Por qué es imposible ganar la «guerra contra el terror»

El escritor, filósofo y profesor John Gray (1948) considera que cualquier movimiento utópico en Occidente está informado por el pensamiento apocalíptico del cristianismo primitivo y medieval, y la cruzada contra el terrorismo estadunidense no es la excepción. Sin embargo, en esta confrontación no hay un enemigo claro contra el que se pueda dirigir una campaña bélica y por lo tanto, nada que permita eventualmente cantar victoria. A continuación un fragmento de Misa Negra (Sexto Piso, 2017), recién publicado, en donde Gray explica esta tesis.


«La literatura especializada en contrainsurgencia que se ha escrito desde los años cincuenta es tan abundante que, si alguien la hubiera subido a bordo del Titanic, éste se habría hundido sin intervención alguna del iceberg. Aun así, lo más extraordinario es que casi toda ella ha sido obra de los perdedores».
Martin van Creveld1

En septiembre de 2006, se filtró a la prensa un informe secreto (del que luego se publicarían varias secciones) que recababa información de dieciséis agencias de inteligencia estadounidenses y apuntaba a la invasión estadounidense de Irak como «factor central» de fomento del terrorismo islamista en todo el mundo.2 Esta valoración no era ninguna sorpresa para los numerosos analistas que, desde mucho antes del inicio de la guerra, preveían que ésta tendría dicho resultado y auguraban que la invasión impulsaría el reclutamiento de terroristas y les proporcionaría un extenso campo de entrenamiento. Algunos llegaron a adelantar, también, que la insurgencia iraquí contra la ocupación estadounidense sería imposible de derrotar. Si, pese a todas esas advertencias, la guerra se emprendió de todos modos, fue porque los políticos que la idearon lograron convencer a la opinión pública de que ésta formaba parte de la llamada «guerra contra el terror». La agresión contra Irak fue descrita por algunos sectores del Pentágono como un movimiento o jugada dentro de una «guerra prolongada»: una especie de contienda multigeneracional en la que los ataques preventivos y los cambios de régimen son armas que se usan con el ánimo de derrotar al terrorismo en todo el mundo. En otras reflexiones estadounidenses más recientes sobre cuestiones estratégicas, se ha apuntado la importancia crucial de las estrategias no militares para combatir el terrorismo. Pero, aun así, sigue viva la creencia de que, para enfrentarse al terrorismo, hay que derrotar a una especie de «insurgencia global» (lo que, en el fondo, no es más que un modo más sofisticado de hablar sobre cómo librar una «guerra global contra el terror»).3 La idea misma de una guerra de ese tipo es ya de por sí cuestionable. El terrorismo es un término genérico bajo el que se engloban múltiples formas de guerra no convencional, cada una con sus causas y sus remedios diferenciados. Agruparlas todas dentro de una única amenaza global denota una clara incomprensión del fenómeno. El terrorismo es un candidato perfecto para ser objeto de juicios morales desprovistos de cualquier matiz. Para quienes conciben el contraterrorismo como una cruzada para poner «fin a un mal»,4 analizar el terrorismo sin condenarlo es un ultraje. Pero tal vez sea más útil (y, en última instancia, más moral) el análisis amoral que suelen llevar a cabo los estrategas militares.

En su sentido más preciso, por «terrorismo global» se entiende una proporción pequeña (aunque en constante aumento) de la guerra no convencional que se produce en el conjunto del planeta en un momento dado. Buena parte de lo que hoy se califica de terrorismo era considerado en el pasado como una forma de insurrección o de conflicto civil, y constituía un tipo de enfrentamiento al que se le reconocía una naturaleza esencialmente local. Técnicas como la detonación de artefactos explosivos contra edificios gubernamentales o el asesinato de autoridades públicas forman parte habitual del repertorio de los movimientos de liberación nacional y han sido empleados históricamente en lugares tan diversos como Palestina y Malaca bajo dominio británico, en la Argelia francesa y en Vietnam durante la ocupación estadounidense. Las técnicas terroristas se usan porque son baratas y muy efectivas. Normalmente, sólo se emplean a gran escala y durante un período prolongado de tiempo en circunstancias de conflicto grave y cuando otros métodos han fracasado. Dicho de otro modo, el terrorismo suele ser una estrategia racional.

Hoy forma ya parte del discurso occidental vincular el terrorismo a la cultura árabe y al culto islámico del martirio. Sin embargo, el islam es una religión, no una cultura, y la mayoría de los que viven en el «mundo islámico» no son árabes. El terrorismo en Indonesia no puede explicarse aludiendo a actitudes culturales que normalmente son atribuidas a los árabes (de un modo que, de ser aplicado a otros grupos, sería merecidamente condenado como racista). El terrorismo suicida no es una patología que afecte a una cultura particular y tampoco tiene vínculos estrechos con la religión.

Gran parte del terrorismo es como otros tipos de estrategia militar. Las guerras se desarrollan casi siempre dentro de las fronteras de una misma cultura o entre culturas distintas. Las dos primeras guerras mundiales empezaron como conflictos intraeuropeos, la guerra chino-japonesa fue librada por dos países pertenecientes al mundo cultural confuciano, y la guerra Irán-Irak fue intraislámica. Las guerras de los Balcanes de la década de 1990 enfrentaron a bandos separados por líneas étnico-nacionales, no religioso-culturales (cristianos y musulmanes formaron frecuentes alianzas). La idea de que las guerras son conflictos entre civilizaciones (surgida de una disputa interna estadounidense en torno a la cuestión del multiculturalismo y no como un auténtico intento de interpretación de las relaciones internacionales) no está respaldada por los hechos.5

Aplicada a los métodos militares no convencionales, cualquier referencia a un supuesto choque de civilizaciones carece de sentido alguno. Fueron los Tigres tamiles, un grupo marxista-leninista que actúa dentro de una cultura hindú en Sri Lanka, los primeros que idearon la técnica del atentado suicida con bomba (incluido el chaleco con explosivos que luego adoptarían los palestinos). Hasta la guerra en Irak, los Tigres tamiles habían cometido más atentados de ese tipo que ningún otro movimiento en el mundo. Los pioneros de los secuestros aéreos fueron los miembros de la Organización para la Liberación de Palestina, de carácter laico, ayudados por grupos de ultraizquierda como la Facción del Ejército Rojo. Fue concretamente un miembro japonés del Ejército Rojo quien llevó a cabo el primer atentado suicida en Israel en 1972.

El atentado suicida con bomba es una técnica que ha sido adoptada por personas de culturas y creencias diversas con el fin de conseguir unos objetivos políticos. En el primer estudio empírico riguroso que se ha realizado sobre el tema, Morir para ganar: las estrategias del terrorismo suicida,6 Robert Pape ha analizado todos los casos conocidos entre 1980 y 2004 y ha descubierto que más del 95 % de los incidentes tenían fines claramente políticos. Ya fuera en Chechenia, Sri Lanka, Cachemira o Gaza, el objetivo era la expulsión de una fuerza ocupante. Los orígenes étnicos y religiosos de quienes perpetraron los atentados eran muy diversos. En el Líbano, Hezbolá organizó una campaña contra objetivos franceses, estadounidenses e israelíes entre 1982 y 1986 en la que llevó a cabo 41 atentados suicidas (incluido el que, en 1983, provocó la muerte de más de cien marines y motivó la repentina decisión del presidente Reagan de retirar las fuerzas estadounidenses de aquel país). De éstos, sólo ocho fueron cometidos por integristas islámicos, 27 fueron obra de grupos políticos laicos de izquierda (como el Partido Comunista del Líbano) y otros tres fueron atribuidos a cristianos. Todas las personas implicadas en la autoría de aquellas acciones habían nacido en el Líbano, pero, por lo demás, eran muy diferentes entre sí. Estos terroristas suicidas de Hezbolá no se correspondían con ningún perfil reconocible de marginación social (una de las suicidas cristianas, por ejemplo, era una profesora de secundaria con título universitario). El único factor que los conectaba entre sí era su adhesión a un conjunto de objetivos políticos. Las condiciones que resultan decisivas a la hora de producir una violencia terrorista a largo plazo y a gran escala no son culturales ni religiosas, sino políticas. Allí donde se dan, cualquiera puede convertirse en un terrorista.

El terrorismo no está siempre al servicio de una estrategia racional, como ya hemos visto. La fe apocalíptica desempeñó un papel central en el terror de Estado desde los tiempos de los jacobinos hasta los de los bolcheviques y los nazis. Los movimientos terroristas autóctonos de Estados Unidos están movidos por mitos similares: las milicias derechistas que engendraron al terrorista que atentó con una furgoneta bomba en Oklahoma, Timothy McVeigh, se inspiraban en una ideología neonazi que auguraba una catástrofe y una renovación violenta en Estados Unidos, y el Ejército de Dios (un grupo terrorista integrista cristiano que asesina a médicos que practican abortos) califica de satánico al Estado de su país. En Japón, el movimiento Aum, que liberó gas sarín en el metro de Tokio y trató de obtener reservas del virus Ébola para utilizarlas en nuevos atentados, también se adscribía a una visión apocalíptica del mundo, aunque reclutaba a sus miembros en círculos profesionales (sobre todo, científicos) y no en los colectivos marginales de los que surgen muchas de las personas que se unen a las milicias derechistas estadounidenses. Toda esta clase de terroristas tienen más en común con los miembros de las sectas que con los soldados y los estrategas de Hezbolá o de los Tigres tamiles.

El terrorismo de Al Qaeda tiene dimensiones tanto estratégicas como apocalípticas.7 Tras haberse metamorfoseado en nuevas formas desde los atentados del 11-s, Al Qaeda es hoy más una trama poco conexa de grupos afines que una red global organizada. El control operativo se ha desplazado desde el núcleo original hacia centros de mando regionales y locales, y sus redes están cada vez más estructuradas en torno a internet. Fundada hacia el final de la Guerra Fría, durante el conflicto afgano-soviético en el que fue usada como agente de Occidente, Al Qaeda se ha convertido en una entidad descentralizada y eminentemente virtual cuyos fines están hoy mucho menos definidos que en el pasado. Esto ha sido, en parte, una respuesta a la acción militar occidental: aunque la destrucción del régimen talibán inhabilitó la mayoría de las unidades existentes en aquel momento, desde la invasión de Irak han surgido otras nuevas. Los objetivos originales de Al Qaeda eran claros (la retirada de las fuerzas estadounidenses de Arabia Saudí y la destrucción de la Casa de Saud), pero, en la actualidad, ha pasado a ser el vehículo de una ira incipiente. Esta nueva fase se ha manifestado en una yihad violenta que ha dejado una serie de atentados terroristas en el Reino Unido, España y Holanda, a los que no cabe definir como un simple rechazo a unas políticas occidentales concretas, sino como una muestra de repulsa de las sociedades occidentales en general.8

Al Qaeda es la única red terrorista que tiene alcance global. En esto, como en otros aspectos, es un subproducto de la globalización. El islamismo radical suele ser interpretado como una reacción violenta contra la modernidad, pero no deja de ser sorprendente lo mucho que las vidas de los secuestradores aéreos del 11-s se correspondían con el estereotipo de la anomia moderna. Instalados en una existencia seminómada, no se les podía considerar miembros de ninguna comunidad en concreto, por lo que es fácil deducir que recurrieron al terror más para dar un sentido a sus vidas que para promover un objetivo concreto. Dedicándose al terrorismo, dejaron de ser vagabundos para convertirse en guerreros. La mayoría de los secuestradores eran musulmanes practicantes desde hacía poco: habían «renacido» al islam en Europa. El islam que ellos representan no existe en las culturas tradicionales. Es una versión del fundamentalismo que sólo pudo desarrollarse al entrar en contacto con Occidente. Es la propia globalización la que sirve de puntal a la imagen utópica de una comunidad mundial de creyentes. Olivier Roy, el estudioso francés que ha elaborado un riguroso análisis sociológico del islam global, ha señalado precisamente que es «la creciente desterritorialización del islam la que propicia la reformulación política de una umma imaginaria».9

Hay quien ha comparado Al Qaeda con los terroristas anarquistas de finales del siglo XIX y existen sin duda puntos de similitud entre éstos y aquélla. Desde la destrucción del régimen de los talibanes, Al Qaeda no ha actuado al amparo de ningún Estado y se ha centrado en destruir los Estados existentes más que en fundar otros nuevos. Al Qaeda se diferencia del terrorismo anarquista, en parte, por la crueldad de los métodos de aquélla (los anarquistas tenían como objetivo principal a autoridades estatales, mientras que Al Qaeda se ha especializado en atentar contra la población civil) y, en parte también, por la base de masas que está adquiriendo. El terrorismo anarquista era la obra de una minúscula secta que nunca contó con apoyo popular; Al Qaeda, por el contrario, atrae actualmente a un gran número de musulmanes desafectos, muchos de los cuales viven en los países occidentales. En semejantes circunstancias, no será fácil impedir que se produzcan nuevos atentados como los ya vividos en Nueva York, Washington, Bali, Madrid, Ankara, Londres y otras ciudades.

El peligro del terrorismo islamista es real, pero declarar la guerra al mundo no es un modo sensato de abordarlo. Con la salvedad de unos pocos países –como Arabia Saudí, Israel e Irak–, los terroristas plantean un problema de seguridad más que una amenaza estratégica. No hay un enemigo claro contra el que se pueda dirigir una campaña bélica ni ningún punto que permita, una vez alcanzado, cantar victoria en esa guerra. Como se ha señalado con frecuencia, desactivar a los terroristas es una labor de tipo policial que precisa del apoyo de las comunidades de acogida de éstos. Y dicha labor no se ve en absoluto facilitada por guerras sin sentido libradas en el territorio de países islámicos ni por políticas discriminatorias contra los musulmanes en los países occidentales. Aunque la acción militar concentrada puede resultar eficaz en ocasiones (como fue el caso de la destrucción de las bases de entrenamiento en Afganistán), las operaciones militares convencionales son habitualmente contraproducentes. La mejora de las medidas de seguridad y la implicación política constante son las únicas estrategias que han cosechado algún éxito a la hora de mantener el terrorismo bajo control.

Fue una estrategia de ese tipo la que funcionó en Irlanda del Norte.10 Aunque el ira y los grupos escindidos que actuaban en su entorno estaban embarcados en una auténtica campaña de insurgencia, el terrorismo que cometían no fue nunca tratado como un acto de guerra. Se les trataba como delincuentes y, tras un período inicial en el que se cometieron algunos errores (incluido el internamiento masivo de sospechosos de terrorismo), el objetivo general de la política del gobierno británico fue el de separar a los terroristas de sus comunidades de apoyo y desviar la acción de sus líderes hacia cauces políticos. Ni los graves atentados cometidos durante esos años (incluidos los asesinatos de varias figuras británicas clave y hasta un intento de descabezar el gobierno británico atentando con explosivos contra el congreso del Partido Conservador en Brighton, en 1984) alteraron la estrategia y ésta dio resultado. La violencia terrorista es hoy mucho más reducida en Irlanda del Norte y en Gran Bretaña.

Uno de los principales obstáculos para afrontar la amenaza terrorista es suponer que es completamente distinta a cualquier otro fenómeno del pasado. Al Qaeda es distinta de los movimientos terroristas anteriores porque actúa en todo el mundo, pero la aparición de este terrorismo global no ha implicado un salto cualitativo en las relaciones internacionales como postularon algunos teóricos estadounidenses. Philip Bobbitt, por ejemplo, ha llegado a sostener que el terrorismo global refleja el declive del sistema surgido del Tratado de Westfalia, que está siendo sustituido en la actualidad por un orden liderado por Estados Unidos en el que la soberanía estatal ha dejado de existir como tal. En este nuevo sistema, la tarea principal de los Estados ya no será la de hacerse eco de los valores de sus ciudadanos, sino que serán «Estados-mercado», al servicio de la economía global. La instauración de este nuevo sistema conllevará una serie de conflictos trascendentales entre los que se incluirán varias «guerras contra el terror». Durante todo este período, Estados Unidos (que, supuestamente, encarna como ninguno ese nuevo tipo de Estado que el resto del mundo pugna por conseguir) se enfrentará a la necesidad de emprender ataques «anticipatorios» contra regímenes díscolos que se nieguen a aceptar los términos del nuevo orden global.11

Aunque desarrollado con mayor rigor, el análisis de Bobbitt tiene mucho en común con el de Fukuyama. Ambos creen que se ha iniciado un proceso histórico en el que una versión del sistema político estadounidense se está extendiendo a gran parte del mundo. A diferencia de Fukuyama, que creía que el fin de la historia sería pacífico, Bobbitt prevé que ese momento estará salpicado de guerras a gran escala. Pero, como Fukuyama, está convencido de que ya se está produciendo un gran giro en los asuntos de la familia humana. Como bien ha comentado el francés Bernard-Henri Lévy, «hemos infravalorado la importancia y la centralidad de la forma de pensar de Fukuyama en la ideología estadounidense contemporánea».12

Salvo muy contadas excepciones, los analistas estadounidenses han interpretado los grandes cambios observados en las relaciones internacionales durante las dos últimas décadas como síntomas de que el viejo mundo de las divisiones étnicas y religiosas, y de los conflictos entre las grandes potencias, está tocando a su fin. Ésa es una creencia que evidencia más la pervivencia de toda una serie de hábitos de pensamiento basados en la fe que una visión nítida de la realidad. El auténtico giro que está actualmente en marcha va justamente en el sentido opuesto: han reaparecido todos los viejos conflictos, aunque con nuevos protagonistas y un papel disminuido para Estados Unidos. El único cambio significativo reside en las nuevas tecnologías, que llevan esos conflictos a una nueva escala. En términos operativos, la obsolescencia de la soberanía estatal se traduce en una supuesta soberanía ilimitada de un único país: Estados Unidos, que en los últimos años ha venido tratando su propia legislación como si ésta tuviera jurisdicción universal. Sin embargo, las condiciones en las que Estados Unidos podía ejercer esa autoridad han dejado de existir (si es que alguna vez existieron). Acelerada por la guerra de Irak, la decadencia del poder estadounidense –un fenómeno consustancial a la propia globalización– ha hecho que Estados Unidos sea hoy sumamente dependiente de otras naciones. Estados Unidos está supeditado a otros países en temas como el acceso a los recursos naturales, la financiación de su creciente deuda y la ayuda diplomática para abordar las crisis internacionales. El único poder unilateral que conserva es el poder de bombardear, cuyos límites han quedado patentes en Irak.

Lejos de seguir a Estados Unidos convirtiéndose en Estados-mercado, otros países están emulando al gigante norteamericano en lo que respecta a la reafirmación de su soberanía nacional. Estados Unidos nunca ha llegado a ser un Estado-mercado: los imperativos mercantiles han ocupado casi siempre un segundo plano frente a los de la seguridad y la identidad nacionales. China, India y Rusia se comportan actualmente como Estados Unidos ha hecho hasta ahora utilizando los mercados globales para potenciar su poder en el mundo, justamente cuando el poder estadounidense se halla en franco declive. El resultado de todo ello es un mundo que se está volviendo sistemáticamente más pluralista, aunque no necesariamente más seguro. El sistema de Estados soberanos ha pasado a una nueva fase en la que nuevas potencias desafían el statu quo y compiten entre sí (un proceso que ya ha sucedido muchas veces con anterioridad).13

Tampoco la amenaza terrorista marca (salvo en un aspecto crucial) un cambio trascendental en la historia. Aunque los atentados del 11-s tuvieron algunos precedentes (como los atentados previos contra las embajadas estadounidenses en África, por ejemplo), su escala fue mucho mayor y su autoría correspondió a una red globalizada como ninguna otra hasta entonces. Aun así, y pese a esas diferencias, el 11-s fue un paso adicional en la evolución ya observada de tipos preexistentes de acción bélica no convencional, pero no un cambio cualitativo en la naturaleza del conflicto. Ayudada de internet (que hace posible que yihadistas violentos que jamás se habían conocido en persona formen células virtuales), Al Qaeda está ampliando su influencia y su alcance. Al mismo tiempo, las innovaciones en el armamento están mejorando el arsenal disponible para grupos como Hamás y Hezbolá. Pero el terrorismo islamista no aplica una estrategia conjunta coherente y no puede contar con los recursos que cualquier gran potencia tiene a su disposición. Sigue estando lejos de constituir una amenaza mortal para la vida civilizada como las que fueron combatidas y derrotadas en el siglo XX. Esta situación cambiará si algún grupo terrorista obtiene acceso a los medios de destrucción masiva. Al Qaeda no ha sido la única que ha mostrado interés por los métodos de la guerra biológica: también lo han hecho sectas como Aum. La informática hace posibles ciertas formas de acción ciberbélica que pueden conmocionar las infraestructuras de las sociedades modernas (centrales eléctricas y aeropuertos, por ejemplo) y tienen también el potencial de causar víctimas a gran escala. El riesgo más catastrófico es el que supondría el terrorismo nuclear. Mediante el uso de «maletines bomba» o de «bombas sucias» (explosivos convencionales sazonados con residuos radiactivos), los terroristas podrían matar a cientos de miles de personas y paralizar la vida social y económica. Obviamente, los materiales necesarios para la fabricación de esa clase de dispositivos se hallan fuertemente custodiados, pero si alguno de los Estados nucleares que hay hoy en el mundo sufriera un episodio de desestabilización, el riesgo de que aquéllos cayeran en manos terroristas sería mucho más elevado. Ese riesgo se halla posiblemente muy presente ya hoy en día en Pakistán, un Estado semifallido en el que las fuerzas fundamentalistas cuentan con una fuerte raigambre. Y el asesinato de Aleksandr Litvinenko, un ex agente de inteligencia ruso que falleció en Londres en noviembre de 2006, a las pocas semanas de recibir una dosis letal de radiación, nos indica que el terrorismo nuclear puede ser ya una realidad.

Las políticas seguidas por Estados Unidos no han hecho más que acelerar el riesgo de esa proliferación. Corea del Norte adquirió la capacidad nuclear a partir de una transferencia de conocimientos técnicos desde Pakistán (un país cuyo papel en la «guerra contra el terror» lo ha aislado de toda presión eficaz para frenar filtraciones de ese tipo). Los riesgos también se acentuaron por culpa de la retirada de los acuerdos de control de armamentos decidida por la administración Bush y por el cambio en la doctrina nuclear estadounidense, que permite actualmente el uso preventivo de armamento atómico contra aquellos países de los que se sospeche que cuentan con programas de adm.14 Pero, por encima de todo, tras lo de Irak, ahora todo el mundo sabe que la única manera de asegurarse frente a un ataque estadounidense es poseyendo la capacidad en armamento de destrucción masiva de la que Sadam carecía. Según un comunicado de la Agencia Internacional de la Energía Atómica publicado en noviembre de 2006, seis países islámicos han expresado su deseo de adquirir tecnología nuclear. Todos ellos –Argelia, Egipto, Marruecos, Túnez, Emiratos Árabes Unidos y Turquía– recalcan que la quieren utilizar con fines pacíficos, pero es muy posible que ya haya dado inicio una auténtica carrera armamentística nuclear. Otros países (como Nigeria y Jordania) podrían estar también interesados. Y no cabría excluir la posibilidad de que el Estado de Irak –si es que sigue existiendo como tal– llegue un día a adquirir una capacidad nuclear como la que la intervención militar preventiva estadounidense pretendió frustrar en un principio.

En Estados Unidos, parece haber quien opina que un ataque contra Irán serviría para evitar esa proliferación, pero, como en el caso de Irak, el efecto sería justamente el contrario: la potenciaría. Una extensa franja de territorio en Oriente Medio y Asia (que actualmente contiene tres escenarios de guerra como son Irak, Palestina y Afganistán) se convertiría en una zona continua de conflicto armado,15 y, al mismo tiempo, se confirmaría aún más la lección que muchos países han extraído ya de lo sucedido en Irak (a saber, que el único modo de estar seguros frente a un ataque estadounidense es poseyendo armas nucleares). Por otra parte, es muy posible que ningún ataque consiguiera frenar el programa nuclear iraní. Pese a su diversidad étnica, Irán, a diferencia de otros muchos países de la región, es un Estado bastante cohesionado. Hogar de una antigua y rica civilización persa, en Irán se practica actualmente una democracia sui generis (que, a efectos prácticos, constituye una versión más estable del sistema que se está desarrollando en Irak) que otorga cierta legitimidad a sus líderes. Una ofensiva aérea estadounidense podría incrementar aún más la legitimidad de esos dirigentes, que ya han visto aumentar su popularidad gracias al programa nuclear. Ni siquiera si acabara desarrollándose una versión más liberal de democracia en aquel país, habría garantía alguna de que Irán renunciase a sus ambiciones nucleares. En el peor de los casos, una campaña de bombardeos podría fracasar en su propósito de destruir el programa nuclear, debilitando al mismo tiempo al gobierno del país hasta el punto de que éste ya no pudiera ejercer control alguno sobre las instalaciones nucleares realmente existentes en su territorio. Y no olvidemos que un ataque de Estados Unidos podría desencadenar una fuerte agitación en muchos Estados islámicos, incluido Pakistán (que ya es hoy una potencia nuclear y que podría acabar convirtiéndose, sin mucha dificultad, en un Estado fallido más).

Desde el punto de vista de la seguridad global, pocas cosas pueden ser más importantes que impedir la filtración de la tecnología nuclear fuera del control de los Estados. La doctrina de la «destrucción mutua asegurada» (o mad, según sus iniciales en inglés) impidió el uso de armas nucleares durante más de medio siglo. Puede que esa clase de disuasión no ofrezca completas garantías de seguridad frente a un Estado nuclear liderado por un profeta apocalíptico, pero, dado que siempre habrá algunos de sus dirigentes que querrán seguir con vida, proporciona cierta protección. Ahora bien, cuando el enemigo es una red elusiva con ramificaciones en cualquier lugar del mundo, la disuasión queda completamente desactivada. No se puede amenazar con la aniquilación a los agentes de una posible destrucción masiva cuando se desconoce la identidad de éstos. El analista estadounidense de control de armamentos Fred Ikle ha escrito que «la historia militar no nos ofrece lecciones que sirvan a las naciones para afrontar una dispersión global continuada de los medios de destrucción catastrófica».16 Una parte importante de esa tarea pasa por impedir el colapso de los Estados.

Muchos Estados se han derrumbado a lo largo de la historia (baste recordar los siglos de anarquía que siguieron a la caída del Imperio romano, o el período de los Reinos Combatientes en la antigua China). En el futuro, no siempre será posible evitar que los Estados se descompongan, pero alentar ese fracaso es una insensatez, especialmente en un momento en el que el desarrollo tecnológico hace de la anarquía una amenaza mucho más grave que nunca antes en la historia. Y, sin embargo, eso es lo que se está consiguiendo en la práctica hoy en día cuando se derriban gobiernos sin tener la capacidad suficiente para imponer otro orden sustitutivo de aquéllos. La «guerra contra el terror» es el síntoma de una mentalidad que espera con ilusión la llegada de un cambio sin precedentes en el mundo humano: el fin de la historia, la desaparición del Estado soberano, la aceptación universal de la democracia y la derrota del mal. Ése es el mito central de la religión apocalíptica planteado en términos políticos, y el común denominador que unía los proyectos utópicos fracasados de la pasada década. La promesa de una transformación inminente era algo más que un cínico ardid con el que unos dirigentes que no creían en ella pretendían enmascarar políticas que se adoptaban en realidad por otros motivos. Bush y Blair creían de verdad en la inminencia de un cambio (o, al menos, en la posibilidad de propiciarlo), y lo mismo sucedía con los neoconservadores y los intervencionistas liberales que apoyaron las decisiones de aquéllos en Irak. El Apocalipsis no llegó y la historia siguió adelante como siempre, pero con unas gotas de sangre de más.

 

John Gray


1 Martin van Creveld, The Changing Face of War: Lessons of Combat, from the Marne to Iraq, Nueva York, Ballantine Books, 2006, pág. 229.

2 Véase «Campaign in Iraq has increased terror threat, says American intelligence report», Guardian, 25 de septiembre de 2006.

3 Sobre el concepto de «guerra prolongada» de Donald Rumsfeld, véase «Rumsfeld offers strategy for current war: Pentagon to release 20-year plan today», Washington Post, 3 de febrero de 2006. El Counter-insurgency Field Manual, del Ejército de Tierra y el Cuerpo de Marines de Estados Unidos, publicado en diciembre de 2006, contiene un análisis más sofisticado de esa idea. Véase www.military.com, 16 de diciembre de 2006, «New Counter-Insurgency Manual».

4 Véase, por ejemplo, David Frum y Richard Perle, An End to Evil: How to Win the War on Terror, Nueva York, Random House, 2003.

5 Samuel P. Huntington expuso la teoría del «choque de civilizaciones» en su libro The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order, Nueva York y Londres, Simon and Schuster, 1996 [trad. cast.: El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, Barcelona, Paidós, 1997]. Yo la he evaluado más a fondo en «Global Utopias and Clashing Civilisations», International Affairs, vol. 74, n.º 1, enero de 1998, págs. 149-163.

6 Robert A. Pape, Dying to Win: The Strategic Logic of Suicide Terrorism, Nueva York, Random House, 2005 [trad. cast.: Morir para ganar: las estrategias del terrorismo suicida, Barcelona, Paidós, 2006].

7 Reflexiono sobre la evolución de Al Qaeda en la nueva introducción («Introduction») a mi libro Al Qaeda and What It Means to Be Modern, Londres, Faber, 2.ª ed., 2007 [trad. cast. (de la 1.ª ed.): Al Qaeda y lo que significa ser moderno, Barcelona, Paidós, 2004].

8 Para un relato y un análisis soberbios del desarrollo de Al Qaeda, véase Lawrence Wright, The Looming Tower: Al-Qaeda and the Road to 9/11, Nueva York, Knopf, 2006.

9 Olivier Roy, Globalised Islam: The Search for a New Ummah, Londres, Hurst, 2004, pág. 44 [trad. cast.: El islam mundializado, Barcelona, Bellaterra, 2003].

10 Martin van Creveld ofrece una descripción de la estrategia británica en Irlanda del Norte en The Changing Face of War, págs. 229-236.

11 Véase Philip Bobbitt, The Shield of Achilles: War, Peace and the Course of History, Londres, Allen Lane, 2002.

12 Bernard-Henri Lévy, American Vertigo: On the Road from Newport to Guantanamo (in the Footsteps of Alexis de Tocqueville), Londres, Gibson Square, 2006, pág. 328 [trad. cast.: American vertigo, Barcelona, Ariel, 2007].

13 Para un análisis del sistema internacional desde un enfoque realista, véase el brillante opúsculo del ya fallecido Paul Hirst, War and Power in the 21st Century, Cambridge, Polity Press, 2001.

14 Para un análisis informativo de los cambios producidos en la doctrina nuclear estadounidense, véase William Arkin, «Not Just a Last Resort», Washington Post, 15 de mayo de 2005.

15 Véase Paul Rogers, «Iran: Consequences of a War», Briefing Paper, Oxford Research Group, 2006, http://www.oxfordresearchgroup.org.uk/publications/briefings/IranConsequences.htm.

16 Fred Charles Ikle, Annihilation from Within: The Ultimate Threat to Nations, Nueva York, Columbia University Press, 2006, pág. xiii.

Carta a la Comisión Europea sobre Cataluña

Carta dirigida al presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker.

Nos dirigimos a usted como miembros fundadores de la Plataforma Cívica ¡Basta Ya!, reconocida con el Premio Sajarov del año 2000 por su defensa de las libertades en el País Vasco. Como ciudadanos españoles y europeos, estamos muy preocupados por la confusión respecto a lo que está pasando en España en relación con Cataluña. No queremos asistir en silencio a la sustitución de los hechos por la propaganda y las emociones manipuladas por un gobierno regional independentista en abierta rebelión contra la democracia española y los Tratados europeos.

Discúlpenos si empezamos por enumerar algunas obviedades:

1. Los ciudadanos de Cataluña, como todos los de España, votan con frecuencia de acuerdo con las reglas democráticas; en Cataluña, seis veces en los últimos cinco años. Es completamente falso que se les impida votar.

2. Las autoridades catalanas han vulnerado sus propias leyes: en las sesiones parlamentarias del 6 y 7 de setiembre impidieron a la oposición ejercer sus derechos parlamentarios a presentar enmiendas y debatir la ley exprés, inconstitucional, de celebración de un referéndum de autodeterminación.

3. La educación autonómica se ha utilizado sistemáticamente para adoctrinar en el odio a España, difundir el supremacismo catalán y discriminar a los escolares castellanohablantes (más de la mitad). Los escolares han sido utilizados por el gobierno catalán para manifestaciones y actos públicos a favor de la independencia, llegando a cerrarse por decisión del Gobierno regional los centros escolares y universitarios para propiciar su asistencia.

4. Cataluña es una de las regiones más prósperas de España y sus ciudadanos disfrutan de un alto nivel de vida y uno de los más altos grados de autogobierno de cualquier región de Europa. La región de Cataluña nunca ha sido una entidad política independiente. Fue un conjunto de condados que formó parte de Francia, y luego del Reino de Aragón hasta que se fusionó dinásticamente con el Reino de Castilla en 1492 para crear la España actual.

5. El partido que tradicionalmente ha gobernado en Cataluña (actualmente PDCat) lleva 30 años utilizando el dinero público, aportado por todos los españoles, para promover su agenda separatista mientras culpaba a España de sus recortes en políticas sociales, educación y sanidad con la acusación “Espanya ens roba” (España nos roba).

6. Ese mismo partido tiene a sus más importantes dirigentes –dos de ellos ex Presidentes, Jordi Pujol y Artur Mas– imputados por corrupción política, y se ha financiado de forma continuada con un sistema corrupto conocido como el 3%, lo mínimo que los empresarios debían pagar para acceder a cualquier contrato público. La investigación judicial de esta trama corrupta ha coincidido, y no por casualidad, con la aceleración del proceso separatista, con la esperanza de salvar a los responsables de la acción de la justicia española.

7. España es una monarquía parlamentaria y su Constitución puede ser enmendada por los procedimientos previstos para el caso, incluyendo una reforma que contemplara el derecho a la autodeterminación de partes del territorio, hoy en día tan inconstitucional como lo es en todos los países de la UE, sin excepción.

8. Una votación sobre una secesión territorial como la que promueve el gobierno catalán requeriría, para ser democrática, la participación de todos los españoles, porque lo que es de todos, el Estado y el territorio, debe decidirse entre todos.

9. El separatismo atenta contra la democracia: ha roto de forma unilateral y violenta (no hay ruptura del orden constitucional que no lo sea) con la legalidad española y autonómica, y se han embarcado en una campaña para presentar al gobierno central como “malvado” por no permitir un referéndum ilegal, declarado inconstitucional por nuestro máximo Tribunal.

Respecto a los acontecimientos del día 1 de Octubre, encontramos incomprensible que se califique de “error” o “torpeza” que las fuerzas del orden cumplan con las órdenes judiciales para impedir la celebración del referéndum declarado ilegal. Puede discutirse la idoneidad de la instrucción judicial, pero la actuación policial fue proporcional y la habitual en todos los países europeos en casos semejantes.

La policía autonómica catalana, los Mossos (con 17.000 efectivos y competencias de policía integral), boicoteó activamente el cumplimiento de las órdenes judiciales, facilitó los desórdenes públicos y en algunos casos se enfrentó a las Fuerzas de Seguridad del Estado (Policía Nacional y Guardia Civil), que han tenido 431 heridos en lo que estuvo muy lejos de ser “una jornada pacífica de manifestación nacional”. Las redes informativas y los medios subvencionados por el gobierno regional catalán, apoyados por la red habitual afín al gobierno ruso, han difundido sistemáticamente imágenes falsas de violencia y tergiversado los hechos.

El gobierno regional catalán ha actuado, y sigue actuando, como una organización consagrada a dar un Golpe de Estado. La administración autonómica se ha dedicado a dar cobertura política y apoyo material a grupos organizados que actúan en abierta rebeldía contra el orden constitucional, incluyendo ocupación de centros escolares, corte de vías de comunicación, ataques a las fuerzas policiales españolas, e intimidación generalizada de la parte mayoritaria de la sociedad catalana disconforme con este estado de cosas.

La “brutal represión” de la que se habla ha arrojado el saldo de un total de dos personas hospitalizadas, una de ellas un anciano que sufrió un infarto. Respecto a los “heridos”, que los separatistas cifran en unos 800, son en realidad “atendidos” por los servicios sanitarios en la vía pública, incluyendo afectados por lipotimias, ataques de ansiedad e irritaciones por inhalación de humo. La manipulación propagandística, basada en escandalizar los buenos sentimientos de personas que ignoran lo ocurrido, no tiene precedentes en la Europa democrática y remite a la historia de los regímenes totalitarios de los años treinta y cuarenta.

Finalmente, queremos subrayar que toda Europa quedaría muy negativamente afectada si los planes separatistas acabaran imponiéndose. España no es el único país miembro de la Unión Europea con tensiones separatistas, y la posibilidad de derogar por la vía de los hechos consumados su Constitución y su integridad territorial –siguiendo un guión que recuerda la explosión de la antigua Yugoslavia– afectaría tarde o temprano a muchos otros Estados, terminando con el magnífico proyecto de una Europa libre de nacionalismo destructor y xenófobo dentro de sus propias fronteras. Creemos que es el momento de que las instituciones europeas apoyen a España para restablecer el orden constitucional y las reglas de la democracia en una parte del país, y de la Unión Europea, controlada por una administración sediciosa y una clase política corrupta.

Sin otro particular, reciba un cordial saludo,

Fernando Savater
Rosa Díez
Maite Pagazaurtundúa
Carlos Martínez Gorriarán
María San Gil

Reflexiones sobre la zonificación sísmica de la Ciudad de México

La zonificación sísmica que contiene el Reglamento de Construcciones de la Ciudad de México es errónea, pues está disociada de la realidad. Los que elaboraron esta norma han ignorado las evidencias que la naturaleza ha ofrecido desde 1985, y que han sido recogidas en diversos trabajos de investigación (Fundación ICA, 1988 & 1989 e Iglesias, 1987 & 1989). Dicha zonificación es una derivación de modelos matemáticos sin el respaldo de la observación directa que, como se comprueba con este sismo, han sido insuficientes para proteger la vida y el patrimonio de los ciudadanos. Para justificar esta aseveración comparto las siguientes reflexiones, producto principalmente de las experiencias del sismo de 1985.

En 1985 solo hubo dos estaciones acelerográficas en la zona de terreno blando conocida como zona de lago, lo que impidió la identificación instrumental de la distribución de intensidades en la Ciudad de México y su zona metropolitana.

El trabajo que dirigí en la UAM, a partir de la evaluación de la capacidad resistente de 162 edificios dañados por el sismo en 1985, nos permitió identificar las zonas de mayor amplificación de la intensidad. Estas zonas de mayor riesgo estuvieron definidas por porciones de suelo blando atrapadas entre zonas de suelo firme, cercanas entre sí en la dirección de llegada del sismo, que en esa ocasión fue aproximadamente este-oeste. Así ocurrió entre el centro de la ciudad y Chapultepec; y entre el Cerro de la Estrella y Churubusco (Iglesias, 1987).

Con base en los resultados así obtenidos, en 1987 se presentó al subcomité de normas un mapa de zonificación sísmica de la ciudad de México que reconocía estas zonas y proponía elevar en ellas los requerimientos de resistencia respecto al resto de la zona del lago cuando menos en 50%. El organismo que elaboró el Reglamento de Construcciones de 1987 incorporó el mapa propuesto, pero sin elevar los requerimientos de resistencia en las zonas de alto riesgo identificadas (Figura 1).

Figura 1. Mapa de zonificación sísmica del Reglamento de Construcciones de 1987

Fuente: Iglesias, 1987.

En 1989 las estaciones acelerográficas ya instaladas entonces permitieron elaborar mapas de las intensidades de los sismos de febrero de 1988 y abril de 1989 (Fundación ICA, 1987 & 1989), con epicentros localizados al sureste y al sur de la ciudad respectivamente. En el primer caso, con una dirección semejante al sismo de 1985, se corroboró la observación ya hecha, pero en el segundo, los mecanismos de amplificación aparecieron esta vez entre los bordes de la zona del lago entre Xochimilco y Tláhuac, donde se activó la amplificación por interacción lateral en dirección norte-sur. Esto hizo evidente que las zonas de amplificación máxima en la zona del lago eran diferentes entre sismos con distintas ubicaciones del epicentro.

Como resultado de esta observación, durante el VIII Congreso Nacional de Ingeniería Sísmica de 1989 se propuso un nuevo mapa de zonificación que hacía hincapié en incorporar como zona de alto riesgo al menos la zona de lago alrededor de Tláhuac, nuevamente insistiendo en incrementar los requerimientos de resistencia en esas zonas (Iglesias, 1989). Esto tampoco fue atendido por los autores del Reglamento de Construcciones (Figura 2).

Figura 2. Mapa de zonificación sísmica propuesto en el VIII Congreso Nacional de Ingeniería Sísmica, 1989

Fuente: Iglesias, 1989.

En 2004, la última modificación al Reglamento de Construcciones, actualmente vigente (Figura 3), redefinió el mapa de zonificación sísmica eliminando las zonas de alto riesgo incorporadas en el mapa de 1987. En su lugar se introdujo una clasificación con varias zonas cuya definición depende esencialmente del espesor del estrato de subsuelo blando y desestima los efectos de interacción lateral que fueron identificados en 1985. Así, el mapa actual es un reflejo de la profundidad de los depósitos arcillosos, que no considera la dinámica tridimensional del fenómeno sísmico. Incluso, en algunas zonas de lago entre Xochimilco y Tláhuac, se disminuyeron en 25% los requerimientos de resistencia especificados en 1987.

Figura 3. Mapa de zonificación sísmica del Reglamento de Construcciones de 2004

Pero la naturaleza es necia y los datos acelerográficos del sismo que acaba de ocurrir señalan la aparición de aceleraciones extraordinarias precisamente entre el Cerro de la Estrella y Churubusco, que alcanzan hasta el doble de lo registrado en la colonia Roma, así como en la zona de lago sur, entre Xochimilco y Tláhuac, con aceleraciones entre 20% y 70% mayores que en la Roma. Esto coincide plenamente con las propuestas mencionadas y no con la zonificación actual del reglamento (Figura 4).

Figura 4. Aceleraciones registradas por la Red Acelerográfica de la Ciudad de México el 19-09-17

Nota: Aceleraciones máximas registradas en las 19 estaciones acelerográficas que tuvieron registro de las 79 que conforman la Red Acelerográfica de la Ciudad de México.
Fuente: Centro de Instrumentación y Registro Sísmico, A. C., CIRES

Si se considera que la aceleración máxima registrada en 1985 en SCT fue de 168 cm/s2 (punto que sirvió de base para la elaboración del Reglamento en 1987), los registros obtenidos ponen de relieve que las aceleraciones en zonas como la colonia Roma fueron muy inferiores a las registradas en 1985 en SCT. En cambio fueron mucho mayores precisamente en las zonas de alta intensidad sísmica ya descritas.

En la Figura 5 se comparan los registros de la Red Acelerográfica de la Ciudad de México con la propuesta de 1989. En ella se aprecia que las mayores aceleraciones (puntos cafés) se producen entre el Cerro de la Estrella y Churubusco hasta con 225 cm/s2, y también en Tláhuac con 190 cm/s2. En ambos casos valores muy superiores a los 114 cm/s2 de la colonia Roma, lo cual subraya la necesidad de elevar los requerimientos de resistencia en estas zonas, de la misma manera que en 1985, con un sismo con ubicación epicentral distinta, se hizo evidente la necesidad de elevarlos también entre el centro de la ciudad y Chapultepec.

Figura 5. Superposición del mapa de aceleraciones registradas por la Red Acelerográfica de la Ciudad de México el 19-09-17 con la propuesta de zonificación sísmica de 1989


Fuente: Elaboración propia.

Para tomar en cuenta estas lecciones y mejorar la normatividad actual, es necesario que la determinación de la sismicidad de la CDMX se base principalmente en las observaciones de los efectos de los sismos sobre las construcciones y no solamente en modelos matemáticos imperfectos y limitados que no coinciden con ellas. La elaboración del Reglamento de Construcciones, en lo que concierne a la seguridad estructural ante sismos, no puede quedar solamente en manos de un grupo de académicos encerrados en sus computadoras sin contacto con la realidad, como en el viejo chiste de la Universidad de Berkeley sobre el científico que recibe el encargo de estudiar la salud de las vacas y lo primero que dijo fue: “empecemos por suponer una vaca esférica”.

En la definición de las normas de construcción deberían participar activamente los profesionales de la ingeniería y la arquitectura y no dejar en la ciencia de escritorio la decisión del nivel de seguridad que debe garantizarse a la población. La interacción entre la práctica y la abstracción es impostergable. Hoy es imprescindible salir a la calle para analizar los edificios dañados como se hizo en 1985 y obtener de ellos la información que permita calibrar a partir de los daños los parámetros de diseño del Reglamento de Construcciones y la zonificación sísmica de la ciudad. En este sentido también debe transparentarse quienes son los autores de las normas, que siempre han sido anónimas, para que ellos también asuman la responsabilidad que les corresponda ante la sociedad.

Finalmente, se debe subrayar la importancia de recuperar la memoria de estos últimos 32 años para incorporarla al Reglamento, y reconocer con humildad que la comprensión de la sismicidad de la Ciudad de México es un proceso acumulativo de observaciones que prácticamente se inició en 1985 y que debe mantenerse permanentemente en desarrollo. Si no lo hacemos así nos veremos condenados a la fatalidad de ver en el futuro como se repiten las tragedias del pasado.

 

Jesús Iglesias Jiménez
Maestro en ingeniería estructural por la Universidad Nacional Autónoma de México. Premio Nabor Carrillo a la Investigación del Colegio de Ingenieros Civiles de México.


Referencias:

1. Iglesias, J. (1987). "Zonificación sísmica de la Ciudad de México". VII Congreso Nacional de Ingeniería Sísmica, Querétaro, México.

2. Fundación ICA. (1988). “El sismo del 8 de febrero de 1988 en la Ciudad de México. Vol.2. Análisis de los acelerogramas registrados. Primera parte”. Fundación ICA 2, agosto 1988. México: ICA.

3 Fundación ICA. (1989). “El sismo del 25 de abril de 1989 en las costas de Guerrero. Mapas de distribución de aceleraciones máximas”. Fundación ICA 3-5, junio 1989. México: ICA.

4. Iglesias J., (1989). "Sismicidad de la Ciudad de México." Memorias del VIII Congreso Nacional de Ingeniería Sísmica y VII Congreso Nacional de Ingeniería Estructural, Acapulco, Gro.

La Ciudad de México y la gestión del riesgo

El proceso de gestión del riesgo se compone de cinco pasos:

1.- Identificar el riesgo: reconocer y describir los riesgos.

2.- Analizar el riesgo: Determinar su posibilidad de ocurrencia y las consecuencias que tendría en caso de que el riesgo se verificara.

3.- Evaluar el riesgo: Determinar la magnitud de los daños en caso de que se verificara.

4.- Tratar el riesgo: Desarrollar planes de prevención y de contingencia así como medidas de mitigación de los riesgos residuales.

5.- Monitorear el riesgo: Vigilar la evolución de los riesgos, sus potenciales alteraciones o agravaciones.

El sismo del pasado 19 de septiembre ha dejado ver claramente que la política pública en materia de gestión de riesgos, —al menos en materia de terremoto—, está en un estado precario.

Hace tiempo se viene hablando del Atlas de Riesgos, en el cual el Gobierno de la Ciudad ha invertido una suma que rebasa la centena de millones de pesos; sin embargo, tal documento no ha sido publicado, pese a las insistentes solicitudes que se han formulado al amparo de la ley de transparencia. No podemos decir por ende que hemos avanzado siquiera en el primer paso del proceso que es Identificar el riesgo.

Más aún, no solamente los fenómenos de la naturaleza representan riesgo sino las edificaciones y construcciones representan, en sí mismas, un riesgo más: tanto por su capacidad de respuesta a los fenómenos naturales que les embisten, como por su propia dinámica y funcionamiento.

Si se desconoce entonces el riesgo, poco o nulo análisis puede hacerse del mismo. Jamás se han hecho cálculos estadísticos de pérdidas probables en función de los cuales se hayan establecido mecanismos para afrontar el riesgo. Ciertamente en el pasado se ha creado mecanismos tales como el Fondo Nacional de Desastres Naturales (FONDEN) de los cuales se pueda echar mano en caso de que sobrevenga el siniestro; no obstante, hasta ahora, el procedimiento para disponer de los fondos es tortuoso y algunas veces un mecanismo clientelar para fines proselitistas.

La respuesta del gobierno de la Ciudad dejó claro que no ha habido avance alguno en el cuarto punto del proceso : desarrollar planes de prevención y de contingencia así como de mitigación de los riesgos. No obstante el sismo tocó apenas unas horas después del mega-simulacro que tiene por objetivo conmemorar aquella catástrofe que vivimos en la misma fecha pero 32 años atrás; aparte de ese desordenado ejercicio no existe agenda alguna para la puesta en marcha de los planes de contingencia en caso de catástrofes. Mucho antes de que el gobierno reaccionara, la ciudadanía salió a la calle a emprender labores que iban desde el rescate de víctimas hasta la coordinación del tránsito. La respuesta de la Delegación Cuauhtémoc fue la de bajar la cortina, suspendiendo cualquiera trámite ante aquella dependencia; es decir, no solamente el gobierno fue lento y omiso durante la contingencia sino que además en una situación delicada, generó ausencia de gobierno.

Aún a la fecha la autoridad no se ha manifestado de forma clara y contundente acerca de los inmuebles que quedaron maltrechamente en pie y que representan un riesgo inminente para la ciudadanía;  ya hay —al menos dentro de los límites de la Delegación Cuauhtémoc— una lista pública de inmuebles en peligro de derrumbe, sin embargo en tanto dictan procedimientos para llevar a cabo las medidas de mitigación del riesgo que pueden ir desde reparaciones hasta demoliciones, el peligro en la demora puede cobrar aún más vidas de las que ya se cobró el propio terremoto.

No hablemos siquiera del quinto paso del proceso de gestión de riesgo.

Como en el 85, las Colonias Roma e Hipódromo sufrieron daños sensibles. Como hace 32 años, el éxodo ha comenzado. Los inmuebles que se cayeron en el sismo de la misma fecha pero de este año, jamás debieron de haber sido ocupados. El sismo del pasado 19 de septiembre no debió de haber cobrado una sola vida. La naturaleza no tiene una agenda de muerte; los sismos no matan, en cambio, los edificios sí. ¿Pudo haberse evitado la tragedia? Sí. La respuesta: un atlas de riesgos que de manera clara y precisa, pública y gratuita, hubiera dado a conocer las condiciones de riesgo de las zonas afectadas (se habla ahora de una falla geológica que atraviesa la delegación Cuauhtémoc) así como una certificación pública de las condiciones de habitabilidad de todos y cada uno de los inmuebles que se encuentran dentro de la demarcación.

Los habitantes de las colonias Roma e Hipódromo queremos saber: queremos saber cuáles son las condicionantes naturales de los suelos donde se levantan nuestras viviendas y nuestras oficinas y queremos también saber cuáles son las condiciones estructurales y de habitabilidad de los inmuebles donde trabajamos, comemos o bajo cuyos techos dormimos. Es responsabilidad del gobierno la salvaguarda de la población y para ello está obligado a informar. Además del atlas de riesgos que tanto se ha demandado, los vecinos de la Delegación Cuauhtémoc exigimos un censo de inmuebles y una certificación —sin compromisos— de las condiciones de seguridad y de habitabilidad de los mismos.

Salvador de Maria y Campos Quesada

Literal

La quinta del 39

El título del cuento hace referencia al servicio militar en la España del autor: por extensión se llamaba “quinta“ al conjunto de los mozos nacidos en un año y que sentarían plaza como soldados a los 21 de su edad. En este caso concreto, la quinta del 39 es la correspondiente al año en que concluyó la cainita guerra civil, si es que llamarla así no fuese redundancia. Y la elección del título explica la secreta intención del autor al relatar los hechos que siguen.


La luz vino a pesar de los puñales
—Pablo Neruda

In memoriam Dr. Don Plácido Bañuelos

 

Recuerdo el día. La fecha no la recuerdo. Aquel día me convertí en un hombre hecho y derecho. Y me siento tan orgulloso de ser un hombre hecho y derecho (en el buen sentido de la palabra), como el Buen Viejo de las barbas blancas se puede sentir orgulloso de ser eso que suelen llamar Dios.

La ciudad desprendía un olor penetrante a guano y a marisco.

En el salón de estudios del colegio estaban reunidos casi todos los cursos. Las ventanas abiertas. Del taller del escultor llegaba el martilleo irregular de sus horas sin inspiración. Tal vez estaba convirtiendo un bloque de madera en un san Walabonso o en cualquier otro santo varón de la provincia.

Javier y yo, con los libros de Historia de España abiertos sobre el pupitre doble, jugábamos a los barcos. Mi planilla estaba en la página correspondiente al grabado de la ejecución de don Álvaro de Luna. Le tocaba a Javier.

—Be dos —susurró.

B2 era el cuadro inmediato a la proa de mi Graf Spee. 

—Agua —contrasusurré, y añadí unas coordenadas que sabía que iban a torpedearle un gigantesco Forrestal. Porque Javier tenía su truco; no señalaba más que un barco o dos, de buen tonelaje, y solía despistar a todas las baterías enemigas. Pero conmigo no le valía.

—Efe seis —dije.

—Barco —suspiró, emborronando un cuadro.

Se abrió la puerta y apareció don Rafael, el encargado de velar por el orden. Todos nos pusimos en pie. Paseó —resbaló— sobre nosotros su mirada legañosa, sanguinolenta. Venía de vuelta de los servicios y parecía estar de mal humor.

—Sentarse.

Comenzó a pasear por el pasillo entre las bancas y su estrado. Las manos a la espalda, la mandíbula metida en las solapas de su chaqueta raída. Llegaba al extremo del pasillo y se quedaba parado mirando a la pared, tecleando con los dedos de la mano derecha sobre la palma de la zurda. Después se daba vuelta de golpe, como un muñeco del pimpampum, alzando la cabeza mecánicamente para ver si alguno de sus “pequeños cerdos” —era su piropo favorito— estaba hundiendo acorazados, construyendo aviones de papel, dibujando matronas opulentas, mirando las musarañas, riéndose, observándole, lo que fuera. Volvía a hundir la cabeza entre las solapas de la chaqueta, volvía a medir a trancos la distancia hasta la otra punta del pasillo, y la operación se repetía. Igual a un péndulo que se tomase tiempo para medir el Tiempo.

—Be tres —murmuró Javier.

¡La proa del Graf Spee!

—Barco —suspiré yo esta vez.

—Javier Blanco.

Javier se levantó, pálido. A mí se me encogió el estómago y palidecí también.

Don Rafael se lo quedó mirando.

Hubo una pausa larga.

—¿A qué viene esa palidez?

Javier no dijo esta boca es mía.

—Nada bueno estarías haciendo. Pequeño cerdo. Ve y cierra las ventanas.

Por lo visto le molestaba el martilleo del escultor. O algún soplo de aire que llegase de la fábrica de guano de los Weickert. Casi suspiré cuando Javier salió del pupitre para cumplir la orden. Cuando regresó y se sentó a mi lado, el escultor había comenzado a martillear duro y parejo. Se habría decidido por alguno de los pliegues de la túnica del santo. Pero los golpes llegaban ahora como amordazados.

El calor comenzó a cuajarse dentro del salón de estudios. Nuestro pupitre estaba en línea directa con la puerta del salón, al otro extremo del mismo. En diagonal con el nuestro se encontraba el pupitre de Pepe Villablanca y Manolo Mackay. Don Rafael subió a su estrado y abría ya un grueso volumen entre cuyas páginas había siempre una novela verde bastante manoseada, “de las de antes de la guerra”.

Manolo y Pepe se levantaron de sus asientos.

—¿Qué pasa?

Manolo y Pepe sabían que la novela verde era sagrada para don Rafael. Durante su lectura se le podía pedir cualquier cosa de las que normalmente denegaba, o solo concedía a regañadientes. Ese día, sin embargo, hacía calor. Y las ventanas estaban cerradas. Y don Rafael no había regresado muy contento de los servicios.

—¿Podemos ir al retrete?

Don Rafael cerró de golpe su libro-camuflaje:

—¿Cómo?

Pepe trató de enmendar la plana:

—Con su permiso, don Rafael, ¿podemos ir al retrete?

Don Rafael avanzó hasta el borde del estrado, es decir, a unos cincuenta centímetros por encima del nivel del salón, y a unos cinco metros de distancia del pupitre de Manolo y Pepe.

—Conque al retrete… —se mordió el labio inferior—: José Villanueva y Manuel Mackay piden permiso para ir al retrete. Y no es la primera vez que lo piden desde hace un par de meses.

Tuve el impulso de levantarme y decirle que también Javier Blanco y yo lo hacíamos, y Juan y Joaquín, y Lorenzo y Eduardo, y Agustín y Pepe. Significaba el fin de una partida de barcos, la confrontación de las planillas del juego y el pago de las reparaciones de guerra: dos reales por tonelada hundida, calculándose a cuadro por tonelada. Los servicios eran nuestro Lloyd’s.

Pero no me levanté ni dije nada.

—¡Pequeños cerdos! Conque al retrete… ¿Y puede saberse lo que vais a hacer allí? Os vengo observando desde hace un par de meses, no os separáis ni a sol ni a sombra, desde hace un par de meses os vengo observando. Sois muy amiguitos, ¿no es verdad, pequeños cerdos?

Manolo y Pepe habían enrojecido hasta la raíz del pelo.

—¡Qué buenos colores tenéis!

Sonrió con una mueca:

—De manera que queréis ir al retrete. Los dos juntos. En amor y compañía. Muy bien. Pues no vais a ir. No vais a ir, porque me parece una indecencia.

A Pepe casi se le caían las lágrimas:

—Pero don Rafael, ¿de qué nos está hablando?

—¿Quién te ha dado permiso para hablar, pequeño cerdo? He dicho que no vais al retrete. Basta. ¿Quieres que siga? ¿Quieres que hable delante de los pequeños?

Casi todos los siete cursos estaban en el salón, menos 3.º, que tenía Geografía de 3 a 4 con la señorita Eugenia, y 4.º, que tenía Literatura con don Diego.

—Ahora, que si quieres que hable delante de los pequeños… —prosiguió don Rafael—, pues de acuerdo. ¿O es que os creéis que aquí nos chupamos el dedo? —Volvió a sonreír— ¿Creéis que no nos íbamos a dar cuenta de una amistad —lo subrayó— tan íntima entre dos muchachos de vuestra edad, creéis que iba a pasar así, desapercibida?

—Don Rafael…

—¡Que te calles he dicho! —barbotó.

El silencio se podía cortar con una navaja. Me sudaban las palmas de las manos. Los de 1.º y 2.º, y hasta los de 5.º, miraban con los ojos muy abiertos. Creo que ni siquiera todos nosotros, los de 6º. y 7.º, sabíamos qué era lo que aquel energúmeno quería dar a entender.

—¡Al retrete! ¡Y juntitos! ¿No? Luego, en el corredor, os agarráis de la manita, para no caeros, ¿verdad?

—Don Rafael, yo…

—¿Te vas a callar de una vez, sí o no? —bramó de nuevo.

Y entonces Manolo Mackay:

—Don Rafael, lo que Pepe…

—¡¡¡Tú tambiéennnnnnnnnn!!!

Y le salió la palabra:

—¡Mariquitas! ¡¡Mariquitas!! ¡¡¡Mariquitas!!!

Se miraron conmocionados, Manolo y Pepe.

—¡Ajá, ahora os hacéis los inocentes!, ¡¿no?!

Ese fue el momento en que me guardé en un bolsillo de la sahariana mi planilla donde el Graf Spee escoraba por una vía de agua a estribor, cerré mi libro de Historia de España y lo metí en la carpeta, me puse en pie —todo ello muy parsimonioso, como a cámara lenta— y miré a don Rafael, quien a su vez me miraba absorto. No daba crédito a sus ojos. No bajé la mirada.

—¡¡¡Meredith!!! —rugió por fin.

Salí al pasillo por la izquierda de mi pupitre, sin dejar de mirar a don Rafael. Y con un dejo inconfundible de lo que mi madre llamaba “esa voz de déspota”, le dije claramente, de modo y manera que ninguno de los presentes se perdiese una sola sílaba:

—Cree el ladrón que todos son de su condición.

Agarré mi carpeta y me fui, tranquilo y sin apresurarme. Detrás, en fila india, me siguió el curso en pleno. De don Rafael no recuerdo ya sino que se agarró congestionado al borde de su mesa.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

Cabos sueltos

Santo Cristo guitarrrero

En el siglo XVII Veracruz, el puerto novohispano de llegada, era famoso también por lo que ocurría en sus calles: por sus juegos de azar, de naipes y de tablas permanentemente prohibidos, así como por el escándalo de sus tabernas y burdeles —casas de mancebía o congales—, más animados por supuesto durante los meses de estancia de la flota. En este caso se tra-taba de una prostitución reglamentada y tolerada, en casas controladas por “padres de mancebía” que regenteaban estos negocios de entretenimiento donde se bailaba, se tañían los sones y las danzas del gran espacio atlántico, se comía y se bebía. Sones rumbosos, zambapalos, zarabandas y “folías a la loquesca” animaban aquellos espacios. Incluso algunos de los mesones denunciados ante el Santo Oficio con-taban con toda una escenografía para saraos, los tablados y la música, y uno de ellos sería clausurado por ostentar, pintadas en sus paredes, no sólo las letras de algunas coplas pecaminosas para que las cantasen los clientes, sino, incluso, la imagen de un animado Santo Cristo tañendo una guitarra.

 

Fuente: Antonio García de León, El mar de los deseos. El Caribe Afronadaluz, historia y contrapunto, FCE, México, 2016. [Más adelante, respecto a ese instrumento, observa García de León: “(Sólo) hasta fines del siglo XVII, y en especial en América, la guitarra pudo penetrar a la música sacra de las catedrales y las iglesias, aunque siempre resultó sospechosa de sus ligas con el demonio. Incluso obispos amantes de la música, y de la misma guitarra, recelaban de incorporarla plenamente en lo oficios religiosos”.]

Cabos sueltos

Mi pobre Munchito

Entre 1893 y 1910 el pintor noruego Edvard Munch creó cuatro versiones de una obra a la que llamó Der Schrei der Natur (El grito de la naturaleza), que desde entonces se ha vuelto en el mundo una de las más famosas expresiones del miedo y la angustia existenciales. “Paisaje no es sólo todo lo visible para el ojo”, escribió el pintor. “Incluye también todas las visiones interiores del alma”. Los cuadros se basaron en una experiencia que tuvo Munch a fines del otoño de 1891.

~Según un crítico, la expresión facial del rostro deriva de una momia peruana que vio Munch en una exposición parisina el año de 1889. Otros dicen que se inspiró en Laura, la hermana esquizoafectiva del pintor. En 1996 para su película de miedo Scream Wes Craven basó la máscara del asesino en el rostro espectral del cuadro. ~El puerto que aparece en la pintura representa las partes más recónditas del Fjord de Oslo y la colina de la Isla de Hovedo, como se ven desde la colina de Ekeberg.

~Los dos hombres con sombrero estaban con Munch. “Yo iba por el camino con dos amigos”, escribió Munch en su diario el 22 de enero de 1892, cuando de repente “el cielo tomó un color rojo sangriento”. Sus amigos “siguieron caminando” mientras Munch “se detuvo ahí temblando de angustia”.

~El paseo estaba junto a un camino llamado Mosservein. Ahí al lado había mataderos y el manicomio donde estaba internada la hermana de Munch.

~La mayoría de los críticos le atribuyen lo vívido del cielo en la pintura al estado psicológico del artista. (Munch dijo que en este tiempo tenía problemas para percibir el color.) Los académicos creen que el cielo refleja las repercusiones de la erupción del volcán de Krakatoa. En abril de 2017 geocientíficos sugirieron que Munch había visto estratosféricas nubes “madreperla”, que ocurren de manera irregular en altas latitudes del norte.

~A finales del siglo diecinueve, los buques de vapor (aparece uno, pequeñito, en el cuadro de Munch) empezaron a reemplazar a los barcos de vela en Oslo, el principal puerto de Noruega. Las exportaciones principales de este puerto a Bretaña fueron el pescado y la madera; el acero, el algodón y el carbón fueron las principales importaciones de Bretaña.

~Es muy probable que el campanario que aparece en el cuadro sea el de la Catedral de Oslo, en ese entonces uno de los edificios de mayor altura en la ciudad, que fue conocida como Kristania de 1624 a 1924. ~Fotografías de la época dejan ver que el Camino de Ljabro (que llevaba a la casa de la familia Munch en Nordstrand) estaba bordeada por barandales exactamente iguales a los del cuadro.

~El Departamento de Energía de los Estados Unidos propuso utilizar una imagen del rostro de la pintura para un depósito de desechos nucleares en la Montaña de Yucca en Nevada para alertar a los futuros exploradores respecto a la basura radioactiva. El gesto de espanto —las manos que sujetan un rostro horrorizado— y el grito recibieron también un homenaje en la película Home Alone (en México, Mi pobre angelito) de 1990.

 

Fuente: Lapham’s Quarterly, verano 2017.

Cabos sueltos

Perico-tráfico

Se calcula que los tramperos que operan ilegalmente en México distribuyen entre 65,000 y 75,000 pericos en México y los Estados Unidos cada año, de los cuales entre un 60 y un 80 por ciento mueren al ser contrabandeados. Desde los años 1970 la población de pericos cabeza amarilla en el Amazonas se ha reducido un 90 por ciento; y en Camerún, hasta 1,000 aves se descubrieron en un solo envío ilegal en el 2010. El trato a los pericos es con frecuencia abominable. Se les transporta en cajitas de pasta dental, calcetas, tubos de pelo, tubos de papel de baño, termos, guanteras, falsos compartimientos en jaulas para perros, y en las llantas de refacción. También drogan a los pericos o les dan tequila para que estén quietos durante el viaje. O les tapan los picos con cinta. A veces les arrancan las plumas para evitar que vuelen.

 

Fuente: TLS, agosto 3, 2017.

Cabos sueltos

El compinche de Al Capone

Me encontraba vagando al azar por un famoso puerto español y fui a dar a una especie de barriada marinera. Me metí en un café vacío si se exceptúa a un hombre sentado en un taburete con anchas espaldas enfrentándose conmigo. Al oírme entrar, descendió de su asiento con una viveza que no era española ni inglesa. Debía ser sin duda el propietario del establecimiento y hablaba el inglés fluidamente, aunque con un complicado acento que, de momento, no pude identificar, hasta que me di cuenta de que se trataba no de un español hablando inglés, sino de un español expresándose en lo que podríamos llamar norteamericano. Algo en nuestra conversación me llevó a reconocer que yo me dedicaba a la baja profesión de la literatura, ante lo cual mi hombre pareció cobrar nueva vida y proclamó que él también había escrito un libro. Me lo enseñó y pude deducir por un rápido examen que se trataba de un libro bastante aceptable, escrito con fogosidad y buen humor.

Se trataba, sencillamente, de sus Memorias como pistolero y gángster a las órdenes de Al Capone. Era un testimonio perfectamente honrado de una vida deshonesta. Describía el robo y el racketeering sin ninguna de las hipocresías que sirven de excusa al capitalismo. Resultaba, con todo, algo violento para cualquier imaginación melodramática encontrarse a solas con un pistolero. Era un hombre moreno y de aspecto meditabundo, que exclamó de repente: “No pienso escribir ningún otro libro”. “Me parece muy bien”, contesté, aplaudiéndole con calor. “Regentear un bar es mucho mejor que escribir libros. Muchos ingleses hubieran preferido tener una taberna a tener un editor”. Al oír estas palabras, advertí que se transfiguraba, adoptando una tremenda y vibrante vitalidad. Habló a gritos, hasta que hizo estremecerse a todo el establecimiento, de los delitos cometidos por su editor. Dijo que su editor lo había estado engañando en todo momento. Dijo que se había visto obligado a recorrer el mundo hasta darse cuenta de que lo que querían tanto los editores como los traductores era aprovecharse de su bien ganado dinero. Yo tampoco me hago ilusiones respecto a las casas editoras y otras fases de la plutocracia moderna, pero tampoco dejaba de reconocer que el asunto era levemente irónico. Le recordé la frase de Lord Byron cuando dijo que Barrabás era editor. “En resumen”, le dije con firmeza, “que lo hicieron víctima de un robo descarado”. “Así es”, contestó con explosivo énfasis. “Un robo con todas las de la ley”. Y nos separamos como los mejores amigos del mundo.

 

Fuente: Gilbert K. Chesteron, Ensayos, Editorial Porrúa, México, 1985.

Cabos sueltos

Del arte cinematográfico

De la película Bajo el manto de la noche (1962) dirigida por Juan Orol, en la que el mismo Orol actuaba convertido en un gángster cuyos nombres de guerra (Johnny Rizzo y Hot Moran, ni más ni menos) no desmentían sus vehemencias familiares y en la que la (actriz Mary) Esquivel había de redimir otra vez su condición farandulera con el típico sacrificio maternal, recuerdo algunos detalles divertidos. Se suponía, por ejemplo, que la actriz Angélica María y el actor Armando Silvestre estaban sentados en una playa de Acapulco simulada en un rincón de los estudios Churubusco; para dar idea de “realismo”, una ola llegaba y la pareja encogía las piernas para no mojarse; en esa situación debían mantener el diálogo consiguiente, pues la “ola”, lograda con alguna materia demasiado pegajosa (¿detergente?), se negaba a retirarse. Mary Esquivel declaraba su afán de regeneración con una frase inolvidable: “No quiero seguir viviendo bajo la sinfonía diaria de las ametralladoras”. El ya muy maduro (actor José) Baviera, por otra parte, seguía condenado por Orol a llamarse cosas como Ronald Carter y a pretender una vez más los favores de la Esquivel colocándole preciosa (?) joya en el cuello. En La Tórtola del Ajusco, del propio Orol, acababa de hacer exactamente lo mismo.

 

Fuente: Emilio García Riera, Historia documental del cine mexicano, tomo 8, 1961-1963, Ediciones Era, México, 1976.

Puerto libre

Dioses indivisos

Cada quien su temblor y su historia. Cada uno su diluvio y su fe. Cada quien su esperanza y sus miedos. Su reticencia y su tormenta. Su ambición de entender, su desconfianza. Cada quien su alegría y su mirada. Su pena y su espera. Sus deseos y su ahínco.

A tantos he oído en el último mes, que tengo un enjambre por deshacer para dar con la fábula que siempre es necesaria.

Ha entrado tanta agua bajo la puerta de palabras que van y vienen contando el cuento de cada día, que no puedo saber ya cuál importa más, qué es para quiénes.


Ilustración: Gonzalo Tassier

Amanezco deshilvanando imágenes. Entrevero los sueños y recuerdo el espanto. Avergonzada porque no puedo resolver algo crucial, veo antes de abrir mis ojos los de mi amiga, creciendo en sus cuencas tristes. Los de su cónyuge que al cabo de cuarenta años se ha vuelto también mi amigo. Llevan nueve meses de ausencia sobre los hombros. Y no saben cuándo querrán devolverles a su hijo quienes lo tienen en sus impredecibles manos. No digo más. Arden las palabras inútiles.

Un segundo después entra a lo que recuerdo el juego de mis nietos pequeños. Son dos. Con dos distintas risas. Entonces revive la mañana. Y no batallo para levantarme porque traerán a la visita del día su cauda de respuestas. ¿Voy a morirme? No ahora. ¿Voy a estar triste? Hoy no. ¿Tengo permiso para gastar el tiempo? Sí. ¿Escribiré otro libro? Claro, varios, todos los que puedas recordar o te imagines. Ríete abuela, que traemos la luna, cuando es preciso. Tarareo la música que Serrat le puso a la Nanas de la cebolla. Y sí, me pongo alas, me hago libre. Quiero pasar la tarde cantándoles. Que nada me perturbe, mucho menos la idea de que puede temblar a medianoche.

Al día siguiente es jueves, la otra escritora que lleva mi apellido viene a comer con todas sus historias. Cuando ella entra a mi casa el mundo todo se vuelve sólo suyo. Lo mueve como un caleidoscopio. Y me lo va contando en el orden que quiere. Yo me siento tan joven cuando la oigo, que de tanto ir hacia atrás no veo las horas, ni sé cuándo anochece, ni me importa. Lo único que me mueve es el milagro de estar viendo crecer a quien un día ganó la punta de una estrella que, al entrar a la fiesta, era piñata. Y mientras habla me la está enseñando, como en la foto de la infancia: triunfal y bienaventurada. Ya todos han entrado al pastel y de lejos se oye otro canto. Pero ella está completa en ese instante, y no ha dejado de cargar el pico de su estrella, porque todo lo que es vida le importa.

A las once de la noche se sube a un Uber y la veo irse prendida a la pantalla de su teléfono. Cruzo el patio a oscuras. No sentí al salir que las luces estuvieran apagadas. Pero subo las escaleras como si las tuviera en la memoria y no enciendo la luz. Traigo una dentro.

Setenta minutos después pasa un micrófono diciendo cosas que no entiendo. Y abro la ventana para espiar si la patrulla busca un delincuente, de esos a los que, en estos días, todo el mundo les teme, por mi mundo. Entonces oigo bien: “Alarma sísmica”, dicen.

Yo desde la ventana no veo moverse nada. Entro a mi cuarto y nada. El señor de la casa salió a una cena, así que ni para preguntarle si él siente algún temblor. Regreso al patio. Enciendo la luz. Los helechos no mueven ni una hoja, los árboles tampoco, las escaleras no bailan, las paredes no suenan. Aquí la única que tiembla, me digo, soy yo. Pero de frío. Así que entro al comedor. Y ahí sí, la lámpara del centro da vueltas como el péndulo de un reloj inmenso. Sí está temblando. Pero en esta casa, construida a campo abierto, en Tacubaya, el año de 1912, no se siente un temblor. Será que no es gran cosa, pienso cuando suena mi celular y brota la cineasta que no encuentra el pico de su estrella. Está en un camellón de la Condesa, ha debido bajar siete pisos a oscuras, tropezándose, descalza, entre el ruido de los muros y el suelo. “Ahora sí sentí feo”, dice.

Su hermano vive a cien metros de ella, y yo lo imagino tranquilo, en la casa que fue de su abuela, la que no tiró ni el temblor del 85. Quizás durmiendo, pienso, porque ellos son tempraneros y sus hijos ya sueñan desde las nueve: “Llámalo”, digo. “Él va por ti y te lleva unos zapatos”.

No se me ocurre entonces que es todo alrededor lo que no tiene luz. Y que también los niños y sus padres están fuera, un camellón adelante. Mateo que es bueno, como el mejor pan, va por abrigos y por su hermana. Cuando vuelve con ella, ve que la niña de sus ojos también salió sin zapatos. Y ¡qué barbaridad! Quiere morir de pena, cuando la encuentra linda y afligida, con los niños dormidos, la cómplice y la perra. Su hermana querría tomarles una foto. Tiene el teléfono en la mano. Porque al bajar las escaleras dejó todo, hasta la puerta abierta, pero no al compañero con luz que toma fotos. Y es tan rara la escena que querría robársela para luego llevarla a imprimir, pero no se atreve. No están las cosas como para jugar.

Cuando regresa el orden, van todos a la casa. A la misma puerta por la que su abuela y su tía salían corriendo al parque cuando temblaba. Allá va su papá a encontrarlos. Feliz porque cuando creyó que un mareo iba a matarlo, supo que había un temblor y descansó. Las casas y la calle no se movían en su cabeza, sino fuera.

Al ratito volvieron, la niña con su estrella y el papá sin su infarto cerebral. Nos vamos a dormir como si nada. Sin saber que en Oaxaca este mismo temblor dejó tras de sí el espanto. Lo sabremos, cuando poco a poco, desde la pobreza, nos lleguen las noticias completas.

Entonces habrá llegado el viernes y los hijos de Rosario harán al día siguiente la primera comunión. Yo seré la madrina aunque su madre sepa que yo no como curas, porque temo empacharme, pero dejé la religión de las culpas y las indulgencias plenarias, el cuerpo de Jesús en una hostia y los crucifijos a los que les tenía pavor desde niña. Tampoco puedo creer en el más allá, ni en que hay infierno y cielo, para premiar a los buenos y castigar a los malvados. Ojalá. Pero, por desgracia, ya no creo ese relato. Me quedan más cerca Macondo y los cronopios, la Eneida y Penélope que las epístolas y los salmos. Así que nada me salva de la fatalidad, del riesgo, del futuro en que no he de estar.

De todos modos, algo verá ella en mí que me cree digna de que sus hijos crean en mí. Y yo se lo agradezco como al sol que es y voy a la ceremonia y me porto cual debe ser. Comulgo y todo. Lloro cuando se canta el ¡Aleluya! y cuando la liturgia recomienda pedir por los fieles difuntos. Entonces bajan mis papás y yo les pido perdón por no creer en todas esas cosas que con tanto fervor quisieron inculcarme.  

¿Qué dios permite que en Oaxaca, los más pobres se mueran aplastados? ¿Qué dios manda un ciclón que destruye las islas y las casas de tantos quienes viven en el Caribe? Ninguno que no sea la esquiva y pródiga madre naturaleza. La misma que nos da de comer y nos alumbra, que devasta y construye porque sí. El dios azar, el dios guerra, el dios maíz. La diosa luna, el dios sol, el dios mar todopoderoso que los antiguos llamaron Poseidón, Neptuno, Anfítrite. Los temibles dioses del agua: Sobek, Tiamán, Ahtic, Tláloc. Ellos o el dios que algunos, aún ahora, llaman Divina Providencia. Y los desamparados llamamos universo. Arbitrario, salvaje, misericordioso y heroico universo. Da y quita. Como todos los dioses de todos los testamentos. Pero de entre ellos éste es el único dios confiable, porque sabemos que es impredecible y misterioso, porque vivimos a su arbitrio y nadie sabe lo que nos pedirá mañana. Aunque todos sabemos que no escucha.

Cada quien su temblor. Cada uno su duelo, su fábula, su dicha. Y que los dioses, indivisos, sin duda los que no existen, nos bendigan.

P.D. Este texto se entregó en la redacción de nexos el 11 de septiembre de 2017. El 15 apareció, como una bendición, mi sobrino secuestrado. El 19, lo saben ustedes, volvió a temblar.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

Tangente

El cristal roto

En su poema “A manera de canción”, William Carlos Williams dejó estas líneas:

Que la culebra aguarde
bajo el yerbal
y la escritura sea
de palabras, lentas rápidas, prontas
al ataque, quietas en la espera,
insomnes.

—por la metáfora reconciliar
gente y piedras.
Componer. (No ideas:
cosas.) ¡Inventa!
Saxífraga es mi flor y abre
rocas.

No ideas but in things, había escrito el poeta entre los paréntesis. No hay ideas más que en las cosas. Sólo en la materia reside la idea. Si no son palpables, si no pueden sujetarse en la mano, si no huelen, si no tienen peso, no son. En la abstracción se disipa la idea, en la materia vive. La poesía es una fábrica de objetos, una máquina que da plomo a la imaginación. Productora de imágenes, comprime la complejidad para darle la simplicidad de una silla. Sólo en las cosas que la poesía inventa hay ideas, dice Williams. Y el ensayo es un cristal roto. Octavio Paz, de quien he tomado la traducción que abre esta nota, celebró los ensayos de ese médico que escribía entre consultas. “Irradiaciones de su poesía”, llama a estos ejercicios que merecen muchos más lectores de los que ha recibido. En su ensayo tanto como en su poesía, las palabras libran una lucha contra la abstracción. Son imágenes, no símbolos. Cuando dice que las palabras son ostiones, llegan al paladar, las olemos. Al abrirlas, sus navajas nos hieren los dedos.


Ilustración: Adrián Pérez

En su escritura no hay barda que separe prosa de verso. Primavera y todo lo demás es un libro que medita sobre la imaginación, una colección de poemas cortos, un juego de tipografías, un manifiesto artístico, una mirada al presente. Poemas intercalados con prosa: improvisaciones. Un abrazo a la vida. Los reportes médicos fueron su mejor lección literaria. Aprovechando los paréntesis de su consultorio, escribiendo en papeles sueltos, daba forma a las palabras que aparecían en su tinta. Los poemas son la puntuación del ensayo. Los ensayos, una reescritura del poema. El flujo espontáneo de sus letras hace de la imaginación el único realismo posible. Escribir no es ver lo que no existe. La obra escapa del plagio cuando inventa, cuando escapa del mundo, cuando crea otra naturaleza. El arte por eso no bautiza: crea. El portento de la imaginación sirve para apreciar el mundo que la realidad apenas insinúa. La imaginación es una fuerza, una energía sobre la naturaleza. No hay retrato. El arte aparece cuando crea un nuevo objeto, dice Williams. A crear o a destruir está llamada la imaginación: si no es arte, lo advierte ese poeta que tradujo Quevedo, sería crimen.

Desde su origen el ensayo se otorga el derecho de girar por capricho. En cualquier momento puede dar un rodeo, perderse. Porque carece de plan, el momento que elija para detenerse será el correcto. El pediatra ve el ensayo como un niño que camina, brinca y corre. ¿Quién habría de reprocharle que se siente donde le da la gana? El arte es invento, es juego, es un baile que no es espejo de la naturaleza sino… No es un reflejo del mundo, es… ¿Qué es? El ensayista no responde. Se detiene, calla. No encuentra la palabra que busca. No descubre la imagen y consigna la bruma. No es esto sino… Es el pasmo de la inteligencia. Si la claridad desfallece a la mitad de la frase, ese es el final de la frase. Es estúpido dilatar la idea muerta solamente para buscarle punto. Pero lo acompaña bien el silencio.

El arte no es, como proclama Hamlet, espejo del mundo. Shakespeare no es reflejo de la naturaleza, es un rival de la naturaleza. Si el ensayo es un espejo roto, es un espejo hecho añicos. En Un ensayo sobre Virginia, William Carlos Williams pinta esos destellos fragmentarios, esa luz quebrada, esa fisura claridosa. El arte del ensayo es un arte irremediablemente dislocado. La unidad del pensamiento, dice ahí, “es el engaño más superficial y más barato en cualquier composición artística. En ningún otro rasgo, insiste, se manifiesta la banalidad de la inteligencia”. Tiene razón: el ingenio del ensayo no se extravía en las vanidades de la coherencia. Su gracia está en otro sitio: en la multiplicidad, en la fractura, en el entrecruzamiento de fuerzas opuestas, en la expresión pasmada. En ese apunte Williams habla de los ríos de Virginia y de los tiempos superpuestos de su historia, de sus pájaros, del higo y del tabaco, del jamón y de los árboles, es decir, del ensayo mismo. “No solamente hay que probar el cristal, el cristal mismo ha de probar su permanencia en su fractura”.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

Pasaporte, por favor

Trabajo formal, reproducción informal

El odio a la economía informal es un sentimiento de cuidado, que pide una crítica pública severa. El espacio urbano necesita ser regulado, de eso no cabe duda alguna. Es indispensable que haya mecanismos para determinar quiénes pueden vender qué mercancía o servicio, en cuál plaza, calle o banqueta. Es también cierto que si el gobierno no colabora en esta clase de mecanismo regulatorio deja la selección de vendedores enteramente en manos de un libre mercado, que será regulado finalmente por el ejercicio informal de la coerción y la violencia.


Ilustración: Víctor Solís

La existencia de un mercado de trabajo informal regulado informalmente por caciques y golpeadores da pie a una fantasía: que es que un buen gobierno, atenido a los ideales del “Estado de derecho”, podría, si se lo propusiera, “limpiar” las calles de la economía informal. Es la fantasía, francamente peligrosa, de que el gobierno tendría que declararle una guerra sin cuartel a la economía informal. La regulación, mejoría y ordenamiento de la economía informal en los espacios públicos es una tarea legítima de gobierno, pero “limpia” del ambulantaje no lo es. Veamos por qué.

La revista The Economist publica un indicador que inventó hace como 30 años, llamado el “Índice Big Mac”, donde compara el promedio de número de horas de trabajo necesarias para comprar esa hamburguesa a nivel internacional. Aunque el indicador fue elaborado para descubrir la sobrevaloración o subvaloración de la moneda, puede servir también como un indicio crudo de la dependencia que pueda haber de la economía informal en la economía formal. Así, por ejemplo, en Hong Kong un trabajador puede ganarse una Big Mac con nueve minutos de trabajo, lo que indica que puede depender fácilmente de la economía formal para su reproducción diaria, comparado con un trabajador en la ciudad de Manila, que necesita 87 minutos de trabajo para comprarse esa misma hamburguesa.

En la Ciudad de México, 2015, se requerían en promedio 78 minutos de trabajo para comprar una Big Mac, de modo que en un día de trabajo de ocho horas un trabajador podía comprarse arribita de seis hamburguesas, lo que equivale a unas tres mil 300 calorías. Si pensamos que una mujer trabajadora requiere ingerir un promedio de dos mil 200 calorías diarias, y que un hombre requiere unas dos mil 800, concluimos que los trabajadores promedio no pueden alimentarse sino ocasionalmente con comidas preparadas por la industria del fast food.

Sin embargo, esos mismos trabajadores difícilmente pueden evitar comprar comida durante sus jornadas laborales, que frecuentemente se extienden a 10 o 12 horas, y a las que hay que sumar largas horas de transporte. Muchos de nuestros trabajadores —muchísimos— ven pasar 14 o 16 horas entre que el momento en que salen de sus casas y en el que regresan.  No es fácil llevar suficiente comida y bebida para sostenerse durante 16 horas, y comprar aunque sea algo afuera se convierte así en un suceso inevitable. 

Todo ello significa que las empresas que contratan en México pagan sueldos que requieren que exista una economía informal. La informalidad es producto necesario de la economía formal. En esas condiciones la fantasía de “limpiar” el espacio público de ambulantes es un sueño imposible. Así, los trabajadores que laboran en centros comerciales no pueden consumir los alimentos que se venden ahí. Necesitan, al contrario, cruzar la calle y comprarse mejor un refresco y unas garnachas enfrente. Tampoco hay ninguna zona de hospitales en México que no tenga sus proveedores de tacos y quesadillas afuera, para alimentar a médicos internistas y enfermeras. No les alcanza bien para comer diario en la cafetería del hospital. Ni tampoco hay fábricas, escuelas, ni oficinas de gobierno que no tengan lo mismo. Y eso sin contar el ambulantaje, altamente regulado, que se da al interior de las oficinas mismas: ventas discretas y con horarios señalados de refrescos, tacos de canasta, chambritas o artículos de belleza para las secretarias.

Y todo esto apunta sólo a ventas de consumo. El sector formal también genera informalidad de otras formas. Entre los empleados de clase media, por ejemplo, las labores de reproducción social tienden a transferirse a la economía informal, a modo de trabajo doméstico, cuidado de niños o de viejos, o transporte. Finalmente, los sueldos para la clase media tampoco son tan elevados; mejor dicho, son más bien bajos, y resulta difícil contratar una empleada doméstica con los derechos contractuales y prestaciones que la colocarían en la economía formal. Tampoco resulta barato sustituir su trabajo con guarderías infantiles o servicios de limpieza contratados.

Por último, los bajos sueldos contribuyen también al consumo de productos piratas que son, por otra parte, criminalizados por las mismas industrias que pagan bajos sueldos. Así, un cajero al que se le pide “excelente presentación” como requisito, y que gana seis mil pesos mensuales, tenderá a comprar marcas falsas cada vez que pueda.

En una sociedad en la que el trabajo es mal pagado, la economía formal genera la informalidad para su propia reproducción. La fantasía de la eliminación del ambulantaje de las calles es un deseo imposible, que tiende a apoyar políticas de “limpieza social”. Los gobiernos deben concentrarse en modos de regulación y mejoramiento de las condiciones de quienes laboran en la economía informal, para evitar así que priven las prácticas más crudamente extractivas de “la ley de la calle”.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

Hablando de otra cosa

Jóvenes

El Canelo iba sólo por lo que pudiera caer (“¡Madre mía de Guajicora! Lo único que te pido es que me pongas donde haiga…”). El Timoteo tenía un objetivo mucho más concreto, quería el caballo de don Félix —su amigo, que ya no sería su amigo. Nicolás tenía otra idea, aprovechar para levantar a Rosario, “que está de revolcón, brinco y pujido”. El Tuerto, salido de la cárcel, iba a buscar al juez que lo sentenció: “para hacerlo bailar la Varsoviana a balazos”. El Caifás estaba encaprichado con la idea de ahorcar a todos los miembros de la familia López, uno por uno, y a Silverio, colgarlo del asta de la bandera. El Patas miraba más lejos, quería ser presidente municipal. Otros, el Pinacate, el Pando, el Pachanga, iban sobre todo por lo que dijo el Poli: “Los que sean hombres y se tantién con tamaños para seguirme, que se corten…”. Y quién decía que no. Nadie se quería quedar atrás.


Ilustración: Estelí Meza

El Tío, el Patecapo, el Risitas, tenían el vicio de matar policías, y por eso. El Goche, Arturito y Colacho, servían de guardaespaldas a los políticos. A veces las cosas se torcían. Una vez, en Betania, los jefes se emborracharon, y aunque no estaba previsto, comenzó el saqueo, la masacre (“era que todo lo que se movía lo mataban”). Decía el Cóndor: “Yo no doy órdenes, pero tampoco puedo gobernar la voluntad de los que me estiman y me quieren”. Y con esto y lo otro, como decía el Maestro, la cosa se salía de las manos. A Alfredo Rojas le tocó matar a su propio hermano, no quería. En Luis Emilio Sánchez era más bien el gusto; llegó una vez a la cantina de Tamayo, y dijo: “Si cincuenta pesos pagan por liberal, yo se los dejo en veinticinco y doy para el entierro”.

Imposible evitar los errores. Franqueza y Triunfo, por ejemplo, de la cuadrilla del Chispas, asesinaron al maestro Ramón Cardona, el director del conservatorio de Caldas; se confundieron, trataban de matar al jefe del Directorio conservador, Jorge Leyva. Muchos, como Efraín González, el Viejo, eran desertores del ejército. Algunos, como Sangrenegra, cargaban con su cuenta de muertos de tiempo atrás. Otros había que se ofrecían para desalojar predios, amenazaban a los dueños para obligarlos a vender, y los había que se arreglaban con los capataces y los administradores, para poner un filtro a la cosecha de café. La gente de Zarpazo eran sobre todo desempleados, por-que eran malos tiempos. Pero otros muchos trabajaban como jornaleros en las fincas durante la semana, y los sábados y domingos salían a “bandolerear”.

El Tuerto, el Caifás, el Patas, eran soldados en el ejército de dios, también el Pinacate y el Pachanga. Luchaban contra los malditos judíos del gobierno, mataban al grito de: “¡Viva Cristo Rey!”. Sus historias aparecen en Los Cristeros, de José Guadalupe de Anda. Chispas, el Risitas, el Patecapo, Triunfo, eran defensores del partido liberal, durante La Violencia, en Colombia. El Cóndor, Colacho, Luis Emilio Sánchez, eran conservadores, partidarios de la religión, de la familia, del orden. Los relatos son de Alfredo Molano, en Los años del tropel. Literatura.

Desde lejos, siempre se puede admirar a los muchachos, que pelean por una causa justa —en todo caso, que pelean por una causa. La configuración se repite, una y otra vez, con los mismos elementos: la juventud, la violencia, el miedo, el pillaje, y la inflación retórica a base de ideales, banderas, que hace que el asesinato no sea un asesinato, que el saqueo no sea saqueo. Debajo de las grandes causas se mueven las pequeñas historias, siempre, y seguramente no tiene sentido preguntarse qué haya sido primero. Está la juventud descontenta, está la violencia, está la causa, y todo se mezcla.

En Indonesia, en los años previos a la independencia, los propietarios se arreglaban fácilmente con los bandidos, que servían como una especie de policía informal —tan policía como la otra. Otros, en el mundo subterráneo de Jakarta, preferían pensarse a sí mismos según el modelo de Robin Hood, como benefactores y protectores de los débiles. Por lo que sabemos, el bandidaje era un oficio que se escogía tempranamente, no era una salida desesperada de campesinos en el extremo de la miseria. Y los bandidos tenían un sentido claro de su función, como hombres de palabra. Eran los aliados más útiles, más eficaces, que podían encontrar los movimientos nacionalistas durante la lucha por la independencia. Algunos: Bubar (Destrucción), Ribut (el Ruidoso), optaron por asumir títulos oficiales, otros con más recursos, como Haji Darip, crearon sus propias instituciones. Algunos había que eran simplemente bandidos, que asaltaban a cualquiera. La diferencia era a veces difícil de reconocer. El contrabando era muy útil para la lucha, la lucha resultaba muy útil para el contrabando —el negocio, la causa, la juventud, todo estaba mezclado, como siempre.

A veces lo que falta es la causa.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

Panóptico

Nuestro despropósito electoral

No hay institución más emblemática de nuestros avances democráticos que el Instituto Nacional Electoral (INE). En ella se cifró la esperanza del cambio que nos condujo de un autoritarismo con pluralismo limitado a una democracia electoral imperfecta hace más de tres lustros. De ahí que su defensa sea tarea central en un contexto de profundo malestar con nuestra condición política. El INE dista de la perfección, pero indudablemente hizo posible la novedad de la competencia política efectiva a través del sufragio. En muchos sentidos esa institución autónoma es el acantilado contra el que se estrellan los vientos de la frustración política de la sociedad. La democracia mexicana tiene numerosos e importantes déficits. El INE apenas roza la superficie de una economía política electoral que mueve una enorme cantidad de dinero ilegal. Los partidos políticos, con todo, reciben un generoso financiamiento público que ofende a muchos ciudadanos. Tienen razón los observadores que señalan que el INE a menudo debe hacer cumplir una legislación electoral defectuosa e incoherente. Sin duda, el entretenimiento favorito de la política mexicana es pegarle al árbitro. La presión sobre los consejeros por actuar de diferentes maneras ha sido enorme. Por ello es comprensible que, agobiados por las expectativas no cumplidas, decidieran suplantar al Congreso y legislar un artículo constitucional.


Ilustración: Belén García Monroy

Es entendible, pero criticable. Es censurable, sobre todo, que el INE a estas alturas no haya repensado uno de los supuestos más cuestionables de su concepción de la democracia mexicana: la equidad. Esa idea es la que motivó la iniciativa fallida de “cancha pareja” que buscaba establecer la equidad en la contienda electoral regulando aún más las precampañas y los actos de los candidatos y precandidatos. El descalabro de “cancha pareja” es una muestra de la obcecación y la falta de pensamiento crítico de esa institución. La equidad supone que los contendientes en la lucha electoral tienen igualdad de oportunidad para ganar un cargo público. Entendida así, la equidad es un absurdo de la transición mexicana. No sólo no es parte del legado histórico de la democracia liberal y el gobierno representativo, como señala Bernard Manin, sino que es sencillamente un objetivo imposible. Un futbolista famoso, como el actual  alcalde de Cuernavaca, jamás tendrá las mismas oportunidades de ganar una elección que un ciudadano de a pie que nadie conoce, aunque a ambos se les proporcione exactamente el mismo financiamiento público. La búsqueda necia e infructuosa de la equidad ha tenido resultados perversos: ha generado expectativas que, al ser irrealizables, producen una frustración generalizada con la democracia. Es un despropósito intentar regular las intenciones de los políticos. Quien así procede no sólo es ingenuo; se engaña a sí mismo y a la ciudadanía. Cuando el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación echó al basurero los lineamientos de “cancha pareja” del INE señaló lo obvio: ese instituto invadió el ámbito de competencia del Congreso. De paso también puso en claro que atentaba contra la libertad de expresión. En efecto, no es concebible la participación política “sin la posibilidad de la población de expresarse libremente”. Para evaluar si un político hizo bien o mal su trabajo los ciudadanos necesitan información. Impedir que los funcionarios electos difundan sus logros por alterar una supuesta equidad de la contienda es ignorar uno de los mecanismos centrales del aparato político democrático, ese sí muy real. La “equidad” restringe el derecho de la sociedad a estar informada de los actos de los gobernantes.

Algo muy parecido dijo la Suprema Corte al fallar en el caso de la impugnación a la ley electoral de Yucatán. La SCJN decretó que no es lícito exigir que los diputados e integrantes de ayuntamientos que busquen reelegirse sean obligados a separarse de sus cargos antes de los comicios. “En la lógica de la reelección”, dijo el ministro Arturo Zaldívar, “está el que la ciudadanía valore el trabajo de los legisladores y me parece desde un punto de vista, no sólo razonable sino obvio, que no se separen del cargo porque explícitamente eso lo que se está valorando por parte de la ciudadanía en un sistema de reelección… Imaginemos un Parlamento europeo que se separa totalmente para buscar la reelección o un presidente de los Estados Unidos de América que se separa mientras está la campaña electoral, no me parece que vaya en la razonabilidad de la reelección”.1

La intentona de “cancha pareja” tal vez haya buscado apaciguar infructuosamente a una ciudadanía harta de una democracia de baja calidad. Si la iniciativa fracasaba, como fracasó, el INE podría responsabilizar de ello a las instancias jurisdiccionales. Visto así, fue un expediente político para liberar algo de la presión a la que estaban sujetos los consejeros. Sin embargo, es posible que muchos de ellos creyeran a pie juntillas en la quimera de la equidad y que no hayan reparado en lo fútil que ha resultado andar en pos de ella. La ocurrencia, es cierto, está en la Constitución, pero nadie obliga a ser más papista que el Papa. Ninguna ley obligaba al INE a suplir al Congreso. El fiasco demuestra que el realismo escasea en esa institución fundamental.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 Víctor Fuentes, “Prohíbe Corte licencias forzosas para reelección”, Reforma, 29 de agosto de 2017.

Sin ton ni son

Sin esperanza

¿Se puede vivir sin esperanza? ¿Sin la ilusión de que las “cosas”, privadas y públicas, pueden mejorar? Suprimir la esperanza puede ser un buen recurso para asomarnos al mundo tal como es y no como desearíamos que fuera.

Buena parte de la insatisfacción con eso que llamamos vida se desprende del ensueño de que podemos modificar a las instituciones, usos y costumbres, concepciones, relaciones y personas que nos rodean. Y sin esos resortes (el del disgusto y la voluntad de transformar) quizá la vida no sería vida. Porque si se destierra el aura que construyen las ilusiones, lo que queda es la existencia pura y dura, una especie de vida animal.


Ilustración: Jonathan Rosas

Pero veámoslo con calma: si fuéramos capaces de una operación como la enunciada, estaríamos afinando la vista, normalmente empañada por el vaho que despide el deber ser, y ajustando el juicio, rutinariamente obnubilado, por la comparación entre lo que las “realidades” son y lo que desearíamos fueran. Esa es la cara virtuosa. Pero, claro, ahí no acaba la historia, dado que estaríamos prescindiendo de una dimensión fundamental de la existencia: la de los anhelos, expectativas, deseos.

Los que de manera cotidiana navegamos por eso que a falta de mejor nombre denominamos ciencias sociales, lo sabemos bien: con su fuerte carga prescriptiva, en muchos casos prescindimos de acercarnos a los “fenómenos” para describirlos y entenderlos, porque es más “fácil y sencillo” adjetivarlos y ¿por qué no? condenarlos. Piénsese, sólo como ejemplo, en el llamado clientelismo, tan vilipendiado en el circuito de las capas medias ilustradas y tan potente y festejado por los beneficiarios en ambos lados de esa relación asimétrica y en no pocos casos abusiva (¡Ya saltó el catequista!).

Pero no me distraigo más en ese asunto que quiere ser sólo un botón de muestra. En su novela El periodista deportivo, Richard Ford (Anagrama, 1990) pinta a su personaje central como un hombre apático, que ha renunciado a múltiples posibilidades que le abría el futuro, que sabe que resulta imposible conocer realmente a las personas, lo cual le permite mirar “la vida de forma más sencilla y literal” pero también preservando su “misterio incondicional y placentero”. Quiere acortar la distancia, quizá incluso borrarla, entre lo que siente y lo que también podría sentir, porque ese desfase sólo le genera tensión y al final desilusión. Él mismo pone un ejemplo: “Es la diferencia que hay entre un hombre que deja su trabajo para convertirse en guía de pesca en el lago Big Trout, y que un día, mientras rema hacia el muelle al atardecer, deja de remar para contemplar la puesta de sol y se da cuenta de lo mucho que desea ser guía en ese lago; y otro hombre que ha tomado la misma decisión, deja de remar al mismo tiempo, siente la misma alegría, pero al mismo tiempo, piensa que podría hacerlo también en el lago Windigo, y que también podría ganarse la vida vendiendo canoas”. La esperanza del primero, si así se le puede llamar, es inercial, asequible, minimalista. Casi no es una ilusión sino una realidad. La del segundo requiere forjar nuevos horizontes, alejarse del hoy pensando en el mañana. La primera es plácida, la segunda reclama de una voluntad que hará que el momento se transforme en tirante, marcado por la tensión natural entre lo que se tiene a la mano y lo que se desea.

Esa actitud que suprime conscientemente la esperanza creo que se emparenta con las premisas del budismo, y escribo “creo” porque muy poco (casi nada) sé de él. Sólo lo que leí en el libro de Fernando Solana Olivares, en el que nos ilustra que la causa del sufrimiento no es otra que la del deseo: “Sed de placeres de los sentidos, sed de existencia y de devenir y sed de no existencia (autoaniquilación)”. Porque las desdichas, públicas y personales, según el Buddha, provienen de esa “sed” que no puede ser saciada. (El budismo, Tercer Milenio, CNCA, 1997.)

Vivimos con una sobrecarga de expectativas de todo tipo. Algunas, las menos, se cumplirán. Y las más, se verán frustradas. Y no se necesita ser el Buddha para concluir que eso alimentará el malestar. Leo cómo la esperanza depositada en Emmanuel Macron en Francia se encuentra en una caída vertiginosa. Quizá era de esperarse. Situamos nuestras ilusiones en una persona como si de ella dependiera el futuro, nuestro futuro. Es un resorte bien aceitado. Al parecer, necesitamos creer así como necesitamos comer. Es difícil sobrevivir sin alguna ilusión, alguna meta. Requerimos colocar en alguien o en algo o en nosotros mismos la posibilidad de un porvenir mejor. La mayoría demandamos de esa zanahoria para seguir tirando. Sólo un puñado de hombres puede vivir sin esperanza. Son los amantes del silencio, aquellos que no empañan nuestra existencia con sus prédicas.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo).

Agenda

Trump y el Acuerdo de París

El pasado 1 de junio, en el Rosedal de la Casa Blanca, en una ceremonia amenizada por una banda de jazz de la Marina que consideró oportuno tocar “Summertime”, el presidente Donald Trump disipó una incertidumbre que había mantenido durante varios meses al anunciar la retirada1 de su país del Acuerdo de París sobre cambio climático. Presentó entonces este instrumento como injusto para los Estados Unidos y perjudicial para sus empresas, sus trabajadores y sus contribuyentes.2 Se comprometió además a intentar negociar un tratado que a su juicio fuera “equitativo”.


Ilustraciones: Víctor Solís

Un factor decisivo del éxito de la 21 Conferencia de las Partes (COP), celebrada en diciembre de 2015 en París, consistió en sacar de la negociación la formulación de las acciones climáticas que cada país se propusiera llevar a cabo a partir de 2020, las denominadas “contribuciones previstas determinadas a nivel nacional” (INDCs, por sus siglas en inglés, posteriormente NDCs).3 Cada país fijaría libremente sus objetivos, que comunicarían al Secretariado de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático (CMNUCC) antes de que iniciara la histórica COP21 en la que se adoptó el Acuerdo de París. Se evitaron así las presiones y los regateos sobre metas de mitigación que tanto afectaron la última fase de la negociación del Protocolo de Kioto, en 1997.

El 3 de septiembre de 2016 el gobierno de los Estados Unidos registró su primera NDC, vigente en la actualidad. En lo relativo a la mitigación (reducción de las emisiones que causan el cambio climático), la NDC de los Estados Unidos plantea para 2025 una reducción de emisiones en un rango de 26-28% respecto a las de 2005, objetivo relativamente razonable.4

En su intervención del 1 de junio Donald Trump afirmó que su país, a partir de ese momento, “dejará de implementar su NDC”, y también dejará de aportar al Fondo Verde para el Clima, con el cual se ensañó particularmente (“nadie sabe a dónde va ese dinero”). Estimó5 que mantenerse como Parte del Acuerdo le hubiera representado en 2040 a su país la destrucción de 6.5 millones de empleos y una pérdida de tres billones de dólares en el PIB. Mencionando en particular los casos de China e India, Trump afirmó que el Acuerdo de París impone a su país “draconianas” cargas legales, productivas y económicas, que no aplica a otros países, y que mermarían su competitividad internacional. Incluso llegó a sostener que la verdadera finalidad del Acuerdo de París no consiste en la protección del clima, sino en poner en desventaja económica a los Estados Unidos. Trump interpretó la movilización mundial de gobiernos, incluyendo el del Vaticano, así como la de numerosas instancias de la sociedad civil, que abogaron por la permanencia de los Estados Unidos como Parte del instrumento multilateral más reciente, operativo y prometedor para combatir el cambio climático, como una conspiración mundial para debilitar la economía de su país.

En cuanto a la eficacia del instrumento, señaló que el Acuerdo sólo lograría una insignificante disminución de temperatura de 2/10 de 1°C en 2100. Jaleado por los participantes en la ceremonia, la alocución de Trump se fue calentando: “ya no seremos más el hazmerreír de los demás”. La denuncia del Acuerdo se presentó como una reafirmación de la soberanía nacional frente a éste y en realidad frente a cualquier otro instrumento negociado en el marco de las Naciones Unidas.

La denuncia del Acuerdo, planteaba Trump, permitiría una movilización de todas las fuentes de energía, incluyendo lo que denominó el “carbón limpio”, para alcanzar tasas anuales de crecimiento económico de 3% o 4%. Todo ello sería supuestamente compatible con alcanzar “los más altos estándares de protección ambiental” para “seguir siendo el líder ambiental mundial”.

La retirada del Acuerdo de París por parte de los Estados Unidos, hasta ahora una de las medidas definitorias y de mayor trascendencia de la administración Trump, suscitó una previsible oleada de reacciones adversas, tanto en los medios internacionales como en su propio país. Su significación, implicaciones y consecuencias merecen algunas reflexiones.

 

El 3 de septiembre de 2016 los Estados Unidos se constituyeron como Parte ante el Acuerdo de París. El presidente Obama ratificó este instrumento sin intervención del Poder Legislativo, mediante Orden Ejecutiva, sobre la base de que el Acuerdo es una extensión de la Convención (CMNUCC), cuya ratificación había firmado el presidente George H. W. Bush el 13 de octubre de 1992, contando para ello con la previa aprobación del Senado. Estados Unidos fue el primer país industrializado en ratificar la CMNUCC, uno de los pocos instrumentos de derecho internacional cuyo alcance actual es prácticamente universal, al haber sido ratificado por 196 países, además de la Unión Europea.

La retirada del Acuerdo de París destacó entre las promesas de campaña del candidato Trump, pero la decisión efectiva no suscitó después consenso entre los miembros de su equipo inmediato de trabajo. Entre quienes no favorecían esta decisión figuraban Rex Tillerson, secretario de Estado y anterior CEO de Exxon, quien veía ventajas en “mantener la silla en la negociación”, así como el yerno y la hija del presidente, Jared Kushner e Ivanka Trump. La “línea dura”, conservadora, de los colaboradores de Trump, en cuyas filas figuraban Steve Bannon (despedido de la Casa Blanca el 18 de agosto) y Scott Pruitt, quien sigue siendo administrador de la Agencia de Protección Ambiental (EPA), presionó para que se cumpliera cuanto antes la reiterada promesa de campaña.

Manifestaron públicamente su enfático apoyo a la permanencia de los Estados Unidos en el Acuerdo de París numerosos directivos de grandes empresas, entre las que cabe mencionar: Adobe, Apple, BP, DuPont, Exxon Mobil, General Electric, Google, Hewlett Packard, Intel, Levi Strauss Co., Microsoft, Morgan Stanley, Shell, Walmart, en un listado que dista de ser exhaustivo. Como fundamento de su exhorto al Ejecutivo para que permanezca en el Acuerdo, estas empresas señalaban los siguientes factores favorables:

1. La participación de todos los países en el Acuerdo limita el riesgo de un desequilibrio que pudiera perjudicar la competitividad de la economía estadunidense.

2. Las actividades fomentadas por el Acuerdo generan empleo, mercados para tecnologías innovadoras y nuevo crecimiento económico.

3. Se reducen riesgos climáticos, minimizando daños a las infraestructuras, la productividad agrícola, el acceso a los recursos hídricos y las cadenas globales de suministros.

 

Numerosos tuits,6 difundidos antes de su victoria electoral, son muestra inequívoca de que Trump asume posiciones abiertamente negacionistas en relación con el cambio climático, aunque este negacionismo dejó de expresarse en forma explícita una vez que asumió la presidencia. Mientras en su alocución del 1 de junio difundía las irreales estimaciones, antes reportadas, respecto al costo del cumplimiento del Acuerdo de París para la economía y el empleo, se buscará en vano en su discurso cualquier mención del costo del cambio climático7 por daños derivados del incremento en el nivel del mar, la pérdida de biodiversidad, la incidencia de fenómenos hidrometeorológicos extremos, la mayor incidencia de desastres “naturales”, la destrucción de la infraestructura, las afectaciones a la salud pública, aspectos todos ellos sobre los que se dispone hoy de una abundante literatura científica, que se ve reflejada en los Informes del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC). Tampoco mencionó Trump los beneficios de la acción climática para la generación de empleos, la innovación tecnológica, el establecimiento de nuevos mercados, entre otros factores que apuntan hacia una “nueva economía climática”. En este sentido, la Comisión de Alto Nivel sobre Precios del Carbono publicó justo antes de la declaración de Trump un importante reporte, en el que se establece con sólidos argumentos que la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero podría reforzar la economía de los países.8

 

Presentado como un dogal jurídico-económico, en su discurso Trump caracterizó sin embargo el Acuerdo de París como “no vinculante”. Si, efectivamente, el instrumento fuera no vinculante, ¿por qué verse constreñido a denunciarlo formalmente, en vez de simplemente ignorarlo? En realidad, el Acuerdo de París es un “tratado” en el marco de la legislación internacional,9 pero sólo algunas de sus disposiciones serían “jurídicamente vinculantes”. La Delegación de los Estados Unidos que participó en las negociaciones de la COP21 que desembocaron en la adopción del Acuerdo de París en diciembre de 2015 cuidó de vetar la formulación de algunas de sus disposiciones que denotara obligatoriedad,10 para evitar someter al Senado su ratificación. No sería, por ejemplo, jurídicamente vinculante el cumplimiento de las “Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional” (NDCs), ni la obligación de aportar recursos económicos en una cuantía específica.11

El artículo 28 del Acuerdo de París señala las condiciones para una eventual denuncia promovida por alguna de sus Partes.12 Según este artículo, la retirada de los Estados Unidos no podría hacerse efectiva antes del 4 de noviembre de 2020, es decir, un día después de la próxima elección presidencial en ese país, a menos que su gobierno denunciara también la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. En ningún momento sugirió el presidente Trump que su país se retiraría también de la Convención. En estas condiciones, el pronunciamiento de Trump contraviene la legislación internacional sobre cambio climático, ante la cual su país es todavía parte.

La renegociación del Acuerdo de París es totalmente inviable. La adopción de este instrumento fue resultado de un arduo proceso de bastantes años en el que participaron 196 países, con hitos como el Plan de Acción de Bali (COP13, 2007), el Acuerdo de Copenhague emanado de la tormentosa COP15 de 2009, los Acuerdos de Cancún adoptados en la exitosa COP16 de 2010, la Plataforma de Durban para la Acción Ampliada aprobada en la COP17 (2011), entre otros. Ningún país, fuera de los Estados Unidos, estaría dispuesto a tirar por la borda todos estos trabajosos esfuerzos para dar satisfacción al presidente Trump. El gobierno federal de los Estados Unidos no ha señalado por otra parte los parámetros e indicadores que a su criterio permitirían determinar la equidad de un instrumento que pudiera emerger de una hipotética renegociación. Muchos negociadores han expresado que el proceso multilateral sobre la base del Acuerdo de París se desarrollaría mucho mejor sin una intervención obstruccionista de los Estados Unidos. De cualquier manera, este proceso de negociación pendiente será arduo por tener que concretar aspectos que prevé el Acuerdo, como las reglas de contabilidad, el diseño de los mecanismos, incluyendo aquellos de mercado, entre muchos otros de los que dependerá la operatividad del instrumento.

Lo que podría hacer el gobierno de los Estados Unidos es revisar a la baja el compromiso de mitigación que integró en su actual NDC. Trump podría rebajar esta meta hasta nulificar su ambición o volverla irrelevante, aunque esta rebaja, como lo han señalado muchos, contravendría el contenido explícito del Acuerdo de París.13 De por sí el conjunto de los compromisos existentes, expresados en las actuales NDCs, incluyendo la de los Estados Unidos, es insuficiente para limitar el aumento de la temperatura promedio planetaria al nivel estipulado en el Acuerdo de París (2°C, “prosiguiendo esfuerzos” para no rebasar los 1.5°C). Aun si se cumplieran estrictamente los actuales compromisos, la trayectoria correspondiente de las emisiones globales apuntaría más bien hacia una elevación de temperatura de 2.8°C.14 Si otros países siguieran el ejemplo de los Estados Unidos, el Acuerdo de París perdería visos de efectividad.

 

A nivel mundial la decisión del presidente Trump se enfrentó a un rechazo generalizado, expresado con variados matices en múltiples países, incluyendo aquellos con mayores emisiones de gases de efecto invernadero. En particular, la 19 Cumbre Unión Europea-China, celebrada en Bruselas un día después de la alocución de Trump, reafirmó de manera enfática su compromiso con el Acuerdo de París y se propuso reforzar la cooperación entre los países involucrados en la materia. Los líderes de la Unión Europea y de China anunciaron la convocatoria, conjunta con Canadá como país sede, de una gran reunión ministerial, a celebrarse en septiembre de 2017, para impulsar la implemen-tación del Acuerdo y acelerar la transición hacia una energía limpia.

El aislamiento de la posición de los Estados Unidos quedó de manifiesto en la reunión del G-20, celebrada en Hamburgo los días 7-8 de junio de 2017, en cuyo Comunicado 19 países, incluyendo alguno como Arabia Saudita, con un largo historial de resistencia a las políticas climáticas, manifestaron que el Acuerdo es “irreversible” y que se debe poner en práctica de inmediato. La reacción internacional adversa a la decisión del presidente Trump parece destinada a crecer con el tiempo, y a concretarse bajo formas cada vez más estructuradas. Algunas voces15 empiezan incluso a sugerir la imposición de medidas comerciales, para restablecer un piso parejo para los diversos sistemas productivos.

A nivel global, numerosos gobiernos locales venían movilizándose en torno a objetivos climáticos, mediante asociaciones —la más emblemática de las cuales es el denominado C40, que agrupa a 91 grandes ciudades (Ciudad de México incluida)—, las cuales generan la cuarta parte del PIB mundial. Actualmente presidido por Anne Hidalgo, alcaldesa de París, tras el anuncio de Trump el C40 se alineó decididamente con el Acuerdo de París, exhortando al G20 para que mantenga pleno apoyo a este instrumento. El C40 propugna que para 2020 todas las ciudades participantes cuenten con un plan de acción climática congruente con los objetivos del Acuerdo. La alcaldesa Hidalgo promueve además la adopción de algunas medidas específicas, como la exclusión de los vehículos a diesel en la ciudad para el año 2025, política a la que se adhirieron las autoridades de Madrid y de la Ciudad de México.

Sin embargo, la reacción más vigorosa ante el anuncio del presidente Trump se produjo en los mismos Estados Unidos, donde se desencadenó un movimiento sin precedente de apoyo al Acuerdo de París en varios estados, numerosas ciudades, empresas y entidades de la sociedad civil. 

El 1 de junio, el mismo día en que Trump anunciaba la retirada del Acuerdo de París, los gobernadores Andrew Cuomo del estado de Nueva York, Edmund Gerald (“Jerry”) Brown del estado de California, y Jay Robert Inslee del estado de Washington anunciaron16 la formación de la Alianza de los Estados Unidos para el Clima.17 Poco más de un mes después esta Alianza contaba con la adhesión de 14 estados: California, Colorado, Connecticut, Delaware, Hawaii, Massachusetts, Minnesota, Nueva York, Oregon, Puerto Rico, Rhode Island, Vermont, Virginia, Washington. Es de destacar que Massachusetts y Vermont tienen gobernadores republicanos. En su conjunto, los estados mencionados representan más de un tercio de la población de los Estados Unidos, su PIB asciende a 7.16 billones de dólares, y en ellos radican 1.3 millones de puestos de trabajo en el ámbito de las energías limpias.

Ese mismo día 377 alcaldes, agrupados como “US Climate Mayors” y representando a 67.7 millones de estadunidenses, adquirieron el compromiso, expresado en una declaración formal conjunta,18 de “adoptar, cumplir y sostener” los objetivos del Acuerdo de París.19

El 5 de junio de 2017, en una declaración titulada “Seguimos dentro”, bajo forma de una “carta abierta a la comunidad internacional y a las Partes ante el Acuerdo de París”, un nutrido grupo de alcaldes,20 gobernadores,21 empresarios,22 inversionistas, autoridades universitarias, expresaron su voluntad de unir fuerzas “por primera vez” para seguir apoyando la acción climática que permita hacer frente a los compromisos asumidos por el país en el Acuerdo de París.23

La 85 Conferencia Anual de Alcaldes de los Estados Unidos, celebrada los días 23-26 de junio en Miami Beach, Florida, reafirmó este compromiso, y lo reforzó mediante un conjunto de resoluciones,24 entre las cuales figura la de exhortar a la administración Trump y al Congreso para que apoyen la lucha contra el cambio climático, se comprometan plenamente con el Acuerdo de París, el Plan de Electricidad Limpia, el Programa para Incentivar la Energía Limpia, y otros instrumentos. Entre los nuevos compromisos asumidos en la Conferencia destaca el de suministrar 100% de energías renovables a sus comunidades en 2035.

El 12 de julio de 2017 el gobernador Brown de California y Michael Bloomberg, ex alcalde de Nueva York y enviado especial del secretario general de las Naciones Unidas para las ciudades y el cambio climático, lanzaron la iniciativa “Compromisos de América” (America´s Pledge). Esta iniciativa compilará y cuantificará las acciones de Estados federales, ciudades y empresas en los Estados Unidos que pretendan reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en congruencia con los objetivos del Acuerdo de París. Las instancias públicas y privadas que en ella participan pretenden por sí mismas lograr el cumplimiento de los compromisos asumidos por los Estados Unidos en el marco del Acuerdo de París. Los propulsores de esta iniciativa plantean que las acciones para cumplir estos compromisos tienen lugar finalmente en los estados, las ciudades y las empresas, desempeñando el gobierno federal sólo una función de coordinación. Frente a la defección de este último, la iniciativa asumirá esa función y reportará los resultados.

Las acciones climáticas en entes subnacionales trascienden ya el plano declarativo. El 17 de julio el Congreso de California, estado que había adoptado ya políticas climáticas entre las más avanzadas a nivel global, aprobó la Ley AB 398 y otras dos leyes asociadas, extendiendo hasta el año 2030 su esquema de comercio de bonos de carbono (“cap and trade”). Esta medida, promovida por el Partido Demócrata y cabildeada con pasión por el gobernador Jerry Brown, quien definió el cambio climático como “una amenaza a la existencia humana organizada”, logró mediante algunas concesiones contar también con el apoyo de un grupo de legisladores republicanos, así como el de importantes líderes empresariales.

La magnitud y la inmediatez de la respuesta dentro de los Estados Unidos, así como su expresión en ámbitos empresariales y en algunas áreas, sobre todo urbanas, en donde el Partido Republicano había cosechado éxitos electorales, debió sorprender a la administración Trump. No fueron los Estados Unidos quienes se retiraron del Acuerdo de París, sino tan sólo el gobierno federal de ese país.

No obstante la intensidad de las reacciones positivas suscitadas dentro y fuera de los Estados Unidos, la retirada de este país del Acuerdo de París tendrá consecuencias dañinas para el régimen climático internacional. La más inmediata de ellas podría ubicarse en la afectación al financiamiento del Fondo Verde para el Clima, en el que dejará un boquete de dos mil millones de dólares,25 en perjuicio de muchos proyectos de mitigación y adaptación, que dejarán de llevarse a cabo en países en desarrollo. Siendo los Estados Unidos país miembro del Anexo II26 en el marco de la Convención, la eliminación de toda ayuda internacional a la acción climática violaría, por otra parte, las disposiciones de este instrumento.

Frente al posicionamiento inconsistente e irracional de la administración Trump, no parece que las estrategias contemporizadoras pudieran tener sentido. Para el resto del mundo, ceder a la irracionalidad no podría ser opción.

Las implicaciones geopolíticas del tema empiezan, por otra parte, a ponerse de manifiesto. Los dirigentes chinos, por ejemplo, no parecen compungidos o preocupados por el retiro de los Estados Unidos del Acuerdo de París. Al contrario, tras la defección climática de ese país, perciben con claridad la oportunidad que se les abre para establecer o ampliar un liderazgo que ya están ejerciendo en relación con algunas tecnologías asociadas a las energías renovables. Cuanto más tarden los estamentos políticos que mantienen por el momento una posición hegemónica en el Congreso y en la Casa Blanca en rendir cuentas frente a la ineludible realidad del cambio climático, mayores posibilidades tendrán de consolidar ese liderazgo. Mientras el gobierno federal de los Estados Unidos se proponga inútilmente restablecer la gloria pasada del carbón, China y otros países intentarán ubicarse en la vanguardia de las transformaciones tecnológicas, organizativas y sociales que apunten hacia desarrollos bajos en carbono y resilientes.

 

Algunas de las características de la temporada 2017 de huracanes en el Atlántico carecen de precedentes.

Se inició con tormentas tropicales de aparición excepcionalmente temprana, en abril.

El huracán Harvey se formó el 17 de agosto, y adquirió carácter de huracán el 24 del mismo mes. Apenas un día después su intensidad alcanzó el nivel 4 en la escala de Saffir-Simpson. Tocó tierra cerca de Rockport el 26, provocando extraordinarias inundaciones en Texas, y en particular en la ciudad de Houston. Harvey es el huracán atlántico que ha descargado mayor cantidad de agua en tierra desde que se tienen registros. Según algunas estimaciones preliminares los daños podrían ascender a entre 50 y 75 mil millones de dólares.27

En una poco frecuente coincidencia tres huracanes coexistían a principios de septiembre en la región tropical atlántica y el Golfo de México. Mientras Katia tocaba tierra como huracán de nivel 1 en Tecolutla, Veracruz, Irma, el huracán más poderoso que jamás se haya detectado en el Atlántico, se abatía sobre Cuba camino de Florida, y José le seguía de cerca, alcanzando con rapidez inusitada el nivel 4 de intensidad. El tándem Irma y José estableció una circunstancia inédita, al ser la primera vez que coexistían en la misma región atlántica dos ciclones con velocidades de viento superiores a 240 km/h.

Irma, cuya categoría había alcanzado el nivel 5 (con una velocidad de viento sostenida durante 24 horas de casi 300 km/h), tocó tierra el 10 de septiembre en los Cayos, con fuerza 4. En la península de Florida más de 36 millones de personas se vieron afectadas, y más de seis millones sufrieron la amarga experiencia de una evacuación muy difícil. Todavía no se han cuantificado los daños correspondientes. Los procesos hidrometeorológicos aludidos causaron un gran impacto en la opinión pública de los Estados Unidos. 

Resulta tentador atribuir la anómala temporada de huracanes 2017 al cambio climático. Este proceso global puede amplificar los desastres desencadenados por ciclones tropicales a través de tres mecanismos:

1. La temperatura superficial del agua en amplias zonas marinas se eleva como resultado del cambio climático. Un ciclón es una máquina térmica que requiere una temperatura superficial del agua de al menos 26.5°C, razón por la cual no se desarrollan ciclones en invierno. Cuanto mayor es la temperatura, mayor es la energía que se consume para evaporar el agua y movilizar grandes masas de aire húmedo. También, cuanto mayor es la masa de agua oceánica caliente, con mayor rapidez se reemplaza el agua oceánica enfriada por el funcionamiento del ciclón.

2. El aire que se calienta por acción del cambio climático puede contener mayor humedad que el aire más frío. Al calentarse el aire es mayor la cantidad de vapor de agua que desplaza el ciclón y mayor su condensación y precipitación.

3. Una consecuencia potencialmente desastrosa en las costas al incidir en ellas un ciclón consiste en la inundación inducida por una mayor marea de tormenta. El cambio climático ha determinado ya una elevación en el nivel promedio del mar de cerca de 20 cm desde tiempos preindustriales, lo cual contribuye a amplificar la acción de las mareas de tormenta.

Con las consideraciones anteriores resultaría temerario e incorrecto decir que la causa de Harvey, Katia, Irma o José radica en el cambio climático, pero es más que probable que el calentamiento global haya intensificado estos ciclones y agravado los desastres derivados de los mismos. Por malas razones, la opinión pública estadunidense, que resulta ser algo más escéptica respecto al cambio climático que la de otras regiones, y que había experimentado un primer shock en 2005 con la destrucción de amplios sectores de Nueva Orleans por la acción de Katrina, podría reaccionar frente a los ciclones de 2017, exigiendo al gobierno una mayor atención a los problemas climáticos.

El escepticismo climático extendido en amplios sectores de la sociedad estadunidense no se superará, sin embargo, con facilidad. Por una parte, deriva de un extendido desconocimiento de los factores científicos que explican este cambio global. Por otra, parece obedecer también a otros rasgos culturales presentes en la sociedad del país vecino, como una frecuente desconsideración del trabajo científico y de sus productos, que contrasta con la situación prevaleciente en la mayor parte de los países. Este rasgo específico se manifestó por ejemplo en el rechazo a la evolución biológica en algunos sistemas educativos, y su sustitución por esquemas esotéricos, o en pintorescos episodios históricos como el intento de redefinir y simplificar el número pi por decreto legislativo.28 En los Estados Unidos, país que ha producido muchos de los más avanzados desarrollos científicos, la defensa de la ciencia como instrumento rector de las políticas públicas constituye todavía una batalla social por ganar.

 

El Acuerdo de París durará mucho más, y tendrá mucho mayor efecto sobre la dinámica del cambio climático que la presidencia de Donald Trump, finalmente efímera. Pero lo que está en juego desborda con mucho el ámbito del medio ambiente global. Más allá de la gran complejidad y de los múltiples tecnicismos asociados con el tema, el cambio climático empieza ya a mostrar su potencial para determinar el rumbo de los procesos de desarrollo viables en el presente siglo.

 

Fernando Tudela
Profesor-investigador del Centro del Cambio Global y la Sustentabilidad en el Sureste A.C.


1 El anuncio de retirada se transforma jurídicamente en “denuncia” en el momento en que el gobierno comunica formalmente su decisión al depositario del instrumento, es decir, al secretario general de las Naciones Unidas. En el caso de los Estados Unidos esta circunstancia se produjo el día 4 de agosto de 2017.

2 Las referencias a los argumentos invocados por el presidente Trump al anunciar su retirada del Acuerdo de París se extraen de la transcripción literal de la intervención del presidente el 1 de junio de 2017, difundida por la Secretaría de Prensa de la Casa Blanca.

3 La INDC abriría paso a la NDC (“contribución determinada a nivel nacional”, sin la “i” inicial que denotaba simple intencionalidad) una vez que el país ratificara el Acuerdo de París. Por lo general, los contenidos se mantuvieron sin cambios en esta transición. En la actualidad, de las 160 Partes que han ratificado el Acuerdo de Paris, 155 han presentado su NDC inicial. Con ellas se inicia la secuencia quinquenal de actualizaciones que prescribe el Acuerdo de París.

4 La iniciativa “Climate Action Tracker” (CAT) había clasificado la NDC de los Estados Unidos como “media”, aunque todavía insuficiente para contribuir al logro de limitar a 2°C el incremento de la temperatura promedio planetaria. Estimaba CAT que el cumplimiento de esa NDC hubiera requerido la plena implementación del Plan para la Electricidad Limpia (Clean Power Plan), instrumento de la administración Obama que Trump canceló el 28 de marzo, y del Plan de Acción Climática.

5 Trump atribuyó el cálculo al National Economic Research Associates (NERA), consultora en permanente campaña antiregulación, relacionada con el conservador Hudson Institute. Véase NERA Economic Consulting, Impacts of Greenhouse Gas Regulations on the Industrial Sector, marzo de 2017.

6 Un ejemplo entre más de 100: “Give me clean, beautiful and healthy air —not the same old climate change (global warming) bullshit! I am tired of hearing this nonsense”. Tuit publicado por @realDonaldTrump a las 12:44 AM, el 29 de enero de 2014. Para Donald Trump el supuesto cambio climático es “mierda”, un “sinsentido” del cual ya se hartó. Los tuits de Trump sobre cambio climático suelen mostrar por otra parte una persistente y lamentable confusión entre “clima” y “tiempo” (“climate” y “weather”): cualquier episodio de tiempo frío era prueba fehaciente de la inexistencia del cambio climático.

7 Este costo adquiere expresión económica en el concepto “costo social del carbono”, que mide en dólares el daño de largo plazo producido por la emisión de una tonelada de CO2 en un año en particular. La EPA dedicó sucesivos esfuerzos a precisar y concretar el concepto, necesario para fundamentar medidas regulatorias. El 28 de marzo de 2017, en un apartado que casi pasó desapercibido de su Orden Ejecutiva sobre la Independencia Energética, Donald Trump desmanteló el Grupo de Trabajo Interagencial sobre el Costo Social de los Gases de Efecto Invernadero, y mandó retirar los documentos de él emanados.

8 Emanada de la Coalición de liderazgo para poner precio al carbono, la Comisión de Alto Nivel sobre precios al carbono, bajo la coordinación de Joseph E. Stiglitz y de Nicholas Stern, publicó el 29 de mayo de 2017 este reporte, con el apoyo del Grupo Banco Mundial y del gobierno francés.

9 La naturaleza de los tratados es objeto de la Convención de Viena de 1969, “Ley sobre los Tratados”, que entró en vigor en enero de 1980. Estados Unidos la suscribió, pero no la ratificó.

10 Típicamente, la denotación de obligatoriedad correspondería a la utilización de la forma verbal “shall”, en vez de “should”.

11 Un excelente análisis, posterior al pronunciamiento del presidente Trump, de la situación legal del Acuerdo podrá encontrarse en: Center for Climate and Energy Solutions (C2ES), Paris Climate Agreement Q&A, junio de 2017. http://bit.ly/2xOocOs

12 Artículo 28 del Acuerdo de París:
1. Cualquiera de las Partes podrá denunciar el presente Acuerdo mediante notificación por escrito al Depositario en cualquier momento después de que hayan transcurrido tres años a partir de la fecha de entrada en vigor del Acuerdo para esa Parte.
2. La denuncia surtirá efecto al cabo de un año contado desde la fecha en que el Depositario haya recibido la notificación correspondiente o, posteriormente, en la fecha que se indique en la notificación.
3. Se considerará que la Parte que denuncia la Convención denuncia asimismo el presente Acuerdo.

13 Artículo 4.11 del Acuerdo de París: “Las Partes podrán ajustar en cualquier momento su contribución determinada a nivel nacional que esté vigente con miras a aumentar su nivel de ambición (cursivas nuestras), de conformidad con la orientación que imparta la Conferencia de las Partes en calidad de reunión de las Partes en el presente Acuerdo”.

14 Estimación del Climate Action Tracker: http://bit.ly/2x1vj1L. En ausencia de políticas climáticas, la elevación de la temperatura podría alcanzar niveles entre 4.1°C y 4.8°C. Aun destacándose la insuficiencia de los compromisos actuales, sus efectos serían mucho más apreciables que los que vaticinó Trump en su conferencia del 1 de junio.

15 Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, sugirió esta medida en un artículo publicado el día después de la alocución de Trump. Véase: http://bit.ly/2wnZWPN. En el mismo sentido se pronunció Martin Schulz, líder de la socialdemocracia alemana y presidente del Parlamento Europeo en el periodo 2012-2017.

16 Cuomo declaró: “El estado de Nueva York se obliga a cumplir con los estándares que impulsa el Acuerdo de París, con independencia de las acciones irresponsables de Washington. No ignoraremos la ciencia y la realidad del cambio climático, por lo que estoy firmando también una Orden Ejecutiva que confirma el liderazgo de Nueva York en la protección de nuestros ciudadanos, nuestro medio ambiente y nuestro planeta”. Exactamente en el mismo tono se expresaron los otros dos gobernadores. Los tres estados, con 68 millones de habitantes, producen más de la quinta parte del PIB de los Estados Unidos. Véase:
http://on.ny.gov/2xOYAkG

17 “United States Climate Alliance”: https://www.usclimatealliance.org

18 La declaración, breve y contundente, se puede consultar en: http://bit.ly/2fBqwBG. También se localizará allí la lista completa de alcaldes que la suscribieron.

19 La página de internet de Climate Mayors es: http://www.climatemayors.org.

20 Entre los alcaldes que suscribieron esta declaración figuran los de Los Angeles, Nueva York, Atlanta, Honolulu, Boston, Houston, Phoenix, Tucson, San Francisco, Denver, Washington DC, Miami, Chicago, Nueva Orleans, Baltimore, Kansas City, Portland, Philadelphia, Pittsburgh, Austin, Dallas, San Antonio, Seattle.

21 Suscribieron el documento los gobernadores de California, Connecticut, Hawaii, Nueva York, Carolina del Norte, Oregon, Rhode Island, Virginia, Washington.

22 Es notable la reacción de algunos empresarios, como Elon Musk, CEO de Tesla y Robert Iger, de Disney, quienes decidieron retirarse de una de las instancias consultivas empresariales establecidas por el presidente, el mismo día en que este último anunció su salida del Acuerdo de París. Ante las nuevas defecciones empresariales tras sus declaraciones, consideradas racistas, frente a los sucesos originados por los supremacistas blancos en Charlotteville, Virginia, el presidente Trump resolvió el 16 de agosto disolver ambas instancias consultivas: el Manufacturing Council y el Strategy & Policy Forum.

23 La coordinación de esta iniciativa estuvo a cargo de: The American Sustainable Business Council, B Team, Bloomberg Philanthropies, Center for American Progress, Ceres, CDP, Climate Mayors, Climate Nexus, C40, C2ES, Environmental Defense Fund, Environmental Entrepreneurs, Georgetown Climate Center, ICLEI, National League of Cities, Rocky Mountain Institute, Second Nature, Sierra Club, The Climate Group, We Mean Business, y World Wildlife Fund.

24 La lista completa de resoluciones adoptadas se puede consultar en: http://bit.ly/2fBkYXR

25 Esta cifra es la diferencia entre los tres mil millones de dólares comprometidos por la administración del presidente Obama y los mil millones que logró dicha administración desembolsar efectivamente antes de concluir su mandato. En julio de 2017 el total de fondos comprometidos para el Fondo Verde para el Clima ascendía a 10 mil 300 millones de dólares, que aportarían 43 países, de los cuales nueve son países en desarrollo. Las decisiones relativas a las políticas y a la asignación de recursos no recaen en el muy exiguo secretariado del Fondo, sino en los 24 miembros de su Consejo que representan a otros tantos países, la mitad de los cuales son desarrollados. Las deliberaciones del Consejo y las actividades del secretariado son por completo transparentes y accesibles en la página web del Fondo Verde para el Clima.

26 El Anexo II es un subconjunto del Anexo I, que enlista aquellos países desarrollados que se comprometen además a aportar recursos tecnológicos y financieros para ayudar a impulsar la acción climática en países en desarrollo, de conformidad con el artículo 4.5 de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático.

27 Otras estimaciones referían cantidades que rebasaban los 100 mil millones de dólares.

28 En 1897 el Congreso local de Indiana pretendió redefinir legalmente el número pi, resolviendo de paso la cuadratura del círculo, y lo hubiera logrado (lo de la redefinición legal, no lo de la imposible cuadratura) de no ser por la accidental y oportuna intervención de un profesor de la Universidad Purdue, quien evitó este ridículo.

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Para renovar las normales

La premisa es la siguiente: cada escuela normal debe ser un centro de estudios (de nivel) universitario de excelencia. No se trata de romper con su historia ni de borrar de un plumazo la misión social con la cual nacieron esas escuelas; el propósito no es tampoco meter a las escuelas normales dentro de un mismo patrón que borre sus identidades particulares.


Ilustración: Víctor Solís

Su filosofía popular, crítica, de promover una educación para el cambio social, debe mantenerse. Sin embargo, hay que modernizar el normalismo y ponerlo a la altura de los nuevos tiempos, lo que implica rescatar a las normales del abandono que sufren y potenciar su vigor académico. La idea maestra debe ser que, dada su eminente función social —formar a los educadores de México—, las escuelas normales deben ser instituciones académicas de primer orden.

Pero para impulsar a las escuelas normales hay que enfrentar un conjunto de desafíos. El primero de ellos es la sensibilidad política que domina entre maestros y alumnos de estas instituciones. Cualquier proyecto debe asegurar que las comunidades escolares sean, en la medida de lo posible, protagonistas de su propia transformación.

Un segundo desafío es el financiero: las escuelas normales han sido castigadas históricamente en términos de recursos. Como se puede ver en la tabla, el presupuesto de normales creció a partir de 2012 y se elevó significativamente en 2016 y 2017, pero se necesitaría una decisión político-financiera fuerte para impulsar en esos centros una renovación profunda, en recursos humanos, en equipo, en espacios formativos especiales como laboratorios, bibliotecas, gimnasios, etcétera. Levantar a las escuelas normales es, necesariamente, una empresa costosa (ver cuadro). 

Un tercer desafío, crucial, lo representa introducir una lógica de superación académica en el subsector de las escuelas normales rurales que tiene rasgos peculiares: son gobernadas por los estudiantes, tienen un pobre desarrollo académico y viven atrapadas en una dinámica de intermitente activismo político. La idea que inspira el casi permanente estado de movilización y lucha en que se mantienen estas escuelas es que los gobiernos (federales o estatales) se proponen desaparecerlas, filosofía victimista y autodefensiva que debe ser progresivamente sustituida por un afán de superación académica. Pero una modificación tal de ideas y actitudes no se dará a través de medidas coactivas, sino a través del diálogo, la reflexión colectiva y la creación de estímulos poderosos.

Un cuarto desafío es el número de escuelas normales y sus dimensiones. Hay muchas escuelas normales en el país (más de 400) y entre las públicas (263) más de 50% son centros de estudio con montos muy pequeños de alumnos (entre 50 y 350). Desde el punto de vista financiero, este orden es contraproducente, dispersa recursos, duplica (o multiplica) esfuerzos, etcétera. Lo que convendría en este caso es buscar una nueva organización que, en los casos en que geográficamente sea posible, se pueda realizar una fusión de centros pequeños para integrar escuelas más grandes.

El quinto desafío es el académico. Se necesita un diagnóstico meticuloso, riguroso y objetivo de la organización académica de las escuelas normales y, con la información que arroje, proceder a diseñar la renovación pertinente. Dentro de este desafío destaca el tema de los recursos humanos: hay que asegurar que los maestros de las normales sean los mejores de México. Hasta ahora no ha habido reglas de selección académica rigurosas para el reclutamiento de maestros en las normales, de ahí la relevancia de la decisión de la SEP de echar a andar una comisión de maestros y expertos para diseñar un sistema de selección de docentes.

Se requiere, asimismo, una política para atraer a los mejores estudiantes hacia la carrera docente. La clave en esta materia son las becas y los estímulos. Los estudiantes de normal son seleccionados mediante un examen, pero se requiere —como lo señalan las directrices que el INEE emitió en esta materia— que haya un seguimiento riguroso a la trayectoria académica de los alumnos.

En cuanto a organización académica, el problema no se reduce al plan de estudios que, ciertamente, debe actualizarse y revisarse periódicamente. Se necesita, primero, un buen sistema (o varios sistemas) de formación continua para los maestros de las escuelas normales; segundo, se necesita impulsar la investigación educativa, lo cual hace necesario un financiamiento especial para estimularla; tercero, se requiere una gestión administrativa y académica de la escuela normal que opere con alta calidad técnica y que tenga claridad sobre los objetivos que se pretenden alcanzar con la renovación. 

El sexto desafío lo representa el clima institucional. Las escuelas normales deben construir una ética institucional de estudio, de esfuerzo, de perseverancia y trabajo si quieren convertirse en instituciones de excelencia. Esta ética no surge de manera espontánea, hay que construirla desde la dirección de la escuela, desde los consejos técnicos, desde la cátedra. La superación académica sólo se produce con autodisciplina y dedicación en el estudio, con el anhelo de superación intelectual y profesional.

Este espíritu debe guiar el empeño de las normales. Se trata de crear comunidades no conformistas sino críticas, instituciones que no se estanquen en la mediocridad y que ambicionen superarse constantemente. Esto exige crear en las escuelas un ambiente cultural rico en estímulos, como lo tienen las mejores universidades.

Las normales deben, asimismo, alentar en su seno el cultivo del arte, de la música, del teatro, del cine, etcétera, y convertirse en espacios de reflexión intelectual y de debate sobre los temas críticos de la época —las nuevas pedagogías, las novedades científicas, los fenómenos literarios, el cambio cultural, las nuevas tecnologías—. Cada espacio normalista debe ser un espacio de devoción a la cultura y de culto a la inteligencia.

 

Gilberto Guevara Niebla
Profesor de tiempo completo del Colegio de Pedagogía de la UNAM y consejero de la Junta de Gobierno del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación.

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El Justiciabarómetro mexicano

Para nadie es un secreto que México enfrenta desafíos desde muchos frentes, en especial en los de seguridad y justicia, aquellos que quizá más afectan a los ciudadanos y que representan un mayor riesgo a la gobernabilidad del país. El mal desempeño y disfuncionalidad del sistema de justicia penal y su incapacidad para hacer frente eficazmente a una amplia gama de delitos ha generado daños sociales graves y una desconfianza generalizada entre los ciudadanos. La falta de acceso a la justicia para sospechosos, inculpados, víctimas, ofendidos, y para la ciudadanía en general, aunado a la serie de abusos de la autoridad hacia la población civil, han hecho de éste un sistema en el que nadie confía.

La disfuncionalidad de nuestro sistema de justicia penal ha tomado la forma de otro tipo de problemas estructurales como la impunidad y la corrupción, que han sido explotados y abusados en mayor medida por las elites políticas y económicas. Estos problemas de impunidad, corrupción, tráfico de influencias, y la ineficiencia del sector judicial tienen un efecto expansivo, pues ante la falta de una justicia efectiva las víctimas frecuentemente tienden a no denunciar los delitos debido a la poca fe en la capacidad del sistema judicial de reivindicar sus derechos.1


Ilustraciones: Víctor Solís

Si bien los tribunales, las procuradurías y las instituciones penitenciarias son principalmente responsables de ello, también es un hecho que como instituciones sufren de limitaciones significativas de recursos, personal y, en muchos casos, de entrenamiento. No obstante, los problemas persistentes y profundamente arraigados en el funcionamiento del sistema de justicia no son sólo comunes a México, ya que son más bien una característica que afecta a casi todos los países de la región.

Sin embargo, el sistema de justicia penal de México enfrenta serios problemas derivados de la falta de capacidad de hacer cumplir la ley, de la debilidad institucional, de la falta de transparencia y rendición de cuentas y, sobre todo, de una corrupción institucional profundamente arraigada durante una crisis de inseguridad prolongada. Por esto, la tasa de impunidad en México es extremadamente alta y la sociedad mexicana esta altamente consciente y frustrada por el hecho de que la gran mayoría de los delitos en el país no son investigados, lo que a la larga niega a las víctimas su derecho a la justicia.2

En este contexto marcado por la impunidad, la corrupción y la violencia, México inició una importante transformación de su sector de justicia a partir del año 2008, un cambio que implementó gradualmente reformas tendientes a hacer el sistema de justicia penal más justo y transparente. Este paquete de ambiciosas reformas modificaron todos los aspectos del sector judicial, incluidos la policía, el Ministerio Público, la defensoría, los tribunales y el sistema penitenciario. Con ello se ejecutaron modificaciones significativas en el proceso penal, nuevas medidas para promover un mayor acceso a la justicia (tanto para los acusados como para las víctimas de delitos), nuevas funciones para las agencias policiales y de seguridad pública en la administración de justicia, aunque también medidas más duras y cuestionables para combatir la delincuencia organizada.3

A casi una década de la reforma constitucional que creó el Nuevo Sistema de Justicia Penal (NSJP) es fundamental medir su desempeño en un momento crucial en la historia del país, para así poder detectar a tiempo las fallas, explotar sus beneficios, y en mayor medida adecuarlo a las necesidades de la realidad mexicana en constante evolución. Esto representa un problema, ya que los estudios respecto al sistema de justicia en México aún son insuficientes, y gran parte del análisis sobre el Estado de derecho en México se concentra en niveles de violencia y delincuencia, y aquellos que se enfocan en el sector judicial tienden a preponderar las opiniones de la ciudadanía o las percepciones de las víctimas o “usuarios” del sistema de justicia. Sin bien estos esfuerzos investigativos ofrecen alguna medición de los resultados del desempeño institucional, no proporcionan información específica sobre las ineficiencias internas de los diversos sectores que, finalmente, influyen en el mal desempeño del sistema.

 

En efecto, a pesar de contar con indicadores estadísticos ampliamente disponibles sobre delincuencia, victimización, opinión pública, e incluso sobre la experiencia de la población penitenciaria, ha habido pocos esfuerzos sistemáticos y cuantitativos para estudiar a los operadores del sistema de justicia mexicano debido, en parte, a una falta de conocimiento de los profesionales del derecho, cuyas debilidades internas son a menudo fácilmente reconocidas, pero difíciles de cuantificar.4 Es por ello que los operadores, y en general el sistema de justicia en México, constituyen una especie de “caja negra”, que muy pocos estudios han logrado penetrar.5

Esto es una realidad incluso a nivel mundial, ya que hay muy pocos estudios sobre operadores del sistema de justicia como jueces, fiscales y defensores. Llama la atención, por ejemplo, la falta de estudios estadísticos sobre la función de impartición de justicia y en concreto de los jueces en todo el mundo, y los pocos que existen, como es el caso de un reciente estudio desarrollado en el Reino Unido en 2015, tienden a confiar en muestras más bien reducidas en comparación con la población total.6

En un esfuerzo por medir esta “caja negra” el programa Justice in Mexico de la Universidad de San Diego lanzó en 2009 una iniciativa para estudiar las opiniones de distintos operadores del sistema de justicia, como policías, agentes del Ministerio Público, defensores públicos y jueces. Esta iniciativa de investigación denominada “Justiciabarómetro” ha generado una serie de estudios que proporcionan un análisis sin precedentes del perfil demográfico, antecedentes profesionales y opiniones personales de los operadores, en este momento crítico en los esfuerzos de México para promover la reforma a su sistema de justicia. Con una variedad de preguntas sobre características demográficas, perfiles profesionales, percepción del funcionamiento del sistema de justicia penal, percepciones de legalidad, corrupción y debido proceso, entre muchos otros, la serie de estudios proporcionan una primera mirada a los resultados con cifras y descripciones narrativas detalladas de los hallazgos en diferentes estados y profesiones. En general, los estudios encuentran una necesidad sustancial y un potencial de mejora en la administración de justicia en México.

Tomando como punto de partida y referencia el primer estudio Justiciabarómetro de operadores del sector judicial llevado a cabo en 2010 en nueve estados de México (con una taza de respuesta de alredador de 24%),7 la última edición de 2016 contó con la participación de 288 jueces, 279 agentes del Ministerio Público y 127 defensores públicos en 11 estados del país: Baja California, Chihuahua, Coahuila, Durango, Guanajuato, Jalisco, Michoacán, Nuevo León, Oaxaca, Yucatán y Zacatecas. Este estudio alcanzó 56% de su muestra total, un margen de error de 2.4% y un intervalo de confianza de 95%. Mediante la colaboración con un equipo internacional de expertos en sistemas judiciales, este estudio ha generado indicadores útiles de la capacidad y desempeño del sistema judicial para contribuir tanto a la investigación académica, como a la mejora de las políticas públicas. Con más de 120 preguntas Justiciabarómetro 2016 documenta los perfiles y perspectivas de los operadores del sector judicial sobre una variedad de temas, como la efectividad del sistema judicial, las percepciones salariales, y las actitudes hacia problemas actuales como la delincuencia y la violencia.8

 

El estudio Justiciabarómetro 2016 encontró cambios significativos en las actitudes hacia los recientes esfuerzos de reforma, incluyendo un notable aumento en la preferencia entre jueces hacia el uso de procedimientos de juicio oral y acusatorio. Ante la amplia especulación sobre si los operadores se están adaptando al nuevo sistema, este estudio ayuda a demostrar que los jueces y otros operadores del sector judicial están progresando, pero también documenta algunos de los graves desafíos que persisten.

El estudio reveló varios focos rojos que deben ser estudiados a fondo. Por ejemplo, aún no existe confianza plena de los mismos operadores en el sistema de justicia. Aunque los jueces del proceso y de ejecución penal son considerados los operadores más confiables por 96% de los encuestados, aún prevalecen dudas y desconfianza sobre otros operadores, siendo las distintas policías las autoridades menos confiadas dentro de los mismos funcionarios del sistema de justicia. Incluso, del 36% de los encuestados que reportaron haber sido víctimas de algún delito en el último año (directamente o alguien de su familia), hasta un 20% de ellos reconoció no haber acudido a las autoridades, citando como principal razón la falta de interés (23%), seguida por la desconfianza en las autoridades (17%).

Otro aspecto de gran preocupación entre la población es la corrupción, algo que no es ajeno tampoco al sentir de los operadores del sistema de justicia. De hecho, 80% de todos los operadores encuestados cree que el NSJP ayudará a reducir la corrupción. Sin embargo, aún hay situaciones que son preocupantes y que deben ser atendidas, ya que aún dentro de las mismas instituciones se tiene la percepción de que, por ejemplo, los contactos políticos son el mejor medio para permanecer en el cargo o ser nominado para un cargo superior, por encima incluso de los méritos propios. En este sentido, la mayoría de los encuestados (64% de los jueces, 70% de los agentes del Ministerio Público y 58% de los defensores públicos) consideran que tener experiencia y formación influye positivamente en la posibilidad de ser ratificados o ascendidos, pero más de la mitad de los jueces (54%), defensores públicos (65%) y agentes del Ministerio Público (37%) consideran que los funcionarios con buenos contactos políticos tienen más posibilidades de permanecer en su cargo o de ser nominados para un cargo superior.

Otros temas de creciente preocu-pación son las inercias heredadas del pasado inquisitivo de nuestro sistema de justicia, por ejemplo, la tolerancia a ciertas acciones al margen de la ley por parte de las autoridades, o un cierto desdén hacia los derechos humanos. En este sentido, aún 48% de los agentes del Ministerio Público, 29% de los defensores públicos y 13% de los jueces encuestados consideran que en algunos casos las autoridades pueden actuar por encima de la ley para investigar y castigar a las personas por delitos cometidos. Además, 10% de los jueces, 29% de los agentes del Ministerio Público y 20% de los defensores públicos dentro de la muestra, opina que los derechos humanos obstaculizan la justicia para las víctimas. Debe también decirse que dentro de un porcentaje importante de funcionarios (21% de los jueces, 40% de los agentes del Ministerio Público y 24% de los defensores públicos) existe la impresión de que el NSJP favorece a los delincuentes en perjuicio de las víctimas.

El estudio incluye hallazgos sobre temas como el uso frecuente de testigos oculares como prueba principal en los juicios, práctica cuestionada por varios estudios e incluso retratado en la película documental Presunto culpable. De acuerdo con la encuesta, el testimonio de testigos oculares continúa siendo la forma de evidencia más utilizada en los tribunales (en un 68%), seguida de evidencia física (53%) y confesiones (13%).

Varias de estas opiniones negativas contradicen otras mayormente positivas hacia el nuevo sistema, recabadas también por Justiciabarómetro. Es decir, existen opiniones progresistas en lo abstracto, pero aún permanecen ciertos ragos mayormente conservadores en lo concreto. Sin embargo, debe resaltarse que en la mayoría de los casos estos rasgos más conservadores y en la lógica inquisitiva disminuyeron considerablemente desde el año 2010, lo cual genera confianza a futuro para que la tendencia se siga modificando.

De hecho, el estudio obtuvo hallazgos bastante positivos y prometedores. Por ejemplo, 89% de los encuestados consideraron que el sistema de justicia necesitaba ser reformado y que el NSJP ha tenido efectos positivos desde que comenzó a implementarse en 2008. Alrededor de 90% de todos los encuestados considera que el NSJP generará mayor confianza en las autoridades, y 93% considera que el nuevo sistema acelerará los procesos judiciales. De hecho, las algunas de las características más importantes del NSJP son abrumadoramente bien recibidas, pues aproximadamente 95% de todos los operadores prefieren procedimientos orales en vez de escritos, un 98% que prefiere el uso de métodos alternativos para la resolución de conflictos (una de las más grandes novedades del NSJP), y existe una opinión favorable respecto a la presunción de inocencia del 84% de los jueces, 76% de los agentes del Ministerio Público y 91% de los defensores públicos. También, en comparación con el estudio de 2010, hubo aumentos importantes en relación al acuerdo con la garantía de presunción de inocencia y la posibilidad de ejercer acción privada.

En general, Justiciabarómetro 2016 ofrece una perspectiva importante sobre la administración de justicia en México. La encuesta proporciona una mirada única y profunda a las entrañas del sistema de justicia penal mexicano, que tradicionalmente ha sido como una hermética caja negra a la que pocos se han preocupado por entender y estudiar.

 

Octavio Rodríguez Ferreira
Profesor, investigador y coordinador del programa Justice in México en el Departamento de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad de San Diego. Es autor de varios estudios sobre policía, reforma judicial, violencia, seguridad y derechos humanos en México.

David A. Shirk
Profesor, investigador, director del programa de Maestría en Relaciones Internacionales y director del programa Justice in México en el Departamento de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad de San Diego. Es autor y editor de varios libros y artículos sobre política, delincuencia organizada, policía, reforma judicial, violencia y seguridad en México.

Los autores agradecen y reconocen ampliamente a Nancy Cortés, coautora del reporte Perspectivas del sistema de justicia penal en México: ¿Qué piensan sus operadores? (2016), así como a la investigadora Kimberly Heinle por el apoyo y contribución a la generación del presente artículo. Este estudio se hizo posible por el generoso apoyo financiero de la Fundación de John D. y Catherine T. MacArthur.


1 Ingram, Matthew, et al., Assessing Judicial Reform in Mexico. Attitudes of Legal Professionals in Nine Mexican States on the 2008 Judicial Reform, San Diego, Justice in Mexico, University of San Diego, 2011.

2 Zepeda Lecuona, Guillermo, Crimen sin
castigo
, México, CIDAC, Fondo de Cultura Económica, 2004.

3 Octavio Rodríguez Ferreira y David A. Shirk, eds., La reforma al sistema de justicia penal en México, San Diego, University of San Diego, 2012.

4 Hay que reconocer que hay varios estudios cualitativos muy importantes sobre diferentes aspectos del sistema de justicia penal, incluyendo investigaciones que se acercan a algunos operadores del sistema penal —policias y ministerios públicos, entre otros.

5 Además de la encuesta Justiciabarómetro, entre las encuestas de jueces aplicadas en México se incluyen: Ingram, Matthew C. “Networked Justice: Judges, the Diffusion of Ideas, and Legal Reform Movements in Mexico”, Working Paper núm. 385, junio 2012, Helen Kellogg Institute for International Studies, 2012; Ingram, Matthew C. Crafting Courts in New Democracies: The Politics of Subnational Judicial Reform in Brazil and Mexico, Cambridge University Press, 2016.

6 Hay relativamente pocas encuestas de jueces y otros operadores del sistema penal en el mundo, pero algunos ejemplos incluyen: Aspin, Larry T., and William K. Hall (1994), “Retention Elections y Judicial Behavior”, 77 Judicature 306-307; Gatowski, Sophia I. Shirley A. Dobbin, James T. Richardson, Gerald P. Ginsburg, Mara L. Merlino y Veronica Dahir, “Asking the Gatekeepers: A National Survey of Judges on Judging Expert Evidence in a Post-Daubert World”, Law and Human Behavior, vol. 25, núm. 5, octubre, 2001, pp. 433-458; Shirley A. Dobbin, Sophia I. Gatowski, Gerald P. Ginsburg, Mara L. Merlino, Veronica Dahir y James T. Richardson, “Surveying Difficult Populations: Lessons Learned from a National Survey of State Trial Court Judges”, The Justice System Journal, vol. 22, núm. 3, Conducting Research in State Courts, 2001, pp. 287-314; y Thomas, Cheryl (2015), UK Judicial Attitude Survey, London, University College of London.

7 Ingram, Matthew, et al., Justiciabarómetro: Judicial Survey. Attitudes of Mexican Judges, Prosecutors, and Public Defenders, San Diego, Justice in Mexico, 2011.

8 Cortés, Nancy et al., Perspectivas del sistema de justicia penal en México: ¿Qué piensan sus operadores?, San Diego, Justice in Mexico, University of San Diego, 2016.

Agenda

Sólo el ex PRI le ha ganado al PRI

Hasta 2010 nunca había habido alternancia en las gubernaturas de Coahuila, Colima, Durango, Estado de México, Hidalgo, Oaxaca, Puebla, Quintana Roo, Sinaloa, Tabasco, Tamaulipas y Veracruz. De entonces a la fecha ha habido alternancia en Durango, Oaxaca, Puebla, Quintana Roo, Sinaloa, Tabasco, Tamaulipas y Veracruz. Todas ellas —del PRI a otro partido— han sido encabezadas por ex priistas, salvo en el caso de Tamaulipas. Cuando los partidos de oposición han decidido enviar a candidatos auténticamente propios a buscar la alternancia han fracasado, como ocurrió en las pasadas elecciones en el Estado de México y Coahuila. Así, sólo ex priistas han podido ganarle al PRI en los enclaves que mantuvo por más de 80 años. ¿Hay realmente cambio político en estos casos o el PRI se mantiene en el poder y sólo cambia de siglas?


Ilustración: Víctor Solís

Gabino Cué en Oaxaca, Rafael Moreno Valle en Puebla, Mario López Valdez en Sinaloa, Arturo Núñez en Tabasco, Miguel Ángel Yunes en Veracruz, Carlos Joaquín en Quintana Roo y José Rosas Aispuro en Durango son todos ex priistas y en su momento formaron parte de la elite autoritaria en sus estados. Todos ganaron gubernaturas abanderando a la oposición. En varios casos, incluso, compitieron con la oposición unida para “sacar” al PRI. Salieron del PRI por disputas internas, la mayoría derivadas de que no obtuvieron una candidatura que deseaban —Cué, Moreno Valle, López Valdez, Carlos Joaquín, Rosas Aispuro—. En cambio la oposición compitió con militantes propios, es decir, formados en su interior y que no venían de la elite autoritaria, en Colima, Hidalgo, Estado de México, Coahuila y Campeche, y perdió en todos los casos.

Uno de los nudos de la democratización mexicana es que aquellos estados donde nunca ha perdido el PRI se debaten entre más PRI o ex PRI. Algunos han pasado por procesos electorales de los que sale cambio en las formas —alternancia— pero continuidad en los fondos —misma elite—, confundida por la mimetización que logran ciertos ex priistas en los colores de la oposición. Mala noticia para la democracia tanto la limitación del pluralismo como la simulación de las ofertas políticas ¿Cómo salir?

 

En 2010 hubo alternancia en Oaxaca, Puebla y Sinaloa.1 Gabino Cué renunció al PRI en 2002 cuando no obtuvo la candidatura a alcalde de Oaxaca. Se unió entonces a Movimiento Ciudadano, partido que lo convirtió en su candidato a la alcaldía y con el cual obtuvo el triunfo. Cué había crecido políticamente amparado por el ex gobernador oaxaqueño (1992-1998) y ahora secretario general de Gobierno de Puebla, Diódoro Carrasco. En 2002 Carrasco estaba enfrentado con el entonces gobernador de Oaxaca, José Murat (1998-2004), quien monopolizó las candidaturas para su facción del PRI. Dicha situación orientó a la facción de Carrasco a salir del PRI —incluido Cué, quien perdió la elección de gobernador en 2004, pero finalmente la ganó en 2010.

Rafael Moreno Valle, quien había sido secretario de Finanzas en el gabinete del gobernador de Puebla Melquiades Morales (1999-2005), buscó la candidatura al Senado por el PRI de cara a las elecciones de 2006. Sin embargo, el gobernador en funciones, Mario Marín, adversario de Morales, lo bloqueó. El PAN, en cambio, le dio la candidatura y lo hizo senador en 2006. Años después Moreno Valle renunció al Senado para convertirse en candidato opositor a la gubernatura de Puebla y obtuvo el triunfo en 2010.

Una historia parecida fue la de Mario López Valdez en Sinaloa. López Valdez era cercano al ex gobernador Juan Millán, enemistado con quien era gobernador en 2010, Jesús Aguilar. Aguilar optó por darle la candidatura a gobernador a un miembro de su facción, Jesús Vizcarra. En consecuencia López Valdez rompió con el PRI y se convirtió en candidato de la alianza del PAN y parte de la izquierda, la cual ganó.

Arturo Núñez, priista en aquel entonces, fue precandidato a gobernador de Tabasco en 1999. La candidatura finalmente la obtuvo Manuel Andrade. A partir de ello Núñez comenzó una gesta por democratizar al PRI. En 2005 abandonó el partido y en 2006 se convirtió en candidato a senador por el PRD. En 2012 Núñez abanderaría la alianza de izquierda por la gubernatura de Tabasco y ganaría.

Miguel Ángel Yunes se afilió al PAN en 2008, tras militar en el PRI varias décadas. Para aquel año ya había formado parte de los gabinetes federales emanados de Fox y Calderón. En 2010 Yunes fue nombrado candidato a gobernador de Veracruz por el PAN y perdió contra Javier Duarte. En 2016 Yunes le ganó la elección de gobernador a su primo, el priista Héctor Yunes.

Carlos Joaquín González es miembro de una de las familias priistas más prominentes de Quintana Roo y medio hermano del ex gobernador Pedro Joaquín Coldwell. Hasta comienzos de 2016 fue subsecretario de Innovación y Desarrollo Turístico en el gabinete del presidente Peña Nieto. Joaquín González salió del PRI cuando el entonces gobernador Roberto Borge lo bloqueó en su camino a convertirse en candidato tricolor rumbo a la elección de 2016. Abanderó la alianza del PAN con parte de la izquierda y obtuvo el triunfo.

Finalmente, José Rosas Aispuro renunció al PRI en 2010, después de que el gobernador en funciones de Durango, Ismael Hernández, se encaminaba a imponer como candidato tricolor a Jorge Herrera. En aquella misma elección Rosas Aispuro contendió por la alianza del PAN/PRD/Convergencia y perdió. Compitió de nuevo en 2016 y en esta ocasión se alzó con la victoria.

Tamaulipas es la excepción: la alternancia la encabezó en 2016 un político forjado en la oposición, el panista Francisco Cabeza de Vaca, quien venció al candidato del PRI, Baltazar Hinojosa. 

 

Cuando la oposición ha decidido impulsar, de 2010 a la fecha, candidatos formados en su interior en elecciones de gobernador en entidades donde nunca ha perdido el PRI, ha sido derrotada. En Campeche el PAN optó por candidatear en 2015 a su militante Jorge Rosiñol y perdió. En Coahuila el PAN optó por un panista de muchos años —Guilermo Anaya— en 2011 y 2017. Anaya fue derrotado en ambas elecciones. En Colima el PAN optó por Jorge Luis Preciado para la elección ordinaria de gobernador de 2015 —que se declaró nula— y para la extraordinaria de 2016, y fue vencido las dos veces. Preciado había militado en su juventud en el PRI, aunque nunca en posiciones importantes, y desde 1996 lo hacía en el PAN. En los tres casos el resto de los partidos no pesaron en la contienda.

En el Estado de México la oposición optó por candidatos formados en su interior tanto en 2017 —Delfina Gómez y Josefina Vázquez Mota— como en 2011 —Alejandro Encinas y Luis Felipe Bravo Mena—. El PRI ganó ambos comicios. Por último, en Hidalgo diversos partidos de oposición compitieron unidos en 2010, abanderados por Xóchitl Gálvez, y perdieron. En 2016 el PAN compitió con un militante —Francisco Xavier Berganza— y el PRD con un ex priista pero que no había sido miembro de la elite autoritaria —José Guadarrama—. A la fecha el PRI no ha salido de la gubernatura de Hidalgo.

 

Las alternancias son sólo una dimensión del enorme reto que es la democratización subnacional mexicana. Sin embargo, son una dimensión importante, pues conciernen a la posibilidad real de desplazamiento de quien gobierna, esencial en un arreglo democrático. Las alternancias más recientes han sido encabezadas por personas que fueron miembros de la elite autoritaria priista y que decidieron salirse por inconformidades, especialmente en el reparto de candidaturas. Hecho esto se pasaron a la oposición, compitieron con las siglas de ésta, y se convirtieron en ex priistas que sacaron al PRI del gobierno.

Los efectos de esta dinámica sobre las instituciones no se han hecho esperar. Cué ni siquiera pudo construir las condiciones mínimas de gobernabilidad en Oaxaca por la fragilidad de la coalición que lo llevó al poder. Moreno Valle gobernó favoreciendo a las clases altas y medias que lo votaron, y con intolerancia hacia sus críticos. López Valdez dio paso al regreso del PRI a Sinaloa en 2016. Miguel Ángel Yunes ha estado ensombrecido durante su corto mandato por sus propios escándalos del pasado. Arturo Núñez no ha logrado marcar diferencias respecto del tradicional estilo de gobernar priista. Carlos Joaquín y José Rosas Aispuro llevan apenas unos meses en el poder y sería precipitado establecer conclusiones.

¿Cómo deshacer la madeja? Los partidos de oposición históricos han demostrado una enorme incapacidad en los enclaves priistas para formar cuadros que le puedan ganar al PRI, tanto candidatos como equipos. En consecuencia, han recurrido a perfiles y grupos del ex PRI para vencer al PRI. Se les ha hecho fácil: estiran la mano y toman lo que ya está creado, aunque sea tricolor, en lugar de consolidar lo propio. De ello ha surgido una mimetización de todos los partidos con el PRI. Cambian las siglas de quien gobierna pero la elite política sigue siendo la misma, pues llega otra facción de la misma. Mal síntoma para una democracia la escasez de alternativas y peor síntoma la simulación de las mismas.

La salida es que los partidos de oposición creen perfiles y capacidades para competirle al PRI con una propuesta diferente. También podrían invitar a candidatos externos, pero que vengan de fuera de la elite autoritaria, no de su corazón, como ha sucedido recientemente. Si la propuesta que presentan los partidos de oposición es mejor o peor que la del PRI es cuestión que el electorado decidirá, pero lo mínimo que pueden ofrecer es que sea diferente. Probablemente, de hacerlo, les tome más tiempo conseguir alternancias, pero las que ocurran serán tales y no ex priistas desplazando a priistas. El pragmatismo excesivo y el cortoplacismo imperantes han permitido al PAN y a la izquierda desplazar al PRI, pero sólo para que lleguen otras siglas en lo formal sin mucho cambio en lo sustancial. Si la oposición se obstina en no crear estos perfiles, grupos y capacidades, las coordenadas electorales en los enclaves autoritarios mexicanos seguirán siendo PRI o ex PRI.

 

German Petersen Cortés
Estudiante del doctorado en Gobierno en la Universidad de Texas en Austin.


1 Petersen, G. (2015), Alternancias en enclaves autoritarios: PRI, oposición y democracia en los estados. Elecciones de gobernador en Durango, Hidalgo, Oaxaca, Puebla y Sinaloa, El Colegio de México, tesis de maestría en ciencia política.

Agenda

La encrucijada del nuevo sistema de justicia penal

La reforma constitucional de 2008, por la que se estableció el sistema penal acusatorio en nuestro país, es, sin lugar a dudas, la modificación estructural en materia penal más importante desde 1917. Tan trascendente como en su momento lo fue la reforma al sistema de justicia penal que propuso Venustiano Carranza en su proyecto de Constitución de 1916, base de nuestra Carta Magna, y que se fue desgastando y pervirtiendo con el tiempo, creando un ineficiente e injusto sistema de persecución y sanción penal.

De un sistema rígido y escrito, diseñado sólo para comprobar si existía o no un delito y en donde el procesado, además de sufrir la prisión preventiva, debía defenderse del caudal probatorio recabado por el Ministerio Público en la averiguación previa y en el cual la víctima tenía escasa o nula participación, hemos pasado a otro más transparente y abierto, comprometido con el debido proceso, desformalizado y con mayor equilibrio entre las partes, con más derechos para los imputados y las víctimas y que ofrece salidas alternas para que los conflictos puedan solucionarse de manera más pronta y sin llegar al juicio oral.


Ilustración: Víctor Solís

La implementación del nuevo sistema de justicia penal (NSJP) ha sido paulatina desde junio de 2008, en que se aplicaba al 11% de la población, hasta en junio de 2016, en que se aplica para el 100% de los habitantes del país, de conformidad con el mandato constitucional.1

Durante los nueve años de operación que tiene el nuevo sistema también escalonadamente se han dado procesos de evaluación que indican que en algunos de los estados en los que opera el NSJP se han registrado avances importantes. Cito algunos de ellos: la inmediación total, es decir, la presencia de todos los operadores en las audiencias; la mayor capacidad de respuesta de las procuradurías; más derechos y mejor atención para las víctimas del delito; menor duración de los procesos penales; menos casos llegan a sentencia, pero se trata de delitos de mayor impacto social; delitos menores ya no llegan a sentencia, se resuelven por medios alternos o por suspensión del procedimiento a prueba; y, por último, la reducción significativa de la prisión preventiva,2 cuestión que no es menor en un país donde, en promedio, 40% de sus presos está en espera de sentencia. Un caso representativo es el estado de Morelos, que de un porcentaje de 49.11% en 2012, pasó a 30.46% en 2012, con un ligero aumento de 31.56% en 2013.3

Pero frente a estos logros y avances de algunas entidades, por ejemplo, Baja California, Nuevo León, Oaxaca, Morelos y Guanajuato, la implementación del NSJP tiene todavía enormes carencias y debilidades como lo demostró recientemente el informe “Hallazgos 2016” de CIDAC, en donde se documentan importantes deficiencias en materia de registro de información y en la adopción de sistemas informáticos; inadecuados procesos de reingeniería institucional que garanticen la independencia operativa y capacidad de investigación del Ministerio Público y la policía; la presencia de un rezago importante en carpetas de investigación, pese al uso de salidas alternas y, sobre todo, que el servicio profesional de carrera continúa siendo un objetivo inalcanzado y que su operación a nivel nacional aún no es homogénea ni se ha consolidado, lo que pone en riesgo la sustentabilidad de la reforma.

Por ello mismo, la consolidación del NSJP requiere esfuerzos constantes y permanentes de los operadores jurídicos y sobre todo no ceder a las tentaciones de un populismo penal todavía presente en amplios sectores. En los últimos meses hemos escuchado posiciones que buscan ampliar el catálogo de delitos sujetos a prisión oficiosa y conocido iniciativas que quieren reducir los derechos del imputado y ampliar las facultades de la policía, en detrimento de los derechos ganados por los ciudadanos. En suma, propuestas que se dirigen a “subsidiar” las deficiencias de la autoridad en la persecución e investigación del delito, en lugar de proponer su mejora.

Para ello se aduce que el nuevo sistema es una “puerta giratoria” para miles de delincuentes que así como entran son liberados de los centros de reclusión, lo que ha repercutido en la inseguridad y en el aumento del número de homicidios, tratándose de liberados por portación de armas de fuego. Sin embargo, estos señalamientos no se acompañan de alguna evidencia empírica que demuestre que el NSJP es el responsable de la inseguridad y la violencia vivida en el país. Se olvida que se trata de un problema estructural que deriva de decenios de impunidad, corrupción, estructuras sociales injustas y un sistema que se desgastó en el curso de los años.

De ahí que es necesario dar una oportunidad al nuevo sistema, consolidar los logros alcanzados y avanzar en su perfeccionamiento. Y en ello es fundamental la calidad y profesionalismo con que actúen los operadores del NSJP. Desde los policías, hasta el Ministerio Público y los jueces de control, todos deben ejercer debida, plena y oportunamente sus atribuciones. Sin la capacitación adecuada y una convicción clara por la aplicación de la ley y el respeto a los derechos humanos, ningún modelo de sistema penal dará las respuestas que nuestra sociedad demanda.

Los procesos de cambio del sistema procesal penal son largos y difíciles y requieren de constante capacitación, evaluación y corrección para lograr su consolidación. La experiencia latinoamericana muestra resultados alentadores, tanto en respeto a los derechos humanos como en términos de investigación del delito. Por ejemplo, evaluaciones realizadas en Chile 10 años después de la reforma mostraron un cambio consolidado y sustancial en su sistema de justicia penal.4 En la evaluación realizada en el reporte de “Hallazgos 2015”, CIDAC calculó que, en promedio, nos harían falta 11 años más para alcanzar el nivel óptimo en la operación del nuevo sistema de justicia. Si bien es mucho el techo que nos falta, es hora de apostar por el NSJN y trabajar todos para su consolidación. No mirar atrás sino hacia el futuro.

 

Luis Raúl González Pérez
Presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.


1 Sobre esto véase: Bello, Óscar Jaime y Urquieta Salomón, José Edmundo, “Análisis de las Estadísticas de Justicia en Materia Penal en México”, en: INEGI, Estadísticas Judiciales en el Marco del Nuevo Sistema de Justicia penal en México, México, 2017, p. 59.

2 Sobre el particular véase: Zepeda Lecuona, Guillermo, “México. La reforma a la justicia penal”, en: Niño Guarnizo, Catalina, La Reforma a la Justicia en América Latina: Las Lecciones Aprendidas, Bogotá, Friedrich-Ebert-Stiftung en Colombia, 2016, p. 164.

3 Sobre esto: Zepeda Lecuona, Guillermo, Buenas prácticas en la implementación y operación del nuevo sistema de justicia penal en México, México, Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, 2014, p. 50.

4 Al respecto véase: Duce J., Mauricio, “Diez años de reforma procesal penal en Chile: apuntes sobre su desarrollo, logros y desafíos”, Congreso Internacional 10 años de la Reforma Procesal, Santiago, Poder Judicial de la República de Chile, 2010, p. 24.

Ensayo

Moscú, 1917
la revolución perdida

En octubre de 1917, Rusia entró al túnel de la historia. El asalto al poder de los bolcheviques dejó atrás la tiranía de los zares y abrió la dictadura de los soviets. El eco de aquel terremoto fue inmediato, y dejó sentir su rigor y su furia desde los primeros días en todo el mundo.

Ofrecemos aquí una pequeña historia del asalto bolchevique al cielo y el relato de sus ondas concéntricas, tal como se reflejaron en la prensa de Estados Unidos, México, España, India e Italia.


Moscú: El sonido y la furia

Rodrigo Negrete

La revolución rusa en la prensa mexicana

Carlos Illades

Estados Unidos ante la Revolución de Octubre

Andreu Espasa

España roja

Alejandro Estrella González

La reverberación rusa

Vicent Sanz Rozalén • Steven Forti

Los soviets y Mahatma.
India (1917-2017)

Daniel Kent Carrasco

Ensayo

Moscú: El sonido y la furia

A todo hombre, sea quien fuere, le es indispensable inclinarse ante lo que constituye la Gran Idea. Aun al hombre más estúpido le es indispensable que haya algo grande….
—Dostoievski, Demonios

Para Ayari Prieto Stock, sobreviviente.

En los años noventa todo indicaba que teníamos un veredicto definitivo sobre el fracaso del experimento soviético. Su violenta incomprensión de lo que mueve a los individuos y a las sociedades se había traducido en una asfixia de la sociedad civil que gangrenó el sistema hasta colapsarlo. Quedó claro que la verdadera puerta a la modernidad eran las sociedades abiertas. Occidente podía sentirse satisfecho de sí mismo. Su autocomplacencia dio hasta para pensar que la historia había terminado. Esa seguridad arrogante recibió una secuencia de reveses que incluyen la sacudida del sistema económico global en 2008, la puesta en entredicho de la Unión Europea, la fatídica crisis político-cultural de 2016 con la renuncia angloamericana al credo neoliberal que, en buena medida, fue una exaltación de su capitalismo. A más de 25 años del colapso de la Unión Soviética comienza a entenderse como el primer acto de una crisis mayor del legado de la modernidad. Estamos viendo desplegarse en tiempo real el segundo acto, con el grotesco reality show que la era Trump le brinda al mundo. En cuanto al tercer acto… no queremos siquiera pensar en él.


Ilustraciones: Estelí Meza

No hay que caer en la tentación de ver el triste espectáculo de hoy como una crisis más del capitalismo. Es una crisis de carácter civilizatorio. No se entenderá el punto si se sigue incurriendo en los tics del aparato conceptual marxista que todo lo reduce a sistemas económicos. De hecho, marxismo y neoliberalismo son, en buena medida, expresiones de una metafísica de la modernidad que insiste en ver a los órdenes humanos como mecanismos, eficientes o defectuosos. De ahí derivan ambas vertientes de pensamiento sus respectivas agendas de ingeniería social. El paralelismo es aún mayor si reparamos en hasta qué punto ambas son en primer término creaciones de intelectuales para intelectuales, pero con un impacto desmesurado en la historia.

Desde luego sus diferencias no son menores. El marxismo, una vez fusionado con esa mezcla de jacobinismo y terrorismo ruso que cuajó en el Partido Bolchevique, buscaba imponer un significado macro al orden social. Al neoliberalismo tal cosa le tiene sin cuidado: no es cuestión de hacer preguntas sobre el significado de la historia, sino de aceitar el mecanismo de mercado para que sea un surtidor de bienes sociales. El neoliberalismo ha sido como un materialismo histórico ayuno de historia. Da por buena la idea de que la relación causal va de la estructura a la superestructura, pero con un desdén sin par por el pasado. Las tensiones irradiadas por olas anteriores de liberalismo y globalización ya han dado lugar a eventos catastróficos como la Primera Guerra Mundial que no tiene todavía una explicación satisfactoria. Lo cierto es que los hechos históricos que han marcado nuestra era han ido a contrapelo del cálculo y de la racionalidad económicos.

Marxismo y neoliberalismo no dejan de ser dos tataranietos de la Ilustración, aquel optimismo radical sobre las capacidades del hombre para crear su propia realidad cimentado en un conocimiento de la historia que lo libera del pasado, el cual sólo puede ser mirado como lastre o estorbo. El marxismo, más viejo que el neoliberalismo, trató de responder a preguntas mayores sobre el destino humano que lo vinculan con la teología. El marxismo-leninismo, específicamente, fue una respuesta a la crisis ocasionada por el proceso de secularización en sociedades atrasadas. Una respuesta espantosa sin duda, pero de conexiones más profundas de lo que se le concede con las ansiedades propias de sociedades que experimentan cambios fuera de su control y su comprensión.

El marxismo pretendía ser una superación de la filosofía especulativa alemana, pero no dejó de ser su producto y de responder a su proyecto. El idealismo alemán tomó la estafeta de la vieja teología al proponerse una visión unificadora de la historia bajo la convicción de que hay un significado que es posible escuchar entre todo el caos y el tumulto del paso del hombre por este mundo. Nada de furia y ruido como se concluye en Macbeth, sino sentido oculto y profundo, ahora revelado no mediante la gracia de la Fe, sino por la fuerza del intelecto y sus facultades críticas. Hegel parte de esta convicción, que Marx hace suya íntegramente: la Historia muestra su sentido conforme avanza. Esa confianza total en el poder del pensamiento puro para descubrir realidades y verdades últimas corresponden a lo que Rüdiger Safranski ha llamado “los años salvajes de la filosofía”, de los cuales Marx es una cúspide. El materialismo filosófico no deja de ser una metafísica. Nada que ver con el pensamiento científico que reúne evidencias a partir de prueba y error para juntar las piezas del rompecabezas y hacerse una idea del conjunto sin prejuzgar cómo es. En el marxismo, como en toda filosofía especulativa, se sabe de antemano cómo luce la totalidad y a dónde conduce. De la epifanía del Manifiesto comunista a El capital de 20 años después, hay mucho trabajo de biblioteca, pero no la disposición a reconsiderar la tesis inicial. Tendrán que llegar los años de la filosofía analítica en el siglo XX para purgar a la tradición filosófica de Occidente de sus deslices metafísicos, del pensamiento embrujado por el lenguaje y la confusión de sus propios procesos mentales con la realidad.

Realidades empíricas como la clase obrera no son en el marxismo más que una construcción filosófica. Nada tiene que ver esta construcción con las aspiraciones mundanas de los trabajadores, sus creencias, hábitos, costumbres, vínculos generacionales o familiares, formas de socialización y diversión.1 Nada que recuerde su ser social: sólo su posición en un momento dado del drama histórico donde la explotación del hombre por el hombre será abolida de una vez por todas. A la lucha por una vida mejor se le asigna un hipersignificado: esa lucha debe ser el vehículo para que la historia adquiera un nuevo nivel de conciencia sobre sí misma y marque un parteaguas definitivo. La clase obrera tiene un papel asignado: alguien le debe avisar de ello y tal aviso viene de fuera, de quienes han captado las verdaderas leyes del devenir histórico. El marxismo se concibe también como un desenmascaramiento de todos los mecanismos ideológicos e institucionales que ocultan la verdadera naturaleza del dominio y la explotación. Si esto fuera evidente, llegar a la verdadera conciencia de clase no requeriría de un trabajo teórico. Al proclamarse como una ciencia porque devela los discursos dominantes como falsa conciencia, el marxismo establece que no cualquiera puede comprender semejantes revelaciones y traducirlas en una praxis. Muchos marxistas se consuelan diciendo que Lenin pervirtió a la doctrina instituyendo una elite revolucionaria para realizar una función vicaria de la clase obrera en la historia, pero la perspectiva privilegiada que el marxismo supone dejó abierta la puerta a la perversión leninista.

El primer receptor del mensaje clarividente del marxismo es el intelectual, la intelligentsia en general. Un fenómeno que se le escapó al análisis ortodoxo de la lucha de clases —tendría que llegar Gramsci para tomar nota de ello— fue hasta qué punto el trabajo intelectual y los que a él aspiran eran la novedad en el paisaje. La expansión de los servicios educativos, las imprentas y las editoriales, la multiplicación de espacios que van desde la oficina, el aula, el cubículo, al café y la bohemia, le dan a la modernidad fin-de siècle uno de sus rasgos característicos. Algunos van captando que la diversificación de espacios y formas de participación obligaba a pensar más allá de las relaciones y conflictos en el taller y la línea de montaje: los procesos productivos se inscribían en otros más amplios y las corrientes revisionistas del marxismo (Bernstein) intuyeron que éste debía ciudadanizarse. Surge una elite aspiracional que no puede definirse meramente desde el enfoque de la propiedad de los medios de producción. La paradoja es que, para esa nueva clase en ciernes, el duro marxismo ortodoxo y los discursos radicales que cuestionan frontalmente las jerarquías dominantes representan un atractivo mayor. La educación nunca dejará de ser un modelo imperfecto de lo que uno habrá de toparse en la realidad, pero es posible brillar en ese mundo artificial y desde ahí generar expectativas mayores así como derechos meritocráticos que no necesariamente garantizan acomodo y debido reconocimiento allá afuera. Tal vez no es casualidad que muchas figuras revolucionarias destacaran en su etapa estudiantil. Son los candidatos más viables a disputar poder e influencia con un discurso de emancipación universal que todo lo desenmascara salvo sus propias motivaciones, en las que se funden los deseos de justicia y cambio por un lado, con los de resentimiento y ambición sin límites por el otro. El marxismo se convierte de este modo en la ideología última, pues no puede haber mejor coartada del interés propio que presentarse como la crítica de todas las ideologías. Esta será una constante a lo largo del siglo XX con su punto más evidente en el mayo francés, cuando el estudiantado prácticamente se asume como sucesor de la clase obrera en la batalla por la historia. Por contraste, queda el movimiento Solidaridad en Polonia como la única revolución genuinamente proletaria del siglo XX pero con un sello inequívocamente anticomunista.

Una conocida viñeta publicada en la prensa rusa a raíz de los acontecimientos del domingo sangriento de enero de 19052 presenta un acomodo piramidal. En la cúspide está la aristocracia, en el estrato siguiente aparece la jerarquía eclesiástica, luego la burguesía glotona y bebedora, abajo el ejército represor y por último, sosteniendo todo aquello, el pueblo sufrido y doliente. La ilustración es perfecta tanto por lo que muestra como por lo que omite. Tal pareciera que no hay una manera de insertar ahí a intelectuales y beneficiarios del sistema educativo, de modo que la pirámide en realidad representa su posición panóptica: captan el todo y el sentido del todo, salvo a sí mismos.

La intelligentsia en Rusia podía obviar su propia presencia en tanto sujeto cognoscente, pero otra cosa distinta era vivir bajo una monarquía absoluta que la invisibilizara, pues ésta estúpidamente le había apostado todo al carisma místico como sello de su reinado, cosa que de pasada la eximía de ver u oír lo que la marea de la modernidad arrojaba a su playa euroasiática. En el desencuentro entre la dinastía Romanov y la intelligentsia rusa también tuvo mucho que ver esta última. En marzo de 1881 un círculo de conspiradores no muy distinto al descrito por Joseph Conrad en su novela The Secret Agent, atentó con explosivos contra el zar Alejandro II (abuelo de Nicolás II) castigando con la muerte al Romanov más liberal de la dinastía y abortando así cualquier transición hacia una monarquía constitucional.

Un rasgo distintivo de la revolución rusa, a diferencia de su contemporánea revolución mexicana, mucho más plebeya y genuina, fue el peso específico de la intelligentsia, no sólo en la dirigencia bolchevique, sino en muchos otros actores y organizaciones decisivos. La pasión revolucionaria y hasta terrorista de los segmentos radicalizados de la intelligentsia antecedió a su conversión al marxismo, le dio a éste un sello conspirativo particular que no se encuentra en sus versiones occidentales. Las primeras lecciones políticas de Lenin provienen de la literatura de Chernyshevsky3 y de círculos como la “Voluntad del Pueblo” de Tkachev, antes de toparse con los textos canónicos de Marx y Engels. De acuerdo con el historiador británico Orlando Figes, no fue el marxismo el que hizo revolucionario a Lenin sino éste quien inoculó de revolución al marxismo.4 Sin la cultura política específica de la intelligentsia rusa no se pueden entender la mutación del marxismo en bolchevismo ni las acerbas diatribas de Lenin contra las grandes figuras socialdemócratas de la época.

En perspectiva, la intelligentsia rusa aparece como un caso de mal procesamiento de la oleada de secularización venida de Occidente. Las obsesiones políticas comienzan a reemplazar a las de carácter místico religioso o más bien a reformularlas. No se cuestiona la promesa de la redención, de Parusía o advenimiento de un nuevo mesianismo, con sus bienaventurados y condenados, que marque el final de los tiempos. Tampoco se duda de la buena nueva de una trascendencia social que responda al sufrimiento presente de un pueblo más imaginado que experimentado en alguna forma de convivencia. Todo se retraduce a un lenguaje y una retórica política con su propia escatología. Nace así la idea de la revolución como un engendro místico, hermético a todo cuestionamiento: código común de toda la diversidad de discursos que ensayará esa intelligentsia como salida al desconcierto de su mundo perplejo ante los retos que le plantea Occidente. Esta visión de la revolución mesiánica y la posibilidad de recomenzar y ordenarlo todo bajo parámetros de justicia es la Gran Idea que gobierna y pierde a la intelligentsia, dispuesta a renunciar a cualquier cosa menos a su sagrada “revolución”, aun ya confinada en el Gulag, como bien observó Nadezhda Mandelshtam.

La revolución, parteaguas de los tiempos, nunca tuvo el anclaje científico que proclamaba. Es sintomático que incluso hoy en día filósofos neomarxistas como Alain Badiou o Slavoj Zizeck procuren darle una fundamentación desde una suerte de rabia abstracta que pasa por agudeza o profundidad: ejemplo perfecto de la violencia del pensamiento sobre la vida (Safranski) y de ese hábito inaugurado por los jacobinos franceses, tan dados a eslabonar razonamientos antes de aniquilar al adversario. Ahora nos queda más en claro que entre los adictos a las abstracciones radicales la verdadera fascinación es el apocalipsis con desembocadura nihilista: que nada quede, que nada sea, más que el acto puro de su propia afirmación.

La revolución engendró a sus terroristas y a sus monstruos de verdad, pero la intelligentsia estuvo dispuesta a perdonarles todo: fue cómplice hasta el final, aun cuando los monstruos habían decretado su perdición. Toda su ineptitud y su miopía política se explica desde ahí, sin ellas hubiera sido imposible la victoria bolchevique en un contexto que, de otro modo, no hubiera dado lugar más que a una aventura efímera.

Otros, por el contrario, no le niegan agudeza de aptitudes, pero junto a un perfecto desconocimiento de la realidad, a una abstracción feroz, a una monstruosa evolución en un solo sentido…
—Dostoievski, Demonios

El Partido Bolchevique y los eventos que conducen a lo largo de 1917 al coup d’État del 25 de octubre de ese año (calendario juliano; 7 de noviembre en nuestro calendario gregoriano) son indisociables de la personalidad de Lenin. Quizás en la actualidad sea fácil burlarse de él como un pensador de tercera. Con alta probabilidad es el autor del peor libro en la historia de la filosofía (Materialismo y empiriocriticismo); sus textos sobre análisis económico y social son indignos de un estudiante que lucha por graduarse (Robert Service). Este monomaníaco de la revolución dejó, eso sí, una letanía de epítetos destinados a las izquierdas dispuestas a negociar con fuerzas liberales-democráticas que los extremistas del mundo entero hicieron suyos. Pero es un error juzgar las capacidades de hombres de acción meramente por la calidad de sus textos. Lenin, nacido Vladimir Ilich Ulianov (Simbirsk, 1870) y con su nom de guerre aludiendo al río Lena de la Siberia de su deportación en 1895 fue, sin lugar a dudas, un táctico y estratega de primera.

Lenin era un maestro para leer una coyuntura, en extraer lecciones de la experiencia y detectar los puntos débiles del enemigo. Sabía cuándo avanzar o retroceder; cuándo y cómo dar un viraje con timing perfecto. Se habla menos de su genio para la persuasión en corto, esencial en un conspirador. Lo hizo en cuatro ocasiones decisivas: en su arribo a San Petersburgo un mes después de la abdicación del zar, cuando los bolcheviques, Stalin incluido, creían que la orden del día era colaborar con una coalición de izquierdas. Lenin, con sus famosas “tesis de abril”, los llevó a una ruptura. Luego vino la encerrona decisiva con su comité central durante 14 horas entre el 10 y el 11 de octubre para persuadirlos, ante el pánico de más de uno, de dar el golpe que les daría el poder semanas después. Ya instalado en el poder, volvió a convencer a su círculo, a principios de 1918, de aceptar, para ganar tiempo, los términos de los tratados de Brest-Litovsk, una capitulación de facto frente a los alemanes. Por último, en 1921, volvió a persuadir al comité central de abandonar el llamado Comunismo de Guerra adoptando, por el momento, una política de mercado para frenar una rebelión campesina que hubiera podido arrasarlos.

Trotsky era un mejor agitador de masas, un orador fuera de serie, un divo de la revolución, mientras que Lenin en la plaza pública se prestaba a la parodia por su corta figura, su voz cascada y su dificultad para pronunciar las erres. Otra cosa era su capacidad de convencer a un grupo de hombres discutidores para que tomaran altos riesgos y siguieran un curso de acción preciso. Lenin tenía la clarividencia del que sabe lo que quiere: un activo invaluable en situaciones confusas y cambiantes.

La complejidad y vértigo de los acontecimientos de 1917 en el marco de la Primera Guerra Mundial difícilmente puede sintetizarse en unos párrafos. Básicamente hay tres momentos nodales. Las extraordinarias jornadas de febrero que culminan con la abdicación del zar una semana después, resultado de una verdadera movilización espontánea de las masas que toma a todos por sorpresa, comenzando por los partidos de izquierda (bolcheviques, mencheviques y social revolucionarios). Posteriormente, los acontecimientos de julio, donde el segundo gobierno provisional (Kerenski) apuesta a una contraofensiva contra Alemania, fracasando estrepitosamente en el intento. Esto conduce, simultáneamente, a un amago de golpe militar para disciplinar al ejército (Kornilov) y a un fallido motín liderado por los bolcheviques, que intentan en vano replicar las movilizaciones callejeras de febrero. Finalmente, la toma del poder por los bolcheviques en la mal denominada Revolución de Octubre. Fue en realidad un coup d’État logrado con la complicidad de la guarnición de Petrogrado (amotinada contra el gobierno porque iba a ser enviada al frente) y piquetes armados en puntos estratégicos de la ciudad. Todo al más puro estilo golpista, técnica que los fascistas imitarían.

El efímero paréntesis de gobiernos en libertad que experimenta Rusia antes del golpe bolchevique estaba destinado al fracaso por diversas razones. El primer gobierno provisional, encabezado por el príncipe Lvov, confundía gobernar con legislar, bajo la enorme presión de una guerra que se estaba perdiendo. Uno de sus primeros decretos fue sencillamente suicida: institucionalizar los comités de soldados en el ejército, quebrando las cadenas de mando. La disciplina se perdió para siempre y de ahí irradió una crisis de autoridad que se extendió a las zonas rurales con las que buena parte de la tropa guardaba vínculos.

No menos crucial es el hecho que de la Revolución de Febrero surge una estructura semirrepresentativa dual: a la Duma o cámara de deliberación integrada apresuradamente con notables ante la dimisión del zar para formar gobierno, se suman ahora los Soviets (consejos de obreros y soldados) que votan en asamblea a mano alzada con su comité ejecutivo (Ispolkom) conformado por representantes de partidos de izquierda y autopromovidos miembros de la intelligentsia. La imposible tarea que se marcan los gobiernos provisionales (Lvov primero, Kerenski después) es consolidar las instituciones democráticas sin haber emanado ellos mismos de un proceso democrático (algo similar a lo que experimentaría Gorbachov 70 años más tarde), subordinando las dos decisiones candentes (la cuestión de la tierra y la guerra o la paz) a la instauración de una Asamblea Constituyente mediante elecciones casi imposible de organizar en un territorio de la complejidad del imperio ruso.

Lenin explotó perfectamente las debilidades y vacíos de estos gobiernos consecutivos. Su golpe de Estado fue un tres en uno: contra el gobierno provisional propiamente dicho y la Duma del que emanaba; contra el comité ejecutivo del Soviet y, un par de meses más tarde (en enero), contra la Asamblea Constituyente, a la que sólo permite su sesión inaugural para clausurarla en la madrugada al no obtener de ella, como era de esperarse, el reconocimiento del golpe.

No deja de ser significativo que el resto de la izquierda y de la intelligentsia no bolchevique, si bien protestó airadamente contra la manifiesta ilegalidad detrás de la estrategia de hechos cumplidos de los golpistas, nunca los percibieron como una verdadera amenaza, pese a que claramente estaban destruyendo las instituciones de representatividad y autogobierno emanadas de la Revolución de Febrero. Lo que más temían era un golpe de Estado de la reacción ya que, después de todo, veían a los bolcheviques como de los suyos: desaprobaban sus métodos pero consideraban que el objetivo final era el mismo y que, a su manera, se estaban haciendo cargo de las demandas de las masas. No se les ocurría que los métodos bolcheviques terminarían fijando sus propios objetivos, que el uso de la violencia puede ser adictivo y, en la impunidad, sistemático. El credo de la revolución y de sus objetivos finales no los había preparado para sospechar que los procesos históricos se configuran a sí mismos, pues el camino tiene la última palabra, no la meta.

Y el camino fue atroz. Historiadores como E. H. Carr encabezaron la indulgencia académica hacia los bolcheviques insistiendo en que su violencia y su autoritarismo fueron en realidad producto de la guerra civil (1918-1920), que les fue impuesta por generales reaccionarios y por ejércitos extranjeros: la legión checoslovaca y la ocupación norteamericana del puerto de Arcángel en 1918; la presencia británica y francesa asimismo en el Mar Negro y Crimea en 1920. Pero la guerra civil ya estaba en el script bolchevique y era inevitable una vez que se optó por la ruta golpista, sobre todo al suprimir la Asamblea Constituyente. Lenin tuvo siempre presente el análisis de Marx de la Comuna de París en cuanto a que ésta fracasó por no saber hacerse de los aparatos del Estado y convertir la revolución en guerra civil. Por iniciativa de Lenin, en diciembre de 1917, antes de que se organizaran los ejércitos blancos o intervención extranjera alguna, se ordenó la formación de la Comisión Extraordinaria para la Lucha contra la Contrarrevolución y el Sabotaje (Cheka por su acrónimo ruso: antecesora de la GPU, luego NKVD y finalmente KGB) con la directiva de perseguir, aprisionar y realizar ejecuciones.5 También en diciembre se inicia la clausura de la prensa antibolchevique. Pero lo más sintomático es que desde marzo de 1918, cuando el Partido Bolchevique cambia de denominación a Partido Comunista, en las directrices emitidas por el comité central aparece el término “ex personas” para designar a los segmentos sociales presuntamente ligados al zarismo o al gobierno provisional derrocado. Las tarjetas de racionamiento repartidas asignan gramajes según la condición social. Dirigentes como Zinóviev anuncian que un 10% de la población rusa puede ir esperando lo peor, y por lo pronto su tarjeta de racionamiento sólo “les recordará el olor del pan”.6 Por primera vez la culpabilidad de alguien frente al Estado se define no por lo que hace, sino por lo que es: la revolución bolchevique comienza a presentarse menos como camino a la utopía y más como una “solución final”.

Los bolcheviques (ahora comunistas) surgen victoriosos de la barbarie en la que se precipita el país por tres años. A diferencia de los rojos, los blancos nunca consiguen tener un mando unificado ni articular un discurso político. Logísticamente estaban condenados, pues no contaban con el suministro de municiones de las grandes ciudades ni con los centros ferroviarios, todos bajo control bolchevique. Estos últimos tenían, en cambio, el apoyo de los oficiales más profesionales del ejército ruso, curtido en la Primera Guerra. Estaban hartos de recibir órdenes estúpidas emitidas por superiores sin otros méritos que sus lazos con la Corona. Isaac Deutscher hizo creer a Occidente que todo fue básicamente mérito de Trotsky, quien ciertamente tenía talento para organizar en condiciones improvisadas, pero nada cercano a un “Napoleón Rojo”. La verdadera conducción de operaciones la hicieron profesionales que de otro modo hubieran estado desempleados —en el mejor de los casos. Con el tiempo transcurrido después de la célebre trilogía de Deutscher7 y con acceso a nuevas fuentes, sabemos lo que la versión de Deutscher tiene de apasionada, imaginativa y mendaz, como toda hagiografía que se respete.

—No era eso, no era eso; no era nada de eso…
—Dostoievski, Demonios

La contradicción de crear una elite cuya misión era imponer la igualdad fue clara para muchos durante las disputas dentro de la socialdemocracia rusa en 1902, Trotsky entre ellos, el mismo que 15 años después, ante la posibilidad de la toma del poder con la franquicia bolchevique, olvidó convenientemente sus objeciones. Si bien el terror desatado como política central y la guerra civil fueron elecciones deliberadas, cabe concederle a Carr que fueron asimismo eventos decisivos en la conformación de la psique colectiva bolchevique y del curso que tomaría el régimen. Ya Dostoievski advertía que los crímenes orquestados por cliques las cohesionan más que su ideología dura. Una disciplina creciente se fue ganando cada vez que se rebasaban umbrales y puntos de no retorno. El asesinato de la familia real en julio de 1918, por ejemplo, marca una escalada en el despliegue del terror. Seguirían las ejecuciones sumarias de kulaks (campesinos prósperos) y la confiscación de alimentos de las aldeas —especialmente en la provincia de Tambov, región del Volga— que precipitó una hambruna con episodios documentados de canibalismo. Luego la institución de campos de concentración con un uso cada vez más generalizado del trabajo forzado8 y, finalmente, la represión de Kronstadt contra los mismos marinos que colaboraron en el putsch de 1917. No hay una cuenta confiable de cuántas vidas se perdieron en la guerra civil rusa aunque todo indica una catástrofe de varios millones si se toma en cuenta, además, que el país venía de una guerra mundial. Pero el proyecto leninista era justamente ése: hacer de la guerra imperialista una guerra civil que barriera no sólo a Rusia sino a toda Europa.

Es ridículo que Trotsky denunciara el curso ulterior que tomaría el régimen, atrapado en su dinámica violenta, como una desviación del Octubre Rojo. Quizás la desviación y su propia caída en desgracia eran asuntos indisociables para él. Pero Lenin y Trotsky habían abierto la vereda hacia el totalitarismo: la eliminación de las libertades políticas y civiles, el terror policiaco, la supeditación de la sociedad al Estado, del Estado al partido y éste a un comité central, haciendo imposible que fuera una instancia supervisada por cualquier otra. La intelligentsia bolchevique había mutado en ideocracia. Pero, por encima de todo, su novedad fue hacer de la ideología omnipresente un arma de destrucción masiva lista para ser utilizada. Todos esos elementos los perfeccionaría Stalin. Richard Pipes (1995) considera que la guerra civil fue en realidad un episodio de sometimiento y conquista de Rusia tierra adentro. El último antecedente en el mundo de un episodio análogo, bajo la bandera de una religión política, había sido la conquista musulmana de los siglos VII y VIII.

Los pasos que le faltaban dar a Stalin eran la destrucción de la vida campesina, la supresión de toda forma de propiedad privada, volver a los ciudadanos propiedad del Estado y conformar un régimen en el que los mismos carceleros fueran prisioneros. La cereza en el pastel fue convertir la violencia del partido hacia la sociedad en violencia hacia el propio partido para recomponerlo a la medida. Stalin captó las debilidades de la vieja guardia bolchevique, no sólo por su origen social, ajeno al de los nuevos cuadros del partido que veían en éste la única posibilidad de ascenso social, sino porque en ella estaban sobrerrepresentadas minorías que fácilmente suscitaban resentimiento: armenios, judíos, letones y georgianos (como él). Stalin decidió encabezar la nueva composición social del partido y del régimen para transformarlo en la burocracia militante del homo sovieticus, dando un viraje hacia el gran nacionalismo ruso. El terror desde arriba era la única fuerza capaz de dinamizar un régimen así, dado a la estratificación y el estancamiento. Stalin lo comprendió todo a la perfección.

El estalinismo fue la fase superior del leninismo, pero creó además un dispositivo ideológico que podía replicarse. Mao y Pol Pot fueron discípulos creativos que vieron, en las vidas de millones, la materia prima necesaria para experimentar. La revolución delirante y metafísica es una enfermedad del alma con consecuencias. Honra a la gran literatura rusa haberlo diagnosticado con toda clarividencia frente al fracaso —ayer y hoy— de un pretendido conocimiento sistemático del fenómeno humano.

 

Rodrigo Negrete
Economista, estadístico, ensayista.


1 Quizá por ello el historiador marxista E.P. Thompson emprendió una investigación en esa dirección más empírica como buen británico. Con todo se le escapó lo esencial: las formas de socialización de la clase obrera, lejos de encerrarla en sus intereses de clase la ciudadanizan, por lo que se identifica más y más con la nación como algo más grande que ella misma. La ciudadanización es un proceso mental, individual y colectivo, por el que se remontan provincialismos de origen, sean geográficos o sociales.

2 El evento se refiere a una manifestación obrera encabezada por un Pope Ortodoxo un 9 de enero en San Petersburgo para presentarle al zar Nicolás II un pliego petitorio, dadas las penurias de racionamiento derivadas de la Guerra del Imperio con Japón además de demandas obreras tradicionales. La marcha de alrededor de 60 mil personas fue recibida con tres descargas de fusilería por parte del destacamento apostado frente al Palacio de Invierno. La grotesca represión dio origen a un levantamiento generalizado en distintas zonas del imperio. El primer “ensayo general de la revolución de 1917”, como le llamó Lenin.

3 ¿Qué hacer?, uno de los textos fundacionales del leninismo toma su título de una de las novelas de este autor, en donde se esboza el perfil del revolucionario como un profesional duro y disciplinado.

4 A People’s Tragedy: The Russian Revolution 1891-1924, Penguin Books, 1996.

5 Las directivas de Lenin fueron descubiertas en 1991, cuando se abren algunos archivos del período. Destaca la frase “consigan tipos duros”. Se habla también de ejecuciones ejemplares a la vista de todos en las aldeas rurales (ver Jonathan Brent, NYT, mayo 22, 2017). Bertrand Russell por su parte recuerda una conversación en 1920 con Lenin en la que éste ríe al hablarle del incremento de kulaks colgando en los árboles. “la sangré se me heló”, confiesa el filósofo británico. Ver Richard Pipes, A Concise History of the Russian Revolution, Vintage, 1995, p. 209.

6 Zinoviev fue el primer miembro del Comité Central en proferir un discurso público manifestando abiertamente intenciones genocidas en septiembre de 1919: “Nosotros debemos ocuparnos de 90 millones de rusos. A los 10 millones restantes no tenemos nada que decirles. Deben ser aniquilados”: Pipes, op. cit. p. 224. En cuanto al inolvidable discurso de Zinoviev sobre “el olor del pan” ver p. 206.

7 El profeta armado; El profeta desarmado; El profeta desterrado, Era. México.

8 En agosto de 1918 Lenin ordenó la construcción de campos de concentración. A finales de 1920, es decir, al concluir la guerra civil, había ya 84 campos sumando aproximadamente 50 mil prisioneros. Pero tres años después se contaban hasta 315 lo que acumulaba 70 mil. Richard Pipes, op. cit., p. 227. El régimen definitivamente había desarrollado una adicción a ese recurso que culminaría en el sistema Gulag.

Ensayo

La revolución rusa en la prensa mexicana

La revolución rusa fue uno de los acontecimientos cruciales del siglo XX. Si la humillante derrota en la guerra ruso-japonesa precipitó la revolución de 1905, el desastre de la Primera Guerra Mundial obsequió la oportunidad revolucionaria de 1917. El 12 de marzo de este año —febrero en el calendario juliano— una insurrección popular derribó a la dinastía de los Romanov que gobernó por tres siglos. Y los días 6 y 7 de noviembre, el Comité Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado (San Petersburgo) depuso a Alexander Fiódorovich Kerenski. Ambas insurrecciones fueron incruentas. La de noviembre —octubre en el calendario juliano— no pasó de que el crucero Aurora lanzara desde el Neva tres proyectiles que se estrellaron en el Palacio de Invierno, refugio del gobierno provisional. La violencia escaló posteriormente, cuando los bolcheviques suprimieron la Duma, en donde la oposición de los social-revolucionarios contaba con la representación mayoritaria, precipitando la guerra civil entre Rojos y Blancos. La coalición de las tropas ex zaristas, la iglesia ortodoxa y los terratenientes, contó con el apoyo económico y militar de Francia, Inglaterra, Japón, Canadá y Estados Unidos. No era ya la Alemania de Weimar, sino la Rusia soviética el enemigo aliado. También la naturaleza de febrero y octubre fue distinta: mientras aquél puso fin al absolutismo, éste despojó a la aristocracia, proclamó la autodeterminación de los pueblos, decretó la ocupación inmediata de la tierra por parte de los campesinos y separó la Iglesia del Estado.


Ilustraciones: Estelí Meza

La prensa mexicana informó con regularidad acerca de los acontecimientos en Rusia. La cobertura de Excélsior se apoyó completamente en los despachos europeos y estadunidenses. A escasas dos semanas de la abdicación de Nicolás II (2 de marzo) y de la instauración del gobierno provisional encabezado por el príncipe Lvov, el diario advirtió la existencia de dos tendencias que se disputaban el poder en el viejo imperio: la monárquica, que pretendía que el duque Miguel Alexandrovich Romanov —hermano menor del zar— ocupara el trono vacante; y la republicana, que buscaba “aprovecharse de los presentes momentos para implantar reformas radicales” (19 de marzo). También el periódico se condolió de la desgracia que perseguía a la familia real, “pues los niños hijos del ex emperador Nicolás se encuentran todos atacados de sarampión, con excepción de la gran duquesa María” (20 de marzo). Dos días después “El periódico de la vida nacional” informó que “una gran manifestación en la que tomaron parte las mujeres” demandó se incorporara en la nueva constitución “un precepto que conceda el derecho de sufragio a las mujeres que hayan alcanzado la mayoría de edad”, en tanto que una numerosa manifestación “de afiliados al Partido Socialista” en Petrogrado, “con grandes banderas rojas y profiriendo gritos de venganza”, exigió a las autoridades le fueran entregados “los ministros del zar para ejecutarlos”. Contrastando con ello, el impreso destacó la actitud “del político demócrata Kerenski”, quien, con “frases elocuentes”, disuadió a los socialistas de realizar sus siniestros propósitos (22 de marzo). Además, el diario comentó que “el pueblo se encuentra en condiciones muy precarias por la falta de alimentos” (24 de marzo). Una semana adelante, el noticioso daba cuenta de una concentración de trabajadores, “que estuvo animadísima” y convino “dirigir una proclama a los obreros de todos los países del mundo, invitándolos a derribar a los gobiernos imperialistas, para que puedan reconquistar sus perdidas libertades” (30 de marzo).

Desde un principio Excélsior expresó hostilidad hacia el movimiento revolucionario, llamando más la atención sobre el desorden y la “anarquía” —ilustrados con caricaturas tomadas de la prensa estadunidense— que con respecto de los reclamos populares. De la huelga de los ferrocarrileros de Petrogrado y Moscú, el diario enfatizó el costo económico representado para la administración de Kerenski y el malestar que produjo entre los demás trabajadores del sector “contra el movimiento iniciado por sus compañeros en condiciones tan difíciles para el país” (8 de octubre). Ni una palabra acerca del papel de ferroviarios y telegrafistas para abortar el golpe de Estado del general Kornilov recién en septiembre, al tiempo que el periódico se congratuló por el gobierno de coalición que logró formar Kerenski en el que “estarán representados burgueses y demócratas” (9 de octubre).

A diferencia de los bolcheviques, que se opusieron a la Primera Guerra Mundial y desde febrero reclamaban un armisticio con Alemania, el nuevo gobierno dispuso que éste se realizaría de consuno con los aliados y entretanto pugnó por “llevar al ejército a su más alto grado de eficiencia y de poder combativo”, sin escatimar pérdidas humanas en el campo de batalla. Otra de las prioridades del gobierno de coalición “consiste en restablecer a toda costa la paz interior en Rusia” (11 de octubre). Para el ministro del interior Alekséi Nikitin no era la guerra insensata, emprendida por el zarismo senil, sino “la anarquía que se está apoderando del pueblo” la mayor amenaza de “llevar al país a la ruina más completa” en beneficio exclusivamente de los alemanes, que “se aprovecharían del desorden que existe para imponer su yugo a un pueblo que hoy lucha por obtener la libertad que por tanto tiempo se vio privado”. Contagiado del patriotismo de Kerenski, que exhortaba a las tropas rusas a permanecer en el frente, Excélsior cabeceó: “en un discurso lleno de patriotismo, [Kerenski] les pide que vuelvan por el honor nacional”, “sin combatir entregaron al enemigo los cañones que tenían para defender a la patria” (25 de octubre). El 7 de noviembre el primer ministro haría lo propio abandonando Petrogrado en un auto con bandera estadunidense.

“Kerenski depuesto por el grupo radical”, tituló Excélsior una de las notas de la edición del 9 de noviembre. Ésta consignaba las declaraciones de Trotsky —comisionado por los bolcheviques el 29 de octubre para dirigir el capítulo militar de la insurrección— según las cuales “el gobierno provisional que dirigía Kerenski ha dejado de existir, añadiendo que algunos de los ministros que formaban el gabinete encargado de regir los destinos del país habían sido aprehendidos”. Otro despacho advertía “la posibilidad de que los japoneses vengan a sostenerlo en contra de los maximalistas”, además de que muy probablemente el antiguo primer ministro contaría con el apoyo del ejército para batir a los insurrectos, más aún que podía hacerse del respaldo popular dado que “Petrogrado no constituye la totalidad de la nación rusa, ni nunca ha reflejado las verdaderas tendencias de ésta” (9 de noviembre). Era tal el optimismo en el diario mexicano que el número del lunes 19 cabeceó “Los ‘maximalistas’ están llamados a caer del poder”. Sustentaba la afirmación la noticia de que “las tropas leales se han posesionado de la estación inalámbrica” de Petrogrado y, en “su avance sobre la capital de Rusia”, se registran combates (19 de noviembre). Una semana antes el editorial del matutino exponía las consecuencias de la descontrolada ira popular:

Contra las fuerzas destructoras que agitan a este Estado, las energías de Kerenski debían embotarse. Su buena voluntad y su temple de espíritu luchaban vanamente contra un pueblo enloquecido al que la cólera y el pavor daban aspectos de fiera. La idea del deber, de la dignidad, del honor caía hecha pedazos a impulso del “maelstroon” [sic] que empujaba a este “rebaño de almas”, que de improviso se encontraba con una responsabilidad y una conciencia (11 de noviembre de 1917).

Pastoreaban este “rebaño de almas” los “bolshevikis [sic]” o “maximalistas, “extremistas”, “zimerwaldianistas” e “internacionalistas”, “enemigos de la guerra ofensiva, [que] abogan por una paz general inmediata y tratan de establecer también inmediatamente el gobierno del proletariado, la división de la tierra y el despojo de las clases acomodadas” (17 de noviembre de 1917). “Lenine” [sic], y los suyos, “han predicado año tras año la guerra social, y entre la guerra social y la guerra de las trincheras sólo existe mentalmente una separación infinitesimal”. Por si no bastara, el matutino deslizó la imputación de que el comunista de Simbirsk era un agente enemigo, ya que de otra manera resultaba inexplicable “que la Whilhelmstrasse le haya consentido cruzar el territorio alemán desde Suiza para que llegara a Rusia, únicamente por admiración a sus proezas de revolucionario” (29 de noviembre).

El Universal también insistió en la tesis de la colusión de los revolucionarios rusos con el imperialismo alemán: “Golpe de Estado ruso fue hecho con dinero de los alemanes”, sentenció el encabezado del 10 de noviembre. Y, en cuanto a la política de los bolcheviques, el diario capitalino la consideraba una verdadera involución dado que “los personajes de esta revolución son más despóticos que el zar, y no respetan ni leyes, ni instituciones, ni personas” (11 de diciembre). Prueba de ello fue la clausura de un punto de la frontera ruso-sueca, donde “no se permite a nadie pasar sin una autorización especial del Comité Militar Revolucionario”. Además, el periódico hizo notar la debilidad de la resistencia al golpe de mano bolchevique, pues “los cosacos que aún apoyan a Kerenski sólo suman 300 hombres”, mientras los “maximalistas” contaban con “el control de las tropas en los distritos de Petrogrado y Moscú, y el armamento sistemático de los trabajadores en todo el territorio ruso” (19 de noviembre). Entretanto, El Universal denunciaba que “León Trotsky impone el reinado del terror”, porque había encarcelado a los firmantes de un manifiesto contrarrevolucionario que “recomendaba al pueblo ruso que no reconociera al gobierno bolsheviki [sic]” (6 de diciembre). Tan preocupante como eso era que las autoridades revolucionarias de Moscú se apoderaron “por la fuerza de todos los bancos” (30 de diciembre).

Desencantado con la deriva burguesa de la revolución mexicana, a su juicio una revolución política más y no la revolución social anhelada, Ricardo Flores Magón escribió desde el exilio forzado en Estados Unidos varios artículos para Regeneración analizando la revolución rusa. Para el anarquista oaxaqueño, ésta significaba “el comienzo de la gran revolución mundial precipitada por la guerra europea”. El detonador había sido “la escasez de pan” —de allí la consigna leninista “paz, pan y tierra”— que sacó a la gente a las calles y el ejército se negó a reprimirla. Conforme “transcurre el tiempo —registra Flores Magón— van disipándose los vapores de la embriaguez patriótica y los pueblos comienzan a reflexionar con seriedad”. De esta manera, las masas antes embrutecidas por la ideología van cobrando conciencia “que las guerras eran hijas de la codicia y de la ambición de los ricos y de los gobernantes”, “que el patriotismo ha sido inventado por los ricos y los políticos para que los pueblos estén dispuestos a despedazarse unos a los otros cuando así convenga a los intereses de sus amos”. Alentado por el desarrollo de los acontecimientos, el autor de Verdugos y víctimas vaticinó: “Un nuevo orden social se aproxima. Parece que al fin el rebaño humano se decide a echar a andar en dos pies” (24 de marzo de 1917).

Pasaban los días y crecía el entusiasmo de Flores Magón. La revolución política prometía transformarse en revolución social en la medida en que “la democracia no satisface al pueblo ruso”, cuya aspiración consistía en “una nueva forma de convivencia social que garantice a todos el pan y la libertad”. Con el advenimiento de la revolución social, “el gobierno democrático de la Duma está llamado a desaparecer, como desaparecerán todos los gobiernos de la tierra durante este espléndido siglo que bien puede llevar el nombre de Despertar Humano”. “El sistema burgués está condenado a darse a sí mismo muerte” (24 de marzo). “La revolución está en marcha” (21 de abril). Sin embargo, el camino de ésta no era una línea recta: “todo indica que la próxima etapa de esta revolución será la implantación de un régimen socialista autoritario; pero pronto se dará cuenta el pueblo de que todo gobierno es malo, y terminará por adoptar el sistema socialista anarquista” (23 de junio). La revolución, alumbrada por “la luz de la ciencia”, sepultará “en la misma fosa al capital, al gobierno y a la religión, los tres verdugos del ser humano” (1 de septiembre). “Todo indica que la revolución se aproxima en todos los países del mundo” (6 de octubre). No obstante la victoria temporal del “socialismo autoritario”, el revolucionario de San Antonio Eloxochitlán se congratulaba “de los inmensos progresos que han marcado la evolución de los pueblos” (9 de febrero de 1918). Faltaba nada más que un paso para “la emancipación proletaria”. “El viejo sistema se derrumba, hermanos de cadenas. ¡Ánimo!” (16 de marzo).

Estas instantáneas iniciales de la prensa muestran preocupación por el curso de la revolución rusa. Y ésta no carecía de fundamento. En México existía desde el siglo xix una tradición socialista autóctona que se mestizó con el comunismo soviético y otras corrientes dando lugar a uno de los primeros partidos comunistas que se formaron en el mundo —el PCM se fundó oficialmente el 28 de noviembre de 1919— de acuerdo con la iniciativa de la Komintern, apenas constituida en marzo de ese año. El influjo comunista, junto con el anarcosindicalismo, también alimentó la radicalización de los movimientos sociales mexicanos de la década de los veinte. Asimismo, las poderosas imágenes del Octubre Rojo se traslaparon con las de la revolución mexicana en los edificios públicos, conformando un imaginario político y cultural en el que ambas corrían en el mismo sentido, situando a la revolución rusa como el horizonte histórico de la mexicana, lo que entonces, para muchos, era un futuro ineludible.

 

Carlos Illades
Historiador. Profesor titular del Departamento de Humanidades de la UAM-Cuajimalpa. Este texto forma parte de El futuro es nuestro. Historia de la izquierda en México (Océano, en prensa).

Debo a Diego Bautista la recopilación de las notas periodísticas.

Ensayo

Estados Unidos ante la Revolución de Octubre

Durante la Segunda Guerra Mundial la Unión Soviética representaba, para muchos estadunidenses, un país popular y con lecciones para ofrecer al mundo. La conciencia de que el Ejército Rojo estaba aportando el mayor esfuerzo bélico en la derrota del nazismo tuvo el inevitable efecto de despertar unas simpatías que, con el tiempo, podrían llegar a convertirse en un recuerdo incómodo. Entre los amigos norteamericanos de la Unión Soviética destacaba la figura del vicepresidente Henry Wallace, quien, en 1942, llegó a afirmar que la URSS se estaba encaminando hacia la democracia política y que, de hecho, ya había tenido más éxito que Estados Unidos en la democratización de la economía, las relaciones interétnicas, la educación y la cuestión de género. Terminada la contienda mundial, pronto surgirían sentimientos de hostilidad y paranoia contra el antiguo aliado antifascista que llevarían al inicio de la Guerra Fría, el conflicto que marcó la segunda mitad del siglo XX y que, sin duda, tiene sus raíces en la reacción estadunidense ante el estallido de la Revolución de Octubre de 1917.


Ilustraciones: Estelí Meza

En realidad, la revolución rusa determinó, ya desde sus inicios, la decisión del presidente Woodrow Wilson de declarar la guerra a Alemania en abril de 1917. Con la caída del zar el mes anterior, Wilson podía argumentar con más fuerza que las grandes potencias aliadas eran, ahora sí, una coalición de países democráticos. En el mensaje al Congreso del 2 de abril para solicitar la declaración de guerra contra Alemania, Wilson habló de Rusia como un “digno socio para una liga de honor”. La toma del poder por parte de los bolcheviques en octubre también tuvo importantes consecuencias. En primer lugar, Washington se negó a reconocer diplomáticamente al nuevo gobierno rojo. Además, en el verano de 1918, Wilson decide enviar, en un principio, a tres batallones de infantería —unos cinco mil 700 soldados— a Rusia para, en teoría, ayudar a mantener vivo el frente oriental. La intervención de Estados Unidos en la guerra civil rusa duró hasta la primavera de 1920 y dejó un pozo de desconfianza en el lado soviético. Los argumentos para mandar tropas a Rusia responden a una lógica parecida a la que se siguió en la ocupación de Veracruz. Según le confesó a un diplomático británico, William Wiseman, el presidente Wilson estaba dispuesto —por el bien del pueblo ruso— a intervenir para ayudar a las fuerzas antibolcheviques, incluso en caso de que la mayoría de los rusos apoyara a sus nuevos dirigentes revolucionarios.1

Más allá de las relaciones entre Rusia y Estados Unidos, la revolución bolchevique afectó de una forma decisiva al conjunto de la política exterior estadunidense. Ante el escándalo por la existencia de tratados secretos entre las potencias aliadas desvelados por Trotsky y la consiguiente exigencia de una diplomacia de “luz y taquígrafos”, Wilson reaccionó con su proclamación de los 14 puntos, un listado de objetivos de guerra claros con el que se pretendía refutar la crítica de los soviéticos. En contra de lo que se suele creer, el derecho a la autodeterminación nacional no aparecía de forma explícita en ninguno de estos puntos, aunque este ideal pronto se convertiría en el principal criterio para reorganizar el mapa de las naciones derrotadas en la Gran Guerra. La historia de la relación de Wilson con el principio de la autodeterminación nacional es significativa por varios motivos. En primer lugar, porque se trata de un concepto que provenía de la tradición marxista y que Wilson no tuvo reparos en adoptar y modificar a su gusto, tal y como ha señalado acertadamente el historiador Erez Manela. Además, el presidente norteamericano enarboló la bandera de la autodeterminación en el mismo momento en el que los bolcheviques estaban organizando la URSS siguiendo su tradicional interpretación de este principio y prometiendo a los países colonizados que, en caso de que la revolución se extendiera por el mundo, el imperialismo —cuyo prestigio había quedado seriamente dañado por el trágico espectáculo de la guerra europea— tenía los días contados. En cambio, en manos de Wilson, la autodeterminación implicaba algo sustancialmente distinto. Para empezar, Wilson no veía incompatible el derecho a la autodeterminación nacional con el mantenimiento de los imperios europeos, lo que, teniendo en cuenta su apoyo a las prácticas segregacionistas en el sur del país, no resulta tan extraño. Su concepción del derecho a la autodeterminación estaba más bien vinculada a una vaga idea de promocionar el “gobierno por consentimiento”, así como a una estrategia reformista que aceptara los impulsos socializantes y democratizadores que había generado la Gran Guerra antes de que fuera demasiado tarde y acabaran estallando nuevas e indeseables revoluciones.2

Y, a pesar de todo, la defensa wilsoniana del principio de autodeterminación estaba destinada a ejercer una influencia duradera. Al proclamar que los eventuales cambios de frontera tendrían que ajustarse al derecho a la autodeterminación, Wilson se presentaba ante el mundo como una nueva potencia que no quería dominar a otros pueblos. A partir de entonces, si una potencia quería aumentar su poder geopolítico debería buscar métodos distintos a los de la conquista territorial. Algunos críticos imperialistas de otros países señalarían que tanto Estados Unidos como el Reino Unido habían escogido un momento particularmente conveniente para adoptar esta postura: justo cuando sus respectivos dominios territoriales habían alcanzado una inmensa extensión. En cualquier caso, lo cierto es que, gracias a la versión wilsoniana del principio de autodeterminación, Estados Unidos podía enfrentarse al idealismo del internacionalismo proletario de los soviéticos con un idealismo alternativo, el del internacionalismo liberal.

Para Washington el propósito de articular una política internacional alternativa a la de Moscú será central en el periodo de entreguerras. En los años veinte Estados Unidos sigue sin reconocer al gobierno de Moscú, al que acusa de no asumir el pago de la deuda contraída en el periodo zarista y de estar detrás de los movimientos nacionalistas en América Latina, como en el caso de Sandino en Nicaragua. El agrio debate norteamericano sobre la conveniencia de ingresar en la Sociedad de Naciones ha eclipsado el surgimiento de importantes consensos en la política exterior de esos años. Entre éstos, cabe destacar el impulso de la inversión extranjera y el comercio internacional como instrumentos para evitar una nueva guerra mundial y los riesgos de nuevas revoluciones sociales que ésta podía implicar. La estrategia estaba basada en la llamada “teoría liberal de la paz”, según la cual todo incremento en los intercambios comerciales fortalece automáticamente las relaciones diplomáticas, disminuyendo las posibilidades de conflictos bélicos.

El anticomunismo de la política exterior estadunidense en los años veinte se vio reforzado con la llamada Ley Rogers de 1924, por la que se profesionalizó la carrera diplomática y se creó una escuela diplomática en la que jóvenes de familias adineradas eran educados en el temor a la expansión del comunismo. Con todo, hay que tener en cuenta que el anticomunismo norteamericano no era un fenómeno exclusivo de los servicios diplomáticos. La amenaza externa no hubiera tenido la misma credibilidad si, durante el mismo periodo, hubiera reinado la paz social en el interior del país. Lo cierto es que, justo después del fin de la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos tuvo que lidiar con una impresionante oleada de huelgas. El episodio emblemático de este aumento de la conflictividad laboral fue la huelga de policías de Boston en 1919. Ese mismo año un joven Franklin D. Roosevelt —en aquel momento, subsecretario de Marina— propuso el establecimiento de un servicio militar permanente para hacer frente a la amenaza bolchevique. Tres décadas antes de que el senador McCarthy encarnara la famosa cruzada anticomunista, los sentimientos xenófobos y el pánico de las elites generaron la primera caza de brujas anticomunista de la historia estadunidense. En 1919 las Redadas Palmer —bautizadas así por el fiscal general de Wilson, Mitchell Palmer— supusieron un duro golpe para la izquierda radical. Cientos de extranjeros fueron deportados bajo la acusación de haber estado fomentando la subversión interna.

A principios de los años veinte la efectividad de la caza de brujas y el nuevo ciclo económico alcista ya habían logrado mitigar, en gran medida, la conflictividad social de la inmediata posguerra. Al mismo tiempo, mientras las organizaciones de la izquierda obrerista perdían fuerza, algunas de sus ideas ganaron, paradójicamente, una repentina popularidad. El caso más notable es el de la valoración de la Primera Guerra Mundial. En los años de entreguerras cundió en la sociedad un fuerte sentimiento de arrepentimiento por haberse dejado arrastrar hacia un conflicto lejano y por motivos espurios. El desengaño se alimentaba de la distancia entre las promesas y la realidad. Durante la guerra se había prometido al pueblo norteamericano que su sacrificio en los campos de batalla europeos serviría para “hacer que el mundo fuera un lugar seguro para la democracia” y “para acabar con todas las guerras”. 20 años después el número de países con sistemas democráticos menguaba a gran velocidad y las grandes potencias parecían enfrascadas en una carrera de rearme militar. Si en la Unión Soviética el discurso oficial abominaba del belicismo imperialista que había llevado a Europa a la Gran Guerra, en Estados Unidos surgía un consenso pacifista y aislacionista que, con tal de evitar la repetición de la entrada del país en la Primera Guerra Mundial, incluso llegó a legislar la creación de un complejo sistema de embargos automáticos de armas para lidiar con eventuales conflictos bélicos en el exterior. La legislación de neutralidad estaba justificada por la extendida creencia de que, en 1917, la población estadunidense había sido fraudulentamente conducida hacia la guerra por ciertos sectores poderosos que tenían intereses muy directos en garantizar una victoria aliada, entre los que destacaban los banqueros y los productores y traficantes de armas.

En ausencia de una fuerte izquierda obrerista, este consenso antibélico fue gestionado en los años treinta por corrientes conservadoras que, en muchas ocasiones, lo canalizaron para articular la versión norteamericana de la doctrina del appeasement o apaciguamiento, es decir, la política de concesiones continuas a Hitler y Mussolini para evitar una nueva guerra mundial, impuesta por una elite política y diplomática que era mucho más anticomunista que antifascista. El embargo de armas contra la España republicana en guerra (1936-1939), decretado por la administración Roosevelt con el apoyo de ambas cámaras del Congreso, es un buen ejemplo de ello. Si bien en los años treinta floreció, a la izquierda del New Deal, una izquierda intelectual y sindical de innegable peso político, el momento álgido del movimiento obrero como fuerza políticamente independiente se había dado dos décadas antes. A menudo se olvida que, en los primeros 15 años del siglo XX, el Partido Socialista de Estados Unidos tenía un tamaño parecido al de los partidos marxistas europeos de la época, exceptuando al alemán. Hacia 1910 los socialistas estadunidenses habían logrado más representantes electos que su referente británico. También conviene recordar que, a diferencia de otros grandes partidos socialistas de la época, el estadunidense mantuvo una actitud contraria a la participación en la Gran Guerra europea. En 1918 la militancia antibélica llevaría a la cárcel al líder socialista Eugene Debs, quien en 1912 había logrado nada menos que el 6% de los votos como candidato a las elecciones presidenciales. En 1920 Debs volvería a presentarse a la presidencia, esta vez entre rejas, quedando en tercer lugar y cosechando casi un millón de votos repartidos por todo el país.

Sin embargo, el pacifismo intransigente de la dirección del Partido Socialista no pudo evitar los desencuentros internos ante el fenómeno de la revolución rusa, tan comunes en todos los partidos obreros de la época. De estas tensiones salieron dos grupos escindidos que poco tiempo después conformarían el Partido Comunista de Estados Unidos (CPUSA, por sus siglas en inglés), una organización que se erigiría como uno de los partidos más relevantes de la izquierda estadunidense en el siglo XX. Su importancia no se basaba tanto en el número de afiliados, sino en su capacidad de influencia indirecta a través de organizaciones más amplias —en los años treinta llegó a dominar un tercio de los sindicatos del Congress of Industrial Organizations, la gran confederación sindical de la década—. También fue importante por la originalidad de sus planteamientos. Fue, por ejemplo, el primer partido eminentemente blanco que situó la lucha contra la desigualdad racial como una de sus grandes prioridades. Sin embargo, su fuerza y su potencial de crecimiento quedaron definitivamente aplastados tras la segunda caza de brujas de finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta.

En este sentido, el legado de la revolución rusa en Estados Unidos tiene que ver con una cuestión central del llamado excepcionalismo americano, es decir, la creencia según la cual Estados Unidos es una nación esencialmente diferente al resto. Uno de los temas recurrentes de la tesis excepcionalista es la sorprendente ausencia de un gran partido obrero de tradición marxista en Estados Unidos. Las explicaciones que se dan a este fenómeno son varias. Entre las más populares cabe destacar las que teorizan sobre las peculiaridades del desarrollo económico estadunidense —un capitalismo en el que históricamente los salarios habían sido notablemente superiores a los europeos por la relativa escasez de mano de obra—, así como los que enfatizan una supuesta incompatibilidad entre la ideología marxista y las principales ideas de la tradición política norteamericana.

También hay otras hipótesis que quizás no han recibido la atención que se merecen, como, por ejemplo, el hecho de que, a diferencia de los países europeos, la participación de Estados Unidos en las dos guerras mundiales del siglo XX no implicó ni devastación material ni empobrecimiento económico, sino más bien todo lo contrario. Además, la ausencia de grandes partidos marxistas no es un hecho exclusivamente estadunidense. De hecho, es ampliamente compartida por la mayoría de países americanos. Finalmente, hay que entender que el fracaso de la II y la III Internacionales en Estados Unidos se explica, en parte, por la evolución histórica del americanismo o nacionalismo estadunidense, concretamente por las aportaciones que hizo en su momento el wilsonianismo y que, en muchos aspectos, siguen vigentes hoy en día. Gracias a la necesidad de responder al desafío de la revolución rusa, los Estados Unidos de Wilson se sintieron llamados a ensayar una forma de idealismo liberal e internacionalista, alternativo y antagónico al proyecto soviético, que años más tarde, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, se revelaría como una ideología eficazmente funcional para la asunción de su actual papel como principal potencia mundial.

 

Andreu Espasa
Investigador del Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM. Autor de Estados Unidos en la guerra civil española.


1 Ronald E. Powaski, La Guerra Fría: Estados Unidos y la Unión Soviética, 1917-1991 (Barcelona, Crítica, 2011), pp. 15-16, 30-31.

2 Erez Manela, “Imagining Woodrow Wilson in Asia: Dreams of East-West Harmony and the Revolt against Empire in 1919”, The American Historical Review, vol. 111, núm. 5, 2006, pp. 1331-1334.

Ensayo

España roja

El impacto de la revolución rusa en España no puede entenderse al margen de la propia circunstancia española y del ciclo revolucionario específico por el que transitaba el país. De hecho, cabría hablar de un ciclo revolucionario general que afecta a un gran número de países a lo largo de la segunda década del siglo y que supone, en una u otra medida, con mayor o menor éxito, la clausura de las formas políticas decimonónicas.

1917 constituye un momento culminante en esta coyuntura global. La crisis y la desafección se instalan en los países beligerantes agotados por la Gran Guerra, mientras que otros hasta entonces neutrales como España, México o China se ven atravesados por una profunda conflictividad social y política. Esta crisis global se desarrolla bajo condiciones y ritmos históricos propios de cada contexto. Interpretar el impacto de la revolución rusa en España, acontecimiento esencial de esta coyuntura general revolucionaria, debe considerar por tanto las condiciones específicas españolas en las que se estaba desarrollando el proceso de desafección frente al régimen de la Restauración inaugurado en 1875. La pregunta que intentaré responder a lo largo de estas páginas es cómo afectó a cada uno de los principales agentes implicados en esta crisis de régimen las noticias que llegaron durante las primeras etapas de la revolución rusa.


Ilustración: Estelí Meza

Tras el fracaso de la Primera República se produjo la vuelta de la dinastía borbónica a España en calidad de árbitro de un turno pacífico entre los partidos Conservador y Liberal. Apoyado en un sistema caciquil que aseguraba los resultados de las elecciones diseñados desde el gobierno y con un movimiento nacionalista y socialista aún en reconstrucción a partir de los restos del federalismo republicano, el régimen de la Restauración gozó de estabilidad hasta comenzar a resquebrajarse con el anuncio del nuevo siglo. Sin embargo, este proceso de descomposición fue muy lento.

El estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 y la neutralidad española generaron en principio una situación de bonanza económica que dotó de cierto respiro al sistema después de la derrota del 98 y la Semana Trágica en Barcelona en 1909. No obstante, hacia 1916 la subida de los precios provocada por esta bonanza y una prolongada contención salarial desembocaron en una importante pérdida de poder adquisitivo de la población. Pero el descontento popular no sería la única causa de la gran crisis que estalla en 1917. Ésta fue resultado de la convergencia de otras crisis sectoriales. En primer lugar, en el ejército. Desde diciembre de 1916 oficiales de diferente graduación constituyeron las Juntas de Defensa, con el fin de dar salida a demandas corporativas insatisfechas. Las Juntas (locales, regionales y central) representaban una amenaza de primer orden para el régimen por lo que, con la aquiescencia del rey, el gobierno liberal entonces en el poder se negó a reconocerlas. En abril de 1917 se ordenó su disolución y algunos de sus integrantes fueron detenidos. La Junta Central exigió en junio la libertad de los detenidos y amenazó con romper el orden constituido si no eran reconocidas oficialmente. Ante el peligro de golpe de Estado, el 11 de junio el rey dejó caer al gobierno y lo sustituyó por el del conservador Eduardo Dato quien, ajustándose al cambio de estrategia de Alfonso XIII, reconoció oficialmente las Juntas además de suspender las garantías constitucionales y clausurar las Cortes.

En la decisión que tomó el rey desempeñó un papel fundamental las noticias que llegaban de Rusia. Recordemos que en febrero se produjo el primer estallido revolucionario y en marzo el zar abdicaba dando paso a un gobierno provisional: en ambos casos la pasividad del ejército había sido clave. De manera que la apuesta por los militares frente al poder civil era una manera de evitar la posible deserción del ejército y de mantenerlo fiel a la Corona. Los acontecimientos rusos llevaron al rey además a cambiar de postura respecto a la posición de España ante la guerra. Este asunto, que desde el principio dividió a la sociedad española entre aliadófilos (progresistas) y germanófilos (conservadores), se fue enquistando con el paso del tiempo y adquiriendo una importancia significativa a medida que la situación era cada vez más conflictiva. El rey, quien en principio había mostrado cierta simpatía hacia los aliados, se fue revelando a lo largo de 1917 como germanófilo.

Por otro lado, desde el mes de julio, tanto en Madrid como en Barcelona se estaban dando contactos entre diputados reformistas, republicanos, socialistas y nacionalistas catalanes demandando la formación de un gobierno provisional que convocara Cortes Constituyentes; ambas pasarían a conocerse como la Asamblea de Parlamentarios (de Madrid y de Barcelona). En la de Madrid, el detonante fue un gran mitin en la plaza de toros a finales de mayo a favor de los aliados, al que asistieron personalidades de todos los partidos que defendían la reforma constitucional, incluyendo a los socialistas de Pablo Iglesias. En este contexto, la Liga Regionalista de Cataluña encabezada por Francesc Cambó hizo público un manifiesto donde se reivindicaba la autonomía catalana y la reforma de la Constitución. Como respuesta, el gobierno mantuvo la suspensión constitucional y Cambó hizo un llamado a todos diputados españoles para llevar a cabo una reunión en Barcelona el 19 de julio, que pusiera en marcha una Asamblea extraordinaria de senadores y diputados para discutir sobre un posible desarrollo constitucional. La reunión se llevó a cabo y a ella asistieron buena parte de los diputados de la Asamblea de Madrid. El gobierno de Dato ordenó detener a los 68 diputados y aunque posteriormente los liberó tomó nota del desafío reformista: el gobierno comprendió que, llegado el caso podría convertirse en un dique de contención frente a la radicalización popular.

Tiempo hubo de demostrarse esta hipótesis a raíz de la convocatoria de huelga general por parte de la Unión General de Trabajadores (UGT) y la Confederación General del Trabajo (CNT) en el mes de agosto. Las noticias que llegaban de Rusia hablaban de manera confusa de manifestaciones masivas en Petrogrado contra la guerra y una desafección creciente al gobierno provisional de Kerenski. En octubre esta desafección llegó a su punto álgido. En este sentido, la Asamblea de Parlamentarios percibió que se enfrentaba a un desafío que amenazaba con rebasar sus reivindicaciones por la izquierda, sustituyendo un proyecto reformista por uno revolucionario: la huelga general convocada de manera conjunta por la UGT y la CNT en agosto de 1917 les llevó a posiciones más conciliadoras con el régimen y a integrarse en el gobierno de concentración promovido por el rey (el propio Cambó formó parte de ese gobierno).

Y es que desde 1916 la conflictividad social había ido en aumento impulsada por el deseo de las bases de lograr la unidad de acción, las direcciones de la UGT y de la CNT comenzaron negociaciones que se traducirían en un acuerdo para julio de ese mismo año. A ello se sumaron las primeras noticias que llegaban de los acontecimientos rusos. Los dos grandes polos del obrerismo hispano no recibieron las noticias de la misma forma. Los anarquistas, profundamente ilusionados con lo que consideraban una situación prerrevolucionaria en España, saludaron con alegría las noticias de la abdicación del zar y la radicalización que iba adquiriendo el proceso. En cambio, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y la UGT fueron mucho más fríos. El motivo era la posición ante la Gran Guerra: mientras los anarquistas fueron inequívocamente antibelicistas, los socialistas españoles fueron los más entusiastas aliadófilos de los países neutrales ya que consideraban que el triunfo de los aliados abonaría en una extensión de la democracia. Todo lo que pusiera en peligro el papel de Rusia en la guerra y beneficiara la victoria alemana era visto con suspicacia.

En consonancia con la estrategia gradualista de la socialdemocracia de la Segunda Internacional, el PSOE estaba comprometido con la Asamblea de Parlamentarios, apostando por una reforma del régimen en la línea de un republicanismo democrático con una clara agenda social. No obstante, el acuerdo entre la UGT con la CNT fue un torpedo en la línea de flotación de esta estrategia y abrió la puerta al uso de la huelga revolucionaria como herramienta política. La ocasión se presentó en julio del año siguiente, como consecuencia de la respuesta del gobierno conservador a la huelga ferroviaria convocada por la sección valenciana de la UGT. El gobierno de Dato llevó a cabo una apuesta arriesgada: se puso incondicionalmente de parte de la patronal situando a la UGT en la tesitura de apoyar las medidas de los huelguistas de su sección valenciana y radicalizar así sus posiciones. Como consecuencia, en agosto y en contra de los criterios del propio Iglesias, la UGT declaraba la huelga general. Al llamado respondieron varias secciones de la CNT pero no así el ejército y la Asamblea de Parlamentarios, a los que se hacía mención explícita en el texto de la convocatoria. El gobierno había lanzado un anzuelo a los socialistas a la vez que satisfacía las demandas corporativas del ejército y asustaba a los reformistas de la Asamblea. La represión fue expedita, con un saldo de 71 muertos y con los miembros del comité de huelga detenidos y condenados a cadena perpetua. También aquí las noticias sobre Rusia aceleraron los acontecimientos. Sectores de la UGT y del PSOE consideraron que con el desafío de las Juntas militares y de la Asamblea de Parlamentarios la situación en España era similar a la rusa. La convocatoria de huelga general contaba, de manera errónea, con que ambos agentes se sumaran al llamado, forzando así un cambio de régimen.

Lo que diferenciaba el caso español del ruso residió en el hecho de que el régimen borbónico logró frenar la sangría de deserciones y conjuró la formación de un bloque contrahegemónico, combinando la carta del miedo con la satisfacción de demandas sectoriales. De esta forma el régimen evitó enfrentarse a una impugnación sistémica, conjuró la amenaza reformista y revolucionaria y sorteó el colapso de sus homólogos ruso y austro-alemán. Pero lo logró a un precio: el desfondamiento constitucional y simbólico del sistema de partidos, el divorcio entre el poder civil y el militar y la normalización de la intervención castrense en las sucesivas crisis que irían finiquitando lentamente al régimen hasta 1931.

El desenlace de la revolución y la fundación de la Unión Soviética no dejaron de influir en el posterior desarrollo de los acontecimientos hispanos. Habría que señalar que en estos primeros años las noticias que llegaban eran confusas y siempre a través de intermediarios extranjeros. Hasta 1921-22 con la derrota del ejército blanco y la creación de la URSS, las posiciones de los diferentes sectores de opinión fueron muy volubles e indefinidas. Así, por ejemplo, para los conservadores el peligro no era en sí la revolución de la que poco se sabía, sino el estímulo que podía significar para la agitación local y para la afiliación sindical. El incremento de la agitación obrera y campesina desde 1918 hasta 1920 —el llamado “trienio bolchevique”— venía a confirmar a ojos de la prensa conservadora esta tesis. Los liberales, por su parte, estaban más preocupados por el desenlace de la guerra que por los eventos rusos ya que no creyeron que la revolución se pudiera exportar a España, ni siquiera al finalizar la guerra.

Por su parte, a partir de 1919, anarquistas y socialistas abordaron el debate sobre su inclusión o no en la III Internacional. Los anarquistas, a quienes no habían llegado las noticias de la represión de sus homólogos rusos por parte de los bolcheviques, recibieron con entusiasmo las noticias de octubre en un contexto además marcado desde 1918 por ese incremento de la afiliación y la acción directa, tanto en Cataluña y como en Andalucía. En el congreso celebrado en diciembre de 1919 se tomó por tanto la resolución de adherirse a la III Internacional, al menos provisionalmente, a la espera de que llegara a fundarse la verdadera Internacional de los Trabajadores a partir de los principios de Bakunin. Los socialistas también celebrarían un congreso en diciembre para discutir su posición ante la Internacional. El problema aquí radicaba en las inequívocas señales que emitía la propia Internacional, al deshacerse de los mencheviques y censurar el reformismo de la socialdemocracia. Y aunque en ese momento la mayor parte de las bases del partido eran favorables a la adhesión, la disyuntiva parecía inminente. Así lo percibió Iglesias quien logró dilatar la decisión con la intención de evitar una escisión en el seno del partido. La primera resolución que se tomó refleja estas tensiones: se propuso la celebración de un congreso internacional que desembocara en la fusión de la II y la III Internacional. La confusión y la indefinición fueron, por tanto, la tónica general de esta primera etapa. Mientras que los anarquistas aplaudían la III Internacional invocando a Bakunin, los socialistas proponían a la II Internacional, que acababa de afirmar su identificación con la democracia, una fusión con los bolcheviques.

A partir de 1921 y 1922 tanto la ilusión como el sentimiento de amenaza se atemperan y las posiciones frente a la recién fundada URSS se estabilizan. Primero, se define una línea anticomunista con dos claros perfiles: una católica (cuyos voceros son los periódicos ABC y El Debate) y otro republicano-liberal (con La Libertad y El Sol, este último espacio de encuentro de lo más granado de la intelectualidad española). ABC y El Debate se centran sobre todo en el tópico de la destrucción de la civilización a partir de un lenguaje biologicista (enfermedad, antídoto, morbo, etcétera), mientras que los periódicos liberales lo hacen en la deriva dictatorial y la falta de libertades del régimen soviético.

En el ámbito de la izquierda, sumida en una nueva campaña de represión tras el ciclo alcista 1918-1920, la desilusión y las diferencias con el proyecto soviético comienzan a aflorar. La CNT, por ejemplo, entraría en contacto con la realidad soviética mediante el envío de delegados a Rusia que informarían a su regreso de la distancia entre ambos proyectos. Entre 1921 y 1992 la postura de la CNT viró definitivamente hacia una crítica del Estado soviético y se aprobó por una mayoría amplia la salida de la Internacional. El PSOE, por otro lado, hubo de encarar el peligro que ya atisbara Iglesias y que de hecho ya era una realidad en el resto de sus homólogos continentales: la escisión. En el Congreso Extraordinario de 1921, tras un triunfo por poco margen de la tesis que rechazaba el ingreso en la III Internacional, los delegados que se mostraron a favor anunciaron su salida del partido y la fundación del Partido Comunista Obrero (PCO). Posteriormente, el PCO se fusionaría, no sin dificultades, con el Partido Comunista Español (PCE), pequeña organización fundada en 1920 en el seno de las juventudes del PSOE a raíz de la primera visita a España de dos delegados de la III Internacional. En todo caso, el PCE ocupó una posición marginal en el campo de la izquierda frente al predominio de las organizaciones socialistas y anarquistas. Sólo a lo largo de la guerra civil y como consecuencia de la política de apaciguamiento de las potencias democráticas que dejaba a la URSS como único aliado militar de la República, el PCE fue adquiriendo un mayor peso en la sociedad y en la política española.

 

Alejandro Estrella González
Historiador. Profesor titular del Departamento de Humanidades de la UAM-Cuajimalpa.

Ensayo

La reverberación rusa

Los primeros ecos de los sucesos revolucionarios de febrero en Rusia llegaban a España e Italia a mediados del mes de marzo a través de las agencias de noticias francesas y británicas. Las reacciones generadas por la noticia quedaban condicionadas por un doble factor. De un lado, la intensidad con que se vivía el conflicto mundial en el seno de las sociedades de los dos países: en España con la oposición entre aliadófilos y germanófilos, como ha remarcado Maximiliano Fuentes; en Italia con el esfuerzo bélico que estaba dejando exhausto al país, como describió Giorgio Candeloro. De otro lado, el desconocimiento preciso de lo que aquella revolución era y significaba (aspecto este que no importaba tanto ya que permitía su instrumentalización para sustentar las propias actitudes ante el conflicto bélico y la política interna). La Gran Guerra se convertía así en el elemento mediatizador del significado de la revolución acaecida en Rusia.


Ilustraciones: Estelí Meza

El impacto revolucionario fue profundo en las organizaciones obreras de los dos países, como han estudiado Juan Avilés y Stefano Caretti. Tan profundo como de trayectoria sinuosa. Algunos se vieron deslumbrados por la radicalidad revolucionaria que trasladando, en buena medida, el ideal revolucionario jacobino al bolchevismo soviético, concebían el albor de un nuevo porvenir. Otros ponían por delante el peligro de que, en plena confrontación en Europa, desapareciera el frente oriental favoreciendo a Alemania y a Austria-Hungría: una cuestión de importancia capital en una Italia en guerra contra los imperios centrales. Y todos ellos quedaban expectantes ante lo que pudiera deparar el nuevo contexto.

Las noticias llegaban a España al mismo tiempo que el Comité Nacional del PSOE (5 de marzo) hacía público su manifiesto contra la neutralidad y la pasividad del gobierno reclamando una acción más clara y activa en favor de las democracias liberales frente al imperio alemán. En este clima —y con los condicionantes ya expuestos— El Socialista, órgano oficial del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), dedicaba una serie de artículos al acontecimiento revolucionario con el título de “El movimiento revolucionario ruso. Contra el espíritu alemán” (17, 18 y 20 de marzo): se ponía fin a un régimen autocrático para dar paso a un régimen democrático que corregía una contradicción en los principios de colaboración entre las fuerzas aliadas. Por su parte, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), el sindicato anarquista, manifestaba su entusiasmo con la acción revolucionaria y celebraba los acontecimientos pasando a constituirse como un elemento más de su discurso antiintervencionista.

A pesar de estas primeras reacciones, el devenir de la guerra es lo que seguía ocupando plenamente la atención. Los efectos de ésta sobre una sociedad “en paz” derivaron hacia la convocatoria de una huelga general en agosto de 1917. Huelga que formaba parte de una tendencia creciente desde el año anterior en la conflictividad huelguística en España, que protestaba por el deterioro de los niveles de vida de la población mientras los beneficios empresariales y financieros vivían una época de esplendor, y que reivindicaba la instauración de un gobierno provisional que convocase unas elecciones limpias. Huelga que no fue acompañada de una insurrección armada ni un proyecto de toma del poder… y que, con la declaración del “estado de guerra” por parte de las autoridades, quedó abocada al fracaso. Lo que promoverá en el seno del PSOE un apoyo creciente de las posturas bolcheviques minoritarias.

El Partido Socialista Italiano (PSI) saludó positivamente la revolución del mes de febrero. Sin embargo, las diferencias de análisis entre reformistas y maximalistas mostraban las crecientes divergencias existentes en el seno del partido. Mientras los primeros, con Turati y Treves a la cabeza, interpretaban los acontecimientos rusos según la ortodoxia marxista, los segundos deseaban el desarrollo socialista de la revolución democrática, tanto que el director de l’Avanti, Giacinto Menotti Serrati, escribió un artículo, ya en agosto de 1917, titulado sintomáticamente “¡Viva Lenin!”. Pero también el intervencionismo revolucionario y democrático se alegró del fin del zarismo. “La vittoriosa rivoluzione russa contro i reazionari tedescofili” tituló con entusiasmo Il Popolo d’Italia. Hasta el mes de octubre Mussolini —que había abandonado el PSI en otoño de 1914— y los sindicalistas revolucionarios miraron con simpatía la revolución rusa e intentaron establecer contactos con el nuevo gobierno, llegando a acoger la delegación de los soviets en Italia en el mes de agosto.

Pero, más aún que en España, país no beligerante, es el desarrollo de la guerra lo que centra todos los debates en Italia. El PSI había sido una excepción en el contexto europeo de las uniones sagradas: fiel al lema “né aderire né sabotare” se había mantenido firmemente antimilitarista y pacifista y había participado a los encuentros de Zimmerwald y Kienthal. Con el pasar de los meses, y el empeoramiento de la situación en el frente y en el interior, el margen de maniobra de los socialistas se reducirá considerablemente. Las protestas en Turín del mes de agosto y, sobre todo, la derrota de Caporetto de finales de octubre, con el avance de los austrohúngaros hasta las puertas de Venecia, tuvieron una doble consecuencia: por un lado, tensaron el partido y lo radicalizaron, ratificando el aislamiento de los reformistas; por otro, crearon un clima irrespirable en el país con una férrea censura y las detenciones de los dirigentes socialistas acusados de défaitisme.

Los acontecimientos de octubre en Rusia generaron reacciones distintas en España. Mientras una parte de los sindicalistas revolucionarios exaltaba desde Tierra y Libertad la destrucción del Estado y la acción de los soviets y ponían en comunión los principios bolcheviques con los de Bakunin, y otros —entre ellos— se mostraban mucho más cautos (Ángel Pestaña desde Solidaridad Obrera), desde el PSOE se hacía frente a un espinoso dilema: ¿cómo criticar una revolución que generaba un gran entusiasmo entre trabajadores industriales y campesinos, su base social, para defender la posición orgánica aliadófila ante el temor de que la Rusia revolucionaria firmará una paz por separado y pusiera fin al frente oriental comprometiendo el triunfo de las potencias capitalistas aliadas? Ante la disyuntiva… el silencio. “Rusia está madura para la democracia. No aún para el socialismo”, de esta forma —en diciembre de 1917— El Socialista hacía pública la posición de los dirigentes del PSOE ante la toma de poder de los bolcheviques. La instauración de la III Internacional en marzo de 1919 prolongará el dilema socialista y la adhesión del PSOE, tras la solicitud de la Agrupación Socialista Madrileña en el mes de julio, se postergará a finales de ese año con el fin de evitar una escisión de la organización. En esas mismas fechas, procedentes de México, llegaban a Madrid dos agentes de la Internacional Comunista (Mijail Borodin y Francis Phillips —bajo el nombre de Jesús Ramírez—) que contactan con el ala izquierda del PSOE para fomentar la adhesión sin conseguir su objetivo. La intención de los líderes de esta corriente, entre ellos Ramón Merino Gracia, era conseguir el acercamiento sin provocar la escisión. La posición de la Unión General de Trabajadores (UGT) era de abierto rechazo a una adhesión por los conflictos habidos en distintos lugares con los sectores maximalistas. Las Juventudes Socialistas, por su parte, reclaman la adhesión incondicional y serán las que, en abril de 1920, fundarán el Partido Comunista ante el malestar de los sectores izquierdistas. En el congreso del PSOE celebrado en junio de 1920 se aprueba el ingreso en la III Internacional previa negociación de una serie de condiciones con Moscú. Fernando de los Ríos y Daniel Anguiano se encargarán de este cometido en Moscú. Tras esta visita el alejamiento de las posiciones respecto al bolchevismo será paulatino. La escisión del PSOE llegará en abril de 1921 con la aparición del Partido Comunista Obrero que se unificará en noviembre de ese año con el PC deparando graves enfrentamientos internos que deberán ser arbitrados por el suizo Jules Humbert-Droz.

En la CNT la llegada de líderes como Andreu Nin y Joaquín Maurín incidirá en la vía pro soviética, a pesar de las prevenciones de Ángel Pestaña ante la dictadura de partido que había observado tras su visita a Moscú en la primavera de 1920, o las críticas del ácrata francés radicado en España, Gaston Leval, respecto al encarcelamiento de anarquistas rusos por parte de los bolcheviques. Finalmente, la posición de no integración (sostenida por Pestaña y Salvador Seguí) se impondrá en el congreso de Zaragoza de junio de 1922, derivando a un sector del anarcosindicalismo hacia el comunismo. Todo ello en un contexto de intensificación de la protesta social, analizado por Carlos Forcadell, conocido como el trienio bolchevique.

En Italia la conquista del poder por parte de los bolcheviques cambió radicalmente la percepción de los acontecimientos rusos, sobre todo por su coincidencia temporal con la derrota de Caporetto. Sin negar el valor histórico de la revolución, Mussolini y los sindicalistas revolucionarios hablaban del “terrorismo rosso” de Lenin y hacían gala de su antibolchevismo para atacar a los socialistas italianos, acusados de ser la quinta columna de los austrohúngaros que habían invadido el país. Los socialistas, en cambio, mostraron un culto a la Revolución de Octubre, que se transformó en un verdadero mito durante todo el biennio rosso (1919-1920), a excepción de los reformistas que controlaban en buena medida el sindicato mayoritario, la CGdL. Quien ofreció, ya a finales de noviembre de 1917, el análisis más lúcido de lo que pasaba en Rusia fue el joven Antonio Gramsci que escribió el famoso artículo “La rivoluzione contro Il Capitale”. Eslóganes como “Fare come in Russia” o “Tutto il potere ai Soviet” se difundieron entre las clases populares de un país que salió gravemente herido de la Gran Guerra, como señaló Elio Giovannini. El maximalismo, dominante dentro de un PSI que llegó a tener 216 mil afiliados en 1920 y que obtuvo el 32,4% de los votos en las elecciones de 1919, hizo suyos estos lemas sin ser capaz de convertirlos en realidad. En enero de 1920 Nicola Bombacci llegó a proponer una Constitución soviética para Italia que el partido rechazó. Ab Oriente Lux, ironizó Scalarini en una de sus viñetas en l’Avanti.

Dentro del socialismo italiano el gran debate se planteaba sobre si la situación era realmente revolucionaria en la Italia de 1919 y 1920: los acontecimientos parecían demostrarlo, entre la ocupación de tierras y fábricas, las grandes huelgas, la crisis del Estado liberal o la ocupación de Fiume por parte de los arditi del poeta Gabriele D’Annunzio. Sin embargo, el PSI no supo ni quiso dirigir estas luchas y se limitó a controlarlas para que no lo desbordasen. El falso consenso obtenido en el congreso celebrado en Bolonia (octubre de 1919), cuando se votó el ingreso en la III Internacional, duró menos de un año. Al regreso de la delegación socialista que había participado en el segundo congreso de la nueva Internacional, la escisión del partido estaba ya cantada. El fin de la ocupación de las fábricas jugó un papel importante, así como el debate subyacente sobre el control obrero en las industrias que defendía el grupo turinés de l’Ordine Nuovo; sin embargo, la cuestión que parecía ser crucial fue la expulsión de los reformistas, en respeto a las 21 condiciones para la admisión en la Internacional Comunista. A esto se sumó la influencia de algunos agentes soviéticos, como Nikolaj Markovic Ljubarskij, alias Carlo Niccolini. En el congreso celebrado en Livorno (enero de 1921), la fracción comunista —que reunía a maximalistas tercerinternacionalistas, el grupo de l’Ordine Nuovo y el grupo napolitano de Il Soviet de Bordiga— fundó el PCd’I, mientras la mayoría del maximalismo se quedó en el PSI tras la ruptura entre Serrati y Lenin. Fue una escisión minoritaria y no mayoritaria, como había pasado un mes antes en Francia.

El entusiasmo inicial por la revolución comenzó su decadencia hacia 1921 en ambos países. Y al mismo tiempo los sectores sociales y políticos conservadores comenzaron una instrumentalización del mito bolchevique, la amenaza inminente de la revolución, para justificar la deriva autoritaria y militar. En España esto dará paso, en septiembre de 1923, a la dictadura de Primo de Rivera y arraigará en la formulación del primer fascismo español. En Italia, ya en octubre de 1922, permitirá la marcha sobre Roma con que el Partido Fascista, fundado en marzo de 1919 por el ex socialista Mussolini, conquistará el poder, tras haber destruido en tan sólo dos años todo el entramado que el movimiento obrero italiano había construido en décadas.

 

Vicent Sanz Rozalén
Historiador. Profesor titular de la Universitat Jaume I.

Steven Forti
Historiador. Profesor titular del Instituto de História Contemporânea, Universidade Nova de Lisboa.

Ensayo

Los soviets y Mahatma.
India (1917-2017)

En la calurosa mañana del 10 de abril de 1917 —tan sólo una semana después de que Lenin promulgara las famosas “Tesis de Abril” tras su regreso a Petrogrado desde Suiza— el abogado Mohandas Karamchand Gandhi descendió de un tren procedente de Calcuta en la estación de Patna, la capital de la provincia de Bihar en el norte de India. El objetivo de su visita era indagar en torno a la explotación por parte de las autoridades coloniales de los agricultores de índigo de la región cercana de Champaran. A su llegada las autoridades distritales exigieron que Gandhi desistiera de su objetivo y, tras la negativa del abogado, lo acusaron de alterar el orden público. Cinco días después, Gandhi se declaró culpable ante un juez de los cargos en su contra, argumentando que la desobediencia civil era el único camino que su concepto del deber le permitía seguir en tales circunstancias. La enorme atención mediática y popular que generó el caso obligó a las autoridades a liberar al acusado, cuya fama como el hombre que se enfrentó al Estado colonial se esparció por toda la India como fuego en una pradera seca. En Champaran la presión de miles de campesinos reunidos para aclamar a Gandhi y presentar sus quejas contra contratistas y terratenientes abusivos llevaron al pago masivo de compensaciones y al cambio de leyes de impuestos en beneficio de los pequeños cultivadores.


Ilustraciones: Estelí Meza

En la campaña de Champaran Gandhi desplegó por primera vez en India la táctica de la satyagraha, la desobediencia civil no-violenta, que había comenzado a poner a prueba durante su larga estancia en Sudáfrica (1893-1915) y que a la postre se convertiría en el pilar de su práctica política. En los años siguientes el experimento se repitió en distintos lugares de la India, cimentando la estatura casi mítica del Mahatma. A partir de este momento la figura y las técnicas de Gandhi se volvieron el centro alrededor del cual giraría la política nacionalista de la India hasta la década de 1940.

La consolidación del liderazgo de Gandhi en los años inmediatamente posteriores a la Revolución de Octubre favoreció la hegemonía del Partido del Congreso entre las filas del movimiento nacionalista y la marginación de las alternativas de izquierda. Gandhi rechazaba la lógica de la lucha de clases y promovía la unión de los distintos sectores de la sociedad India frente al enemigo imperial a la reforma de las estructuras económicas de la sociedad. Sin embargo, su rechazo del socialismo no obedecía solamente a una estrategia de movilización. Gandhi fue abierta y consistentemente hostil al socialismo y al comunismo, doctrinas que asociaba con la amenaza de la violencia y la imposición de patrones culturales ajenos a la civilización India. “La guerra de clases”, afirmaba, “es ajena a la esencia de la India”. En su famoso tratado Hind Swaraj, escrito en 1909, Gandhi enfatizaba la idea de que la independencia de la India debía dar como resultado una forma de gobierno basado en lineamientos civilizatorios propios. La independencia —o swaraj— defendida por Gandhi no podía estar basada en modelos extranjeros, sino que debía nacer de una revitalización de la civilización de la India y un rechazo de la civilización occidental, la cual era tachada como satánica, el resultado de una época oscura y promotora de una concepción degenerada de la vida producida por la ilusión de la velocidad, la productividad y el falso confort. El socialismo, en especial en su variante científica, era visto por Gandhi como un modelo incuestionablemente ajeno y dañino.

Sin embargo, en 1917 la hegemonía gandhiana estaba lejos de estar garantizada. De hecho, su proyecto de desobediencia civil tuvo que imponerse ante una potente corriente de crítica anticolonial materialista que, desde el último cuarto del siglo XIX, había visto en el empobrecimiento causado por la desindustrialización forzosa y la extracción de riqueza hacia Inglaterra como el origen de la ruina de la India. Durante los primeros años del siglo XX la política nacionalista en India se radicalizó de manera dramática, y comenzó a enfocarse de manera creciente en el boicot de productos extranjeros, especialmente los británicos, el desarrollo de industrias indígenas y la protesta, en ocasiones terrorista, en contra del Estado colonial. Al mismo tiempo, y a pesar de la persistencia del liderazgo de las elites urbanas occidentalizadas en la política India desde mediados del siglo XIX, la protesta anticolonial de principios del XX se vio nutrida por el crecimiento de una política obrera de masas en las principales ciudades de la India británica.

Los primeros casos de protesta encabezados por trabajadores industriales tuvieron lugar en Bombay. En octubre de 1908 grupos de trabajadores de la industria textil llevaron a cabo una huelga de seis días, protestando en contra la extensión de la jornada de trabajo tras la introducción de luz eléctrica en las fábricas. Durante la huelga los trabajadores dañaron maquinaria, estrellaron los cristales de una fábrica y destruyeron registros y archivos de sus oficinas. Este episodio puso en jaque a un sector productivo crucial en la economía del Estado colonial y de relieve el potencial de la movilización obrera en favor de la causa nacionalista. A lo largo de la siguiente década la actividad industrial en India creció considerablemente como resultado de los procesos económicos desatados por la Primera Guerra Mundial en Europa. Durante este conflicto numerosos empresarios británicos en India se vieron obligados a abandonar sus negocios para atender a sus deberes militares, abriendo una ventana de oportunidad para la acumulación de capital por parte de empresarios indios. La dificultad de importar mercancías desde Inglaterra para vender en India dio otro gran impulso al crecimiento de grupos industriales locales, entre los que resaltan las casas de los Tata, los Bajaj y los Birla. Como conciencia de estos procesos, entre 1914 y 1917 la producción de las fábricas textiles en India creció en casi un 50%. Este crecimiento llevó al incremento de la importancia de sindicatos industriales, y al surgimiento de sindicatos en otros sectores, como el ferroviario. A finales de 1918 una importante huelga de trabajadores textiles en Bombay reunió a 125 mil obreros, mientras que a principios de 1920 se registró una segunda huelga de alrededor de 150 mil. Este proceso culminó con la creación, en 1920, del brazo sindical del Partido del Congreso, el AITUC (All-India Trade Union Congress), en la que participaron más de 800 delegados de toda la India que pretendían representar a más de 500 mil obreros.

Esta política obrera que durante las primeras décadas del siglo XX comenzaba a gestarse en India se vio fortalecida por el impacto del éxito bolchevique en Rusia. Sin embargo, esta expansión se vio opacada por el inicio de un ciclo de agitación y protestas encabezadas por Gandhi que a la postre llegaría a ser llamado el Movimiento de No-Cooperación. Tras la matanza de casi 400 personas reunidas en la plaza de Jallianwala Bagh, en la ciudad de Amritsar en abril de 1919 por parte de soldados británicos, Gandhi, cuya fama como símbolo de la resistencia anticolonial no había hecho más que crecer desde la campaña de Champaran en 1917, convocó a la población de toda India a manifestar de manera no-violenta su rechazo del Estado colonial a través del boicot económico y la negativa a cooperar con sus instituciones. La respuesta fue apabullante. Entre finales de 1919 y 1921 miles de estudiantes abandonaron sus estudios, cientos de miles de trabajadores administrativos, abogados y policías se negaron a trabajar, las cárceles se saturaron de prisioneros, el sistema de transportes se paralizó y las funciones del Estado se desactivaron. Alejándose de la lógica de lucha de clases que había guiado la protesta obrera en sitios como Bombay, el programa político de Gandhi enfatizaba la importancia de la resistencia pacífica y la unión oposicional de las masas y las elites frente a un enemigo común: el imperio británico.

El éxito arrollador de la movilización paralizó el funcionamiento económico y político del Estado británico y dio inicio a una nueva etapa en la lucha anticolonial India, en la que el reclamo de independencia fue adoptado como el fin último de la política nacionalista. Para los jóvenes formados en el ambiente radical de las primeras décadas del siglo la No-Cooperación marcó el nacimiento de una nueva forma de hacer política alejada de los imperativos de las elites y los altos círculos de poder. A partir de este momento el programa de la No-Cooperación fue adoptado como el credo oficial del Congreso Nacional Indio, y M. K. Gandhi, quien comenzó a ser llamado el Mahatma, se erigió como el líder más importante del nacionalismo anticolonial en la India británica.

El entusiasmo generado por la Revolución de Octubre entre algunos sectores nacionalistas de la India en los años posteriores a 1917 se vio opacado por el impulso del movimiento de No-Cooperación de Gandhi, el cual se nutrió de las premisas nativistas y los sueños de autonomía que impulsaban la política radical de la época. Durante los años siguientes el comunismo y el socialismo permanecieron enclaustrados en los centros urbanos e industriales de la India, mientras que el mensaje de la satyagraha cautivaba a los millones de súbditos imperiales de las aldeas y los campos de India. En 1919 el importante periódico nacionalista The Advocate publicaba lo siguiente: “Afirmar que los líderes indios están inspirados por los ideales bolcheviques […] es una grave perversión de la verdad […]. No existe la más mínima posibilidad de que India abandone el liderazgo de Mahatma Gandhi por el de Lenin”.1

Aun frente a un oponente tan formidable como Gandhi, la política de izquierda echó profundas raíces en India. En décadas siguientes esta corriente se cimentó con la creación de grupos y partidos que actuaron en colaboración y contraposición al Partido del Congreso hasta el fin del imperio en 1947. Por un lado, una importante facción de líderes de inclinaciones socialistas, entre los que se hallaba el joven Jawaharlal Nehru, buscaron llevar al Congreso hacia la izquierda y contrarrestar a elementos más conservadores y elitistas dentro del partido. El creciente éxito de esta facción socialista desembocó en el importante papel jugado por la India, durante el gobierno de Nehru (1947-1964), en el Movimiento de los Países No Alineados y el proyecto del Tercer Mundo. Por otro lado, el Partido Comunista, fundado en 1925, logró consolidarse como una de las fuerzas políticas más importantes a nivel nacional, y gobernar durante décadas los Estados de Bengala Occidental y Kerala. Es importante resaltar que el éxito electoral del Partido Comunista de India no ha venido acompañado de una renuncia de su adhesión a la ortodoxia marxista, lo que lo convierte en una de las pocas fuerzas activas hoy en día en defenderla desde el interior de la arena democrática.

En décadas más recientes la izquierda en India ha estado otra vez a la defensiva ante el éxito espectacular —y violento— de la llamada derecha hindú. Aun así, está lejos de desaparecer, y representa hoy en día un importante bastión de oposición a las políticas neoliberales y el crecimiento del chauvinismo étnico. Sus distintas facciones activas incluyen las múltiples escisiones del movimiento maoísta, un amplio y heterogéneo sector no gubernamental y apartidista estructurado en torno a categorías de clase, casta, género e identidad regional, así como a distintos partidos activos en la arena democrática tanto a escala regional como nacional. A pesar de sus difíciles inicios la izquierda en India, y sobre todo la marxista, ha sabido sobrevivir al eclipse de los ideales gandhianos, la decadencia del Partido del Congreso, e incluso fortalecerse en una época en la que la mayoría de los antiguos partidos socialistas y marxistas del mundo han desaparecido o abiertamente adoptado y celebrado el agresivo lenguaje del libre comercio.

 

Daniel Kent Carrasco
Doctor en historia intelectual por la Universidad de Londres. Actualmente es becario del programa de Becas Posdoctorales de la UNAM en el Instituto de Investigaciones Históricas.


1 The Advocate, Lucknow, 1919. Citado en Zafar Imam, “The Rise of Soviet Russia and Socialism in India, 1917-1929”, en Bal Ram Nanda, ed., Socialism in India (Delhi, Vikas Pubications, 1972), p. 54.

Expediente

Las desaparecidas de Veracruz

Este reportaje da a conocer la historia de un grupo de mujeres que desapareció en Veracruz y el entramado de las autoridades que ha impedido saber qué sucedió con ellas

Cuando aparecen las camionetas negras detrás de la que en ella viaja, Mayra no tiene que adivinar qué está por venir. Ha aprendido, durante su convivencia con Los Zetas, a descifrar sus códigos operativos básicos. Sabe, por lo tanto, que las camionetas blancas sirven para acciones cotidianas. Y que las negras son de guerra; llevan la muerte. Esto le permite reaccionar con rapidez para emitir un último mensaje, antes de que la tripulación de sicarios se apodere de su celular. Le ruega a su pareja que rece por ella y las otras siete mujeres que la acompañan. Después se impone el silencio. Las respuestas que él le envía envuelto en pánico ya no tienen quien las reciba.

Es el 28 de noviembre de 2011 y en Jalapa, la capital veracruzana, se desarrolla una campaña de limpieza. En cinco días, del 26 al 30 de noviembre, desparecen 13 mujeres jóvenes, incluidas las anteriormente mencionadas. En total, entre octubre de 2011 y febrero de 2012, el número se eleva a 50. Su gran mayoría no ha cumplido los 25 años, todas son de la misma zona, se desvanecen en el mismo lapso, y ninguna ha sido hallada hasta la fecha. No son sus únicas características compartidas. Formaban parte de un creciente mercado de “damas de compañía” que dispensaba juventud, belleza y sexo al estrato superior del poder regional, integrado por funcionarios altos y cercanos a Javier Duarte, empresarios —y los líderes regionales de Los Zetas.

Servían de adornos para los amos de Veracruz y para las lujosas fiestas en las afueras de Jalapa, en las que se autocelebraban y donde forjaron pactos y negocios. Este poder que parecía intocable las proveía de la ilusión de ascenso social y de protección. Resultó efímero y fatal. No vieron que para una clase política-criminal construida sobre la destrucción deliberada de la vida humana, siempre iba a prevalecer la lógica innegociable de la autoprotección. En cuanto sus narrativas de lo que —y a quiénes— habían visto empezaron a reemerger en la vox populi, su degradación a portadoras desechables de información comprometedora fue automática. Las ocho desparecidas del 28 de noviembre fueron contratadas para una fiesta que nunca iba a tener lugar. Las demás se desvanecieron bajo circunstancias similares.

La historia de las 50 va más allá de un feminicidio masivo por diseño criminal. Los hechos se pueden reconstruir parcialmente, a partir de los incompletos expedientes de la Fiscalía General del Estado de Veracruz (FGE) —a los cuales nexos tuvo acceso—, de las voces informantes fuera y dentro del estado y ante todo de las de algunos de los padres que han investigado por su propia cuenta, bajo amenazas de muerte. De este conjunto  de datos surge una radiografía incipiente de cómo un poder criminal desbordado se asentó en la región, y de cómo las instituciones de seguridad del estado fueron desfiguradas sistemáticamente para garantizar una impunidad impecable hasta hoy. Ilumina, de esta forma, las consecuencias de la colusión entre políticos y criminales (en nómina) donde el proceso en contra de Duarte se ha centrado en el desvío de fondos públicos. Hasta la fecha ni una palabra se ha mencionado de los crímenes de lesa humanidad, y por lo tanto el papel del Estado en la transformación de Veracruz en uno de los campos de muerte de América. Los colectivos de víctimas han contabilizado la desaparición de hasta 20 mil personas sólo en Veracruz. Es una cifra que mina por completo la narrativa oficial de los 27 mil desparecidos a lo largo de la República, exigiendo su revisión fundamental.


Ilustraciones: Adrián Pérez

 

Para Carlos Saldaña Grajales la neblina de la perplejidad e impotencia súbitamente se inyecta con un resquicio de esperanza. Su hija Karla Nayelli Saldaña Hernández, una de las 50 desaparecidas, y su hermano Jesús Alberto Estrada Martínez llevan nueve días sin que nadie sepa de ellos, hasta que el 8 de diciembre, cuando su otro hijo está esperando cruzar una calle céntrica de Xalapa, observa un Peugeot azul: es el carro de su hermano, aún con las mismas placas. En él viajaron Karla y Jesús el día de su desaparición. Su reacción inmediata de llamar a la policía y seguir al carro lleva a la detención del conductor. Es un ex policía municipal, despedido en mayo del mismo año. Saldaña interpone dos denuncias, una por desaparición y otra por robo de vehículo. Se trata de un testigo clave para dar con el paradero de sus hijos. No obstante, es liberado tres días después, al declarar que el carro se lo prestó un amigo para una prueba de manejo. La denuncia por desaparición no se procesa, y el conductor no es cuestionado al respecto.

Saldaña exige la localización del amigo, cuyo nombre reveló el conductor: Carlos Filiberto Rojano Oyarzabal, otro ex policía. Imposible, según la FGE, ya que en su supuesto domicilio sólo se encontraría un terreno baldío. Saldaña, incrédulo y habiendo peinado redes sociales por su identidad y dirección, acude al lugar. Halla una casa de ladrillo y mortero. La funcionaria responsable, confrontada con la evidencia, empieza a negar rotundamente la existencia de Rojano en vez de admitir la contradicción. Exactamente cuatro años después de la desaparición, el 29 de noviembre 2015, Rojano vuelve a irrumpir en el escenario. Sufre un accidente automovilístico que le deja sin un brazo. Algo parecido a “justicia divina”, según Saldaña. Pero aún así, Rojano niega cualquier involucramiento, y también lo dejan ir.

Para Saldaña esta secuencia es el primer desencuentro con el estado. En los años siguientes se volvería una constante kafkiana de su vida. Y cada acto de omisión y obstrucción lo colocaría cada vez más firmemente dentro del laberinto de su dolor. Aceptar la impotencia nunca fue opción ni para él ni para los otros familiares que se han organizado en los colectivos de víctimas. Donde ha habido avances ha sido gracias a su labor investigativa y porque han sabido emplear la información obtenida para desenmascarar y presionar al estado. Una de las madres que me compartió su historia, y la de su hija desaparecida, visualiza su vida como la disyuntiva  entre “pegarse un tiro” o “seguir luchando”.

La lucha también se libra en el campo psicológico, dentro de las cabezas de quienes han sido dejados atrás. El trauma aquí se manifiesta como una criatura cruel que transforma a sus víctimas en agentes de su propio sufrimiento y el de su entorno. “Uno se descontrola demasiado fácil”, se refirió la misma madre a quien penetran aún los caracteres más pacíficos, trayendo a la superficie agresiones y cobrando en relaciones rotas. Saldaña no fue la excepción: se separó. Después conoció a Victoria Delgadillo Romero. Tenían cosas en común: su hija, Yunery Citlally Delgadillo Hernández, es parte del grupo desvanecido el 28 de noviembre de 2011, su relación también había colapsado y mostraron la misma urgencia de saber lo que había pasado.

Lo que sigue, para ellos, toma la forma de una búsqueda arqueológica de los pasados de sus hijas, un ejercicio a menudo doloroso. Con la ayuda de un par de aliados selectos dentro y fuera del Estado, y a través de la gradual construcción de una amplia red de informantes, cazan pistas, cachito por cachito. Extrapolando con quiénes se asociaban, qué lugares frecuentaban y cómo eran sus vidas más allá de la mirada paterna, esperan descifrar cómo se produjo su desaparición y a dónde fueron llevadas. Lo que emerge coloca a sus hijas dentro de la órbita del sistema social a través de la cual Los Zetas colonizaron Veracruz: narcomenudeo, robo de carros, secuestro, extorsión, trata de blancas y prostitución.

Un ex policía con familiaridad con el sector recordó cómo, a raíz de la presencia de Los Zetas, las avenidas semicéntricas de Jalapa se inundaron de focos rojos. Marcaron la apertura de “casas de citas”, adonde acudieron clientes de poco poder o de recursos limitados. No fue el sitio de las 50. Ellas fueron seleccionadas, en bares, antros, o por su anterior experiencia de edecanes en campañas políticas y comerciales, para integrar el segmento elite del mercado, integrado por escorts de alto nivel. Las reclutadoras, mujeres de mediana edad, ocuparon particular importancia dentro de la estructura emergente como aquellos nudos organizacionales garantizando que los amos tuvieran acceso a lo que anhelaban. Destaca, entre ellas, el papel de Nancy Hernández Moreno, maestra de una secundaria técnica en su trabajo diurno. Ya que a ella, en los expedientes de la FGE, se le señala como quien invitó a las ocho al evento del 28 de noviembre. Hernández, tal como otros testigos clave y posibles cómplices, hoy es ilocalizable.

Al principio fueron contratadas como edecanes para eventos sociales no especificados, pero bien remunerados. Se volverían una presencia constante en las fiestas. El mecanismo que llevó a su posterior y gradual inmersión en el hoyo negro político-criminal fue tan sencillo como prevalente en un México en que sueños materialistas se combinan con vías legales bloqueadas para perpetuar el crimen organizado como fenómeno social amplio. Conforme a que se les fue abriendo la perspectiva de un ascenso social fuera de su alcance bajo circunstancias normales, su papel se mudó. Algunas se hicieron amantes de líderes zetas como Marcos Jesús Hernández Rodríguez, alias El Chilango, temido por responder al más mínimo reto a su palabra con la muerte. Otras resbalaron más. Como señuelos, participaron en “levantones”, chantajeando y convirtiendo en presa fácil a hombres designados una vez que las habían seguido a un hotel o a otro lugar.

El tiempo que duraban se aprovechaban considerablemente de lo que parecían arreglos de beneficio mutuo. Una de ellas, amante de Hernández Rodríguez y, a su vez, ya con funciones de reclutamiento, de un día a otro llegó a la universidad en una camioneta Porsche. Otras fueron colocadas en la Secretaría de Finanzas y en el portal de internet Los Grillos, altavoz de propaganda duartista manejada por Gina Domínguez Colío, la ex vocera de Duarte detenida en mayo pasado bajo cargos de desvío de fondos públicos. Y aparte de pagos de unos cinco mil pesos por evento, algunas recibieron cirugías estéticas, remodelándolas según el criterio de los amos. También derivaron su propio poder de la sombra de estos últimos, invocando a influyentes para imponerse en conflictos banales-cotidianos en escenarios como antros en las primeras horas del día. Estas palabras demasiado públicas jugaron, aparentemente, un papel clave en la decisión de deshacerse de ellas.

La línea divisoria entre víctimas y victimarios se vuelve borrosa. Victoria Delgadillo, madre de Yunery, lo planteó con claridad en una de nuestras conversaciones. Pero rechazó contundentemente la lógica de que quienes caen en la fuerza gravitacional de las organizaciones criminales merecen su destino. “Si han hecho algo mal, que las procesen”, me dijo, “pero esto no les da el derecho de matarlas”.

Esta lógica, eminente en el país entero desde la escalada del conflicto interno mexicano a partir de 2006, todavía fue palpable después de la caída de Duarte, bajo el gobierno de Miguel Ángel Yunes Linares. Mientras que su procurador, Jorge Winckler Ortiz, esquivó cualquier conversación conmigo, uno de sus colaboradores cercanos se prestó a hablar, en capacidad no oficial y bajo la estricta condición de su anonimato. Para él, dijo, los reclamos de los padres hacia la FGE eran incomprensibles. No se hicieron cargo de sus hijos, subrayó, “aunque sabían que andaban en malos pasos, y ahora que es demasiado tarde quieren que nosotros se lo resolvamos”. Que funcionarios se autoproclamen guardianes de la moralidad para bloquear las puertas a la justicia forma parte de una plétora de técnicas empleadas por las instituciones de seguridad veracruzanas para obstruirla sistemáticamente. Surgen, con una regularidad impresionante, en las voces de las decenas de madres, y del padre, con quienes interactué en diferentes puntos del estado. Desvelan, así, una secuencia que parece un guión y que es crucial para entender la producción de la impunidad con la cual los perpetradores con o sin corbata se han cobijado.

La secuencia empieza en los primeros momentos de denuncias por desaparición. La respuesta de los agentes ministeriales responsables parece haber sido su rechazo reflexivo bajo pretextos como que “seguramente sólo se fue con su amante”, o que habría que esperar 72 horas antes de poder iniciar cualquier acción. Todo en contravención directa de los protocolos de búsqueda de personas extraviadas firmados por los gobiernos mexicano y veracruzano. Sigue el no-cumplimiento de las diligencias establecidas por ley, tal como el informar e involucrar a otras autoridades que deberían asistir y compartir información, el cuestionamiento de testigos y presuntos culpables, el levantamiento y procesamiento de pruebas de ADN y la obtención de sábanas de llamadas telefónicas, claves para establecer tanto asociaciones sociales como el último paradero de desaparecidos. Para todos estos pasos básicos los borradores para los expedientes de la FGE reservan casillas a marcar. En los expedientes de las 50 lucen, salvo pocas excepciones, vacías, aun años después.

Aquellos que no se dejan desalentar por lo anterior y presentan, como Saldaña y Delgadillo lo han hecho, inteligencia concreta, transitan a un nivel proactivo de la obstrucción. Incluye, a menudo, el fingir acciones. El ejemplo más grave para ello es quizás la afirmación de la FGE de haber visitado y encontrado nada que soportara la existencia de un cementerio clandestino en las Colinas de Santa Fe en las afueras del puerto de Veracruz, tal como el Colectivo Solecito había señalado. Poco después las madres empezaron a excavar por su propia cuenta, ahora bajo acusaciones del delito federal de la alteración de evidencia. Hasta la fecha el predio ha revelado 274 cuerpos. Continuemos: testigos no se pueden localizar. Se pierden expedientes y otros documentos oficiales, tal como el Libro 19 de la FGE, uno de los tomos de lo que ya es una pequeña biblioteca con listados de desaparecidos en Veracruz y que incluía a las 50. O bien, una vez que un determinado funcionario se haya familiarizado con los casos a su cargo es cambiado a otro puesto, dejando a su sucesor empezar desde cero.

 

Todo lo anterior ayuda a explicar por qué la FGE tardó tres años y cuatro meses para reconocer, en un así llamado acuerdo de acumulación, que por lo menos 13 de los 50 casos estaban interrelacionados. Y todo se debía, según Saldaña y Delgadillo, al esfuerzo de un funcionario escapándose del patrón y con un compromiso palpable con ellos y sus hijos. Pero cuando lo hizo, no se tapó la boca. Subraya las omisiones mencionadas arriba, exponiendo a sus colegas y a la FGE. Constata además que las desaparecidas “tenían contacto con empresarios, funcionarios de gobierno y miembros de grupos delictivos debido a su trabajo como damas de compañía”. El fragmento más explícito se encuentra en la conclusión: “Estamos ante la presencia de una fuerza bien organizada… que toca niveles incluso políticos… lo que significa que es muy posible que existan actos de corrupción e impunidad, con lo que se logro [sic] en su momento el ocultamiento de… centros de prostitución, por lo anterior, queda demostrado que estamos sin duda ante la presencia de una organización de delincuencia organizada…”.

Que un documento producido por el estado, y por un burócrata de poco rango, contenga acusaciones de tal gravedad en contra de prominentes figuras políticas —los incluye en su definición de “una fuerza bien organizada”— lo hace excepcional. Aunque al mismo tiempo tuvo la reacción predecible. Poco después de circular el expediente a sus superiores, lo citan, haciéndole saber que la investigación tendría que pararse inmediatamente. Que es por “razones de Estado”; es el único motivo que se le proporciona. Debido a su insistencia, según Saldaña y Delgadillo, es despedido de la FGE y amenazado. Se logra el efecto intencionado: la investigación se cae, y no se da seguimiento a las acusaciones contra los políticos presuntamente involucrados, entre ellos figuras centrales del duartismo.

Aquí, en las amenazas, se muestra que el poder blando descrito en los párrafos anteriores viene respaldado por su latente potencial de transitar a uno duro y abiertamente violento. Con alta frecuencia surgen en las narrativas de las madres amenazas, emitidas por funcionarios y criminales nominales. Aseguran, además, que se han producido desapariciones segundarias de testigos potenciales. Pero la naturalidad, reminiscente de un organismo biológico expulsando a un cuerpo extraño, con la que la FGE se volvió en contra del funcionario indica que la impunidad también se forjó dentro de las instituciones, a través de un sistema autoritario-criminal diseñado para garantizar la docilidad de los propios elementos.

José1 se ha salido de él. No obstante, en mi primer encuentro con el ex policía estatal en un café céntrico de una ciudad principal veracruzana, es como si haberlo vivido lo acompañara como una neblina de la cual no se ha podido salir. Menos en un Veracruz que pueda llamarse postduartista sin que eso signifique que las redes criminales-políticas hayan sido desmanteladas o que su predisposición violenta haya disminuido. Una mera reflexión de otros encuentros míos es, entonces, que la conversación se dé en voces casi ininteligibles, que insistamos, los dos, en la anonimización, que no dé la espalda a la puerta, y que dedique los primeros minutos para desentrañar mi identidad y sus posibles contradicciones. Lo que sí es diferente, en el segundo encuentro, es que súbitamente interrumpe la conversación para sutilmente dirigir mi atención a un hombre de unos 45 años. Llegó sólo para sentarse, a pesar de que habíamos escogido otro café por su ausencia de clientes, a una mesa sospechosamente cercana a la nuestra. Dice haberlo visto la última vez. Pedimos la cuenta y nos cambiamos de lugar.

Precaución debida o paranoia —es una distinción no factible después de que la incertidumbre ha sido cultivada como el brazo largo del terror por años—. Nula relevancia tiene para alguien que fue enviado a morir por sus comandantes y vivió para contarlo. Cuando se enlistó, José dice haber anhelado un papel honorable, tal como la herencia militar dentro de su familia lo dictaba. La burbuja estalla cuando le pasan por la ventana de su patrulla sobres enviados por Los Zetas. Asegura haberlo reportado a sus superiores las primeras dos veces, negando el soborno. Su reacción —le dijeron: “disfrutar la vida y aceptar”— presagia realidades institucionales más siniestras. En retrospectiva, resume su papel como el de un “halcón”. Recibieron, según él, instrucciones explícitas de “no meterse” —tardar en o no acudir a escenas de crimen, ignorar pedidos de auxilio, no reportar movimientos sospechosos como los de hombres armados—, pero sí reportar, de manera inmediata, la presencia de fuerzas federales. Fue lo menos. Ya que afirma la existencia de “fuerzas especiales” dentro de la dependencia, bajo el mando directo del entonces titular de la Secretaría de Seguridad Pública de Veracruz, Arturo Bermúdez Zurita. “Ellos”, dice José, “tenían patrullas clonadas distribuidas estratégicamente a lo largo del estado… para los trabajos sucios”. Trabajos sucios se traducen aquí, según él, en matar o desparecer a personas inconvenientes, o bien en secuestros por lucro.

Poco después del rechazo del primer sobre, José acude a una casa en donde un tiroteo ha sido reportado. Entra con otro elemento. Se prende la luz, y se ve frente a 40 hombres fuertemente armados. Suelta su arma, esperando lo peor, pero emerge un hombre que se dirige a él por su nombre, y que reitera lo que sus superiores le dijeron. “Les dije que no le podía entrar por mis hijos”, recita su respuesta, “pero ya me habían investigado. Sabían que era mentira, y esa persona —era El Amarillo2—  me mencionó el nombre de mi novia y su escuela”. Posteriormente sigue la intimidación por parte de Los Zetas. En una ocasión lo interceptan y le dan una paliza, volviendo a insistir en su obediencia. Pero la verdadera escalada la ejecutan sus propios comandantes. Lo hacen venir, y después de haberle quitado su rifle semiautomático y su chaleco antibalas, anuncian su despliegue a una de las zonas más asediadas del estado. Es un castigo común, y el motivo por el cual, según José, sólo 15 de los 40 que integraban su grupo en la Academia de Policía de Veracruz sigan hoy con vida. José renuncia y el día siguiente el convoy en el que viajaría es emboscado. Tres de sus colegas mueren. 

La transformación de las instituciones de seguridad veracruzanas en enclaves autoritarios protectores, y ejecutores de operaciones criminales al costo de la absoluta negación de los derechos de sus elementos fue, al igual que las ya mencionadas técnicas de obstrucción por parte de la FGE, diseñada para aplastar cualquier resistencia y, con ella, la esperanza. Muchos la perdieron. Pero para otros sigue vigente la selección entre bala y lucha. Frente a ello, Saldaña y Delgadillo han llevado la búsqueda al siguiente nivel. Aun cuando ha supuesto asumir dos trabajos de tiempo completo simultáneamente. De la triangulación de los datos extraídos de informantes y las sábanas de llamadas, han podido delimitar el área que podría contener los cuerpos de sus hijos. Los ha llevado a buscar en ranchos, predios, cañones y basureros.

Donde han entrado, encontraron las silenciosas huellas de la topología del terror zeta: “cocinas” usadas para disolver cuerpos; un hoyo con 500 prendas, entre ellas de niños y mujeres; paredes marcadas por balas; vegetación que indica tierra removida; y una casa escondida en la profundidad de una barranca, las cadenas todavía fijadas en la pared. Ha sido de alto riesgo. En el área siguen operando las mismas células criminales, aunque ahora bajo un nuevo líder que, según Saldaña, “tiene la fama de ser, digamos, un poco menos sanguinario” que su predecesor. En más de una ocasión han tenido que abortar sus misiones por la visible presencia de hombres armados. Y tan reciente como en mayo de este año, se despertó en la mañana para encontrar una nota detrás del limpiaparabrisas de su carro. Fue una amenaza de muerte, avisándole: “Bájale ya”.

Pero todo esto, me dijeron en julio, vale la pena cuando se logra identificar y entregar un cuerpo, incluso cuando al mismo tiempo se disuelva la breve esperanza de que pueda ser la propia hija. Durante su investigación habían detectado incongruencias entre documentos oficiales, exitosamente presionaron al gobierno para exhumar tres cuerpos enterrados en una fosa común sin que se hubieran aplicado las pruebas de ADN debidas. Cuando Saldaña revisa las fotos de los cuerpos en el ministerio público, emite la frase que habían esperado por años: “¡Esta sí es!”. El pelo, pintado de rojo, la longitud —“era el look que la hija de Vicky [Delgadillo] se puso poco antes de su desaparición”—. Llama a su pareja y le comparte las noticias. “Me puse un poco acelerado”, dice pasando revista, ya que la prueba de ADN resulta negativa. Pero lleva a la identificación de otra desaparecida, y el 28 de julio participan en la entrega de ella a su familia. “Claro que fue un golpe”, dice Saldaña, “pero la ayuda a los demás, eso sí nos motiva. Dijeron [los familiares] que nunca esperaban volver a ver a su hija. Dijeron que éramos sus ángeles. ¿Y qué nos queda? Revisar más expedientes, y seguir”.

En Veracruz, más allá de éxitos singulares, la esperanza vivió un breve auge después de que Yunes proyectara un cambio radical durante su campaña para gobernador. Depuraría a las instituciones, y brindaría el apoyo necesario para que los padres de los desaparecidos pudieran alcanzar certeza y clausura. Los recibió, y los escuchó —diferencias sustanciales con la era Duarte—. La entrega de medallas a representantes de algunos de los colectivos, poco después de que Yunes ocupara el palacio de gobierno el 1 de diciembre 2016, pareció validarlo. Pocos meses después, Lucía de los Ángeles Díaz, una de las voces fuertes del Colectivo Solecito, lamenta que ella también se dejó arrullar por la retórica progresista. Para ella, siquiera antes de que su medalla pudiera empolvarse, las promesas han colapsado, a la par con la comunicación con Yunes y Winckler, el fiscal general. Hoy sus peticiones para audiencias son ignoradas. “Al final”, dice, “les crees porque les quieres creer. Cuando caminas por Reforma piensas que México es un país civilizado. Pero detrás de la fachada somos como el Congo. Aquí no hay democracia”. El hecho de que el Fiscal Especial en Atención de Denuncias por Personas Desaparecidas tenga sólo cuatro elementos a su cargo es una cosa. Otra es que detrás de la fachada, según miembros de varios colectivos, se está desarrollando un juego cínico. A través de la canalización de recursos hacia quienes se prestan a la cooptación, se estarían creando deliberadamente divisiones entre los activistas, aplacando una voz incómoda también para alguien con ambiciones más allá de la entidad. 

Para Saldaña, el tiempo de las audiencias ya ha pasado. La búsqueda a ras de suelo como él la forja, dice, no depende de ellas, sino de apoyos concretos. Y últimamente detecta una mayor disposición de la FGE de darle acceso a los documentos que requiere. Su pragmatismo, no obstante, está lejos de traducirse en confianza. Él también sabe que la depuración interna no se ha efectuado, y que la institución sigue salpicada de mandos y otros elementos acusados de corrupción y enlaces criminales. Esta continuidad tiene que ver con el simple hecho de que una guerra en contra de la propia burocracia, y su históricamente arraigada cultura antidemocrática, la paralizaría por completo. Pero quienes tienen razón de temer la pérdida de sus puestos, y de su libertad, tampoco han tardado en tomar los pasos necesarios para autoprotegerse. Antes del cambio del gobierno, un número considerable de funcionarios crearon nuevos, o se unieron a sindicatos existentes, así introduciendo obstáculos para cualquier acción en su contra ex ante. La reforma hacia la legalidad resulta un laberinto, también. Independientemente de si uno asume la existencia una voluntad correspondiente o no.

De esta forma, el pasado se mantiene como el presente para Veracruz. Basta ver cómo las filas de los colectivos se siguen llenando con nuevos miembros. La actual alza de ejecuciones en el estado no ha fallado en traer consigo a su fiel sombra, una nueva ola de desapariciones. Para Saldaña y Delgadillo el pasado tampoco puede devenir tal hasta que den con el paradero de sus hijos. Sin que se produzca la certidumbre, por cruel que fuera, seguirá esparciendo sus huellas para penetrar su presente, y futuro. Basta prender la televisión, o abrir un periódico, para atestiguar la libertad de quienes integraban su círculo íntimo, y que se señalan como autores intelectuales de la operación de limpieza. Que unos, a pesar de ello, hayan sido promovidos al nivel federal, los vuelve quizás más peligrosos aún. Al difundir y comprobarse así, debería traducirse en un golpe definitivo. Incluso en un país con una casi inigualable resiliencia de carreras políticas a escándalos severos y frecuentes. Pero para ello se requeriría de una investigación, y prosecución, comprometida. Lejos de materializarse, las redes implicadas siguen reforzando su autoprotección. En mayo se reactivó la cuenta de Facebook de Yunery. A casi seis años de ver a su hija la última vez, para Delgadillo fue como si un fantasma se manifestara. Hasta que se dieron cuenta de que se estaba ejecutando otra limpieza. Desde entonces quien o quienes se han apoderado de su cuenta han borrado fotos que mostraban a Yunery y otras de las 50 con políticos, y sus amistades con ellos. ¿Sabrán que Facebook nunca vuelve a soltar la información que engulle?

 

Falko Ernst
Periodista e investigador.


1 Nombre cambiado por razones de seguridad.

2 Mauricio Guizar Cárdenas, líder zeta para el sur de México antes de su detención en julio 2012.

Ciudad de libros

“La estadunidense es una sociedad totalmente esquizofrénica”.
Entrevista con Ben Fountain

La primera vez que escuché hablar de Ben Fountain fue leyendo el famoso artículo que le dedicó Malcolm Gladwell en el New Yorker del 20 de octubre de 2008, donde detallaba la fascinante trayectoria que lo había conducido a publicar su muy exitoso libro de cuentos Brief Encounters with Che Guevara, luego de 18 años de haber renunciado a su trabajo como abogado para consagrarse a su objetivo de convertirse en escritor. Lo siguiente que supe de él fue cuando en noviembre de 2017, en un panel en el que yo participaba en la Feria del Libro de Texas, en Austin, un hombre de edad mediana y modos suaves nos preguntó a los panelistas qué consejo político podríamos dar a los estadunidenses, a la luz del ascenso de Donald Trump (las elecciones estaban a pocos días). Posteriormente, el mismo hombre se acercó a que yo le firmara un libro (tras aclarar que ya lo tenía, pues estaba suscrito a Deep Vellum, la editorial que lo publicó en inglés, pero que lo había comprado de nuevo para tenerlo firmado), y se presentó como Ben Fountain, momento en el cual casi se me caen los calzones de la impresión.

Conmovido por su amable gesto, compré de inmediato tanto su libro de cuentos como su premiada novela, El eterno intermedio de Billy Lynn (publicada en español por Contra Ediciones), mismos que leí con fascinación por la imposible combinación de inteligencia, humor, profundidad, y una prosa tan elegante como poco pretenciosa. Al poco tiempo fui invitado de nuevo a Dallas y le solicité una entrevista, que me concedió —nuevamente con gran amabilidad— en su hogar. Tras nuestra charla, y después de prepararme un almuerzo en una bolsa para el trayecto en el autobús que yo debía tomar rumbo a San Antonio, como mi taxi jamás llegó a pesar de interminables llamadas, Ben me condujo a la estación, situada en el otro costado de la ciudad, e hicimos más de una hora a causa de un tráfico infernal. Pese a que le pedí disculpas avergonzado a lo largo del trayecto, jamás perdió la calma y, dado que perdí el autobús, todavía al final me ofreció que si no conseguía tomar otro, podía volver a hospedarme en su casa.


Ilustraciones: Izak Peón

La siguiente es la conversación sostenida con uno de los mejores escritores y seres humanos con los que me haya topado en tiempos recientes.

Eduardo Rabasa: ¿Podrías compartir con los lectores mexicanos cómo fue que te hiciste escritor?

Ben Fountain: Creo que adquirí el deseo de ser escritor a los 16 o 17 años, después de leer a Hemingway. Fui a la universidad y estudié literatura, tomé un par de cursos de escritura creativa, y me convencí de que tenía lo necesario, quizá no en términos de talento, pero sí de facilidad, así que me enfoqué en el costado académico de la literatura. Pero la idea de graduarme de la universidad y convertirme en escritor me resultaba muy intimidante, así que me metí a estudiar derecho.

ER: ¿Dónde fuiste a la universidad?

BF: Fui a la Universidad de North Carolina, que es donde yo crecí, y después estudié derecho en la Universidad de Duke. Creo que mi esperanza era que me gustaría mucho ser abogado y me olvidaría de la escritura, que tendría una carrera segura y lucrativa, que sería respetable y ganaría buen dinero, y así me olvidaría de la escritura. Porque escribir me asustaba. Pero tras cinco años como abogado me di cuenta de que nunca estaría en paz si no hacía un esfuerzo serio de escribir narrativa. Creo que era un impulso muy poderoso en mi interior. Así que se lo comenté a mi esposa, a quien había conocido estudiando derecho y a quien le advertí en nuestra primera cita que quería ser escritor, y no abogado, así que fue advertida (risas) y me apoyó durante todos esos años en los que parecía que yo no iba a ninguna parte.

ER: Así que cuando finalmente renuncias a tu trabajo y te sientas a escribir, ¿cómo comenzaste?, ¿tenías alguna idea?

BF: Tenía una idea para un cuento y sabía cuál era la primera escena. O, más bien, tan sólo el principio de la primera escena. Así que ese día me senté a escribir y más o menos salió bien la cosa. Y después el segundo día me senté y me di cuenta de que no sabía qué debía suceder ahora, y ahí fue cuando me invadió el pánico.

ER: Dijiste, ¿qué hice?

BF: Exacto, ¿qué hice? ¿En qué me metí?

ER: ¿Y cuánto tiempo después empezaste a ir a Haití?

BF: Comencé a escribir en 1988, y la primera vez que fui a Haití fue en 1991. Jamás había salido de Estados Unidos. No conozco a nadie en Haití. Fui yo solo, simplemente me apersoné un día. Tenía la idea de escribir una novela ambientada ahí, así que decidí que tenía que ir. En todo caso, siempre me había interesado ese lugar. Me parece que es un paradigma para la política, el poder, la cuestión racial, la historia, pues todas estas cosas alcanzan un punto de ebullición de forma bastante directa. Pensé que si quería ser un tipo determinado de escritor, alguien que intenta comprender por qué las cosas son como son, Haití era un buen sitio para ir.

ER: ¿Y cuánto tiempo después apareció el libro?

BF: 18 años. Firmé el contrato tras 17 años de escritura, durante los cuales no hubo libro ni contrato, hasta que en 2005 firmé y en 2006 se publicó Brief Encounters with Che Guevara.

ER: ¿Cómo fue el proceso de escritura de esos 17 años?

BF: Escribí dos novelas y media en ese periodo. Novelas fallidas. Escribí muchos cuentos. Algunos se publicaron en revistas. Puedo decir que no escribí nada que me convenciera hasta que llevaba 10 años escribiendo. Publicaba algunos cuentos, pero después los releía y los detestaba. Y fue como a los 10 años que comencé a escribir los cuentos que finalmente aparecieron en Brief Encounters.

ER: ¿Estás seguro de que las novelas son fallidas?

BF: La primera, ambientada en Haití, sí, aunque aprendí mucho escribiéndola. Era la escritura mala que tenía que llevar a cabo para llegar al punto en el que quizá algún día escribiera algo que valiera la pena. No tenía nadie que me ayudara, que leyera mi trabajo. Cometía muchos errores, pues como soy muy obstinado, cuando emprendo un camino me sigo por ahí, hasta que me topo con un muro. Y en cierto sentido es algo bueno, porque para ser escritor hace falta resistencia y perseverancia, pero también puede ser malo, porque puedes pasarte años intentando que funcione algo que en retrospectiva es posible ver que no iba a funcionar. No sé si malgasté muchos años, porque nunca dejé de trabajar, y quizá tenía que pasar por ahí, pero tomé muchos senderos equivocados.

ER: ¿Por qué le pusiste ese título al libro de cuentos (que en español sería Encuentros casuales con el Che Guevara)?

BF: La razón por la que comencé a ir a Haití fue para intentar relacionarme de manera significativa con otra realidad. Existe la realidad estadunidense burguesa, de clase media, y para un hombre blanco de clase media, como yo, esa es la realidad predominante en Estados Unidos. Me esforcé en la universidad y como abogado. No es fácil, nadie te regala nada, pero aun así hay ventajas y privilegios. Pero existe otra realidad en el mundo, donde tres mil millones de personas sobreviven con un dólar al día, y es como si fuera un planeta distinto, un mundo distinto, y no podía sentirme satisfecho si no iba a tratar de conocer ese mundo, ojalá que en una forma significativa y genuina. Así que el título es una forma de condensar que intentaba relacionarme con esta otra realidad. Es decir, como el Che, que tuvo una educación burguesa de clase media, en Buenos Aires, y pudo haber tenido una existencia muy cómoda, pero decidió involucrarse con otra realidad, la de los pobres y oprimidos. No me estoy comparando con el Che, pero simplemente me pareció que el título resumía el sentido de estos cuentos: estadunidenses enfrentándose con una realidad distinta.

ER: Quisiera preguntarte sobre el cuento “Buki y la cocaína”, porque creo que el protagonista enfrenta un dilema moral, en el sentido de que trata de hacer lo correcto, y eso lo mete en más problemas con la policía, y este es un dilema moral que la gente enfrenta a menudo en México, incluso en términos del tráfico de drogas, en el que mucha gente se involucra porque no le queda más opción que eso o morir de hambre.

BF: Es una situación terrible para un ser humano, cuando el sistema es tal que si tratas de actuar de manera honesta y moral, es posible que mueras de hambre, y tu familia también. Así que la situación es: o sigo mi conciencia moral y me muero de hambre, y soy un oprimido, o trato de obtener algo de este sistema corrupto, en donde todo el mundo hace lo mismo. En una situación así el culpable es el sistema, la gente que detenta el poder que ha creado ese sistema. Ellos son los culpables. Y la gente común hace lo que necesita para sobrevivir. Me gustaría pensar que dentro de estos sistemas terribles podemos hallar algún espacio para conducirnos con cierta integridad moral, y es lo que Zito procura hacer en el cuento, trata de hacer lo correcto, incluso si lo correcto es ilegal. Creo que es una situación muy humana, y que en lugares como México o Haití los riesgos son mucho mayores que en un lugar como Estados Unidos.

ER: Tras el libro de cuentos y la experiencia con lo que te parecen novelas fallidas, ¿por qué decidiste intentarlo de nuevo, y qué te llevó a elegir el tema de la guerra de Irak en específico?

BF: Bueno, después del éxito del libro de cuentos se suponía que debía publicar la más reciente novela fallida. Como seis semanas después del artículo del New Yorker, en donde Malcolm Gladwell me llamó “genio”, me habló mi editora y me dijo: “Tu novela no es suficientemente buena, no la vamos a publicar”.

ER: ¿La habías escrito después de los cuentos?

BF: La había comenzado muchos años antes y trabajado con intermitencia. Sabía que tenía algunos problemas, pero también que tenía cosas buenas y pensé: “Bueno, la termino, la publico, y la siguiente será mejor”. Pero mi editora pensó que podía hacer algo mucho mejor, así que tras haber sido llamado “genio” en el New Yorker, fue como si el universo me dijera: “Bájate de tu nube”. En un sentido me dio risa. Era terrible, devastador, pero también gracioso. Por las noches pensaba en lo extraño de todo esto, justo cuando uno piensa que ya la hizo, vuelve a caer.

ER: ¿Y tu editora estaba segura de que no había remedio?

BF: Ya habíamos pasado por varias rondas de correcciones, y es una mujer muy inteligente que velaba por mis intereses, así que finalmente concluyó que yo podía escribir algo mejor. Había tenido la idea para Billy Lynn desde 2004, el germen de la idea, la semilla. Desde entonces estuve leyendo sobre la guerra de Irak, tomando notas, pensando que quizá algún día intentaría escribir esa historia, pensando que sería un cuento. Pero como quería escribir una novela, me di cuenta de que eso es lo que debía hacer. Hacia 2009 la gente se había cansado de la guerra, y los editores pensaban que la gente ya no quería leer al respecto, pero pensé: “No me importa, este es el libro que yo quiero escribir”, así que me puse a hacerlo.

ER: ¿No tenías miedo, tras la experiencia anterior?

BF: Por supuesto. Aunque para ese momento había tenido tantos fracasos en mi carrera que sabía que podría sobreponerme a uno más. Al libro publicado le había ido bien y estaba contento con eso, así que pensé que seguiría escribiendo lo que me diera la gana, y si no volvía a publicar otro libro, mala tarde.

ER: Quisiera preguntarte sobre el entorno de la novela, que básicamente es el estadio de los Vaqueros de Dallas, así como la mente de Billy. ¿Crees que es una novela en la tradición del microcosmos, pues aunque ocurre casi toda en el estadio, en un sentido se encuentran representados muchos aspectos cruciales de la sociedad estadunidense?

BF: Cuando tienes la idea central para escribir una historia casi de inmediato te das cuenta del potencial que pueda o no tener. Así que cuando tuve la idea de situar a estos soldados en el espectáculo de medio tiempo de un partido de futbol americano me pareció que había un gran potencial, que si lo manejaba correctamente podía desarrollarse. Pero al momento de comenzar a escribir me di cuenta de que no puedo escribir de manera consciente sobre grandes temas, sobre grandes asuntos o mensajes, pues mataría el libro. Lo mejor que podía hacer era escribirlo correctamente, frase a frase, escena por escena, para intentar comprender la experiencia de Billy de manera adecuada. Si lo conseguía, lo demás vendría de manera natural, pero necesitaba meterme en la piel de Billy y vivir lo que él vive en ese día, y con eso llegaría todo lo demás.

ER: Alguna vez Etgar Keret dijo que la sociedad israelí es esquizofrénica, porque en el servicio militar los preparan para ser unas máquinas de combate, y después esperan que se reintegren a la sociedad y sean ciudadanos normales. Lo pensé en relación a Billy, pues es un chico de 19 años que piensa en sexo, en emborracharse sin que lo sorprenda el sargento, pero también ha experimentado la guerra y sus horrores.

BF: Billy trata de entender quién es él, y por qué las cosas son como son. ¿Por qué terminé en la guerra? ¿Qué sucede con un país que manda a sus jóvenes a más de 10 mil kilómetros de distancia a combatir en un país en el que nadie los desea ahí? ¿Por qué sucede esto? ¿Y puede ser que pierda la vida por estas mamadas? Porque se da cuenta de que son mamadas. Billy tiene 19 años y es un caliente, sí, pero no es lo único que lo define. Claro que le encantaría acostarse con Beyoncé, pero también quisiera ser amado, busca algún tipo de sentido para su vida.

ER: Me pareció que en tu novela se refleja un tratamiento dual a los soldados, donde por instantes son vitoreados y felicitados por su heroísmo, pero al siguiente son ninguneados y dejados de lado, casi con desprecio, y en ambos casos es como si no fueran personas reales.

BF: Sí. Así como Keret dice que la israelí es una sociedad esquizofrénica, la estadunidense es una sociedad totalmente esquizofrénica. Ocurre que los soldados son como adornos, como parte de una escenografía para un espectáculo, como si fueran palmeras o vasijas o una silla, así que se les trae al escenario cuando se les necesita, ya sea para conseguir apoyo para la guerra o para ayudarte a vender algún producto. En Estados Unidos la mejor forma de enviar el mensaje de que uno es buena persona y dueño de una buena compañía que fabrica buenos productos consiste en decir, “Yo apoyo a nuestras tropas”. Así que los soldados son utilizados para combatir y después, cuando regresan a casa, son utilizados como parte de un proyecto político, y también para vender la marca de los Vaqueros de Dallas, para vender la idea de que Estados Unidos es un país de excepción, justiciero, y cuando termina el espectáculo ya no son necesarios, así que la escenografía es desmontada.

Los soldados lo saben. Hay un momento al comienzo del libro en el que Mango y Billy están comiendo pizza, en un pasillo, y saben que todo depende del contexto. Si tan sólo están ahí, dos soldados comiendo pizza, nadie les presta atención. Pero si son presentados como miembros de la compañía Bravo, como héroes americanos, entonces todo el mundo los adora y les piden autógrafos. Es un patriotismo bastante falso, es un patriotismo de conveniencia, pues el verdadero patriotismo implica amor a la patria y, al menos en mi experiencia, el amor supone mucho dolor y sacrificio, como en una relación o en un matrimonio. Así que una verdadera expresión de patriotismo implicaría sacrificio, dar, dolor, y no tan sólo ondear una bandera y decir que uno ama a Estados Unidos, para después quejarse de que hay que pagar impuestos.

ER: Me intrigó la elección de la prosa, pues me parece que tiene varias capas. Por un lado es una prosa muy minuciosa y elegante, pero al mismo tiempo eres capaz de aterrizarla, por decirlo de alguna manera, en términos del habla coloquial, y no eres preciosista al respecto, pues parece que te importa más retratar cómo se expresaría un soldado.

BF: Quería averiguar cuánto peso podía soportar el idioma inglés. Es decir, qué tan alto se puede subir y qué tanto se puede descender, pues algo así sucede en el mundo en el que vivimos, todo nos llega de golpe, lo elevado y lo bajo, y me pareció que en un día como ese la compañía Bravo experimentaría ambos extremos: están en el palco del dueño y todo el mundo los adula y reciben muy buena comida y licor, pero al día siguiente deben regresar al mierdero de la guerra, así que es una experiencia bastante intensa, y por eso quise que el lenguaje fuera intenso, como una fuerza devastadora e incesante.

Hubo un aspecto que me costó trabajo, y es el siguiente: el libro se cuenta desde el punto de vista de Billy, que tiene 19 años, que no tiene gran educación, no fue a la universidad, pero no quería limitarme al vocabulario de un soldado de 19 años. Me pareció que como autor tenía el derecho, al escribir en tercera persona, y aunque experimentamos todo esto a través de la mirada de Billy me pareció que como narrador podía utilizar el lenguaje que me pareciera mejor captaba su experiencia. Así que existen ciertos aspectos que probablemente Billy no pensaría de manera consciente, pero para mí lo importante era lo sustancial de su experiencia. Si uno pudiera sentarse con él a lo largo de seis horas para una conversación intensa, donde él describiera de maneras cada vez más profundas lo que le sucede, quizá se podría llegar a algo así, de modo que me pareció que yo podía utilizar el lenguaje que reflejara su experiencia interior.

Pero cuando habla es un chico de 19 años.

 

Eduardo Rabasa
Editor y escritor. Ha publicado Cinta negra y La suma de los ceros.

Ciudad de libros

Natsume Soseki: La masa y el individuo

El escritor Natsume Soseki es considerado “el padre de la literatura japonesa moderna”. A continuación, una semblanza literaria por los 150 años de su nacimiento

La narrativa japonesa, más que cualquiera otra escrita en Oriente, con sus límites difusos y sus entrecruzamientos inesperados, se encuentra presente en lengua española a través de distintas publicaciones. Varios de sus autores se han instalado de forma permanente en el gusto de los lectores y sus obras son reeditadas con una periodicidad de la que no disfrutan autores de la propia tradición hispanoamericana.

Son ejemplares los casos de Junichiro Tanizaki (1886-1965) o Yasunari Kawabata (1899-1972), a cuyas respectivas obras, debido a la claridad con la que es posible percibir en ellas líneas de luz de la sensibilidad japonesa, se recurre con la seguridad de leer a representantes de una literatura que subraya cómo la experiencia puede transmutarse en un lenguaje para llegar a los demás. Yukio Mishima (1925-1970), por su parte, ha dejado como nadie una estela de memoria debido a los controvertidos hechos de su vida y de su muerte. Sus libros se reeditan y se leen lo mismo por los más jóvenes que por lectores reiterados.


Ilustración: Ricardo Figueroa

A fecha más reciente, la presencia de Haruki Murakami (1949) se aquieta y ahora gana espacio la obra de Hiromi Kawakami (1958), narradora japonesa de finísima sensibilidad y trazo estilizado que con cada libro que se traduce al español avanza para reafirmase como uno de los relevos más sólidos en una literatura que privilegia la sutileza de consignar la perfección de los actos mínimos que pasan desapercibidos, por encima de la estridencia que nace de explotar la violencia y otras formas de la comodidad estética.

Como una presencia menos visible, aunque avanza a paso sostenido, la obra disponible en español de Natsume Soseki (1867-1916) se integra a este círculo de autores que son referencias inapelables. Novelas como Botchan (1906) y Kokoro (1914) logran un retrato naturalista en el que igualmente se cuelan los estragos oníricos, las figuraciones esperpénticas producto de la soledad y el delirio, así como las vetas propias de la literatura japonesa, siempre próxima a la naturaleza y afín a consignar la posibilidad de hallar sentido a la vida hasta en deleites casi mudos.

Ahora la faceta del narrador se complementa con la del ensayista. Si bien ya podían leerse los ensayos sobre teoría literaria que editaron Michael K. Bourdaghs y otros autores para la Columbia University Press de Nueva York —Theory of Literature and Other Critical Writings (2009)— , este volumen no estaba al alcance de los lectores en lengua española y hacía falta un ejercicio de astucia para hallarlo y otros más que pueden encontrarse como parte de los esfuerzos de la academia anglosajona. Es válido buscar una ensayística en donde se genera una narrativa porque nada crece de manera aislada. No se aterriza como un signo en la página a partir de la nada. El narrador deriva de una experiencia vital y así escriba las historias más desaforadas desgaja franjas de su vida para instalarlas en el terreno de la ficción.

Los Cuadros del Londres victoriano (Olañeta, 2014) permiten asomarse a su escritura prosística, cercana al relato de viaje y a la crónica de la vida interior. El autor japonés vivió dos años en la capital británica (1900-1902) —regresó a Japón en enero de 1903, de ahí que la fecha registrada pueda variar en algunos libros— y es fácil hallar en sus notas de viaje que no fueron los más felices. Le atormentaba el culto a la técnica entonces vigente, la misma que retrata Charles Dickens, George Eliot y Wilkie Collins. Aquel desarrollo industrial emborronaba los rostros para transformarlos en otra pieza en la línea de ensamblaje. Era la Inglaterra de las fábricas humeantes que nunca se detienen, en las que se contrataba menores de edad y mujeres embarazadas, porque los derechos sociales aún no existían en la regulación.

Son los albores del siglo XX y las ideas de socialismo aún no llegaban a los parlamentos, a las iglesias, a las fábricas y a los obreros que décadas más tarde intentarían ponerlas en marcha. El eco de la revolución mexicana resonó en la esfera occidental, pero nadie entendía el movimiento y los “sombrerudos” se asemejaban a bárbaros incapaces de darse a sí mismos un gobierno legítimo con un mínimo de justicia social. Y aún estaba lejos el año de 1917. Soseki, escritor casi íntimo, se reconoce extraviado en una multitud en la que es una figura más, sin apenas definición, lejos de las prácticas japonesas milenarias que privilegiaban el reconocimiento del individuo en tanto parte de una colectividad.

Jordi Fibla, en el prólogo a los Cuadros, confirma esta intuición: el autor japonés era un lector voraz de los autores clásicos de lengua inglesa aunque no era un anglófilo en el sentido más puro de la palabra. Llegó a Londres por un golpe del azar. Esta afinidad electiva lo orilló al claustro voluntario aunque en su parte benéfica, el periodo británico funcionó como una etapa de gestación de varias de las obras que se publicarían años después. Soseki se habría colocado un dique de escritura alrededor para abandonarse a las tramas de sus novelas y otras piezas, como los sueños o sus poemas, algunos de los cuales igualmente ya se encuentran disponibles traducidos al español.

Es usual que los autores orientales contrasten la situación japonesa con Occidente. Lo hicieron Tanizaki, Kawabata y Mishima, porque es un llamado a la autodefinición y a un trazado de límites: ¿en dónde empiezan las prácticas occidentales e inician los rasgos definitorios de mi identidad? ¿Qué me hace diferente de los otros en términos de cultura? La globalización hace que este proceso identitario pierda vitalidad porque ya no es claro qué es Occidente y dónde deja de serlo. En la actualidad el cine norteamericano distribuye un modo hegemónico de entender lo que es el aparente triunfo del capitalismo, que además restriega en el semblante de las demás naciones.

Soseki se encontraba de cara a quien entonces ejercía el dominio global —la Inglaterra decimonónica, auténtica Babel de fin de siglo—, pero este ejercicio de la definición extralimita sus energías y termina en un encierro del cual no se libraría sino hasta que logra volver a Tokio a reemplazar a Lafcadio Hearn (1850-1904) en la cátedra de la universidad, mérito académico que expresa su consolidación en el sistema de beneficios culturales con independencia del posible valor de su obra narrativa.

Como una extensión más precisa que los Cuadros, Mi individualismo y otros ensayos (Satori, 2017) permite que cualquier ejercicio de comprensión de su pensamiento se amplifique en deltas para leer su obra con mayor provecho con la perspectiva de la literatura en lengua española. El volumen reúne cuatro conferencias impartidas ante diferentes audiencias, que ponen de relieve su inquietud respecto a Japón como unidad de sentido, la idea de progreso, el individuo en tanto que voluntad de sobrevivencia.

Estas reflexiones son un producto natural en un periodo en el cual todo se resumía en la posibilidad de un mañana luminoso producto de la ciencia y la técnica. El dominio de la naturaleza como principio rector de la actividad humana fue una de las constantes de la revolución industrial, en contraposición con el ideal japonés de conservacionismo y vida contemplativa. En medio de esta despersonalización, se impone como un reto intranquilizar a las buenas conciencias con una reafirmación del individuo, en contraste con la urgencia de allanarse al triunfo del proyecto colectivo. Es otro de los vértices que permiten asomarse a la incomodidad de Soseki en la órbita británica.

Debido a que en 2016 se cumplieron 100 años de su muerte y este 2017150 años de su nacimiento, en Japón se iniciaron las actividades editoriales para volverlo a las mesas de novedades. No es infrecuente verlo señalado como el “padre de la literatura japonesa moderna”, apelativo que resulta comprensible con la lectura de su obra, que se vuelve de lectura necesaria en un contexto en el que el individuo extravía el rostro y además se imagina que ya no lo necesita.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

Ciudad de libros

Sylvia Plath en Benidorm

Dice la escritora catalana Nuria Amat en su libro Viajar es muy difícil: “Las ciudades están hechas de personas. Las ciudades literarias están hechas de escritores. Qué mejor recuerdo del viajero para con el lector (viajero también él pero quieto) que el envío de una postal ofreciendo la imagen viva y coloreada de las mejores instantáneas de viaje. Qué mejor regalo para un lector que las vistas de distintos escritores moviéndose por la ciudad fantasma”. Esta columna intenta recuperar las postales que han dejado los escritores de lugares para ellos entrañables

Sentada toda la mañana en una cala después de comprar conejo y un montón de aderezos para el estofado festivo. El sol me quema la espalda, la orilla está protegida por unos altos peñascos blancos cuyas cimas coronan algunas casitas encaladas, como un cuadro cubista al que da color la ropa tendida en los hilos de varios patios escalonados; cuevas hechas de cristales de sal; el sonido seco del agua golpeando y deslizándose por los peñascos; el agua sucia de lavar los platos forma parches oscuros y húmedos en la arena, al pie de las rocas; las mujeres arrastran unos cubos de basura inmensos: cáscaras de huevo, cortezas de melón, cabezas de pescado van a  parar al mar y se mezclan con las manchas de las piedras irregulares que forman un brazo protector en la bahía; al sol, el agua azul deslumbra, destellos de azul ultramar; aroma de pescado muerto; pedazos de algas secas forman bancos en las dunas; la arena ardiente bajo las suelas; a lo largo de la orilla, guijarros ennegrecidos por el alquitrán.


Ilustración: Pablo García

En la cala en calma, protegida por la bahía, barquitas verdes y blancas de motor y de remos balanceándose; varios barcos grandes de pesca anclados; las barcas de los pescadores de sardinas alineadas en la orilla, llenas de cuerdas enrolladas; tres o cuatro globos de luz atados a un amasijo de cables sueltos colgados de unas barras de metal por encima de la popa de las barcas […].

Las campanas tañen, dan las medias y las horas desde el castillo morisco. Las ventanas de arco de herradura con mosaico azul en la casa del acantilado; la arena cubierta de unas algas finas y delicadas, matas de hierba erizada de tanto en tanto; las montañas desdibujadas en la niebla, una nube blanca suspendida sobre las cimas a las que el sol da volumen. Los gritos de los niños nadando, pescando.

Los hijos de los pescadores: piernas flacas, fibrosas, morenas; audaces y tímidos cachorros adorables: trepan delante de mí y se sientan con las piernas colgado en la cubierta abrasadora de una barca, se dan codazos, parlotean, se empujan unos a los otros para hacerse caer de la barca; me vuelvo y le sonrío al más chico, de grandes ojos marrones, la nariz pelada, con manchas rosadas en el cuerpo quemado, pelo muy rubio, voz ronca; se echa hacia atrás con todas sus fuerzas y cae en un banco de algas secas en la cubierta de popa mientras los otros chiquillos ríen; ojos grandes, muy vivos y brillantes, bailan, alegres; curiosos y tímidos a la vez; petos desteñidos y llenos de parches; esbeltos, morenos y ágiles; empujones y forcejeos. Rostros de ratón, de ardilla y de perro de aguas.

Llega un pescador, la piel surcada de arrugas; un próspero alemán saca fotos en color de su captura, mientras el pescador dispone la pesca fresca, que aún se agita, en una caja plana: pescados de todos los tamaños y formas, peces brillantes y húmedos al sol, coloridos, moteados, con estrías que parecen extrañas conchas relucientes; pececitos de carne prieta con rayas negras a los costados de un azul pálido y brillante; un pez con una boca horrible, una cresta y manchas marrones; una morena de un negro sucio con la cabeza triangular, ojos oscuros, inquietantes, y un precioso dibujo amarillo en el lomo; destellos rojos y rosas en las aletas. Un nadador entra en el mar y va agarrando pulpitos que retuercen y enrollan sus largos tentáculos; la cabeza diminuta parece un puntito absurdo; un pulpo varado en la arena, los tentáculos apilados, enredados: un regalo para el pescador.

Fuente: Sylvia Plath, Diarios completos (edición española a cargo de Juan Antonio Montiel, traducción de Elisenda Julibert), Alba, 2016.

 

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir, coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas, Anuncios clasificados y compiladora del volumen Así escribo.

Cultura y vida cotidiana

Alexandra Kollontai en México

México es un país donde todavía la naturaleza domina al hombre.
—Alexandra Kollontai

En 1926 Alexandra Kollontai cruzó el Atlántico para asumir el puesto de encargada de la embajada de la URSS en México y con la misión expresa —se la había dado su colega y jefe José Stalin— de cerrar las heridas que había abierto su antecesor, Petroski, un comunista de corte ortodoxo que creyó una obligación promover la agitación y la rebeldía social en un país que salía de una revolución. Divulgar el comunismo de su país, tratando de imponerlo como un modelo a los demás, fue su error mayor; el menor, haberse aliado con esas fuerzas proletarias, de izquierda, de México que en los años veinte pretendían copiar el modelo de los soviets. El clima político era bastante complicado, la confrontación entre los Estados Unidos y la URSS, que luchaban por imponer su hegemonía en el mundo, era una barrera difícil de eludir. Por varias razones, el gobierno del presidente Plutarco Elías Calles (1924-1928) se vio obligado a enviar una nota de protesta a la URSS por la conducta de su embajador en México, para que no se viera que su gobierno era cómplice de los bolcheviques.


Ilustraciones: Estelí Meza

Llegó a un país convulsionado que sería su sueño y su pesadilla, una experiencia jamás imaginada en su vida como diplomática y mujer inquieta y culta, de clara vocación literaria. Lo demuestra en el diario que empezó a escribir sobre ese viaje, en el que aparece con enorme sobriedad su apreciación sobre el país extraño y tropical que vieron sus ojos por vez primera. La compiladora y traductora Rina Ortiz dice con toda claridad:

El diario mexicano no es, ni pretende ser, una historia de las relaciones diplomáticas entre México y la URSS. Es más bien un relato personal de las vivencias de la autora en México, un cuadro del país en los años veinte, un bosquejo colorido de su gente y sus costumbres. El asombro de un extranjero ante paisajes e historias completamente ajenos.1

Si algo hay en esa recopilación de textos de Alexandra Kollontai es la fascinante mirada de un extranjero a la vida mexicana en muchos de sus contenidos y sus formas. Venía con una misión que debía cumplir con sigilo: promover la amistad y el intercambio de ideas entre su país y el nuestro. Pero llegó en un año definido por la agitación política y por la rivalidad de la iglesia católica y el Estado, en una fecha de muchas rupturas y de decisiones complicadas; justo en 1926 estalla la guerra de los cristeros que orilló al presidente Plutarco Elías Calles a ciertos excesos políticos y militares, cuando la presión de los Estados Unidos por conseguir ventajas en las concesiones sobre el petróleo y las materias primas de México era constante y decidida. Se trata sin duda de un momento delicado. Su gestión diplomática y su acercamiento a México fueron tan contundentes y llenos de vocación artística que en 1946 recibió el Águila Azteca, de manos del entonces embajador de México en la URSS, Narciso Bassols (1897-1959), uno de los Siete Sabios, gran luchador del laicismo.2

 

“Conservar la paz, aplazar la guerra”. Esta frase de Stalin definía en 1926 la postura de la URSS frente a Occidente; Stalin quería que su nueva embajadora pudiera afianzar las relaciones comerciales y culturales con México, evitando alentar la subversión; no era el momento para promover agitaciones sociales de ningún tipo, decía el camarada Stalin, pues el país apenas se reponía de los estragos de la Revolución mexicana. Por eso tal vez Alexandra Kollontai tomó su viaje a México como un compromiso diplomático y no como misión ideológica, más en dirección de conocer una nueva realidad y sentir la emoción de pisar América que con la intención de concientizar a las masas en la doctrina socialista. Ella tuvo ojos bien abiertos para entrar a todo lo relacionado con México desde el barco que la conducía a Veracruz; ahí conoció a Manuel Padilla, presidente de la Suprema Corte de Justicia, que la saludó de inmediato y le confesó que admiraba mucho al camarada José Stalin; y conoció a una pareja simpática que le llamó la atención, era el embajador sueco y su esposa: “Ella es mexicana, se llama Rosario. Él será mi colega en México. Ambos me aconsejaron que no viaje directamente a la capital, situada a dos mil 500 metros sobre el nivel del mar, sino que me detenga a medio camino, en Orizaba, que es muy pintoresco y donde el aire todavía no está enrarecido”.3

Su sensibilidad es aguda, inteligente, y capta a los seres humanos en sus distintas modalidades; en el barco que la lleva a Santander escucha a los españoles que cantan viejas canciones de Castilla, entusiasmados por el futuro, el puerto del norte de España le parece un paraíso, una escala más en su ascenso hacia el otro continente. Y escribe: “El puerto de Santander es pintoresco e idílico, me enamoré de él. Sobre todo de los obreros españoles del puerto con sus camisas azules, y de los pescadores ajetreados en sus botes junto a nuestro barco”.4 Su pluma revela a cada instante esa sensibilidad propia del extranjero en tierra ajena pero suficientemente fina para penetrar en el alma de las cosas. Kollontai tiene oídos para escuchar y ojos para ver casi todo lo que está enfrente de ella; cita a las damas de América del Sur que viajan con ella, jóvenes, bonitas y elegantes, y hombres de negocios cubanos. A ratos nos da la impresión que la viajera rusa se encuentra no en un barco sino en el país de las maravillas, pues su descripción es rica en imágenes arropadas en la magia y el encanto; esta mujer aguda encuentra el sentido de la vida en la fortaleza de las palabras. ¿Y su ideología? Esa la lleva bien guardada en su pensamiento, es su compañera, pero le toma distancia para poder contar ahora con precisión todo lo que miran sus ojos y siente su corazón, a ratos convulsionado. Elena Poniatowska la retrata como una “mujer de rostro redondo bajo un sombrero de paja floreado”, pequeña, muy segura de sí misma, convincente. Conoció a Diego Rivera y a Frida, y le atrajo principalmente la figura y el arte de Tina Modotti; se vieron y el saludo fue de dos viejas amigas no de dos personas que se acaban de conocer. “—Usted es de las mías —abrazó a Tina—, de las que desafían al mundo, de las que pavimentan el nuevo orden”.5 Llegaba con un precedente inigualable, liberal, de persona culta que se desenvolvía en inglés y alemán perfectamente. “Su fama la precedía, sus propuestas escandalizaban: era la primera embajadora en el mundo, amiga de Lenin, oradora fogosa, escritora, partidaria de la unión libre, la emancipación de la mujer”.6

En su viaje a México, Alexandra Kollontai hizo amistades pero la fundamental fue con el presidente de la Suprema Corte, Manuel Padilla, hombre culto y que admira, sobre todas las cosas, el socialismo de la Unión Soviética. Ella lo escucha y aprende detalles de la historia de México y su revolución. Cuando toca tierra el barco se le aparece el puerto de Veracruz que no olvidaría jamás por su fisonomía tropical y su rebeldía; la recibe una multitud, que ella misma no entiende y se pregunta qué hace ahí ese grupo de hombres y de mujeres de rostros oscuros “con vestidos de percal” y hombres “con sombreros y overoles”. Pero quiénes son, le responden que trabajadores, sí, sí, locales, el secretario7 de la embajada soviética que ha ido a recibirla le explica que son “casi todos comunistas. Vinieron a saludar a la embajadora del país de los soviets. Déles un discurso en inglés”,8 lo que considera inadmisible. La mujer se abre paso entre la multitud que la vino a ovacionar como a una camarada. En su memoria guardaría también otra imagen de Veracruz: “Se me quedó grabada claramente esta ciudad mexicana, el puerto más importante del país. La blanca fortaleza, como construida de azúcar, en el marco de un mar azul brillante. Las casas blancas y bajas de la ciudad, las palmas, muy estético, pero todo me parecía artificial, ¡no eran nuestros árboles!”.9 En la última frase se encuentra sin duda la sensación de lo extraño, la confirmación de que la embajadora siente nostalgia por su suelo y su paisaje, su vida y su cielo; acá están esos árboles extraños, “lo otro” que mira y reconstruye y tal vez trata de asimilar.

 

¿Qué tanto transformó este país a Alexandra Kollontai? Es algo que no se sabrá jamás, pero si nos atenemos al texto donde lo describe y lo eleva igual que lo deja caer, exalta sus volcanes y reniega de su polvo, una ceniza constante que ella palpa y padece; si vamos viendo con calma sus sensaciones es evidente que el gobierno callista, su gabinete, el Palacio Nacional, el protocolo que la recibió y la aplaudió, dándole seguridad y confianza en sus posiciones políticas y comerciales, golpearon a fondo su sensibilidad. La nueva realidad era un torrente de imágenes; era un capítulo no previsto en su vida a pesar de que había viajado y era inteligente para captar el desarrollo de las mentalidades. México fue para esta rusa del partido comunista de la URSS, amiga de Stalin, un sueño convulso; ataviada de una extraña sabiduría mediante la cual pudo equilibrar su ideología con la verdadera misión diplomática que se le había encargado; el país fue, para decirlo con una metáfora, una impresión desfalleciente en la que se mezclan la imaginación y la realidad.

México había hecho una revolución, intensa y con objetivos precisos, pero estaba todavía en construcción; Kollontai le aplicó la tesis marxista, según la cual una revolución para serlo debe destruir la estructura social, ideológica y económica del ancien régime; de lo contrario no puede llamarse revolución sino un proceso histórico en marcha que no ha llegado a su fin. En este asunto su vocabulario es evidente; se refiere a la burguesía que ostenta el capital, a los imperialistas norteamericanos, a la lucha de clases. Su tesis, con todo, es interesante para el tiempo en que fue enunciada, y refleja su vocación por el equilibrio ideológico en vez de tocar los extremos:

La revolución es un factor de progreso cuando a través de ella se van resquebrajando los obstáculos económicos y de clase que impiden el incremento y desarrollo de las fuerzas productivas. Sin esta característica “las insurrecciones” no son revoluciones y no cumplen con su principal cometido. A pesar de las múltiples “revueltas”, en México todavía no ha habido una revolución.10

Se interesó por el pasado prehispánico, sobre todo por la cultura maya y la azteca que le parecieron muy interesantes; su visión era doble: la curiosidad y la reflexión filosófica, que Kollontai a menudo hacía de su entorno. Vio la proyección de la arquitectura maya como el anuncio de las vanguardias de los años veinte; la comparó, por sus formas, con el cubismo. Igual la de Teotihuacan, donde triunfa la libertad de las formas; tal vez esto le gustó más que nada. Encontró en ello una organización social y política increíble para su tiempo, y algo que llama la atención es que cite los sacrificios humanos como los demás extranjeros que por lo común los consideraron como el lado siniestro e inexplicable de una gran civilización.

 

Convencida de su papel como diplomática y de testigo, Kollontai alcanzó a vislumbrar que la mujer en esos años era una especie de “diván prohibido” en el que nadie debía sentarse excepto el marido y los padres. Reivindica el papel de la mujer como un ser humano capaz de desempeñar con éxito un papel asignado, incluso hacerlo mejor que cualquier hombre. Aceptó el puesto precisamente para demostrar que “una mujer puede ocupar un cargo diplomático, igual e incluso mejor que un hombre”,11 y vino a “abrir camino”, pues esta designación la entiende como un apoyo sólido a las mujeres. Sin duda, Kollontai le fue dando un toque femenino a su gestión que equivalía a demostrar abiertamente sus convicciones y no manifestarlas de manera irresponsable, trabajar pensando en elevar la imagen de la URSS como potencia y no como país exportador de rebeliones, mítines, asonadas y revoluciones.

La única lucha con la que podían solidarizarse era contra los yanquis; Kollontai fue apreciando con rapidez que el rechazo a la política norteamericana era voz de la calle, una oposición cotidiana expresada en diarios y en círculos empresariales, políticos e intelectuales. Parece increíble el desprecio que había alimentado en esos años el gobierno “rojo” de Calles hacia Estados Unidos, pues corría como el aire por toda la Ciudad de México. Eso y el ambiente de por sí crispado del escenario internacional llevaron al secretario de Estado, Kellog, a denunciar “la política bolchevique en América”, lo que movió la silla a la embajadora y concedió largas y acaloradas entrevistas a periódicos y cadenas de Estados Unidos y de México. La prensa norteamericana sin embargo había sacado las uñas antisoviéticas, y convirtió a Alexandra Kollontai en un blanco fácil; se le acusaba de bolchevique, intervencionista, y muchas cosas más que le complicaron el trabajo. Además, sus relaciones con Inglaterra se deterioraron notablemente. Y para colmo el negocio del henequén, un tema que la tenía ocupada, no resultó. Años veinte: son los años en que el comunismo se extendía por América Latina casi de manera espontánea, inevitable, y Kollontai creía con firmeza en que, a pesar de la presión de Estados Unidos, la imagen de los soviets se imponía entre los círculos progresistas, trabajadores, clases medias, intelectuales.

En su diván de la embajada Kollontai se reponía de los ataques cardiacos que tantos problemas ocasionaron en su gestión diplomática; pensaba en muchas cosas, y se dedicó a leer historia de México. Repasando algunas escenas de esa historia llegó a preguntarse cómo era posible que los europeos supieran casi nada de América Latina, y algo peor, que no les interesara. Sólo ideas vagas. Vio que la historia de estos países, y en especial la de México, “es aleccionadora y muy importante para la cultura de la humanidad. Es muy interesante para comprender los movimientos revolucionarios. Esto hay que saberlo. […] Desde aquí Europa parece ‘pequeña’ comparada con el continente americano. Sólo existe un país imponente: el nuestro”.12 Descubrió muy temprano el eurocentrismo que caracteriza la cultura del siglo XX y la define con un perfil discriminatorio: fuera de Europa hay sólo gente común, aprendices de todo, que necesita un baño de civilización. Pero los países del sur brindan a cambio mucho colorido en su naturaleza y sus paisajes, sus mares y valles. El folklore de ese mundo autóctono es maravilloso. Ella pudo apreciar el valor y la destreza de los caudillos de la Independencia, y admirar a Miguel Hidalgo, Morelos, López Rayón, lo mismo que el genio de Simón Bolívar. Estaba explorando la identidad de un país, sus orígenes más remotos y sus impulsos, un pasado de luchas desiguales, en la que siempre aparecía el conquistador y su ansia de dominio, el rey destronado, y el nacimiento de la Colonia, que en México duró tres siglos. Como lectora atenta de la historia nueva que descubría, Kollontai se detuvo en el momento de la Noche Triste, en que Hernán Cortés parece derrotado y con ganas de aceptar su debilidad. “Fui con Pina a conocer el Árbol de la Noche Triste, bajo del cual Hernán Cortés (el conquistador de México) lloró su derrota. […] Mis simpatías no están del lado del aventurero Cortés”.13 Acepta que la invasión de España destruyó una cultura. La embajadora parece asombrada con la figura imponente y majestuosa de Moctezuma, un emperador atrapado por el “aventurero” de Extremadura.

Viendo a la gente de la ciudad y sus hábitos, Kollontai deducía que los mexicanos se ocultaban de algo o de alguien; eran hombres y mujeres salidos del pueblo, para quienes la vida tenía un sentido muy distinto del que podía tener para un europeo, podían esperar días y tal vez años a que llegara una ayuda con la cual zanjar su desesperante condición de pobres de la tierra. Como si tomara una fotografía de ellos, Kollontai los retrata en una esquina, a la entrada de una iglesia, vendiendo alguna fruta o artesanía, durmiendo en la calle, metidos en sus cobijas, huyendo del frío, de la noche y la intemperie, posiblemente huyendo de sus miedos y sus fantasmas. “Los lugareños —campesinos y obreros— se envuelven en sus sarapes, tejidos en casa. Se cubren graciosa y enigmáticamente la parte inferior del rostro. Temen el aire frío de la noche. ¿O será una forma de ocultarse de sus enemigos?”.14 Todavía no comenzaba el análisis de “lo mexicano”, del alma nacional, que en los años treinta puso de moda el maestro Samuel Ramos (1897-1959),15 pero Kollontai llevó a cabo una interpretación leve pero original del mexicano que encontró en su camino.

La situación de zozobra que México padeció justo el año de 1927 afectó seriamente las relaciones bilaterales. En su diario describió con objetividad esa verdad histórica incontrolable: “De hecho, en territorio mexicano ya hay guerra civil. Ayer se envió a la guardia presidencial para combatir las tropas clericales sublevadas, que están a punto de conquistar Manzanillo —uno de los puertos en el Océano Pacífico, adonde los Estados Unidos pueden enviar fácilmente armas”.16

El año más intenso de la lucha cristera fue 1927, en que una vez más México cruzaba por el desierto de la zozobra, y la violencia se apoderaba de todas las ciudades en armas. Ese año, por tanto, se podía pensar en la existencia de una especie de sed de sangre, que Kollontai relacionó con los antiguos mitos de la cultura prehispánica. “¿Acaso se ha superado el ritual de sed de sangre de los sacrificios humanos? ¿Acaso no se sacrifica actualmente a seres humanos en nombre del dios del Capital, en nombre de la política, en nombre de los intereses de clase?17 Hace poco en Cuba ejecutaron a tres obreros revolucionarios. Y ¿qué ocurre en Inglaterra? ¿Y aquí, en México?”.18

Kollontai encontró, a pesar de la violencia generalizada, a la gente resignada, un pueblo alegre que expresaba su entusiasmo en las fiestas populares, como la del primero de mayo. No era un festejo acartonado, vacío de expresividad, sino un carnaval de colores y bailes, música y gente, que festejaba ese día con efusivo entusiasmo. En la plaza central de la ciudad, el Zócalo, el presidente Calles reunía a todo su gabinete, a los invitados especiales, y también al cuerpo diplomático para presenciar los festejos. Pudo comparar los bailes mexicanos con los españoles, la vida europea con la actual y sacó algunas conclusiones. “En la vida cotidiana los mexicanos son más bien reservados y melancólicos, como si tuvieran algún pesar. Sin embargo, en los días de fiesta disipan esa tristeza y de repente se vuelven alegres, como niños felices. Entonces los quiero más”.19

 

La embajadora tenía sólo unos meses de funciones en México cuando decidió pedir su cambio a otro país; se sentía muy mal de salud y pensó que el corazón no le daría fuerzas, no le permitiría seguir en el Valle de México, a más de dos mil metros de altura; puesto que la situación era muy difícil, sugirió ella misma que al aceptar su salida, Relaciones Exteriores de la URSS hablara de un viaje de vacaciones, quedando encargado del despacho su primer secretario, Jaikis. Llegó pues el momento de partir, y Kollontai se conmovió por las muestras de simpatía, tanto a su país y su comunismo, como a ella misma, que le brindaron hombres y mujeres, trabajadores, obreros y campesinos. Se embarcó en el Río Pánuco, un barco alemán, rumbo a Bremen, el 4 de junio, y atrás quedaba un país tan grande como sus problemas, tan espontáneo como sus fiestas. Era el futuro.

 

Álvaro Ruiz Abreu
Escritor, biógrafo y profesor de la UAM-Xochimilco. Su último libro es La esfera de las rutas: el viaje poético de Pellicer (2014).

Este texto es un fragmento del libro Viajeros en los andenes. México 1910-1938, que próximamente publicará la UAM.


1 Rina Ortiz (traducción, selección y notas), Alexandra Kollontai en México. Diario y otros documentos, Universidad Veracruzana, 2012, p. 26.

2 Bassols es un caso típico de los hombres cultos de esos años; en términos populares sería un “comecuras”, impulsor de la educación socialista, amigo de Álvaro Obregón; como secretario de Educación Pública durante el sexenio de Lázaro Cárdenas (1934-1940) promovió las Misiones Culturales cuyo eje ideológico era desfanatizar al pueblo.

3 Alexandra Kollontai, Diario, en Rina Ortiz, op. cit., p. 39.

4 Ibíd., p. 40.

5 Elena Poniatowska, Tinísima, Era, 2013, p. 227.

6 Ibíd., p. 226.

7 Se trata de Lev Yakolevich Jaikis, polaco, que en 1924 “se convirtió en primer secretario de la Legación de la URSS en México”, anota Rina Ortiz.

8 Alexandra Kollontai, op. cit., p. 45.

9 Íbidem.

10 Ibid., p. 58.

11 Ibíd., p. 60.

12 Ibíd., p. 67.

13 Íbidem.

14 Ibíd., p. 90.

15 Su libro tan citado, El perfil del hombre y la cultura en México es de 1934, un ensayo sesudo que resumía la vida psicológica de la nación, fue un proceso empezado años atrás. En 1927 Ramos estaba estudiando ya el perfil de ese mexicano y de su cultura.

16 Alejandra Kollontai, op. cit., p.100.

17 Con estas cuestiones Kollontai se estaba adelantando a su tiempo, pues ese “dios Capital” seguiría determinando el rumbo de las sociedades occidentales del siglo XX.

18 Alexandra Kollontai, op. cit., p. 106.

19 Ibíd., p. 121.

Cultura y vida cotidiana

El epitafio de Luis

Luis González de Alba, mi tío, murió el 2 de octubre de 2016. Seis meses después descubrí sin querer el mensaje encriptado que nos dejó y que estuvo a punto de perderse para siempre.

Era la mañana del domingo 2 de octubre de 2016 en la Ciudad de México. Me había desvelado, pero desperté relativamente temprano y como de costumbre revisaba mi face en el celular; noté varias publicaciones extrañas de Luis, sobre todo porque eran muchas y a deshoras pero no les presté mucha atención. En automático republiqué algunos recuerdos de años anteriores, todos referentes al 2 de octubre de 1968.


Ilustración: Sergio Bordón

Sonó el celular. Vi un número desconocido con lada de Guadalajara: era mi tío Manuel, el esposo de mi tía María Esther (hermana de Luis y de mi papá).

—Es Luis, es Luis —me dijo con voz quebrada.

—¿Es Luis qué, tío? ¿Qué le pasó? —contesté con el peor presentimiento.

—Luis se mató, Luis se mató—me dijo a gritos.

—¿Qué?

—Se dio un balazo en el corazón

No lo podía creer; en segundos me cruzaron mil teorías por la cabeza pero ésta regresaba a estar en blanco para evadir la terrible noticia. Llegué a pensar que lo habrían matado y que habrían hecho parecer la escena como de un suicidio, le pregunté a mi tío si puertas y ventanas estaban forzadas, si no había nada sospechoso. Llorando me dijo que no y me describió la escena.

—Dejó una nota para ti, tienes que venirte ya. En una mano tiene la pistola y una foto de Pepe Delgado en la otra.

Mi tío Manuel Alemán es neurólogo y mi tía María Esther fue muchos años enfermera. Antes que el médico forense, ellos habían calculado que Luis estaba muerto desde hacía tres o cuatro horas. 

Luis lo había planeado así, organizó todo para que ellos encontraran su cuerpo esa mañana de 2 de octubre. Antes de colgar, mi tío me preguntó:

—¿Tú le avisas a tu papá o quieres que yo lo llame?

No tuve el valor. Dos meses antes había sido el portador de malas nuevas: yo fui quien le dio la noticia a mi padre de la muerte de mi abuela. Esta vez no pude, no pude y me quebré: lloré sin parar los siguientes 10, 15 o 30 minutos, no recuerdo casi nada. Lloré ante la mirada atónita de mi enmudecida novia, quien después me explicó que el yeso en el piso, la pared abollada y mi mano hinchada eran producto de ese blackout. Sólo recuerdo que calculé el tiempo que tardaría mi padre en recibir la noticia, me imaginé que estaría también deshecho y le di más tiempo para dejarlo hacer lo propio y llorar, antes de avisarle que pasaría por él para irnos a Guadalajara de inmediato.

Manejamos y fue un viaje un poco raro: con largos silencios, lágrimas y anécdotas sobre Luis con algunas carcajadas. Una lluvia de sentimientos encontrados. Mi papá fue uno de los hermanos más cercanos a Luis. Con sensibilidades similares, fue quien tuvo más afinidad artística e intelectual con el mayor de los siete hermanos; vivieron juntos antes y después de Lecumberri y el exilio.

En el camino a Guadalajara me dio la impresión de que a mi padre no le sorprendía tanto el desenlace; conocía bien a Luis y pensaba que si su vejez no era muy benévola sería sólo cuestión de tiempo. 

Netflix, Facebook y tequilas

Unas semanas antes mi tío Luis me compartió un correo que había enviado a mi padre tras una llamada que sostuvieron días previos. Me lo envió para que yo también disipara mis preocupaciones, si es que las tenía. Decía que, además de escribir sus artículos y haber dejado material para dos o tres libros más, no la pasaba tan mal: todo el día en pants viendo Netflix, picando pleitos en Facebook y de vez en cuando yendo al Salón del Bosque con Rogelio Villarreal, Alberto García Rubalcava, René González y otros amigos a tomarse unos tequilas.

El 12 sept. 2016 8:30 p. m., “lgdea” escribió:

Adriancito: Te reenvío este correo mío para tu papá porque también te pudo haber preocupado en la comida reciente que tuvieron.

No te he preguntado cómo resultó tu viaje a Gdl, si vendiste poco o mucho. Puede ser un buen plan si fijas unos días al mes, siempre los mismos, para visitar esa clientela.

Besos

Luis

De: Luis González de Alba>
Fecha: lunes, 12 de septiembre de 2016 17:42
Para: Arturo G de A>
Asunto: Luis GdeA

Querido Arturo: Luego de un rato después de hablar contigo me quedé preocupado porque te dije que estoy deprimido. No, no es así: tiendo a veces, pero no soy un caso. Mi médico general, que también se llama Manuel, Manuel Ramírez, alguna vez me recetó anapsique. Luego de un tiempo me lo empecé a quitar y Manuel Alemán me dijo que mejor lo siguiera porque, si lo tomaba de noche, tarde, me serviría para dormir mejor y desvelarme menos.

Ando en pants y camiseta por flojera: mis vaqueros ya todos me aprietan de la cintura. No uso exactamente pants deportivos, sino un pantalón Calvin Klein con bolsillos y bragueta larga, más bien para dormir, aunque tampoco es piyama. Todo un hallazgo y me compré media docena.

Lo que sí tengo es cansancio de todo: las declaraciones de Elenita la Falsa Tonta, los líos en que se mete Peña: tenía resuelto Ayotzinapa, detenidos los culpables y se lo da a revisar a sus enemigos… El Peje hereda Morena a su hijo y tan campante, como en Corea del Norte, les dice solovinos a sus seguidores y no se ofenden. 

En fin… La paso mucho en Face y poco en Twitter porque no logro seguirlo. En Face subo canciones griegas e israelíes, mis artículos, pico pleitos y la paso bien, hasta a mis amigos griegos los veo más que cuando estaba en Poros: unos socios de una taberna se enojaron, intercambiamos fotos.

Veo cine en Netflix sin que una tonta le diga al novio, atrás de mí: Mira… un perro… Anoche vi J. Edgar, la vida de Hoover el creador del FBI, muy buena. Otra con un par de años en la vida de Francis Bacon. En fin: cine, discusiones buenas y tontas, mensajes de Face a mi grupo Familia para quitarles lo mocho.

Tengo 4 o 5 amigos con los que a veces salgo a comer y me tomo varios tequilas. Vamos casi siempre al Salón del Bosque, bonito y cerca de mi casa. Todos somos antipejes, pro judíos y lamentamos las patas de Peña. La paso bien. Llevo saco aunque sé que ellos no llevarán.

Ya me arricardé en lo largo y detallado. Estoy bien y Adrián me ayuda mucho con lo de El Taller 

Un abrazo

Luis

La escena

Para cuando llegamos a Guadalajara el Servicio Forense ya se había llevado el cuerpo de Luis y la policía, la pistola —como evidencia—, pero la escena estaba intacta: la foto enmarcada de Pepe Delgado que sostuvo hasta el final, la que horas antes había subido a redes sociales diciendo: THE MAN I LOVE… yet. Yo para él, su único adulto; él para mí el único adulto, no mi hijo. Pág. de Mi último tequila, ed. Cal y Arena,  y a quien seguramente se refería en los últimos comentarios que hizo en Facebook: “Ábreme los brazos, cabroncito, al taazveni : No me abandones”, y en un conmovedor video en el que un niño canta en hebreo el Salmo 71: “Anda, cabroncito de color canela, anda, vámonos al diablo”.

Yo había escuchado nombrar al tal Pepe, aunque sólo de unos años a la fecha Luis comenzó a hacer hincapié en que había sido uno de sus grandes amores, si no es que su más grande amor. Pepe era un veterinario con quien sostuvo un breve y clandestino romance en  los años setenta (él tenía esposa y familia). Murió en los ochenta, no sé de qué y creo que ninguno de los cercanos a Luis conocimos a ese Pepe, el de la muletilla que usaba Luis cada que se refería a él: “el otro Pepe, ¿eh? No el preso común de Otros días otros años”.

La cama estaba limpia porque Luis tuvo un cuidado meticuloso hasta en los detalles más macabros: se colocó toallas por un costado para evitar manchar de sangre sus sábanas de algodón. Y no fueron necesarias: la herida fue tan pequeña por el calibre del arma que apenas derramó un hilito de sangre. Sobre la pantalla de la lámpara del buró dejó una playera con mangas recortadas, roída y vieja, con una inscripción en alfabeto no latino indescifrable. La playera parecía estar puesta ahí para atenuar la luz, no lo sé. Sólo quien está a punto de cometer el mayor acto de libertad sabrá si le molesta la luz en los ojos o no, pero a la policía le pareció extraño.

—Me preguntaron los agentes que qué estaba escrito en la playera y les dije que ni idea, que si querían saber iban a tener que esperar a que tú llegaras, porque está en hebreo —me dijo mi tía.

—Eso no es hebreo, tía, y no sé qué diga porque eso está en griego.

La carta

Otro detalle de la escena fue la carta de despedida que me dejó, escrita desde el 5 de agosto. En ella enumera sus achaques y temores que “no anunciaban nada bueno”.

Luis padecía de vértigo postural, una condición familiar. El vértigo González, como le llamamos, tenía tiempo de no hacerle crisis, pero en la carta advertía que se sentía inseguro porque no avisaba. Unos meses antes se mareó bajando las escaleras con trastes sucios y rodó hasta la planta baja cortándose los tendones de una mano con un vaso roto. Además, se dio un golpe en la cabeza que derivó en desprendimiento de retinas. Pasó varios meses en rehabilitación para la mano y le hicieron una cirugía de ojos que no quedó muy bien: la visión binocular le fallaba y no podía ver de lejos ni un escalón. “Te fijas que cometo muchos errores al escribir”, sí, se notaba en la caligrafía chueca y encimada.

La carta a puño y letra fue breve, pragmática y sin dramas: cuenta que en la pierna derecha tuvo un trombo que se resolvió solo pero la izquierda la tenía peor y le daba miedo que un coágulo se le fuera al cerebro. Debía hacer ejercicio pero por los primeros puntos no podía. Finalmente menciona que las condiciones en las que murió mi abuela (apenas el julio pasado) lo aterraron. Mi abuela tuvo Alzheimer y después de haber sido un pilar de nuestra vida familiar, murió casi en estado vegetativo sin reconocer a nadie.

No lo escribió pero yo quiero agregar a sus achaques los 20 años siendo seropositivo sobreviviendo con retrovirales, y también sobre una extraña temblorina involuntaria que yo le notaba últimamente y que intentaba disimular que lo sacaba tanto de quicio, probablemente Parkinson. En síntesis, su mayor temor era acabar siendo un estorbo o un viejo inútil. Eso, para Luis González de Alba era inaceptable. El deterioro de su salud avanzaba rápidamente y antes de que la vida también le arrebatara hasta la opción de decidir cómo morir, él le ganó.

Firmó la carta y cerró con una palabra escrita en perfecto hebreo “PERDÓNAME” (תסלח לי, Tslaj li).

Kazantzakis

Luis me dejó a cargo de todo. Decidí clausurar su habitación, y durante un par de meses todo se quedó intacto, así tal cual: la playera siguió cubriendo la pantalla, las cartas y las fotos en sus cajones, inclusive el “post it” que dejó pegado en la caja fuerte oculta y que leí con alivio pues decía “está abierta”. Me conocía bien y sabía que nunca le presté atención a las muchas veces que me dio la combinación y me enseñó a abrirla. Esa  información me entraba por un oído y me salía por el otro. 

No podía, y realmente a un año de su partida sigo sin poder meterme entre sus cajones, revisar sus cartas, sus fotos, clasificar sus historias y separar su vida para conservar su legado sin sentirme un intruso invasor o romper en llanto con los recuerdos. Pero un día decidí vencer el dolor: entré, quité la playera de la pantalla, la eché a lavar, me acosté en su cama, me dormí justo en el lado donde se quitó la vida, y como él habría querido, me apropié de su espacio.

Seis meses después una notificación en Facebook me avisó que Selma Beraud, gran amiga de Luis desde el 68, había hecho un comentario en una foto de Luis: “¡Cuánto extrañamos a nuestro Lábaro! ¡Adrián, búscame!”. Más que el reencuentro con Selma lo que atrapó mi atención fue la foto misma: ahí estaba Luis hace más de 20 años, una foto que yo mismo le tomé en la época en que vivía con él en Cuernavaca, cuando recién regresé de vivir algunos años en Israel y teníamos un vivero, producíamos setas, flores, y teníamos un enorme huerto de carambolas y lichis. Estaba en cuclillas, esbozando una gran sonrisa, rodeado de rojas nochebuenas. El propio Luis había escrito al pie: “Ahí estaba en Cuernavaca, por esos días de noviembre en la época de nochebuenas, mi camiseta trae el epitafio que Kazantzakis escribió para su tumba”… Aún la conservo… But of course!

¡Bingo! La playera ¡Esa playera que ahora está vieja y roída, la que dejó sobre la pantalla de la lámpara en el buró, junto a su cuerpo, contenía nada menos que su epitafio!

—Luis, ¿qué dice el epitafio de Kazantzakis? —preguntó alguien en los comentarios.

—No espero nada, no temo nada, soy libre (Δεν ελπίζω τίποτα, Δε φοβάμαι τίποτα. Είμαι λεφτέρος. Dem eifísu tipotá, de fubáme tipotá, imei léfteros) —respondió Luis.

Ese acertijo encriptado en griego estuvo a punto de pasar desapercibido e irse a la tumba con él, sin que nadie jamás se enterara.

“No espero nada, no temo nada, soy libre”.

Tío, sí descubrí el mensaje. Lo estuviste mandando toda tu vida.

 

Adrián González de Alba
Estudió ciencias agropecuarias en la UAEM (Morelos); música y flamenco en Sevilla, España. Colaborador del diario digital El Andén. Actualmente y desde hace más de 20 años dedicado al comercio en industria textil y de confección.

Cultura y vida cotidiana

El pueblo no elegido

“¿Por qué las tradiciones humanistas y los modelos de conducta resultaron ser una barrera tan frágil a la hora de contener la bestialidad política?”. Esta pregunta, descrita en el ensayo Una temporada en el infierno (1971), mostraba la profunda preocupación del crítico, George Steiner, en un aspecto determinado, el genocidio judío; sin embargo, tal cuestionamiento se explaya y extiende actualmente más allá de un suceso histórico preciso. En ocasiones la muerte y la catástrofe se presentan tomando la forma de una danza macabra y exultante, mas también lo hacen delatando un paciente, resignado y extenuante susurro (tal como acontece en México). Lo que Steiner comprendía por brutalidad política se relacionaba con la crueldad y el asesinato de una comunidad específica, la judía, mientras que yo me inclino a entender dicha brutalidad como la incapacidad que se tiene, en general, para construir y divulgar modelos del bien civil y convertirlos en responsabilidad pública; es decir, en “necesidad relativa” y conveniente. Resulta desolador para quien todavía conserva esperanzas acerca de la evolución cultural de la sociedad actual (no es mi caso), advertir que, sin importar su origen o estado social, un ejército de calamidades bípedas deambula en el espacio público equipado con un teléfono, computadora, tabla electrónica, o como se le llame a ese aterrador sustituto de la conversación y de la inteligencia. Tan ridículo amansamiento debe ser decepcionante para todo aquel que considere que el individuo debe poner cierto orden en sus ideas y, por lo tanto, tendría que leer ensayos críticos de índole varia, reflexionar y actuar, si aún le quedan deseos de hacerlo. (Lo sé, mi ingenuidad sí que es macabra.)


Ilustración: Alberto Caudillo

Vuelvo a Steiner: “Debemos mantener vivo en nosotros un sentido del escándalo tan abrumador que afecte todo aspecto significativo de nuestra posición en la historia y en la sociedad”. Sin ese sentido del escándalo, sugerido o descrito por Steiner, es posible que los pillos y los políticos rapaces actúen con mayor cinismo y malicia para solazarse en su cómoda posición privilegiada. Sin embargo, ¿cómo se logra mantener vivo y despierto tal sentido del escándalo? Y no me refiero, es claro, al amarillismo o nota rosa políticos, a la subjetividad quisquillosa, o al individualismo susceptible a cualquier acto social que no beneficie su ideología. Por el contrario, aludo a la sensibilidad que debería sobrevivir y mantenerse alerta en el ámbito político, aun a costa de cultivar el “escándalo abrumador” que descubre o acusa al delincuente. Las apreciaciones de Steiner al señalar la pasividad de los judíos ante su inminente asesinato y exterminio durante la pasada gran guerra hacen explícita una conducta —la resignación— que puede ser comprendida de diversas maneras. Ensayo una: los judíos eran conscientes de que la crueldad de su Dios jamás podría ser superada por la de ningún ser humano; en este caso, los elegidos sufrieron indeciblemente más que los no elegidos. En contraparte, me pregunto: ¿cómo es posible que una sociedad no elegida, común y heterogénea —la mexicana— pueda ser capaz de sufrir el oprobio constante por parte de quienes tienen como oficio sustituir al destino y procurar el bien y la concordia públicos? Es más que probable que los intelectuales, pensadores y críticos capaces de formar una barrera que contenga y combata la bestialidad y brutalidad política, hayan dejado de existir en el horizonte público y hayan preferido desvanecerse en la aglomeración periodística, en el comentario inadvertido o en el hecho de encarnar una especie de bienestar no escuchado y mucho menos comprendido. ¿Cómo entonces logran, los críticos e intelectuales, hacer llegar a las personas comunes las armas necesarias para combatir la brutalidad política? ¿Transformándose en celebridades? ¿Tomando el camino de la humilde divulgación? No lo sé, pero contemplo y cultivo la certeza de que si uno mantiene vivo el recurso del escándalo abrumador —como lo llama Steiner— y de la conciencia susceptible, podrá adjudicarse al menos la derrota y la estrepitosa caída humanista en la era de la desmemoria. ¿No representa acaso ya un triunfo arrogarse la derrota, promoverla como un logro en vez de esperar su paso y atropello inevitable?

Adjudicarse la derrota te salva, cuando menos, de no ser solamente una cosa como lo fueron los judíos que caminaron mansamente hacia los campos de concentración. No eres ya el judío derrotado por su Dios y por su conciencia trágica y especulativa; en cambio pasas a representar el papel del ciudadano que jamás tuvo los medios críticos suficientes para ser ciudadano y al que le fueron impuestas plagas, desgracias y desventuras, no a causa de un Dios —aliado de Hitler—, sino por un grupo de políticos analfabetas y criminales civiles que se han aprovechado de una sociedad carente de puntales culturales, intelectuales e ideológicos que garanticen la posibilidad de transitar hacia horizontes humanos menos pervertidos. La rapiña, el acoso del miedo, la desconfianza, el mareo tecnológico y la injusticia tienen un lugar cómodo en nuestro pueblo no elegido porque el saber inteligente ya no puede ser divulgado, y por más que tal saber se concentre en algunos virtuosos espacios de conversación crítica y el eco de su movimiento se difunda humildemente, no posee más la posibilidad de influir en la mengua de la brutalidad política. ¿Es esto verdad o sólo estoy haciendo uso del derecho que tengo para practicar mi propio sentido del escándalo?

(Me tomo la libertad de repetir que, en mi escasamente docta opinión, el concepto de inteligencia humana en poco se relaciona con la lógica o inferencia, la memoria o el saber especializado y, en cambio, tiene mucho que ver con la comprensión del yo y su circunstancia a través del lenguaje y la imaginación: el uso de la reflexión para la comprensión de principios y fines no sólo materiales o accidentales, sino también morales y comunes.)

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

Cultura y vida cotidiana

Hasta el fin del mundo

En algún momento habrá que preguntarse dónde estuvieron los ojos del planeta mientras en Myanmar se confirmaba lo inmenso que pueden ser las decepciones. Al hacerlo, deberemos preguntarnos, también, qué hizo creer que se le prestó suficiente atención a la violencia en un territorio que se encuentra al fin de todo. Hasta el fin del mundo, canta su himno, vivirá Myanmar. Pero sólo vivirá parte. Los que no, murieron o huyeron de la limpieza étnica.

¿Existe concepto más perverso que ése? Como si alguna característica de los humanos tuviera la posibilidad de ensuciar.

Noticias sobre Myanmar han aparecido en las últimas semanas en todos los medios, nacionales e internacionales. Más de cuatrocientos mil musulmanes Rohingyas, uno de los ciento treinta y cinco grupos étnicos que viven en el país, han tenido que huir a Bangladesh para salvar la vida.

En el estado Rokhine, al oeste de Myanmar, los militares quemaron sus casas y los acusaron a ellos de quemarlas. Mujeres y niños fueron asesinados por los militares. Trescientos setenta terroristas, según datos oficiales.

En este caso no es la indiferencia de costumbre lo que llama a pensar. Sino la dirección equivocada en la mirada hacia un país asiático con más de cincuenta millones de habitantes, hacia una Nobel de la Paz que pasó del encarcelamiento al poder, hacia una nación que —por instantes— se entendió como el ejemplo de posibilidades de transición de un gobierno dictatorial y militar a uno civil. Tal vez, una vez más, hacia la manipulación de conceptos como la soberanía y la democracia.

Las perversiones de Myanmar piden urgencia y representan la necesidad del mundo entero, Occidente incluido, de revisar sus modelos y condescendencias.

Pero la perversidad en Myanmar no se queda en el recuento de los hechos sobre los eventos que suceden ahí mientras escribo estas líneas: un gobierno que niega estar llevando a cabo una operación de limpieza étnica sobre la población Rohingya, en muchas voces la minoría más perseguida del mundo. Una comunidad de más de un millón de personas obligada a escapar de la aniquilación y el desalojo. Y organizaciones internacionales, condenando y pidiendo que se detenga dicha operación criminal.

Las tragedias son más grandes cuando surgen de la perversidad.

Al preguntarnos que quedó de los Rohingya de Myanmar habrá que hacer historia. Recordar cuando a ese país sólo se le llamaba Burma, Birmania. Y volver al presente una y otra vez para tratar de entender las tendencias que tienen esos lugares que se comportan como una receta para el desastre.

Tras la Segunda Guerra Mundial y su independencia del Reino Unido en 1948, Birmania se estableció como un Estado Democrático Socialista. Aung Sang, fundador del Partido Comunista de Burma, es conocido como el padre de la patria. Su hija, la Premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, actual Consejera de Estado de Myanmar, es el poder de facto en el país.

En 1962, Ne Win, jefe de las fuerzas armadas, perpetró un Golpe de Estado. A partir de ese momento gobernó una junta militar a la que se le adjudicó una mala situación económica y en la que los ánimos se calentaron por el protagonismo del líder golpista. Ante la petición popular de deponer a Ne Win, tras bambalinas, éste operó un segundo Golpe de Estado en 1988. La nueva junta militar creó el Consejo de Restauración del Orden y el Desarrollo. Birmania cambió de nombre. Desde entonces se llama Myanmar.

Aung San Suu Kyi, opositora a la junta militar, fue arrestada y se convirtió en símbolo de la resistencia. A lo largo de veintiún años estuvo presa en diversas ocasiones, quince de ellos bajo prisión domiciliaria.

En 1991 la Academia sueca le otorgó el Nobel “por su lucha no violenta a favor de la democracia y los derechos humanos”.

Desde 1989 hasta años recientes, con la intención de liberar presión local e internacional, la junta militar del segundo Golpe estableció un cese al fuego con los diferentes grupos étnicos. La reacción de la junta militar a la catástrofe provocada por un huracán en 2008 fue el catalizador de lo insostenible de su permanencia en el gobierno. Con doscientos mil muertos y un millón de damnificados, la ayuda internacional se entregó con preferencia a las poblaciones budistas, mayoría en el país. En 2010 se convocaron elecciones que permitieran la transición a un gobierno civil y los conflictos étnicos se transformaron en herramienta política.

Desde 2012 la violencia étnica es una constante en Myanmar.

Ya libre, en 2015, el partido de Suu Kyi ganó una segunda elección. El presidente es asignado por el congreso, no por voto popular.

Las perversiones de Myanmar.

Suu Kyi, budista, viuda de un inglés y con dos hijos ingleses, es impedida por su matrimonio con un extranjero a ocupar la silla presidencial. Entonces se le creó el puesto que ocupa actualmente.

En el último censo que se realizó en Myanmar, se decidió no contar al millón de Rohingyas dentro de sus fronteras. Históricamente, para su gobierno no son ciudadanos, pese a vivir en el territorio y contar con raíces culturales afianzadas por varias vidas.

No recuerdo otro grupo étnico al que un Estado, por ley, le niegue el derecho de ciudadanía. No tienen derecho a registro, a identidad. Tampoco derecho a trabajar legalmente. Para el gobierno de Myanmar son terroristas o migrantes de Bangladesh, aunque no hubieran visto hasta ahora un centímetro de tierra bangladesí.

Bangladesh abrió sus fronteras, pero el viaje de país a país dura días en los que no hay alimento, no hay agua. El trayecto se sobreinternacionaliza con la propuesta turca de financiar la recepción de refugiados musulmanes, extendiendo los matices religiosos fuera de la región. Los testimonios son desgarradores, las imágenes también. De madres que van cargando a sus hijos tras ver cómo le dispararon al padre, a familias enteras caminando por una brecha sinuosa de medio metro de ancho y de la que se van saliendo al caer por agotamiento.

El 25 de agosto un grupo subversivo, llamado Ejército Rohingya de Salvación, perpetró un ataque terrorista sobre una estación de policía. En una respuesta desmedida que recuerda la masacre de Srebrenica en Yugoslavia, pero ahora tratando de mantener un equilibrio entre poderes civiles y militares que aún se mantiene con dificultad, el gobierno de Myanmar ordenó una incursión punitiva contra la comunidad Rohingya de Rakhine. Los reportes de organismos internacionales de derechos humanos avisan de mil muertos, seiscientos treinta más que las cifras oficiales.

Cuando por fin creamos que tenemos las respuestas a todo aquello que nos preguntamos sobre Myanmar no deberemos olvidar algunos elementos. Tres fenómenos que, si bien rondan los temas que tratan los estudiosos en política, en las relaciones de los países, en la violencia, hace falta pensarlos desde lo meramente social y humano. La imposibilidad de los Rohingyas a ser ciudadanos, el fuero que se le da a una Premio Nobel de la Paz y bajo el cual, su labor política —pese al reclamo de otros Nobel— cuenta con el amparo de una legitimidad que no corresponde a la indiferencia o responsabilidad que tiene en la barbarie, y, tan importante como éstas, el entendido internacional de la soberanía. ¿Hasta qué punto de violación de derechos humanos se puede sostener el principio de no intervención? Y hablar de intervención no se debe entender únicamente como acciones bélicas. Los instrumentos internacionales de investigación son ejemplo de ello. Basta voltear a Guatemala y sus múltiples comisiones contra corrupción o enfocadas a las violaciones de derechos humanos. Este mismo dilema, con diferentes condiciones, se tiene que resolver al pensar en Venezuela, Siria y México. Se trata de entender que, bajo el principio de respeto a cada Estado, existe una aspiración a orden internacional que no debe pasar por alto ese respeto, pero tampoco debe permitir la violencia —criminal y sin límites— sobre los individuos que conforman esos mismos Estados.

En condiciones como las de Myanmar, es probable que sea necesario reflexionar sobre la guerra como concepto antropológico, parte de los principios formadores de las sociedades. Idea lejana a la confortabilidad de los sentimientos bonachones. Desde ese principio, podríamos repensar las conferencias de Foucault en las que planteaba a la guerra como un estado constante de definición de los poderes. Asimilando su constancia, sería posible intentar que las acciones de las disciplinas y organismos que tienen capacidad de intervenir en estos casos lleguen a un ejercicio que me atrevo a definir optimista: la estabilización de una selva menos salvaje, pero selva a fin de cuentas.

El primer límite para Myanmar es el reconocimiento de todos sus habitantes en el piso común, jurídico y moral, de lo ciudadano. Llegamos al siglo XXI con esa simple aspiración, el reconocimiento. Desde él se montarán las barreras a la violencia. Aquí, allá, en todos lados. Hasta el fin del mundo.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado: Casa DamascoLa carta del verdugoReserva del vacíoClandestinoPensar Medio Oriente y El jardín del honor.

Twitter: @_Maruan

Bioéticas

Ignorancia y escepticismo

Christopher Hitchens (1949-2011) fue escritor, periodista, ensayista y polemista. Anticlerical convencido se anunciaba como ateo profesional. Atendiendo a los legados de la realidad, ser escéptico profesional es necesario y ético. A Hitchens le gustaba combatir la ignorancia. Tenía razón. La ignorancia es una  apuesta del Poder. He escrito acerca de los vínculos entre ignorancia y ética. Regreso al tema: el escepticismo sano podría combatir la ignorancia.

Me autoplagio: ¿Es la ignorancia un tema que concierne a la ética? Dos respuestas: Primera, la que fomentan los políticos es tema ético. Segunda, la que es propia de la pobreza también lo es.


Ilustración: Kathia Recio

El círculo vicioso es evidente.  Deseducar —sembrar ignorancia— y empobrecer a la población caminan de la mano. Sin alimento educativo y sin alimento donde las proteínas sean base de la dieta, la posibilidad de progresar y de contestar son enjutas. Los políticos, en la inmensa mayoría de los países pobres, promueven conscientemente la ignorancia.

El círculo vicioso es complejo: la mayoría de los políticos son ignorantes. Poco les interesan los pilares del conocimiento: educación, arte, literatura, historia, medio ambiente y cine son ajenos a su genética. Sus genes codifican intereses diferentes: corrupción, impunidad, ignorancia y robar sin límites son elementos consustanciales a sus labores.

Las reflexiones previas evocan tres ideas. Primera, los políticos son, por obligación y falta de criterio, optimistas. La mayoría de los librepensadores son, por conocimiento y estudios, escépticos. Se construye más y mejor a partir del escepticismo como realidad que del optimismo como mentira. Segunda, George Steiner es un hombre sabio. Copio la contraportada de La barbarie de la ignorancia de Steiner en diálogo con Antoine Spire:

A través de una obra en parte consagrada a la situación del hombre culto ante la barbarie, Steiner suscita una pregunta fundamental: ¿qué sentido puede nacer de la montaña de escombros dejada por este siglo XX? Entre esta barbarie y lo que él llama el esperanto tecnocrático y tecnológico, nuestra sociedad se interroga sobre la razón de ser de la cultura y del intelectual. Y ello a doscientos años del Siglo de las Luces, cuando Jefferson proclamaba, “Entre gente civilizada nunca más se quemarán libros”.

La tercera reflexión se refiere a la Docta Ignorantia. Transcribo del Diccionario de Filosofía de J. Ferrater Mora un párrafo sobre la Docta Ignorantia:

En varias ocasiones se ha predicado en filosofía una ignorancia sapiente. El primer ejemplo eminente es el de Sócrates, y su más acabada expresión se halla en la Apología platónica. Ante sus acusadores, Sócrates manifestó que poseía una ciencia superior a todas las de los demás mortales, y que ello no era una presuntuosa afirmación suya, sino una respuesta dada por el oráculo de Delfos a Cerefón cuando éste le preguntó si había alguien más sabio que Sócrates. “Nadie es más sabio que Sócrates”, contestó el oráculo. Esta respuesta significaba, según Sócrates, que mientras los demás creían saber algo, él, Sócrates, reconocía no saber nada. Pero entre el conocimiento falso de muchas cosas y el verdadero de la propia ignorancia, no cabe duda que el último es el más sabio.  Con el “Sólo sé que no sé nada”, Sócrates expresaba, pues, irónicamente, una concepción de la sabiduría que posteriormente hizo fortuna: la que se expresó con el nombre de docta ignorantia y que de un modo u otro significó el rechazo de los falsos saberes para consagrarse al único saber considerado como auténtico. Así, la docta ignorantia equivale, ya desde Sócrates, a un estado de apertura del alma frente al conocimiento: más que una posesión, la ignorancia sapiente es una “disposición”.

Fomentar la ignorancia es una apuesta de los políticos mediocres. Leamos la realidad: la ignorancia atenta contra el progreso y la dignidad, i.e., atenta contra la ética. Seamos escépticos: en nuestro México difícilmente los políticos re- pararán en lo dicho por Steiner y Sócrates. Al respecto, cito a Javier Dávila, quien amablemente escribió en mi blog. Su postura difiere de la mía; es válida e interesante: “La docta ignorancia (al menos en la versión socrática) no se planta frente a la ignorancia llana ni ante la voluntad de ser ignorante o fomentar la ignorancia, sino ante el falso conocimiento: “¿quién es más sabio —dice el texto—, el que cree que sabe o el que sabe que no sabe?”. A eso se contrapone la docta ignorancia, a la postura del que cree que sabe, el que no para de decirle a los demás que ‘abran los ojos’ o que ‘despierten’, y que, sin embargo, está más velado que ellos. Por eso me parecería que no es una recomendación para los políticos, sino para quienes quisiéramos asumir un postura opositora razonada”.

La ignorancia es un brete inmenso y desesperanzador. El falso optimismo es un cáncer agresivo. Construir a partir del escepticismo podría atenuar los males de la ignorancia. Combatir desde la trinchera del escepticismo podría iluminar un poco al Poder político y religioso, y, con suerte, contrarrestar su infinita, perenne y cuasigenética ignorancia.

Pese a todo, sembremos “ilusiones optimistas”: a partir de una visión crítica y escéptica de la realidad podrían generarse mecanismos para disminuir la ignorancia, lo cual, a su vez, gracias a la información, restaría poder a los políticos. Antes de claudicar frente al Poder omnímodo sería útil seguir a Hitchnes: ser escéptico profesional es sano y necesario.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.

Sobre ciencia, en teoría

Una (pre)historia difícil: De caníbales, priones y kuru

“Me gustaría que pudiéramos platicar más, pero tengo a un viejo amigo para la cena”.
—Hannibal Lecter

Pocas cosas nos trastornan más que pensar en la antropofagia. El canibalismo nos produce horror: nos repugna y nos atrae en dosis (¿trozos?) iguales. No podemos evitar ponernos en la piel de quienes se han visto forzados a sobrevivir recurriendo a esta práctica tabú durante una situación extrema en la que la única alternativa era resignarse a morir de inanición. Los caníbales como monstruos han sido explotados en el cine para crear, desde películas con un variado buffet de crudas y nauseabundas escenas, disfrutables (es un decir; o tal vez no) sólo para los estómagos acostumbrados a una dieta extrema de gore, como la muy de culto pero nada recomendable Holocausto caníbal, hasta filmes igualmente perturbadores pero de inobjetable calidad artística, como Voraz.


Ilustración: Oldemar González

Es precisamente un antropófago quien nos fascina y ocupa repetidamente alguna de las primeras tres posiciones en la lista de los más grandes villanos cinematográficos: el doctor Lecter, protagonista de la saga escrita por Thomas Harris y comensal cuyos gustos culinarios son mostrados continuamente y sin empacho en la gran y en la pequeña pantallas. Y en la Literatura con mayúscula y alejada de los best-sellers tenemos a los caníbales como personajes centrales de Herman Melville en Typee, su primera y ampliamente olvidada obra, mezcla de ficción y recuerdos de su estancia en las Islas Marquesas: “Estos afamados guerreros [los taipis] parecen inspirar un terror indescriptible en los demás nativos. El solo hecho de nombrarlos los atemoriza: la palabra ‘typee’ en el dialecto marquesino significa devorador de carne humana. Resulta singular que este nombre se les asigne a ellos exclusivamente, porque los nativos de todo este grupo de islas son caníbales incorregibles…”. Estos antropófagos convirtieron a Melvin en vida, entre sus contemporáneos coetáneos, en “El hombre que vivió entre los caníbales”.

Para aprensión de todos aquellos a quienes nos gustaría que los caníbales y la carne que consumen fueran materia sólo de ficción —o, siendo ya forzados a masticar la idea de que alguien ame a su próximo, sí, pero en su jugo o a las finas hierbas—, para aversión de quienes ven esta práctica culinaria como algo restringido exclusivamente a ceremonias de carácter místico-religioso en un puñado de culturas enterradas por el paso y el peso de la historia, y para repulsa de quienes no condonan pero entienden, gracias a historias de supervivencia andina y de otras latitudes, que a veces no hay otra opción que hacer caso omiso del “perro no come perro” aplicado en nuestros congéneres, debemos rumiar mentalmente y asimilar que el neurólogo Simon Mead (sin ningún parentesco con la famosa antropóloga Margaret Mead) y sus colaboradores han hallado fuerte evidencia en nuestros genes —podría decirse que en lo más profundo de nuestras entrañas, si estiramos la metáfora al extremo— de que los festines antropofágicos nos han acompañado durante la evolución de nuestra especie.1

Mead y su equipo observaron la presencia de alteraciones en un gen —conocido como PRNP— que podrían haber provisto a nuestros antepasados de resistencia ante enfermedades neurodegenerativas producidas por proteínas conocidas como priones. La transmisión de estas enfermedades “priónicas” puede darse únicamente por ingestión del portador de dichas proteínas o, dicho de otro modo y si somos capaces de digerirlo sin que se nos atraganten las palabras: vía canibalismo, al comerse el cerebro, o algún tejido nervioso, contaminado con priones.

Antes de continuar necesitamos hablar un poco sobre algunas cuestiones de índole genética: un prión es una forma anormal (una mutación) de una proteína existente en nuestro organismo que, por un mecanismo desconocido y al entrar en contacto con otras proteínas sensibles a ella, ocasiona que éstas adopten su forma y, debido a un efecto dominó, conduce a la formación de conglomerados de proteínas inservibles en nuestro cerebro.

El kuru: Algo para, literalmente, morirse de risa

Una enfermedad sumamente rara, letal e incurable, debida a priones es una encefalopatía conocida como kuru y que en una de sus etapas provoca ataques de risa a quienes la padecen. Otras encefalopatías “priónicas”, igualmente incurables, son la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob y la encefalopatía espongiforme bovina, mucho más conocida como el “mal de las vacas locas”.

El kuru, palabra que significa “temblar” o “estremecerse” en la lengua hablada por los aborígenes de Papua Nueva Guinea, constituye tanto el mayor caso epidémico de una enfermedad causada por priones como la mayor evidencia de la presencia de endocanibalismo en un grupo poblacional que, en este caso, se trata de una tribu, los Fore, constituida por unas once mil personas en los años cincuenta, década en la que se descubrió que cientos de “foresianos” morían cada año, luego de perder el control no sólo de su cuerpo (síntomas de kuru incluyen falta de coordinación, dificultad para caminar y, de ahí el nombre de la enfermedad, temblores), sino también de sus emociones, pues en etapas posteriores el paciente podía pasar repentinamente de una profunda tristeza a una alegría acompañada de estallidos de risa hasta que, en la última etapa (alrededor de un año después de presentar los primeros síntomas), se volvía demente e incapaz de hablar, de moverse y de tragar comida y alimentarse por sí mismo.

Desde el punto de vista del foresiano de esos tiempos, por supuesto que un paciente de kuru tenía que deber su estado a la brujería más maldita, y no al bendito consumo ritual de sesos de familiares fallecidos. Este rito constituía un último acto de amor hacia el muerto, ya que para los foresianos era mejor que su familiar pasara a formar parte de ellos, en vez de ser enterrado y dejar que se lo comieran los gusanos (¿no se parece este rito a lo que se supone que hacen quienes comulgan en la comunión, comerse “el cuerpo y la sangre de Cristo”? Al menos si creen que en verdad ocurre el milagro de la transustanciación del pan y el vino).

A la antropóloga médica Shirley Lindenbaum debe la tribu Fore no haberse extinguido, pues fue ella quien en 1961 sospechó que el endocanibalismo era el mecanismo de contagio de la enfermedad.2 La comprobación tendría que esperar a que el médico Carleton Gajdusek observara síntomas de kuru en chimpancés inyectados con cerebros humanos, descubrimiento por el que asistiría al banquete de premiación al ganar el Nobel de Medicina en 1976, si bien atribuyó la enfermedad a un virus; fue el neurólogo Stanley Prusiner quien finalmente demostró que se trataba de una proteína y recibió su propio Nobel por ello en 1997.

Todos aquellos con la suerte de contar en su “arsenal” genético con ciertas mutaciones del gen PRNP tienen un menor riesgo de ser contagiados de estos y otros males producidos por el consumo de sesos o tejidos nerviosos infectados con priones y provenientes de bovinos u ovinos (o de prójimos, si de kuru hablamos). En el estudio de Mead, 23 de las 30 mujeres de la tribu Fore que participaron —cincuentonas y mayores, sobrevivientes de la epidemia de kuru del siglo pasado y que en sus viejos tiempos participaron en múltiples banquetes caníbales— presentaron alteraciones en el gen PRNP, gracias a las cuales obtuvieron cierta resistencia a esta enfermedad.

Este conjunto de variaciones en el gen PRNP se conoce como polimorfismo y como, de acuerdo con Mead, no sólo se presentan en algunos miembros de la tribu Fore, sino también en poblaciones de Japón, Asia, África y Europa, sin posibilidad alguna de que los “foreños” lo heredaran a nipones, africanos o europeos, dado que no sólo están aislados geográficamente sino que su polimorfismo del PRNP es, en comparación, bastante reciente (se remonta a unas 10 generaciones de isleños), para Mead esta amplia distribución podría ser una respuesta evolutiva ante los riesgos de comer la carne de nuestro prójimo: si la dieta de nuestros antepasados incluía carne humana, la selección natural favoreció a los mutantes con variaciones en su gen PRNP, por lo que esta característica siguió heredándose hasta los tiempos modernos. Como hay evidencia de canibalismo en neandertales que vivieron hace más de medio millón de años, es posible que ello explique en buena medida cómo es que esta mutación se encuentra en humanos modernos de lugares tan distantes entre sí como Japón y Europa.

¿A otro perro (o caníbal) con ese hueso (o gen)?

No se trata de canibalismo científico, sino de cómo funciona la ciencia, que requiere que los pares validen o refuten las hipótesis con que trabajan los investigadores. Así, el especialista en genética y biología molecular Jaume Bertranpetit y sus colegas de la Universidad de Cornell consideraron que las conclusiones de Mead no estaban bien fundamentadas, debido a un error estadístico (que, por ser bastante ilustrativo, describiremos a continuación) y no tardaron en publicar un artículo en el que las rebatían.3

El equipo de Bertranpetit rechazó la forma en que fue elegida la muestra de mil personas analizada por Mead e indicó que éste cometió un error conocido como sesgo de indagación. Este error implica que, al realizar un estudio estadístico, elijamos una muestra de manera tal que nuestros datos apoyen aquello que estamos buscando probar. Pongamos un ejemplo completamente hipotético: imaginemos que queremos ver quién ganará la presidencia en las próximas elecciones y que sabemos de antemano que el candidato del Partido VIP es el favorito entre quienes cuentan con mayores ingresos económicos. Los encuestadores preguntan a mil personas qué casilla marcarán el día de la elección y, al procesar toda la información recolectada por ellos, obtenemos un contundente 80% de intención de voto para el VIP. Para desgracia de los miembros de ese partido, días después nos enteramos que los encuestadores preguntaron únicamente a personas propietarias de camionetas de doble tracción importadas, con lo que los resultados estadísticos serían inválidos, sobre todo si la gran mayoría de la población no cuenta con vehículo propio (mucho menos con camionetas con las características citadas).

Aunque los resultados de Bertranpetit, libres (según él, dicho esto sin sarcasmo) de este sesgo de indagación y provenientes de una muestra de 174 personas provenientes de diferentes partes del mundo, contradicen el resultado estadístico sobre variación genética de Mead, este último ha señalado que sus conclusiones se basan en diversas líneas de evidencia y, por lo tanto, siguen siendo válidas. Además, estudios posteriores de Mead y otros científicos sobre la extensa presencia en diversas poblaciones de variaciones en el gen PRNP y resistencia a kuru y otras encefalopatías, apoyan su hipótesis.4

A pesar de que los funerales antropofágicos fueron prohibidos por el gobierno de Nueva Guinea desde los años sesenta, todavía entre 1996 y 2004 fueron identificados 11 casos de kuru de pacientes nacidos antes de la prohibición, ya que los periodos de incubación conocidos varían de 34 a 41 años y se cree que es probable que, en hombres, el periodo máximo exceda los 56 años.5 Luego de que en 2012 las autoridades de esa isla declararan a la epidemia de kuru  como oficialmente terminada, sería reconfortante pensar que, hoy en día, el canibalismo como práctica común —aunque sea parte de un ritual religioso— está extinto, mas existe la posibilidad de que no sea así. Por ejemplo, en Colapso: Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen, el geógrafo Jared Diamond documentó que: “Habitantes de Nueva Guinea con quienes he trabajado por alrededor de 40 años han descrito de hecho sus prácticas canibalísticas, han manifestado disgusto hacia nuestras propias costumbres occidentales de enterrar familiares sin hacerles el honor de comerlos, y uno de mis mejores trabajadores dejó su empleo conmigo en 1965 para participar en el consumo de su recientemente fallecido prospecto de yerno”.

Disfruten su comida.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Es autor de Ciencia Pop, La física del Coyote y el Correcaminos, y más ciencia (y muchos más dibujos animados) y de El teorema del Patito Feo. Encuentros entre la ciencia y los cuentos de hadas.


1 Mead, S., M.P.H. Stumpf, J. Whitfield, J.A. Beck, M. Poulter, T. Campbell, J. Uphill, D. Goldstein, M. Alpers, E.M.C. Fischer y J. Collinge, “Balancing selection at the prion protein gene consistent with prehistoric Kurulike epidemics”, Science, 300(5619), 2003, pp. 640-643.

2 Es de atesorarse que existe un testimonio de primera mano, escrito por esta antropóloga y comprensible para todos los que no somos especialistas en encefalopatías ni en priones (ni, supongo, en canibalismo): Lindenbaum, S., “An annotated history of kuru”, Medicine Anthropology Theory, 2(1), pp. 95-126.

3 Soldevila, M., A.M. Andrés, A. Ramírez-Soriano, T. Marquès-Bonet, F. Calafell, A. Navarro y J. Bertranpetit, 2005, “The prion protein gene in humans revisited: Lessons from a worldwide resequencing study”, Genome Research, 16, pp. 231-239.

4 Entre los principales: Mead, S., J. Whitfield, M.A. Mark-Poulter, S. Paresh, J. Uphill, T. Campbell, H. Al-Dujaily, H. Hummerich, J. Beck, C.A. Mein, C. Verzilli, J. Whittaker, M.P. Alpers y J. Collinge, “A novel protective prion protein variant that colocalizes with kuru exposure”, New England Journal of Medicine, 361, 2009, pp. 2056-2065.

5 Collinge, J., J. Whitfield, E. McKintosh, J. Beck, S. Mead, D.J. Thomas y M.P. Alpers, 2006, “Kuru in the 21st century —an acquired human prion disease with very long incubation periods”, The Lancet, 367(9528), p. 2034.

¿Qué ocurrió el 19 de septiembre de 2017 en México?

23 de septiembre de 2017

Mucho nos preguntamos si el sismo, de magnitud 7.1, fue más fuerte en la Ciudad de México que el terremoto de magnitud 8.0 de 1985. Sólo por la enorme diferencia en magnitud de los dos eventos, uno podría suponer que no. Esto tiene sentido, ya que el sismo de 1985 liberó 32 veces más energía sísmica que el del 19 de septiembre de 2017.  Sin embargo, en 1985, el epicentro fue muy lejano y bajo las costas del estado  de Michoacán, a más de 400 km de la capital, mientras que el 7.1 ocurrió apenas 120 km al sur de la ciudad. Al propagarse, las ondas sísmicas se atenúan rápidamente. Por ello, a pesar de que la ruptura que generó las ondas sísmicas el martes pasado es mucho menor que la de 1985, las sacudidas en la Ciudad de México fueron tan violentas. A continuación, veremos porqué.

¿Dónde y por qué ocurrió el sismo?

La ruptura del sismo del 19 de septiembre de 2017 ocurrió dentro de la  placa  oceánica de Cocos (i.e. sismo intraplaca), por debajo del continente, a una profundidad de 57 km (Figura 1). Si bien este tipo de sismo no es el más común en México, de ninguna manera es extraordinario. En la Figura 1 se muestran los epicentros y profundidades de algunos sismos similares, incluyendo el del pasado martes. Estas rupturas se producen a profundidades mayores que los típicos sismos de subducción como el de 1985, que tiene lugar bajo las costas del Pacífico mexicano sobre la interfaz de contacto entre las placas tectónicas de Cocos y de Norteamérica (línea roja, Figura 1). Los sismos intraplaca, de profundidad intermedia, se producen por esfuerzos extensivos a lo largo de la placa de Cocos. Las fallas geológicas  asociadas  a  estos sismos se conoces con el nombre de "fallas normales". Es preciso mencionar que estudios realizados para sismos intraplaca en México muestran que, por año, la probabilidad de que la intensidad de las sacudidas en la Ciudad de México debidas a este tipo de terremotos sea grande es muy similar a la de los sismos típicos de subducción, como el de 1985, entre otros. Esto implica que el peligro sísmico en la capital, asociado a los sismos intraplaca (como los del 7 y 19 de septiembre de 2017), es tan grande como el de los sismos más comunes que ocurren bajo las costas del Pacífico mexicano.


Figura 1 Localizaciones del sismo de magnitud 7.1 del 19 de septiembre de 2017 (color rojo) y algunos otros del mismo tipo en la región. Las "pelotas de playa" ilustran la orientación de las fallas y la dirección en que deslizaron. Todas estas son fallas de tipo normal.

¿Por qué tantos daños?

Gracias a la vasta red de acelerógrafos y sismómetros que registraron ambos terremotos  en  la  Ciudad  de  México,  y  a  los  esfuerzos  de  muchos  sismólogos  e ingenieros mexicanos, hoy hemos entendido mejor qué ocurrió. Uno de los ingredientes que usan los ingenieros civiles para calcular las estructuras de los edificios de la CDMX es la aceleración máxima (Amax) del suelo producida por las ondas sísmicas. En 1985, la Amax en Ciudad Universitaria (CU), que está en suelo firme (Figura 2), fue de 30 gal (1 gal = 1 cm/s2), mientras que la Amax del 19 de septiembre de 2017 fue de 57 gal. Es decir que el suelo en la zona cercana a CU experimentó una sacudida dos veces mayor que en 1985.

Sin embargo, todos sabemos que gran parte de la Ciudad de México está edificada sobre sedimentos blandos de los antiguos lagos que existieron en el valle. Estos sedimentos provocan una enorme amplificación de las ondas sísmicas en la Ciudad de México que, probablemente, sea la más grande reportada en el mundo.


Figura 2 Espesor de la cuenca sedimentaria donde se encuentra gran parte de la Ciudad de México. Nótese la localización del terremoto del 19 de septiembre en el cuadro de la parte superior izquierda. Los puntos azules indican los sitios de dos estaciones sísmicas que registraron los terremotos de 1985 y 2017. La región entre los contornos azul y rojo representa la zona de transición entre el suelo firme y el suelo blando.

Para dar una idea tangible, la amplitud de las ondas sísmicas con períodos cercanos de 2 segundos en zona de lago (o zona blanda) (e.g. colonias Roma, Condesa, Centro y Doctores) puede llegar a ser 50 veces mayor que en un sitio de suelo firme de la Ciudad de México. Sin embargo, como las ondas también se amplifican en el suelo firme de la periferia, con respecto a lugares lejanos de la Ciudad de México, la amplitud en zona de lago puede ser de 300 a 500 veces mayor. En algunos sitios de la zona del lago, las aceleraciones máximas del suelo producidas por el sismo de magnitud 7.1 fueron menores a las registradas en 1985. Por ejemplo, en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT, Figura 2), que se encuentra en dicha zona, Amax en 1985 fue de 160 gal, mientras que el pasado 19 de septiembre fue de 91 gal. En otros sitios de la zona de lago, las aceleraciones del suelo durante el sismo reciente fueron, muy probablemente, mayores que la registradas en 1985. Se trata de un  patrón de movimiento complejo y muy variable en el espacio.


Figura 3 Localización de daños graves y colapsos durante el sismo del 19 de septiembre de 2017 (puntos rojos). El mapa contiene de fondo la información del periodo  natural  del  suelo  (degradado  de  colores),  que  es  una  característica  que determina el potencial de amplificación del suelo blando de la ciudad. La zona en tonos grises representa los periodos de 0.5 a 1.0 segundos, también conocida como la zona de transición. (Fuente: ERN Ingenieros Consultores, ERNTérate, “Nota de interés al respecto del sismo del 19 de septiembre de 2017”, publicada el 23 de septiembre de 2017).

Un análisis detallado del movimiento del suelo producido por ambos sismos en la Ciudad de México revela cosas interesantes. De la misma manera que sucede con el sonido emitido por una cuerda de guitarra, los sismos están formados por ondas con diferentes períodos de oscilación. Los sismogramas registrados muestran que la amplitud de las ondas sísmicas con períodos de oscilación menores a 2 segundos fue mucho más grande en 2017 que en 1985 (en promedio unas 5 veces), grosso modo, en toda la ciudad. Sorprendentemente, sucede lo contrario para ondas con períodos mayores de 2 segundos, cuya amplitud fue mucho mayor en 1985 (hasta 10 veces mayor). Como veremos abajo, esto tiene fuertes implicaciones en el tipo de daños observados durante ambos terremotos.

En resumen, los movimientos del suelo debidos al sismo de magnitud 7.1 fueron muy violentos y, de cierto modo, comparables a los de 1985 a pesar de haber sido provocados por una ruptura (falla geológica) mucho más pequeña que, sin embargo, ocurrió mucho más cerca de la Ciudad.

Y los edificios, ¿qué sintieron?

Para los edificios, la situación no es tan sencilla. La aceleración máxima del suelo (Amax) no es necesariamente lo que pone en riesgo su estabilidad. Por el contrario, al ser estructuras de dimensiones (alturas) diferentes, su vulnerabilidad es muy variada. Ondas con mayor período de oscilación amenazan estructuras más altas. Contrariamente, ondas con períodos más cortos, amenazan estructuras más bajas. Para identificar qué estructuras pudieron verse afectadas por el sismo de 2017, los ingenieros y sismólogos calculan lo que llaman las "aceleraciones espectrales" a partir de los sismogramas registrados. Dichos valores nos dan una idea de las aceleraciones que pudieron experimentar, en sus azoteas, edificios con diferentes alturas. Las aceleraciones espectrales en CU (suelo firme) indican que, los edificios de 1 a 12 pisos cercanos a la estación sísmica experimentaron una aceleración promedio de 119 gal, que es aproximadamente 2 veces mayor que la observada en 1985 (Figura 4a). En contraste, las estimaciones en SCT (suelo blando) muestran que edificios pequeños de este tipo, cercanos a la estación, experimentaron una aceleración promedio de 188  gal, muy similares a las de 1985 (Figura 4b).

Por otro lado, edificios más altos, de entre 12 y 20 pisos, experimentaron una aceleración promedio en CU de 60 gal, que es 30% menor a la de 1985, que fue de 85 gal (Figura 4a). La diferencia más clara entre los dos terremotos ocurrió en suelo blando para edificios con más de 15 pisos. La Figura 4b muestra claramente cómo, en 1985, los edificios de este tipo cercanos a SCT experimentaron aceleraciones de 1.5 a 4.9 veces más grandes que las observadas el 19 de septiembre de 2017. En 1985, algunas de estas grandes estructuras experimentaron aceleraciones de hasta 760 gal. Como referencia, la aceleración de la gravedad terrestre (i.e. la de un cuerpo en caída libre) es de 981 gal.

Como veremos a continuación, la estación SCT no se encuentra en la zona con los mayores daños, que se encuentra más al oeste (hacia las colonias Roma y Condesa), principalmente en la zona de transición de la cuenca sedimentaria. Un análisis similar al de la Figura 4 a partir de registros en dichas colonias permitirá estimar qué tipos de edificios fueron los más amenazados. En esa zona, esperamos aceleraciones mayores que las de SCT para edificios de 4 a 10 pisos.


Figura 4 Aceleraciones experimentadas en las azoteas de edificios con diferentes alturas en los sitios CU (a, suelo firme) y SCT (b, suelo blando) (ver Figura 2) para los sismos del 19 de septiembre de 1985 (rojo) y 2017 (azul). 1 gal = 1 cm/s2. Las aceleraciones reportadas corresponden al promedio geométrico de ambas componentes horizontales del movimiento.

Los ingenieros y sismólogos de la UNAM, gracias a múltiples investigaciones basadas en miles de registros sísmicos en la Ciudad de México y el desarrollo de herramientas sofisticadas han podido cartografiar, en toda la mancha urbana, valores de aceleración experimentados el pasado 19 de septiembre para diferentes tipos de estructuras. Dichas herramientas fueron desarrolladas en el Instituto de Ingeniería de la UNAM y operan automáticamente en tiempo real. Con ellas, se generan mapas de intensidad en toda la ciudad pocos minutos después del sismo, mismos que son útiles para identificar, rápidamente, las zonas potencialmente dañas. La Figura 5 ilustra claramente esto para el sismo del 19 de septiembre de 2017. Ahí se puede apreciar que existe una clara correlación entre los daños ocurridos (i.e. los edificios colapsados o fuertemente dañados) y las zonas donde se produjeron las mayores aceleraciones espectrales. Consistentemente con lo explicado en el párrafo anterior, el sismo de magnitud 7.1 dañó, en su mayor parte, estructuras relativamente pequeñas, de entre 4 y 7 pisos, a lo largo de una franja con orientación norte-sur dentro de la zona de transición (entre las zonas de suelo firme y blando) al poniente de la zona de lago (Figuras 3 y 4). En contraste, las estructuras dañadas en 1985 fueron en su mayoría más grandes, con alturas de entre 7 y 14 pisos.


Figura 5 Mapa de aceleraciones espectrales para periodos de 1 segundo, correspondientes a la respuesta de estructuras de 7 a 10 pisos. Los triángulos negros muestran las localizaciones de los edificios colapsados o fuertemente dañados.

¿Por qué los daños se concentraron en ciertas zonas de la ciudad?

La violencia del movimiento del suelo en la Ciudad de México depende principalmente del tipo de suelo donde nos encontremos. Como ya se dijo, gran parte de la ciudad está asentada en suelo blando, sobre sedimentos lacustres (contorno rojo en de Figura 1). La Figura 5 muestra la aceleración estimada en las azoteas de edificios de 7 a 10 pisos (i.e. con períodos de resonancia cercanos a 1 segundo) provocada por el sismo del 19 de septiembre de 2017. Cabe precisar que este mapa fue generado en forma automática, casi en tiempo real, por el Instituto de Ingeniería de la UNAM, por lo que se hizo público unos minutos después del sismo. Como ya se dijo, existe una clara correlación entre la franja roja de máxima aceleración al poniente de la cuenca y la localización de los edificios colapsados o fuertemente dañados. También es sorprendente la correlación que hay entre los valores grandes de aceleración (franja roja) y la geometría (espesor) de los sedimentos lacustres (Figuras 2 y 3). La mayoría de los daños se encuentran al oeste de la cuenca sedimentaria, sobre la zona de transición y parte del suelo blando, muy cerca de su límite poniente. Ahí, los sedimentos tienen un espesor de 10 a 30 m. La interacción y amplificación de las  ondas sísmicas con esta región de la cuenca sedimentaria provocaron los daños.

Además de la amplificación de las ondas, la duración del movimiento del suelo es también mucho mayor dentro de los sedimentos blandos. Estudios recientes muestran que las duraciones más grandes esperadas para períodos de oscilación menores a 2 segundos coinciden con la zona de mayor destrucción para el sismo de magnitud 7.1 del 19 de septiembre de 2017. Por ejemplo, la duración de la fase intensa del movimiento en CU fue de 36 segundos, mientras que en SCT, fue de 1 minuto. Por esta razón, tanto la violencia de las sacudidas como su duración en la zona de transición y de lago son las causantes de la destrucción.

¿Los daños se debieron a deficiencias en el reglamento de construcción?

No tenemos hasta el momento indicios de que las fuerzas de diseño (i.e. los criterios de resistencia estructural) actualmente vigentes en el reglamento de construcción de la Ciudad de México se hayan excedido durante el sismo del 19 de septiembre de  2017. Por lo tanto, los edificios construidos en los últimos años no deberían haber sufrido daños. Sin embargo, en el caso de estructuras comunes, el Reglamento de Construcciones de la ciudad no exige que las edificaciones antiguas sean reforzadas para resistir las fuerzas especificadas en las normas emitidas después de su fecha de construcción. Es posible, entonces, que en el caso de edificaciones antiguas sí se hayan excedido las fuerzas de diseño con las que fueron proyectadas.

Independientemente de lo anterior, se sabe que existe un grave problema por falta de cumplimiento de las normas especificadas en el reglamento vigente de construcción, documentado en proyectos de investigación realizados en la UNAM. En consecuencia, los daños observados se explican mejor con la falta de observancia de las normas, más que por posibles deficiencias en el Reglamento de Construcción actual.

¿Esperamos un sismo de mayor intensidad en la Ciudad de México?

Es muy probable. Bajo las costas del estado de Guerrero, por ejemplo, existe una brecha sísmica (i.e. segmento donde no ha ocurrido un terremoto significativo en más de 60 años) de 250 km de longitud en dónde podría ocurrir un sismo de magnitud superior a 8. Este segmento se encuentra a unos 300 km de la Ciudad de México. Es decir, aproximadamente 150 km más cerca que la zona epicentral del terremoto de 1985. Estimaciones hechas por sismólogos de la UNAM sugieren que, si este sismo ocurriera en un futuro, las aceleraciones del suelo blando en la Ciudad de México podrían ser, bajo ciertas condiciones, mayores que las del sismo reciente de magnitud 7.1, y de 2 a 3 veces mayores que las de 1985 en particular para edificios de más de 10 pisos. La duración del movimiento del suelo sería mayor que las experimentadas en 2017 (alrededor de 3 minutos en su fase intensa).

 

Nota preparada por:

Dr. Víctor Manuel Cruz Atienza
Departamento de Sismología Instituto de Geofísica, UNAM

Dr. Shri Krishna Singh

Sismólogo y Profesor Emérito Instituto de Geofísica, UNAM

Dr. Mario Ordaz Schroeder
Coordinación de Ingeniería Sismológica Instituto de Ingeniería, UNAM

La información utilizada para elaborar esta nota resulta del esfuerzo de investigadores y técnicos académicos de los institutos de Geofísica e Ingeniería de la UNAM.

Naufragio en la colonia del Mar

Piraña, Pingüino, Sirena, Camarón, Gitana, La Turba. Nombres de calles de la colonia del Mar, en la delegación Tláhuac, que después del sismo del 19 de septiembre aparecieron, algunos por primera vez, en los medios de comunicación por ser parte de una pequeña zona de desastre. Sin embargo, la ayuda hasta este domingo era limitada.

Las imágenes que circularon en periódicos, portales de noticias y redes sociales mostraban calles partidas a la mitad por largas y serpenteantes grietas. Con los días se sumaron casas con fachadas apuntaladas, con bardas derrumbadas o con niveles de hundimiento que obligaron a ingenieros y arquitectos voluntarios de la UNAM a pintar en la paredes con aerosol rojo: “NH” (no habitable), “Alto riesgo”, “Muy alto riesgo”.


Fotografías: Kathya Millares

En la calle Pingüino, casi a las tres de la tarde, un camión de mudanzas está atravesado en la esquina con Sirena. Muebles, bolsas, cacerolas, restos de una vajilla, un sillón y otros objetos eran cargados por vecinos y por familiares de la señora Angelina Gutiérrez Serrato, quien lleva cuarenta años viviendo en la manzana 104.

—¿Cómo vas?, pregunta una de sus hermanas.

—Esto es un desmadre, responde la dueña de la casa con voz agotada.

A partir de ahora tendrá que volver a casa de su madre, “a unas cuadras cerca de aquí”. Los daños en su propiedad se observan desde la entrada. La fachada está apuntalada con dos polines, lo que era la cocina tiene casi todo el azulejo hecho añicos, debajo de la escalera principal y en la pared del espacio donde estaban sus sillones hay grietas.

En los restos de la casa de Angelina Gutiérrez, “todos andan en friega” moviendo cajas y desmontando cosas porque ella tiene miedo de que se queden atrapados. Este terremoto le deja como recuerdo la angustia de que su hija se quedó encerrada en la casa debido a que la puerta principal se atascó. “Ella estaba sola; se puso muy nerviosa. Los vecinos ayudaron a sacarla”.

En este tramo de la calle se repiten historias similares. Algunos aguardan el peritaje del personal de Protección Civil, pero a simple vista parece que en breve tendrán que seguir los pasos de la señora Gutiérrez.

***

Los primeros en llegar al albergue instalado en el Centro Comunitario de la Colonia del Mar fueron Patricia Zamora Camacho y Juan Galván, un matrimonio que se quedó sin vivienda.

Juan Galván tiene asignado el papel de repartir la comida a todos los refugiados. Algunos de ellos están tiempo completo y otros solo vienen por comida, pues decidieron hacer guardia en sus viviendas para evitar que las roben o para esperar “la visita de los expertos”.

Hasta ayer, en esa cancha de basquetbol con techo de lámina que ahora es su casa provisional, vivían diecisiete adultos y diecisiete niños. Hombres y mujeres ya tienen tareas asignadas: seleccionar y acomodar los víveres y medicamentos que les han donado. Aquí se sienten seguros; la única objeción que manifiestan es que no hay regaderas y el agua se está agotando (la cisterna es muy pequeña). Las encargadas de poner orden en este lugar, mencionan que un grupo de estadounidenses y guatemaltecos van a instalar tres regaderas y lavaderos, sin costo alguno.

Los niños juegan con los pocos juguetes que les han obsequiado y una madre lee en voz alta un cuento a su hijo.

Otra de las historias que se cuentan en este lugar es la de Nayeli García Rivas, quien vivía en la calle Pulpo, en la manzana 163. En ese predio vivían siete familias. Nayeli tuvo que pedirle ayuda a otra familiar para que le ayudara a contar el total de personas con quienes compartían techo. Luego de cinco minutos de jugar con los dedos, sumaron cincuenta, entre adultos y niños. “La casa se cuarteó. El gobierno nos dijo que van a demoler y a retirar el cascajo. El problema es que no vamos a recibir ningún otro apoyo”.

Por ahora muy pocos de los integrantes de la familia de Nayeli ha ido a trabajar. Varias de las mujeres se dedican a las tareas del hogar y algunos de los hombres trabajan en fábricas, supermercados o tiendas de manualidades.

Cuando Nayeli piensa en el tiempo que les llevará recuperar su patrimonio, se le hace eterno.

***

Otra de las escenas que delatan el desastre que dejó el terremoto del pasado martes 19 de septiembre son las filas de personas recargadas en las paredes con otra hilera de botes o tinacos frente a ellas. Todos esperan las pipas. Algunos llevaban cinco días sin que una sola gota caiga en las llaves de su casa. Otros apenas este fin de semana comienzan a preocuparse por las pilas de trastes sucios o por cumplir con el baño diario.

El día a día se había resuelto de distintas formas: comer en platos de unicel (pese al daño ecológico), comprar garrafones de agua en las purificadoras cercanas para resolver necesidades básicas como mantener el baño limpio, acudir a las lavanderías para lavar sus prendas de trabajo.

A la una y media de la tarde, en la calle Caballo de Mar aparece un grupo de vecinos. Están esperando una pipa. Ellos habían sido afortunados a lo largo de la semana, al menos habían conseguido el abasto de cuatro pipas del jueves a la fecha. Rosa Badillo, dirigente de la organización Mujeres de Tláhuac, se encargó de pedir apoyo a la delegación y al DIF. Pero este domingo sus solicitudes ya no están siendo atendidas con la misma eficiencia que antes.

Casi veinte minutos después, en Cangrejo y Perca llegó una de las pipas enviadas por la delegación. Las filas rompieron el orden y los botes comenzaron a volar. Todos intentaban llegar pronto a la boca de la gruesa manguera verde que dejaba caer en chorros descuidados el “vital líquido”.

En medio de la urgencia, el jefe de Proyectos Culturales de la Delegación Tláhuac e improvisado Cicerón del chofer de la pipa, Valentín Aguirre, gritaba: “Con cuidado; ahorita vale oro”.

 

Kathya Millares
Editora.

Es imposible atenuar el desasosiego

Sábado 23 de septiembre de 2017. Un centro recreativo en la colonia Santa Cruz Atoyac de la Ciudad de México funciona como albergue y centro de acopio desde el día 19. El tiempo apremia, pero los voluntarios no descansan. Mientras descargamos víveres y galones de agua de diversos vehículos, el organizador del centro me narra que albergan a más de 120 afectados. Algunos todavía esperan noticias sobre seres queridos o conocidos sepultados bajo los escombros aledaños —hay apoyo psicológico—, otros deambulan mirando al suelo, los que perdieron su único patrimonio. Parejas, familias enteras, individuos solitarios; todos expectantes, en una evidente bancarrota emocional. “Los niños son la prioridad, infantes que no son huérfanos pero comienzan a enfermarse”, afirmó una voluntaria cuando clasificábamos medicamentos. En la zona fueron evacuados varios edificios, algunos —otrora vacíos— eran ocupados por migrantes centroamericanos. Ellos habitan el albergue, coexisten con los otros damnificados, con familiares de víctimas fatales. La población móvil del centro estaba compuesta por elementos del ejército y de la policía, brigadistas y voluntarios. Se les brinda la atención necesaria y regresan a sus actividades de salvamento. Un comedor está dispuesto bajo una carpa. Hacen filas para recibir sus raciones de alimentos que ahí mismo preparan hombres y mujeres (improvisan platillos calientes en dos fogones). Conviven scouts, estudiantes, militares, individuos de todas las edades, brigadistas, amas de casa damnificadas con sus hijos pequeños. Hay turnos de servicios médicos. Ante la ausencia de radios y televisiones, el contacto con el exterior se da vía telefónica y a través de las redes sociales. “Tuvimos que dar en adopción a nuestro perro ya que el albergue no permite mascotas”, me dice una joven pareja. Múltiples colchonetas están ordenadas en los espacios techados. Algunos portan maletas con las pocas cosas que lograron rescatar antes de ser evacuados, otros dependen en su totalidad del apoyo brindado. La población afectada en el centro está compuesta principalmente por integrantes de la clase media de entre los 30 y los 50 años de edad. La ayuda es notoria, pero no logra atenuar el desasosiego. “Los suministros se acabarán”, es el rumor que recorre las diversas áreas del albergue. La crisis comienza inmediatamente después de la emergencia.

Jaume Plensa, Slumberland XLIX (Carlota), 2016. Imagen de cubierta de El libro contra la muerte de Elias Canetti.

Domingo 24 de septiembre de 2017. Cifra de víctimas fatales en México: 320. Cifra de víctimas fatales en la capital: 182. Estos números en aumento encuentran su reflejo en El libro contra la muerte1 de Elias Canetti. La obra del escritor nacido en Rustschuk (Bulgaria) en 1905, está marcada por un profundo y arraigado rechazo a la muerte. Son textos escritos por alguien que no dejó un solo día de pensar en cómo oponerse a ella. Subrayo:

Cementerios de estrellas./ Se empieza contando a los muertos. Cada uno debería, por el hecho de haber muerto, ser único como Dios. Un muerto y uno más no son dos muertos. Antes se debería contar a los vivos, ¡y qué perniciosas son ya estas sumas!/ Ciudades enteras y paisajes pueden hacer duelo como si todos sus hombres hubieran caído, padres e hijos, todos. Pero cuando han caído 11,370 intentarán eternamente redondear el millón.

Su tendencia a hacerlo todo en el momento menos oportuno; un desconsolador desorden en lo tocante al tiempo, como si no pudiera aceptar su irreversibilidad. Teme que al hacer las cosas en el orden de sucesión prescrito esté reconociendo a la muerte, hacia la que todo ese orden conduce.

Las últimas palabras de la Bourignon (1680): “Y si muero, muero contra la voluntad de Dios…”.

Demasiado poco se ha pensado sobre lo que realmente queda vivo de los muertos, disperso en los demás; y no se ha inventado ningún método para alimentar esos restos dispersos y mantenerlos con vida el mayor tiempo posible.

La libertad en el tiempo es la superación de la muerte, y nos sentimos contentos cuando logramos aplazarla más y más.

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.


1 Elias Canetti, El libro contra la muerte, postfacio de Peter von Matt, texto establecido por Sven Hanuschek, Peter von Matt y Kristian Wachinger con la colaboración de Laura Schütz, edición en español adaptada y anotada por Ignacio Echevarría, traducción de Juan José del Solar y Adan Kovacsics, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017, 400 páginas.

El dilema en Chietla: demoler o reconstruir

Ayer en Chietla. Esa casona que observa un león atribulado es una de las reconocidas por el INAH como monumento histórico. El pueblo viejo y caliente, debastado en el siglo XX por los cacicazgos alentados por el gringo Jenkins, tiene en sus casas de adobe, de techos altos de dos aguas —muchos de los cuales sobrevivieron este último terremoto—, uno de sus principales orgullos. Sus pobladores tienen mucho que decir en la reconstrucción de las casas. Y por lo que vi y escuché, mucho saben de ello. Por supuesto que agradecen la ayuda generosa de los brigadistas que llevan ya tres días ayudando en la remoción de los escombros. Tienen la fortaleza de ese león dispuesto en la plaza.

Fuí nuevamente a Chietla. Una tarea que me he dado es la de documentar el enorme problema que supone la reconstrucción de miles de casas en el México rural. Chietla ha perdido al menos el 50 por ciento de sus casas. Ahora mismo nadie en ese pueblo viejo tiene idea de cuántas viviendas se han perdido. Tal vez mil, me atrevo a decir yo. Esta familia sacó sus cosas a la calle. Y como centenares de familias más, se preguntan qué será de sus vidas. Trataré de contar estas historias en los próximos días. Es lo que sé hacer, es como puedo ayudar.

El corazón partido. Pero tambiéln el corazón fuerte. La urgencia de soportar todo el ánimo de reconstrucción desde las propias comunidades. Escribió Octavio Paz tras el sismo de 1985: “La enseñanza social e histórica del sismo puede reducirse a esta frase: hay que devolverle a la sociedad lo que es de la sociedad."

Y dijo más:

Los gérmenes del renacimiento están en el origen. Son los de nuestro comienzo. Han sobrevivido a muchas desdichas y tradiciones, a la seducción de la falsa modernidad y a las simplificaciones de las ideologías. Hay que preservarlos y vivificarlos. Sería funesto que se desvaneciesen o volviesen a ocultarse. De ahí que sea indispensable que en la tarea de reconstrucción-rectificación que será larga y penosa, participen todos los distintos grupos sociales. Tenemos que encontrar nuevas vías de participación popular. Es inaplazable asimismo que las autoridades oigan la crítica y acepten la fiscalización de la sociedad. Si el Gobierno quiere reconquistar la confianza popular y no exponerse (y exponernos) a un estallido más grave y profundo que el temblor, debe mostrarse más abierto y flexible. El Gobierno no es una fortaleza, sino un lugar de encuentro. No pido que abdique de su autoridad, sino que la comparta, que sea más atento y sensible a las voces de los que están fuera. El temblor sacudió a México, y entre las ruinas apareció la verdadera cara de nuestro pueblo: ¿la vieron los que están arriba?

Si lo escucháramos como al rumor de un río lo sentiríamos: miles de personas movilizadas por el ánimo de ayudar de cualquier forma. Por un momento trato de observar a distancia todo este esfuerzo. Centenares de grupos, la mayoría de civiles, pero también de las autoridades. ¿Cómo lograr una buena coordinación? ¿Cómo asegurar que a la respuesta masiva de la ayuda vaya acompañada de la inteligencia para resolver problemas urgentes pero de muy difícil resolución. Uno, tal vez el principal para las próximas semanas: ¿demoler o reconstruir?

Pienso en ello a la vista de Chietla, con sus centenares de casas construídas con los antiguos —y por lo que vi, resistente— usos rurales (mudos de adobe, vigas y morillos de ocotate (un tipo de bambú que abundaba en esas selvas de la región hoy convertida al monocultivo cañero). Ayer eso encontré: casas severamente afectadas que obligan a primera vista a pensar en la demolición . Pero ahí mismo, las voces locales expertas en la construcción con elementos nativos. Y dicen, “ahí está el cemento expansivo para arreglar muchos de los daños que presentan los muros.”

A gritos se pide aquí entonces la participación de expertos. No simples visores con casco que a la primera arremetan con la palabra demolición.

¿Lograremos organizar como sociedad y gobiernos a los grupos especializados para tomar tal decisión, casa, por casa, historia por historia de cada una de las familias que han perdido su patrimonio? El gobierno (y aquí me refiero a los funcionarios de Protección Civil estatal y a los directores de obras de los ayuntamientos, por pensar en algunos de ellos) no puede actuar por la libre. Ahí están las universidades, y ahí la BUAP particularmente, para obligar a una discusión rigurosa pero urgente.

 

Sergio Mastretta
Periodista. Director del portal mundonuestro.mx

Crónica de una sacudida

“Vaya el camión que pasó”, pensé mientras exprimía el agua de mi cabello y escurrían burbujas de jabón por mi espalda. El edificio se meneaba, pero el zangoloteo, a diferencia de cuando transita un camión pesado por la calle de Tokio en la colonia Juárez, no se detuvo: incrementó.

Moví la cortina de la ducha y observé la lámpara que bailaba. Mi cabeza también, así que giré la llave para apagar el agua de la regadera y me equilibré poniendo la mano sobre el muro. A lo lejos, reconocí el alboroto de la alarma sísmica.

Me cubrí con una toalla y corrí por el pasillo rumbo a la salida del departamento. Todo se sacudía en desarmonía. “¡Vamos!”, grité a mis dos perros. “¡Pum!”, reventó en el piso un primer librero y el más alto de los dos, un callejero pura sangre de nombre Púa, velozmente se impulsó debajo de la cama.

“¿Qué hago?”, pensé aterrada. Durante el simulacro, pocas horas antes, habíamos practicado salir fugaces al ritmo de la alarma. Siempre dejaba las correas junto a la puerta de entrada y hasta les había puesto un collar nuevo para agilizar su salida. Ahora, por detener con una mano la toalla y con la otra equilibrarme sobre la barda del pasillo, no había alcanzado a agarrarlos y uno se me había escapado.

No había tiempo para entrar a la habitación, arrastrarme y sacarlo. El viejo edificio se movía tanto que en su lenguaje parecía advertirme que en cualquier segundo colapsaría. El más chaparrito, Totopo, se mantenía inmóvil en el pasillo, así que lo jalé del collar y lo empujé a bajar las escaleras conmigo.

Lo hicimos apresurados. Por el segundo piso me topé a la señora Josefina. Con el rostro pálido exclamó “¡Corre, Teresa, que ahora sí está temblando!”. Al salir cruzamos la calle. Pisaba descalza, marcando con gotas de agua el rastro de donde escapaba.

“¡Aquí, Josefina!”, nos detuvimos frente al edificio y de espaldas a un pequeño teatro que siempre me ha dado la impresión de ser una estructura estable y sólida. También una de las construcciones más bajas de la cuadra.
El edificio se movía y raspaba contra el colindante, más alto y con semblante medio enclenque. Medio agachada, con una mano sosteniendo la toalla y la otra aferrada al collar de Totopo, no podía mas que observar la ventana de la habitación donde se escondía Púa.

Gente me cruzaba desesperada, gritos, unos corrían, otros intentaban mantener la calma. Desde el fondo de la calle, como llamarada, apareció una nube de polvo. Ya no podía ver la siguiente cuadra. “¡Muévanse lejos!”, gritó un joven que trabaja en un restaurante cercano. “¡Se ha caído un edificio!”. Después descubriría que no era cierto, solo se habían desprendido algfunos cachos.

Mi cabeza rogaba que mi edificio no se desplomara con Púa en sus entrañas. Josefina agarró del collar a Totopo. El suelo, en crescendo, rugía y se sacudía. Todo tronaba o se caía.

“Tranquila”, me susurró una mujer mientras se quitaba el suéter y me lo ponía encima, “debes cubrirte o te puedes enfermar”. Era de las pocas que mantenía la calma. Otra me prestó una bufanda para que, como correa, sujetáramos a Totopo.

Cuando el piso volvió a la calma nos rodeaban sirenas de ambulancias y patrullas. “No debes regresar”, me decía otro vecino; yo quería sacar a Púa. “¡No!”, continuó otro muchacho, “el edificio está muy dañado”.

La gente no dejaba de atravesarnos, apresurada. La tensión crecía al igual que nuestra incertidumbre. “¡Deben moverse, hay una fuga de gas!”, se escuchó gritar y Josefina aconsejó: “entremos rápido, saquemos a Púa y vámonos”.

Subí las escaleras lentamente. Temblaba tanto como la Tierra que se acaba de tranquilizar. Abrí la puerta y vi Púa, había dejado la cama y se había metido al baño. También tiritaba. A nuestro alrededor todo se había desparramado y quebrado: macetas, libros, vasos y cuadros.

Decenas de recuerdos destrozados y un sentimiento de vacío. Aventé la toalla, entré en un pantalón (no me importó la ropa interior), tomé unos tenis, las dos correas, las llaves, el celular, y volví a la calle.

“Vámonos al Bosque de Chapultepec”, le dije a Josefina, y caminamos entre una marabunta ansiosa y desprotegida. “Dicen que se vino abajo el aeropuerto y La Villa”, comentó el joven que se sentó en la banca junto a nosotras.
 “¿Y nuestra Señora? ¿Ella está a salvo?”, preguntó Josefina apanicada. El joven nos mostró imágenes terroríficas. Intentamos usar mi teléfono para comunicarnos con familiares pero la red estaba saturada. “Prueben el WhatsApp”, recomendó.

Mis padres estaban bien, mi esposo, amigos y conocidos aseguraban que también. “Yo vengo de un piso veintitrés, mañana renuncio”, aseguraba otro que se resguardó en el bosque como nosotros.


Ilustración: Estelí Meza

Hora y media después caminamos de regreso al edificio. Se había recargado en el vecino y los muros colindantes parecían los labios reventados de un boxeador noqueado. “¿Estás bien?”, me escribió el casero, “mandaré a alguien a que revise la estructura”.

Caminé rumbo a mi negocio, a pocas cuadras de distancia, una pequeña pizzería llamada Casi Esquina. Habían cerrado el gas pero el servicio de bebidas no paraba. Nada se había caído, el edificio se veía bien. No habían podido cerrar pues entraron decenas de personas urgidas por una cerveza. También rolaron tequilas.

“No parece que se vaya a caer”, aseguró un primer ingeniero, “pero hay que apuntalar los muros”. Así que armé una pequeña maleta y junto con dos bolsas de croquetas me movilicé a casa de mis padres, al sur de la ciudad, hasta que comiencen los trabajos.

A la mañana siguiente caminé por las colonias Roma, Condesa, Juárez y Centro. Cientos de puños se extendían hacia el cielo, también manos con teléfonos que querían atestiguar  lo que acontecía.

Llevé lo que pude a distintos centros de acopio. Gasas, jeringas, tortas. También casi toda la ropa que quedaba en mi armario. En el autobús la gente hablaba sobre refugios de perros, de conocidos caídos, desaparecidos. Gente unida, mano a mano, con las entrañas destruidas.

El sábado siguiente volvió a sonar la alarma sísmica. Salté y salí de la casa al jardín, en pijama. Seguía por el sur de la ciudad. “Ya estamos aquí”, me escribió un vecino de mi edificio; habían llegado los trabajadores a comenzar los arreglos.

Me apuré rumbo al Metro. El servicio continuaba siendo gratuito. Un hombre con guayabera y un violín abordó el mismo vagón que yo. Segundos después, comenzó a tocar son. Una mujer con un bebé en brazos, sin importar el zangoloteo, se paró y comenzó a bailar. En medio de la destrucción siempre habrá una promesa para sanar.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa

Escenas de un mundo incumplido

Uno

Los periódicos del 19 de septiembre de 1985 producen una de las sensaciones más extrañas del mundo. Son los diarios impresos la noche anterior al temblor, cuando nadie sabía que se estaban viviendo las últimas horas del mundo antiguo. Son los diarios que nadie leyó: quedaron olvidados en los quioscos, mientras la gente buceaba entre los escombros llorando por sus muertos. Contienen un mundo incumplido. Resultan perturbadores porque están llenos de algo que jamás llegó.


Ilustración: Víctor Solís

Ese jueves iba a jugarse el primer partido de la semifinal entre América y Atlante: las habilidades de Zelada, Brailovsky, Vinicio Bravo y Gonzalo Farfán parecían superar las más modestas de Pedro Soto, el Pueblita Fuentes o el Chocolate García. Para ese día estaba programado el estreno “mundial” de Gavilán o paloma, película sobre el auge y caída del Príncipe José José, que sería exhibida en 28 salas de la capital. Luis Miguel, Lucerito, Menudo y Parchís se presentarían en un programa especial, por el canal 2, a las 14:30. Luego comenzaría el ciclo Tardes de juventud  con una película de Silvia Pinal y Rafael Bertrand.

Si la vida hubiera seguido como de costumbre, Julieta Bracho habría dado, en ese mismo canal, una lección del curso de inglés Follow Me. Por la tarde Irán Eory conmovería a su público con el nuevo capítulo de la telenovela Principessa, y por la noche Blanca Sánchez y Enrique Rocha promoverían la llegada del Videocentro a través de un programa en el que serían transmitidas “las más grandes escenas que Videocentro tiene para su renta”.

Dos

Se esperaba un día nublado con posibilidad de lluvias por la noche. Era el día de las Emilias, las Constanzas, los Ricardos y los Geranios. Los festejados podrían celebrar su onomástico viendo el show de Vitorino en el Quórum del hotel Crown Plaza, o podrían asistir al Teatro República para reírse con los albures de Chóforo y Varelita (que escenificaban La que quiera azul celeste que se acueste). También podrían adquirir un boleto para las 250 representaciones de La Perricholi, obra en que actuaba Rosenda Montero. En los Televiteatros de Cuauhtémoc y Puebla iba a representarse José el soñador. En el Morocco, del conjunto Marrakesh, cantaban esa noche Jorge Vargas, Alicia Juárez y Cruz Infante. El cine Regis sacaría de cartelera El vuelo de la cigüeña (última cinta que proyectó) para estrenar, en la tarde, una película de José Carlos Ruiz: Vidas errantes.

Quizá las Emilias, las Constanzas, los Ricardos y los Geranios iban a recibir presentes adquiridos en la tienda departamental Salinas y Rocha, que anunciaba descuentos en máquinas de coser, aspiradoras, motocicletas y ventiladores. En ese jardín de senderos que bifurcó el terremoto, la procuradora capitalina Victoria Adato había contemplado recorrer las nuevas instalaciones de la dependencia, en la colonia Tránsito. La Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología, encabezada por Guillermo Carrillo Arena, anunció que el problema de vivienda estaba a punto de ser resuelto: el gobierno federal haría una inversión de 630 millones de pesos para construir unidades habitacionales que beneficiarían a 770 mil familias.

Para ese mismo día, la Secretaría de Hacienda anunciaba la puesta en marcha de la Operación Tepito, cuyo objetivo era desterrar para siempre, de esa parte de la ciudad, el contrabando.

Tres

A las 7:19 el sendero se bifurcó. El día que se esperaba nublado se convirtió en “jueves negro” (de acuerdo con la denominación ensayada por Emilio Viale en las páginas de El Universal). Las instalaciones que Adato pensaba recorrer se cayeron: bajo los escombros aparecieron los cuerpos de delincuentes torturados. El problema de vivienda no solo no se resolvió, infinidad de edificios construidos por el apenas 24 horas antes triunfal Carrillo Arena, se volvieron cascajo. Comenzó el “jueves negro” con la ciudad sin agua, sin teléfonos, sin energía eléctrica. Dejó de funcionar el metro, hubo fugas de gas. Todo era polvo y humo; todo era ruinas y devastación. Nunca olvidaré el semblante de la gente parada en las esquinas de la colonia Roma: miraban una ciudad que ya no conocían.

Ese día el tráfico se paralizó, salió a flote la miseria escondida en las vecindades. Pedaleé por la Roma porque había sabido que el edifico donde vivía un amigo se había venido abajo. En Orizaba y San Luis viví los segundos más angustiosos que recuerdo: los referentes habían desparecido y no supe en qué sitio, en qué calle, en qué esquina me encontraba.

Acababa de nacer otra ciudad, de la que veinte años después no hemos escapado. El tráfico sigue paralizado y la miseria escondida en las vecindades, como polvo guardado bajo la alfombra, ocupa ahora con membrete oficial ambas aceras de la calle. Resulta inconcebible que horas antes del desastre los políticos hayan anunciado la llegada de un mundo mejor. Había, sin embargo, otras señales. Como si la ciudad nos jugara bromas crueles, en la marquesina del cine Tlatelolco se anunciaba la película de Carmen Salinas, Tú puedes mexicano, y en la marquesina del Cinema Uno, que quedó reducido a polvo, se estrenaba, esa noche, Solos en la oscuridad.

Qué extraño hojear ahora esos periódicos. Ante la promesa de ese mundo incumplido, y otra vez de la mano de Borges, es fácil pensar que efectivamente los senderos se bifurcaron. Que en algún lugar el Cinema Uno exhibió Solos en la oscuridad, que en ese mismo sitio el Regis estrenó Vidas errantes; que Vitorino debutó en el Quórum, y que la gente salió a la calle al terminar la función: se disgregó en el manto oscuro de la ciudad, iluminado intermitentemente por vendedoras de tamales, cafés de chinos y puestos de quesadillas.

Pero de este lado, en donde antes estuvieron esos sitios no hay más que lotes baldíos y estacionamientos, cicatrices que tuvimos, y se quedaron para siempre.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de Roja oscuridad. Crónica de días aciagosLa ciudad que nos inventaLa perfecta espiral y El derrumbe de los ídolos, entre otros libros.

Publicada originalmente en el suplemento Confabulario de El Universal el 17 de septiembre de 2005.

Literal

Por esos ojos entró el temblor

El 21 de septiembre José Woldenberg publicó en el diario Reforma el siguiente texto: “Miércoles 20 de septiembre. Diez de la mañana. Han transcurrido menos de 24 horas. No tengo humor para escribir sobre ningún tema que no sea el del temblor. Y sin embargo, no sé qué decir que no resuene como un mega lugar común. La catarata de comentarios será tan monumental como los escombros que acabaron con demasiadas vidas. No puede ni debe ser de otra manera. Hay que hablarlo. Resulta terapéutico o por lo menos eso dicen. Pero no puedo./ Por ello, he decidido transcribir solamente un pequeño capítulo de una novela, para mí, entrañable: Temblores de Mario Huacuja Rountree (Siglo XXI, 1985), que además puede leerse como un cuento./ […] Una ficción con final feliz que por desgracia no siempre puede replicarse en eso que llamamos realidad. Lo que sin embargo no cambia es lo que Mario Huacuja subrayó desde entonces: ‘los terrores más antiguos de los hombres’ se vuelven a ‘exhibir en toda su desnudez’ cada vez que la tierra nos sacude sin aviso previo”. Presentamos el fragmento elegido por Woldenberg que puede leerse como un cuento.


Uno de los que sobrevivieron para decirlo fue Miguel Ángel Camacho Láinez. Era uno de los contados habitantes de la ciudad que, en ocasiones muy especiales, soñaba a colores, y sus fantasías lo paseaban por los jardines de la ventura: hazañas de legendarios héroes, ciudades antiguas, frutas, mujeres, remolinos de mariposas. Entrada la noche de la catástrofe, a Miguel Ángel se le desbarató el sueño cuando escuchó voces familiares en la habitación contigua, y salió molesto y callado de su casa. Al tocar la calle, se guardó las manos en los bolsillos del pantalón y caminó sin rumbo fijo varias cuadras. La ciudad era una red de calles angostas, vacías y silentes. El día la colonizaba con la algarabía de los mercados, el tecleo de las oficinas, el pulular de la clientela de los comercios. El anochecer dejaba caer sobre ella una calma de grillos y olores levantados de la hierba. Pero aquella noche el alma de Miguel Ángel no hallaba sosiego. Después de deambular un poco, estuvo un rato largo sentado en la banca de un parque, y ahí le molestó el perfil de las ceibas, altivo y sin elegancia; el color de las buganvilias, opaco por la noche; los tabachines que dormían sin flores. Se levantó con rencor, caminó hasta la Plaza de Armas, eludió la mirada vigilante de un soldado apostado en una esquina del Palacio Nacional, entró en la catedral con aire de prófugo buscando a Dios y no lo halló. Lo que halló fue la efigie severa de un santo sin nombre, que había llegado a aquellas tierras desde los episodios olvidados de Don Vasco Núñez de Balboa, y que lo veía con su vetusta mirada de madera. “Por esos ojos entró el temblor”, dijo después Miguel Ángel, porque la figura se partió en dos como tocada por un sable sarraceno, y a partir de esa especie de muerte se escucharon rugidos de mar embravecido en plena llanura. Las sacudidas de la tierra lo hicieron hincarse en el pasillo que conducía al altar, y desde ahí observó despavorido las grietas que aparecían en los muros, el estallido de los vitrales, los ángeles que caían de sus nichos con la espada por delante. Aquello era el diablo gobernando el mundo, las brujas agitando sus calderas entre carcajadas, los dragones de varias cabezas escupiendo flamas. Con la frente en el suelo y las manos en la nuca, Miguel Ángel empezó a rezar lo poco que sabía. En esa posición permaneció uno, dos, varios minutos, hasta que un rumor de lamentaciones entró por las puertas de la catedral y se alojó en la cúpula, lanzando ecos de tristeza y miedo. La tierra respondió con un espasmo final, y el suelo se sacudió como potro no domado que logra desatarse. Cayeron piedras enormes del techo de la iglesia, y el mundo se hizo oscuridad y polvo. Miguel Ángel permaneció en el suelo hecho un ovillo, y estuvo en espera de una nueva sacudida hasta que los primeros rayos del sol le dieron color al polvo levantado. Como pudo, avanzó por los suelos del templo escalando piedras derrumbadas, se arrastró entre los escombros y salió a la claridad del alba, donde unos brazos de mujer lo levantaron con sus seis años de pánico.

—Niño —le dijo la mujer, con la pintura de los párpados escurrida en las mejillas—, ¿qué estabas haciendo aquí?

—Nada, señora —respondió Miguel Ángel—, me salí de mi casa porque mis papás se estaban peleando; pero no lo vuelvo a hacer, de veras.

 

Mario Huacuja Rountree
Escritor. Ha publicado: TembloresLas dos orillas del río GrijalboLa resurrección de la Santa MaríaEl viaje más largo y Coyoacán, hora cero, entre otros libros.

Antes del próximo sismo en la Ciudad de México

En el 2005, Cinna Lomnitz, ingeniero y geofísico que vivió en México desde finales de los años sesenta, publicó un pequeño libro titulado El próximo sismo en la Ciudad de México. Lomnitz inicia su libro hablando del sismo del 19 de septiembre de 1985: “el peor desastre natural en la historia de la Ciudad de México,” con casi 400 edificios que se derrumbaron durante el temblor y un número de víctimas que algunos calculan en 10 mil y otros suponen llegaron a los 40 mil. También explica la magnitud de los daños en el 85 como debida a la singularidad geológica de la cuenca de México: “antes desaguaba hacia el sur, al río Atoyac, pero hace menos de 100 mil años surgió la cadena volcánica del Ajusco-Chchinautzin que bloqueó la salida de agua. Así se formó la gran laguna que ocupaba la parte baja de la cuenca. En el fondo de la laguna se depositó una capa de lodo. Es precisamente ese lodo el que ocasiona el problema sísmico de la ciudad”. Las mismas lluvias que hoy inundan las calles de la ciudad formaron por milenios las lagunas, arrastrando también la tierra que, sedimentada, compone la capa blanda de la superficie de la cuenca y de la que Lomnitz afirma, tajante, que “parece sólida y soporta miles de edificios pero, técnicamente hablando, es agua”. Así, aunque el lago ya no exista, el suelo se comporta como si lo fuera y en la superficie, dice Lomnitz, las ondas profundas del temblor se multiplican y aceleran como “ondas superficiales de corta duración: son olas”. Lomnitz explica que son esas ondas superficiales las que generan temblores fuertes e intensos en la zona de lago del Valle de México, aun cuando el epicentro se encuentre a 300 kilómetros, como en el 85.

Ilustración: Patricio Betteo

Tras el terremoto del 85 se replantearon las normas técnicas del Reglamento de Construcciones haciéndolas más estrictas en respuesta a condiciones que antes no se habían ni experimentado ni analizado. Los edificios construidos con el nuevo código eran más masivos, compactos y simétricos, no por razones de estética sino de estática. Las estructuras se calcularon con la capacidad de soportar más peso del que de hecho cargaban, no por anticipar el crecimiento en altura sino el empuje horizontal y, peor, los efectos de torción producidos por las ondas superficiales. La población de la ciudad aumentó y, en consecuencia, la urbe creció tanto en extensión como en altura, particularmente en algunas zonas de la ciudad donde las políticas urbanas y el mercado inmobiliario lo favorecieron. Muchas de esas nuevas construcciones con una altura entre los cuatro y los seis niveles, otras menos superando los siete pisos y la minoría, aunque muy visible, fueron grandes torres. Todos estos edificios resistieron prácticamente sin daños los sismos posteriores al del 85. El terremoto del 7 de septiembre de este año, con epicentro frente a las costas de Chiapas y que fue el de mayor magnitud en un siglo, se sintió con fuerza en la Ciudad de México pero no provocó tampoco daños mayores aparentes ahí. En un primer momento, eso sirvió incluso para el regocijo oficial: las nuevas normas servían. Pero había que tener en cuenta, como explicó Lomnitz del terremoto del 85, las condiciones específicas del sismo: no sólo la distancia al epicentro —en el del 7 de septiembre alejado al doble que en el 85— sino el comportamiento del singular suelo de la Ciudad de México, particularmente en la zona donde alguna vez hubo lagunas. El terremoto del 19 de septiembre del 2017 lo demostró trágicamente. De menor intensidad que el del 7 de septiembre, los daños fueron, sin embargo, mucho mayores. Hoy se habla de al rededor de tres mil edificaciones afectadas en diversos grados. La cifra de derrumbes, hasta ahora y sin contar los edificios que habrá que demoler, es menor a la quinta parte que en el 85, tal vez alta si se comparan las magnitudes de ambos sismos, no tanto pensando en la distancia al epicentro.

Pasadas las labores de rescate y la posterior evaluación de daños, hará falta un análisis estadístico de las edificaciones afectadas y, en su caso, habrá que revisar, de nuevo, las normas técnicas y los reglamentos respectivos. Entender los casos genéricos pero también atender las excepciones y, algo nada sencillo, anticipar no sólo el sismo tipo sino en lo posible aquellos atípicos. Más allá de las singularidades hay patrones que se repiten y los mapas de daños en el 85 y el 2017 muestran claramente zonas de riesgo que coinciden, además, con el área de los antiguos lagos. Pero además de consideraciones técnicas, el terremoto reciente debiera obligarnos a pensar, a gran escala, políticas de desarrollo urbano a escala metropolitana e incluso regional. No sólo se trata de los sismos, por supuesto. Ya se ha dicho: esta ciudad parece vivir en la inminencia de alguna catástrofe. El agua escasea o se desborda con las lluvias; el aire cada vez está más contaminado; sus habitantes dedican cada vez más tiempo a desplazarse de un lugar a otro en transporte no siempre eficiente. Y ahora la inseguridad y la violencia campean en un territorio que soñamos excepción en el país. Probablemente nada de eso se solucionará directamente gracias a nuevas normas técnicas derivadas del terremoto del 19 de septiembre. Por eso, además de la revisión de dichas normas, hará falta preguntarnos por el tipo de ciudad y de políticas urbanas que esperamos a corto y mediano plazo.

La reconstrucción de las zonas afectadas no debiera emprenderse como si se tratara de casos aislados: lote por lote, casa por casa. Habría que pensar en las posibilidades que se abren tras el desastre, en una ciudad extensa y con problemas de movilidad y falta de vivienda asequible, entre otros ya apuntados, para replantear temas como el de la edificación en altura. Se repite casi como verdad absoluta que la única opción viable para ciudades como la de México es la densificación, entendida como construir más en las zonas centrales para aprovechar la dotación de servicios públicos y hacer más eficientes traslados y suministro de insumos. Pero casi siempre se olvida aclarar que la densidad no es meramente un aumento de pisos con uso habitacional o comercial sino que hace falta relacionarla proporcionalmente con la infraestructura y el espacio público. Además, se deja de lado la distinción que ha hecho varias veces la socióloga Saskia Sassen: densidad no es urbanidad. Su ejemplo es, me parece, contundente: una zona llena de altas torres corporativas no es una ciudad. El café y las bancas en la planta baja pretenden simular que ahí hay una ciudad pero son sólo eso: una simulación. La ciudad es algo más complejo, más rico que sólo la multiplicación casi milagrosa de pisos, menos cuando gran parte de esas construcciones siguen dejando al margen a los más necesitados de la población, que son muchos.

El terremoto del pasado 19 de septiembre nos pide o, más bien, nos exige repensar la ciudad de otra manera, pero también lo exigen las recientes inundaciones y la mala calidad del aire así como el tiempo perdido en traslados o la inseguridad y la violencia y, sin duda, la gran desigualdad que tiene tanto evidentes causas como manifestaciones urbanas. Sí, hay que revisar las normas técnicas de construcción una vez más en relación al análisis del sismo y al peritaje de los mayores daños que causó, pero también hay que trabajar por una mejor gestión y planeación, cada día y en momentos de crisis, y por una mayor transparencia en la toma de decisiones. La movilización ciudadana que otra vez se ha dado tras el desastre, debe encontrar o abrir los caminos para una participación más activa en el gobierno de la ciudad y en la construcción de la urbe. Como escribió Lomnitz en su libro sobre el temblor que vendrá —y sabemos que, desafortunadamente, siempre habrá otro más—: “la lección es sencilla. La cultura sísmica es buena cuando la tienen los gobiernos. El sismo es un enemigo que va a aprovechar cualquier descuido, cualquier debilidad. Se ríe de los simulacros. Primero tenemos que estar protegidos. Nuestra defensa contra el sismo es un buen gobierno”.

 

Alejandro Hernández Gálvez
Director de contenidos de Arquine

Septiembre 19, 2017

Los terremotos matan:
Matan vidas, matan proyectos, matan familias. Acaban con todo, con muchos todos.

***

Morir a destiempo es una tragedia inmensa. Vivir y atestiguar la muerte lenta de los seres amados, erosiona,  desnuda, desolla: difícil —¿imposible?— pervivir sin piel.

***

Caminar las primeras noches por la Roma o la Condesa,  sin luz, entre tantos unos, con tantos unos, al lado de incontables ojos, manos y pies, mitiga un poco el dolor, sólo un poco. En todos los rincones de los edificios arrasados  sobrevive la esperanza teñida de angustia indescriptible de quienes aguardan la victoria de los cuerpos de rescate. Cómo duele, cómo hiere, cómo carcome la esperanza de quienes aguardan a los suyos.

***

Las tragedias provocadas por la Naturaleza y el dolor por los desaparecidos hermanan; nunca uno es tanto como el otro, como los otros. Nunca la esperanza es tan necesaria, nunca un minuto tiene tantos o tan pocos segundos.

***

Los terremotos matan y acercan: solidaridad y miles de manos hermanan. Pocas veces los seres humanos son tan humanos.

***

El poeta Toko escribió:

Los poemas a la muerte
son un engaño.
La muerte es la muerte

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.

El sismo: fragmentario desde provincia

• 19 de septiembre. Casi siempre estoy en Culiacán. En esta ciudad que algo sabe de miedos me enteré de la ocurrencia del sismo justo cuando acababa de pasar. María Aurora, mi hermana, apenas había subido a su cuarto de hotel porque olvidó unos documentos que requería para una reunión de trabajo. Este sí estuvo fuerte, escribió en la red. Ahí le tocó la tembladera. Ahí revivió los temores acumulados en sus 15 años de residencia en la Ciudad de México. Eso fue lo primero: checar a cada minuto el grupo de WhatsAppp familiar hasta tener la certeza de que el día siguiente, a primera hora, había tomado el vuelo de regreso a su tierra culichi.

• 20 de septiembre. Escribo a mis querencias chilangas. En general, todos bien, con inevitables daños patrimoniales. Noto en algunos de sus escritos periodísticos y en sus crónicas publicadas en caliente cierto pasmo aún, cierta justificada incredulidad por la coincidencia macabra: todos han vivido el sismo del 19 de septiembre de 1985. Poco a poco empiezan a pensar con claridad, a reponerse de los horrores del drama súbito, a pensar en la nueva lección de solidaridad, en la reacción mucho más rápida y eficaz –digamos aceptable- de la autoridad en comparación con lo sucedido hace 32 años. Hay que ir haciendo el recuento de daños, gestionar el desastre y sacar cuentas. ¿De dónde vendrá el dinero para la reconstrucción?, ¿quién pagará las inevitables consecuencias políticas?, ¿estaremos en la necesidad de pensar, como dice Raymundo Riva Palacio, un nuevo proyecto de país?

• 21 de septiembre. Ayer fue cosa de enterarme de que una maestra sinaloense recién jubilada, originaria del poblado Juan José Ríos, falleció en la tragedia. Tenía tres meses de haber llegado para ayudar a su hija con el cuidado de su nieta de cinco meses que también quedó sin vida bajo las ruinas del edificio de departamentos en la zona de Coapa. Qué cosa terrible: abandonar el pueblo en que se vivió una vida, ir a ayudar y morir.

• 22 de septiembre. Sinaloa amanece con sismos, uno de 5.1 grados en la escala de Richter a las once de la noche del jueves 21, otros dos consecutivos, de 3.7 y 4 grados a mediodía de este viernes. Familiares y amigos los percibieron, yo de plano no los sentí. Entre tanto, hay dos apagones en la zona centro de Culiacán, incluido el Palacio de Gobierno en donde estoy chambeando. Sin darnos cuenta, y sin razón empírica, nos sujetamos a los muros y escritorios.

• Frida Sofía y los culichis. Hubo otro sismo en la sensibilidad de la gente. Temprano a las siete de la mañana, mis alumnos de la facultad de Historia se muestran decepcionados, casi todos responsabilizan a las autoridades de haber soltado la especie del drama ficticio de la niña Frida Sofía, viva y atrapada entre los escombros del colegio Enrique Rébsamen: “cortinas de humo para desviar la atención”, dicen algunos. No lo sé, les respondo, pudo ser pura y simple confusión de los rescatistas de protección civil que-alertaron-a-los-mandos-de-la Marina-que-alertaron-a los-medios. Cuando no son generosas como las de los jóvenes que pasaban el agua y los escombros de mano en mano, casi todas las cadenas son insidiosas. Nadie dice que los medios inventaron a Frida Sofía, pero ¿hubo exageración mediática? Y sigo, muy antiweberianamente, choreándolos a los pobres, diciéndoles que más allá de este análisis que dejamos de tarea a psicólogos sociales, sociólogos y comunicadores, quizás nosotros, historiadores, deberíamos recordar las impresiones de Marc Bloch en sus memorias acerca de la manera en que los soldados vivieron la Gran Guerra de 1914-1918, y acaso también, con el mismo Bloch, el modo sutil en que abordó la difusión y distorsión de los mensajes entre los regimientos y las trincheras en su texto póstumo La extraña derrota. ¿Cómo circulan en tiempos críticos los mensajes? ¿Cómo pasan de boca en boca, de medio en medio, a quienes los pueden hacer expansivos? Ahora tendremos una emoción perdida, y acaso una leyenda fantasmal ganada, me dice Iván, uno de los mejores de la clase.

 

Ronaldo González Valdés
Sociólogo y ensayista. Su último libro es Sinaloa: narrativas desde lo social y la violencia, Gobierno de Sinaloa, 2014.

Gracias a ustedes

Son pocos los momentos en que los instintos se encuentran en diálogo con la razón. Su propia naturaleza los mueve a un conflicto constante. Ni el amor ni la muerte tienden a pensarse en el equilibrio de lo instintivo con lo racional. Será el uno, o la otra, pero su convivencia es una excepción casi por norma. Llevo con eso en la cabeza desde hace cuatro días, mientras he recorrido abordo de la motocicleta los setecientos kilómetros que, tras el seísmo de mi segundo 19 de septiembre, me han llevado —hasta la escritura de estas líneas— a una escuela al sur de la Ciudad de México, a Xochimilco, al estado de Morelos, y a las colonias Roma y Condesa.

Y es que en realidad, no hace falta un escrutinio muy extenso para entender las razones o los instintos que desde las primeras horas hicieron hábito ponerse el casco y la chamarra con protecciones. Que impulsaron a cargar los maleteros, tirarse la mochila a la espalda, guardar un par de guantes adicional por si alguna situación les daba utilidad, y, en mi caso, el equipo de alpinismo de cuando la soledad de descender montañas aún no era sustituida por la solitud de los recorridos en motocicleta.

Los instintos cambian según los entornos. Como cualquiera de cierta edad nacido en el otrora deefe, tengo impregnado el código que brindaron los edificios derrumbados en 1985. El atavío que protege de accidentes ahora tiene el turno de probarse entre los escombros. Ahí se transformaron en razón. Y la razón, conforme han pasado los días, también se transformó.

He escrito en estas páginas que la única función de las tragedias es la enseñanza. Algo hemos aprendido desde el último gran seísmo que mi generación recuerda, pero el martes que los más jóvenes harán propio como nosotros lo hicimos del día que nos correspondió, muestra la dificultad de darle marchas atrás a un fenómeno que parece condena.

“Como el otro terremoto marcó a nuestros padres, éste nos marcará a nosotros”, escuché decir a un par de adolescentes afuera del Colegio Rébsamen antes de que se supiera de los niños y adultos que ahí habían muerto.

Llegué ahí porque era el sitio de derrumbe que creía más cercano a mi casa, afuera de la ciudad, a una distancia similar a la de algún pueblo que también se vino abajo en Morelos. No sabía que ese martes, también ellos. Llegué antes que muchos vehículos de emergencia porque permitimos que la ciudad se desbordara. El motivo ya no eran el casco o los guantes. Sólo las motocicletas podían pasar en medio de los millones de automóviles que intentaban trasladar a habitantes desesperados por saber si aún tenían familia, casa, mascotas. Vida.

Colapsamos.

Cuando solo las motocicletas podemos pasar, colapsamos.

Como escribió Robert Pirsig en un libro de título muy largo para replicar, el motociclista, a diferencia del conductor de automóvil, no ve el mundo por una ventana. Se hace parte de él. Esa alegoría al espacio exterior e íntimo carga con la desesperación de la catástrofe. Esa que han vivido los miles de voluntarios que han tratado de sacar sobrevivientes y cuerpos de los edificios en ruinas. La misma de los periodistas que transmiten y traducen lo que ven y escuchan. La misma de los colectivos que preparan comida, buscan insumos, dan albergue.

La noche del martes cayó con el desorden, y su afortunado orden siguiente. La ciudad se mantenía intransitable. La misma escuela que visité en la tarde, necesitaba paramédicos e instrumental médico con urgencia. Ciudad Universitaria, con la templanza de siempre, se convirtió en un inmenso centro de acopio y operaciones. Decenas de motociclistas impulsados por la urgencia y la responsabilidad. Resumen en una sola frase que compartimos todos: es lo que había que hacer. Solo eso, sin más.

Hemos vuelto a sentir la presencia del miedo.

Contrario a lo que muchos creen, los grupos de motociclistas no siempre tienen una formación previa. Son individualidades anónimas cuyos rostros se ocultan en el casco, y se hacen grupo al encontrarse en un sólo nombre que se siente y no se pronuncia.

Luces prendidas, cargadas a tope y con pasajeros que en muchos casos nunca pensaron subirse a esos vehículos cuya misma existencia es, lo reconozco, a menudo una imprudencia.

Como si la racionalidad no fuera efímera, los vecinos de calles cerradas abrieron sus rejas, permitieron el paso. Militares, policías y voluntarios, nos indicaban los caminos más cortos. Levantaban cercos para agilizar nuestro tránsito.

Al día siguiente, Xochimilco.

El colapso de lo ignorado convirtió lo cercano en lejano. Los caminos no sólo son sinuosos y estrechos. El pavimento es irregular y promete riesgos.

Poco a poco, conforme la urgencia mostró su elasticidad, el comportamiento de costumbre surgió de nueva cuenta y volvimos a ser esos otros mexicanos. Los de antes.

“Automovilista. Motos ayudando vamos con intermitentes, carga o médicos. Dejen libre el centro de carriles, no nos avienten autos. Cedan paso”, publiqué en las redes sociales que bauticé para mí mismo, El barrio de A bote pronto. Repetí lo mismo en el espacio de W Radio en donde participo. Y en ningún momento los motociclistas menguaron. Algunas gasolineras ofrecieron recargar combustible sin costo.

Tercer día. Morelos.

Aquella elasticidad es síntoma de la tragedia. Después de varias horas, los equipos de primera respuesta ya se encontraban en la mayoría de los lugares. Las urgencias ya no dependían de minutos breves como de fracciones de horas. Era turno de la distancia. Sólo una caseta me cobró peaje.

Los terremotos son del deefe y acá tenemos experiencia. Era necesario acceder a Jojutla, Tlayacapan, Tepalcingo, Nopalera, Hueyapan. Descubrí un Cuautla hecho campamento base. Desde la Cruz Roja local se evaluaron las necesidades particulares y distribuían paquetes armados para cubrir esas necesidades, que en la capital del país no se adivinaban. Tendremos la tecnología de la ficción, pero ciertas ocasiones piden confirmar en persona y con personas lo que hace falta. Cómo dirigirlo.

Esa noche, en la colonia Roma hacían falta arneses para que el ejército intentara rescatar a una persona. Cómo puede un ejército tener esa carencia, es tema para un texto posterior que quizá llegue. El regreso.

Día cuatro, cambio de embrague.

Hasta la tarde anterior no había escuchado que en Tláhuac también había daños. Se volvieron a organizar grupos de motociclistas para transportar personal, ya no era la impericia del primer día. Los grupos tenían una cabeza que lideraba, las instrucciones para los pasajeros nóveles eran abundantes. También las indicaciones de seguridad que daban aviso de la desconfianza como característica nacional.

—Van como representantes de los estudiantes de la UNAM, no de la UNAM. Si la gente no los quiere ahí, se alejan con cuidado. —Decía un coordinador que sin duda hablaba desde la experiencia.

No los acompañé, iban a regresar más tarde de lo que yo podía. Me había comprometido a llevar un segundo arnés al sur de la ciudad.

Siguiente grupo. Copilotos especializados en evaluar daños. A ellos les tendrían que abrir las casas. Ignoro cómo los recibieron.

Habrá razones para la desconfianza anterior, pero tampoco será ahora cuando me ponga a pensar en eso.

Día cinco. Narvarte, Del Valle.

Casas de cercanos, contiguas a un par edificios que se sostienen uno a otro y en los que muchos han trabajado de forma incansable para salvar hasta la última vida. A ellos mañana les daré las gracias. Son gracias a todos ustedes. Bajo la mirada, levanto la pantalla del casco y me pongo la mano en el pecho.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado: Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente y El jardín del honor.
Twitter: @_Maruan

Las demasiadas manos

Para algunos el día empezó a las nueve o diez de la mañana, para otros a las siete o a las seis; para muchos el amanecer no fue sino la prolongación de la noche anterior, la del 19 de septiembre. Ya desde el alba, la ciudad no tardó mucho en convertirse en un caos de muchos tentáculos.

El primero es encomiable. Los ciudadanos, en especial los jóvenes, tomaron las calles. Con chalecos y cascos, en bicicleta o a pie, urgidos por la necesidad de ayudar, se apostaban en los puntos más críticos con toda su disposición y energía. Estaban listos para sacar cascajo con las manos desnudas, para hacer cadenas humanas y clasificar los víveres; prestaban su coche para dirigirse a Lindavista, a Xochimilco, a la Condesa, también a Puebla, a Morelos y hasta a Oaxaca. Rápidamente fueron demasiados. En el edificio de Álvaro Obregón, la mañana del 20, había tumultos. Ocho de cada diez personas esperaban algo qué hacer. La comida preparada con esmero por decenas de cocineros anónimos comenzaba a echarse a perder. Cientos de botellas de agua tiradas a la mitad, abandonadas con la prisa del que tiene algo más importante en la cabeza: ayudar a las víctimas.

Los centros de acopio se reprodujeron exponencialmente. Bastaba poner una cartulina para que la gente llevara cosas. En coche, en moto, o hasta en bicicleta, jóvenes y no tan jóvenes recorrían kilómetros para llegar a Xochimilco o Morelos, por ejemplo. Eran tantos, que las vías de acceso comenzaron a colapsarse. El exceso de ayuda se transformó en un problema. Por momentos, la ayuda ahogaba a la ciudad.

El otro tentáculo vino por el camino menos esperado y a la vez más evidente. Las redes sociales, ese universo gobernado por el doble filo, se volvió una telaraña. Aquí se necesitan medicinas; allá, una grúa; tengo disponible un tráiler pero no sé a dónde mandarlo. Pero ni siquiera la velocidad, la inmediatez de Facebook o Twitter, podía alcanzar eso que llamamos “el tiempo real”. Guiada por las redes, una amiga caminó como zombi por toda la ciudad dispuesta a ayudar en lo que fuera. Cuando llegaba ya tenían demasiada gente, ya estaban cubiertos de esto y de lo otro. Y luego lo verdaderamente peligroso, la desinformación: en tal sitió van a empezar a meter maquinaria, resistan; cuidado, aquel edificio está a punto de colapsar. Ignoro cuántos grupos se habrán creado en Whatsapp para responder a la tragedia, pero podría apostar que la mayoría fueron ignorados. No por inútiles: por demasiados.

Resulta irónico, pero de pronto parecemos desbordados a partes iguales por la tragedia y por la solidaridad.

Pero acaso estos problemas se hubieran resuelto, o contenido al mínimo, si existiera una cadena de mando por la cual fluyera la información y que coordinara las acciones de miles de voluntarios.

En muchos de los edificios que se cayeron, bastaba un chaleco fluorescente para dar órdenes. En varios lugares la gente no sabía si responderle al ejército, a la marina, a protección civil, a los topos o al vecino que ha vivido toda su vida en esa cuadra.

Hemos visto a miembros de las fuerzas del Estado pidiendo insumos para los rescatistas por televisión. Al parecer, el Ejército no cuenta con algún tipo de almacén pertrechado con equipo de salvación. Parece ser que en la delegaciones y municipios no hay ni un tornillo disponible.

Quizá hemos visto muchas películas, pero ante situaciones como esta solemos imaginarnos a una especie de comandante en jefe saliendo en la tele cada hora para dar información puntual.

Y si todo esto parece aberrante, aún faltan las peores jornadas. Cuando termine el recuento de víctimas, cuando ya no se necesite la ayuda inmediata, cuál será el destino de los desalojados, cuánto tardarán en evaluar, demoler y reconstruir los predios afectados. Y sobre todo, ¿bajo qué criterios? ¿O será algo que dependa de la sociedad civil?

Quizá las demasiadas manos no sean tantas después de todo.

 

César Blanco
Editor y traductor

 

La sociedad está haciendo la magia

40 horas despierto, 750 kilómetros manejando la camioneta cargada hasta donde se pudo, 80 kilómetros en moto, de comida mejor no hablemos por que no había tiempo para nada más, sólo movernos y ayudar en la medida de lo posible. Morelos fue la prioridad. Quiero darle las gracias a todas las personas que hicieron esto posible. La ayuda que enviaron a través de nuestra brigada llegó a las manos de las personas que la necesitaban sin ningún intermediario.

Existen zonas en Morelos muy necesitadas a las que el gobierno ni siquiera ha entrado. Me da tristeza y rabia saber que para algunos es más importante venir a tomarse fotos que ayudar a las comunidades que están tan cerca y en condiciones de necesidad extrema. En Cuernavaca habían retenido el apoyo mandado desde de Michoacán con el pretexto de “inventariar” para lograr el cometido de reetiquetar con calcas del gobierno en turno. Pero ves gente solidaria. Todos ponen su grano de arena.

El camino nos permitió ver más brigadas y voluntarios dando lo que pueden, transportando, alentando, distribuyendo ayuda. La sociedad está haciendo la magia. Ninguna ayuda es muy pequeña y todos estamos haciendo esto posible. Hacer sonreír a alguien que tiene el alma en el piso es un milagro por sí mismo. No se desalienten, sólo busquen un canal seguro para ayudar, porque sí los hay. Y me da gusto reconocer el trabajo de los bikers. Quienes más nos han facilitado las cosas a los miembros de la brigada han sido hermanos motociclistas de Guadalajara, Ciudad de México y Estado de Mexico.

 

Víctor Javier García
Jefe de equipo en Tata Consultancy Services Guadalajara y miembro de Road Bulls Jalisco.

Grano de audacia

Me agarró recién salido de la revista Nexos en las calles de Michoacán y Cuernavaca. Me hice al centro de la calle o las calles, que ahí en su convergencia dejan una zona de amplitud, como un gran claro asfáltico entre los camellones y las aceras. Por primera vez luego de tantos temblores, sentí que la tierra podría abrirse a mis gelatinosos pies. Veo gritos arrodillados y oigo caras que gritan. Caen vidrios y paredes. Cae y rueda sobre el metálico piso, silenciosa ante el pánico, una cabeza de transformador. Cuando los hilos removientes del diablo nos liberan salgo corriendo hacia mi casa en el Parque México. Sigo instintivamente, pero ahora a zancadas, mi camino habitual de las oficinas de Nexos hacia ella. Camino que cerca de la llegada da en pasar junto al edificio Plaza, seguir por Laredo, doblar a la izquierda en Amsterdam, tomar a la derecha en Parras, llegar a mi casa. En Laredo y Amsterdarm detengo mi carrera para tomar esta foto (cuya etiqueta adjunta puesta por el iPhone dice “Ciudad de México /Colonia Hipódromo/ Martes 13:25”):

Retomo la carrera y al desembocar en el Parque México veo a la mediana de edad de la casa en la orilla del parque y le pregunto por Mika; me dice que se quedó adentro. Abro la puerta y le grito a Mika mientras subo las escaleras de mi casa con reguero de cosas, vidrios rotos y objetos estrábicos de todo tipo. Me aterra que no conteste. Mika, una perrita Schnautzer de año y meses, está en mi estudio, literalmente cagada de miedo, y entre libros caídos como un dominó de fichas eruptadas. No quiere salir del rincón donde se ha construido su precario refugio; por fin ve que soy yo y bajamos las escaleras rumbo a la puerta y al parque. Ahí hago contacto mensajefónico si apenas con la mayor de la casa, la bióloga que está en la UAM Iztapalapa, y también con el más ex joven de la casa, puesto que ya no vive con nosotros, y por el wasapo nos informa que está bien luego de pasar el terremoto en una alta torre pública bien hecha.

Mika llegó a nosotros por la aún faltante en esta historia, la más joven de la casa. Una familia amiga no podía tener a Mika, puesto que ya tenían a la mamá de Mika, y la mamá de Mika había tenido a Mika, y en el edificio donde vivía la familia sólo aceptaban un perro por departamento. Contra todos los gruñidos del más viejo de la casa, Mika llegó a la casa por dulces urdimbres de la más joven.

La más joven de la casa pasó el primer reciente temblor, el de madrugada, en un hospital público puesto que ya recibida en Medicina por la UNAM ahí cumple el internado. En el segundo temblor, el del 19, le tocó también estar de guardia toda la noche y salir hasta la mañana del 20. Cuando salió y caminando de regreso a cada cuadra miró los quiebres y las ausencias de los edificios en su colonia, se le salieron lágrimas según me contó la más vieja de la casa, quien la acompañaba.

En el hospital público la más joven de la casa recibió cerca de las cuatro de la tarde a uno de los atrapados en el derrumbe del edificio de Laredo y Amsterdam por el que yo había pasado al vuelo y en el que me había detenido a tomar foto un par de horas antes. Era un señor, el primer rescatado (herido con “politraumas”) que en cuanto pudo pidó que buscaran a su esposa atrapada en el mismo edificio, y a su hijita, en otra parte, niña en una escuela Montessori de la zona. Durante un tiempo se pensó que la esposa del señor estaba viva en otro hospital; no fue así. Ya había muerto. En cambio, la niña de la escuela Montessori fue localizada debido a lo siguiente. La más joven de la casa envió a las redes sociales los datos del señor y de la niña, y gracias a eso la encontraron. En el hospital público, personal del área de urgencias preguntó indignado quién entre los médicos había sido tan imprudente como para dar a las redes sociales las señas del señor y de la niña buscada.

Mientras escribo esto (Ciudad de México, septiembre 21, 19: 40 horas) la más vieja y la más joven de la casa, bióloga y médica, están en el lugar de acopio y distribución del Parque México, ayudando a clasificar cosas y para lo que se necesite.

La más joven de la casa regresa mañana de madrugada a guardia en el hospital público, donde pasará toda la noche del 22. En sus guardias previas de medio día, dice, triste, que ya no llegan tantos vivos; o simplemente: que ya no llegan. Los muertos van a otra parte. Hace unas horas, cuando supe que ella había enviado el “mensaje imprudente”, le enseñé una casualidad: por algún motivo yo releía los Diarios de José Lezama Lima y justo en la mañana me sorprendió ver que Lezama citaba un famoso pasaje de Baltasar Gracián en, dónde más, el Oráculo manual y arte de prudencia: “Un grano de audacia en todo es importante cordura”. En efecto: grano de audacia, en lo que parecía tremenda imprudencia, tuvo la más joven de la casa al lanzar como médica de guardia a las redes los datos del señor y la hija que al fin fue encontrada.

Le enseñé, repito, la cita de Gracián por Lezama, y nos fundimos abrazados en un llanto abrupto y como próximo liberador de torrente; pero al fin corto, escueto, sin aspavientos ni espasmos de más. Esto sigue.

 

Luis Miguel Aguilar

El ojo de la noche

Toda historia no es otra cosa que una infinita catástrofe
de la cual intentamos salir lo mejor posible.
—Italo Calvino citado por Gil Gamés

Glifo del Códice Telleriano-Remensis.

Una joven germana-mexicana —que nunca había sentido un sismo— y su madre mexicana —sobreviviente del terremoto de 1985 y residente en Alemania desde ese año—, familiares de mi esposa, están de visita en la Ciudad de México para acompañar a una enferma. Sintieron el sismo del 7 de septiembre. La chica quedó aterrorizada y su madre evocó la tragedia del sismo del 19 de septiembre de 1985. Tras días de enclaustramiento, la joven decidió conocer las pirámides de Teotihuacan. Madre e hija observaban la Calzada de los Muertos desde la cima de la Pirámide del Sol el 19 de septiembre de 2017 a las 13:14 horas.

La imagen de ambas me remitió a Los sismos en la historia de México. Tomo II,1 libro que contiene la imagen del glifo tlalollin o temblor de tierra, 1542. “Este año de 11 conejos y de 1542 hubo temblor de tierra” (Códice Telleriano-Remensis, folio 46r). La ilustración muestra el cuadrante cronológico 11 conejo, unido con un lazo gráfico a una figura con un palo y con el topónimo de México-Tenochtitlan y en la parte inferior con un tlalollin. “Este último muestra al glifo ollin dentro de tlalli, con el ojo de la noche en el centro.” La lectura pictográfica, según las autoras, sería: “en el año 11 conejo hubo un temblor de tierra durante la noche”.

El terremoto del 19 de septiembre de 2017 fue de día, pero la sensación es de permanencia en “el ojo de la noche”.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.


1 Virginia García Acosta, Irene Márquez Moreno y América Molina del Villar, Los sismos en la historia de México. Tomo II. El análisis social, FCE/UNAM/CIESAS, México, 2001, 281 pp.

1985 y 2017: sismos, lagos, y códigos de construcción

El 19 de septiembre de 1985 a las 7:19 de la mañana las ondas de un sismo originado frente a las costas de Michoacán y de magnitud 8.1 sacudieron a la Ciudad de México con resultados desastrosos. 412 edificios colapsaron, 3,124 edificios sufrieron daños severos con un total de daños estimado entre 3,000 y 4,000 millones de dólares. La cifra total de muertes, aún se debate y se estima entre 10,000 y 40,000. El impacto social fue aun mayor, hay quien considera que la paupérrima respuesta del gobierno fue lo que dio inicio al comienzo del fin de la dictadura perfecta de 71 años del Partido Revolucionario Institucional. La excelente crónica de Elena Poniatowska Nada, nadie pinta un cuadro complejo de negligencia gubernamental y organización espontánea por parte de la sociedad civil que marcó a varias generaciones de capitalinos y les mostró que tenían el poder para determinar el rumbo de su propio destino.

La sacudida del 85 también tomó a los sismólogos e ingenieros por sorpresa. Usualmente la mayoría de los daños producto de un sismo se concentran en la zona inmediatamente aledaña al temblor. De forma muy simple, pensemos en un foco de luz, mientras mas lejos se encuentre uno, menos brillante lo percibimos. Lo mismo ocurre con los sismos, a mayor distancia menor se espera que sea la sacudida. La Ciudad de México se encuentra a varios cientos de kilómetros del sismo de Michoacán de 1985 ¿qué sucedió?

Análisis subsecuentes mostraron lo que hoy es bien conocido en el ámbito sismológico. La ubicación de la ciudad en la cuenca del antiguo lago de Texcoco produce un efecto de resonancia. Como el timbrar de una campana, el viejo lago se cimbra cada vez que tiembla. En lo que ahora conocemos como “efectos de cuenca” las arcillas blandas y saturadas de agua del extinto lago sobre las cuales esta construida gran parte de la urbe amplificaron las ondas sísmicas. Es decir, aunque la ciudad se encontraba lejos del sismo, al estar construida sobre materiales muy blandos las vibraciones sísmicas que usualmente serían pequeñas multiplicaron su amplitud y sacudieron a la ciudad cual gelatina. Este fenómeno es ampliamente visible en muchas colonias de la ciudad ubicadas dentro del viejo lago donde grande estructuras, como la Catedral Metropolitana o el Palacio de Bellas Artes parecen hundirse, en ocasiones hasta un metro o más respecto de las calles aledañas. Cualquiera que haya caminado por las colonias Roma o Condesa conoce bien el perfil parabólico de los cruces peatonales la cresta del asfalto siempre se encuentra un poco mas arriba que las banquetas aledañas ya que las casas y edificios de departamentos compactan las arcillas y se hunden en ellas.

Esta condición geológica, existe hoy y existirá por mucho tiempo. Sismólogos e ingenieros mexicanos a lo largo de las décadas han cartografiado en detalle el perímetro del lago de Texcoco y hoy sabemos que en 1985 la vastísima mayoría de los edificios dañados se encontraban dentro de lo que los ingenieros ahora llaman la “zona del lago”. La Tierra tiene una larga memoria y lo mismo ocurrió este martes por la tarde en el 32 aniversario de aquel lúgubre sismo. Análisis preliminares muestran de forma inequívoca que, salvo un par de estructuras, la mayoría de los edificios dañados el martes 19 de septiembre de 2017 se encuentran, una vez más, en la zona del lago.

Dada la inevitabilidad de la condición geológica de la Ciudad, ¿cómo se resguarda una sociedad? La respuesta se encuentra en los códigos de construcción. Los ingenieros civiles, en colaboración con los sismólogos determinan el “riesgo sísmico”. Este es función del numero y tamaño (la magnitud) de los sismos esperados para una región y además, de las particularidades geológicas, como el efecto de cuenca del lago de Texcoco. Estas dos características, son utilizadas por los ingenieros para calcular la intensidad de sacudida esperada en tal o cual lugar. Con ello se elabora un código que delinea la “carga sísmica”, una estimación de que fuerzas deberá de resistir un edificio durante un sismo y determina cuestiones tan fundamentales para la construcción como el número de varillas y su grosor, las dimensiones de las columnas, el tipo de concreto y muchas otras más. Todo ello esta delineado con fastidioso detalle en los códigos, son biblias ingenieriles que si se siguen con apego, minimizan de forma sustancial los impactos de un sismo.

En 1985, no conocían los ingenieros y sismólogos que el efecto del antiguo lago fuera tan pronunciado. Es decir, se había subestimado el riesgo sísmico y por ende los códigos de construcción exigían cargas sísmicas mucho menores a lo que exigen ahora. Las consecuencias fueron los colapsos, en 1985, del Hotel Regis, el edificio Nuevo León, el hospital Juárez y muchos más. Ello no fue producto de negligencia, los códigos de construcción son reflejo del conocimiento sísmico, o más bien de la ignorancia, del momento, sencillamente no sabíamos que el lago amplificaba la sacudida de forma tan intensa. La Tierra funciona a escalas de tiempo geológicas y milenarias y a pesar del progreso científico a pasos agigantados de los últimos cien años, aun nos sorprende.

Dentro de este contexto histórico llegamos pues al 19 de septiembre de 2017. Un sismo cuya magnitud, determinada en tan solo unos minutos por el Servicio Sismológico Nacional, fue de 7.1, ocurre a la 1:14 de la tarde a 60km de profundidad con epicentro en la frontera entre Morelos y Puebla. Al momento de escribir estas líneas hay mas de 40 edificios colapsados y 250 fallecimientos. Estas cifras, al pasar los días seguro habrán de incrementar. Recordemos que la escala de magnitud es logarítmica, lo cual significa que el sismo de 2017 liberó 32 veces menos energía que el de 1985, por lo cual surge una pregunta fundamental ¿por qué la tragedia con un sismo más pequeño al de 1985?

La respuesta no la conoceremos con detalle hasta que se haga un peritaje detallado de las estructuras colapsadas y se estudien los sismogramas para determinar si la sacudida fue de intensidad similar a la de 1985. Porque la magnitud no lo determina todo, la distancia entre una estructura y el sismo es importantísima. De nuevo vayamos a la analogía del foco, un sismo de magnitud 8.1 es como un foco de 200 watts mientras que un sismo de magnitud 7.1 es tan solo de 60 watts. Sin embargo, dependiendo de la distancia a la cual se encuentre uno, es posible percibir al foco de 60 watts mucho mas brillante que el de 200 watts. Lo mismo ocurre con los sismos, salvo que la brillantez es la intensidad de la sacudida y en este caso el sismo de 2017, a pesar de su menor magnitud, se encuentra a tan solo 120km al sureste de la ciudad.

En 1986, se estableció un código de construcción mucho mejor, reemplazando al antiguo de 1976, y que reflejaba nuevo conocimiento del efecto del lago de Texcoco sobre la intensidad de la sacudida. Exigía a los ingenieros que al construir edificios en la zona del lago diseñasen para cargas sísmicas mayores. Será fundamental que en los próximos meses se estudien de forma sistemática y transparente las particularidades de cada colapso. Existen hipótesis que podremos confirmar o descartar. Por ejemplo, ¿es posible que las estructuras colapsadas se hayan construido todas antes de 1986 con el código viejo? Cuando se reforma el código la nueva normativa solo aplica a construcciones que se inicien posterior a su renovación. Otra hipótesis es que muchas de las estructuras se encuentran cerca del borde del antiguo lago y no cerca de su centro. ¿Es posible que exista una mayor amplificación, que desconocíamos hasta hoy, en estas zonas? Otra hipótesis más es qué las estructuras colapsadas no se hayan apegado a la letra del código de construcción, ya sea por negligencia criminal, o por descuido.

Dos viñetas sismológicas. Primero, el sismo de Puebla del 19 de septiembre 2017 es un cuanto extraño. En general, los sismos mas destructivos en México ocurren en las costas del Pacifico donde se encuentra el contacto entre la placa de Cocos y la placa de Norteamérica. Este contacto, denominado la “zona de subducción” se extiende desde Jalisco hasta Chiapas y fue responsable del sismo de 1985. El sismo de 2017 ocurrió lejos de esa zona en las profundidades de la placa de Cocos y debajo del centro del país. Esto es inusual y habrá trabajos de investigación hartos para entenderlo, pero para fines de la discusión que aquí tenemos, amigo lector, es tan solo una curiosidad sismológica. México es tierra de temblores, sabemos de muchos otros sismos inusuales, lejos de la zona de subducción. Por ejemplo en 1912 ocurrió un sismo de magnitud 6.9 en Acambay Estado de México a solo 100km de la ciudad. Los sismos, cercanos y lejanos, usuales e inusuales, continuaran ocurriendo con el ir y venir de las décadas y tenemos que convivir con ellos.

Segunda viñeta. Hasta ahora he ignorado al sismo de Tehuantepec de magnitud 8.1, nada deleznable, del 7 de septiembre que causó grandes estragos en Chiapas y Oaxaca y un pequeño tsunami en el golfo de Tehuantepec. Fue otro sismo de esos raros, no tradicionales de la zona de subducción sobre el cual también se escribirán artículos científicos y a consecuencia del cual ha habido reportes de fuertes daños en el Istmo. ¿Están conectados estos dos eventos? Es difícil decirlo aunque la evidencia sugiere que no. Están lejos el uno del otro, a mas de 400km y separados por mas de dos semanas en tiempo. La mente humana, gusta de encontrar patrones, los vemos en el estuco de una pared en blanco y en las nubes sobre nosotros y es posible que lo mismo suceda aquí. Aunque la posibilidad de que sean causa y efecto es apetecedora, será muy difícil demostrarlo de forma científica.

¿Qué vamos a aprender? Es menester usar las catástrofes, no para olvidar o ignorar lo sucedido si no como un punto de apoyo para el progreso científico y social. Es difícil y natural querer tapar al sol con el dedo, el dolor a veces es tan agudo que preferiríamos olvidar. En Japón después de cada gran sismo se construye un museo que recuerda a las victimas, recuerda su cotidianeidad y honra su memoria. Los museos también muestran de forma clara y concisa, que sucedió y que se aprendió, admiten la falibilidad humana y apuntan al futuro. Es un esfuerzo concertado por mirar la tragedia, tan visceralmente desagradable, generadora de impotencia y hacerse dueño de ella para promover mejoras técnicas y sociales. Esta actitud me parece admirable y algo a lo cual podemos aspirar a replicar.

En México gran parte del conocimiento de sismología e ingeniería ha sido orgulloso producto nacional. Los investigadores de geofísica, geología e ingeniería alrededor del país, todos ellos en universidades públicas, son reconocidos a nivel mundial como expertos en sus disciplinas. El país cuenta con uno de los primeros sistemas de alerta sísmica, el Servicio Sismológico Nacional monitorea con redes de instrumentos modernas y extensas la sismicidad en el país y hay muchas licenciaturas en ingenierías y ciencias de la Tierra que cada año generan egresados que compiten por plazas de investigación en las mejores universidades del mundo y que trabajan en la iniciativa privada alrededor del planeta. Sin embargo, es realidad ineludible que la inversión en ciencia y tecnología aun es magra. Porque es eso, una inversión que reditúa y rinde dividendos, genera conocimiento fundamental que fortalece a la sociedad y al país. En México hay, en este momento gente ambiciosa, con talento y educación de punta que quiere trabajar más, pero necesita un renovado apoyo de su sociedad civil y de sus instituciones gubernamentales. Las tragedias de septiembre pueden llevar a algo mejor. Para todo fin práctico, la Tierra es inmutable, pero nosotros no, estudiemos de forma honesta la sismología, la ingeniería y sí la dimensión social también de la incomoda pregunta “¿Por qué se colapsó el  colegio Enrique Rebsamen?” y cambiemos.

Mi padre gusta decir que el ser humano es el único animal que se tropieza con la misma piedra dos veces. Los talentosos sismólogos y sismólogas del país han identificado que frente a las costas de Guerrero existe una brecha sísmica. Un lugar donde sabemos que deben de ocurrir grandes sismos pero donde no ha habido un evento importante en tiempos históricos. La amenaza de un gran sismo en la brecha de Guerrero, para la Ciudad de México, es mayor que la del sismo de 1985 o del sismo de Puebla de 2017. Aun estamos a tiempo de actuar y de mejorar, tenemos el poder y la capacidad para evitar futuras tragedias, aun estamos a tiempo de no tropezar con la misma piedra, pero el tiempo es finito y el tiempo algún día se agota.

 

Diego Melgar Moctezuma
Sismólogo y profesor de la Universidad de Oregon

El sismo y su memoria heredada

El día 19 tardamos en entender la magnitud de la catástrofe. Sabíamos del colapso de algunos edificios, postes caídos, el olor penetrante a gas, las fugas que llenaban de miedo el aire. Habíamos oído por radio la primera señal de una tragedia: “Se derrumbó una escuela en el sur de la ciudad”. Al avanzar por Nuevo León, empezaron los signos de la destrucción, las escenas que se repetirían a lo largo de la ciudad: vidrios, tabiques y pedazos de muro en las banquetas, enormes grietas en los costados de los edificios, el bullicio omnipresente de ambulancias y helicópteros, mares de gente esperando en los camellones.

Desde la esquina de División del Norte y Eje 5 vi el caos a lo lejos: gente que corría o huía, gritos, el trajín de carretillas, una enorme grúa, las maniobras entre el tumulto de un camión de volteo. Después supe que eran los edificios colapsados de Gabriel Mancera y Escocia. ¿Cuántas personas sepultadas? ¿Cuántos heridos y víctimas? ¿En cuántas partes de la ciudad se ha quebrado lo que creíamos firme?

Avanzaba lentamente en bicicleta, cuidándome del pánico de los autos, de la falta de semáforos, tratando de guardar la calma. De las radios de los coches salían las mismas noticias catastróficas, todos los peatones hablaban de lo sucedido, con ojos de angustia, nerviosos. Al llegar al cruce de Zapata con División del Norte, a unos metros estaba lo inimaginable. Otra vez. No puede ser. El mismo día. Sobre una pirámide de escombros, columnas y varillas, decenas de hombres, policías, brigadistas y voluntarios subían y bajaban, se pasaban cubetas de escombros. Empezaban a acordonar la zona. A unos metros un paramédico, con chamarra y casco de motociclista, había tomado un megáfono. Solamente sus palabras podían tener sentido en ese momento. Ninguna más. “Por favor, acérquense. Estamos ante un desastre mayor. Yo estuve en el 85, todos queremos ayudar”. Hizo una lista de necesidades inmediatas. En los días siguientes veríamos esas listas incesantes circular en redes como la voz compartida de nuestra urgencia. Hacía falta subir agua a lo alto de las ruinas, se acababa de desmayar un voluntario que trabajaba, como otros, sin sentir la deshidratación ni el cansancio. Subimos y repartimos agua en pequeños grupos. No la querían recibir. La reunimos en pequeñas bases, en las distintas esquinas que quedaban del esqueleto del edificio.

Las filas humanas también pasaban cubetas pesadísimas de cascajo. Sin saber bien cómo me vi en una pendiente, en una de esas hileras de trabajo, organizadas por la intuición inmediata del desastre. Estaba sobre la losa inclinada de lo que fue horas antes una cocina. Más abajo, regados entre el cascajo vi las patas de una silla, discos de acetato, cacerolas, las páginas amarillentas de La Celestina, fotografías del diploma de un estudiante. Una mujer se ocuparía de reunir y ordenar, frente a unos abarrotes, esos objetos íntimos que quedan de nosotros en el polvo.

La casa que era defensa contra la noche y el frío,
la violencia de la intemperie,
el desamor, el hambre y la sed,
se reduce a cadalso y tumba.
Quien sobrevive queda prisionero
en la arena o la malla de la honda asfixia.1

Es duro de creer, pero abajo había personas. Dos topos y un paramédico se acercaron a un boquete lateral, entre dos vigas. El silencio de nuestros puños levantados permitiría ese diálogo en el umbral de la muerte: “¿Me escuchas? Somos rescatistas, necesitamos oírte para saber dónde estás”. Introdujeron un tubo flexible de plástico para comunicarse. Luego, una vía con una bolsa de líquidos. Nunca vi salir a nadie. Solo escarbábamos cada vez más rápido. La gente empezó a amontonarse.

Al caer la tarde la urgencia era conseguir lámparas, baterías y cascos. Volvimos a hacer pequeños grupos de acopio en las cuadras aledañas. El ejército, la policía, Protección Civil y la Cruz Roja empezaban a tener más control de la situación, colectaban víveres y herramienta. Volvimos frente a las ruinas para subir el equipo que tanta gente había donado. Un hombre de camisa se acercó a pedir de todo, desesperado. Las autoridades sólo dejaban subir ahora grupos organizados y equipados. “Mi familia está ahí adentro”, nos dijo señalando la enorme montaña de escombros. Al detenerme, dos días después, a escribir sobre ese día, no puedo dejar de pensar en ese hombre y su esperanza deshecha.

Hacía las 8 de la noche, la mayoría esperaban impacientes órdenes de las autoridades. Se organizaban grupos más pequeños y específicos. Ahí estaba la labor colectiva incansable de miles de héroes anónimos, la oda improvisada al “nosotros”. El 85 parecía repetirse. Parecía devolvernos la opresión macabra de su efeméride. Algunos estábamos dentro del recuerdo de nuestros padres, mil veces contado. En esas fotografías. En esas historias. En ese lugar imposible donde nadie, jamás, se imagina que se va a encontrar algún día. Otros recobraban la experiencia anterior. Lo que vivieron los de entonces que ya no están ahora. Lo que vivimos los de ahora, con esa memoria heredada, quedará con nosotros para siempre.

Avanzo, doy un paso más,
miro de cerca el infierno.
Muere el día de septiembre
entre la asfixia y los gritos.2

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor.


1 Estos versos pertenecen a Miro la tierra, ese poema largo que escribió José Emilio Pacheco en las semanas siguientes al terremoto de 1985 y que constituye una épica anónima y colectiva de la destrucción de la ciudad de México.

2 Idem.

El patrón de la destrucción del sismo del 19 de septiembre

El segundo sismo grave en un 19 de septiembre, 32 años después del anterior, ha impactado fuertemente la Ciudad de México de manera sorpresiva, tanto por su repetición, como por sus características. En un principio parecería que por su magnitud de 7.1 no debería de haber causado daños severos. Sin embargo, esto no fue así. Hasta el miércoles por la noche se habían reportado 38 edificios que colapsaron, 101 muertos, cientos de heridos e incontables daños materiales, tan solo en la Ciudad de México. Haciéndolo el segundo terremoto más catastrófico desde el de 1985.

El daño que causó se puede explicar por dos razones de fondo. La primera razón, el sismo sucedió a sólo 120 kilómetros al sur de la Ciudad de México, en Axochiapan, Morelos. Esto hace que sea mucho más intenso que si hubiese pasado en las costas del Pacifico mexicano. Por ejemplo, tan sólo hace unos días, el 7 de septiembre, sucedió un temblor de magnitud 8.2 en las costas de Chiapas, a más de 700 kilómetros de la Ciudad de México. El temblor más grande registrado en un siglo, pero por su distancia los daños en la ciudad fueron mínimos. De igual forma, el sismo del 19 de septiembre de 1985 fue de intensidad 8.1, a sólo 300 kilómetros de distancia de la capital. El cual fue cinco veces más intenso que el registrado el 7 de septiembre, lo que explica los enormes daños que causó, como los 412 edificios destruidos (10 veces más que en el actual sismo).

Además, la cercanía del epicentro del temblor y en un lugar en el que se registran pocos sismos de dicha intensidad, también explica el porqué no sonaron las alarmas sísmicas con tiempo suficiente. En esta ocasión la alarma sonó sólo entre 11 y 19 segundos de anticipación. Las alarmas sísmicas están colocadas en la costa del Pacífico, en Guerrero y Oaxaca, previniendo sismos intensos que se originan regularmente en esta zona, lo que permite alertar con tiempo suficiente a la población ante un evento y ponerse a salvo.

Ilustración 1: Mapa de intensidades del temblor del 19 de septiembre de 2017

 

Fuente: Servicio Sismológico Nacional.

 

La segunda razón de fondo tiene que ver con el mismo desarrollo de la Ciudad de México que igualmente explica el porqué son tan intensos los sismos en la ciudad. A simple vista existe un patrón de los edificios que colapsaron y están dañados. Recorren en una diagonal desde Xochimilco hasta la Reforma, como si se localizaran alrededor de Avenida División del Norte recorriendo Coapa, Culhuacán, Tlalpan, la del Valle, Narvarte, Roma y Condesa, entre otras zonas afectadas.

Ilustración 2: Edificios afectados por el sismo del 19 de septiembre de 2017 y localización de la cuenca de los antiguos lagos del Valle de México

 

Fuente: Elaborado con datos de REPSA (lagos) y  Google Maps (edificios).

 

Este patrón no es en lo más mínimo fortuito. De hecho, corresponde al antiguo lago de Xochimilco. Hay que recordar, que existían 5 lagos en la zona que hoy ocupa la metrópoli: Zumpango, Xaltocan, Texcoco, Xochimilco y Chalco (aquí se puede ver su localización). Siendo Xochimilco uno de los más grandes y abarcaba desde la actual delegación Xochimilco hasta Azcapotzalco, recorriendo justo en una diagonal el valle de México.

Entonces, después de haber sido desecados en su mayor parte estos lagos, se urbanizaron con el pasar de los siglos. Esta situación bien conocida e implica que el subsuelo en muchas zonas urbanizadas de la metrópoli es blando. Es un subsuelo arcilloso que amplifica y alarga las ondas de los sismos, lo que hace que sean mucho más intensos que una zona firme y los vuele más peligrosos.

 

Ilustración 3: Localización de edificios afectados por el sismo del 19 de septiembre de 2017 y localización de la cuenca de los antiguos lagos del Valle de México (acercamiento)

 

Fuente: Elaborado con datos de REPSA (lagos) y  Google Maps (edificios).

 

A esto hay que agregarle, los acuíferos subterráneos, de los que se abastece de agua a parte la ciudad, se encuentran sobreexplotados. Al respecto, esta sobre explotación genera hundimientos de la ciudad, lo que altera el subsuelo y también causa diversos daños en edificaciones, lo que las hace más frágiles a los sismos.

Estas razones son solo una parte de la explicación del patrón de daños en edificaciones en la ciudad. Habrá que esperar tiempo para conocer todas las características de los edificios colapsados y dañados, así como el contexto en qué fueron construidos (como bajo corrupción), lo que contribuirán a explicar con detalles la actual tragedia y a prevenir que se repita algo así en el futuro.

Finalmente, el sismo nos recuerda de nueva cuenta la fragilidad de la Ciudad de México por haber sido construida sobre un lago y por la pésima administración del agua que se tiene. Paradójicamente, se sobreexplota el agua a la vez que se hunde la ciudad y hay escasez del vital líquido, mientras que ante la primera lluvia severa, se inundan muchas zonas de la ciudad (como ha sucedido varias veces este año). Situación que se agravará en el futuro, aunque suene totalmente catastrófico, debido al cambio climático que generará mayor escasez del agua e incrementará la intensidad de las precipitaciones en la metrópoli. Una ciudad que hoy es frágil ante sismos… y ante las lluvias, una ciudad proclive a las tragedias. Esto tiene que cambiar.

 

Salvador Medina Ramírez es economista con maestría en urbanismo.

Las primeras horas (segunda parte)

Condesa, 7:00 pm.

Empezaba la noche en la Condesa. No había luz en las calles, era demasiado peligroso restablecer el servicio debido a las fugas de gas. Tampoco había señal en los celulares. La colonia estaba aislada pero la gente seguía apareciendo. Hacían falta muchas lámparas pero resultaba difícil conseguirlas. Las tiendas habían cerrado hacía horas. Acaso por temor al saqueo, decidieron no compartir. Por la zona no se podía comprar ni un chicle.

Los centros de acopio se multiplicaban. En el parque México y en el España brotaba gente de todos lados, caminando, en moto, en coche, en bicicleta. El agua y la comida se desbordaba por momentos; resultaba crítico clasificarla.

Condesa, 8:00 pm.

En Veracruz y parque España se montó un centro de acopio desenfrenado. En una parte se descargaba la ayuda; en otra se cargaban vehículos de todo tipo. Cadenas humanas para uno y otro lado. Un área para medicinas, otra para leche, otras más para comida, mantas, material de limpieza. Se daba lo que se pedía. De pronto desaparecía una montaña de latas de atún, luego no había medicinas. Los vehículos de entrega se iban incompletos, en ocasiones ni se sabía a dónde. No había tiempo para preguntar. La gente actuaba por inercia. No podía ser de otra manera.

Condesa, 9:00 pm.

En Ámsterdam habría cientos de personas. Caminaban en la oscuridad, alumbrados por pequeñas lámparas. Formaban filas inmensas para sacar piedras a mano del edificio que hacía esquina con Laredo. Los pocos militares apostados cooperaban con la gente. La cadena humana parecía un acordeón, se encogía y alargaba para prepararse, pero el cascajo no llegaba o llegaba a cuentagotas. En medio corría gente con carritos de supermercado repletos de piedra. Cerca del edificio colapsado se instalaron lámparas de alto poder, dos camionetas entraron con cañones de luz inmensos. Diez metros más allá, casi tinieblas.

Un camión de volteo estaba siendo cargado al pie del edificio. Sobre Nuevo León, dos camiones más esperaban, vacíos. No sabían por dónde entrar y no querían meterse entre la gente porque estaba muy oscuro. Agarramos a uno de los choferes y lo guiamos. De pronto éramos “viene viene” en medio de la noche.

Condesa, 10:00 pm.

En Ámsterdam y Laredo la gente era tumulto. Cada tanto, el nuevo símbolo de la tragedia, la mano alzada con el puño cerrado, daba esperanzas. Silencio. El cascajo comenzó a fluir entre algunas manos que a veces no se veían entre sí. Era importante anunciar qué estaban pasando —varilla, piedra, ladrillo— para no causar un accidente.

Llegó gente que empezó a repartir comida entre los voluntarios. Sándwiches, tortas y pan dulce, algunos envueltos en servilletas, otros en papel celofán con notas de agradecimiento. Repartían café y agua. Muchos llevaban más de seis horas trabajando.

Condesa, 11:00 pm.

En una banca del parque tres personas leían la Biblia en voz baja. Otros fumaban en grupos; el gas, decían, no llegaba hasta ahí, o no nos importaba. Ya se sabe lo que el cigarro le hace a los nervios.

En las calles aledañas, caminar por cualquier parte era una temeridad. Era fácil tropezarse con algo, en cualquier momento podía colapsarse un edificio. Se empezaba a hablar del futuro, un enorme signo de interrogación. ¿Cuántos edificios afectados? ¿Cuántos inhabitables? ¿Cuánta gente sin casa y hasta cuándo? ¿Qué estaría pasando allá, fuera de la Condesa? ¿Cuándo llegarían más soldados? ¿Qué estarían haciendo las autoridades?

Condesa, 12:00 pm.

En algún momento regresó la luz. Fue un alivió y a la vez un mal augurio. Varios de los edificios que horas antes se veían rajados, ahora tenían cicatrices permanentes. La gente caminaba con maletas y computadoras, despidiéndose de su hogar. Dos o tres veladores se iban a quedar cuidando edificios vacíos, edificios fantasma. Uno de ellos dijo que se iba a dormir abajo del escritorio.

En algunas calles las banquetas parecían olas. En las jardineras del parque México había piedras tiradas al azar, piedras de todos los tamaños, ahí, acomodadas, como una absurda instalación de arte contemporáneo.

La señal también regresó y la gente se conectó frenéticamente a las redes. Tantos edificios destruidos, tantas personas rescatadas, tantos muertos. La escena de la Condesa se multiplicaba por todos lados.

En Ámsterdam y Laredo estaban a punto de sacar a alguien. Todos estábamos ahí y sin embargo nadie tenía cifras claras. Un militar habló de tres rescatados, una chava de cuatro o más.

El grupo de la Biblia seguía leyendo. Otras dos personas se habían unido, formando un pequeño coro. Se notaba el cansancio: gente empolvada, cubierta de sudor, se sobaba las manos y el cuerpo, sedienta. Muchos, a pesar de llevar horas haciendo algo, rechazaban el agua como un gesto de pudor frente a los que aún estaban ahí abajo. Llegaban los relevos.

La noche sería larga. A la Condesa, como al resto de la ciudad y del país, le esperaba un amanecer amargo.

 

César Blanco
Editor y traductor.

Las primeras horas (primera parte)

Condesa, 2:00 pm.

Avenida Mazatlán parecía una extraña kermés. Gente en pijama, oficinistas, vecinos, grupos con perros nerviosos, personas tratando de contactar a sus familiares, arrancando cualquier pedazo de información en las redes. Las líneas estaban colapsadas pero en los teléfonos comenzaban a gotear las primeras imágenes que parecían extraídas de una película de ciencia ficción: tomas desde rascacielos donde el horizonte aparecía salpicado de nubes de humo. Sonaban alarmas, helicópteros, los primeros indicios de la catástrofe. Olía a gas. La gente, sin embargo, parecía tranquila, aún no entendíamos nada.

En Durango había ya cientos de personas en movimiento. Tráfico. Nadie tocaba el claxon. Arriba y abajo de la banqueta, todos empezaban a moverse. Extrañamente, nadie fumaba. Padres aliviados que agarraban fuertemente a sus hijos, con uniforme escolar, trabajadores que pensaban cómo llegar a casa. Algo de cascajo. Sobre el camellón, un hombre cubierto con una manta blanca. Lo estaban atendiendo un grupo de paramédicos. Estaba a salvo. Afuera del el hospital Durango había camillas con enfermos, pacientes en silla de ruedas, viejitos atados a sus carritos de diálisis, esperando.

Sobre Lieja se proyectaba la sombra de los rascacielos de Reforma. Todo en pie. Un bolero escuchaba las primeras noticias en una radio vieja. El Estadio Azteca parecía tener daños graves. No estaba claro que se pudiera jugar el América-Cruz Azul.

Reforma era un río de gente. Los que no estaban tratando de usar su celular miraban hacia arriba, a la Torre Mayor, a la Torre Bancomer, como esperando que algo muy grave fuera a suceder. Un indigente se preguntaba a sí mismo si estaba bien. Todo en orden, carnal, todo bien, se contestó.

Anzures, 3:00 pm.

En Leibniz algunos edificios tenían los vidrios rotos, más cascajo. Muchas calles precintadas con cinta amarilla y roja. No había policías, ni bomberos, ni nada. ¿De dónde salía tanta cinta?

Cuauhtémoc, 3:00 pm.

En Río Ebro algunos edificios dañados. Entre el escombro de las recientes obras y el aplanado caído de muchos edificios no quedaba claro qué tan afectados estaban. No había luz y las llaves de paso estaban ya cerradas. En algunas casas se habían caído libreros, cuadros, copas. Los vecinos comenzaban a juntarse debajo de los departamentos; en un convivio fantasmal, compartían impresiones, recuentos de daños, las primeras anécdotas.

En Río Tíber, un camión de bomberos intentaba sacar a una persona atrapada en un décimo piso. Un buen puñado veía la maniobra, otros caminaban sobre la calle hacia Reforma. Se escuchaban comentarios de las primeras afectaciones graves: edificios caídos en la Condesa, en Buenavista, en el sur. Algunos empezaron a encaminarse hacia esos lugares.

Condesa, 4:00 pm.

Sobre Salamanca el daño era más grave. Vidrios rotos por todas partes, edificios deformes, semáforos en el piso. Grupos de voluntarios corriendo con palas, chalecos, cascos, víveres; camionetas de albañiles dispuestos a ayudar.

Un hombre joven pedía pilas a gritos. En su mochila traía arneses y equipo de salvamento. Había escuchado que una mujer estaba atrapada en un edificio e iba a entrar por ella. Solo.

El edificio de Álvaro Obregón parecía una postal macabra del 85. La gente se apiñaba para ayudar: diez civiles por cada militar o policía trepados sobre las ruinas, jalando escombro, solicitando comida, agua y medicamentos.

En la farmacia de Ámsterdam y Sonora las luces estaban apagadas y la puerta rota. Había ocho o diez personas adentro. Preguntamos quién despachaba, queríamos comprar lo que pudiéramos. Nadie de los que estaban ahí era empleado. Cuando me di cuenta, estábamos saqueando la farmacia. Llegaban grupos de gente a pedir paquetes de antibióticos, suero, analgésicos, gasa, guantes, cubre bocas, jeringas, insulina. Empezamos a organizarnos y clasificar medicinas. Pocos sabían de fórmulas o nombres científicos; por suerte, aparecieron dos enfermeras. Una hora después, en la farmacia solo quedaban chocolates y cigarros. Varios llegaron a pedir cosas para su casa: buscapina, algo para los cólicos menstruales, un edema. Se los despachamos.

Condesa, 5:00 pm.

No había datos, ni señal. Todo se sabía a voces. Todo había que verlo. Al adentrarse en la Condesa uno empezaba a dimensionar la magnitud de las cosas. Patrullas y coches semienterrados bajo el cascajo; postes a medio caer, piedras. Olor a gas por todas partes. Paranoia de explosiones. Las motos tenían que cruzar con el motor apagado.

 En Ámsterdam y Laredo, uno de puntos más negros de este día, cientos de personas empezaron a autogestionarse. Unos juntaban comida, otros estaban entre las ruinas. Extranjeros, socorristas, gente sola o en grupos. Llegaban con unas latas de atún entre las manos o con un carrito de súper lleno de cosas; aparecían con palas y picos. Pedían cubetas, muchas cubetas, para acarrear escombro. Entre los gritos, de pronto, el silencio. Si alguien levantaba la mano con el puño cerrado, significaba que estaban buscando voces sepultadas, algún indicio. Todos sostenían la respiración, se detenían por un momento; luego, otra ve a trabajar, a coordinar. La calle era como un gran pulmón al que le costaba respirar, pero que seguía con vida.

Condesa, 6:00 pm.

En el Parque México la gente acampaba y recopilaba cosas. Muchos de los edificios de la zona se habían convertido en tumbas inhabitables. Varios vecinos salían con maletas de los edificios, despidiéndose para siempre de sus casas. El daño era evidente. Nunca volverían a entrar.

Las cubetas se volvieron prioridad. En el edificio de La Princesa una vecina consiguió diez. Algunos arrancaban los botes de basura de los parques para usarlos. En el parque España llegaron dos camionetas de lujo cargadas de víveres. La gente hacía cadenas, empezaba a clasificar, aplaudía de vez en cuando. Veía con temor el Plaza Condesa: su fachada parecía un enorme lisiado.

La gente corría de un lado a otro, pero no desesperada, ni llorando. Todos querían hacer algo. Había polvo y basura por todos lados. Se hablaba de números, de gente enterrada, de rescatados, de quién sabe cuántos edificios en riesgo de colapso.

De pronto, la siguiente urgencia era conseguir lámparas. Faltaba poco para el anochecer y la colonia seguía sin luz. La Condesa estaba a punto de entrar en la penumbra.

Pero nadie estaba dispuesto a irse. Al contrario, las hordas de gente seguían llegando.

 

César Blanco
Editor y traductor.

19 de septiembre, una vez más

A las tres de la tarde Insurgentes era una vía peatonal. Los trenes del metrobús estaban detenidos. En la esquina con Sonora la gente se amontonaba para escuchar las instrucciones que dos hombres estaban gritando: “Por favor donen agua para los rescatistas; no importa que esté incompleta. Todo lo llevaremos a donde haga falta”. Algunos comenzaron a dejar sus botellas con agua en el piso y otros corrieron a las tiendas cercanas para comprar lo que estuviera a su alcance: un litro o seis. Jóvenes y adultos preguntaban cómo ayudar. “Súbanse a la camioneta. Vamos a remover escombros en Álvaro Obregón”.

Era el día en el que se cumplían 32 años de haber vivido un sismo catastrófico para la Ciudad de México, y las escenas de destrucción aparecían de nuevo, esta vez,  debido a un temblor de 7.1 grados.

En ese momento las hileras de caminantes eran más largas hacia el norte que hacia el sur. Los agentes de tránsito trataban de desviar a los pocos automóviles que circulaban para evitar cualquier accidente. Ellos mismos estaban confundidos, no sabían hacia qué dirección enviar a los preguntaban por los edificios derribados. “Hay varios en Viaducto. El primero está en Monterrey. Dé vuelta a la derecha”.

La caminata seguía. El celular pegado en la mano y en la oreja. Nada. Rostros de angustia por no saber de sus familiares o por no poder avisarles que estaban bien. Habitantes de sus edificios sentados en las puertas, esperando que alguien les autorizara entrar.

Al dar vuelta sobre Viaducto, el tránsito indicaba algo grave. No era el tráfico de la hora pico. Era distinto. Autos parados, sin saber hacia dónde moverse. Los semáforos no servían y varios jóvenes con cubrebocas se atravesaban solo pidiendo el alto con la mano. Eran voluntarios que querían mover escombros del edificio que se derrumbó sobre esa avenida casi esquina con Medellín.

Los jóvenes que aún traían mochilas con útiles o que portaban cascos de bicicleta para protegerse, al principio no pudieron ayudar porque la brigada de Protección Civil y los militares que ya estaba ahí, trataba de poner un poco de orden y distribuir la ayuda.

Uno de los voluntarios que estuvo en el lugar pocos minutos después del temblor, recordó: “Yo pasaba por aquí en mi bicicleta cuando vi que el edificio se había caído. La dejé en la orilla y me puse a mover piedras con las manos. Éramos muy pocos los que estábamos al principio”.

El relato de este voluntario se interrumpió por el grito de dolor de un adolescente que no se imaginaba el daño que había sufrido el edificio en el que vivía. Dos personas lo sostuvieron para que no se cayera y lo alejaron de la zona de desastre.

Los vecinos llegaban con agua, cubrebocas, cubetas, sándwich, papel higiénico, cobijas, galletas y preguntaban qué hacía falta.

Los voluntarios tuvieron que aprender a escuchar instrucciones: “Por favor fórmense en filas de diez en diez. Ya les indicaremos de qué forma ayudar”. Hubo quienes no pudieron esperar su turno en la fila y dieron la vuelta a la manzana para ayudar a quienes ya estaban cargando cubetas vacías o con cascajo. La mayoría eran jóvenes que no tenían en su cabeza el recuerdo del terremoto de 1985. O tal vez sus familiares les habían contado historias, pero nunca habían vivido algo así. Nunca habían removido piedras para salvar la vida de alguien.

Hubo momentos en los que era más la vitalidad de la ayuda que las posibilidades de desalojar los vestigios del edificio. Los camiones tardaban en llegar porque las calles cercanas estaban saturadas de automóviles.

Filas largas con hombres y mujeres menores de treinta años tratando de seguir las instrucciones de los marinos; sin embargo hubo momentos en que eran más los gritos que el movimiento. “Tomen distancia de un brazo con su vecino. No se amontonen porque no van a poder cargar rápido los escombros”.

Al caer la noche, todos traían el rostro, las manos y la ropa empolvados. Sudor y cansancio. No había lágrimas.

Después de seis horas eran incontables los momentos en los que se habían levantado los brazos con el puño cerrado. Se necesitaba silencio absoluto para poder escuchar a los sobrevivientes. Desafortunadamente, no fueron tantas las ocasiones en las que brotaba una oleada de aplausos como señal de que habían rescatado a una persona. Ese momento servía para inyectar fuerza en los jóvenes voluntarios, para sentir que era posible rescatar a las dos personas que estaban lanzando señales de vida desde las entrañas de esa montaña de concreto.

 

Kathya Millares.
Editora.

Cartas a una joven desencantada con la democracia

Las elecciones del próximo año podrían suponer un punto de inflexión en la historia de México. Por eso resulta más importante que nunca entender los problemas de nuestra democracia, pero también sus puntos nodales. En este brillante ensayo escrito de forma epistolar, José Woldenberg le habla a una joven, que en realidad representa a todos los jóvenes del país: una generación que podría definir el rumbo de nuestro futuro. Recién publicado por Sexto Piso, ofrecemos dos de las cartas más penetrantes.


Ciudad de México, 27 de febrero de 2017

Estimada:

Lo prometido es deuda. No recibí respuesta al mensaje anterior. Espero que no hayas tirado las cartas a la basura, o peor aún, que les hayas dado delete, que no te hayas aburrido o por lo menos que no te hayas aburrido demasiado. Pero creo que ya estoy llegando al final. En lo que creo que tú y yo estamos completamente de acuerdo es en que nuestro arreglo democrático se reproduce en medio de un gran malestar y que, como apuntaba al inicio de nuestro intercambio, ojalá ese malestar en la democracia no se convierta en un malestar con la democracia. Pues entonces estaríamos en problemas mayores. Porque existe un hecho del tamaño de una catedral: hay un desencanto con los políticos, los partidos, los congresos y los gobiernos que nadie debería disimular, y, como te he insistido, sin esos actores la democracia no es posible.

Se podrían citar un buen número de encuestas en las cuales se recoge un sentimiento de hartazgo y un decrecimiento de la adhesión a la democracia, pero basta con salir a la calle o hablar con los amigos o conocidos para darse cuenta que una densa nube de malestar y fastidio acompañan a nuestros recientes logros en el terreno de la política.

Por supuesto, ante ese malestar se puede responder que la democracia no es ni pretende ser una varita mágica ni un sombrero de mago, y que no puede resolverlo todo. Y en efecto, los sistemas democráticos están diseñados para lograr dos objetivos fundamentales: la coexistencia y competencia pacífica de la diversidad política y posibilitar el cambio de los gobernantes sin el costoso expediente de la sangre (otra vez, Popper). Pero dicha respuesta sería insuficiente, porque el debilitamiento del aprecio por la democracia (y por sus instrumentos, que no es lo mismo), se nutre de fenómenos complejos que vale la pena señalar, si es que queremos robustecer nuestra incipiente convivencia/competencia del pluralismo.

Quiero enumerar algunas fuentes del desencanto con nuestra democracia. Se trata de ideas, percepciones y trazos estructurales que militan en su contra. No es un listado jerarquizado, pero puede quizá ayudarnos a pensar en los difíciles retos que tiene que afrontar, entre nosotros, el asentamiento del régimen democrático. Porque no existe ley histórica alguna que garantice de una vez y para siempre la pervivencia de un sistema pluralista, sino que el mismo puede desgastarse, degradarse o fortalecerse. En esta carta haré alusión a fenómenos que alimentan la incomprensión o el desafecto por la democracia, y en una siguiente me referiré a las cuatro fuentes, que creo fundamentales, de ese desencanto.

Antipluralismo. Democracia es sinónimo de coexistencia del pluralismo. Si algo la distingue de los regímenes autoritarios, dictatoriales o totalitarios —como te decía desde el inicio— es precisamente la idea fundadora de que la sociedad no es un bloque monolítico, sino que está cruzada por intereses, sensibilidades, ideologías, programas distintos y en no pocas ocasiones encontrados. Y a diferencia de las concepciones autoritarias, ese reconocimiento deriva en una valoración positiva del pluralismo, al que según el código democrático hay que ofrecerle conductos y espacios para expresarse y convivir, puesto que en él reside buena parte de la riqueza de la sociedad. Ese basamento elemental y fundamental, sin embargo, a cada momento es puesto en cuestión. Se proclama e idealiza al pueblo como bloque sin fracturas, y aparece en el imaginario popular e ilustrado no sólo como un recurso retórico, sino como una aspiración deseable. “Tenemos muchos partidos”, “no se ponen de acuerdo”, “sólo ven por sus intereses”, “dividen artificialmente al pueblo”, son algunas de las expresiones recurrentes que oponen al pluralismo vivo la añoranza de un pueblo unido, sin fisuras, marchando al unísono y ordenado. Es decir, la construcción democrática atenta contra un ideal más arraigado —e impertinente— de lo que creemos. De tal suerte que en el código genético de los sistemas democráticos está sembrada una concepción que riñe contra todas las pulsiones autoritarias, las que postulan y creen que existe un solo sujeto virtuoso, un solo programa digno de crédito, un solo ideario correcto. Todo ello hace que el pluralismo en acción no le resulte grato a muchos.1

Infravaloración del tránsito democrático. Nunca socializamos con suficiencia el tránsito democratizador que vivió el país. Hubo un déficit de pedagogía social. El proceso, que por supuesto no fue lineal y que transcurrió en el último cuarto del siglo pasado, fue narrado de múltiples maneras, pero su sentido profundo no apareció con claridad a los ojos de los más. Hoy bastaría comparar el mundo de la representación de (digamos) 1980 y el de ahora para observar la transformación radical. Pero los lentes que utilizamos para narrar lo que había sucedido fueron insuficientes para entender y nacionalizar la gran transformación vivida. El oficialismo de antaño no era capaz de reconocer que México estaba desmontando un sistema autoritario para edificar uno democrático, porque según él, el país siempre había sido democrático; una democracia que se perfeccionaba y ajustaba de vez en vez. Pero desde una cierta oposición el proceso tampoco fue comprendido —a pesar de que esas oposiciones eran motor fundamental de los cambios—, porque no estaban dispuestas a valorar las transformaciones graduales que produjeron seis reformas político-electorales (1977, 1986, 1989-90, 1993, 1994 y 1996), ya que ello, decían, sólo fortalecía al oficialismo. No fue casual, entonces, que la alternancia en el poder ejecutivo federal fuera vivida por no pocos como una especie de milagro y no como lo que era, la desembocadura de un largo proceso de deconstrucción y construcción de reglas e instituciones y de la transformación progresiva de eso que llamamos “correlación de fuerzas”. Así, a diferencia de lo que sucedió en muchos otros países, faltó explicación suficiente del proceso de transición democrática para que la sociedad fuera capaz de apropiárselo y fuera digno de ser reivindicado y defendido.

Gobiernos de minoría. Gobernabilidad complicada. Los sistemas democráticos, máxime aquellos en los que existe un pluralismo equilibrado instalado en las instituciones representativas del Estado, son difíciles de gobernar. Dado que el gobierno y su partido no cuenta con los votos necesarios en el legislativo para hacer avanzar sus iniciativas, se encuentra obligado a negociar con otros de manera permanente o intermitente. Y ya se sabe, pactar es un asunto tortuoso, lento. Hay que intentar hacer compatibles diagnósticos y propuestas diferentes; intereses y pasiones encontradas. Escuchar, responder, acordar, se vuelve necesario pero peliagudo. Y el nuevo sistema genera la imagen de una sinuosa vereda que es difícil de transitar y que resulta “improductiva”. No es extraño entonces que aparezcan y reaparezcan las voces que añoran la “velocidad” y la “eficiencia” del pasado, en el que México tenía mucha gobernabilidad y nula democracia. Y es que en efecto, el rasgo más sobresaliente de la política mexicana en los últimos veinte años es el de un pluralismo equilibrado, instalado en el circuito de la representación. No existe más una voz que ordene y mande (en buena hora), sino un embrollo de diagnósticos, propuestas e intereses que no es sencillo alinear. La política se ha vuelto más compleja, y eso que deberíamos festejar (por el sistema de balanzas construido), aparece a los ojos de muchos como un trazo indeseable de los nuevos tiempos, que incluso —dirían los extremistas— habría que intentar conjurar. Cada cual tiene una idea de lo que hay que hacer y se desespera porque otros lo contradicen, sin darse cuenta de que precisamente eso es lo peculiar de la democracia.

Déficit de orden democrático. Si bien se ha ampliado y expandido la cara expresiva de la democracia, aun así no hemos logrado construir el otro rostro: el del orden democrático. Para bien, hoy los más diversos grupos y asociaciones reivindican sus intereses, ponen a circular en el espacio público sus balances e iniciativas, se movilizan y exigen. Ello es fruto natural del robustecimiento de las libertades que supone el régimen pluralista. Se trata de ofrecer garantías a las libertades fundamentales: de organización, expresión, manifestación, etc. y de que sean realmente ejercidas. La otra cara de la moneda está en aceptar que todos esos reclamos legítimos son parte de un todo mayor, que no puede ni debe ser subordinado a las exigencias de pequeñas o grandes minorías. Algunos lo llaman “déficit en el Estado de derecho”, y puede ser que así sea. Lo cierto es que con el fortalecimiento de las libertades hemos vivido una ola de reivindicaciones parciales, sectoriales, específicas, que virtuosamente se colocan en el espacio público. Es más, para ello se edifica la democracia, para que voces e intereses antes invisibles adquieran peso y presencia públicos. No obstante, no alcanzamos a construir la noción, las prácticas y los conductos institucionales para que los intereses particulares puedan conciliarse con “el interés general”; y se supone que para ello existe un marco constitucional y legal a través del cual se pueden y deben ajustar pretensiones encontradas. Pero dado que el orden democrático brilla por su ausencia, no son pocos los que ven sólo dispersión, conflicto y desorden sin sentido.

Las complejidades genéticas de la democracia. Como creo que te decía en una de las cartas, la democracia es una estructura de poder laberíntica. Y perdón por repetirme. Para garantizar los derechos y las libertades individuales existe una batería de reglas e instituciones que tienden a contener y reducir las capacidades de los poderes públicos. Dado que se teme a la concentración del poder, entonces el propio diseño institucional genera fórmulas de vigilancia, pesos y contrapesos y hasta posibilidades de obstrucción. Y como se supone que las autoridades ejercen sus facultades a partir de un sistema legal que las autoriza para eso y sólo para eso (recordemos el viejo apotegma de que el ciudadano puede hacer todo aquello que no esté prohibido por la ley, mientras la autoridad sólo puede hacer aquello para lo que explícitamente está facultada por una norma), el circuito judicial se convierte en un terreno legítimo, aunque tortuoso, para dirimir diferencias entre ciudadanos y autoridades y entre los propios poderes constitucionales. Todo eso que ha sido desmenuzado con precisión por Pierre Rosanvallon,2 quizá pueda resumirse en que la democracia —desde su diseño normativo— hace complejo, retorcido y difícil su propio funcionamiento. Y ello deja un sedimento de malestar entre el público.

Déficit de ciudadanía y de sociedad civil. Tenemos un déficit de ciudadanía o una muy débil y contrahecha sociedad civil. Cierto, a la red de organizaciones tradicionales (empresariales, sindicales, agrarias), en los últimos años se ha sumado una vigorosa y esperanzadora constelación de agrupaciones. Sus agendas son múltiples y han fortalecido eso que llamamos sociedad civil (la sociedad organizada). Agrupaciones en defensa de los derechos humanos, los recursos naturales, las agendas feministas o LBTG, han incorporado nuevos temas, problemas e iniciativas al escenario público. No obstante, la inmensa mayoría de la población no participa en los asuntos públicos (que presuntamente son de todos). Y ya se sabe, o debería saberse, que la calidad de la política depende no sólo de lo que hagan o dejen de hacer los políticos profesionales sino del contexto de exigencia (o no) en el que despliegan sus iniciativas. Nuestra sociedad civil es epidérmica y desigual. Epidérmica, porque son porcentualmente muy pocos los que de alguna u otra manera se encuentran organizados y pueden hacer sentir su presencia, y desigual e incluso polarizada porque mientras algunos actores cuentan con asociaciones fuertes e implantadas, los más están atomizados, carecen de voz y potencia para hacer valer sus reclamos. No se trata de revivir el cuento del juego de suma cero entre las instituciones del Estado y la sociedad civil. Por el contrario, una sociedad organizada, potente y activa no sólo le crea un contexto de exigencia al Estado, sino que tiende a construir puentes de comunicación entre ambas esferas, inyectando densidad a las reflexiones y prácticas estatales. Mientras que una condición sustantiva para la existencia de una sociedad civil viva y poderosa es precisamente la existencia de un Estado democrático. De tal suerte que sociedad civil robusta y entramado estatal democrático tienden a fortalecerse —teóricamente—. Pero hoy por hoy, con una famélica sociedad civil, los grados de libertad —y en ocasiones de impunidad— de las diferentes autoridades suelen ser muy amplios.

Los partidos: su lenguaje, su comportamiento. Los partidos, actores centrales de nuestra vida política, se encuentran, en conjunto, en el cuarto de máquinas del Estado. Tienen un pie en la sociedad y otro bien asentado en las instituciones públicas. Y de lo que hacen o dejan de hacer, de lo que dicen y dejan de decir, depende en buena medida la calidad de la política. Son insustituibles como fórmulas de agregación de intereses, como ordenadores de la vida pública, plataformas de lanzamiento electoral, guías y orientadores del debate nacional, pero en su lenguaje siguen persistiendo resortes que no contribuyen en nada al asentamiento de relaciones democráticas. Tenemos un déficit en el reconocimiento de los otros y quizá eso sea connatural a la coexistencia de una diversidad de partidos (cada uno de ellos proclamará que es el portador de todos los valores mientras sus adversarios no son más que la encarnación del Mal), pero la mecánica entre ellos no acaba de lograr que los más entiendan el sentido y significado de muchos de sus debates, desencuentros y tensiones.

Los medios y el discurso antipolítico. Toda política moderna pasa y es modulada por los medios de comunicación. En particular, por las grandes cadenas de radio y televisión (ya se siente el impacto de las redes sociales, pero por lo pronto, dejémoslo como harina de otro costal). Pero de ellos no irradia información y análisis como para hacer discernible lo que sucede en el espacio de la política. Mimetizados a las rutinas y fórmulas del espectáculo, son incapaces de recrear la deliberación (difícil, sinuosa) que se desarrolla en los circuitos de representación.3 Más bien están aceitados para multiplicar los efectos de un escándalo, para recrear dimes y diretes, para hacer escarnio de las no pocas tonterías y resbalones de los políticos, para especular sobre dichos, movimientos o proclamas, para “teorizar” lo que se encuentra en la cara oculta de la política… De ningún espacio surge con más potencia y falta de escrúpulo la retórica de la antipolítica. Todos los males —según esa oratoria elemental y cansina— se originan en una “clase” separada del resto de los mortales, llamada políticos. Para esa fórmula reduccionista no existen problemas, rezagos, auténticas dificultades, todo es culpa de políticos rapaces, tontos e ineficientes. Una sociedad virtuosa sufre a esa plaga, y el problema es que ese discurso hace innecesario el estudio, la comprensión y elaboración de políticas para tratar de solucionar problemas más que complicados. Todo resulta claro y rotundo: los políticos son incapaces (por decir lo menos) y la sociedad es un dechado de virtudes.4 Ante este panorama, los medios no están contribuyendo a asentar la convivencia de la diversidad y menos a hacerla descifrable.

Pero espérate, hay nutrientes del malestar aún más preocupantes. Ahorita tengo que salir corriendo, pero te prometo que mañana concluyo el listado.

 


Ciudad de México, 20 de marzo de 2017

Estimada:

Me dices ahora que las elecciones te producen sopor. Que las observas de lejos y con desgana. Que, como en las noches, te parece que todos los gatos son pardos. Y eso que apenas despuntan las del Estado de México, Coahuila y Nayarit y todavía se ven un poco (sólo un poco) lejos las de 2018. A lo mejor estamos en el cuento de nunca acabar. Porque en esa materia sí tenemos un diferendo grande. Permíteme explicarme.

Lo mejor de las elecciones son las propias elecciones. Y no se trata de una tautología. El solo hecho de que se lleven a cabo auténticos comicios es una “gran cosa”, precisamente porque no parece una gran cosa. Se trata de un procedimiento aparentemente rutinario que tiene un enorme significado. Escribo “en apariencia” no porque no sea una rutina, sino porque no tenemos más de veinte años de contar con elecciones competidas, libres y equitativas.

Las elecciones son una construcción civilizatoria, el único método que permite la coexistencia y competencia de opciones políticas no sólo diferenciadas, sino incluso enfrentadas. Se trata de la fórmula que permite la substitución de los gobernantes sin derramamiento de sangre (ya sé que sueno como disco rayado, pero otra vez te recuerdo a Popper); que presupone que la diversidad política es un capital que debe ser preservado y que es menester edificar un cauce para su expresión; que intenta construir un puente entre gobernantes y gobernados —así sea frágil y momentáneo—; que permite el ejercicio amplio de las libertades; que desata adhesiones, esperanzas, energías sociales; que nos obliga a vivir y convivir con los otros, en el entendido de que esos otros tienen una existencia legítima.

No obstante, nuestras elecciones transcurren, en efecto como tú dices, acompañadas de desprecio, distancia crítica e incluso sorna (por lo menos en el mundo de la opinión publicada). Como si produjeran un halo de malestar que les fuera intrínseco y que impide observar lo sustantivo y apreciarlo. Cuatro fuentes —creo— alimentan esas reacciones. Tú me dirás si crees que estoy equivocado.

A) Los que ven en ellas una fórmula insípida, incolora, aburrida de cambio político. Quienes desearían métodos más vigorosos, coloridos, incluso traumáticos y dramáticos de transformación. Quienes ensueñan cambios revolucionarios, absolutos, radicales; o quienes en nombre de un orden que flota en sus cabezas no desecharían las asonadas o los golpes palaciegos. Y tienen razón: las elecciones se encuentran en las antípodas de esas fórmulas de mutación política porque sus premisas están a kilómetros de distancia de toda idea redentorista. Hay que decir, sin embargo, que esas posiciones son declinantes, que no tienen ni la fuerza ni la implantación de la que gozaron en el pasado, y que hoy tenemos un gran consenso político en el método electoral. ¿Entonces qué?

B) A quienes les parece muy poca cosa las elecciones porque no son capaces de resolver los “verdaderos” problemas del país. Son aquellos que consideran que ni la desigualdad, ni la falta de crecimiento, ni la delincuencia, ni la violencia intrafamiliar, ni la sudoración de los pies son resueltos por las elecciones. Y en efecto. Tienen razón. Lo que sucede es que las elecciones —y en general la democracia— están diseñadas para solucionar dos problemas específicos pero cruciales: el de la coexistencia de una pluralidad de opciones políticas y el de ofrecer una vía institucional y pacífica para nombrar y remover a gobernantes y legisladores. Creo que el problema número uno de México es el de su oceánica desigualdad, pero estoy convencido de que para atender esa profunda falla estructural es mejor tener elecciones que no tenerlas. Y lo mismo se puede decir del resto de los temas. No sobra decir que las campañas son el mejor momento para que los diagnósticos y propuestas de los partidos —es decir, las soluciones a los problemas— logren captar la atención y el apoyo de los ciudadanos.

C) Hay quienes abominan de las elecciones porque no están de acuerdo con algún o algunos de los eslabones del proceso. Todos los hemos oído y leído. Que si son muy caras, que si duran mucho, que si los spots resultan insoportables, que si se vulnera la libertad de expresión porque no se puede comprar publicidad, que si el INE es un elefante blanco, y síguele tú. Ven un árbol cucho y no aprecian el bosque. A diferencia de las dos anteriores, en este caso no se expresa un desacuerdo con las elecciones, sino solamente con alguna(s) de su(s) cara(s). Bueno, pues en estos casos todo está a discusión. Dado que no existe un modelo electoral único y de exportación, muchos de los eslabones se pueden rediseñar, tomando en cuenta que todo es perfectible.

D) Pero quizá la fuente de malestar más extendida sea que a muchos no les gustan los competidores. Son como aquellos fans del futbol que no están dispuestos a ver un juego entre Dorados y Murciélagos, pero que prenden la televisión para embriagarse con un encuentro entre el Barcelona y el Real Madrid. Son a los que no les gustan los partidos y candidatos que aparecen en la boleta, que quisieran otros. Pues bien, para ello debe existir una solución: volver a abrir las puertas para que aquellas corrientes políticas o grupos organizados que no se identifican con ninguna de las ofertas existentes puedan generar sus propias agrupaciones y participar en elecciones. Desandar el camino que la legislación ha transitado en los últimos años y que consiste en elevar los requisitos para que nuevas organizaciones puedan obtener su registro como partidos políticos. Que aquellos que quieran participar puedan hacerlo. Y si tú te encuentras en ese caso, ojalá encuentres una vía y un colectivo para entrarle.

Déjame contarte una cosa que me parece importante. En una mesa redonda previa a la jornada electoral del 2015, Carlos Bravo Regidor afirmó que nuestro acercamiento a las elecciones era distinto por razones generacionales. Respondí que, en efecto, los años y la experiencia vivida influían en nuestras respectivas visiones.

Cuando tuve la edad para votar por primera vez para presidente, aparecía en la boleta un solo candidato. Fue el año en que Jorge Ibargüengoitia, con su afinada ironía, escribió en Excélsior: “Cada seis años, por estas fechas, siento la obligación de dejar los asuntos que me interesan para escribir un artículo sobre las elecciones, que es uno de los que más trabajo me cuestan. Puede comenzar así: El domingo son las elecciones, ¡qué emocionante!, ¿quién ganará?” (Instrucciones para vivir en México, Booket, México, 2015). Además, los votos se contaban en los consejos distritales una semana después, y se podría haber hecho un mes o dos meses después, porque todos sabíamos quién era el triunfador. Nadie realizaba encuestas previas, no se hacían exit polls ni conteos rápidos ni se requería de programas de resultados preliminares. El ganador se proclamaba como tal, y a otra cosa mariposa.

En aquel año (1976), el Partido Comunista Mexicano, sin registro, postuló a Valentín Campa para presidente de la República. Yo voté por él. En el periódico Oposición (Nº 144, 10 de julio de 1976), del propio Partido Comunista, se anunció a ocho columnas que Campa había obtenido alrededor de 1 millón 600 mil votos. La cifra, se decía, era el resultado de una encuesta realizada por el propio PCM. No obstante, mi voto, como el resto de los que escribieron el nombre del respetado sindicalista en la boleta, no se contó. Fue anulado.

La crisis postelectoral de 1988, en la cual se calló y se cayó el sistema… de cómputo electoral, puso sobre la mesa de discusión la necesidad de ofrecer resultados confiables y rápidos la misma noche de la elección. Y así se inventaron —para México […] los conteos rápidos y el Programa de Resultados Electorales Preliminares. Recuerdo al Dr. Carpizo en 1994 desplegando sus mejores artes para convencer a las empresas televisivas, periódicos, ONGs, grupos de observadores, agrupaciones empresariales, para que realizaran sus propios conteos rápidos, bajo el entendido de que si todos ellos se hacían con la técnica adecuada (en base a una auténtica muestra representativa), los resultados deberían coincidir, y de esa manera se generaría un círculo de confianza. Fue el año en que el IFE, por primera vez, diseñó un programa de resultados preliminares y se debatió —con fuerza— si las cifras debían ser dadas a conocer desde la primera casilla computada o hasta que el programa hubiese acumulado por lo menos el 15% de las mismas, porque se temía que al inicio las tendencias fueran muy erráticas. Por cierto, ganó entonces esa segunda opción.

Por ello, me siguen deslumbrando los resultados coincidentes que arrojan el conteo rápido (que permite al INE ofrecer cifras de las tendencias a las 11 de la noche), el PREP (casi un censo de las casillas) y los cómputos oficiales que se realizan tres días después. Tomo los números del magnífico artículo de Carlos A. Flores, “Saldos y novedades”, que aparece en la revista Voz y voto de julio de 2015. El conteo rápido de 2015 nos informó que la votación de los partidos fluctuaría entre los siguientes rangos: PAN 21.47-22.20%; PRI 29.87-30.85%; PRD 11.14-11.81%; PVEM 7.15-7.55%; PT 2.78-3.02%; MC 6.31-7.43%; PNA 3.88-4.14%; MORENA 8.80-9.15%; PH 2.20-2.31%; ES 3.40-3.61%. Cuando el PREP cerró al día siguiente con el 98.63% de las casillas computadas, los porcentajes, por supuesto, estaban dentro de los rangos anunciados por el conteo rápido: PAN 22.01%; PRI 30.66%; PRD 11.41%; PVEM 7.44%; PT 3.03%; MC 6.32%; PNA 3.95%; MORENA 8.83%; PH 2.26% y ES 3.48%. Y cuando se llevó a cabo el cómputo en los 300 distritos, lo que incorpora al 100% de las casillas, las diferencias fueron de centésimas: PAN 22.10%; PRI 30.69%; PRD 11.43%; PVEM 7.27%; PT 2.99%; MC 6.41%; PNA 3.92%; MORENA 8.82%; PH 2.26%; ES 3.50%.

A mí, ya lo dije, me sigue, si no asombrando (porque no es magia), sí fascinando. Pero entiendo que los más jóvenes lo vean como una rutina más que se cumple como debe ser y punto.

Recuerdo que hace unos años leí que cuando aparecieron en la capital, a fines del siglo XIX, las primeras bombillas eléctricas en el centro de la ciudad, la gente se reunía en torno a ellas, y en el momento en que prendían, entre asombrada y contenta, empezaba a aplaudir. ¿Será que yo sigo celebrando el alumbrado público?

Déjame intentar decirlo de otra manera. Porque no puedo negar que el transcurso del tiempo imprime un sentido diferente a las cosas y que las perspectivas generacionales tienen que ser por supuesto distintas. Pero aunque la pasión se enfríe, créeme que no se ha inventado un método superior al electoral para dirimir quién debe gobernar y quiénes deben legislar.

1. Están por cumplirse veinte años de una jornada electoral que supuso el quiebre entre un antes y un después. El tránsito franco hacia un sistema electoral sin exclusiones, imparcial y equitativo. Un poco de historia: en 1977, luego de unas elecciones insípidas, con un solo candidato a la presidencia de la República y en medio de un país convulsionado por conflictos de muy diversa índole, se abrió la puerta para que los partidos a los que se mantenía artificialmente segregados del mundo institucional pudiesen ingresar a él; en 1990, luego de la profunda crisis postelectoral de 1988, se construyeron las instituciones para ofrecer imparcialidad y certeza en los procesos comiciales; y en 1996, por fin, se tomaron cartas para edificar un piso medianamente equitativo para la contienda.

El 6 de julio de 1997 postularon candidatos 8 partidos políticos, el padrón alcanzaba los 53 millones de personas, se instalaron 104 mil casillas y para atenderlas se nombraron a 733 mil funcionarios, titulares y suplentes, que eran ciudadanos que habían sido sorteados y capacitados para cumplir con la estratégica labor de recibir y contar los votos de sus vecinos. En el 99.6% de las urnas hubo representantes de al menos dos de los partidos competidores; en paralelo se celebraron elecciones infantiles con la idea de socializar a los niños en las rutinas de la democracia; por primera vez se eligió al Jefe de Gobierno del Distrito Federal y además seis gubernaturas, congresos locales y ayuntamientos y por supuesto la Cámara de Diputados.

Los resultados desataron miles de esperanzas y no fueron impugnados. El PRI ganó las gubernaturas de Campeche, Colima, San Luis Potosí y Sonora. El PAN las de Nuevo León y Querétaro y el PRD la jefatura de gobierno de la capital. Y por primera vez ningún partido alcanzó la mayoría absoluta de los asientos en la Cámara de Diputados. Los partidos opositores que refrendaron su registro y lograron contar con diputados (PRD, PAN, PVEM y PT) sumando sus representantes tenían más de la mitad más uno de los votos y modificaron incluso el ritual de instalación de aquella Cámara. Las seis reformas sucesivas, a lo largo de veinte años, ofrecían sus frutos: competencia regulada de manera imparcial en un terreno de juego más o menos parejo. La larga, tortuosa y difícil transición había terminado, ahora existían partidos implantados, capaces de competir entre ellos, lo que generaba fenómenos de alternancia y cuerpos legislativos en los cuales ninguno de ellos podía realizar su simple voluntad. Fue emocionante sin duda. Los tiempos del pluralismo equilibrado irrumpían y transformaban no sólo la mecánica de la política sino generaban ilusiones —a veces desbordadas— en la sociedad.

2. Hace casi cuarenta y cinco años, el 24 de noviembre de 1972, Jorge Ibargüengoitia nos recordaba en Excélsior que “para percibir cambios con claridad, no hay como alejarse por un tiempo y después regresar”. No le costaba trabajo hallar ejemplos: “Encontrar en la avenida Juárez, veinte años después, a la que fue el gran amor de nuestra vida; regresar a la ciudad donde nacimos y encontrarla modernizada, pasar por la casa que habitamos en la niñez y encontrarla terreno baldío o edificio nuevo, etc.” (¿Olvida usted su equipaje?, Planeta, México, 2016). El tiempo transforma y decanta las relaciones, el espacio público, los objetos y nuestro hábitat. Todo lo modifica. Nada queda intocado.

Extiendo uno de los ejemplos de Ibargüengoitia: veinte años después, digamos que también en la avenida Juárez, uno encuentra a su ex pareja. Recuerda quizá la atracción, las ilusiones, la pasión que envolvió aquella relación. Días y años felices, plenos, esperanzadores. Había una especie de carga eléctrica que como aura acompañaba a los dos. Y si la ruptura no fue traumática, sino en buenos términos, entonces lo más probable es que el encanto, las alucinaciones, el entusiasmo y la fogosidad que rodeó a aquella relación, se haya transformado en cariño y en una especie de aprecio reposado. No más delirio ni exageración, sino un apego tranquilo y apacible.

Veinte años después de aquellas vibrantes elecciones de 1997, las emociones que suscitan son similares a las que produce tropezar con un viejo amor.

Saludos.

 

José Woldenberg


1 Sobre el tema puedes ver: Lorenzo Córdova Vianello, Derecho y poder. Kelsen y Schmitt frente a frente, FCE, México, 2009; y Juan J. Linz, “Los partidos políticos en la política democrática: problemas y paradojas”, en José Ramón Montero, Richard Gunther y Juan J. Linz (eds.), Partidos políticos. Viejos conceptos y nuevos retos, Editorial Trotta, España, 2007.

2 Pierre Rosanvallon, La contrademocracia, Manantial, Argentina, 2007.

3 Se puede ver Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo, Alfaguara, México, 2012.

4 Vale la pena ver el artículo de Andreas Schedler, “Los partidos antiestablishment político”, en Julio Labastida, Miguel Armando López y Fernando Castaños, La democracia en perspectiva, UNAM, México, 2012. Aunque él se centra en la retórica que ponen en acción los propios líderes políticos.

Literal

Duchamp en México

Para celebrar la reciente visita de César Aira a México, publicamos en exclusiva un relato —incluido en El cerebro musical (Literatura Random House)— sobre pequeños tesoros conceptuales coleccionados por un narrador que actúa de acuerdo con el arte y las matemáticas.


De turista en México, ¡otra vez! ¡No puedo creerlo, la reputísima madre que lo parió! ¡Otra vez! ¡Otra vez la trampa…! El cofre con la cabeza de payaso que salta, pero al revés: con el resorte apuntado para adentro, y yo con él. Un palacio, ¡clac! ¡Adentro conmigo! Una iglesia, ¡clac! Un museo, ¡clac! Se cerró la tapa, y yo la miro desde el fondo, atontado, incrédulo. ¿Cómo pude caer otra vez en la misma trampa? Es exactamente “la misma”, y es exactamente “otra vez”. Eso es lo que más me duele. Si ya sabía de qué se trataba, ¿cómo pude dejarme convencer? ¿Y por quién? ¿Por mí mismo? No hay otro. La única explicación que se me ocurre es que haya sufrido una especie de desdoblamiento, y haya sido mi sosías nuevo el que vino. Uno cree que la experiencia le va a aprovechar, que va a aprender algo de sus errores, y después la conciencia queda atrás, en un avatar caduco de uno mismo, y en el presente tropieza exactamente en la misma piedra. Que México sea el presente, y yo esté en él, me escandaliza. ¡Cómo pude ser tan imbécil, tan atolondrado! Ninguna recriminación es excesiva.

En fin. Queda lo práctico. Aprovechar mientras estoy aquí, que no será por mucho tiempo. Me he puesto a escribir para pasar el rato y encontrar por lo menos el consuelo de una actividad habitual y mecánica, que puedo hacer sin pensar y al mismo tiempo me absorbe. También podría buscar un provecho más tangible: hacer compras. El cambio nos beneficia a los turistas argentinos, aquí han devaluado de modo salvaje y hoy por hoy todo está increíblemente barato. Pero habría que tener las ganas y la energía de ponerse a buscar cosas que valgan la pena, y que sean baratísimas —porque uno se pone más y más exigente, la ventaja del ahorro automático no hace más que estimular a ir más lejos, como un avaro al revés que funcionara como un avaro de todos modos… Y el mero trabajo de ponerse a hacer compras es agotador, de nunca acabar. Y al fin no se disfruta del viaje, porque los locales o centros de compras en los que hay que pasarse el día son como los de cualquier otra parte del mundo.

Sin embargo, es inescapable. Es inescapable como una angustia, y en cierto modo se confunde con la angustia general de estar aquí, de turista, como un pelotudo, en lugar de haberme quedado en mi casa.

La cuestión se complica con lo precario de mi economía; si hace dos años que no me compro un par de zapatos, y ando con las suelas agujereadas, es bastante obvio que debo cuidar mi dinero argentino, para que mi familia no pase hambre. Y después de todo el dinero mexicano lo he comprado con el argentino; no importa que el de aquí sea una hojarasca devaluada. Aunque me dieran un millón por uno, no estoy en condiciones de tirar ese “uno”, y por lo tanto tampoco ese “millón”. Con todo, creo que aquí está la respuesta a la pregunta que me hacía antes. Si vine, fue por codicia, la codicia del pobre. Porque sabía que aquí todo estaba baratísimo. Para poder comprarme un millón de pares de zapatos. Alojada en lo más profundo del inconsciente, esa idea no tiene la menor posibilidad de hacerse real. Salir a comprar zapatos, o cualquier otra cosa de las que necesito, sería demasiado humillante y mi depresión se agravaría hasta límites intolerables.

Quedan los libros. Los libros, por supuesto, están en el primer plano de mis expectativas, o mejor dicho en el único plano posible. Lo demás lo compraría por obligación, llevado de la mano de un demonio perverso; con los libros en cambio me entiendo personalmente. Y aunque todas mis expectativas tengan el desengaño por destino, las literarias, sin estar excluídas, pueden señalar la vía de una superación. Los libros tienen una cualidad de universal que debería escapar a la maldición turística. Y yo soy un especialista en libros. Claro que soy especialista en tantas cosas… Ya el solo hecho de manifestarme especialista en lo universal debería ponerme en guardia.

Nadie se ha hecho rico comprando libros baratos. Si yo he deseado tan ardientemente ser rico, fue para salir de esta subjetividad malsana, donde caer en una trampa es lo normal. Desde la trampa, desde el fondo, es difícil evaluar los movimientos que nos sacarán de ella. Uno prueba un poco al azar, sin retroceder ante las maniobras más absurdas. No es cuestión de aprender, porque no hay tiempo; en el presente absoluto donde se lleva a cabo el combate, el error no conduce a una enseñanza (lo que por otra parte acentuaría la subjetividad) sino que ya es la materia misma de la acción, tal como queda registrada.

Pues bien, hubo un pase de magia, y me objetivé. Estoy acostumbrado a estos triunfos a lo Pirro. Me objetivé, pero no en el sentido correcto, como los mexicanos objetivados que veo fluir a mi alrededor todo el tiempo, sino al revés, como un sujeto abstracto bajo examen de una conciencia segunda. Trataré de mostrar cómo pasó en un relato brevísimo, o menos que un relato, su esquema. Si yo fuera capaz todavía de construir un relato encarnado, no estaría todo perdido, como lo está. Lo único que me queda es la anotación inconexa, la mención aproximada de los hechos.

El punto de partida es esta pregunta que sigo haciéndome: ¿qué hacer? ¿Qué hacer, Dios misericordioso?

Podría decirse, a modo de consuelo: la situación es adecuada (y hasta: es ideal) para reflexionar, ya que no queda otra cosa que hacer, y aprovechar para poner en claro las ideas sobre el mejor modo de encauzar mi vida… Pero sería un completo error. Porque no hay nada que pensar ni reflexionar. Hay que actuar. La meditación sólo sirve de algo cuando es su propia acción. O, dicho al revés, la acción no tiene un pensamiento preparatorio.

Quizás bastaría con hacer muy poco. Quizás poquísimo, un pequeño toque de acción, un detalle, y que con eso baste. Si es eficaz, debería bastar.

No hay acción pequeña. La eficacia se extiende y ramifica, positiva o negativa, a todo el resto.

En este momento se me ocurre la siguiente posibilidad: broncearme. Oscurecer con el concurso del sol la piel blanco-rosada que me cubre. Claro que eso implica todo un programa de vida…

Nada premeditado puede salir bien.

…Otra vez la trampa que se cierra sobre mí con un ¡clac! de tapa bromista. Palacios, iglesias, museos… Los edificios están inclinados, torcidos, acentuando esa ilusión de voltereta maligna… Si se pusiera una bala de cañón en el piso de cualquiera de las viejas iglesias, se lanzaría en una loca carrera para aquí y para allá, como en el pinball. Si se la mojara previamente en tinta china, o tinta de mole, haría un dibujo, o más bien una escritura, que tal como estoy viendo las cosas diría: “argentino pelotudo”. El horror que me produce esta edificación no lo mitiga un pequeño descubrimiento que hice: en la ciudad han numerado cada piedra, cada sillar, cada moldura, de cada una de las innumerables viejas iglesias. Lo han hecho con unos discretos números rojos al esténcil, pequeños y colocados en los sitios menos visibles pero es imposible no notarlos a la larga. El propósito debe de ser volver a armar las iglesias si otro terremoto las echara abajo, como una especie de juego de armar y desarmar, cuyas piezas una Providencia juguetona se complaciera en revolver como desafío al ingenio de los hombres.

Querría escribir estas páginas sin estilo, sin empaque, como anotaciones improvisadas, casi sin frases… Y sin embargo, sin quererlo, todo se hace frases, todo se hace pomposo y académico. Si alguna vez yo pudiera escribir sin estilo, podría vivir. Pero bien sé que nunca voy a poder escribir como quiero. Estoy escribiendo en mi cuarto de hotel, en la calle Madero; aunque el cuarto no da a la calle, oigo el acordeón del mendigo que vi hace un rato en la vereda de enfrente; él toca (es un hombre joven, pequeñito), y una niña de cinco o seis años les acerca el platillo a los que pasan. Suena casi como un organito: siempre igual, sin más ritmo que el de la repetición, sin melodía perceptible. Sólo puede decirse: es un acordeón, y alguien lo toca. No vi que nadie le diera nada, y si es por lo que hace, yo diría que no se lo merece; pero él no se propone por lo que hace sino por lo que es: un mendigo. Me pregunto hasta qué hora seguirá.

Es un acordeón, y alguien lo toca. El mínimo de sentido. En la confusión universal inherente al mínimo, se produce un movimiento cualquiera, que puede ser el de desprenderse de unos centavos. Es un acordeón, hasta qué hora seguirá. Me pregunto, y alguien lo toca.

Pero el objeto de esta anotación, que será muy breve, es relatar la compra, única y múltiple, que hice. Antes, una explicación más, para que no caiga totalmente en el vacío.

Contra toda ilusión de estilo, tengo a mi favor la convicción de que no vale la pena contar lo que cuento. El tiempo está atestado de historias, y nadie se molesta en contarlas. Su única función es colmar los lapsos y sostenerse unas a otras como se sostiene un sistema por la interacción de sus piezas. Pero una historia sacada de su sistema, que es su procedimiento de objetivación, no le interesa a nadie y no es nada. El valor agregado del estilo se agrega a la nada, y debo cultivar esa nada como mi única ventaja en las actuales circunstancias.

No sé si ya lo anoté, pero esta historia se basa en la situación, que en los últimos tiempos ha venido dándose cada vez con mayor frecuencia, y más acentuada, de encontrarse uno en un lugar donde su dinero, antes de cambiarlo, vale muchísimo más de lo que vale en su patria. Es un efecto de los experimentos en macroeconomía a los que se entregan los gobiernos de nuestros países latinoamericanos. Las cosas resultan inconcebiblemente baratas, y se desencadena una necesidad psíquica de hacer compras, actividad desligada en este caso de la lógica que la acompaña habitualmente. La situación en sí tiene algo de abstracto, como para desmentir el valor de la historia que pueda suceder en ella. A esta abstracción, o esquematismo, contribuye el comportamiento del tiempo: por necesidad, uno está pocos días en esos lugares; pero su dinero le alcanzaría para seguir comprando y gastando indefinidamente. Para meter ese virtual infinito en una semana, el tiempo debe dilatarse por dentro, de modo asintótico. Y las historias en cuestión toman un tinte absurdo.

Yo puedo seguir comprando y leyendo libros indefinidamente. Aunque ahora tengo plata y puedo comprar todos los libros que quiero, me ha quedado de la juventud un reflejo de avidez que me hace imposible resistir a una pichincha. No bien hube llegado a México, y dejé mis cosas en el hotel y crucé a un Sanborn’s a comprar una tarjeta telefónica, vi un libro… lo di vuelta para mirar el precio… una bicoca, como ya estaba preparado para esperar, un regalo… noventa y nueve pesos, lo que traducido a dólares era noventa y nueve veces nada… Había algo que no coincidía, un detalle que me hizo vacilar. La forma estaba bien, pero el contenido hacía un pequeño grumo en el verosímil. Porque se supone que al venir a México uno debe comprar libros mexicanos… Y éste era un libro importado, un libro de arte sobre Duchamp, grande y con tapas duras. No Rivera, ni Orozco, ni Frida Kahlo ni el Dr. Atl, sino Duchamp. Pero era un libro muy bueno, con fotos que yo no tenía, y sucede que Duchamp es mi artista favorito, por más motivos de los que podría enumerar aquí. Dudé apenas un instante, y me lo compré. El primer paso estaba dado. Lo demás se daría por sí solo, casi sin mi intervención. El primer paso tiene sus bemoles. Es un pequeño abismo sui generis, que hay que saltar o no saltar. Uno se puede quedar toda la vida ahí, lo salte o no. Es la válvula por la que se infla el tiempo.

Esta sed malsana de experiencia, ¿adónde nos puede llevar? A la aniquilación.

Habría que equilibrarla con períodos vacíos, de asimilación y elaboración.

Yo quería estar en el vacío, pero el vacío se volvía experiencia, y me acosaba. A partir de ese momento, mi estado de ánimo empezó a decaer precipitadamente.

Los pasos subsiguientes fueron sucediendo en una creciente depresión. Inútil extenderme. ¡Tantos lo han hecho ya! Además, la idea es hacer nada más un esquema, como dije. No podría hacer otra cosa; pero, haciendo de necesidad virtud, y además recuperando una intención que he venido alentando desde hace años, descubro en este momento que limitarme al esquema puede tener un propósito, que es el siguiente. En el futuro, puede haber un escritor, profesional o aficionado, que esté en el mismo predicamento que yo: solo, aburrido, deprimido, en una ciudad horrenda. La trampa seguirá existiendo, si no ésta otra equivalente. Y entonces mi esquema podrá servirle de guía, para hacer algo y llenar las horas muertas sin necesidad de exprimirse demasiado el cerebro. Un esquema de novela para llenar, como un libro para colorear. De modo que podrá encerrarse en su cuarto de hotel, con este delgado volumen (porque me ocuparé de hacerlo imprimir; esa decisión también la acabo de tomar) y un cuaderno, y tendrá un entretenimiento creativo asegurado, sin la incomodidad de tener que ponerse a inventar nada. No me preocupa lo remoto de la posibilidad de que se repita mi caso; todo lo contrario; a ese hermano en la desgracia puedo imaginármelo mejor lejano que cercano: dentro de diez siglos por ejemplo, cuando todo haya vuelto a ser igual que ahora, pero mi modesto esquema haya tomado el prestigio de una antigüedad. Quizás su prestigio radique en ser el primero de los esquemas de novela, género que después podría popularizarse. En realidad, es un género nuevo y promisorio: no las novelas, de las que ya no puede esperarse nada, sino su plano maestro, para que la escriba otro; y el que la escriba, no lo hará por vanidad o por negocio (porque la cosa quedará en privado) sino como arte del pasatiempo, como ejercicio literario o batalla ganada contra la melancolía. El beneficio está en que ya no habrá más novelas, al menos como las conocemos ahora: las publicadas serán los esquemas, y las novelas desarrolladas serán ejercicios privados que no verán la luz. Y la publicación tendrá un sentido; uno comprará los libros para hacer algo con ellos, no sólo leerlos o decir que los lee.

Volviendo a lo mío, diré que me sentía bastante feliz con mi compra, y con el trámite fluido entre impulso y acción que había llevado a ella. ¿No es maravillosamente elegante, comprarse un libro por capricho, porque sí, por un impulso momentáneo? Riéndose de la indiscutible verdad de que un libro es para siempre, hasta la muerte (y más allá) sobre todo por lo difícil que resulta sacárselos de encima.

Ese mismo día, a la tarde, volví a ver ese mismo libro sobre Duchamp en otro lado. Era mi primera jornada en la ciudad, y debería haber sido la mejor, en razón del declive que se iniciaba, pero el viaje me pesaba todavía, por la diferencia horaria y el aturdimiento de la mala noche en el avión. De cualquier modo, estaba explorando, con cierta curiosidad… Qué paradójico que en una exploración, en la percepción de lo nuevo y extraño, mi mirada fuera a descubrir algo tan habitual como un libro, y además un libro que había visto y comprado esa mañana. Seguramente fue por eso mismo. Me acerqué, lo di vuelta, y cuál no sería mi sorpresa al ver que el precio aquí era un poco inferior a donde lo había comprado: noventa y cinco. Si el precio en sí era insignificante para mi ilusoria opulencia de extranjero, la diferencia lo era más aun. De todos modos era una diferencia; no se me ocurría qué podía hacer con los cuatro pesos de “ganancia”, pero eso no va al caso, porque al hablar de diferencia se habla de la suma ideal de todas las diferencias. De modo que sin pensarlo más, pero todavía un poco menos que antes, lo compré y salí con mi Duchamp bajo el brazo.

Mi ánimo desmejoraba. Y al mismo tiempo mejoraba. No me importaba nada. Era como si estuviera entrando al mundo mágico de la aritmética. Había gastado en las dos compras ciento noventa y cuatro pesos. Pero debía restar los cuatro pesos de la diferencia, lo que hacía ciento noventa y uno. Además, la ganancia obtenida revertía sobre el segundo precio, que con ello disminuía a noventa y uno; y respecto del primer precio revertía doblemente, es decir cuatro más cuatro: noventa y nueve menos ocho también daba noventa y uno. El gasto total ascendía entonces a ciento ochenta y dos. Aunque ahí había una divergencia que me intrigaba: si había cuatro diferencias de cuatro pesos, sumaban dieciséis, y ciento noventa y cuatro menos dieciséis daba ciento setenta y ocho, no ciento ochenta y dos. Volví a hacer las cuentas. Advertí que antes no había incluido los primeros cuatro pesos, los originales, que se desprendían de la diferencia entre noventa y nueve y noventa y cinco. Pero por la índole misma de esta “acumulación negativa”, debían incluirse, por lo que la segunda suma era la correcta. Incidentalmente: a lo que llamaba “suma” también podía llamarlo, con no menos derecho, “resta”. Y es que ambas cosas son en realidad lo mismo.

El consumismo es una parte de nuestro destino. Y el destino se historiza a la larga, exactamente como cualquier otra cosa. ¡Por qué iba a sentir culpa! Con el libro bajo el brazo me sentía ligeramente mejor; y a la vez, por supuesto, un poco peor. “Historizar” es el lema de mi trabajo intelectual. Lo que nunca antes se me había ocurrido es que también podía aplicarlo a mis esfuerzos por organizar mi vida en vistas a la felicidad. Historizándolos, los ponía en otra esfera, separada, aun cuando se tratara del mismo asunto. Ponía el destino como barra de contención y pasaje a otro nivel heterogéneo. Por ejemplo en mis estudios sobre Duchamp, historizaba al artista y su obra… No. Advierto que es un mal ejemplo, como todos los ejemplos; simplemente porque no es un ejemplo: Duchamp es, en el sistema mental dentro del cual funciono, la historización misma, el proceso y el método por los que el trabajo mental se historiza. Sea como sea, al otro lado de la barra, si tomaba a Duchamp como modelo a imitar para la organización de mi vida… (y también éste es un mal ejemplo, porque todo lo que he pensado en términos de organización de mi vida ha estado en función de Duchamp) no se me ocurría que mi destino, organizado o no, estaba sujeto al mismo procedimiento de historización… Sólo ahora me doy cuenta de que en esa réplica estaba la solución de mis problemas; es decir, si me historizo, si historizo mi futuro y mi agenda, ya no tengo nada más que hacer ni de qué preocuparme.

Claro que no es tan fácil. Lo que pasa es que aquí ya no se trata de teorías o del esquema abstracto de los hechos, sino de la práctica en la realidad. Y la práctica, como lo sabe cualquier marxista, requiere salir de la autointerlocución. Es decir que debería ver por el otro lado, por la “espalda”, a mi depresión, a mi pesimismo, como un bailarín obeso que se hiciera filmar para poder verse, con la inútil esperanza de mejorar su técnica.

El libro era de tamaño grande, con la tapa roja, visible desde lejos. Encontré el tercer ejemplar al día siguiente, en el sector libros de un centro de compras. Esta vez mi curiosidad se manifestó de modo más estructurado. Por aquello de “no hay dos sin tres”, ya adivinaba que el precio sería distinto, pero lo que me preguntaba era si sería un precio menor que los dos anteriores. En los dos primeros casos la secuencia se había dado de mayor a menor y podría haber sido al revés: había tantas posibilidades en un sentido como en el otro. En el tercer caso… No sé hacer esos cálculos, que son bastante complicados; pero evidentemente las posibilidades de que se mantuviera la escala descendente disminuían. Y aun así, qué casualidad, descendía: eran ochenta y cinco pesos. Lo compré, sin pensarlo ya casi nada. Si algo ocupaba mi mente, cuando iba caminando con mi libro bajo el brazo, era la suma de las diferencias y cómo hacerla. La primera diferencia había sido de cuatro pesos (de noventa y nueve a noventa y cinco), la segunda de catorce (de noventa y nueve a ochenta y cinco); entre ambas, estaba la diferencia entre el segundo y el tercero (de noventa y cinco a ochenta y cinco): diez. El total era de veintiocho pesos. Las razones sucesivas del ahorro al comprar el segundo ejemplar me habían llevado a acumular tres veces más la diferencia original, es decir a multiplicar ésta por cuatro. Pero no debía caer en el error de multiplicar ahora por cuatro las nuevas diferencias que se establecían; es decir, sospechaba que sería un error, aunque más no fuera porque la operación debía hacerse sólo con sumas (sumas que eran restas), y el carácter mecánico de la multiplicación estaba fuera de lugar estéticamente. De modo que seguí calculando paso a paso. La diferencia entre el segundo precio y el tercero era de diez pesos. Por la reversión, el tercer precio disminuía diez pesos (a setenta y cinco), y el segundo dos veces diez, es decir también a setenta y cinco; hasta ahí, era la multiplicación por cuatro: cuarenta pesos. Pero antes estaba el primer ejemplar, sobre el cual esta segunda diferencia revertía tres veces, es decir que disminuía el precio de noventa y nueve a setenta y nueve. El total era de cuarenta más treinta, o sea setenta pesos, que se sumaban a los dieciséis del día anterior. Pero ahí no paraba la cosa, porque estaba la diferencia “máxima”, entre el primero y el tercero, de noventa y nueve a ochenta y cinco: catorce pesos. Esa cifra revertía sobre el precio mínimo, haciéndolo bajar a setenta y uno. Y, como en el caso anterior, revertía doblemente (veintiocho pesos) sobre el segundo precio y triplemente (cuarenta y dos) sobre el primero, pero aquí no volvían automáticamente a setenta y uno, sino, respectivamente, a setenta y siete y cincuenta y siete. De modo que el total de ahorro generado por esta tercera compra debía incluir: los veintiocho pesos del ahorro bruto, más los setenta de las diferencias sumadas entre la segunda y la tercera compra, más los noventa y ocho de las sumadas entre la primera y la tercera (aquí se sumaba a veintiocho y cuarenta y dos, dos veces catorce, una vez por diferencia original y otra por reversión sobre el precio mínimo). La suma daba ciento noventa y seis pesos, más los dieciséis generados por la segunda compra: doscientos doce pesos. Y esto era parcial todavía, porque me faltaba lo más difícil: hacer los mismos cálculos sobre el total gastado, que era de noventa y nueve pesos más noventa y cinco más ochenta y cinco, es decir doscientos setenta y nueve. Por lo pronto, la diferencia daba un número positivo, porque el total gastado todavía era mayor que el total ahorrado.

Salí de la positividad esa misma noche, cuando en otro Sanborn’s encontré el cuarto, y para mi inmensa sorpresa, que ya empezaba a no ser tan inmensa, el precio era ligeramente inferior, ochenta y dos pesos. Las chances debían ir multiplicándose de modo exponencial en mi contra; no de que el precio fuera distinto, porque ya se hacía evidente que en el sistema mexicano de comercialización de libros importados no regía el precio fijo, sino de que yo me los fuera encontrando en orden, en el orden sin orden de mis paseos melancólicos, de mis recriminaciones por haber cometido el error de haber venido. No voy a hacer el relato de mis andanzas, ni las descripciones de los lugares, y, a partir de ahora, ni siquiera de mis estados de ánimo. Mi único propósito es dejar anotada la serie, para que el día de mañana le sirva, como ya dije, de esquema de escritura a alguien que esté pasando lo que me pasa a mí o algo equivalente, adaptado a su época futurista. Justamente, si hiciera el relato completo y escribiera las circunstancias, estaría bloqueando la actividad de mi “cliente”, adelantándome a ella. Este esquema aritmético se llenará de humanidad y patetismo, de color y de volumen, sólo cuando lo empiece a interpretar, escribiendo, ese desconocido del porvenir, dentro de mil años.

No me hago ilusiones con la posteridad. No creo que esta fábula del libro único y múltiple de Duchamp tenga un valor especial. Pero sí creo en el valor supremo de lo primero, del gesto original. El reverso de la Ley de los Rendimientos Decrecientes es la omnipotencia de la primera acción. Y, valga lo que valga este nuevo género de los Esquemas para Escribir Novelas, este esquema es el primero y por ello lo puede todo, lo tiene todo abierto frente a él. El destino natural de lo primero es volverse un mito; pero los mitos no se escriben, lo que le da a mi empresa un aspecto imposible, o por lo menos paradójico. Con todo, creo que es por eso que estoy escribiendo aquí, en el hotel, a medida que pasan las cosas, sin darme tiempo para reflexionar y estructurar artísticamente la experiencia. Lo estoy viviendo. Lo estoy improvisando… Aunque el aire de ceremonia neurótica que tiene el asunto lo aparte de la vida libre y repentista; es más bien el ritual de un mito extraño, que sin embargo está saliendo a la luz en el mismo proceso.

Pues bien. Basta de autobiografía. Vamos a los números, porque con ellos alcanza para hacer el esquema. Cada uno de los que escriban una novela a partir de este esquema se ocupará de poner la carne y la sangre y las lágrimas de la imaginación donde yo pongo la señal abstracta, el punto por el que se traza la curva o se apoya el volumen. Donde él vea un cinco, pondrá una sonrisa, donde un nueve un disparo en la tiniebla, donde un seis el amor… Él sabrá extraer todas las posibilidades. Un quince (el sonido de la lluvia) podrá ser la suma del ocho (el divorcio) y el siete (un corte de pelo). Etcétera. Debo aclarar que para mí los anteriores son ejemplos al azar y por completo absurdos.

Ochenta y dos. Ése fue el precio del cuarto ejemplar, el que compré anoche. La diferencia con el tercero, que me había costado ochenta y cinco pesos, era de tres. La secuencia de diferencias brutas ahora tenía tres términos: cuatro, diez, tres. Quiero mostrar una vez más, a manera de resumen parcial, cómo se acumulan las diferencias. Al comprar el segundo ejemplar había ahorrado cuatro pesos: al comprar el tercero, había ahorrado diez pesos respecto del segundo, catorce respecto del primero. Al comprar ahora el cuarto, ahorraba, en línea ascendente, tres pesos, trece pesos y diecisiete pesos. Sumando estos mínimos ya obtenía un ahorro de sesenta y un pesos. Pero esto sin acumular, y la acumulación era la clave. Por ejemplo, del cuarto al primero había ahorrado diecisiete pesos, ¡pero no sólo al comprar el cuarto! Porque ahora, teniendo toda la serie a la vista, podría decir que al comprar el segundo no sólo había ahorrado cuatro pesos, sino también diecisiete. Y lo mismo al comprar el tercero. Y, más sorprendente, al comprar el mismísimo primero; porque el primero me había costado noventa y nueve pesos, pero ahora, en el cuarto momento, me costaba diecisiete pesos menos: ochenta y dos; y como el libro seguía siendo el mismo, el ahorro valía para todos los ejemplares. Al tener cuatro en mi poder, yo podía multiplicar diecisiete por cuatro (y cuatro por cuatro, y diez por cuatro, y tres por cuatro, y catorce por cuatro, y trece por cuatro); claro que no multiplicaba, sino que simplemente sumaba: aunque se hacía un poco más lento me daba más seguridad. A esta altura la cuenta ya era difícil de hacer mentalmente, pero me absorbía en su placer y me distraía en mis paseos a pie, que tendían a hacerse interminables.

Es innecesario decirlo, pero lo diré de todos modos, que inicié una colección de tickets de compra. Ya tenía cuatro. Los metí en un sobre. No tomé notas: mi colección sería mi único registro, y lo demás se lo confiaría a la memoria. En otra época habría llenado cientos de páginas, y hasta me habría comprado lapiceras especialmente para la faena, y cuadernos en cantidad excesiva, porque siempre después de comprar uno veía otro que me gustaba más (o era más barato), y los habría emborronado sin cesar, del derecho y del revés. Sin darme cuenta, he cambiado. En este nuevo proyecto lo único escrito eran los tickets, la colección, y no lo escribía yo, ya venía impreso por una máquina. De hecho, el libro que me propongo publicar podría consistir únicamente de reproducciones facsimilares de los tickets, ampliadas al tamaño que tiene el libro en cuestión sobre Duchamp. Eso debería ser suficiente (más una breve explicación preliminar) para reconstruir toda la aventura: cada cual lo haría a su gusto, con sus rasgos personales y sus propios cálculos, que pese a la fama de impersonal de las matemáticas salen siempre distintos según quién los haga, es decir según quién decida qué operaciones hacer y con qué números. La “breve explicación preliminar” es esta que estoy haciendo, y si me extiendo más allá de la página o página y media que sería estéticamente aconsejable, es por afán de claridad. Pero a partir de aquí, como todas las explicaciones ya han sido dadas, acelero el paso.

El quinto libro saltó a mi vista con la aceitada presencia de un maître d’hôtel. Su precio, ochenta pesos. Seguíamos bajando. Compra. Ticket. Ya estaba en mi tercer día de estada en la ciudad, un sábado. Esa jornada produjo un solo libro. No es que yo anduviera a la caza, todo lo contrario. De hecho, creía que la serie había tocado a su fin, como lo había creído después de cada una de las compras anteriores. Que el libro siguiera apareciendo tenía para mí algo de prodigioso, aunque era lo más natural del mundo. Me sorprendía su identidad, que después de todo era lo que había que esperar, porque un ejemplar de los miles que componen una edición es exactamente igual a todos los otros. Cuando son nuevos, es imposible distinguirlos. La única diferencia para mí estaba en el tiempo, en la cronología con que se iban sucediendo. En eso sí eran diferentes; no podían serlo más. Y esta diferencia en el tiempo conllevaba otra: la del precio. Ahí sí había algo que merecía mi perplejidad: que la serie temporal coincidiera con la serie descendente de los precios. Pero una vez comprados, volvían a la identidad inicial. En mi cuarto del hotel, los apilaba sobre la mesa, y no importaba que se mezclaran, por ejemplo si las mucamas deshacían la pila y la volvían a hacer. ¡Si eran idénticos! Y la sucesión no podía mezclárseme por el curioso hecho que ya señalé de que en la sucesión, y conformando lo que para mí era sucesión, los precios iban disminuyendo. De modo que ordenando los tickets por las cantidades pagadas, de mayor a menor, tenía el orden de la historia. Este quinto establecía con el primero una diferencia de diecinueve pesos.

Como dije, hacía la cuenta de memoria, sin ayuda del papel, y la hacía cada vez toda entera, no sólo la parte correspondiente a la última compra; esto último era necesario, porque no había (no podía haber) resultados parciales: el último ahorro revertía sobre todos los anteriores, y los cálculos previos se hacían inútiles; aunque no era inútil hacerlos en cada tramo, porque de ellos dependía la continuación. En realidad, soy bastante torpe con las cuentas; aunque descubría capacidades insospechadas en mí, los errores menudeaban, y debía recomenzar mis monótonas columnas mentales. La menor distracción me hacía perder el hilo. Así que empecé a usar las distracciones como recursos mnemotécnicos. Me metía en alguna vieja iglesia torcida, me sentaba en un banco, y sumaba, con la mirada perdida, durante horas. Los numeritos rojos pintados en las piedras hacían eco a los míos, invisibles.

Con todo no se me escapaba que tenía que haber una fórmula. Con una fórmula la cuenta se haría automática, o, lo que es más pertinente aquí, no sería necesario hacerla. Sería algo así como el plan maestro de los números, así como los números son el plan maestro de la novela. Mi ignorancia de las matemáticas me veda el hallazgo de la fórmula (no sabría ni por dónde empezar), pero no me opongo a su uso; al contrario, la considero el paso siguiente lógico y natural de la operación, ya que si ésta consiste en hacer las cuentas para no escribir la novela, lo que viene después tiene que ser usar la fórmula para no hacer las cuentas. Y todavía tendría que haber un tercer paso, que hiciera innecesario usar la fórmula. Así se llegaría a no hacer nada, a no hacerse problemas por nada, y, por fin, a ser feliz.

No quiero extenderme en lo que sería un tema ajeno a este informe, pero dejo sentado el hecho de que, mediante estas maniobras, el libro sobre Duchamp se iba volviendo un objeto extraño… Todo libro lo es, por la conjunción de unidad y multiplicidad y por las actividades a las que uno se libra con ellos, pero en este caso la extrañeza se acentuaba casi hasta el límite de lo inconcebible y lo impensable.

Esta edificación barroca que hace el atractivo de la ciudad de México, que he calificado subjetivamente de “trampa”, está en efecto en proceso de cerrarse. El derrumbe, que parece preocupar a los que han enumerado sus piezas, es secundario. Lo principal es el “cierre”, que es el proceso constitutivo de sus volutas y estípites y demás tonterías. Es tan primordial que empezó antes de la construcción.

El secreto de la industria del turismo, a la que este país le da tanta importancia, está en miniaturizar los tesoros nacionales, para que el visitante pueda comprarlos y llevárselos en la valija. Eso es lo que hace funcionar al turismo en la sociedad de consumo. Los modos de miniaturizar son muy variados; entre todos ellos se establece un continuo, por el que se desliza el turista en tanto turista. Todas las ilusiones de la representación participan del conjunto. No importa que los atractivos sean demasiado grandes, porque se echa a andar un juego de mutaciones que siempre resulta eficaz, como el darwinismo. Con los paisajes se pueden hacer rompecabezas, con las montañas dijes. Ya mi venerado Duchamp, ese precursor, metió aire de París en una ampolla de vidrio. Y si lo que tiene para ofrecer un país es la vida regalada de sus playas, basta con hacer a escala reducida una representación del tiempo. Un cortocircuito sumamente práctico es miniaturizar el valor de la moneda. Con dinero de Liliput aun los turistas pobres como yo están en condiciones de comprar todas las miniaturas que se les antojen, y hasta algunas más para llevar de regalo.

No sé si será por deformación profesional, pero yo pienso que todo el continuo, tarde o temprano, pasa por el libro, que es la forma primitiva y original de la miniatura. El libro no sólo minituariza el mundo, sino que además de hacerlo lo dice y explica cómo se hace. Se me ha ocurrido en estos días la idea poética de hacer un catálogo de tesoros nacionales, naturales y artísticos, en forma de señaladores de libros (aquí los llaman, como si se me hubieran anticipado, “separadores”). Y no hablo de meras fotografías o dibujos, sino de miniaturas volumétricas. Son los libros los que deberían adaptarse a ellos, y estoy seguro de que, por la ley de la evolución, lo harían tan bien que la transformación afectaría no sólo a la forma sino también al contenido, y a partir de él a nuestra concepción del mundo y la vida. Un señalador o separador se mete entre las páginas de un libro cuando uno interrumpe la lectura antes de llegar al fin. Y se saca cuando uno retoma la lectura. Es decir que su utilidad es la de un lapso de tiempo de saca y pon. Y las formas del tiempo son imprevisibles porque se dan por la negativa, en un vaciado dentro del cual calzan los hechos. Hoy estuve rondando unos palacios extraños, bajo un día gris, entrando y saliendo. El “¡clac!” de las tapas de piedra fue marcando el paso de las horas hasta la noche. Creo que el diseño de los relojes tal como los conocemos es barroco: es una maqueta de implosión.

Cuando me torturo por las desorganizaciones que me afectan… cuando pienso que mi vida es una catástrofe por culpa mía, y me interno en complicados planes pueriles para remediarla, estoy actuando en vano, o mejor dicho estoy pensando, sólo pensando, sin actuar. Debería ser más práctico. Debería ser feliz. ¿Para qué preocuparse? ¡Si todo es tiempo! Y todo el tiempo es el mismo tiempo y vale lo mismo, las porciones grandes como las chicas.

Según el cálculo que fui haciendo por la calle Madero, con el libro de Duchamp número cinco bajo el brazo, la cantidad de pesos que llevaba acumulada con las sucesivas rebajas de precio (¡tan casuales y espontáneas!), era enorme, de varias decenas de miles. Pero era tal la devaluación del peso mexicano, que el monto real seguía siendo insignificante. Con todo, las cantidades también tienen sus umbrales de transmutación (o ellas lo tienen par excellence) y podía llegar el momento en que me encontrara rico… Rico en negativo, de acuerdo, pero ya no pobre. Los santos posados en sus arboletes de oro me miraban desde los altares; por momentos parecía que ellos me rezaban a mí.

Al día siguiente, domingo, hubo una aceleración, tan espontánea como todo lo anterior, o más si es posible. El siguiente ejemplar lo compré a setenta y nueve pesos, uno menos que el anterior, lo que no es mucho ni siquiera dentro de mi maqueta personal microeconómica, pero lo mucho o lo poco no contaban en los cálculos: sólo contaba lo inferior, así sea un centavo, o el centavo de un centavo. La situación tenía algo de déjà vu costumbrista: a quién no le ha pasado alguna vez, comprar algo a un precio que le parece adecuado, y después descubrir que en otro lado está más barato… En el caso del turista que trae una moneda que se cambia cuantiosamente, la cosa tiene menos consecuencias. Puede decirse que “de todos modos, no pierde nada”, porque igual la primera vez le costó nada, o el equivalente a nada. Aunque siempre está el que va a decir: “No es por la plata, es por el hecho”. Pues bien, el que se empeñe en tomar en consideración el hecho (es decir el realista, al fin de cuentas) será el sujeto ideal de mi pequeña parábola. Claro que esa clase de gente difícilmente tomaría por objeto un libro, y con otro objeto ya no sería lo mismo. Hasta diría que no sería lo mismo con otro libro que no fuera sobre Duchamp.

Mientras hacía las cuentas correspondientes a este nuevo avatar del precio, hice el descubrimiento de una operación extra que hasta ahora se me había escapado. Contribuyó el hecho casual de que aquí la diferencia fuera de un peso. Era lo siguiente: el ahorro más reciente, además de actuar por reversión sobre todos los precios anteriores (es decir, ahora, por este ahorro de un peso, el primer precio de la serie pasaba a ser de noventa y ocho pesos, así como en la quinta compra había pasado a ser de noventa y siete, al asimilar el ahorro de dos pesos), también actuaba, por reversión de la reversión, sobre los resultados de la reversión (o sea que el primer precio, después de bajar a noventa y ocho por reversión, bajaba también a noventa y siete por reversión de la reversión). Esto habría sido imposible de calcular, al menos mentalmente, pero por suerte había un modo fácil de hacerlo, ya que la cantidad de reversiones de segundo grado coincidía con la cantidad de operaciones que hubiera hecho. De modo que lateralmente debía llevar la cuenta de la cantidad de sumas y restas que fuera haciendo, y al final multiplicar el total por cada uno de los ahorros brutos hechos a lo largo de la serie. Aquí sí (pero fue la única vez) debí recurrir al expediente facilongo de multiplicar, porque si no me volvía loco

El séptimo, que encontré inesperadamente horas después, tenía un precio para el asombro: sesenta y dos pesos. Un salto hacia abajo de diecisiete. Respecto del primero, una diferencia de nada menos que treinta y siete pesos, más del tercio; ya de por sí era notable. Y resultaba de mi estada en la ciudad; me hacía ver la importancia que había tenido, a pesar de todo, a pesar de mis ganas de volver, que yo siguiera en México; aun una resistencia de unos pocos días había producido estos frutos sorprendentes. La “importancia” a la que me refiero es de todo punto de vista relativo, claro está. Estos nuevos diecisiete pesos llevaban las cuentas a una dimensión diferente. Una rápida suma preliminar de diferencias brutas y reversiones directas me dio un resultado de cuatrocientos cuarenta y cuatro mil pesos. Y, además de todas las sumas que faltaban, todavía tenía que multiplicar esa cifra por sí misma para empezar a hacerme cargo de las reversiones “por rebote” o feedback. El total prima facie, sin refinar, era de ciento noventa y siete mil ciento treinta y seis millones de pesos. Aun esta cifra astronómica era poca cosa, en moneda mexicana; era prácticamente nada. (Aunque el jornal de un obrero aquí es de veintitrés pesos.) Pero estaba el “hecho en sí”, y por más que me resistiera a la evidencia, mi estada en el fondo de la trampa estaba hecha de “hechos en sí”. Por eso la pregunta original (“¿Cómo pude caer?”) no tiene respuesta. Cada resorte de la trampa, cada implosión, es un hecho en sí. De paso diré que el poco valor de la moneda era lo que me permitía sobrellevar con desenvoltura los inevitables errores que se colaban en mis cuentas con frecuencia creciente. Cuando me daba cuenta, y cuando no me daba cuenta también, exclamaba para mis adentros: “¡Qué problema me voy a hacer, por unos pesos de más o de menos! ¡Si no valen nada!”.

Como un vago recuerdo sin sustancia, como un recuerdo de otra vida, me llegaba el viejo anhelo, que tanto he cultivado, de tener muchísimo dinero, cantidades inagotables: una fuente que nunca dejara de manar. Es infantil, pero ¿quién no lo ha alentado, así sea como fantasía? Mis fantasías son barrocas, pero a la vez simples: se atienen a una línea central, que es el deseo en estado puro. Lo que se desvía, las volutas, son las acciones o hechos con los que invento la mecánica de la provisión infinita.

Pues bien, de tan lejos me llega eso en las actuales circunstancias, que la más reciente ocurrencia en ese sentido es casi irreconocible como fantasía diurna. La anoto aquí, haciendo la salvedad de que no tiene nada que ver con el esquema o plan maestro que estoy trazando. Alguien me da un pedacito de carne cruda, rosa y ocre, una lonja entera de unos diez centímetros de largo, que lleva adherida una fungosidad amarillenta, como de grasa. Es flácida y repugnante, pero no está podrida ni tiene mal olor ni es especialmente inmunda. Pues bien, resulta que es una víscera de la Virgen María. Nada menos. Eso me puede servir para hacer todo el dinero que yo quiera, toda mi vida. No vendiéndola, que sería lo más fácil, sino de algún otro modo, como quien saca las conclusiones correctas del cuento de la gallina de los huevos de oro. Hay que ponerla a producir, entre los creyentes. Mis sueños de disponer de una “fábrica de dinero”, para siempre, se ven realizados. Sólo hay un problema, que se me aparece cuando recuerdo dónde estoy (en la trampa)… ¿Cómo pasar la aduana con eso? Puedo correr el riesgo de un contrabando hormiga, llevándola en el bolsillo por ejemplo, pero con la mala suerte que tengo, hasta en mis fantaseos, y sobre todo en ellos, estoy seguro de que la van a detectar. Hay una sola solución, y es la más difícil: cambiar la composición genética de las células de esa carne, y transformarla en una víscera de tortuga.

La pequeña víscera preciosa, con su productividad infinita, es el modelo original de todos los señaladores o separadores de libros. Si alguien me preguntara para qué quiero llevar la reliquia a mi patria, donde no hay creyentes, en lugar de ponerla a trabajar aquí en México, donde abundan, podría responderle: ¿y para qué quiero ser rico en México? ¿Para seguir comprando indefinidamente el mismo libro? Aquí ya soy rico, y sigo sin serlo.

Claro que una miserable víscera de tortuga, en la Argentina o en cualquier parte, sólo haría reír. Es la trampa de la trampa: adentro, no vale nada; afuera, menos. Si decido explotarla aquí, de todos modos, podría hacerla reproducir en piedra, del tamaño de una montaña, y comercializar en el exterior sus fotografías…

Pero no es con la piedra, ni con el papel, ni con la tijera, que quiero iniciar mi libro. Es con el arte. Sigo haciendo descubrimientos, y el de hoy es que no tiene importancia lo que yo crea, la sustancia en sí de mis creencias. Importa el arte. Y trato de descubrir qué es el arte estudiando a Duchamp. Aun aquí, aun en la depresión y la vergüenza en que me encuentro, sigo firme en mi busca de las raíces del arte. Insisto en que esta pequeña historieta intercalada no tiene nada que ver con el plan maestro que estoy exponiendo; el plan maestro, desnudo, puro números, puro tickets, es el esquema al que se atendrá el novelista entrampado en un futuro remoto (que no será novelista como lo definimos hoy, sino una especie nueva). Él se ocupará de la “carne” y las “vísceras” del relato, no yo. Pero justamente, mi trabajo es ver también las cosas desde el otro lado, desde el lado de la acción, para que la planificación resulte eficaz. Para él yo seré objeto de una profunda arqueología; tendrá que atravesar, si tiene el cerebro para hacerlo, las casi infinitas capas acumuladas de malentendidos, travesía en muchos aspectos equivalente a la mía en busca de la raíz del arte. Salvo que él contará con los beneficios del progreso, al que contribuyo modestamente con mis escritos, y no caerá en la trampa (entre otras cosas, porque aquí se lo estoy diciendo) de referirse a una sustancia psíquica supuesta, y hablar de creencias, sino que ya habrá aprendido a ver la indiferencia que lo preside todo en el arte, el rayo práctico, la historización… A eso contribuye la desnudez seca del esquema, manifiesta en mi colección de tickets. En resumen, lo que le estoy dando es el beneficio de lo mecánico, o automático.

“Sesenta y dos” parecía un récord difícil de batir. Después de todo, hay un mínimo… ¿o no? El mínimo es el precio de costo del libro, el costo unitario al que se realizó la importación. Pero ¿quién se acordaría a esta altura del precio de costo, en una economía hecha de devaluaciones e inflación galopante? La inflación es devastadora con la memoria, supongo que por un instinto de defensa, porque de otro modo habría una sobrecarga mental que terminaría mezclándolo todo. Además, es muy común que los libros, más que otros bienes, pasen a la categoría de “ofertas” y se vendan a precios cada vez menores, hasta irrisorios, muy por debajo del umbral del costo, inclusive en mercados con moneda de valor estable. ¿Hasta dónde se podría bajar en México entonces? No, no había mínimo. Aunque este lujoso libro de arte no parecía de los que van a las mesas de oferta; y de hecho no lo estaba. No se vendía en puestos de la calle ni en librerías de ocasión, sino en sitios elegantes, como los Sanborn’s y las tiendas de los museos… Hay a quienes les podrá sorprender que esta aventura me sucediera justamente en México, ciudad renombrada por su falta de buenas librerías. Pero quizás es por esa falta que hay libros en todas partes, y los Duchamp me salían al paso donde menos los esperaba.

Entre paréntesis, es curioso pero no vi otro libro sobre Duchamp. Sólo ése. Y dada la ocupación intensiva que me daba, perdí todo interés en otros libros. No me importaba, porque ya tengo demasiados en casa, y muchos todavía esperando que los abra. A veces me pregunto de qué sirve leer “otros” libros. ¿Para qué hacerlo, si nunca podemos ganar una competencia de cultura o erudición? En cualquier situación que se plantee, sobre cualquier tema, nuestro interlocutor siempre habrá leído otros libros, que funcionarán como “otros más”. Por la cortesía que rige las conversaciones, no se puede hacer un recuento y balance y demostrarle que a pesar de no haber leído precisamente esos libros que él nos está mencionando, hemos leído más libros que él. Es imposible demostrarlo porque habría que hacer listas larguísimas, de nunca acabar. Nunca se puede ganar. Así uno haya leído diez mil libros, y el otro haya leído cinco libros en toda su vida, ¡gana el otro! Porque de esos cinco libros, uno puede haber leído cuatro, pero no el quinto, y ese libro es el que el otro cita, y se pone a contarlo y describirlo y elogiarlo, y uno queda como un burro, ¡y hasta tiene que prometerle que lo va a leer!

El siguiente… Porque hubo un siguiente. La lotería seguía saliendo siempre en sentido descendente… la ruleta en línea recta… fue de cincuenta y nueve pesos. Lo compré y fui a ponerlo en la pila, y al ticket en el sobre: mis pequeños tesoros conceptuales. Como un avaro transtemporal, seguía acumulando. Después hubo otro, es decir el mismo, de cincuenta y seis pesos. Si me hubiera acompañado mi esposa, me habría dicho: ¿ves como hay que recorrer, y no comprar en el primer lugar? Postura muy sensata, a la que yo le he hecho in pectore graves objeciones. Porque los libros, aun siendo objetos industriales, tienen un régimen de aparición bastante caprichoso, y suele pasar que el libro que uno encuentra al principio del recorrido, y aunque intensamente deseado desdeña comprar pensando “No lo voy a cargar todo el tiempo, lo compro después en cualquier parte”, no aparece más, y nos obliga a un penoso regreso al punto de partida. ¡Si lo sabré! Esta vez, por hallarme solo y entregado a mi arbitrio, había actuado de acuerdo con mis convicciones, y después había seguido actuando de acuerdo con el arte y las matemáticas.

Después, otro más, siempre el mismo: cincuenta y tres. Debo suponer que, en la anarquía de precios, también había sitios donde el libro de Duchamp estaba en venta a precios superiores, o zigzagueantes (quiero decir, superiores a algunos de los que yo había experimentado, e inferiores a otros), inclusive superiores a los noventa y nueve pesos del primero. Pero no tropecé con esos ejemplares y esos vendedores; lo que no tiene nada de extraño, con la dimensión de esta ciudad, y lo reducido de mi radio de acción a pie. Pero igual tiene algo de extraño y de hecho ésa fue la razón por la que me decidió inicialmente a escribir la historia: para racionalizarlo. Porque escribir algo, así sea en un borrador sin estilo ni forma, es todo un trabajo, y nadie lo emprende si no considera el argumento lo bastante extraño como para que valga la pena. Dicho a la inversa, cuando algo es demasiado extraño para que el pensamiento lo acepte y lo integre al resto de la experiencia, un modo simple de hacerlo entrar es volverlo argumento de un escrito. Es lo que hice (a medias, porque no escribí el relato sino que tracé las líneas maestras, el esqueleto matemático, para que otro lo hiciera).

Por la vía de esta inversión (no escribo sobre algo extraño, sino que es extraño porque lo escribo) llegué a una explicación de este detalle de los precios siempre descendentes, que me había parecido casi sobrenatural. No la desarrollaré, en parte por una cuestión de espacio, y en parte porque sería una intrusión en la tarea del novelista aficionado del futuro que tomará estas líneas como una guía de pasatiempo. Baste decir que los precios no se habían dado necesariamente en orden descendente: sólo el tiempo los había ordenado así, el tiempo miniaturizado de esta aventura, del cual el modelo en tamaño natural son los siglos que transcurrirán hasta que mi esquema se vuelva un mito operativo.

El próximo lo encontré, o se materializó ante mí, en… No importa dónde. Eso, junto con todos los demás detalles, lo dejo a cargo del que escriba la novela. Lo compré a cincuenta y tres pesos. Como fue el número diez, antes de seguir con el once, el doce, etcétera, voy a hacer una pausa para tratar de poner en claro los números correspondientes. Si he venido dejando en blanco ese aspecto durante las últimas compras, ha sido para avanzar más rápido, pero no significa que no hiciera los cálculos in mente. ¡Vaya si los hacía! Eran mi única ocupación, y una inmejorable terapia para el estado de ánimo calamitoso en el que me hallaba.

¿Estado de ánimo? Más bien estado a secas. Me preservaba, eso era todo. Mi idea fija era llegar a estar sentado en el avión con destino a Buenos Aires. Todo se subordinaba a eso. Cada minuto que pasaba era un minuto ganado. Aunque en el fondo no me hacía muchas ilusiones. Cuando lograra salir de la trampa iba a volver a sentirme insatisfecho e inadecuado, igual que en México, o peor. Pero trataba de no pensar en eso, para no deprimirme más. Me concentraba en el presente, y en todo caso me decía que lo que viniera después no podría ser tan malo porque de una trampa no se sale sin alguna enseñanza.

En fin. Los diez ejemplares habían sido comprados a diez precios distintos, en escala descendente: noventa y nueve, noventa y cinco, ochenta y cinco, ochenta y dos, ochenta, setenta y nueve, sesenta y dos, sesenta, cincuenta y seis, y cincuenta y tres. La serie de diferencias unitarias era de cuatro, diez, tres, dos, uno, diecisiete, tres, tres, tres. La suma daba cuarenta y seis, que era, por supuesto, la diferencia máxima alcanzada hasta ese momento, entre el primer precio (noventa y nueve) y el último (cincuenta y tres). La serie completa de estas diferencias máximas “de atrás para adelante”, era: cuarenta y seis, cuarenta y dos, treinta y dos, veintinueve, veintisiete, veintiséis, nueve, seis y tres. Esas tres series constituían la trenza original sobre cuyas curvas recurrentes tenía lugar todo el sistema de metamorfosis numéricas. Ya sé que no parece muy racional, pero confío en que alguien, alguna vez, va a ponerse a hacer las cuentas, una por una, como las hice yo, y quizás para él, al contrario de lo que me pasó a mí, la realidad se vuelva real.

México, 28 de noviembre de 1996.

 

César Aira.
Escritor. Ha publicado: Cómo me hice monja, La mendiga, Cumpleaños y Las curas milagrosas del Doctor Aira, entre otros libros.

Meseta en llamas

En agosto de 1969, un mes antes de que entráramos a fatigar los deberes anticuarios de la historia en El Colegio de México, Álvaro López Miramontes, conversador impune de las madrugadas en la casa de estudiantes que mi madre sostenía, me guió por vez primera al territorio físico de su infancia: la utópica planicie campirana en que había nacido, alzada como un milagro sobre las barrancas tenaces que dividen los estados de Jalisco y Zacatecas. El viaje que emprendimos aún navega en mi recuerdo con los fulgores de un sueño. Así como el viajero de la máquina del tiempo trajo como prueba de su viaje al futuro dos flores, yo puedo probar ahora que estuve en la Meseta de Atolinga porque recuerdo la historia de Antonio Bugarin.

Viajamos a Guadalajara haciendo escala en San José de Gracia, el pueblo michoacano del historiador Luis González, que habría de ser nuestro maestro en El Colegio de México y por el resto de nuestros días. En la última semana de agosto, salimos de Guadalajara a Tlaltenango por una carretera cacariza. De allí, en otro autobús, por una brecha lodosa, seguimos al pueblo de Colotlán, centro económico del norte de Jalisco hace cien años, ahora un punto perdido de la geografía que ni siquiera aparece en los mapas federales: una población fantasma, de casas tapiadas y tradiciones dichas en voz baja, alegrada en los días de tianguis por un eco maltrecho de sus antiguas dichas agrícolas y comerciales.

Dormimos un viernes ahí, sometidos a una oscuridad propicia a las conversaciones de los muertos. Todavía rodeados de fantasmas y murmullos, con el amanecer resplandeciente, iniciamos la ascención a la Meseta de Atolinga, unos mil metros arriba, por una cuesta cortada sobre el farallón del desfiladero de Bolaños. El autobús tuberculoso que nos llevaba, entre jaulas de gallinas y rancheros blancos con barbas erizas de tres días, sorteó una última curva, al final de la cual nos topamos, sin aviso previo, como sucede también en Machu Pichu, con la insólita llanura junto al cielo.

Casi veinte años después de nuestro viaje, mi memoria se empeña en recordar ese lugar como el más hermoso de la tierra. Sólo la pampa puede ofrecer un espectáculo de infinitud y grandeza equivalente al de esa meseta verde, alzada sobre dos cañones profundos, dispuesta a encontrarse, donde se pierde la vista, con un cielo azul igual de terso que la planicie paralela de tierra lisa, verde, fina, como una gigantesca mesa de billar. Sobre esa planicie prosperan dormitando, diminutos, casi invisibles, hombres y animales, potreros y rancherías, y las rectas cercas de piedra apiladas a mano, una a una, por largas generaciones de propietarios a la vez  intransigentes y apacibles.

En el extremo poniente de la llanura, dormita el pueblo de Atolinga, con sus calles empedradas y su altiva parroquia de cúpulas amarillas. Las muescas de tiros que ostenta la parroquia recuerdan los tiempos en que el cielo y la tierra de Atolinga pelearon a muerte por su vida. Hasta esas alturas seráficas, casi inhumanas, llegó hace muchos años el grito destemplado de la rebelión cristera;  hasta estas tierras apacibles, dignas como ninguna de su silencio, subió la lengua de fuego de la religión agraviada, clamando venganza, en nombre de Cristo Rey.

—Ahora te darás mejor una idea de lo que fue —me dijo Alvaro, mientras saltábamos en los asientos duros del camión rumbo al pueblo de Atolinga. —Iban y venían partidas armadas de un lado a otro de la meseta. Los cristeros buscaban agraristas, callistas o “pelones”, como siguen llamando por aquí a los soldados federales. Los del gobierno buscaban cristeros y curas, rebeldes, “robavacas” o “infidentes”, como llamaban, absurdamente, a estos rancheros que se habían levantado en defensa de su fe. Dondequiera se hincaban a rezar unos, antes de colgar y destripar a sus cautivos; dondequiera colgaban los otros a cristianos rasos y sacerdotes guerrilleros. A lado y lado, toda la meseta se hizo el infierno. Los cristeros cortaban orejas y lenguas de maestros rurales; los agraristas rebanaban dedos de sacerdotes, y gargantas cantadoras del Angelus. Meses duró ese incendio aquí arriba. Allá abajo duró años. Pero todavía en los años cincuenta, que yo recuerdo, tres decenios después de aquellos meses, había que mirar a los lados antes de persignarse. Y se pagaba con la hostilidad de medio pueblo cualquier trato con el gobierno. En tiempos de la guerra civil se mataron primos con primos, familias con familias. El apocalipsis en el potrero, digo yo. “Una pesadilla en medio de la siesta”, como decía mi papá. Eso es lo que tenemos que aprender aquí: cómo, lueguito debajo de la siesta, puede estar el infierno. Vas a ver.

Yo tenía entonces un respeto ritual por los hechos impresos y  su asepsia ilustrada. No había venido a Atolinga a recibir lecciones de historia de la vida —era demasiado joven para esa pedagogia elemental—, sino para completar el ciclo recíproco de mi afecto por Alvaro y mi fascinación por sus historias nocturnas. Pero la lectura del libro de Luis González, Pueblo en vilo, la historia universal de un anónimo pueblo michoacano, había inflamado la imaginación de Alvaro hasta el punto de creer que no tendría sentido estudiar a Toynbee y a Braudel, si no era para darle vida a la historia olvidada de nuestras tierras nativas, la suya en el Occidente, sobre las sierras mineras de Bolaños, la mía en el Sureste, junto a la dársena más lodosa que registra el litoral turquesa del Caribe mexicano.

Pasamos dos días en Atolinga visitando las minucias de aquella posible historia universal. Reconocimos la traza española en la plaza de armas, la impronta de los patios andaluces en los huertos interiores de las casas, el fuerte resto criollo en las rojas pieles asturianas y en los frecuentes ojos azul siena de la mata étnica de Atolinga, detenida, como la meseta misma, en un sitio intocado de la historia. Caminamos sin parar el pueblo de tres calles por cuatro, oyendo historias, probando dulces caseros, estudiando portones comidos por el tiempo, huertos de azaleas, apellidos españoles llegados a la zona en las últimas décadas del siglo XVI. Ibamos del rastro, que mostraba el ritual del sacrificio con sangrientas escenas que Goya hubiera podido pintar dos siglos antes, al mostrador de la farmacia, donde subsistían jarabes reconstituyentes de principios de siglo, vitrioleros con yerbas y caramelos como extraídos de las crónicas decimonónicas de Guillermo Prieto. Escuchábamos al cura combinar, en su sermón, las más puras metáforas bíblicas con los más tiernos mensajes enviados a parroquias vecinas sobre negocios pendientes: pollos que no habían sido entregados al criador de Colotlán, becerros que alguien podía pasar a recoger en alguna ranchería del valle de Juchipila. Al atardecer, empapados los dos como por una llovizna salida de las memorias infantiles de Álvaro, caminábamos un kilómetro hacia el mirador de la barranca, dejábamos por fin de hablar, o de oír, y sólo veíamos, en un recogimiento religioso, el juego de las luces del atardecer sobre los filos de la barranca, las verduras aradas del valle abajo, ondulado, húmedo como sólo pueden ser las colinas colombianas o el perfecto ajedrez, fértil y humano, de las terrazas del Piamonte italiano.

Quizá nada hubiera quedado en mí de aquella levitación luminosa de no habernos cruzado una mañana, en un banco ruinoso de la plaza, con la figura anciana, raída, pero imponente y melancólica, de Antonio Bugarín. Vestía calzones charros de listas marrón y una camisa de hilo con botones ovalados de hueso. Un sombrero negro, con cintillo plateado, reposaba sobre sus piernas, dejando al aire limpio y juguetón de la plaza las hebras sudadas de un cabello blanco que no había perdido el brillo, aunque empezaba a escasear, desamparando filones de sonrosado cuero cabelludo. Un bigote también blanco, finamente cortado, sostenía la curva de la nariz recta, grande, afilada por los años. Bajo las cejas pobladas del mismo color platino, ardían aún dos ojos vivos, que nada querían saber de su vejez. Todo en Antonio Bugarín, de hecho, no sólo la mirada, recusaba la evidencia de sus años; sus mismas ropas, ceñidas, juveniles; la coquetería galante del paliacate rojo que envolvía su cuello curtido, el brillo de las espuelas que ornaban los talones de sus bien pulidas botas. Las espaldas anchas, los muslos fuertes de Bugarín parecían estar reposando en el banco no para reparar su cansancio, sino a la espera de una voz de marcha. Quiero decir: no como el anciano que calienta al sol sus huesos, sino como el joven que vela, dispuesto, la inminencia fugaz de su destino.

—Pregúntale de la Cristera —me dijo Álvaro, cuando nos acercamos a ese anciano, tocado en su alma por la gana de la eterna juventud. Lo saludó después, con un beso en la mano, llamándolo tío y me presentó sin más preámbulo, amarrando los hilos de la conversación que buscaba: —Un amigo de México. Quiere estudiar la Cristera en esta zona. Le dije que usted puede contarle lo que sabe.

—De la Cristera, tú sabes todo lo que hay que saber —respondió Antonio Bugarín a su sobrino, luego de saludarme. —¿Qué puedo agregar yo que no se sepa?

—Ahora hay nuevas disciplinas en el estudio de la historia en México —respondió Álvaro. —Interesan los dichos de los testigos presenciales, más que lo escrito en documentos.

—¿Qué se puede agregar a lo cierto? —alegó Bugarín, imponiendo a nuestros trucos la mesura intemporal de sus frases. —Nomás mentiras.

—Se pueden agregar versiones —dije yo. —Formas distintas de contar lo mismo.

—Un buey es un buey desde donde lo vea —dijo Bugarín, riendo apenas, con sus labios delgados y blancos, dibujados por el bigote. —Pero estoy a sus órdenes. Si piensan que algo agrega lo que yo pueda decir, los leídos son ustedes, ustedes sabrán.

—Cuéntenos de la Cristera en la Meseta —dijo Alvaro. —¿Cómo empezó?

—Con el cura de Colotlán empezó —dijo Antonio Bugarín. —Cuando el gobierno prohibió los cultos en las iglesias, el cura de Colotlán empezó allá abajo a hacer su guerra.

—El culto en las iglesias lo suspendieron los sacerdotes —dije yo.

En efecto, los obispos, indignados, habían respondido con esa decisión a una ley de cultos limitativa y jacobina del gobierno.

—Eso habrá sido donde usted leyó —me dijo Antonio Bugarín.— Pero en  toda esta región los cultos los suspendió el gobiemo. Por eso la gente se fue al llano con su escopeta, a buscar lo que decían “una nueva casa” para Cristo Rey.

—Pero el culto lo suspendieron los curas —dijo Álvaro.

—Ellos fueron —admitió Antonio Bugarín. —Lo sé yo mejor que nadie en esta parte del mundo. Lo que quiero decir es que no hubo cristiano leal o improvisado de esta zona que no pensara entonces, y piense todavía, que fue Calles quien cerró la casa del Divino. Discutiéndoles eso fue que nos dimos de balazos cuatro meses. Les ganamos tres a uno, pero ni así se convencieron. ¿Qué quieren saber de ese enredo?

—Todo lo que usted recuerde —dijo Álvaro.

—Entonces ha de ser muy poco, sobrino —contestó Antonio Bugarín. —Porque recuerdo la misma historia con unos pocos cambios. Aquí, bajo ese huizache que ahí se ve, mataron a Ramón Fernández. Bajo aquel otro, ajustaron a su primo Donaciano. Y uno estaba en nuestro bando y el otro en el bando de ellos. Eso fue todo: un perseguirnos de acá para allá, unos a otros, y luego de regreso. Y los muertos y los gritos de las mujeres, las jaculatorias y las mentadas. Lo único que recuerdo mejor es cuando les pusimos el retén a los que subían de abajo con refuerzos para los cristeros de acá arriba. Ya estaba todo en paz acá arriba, les habíamos ganado tres a uno, como les digo, y supimos que venían de Colotlán con el cura al frente para incendiar de nuevo la meseta. Dije entre mí: “Eso no”. Y así fue. Una partida montada subía por el sendero de Juchipila y otros a pie trepaban como monos por la escarpa del ojo de agua, allá del lado de Jalisco. No habían alcanzado la mitad del cañón cuando, en un recodo, encañoné de frente al cura de Colotlán.

—Cuéntenos del cura de Colotlán—pidió Alvaro, sabedor del guion de la memoria de su tío.

—Hombre vanidoso el señor cura—dijo Antonio Bugarín, sonriendo. —Subía esa noche de luna montando un caballo blanco. Pude verlo de lejos y atajarlo con premeditación. Lo apergollé del cogote y le dije: "Viva Cristo yo", para que supiera a qué atenerse con el blasfemo que le había tocado. Supo. No sé si por el apretón o por la blasfemia. El caso es que se puso blandito entre mis brazos, rendido, arrepentido a lo mejor de haber usado su caballo blanco. Luego les grité a los que seguían escarpando: “Aquí tengo al cura. Si se mueven lo mando al otro mundo. Les habla Antonio Bugarín”. Entonces mi nombre valía algo entre esa gente porque les habíamos matado tres a uno acá arriba, y eso cuenta cuando se anda de guerra. Pararon su ascensión y les dije: “Si quieren ver vivo otra vez al señor cura, acá no suban. Hagan su guerra abajo. Cuando acabe el incendio de su Cristo, les devuelvo a su cura intacto. Y hasta bien comido’”. Eso fue con los que venían a caballo. Los que venían a pie, por el otro lado del desfiladero, esos murieron o huyeron, de modo que les fue peor. El caso es que yo me llevé al cura y ellos dejaron de subir. Cada semana les escribía el señor cura a sus fieles de allá abajo. “Estoy bien con Bugarín”. Y muy bien estaba el vividor, aunque siempre queriéndose escapar. Se sentía Miguel Hidalgo, el nuevo padre de la patria. Y algo se parecía en lo necio, digo yo. ¿Qué más quieren saber?

—¿Usted era ateo, tío? —preguntó Álvaro.

—Católico como el que más —respondió Antonio Bugarín.

—¿Por qué se metió entonces a pelear contra los cristeros?

—Tuve mis razones —dijo Bugarín. —Y tú las sabes mejor que nadie, de modo que si quieres contarlas no tienes más que empezar. Pero aquí, a tu amigo, puedo decirle que yo estaba en la cárcel y me fueron a ver para proponerme que me dejaban libre y limpio si limpiaba de cristeros la meseta. Yo dije: “Bueno”, y me fui por mis hombres de siempre, que también eran católicos pero no tenían cabecilla y estaban aburridos de que llevábamos años de la quietud ésta del cielo que usted ve, y ninguna otra cosa.

—Ellos pacificaron la zona luego de la revolución, en 1917 —me explicó Álvaro. —Quedaron más bandidos sueltos que hubo revolucionarios. Los pueblos aquí se defendieron solos de los bandoleros. Allá en el desfiladero de Juchipila, mi tío y su gente echaron para atrás a Inés García. ¿Te acuerdas de Inés García?

Me acordaba. Inés García había sido el bandolero más temido del Occidente, un ranchero hijo de la guerra, cruel y desalmado como sólo las guerras pueden procrear. Su diversión favorita fue consignada magistralmente en uno de los cuentos magistrales de Juan Rulfo. Le gustaba jugar “al toreo” con sus prisioneros, casi siempre los hombres, jóvenes o viejos, de pueblos indefensos: los soltaban amarrados de manos a la espalda frente al propio Inés García que hacía las veces de “toro”: con un verduguillo en la mano y les iba dando piquetes, “cornadas”, hasta que los remataba.

—Era un payaso —dijo Antonio Bugarín, sin alarde ni vanidad extemporánea. —Unos cuantos tiros le echamos, nada más. Salió corriendo como ladrón de feria.

—¿Y a los cristeros? —pregunté yo.

—Más tiros hicieron falta para esos amigos —dijo Bugarín. —Porque a ellos no les importaba morirse. Se santificaban, según esto, muriendo por Cristo Rey. Pero los barrimos de la meseta ranchería por ranchería. Fuimos haciendo colección de curas presos. Aparte del de Colotlán llegué a tener aquí en la comisaría del pueblo al de Juchipila, al de Tlaltenango y desde luego al de Atolinga. Descubrimos que venían a las calladas para dar los sacramentos donde se pudiera. Los fuimos pepenando uno por uno. Ya cuando tuvimos nuestra colección de curitas y la gente vio que no les hacíamos nada pero que estaban en nuestras manos, pasó el furor, bajó la rabia. Luego, un día, yo mismo les llevé al cura que les diera misa y comunión en la ranchería de Los Azomiates, la más dura de pelar. Así se fue acabando la Cristera en la meseta. Pero antes de eso, como les digo: muchos tiros, muchas emboscadas, muchas barbaridades. Sangre llama sangre y aquí, en unos meses, corrió suficiente. Ahora —dijo Bugarín, volteando a mirarme con sus ojos claros, veteados por un resplandor juvenil —yo digo que hay al menos una historia en Atolinga más digna de ser contada que las matazones de la Cristera.

—¿Cuál? —pregunté yo.

—La historia de los amigos que se mataron en la barranca —dijo Bugarín, mirando ahora a Álvaro, con risueño entendimiento.

—¿Cómo es esa historia? —pregunté.

—Pida que se la cuenten acá en el pueblo —dijo Bugarín. —Cualquiera la conoce y cualquiera se la va a contar mejor que yo. ¿No es así, sobrino?

—Así es, tío —respondió Álvaro.—¿Pero usted nos completa lo que falte?

—Nada va a faltar, sobrino —dijo Bugarín. —Nada.

Cerró entonces los ojos y alzó la cara al sol, suave y translúcido de la meseta, para dar por terminada la entrevista.

—Vamos a ver a mi tío Cosme—dijo Alvaro, cuando nos alejamos de la banca donde Bugarín calentaba sus memorias. —Ven, verás cómo nos cuenta la historia de la barranca.

—¿Tú te la sabes?—le pregunté a Alvaro, sospechando ya que la espontaneidad de nuestros encuentros era fruto de su previsión meticulosa, más que del azar propicio.

—Me sé parte—dijo.—Pero creo que ahora voy a conocerla toda.

Don Cosme Estrada veía pasar la vida de Atolinga desde las ventanas enrejadas de una notaría que guardaba en sus archivos toda la historia de la propiedad de la meseta. Era un anciano terso y pulcro, de cuidadosos espejuelos dorados, al que Alvaro saludó besándole la mano, antes de presentarme. No elaboró coartadas para facilitar nuestro interrogatorio. Le soltó sin más:

—Nos dijo mi tío Antonio que le preguntáramos la historia de la barranca.

—¿Tu tío Antonio? —respingó Cosme Estrada, abriendo los ojos y balanceándose en su mecedora. —¿Te dijo que yo te contara?

—Que preguntáramos en el pueblo —dijo Alvaro. —Pero yo sé que sólo usted sabe bien esa historia en el pueblo. Y también sé que mi tío Antonio estaba pensando en usted.

—Yo soy notario —bromeó Cosme Estrada. —¿Traes una constancia por escrito de que esa fue la voluntad de tu tío Antonio?

—Traigo este testigo —me señaló Álvaro —de que los ojitos de mi tío Antonio dijeron el nombre de Cosme Estrada.

—¿Usted atestigua eso, señor? —dijo Cosme Estrada mirándome.—¿Atestigua usted que vio mi nombre salir de los ojos de Antonio Bugarín, cuando les dijo que preguntaran en el pueblo por la historia de la barranca?

—Salió impreso —dije yo.

—Vamos adentro —se rió Cosme Estrada. —Ya es hora de cerrar la notaría.

Pasamos a un patio interior, con corredores de mosaico y macetas de plantas alineadas en derredor de una fuente de piedra. Eran las dos de la tarde. En un rincón espacioso del corredor, había una mesa servida con platones de queso, salsas, tortillas y cuatro equipales.

—Desde que murió tu tía, no me hallo de comer en el comedor — le explicó Cosme a su sobrino Álvaro. —Le digo a Chabela que me ponga aquí las cosas, como hacíamos cuando había invitados, por ver si llegan los invitados de a de veras. Vean hasta qué punto son bienvenidos.

Chabela apareció en la puerta de la cocina, atrás de nosotros. Cosme Estrada le pidió que trajera unas botellas de tequila y mezcal. Nos servimos en unas ollitas de barro.

—Ayer, precisamente, estuve viendo periódicos viejos de Tlaltenango y Guadalajara sobre la época aquella de la Cristera —dijo Cosme Estrada. —Todavía se oyen tiros en esas lecturas. No sé cómo nos metimos en eso. Sería de veras cosa de la voluntad de Dios. Estoy haciendo apuntes para una historia de la meseta, pero ahí me trabo. No sé qué pasó, pasaron demasiadas cosas. La misma historia de la barranca que quiere Bugarín que les cuente, sólo puede entenderse porque ya estuviera hablado allá arriba, en el cielo, que había que matarse acá abajo.

—¿Qué pasó en la barranca?—pregunté.

—Se mataron dos amigos por una mujer —resumió Cosme Estrada. —Los mejores amigos del mundo y la mejor mujer del mundo. Qué pasó, no lo sabemos. Tenían los dos amigos pretensiones sobre ella. Un día uno le traía de regalo un venado de cuernos completos cazado en la sierra y el otro traía al día siguiente un venado más grande. Aquel encontraba un rebozo de percal en la feria de Colotlán y el otro iba matándose, hasta Guadalajara si era necesario, para traerle un color más bonito. Pero ella no se le brindaba a ninguno. No aceptaba los regalos, ni atendía a los requiebros. Sino que era una mujer de su casa, muy jovencita entonces, pero ya entregada al rezo y a las cosas de Dios. Sobre todo, había puesto sus ojos en otro desde niña, y puedo decir que en él los tuvo puestos hasta que murió. Porque era mujer simple, de querencias fijas toda la vida. Ya de niña usaba trenzas y trenzas usó hasta que bajó al sepulcro. De niña había elegido a su pareja, y su pareja a ella, y pareja son ahora todavía después de su muerte. Pero aquellos amigos no veían en el fondo de ese corazón y creían turbarlo con sus hazañas. Finalmente, un día la mujer se enfrentó a uno de ellos y le dijo: “No he de ser trofeo de nadie. Ni aunque se maten por mí”, a lo cual el más necio de los dos, desairado y violento como era, concluyó la más torcida de las fábulas y dijo para sí: “Lo que quiere esta china, es que nos matemos por ella y que la gane el mejor”. Con la misma, fue a la cantina donde libaba el otro y le dijo, en voz alta para que todos oyeran: “Nos hemos de matar por esa china y se la quede el mejor. A menos que tengas miedo”. Miedo no tenía nadie en ese tiempo, la sola insinuación era un agravio. De modo que el otro le dijo: “Por los muchos años de amistad que nos tenemos voy a hacer como que no dijiste nada. Si así fue aquí te sientas, nos bebemos un trago y asunto concluido”. Pero el otro contestó: “Lo dicho, dicho está. Por la noche te espero en la barranca”. Eso fue todo —dijo Cosme Estrada, quitándose los espejuelos para frotarles las nubes de grasa con su servilleta. —Cerca de las doce de la noche, se oyeron los tiros. Como a la media hora, entró al pueblo y paró en la cantina el caballo de uno de ellos. Llevaba al dueño moribundo arriba. Fue el que sobrevivió. Todavía le encanta que cuenten su historia: era Antonio Bugarin.

—¿Qué pasó entonces? —preguntó Álvaro.

—Pasó que metieron preso a Bugarín, con sentencia de nueve años —dijo Cosme Estrada, volviendo a ponerse los lentes, con toda pulcritud, tras las orejas carnosas, agrandadas por los años. —Y ahí empezó la historia de la Cristera en la meseta de Atolinga. Mejor dicho: la historia del fracaso de la Cristera en Atolinga.

—Cuéntenos eso —pidió Alvaro.

—Es la historia de otro malentendido, sobrino —dijo Cosme Estrada. —Por eso te digo que busco en los papeles de entonces y no encuentro el hilo. Muy complicados son a veces los caminos de Dios. Voy a decirle a Chabela que sirva.

Fue rumbo a la cocina y siguió hacia una habitación del fondo.

—¿Cuántos tíos faltan para completar esta historia? —le pregunté a Álvaro, cuando Cosme Estrada desapareció en el corredor. —¿Cuántos tíos tienes?

—La meseta es la cuna del incesto universal —explicó Álvaro. —Todo viene aquí de cinco o seis familias, cinco o seis apellidos. Lo demás es el puro paridero de parientes. Aquí todos somos tíos, primos y sobrinos. Cosme es primo hermano de mi mamá. Antonio Bugarín primo segundo de mi papá. Y el segundo apellido de Cosme, ¿cuál piensas que es?

—Bugarín—le dije.

—Ya ves que no es tan difícil. Sólo que mi tío Cosme se hizo letrado y mi tío Bugarín se quedó a caballo.

—¿Quieren cecina o carnitas?—volvió Cosme Estrada desde la cocina, con una fuente de chicharrón entre las manos.

—Cecina y carnitas—dije yo.

—Para ser intelectual tiene usted buen diente—se rió Cosme Estrada.

Además del chicharrón, traía una foto vieja a que la viéramos. Dentro del marco de madera apolillada, miraban con altivez hacia la cámara, pasándose los brazos sobre el hombro, un charro enorme, rubio, de ojos claros, y un civil de levitón oscuro, lentes finos y corbata de cintas atadas en mariposa.—Bugarín y un servidor en 1925 —dijo Cosme Estrada. —Un año antes del pudridero.

Chabela trajo los platones de carne con una fuente de frijoles.

—Traiga cecina también —le pidió Cosme Estrada.—Y un poco de crema, con las rajas de ayer.

—Habló usted de un malentendido —le dije, cuando engullimos el primer taco.

—El peor de todos —dijo Cosme Estrada. —Todo el tiempo que tardó en reponerse Bugarín en la cárcel, la mujer se mantuvo junto a él curándole la herida y llevándole de comer. Estaba corroida por la culpa de haber ocasionado esa tragedia, nada más. Pero a]go en el cerebro de Bugarín, como antes en el de su amigo, lo llevó a creer que la mujer se le estaba brindando. Y que habría de esperarlo a que saliera de las rejas, para hacer su vida juntos. Aquellos cuidados no decían sentimientos de amor, sino de penitencia cristiana, ¿me entiende usted? Esa es una cosa que el mismo pueblo de Atolinga tardó en entender. La abnegación cristiana linda con la pasión amorosa. Vea usted las miradas de los santos en las iglesias. Si no supiéramos lo que expresan, podríamos decir que están teniendo  éxtasis amorosos, dicho sea con todo respeto a nuestros santos. El caso es que Antonio vivió en ese malentendido casi un año, hasta la fecha que cambió nuestras vidas, la de él, la nuestra y la de toda la grey de la meseta. Esa fecha no fue otra que la del 31 de julio del año de 1926.

—¿Por qué esa fecha?—pregunté yo.

—En esa fecha se suspendieron los cultos en todo el país —explicó Cosme Estrada. —Nadie puede imaginar ahora lo que fue esa noche para la grey católica y para los católicos de Atolinga. Desde días antes había estado llegando la gente a la parroquia, a fin de arreglar sus conciencias. De todos los ranchos vecinos acudía el pueblo pálido, triste, callado, en busca del confesor para decir sus pecados, del señor cura para adelantar sus sacramentos. Venían los que tenían hijos sin bautismo o primeta comunión, los que estaban pendientes de ser confirmados, los que llevaban años viviendo sin la bendición del señor. Se formaban colas  en los confesionarios, había tumultos en la sacristía para arreglar los pendientes con el cielo. Estaba en el ánimo de todos que había llegado el fin del mundo y que no habría más casa de Dios en la tierra. Como es natural, también se aceleraron las nupcias de muchas parejas. Se casaron en esos días todos los solteros y las solteras de Atolinga que estaban comprometidos, y hasta algunos que no. Bueno, la mujer que había atendido a Bugarín por penitencia cristiana, llamó a su prometido al altar y se casaron, sin pompa, pero con una dicha pura, concentrada por la desgracia, precisamente el 31 de julio. No hubo quien durmiera esa noche. Terminó la misa y se dio como despedida la bendición con el Santísimo Sacramento, luego de lo cual quedó el templo a oscuras y empezó a retirarse la gente en medio de las tinieblas. Unas mujeres gritaron: “Huérfanas somos, sin padre nos hemos quedado”. Nadie durmió esa noche, pero menos que nadie Antonio Bugarín. Gritó  sin parar su desgracia y su despecho por la boda de la mujer que había creído suya y que sin querer, eso sí, le había marcado la vida. Tres días después de esa noche abominable, el gobierno dio instrucción de que se cerraran los templos; prohibió también el culto fuera de ellos. Entonces sí vino la cólera de la gente, la desesperación de la gente. Porque, aunque no hubiera sacerdotes ni misas en las iglesias, que estuvieran abiertas era un consuelo. La gente entraba sola a rezar, sentía que estaba en la casa de Dios. Cuando los soldados tomaron las iglesias y los policías ahuyentaron a los fieles, los católicos decidieron alzarse y pelear contra el gobierno. Fue el verdadero principio de la Cristera. Al menos en Atolinga, así fue.

—Se alzó la gente —dijo Alvaro.

—Nos alzamos —precisó Cosme, incluyéndose sin vanagloria en el incendio. —Antes de que tuvieran a bien darnos el santo y seña, ya teníamos la meseta en nuestras manos: del cañón a la escarpa y del lindero occidental a las goteras del pueblo de Atolinga. Como si una mano invisible guiara las cosas, como si fuéramos sus soldaditos de plomo y nos hubiera puesto a todos de un lado, con un fusil en la mano, y del otro lado a nadie, salvo a la guarnición militar de Atolinga y al capitán que llegó con un pelotón de pelones a defender el pueblo. En cuanto vio la situación, el capitán mandó decir que estaba la causa perdida. Pero le regresaron por el telégrafo un mensaje diciéndole que la caída del pueblo sería juzgada como deserción y los fusilarían a todos. Pensando en cómo salvar el pellejo fue que el capitán dio con la cólera santa de Antonio Bugarín, una rabia digna de la nuestra, que tampoco era de este mundo.

—¿Rabia contra los cristeros? —pregunté.

—Contra el jefe de los cristeros en la región —respondió Cosme Estrada.

—¿Por qué contra el jefe? —pregunté.

—Porque fue hecho jefe de los cristeros de Atolinga el mismo hombre a quien la mujer ansiada por Bugarín llevó al altar —dijo Cosme Estrada.

Echó la servilleta sobre la mesa, para dar por terminada su comida y se la quedó viendo, como quien mira el infinito.

—Era la mano invisible que jugaba con nosotros —dijo, con voz ronca, perdido aún en ese punto de la nada. —Como si fuéramos sus soldaditos, sus criaturas de papel, y hubiera decidido incendiarnos. Lo merecíamos quizá, aunque no alcanzo a pensar por qué. Quizá sólo estaba aburrido, como los niños que un día tiran sus juguetes al fuego por ninguna razón, porque son sus juguetes, porque es su soberana voluntad. Tráenos licor de dátil, Chabela —le pidió a Chabela, que hacía rato estaba sentada atrás de nuestra mesa, en su propio equipal, escuchando la historia.

—¿Y qué hizo el capitán para salvarse? —quiso saber Alvaro.

—Pues, sobre todo, descubrió el tamaño de la ira de Antonio Bugarín —dijo Cosme, luego de sonarse las narices, irritadas por el chile, con su paliacate rojo. —Le  propuso el famoso pacto de las rejas. Fue un pacto muy sencillo: “Si estás dispuesto a pelear contra la cristianada”, le dijo el capitán a Bugarín, “te dejo libre y te doy un grado del ejército”. “No hace faltan grados”, le contestó Bugarín al capitán. “Yo salgo a pelear contra esa gente, aunque me encierres después de nueva cuenta”. “Tengo poco parque y poca gente”, le dijo el capitán. “Dame el parque que tengas”, dijo Antonio Bugarín. “De la gente me encargo yo”. Así fue.

—¿Cómo fue? —preguntó Alvaro.

—Se hizo cargo de su gente —repitió Cosme Estrada, ofreciéndonos unos dedales de licor de dátil que él mismo preparaba. —Y de la nuestra también. Antes de que nos diéramos cuenta, teníamos enfrente a la partida de Antonio, barriéndonos ranchería por ranchería. No sabíamos cómo y ya lo teníamos  encima, repartiendo tiros y muertes. Él empezó a colgar cristeros en los pirús de la meseta, luego que la partida de Leoncio Esquivel enterró vivo a un lugarteniente de Bugarín. Luego dijeron que lo habían dado por muerto y por eso lo enterraron. Pero la verdad parece ser que lo enterraron vivo a sabiendas, aprovechando que en una emboscada lo habían tirado del caballo y se quedó desmayado en el suelo. El caso es que Bugarín limpió la meseta en tres meses. Respetó mujeres y niños, pero ni un cristiano más. Fue en verdad, como dijeron entonces, el azote de Dios. Yo digo para mí que era también portador de la ira divina, igual que nosotros: soldaditos todos de la mano invisible. No importa. Por fin, cerca de la Nochebuena, un día Antonio cayó con su partida sobre el grupo de cristeros que mandaba su rival, el que él pensaba su rival, y los trajo atados a una cuerda, caminando en la madrugada, hasta el pueblo de Atolinga. Entraron al pueblo al amanecer, llagados, casi muertos. Los dejó recuperarse en la cárcel donde él mismo había estado. Dispuso  que serían fusilados en público, en la mismísima plaza de armas, un domingo de año nuevo, a las doce del día, para que todo el mundo viera. Tenía también preso al cura de Tlaltenango, que lo habia atrapado dando misa y repartiendo fusiles en las rancherías del ojo de agua. Puso al cura también en el orden del día. Como quien anuncia una corrida de toros: “Toreará también Rodolfo Gaona”, así anunció Bugarín: “Morirá fusilado también el cura de Tlaltenango”. Cómo nos salvamos de ésa, es cosa que no me toca contar a mí.

—¿Usted estaba en ésa? —pregunté yo, escalando mi asombro.

—En la cuerda de presos estaba yo —dijo Cosme Estrada. —Y estaban también Leoncio Esquivel, que según esto había enterrado vivo al segundo de Antonio, y el papá de este hombre —señaló a Alvaro—, mi primo Alvaro López Estrada.

—Cuéntenos cómo se salvaron —pidió Alvaro, con avidez infantil.

—Tú sabes cómo —respondió Cosme Estrada. —Te lo ha contado tu padre mil veces. Vé que se los cuente él.

—No me sabe en su boca —dijo Álvaro, jugueteando. —Ahora es la primera vez que la oigo de usted y es una historia nueva.

—Que te la complete entonces Antonio Bugarín —dijo Cosme Estrada. —A él le toca completarla más que a nadie.

Aligerados y altivos por los efectos del licor de dátil, salimos al atardecer de la notaría de Cosme Estrada para sumirnos, como todas las tardes, en la luz llana y dulce de la meseta.

—¿Cuántos tíos faltan para completar la historia? —volví a preguntarle a Álvaro.

—Ya están todos los que son —dijo Álvaro.—Si quieres te la termino yo, pero creo que preferirás esperar a que te la cuente mi tío Antonio.

Acechamos a Antonio Bugarín los siguientes dos días en la plaza, para no forzar la situación yendo a buscarlo a su casa. Vivía con modestia que lindaba en la pobreza. Pero era un hombre orgulloso, resentía la humildad económica de su vejez y lo irritaban por igual la compasión y el desdén. Al tercer día, lo vimos venir por el fondo de la calle empedrada, caminando con dificultad, las piernas zambas, los tobillos reumáticos, pero el pecho y la cabeza erguidos como de quien posa para un cuadro y se alza con orgullo ante el pintor.

—¿Ya les contaron la historia de la barranca? —nos abordó en cuanto pudo quitarse el sombrero y poner, como tres días antes, el perfil aquilino frente al sol acariciador de la meseta.

—Nos contaron hasta el día del fusilamiento de los cristeros, un año nuevo —le dije.

—No hubo fusilamiento —dijo Bugarín, cerrando los ojos ante el altar de calor donde se ofrendaba, helado por sus años.

—Queremos que nos cuente cómo no los fusiló —dijo Álvaro, usando ese usted familiar, común incluso entre marido y mujer en ciertas zonas de la geografía mexicana, sierras y pueblos fieles a su espejo diario, como quería López Velarde, cuyo terco presente es mero sueño de ayer, tiempo detenido con  nostalgias y muletas.

—¿No les contaron eso? —descreyó Bugarín.

—Nos dijeron que usted debía contarlo —expliqué yo.

—¿Quien les dijo? —murmuró Bugarín.

—Mi tío Cosme Estrada —dijo Alvaro.

—No los fusilé, porque abogaron por ellos —dijo Bugarín. —La mejor abogada del mundo abogó por ellos. Apenas los hicimos entrar por la calle mayor del pueblo, apenas los pusimos en los establos de la cárcel, porque no cabían en las celdas, y ya se estaba presentando ella a pedir que no los mataran.

—¿Ella, la de la barranca? —pregunté.

—Ella —asintió, exhausto y suspirante, Bugarín. —Lloraba como una Magdalena, pidiendo. Por eso no los fusilé.

—¿Lo conmovió a usted su llanto?—preguntó Alvaro.

—No, sobrino —dijo Bugarín. —No eran tiempos de conmoverse con los llantos de nadie.

—¿Entonces? —siguió Alvaro.

—Entonces lo que pasa es que entendí, sobrino —dijo Bugarín.

—¿Qué entendió? —preguntó Alvaro.

—Entendí lo que no había entendido. —Dijo Bugarín. —Les va a dar risa, pero hasta ese momento yo había pensado que iba a salirme con la mía, que le estaba ganando la partida a Dios. Cuando yo caí en la cárcel y ella vino a curarme y a traerme de comer, creí que la había ganado. Cuando vino la suspensión de cultos y supe que se casaba, pensé que se había casado por niña. Por miedo de quedarse soltera, luego de haber escuchado toda la vida que mujer sin hombre mujer sin nombre, como se dice por aquí. La rabia que me dio aquel percance, no es para contarse. No pude desahogarme, ni tragar ese trago. Tanto no pude, que me fui enrareciendo, amargando. De ahí mismo fui tomando mi pleito con Dios. Así como suena. Pensé entre mí cuántas cosas imposibles no habían tenido que pasar para que se cerraran las iglesias y se suspendiera el culto aquí en Atolinga. Y para que esta tonta se casara con el primer jamelgo que le pasó por el frente. Entonces llegué a la conclusión que todo era una inmensa broma de Dios, una broma hecha contra mí, que así perdía lo único que de verdad me había importado en la vida, o sea, esa mujer por la que, sin querer, hasta había matado a mi mejor amigo. Luego vino la rebelión. Y quiso el mismo Dios que su jefe en esta zona fuese el  que se había llevado a mi mujer. De modo que cuando el capitán Fernández vino a ofrecerme la libertad si hacía armas contra la rebelión, yo vi mi puerta abierta. Salí a vengarme de la broma de Dios. Dije entre mí: “Esto me has quitado, aquello te quitaré”. Hasta el día en que entré con los cabecillas cristeros presos por las calles de Atolinga, siempre pensé lo mismo: “Esto me has quitado, esto te quitaré. Pusiste este matrimonio en mi camino, yo lo quitaré de mi camino. Una soltera te llevaste de mi lado, una viuda me regresaré para que viva conmigo”. Pero entonces, la víspera del fusilamiento que iba a arreglar mis cuentas con Dios, ella vino a pedir.

Antonio Bugarín se puso de pie. Una gran sonrisa pobló su rostro de charro asturiano:

—¿Y qué vino a pedir esta mujer? —nos preguntó, ajustándose el pantalón sobre las caderas y las ingles. —¿Vino a pedir que yo no me manchara más las manos con sangre inocente? No. ¿Vino a pedir que no violara más el santo mandamiento que prohibe matar a nuestro prójimo? Tampoco. ¿Vino a pedir por los parientes cristeros que habían caído en la recua y que luchaban limpiamente por su causa? No, mis amigos. Por ninguna de esas cosas vino a pedir. Ni por la caridad cristiana, ni por los lazos familiares que nos unían con casi todos los sentenciados. Vino a pedir por su hombre, mis amigos. Vino a pedir por su marido. Me dijo: “Mata a los que quieras si tienes que hacerlo, al cura de Tlaltenango si tienes que hacerlo, síguete manchando las manos de sangre y tocando con ellas las puertas del infierno, si eso te hace feliz”. Eso me dijo: “Pero no mates a mi marido, que es lo único que he querido en este mundo y es lo único que puede mantenerme viva en este mundo. Si lo matas mañana en la plaza, mátame con él”. Entonces entendí. Nada quería en la vida esa mujer, ni a Cristo Rey ni a Antonio Bugarín. Nada que no fuera el amor de ese jefe cristero.

Calló Bugarín y se quedó de pie con los brazos en jarras, mirando el confín de Atolinga por las guías de la calle que daba a la plaza de armas.

—¿Quién era el jefe cristero? —pregunté.

—No era otro que mi primo Cosme Estrada —dijo Bugarín.

—¿El notario? —pregunté yo.

—El letrado —dijo Antonio Bugarín.

Volteé a mirar a Alvaro. Reconocí en el brillo de su rostro hasta qué punto había cumplido su designio de llevarme por un laberinto transparente, cuyas paredes sólo eran opacas para mí.

Nos quedamos en silencio un largo rato, como si el peso de la revelación nos envolviera a los tres, con el aura de su misterio.

—Los solté a todos —dijo Bugarín. —Menos al cura de Tlaltenango.  Me dediqué luego luego a cazar curitas,  a cebarlos en la cárcel y a llevarlos a dar misa ora aquí, ora allá. Así esperamos aquí arriba que acabaran las guerras allá abajo, haciéndonos los buenos disimulados. Con los años, por todo el país pasó lo mismo. De modo que les pusimos el ejemplo —presumió Bugarín.

Volvió a sentarse en el banco de la plaza, extendió otra vez su perfil  sonrosado al sol acariciante de la meseta, cerró los ojos, la boca, la memoria. Nos quedamos unos minutos haciendo lo mismo. Nos fuimos luego sin decir palabra.

Regresamos a ver a Cosme Estrada al día siguiente.

—Quiere ver el retrato de mi tía —le dijo Alvaro López, señalándome.

Cosme Estrada  nos pasó por los corredores de su casa, hasta el comedor que ya no usaba. Olía a encierro, a iglesia. Tras la cabecera de la mesa labrada, había un óleo mal hecho de una mujer. Miraba hacia el frente con los ojos inyectados, ardientes, espejos del ardor su alma o de la impericia del pintor, mal mezclador de blancos y fulgores. Tenía los labios carnosos, un pelo azul de trenzas gruesas  caía sobre sus hombros con una liberalidad voluptuosa  desmentida por el cuello blanco, ceñido, altivo centinela de la intimidad monogámica de sus pechos.

—¿Cómo se llamaba? —dije yo, susurrando como en un templo.

—Armida —musitó Cosme Estrada, aceptando mi tono.

—Armida Miramontes —completó Alvaro López, su sobrino.

—De todos nuestros respetos —murmuré yo para mí, antes de escabullirme al corredor y a la calle, donde seguían esperando, impasibles y eternos, el cielo y la planicie de la meseta de Atolinga, que no sabían del reino de su luz ni recordaban nuestros nombres.

Para Alvaro López Miramontes

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor y periodista. Es autor, entre otros libros, de La modernidad fugitiva. México 1988-2012 y coautor con Jorge G. Castañeda de Un futuro para México y Regreso al futuro. Su novela más reciente: Toda la vida (Random House, 2016).

Mi maestro Luis González

Hace ya muchos años, en diciembre del año 2001, la Universidad Nacional Autónoma de México, organizó una serie de conferencias en celebración de El oficio de historiar de Luis González y González. Comparecí al homenaje y empecé por decir, con Perogrullo, que Luis González y González era en esos momentos el mayor historiador vivo de México. Probablemente lo era ya cuando lo conocí, en el verano de 1969, antes de entrar como alumno al doctorado que empezó ese año en el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México.

Por insistencia de José Gaos, el gran maestro del Centro, hubo la posibilidad de hacer un doctorado en historia para gente que no hubiera tenido ningún trato previo con ella. Gracias a esa rendija aventurera, nos colamos en aquella generación, junto a estudiosos de historia con todos los agravantes, como Carmen Castañeda, amiga queridísima, distintos improvisados que veníamos de cosas tan ajenas a la historia como la contabilidad, la ingeniería, el sacerdocio y la publicidad.

Luis González ya era entonces el autor de dos obras clásicas, que el tiempo ha mejorado y mejora cada día: la historia macro de la vida social durante la república restaurada y la vida micro de su pueblo michoacano, San José de Gracia.

Llegué a El Colegio de México habiendo leído pocos libros de historia. Toda la visión histórica que pudiera haber adquirido entonces, venía de la literatura. Mi paisaje de México era el de los escritores de la revolución y el México contemporáneo. Había leído como historia viva a Mariano Azuela, José Vasconcelos y Martín Luis Guzmán. A partir de ahí, en sucesión desordenada, a Carlos Fuentes, Juan Rulfo, José Revueltas, Octavio Paz y Agustín Yáñez. Había hecho en la universidad, cursos de historia de las ideas y la cultura, pero mi visión del mundo venía de los escritores.

La lectura de Pueblo en vilo me abrió los ojos a la historia como un espacio de altos registros literarios. Pueblo en vilo llegó a mis manos por las de Álvaro López Miramontes, un estudiante de economía de El Colegio, más tarde compañero del mismo doctorado. Álvaro vivía en mi casa de la colonia Condesa, habilitada por mi madre como casa de huéspedes para completar el ingreso familiar. Hablábamos del libro y lo leíamos por las noches, deslumbrados por sus historias, entre grandes carcajadas. Leyendo y comentando Pueblo en vilo, Alvaro me convenció de hacer nuestra solicitud de ingreso al doctorado aventurero de El Colegio, donde Luis González oficiaba como investigador y maestro.

En las páginas de Pueblo en vilo aprendí que era posible reunir la expresión literaria y la revelación histórica. Supe ahí que tal mezcla era posible y que se había intentado felizmente en México, a unos pasos de mi casa, pues El Colegio estaba entonces en las calles de Guanajuato, en la colonia Roma, a escasas doce cuadras del Parque México, donde vivíamos Alvaro y yo, y donde vivió más tarde Carmen Castañeda.

Pueblo en vilo tuvo en nosotros un efecto equivalente al de Cien años de soledad, con la diferencia de que el pueblo michoacano de Luis González era real y podía visitarse, mientras Macondo quedaba en todas partes y en ninguna. Tal como escribí después en un relato llamado Meseta en llamas, durante las vacaciones escolares de 1969, poco antes de entrar a El Colegio de México, Álvaro López Miramontes y yo fuimos a visitar el pueblo en vilo de nuestras lecturas, San José de Gracia.

Queríamos conocer el pueblo pero queríamos sobre todo conocer a Luis González, que iba a ser nuestro maestro en el doctorado y por el resto de nuestros días. Llegamos a San José de Gracia sin avisar, sin saber siquiera la dirección del autor que buscábamos. Pero en San José de Gracia bien a bien no había direcciones y Luis González era tan conocido en su pueblo como cualquier otro lugareño, así que luego de ningún trámite, de pronto estuvimos tocando en la puerta de la casa de Luis González preguntándonos: “¿Qué hacemos aquí? Venimos a interrumpir en sus vacaciones al único autor que nos interesa del lugar donde vamos a estudiar, nos va a mandar al diablo por impertinentes”.

Pero en respuesta a nuestros toquidos vino a la puerta el propio Luis González, oyó nuestras balbucientes explicaciones, nos dio la bienvenida y se ofreció ahí mismo a mostrarnos el pueblo.

Durante las siguientes dos horas nos guió con minucia de pastor por todos sus orgullos lugareños: el rancho de su tío Bernardo en las afueras del pueblo, la secundaria técnica que acababan de inaugurar, la esquina donde habían matado a uno, su propia casa que tenía un gran huerto interior y una biblioteca monumental desparramada por todas las paredes.

Descubrimos en ese paseo que el libro Pueblo en vilo era mejor que el pueblo San José de Gracia, y que el josefino Luis González era casi mejor que el autor del libro, lo cual siguió siendo toda su vida. Es uno de esos raros casos de autor que justifica el aforismo de Pound: “Debes ser superior a lo que escribes”.

Mientras caminábamos por una vereda de las afueras, comenté la increíble colección de aplausos cortesanos que había recibido días antes el presidente Díaz Ordaz, bestia negra de mi generación, durante su informe de cada año, el primero de septiembre. Rodeando mi indignación con un comentario, Luis González dijo: “Sí. A los presidentes, siempre les han aplaudido a rabiar en sus informes. Hasta a Victoriano Huerta le aplaudieron a rabiar. Así ha sido. Cómo no”.

Pensé que no se hacía cargo de la forma como esos aplausos excesivos mostraban la crisis de legitimidad de Díaz Ordaz, cuyos corifeos prodigaban su adulación para disfrazar el desprestigio del mandatario. Años después, di en la biblioteca de El Colegio de México con una edición conmemorativa de la Cámara de Diputados que llevaba por título Los presidentes ante la nación. Recogía todos los informes presidenciales que se habían rendido ante el Congreso desde la independencia, incluido el del dictador Victoriano Huerta. La edición de los informes había sido hecha por Luis González y González.

Entendí entonces que tras aquel comentario llano de Luis González sobre los aplausos en los informes presidenciales el día que nos mostró San José de Gracia, había un conocimiento enciclopédico de ellos. Ninguna anécdota que recuerde compendia tan bien para mí los admirables polos de la aleación intelectual de Luis González: el saber y la modestia, el conocimiento y la sencillez. Es una aleación extraña. En la vida intelectual y académica, lo normal es que el saber sea pareja la vanidad, y la oscuridad, el disfraz del conocimiento.

Me llevé una gran sorpresa cuando supe después, aquel mismo año de 1969 en los corrillos de El Colegio que Luis González había escrito Pueblo en vilo como si dijéramos a contracorriente, en su año sabático y ante la ironía de alguno de sus colegas: “Sólo a Luis se le ocurre que son interesantes las cosas de su pueblo”. Para quienes veníamos del vicio literario, era lo más interesante que se podía escribir.

Hay una astucia universalista en eso de estudiar un pequeño pueblo. Un pueblo pequeño, una sociedad alcanzable con la vista en la memoria, es como un aleph donde pueden leerse todas las trazas del comportamiento humano, su variedad de pasiones, necesidades , intereses y esperanzas.

Movido por el ejemplo de Luis González, yo intenté una historia pueblerina, pueblo por pueblo, de la Sonora prerrevolucionaria. Llegué a conocer los apellidos de un pueblo o una región y a veces podía decir a qué se dedicaban los dueños del apellido, distinguir sus ramas y sus diferencias políticas. Fue uno de mis aprendizajes esenciales: tocar apellido por apellido la trama de una sociedad, un conocimiento propiamente pueblerino que no puede enseñar ninguna experiencia académica que no sea la microhistoria de cualquier cosa.

De su vasta obra, que recorre todos los tiempos de México, Luis González y González dedicó una docena de libros a su terruño, vale decir: su pueblo, su comarca y las regiones de su estado natal, Michoacán. Desde ese mirador particular pudo mostrar cosas esenciales del comportamiento humano y ofrecer una mirada universal sobre la sociedad mexicana.

En las primeras líneas de su fresco Michoacán. Muestrario de México, puede leerse:

Todo cabe en la jícara michoacana sabiéndolo acomodar. Un amigo trotamundos que ha recorrido con pies y ojos montes, valles, llanuras, desfiladeros, cumbres nevadas, simas calurosas, desiertos, selvas, bosques, mares, ríos, lagunas, sementeras, rebaños, vías de comunicación y desliz, cabañas, palacetes, torres, rascacielos, subterráneos, caseríos, pueblos, villas, ciudades, megalópolis, fábricas, mercados, hoteles, plazas, museos y edificios públicos de todas partes, me dice que Michoacán, donde se pierden hoy muchas oportunidades de placer (panza llena, convivencia armoniosa y luces de la razón), podría merecer el epíteto de muestrario universal y no únicamente el de escaparate de México. Según mi amigo trotamundos, un recorrido por Michoacán es ya, en buena medida, hacer lo que los franceses llaman el tour du monde, y nosotros, en buen galicismo, la vuelta al mundo.

El párrafo anterior da cuenta del mayor rasgo universal de la obra de Luis González, el rasgo que puede gozar y compartir cualquiera. Me refiero a la felicidad de la escritura, hija de la risueña ironía de su mirada y de la libertad absoluta del autor respecto de toda convención académica.

Hace años, en el curso de una entrevista sobre mis días de El Colegio de México, un joven historiador me preguntó cuánto quedaba en mí de mis maestros de aquel tiempo, en particular, ¿qué de don Luis González, qué de don Daniel Cosío Villegas?

Es una buena pregunta. Cosío Villegas era la brillantez pública. Nadie competía con su imagen en El Colegio de México. Además del historiador monumental del porfiriato, era el intelectual valiente y crítico. El tema de la valentía lo hacía sentirse incómodo. Que lo elogiaran por ser valiente le parecía un síntoma de la excepción que era la crítica política en México. Solía quejarse: “Nadie me elogia por la calidad de un razonamiento o la verdad de una reflexión. El elogio normal es: ‘¡Qué güevos tiene usted don Daniel!’ ”.

Daniel Cosío Villegas marcó a mi generación en el sentido de que fue el ejemplo a seguir del intelectual como figura pública. El intelectual como analista político y como conciencia crítica.

Luis González era el polo opuesto de esa actitud. No quería visibilidad pública. No quería mezclar su trabajo de historiador con el de profeta. Un día le escuché decir que alguna vez , con un grupo de jóvenes, había abordado a José Vasconcelos para manifestarle su admiración por algunos artículos que había publicado en la prensa. Vasconcelos les respondió: ‘No hagan caso de los artículos de prensa. Son puras pendejadas’.

Mi impresión es que Luis González siempre creyó un poco lo que Vasconcelos. Era entonces y lo fue hasta el fin de sus días un historiador no contaminado por el acontecer diario de la política o por las urgencias de definición pública de un intelectual. Creo que había y hay en su actitud tanta verdad y tanto compromiso como en la de Cosío Villegas.

Andando el tiempo, sin embargo, tiendo a creer que la actitud de Luis González es más sabia, de más larga duración diría Braudel, porque atiende a hechos menos volátiles de la vida pública: al pueblo “municipal y espeso”, a la anónima construcción social de las familias y las comunidades, a la vida a ras de suelo de los hombres antes y después de los presídiums donde unos hablan y otros oyen.

Cuando acabé mi tesis sobre los jefes sonorenses en la revolución mexicana, Luis González me dijo: “Este libro tiene la ventaja de que usted agarró a esos caudillos antes de que se subieran a la estatua”. Yo diría que él ha agarrado la historia de México antes y también después de que la subiéramos a la historia de bronce, la historia de las grandes fechas y los grandes hombres, los grandes acontecimientos, las banderas y los himnos.

Como ningún otro historiador mexicano, creo yo, Luis González ha hurgado con mano maestra en todos los tiempos y todos los rincones de nuestra historia. La risueña tranquilidad de su mirada, su buen humor y la fortaleza de sus fuentes, ha dejado llegar hasta el lector, sin escándalo, algunas de las visiones más certeras y más heterodoxas de la historia de México —heterodoxas digo, con relación a la historia oficial, la cual suele ser a la historia lo que los astrólogos a la astronomía.

Visiones certeras y heterodoxas, digo.

Por ejemplo, que la historia de México empieza en el siglo XVI, con la conquista española , y no en la primera escultura olmeca. Es decir, que México es una entidad histórica más reciente que su pasado prehispánico. Es decir, que no debe confundirse la historia de México con todas las cosas que han sucedido en el territorio que hoy llamamos México.

Nadie pudo decir esta blasfemia con tanto conocimiento de causa como Luis González y González. Entró con mano maestra en todas las épocas de la historia de la nación, desde el entuerto de la conquista hasta los últimos cambios de México, pasando por la colonización española, la magia de la nueva España, el optimista terremoto de la independencia, el siglo de luchas que le siguió, los triunfos y miserias del liberalismo mexicano, las densidades del subsuelo indígena, la historia de la Revolución Mexicana y de su epítome popular, el cardenismo, la ronda de las generaciones que construyó el siglo XX mexicano Luis González y González fue un maestro de la historia patria y de la historia matria, en este caso el mirador universal de su querencia michoacana por donde hizo y vio pasar la historia toda del país.

La revolución sutil de Luis González y González, dice con elocuencia el título de este encuentro. Es una revolución en marcha. Los historiadores saben que el tiempo termina por decir lo que el presente calla o no sabe ver. Creo que el tiempo dirá no sólo lo que fue obvio en sus últimos años, que Luis González era nue