelve cosa que se compra, se usa y se tira al basurero. Ninguna sociedad había producido tantos desechos como la nuestra. Desechos materiales y morales”. Vuelve a la idea de mirar de frente a la muerte y cierra con un reflejo al William Blake de Las bodas del cielo y el infierno: abrir las puertas de la percepción. No para que entre el hombre infinito, sino el otro tiempo: “el presente, la presencia”.

Neruda alude, con la emoción y el sentimiento que lo dibujan, a los días en que la fuga y la vigilia lo llevan a cruzar la frontera de su país, de la poesía como acción pasajera, de los enemigos de la poesía, del poeta no como un pequeño dios sino como el hombre que entrega el pan de cada día, de sus versos como herramienta de trabajo cotidiano, de la larga noche latinoamericana en la que abundan el oprobio y el saqueo de “oscuros dioses” y culmina, bandera en mano, con una señal de Rimbaud, el vidente: À l’aurore, armés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides Villes. Algo así como: “Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades”.

Al igual que Neruda, Paz hace referencia a los puentes imaginarios del pasado, aunque habla de un ayer en el que la biblioteca paterna es la caverna encantada, hasta que la razón, la historia no vivida, termina por desalojarlo del presente. Otra forma de exilio. “Las polémicas se disipan, quedan las obras”, dice sin detenerse en la espada enemiga.

Neruda afirma que los enemigos de la poesía no son los que la resguardan sino la incapacidad del poeta “para entenderse con los más ignorados”.

A las polémicas que se disipan en contraposición de las obras, que permanecen, Neruda hace alusión a los que lo tildan de sectario y en un claro referente a Huidobro le niega al poeta la posibilidad de ser un pequeño dios.

Para Neruda la estrella primordial es la lucha y la esperanza, Paz asume el presente no como la búsqueda del edén terrestre “ni de la eternidad sin fechas” sino como los pasos hacia una “realidad real”.

En Paz la poesía, en cuanto enamorada del instante, revive esa fugacidad en el poema, lo que la convierte en presente fijo. ¿Poesía de antítesis? En Neruda la poesía es acción pasajera, soledad y solidaridad, intimidad del hombre y revelación de la naturaleza. ¿Poesía de tesis?

La partida de Neruda de México, en 1943, es tan dolorosa como los versos de su “Nuevo canto a Stalingrado”:

Yo sé que el viejo joven transitorio
de pluma, como un cisne encuadernado,
desencuaderna su dolor notorio
por mi grito de amor a Stalingrado.

Yo pongo el alma mía donde quiero.
Y no me nutro de papel cansado,
adobado de tinta y de tintero.
Nací para cantar a Stalingrado.

Fuertes declaraciones. Fuego cruzado. Jabs al bofe de la poesía. Paz escribió ese mismo año: “¿Y qué decir de los discursos políticos, de las arengas, de los editoriales de periódico, que se enmascaran con el rostro de la poesía? ¿Y cómo hablar sin vergüenza de toda esa literatura de erotómanos, que confunden sus manías o sus desdichas con el amor? Imposible enumerarlos a todos: a los que se fingen niños y lloriquean porque la tierra es redonda; a los fúnebres y resecos, enterradores de la alegría; a los juguetones, novilleros, cirqueros y equilibristas; a los jorobados de la pedantería; a los virtuosos de la palabra, pianolas del verso, y a los organilleros de la moral; a los místicos onanistas; a los neocatólicos que saquean los armarios de los curas, para ataviar sus desnudas estrofas con cíngulos y estolas; a los papagayos y culebras nacionalistas, que cantando expolian a la triste revolución mexicana; a los vates de ministerio y a los de falansterio; a los hampones que se creen revolucionarios sólo porque gritan y se emborrachan”.

La versión original de este ensayo, o al menos la cita anterior, no la encontrará el lector en la obra completa de Paz, sino en la revista El Hijo Pródigo (agosto 15 de 1943), nos hace ver Stanton, bajo el título “Poesía de soledad y poesía de comunión”.

Lo demás es historia conocida. Neruda, antes de partir, lanza un par de estocadas. En una de ellas afirma que en la poesía mexicana hay desorientación y falta de moral civil, pone en las nubes a los pintores y a los escritores militantes, afirma que el ensayo está marcado por una generación anémica y truena contra Revista de Occidente y Hora de España, a las que Paz está cercano. En “Respuesta a un cónsul” Paz asesta duros golpes al maestro y concluye con que la literatura de Neruda “está contaminada por la política, su política por la literatura y su crítica es con frecuencia mera complicidad amistosa. Y, así, muchas veces no se sabe si habla el funcionario o el poeta, el amigo o el político. Acaso tampoco él lo sepa con claridad. Esta confusión —y el respeto que me merece una obra que a menudo es traicionada por un temperamento que confunde la fuerza con la violencia y la cortesía con la debilidad— me han impedido contestar a sus intemperantes afirmaciones. Y si ahora lo hago es con escepticismo: sé de antemano que en el señor Neruda la vanidad es una pasión tiránica, que le prohíbe confesar sus errores o sus extravíos”.

Y aquí se rompió una taza. Aunque Paz fue muy cuidadoso y matiza en sus Obras completas las desavenencias de antaño.

Como un “gran poeta en decadencia”, así llama Paz años después a Neruda, reconociendo que los poetas de su generación recibieron una enorme influencia del poeta chileno.

Stanton llama también la atención sobre una gran coincidencia: la publicación el mismo año, 1950, de Canto general de Neruda y El laberinto de la soledad de Paz. La primera, una edición ostentosa acompañada por el trabajo gráfico de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. La de Paz en Cuadernos Americanos.

No sé si en un acto de justicia poética hacia su antiguo maestro, muerto 20 años atrás, o hacia el joven lector de Neruda que fue Paz, unos años antes de su muerte releyó su poesía completa. Tarea nada sencilla si tomamos en cuenta que la empresa poética de Neruda es monumental. La conclusión a la que llega Paz es que Neruda es el mejor poeta de su generación. Por encima de Huidobro, Vallejo, Borges y los poetas españoles. La opinión parece desmesurada, pero Paz es cuidadoso, pudo haber dicho que Neruda es el poeta más destacado del siglo XX, o el mejor poeta de habla hispana, al ubicarlo generacionalmente le da una ubicación específica en el contexto latinoamericano. Y en un tono aforístico, no sé hasta qué punto autocrítico, apunta: “Lo admiraste, lo quisiste y lo combatiste. Fue tu enemigo más querido”. Indicador de que hasta las ciudades con mayor fortaleza se desmoronan.

Los párrafos que Paz dedica a Neruda en el tomo II de sus Obras completas (Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores, Barcelona, 2000) son de alto relieve. “No digo que sea el más perfecto sino el más vasto y variado; también, con frecuencia, el más intenso, ora desgarrador, ora risueño, a un tiempo simple y misterioso. Un poeta inmenso. En cada uno de sus libros, aun los más flojos, hay poemas inolvidables; en cada uno de sus poemas, aun los menos afortunados, hay líneas que son relámpagos de verdad. Quiero decir: relámpagos verdaderos que iluminan brevemente nuestra conciencia y trazan tatuajes en nuestra memoria; asimismo, relámpagos con la luz de una verdad súbita. ¿Qué verdad? Una verdad oculta, olvidada o abandonada, enterrada o acabada de nacer. La verdad de todos los días, la verdad de cada día, que pasa como nosotros pasamos y se queda como los dibujos del tiempo sobre la roca.

”La generación de Neruda sobresalió en el arte del verso y Neruda también fue en esto la excepción: fue duro de oído, monótono y no pocas veces torpe. Estas carencias y defectos, por su enorme potencia verbal y su instinto poético, se convirtieron en virtudes. Sus ojos entrecerrados traspasaban la opaca realidad; su mirada volvía rosa a la llama y agua a la piedra. Sus poemas tienen una música extraña, muy antigua y, no obstante, familiar, como oída en duermevela. Música de piedras y polvo que cae interminablemente en el pozo de la noche, pasos del trueno que anda a ciegas por el llano, rumor de roncos motores en los suburbios del sueño, luz que regresa cada mañana para golpear suavemente nuestros párpados”.

Antes, en El arco y la lira, Paz dedica un amplio párrafo al Canto general, lectura que en su momento le pareció fatigosa y conmovedora a la vez. Paz considera que el poeta fracasa al intentar el relato en verso libre, cuyos ejemplos abundan en el Canto… Y que Neruda acierta en poemas como “Alturas de Macchu Picchu”, donde canta en vez de contar.

La lectura de algunos títulos amplían el paisaje, o al menos ofrecen una versión más distante que la de los propios protagonistas en sus respectivas obras, en torno a los encuentros y desencuentros de los dos poetas: Octavio Paz en España, 1937 (Fondo de Cultura Económica, compilación de Danubio Torres Rubio, 2007); Adiós poeta (Tusquets, 1990) de Jorge Edwards; Pablo Neruda: Los caminos de América (Lom, 2004) de Edmundo Olivares Briones; Las furias y las penas. Pablo Neruda y su tiempo de David Schidlowsky (Ril Editores, Santiago de Chile, 2008) y El águila en las venas. Neruda en México, México en Neruda de Víctor Toledo (Universidad Autónoma de Puebla, 2005).

Una relectura de Raíz del hombre y de Pasado en claro de Octavio Paz, paralela a Residencia en la tierra y Memorial de Isla Negra; una lectura atenta al Canto general mismo o a los poemas mexicanos de Neruda, sin duda nos reafirmarían las correspondencias poéticas, signos inequívocos de que en poesía a veces es más palpable lo que acerca que lo que aleja, más allá de las diatribas del momento.

¿Quién lee hoy con sublime vehemencia los versos del “Canto a Stalingrado” y el “Nuevo canto a Stalingrado?”. O el candor rabioso, lacónico, que visto a distancia suena hasta tierno, de “Los poetas celestes”:

Qué hicisteis vosotros, gidistas Intelectualistas, rilkistas, misterizantes, falsos brujos existenciales, amapolas surrealistas encendidas en una tumba, europeizados cadáveres de la moda, pálidas lombrices del queso capitalista, qué hicisteis ante el reinado de la angustia, frente a este oscuro ser humano, a esta pateada compostura, a esta cabeza sumergida en el estiércol, a esta esencia de ásperas vidas pisoteadas?

Paz supo beber de los manantiales menos desmesurados del maestro. Evitó, a edad temprana, vivir bajo su densa sombra y trazar su propio destino poético. Así de complicado. Así de simple.

El autor del poema “¡No pasarán!”, que lo lleva a Valencia al Congreso de Poetas Antifascistas y propicia el primer encuentro con Neruda, tomó nuevas rutas para cautivar a la musa.

Los primeros pasos de Paz nacen comprometidos con la historia inmediata:

¡Cómo llena ese grito todo el aire  y lo vuelve una eléctrica muralla!  Detened al terror y a las mazmorras,  para que crezca, joven, en España,  la vida verdadera,  la sangre jubilosa,  la ternura feraz del mundo libre.  ¡Detened a la muerte, camaradas!

En Raíz del hombre el poeta cambia de tono. Y al amplificarlo lo universaliza. ¿No hizo lo mismo Neruda al saltar de 20 poemas de amor y una canción desesperada, pasando por Crepusculario, a Residencia en la tierra? Por más despiadadas que sean las musas, tarde o temprano encuentran al poeta que las contiene. Ciudad Octavio Paz. Ciudad Pablo Neruda. Dos megalópolis para armar.

 

Margarito Cuéllar

Poeta y ensayista. Sus libros más recientes son Música de las piedras. Poesía reunida 1982-2012 (Editorial Praxis, 2012) y Las edades felices (Hiperión, 2013).

Cultura y vida cotidiana

La conversación tras las azaleas

Una tarde de primavera, mientras Octavio servía ginebra para ambos, sobre la mesa donde él escribía vi un altero de cartas que era mucho más grande de lo normal. Le pregunté sobre ellas y me dijo que él tenía un método infalible para que ese montón despareciera. Y me mostró su mano extendida, como midiendo del pulgar al auricular aquello que se llamaba una cuarta. Puso la mano junto a las cartas y me dijo: cuando alcancen esta altura las tiro. El cesto de papeles estaba al lado de su mesa justo al pie de esa esquina, como esperándolas hambrienta. Me extrañó su respuesta y ante mi cara de asombro me explicó: no voy a pasar más tiempo administrando mi obra que creándola.

“La fama, que siempre es burda, arrebata a las personas célebres su humanidad”, oí decir hace poco a la hija de Albert Camus. Y concluía, “muy poca gente quiere escuchar algo que para ellos resulta insustancial, anecdótico, pero que sitúa al famoso entre los otros humanos y a la vez deja ver los indicios de su presencia excepcional”. A Octavio, a la silueta pública de Octavio le sucede lo mismo. Agravado por los juicios previos de todo tipo sobre esa presencia. La invitación a escribir un retrato personal de alguien tan disputado entre quienes con fervor lo idolatran y quienes lo detestan se enfrenta a la dificultad de hacer notar sutilezas, líneas de vida en un rostro situado entre luces opuestas tan intensas que lo aplanan. Tomo el reto tratando de ordenar algunos de sus gestos dispersos y actitudes con sus pasiones, intereses, creaciones e ideas.

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Este retrato breve y fragmentario está exactamente en el otro extremo de la invitación que me hizo una editorial estadunidense para escribir el texto que originó la versión actual de mi libro Una introducción a Octavio Paz, donde la forma pedagógica de iniciación a una obra y a un autor, la extensión breve, el uso de fuentes limitado a la obra misma para dar rasgos de una síntesis de ella y no un ensayo crítico, los momentos biográficos clave iluminados con detallada pertinencia por la obra, fueron exigencias rigurosas de la editorial que hacen de ese libro un instrumento de conocimiento. Claro que en ese texto estaban presentes, pero de manera indirecta, como alimentos secretos, los afectos, las conversaciones y las imágenes. Pero nada que pudiera calificarse de demasiado personal, ya fueran ideas o hechos, era considerado allá pertinente. Este retrato personal es, si no lo opuesto sí su sombra, su complemento tácito. Trato de ir aquí de los gestos a las pasiones que delinean su silueta.

Aquella decisión de Octavio Paz de tirar las cartas a la basura era paradójicamente complementaria de un rechazo a tener agente literario. La oferta que alguna vez le hizo Carmen Balcells de “volverlo rico”, recibida en un momento económicamente incierto, dejaba completamente frío a Octavio. Porque tenía conciencia, me dijo, de que la poesía no debe ceñirse a la lógica del mercado. El agente le pediría, por ejemplo, que reconsiderara la larga fidelidad con un editor por recibir un contrato más beneficioso. Por ejemplo, su relación con una editorial independiente de Nueva York, New Directions, estuvo siempre marcada por un agradecimiento y fidelidad elementales. Antes de recibir el Nobel, me tocó revisar un contrato para un grueso volumen de su poesía selecta, con traducciones excepcionales hechas a lo largo de los años sobre todo por Eliot Weinberger y algunas otras por poetas de la talla de Elizabeth Bishop y Charles Tomlinson. La obra de una vida de poeta. El adelanto que le pagó la editorial fue de 500 dólares. Cuando pidió mi opinión le pregunté si pensaba pedir un poco más y se negó rotundamente. “James Laughlin, el editor que fundó New Directions por sugerencia de Ezra Pound, creyó en mí cuando otros no lo hicieron. No puedo desconocer eso. Y si él considera que lo que me ofrece es justo y proporcionado con lo que venderá de la obra, yo estoy de acuerdo. Confío en él completamente”. Es un tipo de decisión, aseguraba, que no puede ser dejada en manos de un agente.

Son muchísimos los gestos aparentemente contrapuestos de Octavio Paz que pueden considerarse significativos de una personalidad compleja que tenía ante la vida posiciones al mismo tiempo radicales y sutiles. Un día me invitó a que eligiera de una caja enorme de libros que le habían enviado en las últimas semanas los que me parecieran interesantes para quedarme con ellos. Elegí un par mientras me explicaba que si conservaba todos los que le enviaban necesitaría dos o tres casas adicionales para guardarlos y dos o tres vidas para leerlos. Vivía obviamente un cierto acoso de autores que querían ser leídos por él. Sin embargo, todos los libros daban muestras de haber sido por lo menos hojeados y leídos parcialmente. Y cuando había alguno excepcional lo recomendaba, pedía que alguien escribiera una reseña o, en casos de verdadera fascinación, él mismo la hacía. Eso sucedió con el poeta Orlando González Esteva. Cuando recibió su libro Mañas de la poesía, editado por una pequeña editorial en Miami, Octavio escribió una reseña de asombro, “Vertiginosas revelaciones del tintero”, donde confiesa que mucho antes de existir el libro recibió dos manuscritos del autor con unas cuantas líneas y que le “impresionaron inmediatamente por su inventiva, su desparpajo, su frescura y su rigor”. Decía que había pensado escribirle pero que pasó el tiempo, perdió los datos y finalmente llegó el libro que lo impresionó de nuevo.

Leía ávidamente todos los manuscritos y poemas que se proponían a la revista. No recuerdo ninguna ocasión en la que juzgara un texto favorable o desfavorablemente sin haberlo leído. Ejercía por supuesto una selección de acuerdo con sus gustos y una cierta idea de la poesía. Pero nunca lo vi juzgar una obra literaria por el prestigio o desprestigio del autor, su cercanía o complicidad con otros proyectos o con el suyo.

Le entusiasmaba lo inesperado, la inteligencia sorpresiva. Como si esperara cada día el asombro. Una mañana lo noté muy cansado y le pregunté si él y Marie Jo se habían ido de fiesta. Me contó que en la madrugada había respondido el teléfono preocupado de que hubiera una emergencia. Era un joven poeta de Torreón que no conocía antes pero como la conversación sobre poesía le pareció de pronto interesante había pasado un par de horas discutiendo con él. Era capaz de un gesto así, lleno de curiosidad y abierto a lo incierto.

La imagen más persistente que conservo del rostro de Octavio se sitúa en la biblioteca de su casa, a la que se llegaba desde la sala principal de su departamento, cruzando una terraza poblada de altas azaleas en macetones de barro. Al departamento se entraba por un pasillo abierto al aire por el lado izquierdo, en un piso alto de un edificio moderno en la esquina de Paseo de la Reforma y Río Guadalquivir. Una puerta de madera al fondo y ya adentro del departamento una larga escalera que descendía dos pisos. Cuadros y grabados siempre interesantes cubrían los muros. Varios de la India, otros de artistas contemporáneos. Recuerdo un cuadro de Soriano, otro de Pedro Coronel y uno más de Roberto Matta. Huellas de amistades pero también de complicidades editoriales. En el primer nivel, del lado izquierdo, una puerta abría hacia un pequeño comedor donde Marie Jo algún tiempo realizaba sus collages. Al llegar al piso más bajo se abría el espacio y del lado derecho estaba la cocina y del lado izquierdo la sala principal. Donde reinaban bellísimos objetos, telas y cuadros de la India, principalmente, pero también de Pakistán y Afganistán. Y que, no lo sabría sino más tarde, era una especie de sitio simbólico, cargado con todos los objetos de esos lugares donde se encontraron y surgieron como pareja. Donde viajaron juntos y conocieron una plenitud que transformó la poesía de Octavio. Era el ámbito privilegiado de la historia y la vivacidad de su amor. Puedo decir que, aún sin saberlo, al entrar a esa sala se sentía que las cosas tan distintas que la habitaban tenían mil historias que contar. Y la belleza de cada una era ya un mensaje para los sentidos: una alerta y una seducción.

Los amplios ventanales de esa sala daban a la calle de Guadalquivir por un lado y por el otro al patio de las azaleas, al que había que descender unos cuantos escalones. Del lado izquierdo, una mesa larga de comedor detrás de un muro de vidrio ocupaba una parte de ese nivel intermedio. Unos pasos más adelante se entraba a su estudio y biblioteca, que no era muy grande. Tenía una proporción justa para los libros elegidos y vueltos a elegir a lo largo de los años. Al fondo, a la derecha, un cuarto aparte tenía los archivos y otra mesa de trabajo que algunos días a la semana ocupaba una asistente que, principalmente, pasaba a máquina los manuscritos de textos y de cartas que había escrito a mano, algunas veces en trozos de papel que iba recortando sin tijeras.

Fue en esa biblioteca donde vi por primera vez a Octavio Paz. Yo tenía poco tiempo de haber llegado a México después de ocho años de vivir en Francia. Por invitación de Huberto Batis escribía una columna semanal, “Al filo de las hojas”, en el suplemento Sábado, que dirigía Fernando Benítez dentro del periódico Unomásuno. Dediqué un par de textos a un profesor vuelto amigo, a quien quise y admiré enormemente, Kostas Papaioannou. “La alegría ante la muerte”. Describí minuciosamente la calle de su casa, que había pertenecido a Matisse. El fantasma que la habitaba, según Kostas. Y la manera en la que ese griego excepcional enfrentó su muerte tomando como ejemplo al pintor. En un segundo artículo, “Por el afecto a la idea”, describí su manera singular de entender y ejercer la enseñanza, a través de los afectos, repasaba sus títulos principales, su trayectoria y mencionaba al final lo que me dijo cuando Octavio Paz le dedicó El ogro filantrópico. Un día que escapó del hospital donde recibía radiaciones, nos dimos cita en el café de la esquina, pidió “un ballon” de vino tinto, que es una copa un poco más ancha de lo normal. Y me mostró su ejemplar. Decía que al principio sólo se dio cuenta de las dedicatorias de cada capítulo y sólo al final se dio cuenta de que el libro entero le estaba dedicado. “Fue una verdadera radiación de alegría”. Kostas me había contado cómo se conocieron. En un café de Saint Germain ambos estaban tratando de seducir a una rubia. Pusieron tanto empeño que terminaron descubriéndose mutuamente y se hicieron grandes amigos. Según Kostas, el primer latinoamericano en escribir con lucidez analítica sobre el Gulag y la verdad detrás de la ilusión soviética fue Octavio Paz (en el número 197 de la revista Sur, 1951), gracias en gran parte a la información que él, viejo comunista y marxólogo, disidente amenazado de muerte más de una vez, le proporcionó y a las discusiones sobre el tema en Francia.

Azalea-wY una mañana, en la editorial donde yo trabajaba, Promexa, sucedió lo que menos podría haber esperado: recibí una llamada de Octavio Paz. Me comentó mi artículo con precisión. Y varios otros artículos que había publicado sobre otros temas en diferentes revistas y en el mismo periódico. Me invitó a colaborar en Vuelta. Me invitó también a que conversáramos personalmente sobre Kostas y otras cosas y que Enrique Krauze me llamaría para organizar la reunión. Enrique lo hizo puntualmente y con gran cordialidad. Aunque yo tampoco lo conocía personalmente había una relación de parentesco entre ambos. Un hermano suyo casado con una hermana de mi esposa. La invitación para conocer a Octavio era una cita colectiva, con otros escritores que yo tampoco conocía. No me gustó la idea y desistí. Sucedió una vez más y después de eso el mismo Octavio me habló de nuevo para invitarme.

Al entrar a su departamento, después de hacerme bajar hasta la sala, la persona que abrió la puerta me advirtió que después de una hora Octavio tendría que irse. Crucé la terraza de las azaleas y Octavio Paz se levantó de la mesa donde escribía algo para recibirme. Tenía que haberme ido a las seis de la tarde y traté de hacerlo pero Octavio me retuvo. Esa conversación, que duró casi cinco horas, fue sin duda la semilla de todas las que seguirían a lo largo de los años. Marcó tal vez una manera de conversar. Me quedó la impresión de que mucho de lo que hicimos o dijimos en adelante tendría algo del espíritu afable, de la curiosidad y la sorpresa continua, de la complicidad estética que se hizo evidente aquella tarde. Por eso, tal vez, lo recuerdo sobre todo como un gran conversador.

Siempre estaba ávido de escuchar opiniones, de compartir lecturas y experiencias. Le gustaba argumentar y escuchar argumentos distintos a los suyos. Yo no conocía casi a nadie en México del medio cultural después de casi ocho años de vivir en Francia. Y hablamos más bien de la ciudad de París, de poesía de varios horizontes, muy poco de política y mucho de arte. La verdad es que al principio yo no lo admiraba como fui aprendiendo a hacerlo muy poco a poco. Yo tenía ya 32 años y había estado cerca de Roland Barthes, Gilles Deleuze, Jacques Rancière y había escuchado cursos de Michel Foucault, Georges Steiner, Leszek Kolakowski, Milan Kundera y, muy especialmente, de André Chastel. Octavio Paz, al principio, me impresionaba menos pero fue ganando espacio conforme lo fui conociendo. Muy poco después de aquella entrevista, en septiembre de 1983, publiqué por primera vez en Vuelta, una versión de mis Demonios de la lengua. Un año después yo estaría trabajando con él y con Enrique como subdirector, en la redacción de la revista. A partir de entonces hablamos casi diario por teléfono y nos encontrábamos con frecuencia. De nuevo en su casa, atrás de las azaleas, justo antes de comenzar a ser secretario de redacción me dijo: “Este trabajo es en gran parte funcional, no literario, administrativo de textos. Y quiero darle el consejo que me dio a mí Alfonso Reyes cuando comencé a trabajar en el servicio exterior: ‘Recuerde sobre todo que usted es escritor. Por eso el trabajo administrativo rapidito y mal’. No lo olvide. Eso no quiere decir que las cosas dejen de hacerse. Pero estamos aquí editando esta revista porque somos escritores y tenemos una idea de la literatura y de nuestro lugar crítico en la sociedad”. Me sorprendió que eso me dijera mi jefe inminente. Y la verdad es que él mismo asumía cada una de su labores con tal pasión que su consejo dejaba de ser obedecido por él mismo cuando se trataba de leer y editar textos. Pero ahí estaba sobre la mesa, un consejo resplandeciente para el escritor novato que no había publicado todavía su primer libro.

Durante poco más de dos años hice ese trabajo y esa es una historia que tal vez algún día cuente aparte. La historia de su pasión de editor. Paso a paso, discutiendo con él cada texto y cada manera de presentarlo tuve una enseñanza apasionante y una experiencia única. Es la historia también de cierta idea de la literatura y su presencia en el mundo. Seguimos hablando con frecuencia después de que dejé de trabajar para él, cuando la relación laboral se transformó afortunadamente en una amistad generosa de su parte y de Marie Jo.

No menos apasionantes son sus pasiones polémicas. Algunas políticas, otras menos. Me tocó estar con él en algunos momentos álgidos que también requieren una historia aparte.

Antes de conocerlo personalmente ya había tenido que participar en una discusión polémica sobre su obra. Precisamente con un par de personas que, sin haberla leído, como era evidente en lo que decían, la condenaban con amargura. Mi respuesta no fue ni siquiera una defensa sino una simple precisión en la obra que los desmentía. Si se hubiera tratado de opiniones distintas tal vez no me hubiera impresionado tanto aquella conversación crispada. Cada quien puede opinar lo que quiera, lo que necesite, o más bien lo que pueda. Me interesa la polémica de ideas, no la de creencias o ilusiones, siempre en el fondo irrebatibles. Y se trataba ahí de una airada condena a una figura pública convertida en un mito más que a una persona o a un autor. Me quedé muy impresionado por la rabia de sus detractores. Por la certeza extraña de su ilusión. Yo llevaba casi una década viviendo fuera de México y no me había dado cuenta del fenómeno.

De casualidad, en la casa del amigo en común que nos había invitado a cenar aquella noche, Roger Bartra, había un ejemplar del libro donde estaba el texto en cuestión: El ogro filantrópico. Pero ni siquiera viendo el texto un par de sus invitados cedían a las condenas e insultos. Estábamos en el terreno de la pura sinrazón, de la pasión más bien ciega. Y sobra decir que mi mesurada invitación, secundada por Roger, a la lectura de lo que sí había dicho su monstruo ideológico me convertía automáticamente a sus ojos en parte de lo odiable. Uno de ellos llegó a decir: “Por eso es más peligroso, porque con sus palabras como pirotecnia induce  a los jóvenes como tú hacia el campo de los reaccionarios”. Entonces yo tenía 27 años y ellos el doble, habían sido y eran militantes de izquierda, reconocidos en los medios del sindicalismo universitario y sus emanaciones. Esa condena apasionada me lo hacía más interesante como autor perturbador de buenas conciencias. En los años siguientes, más de una vez sería testigo de avalanchas pasionales similares contra Octavio Paz. Si un gesto suyo me impresionaba cuando lo vi recibir ataques irracionales fue su inmediato impulso por llevar todo de nuevo a las ideas. La pasión de discutir, argumentar, polemizar, lo encendían. Era su faceta guerrera. Una larga historia que contar. Pero no menos interesante era su faceta amorosa. Ahí está la poesía para demostrarlo ampliamente. Una vida amorosa muy agitada antes de la India y luego intensa y plena. Y La llama doble es apenas un esbozo de los cinco volúmenes con los que Octavio pretendía exponer su reflexión vivida sobre el tema.

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Me viene a la mente su manera peculiar de hablar, abriendo y cerrando la mano para dar ritmo a las ideas. Y la mirada distinta que parecía tener al exponerlas. Recurro entonces al emblema de esa mano que se extiende y se contrae. Y a la mirada que la acompaña. Me parece que sobre cada una de las cinco pasiones que lo movían, más que opiniones Octavio Paz tenía visiones. En todo actuaba, vivía como poeta que mira.

Si las grandes pasiones de Octavio Paz se pudieran contar con los dedos de una mano, el arte sería sin duda una de ellas. Al índice, que indica el camino, correspondería enumerar la poesía, la literatura en general y la reflexión sobre ella. Al pulgar, dedo de poder y voluntades, la política y la historia. Al anular, el vínculo profundo del amor y la imaginación erótica. Al meñique, virtuoso, ágil y sensorial, la edición de libros y revistas, que practicó toda su vida. Al arte correspondería sin duda el dedo del corazón, que ayuda a mirar desde adentro y a “pensar con los ojos”, como pedía Damián Bayón; y a recordar provocando que las imágenes, palpitándonos dentro, nos llenen todo el cuerpo formando otra piel con la cual nos relacionamos con el mundo. A este tipo de relación con el arte lo podemos llamar “una mirada cordial”. Y así podría definirse la de Octavio Paz.

No recuerdo un solo día en el que, por muy distintas razones o sinrazones, no habláramos de alguna obra o de algún artista. El arte era, tal vez, la menos aislada de sus pasiones, o la que más confluencias provocaba. Se cruzaba, por supuesto con el amor, con la política y la historia, con la poesía y con la edición.

Durante los años en que tuve el privilegio de trabajar con Octavio Paz en la redacción de la revista Vuelta, lo ayudé a hacer algo que él amaba, ofrecer a su audiencia una visión. Introducir una sorpresa, una idea novedosa y removedora de certezas detrás de una forma visual. O simplemente un recordatorio, un acicate para la memoria. Pero no se trataba de publicar cualquier cosa que resultara interesante. Así como había una poética que defender en el campo de la literatura, había una poética artística que no sólo le era cercana sino que consideraba indispensable defender, mostrar y comprender a través de la revista. La revolución de las formas por encima de la revolución de los contenidos, sería una manera de simplificarla. La insignia de Baudelaire como crítico de arte fue un punto de arranque primordial para situarse como poeta que mira con ojo crítico y amante. El historiador y crítico Damián Bayón fue nuestro aliado fundamental en esa tarea, lo mismo que Dore Ashton y muchos más. En Francia Octavio tenía contacto frecuente con Pierre Schneider, con Claude Esteban. Pero además, fueron innumerables los artistas de los más variados horizontes que eran cercanos a él y a la revista. En aquella época tuve el placer de ser primer lector de muchos de los ensayos y poemas que publicaba en otras partes. Y así pude ser testigo de la formación de algunos ensayos fundamentales, como el que escribió para la revista de Franco María Ricci sobre el retratista mexicano del siglo XIX, Hermenegildo Bustos, y sus semejanzas y diferencias con los retratos funerarios de Fayún. Sus re/visiones indispensables de la pintura mural mexicana, del arte surrealista, y de los fenómenos creativos generados desde la locura, como el caso de Martín Ramírez. También sus reflexiones sobre el arte prehispánico ligado a los sacrificios humanos, que es una piedra de toque para entender ese fenómeno. Y sobre el concepto de Mesoamérica como fenómeno cultural creador de formas.

Más adelante me pidió que escribiera los guiones para una serie de programas de televisión en los que hablaba del arte. Y él entendía y practicaba ese trabajo audiovisual como una forma más de la edición. Me correspondía ayudarlo a sintetizar, en un par de emisiones de una hora, su inmenso recorrido por las artes de varios siglos. Traté de localizar en su obra piedras de toque, ensayos y poemas que fueran como su aleph conceptual y sensorial. Partiendo de que se trataba de un esfuerzo paradójico puesto que una de las riquezas de la inmensa obra de Octavio Paz sobre el arte está en esa gran diversidad de contactos, ideas, imágenes.

PLUMA-wUna de esas piedras de toque fue su ensayo Risa y penitencia, sobre las caritas sonrientes prehispánicas. En él hay un acercamiento que podríamos llamar fenomenológico a la existencia misteriosa de un objeto antiguo con el que convive. A las preguntas de todo tipo que esa presencia de piedra le plantea. Octavio Paz, insaciable, tan sabio como sensible, sintetiza como suele hacerlo todo lo que se conoce sobre ese arte. Pero lo hace estableciendo vínculos inesperados y explicaciones sorprendentes, hace surgir de la reflexión arqueológica sus implicaciones estéticas y viceversa. Él nada con libertad en varias aguas. Además, puesto que es un poeta neovanguardista mirando arte antiguo, en ese ensayo vemos claramente cómo se opera en él un fenómeno paralelo al de los mal llamados “artistas modernos” europeos y norteamericanos cuando se nutrieron de la presencia formal del arte primitivo, sobre todo africano, para dar al arte contemporáneo una nueva dimensión formal, más osada y más libre. Más depurada también. Uno de esos artistas fue Henri Gaudier-Brzeska quien, según Ezra Pound, sabía detectar en todas las manifestaciones del arte primitivo, ya fuera escultura africana o polinesia, o incluso escritura china, la línea fundamental que hacía de esa forma lo que era. Me atrevo a aventurar que en la elaboración de ese ensayo sobre las caritas sonrientes Octavio Paz adquiere definitivamente o termina de forjar esa visión de “las líneas fundamentales del objeto artístico” que estará presente y utilizará de ahí en adelante en toda su muy variada relación con el arte. El detector de “líneas fundamentales” de su mirada cordial.

En aquella tarea editorial de imágenes televisivas, me correspondía también, en el diálogo que él provocaba, hacerlo hablar de algunos de los artistas sobre los que no había logrado escribir, a pesar de considerarlos importantes y cercanos. Es el caso de Vicente Rojo, con quien incluso años antes había elaborado varios de sus poemas visuales pero cuyo comentario de obra surge por primera vez, muy brevemente, para ser dicho frente a las cámaras en aquellas emisiones que se llamaron México en la obra de Octavio Paz. Dirigidas por Julián Pablo y producidas por Héctor Tajonar para Televisa.

Otra labor editorial cercana al arte la llevó a cabo colaborando con sus poemas y con sus ideas en varios libros de artista a lo largo de los años y en los cuales con frecuencia daba su opinión certera y exigente sobre cómo debían ser hechos esos libros destinados a convertirse en tesoros bibliográficos. Hay en muchos de ellos, de manera explícita primero y luego implícita, todo lo que Octavio Paz pensaba sobre la poesía concreta, sobre el acto de leer hermanado al de mirar, sobre la edición en su aspecto de revelación inteligente.

Cuando en 1988 me convertí en director de la revista Artes de México, tuve en Octavio Paz no sólo un colaborador generoso sino un asesor constante y activo. Durante los 10 años siguientes me comentó cada número, a veces detalladamente. Comprendió como nadie lo que estábamos tratando de forjar con esa revista quienes la emprendimos y nos animó lúcidamente a perseverar en la labor de dilucidar a México a través de su cosas creadas. A sumar, como él hacia en su propia obra, al enorme placer de admirar el placer de comprender. Y así conocí otro aspecto de su faceta de editor, aplicada entonces cien por ciento a una revista de arte.

En marzo de 1990, meses antes de ganar el Premio Nobel, un museo de arte contemporáneo de México dedicó una gran exposición a las relaciones de Octavio Paz con el arte. Una obra inmensa y significativa que, con la ayuda fundamental de Marie José, Octavio editó apasionada y cuidadosamente. Fue una oportunidad única de compartir visiones con un público numeroso y a la vez con muchos de sus colaboradores y seguidores exclusivamente literarios que eran prácticamente introducidos a un atisbo de su mundo estético. En esa exposición y en el catálogo de ella, Octavio paz usó de nuevo como emblema de su actitud y labor frente al arte esa cita de Luis de Góngora que él atesoraba: “ejecutoriando en la revista/ todos los privilegios de la vista”. Lo usaría como título varias veces, en varios libros distintos, comenzando por el tercer tomo de México en la obra de Octavio Paz y en las diferentes ediciones de sus obras completas. Los privilegios de la vista es entonces la insignia antológica bajo la cual quiere ser situado: un privilegiado que mira el mundo como poeta, descubriéndolo. “Ver —dice Octavio Paz—, es un privilegio y el privilegio mayor es ver cosas nunca vistas: obras de arte”.

Si el cruce fructífero de la pasión estética con la edición, en diferentes formatos, fue especialmente fructífera en la vida de Octavio Paz, no lo fue menos su cruce con la pasión política e histórica. Por una parte, Paz era un hombre de batallas y en el arte había dado varias que hicieron historia: a favor de Tamayo y el arte nuevo de mediados del siglo XX en contra del arte oficial, fue una de las más conocidas. A favor del Buñuel de Los olvidados en contra de una burocracia censora. A favor de artistas contemporáneos independientes, constantemente. Pero, evidentemente, las batallas circunstanciales no agotan la dimensión política e histórica de Octavio Paz con el arte. Ahí surge, de manera preponderante, una visión retrospectiva del pasado para comprender y criticar el presente. Su antigua pasión por la arqueología lo mantiene informado y reflexionando constantemente sobre esos temas que no le resultan lejanos o que, más bien, sabe que dan sentido a la vida cotidiana de México de maneras múltiples y sutiles. Aparte de servir para criticar y oponerse a la visión oficialista del arte antiguo del país y de lo que fue antes de ser México. Su comprensión del arte virreinal es profunda y en gran parte debido al camino recorrido mientras escribía su monumental libro sobre sor Juana Inés de la Cruz.

Su visión del arte mexicano del siglo XIX y principios del siglo XX está vinculada a su idea de cómo se fue forjando esta nación, de sus paradójicas hazañas de la Independencia y la Revolución. Sus puntos de vista siguen siendo polémicos para quienes en el campo del arte están dispuestos a sacrificar la estética por la política. Pero también para quienes quieren ver en la forma sólo forma: “canto de pájaros en su garganta”. Una buena parte de su labor es trazar de qué manera historia y creación artística se relacionan por hilos sutiles que no pueden ser ni menospreciados ni sobrevalorados hasta el grado de esconder al bosque detrás del árbol. Como suele suceder incluso en los críticos contemporáneos que estudian y defienden el arte conceptual, las instalaciones y los nuevos formatos.

También se alimenta de sus cruces con la pasión histórica y política  su comprensión de las artes de Oriente, como lo demuestran sus visiones sobre el arte de China, de Japón y, sobre todo, de la India, donde vivió, fue embajador para ese y otros países de la zona, se enamoró, renunció dramáticamente a su carrera diplomática por motivos políticos y escribió más tarde un libro que es indispensable aquí y allá, a pesar de su título modesto: Vislumbres de la India.

En un “oriente interior” de México, según la expresión de Alfonso Alfaro, gracias al pensamiento complejo pero nítido, iluminador, que desencadena El laberinto de la soledad, Octavio proporciona elementos definitivos para pensar y apreciar fenómenos artísticos populares como la fiesta mexicana y lo que alrededor de ella se produce artesanalmente, así como las artes aplicadas. Octavio Paz alcanzó a señalar pero no a desarrollar otro de los grandes temas políticos e históricos que atañen al arte: su relación conflictiva y voraz con el mercado, substituto implacable de las dictaduras políticas que pretendían determinar y controlar las formas del arte tanto como a los artistas.

La confluencia del arte con la poesía tiene dos aspectos complementarios: el polen multiforme de la cantidad de poemas que Octavio escribió sobre obras y artistas. Y que ocupa una parte capital de su obra poética, comprensible al lado o después de sus poemas extensos. La otra cara es la actitud fundamental ante el arte, que es la de un poeta y que se inspira en Baudelaire como crítico de arte, retomándolo pero también tomando distancia con respecto a él. De esta confluencia se puede tirar la línea cronológica de su visión estética. Pero antes quisiera mencionar el otro dedo cruzado de la mano paceana: el cruce del amor con el arte encarna en Marie José Paz. Y no sólo porque es artista y porque Octavio comentó su obra y escribió algunos de sus últimos poemas acompañándola, sino porque fue al lado de Marie José, con su mirada cómplice, que Octavio miró al mundo sus últimas cuatro décadas y construyó eso que él llamó “la casa de la presencia”, y que podemos interpretar libremente como la condición de ser poeta en el mundo, de mirarlo todo como poeta, de existir así, sin más, abierto y disponible a mirar con el corazón.

Me atrevo a formular una hipótesis osada: Marie José y Octavio construyeron dentro de su casa un espacio muy especial donde estaban las cosas más bellas y significativas que recogieron juntos por el mundo, en la India, en Afganistán. Arte de ahora y de antes, de aquí y de allá, de amigos y de desconocidos que se vuelven cercanos a través de las cosas creadas por sus manos: todas esas cosas bellas o sorprendentes, vueltas familiares, coincidían armoniosamente dispuestas en esa sala que era, me atrevo a elucubrar, una especie de templo o altar de su encuentro, de su amor, de su entretejida presencia erótica. De su relación con el mundo a través del arte. Y ese templo para budista, esa casa de la presencia, fue lo que se quemó principalmente con el incendio que sufrió su casa antes de su descubrimiento de la enfermedad que le sería fatal. Hay quienes creen que lo que se quemó principalmente fue su biblioteca y es cierto que sus primeras ediciones y los lomos de los libros elegidos de la biblioteca de su abuelo estuvieron bajo el fuego. Pero lo que consumió el fuego para siempre fue el sitio excepcional, fuera del tiempo, el ámbito cifrado por objetos artísticos usados como signos de su encuentro amoroso, vital. El cruce intenso del arte con el amor encontró, simbólicamente, su unión con el fuego. Como esas “emas” de papel, esos exvotos de colores intensos que se queman con el incienso al frente de algunos templos shintoistas del Japón.

Si bien Octavio Paz escribió abundantemente sobre el arte, se preocupó por señalar siempre que no lo hacía como un crítico profesional sino como un escritor a quien el arte apasiona. La mayoría de los textos son respuestas a exhibiciones precisas, a preocupaciones obsesivas, contribuciones a alguna edición de arte, celebración de artistas. En la historia reciente del arte cada vez cuenta más lo que poetas y narradores escriben sobre pintores, escultores o dibujantes. Más de una vez los poetas han dado nombre o definición a un movimiento artístico de vanguardia. De la literatura ha salido constantemente la voz que traduce la materia creada por los artistas. Voz que se ha vuelto muchas veces conciencia crítica y estética de las corrientes artísticas de nuestro tiempo.

De hecho, la poesía moderna, desde Charles Baudelaire, siempre ha tenido un ojo puesto en el arte de su época. Al grado de que es ya una tradición que ciertos grandes poetas sean también críticos de arte apasionados y certeros. Octavio Paz pertenece de lleno a esa tradición. La ha hecho suya con decisión renovada. Y en su biografía dialoga constantemente el arte con su poesía. Desde Baudelaire hasta Breton, pasando por Mallarmé, Apollinaire y Reverdy, los poetas han dado testimonio de la novedad del arte moderno. Más cerca de nosotros en esa línea a Octavio Paz le ha correspondido dar testimonio del ocaso de esa novedad. De cualquier modo, en él sigue viva la tradición de ver al arte contemporáneo desde el cristal de la poesía.

Cuando el poeta ha lanzado su mirada hacia otros tiempos, ha sido para explicar de qué manera nos es cercano el arte primitivo, por ejemplo. De qué manera la idea misma de la belleza tiene que ser ahora plural, diversificada. La atracción por el arte, la fascinación, son en el poeta más fuertes que la curiosidad escolar o la sed de justicia pública estética. Porque si el historiador erudito clasifica o desentierra al arte, y si el crítico lo juzga y califica, el poeta dialoga con el arte y muchas veces baila con él al ritmo de su tiempo. Sabe ejercer la crítica porque ésta es esencial a su propio arte, el de las letras. Sabe armarse de erudición si es necesario, pero en él impera la atracción pasional por el arte. Lo mira más desde dentro. El poeta, que viaja también en el tren de los artistas conviviendo con los pintores, muchas veces está en posición de saber antes que otros lo que éstos traman, lo que éstos piensan y anhelan, lo que crean y por qué lo hacen.

Octavio Paz escribió ininterrumpidamente sobre el arte. Acompañó en la afirmación de sus obras, dentro y fuera de México, a los artistas que fueron sus contemporáneos. Y difundió en su país el arte vivo de otros horizontes, tanto occidentales como orientales. Pocos poetas se han interesado tan sinceramente como él en el arte prehispánico haciéndolo más próximo a nosotros: nos lo ha traducido con pasión, comunicándonos su asombro y la fuerza de sus enigmas. Ha criticado las falsificaciones ideológicas del movimiento muralista mexicano y precisado sus aciertos estéticos, señalando incluso, antes que nadie en México, la influencia de los muralistas mexicanos sobre los pintores del expresionismo abstracto norteamericano. Ha explorado las fronteras minadas que unen y separan al arte de la locura. Al descifrar obras únicas, como la de Marcel Duchamp, gran enigma del arte de este siglo, nos ha hecho ver cómo todo arte, incluyendo las artes visuales, tiene su fundamento y su fin en una zona invisible, profundamente paradójica. La zona donde surge para Duchamp la necesidad de lo escaso de su obra y de su silencio. Al final del tiempo lineal, cuando está en crisis la idea misma de modernidad y de progreso, surge el pensamiento en blanco, el arte cuya libertad está en ser camino, no programa. Y así surge uno de los temas más importantes en los ensayos de este poeta sobre el arte: su análisis del fin de la idea misma de arte moderno.

Porque si bien Octavio Paz ha llevado a cabo un recorrido incesante por el arte de este y otros tiempos, ha hecho también una crítica profunda a la orientación, al sentido del arte de nuestro siglo. Desde 1961, en un texto publicado en París, habló de lo que ahora se llama con inexactitud “posmodernismo”, el fin de las vanguardias estéticas fundadas en el culto al cambio, la transgresión y la ruptura.

Cada uno de los acercamientos de Octavio Paz al arte ha sido una reacción a algún estímulo externo o interno: los llamados del siglo que han encontrado en él quien les responda. Sin embargo a lo largo de muchas décadas sus respuestas variadas muestran una asombrosa coherencia. Parecen ser los episodios de un destino en las artes. Entendiendo destino como la suma de circunstancias que hacen una vida. El poeta responde a las circunstancias y reta al destino, crea. Mientras habla de otras creaciones crea su propia obra sobre el arte. El crítico de arte es inseparable del poeta, pero también del crítico literario y del crítico de las ideologías de su tiempo. Y así los itinerarios de su mirada forman parte obviamente de sus otros itinerarios.

El primer texto de Octavio Paz sobre el arte es de 1939, cuando él tenía 25 años de edad. Se llama “Isla de Gracia” y es un ensayo breve sobre la cultura de Creta. Se publicó en el primer número de la revista Artes Plásticas. En él ya está presente una fuerza de expresión notable, aunada a un entendimiento muy reflexivo del arte. El siguiente, de 1941, es sobre Juan Soriano y un tercero, de 1942, es sobre José María Velasco. En los dos, de nuevo, impresiona el poder reflexivo de un joven apenas iniciado en la crítica del arte. Y si bien estos textos son respuestas de circunstancia, en ellos aparece ya un vínculo con la concepción poética que desarrollaba entonces Octavio Paz. Porque desde el principio, tanto en los muchos otros ensayos sobre literatura como en éstos sobre arte que escribió en sus inicios, Octavio muestra su voluntad de hacer de su mirada una visión. Ya que la visión, como él mismo lo explicaría años después, “no es sólo lo que vemos. Es una posición, una idea, una geometría: un punto de vista en el doble sentido del término”.

Su generación se sentía diferente de las generaciones anteriores por tener una conciencia más viva del tiempo que vivía. Y su literatura tendrá que responder a esa exigencia. En la poesía de esa generación, y especialmente en la de Octavio Paz, la respuesta fue tomando una configuración cada vez más definida pero no menos rica y variable: la ciudad moderna, con sus ruinas y promesas, fue el motivo a través del cual surgió una poesía ante y dentro de la historia. En el paisaje poético de México y Latinoamérica se había introducido un nuevo espacio que no haría sino extenderse con el tiempo.

Con esta visión del poeta en la ciudad moderna, no es extraño que la iniciación artística de Octavio Paz haya sido en la estética de la ciudad. En varios textos recientes, pero principalmente en su prólogo al primer libro titulado Los privilegios de la vista, y que se llama “Repaso en forma de preámbulo”, Paz recuerda esa iniciación al arte de mirar en la ciudad, que era también una lección de historia. Vivía en el pueblo de Mixcoac e iba al centro de la ciudad de México, primero con su abuelo y luego solo. El viaje mismo en trolebús era una experiencia estética.

Con amigos descubrió la riqueza artística e histórica del centro. Entre ellos, Salvador Toscano, que después sería historiador del arte y con quien Octavio Paz visitaría, en la ciudad y fuera de ella, conventos, iglesias, capillas, pirámides. Siendo adolescente entrevió la privada obra mural de Joaquín Clausell en el edificio que hoy es Museo de la Ciudad.

En la preparatoria de San Ildefonso, al lado del Templo Mayor, se familiarizó cotidianamente con la obra de los muralistas. Se hizo amigo de pintores: Manuel Rodríguez Lozano, Agustín Lazo, Carlos Orozco Romero. “Ellos me mostraron —escribe Octavio Paz— que la pintura no podía ser únicamente la pintura mural: había otros mundos, otros planetas, otras revelaciones. En esos años llegó de Guadalajara un joven brillante, casi un adolescente: Juan Soriano. Pronto fuimos amigos. Su conversación era un surtidor de fuegos de todos los colores, algunos quemantes; su pintura tenía la poesía de los patios con altos barandales por donde se asoman, ojos grandes y moños enormes, niñas con cara de vértigo”.

El año de 1937 fue fundamental para el joven poeta: abandonó la escuela, la casa familiar y la ciudad de México. Pasó varios meses en el suroeste del país, en Yucatán, fundando con algunos amigos una escuela para trabajadores. Entonces, estando tan cerca de las ruinas mayas, abrigó brevemente el deseo de convertirse en arqueólogo. Tuvo la experiencia de la miserable vida cotidiana en los campesinos mayas y de la grandeza caída de su pasado prehispánico. Y trató de plasmar en su poesía lo que vio.

Ese mismo año hizo un viaje legendario a España, al Congreso de Intelectuales Antifascistas, al que asistieron muchos de los más importantes escritores del momento. Visitó los museos de Nueva York y de París. Comenzó a abrirse al mundo.

A su regreso a México, viviría una transformación de su visión del arte. Le sería más evidente la retórica ideológica de los muralistas que antes tan sólo admiraba. Buscaría nuevas salidas para su propio arte. Y fue luego de ese regreso y antes de su siguiente salida, en 1943, que escribió sus primeros textos sobre el arte.

En el ensayo mencionado sobre el arte de Creta está su sed de nuevos horizontes formales y conceptuales; en el que escribió sobre Juan Soriano está la proximidad poética de una obra y un artista que lo fascinan; en el ensayo sobre José María Velasco comienza a esbozarse una filosofía de las formas pictóricas y además un paralelo entre la obra de Velasco y los paisajes en la poesía de Manuel José Othón. En su última crítica de arte antes de salir de México por muchos años, en noviembre de 1943, habla de la obra de Jesús Guerrero Galván y critica las clasificaciones existentes de la pintura mexicana de entonces. Muestra ya en ese texto un conocimiento apasionado del arte de México y la necesidad exasperada de corregir una comprensión que él consideraba errónea.

A finales de 1943, Octavio Paz salió de México y no regresó sino 10 años después. Pidió y obtuvo una beca Guggenheim para vivir en Estados Unidos. Un año disfrutó de ella y otro llevó a cabo trabajos variados. Vivió un tiempo en San Francisco y otro en Nueva York: nueva iniciación al arte. En el Museo de Arte Moderno se familiarizó con las vanguardias artísticas de este siglo. Picasso, Braque, Gris, Matisse, Klee, Chirico, Kandinsky fueron nuevas revelaciones para su sensibilidad y su visión del arte y de las formas posibles en el mundo.

En Nueva York le encargaron una conferencia sobre el poeta mexicano José Juan Tablada, quien acababa de morir. Fue el motivo de un ensayo importante en la obra de Octavio Paz y trascendental en la revaloración de Tablada. Fue la primera lectura moderna de su obra, más o menos despreciada antes, incluso por Alfonso Reyes o Xavier Villaurrutia. A través de Tablada se abrió en Paz una curiosidad que luego sería pasión por las literaturas y las artes orientales. Además, Tablada es uno de los poetas que son a la vez notables críticos de arte; autor de una Historia del arte de México y de un libro sobre el artista japonés Hiroshigué, quien tanto había marcado a Monet y en general a los impresionistas. Al dejarse impregnar lúcidamente por la obra de Tablada, Paz lo hizo su tradición y entró de lleno en la línea de los poetas que saben mirar el arte y decirlo.

En esos años conoció a Rufino Tamayo. De inmediato sintió que la respuesta de este artista oaxaqueño que vivía en Nueva York a la disyuntiva que el siglo le planteaba al arte en general era la mejor. “Ante su pintura percibí clara e inmediatamente que Tamayo había abierto una brecha. Se había hecho la misma pregunta que yo me hacía y la había contestado con esos cuadros a un tiempo refinados y salvajes. ¿Qué decían? Yo traduje sus formas primordiales y sus colores exaltados a esta fórmula: la conquista de la modernidad se resuelve en la exploración del subsuelo de México. No el subsuelo histórico y anecdótico de los muralistas y los escritores realistas, sino el subsuelo psíquico. Mito y realidad: la modernidad era la antigüedad más antigua. Pero no era una antigüedad cronológica, no estaba en el tiempo de antes, sino en el ahora mismo, dentro de cada uno de nosotros”. Octavio Paz sería, frente a la estética oficial de los muralistas, el más férreo defensor de la vía estética tomada por Tamayo. Porque, además, de alguna manera también era la suya.

En 1945 ingresó al servicio diplomático con un cargo en París. Ningún lugar más estimulante para el joven poeta de 31 años. Entre sus mejores amigos de aquel tiempo estaba el griego Kostas Papaioannou, entonces exiliado en Francia. Erudito festivo, tenía a la vez la pasión por el análisis político y por el arte antiguo. Fue uno de los más lúcidos críticos de los sistemas totalitarios pero también fue autor de libros sobre el arte griego y el arte bizantino. Además de que era cercano al ámbito de Matisse y vivió y murió en una casa que había sido su estudio.

También en París, la atracción por el surrealismo fue una de las marcas más profundas en Octavio Paz. En el surrealismo él veía no tan sólo una escuela estética, sino “un foco secreto de pasión poética en nuestra época vil”, una subversión de la sensibilidad, un movimiento de liberación radical del arte, del erotismo, de la moral, de la política. Es decir, sobre todo, una aventura vital. “Un antídoto contra los venenos de esos años: el realismo socialista, la literatura comprometida a la Sartre, el arte abstracto y su pureza estéril, el mercantilismo, la idolatría de los grandes tirajes, la publicidad, el éxito. Contra el tiempo: contra la corriente”.

En casi todo lo que Paz escribiría sobre el arte de ahí en adelante es distinguible la huella, no de los contornos precisos del surrealismo, sino de la profundidad con la que éste tocó al poeta mexicano. Su redescubrimiento pasional y poético del arte antiguo de México fue de cierta manera paralelo a la revaloración que el arte surrealista hacía de las artes primitivas, africanas o esquimales, por ejemplo.

Al final de los años cuarenta y principios de los cincuenta publica tres libros fundamentales en su obra y en la historia de nuestras letras: la primera formulación que él considera madura de su poesía, en Libertad bajo palabra; el ensayo ya clásico sobre la naturaleza del mexicano y sus expresiones, El laberinto de la soledad; y la serie de poemas en prosa de ¿Águila o sol?, exploración de mundos y submundos, externos e internos, personales y de México y del mundo. Este último se publicaría significativamente con una portada de Tamayo.

El arte, para Octavio Paz, en este momento, está en el torbellino de significaciones de lo nuevo. Cada uno de sus deslumbramientos en artes plásticas —de pintores aislados, de movimientos, de época— es descubrimiento de uno de esos instantes privilegiados desde los cuales es posible ver las fuerzas más poderosas de la vida, antiguas y de ahora.

En 1952 Octavio Paz viajó a Japón y a la India casi durante un año. Tuvo así la revelación del Oriente, que más tarde dejaría una huella muy profunda en su obra. Entre 1953 y 1958 regresó a vivir a México, convirtiéndose en una de las personalidades más activas de la cultura mexicana, introduciendo en ella nuevos escritores y pintores de fuera, o viendo desde un nuevo ángulo, una nueva visión, a los pintores y escritores de México. Con varios otros artistas, entre ellos los pintores Juan Soriano y Leonora Carrington, fundaría el grupo de teatro experimental Poesía en Voz Alta. Su impulso sería definitivo para la Revista Mexicana de Literatura, dirigida en su primera época por Carlos Fuentes y Emmanuel Carballo. Sus primeros volúmenes de ensayos sobre temas diversos recopilarían siempre algunos sobre arte escritos en esta época.

En 1956 publicó otro libro fundamental, El arco y la lira. Un extenso ensayo donde define lo que para él es la naturaleza de la poesía pero también, tangencialmente, del arte. Más que un libro de teoría, que lo es con certeza, Octavio Paz quería que ese ensayo fuera visto como el testimonio del encuentro con algunos poemas. A partir de la edición de 1967, un nuevo texto llamado “Los signos en rotación” cierra el libro. Es un nuevo manifiesto de poética donde se muestra de qué manera en la poesía moderna está su propia crítica. Y cómo la poesía no es invención sino descubrimiento de los otros, de la otredad que nos rodea.

Después de residir de nuevo en París de 1959 a 1962, Octavio Paz fue nombrado embajador en la India. Allá permanecería hasta 1968. Ese descubrimiento de la otredad en su poesía, que siempre fue de alguna manera un principio erótico, se vio enfatizado ante la otredad radical de otra civilización que, sin embargo, permitía ser comparada con la mexicana. Similitudes y diferencias: en el encuentro con la otredad es también encuentro con un espejo y con su transparencia táctil. Algunos de los ensayos de Octavio Paz sobre el arte antiguo de Mesoamérica son iluminados por una comparación con las civilizaciones de la India. Esa época es para el poeta, además, encuentro con el amor: en la India conoce a Marie José, que muy pronto y de manera apasionada se convertiría en su esposa, y la huella que deja ese encuentro está en su poesía y en el resto de su obra. Hay todo un periodo oriental en la obra de Octavio Paz donde el poema breve y luminoso es grano de esplendor y de paz sonriente en un paraíso de imágenes. Ladera este es el libro donde están muchos de esos poemas. En él, los procedimientos poéticos adquieren una inmensa calma, como si el torbellino de innovación trabajara ahora más por dentro y muy a fondo, y en silencio todo lo transformara. Sus ensayos sobre el arte participan entonces en gran medida de ese esplendor y tranquilo asombro ante la otredad y se vuelven comunes los poemas sobre los pintores que tocan al poeta.

El círculo se rompe en 1968 cuando, luego de la matanza de Tlatelolco, Octavio Paz renuncia a la embajada y regresa a México, luego de dar un curso en una universidad estadunidense. A diferencia de su regreso anterior, éste porta un signo oscuro, nocturno. Mientras en los años cincuenta se trataba de poner a México en la modernidad, al comenzar los sesenta se trata de cambiarlo criticándolo. Viene, para Octavio Paz, una época del regreso, en libros como Vuelta o como en Pasado en claro, toma un tono de nostalgia, o más bien de Nocturno, de búsqueda del tiempo de la infancia y la adolescencia, de búsqueda del México que ha sido destruido por los devoradores fantasmas de la modernidad.

Y es justamente en ese regreso cuando toma forma con mayor fuerza una idea que Octavio Paz había venido explorando y exponiendo desde 1961: su análisis del ocaso de las vanguardias. Fue precisamente en su texto Presentación de Pedro Coronel, en París, donde expuso la idea principal de eso que, en nuestra lengua y nuestra cultura, es un error llamar “posmodernismo”. El modernismo nuestro es un movimiento diferente y anterior al modernismo de los americanos, como el mismo Octavio Paz lo ha explicado varias veces. La idea de que “la rebelión de las vanguardias se volvió pasatiempo”, y de que es necesario volver a otra realidad pictórica, más llena de significados, “la imaginación encarnada en un ahora sin fechas”, comenzó a ser expuesta en 1961, pero tuvo formulaciones sucesivas en Los signos en rotación, recogido en volumen en 1967 pero escrito en 1965; “La nueva Analogía” y “Baudelaire crítico de arte”, recopilados en la sección “la modernidad y sus desenlaces” del libro El signo y el garabato, de 1973. Y ese mismo año se publicó el libro donde la idea se expone de modo más sistemático: Los hijos del limo. El volumen es una versión del curso que Paz dictó en la Universidad de Harvard en 1971, al inicio de su regreso de la India.

Hay en sus escritos de entonces la idea de lo moderno en el arte como una tradición, y precisamente una tradición hecha de ruptura. La idea del ocaso de las vanguardias se actualiza cuando se piensa que ya no es posible creer en el tiempo lineal y progresivo: la idea de lo moderno está en crisis y de ahí que se disuelvan tanto la noción de futuro como la de cambio. Octavio Paz fue con frecuencia invitado a participar en coloquios y bienales, entre ellas la de Venecia, cuyo jurado presidió en 1988. Su mirada cordial fue orientadora para mucha gente en muchos ámbitos. Y en todos sus últimos libros, sobre el amor, sobre la India, aparecen las formas del arte como una manera indisociable de cualquier comprensión de lo que es sustancial en el mundo. La exploración de Octavio Paz sobre la modernidad y sus desenlaces se ha desarrollado en literatura y especialmente en la poesía, pero también en el arte y sobre todo en la pintura. Como comentarista y pensador del arte, Paz abrió en México un campo nuevo a la modernidad y a sus fantasmas, que no tan sólo informó de lo que se hacía en el mundo, sino que ayudó a entender la obra de los pintores mexicanos. Gracias a él, el arte prehispánico fue visto de pronto con otros ojos porque la suya es una mirada que, habiendo pasado por el surrealismo, sabe apreciar los valores de “lo primitivo” como arte auténtico y asombroso. Y lo mismo hace con el arte de otros continentes, nos lo volvió cercano y significativo.

Cuando el futuro ya no puede ser tierra prometida del arte, comienza la exploración del presente intenso, del ahora donde están todos los tiempos. En una de nuestras últimas conversaciones, en el espléndido jardín de la casona antigua de Coyoacán donde pasó sus últimos meses, ya sabiendo que pronto moriría, me dijo: “Ahora, más todavía que antes, pienso cuánto vale la pena defender la vida. Y el sentido de vivir se multiplica si uno deja atrás un poco de lo que ha hecho con pasión, a veces con amor, y que llamamos arte. El arte a veces intensifica el presente y nos ayuda a pensar mientras nos ayuda a sentir de otra manera. Lo aprendí en la India y lo confirmé en México y me viene a la mente cuando miro los ojos de Marie Jo y las cosas que con frecuencia ella me acerca. El arte ayuda a vivir y ésa es su magia, no otra”. Y, tal vez, ése sea el último rasgo que define en Octavio Paz su mirada cordial, la que comencé a conocer detrás de las azaleas y que sigo invocando y viendo al leerlo.

 

Alberto Ruy Sánchez

Narrador, ensayista y poeta. Es autor de Una introducción a Octavio Paz.

Cultura y vida cotidiana

El camello

Cero Cero Cero, reciente entrega del escritor Roberto Saviano, es una investigación de largo aliento que traza la ruta del tráfico, venta y consumo de cocaína en el mundo. En sus páginas van de la mano las estadísticas y un coro de historias en el que intervienen policías de alto mando, vendedores y adictos. Presentamos en exclusiva un capítulo del libro que pondrá a circular en estos días la editorial Anagrama.

Coca

“El sabor en la lengua es amargo y es como si te hubieran puesto una inyección de anestesia local”.

Es la modalidad más extendida de consumo en la cultura andina. Se quita la nervadura principal de las hojas, luego se meten unas pocas en la boca y se mascan lentamente hasta formar una especie de bolita. Una vez bien empapada de saliva se añade una pizca de ceniza, ligeramente alcalina, obtenida por la combustión de las plantas, que tiene varios nombres; tocra o llipta son los más conocidos.

“Si te metes basuco, lo tienes mal, porque es el producto de desecho de la extracción de la cocaína, que se elabora con sustancias químicas dañinas para el hombre”.

Es la droga de los presos porque cuesta poco. El basuco suele introducirse en la cárcel en las alas de una paloma mensajera. Alguien de fuera le pone una bolsita bajo las alas, se la ata con un pasador y adiestra a la paloma para que vuele hasta la ventana de la cárcel donde algún recluso se pondrá muy contento de recibirla, para él o para venderla. A veces cargan tanto las alas de las palomas que debido al peso éstas acaban estrellándose contra los muros de la cárcel. Las sustancias con las que se elabora el basuco son de la peor calidad: polvo de ladrillo, acetona, insecticida, plomo, anfetaminas y gasolina roja. Es un producto intermedio. Una vez cortadas las hojas, de ellas se extrae la pasta. Es el resultado de la segunda fase de la producción, el producto en bruto, pero a algunos no les preocupa demasiado.

“Si te metes nieve, es que a la pasta le has añadido ácido clorhídrico y la has tratado con acetona o etanol”.

Es el clorhidrato de cocaína. En esta forma tiene un aspecto parecido a escamas blanquecinas de sabor amargo trituradas formando un polvo blanco. Se esnifa, o a lo sumo se inyecta, generalmente veinte, treinta o cincuenta miligramos, hasta llegar a dosis de cien miligramos para los asiduos.

“Si te metes crack, es que a la nieve le has añadido una solución acuosa de amoniaco, de hidróxido de sodio o bicarbonato de sodio, en fin, sustancias básicas, y luego lo has filtrado todo”.

El crack se fuma en pipas individuales, habitualmente de vidrio, se calienta y luego se inhalan los vapores. O bien, más comúnmente, se fuma junto a otras sustancias como marihuana, tabaco o fenciclidina, pero primero hay que desmenuzarla muy bien. Hace efecto de inmediato, en muy pocos segundos, y provoca una fuerte dependencia. Se dice que el crack es el sueño del traficante y la pesadilla del drogadicto.

“Si el compuesto anterior se disuelve con éter o disolventes volátiles, entonces te estás haciendo freebase, pero antes de usarla tienes que esperar a que el disolvente se evapore”.

Como con el crack, para inhalarlo se necesitan pipas especiales (la pipa de agua o narguile). El efecto del freebase, también llamado Rock, es inmediato, en cuanto llega al cerebro te hace sentirte eufórico, pero poco después te vuelves irascible. En parte porque los efectos terminan en pocos minutos, dejándote con ganas de meterte de nuevo.

Erythroxylaceae. He aquí el nombre de la materia prima. Si eres capaz de decirlo sin liarte te doy cincuenta euros”. El impronunciable nombre latino de esta familia de plantas es el común denominador de todas las formas de consumo. Dicha familia tiene más de doscientas cincuenta especies, de las que me interesan dos en particular: la Erythroxylum coca y la Erythroxylum novogranatense. Las hojas de estas plantas contienen entre el 0.3 y el 1.4 por ciento de alcaloides: lo esencial es lo que, al actuar sobre el cerebro, produce los efectos de la coca. Hay que esperar un año y medio antes de proceder a la primera recolección de hojas. Dos son las especies de Erythroxylaceae de las que se obtiene la cocaína: la primera proviene de los Andes peruanos, pero ahora se produce también en las zonas tropicales de las regiones orientales de Perú, Ecuador y Bolivia. Su variedad principal, y la más extendida, es la coca boliviana, llamada huánuco, que es también la más apreciada: tiene hojas grandes y consistentes, de color verde oscuro con las puntas amarillentas. La segunda especie de Erythroxylaceae procede en cambio de las áreas montañosas de Colombia, del Caribe y del norte de Perú, zonas más áridas y secas; de ésta existen dos variedades principales, la coca colombiana y la coca peruana, llamada truxillo; en comparación con el huánuco tiene hojas más finas y ahusadas, de color verde claro con las puntas casi grises. No existen especiales diferencias entre las especies. Pero tampoco hacen falta grandes pruebas de laboratorio para reconocerlas. Basta con meterse un poco en la boca y mascar: si se advierte un ligero efecto anestésico, entonces son las hojas adecuadas, las que contienen el alcaloide. Son la huánuco y la truxillo, las protagonistas del comercio planetario.

Muchos nombres para referirse a uno solo: cocaína.

PB-coca2-wCocaína que viaja del productor al consumidor. De las hojas al polvo blanco que se vende con un rápido roce de manos. De la química a la vida callejera. Del campesino andino a un camello que, después de haberme explicado sus productos, me habla de economía. Cuando me encuentro con él me siento como si me pusiera al día sobre un capítulo fundamental de la existencia.

“El target. Das vueltas por Milán, Roma, Nueva York, Sidney y tienes que hacer eslalon entre hombres empaquetados en un traje seleccionado por un fashion manager, como llaman a los que entienden de eso, eligen el precioso tejido, deciden cuántas rayas quieren, la distancia, y luego hacen coser las iniciales sobre las camisas de negocios de moda. Una mano en el bolsillo, la otra agarrando el iPhone, los ojos apuntando a dos metros por delante de sus pies, lo justo para no tropezar o para esquivar una mierda de perro. Si tú no los esquivas, ellos se te echan encima, pero no pueden pedirte disculpas o esbozar un gesto de cortesía porque perderían el flow y todo se va al carajo. Con el tiempo aprendes a pasar por en medio, como en aquellos viejos videojuegos en los que tienes que esquivar los asteroides que se dirigen hacia ti y con un ligero toque del joystick haces virar la nave, del mismo modo giras el busto, los hombros siguen el movimiento y se ponen de costado, así te escurres rozando apenas las chaquetas de cachemir y tu mirada se posa en las mangas, falta un botón, y ellos ven que lo has notado y piensan que crees que se lo han descuidado y que quizá no son verdaderos señores, pero yo sé que el ojal abierto es una de las características de los trajes a medida, es el símbolo de la pertenencia a una elite. Esquivo y aprieto el paso, ellos siguen recto y hablan, dejan escapar las palabras y la que me llega al oído con insistencia es target. El target al que hay que identificar, seleccionar, machacar, bombardear, hacer aflorar”.

Así me habla. Ha trabajado mucho vendiendo. No en las aceras. El camello no es casi nunca como uno se lo imagina. Siempre lo repito cuando escribo, cuando le hablo a alguien de estas cosas: no es como uno se lo imagina. Los camellos son los sismógrafos del gusto. Saben cómo y dónde vender. Cuanto mejor sea el camello, más capaz será de subir y bajar los peldaños sociales. No existe un camello para todos. Está el que trapichea en la calle, por un sueldo mensual y con una zona asignada, que vende a desconocidos. Está el camello que entrega a domicilio, basta un SMS. Están los niños camellos. Nigerianos, eslavos, magrebíes, latinos. Del mismo modo que una señora de la aristocracia no entraría nunca en un aislado supermercado de descuento de la periferia, igualmente hay camellos para cada tipo de cliente, camellos para señores y camellos para desgraciados, para estudiantes ricos y para los de economía precaria, para los tímidos y para los extrovertidos, para los despistados y para los miedosos.

Están los camellos que reciben la mercancía de las “bases”, que en general están formadas por cuatro o cinco personas. Son células independientes con fuertes relaciones con las organizaciones criminales, puesto que de ellas reciben la droga que venden. Las bases son intermediarias entre los camellos de la calle y las organizaciones; son éstas, de hecho, las que proporcionan la mercancía ya cortada para su comercio al por menor y constituyen una especie de seguro para las organizaciones: si la base falla o sus miembros son detenidos, el nivel superior no se resiente porque quien está debajo no posee información concreta sobre quien está encima. En cambio el camello “burgués” tiene una relación directa con un mafioso, aunque sin estar a sueldo de él. Es una especie de cuenta de depósito. Cuanto más vende, más gana. Y es raro que vuelva con algún remanente. La fuerza de un camello burgués reside en el hecho de que con el tiempo se crea su plantilla personal. Da nombres falsos a sus clientes; si en cambio ya es conocido, busca una clientela selecta. Cuando puede, prefiere emplear a vendedores del “mundillo”, un mundillo que está integrado por personas que se dedican a otros oficios: el camello los abastece y ellos utilizan sus propios contactos para crearse una clientela fiel, generalmente compuesta por amigos, novios, amantes… Los dependientes del camello burgués no dan nunca coca a personas nuevas. Se crea una organización estratificada, donde el camello sólo conoce a las personas más próximas y nunca logra aprehender la totalidad de la cadena. De ese modo, si alguien hablara, sólo sufriría las consecuencias una única persona. Así es siempre en el mundo de la coca: que se sepa lo menos posible.

En la base de la distribución está el detallista, el que está en la estación o en la esquina de la calle. Es como un surtidor de gasolina. A menudo tiene en la boca bolitas de coca envueltas en celofán o en papel de estaño. Si llega la policía, se las traga. Otros no se arriesgan a que el celofán se abra y en ese momento el estómago se convierta en un tormento de dolor, y se guardan las bolitas en el bolsillo. Los detallistas hacen fortuna los fines de semana, el día de San Valentín, cuando el equipo local obtiene alguna victoria… Cuanto más hay que celebrar, más venden. Como las vinotecas o los pubs.

El camello que está enseñándome cómo se elige un target, un tipo de cliente potencial, está acostumbrado a verse a sí mismo como un farmacéutico antes que un traficante de cocaína.

“A cada negocio le corresponde un target, la fórmula del éxito consiste en encontrar el adecuado, una vez encontrado hay que descargar la máxima potencia de fuego, soltar el napalm y absorber necesidades y deseos, ése es el objetivo del hombre moderno que viste según los cánones del fashion manager. Es difícil relacionarse con un mercado fragmentado donde los nichos se multiplican, nacen y mueren en cuestión de una semana, y son reemplazados por otros que a lo mejor todavía duran menos, y tú tienes que prever y preparar las armas a tiempo, de lo contrario corres el riesgo de disparar tu precioso napalm sobre un territorio vacío. Yo al target lo atraigo. Mejor dicho, a los targets, con ‘s’ final, porque aunque el producto sea uno solo, no es menos cierto que las necesidades son muchas. Esta mañana ha venido a verme una tía que hace unos años debía de ser bonita, ahora es piel y huesos, tiene un aspecto enfermizo, no me la tiraría ni aunque me pagara, su único signo de vida son las venas en relieve que le surcan los antebrazos, las pantorrillas, el cuello, por debajo es todo fláccido, parece la piel del pollo. La primera vez me dijo que se llamaba Laura, claramente un nombre falso, tenía dos bonitos pómulos marcados y redondos, le iluminaban la cara, a mí me gustan mucho los pómulos, son los guardianes del rostro, dan acceso y alejan, según los casos. En el caso de Laura invitaban a la confidencia, y de hecho me contó que en el gimnasio había oído que para adelgazar había un método rápido, agradable y en general poco arriesgado. Es verdad, le contesté yo, ¿qué necesidad hay de comprar esas cosas absurdas para los abdominales o ir a correr por la tarde y luego comer sólo proteínas porque un lumbreras francés ha establecido que tiene que ser así? Los pómulos-guardianes se relajaron y Laura me sonrió. Desde entonces la veo cada semana y cada vez los bonitos pómulos parecen haber sufrido una pasada de papel de lija, ahora los dulces guardianes de su rostro son amenazadoras alabardas.

”Fue Laura la que me presentó al Entendido, uno de esos esnobs que visten con aspecto desaliñado y con el Moncler lleno de rotos y quemaduras, y cuando te saludan, aunque te vean por primera vez, te atraen hacia ellos, con su hombro derecho contra tu hombro izquierdo como un saludo tribal y de pertenencia, y te dan una palmadita en la espalda, todo muy guay. Nunca ha querido revelarme su nombre, ni siquiera falso, llámame amigo, me dice, como si estuviéramos en un callejón del Bronx, por poco no me río en su cara, pero me contengo, y tengo que esforzarme todavía más cuando me dice que quiere la Perlada. El Entendido se refiere al producto más precioso, puro al noventa y cinco por ciento e incluso más: al tacto la Perlada es finísima, casi cremosa, y tan blanca que parece brillar como una perla. Yo no la he visto en mi vida, hay quien dice que no existe, otros que es rarísima porque todavía es producida de manera artesanal por un puñado de campesinos que emplean dos utensilios: tiempo y paciencia. Tiempo para que las hojas maduren, y paciencia para esperar el momento justo del año para recogerlas. Pero la cosa no acaba aquí en absoluto, porque luego se ha de prensar todo a mano, confeccionarla con aceite virgen, sin impurezas y que no sea nocivo, trabajarla con acetona, éter y etanol, nunca con ácido clorhídrico y amoniaco si no se quiere correr el riesgo de atacar el principio activo. Si se sigue el procedimiento adecuado (diez días de fatiga, sudor y blasfemias) se consigue la tan ansiada tonalidad perlada. Por supuesto que tengo la Perlada, le digo al Entendido, no intento siquiera desviarle hacia algo más factible como la Escamada, que no es pura como la Perlada pero al menos ésta ha pasado por mis manos y puedo decir que su brillo recuerda de veras a las escamas de un pez recién pescado, y ni sueño con empujarle hacia variedades más toscas como la Almendrada, ni tampoco la Stone a pesar de que es pura al ochenta por ciento, y me niego a tomar en consideración variedades como los Meados de Gato o la Mariposa. Los tipos como el Entendido tienen una voluntad de hierro y por suerte una competencia igual a cero, de no ser así no volvería después de haberle endilgado un producto cualquiera cortado con polvo de vidrio. Destellaba, me dice cada vez, y yo asiento con complicidad, ahora ya ni siquiera tengo que disimular, es así de natural. Por supuesto que no digo siempre que sí, no puedo permitirme que se corra la voz de que conmigo se puede encontrar de todo, me arriesgo a la inflación, me arriesgo a perder el control sobre mis targets y luego acabar con un infarto”.

La coca puede ser alterada, en la jerga “cortada”, con diversas sustancias: dichas sustancias se añaden a la droga en la fase de producción, o bien, en niveles más bajos, se mezclan con el polvo, el producto final. Existen tres clases distintas de productos de corte: sustancias que provocan los mismos efectos psicoactivos que la cocaína, en este caso se habla de cortes activos; sustancias que reproducen algunos de los efectos secundarios de la cocaína, son los cortes cosméticos, y por último productos que incrementan su volumen sin producir efectos dañinos, los cortes inertes. Hay quien cree que esnifa droga de calidad y en cambio se asfalta las narices con hormigón. En los cortes activos la cocaína se mezcla con anfetaminas u otras sustancias estimulantes como la cafeína, que aumentan y prolongan el efecto del estupefaciente, como en el caso de la Enyesada, una cocaína de baja calidad a la que se mejora y “viste” con anfetaminas. En los cortes cosméticos se utilizan fármacos y anestésicos locales como la lidocaína y la efedrina, que reproducen algunos de los efectos secundarios de la cocaína. Cuando, en cambio, sólo se pretende aumentar el volumen de la droga para obtener más dosis, y por lo tanto ganar más, se emplean sustancias comunes e inocuas como harina o lactosa. La sustancia de corte que más se utiliza en estos cortes inertes es el manitol, un laxante tan suave que resulta adecuado para niños y ancianos, y que no tiene nada en común con la cocaína aparte de su aspecto.

—Uno de mis clientes más fieles acaba de volver de Estados Unidos. Dice que allí la droga tiene un principio del treinta por ciento.

—¿Un principio?

—Sí, un principio activo del treinta por ciento. Pero para mí son trolas. Yo sé que en París hay sitios en los que el principio activo llega al cinco por ciento. En Italia algunos camellos venden bolitas de coca con un principio activo casi inexistente. Pero son estafadores.

En estos años he visto de todo en el mundo de la distribución. La media en Europa va del veinticinco al cuarenta y tres por ciento; entre los sitios más bajos está Dinamarca con un dieciocho por ciento, e Inglaterra y Gales con un veinte por ciento. Pero son cifras que pueden cambiar en cualquier momento.

El verdadero dinero se hace con el corte, porque es con el corte como una raya de coca se vuelve preciosa y es también con el corte como se arruinan las narices. En Londres ciertos camellos burgueses han utilizado garajes para esconder coca de calidad a fin de introducirla en el mercado cuando a causa de las incautaciones falta droga y todos la cortan bajando la calidad. En ese punto la coca realmente buena puedes colocarla al cuádruple. El corte se convierte en el factor discriminador en una economía donde la demanda y la oferta fluctúan de forma tan imprevista. El distribuidor, con el consentimiento de la familia mafiosa, puede cortar. La base, en casos extremos, puede cortar, pero sólo si lo autoriza el distribuidor. El camello que corta es un camello muerto.

“He hecho cursos, me he colado en uno de esos consultorios donde a quien quiere dejarlo se le amenaza con informaciones del tipo de que el veinticinco por ciento de los infartos en las personas entre dieciocho y cuarenta y cinco años están causados justamente por mi producto. Para mí, en esos cursos dicen muchas chorradas. Pero algo he aprendido, que actúa sobre las neuronas, bloquea el equilibrio del sistema nervioso, y con el tiempo lo perjudica. En resumen, jode el cerebro. No sólo eso, también es peligroso para el corazón: basta una “dosecita” de más para que se colapse, si además el producto va regado con un Long Island o un buen Negroni o un Jack Daniels, o bien acompañado de pastillitas azules, bueno, entonces es como apretar el acelerador en una curva. También tienes que considerar que la cocaína es un vasoconstrictor; es decir que estrecha los vasos sanguíneos, te anestesia. Todos esos efectos llegan casi enseguida, segundos después de consumirla: si te la inyectas hace efecto antes de que te des cuenta, si fumas crack o freebase es algo menos veloz pero sigue siendo rápida, si la esnifas el golpe llega un instante después”.

Le pregunto cuáles son los momentos buenos.

“¿Los momentos buenos? Apenas la consumes te despierta, aumenta tu atención y tu energía, disminuye el cansancio, tampoco sientes necesidad de dormir, de comer ni de beber. Pero no sólo eso, también mejora la percepción que tienes de ti mismo, te sientes contento, tienes ganas de hacer cosas, estás eufórico, y si lo tienes hasta se te quita el dolor. Pierdes toda inhibición, por lo tanto aumenta el deseo de tener sexo y la iniciativa. Y además la coca no te hace sentirte un drogadicto. Un heroinómano no tiene nada que ver con un cocainómano. El que esnifa coca es una persona rutinaria, no un yonqui. Satisface una necesidad y luego sigue su camino”.

Pero enseguida pasa a los malos.

“Los que se la meten a menudo sufren de taquicardia, ataques de ansiedad, es fácil caer en una depresión, se vuelven irascibles por nada, a veces casi paranoicos. Como se duerme poco y se come poco, se tiende a adelgazar. Si esnifas mucha y durante años, corres el riesgo de joderte las narices, conozco a gente que se ha tenido que reconstruir el tabique nasal por culpa de la coca. Y también conozco a gente que se ha quedado tiesa: una dosis de más y le ha dado un infarto. En el fondo cosas más que sabidas, no es que yo haya descubierto la sopa de ajo, pero cuando he oído que mi producto hace que ya no se te levante me he sorprendido. Quiero decir, no es que yo tenga esos problemas, pero una buena porción de clientes vienen a verme justo por ese motivo y todos vuelven de muy buena gana, bien colmados, me cuentan que follan durante horas, que tienen orgasmos que les estremecen desde la punta de los pelos, que hacen cosas que sólo habían visto en el porno y que nunca habían soñado con hacer. En fin, una tribu de cachondos que antes de conocerme se corrían a los dos minutos y ahora en cambio se lo pasan en grande. Tenía que saberlo, pero no podía hacerlo preguntándoselo directamente a ellos, los machos no hablan de buena gana de ciertas cosas, así que se lo pregunté a una amiga mía, una tía dura que de vez en cuando me pide un poco de droga pero sólo porque está acabando los exámenes de medicina y tiene que estudiar por las noches porque de día hace de cajera para pagarse la pensión. A mí me dice que la llame Butterfly porque lleva el tatuaje de una mariposa en una nalga, yo le he pedido que me lo deje ver porque no me lo creo pero ella siempre se niega. El caso es que quedamos en vernos en el sitio de siempre y, como siempre, quiere irse porque tiene mil cosas que hacer, pero yo la detengo, le pregunto cómo va con su chico y le guiño el ojo. Me siento como un imbécil, pero no sé cómo entrar en materia, y por suerte ella se da cuenta y me pregunta que a qué viene ese interés, que a mí qué carajo me importa. Yo le digo que es sólo curiosidad, que siento interés por ella, por su placer, y en la palabra placer le guiño de nuevo el ojo, pero esta vez me siento menos imbécil, creo que he captado su atención. Habla claro, insiste ella, y en ese punto le explico de qué va el asunto, que he oído decir que el producto no funciona tan bien en ese aspecto, y que estoy haciendo una especie de investigación de mercado, eso es todo. Y ella hace una cosa extraña, me coge de la mano y me arrastra a un bar, pide un par de cervezas y enciende un cigarrillo, el barman la ve e intenta decirle que no se puede fumar pero ella le dice que no le toque los cojones y él se retira detrás de la barra a servir cafés y capuchinos. Y me habla de su novio, al principio era grandioso, ella un placer de miedo y él unas erecciones de Guinness, el resultado eran unas prestaciones que darían envidia a Rocco Siffredi; luego el bajón. Su polla, me dice, fláccida como una salchicha que hubiera hervido demasiado, antes de que se le levante pasan horas y si ella prueba a tocársela él no siente prácticamente nada, es como si el calor hubiera desaparecido y los vasos sanguíneos bombearan agua helada. Él está muy deprimido por este asunto, no hace más que disculparse, cuando está solo tampoco logra masturbarse; empezó a tomar Viagra, primero una dosis moderada, justo veinticinco miligramos, luego subió a cien miligramos, pero no hay nada que hacer, se le levanta a medias, y no se corre. No hay forma de hacerle correrse, y toda esa energía que no logra explotar es dolorosa, produce mucho dolor, y follar durante horas, a la espera de que él por fin se moje, tampoco es precisamente divertido. Ahora él está en manos de un andrólogo, le ha confesado que consume mi producto y el médico ni ha pestañeado, le ha dicho que se presentan muchos como él y lo único es dejar el producto, pero eso no es fácil. Butterfly habla a rienda suelta y yo reúno las piezas del puzle, me doy cuenta de que estoy criando a un ejército de deprimidos sexuales que no hacen otra cosa que aumentar las dosis con la remota esperanza de que se les ponga dura. ¡Carajo!, quisiera exclamar, si en ese momento no fuera tan improcedente. Y luego Butterfly me dice que también las mujeres lo consumen, el producto, por ese motivo, porque cuando lo tomas te excitas, te pones a mil, pero desde el punto de vista sexual es un desastre, porque el producto, entre sus efectos secundarios, tiene también el de ser un óptimo anestésico, si te pones un poco sobre la muela del juicio que empuja, eso es una cosa, pero si dejas de tener orgasmos, ya de por sí difíciles normalmente, entonces es otra historia distinta. Por no hablar además, continúa Butterfly, de las cosas que haces y de las que luego te arrepientes, como la vez que su chico le confesó que una tarde iba un poco demasiado colgado y terminó con un transexual, que la fantasía siempre la había tenido, pero que nunca había encontrado el coraje. El coraje, repito yo, y Butterfly asiente, y luego después de un pequeño silencio le pregunto si esta vez me enseñará el tatuaje y ella me sonríe y se mete entre las mesas, se desabrocha los pantalones y se baja las bragas, en efecto no me había mentido.

”No he dejado de andar abriéndome paso entre los hombres vestidos según los últimos dictámenes de la moda de negocios, y no he dejado de encontrarme con mis targets que me buscaban, pero tampoco he dejado de descubrir qué hay detrás del producto, veo caras nuevas y las viejas se desvanecen y se pierden quién sabe dónde. Es un trabajo de mierda”.

Un trabajo de mierda que él sabe hacer. Habla de él como si en su cabeza hubiera sopesado ya los pros y los contras de la profesión y hubiera decidido guardarse para sí los contras. Como la paranoia. Hay camellos que cambian de móvil y de tarjeta SIM una vez a la semana. Basta un descuido de un cliente y estás jodido. Hay camellos que viven como monjas de clausura: contacto con el exterior sólo cuando es necesario y drástica reducción de la vida privada. Las novias son peligrosísimas, intuyen fácilmente tu cotidianidad y pueden vengarse fácilmente desvelándola o hablando de ella con alguien. Los hay que están aún más angustiados, que pasan el tiempo libre borrando sus huellas: ni carnés de identidad ni cuentas corrientes, prohibido el cajero automático, y cuidado con firmar cualquier trozo de papel. Angustia y paranoia. Para anestesiarlas hay camellos que se meten la misma droga que venden, y acaban por alimentarlas. Hay camellos, como el que tengo delante, que hablan como agentes de bolsa: “¡Yo vendo Ferraris, no utilitarios! La verdad es que con los utilitarios te vas a estrellar antes, con el Ferrari puedes durar un poco más”.

Hay camellos de calle que pueden ganar 4.000 euros al mes, con algún premio de producción si han vendido bien. Pero los camellos burgueses pueden llegar a ganar incluso 20.000 o 30.000 euros al mes.

“El problema no es la cantidad de dinero que ganas, es que te parece imposible cualquier otra clase de trabajo, porque te parecería que pierdes el tiempo. Con un cambio de manos ganas más que con meses y meses de trabajo, sea cual sea éste. Y no te basta saber que acabarás detenido para hacerte elegir otro oficio. Aunque me ofrecieran un trabajo que me permitiese ganar lo que gano hoy, no creo que lo cogiera, porque seguramente ocuparía una parte mayor de mi tiempo. Eso también vale para los pelagatos que venden en la calle. Para llegar a ganar la misma cantidad de todos modos tendrían que dedicar más tiempo”.

Lo miro y le pregunto si puede confirmarme lo que he percibido escuchando sus historias, o sea, que desprecia a sus clientes.

“Sí. Al principio me gustaban porque me daban lo que necesitaba. Con el tiempo los miras y lo comprendes. Comprendes que tú podrías ser ellos. Te ves desde fuera y eso te da asco. No me gustan mis clientes porque se parecen demasiado a mí, o a aquello en lo que me convertiría si decidiera pasármelo en grande más de la cuenta. Y eso además de asco me da miedo”.

 

Roberto Saviano

Escritor. Ha publicado Gomorra, Lo contrario de la muerte y La belleza y el infierno.

Fronteras

Nuevos poderosos tienden a ser más vengativos

Investigadores de la Universidad de Kent, Reino Unido, han demostrado que “la gente no acostumbrada a tener poder tiene mayor probabilidad de ser vengativa cuando se la coloca en un cargo. En cambio, los habituados al poder son más tolerantes al percibir errores”. Son menos agresivos con los subordinados que se equivocan.

El equipo estuvo codirigido por Mario Weick, de Kent, y Peter Strelan, de la Universidad de Adelaida, Australia. Es la primera ocasión en que se explora la relación entre poder y venganza, según Martin Herrema, de Kent. Concluyeron que “venganza y otros actos de agresión es más posible que los realicen personas nuevas en el ejercicio de un poder: se sienten más vulnerables a amenazas, y no quienes están seguros de sí mismos y tienen experiencia en ejercer poder”.

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El equipo llevó a cabo cuatro experimentos, tanto en el Reino Unido como en Australia, en los que participaron unos 500 estudiantes y público general. Durante los cuatro experimentos, los participantes respondieron a transgresiones, entre ellas: plagio, negligencia, chismorreo y delitos violentos en estado de ebriedad.

Se hizo una diferenciación de los participantes al otorgar poder a parte del grupo antes de que los investigadores midieran la inclinación del grupo general a buscar venganza contra los culpables de las transgresiones ya señaladas. Otra parte del grupo no pudo ejercer ningún poder ni sufrió alguna experiencia ante la que sintiera impotencia.

En los cuatro estudios, quienes no estuvieron acostumbrados a ejercer poder y lo tuvieron buscaron más venganzas que los seguros de sí mismos. En cambio, no se encontraron diferencias en el revanchismo entre el grupo no expuesto al poder y el que sufrió un breve episodio de impotencia.

“Nuestros resultados proveen una firme indicación de la relación entre poder y revancha. El poder no es simplemente bueno o malo, afecta a personas diferentes de distinta manera. Nuestros estudios iluminan algunos de los efectos negativos que el poder puede tener en personas menos acostumbradas a estar a cargo. Para los más acostumbrados al poder, por otra parte, las consecuencias fueron en realidad bastante positivas en lo que concierne a buscar revancha”,  dijo Weick.

Fue interesante que no sólo la habilidad de impactar a otros resultara en diversas inclinaciones a tomar represalias: “Las posturas corporales también demostraron tener un efecto. En un estudio, un grupo de participantes estuvo de pie con postura corporal expansiva, mientras otro grupo se sentó agachado sobre el suelo. En otro estudio, los participantes hicieron puño con la mano o abrieron la palma mientras leían acerca de transgresiones”.

Resultó que tanto el grupo con posición corporal expandida como el de puño apretado inculcaron un sentido de poder en los participantes y eso condujo a mayor grado de venganza en personas menos acostumbradas a ejercer poder, comparadas con los más seguros de sí mismos. “Estas diferencias no emergieron cuando los participantes se sentaron agachados en el piso o abrieron la palma de la mano”, dijo Weick.

“Nuestros hallazgos son también relevantes para comprender cómo se forman y mantienen las jerarquías sociales. El temor a las represalias podría ser una razón que evitara que la gente en la base de las jerarquías busque alcanzar posiciones de poder”, añade Strelan.

Cómo se influyen sexo y género

Si procesamos el lenguaje poniendo atención o no a algo más que no sean las palabras, es un viejo debate. “Pero no fue hasta que científicos de la Universidad de Kansas diseñaron un experimento que demostró que el sexo de quien habla afecta la velocidad a la que el escucha identifica gramaticalmente las palabras, cuando se tuvo evidencia de que aun los procesos de nivel superior se afectan por quien habla”, sostiene un informe de esa universidad: “Sex of speaker affects listener language processing”, publicado en el journal PLOS ONE del 13 de noviembre pasado.

Los investigadores basaron su estudio en el idioma español porque las palabras tienen género gramatical: las que terminan en “o” son casi siempre de género masculino, y en “a” de género femenino. Pero las hay, como flor, canción, coche, voz, con otras terminaciones y sin dato para atribuir un género, aunque de género indudable para el hablante nativo. O malos amigos como “el habla”, “el clima”, “la o”, “la sobrecargo”. Con género común de dos: el dentista y la dentista. Las literarias: la mar; las arcaicas: la calor, la color.

El inglés ofrece, entre sus ventajas para quien lo aprende como segunda lengua, su falta de géneros (aunque ship es she), y de conjugaciones, con excepción de la tercera persona del singular en presente que añade una “s”: he loves me, y así nos evita el papelón de decir “el mesa, la coche, yo vienes, él vine…” y otras que nos hacen sonreír o corregir, a veces mal, como el rotulista que, al oír que su cliente libanés quería llamar a su tienda El Baratas, pintó La Barata, sólo para oír la indignada explicación: ¡No, no! ¡El Baratas!: ¡los que traen pata de palo, parche en un ojo y un perico en el hombro! (Contado por Adrián, mi sobrino mayor.)

También italiano, francés y portugués tienen dos géneros asignados a sus adjetivos y sustantivos, sin que tengan siempre relación con aspectos sexuales: el término común para el órgano sexual masculino es de género femenino en español y en francés, y para el femenino es masculino. De ahí la confusión ahora que la moda es hablar de “violencia de género”, cuando es de un sexo contra el otro (y se da en ambos). El alemán y el griego tienen tres géneros porque incluyen el neutro y, además de conjugar los verbos, declinan los sustantivos y adjetivos en casos, según su función en la frase, como el latín: dominus, domini, dominum, domine, domino, dominorum… el señor, del señor, al señor, ¡señor!, en-con… el señor, de los señores…

Pero en el estado de Kansas abunda la población hispano-hablante, sobre todo mexicana. “Los investigadores mostraron que el sexo de quien habla afecta cuán rápida y precisamente los escuchas pudieron identificar una lista de palabras españolas como de género masculino o femenino. Cuando había desajuste entre el sexo del hablante y el género de la palabra, los escuchas se atrasaban en identificar la palabra y eran menos precisos. Tanto los que hablaban como los escuchas tenían el español como idioma nativo”.

Señala Michael Vitevitch la contradicción de estos resultados con la idea de que “gramática y sintaxis son procesos cerebrales automáticos e intocables, y todo lo demás: el sexo de quien habla, su dialecto particular, etcétera, el cerebro lo arranca cuando procesa la señal sonora de una palabra y la almacena como forma abstracta. Este es el modelo abstraccionista de cómo almacenamos palabras en la memoria encabezado por el bien conocido científico, lingüista y filósofo Noam Chomsky y sus seguidores”.

Vitevitch sostiene que el estudio realizado por su equipo muestra que esa información —sexo de quien habla, acento— sí influye no sólo el proceso por el que se reconocen las palabras, “sino los niveles superiores asociados con la gramática” y que, mientras lingüistas y psicólogos debaten si la memoria es abstracta o basada en ejemplos, sigue ambos sistemas porque “no evolucionamos para  ser eficientes, evolucionamos  para cumplir una tarea. Necesitamos ambos sistemas”.

 

Luis González de Alba

Escritor. Su más reciente libro es No hubo barco para mí. www.luisgonzalezdealba.com

Cultura y vida cotidiana

A medio siglo de la invasión inglesa

1964 fue un año clave para la historia de la música popular en el mundo. Ese año, hace exactamente medio siglo, un cuarteto de rock proveniente de la ciudad de Liverpool, Inglaterra, viajó a Estados Unidos para dar una serie de conciertos que causó furor y dio inicio a la que a mi modo de ver fue la revolución más importante del siglo pasado, que a lo largo de cinco años cambiaría la mentalidad y la concepción del mundo de buena parte de la humanidad. Fue una revolución que a la larga demostró ser más trascendente y profunda que las acontecidas en Rusia, China, Cuba y México porque trastocó la conciencia del ser mucho más que la del tener. El pensamiento y la filosofía de hoy, nuestra manera actual de mirar las cosas, no serían posibles sin la sutil hondura transformadora de esa revolución a la vez callada y estruendosa, sigilosa y definitiva que vivió la sociedad occidental durante la segunda mitad de la década de los sesenta. Y todo comenzó en 1964, cuando los Beatles pusieron pie en el continente americano.

Con lo anterior no quiero decir que John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr hubiesen traído consigo esas ideas de cambio y revolución. Por supuesto que no. De hecho, en aquellos días se trataba de cuatro jóvenes bastante cándidos y hasta bobalicones que ni siquiera se daban cuenta de que eran la punta de lanza de un movimiento artístico y cultural que en los años siguientes permearía todo, para terminar con el puritanismo conservador de los años cuarenta y cincuenta, especialmente en el interior de la mayor potencia económica y militar del planeta. Los estadunidenses dejaron entrar a aquellos cuatro inglesitos greñudos sin imaginar que iban a inocular el virus de la rebeldía, la inconformidad y la transformación superestructural. Con la llegada de los Beatles a Nueva York daba inicio la invasión inglesa y con ella el nacimiento de la contracultura.

No deja de ser paradójico que los primeros himnos de aquel movimiento en ciernes fueran canciones tan inocuas como “She Loves You” y “I Wanna Hold Your Hand” o que algunos de los grupos británicos que siguieron a los Beatles resultaran tan vacuos como los Herman’s Hermits o los Dave Clark Five. Sin embargo, un poco más atrás venían otros músicos mucho más inteligentes y sustanciosos, la verdadera cara de lo que anunciaba el porvenir. Los Rolling Stones, los Kinks, los Yardbirds, los Animals y los Who, una pentalogía de magnífico rock que haría que la juventud no sólo de la Unión Americana sino de todo el mundo occidental se estremeciera por la fuerza de su música y sus letras y por lo que esto influiría en campos como la literatura, el cine, el teatro, las artes plásticas, la sexualidad, el consumo de drogas, la religión, la moda, la alimentación, la vida cotidiana y, por supuesto, la política.

Abrazados al rock, con los años llegarían el pacifismo, el ecologismo, el feminismo, el antirracismo, el vegetarianismo y un largo etcétera de ismos. Para horror de las buenas conciencias estadunidenses de la posguerra, el rock resultaría mucho más que una simple música y si a finales de los cincuenta habían conseguido apagar dentro de su territorio al malvado rock and roll de los Chuck Berry, Little Richard, Jerry Lee Lewis y el primer Elvis Presley, en 1964 no lograron impedir el arribo de la ola inglesa y su simiente profundamente evolucionaria y revolucionaria, aunque los cabecillas de dicha invasión no sospecharan ni por asomo lo que significaría eso que traían entre manos.

1964, pues, fue el año clave. Hace medio siglo. El mundo estaba en plena Guerra Fría. John F. Kennedy había sido asesinado apenas unos meses antes. La juventud del mundo vivía en una especie de limbo, a pesar de que la revolución cubana llevaba ya un lustro de existencia. La figura del Che Guevara aún no se volvía mítica. Entre tanto, en México vivíamos la aparente tranquilidad del desarrollo estabilizador, con el PRI en el poder y Gustavo Díaz Ordaz en la presidencia, cuatro años antes del estallido estudiantil.

¿Quién iba a imaginar que la verdadera revolución cultural venía en un avión proveniente de Gran Bretaña y que tocó tierra en el aeropuerto de Nueva York a principios de 1964?

El peligro no estaba en Cuba, China o la Unión Soviética, sino en las inocentes canciones de los Beatles. Era la invasión inglesa. Quién lo iba a decir.

 

Hugo García Michel. Músico, escritor y periodista. Director de La Mosca en la Red. Columnista de Milenio Diario. Autor de la novela Matar por Ángela.

La niña

Entregamos a los lectores un cuento de Luiz Ruffato, contenido en el libro La invención de la realidad – Antología de cuentos brasileños publicado por Ediciones Cal y Arena.


 

El hombre se apeó en la Estación Clínicas del metro y, sonámbulo, las piernas lo arrastraron a lo largo del túnel que conduce al Hospital. El viernes se desmoronaba afligido en la tarde caliente de aquel inicio de enero, gordas nubes inertes en el cielo, centenares de atuendos urgentes codeándose, anónimos y determinados, Don Guilherme, Don Guilherme, le hablaron por teléfono, gritaba la vecina desde la ventana. En la recepción, el ruido de los ventiladores barajaba el olor ácido de sudor, el empalagoso aroma dulce de caramelos, galletas y chocolates. Los niños, todos chorreados, hacían desfilar avergonzadas risas, correteos impertinentes. Las mujeres se aliviaban con improvisados abanicos. Los hombres, aburridos, se desanimaban. Guilherme, metido en ropas domingueras, esquivó mareado el gentío, encaminándose a la ventanilla de informaciones.

La vecina ofreció su número de teléfono, “Para recados o lo que sea”, y ahora explicaba, recargada en la ventana, Don Guilherme, para que usted vaya a recoger las cosas de, y se calló, tal vez conmovida por la niña que, en el regazo, se agarraba ferozmente al cuello del padre, los ojos hundidos, asustados. Hacía dos días se había refugiado, junto con la hija, en casa del compadre, tres calles abajo, sintiéndose sin valor para regresar a la casa, las paredes exteriores sin yeso, la puerta de la cocina improvisada, el piso de cemento grueso, ¡cómo se había empeñado su mujer en la compra de aquel terreno!, “Aquí va a ser la sala, ahí el cuarto de los niños, allá el patio”, adivinaba habitaciones donde otros vislumbraban apenas manojos de hierbas obstinadas, ¡cuántos ahorros para comprar el material de construcción, cuánta alegría al acompañar, ladrillo por ladrillo, el hogar en gestación! “¡Es un sueño, Gui, un sueño!”, murmuraba, orgullosa.

Autómata, la empleada recitó, “Cuarto piso, al final del corredor, tome el elevador a su izquierda. ¡Siguiente!”. Ya llevaba más de un mes de agonía: dejaba Jardim Reni aún a oscuras para darle duro, ayudante de albañil en una obra en Vila Formosa que un hermano de la Iglesia Cuadrangular le había conseguido, desde allá cruzaba la ciudad hasta el Hospital de las Clínicas, para tener noticias, “¿Está mejor?”, indagaba ansioso, contradiciendo la desesperanza del médico, que le había advertido, “Don Guilherme, el cuadro es muy grave”, aferrándose a la misericordia divina, a un sentido de justicia; a final de cuentas, era una mujer que había sido siempre buena con todos, siempre preocupada por hacer el bien, dedicada a la familia, a la oración, al culto dominical, a la casa…

Entonces, despacio, caminó a la calle Cornélio de Arzão, el sol achicharrándole la calva; aguardó resignado el camión, se bajó en la estación Itaim Paulista, tomó el tren hasta Tatuapé, transbordó al metro, se bajó en la estación Sé, cambió de línea, salió en la Estación Clínicas, más de dos horas de transporte incómodo. En el cuarto piso, la muchacha, al tanto del problema, “Ah, sí”, le gritó a su compañero, consultando una lista, “¡Anaquel veintisiete!”. La luz fría de las lámparas de neón bañaba el piso limpísimo; en el reloj de pared el tiempo, impaciente, velaba. El muchacho depositó la bolsa de napa, maltratada, sobre el mostrador; la muchacha dijo, “Hay que revisarla, señor”, y él, sumiso, abrió el cierre, la revisó con los ojos, “Está bien”. Ella, mientras, insistió, “No, señor, tiene que checar cosa por cosa… Es la norma”. El muchacho, condolido con la incomodidad del hombre, vació la bolsa, contó: “un par de zapatos negros de tacón; un vestido de tirantes azul-marino; tres calzones; dos brasieres; una piyama; un camisón; una camisa de algodón; una bata; unos jeans; cepillo, pasta de dientes, chanclas, y, ¿¡ah!?, una… prótesis dental…”.

Esquivo, Guilherme meneó la cabeza, a su mujer no le hubiera gustado nada nada saberse expuesta de esa manera, el puente móvil tal vez era su única vanidad, nunca habló de aquel asunto con sus amigas, ni con los parientes cercanos, hermanos, hermanas, padre, madre, nadie lo sabía, incluso a él, a su marido, tardó un tiempo en confesárselo, a disgusto, una vez, en el baño; cuando se la quitó para limpiarla, se le olvidó cerrar el pasador de la puerta, él entró sin querer, y descubrió la pieza en la palma de la mano; ella, con desmedida vergüenza, estalló en llanto, “No tenía dinero para ir al dentista”, sollozaba, sufriendo, “Perdí unos dientes”; él intentó calmarla, “Querida, yo también tengo defectos, éste que ves, aquí, es postizo”, pero no sirvió de nada. Y ver revelado ese secreto que la había atormentado durante su corta vida… de esta manera, ante ojos ajenos, sin respeto, “Sí, eso es todo”, confirmó, deslizando el cierre e intentando librarse rápidamente de esa situación incómoda. Pero la muchacha siguió, “Señor, hay que hacer la baja. Firme aquí, en esta línea”, y él, trémulo, garabateó su mejor letra.

Cuando cruzaba otra vez el nudo de aquel gentío que llenaba la sala de espera, sintió que las piernas se le oscurecían, que la vista le flaqueaba, y, si no fuera por una señora gorda, se habría desplomado en el piso inmundo. Sin embargo, inmediatamente alguien abrió un espacio entre las sillas de plástico rojo, apareció un vaso de agua, el policía, autoritario, se acercó, dispersando el nudo que se había formado, “A un lado, señores, dejen que el señor respire”. Todavía aturdido, Guilherme explicó, apenado, “No pasa nada, discúlpenme… ya estoy bien… discúlpenme”, e intentó forzar al cuerpo a que se levantara, pero éste, estúpido, desobedeció, rindiéndose de nuevo… Entonces, vencido, se llevó las manos al rostro y, agitado, se desmoronó, “Ay, Dios mío, ¿qué va a ser de la niña, qué va a ser de ella? Yo ya estoy acabado… no sirvo para nada… ya nada me afecta… pero, ¿y la niña?, pobrecita… ¿qué va a ser de ella ahora?, tan chiquita, tan inocente…”.

 


Luiz Ruffato (Cataguases, 1961), es autor de los libros Eles eram muitos cavalos, De mim já nem se lembra, Estive em Lisboa e lembrei de você y la pentalogía “Inferno Provisório”: Mamma, son tanto felice, O mundo inimigo, Vista parcial da noite (2006), O livro das impossibilidades (2008) y Domingos sem Deus (2011).

Aquel año en Rishikesh

Entregamos a los lectores un cuento de Adriana Lisboa, contenido en el libro La invención de la realidad – Antología de cuentos brasileños publicado por Ediciones Cal y Arena..


 

I look at the world and I notice it’s turning
George Harrison

Sucedió cuando estaba intentando tocar “While My Guitar Gently Weeps”. De los cuatro, George siempre fue mi Beatle. Siento que podríamos haber sido grandes amigos, si no fuera por el hecho de que fue Hare Krishna, algo que hoy en día sonaría medio pasado de moda y creo que no tendría mucho éxito. Pero se entiende que en aquella época la onda mística hindú era lo máximo, era novedosa, era diferente, era una alternativa a todo lo que había entonces y que tal vez sigue habiendo, aunque según parece, ya no molesta tanto.

Lo admiraba también porque era un Beatle silencioso, con aquel aire callado de quien retrocedió algunos pasos, se convirtió en una especie de espectador, mientras los demás croaban y saltaban por ahí convertidos en sapos hiperactivos. John era el tipo justo para los momentos de rabia. Paul era para los momentos de decir buenos días, sol. Ringo era el tipo que venía a solidarizarse conmigo, cuando me sentía medio deprimido, ya que en compañía de Ringo nada se podía tomar muy en serio. Y George era George, callado —L’ Angelo Misterioso. Le preguntaron en un programa de televisión si era, de los cuatro, el que conquistaba más chicas, porque a las chicas les gustan los hombres así, callados, con un aura de misterio. George dijo que no, que de los cuatro el que conquistaba más chicas era Paul.

Qué mierda que George se haya muerto hace tantos años. Sí, que mierda también lo de John, claro, pero había algo en el hecho de que George hubiera muerto de cáncer en los pulmones, después de haberse curado de un cáncer en la garganta —dicen que sufrió muchísimo con el cáncer que acabó con él finalmente, y que su médico un día llevó a su familia (la de él, el médico) a visitarlo y todos empezaron a cantar y a hacer escándalo. George, que a duras penas lograba respirar bien, les pidió, por favor, dejen de hablar. Y el médico hizo que George le autografiara una guitarra para su hijo. Y George dijo, ya ni siquiera sé si aún puedo escribir mi nombre, y el médico se lo deletreó. Vamos, lo vas a lograr: G E O R…

John encontró su instant karma al salir de su casa un día. El karma de George no tuvo nada de instant, fue un karma manipulado por un torturador chino con ocho brazos, que entonaba el mantra universal con una voz desagradable y estridente, sin un instante de pausa, y sonriendo con ojos de fuego. Pero me parece que los Hare Krishna creen en la reencarnación y pienso que es justo que la existencia y la post-existencia de cada quien esté de acuerdo con aquello en lo cual la persona cree. Entonces puede que George reencarne en una forma sensacional después de ésta.

Aunque, seamos honestos, ¿habría otra forma de vida aún más sensacional, después de haber encarnado como Beatle y haber compuesto “While My Guitar Gently Weeps”? Tal vez George reencarne como otro tipo de Beatle, en otro planeta o dimensión donde no existan cosas como el cáncer y, por lo tanto, oncólogos y nombres deletreados para un autógrafo en una guitarra. (Deberían de soltar a Mark Chapman para ponerlo tras las huellas de ese médico.)

Yo estaba en el cuarto de mi abuela. Ella se encontraba ya en una etapa de su enfermedad en que se irritaba fácilmente, vivía desorientada y a veces empezaba una frase y se detenía a medias. Esto sucedió seis meses antes de que muriera y cinco años después de que le dieran el diagnóstico.

Mi abuela tenía 82 años. No le gustaba quedarse sola. Había perdido mucho peso y a mí me impresionaba el grosor de sus puños y sus tobillos. Sobre todo, el de sus tobillos. De un momento escaso a otro se había marchitado, se había secado como las ciruelas que llevan demasiado tiempo en el refrigerador, su piel se había convertido en una superficie similar a la bolsa de cuero artificial que mi madre compró en un puesto en el centro de la ciudad con las iniciales MK, que creo que pertenecen a un tipo del mundo de la moda. Y yo miraba a mi abuela y pensaba en George y en por qué se obliga a las personas a seguir viviendo, cuando evidentemente ya no tiene ninguna gracia. Cuando un oncólogo del mal viene a deletrear tu nombre para que puedas autografiar la guitarra de su hijo. Cuando la persona ya no logra saber lo que hizo hoy por la mañana y tiene dificultades hasta para reconocer al único nieto —yo, en el caso de mi abuela. El karma de mi abuela tampoco tenía nada de instant.

Y a ella no le gustaba quedarse sola, entonces cuando era el día libre de la cuidadora y mi madre no estaba en casa, yo me iba a su cuarto. Las cortinas tenían que quedarse permanentemente cerradas porque ella creía que alguien en el edificio de enfrente estaba intentando espiarla, espiar a nuestra familia. Le explicaba que nadie estaba intentando espiarnos y mi abuela movía la cabeza y decía, yo sé lo que le hicieron a Cristina. Cristina murió. Ellos la mataron. Yo no sabía quién era Cristina y ella tampoco me lo explicaba aunque se lo preguntara. A veces comenzaba a explicarme y se detenía a medio camino, pero no lo hacía abruptamente; su voz iba haciéndose cada vez más distante como un tren al que ves alejarse hasta desaparecer en una curva. O lloraba, un llanto bajito, que uno casi sólo identificaba por el brillo que sus mejillas delgadas adquirían con las lágrimas. Yo me quedaba sin saber qué hacer. Pero a ella se le olvidaba inmediatamente que estaba con el rostro todo mojado; tomaba mi mano, me pedía que me sentara a su lado y me decía, caray cómo has crecido, Artur. El amor que yo sentía por ella era una punzada, un dolor dentro del pecho, y yo ponía la otra mano encima de nuestras manos y le decía abue, no me llamo Artur.

Uno de esos días, llevé la guitarra y el amplificador a su cuarto, aquella penumbra medio acolchonada, era como si el aire fuera más espeso ahí dentro que en otros lugares. No que fuera malo. Después de un tiempo se sentía raro, incómodo, yo empezaba a sentirme claustrofóbico e intentaba convencerla de que se fuera a la sala (a veces iba, a veces yo prendía la tele, pero ella no le ponía atención por más de cinco minutos). Al principio todo bien, era como si estuviera entrando en el mundo de mi abuela, un mundo fresco, más oscuro y con olor a agua de rosas. Casi podía pensar como ella, sentir como ella, compartir aquel espacio de confusión detrás de su rostro que a veces se quedaba sin expresión; y entonces, extrañamente, ella parecía un maniquí. Excepto por el hecho de que todos los maniquíes de todas las tiendas tienen veinte años de edad.

Abue. ¿Te importa que toque?

Ella me miró, ¿qué dices?

¿Te importa que toque? y levanté la guitarra.

Pero ella no respondió, apenas suspiró y miró hacia la ventana como si la ventana no estuviera tapada por una cortina y como si allá atrás hubiera un paisaje melancólico e inglés.

Entendí eso como un no hay problema, prendí el amplificador y puse el volumen muy bajo. Empecé con “While My Guitar Gently Weeps” desde el principio, la entrada que George tocó en la grabación del Álbum Blanco (el solo fue de Eric Clapton, aunque los créditos no aparezcan en el disco), canturreando la melodía con unos pedazos de letra deshilachados por aquí y por allá.

Mi abuela me miró. La miré. Dejé de tocar, pensaba que tal vez la estaba molestando. Pensé en George muriéndose y teniendo que pedirle a la familia de su médico que por favor se callaran. Pero ella sólo me miró, sin decir nada.

Continué en donde me había detenido. Cuando llegué a la parte de “I look at the world” etc., ella sonreía y balanceaba la cabeza. Cuando terminé, dijo ésa es mi preferida.

¿Tu preferida?

Sí, me acuerdo de él tocando para nosotros esa canción, aquel año en Rishikesh.

¿Quién?

Hijo, ya lo sabes. George Harrison. George Harrison de los Beatles.

Recordé cuando mi abuela dijo que había sido novia de Tancredo Neves. Muy poco de lo que decía, ahora, podía ser tomado en serio. Yo tenía la impresión de que todo revoloteaba ahí adentro como si su cerebro fuera una gran licuadora, y la pasta (el licuado, el smoothie) de lo que ella procesaba del mundo mezclaba pasado, presente, sueños, imaginación, películas, libros, noticias de periódico, cualquier cosa. Ella podía haber sido la primera mujer en pisar la luna, podía haber vivido en París o en la India, podía haber sido chofer de autobús, artista plástica famosa, afanadora. Sólo no estaba a su alcance aquello que la enfermedad ya había roído en su mente. Lo demás era como una colección de artículos en las estanterías de un supermercado, artículos que tienes la libertad de ir eligiendo sin ningún criterio, si quieres —aunque pasar a la caja ya sea otra historia. Pero la enfermedad era extraña, parecía conservar hechos grandiosos y antiguos y robarle a mi abuela justamente lo que tenía más utilidad. O tal vez ése era un modo de ir anestesiándola mientras la arrancaba, día tras día, hora tras hora, de la vida.

¿George Harrison tocó esa canción para ti, abue?

Aquel año que pasamos en Rishikesh estudiando con su Santidad, dijo.

Hizo una pausa, hurgó allá adentro.

Su Santidad Maharishi Mahesh Yogi. Recuerdo que se reía mucho.

¿George Harrison se reía mucho?

Su Santidad se reía mucho, dijo, y se rió también, y se llevó momentáneamente las manos con las palmas unidas al pecho. Nunca había visto a mi abuela hacer aquello antes.

¿Sabes tocar otras? preguntó.

¿Otras de los Beatles?

Dijo que sí. Toqué todo mi repertorio, que era básicamente de los Beatles, excepto “Band On The Run” que es 25 por ciento Beatles también. Entonces me pidió que la ayudara a ir a la sala, algo raro, y se sentó en su sillón preferido, pues a pesar de todo, no se le olvidaba cuál era, aunque a veces no lograra recordar si le gustaban o no los higos o los plátanos. En pocos minutos, ya cabeceaba.

Me fui a mi cuarto, un tanto catatónico, en una mezcla de temor religioso y fascinación por mi abuela. Fui a confirmar los datos y sí, Rishikesh era aquella ciudad en la India en que estaba el ashram de Maharishi Mahesh Yogi, donde los Beatles estuvieron a finales de los años sesenta y donde compusieron un montón de canciones. Era increíble que mi abuela consiguiera asociar la música que yo había tocado con todo eso. Y que se acordara de la canción, y de que la canción era de George, y todo lo demás. Y que se incluyera en la historia, por encima de todo.

Mi madre llegó del trabajo poco después, traía pan con exceso de bromato y amenazantes sobres con logotipos de bancos. Dejó todo sobre el mueble de la cocina y me preguntó cómo estaba la abuela.

En la sala, dormitando, le dije. Mamá, no vas a creer la historia que me contó hoy. Necesito bañarme. Y tomar algo para el dolor de cabeza. Después me lo cuentas —y con un gesto continuo, fluido, se fue a su cuarto, botó la bolsa encima de la cama y las iniciales falsificadas del fulano de la moda tintinearon; cogió una ropa que estaba tirada por ahí y se metió al baño. Escuché cómo abría la regadera, y cómo la pobre agua cansada y clorada asumía la responsabilidad de lavar el día de mi madre, quitárselo de encima, de su cuerpo, de su alma. Debía de haber también productos con olores especiales y empaques que los hacían parecer más caros de lo que eran.

Mi abuela apareció en el corredor, el cabello del chongo un poco suelto, arrastrando los pies en las pantuflas afelpadas que siempre le quedaban medio chuecas. Pasó cerca de mí, fue a su cuarto y abrió el clóset.

Hijo, me llamó, con su voz pequeña. Ven acá.

Fui hasta la puerta.

Necesito alcanzar una cosa allá arriba. Atrás de esas cajas. Me subí en la silla para alcanzar lo que quería. Moví cajas de diferentes tamaños, ninguna de ellas parecía tener una función identificable en el mundo, y saqué bolsas con cosas de tela que olían a moho. Hasta que encontré una caja de jabones y ella me dijo es ésa, pásamela. Las manos de mi abuela estaban extendidas y ligeramente temblorosas —casi siempre estaban temblorosas, no había ninguna solemnidad en aquel momento, como podría parecer. Pero yo habría estado solemne de haber sabido que iba a revolver el contenido de la caja, con calma y dedos huesudos, sentada como un pequeño duende sobre la colcha amarilla de su cama, para sacar de ahí una foto suya con George Harrison.

Me dio la foto y dijo Rishikesh. Balbuceó algo sobre su Santidad y también sobre Cynthía Lennon. George y mi abuela traían unas batas blancas, el cabello largo y collares de flores color azafrán. Mi abuela tenía una bolita roja entre las cejas. Podría ser la hermana mayor de George.

Pasamos la tarde del día siguiente tocando y cantando, compartiendo historias —algunas verdaderas, otras no, pero ¿qué importa?— sobre los Beatles. Pasamos muchas otras tardes haciendo lo mismo. Ella me decía las canciones que quería que me aprendiera y yo me las aprendía.

Hasta que un día, sin previo aviso y sin drama, mi abuela murió. No sé si se sabía mi nombre o si yo era sólo aquel muchacho que tocaba sus canciones preferidas en la guitarra, un avatar del acervo del cuarteto de Liverpool surgido como un milagro en su camino. ¿Un regalo enviado del más allá por el Maharishi? Mi abuela ya no necesitaba encontrarle lógica a las cosas o forjar una lógica para las cosas que aparentemente no la tenían en lo absoluto. El mundo era un gran viaje, Lucy en el cielo con diamantes.

Después de que murió, arreglamos su clóset. La ropa de algodón, las pantuflas afelpadas que le quedaban siempre medio chuecas en los pies. Un montón de bolsas y cajas. Mi madre lloró, yo la abracé, y más tarde, cuando ya no había público, lloré también. Me quedé con la caja de jabones donde había algunos tesoros no identificables. Cosas que habían tenido sentido para mi abuela, cosas que habían ablandado su vida con el confort de la acumulación cuando ella inocentemente creía que todo sería para siempre —como lo creemos todos más o menos, siendo la muerte un fenómeno ajeno.

En la caja de jabones estaba su carnet de trabajo, cartas con caligrafía de una época en que la gente estudiaba caligrafía bajo la tutela de monjas y padres, un frasco vacío de perfume. Y algunas fotografías: excepto la reliquia de Rishikesh, todas parecían ser recuerdos de familia o de la secundaria, muchachas vagamente parecidas a personajes de películas antiguas. Revolví las fotografías en busca de más Beatles, pero no había nada.

Una de ellas, sin embargo, me llamó la atención. Mi abuela estaba muy joven. ¿Cuánto tiempo tendría la escena ahí retratada? Estaba de la mano de un hombre. Hacía sol y ambos fruncían el ceño, y aunque la foto estaba vieja y borrosa no había lugar a dudas: era Tancredo Neves. Miré por la ventana de su cuarto, sentado en su cama de colcha amarilla. Las cortinas estaban abiertas y allá afuera volaban palomas, en un mundo extrañamente tranquilo, extrañamente común.

 

Adriana Lisboa (Río de Janeiro, 1970), ha escrito las novelas Hanói, Azul-corvo y Sinfonia em branco, además de obras para niños y jóvenes. Recibió los premios José Saramago Moinho Santista, entre otros.

literal-rishikesh

Razón de Iglesia. Cortapisas al sueño de un Papa reformador

súper Papa

Cuando se elige un Papa, el proceso empieza antes del cónclave. Las reuniones exploratorias de los cardenales informan una selección que nunca es sencilla. Se ven las caras de nuevo y miden su estado general – físico, mental, emocional. Luego comienzan a ubicar posibles coaliciones –sobre todo aquellas definidas en términos negativos,  en función de los candidatos que no quieren apoyar. Y seguramente siempre hay detrás una serie de diagnósticos generales, hechos en público y en privado, sobre los problemas que enfrenta la Iglesia (i.e. pederastia, corrupción, falta de ecumenismo, la vuelta a los latinajos y un largo etcétera de asuntos contingentes). 

Casi siempre hay otro problema más: la perenne expectativa de un elegir un gran Papa transformador, un súper Papa. Recientemente, ha quedado bastante claro que hay una percepción general entre los fieles, los enterados y los observadores que la Iglesia pasa por momentos excepcionalmente difíciles. El sólo hecho de la renuncia de Benedicto XVI ayudó a solidificar esa impresión.  Pero el problema no es ese, sino que este diagnóstico se acompaña de la impresión de que hace falta algo radicalmente distinto.  Se pide un Papa carismático, energético, reformador y buen gobernante. Se lee en la prensa que “En términos históricos, la Iglesia parece necesitar a un hombre con habilidades empresariales que conjugue el ánimo reformador de Juan XXIII y la energía y carisma de Juan Pablo II. Es una combinación que parece casi imposible. Pero de encontrarla depende buena parte del futuro de la Iglesia católica…” 1. Vicente Leñero, con más años a cuesta, dice “Uno siempre sueña que llegue un Papa reformista, pero casi nunca pasa”. Pero lo realmente desatinado suele aparecer cuando se argumenta que si no gana alguien así, entonces el resultado sólo podría explicarse por el triunfo de la intriga cardenalicia sobre las necesidades y los intereses más amplios de la Iglesia. Tristemente, no es así de sencillo. Qué más quisiera uno que la agenda renovadora de Hans Küng triunfara en el cónclave y quedara bien representada en un Papa democrático, aggiornado, cálido en el carisma, justo en lo social y global en el alcance.

Detrás de la noción de que se necesita un gran Papa reformador para enmendar las crisis de la Iglesia católica hay dos faltas. La primera es que oscurece los intereses más estructurales de la iglesia, mismos que siempre serán un componente fundamental en la selección papal. Y segundo, porque no siempre la solución a una crisis es la reforma, a veces también puede ser un regreso a lo más básico, a lo tradicional en el sentido más ontológico, es decir, a lo institucional.

Estos  argumentos se pueden glosar con la crudeza siguiente: como en cualquier institución, en la Iglesia no todo se elige, no todo son diagnósticos y agendas doctrinales en competencia, no todo es posible. La Iglesia, como el Estado, también tiene sus mandatos generales, sus prioridades irrenunciables, sus no negociables. Si el Estado tiene sus últimas justificaciones en la Raison d’État, se puede decir que la Iglesia tiene su Raison d’Eglise. El sociólogo Scott Mainwaring lo ha resumido bien: “Los intereses más relevantes son la unidad de la Iglesia, su capacidad para atraer a todas las clases sociales y mantener su identidad como una institución fundamentalmente religiosa”. Así pues los deberes fundamentales de los líderes eclesiásticos son: evitar las fracturas a la unidad interna (no necesariamente el disenso); no atentar contra su transversalidad social (cosa que la hace una Iglesia y que la distingue de movimientos religiosos que triunfan con estrategias sectarias o de nicho); no ceder autonomía institucional frente a otros actores públicos; y evitar debilitar la misión primaria de administrar sacramentos y predicar el evangelio.

Cualquier Papa (reformador o no) será el primer guardián de la Iglesia institucional y por lo tanto tendrá la responsabilidad de actuar orientado por la Raison d’Eglise.  Así que, estos argumentos sumados a una cierta dosis de realismo desencantado, nos pueden ayudar a imaginar que el liderazgo de un gran reformador doctrinal no siempre es suficiente o – en muchos casos- conveniente. No quiero dar la idea equivocada de que un gran papa reformador no sería capaz de solventar con gracia y eficiencia las prioridades institucionales de la iglesia. Más bien se trata de señalar que en tiempos de crisis interna y externa, y sin liderazgos claros, la opción conservadora suele verse bajo mejor luz.

Por ejemplo, pensemos en los problemas que han ocasionado los escándalos de pederastia. Es cierto que se ha creado una cierta escisión interna entre los que consideran los abusos y encubrimientos como el problema principal de la Iglesia frente al mundo, y hay quienes lo ven como algo puramente administrativo. Sin embargo, aún no ha fracturado a la Iglesia en facciones política y doctrinalmente opuestas, así como otros temas sí lo hacen: por ejemplo, el sacerdocio femenino, la interpretación del espíritu del Concilio Vaticano II, etcétera. La unidad eclesial no ha sido necesariamente fracturada. Un reformador que ofrezca una nueva síntesis donde se puedan encontrar las facciones aún no parece necesario o urgente. En cambio, los escándalos sí han ocasionado un serio problema de legitimidad que sin duda ha afectado la capacidad de la Iglesia para atraer a todos los sectores sociales, sobre todo en los países más secularizados (Irlanda es un caso excepcional de absoluto desencanto con su Iglesia). Eso es un problema institucional muy grave. Igual de grave es que también ha puesto en riesgo la autonomía institucional de la Iglesia en ciertos lugares. Se ha perdido autonomía frente al Estado en tanto éste se ha visto obligado a intervenir en asuntos internos de la Iglesia para proteger a las víctimas.  También se perdió autonomía frente a intereses privados en tanto la Iglesia ha necesitado ayuda en momentos de enorme dificultad financiera. Esto se agrava cuando se consideran las posibles salidas a la corrupción financiera ventilada mediante los Vatileaks.

Así pues, desde una lógica de “razón de iglesia”, la pederastia ha sido un pecado que se ha tenido que pagar con buenas dosis de autonomía institucional y de legitimidad social, sobre todo en el occidente secular del que tanto se ocupó Benedicto XVI. La pregunta es pues ¿quién sería un mejor papa desde esta perspectiva? ¿Un reformador ilustrado, un conservador carismático o un administrador firme?  La respuesta no es tan clara. Por ejemplo, imaginemos que el cardenal Rodríguez Maradiaga, un claro defensor de la doctrina social emergida del Concilio Vaticano II, triunfa en el cónclave. Imaginemos que en efecto decide empujar una agenda de compromiso social, que busca construir coaliciones para ayudar a los más pobres y que asocia a la iglesia con ciertas fuerzas políticas progresistas. Generalmente este tipo de acercamientos a la vida de la política contingente suelen venir con una preocupación constante: suelen entrampar a la Iglesia en dilemas donde se pierde autonomía frente a otros actores que buscan luego influir en la política interior de la iglesia (ni que decir de su posición doctrinal sobre los condones y la adopción gay). Para los ojos de muchos cardenales, ese riesgo en un momento de debilidad como el actual sería un riesgo, si no insalvable, al menos no muy útil para salir del aprieto particular.

Quizá por eso no deba ser tan sorprendente que, por otro lado, dos de los papables que derivan parte de su legitimidad de ser visiblemente críticos frente al comportamiento de la Iglesia en los casos de pederastia, son el cardenal Dolan de Nueva York y el cardenal Schönborn de Viena. Ambos son conservadores y ambos son queridos por su grey. Aunque uno es más carismático y mediático y el otro es más volcado a lo intelectual, también ambos comparten el desencanto por el actual estado de la curia y los jerarcas que la han conducido hasta ahora. El primero se preocupa por la violencia contra los cristianos en varias partes del mundo, el otro es un hijo predilecto de Joseph Ratzinger, miembro de la nobleza austriaca, pero algo más abierto a cosas como el sacerdocio femenino. Ninguno constituye una esperanza brillante para un papado reformador y actualizado con los tiempos. Pero se puede argumentar que ambos ofrecen ciertas respuestas a los problemas estructurales que han causado los escándalos. Independientemente de que ganen o no en el cónclave, el caso de los candidatos dominantes, el de la curia romana y el del frente Europeo, los cardenales Angelo Scola de Milán y Odilo Pedro Scherer de Sao Paulo, son un ejemplo aún más evidente de cómo, en tiempos de crisis, se privilegia la lógica institucional y la capacidad de hacer acuerdos, afirmar la autoridad y mejorar la administración. 2

Es probable que, en el cónclave, muy pocos se debatan lo que el público de las luces quisiera escuchar: si volver a rechazar o finalmente reconciliarse con la modernidad. Seguramente los cardenales tampoco lo ven como un parte aguas entre una reforma al futuro y volver a ser víctimas de “una vanguardia infectada y enferma”3. Son muy pocos los que consideran que es “ahora o nunca” cuando se debe permitir que el mundo entre a la Iglesia y no al revés. La urgencia del ahora o nunca no es la estrategia retórica favorita del clero católico. El único apocalipsis aceptable es el del fin de los tiempos. Por el contrario, frente a esta crisis, probablemente lo que están considerando no es lo visionario del nuevo Papa, sino lo suficientemente consciente de las “razones de iglesia” que debe servir.

Entonces ¿por qué habría de triunfar la osadía sobre el pragmatismo? En realidad la Iglesia no ha tocado fondo y debe recomponerse con cierto grado de eficiencia. A menos que ocurra un accidente y elijan al cardenal Rodríguez de Tegucigalpa, su campeón no será un súper Papa, será alguien con las prioridades claras, un buen político y un buen administrador con ganas de formar las nuevas coaliciones que le devuelvan la autonomía y el sex appeal a su iglesia. Eso sería suficiente, todo lo demás ganancia. Y la misa en latín, en el fondo, es lo de menos.

La única esperanza real de cambios mayores reside, más allá del accidente, en la feligresía y en el público en general. En el hecho de que muchos atestiguamos esta crisis y en que queremos un gran Papa, uno muy distinto, queremos un riesgo y una reforma. En el aislamiento pétreo del cónclave (eufemismo de su déficit democrático) eso apenas alcanza a ser un susurro acaso distinguible del viento que acaricia los pinos dóciles de la ciudad eterna. Pero, por ser ese susurro la mejor razón del reformismo, nunca hay que dejar de decir lo que se quisiera y de soñar con que ocurra. Especialmente después de la elección, cuando los oídos de los cardenales ya hayan vuelto de la plataforma de despegue al solar de los no ungidos.

 


1 León Krauze, “#LaIglesiaNecesita”, Milenio Diario, 2013-02-12

2 Hay una serie de perfiles muy bien hechos de los cardenales papables en la prensa. Recomiendo un par, los publicado por el diario El País (http://internacional.elpais.com/tag/conclave/a/) y los publicados por el periodista John J. Allen Jr. En el National Catholic Reporter (http://ncronline.org/blogs/ncr-today/read-all-john-allens-papabile-day-stories)

3 Rodrigo Negrete y Ariel Rodríguez Kuri, “Este pacto no es con Dios”, nexos.com.mx, 18/02/2013.

El tapiz amarillo

Entregamos a los lectores un cuento de Charlotte Perkins Gilman, contenido en la antología Ella, fantasma. 14 relatos espectrales de escritoras del siglo XIX publicado por Ediciones Cal y Arena.

 


 

No es para nada habitual que personas corrientes, como John y yo, alquilen casas antiguas para el verano.

Una casona colonial, una mansión, incluso una casa encantada y llegaría a la cima de la felicidad romántica. ¡Pero eso sería pedirle demasiado al destino!

De todos modos, diré con orgullo que hay algo extraño en ella.

Si no, ¿por qué sería tan accesible el alquiler? ¿Y por qué iba a llevar tanto tiempo deshabitada?

John se ríe de mí, por supuesto, pero eso es lo que se puede esperar del matrimonio.

John es sumamente práctico. No tiene paciencia con la fe, la superstición le produce un horror intenso, y se burla abiertamente apenas oye hablar de cualquier cosa que no se pueda tocar, ver o reducir a cifras.

John es médico, y es posible (claro que no se lo diría a nadie, pero esto lo escribo únicamente para mí, y con gran alivio), que ése sea el motivo por el cual no logro curarme.

¡Es que no cree que esté enferma!

¿Y qué puede hacer uno?

Si un médico prestigioso, que además es tu marido, le asegura a amigos y parientes que lo que le pasa a su mujer no es en realidad nada grave, sólo una ínfima depresión nerviosa transitoria (tal vez una ligera propensión a la histeria), ¿qué se puede hacer?

Mi hermano, que también es un médico prestigioso, sostiene lo mismo.

Es decir que tomo no sé si fosfatos o tónicos, y viajo y respiro aire fresco y hago ejercicio y tengo rigurosamente prohibido “trabajar” hasta que vuelva a encontrarme bien.

Personalmente, estoy en desacuerdo con sus ideas.

Personalmente, creo que un trabajo agradable e interesante me sentaría bien.

Pero ¿qué puede hacer uno?

Durante una temporada escribí, a pesar de las opiniones en contra; pero lo cierto es que me agota bastante. Tener que hacerlo con tanto disimulo, siempre bajo el riesgo de encontrarme con una firme oposición…

A veces siento que, incluso en mi estado, con algo menos de oposición y más trato con la gente, más estímulos… Pero John dice que lo peor que puedo hacer es pensar en mi estado, y confieso que hacerlo siempre me produce malestar.

Así que cambiaré de tema y hablaré de la casa.

¡Qué maravillosa! Es bastante solitaria, apartada de la carretera, a unos cinco kilómetros del pueblo. Me recuerda esas casas inglesas que salen en los libros, con arbustos, muros y rejas que se cierran con candado, y muchas pequeñas casas adjuntas para los jardineros.

¡Además, tiene un jardín que es una belleza! No he visto otro igual en mi vida: grande, con mucha sombra, atravesado por caminos cercados, y en todas partes hay pérgolas anchas con asientos debajo.

También había invernaderos, pero están todos destruidos.

Tengo entendido que hubo problemas legales, un asunto de herederos; el caso es que lleva años vacía.

Me temo que eso echa por tierra la cuestión del fantasma, pero me da igual: en esta casa hay algo raro. Lo siento.

Hasta se lo dije a John una noche de luna, pero me contestó que lo que él sentía era la corriente de aire y cerró la ventana. ¡Corriente de aire!

A veces me enfado sin motivos con John. Estoy más sensible que antes, de eso estoy segura. Creo que es por mi problema de nervios.

Pero John dice que si pienso eso me olvidaré de controlarme como es debido; así que hago tremendos esfuerzos por controlarme, al menos en su presencia, cosa que me deja extenuada.

No me gusta nada el dormitorio. Yo quería uno de la planta baja que daba a la galería, con rosas enmarcando la ventana y unos adornos antiguos que eran bellísimos, pero John se negó rotundamente.

Dijo que sólo había una ventana, que el espacio no alcanzaba para dos camas y que tampoco había ningún otro dormitorio cerca para que se instalara él.

Es muy atento, muy cariñoso, y casi no me deja dar un paso sin intervenir.

Me ha preparado un cronograma con indicaciones para cada hora del día. John se ocupa de todo, y, por supuesto, yo me siento mezquina y desagradecida por no valorarlo más.

Dijo que si habíamos venido a esta casa era exclusivamente por mí, que aquí tendría absoluto reposo y todo el aire fresco que se puede respirar. —El ejercicio que hagas depende de tu fuerza, cariño —dijo—, y lo que comas, en cierta forma, de tu apetito: pero el aire lo puedes respirar en todo momento—. En definitiva, nos instalamos en el cuarto de los niños, el más alto de la casa.

Es una habitación grande y ventilada, que ocupa casi toda la planta, con ventanas orientadas a cuatro puntos de la finca y con aire y sol a raudales. Por lo que puedo intuir empezó siendo el cuarto de los niños, luego una sala de juegos y finalmente un gimnasio, porque en las ventanas hay barrotes para niños pequeños y en las paredes anillas y otras cosas.

Es como si la pintura y el papel tapiz de la pared estuvieran gastados por las manos de todo un colegio. Está arrancado (el papel) a grandes jirones sobre la cabecera de mi cama, más o menos hasta donde llego con el brazo, y también en una zona grande de la pared de enfrente, cerca del suelo. Jamás en mi vida he visto un papel más desagradable.

Uno de esos diseños vistosos y exagerados que cometen todos los pecados artísticos posibles.

Es lo bastante insulso para confundir al ojo, lo bastante pronunciado para irritar constantemente y excitar a su examen, y luego de un rato, al recorrer con la mirada sus líneas, pobres y confusas, de repente se suicidan: se tuercen en ángulos exagerados y se desgarran a sí mismas en contradicciones inconcebibles.

El color es repugnante, casi repelente: un amarillo chillón y sucio, desteñido extrañamente por la luz del sol, que se desplaza lentamente.

En algunas partes se convierte en un naranja pálido y macilento, y en otras adopta un tono verdoso que causa un vivo rechazo.

¡No me extraña que no les agradara a los niños! Si tuviera que vivir mucho tiempo en esta habitación, también lo odiaría.

Viene John. Tengo que esconder esto. Le irrita que escriba.

Llevamos dos semanas en la casa y desde el primer día no he vuelto a tener ganas de escribir.

Estoy sentada junto a la ventana, en este cuarto de los niños que es una atrocidad, y nada me impide dedicarme a escribir todo lo que quiera, salvo la falta de fuerza.

John se pasa el día afuera, incluso hay noches en que tiene casos graves y no regresa.

¡Me alegro de que el mío no lo sea!

Aunque estos problemas de nervios son lo más deprimente que existe.

John no conoce mi sufrimiento. Sabe que no hay “motivo” para sufrir, y con eso le alcanza.

Claro que sólo son nervios. ¡Me atormentan tanto que dejo de hacer lo que tendría que hacer!

¡Yo que tenía tantas ganas de ayudar a John, de servirle de apoyo y consuelo, y aquí estoy, tan joven y convertida en una carga!

Nadie creería el esfuerzo que representa lo poco que puedo hacer: vestirme, atender visitas y hacer pedidos.

Por suerte Mary se maneja bien con el bebé. ¡Qué criatura encantadora!

Pero no puedo, no puedo estar con él. ¡Me pongo tan nerviosa!

Supongo que John no habrá estado nervioso en toda su vida. ¡Cómo se ríe de mí por el asunto del papel tapiz!

Al principio quiso poner uno nuevo, pero luego dijo que estaba permitiendo que me obsesionara, y que para una enferma nerviosa no hay nada peor que ceder frente a esa clase de fantasías.

Dijo que una vez puesto un papel nuevo pasaría lo mismo con la cama, dura y maciza, luego con los barrotes de las ventanas, con la reja que hay al final de la escalera, y que todo se convertiría en una historia de nunca acabar.

—Tú sabes que este sitio te hace bien —dijo—, y francamente, cariño, no pienso remodelar la casa sólo para un alquiler de tres meses.

—Entonces vayamos abajo —repliqué—. Abajo hay dormitorios muy bonitos.

Entonces me tomó en brazos y me llamó tontita. Dijo que si se lo pedía yo bajaría al sótano.

De todas formas admito que tiene razón con lo de las camas, las ventanas y el resto.

Es una habitación tan aireada y cómoda que más, realmente, no se puede pedir. Lógicamente, no voy a ser tan necia como para incomodar a John por un simple capricho.

La verdad es que me estoy encariñando con el dormitorio. Con todo, menos con ese papel tapiz tan espantoso.

Por una ventana se ve el jardín, las enigmáticas pérgolas con su sombra impenetrable, las flores creciendo por todas partes, los arbustos, los árboles nudosos…

Por otra, tengo una vista deliciosa de la bahía y de un pequeño embarcadero, privado, que pertenece a la casa. Se baja por un camino precioso, con mucha sombra. Siempre me imagino que veo gente yendo y viniendo por allí, pero John me advierte que no alimente fantasías. Dice que, con mi imaginación y con mi hábito de inventarme cosas, una enfermedad nerviosa como la mía sólo puede desembocar en todo tipo de fantasías desbordantes, y que debería usar mi fuerza de voluntad y mi sentido común para controlar esos apetitos. Es lo que intento.

A veces pienso que si tuviera fuerzas para escribir un poco se suavizaría la presión de las ideas, y podría descansar.

Pero cada vez que lo intento me doy cuenta de que me canso mucho.

¡Desanima tanto que nadie me aconseje ni me haga compañía! John jura que cuando me reponga invitaremos al primo Henry y a Julia, pero dice que en este momento preferiría ponerme un cartucho de dinamita en la almohada antes que dejarme en semejante compañía.

Dios quiera me recuperara más deprisa.

Pero no tengo que pensarlo. ¡Tengo la impresión de que este papel “sabe” la mala influencia que tiene!

Hay una zona recurrente donde el dibujo se dobla como un cuello roto, y te miran dos ojos desorbitados vueltos al revés.

Es tan impertinente, tan tenaz, que me pone furiosa. Se repite hacia arriba, hacia abajo, de costado, y por todas partes aparecen esos ojos ridículos, mirándome sin pestañear. Hay un sitio donde los rollos no encajan perfectamente y los ojos se repiten de arriba a abajo, uno más alto que el otro.

Nunca había visto tanta expresividad en una cosa inanimada, ¡y ya se sabe lo expresivas que pueden ser! De pequeña me quedaba despierta en la cama y hallaba más diversión en una pared en blanco o en un mueble normal y corriente que la mayoría de los niños en una tienda de juguetes.

Aún recuerdo con el afecto con que me guiñaban los ojos los tiradores de nuestro antiguo escritorio, y había una silla a la que siempre tuve por una amiga fiel.

Me parecía que, si alguna de las otras cosas tenía un aspecto demasiado amenazador, siempre podía subirme a la silla y ponerme a salvo.

Lo peor que puede decirse del mobiliario de esta habitación es que carece de armonía, porque de hecho tuvimos que subirlo de la planta baja. Supongo que cuando servía de sala de juegos tuvieron que sacar las cosas de los niños. ¡No me extraña! Nunca he visto destrozos como los que hicieron aquí esos pequeños.

Ya he dicho que el papel tapiz está arrancado en varios lugares, y eso que estaba bien pegado. Además de odio debían de tener perseverancia.

El suelo, además, está cubierto de tajos, agujeros y pedazos desprendidos. Hasta el yeso tiene algún que otro corte, y esta cama tan grande y pesada, que es lo único que encontramos en la habitación, parece salida de una guerra.

Pero a mí no me importa. Sólo me molesta el papel.

Viene la hermana de John. ¡Qué atenta es! Que no me encuentre escribiendo.

Es un ama de casa perfecta y entusiasta, y lo mejor de todo es que no aspira a ninguna otra profesión. ¡Estoy segura de que para ella estoy enferma porque escribo!

Pero cuando no está puedo seguir escribiendo, y estas ventanas me permiten que la vea venir de muy lejos.

Hay una que da a la carretera, muy bonita y con muchas curvas. Otra tiene vista hacia el campo. También es bonito, lleno de olmos exuberantes y de prados aterciopelados.

Este papel tapiz tiene una especie de dibujo secundario de otro color; es de lo más irritante, porque sólo se ve cuando la luz entra de una manera particular y ni siquiera así es completamente nítido.

Pero en las partes donde no se ha decolorado y donde el sol le da así… Veo una especie de silueta extraña, amorfa, provocadora, algo que parece acechar por detrás de ese dibujo principal tan estúpido y llamativo.

¡Ahí sube la hermana!

¡Ya ha pasado el cuatro de julio! Se han marchado todos y estoy agotada. John pensó que me haría bien ver gente, y por eso hemos recibido a mamá, a Nellie y a los niños durante una semana.

Yo no he hecho nada, claro. Ahora Jennie se ocupa de todo.

Pero igualmente estoy agotada.

John dice que, si no mejoro pronto, en otoño me enviará a ver al doctor Weir Mitchell.

Yo no quiero ir por nada del mundo. Una vez fue a verlo una amiga y dice que es igual que John y que mi hermano, sólo que peor.

Además, me da miedo un viaje tan largo.

Tengo la sensación de que no vale la pena esforzarse por nada, y es horrible lo nerviosa y quejosa que me estoy poniendo.

Lloro por nada, me paso casi todo el día llorando.

Cuando está John no lloro, claro, ni con él ni con nadie, pero cuando estoy sola sí.

Y últimamente paso mucho tiempo sola. A menudo John se queda en la ciudad por casos graves, y Jennie, que es buena, me deja sola siempre que se lo pido.

Entonces paseo un poco por el jardín o por aquel caminito tan agradable, o me siento en el porche bajo las rosas, y paso bastante tiempo echada aquí arriba.

Me está gustando mucho el dormitorio, a pesar del papel tapiz. O tal vez a causa de él…

¡Lo tengo tan metido en la cabeza!

Me quedo estirada en esta cama gigantesca e inamovible (creo que debe estar clavada al suelo), y me paso horas mirando el dibujo. Lo hago como si hiciera gimnasia, en serio. Por ejemplo: empiezo por la base, en aquella esquina donde no lo han arrancado, y me comprometo por enésima vez a seguir ese diseño absurdo hasta llegar a algún tipo de conclusión.

Algo sé sobre los principios del diseño y veo que este dibujo no sigue ninguna ley de radiación, alternancia, repetición, simetría ni cualquier otro principio que yo conozca.

Se repite en cada rollo, lógicamente, pero nada más.

Según cómo se los mire, cada rollo es independiente, y las elegantes curvas y adornos (una especie de “románico degenerado” con delirium tremens) suben y bajan torpemente en franjas aisladas y fatuas.

En cambio, visto de otra manera se conectan en diagonal, y la multiplicación de líneas genera grandes oleadas de horror óptico, como una vasta extensión de algas agitadas por la corriente.

También funciona en sentido horizontal, o al menos así lo parece. Me esfuerzo tanto por distinguir el orden que sigue en esa dirección que acabo cansadísima.

Pusieron un rollo en horizontal, a modo de friso. Parece mentira cómo ayuda eso a complicarlo todavía más.

Hay una esquina de la habitación donde está prácticamente intacto y, cuando ya no se cruzan los rayos de sol y la luz del ocaso le da directamente, casi me parece que sí que hay radiación. Los incesantes grotescos dan la impresión de originarse en un centro común, y de salir todos despedidos con el mismo frenesí.

Me cansa seguirlo con la vista. Creo que dormiré una siesta. No sé por qué escribo esto.

No quiero escribirlo.

No me siento capaz.

Además, sé que a John le parecerá absurdo. ¡Pero de alguna forma tengo que decir lo que siento y lo que pienso! ¡Es un alivio tan grande…!

Aunque, por ahora, el esfuerzo está siendo más grande que el alivio.

Ahora me paso la mitad del tiempo con una pereza absoluta, y me acuesto con mucha frecuencia.

John dice que no tengo que perder fuerzas. Me ha hecho tomar aceite de hígado de bacalao, tónicos de esto y aquello y no hablemos de la cerveza, el vino y la carne medio cruda.

¡Qué bueno es John! Me quiere mucho y no le gusta nada que esté enferma. El otro día intenté hablar con él en serio y contarle las ganas que tengo de que me deje salir y hacer una visita al primo Henry y a Julia.

Pero dijo que no estaba en condiciones de realizar el viaje, ni de resistir la estancia una vez ahí; y yo no me defendí demasiado bien, porque antes de terminar ya estaba llorando.

Me está costando mucho razonar. Supongo que será por los nervios.

Y el bueno de John me tomó en brazos, me llevó arriba, me puso en la cama y me leyó hasta que me dormí.

Dijo que yo era la niña de sus ojos, su consuelo, lo único que tenía en el mundo; que tengo que cuidarme por él y ponerme bien.

Dice que de esto sólo puedo salir yo misma; que tengo que usar mi voluntad y no dejarme vencer por fantasías tontas.

Una cosa me consuela: el bebé está bien de salud y no tiene que estar en este espantoso cuarto con su horrendo papel tapiz.

¡Si no lo hubiéramos usado nosotros habría sido para el niño! ¡Qué suerte que se lo hemos ahorrado! Ni muerta permitiría que un hijo mío, una cosa tan diminuta e impresionable, viviera en un cuarto así.

Es la primera vez que lo pienso, pero a fin de cuentas es una suerte que John me dejara aquí. Lo digo porque puedo soportarlo mucho mejor que un bebé.

Claro que ahora ya no se lo comento a nadie. ¡Tan tonta no soy! Pero sigo observándolo.

En ese papel tapiz hay cosas que sólo yo sé; cosas que nadie más sabrá.

Cada día se destacan más las formas inciertas que hay detrás del dibujo principal.

Siempre es la misma forma, sólo que se repite.

Y es como una mujer agachada, arrastrándose detrás del dibujo. No me gusta nada. Me pregunto si… Empiezo a pensar… ¡Dios quiera que John me sacara de aquí!

Es muy difícil hablar con John de mi caso porque es tan listo y me quiere tanto…

De todos modos anoche lo intenté.

Había luna. La luna entra por todos los lados, igual que el sol.

Hay veces en que odio verla; va ascendiendo muy lentamente, y siempre entra por alguna de las ventanas.

John dormía y, como no me gusta despertarlo, me quedé inmóvil y miré la luz de la luna sobre el papel ondulante, hasta que sentí miedo.

Parecía que la figura borrosa de detrás agitara el dibujo, como si quisiera salir.

Me levanté furtivamente y fui a tocar el papel, para ver si era verdad que se movía. Cuando volví, John estaba despierto.

—¿Qué te pasa, cariño? —dijo—. No te pasees así, te resfriarás.

Me pareció buen momento para hablar. Le dije que aquí no me sentía mejor, y que tenía ganas de que me llevara a otra parte.

—¡Pero cariño! —contestó—. Nos quedan tres semanas de alquiler, y no se me ocurre ninguna forma de marcharnos antes. En casa aún no están terminadas las reparaciones, y no puedo irme de la ciudad así como así. Si corrieras peligro lo haría, por supuesto, pero la cuestión es que estás mucho mejor, amor mío, aunque tú no lo adviertas. Recuerda que soy médico, cariño, y sé lo que digo. Estás aumentando de peso y mejorando tu color, y tu apetito crece día a día. La verdad es que estoy mucho más tranquilo que antes.

—No peso ni un gramo más —dije—; todo lo contrario. ¡Y puede que mi apetito haya mejorado por las noches, cuando estás tú, pero por la mañana, cuando te vas, está peor!

—¡Pobre amor mío! —dijo John, abrazándome con fuerza—. ¡Te dejo estar todo lo enferma que desees! Pero intentemos volver a dormir. Ya hablaremos por la mañana.

—¿O sea que no quieres marcharte? —pregunté con voz cansada y triste.

—¿Cómo quieres que me vaya, mi amor? Tres semanas más y saldremos de viaje por unos días, mientras Jennie termina de acondicionar la casa. Estás mejor, cariño. Hazme caso.

—Físicamente puede que sí… —empecé a decir, pero me quedé a mitad de la frase, porque John se incorporó y me dirigió una mirada tan seria y saturada de reproche que no fui capaz de continuar.

—Cariño —dijo—, te ruego por mi bien y el de nuestro hijo, además del tuyo: no dejes que esa idea se meta en tu cabeza ni por un segundo. Para un carácter como el tuyo no hay nada más peligroso, ni más atractivo. Es una idea falsa, además de absurda. ¿No confías en mi palabra de médico?

Como es lógico pensar, no dije nada más al respecto. Volvimos a acostarnos. John creyó que me había dormido, pero no fue así. Me quedé despierta durante varias horas, tratando de decidir si el dibujo principal y el de atrás se movían juntos o separados.

En un dibujo de esta clase, en ausencia de luz solar, hay un quiebre en la secuencia, un desafío a las leyes del diseño que produce una tremenda irritación.

Ya de por sí el color es bastante repulsivo, bastante inestable y bastante exasperante, pero el dibujo es lo que se dice una tortura.

Crees que lo tienes controlado pero, justo cuando lo sigues sin perderte, da una voltereta hacia atrás y vuelves a extraviarte. Es como un golpe en la cara, algo que te arroja al suelo. Es como una pesadilla.

El dibujo principal parece un arabesco que me hace pensar en hongos. Hay que imaginarse un arbusto con articulaciones, una fila interminable de arbustos brotando en espirales que no terminan jamás. Es algo así.

¡Pero sólo lo es a veces!

Este papel tiene una peculiaridad especial, algo que por lo visto sólo yo he notado: cambia con la luz.

Cuando el sol entra de lleno por la ventana oriental (yo siempre vigilo la aparición del primer rayo), cambia tan rápido que nunca termino de creerlo.

Por eso lo observo siempre. Todo el tiempo.

A la luz de la luna (cuando hay luna hay luz toda la noche) no me parece el mismo papel tapiz.

¡De noche, sea cual sea la fuente de luz (el ocaso, una vela, una lámpara o la luz de la luna, que es la peor de todas), se convierte en barrotes! Me refiero al dibujo principal, y la mujer de detrás se ve con total claridad.

Tardé bastante en reconocer lo que se ve detrás, ese dibujo secundario tan impreciso, pero ahora estoy segura de que es una mujer.

A la luz del día está borrosa, quieta. Yo creo que no se mueve a través del dibujo principal. ¡Es tan desconcertante! Yo, mirándolo, me quedo horas igual de inmóvil.

Últimamente paso mucho tiempo en cama. John dice que es lo mejor para mí, que tengo que dormir todo lo que pueda.

Lo cierto es que empecé por culpa suya, porque me obligaba a acostarme una hora después de cada comida.

Estoy convencida de que es una pésima costumbre, porque el caso es que no logro dormir.

Y eso estimula la mentira, porque finalmente no le digo a nadie que estoy despierta, que no duermo. ¡Nunca!

Creo que estoy teniendo miedo de John.

A veces lo noto muy raro, y hasta Jennie tiene una mirada inexplicable.

De vez en cuando, como mera conjetura, pienso que quizá sea el papel tapiz.

En más de una ocasión he observado a John sin que éste se diera cuenta, uno de esos días en que entraba en el dormitorio sin avisar con cualquier excusa inocente, y lo he sorprendido mirando el papel tapiz. A Jennie también. Una vez la sorprendí tocándolo.

Ella no sabía que yo estaba en el cuarto, y cuando le pregunté con voz tranquila, muy tranquila, controlándome al máximo, qué hacía con el papel… ¡Dio media vuelta y huyó como si la hubieran sorprendido robando! ¡Me preguntó que por qué la asustaba de ese modo!

Luego dijo que el papel lo manchaba todo, que había encontrado manchas amarillas en toda mi ropa y en la de John, y que tuviésemos un poco más de cuidado.

Qué inocente, ¿verdad? Yo sé que está estudiando el dibujo, pero estoy decidida a ser la única que descubra la solución.

Mi vida se ha vuelto mucho más interesante. Es porque tengo algo más que esperar, algo que vigilar. La verdad es que me alimento mejor y me siento más tranquila que antes.

¡Qué contento está John de que mejore! El otro día se rió un poco y dijo que se me veía más saludable, a pesar del papel tapiz.

Yo, para no tocar el tema, me reí. No tenía la menor intención de decirle que la causa era justamente el papel tapiz. Se habría reído. Hasta puede que hubiera querido sacarme de esta casa.

Ahora no quiero irme hasta que haya encontrado la solución. Queda una semana y creo que será suficiente.

¡Me encuentro cada vez mejor! De noche no duermo mucho, por lo interesante que es estar atenta a los acontecimientos; pero de día, en cambio, duermo bastante.

El día cansa y desconcierta.

Siempre hay nuevos brotes en el hongo, y nuevos tonos de amarillo en todo el dibujo. Ni siquiera puedo llevar la cuenta, y eso que lo he intentado rigurosamente.

¡Qué amarillo más raro el del papel! Me recuerda a todo lo amarillo que he visto en mi vida; no cosas bonitas, como las flores, sino cosas amarillas pútridas y malignas.

Todavía hay otra cosa en el papel: ¡el olor! Lo noté en cuanto entramos en la habitación, pero con tanto aire y tanto sol no me molestaba realmente. Ahora que llevamos una semana de niebla y lluvia da lo mismo abrir o no las ventanas, el olor no se marcha.

Penetra en toda la casa.

Lo encuentro flotando en el comedor, agazapado en el salón, escondido en el vestíbulo, acechándome en la escalera.

Se me mete en el pelo.

Hasta cuando salgo a montar a caballo. De repente giró la cabeza y lo sorprendo: ¡ahí está el olor!

¡Y qué raro es! Me he pasado horas tratando de analizarlo para saber a qué olía.

Malo no es, al menos al principio. Es muy suave. Nunca había olido nada tan sutil y a la vez tan persistente.

Con esta humedad resulta asqueroso. De noche me despierto y lo descubro flotando sobre mi cuerpo.

Al principio me molestaba. Llegué a pensar seriamente en quemar la casa sólo para matar el olor.

Ahora, en cambio, me he acostumbrado. ¡Lo único que se me ocurre es que se parece al color del papel! Un olor amarillo.

Hay una marca muy rara en la pared, en la parte de abajo, cerca del zócalo: una línea que cruza toda la habitación. Pasa por detrás de todos los muebles menos la cama. Es una mancha larga, recta y uniforme, como de haber frotado algo muchas veces.

Me gustaría saber cómo y quién la hizo, y para qué. Vueltas, vueltas y vueltas. Vueltas, vueltas y vueltas. ¡Me marea!

Por fin he hecho un verdadero descubrimiento.

A fuerza de mirarlo todas las noches, en medio de sus metamorfosis, he terminado por descubrir la solución.

El dibujo principal se mueve, efectivamente, ¡y no me extraña! ¡Lo agita la mujer de atrás!

A veces pienso que detrás no hay una, sino varias mujeres; otras, que sólo hay una, que se arrastra a toda velocidad y que el hecho de arrastrarse lo sacude todo.

En las partes muy iluminadas se queda quieta, mientras que en las más oscuras se aferra a los barrotes y los sacude con fuerza.

Siempre quiere salir, pero ese dibujo es impenetrable. ¡Es tan asfixiante! Yo creo que es la explicación de que tenga tantas cabezas.

Lo atraviesan, y luego el dibujo las ahoga, las deja boca abajo y les pone los ojos en blanco.

Si las cabezas estuvieran tapadas, o arrancadas, no serían tan desagradables.

¡Creo que la mujer sale de día!

Voy a decir por qué, pero que no se entere nadie: ¡la he visto!

¡La veo por todas mis ventanas!

Estoy segura de que es la misma mujer, porque siempre se arrastra, y hay pocas mujeres que se arrastren a la luz del día.

La veo por el camino largo que pasa bajo los árboles. Se arrastra, y cuando pasan los caballos se esconde debajo de las zarzamoras.

La entiendo perfectamente. ¡Debe de ser muy humillante que te sorprendan arrastrándote en pleno día!

Yo, cuando me arrastro de día, siempre cierro la puerta con llave. De noche no puedo, porque sé que John sospecharía algo.

Y últimamente está tan raro que prefiero no importunarlo. ¡Ojalá se mudara de habitación!

Además, no quiero que nadie más que yo saque a esa mujer de noche.

A veces me pregunto si podría verla por todas las ventanas a la vez.

Pero, por muy rápido que gire, sólo consigo mirar por una.

¡Y aunque siempre la vea, existe la posibilidad de que la velocidad con que se arrastra sea mayor que la de mis giros!

Alguna vez la he visto lejos, en el campo abierto, arrastrándose con la misma rapidez que la sombra de una nube en un día de viento.

¡Ojalá el dibujo principal pudiera separarse del que está debajo! Me propongo intentarlo poco a poco.

¡He hallado otra cosa extraña, pero esta vez no pienso decirla! No conviene confiar demasiado en la gente.

Sólo quedan dos días para quitar el papel tapiz, y me parece que John empieza a notar algo. No me gusta cómo me mira.

Además, lo he oído hacerle preguntas a Jennie, preguntas sobre mí. El informe de Jennie era muy bueno.

Dice que de día duermo mucho.

¡John sabe que de noche no duermo demasiado bien, y eso que casi no me muevo!

También me hizo toda clase de preguntas fingiéndose atento y tierno.

¡Como si yo no lo supiera!

De todos modos, su comportamiento no me extraña en absoluto, después de tres meses durmiendo debajo de este papel.

Lo mío es simplemente un interés, pero estoy segura de que a John y a Jennie, secretamente, les afecta.

¡Finalmente! Es el último día, pero no necesito otro. John se queda a dormir en la ciudad, y no volverá hasta tarde.

Jennie quería dormir conmigo, la muy zorra, pero le he dicho que descansaría mucho mejor quedándome sola.

¡Una respuesta muy astuta, porque la verdad es que no he estado sola en absoluto! En cuanto salió la luna y la pobre mujer empezó a arrastrarse y a agitar el dibujo, me levanté y corrí a ayudarla.

Yo estiraba y ella sacudía; luego sacudía yo y estiraba ella, y antes del amanecer habíamos arrancado varios metros de papel.

Una franja como de mi altura, y de ancha como la mitad de la habitación.

¡Después, cuando salió el sol y el dibujo comenzó a burlarse de mí, juré acabar con él hoy mismo!

Nos vamos mañana. Están trasladando todos mis muebles a la planta baja para dejarlo todo como al momento de llegar.

Jennie ha mirado la pared con cara de asombro, pero le he dicho que ha sido un ataque de rabia por lo horrible que era el papel tapiz.

Se echado a reír y me ha dicho que no le habría importado hacerlo ella misma, pero que no está bien que me exija físicamente.

¡Qué manera de quedar en evidencia!

Pero aquí estoy, y este papel no lo toca nadie más que yo. ¡Antes muerta!

Jennie ha intentado sacarme de la habitación. ¡Cómo se le notaba! Pero yo le he dicho que ahora está tan vacía y tan limpia que me daban ganas de acostarme otra vez y dormir todo lo que pudiera; que no me despertara ni para cenar, y que ya la avisaría yo cuando estuviera disponible.

Se ha marchado y los criados no están. Los muebles tampoco. Sólo queda la cama clavada al suelo, con el colchón de lona que encontramos encima.

Esta noche dormiremos abajo y mañana tomaremos el barco a casa.

Me gusta bastante esta habitación, ahora que vuelve a estar vacía.

¡Qué destrozos hicieron los niños!

¡La cama está como si la hubieran mordido! Pero tengo que poner manos a la obra.

He cerrado la puerta y he tirado la llave al camino.

No quiero salir, ni quiero que entre nadie hasta que llegue John.

Quiero darle una buena sorpresa.

Tengo una cuerda que Jennie no ha encontrado. De ese modo, si sale la mujer y quiere escaparse, podré atarla.

¡Pero he olvidado que no puedo llegar muy arriba si no hay nada sobre dónde subirme! ¡Esta cama es inamovible!

He intentado levantarla y empujarla hasta entumecerme. Entonces me he enfadado tanto que le he arrancado un trozo de hierro, mordiéndola en una esquina; pero me he lastimado los dientes.

Después he arrancado todo el papel hasta donde alcanzaba de pie en el suelo. ¡Está notablemente adherido! ¡Todas las cabezas estranguladas y los ojos saltones y la multiplicación de hongos, todos se burlan de mí!

Me estoy enfadando tanto que acabaré haciendo una locura, algo desesperado. Saltar por la ventana sería una operación admirable, pero los barrotes son demasiado fuertes para intentarlo.

Además, tampoco lo haría. Desde luego que no. Sé perfectamente que sería un acto indecoroso, y que podría malinterpretarse.

Ni siquiera me gusta mirar por las ventanas. ¡Hay tantas mujeres arrastrándose…!

Me gustaría saber si salen todas del papel tapiz, como yo.

Pero ahora estoy bien sujeta con mi cuerda, la que Jennie no encontró. ¡Jamás me sacarán a la carretera!

Supongo que cuando se haga de noche tendré que ponerme otra vez detrás del dibujo. ¡Con el trabajo que cuesta!

¡Es tan agradable estar en esta habitación tan grande, y andar arrastrándome siempre que lo desee…!

No quiero salir. No quiero, ni que me lo ruegue Jennie.

Porque afuera hay que arrastrarse por el suelo y, en vez de amarillo, es todo verde.

Aquí, en cambio, puedo arrastrarme sobre el suelo liso y mi hombro se ajusta perfectamente a la marca larga de la pared, con la ventaja de que así no puedo extraviarme.

El pobre John está del otro lado de la puerta ¡Es inútil, no podrás abrirla!

¡Qué quejidos, y qué golpes!

Ahora pide un hacha a gritos.

¡Sería una pena destrozar una puerta tan bonita!

—¡John, querido! —dije con total amabilidad—. ¡La llave está al lado de la escalera de entrada, debajo de una hoja!

Con eso se ha callado un rato.

Luego dijo (con mucha serenidad):

—¡Abre la puerta, cariño!

—No puedo —contesté—. ¡La llave está al lado de la puerta principal, debajo de una hoja!

Lo he repetido varias veces, lentamente y con mucha dulzura; lo he dicho tantas veces que ha tenido que bajar a comprobarlo. La ha encontrado, como era de esperar, y ha entrado. Se ha quedado a un paso del umbral.

—¿Qué pasa? —gritó—. ¿Qué haces, por Dios?

Yo seguí arrastrándome como si nada ocurriera, pero lo he mirado por encima del hombro.

—Al final he salido —dije—, aunque ni tú ni Jennie lo quisieran. ¡Y he arrancado casi todo el papel tapiz para que no puedan volver a meterme!

¿Por qué se habrá desmayado? El caso es que lo ha hecho, y justo al lado de la pared, justo en la mitad de mi camino. ¡He tenido que pasar por encima de él para completar cada vuelta!

 

literal-tapiz


Charlotte Perkins Gilman (1860-1935) nació en Hartford, Connecticut. Su padre la abandonó siendo apenas una niña, y su madre, incapaz de amarla, le prohibió, entre otras cosas, forjar amistades y leer ficción. Sobre estos cimientos de tristeza se construyó una de las mujeres más destacables del periodo. Socióloga, escritora, luchadora social, feminista utópica, Charlotte Perkins Gilman logró trascender todos los paradigmas de su tiempo.

“El tapiz amarillo” (The Yellow Wallpaper) fue publicado en la revista literaria The New England Magazine en enero de 1892. El relato detalla el descenso de una mujer a la locura a través de una terrible depresión post-parto. Su autora sufrió espantosamente durante los meses que siguieron al nacimiento de su hija Katherine. Con 26 años de edad se le diagnosticó un “agotamiento nervioso” y se le prescribió una “cura de descanso”, que no era otra cosa que obligarla a abandonar sus funciones como escritora y pensadora del feminismo para convertirla en una reclusa hogareña.

La autora procuró seguir el tratamiento durante unos meses, pero su depresión se profundizó de modo alarmante, poniéndola al borde del colapso emocional. Durante este periodo caótico, para algunos, en la cima de un brote psicótico, compuso el primer borrador de “El tapiz amarillo”, que sería terminado algunos años después.

El cuarto pequeño

Entregamos a los lectores un cuento de Madeline Yale Wynne, contenido en la antología Ella, fantasma. 14 relatos espectrales de escritoras del siglo XIX publicado por Ediciones Cal y Arena.

 


 

–¿Tiene algún salón para fumar?

—Puedes fumar en cualquier otro lado, Roger, salvo en la casa. Temo que, si alguien fuma, la Tía Hannah se pueda enfadar. Ella es de Vermont y es muy caprichosa.

—Déjamela a mí: encontraré su lado tierno. Le preguntaré acerca del viejo capitán y del percal amarillo.

—No es un percal amarillo, sino cretona azul.

—Bueno, como sea.

—¡No! No confundas las cosas; no sabes lo que te espera. —Ahora dime de nuevo qué es exactamente lo que tengo que esperar, no llegué a escuchar mucho el otro día; era algo extraño que sucedió cuando eras una niña, ¿no es verdad?

—Algo que comenzó mucho antes de eso, y siguió sucediendo, y puede que continúe, aunque espero que no.

—¿Qué pasó?

—Me pregunto si los demás, en el auto, pueden escucharnos. —Supongo que no; nosotros no podemos escucharlos a ellos.

—Bien, mamá nació en Vermont, ya sabes. Fue la única hija de un segundo matrimonio. Tía Hannah y Tía Mary son, en realidad, medias hermanas de ella y medias tías mías.

—Espero que sean la mitad de lindas que tú.

—Roger, habla más bajo o seguro te escucharán.

—Bueno, ¿pero no quieres que sepan que estamos casados?

—Sí, pero no que estamos recién casados. Hay una gran diferencia.

—¿Temes que nos veamos muy felices?

—No; sólo quiero que mi felicidad sea únicamente mía. —Bueno, volvamos al tema. ¿La habitación pequeña?

—Mis tías tenían casi veinte años más que mamá. Puedo decir que Hiram y ellas la llevaron ahí. Verás, Hiram fue empleado del abuelo cuando era joven y, cuando el abuelo murió, Hiram decidió quedarse a trabajar en la granja. Él fue el único refugio de mi madre del decoro de mis tías. Ellas siempre estaban trabajando. Me hacen pensar en aquella mujer de Maine que quiso que su epitafio fuera: “Fue una mujer que trabajó duro”.

—Deben ser bastante mayores. ¿Qué edad tienen?

—Setenta, más o menos; pero morirán de pie; o una noche de sábado luego de que todo el trabajo de la casa haya terminado. Eran muy estrictas con mamá, a veces creo que demasiado, si me entiendes, y supongo que la pobre tuvo una infancia solitaria. La casa estaba a casi una milla de cualquier vecino, en la cima de lo que llamaban Stony Hill. Es fría y sombría, incluso en verano. Cuando mamá tenía unos diez años, ellas la enviaron con unas primas en Brooklyn, quienes tenían sus propios niños. Estuvo allí hasta que se casó. No regresó a Vermont en todo ese tiempo y, por supuesto, no vio a sus hermanas, ya que ellas nunca salían de la casa. Ni siquiera fueron a Brooklyn para asistir al casamiento.

—¿Y ése es el motivo por el que hemos hecho este viaje?

—Roger, no tienes idea de cuán fuerte estás hablando.

—Perdón. Nunca me dices eso, excepto cuando estoy por decir una cierta palabrita.

—Bueno, no la digas entonces. O dila muy bajo.

—Bien, ¿cuál era la cosa extraña?

—Ellas estaban en la casa. Mamá quería llevar a papá al cuarto pequeño; ella le había contado todo, tal como yo te lo conté, y le dijo además que, de todas las habitaciones de la casa, ésa era la más apacible. Ella le describió los muebles, los libros, todo; le dijo que estaba ubicada en el ala norte, entre el frente y el cuarto trasero. Cuando fueron a verlo, no había ningún cuarto pequeño allí; solo un armario chino. Ella preguntó a sus hermanas cuándo había sido construido ese armario. Ambas dijeron que la casa había estado así desde su construcción, que nunca habían hecho ningún cambio, excepto para tirar abajo un viejo cobertizo de madera y construir uno más pequeño. Papá y mamá reían a menudo de esto y, cuando alguien se perdía o desaparecía, ellos siempre decían que se había ido al cuarto pequeño, y cualquier declaración exagerada era denominada “cuarto pequeño”. Cuando era niña, pensaba que era una frase usual, ya que la escuchaba a menudo. Bien, ellos lo hablaron y finalmente concluyeron que mi madre habría tenido una imaginación muy frondosa de pequeña y que había leído en algún libro algo acerca de un cuarto pequeño, o quizás lo había soñado y eso le hizo creerlo como algo real, de manera que realmente pensaba que el cuarto estaba allí.

—¡Vaya! Por supuesto, tranquilamente pudo haber sido eso.

—Sí, pero tú aún no has escuchado la parte extraña; espera y verás si puedes explicar el resto. Estuvieron en la hacienda unas dos semanas y luego regresaron a Nueva York. Cuando yo tenía ocho años, mi padre falleció en la guerra, y mi madre estaba muy triste. Nunca se recobró del todo. Decidimos pasar los tres meses de verano en la casa. Yo era una niña incansable, y el viaje me pareció muy largo y agotador. Finalmente, para pasar el tiempo, mamá me contó la historia del cuarto pequeño:
Me contó todos los detalles; y a mí, que sabía de antemano que todo lo del cuarto era fantasía, me pareció como si fuera real. Dijo que estaba en el ala norte, entre el frente y los cuartos traseros, que era muy pequeño y que tenía una puerta que se abría hacia afuera, que estaba pintada de verde y cortada al medio, como las viejas puertas holandesas, de manera que podía ser utilizada como ventana si se le abría la parte superior. Frente a la puerta había un sofá; estaba cubierto con una tela, cretona azul traída por un viejo capitán de Salem de la India. Se la había dado a Mary cuando ella era un niña. Ella había ido a Salem para estudiar en el colegio durante dos años. Además, el abuelo originalmente venía de Salem. Pero no había ningún cuarto o cretona. Pensaron que mamá lo imaginó todo, y sin embargo ella me contaba el color de cada cosa. ¡Hasta recordaba que Hiram le había contado que Mary se podría haber casado con el capitán si ella lo hubiera querido! La tela de la India tenía dibujos estampados de un pavo. La cabeza y el cuerpo del ave estaban de perfil, mientras que la cola, que se veía detrás, estaba de frente. Parecía haber tomado la imaginación de mamá, ya que me lo dibujó en un pedazo de papel mientras hablaba. ¿No te parece extraño que ella pudiera inventarlo todo, o siquiera soñarlo?

Al pie del sofá había algunas repisas con algunos libros viejos. Todos tenían cubiertas de color marrón, excepto uno que estaba encuadernado en un rojo brillante, y era llamado “Album de Damas”. Marcaba una gran discontinuidad entre los libros gruesos. En el estante más bajo había una bella concha rosada, sobre una esterilla hecha de bolitas rojizas. Esta conchilla era muy codiciada por mamá, pero ella sólo tenía permitido jugar con ella cuando se portaba muy bien. Hiram le había mostrado cómo ponérsela en el oído para escuchar el ruido del mar. Sé que tú eres como Hiram, Roger. Mamá recordaba, o creía recordar haber estado una vez muy enferma y permanecer varios días acostada en ese sofá; llegó un momento en que estaba tan familiarizada con el lugar que se le permitió jugar con la conchilla todo el tiempo. Le llevaban tostadas con té. Era uno de los recuerdos más afectuosos de su niñez; fue la primera vez que se sintió importante para alguien. Junto a la cabeza del sofá había una lámpara de pie de bronce. Eso es todo lo que recuerdo de su descripción, excepto por una alfombra en el piso y un bello papel floreado sobre la pared (rosas y campanillas en forma de corona sobre un fondo azul claro). El mismo papel que estaba en la pared cuya puerta abría la habitación. No sé que pudo haberle sucedido en ese armario.

—¿Y esto sólo existió en su imaginación?

—Me dijo que cuando ella y papá fueron allí, no había ninguna habitación pequeña ni nada parecido en toda la casa; sólo ese armario chino donde creía que tenía que estar el cuarto.

—Y tus tías dijeron que jamás había existido un cuarto allí.

—Ninguno.

—¿No había ninguna cretona azul en la casa con figuras de gansos?

—Para nada. Tía Hannah dijo que jamás había visto nada parecido y Mary solo confirmó sus palabras. Tía Hannah es una típica señora de Nueva Inglaterra. Va de un lado a otro; está siempre yendo y viniendo de una forma muy característica. No creo que en toda su vida se haya recostado jamás, ni sentado en una silla. Pero Mary es diferente; ella es suave y gorda, nunca tiene ideas propias, nunca tuvo ninguna. No creo que haya tenido alguna vez un pensamiento contrario al de Tía Hannah. ¿Qué otra cosa hubiera dicho? Era un eco de Hannah. Cuando mamá y yo vinimos aquí, por supuesto, yo estaba muy excitada por ver el armario chino y tenía la sensación de que, en realidad, iba a ver el cuarto pequeño. Así que corrí y abrí la puerta con rapidez. Y luego me puse a gritar: “¡ven y mira el cuarto pequeño!”. Y, Roger —dijo la señora Grant colocando su mano sobre la de él—, había realmente un cuarto pequeño ahí, exactamente donde mi madre lo recordaba. Estaba el sofá, la cretona con el pavo, la puerta verde, la conchilla, el papel con rosas y campanillas, todo. Exactamente todo, tal cual como ella me lo habría descrito.

—¿Y qué diablos dijeron las hermanas sobre esto?

—Aguarda un minuto y te lo diré. Mi madre todavía estaba en el vestíbulo hablando con Tía Hannah. Ella no me escuchó al principio, pero volví a correr hacia la puerta y le tomé la mano. La arrastré por todas las habitaciones, diciendo: “el cuarto está ahí”. Pareció por un minuto como si mi madre fuera a desmayarse. Me aferró casi aterrorizada. Puedo recordar lo pálida que se veía y con qué expresión de alarma me miraba. Llamé a Tía Hannah y le pregunté cuándo habían sacado el armario chino y construido el cuarto pequeño. En mi excitación, pensé que eso había pasado.

“Ese pequeño cuarto siempre ha estado ahí”, dijo Tía Hannah, “desde que la casa fue construida”.

“Pero mamá me dijo