El capital. Tomos I, II y III

México, Siglo XXI Editores, 1979, 8 Vols. Edición dirigida por Pedro Scaron. Traducción de Pedro Scaron, Diana Castro y León Mames.

Jorge Juanes

íTRADUCTORES DEL MUNDO, HUNDIOS!

Hay que felicitar a Pedro Scaron y a la editorial Siglo XXI por la más importante y completa tarea de traducción directa del alemán que se haya hecho de El capital en cualquier idioma Scaron es responsable de la traducción integra del tomo I y de la tercera sección del tomo II, así como de la supervisión de las otras dos secciones del tomo II -traducidas por Diana Castro y del tomo III, traducido por León Mames. Ni las defectuosas traducciones de Wenceslao Roces y Romano García, ni la pulcra traducción de Manuel Sacristán, pueden compararse a lo hecho por Scaron. Las dos primeras, por el infinito número de errores que contienen y que en su momento fueron señalados por el propio Scaron. La de Sacristán, por las limitaciones que él mismo se autoimpuso al concretarse (lo que por otra parte es totalmente lícito) a la traducción de “la cuarta edición alemana del libro I y las primeras ediciones alemanas de los libros II y III”, no recogiendo otras variantes del texto como por ejemplo la versión que ofrece Scaron(*): “Nuestra versión del tomo I reproduce íntegramente, como texto básico, pero no único, el de la segunda edición alemana (1872-1873) que no es una edición cualquiera sino la última edición alemana publicada en vida de Marx. De la primera rescatamos dos textos muy extensos (“La mercancía” y “La forma valor”) y dos variantes menores; de la versión francesa incluimos más de una docena de pasajes no tenidos en cuenta por Engels; de las ediciones de éste (la tercera y la cuarta alemanas recogemos todas las variantes”. Se recoge así del tomo I: “Todo el texto de la segunda, tercera y cuarta ediciones alemanas y variantes (dos de ellas extensísimas) de la primera”. Tomo II: “Texto de la segunda edición (1893) cuidada por Engels”, “todas las variantes de la primera edición de este tomo”. Las variantes introducidas por el instituto Marx-Engels-Lenin (de Moscú), así como “las variantes registradas por Maximilien Rubel en su edición” y que pueden considerarse “debidamente documentadas”. Tomo III: Texto de la primera edición alemana (1894) cuidada por Engels, complementado con una intercalación a lo largo del texto de fragmentos (tal y como lo propone Maximilien Rubel) del manunscrito original utilizado por Engels para preparar su versión del libro III, aparte de un sinnúmero de notas aclaratorias ya sea del señalado instituto, ya de la cosecha del propio Scaron. Está presente a lo largo de esta edición crítica el reconocimiento de que los tomos II y III quedaron en estado de borrador y aun incompletos, lo que hace recomendable la publicación integra de los textos dejados por Marx al respecto. Empresa que rebasa las pretensiones actual es de Scaron -y de cualquier otro traductor-, ya que la publicación de los mismos aguarda todavía su momento. Una única duda en este punto, ¿cuáles habrán sido las razones de Scaron para excluir las Teorías de la plusvalía del plan general de El capital, tomando en cuenta que ello contraviene los deseos confesados por el propio Marx?

TODAS LAS VERSIONES, TODAS

Esta necesidad de publicar todas las versiones existentes de El capital (y con más razón las del primer tomo, puesto que se tienen a la mano), la apoya Scaron en dos hechos fundamentales que en su opinión nos permiten concebir la obra de Marx como una obra abierta y en proceso de constitución. Primero: “No existe una versión del primer tomo de El capital), sino varias. El tomo I de El capital no es ni su primera edición, ni su segunda edición, ni la versión francesa…, ni las ediciones cuidadas por Engels, sino todas las ediciones en conjunto, y fundamentalmente las publicadas en vida de Marx”. Segundo: “La presentación crítica de estos materiales, el registro de sus variantes, muestra mejor que las ediciones de tipo tradicional hasta qué punto Engels estaba en lo cierto al afirmar que toda la manera que tenía Marx de concebir las cosas no es una doctrina sino un método. No proporciona dogmas acabados sino puntos de apoyo para una investigación ulterior y el método para esta investigación”. No contento con esto, Scaron señala que no siempre las versiones posteriores de El capital superan a las anteriores; y tal es el caso de la versión francesa traducida por Roy, a la que Marx vulgarizó voluntariamente con el propósito de hacerla accesible “al gusto del público francés”, poco propenso en su opinión a vérselas con textos construidos en base a un sistema progresivo de determinaciones dialécticas.

Estas dos razones de importancia, agregadas a otras de menor monta, explican el criterio adoptado por Scaron para preparar esta edición crítica y asimismo para elegir de entre cualquier otra la segunda edición del primer tomo de El capital como texto básico de la misma. Pero cuidado. Si bien la segunda edición supera el resultado de la primera, no siempre la supera en lo que respecta al armazón de algunos capítulos aislados. Para no ir muy lejos, un ejemplo decisivo: si se observa la estructura del fundamentalísimo capítulo primero de El capital, concretamente el apartado tercero dedicado al análisis de la forma de valor, tanto en la primera edición de El capital como en la segunda, se notará de inmediato la existencia de un cambio de lugar en la exposición del problema del fetichismo. En la primera edición el fetichismo aparece como “cuarta peculiaridad de la forma de equivalente” y por tanto dentro del apartado dedicado a la exposición de la forma de valor. En la segunda edición aparece como cuarta parte del capítulo primero, perdiéndose con ello la vinculación orgánica (lo que no sucedía en la primera edición del texto) del “carácter fetichista de la mercancía” con la forma de valor y en consecuencia la posibilidad inmediata de relacionar la teoría del valor con el problema de la enajenación tal y como Marx lo pretendía originalmente (fueron Kugelmann y Engels los que sugirieron el cambio, alegando razones de “comprensión”. Hable el marxismo economicista que confunde a Marx con Ricardo, de lo peligroso de esa desvinculación; también aquellos que hoy en día, se empeñan en extirpar el problema del fetichismo del cuerpo de la obra de Marx (Para más detalles, consúltese: Hans Georg Backhaus: “Dialéctica de la forma del valor”, revista Dialéctica núm. 4.) Baste con esto para apuntalar la posición de Scaron respecto de la necesidad de publicar todas las variantes de El capital y al mismo tiempo, para lamentar en su “advertencia del traductor” la ausencia de uno o dos argumentos teóricos fuertes como el aquí esbozado para fundamentar esa necesidad.

ENTRE LA OMISIÓN Y LA BEATERÍA

¿Qué por qué Scaron no se concretó como otros traductores a traducir directamente la última edición de El capital (1962) preparada por el Instituto de Marxismo Leninismo de la República Democrática Alemana y avalada por su similar en Moscú? Curiosamente porque, como él mismo lo demuestra, la versión de dicho instituto, además de incompleta (en general no es más que una reproducción de la cuarta edición alemana preparada por Engels) no carece de errores (consúltese el texto “Sobre las traducciones de El capital”, aparecido en la revista Zona Abierta 9-10). El hecho no deja de ser grave si tomamos en cuenta que la labor fundamental de un instituto de marxismo leninismo no puede ser otra que hacer una edición crítica completa y exenta de errores de las obras de Marx y Engels (y después, de Lenin). Pese a los años transcurridos desde la muerte de los clásicos del marxismo, esa edición espera todavía -¿acaso a la crítica roedora de los ratones?- en los archivos del instituto. ¿Qué pensaría al respecto el fundador del instituto de marxismo de Moscú, David Riazánov, si pudiera levantarse de la tumba que le cavó Stalin?.

Puede estarse también con Scaron en la necesidad de encontrar en lengua castellana los términos más adecuados para traducir la teoría marxiana, lo mismo con su búsqueda de una relación entre las categorías centrales de El capital que se acerque lo más posible a la relación morfológica que guardan las mismas en el idioma alemán, de modo que pueda transmitirse el rigor y la unidad del texto original Por ejemplo: valor-plusvalor, plustrabajo-plusproducto-plusvalor, ajeno- enajenación, etc. Si no por razones gramaticales o científicas, sí por razones políticas me parece que aun aceptando la proposición de Scaron no es fácil, ni quizás conveniente, prescindir al menos de inmediato, y sobre todo cuando se trate de trabajos militantes sobre la obra de Marx, de términos marxianos plenamente consagrados en nuestro idioma; por ejemplo, plusvalía o trabajo excedente.

En donde ya no se puede seguir a Scaron es en afirmaciones de este tipo: El capital es el libro más importante de nuestra época. “Lo que distingue a Marx no es el no haber sido discípulo de nadie, sino que supo aprender de sus pocos maestros más que cualquier discípulo y que logró superarlos” (cursivas mías). ¿Por qué es más importante, en qué? No, amigo Scaron, la beatería no llega a ninguna parte. Más útil que estos golpes de pecho hubiera sido señalar el objeto de El capital y las razones de su vigencia actual, tratando de señalar aquellos puntos esenciales que lo convierten en un texto indispensable para combatir al mundo capitalista y sus perros guardianes. ¿Que esto no es tarea de una advertencia? Bien, pero entonces para qué perder el tiempo en alabanzas vacías de contenido a Marx y su obra.

Para este comentario cito indistintamente de los siguientes escritos de Pedro Scaron: “Advertencia del traductor” (tomo I/1), “advertencia a la presente edición” (tomo II/vol. 4), “Notas del editor” (tomo III, vol. 8), “Sobre las traducciones de El capital (revista Zona Abierta 9-10).

Héroes del destierro

traducción de Isabel Fraire, editorial Domés, México, 1981, 192 pp.

Jorge Alonso

MARX PARA DESTERRADOS

La primera edición en castellano de esta obra que el propio Marx quiso publicar (lo que la policía alemana evitó en su momento), deja algunas preguntas en el aire: en la presentación se informa que hubo una primera traducción de la obra al ruso en 1930, mientras que en alemán apareció hasta 1960, y, aunque se acredita como traductora a Isabel Fraire, no se cita la fuente a partir de la cual se hace esta versión.

El original de Marx constaba de los XV cantos en los que da cuenta de los integrantes de la emigración alemana que produjo la revolución de 1848. Sin embargo, el lector tendrá dudas respecto al apéndice, donde, sin dar tampoco la fuente, se ofrecen 10 documentos: Una carta de Marx, Engels y Willich para su publicación en Spectator del 15 de junio de 1850, sobre los espías de Prusia en Londres; un reportaje aparecido en Morning Advertiser el 26 de octubre de 1852 sobre el mismo tema; una carta de Marx, Engels y Freiligrath del 28 de octubre de 1852 dirigida al director de People’s Paper respecto a los juicios contra los comunistas en Colonia; un informe sobre estos juicios aparecido en The Times el 12 de octubre de ese mismo año, una carta de Marx al director del Morning Advertiser del 30 de octubre sobre el mismo tema, y otra más firmada por Marx, Engels, Wolff y Freiligrath del 20 de noviembre, un artículo de Marx que apareció en el New York Tribune el 18 de abril de 1853 acerca de la conspiración de Berlín”; un informe sobre el tema aparecido cuatro días antes, y un comentario de Marx del 9 de abril de ese año sobre las confesiones de Hirsh donde da a conocer que el panfleto sobre los emigrados fue vendido por Bangya a la policía en lugar de haberlo entregado a un editor como había prometido. En ese comentario Marx sintetiza el contenido de la obra: “En él había atacado a los charlatanes del momento, por supuesto, no como revolucionarios peligrosos para el Estado, sino como pajas en el viento de la contrarrevolución” (p. 172). El apéndice cierra con una biografía de Kinkel escrita por Charles Dickens publicada en Household Words el 2 de noviembre de 1850.

Ninguno de los personajes se salva de la corrosiva pluma de Marx. Así, nos describe a un Godofredo Kinkel como iluso y romántico egocéntrico, y sigue detenidamente en sus peripecias amorosas y aparentemente revolucionarias. Ridiculiza a Gustavo Struve. Cuando le toca su turno a Arnoldo Ruge, dice de él: “cabalgando siempre valientemente entre sus propias contradicciones, trataba de librarse de la condenación de los teóricos mediante el recurso de declarar que su propia teoría llena de fallas era ‘práctica’, mientras desarmaba al mismo tiempo a los críticos prácticos interpretando su torpeza e incoherencia en el terreno práctico como pericia teórica”. Ruge, a quien no le gusta estudiar, se convierte, sin embargo, en una fábrica de manifiestos, proclamas, pronunciamientos y clichés llenos de arrogancias y astucias. Pretendía formar un partido con una masa que lo apoyaría totalmente y a la que comandaría como jefe militar. Se permitía todo tipo de “bajas acciones” porque su bajeza surgía de “motivos buenos”. Marx no perdona el oportunismo de todos estos emigrantes, y uno a uno los desenmascara. De R. Heinzen nos aclara que sin haber participado directamente en ninguna de las revoluciones europeas, “se había desplazado muchísimo en su nombre” (p. 76). Irónicamente nos informan que dicho individuo “tuvo la satisfacción de hacer que la revolución pagara su avance y la contrarrevolución su retirada”. Acusa a esa industria mendicante que utilizaban para explotar a los trabajadores y denigrarlos. De Ronge nos hace saber que es de esos tipos, frecuentes en la historia, que “sólo siglos después de su auge y desaparición empieza a entender un movimiento, y que luego, como niños, reproducen el contenido del movimiento como si estuviera recién descubierto” (p. 107). Así desfilan sin salvarse de la sátira Hauck, Oppenheim, Faucher, Sigel Fickler, Goegg, Willich, Blannc, Blanqui. Y con su agudeza acostumbrada hace trizas a estos “maquiavelos democráticos” (p. 133), a sus entendimientos privados y abortados, sus fracciones, sus “partidos”, sus divisiones y rivalidades, sus ataques y guerras de papel, sus acusaciones y amarguras, su “buen vivir” como emigrantes, sus ridículas pretensiones y sus insignificantes acciones, sus proclamas, gobiernos provisionales, etc. Denuncia la utilización que hacían estos “jefes” de las masas que les seguían a las que dejaban “en cuanto lograban sus propósitos” (p. 133). En torno a Willich, Marx señala dos cuestiones importantes: el tipo de su organización y sus efectos reales en la revolución, y el tipo de liderazgo que ejercía. Los intentos de organización de los emigrados terminaban en pleitos “comunes y corrientes entre tontos” (p. 124). Daban pretexto al gobierno alemán para detener a los auténticos revolucionarios, para reprimir los movimientos, para utilizarlos como “espantapájaros” de las clases medias. “Lejos de constituir peligro alguno, para el status quo, estos héroes del destierro únicamente deseaban que todo se apagara en Alemania para que se oyeran mejor sus voces y el nivel general del pensamiento descendiera tanto que hasta enanos como ellos parecieran descollar” (p. 124). De esta forma Marx hace ver cómo esos pretendidos partidos eran sólo “pandillas”. “El jefe no siempre puede comportarse como oficial riguroso, con frecuencia debe halagar a sus hombres y ganárselos individualmente y con ayuda de caricias físicas”. Tales jefes tienen astucia, capacidad para la intriga “y una bajeza práctica disimulada” (ibid). Generalmente se rodean de fieles que provienen del lumpen o que rápidamente se asimilan a éste. Con un cuerpo de ideas fijas, tienen que ser hábiles en el sermón y en la propaganda didáctica. Sus secuaces son básicamente un grupo selecto al que tiene que mantener en continuo movimiento. La autoridad moral es básica para aglutinar. Tales seguidores deben tener la convicción de que la victoria llegará al día siguiente; se debe suscitar en ellos la certidumbre moral de que todo comenzará “en las próximas dos semanas” (p. 129). El jefe debe verse siempre amenazado por enemigos y como supuestamente él es el noble, aquellos son los innobles que están dispuestos a envenenarlo o a clavarle un puñal pues lo odian “por su bien merecida popularidad”. De esta forma se genera en el núcleo de allegados un “cómodo parasitismo” que vive a costa de los trabajadores. Marx destaca que estos pobres hombres de ideas fijas, que enfáticamente afirman que nunca mienten, reinan entre quienes carecen de ideas (p. 130). Es un medio como el mexicano donde nadie desconoce que alrededor de emigrantes auténticamente revolucionarios se han establecido oportunistas que medran a costa de la represión desatada en sus países en un ambiente político donde los rasgos señalados por Marx para escribir a aquellos jefes servirían para estudiar a algunos de los que dirigen grupos que se autodenominan revolucionarios, este escrito de Marx cae como denuncia presente.

El desorden monetario internacional

José Manuel Quijano. Economista uruguayo, ganador del Premio Nacional de Economía, 1979. Este trabajo fue presentado en el Seminario sobre Políticas para el Desarrollo Latinoamericano, organizado por Cecade (Centro de Capacitación para el Desarrollo). El autor agradece sus comentarios a Jaime González, Roberto Bouzas, Sofía Méndez, Guillermo Anaya.

La década de los setenta fue de desorden y confusión en el campo monetario y financiero. Las reglas establecidas veinticinco años antes volaron formalmente en pedazos en 1971. La caída de la libra esterlina y la estrategia de Estados Unidos con respecto al dólar en los últimos dos lustros son aspectos centrales de esa explosión, lo mismo que los intentos defensivos y ofensivos de la Comunidad Económica Europea y de Japón en el campo monetario. La otra cuestión básica es el papel activo del ámbito financiero en los años setenta, sobre todo desde que la crisis internacional exacerbó la pugna entre los Estados y las burguesías nacionales por el control de nuevos y antiguos mercados. De estas cosas tratan las líneas que siguen.

LA ERA BRITÁNICA

Durante el predominio del patrón oro, es decir el patrón hegemónico libra(1) Gran Bretaña gobernaba la moneda y las finanzas mundiales fincada en tres asimetrías o desigualdades básicas: a) la asimetría entre los bancos británicos y los bancos del resto del mundo, una deformación en la estructura de créditos y deudas a nivel mundial, según la cual los bancos de otros países europeos -en atención al uso generalizado de la libra en el intercambio internacional- debían conservar activos líquidos, en libras, en mayor proporción de lo que los bancos ingleses conservaban en activos líquidos en otras monedas. b) la asimetría de una deuda externa inglesa para la cual el resto del mundo pagaba intereses debido a la capacidad de conceder créditos de la economía británica. Los bancos ingleses financiaban a gobiernos extranjeros no europeos (en la terminología británica: “a los nuevos países”), pero un alto porcentaje del crédito se depositaba en instituciones financieras británicas. De hecho, entonces, lo que en verdad era deuda de Inglaterra dejaba a ese país un rendimiento financiero por el diferencial de costos entre la operación activa (préstamos al “nuevo país”) y la pasiva (depósito en una institución inglesa). Los grandes bancos de la City londinense fueron, por consiguiente, los implantadores de la actividad financiera moderna: todo préstamo (activo del banco) es, al mismo tiempo, un depósito (pasivo del banco).(2) c) la asimetría en los flujos financieros de origen privado que fluían hacia Londres pese a los intentos de neutralización de los demás países. Un movimiento al alza de las tasas de interés en el mercado de Londres reforzaba de inmediato esa tendencia y generaba tensiones en la balanza de pagos de Alemania y Francia, que a su vez reaccionaban elevando sus tasas de interés, de donde se desprende que Gran Bretaña regulaba la estructura de tasas de interés a nivel mundial.

Las decisiones de la City obligaban a ajustes inmediatos en los otros centros que, a su vez, intentaban transmitir hacia sus zonas de influencia los efectos negativos de la decisión inicial. Bajo este ordenamiento jerarquizado de efectos concéntricos de la era británica, funcionó el mundo hasta la guerra de 1914.

Justamente en vísperas de la primera guerra ese ordenamiento empezó a mostrar su debilidad. Por un lado, las desestabilizaciones provocadas por las fluctuaciones cíclicas de la economía norteamericana eran compensadas cada vez con más dificultad por los excedentes de la India (pese a su avance industrial y agrícola, a fines del siglo XIX Estados Unidos era una colonia financiera británica que carecía, incluso, de Banco Central propio).

Por el otro, París y Berlín operaban con creciente éxito como centros financieros. Los alemanes en particular, con sus grandes bancos que dieron origen a la banca universal o múltiple, utilizados como punta de lanza para colocar sus exportaciones, ganaban nuevos mercados o desplazaban a los británicos de los mercados tradicionales. Con una moneda más inestable que la libra, los alemanes recurrían a los créditos para la exportación (tres, seis y hasta doce meses), en condiciones mucho más flexibles que las de sus competidores. Lentamente, fueron creando una zona marco.(3)

No obstante, en 1914, Gran Bretaña seguía siendo el “centro del mundo”, y aunque salió de la primera guerra con una economía debilitada, tenía el firme propósito de recuperar la posición rectora. Su fracaso -en parte resultado de la contrapolítica estadounidense- dejó abundantes enseñanzas, sobre todo para los norteamericanos en la década de los setenta. El problema clave del gobierno británico era discernir la política más adecuada, en las condiciones de los años veinte, para recuperar la conducción de la economía mundial. Con un predominio declinante en el campo productivo, que se desplazaba hacia EU, ¿cómo asegurar un papel preponderante en el intercambio mundial de mercancías?

Puesto que Estados Unidos tendía a convertirse en el gran receptor de las reservas de oro mundial, Inglaterra propuso en la conferencia de Génova (abril 1922) la adopción del gold exchange standard (GES) por el cual dos países, EU y Gran Bretaña, se convertían en “naciones de reserva”: el resto del mundo debería depositar en ellas sus tenencias de oro y recibir a cambio letras o títulos gubernamentales fácilmente negociables y que devengaban interés. Presionada por una fuerte deuda de guerra, Inglaterra buscaba regular su colocación de títulos en el resto del mundo, o más claramente: “esperaba que la posición tradicional de Londres como banquero del mundo le aseguraría la ‘parte del león’ en las reservas mundiales de oro”.(4)

EL ASCENSO ESTADOUNIDENSE

El otro punto clave fue motivo de acaloradas polémicas y tenía que ver con el papel de la libra como patrón hegemónico. Antes de la guerra cada libra se cotizaba a 4.86 dólares. En 1920, con la economía británica debilitada y con una inflación interna superior a la de Estados Unidos, cada libra se pagaba en el mercado a 3.38 dólares.

Dos estrategias distintas se plantearon entonces. Una de los banqueros británicos y otra que podríamos vincular a los medios académicos y cuyo máximo exponente fue John Maynard Keynes. El Banco de Inglaterra y el Tesoro británico razonaban en estos términos: para que la libra regresara a su posición de patrón hegemónico era preciso revaluarla, situando su cotización en el nivel de la preguerra, 4.86 dólares por unidad. La revaluación -sostenía- mantendría la confianza en la libra, reforzando su posición de moneda de reserva y evitaría que Nueva York se convirtiera en el eje financiero del mundo. Una libra fuerte revalorizaría también las inversiones directas que Inglaterra tenía acumuladas en el extranjero. Por último, dado que Inglaterra había contraído una fuerte deuda de guerra con Estados Unidos (casi 5 mil millones de dólares) la revaluación de la libra facilitaría el pago de esa deuda. La estrategia, se dijo, tenía un punto débil: desestimulaba la exportación de mercancías. La inflación relativamente más alta en Gran Bretaña afectaba a la balanza comercial, si además se revaluaba la libra era previsible una importante pérdida de competitividad.

Estados Unidos empezó a inclinarse desde 1979 por la revaluación de su moneda. Uno de los elementos que contribuyeron a la medida fue el fin de la distensión, que propiciaba el fortalecimiento de las economías europeas. 

Para balancear ese efecto negativo, después de intensos debates, Londres se inclinó por la política de mantener zonas relativamente cerradas de comercio con Europa y las colonias con lo cual, al menos en teoría, se obtendrían las ventajas de la revaluación de la libra sin afectar la balanza comercial. La historia del fracaso de este plan británico se explica en buena medida por la gran dependencia inglesa con respecto al resto del mundo -lo cual hace su experiencia poco comparable con el caso actual norteamericano- y muestra el alto costo de empeñarse en mantener, aún contra la corriente, un patrón hegemónico.(5)

Hacia 1925 la estrategia diseñada por el Banco de Inglaterra hacía agua por todos los costados. Estados Unidos, que desde la salida de la guerra abogaba por un retorno al patrón oro (puesto que empezaba a tener grandes reservas de metal), lanzó una estrategia para neutralizar a los ingleses en dos terrenos claves: la alianza europea y las colonias.

En cuanto a la alianza europea, después de Génova, Gran Bretaña intentó aplicar el GES en el continente. Sus primeros movimientos fueron hacia Austria y Hungría, que quedaron vinculados a la libra por el GES. Pero cuando se propuso incorporar a Alemania al mismo esquema, Estados Unidos movió su influencia para neutralizar la operación. Francia, rival de Inglaterra y en alianza con Estados Unidos, fue pieza clave para los movimientos norteamericanos. Con grandes reservas de oro, fuertes ingresos por las indemnizaciones de guerra y un incremento importante en sus exportaciones de mercancías que competían ventajosamente con los productos británicos, los franceses encontraban más provechoso respaldar las posiciones de Estados Unidos que las de Inglaterra. Mientras Londres acercaba a su política a Austria y Hungría, París montaba los planes estabilizadores en Polonia y Rumania. Hacia 1925 era evidente que el bloque europeo, comandado por Gran Bretaña, había fracasado. Quizá el punto de inflexión se presentó cuando Alemania, siguiendo la tesis norteamericana se adhirió al patrón oro.

A este fracaso en el frente europeo se añadió el de ultramar: Estados Unidos penetró en las colonias británicas. El primer rebelde fue Sudáfrica cuyo gobierno invitó a expertos financieros norteamericanos para que lo asesoraran. Naturalmente, los expertos demostraron en sus informes que Sudáfrica obtendría notorias ventajas si abandonaba los lazos preferenciales con la City londinense y cambiaba sus vínculos financieros a Nueva York. En enero de 1925 y sin previa consulta con Inglaterra, Sudáfrica se adhirió al patrón oro. Canadá y Austria, alegando que la capacidad de financiamiento de Estados Unidos era notoriamente superior a la de Gran Bretaña, iniciaron movimientos para sumarse también al patrón oro.

El aislamiento económico amenazaba a los ingleses: “todos los dominios tendrán comercio con Estados Unidos en base al oro… habría oro respaldando al dólar y no a la libra; esto sería desastroso”, reconocía un documento del tesoro británico de la época. Por fin, haciendo manifiesta su debilidad, Inglaterra se incorporó en 1925 al patrón oro pero, sin abandonar su esperanza de mantener a la libra como patrón hegemónico, fijó la paridad en 4.86 dólares por libra. Seis años después forzada nuevamente por las circunstancias, Gran Bretaña abandonó el patrón oro.

Entretanto, la sobrevaluación de la moneda británica había contribuido a un vertiginoso descenso de sus exportaciones, mientras Francia, Alemania, Bélgica y Estados Unidos avanzaban sobre los mercados que antaño pertenecían a los ingleses.

Sintetizando lo que ocurrió en los años veinte Triffin ha dicho: “En los años siguientes (a la primera guerra), la libre fluctuación de los tipos de cambio fue del todo incapaz de restaurar una estructura competitiva de precios y costos en el comercio de las principales naciones; tampoco pudo inducir la adopción de políticas monetarias compatibles con un grado siquiera moderado de estabilidad en los precios y los tipos de cambio, y en conseguir una suerte de equilibrio sostenible en el comportamiento de la balanza de pagos del mundo. En lugar de ello, la fluctuación estimuló movimientos de dinero especulativo (…) la salida de dinero especulativo de los países de Europa, hacia Gran Bretaña obligó a los primeros a adoptar tipos de cambio fundamentalmente subvaluados y a un tipo sobrevaluado a la segunda, desatando así grandes fuerzas expansionistas en el continente aunque provocando una profunda y repentina disminución en las exportaciones, la actividad económica y el nivel de ocupación en Gran Bretaña”.(6)

EL DILEMA DEL DÓLAR

Conviene recordar aquella historia porque durante los años setenta a los norteamericanos se les plantearon algunos dilemas similares a los que encararon los británicos entonces. El principal de ellos: mantener a toda costa la fortaleza del dólar o devaluar la moneda para ganar competitividad a nivel internacional. En los hechos, durante los años setenta Estados Unidos practicó una política devaluadora de su patrón monetario.(7) Así entre 1970 y 1979 el yen japonés se revaluó en 38.8% y el marco alemán en 49.9% con respecto al dólar. Si observamos la posición competitiva a través del precio de exportación de manufacturas (con 1970=100) resulta que:

Años

Japón

Alemania

USA 

1975

102

109

90

1976

102

114

90

1977

105

115

89

1978

117

117

85

1979

108

114

84

1980

104

107

84

1981

106

102

88

Fuente: OECD, Economic Outlook, varios números.

La persistente caída en términos relativos del dólar suele tomarse como explicación del dinamismo de las exportaciones estadounidenses hacia finales de los setenta y especialmente en 1979 y 1980. Sí tomamos la tasa de crecimiento de las exportaciones de Alemania, Japón y Estados Unidos, resulta que:

Crecimiento de exportaciones respecto al año anterior

Años

Japón

Alemania

USA 

1975

0.63

1.5

8.9

1976

20.4

7.3

7.1

1977

20.1

14.6

5.0

1978

20.6

21.4

17.8

1979

5.9

20.5

28.3

1980

25.8

14.4

22.4

Promedio

15.6 

13.3

14.9

Fuente: OECD, Economic Outlook, varios números.

Vinculando ambos cuadros puede percibirse que en el caso de Estados Unidos los años de mayor crecimiento de las exportaciones corresponden a los índices más bajos en el precio de exportación de manufacturas. En el caso de Japón se detecta el intento de evitar una mayor valoración del yen cuando las exportaciones pierden dinamismo. En el caso de Alemania, por último, los años de mayor crecimiento en las exportaciones corresponden a los de mayor valoración del marco (1978 y 1979) y la caída posterior de esa moneda se acompaña asimismo de un menor crecimiento en las exportaciones (1980). Estos datos sugieren que aún para los países desarrollados además del precio hay otros elementos claves, como el financiamiento que acompaña a la exportación. 

La opción devaluadora para ganar competitividad en el mercado internacional tenía, sin embargo, varios inconvenientes. En primer lugar, contribuía a debilitar al dólar en su pretensión de patrón hegemónico. En segundo lugar, mientras el dólar siguiera usándose en los intercambios internacionales, su devaluación tenía el paradójico efecto de beneficiar a Europa y Japón. En efecto, las importaciones europeas y japonesas de petróleo, con precios en dólar, se depreciaban relativamente con la caída del dólar y se revaluaban relativamente con su ascenso. Cuantificando este efecto, los norteamericanos llegaron a la conclusión de que una revaluación de su moneda equivalente a una caída de 1% en el valor del marco significaba, en 1979/80, un incremento para los alemanes de aproximadamente 700 millones de marcos en el valor de las importaciones petroleras.

En tercer lugar, los gobiernos norteamericanos han tomado siempre en cuenta la correlación inversa que existe entre los movimientos del dólar y del oro: las estadísticas muestran que el debilitamiento del dólar fortalece al oro y viceversa. Toda estrategia basada en un dólar relativamente débil para elevar la competitividad de las exportaciones norteamericanas, se enfrenta entonces a la realidad de que beneficia a los principales productores de oro en el mundo: Sudáfrica y, sobre todo, la URSS.

En cuarto lugar, debe tomarse en cuenta el traspaso, entre los distintos polos, del costo de las políticas acordadas para sostener al dólar. En los años sesenta y comienzos de los setenta las tendencias al debilitamiento del dólar se controlaban, parcialmente, por masivas adquisiciones de esa moneda por los bancos centrales europeos, y en especial por el Banco Central de Alemania. Presionado por la necesidad y por la resistencia de los europeos a continuar oficiando de soportes del dólar, el gobierno de Carter admitió por fin que el dólar debía regularse en atención a las “libres fuerzas del mercado”. En los hechos tal admisión significaba que la función interventora o reguladora quedaba íntegramente en las manos de Estados Unidos: ante una tendencia hacia la depreciación relativa del dólar que la Reserva Federal considerara inconveniente, debía lanzar marcos o yens o francos suizos al mercado para evitar las variaciones en los tipos de cambio.

Este traspaso, que refleja una nueva relación de fuerzas en el mundo, implica una modificación sustancial en la asimetría básica característica del periodo del patrón hegemónico pleno, cuando Estados Unidos imponía su moneda como reserva de los bancos centrales europeos sin que, en contrapartida, la Reserva Federal debiera conservar monedas de Europa y Japón. Ahora, al asumir la función interventora en defensa del dólar, Estados Unidos debía procurarse francos suizos, marcos y yens. Adquiriendo estas monedas en el mercado libre, sobre todo vía la contratación de créditos, toda depreciación del dólar significaba entonces una apreciación de la deuda norteamericana.

En quinto lugar, deben tomarse en consideración los acuerdos entre Arabia Saudita y Estados Unidos. Desde hace años se mencionan en las revistas especializadas los “acuerdos secretos” entre el Tesoro Norteamericano y la SAMA (Saudi Arabian Monetary Agency). La publicación británica International Currency Review difundió a fines de 1980 y comienzos de 1981, el contenido de esos acuerdos: los sauditas se comprometían a adquirir, con parte de sus excedentes petroleros, títulos emitidos por el Tesoro norteamericano. En los hechos, la operación implicaba un doble financiamiento concedido a Estados Unidos. De una parte, el financiamiento que puede estar asociado a la adquisición de petróleo; de la otra, el compromiso de la SAMA de adquirir títulos norteamericanos. Pero un requisito vital para que los sauditas siguieran colocando excedentes en títulos del tesoro era, precisamente, que la moneda estadounidense no se depreciara continuamente con respecto a otras monedas fuertes. Una estrategia orientada a la devaluación del dólar, sumada a la inquietud que generó entre los árabes el congelamiento de los activos iraníes, afectaba esos acuerdos y ponía en entredicho la influencia norteamericana en Medio Oriente así como el papel que Estados Unidos ha asumido, desde 1974, en el reciclaje de los excedentes petroleros.(8)

LA OFENSIVA DE WASHINGTON

Según todas las evidencias, Estados Unidos empezó a inclinarse desde comienzos de 1979 por la revaluación de su moneda. Cuán persistente sea este intento y hasta cuándo puedan sostenerlo, es un punto de difícil predicción. Pero es claro que uno de los elementos que contribuyó a la apreciación del dólar fue el fin de la distensión.

En efecto, la distensión contribuía al fortalecimiento de las economías europeas y en particular de la economía alemana y del marco, principal rival de dólar en el mercado internacional. El embargo cerealero decretado por Carter luego de la ocupación soviética de Afganistán y los acontecimientos siguientes (sobre todo la situación en Polonia), que contribuyeron a enfriar las relaciones entre las superpotencias, tuvieron su incidencia en el debilitamiento del marco alemán.

Hacia finales del gobierno de Carter los estadounidenses se lanzaron a la política de tasas altas iniciando lo que se ha dado en llamar “la guerra de la tasas de interés”

En segundo lugar, para fortalecer al dólar era preciso hacer atractivos los depósitos en esa moneda. Los gobiernos estadounidenses vacilaron con frecuencia ante la recomendación de algunos de sus expertos en el sentido de que elevaran sus tasas de interés. Sin duda, la elevación de tasas profundizaría la recesión interna. Por fin, parecen haber llegado a la conclusión de que la medida era imprescindible.

Los partidarios de la medida han razonado en estos términos: profundizando la recesión se abatirán relativamente las importaciones, lo cual contribuirá a mejorar la balanza de cuenta corriente norteamericana; elevando las tasas de interés se estimularán los depósitos en dólares y esto contribuirá a reforzar la moneda.

Hacia finales del gobierno de Carter los estadounidenses se lanzaron a la política de tasas altas iniciando lo que se ha dado en llamar “la guerra de las tasas de interés”. En diciembre de 1980, por ejemplo, los certificados de depósitos a tres meses, en dólares, dejaban un rendimiento 10 puntos por encima que los depósitos en marcos y 15 puntos por encima que los hechos en francos suizos.

El tercer paso en esta estrategia para recuperar posiciones se espera para este año, cuando los bancos norteamericanos -que durante años reclamaron que la Reserva Federal les permitiera convertir a Nueva York en un centro financiero-, inicien con más libertad sus operaciones con no residentes.

En noviembre de 1980 la Reserva Federal anunció que los bancos que operan en Nueva York contarán con “facilidades bancarias internacionales” desde octubre de 1981. “El principal efecto del establecimiento de estas facilidades -comentaba The Banker (febrero 1981) será `repatriar’ parte del mercado de euromonedas hacia Estados Unidos”. Y admitía: “De alguna manera es anómalo que un mercado tan grande esté localizado fuera del país cuya moneda, el dólar norteamericano, es la principal moneda que se usa en el mercado”.

Las predicciones de la revista sugieren que las principales plazas perjudicadas por esta medida de la Reserva Federal serán, precisamente, Londres, Bahamas y Caiman.

Predicción sobre el sesgo en la localización geográfica del

mercado de Euromonedas (%)

1980

1985

1990

Londres

32

25

20

Bahamas y

Caiman 

11

5

2

Nueva York

12

18

Otros centros financieros

57

58

60

Total

100

100

100

Fuente: Grindlays Bank, citado en The Banker, feb. 1981.

Muchas dudas se abren acerca de la viabilidad de esta política revaluadora del dólar. Por una parte, se presume que el fortalecimiento del dólar afectará las exportaciones de Estados Unidos. Por otra, como señalaba Forbes en abril de 1980, “será muy difícil para cualquier gobierno norteamericano mantener las tasas de interés durante la recesión, con todos los costos que implicaría, para la economía interna, sobre el empleo y el producto”.

Pero más importante que estas batallas por recuperar posiciones es desentrañar lo que parecen ser las tendencias que comienzan a perfilarse. Los europeos, como se sabe, apuestan desde hace algunos años al desarrollo global de su Sistema Monetario, que incluye el Fondo Europeo de la Cooperación Monetaria y una moneda propia, el ECU, para desligarse del dólar. Todo parece indicar, asimismo, que los japoneses promueven la formación de la zona yen apoyada en un bloque comercial en el Pacífico. Parecería que la posibilidad del reparto del mundo entre zonas monetarias se refuerza.

En el caso de los europeos, el solo hecho de que dentro de la comunidad se realice un intercambio comercial promedio siete veces superior al que Europa lleva a cabo con Estados Unidos, pone en evidencia el absurdo de que transacciones dentro de la CEE se realicen en dólares, sobre todo cuando esta moneda es inestable y está sujeta a movimientos de depreciación o apreciación, como se ha visto en los últimos años. Por añadidura, con cada variación del dólar los distintos miembros de la comunidad reaccionan en forma dispareja. Ante la depreciación del dólar, por ejemplo, en un primer momento, el gobierno alemán adquirió la moneda norteamericana, en un intento de sostenerla, pero por fin suspendió las compras y dejó que el marco se apreciara. Simultáneamente, otros miembros de la comunidad, preocupados por el impacto que la devaluación del dólar tendría sobre las exportaciones de Estados Unidos (o, lo que es lo mismo, sus importaciones) intentaban devaluar simultáneamente con la moneda norteamericana. Como resultado de las distintas reacciones el propio proyecto comunitario se veía sometido a tensiones. Los intentos por desarrollar el ECU, con el respaldo ponderado de las distintas monedas de la comunidad, se vinculan no sólo al uso de una unidad propia en las transacciones intereuropeas. Se han hecho contactos con algunos países exportadores de petróleo, en particular con SAMA (Saudi Arabian Monetary Agency) para que el ECU se acepte como medio de intercambio y medio de pago en las transacciones petroleras entre Europa y los países árabes. Según la versión europea los árabes habrían demostrado interés.

LA ESTRATEGIA JAPONESA

Por su lado, los japoneses han mantenido la fortaleza del yen que no ha perdido posiciones, debido fundamentalmente a la alta productividad relativa de Japón, la perseverancia en una política agresiva de exportaciones y la afluencia de capitales que huyen de Alemania ante el enfriamiento de relaciones entre las superpotencias. En sus vínculos comerciales con el resto del mundo los japoneses realizaban, en 1973, el 11.3% de sus exportaciones en yens. Para 1979 el porcentaje había subido a 25%.

En segundo lugar, los “nuevos países industriales” del sudeste asiático -Corea del Sur, Indonesia, Filipinas y Taiwan- practican en la actualidad entre el 30 y el 40% de su comercio con Japón, y los intercambios de este país con Australia y Nueva Zelandia tienden a crecer. Según un especialista japonés “el creciente uso del yen en el financiamiento de este comercio en expansión induce a los países del Pacífico a conservar yens en sus reservas de divisas”. (Euromoney, septiembre 1980).

Los japoneses esperan que en tanto el yen mantenga su fortaleza, los países exportadores de petróleo se inclinen por conservar sus activos financieros en esa moneda. Entre 1973 y 1978 las preferencias de los países árabes se volcaron hacia el dólar y en menor medida hacia el marco y el franco suizo. Pero el congelamiento decretado por el gobierno estadounidense de los activos iraníes y el fin de la distensión, tienden a sesgar las preferencias hacia el yen. El ingreso de capitales revaluará aún más esa moneda.

La tesis de los banqueros japoneses -centrada por obvias razones en las relaciones con los países de la OPEP- puede resumirse como sigue: mientras los países exportadores de petróleo no tengan capacidad propia de reciclar sus excedentes, continuarán depositando o adquiriendo títulos en dólares, yens, marcos o ECUS y delegando la responsabilidad de atender las necesidades de los países con balanza deficitaria. Así, el desembolso del dinero petrolero será competencia de las principales economías, que deberán reexportar estos capitales hacia los países con déficit. La cuestión es si esta reexportación estará en las manos de los mercados financieros de Nueva York, Frankfurt y Tokio, o si será realizada con propósitos más exclusivos y limitados, como son los créditos atados a la exportación de mercancías de las principales economías. Esta segunda posibilidad, que es la que los japoneses consideran más plausible, formaría “zonas de rescate” de las economías deficitarias asociadas a las distintas potencias, que se volverían a su vez zonas comerciales y zonas monetarias.

De hecho, lo que está expresando esta pugna entre los países industrializados es, por un lado, la debilidad del dólar en la tendencia de largo plazo y, por el otro, la inexistencia de un nuevo polo dominante de poder que imponga su patrón monetario hegemónico a escala mundial. Mientras Estados Unidos intenta recuperar posiciones, Japón y Europa reclaman un reparto más equitativo del mundo.

EL PAPEL ACTIVO DEL ÁMBITO FINANCIERO.

Dos hechos deben tenerse en cuenta, pues están en la base de la inestabilidad financiera de los años setenta: a) el mundo se ha vuelto “multipolar” y otros dos centros capitalistas (Europa y Japón) compiten por los mercados para colocar sus mercancías y exportar sus capitales; b) tiende a generalizarse una crisis de sobreproducción en las principales economías capitalistas que contrae la inversión en los mercados locales y hace más áspera la pugna por los mercados externos. Esta pugna acentúa el papel activo del ámbito financiero: acentúa el estrechamiento de los vínculos entre la actividad bancaria, la industrial y la comercial. (9)

Las razones de este “papel activo” son diversas; aún antes de la multipolaridad ya servía como mecanismo de defensa. En primer lugar, como lo demuestra una abundante literatura francesa, la resistencia interna a la penetración de las filiales norteamericanas durante los años sesenta se organiza a partir de la generación de un poder similar capaz de enfrentarse al invasor y que se logra articulando la actividad del Estado, la de los bancos y la de las empresas industriales y comerciales públicas y privadas.

En segundo lugar, la pugna por los mercados hace imprescindible que los bancos redoblen sus esfuerzos como punta de lanza para ganar zonas de exportación o de abastecimiento. En tercer lugar, planteada la recesión en las economías centrales y reforzada por tanto la pugna por nuevos mercados, la inversión real se contrae en las seis principales economías del sistema (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Italia, Alemania Federal y Japón) con lo cual a) la demanda de crédito en los mercados nacionales se contrae, liberando liquidez hacia el mercado internacional y b) los excedentes de las empresas no se recanalizan al campo productivo y tienden a valorizarse en el campo financiero. De ahí los Fondos de Administración (Personal Investment Corporations) que crean los bancos transnacionales, en donde se asegura un rendimiento mínimo para la colocación pero se deja abierta la posibilidad, si el manejo de los recursos es exitoso, de un rendimiento más atractivo que el que corresponde a un mero depósito a interés.

Si en los dos primeros casos resulta evidente que las fracciones bancaria e industrial del capital persiguen objetivos globales, en el tercer caso se percibe una aparente desvinculación, sobre todo a partir de la actividad esencialmente especulativa que deben cumplir los bancos para valorizar el capital. En este último caso los rendimientos se obtienen del mero movimiento en torno al capital dinero, lo que contribuye a fomentar la liquidez en el mercado internacional de préstamos y, también, a magnificar el papel de los bancos a nivel mundial.

En términos microeconómicos, el papel más activo del ámbito financiero exige una nueva estructura de la empresa bancaria, volcada a prestar “todos los servicios” (recibir depósitos, asesorar a empresas, operar con acciones en la bolsa, administrar recursos, etc.). Por consiguiente, la banca universal o banca múltiple, de origen alemán, comenzará a extenderse a las empresas bancarias de casi todos los países desarrollados.(11)

En términos macroeconómicos, el papel activo del sistema financiero se expresa en diversos órdenes.

1. Una nueva organización del mercado internacional de préstamos que, a partir de centros financieros tradicionales (Londres) o nuevos centros financieros (en algunos países pequeños, subdesarrollados), permite a los bancos operar sin las restricciones que imponen las autoridades monetarias nacionales. De jure y de facto la actividad con “no residentes” en los centros financieros no está sujeta al control de actividad supranacional alguna.

2. Una relación de los flujos financieros mundiales de tal suerte que los países subdesarrollados que en 1973 significaban apenas el 26% de la deuda contratada en el mercado internacional de préstamos, representaban en 1979 el 40.6%.

3. Un reordenamiento de las funciones asignadas desde la segunda posguerra a los organismos financieros internacionales y a la banca privada internacional. En 1970 esta última significaba sólo el 10% en la estructura de la deuda pendiente de 96 países subdesarrollados pero en 1979 superaba el 40%.

4. Una revalorización del crédito como arma comercial, fenómeno que resulta evidente a principios de los ochenta. En verdad, la “guerra de las tasas de interés” se acompaña de la “guerra de los créditos para exportación”. Es interesante comprobar que esta guerra se orienta, fundamentalmente, hacia los países subdesarrollados. Los países de la OECD, como se sabe, firmaron en julio de 1976 el “Arrangement on Guidelines for Officialy Supported Export Credit”, acuerdo parcialmente modificado en 1978. En esencia, el convenio se refería a tasas de interés (7.5 a 7.75% en los créditos de exportación concedidos a los subdesarrollados) y plazos máximos (10 años, para el mismo grupo de países).(12)

En diciembre pasado, no obstante, el gobierno de Estados Unidos anunció que empezaría a conceder créditos ligados a la exportación con madurez promedio de 20 años. Poco después (enero) el gobierno británico, alegando que los franceses practican desde tiempo atrás una “competencia desleal”, hizo público que comenzaría a conceder fondos de ayuda atados a sus exportaciones. Casi al mismo tiempo el gobierno canadiense aprobó una partida de 900 millones de dólares canadienses para promover, por medio de ayuda amarrada a la exportación, sus ventas de productos manufacturados en el Tercer Mundo. En marzo, se supo que el Overseas Economic Cooperation Fund, que administra los programas de ayuda del Japón, dispone de 21 mil 400 millones de dólares, para el periodo 1981-85, orientados principalmente a promover las exportaciones hacia los países subdesarrollados.

El fortalecimiento del dólar afectará las exportaciones de Estados Unidos y será muy difícil para cualquier gobierno mantener las tasas de interés durante la recesión, con todos los costos que implicaría para la economía interna sobre el empleo y el producto 

Decíamos que la “guerra de las tasas de interés” se acompaña de “guerra de los créditos para la exportación”. La primera, que provoca -o tiende a provocar- la apreciación de los patrones monetarios, debe complementarse con una política que desligue parcialmente las variaciones en el tipo de cambio de la competitividad comercial. El dólar o el yen revaluados relativamente pueden afectar la exportación de mercancías de estos países, a menos que opere el elemento compensatorio de financiamiento a las exportaciones.

En la crisis, la guerra adquiere diversas modalidades.

Notas

(1) Un patrón monetario es hegemónico cuando cumple a nivel internacional las distintas funciones de la moneda: unidad de cuenta, medio de intercambio, medio de pago y reserva de valor. Distinguimos entre patrón hegemónico pleno, que corresponde a los periodos de auge, y patrón hegemónico en cuestionamiento, que corresponde a los periodos de negociación. El país emisor del patrón hegemónico se convierte en un centro rector porque, en principio, fijando su emisión regula la liquidez monetaria del conjunto del sistema o de su zona de influencia; y fijando su tasa de interés incide sobre las tasas de interés y los tipos de cambio del conjunto del sistema o de su zona de influencia. 

La clave del funcionamiento estable consiste en que el patrón hegemónico pueda hacer compatibles dos extremos contradictorios. En términos relativos, un patrón hegemónico revaluado favorece las exportaciones de capital pero puede afectar las exportaciones de mercancías; a la inversa, la devaluación del patrón hegemónico debilita las exportaciones de capitales pero fomenta las exportaciones de mercancías. En tales condiciones, el periodo de auge se caracteriza por un gran predominio, en el campo productivo, del centro rector, predominio que permite una relativa revaluación del patrón monetario hegemónico sin que esto implique afectar su balanza de mercancías. A su vez, el periodo de negociación se abre cuando el avance en el campo productivo de otros centros comienza a afectar la cuenta de mercancías del centro rector. En tales circunstancias, el patrón hegemónico tiende a devaluarse, sancionando en el campo monetario el desequilibrio que deriva de la competencia por los mercados.

(2) Este sistema fue descrito por H. Withers como un sistema “deliciosamente simple por el cual los prestatarios se convertían en prestamistas”. Withers también recogió la observación de un banquero americano, A.B. Stickney, respecto a las características peculiares del sistema: “Puede parecer paradójico, pero es literalmente cierto que mediante su espléndida organización bancaria, Inglaterra recibe interés sobre millones y millones de su propia deuda con otros países”. Marello de Cecco, Money and Empire, Oxford, 1974.

(3) El surgimiento de nuevos centros financieros tendía a modificar los circuitos financieros mundiales. Es cierto que, en un principio “mientras los banqueros franceses y alemanes insistían a menudo en que los receptores de préstamos extranjeros compraran bienes franceses o alemanes, los banqueros británicos no imponían tales condiciones porque confiaban en que, a la larga, se beneficiarían independientemente del lugar donde se gastara el dinero”. Fred L. Block: The Origins of International Economic Disorder. University of California Press, 1977. Pero esta verdad, que se basaba en el hecho evidente de que los depósitos afluían en última instancia a Londres, cualquiera fuera el origen geográfico de los préstamos, se debilitaba paulatinamente en los años previos a la primera guerra.

(4) R.G. Hawtrey: “The Genoa Resolutions on Currency”, The Economic Journal, sept. 1922; Frank Costigliola: “Anglo-American Financial Rivalry in the 1920’s”, The Journal of Economic History, vol. XXXVII, dic. 1977, No. 4. Véase, en especial, el minucioso y sugerente trabajo de Costigliola.

(5) Por esos años (1923) Keynes publicó el Tract on Monetary Reform que fue seguido por varios artículos periodísticos en los cuales cuestionaba la tesis del Banco de Inglaterra y del Tesoro. La revaluación de la libra, cuando las condiciones de la economía británica no lo permitían, tendría efectos devastadores sobre la economía inglesa. En síntesis, Keynes abogó por la devaluación de la libra: “Tarde o temprano la situación se tiene que ajustar con el aumento de las exportaciones británicas o con la disminución de las importaciones británicas. Pero esto sólo se puede lograr por medio de la depreciación de la libra. Nuestros cambios se tienen que depreciar con el fin de estimular nuestras industrias de exportación”.

(6) Triffin: El sistema monetario internacional. Amorrortu, Buenos Aires, 1968.

(7) “En buena medida la preocupación de Arabia Saudita por la salud de la moneda norteamericana deriva del hecho de que el grueso de sus reservas totales acumuladas -probablemente en torno al 80%- se mantiene en dólares o instrumentos contabilizados en dólares…” Financial Times Survey, World Banking, Part Two. Arab World I.

(8) Algunos antecedentes son necesarios para comprender la reacción norteamericana de los años setenta. Entre 1948 y 1970 la participación de Estados Unidos en la producción industrial del mundo capitalista descendió del 54.6% al 40.8%. La productividad del trabajador industrial norteamericano, que en 1960 era la más alta de las otras seis economías capitalistas desarrolladas, cayó relativamente en los diez años siguientes y en 1970 presentaba el índice más bajo de ese universo.

Las cifras son también significativas en cuanto al comercio exterior: en 1950 Estados Unidos participaba con el 26.6% en la exportación mundial de bienes manufacturados, en 1967 el porcentaje había descendido a 20.6% y en 1975 a 19.0%. Inevitablemente, el superávit en la balanza comercial norteamericana comenzó a angostarse. En 1971 Estados Unidos registró déficit en su balanza comercial. En ese año el gobierno de Nixon decretó la primera devaluación del dólar y dispuso una sobretasa del 10% a las importaciones. Véase Estados Unidos: perspectiva latinoamericana. CIDE, varios números; Roberto Pizarro: “América Latina, la nueva etapa del capitalismo y la crisis económica mundial”, Comercio Exterior, abril 1981; Survey of Current Business, varios números.

(9) Hay por lo menos tres acepciones de “papel activo” en la literatura financiera. Los banqueros suelen considerar que la función pasiva consiste en recibir depósitos y la activa en conceder préstamos. Otros autores -por ejemplo Samir Amin- a partir de los análisis de Marx y Schumpeter (el primero en los capítulos sobre reproducción simple y ampliada y el segundo en su Teoría del desenvolvimiento económico), llaman función activa al “adelanto” que requieren los empresarios para que la nueva inversión pueda generar, en avance, su nuevo mercado. Como queda dicho, entendemos el “papel activo” como el estrechamiento de vínculos entre fracciones del capital.

(10) Véase, por ejemplo, Francois Morin: “La banque et les groupes industriels a l’heure des nationalisation”, París, 1977. Para Morin, la activa participación del Estado, cualitativa y cuantitativa, desde la segunda postguerra, estaba animada por dos ideas centrales: “controlar la centralización de capitales y dirigir los grandes sectores industriales de base”.

(11) Que la banca universal o múltiple es un instrumento que hace posible la vinculación entre capital bancario y capital industrial y ha quedado claramente demostrado en algunos estudios recientes promovidos por el gobierno alemán. Estas investigaciones han llegado a la conclusión de que los bancos controlan el 10% de todas las acciones en el país y el 50% en las 100 principales compañías.

En el directorio de 74 compañías de Frankfurt, por ejemplo, se detectaron 182 banqueros, de los cuales 54 pertenecían al Deutsche, el banco más grande de Alemania. Euromoney: “The universal banks resist reform”. July 1979. Un estudio reciente comprueba que la banca universal predomina en la actualidad en Alemania Federal, Francia, Italia, Holanda, Suiza, Suecia y Japón. En el caso de Estados Unidos, donde las restricciones internas continúan vigentes, todas las ramas o sucursales en el extranjero actúan como bancos múltiples. Ver “Banking System Abroad”, Inter Bank Research Organization, London 1979.

(12) El crédito, como instrumento para fomentar exportaciones, puede revestir las siguientes modalidades: a) seguro que cubre la exportación; b) tasas de interés subsidiadas; c) fondos de ayuda ligados a la exportación; d) plazos extensos para la devolución del crédito. Normalmente, los países desarrollados cuentan con instituciones financieras orientadas a ofrecer la cobertura del seguro para sus exportaciones. Se han cuidado, sin embargo, de competir en los otros tres renglones.

Postal para Billie Upward

Sergio Pitol Narrador mexicano. Sus dos últimos libros de relatos, Asimetría (1979) y Nocturno de Bujara (1981), han sido recibidos con entusiasmo por la crítica. Postal para Billie Upward es un fragmento de la novela que actualmente escribe Pitol bajo el título tentativo de Juegos Florales.

La zorra es el Dios de la astucia y la traición: Si el espíritu de la zorra se insinúa en el hombre, entonces ese hombre pertenece a una raza maldita. La zorra es el Dios de los escritores.

Boris Pilniak

Y a la primera noche, cuando después de cenar volvieron a la casa de Gianni y se pusieron a hojear los viejos Cuadernos de Orión, comentó que varias veces había intentado escribir, sin lograrlo, una novela sobre Billie Upward, bueno, sobre un personaje parecido a Billie, que compartía con ella el mismo final.

-íQué muchacha tan dulce, Billie! -fue el escueto comentario de Gianni.

-¿Dulce Billie? -respingó.

Al salir de México habían decidido pasar buena parte de las vacaciones en Sicilia. Pero, casi sin advertirlo, tuvieron que enfrentarse al hecho de que el verano estaba a punto de concluir y no habían salido de la ciudad, ya que “Roma, sabedora de todos los recursos y añagazas necesarios para atrapar a los incautos” -como habría dicho Billie, la insoportable Billie que en tales circunstancias se revestía de un aire de ave sapiens, un pajarraco de pescuezo largo y mirada penetrante dispuesto a graznar frases lapidarias y a repartir picotazos a diestra y siniestra-, “la astuta Roma dismilada bajo su ropaje a la vez fastuoso y provinciano había acabado por engatusarlos”. Ellos, al parecer de buen grado, habían sucumbido a su hechizo.

Leonor no dejaba de repetirle durante los primeros días que lo desconocía, que se había convertido en otro, en alguien más joven, más osado, un bello aventurero, un joven discípulo de Marsilio de Padua que acabara de tocar con sus impuros dedos las páginas gastadas de un supuesto texto platónico hallado en la biblioteca de un convento anodino, un ardiente condottiero al servicio de algún príncipe feroz y refinado, un hombre del sol: un pagano. Y, en efecto, ese reencuentro con la ciudad parecía facilitarle de nuevo el trato con la vida. Sorber otra vez la leche oscura de la vieja loba, respirar su vaho pegajoso, gozar de la contemplación de las palmeras insolentes que, recortadas a un costado de la Trinitá dei Monti, sobre fachadas de color sepia, solferino o de un rojo vino desteñido lanzaban ante un cielo inalterable, en un paisaje vuelto de pronto metafísico, un alarido de procacidad y dicha, la plenitud procedente de otras tierras: “Porque Roma es la capital del Africa -había dicho un día Raúl-, como Venecia es la del Oriente”. Perderse gozosamente en un laberinto de callejones y pasadizos que de pronto desembocan en plazas principescas o en algún atrio recóndito frecuentado sólo por una legión de gatos y alguna vieja escueta, bizca, bigotona: un puñado de osamenta y nervios, un bulto envuelto en una especie de arpillera negra que varias veces al día atravesaba aquel recinto para abrir y cerrar una borrosa cripta, remover flores, encender o apagar unas veladoras, quitar una hoja seca y un poco de polvo. También a veces ese espeso tejido de corredores y pasadizos podía, después de prometer el Paraíso, desvanecerse en una avenida que por anónima hacíales recordar con cierta aprehensión que su tiempo -como todos los tiempos- sufría la obsesión de emparejarlo todo: Roma, La Paz, Londres, Dallas, Bath, Monterrey, Samarcanda, Venecia.

íQué vergüenza el océano de palabrería que una ciudad como Roma podía producir y filtrar para fatal e impunemente anegarle a uno el alma!, se repitió mil veces ese verano. Imposible permanecer mudo ante la Sixtina, el Capitolio, el retrato de Inocencio X o la Paolina. Aun en el caso de que uno viajara solo y por lo mismo pudiera darse el lujo de no hablar, el lugar común no dejaría de insistir, nublaría obtusamente la conciencia, entorpecería algún embrión de idea, disminuiría o pospondría cualquier razonamiento que pretendiera no quedarse sólo en la superficie como con desmayo lo supo hasta el propio Berenson apenas puso un pie en Italia, y si, como en su caso, iba acompañado por una esposa que por primera vez ponía el pie en Europa, el torrente de frases hechas, de asociaciones fáciles, surgía como un río desbordado para anegarlo todo: Sant’ Angelo y el triste fin de Tosca, la Piazza del Popolo y su mural del Caravaggio, la Fornarina y Rafael, el Pincio y el paseo fatal que deshonró a Daisy Miller, a lo que debía añadirse el aluvión sociológico, la historia de paja y a retazos, el periodismo, el cine.

Cuando Leonor, entre ruinas, intentaba recordar pasajes de algún manual de historia del arte leído con fervor antes de emprender la travesía, las imágenes que la asaltaban, ípolvo de confesables lodos!, procedían de alguna lectura juvenil del Quo Vadis arropada con tropel de leones y turba de cristianos y un Nerón de seguro Charles Laughton, y de entre los pliegues de su memoria resucitaba con majestuosa languidez una Cleopatra Claudette Colbert, por supuesto en nada parecida a la reina que sembró Roma de obeliscos y de gatos, y entonces desgranaba tal retahila de adjetivos que si la pobre tuviera posibilidades de escucharse en una cinta grabada, moriría en el momento del bochorno. Cuando lo toma del brazo, por ejemplo, y le murmura casi al oído que hay elementos en la arquitectura dioclesiana que la transtornan y él no entiende si ha dicho dioclesiana o diocesiana, sólo la ve señalar con gesto vago y amplio un trozo de paisaje donde hay pinos, un arco completo, unas columnas truncas y la torre de una iglesia que surge por encima de un espeso laurel, expresa un placer tan hondo, habla con tal calidez que él se contagia y casi siente vértigo. íAh, la felicidad pura y simple de contemplar esos pinos, ese arco, las columnas, el laurel y la torre y afirmar para sí, sin pronunciar palabra, que está dispuesto a amar todo elemento dioclesiano o diocesiano que encuentre en su camino!

El viaje había surgido de la vaga idea de conocer Sicilia, una de las regiones de Italia que, por habérsele escapado en la juventud, se convertiría más tarde (él no viajaba ya, a menos que lo obligara una razón profesional) en una especie de obsesión. En el último semestre había leído todo lo relacionado con Sicilia que encontró en la biblioteca de la Universidad. Pero en Roma fueron dejando que el tiempo jugara con ellos y de día en día aplazaron el viaje al Sur hasta volverlo irrealizable.

Ya al comienzo de sus vacaciones había decidido no oponer su voluntad a nada, dejarse sumergir, devorar y moldear por la realidad, eximirse de toda posibilidad de opción; no elegir, que las circunstancias decidieran por él de manera que poco antes del final de las vacaciones no sólo la isla había quedado eliminada, sino también la mayor parte de los lugares prefijados, salvo las ineludibles Florencia y Venecia, que visitarían en un viaje relámpago de camino a Frankfurt, donde un avión los devolvería a México, aunque a medida que los días pasaban Leonor comenzó a jugar con la idea de también prescindir de esas ciudades. Por las mañanas amanecía con un vago remordimiento: ¿Sería posible dejar de conocer Venecia? Para eso mejor hubiera sido no salir de plano de Xalapa! íIrían! íPor supuesto que irían!, aunque sólo fuera por pasar unas horas. ¿Cómo marcharse de Italia sin ver La tormenta del Giorgione, por ejemplo? Pero a medida que el día avanzaba sus propósitos cedían, Roma la iba ganando minuto a minuto, gangrenándole todo vestigio de voluntad.

-Sí, -acababa declarando-, ¿que caso tenía marcharse de ahí? Le exprimirían a la Eterna hasta la última gota. ¿Estaba de acuerdo? No sólo les faltaban sitios por conocer, sino que deseaba volver a paladear muchos de los ya explorados y, si tuviera que confesar la verdad lo que en el fondo quería ella era sentarse tardes enteras al lado del Galopatoio, a la sombra de un pino, ver a los niños jugar en la arena a los soldados cortejar a las niñeras, a la gente pasar, o de plano no ver nada, recibir el sol, aspirar la fragancia del lugar. Sí, lo mejor sería no ver otro lugar, volar directamente a Frankfurt, no salir del aeropuerto, tomar el avión que los condujera a casa y después encerrarse a seguir pensando en los crepúsculos romanos. Sí. . .

Pero estaba visto que para Leonor nada resultaba fácil. A la hora de la cena, Gianni comenzaría a decir, como si quisiera desembarazarse de ellos.

Billie Upward era ya entonces una reverenda imbécil, pero él la admiraba con fervor

-De ninguna manera pueden quedarse sin ver Mantua. No sólo por el palacio de los Gonzaga y los frescos de Mantegna, sino por la atmósfera del lugar. La ciudad no ha dejado de ser campesina; uno puede ver allí lo cerca que estaban de la naturaleza las cortes renacentistas más brillantes.

Y cuando no de Mantua, hablaba de Piacenza, de Bari, de Ravena, hasta de Trieste, como si lo único que deseara es que se despidieran al día siguiente, tener su casa libre de mexicanos que perturbaban el flujo emocional de su mujer y la llenaban de añoranzas inconvenientes y tal vez hasta de insatisfacciones. Pero Eugenia entonces se recostaba misericordiosamente en su hombro y le pedía que los dejara en paz, ya que no deseaban sino quedarse en Roma, y ella, a su vez, quería disfrutar del matrimonio el mayor tiempo posible, de modo que mientras menos salieran. . .

Leonor suspiraría por no haber vivido en esa ciudad con su marido veinte años atrás, o tal vez por no haber vivido sola allí (¿Cómo habrían sido sus días? ¿Habría conocido a Gianni antes que Eugenia? ¿A quién habría él preferido?) y volvería a suspirar al no contemplar oportunidad alguna en el futuro de instalarse allí por una temporada larga y al escuchar con rencor las incitaciones que Gianni le hacía para lanzarse a la legua y conocer lugares que de ninguna manera la tentaban. Ni Gianni ni Eugenia, de eso estaba convencida sabían apreciar la belleza del crepúsculo cuando las copas de los pinos se volvía súbitamente negras y las rojas paredes ardían con un fulgor de intensidad sorprendente. íVivir una temporada en Roma! íQué prodigio! íTenderse durante horas en una terraza para ver los techos de otras casas y las copas lejanas de unos árboles! íDisfrutar de las siestas en que sin fatiga repetía juegos a los que ya casi se había desacostumbrado, de las caminatas, las pastas, los vinos, el café y la conversación de sus anfitriones! Eugenia era la primera mujer de quien no sentía celos, no obstante saber que entre su marido y ella había existido una historia levemente amorosa durante la estancia juvenil de él en Roma.

El la observa, adivina lo que piensa, lo inventa, seguro de que no apunta lejos del blanco, que sólo necesitaría ser un poco más desarticulado para reproducir el flujo de imágenes con que Leonor trata de asirse a esas vacaciones, a ese sitio donde comen, a los recuerdos que tendrá que dejarle, y durante las breves e inesperadas pausas en silencio, lanzarse a comparar las imágenes actuales con las que conserva del primer viaje, cuando tenía veintidós años y pensaba que moriría en Roma, para al cabo de unos cuantos meses, recuperar en cambio la salud y sentirse con capacidad de comerse al mundo.

Roma jamás volvería a ser la misma. Nadie, nunca, podría volver a tener veintidós años.

íSi se hubiera quedado allí más tiempo! íSi no hubiera aceptado la invitación para trabajar como lector en una universidad inglesa! En principio estaba en contra de las lamentaciones, por eso corta de tajo cualquier autorreproche tardío. Todo pasó como debía pasar. Se fue de Italia, se dice, cuando llegó la hora de marcharse, lo que no implica que la noche misma en que llegaron no haya dejado de sentir una especie de sed oscura cuando poco antes de acostarse hojeaba alguno de los viejos Cuadernos de Orión. No lamenta, como su mujer, tener que marcharse de Roma. Le urge llegar a su escritorio, buscar viejos papeles y aplicar esa corriente de energía creadora que lo invade. Por un momento suda frío ante la idea de que ya no existieran los borradores del relato que escribió en su juventud sobre el encuentro en Nueva York de una madre mexicana con su hijo, pero eso era imposible, era ordenado hasta llegar a lo maniaco. Encontraría el relato en alguna gaveta, sería interesante ver si algo trabajado con tanta pasión durante sus primeros años romanos había podido resistir el peso y el paso de los años. Había rehecho algunas páginas hasta una docena de veces. Tal vez fueran necesarias unas mínimas enmiendas para dejarlo listo.

íPublicar otra vez un cuento! íEl sería el primer sorprendido! En aquella época Billie le aconsejó abandonarlo. 

-Ese relato podía ser escrito, de hecho ya ha sido escrito muchas veces en Inglaterra, en Francia, en los países nórdicos, y, para ser franca, de una manera mejor. Orión debe ser otra cosa, quiere impulsar a cada uno de los participantes a volver a sus fuentes.

Lo que no acaba de explicarse es por qué ya después, en México, no había nunca publicado esa historia. Le parece que sólo una vez la leyó poco tiempo después de haber llegado a Xalapa, y volvió a sentir una enorme simpatía por su heroína; no dejaba de ser raro que aquella pequeña novela hubiera vuelto a dormir el sueño eterno en un cajón de su escritorio. Ahora está seguro de que trabajará una vez más en ese texto. y no sólo de eso, sino también de que cuando termine de revisarlo volverá a la novela que sobre la misma Billie había esbozado más tarde. Sencillamente por esas incitaciones ya el viaje había valido la pena.

Por esas y por tantas otras cosas. En eso convenía con Leonor. Hubiera bastado la hermosa tarde en que llegaron cuando se dirigieron al hotel que la agencia de viajes en México les había indicado para descubrir que la reservación que suponían hecha varias semanas atrás no existía, aunque quedaron íntimamente convencidos de que el untuoso recepcionista, regordete y tristón, que tantas explicaciones daba sin sostenerles la mirada, había sido el que la anulara en favor de otros viajeros, así que tuvieron que echarse a recorrer una Roma que sumaba a sus visitantes habituales las legiones de peregrinos asistentes a una festividad eucarística, sin que, no obstante la fatiga del viaje, les preocupara mayormente que de un hotel los enviaran a otro, y en ése, ante la misma imposibilidad de aceptarlos, los remitieran a otro más con igual carencia de resultados; porque la emoción y el placer que les proporcionaba la contemplación de la ciudad a través de las ventanillas del taxi era aún más intensa que su cansancio. Al fin, al anochecer, agotados los recursos, terminaron por telefonear a Gianni y a Eugenia, a quienes no pensaban anunciar su llegada sino días después, cuando hubieran asimilado las primeras impresiones y descansado de ellas y del viaje, y acabaron por hospedarse en su departamento, el mismo donde veinte años atrás vivía Raúl y a la vez albergaba las oficinas de la Editorial, adonde Billie llegaba todas las mañanas a fin de cubrir estricta y puntualmente el horario descrito en la placa fijada en la puerta. Hubiese algo o nada que hacer permanecía allí las cuatro horas anunciadas porque le encantaba pregonar su seriedad, su sentido del deber y de la responsabilidad, sus hábitos estrictos de conducta. ¿No era extraño que siendo Raúl y ella amantes desde hacía más de un año no vivieran juntos, y que sólo durante uno que otro fin de semana, cuando viajaban a otras ciudades, compartieran un cuarto de hotel?

Que Raúl compartiera el departamento con las oficinas creó una serie ininterrumpida de equívocos. Algunas decisiones arbitrarias de Billie, su negativa a recibir a ciertos autores, los rechazos inevitables del interminable río de manuscritos, su repudió de algunos apenas hojeados o no leídos del todo por imaginarse que el tema o su tratamiento no correspondían a los principios de Orión, produjeron durante toda la existencia de los Cuadernos innumerables resentimientos contra Raúl por no limitar de alguna manera los poderes de Billie; el caso de la salida de Emilio del comité editorial, el más notorio, que sorprendió hasta a la misma Billie, fue quizás el único que podía imputársele por entero a su amigo.

El pasaba por allí casi todas las noches a tratar de cortejar, con éxito más que precario, a una Eugenia universitaria aún no casada con Gianni. En ese departamento se reunía noche con noche una inquieta, estrepitosa, bastante divertida colmena de jóvenes, procedentes de varios países, con notoria abundancia de latinoamericanos; la mayor parte de ellos, si se los veía con la perspectiva que ofrecían los años transcurridos, bastante mediocres; un grupo de gente del cual no había salido nadie valioso, una especie de termitas dispuestas a devorar el tiempo, la energía y el humor de los demás, muchachos sólo deseosos de estar reunidos con quien se les asemejara, temerosos de sí mismos, sin recursos para vencer la soledad o imponer su presencia en un medio extraño, o, en fin, jóvenes gregarios por naturaleza, deseosos de aprender algo, de hablar, a veces sólo por el placer de oír sus palabras, de política, cine, literatura, de su vida, su pasado y sus nebulosos proyectos, entre quienes destacaban los cinco o seis responsables activos en la preparación de los hermosos Cuadernos de Orión: Raúl, Billie, Gianni, Emilio y él mismo (la salida de Emilio creó una reacción tal en contra de Raúl y Billie, quien, ya lo ha dicho, en ese caso era absolutamente inocente que estuvo a punto de aniquilar el proyecto editorial), Cuadernos que Teresa, una venezolana caída del cielo, había hecho posibles.

Apenas dejaron las maletas en casa de Gianni y Eugenia y someramente se asearon, salieron con el matrimonio a cenar al aire libre frente a los altos muros del Palacio Farnese y allí mismo comentaron lo que muchas veces volverían a repetir después, o sea, que aunque fuera por el amplio recorrido de la tarde, el encuentro con tan buenos amigos, la espléndida cena de esa noche, la vista de la plaza y el palacio y la vivacidad de la abigarrada multitud que desfilaba al lado de las mesas, el viaje había tenido ya sentido, tanto que si a la mañana siguiente recibieran la orden de regresar a su país se habrían dado por satisfechos y la experiencia de ese primer día les habría permitido rumiar el gozo durante largo tiempo.

Curiosamente, en ese éxtasis inicial en que comenzaron a apuntar los recuerdos de su primera estancia en Roma, se insinuaron ya ciertas frases de Billie, algunos gestos que luego volvió a ver magnificados de una manera desastrosa en Xalapa, pero que en aquel periodo juvenil de ningún modo se hubiera atrevido a calificar de obtusos o desordenados, sino tal vez de apasionados, porque hasta a esa violencia de conducta le habría tratado de encontrar algún paliativo. Las represiones de la educación inglesa, por ejemplo, enfrentadas al cálido desorden andaluz (Billie había pasado la infancia en un pueblo cercano a Málaga adonde vivían retirados sus padres) y luego a la desidia italiana, podían tal vez explicar aquellas explosiones, caprichos inverosímiles que él insistía en considerar como meros fenómenos de adaptación al medio, o como manifestaciones claras de una personalidad muy definida que contrastaba con un panorama humano que se negaba a hacer el más mínimo esfuerzo por comprenderla. La presencia de Billie se impuso con una vehemencia extraordinaria desde esa misma primera noche. En cambio, los recuerdos de Raúl aparecieron y fueron esclareciéndose más tarde. Al principio, aunque se lo propusiera no lograba rescatar sino el rostro de palo habitual en su amigo, la tiesura almidonada de sus rasgos y las carcajadas que de repente la rompían. Rostro raro el de Raúl: inexpresivo, sommoliento, displiscente, dispuesto siempre a hacer un gesto de humorístico hastío para desposeer de gravedad cualquier exabrupto de su amiga o la frase inconveniente que emitiera alguno de los presentes. Le extrañó esa carencia de Raúl en su memoria, ya que el inicio de su amistad se perdía en los estupores de la infancia: habían hecho juntos la primaria, compartido una atmósfera familiar semejante; un día comenzaron a intercambiar los consabidos libros: Verne, Jack London, Stevenson, con lo cual la amistad se estrechó más aún, para saltar después, al comenzar el bachillerato, a las diarias y afiebradas discusiones sobre literatura, música, cine y algo muy rudimentario y confuso que creían que era filosofía. Así fue, a Raúl lo recuperó ulteriormente, si vislumbrarlo en sus recuerdos equivalía a una recuperación; su imagen surgía lenta y precisa, a medida que día con día la Billie de aquel entonces le resultaba más indeciblemente repugnante, al grado de que le era difícil creer haber sentido aquella admiración que decía profesarle.

Billie era ya entonces una reverenda imbécil, pero él la admiraba con fervor. Se acuerda de haber asistido a una conferencia en un centro de cultura hispánica, un local nada acogedor situado cerca del Panteón, donde en un español chirriante y gruñón habló del Cid y de la figura de Don Juan en Mozart, Tirso y Byron… ¿Qué habría sido aquello? Posiblemente una exposición sobre la carga mitológica en la figura individual. No logra precisarlo, sólo se acuerda de que el público era muy escaso, que eso había enfurecido a Billie, quien leía como si regañara a los pocos concurrentes por alguna falta cometida, como si fueran los responsables de la ausencia de oyentes. El la escuchaba como si de la boca de aquella mujer pedante, angulosa y estridente emanara la más decantada sabiduría. ¿Era cierta o no aquella admiración? La verdad, esas preguntas lo dejan tan confuso que no logra hacer claridad en su propios sentimientos. A veces podía sentir una irritación sin límites, pero, sobre todo, debía confesárselo, lo que en él predominaba era el miedo. Lo había esclavizado utilizando el terror. Temía que un día expusiera ante los demás la amplitud y la profundidad de su ignorancia, que revelara por ejemplo su incapacidad para definir lo específico de un cuadro de Sassetta, su desconocimiento en materia de vinos, declarara que su cultura, casi meramente literaria, no lo facultaba para frecuentar el medio en que ella se movía por infinidad de méritos, de los cuales el menos significativo, cosa que le encantaba puntualizar, era haber introducido en el grupo a Teresa Requenes, la Mecenas venezolana que le permitía atender un despacho de las nueve de la mañana a la una de la tarde. Billie era el ejemplo más claro que ha conocido de un ser autocrático, un personaje temible y despiadado que un día podría obligarlo, como con un lujo de crueldad lo había hecho ya con varios asistentes a su tertulia, a opinar en público sobre algunas cuestiones que aunque estuviese acostumbrado a encontrar en sus lecturas recogía como mera música de fondo: ¿Por qué había introducido Mozart algunos aires en óperas a las que evidentemente no correspondían como era el caso del Non piu andrai farfallone amoroso en la cena de don Giovanni celebrada poco antes de que el protagonista descendiera a los infiernos? ¿Qué opinaba de la petrificación del periodo romano de Sebastiano del Piombo y su relación con la tonificante frescura de su trabajo en Venecia? ¿Qué podía decir sobre ciertos planos de Brunelleschi, cuya paternidad estaba en discusión? ¿O del enigma del Giorgione que tan importante papel jugaba en el relato veneciano que tan concienzudamente ella pulía en ese tiempo, un texto que entonces le resultó inexpugnable donde la Porcia de El mercader era, amén de mil otras encarnaciones, el modelo del retrato de un joven giorgionesco actualmente colgado en un museo de Berlín? Sí, nunca dejó de sentir el pavor de ser excluido por insuficiencia cultural de los proyectos editoriales de Orión, cuando lo cierto era que en aquella época ni él ni Eugenia, ni Gianni, ni ninguno de los miembros de aquel informe grupo a excepción tal vez de Emilio y Raúl, hubiese podido pasar con éxito las arbitrarias pruebas a que sometía a quienes había decidido suspender de su gracia. la expulsión de Emilio había sido el resultado de un conflicto del todo diferente, debía señalarlo; el colombiano había herido en lo vivo una fibra muy sensible de ese complejo personaje que fue Raúl. Recordándolo con la distancia que ofrecían los muchos años transcurridos, sentía que ese conflicto podía explicar el futuro de la pareja y la rápida descomposición de sus integrantes.

Fue también al final de esa primera noche, mientras hojeaba y aspiraba con deleite el polvoso aroma de uno de los Cuadernos, tal vez el suyo, cuando en un tono que resintió como poco amistoso, Gianni le preguntó si era cierto que había abandonado la literatura

Todo podía hacer pensar que durante la cena frente al palacio Farnese no había hecho sino recordar el periodo juvenil vivido en Roma, pero no fue así, la vislumbre de aquella época y de la gente que la poblaba: algunas caras, ciertas situaciones, determinadas frases que aparecían de modo fugaz para diluirse al instante y ser sustituidas por otras sin desaparecer por ello el mundo circundante fue algo que se presentó de modo intermitente y vago durante todo el verano. Mucho más vigoroso era el deseo de hablar esa noche inicial de lo que veía, lo que pretendía hacer durante esa temporada en que creía que Sicilia lo aguardaba como meta del viaje, la posibilidad de disfrutar con plenitud esos cuantos días que pensaban quedarse en Roma. No fue sino hasta entrada la noche, ya de vuelta a la casa de Gianni y Eugenia, mientras tomaban una copas de grappa que decían tener guardada especialmente para ellos, cuando sacó de unos estantes los viejos, hermosos, empolvados Cuadernos y recordaron con entusiasmo a Teresa, la excéntrica venezolana que de repente aparecía en ese mismo piso para invitarlos a acompañarla en su imponente Hispano-Suiza de antes de la guerra, cuyos asientos había hecho tapizar guiada por un gusto bastante dudoso, con piel de leopardo, a cenar en algún sitio espléndido de los alrededores de Roma.

Fue también al final de esa primera noche, mientras hojeaba y aspiraba con deleite el polvoso aroma de uno de los Cuadernos, tal vez el suyo, cuando en un tono que resintió como poco amistoso, Gianni le preguntó si era cierto que había abandonado la literatura. Aunque él mismo había empleado esa expresión en varias ocasiones para indicar que ya sólo escribía ensayos, desconcertado, tardó un poco en responder:

-Lo último que me propuse hacer fue un relato de brujas, de brujas verdaderas, donde su víctima, la protagonista, de alguna manera se inspiraba en nuestra Billie Upward, la misma Billie que conocimos aquí pero que en mi país se volvió otra mujer; bueno, tal vez sólo se permitió ser uno de los personajes que llevaba dentro. Pero el proyecto no funcionó, mi novela pretendía ser una especie de gótico tropical, yo estaba muy entusiasmado, veía con gran claridad todas las situaciones, hasta que de pronto me encenegué y tuve que renunciar. La verdad es que nunca pude con Billie.

Eugenia que parecía no haber puesto atención a sus palabras lo interrumpió para preguntarle si creía que alguien podía vivir varias vidas.

-¿Tal como creía Teresa Requenes? Por supuesto que no.

-No me refiero a eso; dijiste que Billie se volvió otra mujer, una de las personas que existía ya en ella -insistió-; precisamente hace unos días una amiga me dijo que ella había sido tres personas por completo diferentes. Existe una mujer en Chéjov…

Y la conversación cambió de tema. Eugenia habló de Chéjov y también de su amiga, una mujer bastante mayor que ella, que había sido una persona cuando vivía con sus padres y otra del todo diferente con cada uno de sus dos maridos, porque las circunstancias, el ambiente, el paisaje, todo se modificaba a su alrededor. Enviudaba y comenzaba otra vida, lo que a ella no le había sucedido a pesar del cambio de país, porque tanto en México como en Italia trataba al mismo tipo de personas, etc., etc., y él ya no pudo concluir lo que había comenzado a confiarle a Gianni, es decir que no por haber abandonado desde hacía algunos años todo lo referente a tramas, personajes y diálogos, dejaba de sentirse escritor, que sólo había mudado de género, encauzando su trabajo a formas que, todos los sabían, siempre le habían interesado muy vivamente: el ensayo, la crítica, la investigación literaria. Sus cursos en la Facultad de Letras le potenciaban esa experiencia. Sus ensayos sobre literatura hispanoamericana le habían ganado un prestigio que no obtuvo como narrador, y eso era fácil medirlo por las invitaciones que recibía para dictar conferencias e impartir cursillos en universidades americanas. Sí, había dicho, estaba recluido, gozosamente recluido si le permitían decirlo, en un mundo de coloquios y simposia e intereses académicos que pensaba extender a Europa. En esas vacaciones se pondría en contacto con algunos hispanoamericanistas italianos. No pudo continuar porque el anfitrión se puso de pie, diciendo que imaginaba lo fatigados que debían sentirse los huéspedes después de un viaje tan largo y que lo mejor sería descansar. Ya en la puerta, Eugenia se volvió y le dijo, riéndose:

¿Así que te derrotó Billie? íMe alegro! ¿Te imaginas lo horrible que debe ser hablar con alguien, ponerte al desnudo y descubrir después a un personaje que repita lo mismo en la novela de un amigo? Me alegra saber que ya no escribes novelas para que no digas nada de Gianni o de mí, ni de Raúl y Billie. De Teresa Raquenes sí, tienes todo el permiso para hacerlo.

Durante esa temporada no sólo se acordó muchas veces de Billie sino que también, como ha señalado, empezó a vislumbrar a un Raúl a quien con los años tenía por completo desdibujado, vencido por las absurdas imágenes posteriores; un Raúl feliz, desconocido, diferente al de Xalapa (tal vez porque en Xalapa el mismo trato diario les había impedido conocerse realmente) que escribía infatigablemente y con un júbilo loco una historia deshilachada, voluntariamente absurda, de una comicidad irresistible, donde los personajes eran la esposa de un presidente mexicano de mediados del siglo XIX y su hija natural, una truculenta enana saltimbanqui, que le había sido sustraída por sus familiares al poco tiempo de nacer y entregada a un viejo apache eternamente ebrio que la hacía bailar en los campamentos fronterizos. También aparecería la hermana de la Primera Dama, una poetisa épico-romántica que amenizaba las veladas de Palacio con poemas cívicos que celebraban con exaltación las efemérides patrias y que en la soledad de su alcoba escribía copiosamente décimas de una obscenidad indescriptible. La trama consistía en la búsqueda de la enana perdida por una serie de políticos voraces que esperaban obtener concesiones de aquella melancólica primera dama, a quien el marido había perdonado el desliz de juventud; el encuentro de la desapacible pareja, el apache borracho y la enana, en un campamento minero de California; y un Gran Final con todos los personajes reunidos en una memorable fiesta en Palacio Nacional donde ante el dolido corazón de una madre los personajes revelaban su rostro menos favorable: la enana bailaba polkas indecentes con abundancia de gestos procaces y la hermana aeda, embriagada por el apache, recitaba escalofriantes poemas dedicados al miembro de su cuñado, el Presidente. Aquel relato produjo un paroxismo de indignación en Billie; Raúl acabó por no publicarlo y seguramente perderlo en cualquier parte poniéndose a trabajar en una especie de monografía, que más bien era una serie de evocaciones personales muy líricas, muy delicadas sobre las casas del Palladio. Empezó a recordar sus conversaciones, y no pudo sino asombrarse y tal vez por primera vez resentir en toda su profundidad el inmenso despilfarro que aquel muchacho había hecho de su talento. ¿Viviría aún?, ¿dónde?, ¿en qué circunstancias? ¿Cómo compartir esa visión de Raúl con Leonor, quien conocía sólo de él el estruendo final? ¿Cómo hacerle comprender el júbilo que sabía producir, cuando ella únicamente lo había visto al volver a Xalapa a rematar las propiedades de su madre? Seguramente ella tendría que referir todo lo que le contaran a la persona calamitosa en que Raúl se convirtió más tarde. Y las tensiones que le producía el no poder compartir con nadie su experiencia -pues quienes habían conocido a Raúl en Roma no habían conocido su final, y viceversa- lo llevó al extremo de jugar en diferentes ocasiones con la idea de volver a escribir, de contarle al mundo en forma puramente documental, como en un principio se lo había propuesto, la relación entre aquellos dos seres, su primera separación en Roma (que él no presenció), la persecución que ella emprendió después, el reencuentro en Xalapa, y describir todo lo que le tocó presenciar: el desvarío de la inglesa, la muerte del hijo, hasta llegar al viaje que hicieron a Papantla para celebrar unos Juegos Florales, y sus increíbles consecuencias.

-Se iba a tratar de un relato de brujas -volvió a explicar otro día, poco después de descubrir que había en Roma ciertos lugares que creía muy afines a él desde todo punto de vista, cuyo recuerdo había acariciado, guardado codiciosamente durante veinte años, para comprobar que no le significaban nada, que pasar frente a ellos o penetrar en ellos lo dejaba tan frío como si estuviera en un sitio del todo desconocido y que de repente otros, en especial un restaurante anodino al lado de la Piazza del Popolo, le producía una emoción tremenda, sin que lograra explicárselo, porque por más que pensaba y trataba de recordar lo que allí había podido acontecer no hallaba sino vaguedades: una que otra reunión intrascendente con gente que en nada le interesaba; sin embargo, cada vez que pasaba frente a ese local le acometía una súbita parálisis de la voluntad, una tristeza bárbara; se podía echar a llorar agobiado por el sentimiento de haber perdido allí algo precioso y por desdicha irrecuperable. ¿Habría podido ser diferente? Pero, ¿diferente en qué? ¿Cuántas veces tenía que decir que vivía feliz tal como era?, y acababa por apartarse de ahí, herido y fastidiado, sin poder agarrar bien el paso durante un buen trecho, sin poder hacerle entender nada a Leonor porque tampoco él lo entendía. 

-Sí -repitió-, una novela donde lo sobrenatural tenía una importancia decisiva; donde la protagonista, una europea, tal vez alemana (le parecía ofensivo ofrecer señas de identidad, aunque nadie ya pudiera resentirse y tal vez, salvo un minúsculo grupo de personas que podía recordar quienes fueron Billie Upward y Raúl Bermúdez, nadie advirtiría que se trataba de personajes que realmente existieron. Una alemana estaría bien, pues la conciencia de una diferencia racial, por más que la protagonista pretendiera llamarla cultural, era muy importante), horrorizada en el momento de llegar a México, terminaba sucumbiendo a los poderes de lo desconocido -explicó-. Alguien que en sus pocos momentos de relativa claridad definía sus descalabros como problemas de transculturación, cuando en realidad, según él deseaba comprobar o investigar, porque se trataba sólo de una sospecha, detrás de su sentimiento de superioridad racial yacía algo más profundo y embrollado, un deseo subterráneo de sucumbir ante lo abomidable.

Se refiere con cautela a la nueva tentación de rehacer la novela. Les habla de sus fracasos previos. Se pregunta, les pregunta, si acaso no se trataría de una historia a la que concedía una importancia desproporcionada por herir zonas imprecisas de su propia personalidad, como ese lugar de Roma que lo hace detenerse siempre sin lograr precisar el porqué, o de una obsecación en no querer admitir la banalidad de un tema que exigía un tratamiento muy diferente, menos grave del que había empezado a imprimirle, por lo cual la historia se negaba a convertirse en literatura. íTodo era posible! Hacía diez años que había comenzado a trabajar en ese relato, es decir cuando aún había pasado muy poco tiempo del desenlace real. Había hecho entonces un sin fin de notas y bosquejado todos los capítulos. En aquella época, cuando se acercó por primera vez al tema con el ánimo de apropiarse de él y transformarlo, lo que lo había atraído sobre todo era el elemento esotérico, todo lo que de incomprensible había existido en la historia. No veía manera de apartar su relato de los cauces del “realismo mágico” del que tanto se hablaba por aquel entonces; había, por ejemplo, destacado de manera especial aquella especie de muñeco de trapo, más bien de mamarracho de trapo, que encontró en el horno de la cocina de Billie cuando la visitó una vez en Xalapa, y a partir de allí relató su curiosa relación con Madame, la sirvienta india de ojos verdes, que culminaría con el encuentro y la pasmosa desaparición de ambas mujeres durante la celebración de los Juegos Florales de Papantla. Sí, eso había querido hacer, un poco de “gótico tropical”. Pero a las pocas semanas abandonó el proyecto. Sus compromisos con la Universidad se intensificaron, le exigieron la entrega de una traducción a la que irresponsablemente se había comprometido y que le llevó más tiempo del que en el primer momento supusiera. Luego, el matrimonio. Leonor comenzó a dar cursos de literatura dramática en la escula de teatro y él se puso a leer comedias de la Restauración para hacerle resúmenes, pues el curso, cuando ella lo tomó había quedado detenido en ese periodo, del cual no tenía la menor idea. En fin, la vida cotidiana, todo lo fue llevando por otros rumbos. Sus ensayos, volvió a insistir, eran ahora muy celebrados; precisamente en una revista universitaria de Trieste había publicado un ensayo reciente sobre algunos iniciales y casi desconocidos poetas modernistas mexicanos.

Pero si bien Billie lo había vencido póstumamente en el intento de ser su biógrafo, cosa que de alguna manera comprendía, no logra en cambio explicarse por qué antes no sólo se le sometió con la pasividad de un cordero cuando marcialmente imponía su criterio sobre lo que debía ser la editorial, lo que había que publicar, lo que cada quien debería escribir, y menos aún entiende por qué, al llegar a México no rescató la novela corta que ella había rechazado, ni trató nunca de publicarla. ¿Tan fuerte era la opresión que Billie ejercía sobre él? (quizás por eso mismo no sintió la menor piedad cuando más tarde se la volvió a encontrar en Xalapa, cuando la oyó gimotear y proferir alaridos, enemiga declarada del mundo y asimismo escarnecida y vejada por todos).

íLa novelita que quiso publicar en Orión! Se había enamorado de la protagonista mientras escribía aquel relato que luego, debido a una decisión que nunca comprendió pero que tampoco cuestionó, no pudo aparecer en los Cuadernos. (“Ese relato podía escribirse, de hecho ya estaba escrito muchas veces, en Inglaterra, en Francia, en los países nórdicos, y, para ser franca, de una manera mejor”, había sido el veredicto). Cuando lo escribió estaba seguro de que se trataba de una especie de despedida no sólo de la literatura sino del mundo. Había pasado una tarde de profunda melancolía sentado en una silla reclinable en la cubierta del Marburg, el barco que lo condujo a Europa, cuando después de dormir una siesta que no supo si había durado unas horas o unos cuantos minutos, tuvo una especie de iluminación, de radiante visión donde aparecía una mujer, Elena Zevallos, quien se le reveló como la síntesis de todo lo grato, suave y a la vez complejo que contenía el mundo. Una mujer muy erguida, muy tersa y bien plantada, en aparente total armonía con el mundo, los objetos y las personas que la rodeaban, enfrentada con un hijo a quien no ha visto en dos o tres años, en los que éste ha dejado atrás la adolescencia.

Empezó a vislumbrar a un Raúl feliz que escribía con júbilo loco una historia deshilachada donde los personajes eran la esposa de un presidente mexicano del siglo XIX y su hija natural, una truculenta enana saltimbanqui que le había sido sustraída por sus familiares al poco tiempo de nacer y entregada a un viejo apache eternamente ebrio que la hacía bailar en los campamentos fronterizos

-Sí, todos llegamos a ser varias personas en esta vida -dijo una noche en la trattoria, en una especie de exabrupto, cuando ya nadie se acordaba del tema, y luego, mientras los demás lo miraban con cierta expectación, en espera del complemento de aquella afirmación tan contundente, él permaneció en silencio, pensando que ya había vivido varias vidas, que había sido por lo menos dos hombres, y que se sentía encallado por el momento en alguien muy diferente al muchacho enfermo que sentado en la baranda de un barco de carga sentía que la vida quedaba atrás, definitivamente atrás, y que a pesar de ella esa noche antes de dormir, ya casi de madrugada, había logrado delinear a los protagonistas principales y a algunas figuras secundarias, establecer algunas de las posibles tramas subyacentes, trazar a grandes rasgos el cuadro familiar de su heroína, imaginar su divorcio, su amistad con un pintor amigo de toda la vida, sus relaciones con un muchacho de la edad de su hijo con quien había estado casi a punto de cometer la locura de casarse, y con su hijo que se le presenta acompañado por una muchacha cuya tontería no lograba soportar. El mundo se le abrió esa noche, y el resto del viaje trabajó con la sensación de que le regalaba a un personaje, a esa Elena Zevallos, a quien no podía sino amar. Ese alguien que viajaba en barco con la certidumbre de dirigirse a Europa a morir, era otro diferente al que años después en Roma meditaba sobre el extraño fenómeno de envejecer y las distintas muertes que ese proceso implica, tan diferente al otro como su protagonista lo era de aquel torvo pajarraco angloalemán en torno al cual giraba Juegos Florales, la novela que intentó escribir más tarde en Xalapa, con todo el caudal de situaciones grotescas y lamentables que le tocó presenciar y, tal vez como una barrera defensiva ante las impertinencias sin límite de Billie, caricaturizar ferozmente.

Todo parecía señalarle que a él le estaba reservado narrar la historia de Billie Upward. Pero como si se tratara de una venganza de la ausente, al intentar establecer el trazo de su novela fue mellando las armas, perdiendo seguridad en su estilo, enmoheciéndolo, percudiéndolo, al grado de que nunca pudo encontrar la forma satisfactoria para esa historia que al fin y al cabo no sólo quedó sin conclusión sino que lo obligó a buscar otros caminos; nunca pudo volver a escribir ni el cuento más sencillo. En Juegos Florales la protagonista aparecía siempre en Xalapa, con un breve intermedio en los portales de Veracruz y un final extraño en Papantla. Nunca quiso describir su vida en Roma, quizás el miedo que allí le tenía no se había desvanecido del todo. El despotismo cultural que había ejercido sobre quienes la rodeaban, su frialdad, su pedantería, su triunfalismo eran elementos ajenos al relato; en cambio se repetían una y otra vez los desbarrancamientos en la insanía: la persecución a Raúl, el misterio tejido en torno a la muerte del hijo, las agresivas borracheras cuya contemplación llegaba a producirle a él no sólo estupor sino a veces verdaderos trastornos nerviosos. Al recordar la preparación de aquellos Juegos florales, surgidos quizás del puro odio a la protagonista, como si necesitara el contraste no lograba desprenderse de la nostalgia del otro relato, el escrito en el Marburg y luego en Roma, nacido de la fascinación por una mujer que era como el compedio de todas las mujeres que por una u otra razón amaba. Le había fascinado aquella Elena Zevallos con su esposa madeja de afectos, lealtades, caprichos y costumbres tejida a su alrededor, que la relacionaban con un pintor, amigo de toda la vida, a quien ofrece una fiesta en Nueva York para celebrar el triunfo de una exposición, y la llegada de Pedro, el hijo cuya independencia comenzaba a temer. Posiblemente esa nostalgia subconsciente por el personaje creado en la juventud hacía que el retrato de la otra mujer, la que llegó a sufrir a Xalapa, adquiriera tintes más siniestros. También es posible que eso le hubiera frenado sus impulsos creadores y por ello dejara pasar muchos días, a veces semanas, antes de volver a buscar sus dormidos borradores y ampliar tal o cual fragmento, intensificar los detalles que iban encauzando una crónica de realismo casi fotográfico hacia un terreno cada vez más próximo a lo sobrenatural. En una de las variantes había intentado reproducir la sorpresa del narrador ante el hecho de que el mundo entero aceptase como legítima, como absolutamente natural la desaparición de la protagonista y su sirvienta, de que a nadie le interesara el desenlace final de la guerra entablada entre ambas mujeres. A él le habían pedido acompañar a un licenciado y a un par de policías a escudriñar los papeles dejados en el departamento para buscar direcciones de posibles familiares; las encontró y escribieron un resumen suscinto, lo más verosímil posible, de lo ocurrido; pidieron opiniones, decisiones sobre lo que debía hacerse con las pertenencias de la supuesta extinta; no obtuvieron ninguna respuesta. Algún tiempo después, cuando se decidió a escribir la historia, le pareció descubrir la total anomalía del caso. Parecía que el mundo entero, los posibles parientes en Inglaterra, sus conocidos de Xalapa, sus alumnos y compañeros universitarios, quisieran librarse a toda prisa de esa presencia arbitraria e incómoda, de esa naturaleza radicalmente desordenada y tiránica para poder ocuparse de gente y asuntos que cupieran más dentro de lo normal.

Había comenzado el relato de varias maneras. Nunca dejó de llamar a la protagonista por su verdadero nombre, Billie Upward, en aquellos informes borradores, aunque una vez que tuviera estructurado el relato se proponía transformarla en la etnóloga de ascendencia prusiana, colocarla en algún instituto indigenista de San Cristóbal en vez de hacerlo en Xalapa, y transformar Papantla en Comitán de las Flores. íJuegos florales en Comitán! En todos los esbozos pretendía relatar puntualmente las anécdotas con la única alteración de la nacionalidad y los lugares donde la acción transcurría, ser exacto ya que la historia requería -íle era imposible concebirla de otra manera!- un rigor de cronista, una voluntaria ausencia de inventiva.

Una de la variantes, por ejemplo, se iniciaba con el desafortunado encuentro de Billie con la familia de Raúl fue la torpeza de la forastera o esa premeditada necesidad de desagradar, de tratar de situarse en un nivel que ella juzgaba superior al de los demás, lo que le produjo el primer conflicto serio con Raúl porque una cosa era insultar a Emilio, por ejemplo, su amigo colombiano, en un arranque de ira y espetarle que desde ese momento uno de los dos dejaba de pertenecer al comité de redacción de los Cuadernos, que mientras él tuviera posibilidad de voto nunca se publicaría su pretencioso trabajo sobre Wittgenstein por considerarlo una mera farsa, una bazofia que artificiosamente pretendía hacerse pasar por algo brillante, olvidándose de la admiración que hasta ese día le había profesado al joven filósofo, y otra, muy diferente, era vivir un conflicto de lealtades como el que le planteaba el inicial y radical desencuentro entre su mujer y su madre. ¿Pero es que en algún momento había podido creer Raúl que su madre iba a ser conquistada -y en ese caso el vocablo revestía una acepción literal- por la extranjera de la misma manera que él había permitido serlo? En la novela deseaba insinuar que en ese primer choque de dos mundos se encontraba el germen de todo el drama posterior.

Otras veces, el arranque se daba en el momento en que Raúl atravesaba Xalapa en un jeep sin capota, llevando al lado a Madame con sus jaulas cuajadas de pájaros, a quienes había ido a buscar a Xico, a Teocelo o a cualquiera de los pueblos cercanos, y se regodeaba (ya su mujer llevaba varias semanas en la ciudad) con la escena inminente en que la adusta señora extranjera de ojos azules y la alharaquienta indígena de ojos verdes iniciaban el trato borrascoso que gracias al establecimiento de algún pacto tácito y funesto, si le era permitido usar esos términos, sobreviviría a la relación matrimonial, encuentro en que la primera, la europea, de algún modo intuía que de entrada había sido derrotada, aunque obstinadamente lo negara porque el profundo amor, la devoción que sentía por el dominio, le creaba la ilusión de haber llegado a un país que reunía todo lo deleznable que se podía concebir en la existencia para domeñarlo, moldearlo y dirigirlo, por caminos que ella consideraba como los únicos aceptables.

Las más de las veces se constreñía a relatar la historia como si la hubiera visto un narrador como él, no implicado en los acontecimientos pero tampoco ajeno del todo a ellos, quien sin intenciones de explicaciones psicológicas ni de ningún otro tipo comenzaba a trenzar, varios años después de ocurridos, los hechos e intentaba crear con ellos un tejido cerrado, oscuro, refractario a ser comprendido de manera racional.

Y un día en que hablaba de sus intentos fallidos en el transcurso de esas vacaciones romanas que habían revivido a su mujer al punto de hacerle surgir atractivos que él ya tenía olvidados, o que quizás eran nuevos, lo que le permitía mantener con ella un diálogo que sin ser especialmente brillante era vivo, distinto a las rutinarias conversaciones de sus últimos años en Xalapa, les dijo a sus amigos -cuyo interés parecía revivir de pronto entre los acontecimientos que les narraba- que también él como los demás integrantes de aquella delegación que viajó a Papantla, comentó con horror durante algunos días lo ahí sucedido, lo que él pensaba era el corolario fatalmente destinado a la vida que llevó aquella desdichada mujer desde el momento que desembarcó en Veracruz, para después, como si le hubieran pasado una esponja por la memoria, desinteresarse en absoluto del caso. Al menos eso creía entonces, hasta que un día despertó con la sensación que todo aquello debía por fuerza de tener algún sentido, al menos una explicación, y que él debería buscarla escribiendo detalladamente la crónica de lo ocurrido.

En Roma vuelve a ser consciente de que aquel olvido, aquel desinterés iniciales eran sólo aparentes, pues sin proponérselo sigue tropezando con el recuerdo de aquel rostro iracundo, los ojos acosados, los brazos hirsutos siempre en movimiento, la larga melena primero sospechosamente rubia y luego de una negrura cuya falsedad resultaba aún más evidente, sus frases inoportunas e insensatas, su impertinencia sin límites, y les explica honestamente que si nunca escribió esa novela fue, entre otras cosas, por no haber acabado de entender ciertos aspectos de su relación con Billie, que en el fondo lo único que comprende, aunque en Roma no se atreviera a reconocerlo, es que despertaba en él una irritación que no era natural, y que después, en Xalapa, con esa necesidad de resarcirse y desquitar viejas ofensas, típica del hombre que acumula frustraciones, trató de aprovechar todos los elementos que estaban en sus manos para dominar a la dominadora, convertirla en su discípula, en su secuaz, y al no lograr obtener la incondicionalidad que exigía contribuyó a convertirla en el objeto risible, ese fenómeno de circo en que se había transformado antes de desaparecer. Ni siquiera eso le queda claro. Recuerda ocasiones en que a mitad de una clase, entre párrafos de una lectura, en una función cinematográfica o aun entre cucharada y cucharada de sopa, se descubría imaginando y afilando frases con que abatir de antemano las posibles impertinencias de la inglesa, palabras hirientes, escarnecedoras, que sabía deslizar con actitud de perfecta ingenuidad, de aparente gentileza para castigarla por su desmanes, y más tarde reprocharse lo absurdo de esa obsesión, y volver a quedar asombrado por la manera en que aquella mujer, aun ausente, lo obligaba a un diálogo donde siempre resultaba lastimado o envilecido.

Y en Roma, en uno de esos días en que explicaba como excusándose por qué dejó de escribir obras de ficción, comienza a pensar que tal vez los desarreglos de aquella que siempre se había resistido a ser su protagonista eran mucho más sencillos que todo lo que había imaginado y se relacionaban con un sentimiento de soledad personal. Recuerda, por ejemplo, las raras veces en que ella le habló con su rostro que era toda sinceridad y desdicha, de su timidez, su inseguridad, su incapacidad de relacionarse normalmente con sus semejantes. Lo que se debía hacer con el personaje era diferenciar ese elemento, distanciarlo y potenciarlo hasta que se filtrara y contaminara la atmósfera de todo el relato. Tal vez fuera la única manera de derrotar a Billie: trivializarla, señalar que su destino no tenía nada de excepcional, que era igual al de millares de mujeres, un mero asunto de estadística endocrinológica, a pesar de que su final estuviera marcado por alguna diferencia.

Permaneció en silencio, pensando que ya había vivido varias vidas, que había sido por lo menos dos hombres y que se sentía encallado por el momento en alguien muy diferente al muchacho enfermo que sentado en la baranda de un barco sentía que la vida quedaba atrás, infinitamente atrás

Cada vez que encuentra una nueva posibilidad de transformar a Billie en literatura, siente la incitación de revisar los antiguos borradores. En esa ocasión, mientras los demás lo escuchan con indiferencia, le entra una gana enorme de mandar al diablo Coliseo, plazas y Pincio y largarse a Xalapa para comenzar a trabajar en su novela, como invadido de pronto por una intensa sed de zozobras, un ansia romántica de agonía, la misma que afligía a la inglesa, y liberarse así de esas reuniones nocturnas en trattorias situadas por lo general frente a panoramas espléndidos donde, hacia finales del verano, dos matrimonios de media edad celebraban ceremoniosamente su pequeño bienestar, su mediana sabiduría, la mezquindad de sus proyectos, donde si Gianni habla de las a obras de restauración de Viterbo en las que colabora, Eugenia analiza con la suficiente ración de energía y optimismo la situación del mundo, bien provista de datos estadísticos contundentes, de menciones a teóricos prestigiados y economistas irrefutables, y explica lo que va a ser de Italia en un futuro próximo y también los fenómenos sociales que se presentarán en México, Irlanda, Albania y el Congo, en tanto que Leonor delira presa de ese éxtasis auténtico sí, pero que a partir de cierto momento comenzó a resultarle monótono, predecible, cursi e intolerantemente provinciano. En esas ocasiones él sólo los oía, hacía alguna pregunta cuando consideraba oportuno preguntar, y seguía con atención moderada los razonamientos de los otros, colocando casualmente una que otra observación sobre algo de lo que veía u oía, lanzando miradas de curiosidad a la colorida fauna que los rodeaba, pero deseando con intensidad, ya que no podía estar en su despacho, metido en sus papeles, que aquellas personas desaparecieran y volviera a surgir la Roma pobre de 1960, la vida áspera, cruda y hermosa que conoció entonces, o por lo menos el paisaje dorado de Sicilia adonde hubieron debido marcharse después de aquella noche, la de su llegada y la cena frente al Palacio Farnese, y el descubrimiento de los viejos Cuadernos, cuando ante una mención casual del nombre de Billie Upward, Gianni deslizó un incomparable elogio a su dulzura. Le basta recordar eso, cuando el verano está por terminar, para que lo acometa una indescriptible nostalgia de los sufrimientos del alma torturada de aquella pobre diabla, una tristeza por la juventud perdida, por los años que median entre el profesor que ahora es y el joven que llegó a Roma con la idea de que estaba a punto de morir. Tratando de no detenerse en esa comparación piensa vagamente en la jamás sospechada cualidad de Billie.

-¿Dulce Billie?

Es posible -se dice- mientras casi se le atraganta el helado. Es posible que él hubiera ignorado zonas importantes de su personalidad. Hubo en ella muchas cosas que ignora. Acepta que nunca pretendió conocerla. Por el contrario, ¿no ha confesado una y mil veces las dudas que el personaje le impuso cuando trató de escribir la especie de crónica a la que con tanta frecuencia se refiere? Sí, de ella podía decirse todo lo que se quisiera, pero… ¿dulce?… íNo! íEso ya le resulta demasiado!

Crítica de la ecología política

Víctor Manuel Toledo y Cristina Mapes son investigadores del Instituto de Biología de la UNAM; Julia Carabias y Carlos Toledo son profesores de la Facultad de Ciencias de la misma UNAM.

LA BENDICIÓN DEL ECOSISTEMA

El estudio de la producción, que hasta hace poco parecía ser exclusivo de la economía, no sólo implica el análisis de cómo los hombres se agrupan o se articulan para producir sus condiciones materiales, sino que además obliga a reflexionar sobre otros dos aspectos: el modo en que los hombres ya agrupados se articulan a su vez con la naturaleza a través del conocimiento y la tecnología, y las propiedades o las características de los ecosistemas, unidades medioambientales que operan como los medios naturales de esta producción (1). El proceso de generación de alimentos (la producción agrícola, pecuaria, forestal y pesquera), sólo puede ser vista de un modo completo y coherente atendiendo a estos criterios: toda estrategia alimentaria está obligada a reconocer los principales aspectos del proceso de producción y a definir sus alternativas respectivas. Lo que sigue es un repaso de los principales planteamientos del Sistema Alimentario Mexicano (SAM) a partir de esas reflexiones, y es también un intento por mostrar cómo, aunque la estrategia estatal supone una modificación en lo que se refiere al qué y al cuánto se produce, y para quiénes se dirige la producción de alimentos (lo cual hace al proyecto nacionalista y antimperialista), mientras no modifique las formas tecnológicas para la apropiación de los ecosistemas, ni reconozca las particulares situaciones ecológicas en las que se realiza la producción, corre el peligro de reproducir y hasta expandir las condiciones que crearon la situación de vulnerabilidad alimentaria.

Asumimos que México ha perdido su capacidad para autoalimentarse no a consecuencia del incremento acelerado de su población ni de las formas de organización campesinas salidas de la historia reciente, sino de la expoliación que los productores y sus “medios naturales de producción” (los ecosistemas) han sufrido a lo largo de las últimas décadas, en esa imposición paulatina de un modelo productivo que no sólo modifica los destinos mismos de lo que se produce, sino que atenta de manera irreversible contra la renovabilidad de los recursos naturales. De modo que es la aplicación reiterada del modelo productivo-tecnológico capitalista, un modelo divorciado por completo de las particulares condiciones ecológicas del país y divorciado también de los objetivos sociales de la nación, lo que ha provocado la escasez de alimentos y el creciente deterioro de sus recursos: la flora y fauna, los suelos y el agua.

Las instituciones estatales no ven en la economía campesina más que un esquema estereotipado de producción maicera para el autoconsumo, y esto las incapacita para reconocer y aprovechar el potencial que encierra la estrategia campesina del uso múltiple de los recursos

Para que una sociedad logre la autosuficiencia alimentaria, la producción debe alcanzar dos objetivos: obtener el máximo de producción con el mínimo de esfuerzo invertido (energético y/o económico), y lograr mantener esa producción maximizada a lo largo del tiempo. Ambas cosas dependen de la capacidad para reconocer y aprovechar las condiciones naturales, es decir, del modo en que se apropie a la naturaleza en la producción. La principal aportación de la ecología se decide en un modelo coherente que por un lado integra los factores físico-químicos y biológicos determinantes de la producción (energía, suelos, topografía, hidrología, clima, fauna y vegetación), y por otro pone en evidencia las configuraciones particulares que va tomando esa integración a lo largo del paisaje. La ecología logró revelar y explicar de manera científica la unidad y la diversidad de la naturaleza mediante el concepto de ecosistema: la unidad medioambiental que integra los procesos geológicos, fisicoquímicos y biológicos a través de los flujos y ciclos de materia y energía que se establecen entre los organismos vivos y entre ellos y su soporte ambiental. La ecología vino a demostrar que la producción siempre implica una apropiación de ecosistemas, es decir, de totalidades o conjuntos físico-biológicos que poseen una estructura y un equilibrio dinámico propios, y que las especies, los materiales o las energías obtenidas no son sino simples elementos de aquellos. 

Para ser eficiente, la producción debe realizarse en coincidencia con las leyes ecológicas, de modo que en los productores sería obligado un conocimiento de las características físicas, químicas y biológicas del ecosistema que se apropian, y también es necesario que sepan aprovechar la renovabilidad natural del mismo. En lo concreto, el proceso productivo primario se da en una escala similar o próxima al modo en que los ecólogos distinguen los ecosistemas. Así, estos últimos han sido a un mismo tiempo objetos de estudio para los investigadores y objetos de trabajo para los productores.

Hay por lo menos tres supuestos que derivan de la teoría ecológica y que marcan las pautas que debe seguir una producción eficiente: primero, el reconocimiento de las unidades medio ambientales (expresadas en términos de geomorfología, vegetación, suelos, topografía, etc.), que conforman el predio, la parcela o el espacio a apropiarse; luego, el reconocimiento de la vocación o el potencial productivo de cada una de las unidades previamente distinguidas; y por último la maximización de la producción basada en los reconocimientos anteriores. Toda producción que por algún motivo tienda a efectuarse por encima de la vocación productiva de los ecosistemas estará realizando un forzamiento ecológico. El costo es el descenso de la producción a corto o largo plazo.

PRODUCCIÓN A RITMO DE FOLK

La producción campesina se orienta fundamentalmente al autoconsumo y dedica una parte de ella a su venta en el mercado; se trata de una economía en la que relativamente predomina el valor de uso sobre el valor de cambio. A esto se agrega el nivel poco tecnificado de sus procesos productivos, su tendencia a no comprar ni vender fuerza de trabajo, y el carácter casi siempre familiar o comunitario de sus relaciones sociales. Para la ecología este modo de producción se corresponde con las leyes ecológicas(2). En efecto, como la satisfacción de sus necesidades materiales se logra a partir de su intercambio con la naturaleza (intercambio ecológico), y no de su intercambio con el mercado (intercambio económico), el productor campesino tiende a realizar una producción que por fuerza garantiza la renovabilidad de los ecosistemas. Lo obvio de esta pervivencia y el aspecto “natural” de este modo de producción, tiene un interés fundamental en el diseño de formas tecnológicas modernas, eficientes y productivas, de apropiación de los recursos.

Los grupos campesinos de México disponen de un conjunto de conocimientos empíricos sobre los ecosistemas y sus elementos (suelos, climas, plantas y animales), a partir de los cuales el productor diseña, adecúa y aplica tecnologías y estrategias de producción. Contra lo que supondría el “sentido común dominante”, estos conocimientos no están hechos de informaciones desordenadas ni desligadas unas de otras, sino que conforman verdaderos sistemas de clasificación (taxonomías tradicionales o folk), como lo vio Levi Strauss y como lo han demostrado otros autores a partir de estudios realizados en México(3). Los sistemas tradicionales de clasificación son comparables a los modernos sistemas taxonómicos desarrollados por los científicos, y en muchos casos resultan notables por la fineza de sus discriminaciones y su importancia para la producción. Los campesinos e indígenas de México ofrecen sobrados ejemplos: los tzeltales de Chiapas son capaces de distinguir alrededor de 700 especies de plantas; los mayas de la Península de Yucatán reconocen 909 y los purépecha de Pátzcuaro alrededor de 300(4). Según los datos de 33 estudios de etnobotánica realizados hasta la fecha entre 18 grupos de indígenas y campesinos de México, se juzga que la rica flora del país, con unas 20,000 especies de plantas, debe contener alrededor de 5,000 especies útiles, muchas de ellas alimenticias. Si bien el conocimiento etnozoológico no está ausente de las culturas campesinas tal y como lo muestran los estudios de Hunn (1977) sobre los tzeltales, de Cuevas sobre los amuzgos, y de Pennington sobre los tarahumaras y tepehuanes, el conocimiento de los suelos es uno de los rasgos más valiosos de estas culturas(5). Este conocimiento proporciona un obligado criterio empírico para asignar diferentes usos, cultivos, fechas de siembra y diversas tecnologías al sustrato de que se apropian. Con base en el suelo, los chinantecos de la región de Ojitlán, Oaxaca, distinguen siete unidades básicas medio ambientales, cada una con diferentes vocaciones y usos diversos(6). De 16 tipos de suelo reconocidos bajo el sistema FAO-UNESCO en la Cuenca de Pátzcuaro, Michoacán, los purépechas tienen nombres para 15 de ellos. Basados en la topografía, los huaves de San Mateo del Mar en Oaxaca, distinguen 18 agrohabitats en un pequeño espacio peninsular(7). Por dar un último ejemplo, en un reciente estudio sobre campesinos de habla hispana de México y Guatemala, Williams y Ortiz-Solorio concluyen que “los datos de campo indican que la taxonomía campesina muestra divisiones de suelos que son científicamente medibles y estadísticamente válidas. Comparando esto, con una clasificación del suelo superficial, la clasificación campesina refleja más precisamente las diferencias locales espaciales de la superficie de los suelos que una científica. Más aún, la clasificación campesina es aplicada a nivel de parcela o fracciones de parcela, pues se reconocen varios taxa en una hectárea”(8). Todos estos conocimientos se encuentran siempre referidos a uno o varios ecosistemas distinguidos y nombrados y de cuya dinámica se tiene conocimiento. Los mayas, por ejemplo, cuentan con doce términos para describir con detalle todo el proceso de restitución ecológica de la selva tropical húmeda convertida en área agrícola, mientras que los nahuas del sur de Veracruz tiene nombres para designar 33 ecosistemas. Esta discriminación permite asignar a cada fragmento del espacio una determinada práctica productiva, aprovechar toda una variedad de especies y obtener diferentes productos para llegar a conformar una verdadera estrategia de uso múltiple(9), una respuesta tecnológica a la heterogeneidad de la naturaleza. Esto hace que en muchos casos el modo de producción campesina sea superior, en cuanto al manejo de los recursos naturales, a las alternativas propuestas en los proyectos modernizadores. En un estudio realizado en el valle del Mezquital, Hidalgo, Kirsten Johnson(10) demostró paso a paso la superioridad de la cultura indígena otomí sobre las alternativas de los técnicos y extensionistas del Estado. Esa superioridad se da en la discriminación más amplia de la microecología local y en la mayor variedad de terrenos con que el conocimiento y el trabajo otomíes transforman esas condiciones, además de que la cultura indígena reconoce y utiliza un rango más amplio de condiciones suelo/agua y logra una mayor eficiencia en el uso de los insumos locales.

Si el proyecto del SAM no entrevé una producción de alimentos que vaya más allá de los monocultivos cerealeros, puede convertirse en la repetición del modelo tecnológico que se conoce

En México, el proceso de modernización de las áreas rurales no ha sido más que la historia del desarrollo y la expansión del capitalismo(11). La apropiación de los recursos y la transformación de la economía campesina en una economía capitalista ha generado repercusiones notables: como la producción queda supeditada a la racionalidad de la ganancia y la acumulación, se hace necesaria la implantación de un modelo tecnológico esencialmente destructivo e irracional desde el punto de vista ecológico y que tiende a dirigir la producción a partir de lo rentable y no en función de las necesidades del país. Obligada cada vez más a generar masivamente y en el mínimo de tiempo uno o unos cuantos productos capaces de competir en el mercado, la racionalidad económica del capital entra en abierto conflicto con los ciclos ecológicos, la renovabilidad y capacidad de los suelos, la diversidad orgánica de los ecosistemas, el equilibrio de los sistemas hidrológicos y la escala de producción a la ecología adecuada. El capitalismo supone el continuo forzamiento de las condiciones naturales para lograr el incremento de la producción, y en esta avanzada antiecológica se desarrollan sistemas especializados: la agricultura de monocultivo, la plantación, la ganadería extensiva y la pesca de una sola especie. Bajo la producción capitalista, el mosaico natural tiende a volverse un espacio monótono y especializado, un “piso de fábrica” cuyo mantenimiento se torna cada vez más costoso por el forzamiento ecológico que arroja. El proceso modernizador de la producción primaria, esto es, de las áreas rurales, no es más que un proceso de triple sujeción: la naturaleza se somete a los ciclos de rotación y de acumulación del capital; los productores se someten al capital; que logra transferir valor de la periferia hacia el centro y captar plusvalía mediante la compra de la fuerza de trabajo de los campesinos ya proletarizados (parcial o totalmente); finalmente, el país se somete a la producción de alimentos para satisfacer los requerimientos de los países y/o los sectores centrales.

México ha perdido su capacidad para autoalimentarse no por el aumento de su población ni por las formas de organización campesinas, sino por la expoliación que los productores y sus “medios naturales de producción” (los ecosistemas) han sufrido a lo largo de las últimas décadas

LA ANTIGUA ADECUACIÓN ECOLÓGICA

Con un mosaico cultural compuesto por más de 50 grupos étnicos, con una notable complejidad ecológica resumible en la variedad de sus climas, su topografía y sus casi 30 tipos de vegetación, y con un régimen de tenencia de la tierra donde predomina el minifundio campesino y la propiedad social, México constituye un ejemplo ilustrativo del fracaso que ha acarreado la aplicación reiterada del modelo tecnológico capitalista, excluyente de la estrategia, la experiencia y los conocimientos campesinos.

Esta incongruencia se manifiesta sobre todo en dos dimensiones. Las particulares condiciones ecológicas del país no son las más adecuadas para la aplicación de este modelo tecnológico: compárese la accidentada topografía de las principales sierras y serranías mexicanas, lo pantanoso de la planicie costera del Golfo y la naturaleza desértica y semidesértica del altiplano central del norte, con las áreas de alto potencial productivo de los países templados. Y tampoco lo son las condiciones agrarias: el modelo tecnológico especializado se concibió para ser operativo en extensiones de terreno que la escala de fraccionamiento de la tierra en México supone medianas y grandes propiedades. Si en el primer caso la inadecuación tecnológica obliga a concebir enormes y costosos proyectos de transformación de las condiciones naturales para volver operativo el modelo (y no lo contrario), en el segundo supone un abierto conflicto con el sistema de tenencia de la tierra con dos opciones a la vista: o la colectivización o la disolución de la actual estructura agraria y el consiguiente reacomodo de la propiedad. Esta inadecuación tecnológica quedó corroborada por el éxito limitado de la “revolución verde”, que en el país sólo arraigó en una mínima porción de los productores campesinos: hacia 1976 sólo el 7.1% de la población productora realizaba sobre el 20% de la superficie de labor una producción que podría ser calificada de “moderna” (12) y que sólo tuvo sentido en las regiones que contaban con las condiciones ecológicas propicias al modelo (el Bajío, las planicies del noreste, las tierras bajas de Sinaloa y Sonora).

Y mientras esto ocurre, se cancela la posibilidad de erigir un desarrollo que tome como base la estrategia tecnológica campesina del uso múltiple de los recursos, más cercana y adecuada a las complejas condiciones ecológicas del espacio y al régimen de propiedad vigente. Esto supondría concebir la modernización de la producción primaria como un proceso donde la ciencia y la tecnología nacionales no serían sino formas que permitieran eslabonar la memoria histórica que las culturas locales y regionales han mantenido en cuanto a la apropiación tecnológica de la naturaleza.

Es la aplicación reiterada del modelo productivo- tecnológico capitalista, un modelo divorciado también de los objetivos sociales de la nación, lo que ha provocado la escasez de alimentos y el creciente deterioro de sus recursos: la flora la fauna los suelos y el agua

Esta inadecuación es percibible en varias zonas del país. En las zonas tropicales cálido húmedas, distribuidas sobre la mayor parte de la planicie costera del Golfo de México, en la península de Yucatán y en una buena parte de Chiapas, la aplicación de la tecnología especializada para la producción de alimentos resulta completamente inadecuada debido a la ecología de esas zonas selváticas. Tan sólo un 60% del estado de Tabasco y una porción importante de la península de Yucatán poseen áreas total o parcialmente inundadas, donde la agricultura moderna es impracticable. Lo mismo puede decirse de la mayor parte de los suelos de estas zonas que, salvo contadas excepciones (los de aluvión o los derivados de cenizas volcánicas) no son aptos para la agricultura moderna a base de monocultivos, porque su fertilidad es muy baja y es una zona pobre en materia orgánica y minerales (principalmente fósforo), tiene poca profundidad y altos contenidos de aluminio o de calcio (Yucatán). Hay que agregar la gran cantidad de plagas, hongos y malezas que de inmediato inciden sobre todo monocultivo que se implanta en el trópico, y la continua erosión hídrica y térmica que sufren las áreas desforestadas. Frente a esta alternativa poco viable y ecológicamente costosa que vuelve inoperable en 3 o 4 años toda nueva área del trópico abierta a la agricultura moderna, para este modelo la única opción posible es implantar una ganadería poco eficiente y de tipo extensivo, que desperdicia el espacio a razón de una cabeza de ganado por hectárea.

Por el contrario, los estudios de campo más recientes señalan la existencia de una gama de tecnologías y estrategias ecológicamente apropiadas entre las culturas campesinas e indígenas autóctonas. Y por otra parte, las conclusiones a las que han ido llegando las investigaciones arqueológicas e históricas sobre la civilización maya(13) señalan que estos últimos utilizaron diferentes tecnologías agrícolas para superar las difíciles condiciones del trópico cálido-húmedo, desde los llamados “campos elevados” para las áreas inundables similares a las chinampas del altiplano mexicano, hasta sistemas de terrazas que implicaron el manejo del agua y la topografía a pequeña escala, pasando por el conocido sistema de roza-tumba-quema que alterna periodos de descanso con periodos de producción y que permite cultivar varias especies en una misma área. Los mayas agregaron a esto un avanzado manejo hortícola y silvícola, pesca, caza y recolección para producir sus alimentos y sostener grandes núcleos de población. En la actualidad muchos de estos sistemas se encuentran vigentes y otros en vías de desaparición, como sucede con los huertos de carácter doméstico, capaces de combinar en un pequeño espacio numerosas especies útiles y entre los que destacan los “cacaotales” del centro de Tabasco, con hasta 65 especies comestibles(14) y los similares de los chinantecos de Oaxaca y los mayas de la península. En el mismo sentido destaca el sistema agrícola de los chontales de Tabasco: se llama “mareño” y se practica a las orillas de ríos y pantanos. Consiste en el aprovechamiento de los flujos y reflujos del agua junto con los ricos suelos aluviales para cosechar un maíz de rápido crecimiento, cuyos rendimientos alcanzan las increíbles cifras de entre 6 y 10 toneladas por hectárea. Rápidamente podrían enumerarse otros sistemas productivos de índole similar: las bancales para la producción de arroz, el “ka’anché” maya para las hortalizas, la ganadería intensiva a base de forrajes verdes, esquilmos agrícolas y leguminosas cultivadas que logra mantener hasta 10 cabezas de ganado por hectárea, el aprovechamiento directo de las especies vegetales y animales de las selvas, y las enormes posibilidades de la acuacultura tropical.

En el trópico húmedo-cálido, siguiendo la estrategia del uso múltiple, es decir, mediante la utilización de mosaicos ecológicos con selvas primarias y secundarias, cuerpos de agua, potreros intensificados, campo de cultivo, huertos y plantaciones multiespecíficas, una sola comunidad campesina podría generar hasta 250 productos comestibles, según fue mostrado en el diseño realizado por Toledo y colaboradores(15) para la región de Uxpanapa en Veracruz.

En cuanto a las zonas templadas subhúmedas, predominantes en la mayor parte de las montañas de México, y que se caracterizan por la abundancia de bosques de pinos y encinos, la tendencia a obtener alimentos a partir de un solo tipo de agricultura especializada y de una sola especie (sea maíz, trigo o cebada) ha ocultado las posibilidades y ventajas de la agricultura tradicional desarrollada desde hace siglos por las culturas del altiplano. Los cultivos poliespecíficos de las partes planas (que en su versión más acabada combinan maíz, frijol, calabaza, amaranto y huauzontle y varias especies de quelites), constituyen una opción agrícola de indudable valor alimenticio, sobre todo por la presencia de las especies de amarantos (como las empleadas para preparar “alegrías”) que en vías de desaparición, los especialistas las consideran plantas muy promisorias por sus altos contenidos proteínicos. También son notables las áreas con grandes recursos de agua (lagos y lagunas), que permitieron una agricultura intensiva y altamente redituable a las antiguas civilizaciones del altiplano, y cuyo ejemplo más notable son las chinampas. A pesar de que hoy en día la mayor parte de los lagos del altiplano se hallan ya desaparecidos (Valles de México y Toluca), la revitalización y la modernización del sistema de chinampas o de sistemas similares, y de la estrategia de uso múltiple de la que forma parte (junto con la pesca, el cultivo acuícola y la caza de aves) deberían intentarse donde fuera posible. Como el sistema de “mareño” en el trópico, las chinampas de las zonas templadas son capaces de alcanzar mayores rendimientos por unidad de superficie (entre 4 y 6 toneladas de maíz por hectárea según Venegas)(16), que el más productivo de los sistemas agrícolas modernos.

El proceso modernizador de las áreas rurales, es un proceso de triple sujeción: la naturaleza se somete a los ciclos de rotación y de acumulación del capital; los productores se someten al capital, y el país se somete a la producción de alimentos para satisfacer los requerimientos de los países y/o los sectores centrales

En el mismo sentido deben reconsiderarse los sistemas de terrazas aún vigentes, y también de origen prehispánico, que bajo condiciones muchas veces abruptas hacen posible la agricultura sobre pendientes y laderas sin provocar erosión. Estos sistemas hacen posible el cultivo de cereales y leguminosas, manejando de manera inteligente diversas especies de nopales y magueyes como retenedores de suelo, alimento, forraje (para cerdos y bovinos) y materia prima (fibras). También debe pensarse en la posibilidad de aprovechar el uso múltiple de los ecosistemas de estas zonas, de enorme importancia forestal, de modo que la producción de madera y resina, alimentos diversos (hongos, frutos) y forrajes de los bosques (por ejemplo las bellotas de más de las 60 especies de encinos), logrará combinarse con una ganadería de tipo intensivo, una agricultura diversificada (de temporal y de humedad sobre planicies y laderas) y la pesca o la acuacultura en lagos o cuerpos artificiales de agua. La experiencia de grupos indígenas como los purépecha de Michoacán, o los tarahumaras de Chihuahua, sugiere aplicar una estrategia semejante(17).

En las zonas áridas y semiáridas que conforman casi el 30% del territorio del país y en donde el principal factor limitante es el agua, la experiencia de los indígenas seris, pimas y pápagos ofrece una opción local. Esos grupos han recurrido a una multitud de especies desérticas con alto contenido alimenticio y que podrían ser la base para la agricultura apropiada a la ecología de estas zonas: entre ellas hay leguminosas de alto contenido proteínico, como el mezquite o el frijol tepario, las calabacitas (Cucurbita foetidissima y C. digitata) y numerosos frutos, raíces, semillas y tallos de la flora local. De ellas, tan sólo en el desierto de Sonora se han registrado 375 especies. Destaca también el uso que los seris dan a las semillas de un pasto marino del Golfo de California (Zotera marina), que tiene un alto valor nutritivo y que bien podría ayudar en la alimentación de esas porciones del país; y la técnica de la agricultura a base de inundación en pequeña escala, que echa mano de canales, terrazas; cortinas y vertederos, y retiene y utiliza el agua de lluvia(18). A partir de estos ejemplos podría empezar otra historia de lo que sería en México el uso de tecnologías adecuadas a las condiciones ecológicas.

EL SAM Y EL SILENCIO DE LOS VIEJOS

Con una población que pasó de 35 millones de 1960 a 70 millones en 1980, México ha ido requiriendo de mayor cantidad de granos importados para alimentar a su población (9% del total sectorial en 1965; 67% en 1975 y 80% en 1980), dada su incapacidad para generarlos a partir de sus propios ecosistemas. La superación de este panorama puede seguir tres opciones principales, no necesariamente excluyentes. La primera consiste en lograr la reconversión de espacios que se fueron dedicando paulatinamente a la producción de productos agrícolas no alimenticios o de exportación y a la ganadería extensiva. Esto implica la recuperación de las mejores tierras de riego para producir los granos básicos y también recuperar las áreas que, dedicadas a la ganadería, tienen una vocación agrícola y por lo tanto están mal utilizadas. La segunda opción consiste en expandir la frontera agrícola abriendo al cultivo las áreas que siguen con vegetación natural a pesar de su demostrada vocación agrícola. La tercera opción consiste en alcanzar un incremento marcado de la productividad dentro del sector rural mayoritario y que tradicionalmente ha producido los alimentos básicos para el país, esto es, en los productores temporaleros.

Según su programa y primeras acciones, al parecer la estrategia del Sistema Alimentario Mexicano implica el seguimiento de las tres opciones, con un énfasis especial en el sector de la economía campesina. Para lograr la recuperación alimentaria, el SAM constituye también un esfuerzo modernizador, de nuevo corte, del sector típicamente campesino. Sin embargo, entre los planteamientos y objetivos generales del proyecto SAM, y el funcionamiento de una serie de instituciones y agencias estatales (BANRURAL, SARH, etc.), median diferencias importantes, de modo que los enunciados generales se ven envueltos en una red de relaciones político-administrativa que reorientan esos objetivos e incluso los distorsionan cuando son puestos en práctica.

Existen dos concepciones sobre el reto de la autosuficiencia alimentaria. La primera ve la autosuficiencia como la capacidad del país para producir los alimentos que la población requiere, dando prioridad a las zonas agrícolas dominadas por el capital; la otra considera que la autosuficiencia supone (y sólo así se puede alcanzar) el apoyo y revitalización del sector campesino temporalero.

Contra las proposiciones sobre la necesidad de integrar los procesos productivos primarios, aplicar una tecnología apropiada o cambiar la actitud de los extensionistas(19), las agencias estatales siguen considerando al país como una realidad monótona y no plantean la necesidad de planificar con base a la experiencia campesina y el mosaico ecológico.

La producción de alimentos exige un desciframiento tecnológico distinto para cada localidad, zona o región, atento a las diferentes formas de integración productiva; esto es, supone la combinación apropiada de cada práctica (agrícola, pecuaria, pesquera, hortícola, extractiva, etc) dentro del proceso de producción, en vez de reducirse a la explotación de cereales y de leguminosas.

Las instituciones estatales no ven en la economía campesina más que un esquema estereotipado de producción maicera para el autoconsumo, y esto las incapacita para reconocer y aprovechar el potencial que encierra la estrategia campesina del uso múltiple de los recursos.

La crisis alimentaria del país ha llegado hasta la pérdida de la autosuficiencia a diferentes niveles. Pero más grave aún que esta crisis es la adopción, para salir de ella, de proyectos de corte tecnocrático que acaban imponiendo otra vez, un solo modelo tecnológico y un solo modelo de desarrollo. Por ejemplo, el Programa Nacional Agropecuario, un proyecto clave para lograr la autosuficiencia alimentaria, simplemente reproduce la mayor parte de los esquemas de la “revolución verde”: los únicos medios que se reconocen para alcanzar la independencia del país en materia de alimentos son la fertilización química (5 millones 388 mil hectáreas), y la mecanización indiscriminada del espacio (637 mil hectáreas), dedicado a una agricultura especializada (es decir a base de monocultivos y semillas mejoradas). Todo esto completamente desconectado de las otras prácticas productivas primarias que realiza toda unidad campesina (ganadería, pesca, acuacultura, arboricultura, caza, extracción), y sin tomar en cuenta las necesidades y las experiencias de cada localidad, región o zona ecológica del país.

Si el proyecto del SAM no entrevé una producción de alimentos que vaya más allá de los monocultivos cerealeros, puede convertirse en la repetición del modelo tecnológico que se conoce: el que la racionalidad de la economía capitalista ha engendrado y hace aparecer como el único posible.

Este modelo, que ha privado al país de una vía tecnológica propia, generada a la medida de sus particulares condiciones geográficas, ecológicas, agrarias, culturales e históricas, podría acarrear también que todo el esfuerzo del SAM por lograr la independencia nacional en materia alimenticia, se vea amenazado por la posibilidad de un nuevo fracaso, a corto o mediano plazo, o resulte fracturado por los hechos, en algo así como la repetición de la parábola donde el joven impetuoso se pierde en el error por desoír o no comprender el silencio del sabio viejo.

Bibliografía

(1) Toledo, V.M. 1980. “Intercambio ecológico e intercambio económico en el proceso productivo primario”, en Leff (Ed). La bio-sociología y la articulación de las ciencias. UNAM, (en prensa).

(2) Toledo, V.M. 1980. “La ecología del modo campesino de producción”. Antropología y Marxismo 3:27-47.

(3) Levi-Strauss, C. 1968. El pensamiento salvaje. Fondo de Cultura Económica, Breviarios. México; Berlin, B. D.E. Breedlove y P.H. Raven Principles of Tzeltal Plant Classification. Academic Press, New York, 1973; Hunn, E. Tzeltal Folk Zoology. Academic Press, New York, 1977; Barrera-Bassols, N. El conocimiento y uso de los suelos entre los purépecha de Pátzcuaro. Cuadernos de Etnociencia SEP-UNAM, 1981 (en prensa).

(4) Berlin, Op. cit Barrera. A; A. Barrera Vázquez y R.M. López Franco. Nomenclatura Etnobotánica maya. Instituto Nacional de Antropología e Historia, Colección Científica No. 36, 1976; Caballero, J. & C. Mapes: Etnobotánica purépecha. Cuadernos de Etnociencia, SEP-UNAM, 1981 (en prensa).

(5) Cuevas, S.:Ornitología amusga: un análisis etnosemático. E.N.A. e Historia, México, 1979. Tesis de maestría; Pennimgton 1966. The tepehuan of Chihuahua. University of Utah Press, 1966.

(6) Lucero, A. & S. Avila. “Las relaciones ecológicas en el norte de la Chinantla”. Cultura v Sociedad. 2:48-58.

(7) Barrera-Bassols, Op. cit.; Zizumbo, D. & P. Colunga. 1980. La utilización de los recursos naturales entre los Huaves de San Mateo del Mar, Oaxaca. Tesis, Fac. Ciencias, UNAM, 1980.

(8) Williams, B. & C.A. Ortíz-Celorio, Taxonomía campesina de suelos. Centro de Edafología. Colegio de Postgraduados, Chapingo, México, 1981 Mecanografiado.

(9) Toledo, V.M., A. Argueta. P. Rojas, et al. “Uso múltiple del ecosistema, estrategias de desarrollo”. Ciencia y Desarrollo. 11:33-39.

(10) Johnson, R. 1977, Do as the Land Bids: A Study of Otomí Resource Use in the Eve of Irrigation. Mim. 575 pp.

(11) Rello, F. y M.E. Montes de Oca. 1974. “Acumulación de capital en el campo mexicano”. Cuadernos Políticos. 2:62-76; Stavenhagen, R. (Ed). 1976. Capitalismo y Campesinado en México. Instit. Nacional de Antropología e Historia. México.

(12) Wellhausen, E.J.: “The Agriculture of México. Scientific American (9): 129-141.

(13) Harrison, P.D. y B.L. Turner, Prehispanic Maya Agriculture. University of New Mexico Press, 1978.

(14) Ortiz, G. Los huertos familiares de la Chontalpa, Tabasco. Col. Sup. de Agri. Tropical, 1979 Mecanografiado.

(15) Toledo. V.M., J. Caballero, A. Argueta, et al. 1978. “El uso múltiple de la selva basado en el conocimiento tradicional”, Biótica 3:85-101.

(16) Venegas, R. Las chinampas de Mixquic. Tesis, Fac. Ciencias. UNAM, 1978.

(17) Toledo. V.M., J. Caballero, C. Mapes, et al, “Los purépechas de Pátzcuaro: una aproximación ecológica”. América Indígena. 40:17-37; Pennington, C.W., The Tarahumar of México. University of Utah Press, 1963.

(18) Nabhan, G.P. 1979. “The ecology of floodwater farming in arid southwestern North América”. Agro-ecosystems 5: 243-255.

(19) Sistema Alimentario Mexicano, op. cit.

Obreros sobre Washington

Aun cuando los años recientes parezcan indicar lo contrario, el movimiento obrero norteamericano tiene una larga tradición de lucha. El desarrollo impetuoso y agresivo del capitalismo en ese país, en especial durante la segunda mitad del siglo pasado, obligó a los trabajadores a desarrollar una notable combatividad, primero para exigir el derecho a organizarse, que tanto la estructura patronal (crecientemente monopólica) como el Estado les negaban, y luego para ir alcanzando reivindicaciones elementales. La historia de Estados Unidos a partir de 1870 está plagada de luchas obreras, intentos de organización y terribles represiones, al grado de que una de las causas de la formación de la Guardia Nacional en Estados Unidos fue precisamente la necesidad de contar con cuerpos represivos adicionales en caso de que la agitación sindical adquiriera proporciones que amenazaran la estabilidad del país o de alguno de sus estados. Basta recordar que dos fechas internacionales que salvo en Estados Unidos se conmemoran hoy en todo el mundo, el Día del Trabajo y el Día Internacional de la Mujer, tienen su origen en masacres obreras ocurridas en ese país.

AL REFORMISMO POR EL PÁNICO

A partir de 1877, con las grandes batallas laborales, nacen los primeros sindicatos nacionales por rama industrial. La American Federation of Labor (AFL), primera central obrera norteamericana, fue creada en 1886. Clásicamente, conforme se concentraba y desarrollaba, la propia expansión capitalista iba abriendo espacios y las primeras décadas de este siglo vieron el fortalecimiento de la lucha sindical. No es extraño, entonces, que durante la crisis de fines de los años veinte y comienzos de los treinta, una preocupación importante de empresarios y gobernantes haya sido la posible agitación obrera que impusiera cambios políticos y sociales de fondo.

No fue así, la propia magnitud de la crisis provocó una desmovilización, aumentó sustancialmente el desempleo y redujo por consiguiente la influencia de las organizaciones sindicales. Al mismo tiempo, el pánico de la recesión, hizo que muchos trabajadores aceptaran de muy buena gana el New Deal rooseveltiano, a falta de una real alternativa de clase. La consecuencia fue el ingreso formal del movimiento sindical a la alianza demócrata, que permitió al partido de Franklin D. Roosevelt gobernar el país por dos décadas y convertir al sindicalismo organizado en una sólida base electoral.

Fue sin embargo hasta la posguerra cuando las tendencias reformistas del movimiento obrero norteamericano se expresaron plenamente y asumieron posiciones cada vez más pro-establishment. Conviene recordar las causas de ese cambio paulatino. En primer lugar, el nivel de desarrollo alcanzado por Estados Unidos, en especial su expansión desde el New Deal y luego de la Segunda Guerra, tuvo como consecuencia casi una situación de pleno empleo y un aumento sustancial de los niveles de ingreso. Cuando decimos pleno empleo nos referimos a trabajadores industriales y de servicios, no a sectores mucho más desprotegidos de la población, como las minorías raciales, que sólo recientemente se han incorporado al movimiento sindical organizado. Ese mismo fenómeno y el aumento consiguiente de los niveles de vida y de consumo, sin duda provocaron cambios ideológicos de fondo, que explican parcialmente la concepción puramente reivindicativa que sigue privando hoy en el movimiento sindical estadounidense.

AMERICAN WAY OF CHARRO SINDICAL

En segundo lugar, el desarrollo de prácticas poco democráticas que hacían a los dirigentes cada vez más ligados al sistema, irresponsables ante sus bases, y que permitían reprimir cualquier forma de contestación a su liderazgo o sus políticas. Hay desde luego excepciones incluso en las organizaciones más importantes (la United Auto Workers, lo es en alguna medida), pero la tendencia a la autonomización de las direcciones sindicales ha sido creciente. La tendencia se refuerza por el reivindicacionismo imperante que permite a los dirigentes más conservadores afianzar su posición con el argumento de que son ellos quienes pueden obtener, y de hecho a veces obtienen, mejores ventajas materiales en la negociación colectiva.

Un tercer elemento, ideológico, es el anticomunismo de la época de la guerra fría que permitió purgar cómodamente de los sindicatos a los sectores de izquierda, con el argumento de communist takeover (la toma comunista) de la organización obrera. Así fue posible, además, que el Estado tomara parte directa en la represión, asociado al liderazgo sindical, cuyo interés en conservar posiciones lo hacía estrechar cada vez más sus vínculos con el establecimiento político.

A fines de los sesenta y comienzos de los setenta se incorporaron al movimiento obrero grandes contingentes de jóvenes y negros, y nacieron organizaciones estrictamente ligadas a la lucha de minorías, como la United Farm Workers de César Chávez. La crisis económica que empezó a afectar a Estados Unidos en los setenta trajo un aumento del desempleo, que pronto alcanzó a los trabajadores industriales sindicalizados y la radicalizó a algunos sectores. Pero estos hechos, lejos de provocar un cambio en las direcciones sindicales nacionales, más bien reforzaron su tendencia a separarse de la base social y a adoptar posiciones conservadoras, algunas de las cuales reflejan el interés genuino de sectores de la clase trabajadora: el rechazo a la competencia extranjera, la oposición a las políticas de inmigración. Otras corresponden estrictamente a la alianza con el establishment, como la posición pro-guerra o el rechazo a la distensión. El resultado global ha sido la pérdida de representatividad y unidad, las tasas de sindicalización han disminuido y las organizaciones tienden a operar por separado a medida que aumentan sus diferencias ideológicas o de interés específico. Y aunque la alianza con el Partido Demócrata aparentemente subsiste, en los hechos importantes organizaciones sindicales no apoyaron ni trabajaron por Carter e incluso algunas llegaron a apoyar la candidatura de Ronald Reagan.

AGITADORES EN LA CASA BLANCA

Pero justamente el carácter netamente antiobrero de la política económica de Reagan ha reavivado en alguna medida la combatividad y unidad del movimiento sindical norteamericano. El enfrentamiento no se da en las mejores condiciones de la historia: la recesión y el desempleo han disminuido el poder de contratación de los sindicatos, la falta de democracia interna los ha hecho perder representatividad y legitimidad, la tradición de combatividad se ha perdido o se conserva sólo para pelear por intereses específicos y carece de símbolos unitarios de clase. Con todo, la forma explícita en que Reagan pretende cargar, a través de sus medidas presupuestarias, tributarias y económicas, el peso de la recuperación económica sólo en los trabajadores, hace prever una modificación en ese adocenamiento.

Una primera prueba de la dureza del enfrentamiento por venir fue la huelga de controladores aéreos, una de las organizaciones sindicales, irónicamente, que apoyó la candidatura de Reagan. En premio consiguieron la cesantía. La manifestación de entre 300 y 400 mil obreros en Washington el 20 de septiembre pasado fue como una primera declaración de guerra formal. En otras manifestaciones recientes igualmente masivas, el papel de las minorías, los grupos pacifistas, etc., había sido central. También estuvieron ahora presentes, pero lo decisivo fue que por primera vez en mucho tiempo, el protagonista mayoritario fue el movimiento obrero organizado. 

Los cambios recientes en la cúspide del movimiento pueden tener algún significado. Sin duda la figura de George Meany, presidente de la AFL-CIO recientemente fallecido, encarnaba como nadie las tendencias negativas de los últimos treinta años. Su sucesor, Lane Kirkland, ha demostrado al menos un cierto interés renovador, alentado por la preocupación de muchos dirigentes por su pérdida de influencia y representatividad. De momento, la nueva dirección ha adoptado algunas medidas que tienden a sacar a la AFL-CIO de la posición conservadora en que se había ubicado. La reconciliación con la United Auto Workers (que se ha reafiliado después de muchos años) y el reingreso de la central norteamericana a la CIOSL (Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres), de tendencia social-demócrata, son pasos de reafirmación de una línea de mayor combatividad y reflejan una adhesión a proyectos de corte reformista, dentro del capitalismo, opuestos al de Reagan. En los próximos meses, la alianza del movimiento obrero con el Partido Demócrata, tenderá a fortalecerse. Que se mantenga o no dependerá de la profundidad de la crisis y de la voluntad de la clase obrera norteamericana de romper con un pasado reciente en que el reformismo ha jugado un papel negativo para su desarrollo y autonomía.

De cómo aprendió a amar la bomba y a creer en los neutrones

Después de las maniobras Carte Blanche —la primera movilización masiva de la OTAN el año de 1955— los estrategas revelaron resultados inquietantes: el síndrome Hiroshima. Si el simulacro hubiera sido cierto, 335 ojivas nucleares habrían arrasado Europa. El balance era aterrador: un millón y medio de muertos y cuatro millones de heridos, más víctimas que durante todos los bombardeos aliados en la segunda guerra mundial.

Tres años más tarde, en 1958, Samuel T. Cohen, un físico nuclear estadounidense, publicaba un ensayo en una revista militar especializada, la Strategic Review, criticando los resultados del simulacro Carte Blanche. Afirmaba que la hecatombe nuclear podía evitarse, ya que existían métodos más efectivos. Oponía a las armas atómicas convencionales la bomba de neutrones, que ofrecía ventajas inmejorables y eliminaba el síndrome Hiroshima haciendo una distinción importantísima: podía separar la destrucción militar de la civil. Dentro de cualquier sótano, la población civil estaría a salvo de la tormenta neutrónica, bastarían sólo sacos de arena para protegerse.

Por una muerte limpia

El tema no era nuevo. A principios de los cincuenta, el proyecto de fabricar una bomba limpia obsesionaba tanto a los soviéticos como a los estadounidenses. Se trataba de un arma que, gracias a la fusión nuclear, pusiera fuera de combate a los efectivos militares, conservando las ciudades limpias de nubes radioactivas (fall-out). En teoría la receta no era tan difícil: bajo temperaturas de millones de grados, se reúnen átomos de hidrógeno pesado —el tritio y el deuterio— que, al fundirse en helio, se transforman en una enorme cantidad de energía. La bomba de neutrones era entonces un proyecto atractivo para los estrategas. Mataban dos pájaros de un tiro: por un lado, si la explosión alcanzaba una altura considerable, los efectos del calor y la presión serían mínimos sobre la tierra; por el otro, podían fabricar ojivas y bombas a la medida exacta de la destrucción. Además, y esto era lo importante, mataría toda vida orgánica. Durante los años sesenta, la sola idea de que el enemigo dispusiera de un arma semejante, tuvo en jaque a las dos superpotencias. Thomas Dodd, senador estadounidense y apologeta de los neutrones, advertía el año de 1963 a sus colegas: “Imagínense por un momento esta situación; los soviéticos bloquean Berlín. Nosotros buscamos romper el cerco enviando un convoy militar. Se llega a un combate convencional y los nuestros logran imponerse. De pronto y sin previo aviso, los soviéticos disparan una decena de ojivas neutrónicas a la altura conveniente. Nuestros hombres son puestos fuera de combate. Nuestros tanques salen ilesos, pero sus tripulaciones son incapaces de seguir peleando. Semanas después mueren a causa de las radiaciones”. De igual modo, M. Pavlov, coronel del ejército soviético, escribía en 1961: “sólo los agresores estadounidenses, que siguen imaginando actos de piratería en otros países, son capaces de poner el talento de sus científicos al servicio de una bomba de neutrones”.

A pesar de todos los proyectos de investigación durante los últimos veinte años, ni los científicos estadounidenses ni, mucho menos, los soviéticos lograron fusionar por completo los átomos de hidrógeno. Todos los experimentos seguían empleando como detonadores cargas de plutonio y uranio, elementos sucios y contaminantes.

De acuerdo a su técnica de fabricación, las ojivas neutrónicas no serían otra cosa que bombas de hidrógeno en miniatura. Los estrategas militares las definen como armas de radiación potenciada (enhaced radiation weapons). Sin embargo, la pureza que deseaban obtener en los años cincuenta, no llegó a materializarse: toda bomba de hidrógeno sigue necesitando la presión y el calor como únicos detonadores. Las bombas que los Estados Unidos han comenzado a fabricar en serie, tienen un treinta por ciento más de radiación neutrónica sin eliminar los detonadores contaminantes.

La licuadora respetuosa

Alfred Starbird, uno de los directores del proyecto estadounidense, lo dice con toda claridad: “nosotros buscamos reducir los efectos de la reacción termonuclear, para lograr el radio exacto de la destrucción que nos hemos propuesto”. La radiación de los neutrones es mortal por su velocidad. Sin una explosión atómica que los dispare a catorce millones de voltios electrónicos, los neutrones serían tan inofensivos como balas sin pólvora. Por el contrario, al dispersarse después de una explosión termonuclear, pueden traspasar la coraza de un tanque o los muros de un edificio. Sus efectos en el organismo humano son más devastadores. Los neutrones penetran hasta el hidrógeno de nuestras células, rompiendo su equilibrio molecular. De un golpe, nuestro cuerpo recibiría millones de inyecciones del ácido más corrosivo. Como dicen en los laboratorios estadounidenses, los neutrones licuarían a las personas. Los experimentos que se han llevado a cabo con monos, dieron los siguientes resultados: bajo una dosis radioactiva de 2500 rad (radiation absorbed dosis), aparece una parálisis temporal, pero mueren sólo siete o nueve días más tarde. No estaría mal imaginar el horror. Después de un arranque de ojivas neutrónicas, miles de soldados quedarían mortalmente heridos en el campo de batalla; su muerte sin embargo, tardaría días o semanas. Mientras los edificios y los armamentos se mantienen en pie, la destrucción biológica sería total. La diferencia con las bombas atómicas es sólo aparente. No tendríamos ciudades destruidas, sino seres humanos cayéndose en pedazos. Y una naturaleza enferma.

Bienaventurados los que mueren en el centro de la explosión neutrónica, porque de ellos es el infierno de la desintegración instantánea. Más allá de los primeros cuatrocientos metros, en cada uno de los círculos de la radiación neutrónica, empieza algo que escapa a cualquier relato: a setecientos metros de distancia, uno recibe tal descarga de neutrones que muere en veinticuatro horas; cinco minutos después de la explosión, aparece una parálisis progresiva, vómitos y convulsiones, que duran varias horas. A novecientos metros, se recibe una dosis de 4000 rad.; por unos minutos se sufre un desmayo, pero se puede seguir combatiendo. Sin embargo, seis horas más tarde, se inicia un desgaste lento: destrucción total del sistema nervioso y hemorragias internas. La agonía puede prolongarse una semana. A mil doscientos metros, la tripulación de un tanque recibe una descarga de 600 rad., que en todos los casos es mortal. A esta distancia, los síntomas aparecen dos o tres horas después de la explosión. Una diarrea hemorrágica los lleva a la muerte. Los soldados mueren en un lapso de dos o tres semanas.

Los estrategas militares del Pentágono han encontrado serios inconvenientes en esta macabra situación, porque los efectos del arma neutrónica en nuestro organismo son de una lentitud considerable. George B. Kistiakovsky, director del laboratorio atómico de Los Alamos, tiene sus reservas en la aplicación de los neutrones. El funcionario nos dice que en teoría todo ejército disciplinado, después de la parálisis momentánea, volvería a combatir más implacable y ferozmente que los otros soldados. Serían algo así como muertos vivientes, gente que conoce su destino. Con un cinismo que raya en la estupidez, Kistiakovsky no garantiza la reacción patriótica de los soldados, ya que pueden darse muchas otras variables en su conducta. Por otra parte, Hebert Scoville, ex director de la sección nuclear del Pentágono, asegura que precisamente el potencial de mutantes pone en tela de juicio las ventajas del arma neutrónica. Nada garantiza tampoco que la radiación acabe con los tanques. Y el humanista Caspar W. Weinberger, ministro de defensa estadounidense, resume la noble tarea de los neutrones diciendo que se trata de detener el ataque masivo de tanques enemigos, que de lo contrario arrollarían a la Europa democrática.

De cómo aprendió a amar la bomba

Para dar al lector el contraste exacto, la pequeñez de la cápsula neutrónica con la grandeza intelectual y moral de su inventor, basta recurrir a algunos fragmentos de la entrevista que Samuel T. Cohen, padre de la bomba de neutrones, concediera hace dos meses a la televisión holandesa.

Pregunta: ¿Cuándo descubrió usted la bomba?

Cohen: Fue en el verano de 1958. El ministerio de Defensa me pidió investigar las posibilidades para fabricar un arma nuclear de uso exclusivo en el campo de batalla.

Pregunta: ¿Qué tipo de descubrimiento hizo usted?

Cohen: Se basa en lo que llamamos fusión nuclear. Una energía que tiene su origen en un proceso parecido al que ocurre en el sol, allá arriba (señala con el dedo arriba). La llamamos un arma nuclear limpia. Es decir, con poca radioactividad. Es como un inmenso aparato de rayos X. Esta es la imagen artística (señala una fila de casas) que tengo de la silueta de una ciudad. Mientras arriba, en el aire, a seiscientos o novecientos metros de altura, explota mi bomba de neutrones.

Pregunta: ¿Le gusta fabricar armas?

Cohen: Francamente, sí. Es un desafió. Una ocupación fascinante.

Pregunta: ¿Qué es lo que usted más quiere en el mundo?

Cohen: Un ser que todavía no ha llegado a saludarme, pero que lo hará pronto: mi perro. Por favor, no se lo diga a mi mujer ni a mis hijos.

Pregunta: ¿Qué piensa su mujer sobre la bomba?

Cohen: Mi esposa no se ocupa de la bomba. Juega tenis y se dedica a las labores del hogar, no tiene tiempo para ocuparse de estas cosas horribles.

Ahora, en una situación bélica convencional, por ejemplo: la lucha por una ciudad, lanzamos los rayos de neutrones sobre el enemigo; pero la presión y el calor no alcanzan a la tierra. Por esta razón se describe a la bomba de neutrones como un arma que mata seres humanos, pero protege la propiedad. Cuando me preguntan si no es inmoral matar hombres y proteger la propiedad, yo respondo que los hombres son soldados enemigos, y que proteger la propiedad civil es algo muy importante. ¿Quiere usted una Coca Cola? Los ciudadanos pueden hacer dos cosas: abandonar la ciudad antes de que comience la batalla, lo que casi siempre hacen si hay tiempo. O buscar protección debajo de la tierra, en sótanos convencionales. Los sótanos son simples y baratos. Mientras arriba tiene lugar la batalla, ellos están protegidos en los sótanos. Si la OTAN decide acumular bombas de neutrones en Europa, la población civil puede fabricar sótanos a un precio módico. No cuestan más de cien dólares por cabeza. Eso es todo. Uno se protege sólo contra la radiación. Para protegerse contra la presión, se necesitaría comprar grandes cantidades de acero y cemento.

Pregunta: Usted habla de una guerra en Europa. Yo vivo en Europa y no me gusta lo que dice.

Cohen: Es lógico. Sólo le puedo decir que ustedes tienen mala suerte, son vecinos de la Unión Soviética, se encuentran amenazados. Nosotros, por el contrario, tenemos un océano de por medio. (Prenden el televisor y aparece Ronald Reagan en la pantalla.) Ese es mi presidente.

Pregunta: El puede aumentar la producción de bombas, ¿no es cierto?

Cohen: Sí, él tiene la última palabra.

Pregunta: ¿Qué piensan sus hijos sobre su descubrimiento?

Cohen: Tienen una enorme indiferencia ante estas cosas. (Le pregunta a su hija.) ¿Qué piensas sobre el descubrimiento de tu Papá?

Hija: No pienso que la bomba sea algo horrible, ya que protege a nuestro país. Mata a seres humanos, es cierto y esto es horrible. Pero matar es matar. Puede también ser útil para la defensa.

Cohen: (A su hija.) Luego los hombres son para ti monstruos, porque se matan entre sí.

Hija: Estoy totalmente de acuerdo contigo. Pero no todos los hombres, sólo la mayoría. Tu generalizas demasiado.

Cohen: (A su hija) Yo creo que todos los hombres son monstruos. Quien no asesina, sueña con hacerlo.

Hija: ¿Cómo lo sabes?

Cohen: Lo sé. Leo y hablo con los hombres.

Hija: Si consideras que todos los hombres son unos monstruos, entonces tú también lo eres.

Cohen: Claro.

Pregunta: Durante los últimos veinte años, señor Cohen, no ha pensado ¿Oh, Dios, qué he descubierto?

Cohen: No, nunca. El arma neutrónica es, con mucho, la más selectiva y precisa que se ha descubierto. Suena pedante, pero no es casual. Lo que digo es verdad. No ha existido nunca algo parecido.

Pregunta: ¿Quiénes están en esa fotografía?

Cohen: Es el cardenal Casaroli, el ministro de relaciones exteriores del Vaticano. Hace dos años fui su huésped. El punto culminante de mi visita, fue una entrevista con el Papa. Nada menos que con el Papa.

Pregunta: ¿Y qué sucedió?

Cohen: Me presentaron como el padre de la bomba de neutrones. El Santo Padre reaccionó de un modo sereno, mientras los cardenales se escandalizaban porque me presentaron con ese título. El Papa me preguntó que si yo trabajaba por la paz. Le aseguré que había hecho mi mejor esfuerzo, que él era mi ejemplo, y que en él me inspiraba.

Pregunta: ¿Se considera usted un científico?

Cohen: No, ya no me considero un hombre de ciencia. Seguramente ha oído usted hablar del psicoanálisis, ¿verdad? La primera asociación espontánea que tuve mientras me lo preguntaba, fue la de que me consideraba un humanista. ¿No es extraño?

Pregunta: Sí, bastante.

Cohen: Pero he sido sincero. Es mi inconsciente el que habla. 

Pregunta: ¿Cómo se puede ser creativo, si se trabaja con cosas destructivas?

Cohen: ¡Perdone usted, señor, la bomba de neutrones no es un arma destructiva!

Pregunta: Pero mata seres humanos.

Cohen: No, no, no, mata soldados enemigos. Es cosa de la guerra. La guerra está en la naturaleza del hombre. Así ha sido siempre.

samuel-t-cohen

OMAR TORRIJOS: ATREVERSE A VIVIR LOS SUEÑOS

El filósofo, matemático y escritor José de Jesús Martínez sostuvo una peculiar amistad con el general Omar Torrijos. Se cuenta que su amistad nació durante una reunión de Torrijos con intelectuales panameños. Martínez era un conotado opositor, antimilitarista para más señas. Torrijos reprochó entonces a los intelectuales su falta de relación con la realidad y los desafió a vivir la dura vida militar. Tal vez por excentricidad, Martínez, con sus 43 años y su prestigio, ingresó como soldado raso a la Guardia Nacional y llegó a sargento. Torrijos apreció esta actitud y desde entonces estuvieron juntos. Autor teatral y poeta, José de Jesús Martínez se convirtió en escolta del general, y más que eso, en su confidente y amanuense. Martínez recogió anécdotas, experiencias, dichos y apuntes de Torrijos, de donde sacamos los siguientes textos.

Durante el sepelio de Torrijos, el pasado 4 de agosto, la periodista Stella Calloni presenció la siguiente escena: “Recuerdo que junto a mí estaba una anciana, vestida curiosamente con un viejo sombrero. ‘Su cuerpo ya no está aquí -decía-, pero su alma anda y nos dice pa’lante, pa’lante. Señor, Señor, ha sido pecador porque le gustaba la vida, pero Tú entiendes mejor a la gente como el general que a los hipócritas. Te pido que lo acojas, nosotros tenemos sus banderas’. Curiosa mezcla de mundos y metáforas. Pensé que al general le hubiera gustado oír esta extraña oración mucho más que cualquier discurso, porque significaba que estaba con su gente, aquellos ‘un poco locos, los que se atreven a vivir los sueños’.”

REUNIÓN EN FARALLÓN

por José de Jesús Martínez

Cuando los embajadores, los ministros de Estado, o cualquiera otra persona, visitan al general Torrijos para consultarle o proponerle algo, éste los recibe, invariablemente, recostado en su hamaca. Es una costumbre que ha tomado de los caciques indios. Pero cuando el general Torrijos se reúne con los caciques indios, se sienta en una silla. Y no frente a ellos, sino que con ellos, en torno a una imaginaria mesa redonda.

Me tocó asistir a una de estas reuniones que tuvo lugar recientemente en Farallón. Tres caciques, en una comitiva de 9 personas, se enfrentaban con un equipo del gobierno, en el que había igualmente tres ministros de Estado en una comitiva más numerosa que la indígena. Pero no había desigualdad: El general estaba en el bando de los indios.

Dos indígenas de la comitiva cuna eran intérpretes: un cacique no habla otra lengua que la suya. Pero me dediqué a observarlos atentamente cuando el general hablaba, percibí con toda claridad esos pequeños movimientos de cabeza que uno hace inconscientemente cuando se sigue una argumentación. Nadie podrá convencerme de que no entendían.

Recuerdo que en una ocasión el novelista inglés, Graham Greene, que en esos días nos visitaba, tuvo una entrevista con un cacique de la región del Bayano. Al lado del cacique estaba su intérprete que le traducía todo del español al idioma cuna. Pero el cacique se reía del humorismo de Greene antes de que se lo tradujeran, y en una oportunidad corrigió a su intérprete. Estaba meridianamente claro que el cacique sabía castellano. Sin embargo, no dijo una sola palabra en español y obligó a que se lo tradujeran todo. Me comentó después Graham Greene que ni hablando con la reina de Inglaterra se siente tanta solemnidad y tradición. Eso es tener, literalmente, fundamento, piso en que asentar el pie, el presente y el porvenir. Lo siguiente, en cambio, es no tener fundamento, ni tradición, ni porvenir…, sólo dinero. En la isla de Contadora he oído este diálogo entre una esposa y un esposo, ambos de nuestra élite burguesa: “Darling, ¿dónde están los children?”. “Están en el swiming pool”.

El problema central que los indios ponían sobre el tapete era el incumplimiento de un acuerdo previo sobre unas indemnizaciones. La represa del Bayano inundó parte de sus tierras y había que pagarles con otras tierras y con dinero. El gobierno tenía ya una morosidad de dos meses en este pago que se hace en abonos mensuales.

“¿Qué pasaría -dijo uno de los caciques- si a los burócratas del gobierno se les retrasara una quincena?”.

Por supuesto, no hubo respuesta. No hacía falta.

“No tenemos armas -dijo otro cacique- pero sí la decisión de defender nuestras tierras y nuestros derechos con la vida misma si fuera necesario.”

“Por favor no me hablen así -les contestó el general- que es así como les habló yo a los gringos.”

“El general sabe que esa no era una amenaza en el aire ni un desplante infantil. Ya la han cumplido varias veces en el pasado. Precisamente unos de los caciques que estaba allí había participado de muchacho en el levantamiento de 1925, cuando los indios insurrectos de San Blas se declararon independientes y en guerra contra Panamá. El propio general Torrijos, durante uno de los gobiernos oligárquicos, estaba al mando de un pelotón al que se le había encomendado reprimir una revuelta indígena en la región de Coclé. En esa ocasión no llegó la sangre al río porque el entonces capitán Torrijos se puso de parte de los indios y hubo entendimiento. 

El problema de la tierra, de la ubicación espacial, es muy importante en el indio. Hasta el punto de que en alguna lengua indígena yo se dice aquí, tú se dice ahí, él se dice allá.

Uno se identifica con el sitio en el que está. El espacio, y no el tiempo como en la concepción occidental, es lo auténticamente real. Algunos, sobre todo los jóvenes, han comprendido ya que su tierra y su espacio, y en consecuencia su ser, no es sólo San Blas y el Bayano, sino que toda la república; que son panameños, no indios, pero para los viejos todavía es difícil y doloroso el trasplante. Una comunidad indígena que la represa iba a inundar y que debía ser reubicada en tierras altas, exigió que también se les llevara a sus muertos, y hubo que reubicarles también el cementerio.

Cuando al fin se llegó a un acuerdo sobre el asunto del pago, surgió una polémica entre el general y al cacique del Bayano. El general le ofreció al cacique su helicóptero para que llevara el dinero, capitalizando así sus gestiones en apoyo popular. Pero el cacique insistía en que el dinero lo llevara el propio general, dando a entender sutilmente que él, el general, necesitaba más ese apoyo. Al final ganó el cacique en esta competencia de generosidad, pero el general salvó su honor: el dinero lo llevarían los ministros y algunos funcionarios un poco mal parados en la estima popular.

Luego salió a relucir un problema grave que los caciques patriarcas están afrontando: el de la juventud. La zanja o cortadura entre las nuevas generaciones y los dirigentes ancianos es más ancha y grave cada día. Se ha convertido ya en una amenaza política, porque los jóvenes cunas no se conforman con la comprensión de sus padres. Quieren el poder. Por eso he preferido llamarla zanja o cortadura y no generation gap. La escisión es histórica, no biográfica o personal. Se puede decir que los jóvenes indios son mayores en edad que sus progenitores. Por lo menos en la misma medida en la que la mentalidad primitiva es semejante a la infantil. Este no es un juicio de valor, y si lo fuera, jamás sería peyorativo. La antropología moderna ha descubierto y subrayado muchas características infantiles en el hombre primitivo. O, mejor aún, características primitivas en el niño. Como cuando el niño patea, castiga el piso en el que ha caído, para devolverle el daño que le causó al caer, dando por supuesto que el piso tiene alma, ánima, y siente el castigo. En el estudio del hombre primitivo esto se llama animismo. Los vientos de San Blas, las aguas, las selvas del Bayano, están vivas igualmente, llenas de dioses, de espíritus, de alma. La analogía se da también en el arte, la psicología, etc… Y no es peyorativa. Recuérdese que el arte egipcio y lo mejor del griego es primitivo. Pero, ¿cómo salvar ese zanjón cuando de un lado está el brujo curandero, y del otro un jóven médico cuna?

El ministro de Salud acusó ante el general a una comunidad indígena, cuyo cacique estaba presente, de no dejarse vacunar en represalias al retraso del pago de las indemnizaciones. Un poco abochornado, el cacique aceptó las vacunas. Pero no en las mujeres encinta. El ministro de Salud le argumentó que habían vacunas especiales para esas mujeres. El Cacique no aceptó. La derrota no podía ser total.

Tuve bien clara la sensación de que los caciques están en retirada. Pero quieren una retirada honrosa. Hicieron una bella apología de sus costumbres, sus conocimientos de música, matemáticas, arte de las parábolas, arte de controlar las epidemias, etc…, pero con el entusiasmo melancólico de quien está perdiendo sus tesoros. Uno de los caciques, para lucir su magia, alegó que podía convocar allí mismo una serpiente, y retó al general a que se lo pidiera. Todos tuvimos un poco de miedo de que pudiera hacerlo y el general le pidió que no lo hiciera. Algunos días después le pregunté al general si realmente le había dado miedo la amenaza del indio de convocar la serpiente. Me dijo: Sí, me dio miedo de que no pudiera hacerlo.

Están en retirada, pero quieren una retirada honrosa. ¿De qué otra manera se puede explicar el que ellos mismos manden a sus hijos a estudiar a la Universidad? Precisamente se discutió el caso de dos estudiantes cunas que iban próximamente a Cuba para estudiar agronomía. Cuando el general preguntó a los caciques si no tenían miedo de que los muchachos regresaran con otras ideas, respondieron tranquilamente que no. Estaban confiados y necesitaban la técnica de los cubanos. Lo dijeron con una sonrisa más de picardía que de candor, como quien sabe exactamente lo que está haciendo. Se están retirando, pero con todas sus banderas enarboladas.

Seguramente con el ánimo de cubrirles la retirada, el general Torrijos le preguntó al hechizador de serpientes cómo se podía curar de un resfriado que le aquejaba. El médico brujo le dió una receta de ciertas yerbas. Entonces el ministro de Salud, que debe saber poco de estrategia militar, comentó socarronamente: “Cuidado se equivoca de yerba, general”. “La última gripe que tuve -le respondió el general- te la llevé al hospital y no supiste curármela. Deja que ésta me la cure aquí”. El cacique, entonces, le recomendó además unos aceites de pescado.

Están cediendo, pero ceden despacio y con dignidad. Con esa gran dignidad que sólo tiene la aristocracia del espíritu. Todavía hace pocos años el cacique Yaviquiliquiña, padre de uno de los caciques presentes, combatía ferozmente la presencia de maestros y de escuelas como fuentes de pereza y corrupción. Pienso que Yaviquiliquiña tenía razón. Después de todo, se refería a una cultura burguesa que se autoproclama como hija del juego, en su famosa teoría del homo ludens. Y tenía razón también en cuanto exportábamos a San Blas una cultura en lata importada de las metrópolis capitalistas, diseñada para nuestra servidumbre y explotación. “Ustedes están colonizados mentalmente”, afirmó el hijo de Yaviquiliquiña, defendiendo la memoria de su padre. “Cocacolizados”, le apoyó el general Torrijos.

“Constitúyanse en grupos de presión -les pidió el general-. Como los estudiantes, como los negros, como los blanquitos que se reúnen en la isla Contadora. No sean objetos folklóricos, sean sujetos históricos. Hagan cárceles del pueblo, cárceles populares, y metan allí a los funcionarios del gobierno cuando éste no, les cumple. Ustedes son una parte fundamental de la nación panameña”. No eran consejos lo que el general les daba. Eran solicitudes vehementes de un gobernante que está en necesidad. Así lo comprendieron los indios, con la íntima satisfacción de quien va a pedir y sale dando.

Por último, se discutió el nombramiento de un tercer cacique, Estanislao López, el primer cacique, es ya demasiado anciano y hay que comenzar a pensar en su sucesor. “Pero que se vaya con todas las honras”, solicitó el general. Entonces recordó una bella parábola que Estanislao le había contado hace algunos años: “Los hombres deber irse, pero no a empujones, sino como esos viejos troncos que el mar anega y levanta y que las mareas se llevan lentamente”.

RANGO Y JERARQUIA DE LOS APUNTES DE OMAR TORRIJOS

1

La comida tiene rango, el hambre tiene jerarquía.

2

La razón tiene rango, la necesidad tiene jerarquía.

3

El rango se da por decreto, la jerarquía se conquista con actos ejemplares.

4

El rango se lo tiene, la jerarquía se la es.

5

La palabra tiene rango, el silencio tiene jerarquía.

6

Ser muy macho es un rango; ser muy humano una jerarquía.

7

Un pájaro en mano tiene rango, pero cien volando tienen jerarquía.

8

El dicho tiene rango, el hecho tiene jerarquía. En consecuencia, del rango a la jerarquía hay mucho trecho.

9

La ciencia tiene rango, la sabiduría tiene jerarquía.

10

Una tanqueta tiene rango, pero un tractor tiene jerarquía.

11

Tiene rango quien dice “Vayan”. Tiene jerarquía quien dice “Síganme”.

12

La quinta sinfonía de Beethoven tiene rango, pero el himno nacional tiene jerarquía.

13

El adulto tiene rango, el niño tiene jerarquía.

14

Una enciclopedia tiene rango, pero un abecedario tiene jerarquía.

15

El amor que tiene rango termina en matrimonio. El amor que tiene jerarquía sencillamente no termina.

16

El mundo tiene rango, la patria tiene jerarquía.

17

En Panamá la máxima jerarquía la tiene el hambre

JOSE LUIS MEJIAS: LA PROFESION Y LA BAJEZA

El martes 15 de septiembre el periódico Excélsior publicó una de las piezas periodísticas más bajas de que se tenga reciente memoria. El señor José Luis Mejías desplegó ese día en su columna Los intocables la su puesta historia de una estafa de que fue víctima, a manos de un experto internacional en la materia, la hermana del actual gobernador del estado de México, Alfredo del Mazo.

El señor Mejías, columnista confeso de haber aceptado del presidente Díaz Ordaz una gasolinería para poder “escribir independientemente” (sic), cuenta y recuenta con morbo senil los detalles o incidencias de un supuesto affaire que de ser cierto mueve simplemente a la solidaridad y de ser falso debería costarle a su divulgador interesado todo el rigor de la ley de imprenta. (El señor Mejías tiene pendientes varias demandas por difamación a las que las autoridades respectivas no les dan trámite por razones que nunca han explicado satisfactoriamente).

La bajeza del asunto radica en que la untuosa reconstrucción del episodio no tiene otro objetivo que llegar a las tres últimas líneas de la columna: “El hermano de la señorita del Mazo toma hoy posesión como gobernador del estado de México…”

Utilizar la reputación de una persona para inducir en los lectores un juicio desfavorable sobre el hermano de esa persona, es un acto de oligofrenia moral, aparte de ser también una ofensa al lector a quien implícitamente se juzga tan imbécil como para sacar conclusiones sobre una gente por las supuestas desgracias que le han sucedido a sus parientes. Pero cuando se habla de un ataque político, como es el caso, la utilización de la vida personal de alguien totalmente ajeno a la esfera política, es la expresión acabada de la bajeza profesional. Si a todo eso se añade el hecho de que la columna fue publicada en la primera plana de uno de los principales diarios del país, la situación se vuelve por lo menos escandalosa para los periodistas que respetan su profesión y para los lectores que quieren ver en los periódicos un instrumento de comprensión y análisis de su realidad para mejor actuar y moverse en ella, no la prolongación de la impunidad moral, la corrupción abierta y la violación de todas las normas de la ética pública y privada.

No sé ni me importa el agravio político que el señor Mejías venga con su ataque al nuevo gobernador del estado de México; lo que no puede hacer sin embarrar a su periódico y al resto del gremio es valerse de la reputación de una persona totalmente ajena al agravio en cuestión para mejor enlodar el asunto y ponerlo en su nivel más innoble.

“Perro no come carne de perro”, se dice corrientemente en el gremio para significar que los periodistas no se atacan ni se exhiben entre sí. Cosas como las que reiteradamente hace el señor Mejías obligan a sentir vergüenza de esa complicidad no confesada dentro del gremio e inducen desde luego a romper los votos de silencio. Una cosa es la profesión periodística y otra, muy distinta, José Luis Mejías.

Crítica

Revista de la Universidad Autónoma de Puebla. Números 1-7

Esteban Krotz

DE ACTOS Y REFLEJOS

La Universidad Autónoma de Puebla (UAP) es una de las pocas universidades mexicanas que cuenta con una viva y variada actividad editorial. Crítica. “Revista de la Universidad Autónoma de Puebla,” comenzó a publicarse trimestralmente a fines de 1978, año del IV centenario de la UAP El número 7, el más reciente hasta la fecha, corresponde al último trimestre de 1980. El reducido tamaño de los artículos (pocos superan 10 páginas con amplia tipografía), la diagramación sencilla, el material gráfico intercalado y también el precio modesto quiere hacer de Crítica una revista sugerente no sólo para la población universitaria de Puebla sino también para un público más amplio.

En su número 2 (págs. 3-4) los responsables de Crítica presentan una interesante explicación de la razón por la que el primer número de la nueva revista había aparecido sin presentación; la razón es la misma por la que tampoco los números siguientes han incluido una página editorial. Se quiso y se quiere renunciar al intento de conferir más “autoridad” a una contribución que a otra, de sugerir formas de acercamiento y entendimiento del contenido de la revista. Esto, sin embargo, no significaría la publicación de simples agregados heterogéneos de materiales sin articulación. El programa de la revista pretende “dar curso a las críticas fundadas sobre una concepción transformadora de las relaciones sociales” y de adscribirse al proyecto universitario de la UAP.

Esta intención se manifiesta adecuadamente en las siete entregas hasta ahora aparecidas (aunque a veces se insertan, “introducciones” a partes enteras de la revista). Una de sus consecuencias prácticas es la gran variedad de los textos publicados (desde el riguroso trabajo teórico y los resultados de investigaciones empíricas hasta comentarios sobre temas de actualidad y entrevistas), y el criterio poco firme de los redactores de adscribirlos inequívocamente a uno de los cuatro apartados de la revista. Estos apartados son “Problemática universitaria”, “Análisis económico y político”, “Política y cultura” y “Noticias, comentarios y reseñas”; además en varias ocasiones se publican documentos sobre algún artículo o acontecimiento de importancia. Cada entrega tiene entre 109 y 206 páginas de texto y el número de artículos suele superar las dos docenas, a continuación se señalan sus contenidos solamente a grandes rasgos.

“Problemática universitaria” se ocupa de temas relacionados con la propia UAP pero también, en términos generales, con diversos aspectos de la vida universitaria mexicana: el movimiento estudiantil, el sindicalismo universitario, la política educativa; también se encuentran trabajos sobre cuestiones pedagógicas, relacionándolos, por lo general, con el problema de la ideología. El apartado más nutrido es “Análisis económico y político” donde se comentan cosas de actualidad y se discuten temas como el análisis del sistema mexicano. Tienen interés especial los numerosos artículos que se ocupan de la situación social de la ciudad y del estado de Puebla: la condición de los indígenas, la problemática de la población rural, la reforma política y la campaña electoral en el estado, diversos aspectos del sindicalismo poblano y de la situación obrera, y algunos problemas de la ciudad de Puebla como el empleo y el transporte urbano.

“Cultura y política” (a partir del No. 5 “Política y cultura”) da el tercer apartado de Crítica; reúne artículos, reflexiones y entrevistas sobre una gran variedad de temas: la conceptualización de “cultura”, aspectos de la creación literaria, entrevistas, problemas de la ideología y la reseña de diversas actividades de la UAP. Merecen una mención especial el conjunto de artículos sobre antipsiquiatría y no-psiquiatría (No. 4), tema que es retomado en el No. 7 con dos artículos sobre el trabajo de los esposos Basaglia; también resaltan los trabajos publicados en los números 5 y 6 sobre Einstein. Un último apartado: “Noticias, comentarios y reseñas” presenta novedades editoriales; a partir del No. 3 se reseñan también revistas y desde el No. 5 se incluyen comentarios sobre eventos académicos importantes.

Merecen un comentario aparte dos aspectos generales que figuran en varios apartados. En primer lugar la presencia de trabajos que se ocupan de temas religiosos. El primer número de Crítica, aparecido en vísperas de la III Conferencia Episcopal Latinoamericana realizada precisamente en la ciudad de Puebla, contiene cuatro trabajos sobre la iglesia latinoamericana y una carta de E. Berlinguer a un obispo italiano, donde reflexiona sobre la relación entre PC e Iglesia. En otros números se encuentran estudios sobre la doctrina social de la Iglesia (No. 4), la “refundación de la cristianidad” (No. 6) y la carta de la Junta de Gobierno de Nicaragua al Papa con motivo de su viaje a Brasil (No. 7). Ante el conjunto de otras revistas de contenido sociocultural editadas en la provincia mexicana, Crítica parece romper con un tabú que hace aparecer el problema religioso o eclesiástico como problema a estudiar en cuanto a la condición ideológica de las clases subalternas o como problema simplemente fuera de discusión.

En segundo lugar, es elogiable que un buen número de trabajos se refieran a la situación social poblana, esto lo han realizado, al parecer, profesores y estudiantes de la misma UAP en base a investigaciones de campo. Aunque teniendo todo el aspecto de resultados preliminares -propios de una revista- estos trabajos históricos y socioantropológicos hacen pensar en un fructífero intento de unir investigación y docencia, intento que tanta falta hace todavía en la vida académica mexicana. En este sentido son también interesantes las reflexiones metodológicas que aparecen en el número 7 bajo el título “Sobre antropología, el trabajo de campo y los campesinos de la sierra norte de Puebla”.

Finalmente, es obvio que la vida académica de la UAP (su vida “normal” tanto como los eventos especiales) alimentan la revista Crítica y la caracterizan profundamente. Tal vez valdría la pena seguir con la idea que aparece en alguna de sus páginas editoriales: “siendo la revista de la UAP, no quiere convertirse en un reflejo de ella sino en un acto, su espacio de discusión y de intercambio”. También para el lector no-poblano podría ser interesante conocer, a través de las páginas de Crítica, este proceso de interrelación entre una revista, la institución que la patrocina y los grupos sociales que la leen y sobre los que se escribe. Esta indagación y explicitación podría contribuir valiosamente en el actual espectro literario y editorial, donde tan pocas revistas son foros y tantas resultan tan sólo canales unidireccionales.

Convergencia

Revista del socialismo chileno y latinoamericano. Núm. 1, Febrero-Abril de 1981.

Arturo Díaz Vigil

LA CONVERGENCIA ES DE QUIEN LA TRABAJA

A partir de los ochenta se empiezan a conjugar con mayor nitidez tres elementos importantes en el concierto socio-político y económico de Chile. Por una parte, la aguda crisis económica que supera largamente a los simples efectos de la recesión mundial, y que con seguridad se inscribe en el conjunto de intereses, contradicciones e irracionalidades que caracterizan al modelo y a la política económica aplicada por el gobierno de Pinochet; en segundo termino, un deterioro cada vez más evidente de las bases sociales de sustentación del régimen, que se expresa por ejemplo en la proliferación de críticas desde diversos sectores de la opinión pública y en el incremento de las acciones represivas por parte de la dictadura bajo la forma de asesinatos, detenciones, extrañamientos y expulsiones del país. Junto a este deterioro de las condiciones económicas, sociales e ideológicas, se percibe que la izquierda chilena, y en particular el partido socialista, se encuentra aún débil y dividida; incapaz de recuperarse desde el fracaso del gobierno de la Unidad Popular y de plantear alternativas válidas para el conjunto del pueblo chileno.

Esta situación resulta sorprendente, y esperamos no permanezca durante mucho tiempo, ya que las condiciones objetivas que se están creando en Chile constituyen un marco apropiado para el desarrollo de un movimiento democrático y popular que intente seria y responsablemente la tarea de construir el socialismo en el país. Para ello se deben aunar muchos esfuerzos y voluntades, y por cierto recorrer un largo camino. Es en la perspectiva de esta gran empresa que debemos considerar la aparición de la revista Convergencia, hecho que constituye un pequeño pero significativo grano de arena en el proceso mencionado.

Como lo señala su página editorial, la revista Convergencia surge por iniciativa de un amplio conjunto de socialistas pertenecientes a los distintos sectores en que se ha dividido el Partido Socialista de Chile; se define como órgano de expresión, debate y acercamiento de todas las corrientes socialistas; identifica como objetivo primordial contribuir a la lucha por la democracia y el socialismo en Chile, propugnando la reconstrucción partidaria y la unidad del conjunto de la izquierda chilena. Para ello plantea participar y servir de tribuna en la necesaria renovación de las concepciones teóricas, políticas y prácticas del socialismo, contribuir a la asimilación de los desarrollos más sobresaliente del pensamiento y de las experiencias revolucionarias y aportar al desarrollo de las fuerzas socialistas de toda América Latina, mediante la difusión del conocimiento de sus trayectorias, de su situación y planteamientos actuales, y de sus análisis de las realidades nacional e internacional.

De la revista Convergencia conocemos su primer número. Contiene tres partes que tratan respectivamente problemas generales de carácter internacional, análisis específicos de la realidad chilena y problemas concretos de distintos países y regiones de América Latina. La orientación y preocupaciones de los distintos artículos, nos muestra que los objetivos planteados por el Comité Editor se cubren largamente; sólo nos preocupa la permanencia del esfuerzo, y el enriquecimiento de la discusión a través de una consideración más amplia de las diferentes experiencias latinoamericanas.

Nos invita entonces a la reflexión el subtítulo de Convergencia: “Revista del socialismo chileno y latinoamericano”. Si bien surge como iniciativa de socialistas chilenos, no es menos cierto que las experiencias más relevantes y exitosas han ocurrido y ocurren en otros países de nuestro continente siendo muy aleccionadoras las prácticas de unidad y dirección conjunta de los procesos de liberación nacional vividos recientemente. De estas experiencias, de la capacidad creadora y vitalidad demostrados por estos procesos, debe nutrirse el socialismo no sólo chileno sino de varios países de nuestra América; por tanto si Convergencia es por su gestación una revista del socialismo chileno y latinoamericano, por su contenido y como vehículo de reflexión y conocimiento de las prácticas y experiencias revolucionarias, debe ser en lo fundamental una revista del socialismo actual de América Latina.

El viejo topo

Publicación mensual, editada por Ediciones 2001, Barcelona, España; números 1 al 56, octubre de 1976 a mayo de 1981.

Hortensia Moreno

SOBRE LA INFINITA RENOVACION DE LO CADUCO

La guerra civil española es una grave herida en la historia europea; durante casi cuarenta años, Francisco Franco gobernó al pueblo español como prueba viviente de que el triunfo sobre el fascismo, supuestamente conseguido al final de la segunda guerra mundial, aún es bastante sospechoso. A la muerte del dictador ocurrida en 1975, se origino en España lo que se ha dado en llamar el destape: un pueblo accedía a la libertad. En realidad lo único que cambió, según Agustín García Calvo, fue la función de la policía: los guardianes del orden perseguían antes a unos; ahora parece que persiguen a todos. Como sea, de pronto parecía que en forma espontánea e inmediata los españoles se habían puesto al día; pero una revista como El viejo topo no es sino el resultado de un largo y continuo proceso de trabajo emancipativo, cuyo principio no podemos situar ni siquiera en 1936. Basta con revisar el primer número de esta revista para saber que no es la simple explosión de alegría de los ratones ante el gato muerto, sino la tenaz labor de zapa del viejo topo de la historia. Por eso la mejor reseña de lo que la publicación es y ha sido a lo largo de cinco años de existencia, lo expresa mejor que nadie su texto de presentación:

“Un topo viejo, metáfora de subversión y experiencia. Paulatina excavación de galerías subterráneas, lenta y minuciosa destrucción de los cimientos de una sociedad absurda. Labor acaso estéril: ¿quién sabe si por las venas del ídolo corre ya tan sólo barro reseco? Un ayudar a morir esta civilización agonizante…Pero el topo avanza inexorable, ajeno a la miseria omnipresente en la superficie de las cosas, indiferente a las apologías de la positividad reinante, convencido de que no hay tarea más creativa que la destrucción de lo caduco.

“Hay quien se empeña en recordar tiempos más armónicos en que cultura y vida cotidiana se fundían en un coito sobre el lecho de la “polis”; y su abrazo era llamado “política”. Pero ¿existió realmente un tiempo, un lugar, menos convulso que el nuestro? ¿Se alcanzó alguna vez la síntesis entre producción y deseo? ¿Se dio, en verdad, aquella una y mil veces soñada “polis”, más acá de los confines de Utopía o Ucronía? Un topo viejo zapa sin cesar minando en la podredumbre sin sentido del hoy en busca de una respuesta, en busca de una fresca y luminosa armonía para mañana.

“Y tal vez algún día el topo dinamite con sus risas subterráneos, galerías y trincheras. Y la tristeza de lo caduco estalle en pedazos ante el fragor revolucionario. Aquel día ‘el viejo topo’ del que hablaba Marx habrá salido a la luz del sol.”

Como se ve, el objetivo principal del equipo de El viejo topo no es, pues, simplemente producir una revista que pueda competir en el difícil mercado de publicaciones español -aunque su éxito comercial es un hecho evidente-, sino acelerar el proceso que concluirá con el estallido de lo caduco, de esta sociedad absurda, de esta civilización agonizante. La existencia de El viejo topo responde a una necesidad: la de mantener, pública y actualizada, la discusión a partir de la cual habrá de cimentarse “una fresca y luminosa armonía para mañana”. La difusa finalidad exige una posición bien clara: una posición de clase; y un método que permita la participación del pensamiento más avanzado -y por supuesto heterodoxo-: el de los representantes de los movimientos radicales.

La actualidad y radicalidad de El viejo topo no se reduce a su contenido teórico; su formato incluye experimentos icónicos que no sólo sirven para ilustrar la palabra escrita, sino que la complementan, pues no se pueden expresar nuevas ideas en moldes gastados por el uso. Durante cinco años, la revista ha intentado mantener al día a la izquierda española; mantenerla al día en cuanto al intenso movimiento intelectual que ha provocado la diversificación de las corrientes revolucionarias. La heterodoxia de El viejo topo no significa una ausencia de criterio editorial, sino el reconocimiento de la amplitud y dificultad de la discusión radical de este momento, dentro de la cual se escuchan, además de las voces de los obreros, las de las mujeres, los homosexuales, los ancianos, los locos, los niños; la exigencia de libertad se expresa desde las más urgentes necesidades radicales (aquellas que, habiendo surgido en esta sociedad, no pueden ser satisfechas por ella) y tiene en El viejo topo su tribuna. De hecho, es indudable que la revista desea ampliar el espacio crítico y las posibilidades emancipatorias de nuestro presente; por ello considera indispensable el que todos puedan argumentar y el que todo ha de poder argumentarse.

No hay que perder de vista, desde luego, que la función de una revista -la de ser un medio de divulgación- señala también sus límites. El viejo topo representa una posibilidad de mantenerse en el terreno del pensamiento de la revolución, siempre y cuando sea considerada sólo como un medio, como un esfuerzo editorial por remitir a los lectores a las fuentes originales. Si se pierde esa perspectiva, se corre el riesgo de permanecer en el campo de la superficialidad -característica distintiva de los lectores exclusivos de revistas- y no penetrar en los planteamientos esenciales de cada problema, que requieren de concentración y profundizacion; en otras palabras, no basta con recurrir a una revista, por completa y actual que sea, para participar activamente en la discusión que desea transformar la sociedad actual. Por ello, no deja de resultar inquietante el que, al menos entre nosotros, haya aparecido una generación de intelectuales de izquierda que parecen haberse formado exclusivamente en la lectura de El viejo topo al que incluso llegan a citar como si fuera algo más que un revista de divulgación.

De cualquier manera, el lector de El viejo topo puede comprender que la discusión actual se mueve más allá de la simple “política”; el estado actual de esta civilización es bastante complejo; para poder asestarse el golpe final no basta con atacar una sola de sus facetas; de hecho, hay que cambiarlo todo. Por eso la revista no quiere ser el órgano de un solo partido u organización política, ni la representante oficial de una sola posición crítica, y mucho menos la portadora del único método científico o verdadero para aprehender y transformar la realidad; más bien, nos permite comprender la necesidad de que, en el espacio crítico radicalmente revolucionario, no se excluya ningún punto de vista. Las páginas de cada número de El viejo topo no se cansan de recordarnos que es en la vida cotidiana, esa que a nada y a nadie excluye, donde se realiza la represión de todo deseo libertario; por ello, transformar la historia, hacerla verdaderamente humana, es decir, nuestra, exige una transformación radical de nuestra vida de cada día. El proceso revolucionario ya no puede conformarse con planes a corto, mediano o largo plazo; si algo nos enseña la teoría crítica de la sociedad, es que el acceso a la libertad no se logra por abonos. No hay tarea más creativa que la destrucción de lo caduco; leer revistas, libros o lo que sea, no es ninguna novedad en nuestra historia; lo nuevo, lo radicalmente nuevo, consiste en realizar los deseos libertarios que nos propone la escritura. Que El viejo topo no se entienda como un acto espontáneo del destape español, ni se quede en consideraciones de mercadotecnia editorial, depende de que no se olvide su pertenencia a un universo mucho más amplio; depende de su vinculación con actos y reflexiones que tiendan a realizar el objetivo perseguido, y de que se le considere como un momento más en la incansable labor de zapa del viejo topo de la historia.

Reagan, USA, los años ochenta

México, Folios Ediciones 1981.

José Miguel Insulza

íABRETE, USA!

Armado con la experiencia de varios años de trabajo como corresponsal en Estados Unidos, Eliaschev entrega ahora lo que él mismo define como un “libro de actualidad”, un intento de ampliar el conocimiento de la completa sociedad norteamericana, y de entender los procesos de cambio social y político ocurridos en ella en los últimos años.

Tal vez sea ese cambio el hilo conductor que da coherencia a los dieciocho capítulos del libro, escrito en estilo periodístico, lleno de datos e informaciones valiosas, ya que a primera vista es difícil identificar una sola idea central. El orden de las crónicas da un primer elemento: empiezan con una descripción de la vida de la nueva burguesía californiana, de su acceso prepotente a la Casa Blanca y la vida de su personaje central, Ronald Reagan, para luego examinar los rasgos de la estructura de poder, los cambios ocurridos en ella y la crisis económica, social y política.

Eliaschev no nos presenta una sociedad que se descompone, sino que se reestructura: Hay cierta rotación dentro de las clases dominantes gracias a la cual la nueva burguesía del Oeste entra a remplazar (o al menos a acompañar) al establishment tradicional del Este; una nueva ideología (la Nueva Derecha) amenaza o busca remplazar con elementos autoritarios los antiguos rasgos liberales de la ideología dominante; los mecanismos tradicionales de gobierno democrático son cada vez más subvertidos por mecanismos de poder e influencia formales e informales. El capitulo sobre el Congreso, por ejemplo, muestra cómo algunos senadores son “más iguales que otros” y el capitulo final sobre los sindicatos relata el tránsito de una organización sindical otrora poderosa y fuerte, que ve cada vez más reducida su influencia por las causas estructurales que afectan la economía, pero además por la cooptación regular de sus dirigentes a una élite de poder ajena a sus intereses.

Muchos autores han dado gran relieve a este tipo de cambios. Eliaschev no exagera su importancia. Al fin y al cabo, detrás de la burguesía dorada que Reagan representa, están las mismas grandes corporaciones, más concentradas que nunca, y detrás de los ideólogos de la “nueva” derecha están las fundaciones que pertenecen a esas mismas corporaciones. Nada extraño, entonces, descubrir que la “nueva” ideología es la misma de antes aunque radicalizada, dispuesta a revivir los patrones del antiguo puritanismo para combatir la liberalización de la sociedad. No es aventurado formularse, como lo hace Eliaschev, la pregunta de si la Nueva Derecha no busca en definitiva instaurar una suerte de dictadura teocrática en Estados Unidos. Al fin y al cabo, no se limita a hacer propaganda a sus candidatos o a sus ideas, sino que persigue de modo sistemático todo lo que huela a liberal o reformista. Connotados senadores como Frank Church fueron sus victimas en la reciente elección y en la próxima la Nueva Derecha se prepara a recoger una víctima aún más ilustre: Edward Kennedy.

La paradoja de este cuadro es que, en brazos de una nueva burguesías chabacana y ostentosa, de corporaciones cada vez más voraces y concentradas, de un poder cada vez menos responsable ante la ciudadanía, de instituciones que tienen cada vez menos relevancia efectiva, todo el nuevo programa de cambio se presente como una vuelta a los valores tradicionales. ¿Qué queda del american way of life en la descripción fascinante que Eliaschev nos traza de la vida en California del Sur, en su descripción sórdida del crimen en las ciudades, en su examen de los turbios manejos de compañías, senadores, tiranos e ideólogos reaccionarios, ante la mirada cada vez más distante e impotente de aquel americano medio que el sistema encarnaba?

Se echa de menos tal vez, para un cuadro cabal de la situación, un examen más a fondo de la crisis económica (sobre la cual hay datos ilustrativos) y de la visión imperial de los nuevos gobernantes norteamericanos. Lo primero habría servido para conocer mejor los factores estructurales que están detrás de la decadencia de las instituciones y valores tradicionales, así como del ascenso de los nuevos grupos, cuyos vínculos con el poder económico Eliaschev pone tan en claro.

La política exterior, se basa en la misma paradoja ya descrita: volviendo a valores tradicionales se pretende llevar la economía mundial a una forma inédita de división internacional del trabajo en la que las empresas transnacionales (el nuevo nivel de concentración que sigue a los trusts) puedan también ocupar un lugar predominante. Sin duda, ello supone enfrentar al enemigo que no sólo es ateo, corrupto y antidemocrático, sino que además es la fuerza que puede oponerse a ese designio. Así como en Estados Unidos quien no comparte los ideales de la Nueva Derecha es un enemigo a derrotar (todavía por medios legales), Así también en el exterior quien se oponga al gran diseño transnacional es un aliado del comunismo. El pastor Falwell en lo interno y Alexander Haig en lo internacional se equivalen como pontífices de una nueva moral, que, como se ha dicho, sólo encubre de modo distinto los mismos intereses del pasado.

Eliaschev no cae, en la desesperanza ni en la cómoda actitud de menospreciar el peso de Estados Unidos en el mundo actual. Como él mismo señala, “la sola idea de descartar a este portentoso generador mundial de energía humana que son los Estados Unidos debe desesperar y movilizar”. Pero esa salvación no puede ser sólo tarea de los norteamericanos, el papel mundial de ese país obliga a insertar sus procesos en el conjunto de la situación mundial y a tratar de influir sobre ellos, en la convicción de que sin un giro distinto en Estados Unidos, la posibilidad de la paz duradera se irá haciendo cada vez más tenue.

Para ello, lo primero es conocer, “atravesar la corteza de complejidad” sin dejar de identificar los intereses principales que mueven su economía y su política, indagar más profundamente en la riqueza de esta sociedad en movimiento permanente, para conocer allí las fuerzas que es posible apoyar o reforzar, como alternativa a la actual situación. Ese conocimiento, apenas comienza en América Latina, que siempre vivió a Estados Unidos corno un todo negativo. Para desarrollarlo, este libro constituye un elemento útil y estimulante.

La cumbre de Cancún

Jaime Estévez. Coordinador del Area de Nuevo Orden Económico Internacional del Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo.

¿Por qué auspicia México una nueva reunión sobre cooperación económica internacional? ¿Qué pueden esperar de Cancún los pueblos del Tercer Mundo?

Luego de años de negociaciones y decenas de conferencias mundiales aparentemente inconclusivas, muchos responden con escepticismo. Este, en parte es consecuencia de la dificultad de comprender y analizar los cambios en la economía mundial, cuya complejidad conduce a aceptar los acontecimientos como inmodificables renunciando así a intentar alterar la evolución o al menos los efectos de los hechos económicos. Pero en una época caracterizada por una profunda y prolongada crisis de la economía mundial, en que se suceden reuniones similares en las cuales se aprueban declaraciones que usan una terminología deliberadamente ambigua y cuya efectividad no se percibe, es comprensible que se generalice la opinión de que las negociaciones económicas internacionales son un ejercicio costoso e inútil.

El fatalismo y escepticismo sobre la utilidad de los foros internacionales cunden entre los pueblos e intelectuales del Tercer Mundo. Aunque fundados en aspectos de la realidad, son erróneos y favorecen los intereses de quienes dominan el orden económico actual, las empresas y bancos transnacionales y las grandes potencias capitalistas. Sus voceros y agencias de noticias son los más interesados en destacar el lento avance de los acuerdos internacionales y desprestigiar aquellos foros universales donde son minoría, como la Asamblea General y otros organismos de las Naciones Unidas, acusándolos de burocratismo e inoperancia; es una imagen que cuidadosamente evitan extender a las instituciones controladas por ellos, como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Acuerdo General de Aranceles y Comercio (GATT), los cuales permanecen como rectores de la economía mundial y árbitros de las políticas económicas internas que pueden o no adoptar los países del Tercer Mundo.

Combatir el derrotismo implica evaluar objetivamente el estado actual del proceso de negociaciones económicas internacionales, ubicando en esa perspectiva el por qué de Cancún y lo que puede razonablemente esperarse de esta reunión cumbre, la primera en la historia dedicada a los problemas del desarrollo del Tercer Mundo y la economía mundial.

VIEJO Y NUEVO ORDEN

En 1974, al calor de la histórica decisión de los países exportadores de petróleo de controlar la producción y condiciones de comercialización de su principal riqueza económica, el Tercer Mundo logró la aprobación por la Asamblea General de las Naciones Unidas de tres resoluciones que constituyen lo que se denomina el Nuevo Orden Económico Internacional: la Declaración y el Programa de Acción sobre el establecimiento de un Nuevo Orden Económico Internacional (resoluciones 3201 y 3202/S-VI) y la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados (resolución 3281/XXIV).

La ofensiva de los países subdesarrollados en favor del Nuevo Orden fue una afirmación de voluntad, de fe en la razón y en su fuerza colectiva. Castigados por la crisis que desde mediados de los años sesenta afecta a la economía mundial y que amenazaba profundizarse, los países del Tercer Mundo buscaban mediante estos acuerdos que las relaciones económicas entre ellos y los industrializados no se rigieran exclusivamente por el mercado mundial que agudizaba las desigualdades y, en consecuencia, tendía a transferir el mayor peso de la solución de la crisis a los subdesarrollados. Simultáneamente, convinieron en la necesidad de alterar la división internacional del trabajo, redistribuyendo la potencialidad productiva por medio de una transferencia masiva de recursos financieros y tecnológicos al Tercer Mundo.

La plataforma del Nuevo Orden Económico Internacional quedó constituida por una combinación de principios doctrinarios, proposiciones de cambios estructurales y medidas concretas de política económica. Los primeros se encuentran enunciados en la Declaración sobre el establecimiento del Nuevo Orden y en la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados, anteriormente citadas. Las medidas inmediatas y las metas cuantitativas están principalmente en el Programa de Acción.

Entre los principios más importantes, destacan la denuncia de la desigualdad inherente a un orden mundial basado exclusivamente en relaciones de mercado, la afirmación de la soberanía plena y permanente de los Estados sobre sus recursos económicos, el derecho inalienable que todo Estado tiene de elegir su sistema económico y el derecho de los países exportadores de materias primas a asociarse para defender sus comunes intereses. Lo anterior está en abierta contradicción con los principios básicos que defienden las grandes potencias capitalistas y las empresas transnacionales: eliminación de barreras a las fuerzas del mercado, garantías internacionales para la inversión transnacional, oposición a la fijación de límites a la exportación de los productos básicos y a la constitución y funcionamiento de asociaciones de productores, control de las políticas económicas nacionales por parte del FMI, el Banco Mundial y el GATT.

Es ya un lugar común atribuir el fracaso del Nuevo Orden Económico Internacional a la insuficiente voluntad política. Es un diagnóstico correcto, pero superficial

Los cambios estructurales se refieren principalmente a la descentralización del potencial industrial (acceso de las manufacturas producidas por los subdesarrollados al mercado de los industrializados, transferencia de tecnología, sistema general de preferencias) y a la regulación de la comercialización de los productos primarios, tendente a estabilizar y mejorar los ingresos reales obtenidos por su exportación (Programa Integrado de Productos Básicos y Fondo Común, competitividad de recursos naturales y sintéticos, indización de los precios de los productos primarios, etc.). Asimismo, se dio gran importancia a la reforma del sistema monetario internacional y la mayor participación de los países del Tercer Mundo en el proceso de adopción de decisiones de las instituciones económicas multilaterales.

Las metas cuantitativas tendían a reiterar y ampliar las medidas contempladas en la Estrategia Internacional de Desarrollo para el Segundo Decenio, consistente en asistencia financiera oficial, ayuda alimentaria, transferencia de tecnología y otras medidas de carácter asistencial, orientadas especialmente a favorecer a los países de menor desarrollo relativo.

Las esperanzas creadas por los acuerdos sobre el Nuevo Orden Económico se frustraron rápidamente. Ya es casi un lugar común atribuir el fracaso a la insuficiente voluntad política. En un diagnóstico correcto pero superficial: no falta voluntad política por desconocimiento de los problemas o por insensibilidad personal de ciertos dirigentes sino por la existencia de obstáculos estructurales y de fuerzas específicas interesadas en impedirlo.

Era previsible que las empresas transnacionales y los países capitalistas centrales tuvieran resistencias al cambio del orden económico, pero se pensó que podrían ser superadas por la confluencia de dos hechos: la experiencia de la crisis del petróleo, fenómeno no repetible en lo inmediato pero que ilustra lo que puede suceder en el presente decenio si se abandonan las relaciones económicas internacionales al espontaneísmo del mercado y a las confrontaciones de poder que éste esconde. El mercado no tiene horizonte social ni temporal y puede llevar de modo repentino a violentos enfrentamientos o a una catástrofe por falta de recursos, como pronosticara el Club de Roma, en su clásico informe Los límites del crecimiento(1); una segunda razón, vinculada a la anterior, es la evidencia de que el orden económico de post‑guerra no sólo es injusto sino ha dejado de funcionar aun para los ricos. Para todos los participantes parecería conveniente en el mediano y largo plazo un nuevo orden más racional, basado en el acuerdo y el consenso.

La primera reacción de los más poderosos países industrializados de Occidente fue de total rechazo a las reivindicaciones del Tercer Mundo, votaron contra la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados y denunciaron la acción de los países subdesarrollados en las Naciones Unidas como “tiranía de las mayorías”. Posteriormente, adoptaron una actitud más flexible que, apoyándose en la influencia política, económica y militar que ejercían sobre una parte sustantiva del Tercer Mundo, trataba de impedir la confrontación y recuperar la iniciativa.

LA CONTRAOFENSIVA

Entre 1975 y 1977, los dirigentes políticos del mundo desarrollado propusieron múltiples iniciativas distintas a la plataforma del Nuevo Orden pero orientadas a satisfacer el mismo desafío fundamental: la regulación del esquema económico mundial. Quizás la más significativa fue la convocatoria del presidente de Francia a una Conferencia sobre Cooperación Económica Internacional, con participación selectiva de tres tipos de países -industrializados, subdesarrollados exportadores e importadores de petróleo- y que tuvo lugar en París de fines de 1975 a mediados de 1977. En el mismo sentido puede mencionarse las propuestas de Kissinger a la VII Sesión Especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1975 y su idea de un Banco Internacional de Recursos, expuesta en la IV Sesión de la UNCTAD (Nairobi, mayo de 1976).

La nueva posición de los países industrializados no logró enfrentar a los subdesarrollados importadores de petróleo con los exportadores, pero tuvo éxito en moderar las exigencias del Tercer Mundo, relegó a un lugar secundario las afirmaciones de principios y las reformas estructurales incluso la frase Nuevo Orden Económico Internacional por la más neutral Diálogo Norte-Sur, y centró las negociaciones en los aspectos asistenciales y en las metas cuantitativas. Los acuerdos unánimes logrados en la Segunda Conferencia General de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI), realizada en Lima, 1975, y en la ya citada VII Sesión Especial de la Asamblea General son testimonio de ello.

Las concesiones de los países subdesarrollados no se tradujeron en mayor disposición de los industrializados a poner en práctica los acuerdos adoptados en los foros multilaterales. Por el contrario, conforme la fase de confrontación era reemplazada por la permanente búsqueda del consenso, los acuerdos se hicieron crecientemente ambiguos, perdieron eficacia práctica, y pusieron el acento en los aspectos más propicios a la transnacionalización de la economía mundial.

La descentralización del potencial industrial, concebida por los subdesarrollados como creación de capacidad productiva nacional, dio lugar a la reubicación de plantas de empresas transnacionales no vinculadas orgánicamente a los países que las recibieron. El comercio internacional pasó a ser crecientemente entre matrices y filiales, fenómeno llamado comercio intrafirmas que constituye actualmente casi el 30 por ciento del comercio mundial. La transferencia de recursos financieros se identificó con el reciclaje de los petrodólares y la expansión sin precedentes del volumen de operaciones de la banca transnacional. Las propuestas de incremento de la ayuda oficial en condiciones favorables y sin condicionamiento, fueron olvidadas, y durante los años setenta disminuyó el monto absoluto de este tipo de financiamiento (en moneda del mismo valor). Durante ese mismo decenio, el mercado de eurodólares extendió su base geográfica a paraísos fiscales situados en el Tercer Mundo, amplió su cobertura a casi todas las monedas del mundo y decuplicó su volumen neto de operaciones hasta llegar en diciembre de 1979 a 665 mil millones de dólares. Para marzo de 1981 el monto neto total era de 820 mil millones de dólares.(2) Este mercado transnacional de dinero proporcionó en 1980 la mitad del financiamiento necesario para cubrir los déficits en cuenta corriente de los países subdesarrollados, haciendo a estos países altamente dependientes de las decisiones de un puñado de bancos privados.(3) A su vez, los países del Tercer Mundo han aumentado su importancia como fuentes de recursos para la banca transnacional, no sólo porque los países exportadores de petróleo depositan en ella sus excedentes monetarios, sino también por las crecientes reservas en divisas que el mismo sistema exige mantener a los subdesarrollados importadores de petróleo, para poder ser sujetos de crédito: las reservas en divisas de este grupo crecieron más del doble entre diciembre de 1975 y abril de este año, alcanzando a 71 mil millones de dólares.(4)

Los países industrializados no lograron enfrentar a los subdesarrollados importadores de petróleo con los importadores pero tuvieron éxito en moderar las exigencias del Tercer Mundo.

En la esfera de los productos básicos, los países capitalistas y el Banco Mundial han demostrado un gran interés en asistir a los subdesarrollados en la fase de exploración de nuevas fuentes de hidrocarburos y de minerales, favoreciendo luego su explotación por empresas transnacionales. Por otra parte la ayuda alimentaria se ha combinado con el nuevo predominio de Estados Unidos en ese mercado que se ha vuelto un claro instrumento de poder. Los países industrializados se han opuesto a la creación de reservas alimentarias multilaterales y de operación automática, y han utilizado la asistencia como forma de colocar excedentes y penetrar nuevos mercados.

LA ABSTENCIÓN SOCIALISTA

En esta distorsión del nuevo orden han desempeñado un papel clave los organismos económicos multilaterales. El Banco Mundial, el FMI y el GATT, más los bancos regionales de desarrollo, son poderosos instrumentos de dominación que han forzado a los países del Tercer Mundo a aceptar una mayor penetración transnacional en sus economías. Han promovido e impulsado la aplicación de un neomonetarismo ultraliberal, tendente a suprimir todas las barreras nacionales a la transnacionalización. En verdad, una grave insuficiencia del programa de 1974 fue no haber dado la prioridad necesaria al cambio radical en la operación y concepción de estos organismos, los cuales debieran depender de las Naciones Unidas y no tener un sistema de poder interno que asegura el total predominio de los países capitalistas avanzados. Como se verá, en vez de avanzar en esa dirección se busca ahora someter en lo económico a la propia asamblea de la ONU a estos organismos.

Pero si la frustración y desnaturalización del Nuevo Orden Económico Internacional pudo imponerse fue porque tampoco los otros actores cumplieron el papel esperado. Los partidarios del Nuevo Orden creyeron que los países socialistas serían un decisivo factor en su establecimiento. No fue así. Dieron su apoyo formal pero se han negado a comprometerse activamente, argumentando que este es un problema de los excolonizadores. Sin embargo, lo que está en discusión no es en lo esencial un problema de asistencia o compensación sino de justicia y de buen funcionamiento de la economía mundial. En el cambio de las relaciones económicas internacionales, el papel de los países socialistas ha sido muy inferior a su importancia relativa y eso los daña, porque de hecho se someten a las reglas del mercado. Hay razones de fondo que explican esta actitud. En los años setenta, los países socialistas de Europa dedicaron grandes esfuerzos a penetrar los mercados del capitalismo avanzado, en competencia directa con la nueva capacidad exportadora de manufacturas y bienes de capital de una parte del Tercer Mundo. A la vez, se concibió el incremento del comercio con los países capitalistas como sustento de la distensión, otorgando escasa prioridad al comercio con los países subdesarrollados. Las complejas relaciones entre distensión y nuevo orden no fueron suficientemente evaluadas por los países socialistas y quizá ello explica en parte la fuerza con que ha regresado la guerra fría en una fase de crisis y tensión económica.

Por último, un supuesto básico para el éxito del Nuevo Orden era que el Tercer Mundo se constituiría en su principal impulsor, utilizando toda su fuerza de presión colectiva. Pero desde mediados de los años setenta hasta hoy se ha debilitado la adhesión de los países subdesarrollados al programa original y disminuyó su cohesión y fuerza colectiva en el ámbito internacional. En parte, esto ha sido consecuencia del retroceso político experimentado por las fuerzas populares en América Latina y otros lugares del Tercer Mundo, que ha roto el necesario vínculo entre lucha nacional y plataforma internacional, dándole a esta última un carácter abstracto y ambiguo. A su vez, la fuerte polarización económica producida en estos años de crisis ha acentuado la tradicional diversidad de los países subdesarrollados y creado contradicciones de intereses en su seno. Adicionalmente, el regreso a un clima de tensión política y militar Este-Oeste tiende a relegar la importancia de lo que une al Tercer Mundo, imponiendo una división ideológica que paraliza los organismos representativos de estos países, como los No-alineados y el Grupo de los 77, cuya acción en la segunda mitad del decenio de los setenta fue mínima y formal.

La pérdida de fuerza como bloque de presión por parte del Tercer Mundo es particularmente grave en la organización de los No alineados. El último ejemplo de ello es la situación creada luego del veto estadunidense a la presencia de Cuba en la reunión cumbre de Cancún. De hecho sólo México ha defendido la importancia de la invitación al presidente de los No alineados, mientras muchos países del Sur, incluso miembros de los No alineados, aceptaron de buen grado la exclusión de Cuba.

OBLIGACIÓN DE LA UTOPÍA

Los críticos del Nuevo Orden Económico Internacional afirman que es un programa utópico, condenado al fracaso. Como toda exigencia de justicia, sin duda el Nuevo Orden contiene elementos utópicos, pero era y es posible realizarlo. Más aún: es la única salida democrática a la grave crisis económica presente.

Se ha comparado, con razón, la lucha por el nuevo orden económico con el proceso de conquista de la independencia política del Tercer Mundo y se hace la analogía entre las resoluciones sobre el Nuevo Orden aprobadas en 1974 y la declaración de Bandung (1955). A partir de esta histórica conferencia hubieron de pasar quince años para que la gran mayoría de las naciones africanas fueran independientes. Hoy, un cuarto de siglo después, la descolonización del Tercer Mundo no se ha completado, pero se puede afirmar que los objetivos de Bandung se lograron y que ello modificó positivamente la faz política del planeta.

El Nuevo Orden Económico Internacional es un requisito para culminar el proceso de descolonización y asegurar la independencia económica tanto como la autonomía nacional de los países del Tercer Mundo. Es tan irrenunciable como la independencia política e igualmente difícil de lograr. Constituye la respuesta más realista al desafío planteado por la acelerada internacionalización de la vida económica. Todos los países, aun los socialistas que han hecho un esfuerzo por favorecer el desarrollo autónomo, se ven crecientemente limitados en sus opciones por el funcionamiento de la economía internacional. La posibilidad de abandonar el sistema económico mundial e intentar un desarrollo autárquico parece cada día menos viable, sobre todo cuando el sistema ha elaborado castigos tan efectivos para impedir el retiro como la amenaza de marginar del proceso tecnológico a los disidentes.

El Banco Mundial, el FMI y el GATT son poderosos instrumentos que han forzado a los países del Tercer Mundo a aceptar una mayor penetración transnacional en sus economías.

Para la inmensa mayoría de los países subdesarrollados, la actividad económica se dio a partir de unos pocos productos de exportación. En los últimos decenios, muchos de esos países han emprendido planes de desarrollo orientados a disminuir su dependencia de los azares del mercado internacional, pero por largo tiempo el éxito de esos programas dependerá en medida significativa de las condiciones de la economía mundial.

El Nuevo Orden Económico Internacional intenta responder a la creciente internacionalización económica y hacerla compatible con el desarrollo nacional, con la existencia e importancia del estado nacional y con la defensa de la posibilidad de un proyecto nacional de desarrollo. No lo impone, pues un proyecto nacional no podría imponerse desde fuera, pero busca crear las condiciones para hacerlo posible. El Nuevo Orden acepta, e incluso promueve, una mayor integración de los países subdesarrollados a la economía capitalista mundial. Pero contra el proyecto de las empresas transnacionales, se opone a identificar internacionalización y transnacionalización y destaca el papel del estado nacional como rector de la inserción en la economía mundial y de su compatibilidad con el desarrollo nacional.

La necesidad de avanzar rápidamente en el establecimiento de los aspectos básicos del Nuevo Orden Económico Internacional adquirió nueva urgencia en los últimos dos años como consecuencia del resurgimiento de graves desequilibrios y tendencias en la economía mundial.

El punto más álgido de la crisis económica de los setenta fue 1975, año en el que disminuyeron los volúmenes absolutos de la producción y el comercio mundiales. En 1976 hubo una recuperación de ambos indicadores que mantuvieron un moderado ritmo de crecimiento en 1977 y 1978. Los países subdesarrollados continuaron en una situación estructural crítica, en especial los importadores de petróleo pero aliviada en la coyuntura por la expansión del comercio mundial y el auge sin precedentes de los créditos bancarios transnacionales, que les permitió recuperar ritmos razonables de crecimiento. Este breve período de auge representó para muchos el término de la larga crisis de los setenta, lo que probablemente explique la menor atención prestada esos años al debate sobre la cooperación económica internacional.

Sin embargo, desde fines de 1978 la economía mundial presenta evidentes síntomas recesivos, combinados con alta inflación, fuerte desempleo y desequilibrios en las tasas de interés, tipos de cambio y balanzas de pagos, problemas que se agudizaron durante 1979 y 1980. El año pasado fue uno de los tres peores del último cuarto de siglo: la producción y el comercio mundiales crecieron sólo un uno por ciento (contra 4 y 6 por ciento respectivamente en 1979); en los países industrializados los precios al menudeo se elevaron en un 13% (10% en 1979) y los desocupados alcanzaron el nivel récord de 23 millones de personas, que excede ampliamente el número del año crítico de 1975 (16.5 millones).(5)

Los partidarios del Nuevo Orden Económico Internacional creyeron que los países socialistas serían un decisivo factor en su establecimiento. Pero no fue así.

Los precios de los hidrocarburos, estacionarios desde 1975, aumentaron significativamente durante 1979 y 1980. Gracias a ello los países exportadores de petróleo recuperaron un importante superávit en cuenta corriente, pasando de sólo 5 mil millones de dólares en 1978 a 68 mil millones en 1979 y a 115 mil millones en 1980. En contraposición, los países industrializados que en 1978 tuvieron un balance positivo, el año pasado fueron deficitarios en 80 mil millones de dólares. Estados Unidos logró un superávit, pero es crítica la situación de la Comunidad Económica Europea -50 mil millones de déficit- y del Japón. El déficit en cuenta corriente de los países subdesarrollados importadores de petróleo se duplicó entre 1978 y 1980, llegando a 50 mil millones de dólares. El cuadro de desequilibrios puede ampliarse recordando la guerra de las tasas de interés y cambiaria sostenida este año entre Estados Unidos y Europa, guerra en la que el dólar ha ganado apreciaciones de hasta un 20 por ciento, frente a las monedas europeas en sólo seis meses. El Banco Mundial estima que al menos hasta 1985 persistirán las condiciones recesivas de la economía internacional.

LA IMPOSIBLE RONDA DE NEGOCIACIONES GLOBALES

Es natural que en este marco de crisis los países no alineados propusieran en su última reunión cumbre (La Habana, septiembre de 1979) iniciar una “ronda de negociaciones globales sobre la cooperación económica internacional para el desarrollo”. Tres meses más tarde la idea fue aceptada unánimemente, en la XXXIV Asamblea General de las Naciones Unidas. Ahí se estableció que estas negociaciones deberían incluir las principales cuestiones que se plantean en la esfera de las materias primas, la energía, el comercio, el desarrollo y el campo monetario y financiero. Su objetivo sería generar una síntesis de los enfoques contradictorios hasta ahora predominantes, encaminada a lograr una restructuración global de las relaciones económicas internacionales y obtener un desarrollo económico global y sostenido. La resolución señalaba que las negociaciones tendrían lugar dentro del sistema de las Naciones Unidas. La XI Sesión Especial de la Asamblea General, convocada desde 1974 con el objeto de evaluar los obstáculos y progresos en el establecimiento del Nuevo Orden Económico Internacional debía acordar en agosto de 1980 la agenda y los procedimientos de estas negociaciones para darles inicio en enero de 1981. Ha pasado ya la mayor parte de 1981 y no ha sido posible siquiera acordar la agenda y el procedimiento de discusión. Durante 1980 y 1981 tuvieron lugar lo que podríamos denominar “negociaciones sobre las negociaciones”, sin superar los graves desacuerdos que desde el primer momento enfrentaron a los países subdesarrollados con tres importantes países industrializados: Estados Unidos, Gran Bretaña y la República Federal Alemana.

El Tercer Mundo postula el necesario carácter global del debate Norte-Sur en un doble sentido: por una parte, sostiene la necesidad de tratar todos los graves problemas presentes en las relaciones económicas entre países industrializados y subdesarrollados en un mismo foro, pues estos temas se encuentran muy interrelacionados y por lo tanto las soluciones sólo pueden ser globales; por otra parte, exige la participación igualitaria de todos los países y plantea por tanto que las negociaciones tengan lugar en la Asamblea General de las Naciones Unidas.

La pérdida de fuerza del Tercer Mundo es particularmente grave en la organización de los No Alineados. El último ejemplo de ello es la situación creada luego del veto estadunidense a la presencia de Cuba en Cancún. De hecho sólo México ha defendido la importancia de la presencia cubana.

Los países industrializados, por el contrario, sólo desean tratar los aspectos cruciales para sus intereses: energéticos, para conseguir precios estables y seguridad de suministros; alimentos, en tanto posibilidades de ampliar los programas de “ayuda”, como instrumentos de influencia política y penetración comercial; y asistencia financiera, en la cual su interés es asegurar que continúe el reciclaje de los denominados petrodólares vía la banca transnacional. Las potencias capitalistas tienen gran interés en no vincular o tratar juntos los diferentes problemas en discusión e intentar establecer foros separados y especializados para cada uno de ellos: los problemas monetarios en el seno del FMI, los de comercio en el GATT, los de asistencia para el desarrollo en el Banco Mundial, etc.

Es una fragmentación que funciona para evadir lo que Kissinger en 1975 denominó “tiranía de las mayorías”: el foro universal de las Naciones Unidas, donde Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania Federal suelen encontrar derrotas y aislamiento. Por el contrario, agencias como el FMI tienen un sistema de votación asignado de acuerdo a la proporción de contribución económica, lo cual asegura mayoría a los países industrializados y derecho de veto a Estados Unidos. Adicionalmente, los países desarrollados exigen que se adopte previamente el criterio del consenso como norma para tomar las resoluciones y se niegan a aceptar la opinión del Tercer Mundo de que el resultado de las negociaciones debería ser un paquete de medidas que todas las partes de antemano se comprometieran a ejecutar.

Del 25 de agosto al 15 de septiembre de 1980 tuvo lugar la XI Sesión Especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Al inaugurar la sesión continuaba el desacuerdo sobre la agenda y el procedimiento para las Negociaciones Globales. En el transcurso de ella, el Grupo de los 77 propuso una fórmula sobre el procedimiento consistente en dividir las negociaciones en tres fases. Deberán iniciarse en el cuerpo central (Asamblea General), pasar luego a las agencias especializadas y grupos ad-hoc y retornar para el acuerdo final a la Asamblea. Los países capitalistas industrializados aceptaron el esquema siempre que la última palabra la tuvieran los organismos especializados y que el cuerpo central no pudiera alterar lo que éstos determinaran. Como no hubo acuerdo sobre el procedimiento, ni siquiera se discutió la agenda. Tampoco fue posible llegar a un acuerdo durante la XXXV Asamblea General, aunque se otorgó un mandato a su presidente, el barón Von Wechmar, de la República Federal Alemana, para que siguiera las consultas durante 1981.

En los primeros meses de este año, las negociaciones sobre las negociaciones se paralizaron a solicitud de la nueva administración estadunidense, que demandó tiempo para definir su posición al respecto. En el intervalo, el Grupo de los 77 hizo importantes concesiones al aceptar que las cuestiones decisivas se decidieran por consenso, que la fase dos de consulta a las agencias descentralizadas sea la más larga y que el cuerpo central no pueda modificar las decisiones de las agencias sin nuevas consultas con los directivos de dichos organismos. Prácticamente todos los países industrializados expresaron su acuerdo con esta fórmula.

Pero una vez más el acuerdo no fue posible. En mayo, durante una reunión plenaria de la Asamblea General de Naciones Unidas, especialmente citada, el gobierno de Reagan señaló que todavía no tenía una política definida sobre sus relaciones con los países en desarrollo y que, por consiguiente, no podría participar en las Negociaciones Globales sino después de la XXXVI Asamblea General, que se iniciará en septiembre.

Es evidente que tras la permanente postergación del inicio de las Negociaciones Globales y de las interminables discusiones sobre procedimientos, se encuentra la negativa de los principales industrializados a efectuar concesiones significativas y la decisión de no someterse a resoluciones democráticas.

ULTIMO TREN

La próxima reunión cumbre de Cancún es la última esperanza para salvar las Negociaciones Globales. La cumbre no podrá tratar en detalle los principales problemas, pero se espera que los tres países que impiden un acuerdo (Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania Federal) sean convencidos de la necesidad de alterar su posición y plegarse a la opinión de todas las otras naciones, dando término positivo a la prolongada fase de “negociaciones sobre las negociaciones”.

La propuesta formulada por la Comisión Brandt de efectuar una reunión cumbre para tratar la problemática Norte-Sur no ayudó a impulsar las Negociaciones Globales. Primero, por su poca oportunidad, ya que se hizo pública antes de que tuvieran lugar la XI Sesión Especial y la XXXV Ordinaria de la Asamblea General; en tanto que ahí se discutiría el procedimiento y la agenda de dichas negociaciones, la propuesta de la Comisión Brandt contribuyó a restar importancia a esas instancias. Segundo, porque no preveía ningún vínculo orgánico ni oficioso entre la reunión cumbre y el debate en las Naciones Unidas. Tercero, porque evitó pronunciarse sobre los principales puntos de confrontación salvo en el aspecto formal defendido por los industrializados: discusión fuera de las Naciones Unidas y con participación limitada a un pequeño número de países.

Después de la fracasada experiencia de la Conferencia de París en 1976-77, llamada Diálogo Norte-Sur, los países del Tercer Mundo han insistido en que los debates deben ser universales, incluir todos los países interesados con los mismos derechos y realizarse dentro del sistema de las Naciones Unidas.

La reunión de Cancún se inspira en la idea de la Comisión Brandt, pero su sentido político es completamente distinto. Desde el primer momento, la diplomacia mexicana dejó en claro que la cumbre no podría considerarse alternativa sino complementaria a los esfuerzos de las Naciones Unidas. No ha sido fácil establecer un nexo entre la cumbre de Cancún y las negociaciones globales. Pero el carácter de la reunión, como iniciativa que persigue romper el estancamiento en que se encuentran dichas negociaciones quedó manifiesto tanto en la carta de invitación que Austria y México dirigieran a los participantes como en la declaración emitida al término de la conferencia preparatoria de cancilleres. Ello se refuerza, además, con la invitación a participar en la cumbre cursada al secretario General de las Naciones Unidas, Kurt Waldheim.

La elección de Francois Mitterrand como Presidente de Francia ha favorecido los intereses del Tercer Mundo. En la reciente reunión de las potencias capitalistas realizadas en Ottawa (julio, 1981), el Presidente Mitterrand y el Primer Ministro de Canadá, Pierre Trudeau, postularon la necesidad de otorgar mayor atención a los problemas del Sur y asumir de conjunto una actitud positiva en la Conferencia de Cancún. Es tan difícil la situación presente que los medios especializados consideran un éxito el que la declaración final de la reunión de Ottawa mencione las palabras “negociaciones globales”, así sea con minúsculas y en un párrafo deliberadamente vago, que afirma: “estamos preparados para participar en la preparación de un proceso mutuamente aceptable de negociaciones globales en circunstancias que ofrezcan la perspectiva de significativos progresos”.

La próxima reunión cumbre de Cancún es la última esperanza de salvar las Negociaciones Globales en la ONU… …Lo peor para los intereses del Tercer Mundo sería institucionalizar el foro y convocar a una segunda cumbre…

Probablemente, lo anterior explica la posición asumida por el Secretario de Estado de los Estados Unidos, Alexander Haig, en la conferencia preparatoria de cancilleres en Cancún donde admitió la urgencia de llevar adelante el diálogo Norte-Sur, reconociendo que la crisis mundial no permite a los países del Tercer Mundo esperar a que Estados Unidos reajuste su economía para iniciar las negociaciones globales Haig rectificaba así el planteamientos hecho en mayo pasado por el gobierno de Reagan en la Asamblea de las Naciones Unidas.

Sin embargo, es difícil ser optimista. La experiencia de los últimos años ha demostrado que los obstáculos para el establecimiento del Nuevo Orden Económico Internacional no son fáciles de remover y que son muy poderosos los intereses que se oponen a una solución negociada. Lo razonable que se puede esperar de Cancún es la manifestación, junto a las divergencias, de algunos puntos de acuerdo que contribuyan al pronto inicio de las negociaciones globales. Lo peor para los intereses del Tercer Mundo, sería que se decidiera institucionalizar el foro y convocar a una segunda cumbre, similar a la de Cancún, lo cual equivaldría a postergar indefinidamente la ronda de negociaciones en el seno de las Naciones Unidas.

Lo mejor sería en cambio que el comunicado final, que será redactado por el Presidente de México y el Primer Ministro de Austria, señalara la común disposición a iniciar las negociaciones globales en la primavera de 1982. No se puede descartar, por último, la posibilidad de que ello sea dicho por 20 ó 21 de los participantes.

Notas

1 Dennis L. Meadows et. al, Los límites del crecimiento; México, FCE, 1972.

2 IMF Survey. August 17, 1981, p. 256.

3 Banco Mundial, World Development Report, 1980, Washington, dic., 1980.

4 F.M.I., International Financial Statistics, julio de 1981.

5 GATT, “Perspectivas del comercio internacional” en Comercio Exterior Núm. 4, abril de 1981, pp. 455-461.

La historia como vértigo y esperanza

Centroamérica en crisis.

México, Centro de Estudios Internacionales, El Colegio de México, 1980. 226, pp.

Centroamérica ha ocupado un lugar marginal en el análisis latinoamericano, y sólo el triunfo de la insurrección sandinista -como apuntan Rosario Green y Raúl Herrera- la hizo irrumpir como el foco básico de atención en el continente. El agravamiento subsecuente de la situación salvadoreña, la creciente insurrección en Guatemala, etc., han exigido a los sectores académicos latinoamericanos un esfuerzo de comprensión de asuntos que parecen desbordar el marco de estudio tradicional. La recopilación de artículos realizada por El Colegio de México representa un serio esfuerzo por contribuir a esa comprensión.

Si bien es cierto que “en su sentido más concreto la crisis centroamericana expresa el agotamiento tanto del modelo autoritario como del carácter expansivo de las fuerzas productivas” (p.2), también lo es que la conflictividad social que registra la zona ha sido impulsada por un apreciable grado de desarrollo capitalista dentro de condiciones estructurales que agudizaron las contradicciones internas. Como dice Torres Rivas, la experiencia centroamericana refleja con claridad “que la democracia representativa o democracia burguesa no es un resultado históricamente necesario del desarrollo capitalista”, sino que por el contrario, el intento de utilización de los canales democráticos por las masas ha puesto en peligro no sólo el acceso a los más altos cargos de gobierno a pequeñas minorías, sino el sistema de dominación en su conjunto. El carácter autoritario con el que esta región se incorporó al mercado mundial el siglo pasado ha ido encontrando formas distintas pero no menos represivas conforme la modernización de los sistemas productivos ha avanzado. Es esta permanencia represiva la que sirve de hilo conductor a buena parte del artículo de Gregorio Selser, que describe con bastante claridad la continuación de regímenes dictatoriales a través de la historia de las naciones centroamericanas. Una continuidad dictatorial, sin embargo, que siente la necesidad de ser “legitimada” electoralmente en forma periódica. Los ejercicios electorales, sirven a su vez para demostrar la inutilidad del voto como forma de legitimación y la incapacidad absoluta del sistema de abrirse a formas más participativas.

En “Vida y muerte de Guatemala”, Torres-Rivas muestra cómo esas elecciones, aun en casos en que se reconoce un triunfo a la oposición no ha significado un proceso de apertura. “(La victoria electoral de Julio César Méndez Montenegro) no fue … una victoria de la democracia electoral, sino más bien una pobre lección de cómo el poder militar es superior y fundante de la autoridad civil. Fue ésta una prueba ejemplar de cómo se disocian en su ejercicio real el poder y el gobierno (subrayamos nosotros), vale decir la división y la administración. Entre la razón de Estado y la representación de la política; la democracia fue vencida por el juego de las apariencias”.

En El Salvador la continuidad de gobiernos militares abarca ya medio siglo. Flores Pinel analiza cómo dentro de ese contexto se expresa la doctrina de la seguridad nacional. Ciertamente no creemos que logre interpretar el proceso salvadoreño, y dentro de éste el papel que cumple el ejército como titular de las funciones de gobierno. Flores Pinel afirma que si bien en el cono sur los militares asumen el gobierno para asegurar una desnacionalización y deslocalización de las economías nacionales, “el estado de seguridad nacional se opone a que ese proceso llegue plenamente a El Salvador”. Esta afirmación no parece de ninguna manera reflejar la realidad, ni mucho menos explica la forma de evolución económica del país y el modo como condiciona a los regímenes militares. Es obvio que la integración centroamericana internacionalizó las economías y agravó su proceso de desnacionalización. Los regímenes militares salvadoreños de los últimos dos decenios han intentado promover ese proceso y por lo tanto los límites que haya encontrado no parecen ser causados por la actitud del “estado de seguridad nacional” como el autor pretende. Por otra parte, resulta riesgoso aceptar que fue el modelo guerrillero el que “desvirtuó el esquema liberal de separación entre las esferas política y militar”, pues esa separación es un hecho en El Salvador desde mucho antes de la presencia armada de las organizaciones populares.

En su turno René Herrera presenta un interesante análisis del desarrollo capitalista en Nicaragua. La lectura de su ensayo ayudará a clasificar las contradicciones internas que abrieron la puerta a la insurrección sandinista. Sin comprender las contradicciones dentro de la burguesía no es dable captar el proceso que permitió la heterogénea alianza que derrocó a Somoza.

El artículo de Luis Maira sobre la política norteamericana hacia Centroamérica proporciona un lúcido análisis de la problemática al momento de su escrito y que mantiene mucha vigencia pese a los cambios en la administración. Si para el gobierno de Carter los días de intervención unilateral de Estados Unidos en América Central habían terminado, los esfuerzos del gobierno de Reagan para involucrar a otros países en la crisis centroamericana muestran cierta permanencia de este criterio. Los escritos sobre Costa Rica y Panamá muestran cómo estos países salen fuera del esquema más global de análisis; Costa Rica con su singular democracia y Panamá con el progresismo de Torrijos, parecen ser las excepciones a la atrocidad y la represión que permanentemente viven los otros países del área.

Del volumen en su conjunto es difícil juzgar porque la velocidad de los acontecimientos no hace justicia a los autores. Su contribución es evidentemente positiva y ojalá suscitara un debate muy clarificador. Pero es imposible encontrar en ella las características que la crisis va tomando en los últimos meses, dada la naturaleza misma de las publicaciones académicas. Al expresar su optimista visión sobre la Centroamérica de los años ochenta, Mayorga expresa que al unificarse los modelos de desarrollo de los países centroamericanos en uno de beneficio popular es posible que se revitalice el ideal centroamericano. Para que ello sea posible los pueblos deben asumir el papel de sujetos de la historia. Pero en este proceso la resistencia del imperio a la emergencia de las masas va generando una regionalización del conflicto. Y tal vez ese ideal centroamericanista reaparecerá revitalizado en el alma de los pueblos de la zona para resistir como un todo al esfuerzo de mantenerlo oprimido.

Héctor Dada

¿ES POSIBLE PREVENIR LA LUJURIA EN EL MATRIMONIO?

La mujer de tu prójimo,

traducido por Marcelo Covián, editorial Grijalbo, Barcelona, 1981, 493 pp.

EL DISFRAZ Y LAS VIRTUDES

Desde que Tom Wolfe bautizó en los sesenta como nuevo periodismo los intentos que algunos escritores habían venido haciendo por indagar con un nuevo estilo la realidad norteamericana, dicha corriente ha adquirido un rango literario que le confiere el prestigio de lo perenne (y más aún después de que E. L. Doctorow declarara que en la narrativa las fronteras entre la ficción y lo real se han desvanecido). A la fecha, el nuevo periodismo, a través de sus más conspicuos representantes (el propio Wolfe, Norman Mailer, Joan Didion, Hunter Thompson, Sara Davidson, John Gregory Dunne y Gay Talese), se ha postulado como informador -en ambos sentidos de la palabra- de la vida estadunidense, por medio de la creación de una amplia iconografía y su documentación, que intenta comprender todo fenómeno y acontecimiento, desde los grupos y festivales de rock, hasta los viajes espaciales, pasando, por supuesto, por una enorme gama de personalidades y acontecimientos cinematográficos y políticos.

Ante las dimensiones de tal empresa, que por sus ambiciones totalizadoras termina siendo ambigua la mayor parte de las veces, se hace necesario replantearse cómo leer las obras que se adscriben a dicho género. Si el nuevo periodismo se quiere a la vez crónica y crítica, reportaje y ensayo, literatura y sociología, hay que ver si en verdad cumple su cometido o si sus perspectivas son tan parciales como las de su menospreciado antecedente: el periodismo convencional de los cuarenta y los cincuenta.

Aunque el nuevo periodismo echa mano constantemente de recursos como el humor y la ironía (de suyo críticos y desmitificadores), por lo general no rebasa los marcos de la descripción; la acumulación de datos y el enlistado, además de que la presencia del autor, casi siempre autoincluido como personaje dentro de la obra, estorba para los fines de un balance más o menos “objetivo” (Una notable excepción la constituye Los ejércitos de la noche, de Mailer, pero quizá debido más a la fuerza de los hechos que trata -las marchas a Washington contra la guerra de Viet-Nam, en 1967- que al proyecto egomaniaco del autor).

Tanto descripción como la participación del autor (habitualmente una voz narrativa en tercera persona, según lo establecen las reglas dadas por Tom Wolfe) son los rasgos distintivos de las obras del género. ¿Criticar, entonces, al nuevo periodismo desde sus aparentes virtudes? De eso se trata. Porque en realidad no son sino una serie de trucos -ideas y visiones, miradas parciales- para disfrazar, con cierta elegancia tal vez, el típico pensamiento liberal gringo. Las descripciones, los enlistados, la intervención del autor como un protagonista más, no hacen sino sustituir la crítica; a través de ellos se despliega la ilusión de un compromiso, como si la mera enunciación, la estadística, significara por si misma la adopción de una postura. Obvio: se sabe que toda retórica es una ética -pero no basta. Además, los exponentes del nuevo periodismo no poseen la imposible imparcialidad que supuestamente transformaría la simple exposición de los hechos en la crítica de éstos.

SEXO, SUDOR Y REJAS

En principio entusiasmante y aparentemente serio, el más reciente libro de Gay Talese, La mujer de tu prójimo participa de los reparos anteriores. El libro se propone como documento definitivo de la vida sexual norteamericana y de su evolución durante las últimas décadas. Por medio de un amplio mosaico de personajes que, como en una novela, tejen una enmarañada red de relaciones, Talese borda un tapiz de lo histórico a través de lo personal. En este sentido, utiliza los mismos recursos narrativos de Doctorow en Ragtime, y con tanta fortuna, que en verdad se antoja que muchos sociólogos manejaran la forma para efectos de reconstrucción histórica y o análisis de conjuntos sociales, sobre todo si se piensa que éstos cuentan con muchos más elementos que un autor como Talese.

Como narración, el libro es espléndido, y se propone inmiscuir al lector en las historias de los personajes, para que así se formule un autocuestionamiento y compare su vida con las de aquellos. Estos personajes, que según sus breves historias (anotadas a manera de flash-back por el autor) son hombres y mujeres promedio de la población estadunidense, son reales y han autorizado a Talese a hacer uso de sus nombres. La investigación, llevada a cabo durante nueve años, no sólo se funda en las historias íntimas de esas personas, sino también en una minuciosa pesquisa, a lo largo y ancho de Estados Unidos, de revistas, cines donde se exhiben cintas pornográficas, bares, salones de “masaje” (especie de prostíbulos donde las masajistas ofrecen, mediante una propina, “satisfacción manual” a los clientes), clínicas de terapia sexual, campos nudistas, comunas, y archivos donde se almacenan los casos de obscenidad, pornografía o delitos sexuales que se han ventilado ante los diversos tribunales. De estos últimos, Talese, hace un recuento y una exposición detalladas, que a su vez lo llevan a describir la historia de las personas que han tomado parte en ellos, como en el caso de Anthony Comstock, uno de los más furibundos y violentos censores y “defensores de la decencia” social a fines del siglo anterior, o el de Stanley Fleisman, un brillante abogado poliomelítico que actuó en defensa de muchos casos de obscenidad, en parte porque se contemplaba a sí mismo como acusado tácito, ya que sus limitaciones físicas le obligaban a recurrir a prostitutas y otras formas de satisfacción sexual “no lícitas”. Particularmente destacado, es el caso de Samuel Roth, editor y vendedor de libros eróticos, quien en 1957, a los 62 años de edad, fuera enviado a prisión (lo que ya le había venido ocurriendo intermitentemente desde su juventud) por comerciar con libros pornográficos del calibre de El amante de Lady Chatterley. Roth permaneció en prisión hasta bien entrados los años sesenta, cuando, después de muchos juicios en los que casos parecidos al suyo se resolvieran en favor de los acusados, tal tipo de libros se reconocieron como obras “de valor artístico”. No obstante, Roth permaneció en su celda hasta el final de su condena, aunque “podría haber recibido en prisión, por correo, casi todos los libros por cuya venta había sido encarcelado”.

Otros casos como éste, y abundantes datos e informaciones, se encuentran imbricados a lo largo de las casi 500 páginas que Talese dedica al tema. Sin embargo, pese a las monumentales dimensiones de la investigación, La mujer de tu prójimo no es una obra que depare al lector gran número, de revelaciones. De hecho, Estados Unidos ha sido, a lo largo de su joven existencia, una de las naciones más puritanas, reprimidas y represoras en cuanto al sexo se refiere, y la aparente “revolución” sexual que los norteamericanos han experimentado en años recientes, no es sino una reacción -en el fondo estimulada por la mercadotecnia industrial-, que por las mismas características de su dinámica, puede terminar dando un giro de trescientos sesenta grados para volver al punto de partida, como ha ocurrido con muchos otros movimientos pendulares a lo largo de la historia. Esto puede observarse en el enorme auge de la pornografía (mediante la cual la sexualidad se postula como una relación entre objetos y no entre personas libres), lo mismo que en otros fenómenos como el cine -particularmente las cintas de horror de los últimos años, en las cuales las víctimas son casi siempre personas cuya culpabilidad consiste en atestiguar o protagonizar actos sexuales.

Pese a todo, hay conquistas irreversibles, y de la misma manera en que esa sociedad ha desarrollado su tolerancia y se ha vuelto más permisiva respecto a digamos, el cabello largo o el consumo de drogas menores, ahora se admiten con mayor frecuencia el sexo premarital, la unión libre y cierto tipo de relaciones, como el sexo oral, han dejado de ser consideradas “perversiones”. (Aunque el sexo oral ha sido practicado por el género humano desde siempre, Talese apunta un dato poco menos que increíble: el cunnilingus y la felación, eran definidos “oficialmente (…) como un acto obsceno, una especie de sodomía, y era ilegal en la mayoría de los estados norteamericanos incluso practicado en la intimidad por parejas casadas. En Connecticut el delito del sexo oral podía ser condenado con treinta años de cárcel. En Ohio, la pena era de veinte años. En Georgia, ese “crimen contra natura” podía llevar a su practicante a una condena a prisión perpetua y trabajos forzados, una pena mucho más severa que el sexo con animales, que en Georgia se castigaba sólo con cinco años de cárcel.”)

LA MORAL INVISIBLE

En su conjunto, La mujer de tu prójimo quiere ser un alegato en pro de la libertad sexual, sin embargo, como ha señalado Deborah McGill (Atlantic Monthly, diciembre de 1980), Talese sólo apunta que han ocurrido cambios drásticos sin preguntarse nunca qué fuerzas dieron origen a éstos, tampoco juzga ni se compromete, valiéndose de la sanción prestigiosa del membrete “nuevo periodismo”. Como resultado, sus lectores “pueden desprender que Talese aprueba la libertad sexual, pero sin tener idea de por qué”. A fin de cuentas, lo que Talese logra es sólo un texto expositivo, bien logrado desde el punto de vista literario, incapaz de hacer trascender la información que maneja. El libro queda abierto a la interpretación del lector. Pero, ¿cómo leer, por ejemplo, las entusiastas páginas que Talese dedica a Hugh Hefner? En ellas, éste aparece prácticamente como un genial héroe contracultural, una especie de precursor de la libertad sexual en norteamérica, que ha sabido amasar una fortuna en base al principio del placer y sus ocultas pulsaciones, y no como un mercader con gran visión, que aprovechó un momento oportuno dado por las luchas y conquistas de muchos otros ante los tribunales.

Tal parece que, extraviado en los senderos del más vulgar empirismo, Talese termina por rendir pleitesía a la clase media que originalmente toma como sujeto, adoptando su misma óptica. Y es notable que Talese haya decidido enfocar su atención sólo en la clase media, y nunca cuestione, ni siquiera lateralmente, los comportamientos sexuales de la burguesía (de los cuales podría derivar, sin duda, el origen de muchas pautas de conducta clasemedieras), o los arquetipos que al respecto existen entre el proletariado. Es notable también que no critique las razones que el aparato judicial norteamericano adujo para condenar (asesinar, diría uno) a Wilhelm Reich, y prefiera pintarlo sólo como un mártir. Ahonda, en cambio, hasta lo exhaustivo, en la miserable y mediocre relación entre un vendedor de seguros y su esposa, y la crisis que sobreviene cuando se enfrentan al sexo grupal y a la infidelidad conyugal. No sin ánimos sensacionalistas Talese ofrece la detenida descripción de sus coitos, frustraciones y ataques de celos, todo en aras de una “objetividad” testimonial que finalmente no explícita ni acota los beneficios o daños que tal experiencia reportó a la pareja; uno se pregunta qué caso tiene que esas personas hayan permitido a Talese el uso de sus verdaderos nombres. Este nunca señala, por ejemplo, que el adulterio supone una respuesta gratificante aunque culpígena ante una institución petrificadora del erotismo como el matrimonio, y en general, jamás subraya el significado profundamente subversivo que la libertad sexual representa para el orden establecido. Si acaso refiere anécdotas (jóvenes expulsadas de la universidad por llevar a sus amantes a los dormitorios, treintones que miran con envidia a los hippies en sus comunas, etc.). La mujer de tu prójimo, pese a su título, carece de un proyecto moral que lo afirme y justifique, y se convierte en una mera descripción superficial de acontecimientos que implícitamente manifiestan mucho más que una voracidad erótica.

El problema es que Talese jamás se pregunta (aunque en el libro se habla en varias ocasiones de posesión, sentimientos de propiedad, etc.) en qué medida la propiedad privada determina los comportamientos sexuales de la sociedad. Por ello, las intenciones del autor, no importa cuan honestas en apariencia, recaen en el terreno de la hipocresía, al soslayar asuntos centrales. En este sentido, muchas de las obras del “nuevo periodismo” muestran carencias de un real proyecto crítico y bordan sobre vacío. En el nivel del lector medio ilustrado, un libro como La mujer de tu prójimo, equivale a escritos como Mis primeros quinientos, o la serie de bodrios de Xaviera Hollander.

Si Talese hubiera tenido la intención de hacer, por lo menos, una estampa seria de la vida sexual en norteamérica, debería haberse acercado a los trabajos teóricos que se han hecho al respecto. Un párrafo de Agnes Heller arroja, en todo caso, mucho más luz que las 500 páginas del libro de Talese: “Es imposible prever el futuro de las relaciones entre los sexos y el de las relaciones familiares, por varias razones, pero sobre todo porque dichas relaciones forman parte integrante del conjunto de las relaciones sociales y, por consiguiente, no pueden ser analizadas aisladamente. La única manera de abordar el problema es preguntarse qué tipo de relaciones sexuales y familiares son previsibles si postulamos para el futuro cierto tipo de relaciones sociales (…) Hoy, más que nunca, la humanidad se halla ante varias posibilidades.”

La mujer de tu prójimo no va más allá de un liberalismo ramplón inquieto por un fenómeno que jamás alcanza a comprender. Contempla las nuevas alternativas sin examinarlas; condena implícitamente a quienes se quedan atrás en los cambios, y celebra a quienes se arriesgan a la promiscuidad aunque ésta se los lleve entre las patas. Habría que ver si los cambios en la actitud sexual tendrán que ser necesariamente dolorosos, o si pueden darse de otra manera conjuntamente con la transformación social.

Es grave, pero tras la relectura de sus obras, uno no puede dejar de sospechar que Talese no es sino un escritor sensacionalista encumbrado por las editoriales neoyorquinas y sus correlativas hispánicas. En las primeras páginas de su libro sobre el New York Times y los magnates de la prensa norteamericana (El poder y la gloria), Talese anota: “Los periodistas son insaciables; corren siempre en busca de informaciones sensacionales, se trasladan constantemente de un lugar a otro, en plena excitación contagiosa. Su obligación es descubrir lo nuevo (…) Por esto (el periodista) es el aliado más importante de los ambiciosos (…) se le invita a las reuniones sociales, (es) cortejado y cumplimentado (…) El periodista ingenuo atribuye semejantes privilegios a su atractivo y personal simpatía, sin darse cuenta que el interés que despierta se debe a su profesión; pero, hombres realistas en su mayoría, generalmente comprenden las reglas del juego”. A lo anterior uno relaciona el diálogo que Al Goldstein, editor de la revista Screw, sostiene con uno de sus allegados según la notación de Talese: “El sexo es la mayor noticia (…) del siglo XX en norteamérica”. Y Talese no es ningún ingenuo.

Rafael Vargas

SU REINO DE LOS CIELOS FUE DE ESTE MUNDO

Estudios galileanos, trad.

de Mariano González Ambóu, Siglo XXI Editores, México, 1980, 332 p.

En los últimos cincuenta años la historia de la ciencia ha producido multitud de artículos y libros centrados en torno a la figura de uno de los científicos más revolucionarios de todos los tiempos: Galileo Galilei. Desde los trabajos de Santillana y Favaro hasta los de Koestler,(1) los enfoques casi siempre habían estado dominados por tesis que enmascarando posiciones personales tendían a subrayar o a minimizar el llamado “caso Galileo”, el cual subyacía siempre como tema central de su vida y obra.(2)

Un enfoque más objetivo apoyado en los textos mismos de Galileo, que prescindía de los tonos polemizantes de la historiografía anterior, fue logrado con la aparición en 1939 de los Estudios galileanos de Alexandre Koyré (1892-1964) quien con una enorme preparación científica y humanística(3) logró darnos en esta obra y en otras que resultan su complemento indispensable (La revolución astronómica y Del mundo cerrado al universo infinito) un cuadro completo y apasionante de esa encrucijada de la cultura que representa la revolución científica del siglo XVII.

Los estudios de Koyré acertaron a colocar a Galileo en el contexto intelectual de su época, en medio de las figuras de Kepler, Descartes, Huygens y Harvey, lo que puso de manifiesto el hecho de que el sabio italiano iniciador de la mecánica moderna no había sido sino uno más, aunque acaso el más destacado, de los fundadores de la nueva ciencia. Koyré fue de los primeros en señalar que la ciencia, tal como la conocemos actualmente, no fue el producto de la labor única de un sabio genial (llámese Copérnico, Vesalio, Galileo o Newton) sino la resultante de una gran cantidad de aportaciones parciales que se complementaban y corregían unas a otras en un movimiento dinámico.(4) Dentro de este conjunto de contribuciones es evidente que la obra de Galileo requería de una consideración particular, pues representó el primer intento de rechazar, con bases empíricas firmes, el viejo esquema explicativo de la naturaleza del mundo físico de la tradición aristotélico-ptolomeica.(5) Ese rechazo partía de una reivindicación de la libre investigación, del examen crítico de los presupuestos científicos tradicionales y del cuestionamiento del argumento de autoridad en materia científica. En su célebre obra De Motu que data de 1590, Galileo impugnaba las principales obras científicas de Aristóteles y hacía un llamado a la necesidad de examinar los postulados ahí establecidos.(6) Este hecho, asienta Koyré, posibilitó la revolución científica ya que, al destruir los esquemas mentales heredados, hizo posible y necesario establecer nuevos postulados y nuevos paradigmas que dirán una explicación más amplia y cabal de los datos observados. Esta postura desafiante venía acompañada de una confianza ilimitada en los conocimientos logrados a través de las explicaciones matemáticas. Siguiendo las líneas de Platón y más específicamente de Arquímedes, aunque de manera más profunda y analítica, Galileo intentó ir más allá de las apariencias fenoménicas, con el objeto de alcanzar, detrás de estas percepciones simples, la verdadera estructura racional de dichos fenómenos. Muchas veces se ha repetido el famoso pasaje del Saggiatore donde Galileo hacía su profesión de fe en la “filosofía que está escrita en lenguaje matemático, cuyos caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las cuales no se hace sino errar vanamente en un oscuro laberinto”. A pesar de esto, Galileo, como bien señala Koyré, aplicó este criterio a los hechos sólo parcialmente y pudiera ser que su mayor aportación haya sido la de imprimir al pensamiento científico una orientación que sería de gran fecundidad al paso del tiempo.

PIADOSAS LEYENDAS

Conviene señalar que esta fe en la matemática como instrumento de conocimiento, esta íntimamente unida en labor científica de Galileo a su recurso permanente a la experiencia. Antes que ninguno de sus contemporáneos, Galileo comprendió que el secreto del progreso de las ciencias reside en la subordinación de las construcciones racionales teóricas a los datos obtenidos de la experiencia. Pocos de los científicos de la primera mitad del siglo XVII tuvieron tan agudo el sentido del valor del dato empírico. Descartes fue sin duda un teórico más agudo y Kepler un matemático de más altos vuelos, pero Galileo situó al modesto hecho experimental en el sitio que actualmente ocupa. A él debemos el compromiso de la ciencia moderna con la experiencia y con la expresión matemática. Y aunque en algunas ocasiones abandonó esta sana doctrina y consideró que la experiencia sólo servía para confirmar una hipótesis, no cabe duda, como apunta Koyré, de que aun en esta actitud existe un obvio análisis lógico de la realidad elaborado con gran rigor. Dado lo poco precisos que eran en su época los métodos de medición y cuantificación, el multiplicar las experiencias no se reflejaba necesariamente en el logro de resultados concluyentes. Koyré muestra, más allá de toda duda, que varias de las experiencias atribuidas tradicionalmente a Galileo no fueron realizadas nunca por él. Así el célebre experimento de la torre de Pisa para verificar la ley de la caída de los cuerpos no es más que una piadosa leyenda, como también lo son las observaciones del isocronismo en las oscilaciones del péndulo llevadas a cabo en la catedral de Pisa.(7)

Esto nos conduce a uno de los aciertos más relevantes de los estudios históricos de Koyré acerca de Galileo: el de señalar los límites de la aportación galileana a la revolución científica, que a menudo ha sido sobrevalorada más allá de lo que la sana crítica permite, con lo que se distorsiona sensiblemente tanto su obra como su figura. La principal de dichas limitaciones, producto de su época a la que ni Galileo pudo sustraerse, es su carencia del sentido de la aproximación. Para él las leyes científicas eran absolutamente exactas, no sospechó que una ley por precisa y universal que fuese no era sino una representación aproximada de la realidad. Su descubrimiento de la ley, bastante simple, de la caída de los cuerpos que establece que los espacios recorridos son proporcionales a los cuadrados de los tiempos, lo llevó a pensar que todas las leyes gozaban de esas características de sencillez y precisión sin percatarse de que en la naturaleza se dan fenómenos mucho más complejos de los cuales no podemos deducir en referencia a su comportamiento sino hipótesis restringidas.

Ciertamente Galileo abrió el camino que habría de seguir la mecánica moderna, cuyo fundamento es el principio de la inercia, tradicionalmente atribuido a dicho sabio, quien no tuvo de él sino una intuición. Koyré señala puntualmente que quienes verdaderamente plantearon y resolvieron ese problema fueron Beeckmann y Descartes, hecho que no minimiza la aportación galileana en este terreno, ya que al establecer que la fuerza es proporcional no a la velocidad como lo creía Kepler sino a la aceleración, y al afirmar contra Aristóteles que la caída de los cuerpos es posible en el vacío y que todos los cuerpos caen según la misma ley, sean cuales fueren su forma y su densidad, hizo que la mecánica moderna diera un gran paso hacia el establecimiento de las leyes de la dinámica.(8) Ahora bien, es evidente, como asienta Koyré, que estos planteamientos tan brillantemente resueltos por Galileo ya habían sido objeto de estudio de los físicos y algebristas anteriores o contemporáneos de él, tales como Buridan, Tartaglia, Benedetti o Stevin.(9) De hecho la mayor contribución de Galileo a la mecánica moderna no reside en la resolución de dichos problemas, sino en los largos análisis que vemos aparecer en el Diálogo de 1632 y en los Discorsi de 1638, que tratan sobre la relatividad del movimiento en relación a las pruebas que entonces se aducían acerca del movimiento de la tierra, lo que está estrechamente vinculado a sus revolucionarias teorías astronómicas.(10)

DE LOS ASTROS Y EL MUNDO CORRUPTIBLE

Al tomar partido por Copérnico, después de haber sido durante algún tiempo en su juventud discípulo de Aristóteles,(11) Galileo rechazaba en gran medida la concepción cosmológica tradicional, según la cual el universo estaba dividido en dos grandes secciones de naturaleza completamente distinta: el de la astronomía, que comprendía a todos los astros, es decir estrellas, planetas y el Sol, hechos de una materia incorruptible e insertados en esferas concéntricas animadas de movimientos de rotación uniforme e invariable en el tiempo y cuyas combinaciones de gran complejidad habían ocupado a los astrónomos desde Ptolomeo; y por otro lado el de la Tierra y el mundo sublunar, cuyas características eran el cambio y la corruptibilidad y en el cual el único movimiento natural era el rectilíneo que, en los cuerpos pesados, se dirigía hacia el centro de la Tierra (la cual permanecía inmóvil en el centro del universo) y en los cuerpos ligeros tendía a ascender. Todo movimiento diferente de éstos requería de la acción de una fuerza exterior y cesaba desde el instante en que dicha fuerza se interrumpía.

El principio de la incorruptibilidad del mundo ultralunar o de los astros fue combatida con éxito por Galileo desde el momento en que realizó uno de los más célebres descubrimientos de la historia de la ciencia: el de los satélites de Júpiter y el de las manchas solares, observados ambos en el año de 1610 por medio del recién inventado telescopio. A partir de entonces el mundo se hizo homogéneo, sujeto todo a la corruptibilidad que antes sólo afectaba a una parte de él. El paso siguiente consistió en probar el movimiento de la Tierra, es decir, la rotación sobre ella misma y su desplazamiento alrededor del inmóvil sol. Gran mérito de Galileo fue, como bien señala Koyré en La revolución astronómica, desembarazar a la tierra de buena parte de los complicados movimientos que le atribuía Copérnico y que hallarían su solución definitiva en las leyes keplerianas. Al hacer esto Galileo aportaba numerosas pruebas derivadas de sus estudios de física, a favor del movimiento de la tierra, lo que sin duda abrió el camino a la mecánica celeste newtoniana.(12) Sin embargo, no todo quedaría ahí ya que al concebir un cosmos homogéneo provocó que las leyes mecánicas que regían a los astros descendieran de los cielos a la tierra e intentaran sujetar los fenómenos “infralunares” y aun al hombre a un solo código que, al finalizar el siglo XVIII, había extendido sus pretensiones de universalidad a casi todos los campos no sólo del mundo físico sino también del mundo moral.(13)

Elías Trabulse

Notas

1 Giorgio de Santillana, El crimen de Galileo, Buenos Aires, Ediciones Antonio Zamora, 1960, 281 pp.; Arthur Koestler, Les somnambules, París, Calmann-Levy, 1960, pp. 336-362, 407-478.

2 De la copiosa bibliografía del “caso Galileo”, es decir de su proceso inquisitorial y condena, puede verse F. Sherwood Taylor, Galileo and the freedom of thought, London, 1938 y James Brodrick, S.J. Galileo, Estella, 1970. 

3 Un resumen de la vida y obra de Koyré así como una evaluación de sus contribuciones a la historia de la ciencia y del pensamiento pueden verse en la obra de homenaje titulada Melanges Alexandre Koyré, Vol., I, L’aventure de la science, Vol. II, L’aventure de I’esprit, París, Hermann, 1964. Véase. I, pp. XIII-XXV.

4 Francoise Russo, “Pour mieux comprendre Galilée”, Etudes, septiembre 1964, pp. 190-202.

5 Sobre los alcances y límites del “empirismo galileano un buen estudio es el de Dudley Shapere, Galileo, A philosophical study, (Chicago, 1974) véase en particular, pp. 82-83 y 140-141.

6 Alexandre Koyré, “Le De Motu Gravium de Galilée. De I’experience imaginaire, et de son abus”, Revue d’Histoire des Sciences XIII, 3, juillet-septembre, 1960, pp. 196-245. 

7 Uno de los primeros intentos desmitificadores de los logros de Galileo fue emprendido antes que por Koyré por Lane Cooper en su obra Aristotle, Galileo and the Leaning Tower of Pisa (Ithaca, 1935).

8 Bernard Cohen, Les origines de la physique moderne, París, Payot, 1960, pp. 87-126.

9 Un trabajo valioso sobre las críticas medievales a este problema es: Edward Grant, “Aristotle’s restriction on his law of notion: its fate in the Middle Ages”, en L’aventure de la science, pp. 173-197.

10 La mejor evaluación crítica de estas teorías aparece en el estudio de Derek J. de S. Price, “Contra Copernicus: A critical Reestimation of the Mathematical Planetary Theory of Ptolemy, Copernicus and Kepler” en Marshall Clagett (ed.) History of science, Madison, The University of Wisconsin Press, 1969, pp. 197-221.

11 Stillman Drake, Galileo Studies, Ann Arbor, The University of Michigan Press, 1970, pp. 63-78.

12 John W. Herivel, “Galileo’s Influence on Newton in Dynamics”, en L’aventure de la science, pp. 294-302.

13 Pierre Costabel, “La revolution astronomique”, Revue de metaphysique et de morale, 3 juillet-octobre, 1962, pp. 376-383.

ALARMA QUE VINO DEL NORTE

Norte-Sur: un programa para la supervivencia. Bogotá, Ed. Pluma, 1980, 464 pp.

La aparición del reporte Norte-Sur Informe de la Comisión independiente sobre problemas internacionales del desarrollo, presidida por Willy Brandt, 1980) viene a ser uno más de los intentos de esquema en la búsqueda por resolver problemas globales que afectan a la mayor parte de los habitantes del planeta y fundamentalmente a los países del Tercer Mundo. Como en otros estudios de esta naturaleza, se parte de la premisa de que los problemas del Tercer Mundo son ahora problemas globales que a todos afectan y, por tanto, es también del interés y conveniencia de los países desarrollados trabajar en la búsqueda de soluciones. La aparición del llamado Informe Brandt parece tener el doble objetivo de extender la conciencia de este enfoque principalmente a los países desarrollados y de introducir pautas para posibles negociaciones.

Dentro del marco de negociaciones globales, la importancia del Informe Brandt radica en que da fuerza a un modo de orientación del diálogo que extiende la participación y responsabilidad de todos los actores. La introducción del Informe pertenece al mismo Willy Brandt quien resume la obra: “Un llamado en favor del cambio social: paz, justicia, trabajo”

Como se ha insinuado, el punto de partida metodológico es que los problemas globales derivan de las disparidades económicas y sociales entre los diferentes miembros de la comunidad internacional, y que por tanto es crucial para un futuro digno de la humanidad, un drástico reajuste en los términos de las relaciones entre los diferentes miembros de la comunidad internacional.

El presidente de la comisión señala que el estudio no pretende ser un trabajo meramente técnico sino que busca ir un poco más allá en el sentido de plantear soluciones posibles a los problemas que se plantean. Cooperación “realista” y búsqueda de intereses comunes son postulados básicos para lograr planteamientos que en última instancia permitan tocar la naturaleza del conflicto y hagan posible el cambio.

El esquema de soluciones que se propone la Comisión Brandt es universal e incluye a todos los miembros de la comunidad internacional. El cambio, para darse, debe estar apoyado tanto por los gobiernos como por sus pueblos, y lo mismo en países desarrollados que en los subdesarrollados. Es esta perspectiva la que le da al Informe Brandt su carácter global y universal. Lo ambicioso del enfoque se trasluce en su conclusión fundamental: el estado actual del mundo amerita la necesidad de un cambio profundo en el sistema y en las relaciones entre sus partes. La necesidad de este cambio se deriva básicamente de un proceso histórico. La Comisión considera el momento actual como propicio y necesario para el cambio.

El enfoque resalta la importancia de considerar toda la gama de factores que afectan la vida de las naciones y los individuos y no solamente las variables económicas, que se consideraron centrales en los primeros esfuerzos de solución y cambio a los problemas globales. El estudio considera la posibilidad de establecer un orden a partir de las contradicciones y atribuye una importancia central al concepto de paz, considerada no solamente como lo opuesto al conflicto militar. En una concepción mucho más extensa del fenómeno, las disparidades económicas y sociales se convierten en los principales elementos potenciales de guerra y conflicto. Desde esta perspectiva, corregir tales disparidades viene a ser el camino para el mantenimiento de la paz. La reducción de tensiones y la promoción de mayores niveles de cooperación son entonces tareas prioritarias y aunque las soluciones no podrán ser inmediatas, es urgente trabajar en ellas desde ahora.

El problema de armamentos y su relación con el desarrollo recibe también una especial atención, más por su importancia en términos de distracción de recursos, aumento de tensiones y potencial de conflicto, que porque pueda ubicarse dentro de un programa de soluciones que hiciesen posible un cambio drástico en este renglón. Es considerado como uno de los aspectos más difíciles de manejar y de encontrar soluciones efectivas. En este sentido se resalta la creciente participación de los países subdesarrollados en la compra, fabricación y utilización de armamentos, como uno de los aspectos urgentes de corregir.

Por otra parte, según el Informe Brandt, el tratamiento y solución de los problemas implica un esfuerzo paralelo en el orden nacional y en el internacional. Problemas cruciales como el hambre, la pobreza generalizada, la falta de servicios de salud, educación y alfabetismo pueden y deben resolverse fortaleciendo las posibilidades nacionales de los países menos favorecidos y a la vez con el esfuerzo comunitario internacional dirigido a resolver esos problemas globales, fuentes potenciales de conflicto.

Parte central de la estrategia propuesta es un cambio profundo en los términos de las relaciones económicas, para tratar de acortar la enorme brecha de disparidades. Como en todo enfoque contemporáneo, aspectos tales como energía, la conservación del medio ambiente y el crecimiento demográfico, son considerados por la Comisión Brandt como factores que sólo pueden ser resueltos globalmente.

Los alcances del Informe difieren según el nivel en que se asuman. Si bien el prestigio y seriedad de la Comisión no son cuestionables por la mayor parte de los gobiernos desarrollados, que incluso lo elogian y lo comentan, en la práctica internacional de estos países no parece tener mayor afecto. Por otro lado, su importancia es indiscutible en cuanto a la dirección del “diálogo”: una vez más una comisión integrada en el norte está dando la pauta para resolver los problemas del sur.

La esperada reunión de Cancún, que desde sus inicios ha causado tensiones y en la cual se tienen ciertas esperanzas, no puede dejar de ubicarse en el contexto más general de la lucha por el cambio. En ese sentido su trayectoria está necesariamente afectada por lo que el Informe Brandt ha dejado sentado. Del mismo modo, lo que resulte de dicha reunión habrá de afectar los postulados básicos de dicho informe.

El sur visto por el norte

DESDE OTTAWA

René Villarreal es investigador del Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo.

Es ampliamente conocido el cambio de la economía mundial en la década de los setenta. El lento crecimiento de la producción, la recesión en los países industrializados y los desequilibrios externos, han alcanzado niveles inquietantes. El hecho de que el petróleo aumentara de precio en más de diez ocasiones durante la década pasada puso de manifiesto una mayor interdependencia en el comercio y las finanzas. En su mayoría, los países no sólo se han vuelto más sensibles a los choques externos, sino que además cada vez cuentan con menor grado de libertad para instrumentar sus políticas internas.

Quizás por primera vez en este siglo las economías avanzadas, particularmente Estados Unidos y Europa Occidental, enfrentan simultáneamente graves problemas de equilibrio interno y externo, hasta antes típicos de los países subdesarrollados. La tasa de crecimiento del producto interno bruto (PIB) de estos países se redujo de 5.0% en el periodo 1960-1970.(1) La tasa de inflación más que se duplicó, alcanzando niveles de dos dígitos entre 1970 y 1980, contra 4.2% en 1960-1970; los índices de desempleo también se elevaron un 50%, de 3.5% en 1962-1972 a 5.7% en 1973-1979.(2) Por último, la balanza de pagos de estos países que fueron superavitarios hasta 1975, alcanzó en 1978 un déficit en cuenta corriente de 51.5 millones de dólares.(3) Los países en desarrollo observaron un mejor crecimiento de su actividad económica, pero sus problemas de inflación y desequilibrio externo se han agudizado en forma alarmante. Los países no exportadores de petróleo tuvieron en conjunto una tasa estimada de inflación cercana al 30% en 1980. Entre el periodo 1967-1972 ella había sido sólo de 9.3%. Los países exportadores de petróleo que habían registrado tasas de 1.2% en los años sesenta, pasaron a una inflación de 22.2% en los setenta.(4) Estos datos revelan el pobre comportamiento macroeconómico que la economía mundial ha exhibido en los setentas, derivado de una mayor inestabilidad e incertidumbre en el ambiente internacional. Un primer elemento de esta mayor inestabilidad económica mundial ha sido el debilitamiento del dólar. El sistema diseñado en la posguerra situaba a los Estados Unidos como país hegemónico y al dólar como moneda principal de reserva; éste funcionó en forma adecuada durante casi un cuarto de siglo, en un ambiente de estabilidad económica con un elevado crecimiento del comercio e ingreso mundiales. Pero a fines de los sesentas comenzó a mostrar signos de debilitamiento.

En 1968 Estados Unidos rompió con el patrón cambio-oro y lanzó “de facto” al sistema monetario internacional al patrón dólar. Sin embargo, fue en 1971 cuando el dólar se desliga “de jure” del oro, tanto en su paridad como en su convertibilidad. El aumento constante de la liquidez internacional a costa de los déficit en la balanza de pagos de los Estados Unidos ocasionó una pérdida gradual en la confianza en la paridad del dólar frente al oro, y un menor atractivo para mantenerlo como parte de las reservas de divisas. Además la posición competitiva norteamericana empezó a verse erosionada. Aparecieron cambios importantes en la estructura del comercio mundial. De los nuevos fenómenos que perturbaban la economía mundial surgió la necesidad de implantar un nuevo sistema de tipos de cambio: las tasas de cambio flexibles. También se hizo patente la integración indisoluble del comercio y las finanzas internacionales.

LOS OCHENTAS DESDE EL SUR

Al estudiar la problemática del comercio y las finanzas internacionales de los países en desarrollo se observa que, en términos generales, persiste la tendencia hacia el deterioro. Los problemas que surgieron en los setenta se verán reforzados, crecerán los déficits en la cuenta externa de los países no exportadores de petróleo y serán más difíciles de obtener y más onerosos los recursos financieros necesarios. Esto significa, dentro de un ambiente general de incertidumbre, que, a pesar de que la liquidez global sea suficiente, para los países deficitarios existirá el problema de la asignación de liquidez, que implicará -de persistir las condiciones presentes- un costo mayor y/o una mayor sujeción de sus economías a centros de decisión internacionales. Los elementos determinantes de este panorama son tres: los condicionantes internos de las economías avanzadas, el tipo de comercio establecido y el cambio en la dirección y la estructura de este comercio.

a) Condicionantes internos de las economías avanzadas

Hasta el presente, las economías avanzadas han representado más del 70% del comercio mundial de mercancías, mientras que los países en desarrollo han mantenido su participación en alrededor del 20% en los últimos años. No es de sorprender, por consiguiente, que aquéllas hayan regulado y condicionado los flujos comerciales hasta ahora. Estas economías han enfrentado en años recientes problemas propios de países en vías de desarrollo, entre ellos el desequilibrio interno y externo. Los elementos típicos han sido un crecimiento lento, combinado con un alza sin precedente de los precios y una subutilización de recursos. Esto es, estancamiento con inflación.

Independientemente del impacto de la crisis del petróleo, estos países, han demostrado sus propios problemas estructurales que se reflejan en un debilitamiento en sus niveles de inversión directa, como también en investigación y desarrollo, (R & D), base del cambio tecnológico. Como ha dicho Laurence Klein, Premio Nobel de Economía de 1980 refiriéndose a los Estados Unidos.

“Nos hemos dedicado alegremente a la buena vida sin preocuparnos de modernizar nuestras plantas y equipos. Tenemos que dejar de ser una economía de alto consumo para convertirnos en una economía con elevados niveles de ahorro si queremos reindustrializarnos y mejorar nuestro nivel de vida” (Business Week, 30 de junio de 1980).

Para los países del Sur el proceso inflacionario de estas economías tiene dos implicaciones: primero, que aumenta el costo de sus importaciones, con lo cual se agrava su déficit en balanza de pagos; y segundo, que la inflación importada es un problema macroeconómico de desestabilización, que viene a sumarse a los problemas que ya enfrentan estos países. Por otra parte, como resultado del desajuste derivado del vertiginoso aumento del precio del petróleo, cada vez encaran una mayor tendencia al desequilibrio en su balanza en cuenta corriente.

Los problemas que surgieron en los setenta se verán reforzados, crecerán los déficits en la cuenta externa de los países no exportadores de petróleo y serán más difíciles de obtener y más onerosos los recursos financieros necesarios

b) Tipo de comercio establecido

Quedó atrás la época de liberalización creciente del comercio. Los nuevos desajustes acentuados por la crisis del petróleo en 1973 han provocado medidas antinflacionarias decisivas en los países industrializados, con el objeto de eliminar o al menos atenuar los déficits en cuenta corriente. Sin embargo el costo ha sido un menor crecimiento económico y un mayor desempleo. Así, a partir de 1973 estas economías han respondido con nuevas barreras de tipo no arancelario al comercio internacional: métodos artificiales de valoración aduanera, normas técnicas, subsidios a la exportación, etc. A este fenómeno, claramente observable en el último decenio, se le ha denominado el “nuevo proteccionismo”.(5) La práctica del nuevo proteccionismo de los países industrializados consiste en celebrar los acuerdos bilaterales con otros países fuera del GATT, obligándolos a limitar “voluntariamente” sus exportaciones de ciertos productos.

Frente a una desaceleración marcada en su ritmo de crecimiento, los países desarrollados han optado por impedir la entrada a sus mercados de bienes provenientes de otras economías más competitivas, principalmente en lo que se refiere a textiles, prendas de vestir, artículos de cuero, productos electrónicos, acero y ciertos productos básicos agrícolas. El argumento central es que las exportaciones de los países en desarrollo inundan los mercados de los desarrollados. Son productos de menor costo relativo que tienden a desplazar los productos similares de fabricación nacional, provocando un mayor desempleo interno. A pesar de que las exportaciones de este grupo de países han mostrado gran dinamismo, las absorbidas por los países industrializados han visto disminuir su participación. En efecto en 1970 el 68.4% de las exportaciones eran destinadas a los países industrializados y sólo el 22.1% correspondían a otros países en desarrollo(6) sin embargo, para 1977 la participación de los industrializados se había reducido a 64.8% y las de otros países en desarrollo había aumentado a 27.4%.(7) El nuevo proteccionismo ha intentado cobrar vigencia a través de las negociaciones comerciales multilaterales de la Ronda Tokio. La discusión no se centró solamente en la reducción de obstáculos arancelarios al comercio; por vez primera se establecieron grupos de trabajo encargados de formular códigos de conducta sobre barreras no arancelarias, que han dado origen a un Nuevo GATT compatible con el neo-proteccionismo en los países avanzados y en detrimento del Sur.

c) Estructura y dirección del comercio internacional

Hasta la fecha, los países desarrollados han mantenido más de las dos terceras partes del comercio mundial, mientras que los países en desarrollo apenas si han representado una quinta parte del mismo. Sin embargo, aún partiendo de una base inicial pequeña, el comercio de estos últimos ha mostrado un mayor dinamismo. Para el período 1973-80, las exportaciones de los países en desarrollo a los países desarrollados crecieron a una tasa anual promedio de 18.1%, y el comercio entre ellos lo hizo al 22.2%.

En cuanto a su tasa de crecimiento, el comercio de manufacturas es el componente del comercio internacional que ha mostrado mayor dinamismo. En efecto, entre 1960 y 1977, las manufacturas crecieron a un promedio anual de 8.9%, en tanto que los combustibles y energía y los otros productos primarios lo hicieron en 6.4% y 4.5% respectivamente.(8) En este contexto, los países en desarrollo han elevado su participación en la producción y el comercio mundiales de manufacturas: en el período 1960-1977 las exportaciones de manufacturas de este grupo de países crecieron por encima de las de los países industrializados: 12.3% contra 8.8% anual. Al tener las economías avanzadas problemas de estancamiento con inflación, también tendrán una baja demanda y competitividad y, por lo tanto, su participación en el comercio seguirá siendo mucho más reducida.

EL SISTEMA FINANCIERO INTERNACIONAL Y EL SUR

Para los países del Sur, el nuevo marco en el que se plantean las relaciones financieras internacionales tendrá un impacto particular, recrudeciéndose los problemas enfrentados en la década pasada. Ante mayores requerimientos de importación y menores posibilidades de exportación, las necesidades de financiamiento externo de los países en desarrollo, y en especial de los importadores netos de petróleo, se han incrementado rápidamente. Así, el endeudamiento externo total de los países en desarrollo no exportadores de petróleo pasó de 75,900 millones de dólares en 1973 a 279,500 millones en 1980. La deuda externa, como proporción del PIB pasó de 13.7% a 19.3% en los mismos años.(9) El caso más patético es el de los importadores netos de petróleo de bajos ingresos, cuya deuda externa ha llegado a representar 25.2% del PIB en este último año. Por otra parte, el aumento de la deuda externa contraída por estos países para financiar sus déficits corrientes está asociado al pago de intereses cada vez más elevados, que empeoran aún más su situación. También se ha dado un cambio significativo en la composición de la deuda concertada. La deuda a largo plazo a favor de acreedores privados aumentó a un ritmo más acelerado que la deuda con acreedores oficiales, y se estima que representó cerca del 50% del endeudamiento total a fines de 1979. En 1973 la proporción correspondiente sólo había sido de algo más de un tercio (35.4%).

Hasta ahora, los préstamos de la banca privada han sido un elemento importante en el proceso de recirculación de los superávits de los miembros de la OPEP, que superan los 100,000 millones de dólares al año. El aumento en la privatización del crédito representa una desventaja considerable para los países en desarrollo, dado que ahora se concertarán préstamos a una tasa más alta de interés y con plazos de vencimiento relativamente cortos, dos modalidades que no responden a los requerimientos de este tipo de países. En este sentido el auge de la banca privada internacional no asegura que se asignarán los recursos financieros de manera eficiente y equilibrada a los países deficitarios, porque los criterios de rentabilidad y de confianza en la inversión de un banco privado para prestar a un país, no son los mismos que puede tener la comunidad financiera oficial internacional. A pesar de que la liquidez global internacional no será una seria restricción, el ahorro adicional que fluye a los países exportadores de petróleo y que no puede ser utilizado al interior de los mismos en un futuro inmediato, deberá reciclarse a los países deficitarios con objeto de contrarrestar la disminución de ahorro y sostener su nivel de inversión. Sin embargo, hay que considerar que los países petroleros en desarrollo pueden cambiar su patrón de inversión y canalización de recursos, en tanto cambien sus criterios de rentabilidad. Además es probable que en la próxima década surja una mayor competencia por la disponibilidad de crédito internacional, a medida que aumenten los proyectos de inversión en los países con superávit de capital.

Por otra parte, es de esperar que el costo de financiamiento y del endeudamiento externos sean mayores en la próxima década, debido a que los Estados Unidos persisten en la política monetarista de elevar las tasas de interés (hoy día mayores al 20%) como métodos para frenar su inflación interna y defender al dólar como medio de reserva internacional. Esto ocasiona que aumente no sólo el costo de intereses de la deuda externa contratada en el año sino toda la deuda acumulada históricamente, dado que esta deuda ha sido contratada en su mayor parte a tasas flotantes. Este es un método de “revaluar” el capital financiero de los países exportadores de capitales, como lo ha sido el petróleo en el caso de los países exportadores de hidrocarburos. Como ha dicho el ministro de finanzas de Brasil, Ermawe Galveas,

“el aumento del uno por ciento en las tasas de interés estadounidense tiene un mayor efecto sobre las cuentas externas de Brasil que un incremento correspondiente en los precios del petróleo”. (Excélsior, 20/VIII/81).

Hasta ahora, los países en desarrollo han tenido que acudir al FMI para afrontar problemas de financiamiento con objeto de ajustar sus desequilibrios externos. El tratamiento inadecuado de este organismo a los problemas de los países mencionados se deriva, en la práctica, de aplicar directamente el enfoque ortodoxo -el monetarista- de la balanza de pagos. La evidencia empírica ha demostrado que el paquete de política de ajuste: devaluación, contracción, liberalización, tal como se concibe y se lleva a la práctica en los acuerdos condicionales para tener acceso al uso de los recursos del FMI, lleva, en el mejor de los casos, al país miembro hacia una mejoría sólo temporal de la balanza de pagos, acentuando el ya grave problema de desempleo y provocando una mayor desestabilización político social en los países en desarrollo.

Un reconocimiento de la incapacidad del FMI para solucionar los problemas de balanza de pagos de los países en desarrollo se denuncia en la reciente iniciativa de Arusha:

La severidad del tratamiento que el Fondo da a la mayoría de los países deficitarios debe, en verdad, contrarrestarse con la total libertad de acción de aquellos países industrializados que han estado en posición superavitaria durante la mayor parte de los últimos tres decenios. Así, mientras que los países con déficit se ven obligados a abrir sus mercados a las importaciones, a cambio de una corriente crediticia relativamente limitada, cuya provisión depende de que haya acuerdo con el FMI, los países con superávit tienen libertad para resolver sus propios problemas de corto plazo exportando deflación y desempleo, e incluso para adoptar medidas proteccionistas contra las exportaciones del Tercer Mundo.(10)

El hecho de que estas medidas se apliquen a países en desarrollo y no a Estados Unidos y los demás desarrollados, es un ejemplo claro de la estructura de poder real en el mundo y de la asimetría de la carga del ajuste. Pasará tiempo antes de que se adopte una política de ajuste estructural verdaderamente efectiva para nuestros países, y se dejen de lado políticas de ajuste monetaristas como las que se han venido aplicando hasta el presente. Finalmente, un problema colateral será el de la estabilización de ingresos de exportación de los países en desarrollo, más expuestos que los desarrollados a variaciones en sus ingresos de exportación, debido a que sus entradas del exterior dependen de unos cuantos productos básicos exportables, y en el costo de las exportaciones, por la elevada proporción importada de su consumo e inversión interna.

El aumento en la privatización del crédito representa una desventaja considerable para los países en desarrollo, dado que ahora se concertarán préstamos a una tasa de interés de mercado y con plazos de vencimiento relativamente cortos, dos modalidades que no responden a los requerimientos de este tipo de países

A CANCÚN PASANDO POR OTTAWA

Las conclusiones de los 7 países del Norte en la reunión cumbre de Ottawa dejan en evidencia el tenebroso panorama que tendrán que seguir enfrentando los países del Sur en los ochenta. Las conclusiones sobre la situación de la economía mundial, el comercio y las relaciones con el Sur indican simplemente que no existe voluntad política en el norte para aceptar los costos de los ajustes necesarios para revitalizar la economía mundial y favorecer el desarrollo del Sur.

Así, el comunicado oficial de Ottawa declara lo siguiente de los puntos que iremos enumerando.

a) Sobre las economías industrializadas:

· “El desafío primordial que lanzamos en ésta reunión es la necesidad de revitalizar las economías de las democracias industrializadas (…).

· La prioridad suprema debe ser la lucha por disminuir la inflación y reducir el desempleo. Ambos problemas, tan íntimamente unidos, deben ser atacados al mismo tiempo (···). 

· En la mayoría de los países necesitamos reducir el endeudamiento público (…).

· Debemos también reconocer el papel que juega el mercado en nuestras economías.

· Consideramos que el crecimiento monetario bajo y estable es lo esencial para reducir la inflación. Las tasas de interés deben desempeñar un rol para alcanzar esto y se verá con buenos ojos que permanezcan altas allí donde los temores de inflación sigan fuertes.

Como puede observarse, a través de la teoría y práctica del “credo ortodoxo”, el ajuste monetarista es la vía por la cual se pretende revitalizar el capitalismo industrial; esto es, a través de la contracción monetaria y fiscal de la actividad económica, amparados en el lema ívolvamos al laissez faire! con todas sus consecuencias políticas: al desván el Estado y las recomendaciones keynesianas.

b) Sobre el comercio mundial

· “Reafirmamos nuestro fuerte compromiso por mantener políticas liberales en el comercio y de la operación efectiva de un sistema comercial multilateral abierto tal y como lo estipula el GATT (…).

· Instrumentaremos los acuerdos alcanzados en las negociaciones multilaterales de comercio e invitaremos a otros países, en especial a los países en desarrollo, para que se unan a estos acuerdos comerciales mutuamente benéficos (…).

· Damos la bienvenida a la nueva iniciativa representada en la propuesta del grupo consultivo de los Dieciocho, para que las partes contratantes del GATT se reúnan a nivel ministerial durante 1982. Asimismo, bienvenimos la propuesta de los países de la OECD, hecha en su programa de estudio, para examinar los asuntos comerciales (…).

Pareciera ser que tampoco están dispuestos a aceptar la salida al proteccionismo a través de un adecuado progreso de reestructuración industrial, sino a través de las propias mecánicas neo-proteccionistas del nuevo GATT.

c) Sobre las relaciones con los países del Sur

· “Apoyamos la estabilidad, la independencia y/o alineamiento genuino de los países en desarrollo y reafirmamos nuestro compromiso de cooperar con ellos, inspirados por el interés, respeto y beneficio mutuos, reconociendo la realidad de nuestra interdependencia (…).

· Participaremos activamente en la conferencia de las Naciones Unidas con los países menos desarrollados.

· El flujo de capital privado será impulsado en la medida en que los mismos países en desarrollo proporcionen las garantías de protección y seguridad a la inversión (…).

· La Unión Soviética y sus asociados, cuya contribución es débil, deberían de dar una mayor asistencia al desarrollo y tomar parte más activa en las exportaciones de los países en desarrollo, respetando su independencia y noalineamiento (…).

· Llamamos a los países exportadores de petróleo con superávit para que dirijan su apreciable esfuerzo para financiar el desarrollo de los países en desarrollo no petroleros (…).

Así se pone en evidencia la falta de voluntad política del Norte para coadyuvar a la solución del problema del Sur. La estrategia es sólo trasladar la responsabilidad de la cooperación internacional a tres grupos: transnacionales, Unión Soviética y países superavitarios de la OPEP; el Norte hará lo suyo participando activamente en la Conferencia de Naciones Unidas sobre los países menos desarrollados. Finalmente los 7 en Ottawa manifestaron que “Esperamos con ansias sostener discusiones constructivas y sustanciales con los países en desarrollo y creemos que la cumbre del Cancún ofrece una oportunidad temprana para plantear mutuamente nuestros problemas”.

En la declaración conjunta de la Reunión de Ottawa puede observarse que los países del norte no están dispuestos a pagar el costo del ajuste, ni tienen un interés genuino en resolver los problemas que aquejan a la economía internacional. Antes bien, pretenden resolver sus problemas económicos internos por la puerta falsa del; monetarismo y el neo-proteccionismo. Esta vía es la de más funestas consecuencias para los países en desarrollo porque es una negación rotunda a las posibilidades de financiar y promover nuestro crecimiento, comercio e industrialización. Por eso puede preverse que en la Cumbre de Cancún, las naciones del Sur -y México como país anfitrión -, tendrán que superar un doble reto: evitar que el Diálogo Norte-Sur se convierta en un eco de Ottawa y rescatarlo de tal manera que implique comprometer, al menos, la voluntad política del Norte para enfrentar los problemas en los que están involucrados los dos grupos de países. El Sur, desde Cancún, espera también la respuesta de Ottawa.

En la declaración conjunta de la reunión de Ottawa puede observarse que los países del norte no están dispuestos a pagar el costo del ajuste, ni tienen un interés genuino en resolver los problemas que aquejan a la economía internacional

Notas

1. Banco Mundial, Informe sobre el Desarrollo Mundial, 1980. Washington D.C., agosto de 1980; p. 119.

2. Richard N. Cooper, “Tipos de Cambio Flexible: Evaluación”, en: Perspectivas Económicas, 1980, N° 30, p. 8.

3. Banco Mundial, op. cit. p. 105.

4. FMI, Perspectivas de la Economía Mundial, Washington, D.C., mayo de 1980; p. 105, y Banco Mundial, op. cit. p. 105.

5. Kraus Melvyn, The New Protectionism. The Welfare State and International Trade, New York University Press and International Center for Economic Policy, New York, 1978.

6. Banco Mundial, op. cit., p. 120.

7. Ibidem, p. 151.

8. FMI, op. cit., pp. 123-124.

9. Ibidem., p. 125.

10. Conferencia celebrada en Arusha, Tanzania, del 30 de junio al 3 de julio de 1980, sobre el Sistema Monetario Internacional y el nuevo orden internacional. Fue organizada por la Fundación Internacional para Alternativas de Desarrollo, con la cooperación de otras seis organizaciones: La Fundación Dag Hammarskjold, el Instituto de Estudios de Política de Washington, el Instituto Latinoamericano de Estudios Transnacionales (ILET), de México, el Foro del Tercer Mundo, el Instituto de Estudios del Desarrollo de la Universidad de Dar es Salaam y la Agencia Nacional de Planeación de Jamaica. El texto se reproduce en Comercio Exterior, Octubre de 1980, pp. 1142- 1146.

Cinco canciones de Auden

I

Mi interior me desaprueba

y me pasma: íque me atreva

a estar aquí y a mirarte!

¿Cómo pude ayer jurarte

(incluso a las 3 a.m)

Amarte hasta que me quemen?

Peores cosas que mentiras

Ve la tierra cuando gira;

Y lo hace tantas veces,

Perdonándome con creces,

Que empiezo a ver poco serio

Tanto hablar del cementerio.

Tempus fugit. “Fuego, estopa…”

íPero acábate tu copa!

El corazón es mudable.

¿Pero quién queda que habla

De raglas en los amores?

(Hemos hecho cosas peores.)

II

Digamos que en esta ciudad viven unos diez millones,

Unos habitan agujeros, otros habitan mansiones.

Pero no hay un lugar para nosotros, mi amor,

no hay un lugar para nosotros.

Alguna vez tuvimos un país y nos gustaba

Todavía lo podemos encontrar en un atlas.

Pero ahora, no podemos ir allá, mi amor

ahora no podemos ir allá.

En la parroquia de nuestro pueblo crece un árbol viejo

Que cada primavera florece de nuevo.

Pero los viejos pasaportes no florecen de nuevo, mi amor,

los viejos pasaportes no florecen de nuevo.

El cónsul azotó la mesa con prepotente gesto:

“Si no tienen pasaportes, “oficialmente” están muertos.

Pero seguimos vivos, mi amor, seguimos vivos.

Fui a un comité, me ofrecieron asiento y me escucharon

Y cortésmente me pidieron que volviera el próximo año.

¿Pero qué vamos a hecer hoy mismo, mi amor,

qué vamos a hecer hoy mismo?

Fui a oír a los políticos, a un orador que argüía:

“Si los recibimos aquí, nos quitarán nuestro pan de cada

día”,

Y hablaba de ti y de mí, mi amor, hablaba de ti y de mí.

Creí que era un relámpago lo que atronaba sobre mí,

Pero era Hitler sobre Europa, diciendo: “Deben morir”,

Y pensaba en nosotros, mi amor, pensaba en nosotros.

Vi un perro que pasaba muy orondo y abrigado,

Vi que una puerta se abría para que pasara un gato,

Pero ellos no eran judíos alemanes, mi amor

ellos no eran judíos alemanes.

Bajé a la orilla del mar y me detuve sobre el muelle

Para ver cómo nadaban en su libertad los peces,

Apenas a unos cuantos metros, mi amor

apenas a unos cuantos metros.

Caminé por el bosque, vi en los árboles a los pájaros

Que no tienen políticos, y cantan a su agrado,

Pero no eran de la raza humana, mi amor,

no eran de la raza humana.

Soñé con un edificio que llega hasta el número mil,

Y tenía mil ventanas y sus puertas eran mil,

Y ninguna era para nosostros, mi amor ninguna era para

nosostros.

Me paré en mitad de una explanada cuando la nieve caía,

Diez mil soldados marchaban para abajo y para arriba,

buscándonos a ti y a mí, mi amor, buscándonos.

III

Aquellos ojos cayeron al pozo

Y de los ojos lágrimas cayeron:

Se ha derrumbado la torre en el suelo

Desde aquel cielo de invierno en reposo.

Era medianoche, y bajo una lápida

Gime el Amor, por pillos enterrado,

Corazón de huesos asesinados;

Como hojarasca resuenan las ánimas.

Entre la alta marea, y boca abajo,

Roto, esparcido y sin más que decir

Yace Aquel al que pudieron destruir

Los soldados, y después lo botaron.

IV

Chofer, mete el fierro y vete destapado,

Que en la terminal me espera mi amado

Más duro, más rápido y como un avión,

Hasta que te pares en plena estación.

Pues en la mitad de la sala de espera

Me aguarda un muchacho al que quiero de veras.

Si cuando lleguemos no lo encuentro ahí,

Me verás llorando sin el y sin mí;

Aquél que me gana con sólo mirarlo,

Que me reconforta con sólo cogerme la mano.

Me dice que me ama con voz tan sencilla

Que se duplica en mí la maravilla.

Por la carretera los bosques parecen

Saber que los hombres se aman a veces.

Pero a los gerentes y líderes charros

No habrá quien los bese más que sus cigarros.

Si yo fuera el Papa o el Gran Presidente,

Los tendría aguardando por mí eternamente.

A mí que me importan curas y empresarios:

Mi amado es más fuerte y más extraordinario.

V

Trae a tu amada por sobre las aguas

Para que repose bajo los árboles,

Entre palomas (desde luego blancas)

Con brisas y vientos por todas partes

Que canten con gusto, con gusto, con gusto de amor.

Ponle el anillo, con un buen abrazo

Empiecen la dicha que les aguarda,

Y mientras los peces toman instantáneas

Tendrán un sapo (ese cantante clásico)

Que cante con gusto, con gusto, con gusto de amor.

Cuando se casen, en grupos las calles

Vendrán con sus casas endomingadas;

Mesas y sillas dirán las plegarias

Y los caballos con el equipaje

Cantarán con gusto, con gusto, con gusto de amor.

Los historiadores y el poder

MÉXICO HOY

Enrique Florescano. Autor de Precios del maíz y crisis agrícolas en México (1708-1810) (El Colegio de México, 1969) y Origen y desarrollo de los problemas agrarios de México, 1500-1821. “Los historiadores y el poder” fue presentado con leves variantes como ponencia de la VI Reunión de Historiadores mexicanos y norteamericanos, celebrada en Chicago del 8 al 12 de septiembre de 1981.

A diferencia del escriba prehispánico, del cronista colonial o del historiador del siglo XIX, el historiador mexicano del siglo XX parece mantener una relación remota e indirecta con el poder y las fuerzas sociales que condicionan su propia actividad intelectual. El historiador de hoy no forma parte integral del grupo en el poder, ni está a las órdenes inmediatas del soberano, ni tiene por función principal narrar las hazañas del tlatoani en turno, como era el caso del escriba mexica o texcocano. También está muy distante de la situación del cronista colonial, que por educación, formación y manera de cumplir el oficio de cronista puede calificarse de “intelectual orgánico” de la orden religiosa, la ciudad o el grupo que expresamente lo nombraba su cronista oficial, cargo que a partir de entonces ejercía de manera vitalicia y lo convertía en un apologista del estamento o corporación que lo sustentaba. Menos es posible equiparar al historiador profesional contemporáneo con el del siglo XIX, que era sobre todo un hombre de acción y de compromisos políticos plenamente asumidos, para quien escribir obras históricas era otra manera más de participar en la definición política del presente y el futuro de su país (los ejemplos que vienen a la memoria son los de Fray Servando Teresa de Mier, Carlos María de Bustamante, Lucas Alamán, José María Luis Mora, Lorenzo de Zavala, Justo Sierra, etcétera).

El parteaguas que a partir de 1940 separa radicalmente al historiador de sus predecesores es la institucionalización de las tareas históricas y su correlativa profesionalización. La creación de instituciones especialmente dedicadas a enseñar, investigar y publicar obras históricas produjo: 1) un espacio social que tuvo el efecto de bloquear y mediar las relaciones políticas directas del historiador con los centros de poder y las fuerzas sociales; 2) un centro de producción de normas de conocimiento y de prácticas de investigación que en adelante uniformó la práctica y el discurso del historiador; 3) un tipo específico de producto, la tesis, la monografía histórica, la “obra”, dirigido también a un nuevo público: los “colegas”, los profesores, los estudiantes. Estos resultados implicaron una nueva relación del historiador con la sociedad y el poder.

La institución académica y el enclaustramiento de los historiadores producen una despolitización de sus miembros en la medida en que enmascaran el carácter de los intereses que protegen

Las notas que siguen pretenden señalar algunas de las principales características de esta nueva relación que no es particular de los historiadores, sino que abarca al conjunto de los trabajadores intelectuales del campo de las ciencias sociales.

1. PROGRAMA DESDE EL CLAUSTRO

Desde 1940 se inicia en gran escala, primero en la capital y luego en las provincias, la fundación de institutos, centros, escuelas, cátedras y seminarios destinados a crear profesionales de la enseñanza y especialistas de la investigación histórica. En adelante, para ser profesor o investigador de materias históricas será imprescindible tener esa especialización y acreditarla mediante la presentación de un título. Poco más tarde esta especialización formativa daría lugar a los claustros de profesores e investigadores, procedentes de los centros y escuelas especialmente dedicados a producirlos. A su vez “el claustro de profesores” y “el colegio de investigadores” constituyeron la base de las academias, asociaciones, congresos y reuniones de historiadores que establecieron una separación neta entre el profesional y el lego, entre el especialista acreditado y el historiador aficionado. La producción especializada de profesores e investigadores es pues el fundamento de esta división entre profesionales acreditados y el conjunto de artesanos e historiadores ocasionales carentes de títulos universitarios, división que más que una demarcación académica establece una diferencia fundamental en el acceso al mercado de trabajo, a las posibilidades de publicación, a las prerrogativas y beneficios de las asociaciones de historiadores que otorgan y monopolizan los honores y prestigios de la profesión, y a los congresos y reuniones que aseguran la expansión nacional e internacional de esos prestigios.

Este enclaustramiento gremial o colegiado de profesores e investigadores en el seno de pequeñas agrupaciones de iguales produjo una separación real con el resto de la sociedad, pues al fundar la institución universitaria o académica un espacio físico y social propio, en adelante ahí se desarrollará la mayor parte del trabajo del historiador y en los límites de ese espacio tendrá lugar la parte más intensa de su vida de relación. Así, en la misma medida en que el profesional intensifica en estos claustros sus relaciones de trabajo con sus pares, que se autoafirma en usos y valores compartidos y fortalece sus defensas intelectuales y gremiales frente al conjunto de sus competidores, produce una forma de vida de relación que lo extraña del resto de la población, crea un lenguaje y una forma de comunicación que en lugar de acercarlo lo alejan del común de los hombres, produce más obras de autoconsumo que de servicio o información para otros sectores, ve la historia general de su país desde el limitado mirador de su cenáculo y sólo traba contacto con el resto de la sociedad a través de sus intereses gremiales. Dicho brevemente: el enclaustramiento gremial produce separación y una despolitización creciente del profesional con respecto al conjunto de los intereses sociales de la población y una correlativa sobrevalorización de los intereses gremiales, los cuales frecuentemente tienden a colocarse por encima de intereses más generales.

La institución académica y el enclaustramiento gremial de los profesionales producen esa despolitización de sus miembros no en tanto instituciones o asociaciones gremiales por sí, sino en la medida en que enmascaran el carácter real de los intereses que protegen. La institución académica parte del principio de no reconocer que al crear un espacio físico e institucional donde se reúnen recursos económicos, técnicos y administrativos, profesores, investigadores, estudiantes, bibliotecas y medios de difusión, crea fundamentalmente un espacio social y político que a partir de ese momento tiene el poder de generar determinadas interpretaciones del pasado de manera semejante a como antes la polis, el Príncipe, la nación, la clase o el Estado fundaron espacios e instituciones dedicados a producir unas interpretaciones y análisis del pasado con exclusión de otras.

El primer disfraz que enmascara los intereses políticos y estratégicos que promueven la creación de las instituciones académicas es el que las presenta como centros representativos de los intereses globales de la sociedad, o las declara plurales, capaces de contener y expresar la variedad de intereses sociales y políticos de los múltiples sectores que conforman la sociedad. El examen más superficial de las condiciones que dieron nacimiento a estas instituciones y de sus realizaciones a lo largo del tiempo, muestra su conexión inmediata con intereses concretos que las ubican claramente como instituciones destinadas a satisfacer demandas específicas de determinados sectores del Estado y de la sociedad, demandas que a su vez privilegian un reclutamiento de personal y favorecen una selección de temas, teorías y métodos con exclusión de otros. Sin embargo, a pesar de esta evidente e inescapable sobredeterminación de las instituciones por el poder y las fuerzas sociales que las crean y mantienen, lo desorientador es que en lugar de aceptar política e intelectualmente estos condicionamientos naturales en una sociedad de clases, lo más frecuente es que se autocalifiquen de instituciones imparciales y apolíticas, exclusivamente consagradas al desarrollo de la ciencia, la búsqueda de la verdad y al análisis objetivo de los acontecimientos. La institución académica no sólo oculta los determinantes sociales, económicos y políticos que le dieron origen, sino que se empeña en disfrazar, bajo mantos de pretendida pureza científica o académica, su función estratégica en la producción de ideas, conocimientos y personal, proclamando que el beneficiario de esos productos es el conjunto de la sociedad, o la sociedad, cuando la observación más elemental muestra que sus usuarios y beneficiarios son sectores determinados de la sociedad (no la sociedad), ubicados en situaciones económicas y políticas que hacen pertinente y funcional el uso de tales productos y no de otros.

Pero es claro que al cumplir estas funciones y presentarse ante el exterior como templos del saber objetivo y modelos de imparcialidad sin compromisos políticos o ideológicos, las instituciones no están ocultando nada al poder político que las ha constituido y que les suministra los recursos económicos y materiales necesarios a su existencia. En México, por lo menos hasta la crisis de 1968, no hubo desacuerdos sustanciales entre el Estado y las instituciones universitarias y académicas, que en su mayoría han sido creadas por el mismo Estado con amplios recursos para cumplir sus fines, mismos que en lo fundamental han sido definidos por el crecimiento del propio Estado y del sistema productivo que éste ha procreado y estimulado. No es pues a este padre entusiasta, mecenas inagotable y orgulloso padrino a quien va dirigido el manto de castidad con el que la institución pretende encubrir los intereses que determinaron su nacimiento y a los beneficiarios específicos de su actividad, sino a los mismos componentes de la institución y al conjunto de la población que efectivamente queda excluida de sus beneficios, aunque sí aporta una parte considerable de sus ingresos y una selección de sus hombres mejor preparados a la institución.

2. LA OBRA COMO COARTADA

Uno de los rasgos más característicos de las actuales instituciones mexicanas de investigación y enseñanza superior es el que tiende a ocultar ante sus miembros y el exterior los procedimientos y las prácticas administrativas, económicas y políticas que las constituyen como un poder institucional, como un espacio social capaz de crear, reproducir y trasmitir determinados mensajes técnicos, científicos o ideológicos. Por lo general, sólo en un acto protocolario anual el presidente, el rector o el director informan, al reducido grupo que compone la Junta de Gobierno, del estado económico de la institución. Pero se ocultan los procedimientos, las negociaciones y los compromisos que deciden reducir o incrementar el personal y las labores de docencia e investigación, o nunca son suficientemente explícitos y públicos los motivos que llevan a asignar determinadas partidas del presupuesto en favor de ciertas actividades y en perjuicio de otras. En cambio, la propaganda y los medios de comunicación disponibles se dedican a exaltar el aspecto cultural, científico y civilizador de la institución. El tabú que vuelve prohibido explicar cómo la institución constituye su poder económico, administrativo y político, se torna comunicación abierta cuando se trata de informar de sus logros académicos, de sus realizaciones culturales y científicas. El resultado de este enmascaramiento de las prácticas internas y de la correlativa exaltación de la actividad cultural, es la imagen de “instituciones de cultura” que tienen o buscan adquirir la mayoría de nuestras instituciones. Es un resultado también despolitizador, porque precisamente omite decir cómo la institución negocia, pacta y establece sus relaciones con los centros de poder que le proporcionan sus recursos, cómo los maneja y los asigna y distribuye para alcanzar sus fines, y mediante qué prácticas y negociaciones determina sus prioridades.

Un análisis superficial de estos procedimientos muestra que lo que no se dice constituye el área de poder real del director y los administradores de la institución: el manejo y la distribución de los recursos, la negociación de los servicios que se prestan a y se reciben de los organismos estatales y de otras instituciones, el nombramiento de los principales puestos administrativos y académicos, la definición de las áreas prioritarias de investigación y docencia. En cambio, lo que se publica y exalta es la obra o el resultado del trabajo de investigadores y profesores.

A cambio de reservarse el control indiscutido de las principales decisiones políticas y administrativas, el director y los administradores excluyen (despolitizan) al resto de los miembros de la institución de las funciones efectivas de dirección, apoyan su trabajo docente y de investigación hasta ciertos límites, y hacen de la obra realizada por éstos el foco legitimador de todas las actividades de la institución.

Significativamente esta práctica es similar a la que ejercitan los mismos investigadores ante sí, ante sus colegas y sus lectores. Frente a su propia obra el historiador procede de la misma manera que los directivos de la institución frente a sus miembros y el exterior: se concentra en las calidades o insuficiencias técnicas de “la obra” y oculta toda referencia al proceso productivo que la genera. Cuando el autor explica el origen de “su obra” reconoce, siempre con premura, apoyos en becas, viajes de estudio, tiempo libre de tareas docentes o administrativas, y consejos y críticas de sus colegas (a los que inmediatamente exonera de toda responsabilidad), pero en cambio dedica capítulos dilatados a exponer los orígenes intelectuales de su investigación, en los cuales se explaya discutiendo metodologías, teorías y esquemas interpretativos para situar y hacer más comprensible “su contribución”. Explicada de esta manera, la obra aparece ante el lector como un producto puramente personal e intelectual, fruto del ejercicio técnico, metodológico y científico que el autor se autoimpuso, ajena por lo tanto a todo constreñimiento social, libre de las sobredeterminaciones económicas, sociales, políticas e ideológicas que agobian a todo individuo que vive en sociedad. De la misma manera, cuando los historiadores hacen el análisis de la obra de sus contemporáneos o de sus antecesores, se limitan a considerar los “contextos” intelectuales, científicos o metodológicos que parecen pertinentes para explicar la concepción de la historia y los procedimientos técnicos adoptados para reconstruir el pasado, sin aludir a las condiciones sociales y al proceso productivo que permitieron esa reconstrucción. Para estos historiadores la crítica de su actividad sólo es pertinente en el alto momento del discurso elaborado, no en los bajos fondos que lo producen.

Un rasgo característico de las actuales instituciones mexicanas de investigación es ocultar ante sus miembros y el exterior los procedimientos administrativos, económicos y políticos que las constituyen como un poder

Una vez oculto el proceso productivo real de la creación intelectual, la obra histórica puede aparecer como un fruto individual o gremial, no social. Es este procedimiento que tiende a borrar las bases sociales sobre las que descansa la actividad del historiador el que lleva al trabajador intelectual a imaginar que su obra se realiza por arriba de la sociedad, no dentro y en interacción con los procesos que la conforman. La obra aparece entonces como autónoma, lejos de los ruidos del proceso productivo y de las condiciones sociales que la crean. A su vez, el historiador puede presentarse como un científico puro y objetivo, distante del poder y de las fuerzas sociales que pesan sobre los demás mortales.

El hecho de que esta forma de evaluar la función social del historiador y la obra historiográfica sea la más persistente y generalizada en nuestro medio (independientemente de críticas excepcionales o de análisis sociales de la obra de un historiador hechos a posteriori), tiene el efecto de ideologizar el conocimiento histórico y de crear en los lectores una conciencia falsa y despolitizada del quehacer historiográfico.

3. EL DOMINIO BUROCRÁTICO

En los últimos cuarenta años la presión demográfica y la demanda educativa provocaron una multiplicación de las instituciones y un aumento considerable en su tamaño, pero no modificaron la relación de las instituciones con el poder, ni su estructura interna. Por el contrario, sus directivos y burocracias fortalecieron los vínculos de la institución con los sectores gubernamentales que propiciaron el nacimiento de éstas y ampliaron además sus relaciones con “el sector productivo”, reduciendo en esa misma medida la relación de las instituciones con las demandas y necesidades del resto de la población, es decir, con la población campesina, trabajadora y objeto del proceso modernizador y capitalista guiado por el Estado y las fuerzas del capital. No fue por eso casual que la mayor parte del personal y del aporte técnico, científico y administrativo generado por los centros educativos y de investigación tuviera uso y aplicación extensas precisamente en estos sectores de la estructura de poder. Este mismo distanciamiento entre las instituciones y las demandas sociales de la mayoría de la población se manifestó en las escasas obras que exigieron un cambio sustancial en la orientación del proyecto económico y social vigente: eran obras hechas por profesionales situados en las márgenes del poder institucional y académico, dirigidas a los detentadores del poder establecido, que más que expresar las demandas e intereses de la mayoría explotada, denotaban la preocupación por el rumbo que seguía el país de un sector cada vez más politizado de las clases medias. En ambos casos los productos y el discurso de las instituciones académicas revelaron una mayor relación y comunicación con el poder establecido que con el resto de las fuerzas sociales del país.

El autoritarismo y el centralismo institucional ha generado un proceso despolitizador que crea en ellos una especie de ciudadanos a quienes se les reconocen aptitudes para pensar y crear, pero no para organizar, administrar y dirigir sus propias actividades

Apoyados por esta creciente vinculación de las instituciones a las estructuras del poder político y económico, sus dirigentes se han resistido a modificar la composición interna del poder institucional, que sigue siendo autoritario, centralizado y no representativo de los intereses diversos de sus miembros. Si bien esta concentración de las principales decisiones sobre los fines y organización de las instituciones está en la raíz de su frecuente y reciente inestabilidad (pues esa estructura de poder es ahora desafiada por una población universitaria y académica más plural en sus orígenes sociales, no elitista sino masiva, que exige mayor participación y no comparte sino que contradice los valores académicos tradicionales), lo que importa señalar aquí es que el autoritarismo y el centralismo institucional han producido una efectiva atomización social en esos centros y un proceso despolitizador que ha creado en ellos una especie de ciudadanos a quienes se les reconocen aptitudes para pensar y crear, pero no para organizar, administrar y dirigir sus propias actividades.

A partir de los estatutos de la institución, que separan las actividades directivas y administrativas de los docentes y de investigación, esta división despolitizadora se convirtió en práctica con la creación de un cuerpo de administradores enteramente dependientes del director, y se ha consolidado con la exclusión de los trabajadores intelectuales de toda negociación y toma de decisiones sobre los fines y organización de la institución. El cuerpo directivo y burocrático no sólo concentró en sus manos el poder efectivo sino que se volvió el mediador de todas las relaciones con otras instituciones y con el exterior. A partir de esta situación el investigador o el profesor son obligados a actuar como si fueran menores o adultos incapacitados para adquirir compromisos y relaciones por si, pues toda relación que afecta a su trabajo dentro de la institución debe ser mediada y acordada por el director o su inferior inmediato. En otras palabras, a través del ejercicio de estos procedimientos el trabajador intelectual es secuestrado de la vida de relación que forma la experiencia política de los individuos, y es obligado a practicar una relación dependiente e interpersonal con sus directores y la burocracia administrativa, ante quienes siempre se presenta en condiciones de inferioridad política real. Así, mediante la reiteración generalizada de estas prácticas el trabajador intelectual es primero desconectado de la práctica social y de la práctica política, luego convertido en un individuo cuyas formas básicas de relación son mediadas o ejercidas por sus superiores y finalmente transformado en esa caricatura que lo representa como un ser abstraído de la realidad e incapaz de trasladar a ella sus ideas.

Otro de los efectos de este proceso despolitizador es demonizar la actividad política de los ajenos al poder institucional, satanizar a quien además de sus tareas académicas muestra interés por conectarlas con su medio social y el más amplio de la vida nacional. Las prácticas institucionales vigentes no sólo buscan excluir sistemáticamente al trabajador intelectual de las prácticas sociales que constituyen la verdadera relación de éste con su medio institucional y con el exterior; también atacan todo género de acciones que demandan mayor participación de los profesores, investigadores, estudiantes y trabajadores en las decisiones que afectan a la institución, o que exigen una definición de ésta y de sus miembros ante determinados problemas nacionales. Para combatir tales demandas se construye la imagen de un trabajador intelectual disciplinado, absorto en las tareas académicas y ciego ante lo que acontece a su alrededor, contraponiéndola a la del agitador político que se atreve a romper las cadenas del cubículo y desafía la relación vertical, autoritaria y dependiente con sus superiores. Un análisis pormenorizado de las prácticas, normas e imágenes que hoy circulan como características de la vida académica, mostraría que casi todas ellas tienden a proteger el poder institucional creado en los estatutos y consolidado en la práctica por los directores y el grupo burocrático, y que esa protección se concentra en los puntos neurálgicos que establecen la relación de la institución con el poder político y económico y con las diversas fuerzas de la sociedad civil. En suma: la exclusión de los investigadores de la verdadera vida de relación social y política es un presupuesto y un principio de la actual estructura de poder de nuestras instituciones académicas y universitarias. Un presupuesto que ha significado un altísimo costo social para el desarrollo general del país porque ha implicado la concesión monopólica de la actividad política real a quien ya tiene el poder y lo ejerce autoritariamente, la condición de incapacitados políticos funcionales para el resto de los miembros de las instituciones académicas y centros de enseñanza superior, la reproducción de estas prácticas en miles de jóvenes que a su vez las socializan y reproducen en sus medios, y la participación deformada de las instituciones docentes y de investigación en la tarea de construir una nación democrática y plural.

4. FRAGMENTOS SIN IMÁN

Expulsados de la práctica social y política que la institución reserva a sus dirigentes y personal burocrático, los profesores e investigadores han compensado su falta efectiva de participación social con una relación intensa entre miembros de la misma profesión, y dentro de ésta, entre especialistas de una época, un tema o una área específica del conocimiento histórico. El espacio social negado por la institución y la estructura de poder es sustituido por el espacio profesional abierto por el propio oficio. En esos espacios diminutos que por principio excluyen al lego, los investigadores y profesores colegiados definen e imponen a sus pares las normas metodológicas y técnicas de la profesión, instauran prácticas que acentúan los valores del trabajo y demeritan el que es producto de aficionados, constituyen asociaciones, colegios y academias que funcionan como poderes dentro del gremio y como “grupos de presión” frente a las instituciones y el exterior; en suma, crean un poder interno y propio del gremio, que al nacer como respuesta a su falta de poder real en las instituciones y en la sociedad, fortalece intereses particulares que a menudo entran en conflicto con los intereses generales de la institución.

Si el hecho que marca distintivamente la situación actual de los historiadores es la institucionalización y profesionalización, el problema que los obsesiona es circunscribir el campo particular de la historia para protegerlo de la invasión de otras especialidades, y delimitar su propia especialidad dentro de ese territorio ya demarcado. ¿Problema de límites o umbrales epistemológicos entre una disciplina y otra? No, problema de división del trabajo y de mercado. El antiguo oficio de historiador ha sido tan violentamente transformado por la división del trabajo que, a semejanza de una fábrica, hoy ofrece la imagen de una profesión fragmentada en múltiples especialidades cuya cotización en el mercado de trabajo es proporcional al grado de especialización. Si antes de 1940 la valoración y el prestigio del historiador estaba en relación directa con la variedad y amplitud de conocimientos que éste lograba almacenar, hoy es la profundidad con que se domina un área restringida de conocimientos lo que cuenta en el mercado de profesores e investigadores como en el de libros. De ahí que en la enseñanza los cursos generales hayan descendido a la categoría de “materias introductorias”, mientras que las cátedras y seminarios especializados se han convertido en los últimos y prestigiosos cedazos donde culmina el proceso formativo y se hace “la tesis”. Y lo mismo ocurre en la investigación, donde proponer una que abarque más de una época y diferentes temas y especializaciones, es considerado un acto tan dislocado y temerario que irremisiblemente se castiga con el rechazo.

La división del trabajo es la nueva dictadura que hoy determina la formación de los profesionales de la historia, pero hay que subrayar que ésta ha sido perfectamente asimilada por los intereses particulares y gremiales a tal punto que en las escuelas hay tantas cátedras y seminarios monográficos como profesores con el poder suficiente para imponerlas. Así, la dificultad para formular hoy un plan de estudios adecuado a los nuevos desarrollos de la disciplina y a las necesidades de las nuevas generaciones no está en las instituciones de enseñanza, que están obligadas y son apremiadas a presentarlo, sino en los intereses de los profesores y sus colegios que se niegan a adaptarse a él porque ello significaría la pérdida de sus cátedras y antiguas posiciones.

La exclusión de los investigadores de la verdadera vida de relación social y política es un presupuesto y un principio de la actual estructura de poder de nuestras instituciones

La investigación es asimismo un campo dominado por los intereses particulares de los investigadores. El itinerario seguido por la investigación histórica mexicana en los últimos veinte años semeja más un mapa de aventuras individuales donde pululan los arrancones sin continuidad, los cruces y empalmamientos fortuitos, los rompimientos y las rutas zigzagueantes, que una carta donde netamente se perfilen corrientes, tendencias, eslabonamientos y metas claras y continuamente perseguidas. La temprana iniciativa de los fundadores de la investigación profesional, que en las décadas de los cuarenta y cincuenta quiso orientar la investigación en las instituciones a través de seminarios con programas de corto y mediano plazo, acabó pulverizada en los sesenta por las presiones individuales de los investigadores que impusieron sus variados y divergentes proyectos personales como programa institucional. Lo que hoy se conoce como tal es más bien la suma de investigaciones propuestas por cada investigador, definidas por la formación personal de éstos, los intereses de quienes abrieron brecha en un área o las modas provenientes del exterior, no por un plan mutuamente fabricado donde se ajusten todos esos intereses a las necesidades programáticas de la institución, a la situación presente de la investigación en el país y a las demandas del futuro inmediato. Bajo la bandera de “libertad de cátedra y de investigación”, a principios que antes defendieron la libertad de opinión y la pluralidad del pensamiento académico, hoy se protegen intereses particulares que pulverizan todo intento de racionalizar la enseñanza y la investigación. Esta reducción extrema de los problemas generales de la enseñanza y la investigación a reivindicaciones particulares y gremiales es otro resultado de esa exclusión política que desde la institución hasta las prácticas profesionales separa al profesional de la sociedad global y lo recluye en claustros donde forzosamente tiene que dar expresión a intereses, demandas y proposiciones particulares.

Otra expresión de ese mismo fenómeno es la conversión de las asociaciones y academias en un verdadero poder dentro de los grupos de profesionales. La historia real de estas asociaciones muestra que en lugar de dedicarse fundamentalmente a apoyar, diversificar, ampliar y desarrollar el conocimiento de su especialidad, como lo postulan sus estatutos, progresivamente se han convertido en un instrumento de poder gremial que, entre otras, cumple las siguientes funciones estratégicas:

A) EL CAMINO OBLIGADO

A través de las normas que imponen las revistas para publicar artículos “científicos”, evaluar “el estado del arte” y hacer la crítica de los productos de la actividad profesional, a través de los criterios que seleccionan a unos individuos sobre otros para acceder a la academia o a la asociación de profesionales, y a través de los honores y premios que se otorgan a los asociados, los profesionales agrupados en gremios y academias adoptan y buscan imponer a los demás unas concepciones y métodos de su disciplina, unos modelos del saber y de la actividad científica y unas prácticas de trabajo y de comportamiento profesional que al mismo tiempo que conforman los valores y prestigios académicos, establecen los criterios de exclusión para lo que no es aceptable dentro del gremio. Es decir, la expresión reiterada de estos modelos que definen qué investigar, cómo investigar y cómo presentar los resultados de la investigación, define las normas académicas que servirán para calificar el trabajo de propios y extraños: se publica, encomia y premia a las obras que se ajustan a estos patrones, y se descalifica o ignora a la producción que no los observa o se atreve a desafiarlos.

B) NO HAY MÁS RUTA QUE LA NUESTRA

A partir de su poder para dictar las normas, valores y objetivos del trabajo profesional, el gremio y las academias instauran un poder de hecho, no normativo, sobre las prácticas y fines del trabajo profesional. En la medida en que estas asociaciones son las que efectivamente organizan el trabajo profesional (a través de los congresos, reuniones y simposios), las que regulan buena parte de los intercambios profesionales, las que establecen los modelos de relación entre sus agremiados y las que califican los avances y calidades del trabajo profesional, se han convertido en el poder que determina la exclusión o participación de los profesionales en los principales eventos de la vida académica. Por otro lado, en la medida en que estas asociaciones otorgan a los profesionales un reconocimiento y formas de organización que a menudo la institución académica les niega, se han convertido también en el canal que hace llegar a las mismas instituciones y al exterior reivindicaciones, demandas y peticiones de diversa naturaleza, desde las puramente académicas hasta las de claro matiz político. La suma de estas prerrogativas ha hecho de las academias y asociaciones el poder más alto en el interior de los grupos profesionales, aunque en las academias de historiadores, por ejemplo, nunca se menciona la palabra poder ni se habla de política cuando se hace prevalecer una corriente de interpretación sobre otras, unos modelos científicos con exclusión de otros, o cuando sólo se admite en ellas a individuos claramente afiliados a los intereses del grupo o la persona dominante dentro de la academia.

C) FILOSOFÍA DEL ESTANCO

En tanto que los gremios, colegios y academias se definen a sí mismos como asociaciones de profesionales, en esa misma medida se ven incapacitados para superar la falta de relación efectiva y plena de sus miembros con las instituciones y la sociedad, pues a partir de esa definición todas sus demandas se tienen que plantear forzosamente como reivindicaciones exclusivamente profesionales. Cuando esas demandas rebasan la esfera profesional, la institución o el organismo que las padece las descalifica precisamente porque se tornan peticiones que dan lugar a movimientos que van más allá de la defensa de los intereses profesionales. En otras palabras, la asociación, el colegio y la academia de profesionales son enteramente coherentes y funcionales con la división que separa a la producción científica de la base social que la genera, pues dichas asociaciones están fundadas también en la división que separa al profesional del ciudadano en sociedad. De ahí que estas asociaciones además de proscribir el lenguaje político y ocultar las prácticas políticas que constituyen su poder, funden su legitimidad y arraigo corporativo precisamente en su capacidad para reducir las demandas de sus miembros a peticiones puramente profesionales y gremiales no ciudadanas. Así, lejos de ampliar las relaciones sociales y políticas de sus miembros y de conectar a éstos directamente con la sociedad que los engloba, la función real de las asociaciones gremiales es separarlos en estancos cada vez más reducidos y desconectados del exterior. En este sentido puede decirse que las agrupaciones gremiales completan la división que en la sociedad global recluye a los trabajadores intelectuales en espacios físicos y sociales específicos, que en el sistema productivo escinde el producto de la base productiva que lo crea, que en la institución académica divide a los directivos y administradores de los profesores e investigadores, y que en la vida profesional separa a la creación científica e intelectual de las bases sociales que la nutren y determinan. Al asumir y reproducir estas sucesivas divisiones entre el profesional y la sociedad, las prácticas gremiales completan el proceso atomizador y despolitizador que hace de los profesionales de la creación intelectual individuos cada vez más ajenos a las demandas de la sociedad global y cada vez más proclives a situar sus propios intereses y aspiraciones particulares por encima de la nación, la sociedad y aun la institución que los engloba.

5. HISTORIA FUERA DE LA HISTORIA

A partir de 1940, junto a la profunda transformación del espacio social donde se desenvuelve la actividad del historiador y de las nuevas formas de relación que sostiene con las instituciones académicas, su medio profesional, la sociedad y el mercado que absorbe sus obras, comenzaron a cambiar aceleradamente la forma y el contenido mismo de las tareas del historiador. Estos cambios profundos en las condiciones sociales y de producción bajo las que en adelante se desarrollo la actividad del historiador modificaron sus motivaciones e incentivos para producir interpretaciones del pasado, sus métodos y formas de elaborar conocimientos históricos y los fines y destinatarios de la obra histórica.

La investigación histórica mexicana en los últimos veinte años semeja un mapa de aventuras individuales donde pululan los arrancones sin continuidad, los cruces y empalmamientos fortuitos

Antes de 1940, en la medida en que el historiador estaba directamente expuesto a los cambios políticos, sociales económicos e ideológicos que sacudían al país, a su región, a su clase y a su medio, su obra respondía directamente a esos incentivos, se ubicaba en las urgencias de rescatar y construir un pasado común para una nación desarticulada y escindida por profundas desigualdades; participaba en la tarea de crear símbolos nacionales e identidades históricas para un país fragmentado por las luchas políticas internas y amenazado por las ambiciones de las potencias imperialistas; se comprometía en el esfuerzo de esclarecer los orígenes históricos de los “grandes problemas nacionales”, no temía reconstruir las convulsiones políticas y sociales más recientes y dolorosas, no dudaba en convertir el pasado en campo de batalla de las contiendas del presente o resueltamente tomaba partido ante las facciones y grupos que se disputaban el poder. Casi toda la historiografía del siglo XIX y la que aparece durante el proceso revolucionario de 1910-1940 es representativa de esta reacción inmediata y sensible del historiador a los acontecimientos que transformaban el presente y lo obligaban a mirar al pasado bajo una perspectiva diferente. El incentivo que hacía producir y publicar obras históricas era entonces esta vinculación directa de los ciudadanos a los hechos que continuamente modificaban el curso de la nación o que afectaban el equilibrio de poder, o la situación de regiones, clases, grupos y facciones. El historiador era pues un testigo atento y sensible de su tiempo, frecuentemente un protagonista de los acontecimientos que transformaban su época, y al mismo tiempo un observador de la trayectoria histórica de su país, en la cual buscaba ubicar sus propias experiencias e interpretaciones.

A partir de 1940 el historiador promedio que producen las instituciones cesa de tener esta vinculación directa con los acontecimientos que modifican su presente y también la perspectiva del pasado. Por un lado porque la institución, la profesión, el gremio y todo el sistema corporativo que rodea al historiador profesional lo separan de las experiencias directas que transforman su presente y lo convierten en un observador distante y libresco del cambio histórico. A partir de entonces la distancia que media entre su espacio social y los escenarios donde se incuban y estallan los procesos que inducen el cambio histórico se vuelve tan grande que para percibir éstos con la amplitud y en la dimensión real en que se dan, tiene que romper las fronteras de su medio profesional, abrirse al exterior y convertir esos procesos en objetos de estudio, en “temas de investigación”. Así, en la misma proporción en que los efectos de la realidad presente llegaron mediados, indirectos y difusos hasta el cubículo, en esa medida los acontecimientos contemporáneos afectaron con menor fuerza que antes las actividades y motivaciones del historiador profesional. Por otro lado, al mismo tiempo que éste disminuyó sus contactos directos con la realidad nacional, los fortaleció con su medio profesional, a tal punto que ahora es este medio el mayor surtidor de sus temas de investigación, el principal oferente de nuevas perspectivas y enfoques para revisar el pasado, el dispensador de una amplia variedad de métodos, técnicas e instrumentos analíticos para efectuar sus reconstrucciones, y el creador de los estímulos y recompensas que excitan el oficio de historiador.

Ser historiador no planteó más la exigencia de estar en relación directa con las fuerzas y procesos que hacen la historia, sino que se convirtió en una forma de reconstruir el pasado según las reglas de una disciplina fabricada por individuos alejados de los escenarios donde tiene lugar la transformación efectiva de la historia. Una regla de esta nueva manera de reconstruir el pasado llegó al extremo de postular que entre más alejado y menos comprometido estuviera el historiador con sus temas de estudio, más “objetiva” resultaría su interpretación de los hechos. Así, lo que en adelante se llamó “objetividad del historiador” significó más la prohibición de vincularse directa y comprometidamente con los hechos pasados y presentes, que una demostración que efectivamente probaba que la reconstrucción del historiador recogía la realidad histórica sin deformarla. Adoptando estas y otras normas semejantes, los profesionales de la investigación histórica separaron a su disciplina de los contaminantes de la realidad presente, declararon ideológico y negado para el ejercicio de la imparcialidad científica a quien exhibía sus simpatías y compromisos políticos y llenaron los puestos de investigadores y profesores de las nuevas instituciones con historiadores situados al centro y a la derecha del espectro político, quienes escudados en esa pretendida “objetividad” pudieron transmitir un discurso cada vez más conservador e ideológico.

El amplio y complejo pasado se redujo a los estrechos límites temáticos, temporales y espaciales que podían ser abarcados por la investigación individual en un tiempo breve, pues las dos invenciones del medio académico para hacer investigación histórica profesional: la tesis y la investigación monográfica, impusieron una recuperación y una explicación del pasado que son básicamente deformadoras de la realidad histórica, o por lo menos poco coherentes con ella en términos estrictamente científicos, puesto que suponen una recuperación fragmentada y arbitraria. Tanto más arbitraria parece esta manera de estudiar el pasado cuando se observa que estos acercamientos individuales y fragmentarios a una época determinada no se inscriben dentro de un programa de investigación mediante el cual otros investigadores puedan verificar, comparar y relacionar lo que sus antecesores descubrieron o afirmaron.

Bajo la bandera de la “libertad de cátedra y de investigación” se protegen intereses particulares que pulverizan todo intento de racionalizar la enseñanza y la investigación

6. A TRAVÉS DEL ESPEJO

Otro ejemplo de cómo las estructuras e intereses del trabajo profesional distorsionan en lugar de encauzar el desarrollo científico de la disciplina histórica es el caso de los métodos y las técnicas. En tanto que éstos no fueron más enriquecidos, desafiados y renovados por los propios problemas que planteaba la realidad histórica, los historiadores se convirtieron en repetidores de las técnicas y métodos inventados por sus antecesores en el siglo XIX, o en sujetos dependientes de las metodologías creadas y desarrolladas por las ciencias sociales. A su vez, el problema de cómo evaluar y aplicar lo mejor de estas técnicas y métodos a la investigación histórica ha quedado completamente marginado por la acre polémica entre “tradicionalistas” e “innovadores”, que más que considerar la pertinencia técnica y científica de esos métodos, parecen disputar “los derechos” de sus especialidades y metodologías a las partidas presupuestales más jugosas, a los prestigios de la profesión y al liderazgo intelectual dentro del gremio. 

Dicho brevemente: la selección de temas, la selección de modelos y prácticas de investigación y la selección de métodos y técnicas parecen estar hoy más condicionadas por los intereses gremiales y las ambiciones particulares de los investigadores, que por los requerimientos planteados por la realidad histórica o por la conveniencia de coordinar y encauzar armónicamente el desarrollo del conocimiento histórico. Lo paradójico es que esta extrema privatización y gremialización de los fines de la investigación histórica se da precisamente cuando es mayor el aporte social, institucional y gubernamental a los estudios históricos.

La obra del historiador es un espejo fiel de las transformaciones ocurridas en el sistema productivo y en las condiciones sociales de la profesión. De 1940 a la fecha se han publicado quizá más obras históricas que en todos los períodos anteriores, como resultado directo de la multiplicación de las instituciones que apoyan los estudios históricos, y de la creación de revistas y empresas editoriales dedicadas a difundir los productos de esas instituciones. En una proporción semejante han aumentado las tesis de los historiadores, y aún más las reuniones, congresos y simposios donde éstos dan a conocer el resultado de sus investigaciones.

Sin embargo, la mayor parte de esta enorme producción puede calificarse de autoconsumo, pues está formada por estudios densamente especializados que sólo leen o consultan los profesionales de la historia y sus estudiantes. El resto, una porción pequeñísima, es la que llega al gran público. Estas características de la producción historiográfica contemporánea: su gran volumen y su impenetrabilidad para el público no profesional, son consecuencia por una parte de la institucionalización y profesionalización de la disciplina, y por otra del proceso de autoenclaustramiento que distingue a los profesionales de la investigación de las ciencias sociales en general. Se produce más porque hay más apoyos a la investigación; porque la obra publicada es el principal indicador en las instituciones de la capacidad profesional del investigador; porque para éste, luego de los títulos y grados, es su principal medio de ascenso escalafonario; porque el rango y el prestigio de los investigadores lo establece la obra publicada; y porque, en fin, la historia es una profesión de letrados, y sin obra no hay historiador.

La compulsión de publicar está pues en relación directa con los determinantes institucionales y profesionales del oficio de historiador. También lo está el carácter especializado de esa vasta producción. El historiador se dirige particularmente a los miembros del gremio porque la multiplicación y crecimiento de las instituciones docentes y de investigación creó un mercado propio para sus obras, y porque el dictamen que emite este público de colegas es el que fundamentalmente interesa a quien tiene sobre todo exigencias y demandas profesionales, no sociales. Así, en tanto que este público minoritario es el que aprecia y califica con sus propias reglas y valores la producción profesional, y en tanto que este dictamen es el que tiene el mayor peso en el medio institucional y profesional en que se mueve el investigador, a este público se dirige con preferencia la obra del historiador. Creo que nada expresa mejor el profundo distanciamiento que se ha creado entre el profesional de la historia y la sociedad global, que esta relación entre la vastísima producción contemporánea del historiador y el reducido público al que va dirigida.

Hoy se publica más, pero para menos gente, y para gente encerrada en estamentos profesionales. Es más, puede decirse que hay más conocimientos, mayor celeridad en la producción y renovación de los mismos, junto a un estancamiento en su circulación que impide que éstos pasen, del grupo que los produce y consume, al diverso y vasto cuerpo social que en principio era su destinatario.

Este resultado es la culminación de ese proceso que se inició con la marginación de los investigadores y profesores de la vida política de sus instituciones y continuó con la constitución de sus propios organismos gremiales, que al cohesionarse y autoafirmarse, lograron definir e imponer los valores, las metas, las prácticas, los rangos y las calificaciones del trabajo profesional y de la vida académica. Es decir, la autodefinición por los profesionales agremiados de sus propias reglas, principios, valores y fines, produjo su contrapartida: el rechazo o la exclusión de otras demandas, de otros intereses y de otros valores. Resultado: cuando otros sectores sociales fundados en otros intereses y valores plantean a los profesionales de la investigación sus propias demandas, éstas son calificadas de improcedentes, inadecuadas, extrañas o inaceptables. De acuerdo con esta lógica es inaceptable para los profesionales de la investigación un mayor acercamiento de sus productos con sectores más extensos de la población, o distintos de sus actuales consumidores, porque su obligación profesional es precisamente producir esos conocimientos, no otros. Una demanda semejante a ésta, pero dirigida al conjunto al sistema universitario mexicano, fue hecha recientemente por Fidel Velázquez, el poderoso y legendario líder de la CTM. Y respuestas semejantes a las que acabo de mencionar fueron dadas por diversos representantes del medio universitario. El problema de la separación entre las prácticas y fines de la vida académica y las necesidades y demandas de la sociedad y de sectores específicos de ella, está pues planteado en términos sociales y políticos. Su solución, que no será fácil ni pronta, exige por principio un planteamiento adecuado, que excluya los esquematismos simplistas e implique la apertura a la autocrítica efectiva.

La división del trabajo es la nueva dictadura que hoy determina la formación de los profesionales de la historia

La rebelión del coro

José Nun. Profesor de la Universidad de Toronto y de Flacso (sede en México).

En la tragedia griega el centro del escenario lo ocupaban casi siempre los héroes, únicos que se hallaban en contacto directo con los dioses. La vida cotidiana tenía reservado, en cambio, un espacio subalterno y sin rostro: el del coro. Lo formaban las mujeres, los niños, los esclavos, los viejos, los mendigos, los inválidos; en una palabra, todos los que se quedaban en la ciudad cuando los demás partían en busca de la aventura, del poder y de la gloria.

En La República, Platón trazó el correlato político de esta visión del mundo: el gobierno de su sociedad ideal no estaría en manos de inexpertos (como en una democracia), sino de reyes-filósofos, únicos que se hallarían en contacto directo con la verdad. También ésta es una perspectiva heroica de la política que ha dominado el pensamiento occidental hasta nuestros días. Con el tiempo cambiaron los decorados (la catedral, la corte, el parlamento, el palacio presidencial), al igual que los personajes y sus virtudes (el príncipe, el jefe militar, el líder carismático, el gran orador, el sabio de Harvard o el galán de Hollywood), pero la política ha seguido siendo presentada como el espacio público de lo grandioso, en oposición a la esfera privada, en que casi todos vivimos nuestra realidad diaria, sudorosa y poco mostrable. (No hace mucho, los héroes de la Comisión Trilateral tuvieron la gentileza de explicarnos que la gobernabilidad de las democracias depende, precisamente, de que las cosas continúen de este modo, de que la gente no se tome demasiado en serio la idea de la participación).

Pero ocurre que, en nuestra época, la vida cotidiana ha comenzado a rebelarse.(1) Y no mediante gestas épicas como la toma de la Bastilla o el asalto al Palacio de Invierno, sino de maneras menos deslumbrantes pero también menos episódicas, hablando cuando no le corresponde saliéndose del lugar asignado al coro aunque conservando su fisonomía propia. El símbolo por excelencia de esta rebelión es el movimiento de liberación femenina, justamente porque la mujer ha sido siempre el símbolo por excelencia de la vida cotidiana. En el colmo de la sorpresa, el guerrero y el tribuno de la plebe advierten que les pasan la cuenta por su ropa sucia o por la crianza de sus hijos. Pero la descompaginación del libreto es más general: también las minorías étnicas, los ancianos, los sin casa, los inválidos, los homosexuales, los marginados, violan el ritual de la discreción y de las buenas formas, se plantan en medio del escenario y exigen que se los oiga.

Por cierto, hasta ahora estos movimientos se han manifestado con mayor intensidad en las sociedades capitalistas avanzadas, confirmando que tampoco la protesta es un asunto de libre elección, disponible de igual manera para cualquier grupo en cualquier tiempo o lugar, sino que emerge allí donde las condiciones estructurales la hacen posible. La importancia que deben asumir tales movimientos en la reflexión actual de la izquierda latinoamericana me parece incuestionable y no sólo porque también han venido surgiendo en nuestras latitudes, sino porque procuran liquidar una imagen heroica de la política que no es para nada ajena a las tradiciones del marxismo criollo.

El significado de estas nuevas realidades se puede perder si uno se ofende prematuramente por el sectarismo de algunos de estos nuevos actores, o se limita a considerar el problema desde un punto de vista puramente táctico. Sin duda hay voceros apresurados de esos movimientos que decretan por sí y ante sí el fin del proletariado como sujeto revolucionario, sin darse cuenta -ni ellos ni sus críticos- que, según veremos, lo que en realidad están empezando a constatar es el fracaso del discurso heroico sobre la clase obrera. De ahí que el tema trascienda también meras discusiones coyunturales acerca de si, por ejemplo, darle impulso aquí y ahora al movimiento feminista es quitárselo al movimiento obrero o al movimiento campesino. Lo que está en juego es mucho más profundo: se trata de reivindicar y de potenciar los contenidos políticos de la cotidianeidad de todos los sectores oprimidos; y esto incluye, obviamente, la de los campesinos y la de los obreros. Pero ni esos contenidos ni esta cotidianeidad están ahí, ya dados, listos para ser aprehendidos en clave empiricista. Requieren ser construidos como objetos e interpretados. Y la verdad es que somos muchos los “intelectuales tradicionales” (pace Gramsci) que, por más situados a la izquierda que estemos o justamente por eso, nos hallamos mal preparados para la tarea.

Algunas de las razones son ya bien conocidas. Durante más de un siglo, el reduccionismo de clase nos llevó a dar atención especial a una forma determinada de opresión, en la confianza de que las otras eran simples supervivencias del pasado o desaparecerían por arrastre. A su vez, tanto el “marxismo automático” de la Segunda Internacional, como el “partido-conciencia externa de la Tercera, acabaron sepultando las tesis sobre Feuerbach, y con ellas, la revolucionaria idea de Marx de que toda verdadera filosofía es autodidacta, de que la gente se educa a sí misma a través de su propia praxis. Pero hay otros obstáculos teóricos que tornan difícil aquel desciframiento y que son todavía parte del bagaje intelectual de muchos sectores de la izquierda latinoamericana. De esos obstáculos quiero ocuparme, brevemente, aquí. Para hacerlo, me centraré en el aludido fracaso del discurso heroico sobre la clase obrera.

La vida cotidiana ha empezado a rebelarse. Habla cuando no le corresponde, se sale del lugar asignado al coro. Está empezando a constatar el fracaso del discurso heroico sobre la clase obrera.

LA AUTOEMANCIPACIÓN DEL PROLETARIADO

Por lo menos hay un sentido en que el pensamiento de Marx coincide con el de Platón: para ambos, la auténtica garantía de una sociedad justa no resulta tanto de un sistema institucional específico, como de la educación política de quienes la formen. Por eso la utopía platónica asignaba a los reyes-filósofos el papel de tutores de la ciudadanía, con la misión de orientarla hacia el conocimiento verdadero, esto es, el que propugnaba la escuela del propio Platón. Es claro que Marx va a rechazar vigorosamente la idea de un guía externo y, con ella, una visión heroica de la política. Para probarlo, basta leer su tercera tesis sobre Feuerbach. ¿Pero basta realmente?

En puridad filosófica, sí. Como se sabe, Marx refuta en esa tesis el materialismo mecanicista, poniendo en evidencia la contradicción que le es inherente: una perspectiva que concibe a los hombres como productos pasivos de fuerzas materiales que los determinan por completo sólo puede fundar la posibilidad del cambio en la existencia de una minoría que, por razones que teóricamente quedan sin explicar, se hallaría libre de esas determinaciones, es decir, estaría por encima de la sociedad y podría de este modo educarla y conducirla al progreso. La réplica de Marx es aquí rotunda: no hacen falta educadores externos ya que son falsas las premisas que obligan a invocarlos. Son los propios hombres, a través de su praxis, quienes continuamente cambian sus circunstancias y se transforman a sí mismos.

Esta tesis funda a su vez un programa: el de la autoemancipación del proletariado. Pero hay más que eso. Es un programa que está indicando el lugar preciso de la educación política de este sujeto colectivo concreto: tal lugar no puede ser otro que el de su praxis constitutiva, o sea la fábrica, desde que “no en vano el proletariado pasa por la escuela dura, pero forjadora de temple, del trabajo.(2) Sólo que aquí comienzan los problemas. Porque será el mismo Marx quien señale las limitaciones de esta “escuela” que por una parte concentra a los obreros en grandes números y facilita así la comunicación y la solidaridad, pero por otra “embrutece”, “produce imbecilidad y cretinismo”, convierte al operario en un mero “apéndice de la máquina”, y , por último, “vence todas las resistencias” y sirve para reproducir las relaciones capitalistas de producción como si fuesen “las más lógicas leyes naturales”.(3) Esto sin mencionar las francas posibilidades de cooptación que abren los períodos de “prosperidad temporaria”, a los que se refiere en sus análisis de la situación política inglesa.(4)

Estas constataciones irán llevando a Marx a atribuirles a los intelectuales burgueses que se desclasan funciones complementarias significativas: no únicamente tienen la de “explicarle al mundo sus propios actos”, sino también las funciones de dar apoyo moral y organizativo a los obreros y difundir entre ellos la literatura y la propaganda revolucionarias. Pero, sobre todo en sus escritos políticos de madurez, Marx va a enfatizar cada vez más el papel decisivo de los sindicatos como potenciales “escuelas de socialismo”, estrechamente ligadas a la “escuela del trabajo”, pero no subsumibles en ésta.(5) O sea que la educación política del obrero ya no aparece como un puro resultado de su práctica cotidiana, sino que pone en juego mediaciones institucionales cuya densidad específica no hizo sino incrementarse desde la segunda mitad del siglo XIX.

Esto no significa que Marx anticipe el voluntarismo radical del Lenin del ¿Qué hacer? Los sindicatos son creaciones “espontáneas” de los trabajadores mismos que, “sin advertirlo conscientemente”, se van constituyendo en “centros de organización de la clase obrera, tal como las municipalidades y comunas medievales lo fueron de la clase media”.(6) Lo importante es que, aunque Marx no llegó a plantearse en toda su complejidad la dialéctica base/sindicato una apreciación realista del carácter contradictorio de la “escuela del trabajo” lo condujo a distinguir diversos niveles de estructuración de la clase y a poner distancia con cualquier visión heroica de la fábrica.(7)

Y es en este punto que sobreviene una cierta perplejidad. ¿Cómo se explica que tantas generaciones de militantes y de estudiosos marxistas se hayan empeñado en “descubrir” o en “desarrollar” la conciencia de clase por referencia exclusiva de los obreros mismos y a su experiencia fabril, como si éste fuese el único plano de constitución del sujeto revolucionario?(8) Varios “ismos” se ofrecen como respuesta: economicismo, espontaneísmo, psicologismo. Seguramente todas estas respuestas son en parte válidas, pero soslayan una cuestión que me parece fundamental: las razones teóricas por las que, a pesar de todo lo expuesto, el marxismo se ha mostrado siempre propenso a esa concepción heroica de la política que Marx supo, generalmente, eludir. Porque lo paradójico de la apelación directa al obrero es que ha servido, en los hechos, para mantener confinada en la oscuridad del coro su vida cotidiana ya que no se ajustaba -ni podía ajustarse- a los términos de la convocatoria. Veamos, entonces, cuáles son aquellas razones.

EL MARXISMO COMO TERAPIA RADICAL

Sucede que por muchos años ha predominado en el marxismo la tendencia a operar con una epistemología de corte empiricista. Esta tendencia halló su consagración canónica en Materialismo y empiriocriticismo, de Lenin, y luego, cuando se difundió La ideología alemana, fue considerablemente realimentada por la seductora (e insostenible) metáfora de la cámara oscura.(9) Desde esta perspectiva, la conciencia refleja la realidad ya dada de las condiciones materiales de existencia sólo que, al hacerlo, la invierte; y esta inversión no es casual, sino que resulta de la sumisión de esa conciencia a las ideas dominantes de la época, es decir, a la hegemonía burguesa.(10) ¿Por qué es ésta una epistemología empiricista? Porque, como se advierte, maneja una teoría del conocimiento que considera a ésta como una simple copia de la realidad, pues considera que la realidad puede ser, en efecto, reproducida por la conciencia, aunque señala que entre la conciencia y la realidad se interpone un proceso distorsionador, sin el cual la realidad podría ser directa y diáfanamente aprehendida por sus actores.

Pero, aparte de que este tipo de teorías no pueden dar cuenta de aquello que es “copiado” -o sea, de cómo y por qué la conciencia selecciona obviamente sólo algunos de entre los muchos estímulos potenciales que recibe-, su falla básica radica en ignorar que nuestra concepción del mundo es parte de la constitución de lo real. A través de sus diversas prácticas, los hombres, lejos de reducirse a descubrir una realidad ya establecida, la van construyendo, lo que revela la insuficiencia -y el carácter contemplativo-, de cualquier concepción de la copia o del reflejo. Sin embargo, el hecho de que esta idea haya podido fascinar a los marxistas con vocación de “reyes-filósofos” tiene poco de sorprendente: entre otras cosas, ha servido para garantizarles de una vez para siempre su sitio junto a la verdad revelada. Invariablemente, la falsa conciencia es un problema de los otros.

La posición que critico se ha visto acompañada -y reforzada- por una teoría idealista del lenguaje, conforme a la cual las palabras son, a su vez, un mero reflejo de las ideas que nos pasan por la mente.(11) Lo que no deja de ser curioso, puesto que el marxismo se privó así de extender al lenguaje uno de sus hallazgos fundamentales, a saber, que las ideas no son nunca disociables del contexto histórico en que emergen. De manera análoga, el significado específico de una palabra no se averigua simplemente interrogando a quien la pronuncia o recurriendo al diccionario; para entenderlo, es preciso investigar sus usos concretos, el papel que desempeña en las prácticas sociales en que interviene. Y esto justamente porque las palabras no son meras transmisoras de ideas o conceptos: descontextualizadas, carecen de sentido. Ni basta que un discurso apele a nociones como “conciencia proletaria” o “lucha de clases” para juzgarlo revolucionario, ni que no lo haga es condición suficiente para disputarle su calidad de tal. Como se ve, esta crítica resulta casi el reverso de la anterior: donde una teoría empiricista del conocimiento niega la función constituyente de la conciencia, una teoría idealista del lenguaje impide aprehender las formas discursivas como componentes centrales -y escasamente arbitrarios- de la realidad social material. Sumadas, ambas perspectivas dan sustento a una versión del marxismo que conduce necesariamente a una visión heroica de la política.

Para entenderlo, conviene reordenar los elementos ya presentados. En primer término, todo discurso es concebido como un reflejo de la conciencia y ésta, por su parte, como un reflejo (distorsionado) de la realidad. En segundo lugar, el discurso marxista aparece como el único verdadero porque expresa la conciencia revolucionaria capaz de explicar esa distorsión y de indicar el camino para cancelarla. Más: esta conciencia revolucionaria es la conciencia de clase del proletariado, aunque sean muchos los obreros concretos que no estén todavía en condiciones de asumirla porque son víctimas del proceso que falsea su conocimiento de la realidad. Entonces, el marxismo no puede menos que proponer una terapia radical: su discurso debe desalojar el discurso falso que las ideas dominantes han instalado en la cabeza de los trabajadores, y debe desalojarlo todo. El agente terapéutico pueden ser las crisis económicas -como en el joven Lukács- o el partido de vanguardia -como en el ¿Qué hacer?-; pero el criterio de éxito no ofrece dudas: las ideas verdaderas deben penetrar las conciencias para disolver las distorsiones que las afectan; y las nuevas palabras que esas conciencias asuman como propias darán testimonio de la misión cumplida. El proletariado será revolucionario, esto es, “hablará el marxismo”, o no será.

Tanto el “marxismo automático” de la Segunda Internacional como el “partido-conciencia externa” de la Tercera sepultaron la revolucionaria idea de Marx de que toda verdadera filosofía es autodidacta, de que la gente se educa a sí misma a través de su propia praxis

Por este camino, los obreros se ven reducidos a asumir el papel abstracto y heroico de clase universal, con la misión de liberar a la humanidad en su conjunto. La teoría ha develado el secreto de esta predestinación y lo ofrece generosamente a sus elegidos: si éstos incorporan el mensaje, se salvan porque su conciencia se hace revolucionaria; de lo contrario, se pierden porque su conciencia sigue siendo burguesa.

Lo paradójico es que, entendido de este modo, el marxismo deja de ser un potente instrumento de análisis de la realidad para verse reducido a una de tantas propuestas ideológicas en busca de portador. Y nada pone más en evidencia este empobrecimiento que el mecanicismo de la operación por la cual la mayoría de los obreros concretos son relegados al coro de los alienados, de los sometidos a la hegemonía burguesa, como si lo único que hubiese que explicar es por qué no se comportan como se supone que debieran.(12) Estamos así frente a una normatividad de trasfondo idealista que alimenta una imagen heroica de la política que acaba siendo desmovilizadora: su épica está poblada de obreros conscientes y de muertos gloriosos con los que difícilmente pueden medirse los hombres y mujeres de carne y hueso.

¿Se trata, entonces, de contribuir a que acepten pasivamente su suerte? Todo lo contrario. Es justamente esta visión estrecha que critico la que impide comprender el potencial transformador que realmente albergan los sectores populares, por más que no se expresen como se espera. ¿Cuál es la alternativa? A la luz de lo dicho, me parece que la rebelión del coro está indicando, por lo menos, su rumbo. Procuraré hacerlo más visible.

DE MARX A WITTGENSTEIN

El complejo problema de los diferentes niveles en que se estructura una clase en formación -y al que, según señalé, Marx le fue atribuyendo cada vez mayor pertinencia- se rebaja a pura cuestión táctica si de lo que se trata es de trasmitir un único discurso verdadero. En este caso, resulta lógico pensar tales niveles como otros tantos espacios en que ese discurso debe ser literalmente reproducido. La imagen piramidal de la organización que consagró la Tercera Internacional (en la cúspide el partido, en la base los trabajadores y entre ambos, los sindicatos actuando como correas de trasmisión) brinda el ejemplo clásico de ese planteo que sugiere que el stalinismo fue algo más que una aberración individual.

El fracaso de esa concepción es hoy evidente. En la mayoría de los países llamados socialistas las cúpulas ya ni siquiera simulan intentar que “el discurso verdadero” sea asumido por las masas, y significativamente convierten al marxismo en tema sólo apto para académicos. Pero tampoco la historia de las luchas populares en el resto del mundo confirma la supuesta eficacia terapéutica de ese discurso en los términos descritos. Como pregunta Gintis con toda pertinencia: “¿dónde han servido `la alienación’, `la objetivización’, `el fetichismo de las mercancías’ o `la hegemonía’ como gritos de guerra de la lucha de clases -sin mencionar `la desublimación represiva’ o `la negatividad artificial’?”(13)

Ocurre que los diversos niveles de la práctica social no son transparentes ni asimilables entre sí: cada uno tiene características cognitivas propias, estilos particulares de desarrollo y modos específicos de institucionalización. Pero hay más: esa misma práctica en su conjunto está siempre históricamente situada, de manera que no se trata sólo de distinguir entre sus instancias- la teoría, la acción política organizada, la actividad sindical, la vida cotidiana, etc.-, sino de notar que las formas y los contenidos de estas últimas deben ser contextualizados para hacerse inteligibles.

En este sentido la literatura marxista parece no haber sacado aún todas las consecuencias de la que hoy se ha vuelto una constatación ineludible: nunca hubo un modelo de revolución burguesa, dado que el desarrollo del capitalismo ha tomado formas marcadamente diferentes según los países. Y si no ha habido uniformidad en los modos de dominación, tampoco ha podido haberla en la manera en que se fueron configurando en cada sitio los múltiples niveles de lucha contra esa dominación. Siendo esto así, ¿cómo sostener a priori que existe un único discurso verdadero, un solo camino hacia la liberación, postulable urbi et orbi?(14)

Creo que tanto este punto como las dos cuestiones generales recién propuestas -la necesidad de diferenciar niveles en la práctica social y el carácter siempre históricamente determinado de esta última-, ganan en claridad a la luz del famoso par de metáforas que utilizó Wittgenstein en sus análisis del lenguaje. Sostuvo, por una parte, las palabras operan como herramientas.(15) Pretender definirlas en sí mismas es “una ceremonia vacía”: lo que realmente importa son las funciones que cumplen. Y estas funciones dependen del uso que se les dé, del mismo modo que un martillo puede servir tanto para destruir como para construir -alternativa que, por cierto no resuelve su definición, sino la manera concreta en que se lo utiliza. Por eso, “imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida”.(16)

La apelación directa al obrero ha servido para mantener confinada en la oscuridad del coro su vida cotidiana, ya que no se ajustaba -ni podía ajustarse- a los términos de la convocatoria

Por otro lado, las palabras son comparables a las piezas de un juego y el lenguaje mismo a un conjunto de juegos. Sin duda no hay una propiedad que sea común a todas esas prácticas que corrientemente llamamos “juegos”: unos requieren concentración y otros no. Hay juegos que exigen habilidades especiales y otros que no reclaman ninguna; hay juegos competitivos y no competitivos, etc. Más bien identificamos a los “juegos” en base a una complicada red de similitudes que se superponen y entrecruzan, sin perjuicio de la especificidad de cada juego particular. Desde este punto de vista el lenguaje, como parte de una actividad social, de “una forma de vida”, puede ser concebido como una colección de juegos -cada uno con sus reglas propias-, en que intervienen palabras y acciones.(17) Así, la ciencia, la religión, la política, la vida cotidiana, etc., se articulan y se comunican por medio de múltiples “juegos de lenguaje”, cuyas características y texturas lógicas son peculiares de cada esfera. El astrónomo que antes de ir al observatorio le comenta a la esposa que es una suerte que “el sol haya salido más temprano”, no por eso está renegando de Copérnico: simplemente está participando en uno de los juegos de lenguaje del sentido común y no de la ciencia.

Si regresamos, ahora, al tema de los niveles y de su historicidad, se comprenderá mejor por qué es inviable la idea de un “único discurso verdadero” que haga homogéneas la totalidad de las prácticas de las clases subalternas.

Ante todo, como queda dicho, no sólo cada instancia estructura sus propios juegos de lenguaje, sino que entre los de las distintas esferas hay una discontinuidad necesaria, por más que no se trate de compartimientos estancos. Ya lo advertía lúcidamente Gramsci cuando diferenciaba entre los niveles de la teoría y del sentido común: “es pueril pensar que un concepto claro, oportunamente difundido, se insertará en las diversas conciencias con los mismos efectos organizadores de una claridad difundida”.(18) En todo caso, ese concepto claro será refractado y reinterpretado según las reglas y los usos de los nuevos juegos de lenguaje en que busque colocarse; o, sencillamente, éstos no estarán en condiciones de hacerle lugar. Lo que importa añadir es que las diferenciaciones a que me refiero no connotan idea alguna de jerarquía, sino que corresponden a planos diversos de actividad. Por eso, cuanto antes se liquide la imagen de la pirámide, mejor.(19)

En segundo lugar, las piezas de esos juegos de lenguaje varían en cada contexto histórico particular. Aquí interviene la metáfora de las “herramientas” en un doble sentido: tanto la colección disponible en una sociedad dada como el modo prevaleciente de su uso son siempre el resultado concreto de luchas pasadas o presentes, lavadas o abiertas. Por eso, contra lo que suponen las teorías idealistas y/o conspiratorias, los discursos dominantes, en cualquiera de sus niveles -incluido el teórico-, están lejos de ser un puro producto de emisores individualizables; eventualmente, manifiestan la forma peculiar en que el mensaje de estos últimos se ha refractado en una realidad determinada; y esta forma, que condensa conflictos anteriores, se vuelve, a su vez, objeto de nuevos enfrentamientos. E.P. Thompson ha mostrado, por ejemplo, cómo en la Inglaterra de los siglos XVI y XVII “la ley había sido menos un instrumento de poder de clase que una arena central de conflicto”. De este modo fue cambiando la noción misma de ley hasta que, finalmente, saturó “la retórica de Inglaterra en el siglo XVIII” y sirvió, entonces para consolidar la dominación de la aristocracia. Sólo que “era inherente a la misma naturaleza del medio que [ésta] había seleccionado para su propia defensa que no pudiese ser reservado para su uso exclusivo”. El conjunto de las relaciones de clase pasó a expresarse a través de formas legales y si éstas beneficiaban a los grupos dominantes, también ponían límites a su acción. Pero, sobre todo, los sectores subalternos impulsaron usos muchas veces inesperados de esas formas legales, generando choques que no siempre los jueces pudieron resolver a favor de la aristocracia. Por esta vía, acabaron por legitimarse aplicaciones no previstas de las herramientas originales.(20) Las ilustraciones de este punto podrían multiplicarse. En el siglo XIX la burguesía luchó en Inglaterra o en Francia por la libertad de asociación para poder contar con organizaciones que fortalecieran su poder de clase y que le permitieran controlar a los gobernantes en turno; pero los obreros se valieron de ese mismo principio para reivindicar su derecho a formar sindicatos que pudiesen enfrentarse a la dominación de la propia burguesía. En este caso, atribuir simplemente el derecho de agremiación al discurso liberal ‑del que, en efecto, pasó a formar parte- implicaría olvidar hasta dónde fue ésta una penosa conquista de los trabajadores.(21)

El mundo de la vida cotidiana de los oprimidos no es el mero espacio de la reproducción se halla atravesado por múltiples puntos de ruptura con el orden dominante

Es claro que dista de ser irrelevante para el curso concreto de la lucha de clases en una sociedad determinada que los conflictos tiendan a revestir formas legales o a expresarse a través del discurso liberal. Tanto los juegos de lenguaje como las piezas que éstos movilizan no son neutros respecto a las prácticas sociales a que están ligados, sino que contribuyen a constituirlas y a regular sus condiciones de variabilidad: ni el ajedrez desarrolla los músculos, ni con un martillo se puede pintar paredes.

Pero, salvo que uno opte por la metafísica, esas prácticas, a los diversos niveles, deben ser el punto de partida obligado de cualquier esfuerzo de transformación que se quiera eficaz. Más aún: por mejor intencionada que esté, una estrategia política que pretenda soslayar la compleja trama de estos condicionamientos acaba por producir consecuencias no queridas. Como por ejemplo: la de perpetuar una visión heroica de la política que conduce tanto a la impotencia, porque el coro no puede oír, como al autoritarismo, porque al coro no se lo deja hablar.

VIDA COTIDIANA Y BUEN SENTIDO

Es significativo que, seis años después de la Revolución de Octubre, Trotsky se viese obligado a concluir: “La primera tarea, la más profunda y urgente, es la de romper el silencio que rodea a los problemas de la vida cotidiana”.(22) No se dirigía, por cierto, a los funcionarios del zar, que habían sabido intervenir en las experiencias cotidianas del pueblo ruso mediante una represión abierta y vociferante; estaba escribiendo para un público de militantes comunistas y lo que empezaba a advertir era que el silencio puede ser otra forma de coerción.

En nuestros países, la rebelión del coro viene pugnando fragmentariamente por romper ese silencio aquí y ahora, sin esperar “el gran cambio revolucionario” para pedir la palabra. Es natural que los sectores dominantes se la nieguen o se la concedan bajo condiciones que la invalidan. Lo que sería lamentable es que la izquierda persistiese en hacer lo mismo, instalada en la certeza de su discurso verdadero.

La rebelión del coro socava la imagen del proletariado como clase universal al traer al escenario reivindicaciones que trascienden los supuestos “intereses objetivos” de esa clase

Esto no quiere decir de ninguna manera que la militancia deba volverse seguidismo. En primer lugar, ello implicaría caer en un “reduccionismo basista” que anularía todo lo dicho acerca de la significación y de la singularidad de las múltiples instancias en que se estructura un sujeto revolucionario. Por otra parte, la vida cotidiana de los oprimidos se expresa a través de los juegos de lenguaje de un sentido común vehículo de muchas “falsas verdades” recibidas de la religión, de las tradiciones populares, de la cultura oficial, etc. Cabe añadir que esa cotidianeidad tiende a agotarse en el particularismo, cierre de horizontes que opera, a la vez, como defensa frente a la continua agresión de los poderes establecidos y como obstáculo para una estrategia unitaria de acción.

No obstante, el sentido común de los explotados contiene un núcleo de buen sentido, un sentimiento elemental de separación y de antagonismo frente a los dominadores. Este núcleo aglutina experiencias pasadas y presentes; y, aunque el sentido común se ocupa de sabotearlo y de oscurecerlo de mil maneras, hay juegos de lenguaje específicos que lo preservan. Son éstos, justamente, los que deben ser elaborados y fortalecidos. Pero para eso es preciso comprenderlos antes en sus propios términos, como resultado concreto de procesos de lucha que importa identificar. Tal esfuerzo de comprensión es tanto más importante cuanto que, sin duda, esos juegos de lenguaje no serán coincidentes en los diversos sectores subordinados, lo que quiere decir que no debe esperarse una homogeneidad directa en los modos en que el núcleo de buen sentido defina, en cada caso, sus áreas de igualdad y de oposición. Pero, aunque significativo, éste es solamente el primer paso de la tarea de desciframiento a que aludí al comienzo. Porque, entre otras cosas, se requiere definir cuál es el grado de consistencia interna de los juegos de lenguaje del buen sentido en un momento histórico dado y según los segmentos sociales de que se trate; hasta dónde son traducibles a otras situaciones; cuáles son sus posibilidades propias de expansión; qué lugar les corresponde en el conjunto de los dominios de relevancia del actor y del grupo;(23) etc. Todo esto es condición necesaria para una comunicación auténtica entre masa e intelectuales (militantes incluidos), concebida como empresa de esclarecimiento mutuo que lleve a un desarrollo pleno del potencial crítico contenido en aquel núcleo de buen sentido. Si no me parece todavía condición suficiente es porque tal comunicación no puede darse en el aire: exige contextos institucionales adecuados, que no son postulables en abstracto y que pueden ir desde la asociación vecinal o el club deportivo, hasta la cooperativa de consumidores o el consejo de fábrica. Estamos ante un vastísimo campo de acción, tan vasto como la intrincada red de determinaciones de la sociedad civil que se quiere transformar.

Desde luego, la hipótesis política que guía este planteo es que el mundo de la vida cotidiana de los oprimidos no es el mero espacio de la reproducción, sino que se halla atravesado por múltiples puntos de ruptura con el orden dominante. Así, aunque muchas veces contradictorios o parciales, estos puntos de ruptura tienen que ver con la lógica más íntima y permanente de la lucha social. De ahí que la cabal recuperación de esta esfera de la práctica para entenderla y para potenciarla deba verse como una decisión estratégica, a la que se liga estrechamente la posibilidad de construir una genuina democracia socialista. En cambio, dado el desarrollo siempre desigual de los niveles, será la coyuntura la que indique cuál de ellos debe recibir prioridad táctica. En contextos históricos muy diferentes, Marx pudo privilegiar a los sindicatos, Rosa Luxemburg a los movimientos de base, y Lenin al partido de vanguardia.(24)

Dije al comienzo que iba a tomar como punto de referencia de mis reflexión el fracaso del discurso heroico sobre la clase obrera. Pero la rebelión del coro hace algo más que ponerlo en descubierto: socava también la imagen del proletariado como clase universal al traer al centro del escenario reivindicaciones que trascienden los supuestos “intereses objetivos” de este último, soporte de aquella imagen. Sin duda, se trata de un cuestionamiento válido, aunque debamos cuidarnos de dicotomías simplistas: que la clase obrera deba ser pensada como un actor limitado y no universal no quita nada a su centralidad en la lucha, dados su papel decisivo en el proceso capitalista de producción y su capacidad tantas veces probada de organización estable. Actor limitado y central, entonces, cuyas demandas concretas deben articularse con las que suscitan todas las otras formas de opresión. La tarea es extremadamente compleja. Sobre todo porque roto el encanto de la teleología, no hay nada que garantice sus resultados. Pero, en estas cuestiones, ¿hubo alguna vez seguridades que fueran realistas?

Notas

(*) Agradezco los comentarios de Marta Teobaldo, Emilio de Ipola y Juan Carlos Portantiero a una primera versión de este texto. Desde luego, esos comentarios no los comprometen con lo que aquí digo.

1. Para un esbozo histórico de la emergencia de la problemática de la vida cotidiana ver Alvin W. Gouldner, “Sociology and the everyday life”, en Lewis A. Coser, comp., The idea of social structure (Nueva York, 1975).

2. C. Marx y F. Engels, La sagrada familia (México, 1967, trad. Wenceslao Roces), p. 102.

3. Las primeras citas aparecen en diversos escritos juveniles de Marx; las dos últimas corresponden a El Capital (México, 1946, trad. Wenceslao Roces), tomo I, cap. 24, p. 627. Es instructivo contrastar la imagen de la fábrica que presenta este texto con la que ofrece el Manifiesto Comunista, parte I.

4. Ver, por ejemplo, Carol Johnson, “The problem of reformism and Marx’s theory of fetishism”, New Left Review, 119, enero-febrero 1980, pp. 70-96.

5. El excelente artículo de Walter Adamson, “Marx and political education”, The Review of Politics, 1977, 39:3, pp. 363-385, documenta la referida evolución de Marx. Ver también, William Leiss, “Critical theory and its future”, Political Theory, 2:3, agosto 1974, pp. 330-349.

6. K. Marx, “Instructions for the Delegates of the Provisional General Council” (agosto 1866), en K. Marx y F. Engels, Selected works (Moscú, 1976), tomo II, pp. 82-83.

7. Es casi innecesario señalar que Marx no pudo prever los procesos de burocratización sindical que sólo se tornarían visibles desde comienzos de este siglo.

8. La pregunta se aplica también a los numerosos sociólogos -especialmente anglosajones- que se han dedicado a refutar a Marx mediante el simple procedimiento de construir un supuesto “tipo ideal” de conciencia de clase, para mostrar luego como se apartan de él las orientaciones de los obreros que entrevistan. Pero, insisto, uno no puede ensañarse demasiado con estos críticos cuando los propios marxistas adoptan métodos similares.

9. “Y si en toda la ideología los hombres y sus relaciones aparecen invertidos como en una cámara oscura, este fenómeno responde a su proceso histórico de vida, como la inversión de los objetos al proyectarse sobre la retina responde a su proceso de vida directamente físico”. C. Marx y F. Engels, La ideología alemana (Montevideo, 1968, trad. Wenceslao Roces), p. 26.

10. Conviene subrayar que no me propongo hacer aquí una exégesis del pensamiento de Marx sino que me estoy refiriendo a algunas partes del mismo que se volvieron moneda corriente en la izquierda marxista. Digo esto porque, en El Capital, la teoría del fetichismo de la mercancía permite fundar un análisis de los procesos de refracción/inversión radicalmente distinto -y mucho más rico- que el contenido en La ideología alemana. A este respecto, véase por ejemplo, Richard Lichtman, “Marx’s theory of ideology”, Socialist Revolution, 23, Abril 1975.

11. Para una detenida elaboración de este punto, me remito al importante trabajo de Herbert Gintis, “Comunication and politics: marxism and the `problem’ of liberal democracy”, Socialist Review, 50/51, marzo-junio 1980, pp. 189-232.

12. Seguramente, pocos razonamientos circulares lo hubieran irritado tanto a Gramsci como ése tan cómodo que se hace hoy invocando su nombre: -“¿Por qué es hegemónica la burguesía?” – “Porque el proletariado no ha desarrollado todavía su conciencia revolucionaria” -“¿Por qué no ha desarrollado todavía el proletariado su conciencia  revolucionaria?”- “Porque la burguesía es hegemónica”.

13. H. Gintis, op. cit. p. 197.

14. Reencuentro así la pregunta que se formulaba hace unos años Norman Birnbaum, “The crisis in Marxist sociology”, Social Research, 1968, 35:2, p. 371.

15. Ludwig Wittgenstein, Philosophical investigations (Nueva York 1968, trad. G.E.M. Anscombe), párrafo 11.

16. Idem, párrafo 19.

17. Ibidem, párrafo 7.

18. Antonio Gramsci, Quaderni del carcere (Turín, 1975, ed. Valentino Gerratana), tomo III, p. 2267

19. Ver José Nun, “El control obrero y el problema de la organización”, Pasado y presente, 4:2, 1973, pp. 205-232

20. E. P. Thompson, Whigs and Hunters – The origin of the Black Act (Nueva York, 1975), pp. 261-264

21. Cf.C.B. Macpherson, The real world of democracy (Toronto, 1965). pp. 7-11.

22. Pravda, 17/8/1923, reproducido en León Trotsky, El nuevo curso. Problemas de la vida cotidiana (México, Cuadernos de Pasado y Presente No. 27, 1978), p. 157.

23. Introduzco de intento la temática de los dominios de relevancia, elaborada por Alfred Schutz, Estudios sobre teoría social (Buenos Aires, 1974, trad. N. Miguez), esp. cap. 6. Es que, sin perjuicio de criticar las premisas de que parte la sociología de cuño fenomenológico, creo que el marxismo puede beneficiarse con muchos de sus análisis de la estructura formal del mundo de la vida cotidiana. Para una introducción general a estas cuestiones ver por ejemplo, Barry Smart, Sociology, Phenomenology and Marxian Analysis (Londres, 1976), esp. pp. 95-104.

24. Para un mayor desarrollo de este punto, ver José Nun, op. cit. pp. 218-219

¿POR QUE HIBERNA EL MACHETE?

Cinco organizaciones de la izquierda mexicana -MAUS, PCM, PMT, PPM y PSR- han manifestado su intención de fusionarse en un solo partido. El mero anuncio ha suscitado reacciones encontradas: hay una notoria alegría entre los militantes involucrados y en sectores y personas afines, en tanto que los trotskistas no han ocultado su virulenta oposición. Hay otros que, si bien observan la medida como esperanzadora, no han dejado de anotar que declaraciones semejantes, que las ha habido no han pasado de las palabras.

Los críticos y los escépticos suelen olvidar las experiencias de los últimos años. Así como el movimiento de 68 obligó a todas las organizaciones de la izquierda independiente -y a otras no tan independientes- a actuar en un solo frente, la prolongada lucha de los electricistas democráticos unió a su alrededor a todas las fuerzas revolucionarias.

La solidaridad con Cuba o con Vietnam, sin borrar las diferencias ni eliminar las contradicciones, hizo marchar juntos a los agrupamientos de izquierda. De todas esas experiencias unitarias se tuvo un primer resultado electoral: la campaña de Valentín Campa como candidato independiente a la Presidencia de la República, en 1976, cuando el PCM y el PSR -entonces Movimiento de Organización Socialista- trabajaron junto a la Liga Socialista, núcleo trotskista. La experiencia de la Coalición de Izquierda apunta en el mismo sentido unitario que los esfuerzos anteriores.

DEBATE EN LA PESCADERÍA

Si todos los casos citados adquieren relevancia ante el presente anuncio de las cinco organizaciones, hay otra experiencia que puede ser determinante para la convivencia: el debate interno del PCM, especialmente crudo en los últimos dos años. Pocos observadores han reparado en que el partido de los comunistas, pese a que vivió la polémica más intensa y amplia que haya cursado partido mexicano alguno en el último siglo, no sólo evitó las fracturas, sino que se mantiene unido sin haber abandonado la discusión, la crítica y la lucha interna.

Ese debate en la pescadería, cuyo origen localizable se remonta a los primeros años sesenta, ha tenido resultados que no debieran olvidarse: el PCM ha ganado en democracia interna, en respecto para la disidencia y en unidad el mismo terreno que han perdido el dogma, la intolerancia y el sectarismo.

El PCM es el de mayor tradición y fuerza relativa de los cinco agrupamientos que intentan unirse. No por casualidad, también es el único que posee registro electoral. La responsabilidad del PCM, en este contexto, es mayor que cualquiera otra. Sus militantes están obligados a emplear su tradición, su fuerza y su registro con toda prudencia, a fin de no herir susceptibilidades.

Si se tiene presente lo anterior, pudiera pensarse que algunos hechos muestran la decisión del PCM de evitar roces inconvenientes. Uno de esos hechos es que El Machete, revista mensual del PCM, ha dejado de aparecer -el último número tiene fecha de julio.

LOS ALIADOS IRRITADOS

Como es sabido, el corte editorial de El Machete, chocarrero y de libérrimo debate, había producido irritación en diversos sectores de la izquierda refugiados en la hierática comodidad del dogma.

Las críticas a la revista se dieron dentro y fuera del PCM. En el interior del partido hubo reacciones airadas que llegaron hasta el insulto -véase la carta de Marcos Leonel Posadas en el número tres, donde acusa a los editores de cobardía, vulgaridad y suciedad-. También, para eludir los riesgos de la libre expresión, el grupo neoestalinista de los llamados renovadores, encabezado por el doctor Enrique Semo, llegó a proponer la censura previa para la publicación.

Fuera del PCM las críticas fueron más violentas, sobre todo cuando se hacían verbalmente. Las páginas editoriales de El Día se abrieron generosas al insulto y la difamación contra los editores de El Machete; aquí mismo, en Nexos -número 33-, Raúl Trejo Delarbre juzgó que la publicación lindaba con el anticomunismo, que rehuía la discusión y que era intolerante. 

Un pequeño burócrata de la embajada cubana en México calificó a la revista de “antisoviética”. Esa opinión era compartida por las delegaciones de varios países socialistas en diversas reuniones internacionales. A ellas, para atizar el fuego purificador, hubo pepinosocialistas que llevaban ejemplares de El Machete, como lo hizo Jorge Cruickshank en Sofía, Bulgaria, durante una asamblea del Consejo Mundial por la Paz. Era una forma de mostrar al mundo socialista el grado de degeneración a que había llegado el PCM.

Los críticos menos preocupados por la pureza leninista, como el llamado Partido Laboral Mexicano, para referirse a los editores de la revista empleaban el término puñales (putos), debido a que en la publicación ganaron un espacio las minorías sexuales que pugnan por ver respetados sus derechos y sus preferencias.

En El Machete se procuró siempre ventilar en público lo que desde siempre se consideró como materia exclusiva de los iniciados, de los dirigentes. De los integrantes de la Coalición de Izquierda llegaron críticas poco amistosas, pero debe reconocerse que pese a su irritación, los aliados parlamentarios del PCM nunca llegaron a exigir que se coartara la libre expresión.

El hecho, pues, es que El Machete produjo una notoria unanimidad adversa entre la izquierda de proceder dinosáurico, estalinista. Aun entre los sectores más receptivos a la crítica y dispuestos al libre examen no faltaron escozores y hasta animadversión.

En ese marco, no es extraño que se interprete la desaparición temporal de El Machete como un gesto amistoso del PCM hacia los que formarán con él un solo partido. Pero esa es una mera especulación, pues otros factores son los que condenan a la revista a la hibernación.

MACHETE ¿PARA QUÉ?

Cuando se discutía la elaboración de El Machete apenas como proyecto, se acordó satisfacer los requisitos indispensables para hacerla competitiva, para ganarle un mercado. Ciertamente existían publicaciones donde se da cabida a la teoría o a la discusión política, pero se trataba de crear una publicación que, sin ser órgano oficial, debía impulsar la línea democratizadora y modernizante en que se había embarcado el PCM. Debía ser, obviamente, una revista política, pero también una publicación teórica, y la teoría tiene poca clientela.

Para interesar en la teoría había que darle un tono gozoso a toda la publicación. Se decidió entonces asignarle características tipográficas acordes con esa intención y para el caso valía el empleo de titulares antisolemnes, en la línea que -dígase en merecido reconocimiento al fusil- habían experimentado con éxito La Cultura en México y Nexos. La sección fija Ropa Sucia se inscribía en ese propósito, mediante la publicación de textos breves, alegres o rotundamente críticos, lo que incluía señalamientos en contra de los editores y escritos polémicos. Otra sección, Qué hacer, estaba dirigida al lector medio de la revista y pretendía darle tips para ocupar su ocio: fondas, cine, juegos, cantinas, pulquerías, recordatorios de fechas memorables, recomendación de moteles y hasta playas nudistas. 

En la parte seria, si se quiere ver así, hay una impresionante lista de reconocidas firmas nacionales y extranjeras. Junto a ellas están muchos nombres menos o nada célebres, pero en todo caso se procuró siempre presentar un mínimo de calidad en los textos, que iban desde el ensayo altamente teórico hasta el reportaje y la entrevista de redacción ligera, pero de contenido que se pretendía fuera interesante.

Para envolver los textos contó en forma determinante la presentación gráfica, a cargo de un equipo de diseñadores que trabajaron sobre el proyecto original de Rafael López Castro, quien se encargaba de las portadas.

Se descartó la circulación por vías partidarias y se buscó la venta en puestos y librerías, recurriendo a la distribución comercial. La impresión se convino hacerla en Imprenta Madero, la casa que indudablemente opera con las más altas normas de calidad tipográfica.

Los encargados de elaborar la revista no serían voluntarios, sino profesionales que, recibirían un sueldo por su trabajo de diseño redacción, administración, etcétera. Se alquiló una casa y se adquirieron unos muebles usados pero con varios años de vida útil por delante.

La pretensión de hacer una revista profesional en todos los aspectos implicaba un costo relativamente alto. Algunos dirigentes del partido se comprometieron a obtener una cantidad mensual que equivalía más o menos a la cuarta parte del gasto total. El resto debería obtenerse mediante la venta de ejemplares y de espacio publicitario. La revista debió alcanzar la autosuficiencia financiera en un año, a condición de que los dirigentes de partido asumieran la tarea de romper las trabas políticas especialmente en lo que se refiere a la obtención de publicidad gubernamental, pues los anuncios de empresas particulares -editoriales principalmente- se consiguieron así sin dificultad.

BILLETE IMPOSIBLE

Puede parecer descabellada la pretensión de que el gobierno, mediante publicidad oficial, financiara una revista de oposición al sistema. Sin embargo, habría que hacer algunas consideraciones útiles. De acuerdo con la Constitución, los partidos políticos son entidades de interés público, y por tanto debe serlo sus órganos. Es sabio que miles de publicaciones, muchas de ellas con un ámbito de circulación que no rebasa las oficinas gubernamentales de prensa, viven exclusivamente de la publicidad del sector público. Si esa prensa recibe generoso apoyo social, nada tiene de extraño que se pidiera al gobierno obrar en consecuencia con ley y la costumbre y otorga a toda la prensa partidaria no sólo a El Machete ni exclusivamente a los órganos del PCM, un trato por lo menos similar al que recibían las publicaciones cuya finalidad era el lucro.

Para el caso, la dirección, del PCM se entrevistó con el Presidente de la República quien -de acuerdo con versión de los dirigentes comunistas- dijo que no veía problema alguno en que concediera a la prensa comunista publicidad del sector público. Para concretar lo hablado se tuvo una entrevista con el secretario de Gobernación, quien turnó el caso al subsecretario Rodolfo González Guevara, el que personalmente hizo algunas gestiones que resultaron del todo infructuosas, pues lo más que se obtuvo fue la promesa del director de Pronósticos Deportivos de liquidar una vez publicada, una gacetilla por la que pagaría unos cuantos centavos.

El anticomunismo, el miedo a quemarse en las cercanías de la grande o, más comúnmente, una concepción utilitaria e inmediatista de la política, observable en muchos funcionarios, evitaron que la publicidad fluyera a El Machete. Sólo unos cuantos se mostraron lo suficientemente audaces como para dar anuncios a una revista que tenía detrás al PCM. La publicidad obtenida, sin embargo no fue suficiente.

A los problemas derivados de la falta de más anunciantes, la revista tenía que añadir otras dificultades, como la que representaba pagar por, adelantado -con cheque certificado- el papel que le vendía PIPSA. Un factor decisivo para acrecentar las dificultades fue el retraso de la dirección del partido para cubrir la aportación acordada, que en ocasiones llegaba a entregarse tres o cuatro meses después de la fecha debida.

Ante tales obstáculos, la dirección de El Machete recurrió, primero, a buscar donativos para sufragar lo más urgente. Después vino un recorte en la nómina, posteriormente se le quitó una tinta a las páginas interiores, luego se suspendieron pagos a colaboradores y, por último después de dificultades sin cuento, la revista dejó de aparecer y sus oficinas se trasladaron a un local del partido donde no habrá necesidad de pagar alquiler.

Para Roger Bartra, el director, la desaparición de El Machete no es definitiva. Sin embargo, hoy que el PCM debe ser especialmente cuidadoso con sus aliados; nada permite suponer que se hará un esfuerzo extraordinario para que la revista reinicie su publicación. Sacarla ahora demostraría poco tacto. Editarla después, cuando las cinco organizaciones se hayan fundido en una sola, parece menos probable, pues los ahora aliados nunca han mostrado entusiasmo por ella.

Tal perspectiva parece dar la razón a quienes ven en la fusión orgánica un retroceso del PCM, pues implicaría abandonar parte de lo ganado en cuanto a crítica abierta y libre expresión. Sin embargo, es muy temprano para decir el responso de El Machete. De cuajar el propósito unificador, el flamante partido deberá resolver el problema de la orientación, el carácter y las cualidades técnicas de su prensa en los aspectos informativo, analítico y de discusión. 

ARTESANOS SIN LECTORES

Hoy la izquierda tiene una prensa de escasa difusión, tan pobre como la prensa partidaria de la derecha y el centro, dondequiera que éste se encuentre. Los cinco aliados tienen, aunque insuficiente lo más citable en órganos de partido: el Partido del Pueblo Mexicano cuenta con un diario en Nayarit, el PCM dispone de Oposición, semanario de aparición regular que es quizá el mejor periódico -el menos malo, si se quiere- de toda la prensa partidaria; MAUS, PMT y PSR cuentan con periodiquitos artesanales de publicación azarosa; los comités locales de todas las organizaciones editan en muchos casos sus propios órganos, pero el tiraje y la influencia de éstos es mucho menos que el entusiasmo empirista de quienes los hacen.

Puede adelantarse que el nuevo partido, si de veras se propone ganar a las masas, ha de contar con medios periodísticos de calidad, lo que significa destinar recursos financieros y políticos suficientes para el desarrollo de una prensa combativa, elaborada con profesionalismo, lo que significa hablar de reporteros y redactores pagados, de una buena imprenta propia, de distribución comercial sin demérito de la partidaria, etcétera.

Pero no se puede ser muy optimista, pese a que por tradición nacional e internacional, la izquierda se ha preocupado siempre por su prensa. Cualquier partido o grupo considera que su periódico es continuador de Iskra y Regeneración. Sin embargo, esos periódicos que se hacen a veces sorteando todos los peligros, arriesgando -sin hipérbole- hasta la vida, en muy pocos momentos han tenido éxito o han logrado influir y ganar masas. La razón está en que se tiene una concepción decimonónica de la prensa, como lo prueba su proceso de producción, que en lo fundamental es similar al de la prensa obrera de hace cien años: escasa o nula división del trabajo, ignorancia de los rudimentos del oficio, consecuente ausencia de calificación y especialización profesional, énfasis en la denuncia y los aspectos doctrinarios en detrimento de las soluciones políticas concretas, etcétera.

Fernando Pineda jefe de información de Oposición, para explicar la baja calidad de la prensa de izquierda y su poca penetración, señala que esa prensa corresponde al desarrollo de las fuerzas de izquierda. Por eso mismo, si el nuevo partido se empeña en aumentar su capacidad de convocatoria, deberá preocuparse por su prensa, pero no en los términos tradicionales -editar por obligación una hoja parroquial que no leen ni los feligreses-, sino con una idea ambiciosa, con la certeza de que la prensa partidaria representa una inversión política que puede ser altamente redituable.

La dirección del nuevo partido deberá crear un órgano de divulgación con tiraje masivo, órgano en el que se exprese la línea política común. Junto a ese periódico, que bien puede ser un semanario, habrá de editarse un órgano teórico para profundizar en el análisis y en la exposición de las tesis centrales.

LA OCASIÓN DE EL MACHETE

Pero no bastará con un periódico de carácter informativo y con otra publicación teórica cuya publicación es obligatoria de acuerdo con la LOPPE, aunque ninguno de los partidos registrados cumpla cabalmente la ley en este punto. Hará falta también crear uno o más medios para difundir y debatir las heterodoxias, y no por mero capricho. En los partidos donde hay libertad de crítica y de análisis el debate ha rebasado los marcos de la propia organización. Hoy la izquierda mexicana muestra una gran diversidad de enfoques que requieren de la confrontación para probar su validez. Ciertamente toda polémica tiene aristas desagradables, sobre todo cuando se cuestiona a las personas y a sus ideas. Pero bien vale la pena correr los riesgos que implica toda discusión, pues es ahí donde se recoje la práctica y se enriquece la teoría, donde se miden tesis que pueden ser determinantes para transformar la realidad.

El nuevo partido, con su amplísima gama de posiciones, con su necesaria diversidad, estará obligado a garantizar la libre circulación de las ideas, requisito indispensable si se quiere una organización democrática que no descarte la pluralidad y la lucha interna en aras de un imposible monolitismo.

En esa línea, defender los espacios ganados al dogma y la cerrazón es obligación del PCM, donde la libertad de crítica y debate es ya una conquista. Mediante un esfuerzo de sus editores El Machete puede reaparecer antes de la fusión. De no ser así, de no contarse con apoyo de la dirección comunista, el PCM llegará a la unidad sin la revista, que sería lo de menos si no implicara que se arribará a un momento clave sin haber preservado las conquistas que se cuentan entre las principales de esa ruta, zigzagueante pero fértil, que han recorrido los revolucionarios mexicanos en los últimos años.

N. de la R.- El autor del presente texto confiesa que no es ni pretende ser imparcial pues fue jefe de redacción de El Machete durante el primer año de esa revista y aún pertenece al núcleo editor.

CUANDO LAS MUSAS VIAJAN A MORELIA

Domingo 16 de agosto. Don Relaciones Públicas y colaboradores pastoreaban a los poetas, cuidando que no perdieran su equipaje o abordaran el vehículo equivocado. Los invitados al Festival, que apenas se conocían entre sí, intentaban hacer conversación mientras los autobuses Mexicorama abrían sus puertas. Don Relaciones Públicas leyó una lista para que los niños poetas no se confundieran. Oyendo tantos nombres, el nicaragüense Pablo Antonio Cuadra comentó al cubano Cintio Vitier:

– Esto no es un autobús, es una antología.

El viaje fue muy largo. Enrique Fierro incitó casi al motín cuando, saliendo de Toluca lo alcanzó el hambre. Repartiendo galletitas danesas con generosa sonrisa, resultó un eficaz agitador. Al rato, Don R. P. tuvo que bajar -sonriente, exasperado- a comprar uvas y duraznos para los poetas amotinados. Pocos kilómetros más adelante los autobuses volvieron a detenerse y los poetas bajaron a cortar flores: en su papel de bardos, admiraban la vegetación y soplaban dientes de león. Para algunos, esta flor sólo existía en la portada de los diccionarios Larousse: je séme á tout vent.

Un Chevrolet con placas de Michoacán alcanzó a los bucólocos y, tomándolos por alcohólicos, les distribuyó cerveza.

El viaje prosiguió lento, no fueran a chocar los autobuses para beneplácito de Alarma!: “Tremendo poetazo camino a Morelia”. En Maravatío, otro alto. Alguien compró una penca de plátanos maduros y se puso a distribuirlos, pero Günter Grass prefirió irse por su cuenta y conseguir plátanos verdes.

Finalmente los poetas fueron depositados en sus hoteles, donde guapas edecanes los ayudaron a registrarse y les distribuyeron maletines rojos modelo Congreso de Anestesiología.

Esa noche, el gobernador presidió una recepción en el claustro del mercado de artesanías. Trajes regionales y música típica. Varios viejitos interpretaron la Danza de los Viejitos; uno se cayó dos veces del estrado, y el público ya no pudo atender a la danza, esperando preocupado la tercera caída. Cada vez que el desafortunado danzante chancleaba cerca de la orilla, las respiraciones se detenían.

Entre brindis, canapés y declaraciones iniciales a la prensa, los poetas se fueron presentando entre sí.

íAARRANCAN!

A la mañana siguiente, la esposa del Presidente de la República y el gobernador michoacano inauguraron el Festival Internacional de Poesía. La sobriedad de Cuauhtémoc Cárdenas en nada recuerda la fauna de gobernadores patanes o demagogos o desquiciados o simplemente torpes a que estamos acostumbrados. Pasó al escenario y dijo un breve discurso, sin caer en la cursilería que cabía esperar. Cuando regresaba a su asiento, un poeta michoacano (así lo acreditaba su gafete) saltó del asiento, sonrió con amplitud, apretó la mano del sorprendido gobernador y dijo, o más bien exclamó:

– íFelicidades señor gobernador!

Cuatro big shots leyeron algunos poemas, a manera de bocadillo inicial. La selección de estos big shots nació del prestigio personal y la geopolítica: junto al decano Elías Nandino y la estrella Günter Grass estuvieron un poeta norteamericano, uno ruso y un cubano. Con criterio similar, los dos actos de la masiva lectura final, el domingo 23 serían cerrados por Allen Ginsberg y el béatnik ruso Andrei Vozneosenski, respectivamente.

Vozneosenski no quitó su cara de genio airado durante todo el Festival. No la quitó al declamar Las campanas de Moscú, ni cuando dijo que ser poeta en la Unión Soviética es como ser negro en los Estados Unidos, ni cuando Allen Ginsberg, danzando casi, le partió con habilidad un mango durante la comida que dio el gobernador. Tampoco la quitó cuando metió a María Sabina en un viejo poema suyo para halagar al público mexicano, ni cuando declaró a la prensa local que la poesía mexicana está en pañales. Con pose de cowboy dispuesto al duelo, el monoexpresivo Vozneosenski no quitó su cara de genio para nada.

APOTEOSIS NANDINISTA

Cada aparición de Elías Nandino fue un homenaje. “Es bueno -dice- que los homenajes lleguen a mi edad, cuando ya no pueden hacer daño”. Muerto Maples Arce, Nandino es el poeta más viejo de México, y por una cruel (para los otros) paradoja, resultó el poeta más joven que acudió a Morelia. La vejez afinó su sensibilidad y lo despojó de las vanidades habituales. “Mira, yo ya estoy más, allá del bien y el mal; ahora es fácil ser generoso, el dinero no me sirve, por mí, podría morir cuando sea”. Tranquilo, casi optimista, escribe en un poema reciente: “Llega el día en que el día ya no llega”. Descubrió una vez, como cirujano del Hospital Juárez que la muerte es el último, más largo y delicioso orgasmo. Un paciente suyo que se recuperó (resucitó) después de un paro cardiaco, le confesó con vergüenza que al morir, había sentido venirse laargo laargo laargo…

Durante una sobremesa en el Hotel de la Soledad, acompañado por Jose Vázquez Amaral, el traductor y amigo de Pound (a quien nadie prestó atención) Nandino contaba anécdotas de sus amigos contemporáneos y hablaba de sus muertes. De pronto, se puso de pie y extrajo del bolsillo una gragea amarilla.

-Debo tomar muchas medicinas- explicó mientras colocaba la gragea en la mesa-. Los médicos dicen que si no, voy a morir de un paro cardiaco. Pero muchachos, a mis años ya no se me para nada.

Con su calva morena y su rostro sonriente, “de diablo” dice él, brilló Nandino, conmovedor, otoñal, agudo como nunca. A ratos cerca de lo lejos, como poeta ha llegado al humor, casi a los poemínimos. No olvida el sexo, las pasiones y las soledades pasadas (“Yo tuve una esposa, la medicina, y una querida la poesía”. Ahora dedica casi todo el tiempo a su querida). Este poeta no muere de su muerte, a él lo mató la vida. Va a pedir que lo incineren y esparzan sus cenizas en unos campos cerca de Cocula, donde crecen unas florecitas con efectos afrodisiacos.

-Mis cenizas les servirán de abono y así después de muerto, seguiré cogiendo, aunque sea Poquito.

LA ESPIGA AMONTONADA Y OTRAS DESGRACIAS

La pretendida definitividad de las antologías mexicanas, que al paso de los años ven aniquiladas sus virtudes, ha hecho de Poesía en movimiento el mapa oficial que rodea la figura y el fenómeno poético de Octavio Paz. Si su mirada restrospectiva resultó valiosa para comprender la óptica paciana, sus proposiciones futuras, atractivas en su momento, han sido un fiasco. En 1966, Paz armó tres “Cuadriláteros” de jóvenes, bajo divertidos y discutibles criterios extraídos del Y Ching. El cuadrilátero más homogéneo lo formaban cuatro de los cinco miembros de “La espiga amotinada”. Eran algo así como la nueva izquierda poética, y aunque ya entonces acusaban deficiencias, poseían buenos textos, sobre todo Bañuelos y Oliva. En Morelia, cada sesión de lectura incluyó un “espigo”, en lo que resultó una verdadera catástrofe de verborragia y retórica voraz. La asfixiante profusión de los viejos poemas de Eraclio Zepeda, buen narrador, fue seguida por una aburrida lectura de Oscar Oliva, quien parece haber perdido noción de la poesía: lo que leyó parecía más bien el enmarañado borrador de un ensayo sobre quién sabe qué, lejos ya de su áspera cicatriz.

La retórica militante es compartida por Oliva y Bañuelos; éste aún cree suficiente la voluntad de escribir sobre el 68 o El Salvador (como Oliva sobre guerrilleros o Cuba) para hacer bien las cosas. El último espigo fue Jaime Labastida, a quién aún no se le perdona haber relevado a Paz en la revista Plural. Leyó su larga muerte sin fin hegeliana “Las cuatro estaciones”, recientemente publicada en Casa del tiempo; pudo ser una excelente aportación a la Anestesiología, pero en el Festival de Poesía, casi a media noche resultó una lectura despiadada.

Las abusivas y prolongadas lecturas de este grupo reivindicaron su mote de “La espiga avorazada” y manifestaron el errático movimiento de los otrora poetas jóvenes.

LOS OTROS CUADRILÁTEROS

El miembro restante de la “Espiga”, siempre difícil de asociar con sus compañeros, fue colocado por Paz en otro cuadrilátero, hace quince años; éste fue el primero en desaparecer: Becerra murió, Mondragón dejó de publicar y entre Isabel Fraire y Jaime Augusto Shelley ya no existen relación u oposición posibles De la “Espiga”, la poesía menos pretenciosa (en todos sentidos) ha sido la de Shelley. Lo sigue siendo, y quizá por lo mismo acusa menor desgaste. Al margen de su imagen de próspero ejecutivo (ropa gringa, reloj Piaget, peinado muy acá), inusitada en un poeta de izquierda, Shelley fue el único espigo que durante el festival no se avorazó con su lectura. Leyó (bien) sus nuevos poemas, breves, accesibles, con ideas poéticas y aliño formal.

El otro cuadrilátero paciano, que en 1966 parecía el mero bueno, estuvo incompleto en Morelia. José Emilio Pacheco ni siquiera apareció en el programa y Gabriel Zaid no asistió. Los otros dos allí estaban. El internacionalismo de Homero Aridjis, organizador del Festival, no ha logrado impedir el deterioro de su poesía, ahora más descuidada y menos exhuberante y fresca que en sus comienzos. Marco Antonio Montes de Oca (“el iniciador de la nueva poesía” según Paz) creyó su papel de poeta original e imaginativo y no conoció nunca su límite. (Hay que reconocer un hecho: Paz advirtió este peligro hace quince años); la profusión desaforada de imágenes traiciona con el exceso sus posibilidades poéticas. En Morelia fue, sin embargo, uno de los mexicanos más aplaudidos, y justamente ésa es la desgracia de Montes de Oca: siempre ha tenido quien aplauda sus debilidades y excesos.

Al ver la herencia de Poesía en movimiento evolucionar pesadamente sobre el escenario del Centro de Convenciones moreliano uno recuerda, para Octavio Paz aquel dicho: “Detrás vendrá quien bueno te hará”.

La poesía mexicana “adulta” completó su presencia con Tomás Segovia (cuya poesía sigue siendo bella y respetable), Ramón Xirau (quien leyó en catalán unos hermosos y musicales poemas) Víctor Sandoval (funcionario cultural-poeta, vieja y no siempre buena combinación), Ulalume González de León (cuya pedantería la hizo bocado de leones ululantes; su poesía se escuchó fríamente, llena de acertijos, recámaras tediosas y jardines recién podados) y Carlos Montemayor, quien se presentó como miembro de esa generación que tanto preocupa a los antologadores (las ganas de ser generación hicieron del 68 el momento de su vida; el resto ha sido una carrera para engancharse al carro en movimiento: llegaron demasiado tarde, no fueron jóvenes a tiempo y ahora son viejos antes de tiempo).

El Festival hizo dos concesiones al incluir las poesías michoacana y joven. Esta última, el mito que Zaid acabó de inflar con su Asamblea, parece una vaca de ordeña-infinita. Curiosos criterios la definen, además del zaidiano; por ejemplo, Montemayor no es joven, mientras que David Huerta, Ricardo Yáñez, Jaime Reyes y Mario del Valle, con la misma edad, sí. Como diría mi tía Evangelina, uno es tan joven como se siente (o como le dicen que es). Entre los oficialmente jóvenes hay, claro, voces interesantes; su problema es sobrevivir a la juventud. Un poeta extranjero comentó al finalizar la sesión de poesía joven:

– No está mal, el problema es que los poetas se parecen entre sí. Más que unidad, hay uniformidad.

En su lectura, la griega Katerina Anghelaki Rooke tuvo bastante éxito, en particular gracias a una serie de poemas sobre los ángeles (remember Alberti?). Uno de ellos comenzaba: “Los ángeles son las putas del cielo”. Al escuchar este verso, el iracundo poeta local exclamó:

– íAh, qué bonito, qué bonito!- y aunque el poema continuaba, él no dejó de celebrar la ocurrencia entre sibilancias de enfisematoso conmovido.

Al concluir la lectura de Anghalaki Rooke, el emocionado poeta local comentó en voz muy alta:

– íQué diferencia con las vedettes de Televisa!- opinión a la que nadie pareció oponerse.

POETAS Y CAMPESINOS

Una coincidencia inesperada nubló con sombras de realidad política el cónclave de bardos. El martes 18 se organizó para los turistas una salida a Santa Clara del Cobre. Después, los poetas fueron invitados a pasear por Zirahuén, sin duda el lago más hermoso de Michoacán. El señor Guillermo Arreola, cacique del lugar, dio a los poetas una espléndida comida en su residencia junto al lago: chiles rellenos pescado blanco rebosado, arroz con rajas, frijolitos y un buen alipuz.

Simultáneamente, quienes permanecieron en Morelia pudieron ver desfilar por la avenida Madero a unos doscientos campesinos, quienes llegaron hasta el palacio de gobierno y solicitaron la liberación de tres dirigentes comunales, la disolución de las guardias blancas de Las Guacamayas y el respeto a las tierras comunales de Zirahuén, donde la familia Arreola intenta construir un centro recreativo. Alguien comentó, nomás por ser chistoso:

– Mira, vienen al Festival Los campesinos, coreando “Hoy luchamos por la tierra, mañana por el poder”, hicieron un plantón frente a la catedral, luego de fijar sus mantas en el atrio. Día y noche, bajo los arcos de cantera moreliana, aquellos campesinos entonaban corridos agraristas. Además, habían traído una banda que con alegre tachún-tachún atraía hacia las puertas del Banpaís la atención de los transeúntes.

Desde México, Adolfo Gilly pidió a los poetas, por azares de la vida puestos al lado del terrateniente impugnado, que apoyaran a los campesinos. Resulta difícil imaginar a un visitante sueco, holandés o yugoslavo opinando en un lío local. Sin embargo, un poeta (para muchos un clown loco), quien no asistió a la comida de Arreola porque llegó hasta el sábado 22, y seguramente no leyó a Gilly, inició su presentación con estas palabras:

– Dedico esta lectura a un grupo de campesinos que colocaron sus banderas frente a la catedral. Seguramente tienen razón en lo que piden. Están más cerca de la tierra que nosotros. Ellos la trabajan, nosotros la hemos olvidado.

Era Allen Ginsberg.

Acto seguido, mientras una parte del público aplaudía al poeta y otra deploraba su “exhibicionismo”, Ginsberg leyó y cantó un poema a la manera australiana, para unos campesinos que quizá nunca tendrán noticia de su gesto.

LOS ESPONTÁNEOS

Hubo algunas actuaciones fuera de programa. La más inútil corrió por cuenta de Danubio Torres Fierro, cuando trepó al escenario mientras Ulalume González de León se disponía a leer sus traducciones del poeta francés André du Bouchet. DTF dijo, mirando sucesivamente al público y a la hija de Sara Ibáñez:

-No entiendo. Quiero que me expliquen qué está pasando aquí.

Un poeta extranjero, regocijado, lo tomó por un acto de espectacular crítica literaria. En medio de la confusión y los chiflidos aparecieron dos hombres del orden y bajaron al imprecador por la fuerza. Mientras lo conducían a empujones hacía el exterior del teatro, pedía solidaridad al público.

-Ustedes me apoyan ¿verdad?- preguntó a un grupo de poetas, quienes, azorados no le respondieron nada.

A DTF el tiro le salió por la culata. Su irrupción suscitó simpatías para la poeta más antipática del Festival, justo cuando su vanidad la llevaba a leer sus propias traducciones. UGL recibió una salva de aplausos que en condiciones normales hubiera sido inimaginable.

Esa misma noche, del jueves 20, después de la lectura del poeta danés Iván Malinowski, el regiomontano Francisco Javier Ramos subió al escenario declamando una violenta diatriba contra el pulpo financiero y otras lacras sociales. Su euforia le impidió callarse, y mientras era expulsado del teatro por los cada vez mas experimentados saca-argüenderos, subía la voz sin perder el hilo de su extenso poema. Ya afuera, feliz, confesó que en cuanto supo del Festival se vino a Morelia; el también es poeta, y quería participar aunque no estuviera invitado. Los días siguientes se dedicó a fotografiar con su ruidosa Polaroid a los demás poetas.

El viernes 21, un espontáneo más subió tras la lectura de Pablo Antonio Cuadra y, luego de un epígrafe de Benedetti, leyó un vigoroso poema sobre la igualdad de los hombres. Los guaruras poéticos no lograron arrancarlo del micrófono hasta que hubo terminado. Bajó del escenario como si nada, agradeciendo los aplausos.

El anecdotario del Festival moreliano sería tan extenso y trivial como la suma de las vanidades allí reunidas. Importaría por lo que significa, no por lo que suscita (las operetas no suscitan nada). Se evidenciaron la pobreza global de nuestra poesía “oficial” y un interés público mayor del esperado. Participó un gran poeta, Michael Hamburger, cuya desgracia es ser también un gran traductor (un buen traductor suele pasar como mal poeta). Hamburguer tradujo la poesía de Hölderlin a los diecisiete años; alguien le preguntó si eso no lo envanecía, y él replicó: “La precocidad no es una virtud ” Para los fetichistas, Borges llenó el expediente de estar presente en carne y hueso (erosionados). Ginsberg, Cabral de Melo Neto, de Andrade, Gyorgy Somlyó, Seamus Heaney, Tadeusz Rosewicz y Alí Chumacero nos permitieron recordar que no todo es carnaval y grilla, que también existe la Poesía.

LA URSS Y CANCUN: LOS DEDOS TRAS LA PUERTA

La ausencia soviética en la próxima cumbre Norte-Sur ha sido objeto de particular interés por parte de la prensa internacional aunque la actitud soviética hacia estas cuestiones no sea nueva sino la consecuencia de una política a la vez cambiante y estable que tiene sesenta años de historia.

El interés soviético por el mundo neocolonial nace en el momento en que mueren las esperanzas puestas en los movimientos revolucionarios de Europa Occidental. Así desde un principio es un interés subordinado a las relaciones de la URSS con occidente, lo que no quiere decir que el ascenso revolucionario en esos países haya sido desatendido por la dirigencia bolchevique o el ejecutivo del Komintern (KMT). Su interés en varios movimientos asiáticos, especialmente el caso chino, era evidente pero el apoyo ofrecido nunca dejó de estar marcado por la experiencia revolucionaria de Europa Occidental, expectativa fundamental de la revolución de octubre.(1)

DE LENIN A JRUSHOV

El II Congreso del KMT introdujo el tema de la revolución en Oriente, mediante la célebre polémica de Lenin y Roy, representante del movimiento comunista indio. Para Lenin, la lucha de clases en Oriente debía ser posterior a la lucha nacional antimperialista y por lo tanto el apoyo del Komintern debía darse a los grupos “burgueses democráticos” nacionalistas. Para Roy, lo indispensable era luchar contra “el nacionalismo sentimental” de los jefes nacionalistas burgueses y en favor de las masas proletarias campesinas de estos países. El proyecto final del Komintern intentó conciliar ambas propuestas distinguiendo entre “movimientos nacionalistas burgueses” (cuya cooperación resultaba útil en un primer momento) y movimientos revolucionarios de masas obreras y campesinas que, “guiados por partidos revolucionarios organizados pueden alcanzar el comunismo” bajo la inspiración conductora del “proletariado consciente de los países capitalistas desarrollados”.(2)

La posguerra y el inicio de la guerra fría lejos de alentar el interés soviético por los fenómenos de la descolonización, tendieron en realidad a diluirlo en contradicción incluso con lo sostenido hasta entonces por el Komintern. Stalin fue proclive a ignorar el papel relevante de las burguesías nacionales y hasta las acusó de “colaboracionistas y contrarrevolucionarias”, como fue el caso de Ghandi y de Kermal. La independencia de las colonias según Stalin tenía un carácter puramente formal puesto que el colonialismo no podía ser definitivamente eliminado sin la liquidación del capitalismo. La revolución china modificó un poco estos esquemas y se empezó a admitir la validez de las “alianzas de clases”. Pero la victoria del maoismo fue atribuida en gran medida, a los consejos de Stalin y al triunfo soviético sobre el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial.

La verdadera revaluación del potencial revolucionario de la burguesía nacional sólo se dio a partir del XX Congreso del PCUS, bien entrados los años cincuenta.

LA QUEMA DE LA VANGUARDIA

En su nuevo esquema de política internacional, Jrushov trató de rescatar las potencialidades antioccidentales visibles en la emergencia de nuevos países independientes. El hecho de que la URSS no hubiera sido una potencia colonial y de que su revolución la hubiera enfrentado históricamente a las potencias occidentales coloniales, la colocaba naturalmente en posición de aliado objetivo de esos nuevos países y movimientos.

Ese es el origen de la noción de la “tercera fase de la crisis general del sistema capitalista mundial” enunciada durante la Conferencia Mundial de Partidos Comunistas en Moscú, 1960. Las fases anteriores eran la victoria de la revolución bolchevique y el triunfo del socialismo fuera de las fronteras soviéticas. En la anunciada tercera fase, ya no sería el imperialismo sino el sistema socialista mundial quien determinaría la orientación fundamental de los acontecimientos internacionales.

En cuanto al Tercer Mundo, las ideas básicas de la época de Jruschov elaboradas principalmente dentro de la Academia de Ciencias reconocían tres rasgos principales: 1) Insistencia sobre las actitudes antimperialistas de los nuevos dirigentes de estos países; 2) Alto grado de optimismo sobre la orientación futura de estos dirigentes; 3) La falta de diagnósticos precisos sobre el desarrollo interno de los nuevos estados, su estructura social y sus relaciones de clase.

Conceptos como “democracia nacional” o “democracia revolucionaria” pretendían establecer modelos de sociedades en transición hacia la etapa socialista, tomando en cuenta las experiencias en curso de países como Egipto, Argelia, Irak o Cuba. Eran conceptos que rompían toda una tradición de ortodoxia ideológica, ya que admitían la posibilidad de que cualquier grupo dirigente “progresista” sustituyera a la vanguardia proletaria clásica.(3)

El desarrollo teórico de los últimos años parece haber abandonado su flexibilidad ideológica. La vía “no capitalista” de desarrollo despojada ya de sus títulos de “democracia nacional” o “revolucionaria” se ha visto sometida a una seria crítica de ciertos académicos que comparan los movimientos de liberación nacional de los países “coloniales” con las revoluciones “democrático burguesas” de los países europeos de mediados del siglo XIX. Así, la época de Brejnev simboliza el regreso a la ortodoxia ideológica. Pero es también la era de una política más pragmática que permite un acercamiento realista a los países recientemente independizados. La Unión Soviética establece relaciones aún con los gobiernos poco inclinados a la realización de reformas profundas de sus sociedades: en 1979 tenía 76 representaciones diplomáticas en distintos países de Asia, Africa y América Latina y había firmado acuerdos de cooperación económica y técnica con 64 de ellos. La política soviética hacia el Tercer Mundo, sin embargo, no deja de reflejar ciertas contradicciones inherentes a su naturaleza de potencia industrializada.

PRAGMATISMO DE GRAN POTENCIA

Hasta hace relativamente poco tiempo, los intereses económicos de la URSS se identificaban naturalmente con los de los países neocoloniales por su mutua oposición al imperialismo. Sin embargo, en años recientes, la incorporación del concepto de “economía mundial única” asignó un nuevo papel a los países neocoloniales. Es el gran avance teórico de la época de Brejnev: el complemento económico de lo que en términos políticos es el concepto de “coexistencia pacífica”. Esta noción que acepta por primera vez la interdependencia económica de todos los países cualquiera que sea su sistema político, tiene dos implicaciones: 1) el sistema socialista acepta que lo afectan las crisis económicas del mundo capitalista; 2) el Tercer Mundo viene a ser considerado como un subsistema del mundo capitalista compuesto por cuatro grupos de países, según sus indicadores de desarrollo económico y no su orientación política: 1) Los países más atrasados del mundo no desarrollados: Africa tropical. 2) Los países con un desarrollo relativo: Norte de Africa, Sur y Sureste Asiático. 3) Los países ricos en petróleo (países árabes del golfo Pérsico). 4) Los países de América Latina.

El peso de esta nueva concepción económica del mundo en desarrollo quedó reflejado en el informe de Brejnev al XXV Congreso del PCUS, celebrado en 1976. Los slogans habituales de “lucha contra el imperialismo” fueron reemplazados por vagas referencias a “los problemas globales que afectan al mundo en general”: escasez de materias primas, energéticos, medio ambiente y recursos marítimos. Ante esos problemas los países del Tercer Mundo estaban llamados a desempeñar un “papel positivo”, puesto que ya eran suficientemente fuertes para resistir los dictados de Occidente.(4)

La nueva noción económica brejneviana coincide con la época de mayor cooperación económica y política entre la URSS y Occidente. La imagen soviética de gran potencia, consciente de sus responsabilidades e intereses predominan sobre la de líder inflexible de un movimiento revolucionario.

Sin embargo, en el nuevo clima de enfrentamiento, la URSS ha optado por reforzar su lucha ideológica reafirmándose como potencia revolucionaria, antiimperialista y anticapitalista. La ONU vuelve a ser el foro privilegiado para manifestar su solidaridad con las causas de los “explotados”, y las relaciones bilaterales, el medio más eficaz para aplicar esta solidaridad. Por contraste, los foros especialmente organizados para tratar las diferencias entre países industrializados y en desarrollo (como la conferencia Norte-Sur) son rechazados en base a un sinnúmero de argumentos: la URSS no es una potencia del Norte rico ni del Sur pobre y por su pasado ajeno a los intereses colonialistas rechaza toda responsabilidad en estos problemas; considera inútiles estas negociaciones, dados sus antecedentes y la poca voluntad capitalista de hacer verdadera justicia al mundo en desarrollo. Finalmente Moscú considera haber definido su posición sobre estos problemas mediante su propio ejemplo en sus relaciones bilaterales justas con estos países.(5)

LOS DEDOS TRAS LA PUERTA

Estas argumentaciones son coherentes con las posiciones soviéticas tradicionales. Sin embargo, una de las verdaderas causas de la negativa soviética a participar en la cumbre próxima a celebrarse, puede ser, aparte del nuevo clima de tensión internacional la posibilidad de que su participación exhiba sus puntos de coincidencia con el Occidente industrializado. Un ejemplo de ello son los problemas relativos al derecho del mar (pesca y navegación en mares territoriales, extensión de estas aguas, etc.) donde la posición soviética le restaría crédito entre los países del Tercer Mundo, ante los que pretende aparecer como un aliado indiscutible. Es posible que en Cancún la incompatibilidad clásica, entre los intereses de Estado y el interés revolucionario, volverá a mostrarse tan claramente como en otras desdichadas ocasiones.

(1). Ver, Carrere d’Encausse y Schram, L’URSS et le Chine devant les revolutions dans les Societès pre-industrielles. París, Fondation Nationale de Sciences Politiques, 1970. 108 pp.

(2). Ver: L’Internationale Communiste et les Problemes Coloniaux (1919-1935) París, Mouton, 1968, 584 pp.

(3).Ver: Carrere d’Encausse H., La Politique Sovietique an Moyen Oriente 1955-1975. París, Presses de la Fondation Nationale des Sciences Politiques, 1975, 327 pp.

(4). Ver: Valkenier E. K. “The USSR, The Third World, and the Global Economy” en Problems of Communism, jul-agosto, 1979. pp. 17-33

(5). Ver: Bosc R., “L’URSS face aux revendications du Tiers Monde, soutien de principe et interèt mutuel”. en Revue Francaise de Science Politique, No. 4, aout, 1976. pp. 696-708.

Según el mismo Brejnev. “La Unión Soviética como el resto del mundo socialista no tiene responsabilidad ni en cuanto a las consecuencias del colonialismo ni en cuanto a la influencia que la continua desigualdad tiene en las relaciones económicas de los países en desarrollo” Citado por K. Brutents, “The Soviet Union and the Newly-Independent countries” en International Affairs, No. 4, 1979 pp.11.

INDIGENISMO AL CUADRADO

Indice General de América Indígena y Anuario indigenista, 1940-1980. Elaborado por Elio Masferrer. Serie Sedial 1, Instituto Indigenista Interamericano, México, 1980; América Indígena. Revista del Instituto Indigenista Interamericano, vols. XXXIX-XL, México, 1979-1980.

Pocos saben -fuera del medio profesional- que el indigenismo interamericano cumplió 40 años de actividad y de acción editorial ininterrumpidos. Y vaya que si lo celebran con bombo y platillo.

Aunque evidentemente una institución fomentadora de la hoy tan vilipendiada política indigenista merecería, de suyo, un análisis por separado, sobre todo si se toma en cuenta su ya larga trayectoria, aquí nos limitaremos a reseñar lo que sin lugar a dudas ha constituido su flanco más positivo y creativo: la política editorial del Instituto Indigenista Interamericano (III), a través de su revista América Indígena. Esta, dicho sea de paso, junto con los suplementos Boletín indigenista, Anuario indigenista y Noticias indigenistas de América, ofrecen una buena panorámica de la programación, implementación y discusión político teórica que en el campo indigenista vienen promoviendo, desde la cuarta década del presente siglo, diversos organismos nacionales e internacionales para el conjunto del continente americano. Hoy, con la publicación de la primera entrega de este encomiable Indice general, que comenta todas las publicaciones periódicas del mencionado Instituto, los interesados en la población y cultura indoamericanas encontrarán una buena fuente de documentación y reflexión sobre las distintas tradiciones socio-culturales de estos pueblos, en sus múltiples y diferenciadas manifestaciones políticas, económicas, religiosas, históricas, etcétera.

Además, y a pesar de que su formato, editoriales y comunicados guarden en general un tono e institucionalidad no eludidos, las tarjetas biblográficas comentadas del Indice…, reflejan tanto en títulos como contenidos una tradición dinámica y plural de autores de diversas escuelas y tendencias políticas (antropológicas, sociológicas, económicas, lingüísticas, etc.); e, incluso de organizaciones políticas indias que denuncian abusos y apuntan críticas a la indiferencia estatal y su nula o escasa capacidad de corregir injusticias, tan propias de esa pequeña historia universal de la infamia que significa ser indio en las Américas.

40 AÑOS DESPUÉS

El III surge de la vocación cardenista manifestada abiertamente en Pátzcuaro, Michoacán, en 1940. Desde esa tierra de las utopías mexicano-universales (valga), el entonces pujante indigenismo plasmó una política que comprometió a los más importantes y progresistas intelectuales que de una u otra forma, estaban ligados al entonces -como ahora- candente problema de la población indígena de América.

En 1941 aparecieron los primeros números de América indígena y el Boletín. Distinguidos autores como Moisés Sáenz (quien fallece al año siguiente en el Perú), Luis Chávez Orozco y el propio Manuel Gamio, vigilaron la presencia de la Revolución Mexicana como garante del compromiso de Pátzcuaro: estudios regionales integrales para los indios americanos; gestión, sin burocracias y con el consenso de los pueblos. El abolengo de Juan Comas (“verdadero líder de la lucha contra el racismo y la discriminación”); Miguel León-Portilla (interesado en el estudio del pensamiento en las culturas mesoamericanas); Alfonso Villa Rojas (verdadero precursor de las diferencias étnicas); Alejandro D. Marroquín (preocupado por la articulación tianguis y capitalismo), y Gonzalo Aguirre Beltrán (después director del propio III, incansable diseñador de políticas macro-rectoras del indigenismo), se sumó al de los ya mencionados y a otros de igual talante continental.

Durante esa época, las líneas de trabajo desarrolladas por la revista fueron: forjar un movimiento de opinión indigenista continental “permanentemente renovado” cuyas acciones concretas tuvieran base académica y científica; rescatar el patrimonio cultural de los indígenas; mejorar sus condiciones nutricionales, de salud, educación y trabajo; luchar contra la discriminación racial; salvaguardar la propiedad comunal de la tierra y el reparto agrario.

Aunque la defensa de la memoria histórica de los indios fue una labor delicada pero efectiva (publicación del Códice Osuna), también se realizaron trabajos pioneros de documentación sobre los sistemas de gobierno indígena (Chávez Orozco); etnomusicología, artes y artesanías indígenas, aparte de exámenes de la condición nutricional que recomendaron la diversificación de la dieta y la introducción de otros alimentos como el frijol soya; la propuesta de una medicina moderna preventiva y defensa de la medicina tradicional y su necesaria integración con la occidental (“reentrenamiento de curanderos y comadronas”); la lucha contra el analfabetismo a través de la educación en lengua materna y programas bilingües administrados por los países americanos. Obviamente, pero sin descartar ninguna de las expresiones étnicas del continente, Mesoamérica, Los Andes y la Amazonía, fueron las zonas privilegiadas por las publicaciones del III.

También, y no como dato curioso América indígena publicó en el año 1968 la traducción de la famosa polémica en torno a la obra de Oscar Lewis, reproduciendo las reseñas de Los hijos de Sánchez, Pedro Martínez y La vida, elaboradas por antropólogos invitados a tal efecto por la revista Current Anthropology, con las respuestas del autor a las mismas. El número 2, de 1969, cuestionó el compromiso del antropólogo que labora en instituciones oficiales con el artículo de A. Davis, “Una tolvanera: apogeo y declinación de un instituto de investigación”. Un primer indicio de ruptura (tan cara y frecuente en nuestros días) con las políticas oficiales de los gobiernos.

NUESTRA AMÉRICA INDÍGENA

La revista, como se señala en el Indice…, durante muchos años fue la única publicación indigenista de proyección continental y “puente” entre los científicos preocupados por el tema de habla española, portuguesa y anglonorteamericana. Contiene, hasta la fecha, nada menos que alrededor de 1,400 artículos y cerca de 400 reseñas de libros cuyos autores son especialistas, técnicos, políticos, líderes indígenas, literatos y ensayistas de todos los países del continente.

Como se puede colegir, la revista mencionada concentra la historia de la antropología aplicada en los países americanos; la del propio III (brazo importante en el actual panorama agónico del indigenismo oficialista; la de utopías y rescates históricos que alumbraron regímenes fundamentales como el de Lázaro Cárdenas; la de masas y nacionalidades indias y su rol protagónico en toda la historia habida y por haber de nuestros países; y, también, la del aplastamiento, cancelación o institucionalización de las demandas de estos pueblos, en pro del progreso, la modernidad o cualquier patraña “civilizatoria” por el estilo.

En los últimos años, particularmente desde 1977 a la fecha, la revista retoma su antigua divisa de realizar balances continuos sobre la situación indígena en el continente (es notable al respecto, la obra del antropólogo salvadoreño Alejandro Dagoberto Marroquín, Balance del indigenismo); así, se organizaron números monográficos por países que contienen artículos arqueológicos, etnohistóricos antropológicos y, claro está, sobre política indigenista. Esta ya vieja divisa es acrecentada en los dos últimos años y coincide con la revalorización de las investigaciones antropológicas que realiza el III: “no solamente desde la óptica de prestación de servicios a esos pueblos, sino también como el acceso de organizaciones campesinas e indígenas a las estructuras del gobierno en base a su inserción en la estructura económica del país mediante su efectiva participación en el ingreso nacional”.

La reorientación reciente de la política editorial en América indígena es debida a los avances de la ciencia y del propio indigenismo: “con la aparición de publicaciones especializadas en casi todos los países americanos, la política editorial debe revisarse y orientarse hacia temas tratados con profundidad que sirvan de apoyo a investigadores y trabajadores indigenistas…” Así, se “dedica cada número a un problema o tema específico en discusión y de interés actual que permita poner al día los avances logrados, debatir los diversos puntos de vista y dar apertura a nuevas perspectivas”. En 1978 se editaron dos números bajo esta concepción: uno dedicado a la mujer indígena y otro a la polémica sobre el rol social de la coca en el mundo andino (AA, XXXVIII-2; XXXVIII-4).

En el año de 1979 se continúa con cuatro números monográficos. Uno (XXXIX-1) sobre movimientos religiosos de oposición, donde se analiza (en Chiapas, Papantla y los Andes, durante los siglos XVIII al XX), “el proceso de invasión europea y el choque con las sociedades indígenas, ambas con sistemas religiosos desarrollados… [y] la aparición de sincretismos y movimientos religiosos que se transforman en canales de expresión del separatismo y la protesta social”. Otro número (XXXIX-2) sobre la situación actual de la población indígena, expone los resultados de una investigación que calcula a esta misma en casi 28.5 millones de personas, y destaca los procesos de urbanización, proletarización, reafirmación de identidad étnica, así como el surgimiento de organizaciones indígenas modernas. Otro más (XXXIX-3) trata el surgimiento de una conciencia étnica a la luz de los procesos de revitalización cultural y la aparición de una identidad pan-indígena, la concepción de dicimonónica del Estado-nación sobre el mestizaje y llama a construir sociedades pluralistas que recojan todos los aportes culturales tomando en cuenta las disparidades regionales del proceso general de desarrollo. A esto último se dedica el número 4 de ese año, y que contiene los materiales presentados al IV Congreso del Hombre y la cultura andina.

El año pasado (vol. XL, núms. 1-3), la revista fue dedicada al análisis de la situación campesina y el debate ecológico (Mesoamérica y Los Andes); a la antropología en América Latina y el Caribe (en donde se asienta que ésta ha adquirido un papel importante en la elaboración de la imagen nacional de las sociedades latinoamericanas, y el antropólogo, por su parte, un profundo compromiso ético e intelectual con las comunidades que estudia); y a la cuestión crítica del desarrollismo en nuestros países y los beneficios y/o perjuicios que para las poblaciones indígenas han implicado estos esfuerzos de corte hegemónico-nacional.

FINAL

Llama la atención, sin embargo, en estas buenas intenciones y acciones editoriales, el cada vez más notorio sesgo editorial del III: de la politización primigenia al academicismo galopante -aunque revelador e inquietante- de los últimos años; de la aplicación a pie juntillas de los dictados y dictaduras del desarrollismo, a su evaluación sin puntos intermedios ni autocríticas posibles; del nacionalismo radical al cobijamiento nunca negado del Instituto Lingüístico de Verano; de la defensa mística de los salvajes, luego-luego a la defensa étnico política de los ahora sobrevivientes del prolongado drama de matanzas indias, etcétera. Una revisión crítica de las propias acciones y decires no le cae mal a nadie; sobre todo, ojo, cuando a pesar de ser indigenistas al cuadrado no se ha sido tan cuadrado.

(*) Todos los entrecomillados pertenecen al citado Indice General.

EL CONGRESO QUEDO ATRAS

Los Universitarios. Dirección General de Difusión Cultural, UNAM, No. 187 julio de 1981. 4o. Congreso Interamericano de Escritoras.

Un trabajo difícil el realizado por Margo Glantz, María Eugenia Pastrana y Marta Martínez: seleccionar el material del IV Congreso Interamericano de Escritoras, celebrado en la ciudad de México en junio de este año. Eligieron dos ponencias sobre las escritoras homenajeadas del Congreso, la poeta española Carmen Conde y la peruana Magda Portal; después una muestra de cada uno de los temas que se trataron en el Congreso, todos relacionados con Ochenta Años de Literatura Femenina. La selección muestra un panorama general, y en su afán de imparcialidad incluyen ponencias que reconocen la existencia de una literatura femenina y otras que sostienen la elevada naturaleza asexuada del arte. La diversidad del muestreo sustituye al debate y tampoco hay un recuento general que delimite el marco del Congreso: ¿estuvieron todas las escritoras en acuerdo? ¿cuáles fueron las resoluciones generales? Si se va a hablar de un congreso de escritoras tan importante que se le dedica un número monográfico, hubiera sido deseable ofrecer a los lectores -que no necesariamente asistieron- una crónica del evento para situar las ponencias.

Margo Glantz, abre el número agradeciendo profusamente “el patrocinio altísimo que nos ha permitido organizar dignamente este congreso”, señala algunas de sus ideas sobre la literatura femenina y también que su mamá le pidió que fuera a la inauguración con traje sastre. La obra de esta escritora será, más adelante (p.19), presentada en un ensayo de Luisa Valenzuela donde se apunta que “todas son transformaciones lúcidas en la obra de Margo Glantz”.

El ensayo del crítico norteamericano Daniel R. Reedy sobre Magda Portal es un trabajo eficiente donde muestra con claridad la unión indiscutible (por lo menos en Portal) entre la política entendida como una reivindicación del espacio de la mujer y la poesía. El trabajo poético de Magda Portal tan ligado al movimiento aprista peruano, no se transforma en un panfleto político. El ensayo de Reedy es una buena introducción a la poeta homenajeada. No sucede lo mismo con el homenaje a Carmen Conde. El ensayo que presenta Rita Geada sobre esta poeta española muestra cómo una obra puede ser aniquilada con el elogio. Al comentar el libro de Conde, Cita con la vida, Rita Geada escribe: “Esta doble visión mítica (Narciso y Sísifo) refleja una realidad ontológica intemporal, revivida en presente perpetuo, como ritmo y ciclo, haciendo así del tiempo, de su tiempo vital sobre la tierra algo reversible en virtud de la intensidad de las vivencias, siempre frescas, renovadas en presente continuo, rescatadas por la fuerza del ser que fue y que sigue siendo, del ser plasmándose en poesía” (p. 8). La sencillez de los poemas de Conde contrasta con el oscurantismo de la reseña. Un destino semejante tiene la obra de Olga Orozco, poeta argentina, en el ensayo de Elba Torres de Peralta. La ensayista da la clave para adentrarnos en el secreto de la psicología profunda con la que uno se debe de acercar a la poeta. Con sólo voltear la hoja del periódico, y leer los poemas de la analizada nos damos cuenta de que no es necesaria tal complicación, y que es posible llegar sin tratados de psicología al reencuentro con la infancia que propone Olga Orozco.

En la sección de testimonios, Elena Poniatowska habla de un lenguaje común de las mujeres que acabe con la dominación patriarcal. Nicole Brossard en “Cuerpo y Escritura”, recuerda que no podemos alejarnos del cuerpo y que este cuerpo es femenino ¿Cómo escribir sino por medio de él?… “La imaginación pasa por la piel. Por toda la superficie de la piel”. Nancy Morejón queda atrapada en los abstractos a pesar de su materialismo que evoca el realismo socialista. Para ella sólo existe la literatura para seres humanos, en neutro olvidando que el ser humano es sexuado, que el sexo determina social y biológicamente nuestra concepción del mundo y en este sentido nuestra forma de escribir. Esta escritora cubana ya había descalificado la producción femenina al decir que sólo en la identificación con los movimientos democráticos puede alcanzar validez la escritura de la mujer. Lo que vale es lo que tiene el significado político asignado por quien o quienes definen la transformación social. Así habría que hacer la literatura que anhelaba el Che Guevara tal como Nancy Morejón lo señala.

Luisa Valenzuela habla de Margo Glantz, después hay un ensayo de Sharon Magnarelli escritora norteamericana, habla sobre Luisa Valenzuela escritora argentina. El ensayo se refiere exclusivamente al Gato Eficaz, enfoca los mitos aunque sólo menciona el de Pandora. Carmen Vázquez de Puerto Rico hace un análisis de la obra de un hombre, el escritor Luis Rafael Sánchez, quien ha sabido plasmar en su novela el universo femenino determinado por la ideología sobre el sexo y el color de piel. En “Por una crítica sexual”, Ma. Eugenia Cossío demuestra cómo el sexo del crítico literario influye en sus juicios y sugiere” modificar las metodologías críticas existentes de tal manera que puedan ser aplicadas a toda la producción literaria, cualquiera que sea el sexo (o raza) del autor” (p. 25) En contraposición, Lilia Osorio esgrime la defensa de que la “literatura es arte y como tal asexuada”, y afirma que en el arte no tenemos que promover la igualdad “sino ser iguales, porque no se trata de promover una conciencia social ni sexual” (p 27). Para ella la literatura es un estado de excepción. Alicia Migdal formula en “Escritura, un acto igualitario” una pregunta presente en todos los textos: “si las mujeres escribiendo en tanto mujeres, están a la vez escribiendo como mujeres, como sujetos sexuados” (p. 28). Según su criterio habría que reconocer la unidad dialéctica que es la “humanidad” en vez de tratar de abolir las diferencias históricas de las mujeres. Como último punto Laura Trejo hace una crítica provisional de la publicación Colibrí (hasta el No. 67 de 128). Le preocupa el papel asignado a la mujer en la literatura infantil y que los cuentos ya no tengan finales felices lo que crea tensión en cierto tipo de lectores o de oyentes” (p. 32). Quizás este número de Los Universitarios no sea un recuento feliz del Congreso Interamericano de Escritoras.

REVESES DEL TERCER MUNDO

Tercer Mundo y economía mundial. Publicación trimestral del Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo. Vol. I, N°1. México, septiembre-diciembre de 1981

La Cumbre de Cancún, que se realizará el 22 y 23 de octubre del presente año, reaviva el interés por el debate en torno a la cooperación internacional para el desarrollo, un complejo problema, que junto a la lucha por la paz representa la síntesis de las cuestiones centrales que hoy preocupan a la gran mayoría de la opinión pública mundial.

Tercer Mundo y economía mundial, ofrece una revisión crítica de las diferentes materias incorporadas en la agenda de Cancún. Su contenido, aporta una positiva contribución a la comprensión integral, para cada ámbito temático, de los obstáculos y perspectivas que caracterizarán las futuras negociaciones globales.

La lucha por el establecimiento de un Nuevo Orden Económico Internacional, se encuentra en una etapa crítica de estancamiento; ha pasado de una etapa de ofensiva tercermundista, a una de franco endurecimiento por parte de los países industrializados, los cuales, en ocasiones, se han negado incluso a la posibilidad de estructurar las agendas de discusión.

La coyuntura histórica, determinada por un momento de debilidad imperialista y auge tercermundista, permitió la aprobación, al menos formal, de la plataforma nacionalista y reivindicativa del Tercer Mundo, frente a las potencias industriales de economías de mercado. Con la aprobación de la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados, y del Programa de Acción para el establecimiento de un Nuevo Orden Económico Internacional, (NOEI; 1974), se abre un crítico período de negociaciones y enfrentamientos en torno a la transformación de las relaciones económicas internacionales que habían regido el orden mundial a partir de la postguerra. 

Sin embargo, pese a los múltiples esfuerzos desplegados por los países del Sur, en los años transcurridos hasta la fecha, no se ha logrado ningún acuerdo significativo; los postulados del NOEI han sido sistemáticamente obstaculizados por los centros hegemónicos (Estados Unidos, Comunidad Europea y Japón), y además, han sido reformulados en función de sus intereses estratégicos globales (Informes de la Comisión Trilateral, “Informe Brandt,” etc.).

A los postulados que reivindican el derecho de los países del Tercer Mundo a una plena soberanía nacional sobre sus recursos, de su derecho a asociarse para defender las exportaciones de materias primas, de la necesidad de establecer mecanismos para garantizar la seguridad alimentaria, de la conveniencia de reorientar los flujos de financiamiento, de la urgencia por aplicar nuevas normas para la transferencia de tecnología, de la necesidad de controlar la operación de las empresas transnacionales etc., se ha respondido con un reforzamiento de la transnacionalización de la economía mundial, recreando condiciones para salir de la crisis sobre la base de la expansión del capital financiero internacional. Se fomenta así, la imposición en los países del Tercer Mundo, de políticas neoliberales extremas, cuya aplicación ha exigido, en la mayoría de los casos, la irrupción de regímenes altamente represivos.

Se señala además, que la derrota del NOEI en el terreno de las transformaciones reales, y la parálisis de las negociaciones en los foros multilaterales, han facilitado una regresión en el plano ideológico del debate internacional, haciendo proliferar alternativas confusionistas y centristas. De ahí que, en tal ámbito del debate, se requiera de un renovado esfuerzo para rescatar los elementos esenciales de los planteamientos del NOEI.

La imposibilidad de acordar un temario y un procedimiento para la discusión en torno a la “Ronda de Negociaciones Globales sobre la Cooperación Internacional para el Desarrollo”, propuesta por los países no alienados reunidos en La Habana en 1979 y aprobada unánimemente por la 34ava asamblea general de las Naciones Unidas, ilustran el punto en que se encuentra el proceso de búsqueda de un nuevo orden global.

Tal es el marco que antecede a la cumbre de Cancún y de ahí las expectativas creadas en torno a sus resultados. O surge una posibilidad renovada que abra paso a futuras soluciones negociadas de consenso, o los graves problemas de la economía mundial y del subdesarrollo conducirán a situaciones impredecibles derivadas de la confrontación.

Además de ofrecer en dos de sus artículos un panorama general de la evolución y perspectivas de estas negociaciones, Tercer Mundo y economía mundial incorpora en su primer número, una visión específica para cada uno de los temas incluidos en las discusiones multilaterales. Cabe destacar entre ellos el problema de los alimentos y otros productos básicos de origen agropecuario, la situación en materia de energéticos, la problemática sobre industrialización, tecnología y empresas transnacionales, los aspectos de la deuda externa y del financiamiento internacional y las perspectivas de la cooperación entre países subdesarrollados.

Tercer Mundo y economía mundial puede constituir, con éste y sus futuros números, un valioso aporte al análisis de las relaciones económicas internacionales en la perspectiva de encontrar soluciones a los problemas del subdesarrollo vinculados al orden mundial.

ENTRE KEYNES Y LA ESTADISTICA

Sistema de Cuentas Nacionales de México, Secretaría de Programación y Presupuesto, 1981. Siete tomos

Como parte del crecimiento generalizado del país en la época de Porfirio Díaz, se fundó en 1882 la Dirección General de Estadística, que perteneció a la Secretaría de Fomento, y fue empleada precisamente como un instrumento más para el desarrollo nacional. Del siglo XIX a la fecha, la DGE ha cambiado varias veces de secretaría, pero su función básica no ha variado: sigue siendo la institución gubernamental encargada de generar y publicar las estadísticas económicas y sociales necesarias para la planificación del desarrollo nacional, aunque hay teóricos del vaso medio vacío que afirman que sus esfuerzos han sido en vano.

La Dirección General de Estadística se encargó del censo general de población de 1895 como su primer gran esfuerzo. Después de la Revolución y la posterior consolidación del Estado, la DGE expandió sus esfuerzos para producir, además de los censos de población, nuevos tipos de censos económicos y sociales. Hoy día el gobierno produce los censos industriales, agrícolas, comerciales, de servicios y de transportes.

A partir de la Segunda Guerra Mundial la ONU comenzó a desarrollar un sistema de contabilidad nacional para unificar los diversos tipos de información económica dentro de un sólo marco teórico, para permitir entre otras cosas comparaciones internacionales. Conocido como Sistema de Cuentas Nacionales, su función era el conocimiento de la estructura de la producción y del consumo en las economías de cada país.

México no tardó demasiado en adoptar el sistema internacional de cuentas nacionales. A fines de la década de los sesenta se publicó la serie de cuentas nacionales para 1950-1967. Aunque el Banco de México publicó estas primeras cuentas para el país, en la construcción de las series se utilizaron básicamente los diversos censos y otras fuentes estadísticas de la DGE. En enero de este año, la Secretaría de Programación y Presupuesto, en coordinación con el Banco de México y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, publicó el Sistema de Cuentas Nacionales de México. Esta segunda serie cubre los años 1970 a 1978 y consta de 7 volúmenes en los que se incluye la Matriz Insumo-Producto para 1975.

Es importante recalcar que las Cuentas Nacionales no representan fuentes primarias (éstas son los censos y encuestas de las diversas dependencias gubernamentales, especialmente de la DGE). Sin embargo, las Cuentas exhiben información nueva porque utilizan las fuentes primarias mencionadas para estimar los muchos datos económicos que faltan; además reorganizan las estadísticas económicas en útiles categorías, desde el punto de vista del análisis económico.

Tomemos, por ejemplo, el Producto Interno Bruto (total del valor agregado de los bienes y servicios producidos en un año por el país), que aparece en su monto total y también desglosado por actividades.

Al ser desglosado el PIB entre remuneraciones al trabajo, impuestos implícitos y excedente de explotación (sic) es posible conocer la distribución del ingreso.

Utilizando esta información, el siguiente cuadro muestra cómo ha evolucionado la distribución del ingreso entre 1970 y 1978 

AÑO

TRABAJO

CAPITAL

1970

35.7%

64.3%

1971

35.5%

64.5%

1972

36.9%

63.1%

1973

35.9%

64.1%

1974

36.7%

63.3%

1975

38.1%

61.9%

1976

40.3%

59.7%

1977

38.9%

61.1%

1978

37.7%

62.3%

Si clasificamos “remuneración a asalariados” como ingreso al Trabajo, y el resto, como ingreso al Capital, las Cuentas Nacionales demuestran que el Capital ha acaparado la mayor parte del ingreso nacional en la década de los setenta. Además, se puede notar que los ingresos empezaron a evolucionar a favor del Trabajo hasta 1976, año en que el Capital mostró su disgusto mediante la conocida técnica de fuga de capitales y rumores de golpe de estado.

A partir de entonces la evolución de la distribución funcional del ingreso ha sido en favor del Capital, mientras que el Trabajo ha ido perdiendo lugar paulatinamente.

Las Cuentas Nacionales no sólo sirven para analizar la distribución del ingreso, sino también para estudiar la estructura del consumo, las importaciones y exportaciones, la estructura de las inversiones, además de otros indicadores económicos. No obstante, es necesario ser crítico con la información presentada. Aquí el problema mayor no es la veracidad de los datos (aunque sí hay problemas de la confiabilidad); las categorías empleadas representan el obstáculo más difícil porque responden a la teoría económica neokeynesiana y tienen todas las virtudes y defectos de ella. Un ejemplo es la categoría que ya vimos, “remuneraciones a asalariados”. Los asalariados incluyen desde jornaleros agrícolas pobres hasta altos gerentes de las grandes empresas. Una categoría tan heterogénea necesariamente tiene que esconder la dinámica económica y social que separa a estos dos grupos. Otro ejemplo: como la teoría neoclásica no distingue entre trabajo productivo e improductivo, las Cuentas tampoco hacen esta distinción.

El sistema de Cuentas Nacionales de México incluye también la matriz insumo-producto para 1975. La llamada matriz de insumo-producto es un cuadro en el que aparecen registrados los flujos e interdependencias de los diversos sectores “productivos” que componen la economía nacional, y resulta ser un complemento al sistema de cuentas nacionales. Aunque se pueden construir las cuentas nacionales independientemente de la matriz insumo-producto, es común generar primero la matriz y luego las cuentas. De todos modos, los dos utilizan las fuentes primarias ya mencionadas.

La matriz para 1975 adopta un esquema de clasificación de la actividad económica en 72 ramas, lo cual trae consigo un bajo nivel de desagregación en comparación con los censos económicos. Contando ya con las matrices correspondientes a los años 1950, 1960 y 1970, era de esperarse que esta información permitiera el conocimiento más detallado de las altas y bajas de la economía nacional así como el peculiar modo de funcionamiento de algunas de los sectores que la componen, con el fin de planificar, en base a datos confiables, la marcha económica de nuestro país.

Empero, la lentitud del proceso de elaboración de estas matrices, el hecho de que el proceso económico es dinámico (a diferencia de las matrices, que representan un modelo estático), aunado a la dificultad de captar información fidedigna, y al hecho de que en ausencia de esta información se tengan que hacer extrapolaciones difícilmente justificables, además de otros imprevisibles, son factores que dificultan resueltamente el intento de emplear el análisis insumo-producto para la planificación socio‑económica.

No obstante, a pesar de las limitaciones de las Cuentas Nacionales y de la Matriz Insumo-Producto, ambas representan fuentes básicas para el estudio de la economía mexicana. El hecho de que hayan sido publicadas contrasta notablemente con la política seguida por anteriores regímenes. Así, hoy día estos volúmenes constituyen, en principio, un instrumento que nos permite un primer acercamiento potencialmente crítico al estudio y comprensión de nuestra realidad.

¿Conacyt o Kafkacyt?

 Ruy Pérez Tamayo. Médico y patólogo del Instituto Nacional de Nutrición. Su más reciente libro es Serenditia (Siglo XXI, 1980), y su más reciente colaboración con esta revista aparece en el número 39, marzo de 1981.

I

La historia que relato es rigurosamente cierta. Ocurrió y sigue ocurriendo tal y como aquí aparece. Si el lector tiene dudas o se inclina a pensar que exagero, le ofrezco la documentación completa del episodio, que obra en mi poder. Además, le garantizo a ese lector escéptico que si consulta a otros investigadores que reciben apoyo económico de Conacyt para realizar sus trabajos científicos y tecnológicos, se encontrará con que sus experiencias no difieren mucho de la mía. Se trata, entonces, de algo que afecta a un sector numeroso de la comunidad científica mexicana; sin embargo, aunque en ella se comenta con preocupación y ocasionalmente, con alarma, nadie lo dice ante los funcionarios y representantes del Conacyt ni lo denuncia públicamente. El objetivo de estas líneas es subsanar tal deficiencia, aunque no se me escapa que la probabilidad de que contribuyan a resolver el problema es inexistente.

II

La Ley que creó al Conacyt en diciembre de 1970 especifica que, entre sus varias funciones, está la de “fomentar y fortalecer las investigaciones básicas y aplicadas”, así como “canalizar recursos adicionales hacia las instituciones académicas y centros de investigación”. A través de los años, Conacyt ha cumplido con esta función por medio de distintos mecanismos, entre los que destacan los Programas Indicativos Nacionales en diversas ramas de la ciencia y la tecnología. En el área relacionada con la investigación biomédica (única de la que sé algo y a la que me refiero en este escrito) inciden por lo menos tres Programas Indicativos Nacionales: el de Nutrición, el de Salud y el de Ciencias Básicas. Confieso que desconozco la forma como están organizados estos y otros Programas Nacionales, su grado de dependencia de diversas oficinas administrativas y de control de Conacyt, y el nivel de autoridad delegada en los vocales ejecutivos de los distintos programas, la forma como se planea, obtiene y ejecuta el presupuesto de cada uno, etc. De hecho, mi ignorancia sobre estos asuntos es tan grande que el lector podría preguntarse cómo es que me atrevo a escribir sobre ellos. Reclamo dos circunstancias atenuantes: la primera es que en esto de la ignorancia no estoy solo, sino en la muy grata y numerosa compañía de la mayor parte de los investigadores científicos mexicanos (incluyendo algunos que prestan sus servicios en un Programa Nacional del propio Conacyt) y la segunda es que cualquiera que sea la organización administrativa de estos programas, de lo que aquí me ocupo no es de ella sino de sus resultados para los investigadores, en lo que me considero un experto.

Mi interés no es quemar brujas sino hacer pública una situación que considero no sólo molesta y absurda sino muy peligrosa para el desarrollo de la ciencia y los científicos mexicanos.

Antes de entrar en materia, debo hacer una aclaración más: mi interés no es quemar a ninguna bruja sino hacer pública una situación que considero no sólo molesta y absurda (de esto ya tiene varios años), sino actualmente muy peligrosa para el desarrollo de la ciencia y los científicos mexicanos. Si el relato de los hechos y su discusión coincide (como estoy seguro) con la experiencia y el sentir de otros investigadores de este país, ojalá que por lo menos unos cuantos abandonen momentáneamente sus microscopios o espectrofotómetros y lo expresen en forma pública y abierta.

III

El procedimiento para obtener ayuda económica del Conacyt para un proyecto de investigación científica es muy similar al que existe en la mayor parte de los países que han incluido esta actividad entre las que merecen el apoyo público. El investigador elabora y presenta un documento de extensión y estructura variables pero que invariablemente incluye su idea, el programa de trabajo y las necesidades económicas. Este documento se reproduce y envía a dos o más científicos expertos en el campo, para que lo examinen y emitan un dictamen, que casi siempre viene acompañado de comentarios críticos y sugestiones constructivas; en algunos países desarrollados se propicia la reunión de los científicos revisores del proyecto entre sí, lo que optimiza el valor de sus opiniones individuales; en México, tales reuniones no se llevan a cabo.

En el inicio de sus funciones como patrocinador oficial de la investigación científica mexicana, Conacyt reconoció su absoluta inexperiencia burocrática y copió los procedimientos (y hasta la papelería) usados por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos. Estos documentos están basados en dos principios que no se expresan, pero que determinan tanto su estructura como su espíritu: el primero es que tanto el investigador (que hace la ciencia) como el administrador (que le proporciona los fondos) están obrando de buena fe, mientras que el segundo principio es que la investigación científica es la exploración de lo desconocido y por lo tanto no es conveniente ni posible fijar metas precisas o elaborar programas demasiado rígidos en cuanto a tiempos y objetivos.

Desde un punto de vista práctico, lo anterior significa que un proyecto de investigación científica se acepta más como la promesa de realizar un trabajo que como el compromiso de entregar un resultado a fecha fija. Los formularios Conacyt; además, con frecuencia he funcionado como revisor de nuevos proyectos enviados por colegas a dos de los Programas Nacionales relacionados con la biomedicina, lo que he hecho con especial cuidado e interés.

Dos principios influyen para apoyar un proyecto de investigación: que caiga dentro de alguna de las llamadas “prioridades nacionales”, una lista de áreas de interés oficial tan justificada como demagógica y que el monto de la ayuda solicitada no sobrepase un límite nunca mencionado pero de todos modos operante.

*****PARRAFO NO COINCIDE establecidos por los Institutos Nacionales de la Salud de Estados Unidos no son perfectos, pero en 1972 representaban el modelo más experimentado de los que eran accesibles, por lo que se tradujeron al castellano (con algunas modificaciones) y se distribuyeron entre los investigadores científicos mexicanos interesados. Debe aclararse que los proyectos se aceptaban por periodos de hasta tres años y que al final de cada año debía presentarse un informe técnico y administrativo; la continuación de la ayuda dependía de que los informes fueran aceptados por Conacyt, lo que en mi experiencia y la de todos los investigadores científicos mexicanos que conozco siempre ocurrió sin mayores problemas. Al término de los tres años podía solicitarse la renovación de la ayuda sometiendo un nuevo proyecto de investigación, que en mi caso ha sido la continuación de mis estudios sobre el mismo problema; el procedimiento para decidir sobre la solicitud de renovación era el mismo que al iniciarse el proyecto. Debo decir que desde 1973 a la fecha, una buena parte de mi trabajo científico ha sido subvencionado por.

IV

Hasta aquí he contado una historia más o menos feliz. Sin embargo, todas las monedas tienen dos caras y ahora con viene señalar algunos de los problemas surgidos durante el desarrollo de este aspecto de las relaciones entre Conacyt y la comunidad científica mexicana. Además de la crisis de “austeridad”, de 1977, que produjo una tragedia de gran magnitud entre los investigadores, deben mencionarse dos principios que influyeron (y siguen influyendo) en las decisiones de Conacyt para apoyar un proyecto de investigación: el primero es que caiga dentro de alguna de las llamadas “prioridades nacionales”, una lista de áreas de interés oficial tan injustificada como demagógica (es de justicia señalar que en un Programa Nacional relacionado con la biomedicina esta lista no existe), y el segundo es que el monto de la ayuda solicitada no sobrepase un límite nunca mencionado pero de todos modos operante. En otro sitio me he ocupado de las llamadas científica en México, por lo que aquí, sólo comentaré brevemente las restricciones impuestas al monto total y al destino de los fondos.

Pero el dinero que solicito no es de Conacyt, es de México, es de todos los mexicanos, es mi dinero.

Comparadas con otros campos, la mayor parte de las investigaciones biomédicas requieren presupuestos muy modestos, del orden de 100,000 a 1,000,000 de pesos anuales. Naturalmente, hay algunos equipos muy costosos (un microscopio electrónico cuesta aproximadamente 5 millones de pesos más otro millón de equipo ancilar indispensable para que trabaje; una centrífuga refrigerada, un contador de centelleo líquido, un espectrofotómetro, cuestan entre medio y un millón de pesos cada uno, etc.) y si el proyecto requiere su adquisición, su costo será correspondientemente mayor. Pero este equipo sólo se adquiere una vez y puede servir muchos años y usarse para muchos proyectos diferentes, de manera que su costo se reparte entre diversas investigaciones y no resulta tan elevado. El dinero se gasta en material de laboratorio (vidriería, sustancias químicas, etc.), en suscripciones a revistas y compra de libros, así como viajes a congresos, publicación de los resultados, reparación del equipo, etc.

V

A pesar de todo lo anterior, en los últimos tres años (de 1978 a 1980) las relaciones entre Conacyt y los investigadores científicos mexicanos que solicitaban y obtenían su apoyo económico eran aceptables; como siempre ocurre en asuntos que requieren la interacción de individuos con preparación y experiencia diferentes, había problemas, fricciones, malos entendidos y hasta mala sangre. Pero la situación no era incompatible con la coexistencia pacífica porque Conacyt y los científicos teníamos un objetivo común: el desarrollo de la ciencia en México. Aunque yo he protestado varias veces en público por posturas, declaraciones y políticas de Conacyt que me han parecido absurdas, equivocadas y hasta grotescas, al mismo tiempo he seguido trabajando en mi investigación científica, apoyado por varios donativos de Conacyt.

Hace un año nos enteramos de que Conacyt había obtenido un préstamo del BID por cinco mil millones de pesos y que tal fortuna se aplicaría al apoyo de la investigación científica y tecnológica.

Aquí debo aclarar un concepto que me parece fundamental: Conacyt no es un príncipe legendariamente rico que en un acto de generosidad casi infinita derrama parte de su inmensa fortuna en la cabeza de los pobres pero honestos investigadores científicos, quienes por ello adquieren una deuda eterna de fidelidad y gratitud. La realidad es que Conacyt está formado por un grupo (demasiado grande, en mi opinión) de burócratas y de servidores públicos, quienes por ley manejan y distribuyen mi dinero y el de mis colegas investigadores, junto con el de otros muchos mexicanos que pagamos impuestos. Mi solicitud de apoyo económico a mi investigación científica es una pregunta a mis colegas investigadores sobre la validez de mis hipótesis y de mi diseño experimental; el detalle del monto y la distribución de los fondos solicitados es una caravana en dirección de los administradores, cuyos problemas reconozco y deseo ayudar a resolver. Pero el dinero que solicito no es de Conacyt, es de México, es de todos los mexicanos, es mi dinero.

Quizá lo más difícil fue traducir mis proyectos de investigación a esa nueva jerga que caracteriza a la Reforma Administrativa: objetivos, metas y resultados, metas de resultados, optimización de recursos, etc.

Hace un año nos enteramos de que Conacyt había obtenido un préstamo del BID por ícinco mil! millones de pesos y que tal fortuna se aplicaría al apoyo de la investigación científica y tecnológica; repletos de esperanza llenamos muchas cuartillas de principios generales y de proyectos específicos en los que estos millones podrían usarse (no lo hice en forma espontánea sino por invitación) pero nada se materializó en mi pequeño rincón de la investigación biomédica. Más recientemente leí en la prensa que Conacyt había obtenido otro préstamo por ímil doscientos cincuenta! millones de pesos más y que tal fortuna se aplicaría al apoyo de la investigación científica y tecnológica. En vez de lanzarme de nuevo a hacer otros proyectos, esta vez me pregunto: ¿quién va a pagar estos préstamos? La respuesta es inevitable: el pueblo de México. Como yo soy un miembro de este pueblo, concluyo que los fondos que maneja Conacyt son mi dinero, el de todos los mexicanos que pagamos impuestos. De modo que como ciudadano mexicano al corriente de sus impuestos, como investigador científico activo, tengo derecho a interrogar al Conacyt sobre el uso y distribución de mi dinero.

VI

Aquí empieza una historia diferente, cuyo principio coincide con el del año que vivimos, 1981. Como podía anticiparse, en esa época Conacyt envió sendas cartas a todos los investigadores científicos que disfrutábamos su ayuda económica, solicitando la información siguiente:

“1 Las publicaciones o presentaciones a que haya dado lugar el proyecto.

2 La ruta crítica a seguir para el próximo año (si es que continúa su proyecto), los objetivos y el desglose de gastos. 

3 Señalar en forma concreta las dificultades que se hayan presentado en la realización de este proyecto y que pudieran ser subsanadas por este Consejo u otros medios.

4 Presentar el informe técnico y financiero a la terminación del periodo.

5 Enviar carta justificando la ampliación de fondos solicitada.

Es necesario recalcar que si no se cuenta con toda esta información el proyecto no será considerado para el apoyo de 1981″.

Durante un par de semanas dediqué la mayor parte de mi tiempo libre a recordar, obtener y documentar esta información; cualquier investigador activo estará de acuerdo en que la ocupación de cuenta-chiles no es una de sus favoritas. De todos modos, puedo declarar con orgullo que el producto de mis actividades informativas era no sólo respetable sino hasta impresionante. El escrito definitivo, acompañado de todos los documentos relevantes (cartas de invitación, programas de congresos, copias de las publicaciones, premios obtenidos, etc.) se envió a Conacyt antes de la fecha límite señalada.

Naturalmente, no hubo respuesta. Ignoro si alguien leyó mi informe técnico, si analizó críticamente los experimentos realizados, las conferencias y seminarios dictados en el país y en el extranjero, los proyectos para nuevos trabajos de investigación, las publicaciones nacionales e internacionales, los estudiantes graduados y su trabajo, etc. Todo eso resultó trabajo inútil, papel para aumentar los archivos de varias oficinas ya que la única respuesta a mi informe fue el Silencio.

VII

En realidad, no fue el silencio sino una nueva comunicación (esta vez verbal) que se me hizo un par de meses después, más o menos en los siguientes términos:

-“Dr. Pérez Tamayo, ya revisamos su informe y está muy bien. Sin embargo, para poder tramitar la renovación de sus proyectos es necesario que se presenten en estas nuevas formas diseñadas de acuerdo con el convenio Conacyt-BID.

– …

– Sí, ya lo sé, pero aquí se lo piden de otro modo.

Durante el temporal del “fin de año fiscal”, que se inicia en octubre y termina en mayo del año siguiente, (íocho meses!) el apoyo económico de Conacyt a la investigación científica se interrumpe.

– …

– No, nosotros preferimos que sean los propios investigadores los que lo hagan, porque a veces las secretarias pueden cometer errores. Además, es muy fácil, simplemente hay que copiar lo que ya escribió para su informe, cambiándole una que otra frase.

– …

– Eso no puedo garantizárselo porque no depende de mí, sino de los administradores, pero es casi seguro que ya sea lo último que deba hacerse para que tramite la renovación de sus proyectos de investigación.

– …

– No creo que nadie lo vaya a leer; es simplemente un trámite ideado por los administradores, y además creo que ni siquiera son los de Conacyt sino que es impuesto por el BID, que lo quiere manejar todo a su estilo.

– …

– Luego luego, en cuanto se reciban estas nuevas formas llenas, podremos iniciar los pagos para este año. Después de todo, ya estamos en abril.

Mi reacción ante esta solicitud de reescribir el informe técnico para llenar un requisito administrativo no puede describirse como de regocijo; la consulta con algunos colegas investigadores reveló que ninguno había sido hecho feliz por la noticia de la nueva tarea. De todos modos, esta vez utilicé un fin de semana largo para adaptar mi primer informe técnico a las formas mencionadas, lo que resultó mucho más elaborado y tedioso que “simplemente. . . copiar lo que ya escribió para su informe, cambiándole una que otra frase”. De hecho, las nuevas formas resultaron un tour de force, con cálculos complejos de gastos en diversos renglones y en diferentes divisas, fechas específicas en que se requieren los fondos, calendarios mensuales de actividades, explicaciones detalladas del uso de cada pieza de equipo solicitado, etc. Pero quizá lo mas difícil (por lo menos, para mí) fue la necesidad de traducir mis proyectos de investigación a esa nueva jerga que caracteriza a la Reforma Administrativa: objetivos principales e intermedios, metas y resultados, metas de resultados, beneficios esperados, optimización de recursos, etc. De todos modos, jadeante y sudoroso, completé las nuevas formas y las entregué a tiempo (antes de finalizar abril) mientras pensaba que mi tiempo y esfuerzo podrían haberse invertido con mayor provecho en otras actividades.

Como algunas gentes no cumplen con sus compromisos, vamos a someterlos a todos al mismo régimen de vigilancia y supervisión; es como si para evitar que algunos individuos roben, se mete a todo el mundo a la cárcel.

VIII

El lector estará tentado a predecir que este es el final de la historia; si es caritativo (como seguramente lo es), pensará que a principios de mayo se abrieron las arcas de Conacyt y los investigadores pudimos volver a nuestros laboratorios a seguir trabajando. Sin embargo, lamento comunicarle al amable lector que esto no sucedió; de hecho, a fines de junio, o sea a mediados de 1981, cuando escribo estas líneas, todavía no ha sucedido. Aclaro que los investigadores no hemos dejado de trabajar ni un minuto, gracias a que nuestras instituciones están preparadas para capotear el temporal del “fin de año fiscal”, que se inicia en octubre y termina en mayo del año siguiente; durante este largo periodo (í8 meses!) en que el apoyo económico de Conacyt a la investigación científica se interrumpe, nuestras instituciones nos siguen financiando con fondos obtenidos de la Divina Providencia (o de alguna otra fuente igualmente desconocida para mí), lo que permite la continuidad en nuestro trabajo. La interrupción sería catastrófica, como se demostró experimentalmente en 1977, pero la interrupción reiterada transformaría nuestros esfuerzos en una cruel caricatura de la ciencia, digna de la admirable pluma del maestro Rius.

Lo que ocurrió es que a principios de junio recibimos el aviso de que la renovación de nuestros proyectos de investigación requería llenar otro documento más, denominado El Convenio. Resulta que mientras los investigadores científicos estábamos ocupados en llenar las formas diseñadas por Conacyt-BID, los administradores no se encontraban ociosos: sus cerebritos secretaban activamente la siguiente ocupación de nuestro tiempo, cumpliendo con devoción religiosa la segunda Ley de Parkinson. “Muy bien -casi puedo escuchar sus vocecillas- ahora les pediremos a los investigadores que llenen este nuevo formulario azul. Es un bonito color, está impreso en formas de tamaño completamente distinto, y además nos da tiempo para idear el siguiente obstáculo en esta divertida carrera. . .”

Este Convenio no es una metáfora literaria. Es una realidad objetiva. No sólo lo he visto, sino que en el momento de escribir estas líneas tengo un ejemplar frente a mí. En efecto, está impreso en papel de color azul; las planas dobladas son de tamaño menor que una hoja de papel estándar, abiertas son mayores que las hojas de papel oficio. La mayor parte del texto está impreso, indicando que las decisiones ya han sido tomadas. Lo que resta por llenar es lo siguiente:

1) El nombre de la institución que firma El Convenio con el Conacyt, así como el de su director (naturalmente, el nombre del director general del Conacyt está impreso, aunque algunos de estos Convenios seguramente se hacen por más de dos años; ¿tan seguro está el actual titular del Conacyt de que va a sobrevivir el sexenio?).

¿Por qué ha transcurrido ya medio 1981 sin que los proyectos de investigación aprobados desde principios de este año hayan recibido los fondos que les corresponden?

2) Las declaraciones de la institución, que a juzgar por las declaraciones de la otra parte firmante (Conacyt), deben especificar sus objetivos y las leyes, decretos o edictos que les confirieron personalidad legal en nuestro país.

3) Algunas fechas que señalan el establecimiento de contratos con BID y Nacional Financiera, S.A., de México, cuya relevancia acepto sin entenderla.

4) El nombre de la dependencia de la institución que va a desarrollar el trabajo, así como el título del proyecto.

5) La fecha en que clausura El Convenio.

6) La duración de El Convenio.

7) El compromiso económico de Conacyt, en pesos y centavos.

8) El nombre del director del proyecto de investigación.

9) El nombre del administrador de los fondos del proyecto.

10) La fecha en que se firma El Convenio, por duplicado, por el director general de Conacyt (su nombre impreso) y el director de la institución.

La lista anterior parece inofensiva y probablemente lo es. Representa la información mínima que cualquier administrador debería tener para conservar sus archivos en orden. Pero El Convenio nos llega con muchas otras cosas ya impresas, o sea ya decididas apriori, en ausencia de representantes genuinos de la comunidad científica (los colegas a sueldo del Conacyt están obviamente descalificados) y en ignorancia de sus puntos de vista.

Para empezar. El Convenio señala, en su cláusula tercera, las obligaciones de la institución:

a) Un plazo fijo para realizar los estudios e investigaciones del proyecto, determinado no por Conacyt sino por el investigador y su institución.

b) Informes financieros trimestrales.

c) Informes técnicos semestrales.

d) Informes periódicos financieros y técnicos (periodicidad

no especificada).

e) Usar los formatos diseñados por Conacyt para presentar todos los informes anteriores.

f) Establecer una contabilidad separada y un archivo especial de cada proyecto de investigación.

g) Dar crédito a Conacyt en las publicaciones generadas por el proyecto, así como sobretiros de las publicaciones (número no especificado).

A cambio de estas obligaciones, el Conacyt especifica sus responsabilidades, que se reducen a dos:

a) Canalizar a la institución solicitante la cantidad X, “en forma parcial, contra la presentación de los informes. . . reservando el 10% del monto total contra entrega de los informes finales”.

b) No divulgar el contenido de los informes que le presente la institución.

En El Convenio, el BID y el Conacyt se reservan ciertas concesiones, como son la octava (“tendrán el derecho de supervisar y vigilar, en todo tiempo, los trabajos y la contabilidad del proyecto”), o la novena (“las partes convienen en que el Conacyt podrá suspender o rescindir el presente convenio antes del plazo pactado, cuando la institución no cumpla con cualquiera de las obligaciones a su cargo estipuladas en el presente convenio o en sus anexos, previo aviso que se le dé por escrito con treinta días de antelación”). Por si fuera poco, la décima es bien tajante: “la recepción de los informes y la entrega de las cantidades estipuladas en el calendario de pagos, no implicará la aceptación definitiva de los trabajos, por parte de Conacyt quien se reserva el derecho de suspender los desembolsos, cuando, a su juicio, los trabajos no se realicen con el método, la precisión o la secuencia que sean adecuadas al tipo de investigación que es materia de este Convenio”.

El resto de la información impresa en El Convenio son recursos técnicos a las relaciones laborales, la propiedad del equipo adquirido y la jurisdicción aceptada para las posibles querellas legales.

Pero no todo termina ahí. El Convenio tiene además tres anexos: 1) el primero, denominado Programa Técnico, viene con un instructivo donde se señala que debe ajustarse plenamente a la descripción de la solicitud aprobada para financiamiento, que deben incluirse el objetivo central y las metas parciales, además de “marcarse con precisión… la incorporación de personal, publicaciones o eventos de importancia durante su desarrollo”; finalmente, se sugiere incluir un diagrama de barras describiendo los plazos en que se llevarán a cabo las distintas actividades, y todo esto en no más de cuatro páginas. 2) El anexo 2 es el Presupuesto Total del Proyecto, dividido en gasto corriente e inversión, donde se solicita además una relación detallada de equipo y su costo. 3) El anexo 3 es un Calendario de Pagos para los dos primeros años de operación, pero esta vez sin especificar las divisas requeridas.

Toda la información solicitada en estos anexos ya se encuentra en las dos proposiciones entregadas con anterioridad, e incluso esto se reconoce al señalar en el instructivo que el Programa Técnico “debe ajustarse plenamente a la descripción de la solicitud aprobada para financiamiento”. Lo mismo ocurre con el presupuesto y el calendario de pagos.

Conacyt sufre de un grave caso del síndrome de Becket, leal amigo del Rey Enrique II de Inglaterra, que al ser nombrado Arzobispo de Canterbury por su real amigo, descubrió una nueva lealtad y la puso por encima de la amistad y de los intereses de la corona, por lo que fue asesinado.

Como fuimos advertidos de que mientras El Convenio no se llenara y firmara no se contaría con los fondos ya aprobados, los investigadores de mi institución procedimos a proporcionar la misma información por tercera vez en lo que va de este año, ajustándonos esta vez a la forma y estilo del documento azul. Mientras esto ocurría, algunos funcionarios de Conacyt consideraron pertinente reunirse con los investigadores de varias instituciones, con objeto de aclarar la naturaleza y funciones de El Convenio; cuando nos llegó el turno yo acudí a la reunión, pregunté a los funcionarios si sabían cuántos documentos más debíamos presentar antes de obtener los fondos ya aprobados (no lo sabían), si creían que El Convenio era una forma eficiente de mejorar las relaciones entre Conacyt y la comunidad científica, en vista de que está formulado más bien como un contrato para la construcción de carreteras o la instalación de postes, en vez de ser un acuerdo para realizar investigación científica (no lo creían), y además expresé mi protesta ante la forma unilateral en que una parte (BID y Conacyt) se reservan el derecho de vigilar “en todo tiempo, los trabajos y la contabilidad del proyecto”, mientras que los investigadores no nos reservamos el derecho de vigilar las mismas actividades del BID y del Conacyt. Una justificación de la existencia de El Convenio ofrecida en público por uno de los funcionarios de Conacyt en esa entrevista, fue que habían tenido problemas para conseguir que algunos investigadores entregaran informes y resultados, por lo que ahora se implantaba un instrumento que les permitirá un control más estricto. Este argumento es curioso: como algunas gentes no cumplen con sus compromisos, vamos a someterlos a todos (los que no cumplen y los que cumplen) al mismo régimen de vigilancia y supervisión; es como si para evitar que algunos individuos roben, la solución sea meter a todo el mundo a la cárcel. Confieso que la lógica de este argumento se me escapa, pero es que yo no soy funcionario.

Conacyt podía haber sido una institución modelo, pequeña, frugal y bien organizada, cuya dedicación primaria y única fuera la promoción, el apoyo y el refuerzo de la ciencia y la tecnología.

IX

Volviendo a la realidad, ¿qué significa todo esto? ¿Por qué ha transcurrido ya medio 1981 sin que los proyectos de investigación aprobados desde principios de este año hayan recibido los fondos que les corresponden? ¿Porqué es necesario que los investigadores entreguen la misma información tres veces (hasta ahora) sin que todavía se vean resultados? ¿De qué manera contribuye El Convenio a favorecer el desarrollo de la investigación científica y tecnológica en México en 1981? Si se reconoce que parte del problema es la burocracia, monstruosa y asfixiante, en que se debate el Conacyt, seguramente que no se va a combatir creando más burocracia.

En mi concepto, el problema es doble: por un lado, Conacyt sufre de un grave caso del síndrome de Becket, así llamado en memoria de Tomás Becket quien durante un tiempo fue leal amigo y compañero de aventuras del Rey Enrique II de Inglaterra, pero cuando recibió el nombramiento de Arzobispo de Canterbury de manos de su real amigo descubrió una nueva lealtad y la puso por encima de la amistad y de los intereses de la corona, por lo que fue asesinado. El caso de Conacyt, exceptuando el final, es muy semejante: fue creado para favorecer y apoyar el desarrollo de la investigación científica y tecnológica, pero una vez descubierto su poder (y su presupuesto) ha cambiado su función y ahora se dedica a engrandecer… a Conacyt. Este engrandecimiento es fácilmente perceptible por cualquiera que lea sus diversas publicaciones periódicas, donde la mayor parte del espacio se dedica a reseñar no lo que hacen los científicos mexicanos sino lo que hacen los funcionarios de la dependencia oficial; de la misma manera, un par de visitas a las oficinas de Conacyt, separadas por un mes, produce la sensación de estar dentro de un tumor maligno de crecimiento rápido y agresivo; pero si queda algún resquicio de duda, no hay más que visitar la Sala de Información y Análisis del Conacyt (brevemente reseñada en Información científica y tecnológica, vol. 3, núm. 44, 1o. de mayo de 1981, pp. 24-27), creada para responder a las necesidades generadas por “la enorme cantidad de proyectos y programas que actualmente maneja el Conacyt, donde destaca el Plan Nacional de Ciencia y Tecnología, y el gran volumen de información que se requiere para la toma de decisiones acerca de ellos”. Esta sala debe haber costado una fortuna, cuyo monto no me atrevo a imaginar; sin embargo, mientras mayor sea mejor servirá como ejemplo o síntoma del síndrome de Becket que afecta a Conacyt.

El otro lado del problema ya fue mencionado: la burocracia. El síndrome de Becket no necesita de una organización compleja, de una maraña administrativa o de un autoconsumo fenomenal del presupuesto, aunque todas esas características lo hacen más grave. Pero la creación de un verdadero Leviatán burocrático revela otra propensión a la patología, esta vez de carácter degenerativo y progresivamente letal. Otra vez surge el nombre de Parkinson y el recuerdo de sus diversas leyes, cuya expresión humorística no alcanza a ocultar las profundidades de nuestra tragedia mexicana. Conacyt podía haber sido una institución modelo, pequeña, frugal y bien organizada, que pusiera sus objetivos por delante de cualquier interés mezquino, personal, fuera político o económico; una estructura ágil, inteligente y finamente aceitada, cuya dedicación primaria y única fuera la promoción, el apoyo y el refuerzo de la ciencia y la tecnología en este México nuestro, tan necesitado de tales fuerzas revolucionarias; una aventura atractiva y relevante para algunos científicos y/o intelectuales, que hubieran visto en su trabajo la promesa de oportunidades y tiempos mejores para sus colegas científicos, para muchos miles de jóvenes potencialmente interesantes y para el futuro cultural del país. También podía haberse planeado como una institución autolimitada, con frenos impuestos en forma definitiva desde su nacimiento, con restricciones precisas sobre su función, sus objetivos y sus metas. Pero Conacyt fue creada en México, con todas las ambigüedades, compromisos, deficiencias y prisas que caracterizan a las decisiones ejecutivas en un sistema político piramidal como el nuestro. El resultado fue presa fácil de la burocracia, esa gran plaga administrativa, que esperaba al joven e inexperto Conacyt cómodamente recargada en una esquina, pintarrajeada y obscena, lista para absorberlo y transformarlo en un organismo oficial más.

Conacyt fue creado en México, con todas las ambigüedades, compromisos, deficiencias y prisas que caracterizan a las decisiones ejecutivas en México. Fue presa fácil de la burocracia, esa gran plaga administrativa, que esperaba al joven e inexperto Conacyt cómodamente recargada en una esquina.

De modo que uno de los problemas más graves y de más difícil solución para la ciencia y la tecnología en México, al principio de la década de los ochenta, es el propio Conacyt. La problemática surge de su metamorfosis en una entidad cuyo objetivo es su propio crecimiento, y de su burocratización monumental y progresiva. El Convenio (motivo generador de estas líneas) es apenas un síntoma; la enfermedad es terrible y el pronóstico es “reservado”.

La cultura política de México

 Pablo González Casanova. Autor de un libro ya clásico en la sociología mexicana, La Democracia en México (ERA, 1965), así como de numerosos artículos y ensayos sobre la cuestión latinoamericana. Investigador y maestro, es también co-autor de varias obras colectivas. Siglo XXI Editores publicó en 1968 Imperialismo y liberación en América Latina.

LA HERENCIA RECOBRADA

México es un país en el que la cultura nacional, ligada a la lógica del poder y el Estado característica de sus clases gobernantes, alcanza a amplias capas de la población. La integración de aquellas clases, por núcleos sociales que vienen de los sectores medios urbanos y rurales, y de las organizaciones obreras, ha forjado una cultura política que articula las viejas formas de la cultura oligárquica con otras de tipo popular, obrero y campesino, fenómeno que obedece a una historia en que la lucha de las masas por el poder, en medio de las más intrincadas y engañosas mediaciones, ha logrado importantes victorias contra la vieja oligarquía latifundista de origen colonial y contra sus asociados metropolitanos.

La adopción de la cultura del poder característica de la vieja oligarquía se mezcla a una política de masas para dirigir y controlar justamente a las masas movilizadas y para construir el Estado en su doble característica de Estado de coalición y Estado de clase. La fusión de esa cultura de origen oligárquico con la cultura de masas, permite a la clase política orientar la lucha nacional por la defensa territorial frente al imperialismo, tanto como organizar el trabajo y la producción para el desarrollo de las fuerzas productivas y la acumulación de capital.

La integración del Estado que surge de la Revolución de 1910-17 por una coalición popular en la que los jefes y caudillos que dirigían a las huestes campesinas tuvieron la necesidad de negociar e incorporar a los líderes y organizaciones de la clase obrera organizada, no sólo dotó a la clase política con dirigentes de origen rural y campesino, sino también de origen sindical y obrero que recogieron a la vez la cultura oligárquica de las clases superiores y la de los elementos del pueblo que representaban. Forjaron así una correa de transmisión cultural particularmente rica en el manejo de las prácticas y símbolos de la represión y la concesión, de la negociación y el convenio. De ese modo surgió a la vez una política paternalista y popular y otra de negociaciones y contrataciones. En todos esos casos prevaleció la lógica del poder y por tanto su lenguaje. Una y otro sirvieron al proceso de difusión y aculturación de las distintas clases en que lo oligárquico se hizo popular (campesino, obrero) y viceversa, así como a un tipo de comunicación en que, tras las formas, todos buscaron la expresión del poder y la lógica real del mensaje. Advino pues con la política de masas, una cultura de masas, y ambas se hicieron nacionales, se difundieron en el conjunto del territorio, especialmente en las regiones donde las movilizaciones fueron más amplias y solidarias.

Las masas aprendieron a hablarle a los líderes (no sólo los líderes a las masas), aprendieron a usar el lenguaje del poder y, con los actos de fuerza, aprendieron también el de la negociación y el del diálogo. La difusión de esa cultura tuvo sin duda limitaciones -particularmente agudas en las llamadas poblaciones marginadas, sobre todo en las indígenas- pero hoy su vigencia no sólo atraviesa el conjunto del territorio nacional sino las propias mallas del Estado. En más de un aspecto se trata de una cultura característica hasta de los movimientos de oposición al gobierno y al Estado, abarca a los propios grupos opositores liberal-conservadores y a los que se reclaman del proletariado revolucionario. La preponderancia de esa cultura de la represión-negociación-concesión tiende en todo caso a frenar otras manifestaciones, las reencauza, las recupera o las anula.

TOLERAR Y REPRIMIR

El surgimiento y la estructuración concreta de la cultura política mexicana, implican una historia de luchas que preceden o suceden al desarrollo del capitalismo, al derrocamiento de las antiguas oligarquías de origen colonial y a su recomposición o asociación a las nuevas burguesías dominantes. La práctica de esa cultura, por lo tanto, ha estado muy vinculada al problema político de “asegurar el dominio propio por los demás”, hecho característico del neocolonialismo pero también del capitalismo. En el caso de México el dominio se ha realizado mediante dos caminos principales: la mímesis y la tolerancia, fenómenos que en lo psicológico e ideológico corresponden a las estructuras de la coalición y la representación.

La hegemonía relativa de la burguesía ha tenido que hacer dos importantes concesiones: adoptar las ideas del otro -incluso las de la clase opositora- y respetar esas ideas incluso si son las de la clase obrera. Paradójicamente, las concesiones son parte de la cultura como civilización y en sus vertientes contradictorias adquieren una textura característica: en el primer caso corresponden a la expropiación de la cultura del otro; en el segundo, a la reducción de la tolerancia a la forma o a lo formal. En este último terreno ha surgido un elemento más, jurídico-político, en que la Revolución legítima a la Constitución, y ésta funda todo el derecho positivo. Pero ese derecho, ligado a fórmulas primitivas de reproducción y ampliación, esto es, de corrupción-represión, no llega a adquirir las características de un estado de derecho como los metropolitanos en que la acumulación ampliada depende en el interior nacional sobre todo de la tecnología y en el exterior colonial -del que México carece- sobre todo de la represión-corrupción. Surge así un modo de legalidad formal que cotidianamente vive la barbarie parcial y la mercantilización negociada de las leyes y la conciencia. Si en su vertiente positiva esta práctica sustituye a la represión con la negociación, en su vertiente negativa, sustituye el “imperativo categórico” de la ley con la corrupción y, cuando ésta no funciona, con la represión abierta. El fenómeno se extiende, como en otros casos, a las organizaciones de oposición, conservadores e incluso revolucionarias, de modo que la alternativa entra en contradicciones que la debilitan al hacerla parecerse a lo que quiere destruir. Quienes ven en esto el intento fallido de su anhelo, concluyen que no hay salida y caen en actitudes de escepticismo o cinismo, de apartamiento y abstencionismo de la acción política, ética y cultural, lo que también contribuye a reproducir el sistema y la cultura del poder como poder establecido, sin que la de un nuevo poder fundante pueda desarrollarse como podría.

I. LA CULTURA DEL PODER

a) El rastro de la violencia

Las manifestaciones culturales de la política de poder se dan en los más distintos órdenes del lenguaje y la expresión, incluidos los actos y el silencio. La clase media inserta en la lucha política conoce los límites de lo declarativo, no hace la guerra como quien hace una protesta. Sabe cuándo la protesta ya es guerra e implica la guerra. (Cuando Madero se prepara para suceder al dictador prepara la elección y prepara la guerra). La clase media politizada conoce los límites de la amenaza y su inutilidad relativa. (Calles les dice a los generales del 29 que las amenazas no sirven para detener los golpes de Estado. El general que pretenda levantarse será sometido por la fuerza. Prepara la fuerza, e incluso habla después de haberla preparado). Y esa misma clase media, con sus líderes, conoce los límites de la deliberación, de la polémica, del salto que va más allá del clamor o la injuria. (Un general norteño afirma: “Aquí ya terminó la hora de las discusiones. Empieza la de los balazos”). A los sobrentendidos de las palabras se añaden los de los hechos. Ocurren cosas que sin la rebelión no ocurrirían, cosas desagradables. (“Es mejor pensar si se sigue”). El lenguaje del poder está también hecho de silencios del poderoso o del rebelde, con distintas lenguas y dialectos. Como los justos en El Paraíso de Dante, en la política mexicana, justos e injustos se entienden sin palabras. El lenguaje viene de la violencia, por consideración la encubre, pero termina en la violencia. Saberlo es origen de una forma de civilización cuyo eje es la crítica contra los que “se mandan”. La autocensura es prudencia; la disciplina consultada, eficacia. O lealtad, hasta la abyección. (Un general dijo: “Yo nunca me equivoco”. “No sea presumido general”, le contestaron. “Es que siempre consulto”, explicó). La unidad con el Jefe, con el grupo o gremio o compadre se eleva hasta la Unidad Nacional. Es fuerza que viene de experiencias populares, la que acapararon el imperio y la oligarquía, la que se les arrebata para alejar los peligros de la derrota, sea ésta de banda, sindicato o nación.

Se da en México un modo de legalidad formal que cotidianamente vive la barbarie parcial y la mercantilización negociada de las leyes y la conciencia

Hay cultura de la crítica -interna o externa- contra los que “se mandan” o exceden o “aceleran”. La lógica es no dar las batallas en que se pierde lo principal (“lo mero principal”) (“Esta batalla no la des. No vas a ganar nada. Te van a matar”). Para cada acción se piensa en la reacción, se actúa entre sartas de acciones y respuestas. Y si el razonamiento sirve para no acometer algo, también sirve para acometerlo, pero pensando en sus efectos secundarios que se asumen “pase lo que pase”. Con parecida lógica la idea de que el conjunto puede ser desfavorable hace pensar en el verdadero beneficiario, y se actúa para “no hacerle el juego” a otro, más enemigo, “más peor”. No siempre está el poder, como fuerza o violencia. El cambio formal, legal, en la medida que ataca intereses, husmea siempre calculando fuerzas. (¿Por qué no se ha hecho antes? ¿Por qué se debe hacer? ¿Qué piensan los demás? ¿Es leal quien tiene las armas? ¿Es de confianza? Y aunque lo sea, ¿se le puede controlar?) El Estado mexicano es un Estado antigolpe, siempre con mandos paralelos; la política de formas y la de deveras.

b) Decir y no decir

Si la autocensura es prudencia, el “aguante” es discreción. La palabra seria, palabra de consecuencia. En los momentos críticos hay una orden subliminar: luchar para ganar o morir. Pero también se juega con las palabras para dominar, para halagar e injuriar o calumniar, para ofrecer sin consecuencias con distancias criollas y ladinas. Se juega con las palabras para expresar sobreentendidos, en conversaciones de doble lenguaje con alusiones y elusiones propias de una cultura conceptista y popular que sólo se comprende con la riqueza de la historia propia, nacional o local. Lo que se dice no es lo que se está diciendo, y por supuesto nadie escucha lo que se dice sino lo que se está diciendo. Y siempre, tras las formas, están la cultura y la lógica del poder. En la conversación hay una acumulación de cólera que puede derivar en la vejación del poderoso o en la del rebelde. La cortesía y la grosería, como la conciliación y la represión, forman una unidad dialéctica, (Al periodista o líder encarcelado “por error” se le habla con extrema cortesía, una vez que ha sido encarcelado. No antes). El que manda no grita. Incluso da las órdenes con preguntas que parecerían confirmar la libertad del sujeto con ficción que es cortesía. (“¿No querría usted hacerme el favor si no tiene inconveniente…?” Por supuesto que sí). El hombre de mando puede ser grosero o cortés, usar un castellano muy propio y contenido o rico en expresiones vulgares. En cualquier caso, la cortesía oculta el poder que quiere destacar y la grosería mienta que detrás de las formas está el poder de quien las rompe.

c) Relajo y vejación

La crítica fácilmente cae en la dialéctica del relajo. El relajo no sólo cuestiona la racionalidad o bondad del orden reconocido, sino las limitaciones de la propia crítica, de la racionalidad y la fuerza de la crítica. El relajo revela la realidad represiva que la crítica no acierta a cuestionar. El ejemplo-historieta o la ilustración-anécdota supera la generalidad abstracta y se hace de hechos que no expresan las palabras. Generalidades y símbolos están vivos en los escarmientos. Fingir una rebelión con muertos de veras (y ésa fue tal vez la historia del general Serrano) es más efectivo que pontificar contra las rebeliones. Y cuando la simulación del horror con el horror real provoca una reacción mayor que parece incontenible, sale como otra carta la demagogia paternalista, simpática y afectuosa, íntima y cortés. El horror asumido que detiene otros peores se identifica con la valentía y la prudencia, y descalifica a la demagogia como cobardía, hasta que se recupera o se pierde la fuerza, y entonces se convierte en conveniencia o necesidad. La dialéctica del autoritarismo represivo y de la manipulación populista da pie a raros choques dentro de una misma cultura autoritaria. La vejación del poderoso o del que se cree poderoso es herencia de pueblos y clasemedieros que se rebelaron contra una antigua oligarquía a la que vejaron como ella los había vejado. Extendida a todos los ámbitos, la cultura de la vejación es parte del control señorial-popular, racional cuando obedece a una justa cólera, irracional cuando imita lo arbitrario de la autoridad. La historia y la sociología de las vejaciones es infinita. (A un brujo rebelde que decía poder volar, un gobernador de Oaxaca lo puso desnudo en un patio palaciego del que nunca salió, ante la mirada consternada de sus seguidores… A un hombre gordo de Puebla que quería ser gobernador a la fuerza, contra la decisión del Jefe Máximo local, éste le dio a entender que era el escogido, y en la propia Convención que debía elegirlo, lo obligó -por voz autorizada- a levantarse con su inmensa mole y ponerse a bailar).

Como los justos en el Paraíso de Dante, en la política mexicana justos e injustos se entienden sin palabras

d) La vigencia secreta

Si la cultura del poder es del pueblo, quien más la ejerce es la clase gobernante, si aquél no la olvida o la avizora, ésta la practica dentro de un proceso que pasa del caudillaje al aburguesamiento institucional. Como cultura oral, corresponde a un texto que nunca se escribe. Sólo el cuento y la novela trasmiten con relatos “fingidos” y trasmutados en personajes “imaginarios”, las bromas y caricaturas sangrientas que enuncian lo circunstancial abstracto, que se puede repetir y que en los hechos se repite. La generalización de lo real está prohibida como cultura escrita, o aparece como producto del mal humor, del desequilibrio y de quien sabe cuántas debilidades más del autor.

La cultura del poder como expresión es parte de la de los políticos, civiles y militares, profesionales y obreros, colonos y campesinos. Con ella cohesionan y unen a sus huestes, a sus bases, que la conocen porque la padecen, porque al rebelarse sin ella sufren de no haberla recordado y porque a veces se rebelan con ella. Por sí sola es una cultura abstracta que se presta a las mayores incomprensiones y desmoralizaciones, aunque eduque la conciencia y la voluntad para el orden establecido y su defensa nacional y de clase. En el paso del caudillismo a la patronería llega a ocultar y a especular con la realidad como los acaparadores ocultan y especulan con las mercancías. Pero ni el ocultamiento ni la especulación eliminan del propio pueblo la cultura del poder.

II. EL HORIZONTE IDEOLÓGICO

Las manifestaciones culturales de la Nación están ligadas a la ideología dominante y al lenguaje político como lenguaje nacional. La Nación es parte de la ideología del Estado y la idea de una unidad o identidad nacional parte de la lucha que libran el pueblo y sus dirigentes, primero contra una situación colonial y después contra el neocolonialismo. Las contradicciones entre Nación y Estado, o entre las masas y los dirigentes, o entre las distintas clases que atraviesan a la sociedad y las que prevalecen en el Estado, son reales y ocupan a menudo un primer plano, pero no ocultan la importancia de la lucha contra el colonialismo, ni la necesidad de un Estado capaz de enfrentar a las nuevas empresas de intervención y dominación extranjera, por más que éstas se hallen asociadas y escondidas en la paja de la gran burguesía nativa y de sus funcionarios-socios adscritos al gobierno. La lucha de clases contra el neocolonialismo como dominación del imperio (directa e indirecta: compañías transnacionales, managers-gerentes y empresarios nativos) no quita a importantes grupos de la burguesía local un cierto poder hegemónico en el manejo de la banca, la producción, el mercado o la defensa de su territorio de explotación, ni resta a los sectores nacionales y sociales del Estado una fuerza en la que se repara como realidad actual de negociación frente al imperio y sus compañías, base de una política-limitada y real de inversiones, concesiones y prestaciones nacionales y sociales. Por ello, si la ideología de la cultura nacional es del Estado, una parte del Estado representa la inserción de fuerzas populares debilitadas dentro de él pero necesarias y exigentes en su ánimo reformista, laborista, nacionalista en defensa de sus intereses.

“Yo nunca me equivoco”, dijo un general. “No sea presumido”, le respondieron. “Siempre consulto”, explicó.

a) Los lenguajes históricos

En México hay por lo menos dos ideologías dominantes, el populismo y el liberalismo, que es también ideología del Estado, de la inserción del pueblo en el Estado. Las dos ideologías de alcance nacional nos dan un pueblo que tiene también dos lenguajes nacionales. El paso de uno a otro es privilegio que ejercen la Nación y el Estado en los momentos de crisis: si uno no les sirve para defenderse adoptan el otro. Y a menudo combinan ambos.

Lo que se dice no es lo que se está diciendo y por supuesto nadie escucha lo que se dice sino lo que se está diciendo

El “populismo” mexicano tiene algunos rasgos del latinoamericano, con una diferencia significativa: es más radical en la expropiación de la propiedad y más campesino. En cuanto al liberalismo, que en lo político y formal también se parece al de toda la región, en lo económico acepta e incluso postula la intervención del Estado. Ambas ideologías logran derrotar a lo largo del siglo XIX y XX los intentos hegemónicos de la oligarquía terrateniente y comercial, que desde los primeros gobiernos decimonónicos quiso imponer una combinación de clericalismo político de origen hispánico y proteccionismo económico (Lucas Alamán) y, desde el Zavala atejanado, un liberalismo económico antipopular y antinacional que pretendió impedir la incursión de las masas anteponiéndoles las ideas “positivistas” y “evolucionistas” que el porfiriato llamó “científicas”. Populismo mexicano y “liberalismo social” prevalecieron también sobre los movimientos socialistas minoritarios de la segunda mitad del siglo XIX y sobre los más poderosos de tipo anarquista, bullentes en el XX; pusieron también un freno al desarrollo del pensamiento marxista -en especial del leninista- cuando desde 1919 se esbozó el intento vago de construir la más peligrosa alternativa contra una revolución popular y nacional dirigida por los jefes de los campesinos armados, por líderes laboristas y por funcionarios y profesionales constitucionalistas.

Lo que sería conocido como el “populismo” mexicano en los años setenta, -y antes como ideología de la Revolución Mexicana expresada en la Constitución de 1917 en calidad de ideología, norma y programa a la vez real y formal: gobierno y retórica, poder y utopía- no sólo llegó a convertirse en una ideología nacional sino en un verdadero lenguaje político, de alcance también nacional, que permite una amplísima comunicación entre grandes sectores del pueblo y entre éste y el gobierno. Lenguaje nacional, la ideología de la Revolución Mexicana es también un lenguaje de Estado. Forma parte de la construcción y comunicación del Estado en los logros y contradicciones de una evolución de origen popular y revolucionario en que la burguesía ranchera y profesional, política y administrativa, encabezó a las huestes campesinas, sumó a los empleados y a los profesionistas y negoció con las direcciones obreras laboristas, al tiempo que se desarrollaba un capitalismo de Estado en el que influyen y pesan, hasta amenazar con extinguirlo, el capital monopólico y la gran burguesía con sus más reaccionarios designios. (“Para cuando se pueda”).

La ideología nacional dominante, como ideología del Estado, y el lenguaje político más extendido como lenguaje también del Estado, no se reducen a los aparatos políticos ni expresan sólo sus manifestaciones represivas, su dominación de clase. Son parte del poder del Estado como Estado de masas y expresan en el siglo XX un fenómeno tan universal que ha sido descrito ya por Aristóteles: “Ciertas oligarquías perduran no sólo en razón de su estabilidad constitucional, sino porque los magistrados se hallan en buenos términos tanto con los que están fuera del gobierno como con los que participan en él, no agraviando a los primeros, sino por el contrario, dando parte en el gobierno a los que sobresalen entre ellos; ni agraviando tampoco a los ambiciosos en su honor con exclusiones odiosas, ni a la multitud en sus intereses materiales y tratando, en fin, democráticamente a los de su propia clase que participan con ellos en el poder. . . Y así, en todo régimen en que sean numerosos los miembros de la clase gobernante serán de utilidad buen número de instituciones democráticas a fin de que todos los iguales puedan participar en ellas”. (Política, Lib. V., Cap. VII).

b) La expropiación del otro

Las contradicciones de un poder oligárquico y autoritario, con los de dentro privilegiados y los de fuera ninguneados, marginados y explotados se resuelve en el terreno de la ideología declarando a todos iguales, premiando a los individuos o grupos que sobresalen dentro y a los más ambiciosos de fuera, pero también adoptando las ideas generales de los de fuera en un proceso de expropiación y asimilación de los planteamientos (populares, nacionales, democráticos, socialistas e incluso marxistas) que intentan ser externos al sistema. El fenómeno se da a lo largo de toda la historia de la Nación y el Estado pero tiene dos momentos culminantes: uno en que el criollo se declara indio, y otro en que el caudillo se declara socialista. El primer momento arranca en el siglo XVIII y es base de la ideología de la Independencia hecha a nombre de los indios contra los españoles; el segundo se manifiesta sobre todo desde la revolución armada de los años diez, pasa por la construcción del Estado en los veinte, se agudiza con la radicalización del proceso en los treinta y tiene su último intento durante el gobierno de Echeverría, tras la crisis de 1968. Ni el blanco que se declara indio, ni el burgués que se declara socialista constituyen las únicas formas de expropiación y asimilación de las ideas del otro. El acto mimético ocurre también durante la Independencia con los símbolos religiosos católicos y los constitucionales de las cortes de Cádiz, y en la Revolución de 1910-17, con el emblema de la Constitución liberal de 1857. La Independencia se inicia como una lucha en defensa de la Virgen de Guadalupe, de la Constitución y del Rey; la Revolución de 1910 y de 1913, como una revolución constitucionalista. Aunque el proceso mimético es característico de los líderes, también lo es de las masas. Los movimientos populares y la política de masas desembocan en México en una expropiación de cualquier idea general antagónica y su conversión en norma de moral pública, ley, objetivo o programa de libertad, de independencia o de justicia social. La asimilación de las ideas del otro lleva a institucionalizar la revolución y la contradicción, para dejar fuera, sometida al ataque, toda revolución y contradicción que no sean institucionales.

Como toda civilización, la mexicana tiene una forma de enfrentar y manejar la barbarie: adoptar las ideas de los demás, en especial las ideas revolucionarias. Todas esas ideas son mexicanas y la clase gobernante las hace suyas sin titubear. Pero también las adoptan los estratos populares más bajos. En este fenómeno de adopción del adversario sólo se ha visto el aspecto de la simulación, que es evidente. Pero a su lado hay también admiración, exaltación y respeto del otro, un respeto a menudo esquizofrénico. El fenómeno es importante en un país de origen colonial, acostumbrado durante siglos a imitar al conquistador.

El conquistado, primero rebelde independentista y después gobernante, completa o sustituye la imitación típica del colonizado -el mestizo que quiere ser blanco de Madrid, París, o Nueva York- con la imitación orgullosa del “pueblo” y lo popular, ese orgullo manifiesto cuando come enchiladas, canta cantos rebeldes o enarbola ideas revolucionarias por radicales que sean. Consustanciado con el otro el gobernante, el político, el líder, el ciudadano, generan un espacio de identidad y simpatía, de empatía, de civilización. Ello provoca desdoblamiento, ambigüedad, confusión, e identidad nacional, certeza de que se vive en un país común con un lenguaje común tanto en su sentido aparente como en el semioculto que también se entiende, con cortesía, mientras se toman precauciones para cuando regrese la barbarie y estalle la violencia.

El Estado mexicano es un Estado antigolpe, siempre con mandos paralelos, con la política de las formas y la política de a deveras.

Hay fenómenos de apropiación del lenguaje enemigo que coinciden con la difusión del lenguaje oficial. Hay fenómenos de apropiación del lenguaje popular que coinciden con la difusión del lenguaje oligárquico. El gobierno habla el lenguaje del pueblo y el burgués, con sus palabras, el del proletario. La expresión y el concepto salen de su base social, ésta se queda sin ellos. Es la violencia lógica o simbólica que a menudo precede o sucede a la física. El poderoso se expresa y piensa como el desposeído. Es la simpatía, la identificación, el respeto, el acercamiento desde posiciones de poder. El lenguaje nacional es fuerza y persuasión. En cuanto a oír y entender hay una mezcla parecida: me quiere amenazar y me quiere convencer. Respeta mis ideas en lo personal y como gobernante. Es más, se identifica con mis ideas -en abstracto- pero me pide que entienda la fría realidad y la práctica que domina. La culminación del proceso es el momento en que el líder se apropia la crítica que le hacen las masas y el gobierno hace suyas las críticas al gobierno. El Estado adopta la lógica de la oposición, su ideología y su lenguaje; la oficializa, la institucionaliza. Es la civilización como simpatía que reconoce la tragedia y la reproduce.

c) El regreso del liberalismo

La cultura de la consustanciación entró en crisis en 1968. Los esfuerzos por rehacerla fueron inútiles. La radicalización verbal no convenció a nadie. Molestó a las clases dominantes e irritó todavía más a las progresistas revolucionarias que buscan una autonomía del Estado. Por momentos, el país pareció quedarse sin ideología y sin lenguaje nacional. Pero entonces nuevamente ocupó un primer plano el liberalismo social: relevó al populismo y le cerró el paso al neoconservadurismo que se aprestaba a ocupar el vacío con su liberalismo monopólico. El Estado pudo reorganizar el diálogo público y recuperar el sentido de la palabra con contradicciones tolerables y sentidos comunicables. La reforma política de 1977 fue el texto objetivo y legal que restituyó y reorganizó un lenguaje político y una ideología nacidos de las guerras de Juárez, y gestados aún antes con las guerras populares de los Hidalgos y Morelos, un lenguaje también popular, nacional y oficial.

Las contradicciones entre liberalismo social y populismo son innegables. En medio de nuestro autoritarismo confeso institucional e informal, práctico y psicológico, ejercemos la autoridad reconociendo a otros el derecho a criticarla. Desde ambos puntos de vista, el liberalismo político-social en parte se parece y en parte se distingue del de países donde la democracia parlamentaria ha alcanzado un desarrollo significativo. En esos países la libertad de expresión o crítica tiene medios abiertos, canales públicos, condiciones notablemente distintas. Si el populismo mexicano no se parece en muchos puntos al sudamericano, y menos al ruso, nuestro liberalismo no se parece tampoco ni al latinoamericano ni al europeo. Las semejanzas abstractas son rasgos separados entre sí y de la realidad, no tocan las relaciones de ambas tendencias con la lógica del poder y con las luchas nacionales y sociales. Para el caso de México habría que destacar las oposiciones y afinidades de un liberalismo dominado por el populismo y después dominante del populismo, que al triunfar sobre éste le respeta un significativo reducto. Las ideas nacionalistas siguen percibiendo, con la lógica del poder a nivel internacional, la necesidad y conveniencia de tener buenas relaciones diplomáticas con todos los países socialistas. Las ideas laboristas, por su parte, recogen y rehacen los planteamientos socialistas de las nacionalizaciones con una lógica cercana a la de la socialdemocracia.

Lo que sería conocido como el “populismo mexicano” en los años setenta y antes como ideología de la Revolución Mexicana llegó a convertirse en un verdadero lenguaje político nacional que permite una amplísima comunicación entre grandes sectores del pueblo y entre éste y el gobierno

*****PARRAFO QUE NO COINCIDE europea, pero sobre todo a la propia historia cardenista, inscrita a su vez en los lineamientos de la III Internacional sobre la importancia del nacionalismo revolucionario en el proceso liberador y revolucionario mundial. La no-intervención de la diplomacia mexicana obedece a su propia tradición jurídico política, rica en experiencias y reflexiones, pero siempre cuidadosa de manejar sobrentendidos de simpatía lógica con los países socialistas. La utopía de las nacionalizaciones, como programa o retórica, no sólo se basa en la hazaña cardenista que superó en su tiempo todos los planteamientos de la socialdemocracia europea, sino que arrastra con ella, en su tiempo, la lógica de los frentes populares. El liberalismo social no acaba con ese tipo de lógica y de retórica ni en lo que tienen de práctico, ni en lo que encierran de demagógico o programático. Logra sin embargo dar solución a un problema que el populismo ya no podía resolver. En sus etapas más agudas de consustanciación, el populismo llegó tan lejos en la empatía ideológica que buscó hacer de la nueva izquierda una lucha oficial, primero perseguida y después acogida, desmembrada y desestructurada por un gobierno que pretendió reconocer y oficializar sus símbolos, mientras eliminaba toda posibilidad de movimiento autónomo, político o ideológico. El fracaso final del esfuerzo ante las nuevas acometidas y movimientos del pensar popular y revolucionario llevó a un nuevo liberalismo surgido del populismo y la represión. Cuando falló la persecución -de Tlatelolco al 10 de junio- y falló la empatía neopopulista hasta llevar a la grave crisis de Estado de 1976, vino con la reforma política lopezportillista un liberalismo nuevo que reconoció -desde ese Estado sin vida partidaria y parlamentaria de clases- la legalización de un incipiente movimiento autónomo parcialmente alentado. De la institucionalización de la ideología opositora de clase, se pasó al reconocimiento formal y legal de la autonomía política de la clase obrera revolucionaria, o mejor dicho, de los partidos y grupos que buscan representarla, encabezados por el Partido Comunista Mexicano y después por el trotskismo. Sin abandonar la lógica de poder, el cambio implicó una profunda ruptura con el modo de gobernar y pensar oficial, viejo de cincuenta años. El notable avance echó mano de la otra ideología nacional y la rehizo: el liberalismo social nacido en el siglo XIX se metamorfoseó para entrar en el XX.

III.  LA LEY Y LA TRAMPA

a) Kant en Querétaro

Otra característica de la cultura política gira en torno al tema de la legalidad y la guerra justa. Es un asunto de rasgos universales y locales en el que se cruzan la filosofía moderna y la del Estado absoluto, la popular y la burguesa, la colonialista y la neocolonialista.

Como toda civilización, la mexicana tiene una forma de enfrentar y manejar la barbarie: adoptar las ideas de los demás, en especial las ideas revolucionarias… El gobierno habla el lenguaje del pueblo y el burgués

La lógica jurídica y su violentación corresponden a una filosofía teórica y práctica muy rica, mezcla del pensar escrito sobre la soberanía y la representación del pueblo y de la actuación en su nombre y de la Constitución de él emanada, pero también hecha de un pensar oral o tácito vinculado a la idea y la práctica de la sanción o guerra justa, con la represión consiguiente que encierra bajo la lógica de excepción el derecho a lo arbitrario. En las entrañas de esa cultura están desde Grotius hasta Kant, pasando por Rousseau, así como el pensamiento medieval, el colonialista y el burgués, con sus versiones cultas y populares. Entre las cultas destaca esa especie de Kant fantasmal que funda el argumento jurídico-político de la Revolución Mexicana. La voluntad del pueblo, dice ese argumento, señaló el fin y el camino en forma autónoma con la dignidad de quien se da normas a sí mismo y de quien participa en el establecimiento de leyes universales; es por ello un pueblo respetable, el autor de sus principios con exclusividad de toda influencia extranjera, un pueblo de naturaleza razonable que se plantea un fin (la Independencia, la Libertad y la Justicia Social), señala las metas y gesta las leyes en un acto motor de la conducta colectiva -la Revolución- plasmado en una ley suprema, la Constitución. Como creencia y como lógica, el múltiple mito-motor no es sólo retórica y argumentación; en él se expresa también la cultura y la experiencia de una historia de masas.

Los dirigentes resuelven el problema de la representación, el autoritarismo y la ignorancia, haciendo las leyes como si el pueblo -sabio y lúcido- pudiera hacerlas.

La cultura de la República sería inconcebible sin la presencia de las masas. En nombre de ella se piensa y se actúa y la contradicción entre el autoritarismo del gobernante y “la ignorancia del pueblo”, se resuelve mediante un gobierno que ni es ni quiere ser despótico, cuyos dirigentes resuelven el problema de la representación, el autoritarismo y la ignorancia, haciendo las leyes como si el pueblo -sabio y lúcido- pudiera hacerlas, y conservando el más rígido “respeto (ideal) de la libertad como autonomía del pueblo”. Aunque ese pueblo no exprese su consenso, ni sufrague, ni participe en las elecciones, es como si participara con todos y cada uno de sus miembros, como si todos tuvieran una “razón madura”. A tan kantianos conceptos -formulados en nombre de la Constitución y la Revolución- se añaden las contradicciones entre ideal y realidad, en que las formas mexicanas son en parte otras, y la realidad, variadísima y hasta rara en sus clases y lenguas.

El precepto de Juárez “Al enemigo, la ley” no se interpreta como una garantía para el enemigo sino como un castigo

b) Ontología de la transa

Junto con la cultura del poder, la consustanciación y la tolerancia, el pensar jurídico-político de la Revolución y la Constitución se combina también con una cultura política de la concesión de tipo partenalista-colonialista y burgués (la excención, la dotación, el subsidio). A ella se añaden las múltiples formas de negociación, acuerdo y convenio que la fortalecen y las ideas sobre la “guerra justa”, el estado de naturaleza, violencia y castigo, o la persona que puede volverse mercancía. Tan ricos elementos permiten el ajuste más variado de las formas a la realidad, a la vez que fraguan patrones de conducta en función de la correlación de fuerzas y de la acumulación de capital.

La concesión graciosa, autoritaria, paternalista -con el indio como caso extremo- o la del compadrazgo y el gremialismo, se combinan con la negociación y el acuerdo a partir de cálculos de fuerza que derivan en dotaciones, subsidios o excenciones del más distinto tipo. La oferta, la concesión o acuerdo puede corresponder a la súplica o a la presión reconocida (crítica, huelga, manifestación), pero también a demandas del pueblo sustentadas en actos de fuerza (toma de tierras, de alcaldías, de oficinas) en que pueblo y gobierno negocian la ley o la interpretación de la ley con la fuerza, la concesión y el acuerdo.

El pueblo también negocia a partir de actos de fuerza y de cálculos sobre esos actos y sobre los términos de la negociación. En los cientos de municipios que toma el pueblo, apoderándose textualmente del palacio municipal para después negociar, está parte de una cultura nacional vastísima. Para ella, la aplicación concreta de la ley es parte de la negociación y de la fuerza, con ofrecimientos mutuos de acuerdo y amenaza que se llevan incluso al trato personal. Un ejemplo: un político hace que los campesinos tomen un edificio público. El titular se queja con el político, tras el desalojo. Este le dice: “Es que me estabas jugando muy chueco”. Desde entonces se llevan muy bien. Otro ejemplo: se le avisa a un individuo que quería ser candidato del PRI que no salió: “Que se esté quieto y nos acordaremos de él. Ora, si se pone pesado, pues ya corre por su cuenta”.

La crisis de la negociación y el convenio o la simple decisión de no negociar, de no aceptar peticiones a partir de actos ilegales o de fuerza, se puede realizar por el clásico expediente de la “razón de Estado”, para “mantener el principio de autoridad” o por “respeto a la alta investidura”, que es lo mismo. Pero generalmente se completa con una política de sanciones en que se forjan los elementos de la culpa a través de una metamorfosis de las concesiones y los acuerdos informales; éstos son actos políticos concretos que no son siempre o en todo formalmente legales pero que sólo recuperan su carácter “ilegal” cuando los beneficiarios no cumplen el pacto social parcial, privado o tácito. El precepto de Juárez “Al enemigo, la ley” no se interpreta como una garantía para el enemigo, sino como un castigo para el enemigo que habiendo obtenido una concesión ilegal o no legalizada (y a veces aunque esté legalizada) no cumple con la conducta política de civis práctica- o que viviendo sin la legalización necesaria se le quita la que tiene en nombre de ley.

La Cultura política mexicana expresa ante todo a un pueblo orgulloso y mutilado. Combina la cultura del poder, la simpatía ideológica y la tolerancia formal; mezcla de la concesión y el consumo, la legalidad y la soberanía con estructuras de trampa, corrupción, componenda y represión, a las que se añaden las viejas y nuestras estructuras de marginación las viejas y nuevas artes de la manipulación de la información.

c) La ley al enemigo

La concesión y el acuerdo como sistema de conveniencia sobre lo ilegal o lo no legalizado se dan en todos los ámbitos, en el campo fiscal, en la tenencia de la tierra, en las excenciones, en los subsidios, en las dobles contabilidades, en las “jugosas canonjías” y hasta en las más modestas para gente miserable que se porta mal. La concesión y el acuerdo son una forma de control que apela a la ley para fundar la justicia del gobernante o del poderoso que castiga, en los bienes y personas, al débil acusado de delincuente o a cualquiera “caído en desgracia” cuya ilegalidad se toleraba antes por su obsecuencia y buen trato.

En el caso de los trabajadores no hay negativa formal ni de derechos ciudadanos o sindicales; se les reconoce formalmente la “dignidad del hombre”, son formalmente un fin en sí mismos y no sólo un medio, son personas y tienen personalidad. Algo semejante ocurre con campesinos y colonos pobres. En la ideología y la cultura oficial son incluso el fin supremo de la Revolución y encierran el objetivo final que la hace permanente. Pero para controlar sus demandas o expropiarlos en sus bienes y derechos -correlación de fuerzas y acumulación de por medio- se recurre a la cultura de la conquista -de “la guerra justa”- y a la más burguesa en que el obrero formal, el campesino o el pobre, formalmente dignos, pierden la dignidad del hombre y en la ofensiva final con las autoridades, se les saca fuera todo lo que de corrupción real o ficticia han escondido.

Hay siempre algo privado que no se puede hacer público sin sanción para el débil; sanción o represión que no pertenece al orden público. Con lo público prohibido, con lo legal anulado viene lo clandestino y su cultura. Surge la zona marginada de la Ley, ocultada o degenerada que sobresale hoy en Hidalgo, Guerrero, Chiapas. El desaparecido y el torturado son el complemento necesario de la prohibición de lo político, de lo legal, de lo público. La generalización de la represión ilegal -en zonas y períodos- es índice de una cultura de gobernantes y gobernados, despóticos e insurgentes, conservadores y revolucionarios, tanto más significativa en la elaboración teórica de unos y otros cuanto mayor es el proceso de acumulación colonialista o neocolonialista. La teoría surge contra los desaparecidos y de los desaparecidos, en sus versiones de violencia antigua o en las de manuales de counterinsurgency contrainsurgencia). Si bien las zonas y tiempos de la violencia están lejos de constituir un “Estado de excepción” ya crean el precedente del caso extremo local o nacional en que la ley -como forma y práctica- no es un elemento de la cultura social. Esta se alimenta de la violencia pública-privada y de la psicología tecnificada de la trampa salvaje.

IV. LAS HUELLAS DEL FUTURO

La cultura política mexicana expresa ante todo a un pueblo orgulloso y mutilado. Combina la cultura del poder con la simpatía ideológica y la tolerancia formal y real; mezcla la concesión y el consumo, la legalidad y la soberanía, con estructuras de trampa, corrupción, componenda y represión, a las que se añaden las viejas y nuevas estructuras de marginación, explotación, hambreamientos, morbilidad, desvivienda, y las viejas y nuevas artes de manipulación de la información, silenciamiento o entorpecimiento de la expresión, y desestructuración o cantinflismo teórico e ideológico. Estos problemas, con ser muy serios, no anulan la riqueza de una cultura política capaz de usar el lenguaje más dulce y el más agresivo, la cortesía y el grito, el aguante y el arrojo. Pero constituyen el reto principal para un cambio en el Estado, en sus formas de control y acumulación. Son el primer reto a vencer por la sociedad civil.

La corrupción no es sólo un problema de moral. No es sólo un problema de control político reformulable o reformable. Es un problema de acumulación de capital. La desinformación y la represión son el complemento necesario de ese tipo de acumulación. Todas esas prácticas constituyen una amenaza de crisis del Estado en caso de que las fuerzas populares no impongan -hoy dentro del capitalismo- otro modelo de acumulación en que el capital monopólico y especulativo ocupe un lugar mucho menor que el público y social.

Con lo público prohibido, con lo legal anulado,viene lo clandestino y su cultura, surge la zona marginada de la ley que sobresale hoy en Hidalgo, Guerrero, Chiapas. El desaparecido y el torturado son el complemento necesario.

En México, ¿las nacionalizaciones son para el socialismo? Pueden serlo. Ahora son para la democracia o para una democracia menos elemental y precaria. Y por duras que sean sus huellas, el pueblo tiene también en esa materia una cultura política y de poder. Tal vez le sirva para recrearlas. Alcanzar una cultura nacional y un lenguaje común ha constituido un enorme triunfo de los pueblos. Enriquecerlos con la cultura universal, con la ciencia y la tecnología científica, con el pensar crítico, el experimental y el dialéctico, y fortalecerlos con una vocación de poder y una voluntad de lucha que hagan de la liberación nacional un elemento de la liberación social es tarea a que se entregan tarde o temprano todas las naciones y los bloques populares. Dentro de la lucha, la necesidad de la fuerza del Estado-nación frente al imperio o frente al nuevo colonialismo, es parte de una lógica de la sobrevivencia en que cualquier avance sólo está determinado por el del pueblo trabajador y por la inclusión en él de las culturas minoritarias, de las minorías lingüísticas y culturales que por sí solas jamás podrían construir, con la Nación un Estado y, con el Estado, un poder popular que maneje y articule sus aparatos o dirija su política asociándola a las fuerzas de liberación mundial, nacional y social.

DE COMO INAUGURAR UNA TRADICION EMPEZANDO POR NEGAR LA Y OTRAS COSAS

Contemporáneos, 1928-1931, primera edición facsimilar del Fondo de Cultura Económica, serie “Revistas literarias mexicanas modernas” México. 1981.

Si la revista literaria, en palabras de Lionell Trilling, es “la heroica respuesta a la declinación de la literatura”, la revista literaria mexicana (y para el caso, la de cualquier cultura agraviada por la dependencia), no menos heroica, lo es por motivos diferentes: su lucha no es contra una declinación, sino por una trascendencia; su labor no es una respuesta, sino una solitaria, empecinada proposición.

La revista literaria hace las veces de una bitácora de la mecánica peculiar del barrio de los “inteligentes”: es el hipo de sus nutriciones, es siempre una alternativa, otra (perdonando el barbarismo) alternativa: fracciona, separa, cuadricula al barrio, lo estimula, pues cada revista es en él una nueva avenida. En México, ha sido motivo de burla y hasta de persecución, pero siempre ha mantenido vivos los talentos y ha cumplido su capacidad de intriga, inquietando, como diría Maddox Ford, a los representantes oficiales (u oficiosos) de la literatura, “sacándolos del sueño que los tiene presos encima de sus basureros”. Porque tratándose del objeto paradójico que es, la revista no es un hecho literario sino social: es una suma de intenciones que juega a corregir y a enriquecer la realidad actual. El sustrato de realidad que una revista contiene lo hereda de la idea más o menos abstracta de la sociedad a la que se dirige desde su múltiple y, a la vez, única voz.

Lo anterior, claro está, más debe considerarse propio de una revista “de grupo” que de otro estilo (la “de autor”, por ejemplo). Y es este tipo de revista el que tiene su mejor exponente en las realizadas por el mismo grupo de intelectuales, o mejor, por los dos grupos que conformaban, de manera mucho más relativa de lo que suele creerse, un solo grupo: el de los Contemporáneos. Me refiero a Ulises (1927-28) y a Contemporáneos (192831),,y de esta última, más a sus ocho primeros números -que es cuando el grupo la hizo verdaderamente- que a los siguientes 34.

¿QUÉ HAY EN UN NOMBRE?

¿Porqué Contemporáneos? La tradición de bautizar revistas como reacciones ante la hostilidad del medio se conserva en este caso. Torres Bodet proclama en sus (en más de un sentido) voluminosas memorias, cada vez que puede, su paternidad sobre el nombre, hecho que investigadores poco detallistas aceptan de inmediato. En sus recuerdos, el tímido Ermilo Abreu Gómez declara que el padrino es José Gorostiza. Lo que es un hecho es que desde antes del verano de 1925 el “parnasillo de salubridad” sueña ya con su revista y en una carta de Torres Bodet a Reyes, pidiéndole una colaboración (y un imprimatur) ya la llama así. Tres años después TB titula Contemporáneos a una colección de ensayitos sobre escritores franceses y españoles y quiere hacer creer a la posteridad que el título de la revista fue un traslado nada más de su libro a la revista. El hecho es que la prolongada celebración de la modernidad que arranca desde la Feria Mundial lleva a muchos a agotar la sinonimia de la modernidad en los productos más inesperados. Gorostiza, TB y los demás debieron de conocer la serie “Les Contemporains”, premonición de “Escrivans d’aujourdhui”, que a principios de los 20s editaba en París la casa Capitole. Quizá hasta pueda leerse en ese nombre otra intención: en esos años algunas revistas francesas (la NRF, por ejemplo) ya traducían algunos artículos de siquiatría en los que la palabra “contemporeizar” significaba ya “armonizar”, “acción de amortiguar las partes dentro de un conflicto”. De aceptarse este significado para esta palabra multivalente, la revista (y su grupo) se alinearía dentro de esa tradición de publicaciones que soñaron las paces entre las letras y la realidad.

De todos modos, proponer la contemporaneidad en un momento en el que México es todavía, como dice Cuesta, “un páramo sembrado de cadáveres” se antojaría, por lo menos, frívolo. Con el tiempo, el ansioso Abreu, se asqueará de ese nombre “apolítico y abstracto”. En realidad, el nombre confiesa más un deseo que una profesión dandy, es decir, se trata de una ironía no del todo alejada de aquella que llevó a una generación anterior a ellos a parir una Revista Moderna en pleno porfirismo. What’s in a name?

Armonizar, ironizar: no hay que leer en ese nombre una profesión altiva y, por ende, sospechosa. Se trata aquí de un momento muy especial de la historia de nuestra cultura, uno del cual aún se derivan filiaciones y excrecencias, un momento de las letras, las artes, la filosofía que se cifra, más que simbólicamente, en esa revista que proponía las condiciones de una contemporaneidad: una contemporaneidad habitable, vivaz, escéptica, huraña, snob, muy siglo XX y muy, pero muy cosmopolita, si, pero ante todo, una contemporaneidad crítica.

CURIOSIDAD Y CRÍTICA

¿Podría haber sido de otro modo tratándose, como se trata, de una generación, o parte de ella, que se quiere descendiente, si de alguien, sólo de los desarraigados, los curiosos los prohibidos? Ulises, Sindbad, Axel, Charlot Lafcadio Wuikli, El Hijo Pródigo (y su hermano) pueblan sus mitologías y alientan sus acciones. Si el rostro en perpetua erosión de sus individualidades es a veces la mueca viscosa, el perfil del sonámbulo, la viruela invisible del solitario, el rostro cobijado detrás de fervientes disimulos, de estéticas hermetizadas en las que codifican biografías a veces turbulentas, el rostro de sus revistas, su rostro social su rostro de “sosias” es directo y alerta: Ulises y los primeros números de Contemporáneos reivindican el ejercicio de la duda sistemática, la pluralidad, el asecho de modos de sentir y pensar variados y provocativos. En una frase (de Villaurrutia): “Curiosidad y crítica”. O en una anécdota: Maples Arce le escribe a Ortiz de Montellano: “Deje de mandarme su revista, ya que no estoy de acuerdo con nada de lo que se dice en ella. Y Ortiz de Montellano le contesta: “Deje de mandarme la suya, ya que estoy de acuerdo son todo lo que se dice en ella”.

Dentro de este grupo inasible y proteico cuyo nombre seguimos utilizando por razones prácticas, nada más, ya que, en uno o en otro momento, nadie quiso incluirse en él -menos sus detractores tardíos, como Abreu- o, en su defecto, todos excluyen a alguno de los otros, un grupo, el de los más jóvenes, es el que supo hacer revistas. Novo y Villaurrutia, Owen y Cuesta, demuestran en Ulises mucho más colmillo, malicia y riesgo que Torres Bodet, Ortiz de Montellano, Gorostiza y González Rojo en todas las revistas que han hecho antes.

Libres de la densa paternidad de González Martínez los miembros del grupo joven, el grupo de Ulises, demuestra una irreverencia y un espíritu experimental que los otros no asumirán sino hasta después del trato con ellos. Así, el grupo de Ulises, que colabora en los primeros números de Contemporáneos mientras planea la forma de revivir Ulises con la ayuda de las amantes de Owen y otros recursos menos álgidos, le enseña a Ortiz de Montellano y a Torres Bodet – antes de su viaje a Europa- cómo hacer una revista.

El grupo de Ulises fue siempre mucho más fiel a las consignas de la especulación y de la duda que todos habían aprendido de sus maestros franceses, Gide, Fenelon, Maurras (“II faut se perdre pour se retrouver”); es un grupo más arriesgado, menos consciente de la herencia que obsesionaba a Torres Bodet, la de la patria que tenía que hacerse libro. Pocos como Novo, Villaurrutia, Cuesta y Owen vivirán tan a fondo su capacidad crítica o su poder de escarnio, y pocos alimentarán sus capacidades en fuentes tan variadas y experimentales como ellos.

Las páginas de Ulises y de Contemporáneos trabajarán a contrapelo contra el espíritu bohemio y sacralizante de sus predecesores. Se han de rebelar, por medios variadísimos, contra todo prestigio heredado: proponen el riesgo de nuevas filiaciones, la literatura norteamericana e inglesa, el acercamiento a sus equivalentes españoles de la generación del 27, la alianza tácita con los novísimos hispanoamericanos (Borges, Neruda, Huidobro), y de nuevos elementos, las posibilidades literarias del folklore, el análisis de la cultura mexicana de la colonia, la desconstrucción de los códigos sancionados del tardío modernismo nacional, la proposición de nuevas opciones de escritura (hasta cuando en el choteo: recuérdense los pastiches joycianos de Novo), la reivindicación del periodismo como género literario, la práctica del ensayo sobre los elementos más variados de la realidad. Pero, fundamentalmente, la práctica sostenida y rigurosa de la crítica de la literatura, cine, teatro, música, pintura, modas, ciencias, política.

Lo sorprendente es también el hecho de que todo esto haya sucedido en unos ocho años de actividad auténticamente de grupo. Quemaron etapas con gran solvencia, con un humor práctico y nada convencional; su insolencia amplió los espectros de la calidad expresiva y del erotismo, y los registros de la lengua, con sostenida gracia. Todo lo cual, como sabemos, y como era previsible, en nada le cayó en gracia a los misántropos -como los calificó Cuesta- del nacionalismo oficial.

CONTRA LA MOMIFICACIÓN PATRIA

Las enérgicas reacciones que las revistas produjeron en círculos muy variados (músicos, pintores, poetas, políticos) hasta culminar en la consignación de Examen y los desplantes sexistas de Maples Arce, para mencionar algo, resultan sospechosas si se considera (haciendo abstracción, además, de su lastimosa calidad -recuérdese a Abreu o a Pérez Martínez) que en el fondo la actitud de los Contemporáneos era la de un sostenido y ejemplar criticismo. Y hasta en el silencio de Gorostiza o en la estrepitosa monstruosidad que cubre las vidas de Owen y Cuesta habría, quizá, que leer las consecuencias de esa actitud. Porque finalmente, el espíritu de empresa que los lleva a fundar revistas, teatros, cine-clubes, galerías, editoriales, etc., no es sino el rostro público de una actitud íntima que no podía soslayarse para ellos, de el momento cultural que les toca vivir. Era necesario criticar, era la única alternativa.

La falta de crítica es lo que había determinado, para Cuesta, que nuestra tradición resultara de naturaleza tan dudosa tan propensa a la autoedificación o a la identificación final con los intereses del estado, de ahí que pueda identificarse contemporaneidad con ejercicio crítico.

“De nuestra generación, si no puede decirse que son críticos, sí que han adoptado una posición crítica -dice Cuesta-. Su virtud común ha sido la desconfianza, la incredulidad. Lo primero que negaron fue la fácil solución de un programa, de un ídolo, de una falsa tradición. Nacieron en la crisis y han encontrado su destino en esta crisis, una crisis crítica.”

Las huellas de esa actitud están en los libros, pero, sobre todo, en las revistas. Ortiz de Montellano, en uno de sus escasos momentos de grandeza tiene toda la razón cuando declara que el principal objeto de la revista ha sido una cosa “que empieza con M y termina con O y se escribe con equis o con jota” aunque se trate de un amor que no se atreve a decir su nombre. El exabrupto de Cuesta es la síntesis de una extendida práctica: el combate contra la momificación patria, contra la compulsión del Estado a verse reflejado en las artes y la de las artes a sentirse sancionadas y/o subsidiadas por el Estado contra la rigidez crónica de la vida pública; contra la experimentación mimética de las vanguardias febriles.

Contemporáneos, pues, está carga da de la modernidad que implica saber que, finalmente, nadie tiene toda la razón y que la única razón de escribir es la exacerbación de la curiosidad y el ejercicio de la crítica. “Nuestro único plan”, otra vez Cuesta, “es no tener un plan”. Y a falta de plan, el rigor que los salva del eclecticismo (que luego cuando ya Ortiz de Montellano ha logrado quedarse él solo con la revista, habrá de inundarla), es el que permite que en la revista quepan Alvarez Bravo y George Braque, Modotti y Orozco, Man Ray y Kamiji Tikagawa; que se reseñen libros que van desde El Cid hasta O’Neill o desde Alfonso el Sabio a Bretón; por eso en sus páginas se analiza desde la historiografía norteamericana sobre México hasta los problemas del teatro; por eso publican en ella desde Mariano Azuela hasta Borges y desde William Blake hasta Valéry. Por eso puede haber un número monográfico sobre Proust.

La paradoja, entonces, no debe sorprender: atacaron los sectarismos y fueron acusados de sectarios; intentaron continuar la modernización del lenguaje filosófico y crítico necesario para salir de la crisis nacional y se les acusó de vendepatrias; renovaron y dotaron a la lengua de importantes registros y se les acusó de extranjerizantes. Pero su manera de decepcionar al país, la manera que Cuesta explicó ya, no quiso ser comprendida por muchos.

En todos sentidos, Contemporáneos, como antes Ulises, constituye dentro de la historia hemerográfica hispano americana un momento determinante como determinante fue el momento en el que nació y que modificaría a fondo. La rehabilitación de la crítica y su modalidades, de la experimentación la ironía, el humor, el erotismo, la disciplina creativa, habrán de perdurar e las generaciones siguientes, si no en sus contenidos, sí en sus formas.

La reedición facsimilar de Contemporáneos que ha realizado el Fondo de Cultura Económica, con la magnífica crestomatía que a manera de presentación contiene el primer volumen, resultaba ya, por todo lo anterior, urgente. Tan urgente ahora como la obligación de los curiosos de la cultura mexicana moderna de leerla y estudiarla.

BIOGRAFIA DE UNA PASION

Jordi García Bergua: Karpus Minthej, México, Fondo de Cultura Económica, 1981, 150 pp. (Letras Mexicanas).

La primera novela de un escritorio joven describe muchas veces un retorno a su pasado personal, un recuento deformador por formativo que organiza el presente. Pareciera ser un gesto típico el que el joven escritor espulgue su historia propia en busca de lo novelable. La escritura produce textos autobiográficos como la vida justificaciones memorables: la historia personal sólo existe -y aquí llega la nostalgia vestida de página blanca- si puede recolectarse. Ahí se fermenta la engañosa función de lo anecdótico que se hace pasar por metonimia de la vida. Soy mis mejores momentos; azotes y alivianes son mis botones de muestra y tienen en común el ser inolvidables. El autor se convierte de esta manera en su propio refrito incluso antes de tener algo que autofusilarse.

Los atributos de la reciente novela prima en México pueden encontrarse sin duda más en el tratamiento de las rutinas, de los tiempos muertos de la narración y en los clichés que recoge y devuelve, que en el volumen de los sucesos, la audacia de las innovaciones o la agudeza de las puntadas. La verdad es que cada vez es más difícil soportar las aventuras y los ingenios como justificaciones, si ya no de la vida, de la literatura, lo cual es aún más deplorable. Cada vez es más difícil aceptar una literatura que sucumbe, así de torpemente ante la vida.

Desde esta mirada, y guardando en perspectiva que una de las más socorrida debilidades es la de elegir entre literatura y vida como si se tratara de definir nacionalidad, tres rasgos apátridas sobresalen en Karpus Minthej, de Jordi García Bergua. Primero, que siendo una primera novela tan denodadamente personal, no sea autobiográfica; segundo, que aunque trate precisamente de la literatura y la vida, no sucumba ante ésta; tercero, que su protagonista sea albanés y sus personajes principales ingleses, italianos, griegos…. suceda en la Europa de fines del diecinueve y no sea, por lo tanto, una novela de noble origen mexicana. Ya hay quien, patriota, le ha reclamado alguna de estas infidelidades.

BYRON REVISITADO

Karpus Minthej no contradice la vocación primera de organizar el presente (en concreto: de pensar la vida), si bien lo hace desde un pasado remoto situado en un fin de siglo tardío por romántico aunque nutritivo por decadente. La historia se narra a través de un informe presentado en 1899 ante las autoridades militares inglesas por el doctor Joseph K. Maturin, con el objeto de detener la búsqueda de Karpus Minthej, búsqueda que el ejército inglés lleva a cabo en Grecia. Karpus es un joven albanés de 23 años, hijo de familia acomodada, poseído por un espíritu mucho más byroniano que wertheriano, cuyo destino trágico lo conduce a la traición y el asesinato por causa -si acaso- de amor. El informe de Maturin es una biografía del protagonista tanto como una explicación de sus actos. En un cuidadoso retorno y paseo por las discusiones típicamente románticas sobre el amor y la muerte y -desde luego- sobre la vida y la literatura, por la arquitectura secreta y la mundanidad pública venecianas, por el sueño, el delirio y la cólera de la inteligencia desgraciada, por la aventura y el crimen de motivos inaparentes mas no por ello menos contundentes, por la dolorosa separación y el rencuentro que no es más que el preludio de una más incierta pérdida, García Bergua teje la historia de una conciencia intelectual completamente desprotegida en la elegancia más profunda mientras más superficial del espíritu ante el mundo y cuya respuesta maravillada, la pasión, irá conduciéndola a un estado superior en el que la razón, en lugar de explicar, acumula. Así, la primera parte del libro explica; la segunda acumula. Ambos procesos son cruzados por el amor ansioso de un Karpus cada vez más decidido, un Karpus que, cada vez más, se desvive.

AMOR, POESÍA Y MUERTE

Doble imposibilidad del amor (es decir, doble tentación): su explicación y su logro. Karpus es un enamorado que gasta muchas tardes de su prometedora adolescencia de recitación y exégesis discutiendo desde la poesía sobre el amor sin conocerlo. Una vez que se produce éste en su vida, la explicación adquirida irá viniéndose abajo -aunque siempre reconstruyéndose hacia arriba- hasta dar con su cierre argumental, la imposibilidad, y con su clausura material, la muerte. De ahí la pasión, que tratará ya no tanto de lograr el amor, sino de romper ese imposible. Charlotte, el temprano amor extraviado, recuperado años después en el tránsito de perderlo nuevamente ante la inminencia de la persecución militar, es la menos difusa de las causas que mueven a Karpus en el trayecto de lo mesurado a lo irrefrenable. Su amor por la poesía es ya causa obscura; y su disposición expedita para infligir a otros la muerte, lo es mucho más. Amor, poesía y muerte van guardando y graduando el secreto que germina en el ánimo del “monstruo” Karpus Minthej, del criminal privilegiado cuyo espíritu no cabe ni siquiera en la pasión, mucho menos en la moral, de sus semejantes (acaso, y he ahí a Maturin, solamente en su simpatía).

La novela sufre la reducción que el mismo Karpus se impone: va de la argumentación al argumento, es decir, de las precisiones del pensamiento a las rudezas de los actos. La primera parte de la novela es reflexión tentada por la vida; la segunda, vida ya no tentada por la reflexión. Pero ninguna ha de vencer a la otra, juntas se despeñan a la aniquilación. 

El informe de Maturin ante la asamblea militar resulta inútil, al igual que la pasión de Karpus. En los apéndices que completan el libro, se leen retazos de una historia posterior a suponer indicios de que Karpus perdió a Charlotte definitivamente y fue recluido en una clínica siquiátrica de París en donde una lobotomía lo convirtió en el inofensivo recitador de versos románticos que pudo haber sido desde muy joven. Posible es también una conclusión sugerida a contrapelo: que el propio Maturin tuviera que ver con el reclutamiento y trepanación de Karpus, animado por la confesada atracción que sobre él ejercía Charlotte.

El fin como conjetura y no como solución posibilita más de una suspicacia en torno a la posible identificación de autor y protagonista. Mas la tentación no es pertinente; no hay por qué buscar a Jordi García en Karpus Minthej, sería forzar un rodeo por medio del cual la vida vencería fraudulentamente a la literatura. Si bien aquí literatura y vida se atan de manera indisoluble. pues Karpus Minthej es una novela sobre la vida y la literatura, la reducción a lo anecdótico y explicativo traiciona a la obra -y aun a la pasión. De la voluntad crítica dependerá que la novela se valore de acuerdo con su excelente factura, que Karpus Minthej es una vierta en metonimia de Jordi García y que éste no sea acallado y recluido en el rincón de la fama de “Aquéllos que son elegidos de los dioses”.

TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN AL COITO

EL EROTISMO EN LA ANTIGÜEDAD LATINA

Pierre Klossowski: Orígenes culturales y míticos de cierto comportamiento entre las damas romanas, UNAM, 1980, 85 pp.

El reino animal copula con dificultades, parecería estar destinado a una penitencia irrenunciable. Un libro iluminador al respecto es el Bestiario de amor, título paradójico para un texto que por su contenido debería incluir la palabra “horror”, como una mínima advertencia al lector incauto, pues lo que ahí relata Jean Rostand es una metáfora del mito de Sísifo que ha cobrado distintas formas en la fecundidad. Por citar sólo unos casos se puede hablar de las chinches en las que “el licor seminal es inyectado entre la piel de la espalda y la región del corazón; debido a tal inseminación traumática, la hembra conservará una o varias cicatrices” (p-48). Otro insecto que enfrenta obstáculos sexuales es “El macho de la mantis religiosa (que) puede (. . .) cumplir la obra fecundadora a pesar de las más crueles mutilaciones. Incluso decapitado por su esposa y con el cuello medio roído, conserva la postura del amor y eyacula” (p-55). Respecto a las abejas macho, se lee: “Cada uno de ellos pagará con su vida el derecho de ser padre, puesto que el acto fecundador comporta un considerable deterioro del abdomen masculino” (p-59). Ahora, para poner fin a esas tortuosas manifestaciones, se puede mencionar que: “La lamprea sí forma parejas, pero ello traerá consigo un gran daño para las hembras. El macho se sujeta a ella por la nuca aplicándole su ventosa bucal, provista de afilados dientes, y mientras que la obliga a este beso feroz, incluso asesino, expele su semen” (p-62).

SEXUALIDAD Y CULTURA

Sexualidad y erotismo son mecanismos que se bifurcan ante la inminencia de la historicidad. Las bestias siempre realizan el mismo acoplamiento; por el contrario, los sujetos de los distintos grupos humanos han transformado sus actos sexuales en expresiones culturales. Pierre Klossowski en Orígenes culturales y míticos de. cierto comportamiento entre las damas romanas, publicado originalmente en 1968, esboza el ensayo antropológico para ahondar en las raíces del erotismo y su producción de sentido, algo que ya ha hecho antes en sus obras de ficción (novelas y pinturas). Uno de los ejes teóricos de Klossowski es Mircea Eliade, quien en 1955 publicó un libro capital: Imágenes y símbolos, en el que comentaba que: “Hoy comprendemos algo que en el siglo XIX ni siquiera podía presentirse: que símbolo, mito, imagen pertenecen a la sustancia de la vida espiritual; que pueden camuflarse, mutilarse, degradarse, pero jamás extirparse” (p-12). Y, Klossowski, a manera de explicación de su libro anota la siguiente idea: “Los ritos liberan el acto de su monotonía y multiplican su imagen; la imagen libera la animalidad de su función y le abre una nueva esfera: el juego y las formas del juego que la asocian con la secreta gratuidad del universo divino” (p-7).

Orígenes culturales… es una ejemplificación más que un análisis, es una pista para descubrir las instancias sociales y míticas que comportan las manifestaciones eróticas en su carácter de representación. Klossowski va desde las concepciones de Bachofen (el filósofo que atrajo la atención de Engels y Morgan) sobre el mundo matriarcal de los romanos, hasta despuntar en las criticas agustinianas y en el asentamiento de cómo la cultura derrota a la sexualidad para entronizarla en la imagen erótica; largo proceso plagado de deseos, que supone un conocimiento que modifica y transmuta en términos sociales algo que parecía estar en el dominio de la individualidad. Roma es el ejemplo ad hoc por sus repercusiones en la cultura occidental, por ello no es el simple gusto o el azar lo que mueve a Klossowski a enfrentarse a la maraña que significa la figura femenina – vírgenes y matronas- en la antigüedad latina.

LA IMAGEN ES LA VERDAD

En ocho capítulos Klossowski expone cómo el erotismo romano se historifica, además de la prominente participación del hetairismo ritual en esas modificaciones. Las mujeres adquieren un verdadero cuerpo en Orígenes culturales, o mejor dicho: un auténtico sexo; Klossowski las instala y reivindica como seres participantes, deja atrás la visión de seres pasivos y sometidos a los requerimientos masculinos. La “lucha de sexos”, es una entelequia comparada con las pugnas guerreras por el poder; en ese sentido las damas de la noche o del día, las putas, las vírgenes o las compañeras del hogar, aun esclavizadas tienen acceso al erotismo, porque esa es una función de primer orden en un devenir que erige sus imágenes y las vive como práctica cotidiana. Pero también están presentes el rito y la celebración, la fiesta que altera y rompe con los caminos establecidos, la desnudez se hace pública y la sensualidad invita al goce inmediato. Pierre Klossowski observa que esos ríos de lascivia van a abrevar en esa dialéctica caos/orden en la que todo lo que ocurra está sobredeterminado por los diques de la divinidad. Por eso el desorden periódico articula el erotismo del panteón de los dioses .con las prácticas de los hombres.

Las imágenes que perpetúa la cortesana generosa, que contribuye al bien del pueblo con sus riquezas; el adulterio que se invoca como una acción sagrada para justificar las”debilidades humanas”; los lupanares, los lenocinios, toda la cadena de sitios para llevar a cabo el simulacro erótico son parte indispensable para llevar a cabo la ficción misma, es la “puesta en común del cuerpo propio en el hecho de encarnar ante todas las miradas una realidad invisible” (p-57). También está la revitalización simbólica de las estatuas (herencia que aún perdura, pero que ha sustituido a las vivificantes diosas romanas por pontífices reaccionarios, presidentes de segunda mano o por políticos sexenales o casi eternos), o la ofrenda de las vírgenes, pero el rechazo al ultraje -Lucrecia es un personaje que encarna esas virtudes-, es decir, una joven podría “entregarse” corporalmente a las seducciones del templo, conocer a los varones de manera ritual (y rítmica) sin que ello significara una degradación personal. Orígenes culturales y míticos de cierto comportamiento entre las damas romanas podría quedar sintetizado en una afirmación de Mircea Eliade “Las imágenes son multivalentes por su propia estructura. Si el espíritu se vale de las Imágenes para aprehender la realidad última de las cosas, es precisamente porque esta realidad se manifiesta de un modo contradictorio y, por consiguiente, no puede expresarse en conceptos. Por tanto, la Imagen en cuanto tal, en tanto que haz de significaciones, es lo que es verdad y no una sola de sus significaciones o uno solo de sus numerosos planos de referencia .

LA TIERRA, ESA GRAN PROMESA

 Guillermo de la Peña: Herederos de promesas. Agricultora, política y ritual en los altos de Morelos, Ediciones de la Casa Chata, México, D.F., 1980. 391 páginas.

La prolongada investigación en que se basa este libro fue apoyada principalmente por el Centro de Estudios Educativos cuando era dirigido por Pablo Latapí y el Centro de Investigaciones Superiores del INAH, cuando era dirigido por Angel Palerm. Según el propio autor la versión castellana del libro (por Pastora Rodríguez Aviñoá y Victoria Miret) “es mejor que su original en lengua inglesa” (A Legacy of Promises, Agriculture Politics and Ritual in the Morelos Highlands, Manchester University Press).

Tratar de entender el uso y organización de la tierra y el trabajo en la región campesina de los altos de Morelos lleva al autor a procurar no perderse en una localidad o región. Por ello concibe la pluralidad de los asentamientos humanos como una función de interdependencia dentro de un proceso de consolidación nacional verticalmente organizada cuestiona los estudios de comunidad que ven en ésta un universo autocontenido; señala que la controversia sobre la interdependencia y la modernización tiene como raíz un grave desacuerdo acerca de la categoría de campesino y hace una rápida revisión crítica de los enfoques antropológicos sobre campesinado anotando la diferencia entre las dos grandes corrientes: campesinado como estructura particular, y campesinado integrado verticalmente al capitalismo. En ambas de la Peña señala deficiencias: la primera no comprende las variaciones e influencias del nivel global -como lo implicado en la introducción masiva de cultivos comerciales de exportación-; la segunda pierde las relaciones de nivel local y la diferenciación interna del campesinado. El autor destaca la carencia de un estudio de los procesos de alianzas cambiantes en este segmento social; según él, hace falta referirse a un contexto de complejidad multidimensional, y propone emplear los términos de campo social y dominio de poder, siguiendo las formulaciones de la corriente antropológica conocida como processual analysis; esto lo lleva a contrastar los elementos locales y regionales con el Estado, entendido como “una tendencia hacia la implantación de un dominio de poder unitario, independiente, extenso e intensivo sobre un territorio” (p. 26). Así, el presente estudio regional antropológico se inscribe en el conjunto de investigaciones que desde las diversas regiones del país llaman la atención sobre el papel político multi-regional (en integración y conflicto con el contexto global) del Estado mexicano.

Mediante el método antropológico de las historias de vida y las tradiciones orales, el autor constató que el cambio social que se podía apreciar a principios de la década de los años setenta en la región estudiada no era reciente. El autor se adentra en la descripción ecológica de la región de los altos de Morelos, fiel al principio de la ecología como “una resultante de la actividad humana y… sujeta a los condicionamientos históricos y sociales del hombre que imprime su sello en el paisaje”. El acercamiento a la historia regional muestra el surgimiento de la región por su relación simbiótica con los valles del sur morelense y delinea las variaciones históricas de esta relación. Con estos elementos el autor se lanza a una profunda crítica del modelo antropológico de la “comunidad corporativa”.

POR AQUÍ PASÓ ZAPATA

En sus componentes geográficos, ecológicos e históricos la región es presentada con frescura, belleza de lenguaje y penetración analítica desde los antecedentes prehispánicos, pasando por la conquista y las encomiendas, adentrándose en la organización económica, política y religiosa de la colonia hasta llegar a la relación entre los pueblos y las haciendas del México independiente. La región juega un importante papel desde la revolución hasta el reparto agrario; el epígrafe de Neruda es lapidario: “la tierra se reparte con un rifle”. El recuento de la herencia social de la revolución constituye el capítulo transicional hacia los aspectos contemporáneos, marcados por el surgimiento de nuevas comunicaciones, nueva tecnología y nuevas necesidades; cambian las tendencias demográficas y se conforman patrones de migración. El autor examina exhaustivamente el proceso de la agricultura, sus elementos, relaciones, cambios en las. condiciones y distribución de cultivos, y trabajo requerido; estudia la producción, costos, rendimientos y comercialización, en todo lo cual se entrelazan instituciones “modernizadoras” y viejos agentes persistentes que rejuvenecen. Con agudeza antropológica, de la Peña se pregunta qué se cultiva, por qué, cuáles son las repercusiones de las diferentes opciones y cómo se toman las decisiones.

Después estudia las dimensiones rituales. El enfoque según el cual las ceremonias locales cumplen la función de mantener el orden local preestablecido y se contemplan separadas del resto de la sociedad recibe una critica demoledora: “Las fiestas tienen muchas funciones diferentes y se hallan abiertas a muchos niveles de significado, según la posición e intereses de los actores involucrados” (p. 254). El autor compara los puntos de vista de los actores locales con los de los clérigos y hace resaltar las relaciones que se establecen entre el ritual y la política formal. Hábil etnógrafo, el autor no se queda en las descripciones acuciosamente elaboradas: penetra analíticamente para comprobar las hipótesis planteadas. “A todos los niveles -recalca- las ceremonias implican una tensión dialéctica entre participación y exclusión, entre comunidad y diferenciación”, que se expresa en división sexual del trabajo, estratificación económica, y selectividad de las relaciones sociales. La agricultura, por si misma, no hace surgir el liderazgo; éste cobra cuerpo cuando se presentan las oportunidades de organizar recursos y coordinar un comportamiento hacia un objetivo común. El ceremonial es propicio para esto, y el prestigio conseguido en el liderazgo ritual se transforma en “capital político”. En esta parte de la investigación el autor se enfrenta a la difícil tarea de analizar la ideología y calibrar el papel de los conflictos religiosos y las contradicciones políticas.

El autor describe sometiéndose a la dialéctica entre el pensamiento abstracto y la investigación empírica. Propone renovar el modelo de análisis del México rural, y sugiere los principales renglones que dicho modelo deberá integrar y conjugar. El material, de una riqueza excepcional, combina los más variados instrumentos antropológicos para su recopilación. En su análisis interpreta complejas relaciones sociales de una región sin perder de vista el contexto de la sociedad mayor, y cuidando de no caer en ninguna petición de principio. Por su minuciosa descripción este libro contribuye al acervo etnográfico de nuestra realidad; por sus análisis propone a los estudios regionales no repetir tesis gastadas (menos aún que como lecho de Procusto descuarticen una realidad en aras de chatos esquemas), ni perderse en la multiplicidad interna. La investigación de Guillermo de la Peña aquilata la relación de la estructura regional con la complejidad nacional de una manera nueva, en ocasiones discutible, cuyas sugerencias y desafíos no pueden ignorarse. 

MARX PARA ECONOMICISTAS (POR UN CABALLERO INGLES)

G.A. Cohen Karl Marx’s Theory of History: A Defence, Oxford University Press, 1978, 368 pp.

Es un hecho que existen interpretaciones distintas y contradictorias pero todas con la pretensión de ser marxistas, de la teoría de la historia de Marx. En tanto que el discurso marxista no constituye un modelo acabado, es imposible atribuir a los textos de Marx un significado único. Las distintas vetas en los trabajos de Marx y Engels han dado lugar, por ello, a diversos desarrollos teóricos que intentan ser todos una prolongación o interpretación fiel. El problema está en saber cuándo estamos frente a un texto realmente marxista.

La respuesta no es nada sencilla, en tanto que la teoría marxista de la historia está en gran parte por construirse. Una razón por la que se darían discrepancias en el interior mismo del marxismo es justamente el carácter necesariamente inacabado y contradictorio de esta teoría. Cuenta si, con un núcleo de conocimientos objetivos, pero susceptible de ser constantemente enriquecido; la historia del desarrollo de la teoría marxista muestra que es necesaria una creación continua de conceptos, exigida por los análisis concretos y por el transcurso de la lucha de clases. Por ello, todo dogmatismo doctrinario es pseudo-marxismo.

Pero si bien no hay un significado unívoco de los textos de Marx, hay interpretaciones que son determinantes, en tanto que dan a la teoría marxista de la historia una fuerza explicativa, capaz de resolver -o al menos señalar el sentido en que deberían resolverse- los problemas que se plantean en su interior.

En Karl Marx’s Theory of History: A Defense, G.A. Cohen defiende una de las mejores interpretaciones de la tradición marxista en su línea economicista, tendencia presente aunque no dominante, en la obra de Marx. Siguiendo esa línea, Cohen busca hacer a Marx más preciso y científico, respetando según él lo que Marx escribió pero utilizando al mismo tiempo los criterios de rigor y claridad de la filosofía analítica. Cohen reconstruye así lo que a su juicio es una teoría de la historia defendible, no ambigua, y que Marx aprobaría.

El hilo conductor de esta interpretación que Cohen llama tecnológica del materialismo histórico, es el famoso Prefacio de la Contribución a la Crítica de la Economía política de 1859, en donde Marx resume en líneas muy generales, y por ello muy imprecisas, su concepción de la historia. La historia para Marx, según Cohen, es el resultado del crecimiento de las fuerzas productivas, las “formas” de la sociedad surgen y caen según permitan o impidan ese crecimiento. El centro del análisis de Cohen está en los conceptos de fuerzas productivas y relaciones de producción. Como él mismo lo señala, casi no habla de la lucha de clases, la ideología o el Estado.

La reconstrucción de la teoría marxista de la historia, llevada a cabo por Cohen, es efectivamente atractiva por su claridad pero el supuesto del que parte no sólo empobrece su teoría, sino que además se inscribe en la peor corriente del marxismo, criticada ya hace tiempo por sus funestas consecuencias.

LA PROPUESTA DE COHEN

Cohen empieza por argumentar que contra la metáfora, generalmente sostenida en el marxismo, según la cual la sociedad estaría formada por una base (estructura económica) y una superestructura (jurídico-política e ideológica), la teoría de la historia de Marx concibe a la realidad social como formada por tres elementos: las fuerzas productivas, la estructura económica (que consistiría únicamente en relaciones de producción) y la superestructura. Las fuerzas productivas serían la base, el fundamento de la estructura económica de la sociedad, determinando sus formas; dicha estructura determinaría y seria base de la superestructura. Una tesis central de la interpretación de Cohen es que las fuerzas productivas no forman parte de la estructura económica y que debe distinguirse el efecto causal de la tecnología del efecto causal de las relaciones de producción, las cuales surgen del nivel de desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas.

A partir de esta afirmación sobre el papel principal de las fuerzas de producción (no de la estructura económica) en la explicación de la historia, Cohen sostiene que el motor de la historia es justamente el desarrollo de las fuerzas productivas. Se trata de una interpretación tecnológica del materialismo histórico, según la cual “las fuerzas productivas determinan, fuertemente el carácter de la estructura económica, sin formar parte de ella” (p.31).

Según Cohen, en el Prefacio de 1859 Marx sostiene que las fuerzas productivas tienden a desarrollarse y a volverse la fuerza progresiva de la historia humana. La estructura económica y la superestructura jurídico-política de la sociedad (Cohen no está muy seguro de la inclusión de la ideología en esta esfera), cambiarían a medida que cambian las fuerzas de producción. Cohen tiene que mostrar, entonces, que 1) las fuerzas productivas tienden realmente a desarrollarse (tesis del desarrollo) y 2) el desarrollo de dichas fuerzas explica el desarrollo de otros aspectos de la sociedad (tesis de la primacía de las fuerzas productivas) (p.135).

En cuanto a la tesis del desarrollo que afirma una tendencia universal de las fuerzas productivas a desarrollarse, Cohen da un argumento que no se encuentra en Marx: la situación histórica de los individuos se caracterizaría, según él por la escasez; para satisfacer sus deseos los individuos deben realizar tareas que, por si mismas, más bien evitarían. Pero, el ser humano es inteligente, por lo que es capaz de discernir maneras más fáciles para satisfacer sus deseos; es lo suficientemente racional como para sacar provecho de estas maneras más simples, cuando las encuentra: “Los hombres poseen una inteligencia de un tipo y grado que les permite mejorar su situación” (p. 152). En este sentido, sus habilidades productivas tienden a desarrollarse y en tanto que el desarrollo de las fuerzas productivas consiste a su vez en el aumento del conocimiento y del saber para controlar y transformar la naturaleza, la tendencia al crecimiento de las fuerzas productivas tendría su base en la propia naturaleza humana. “En suma -escribe Cohen- presentamos como una razón para afirmar la tesis del desarrollo que su falsedad ofendería la racionalidad humana” (p. 153).

En lo que respecta a la tesis de la primacía -las relaciones de producción se explican por el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas- Cohen tiene que mostrar, por un lado, que el desarrollo de éstas explica el desarrollo de las relaciones de producción, y a través de estas relaciones, la estructura de la sociedad: Debe demostrar también que esta estructura económica explica la superestructura. El núcleo de la respuesta de Cohen consiste en afirmar que las explicaciones centrales en la teoría de Marx son explicaciones funcionales: Marx explica, según Cohen, relaciones de producción específicas por el hecho de que funcionan de tal modo que permiten el desarrollo de las fuerzas productivas: “Decimos que las relaciones que prevalecen en un momento dado son las relaciones más adecuadas para que las fuerzas se desarrollen en ese momento, dado el nivel que han alcanzado para entonces” (p. 171). Así, el molino de agua explica la existencia del señor feudal, y la máquina de vapor al industrial capitalista, en la medida en que estos agentes corresponden al desarrollo de esas fuerzas productivas determinadas y cumplen la función de ayudar a su desarrollo. Las fuerzas productivas serían, entonces, el motor de la historia y explicarían la estructura y la superestructura de la sociedad.

LAS FUERZAS PRODUCTIVAS

La afirmación de que la historia es una secuencia de formas económico-sociales que resultan del desarrollo de las fuerzas productivas sólo seria correcta si se parte de la base de supuestos erróneos que han sido rechazados desde el interior mismo del marxismo. Leer la obra de Marx tomando como punto de referencia el Prefacio de 1959 resulta problemático, porque los conceptos que Marx utiliza ahí tienen un estatuto ambiguo y los términos que designan la articulación de sus objetos son muy vagos (“corresponder”, “elevarse sobre”). Funcionan más bien como conceptos-señales que tendrían como función indicar en qué sentido se dan las determinaciones en el análisis. Quizás uno de los conceptos que más dificultades ofrece es precisamente el de fuerzas productivas o nivel de las fuerzas productivas.

Para Cohen, es un error ver estas fuerzas como parte de la estructura económica. Una de las razones que da para apoyar su tesis es que una fuerza no es una relación entre objetos, sino una propiedad de un objeto. Una fuerza productiva sería, pues, un objeto que tiene “poder productivo”. Sin embargo, “fuerzas productivas” es, en contra de lo que Cohen sostiene, el concepto de una articulación; fuera de ella, sus elementos se vuelven incomprensibles. En el seno de esta articulación los medios de trabajo son determinantes del proceso de trabajo, pero la fuerza de trabajo es el factor decisivo ya que sin el trabajo del hombre esos medios de producción tienen un carácter potencialmente productivo, pero no real. Así, las fuerzas productivas no son la simple “suma” de elementos aislados ni son propiedades de objetos, sino la combinación de los elementos del proceso de trabajo.

Por otra parte, todo proceso de trabajo se da siempre bajo determinadas relaciones de producción: la forma en que los hombres utilizan los medios de producción, con su fuerza de trabajo, para transformar la naturaleza, está siempre determinada por el tipo de relaciones que establecen en el proceso de trabajo. Las relaciones de producción no se agregan a las fuerzas productivas -como una forma, según sostiene Cohen (p. 37), sino que se inscriben dentro de las fuerzas productivas, en tanto que los mecanismos técnicos de la producción están sometidos a los mecanismos de determinadas relaciones de producción. Separar las fuerzas productivas de las relaciones de producción es un error economicista y tecnologista, pues supone la existencia de la producción “pura”, y que el objeto de la ciencia de la historia es el mismo que el de la economía burguesa, a la que Marx no cesa de criticar.

Las fuerzas productivas de una sociedad crecen, se desarrollan y se perfeccionan en el transcurso de la historia, determinadas fundamentalmente por el grado de desarrollo de los medios de trabajo; el ritmo y carácter del desarrollo de las fuerzas productivas depende en forma directa de la naturaleza de las relaciones de producción bajo las cuales se desarrolla el proceso de trabajo, y no -como sostiene Cohen- como consecuencia de ciertas propiedades transhistóricas de la naturaleza humana, como la”racionalidad” y la “escasez”. Así, dicho desarrollo no es ni lineal ni acumulativo, sino contradictorio y desigual, en virtud de que depende de las relaciones de los agentes entre si y de los agentes con los medios de producción, esto es, de las relaciones de producción.

VOLVER A MARX

En La ideología alemana Marx dice que “los hombres tienen historia porque deben producir su vida” Según Cohen, “el crecimiento del poder humano es el proceso central de la historia. La necesidad de ese crecimiento explica por qué hay historia” (p. 23) y confunde aquí una condición general con la “causa” o”motor” de la historia. La producción y su desarrollo son efectivamente necesarios, pero esta circunstancia no es suficiente para determinar los cambios en el resto de la estructura social. Cualquier cambio histórico exige condiciones objetivas previas, que dependen del desarrollo de las fuerzas productivas. Pero suponer que a partir de este factor se puede explicar toda la realidad social sería suponer que la historia es la historia del desarrollo de las fuerzas productivas, más el efecto que produce en las relaciones de producción, más el efecto que éstas a su vez producirían en la superestructura. El resultado no explica nada. No es casual que Cohen subestime el papel de la lucha de clases, de la ideología y del estado -y sería difícil sostener que se trata de aspectos secundarios de la realidad social.

Para Cohen, decir que la lucha de clases es el motor de la historia “es sólo la explicación inmediata de las grandes transformaciones. No es la explicación fundamental del cambio social” (p. 147). Afirma que la revolución no consiste en una alteración de las fuerzas productivas sino en una transformación de las relaciones sociales, pero no acepta que esto se deba a que la determinación ejercida por la estructura económica sobre la superestructura se realiza siempre a través de la lucha de clases, lo cual significa que la estructura económica -o el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas- es base, pero no motor del proceso histórico. En otras palabras, la lucha de clases encuentra su raíz en las relaciones de producción, pero esta lucha se realiza bajo formas ideológicas y políticas que son la condición de la reproducción o transformación de la base. Las formas superestructurales” de la lucha de clases poseen una autonomía relativa y ejercen una influencia decisiva en el desarrollo del proceso histórico, y no sólo tienen la función de permitir el desarrollo de las fuerzas productivas, como piensa Cohen. Para él, una revolución tiene lugar “porque la expansión del poder productivo ha sido bloqueada, y la revolución le permitirá seguir su curso de nuevo. La función del cambio revolucionario es la de destrabar las fuerzas productivas” (p. 147). Sin embargo, basta leer los análisis históricos de Marx para ver que siempre considera que la lucha de clases, es lo que decide la marcha del proceso histórico. Las intervenciones sobre lo económico dependen de lo que se juega en el nivel de lo político, esto es, de la lucha de clases, por lo que éste no es, como parece sugerirlo Cohen, un simple fenómeno de la estructura económica, sino que es condición necesaria de su existencia.

La versión que da Cohen de la ciencia de la historia fundada por Marx, basándose en el Prefacio de 1859, que a lo mucho contiene el esbozo muy simple de una teoría, nos devuelve a un determinismo rígido, del que el marxismo ha intentado deshacerse por constituir un obstáculo al desarrollo de dicha teoría. Cohen retoma esta tendencia economista del discurso de Marx y en su defensa volvemos a encontrar la idea de que existe un desarrollo lineal preestablecido, y en contra de la tesis de la sobredeterminación de las contradicciones, la afirmación de que hay una contradicción “pura” entre fuerzas productivas y relaciones de producción. Al determinar, el contenido preciso de la teoría de la historia con la que se pretende realizar análisis concretos, Cohen no reconoce la caducidad de ciertos planteamientos de Marx, que clausuran la posibilidad de plantear varios problemas referentes, sobre todo, a la superestructura, empobreciendo así la teoría que los investigadores han intentado por desarrollar Además, en su versión no parece que esta teoría de la historia sirva como instrumento teórico en la lucha por el socialismo.

Días de guardar diez años después

 José Joaquín Blanco. Ha practicado casi todos los géneros: crítica literaria, ensayo, poesía, narrativa y periodismo. Entre sus libros: Se llamaba Vasconcelos, Crónica de la poesía mexicana y los recientes Función de medianoche (editorial ERA) y La paja en el ojo (Universidad Autónoma de Puebla).

Días de guardar está compuesto en torno a tres centros de tensión temática:

1) el gran collage satírico del México oficial y burgués de mediados de siglo, la nación vuelta una abrumadora caricatura de sí misma, con sus priístas y ricos neoporfirianos, su conformismo de Unidad Nacional, entre cabarets y folklore, con el desarrollo estabilizador que nunca se quita el “milagro mexicano” de la boca;

2) la gran promesa del 68: “los preparatorianos rescatados del sueño de vivir en un país que se inicia en una rockola y termina en una discotheque”; “México puede ser algo más que una desigual unidad habitacional con vistas a los Estados Unidos”, y finalmente:

3) una educación sentimental, una autobiografía ensayística en la que un yo se pasa todas las páginas del grueso volumen en busca de un nosotros, el que a su vez vivió los sesentas buscando variadas y dudosas salidas en el rock, la droga, la zona rosa, la contracultura, el “turismo zen”, la onda, el jipismo; la snob-camp-pop-op- cultura, el folklore mariguanhonguero, etc., asqueados de la atmósfera de un país conformista, complaciente y en bancarrota general, hasta que el 68 trajo un rencuentro, o una esperanza de rencuentro, con la dignidad íntima y colectiva: “los vastos días del 68”, cuando “se intentaba la tarea primordial: esencializar el país, despojarlo de sus capas superfluas de pretensión y autohalago y mímica revolucionaria”.

MANES DE MONSILOPOCHTLI

Monsiváis relata la descorazonadora alianza, tan inevitable, tan radical chic tan años sesentas, entre la juventud dorada del Jet Set con dizque heterodoxos fines de semana en Acapulco, y algunas manifestaciones, desde luego mal digeridas y apastichadas, del anticonformismo cultural de la década: el estreno, y luego la persecución oficial, de la obra Hair (con desnudos) a principios de 1969. Décadas antes, Salvador Novo había narrado encuentros comparables, como los salones de baile y las arenas de lucha libre, en cuanto equívocas zonas de turismo cultural. Uno podría empezar Días de guardar leyendo los diversos ensayos (como en Monsiváis rara vez hay demarcación de géneros, prefiero y llamar ensayos, que es el término más vasto, a todos los textos) como lo que ha cambiado el país y la cultura mexicana, y como aquello que diferencia a ambos autores; por lo demás unidos (a diferencia de la mayor parte de los escritores mexicanos de este siglo) en el común cultivo de un género prosístico con intereses y ejercicio vastos, que excede el minúsculo cerco de los literatura y se propone conquistar públicos más amplios y abordar, con los más ricos y difíciles instrumentos de la literatura, todo tipo de temas, en particular los de importancia cotidiana, social y política más inmediata.

Días de guardar es la proposición de otros Méxicos opuestos al dirigente y artificial país caricaturesco de la Unidad Nacional; de ahí que se vea coronado con la dudosa gloria del éxito multitudinario.

Las semejanzas entre el estilo de Novo y el de Monsiváis son claras, enfáticas: el trato artístico del periodismo, la versatilidad y mezcla de géneros, el humor permanente; el carácter absolutamente urbano, la acrobacia verbal, el autobiográfico temperamento festivo, el amplio espacio intelectual; la impertinencia y aún la provocación, lo ufanos que están cada cual en sus respectivos personajes y estilos, el gusto por las formas marginales, bajas o populares de cultura, etc. Y con un gesto triunfal el lector podría anotar con rojo, al margen, algún autosatisfecho Cfr. Novo al toparse con un “Yul Brinner con su aire pelliceriano”; una estrella cinematográfica captada en “el gesto de terror ante una multitud de cinco vendedores de chicles que no piden autógrafos”; la inconveniencia de: “¿En qué momento ocurrió el Gran Cambio, de la pregunta `¿crees en Dios?’, al interrogante: `¿tú de qué signo eres?’ “; novocablos del tipo de “nuevorricracia” y “lumpembohemia”. O adjetivaciones del tipo de aquella que nos informa que la actriz Jean Seberg fue, la pobre, “saganizada” en Bonjour Tristesse.

Pero en Novo hay, pese a todo, demasiadas medidas, muchísima contención. De repente sugiere, con la prehistórica sonrisa depravada de un diplomático del que corren escandalosos rumores, que tal llave de lucha libre hace lucir al luchador vencido y aplastado por el cuerpo de su rival, como una esposa de escasas técnicas amatorias. Pero no me lo imagino con el humor explosivo, completo, efusivo, de alguna de las barbaridades de Monsiváis, más próximo al relajo de barrio que al ingenio picante de la alta sociedad: “Todos los políticos mexicanos de tercera fila parecen miembros de un trío romántico, a punto de preguntar al cliente: `¿qué le gustaría que le cantáramos, patrón?’, con los labios a punto de musitar Vereda Tropical”. Ni los excesos: “Manes de Vigilopochtli”. Ni la sobrelaboración inabordable: “Y la aglomeración es perfecta como una metáfora kafkiana adaptada por la Dirección de Correos”: sí, los millones de cartas almacenadas, pero de aquí a que se encuentra el chiste, la risa se vuelve falsa, erudita, como de un club habituado a determinada mecánica cultista y profesional en su sentido del humor.

Novo habría encontrado elegante introducir una cita desmadrosa en mitad de una conferencia sobre Hesíodo: una línea del tipo de “Gliddy glup gloopy”; Monsiváis se sumerge en toda una orgiástica proliferación:

Gliddy glup gloopy

Nibby nably noopy

La la la lo lo

Sabby sibby sabba

Le le lo lo

Novo es el acróbata dentro de las estrechas convenciones de una moral provinciana; Monsiváis, por el contrario, es la libertad, el exceso, el retozo, el desmadre, el vitalismo desmedido que sólo una ciudad moderna y masiva puede permitir.

Antes, si uno no quería la cárcel, como Revueltas; el exilio, como Vasconcelos; el ostracismo como Villaurrutia, o la locura de Cuesta, había que vivir en el México oficial y burgués como en una cárcel. íQué timorata, qué cortesana, qué estúpida, qué pequeñita, la cultura mexicana de los cuarentas y cincuentas!, cuando el México dirigente asfixiaba tiránicamente a toda la sociedad civil con el pretexto de la Unidad Nacional. Qué libres, frente a esa época, se ven los agitados años veinte y treinta. O los sesenta. Monsiváis, a diferencia de sus antecesores inmediatos, puede ya desligarse del México Dominante -el PRI, la banca, la academia, el hogar típico de los contadores públicos, el castellano abogadil, los grandes medios de comunicación- y encontrar patria en los otros sectores de la sociedad: la chaviza alivianada de los sesentas, los nacos, las barriadas semi, lumpen o nomás proletarias; la escasa y siempre estimulante dignidad del mejor arte y la mejor literatura; algunos aspectos no dogmáticos de la izquierda beligerante, incluso la parafernalia del medio pelo zonarrosero.

Monsiváis tiene algo que rara vez han tenido los autores mexicanos: un público cálido y solidario, generalmente joven, que va siguiendo sus textos desde su primera versión en conferencias y revistas.

Días de guardar es la proposición de otros Méxicos, opuestos al dirigente y artificial país caricaturesco de la Unidad Nacional; de ahí que su temperamento rompa de inmediato con los anteriores -incluso con el más próximo, que sería el del Novo libre de los veintes- y se vea coronado con la dudosa gloria del éxito multitudinario, de los innumerables seguidores e imitadores; y al cabo de unos cuantos meses de best-seller, se erija a su antisolemne y disidente modo, en uno de los principales libros de los setenta, de los estilos de esa década, y hasta de los personajes.

Aligerado del México Dirigente de cartón y zalemas, de hipócrita voz quedita cuando no se trata de gritar ” íviva el gobernador! ” o ” íinvierta a plazo fijo!”, Monsiváis empieza a introducir las verdaderas barbaridades, desconocidas en el periodismo y la literatura prevalecientes de los años inmediatamente anteriores (pero posibles y ejercidas durante la libertad del sexenio cardenista):

“1857: La Constitución es la renovación de la independencia.

1917: La Constitución es la síntesis del proceso revolucionario.

1970: La Constitución es una telenovela”,

efectivamente: starring, María Félix. Pues si decidimos que hay México fuera del México priísta y gerencial, entre fábricas, escuelas, cabarets, campos deportivos, calles, también la Zona Rosa; tranvías, talleres, oficinas y todos los barrios; que México no es zona exclusiva del Poder Corporativo, ya no hay apocalípticas conmociones; no tiembla el mundo, ni se raja el asfalto, ni nos traga la tierra, cuando se ponen en entredicho -sobre todo si el entredicho es brutalmente acertado, con el filo absoluto del humor- las grandísimas instituciones, mitos, monumentos y demás palabrería.

En 1968 ya no sólo unos cuantos izquierdosos y artistas le apostaron al México contrario a los palacetes del desarrollo estabilizador: cientos de miles de ciudadanos demostraron que su país estaba en ellos mismos y lo sacaron por las calles, lo acamparon en el zócalo. El gobierno, la riqueza, así como la vieja academia, atacaron como a un verdadero enemigo a ese masivo, inesperado y entusiasta país de las manifestaciones. Para tristeza de ambos, Novo y Monsiváis llegaron a significar en esos meses de 1968 exactamente los dos proyectos de nación más antagónicos, las posiciones culturales más contrarias, las formas opuestas de ser escritor.

Pese a la catástrofe del 68, de los muertos y los presos, Días de guardar parece la expresión de quien está seguro de que la vida realmente triunfará mañana mismo, que el país ha cambiado y no será posible frustrar a tantos miles de mexicanos nuevos.

PARA DILAPIDAR EL ENTUSIASMO

“Me llamo Carlos Monsiváis y no quisiera sentirme acarreado.” ¿Cómo era el México del poder, el México oficial y bursátil al que Días de guardar se opone? Monsiváis va al Palacio de los Deportes a la toma de protesta de Echeverría como candidato a la presidencia; y más que hacer una crónica, revisa sus prejuicios, examina al poder tal como se ha interiorizado en su propia conciencia personal: “Al cabo de un millón de discursos, he concluido con alevosía concibiendo al pueblo mexicano como el oculto y misterioso destinatario de unas voces altísimas, distribuidas de acuerdo a un calendario hazañoso, intercaladas en desfiles con tablas gimnásticas”. Ve al mundo burocrático atrapado entre la ambición y el miedo, igual y alternativa o simultáneamente dispuesto a la genuflexión rendida y al atraco; aquellos compañeros de generación en turbias aulas de Leyes, burdeles y antesalas, formando las pandillas de funcionarios para tres o cinco o seis sexenios después. Y luego, atronar de flashes, el Candidato como natural culminación del México Dirigente. Monsiváis recuerda a Rubén Darío:

Saluda al sol, araña, no seas rencorosa.

Porque el estilo de Monsiváis es humilde. El autor disidente ya no tiene por qué seguir optando entre el liderazgo y el martirio; pocos autores, como Monsiváis, tienen una literatura a la precisa escala civil. La escritura democrática de un ciudadano y nada más, por excepcionalmente dotado que sea. En ese carácter tan democrático de su expresión no abundan sus antecedentes mexicanos; sí norteamericanos: Reed, Agee, Mailer, Baldwin, Wolfe, etc.

Hace su retrato social como clasemediero ignorante de los apellidos ilustres del Jet Set, las grandes tradiciones y virtudes del poder; y exalta el regodeo feliz, ruidoso, con el populacho, la rrrrraza. (Ora sí que por mi rrrrraza, por mi mero pópolo, por todo este desastrado y bullanguero montón de carnales con lentes oscuros a la medianoche hablará, je, el Espíritu.) Lo exaltan el mal gusto y la indecencia; armado -eso sí- de su inteligencia, su cultura y su prosa, pero ahora -y mucho antes de 1968- de algo que rara vez han tenido los autores mexicanos: un público cálido y solidario, inmediato, generalmente joven, que va siguiendo los textos desde su primera versión en conferencias y revistas; que camina hacia esa obra del mismo modo que la propia obra se les acerca, y se encuentran; y el autor no se ve solo ni haciendo el tonto a cada libertad que conquista, e incluso se siente presionado por el público a ir más allá.

“Yo y mis amigos” es uno de los mejores textos del libro; Días de guardar, a diferencia de la mayoría de libros mexicanos, no es obra de autor solitario; no es abnegada-y-esforzada-y-pobrecita-incomprendida-obra-de-poeta- mártir. Es un libro acompañado y dichoso. Pese a la catástrofe del 68, de los muertos y presos, del dolor y la ira, parece la expresión de quien está seguro de que la vida realmente triunfará mañana mismo; que el país ha cambiado, que no será posible frustrar a tantos miles de mexicanos nuevos.

Hay un vitalismo por esos amigos anónimos, visualizados como la generación apenas unos años menor, a la que ve llena de potencialidades inmediatas, anticonformista, generosa, alivianada, medio naca; capaz de placer y relajo pachanguera (“Con mucho, la gente más interesante es de la onda. No tienen competencia, por otra parte Simón… un grupo que, de modo evidente, se niega a pertenecer a la gran familia nacional”: su lenguaje “rompe el ánimo pétreo” del idioma priísta, y a la distorsión del habla del poder trae algo de la calidez, por romántica que sea, de una parca disidencia); la encuentra solidaria con las causas populares pero sin cardenalicios de viejos comunistas dogmáticos; erudita en jingles y en quotations hasta de don Leandro Fernández de Moratín (ídecirle a Jim Morrison “el sí de las niñas”!); en fin, el lector al que el libro visualiza, al que se dirige excitado y hasta compulsivo, resulta tan maravilloso que acaso no podía existir en otro lado que en la propia atmósfera de los textos; pero les da uno de sus valores fundamentales: una cálida esperanza, cierto optimismo moral, menos enunciados que sugeridos por el tono de la prosa; esa nueva generación natanaelénica que, pese a los defectos que el autor se esfuerza (para que no digan) en encontrarle, resultaba entonces harto más promisoria que la de los años cincuenta, descrita en uno de los mayores, si no el único gran poema que esa época produjera:

 Monsiváis es un excelente humorista, pero nunca ha sido ni podrá ser un escritor satírico.

He visto las mejores mentes de mi generación

Destruidas por falta de locura, medrosas pensando

Que alguien pueda darse cuenta de su desnudez,

Apiñándose a la puerta de los poderosos, llevando su

Adhesión a quien la acepte, enviando telegramas

Conmovedores. . .

Por desgracia, esas nuevas generaciones onderas, jipitecas y demás de los sesentas y setentas, resultaron a la vuelta de unos cuantos años, para decirlo suavecito, tan medrosas (por lo menos) como la que el poema describe. Todo ese entusiasmo dilapidado…

HUMOR CON HUMOR SE PAGA

Exitoso en cuanto toma de conciencia, proposición de otros proyectos de país y literatura democrática, Días de guardar, desmerece notoriamente, en mi opinión, como sátira del México de la Unidad Nacional; como caricaturización de ese país de banqueros cursis y priístas-banqueros, de los que se ocupa en textos como el de Hair en Acapulco, Raphael en El Patio, las señoritas de sociedad en el baile principesco del Palacio de Minería; el banquero en un concierto de jazz, el compositor de éxito, los ogros de la historia nacional proyectados más allá de su muerte, el día que en la Cámara se reunieron los 500 hombres que son, usurpándolo, el Todo México; esas viñetas que se intercalan entre los ensayos más ambiciosos e importantes del libro. Y es que hay una confusión de principio: Monsiváis es un excelente humorista; pero nunca ha sido, ni es, ni podrá ser un escritor satírico. Su humor es de otro tipo.

Monsiváis es un entusiasta, y ningún escritor satírico lo es. La sátira surge de características que en ninguna línea de Monsiváis podrán encontrarse: odio, amargura, rencor, brutalidad, violencia, mala fe, asco y arbitrariedad – confróntese a Swift, a Quevedo, a Novo, a Vasconcelos. Monsiváis, además, es festivo y se divierte de su propio humor, cosa que a ningún satírico que se respete le ocurre: el escritor satírico es serio como un asno académico en el momento de aplastar con un epigrama.

En Monsiváis, por agudo que sea el humor, siempre conserva su calidez vitalista, una frescura de íviva México!, una jovialidad de ísírvanme otra!, un disfrute generales; a tal grado que no puede burlarse de nadie sin amabilizarlo un poco previamente. Sus viñetas de señoras cursis y banqueros vulgares, de priístas corruptos y triunfadores de la vida, suelen basarse en los aspectos ridículos del sujeto, que son los únicos susceptibles de simpatía; pues cuando estos tipos hablan mal, cuando dicen unas cosas por otras y se les enreda el habla, cuando se ponen más cursis que nunca y se visten que ya ni de a tiro, nos hacen olvidar un poco que su esencia no está en estos fracasos, sino en sus transas, operaciones bancarias, órdenes telefónicas, contratos amañados; en fin, en toda una serie de acciones que sí, evidentemente y con toda eficiencia dominan; y de las que muchas veces sólo ellos mismos se enteran, porque son también dueños de la justicia y de la información.

Una verdadera sátira no se dirigiría, entonces, hacia los únicos aspectos semi-amables, los ridículos, sino a los eficientes rasgos esenciales; y lo haría en frío, con la mano armada y sin muchos exámenes de conciencia, incluso sin percatarse de si la sátira es o no justa; y se suelta el epigrama violento con odio y malhumor, como un escupitajo, en un acto del todo semejante, en cuanto temperatura espiritual, al asesinato y al estupro. (La sátira, por ello, es un género literario frecuentemente sucio, ejercido por aristócratas en desgracia, antiguos pares de sus ahora víctimas, a quienes conocen tan de tú a tú que las captan en esencia, con insultos como cuchilladas; y más para desahogarse o vengarse que con fines de generosidad moral o literaria.)

 íQué silencioso es el Himno Nacional junto a una página de Monsiváis!

“¿Cuántos de los grandes banqueros no resultan comparables – se pregunta Monsiváis en otro lugar-, en lo que a su trato ideológico y cultural se refiere, a la serie Batman o a las portadas de la revista Brujerías?”. Yo respondería: ninguno; son demasiada mierda para admitir otra comparación que la de ellos mismos en la edificante foto de bodas que cuelga, sagrada, en la sala de sus residencias.

En eso me parecen desmerecer los textos mencionados: los veo demasiado chistosos, siento mucha fiesta y bullicio en ellos, mucha diversión injustificada. Por más pendejadas que digan, no serán muy chistosos los diputados del PRI, a menos que lo sean sólo a congresos locales y en ellos apenas funjan de suplentes; (y además de veras canten Vereda Tropical) Por más que el humor desmitifique a un banquero, la risa queda seca y forzada en la quijada. (Sin embargo, aquí el público me contradiría; el éxito social de la sección Por mi madre, bohemios, culminaría éste que yo llamaría un miscast,, un humor generoso y democrático al que malamente se toma por satírico).

Por ejemplo, Monsiváis quiere burlarse de los años cincuenta y de principios de los sesenta: “Si cada país desprendiera un sonido específico, infalsificable, el sonido de México en esos años es empalagoso y cantadito, rotundo y suave, estridente y persuasivo, con el dejo de seducción que conviene para apresurar el trámite en una ventanilla”. ¿No es, más que sátira, un tipo de humor democrático, que termina hasta con cierta simpatía por esa casi proletaria condición de “apresurar un trámite en una ventanilla”? Es el tipo de humor contra uno mismo o contra un amigo, el que corre en el barrio y en la escuela, en los bares y las reuniones. No el de un majestuoso satírico. O aquella frase sobre los políticos mexicanos de tercera fila que terminan, trompuditos, por ser imitadores de Los Panchos.

La autocrítica de este ejercicio del humor se hace en el propio libro, en las “Notas del Camp en México”: lo camp requiere que el objeto, del humor sea mínimamente gozable, y las políticas priístas y bancarias, no lo son; ni los grandes personajes opresores, por lo menos en sus rasgos esenciales. No tendría caso ni sería natural entonces, reírse de ellos, si no fuese porque:

“lo Camp es la posibilidad de la revancha. En un país que ha padecido vastamente a sus políticos, sus literatos oficiales, sus edificios, su pintura, su música, su cine, su espíritu de seriedad y su solemnidad absoluta, lo Camp es una perspectiva de justicia y venganza”;

sí: un impulso de liberación de ese México Oficial Opresor, pero ese humor no consigue sus mejores momentos haciéndose justicia y venganza contra personajes tan poco chistosos como los millonetas y los poderosos; sino cuando los de abajo conviven en la risa consigo mismos: toda una sociedad que aprende a distenderse y aceptarse a través del humor, a convivir consigo misma, a romper las normas y modelos raciales, sociales, morales, religiosos, culturales, etc.

No como sátira, sino como generoso modo de vida me gusta el humor de Monsiváis; no en las viñetas seudosatíricas antes citadas, ni comentando jocosamente declaraciones de empresarios y políticos, sino en el temperamento de ensayos y crónicas como “Dios nunca muere”, “La educación sentimental”, “Tepito como leyenda”. El humor como eficaz recurso de convivencia colectiva, de aliviane, de festejo de los iguales con los iguales, de rencuentro autocrítico de la sociedad civil consigo misma, fuera de las antesalas y salones de la Nación Oficial.

Y en todo caso, esas burlas al poder encontraron su autocrítica en el momento en que Mansiváis se ve frente a Fidel Velázquez; escribe: “Las sátiras y las parodias le fortalecen: nos alejan, así sea por la vía crítica, de su realidad, mucho más categórica que el humor”.

 ¿Y quién ha mencionado el temor y el aislamiento de esos muchachos que esperaron al ejército en sus escuelas, llenos de azoro y espanto y de resolución y coraje?

Efectivamente. Por desgracia, no hay muchas opciones. Y la sociedad está viva, sigue viviendo; y de alguna manera debe ajustar cuentas con quienes la expolian; aunque sea con caricaturas que siempre, por más talento que se tenga -y así vinieran a colaborar los más asperos demonios-, quedarán por debajo de los perfiles reales; aunque sea con textos que hacen pensar que tal inventiva, tal estilo, tal rapidez verbal, tal aptitud para la alegría y el bullicio, merecen mejores modelos y sujetos.

MÉXICO 68

El mejor texto del libro (y uno de los momentos superiores de la literatura contemporánea en México) es “La manifestación del Rector”. Un estilo diferente al típico de Monsiváis; ahora es transparente, despacioso, pausado, silencioso. Recordando una cita de Cardoza, se me ocurriría meter en esta reseña una frase del tipo de “íQué silencioso es el Himno Nacional junto a una página de Monsiváis!”, de no tener ésta otra prosa. que si bien ha dado otras páginas (sobre Danzós, por ejemplo), todavía dista mucho de agotar sus potencialidades dentro del conjunto de la obra sincopada, agolpada y sonorísima de Monsiváis.

Conforme la manifestación avanza en el texto, se le van integrando, como reuniéndose en una nueva corriente histórica, los episodios y aspectos negados, oprimidos y marginados por la historia oficial. El lector parece asistir a otra corriente histórica, donde adquieren una beligerancia pública, incluso masiva, hechos como el asesinato de Rubén Jaramillo y su familia; la historia de esa izquierda oficial sufrida y dogmática, declamatoria, persistente, puritana, no exenta de heroísmo ni de crueldad, como en Los errores; una juventud que se rescata a sí misma de la impuesta bestialidad de las porras de futbol americano, y primero en las protestas contra las alzas en los camiones y luego ya en el movimiento, se integra a la conciencia civil.

“En este país nadie sino el Poder tiene voz, tiene derecho a la acción y tiene ideas políticas”, escribe Monsiváis al momento de romper -con el hecho mismo de escribir esto, y de publicarlo exactamente en los momentos realmente difíciles de la represión diazordacista- tal barricada ideológica y moral; al igual que las masas que intentaron recobrar la voz, la acción y las ideas políticas en el propio movimiento, surgido de una manera amorfa y hasta absurda, pero de inmediato moldeado por la situación del país y de la ciudad; de modo que al poco tiempo no era sino la respuesta lógica frente a determinada realidad.

La timidez y la bravura, el asambleísmo y las provocaciones, las brigadas, la cultura televisiva imperante en todos (al grado de que los cantos y slogans contestatarios de las manifestaciones provenían de parodias o imitaciones de los comerciales de TV). Seguramente no hay perfil más exacto de la juventud de 68 que este párrafo:

 ¿Y quién ha mencionado el temor y el aislamiento de esos muchachos que esperan al ejército en sus escuelas, contando chistes, calentando rumores, confiando en el convenio de la UNAM con la policía, llenos de azoro y de espanto y de resolución y coraje?

 Tlatelolco 2 de octubre: el gesto detenido en la sucesión de reiteraciones: la mano con el revólver, la mano con el revólver, la mano con el revólver…

Acostumbrado al México-Pop de la simulación y la hipocresía, el cronista ve en esta manifestación, y en la del silencio, cómo los ceños de los manifestantes, los gestos de alegría, transformaban los rostros ciudadanos. La gente en las aceras, que se rebelaba contra lo que sus televisiones y radios y periódicos decían de los muchachos “apátridas”, “exóticos” y “comunistas”; y aplaudían. Como los propios burócratas, obligados a manifestarse en favor del Presidente y contra el movimiento, en un acto de “desagravio” a la bandera en el zócalo, obedecían pero balando y gritando: “No vamos. Nos llevan. Somos borregos”. El momento culminante en que también el cronista, confundido con la masa, prendió en el zócalo su periódico, sumándolo a los miles de antorchas, en medio de una sensación de “victoria popular y triunfo moral”. A su paso, las manifestaciones transformaban las calles, los ojos descubrían otra ciudad, otras atmósferas:

Pasos crédulos, obstinados, absortos, voluntariosos que fueron rescatando, recreando las calles, redescubriendo la Avenida Melchor Ocampo, otorgándole otra fisonomía al Paseo de la Reforma y a la Avenida Juárez y a la calle del 5 de Mayo. Los transeúntes se transformaron, súbitamente, en ciudadanos; el reconocimiento comunal del trazo de la ciudad le ganó la batalla a la grisura de las tardes tristes, en la ciudad predestinada a definirse como hotel. La Coalición de Profesores de Enseñanza Media y Superior Pro Libertades Democráticas encabezaba la manifestación. Al frente la enorme manta: LOS PROFESORES REPROBAMOS AL GOBIERNO POR SU POLITICA DE TERROR.

Luego vendrían el mes de octubre y su día segundo; el helicóptero, la bengala, las manos vendadas, el grito: “íBatallón Olimpia!”, los cadáveres deshaciendo la Plaza de las Tres Culturas; y la frase obsesiva, como el rincón más brutal y sórdido de una pesadilla urbana vista por Andy Warhol: “Y el gesto detenido en la sucesión de reiteraciones se perpetuaba: la mano con el revólver, la mano con el revólver, la mano con el revólver, la mano con el revólver”.

POR SUS PARODIAS LOS CONOCERÉIS

Contra el México estúpido y afluente del “milagro mexicano”, las primeras respuestas fueron, en opinión de Monsiváis, “la literatura y el impulso de los pequeños grupos radicales”. La cultura mexicana todavía no ha escrito las páginas que rescaten a estos pequeños grupos, asediados por todos lados, que hubieron de despeñarse en el desamparo y, en ocasiones, intentar, desesperados frente a la represión institucional, acciones violentas. Su impulso, pese a todo, en cuanto extraña respuesta en un país unánime, no debió de ser pequeño. La fuerza de la literatura, en cambio, sí ha podido expresarse, lograrse, estar a la vista en libros como Días de guardar, en el sentido que el propio Monsiváis propone: “la urgencia de renovar y vivificar el lenguaje”. Y otra: robarle al poder el monopolio de lo que es México. Presentar otros personajes, otros problemas, otras situaciones, otros trazos y temperamentos, es ya en sí solo, un portentoso acto de afirmación política; tanto más cuanto que esa presentación, a diferencia de la habitual aun en los mejores novelistas de los sesentas, va rebosante en Monsiváis de un espíritu polémico y actual.

Qué tan inerme, tan imbécil había dejado el PRI a la cultura, se ve en este pasaje. Monsiváis está tratando, en 1969, a propósito de Hair, de deslindar lo que hubiera de disidencia real y de atavismo radical chic en el jipismo; pero de pronto entra razón y se detiene: “O tal vez… Pero no tiene sentido la discusión. Dentro de unas horas, el monopolio de juicios sobre los hippies le corresponderá a las autoridades que aleccionarán a la prensa”.

O a propósito de la Constitución, vuelta telenovela, cuando un país analfabeto, desletrado, corrompido por sus industriales, banqueros, comerciantes y burócratas, tiene que aprender masivamente lo que su principal institución nacional, ía través de Televisa! (entonces Telesistema) “El floor manager es nuestro Gibbon, apunta Monsiváis. El director de cámaras nuestro John Reed”. (Y Benito Juárez un aspecto de los negocios de Miguel Alemán, podríamos añadir.) Y esto es tanto más grave cuanto que “somos -en mucha mayor medida de lo que imaginamos- el lenguaje de quienes nos gobiernan”, dice Monsiváis en otra parte.

Monsiváis se entrega entonces a una obra extraña, la elaboración de un México-Pop, un país hecho de risibles caricaturas elementales, en el que todo es folklórico, imbécil, cursi, morrallero. Ya he anotado mi objeción sobre la incapacidad verdaderamente satírica de este tipo de humor, excepto para burlarse sin mayor crueldad de políticos inferiores. (No hay presidentes, ni jerarcas de grupos financieros, ni taicunes de la gran industria y del comercio que quepan verdaderamente ahí; más bien la fauna menor, clasemediera, de funcionarios medianos y como quedados en décadas menos tecnológicas.) Ahora intentaré anotar mi interés: sirve para poner la discusión del país en los términos vulgares, folklóricos, cursis e imbéciles que realmente merece.

El lenguaje abogadil, empresarial, bancario o priísta es, por principio, una solemnización de la sordidez. Se hacen los delitos oficiales y financieros con idioma de locutor de radio en hora romántica o de cura marista en misa de fin de cursos. No: recordando que el México Oficial, pese a sus alfombras y limosinas, es burdo y soez, más realista que la peor página de don Federico Gamboa y más cínico que el más soez de los sketches de carpa, nos acercamos más a la situación.

Durante décadas, la literatura mexicana no se atrevía a pensar en los dirigentes nacionales como pobres pendejos; se les elevaba -aun para atacarlos- al mito, a la tragedia, a la épica, a la lírica, pero no a la viñeta que se atreve a intentar la verdad del sketch. Es importante aprender a despreciar a los despreciables -y en eso, este México-Petronio tiene completo éxito. (Aunque habría que despreciarlos ahora con la cara bien seria.)

Y además, la vulgarización de nosotros mismos. Del lector, que no es el alma cándida o el huracán interior que dicen los malos poetas, sino un personaje también de Monsiváis, que habla medio anacado y más que forjarse en la nieve de nuestras épicas montañas, fue homogeneizado por la industria rastracuero y aguachirle que de Perisur al changarro de la esquina, de El Patio a la Alameda y el Blanquita, nos crea una patria de albures y envases desechables; productos envueltos a colores y tonaditas idiotas y dizque sensuales de la radio; una identidad nacional hecha de margarinas, kleenex, kotex, pestañas postizas, panasonic y magnavox, tenis muy nice y una buena aspiradora. El “milagro mexicano” puesto en sus justos términos. Se explica el poder de Fidel Velázquez: “¿quién hubiese podido, con mayor destreza, convencer al proletariado de que el principio de la lucha de clases es la compra de un refrigerador?”.

 Durante décadas la literatura mexicana no se atrevía a pensar en los dirigentes nacionales como pobres pendejos; aún para atacarlos se les elevaba al mito, a la tragedia, a la épica…

Clasemedieros y proletas con sentimientos de bolero, utopías de páginas de sociales, pathos de amarillismo y glorias deportivas. Frente a la oficial idealización de cartoncillo, como propaganda del PRI o del Consejo Nacional de la Publicidad, México en su parodia. En vuestra parodia os reconoceréis.

HUMILLADOS Y EMBEBIDOS

Días de guardar, es entonces, una educación sentimental: frente a los momentos esencializadores del 68, en la verdad del México a través de su parodia y, finalmente, gracias al aspecto literariamente superior: una celebración de los derrotados, una literatura de los humillados y ofendidos pero no en su sentido melodramático -el único posible para incluso escritores tan dotados como Novo, Cfr. esa atrocidad que es La culta dama-, sino en su mayor exaltación vitalista.

En este aspecto (que en sentido diverso es común a la mejor narrativa y poesía de los sesenta, Pitol o Sabines, por ejemplo), se concentra la intensidad y la riqueza prosísticas de Monsiváis: “El vencido atrae inexorablemente. Carece de recompensas, de admiraciones sociales, de la vulgaridad inherente a los triunfadores, y también posee el extraño glamour que se desprende de un conocimiento legendario y romántico: la pureza se inicia cuando no se tiene nada que perder”. Luego recordará, con Adlai Stevenson, que también la falta de poder corrompe; igual que la falta de dinero y de éxito y de todo. Entre la pureza y la degradación, hay un vigor espléndido: “su intento de ser mod y juliechristie a partir de una colonia proletaria o semiproletaria”; “sus bigotes a la Javier Solís que aspiraban a ser considerados como del Sargento Pimienta”.

Frente a la única proporción semirrespetable que la cultura mexicana, después de revoluciones, llegó a darle a las masas: el pasado azteca visto por la escultura romántica, Monsiváis exalta su presencia real, viva, más acá de los teotihuacanes, “y las facciones hieráticas de la serpiente emplumada no impedían que la gente se atropellase y gritase y empujase y presionase en el esfuerzo desmesurado de salvarse de la gente y ganar ese lugar imposible, la garantía de la proximidad del ídolo”, pero del ídolo de la industrializada vida urbana: Raphael; muchedumbre que dejará, “esas sillas aplastadas, esos restos de comida, esos periódicos devastados, esos niños que poco a poco se incorporaban a su estructura familiar, ese ánimo como de quien acaba de perder una pelea o de consumar malamente un amor físico, ese tono fatigado y vencido de quien preparó toda una mañana la declaración romántica que no pudo hacer, esa Alameda que dejaba de ser la Arena Coliseo, el Estadio Azteca, el zócalo y el circo romano, indicaban lo precario de la situación y de nuevo el cansancio lo dominaba todo”.

Quién sea el ídolo, no importa. Importan las masas en un país de masas que, sin embargo, odia a las masas; que las deja fuera y abajo, sin espacio ni mayor expresión (al reprimírseles toda forma política o cultural que de ellas provenga) que “el relajo violento y acre desatado contra nada”, como en el concierto organizado por los Hermanos Castro en el Estadio Olímpico. Esas masas a las que con todas las armas, y sin metáfora, se les impide día a día el rango de ciudadanos y de colectividades:

Los reprimidos -en todos sentidos, del sexual al político- los humillados, los ofendidos, carecen de lenguaje articulado, carecen de propósito, son el retrato exacto del sistema que en su afán de evitarse problemas ha pospuesto la creación de ciudadanos para el año 2000. Quienes arrojan objetos, destruyen sillas, deshacen aparatos, arrojan puntapiés; quienes reparten su (alegre) ferocidad, su salvaje despreocupación por los destinatarios de su puntería, han sido educados en la represión que se llama a sí misma orden, y por consiguiente, carecen de posibilidades de entender el orden si no se ven en la necesidad física de hacerlo, esto es, si no se ven amedrentados por la policía. Esta minoría belicosa, que nunca llega a ser siquiera el cinco por ciento del público total (y que el amarillismo periodístico transformará en Atila a las puertas de forum, en los bárbaros que amenazan la existencia de nuestra aristocracia) ha vivido bajo la doma, bajo la sujeción que recomienda el fluir de pannels y julias. ¿Extraña entonces que se hallen desprovistos de aptitudes para quedarse en (o moverse de) su sitio?.

En esta literatura de los derrotados, Rodolfo El Chango Casanova deja su perfil definitorio, y el teporocho sucumbe como la culminación del proceso degradatorio que va jerarquizando los rumbos de la ciudad y los rostros de sus muchedumbres; Tepito (“la droga mínima robo artesanal”), la Rinconada como último escaño de la indigencia, el espejismo de los boxeadores en el gimnasio y el vapor general; la villamiseria del hampa en la Candelaria, país colonial”, la áspera verdad de su presencia”, “su terrible conducta límite”.

Y sus expresiones: la carpa, el comic, el burdel, el lumpempedo, la madriza aquí a la vuelta; el albur, el léxico cantinflesco de un idioma clasista que no acaba de pertenecer a nadie, y mucho menos al naco frente al Ministerio Público; el teporocho, la puta y hasta el macho madreado. La familiaridad de Monsiváis con esta gente es admirable, como poder definir un rostro a partir de su “bigote bien intencionado” a la Pedro Infante.

 Muchas veces dan ganas de decirle al estilo de Monsiváis: “Calma, siéntate, barajéamela más despacio”.

Sus diversiones, como el Blanquita, que en realidad me parece exageradamente celebrado por Monsiváis. Sus shows ni son tan derrotados, ni tan contraculturales, ni tan divertidos. El mismo Monsiváis acepta que “el principio de la diversión (en esos lugares) es la gratitud hacia el que manda” y que “todo show importante no es sino un encuentro de las instituciones hogareñas”, y del mercado: todo ahí es una incitación a comprar discos, y más discos, y más discos; helados, muéganos, boletos más caros, etc., y a admirar un atroz México de lujo con organdí y papel lustre. (Siempre me ha parecido que Monsiváis le encuentra demasiado chiste a Tongolele.)

Pero en fin, los peregrinos, entre urbanos y arrancherados, que van el 12 de diciembre a la villa, con devoción y ganas de madrear al de junto, sobre todo si media entre cófrade y cófrade una botella y una navaja, bajo estandartes guadalupanos.

TUÉRCELE EL CUELLO AL GUIÑO

Esta literatura de la derrota busca un estilo definido: el estilo de la inmadurez. A lo Gombrowicz, inmadurez viene a equivaler a la derrota, y ambas a un deseo supremo: la juventud. Una prosa que quiere ser Joven-pero-a-lo-bruto, toda la enorme juventud en cada párrafo.

Un odio contra los asnos corruptos del poder y la riqueza que se la dan de poseedores de la Madurez, la Ponderación, del Método Paciente y Estable, de la Serenidad Esforzada, del Análisis Documentado y Sin Apasionamientos, etc. Esto da no sólo una gran legibilidad a la prosa, sino otra legibilidad. El autor deja de ser el vidente, el maestro, el líder; y se vuelve un compañero locuaz y excitadísimo, bullicioso y lleno de inspiración y de ruido.

Pero esta prosa encuentra en su definición su propio obstáculo. Tiene que estar todo el tiempo compitiendo consigo misma. Debe ser más brillante que ella misma a cada renglón; más intensa, más vital, más sabia. Y llega a serlo tan abrumadoramente que se vuelve, a veces, demasiado pesada, sobrescrita y reelaborada. Muchas veces dan ganas de decirle al estilo de Monsiváis: “Calma, calma, siéntate, recobra el resuello y barajéamela más despacio”.

En el mismo párrafo apiramida la idea general, las acotaciones laterales, los chistes que frecuentemente exigen de la Enciclopedia Británica para su desciframiento; los matices adverbiales, las interpolaciones autocríticas, y queda tambaleando, víctima de su propia carga.

En otras ocasiones, su propia brillantez los oscurece. No es justo estar disparando contra el inerme lector tantos flashazos de ingenio en un solo segundo. No acaba el lector de reponerse de la brillantez anterior cuando ya está sobre los ojos el nuevo encandilamiento.

En contadas, pero localizables ocasiones, se le podría acusar del vicio de sus antecesores, como Octavio Paz y Carlos Fuentes, de decir en brillantes maromas verbales mucho menos de lo que aparentan: de escribir cosas con más status que sentido (por ejemplo, dos capítulos un tanto pirotécnicos del libro: “La Primavera” e “Imágenes del tiempo libre”). Pongamos estos breves casos de sobrelaboración brillante y ociosa:

“Propósito de la diana: amenizar la fiesta. Propósito de la fiesta: justificar la diana. La diana es la autocelebración instantánea de la diana”.

O bien:

“La consignas de las pancartas son un metalenguaje: se bastan a sí mismas, explican la marcha y hacen innecesarias las pancartas”.

Pero, casi siempre, la prosa quebrantada, plurivalente, sorpresiva, excesiva, múltiple de Monsiváis; que a cada momento -como sobre ascuas- brincan de un tema a otro, de un tono a otro; que todo lo quiere tener, que todo lo quiere decir, que ya viene de regreso de todo pero que a la vez va rumbo a todas las direcciones, pero-qué-te-crees-que- ya-me-caíste-pues-no; esta expresión verbal que huye de paralizarse en la forma, que busca mantenerse como fluido, como puro movimiento, contradiciéndose y acotándose sin parar; esta prosa que se finge televisiva y mod y juliechristie y a cada rato vuelve a los ritmos verbales de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera; tan Robert Lowell y Martín Luis Guzmán, con su Siglo de Oro vuelto de releer y Borges para un lado y para otro; esta materia ensayística tan original y característica, alcanza más allá de la brillantez episódica y epigramática, una verdadera excelencia sintáctica. A tal grado que de tener que responder qué me parece más radical, más logrado en la obra de Monsiváis, diría que su prosa: lo bien que está escrita, la firmeza de una sintaxis capaz de tan constante y temeraria acrobacia. Su sentido de la composición prosística, en fin. Y esto es lo que la defiende aun de su propia popularidad, de la turba de sus imitadores: lo demasiado bien escrita que está, que es decir: lo demasiado viva.

Y demasiado inteligente. A diferencia de lo típico de los escritores en nuestra historia, reducidos a su parcela cubicular, a su temita y a su estilito, Monsiváis se mueve en un amplio espacio intelectual. Días de guardar ofrece al lector un ejercicio intelectual en innumerables, entreverados intereses y campos. Deja atrás el jardincito literario y asume, caudalosamente, la cultura: es un libro donde todo tiene que ver, donde todo viene a cuento, donde todo es importante cuando hay una actitud civil digna y un verdadero talento intelectual.

Finalmente, una vez desechados como perspectiva los disfraces de Autor tradicionales, como académico, vidente, profeta, mártir, líder, maestro, inspirado, etc., Monsiváis escoge su punto de vista: el de un ciudadano, una con ciencia civil democrática que, además, se sitúa como outsider.

 Monsiváis hizo crecer el ensayo a las mayores ambiciones: incluir la crónica y el artículo, rivalizar con la novela, admitirlo todo en un nuevo género que sólo se logra en su propio estilo.

Un outsider autocrítico que siempre se está manifestando rebasado por lo que cuenta, aunque muchas veces lo que cuente sea más obsesión o mito suyos que realidad (el irigote que arma por el campeonato de futbol, según él tan apocalíptico y del que ahora nomás nos acordamos porque es un tema de Monsiváis, por ejemplo). Se llama a sí mismo sociólogo instantáneo, teórico súbito, pop-sicólogo, teórico inmediato. 

Dentro de la homogeneización que la industrialización logra en la gente, respeta sobre todo la perspectiva individual, su personaje. En cada ensayo marca distancias con los otros, tanto como establece efusiva y radicalmente su solidaridad. De ahí que aun en los momentos más simpatizados, mantenga la perspectiva crítica. No es ondero entre la onda, ni fresa con el Jet Set, ni priísta en las inauguraciones, ni cuentahabiente en los cocteles; pero tampoco un naco entre los nacos, ni teporocho, ni bailarín del Blanquita, ni acelerado del 68. Es, sobre todo, un intelectual, con su posición equívoca en una sociedad antilibresca, con la inermitud frente al Poder Corporativo de todo hombre solo; con la soledad interior del que piensa diferente a la homogeneizada cultura de las masas urbanas.

De ahí lo más apasionante del libro, su autor contradictorio, que ante la confusión huautlesca-eclipseana, los oms, las bachas, los mantras, las pastas, la mota y el pomo, el huipil y toda la parafernalia de los sesenta, “el observador -tan square-” se retira, y “reza, en voz baja, la única oración que le es posible: Barbara, Celari, Darii, Ferio, Cesare, Camestre, Festino, Bároco. . .”

Sí: Monsiváis es el más aristotélico de los autores mexicanos contemporáneos, el más ordenado, el que logra finalmente que -pese a las revoluciones a que somete su sintaxis casi todos sus temas- las cosas hagan sentido: un sentido nuevo, más gregario y más ventilado, con nuevos, mejores recursos.

De ahí que haya renovado, revolucionado el ensayo en México. Cuando Monsiváis lo recibió se habían perdido muchas de las formas tradicionales de escribir ensayo. El tipo de ensayos pintorescos y conversados a la Gutiérrez Nájera, o Valle Arizpe; las viñetas líricas a lo López Velarde y a lo Torri. También la forma patriótica, que con Prieto, Zarco y Vasconcelos llegó a sus glorias, había degenerado en el PRI; así como la académica, que tuvo prestigio en Alfonso Reyes, vino a dar en los profesorcitos de literatura de los cincuenta. Sólo quedaban dos buenas maneras de hacer ensayo, y éstas mostraban ya su decadencia: el ensayo filosófico-poético, de Villaurrutia y Paz y el periodístico socio-lírico, a la New Yorker, culminado en el mejor Novo, que quedaba en Pepe Alvarado y lo más rescatable del periodismo nacional. Monsiváis hizo crecer el ensayo a las mayores ambiciones: incluirla crónica y el artículo, absorber los recursos de la poesía, rivalizar con la novela, introducir las dramatizaciones del teatro, el sketch, la radio; admitirlo todo en un nuevo género, que sólo se logra en su propio estilo.

Concluido el último día de 1970, Días de guardar fue un gran hecho cultural de 1971. A diez años de distancia se ve en ese libro una real aventura intelectual, un enriquecimiento, un momento de veras encarnizado de la cultura mexicana contemporánea.

SINALOA O LAS ENSEÑANZAS DE DON ANTONIO

El conflicto de Sinaloa es mucho más que un proceso local, que pueda circunscribirse al espacio cerrado de una región caracterizada por una larga tradición de lucha social y de violencia. La campaña del gobierno del estado contra la universidad autónoma es ya una cuestión nacional, no sólo por las consecuencias que se derivarían de un desenlace represivo, sino porque puede ser la anticipación de una conducta política generalizable, aplicable a cualquier institución cultural en la que se ejerza la disidencia. Por la combinación de fuerzas agrupadas contra la universidad, por las medidas tácticas utilizadas, por la cobertura ideológica que se está desplegando, el proceso sinaloense prefigura, aunque no lo quisiéramos, uno de nuestros futuros posibles.

Los hechos son conocidos y no tiene caso detallarlos. La información de prensa y la labor de muchos editorialistas ha dado los pormenores del caso. Baste recordar que a lo largo de ocho meses, el gobierno de Antonio Toledo Corro elaboró primero una Ley ad hoc para justificar sus acciones, decretó después la desaparición de las escuelas preparatorias de la UAS -26, con más de 30 mil alumnos- facultó al Congreso local para vigilar el ejercicio de los recursos financieros y retuvo desde mediados de julio el subsidio otorgado a la universidad por el gobierno federal, condicionando su entrega a la implícita aceptación de sus disposiciones por parte de la dirección universitaria.

Ya ahora, cuando todavía no llegamos a la fase más aguda del conflicto, de su desenvolvimiento se pueden desprender lecciones que van más allá de los limites estrictos de la campaña.

1. Cuán estrechos son los márgenes de tolerancia de la burocracia política hacia las instituciones en las que se ejerce la oposición cultural, sobre todo cuando no sólo practican la disidencia ideológica, sino que son también capaces de actuar con otras fuerzas sociales, poseen recursos de importancia y se gobiernan por una dinámica propia, al margen de las reglas establecidas del juego político. Una mentalidad absolutista, contraria a todo intento efectivo de apertura pluralista, reacciona furiosamente cada vez que una institución de la vida civil es ganada por una fuerza de oposición que, aparte de la capacidad de criticar, tiene la de movilización

2. Como se hace cada vez más frecuente la confluencia entre los sectores “duros” de la burocracia política y las organizaciones empresariales, identificados por propósitos y concepciones análogas. En muchas regiones, el viejo papel mediador de la burocracia estatal está desapareciendo. En este proceso, Antonio Toledo Corro es probablemente el personaje más orgánico. Su historia y su práctica hacen coincidir la vertiente del empresariado agroindustrial, neolatifundista y vinculado a las trasnacionales, con la de un nuevo tipo de político, que no se forma en el sistema tradicional del partido y sus organizaciones de masas, sino que lo debe todo precisamente a su condición de puente de y hacia los hombres de negocios.

Con Toledo y su equipo en el poder, confluyen los empresarios del sur del Estado, el sector más primitivo y por largo tiempo apartado del gobierno local, con los grupos de Culiacán y del norte, más estructurados y vinculados a Monterrey, de cuya ideología Manuel J. Clouthier es representante típico. No es casual, por ello, que la ofensiva contra la universidad pública coincida con una tendencia general de apertura a la privatización de la enseñanza, concretada ya en el patrocinio estatal a la Universidad de Occidente.

3. Que en la campaña se ha probado, hasta hoy con éxito, una táctica nueva: construir una legalidad propia, para envolverse en ella antes de proceder por la vía de hecho. La aprobación de la ley de educación del Estado, en la que se deslizó la atribución estatal de impartir educación media superior, atribución a la que se dio después el carácter de exclusiva, ha sido el apoyo fundamental de Toledo Corro. Desde entonces, cada acto contra la UAS ha sido justificado en el nombre de la ley, poniendo en juego todas las trampas de la interpretación legaloide. Poco importa que la legislación estatal sea aberrante, que se violente el orden jurídico general, en particular la reforma constitucional sobre la autonomía o que se rompan los procedimientos para el manejo de los recursos federales; con una terquedad inquebrantable, el gobierno repetirá que está cumpliendo con la ley. Tan eficaz ha sido la maniobra, que si hoy se suspendieran todas las agresiones contra la universidad, el régimen de Toledo ya tendría como ganancia un sistema de escuelas preparatorias para competir cotidianamente con la UAS.

4. Que los hechos han mostrado una profunda dualidad y la probable fractura en el interior de la alta burocracia política. Si en el pasado reciente la tónica general en el sector oficial ha sido la reiteración formal del respeto a la autonomía y aun la aceptación de la coexistencia con las universidades democráticas, el conflicto en Sinaloa exhibe a un sector que está dispuesto a liquidar la tolerancia. No podría saberse qué tan amplia es la corriente “dura”, pero es seguro que Toledo Corro, como antes De la Madrid en Baja California, no son excepciones solitarias.

Por otro lado, los funcionarios públicos involucrados en el asunto, del secretario de Educación Pública para abajo, han guardado una actitud ambivalente, que en el fondo deja las manos libres a Toledo Corro. Los discursos de Fernando Solana o del subsecretario Mendoza Berrueto han sido una defensa abstracta de la autonomía, que elude la toma de posición sobre su realidad terrenal en Sinaloa. En la práctica, al permitir que Toledo Corro use el subsidio otorgado por la SEP como instrumento de chantaje, aceptan la complicidad y se adhieren a los duros. El discurso abstracto y la calificación del conflicto como hecho local, encerrado por las paredes de la soberanía estatal, de pronto respetabilísima, expresan que la supuesta corriente de la modernización y el pluralismo no tiene energía ni interés para frenar las soluciones arbitrarias, mucho más naturales para los hombres del sistema. Ello mismo muestra qué frágil es una legalidad ambigua, como la del régimen de autonomía, cuando su aplicación está sujeta al crudo juego de los “factores reales del poder”.

5. Que para amparar ideológicamente la campaña, se da nueva vida a las formas más burdas del anticomunismo y de la despolitización del saber. A la tesis de que la única misión de profesores y estudiantes es enseñar y aprender, siguió la denuncia de bajos niveles de calidad en la enseñanza universitaria, complementadas con la acusación de que el Partido Comunista Mexicano se ha apoderado de la universidad, a la que utiliza para sus propios fines. Toda la maniobra gubernamental aparece como una cruzada para reintegrar la universidad a su tarea de formar “buenos profesionistas” y para librarla de las fuerzas extrañas que, paradójicamente, son presentadas como contrarias a la autonomía. La versión, repetida por el gobierno, los organismos empresariales y por asociaciones de todo tipo que surgen como hongos, apela a las fobias y los prejuicios de los estratos medios que forman buena parte de la clientela de la universidad y que son necesarios como base de apoyo a la campaña.

6. Que el gobierno de Sinaloa, llevando la maniobra hasta el terreno de la provocación, parece decidido a asumir sus consecuencias más graves y las autoridades federales dispuestas, por lo que hacen y por lo que dejan de hacer, a que las cosas lleguen hasta el enfrentamiento directo. Que esto suceda en vísperas de que se resuelva la sucesión presidencial, cuando de la burocracia política se esperaría la actitud general de conservar la tranquilidad pública, refleja la fuerza de esa corriente que quiere, ahora y a cualquier costo, recuperar el control y la hegemonía en el puñado de centros de educación donde se practica la disidencia. Al final, queda también la duda de si, dentro del sistema, hay algunos interesados en encender fuegos, precisamente ahora. Ya se sabe que los incendios generalmente permiten el lucimiento de los bomberos.

PARA ENTENDER A TRECEVISA

El observador de los hechos relacionados con la comunicación social quisiera detenerse sólo en fenómenos trascendentes. Ocuparse, por ejemplo, de la evolución del nuevo orden informativo internacional. O prever las consecuencias del desarrollo tecnológico, por ejemplo el uso de los satélites o la ampliación casi explosiva de la radiodifusión cuando se establezca aquí la banda de ultrafrecuencia. O evaluar las posibilidades de que tenga curso libre el plan de comunicación social, y el proyecto de ley correspondiente, que se elaboran en importantes oficinas del gobierno federal. Pero lo que ocurre en el canal Trece nos obliga a reducirnos al nivel de las anecdotas.

Los últimos episodios de la tragicomedia que allí tiene lugar desde hace 4 años y medio refuerzan una tendencia inequívoca. En breve y compendiosa fórmula, en el interior mismo de la emisora oficial se ilustra esa tendencia cambiándole nombre a la institución. Ahora se la llama Trecevisa. La denominación expresa la conversión de la televisora pública en cacicazgo de la televisión comercial, cuyas concepciones y cuyos personeros dominan lo que fue una organización oficial.

No es nuevo el fenómeno, pero en los últimos meses ha crecido su intensidad. Lo protagonizó, primero, Luis de Llano Palmer. Formado en el espectáculo televisivo trasladó esa concepción al canal Trece, como subdirector de producción. Cuando se fue, tuvo un relevo eficaz, si bien no en su misma área: Joaquín López Dóriga, que había llegado a ser vicario del principal deformador de noticias en la televisión comercial, fue encargado de presentarlas en la televisión pública. Es preciso decir, en su abono, que ha sido sensible a las pautas políticas estatales en materia internacional. Ello permitió crear un espacio de información sobre los conflictos centroamericanos, cuya validez crece comparada con la manipulación escandalosa que de los mismos acontecimientos se hace en Televisa.

Dotado de amplísimo financiamiento, el equipo de noticieros llegó a constituir un feudo aparte, segregado del resto del canal Trece. Cuando fueron directores, Alejandro Palma y Jorge Velasco estaban tan ocupados en entender de qué trataba su función o vacilando entre marchase o no; en suma, estaban tan ocupados en sobrevivir, que no tuvieron tiempo de revisar esa situación. El sexto director de la emisora en cuatro años, el doctor Jorge Cueto García, si pudo hacerlo. Decidió suprimir el canal catorce, es decir la autonomía del equipo de noticieros. Parte de su estrategia para hacerlo consistió en denunciar las concepciones, propias de Televisa, que se ejercían en esa área. Veía la viga en el ojo ajeno y no veía la suya propia: La comercialización del canal llegó a hacerlo indistinguible de la televisión mercenaria. La supresión de avisos de bebidas alcohólicas no hizo más que resaltar que los había en una difusora propiedad de un gobierno obligado a combatir el etilismo. La programación del canal Trece, por otra parte se había enriquecido, dicho sea así con obvia sorna, con personajes desechados por Televisa: Chucho Salinas y Héctor Lechuga redujeron la crítica política a graciosos pero insustanciales esqueches, donde la trivialización humorística impide el examen siquiera superficial. Angel Fernández llevó su prolongadísimo gooooooooool a programas de concurso que parecían diseñados en la avenida Chapultepec. Alberto Rojas, alias el caballo, mal actor de malos vodeviles, fue prodigiosamente transformado en contendiente del Chabelo que emboba a los niños

Televisa se colaba, pues, por todas partes. Diciendo combatir esa tendencia, el Cueto García llegó a ser el más poderoso director de la emisora. Muy influyente siempre en el ánimo de la señora Margarita López Portillo, directora general de Radio, Televisión y Cinematografía, se convirtió efímeramente en el principal consejero de la funcionaria. Ello ocurrió cuando, al comenzar este año, el ingeniero Ramón Charles, que lo era, perdió esa condición y se transformó en el protagonista de una nueva flor de té,, aquella zagala de la que nunca se supo de dónde venía ni dónde se fue.

Pero una regla inexorablemente observada en RTC afectó adversamente también al doctor Cueto García: la suma de poder fue causa de que lo perdiera. En abril, el licenciado Pedro Ferriz Santacruz fue designado coordinador general del canal Trece, puesto diseñado para ser, al mismo tiempo, antesala y cúpula de la Dirección General. El hecho debía concretarse el Lunes de Pascua. El doctor Cueto García maniobró para impedirlo; sólo consiguió demorarlo. En julio, al terminar una reunión del consejo de administración, el licenciado Claudio Farias, que asistía a la junta con la representación de la señora López Portillo, anunció que ella lo había designado coordinador general ejecutivo de la emisora. El doctor Cueto García, que poco antes hasta había pasado por alto el que se le suspendiera el servicio a su aparato telefónico conectado a la red privada del gobierno federal, comprendió esta vez.

A su renuncia, Ferriz Santacruz fue designado director general. Como todo mundo sabe, durante lustros fue locutor de radio y televisión en las empresas propiedad del monopolio Azcárraga. La que se hace allí es la comunicación que sabe hacer. Aunque es director de la agencia de noticias gubernamental Notimex desde el principio de esta administración, carece del don principal de un funcionario público, que es la conciencia del Estado. Hace unas semanas, al recibir una presea otorgada por una de esas academias que suplen con togas su falta de sustancia (y cuyo presidente es ahora secretario particular de Ferriz mismo) el hoy director del canal Trece alegó que no todo estaba perdido en la administración pública, repitiendo los esquemas simplistas que sobre ella ha propalado la clase empresarial.

José Ramón Fernández, que como quiera que sea había estado durante ocho años en la dirección de eventos deportivos del canal Trece, fue sustituido por Jorge Berry, venido directamente de Televisa. A pesar de mucho, y con distorsiones no desdeñables, la tesis deportiva del Trece era antagónica de la de Televisa. Por eso era importante tomar ese baluarte, que se rindió de manera incondicional.

El rumor de que Jorge Saldaña sería sustituido en sus programas por Talina Fernández, producto neto de Televisa también, fue negado por un interesante boletín. Se anuncia en él la ratificación de Saldaña, como si fuera un funcionario y no un conductor sujeto a relaciones profesionales y laborales con el canal Trece. Dispusieron esa ratificación, dice el boletín, la señora López Portillo, el señor Ferriz y el señor Farías. Demasiados jefes, pues.

De ese modo se anuncian nuevos conflictos en Trecevisa. Ellos sólo beneficiarán al monopolio que, por causa de utilidad privada, ha venido expropiando el canal oficial.

ENCUENTROS CON MR. JONES

Durante el invierno de 1945 viví varios meses en una casa de huéspedes en Brooklin. Era un edificio viejo de piedra arenisca, pero no descuidado; al contrario, estaba amueblado con gusto y sus dueñas, dos hermanas solteras, lo mantenían pulcro como un hospital.

Mr. Jones vivía en el cuarto contiguo al mío. Mientras mi habitación era la más pequeña, la suya era la más grande y soleada de la casa, lo que estaba bien, ya que Mr. Jones no salía nunca: todas sus necesidades, alimentos, compras, lavado de ropa, eran atendidos por las caseras. Ademas, no le faltaban visitas; diariamente entraba en su cuarto un promedio de media docena de personas: hombres y mujeres, jóvenes, maduros y ancianos; desde la mañana hasta la noche. No era traficante de drogas ni adivinaba la suerte; no, aquella gente venía sólo a platicar con él y aparentemente le daba regalos en efectivo por su conversación y consejo. De no ser así, quién sabe cuál era su fuente de ingreso, ya que no parecía existir otra.

Jamás nos dirigimos la palabra, circunstancia que siempre he lamentado. Era un hombre apuesto, de unos cuarenta años. Delgado, de cabello negro y un rostro distinguido, pálido y magro, con pómulos prominentes y una pequeña marca de nacimiento en la mejilla izquierda: una mancha escarlata con forma de estrella. Usaba anteojos de oro con lentes oscuros: era ciego; y además, tullido. No podía moverse sin muletas, ya que, según las caseras, un accidente en la infancia lo había privado del uso de sus piernas. Vestía siempre un traje bien planchado, gris o azul, de tres piezas, y corbata -como si estuviera a punto de salir hacia Wall Street.

Sin embargo, como ya dije, nunca dejaba el lugar. Simplemente se sentaba en su encantadora recámara, en una cómoda silla y recibía visitas. No tengo idea de por qué venían a ver a este tipo de apariencia tan ordinaria, ni de qué hablaban, y estaba demasiado ocupado con mis asuntos para ponerme a investigarlo. Cuando tenía tiempo, imaginaba que sus amigos habían encontrado en él a un hombre inteligente y afable, alguien que sabía escuchar y a quien podían confiar y consultar sus problemas: una mezcla de confesor y terapista. Mr. Jones tenía teléfono. Era el único inquilino con línea privada. Sonaba constantemente, con frecuencia después de medianoche o a las seis de la mañana.

Me cambié a Manhattan Varios meses después volví a la casa para recoger una caja de libros que había dejado encargada. Mientras las caseras me ofrecían té y galletas en su “salón” con cortinas de encaje, les pregunté por Mr. Jones. Las mujeres bajaron los ojos. Carraspeando, una dijo: “el asunto está en manos de la policía”.

La otra explicó: “Lo reportamos como una persona perdida”

La primera agregó: “El mes pasado, hace veintiséis días, mi hermana le llevó el desayuno, como de costumbre. No estaba en su cuarto. Allí estaban sus pertenencias, peró él se había ido.”

“Es extraño. . . “

“…cómo un hombre ciego y paralítico…”

Pasaron diez años.

Ahora es una helada tarde decembrina y estoy en Moscú. Viajo en un carro del metro. Sólo hay unos cuantos pasajeros más. Uno de ellos es un hombre sentado frente a mi, con botas, un grueso y largo abrigo y una capa de pieles al estilo ruso. Tiene ojos brillantes azules como los de un pavorreal.

Después de dudarlo un instante, simplemente le clavé la vista, ya que incluso sin lentes oscuros no había manera de equivocarse en cuanto a aquel rostro magro tan característico, con esos pómulos prominentes y una marca como estrella en la mejilla.

Estaba por cruzar el pasillo y hablar con él cuando el tren entró a una estación, y Mr. Jones, sobre un par de excelentes y robustas piernas se puso de pie y salió del carro. Rápidamente, la puerta del tren cerró a sus espaldas.

De Music for Chameleons, 1980 (versión de H.B)

TIERRA Y TERROR: LA REFORMA AGRARIA SALVADOREÑA

En El Salvador, tierra es poder, y la guerra por su posesión ha cumplido un siglo. Mucho de los actuales guerrilleros rurales son descendientes de los agricultores expulsados de sus fincas en 1881, cuando los antepasados de la actual oligarquía de 14 familias abolieron un sistema de tenencia comunal y se apoderaron de la tierra para cultivar café y exportarlo.

Por ello, los analistas estratégicos del Departamento de Estado norteamericano han propuesto una reforma agraria como la mejor manera de conquistar los corazones del campesinado salvadoreño y arrebatárselos a la insurgencia, que ha ganado apoyo considerable en el campo.

¿Suena familiar? Las metas expresadas y los procedimientos del programa de reforma agraria son casi idénticos a los del Programa de Pacificación de Vietnam en 1968. La similitud no es casual. Buena parte de ambos programas son obra de un mismo hombre, el doctor Rey Prosterman, actualmente catedrático de derecho en la Universidad de Washington en Seattle. Prosterman se casó con la idea de las reformas agrarias en 1967, cuando publicó en la Cornell Law Review un artículo titulado: “Reforma agraria en Vietnam del Sur: una propuesta para voltear las tablas al Viet Cong”.

Como el título indica, la propuesta de Prosterman era política y no desarrollista, parte integral de un amplio programa de pacificación que incluía misiones de busca-y-destruye, creación de “aldeas de seguridad” y la operación Fénix de la CIA, durante la cual, de acuerdo a una investigación de la U. S. House, fueron asesinados 30,000 campesinos vietnamitas.

Tres fases y un sólo programa verdadero

El programa de Prosterman para El Salvador tiene tres fases:

– Fase I. Expropiar un 20% de tierra de cada hacienda con más de 500 hectáreas y transferirlo a cooperativas de campesinos. (Estas haciendas representan sólo el 15% de la tierra cultivable del país).

– Fase II. Aún por implementarse, afectará las haciendas de tamaño medio (de 150 a 500 hectáreas) que sobre todo producen café, el principal producto de El Salvador.

– Fase III. O programa “La tierra para el agricultor”. Finalizará con la renta de tierra a campesinos, quienes recibirán los títulos de las pequeñas áreas que han estado cultivando.

La reforma agraria salvadoreña fue montada por los ministros de la junta y los militares. No se consultó a la iglesia, ni a la Universidad, ni a técnicos agrícolas, y sólo participó una organización campesina, la Unión Comunal Salvadoreña (UCS); aún así, el 5 de junio de 1980 ocho comités ejecutivos provinciales de la UCS firmaron una carta protestando por la violencia desplegada bajo el cobijo de la reforma agraria.

La UCS fue fundada por el Instituto Americano para. el Desarrollo del Trabajo Libre (AIFLD), un proyecto internacional de la AFL-CIO. Su función es organizar el trabajo en los países en desarrollo y educar a los obreros para negociar razonablemente con las corporaciones norteamericanas. Así, la AIFLD ha organizado con éxito los Sindicatos de United Brands (La United Fruit Company) y de la Standard Fruit Company en Centroamérica. La AFL-CIO se jacta de que la AIFLD fue creada “para reforzar la democracia en América Latina mediante sindicatos libres y poderosos”. Sin embargo, diferentes agrupaciones latinoamericanas han denunciado que en sus seminarios de adiestramiento en Front Royal, Virginia, se insiste sobre todo en el “peligro comunista”, enfrentando los movimientos laborales de la región, en tanto que dan escasa instrucción sobre aspectos organizativos y de administración sindical.

Así en Vietnam como en la Tierra

En los primeros años de los sesenta se acusó a la AIFLD de estar ligada a la CIA. Ahora es un importante proyecto de la Agencia para el Desarrollo Internacional (AID) y recibe financiamiento adicional de casi 100 corporaciones multinacionales. incluyendo ITT, Kennecott, Exxon, Gillette, Shell y W. R. Grace. El presidente de la Grace, Peter Grace, es también el gerente de la AIFLD.

Roy Prosterman es asesor de la AIFLD, y en el pasado visitó El Salvador repetidamente, para asistir a la reforma agraria. Pero el 3 de enero fueron asesinados en el centro de San Salvador Michael Hammer y Mark Pearlman, quienes trabajaban para la AIFLD. Desde entonces, Prosterman no ha vuelto al país, pero se comunica personalmente por teléfono con la UCS en El Salvador.

Prosterman afirma, y la AIFLD está de acuerdo, que estos programas son un éxito, a pesar de que él se ha equivocado totalmente en relación a El Salvador, habiendo predicho que la insurrección terminaría a fines de 1980, y a pesar de que su programa fue un estrepitoso fracaso en Vietnam. Quizá cuando Prosterman habla de éxito se refiere a Filipinas Taiwan y Corea del Sur, donde le ha ido un poco mejor a su modelo de reforma agraria … bajo ley marcial.

Mark Dowie (Mother Jones, junio de 1981, trad: HB)

LECTURAS DE ZAID Y LA CASA BLANCA

Curioso itinerario el de Gabriel Zaid, ingeniero y poeta, consultor de negocios y escritor independiente. Han querido sus musas inconstantes llevarlo de la inventiva exploración de la poesía (Práctica mortal 1973 Omnibus de poesía mexicana, 1971) al utopismo empresarial (El progreso improductivo, 1979) a la defensa de lo que él cree que es el pueblo salvadoreño y en realidad es el Departamento de Estado norteamericano (“Colegas enemigos. Una lectura de la tragedia salvadoreña”, en Vuelta 56, julio 1981 ).

Para construir este último atuendo, Zaid ha revisado y ostenta no se sabe cuántas fichas periodístico-académicas. Lo hace con ingenuidad y denuedo semejantes a la de esos académicos-universitarios aparatosos e improductivos que tan asidua y despectivamente crítica: quiere probar con la acumulación de referencias la exactitud de su análisis. Pero los demonios o los diablitos de la subjetividad le han torcido la mano inclinando su lectura hacia una versión final de los hechos que sería trivial si no fuera porque abre en la vida intelectual de México un frente de apoyo analítico a las certidumbres de la Casa Blanca sobre la “tragedia salvadoreña”. Nadie entre los intelectuales mexicanos se había jugado ese boleto. Zaid sí, y como se le quiera ver es el inicio de una corriente: no el fruto de una identidad ideológica elegida cínicamente por razones pragmáticas sino la convergencia de un método de lectura intelectual: fe en el empirismo que agrega datos sueltos hasta formar irrefutables verdades fuera de contexto, desconfianza en las generalizaciones que puedan incluir una visión teórica del conjunto de la sociedad, así como una militante e hipersensible, aversión a todo lo que suene a izquierdismo, marxismo, etc.

A mal fin, no hay buen principio. Todo el edificio de citas en que está sustentado el artículo de Zaid se resuelve en unas cuantas conclusiones.

“Los responsables de la tragedia salvadoreña que empezó en octubre de 1979 son los dirigentes que no se ponen de acuerdo; en particular los que creen en la violencia, tanto en el poder como en la oposición… El mayor estorbo para establecer (un) mínimo consenso está en los que creen en la violencia… en la pasión de imponer sus ideas y sus intereses por la violencia… Sacando de cuadro a los que creen en la violencia no sería difícil que los dirigentes en conflicto se pusieran de acuerdo. Una y otra vez han buscado convergencias, si ninguna ha cuajado ha sido esencialmente por los provocadores de izquierda y de derecha “

En un discurso pronunciado el 16 de julio de 1981 ante el Consejo de Asuntos Mundiales en Washington, el subsecretario de Estado Adjunto norteamericano Thomas O. Enders, artífice nixoniano de la escalada en Cambodia y a cargo ahora de la política hacia Centroamérica, definió sus convicciones sobre El Salvador en términos sorprendentemente zaidianos:

“El Salvador… está dividido entre los insurgentes y una gran mayoría que se opone a los métodos violentos de la extrema izquierda. Está también dividido entre una minoría igualmente violenta en la extrema derecha que busca la vuelta de El Salvador al dominio de una pequeña élite, y una gran mayoría que ha recibido complacida los cambios políticos y sociales de los últimos 18 meses… Es necesario que se avance de modo demostrable en el control y la eliminación de la violencia de todos los orígenes. “

Debe notarse que el licenciado Enders incluye al pasar una alusión al trasfondo social de la guerra -el “dominio de una pequeña élite” y los “cambios políticos y sociales”: las reformas prometidas por el régimen de Duarte-, aspectos por los que el analista Zaid simplemente pasa de noche. Más todavía: en otra parte de su discurso, el subsecretario reconoce (sin fichas probatorias, eso sí) que el conflicto de ese país está “hondamente arraigado en los problemas políticos y socioeconómicos salvadoreños”. A cambio de estas elementales lecciones sociohistóricas, hay una diferencia sustancial: Enders insiste paranoicamente a lo largo de su discurso en un punto del que Zaid simplemente no se ocupa dada su convicción de que el problema de El Salvador “es ante todo interno y ante todo arriba”. Enders cree que “Cuba está manipulando y propiciando la violencia en El Salvador”.

Pero las posiciones de fondo en las medicinas de corto y mediano plazo son sin embargo esencialmente idénticas. Zaid: “Frente a su violencia (la de los violentos de izquierda y derecha) queda claro qué utópico sería renunciar a la violencia legítima”. Enders “La realidad básica es que la violencia está llamada a ser contrarrestada por la violencia hasta que se conciba un proceso político racional y legítimo que rompa ese círculo vicioso”.

Zaid propone que ese círculo vicioso puede romperse concediéndoles a los violentos “una especie de amnistía en el exilio, sacarlos rápidamente del país y aun darles dinero. Se ofrecería lo mismo a los guerrilleros que quisieran aceptarlo”. Con los pies mejor puestos en la tierra, Enders matiza la propuesta: “Los dirigentes de El Salvador no habrán -ni deberán- de otorgar a los insurgentes por medio de negociaciones la porción de poder que los rebeldes no han podido conquistar en el campo de batalla”. Y agrega: “Un ejército confiado en que su integridad habrá de ser respetada… puede ser efectivo en cuanto a detener la violencia tanto de la derecha como de la izquierda. Pero es también realista reconocer… que un ejército sospechoso de que su integridad institucional pudiera no respetarse, podría de por sí llegar a ser un elemento desestabilizador”.

Como sea, la coincidencia básica subsiste. Zaid: “Se buscaría pactar con la oposición política, desconectándola de la oposición armada. Lo cual requeriría no ensañarse con ésta… Esta situación irregular podría seguir hasta que hubiera elecciones, de preferencia supervisadas por un organismo internacional”.

Enders: “Creemos que las elecciones abiertas para todos aquellos que estén dispuestos a renunciar a la violencia y a seguir los procedimientos de la democracia pueden ayudar a poner fin al largo calvario de El Salvador… Para desarrollar un proceso electoral serio, digno de confianza, seria apropiado para todos los grupos no violentos, cualesquiera que fuesen sus relaciones con el actual gobierno, que expongan sus criterios ante sí y ante la comisión electoral… Las elecciones entrañan cuestiones muy delicadas. Incluyen materias técnicas (como las medidas para garantizar un, es crutinio justo) para establecer medidas que fomenten la confianza (tal como disponer de testigos que vigilen la equidad del proceso,)”, etc.

Una de las mayores desventuras de la academia es que al fin de cuentas la mayor parte de sus finísimos encajes documentales no sirve sino para ponerla al servicio de las más inesperadas y gruesas causas políticas inmediatas Es la moraleja de La montaña mágica: luego de las más intensas su sumergidas metafísicas en la eternidad, la enfermedad y la historia, Hans Castorp fue movido a la acción, sólo por el llamado del káiser que lo mandaba a la guerra. La musa académico-hemerográfica de Zaid parece haberle jugado una broma vital de la misma índole: dispuesto a escribir un artículo en favor del pueblo salvadoreño, Zaid sólo abrió entre los intelectuales mexicanos un filón de apoyo a la visión norteamericana del conflicto, ese que quiso pretenciosamente iluminar con su independencia de criterio. Pero independencia es eso que queda después de que las definiciones políticas precisaron la propia militancia.

Lo demás sigue siendo literatura.

ZAID: LA TRAGEDIA COMO SILENCIAMIENTO

La lectura de la tragedia salvadoreña llevada a cabo por Gabriel Zaid (Vuelta No. 56, julio de 1981) es una magnifica muestra de que el ejercicio de leer es algo mucho más complejo que el simple pasar la mirada por un conjunto de signos que están ahí, con un sentido unívoco y listos para ser comprendidos por quien realiza tal ejercicio. Cuando se trata de leer una realidad social, y todavía más en el caso de una realidad social convulsa, la lectura no tiene delante la totalidad de las significaciones producidas por esa realidad; los datos no hablan por sí mismos y no tienen su significación adherida a ellos. Es, pues, el código desde el cual se realiza la lectura lo que les confiere significado y permite una reconstrucción más o menos profunda de la situación. Ese mismo código posibilita leer ciertos signos mientras otros le quedan completamente inadvertidos. No es sorprendente, por tanto, que la lectura de Gabriel Zaid, apoyada en un aparato teórico de notoria pobreza analítica, desemboque en una escuálida interpretación de lo que ocurre en El Salvador.

Zaid presenta como conclusión central de su puntillosa y farragosa recopilación de datos lo que no es sino una endeble hipótesis de lectura: “los de arriba (junta militar y dirigentes de oposición) no se ponen de acuerdo en cómo tratar a los de abajo: éste es el conflicto que hace correr la sangre salvadoreña” Con base en la ingenua creencia de que basta presentar unos cuantos datos para que la conclusión se imponga con la fuerza que tiene lo evidente de suyo, Zaid conduce su lectura hasta encontrar como resultado lo mismo que ya estaba en el comienzo en calidad de (pueril) hipótesis interpretativa: en El Salvador no hay, como suponen muchos, una insurrección popular contra una dictadura militar prolongada por decenios, apoyada por Estados Unidos y obsesionada por preservar formas de concentración extrema de la propiedad, sino que “una lectura detenida sugiere otra cosa: el verdadero conflicto es ante todo interno y ante todo arriba. Los de arriba no se ponen de acuerdo en cómo tratar a los de abajo: éste es el conflicto, del cual los de abajo son el tema y las víctimas”.

Se conoce bien el procedimiento para lograr que una hipótesis (en este caso por demás chata y forzada) figure como conclusión fundada en los hechos mismos: se eligen unos cuantos datos que parecen apuntalar la hipótesis y se omite cualquier otro elemento cuya significación no corrobore esa hipótesis. Zaid hace un uso abusivo de ese procedimiento característico de la deshonestidad intelectual: todo el juego de su lectura se reduce, en definitiva, a dos factores: a) hoy son miembros del Frente Democrático Revolucionario ciertos individuos que antes pertenecieron a la junta gobernante; b) en el gobierno y en la oposición hay quienes desconfían de las reformas: “unos creen que el reformismo es peligroso porque lleva al comunismo, otros que es peligroso porque impide la revolución. . . todo lo cual sucede arriba”. Para que este par de datos, cuya significación se vuelve ininteligible precisamente porque Zaid los abstrae de la totalidad social en la que adquieren sentido, parezcan suficientes para dar cuenta de la compleja condensación de circunstancias que hacen posible la tragedia salvadoreña, Zaid realiza una prodigiosa tarea de silenciamiento: nada respecto a la estructura económica del país, ni una palabra sobre la cínica intervención estadunidense, silencio sobre el formidable tejido social en que descansa la fuerza del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, desconocimiento pleno de la historia de la sociedad salvadoreña.

La falta de sentido histórico de este perspicaz autor de la lectura de El Salvador no tiene límites. Por ello puede escribir: los responsables de la tragedia salvadoreña que empezó en octubre de 1979 son los dirigentes que no se ponen de acuerdo; en particular, los que creen en la violencia, tanto en el poder como en la oposición”. No cabe duda de que seria legítimo, en un intento de periodizar la historia de El Salvador, ubicar el comienzo de una nueva fase de la tragedia salvadoreña. Está claro, sin embargo, que no se entiende nada de esta nueva fase sin considerar, por lo menos, la insurrección campesina de los años treinta y la consiguiente masacre desatada por el gobierno, las décadas de ininterrumpida dictadura militar, los fraudes electorales de los setentas, los esfuerzos de la oposición para transformar la sociedad por vía institucional, la cultura de la violencia que la clase dominante y los grupos gobernantes han impuesto en la vida cotidiana de ese país. Zaid pierde tanto tiempo en mostrar la trivialidad de que los dirigentes de la oposición provienen de los reducidos sectores ilustrados y pertenecen a “los de arriba”, que termina por creer en serio que la profunda conmoción observable en El Salvador (parte de la revolución centroamericana en curso) es resultado de los afanes violentos de unos pocos y no resultado del propio desenvolvimiento histórico de esa sociedad.

Le basta a Zaid una nota del Time sobre el numero de guerrilleros salvadoreños para inferir con la misma mala fe que impregna todo su artículo: “no hacen falta cálculos para ver que la ofensiva del 10 de enero tuvo más público y solidaridad mundial que apoyo en El Salvador”. Su deliberada desatención al papel que han desempeñado en los últimos años los organismos de masas le permite repetir tesis absurdas idénticas a las que en su momento sostuvo la derecha para sugerir que los sandinistas no contaban con apoyo popular. Si no hubiese leido en las docenas de notas periodísticas que menciona en su trabajo exclusivamente lo que le dio la gana, no podría pasar por alto en forma tan impúdica la actividad de la Federación Nacional de Trabajadores (FENASTRAS), de las Ligas Populares Campesinas y de la Asociación Nacional de Educadores Salvadoreños, para mencionar sólo tres organizaciones decisivas en El Salvador contemporáneo. Los centenares de dirigentes sindicales y agraristas presos y los millares de miembros de esos organismos asesinados no confirman la idea de que unos pocos violentos actúan sin apoyo popular.

Para quienes siguen con preocupación las dificultades del proceso de transformación social hay una serie de problemas básicos que requieren, en efecto, una enorme cuota de reflexión . Por ejemplo: los obstáculos al esfuerzo de unidad e integración del bloque social dominado y de las fuerzas políticas decididas a articularse con ese bloque, el sectarismo en virtud del cual se anteponen intereses mezquinos de grupo a los intereses globales del movimiento social, el impacto pernicioso de las concepciones militaristas de la lucha política, etc. Pero no se avanza ni un paso en estas cuestiones, si se permanece encerrado como Zaid en una cuantas vulgaridades de sicología barata: las implicaciones de las tesis militaristas quedan rebajadas hasta aparecer como mero residuo de la propensión de algunos a la violencia; el sectarismo y las trabas que enfrenta el proceso de unidad se convierten en una tonta consecuencia del “deseo de encabezar”. Difícilmente se podrá estar en condiciones de explicar algo a partir de semejantes ideas simplistas. La derecha no se sostiene, no hay duda de ello, por la eficacia analítica de sus voceros.

DEVUELVEME MIS TEXTOS, OH FAUNA LITERARIA

Revista de la Universidad de México. Organo de la Universidad Nacional Autónoma de México. Volumen XXXVI Nueva época, números 1 y 2, mayo y junio de 1981.

Después de cincuenta años de aparecer regularmente, la Revista de la Universidad de México quiere iniciar una “nueva época”; y lo que se nos presenta como modernidad en poco difiere, materialmente, de lo antiguo; a menos que se consideren novedosos los leves cambios de formato, diseño, papel y paginación; porque el contenido tiende a ser el mismo de antes. Se ha alterado el directorio, pero la planta de colaboradores no representa ninguna novedad. Tal vez la novedad se oculte en el proyecto cultural que propone el impreciso discurso de presentación de esta “nueva época”. Pero, para superar la ruptura entre lo que parece y lo que es, hace falta remitir este discurso a un contexto que lo justifique y explique, contexto que nos proporciona la misma publicación en su contenido, en los artículos que publica; y sobre todo en uno que ocupa un lugar especial -el primero- en el primer número de esta “nueva época” de la Revista de la Universidad de México. Ligada a este texto, la “Presentación” adquiere un sentido que seguramente permitirá descifrar el enigma de su novedad. Este primer artículo “Escribir y decir” (Conversación en la Universidad), firmado por Octavio Paz es, según se nos advierte, el resultado de un encuentro que cerró el ciclo “La experiencia literaria”, organizado en colaboración por la UNAM y el Pen Club de México en la ENEP-Acatlán en julio de 1979.

Se nos dice en la “Presentación” que la Revista de la Universidad de México “. . . no ha sido ni será órgano de grupos, sino foro abierto a la expresión libre sin otro requisito que la calidad, la autenticidad y la vigilancia intelectual”. Pero proponerse como un espacio plural y negarse a ser el órgano de un grupo, es impracticable; no puede existir una revista sin un criterio de selección, sin la existencia de un grupo que se encargue de decidir en qué consisten la calidad, la autenticidad y la vigilancia intelectual. Y si tal grupo no existe, esa decisión es escandalosamente arbitraria, pues recae en una sola persona (¿el espíritu que habla por nuestra raza?). La Revista de la Universidad de México no puede ser un foro abierto a la expresión libre en abstracto; la exigencia de calidad implica una mirada crítica, un juicio que habrá de ejecutarse desde una posición política -o también política- y, por ende, de grupo; pues “calidad” expresa algo más que el buen uso de la gramática castellana: es un criterio de exclusión, y, si no se pretende dictatorial y autoritario, un acuerdo de grupo.

POESÍA Y DESTINO

La literatura no es un campo puro, ajeno a las implicaciones -“querellas y etiquetas”- de la situación global Nunca se podrá decidir calidad sin una referencia concreta a textos, grupos o personas, que -por cierto- no se mueven en el universo paralelo de la literatura, sino en el real e impuro y confuso océano que suscita, en nuestros días, tantos naufragios. Ocultar esto es olvidar que toda definición de calidad se ejerce desde el poder (cultural y/o político) que implica la decisión de una persona o un grupo para publicar o no publicar un texto.

Una saludable discusión racional de los conflictos sociales (o culturales) no exige la desaparición de los grupos, sino la posibilidad de que todos los grupos puedan participar en ella; los problemas comienzan cuando uno de éstos se niega a reconocerse como tal, y al mismo tiempo pretende constituirse en juez de calidad, autenticidad y vigilancia intelectual. En la “Presentación” no se establece cuáles son los criterios de selección de la revista, se les considera como valores dados, inmutables, que ya deben ser conocidos por todos. Pero es en el texto de Octavio Paz donde se alude al quehacer literario y al papel que los escritores juegan en una sociedad como la nuestra; allí se dice que: “La poesía es un destino: hay una facultad, quizá innata, que nos lleva a hacer poemas”. Esta frase, ni duda cabe, también tiene sus imprecisiones; pero, en última instancia, parte de la adjudicación de poderes trágicos al “misterio”: el destino de ser poeta, de hacer poesía o producir objetos culturales de calidad, encierra la certeza de una voluntad ajena al escritor, de una voluntad que le precede (que le es impuesta/innata) y de cuyo origen se rehúsa (¿por complacencia, por temor?) a inquirir. Tal parece que los escritores están seguros de que un abismo los separa del resto de sus congéneres; pero en forma muy especial de los productores de objetos en serie. Si sobrevive el misterio, sobrevive el abismo. Si no queremos ver misterio, tendremos que ver trabajo. El creador también es un productor, y su imaginación proviene de un reiterado trabajo en el lenguaje; pero el trabajo nos iguala en cuanto humanos, y podría permitir colmar ese abismo y hacer él mismo al poeta y al trabajador manual; o mejor dicho la inclusión de ese concepto propicia la necesidad de cuestionar la realidad material a partir de la cual se hace posible el destino del poeta. El artista, el hacedor de cultura “de calidad”, responde a una voz extraña a si mismo, a un imperativo que no eligió; es cierto, pero el renunciamiento reiterado a desmantelar el mecanismo que lo produce, que se le convierte en ese destino de “sufrimiento y miseria” (o la incapacidad para superar la sublime explicación de la musa, la ocurrencia, la inspiración), oculta -otra vez- un motivo que contiene la posición política de un grupo.

INTELECTUALES Y MANUALES

En el destino no hay misterio; pero en el misterio hay la necesidad de preservar lo que se es, mientras que en su develación se impondría que la realización del intelectual (del trabajador intelectual) es su propia negación, o sea, la superación del abismo que lo separa de los destinados al trabajo manual o a la producción en serie. Entonces, quizá, la palabra que hizo despertar, o que produjo y produce las metáforas del poeta no es más que la siguiente: trabajo; el “destino” condenó a unos hombres a trabajar sin imaginación, para que la imaginación les permitiera a otros no trabajar Esto último permite comprender en qué se apoyan los criterios de calidad, autenticidad y vigilancia intelectual, para el no-grupo que produce (¿o crea?) la nueva época” de la Revista de la Universidad de México.

Mientras tanto, hay varios hombres, en la Universidad, que se hallan cada vez más empeñados en superar la escisión entre trabajo manual y trabajo intelectual. La comunidad universitaria representante actual del proyecto humanista ilustrado, se preocupa hoy en día por lograr la desaparición de los abismos que impiden el desarrollo de una intercomunicación verdadera; no sólo en términos culturales o políticos, sino en la realidad concreta (que nada excluye). La Universidad va adquiriendo mayor conciencia de su papel dentro de la discusión en torno a los fines y metas humanas; lo cual la mueve a revisar el concepto de humanismo que justifica y exige su existencia; o sea, reconoce la necesidad de desarrollar un humanismo radical y no solamente una cultura “de calidad”. La Revista de la Universidad de México no puede colocarse al margen del proyecto cultural que impulsa la UNAM; sobre todo si se propone como órgano de ésta. Son los universitarios, no el espíritu ni ninguna comunidad en abstracto, quienes deben decidir cuál es la cultura que habrá de representarlos, y esto coloca el problema de la revista muy por encima de los chismes del mundo literario o de las guerras feudales por el dominio de las publicaciones culturales.

Si en verdad quiere iniciar una nueva época, la Revista de la Universidad de México, tendrá que olvidar por un rato la calidad, la autenticidad y la vigilancia intelectual; lo primero que debe hacer es entrar en contacto con la realidad de la Universidad a la que quiere servir como órgano, es decir, con los universitarios de carne y hueso, integrantes de una universidad de masas, con preocupaciones que -sin excluir la literatura- se encuentran más allá del problema del destino, la inspiración y las musas. Sólo de esta manera la revista podrá enriquecerse en la diversidad sin mengua de la continuidad y la solidez.

Ideal socialista y socialismo real

Adolfo Sánchez Vázquez. Entre otras obras ha publicado Las ideas estáticas de Marx (Editorial ERA. 1965, con varias reediciones), una antología en dos volúmenes: Estética y marxismo (ERA), y Política y praxis (Ed. Grijalbo).

Ponencia presentada en el simpósium Internacional “Del socialismo existente al nuevo socialismo” organizado por el Movimiento al Socialismo (MAS) de Venezuela en Caracas del 27 al 31 de mayo de 1981. Las ideas fundamentales del presente texto fueron expuestas en el Seminario sobre “Los nuevos procesos sociales y la teoría política contemporánea” organizado por el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM en Oaxaca del 30 de marzo al 5 de abril de 1981.

EL SOCIALISMO COMO IDEAL Y COMO NECESIDAD HISTÓRICA

Cualesquiera que sean las formas que haya revestido históricamente el socialismo, siempre ha significado un modelo alternativo de sociedad y, por tanto, una meta a alcanzar o una aspiración a cumplir. Con ello queremos decir también que es un ideal y al decirlo no pasamos por alto lo que Marx y Engels declaran en La ideología alemana: “Para nosotros el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual”.(1) Este ideal que Marx y Engels rechazan es el que pretende sustentarse a sí mismo, independientemente de las condiciones necesarias para su realización: un ideal por ende que no requiere apoyarse en un conocimiento de la realidad que ha de ser anulada y superada ni del sujeto que ha de llevar a cabo esa transformación ni de los medios adecuados para llevarla a cabo. Como simple blanco de una aspiración, ese ideal es una utopía: no en el sentido platónico que hace superflua su realización, dadas su perfección y autosuficiencia, sino en el socialista utópico de una aspiración a realizar condenada a su irrealización. Ahora bien, para que el socialismo fuera una fuerza ideológica movilizadora “como meta del movimiento social” -meta que los socialistas utópicos “al criticar a la sociedad actual, describían claramente”,(2) se requería precisamente una crítica de su utopismo. Y tal es el paso que dieron Marx y Engels al contraponer al “ideal al que haya de ajustarse la realidad” el que surge de lo real mismo como posibilidad no realizada todavía pero realizable. Al socialismo ideal, utópico, no al ideal socialista, sucedió así el socialismo científico.

La expresión “socialismo científico” es válida si con ella se quiere subrayar que, como movimiento real emancipador y producto histórico de ese movimiento, el socialismo tiene un fundamento objetivo que puede y debe ser conocido científicamente para fundar racionalmente la acción. Pero resulta estrecha si se olvida que socialismo no sólo es un resultado posible y necesario históricamente, sino un ideal por cuya realización vale la pena organizarse y luchar. Y como tal requiere no sólo inteligencia sino voluntad, no sólo conocimiento sino convencimiento de su superioridad histórica y social.

Marx y Engels descubrieron que el socialismo podía realizarse cuando se suman las condiciones adecuadas entre las que había que contar forzosamente la conciencia de la posibilidad de su realización, la aspiración a realizarlo y la organización y lucha correspondientes. El socialismo como alternativa al capitalismo resulta así no sólo un producto histórico posible y necesario sino un ideal fundado objetiva e históricamente. Pero en cuanto no se realiza todavía, funciona como una hipótesis que ha de ser verificada en la práctica. Ahora bien, ¿cuál es el contenido de esa hipótesis? O también: ¿cómo describir este producto necesario del movimiento histórico real, a la vez deseable y deseado? Ponerse a describirlo ¿no es ya poner de nuevo el pie en la utopía? ¿No se había sonreído Marx de las descripciones utopistas de la sociedad futura y tal vez se había carcajeado antes los minuciosos planes, horarios y recetas de Fourier?

Cierto es que el esfuerzo teórico fundamental de Marx se inclina hacia la descripción del mecanismo presente del modo de producción capitalista en el que se incuban las posibilidades objetivas de esa sociedad futura y no -como los socialistas utópicos- hacia la descripción de ella. Sin embargo, esto no significa que Marx no haya tratado de caracterizar en más de una ocasión la nueva sociedad que para él constituye la alternativa al capitalismo. Lo hizo ya, con las limitaciones comprensibles, desde sus trabajos de juventud. Los manuscritos del 44 tienen el mérito indiscutible de haber señalado el nexo indisoluble entre la abolición de la propiedad privada y la construcción de una nueva sociedad (o comunismo), pero no es menor su mérito al advertir que pueda ser seguida no por su “superación positiva” sino por un “comunismo tosco” o por un comunismo de naturaleza política (o despótico).(3)

Por otro lado, hay que señalar que en los Manuscritos no se hace todavía la distinción posterior de socialismo y comunismo y que la caracterización de este último como cancelación de toda enajenación se halla cargada de elementos utópicos.(4) Fijemos por ello la atención. dadas esas limitaciones, en textos posteriores de Marx como La guerra civil en Francia (1871) y Crítica del Programa de Gotha (1875). Es innegable que en ambos textos se subrayan algunos rasgos esenciales de la nueva sociedad, la comunista, que Marx concibe como alternativa al capitalismo y cuya fase inferior se identifica con lo que llamamos socialismo. En esta fase inferior encontramos: a) la propiedad común, social, sobre los medios de producción; b) la remuneración de los productores conforme al trabajo aportado a la sociedad; c) la supervivencia del Estado a la vez que se inicia, desde el Estado mismo, el proceso de su propia destrucción; d) la apertura de un espacio cada vez más amplio a la democracia al transformar radicalmente el principio de la representatividad y e) la autogestión social al devolverse a la sociedad las funciones que usurpaba el Estado.

Las dos primeras características aparecen claramente expuestas en la Crítica del Programa de Gotha;(5) las tres últimas se desprenden del análisis que hace Marx (La guerra civil en Francia) de la Comuna de París como primer gobierno de la clase obrera que registra la historia.(6) Lo que ocupa aquí el centro de la atención de Marx es este nuevo Estado que inicia su propio desmantelamiento en lugar de tratar de autoperfeccionarse, así como el conjunto de medidas (entre ellas la revocabilidad para asegurar la unión constante entre representantes y representados y la supresión de la burocracia en cuanto que hace de los cargos públicos su propiedad privada) que tienden a devolver a la sociedad lo que el Estado y la burocracia como “cuerpo extraño y parasitario” le han absorbido y usurpado. La autodestrucción del Estado, la democracia real y la autogestión social no son, pues, rasgos de un modelo ideal, sino rasgos que Marx extrae de la realidad misma dada efectivamente en la Comuna de París con la particularidad de que se han dado apenas conquistado el poder, en las condiciones verdaderamente difíciles de una ciudad sitiada y en el breve periodo histórico de 72 días. Ciertamente, por su limitación en el tiempo y en el espacio se trataba de una experiencia histórica muy peculiar que difícilmente podría identificarse con el socialismo realizado, aunque Engels viera en ella un ejemplo de dictadura del proletariado, apreciación que contrasta a este respecto con el silencio de Marx.(7) Pero es indudable que ese primer Estado de la clase obrera ofrece rasgos esenciales a Marx -apreciados igualmente por Lenin en vísperas de la Revolución de Octubre-(8) que formarán parte de las señas de identidad de una sociedad socialista, particularmente de su supraestructura política, a saber: tránsito a la destrucción del Estado en cuanto tal, democracia real y autogestión social. Aunque el socialismo es para Marx (Crítica del Programa de Gotha) una sociedad de transición o primera fase de la sociedad comunista y, por tanto, una sociedad comunista que no descansa sobre sus propias bases y que construye lo nuevo con materiales de la burguesía, este carácter transitorio y contradictorio no puede borrar los rasgos esenciales, señalados por Marx, antes expuestos.

EL SOCIALISMO REAL EN LA UNIÓN SOVIÉTICA

En busca del socialismo como objetivo o ideal a realizar se han seguido después de Marx y Engels dos vías fundamentales: a) La reformista socialdemocracia que, en sus formulaciones clásicas, disocia lo que el socialismo tiene de ideal y de producto histórico necesario: como ideal, se reduce a una aspiración moral o deseo de justicia; como producto. es resultado de la necesidad histórica (económica) que lleva inexorablemente a integrar el capitalismo en el socialismo. En la práctica, la socialdemócrata ha ido rompiendo sus amarras con el socialismo para convertirse, al profundizarse la crisis general capitalista, en un puntal de la defensa de los intereses de la burguesía a través de su control de amplias organizaciones sindicales. b) La vía revolucionaria que conduce en 1917 a los marxistas revolucionarios al derrocamiento del poder burgués en la Rusia zarista y a la construcción de una nueva sociedad que, desde los años 30, se ofrece como modelo para el movimiento comunista mundial y, después de la segunda guerra mundial, para todas las sociedades de la Europa del Este que han abolido las relaciones capitalistas de producción.

Esta sociedad tal como existe hoy en la Unión Soviética es llamada socialismo real y para distinguirla de otras actuales que se atienen al mismo modelo pero que se encuentran a la zaga, es llamada también socialismo desarrollado. Según Boris Ponomariov “el socialismo real es la principal fuente de inspiración y apoyo político de todas las revoluciones liberadoras”.(9) B.S. Semionov, otro destacado ideólogo soviético, precisa que no se trata simplemente de “la práctica concreta del socialismo sino justamente de la concepción científica, del proyecto científico e imagen del socialismo tal como se encarna en la práctica. en la realidad”.(10) Y agrega que significa “la realización práctica de las ideas fundamentales marxistas-leninistas del socialismo”. Este socialismo -dice también- es desde mediados de la década del 30 una realidad que la Constitución de 1936 vino a sancionar. En cuanto al socialismo desarrollado puntualiza que ya en noviembre de 1967 Breznev proclama que el resultado principal alcanzado en el camino recorrido desde la Revolución de Octubre “es la construcción en nuestro país de la sociedad socialista desarrollada”.

Los más altos exponentes de la ideología soviética ven en este socialismo superior o maduro el peldaño más alto de la construcción del socialismo y, a la vez, el inicio del tránsito gradual al comunismo ya que en su seno se han creado las condiciones para su edificación. Entre un proceso y otro -se proclama- no hay ya separación: a medida que se perfecciona la sociedad socialista desarrollada tiene lugar también su transformación gradual en comunista. Y en este proceso se encontraría precisamente hoy la sociedad soviética. En cuanto a las características del socialismo desarrollado se destaca como la principal la orientación de todo el desarrollo social hacia los más altos valores humanos: creatividad igualdad y justicia social, libertad, paz y fraternidad entre los pueblos. Pero se agregan también entre sus características fundamentales: que se crea sobre una base propia, socialista; que se apoya en un alto desenvolvimiento de las fuerzas productivas; que rige en él la auténtica libertad y la democracia real; que su supraestructura política, el “Estado de todo el pueblo”, es un nuevo tipo de poder estatal en el que disminuye su función regulativa, de clase, a la vez que aumenta su función regulativa social; que en el terreno político se afirma la unidad política del pueblo y crece el papel del Partido como vanguardia de todo él; que a medida que se fortalece ese Estado se elevan la actividad y la participación de los ciudadanos en todas las esferas y que ello forma parte del tránsito de la administración estatal a la autogestión social comunista, etc., etc.(11) Ciertamente, no se han perdido de vista en algunas de estas declaraciones los rasgos esenciales de la nueva sociedad señalados por Marx. Pero puesto que se trata de un socialismo que se considera realmente existente estamos obligados, como marxistas, a no quedarnos en el plano de las declaraciones, de las palabras, y a ir a la realidad misma apoyándonos en el instrumental teórico que el propio marxismo pone en nuestras manos.

De la realidad soviética forman parte, ciertamente inmensos logros en el terreno de la producción material, de la ciencia y la técnica, de la enseñanza y la seguridad social. Forman parte asimismo los enormes sacrificios del pueblo soviético en la derrota militar del nazismo y la resistencia que el Estado soviético ha opuesto a los planes más agresivos del imperialismo yanqui. No se puede ignorar que una serie de lacras sociales del capitalismo (miseria, desempleo, prostitución, etc.) han desaparecido de la vida soviética mientras que otras -más coyunturales, como la drogadicción- apenas si son conocidas. Pero esto no puede impedirnos reconocer, en contraste con el cuadro triunfalista, casi idílico de sus ideólogos, otros aspectos de la vida política y social realmente existentes, a saber: el productivismo predomina sobre los valores humanistas proclamados; una densa red de privilegios aleja cada vez más la igualdad social; las libertades proclamadas se han vuelto formales cerrando el paso a las libertades reales; la inexistencia de una democracia efectiva, socialista, bloquea el paso de la administración estatal a la autogestión social; el Estado al reforzarse y autonomizarse cada vez más, lejos de iniciar el proceso de su autodestrucción, usurpa más y más, las funciones de la sociedad civil hasta hacerla casi inexistente; el Partido, como partido único, fundido con el Estado, sigue ostentándose como vanguardia sin una verdadera legitimación popular.

CUESTIONES DE FONDO

En el socialismo desarrollado, o peldaño superior del socialismo real difícilmente podrían reconocerse los rasgos esenciales que Marx trazó, aunque se proclame que se han encarnado prácticamente. Ahora bien, ¿cómo caracterizar esa sociedad, y qué criterio seguir para proceder a su caracterización? No puede aceptarse, en primer lugar, el criterio pragmático de llamar socialista a una sociedad porque así lo declaren la Constitución del Estado, el programa del Partido o sus ideólogos autorizados.(12) Ello equivaldría a juzgar esa sociedad no por lo que es en realidad, sino por lo que es idealmente. Tampoco se trata de juzgarla con un modelo ideal al margen de las condiciones históricas concretas en que ha tenido lugar el proceso de transición al socialismo y particularmente las propias de un país económicamente subdesarrollado, aislado internacionalmente y sujeto constantemente a la agresión – potencial o efectiva-, económica, militar e ideológica del capitalismo mundial. Pero ningún marxista tratará de zafarse de este apriorismo o idealismo cayendo en el extremo opuesto del empirismo o el pragmatismo, sino que tratará de explicarse y de caracterizar esta nueva sociedad acercándose a la realidad misma con el apoyo de los conceptos teóricos y metodológicos fundamentales del materialismo histórico. Al tratar de caracterizar el socialismo real, la cuestión de fondo es la de si lo que es real es también socialismo. Y esta cuestión involucra una serie de preguntas elementales para un marxista: ¿qué carácter tiene la propiedad sobre los medios de producción? ¿Quiénes poseen, controlan y dirigen esos medios? ¿A quién pertenece y representa el Estado? ¿Quiénes ocupan los puestos de decisión en la economía, el Estado y el Partido? ¿Cuál es el grado de participación de los productores al nivel de las empresas y del Estado en la toma y control de las decisiones? ¿En qué nivel se encuentra la transformación de la administración estatal en autogestión social? La mayor parte de los críticos marxistas del socialismo real coincide en afirmar que: 1) la propiedad sobre los medios de producción es directamente estatal; 2) quien posee, controla y dirige los medios de producción es la burocracia; 3) el Estado no pertenece ni representa a los trabajadores sino a la burocracia; 4) son precisamente los miembros de ella quienes ocupan los puestos clave en la economía, el Estado y el Partido; 5) los trabajadores no participan ni en las empresas ni al nivel estatal en la toma y control de las decisiones; 6) el Estado con su reforzamiento creciente congela la creación de condiciones para la transformación de su administración en autogestión social. Sin embargo, a la hora de caracterizar la naturaleza del socialismo real encontramos respuestas diversas que podemos reducir a tres fundamentales.

¿ESTADO OBRERO DEGENERADO?

La primera -primera también en el tiempo- arranca de la caracterización de Lenin de 1920, del joven Estado soviético como “Estado con deformaciones burocráticas”. Esta respuesta, elaborada teóricamente en lo esencial por Trotsky hace cuarenta años, es reafirmada en la actualidad particularmente en los trabajos de Ernest Mendel.(13) La tesis acerca de la sociedad soviética como “Estado obrero burocráticamente degenerado” se basa en el carácter social del sistema de propiedad: los medios de producción son propiedad de la sociedad por intermedio del Estado. De este sistema de propiedad se desprende que los obreros constituyen la clase dominante. A ellos pertenecen tanto los medios de producción como el Estado aunque no ejerzan efectivamente, en virtud de unas condiciones históricas dadas, el poder económico ni el poder político. En el ejercicio de ese poder, la burocracia suple a la clase obrera. Desde que la burocracia -que no es una clase “sino un cáncer parasitario en el cuerpo del proletariado”(14)- ejerce el poder, lo que existe realmente es un Estado obrero degenerado que atasca o congela el proceso de transición del capitalismo al socialismo. Se trata de un fenómeno históricamente transitorio que durará hasta que la clase obrera -con una revolución política que no afectará al sistema de propiedad ni a la naturaleza obrera del Estado- ponga fin al dominio de la burocracia y libere al Estado y la sociedad de sus degeneraciones burocráticas. Los críticos de esta posición (como Sweezy y Paramio)(15) objetan sobre todo la apreciación legalista, jurídica y no real del sistema de propiedad estatal por parte de Mandel, rechazan sus argumentos sobre el carácter obrero del Estado soviético y su tesis de la burocracia como suplente provisional de una clase obrera dominante.

¿SOCIEDAD CAPITALISTA PECULIAR?

Una segunda respuesta, sostenida sobre todo por Charles Bettelheim, caracteriza a la URSS como un capitalismo de Estado o sociedad capitalista de tipo peculiar con dos clases fundamentales: la burguesía estatal y el proletariado.(16) Según Bettelheim, las leyes de la acumulación capitalista y, por tanto, las del beneficio, son las que determinan el empleo de los medios de producción. Los planes económicos no serían más que una cobertura para las leyes de la acumulación capitalista y la burguesía de Estado -nueva clase dominante y explotadora que detenta la propiedad real sobre los medios de producción- sería la que ejerce a su vez el poder político. Apoyándose en un concienzudo estudio histórico sobre la lucha de clases en la URSS, Bettelheim trata de apuntalar con una firma base teórica la endeble y ligera tesis maoísta de que en la sociedad soviética se ha restaurado el capitalismo. La posición de Bettelheim ha sido materia de vigorosas objeciones, particularmente por Mandel.(17) Contra ella, sostiene que las leyes del movimiento del capital no determinan la dinámica de la economía soviética y que un rasgo esencial del sistema económico capitalista, la producción generalizada de mercancías (entendida por tanto a los grandes medios de producción y a la fuerza de trabajo), no se da en la sociedad soviética. Falta igualmente la competencia generada por la pluralidad de capitales sin la cual se extinguiría el crecimiento capitalista. Por su parte Istvan Meszaros enumera una serie de características esenciales del capitalismo: producción para el intercambio con carácter dominante, fuerza de trabajo tratada como mercancía, aspiración al beneficio como fuerza reguladora fundamental de la producción, mecanismo de la constitución de la plusvalía en forma económica, sustracción privada por los miembros de la clase capita lista de la plusvalía constituida y tendencia a una integración global, por intermedio del mercado mundial, a un sistema totalmente dependiente de dominaciones y subordinación económicas.(18) De estas características esenciales. según Meszaros sólo subsiste en las sociedades posrevolucionarias la constitución de la plusvalía pero con la diferencia fundamental de que se regula política, no económicamente.(19) Por todo lo anterior, es difícil sostener que la sociedad soviética se; una versión peculiar del capitalismo.

¿SOCIEDAD SOCIALISTA AUTORITARIA?

Una tercera respuesta a la cuestión vital de la verdadera naturaleza del socialismo real fija su atención en las relaciones peculiares, tal como se han dado efectivamente entre la base económica y la supraestructura política. La primera sería socialista y la segunda habría adoptado una forma autoritaria no democrática, sin que por ello las sociedades de la Europa del Este dejaran de ser socialistas; lo que se habría producido en ellas, a consecuencia de determinados factores, es un; “alienación de la revolución”. Tal es la posición sostenida e estos últimos años por Adam Schaff.(20)

Schaff parte del concepto marxiano de “formación económica de la sociedad” (ökonomische Gesellschaftsformation) que se refiere a la base económica y no al sistema global de la sociedad (con su base y su supraestructura). Entendido asimismo como “conjunto de relaciones de producción”, este concepto, aplicado ya por Marx a la sociedad capitalista, se extiende a las sociedades del Este para designar en ellas la “formación económica socialista de la sociedad” En pocas palabras, en esas sociedades la base económica o el conjunto de sus relaciones de producción y a la clase capitalista como propietaria de esos medios”. Schaff no se detiene aquí y extiende esta caracterización al sistema global, es decir a la sociedad entera: “toda sociedad que ha llevado a cabo esa doble abolición es una sociedad socialista en tanto que formación económica socialista”. Para que no haya duda acerca de su caracterización agrega: “en este sentido, sí son socialistas las sociedades de los países de la Europa del Este”.(21)

Antes de pasar a la segunda parte de la cuestión -el carácter de la supraestructura política que se levanta sobre la base económica- podemos objetar a Schaff su tesis de que el carácter socialista de las relaciones de producción, o sea de la base económica, pueda determinarse simplemente por la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción y la clase de los capitalistas. Ya el propio Marx se había opuesto a semejante caracterización desde los Manuscritos del 44. Pero además la propia historia real suministra ejemplos convincentes de sociedades basadas en la propiedad colectiva que excluían por tanto la propiedad privada de los medios de producción y la clase de los propietarios privados de ellos, sin que por esto dejaran de ser sociedades explotadoras (recordemos simplemente las sociedades del modo de producción asiático).

Pasando a la segunda parte de la cuestión, Schaff reconoce que en las sociedades del Este se da una forma supraestructural política no democrática. Por otros textos suyos deducimos que esa forma política consiste en el poder de la burocracia estatal y del Partido que al servir a la sociedad “se sitúa al mismo tiempo por encima de ella y se orienta, con frecuencia harto excesiva, contra ella”.(22) ¿Cómo puede darse una sociedad socialista que excluya de su supraestructura política la democracia? Schaff no elude la cuestión; reconoce que el concepto socialismo incluye la forma democrática pero agrega que es utópico exigir la perfección del concepto; reconoce asimismo que la forma democrática sería la “supraestructura adecuada” o “deseada” pero admite que “es posible que exista una “formación económica socialista de la sociedad” con una supraestructura autoritaria, antidemocrática, contraria a las libertades y a los derechos del hombre”.(23) Sostener lo contrario -agrega- significaría caer en cierto automatismo del papel de la base económica que negaría la relativa autonomía de la supraestructura. (Observemos antes de seguir adelante por un lado, el papel de la base es tan determinante, tan absoluto que se basta a sí mismo para dar un carácter socialista a la sociedad en su conjunto, no obstante su supraestructura política autoritaria; por otro, no sería tan determinante ya que la supraestructura política -no democrática- podría entrar en contradicción con la base económica socialista).

Ahora bien, ¿cómo puede darse semejante relación entre base económica y supraestructura política en una sociedad socialista? Schaff argumenta: una y la misma formación económica, como demuestra históricamente el capitalismo, puede adoptar formas supraestructurales políticas o sistemas políticos diferentes: monarquías y repúblicas, democracias parlamentarias y dictaduras totalitarias, regímenes pluripartistas y de partido único, etc. Schaff extiende este criterio a las sociedades cuya supraestructura se alza sobre una base económica socialista; resulta entonces que sin variar esta base (las relaciones socialistas de producción) pueden darse formas políticas no democráticas, incluso autoritarias.

A las tesis de Schaff habría que oponer, por un lado, que la democracia no es un componente utópico o una tendencia simplemente “deseada” del socialismo sino un elemento efectivo, como demostraron las experiencias históricas de la Comuna de París, en 1871, y los soviets en los primeros años de la Revolución de Octubre; por otro lado, la tesis de la relación base económica igual-supraestructuras políticas diferentes bajo el capitalismo no permite sacar las consecuencias que saca Schaff para una sociedad socialista. En primer lugar, la diversidad de formas políticas sobre una misma base económica, no significa -no obstante su diversidad- que no sean formas de una misma dominación política de clase: la de la burguesía. Bajo el capitalismo no puede darse, obviamente, una forma política (democrática o despótica) que no exprese el dominio de la clase dominante. Bajo el socialismo, la misma base económica puede admitir, ciertamente, diversas formas políticas a través de las cuales ejercerá su dominio la clase obrera, pero no puede admitir formas no democráticas (poder de una élite o una nueva clase) que usurpen o excluyan ese dominio. Una supraestructura autoritaria, antidemocrática no puede levantarse sobre una base económica verdaderamente socialista. De existir, la contradicción entre base y supraestructura sólo sería aparente: lo que se daría en realidad es una correspondencia entre la supraestructura no democrática sustraída al control de la sociedad y la clase económica con un sistema de propiedad estatal que excluye a los productores de la posesión y control efectivos de los medios de producción. En conclusión, las sociedades de la Europa del Este en las que se da no ya una contradicción entre base socialista y supraestructura no democrática sino una correspondencia entre semejante forma política y unas relaciones de producción no socialistas (aunque se haya abolido la propiedad privada de los medios de producción y la clase de los propietarios capitalistas de ellas), no pueden considerarse desde el punto de vida marxista -contra lo que sostiene Schaff- como sociedades socialistas.

UNA SOCIEDAD DE NUEVO TIPO

Llegamos a la conclusión de que el socialismo real no es realmente socialista; tampoco puede considerarse como una sociedad capitalista peculiar. Se trata de una formación social específica surgida en las condiciones históricas concretas en que se ha desarrollado el proceso de transición -no al comunismo, como había previsto Marx- sino al socialismo. En cuanto a las condiciones históricas que dieron lugar a esta nueva formación social, subrayaremos que en ellas surgió la necesidad de fortalecer al Estado y que ese fortalecimiento se tradujo en una autonomización cada vez mayor respecto de la sociedad y, en particular, de la clase obrera, al que quedó unido un proceso de fortalecimiento y autonomización de la burocracia estatal. A este doble proceso contribuyó decisivamente el régimen de partido único y la consecuente ausencia de pluralismo político.(24)

En el socialismo real Estado y Partido se funden, con ello se funden los intereses particulares de la burocracia estatal y la burocracia del partido. Al poder político de ambas burocracias, que tienen respectivamente en propiedad real al Estado y al Partido, corresponde su poder económico en cuanto que poseen efectivamente los medios de producción aunque no detentan -ni individual ni colectivamente- la propiedad jurídica sobre esos medios. Por el lugar que ocupa la burocracia en las relaciones reales de producción constituye no sólo una élite política dominante sino una nueva clase. Ciertamente, no hay precedentes históricos de que un grupo social se constituya en clase después de haber conquistado el poder, pero así sucede en la historia real con esta formación social. De la apropiación colectiva de los medios de producción por la clase dominante, sí hay precedentes históricos que no escaparon a la atención de Marx y Engels: la Iglesia poseía en la Edad Media en casi toda la Europa Occidental un tercio de las tierras y gracias a esta propiedad colectiva la jerarquía eclesiástica -como observa Marx- estableció su dominio.

La posesión, control y dirección colectivos de la economía por la burocracia, fuente a su vez de los privilegios individuales de sus miembros, determinan las posibilidades de evolución o involución del socialismo real de acuerdo con los intereses particulares de la nueva clase. La transformación de la propiedad estatal en propiedad privada sobre los medios de producción está excluida pues ello acarrearía su autodestrucción como clase. A su vez, la transformación de la propiedad estatal en verdadera propiedad social y la transformación de la supraestructura política en una dirección democrática y pluralista, minaría el status social dominante de la burocracia estatal y el Partido. Sus intereses no están pues en una verdadera involución (restauración del capitalismo) ni en una verdadera evolución (hacia la propiedad social y la forma política democrática) sino en el inmovilismo político y social, en el mantenimiento del status quo (propiedad estatal y supraestructura política autoritaria, no democrática); es su interés, por tanto, cerrar el paso lo mismo a la vuelta al capitalismo que al avance o tránsito al socialismo. En suma, el sosialismo real es una formación social específica postcapitalista, con su peculiar base económica y supraestructura política específica, que bloquea hoy por hoy el tránsito al socialismo. Tal es la conclusión a que llegamos cuando se leexamina -como nosotros hemos intentado hacerlo- con la ayuda de la teoría marxista, aunque reconociendo de antemano y al final las limitaciones y dificultades que ofrece la caracterización de una sociedad de nuevo tipo -ni capitalista ni socialista- como la del socialismo real.

LA CRÍTICA DEL SOCIALISMO REAL

¿Qué implicaciones teóricas y prácticas puede tener, en nuestros días, la crítica del socialismo real? La primera es no olvidar que en los países capitalistas más o menos desarrollados o en los que, por su subdesarrollo se encuentran sujetos al yugo del capital monopolista o del imperialismo, la lucha por el socialismo pasa prioritariamente por la lucha contra el capitalismo, el capital monopolista o el imperialismo. Ahora bien, la prioridad de esta lucha principal no excluye la necesidad de la crítica del socialismo real, pues esta crítica -si es marxista y revolucionaria- forma parte de la lucha por el socialismo en cuanto contribuye a elevar la conciencia de la necesidad, de la justeza y la deseabilidad del objetivo socialista. Esta tarea se hace necesaria porque el socialismo real ha minado -y en algunas conciencias profundamente o en forma irreparable- el ideal socialista. Aunque históricamente pueda explicarse por una serie de condiciones históricas que pueden esclarecer su necesidad pero no su inevitabilidad, el socialismo real no constituye hoy un modelo válido de nueva sociedad. Y ello no sólo para los países capitalistas desarrollados; tampoco para los países del llamado Tercer Mundo si en la lucha -más próxima o más lejana- por el socialismo se tiene presente ante todo su objetivo liberador y no simplemente la eficacia en el incremento de las fuerzas productivas. Por ello, no se puede admitir la idea de un socialismo auténtico (con propiedad social y forma política democrática) que sería privativo de los países desarrollados en tanto que el socialismo real (con propiedad estatal y formas políticas autoritarias) constituiría la perspectiva para los países del Tercer Mundo, condenados a prolongar su subdesarrollo de hoy con su subdesarrollo socialista de mañana.

La cuestión no se reduce por tanto a un cambio de modelo dentro del socialismo real (algunos así lo creyeron al dejar el soviético por el chino). Pero no faltan quienes no sólo quieren cambiar de caballo sino de camino. Lo que está en juego en este caso es el camino del socialismo, o sea, la confianza que suscita, su credibilidad. La crítica del socialismo real se hace necesaria aquí precisamente para recuperar el ideal socialista con todo su potencial emancipador y movilizador.

Claro está que en este terreno los marxistas revolucionarios no actúan sin perturbaciones. El adversario de clase está empeñado en desacreditar el objetivo socialista recurriendo a todos los medios: calumnias, tergiversaciones, pero también a las experiencias más negativas del socialismo real. Así hemos visto cómo los “nuevos filósofos” tratan de descalificar no sólo el socialismo real sino la idea, la posibilidad misma del socialismo. Por ello, dicen que todo lo negativo de ese socialismo -y para ellos todo es negativo- se encuentra ya en Marx. Concepción, por supuesto, falsa, pues las ideas no hacen la historia y la práctica no sólo existe por la teoría; pero -sobre todo- concepción profundamente ideológica, reaccionaria, desmovilizadora. Tenemos también los que difunden un pesimismo radical, paralizante, al afirmar que todo proyecto revolucionario al realizarse se degrada inexorablemente. A la opción revolucionaria sólo le espera la utopía o la degradación del socialismo real.

¿Cómo responder a estas posiciones, interesadas no en realizar el socialismo sino en impedir su realización? ¿Ignorar, ocultar o dorar todo lo que criticamos en el socialismo real? No. Hay que reconocer los hechos, analizarlos y sacar las conclusiones necesarias para proseguir con una conciencia más elevada la lucha por el socialismo. Un marxista no tiene en sus manos la clave de la historia futura. La acción puede conducir -aunque no fatalmente- a resultados negativos, pero no por esto puede renunciar a ella. La posibilidad negativa existe, pero también existen otras positivas, por cuya realización hay que luchar. Podemos cambiar de caballo en el camino, dejar atrás un modelo que no consideramos válido, pero no podemos cambiar de camino -el camino socialista- porque como ya advirtió Marx la alternativa al capitalismo es sólo el socialismo o la barbarie (que hoy toma la forma posible de un holocausto nuclear o un desastre ecológico).

Hay pues que asumir críticamente el socialismo real precisamente para seguir la lucha por el socialismo a un nivel más alto. Asumirlo críticamente quiere decir no ignorarlo en nombre de un marxismo “puro” o de un socialismo “incontaminado”. Aunque duela reconocerlo, el socialismo real forma parte de la historia real, compleja y contradictoria, de la lucha por el socialismo que no es una batalla de flores y que es compleja y contradictoria justamente porque el socialismo no es la simple aplicación de una idea o el ideal inmaculado que para no mancharse no debe poner nunca el pie en la realidad.

La crítica marxista revolucionaria del socialismo real es necesaria y beneficiosa para el socialismo ya que contribuye a reforzar su capacidad movilizadora. Por otro lado, mientras exista la necesidad objetiva y subjetiva de transformar el mundo, el socialismo como objetivo -el ideal socialista- subsistirá. Y esa necesidad no podrá ser ahogada por los nuevos escuderos ideológicos de la burguesía que difunden el pesimismo más exacerbado y ensalzan el individualismo, el irracionalismo, el utopismo o la privacidad. Tampoco podrán acabar con el socialismo los que, desesperanzados ante el socialismo real, se refugian en un nihilismo o catastrófismo de nuevo cuño.

Como en tiempos de Marx “de lo que se trata es de transformar el mundo” y para ello necesitamos no sólo elevar la lucha contra el capitalismo y el imperialismo sino también la lucha -con la parte crítica que nos toca- para que el socialismo sea verdaderamente real.

Notas

(1) C. Marx y F. Engels, La ideología alemana, trad. de W. Roces, Ed. Pueblos Unidos, Montevideo, 1959, p. 36.

(2) Marx-Engels, Werke, t. 17, p. 557

(3) C. Marx, Manuscritos económico-filosóficos de 1844, en: C. Marx y F. Engels, Escritos económicos varios, trad. de W. Roces, Ed. Grijalbo, México, 1962, pp. 80-83.

(4) Cf. el apartado “Elementos utópicos en Marx” en mi trabajo: Del socialismo científico al socialismo utópico, Ed. Era, México D.F., 1975, pp. 51-58

(5) C. Marx, Crítica del Programa de Gotha, en: C. Marx. y F. Engels: Obras escogidas, en tres tomos, Ed. Progreso, Moscú, 1974, pp. 13-14.

(6) C. Marx, La guerra civil en Francia, en: C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed. cit., t.I, pp. 231-240.

(7) F. Engels, Introducción de 1891 a La guerra civil en Francia, ed. cit., p. 200. Marx no utiliza nunca la expresión “dictadura del proletariado” con referencia a la Comuna, aunque dice abiertamente de ella que se trata de “un gobierno de la clase obrera… la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo” ( “La guerra civil en Francia, ed. cit., p. 236).

(8) Lenin, El Estado y la revolución, en: V.I. Kebub, Obras completas, t. XXV, Ed. Cartago, Buenos Aires, 1958, pp. 408 y 416-417.

(9) Kommunist, 2, Moscú, 1979.

(10) B. Semionov, “La doctrina del socialismo desarrollado y de su transformación en comunismo”, Voprosy Filosofii, 7, Moscú, 1980, p. 9.

(11) Respecto a todas estas características del socialismo desarrollado, cf. el artículo de B. Semionov antes citado.

(12) No estamos de acuerdo, por esta razón. con Umberto Cerroni cuando afirma: “Son socialistas los países que se trazan consistentemente un programa de tipo socialista” (Cerroni, ¿Crisis del marxismo?. Ed. Riuniti. Roma, 1978, p. 76).

(13) Cf. especialmente de Ernest Mandel: “Sobre la naturaleza social de la URSS”, El Viejo Topo, extra 2, Barcelona, 1978 y “Por qué la burocracia soviética no es una clase dominante” (Revista Mensual/Monthly Review, Barcelona, dic. 79) en el que responde a un artículo de Paul Sweezy.

(14) Mandel. “Por qué la burocracia soviética no es una clase dominante”, ed. cit., p. 33.

(15) Cf. de Paul Sweezy: “¿Hay una clase dominante en la URSS”, Revista Mensual/Monthly Review, vol. 2, n. 12, julio-agosto 1979 y “La naturaleza de clase de la burocracia soviética. Respuesta de E. Mandel”, Revista Mensual/Monthly Review, vol. 3, n. 5. dic. 79. De Ludolfo Paramio, véanse: “Sobre la naturaleza del Estado soviético”, Les Temps Modernes, 349/350, París, ag-sept. 1975 (en español: Zona abierta, 9-10, Madrid, 1977) y “Sobre la naturaleza del Estado soviético: segundo intento”, Revista Mensual/Monthly Review, vol. 3, 2/3, Barcelona, oct., 1979.

(17) E. Mandel, “Diez tesis acerca de las leyes socioeconómicas que rigen las sociedades de transición”, en Zona abierta, n. 6, Madrid, 1976.

(18) Istvan Meszaros, “La question du pouvoir politique et la théorie marxiste”, en: 11 Manifesto, Pouvoir et opposition dans les societés postrévolutionnaires, Seuil, Paris, 1978, p. 136.

(19) Sobre la economía y la política del socialismo. Cf. Roger Bartra Las redes imaginarias del poder político, Ed. Era, México D.F., 1981. pp. 177-187.

(20) Cf.. Adam Schaff, “Sobre la alienación de la revolución” y los comentarios a este texto de Gabriel Vargas Lozano, Oscar del Barco y Juan Mora Rubio, en Dialéctica, n. 7, Puebla, dic. 1979. Cf., también: “Adam Schaff y la alienación de la revolución” (entrevista de Rodrigo Vázquez-Prada con A. Schaff), en Argumentos, n. 41, Madrid, 1981.

(21) Entrevista citada, p. 59.

(22) Adam Schaff, La alienación como fenómeno social, trad. de A. Venegas, Crítica, Grupo Editorial Grijalbo, Barcelona, 1979, pp. 317-319.

(23) Entrevista en Argumentos antes citada, p. 59.

(24) Sobre la necesidad del pluralismo político de la clase obrera tanto en la lucha por el poder como en el tránsito al socialismo y su construcción mañana, Cf. mi Filosofía de la praxis, nueva edición, Col. Teoría y Praxis Grijalbo, México D.F., 1981, pp. 374-375.

Las batallas en el desierto

LAS ARENAS DE ALEMÁN

Ed. Era. México, 1981.

Las batallas en el desierto puede leerse como crónica de una ciudad (el De Efe) y de una colonia (la Roma): artífices de una clase media que bajo el signo del alemanismo llegaría a la plenitud en remoto año de 1980. Entonces habría “ciudades limpias, sin injusticia, pobres, sin violencia, sin congestiones, basura” (p. 11). Pacheco ubica su relato: año de la poliomelitis; circulaban los coches Buick, Cadillac, Pontiac; se exhibían películas de Errol Flynn y Tyro Power; se escuchaban en la radio Sin ti, La múcura, Amorcito corazón y Obsesión. De una manera sutil, Pacheco insiste en la crisis de la posguerra. Se había salido apenas de una guerra lamentable. El mundo reiniciaba su reconstrucción moral y económica. Había que creer en algo: el futuro. Atrás, campos de concentración, Hiroshima, los nazis; en el horizonte, el porvenir anunciaba: luces que disiparían las sombras, risas que suplirían a las lágrimas. Pacheco no lo dice, pero es obvio que México se sentía ya una nación, estaba a la altura de occidente, y los mexicanos por primera vez eran contemporáneos de todos los hombres. El mexicano, al fin, era consciente de sus limitaciones pero también de sus posibilidades, había descubierto su ser.

Apoyado en ese contexto político, moral, citadino, económico y cultural, José Emilio erige una historia amarga, cruel, sin asideros, que cae sobre el indefenso narrador-testigo del libro: Carlos. Esta es otra lectura que admite Las batallas en el desierto: como novela edificada sobre los amores primeros y los fracasos, el miedo y la esperanza, las emociones y las repulsiones de un niño.

De esas dos lecturas yo extraigo, arbitrariamente, tres momentos que, sin duda, son bastante significativos y recurrentes en la obra poética y narrativa de José Emilio Pacheco: el tiempo como impulso que acaba con todo, la infancia-adolescencia y la ciudad.

I. NO LE PREGUNTEN CÓMO PASA EL TIEMPO

“que lo que fue en tu edad dorada oro, lirio, clavel, cristal luciente no sólo en plata y víola troncada se vuelve, más tu y ello juntamente en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”. (Góngora).

A los 19 años de edad, José Emilio Pacheco se presenta en las letras mexicanas con un cuento breve, “La sangre de Medusa” (1958), publicado en los Cuadernos del Unicornio, colección que dirigía Juan José Arreola. Aquel cuentecito dejaba ya entrever a un escritor obsesionado por Zeus y Cronos, las dos fuerzas temporales que devoran todo, a la vez que pueden preservar al hombre del tiempo. Ese mismo año Pacheco publica un relato borgeano, “La noche del inmortal”, en el que literatiza un pasaje de la primera guerra mundial. Ambos motivos aparecerán después, infalible e interminablemente, en buena parte de su obra.

Desde “La sangre de Medusa” es evidente que el tiempo de Pacheco es como un viaje hacia una estación sin límites en la que será posible descansar de la violencia, el odio, el crimen, el terror, el smog, e inclusive de la vida misma. “El tiempo que destruye todas las cosas” (dice José Emilio en un poema), actúa en sus relatos; es el tiempo que deteriora los objetos y la memoria, los rostros y las ciudades. El mismo que pasa como un viento omnipotente que arrastra la juventud, el amor, los sueños, los deseos, la vanidad, la alegría o la tristeza, de los hombres. Al revés del tiempo sagrado de Eliade, el de José Emilio no es circular ni cumple ninguna cosmogonía. Es un tiempo cotidiano, y su periplo acaba en la muerte, no en el mito ni en la creación del mundo. Los relatos de Pacheco -de “La sangre de Medusa” a Las batallas en el desierto- están poblados de nimiedades, de hechos cotidianos. Siempre describen a prototipos del antihéroe. No comulgan con la epopeya sino con la picaresca. En este sentido, José Emilio es el escritor de nuestra vida cotidiana. Al rescatar este mundo plano, unidimensional, donde habitan como en el gran escenario del mundo actores banales de una misma comedia, Pacheco ha creado un lenguaje que descifra no sólo la realidad de sus criaturas sino también sus pesadillas (sus ficciones).

En el cuento, “La zarpa” (1972), José Emilio Pacheco convierte el tema fealdad-belleza que separa durante muchos años a dos amigas, en una visión desoladora. Sólo con el paso de los años se borra esa oposición. La vejez, casi la muerte, disuelve la rivalidad de las dos mujeres. El tiempo transforma a la belleza en arrugas, canas y protuberancias. Entonces, la fealdad siente que al fin, nada tiene que envidiar a la hermosura. En Las batallas en el desierto, Carlos, presiente la ferocidad del tiempo, por eso quiere atraparlo: “Miré la avenida Alvaro Obregón y me dije: Voy a guardar intacto el recuerdo de este instante porque todo lo que existe ahora mismo nunca volverá a ser igual” (p. 31). Su vida, cambiante, inclemente, sólo podrá ser recobrada en fragmentos por el recuerdo. Irrecuperable, el tiempo la sepultará.

En un poema reciente, José Emilio Pacheco retoma aquella idea de Góngora o Jorge Manrique, sobre la fugacidad de la vida. “En resumidas cuentas”.

¿En dónde está lo que pasó

y qué se hizo de tanta gente?

A medida que avanza el tiempo

vamos haciendo más desconocidos

De los amores no quedó

ni una señal en la arboleda

Y los amigos siempre se van

Son viajeros en los andenes (…)

Se trata de un tiempo demoledor, pero también trágico porque reduce todo a la muerte, a la nada. El tiempo de Pacheco transforma todo y a la vez todo lo iguala. Creador de la vida es asimismo el señor que la destruye.

II. LA PÉRDIDA DEL REINO

Cogidos por esa presencia fugaz pero implacable que es el tiempo, los personajes de Pacheco suelen vivir -como Néstor Sagasta y Rufino Velázquez en La pérdida del reino de José Bianco- dos vidas: la que se sustenta en las imágenes del pasado, es decir, en la evocación de la infancia o la adolescencia (paraíso perdido, ingrato y terrible), y la que presenta a la edad adulta como el purgatorio en donde ya no hay redención posible. Al juntarse esas dos caras de una misma moneda, ellos comprueban que nada puede rescatarse porque todo ha pasado velozmente como en un parpadeo. Los seres de Pacheco intentan salvar lo insalvable: algún instante de la infancia o de la adolescencia. Aspiran a materializar algunos deseos pero sublimados, desviados por la sociedad, la familia, la escuela o por la misma naturaleza del infante. Si el deseo se cumple en la infancia, el sueño se desvanecería y el mundo aparecería opaco, limitado, cotidiano y absurdo (ojos con que será mirado por el adulto). Los niños que describe Pacheco llevan en el alma una profunda frustración. Sólo así el mundo se les sigue mostrando como un misterio, como una montaña impenetrable a cuya cima jamás se llegará. En fin, son niños que reciben la excrecencia de las instituciones.

Esto último constituye en Las batallas en el desierto el centro de gravedad del narrador. Después de haberse plantado frente a Marina, la madre de su mejor amigo, para confesarle que está perdidamente enamorado de ella, Carlos es enviado a una clínica siquiátrica, a confesarse con el Padre Ferrán (estaba desnuda, provocaste derrame, le pregunta); es retirado de la escuela pública donde estudia -propia de mediocres, según su madre- y, por último, es juzgado en el tribunal familiar. Su madre abre el fuego: “Nunca pensé que fueras un monstruo. ¿Cuándo has visto aquí malos ejemplos?. (…) Anda, habla, no te quedes llorando como una mujerzuela” (p. 41). Su padre confirma la reprobación: “Mi padre ni siquiera me regañó. Simplemente dijo: Este niño no es normal. En su cerebro hay algo que no funciona”.

En El retrato del artista adolescente, Joyce hizo una inmersión impetuosa en la conciencia de Stephen Dédalus. José Emilio cambia los signos: no viaja internamente por su personaje, sino por sus gestos y actitudes, sus gustos y sus fracasos. El Carlos de Las batallas en el desierto, no reproduce un momento de su infancia mediante la introspección sino a través de la memoria. No hay aquellos monólogos interiores intensos en los que la conciencia de Dédalus sale disparada hacia los rincones más recónditos de su alma, sino anécdotas cotidianas.

Como en “El parque hondo” y “Tarde de agosto”, “El principio del placer” (1972) muestra cómo es la adolescencia que le interesa a Pacheco: insegura, reprimida, impulsiva, gobernada por el temor, ilógica, ingenua. “El principio del placer” es un relato donde triunfa la imposición familiar sobre Jorge, que trata de saltarla. Carlos, no alcanza a sobreponerse a la condena que llueve del seno familiar. Los dos, sin embargo, son bichos señalados por el mismo “delito”: intentar transgredir las reglas sociales. Pero ninguno va más allá del intento. Son seres sumisos -no rebeldes- y finalmente se pliegan a las instituciones, a las convenciones.

III. SE ACABÓ ESA CIUDAD

Lo que el tiempo destruye y la infancia recupera, tiene por escenario una ciudad, fría, irredenta, contaminada, adonde se llega a pagar un “pecado original” autoimpuesto. La ciudad de José Emilio se rige por la irracionalidad; es un lugar informe, feroz, que Pacheco trabaja desde el principio de su carrera. Sólo en “La zarpa”, se habla de un Distrito Federal cálido, sin hez. Ante su confesor, la narradora dice: “Bueno, verá, usted no es de aquí, Padre; usted no conoció a México cuando era una ciudad chica, preciosa, muy cómoda, no la monstruosidad tan terrible de ahora. Entonces una nacía y moría en la misma colonia sin cambiarse nunca de barrio. Una era de San Rafael, de Santa María, de la Roma. Había cosas que ya jamás habrá…” La depuración física no significa para Pacheco pureza, integridad moral, espiritual y social. El no transige. Frente a esa ciudad “chica, preciosa”, se encuentra como un esperpento la otra “monstruosidad tan terrible de ahora”. Este último espacio es el que habita la familia de Carlos en Las batallas en el desierto: olla de mediocridad, pozo de fantasmas y falsos ídolos. Desde su óptica clasista, la madre de Carlos maldice a la ciudad de México: “Lugar infame, Sodoma y Gomorra en espera de la lluvia de fuego, infierno donde sucedían monstruosidades nunca vistas en Guadalajara como el crimen que yo acababa de cometer. Siniestro Distrito Federal en que padecíamos revueltos con gente de lo peo” (p. 50).

Se trata de una metrópoli que en Las batallas en el desierto empezaba a llenarse de psicoanalistas dispuestos a interpretar con su “ciencia” cada falta individual. A poblarse de frases importadas, de Life y Selecciones, de coca cola y detergentes, adornando sus avenidas con Sanborn’s y Sears Roebuck. Esta ciudad “maldita” que rechaza cualquier forma de ternura. No es la ciudad que ha descrito Carlos Fuentes, ligada al pasado precolombino, misteriosa, mítica, cachonda y cálida, de padrotes, prostitutas y políticos corruptos, capaz de engendrar grandes tragedias. Es la ciudad de Joyce: cristiana, conservadora, sin memoria, bárbara, castrante, cuya última meta es la destrucción. En ella, todo se agota: “Demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años” (p. 67) concluye el Carlos adulto después de haber contado un pasaje de su infancia diezmada en esa ciudad.

Libro de contrastes, sostenido por una prosa transparente, sobria, Las batallas en el desierto es una encrucijada donde inciden varios proyectos de la narrativa mexicana de los años setenta. Es el libro de la desilusión, el pesimismo y el desengaño Con mucha originalidad, José Emilio no salva a ninguno de sus personajes de esa trinidad. Ni el orgulloso Jim que presume a un padre colado en los cuadros directivos del alemanismo; ni la familia de Carlos cristeros de buena cuna empeñados en salvaguardar la farsa del hogar feliz; ni Harry Atherton y su mansión en Las Lomas, con billar subterráneo, cava, gimnasio, vapor cancha de tenis, seis baños (“¿Por qué tendrán tantos baños las casas ricas mexicanas?”); ni Rosales y su tremenda pobreza: vivía en una azotea en cuyo patio flotaba mierda los días de lluvia. Todos han sido colocados bajo el mismo cielo: una ciudad que los devora, un tiempo que vuela como buitre sobre sus vidas, sobre sus vestiduras y sus sueños. Sólo les queda algún episodio de la infancia, el único pasaporte para llegar a la muerte rebosantes de recuerdos. Y con todo, Las batallas en el desierto es una obra -ficción y crónica- que demanda otras lecturas. Porque parece un juego de espejos en el que no hay comienzo ni final o si los hay se invierten, como los versos del poema “Mar eterno”:

Digamos que no tiene comienzo el mar

Empieza donde lo hallas por vez primera

y te sale al encuentro por todas partes.

Alvaro Ruiz Abreu

Libertad de elegir. Hacia un nuevo liberalismo económico

DE LOS FRIEDMAN, CON AMOR

Ediciones Grijalbo S.A. Barcelona, 1980.

MISIONEROS Y PUBLICISTAS

Libertad de elegir no es un texto tradicional de economía. En verdad su objetivo no es revisar el árido campo de la teoría y de la política económica, sino proponer las supuestas bondades de un orden social basado en los “inmutables instintos” del homo economicus. Respaldados en el prestigio académico que otorga un premio Nobel y en un discurso ágil y convincente, Milton Friedman y su esposa produjeron un texto sustentado en opciones explícitamente ideológicas de conceptos tan vagos como el de “naturaleza humana inmutable”. Un texto que ilustra sin embargo la alta calidad y efectividad de la maquinaria publicitaria montada en torno al ex-profesor de Chicago.

Leer el libro de los Friedman como un texto de disuación y penetración ideológica, no es adoptar una perspectiva conspirativa de una actitud persecutoria, sino reconocer el esfuerzo empresarial y propagandístico que efectivamente ha rodeado a la “popularización” de la imagen de Milton Friedman. En realidad, Libertad para elegir es sólo parte de un proyecto más vasto iniciado tres o cuatro años atrás con la producción de una serie para televisión del mismo nombre y que se proyectó con gran éxito en Estados Unidos y Europa Occidental. Al poco tiempo, hacían su aparición en el mercado video-casetes y películas de 16 mm con los mismos 10 programas, así como 15 conferencias también grabadas en video-casete bajo el título Milton Friedman speaks (“Habla Milton Friedman”). Los propios Friedman apuntaron que, al margen del beneficio económico que les reportaba el proyecto, su principal motivación había sido la de difundir sus ideas. “Fuimos conducidos por el instinto misionero, dijo Rose Friedman a la revista Fortune. En efecto, en el contexto del agotamiento de las políticas económicas keynesianas que predominaron durante buena parte de la posguerra, los Friedman encuentran un importante espacio ideológico que ocupar. O como ellos mismos dicen: “a pesar de que la corriente a favor del socialismo fabiano y la socialdemocracia del New Deal ha llegado al punto más alto que podía alcanzar, por ahora no existe una prueba palpable de si la nueva tendencia de pensamiento se dirigirá hacia una libertad más amplia y una actuación estatal más limitada, que siga a Adam Smith y a Thomas Jefferson, o defenderá un gobierno omnipotente y monolítico, de acuerdo con el espíritu de Marx o Mao” (p.393).

LA SOMBRA DEL ESTADO

Los dos primeros capítulos de Libertad de elegir contienen la médula del planteamiento de los Friedman expuesta en forma sencilla y persuasiva. En el capítulo tres ofrecen su concepción de las causas y la dinámica de la Gran Depresión de 1929, como un antecedente para el análisis ulterior de lo que ellos mismos llaman “la línea divisoria para Estados Unidos”, a saber, la elección de Franklin D. Roosevelt y la implantación de la política del New Deal, origen último de la posterior expansión de las actividades del Estado y de los consiguientes “problemas” actuales. Los últimos capítulos analizan aspectos específicos de la realidad a manera de ejemplo que prueban las perversas consecuencias que provoca la intervención estatal en los mecanismos de mercado. Así, analizan el problema de la educación, de la protección al consumidor, de la protección de los trabajadores y de la inflación. El último capítulo presenta un programa de acción que permita revertir la “tendencia estatizante” prevaleciente en buena parte del mundo capitalista. El esquema del libro resulta así altamente persuasivo: parte de principios generales sobre el funcionamiento de la economía y la sociedad, principios familiares o verosímiles para el “sentido común” y plantea luego el análisis de experiencias y áreas concretas en donde queda supuestamente demostrado que la intervención del Estado, lejos de resolver los problemas que se propone atacar, sólo consigue empeorar las cosas, creando de paso una monstruosa burocracia cuyo interés primario es la propia supervivencia. La recomendación que sigue es obvia: reducir el papel del Estado y restablecer plenamente los mecanismos del libre mercado.

En efecto, el leitmotiv de Libertad de elegir es la libertad económica: el mercado y los precios. Capítulo tras capítulo se reafirma la moraleja central: Todo lo que afecta el equilibrio del mercado, tiene efectos nocivos sobre el comportamiento económico y el Estado es “el principal foco de interferencias con el sistema de mercado libre” (p. 35). Para Milton y Rose Friedman la libertad económica es un prerrequisito de la libertad política, que deviene así un concepto puramente formal en tanto incorpora como un prerrequisito la desigualdad que necesariamente resulta del concepto friedmaniano de “libertad económica”. El mercado y los precios transmiten información, alientan la adopción de métodos de producción más eficientes y determinan la distribución de la renta. Por lo tanto, la desigualdad económica es un resultado natural que depende de una “desconcertante mezcla de azar y elección” (p. 41). En otras palabras, “la vida no es equitativa”, y nada se gana con intentar rectificar este hecho. Más aún: es precisamente la desigualdad lo que hace a la vida atractiva, ya que “conserva la posibilidad de que los desgraciados de hoy sean los privilegiados de mañana”. En términos más metafóricos “las personas que decidan jugar (al bacará) pueden empezar la velada con montones de fichas iguales, pero según avance el juego los montones serán diferentes. Al final de la velada unos habrán ganado mucho y otros habrán perdido mucho. ¿Se debe obligar a los ganadores a devolver el dinero a los perdedores en nombre del ideal de igualdad? Esto supondría privar al juego de toda diversión. No les gustaría ni siquiera a los perdedores. Podría gustarles una vez, pero ¿volverían a jugar de nuevo si supieran que, pasara lo que pasara, acabarían exactamente como habían empezado?” Este párrafo ilumina claramente la perspectiva de los Friedman: el azar y la elección son los patrones de la convivencia humana. (Aún si aceptáramos esta perspectiva, ¿podríamos estar de acuerdo con que todos los “jugadores” comienzan con el mismo número de fichas?).

Como sea, el mercado y la libertad no sólo se ajustan a la “naturaleza humana” según los Friedman, sino que de su accionar se derivan situaciones de óptimo rendimiento económico. El antiguo principio smithiano de la “mano invisible” es nuevamente ubicado en un lugar central, atribuyéndole el curioso atractivo de un extraño medicamento homeopático que, “al igual que el conocido principio de la vida animal, frecuentemente devuelve el vigor y la salud a la constitución humana no sólo a pesar de la enfermedad, sino también de las absurdas prescripciones del doctor”.

ECONOMÍA SIN HISTORIA, EJEMPLOS SIN PRECISIÓN

Cabe preguntarse si esta deificación del mercado a la que nos enfrentan Milton y Rose Friedman tiene algún sentido. En primer lugar, conviene señalar que de poco vale apoyarse en conclusiones que la teoría económica ha elaborado en relación al óptimo de mercado si las condiciones efectivas en que éste opera distan sensiblemente de aquellas que son consideradas como condiciones necesarias para obtener los resultados planteados. En segundo lugar, y en un plano mucho menos abstracto” las propuestas de los Friedman tienen un claro contenido y dirección en las presentes circunstancias: nadie podría negar que el restablecimiento pleno de los mecanismos de mercado -un eufemismo para la jibarización del Estado- tendría consecuencias diferentes sobre los distintos actores sociales. Es en esta perspectiva, en que las aparentemente trasnochadas propuestas de Rose y Milton Friedman adquieren su sentido fundamental.

Libertad para elegir ofrece interminables oportunidades de crítica y análisis, muchas más de las que es posible ofrecer en una breve reseña. A tales efectos, concluiremos con sólo dos aspectos que son, a nuestro juicio, centrales. Por un lado, el método de los Friedman es absolutamente ahistórico. Según Milton y Rose la dinámica económica es inmutable en su lógica y en sus fundamentos. La nación de tiempo tiene tan sólo un sentido lógico, no histórico:

“Los economistas y los especialistas en ciencias sociales en general, rara vez pueden llevar a cabo experimentos controlados, tan importantes para comprobar las hipótesis en las ciencias de la naturaleza. Sin embargo, se ha conseguido en este caso algo bastante cercano a un experimento controlado que podemos utilizar para comprobar la importancia de la diferencia entre los métodos de organización económica (entre India y Japón)… Los dos experimentos están separados por 80 años. En todos los demás aspectos los dos países se encontraban en circunstancias muy similares.”

Friedman opone la experiencia de Japón después de la restauración Meiji (1867) a la de India después de la independencia (1947) para demostrar que el mercado libre ha producido una potencia económica de primer nivel (Japón), en tanto que la planificación centralizada sólo ha perpetuado la pobreza y el estancamiento, anulando los incentivos “naturales” de todo ser humano (India). Al margen del error en la caracterización de la japonesa como una economía sin intervención estatal, los 80 años de diferencia que se plantean como un aspecto menor en este curioso “experimento controlado” que proponen los Friedman sólo pueden aceptarse con una noción de tiempo lógico. El peso del tiempo histórico es algo que, evidentemente, Friedman y su esposa no se ocupan de considerar.

Pero Friedman no sólo plantea métodos ahistóricos para “demostrar” sus discutibles proposiciones, sino que también falsea de hecho la realidad. En efecto, Libertad para elegir abunda en ejemplos que son empíricamente falsos. No se trata de posibles errores de interpretación de una misma realidad, sino olvido u omisión de aspectos inseparables de la realidad en cuestión. Valgan como muestra tres ejemplos: la afirmación de que el éxito de Japón está basado en la falta de intervención estatal, el argumento de que Estados Unidos era una economía abierta en el siglo XIX, y la proposición de que “en ningún sitio es más grande el abismo entre el pobre y el rico, en ningún lugar es más rico el rico y más pobre el pobre que en las sociedades que no permiten el funcionamiento mercado libre”. Si Milton y Rose Friedman fueran capaces de demostrar que la distribución es más desigual en los países economía planificada que en los de economía de mercado, sin duda habrían dado un gran paso en el estudio de los sistemas comparados. Cualquiera sea la crítica que se levante contra los primeros, el argumento de la desigualdad relativa no parece de los más sólidos.

En síntesis, un libro para leer con los o bien abiertos. Un verdadero ejercicio individual de discusión. Una muestra idónea la efectividad de los métodos modernos de comunicación puestos al servicio de la difusión de la ideología. Un desafío intelectual y político para generar una respuesta que no por rigurosa deje de ser comprensible para el común de los mortales.

Roberto Bouzas

Industrialización e internacionalización en la América Latina

Y CUANDO DESPERTARON, LA DEPENDENCIA SEGUÍA AHÍ

Volumen II, Fondo de Cultura Económica, serie Lecturas, No. 34, México, 1981, 740 pp.

La industrialización os hará libres. Si en las primeras décadas del siglo veinte seguía viéndose a la educación como la única manera de modernizar a los países latinoamericanos y redimirlos de su secular atraso, ya para el periodo que siguió al fin de la segunda guerra mundial cambió el eje de las preocupaciones. El gran mito, el gran afán de los años cincuenta y sesenta fue la industria. Economistas, políticos y simples soñadores vieron en las máquinas y los procesos fabriles la única forma que la región latinoamericana tenía de abandonar el atraso social y frenar el continuo saqueo de sus materias primas y recursos naturales.

PARA DESPERTAR DEL SUEÑO INDUSTRIAL

Habíamos alimentado el corazón con la ilusión de que si lográbamos la industria seríamos grandes. El corazón se ha envilecido ahora con la experiencia de ver que las divisas siguen fugándose ahora en forma de ganancias y utilidades, que las transnacionales dominan los sectores de punta, que los desequilibrios de la balanza comercial crecen, que los productos son de malísima calidad y que a la hora de negociar, los industriales (transnacionales o autóctonos) exhiben una gran dosis de poder e insolencia.

Todo sin que se haya modificado sustancialmente el panorama social. La industria creció conservando la marginación, incrementando la desigualdad y preservando el atraso y saqueo que se creyeron serían erradicados al conjuro mágico de la producción industrial.

El número 34 de la serie Lecturas, editada por el Fondo de Cultura Económica, contiene una recopilación hecha por Fernando Fajnzylber de artículos publicados antes en la revista El Trimestre Económico y dedicados al estudio de las consecuencias que los procesos de industrialización tuvieron en América Latina, haciendo especial énfasis en los países que mejores resultados tuvieron, es decir México y Brasil.

Probablemente los mismos teóricos que a principios de los años cincuenta se preguntaban cómo atraer la industria hacia los países latinoamericanos e inventaban series insólitas y novedosas de estímulos con tal de que los inversionistas se atrevieran a fabricar aquí lo que antes compraban en el exterior, sean algunos de los que ahora se preguntan qué hacer con ese sector que cayó masivamente a la región, impulsado por la retransformación industrial en el mundo capitalista y la nueva asignación de mercados en los nuevos sectores dinámicos. Lo que durante mucho tiempo se buscó, llegó por su propio pie. Pero llegó, obviamente, no para promover el desarrollo de los países sede, sino en función de la estrategia global elaborada en la casa matriz.

En los artículos que recopiló Fajnzylber -el mismo autor de importantes estudios sobre la industria mexicana y sobre las empresas transnacionales- hay claramente un hilo conductor común, a pesar de que hayan sido escritos por separado y con motivaciones diversas. De la publicación en la revista, patrocinada también por el FCE, a la edición en bloque, el interés de los artículos sufre una mutación. Si en un principio tuvieron un impulso informativo o denunciatorio, en el libro (separado en dos grandes apartados: repercusiones de la industrialización y casos sectoriales) Las notas sobre tecnología, empleo y rendimiento de las empresas transnacionales y los estudios de caso de la industria automotriz, de la farmacéutica y de la industria alimentaria, se leen más bien bajo la perspectiva común de advertir la similitud en el tipo de preguntas que generan y la repetición de datos muy similares. Asimismo, existe parecido respecto a las propuestas que se hacen tratando de influir a la hora de decidir cuál será la orientación a tomar dentro de la política económica con que se administrarán las industrias.

SUSTITUCIÓN DE SUMISIONES

Preocupados seriamente porque el intercambio comercial de América Latina resultaba cada vez más desigual debido a que se vendían materias primas y se compraban bienes manufacturados (lo que se llama deterioro de los términos de intercambio), los teóricos de la CEPAL, aunque no sólo ellos, promovieron el desarrollo de la industrialización bajo la teoría que dio en llamarse de sustitución de importaciones. Muchos de los efectos secundarios de esa política no fueron, no podrían ser, previstos: distorsiones en la distribución del ingreso, desnacionalización paulatina de la propiedad de los sectores económicos más dinámicos y deterioro constante de los saldos de la balanza de pagos. Hubo otro factor que tampoco fue tomado en cuenta y que al final resultó de lo más importante: el comportamiento de la industria a nivel mundial. ¿Qué fue al final lo determinante, el llamado para que se instalaran las industrias, o el interés de las industrias en instalarse?

No se trata de una pregunta más al estilo del huevo o la gallina. No es una disyuntiva gratuita. Es algo a lo que se tiene que dar respuesta si se quiere encontrar la punta del resto de la madeja. Para el caso de México especialmente por dos situaciones: la industria nacional se encuentra en un momento coyuntural importante en el que se producen nuevos reacomodos económicos mundiales que tienden a imponer nuevamente la especialización productiva de las naciones subdesarrolladas. Así por ejemplo, sólo conciliando los cambios internacionales con las necesidades internas será posible resolver la disyuntiva fundamental que plantea la industria automotriz. Douglas Bennet y Kenneth E. Sharpe plantean en el artículo “La industria automotriz mexicana y la política económica de promoción de exportaciones”, las ventajas que tendría para México continuar con la estrategia de sustitución de importaciones en lugar de -tal y como se ha hecho hasta ahora- intentar una política que incluya objetivos de sustitución de exportaciones.

Sin duda Bennet y Sharpe aciertan en el diagnóstico respecto a los problemas de distribución de ingresos, empleo y pérdida del control sobre la industria que la política de estímulo a las exportaciones puede traer al sector automotriz, pero habrá que tomar en cuenta para el análisis la evolución del mercado automotriz mundial. Es difícil pensar que se pueda mantener a ultranza la política de sustituir importaciones automotrices enmedio de fuertes tendencias internacionales hacia la especialización productiva, de acuerdo a los nuevos mitos relativos a nuevas ventajas comparativas.

De esa manera, la Volkswagen dejó de producir su modelo escarabajo en las plantas alemanas por considerarlo anacrónico e incosteable debido a que las plantas de México y Brasil se consideraban suficientes para cubrir la demanda que todavía existe de ese modelo. Es el mismo caso de la Chrysler, que instala en el norte de México una fábrica para producir motores ligeros de poco cilindraje, pero no en función de dar cumplimiento a los requisitos estipulados por el gobierno mexicano en el decreto de 1977, respecto a la necesidad de compensar un porcentaje creciente de las importaciones son ventas al exterior. Chrysler ve en las instalaciones del norte una manera de enfrentar, con ventajas, la demanda potencial de motores ligeros y de bajo cilindraje que hay en Estados Unidos debido a la crisis energética que hizo disminuir la demanda por los autos de ocho cilindros.

Aunque no contenga de manera explícita ninguna propuesta de conjunto respecto al patrón de industrialización, en el libro se notan algunas propuestas comunes para diagnósticos similares: necesidad de que el Estado controle algunas empresas para amortiguar el dominio de las compañías transnacionales, reestructuración de algunos sectores económicos, aminorando el efecto que la diferenciación de productos y las contabilidades amañadas tienen sobre el consumidor y sobre las finanzas estatales y propuestas de que el análisis de la industria se encare no solamente en función de criterios de balanza de pagos, sino tomando en cuenta objetivos macroeconómicos: crecimiento económico, distribución del ingreso, control de la propiedad y mejoría en la atención al consumidor.

En ningún caso la nueva actitud ante la industria se contempla en términos de ruptura, sino de continuidad: No se considera viable ninguna propuesta que modifique estructuralmente el patrón de acumulación industrial. A lo más que se llega es a sugerir modificaciones parciales o reorientaciones inducidas por el Estado. Nuevas utopías en un momento en que América Latina se vuelve a ver envuelta en viejas teorías de ventajas comparativas a nivel internacional y en el que se tratan de frenar los esfuerzos que países como México y Brasil hacen por continuar en el terreno de la industrialización integral sin sujetarse a la división de trabajo que impone el mercado internacional con productos que supuestamente tienen ventajas internacionales. En el caso de México, el petróleo. Y ya se conoce el resto.

Jesús Miguel López

El golpe. Anatomía y claves del asalto al Congreso

¿A DÓNDE VAS ESPAÑA?

Colección Horas de España.- Editorial Ariel, Barcelona, 1981, 195pp.

El pasado 23 de febrero un grupo de sediciosos y nostálgicos del franquismo, a cuya cabeza figuraba el teniente coronel Tejero, protagonizaron la jornada más tensa y conflictiva de la joven democracia española. El frustrado golpe de Estado de ese día fue como una pústula en una sociedad abatida por el terrorismo, el desencanto político, el fantasma del desempleo y de la crisis económica.

Las consecuencias reales y finales de tales sucesos son por el momento imprevisibles. Los hechos, parecen apoyar la opinión generalizada: el tejerazo no volverá a producirse porque los objetivos que perseguían los golpistas han sido en buena medida satisfechos por la política del gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo. En ese cuadro se inscribe la reciente actividad legislativa, que reviste un inquietante carácter regresivo: las leyes sobre la seguridad del Estado, el terrorismo y las autonomías.

El golpe apareció escasamente un mes después del 23 de febrero. La credibilidad democrática de sus autores está fuera de toda duda, así se trate de un libro oportunista, ilustrativo de las tendencias del periodismo contemporáneo. El lector encontrará entre sus páginas la opinión militante y el valor documental, pese a las limitaciones impuestas por la pronta publicación.

DERECHA E IZQUIERDA MILITAR

En el primer capítulo, Julio Busquets testigo presencial de los hechos, actual diputado del Partido Socialista de Cataluña (PSC-PSOE), comandante del ejército español hasta 1977 y, en su día, fundador y miembro de la dirección colegiada de la Unión Militar Democrática (UMD)(1) analiza desde una doble perspectiva el proceso golpista. Por un lado, mediante un análisis de sociología militar, Busquets identifica las causas del golpe dentro de la propia institución militar. Destaca el alto grado de conservadurismo ideológico de los militares españoles, el hecho de que los actuales oficiales del ejército hayan sido en su mayoría incorporados a la institución una vez concluida la Guerra Civil española y educados por los vencedores de la misma. Aquella transmisión original de la ideología antidemocrática persiste en los actuales cuadros militares que la preservan al margen de la evolución sufrida por el resto de la sociedad.

Busquets subraya la existencia de un doble sistema de pesos y medidas, vigente durante los años de transición posfranquista dentro de las fuerzas armadas: debilidad y connivencia frente a los enemigos del rey o de la Constitución, y gran vigor y dureza frente a militares demócratas. La debilidad del gobierno o de sus ministros de defensa frente a los reiterados actos de indisciplina y las provocaciones de los militares ultras, se concretó en sanciones ridículas por parte de las autoridades. Así, el gobierno dio muestras reiteradas de su incapacidad para dar solución a todo tipo de problemas y de un notorio desgobierno.

Por otro lado Busquets, encuentra fuera del ejército causas convergentes del golpe: la actitud criminal del terrorismo de ETA que objetivamente ayuda a los fascistas creando condiciones propicias a la intervención militar.

TIEMPO DE CONSENSO

Miguel Angel Aguilar, periodista dedicado preferentemente a los temas militares, subraya en la segunda parte del libro los elementos de cambio político de la transición posfranquista que pesaron en la intentona militar. El hecho de que el general Franco muriera en su cama y que ninguna fuerza política lograra abatir o acelerar el fin del franquismo -la izquierda no tuvo la fuerza para hacerlo-, excluyó cualquier posibilidad de ruptura democrática. Así, resueltamente, la derecha española que llevó de la mano Adolfo Suárez, protagonizó el cambio hacia la democracia, mientras la izquierda asumía una actitud decididamente moderada. El consenso fue el método político del proceso. El aparato franquista se mantuvo intacto; desde el primer momento Suárez ofreció garantías contra todo intento de depuración de los cuerpos y organismos del Estado. No obstante, el malestar en el seno de las fuerzas armadas se manifestó palmariamente a partir de la madrugada del sábado santo de 1977, fecha de la legalización del Partido Comunista de España que fue recibida con una nota de abierta repulsa por el Consejo Superior del Ejército. La actividad golpista tuvo antecedentes en la frustrada operación Galaxia de 1979 y la intentona del teniente general Luis Torres Rojas a finales de 1980. Aguilar destaca también la exasperación existente en las instituciones militares debido al terrorismo, así como la permanente y descarada campaña de incitación a la rebelión llevada a cabo por el aparato periodístico de la ultraderecha.

El hecho de que El golpe sea un libro de rápida elaboración le confiere cierto valor documental: recoge y ordena cronológicamente la información de agencias y diarios aparecidos en las horas trágicas e históricas de los días 23 y 24 de febrero pasado. A esta tarea se entregó Ignacio Puche en la tercera parte del libro, que acopia desde las noticias tal y como iban apareciendo en los teletipos hasta la decisiva intervención del rey frente a las cámaras de Televisión Española. El 23 de febrero la figura del rey Juan Carlos, por encima de toda sospecha, se elevó como salvadora de la Constitución. Al día siguiente le dijo Santiago Carrillo: “entre la democracia y la dictadura militar sólo estaba usted, Majestad”.

Han transcurrido varios meses desde el fallido golpe contra la democracia en España y desde la publicación de El golpe pero la situación española preñada de enigmas e inquietantes provocaciones sigue ofreciendo un panorama poco alentador. El gobierno, inmerso en su propia debilidad y falta de autoridad política, concibe como única solución para hacer frente a los sediciosos el recorte de las libertades. Mientras tanto, las provocaciones de la extrema derecha y el terrorismo de la GRAPO y de ETA-militar siguen su curso “natural”. La filtración a la prensa del sumario en donde figuraban las declaraciones al juez instructor de varios implicados en el golpe militar, y en particular de Tejero, constituyó en sí misma una operación manifiestamente desestabilizadora. Se trataba de deslindar las responsabilidades de los golpistas, haciéndolas extensivas a muchos otros oficiales y jefes del ejército, incluso al propio rey, presentado como conocedor del golpe, junto con el Partido Socialista Obrero Español. Acusaciones de este tipo se han realizado sin que nada suceda lo cual indica lo precario de la situación, la pérdida de capacidad de reacción de las instituciones democráticas. Por otra parte, el terrorismo cobra nuevas víctimas entre los militares y trata de demostrar sin lugar a dudas que la lucha antiterrorista es ineficaz y que el ejército es la mayor víctima de la transición(2). Parece claro en la actual situación que la democracia tiene dos enemigos a combatir: el qolpismo y el terrorismo.

LA OTRA TRANSICIÓN

Estos hechos colocan a la democracia española en su momento más bajo. La derechización de la política económica no apunta hacia reformas estructurales y difícilmente puede llevar a la superación de la crisis: desempleo, inflación, suspensión de pagos, quiebra de empresas. Pese al reciente pacto del gobierno con las centrales sindicales y empresariales. La crisis económica, que ha castigado incisivamente a los españoles durante la última década es en sí misma un elemento de desestabilización política y social.

Por otra parte, el desarrollo legislativo camina lentamente a dos años de haber sido aprobada la Constitución. La dimisión de Adolfo Suárez y los sucesos del 23 de febrero son un importante freno de la actividad parlamentaria, centrada en las últimas semanas en la elaboración de leyes políticamente conflictivas.

La llamada Ley de Defensa de la Constitución y la que regula los estados de alarma y de sitio son consecuencias palmarias e inmediatas de la intentona golpista y contienen aspectos más o menos limitativos de los derechos ciudadanos. Por su parte la ley de “armonización” autonómica, asentada en un acuerdo bilateral entre la Unión de Centro Democrático (UCD, -partido del gobierno-, y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), margina a los sectores nacionalistas, abre el camino de la reforma del título VIII de la Constitución e incluso de los actuales estatutos y avanzan el freno del desarrollo a las autonomías. La puesta en práctica de esta ley puede radicalizar la situación en las nacionalidades y regiones que demandan autonomía y generar nuevos conflictos.

Finalmente, la pérdida de confianza de la ciudadanía en las instituciones, la pasividad política y el alejamiento progresivo de la población respecto a los partidos políticos, -inmersos en una crisis de credibilidad y de representatividad social-, emergen como elementos a incorporar en un confuso panorama, en donde las fuerzas políticas democráticas y responsables se muestran incapaces de imponer una salida progresista a la situación. El fantasma de la dictadura militar se abre camino después del 23 de febrero, acompañado de una fuerte ofensiva de los sectores más reaccionarios de la sociedad española.

Todo lo dicho apunta hacia la urgencia de la unidad de las fuerzas políticas democráticas para fortalecer el poder civil. Sin embargo, un planteamiento de este tipo, que se formaliza en un gobierno de coalición y de unidad, ha topado con la real-politik de concertación entre la UCD y el PSOE. Se abren de este modo las puertas hacia nueva fase de transición política que plantea serias dudas sobre el futuro de la democracia en España. Es en ese singular y precario modelo español de tránsito de la dictadura a la libertad, donde tienen puestas las miras no pocos gobiernos autoritarios de todo el mundo y especialmente de América Latina.

Jesús Fresno Lozano

Notas

(1) La UMD se fundó, clandestinamente y en vida del dictador, en el verano de 1974 solamente por doce militares. Se constituyó como una organización orientada, fundamentalmente, a realizar proselitismo de la ideología democrática dentro de las fuerzas armadas.

(2) El pueblo español, unánimemente expresó con dos minutos de silencio el 8 de mayo último, su enérgica condena al terrorismo. Dos minutos bastaron para que el pueblo manifestara su deseo de convivencia pacífica y democrática, y su solidaridad con las fuerzas armadas y de orden público. En la actualidad, se aproximan a la treintena los mandos de las fuerzas armadas, en activo, que han muerto víctimas de atentados terroristas, desde julio de 1978.

El mullah tártaro y el aire puro

Varlam Shalamov nació en Vologda en 1907. Fue estudiante en la Universidad de Moscú. En 1929 fue arrestado y condenado a trabajos forzados. En 1937 volvieron a arrestarlo por “actividades trotskistas contrarrevolucionarias”. Puesto en libertad después de la muerte de Stalin, Shalamov volvió a Moscú; ahí publicó su poesía, que le valió el aprecio de Boris Pasternak. Poco tiempo después fue admitido en la Unión de Escritores y comenzó a escribir una serie de cuentos que se difundieron a través del samizdat. Parte de ellos fueron traducidos al italiano y publicados por la editorial Savelli bajo el título de Kolyma. De este libro hemos extraído la narración que ahora presentamos, muestra de una obra que Shalamov jamás pudo publicar en su patria, ni ha querido publicar en Occidente.


En la celda hacía tanto calor que ni siquiera una mosca se paraba por ahí. Las ventanas, con sus enormes barras, estaban abiertas de par en par, pero esto no aliviaba nada; el asfalto fogoso del patio mandaba hacia arriba oleadas de aire ardiente y, al fin y al cabo, en la celda estaba más fresco que en la calle. Todos se habían quitado la ropa y centenares de cuerpos desnudos, de los cuales emanaba un calor húmedo y pesado, se revolvían extenuados en el pavimento. Sobre los camastros, el calor era intolerable. Ante la inspección del comandante los presos vestían sólo los calzoncillos y cada hora se preparaban en la letrina “de uniforme” y hacían continuas abluciones con el agua fresca de los lavatorios. Era un alivio que no duraba mucho. Los podnarniki1 —no todos habían conseguido un lugar en los camastros— se volvían de repente los dueños de los mejores puestos. Era necesario volver rápidamente a los “lejanos vivacs2 y, con el sombrío humorismo de la cárcel, se decía que después de la tortura del baño de vapor nos esperaba la tortura de la ducha fría.

Un mullah tártaro, arrestado durante el célebre caso del “Gran Tártaro” del que habíamos oído hablar mucho antes de que los periódicos lo mencionaran; un sólido sesentón de temperamento sanguíneo, con el pecho poderoso y cubierto por una pelambre espesa, gris, con los ojos redondos y oscuros y con la mirada vivaz, decía mojándose con un trapo húmedo el cráneo pelado y luciente:

—Me basta con que no me fusilen. Me darán diez años, una tontería. Es una pena terrible para quien se ha propuesto vivir hasta los cuarenta. Pero yo me propongo vivir ochenta años.

Cuando se volvía del patio, el mullah subía corriendo hasta el quinto paso sin perder el aliento.

—Si me dan más de diez años —seguía en sus meditaciones—, en la prisión viviré todavía veinte años. Pero en el lager —y aquí el mullah calló un momento—, diez.

El mullah sabía lo que era el aire puro.

El mullah vivo e inteligente me volvió la cabeza cuando releí las Memorias de una casa de muertos.

Morozov y la Figner3 vivieron en la fortaleza de San Pedro y San Pablo más de veinticinco años, con un régimen carcelario rigidísimo: salieron de ella siendo dos personas perfectamente aptas para trabajar. Sin gran esfuerzo Vera Nokolaevna fue todavía capaz de luchar activamente por la revolución: después escribió diez volúmenes de recuerdos sobre las vicisitudes pasadas; Nikolai Aleksandrovich escribió una serie de trabajos científicos —la mayor parte en la fortaleza— y concretó un casamiento por amor con una estudiante de secundaria.

En el lager, para que un hombre joven y sano que ha iniciado su carrera en la mina del lager, en invierno y al a puro, se transforme en un dochodiaga4 son necesarias por lo menos 20 a 30 jornadas de trabajo de 16 horas cada una, sin días de reposo, con hambre sistemática, con la ropa desgarrada y las noches pasadas a 60 grados bajo cero en una carpa de tela embreada y llena de agujeros.

Los golpes que propinan los “cabos” de los starosty,5 elegidos entre los criminales comunes, y los centinelas, aceleran mucho ese proceso. Son plazos que la costumbre ha verificado desde hace mucho. Las brigadas que comienzan la estación del oro y llevan nombre de sus jefes, al terminar el ciclo no tienen en sus filas ni siquiera uno de esos hombres que tenían al empezar, con excepción del jefe, de algún amigo personal de este último y de ciertos advenedizos. El remanente cambia cada verano. La mina de oro arroja sin cesar los desechos de la producción a los hospitales, a los “comandos de restablecimiento”, a las aldeas de inválidos y las fosas comunes.

La estación del oro comienza el 15 de mayo y termina el 15 de septiembre cuatro meses. Del trabajo en invierno el mejor no hablar. Al comenzar el verano se forman las brigadas-base, de los excavadores con gente nueva que aún no ha pasado el invierno en el campo.

Como verán, el mullah no conocía tan bien el lager.

Los detenidos que habían recibido su condena querían ser removidos de la, cárcel y enviados al lager. Allí se trabajaba en el aire sano del campo, los presos eran liberados antes de cumplir la, condena, se permitía la correspondencia, los paquetes mandados por los parientes, y se percibía un salario. Un hombre espera siempre lo mejor. En la hendidura que divide las puertas de la teplushka6 que nos conducía a Extremo Oriente, se amontonaban día y noche los detenidos que eran transportados: en éxtasis aspiraban el aire quieto de la tarde, impregnado por el perfume de las flores campestres que la carrera del tren agitaba. Qué diferente era del tufo odioso de todos esos meses de proceso, del hedor de frenol y de sudor de la celda. En las celdas quedaban los recuerdos del honor ofendido, humillado, pisoteado, recuerdos que uno quería olvidar. Por simplicidad de alma los detenidos se figuraban que la cárcel judicial era la experiencia más cruel: tan brusca y duramente había trastornado sus vidas. Y más que cualquier otra cosa, el arresto había sido para ellos el trauma moral más violento. Ahora, salidos al fin de la cárcel, inconscientemente querían creer en la libertad, relativa por cierto, pero siempre libertad; en una vida sin aquellos malditos barrotes, sin aquellos interrogatorios humillantes y ultrajantes. Comenzaba una nueva vida, sin aquella tensión de la voluntad que durante los interrogatorios era siempre necesaria. Experimentaban un alivio profundo al tener la conciencia de que todo había sido decidido irrevocablemente, que la pena había sido infligida y que ya no era necesario pensar en qué responder al juez instructor, que no era necesario preocuparse por los familiares, que no era necesario formular planes para la vida, que no era necesario luchar por un mendrugo de pan: en el futuro dependían de la voluntad de otros, nada podía cambiarse ya ni tampoco se podía invertir la dirección de ese espléndido viaje en tren que lenta, pero infaliblemente los habría llevado al norte.

El tren iba hacia el invierno. Cada noche era más fría que la anterior, las hojas verdes y espesas de los álamos estaban ya tocadas por un amarillo luminoso. El sol no era ya tan caliente y límpido, como si las hojas de los abedules, de los álamos plateados, le hubiesen chupado todo su oro. Las mismas hojas devolvían los reflejos de la luz del sol. Un sol pálido, anémico, que no calentaba ni siquiera el vagón: gran parte de su superficie se escondía avergonzada tras tibias nubecitas grises que todavía no tenían sabor a nieve. Pero la nieve no estaba lejos. La cárcel de tránsito y después seguir en ruta directa hacia el norte. El mar y una bahía llegaron hacia ellos con una tempestad de nieve no muy fuerte. La nieve todavía no se trababa, el viento la arrancaba de las pendientes ríspidas y amarillentas, congeladas, y la arrojaba a zanjones con aguas sucias, turbias. La tempestad formaba una cortina transparente, los copos de nieve eran ralos y formaban algo parecido a una red de pesca, con gran cantidad de hilos pequeños y blancos, que hubiera sido arrojada sobre la ciudad. Sobre el mar no se veía la nieve; olas verduzcas, oscuras y encrespadas golpeaban rocas viscosas y también verdosas. El barco estaba en la rada y de arriba parecía ya cargado. Cuando, con una chalupa los acercaron a la borda y uno tras otro treparon a cubierta para perderse después tragados por la estiba, el barco, sin embargo, les pareció inesperadamente pequeño, rodeado por una gran cantidad de agua.

Al cabo de cinco días los desembarcaron en una ribera fría y sombría de la taiga; varios camiones los distribuyeron en los lugares donde tendrían que vivir. Y sobrevivir.

Al otro lado del mar dejaron el aire sano del campo. Aquí estaban rodeados por el aire enrarecido de la taiga, impregnado por las exhalaciones de los pantanos. Se veían las montaña cubiertas de hierbas pelustres; sólo estas montañas peladas, sin árboles, brillaban en el hueso desnudo y calcáreo, trabajado por las tormentas y los vientos. Los pies se hundían en el musgo amontonado y pútrido; los pies raramente estaban secos al terminar una jornada estival. En invierno todo se helaba. A 5 grados bajo cero se formaba una masa compacta de hielo y montes; los ríos y los pantanos parecían una única cosa, siniestra y hostil. En verano el aire se enrarecía demasiado; en invierno los enfermos del corazón no lo toleraban. En las grandes heladas, la gente respiraba con irregularidad. Y nadie corría, salvo los jóvenes, pero éstos más que correr daban saltitos. Enjambres de mosquitos giraban en el rostro de uno y si uno no usaba una redecilla como mosquitero, no había modo de moverse ni un paso. Y durante el trabajo la redecilla sofocaba, impidiendo la respiración, pero sacársela era imposible por los mosquitos. Entonces se trabajaba durante dieciséis horas y las normas se medían en lapsos de dieciséis horas. Si se considera que la diana, el desayuno, el llamado y el camino para llegar al puesto de trabajo ocupan como mínimo una hora y media, que para el almuerzo de mediodía se necesita una hora y que para la cena y el llamado de la noche es necesaria otra hora y media, quiere decir que para el sueño —después de un trabajo físico pesado, masacrante, a la intemperie— queda un total de cuatro horas. Un hombre se adormece en cuanto deja de moverse, se las ingenia para dormir mientras marcha o está de pie de las paradas. La falta de sueño quita más energía que el hambre. Faltar a la norma implicaba un castigo con la ración de disciplina: 400 gramos de pan y nada de sopa durante un día. Así se acaba rápido con la primera ilusión: la del trabajo, el mismo trabajo al que está dedicada la conocida inscripción que se encuentra, a modo de reglamento, en la entrada de todos los campos de concentración: “el trabajo es motivo de honor, gloria, valor y heroísmo”.

Una vez al mes el cartero del lager llevaba a la censura la correspondencia acumulada. Las cartas que iban al continente o que venían de él viajaban la mitad del año, si es que viajaban. Los paquetes se entregaban únicamente a quien cumplía con la norma, los otros eran confiscados. Todo esto, entiéndase, no era de ningún modo arbitrario: existían un montón de disposiciones que eran leídas en voz alta para el conocimiento de todos; en los casos particularmente importantes hacían que todos firmaran, sin excepción. Estas disposiciones no eran producto de la imaginación cruel de un comandante degenerado: eran disposiciones desde arriba. Pero incluso si alguno recibía su paquete —uno podía prometerle la mitad al vigilante y recibir entonces medio paquete— no sabía dónde meterlo. En la barraca los blatnye,7 estaban esperando para arrancártelo a la vista de todos y dividírselo con sus “Vaneshki y Saneshki”. Tenían que comérselo todo (pero esto era materialmente imposible) o, si no, venderlo. Había todos los compradores que uno quisiera: capataces, comandantes, médicos. Había un tercer sistema, que era el más difundido. Muchos daban a guardar sus paquetes a los compañeros de celda o de lager cuyos trabajos o tareas les permitían encerrarlos bajo llave o esconderlos. O los entregaban a algunos de los asalariados libres que trabajaban en el campo. En los dos casos existía un peligro; nadie creía en la honestidad de los patrones, pero era el único sistema de salvar lo que se había recibido.

No daban dinero, ni siquiera un copec. Les pagaban sólo a los mejores jefes de brigada, pero esta paga era siempre una tontería o no significaba una ayuda seria. Los jefes hacían esto en muchas brigadas: las ganancias de la brigada se asignaban a tres hombres, y a éstos se les atribuía un porcentaje superior al previsto: por el mismo les correspondía un premio en dinero. A los otros les correspondía la ración de disciplina. Era una solución inteligentísima. Si la ganancia hubiese sido dividida entre todos en partes iguales, ninguno hubiera recibido ni siquiera un copec. Y en cambio lo recibían dos o tres hombres, elegidos cuidadosamente, a menudo sin la participación del jefe de la brigada a la hora en que se compilaba la hoja de paga.

Así es la naturaleza humana: todos sabían que las normas no eran realizables y, por consiguiente, que no existía ni podía existir una ganancia; sin embargo, corrían tras el “cabo”, se interesaban en la elaboración de la hoja de paga, iban a ver al cajero, iban a la oficina en busca de papeles y de informaciones. ¿Pero qué es esto? ¿Es el deseo de hacerse pasar por rabotjagi:8 de mantener alta la propia reputación ante la administración? ¿O es simplemente el efecto de una disfunción síquica salida de la falta de alimentación y de la debilidad general? Pienso que esta última hipótesis está más cerca de la verdad.

La cárcel judicial, luminosa, cálida, limpia, dejada poco antes —y sin embargo parecía una eternidad—. Visto desde allí a todos les parecía el lugar más bello del mundo. Uno se olvidaba de todas la ofensas de la cárcel y todos, extasiados, recordaban con nostalgia las lecciones que habían escuchado de verdaderos científicos, las narraciones de gentes experimentadas, los libros leídos; recordaban cómo dormían, cómo iban a aquel maravilloso baño de la prisión que olía a pintura fresca y las comunicaciones de los familiares; porque uno sentía a la familia allí, al lado, afuera de los dos portones: se hablaba libremente de lo que se quería (por hablar así, en el lager se asignaba una pena suplementaria), sin miedo a los espías y a los vigilantes. La cárcel judicial parecía algo más libre y familiar que la casa propia. Más de uno llegaba a decir, fantaseando en el catre de la enfermería del lager, aunque no le quedaba mucho tiempo de vida:

—Quisiera ver a mi familia, irme de aquí. Pero quisiera encontrarme de nuevo en una celda de la judicial: era mejor y más interesante que en la casa. Y a todos los novatos yo les contaría lo que es realmente el aire puro.

Si a todo esto agregamos el escorbuto casi generalizado que, como en los tiempos de Behring, se ha transformado en una peligrosa epidemia que cobra decenas y decenas de vidas; la disentería, porque se come lo que se consigue, tratando sólo de llenar el estómago adolorido recogiendo los restos de la cocina de los montones de basura repletos de moscas; la pelagra, enfermedad de los pobres, la consunción de la piel que se separa de la planta de los pies y de las palmas de las manos como un guante, mientras todo el cuerpo se agrieta como un gran pétalo circular y parecido a las huellas digitales; o por último la famosa distrofia alimentaria, enfermedad de los hambrientos que sólo después del bloqueo de Leningrado fue llamada con su verdadero nombre. Antes le daban diversos nombres: RFI, letras misteriosas que aparecían en las fichas clínicas y que querían decir —traducidas—, agua-consunción-física9 o, más a menudo, poliavitaminosis, portentosa denominación latina que evoca la falta de algunas vitaminas en el organismo de un hombre, y que tranquiliza a los médicos que han encontrado una decorosa y legítima forma de indicar una sola y misma cosa: el hambre.

Si se recuerdan las barracas húmedas y sin calefacción, en cuyas hendiduras, por la parte interior, se cristalizaba un grueso estrato de hielo, como si una enorme vela de sebo gotease en un ángulo de la barraca; si se recuerdan las vestimentas pésimas y las raciones de hambre que cada invierno provocan congelamientos en masa: el congelamiento, un suplicio que no acaba aunque no se recurra a la amputación; si se imaginan las gripas, las enfermedades pulmonares, los resfriados de todo tipo y la tuberculosis en esos montes húmedos, mortales para los enfermos del corazón; si se recuerdan las epidemias de amputación por autolesionismo, si se considera la enorme caída moral y la desesperación: entonces es fácil ver cómo, para la salud de un hombre, el “aire puro” es más peligroso que la cárcel.

Por eso no es necesario polemizar con Dostoievski sobre la superioridad del “trabajo” en la deportación, comparado a la inactividad de la cárcel, y sobre las ventajas del aire puro. Los de Dostoievski eran otros tiempos y en ese entonces los trabajos forzados no llegaban a los límites sobre los cuales hablaremos después. Es difícil formarse antes una idea justa, sobre todo esto, porque las cosas que ocurren ahí son demasiado insólitas, y el pobre cerebro de un hombre simplemente no está en condiciones de representarse de un modo concreto la vida que transcurre ahí. Sobre ella, nuestro compañero de cárcel, el mullah tártaro, tenía una idea vaga e imprecisa.

 

Traducción de Guillermo Almeyra a partir de la versión italiana hecha por Piero Sinatti, para Editorial Savelli.


1 Quién está obligado por falta de puestos a dormir debajo (pod) de los camastros (nary).

2 Dalnye tabory en la jerga de los detenidos en los lager del Norte.

3 V. N. Figner (1852-1942) populista, autora de una imponente autobiografía, Zapecátlënnyj (rud. trabajo publicado en Moscú en 1920. N. A. Morozov, uno delos fundadores de Narodnaja Volja. participaron en el atentado en que fue muerto el zar Alejandro II (1881).

4 El detenido que llegó al límite de sus fuerzas, destinado a morir (de dochodit, llegar).

5 Jefes del barracón.

6 Vagones cerrados, de carga, para detenidos, con calefacción.

7 Blatnoi (pl. blatnye) de blat, actividad criminal y delictuosa; permanente mala vida (del alemán Platte, banda). El blatnoi es el criminal consuetudinario.

8 Rabotjagi; el que trabaja fuerte.

9 En ruso rezkoe fisicheskoe istoshchenie.

literal-mullah

Todo el poder al reformismo/II

Ludolfo Paramio. Sociólogo español, director de la revista En teoría. El texto cuya segunda parte publicamos en este número, corresponde con variaciones menores a las conferencias pronunciadas los días 3 y 4 de septiembre de 1980 en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, de Santander, bajo el título “El eurocomunismo”,

La primera guerra mundial abre un periodo largo de descenso de la tasa de ganancia, una nueva onda larga de estancamiento/recesión que se extiende hasta la segunda guerra mundial. Entre los motivos de la crisis se puede señalar, obviamente, la propia guerra: la dislocación del mercado mundial y las destrucciones bélicas provocan sin duda un grave desajuste en los mecanismos de la acumulación capitalista. Pero podría ser erróneo atribuir a estas causas, únicamente, una crisis que se prolonga por veinte años. Es más, desde esta perspectiva sería difícil comprender la gravedad del crac de 1929 que arrastra a todas las economías industrializadas.

Una posible hipótesis interpretativa sería la siguiente: en el periodo 1918-1939 se suceden dos crisis de origen relativamente diferente. La primera viene provocada por las destrucciones de la guerra, la consiguiente caída de la producción y los problemas de realización que provoca la dislocación del mercado mundial (agravada por la revolución de Octubre en Rusia). Pero la economía capitalista se empezó a recuperar de estos efectos de la contienda ya en 1921, lo que reconocería el III Congreso de la Comintern al hablar de “equilibrio” temporal. En febrero de 1925, tras la reunión del quinto pleno ampliado del comité ejecutivo de la Comintern, el propio Stalin admitiría que el capitalismo había superado las peores consecuencias de la guerra, y deduciría de ello que se había cerrado el ciclo de insurrecciones revolucionarias en Alemania y en el centro de Europa.(1)

Ahora bien, la segunda crisis, que domina la década de los treinta, es fundamentalmente una crisis de subconsumo, resultado inevitable del hecho de que la anterior recuperación relativa de las economías capitalistas se había basado en un notable incremento de la explotación del proletariado y en una fuerte reducción de su nivel de consumo. Es importante subrayar la novedad de este proceso.(2) El paso del capitalismo de libre competencia al capitalismo monopolista eliminó la anterior tendencia empresarial a reducir los precios en respuesta a la disminución de las ganancias; al mismo tiempo, la guerra y un clima general de represión debilitaron gravemente la fuerza defensiva (sindical) de los trabajadores, mientras las crecientes dificultades para la emigración cerraban paulatinamente una de las válvulas de seguridad que en 1874 1893 habían evitado la formación de una excesiva presión obrera sobre el mercado de trabajo. Si a esto unimos el hecho de que a estas alturas del proceso de industrialización ya había desaparecido para la inmensa mayor parte de la clase obrera europea la posibilidad de volver al campo en busca de formas de subsistencia, resulta evidente que todos los factores que hicieron posible la recuperación capitalista tras la guerra eran, a la vez, factores contrarios al nivel salarial y de consumo de la clase obrera. El resultado fue una fuerte depresión de la demanda en el sector de bienes salariales, cuyo colapso provocó a su vez el hundimiento de la demanda en el sector de bienes de producción, y, finalmente, una recesión generalizada y sin solución.

Por su parte, la guerra y la revolución de Octubre en Rusia provocaron en el seno del movimiento obrero una escisión de dramática profundidad entre los partidos socialdemócratas que siguen fieles a la tradición de la colapsada II Internacional y los flamantes partidos comunistas constituidos como secciones de la recién nacida Internacional Comunista (Comintern): el intento de los austro-marxistas de crear un polo de referencia alternativo no llegó a cuajar históricamente. La escisión de las organizaciones políticas se proyectó sobre los sindicatos, y la polarización se reprodujo entre las organizaciones sindicales vinculadas a la Internacional de Amsterdam y los sindicatos miembros de la Profintern (Internacional Sindical Roja). Sin embargo, a partir del III Congreso de la Comintern (julio de 1921), la consigna de frente único llevaría a las organizaciones de la Conferencia de Viena(3) a convocar una conferencia socialista mundial, que se celebraría efectivamente el 2 de abril de 1922 en Berlín, con presencia de las tres corrientes internacionales, para intentar recomponer la unidad del movimiento. El fracaso de este intento llevaría a la integración de la Conferencia de Viena, junto con el grueso de los partidos socialdemócratas, en una nueva Internacional, la Obrera Socialista, fundada en Hamburgo el 21 de mayo de 1923.(4) Esta organización repetiría la triste experiencia de su antecesora disolviéndose como un azucarillo en vísperas de la segunda guerra mundial.

EL FIN DE LA REVOLUCIÓN

Más llamativo es el hecho de que tras el V Congreso de la Comintern la Profintern propusiera a la Internacional Sindical de Amsterdam la celebración de un congreso mundial conjunto para establecer la unidad, pues, “si este congreso se hubiera realizado, habría significado un paso decisivo hacia la liquidación del comunismo internacional”.(5) Se puede suponer, desde luego, que la propuesta era una pura maniobra propagandística, ya que la notable rigidez de la IOS frente a la Comintern garantizaba de antemano la negativa, negativa que se volcaba lógicamente en favor del prestigio de la Comintern, y subsidiariamente de la Profintern. Pero se puede ir más allá y postular, como Rosenberg lo hace, que las razones para estas propuestas de frente único y de unificación sindical deben buscarse en el fracaso de la hipótesis revolucionaria que desempeña un papel central en la fundación de la Comintern en marzo de 1919.(6) “Hasta el III Congreso, la diferencia entre los comunistas y los socialdemócratas había sido clara e inequívoca: los comunistas sostenían la necesidad de la revolución obrera inmediata y violenta, mientras los socialdemócratas negaban la posibilidad de esa revolución inmediata. Pero ahora también los comunistas aplazaban el objetivo final para un futuro tan lejano que no se podía contar con él… Una escisión estable del movimiento obrero no podía justificarse sólo sobre la base de este pagaré”.(7)

Es más: a partir de 1921 la clase obrera europea, fuertemente favorable en un comienzo a la revolución rusa, se encuentra de nuevo claramente en la órbita de la socialdemocracia, una vez desaparecida la perspectiva de una revolución europea. En 1920 la Internacional Sindical de Amsterdam cuenta con 23 millones de afiliados en 22 países.(8) En 1928, en vísperas del VI Congreso de la Comintern con el que se inaugura el llamado tercer período de esta organización, la IOS contaba con 867 mil 671 miembros en Alemania, 184 mil 960 en Checoslovaquia y 99 mil 106 en Francia, frente a unas cifras de 124 mil 729, 150 mil y 52 mil 376 para los correspondientes afiliados nacionales a la Comintern.(9)

Frente a la evidencia de estas cifras resulta clara la existencia de un doble problema teórico. Es preciso comprender, en primer lugar, por qué pierde la Comintern su inicial hegemonía en el movimiento obrero occidental o, en otras palabras, por que fracasa la revolución en los países capitalistas avanzados entre 1919 y 1921. En segundo lugar es necesario explicar qué condiciones específicas motivan la subsistencia de fuertes partidos comunistas en algunos de estos países tras el alejamiento de la perspectiva revolucionaria, y en algunos casos también tras el diluvio de la segunda guerra mundial (es importante subrayar que el partido alemán nunca volvería a levantar cabeza tras la guerra, aunque esto se deba a la represión y a una situación de división nacional muy peculiar, mientras que el PCF y el PCI se convertirían en gigantescos partidos de masas precisamente tras la contienda).

MÁS ACÁ DE LA UTOPÍA

“Mientras las leyes de guerra impidieron la comprensión recíproca entre los obreros europeos, el profundo e íntimo cambio del proletariado del continente no llegó a expresarse. Ese cambio se mostraría con elemental furor luego del fin de la guerra, en los años 1919-1920: millones de obreros europeos abandonaron a sus antiguos dirigentes, sus tradiciones y organizaciones, para acercarse a Moscú. Estos obreros habían sido golpeados por la experiencia de la guerra y por la crisis económica de la desmovilización, y creían en la caída inminente del capitalismo y en la revolución mundial.”(10)

El problema, naturalmente, fue que la revolución mundial no se produjo, y el reflujo de la marea revolucionaria devolvió a estos millones de obreros a las tradiciones y organizaciones en que habían estado encuadrados antes de la guerra, ya que éstas constituían su lugar natural: la III Internacional sólo era una alternativa política en tanto pudiera creerse en la inminencia de la revolución, pero para la práctica política y sindical cotidiana las organizaciones tradicionales eran sin duda más adecuadas. Ahora bien, ¿por qué fracasó la revolución en Occidente? Conviene subrayar a ese efecto que la condición fundamental de una revolución es la incapacidad del aparato de Estado para hacer frente a una combinación de presiones exteriores e interiores. Pero sólo en Rusia la guerra había provocado un verdadero colapso del Estado. En Alemania, por el contrario, ni siquiera el cambio de régimen que siguió a la derrota creó un vacío de poder en sentido profundo. Y en cuanto a las presiones interiores, la transformación sociológica de las clases trabajadoras había eliminado la tradición insurreccional. Eran muchos los trabajadores que simpatizaban con los bolcheviques y que se sentían defraudados por la socialdemocracia, pero sólo una minoría estaba dispuesta a imitar en la práctica el ejemplo del Octubre soviético.

Así, pese a la agudización de los conflictos de clase que caracterizó a la República de Weimar desde su nacimiento, tras los dramáticos fracasos de 1921 y 1923 se diluyó toda perspectiva revolucionaria, y la socialdemocracia recuperó la hegemonía en el seno del proletariado alemán. Para los dirigentes bolcheviques el problema era explicar que los trabajadores no hubieran optado en masa por la insurrección y buscarían la clave en una supuesta inercia de las bases social demócratas, pese a que esta inercia sólo reaparece una vez que las bazas de la revolución ya se han perdido. Parece entonces que la explicación es otra: incluso en sus momentos de mayor distanciamiento respecto al SPD, la clase obrera alemana ya no era revolucionaria porque la actitud insurreccional es propia de un proletariado minoritario y relativamente arcaico, mientras que una clase obrera madura y numerosa se encuentra suficientemente integrada en la sociedad nacional como para buscar otras formas de intervención política incluso en momentos de crisis tan graves como los que atravesó Alemania entre 1918 y 1921.

¿Por qué sobreviven entonces los partidos de la III Internacional en una serie de países hasta nuestros mismos días? Rosenberg atribuye a estos partidos una base social radical utopista: “Forman parte de ella los más pobres entre los obreros, los desesperados y los amargados de la vida: no sólo odian con pasión a la sociedad burguesa, sino también a todo estrato social cuyo destino haya sido un poco mejor que el de ellos. Rechazan toda política de compromiso; sólo desean la acción radical”.(11) Prescindiendo de los negativos tonos morales que subyacen en esta explicación, se puede admitir la existencia de una mayor componente radical utópica en la clase obrera de los países en que el campesinado posee aún un fuerte peso -como España, Francia e Italia-, y suponer que en estos países la tradición comunista se inserta en el mismo terreno ideológico que el anarquismo o el sindicalismo revolucionario. Esto no significaría que los partidos de la III Internacional tenían una base menos proletaria que los partidos socialdemócratas, sino que su crecimiento sólo es posible cuando un relativo retraso histórico favorece la presencia dentro de la clase obrera nacional de una componente ideológica utópica radical, ausente de otras subculturas obreras.

En el caso alemán es preciso hacer hincapié en otro factor muy importante: la crisis económica y el paro que crean un estrato social específico y desesperado, los desempleados, en el que también arraiga fuertemente el radicalismo -desde 1921 puramente verbal- de la Comintern. Pero en este mismo estrato hallaría el fascismo buena parte de su clientela y el peculiar pleno empleo de la economía de guerra hitleriana terminaría de eliminar las bases sociales del comunismo alemán. De eliminar su organización, sus dirigentes y su ideología se encargarían primero la policía nazi y después la guerra fría, en el clima creado por la división de Alemania.

Pero si el comunismo alemán no volvió a renacer -en la RFA, se entiende- tras la segunda guerra mundial, en Francia y en Italia los partidos comunistas surgieron de la resistencia convertidos en partidos nacionales de masas, atravesaron incluso una efímera experiencia de gobierno antes del estallido de la guerra fría y se mostraron después capaces de sobrevivir a treinta años de reclusión en un verdadero ghetto político e ideológico.

¿Dónde debe buscarse la raíz del éxito del PCI o el PCF? Si se parte de la explicación de su arraigo inicial en virtud de la existencia en las clases obreras francesa e italiana de una fuerte tradición utopista radical, parece lógico pensar que la experiencia de la resistencia fortaleció esta tradición durante la segunda guerra mundial, enlazándola además con los respectivos mitos fundacionales de ambas nacionalidades (la revolución en Francia, la unificación en Italia). El resultado habría sido el nacimiento de fuertes subculturas nacionales comunistas en los dos países, subculturas que habrían sido capaces de sobrevivir a la guerra fría y de llegar con fuerza renovada hasta la década de los setenta.

NI GOBIERNO NI REVOLUCIÓN

Volviendo a la experiencia de los años treinta, se ha dicho con frecuencia que la derrota de la clase obrera alemana frente al nacionalsocialismo fue consecuencia de su división y del sectarismo que marcó las relaciones entre comunistas y socialdemócratas durante el tercer periodo de la Comintern. Las divisiones y el sectarismo debieron perjudicar muy gravemente, qué duda cabe, al proletariado alemán, pero subsiste el hecho de que en 1928 el principal partido obrero alemán, la socialdemocracia, aventajaba en una proporción de 7 a 1 en número de miembros a su más inmediato rival, el partido comunista, y casi triplicaba su fuerza electoral con más de 9 millones de votos frente a 3 millones 250 mil.(12) En esta posición de clara preponderancia dentro de la izquierda, el SPD formaría parte además de una coalición de gobierno nacida de las elecciones de mayo de 1928 que se prolongaría hasta marzo de 1930, precisamente un período clave de la economía alemana, el final de la recuperación fomentada por el Plan Dawes hasta el crack norteamericano de 1929. ¿Cómo se explica que en estas circunstancias el SPD no pudiera dar a la situación alemana un giro favorable a los intereses de los trabajadores?

Se puede subrayar en primer lugar el hecho de que la hegemonía en la gran coalición de 1928-1930 correspondía a un partido burgués, el Partido Popular de Stresemann -ministro de Relaciones Exteriores-, pese a la aparente posición dominante de la socialdemocracia, que contaba no sólo con el propio canciller Müller, sino con Hilferding como ministro de Finanzas, Severing como ministro del Interior y Wissell como ministro de Trabajo.(13) En la práctica la presencia socialdemócrata en el gobierno sólo obedecía al intento del partido de contribuir a la estabilidad del régimen de Weimar, y los ministros socialistas parecían ser muy conscientes de las muy limitadas posibilidades de actuación que el cargo les ofrecía.

Pero aún resulta preciso aclarar a qué se debía esta falta de hegemonía real del SPD, tan en disonancia con su respetable fuerza organizativa y electoral. Una primera respuesta debe apuntar al hecho de que los poderes reales de la sociedad, el ejército y el gran capital, permanecían prácticamente intocados. Esto no explica sin embargo la falta de iniciativa política del SPD, su tácita aceptación de una posición subalterna en el sistema político de Weimar. Para encontrar la clave de esta falta de iniciativa debemos volver a la hipótesis apuntada al final del apartado anterior: estamos ante una limitación específica de un nivel determinado de organización y de conciencia del movimiento obrero alemán.

O como lo apunta el historiador G.D.H. Cole: “Si, en conclusión, nos preguntamos qué contribuciones hizo el socialismo alemán al pensamiento socialista entre 1918 y su eclipse en 1933, la respuesta debe ser que tal contribución fue casi nula. En 1918 sus dirigentes, de derecha y de izquierda, no tenían ideas efectivas acerca del proceso de construir una sociedad socialista”.(14)

Rovan resume: “Ni proyecto revolucionario, ni proyecto gubernamental: el ascenso al poder es una trampa para la socialdemocracia”.(15) En términos más generales, Adolf Sturmthal explica la tragedia del movimiento obrero europeo entre las dos guerras mundiales porque “los trabajadores europeos lejos de “meterse demasiado en política”, no estuvieron suficientemente inclinados hacia la política y dudaron en aceptar una verdadera responsabilidad política en correspondencia con la presión social y política que ejercían… Cuando se vieron enfrentados con las responsabilidades gubernamentales, se hizo evidente la estrechez de la gama de problemas a los que los trabajadores ofrecían soluciones constructivas. Esta carencia afectaba prácticamente a todos los partidos obreros…, aunque la referencia a los objetivos socialistas de los movimientos -de palabra más que de hecho- tendiera a enmascarar esta visible estrechez de miras de los intereses reales de los trabajadores”.(16)

Podemos decir entonces que el precio que el movimiento obrero paga en la primera mitad de nuestro siglo por su fijación en el mito revolucionario de los orígenes es, precisamente, la carencia de una política alternativa a la de la burguesía, la falta de un verdadero proyecto gubernamental. La revolución, considerada como un fin tan inevitable como remoto por los teóricos de la II Internacional, o como una realidad y una necesidad inmediatas por los dirigentes de la Comintern (especialmente en los años 1919-1921), es la coartada que exime al movimiento obrero de plantearse la posibilidad real de gobernar. Es también el secreto de su impotencia cuando se ve enfrentado con la dramática necesidad de hacerlo y la explicación de su fracaso ante la ofensiva de la burguesía, la gravedad de la crisis económica y la descomposición de la sociedad civil.

FORD, KEYNES & THE WELFARE STATE CO.

La incapacidad de la clase obrera para ofrecer una alternativa política y económica propia tuvo resultados paradójicos. El capital pudo volver a poner en marcha su maquinaria, pero al precio de una guerra mundial y, en muchos casos, de una dura explotación de los trabajadores. Antes de enumerar los diferentes caminos políticos que condujeron a la recuperación capitalista, puede ser útil esbozar los rasgos fundamentales de ésta. Podemos hablar a grandes rasgos de una onda larga de acumulación que comienza en 1945, tras el fin de la segunda guerra, y se extiende hasta 1967 ó 1973, según los indicadores que se consideren significativos.

El rasgo más obvio del nuevo periodo fue la generalización de la política económica de corte keynesiano basada en el impulso del Estado a la demanda, aun a costa de presupuestos deficitarios. Este tipo de intervención del Estado llevó a muchos economistas a considerar que se había logrado controlar el ciclo industrial, evitando los aspectos más dramáticos de las crisis cortas periódicas cada 7-10 años. Además se produjo una muy importante renovación tecnológica y una notable expansión del mercado mundial a causa de la intensificación de la división internacional del trabajo, que trajo consigo inevitablemente un proceso de industrialización de países anteriormente periféricos dentro del sistema capitalista mundial.

Más en profundidad, los rasgos que caracterizan el nuevo patrón de acumulación son la organización del proceso de trabajo en cadena (fordismo), la creación de una norma de consumo obrero que pasa a desempeñar un papel crucial en la reproducción del capital, y la existencia de unos términos de intercambio entre los productos manufacturados del centro y las materias primas de la periferia que favorecen netamente a aquéllos. Estos rasgos se hallan interrelacionados. El trabajo en cadena permite una fuerte elevación de la productividad que a su vez posibilita el acceso de los trabajadores al mercado de bienes de consumo duradero (electrodomésticos, automóvil, televisor, vivienda, etc.). La ampliación del crédito al consumo (ventas a plazos) y el establecimiento de convenios colectivos llevan al trabajador a endeudarse para adquirir dichos bienes, contando con una cierta garantía sobre la cuantía de sus ingresos en el medio plazo. (Por ello se habla con frecuencia de fordismo para designar no sólo la organización del trabajo en cadena, sino también el sistema de regulación salarial basado en los convenios colectivos, e incluso el mismo patrón de consumo que acompaña a ambos).

El cuadro se completa con la aparición del llamado Estado asistencial o benefactor (welfare state), que transforma en servicios públicos lo que antes eran consumos privados difícilmente asequibles a la mayor parte de los trabajadores (sanidad, educación, etc.). Estos servicios públicos constituyen una forma de salario indirecto que favorece la regulación del consumo obrero, estabilizando en el medio plazo la demanda solvente. La misma función cumplen el seguro de desempleo o el salario mínimo interprofesional: se trata de evitar que las fluctuaciones del empleo afecten inmediatamente a la demanda.(17)

Lo fundamental es observar que este patrón de acumulación se mantiene durante un periodo tan prolongado que crea una larga situación de pleno empleo en los países capitalistas centrales. La lógica consecuencia es un notable fortalecimiento de las organizaciones sindicales de la clase obrera. A esto se une la creciente vulnerabilidad del capital frente al trabajo; la tendencia a la concentración de la producción en grandes unidades y la misma organización del trabajo en cadena permiten a los trabajadores causar graves daños al capital no sólo a través de la lucha abierta (huelgas, paros esporádicos, etc.) sino también mediante formas latentes de conflictividad (resistencia al incremento de los ritmos, ausentismo, altas tasas de rotación en el puesto de trabajo). La consecuencia de todo ello es que la clase obrera desarrolla durante la onda larga 1945-1967/73 una fuerza estructural sin precedentes, tanto en el lugar inmediato de producción como en el mercado de trabajo e, incluso, en el conjunto del consumo social.

LA CUERDA SOCIALDEMÓCRATA

Se suele asociar esta nueva etapa del desarrollo capitalista con la gestión socialdemócrata del Estado. Esto, sin embargo, constituye un abierto e insostenible error. Es evidente, por ejemplo, que los rasgos definitorios del nuevo patrón de acumulación se ajustan a la situación en Estados Unidos (de hecho su análisis más completo está realizado a partir del caso norteamericano(18)); sin embargo en este país nunca ha habido nada parecido a un partido o un gobierno socialdemócrata. Algo similar puede decirse de Alemania, donde el SPD sólo llega al gobierno cuando el milagro alemán se encuentra en su apogeo (a través de la gran coalición con la CDU/CSU en 1966). El SPD se limita a desarrollar en un sentido progresivo (es decir, más favorable a los trabajadores) un patrón de acumulación ya existente. Análogamente, se puede decir que la debilidad de la izquierda norteamericana explica algunos aspectos sorprendentemente retrasados del Estado asistencial en aquel país (ausencia de un servicio sanitario nacional, por ejemplo), pero no afecta a la esencia del sistema.

El error proviene de la posible identificación como modelos del nuevo tipo de sociedad de países como Noruega y Suecia, donde el nacimiento del patrón de acumulación de la posguerra está íntimamente ligado a la formación de un auténtico régimen socialdemócrata. En Noruega los laboristas gobiernan ininterrumpidamente entre 1945 y 1973, en Suecia la socialdemocracia ocupa el poder en 1936-1956 y 1960-1973. Pero no hay que permitir que las apariencias creen un espejismo: el fordismo y la consiguiente fuerza estructural de la clase obrera no son un resultado de la llegada de la socialdemocracia al poder, sino del desarrollo capitalista y de sus exigencias en una determinada situación histórica.

Los caminos que llevan finalmente al Estado asistencial y a la gestión keynesiana de la demanda son muy distintos. El fascismo y las economías de guerra son la primera forma de impulso a la demanda desde el Estado. Pero en Estados Unidos el keynesianismo se convierte en ideología de Estado a través del New Deal de Rooselvelt, del que va a nacer una coalición keynesiana(19) que será la base del predominio del partido demócrata hasta que la crisis de los años setenta destruya su unidad. Y en otros países, como la RFA, el patrón de acumulación se establece a partir de una fuerte explotación de la clase obrera: en un determinado momento la socialdemocracia continúa gestionando un proceso ya en marcha, y mediante la redistribución del ingreso lleva el patrón a su plena realización y le dota de sus aspectos socialmente más progresivos.

Ahora bien, si la socialdemocracia lo crea el nuevo patrón de acumulación, lo que sí es cierto es que la emergencia de éste favorece la formación de coaliciones keynesianas que, en los países en los que existe la correspondiente tradición política, son capitalizadas políticamente por la socialdemocracia. Una comparación puede ser ilustrativa. En el conjunto de los países de la actual CEE, en el periodo 1918-1925 la fuerza electoral de los partidos obreros oscila entre el 13,5 y el 21,5 por ciento. En el periodo 1947-1949 esta fuerza ha subido al 42,3 por ciento, y en 1967-1970 alcanza un 53,1 por ciento.(20) Dos hipótesis se hacen inevitables: la desastrosa experiencia de los años treinta y de la segunda guerra favorece enormemente a la opción socialista, y el largo desarrollo de los años cincuenta y sesenta consolida a los partidos obreros como eje del sistema político.

EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO

En este contexto nace el eurocomunismo. La iniciativa corresponde sin duda al PCI. seguido por el PCE y el PCF. El nacimiento se suele fijar en los famosos artículos de Enrico Berlinguer sobre el golpe militar en Chile,(21) pero lo más notable es que el eurocomunismo se viste de largo con las declaraciones conjuntas PCE-PCI (12 de junio de 1975) y PCI-PCF (17 de noviembre de 1975). es decir. cuando ya ha estallado una nueva recesión generalizada y se ha hecho evidente para todos que el sistema capitalista mundial ha entrado en una onda larga de estancamiento y crisis.

Parece inevitable interpretar el eurocomunismo como un reconocimiento implícito de que la tradición utopista radical dentro del movimiento obrero es un fenómeno en trance de extinción. También en el sur de Europa la industrialización ha homogeneizado al proletariado, debilitando sus rasgos diferenciales respecto a la clase obrera de los países más avanzados. Los planteamientos insurreccionales son cada vez menos creíbles, y los grandes partidos comunistas occidentales buscan reinsertarse en un sistema político del que han sido mantenidos al margen por casi treinta años.

Pero el eurocomunismo nace, paradójicamente, cuando el patrón de acumulación que había sido el cimiento de este sistema político comienza a derrumbarse. La fuerza estructural de la clase obrera condujo en los años setenta, y especialmente en su segunda mitad, a un crecimiento de los salarios por encima del crecimiento de la productividad (en los países centrales, evidentemente), a la vez que los términos de intercambio centro/periferia se invertían en favor de esta última. El caso más llamativo es, por supuesto, el de la vertiginosa subida de los precios del petróleo en 1973, pero este fenómeno debe insertarse en un cuadro de encarecimiento general de las materias primas que no puede entenderse si se prescinde del cuadro de luchas antiimperialistas de los años sesenta. Sin la derrota francesa en Argelia, sin el fracaso norteamericano en Vietnam y el nacimiento de la nueva izquierda en las metrópolis no es posible entender que algunos países irregularmente industrializados, tecnológicamente dependientes y militarmente inferiores se atrevieran a imponer a los países del centro del sistema capitalista unos precios del petróleo que suponían forzosamente para ellos un desastre económico.

Se puede decir, entonces, que la fuerza estructural de la clase obrera en los países del centro, y la creciente fuerza política de los países periféricos frente a los centrales, son los dos factores que explican fundamentalmente la crisis de los años setenta. Estudiando el caso norteamericano, Weisskopf concluyó, en base a los datos empíricos, que “la caída a largo plazo de la tasa de ganancia entre 1949 y 1975 era casi enteramente atribuible a un alza en la participación real de los salarios, que indicaba un aumento de la fuerza de los trabajadores. Este aumento, sin embargo, era de naturaleza ampliamente defensiva. La clase obrera no consiguió acompasar los verdaderos avances del salario real con el crecimiento de la productividad real; simplemente logró defenderse con más éxito que la clase capitalista contra el deterioro a largo plazo de los términos de intercambio”.(22)

El proyecto eurocomunista es en última instancia, y frecuentemente sin que sus propulsores sean plenamente conscientes de ello, el intento de crear un régimen político socialdemócrata en aquellos países que reúnen las condiciones económicas para ello y en los que la clase obrera está fuertemente organizada en el plano político, pero en los que la marginación del partido comunista dentro del sistema político ha bloqueado la formación de una mayoría parlamentaria de izquierda nucleada en torno a uno o varios partidos obreros. Es decir, el proyecto eurocomunista es un intento de acompasar el régimen político con el patrón de acumulación, recuperando el tiempo perdido a causa del mantenimiento de un sector sustancial de la clase obrera en el campo político e ideológico de la tradición de la III Internacional. En este sentido, el proyecto eurocomunista, como ya se ha observado en muchas ocasiones, es un intento de reconstruir la unidad política del movimiento obrero en los países capitalistas avanzados, tras una profunda escisión que ha durado ya 60 años. Y lo es más allá de que la política cotidiana de un, partido eurocomunista pueda frecuentemente agravar los enfrentamientos dentro de la clase obrera organizada política y sindicalmente, pues esos enfrentamientos no pueden ocultar el hecho de que, en la medida en que se mantiene el proyecto eurocomunista en sentido estricto, cada vez más el conjunto de la clase obrera se mueve en un horizonte político e ideológico común, aunque las distancias y enfrentamientos organizativos puedan mantenerse aún durante décadas.

El problema, sin embargo, es que el eurocomunismo llega a la década de los ochenta en una situación de franca descomposición, en la que cabe hablar de corrientes eurocomunistas dentro de los grandes partidos occidentales, pero más difícilmente de partidos eurocomunistas. La involución resulta especialmente clara en el PCF, pero en el PCE no es menos clara la aparición de fuertes corrientes estalinistas y prosoviéticas, a las que viene a favorecer la compleja política de alianzas de los diferentes grupos dentro de la dirección, así como las tensiones entre el PCE y el PSUC catalán. En cuanto al PCI, su principal problema ha llegado a ser, sin duda, el de llegar al gobierno a casi cualquier precio, lo que le ha llevado a sustituir la política de compromiso histórico -es decir, la búsqueda de un gobierno de coalición a largo plazo con la democracia cristiana- por la política de alternancia en el poder. Ahora bien, este cambio, más favorable a la unificación de la izquierda, viene mezclado con fuertes tendencias autoritarias, nacidas de la amenaza del terrorismo, sin duda, pero que difícilmente pueden sintonizar con el estado de ánimo de la izquierda italiana: el progresivo deterioro electoral del PCI, frente al auge de los radicales y el PSI, parece significativo en este sentido.

LA NUEVA AUSTERIDAD

Ante la crisis, el PCI formuló una propuesta insólita: la de austeridad con contrapartidas.(23) La esencia de esta propuesta es que la clase obrera puede aceptar el establecimiento de topes a las subidas salariales, para de esta forma contribuir a la creación de los fondos de inversión necesarios para una reconversión industrial que permita el relanzamiento de la productividad y la entrada en una nueva onda larga de acumulación. Pero como contrapartida por esta austeridad, por esta reducción inmediata de su nivel de vida, los trabajadores deben recibir un cierto grado de control sobre las inversiones, tanto a nivel global como a nivel de las (grandes) empresas individuales, y muy especialmente sobre las inversiones públicas. Además, la restricción de los consumos privados de los trabajadores deberá compensarse en el medio plazo con un fuerte impulso a los consumos colectivos (mejora del transporte público, urbanismo racional, extensión de la sanidad y la educación públicas, creación de comedores y guarderías en los lugares de trabajo, etc). Es interesante subrayar la novedad histórica que presenta la propuesta eurocomunista de austeridad con contrapartidas. La tragedia de la II Internacional fue que habiendo renunciado implícitamente al proyecto revolucionario, carecía igualmente de un proyecto de gobierno. La socialdemocracia de la posguerra, en cambio, presenta un proyecto de gobierno, pero éste se limita a desarrollar los aspectos más progresistas del patrón de acumulación característico de la onda larga 1945-1967/73. Mientras la II Internacional representa aún un periodo de organización defensiva de la clase obrera, la socialdemocracia de la posguerra representa una fase de ofensiva, pero tan sólo dentro del espacio de movimiento creado por el propio capital en su desarrollo. El proyecto de austeridad más contrapartidas presenta en este sentido una novedad radical: la clase obrera, a través de sus partidos, se propone crear las condiciones para una nueva onda larga de expansión, arrebatando la iniciativa a la burguesía patrimonial y a los partidos de la derecha,(24) y se propone hacerlo en un momento de crisis y frente a una violenta ofensiva del capital para dar una salida regresiva a la crisis, reduciendo la intervención económica del Estado y desmantelando los servicios sociales.

Desde la perspectiva más optimista, este proyecto de los partidos obreros representa la superación del corporativismo: la clase obrera se propone poner en marcha la economía en beneficio de toda la sociedad y muy en especial de las clases subalternas (a diferencia del proyecto de la derecha, que intenta un relanzamiento cuyo precio recaiga, precisamente, sobre las espaldas de dichas clases). Al hacerlo así se presenta como clase universal, representativa de los intereses generales, sin por ello renunciar a su misión histórica de transformar el modo de producción capitalista en un nuevo modo de producción sin explotadores ni explotados. Pues, en efecto, de lo que se trata ahora no es sólo de defender el nivel de vida del proletariado, sino de avanzar hacia el control de la economía y del Estado. Al mismo tiempo, la aceptación inicial de la austeridad supone para el proletariado el abandono la tentación de encerrarse en una defensa de los niveles salariales de los distintos grupos de trabajadores, política que siempre favorece a los sectores más organizados de la clase obrera a expensas de los menos organizados y del conjunto de las clases medias (pequeña burguesía, pequeños rentistas, pensionistas, etc.). Es fácil comprender que el proyecto económico de austeridad con contrapartidas es, desde el punto de vista, infinitamente más coherente con el intento crear un bloque social -alternativo al bloque de poder- con el conjunto de las clases subalternas.

Pero este proyecto económico debe enfocarse también desde una perspectiva más pesimista. En primer lugar, hasta ahora no ha conseguido imponerse en ninguna parte. Ciertamente, esto puede suponer el normal retraso entre la formulación de una propuesta política y la creación de las condiciones para su realización. Pero también puede ser un reflejo del tremendo salto cualitativo que implica el paso de anteriores políticas económicas -puramente defensivas o de “reparto del pastel”- a esta nueva línea de iniciativa a largo plazo y sacrificio de los intereses inmediatos. Ese salto implica, por una parte, superar los obstáculos que la derecha opone, muy lógicamente, a todo intento de arrebatarle, incluso parcialmente, el control de la economía y del Estado. Pero también implica un considerable aumento de la autonomía de los partidos obreros respecto a la clase, en el sentido permitir a aquéllos llevar adelante una política favorable a los intereses del proletariado en su conjunto, y no sólo a los de sus fracciones más organizadas. Esta autonomía representaría una verdadera novedad histórica, y sería desde luego la condición fundamental para la conversión del proletariado en nueva clase dominante.

¿Pero están los actuales partidos de la clase obrera a la altura de esta tarea histórica? No resulta en absoluto evidente que sea así: las terribles tendencias conservadoras que ha desarrollado el SPD al ejercer el poder de Estado en la RFA, o la evidente tentación autoritaria del PCI ante la ofensiva del terrorismo en Italia, son sólo ejemplos aislados de una situación general de crisis de la izquierda tradicional. No es casual que algunos teóricos de izquierda pongan actualmente sus expectativas en la acción de los movimientos sociales -incluyendo en algunos casos, pero sólo en algunos, el propio movimiento obrero(25)-, desconfiando, al menos a corto plazo, de las virtualidades de los partidos políticos.

EN LA FERTILIDAD DEL DESCONCIERTO

La experiencia del movimiento obrero hasta el presente, por tanto, es ambigua. Se puede concebir un proyecto de hegemonía proletaria que nos lleve hacia el socialismo, a medio plazo, a partir de los cambios que el desarrollo capitalista -y dentro de él la propia resistencia obrera- ha introducido en la sociedad actual, y muy especialmente de la acrecentada fuerza estructural de la clase obrera que es uno de los resultados de la onda de acumulación 1945-1967/73. Pero no es fácil saber si este proyecto llegará a consumarse, y no sólo por las limitaciones de los partidos políticos: los movimientos sociales se mueven en una dialéctica de necesidad ciega y libertad, y no es posible saber de antemano cuál de estos dos factores predominará.

Veamos un ejemplo: bajo la presión del movimiento obrero, del movimiento feminista y del movimiento ecologista nuestra sociedad podría evolucionar hacia una sociedad autoritaria, atomizada y ultracentralizada, del tipo del brave new world de Huxley. Tendríamos planificación central, ausencia de contaminación e igualdad entre el hombre y la mujer, pero no tendríamos libertad ni unas relaciones afectivas satisfactorias. Por supuesto, esta nueva sociedad sería contraria a las ideologías actuales de los respectivos movimientos, pero hay sobrada experiencia histórica de que los afanes de los hombres pueden desembocar en una realidad muy distinta de la que ellos habían previsto.

En otro sentido, podría muy bien suceder que las transformaciones del sistema impuestas por la creciente fuerza del proletariado no desembocaran en una sociedad sin clases, sino en la transformación de los intelectuales y técnicos en una nueva clase dominante.(26) A priori no existe ningún mecanismo que excluya esta posibilidad.

Así, no es extraño que la izquierda atraviese un momento de grave desconcierto teórico. El problema no es sólo que ya no sea posible intentar reconstruir una ortodoxia marxista, ni que se haya derrumbado la fe en la inexorable sustitución histórica del capitalismo por el socialismo. La dificultad reside más bien en que, en la medida en que hemos ido profundizando y complejizando la línea de análisis abierta por Marx, las tendencias objetivas presentes en nuestra realidad histórica aparecen como más ambiguas, más susceptibles de conducir finalmente hacia tipos de sociedad muy distintos. Podemos pensar que la opción entre una sociedad deseable y un orden autoritario, entre el socialismo y el brave new world, depende en última instancia de nuestras acciones, de nuestras actuales opciones políticas. Pero no podemos saber si es así o si, por el contrario, la historia va a valerse de nuestras acciones aparentemente más libres para conducirnos a una realidad muy distinta de la que soñamos.

Es bastante improbable que nunca vuelva a reconstruirse el horizonte de seguridades y optimismos que acompañó al marxismo clásico. Quizá ni siquiera sea deseable: tales seguridades, que podían cumplir un papel positivo en una fase eminentemente defensiva y constitutiva en la historia del movimiento obrero, sólo cumplirían una función narcotizante para un movimiento maduro que debe buscar el camino hacia el futuro en medio de la confusión de la actual sociedad capitalista en crisis. Lo que se debe pedir en este sentido a una teoría marxista actual es que identifique las potencialidades y los obstáculos, nunca que edifique un nuevo dogma. El optimismo de la voluntad encuentra más apoyo en una inteligencia conscientemente dubitativa -e incluso pesimista- que en una inteligencia entontecida por la falsa seguridad de las citas clásicas o por la supuesta autoridad del manual de turno.

Notas

(1) Edward H. Carr. Socialism on one country, 1924-1926, III, Harmondsworth, Penguin Books, 1972, pp. 295-296.

(2) Véase Arrighi. “Una nueva crisis general”.

(3) La Conferencia de Viena se reunió el 22 de febrero de 1921 por convocatoria del Independent Labour Party inglés, del Partido Socialdemócrata Independiente Alemán (USPD)· del Partido Socialdemócrata Suizo. La Conferencia dio origen a un “grupo de trabajo” al que por sus posiciones intermedias entre la II y la III Internacionales, la Comintern designaría despectivamente como “Internacional Segunda y Media”. Véase Karl-Ludwig Günsche y Klaus Lantermann. Historia de la Internacional socialista. México. Nueva Imagen, 1979 pp. 122-123.

(4) Ibid., pp. 125-129.

(5) Rosenberg, Historia del bolchevismo, pp. 189-190.

(6) Ibid. pp. 145-151.

(7) Ibid., pp. 150-151.

(8) Günsche y Lantermann, Historia de la Internacional Socialista, p. 132.

(9) Ibid., p. 130.

(10) Rosenberg, Historia del Bolchevismo, pp. 115-116.

(11) Ibid., p. 118.

(12) G. D. H. Cole, Historia del pensamiento socialista, VI, México, Fondo de Cultura Económico, 1962, p. 179.

(13) Ibid., pp. 180-181.

(14) Ibid., p. 128.

(15) Rovan, Historie de la social-démocratie allemande, p.161.

(16) Adolf Sturmthal, The tragedy of European labour, 1918-1939, Nueva York, 1951, p. 37. Cit. en Ernesto Laclau, Política e Ideología en la teoría marxista, Madrid, Siglo XXI, 1978, pp. 157-158.

(17) Una análisis más detallado de las características del patrón de acumulación propo del período 1945-1967/73, y en poarticular del concepto de fordismo, puede encontarse en Christian Palloix, “Le procés du travil; du fordisme au néofordisme”. La Pensée, 185, febrero de 1976; Michel Aglietta. Regulación y crisis del capitalismo, Madrid, Siglo XXI, 1979; y A. Granou, Y. Baron y B. Billaudot, Croissance et crise, París. Maspero, 1979.

(18) Me refiero a la obra de Aglietta, que se subtitula La experiencia de los Estados Unidos.

(19) Véase David A. Gold. “The rise and decline of the keynesian coalition”, Kapitalistate, 6, otoño de 1977.

(20) Véase Arrighi, “The class struggle in twentieth- century Western Europe”.

(21) “Reflexiones sobre Italia tras los hechos de Chile” en M. Loizu, comp., ¿Qué es el compromiso histórico?, Barcelona, Avance, 1976.

(22) Thomas E. Weisskopf. “Marxian crisis theory and the rate of profit in the postwar US economy” Cambridge Journal of Economics, vol. 3, 4, diciembre de 1979, p. 370.

(23) Véase Enrico Berlinguer, Austeridad, Barcelona, Materiales, 1978.

(24) En este punto sería preciso discutir si es posible avanzar hacia el socialismo a través de una gestión del propio sistema capitalista. Mi punto de vista (afirmativo) puede confrontarse en la primera parte de este texto.

(25) Véanse, como ejemplos de distintas tendencias dentro de un mismo marco, San Francisco Bay Area Kapitalistate Group. “Political parties and capitalista development”, Kapitalistate, 6 otoño de 1977, y Alain Touraine, L’aprés-socialisme, París, Grasset, 1980.

(26) Esta idea, cuyo origen se remontaría a Bakunin, ha sido resucitada con gran éxito por Alvin Gouldner (El futuro de los intelectuales y el ascenso de la nueva clase, madrid Alianza, 1980); lo que para Gouldner sería sólo una hipótesis para la interpretación de la historia más reciente, es ya una realidad en los países del Este según G. Konrad e Iván Szelenky, La marche au pouvoir des intellectuels. París. Le Seuil, 1979, Véase también la nota 19 supra.

Poema

John Wain (Inglaterra, 1925) divide su tiempo entre la poesía, la crítica, la novela y el periodismo. Estos poemas fueron tomados de la antología de A. Alvarez The new paetry (Penguin books, 1962) Versión de Rafael Vargas.

Hipólito: ¿ves mi pobre condición, Reina mía, herido como estoy?.

ARTEMISA: La veo. Pero no está permitido a mis ojos derramar una lágrima.

Eurípides, Hipólito.

Como un hombre mudo atrapado en su infinito silencio

avanza la tierra silbando a través de la anchura del cielo.

Sin duda algún dios con benigno e inquisitivo gesto

podría asomarse a ella y dejar que si fiel ojo

se extienda sobre su costrosa piel girante como mirada escrutadora

hasta que, de repente, con ojo y dulce índice convergiendo,

señales un punto especial Aquí, en este momento,

diría, lo detecto: este el centro de la tormenta.

Este es el sitio más triste de toda la tierra.

¿Creencia anticuada? ¿Pueden acaso tales dioses existir?

Sin embargo, el hecho sobrevive a la metáfora que genera;

sea que los dioses existan o no, Gea mana sangra a través de sus heridas.

Debe hacer un lugar donde el dolor alcance su más álgido punto;

un lugar, en algún sitio, soporta la peor pena del mundo.

¿Dónde yace esta pena? ¿Quién aventuaría conjetura?

Ah, de un minuto a otro se muda.

Pues la congoja vuela entre las moléculas como un sueño.

Del astillado filo de los huesos florece como una amarga flama.

¿Quién sabe qué niño yace en la noche como en el socavón de una mina,

sin pestañear, su mundo como fruto caído entre piedras,

o qué falible santo de despeña en su privado abismo

habiendo caminado el cielo por un viscoso orgasmo?

O quizá incluso un animal es quien sufre peor,

acechado por una bestia enfundada en la piel da la belleza.

Nadie podría decir dónde cala más la purísima gota de dolor,

excepto que fuera este dios de benigna mirada castaña.

Algunos maldecirán a la piedad por no brindar ningún auxilio, pero en si cráneo existe una sabiduría idéntica al agua helada.

Percibir ese espíritu de sufrimiento en su rabiosa pureza

es para un dios el precio de su condición divina.

Oh, entonces, si existe, tened piedad de este dios.

Atado está a esta herida costra y su légamo de horror.

No posee la ignorancia que pueda mantenerlo apartado.

Todo lo sabe un dios. Los dioses están desesperados.

La dimensión nacional

Está cada vez más extendido el reconocimiento de que hay una insuficiencia hasta ahora no superada en la reflexión marxista sobre la cuestión nacional. No obstante los numerosos y enconados debates al respecto observables en el casi siglo y medio de historia del movimiento socialista, se está todavía muy lejos de un marco teórico suficiente para aprehender las formas en que el momento nacional gravita en el proceso de construcción de la hegemonía obrera. En los textos de Marx y Engels no hay un tratamiento sistemático de la cuestión y prácticamente todas las referencias permanecen en un plano coyuntural restringido a determinaciones circunstanciales. En la tradición del pensamiento marxista hay más consideraciones sobre el asunto limitadas a problemas tácticos inmediatos que no una elaboración conceptual rigurosa orientada a fijar en serio la presencia del fenómeno nación en el desarrollo de una ideología y una política anticapitalistas. De tal suerte, es inobjetable la conclusión de Poulantzas: “hay que rendirse a la evidencia: no hay una teoría marxista de la nación. Decir que hay, pese a los apasionados debates a este propósito en el seno del movimiento obrero, subestimación de la realidad nacional por el marxismo, es quedarse muy corto”.1

RINCONES DEL MARXISMO

Se conocen las consecuencias de este vacío teórico. Así, por ejemplo, la tesis engelsiana —desmentida en breve tiempo por el curso de los acontecimientos— acerca de los pueblos “sin historia propia”, es decir, pueblos que no habiendo conseguido crear en el pasado un vigoroso sistema estatal, estarían incapacitados para obtener su autonomía nacional en el futuro. Igualmente infundada resultó la apresurada caracterización marxiana de ciertas naciones como “reaccionarias” o “contrarrevolucionarias”, la cual se apoyaba en circunstancias particulares del escenario europeo en el periodo de la revolución de 1848. La propia interpretación usual del comportamiento nacionalista de las clases subalternas en 1914 subraya en demasía el impacto de la ideología burguesa y omite casi por entero los efectos en ese comportamiento de una ideología estrechamente clasista. Si tales clases subalternas fueron colocadas con relativa facilidad bajo la bandera del nacionalismo burgués, no fue ajena a ellos la subestimación tradicional en el marxismo de los nexos entre proletariado y nación. Tenía razón por anticipado Borojov cuando escribía a comienzos del siglo: “los destemplados ideólogos clasistas ignoran los intereses nacionales que sin embargo también son importantes para su clase. Oscurecen por ello la conciencia nacional que… no debería ser oscurecida, puesto que tal cosa resulta perniciosa también para los intereses de su clase”.2

Las consecuencias más nocivas, sin embargo, de ese desplazamiento de la dimensión nacional a un rincón apartado del campo problemático fundamental de reflexión, se localizan en la inadecuada comprensión de la realidad sociopolítica de los pueblos ubicados en el tercer mundo, es decir, en el capitalismo periférico subordinado. Se ha mostrado insostenible la creencia largamente mantenida de que el desarrollo capitalista y la consiguiente exacerbación de los antagonismos de clase conducirían a una más o menos rápida desaparición de los problemas nacionales. El cosmopolitismo ingenuo que acompaña con frecuencia al internacionalismo abstracto de buena parte del pensamiento socialista se ha convertido en un lastre para la transformación del proletariado en la fuerza hegemónica en las sociedades dependientes. Si una revisión de la actitud marxista exhibe la ausencia de una posición teórica definida al respecto, también es evidente que continúan hasta nuestros días, a pesar de ciertos intentos lúcidos de conceptualización, “la indiferencia, la incomprensión ante el problema nacional, la negativa a abordarlo, que predominaron hasta finales del siglo XIX”.3 Un dato revelador en este sentido es la exigua difusión otorgada a los mejores intentos teóricos formulados en el breve lapso previo a la primera guerra mundial, cuando esta problemática sí fue situada en el centro de la reflexión.

Aunque el proceso de ruptura anticapitalista no se ha desenvuelto del centro a la periferia sino al revés, modificándose así de manera radical el peso del momento nacional en ese proceso, lo cierto es que la teoría marxista sobre la nación apenas ha dejado de ser una simple sucesión de enfoques marcados por las urgencias inmediatas. Si los textos clásicos se mostraron insuficientes e inadecuados frente a las condiciones históricas europeas a finales del siglo pasado, la trayectoria del pensamiento marxista en el terreno nacional ha escasamente abandonado una visión dogmática simplista, dificultando el esclarecimiento teórico en este ámbito. El enlace de la cuestión nacional y la cuestión colonial, a partir del surgimiento y consolidación del imperialismo y el auge posterior de las luchas de liberación nacional, dieron la puntilla al supuesto según el cual el asunto de la nación es algo secundario cuya solución automática provendría de las transformaciones sociales mediante el desarrollo económico impuesto por los países del centro. En cualquier caso, como lo muestra hoy la revolución centroamericana, por ejemplo, la dimensión nacional no aparece en forma exclusiva allí donde hay un dominio colonial en sentido estricto, sino de una u otra manera en el conjunto de las sociedades periféricas dependientes.

SOBRE LA NACIONALIDAD DE PROTEO

La formación de las naciones modernas es producto del modo como se establecen las relaciones sociales de tipo capitalista en cada caso. Esa configuración se desenvuelve con diferentes ritmos y creando estructuras también diversas conforme a los variados efectos de numerosos factores: el ordenamiento anterior de la sociedad, la división internacional del trabajo, el desarrollo desigual, las vicisitudes de los esquemas de acumulación en escala mundial, etc. La heterogeneidad de los mecanismos que operan en la formación de las naciones no altera el hecho decisivo de que su configuración está íntimamente vinculada con el despliegue de la producción capitalista de mercancías. Este hecho decisivo ha dado pábulo a la hipertrofia de una visión economicista que reduce la cuestión nacional a un asunto simple que concierne de manera restringida a una clase, la burguesía, interesada en la expansión de la producción mercantil. Esa visión desconoce el hecho evidente de que en distintas circunstancias históricas el problema de la nación adopta significados diferentes para las diversas clases y sectores de la sociedad. “La nación debe ser considerada como una estructura social de difícil captación, como un producto del desarrollo social, como uno de los factores más poderosos de la evolución social… la nacionalidad es una relación social que se modifica continuamente y que bajo circunstancias diversas posee un significado muy distinto; es un Proteo que se nos escapa de entre las manos cuando queremos apresarlo y que, no obstante, está siempre presente, ejerciendo su poderosa influencia sobre nosotros”.4

El carácter proteico del fenómeno obliga a un tratamiento del mismo que parta de su comprensión como proceso: la dimensión nacional no es una realidad dada de una vez para siempre y, por el contrario, si se presenta como uno de los problemas sociológicos más enmarañados, ello se debe en buena medida a que en la confrontación social jamás se puede ver en la nación un hecho definitivo y congelado, una magnitud dada. La visión estática es, precisamente, una de las deficiencias centrales del enfoque stalinista que tanto contribuyó, durante decenios, a forjar el simplista esquema básico de los partidos comunistas y amplios sectores de la izquierda. En efecto, según Stalin, “bajo las condiciones del capitalismo ascensional, la lucha nacional es un lucha de las clases burguesas entre sí. A veces, la burguesía consigue arrastrar al movimiento nacional al proletariado, y entonces la lucha nacional reviste en apariencia un carácter ‘popular general’, pero sólo en apariencia. En su esencia, esta lucha sigue siendo siempre una lucha burguesa, conveniente y grata principalmente para la burguesía”.5

La experiencia histórica muestra lo opuesto: si en las condiciones del surgimiento del capitalismo en Europa la burguesía es, sin duda, el agente que dirige el movimiento nacional, ello no sigue siendo siempre así y, en la etapa de la dominación imperialista, ese movimiento nacional se realiza con frecuencia —en las sociedades dependientes— contra la acción y la ideología de la burguesía local, cuya inserción en el sistema de relaciones sociales la convierte en una clase antinacional. La lucha nacional adquiere, entonces, un verdadero carácter popular: de ahí la necesidad para el movimiento obrero de articular la dimensión nacional con su proyecto específico de clase en el combate por la hegemonía en la sociedad civil y por el poder político.

La ideología estrechamente clasista supone que lo nacional influye sobre la lucha de clases siempre con un sentido unívoco determinado de una vez por todas. Es fácil comprobar, sin embargo, que lo nacional no opera permanentemente con el mismo contenido observable en la época de su origen histórico. También aquí se verifican las deficiencias del “mito de los orígenes”, es decir, de la creencia según la cual basta conocer el origen de un fenómeno social para estar en capacidad de comprender su significación en circunstancias históricas posteriores. En verdad, como se ha vuelto progresivamente más claro, “en los países que han vivido bajo el yugo de la dominación colonial, el proceso de formación de las naciones es extremadamente diferente al que se ha desarrollado en Europa”.6 Las líneas a través de las cuales se conforma la nación quedan radicalmente modificadas en virtud de la penetración económica, política y militar del imperialismo: la lucha nacional, lejos de ser un cebo para distraer a las clases subalternas de sus conflictos con el bloque social dominante, se convierte en un espacio decisivo de confrontación social. El proceso de afirmación nacional —con sus altibajos— tiende a identificarse con la instauración y fortalecimiento del bloque social dominado como fuerza alternativa.

CLASE Y NACIÓN

Las dificultades para incorporar la dimensión nacional como eje sustantivo del pensamiento socialista están vinculadas al hecho de que la idea de nación surge en la modernidad como idea esencialmente burguesa. En las primeras fases del establecimiento de un sistema de relaciones sociales estructurado en torno al modo de producción capitalista, las clases subalternas así como los sectores dominantes en el orden social precapitalista carecían de provección nacional. Los factores que presionaban en favor de la configuración de un espacio nacional —eliminación de privilegios y particularismos, consolidación de un mercado protegido, libre circulación de mercancías, fuerza de trabajo y capital, etc.— correspondían de manera casi exclusiva al interés de la burguesía. El pensamiento socialista nació, pues, en un contexto donde era evidente que la nación se formaba a partir de las profundas transformaciones introducidas por la expansión de la burguesía. “La burguesía moderna y la moderna nacionalidad brotaron del mismo suelo y del desarrollo de una promovió del desarrollo de la otra”.7 Las reivindicaciones nacionales estaban ligadas a los mecanismos en los cuales cristalizaba el poder de clase de la burguesía.

Ahora bien, los hechos muy conocidos de que las naciones son producto de la formación social capitalista y de que las diversas fracciones de la burguesía fueron las portadoras originarias de la idea nacional, no convierten a la burguesía en el sujeto de la nación ni a ésta en un instrumento o expresión ideológica del poder de esa clase. En las precarias aproximaciones a una teoría marxista de la nación, todo ocurre con frecuencia como si la burguesía fuera el sujeto de ésta, es decir, el único principio determinante de su construcción. Cabe subrayar, frente a esta interpretación, que la nación no es en ningún caso resultado de una capacidad autónoma de iniciativas económicas, políticas e ideológicas de la burguesía. Los acercamientos marxistas a la cuestión nacional, como ocurre en tantos otros temas a debate en el movimiento socialista, han quedado muchas veces trabados por fundarse en el supuesto de que hay una clase-sujeto de la historia. Es por ello decisivo insistir con Poulantzas en que “la nación moderna no es creación de la burguesía, sino el resultado de una relación de fuerzas entre las clases sociales `modernas’, en la cual la nación es igualmente lo que está en juego entre las diversas clases”.

Se advierte aquí la diferencia fundamental de concebir una entidad social como agente (entre otros y en lucha contra otros) de la historia y no como sujeto de la misma. A nadie se le ocurriría negar que, en efecto, el proceso histórico en virtud del cual se gestó la formación de las naciones fue conducido por un bloque social con la burguesía como fuerza dirigente: de ello no se desprende, sin embargo, que el resultado de ese proceso histórico sea la consecuencia directa y lineal de la acción exclusiva de esa fuerza dirigente. “Para algunos teóricos de la extrema izquierda, la nación… no puede en ningún caso liberarse de sus orígenes. Al aparecer en la historia como la forma de existencia ideológica de una coalición de clases dirigida por la burguesía, está definitivamente marcada por este pecado original”.8 Si tal pecado original parece ineliminable para algunos, ello se debe al supuesto falso de que la burguesía es el sujeto de la nación. No obstante, si bien la nación no es nada más el espacio donde se desenvuelve la lucha de clases y es también lo que se disputa en esa lucha, de ninguna manera la nación es el instrumento de la clase dominante para ejercer su dominación. La correspondencia entre lo nacional y la ideología burguesa en circunstancias históricas con cierta relación de fuerzas no descalifica, por supuesto, la posibilidad —observable hoy en prácticamente todas las sociedades capitalistas periféricas— de que se establezca, por el contrario, una correspondencia o articulación entre lo nacional y la ideología proletaria.

La dimensión nacional se impone junto con el desarrollo de las clases fundamentales de la sociedad capitalista. El hecho de que durante largo tiempo predominó la vía burguesa de instrumentar el interés nacional no habilita, sin embargo, para vincular en forma unilateral ese interés con la perspectiva ideológico-política de sólo una clase fundamental, desconociendo el tipo de vinculación que con el propio interés nacional tiene la perspectiva ideológica de la clase fundamental subalterna. Ese desconocimiento condujo a lo que Haupt ha llamado “internacionalismo intransigente”, es decir, a la tesis según la cual “la nación es una organización de la burguesía para la conquista de un mercado, de un territorio de explotación; en el sistema capitalista no existen para el proletariado… intereses nacionales específicos”. En verdad, el desarrollo capitalista ha otorgado a las reivindicaciones nacionales significados heterogéneos y la creencia falsa de que todo elemento ideológico pertenece inequívocamente a una u otra clase implica atribuirle al nacionalismo una indubitable inscripción en el contexto ideológico burgués cuando, en la práctica, tiende a ser incompatible con éste. Las ideologías burguesa y proletaria no son dos conjuntos o sistemas que agotan los elementos ideológicos operantes en la vida social. En realidad, muchos de estos elementos no están presentes en uno de los sistemas ideológicos y, por tanto, necesariamente ausentes en el otro, sino que son articulables y refuncionalizables por ideologías de clases antagónicas. El nacionalismo no tiene una adscripción de clase definida e inalterable; no es de suyo burgués y, por el contrario, en las sociedades dependientes la burguesía ha dejado de ser el agente principal del nacionalismo.

¿DE QUIÉN SON LOS “INTERESES NACIONALES”?

Mientras no se despeja la ambigüedad que envuelve al concepto “intereses nacionales”, la significación confusa del término justifica el recelo para admitir la pertinencia de la dimensión nacional en el proceso de constitución de las clases subalternas. En efecto, con frecuencia se ha utilizado ese vocablo para referir a una supuesta comunidad de intereses por encima de las clases. El concepto, en esta acepción, forma parte de una teoría elemental de la nación como agrupamiento social donde prevalece, más allá de la presencia de ciertas contradicciones y antagonismos, la armonía producida por un interés básico común de todos los miembros del conjunto. Frente a esta teoría elemental Rosa Luxemburg, por ejemplo, señalaba —y el planteamiento ha sido reiterado sin cesar— que “en una sociedad de clases, el pueblo, como un todo social y político homogéneo, no existe, mientras que sí existen en cada nación las clases sociales con sus intereses y “derechos” antagónicos”.9 Reconocer, pues, la división de la sociedad en clases impide, de manera automática, considerar a la nación como un agregado cuyos componentes poseen los mismos intereses. Debiera ser claro, sin embargo, que el concepto “intereses nacionales”, en su acepción más rigurosa, no omite ni pasa por alto esta verdad igualmente elemental.

La preocupación por los efectos paralizantes que el nacionalismo burgués tiene en la formación de las clases subalternas y el temor a que el movimiento por objetivos nacionales oculte el antagonismo entre clases, lleva a leer ese concepto en su versión simplista (intereses comunes a todos los miembros de la sociedad) como si las reivindicaciones nacionales, por necesidad, desplazaran a segundo plano las reivindicaciones de clase. Se ignora así hasta qué punto los objetivos de clase, en la perspectiva de una lucha por la hegemonía, sólo pueden trascender, el marco de un corporativismo estrecho en tanto se articulen en una estrategia capaz de incorporar la dimensión nacional. Se vuelve indispensable, entonces, plantear el problema de cómo se comportan los intereses de clase y los intereses nacionales entre sí, aunque la tradición izquierdista rechaza la validez del problema mismo. Así, por ejemplo, Strasser escribe: “el planteamiento de cómo se comportan intereses de clase e intereses nacionales entre sí es falso… presupone probado justamente lo que habría que probar: que los intereses nacionales no figuran entre los intereses de clase, o sea que diferentes clases tienen los mismos intereses nacionales”.10 No es evidente de suyo, sin embargo, que aceptar la existencia de “intereses nacionales” equivale a comprometerse con la idea de que “diferentes clases tienen los mismos intereses nacionales”.

En la polémica contra el izquierdismo empeñado en negar los nexos entre clases subalternas y patrimonio nacional, ha predominado la tendencia a invertir exactamente el enfoque. Si el izquierdismo niega la presencia de “intereses nacionales” porque no acepta que diversas clases poseen “los mismos intereses”, los defensores del nacionalismo proletario conciben tantos intereses nacionales distintos como clases se dan en una sociedad. Por ello indica Borojov que “no existen intereses nacionales abstractos y comunes a todas las clases sociales. Cada clase tiene sus propios intereses nacionales, que son diferentes a los de las demás clases”. La inversión tiene por objeto alejar el riesgo de ver en la nación una “comunidad de intereses”, pero también aquí se corrobora la tesis de que la inversión de una proposición reduccionista sigue siendo una proposición reduccionista. En efecto, si no es admisible la reducción de los intereses de clase a intereses nacionales pretendidamente comunes a todos los miembros de la sociedad. tampoco pueden reducirse los intereses nacionales a intereses específicos de clase: carece de sentido (y de hecho es una contradicción en los términos) afirmar que cada clase tiene intereses nacionales diferentes. Tiene mayor consistencia la idea de que en toda circunstancia histórica hay un conjunto unitario de intereses nacionales con el cual se articulan de modo complementario o antagónico los intereses específicos de clase. Se puede así otorgar contenido concreto al concepto “clase nacional”: una clase es nacional cuando al promover sus intereses específicos, satisface a la vez los intereses nacionales. Se precisa también, como es obvio, el significado del concepto “clase antinacional”. La burguesía fue portadora de la ideología nacional cuando sus intereses específicos se identificaron con los de la nación, pero mientras esa clase se vuelve progresivamente más antinacional, “el proletariado se constituye cada vez más en el núcleo de la nación… hay cada vez mayor coincidencia entre los intereses del proletariado y los de la nación” (Kautsky).

Los objetivos de cada clase conllevan una determinada política respecto a la organización de la producción, al usufructo de los recursos, el funcionamiento de las instituciones sociales, etc. Distintas situaciones históricas deciden la mayor o menor coincidencia entre esos objetivos y el desarrollo de la sociedad nacional. Una clase o fracción de clase (tanto del bloque social dominante como del dominado) puede afirmar su hegemonía sólo si está en condiciones de promover los intereses del pueblo-nación. Se revela entonces como óptica estrechamente clasista propia de un obrerismo rígido la que supone, según palabras de Pannekoek tantas veces repetidas con fórmulas más o menos semejantes, que “lo nacional sólo es una ideología burguesa que no encuentra raíces materiales en el proletariado y por ende desaparece cada vez más con el desarrollo de la lucha de clases… como toda ideología burguesa, constituye una traba a la lucha de clases, cuyo poder perjudicial debe ser eliminado en lo posible… las consignas y metas nacionales desvían a los obreros de sus propias metas proletarias… las luchas nacionales impiden que se hagan valer las cuestiones sociales y los intereses proletarios en la política… tenemos que insistir solamente en la lucha de clases y despertar el sentimiento de clase, para desviar la atención de las cuestiones nacionales”.11 En rigor, lo nacional no es “una ideología burguesa”; si acaso un componente de esta ideología que no le pertenece, ni mucho menos, en exclusiva. Las clases subalternas no pueden desentenderse del problema nacional ni soslayar la necesidad de ubicar los objetivos nacionales dentro de su estrategia global.

FRONTERAS DE LA BURGUESÍA NACIONAL

“Nación” es una categoría histórica, es decir, el concepto remite a una entidad sujeta a un continuo proceso de transformación. La historicidad de esta categoría no indica —como se ha sostenido una y otra vez— que su vigencia está indiscerniblemente ligada a la de la burguesía, sino, más bien, indica que su evolución responde en la sociedad capitalista, en definitiva, el desenvolvimiento de la lucha de clases. En todo país, en tanto entidad territorialmente definida, la sociedad nacional (o las sociedades nacionales en el caso de los países multinacionales) está constituida por diversas clases entre las cuales se dan relaciones de complementariedad o de antagonismo. La formación de las clases, efecto de la lucha entre las mismas, no puede menos que repercutir en la formación de la nación. El antagonismo entre las clases componentes de la comunidad nacional no basta para suponer ilusoria la idea de “comunidad nacional”; sin embargo, tampoco es suficiente la coexistencia de grupos sociales en la misma unidad territorial para que pueda hablarse en serio de comunidad nacional. No se trata aquí del problema de los países multinacionales sino del hecho de que, más allá de la apariencia formal inmediata, no todos los segmentos de la sociedad integran en sentido estricto la nación. Se plantea, pues, el problema de responder la pregunta ¿quiénes forman la comunidad nacional? La cuestión tiene dos aspectos: por un lado, hay un problema de incorporación, dado que para formar parte de esa comunidad es preciso participar en el funcionamiento de sus instituciones económico-sociales y político-culturales. Tal participación no queda garantizada, por supuesto, por la mera circunstancia de vivir dentro de las fronteras que definen la unidad territorial; por otro lado, hay un problema de desincorporación dado por la progresiva identificación con intereses transnacionales.

Como señala Bauer, “del análisis del proceso de surgimiento de la nación moderna, de la investigación de la fuerza que junta los miembros centrífugos, resulta el conocimiento de que sólo las clases dominantes se vinculan en una comunidad nacional en determinado grado de su desarrollo, o sea que tan sólo ellas son connacionales, mientras que los estratos trabajadores del pueblo constituyen meramente los ‘tributarios de la nación’.”12 Con el desarrollo de la producción capitalista y la creciente densidad del tejido social, esos “tributarios de la nación” se incorporan plenamente como miembros en plenitud de la comunidad nacional hasta no quedar, en un proceso más o menos prolongado, ningún segmento de la sociedad fuera de tal comunidad. Todavía entonces, la nación “no es una cosa congelada para nosotros, sino un proceso del devenir, determinado en su esencia por las condiciones en que los seres humanos luchan por su sustento vital”.13 En tanto relación social la nación es una realidad fluctuante: hay un proceso por el cual los sectores sociales se incorporan a la comunidad nacional hasta lograr el desarrollo del conjunto del pueblo en nación. En este proceso van configurando la nación no sólo quienes participan de la cultura en construcción (aspecto subrayado en exceso por Bauer), sino en la totalidad de la vida social. Hay también, sin embargo, un proceso de desincorporación caracterizado por la progresiva asociación con intereses transnacionales de las decisiones económico-políticas y de los elementos ideológico-culturales a través de los cuales el sector monopólico de la clase dominante realiza esa participación.

Las interminables discusiones en el pasado reciente sobre el papel de la burguesía nacional no siempre estuvieron claramente referidas a la tendencia desnacionalizadora observable en el comportamiento de la fracción monopólica del capital. La gran burguesía tiende a desincorporarse de la comunidad nacional en la medida en que se integra en circuitos transnacionales dominados por las metrópolis: cada vez forma parte en menor escala de la nación y se ubica como agente del extranjero frente a (contra) la nación. “La política burguesa con respecto a la nación está sujeta a las contingencias de tales o cuales intereses precisos: la historia de la burguesía oscila permanentemente entre la identificación y la traición a la nación, porque esta nación no tiene el mismo sentido para ella que para la clase obrera y las masas populares” (Poulantzas). En el caso del capitalismo periférico, este movimiento pendular de la política burguesa se desplaza de manera inequívoca hacia el polo de la “traición” a los intereses nacionales. Así pues, a pesar de lo que sugiere el discurso atenido a supuestas evidencias empíricas, la clase tradicionalmente reconocida como portadora por excelencia de la ideología nacional, en las sociedades dependientes se transforma paulatinamente en “tributaria” de las metrópolis y, por tanto, se excluye de la comunidad nacional.

LA DIMENSIÓN NACIONAL

El izquierdismo se inclina a pensar que la época de las luchas nacionales quedó clausurada y, por tanto, que los problemas sociales del capitalismo contemporáneo son comprensibles desde una óptica analítica en la cual la categoría “clase” no deja lugar para la categoría “nación”. Con base en el supuesto de la actualidad siempre permanente de la revolución socialista, se concibe a ésta como una tarea práctica inmediata en todo momento y lugar, cuyo cumplimiento no puede ser sino demorado por las reivindicaciones nacionales. Se invoca en forma monótona la tesis marxiana (apelando más al principio de autoridad que a la validez intrínseca del planteamiento) según la cual el nacionalismo no es consustancial al proletariado, sino apenas un instrumento ideológico manipulado por la burguesía para ejercer y reproducir su dominación. En el campo de visibilidad de este pensamiento no hay espacio para los objetivos nacionales frente a los cuales la actividad política del izquierdismo mantiene una suicida relación de exterioridad. Las consecuencias son previsibles: la lucha por el socialismo, aunque propuesta en nombre del movimiento obrero, permanece ajena a la dinámica del pueblo-nación, cuya problemática se asimila sin fundamento al interés de la burguesía.

El antagonismo de clase no disuelve la lógica y especificidad propias de 1 dimensión nacional, cuya relativa autonomía no puede ignorarse “como si la opresión social y la nacional fuesen uno y la misma cosa”.14 Por cuanto no son tampoco fenómenos externos y desarticulados, es legítimo sin embargo investigar en cada situación histórica el tipo peculiar de vinculación existente entre interés de clase e interés nacional Hablar de necesidades nacionales o d intereses de la nación no implica postular un propósito común subyacente el el campo de lucha hegemónica de la clases en pugna, pero sí implica tene presente que la lucha por la hegemonía no se desenvuelve sólo en el marco establecido por un sistema de relación de producción, sino también en el espacio configurado por las condiciones de producción. De ahí la importancia excepcional del planteamiento tajante de Borojov: “los investigadores que ignoran el papel de las condiciones de producción, que se ocupan exclusivamente de las relaciones de producción, no son capaces de comprender el problema nacional”. Las condiciones de producción, es decir, el conjunto de circunstancias naturales y materiales, social e históricas, en las cuales se realiza proceso productivo, son patrimonio la sociedad. En otras palabras: las condiciones materiales de la producción social —en particular el territorio y los recursos naturales— son las mismas para todas las clases y grupos que forman sociedad.

Junto con los intereses específicos de clase derivados del lugar en las relaciones de producción, hay intereses nacionales producidos por la necesidad de preservar y valorizar las condiciones de producción, el patrimonio de la sociedad. La propiedad privada de los medios de producción no cancela el hecho de que la preservación y valorización de ese patrimonio concierne a la sociedad en su conjunto. La subsistencia misma de la nación depende, en definitiva, de su capacidad para ejercer control sobre tales condiciones de producción. Es muy improbable que las clases propietarias desarrollen una política nacional opuesta a sus intereses de clase y, además, la capacidad de control (soberanía) nacional queda disminuida por la propiedad privada. Ambas circunstancias son exacerbadas en el capitalismo periférico por la penetración imperialista: aquí la preocupación del capital extranjero (o autóctono asociado con aquél) por la rentabilidad de sus inversiones, lo alejan en mayor medida de cualquier consideración respecto a un proyecto nacional. En esta incompatibilidad entre los intereses de la burguesía y los de la nación se apoya la tesis de que un verdadero programa nacional sólo puede surgir de las clases subalternas.

El lugar en las relaciones de producción no decide sólo intereses antagónicos entre las clases, sino también una ubicación diferente en referencia a las condiciones de producción. El patrimonio de la sociedad es utilizado y manipulado por la clase dominante en desmedro de los intereses del bloque social dominado y en perjuicio, asimismo, del interés nacional. Frente a esta situación, “no hay que seguir el error comúnmente difundido de creer que el proletariado no tiene relación alguna con el patrimonio nacional y que, por lo mismo, carece de sentimientos e intereses nacionales.. para el proletariado tiene un valor muy importante el estado de esas condiciones… las formas de preservación para él tienen un valor decisivo” (Borojov). Entre sus objetivos de clase y el problema nacional existe, pues, una vinculación directa: “clase” y “nación” no son categorías que remiten a planos no integrables sino a una misma y única realidad social. Una política tendencialmente socialista (que no se mueva en el nivel estrecho del obrerismo) tiene como fundamento una posición de clase así como una posición nacional; inscritas las relaciones de producción en ciertas condiciones de producción, lucha de clases y lucha nacional constituyen manifestaciones conectadas de la problemática social generada por el capitalismo.

Si se piensa la lucha de clases como un enfrentamiento lineal entre las dos clases fundamentales y no como un combate por la hegemonía que transcurre en una estructura social más abigarrada y compleja y se presupone, además, que la burguesía es el sujeto de la nación, entonces las reivindicaciones nacionales sólo pueden aparecer como un medio más para distraer al proletariado de sus objetivos de clase. Aunque todavía pueden encontrarse numerosos ejemplos donde el nacionalismo burgués se apoya en una abstracta unidad nacional para hacer pasar sus objetivos particulares como objetivos universales de toda la sociedad, debiera ser evidente que el carácter del nacionalismo no se reduce a esas simplezas. Por el contrario, las ligas directas del proletariado con las condiciones de producción lo vuelven particularmente sensible al patrimonio nacional sometido a la sistemática depredación imperialista. La tradicional subestimación en el marxismo de los vínculos entre clases subalternas y nación, lleva al desconocimiento de las formas populares del nacionalismo y, por ello, no puede extrañar que las fuerzas políticas más enclaustradas en esa tradición tiendan a ignorar el peso de la dimensión nacional en el desarrollo de la lucha de clases y en la formación de una hegemonía alternativa.

 

Carlos Pereyra
Autor de Violencia y política (Colección Testimonios del FCE, 1974) y Configuraciones: teoría e historia (EDICOL, 1979). Ha colaborado en nexos en los números 13, enero 1979, y 33 septiembre de 1980.


1 N. Poulantzas, Estudo, poder y socialismo, Siglo XXI de España, Madrid, 1979.

2 B. Borojov, Nacionalismo y lucha de clases, Cuadernos de Pasado y Presente, México 1979.

3 G. Haupt, Los marxistas y la cuestión nacional, Ed. Fontamara, Barcelona. 1980.

4 K. Kautsky, “Nacionalidad e internacionalidad” en La segunda Internacional y el problema nacional y colonial, Cuadernos de Pasado y Presente, México, 1978.

5 J. Stalin, El marxismo y la cuestión nacional, Ed. Anagrama, Barcelona, 1977.

6 M. Rodinson, “Sobre la teoría marxista de la nación”, Ed. Anagrama, Barcelona, 1977.

7 K. Kautsky, “La nacionalidad moderna” en La segunda Internacional…

8 E. Terray, “La idea de nación y las transformaciones del capitalismo”, Ed. Anagrama, Barcelona, 1977.

9 R. Luxemburg, La cuestión nacional y la autonomía, Cuadernos de Pasado y Presente. México, 1979.

10 J. Strasser, “El obrero y la nación” en La segunda Internacional…

11 A. Pannekoek, “Lucha de clases y nación” en La segunda Internacional…

12 O. Bauer, “Observaciones sobre la cuestión de las nacionalidades” en La segunda Internacional…

13 O. Bauer, La cuestión de las nacionalidades y la social democracia, Siglo XXI México, 1979.

14 R. Rosdolsky, F. Engels y el problema de los pueblos “sin historia”, Cuadernos de Pasado y Presente, México, 1980.

La muerte de los libros

Una creciente preocupación recorre las bibliotecas de todo el mundo: millones de libros están deteriorándose gravemente y muchos de ellos han quedado totalmente destruidos. Por ejemplo, de los 19 millones de libros y panfletos que reúne en su biblioteca el Congreso de los Estados Unidos, al menos la tercera parte está seriamente alterada y ya no puede circular normalmente según informa H. Martín Málin Jr. en la revista Chemistry (Vol. 52, No. 2, febrero de 1979, p.17-20). La situación es peor en otras bibliotecas menos cuidadosas, y ahora muchas grandes universidades gastan la mitad de su presupuesto, ya no en adquirir nuevos volúmenes sino en conservar los que poseen.

Malin se pone dramático; nos recuerda que las pinturas del hombre de Cro-Magnon, hechas hace más de 35 mil años, están en mejores condiciones que la mayoría de los libros existentes en el mundo, y que son mil veces más nuevos. Similar dramatismo embarga a Mary Ann Parmley, en las páginas de Science 81 (abril de 1981): para destruir la Biblioteca de Alejandría fueron necesarios el fuego, una guerra civil y el poder del César; nuestros libros, en cambio, se mueren solos y en silencio.

LA PALABRA DE LOS DIOSES

Una de las características que diferencian al hombre de otras especies animales es su compulsiva necesidad de comunicarse con sus semejantes que vivirán en el futuro. Primero fue piedra sobre piedra, después grabados en la piedra, luego la escritura y finalmente los libros.

Buena parte de la culpa los dioses, quienes para sobrevivir han elegido siempre dos vías: la tradición y la escritura. El magisterio sacerdotal, ejercicio práctico mediante el cual los dioses afirman su dominio, se alimenta de normas hermenéuticas, derivadas a su vez de las Escrituras. La peculiar lectura que San Juan hace del Génesis lo lleva a iniciar su evangelio afirmando: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios”. Gracias a su condición de Verbo, Dios era. Nada tontos, los dioses se afanaron en inventar los libros, y a partir de entonces los libros se hicieron necesarios para entender ya no sólo a la divinidad, sino también a los hombres. Así lo comprendió la civilización egipcia, que nunca privó a sus difuntos de aquella suerte de pasaporte y guía turística de ultratumba conocido como Libro de los muertos. Con todo, este Libro no sentó precedente; después de los egipcios, pocas culturas han escrito libros para los muertos. Ninguna religión, por segura que esté de la inmortalidad del alma, perpetra sus textos para inhumarlos. La Biblia, libro de libros del pueblo hebreo, fue escrita para las sucesivas generaciones de vivos que habrían de leerla.

Los griegos, siempre menos crédulos, pusieron todo su esfuerzo en dejar constancia de su pensamiento y el “puro aliento de las sacras Musas”, porque mientras fueran puro aliento, la filosofía y las artes poéticas y dramáticas nada serían. En el principio fue la palabra, pero un paso más adelante de la evolución humana lo marcó la escritura: el hombre ha hecho al habla tanto como el habla ha hecho al hombre; según Alfonso Reyes, “la escritura vino muchos siglos después para enviar a distancia, con la mayor exactitud posible, las señales del habla -concepto de fijación en el espacio- y también para guardar las expresiones y el contenido del habla, de modo que ” no se lo lleve el viento” o no se olvide -concepto de fijación en el tiempo”. Imaginemos cuán inútiles serían todos los libros proféticos si su contenido pereciese en pocos años. La fuerza de Jeremías y Malaquías está en que consiguieron durar milenios. 

Los libros son cuerpo incorruptible e inmortal de la palabra. Al menos, eso eran. Las nuevas noticias hacen temer no tanto por los libros en general como por los libros de nuestro tiempo.

LA CARCOMA DEL PROGRESO

Los papiros egipcios, códices prehispánicos y manuscritos medievales se conservan en excelentes condiciones. Igual ocurre con los primeros libros impresos, entre los cuales están la Biblia de Gutenberg y muchos incunables. Esta longevidad contrasta con el 97% de los libros publicados entre 1900 y 1937, cuya vida útil es de 50 años, de acuerdo con un estudio hecho en el Laboratorio William Barrow de Richmond, Virginia; los impresos después de 1937 no durarán más de 30. Papel hecho hace dos mil años está como nuevo y el papel fabricado hace 20 años ya vivió la mitad de su existencia útil?

Hasta la primera mitad del siglo XIX el papel estaba hecho a base de algodón o lino, de donde se obtenían fibras de celulosa formadas en sábanas (llamadas “hojas de agua”) que al sumergirse en una gelatina rica en ciertos agentes químicos adquirían una superficie suave y no absorbente. La demanda cada vez mayor de papel, entre otros factores, propició un cambio en la producción papelera. La máquina Fourdrinier, que permitía la producción de grandes rollos, y las prensas más veloces rebasaron la producción de papel, y debieron buscarse nuevas fuentes de pulpa. Los químicos resolvieron el problema extrayendo celulosa de la madera; al resolver un problema, crearon otro. Hasta entonces el papel era neutral o ligeramente alcalino; la nueva celulosa, de menor calidad, resultó ácida. Al decir de Parmley, los libros modernos son víctimas de su propio éxito.

Dejemos la explicación a Malin:

“Para obtener la celulosa de la madera se necesitan cocer las astillas en compuestos químicos que disuelvan la lignina -sustancia que mantiene unidas las fibras de celulosa en la madera. Esto debilita las fibras obtenidas. Luego se emplea cloro para desteñir la celulosa y mejorar su color, pero el cloro también interfiere con el estado altamente polimerizado de la celulosa natural”

El daño a la celulosa se incrementó cuando se hizo necesario “un método que hiciera compatibles las máquinas productoras / las prensas. Se creó un sistema de resina-alumbre en el que la resina es precipitada del papel como resinato de alumbre, al que se añade sulfato de aluminio (el aluminio de los fabricantes de papel). En condiciones húmedas, este aluminio se disocia de los sulfatos y libera iones de hidrógeno, que permanecen en el papel y lo hacen ácido”.

“Puesto que la celulosa es simplemente una larga cadena de moléculas de glucosa, unidas por puentes acetales, el exceso de iones-hidrógeno ataca estos puentes y los rompe por hidrólisis ácida. Como resultado de ello, la estructura de la celulosa se debilita y el papel se torna extremadamente quebradizo.”

Pensemos ahora que tan espantosos eventos químicos ocurren en la intimidad de cada página. ¿Qué hacer con los millones de libros y manuscritos prisioneros en hojas de autodestructivo papel ácido? Una solución es microfilmarlos, a un costo elevadísimo. Además, un microfilm resulta más inmanejable y hostil que los simples libros. Otro procedimiento consiste en desacidificar y restaurar los libros aún salvables. Las mejores técnicas desacidificantes implican el aislamiento de cada pliego; desencuadernar, eliminar el ácido y reencuadernar cada libro cuesta entre siete y diez mil pesos. Una nueva técnica, presumiblemente más barata, consiste en exponer los libros a gases de zinc en cámaras especiales; en cuatro días pueden desacidificarse hasta cinco mil libros. Lo malo de esos procedimientos es que, si bien lo dejan casi nuevo, el libro volverá a deteriorarse en unos cuantos años.

UN SIGLO SIN LIBROS

Como los médicos (se supone), cualquier restaurador sabe preferible la ausencia de daños que su corrección, y el procedimiento preventivo de la mortal acidificación libresca es obvio: reivindicar al papel alcalino. La mayoría de los fabricantes europeos y algunos norteamericanos ya están manufacturando papel capaz de sobrevivir un milenio. Resulta que una vez transformadas las fábricas para hacer este papel, los costos de producción son similares a los del papel ácido. Y por si esto fuera poco, hay ganancias extras: los métodos alcalinos consumen menos energía, reducen la contaminación de ríos y suelos, emplean menos agua que los métodos ácidos e incluso deterioran menos la maquinaria.

Ahora que los apocalipsis hacen epidemia, el apocalipsis de los libros puede hacernos temer por el futuro de lo escrito durante los últimos 130 años. Desde 1850 (año cero de los nuevos libros), incluso las más brillantes páginas han nacido débiles y quebradizas. No bastan técnicas fílmicas, ni grabaciones fonográficas y magnetofónicas, ni toda la parafernalia post-industrial para hacer menos grave la muerte de nuestros libros. De permanecer igual las cosas, podría no sobrevivir una sola página de Marx, Freud, Einstein o Joyce. Como dice Parmley, los historiadores futuros verían estos años como un período oscurantista y estéril, del que ninguna palabra escrita sobrevivió. La cultura moderna, que a veces hasta nos enorgullece, parecería analfabeta y bárbara. Si de acuerdo con el doctor Fausto, neurótico pero sabio, los libros son la única guía certera ¿ a dónde iríamos a parar sin ellos?.

Si bien por causas distintas a las que previo MacLuhan, el autor de la galaxia de Gutenberg habría tenido razón, aunque nadie podría leer sus libros para saberlo, y el soneto gongorino “De la brevedad engañosa de los libros” concluiría con severa sentencia:

Mal te perdonarán a ti las horas; las horas que limando están los libros, los libros que royendo están los años.

La Sombra de Rasputín

Nuestra ciencia, que al decir de José Emilio Pacheco, posee hoy el monopolio entero de la magia, rinde tributo oficial, en Moscú, a una mujer de treinta y tres años, que ejerce una medicina muy poco científica. Der Spiegel, el semanario de Hamburgo, dedica un extenso reportaje en uno de sus últimos números a Jevgenia Davitashvili, llamada Dshuna, que ha dejado patitiesos a los científicos de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética. Dshuna, una mujer de pelo negro y manos finísimas, se parece a Anna Magnani en sus mejores días. Sus pacientes y fans dicen que de sus manos fluye un poder incomprensible, una energía que cura enfermedades complicadísimas. A tal punto que la élite moscovita se ha ido orientando cada vez más hacia esta mujer, como hacia el eje de la vida recobrada. Dshuna reveló ya una vasta capacidad extrasensorial, trabaja sólo con las manos, y puede asegurarse -así dicen- que en el instante en que se acerca a sus enfermos se abre para ellos una nueva época. El músico Matshavariani afirma que Dshuna lo alivió en quince sesiones de una asma bronquial; la escritora Bella Ajmadulina, el pintor Tsheidse y el más conocido cómico y crítico de la Unión Soviética, Raikin, sostienen que Dshuna los alivió de males crónicos. Raikin, después de treinta sesiones, le escribió una carta al mismismo Brejnev argumentando que debía apoyarse y financiarse el trabajo de su benefactora. Y como si fuera poco, lenguas viperinas juran q